Libro N° 4074. Constantinopla. El Imperio Olvidado. Asimov, Isaac.
© Libro N° 4074. Constantinopla. El Imperio Olvidado. Asimov, Isaac. Colección E.O. Agosto 19 de 2017.
Título
original: © Constantinople: The
Forgotten Empire
Versión Original: © Constantinopla. El Imperio
Olvidado. Isaac Asimov
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CONSTANTINOPLA
EL IMPERIO OLVIDADO
Isaac Asimov
Historia de la ciudad de Constantinopla, desde su
fundación inicial (con el nombre de Bizancio, el año 657 a. C., por los
griegos) hasta su conquista por parte de los turcos (y el cambio de nombre a
Estambul, el año 1453).
Los acontecimientos son relatados en forma rápida hasta
aproximadamente el año 300, en la época de Constantino I, cuando la ciudad toma
el nombre de Constantinopla, a partir de donde el relato se vuelve más
riguroso.
Una recorrida, estrictamente cronológica, por las guerras,
invasiones, situaciones políticas, reyes y caudillos. Solamente unas pocas
veces se referencia la vida y costumbres de la gente de la época y el lugar, y
de los avances sociales, técnicos o de conocimientos.
Con el estilo de Asimov, esta narración histórica es muy
fácil de seguir y da un excelente contexto de la época de los hechos relatados,
no solamente del lugar en el que se centra, sino de los alrededores.
1
La ciudad en el estrecho
El Imperio olvidado
Cuando pensamos en la Edad Media, solemos pensar en la
caída del Imperio Romano y en la victoria de los bárbaros. Pensamos en la
decadencia del saber, en el advenimiento del feudalismo y en luchas mezquinas.
Sin embargo, las cosas no fueron realmente así, puesto que el Imperio romano,
en realidad, no cayó. Se mantuvo durante la Edad Media. Ni Europa ni América
serían como son en la actualidad si el Imperio romano no hubiera continuado
existiendo mil años después de su supuesta caída.
Cuando decimos que el Imperio romano cayó, lo que queremos
decir es que las tribus alemanas invadieron sus provincias occidentales y
destruyeron su civilización. No obstante, la mitad oriental del Imperio romano
permaneció intacta, y durante siglos ocupó el extremo sudeste de Europa y las
tierras contiguas en Asia.
Esta porción del Imperio romano continuó siendo rica y
poderosa durante los siglos en que la Europa Occidental estaba debilitada y
dividida. El Imperio continuó siendo ilustrado y culto en un tiempo en que
Europa Occidental vivía en la ignorancia y la barbarie. El Imperio, gracias a
su poderío, contuvo a las fuerzas cada vez mayores de los invasores orientales
durante mil años; y la Europa Occidental, protegida por esta barrera de fuerza
militar, pudo desarrollarse en paz hasta que su cultura formó una civilización
específicamente suya.
El Imperio del sudeste transmitió al Occidente tanto el
derecho romano como la sabiduría griega. Le legó arte, arquitectura y
costumbres; dio al Occidente grandes abstracciones (como la noción de monarquía
absoluta) y pequeños útiles, como los tenedores. Es más, legó todo esto, y
también la religión, a Europa Oriental, y en particular a Rusia.
Pero finalmente Europa Occidental se fortaleció y fue
capaz de defenderse por sí misma, en tanto que el Imperio se fue agotando. ¿Y
de qué manera agradeció Europa Occidental lo que había recibido? Con una
actitud de desprecio y de odio. Hizo todo el daño que pudo al desamparado
residuo del antiguo gran Imperio, y cuando llegaron las últimas ansias de la
muerte, se negó fríamente a proporcionarle cualquier clase de socorro. La
ingratitud ha continuado aún después de la muerte, porque la historia de este Imperio
es prácticamente ignorada en nuestras escuelas, y cuando se habla de algunos
retazos de ella, se hace sin simpatía.
Hay pocos occidentales que sepan que en los siglos en que
Londres y París eran unos villorrios desvencijados, con calles de barro y
chozas de madera, había una ciudad reina en Oriente, rica en oro, llena de
obras de arte, rebosante de espléndidas iglesias, con un comercio bullicioso,
maravilla y admiración de todos cuantos la conocían.
Esta ciudad era la capital del Imperio romano de la Edad
Media, era Constantinopla. Y la historia de esa ciudad se remonta a un millar
de años antes de que se convirtiera en Constantinopla.
Frente a la ciudad de los ciegos
En el siglo VII a. C., las ciudades griegas estaban
superpobladas. La comida escaseaba y los precios eran elevados. Los griegos que
tenían algún espíritu de aventura se metían junto con sus familias y las
posesiones que pudieran acarrear en navíos y partían en busca de nuevos
hogares. A lo largo de las costas del ancho Mediterráneo habría lugares donde
se podría fundar una nueva ciudad, donde hubiera tierra para cultivar y
producir alimentos.
Algunos navíos se desviaron hacia el noreste. En esa
dirección, el mar Egeo, que bañaba las costas orientales de Grecia se angostaba
en un estrecho de forma serpentina llamado el Helesponto (ahora se le conoce
por el nombre de estrecho de los Dardanelos) que separaba Europa y Asia Menor.
Se ensanchaba de nuevo en un pequeño mar, llamado entonces Propontis y ahora
mar de Mármara. Viene luego un segundo y más corto estrecho, el Bósforo, y más
allá el Ponto, porción de agua que ahora llamamos mar Negro.
El mar Negro era como un imán para los ansiosos
colonizadores, porque las tierras costeras producían cereales. Las anchas
llanuras hacia el norte (llamadas Escitia en la antigüedad y hoy Ucrania)
tenían terrenos lisos y fértiles, totalmente distintos del rocoso y montañoso
suelo de Grecia. Aquellas llanuras eran una fuente sin fin de alimentos.
Las leyendas griegas narraban los primeros intentos de
establecer rutas comerciales en aquella dirección. En el relato de Jasón y los
Argonautas que buscaban el Vellocino de Oro, se describía a éste como el vellón
de un cordero milagrosamente convertido en oro, que Jasón había encontrado
finalmente en Cólcica, un territorio del borde oriental del mar Negro. Podemos
suponer más bien que el relato es una versión legendaria de una primitiva
expedición comercial.
La antigua ciudad de Troya estaba situada en Asia Menor
sobre la entrada del Helesponto. Los comerciantes que viajaban hacia y desde el
mar Negro tenían que pagar un portazgo en Troya o no podían pasar, y la ciudad
se enriqueció de ese modo. El famoso sitio de Troya fue probablemente un
intento por parte de los griegos de destruir aquel intermediario y ampliar sus
rutas comerciales. Pero después de la caída de Troya, en 1200 a. C., Grecia
pasó por una «Edad Oscura». La asolaron tribus bárbaras procedentes del norte y
tardó varios siglos en recuperarse.
Ya en el siglo VII a. C., sin embargo, Grecia casi se
había recuperado y los barcos griegos empezaron a tantear el otro lado del mar,
estableciendo colonias. Al igual que en los tiempos de Jasón, seis siglos
antes, las naves iban penetrando en la zona costera del mar Negro, rica en
cereales. Esta vez intentaban algo más que hacer comercio, porque salpicaron
las orillas del mar con nuevas ciudades griegas.
En 657 un barco navegaba hacia el noreste a través del
Egeo, mandada por un jefe llamado Byzas. Su ciudad de origen era Megara sobre
el istmo que unía el norte de Grecia con la península meridional llamada
Peloponeso. Megara nunca fue una de las ciudades griegas de verdadera
importancia porque las ciudades de Atenas, que estaban a quince millas al este,
y Corinto, a veinticinco al oeste, eclipsaron su posible poderío. De hecho, el
acontecimiento más significativo de toda su historia fue, probablemente, la expedición
de esta nave.
Los colonizadores habían consultado el oráculo de Delfos
antes de levar anclas. El oráculo era el más sagrado de los santuarios de
Grecia y las palabras de su sacerdotisa eran consideradas como visiones del
futuro inspiradas por la divinidad. «Encontraréis un nuevo hogar —les dijo—
frente a la ciudad de los ciegos». Como siempre, las palabras del oráculo eran
poco claras. No había ninguna ciudad de gente ciega.
El barco atravesó el Helesponto, cruzó el Propontis y se
aproximó al Bósforo. El Bósforo tenía veinte millas de longitud y era bastante
estrecho; en algunos lugares su anchura era de sólo media milla. Una ciudad
fundada a orillas del Bósforo podría dominar el comercio entre el mar Egeo y el
mar Negro, tal como había hecho Troya en la antigüedad. Una ciudad así tendría
la oportunidad de ser próspera y rica.
Pero otros habían tenido esta idea antes. En el 675 antes
de Cristo, dieciocho años antes, un primitivo grupo de colonizadores de Megara
había fundado una ciudad en la orilla del Bósforo perteneciente a Asia Menor,
precisamente donde se abría hacia el sur. La ciudad era Calcedonia. El barco de
Byzas se detuvo en Calcedonia y los hombres de a bordo debieron sentirse un
tanto disgustados. Calcedonia era una pequeña y próspera ciudad; era una
lástima que otros se les hubieran adelantado.
Luego siguieron su camino y unas dos millas y media al
noroeste de Calcedonia, al otro lado del Bósforo, vieron un sitio que era
ideal. Calcedonia había sido edificada en una línea costera bastante recta y
con posibilidades de puerto sólo medianamente buenas. Pero al otro lado había
un río que se ensanchaba y desembocaba en el Bósforo. Aquel río (más tarde
llamado el «Cuerno Dorado») proporcionaba un amplio, largo y hermoso puerto.
Tenía espacio para muchas naves y era fácil de defender: no podía haber nada
mejor.
Entre el río y la porción principal del mar había una
lengua de tierra perfecta para edificar una ciudad. Estaba rodeada de agua por
tres lados. Con una fuerte muralla en el cuarto lado y una buena armada podía
ser inconquistable. ¿Cómo era posible, pensaban, que a los primeros
colonizadores les hubiera pasado inadvertido ese lugar tan hermoso de la parte
europea, en favor del muy inferior donde habían establecido Calcedonia?
Seguramente las gentes de Calcedonia estaban ciegas al elegir un lugar tan pobre.
Y eso fue lo que ocurrió. Calcedonia era la ciudad de los
ciegos a la que se había referido el oráculo de Delfos. Y por lo tanto Byzas
fundó su ciudad frente a ella tal cómo había ordenado el oráculo. Le puso
Bizantion, un nombre derivado del suyo propio, pero la conocemos más, por la
denominación latina que, con el tiempo, le dieron los romanos: Bizancio.
La línea vital de Atenas
Durante un siglo y medio, Bizancio prosperó como una
«ciudad libre»: una estación de tránsito para un sinfín de navíos y marineros,
y un emporio de cereales y otros productos que se transportaban entre el mar
Negro y el Mediterráneo. Estaba situada en la encrucijada entre Europa y Asia,
y constituía un objetivo tentador para quienes desearan tener el control del
comercio o facilitar el paso de un ejército. Sin embargo, desde la guerra de
Troya, ningún gran ejército había intentado cruzar de un continente a otro
hasta el advenimiento del Imperio persa.
Fundado en el 559 a. C., el Imperio persa dominaba toda
Asia al oeste de la India y al norte de Arabia. En el 546 a. C., Asia Menor
cayó bajo el dominio persa, y en el 521 a. C., el más importante de sus
gobernantes, Darío I, ascendió al trono. Todas las regiones accesibles de Asia
estaban bajo su control, al igual que Egipto. Sus ojos hambrientos de tierra se
volvieron hacia Europa.
En el 513 a. C. Darío invadió Tracia (la región al norte
del mar Egeo) y la conquistó hasta el río Danubio. Al hacerlo, cruzó el Bósforo
y se apoderó de Bizancio.
Le aventura europea de Darío planteó una terrible amenaza
para las ciudades griegas situadas al sur de Tracia. Poco tiempo después
comenzaron las hostilidades entre Persia y las ciudades griegas. La guerra se
prolongó, con intervalos, durante dos siglos.
En esta larga guerra, Bizancio fue considerado siempre
como un trofeo sumamente importante. Si las ciudades griegas la controlaban, se
aseguraban un ininterrumpido suministro de alimentos y ponían un obstáculo en
el camino de Persia.
La crisis de la guerra médica llegó en el 480 a. C.,
cuando Jerjes I, el hijo de Darío, envió un gran ejército a través de los
angostos estrechos. Su contrincante era la flota griega, compuesta en gran
medida por navíos de la ciudad de Atenas, y el ejército griego, cuyo
contingente más importante estaba formado por los guerreros de la ciudad de
Esparta.
Ambas ciudades vencieron. La flota persa fue aplastada en
la batalla de Salamina, cerca de Atenas, el mismo año de la invasión. El
ejército persa fue aplastado en la batalla de Platea, veinticinco millas al
noroeste de Atenas, al año siguiente, el 479 a. C.
Después contraatacaron las ciudades griegas. Los navíos
atenienses liberaron a las ciudades griegas de las orillas orientales del mar
Egeo. El rey espartano Pausanias dirigió su victorioso ejército hacia el norte.
En el 477 a. C. expulsó a la guarnición persa de Bizancio y la ocupó a su vez.
Los griegos controlaban de nuevo la encrucijada entre el Este y el Oeste.
La carrera de Pausanias tuvo un brusco declive al adoptar
los persas nuevas tácticas. Los persas se dieron cuenta de que les era
imposible ganar utilizando la fuerza de las armas, puesto que el armamento y
las técnicas militares griegas eran superiores a las suyas. En cambio, podían
utilizar el oro. Eran ricos y generosos, mientras los griegos eran pobres y
corruptibles.
Pausanias aceptó sobornos persas y empezó a vivir una vida
de lujo ostentoso. Luego, también, las ciudades griegas empezaron a pelearse
entre sí. Mientras Persia fue una terrible amenaza, Atenas y Esparta
cooperaron, pero una vez que consiguieron la victoria, cada cual empezó a
maniobrar para conseguir la supremacía.
Atenas se valió de los rumores sobre los sobornos persas
para asestar un golpe a Esparta a través de Pausanias. Envió una flota hacia el
norte en el 476 a. C., al mando de su almirante Cimón, y echó a Pausanias de
Bizancio. Como era imposible negar la fechoría de su rey, los avergonzados
espartanos le hicieron volver para juzgarle por traición, y la ciudad quedó en
manos de Atenas.
Resulta que Atenas tenía una gran necesidad de Bizancio.
Atenas estaba situada en una parte de Grecia particularmente árida y el
excedente de su población dependía para su alimentación de las importaciones.
Era imprescindible que la ciudad mantuviera una flota fuerte y eficaz y que
defendiera el control de Bizancio y de los estrechos. Aquellos estrechos se
habían convertido en la línea vital de Atenas, y durante más de un siglo, cada
movimiento que hizo esta ciudad tenía algo que ver con la seguridad de la ruta
al mar Negro.
Durante cierto tiempo, Atenas dominó Grecia y Esparta fue
su rival más importante. Al final, por supuesto, se produjo una guerra. Esta
guerra entre las dos ciudades (llamada guerra del Peloponeso) empezó el 431 a.
C. y continuó, con intermitencias, durante una generación. A lo largo de todo
ese período, Bizancio estuvo firmemente controlada por los atenienses, y sus
ocasionales revueltas no tuvieron éxito mientras la flota de Atenas dominó el
mar.
No obstante, en el 405 a. C., Atenas no era más que piel,
huesos y una última flota. Esta última flota protegía desesperadamente la línea
vital ateniense y patrullaba los estrechos. Los espartanos, que tenían un
acceso ilimitado al oro persa, por una vez en su historia tenían un jefe naval
capaz. Este jefe, Lisandro, se apoderó por sorpresa de los barcos atenienses.
Estaban en el Helesponto, varados en la desembocadura del pequeño río
Aegospotami, en la orilla europea del estrecho, unas 125 millas al sudoeste de
Bizancio y con una guardia insuficiente.
Los espartanos atacaron repentinamente; los atenienses no
pudieron lanzar sus barcos al agua a tiempo. De los 180 barcos atenienses, sólo
20 pudieron huir intactos. Perdida la última flota ateniense y con su línea
vital rota, Atenas no podía hacer otra cosa más que rendirse. Durante un breve
período, Esparta gobernó Grecia, y se instaló una guarnición espartana en
Bizancio.
Pero Esparta no fue un gobernante digno de confianza.
Buenos en la guerra de una manera más bien mecánica, los espartanos no sabían
cómo organizarse en la paz. Dondequiera que los espartanos estuvieran en el
poder, eran presas de la corrupción y de una arrogancia que despertaba la
hostilidad de los que les estaban sometidos.
Paulatinamente, Atenas se fue recuperando de su derrota.
Aunque nunca volvió a ser la gran fuerza dominante que había sido antes de los
desastres de la guerra del Peloponeso, consiguió una vez más construir una
poderosa flota y combatir para recuperar su línea vital. En el 389 a. C., un
general ateniense, Trasíbulo, condujo a cuarenta navíos hacia el norte, derrotó
a los espartanos y les expulsó de la región de los estrechos. Una vez más,
Bizancio estaba bajo el dominio ateniense.
Pero también este poder fue temporal. Parece una maldición
de los griegos que no supieran unirse. No les era posible seguir organizados
como ciudades independientes, libres e iguales frente a unos reinos vecinos de
grandes dimensiones y a poblaciones que eran cada vez más aptas para el arte de
la guerra. Y todavía menos si malgastaban sus energías en constantes contiendas
mezquinas entre ellos.
Sin embargo, eso fue lo que hicieron. Les faltaba la
abnegación o el espíritu de sacrificio necesarios para renunciar a un poco de
soberanía local en favor del bien común. Tampoco había una ciudad lo
suficientemente poderosa como para imponer su voluntad a las otras mediante la
fuerza. En realidad, a medida que pasaba el tiempo, las fuerzas tendentes a la
fragmentación crecieron y las uniones parciales que se habían creado entraron
en quiebra. En el 456 a. C., Bizancio fue una de las ciudades que rompió con la
laxa liga que se había formado bajo la dirección ateniense. Atenas reconoció la
independencia de Bizancio al año siguiente, y por primera vez en más de un
siglo y medio la ciudad de los estrechos fue verdaderamente libre.
El advenimiento de Macedonia
No duró mucho tiempo. Al mismo tiempo que Bizancio
conseguía su independencia, el reino de Macedonia (justo al norte de Grecia)
empezaba a sentir los estimulantes efectos del genio de su nuevo rey, Filipo
II.
Filipo reorganizó el reino, creó y entrenó a un espléndido
ejército, dentro del cual se encuadraba un apretado núcleo de infantería armado
con largas lanzas llamado «falange» y un eficaz cuerpo de caballería entrenado
para apoyar a esa falange. En el país se descubrieron minas de oro que
proporcionaron dinero con el cual sobornar a los políticos de las ciudades
griegas.
Mediante las astutas intrigas de Filipo, su hábil empleo
del oro y su bien organizado ejército, Macedonia se convirtió en dominante en
el norte. Sin embargo, tenía enfrente al tenaz ejército de la ciudad griega de
Tebas. Tebas había sorprendido al mundo griego con su resonante victoria sobre
los espartanos en el 371 a. C., y desde entonces dominaba Grecia. Y estaban
también los atenienses, los cuales nunca recuperaron realmente su moral después
de su terrible derrota, pero todavía conservaban el prestigio de su pasada
grandeza.
Filipo puso en marcha un hábil juego, cuidando de que
ningún movimiento provocara una enérgica reacción. Avanzaba un poco, aplacaba a
Atenas y a Tebas, y luego avanzaba de nuevo. Los perplejos atenienses se
percataron de que de una manera u otra, Filipo dominaba una porción cada vez
mayor del norte sin que pudieran tener una oportunidad de emprender una acción
decisiva. Tan sólo el orador ateniense Demóstenes vio el peligro, pero no
consiguió conmover a sus paisanos.
En 342 a. C., Filipo se sintió suficientemente fuerte como
para hacer un gran movimiento hacia el este. Hacia el este se encontraba
Tracia, una tierra de tribus incivilizadas que tal vez darían maravillosos
soldados bajo el firme gobierno de Filipo, y más allá de Tracia, unas 350
millas al este de la capital macedonia, Pellas, estaban Bizancio y los
estrechos. Si Filipo conseguía apoderarse de Bizancio (poco importaba si lo
hacía a través de la intriga o mediante la guerra), podía cortar la línea vital
de Atenas y quizá toda Grecia caería en sus manos sin problemas. Y había otra
cosa: si dominaba Bizancio, podía hacer lo que había hecho el viejo Darío III
medio siglo antes. Podía limpiar el camino entre los continentes e invadir
Asia, como Darío había invadido Europa. Como se ve, Filipo tenía una gran
ambición. Quería invadir Persia y apoderarse de todo lo que pudiera de aquel
imperio grande, pero en decadencia.
La campaña oriental de Filipo empezó con gran éxito.
Conquistó Tracia, tomó las ciudades griegas al norte de la costa del Egeo, y en
el 340 a. C. su ejército llegó a los alrededores de Bizancio.
Los bizantinos hicieron un llamamiento inmediato a sus
antiguos señores de Atenas, con quienes habían roto hacía sólo quince años.
Atenas respondió enseguida. Atenas podía muy bien pensar que los bizantinos
merecían pagar por el entusiasmo con que habían repudiado la confederación
ateniense, pero sus ciudadanos no podían permitirse el lujo de dejarse llevar
por este sentimiento. Bizancio dominaba las rutas de los cereales, y por esa
razón Atenas tuvo que luchar. Envió su flota hacia el norte y la utilizó para
aprovisionar a la ciudad. Filipo no tenía ningún poder naval, y sin esto le era
imposible tomar Bizancio. Falló en su intento de un ataque nocturno por
sorpresa al descubrirle la luna. Tuvo que retirarse. Se quedó con Tracia, pero
perdió la oportunidad de conquistar los estrechos.
El éxito de su resistencia frente a Filipo provocó un
enorme alborozo en los triunfantes bizantinos. Lo atribuyeron a su diosa
patrona de la luna, Hécate, cuya luz les había ayudado tanto. Acuñaron monedas
conmemorativas que llevaban el símbolo de la noche como devotos de una diosa
lunar, la luna creciente y una estrella. La luna creciente y la estrella han
seguido siendo el símbolo de la ciudad hasta los tiempos modernos.
Sin embargo, la derrota de Filipo no fue en absoluto
decisiva. Su fracasado intento de apoderarse de los estrechos significaba que
había perdido la oportunidad de conquistar Grecia sin lucha. Así que tendría
que luchar, pero si hacía las cosas bien sólo necesitaría librar una batalla.
Aquella batalla llegó en 338 a. C. en Queronea. Allí la falange macedonia, que
luchaba a las puertas de Tebas, destruyó al cuerpo de élite del ejército tebano
hasta el último hombre y provocó la frenética huida de los atenienses.
Filipo fundó a continuación una liga de ciudades griegas
encabezada por él y preparó la invasión de Persia Fue asesinado justo cuando
iba a comenzar la invasión, pero su aún más extraordinario hijo, Alejandro III
(Magno) siguió adelante. Alejandro invadió Persia, la conquistó por completo e
hizo que la cultura griega dominara en Asia occidental; un dominio que perduró
durante más de mil años.
Después de la muerte de Alejandro en el 322 a. C., su
imperio fue hecho pedazos por los generales rivales, y Bizancio cayó bajo el
dominio de uno o de otro. Pero no todo era tan malo como parecía. Las luchas de
los generales fueron ruinosas e inútiles, pero bajo el dominio macedonio (fuera
cual fuera el nombre del general o, más tarde, del rey) las ciudades griegas
conservaron un cierto nivel de autogobierno. En general, prosperaron más que
cuando eran independientes. Bizancio, en particular, había conservado su
condición de «ciudad libre» y disfrutó de una singular prosperidad durante un
período que fue calamitoso para una gran parte del resto del mundo griego.
En el 280 a. C. unas tribus celtas, los galos, entraron en
tropel en Grecia desde el norte. Asolaron Macedonia, mataron a un general que
acababa de ser nombrado rey y desencadenaron un par de años de destrucción y
anarquía en el país. Pasaron a Asia Menor en el 278 a. C., y costó casi
cincuenta años conseguir su total domesticación.
Durante este terrible período, Bizancio evitó su
destrucción mediante el expediente caro de dar dinero a los galos. Varias veces
lo entregó todo para que consintieran en volverse atrás. Se recuperaba de sus
pérdidas cobrando a los comerciantes que utilizaban los estrechos unas
altísimas tasas, justificadas por el peligro de los galos.
Se pueden entender los terribles apuros de los bizantinos,
pero los comerciantes cuyo comercio resultó perjudicado y los consumidores que
sufrieron el alza del precio del pan difícilmente podían considerar esta
situación con buenos ojos. Fue Rodas la ciudad griega que sufrió de modo
especial la acción de Bizancio. Esa ciudad estaba situada en una isla en el
sureste del mar Egeo, unas 350 millas al sur de Bizancio. Debido a su situación
insular y a su fuerte flota, había rechazado a los generales macedonios en los
años que siguieron a la muerte de Alejandro Magno, y había continuado siendo
una ciudad griega verdaderamente libre. Rodas vivía del comercio, y en interés
de la libertad de los mares había luchado contra la piratería y contra
cualquier potencia terrestre que gravara el comercio mediante tasas o
restricciones injustas. Los peajes de los bizantinos eran, sin duda, injustos,
porque aunque la amenaza de los galos retrocedió, y finalmente terminó en el
232 a. C., los peajes continuaron siendo altos.
Los rodios decidieron hacer entrar en razón a Bizancio
utilizando su poder naval superior. En el 219 a. C. la flota de Rodas derrotó a
los bizantinos. Luego Rodas fue más allá de la reducción de las tasas: exigió
que fueran abolidas por completo, cosa que se hizo. No obstante, los bizantinos
no quedaron en la penuria. Podían conseguir bastante dinero como centro
comercial.
La llegada de Roma
Otra potencia empezaba a hacerse notar en el Mediterráneo.
En la península italiana, la ciudad de Roma iba haciéndose cada vez más fuerte,
aunque al principio pasara casi inadvertida. Antes del 202 a. C. había
derrotado con gran esfuerzo a la gran ciudad comercial, Cartago, y tenía la
supremacía absoluta en la zona occidental del Mediterráneo. Las monarquías
macedonias podían haber frenado a Roma y evitado su expansión si se hubieran
unido. Pero, al igual que las ciudades griegas del período anterior, parecía
que les gustaba más luchar entre sí y hundirse poco a poco.
En el 192 a. C. Roma declaró la guerra a la más grande de
las monarquías macedonias, el Imperio Seléucida, que dominaba una gran parte
del territorio asiático que antaño había sido persa. Roma salió victoriosa, y
en el 190 a. C. un ejército romano desembarcó en Asia Menor por primera vez. De
nuevo consiguió la victoria y la influencia romana aumentó poderosamente.
En 133 a. C. Atalo III de Pérgamo (una nación que se
extendió por la porción centro-occidental de Asia Menor) murió sin herederos.
Dejó su reino a Roma, que lo reorganizó como una provincia de Asia. Los
restantes reinos de Asia Menor, todos griegos en su idioma y cultura desde los
tiempos de Alejandro Magno, dos siglos antes, se convirtieron en títeres
romanos en mayor o menor grado. Sólo el Ponto al noreste intentó luchar contra
Roma, pero también fracasó finalmente. Al comenzar el año 62 a. C., el general
romano Pompeyo había organizado toda Asia Menor y Siria como provincias romanas
o como estado-clientes de los romanos con reyes títeres.
Por ese tiempo también Bizancio estaba bajo el dominio
romano. En realidad había acudido a Roma casi desde los comienzos de sus
problemas, viendo en ella a una protectora contra los estados griegos y
macedonios que eran los más interesados en mantener tasas bajas.
Por supuesto, el cambio (como era fácil de pronosticar) no
alteró finalmente en absoluto la posición de Bizancio. Tampoco a Roma le
interesaba tener que pagar altos peaje. Bizancio continuaba siendo una «ciudad
libre» bajo el dominio romano, pero esto sólo significaba que le era permitido
vivir bajo sus propias leyes siempre y cuando aquellas leyes no incomodaran
seriamente a Roma, y había romanos allí mismo para garantizar que eso no iba a
ocurrir. Además, Bizancio pagaba impuestos a Roma y no tenía el derecho de
tomar decisiones propias en lo concerniente a sus relaciones con otras partes
del reino romano. Por supuesto, Bizancio obtuvo ventajas a cambio. A medida que
se extendía el dominio romano por el Mediterráneo, predominaba la paz. Las
peleas interminables entre las ciudades y naciones en lucha para resolver la
cuestión de quién dominaría desaparecieron, porque por fin se encontró la
solución. Era Roma la que iba a predominar.
En realidad hubo un período de cincuenta años de guerra
civil durante el primer siglo a. C. que turbó el mundo romano, pero terminó el
31 a. C. Bajo Octavio César, el sobrino nieto de Julio César, las viejas
instituciones republicanas de Roma fueron reorganizadas y se estableció lo que
se llama el Imperio Romano. Octavio, que adoptó el nombre de Augusto, fue el
primer emperador.
A lo largo de los dos siglos posteriores, la cuenca entera
del Mediterráneo (incluido Bizancio, por supuesto) vivió una paz profunda y
casi inalterada. Nunca antes había experimentado una paz tan larga, ni tampoco
la iba a experimentar después. Hubo luchas en las fronteras romanas, una
insurrección en Judea y durante un breve tiempo, en el 68 y 69 a. C., una
contienda por la sucesión imperial; pero todo esto no representó más que unas
cuantas pequeñas ondas sin trascendencia en un estanque tranquilo.
Bizancio, junto con algunas otras áreas del mundo de habla
griega, continuó disfrutando de una cierta autonomía local del poder de tener
una especie de autogobierno con jefes elegidos al menos durante el primer siglo
del imperio. Sin embargo, esté separatismo templado fue debilitándose. Cada vez
se hacía más necesario unificar las prácticas económicas y sociales del imperio
para hacer frente a los enemigos que seguían más allá de las fronteras romanas.
Por ejemplo, al oeste de Asia Menor y Siria se encontraba
la mitad más lejana de lo que una vez había sido el Imperio Persa. Se había
hecho fuerte con la decadencia del Imperio Macedonio, Bajo dos dinastías de
reyes, los Arsácidas (durante su mandato el reino se llamó Partia) y los
Sasánidas (bajo los cuales recuperó el nombre de Persia), esta región continuó
siendo un enemigo duro y obstinado de Roma durante varios siglos.
A medida que Roma, con su empuje expansivo en decadencia,
intentaba armarse para resistir a los partos, descubrió que la existencia de
las ciudades libres orientales, por nominal que fuera su libertad,
representaban un punto débil. El emperador Vespasiano, que gobernó desde el año
69 hasta el 79, terminó con este problema. En interés de la eficacia militar
convirtió todos esos islotes de autogobierno en partes integrantes del Estado
romano. Entre esas ciudades estaba Bizancio. «Habéis olvidado cómo ser libres»,
dijo Vespasiano con cierto desprecio, al anunciar a la ciudad la pérdida de su
libertad.
Tenía bastante razón, aunque no era por entero culpa de la
ciudad. Durante dos siglos, la ciudad sólo había disfrutado de una libertad
nominal que no significaba nada y que no tenía nada de estimulante. Cuando
Vespasiano la eliminó, no eliminó nada sustancial: sólo un barniz tenue y
descompuesto.
Mientras durase la paz romana, Bizancio sacaría beneficio
con o sin libertad. Era una próspera ciudad comercial que se olvidó de la misma
palabra guerra. Es probable que sus escolares estudiaran el gran sitio de
Filipo de Macedonia y cómo fue rechazado, pero eso había ocurrido hacía cinco
siglos y posteriormente hubo poco heroísmo.
Luego llegó el año fatal de 192. En aquel año, el
emperador romano Cómodo fue asesinado, y sus sucesores rivales hicieron
estremecerse a Roma. Pronto la opción quedó reducida a tres generales (uno en
el Occidente, otro en el centro, y otro en el Oriente) peligrosamente igualados
en fuerzas. El occidental era Clodio Albino; el del centro, Septimio Severo; el
oriental, Pescenio Niger.
Severo era el más vigoroso de los tres, y además el más
cercano a Roma. Entró en la ciudad en el 193 y obligó a que le aceptaran como
emperador. Niger y Albino, sin embargo, no lo aceptaron. Niger era el más
peligroso. Fue un general popular que ejercía el control del tercio oriental
del imperio, el más rico. Bajo su dominio estaba Egipto, la región desde la
cual Roma importaba la mayoría de sus productos alimenticios. Si Niger jugaba
hábilmente su baza, probablemente terminaría siendo el amo.
Sin embargo, Niger no prosperó. Tal vez confió demasiado
en la baza que tenía. El enérgico Severo avanzó hacia el este sólo treinta días
después de haber entrado en Roma y fue directo hacia Bizancio, porque era allí
donde Niger se había establecido con mayor fuerza.
Severo dejó una parte de su ejército para que sitiara a
Bizancio y llevó el resto a Asia Menor, abrigando la esperanza de destruir al
ejército de Niger. A lo largo del año 194, Severo dio tres importantes batallas
y las ganó todas. Finalmente, capturó a Niger y mandó que le decapitaran. Pero
eso no terminó con Bizancio. Byzas no se había equivocado siglos antes. La
ciudad situada en el Cuerno Dorado tenía una fuerza natural gracias a la cual
su captura era realmente difícil cuando sus ciudadano decidían defenderse. Era
una ciudad sola contra todo un imperio, pero resistió dos años más.
Hubiera sido mejor que se rindiera al principio, pera sus
dirigentes sabían que no podían esperar otra cosa sino la muerte del siniestro
Severo, y siempre cabía la esperanza de que los problemas en otros lugares
distraerían al emperador (después de todo, Albino todavía tenía el control de
los ejércitos contrarios a Severo en el oeste) y le forzarían a ofrecer a
Bizancio una capitulación liberal.
Las esperanzas de Bizancio se vieron frustradas. Severo
perseveró en el cerco, y no permitió que Albino le estorbara, y en el 196 la
ciudad tuvo que rendirse. Irritado Severo mandó saquearla, masacró a sus
ciudadanos importantes, arrasó sus murallas y la redujo a la categoría de
aldea. Al año siguiente, se dedicó a Albino y terminó con él.
El Imperio va hacia el Este
Bizancio realmente no se recuperó de este desastre durante
largo tiempo. Arrepentido, Severo la reconstruyó parcialmente, pero su lento
retorno a la prosperidad fue interrumpido por el hecho de que el imperio entero
sufrió un período de cincuenta años de anarquía después del asesinato, en el
año 235, del sobrino nieto de Severo, Alejandro Severo.
El caos del imperio posibilitó la invasión y la
destrucción casi impune de éste por parte de las tribus bárbaras y reinos
civilizados exteriores. Los Balcanes sufrieron las incursiones de un grupo de
tribus germánicas (los godos) y Asia Menor fue víctima de los persas.
La recuperación llegó cuando Diocleciano se convirtió en
emperador en el 284. Reorganizó lo que quedaba de la economía romana y
concentró sus esfuerzos en la mitad oriental del imperio, que era la más rica y
urbanizada, dejando la mitad occidental en manos de un asociado.
Ello se debía en parte al hecho de que el mismo
Diocleciano procedía del Oriente. Había nacido en una aldea llamada Dioclea, de
la que procede su nombre, que estaba situada en lo que hoy es la parte sur de
Yugoslavia. Roma no le atraía, y la única vez que la visitó le desagradó. Por
esta razón, prefería vivir en el este. Y también era el rico Oriente quien
corría más peligro, porque sus opulentas ciudades eran el objetivo de godos y
persas. Las provincias del oeste, más pobres y con menos población, no ofrecían
tantos atractivos para las tribus bárbaras de la frontera.
Teniendo esto presente, Diocleciano reconstruyó con la
misma solidez que habían tenido un siglo antes, en los días anteriores al
saqueo llevado a cabo por Severo, las murallas de Bizancio. Por supuesto, no lo
hizo por razones filantrópicas, sino porque eran necesarias unas fortalezas
sólidas contra los godos invasores, y Bizancio, bien defendida, era una de las
más resistentes. Tanto Filipo de Macedonia como el emperador Séptimo Severo lo
sabían.
Con Diocleciano el centro del imperio se fue hacia el
este, ya que estableció su capital y su corte en Asia Menor. La ciudad que
eligió por capital era Nicomedia, en el extremo más oriental de Propontia, a
unas cincuenta millas al este de Bizancio.
Durante casi medio siglo, Nicomedia fue uno de los centros
más importantes del imperio. Continuaban las dificultades, pero no eran tan
desastrosas como lo habían sido durante el período de anarquía. Después de la
abdicación de Diocleciano en el 305, por ejemplo, se produjo un período de
feroz rivalidad entre los contendientes a la corona; uno de ellos, Constantino
I, aumentaba continuamente su poder.
En el 312 Constantino, que gobernaba desde Milán, una
ciudad en el norte de Italia, fue reconocido como emperador de la porción
occidental del imperio. En la mitad oriental estaba Licinio, que gobernaba
desde Nicomedia. Los dos emperadores mantuvieron una tregua precaria, resultado
de una «reunión en la cumbre» en Milán, en el curso de la cual Licinio accedió
a casarse con la hermana de Constantino. La tregua se rompía de vez en cuando,
y hubo roces incidentales e incluso pequeñas guerras entre los dos emperadores.
En el 324 se produjo la ruptura cuando cada uno decidió intentar ser el único
soberano.
Constantino avanzó decididamente hacia el este y los dos
ejércitos se encontraron en Adrianópolis, unas 130 millas al oeste de Bizancio.
Licinio tenía la ventaja de una flota muy superior y de una posición bien
fortificada. No obstante, desaprovechó la flota y dejó que Constantino con sus
maniobras le obligara a salir de sus posiciones Un grupo de 5.000 arqueros
rodeó la retaguardia del ejército, y en la batalla que se produjo fue derrotado
el día 3 de julio de 323.
Licinio se retiró con la parte del ejército que consiguió
salvar, y se refugió tras las murallas de Bizancio. De nuevo, un emperador
romano avanzó para poner sitio a la ciudad, al igual que había hecho Severo un
siglo y medio antes.
Incluso entonces, si Licinio hubiera utilizado su flota,
posiblemente habría vencido; pero Constantino, que sabía la importancia de
dominar los mares, reforzó la flota que su hijo mayor dirigía con decisión
contra el enemigo. Las naves de Constantino pasaron, abriendo las rutas
comerciales hacia el mar Negro, lo cual permitió a Constantino aprovisionar a
su ejército y cortar el abastecimiento de Bizancio.
Licinio consiguió escaparse de la ciudad con unos cuantos
hombres y huyó a Asia Menor, donde reunió otro ejército. Constantino mantuvo
Bizancio cercado y envió un destacamento para capturar a Licinio. Se libró la
batalla final en Crisópolis, una ciudad al otro lado del Bósforo frente a
Bizancio y justamente al norte de Calcedonia, el 18 de septiembre, y de nuevo
Constantino salió vencedor. Aquella vez la vida de Licinio le fue perdonada,
pero lo ejecutaron un año más tarde.
Constantino era ya el soberano único de todo el Imperio
Romano, y Bizancio capituló ante él. Pero esta vez no fue destruida la ciudad.
Más bien lo contrario! Constantino abrigaba ciertas ideas, y una increíble
transformación esperaba a Bizancio.
2
La capital del Oriente
La ciudad de Constantino
Constantino había tenido ideas insólitas antes, ideas que
dieron resultados. Pongamos por caso el asunto de la religión. Tres siglos
antes de los tiempos de Constantino, un predicador llamado Josué (o para
emplear la forma griega del nombre, Jesús) había aparecido en Judea. Algunos
judíos le aclamaron como el Mesías (o, en griego. Cristo), el rey y cuyo
advenimiento habían vaticinado numerosas profecías místicas. Las autoridades
romanas le crucificaron, pero sus seguidores, que continuaban creyendo en su divinidad,
empezaron a ser conocidos con el nombre de cristianos.
Bajo la dirección de uno de sus primeros jefes, Pablo,
hicieron un intenso proselitismo, no sólo entre los judíos, sino también entre
los gentiles, y entre estos últimos, consiguieron sus mayores éxitos. La nueva
secta se difundió gradualmente y creció en importancia pese a las rachas de
persecución del gobierno romano. La última y más dura persecución se produjo
con Diocleciano, pero no consiguió tampoco disminuir mucho el número de sus
partidarios y únicamente sirvió para fortalecer sus creencias. Antes del año
300 formaban una numerosa minoría de la población romana y se les podía
encontrar en todas las ciudades.
Constantino reconoció que aunque no eran más que una
minoría, los cristianos tenían peso donde importaba tenerlo y eran fanáticos en
sus creencias. Los paganos solían ser pasivos; formaban la «mayoría
silenciosa», y en su mayoría vivían dispersos por el campo desde donde no
ejercían influencia. Constantino decidió apostar por los cristianos y
aprovecharse de su apoyo.
Por consiguiente, cuando celebró su reunión en la cumbre
con Licinio en el 313, insistió en promulgar un decreto conjunto de tolerancia,
revocando todos los impedimentos a los cristianos y permitiéndoles libertad
total de culto. Sin embargo, Licinio seguía simpatizando con el paganismo, y
sus acciones anticristianas a partir de entonces fueron aprovechadas por
Constantino como pretexto para la guerra final. Fue el primer emperador
cristiano (aunque fue bautizado en su lecho de muerte), y los reverentes historiadores
de la Iglesia le llamaron posteriormente Constantino el Grande.
También reorganizó el imperio en el terreno económico y
estabilizó con buen resultado la moneda imperial. Acuñó una nueva moneda de oro
que mantuvo su peso y su pureza sin ninguna alteración durante muchos siglos en
una época en que las monedas casi desaparecieron de Europa occidental. Los
comerciantes en toda Europa llegaron a tener confianza en las monedas acuñadas
por Constantino y sus sucesores. Las aceptaron sin poner trabas, y este hecho
estimuló la continuidad del comercio en el reino, lo que contribuyó a su
prosperidad.
Pero Constantino, tras sus audaces acciones en religión y
economía, no se paró ahí. Quería una capital nueva. Después de haber vencido a
Licinio, instaló su corte en Nicomedia, la capital establecida por Diocleciano,
pero no le resultó suficiente. Quería una ciudad totalmente nueva para señalar
el renacimiento del imperio.
Pensó románticamente durante algún tiempo en Troya, la
ciudad que los griegos hablan destruido quince siglos antes y que Hornero había
venerado en el poema épico más famoso de todos los tiempos, La Ilíada. Para los
antiguos, la obra de Hornero era la más cercana a un libro sagrado, y los
propios romanos remontaban su ascendencia (según una leyenda completamente
ficticia) a un héroe troyano de aquella antigua guerra.
Sin embargo, prevalecieron las consideraciones prácticas.
La posición de Troya en el extremo de los estrechos que daba al mar Egeo no era
tan fuerte como la de Bizancio en el extremo que daba al mar Negro. Constantino
había tenido pruebas de ello en el cerco de Bizancio. La ciudad quedaba justo a
medio camino entre las fronteras más amenazadas: por los godos en el Danubio, y
por los persas en el Éufrates. Con unas murallas resistentes, un gran ejército
y una flota eficaz a disposición de Constantino, Bizancio constituiría un
bastión absolutamente inexpugnable en el caso de que todo lo demás se
derrumbara (cosa que se demostró en más de una ocasión).
Así que Constantino comenzó a hacer algo nuevo de la
antigua Bizancio. A lo largo de toda su extensa historia, Bizancio había sido a
lo sumo una ciudad comercial próspera, pero no se había distinguido en otro
terreno. Nunca fue un centro de arte ni de erudición, no se había destacado en
la guerra, ni produjo ningún hombre importante. Hasta los tiempos de
Constantino continuó siendo un centro comercial de poco renombre.
Pero entonces Constantino se apoderó de ella y la cambió.
Nunca dejaba las cosas a medias. Destruyó lo que había y comenzó desde el
principio. Trazó una zona mucho mayor para amurallar y se puso a construir una
imitación de Roma, porque su intención era nada menos que una «Nueva Roma».
Incluso se aseguró de que su construcción se hiciera sobre siete colinas.
Empezó a construir edificios importantes siguiendo un
modelo romano: un foro, un senado y un palacio. Edificó un hipódromo donde se
celebrarían juegos para la diversión de la plebe. Fue utilizado principalmente
como un lugar para las carreras de carros (la palabra significa pista de
caballos). Hizo el hipódromo en el sitio donde Severo había construido uno
cuando quiso volverse atrás de su destrucción de la ciudad. Sin embargo, la
nueva estructura construida por Constantino era mucho más grande y tenía
verdaderamente una envergadura imperial. Tenía 1.500 pies de longitud, 490 de
ancho y capacidad para 60.000 personas.
El talento artístico en el imperio había decaído hacía
mucho tiempo, pero es probable que tampoco fuera Constancio especialmente
aficionado a la creación. Quiso que su ciudad tuviera el encanto de lo viejo y
se apropió de estatuas y cuadros de otros lugares, robando lo mejor del imperio
para poder embellecer su capital. Incluso hizo traer estatuas desde Atenas,
hechas en su edad dorada de siete siglos antes. Los teatros, los baños, las
iglesias, los embalses, los graneros, las nuevas casas de la aristocracia: todo
fue construido a base de trabajo forzado (las historias piadosas contadas por
cronistas clericales describen toda clase de milagros, como el de las águilas
que llevaban rocas y cintas de medir; pero podemos estar seguros de que fueron
los músculos de los esclavos los que hicieron todo el trabajo).
Se ofrecían alicientes a los colonizadores. Después de
todo, Constantino tenía la intención de trasladar allí su corte imperial, y
todos los que deseaban una posición pública, todos los que querían escalar
socialmente, todos los que tenían ganas de abrir comercios lucrativos llegaron
en tropel a la ciudad.
El 11 de mayo del año 330 se dio el toque final a la
reconstruida capital. En el foro estaba situada una columna, y en su cima fue
izada una estatua de Apolo, el dios del sol. Naturalmente, Constantino no podía
usar un dios pagano para sus propósitos, pero evitó el problema quitando la
cabeza de Apolo y sustituyéndola por la suya. Una vez que la estatua estuvo
bien colocada (permaneció en aquel lugar durante casi ocho siglos), las
multitudes dieron vítores y rezaron, y se consagró la nueva capital.
Novecientos ochenta y siete años después de su fundación,
a sólo trece años de cumplir el milenio, Bizancio dejó de existir. En su lugar
había una ciudad llamada la «Nueva Roma que es la ciudad de Constantino». Fue
oficialmente Nueva Roma durante más de mil años, pero todo el mundo la conocía
como la Ciudad de Constantino; en griego «Konstantinou polis», en latín
«Constantinópolis», y para nosotros «Constantinopla». Con este nombre, el
destino del viejo Bizancio fue ser la ciudad más famosa de sus tiempos, la
mayor, la más rica y la más culta.
Sin embargo, el nombre de Bizancio no desapareció
enteramente del vocabulario. La nueva moneda acuñada por Constantino se llamaba
«besante» en Occidente, y procedía del antiguo nombre de la nueva capital.
La religión de Constantino
La aceptación por parte de Constantino del cristianismo
tuvo una gran influencia en la ley romana, puesto que el emperador revisó ésta
a la luz de las ideas cristianas. Se abolió la crucifixión (por razones obvias)
como medio de ejecución. También se abolieron los juegos de gladiadores que
tantas personas asociaban con el martirio cristiano. La ley consideraba con
benevolencia aquellas cosas que el cristianismo aprobaba, como el celibato, y
con dureza las que el cristianismo censuraba, como el divorcio.
También endureció su actitud hacia el paganismo.
Constantino prohibió que se exhibiera su estatua en los templos paganos e hizo
desaparecer las representaciones de los dioses paganos de sus monedas acuñadas
posteriormente. Como recompensa, consideraba su derecho apropiarse de la
riqueza de los templos paganos para usos de Estado.
Tanto la aceptación del cristianismo por parte de
Constantino como su fundación de una nueva capital tuvo también finalmente un
efecto importante en la estructura de la religión. Entre otras cosas,
Constantino I, como protector y patrón de la porción cristiana de la población,
consideraba que su deber como emperador era ayudar a definir lo que tenían que
ser las creencias cristianas correctas.
Para él no había dudas, nunca consideró la posibilidad de
que tal vez no reunía las condiciones necesarias para decidir con respecto a
sutiles cuestiones de teología. Después de todo, no había sido un misionero el
que había convertido a Constantino, sino según la historia que contaba, la
visión de una cruz en el cielo. (Sólo unos pocos años antes la cruz se había
convertido en el símbolo del cristianismo.) Para el emperador esto significaba
que su conversión procedía de Dios, y por lo tanto poseía una clarividencia de
divina inspiración.
Además, de un modo más práctico, el emperador romano,
durante la época pagana, había sido el «Pontifex Maximus», la cabeza de la
religión oficial del Estado. Constantino daba por sentado que este cargo
adquiriría el mismo significado, pudiendo pasar él a ser la cabeza de la
Iglesia cristiana.
Y también Diocleciano reorganizó la posición del
emperador, la fortaleció rodeándola con la panoplia y ceremonia orientales que
heredó en gran parte de sus enemigos persas. El dominio de la religión estatal
por el emperador formaba parte del sistema persa y si esta tradición no
bastaba, se podía apelar a numerosas citas bíblicas para defender la teoría.
Los propios cristianos no se oponían a esta posición, como
se puede haber pensado. Llevaban siglos divididos en sectas de varias clases
sin que nadie actuara como árbitro, pero seguramente debería haber una sola
religión verdadera, y todas las demás variedades eran falsas en mayor o menor
grado.
La verdadera religión era ortodoxa (procede de la palabra
griega que significa «enseñanza rígida»). Las otras variedades del cristianismo
eran heréticas (de la palabra griega «elegir»), puesto que si existían
diferentes clases de cristianismo, cada fiel podría elegir la que más le
apeteciera.
Seguirían existiendo, sin un árbitro, riñas, disputas y
polémicas interminables e inútiles entre unas sectas y otras. Todas las sectas
apelaron al emperador. Cada una de ellas esperaba convencerle de su propia
verdad y después aprovechar el aparato estatal para aplastar a sus rivales
heréticos. Por esta razón, todas las sectas se doblegaron ante la idea de que
el emperador era la cabeza de la Iglesia, y se estableció un precedente que iba
a durar en Oriente durante más de mil años y que iba a influir mucho en la
historia.
Constantino, cuando era emperador sólo de la parte
occidental, había logrado resolver una disputa dentro de la Iglesia de
proporciones relativamente pequeñas, y ya estaba con ganas de abordar algo de
más importancia.
En la época en que venció por fin a Licinio, existía una
vehemente controversia en Alejandría, la ciudad más grande de Egipto y el
centro del desarrollo de la teología cristiana. Los jefes eran dos
eclesiásticos de Alejandría, Arrio y Atanasio. Sus fieles se llamaban arrianos
y atanasianos, respectivamente.
Para expresarlo con las palabras más sencillas, los
arrianos creían que Dios era supremo y que Jesús, aunque era el más grande de
todos los seres creados, era inferior a Dios. Los atanasianos creían que Dios,
Jesús y el Espíritu Santo eran aspectos diferentes e iguales de la Trinidad (de
la palabra latina que significa «grupo de tres»).
Para resolver la cuestión, Constantino I decidió convocar
un concilio de obispos del imperio para discutir el problema; él lo presidiría
y tomaría la decisión final. Al ser convocados de todas las partes del imperio
por primera vez, fue un concilio ecuménico (universal); en realidad el Primer
Concilio Ecuménico. Los obispos se reunieron el 25 de julio de 325 en Nicea, a
veintidós millas al sur de Nicomedia, que era entonces la capital imperial.
El Concilio se decidió a favor de Atanasio y la Trinidad.
Por lo tanto, su doctrina se convirtió oficialmente en la doctrina de toda la
Iglesia, es decir, de la Iglesia Católica (de la palabra griega que significa
«entero» o «universal»). Desde aquellos tiempos, resulta conveniente llamar
católicos a los que creían en la doctrina de Atanasio. Sin embargo, los
arrianos no abandonaron su doctrina, y durante varios siglos los católicos y
los arrianos siguieron coexistiendo y manteniendo su hostilidad.
El Primer Concilio Ecuménico produjo muchos otros
resultados. Por un lado, estableció el precedente de que sólo el emperador
tenía el derecho de convocar un concilio ecuménico, lo cual era una poderosa
arma del Estado frente a la Iglesia. Y también este concilio estableció la
desigualdad de los obispos. Antes, todos eran iguales, al menos en teoría. A
partir de entonces, los obispos de ciertas ciudades grandes obtuvieron
privilegios especiales.
Para comenzar, los obispos de Roma, Alejandría y Antioquia
resultaron beneficiados. Eran las tres mayores ciudades del imperio y, además,
habían participado en la antigua historia de la Iglesia. Antioquia fue la
primera ciudad, con la excepción de Judea, que tuvo una importante congregación
cristiana; Alejandría había sido el centro del pensamiento teológico cristiano;
y Roma tuvo como primer obispo, según la leyenda, al propio San Pedro.
Los obispos de estas ciudades eran, para emplear el
término que se acabó asociando con tales ciudades, los patriarcas (los primeros
padres, o puesto que «padre» era un título habitual para un sacerdote, los
«primeros sacerdotes»). Con el tiempo, el obispo de Roma empezó a ser llamado
de forma aún más sencilla el padre, que era «pappas» en griego, y se convirtió
en «papa» en español.
Esto, de paso, estableció un precedente al dar al
emperador el derecho a nombrar y a deponer a los patriarcas. Este precedente se
mantuvo a lo largo de la historia del imperio, y también funcionó como un arma
poderosa del Estado frente a la Iglesia.
Naturalmente otras ciudades aspiraban a que sus obispos
fueran nombrados patriarcas, y una que lo consiguió, aunque pequeña y nada
importante en todos los aspectos salvo en uno, fue Jerusalén.
¿Y Constantinopla, qué? No estaba relacionada en absoluto
con el cristianismo, y en la época del Concilio de Nicea ni siquiera existía
realmente. Sin embargo, era necesario tenerla en cuenta, aunque sólo fuera
porque era la capital y la ciudad del emperador.
El razonamiento era que la capital iba a ser la Nueva
Roma, y por esta razón debía tener todos los privilegios de la antigua Roma. No
era posible luchar contra la influencia de la presencia real del emperador en
la capital. Constantinopla consiguió su patriarca, y puesto que el emperador
siempre prestaba oídos al patriarca y el emperador dominaba la Iglesia, era
natural que el patriarca de Constantinopla tuviera primacía frente a los otros.
Los patriarcas más antiguos de Alejandría, Antioquia y
Roma se sintieron agraviados. En particular, Alejandría seguía siendo enemiga
irreconciliable de Constantinopla con respecto a cuestiones de doctrina, y
Antioquia habitualmente se unía a aquélla. En cuanto a Roma, aislada en el
oeste, siguió cada vez más su propio camino.
Por lo tanto, ya la visión atanasiana de la Trinidad tenía
fuerte arraigo en Alejandría, Constantinopla, desde el momento de su fundación,
comenzó a ir casi automáticamente por el camino opuesto hacia el arrianismo. A
pesar de la decisión del Concilio de Nicea que Constantino I había presidido,
éste favoreció la concepción arriana cada vez más durante los últimos años de
su vida.
Constantino I murió en 337 en Nicomedia (no en su nueva
capital), y tres de sus hijos gobernaron el imperio. Constantino II, que
gobernaba en el Oriente, sobrevivió s sus dos hermanos, y a partir de 351
gobernó solo. Era enérgicamente proarriano, y durante un cuarto de siglo
Constantinopla intentó que fuera adoptado el arrianismo.
No era posible. Los otros patriarcas se unieron en contra
de ella. En particular, todo el Occidente, bajo la dirección del papa romano,
era decididamente católico. Entonces, en 379, un occidental, Teodosio I, fue
proclamado emperador. Era un católico cien por cien, y bajo él la cristiandad
consiguió su victoria final.
Los paganos sufrían cada vez más inconvenientes desde los
tiempos de Constantino. En el 341 se prohibieron los sacrificios paganos y en
el 353 se cerraron sus templos. Bajo Teodosio, los paganos se vieron privados
de todos sus derechos civiles, así que el siglo que comenzó con la mitigación
de la persecución de los cristianos terminó asignándoles el papel de
perseguidores por largo tiempo. La religión católica se convirtió con Teodosio
I en la religión oficial del Estado. Bajo la mirada hostil de esta religión,
apoyada por el poder del Estado, el paganismo y el arrianismo se marchitaron y
murieron.
El imperio demediado
Por entonces, sin embargo, el imperio había padecido un
desastre. Un pueblo nómada, los hunos, había salido como un enjambre de sus
tierras natales en Asia central para invadir Europa oriental. Las tribus
germánicas que se encontraron en su camino se rindieron y huyeron.
Los visigodos, situados al norte del límite del imperio en
el Danubio, habían sido antaño el azote de Roma, pero ahora estaban
aterrorizados por los hunos que se les acercaban. Pidieron humildemente permiso
para cruzar el Danubio hacia lugares más seguros. Los funcionarios romanos les
permitieron entrar a condición de que no llevaran armas. No obstante, una vez
dentro del territorio romano les maltrataron y les empujaron a la rebelión.
Encontraron armas, se unieron, incluso se juntaron con grupos de hunos que se
habían infiltrado cruzando el río, y repentinamente un ejército grande y hostil
se encontró acampado en territorio romano.
Las legiones romanas salieron a su encuentro pero los
godos habían empezado a utilizar provechosamente estribos metálicos del tipo
que los hunos habían traído desde Asia central. Los estribos permitían que los
jinetes se asentaran firmemente sobre su montura y embistieran con su lanza.
Permitían que el jinete cargara arrolladoramente contra la infantería sin miedo
a caerse de su caballo.
En el año 387 en Andrianópolis, donde cincuenta años antes
Constantino había vencido a Licinio, hubo una carnicería del ejército romano
perpetrada por los jinetes germanos. Fue una derrota fatal. Se quebró el
espíritu romano, y desde entonces cuando era necesario que Roma luchara, lo
hacía utilizando germanos a sueldo. Los generales germanos mandaban los
ejércitos romanos y dominaban el Estado.
Teodosio I se convirtió en emperador el año siguiente y
mientras vivió pudo contener la situación. De hecho, fue el último emperador
romano que gobernó él solo todo el territorio romano. Cuando se murió en 395,
dejó a dos hijos jóvenes de coherederos, uno de los cuales gobernaba la parte
oriental y el otro la parte occidental. En teoría, el Imperio Romano estaba
todavía sin dividir con una única estructura política, pero a partir de la
muerte de Teodosio, ningún emperador volvió a gobernarlo como un todo.
Y mientras existieran dos emperadores en capitales muy
distantes, era probable que sus políticas fueran distintas, y que las dos
partes del imperio estuvieran en manos de rivales que intrigarán uno contra el
otro. Esta desunión ayudó a que se produjeran las catástrofes del siglo V.
Con la muerte de Teodosio I, es habitual hablar del
Imperio Romano de Occidente (o Imperio Occidental) y del Imperio Romano de
Oriente (o Imperio Oriental). En teoría, era Roma la ciudad que gobernaba el
Imperio Occidental, pero en la realidad el emperador raras veces, por no decir
nunca, residía en Roma. Estaba siempre en Milán, o más tarde, en Rávena, dos
ciudades del norte de Italia. Sin embargo, era siempre Constantinopla la que
gobernaba el Imperio Oriental, y en este libro voy a centrarme en él.
La importancia mayor de la mitad oriental del Imperio se
ve claramente en el hecho de que Teodosio dejara esta parte a su hijo mayor,
Arcadio. Tenía unos dieciocho años al morir su padre, pero era un estúpido, un
abúlico, y no tenia ningún interés por gobernar. Estaba muy contento viviendo
lujosamente dentro de los muros del palacio y dejando que sus ministros
administraran el imperio.
Para comenzar, su ministro principal era Rufino, que fue
nombrado para el cargo en el testamento de Teodosio. Por supuesto, era germano,
hecho que irritó sumamente a otro germano, Alarico, qué había servido fielmente
a Teodosio como comandante del contingente visigodo del ejército romano.
Alarico era de la opinión que era él quien merecía ser el ministro y guardián
de Arcadio.
Encolerizado, Alarico avanzó contra Constantinopla y fue
el primero en descubrir lo que averiguarían muchos después de él: que no se
podía hacer otra cosa en Constantinopla sino sentarse frente a sus murallas
hasta hastiarse. Por esta razón Alarico se marchó, dirigiéndose hacia el sur
para entrar en Grecia, donde devastó la campiña y saqueó las ciudades. Era el
primer ejemplo de lo que se convertiría en moneda corriente en las décadas
posteriores: las bandas guerrilleras germanas dedicadas a la rapiña de las
provincias romanas siempre que les daba la gana, sin que nadie les hiciera
frente.
El Imperio Occidental podía haber echado una mano, pero
desgraciadamente había una rivalidad entre las dos mitades para ver quién iba a
dominar Iliria, la región que hoy forma la parte occidental de Yugoslavia. Cada
mitad intentó aprovecharse de las dificultades de la otra para sus propios
fines, y mientras tanto un germano intruso como Alarico encontró el campo
libre.
En 396 el Imperio Oriental descubrió el arma más eficaz
contra Alarico: el soborno. Fue fácil ofrecerle títulos y dinero en secreto, y
encaminarle hacia el oeste. Alarico dejó Grecia, y más tarde invadió Italia
donde tomaría Roma en el 410.
El Imperio Oriental siguió utilizando esta táctica. Era
más rico que el Imperio Occidental, y su capital resultaba inexpugnable. Para
cualquiera de las bandas bárbaras era más fácil aceptar el dinero y dirigirse
hacia el oeste que quedarse y estrellarse vanamente contra las murallas de
Constantinopla. En parte debido a su política de desviar el peligro hacia el
oeste, el Imperio Oriental siguió relativamente entero, mientras el Imperio
Occidental se hizo pedazos.
Fue una vergonzosa demostración de miope egoísmo, puesto
que si las dos mitades se hubieran unido contra las bandas guerrilleras
germanas, muy probablemente Roma podría haber resistido durante aquel siglo y
producido por fin una civilizada fusión romano-germánica que habría alterado la
historia del mundo.
El arquitecto del proyecto de sobornar y señalar en otra
dirección fue Eutropio, que había sucedido a Rufino como primer ministro.
Eutropio era un eunuco, y es el primero de una serie de este tipo de individuos
que ejercerían gran influencia en Constantinopla.
La práctica de castrar a los niños o a los criminales se
originó en el Oriente, donde era útil tener a unos hombres que guardaban los
harenes sin poder aprovecharse de su situación. No existían harenes en
Constantinopla, y sin embargo, los eunucos resultaron útiles para otras cosas.
Ya que, según una férrea tradición, un eunuco nunca podía ascender al trono, y
tampoco podía tener hijos (para los cuales ambicionar algo), y de este modo
nunca tendría un motivo directo para organizar un golpe.
Además, la castración no afecta a la inteligencia humana.
Sin mujeres ni hijos que le distraigan, como ocurre con un hombre normal, e
incluso sin verse distraído por unos instintos sexuales, como puede pasar con
un célibe, un eunuco está libre para poner su inteligencia al servicio del
Estado. Tanto favorecían los emperadores el empleo de los eunucos como
funcionarios de la corte que (por horrendo que nos parezca hoy en día) hombres
de buena familia hicieron a veces que uno o más de sus hijos fuesen deliberadamente
castrados para asegurarles en el futuro un puesto gubernamental importante.
Existían también desventajas en la utilización de los
eunucos, La mayoría de los hombres solían despreciarles y los eunucos, que eran
conscientes de este hecho, guardaban a veces un profundo resentimiento. Solían
aprovechar su influencia con el emperador, y sobre todo con sus mujeres, para
intrigar contra los que odiaban. Además, puesto que no podían salir del
palacio, tenían unos modos bastante estrechos de entender las cosas. Su
política solía ser de corto alcance y de escasa previsión, como en el caso de
los sobornos de Eutropio. (Hubo, por supuesto, excepciones, como las hay en
todas las generalizaciones históricas.)
Eutropio arregló un matrimonio entre Arcadio y Eudoxia la
hija de un oficial franco del imperio. Este matrimonio, que se celebró sólo
tres meses después de que Arcadio ascendiera al trono, tenía como objeto evitar
que Rufino consiguiera más poder al casar a su propia hija con el emperador.
Rufino no vivió mucho tiempo después de la boda de
Arcadio, y parecía que Eutropio, a través de Eudoxia, se convertiría en el amo
completo del Imperio Oriental. Sin embargo, el eunuco se dio cuenta que había
jugado demasiado fuerte. Muy pronto, Eudoxia se percató de que tenía mucha
voluntad y que Arcadio era débil; era hermosa, y Arcadio estaba fascinado. Ella
tenía todo el poder que necesitaba, y Eutropio, que la había elevado a la cima,
ya no era esencial. Maniobró para provocar su caída, y en 399 fue primero
exiliado, y más tarde ejecutado.
A Eudoxia se la recuerda sobre todo por su enemistad hacia
Juan Crisóstomo, el «pico de oro», llamado así después de su muerte por su
hábil oratoria y por el efecto que tenía en el público. Fue nombrado Patriarca
de Constantinopla en el 398, y se hizo popular enseguida entre el pueblo al
utilizar las riquezas de su cargo para crear hospitales y hacer obras
benéficas. Exigía un estricto celibato al clero y denunciaba con gran
vehemencia a los perversos y a los hipócritas. Fue, verdaderamente, uno de los pocos
padres de la Iglesia que era un reformador social en la tradición de los
profetas del Antiguo Testamento. Denunció los extremos de la riqueza y de la
pobreza, e incluso favoreció la abolición de la esclavitud (una idea casi
desconocida entre los antiguos).
Por supuesto, los pobres estaban encantados con Juan
Crisóstomo, pero ni los ricos ni los poderosos le tenían ningún cariño. Como el
patriarca tomó por modelo los profetas del Antiguo Testamento, hasta el punto
de denunciar a los gobernantes por sus inmoralidades, Eudoxia estaba muy
disgustada con él. Como llevaba una vida alegre, lujosa y licenciosa, no
consideró muy divertido que la denunciaran. Por lo tanto, actuó provocando la
hostilidad de un jefe de la Iglesia contra otro, porque sabía que el Patriarca
de Alejandría con toda seguridad sería enemigo del Patriarca de Constantinopla.
Se convocó un sínodo (o reunión de obispos) especial en el
403. El Patriarca Teófilo de Alejandría iría a Constantinopla, donde acusaría a
Juan Crisóstomo de herejía. Se había previsto de antemano un veredicto de
culpabilidad. Juan Crisóstomo se negó a presentarse ante un tribunal de esta
índole y por esta razón fue destituido del patriarcado y enviado al exilio.
Pero se desató una tormenta de protestas entre la
población, y Eudoxia asustada tuvo que volver a llamarle al cabo de sólo dos
días. Esta vuelta atrás sólo sirvió para decidir a la emperatriz a preparar
mejor un nuevo exilio del Patriarca.
Un nuevo sínodo se reunió en el 404, y esta vez un
destacamento de mercenarios germanos llegó a Constantinopla. Aunque la herejía
del arrianismo ya no existía entre los romanos, el clero arriano había
convertido a las tribus germanas, las cuales continuaban siendo arrianas en
esta época. Por consiguiente, a los mercenarios les importaba un bledo lo que
les ocurriera a los patriarcas católicos y estaban más que dispuestos a
masacrar a la población sí recibían la orden. El pueblo, que tenía plena
conciencia de la situación, no podía hacer nada.
Juan Crisóstomo fue desterrado a un pueblo de los
estrechos orientales de Asia Menor, a unas 400 millas de Constantinopla, y este
segundo exilio nunca fue revocado. Sin embargo, aquel mismo año, Eudoxia murió
durante un parto; y Arcadio murió en el 408.
Las triple murallas
Cuando murió Arcadio tenia un solo hijo, de siete años. El
hijo ascendió al trono con el nombre de Teodosio II. No demostró mayor
capacidad que su padre, pero tuvo la suerte de tener una hermana mayor.
Pulqueria tenía todas las cualidades necesarias y fue la verdadera soberana del
imperio durante una generación.
Pulqueria arregló un matrimonio más bien romántico para su
afable hermano menor. Le había llamado la atención una hermosa muchacha de
Atenas, llamada Athenais, educada minuciosamente por su padre en la antigua
erudición griega, y que seguía siendo pagana en una época en que quedaban
pocos. Teodosio necesitaba una mujer para poder tener un heredero al trono y
esta muchacha parecía tan hermosa como gentil. Podía hacer a Teodosio feliz sin
poner en peligro la posición de Pulqueria.
Esta convenció a Athenais para que se convirtiera al
cristianismo y cambiará su nombre por el de Eudocia. En el 421 se casaron
Teodosio y Eudocia con gran júbilo y solemnidad. El matrimonio fue feliz, nació
una hija, y Eudocia exhibió su cultura escribiendo poesía. Desgraciadamente, su
influencia con su marido y su popularidad entre la gente la hicieron aspirar a
tener una influencia mayor de la que Pulqueria estaba dispuesta a permitir. En
el 443 Pulqueria forzó a la pobre reina a exiliarse a Jerusalén y el blando
Teodosio II no se atrevió a oponerse.
El palacio fue totalmente distinto a lo que había sido con
su madre Eudoxia. Pulqueria era una mujer virtuosa o recta, entregada con
devoción a las enseñanzas de la Iglesia (con el tiempo fue canonizada). Revocó
el antiguo dictamen contra Juan Crisóstomo y el féretro que contenía el cadáver
del patriarca fue llevado a Constantinopla en el 437. Se le hizo santo, y
Teodosio II llevó a cabo una minuciosa ceremonia de arrepentimiento en nombre
de sus padres.
Esto no quiere decir que Pulqueria no tuviera sus
problemas con el patriarca de Constantinopla. El patriarca en cuestión era
Nestorio, que había sido nombrado en el 428 por su fama de elocuente y de
ortodoxo. Su elocuencia era, sin duda, la apropiada, pero su ortodoxia tenía
fallos. Sus ideas sobre la doble naturaleza humana y divina de Jesús no eran
convencionales y ofendían a Pulqueria. Riñeron, y Nestorio no dejó de
denunciarla una y otra vez.
Pulqueria, al igual que su madre, sabía donde encontrar un
aliado contra cualquier patriarca de Constantinopla. Se volvió hacia el
patriarca de Alejandría, que era entonces el muy ortodoxo Cirilo. Se convocó un
concilio ecuménico (era el tercero) en Efeso, en la costa de Asia Menor, en el
431. Resultó un concilio muy turbulento que Cirilo dominó en un principio, pero
más tarde no pudo controlar debido a la llegada de más obispos que se
adhirieron a los principios nestorianos. Nestorio se negó a asistir al concilio
o a reconocerlo como legítimo. Pero a la postre fue condenado como herético.
Fue destituido de su cargo de patriarca y enviado al exilio en el desierto
egipcio.
Internamente, el gobierno de Teodosio II consiguió unos
cuantos objetivos beneficiosos. Se organizó en el 425 la Universidad de
Constantinopla como centro cristiano para la enseñanza, porque la única otra
escuela existente era la Academia de Atenas, aquella reliquia del conocimiento
pagano que Platón fundó originalmente unos siete siglos y medio antes. También
se redactó y publicó en el 438 una nueva recopilación de leyes como pauta para
los funcionarios públicos. Se llamaba el Código de Teodosio.
Aunque el Imperio Oriental no sufrió todos los efectos de
las incursiones bárbaras con la misma fuerza que el Imperio Occidental, tenía
razones para temerlas. La realidad es que Teodosio II tenía como uno de sus
proyectos principales construir una triple muralla desde el Cuerno Dorado hasta
el mar Egeo, cerrando así el paso hacia el lado de Constantinopla que daba a
tierra con una barrera mucho más fuerte que cualquiera de las anteriores. Fue
la captura por parte de Alarico de Roma en el 410 la que inspiró el proyecto,
porque demostró con qué facilidad se podían tomar incluso las ciudades más
renombradas.
Costó una generación levantar la muralla trabajando desde
el año 413 hasta el 447. Pero una vez terminada, la obra resultó construida con
escrupulosidad y a la perfección. En el lado más alejado de la muralla, había
un foso de sesenta pies de anchura y veintidós de profundidad, que el enemigo
tendría que atravesar a nado o tender un puente sólo para llegar a la primera
muralla, más bien baja, tras la cual, los arqueros, agazapados y perfectamente
protegidos, podía dispararle.
Aunque se tomara la primera muralla, existía una segunda
de veintisiete pies de altura, y detrás todavía una tercera, la mayor y más
fuerte de todas, con torres de setenta pies desde las cuales los hombres podían
disparar sus flechas y las catapultas lanzar sus piedras. Esta última muralla
aguantó todos los intentos de abrir brecha en ella por la fuerza (no así por la
traición) durante mil años, y aún ahora, quinientos años después de que
cediera, sus ruinas continúan siendo impresionantes.
Durante el reinado de Teodosio II, las bandas germánicas
invasoras hacían pedazos las provincias del Imperio Occidental y el emperador
del oeste tenía poco poder fuera de Italia. En particular, los miembros de una
tribu germánica, los vándalos, dirigida por un jefe sumamente capaz, Genserico,
llegaron en tropel al Norte de África y amenazaron Cartago. Esto representaba
un gran peligro para el Imperio Oriental, puesto que un enemigo en Cartago
podía fácilmente amenazar la rica y poco protegida provincia de Egipto (durante
todas las invasiones bárbaras, a lo largo de los siglos III, IV y V, sólo
Egipto permaneció incólume).
Por esta razón, cuando el emperador occidental pidió ayuda
al del Oriente (los dos emperadores eran primos carnales), Teodosio II
respondió favorablemente. Por una vez, las dos mitades del imperio cooperaron
contra el enemigo común, y en el 431 una flota romana oriental navegó hacia el
oeste.
La flota tenía como comandante a Aspar, un general germano
que se había hecho famoso una década antes cuando derrotó a los ejércitos
persas. Fue menos afortunado contra los vándalos. Las naves de Genserico
maniobraron con gran destreza, y en el 434 Aspar se vio obligado a retirarse
sufriendo grandes daños. Genserico capturó Cartago y estableció un reino en el
Norte de África que iba a durar un siglo. Sin embargo, la batalla que libró con
la flota romana oriental le había quitado las ganas de crearse problemas en
aquella dirección y durante algún tiempo evitó enfrentarse con el Imperio
Oriental. De todas formas, Aspar había conseguido algo.
Sin embargo, el verdadero desastre para el reino vino de
los hunos. Ya habían pasado setenta años desde que entraran como un rayo en
Europa y habían permanecido más bien tranquilos, gobernando el imperio del que
se habían adueñado al norte del mar Negro. Pero en el 433, un jefe dinámico,
Atila, tomó el poder. Pasó muchos años consolidándolo, y en el 441 se encontró
en condiciones de volver a intentar una expansión lanzándose con gran ímpetu a
través del Danubio.
Los hunos se enfrentaron con las asustadas fuerzas romanas
en una serie de batallas, derrotándolas una y otra vez y haciéndolas retroceder
cada vez más hacia Constantinopla. Aspar sufrió una fuerte derrota justo fuera
de las nuevas murallas en el 443, y fue entonces cuando éstas demostraron su
valor por primera vez. Aunque los hunos parecían invencibles montados en sus
veloces y velludos caballitos, no podían saltar por encima de las murallas ni
disparar a través de ellas.
Atila no podía hacer otra cosa que arrasar los Balcanes,
la península de la cual Grecia representaba la punta más al sur, pero el
imperio sólo podía permitirlo hasta cierto punto. Entonces el gobierno de
Teodosio se vio obligado a hacer con Atila lo que el gobierno de su padre
Arcadio había hecho con Alarico: sobornarle y encaminarle hacia otro rumbo. Se
pagó a Atila tres toneladas de oro, se le prometió un pago anual de una
tonelada, y se le enseñó el camino hacia el Occidente. Sin embargo, Atila no se
apresuró a marcharse. Creía que el Este era la mitad más opulenta del imperio
y, al igual que todos los chantajistas entregados a su trabajo, deseaba recibir
más pago.
En el 450, con las provincias europeas del Imperio
Oriental en ruinas gracias a los hunos, murió Teodosio después de un largo
reinado de cuarenta y dos años. Su hermana Pulqueria, la verdadera soberana, le
sobrevivió, pero no podía seguir dominando el gobierno sin tener a un hombre a
su frente, a través del cual pudiera maniobrar. En vista del peligro huno,
eligió a un general de sesenta años llamado Marciano para ser su emperador.
Había nacido en Tracia, ya asolada por los hunos y no les tenía ningún cariño.
Había luchado bajo las órdenes de Aspar durante años, fue capturado en la
batalla contra Genserico y permaneció prisionero durante algún tiempo.
Posiblemente Pulqueria se habría casado con Aspar, pero
éste era de religión arriana. No era imposible que un arriano controlara el
ejército y tuviera en sus manos el poder que estaba tras el trono, pero no
podía asumir el título de emperador de una población católica sin provocar una
revolución.
Pero Marciano era un católico tan sólido y ortodoxo como
la misma Pulqueria, y juntos estaban dispuestos a ocuparse de nuevo del asunto
de Nestorio. Aunque le habían condenado en el Concilio de Efeso, Nestorio
todavía disfrutaba de muchos partidarios, sacerdotes y laicos; que profesaban
opiniones «nestorianas». Todo esto, según Pulqueria, tenía que terminar y
Marciano estaba de acuerdo.
Se convocó otro concilio ecuménico, el cuarto, en
Calcedonia, al otro lado del estrecho de Constantinopla, en el 451. (Y más o
menos por el mismo tiempo, el propio Nestorio murió en su lejano exilio.) Fue
un concilio mucho más tranquilo y serio que el anterior. Pulqueria asistió y
fue recibida triunfalmente por los obispos. Una vez más, se condenó al
nestorianismo y fue expulsado del imperio (aunque no murió, ya que los
exiliados lo llevaron hacia el Este, a las lejanas tierras de Persia, la India,
e incluso China).
Por cierto, en este concilio el obispo de Jerusalén fue
elevado oficialmente al rango de patriarca. Y también el patriarca de
Constantinopla (que había sido declarado sólo inferior al papa de Roma por el
segundo concilio ecuménico de Constantinopla, en el 318) vio su poder ampliado
con nuevas y grandes zonas. El papa León I (el Grande) se opuso enérgicamente a
este aumento del poder del patriarca, porque preveía con razón que esto
terminaría en un intento de convertir a Constantinopla en hegemonía sobre la cristiandad.
Este fue el primer golpe en la batalla entre los jefes religiosos de las dos
mitades del imperio, batalla que nunca se resolvería con total satisfacción de
un lado ni del otro.
Marciano fue un emperador honrado y austero que hizo lo
que buenamente pudo para ordenar los asuntos financieros del imperio y que, al
terminar su reinado, dejó una tesorería repleta. Como es natural, esto no podía
haberlo hecho si hubiera continuado pagando tributo a los hunos. De hecho, casi
inmediatamente después de haber ascendido al trono, Marciano se negó
rotundamente a pagarles más tributos.
Fue un paso osado, y las consecuencias hubieran podido ser
serias si Atila no hubiera tenido sus miras puestas en Occidente. Pero Atila
decidió que había sacado del Este todo lo que podía y que las murallas de
Constantinopla aguantarían cualquier cosa. En el Oeste el botín sería menor,
pero más seguro. Así que en el 451 dejó finalmente que se completara la
estrategia oriental de pagar y señalar hacia otra dirección. Dirigió sus
jinetes hacia el Oeste, y el Imperio Oriental le perdió de vista a él y a sus
hunos para siempre.
Pulqueria murió en el 453, dejando todas sus pertenencias
a los pobres, y Marciano le sobrevivió cuatro años. Cuando murió en el 457, la
dinastía de Teodosio I llegó a su fin.
El fin del Oeste
Cuando murió Marciano, el hombre más poderoso de
Constantinopla era Aspar, el envejecido jefe de los mercenarios germánicos. Le
habían derrotado tanto el vándalo Genserico como el huno Atila, y por esta
razón no podía presentarse como gran jefe militar. No obstante, tenía sus
germanos que le apoyaban, y éstos mandaban en la ciudad.
Si no hubiera sido arriano, Aspar hubiera podido hacerse
emperador sin dificultades. El Imperio Romano, desde sus comienzos, casi cinco
siglos antes, nunca había adoptado la idea de la sucesión hereditaria al trono
ni el concepto de una «familia real». Esto se debía a que el Imperio Romano fue
primeramente una república y Augusto, el primer emperador, se había empeñado en
mantener, al menos en apariencia, la continuidad de las tradiciones
republicanas.
Era cierto que a menudo un hijo sucedió a su padre, Como
ocurrió cuando Arcadio sucedió a Teodosio I y Teodosio II sucedió a Arcadio,
pero esta situación no tenía que repetirse necesariamente. Un hijo adoptado, o
un yerno, o alguien sin ningún parentesco podía heredar al emperador. Cuando no
existía heredero directo, no se buscaba entre las ramas colaterales de la casa
siguiendo un orden convenido de precedencia entre los diferentes parientes. En
lugar de ello, se llegaba a emperador debido a algún instrumento de poder: a
menudo el ejército, a veces los funcionarios de palacio, e incluso las masas
amotinadas.
La flexibilidad en la selección de emperador a menudo
servía para llevar al trono a hombres capaces que de otro modo hubieran sido
totalmente excluidos, pero a la vez propiciaba conspiraciones y golpes, puesto
que cualquier general o político (o incluso un campesino) podía aspirar al
trono.
Pero el arrianismo, al igual que la castración, era una de
las pocas características absolutamente incompatibles con el trono, y Aspar
buscaba por todas partes a un católico que se prestara a ser un títere. Eligió
a tino de sus oficiales, que en el 457, llegó a ser el emperador León I.
Al igual que Marciano, León era tracio y casi tenía
sesenta años al ascender al trono. Fue el patriarca de Constantinopla quien
coronó a León, y éste fue el primer emperador que se sometió al rito. Dio un
toque más de divinidad al cargo imperial, y de hecho, a través de la historia
del Imperio Oriental, el emperador, mucho más que el patriarca, fue considerado
el representante de Dios en la tierra. Era lo más cercano a una monarquía
divina de lo que una nación cristiana podía llegar, y con el tiempo, esta noción
tendría repercusiones importantes en el Occidente. La coronación del emperador
dotó también de una autoridad mayor al patriarca de Constantinopla, lo cual no
dejaba de inquietar a su principal competidor, el papa de Roma.
León I resultó ser una persona mucho más enérgica e
independiente de lo que Aspar esperaba. En primer lugar, el nuevo emperador
tenía sueños de gloria, quiso unir a todo el Imperio Romano y destruir a las
hordas germánicas que entonces ocupaban lo que constituía el casi cadáver de la
mitad occidental.
El más peligroso de los reinos germánicos seguía siendo el
reino de los vándalos del Norte de África, contra el que el imperio había
luchado en vano en tiempos de Teodosio II. El rey vándalo aún era Genserico,
que ya tenía más de setenta años.
En el 460, el débil emperador occidental había enviado una
flota contra Genserico que fracasó tan miserablemente que el emperador se vio
obligado a abdicar. León decidió hacerse cargo del problema. En el 467
consiguió colocar a uno de sus favoritos en el trono del Oeste. Fue Antemio,
yerno de Marciano, el predecesor de León. León creía que podía contar con el
nuevo emperador occidental para cooperar con él. Luego preparó una formidable
flota de más de 1.100 naves tripuladas, según un relato probablemente exagerado,
por 100.000 hombres. La flota empezó su trabajo de limpieza en el Oeste,
tomando la isla de Cerdeña a los vándalos, y luego desembarcó el ejército cerca
de Cartago.
Sin embargo, era Basilisco, el hermano de la mujer de
León, quien mandaba la flota. Ser el cuñado de un emperador puede ser algo muy
importante, pero no concede automáticamente capacidad militar, Resultó un
incompetente.
Basilisco amontonó las naves de la flota en el puerto
hasta que apenas quedó espacio para maniobrar. Para colmo, la vigilancia que
montó se demostró totalmente inadecuada. De modo que Genserico esperó a la
noche y envió barcos envueltos en llamas en medio de la flota. Inmediatamente
se produjo un holocausto en el agua. Cuando algunas de las naves imperiales
lograron maniobrar para salir de aquella trampa mortal, la expedición se había
deshecho.
Se cree que el fiasco costó al imperio unas sesenta y
cinco toneladas de oro y que dejó en la bancarrota a la tesorería durante años.
Basilisco buscó refugio en una iglesia, sobrevivió e incluso se las arregló
para escapar al castigo. Después de todo era el cuñado del emperador. León tuvo
que abandonar cualquier esperanza de unir el imperio y abandonó Occidente a su
destino.
Pero todavía había algo que podía hacer. Podía deshacerse
de Aspar. Le movía un resentimiento personal. Aspar había hecho de León lo que
era, y un hacedor de reyes casi nunca puede evitar hablar pérfidamente de su
fracaso y exigir toda clase de pagos, etc. Y no hay gobernante que resista esto
por mucho tiempo. Además, Aspar había apoyado enérgicamente el nombramiento de
Basilisco como almirante de la flota derrotada, y el olor de la desgracia le
acompañaba.
En último lugar, también es posible que León hubiera
tenido tiempo más que suficiente para observar lo que estaba pasando en el
moribundo Occidente. Allí, los germanos se habían infiltrado como mercenarios
en el servicio del emperador, y después se habían apoderado de una provincia
tras otra. Esto todavía no había ocurrido en el Imperio Oriental, pero Aspar y
sus germanos podían hacerlo. Es cierto que no se podía tomar Constantinopla
desde fuera, pero la podía tomar fácilmente (casi sin lucha) un ejército ya
situado dentro de la ciudad. León decidió dejar de depender de los mercenarios
bárbaros. Tenía que encontrar la manera de defender el Imperio Oriental
utilizando sus propios súbditos, súbditos de los cuales se podía esperar alguna
fidelidad hacia sus ideales e instituciones.
Indudablemente, habían existido también emperadores
occidentales con el mismo pensamiento, pero en ningún lugar en el Imperio
Occidental existía una reserva de población con suficiente dureza para
sustituir a los germanos. El Oriente era más afortunado. En la parte central
del sur de Asia Menor había una zona rugosa y montañosa llamada Isauria,
habitada por un resistente grupo de montañeses. Paulatinamente, León fue
formando una escolta personal de isaurianos bajo la jefatura de un valiente
guerrero llamado Zenón. Para alentar la fidelidad de éste, León concertó muy
discretamente el matrimonio entre Zenón y su hija Ariadna.
En el 471, León estaba preparado para dar su golpe con los
isaurianos atacando rápida e inesperadamente. Aspar fue hecho prisionero y
luego ejecutado, y sus tropas germanas primero fueron desarmadas y luego
destruidas o exiladas, León había conseguido lo que deseaba. El Imperio
Oriental sería defendido por sus propias tropas. Ya no habría necesidad de
mercenarios, al menos durante los seis siglos siguientes.
Zenón tuvo un hijo que se llamó León como su abuelo, y que
fue heredero del trono. Cuando León I murió en el 474, el infante León reinó
unos cuantos meses sustituyendo a su abuelo y luego murió. ¿Después qué? Según
las flexibles leyes de la sucesión imperial, Zenón, pese a ser un soldado
procedente de una familia humilde, era el yerno de un emperador y el padre de
otro, y esto fue suficiente. Reclamó el trono, pero tuvo que luchar durante dos
años contra la pretensión casi igualmente débil del insigne Basilisco, que
había sido cuñado de un emperador y tío de otro. En el 476 Zenón resultó
triunfante. El jefe de la escolta isauriana se convirtió en el emperador de
Oriente.
Aquel mismo año, un acontecimiento crucial se había
producido en el Oeste. Un guerrero germánico, Odoacro, se había apoderado de
Italia y destronado al emperador de Occidente. Ni siquiera se tomó la molestia
de nombrar a otro. Sencillamente, ya no había un emperador de Occidente.
Muchos escritores, que ven los acontecimientos sobre todo
desde la perspectiva de Occidente, describen este acontecimiento como la «caída
del Imperio Romano». Por supuesto, no es cierto; el imperio siguió existiendo.
Había un emperador en el Oriente que gobernaba el todavía intacto Imperio
Oriental y que ahora gobernaba también, al menos en teoría, todo el imperio, el
Occidente y el Oriente, como había hecho Teodosio I.
De hecho, los emperadores de Constantinopla nunca
renunciaron a su pretensión a las provincias que habían sido parte del imperio
durante su apogeo. Hasta el momento final de su historia, siguieron llamando a
su reino el Imperio Romano, y a sí mismos emperadores romanos y al pueblo que
gobernaban, romano. Incluso al llegar el fin, cuando todo el territorio
gobernado por Constantinopla era poco más que la propia ciudad, siguieron esta
práctica resuelta y tercamente.
Sin embargo, para nosotros, llamar al reino dominado por
Constantinopla Imperio Romano sería incurrir en una falsedad. A partir del 476,
raras veces estuvo Roma en manos del emperador de Constantinopla, y nunca fue
de nuevo centro del gobierno imperial. De hecho, durante casi toda su historia
posterior, Roma constituyó un centro de oposición al imperio en Constantinopla.
¿Cómo debemos llamar, entonces, al Imperio de Oriente? Los
occidentales, en siglos posteriores, lo llamaron el Imperio Griego, y hubo una
época en la que el Imperio estuvo realmente limitado, en gran parte, a los
pueblos de idioma y cultura griegos. Pero esto es demasiado limitado. A veces
lo formaron gentes distintas a los griegos, y sus tradiciones procedían tanto
de sus herencias romanas y cristianas como de las griegas.
Podemos considerarlo desde otro punto de vista. El Imperio
Romano fue llamado así porque estaba dominado por Roma. Constantinopla era
quien gobernaba el Imperio de Oriente. Entonces, ¿no se le debe llamar Imperio
de Constantinopla? El problema es que la frase es torpe. Durante los últimos
siglos se recurrió al término de Bizancio, el antiguo nombre de Constantinopla.
Por esta razón el imperio bajo el dominio de Constantinopla llegó a ser llamado
Imperio Bizantino.
Ha habido algunas disputas en torno a la cuestión de a
partir de qué momento se debe hablar de Imperio Bizantino, y algunos sostienen
que se puede aplicar a partir de fecha tan tardía como el siglo séptimo. No
obstante, voy a empezar con el reinado del Emperador Zenón, cuando por primera
vez hubo un emperador en Constantinopla que gobernaba efectivamente sólo la
mitad oriental del reino, y no había ninguno en Occidente.
3
El Oriente va hacia el Oeste
Las dos estrategias
La magia del nombre «romano» seguía siendo tan potente que
ni siquiera los guerreros germanos que gobernaban en Occidente se atrevían a
admitir plenamente que habían destruido, de hecho, la mitad del Imperio.
Odoacro nunca se refirió a sí mismo como el rey de Italia; se limitó a
declararse gobernante de las tribus germánicas en Italia. En consecuencia,
cuando el Emperador Zenón le elevó a patricio y general del Imperio (para
continuar la ficción de que Odoacro sólo estaba en Italia como un representante
del emperador), Odoacro aceptó encantado los títulos y jugó aquel juego.
Este aprovechamiento del prestigio iba a ser realmente un
arma poderosa de los emperadores en Constantinopla durante siglos. Un rey
bárbaro tribal que detentaba un verdadero poder se dejaba comprar con un título
rimbombante, una túnica de Estado, un báculo u otro símbolo del cargo imperial.
¿Era una tontería que un jefe tribal se quedara tan
impresionado por fruslerías? Tal vez no. Estos símbolos vacíos aumentaban su
prestigio y valor ante sus propios ojos y los de sus súbditos, y contribuían a
hacer su gobierno más sólido. ¿Qué más podía pedir?
Pero pese a la confianza que Zenón simulaba tener en
Odoacro, seguía sintiéndose nervioso con respecto a la proximidad de los reinos
germánicos. Buscaba alguna manera de quitarle fuerzas antes de que Odoacro se
decidiera a marchar hacia el Este, a los Balcanes.
Tenían los medios a mano. Nuevas bandas de guerrilleros
germánicos se dedicaban a depredar los Balcanes. Eran los ostrogodos. Los hunos
habían vencido a éstos un siglo antes, pero con la muerte de Atila el Imperio
huno se había derrumbado, y en esas fechas estaban libres para ir extendiéndose
ellos solos por el sur del Danubio.
Les dirigía un hombre competente llamado Teodorico, que
alcanzó el poder en el 474, y Zenón decidió intentar de nuevo la práctica de
sobornar y señalar hacia otro lado. ¿Por qué no delegar poderes en Teodorico,
haciéndole general del Imperio, y enviarle a Italia para luchar contra Odoacro?
De esta manera se quitaría súbitamente la amenaza de los ostrogodos y siempre
cabía la posibilidad que en Italia los dos grupos de alemanes se destruyeran
mutuamente.
Teodorico se mostró feliz con la propuesta, y en el 488
salió de los Balcanes y entró en Italia. Ahí, en un período de semanas, derrotó
y mató a Odoacro y estableció un reino ostrogodo mucho más fuerte de lo que
había sido el de Odoacro. En cuanto al muy astuto plan de Zenón, le había salido
el tiro por la culata. Por otra parte, una vez que Teodorico consiguió su
reino, demostró ser un hombre capaz y pacífico que no causó problemas al
Imperio.
Pero el problema de los bárbaros no era el único que
molestaba a Constantinopla. En los tiempos de Zenón el nestorianismo provocaba
dificultades a la Iglesia. En el Cuarto Concilio Ecuménico en Calcedonia fue
condenado por fin, y su creencia de que Jesucristo tenía dos naturalezas, una
humana y otra divina, bastante disgregadas la una de la otra, fue declarada
herética. Según la creencia nestoriana, Jesucristo era esencialmente un hombre,
pero poseído por un espíritu divino para que pudiera llevar a cabo un objetivo
trascendental. La creencia católica era que Jesucristo tenía tanto una
naturaleza humana como una divina, y las dos eran iguales. Era hombre y Dios a
la vez.
Pero el nestorianismo había provocado una reacción de
signo contrario. Mantenían algunos teólogos que Jesucristo poseía una
naturaleza totalmente divina, así que Jesús no era un hombre en absoluto, sino
sólo Dios. Se llamaba esta idea monofisismo, que procede de las palabras
griegas que significan «naturaleza única».
El Concilio de Calcedonia había rechazado el monofisismo.
Sin embargo, aunque el nestorianismo decayó y fue expulsado del Imperio, el
monofisismo persistió y se fortaleció. Era especialmente fuerte en Egipto y
Siria, la parte no griega del Imperio. Con su apoyo al monofisismo los
patriarcas de Alejandría y Antioquia podían expresar su rivalidad con
Constantinopla, a la vez que los pueblos egipcios y sirios reforzaban su
conciencia nacional contra el dominio griego.
Zenón hizo lo que pudo para aplastar a los monofisitas,
persuadió a medias y obligó otro tanto a los obispos orientales para que
firmaran su aprobación de una especie de compromiso entre las doctrinas
católica y monofisita. Al igual que con la mayoría de compromisos, ninguno de
los dos lados quedó contento.
Murió Zenón en el 491, y esta vez tampoco hubo sucesor
directo. Sin embargo, quedaba todavía Ariadna, la hija de León I, la madre de
León II y la viuda de Zenón. Sus vínculos con tres emperadores le daban cierta
preferencia. Se casó con un administrador gubernamental de finanzas, conocido
por su cabal honradez y que, a la vez, era popular entre el pueblo. Se
convirtió en el Emperador Anastasio I, y durante su coronación le gritaron:
«Que reine como ha vivido».
Por regla general lo hizo así. Fue capaz de llevar a cabo
una política que es siempre tan popular como rara: la reducción de los
impuestos. Aun más asombroso fue el hecho de que combinó esto con una
administración eficaz, de forma que los servicios gubernamentales no se
deterioraron.
También disolvió a la guardia isauriana que había creado
León I. Había sido útil para deshacerse de los germánicos, pero durante los
tiempos de su compatriota Zenón se había hecho tan fuerte que podía jugar un
papel peligroso. De todas formas, su disolución le costó a Anastasio una guerra
molesta en Isauria que debilitó al Oriente lo suficiente como para permitir que
los persas siempre alertas ganaran unas cuantas escaramuzas de fronteras y
tomaran unas fortalezas fronterizas.
En los Balcanes surgieron nuevos enemigos una vez que
Zenón se deshizo de los ostrogodos enviándolos a Italia. Entre éstos se
contaban los eslavos, pueblo que durante siglos, cuando el Imperio romano
estaba en su apogeo, tuvieron sus moradas en los pantanos que hoy se encuentran
en la frontera polaco-soviética. En los siglos de la decadencia romana,
estuvieron primero bajo el dominio de los ostrogodos, luego de los hunos y
después de nuevo de los ostrogodos.
Incluso bajo esta dominación, este paciente pueblo de
campesinos aguantó y se multiplicó. Y una vez que desaparecieron sus amos, se
extendieron hacia el Este, llegando a lo que son hoy las llanuras de Rusia y
Ucrania, hacia el Oeste, a lo que es actualmente Alemania Oriental, y hacia el
Sur a los Balcanes. Se unieron con ellos en los Balcanes unas tribus no
eslavas: los búlgaros. Su morada original se encontraba a lo largo del río
Volga (en efecto, búlgaro y volga posiblemente proceden de la misma raíz etimológica),
y eran un pueblo asiático emparentado con los hunos. Fueron arrastrados hacia
el Oeste junto con los hunos, y al desaparecer el Imperio huno se quedaron a
orillas del Danubio.
Los búlgaros se mezclaron con los eslavos y adoptaron su
idioma. Con el tiempo fueron considerados un pueblo completamente eslavo.
En un aspecto importante, los eslavos eran diferentes a
las bandas de guerrilleros germánicos que les habían precedido. Los germánicos
tendían a formar una casta militar que dominaba a los campesinos sometidos. Los
eslavos eran tanto campesinos como guerreros. En los lugares que invadían,
solían establecerse y quedarse. Labraban la tierra y formaban familias.
Despacio, pero con seguridad, cambiaron el carácter étnico de las tierras al
sur del Danubio, haciéndolas eslavas hasta casi el mar Egeo, tal como siguen
siendo hoy.
Anastasio, además de tener que vérselas con los comienzos
de la llegada de los eslavos, heredó también el dilema religioso de Zenón.
Tenía que elegir entre adoptar una estrategia meridional u occidental.
Las provincias del sur del Imperio Bizantino, Egipto y
Siria, estaban políticamente unidas a Constantinopla, pero separadas desde el
punto de vista religioso porque eran monofisitas. Y más aún, siguieron siendo
monofisitas, y nunca se hicieron católicas. Por otra pare, las provincias
occidentales de lo que había sido antaño el Imperio Romano ya no estaban
unidas, con Constantinopla políticamente, pero eran católicas y simpatizaban en
cuanto a su religión con ésta contra los monofisitas. Y siguieron siéndolo
también.
Por lo tanto, el problema era el siguiente: ¿debería
Anastasio intentar conciliar a las provincias del sur mediante algún compromiso
con el monofisismo, como había intentado Zenón durante el reinado anterior, o
tal vez ir más lejos? Esa sería la estrategia meridional, y a través de ella
posiblemente se podría apaciguar a Egipto y Siria para poder edificar un
imperio fuerte y compacto alrededor de la mitad oriental del mar Mediterráneo.
No obstante, si esta maniobra salía bien, podría significar la pérdida de las
provincias occidentales para siempre.
Por otra parte, ¿por qué no adoptar una estrategia
Occidental e intentar recuperar las provincias perdidas, y que Constantinopla
seguía reclamando como propias? Después de todo, por muy descontentas que
estuvieran Siria y Egipto, ¿a dónde iban a ir? Las fuerzas imperiales ejercían
un firme control, de forma que los egipcios y sirios podían refunfuñar todo lo
que quisieran. Si los gobernantes de Constantinopla continuaban siendo
firmemente católicos, siempre serían saludados como salvadores por la población
occidental, que también era católica, pero que vivía bajo el dominio de
extranjeros arrianos como los ostrogodos en Italia, los visigodos en España y
los vándalos en África del Norte.
Anastasio dudaba, y, acabó decidiéndose por la estrategia
meridional. Después de todo la estrategia occidental significaba la guerra y él
era hombre de paz. Por esta razón, se inclinó cada vez más hacia la posición
monofisita.
Por desgracia, esta actitud produjo problemas interiores.
Por regla general, los griegos de los Balcanes y de Asia Menor eran tan
sólidamente católicos como los pueblos occidentales de Italia y España, y
estaban tan poco satisfechos como éstos con la política de apaciguamiento de su
emperador con el sur.
En Constantinopla, este descontento podía hacerse sentir
en el hipódromo y de modo peligroso. La pasión pública por la diversión (ya que
se habían prohibido los combates de gladiadores) se concentró con una enorme
intensidad en las carreras de carros en el hipódromo. Durante estas carreras,
los conductores se vestían de libreas de diferentes colores para que el público
supiera fácilmente quién estaba ganando y quién perdía. Al principio, se
utilizaba los colores rojo y blanco, y más tarde también azul y verde.
Como es natural, las personas elegían sus colores
favoritos y llegaban a apasionarse del mismo modo que un norteamericano moderno
se apasiona con un equipo de béisbol. Los Azules y los Verdes llegaron a
eclipsar a los otros dos, y sus partidarios se hicieron cada vez más numerosos
y fuertes hasta que a la postre se convirtieron virtualmente en dos ejércitos
privados y hostiles.
Por supuesto, sus odios no se reducían enteramente a un
asunto de carros y caballos. Comenzaron adoptando opiniones políticas y
religiosas opuestas. Por consiguiente, los Azules eran partidarios del
catolicismo, y los Verdes del monofisismo; y cuando Anastasio adoptó su
estrategia meridional, estallaron motines instigados por los Azules en toda
Constantinopla. Y lo que es todavía peor, un general que dirigía las fuerzas
balcánicas se rebeló abiertamente en el 513, apoyado por los eslavos y los
búlgaros contra quienes tenía el deber de luchar.
Cuando Anastasio consiguió apaciguar las cosas y aplastar
la rebelión en el 515, decidió que la estrategia meridional no daba el
resultado deseado. Se volvió de nuevo hacia el catolicismo, y comenzó a
realizar acercamientos a Occidente.
Estos acercamientos tuvieron éxito. Notables italianos
decidieron iniciar una serie de intrigas a favor del imperio y en contra del
viejo rey ostrogodo, Teodorico. Teodorico, enfurecido con estas intrigas
después de un reinado largo y próspero durante el cual se había ocupado
honradamente del bienestar de sus súbditos italianos, cayó en la tiranía. Lo
que había sido un magnífico reinado terminó envuelto en una nube de crueldad.
La estrategia occidental tuvo sólo un éxito parcial. El
papa romano siguió insistiendo en su primacía sobre el patriarca de
Constantinopla, que éste no estaba dispuesto a conceder (en este asunto, todo
compromiso se encontraría a la postre con problemas). Además, los católicos
occidentales podían mirar en otra dirección. En lo que había sido la Galia, y
que hoy día es Francia, había alcanzado el poder un nuevo grupo de germanos.
Eran los francos, cuyo jefe se llamaba Clodoveo I.
Los francos eran de origen pagano, pero en el 496 Clodoveo
aceptó el bautismo católico. Fue la primera tribu germánica importante que
adoptó el cristianismo católico en lugar del arriano. Esto hizo posible que los
ocultos católicos de Italia, España y África que sufrían a sus amos arrianos,
pero también sospechaban de las ambiciones bizantinas, tuvieran la posibilidad
de orientarse hacia los francos.
Cuando murió Anastasio en el 518, ni la estrategia
meridional ni la del Occidente habían prosperado realmente. Sin embargo, la
tesorería estaba repleta, y el imperio sólido y estable. Podía haber sido peor.
Tío y sobrino
La sucesión provocó inmediatamente intrigas porque
Anastasio no había dejado ningún heredero claro. Sin embargo, el comandante de
la guardia en la capital tenía a su cargo la única fuerza armada organizada a
corta distancia del palacio y, a falta de un heredero evidente, podía
convertirse fácilmente en emperador. Nadie se atrevió a oponerse a sus
soldados, y por lo tanto se hizo con el cargo.
Fue un emperador extraño. En primer lugar, tenía unos
sesenta y ocho años de edad. Había nacido en Iliria, la misma provincia donde
nacieron Diocleciano y Constantino I, y probablemente era de raza griega. Era
campesino de origen y fue analfabeto toda su vida, de forma que los cultos
griegos de la capital se encontraron gobernados por un viejo que no sabía leer.
Pero el viejo era fuerte, inteligente y tenía un sobrino
que compensaba todas sus insuficiencias. El nuevo emperador se llamaba Justino,
y su sobrino Justiniano. El sobrino, que tenía treinta y cinco años cuando su
tío fue coronado, era muy inteligente y sumamente culto. Era sutil, astuto y
encantador, un maestro en saber congraciarse con la aristocracia.
Justino se aprovechó todo lo que pudo de su sobrino, hasta
tal punto que se podría haber dicho que el verdadero soberano del imperio
durante la vida de su tío era Justiniano. Al mismo tiempo, Justino decidió no
dejar que su sobrino se sintiera demasiado tentado. Justino era viejo y no
viviría demasiado tiempo. Cuando muriera, Justiniano sería el sucesor lógico si
se portaba bien. Para asegurar el buen comportamiento de su sobrino, Justino se
negó a reconocerle públicamente como su sucesor.
Tanto Justino como Justiniano eran católicos fervientes, e
incluso intolerantes, y cuando llegaron al poder abandonaron de modo ostentoso
la estrategia meridional, mientras la estrategia occidental se puso de moda. El
papa romano fue tratado con el mayor respeto, y hubo una breve luna de miel
entre Roma y Constantinopla.
Desde luego, Italia estaba todavía bajo el dominio de
Teodorico (un hombre tan viejo como Justino, e igualmente analfabeto), y
mientras vivió el Imperio Bizantino sólo pudo avanzar en el frente religioso.
No obstante, no viviría siempre y no tenía hijos.
Justiniano, en particular, podía esperar. Tanto Teodorico
como Justino morirían pronto. Tenía razón. Teodorico murió en el 526, y su
sucesor era un joven nieto, con su madre como regente. Luego, el 4 de abril del
527, el emperador Justino, que sentía que la muerte se le acercaba, hizo que se
coronara a Justiniano como emperador asociado. El viejo tomó una decisión muy
acertada. Le quedaban poco menos de cuatro meses de vida, y cuando murió el
primero de agosto, después de un reinado de nueve años, la sucesión de
Justiniano fue tranquila y exenta de problemas.
Desde el principio, Justiniano compartió su título y sus
poderes con su mujer, Teodora, puesto que ella recibió la corona al tiempo que
él. Teodora es un personaje histórico muy problemático. Conocemos la historia
de su vida principalmente por un historiador contemporáneo bizantino, Procopio,
cuyas historias oficiales no contienen nada que no sean elogios para el
emperador y la emperatriz. Sin embargo, en secreto, escribió también Anécdota
(«no publicable»), lleno de los ataques más difamatorios contra todas las
autoridades importantes que encomiaba con tanta hipocresía en su historia
oficial.
Por supuesto, es posible que los escándalos de Anécdota
sean realmente ciertos y que sólo se pudieran contar en secreto si Procopio
quería continuar vivo. Por otra parte, también es posible que a Procopio le
gustara exagerar, o incluso inventar, para satisfacer alguna inquina o escribir
un libro popular.
Nunca sabremos qué creer, pero Procopio nos cuenta que
Teodora era la hija de un empleado de circo de Constantinopla. Se dedicó muy
joven al teatro y se convirtió en prostituta. Era una profesional de gran
categoría y se hizo famosa, llamando la atención de Justiniano que entonces era
heredero al trono. Justiniano se enamoró violentamente de esta hermosa muchacha
y consiguió convencer a su tío para que le dejara casarse con ella. El
matrimonio se celebró en 523, cuando él tenía cuarenta años y ella veintitrés.
Mucha gente se escandalizó al pensar que una prostituta
pudiera reinar como emperatriz, pero no se olvide que sólo tenemos la palabra
de Procopio. Lo que sí podemos afirmar, a pesar de Procopio, es que desde el
principio, según las pruebas disponibles, el matrimonio tuvo éxito. Además, al
llegar a emperatriz vivió una vida de lo más virtuosa y no dio motivo de
escándalo. Es cierto que creó hogares para prostitutas reformadas, y eso se
puede entender como una cierta nostalgia por su antigua profesión. Por otra
parte, puede significar simplemente que era un ser humano que sentía compasión
por una clase de mujeres generalmente despreciada y habitualmente maltratada.
Y para terminar, prostituta o no, resultó una emperatriz
competente y culta, tan capaz como su Justiniano de gobernar. Durante los
veinte años que estuvo en el trono, le apoyó lealmente y en una ocasión
importante, como veremos enseguida, demostró ser superior, salvando su trono y
posiblemente su vida. De hecho, Justiniano y Teodora forman quizá el matrimonie
de gobernantes más extraordinario de la historia.
El único punto en que Justiniano y Teodora se llevaron mal
fue la cuestión de la estrategia occidental contra la meridional. Teodora era
una defensora convencida de la estrategia meridional, y guardaba una
pronunciada simpatía por los monofisitas. De vez en cuando, persuadía a su
marido para que hiciera algún gesto indiferente de conciliación hacia las
provincias meridionales, pero nunca fue muy lejos ni la cosa duró mucho tiempo.
El defendía la estrategia occidental y contaba con reconstruir por entero el Imperio
Romano, con una religión católica unificada, lo que permitiría su conversión en
emperador y cabeza suprema de la religión: en la autoridad final de todas las
cosas.
Organizarse para la paz y para la guerra
Nada más acceder al trono, Justiniano comenzó, en su
entusiasmo católico, a eliminar los residuos religiosos que todavía subsistían
acá y allá. Se promulgaron leyes más estrictas contra los judíos, arrianos y
paganos, cuyo fin era destruirlos por completo.
En este terreno era sólo una criatura de su tiempo. Cada
vez más florecientes, los grupos dirigentes cristianos se volvieron más severos
en sus ideas sobre la disidencia. Unos ochenta años antes de que Justiniano
llagara al gobierno, el papa León I ya había decidido que el crimen de la
herejía merecía nada menos que la sentencia de muerte.
El logro más notable de la campaña de Justiniano, en
contra de quienes persistían en pensar de modo distinto a lo que dictaba la
doctrina oficial, fue la clausura de la Academia Ateniense en el 529. Platón
fundó la Academia en el 387 a. C., y durante más de nueve siglos fue el centro
de la filosofía pagana. Desde los tiempos de Constantino, sin embargo,
languidecía cada vez más, y había quedado reducido a una colección de
inofensivos estudiosos que seguían la inercia de quienes se dedican al estudio
de un pasado muerto. Hubiera sido mejor conservarlos como curiosos fósiles de
otra época. Pero Justiniano, que se dejó llevar por sus rígidas creencias,
clausuró la escuela y los últimos filósofos paganos, suspirando por un mundo
que ya no existía, se fueron hacia el este, a Persia. Algunos dan la fecha del
529 como el fin de los tiempos antiguo, por este hecho. Y tienen cierta razón.
Aunque la Academia pagana se hubiera convertido en estéril, todavía conservaba
el saber de la Grecia antigua del cual los estudiosos cristianos solían huir
avergonzados. Lo que vino después, en cuanto al saber clásico, fue una edad
oscura de dos siglos.
Más tarde, Justiniano terminó con otro lazo con el pasado.
Desde el 509 a. C. la república romana (al principio una simple ciudad-estado)
estaba gobernada por dos cónsules. Después de la creación del imperio en el 29
a. C., los cónsules no ejercían el poder real, pero el primer emperador, que
conservó en lo posible las viejas formas republicanas de gobierno, no eliminó
el cargo. Al fundar Constantino la ciudad de Constantinopla, también nombró
cónsules en la nueva capital, y las cosas siguieron así hasta el 541. Entonces,
después de 1.050 años, Justiniano terminó con la práctica.
La liquidación por parte de Justiniano del consulado era
sólo una parte de una reorganización general de todo el sistema jurídico del
imperio. Después de todo, cualquier gobierno que funcione está continuamente
promulgando nuevas leyes, mientras las viejas caen en desuso. Alcabo de unas
cuantas generaciones, el sistema legal se convierte en un laberinto de
precedentes en conflicto, y se hace imprescindible una reorganización,
eliminando lo viejo y compensando las carencias.
Tan pronto como llegó a emperador, Justiniano nombró una
comisión de diez hombres para reorganizar el sistema legal, y puso a su cabeza
a un hombre de leyes notablemente capaz, Triboniano. Trabajando intensamente,
examinaron los vetustos archivos de siglos de historia, y en el 529 dieron a
conocer doce tomos de un sistema legal bien organizado compuesto por 4.652
leyes, tomos que cualquier juez podía consultar con facilidad. Se le llamó
«Codex Justinianus», o Código de Justiniano. Le siguió una colección de
cincuenta tomos de opiniones legales de los siglos II y III (la edad de oro del
derecho romano), que serviría para orientar a los jueces en sus
interpretaciones del código. Después, se preparó un texto general de derecho.
El Código de Justiniano era conservador, y se ajustaba a
lo antiguo en la medida de lo posible. Fortaleció, no obstante, la nueva
actitud hacia el emperador que Diocleciano había iniciado dos siglos y medio
antes. Según el código, el emperador era absoluto, y su palabra era ley.
Esto nos parece repulsivo, pero su fin era fortalecer una
idea más general que tal vez consideremos con ojos más tolerantes. El juez,
como representante del emperador, era la máxima autoridad dentro de la sala del
tribunal, y su guía era la ley. Por esta razón, el código adoptó el principio
de que la ley era suprema, de manera que en la realidad el emperador, aunque
absoluto en teoría, se consideraba normalmente sometido a la ley.
Bajo la influencia cristiana, algunos aspectos de la ley
se hicieron más humanos de lo que habían sido durante los tiempos paganos, a la
vez que otros se endurecieron. Con el Código de Justiniano, por ejemplo, era
más fácil manumitir a los esclavos y vender tierras. Los derechos de las viudas
estaban más protegidos, y ya no se consideraba a los niños como propiedad
absoluta de sus padres. Por otra parte, el crimen de sacrificar a los dioses
paganos podía ser castigado con la muerte, y el converso al cristianismo que
recaía sufría la decapitación. Con respecto a los judíos, no se les permitía
tener a cristianos como esclavos ni tratar de convertirlos.
Este código jurídico, inspirado por Justiniano, fue su
contribución más duradera a la historia. Continuó siendo la ley fundamental del
país durante 900 años, y con el tiempo llegó al Occidente.
Por cierto, se había preparado al código en latín, prueba
de que el imperio continuaba todavía considerándose romano, pese a que el
idioma hablado en sus provincias principales y entre los hombres cultos era el
griego. Por supuesto, aparecieron rápidamente traducciones griegas del código.
Y para demostrar que la rueda del tiempo giraba implacablemente, el código
resultó ser el último gran producto de las letras bizantinas escrito en latín,
aun cuando ese idioma occidental iba a continuar siendo la lengua oficial de la
corte durante un siglo más.
El imperio cambió también en otras cosas, no menos
significativas por ser menos importantes. En los tiempos de Justiniano,
desapareció la majestuosa toga que se asocia inalterablemente con la
aristocracia romana. En su lugar, apareció una larga capa con brocados de un
estilo que los romanos de los días florecientes del imperio hubieran
considerado bárbaro. Justiniano preparaba con esmero su imagen como un
emperador plenamente ortodoxo, puesto que proyectaba la última estrategia
occidental. Pensaba hacer la guerra y presentarse a las gentes del occidente
como el libertador católico. Los tiempos se presentaban maduros, ya que no
había grandes hombres en el mundo occidental. Los Teodoricos, Clodoveos,
Gensericos y Alaricos habían muerto todos, sustituidos por hombres mucho menos
competentes. Para adaptarse a los tiempos, Justiniano necesitaba dos cosas: un
general, y la paz en el Este para poder concentrarse en el Oeste.
En el Oriente había persas, y desafortunadamente
Justiniano había heredado una guerra contra ellos. No podía haber sido de otra
forma. Durante casi 600 años Roma había lucharlo con sus vecinos orientales
(igual daba si se llamaban partos o persas) por una línea fronteriza que casi
no había cambiado en todo aquel tiempo. Es muy difícil encontrar otro caso en
la historia en que una guerra continuara con tanto ahínco en una frontera
particular y se consiguiera tan poco.
Habitualmente, los persas vencían en las batallas
campales, ya que en general superaban en número a los bizantinos, quienes
tenían como primer objetivo evitar las batallas. La estrategia bizantina era
construir sólidas fortificaciones que grupos pequeños y resueltos pudieran
defender contra fuerzas mucho más numerosas. Contra estas fortificaciones
embestían en vano los persas y, al final a pesar de sus victorias en el campo,
tenían que acceder una vez más a una paz que nada resolvía. Un joven llamado Belisario
acabó con esta situación. Había nacido en Tracia, al norte de los Balcanes, y
posiblemente era de ascendencia eslava. Por lo menos, su nombre puede ser
eslavo y significa el «príncipe blanco», o el «amanecer blanc». Tenía poco más
de veinte años cuando empezó a llamar la atención durante la guerra persa, al
dirigir ataques por sorpresa acompañado de sus hombres muy en el interior de
Armenia. En el 530, cuando sólo tenia veinticinco años, consiguió una victoria
asombrosa en Dara, en el norte de Mesopotamia (a unas 700 millas al sureste de
Constantinopla), contra un ejército persa que estaba acostumbrado a ganar en
campo abierto. El ejército persa contaba con más hombres que el de Belisario.
Justiniano decidió que éste era su general. En el 532 firmó la paz con los
persas, y trajo a Belisario a Constantinopla.
De regreso de las cenizas
Justiniano encontró inmediatamente un buen empleo a
Belisario pero no exactamente el que hubiera esperado. Las facciones de Azules
y Verdes seguían su turbulenta oposición, y cada vez eran más frecuentes las
luchas callejeras. Desde luego, bajo las banderas de los Azules y los Verdes,
delincuentes comunes se dedicaban al saqueo y al vandalismo indiscriminadamente
y con impunidad. En general la facción de los Azules era la ganadora. Era la
que defendía el catolicismo y, por lo tanto, Justiniano se puso de su parte.
Los Verdes se irritaron por ello, y cada año se volvían
más rebeldes. Tampoco faltaban intrigantes entre los hombres importantes del
imperio que se sentían muy felices de aprovecharse de los Verdes y de su
resentimiento para sus propios fines. Por ejemplo, dos sobrinos del antiguo
emperador Anastasio suministraban subrepticiamente a los Verdes armas y dinero.
Por supuesto, según modelos más modernos, tenían más derecho al trono que
Justiniano; pero no debemos olvidar que el cargo de emperador era, en teoría,
electivo y no hereditario.
La tempestad estalló en enero del 532, durante un gran
festival en el hipódromo. Mientras se sucedían estruendosamente una carrera de
carros tras otra a lo largo de la pista, los Verdes se volvían cada vez más
bulliciosos, gritando y chillando sus quejas al emperador que permanecía
sentado en un silencio severo.
Al comenzar la vigesimosegunda carrera, Justiniano ya no
aguantó más. Hizo que un pregonero ordenara a los Verdes que se callasen, y
cuando no lo hicieron mandó que les insultara. Durante un rato se desarrolló un
curioso diálogo entre el emperador y los Verdes, que destruyó la dignidad
imperial y provocó en los Verdes un frenesí sanguinario.
Los Verdes salieron a las calles. Había estallado la
guerra civil: lo que siguió fue una frenética orgía de destrucción, y la mitad
de Constantinopla desapareció en llamas. Los alborotadores gritaban: Nika!
Nika! («¡victoria!»), y debido a ese llamamiento se conoce desde entonces este
incidente como la «Insurrección Nika».
Totalmente alarmado, Justiniano intentó apaciguar a los
alborotadores con concesiones, pero ya los extremistas controlaban la
situación. Sus ofertas, que habrían sido aceptadas con agradecimiento el día
anterior, fueron recibidas con ominosa desconfianza.
Justiniano se retiró a su palacio, que era casi una
fortaleza, y reflexionó sobre lo que tenía que hacer. Los días pasaban, la
ciudad (o lo que quedaba de ella) estaba envuelta en humo y llamas en manos de
los alborotadores, e incluso la plebe coronó emperador a uno de los sobrinos de
Anastasio.
Sólo parecía existir una salida. Los terrenos del palacio
lindaban con el Bósforo. Había naves esperando. En la reunión del consejo donde
estaban presentes Teodora y el joven Belisario, Justiniano se dio totalmente
por vencido. Propuso reunir todos los tesoros que se pudieran recoger en las
naves que esperaban y retirarse a algún lugar seguro, lejos de Constantinopla.
Posiblemente ya se presentaría una oportunidad para devolver la pelota.
Se podía haber hecho así, y la carrera de Justiniano
seguramente habría llegado a su fin. Sin embargo, en este momento se levantó
Teodora. Serenamente anunció que Justiniano era completamente libre para huir.
«Ahí están tus naves», dijo con marcado desprecio. Por su parte, ella no tenía
intención de marcharse. Ser gobernante significaba correr el riesgo de la
rebelión y la muerte: en esto consistía el juego, y pensaba hacerle frente. Era
mejor morir siendo una emperatriz que vivir como una refugiada. Dijo: «Por lo
que a mí concierne, me adhiero a la máxima de los tiempos antiguos de que el
trono es un glorioso sepulcro».
Dicho esto, Justiniano difícilmente podía asumir el papel
del cobarde. El también se quedaría. Se dirigió a Belisario para preguntarle si
el general podía dominar la situación y Belisario contestó afirmativamente.
Tenía 3.000 soldados a su disposición, que llevó sin ruido y secretamente al
hipódromo donde los principales alborotadores se habían reunido esperando
enfurecidos la victoria total.
Belisario cerró las salidas y se lanzó contra ellos con
una repentina furia. Había muchos más amotinados que soldados, pero fueron
sorprendidos dentro de una zona reducida. No estaban preparados, y
probablemente estaban en su mayor parte medio borrachos. Los soldados
comenzaron a matar a diestro y siniestro, y el pánico terminó el trabajo. Fue
una carnicería. Antes de que hubiera terminado, había unas 30.000 personas
muertas, y Constantinopla se postraba, arruinada y silenciosa, a los pies de
Justiniano. Los sobrinos de Anastasio fueron asesinados, y el poder de las
facciones del hipódromo se rompió para siempre.
Los motines que habían destruido prácticamente a
Constantinopla terminaron por hacerla más grande que nunca. Era necesario
construir la ciudad de nuevo, y Justiniano se dedicó con gran energía y
entusiasmo a la tarea para que Constantinopla renaciera más hermosa que nunca
de sus cenizas.
Justiniano empleó a dos arquitectos, Isidoro de Mileto y
Antemio de Tralles (las dos ciudades están situadas en el suroeste de Asia
Menor), y su obra se mantuvo en pie durante nueve siglos. Ciertamente hubo
modificaciones, pero mientras duró el Imperio, Constantinopla la Hermosa
continuó siendo esencialmente la misma que habían construido Isidoro y Antemio
durante el reinado de Justiniano.
Los modernos proyectistas de ciudades la habrían
considerado sin duda inadecuada, porque tenía pocas auténticas vías públicas y
casi toda la ciudad era una conejera de angostas calles, donde vivían grandes
cantidades de personas en unas condiciones pésimas. Pero en este aspecto no era
peor que la mayoría de las ciudades de aquellos tiempos, y se debe tener en
cuenta que parte de su miseria se debía a su propia magnitud. En los tiempos de
Justiniano, Constantinopla contaba, según algunos cálculos, con una población
cosmopolita de 600.000 personas, y hubo momentos en su historia en que la
población alcanzó el millón, más o menos la máxima cantidad que cualquier
ciudad podía aguantar antes de la Revolución Industrial sin que se provocaran
hambrunas masivas.
Por otra parte, tras las trece millas de murallas y los
cincuenta portalones de Constantinopla, existían maravillas que ninguna ciudad
contemporánea poseía. Algunas eran sólo para exhibir, hermosísimos palacios e
iglesias, con estatuas y obras de arte cubiertas de oro. Otras tenían un valor
mucho más real. Había hospitales gratuitos y lugares de beneficencia para los
pobres, había alumbrado público y brigadas contra incendios; también existía un
abastecimiento suficiente de agua fresca y un alcantarillado que funcionaba
bastante bien. Ninguna ciudad de Europa occidental de aquellos tiempos, ni de
los mil años posteriores, pudo igualar en esto a Constantinopla.
También estaba bien preparada para la guerra. Tras
aquellas millas de murallas se guardaban prudentemente cisternas de agua y
graneros llenos para el caso algún cerco. Una gran cadena se podía extender en
la entrada al Cuerno Dorado, cuando fuera necesario, para no dejar penetrar a
las naves enemigas. Ya fuera en paz o en guerra, Constantinopla se convirtió en
la ciudad más opulenta y mejor organizada que había existido en la tierra hasta
aquellos tiempos.
Además, bajo Justiniano, los bizantinos desarrollaron un
arte peculiar. El aspecto más característico era el mosaico, que se componía de
pequeños trocitos de vidrio de colores brillantes, o de un vidrio transparente
sobre hojas de oro, ordenados para formar escenas de la Biblia, retratos de Jesús
o del emperador.)
En sí mismos, y en especial para gentes acostumbrada a la
pintura normal, puede parecer que los mosaicos son una manera muy tosca de
representar la figura humana y que los resultados parecen más bien caricaturas.
Sin embargo, esto no tiene en cuenta su tratamiento de la luz. El brillo y
resplandor del vidrio refleja el rielar del color que da a los objetos
representados una especie de luminosidad que parece salir desde adentro. Dentro
de una iglesia, los mosaicos cobraban vida con una iluminación casi extramundana
que impresionaba intensamente.
Las iglesias constituyeron la otra gran contribución
artística de los bizantinos: la arquitectura. Alrededor del 480, los
arquitectos de Asia Menor habían perfeccionado un sistema de colocar una cúpula
hemisférica sobre un soporte cuadrado, de tal manera que la parte inferior de
la cúpula podía ser perforada por muchas ventanas sin sacrificar su
estabilidad. Se podían hacer cúpulas inmensas sin peligro de derrumbamiento.
Este nuevo tipo de construcción tuvo la oportunidad de
alcanzar casi la perfección después de la destrucción de Constantinopla. La
Insurrección Nika había destruido totalmente la iglesia de Hagia Sofia, el
edificio religioso más importante de Constantinopla, y Justiniano se dedicó a
reconstruirla con gran magnificencia.
Se limpiaron las ruinas, se delimitó una zona más amplia,
y durante seis años diez mil hombres trabajaron duramente para construir la que
estaba destinada a ser la casa de Dios más hermosa de toda la historia. Se
tallaron columnas de hermosas piedras, entre ellas un feldespato de color
rojo-púrpura llamado pórfido y un mármol verde veteado llamado mármol
serpentino. Los muros eran de mármol pulido de varios colores, y había mosaicos
por doquier. Sólo los soportes de hoja de oro de los mosaicos cubrían una zona
de cuatro acres.
Pero lo más magnífico de todo era la cúpula. Estaba tan
inteligentemente diseñada, tan hábilmente perforada con ventanas, que todo el
interior de la iglesia, 108 pies transversalmente y 180 pies de altura, estaba
bañado por la luz del sol que cubría los mosaicos llenando la iglesia de
belleza. La enorme cúpula parecía no tener ningún sostén, sino que estuviera
suspendida de los cielos (cuando la dañó un terremoto veinte años después, la
volvieron a construir todavía mayor).
Nunca durante su larga historia intentó el Imperio
Bizantino algo más grande ni espléndido que la Hagia Sofia de Justiniano. Era
el producto por excelencia del arte bizantino, y sigue existiendo hoy, catorce
siglos más tarde para que los hombres puedan maravillarse ante ella (aunque
debido a las vicisitudes de la historia, ya no es una iglesia).
En el 537, la nueva Hagia Sofia ya estaba terminada, y en
su consagración Justiniano, incapaz de dominar su alegría, gritó: «¡Salomón, te
he superado!». Cuando se consideran los recursos comparativos del imperio de
Justiniano y el reino de Salomón, no cabe duda de que Justiniano tenía toda la
razón. Para festejar su consagración, Justiniano celebró un banquete para el
pueblo que, según relatos posteriores, supuso la matanza de más de diez mil
ovejas, bueyes, cerdos, aves y ciervos.
Sin embargo, debemos admitir que el costo del esfuerzo de
Justiniano para acondicionar Constantinopla se hizo a expensas del resto del
imperio. Para hacer Constantinopla tan impresionante y hermosa, era necesario
aprovechar toda la energía que el imperio podía reunir, y poca quedó después
para las demás ciudades. En esencia, en tiempos de Justiniano el imperio
presentaba signos de convertirse en un reino de una única ciudad, rodeada de
simples pueblos, y la tendencia no hizo sino acentuarse con el tiempo.
Victoria en el Occidente
Pero ya durante la reconstrucción de Constantinopla,
Justiniano estaba preparando su gran ofensiva hacia el Oeste, la ofensiva cuyo
fin era arrebatar a los germánicos sus conquistas y restaurar el imperio de
Constantino I y Teodosio I.
El reino vándalo de África del Norte, con su capital en
Cartago, era el primer objetivo. Estaba aislado de los otros por el mar, y no
podía contar con ayuda de sus hermanos germánicos.
En el 533, Belisario recibió el mando de una flota de unas
500 naves, que transportaban 15.000 soldados y el mismo número de marineros,
5.000 caballos y todos los suministros necesarios. Era una fuerza
expedicionaria mucho más pequeña de la que había enviado León I medio siglo
antes, y puesto que ésta fracasó tan miserablemente, ¿cómo se creía que con
ésta ahora podían triunfar? Pero Justiniano contaba con varios factores.
Entonces la flota tenía como comandante a un badulaque, Basilisco, y enfrente
estaba el gran Genserico. Pero ya no quedaban Gensericos entre los vándalos, y
a la cabeza de las fuerzas imperiales estaba Belisario.
Todo ocurrió tal como había esperado Justiniano. Belisario
desembarcó en África del Norte, mantuvo a sus hombres bajo una disciplina
férrea y prohibió el saqueo y los malos tratos a los civiles, derrotó a los
asustados vándalos en dos batallas feroces y decisivas, y enseguida dominó
África del Norte. El reino de los vándalos desapareció para siempre en el
basurero de la historia.
Las victorias de Belisario frente a los reinos germánicos,
entonces y más tarde, fueron en parte el resultado de su habilidad en el trato
con sus hombres y de su manera de hacerles maniobrar durante la batalla. Y
también se debió en parte a los nuevos adelantos en la técnica de guerra. El
ejército bizantino había adoptado los estribos metálicos inventados por los
hunos, y esto hizo que su caballería fuera una fuerza de choque muy eficaz,
capaz de una carga tumultuosa sin miedo de caídas, Además, adoptaron el
catafracto de los persas. Se trataba de un jinete totalmente cubierto de
armadura (al igual que su caballo), y la misma palabra significa «completamente
encerrado». Estos catafractos eran además arqueros y formaban la espina dorsal
del ejército bizantino. Hacían los primeros asaltos desde lejos al tiempo que
cargaban. Puesto que estaban acorazados y fuera del alcance de los tiros, eran
absolutamente invulnerables. Cuando el enemigo se encontraba bastante
desconcertado, unos jinetes armados de lanzas entraban a caballo para la lucha
cuerpo a cuerpo y la matanza.
Los ejércitos germánicos no sabían enfrentarse con una
fuerza así, y con un hombre como Belisario dirigiendo los catafractos, no es
sorprendente que los germánicos sufrieran repetidas derrotas frente a los
ejércitos imperiales, inferiores en número. Ciertamente, cuando en un momento
posterior de su carrera, Belisario hizo desfilar a los soldados germánicos
prisioneros a través de una ciudad conquistada, al tiempo que les seguía con su
ejército victorioso, las mujeres germánicas se sintieron avergonzadas y humilladas.
No sólo los conquistadores eran menos que los conquistados, sino que eran más
pequeños y menos fuertes que los guerreros que habían derrotado. Las mujeres
llamaron cobardes a sus hombres, pero eso significa que no entendían que la
victoria en la guerra era algo más que el simple heroísmo individual.
Los germánicos no podían buscar el desquite adoptando el
sistema bizantino. El catafracto era algo más que un caballo y un arco y algo
de armadura. Hacían falta años de entrenamiento para que un hombre pudiera
dominar a su caballo con sus rodillas y apuntar su arco con precisión en
cualquier dirección mientras cabalgaba a todo galope En el 534, Belisario
volvió a Constantinopla como vencedor absoluto, con el último rey vándalo
prisionero en su séquito. Justiniano le recompensó haciéndole cónsul (el cargo
continuó existiendo tan sólo siete años más) y le elogió efusivamente. Sin
embargo, no todo iba bien. Justiniano contaba con el éxito de Belisario, pero
no espesaba que fuera tan grande. Un general podía ser proclamado emperador con
mucha facilidad (como ocurrió con el tío de Justiniano) y un general muy
popular difícilmente podía evitarlo.
Lo prudente era sacar rápidamente a Belisario del país. En
el 535, Justiniano le envió fuera de nuevo; esta vez contra el reino ostrogodo
de Italia. El ejército de Belisario tenía el doble de tamaño del que acabó con
los vándalos, pero se esperaba que los ostrogodos serían (y eran) enemigos más
formidables.
Una vez más, la versión justiniana de la estrategia
occidental comenzó a dar resultados. La isla de Sicilia cayó en manos de
Belisario enseguida, y la población católica, al igual que en África, saludó a
sus hombres con enorme alegría. Luego Belisario invadió Italia y marchó contra
Roma antes de que los ostrogodos pudieran reaccionar y montar una
contraofensiva.
Pero entonces Justiniano dejó de ayudarle. Deseaba la
victoria de Belisario, pero no con tanta facilidad. Quiso quitar algo de brillo
al héroe para que no le creara problemas a su vuelta a Constantinopla. Por
consiguiente, se propuso no enviarle refuerzos. Belisario tuvo que luchar con
una cantidad insuficiente de hombres y de dinero, con la deprimente sensación
de faltarle el apoyo de su país.
Con todo, aunque a Justiniano se le echa habitualmente la
culpa de esta situación, se puede decir algo en su favor. Existían razones para
no enviar refuerzos. El ejército bizantino había conseguido sus victorias no
con un despliegue de vastos ejércitos, sino utilizando unos relativamente
pequeños, aunque profesionales al cien por cien. En toda su historia el
ejército bizantino nunca tuvo más de 120.000 hombres en total, y éstos tenían
muchas fronteras que defender.
Después de un entrenamiento tan meticuloso, no se podía
despreciar con tanta alegría al catafracto individual. Había que conservarlo.
La estrategia militar bizantina consideraba que su objetivo primordial era
evitar las batallas. Fuera cual fuera la manera de conseguir un objetivo
militar (la diplomacia, el tacto, la traición, incluso el soborno) resultaba
más barata a la larga que una batalla estéril. Tal vez Justiniano creía con más
o menos sinceridad que Belisario podría y debería arreglárselas con una cantidad
limitada de hombres.
Y, en realidad, este criterio dio resultado durante
siglos, aunque carecía de encanto romántico. Los feroces guerreros del
Occidente, que no contaban más que con el peso y el número para vencer en las
batallas, y desdeñaban la vida humana, despreciaban a los bizantinos como
cobardes. Su valoración nos ha llegado a través de una historia
occidentalizada, y en consecuencia el imperio es casi universalmente
infravalorado. Pero incluso una mirada rápida a su larga historia, a sus muchas
victorias, a su tenacidad frente a la derrota, es suficiente para mostrarnos
que los bizantinos eran cualquier cosa menos cobardes.
A pesar de la parsimonia de Justiniano en el envío de
hombres, Belisario hizo progresos, sostuvo el largo cerco de Roma y luego sitió
a la capital ostrogoda de Rávena. Aquel sitio se prolongó inútilmente durante
algún tiempo, y Justiniano se sintió tan preocupado que envió a un miembro de
la casa imperial a Italia para que comprobara cómo estaba la situación.
Este hombre era Narsés, un armenio que se había ganado el
respeto de Justiniano durante la Insurrección Nika. Con considerable valor, se
había movido calladamente entre los alborotadores, y mediante la persuasión y
juiciosos sobornos consiguió apartar a muchos de los Azules del partido de la
rebelión. (Estos eran partidarios de Justiniano, y se habían unido a los
motines deseosos de no perder nada de los saqueos y la destrucción.)
Narsés fue nombrado para un cargo más elevado, y con el
tiempo llegó a ser el gran chambelán, de manera que no había nadie con mayor
influencia en palacio, salvo los mismos Justiniano y Teodora. Justiniano tenía
una confianza absoluta e ilimitada en él, porque Narsés poseía aquella cualidad
única que hacía imposible que aspirara al trono imperial: era un eunuco.
La llegada de este viejo eunuco (tenía sesenta años en
aquel momento) a Italia en el 538 no fue exactamente recibida con agrado por
Belisario. No era difícil adivinar que la única función de Narsés era la de
espía, y los dos no se llevaron bien.
Con el tiempo, la situación se hizo tan incómoda para
Narsés que volvió a casa, pero después llegaron noticias (o tal vez las llevó
Narsés) de que los ostrogodos sitiados por Belisario en Rávena habían ofrecido
rendirse al general, pero no al emperador. Era casi como si los ostrogodos
estuvieran negociando unos términos favorables ofreciéndose a apoyar a
Belisario si éste intentaba tomar el trono (¿de qué otra manera podía aceptar
unos términos que Justiniano rechazaría?).
No estamos seguros si la historia es cierta o no; quizá la
inventó Narsés para vengarse de Belisario. En cualquier caso, parece que
Justiniano la creyó, porque provocó en él para siempre un profundo recelo con
respecto a las verdaderas intenciones de Belisario. Apresuradamente, intentó
llegar a un acuerdo a larga distancia con los ostrogodos sin tener en cuenta a
Belisario. Ofreció dividir Italia, quedándose él con el Sur y dejando el Norte
a los ostrogodos. Belisario rechazó este acuerdo y estrechó el asedio, incluso
en contra de los consejos de sus propios oficiales. Y acertó porque los
hambrientos ostrogodos se tuvieron que rendir.
Justiniano debió ponerse furioso. Ciertamente, Belisario
había conseguido una gran victoria, y no había en él indicios creíbles de
deslealtad, entonces ni después; pero había salido de la situación mostrándose
más resuelto que el emperador. Desde luego, Justiniano, debido a su reacción de
pánico con respecto al sitio, había quedado más bien en ridículo. Enfurecido,
hizo volver a Belisario en el 540, y enseguida se vio que Belisario era por sí
mismo un ejército. Después de que dejara Italia, las fuerzas imperiales
empezaron a perder, y con el paso del tiempo pareció que iban a ser totalmente
expulsados de Italia.
Por supuesto, Justiniano podía justificarse. Los persas,
conscientes del creciente compromiso de Justiniano en el Oeste, invadieron
Siria sin previo aviso en el 540 y llegaron al Mediterráneo. Sitiaron
Antioquia, e hicieron la oferta de dejarla tal cual a cambio de media tonelada
de oro. Al ser rechazada la oferta, los persas tomaron la ciudad y la
saquearon.
Justiniano tuvo que enviar rápidamente a un ejército a
Siria y lo puso bajo el mando del retornado Belisario. Belisario consiguió
mantener a raya a los persas, pero esta vez Justiniano demostró de nuevo su
mezquindad en el apoyo que le prestó. Sin embargo, Belisario hizo la vida lo
suficientemente difícil a los persas como para que se vieran obligados a una
tregua en el 545, a cambio de una tonelada entera del oro de Justiniano.
Constantinopla
La guerra con los persas no era el único desastre con que
tenía que enfrentarse Justiniano. Los Balcanes eran una úlcera sangrante ya que
continuaban las incursiones eslavas y búlgaras. En parte, aquellas incursiones
eran una señal de desesperación, porque los depredadores eran empujados en su
retaguardia por una nueva erupción de nómadas asiáticos. Eran los, ávaros, de
raza y cultura muy parecidas a las de los hunos, de un siglo antes. Habían
comenzado a llegar en tropel al este de Europa, invadiendo los territorios de
los eslavos y los búlgaros, y empujándoles hacia adelante. Si añadimos a esto
el hecho de que durante varios años, a partir del 542 Constantinopla sufrió una
grave epidemia de peste bubónica, no se puede sino sentir extrañeza de que
Justiniano se mantuviera firme.
Y, sin embargo, lo hizo. Con los persas en el Este y los
eslavos en el Norte, y la peste en el mismo corazón, Justiniano continuó fiel a
la estrategia occidental. Incluso antes de que hubiera firmado la paz con
Persia, envió a aquel paciente trabajador, Belisario, de regreso a Italia para
ver lo que se podía hacer para frenar a los resurgentes ostrogodos: Ni siquiera
entonces, se atrevió a dar a Belisario tropas suficientes para hacer posible
una victoria. Atrapado como siempre entre la necesidad de derrotar a los godos
y su resistencia a conceder a Belisario la celebridad de una victoria,
Justiniano hizo inevitable que, después de cuatro años de campañas indecisas,
Belisario no consiguiera más que estancarse.
En el 548 le hizo volver para siempre a Constantinopla.
(En el mismo año, la emperatriz Teodora murió de cáncer. No tenía todavía
cincuenta años.) El retorno de Belisario no terminó con el problema de los
ostrogodos. Justiniano necesitaba a alguien tan bueno como Belisario, pero a
alguien de quien pudiera fiarse. ¿Y dónde se podía encontrar a un hombre así? A
la postre el emperador se decidió por Narsés, el eunuco.
Es asombroso que Justiniano pudiera creer que un eunuco
sabría mandar tropas, pero Narsés había luchado contra los bárbaros en los
Balcanes en el 551 y lo había hecho muy bien. Mediante una jugada calculada,
Justiniano le envió a Italia en el 552, cuando tenía setenta y cuatro años. Y
entonces Narsés demostró ser un verdadero monstruo de energía; tal vez el
general más inverosímil que haya alcanzado grandes victorias.
Ciertamente, Narsés tenía una cosa que no tenia Belisario:
la confianza del emperador. Disfrutó de una porción mayor de hombres y dinero
del que necesitaba, y es preciso admitir que la aprovechó bien. En el 552,
infligió la derrota final a los ostrogodos y destruyó su reino. Gradualmente
aniquiló todos los demás centros de resistencia y estableció el dominio
bizantino por toda Italia, convirtiendo a Rávena en capital como lo había sido
anteriormente de los últimos emperadores occidentales, y más recientemente de
Odoacro y Teodorico.
De nuevo, Italia se encontró con que formaba parte del
Imperio Romano, unos ochenta años después de que hubiera «caído». No fue ésta
una situación temporal. Algunas zonas iban a continuar formando parte del
imperio durante cinco siglos, y la cultura bizantina dejaría en ellas una
huella permanente.
Los bizantinos construyeron iglesias en su propio estilo,
con sus mosaicos, por toda Italia. Todavía existen algunas de ellas. En la
ciudad de Venecia, que tuvo una larga relación con el imperio a lo largo de la
Edad Media, la famosa iglesia de San Marcos conserva todavía hoy el sabor
bizantino. Y en la iglesia de San Vitale en Rávena aún se pueden encontrar unos
retratos de mosaico de Justiniano y Teodora.
El elaborado rito bizantino, visto desde cerca en Italia,
impresionó en gran medida a los occidentales. Una gran parte del rito vaticano
es de origen bizantino, y los ritos de coronación de los monarcas británicos de
hoy también le deben gran parte de su inspiración.
Gracias al gobierno bizantino, Italia continuó siendo más
culta de lo que hubiera podido ser, y nunca se hundió tato en la oscuridad como
los territorios bajo dominio franco de lo que hoy son Francia y Alemania. La
distante luz bizantina iluminó incluso a los francos y los ingleses a través de
los monjes irlandeses que estudiaron griego en Italia y después llevaron
consigo su erudición oriental en sus viajes de misioneros.
Los últimos años
Tampoco fue Italia la conquista final de la gran ofensiva.
En el 554, un cuerpo expedicionario fue enviado a España, donde el reino
visigodo estaba en un estado de anarquía. El tercio meridional de aquella
península volvió a estar bajo el dominio romano.
Sin embargo, todas estas victorias lejanas no sirvieron
para conservar los Balcanes, donde año tras año los depredadores hacían lo que
querían. Justiniano utilizó el soborno para enemistar a una tribu con otra o
para tenerlas a todas tranquilas. Pero aunque una política de sobornos a veces
da resultados, en otras ocasiones resulta contraproducente. En este caso fue
contraproducente, porque los depredadores se dieron cuenta de que el imperio
era una fuente de dinero fácil, y descubrieron que cada vez podían obtener más
con la continuación de sus incursiones.
Justiniano habla construido unos ochenta puntos
fortificados a lo largo del río Danubio, pero que no frenaron a las tribus
hambrientas de botín. Con demasiada frecuencia, los depredadores se infiltraban
a través de ellas. La crisis se produjo en el verano del 558-559. Una ola
inusitada de frío heló el Danubio, y los depredadores pasaron en tropel por el
hielo. Entre ellos se contaban eslavos y ávaros.
Aplastando a los guardias fronterizos que intentaban
impedir su paso, marcharon tumultuosamente hacia Constantinopla y la ciudad
tuvo que enfrentarse con el mayor peligro que había conocido desde su
reconstrucción bajo Constantino. Los ejércitos bizantinos estaban estacionados
en lugares remotos, en España, Italia y África, y no había ninguno en el país.
No se podía confiar completamente en las grandes murallas de Constantinopla, ya
que dos años antes las habían debilitado unos graves terremotos.
No le quedaba más remedio a Justiniano que llamar de nuevo
a Belisario. El general, que ya tenía más de cincuenta años, no se hizo el
remolón. Hay algo casi sobrehumano en su reacción instantánea a todas las
llamadas al deber, indiferente a la ingratitud de aquellos a quienes había
salvado una y otra vez. Quedaba lugar para una última salvación y una última
ingratitud.
Belisario empleó a los 300 soldados de palacio como su
sostén principal, formó a los ciudadanos de Constantinopla en escuadrones y
requisó los caballos de los establos imperiales, de las cuadras privadas de los
ricos, e incluso de los circos. Cavó una zanja delante de la ciudad e hizo
creer que disponía de más hombres de los que tenía realmente. Después, esperó
la salvaje y bárbara carga delante de las murallas de la ciudad.
Sabía que el enemigo no tenía más idea estratégica que un
ataque frontal directo. Dejó que sus mejores hombres, unos pocos cientos, se
defendieran contra aquella carga con firmeza, mientras desplegaba a las demás
tropas para poder golpear a los depredadores a la vez en los dos flancos. El
enemigo se desconcertó con el golpe y huyó súbitamente. El peligro pasó y
Belisario consiguió su última victoria.
Pero entonces, en el 561, Justiniano cayó enfermo, se
difundieron rumores sobre su muerte (tenía setenta y ocho años), y cuando
resultaron falsos comenzaron las conspiraciones entre los impacientes.
Justiniano descubrió estas conspiraciones y las cortó de raíz sin piedad.
Varios hombres de la casa de Belisario estaban complicados y fueron hechos
prisioneros y torturados. Acusaron al propio Belisario. Belisario apareció en
el juicio con el mismo valor tranquilo que mostró en todas sus acciones, y
podemos estar razonablemente seguros de que era inocente.
Pero el viejo emperador amargado quería una condena, y la
consiguió. Belisario no fue ejecutado, pero le confiscaron todas sus posesiones
y fue puesto bajo arresto domiciliario. Pero en esto Justiniano tuvo que
volverse atrás. La indignación popular frente a este mal trato final al gran
general era demasiado grande y, además, era evidente que Belisario tenía los
días contados. En el verano del 564 le devolvieron sus posesiones y el favor
imperial (Justiniano, magnánimamente, montó el espectáculo de perdonarle), y en
marzo del 565 Belisario murió.
Años más tarde, apareció la historia de que, como
resultado de su condena por conspirador, Belisario había sido cegado y que pasó
sus últimos años como mendigo en Constantinopla pidiendo a los transeúntes «una
moneda para Belisario el general». Pero esto es pura ficción, un cuento
inventado por ese curioso tipo de gente que no encuentra suficiente dramatismo
en las fantásticas verdades de la historia.
Justiniano murió sólo unos meses más tarde, el 14 de
noviembre del 565, a la edad de ochenta y dos años. Era un hombre muy notable.
Había reinado en su propio nombre treinta y ochos años, y si contamos también
los años en que ejercía el poder su tío, Justino, nos sale un total de cuarenta
y siete años. Pocos emperadores romanos (o emperadores bizantinos) habían
reinado durante tanto tiempo antes o después de él. Y pocos pudieron igualar
sus realizaciones.
Llevó a cabo lo que tenía pensado hacer y su estrategia
occidental resultó asombrosamente acertada, al menos en la superficie. Había
destruido totalmente a dos de los reinos germanos arrianos, los vándalos y los
ostrogodos; sólo un reino visigodo debilitado, que gobernaba el tercio central
de España, sobrevivió para mantener el nombre arriano.
El imperio habla sido restaurado en casi la misma
extensión que tenía con Teodosio I: toda África del Norte, toda Italia, todas
las islas mediterráneas, una parte de España. Sólo los francos, que ocupaban la
antigua provincia romana de la Galia, no fueron alcanzados pero, a la vez, eran
católicos y aceptaron el dominio teórico del imperio. (Tras los francos estaba
la antigua isla romana de Bretaña, por la cual luchaban entonces los celtas y
los sajones pero estuvo siempre más allá del horizonte imperial.)
Durante la reconstrucción del imperio, Justiniano no pudo
evitar que recibieran graves heridas las provincias orientales, infligidas por
los persas, y en los Balcanes por los depredadores bárbaros; pero los mantuvo a
raya, y en ninguna de las dos partes perdió muchos territorios de importancia.
Internamente, su reinado contempló una serie de triunfos
pese a las insurrecciones, la peste y los terremotos que provocaron en
Constantinopla escenas de horror en varias ocasiones. Su codificación del
derecho fue un regalo permanente para Europa, y sus realizaciones
arquitectónicas hicieron de Constantinopla una ciudad mágica.
Y, además, Justiniano fue personalmente un hombre
increíblemente trabajador. Perteneció a esa minoría de monarcas cuyo placer
principal es atender constantemente a los detalles de la administración. Fue
abstemio en todos los placeres humanos, incluidos la comida y la bebida, y no
necesitaba dormir mucho. Llegó a ser llamado el emperador que «nunca duerme».
En parte porque necesitaba mucho dinero para sus guerras,
y en parte porque iba con su carácter, luchó (y, en conjunto, lo logró) por la
honradez y eficacia de los funcionarios civiles. El pueblo estuvo tan bien
gobernado como permitían los tiempos.
De todas formas hubo serias deficiencias durante el
reinado de Justiniano. La primera y más importante fue el costo puro y simple
de su política exterior. Todas sus gloriosas conquistas en el Occidente se
pagaron a un precio prohibitivamente alto y, a la postre, el Imperio Bizantino,
por extenso que pareciera en el mapa, estaba casi arruinado. Tampoco podía
extraer beneficios económicos de sus conquistas occidentales, porque las
provincias reconquistadas eran débiles y estaban empobrecidas tras dos siglos de
dominio bárbaro.
Con gran diferencia, el volumen más importante del
comercio imperial fue con el Oriente, y desde un punto de vista económico
hubiera sido mucho más beneficioso para el imperio si se hubiera llegado a
algún acuerdo estable con Persia y se hubiera abandonado el viejo sueño del
imperio de Teodosio I.
Por ejemplo, la seda y las especies llegaban desde el
Lejano Oriente a través de una larga serie de etapas por Asia central, y en
cada etapa intervenía un intermediario que cobraba, de modo que al final los
bizantinos tenían que pagar su peso en oro por estos productos. Los persas en
particular, controlaban las rutas comerciales y podían obligar a los bizantinos
a pagar precios exorbitantes, y luego aprovecharse de esos pagos para financiar
una guerra contra esos mismos bizantinos. Justiniano hizo lo que pudo para
canalizar el comercio a través de las regiones bárbaras al norte del mar
Caspio, o por rutas marítimas que rodearon la India y Arabia. Fracasó.
Sin embargo, consiguió una victoria. Sólo en el Oriente se
podían cultivar las especies, pero se descubrió el secreto de la manufactura de
la seda. Esta procedía del capullo de gusano de seda (las orugas de ciertas
mariposas nocturnas) que tenían que ser alimentadas con las hojas de las
moreras. Justiniano sobornó a dos monjes persas que habían vivido en China para
que volvieran allí y después hicieran su viaje de regreso con los huevos de los
gusanos escondidos en el hueco de las cañas de bambú. Alrededor del 550,
Constantinopla comenzó su propia producción de seda, y de esos gusanos
descienden todas las orugas que han producido seda en Europa hasta los tiempos
modernos.
El hecho de que la estrategia occidental de Justiniano
tuviera un éxito tan llamativo no debe oscurecer que aceptó las desventajas de
no tener una estrategia meridional. Mientras vivió Teodora, su simpatía hacia
los monofisitas había suavizado las dificultades, y dio a las provincias del
Sur alguna esperanza. Algunos herejes que podían haber sufrido severos castigos
fueron salvados por la callada intervención de Teodora. Con su muerte,
desapareció esta influencia pacificadora. Egipto y Siria fueron obligados a
presenciar la victoria del catolicismo ortodoxo, y ello les alienó de
Constantinopla para siempre. Desde ese momento, no había otro enemigo en el
mundo más que Constantinopla.
Por supuesto no podían hacer nada. Era imposible que
triunfara una rebelión, y Justiniano podía decidir que era fácil aceptar su ira
desamparada a cambio de victorias concretas en Occidente. Pero, llegaría el
momento en el que Constantinopla tendría que pagar amargamente su abandono de
los sentimientos meridionales.
4
La doble catástrofe
Los nuevos bárbaros
Justiniano no tuvo hijos que hubieran podido ser
candidatos naturales al trono. Ni tampoco, como hizo su tío Justino, había
elegido a un heredero para hacerle emperador asociado, facilitando así la
sucesión. Esto significaba que la sucesión, según el principio «electivo»,
quedaba abierta a cualquiera que pudiera conseguir el apoyo necesario de algún
elemento de fuerza de la población: el ejército, la burocracia o las masas.
Para comenzar, Justiniano tenía siete sobrinos y de todos
ellos uno estaba allí mismo. Se puso en movimiento tan pronto como llegaron
noticias de la muerte del gran emperador. Realizó unas eficaces combinaciones
para que lo coronaran los guardias del palacio. Corrió al hipódromo para
recibir la aclamación del público, y todo quedó resuelto. Reinó con el nombre
de Justino II.
Justino comenzó con las mejores intenciones. Tuvo
suficiente sentido común como para darse cuenta de que su tío Justiniano había
llevado al imperio por el camino de la conquista tan lejos como le fue posible:
tal vez demasiado lejos. Por lo tanto, adoptó una política de no agresión y de
tranquila defensa. Esto le permitió dedicarse a reforzar la economía del
imperio. Pagó unas cuantas deudas de las que Justiniano había hecho caso omiso,
redujo los impuestos, e incluso alivió algunas de las rigurosas disposiciones
de Justiniano hacia el monofisismo.
Una política económica adecuada sólo se podía llevar a
cabo terminando con los pagos de tributos a las tribus bárbaras del Norte.
Igual que Marciano se había negado a pagar a los hunos un siglo antes, Justino
II se negó también a pagar a los ávaros. Podía haber utilizado de nuevo la
táctica de pagar y señalar a otro lado, pero Occidente ya no era tan atractivo
como antaño. Los francos que dominaban las tierras al norte de los Pirineos y
los Alpes, no eran un objetivo fácil, y aunque fueran conquistados, había muy
pocas cosas de valor para saquear.
Los, ávaros preferían quedarse en el Oriente y luchar por
el tributo. Los bizantinos se defendieron, y antes del 571 los ávaros se dieron
por vencidos por algún tiempo. Hicieron las paces y marcharon hacia el Oeste,
si no contra los francos, de todos modos hacia la frontera de los francos. Pero
esto también era desastroso para el imperio, ya que Justiniano lo había
extendido tanto que taponar una gotera en un lugar significaba aumentar las
presiones que producían goteras en otro. Los nuevos problemas procedían de
Italia, que Narsés había conquistado recientemente para el imperio. En
realidad, cuando Justino II ascendió al trono, Narsés todavía gobernaba Italia
desde Rávena. El eunuco tenía casi noventa años, pero se mantenía tan firme y
capaz como siempre.
Puede ser que Justino creyera que ya era el momento de
jubilar al anciano general. Quizá también tuviera el deseo (no infrecuente en
los nuevos gobernantes) de deshacerse de los restos del reinado anterior y
llenar los dominios con gente nombrada por él.
Narsés vivió seis años más en un retiro de patriarca, y
murió en el 573 a la edad de noventa y cinco, aproximadamente. Sólo existe otro
nonagenario como él en la historia, y ese apareció seis siglos más tarde como
feroz enemigo de los bizantinos, por desgracia para el imperio.
Los hacedores posteriores de leyendas adornaron el retiro
de Narsés con un relato que parece tan imposible e inútilmente cruel que no
puede ser verdadero. La malvada del cuento es la nueva emperatriz Sofía, que
tenía tanta influencia con Justino como había tenido Teodora con el tío y
predecesor de aquél.
Se cuenta que Sofía envió a un mensajero con madejas de
lana a Narsés. El mensajero llevó el recado de que, como eunuco, Narsés tenía
que dejar la guerra a los hombres y marcharse a hilar con las doncellas.
Narsés, tragándose su ira, según el relato, contestó: «Lo voy a hilar de tal
manera que no podrá deshilvanarlo fácilmente». Después, antes de marcharse,
invitó a un nuevo grupo de tribus germánicas invadir Italia.
Si se inventó el cuento para justificar la aparición de
nuevas tribus, no era necesario. Los hechos son suficientemente claros sin esta
historia. Los ávaros estaban retrocediendo en los Balcanes frente a la firme
defensa de Justino, y también frente a la llegada de un nuevo grupo de nómadas
asiáticos que surgía tumultuosamente de la reserva sin fin de Asia central.
Estos nuevos nómadas eran los kazaros.
Por tanto, los ávaros marcharon hacia el Oeste y
establecieron una base en lo que hoy es Hungría, base que iban a conservar
durante más de dos siglos. Este movimiento de los ávaros hacia Hungría ejerció
una enorme presión sobre les tribus germánicas que ya estaban en aquella zona.
Suponía luchar contra los ávaros o marcharse. Entre estas tribus se contaba la
de los lombardos, que decidió marcharse. Cruzaron los Alpes, y en el 586
bajaron a las llanuras del norte de Italia.
Tal vez alguien como Belisario o Narsés les podía haber
rechazado, pero no había ningún jefe bizantino de ese calibre en Italia. Las
fuerzas armadas imperiales padecían de una lamentable penuria de hombres y se
vieron obligadas a retirarse. El norte de Italia fue invadido, convirtiéndose
en el reino lombardo. También en el sur las bandas guerrilleras lombardas
tomaron algunas regiones.
Sin embargo, los bizantinos no se dieron fácilmente por
vencidos. (A lo largo de su extensa historia, nunca se dieron por vencidos,
cosa que las valoraciones generalmente despectivas de los escritores
occidentales suelen pasar por alto.) Se agarraron a la puntera y el tacón de
Italia y a las amplias extensiones centrales desde Roma a Rávena, junto con
algunas ciudades como Venecia y Nápoles.
La política de cauteloso atrincheramiento de Justino II
fue puesta a prueba por la invasión lombarda. Fácilmente podía haber caído en
la tentación de enviar a las reservas del imperio hacia el oeste, y
posiblemente hubiera provocado un desastre mayor, porque al este estaba todavía
Persia. Persia vivía los últimos años del reinado de su rey más grande, Cosroes
I. Había luchado contra Justiniano dos veces y ahora atacó a Justino, pensando
tal vez que el emperador iba a enviar su ejército a Italia.
En la primera arremetida, Persia penetró profundamente en
Asia Menor en el 572. Sin embargo, Justino acertó. Se olvidó de Italia y se
concentró en la amenaza mayor. Hizo retroceder a Persia, y en el 576 se
restauró la paz según las bases habituales.
Pero la tensión era excesiva para Justino. Tuvo ataques de
desequilibrio mental, y da la impresión que la guerra con Persia le dio el
golpe final que le hizo perder la cabeza. Sufrió una parálisis de las piernas
(probablemente de origen histérico), y se hizo evidente que para que hubiera
una eficaz autoridad gubernamental tendría que ser sustituido.
La fatalidad que se había empeñado en que en el último
siglo ningún emperador reinante tuviera un hijo que le sobreviviera seguía
todavía. El único hijo de Justino había muerto, y él se llevaba mal con sus
parientes más lejanos. Estaba, sin embargo, el capitán de los guardias. Era
alto y guapo, y parece que había atraído las miradas apreciativas de la
emperatriz Sofía. Persuadió a Justino para que le adoptase como hijo y le
traspasara los deberes del gobierno. Después de un reinado de trece años,
cuatro de ellos transcurridos en una grata oscuridad, el enfermo emperador
murió en el 587, y su hijo adoptado accedió al trono con el nombre de Tiberio
II. Tiberio intentó continuar el programa de paz en el exterior y de economía
interna, pero los dos programas eran casi mutuamente excluyentes. Para poder
tener tranquilidad en los Balcanes, volvió a pagar el tributo a los ávaros.
Aunque esto puso fin a las sangrientas incursiones, dejo agotada la tesorería y
no detuvo la continua y pacífica infiltración de campesinos eslavos y la
«eslavización» del norte de los Balcanes. También hubo una especie de guerra
fronteriza con Persia que se convirtió en algo parecido a la paz, comparada con
guerras más serias.
Tiberio II sólo gobernó durante cuatro años, y la muerte
se le acercó con suficiente lentitud como para darle tiempo a elegir un
sucesor. Tampoco tenía un hijo que pudiera heredarle, pero había un general
capaz, el mejor que conocieron los bizantinos desde Narsés. Era Maurikios, que
en latín se escribe Mauricius y ha llegado a nosotros, a través del francés,
como Maurice. Mauricio había nacido en Asia Menor y remontaba con orgullo su
ascendencia a una familia romana de Italia. Su carrera militar le había elevado
hasta el cargo de comandante en jefe en el Este, y obtuvo algunas victorias
importantes contra los persas. En el 582, cuando Tiberio II sintió que su
muerte era inminente, hizo que Mauricio se casara con su hija, Constantina; al
morir el emperador, Mauricio le sucedió sin dificultades y fue coronado ante
sus padres, presentes como testigos de honor.
No es sorprendente que Mauricio, con su experiencia en el
Oriente, considerase una de sus primeras preocupaciones la de llegar a algún
tipo de acuerdo con Persia. Dio la casualidad de que las cosas se estaban
desarrollando sin ningún contratiempo en aquel momento. Cosroes I había muerto
en el 579, y Persia se hallaba en apuros. Tenía que enfrentarse con las
incursiones de los bárbaros en el Este y con desórdenes civiles en el interior.
Cosroes II, el joven nieto de Cosroes I, ascendió al trono
en el 589, pero la guerra civil le obligó a abandonarlo enseguida. Huyó al
Imperio Bizantino, y el emperador le dio su protección. En esto Mauricio fue
sincero. Se expuso al riesgo calculado de ir a la guerra en favor de un
pretendiente persa al trono con la esperanza de que éste se mostrara agradecido
a su salvador más adelante (La ingratitud es tan corriente en la política que
es casi posible dudar del juicio de Mauricio en este caso; y, sin embargo, la
estrategia le salió de maravilla).
Se envió a un ejército imperial a Persia. Cooperó con las
fuerzas nativas fieles a Cosroes II, que vencieron y devolvieron al príncipe a
su trono. Y lo que ocurrió después fue que Cosroes II se mostró agradecido.
Accedió a firmar una paz en 591, muy ventajosa para el imperio, devolvió las
fortalezas que había tomado y permitió que Mauricio tomara casi toda Armenia.
Además Cosroes II juró mantener la paz con Mauricio y lo hizo. (No obstante,
aun esto, que parece tan idílico, condujo a épocas terribles para el imperio. A
veces se diría que todos los caminos llevan a la catástrofe.)
Mauricio no acertó tan plenamente en Occidente. Lo
intentó, podemos estar seguros. Organizó las posesiones en Italia central como
el «Exarcado de Rávena». La palabra «exarcado» significa «territorio de fuera»;
indica una provincia fuera del núcleo del imperio, que estaba lejos y aislada
de las demás. Puesto que estaba particularmente expuesta a un ataque del
enemigo, su gobierno era militar, y la autoridad civil estaba subordinada a la
militar. El sistema dio resultado hasta cierto punto, porque los lombardos
fueron detenidos por las obstinadas fuerzas imperiales e Italia central
continuó siendo bizantina durante casi dos siglos más.
Sin embargo, si las fuerzas imperiales no perdían terreno,
tampoco lo perdían los, lombardos. El imperio no pudo conseguir más que llegar
a un punto muerto. En otras partes del Occidente los dominios bizantinos en
España disminuían ante el avance de los resurgentes visigodos, y por entonces
el emperador controlaba sólo algunas ciudades y fortalezas a lo largo de la
costa del Sur.
También se deterioraba la situación en los Balcanes. Los
ávaros cruzaron el Danubio a raudales causando depredaciones inusitadas,
dirigidos por un monarca de gran talla, Bayan. En el 591, en el mismo año en
que Mauricio estaba empezando a dominar el Oriente, las bandas ávaras se
presentaron ante las murallas de Constantinopla.
Mauricio tuvo que volver corriendo de Persia. Durante
algún tiempo, dirigió los ejércitos bizantinos contra los ávaros: es el primer
emperador que fue al campo de batalla en dos siglos. Pero pronto se retiró,
dejando la dirección de la campaña en manos de su general Prisco, que en el 601
derrotó finalmente a los ávaros en una gran batalla al lado del Danubio, río
abajo de la actual Belgrado.
La primera catástrofe
Por desgracia, Mauricio se hacía cada año más impopular.
Su prudente política de atrincheramiento y ahorro le malquistó a muchos que de
otro modo podían haberse beneficiado a expensas del gobierno. Los habitantes de
Constantinopla estaban hartos de su tacañería y dispuestos a alzarse contra él.
Sin embargo, la verdadera crisis se produjo en la frontera del Danubio, donde
Mauricio siguió la igualmente necesaria e igualmente impopular política de
exigir una estricta disciplina de cara a la constante amenaza de los ávaros
Hubo movimientos de descontento cada vez más frecuentes por parte de los
soldados.
Después, en el 602, los ávaros ofrecieron liberar a 12.000
prisioneros a cambio de 6.000 monedas de oro. Mauricio dudó, reacio a ceder
frente a este chantaje y entregarles el dinero, y los ávaros asesinaron a los
hombres. Un rumor de disgusto partió del ejército. Cualquier soldado podía caer
preso y no deseaba morir para ahorrar a su emperador media moneda de oro. Los
soldados rebeldes encontraron a un jefe en un oficial inferior llamado Focas.
Grandes secciones del ejército abandonaron sus puestos y marcharon bajo sus
órdenes a Constantinopla.
Si Constantinopla hubiera sido fiel, los amotinados se
hubieran detenido ante las murallas. Desgraciadamente para Mauricio, estallaron
motines contra él en toda la ciudad, y fue casi como en la Insurrección Nika de
hacía setenta años. Mauricio no tenía una Teodora a su lado, ningún Belisario
para hacerse cargo de los guardias del palacio, y ningún Narsés para enviar a
meterse entre los amotinados. Por consiguiente, tuvo que hacer lo que
Justiniano casi hizo: abdicó, huyó de la ciudad y cruzó el Bósforo al otro
lado. Allí envió un llamamiento a Cosroes II de Persia, pidiendo su ayuda a
cambio de la que el rey persa había recibido una década antes.
Ya que Mauricio no estaba, las masas podían haber
proclamado rey a su hijo mayor (tenía cinco). Se habló algo de ello, pero
entonces el ejército rebelde entró en Constantinopla por los portalones
abiertos por los amotinados desde dentro. Focas iba a su cabeza en un carro
llevado por cuatro caballos blancos. Sus soldados ya le habían proclamado
emperador, y después el populacho de Constantinopla le vitoreó.
Uno de sus primeros actos fue enviar a sus soldados a
cruzar el Bósforo para coger a Mauricio y a sus cinco hijos. Fueron ejecutados
todos allí mismo. Esto estableció un triste precedente. Hubo un período durante
la anarquía romana del siglo III en el que un emperador tras otro fueron
asesinados; pero desde que Diocleciano había reorganizado el gobierno, pocos
emperadores habían muerto fuera de su cama o del campo de batalla.
Desde que Constantino había fundado Constantinopla, la
habían gobernado dieciocho emperadores, y de ellos, Mauricio, el décimoctavo,
fue el primero que murió como consecuencia de la violencia civil (aunque
Justino casi pudo contarse entre ellos). No fue el último. De las docenas de
emperadores que le siguieron en Constantinopla, más de la mitad iban a ser
obligados a abdicar, cegados, torturados o asesinados. Si, como dijo Teodora,
el trono era un sepulcro glorioso, unas cuatro docenas de emperadores tuvieron
la oportunidad de comprobar la teoría en condiciones que variaban desde lo
trágico hasta lo horrible.
Pero las noticias de la abdicación y ejecución de Mauricio
llegaron por fin a Cosroes II, y el monarca persa quedó horrorizado.
Fue fiel a su pacto con Mauricio (una amistad que floreció
curiosamente a pesar de la enemistad secular de sus naciones) y declaró la
guerra al Imperio Bizantino para vengarse de su aliado, jurando no cesar hasta
que el asesino de su amigo fuera ajusticiado. Por esta razón lanzó la última,
más furiosa y más provechosa de todas las marchas persas hacia el oeste.
Las primeras victorias de Cosroes asustaron a Focas por
completo. No era más que un soldado estúpido, el primer emperador que gobernó
Constantinopla por causas distintas a la herencia o al mérito, y no sabía qué
hacer. Aterrado, hizo la paz con los ávaros al precio de un tributo
exorbitante, y esto le ganó el desprecio del ejército.
Pero todavía intentó ganarse al Occidente mediante severas
medidas contra los monofisitas y el reconocimiento de que el papa romano tenía
primacía frente al patriarca de Constantinopla. Esto le mereció el elogio del
papa Gregorio I (del que no era digno el estúpido que se sentaba en el trono
imperial), pero nada más.
En el país, aquella acción provocó un unánime grito de
horror del clero. Las victorias de Justiniano en Occidente, después de todo,
habían colocado a Roma bajo el dominio político de Constantinopla, y esto
parecía añadir el último ladrillo al edificio de la supremacía del patriarca,
al menos ante los ojos orientales. Desde los tiempos de Justiniano, la cabeza
de la Iglesia de Constantinopla se autodenominaba patriarca ecuménico, firmando
su primacía universal, y en concreto su superioridad frente al papa.
Es cierto que ningún papa aceptó jamás esta primacía del
patriarca, ni por un instante renunció a su propia pretensión de gobierno de
toda la Iglesia, pero Roma no podía hacer nada. Aun después de la invasión
lombarda que había costado al imperio casi toda Italia, Roma seguía siendo
parte del territorio del exarcado de Rávena, y el papa todavía estaba a merced
del capricho imperial. Que Focas renunciara a la pretensión de primacía
patriarcal era algo insoportable, y el escandalizado clero oriental se pasó a
la oposición intransigente.
En cuanto a la persecución de los monofisitas, fue la
acción más estúpida de todas. Los sirios, que eran monofisitas, no entendían
por qué tenían que dar sus vidas por un déspota que les perseguía. El resultado
fue que no se opusieron al avance persa, sino que se prepararon para dar la
bienvenida a los invasores como sus liberadores.
Una tras otra, cayeron las fortalezas bizantinas en
Oriente. Cosroes II pasó como un rayo por Siria y Asia Menor, y antes del 608
llegó a Antioquia y la cercó. El pueblo de Constantinopla estaba aterrado, y es
muy comprensible. Era evidente que Focas era un tanto incompetente, y todos se
arrepintieron de todo corazón por haberle hecho emperador. Sin embargo, era
emperador y tenía a las tropas del palacio bajo su mando. Las aprovechó para
someter a la ciudad a un régimen de terror.
Parecía que el imperio no tenía a quién pedir ayuda, y
acudió en su socorro la única provincia intacta y cien por cien leal: la de
África del Norte, con su capital de Cartago. Sólo sesenta años antes, Belisario
había capturado esa provincia para el imperio, y sólo se pueden hacer
especulaciones sobre lo que hubiera podido ocurrir con Constantinopla en aquel
momento si no hubiera existido esa provincia.
El Norte de África era una fortaleza dirigida por un
general capaz, Heraclio, que fue nombrado por Mauricio, y que continuó siéndole
fiel.
Con paciencia esperaba su oportunidad de vengar a su
antiguo jefe, y antes de comenzar el año 610 estaba preparado. Sabía que sus
tropas eran fieles, porque Cartago, territorio occidental, era mayoritariamente
católico, y además Prisco, el otro general competente del reino, se unió a él.
Prisco llevó al ejército hacia el este a Egipto, mientras
una flota navegó desde Cartago hacia Constantinopla dirigida por el hijo de
Heraclio, que se llamaba como él. Al ver desde Constantinopla a las naves, las
masas de la ciudad no necesitaron más. Seguras de un apoyo militar, se
levantaron enloquecidas, y pasando por alto olímpicamente a los guardias del
palacio (que mantuvieron una prudente tranquilidad), apresaron a Focas que
llevaba gobernando ocho desastrosos años y le torturaron hasta la muerte en una
orgía de crueldad. Después proclamaron emperador al joven Heraclio y le
recibieron con todo el fervor de un salvador enviado desde el cielo.
Ningún efluvio divino parecía rodear a Heraclio. El
imperio era presa del caos y su decadencia continuó sin detenerse. El acceso al
trono de Heraclio no actuó como la varita mágica para dar marcha atrás a los
acontecimientos.
Cosroes II, que había invadido el imperio claramente sólo
para vengarse de la muerte de Mauricio, tenía que haberse sentido satisfecho.
Después de todo, Mauricio había sido vengado y Focas, su asesino, muerto con
mayor crueldad aún. Sin embargo, pocas personas son consecuentes, y Cosroes 11
ya había ido demasiado lejos como para detenerse. Había conseguido el nombre de
Khosrau Parvez («Cosroes el victorioso») entre sus cortesanos, y estaba
demasiado satisfecho con este nombre para abandonarlo. Además, la victoria
tiene su inercia y, con sus ejércitos avanzando hacia el oeste tan
magníficamente, ¿cómo iba él a pedirles que se parasen?
Incluso durante los primeros años del reinado de Heraclio,
las victorias de Cosroes continuaban una tras otra. En el 613 sus ejércitos
tomaron Damasco, y en el 614 la misma Jerusalén. Y para colmo, fue robada la
Vera Cruz.
Era la cruz en la que, supuestamente, se había crucificado
a Jesucristo. Según la leyenda, fue desenterrada en el 326 por unos cavadores
que trabajaban bajo la dirección de Elena, la madre del emperador Constantino
I, y se la identificó por los milagros que se podían hacer con ella. Después,
los soldados persas, tratándola sin respeto, como si fuera un objeto ordinario
de madera, la llevaron a Ctesifon, la capital persa.
Antes del 615, la conquista de Asia Menor era un hecho y
las fuerzas persas estaban en Calcedonia sobre el Bósforo, contemplando al otro
lado las torrecillas de Constantinopla. El Imperio Bizantino fue expulsado por
completo de Asia, y las antiguas provincias cristianas estaban en manos de los
incrédulos adoradores del fuego de Persia.
Recuperación
Durante aquellos primeros años de derrotas, Heraclio se
había esforzado desesperadamente por reorganizar y fortalecer los asuntos
interiores. Intentó reformar las finanzas, ajustar los procedimientos
administrativos y reforzar al ejército. Una de las medidas que tomó fue más
bien vil. Prisco, el general que había ayudado a Heraclio a conseguir el trono
y que estaba en las primeras líneas con su ejército, fue persuadido para que
fuera a Constantinopla y allí le obligaron a hacerse monje. Se puede sostener
que cuando hay una situación de urgencia, sólo se puede permitir una cabeza del
ejército y, de haber dejado a Prisco suelto, podría haber provocado una guerra
civil. No obstante, no fue un acto muy decoroso.
La innovación de mayor alcance de Heraclio fue comenzar la
reestructuración del imperio en subdivisiones, en su mayoría orientadas
militarmente a partir del precedente establecido por el exarcado de Rávena.
Esto significaba hacer al imperio militarmente eficaz.
Se llamó a las subdivisiones temas (del término griego
aplicado a una división de tropas), de forma que el mismo nombre respiraba
militarismo. Cada tema estaba bajo el control de un gobernador militar con
funciones civiles subordinadas. Se dieron granjas a los soldados en forma de
concesiones hereditarias. Se garantizaba la tierra para la familia con tal de
que cada generación fuera educada para servir en el ejército. El intento tenía
como fin crear una población de sólidos campesinos-soldados, y en cierta medida
prosperó. En especial, Asia Menor sirvió como reserva de excelentes militares
durante cuatro siglos.
En todos sus esfuerzos, Heraclio recibió la ayuda de uno
de los hombres más notables que jamás poseyera el título de patriarca de
Constantinopla. Fue Sergio, que llegó a patriarca en el 610, el mismo año en
que Heraclio fue proclamado emperador. Los dos trabajaron juntos tan de cerca
como lo habían hecho Justiniano y Teodora y, desde luego, la ayuda de Sergio
fue esencial. Sergio puso a disposición de Heraclio las riquezas de la Iglesia,
y hubiera sido casi imposible que el emperador llevara a cabo su programa de
reorganización sin este dinero para financiarlo.
Sergio fue la salvación del imperio en un momento crucial
de una forma menos concreta. En el 618, los ocho años de esfuerzos heroicos y
agotadores por parte del emperador no parecían notarse mucho. Los persas
todavía estaban en el Bósforo, a la vista de las torrecillas de Constantinopla,
y comenzaban a entrar en Egipto encontrándose con una resistencia muy débil por
parte de su población monofisita. Del oeste llegaron noticias de que las
últimas fortalezas imperiales en España habían caído en manos de los visigodos,
y del norte llegó la noticia de que los ávaros estaban de nuevo invadiendo los
Balcanes.
En un momento de desesperación, Heraclio hizo lo que había
planeado antaño Justiniano. Propuso abandonar Constantinopla y retirarse a
Cartago. Allí tal vez tuvieran la fortuna de rescatar una provincia del
hundimiento universal. Fue en aquel momento cuando Sergio mantuvo una tranquila
firmeza y asumió el papel de Teodora. Con una serena confianza en la victoria
final, devolvió la determinación a Heraclio y le mandó de nuevo a su trabajo.
Sin embargo, hubo muchos más años de angustia. En el 619, las fuerzas persas
habían tomado todo Egipto y parecía que iban a lanzarse también sobre Cartago.
Pero en Egipto los persas se detuvieron. Los católicos de
Cartago no habrían cedido con la misma pasividad que los monofisitas de Siria y
Egipto, y Cosroes se dio cuenta de que llegar hasta Cartago significaría
alargar demasiado las líneas de comunicación. (En realidad, eran ya demasiado
débiles.) Para atacar a las provincias europeas del imperio, era necesario
tener una flota, de la que carecía Cosroes. Por estas razones, aunque había
conquistado la mayor parte del Imperio Bizantino, Cosroes estaba momentáneamente
paralizado. Tuvo que mantenerse a la expectativa, esperando que Heraclio
pidiera o aceptara una paz en malas condiciones.
Pero Heraclio estaba preparado por fin para un
contraataque. Dio dinero a los ávaros porque necesitaba tiempo a cualquier
precio, y en el 622 se lanzó de cabeza en Asia Menor.
Este es uno de loe muchos casos en los que la historia
demuestra la utilidad de una flota. Sin naves, Heraclio no podía haber hecho
más de lo que hacía Cosroes. Sólo podía sentarse a orillas del Bósforo y mirar
fijamente al enemigo al otro lado. Con una flota, no obstante, trasladó su
ejército dando la vuelta al flanco del enemigo y lejos de la retaguardia.
Las naves imperiales transportaron el ejército a Issus, en
el extremo noroeste del Mediterráneo, en el ángulo agudo donde se encuentra
Asia Menor con Siria.
Con gran rapidez, las fuerzas persas acudieron para
enfrentarse con Heraclio, pero las fuerzas cuidadosamente entrenadas del
emperador lucharon y maniobraron bien. Heraclio consiguió golpear al enemigo
desde la primera línea y desde la retaguardia, y obtuvo una magnifica victoria
en enero del 623.
Por desgracia, los detalles de lo que vino después son
poco claros. No hubo ningún historiador que recogiera las hazañas de Heraclio
como Procopio lo había hecho con Belisario. Parece que después de la victoria
en Issus hubo una marcha hacia el norte para entrar en Armenia. Loa persas, que
temían ver completamente aislado a su ejército en Asia Menor, tuvieron que
retirarse. Durante los tres años siguientes, Heraclio dirigió tres campañas en
Armenia, en las cuales restauró el prestigio imperial y casi derrotó a Persia.
Los persas evitaron que Heraclio les empujara desde el sur por Armenia hacia la
zonas centrales de Persia, y en este aspecto se llegó a un punto muerto.
Hacia el 626, Cosroes el Ya-No-Victorioso estaba bastante
desesperado. Intentó a su vez atacar tras las líneas enemigas. Pero no lo pudo
hacer eficazmente con su ejército porque le faltaba una flota. No obstante,
pudo hacerlo de otro modo. Podía hacer un llamamiento a los ávaros y éstos
estarían encantados (para sus propios fines) en cooperar.
En julio del 626, unos 80.000 ávaros y eslavos llegaron
hasta las murallas de Constantinopla y comenzaron el asalto a la ciudad.
Almismo tiempo los ejércitos persas, para esquivar a Heraclio, marcharon hacia
el oeste y esperaron en Calcedonia la caída de la ciudad imperial o que
Heraclio se apresurara a acudir a salvarla, abandonando así su incómoda
posición a lo largo de las vías de abastecimiento, o las dos cosas.
Por desgracia para los persas no se produjo ninguna de las
dos. Heraclio permaneció en el extremo oriental del mar Negro, empeñado en
llevar a cabo sus proyectos estratégicos y muy dispuesto a abandonar
Constantinopla a su destino. Tenía confianza en sus murallas y en Sergio. Y
podía tenerla. Dentro de la ciudad, el patriarca Sergio organizó la defensa con
tranquila firmeza. Las murallas eran fuertes; las naves trajeron los
abastecimientos necesarios. Los ávaros por fin conscientes de que fracasaban y
seguirían fracasando, empezaron una lenta y sombría retirada.
Fueron los persas los que perdieron los estribos. Las
tropas de Calcedonia, al oír el alborozo en la ciudad al otro lado de los
estrechos cuando se retiraron los ávaros y sabiendo que Heraclio estaba todavía
en la retaguardia, tiraron sencillamente la toalla. Se rindieron.
En todas partes, las fuerzas persas perdieron la esperanza
y sólo pedían una oportunidad para volver a casa. Las fuerzas imperiales
volvieron a tomar Egipto y Siria a los desfallecientes ejércitos persas, pero
Heraclio no se contentó con recuperar lo que había perdido. Era necesario dar
una dura lección a los persas de una vez por todas. Heraclio consiguió la
alianza y la ayuda de los nómadas kazaros, que entonces ocupaban las llanuras
al norte del mar Negro, consciente de que de esta manera podía contar con que
inmovilizarían a los fastidiosos ávaros al norte del Danubio. Con el flanco del
Danubio libre, Heraclio podía penetrar aún más dentro de Persia.
Invadió Mesopotamia, y penetró en el mismísimo corazón del
Imperio Persa para llegar a zonas que ningún ejército imperial había visto
desde hacía, gres siglos. Cerca de las ruinas de una ciudad llamada Nínive, que
había sido la capital del Antiguo Imperio Asirio doce siglos antes, se libró la
batalla final. En diciembre del 627, los soldados que hablaban griego se
encontraron con los soldados de habla persa para mantener una batalla más de la
serie que había comenzado con la batalla de Maratón, once siglos antes.
Fue una lucha desesperada que se prolongó a lo largo de
las horas de luz. Terminó con una aplastante victoria para Heraclio, que la
continuó con una hábil e implacable persecución hasta casi la capital persa
(nunca más un ejército imperial llegaría tan lejos de su punto de partida).
Durante dieciséis años, Cosroes II había luchado contra el
Imperio Bizantino. En los primeros ocho años lo había conseguido casi todo, y
en los ocho últimos perdió casi todo. Fue una asombrosa demostración de esas
vertiginosas ascensiones seguidas por caídas catastróficas que se han repetido
varias veces desde entonces; la más reciente es la de Adolfo Hitler.
Cosroes no había abandonado del todo, pero sus súbditos
sí. La única manera de conseguir la paz era con la muerte de Cosroes, y esto
les venía muy bien. Los señores persas mataron a Cosroes II y a la mayoría de
sus hijos en el 628 (un triste fin para el Victorioso) y, bajo el estandarte
del hijo que quedaba, hicieron la paz con el imperio.
De acuerdo con las condiciones de paz, todo territorio
perdido fue devuelto a los bizantinos. Como también lo fue la Vera Cruz. En el
629, en una celebración emotiva y solemne Heraclio llevó en persona la Vera
Cruz en procesión a través de Jerusalén. Fue restaurada en su lugar después de
haber estado quince años en las manos profanas de los infieles.
La segunda catástrofe
En el 630, exactamente tres siglos después de la fundación
de Constantinopla, el imperio se mantenía en pie. Habían pasado ciento
cincuenta años desde la caída del Imperio Romano, pero lo que había sido la
mitad oriental de aquel imperio todavía seguía intacto bajo un poder
ininterrumpido desde los días de Augusto.
Todas las provincias de lo que antaño formó el Imperio
Romano de Oriente seguían sometidas al sólido dominio de Constantinopla, bajo
Heraclio en el 630, lo mismo que bajo Constantino I en el 330. Ciertamente, los
Balcanes estaban infestados de ávaros y eslavos, pero pese a que ambos pueblos
podían molestar, su poder político era insignificante.
Además, había zonas de lo que una vez había sido el
Imperio Romano de Occidente que Constantinopla gobernaba todavía. Muchas de las
conquistas hechas por Justiniano aún se conservaban. África del Norte
continuaba formando parte del imperio. Todas las islas del Mediterráneo eran
bizantinas. Una buena porción de la propia Italia seguía bajo el control de
Constantinopla. El imperio que había «caído» un siglo y medio antes era todavía
una entidad poderosa, abarcaba aún un sector del Mediterráneo casi tan grande
como antes, y era sin comparación la unidad militar más fuerte en Europa.
El porvenir se presentaba más optimista de lo que nunca
había estado durante siglos. Los guerreros germánicos del Occidente, los
visigodos, los francos y los lombardos poseían máquinas de guerra ineficaces
que sólo podían mordisquear las lejanas periferias del imperio. Los visigodos
podían adquirir unas cuantas ciudades aisladas de la costa en España; los
lombardos hostilizar al exarcado de Rávena. Y en cuanto a los francos, no
podían hacer otra cosa, al parecer, que luchar los unos contra los otros.
Esto significaba que Persia era la única potencia
civilizada que había luchado contra el imperio en términos de igualdad, y
estaba arruinada. Su derrota fue verdaderamente catastrófica. Después de la
muerte de Cosroes II, el trono persa, cada vez más endeble, disputado por un
pretendiente tras otro y con el país hundido en el caos, parecía totalmente
incapaz de constituir una amenaza durante muchos años.
Sin lugar a dudas, la larga guerra con Persia había
debilitado también al imperio. Tanto militar como financieramente, estaba
agotado (mucho más de lo que parecía). Si un nuevo enemigo, tan poderoso como
los persas, que apareciera de repente y amenazara al imperio, los extenuados
bizantinos sólo podrían reunir poca voluntad o fuerza para hacerle frente.
¿Pero quién iba a preocuparse por esta posibilidad en el año 630, puesto que en
aquellos tiempos no parecía existir en el mundo una potencia con capacidad de
igualar siquiera al debilitado imperio?
Pero curiosamente se estaba formando un poder así, y en un
lugar totalmente ignorado. En la gigantesca y seca península de Arabia, que a
lo largo de los milenios de la historia civilizada sólo había ejercido un
influencia marginal, apareció un profeta. Era Mahoma, los fragmentos de la
teología judaica y cristiana, junto con sus propias imaginativas adiciones,
creó la religión del Islam («rendirse», es decir a Dios). Sus propias
enseñanzas, recogidas en el Corán, servían como libro santo.
Mientras Heraclio derrotaba los persas en sus tremendas
campañas en el Oriente, Mahoma estaba uniendo a las tribus árabes y forjando un
osado ejército de caballería ligera alentado por la creencia fanática en la
justicia de su causa y con el anhelo de convertir al mundo a lo que le parecía
la única fe verdadera. Tanto Heraclio como Cosroes recibieron mensajes del
profeta árabe invitándoles a unirse al Islam, o a ser destruidos. La única
respuesta posible parecía la indiferencia, una carcajada y la orden de arrojar
la carta. Cosroes no vivió para saber otra cosa; pero Heraclio sí.
En el 632 murió Mahoma, pero dejó tras sí una Arabia unida
y a punto de explotar. La explosión llegó al cabo de un año, y los ejércitos
árabes incursores empezaron a tantear las fronteras de los dos gigantes del
norte: el Imperio y Persia. Eran dos gigantes por su tamaño y su fama, pero los
dos se encontraban mal heridos y terriblemente cansados de la guerra. Y ambos
subestimaron por completo a los árabes.
Al principio, Heraclio dejó que las fuerzas locales se
entendieran con los árabes, y esto no dio resultado. Los frutos de la
estrategia occidental, que se remontaba a Anastasio, se hicieron sentir de
nuevo. Los monofisitas de Siria, que no se habían opuesto a los persas, tampoco
se opusieron a los árabes cuando aquellos fornidos jinetes llegaron como un
torbellino del desierto. Resultó fácil rodear las fortalezas imperiales, y
puesto que los soldados que las defendían estaban tan cansados de la guerra como
el resto del imperio, muchos se rindieron.
Por esta razón la ciudad de Bosrah, a setenta millas al
este del río Jordán, fue conquistada a principios del 634, y su comandante
entregó su ciudadela en un acto que se consideró como una traición en
Constantinopla. En el verano del 635, la ciudad mucho más importante de
Damasco, a ochenta millas al norte de Bosrah, cayó después de un largo sitio.
Sólo entonces empezó a actuar Heraclio. Por lo visto, los
árabes no eran simples incursores del desierto que se podían liquidar sobre el
terreno, sino una amenaza importante que precisaba mejor solución. Se reunió
súbitamente un ejército imperial, que fue enviado a Siria oriental bajo la
dirección del hermano de Heraclio, Teodoro. Volvieron a tomar a Damasco, y
durante algún tiempo parecía que todo iba bien.
Pero los árabes levantaron un ejército mayor y volvieron a
la lucha. En el 636 en la cabecera del río Yarmuk, que corre hacia el oeste
para desembocar en el río Jordán, justo al sur del mar de Galilea, a unas
treinta millas al oeste de Bosrah, los ejércitos libraron una importante
batalla. Representó el choque de la pesada caballería imperial contra la
caballería ligera árabe, del peso contra la movilidad.
Si Teodoro hubiera sido un general imaginativo, si los
árabes hubieran sido un enemigo convencional, las fuerzas imperiales,
magníficamente entrenadas, como siempre, habrían salido victoriosas, sin lugar
a dudas. La caballería pesada tenía que cargar y romper la línea enemiga. Lo
hicieron tres veces.
Pero no tenía ningún sentido; era como abrir agujeros en
el agua. Los árabes se dispersaban con ligereza ante la carga, cambiaban de
dirección y volvían. El ejército imperial se agotó con el calor del desierto
sin ningún resultado. Y cuando los caballos imperiales estaban temblando de
cansancio y sus jinetes muertos de sed, los árabes llegaron a galope desde
todos los lados, gritando sus llamamientos a Dios (al que llamaban Alá).
Lo que ocurrió después fue una carnicería. La mayor parte
del ejército bizantino dejó de existir y los árabes se encontraron con una
victoria increíblemente decisiva en la batalla de Yarmuk. Los bizantinos,
pasmados y deshechos, se marcharon a Siria. En su palacio de Constantinopla,
Heraclio parecía paralizado. No reunió ningún ejército más contra los árabes.
Le quedaban cinco años de gobierno, pero durante esos cinco años no emprendió
ninguna acción militar.
A veces los historiadores se preguntan por qué Heraclio,
el héroe indomable que reorganizó lentamente el imperio, se defendió golpe a
golpe frente a los persas cuando estaba al borde del desastre total, y,
consiguió las victorias más espectaculares del Occidente desde Alejandro Magno,
se quedó sentado sin hacer nada.
Quienes preguntan esto son injustos. Después de todo,
Heraclio no era una fuerza impersonal, sino un ser humano. Había tenido un
reinado de dureza increíble. A lo largo de varios años había luchado,
aparentemente sin esperanza, contra la catástrofe. Durante más años había hecho
campañas interminables a través de Asia Menor y Mesopotamia, y ahora, cuando
tenía más de sesenta años, el ciclo parecía repetirse.
Hizo lo que pudo militarmente. Envió un ejército que fue
aniquilado. ¿Qué podía hacer después? ¿Era simplemente una cuestión de fuerza
militar ciega? ¿Tenía que levantarse eternamente de su trono, el héroe armado,
y llevar a sus valientes bandas a la victoria? O podía sentarse en el trono y
considerar que las personas que no querían ser salvadas, no podían ser
salvadas. Si el pueblo de Siria se entregaba enseguida a cada aspirante a
conquistador, sería una tarea imposible tratar de socorrerle. Sería más útil
preguntar por qué Siria se entregó con tanta facilidad: su pueblo había dado
guerreros bastantes tenaces en el pasado.
Heraclio reconoció que la culpa estaba en la estrategia
occidental de sus antecesores, en haber hecho siempre caso omiso del sur y
habérsele puesto voluntariamente en contra. Olvidémonos entonces de ejércitos y
de batallas. Aplaquemos a las provincias, y ellas se defenderán. En esta
cuestión, Sergio, patriarca de Constantinopla, demostró su valor. Había sido
suficientemente perspicaz como para poner los tesoros de la Iglesia a la
disposición del emperador, suficientemente valeroso para evitar que Heraclio huyera
en un momento de desesperación, bastante resuelto para defender Constantinopla
durante el crítico sitio de los ávaros, en ese momento bastante tolerante como
para intentar comprometer las posiciones ortodoxas de Constantinopla.
Paulatinamente elaboró una doctrina situada entre el
catolicismo y el monofisismo. Según esta fórmula, se consideraba que Jesucristo
poseía dos naturalezas, la divina y la humana, como decían los católicos. Pero
las dos naturalezas estaban animadas por una sola voluntad, y por lo tanto
actuaban como si tuviera una sola naturaleza, como afirmaban los monofisitas.
El nombre dado a esta fórmula fue monotelitismo, que procede de las palabras
griegas que significan «una voluntad».
La fórmula fue elaborada finalmente en el 638, y después
promulgada. Como ocurre a menudo con las soluciones intermedias de buena fe, lo
único que consiguió fue empeorar la situación. Las gentes de las provincias del
sur estaban demasiado irritadas como para escuchar a Constantinopla; habían
visto sus esperanzas frustradas demasiadas veces en el pasado; y rechazaron
categóricamente el compromiso. Lo mismo hicieron las poblaciones católicas del
Occidente en Italia y África del Norte. Heraclio terminó por ofender al
Occidente de modo grave, sin haber reconciliado al sur, y así hizo lo peor para
las dos partes.
El imperio continuaba sufriendo derrotas, perdiendo
territorios casi sin ninguna resistencia. En el 637 los árabes se habían
apoderado de Jerusalén, sólo nueve años después de su liberación de los persas.
Esta vez la Vera Cruz, restaurada con tanta pompa y ceremonia en el 630,
desapareció por completo. En el 641 Heraclio murió, mientras los árabes se
dedicaban activamente a apoderarse de Egipto. Esta conquista se dio por
terminada en el 642 con la rendición de Alejandría.
Heraclio había gobernado a lo largo de treinta y un años
en un reinado que estaba casi tan repleto de contrastes como el de su
contemporáneo y gran rival Cosroes II. Heraclio había perdido mucho, luego
ganado mucho, y por último perdido otra vez. Había dado la vuelta a la primera
catástrofe con un esfuerzo sobrehumano, que no le dejó fuerzas para dar un giro
a la segunda. Tampoco impidió nadie la segunda catástrofe de su reinado. Siria
y Egipto se perdieron para siempre en la segunda vuelta.
Por supuesto, no hay nada que sea un desastre completo y
un decidido optimista puede encontrar algún elemento compensador en la
situación más desconsoladora. Se puede sostener, por ejemplo, que desde hacía
al menos un siglo las provincias monofisitas eran una carga para el imperio. A
lo sumo daban un desganado asentimiento, en el mejor de los casos constituían
una fuente permanente de controversias, y se sometían a cualquier ejército que
acampara a sus puertas. Tal vez lo mejor era no seguir con ellas.
Lo que quedaba del imperio era ya enteramente católico y
casi por completo griego en cultura. Desde luego, al finalizar el reinado de
Heraclio el imperio se iba convirtiendo casi por entero en el Imperio Griego,
tal como lo llamarían en Europa Occidental hacia finales de la Edad Media. De
hecho, bajo el gobierno de Heraclio el latín dejó por fin de ser el idioma
oficial de la corte y del derecho. Los funcionarios gubernamentales recibían
títulos griegos y las leyes se promulgaban en griego.
Por eso, si el imperio había perdido espacio en el mapa,
de todos modos era más fuerte ya que estaba unificado en la religión, el idioma
y el pensamiento, y formado por una población unida por fin en su formación y
sus creencias. Aun así, esta característica compensadora tampoco compensaba del
todo. Hasta los tiempos de Heraclio, las ramas occidental y oriental de la
Iglesia católica podían estar en desacuerdo en lo referente a la perpetua
cuestión de si era el papa o el patriarca quien tenía la primacía; pero
hablaban la misma lengua y se sentían emparentados. Por entonces, empezaron a
romper aquellos tenues lazos. Como los sacerdotes occidentales hablaban latín y
no sabían el griego, y el clero oriental hablaba el griego sin saber el latín,
las dos ramas se convirtieron en extrañas entre sí.
Además, en los tiempos de Heraclio, las barbas volvieron a
ponerse de moda en el mundo griego. La costumbre de afeitarse se remontaba,
según algunos, a Alejandro Magno, que como tenía barba rala impuso la moda. En
el mundo romano la costumbre de afeitarse fue introducida un siglo más tarde
por el general Escipión, que era un amante de lo griego. Entonces el mundo
oriental, que la había iniciado, la abandonó; el mundo occidental, que la había
adoptado del Oriente, siguió manteniéndola.
Una cuestión tan insignificante como ésta acrecentó
desmesuradamente la hostilidad. En el mundo oriental seguía habiendo varones
barbilampiños, varones que no podían tener barbas: los eunucos. En el mundo
occidental seguía habiendo varones con barbas: los campesinos y los bárbaros.
Para el barbudo oriental, el occidental llegó a parecer un
eunuco. Para el afeitado occidental, el oriental parecía un bárbaro. Entre el
sacerdote italiano de cara sonrosada y el barbudo sacerdote griego apareció un
elemento más que contribuyó a la aversión y suspicacia mutuas.
5
La defensa de Europa
El peligro creciente
Por primera vez desde la muerte de Teodosio II, casi dos
siglos antes, el Imperio Bizantino, al morir Heraclio, fue testigo del
establecimiento de una dinastía en el sentido habitual: es decir, un emperador
fue sucedido por sus hijos o nietos.
Sin embargo, la dinastía arrancó de una manera muy
insegura, Heraclio dejó el trono a sus dos hijos, Constantino III y
Heracleonas, y la corte se dividió en seguida en facciones intrigantes. Un
problema fue que los hijos eran sólo hermanastros. La segunda mujer de
Heraclio, la madre de Heracleonas, era su sobrina Martina, y su matrimonio con
ella había constituido un gran escándalo para los más piadosos que consideraban
la unión como incestuosa. No obstante, Heraclio tenía prestigio suficiente para
llevarla adelante a pesar de las denuncias de ciertos sacerdotes.
Martina sobrevivió a su marido, y fue dirigente del
partido opuesto a su hijastro Constantino. Podía haberse producido una guerra
civil si Constantino no hubiera muerto de tuberculosis antes de llevar tres
meses en el trono. (Inevitablemente, los rumores dijeron que Martina le había
envenenado.) Después Heracleonas gobernó solo, pero resultó bastante incapaz y
pronto tuvo que exiliarse.
Por eso, antes de que hubiera pasado un año desde la
muerte de Heraclio, sus dos hijos estaban ya eliminados, y sin embargo la
dinastía no terminó. El hijo de once años de Constantino III subió en el trono
y gobernó con el nombre de Constancio II.
Durante su minoría de edad, los árabes concluyeron su
conquista de Egipto. Sin duda, había muchos elementos entre el clero ortodoxo
que contemplaban el desastre con una sombría ecuanimidad. Después de todo, se
podía argüir que los sirios y los egipcios eran heréticos que habían merecido
el desagrado de Dios, y que su sometimiento primero a los persas, y luego a los
árabes, era su merecido castigo. Les vendría bien sufrir, según este punto de
vista, y una vez que hubieran vuelto a la verdadera fe, con contrición en sus
corazones, el yugo árabe caería.
Sin embargo, hubo otros en Constantinopla que debieron
considerar la situación de modo más secular y que pensaron que si los
monofisitas tenían que arrepentirse, convenía que ese arrepentimiento fuera lo
más fácil posible. Por esta razón, con Constancio II se continuó promoviendo el
compromiso monotelita.
Desgraciadamente, no tuvo éxito. Los monofisitas de Egipto
y Siria no cambiaron en nada sus creencias, ni siquiera estando en las garras
de un conquistador. A pesar del mito de que los hermanos enfadados se unen para
enfrentarse a un enemigo común, parece más bien que los contendientes de una
guerra civil soportan a menudo a un extraño antes de ceder frente a un hermano.
El estímulo dado al monotelismo no sólo fracasó en las
provincias conquistadas, sino que hizo daño grave en Occidente. Las fuerzas
imperiales todavía controlaban Roma, pero aun así el papa Martín I se atrevió a
denunciar al monotelismo. Por ello fue destituido en el 653 por orden del
emperador, y exiliado a una remota provincia al este del mar Negro. (El que un
emperador de Constantinopla pudiera abusar de un papa de Roma no iba a durar
mucho tiempo.)
Pero lo realmente amenazador era la situación exterior.
Cuando Constancio II alcanzó la mayoría de edad, los árabes no sólo habían
aplastado la última sublevación en Alejandría (en el 645), sino que habían
conquistado toda Persia. Desde su capital en La Meca, el califa Otman dominaba
Arabia, Persia, Siria y Egipto. Con la excepción de Asia Menor (y con la
adición de Arabia), era dueño de todo lo que Cosroes II había poseído en el
momento culminante de su poder, una generación antes. Era evidente que el siguiente
paso de Otman sería apoderarse de Asia Menor y de la propia Constantinopla.
Para ello, Otman tenía la intención de crear algo que hasta entonces los árabes
no habían tenido y que nunca tuvieron los persas: una flota.
Constancio intentó desesperadamente prepararse para el
golpe. Desarrolló aún más el sistema, tal como lo había iniciado Heraclio, y en
concreto fortaleció la posición en Asia Menor.
Pero con una flota, los árabes no tenían que esperar a que
Asia Menor estuviera sometida antes de atacar la capital. Sus naves les
llevarían allí directamente. Los árabes probaron su flota primero contra
Chipre, la isla situada en el ángulo del Mediterráneo entre Asia Menor y Siria.
En el 649 tomaron temporalmente la isla, y en el 654 invadieron la isla de
Rodas, frente a la costa suroeste de Asia Menor.
Por supuesto, los árabes eran novatos en el mar, pero
utilizaron tripulantes que no lo eran, y después de la aventura de Rodas
decidieron que habían practicado lo suficiente y se prepararon para dirigirse
hacia Constantinopla. Constancio decidió cortar el proyecto en sus primeras
etapas. Envió una flota con la intención de destruir a los árabes tan lejos de
Constantinopla como fuera posible.
Las dos flotas se encontraron al este de Rodas en el 655,
con el propio Constancio al mando de las galeras imperiales. Pero la verdad es
que, hicieran lo que hicieran, los árabes parecían invencibles. La flota
imperial fue destruida. Constancio escapó al naufragio general con dificultad y
volvió huyendo a Constantinopla.
Durante algún tiempo, la capital dio la impresión de estar
abierta al enemigo; pero los árabes no podían aprovecharse de inmediato de la
situación. Su flota no había salido totalmente ilesa y tuvo que retirarse para
hacer reparaciones y rehacerse. Antes de que pudieran finalizar la tarea el
único enemigo al que los árabes no podían derrotar, ellos mismos, les asestó
otro golpe. Otman, su califa, fue asesinado en el 656, y le sucedió el yerno dé
Mahoma, Alí, cuyo corto reinado sufrió el constante azote de la guerra civil.
La expedición naval contra Constantinopla tuvo que ser aplazada, y la capital
obtuvo un respiro bien recibido durante dos décadas.
Como los árabes estaban ensimismados en sus propios
asuntos, Constancio II tuvo la oportunidad de ocuparse de sus restantes
fronteras. Para entonces, los ávaros se habían deteriorado hasta el punto de no
presentar problemas, y Constancio derrotó a los eslavos, Después miró aún más
allá. Tal vez para compensar las pérdidas orientales, soñaba con conquistas en
Occidente, e incluso en convertir de nuevo a Roma en la capital del imperio.
En el 661, Constancio y una gran parte de la corte
atravesó Grecia, pasando el invierno en la antes gloriosa Atenas. Al año
siguiente estaba en el sur de Italia, y en el 663 en Roma, donde no se había
visto ningún emperador en los dos últimos siglos. Fue una experiencia
decepcionante para Constancio. Roma estaba en decadencia y ofrecía un aspecto
realmente muy triste para quien estuviera acostumbrado a las glorias de
Constantinopla.
Además, no encontró la manera de animar a sus fuerzas para
que lucharan contra los lombardos, y difícilmente podía tener su capital en un
lejano rincón del imperio expuesto a la actividad de un enemigo indomable. Es
más, sus intentos para poner en marcha a sus soldados no fueron del gusto de
éstos. Cuando Constancio estaba en Siracusa (Sicilia) en el 668, los soldados
se amotinaron y le asesinaron.
El hijo mayor de Constando subió al trono enseguida con el
nombre de Constantino IV. Se había quedado en Constantinopla durante la
ausencia de Constancio en Occidente, y estaba bastante ocupado.
Los árabes estaban demostrando, por desgracia para el
imperio, que eran peligrosamente diferentes a los persas en un aspecto
esencial. Los persas habían sido zoroastrianos adoradores del fuego, y su
religión atraía poco a los cristianos. Tampoco fue el zoroastrismo una religión
que se preocupara mucho del proselitismo; no se esforzaba en convertir a los
cristianos. El resultado era que los invasores persas se encontraban aislados
en las provincias conquistadas y demasiado diseminados. Tenían que abandonar las
conquistas cuando sus vías de comunicación empezaban a romperse.
Sin embargo, el Islam era una religión dedicada al
proselitismo, que rivalizaba con el cristianismo en este terreno. Los árabes
hicieron todos los esfuerzos posibles para convertir a los no creyentes. Y lo
que es más, la nueva religión consiguió partidarios entre los cristianos porque
se fundamentaba en el judaísmo y el cristianismo y rendía cuidadoso homenaje a
Jesús y María (aunque jamás aceptó la divinidad de aquél).
Los cristianos de Siria y Egipto (y además los
zoroastrianos de Persia) adoptaron con facilidad el Islam. Los cristianos
monofisitas, debido a su odio a la ortodoxia de Constantinopla, encontraron en
el Islam una alternativa menos ofensiva. Y además, los cristianos, aunque eran
libres para seguir con su culto, tenían que pagar un impuesto especial bajo el
dominio islámico y estaban excluidos de la administración del Estado. Para no
tener que pagar el impuesto y lograr cargos oficiales, muchos cristianos disimulaban
su conversión al Islam, encontrándose luego con que al hacerse mayores sus
hijos, se adherían sinceramente a la nueva religión. De esta manera, Siria y
Egipto llegaron a ser poco a poco predominantemente islámicas, e incluso sus
idiomas nativos retrocedieron frente al árabe, la lengua santa del Corán.
Esto significaba que los árabes no estaban tan
condicionados por sus vías de comunicación como lo habían estado los persas.
Cada provincia conquistada se convirtió en un nuevo eslabón de la máquina
islámica de guerra con que conquistar la siguiente provincia o en marineros
para tripular las flotas contra Constantinopla. Así sucedió que aunque los
persas, después de haber conquistado Egipto, no podían marchar más al oeste,
los árabes sí lo hicieron. Los ejércitos árabes, ya que Egipto estaba bastante
en la retaguardia y se convertía con gran entusiasmo al Islam, pudieron
continuar a buen ritmo su marcha hacia el oeste hasta que, en el momento de la
subida al trono de Constantino IV, amenazaban realmente a la misma Cartago.
Constantino IV no estaba en posición de hacer frente de inmediato a esta
amenaza. Antes de nada, tenía que acudir corriendo a Siracusa para aplastar la
sublevación del ejército y vengar la muerte de su padre. Después tuvo que
volver apresuradamente a Constantinopla. El retraso que supuso este asunto
puramente interno sólo agravó el problema exterior. En el 669 los árabes
invadieron Sicilia por primera vez triunfalmente, y en el 670 fundaron la
ciudad de Kairouan a setenta y cinco millas de Cartago. Era la base desde la
cual podían llevar a cabo ataques contra el territorio cada vez más reducido
del Cartago bizantino.
Ahí había otro ejemplo de cómo el sistema islámico
ampliaba sus conquistas con éxito. La población berberisca nativa de África del
Norte adoptó el Islam, y se unió a los ejércitos árabes, de forma que no sólo
el imperio, sino también el cristianismo perdían terreno con rapidez (el Islam
se estaba extendiendo también hacia el este, desde Persia, hacia el centro de
Asia, y pese a que esto no parecía tener una importancia inmediata para el
Imperio Bizantino, significaba que los árabes disfrutaban de una reserva cada
vez mayor con que ampliar sus ejércitos).
El gran sitio-uno
En el 673, los árabes pudieron dar por fin un paso
decisivo. Su guerra civil había terminado. Un general árabe, Muawiya, se había
convertido en califa y estableció su capital en Damasco, que formaba parte de
la antigua Siria bizantina. Con él empezó la dinastía Omeya. La nueva
estabilidad significaba que ahora podía ponerse en práctica la amenaza,
pendiente desde hacía tiempo, de una ofensiva contra Constantinopla.
Un gran ejército islámico se abrió paso por la fuerza
atravesando toda Asia Menor hasta Calcedonia. Medio siglo antes habían sido las
tropas persas las que miraban a través del Bósforo; esta vez fueron las tropas
islámicas. Y los árabes también tenían su flota, y por vez primera en su
historia Constantinopla se vio asediada tanto por mar como por tierra.
Desde abril hasta septiembre del 673, los árabes atacaron
la ciudad y el destino de la cristiandad estuvo seriamente en suspenso. Si
hubiera caído Constantinopla, parece dudoso que cualquier parte del imperio
hubiera podido resistir mucho tiempo más. Y una vez que las provincias
imperiales estuvieran en manos árabes, la población de esas provincias
probablemente se habría convertido con el tiempo al Islam. Después de unas
cuantas décadas necesarias para la consolidación, los ejércitos islámicos
podían haber invadido el oeste de Europa. Tras ellos habrían estado las
riquezas de Constantinopla, y con ellos, formando una parte de su ejército,
hombres del Asia Menor y los Balcanes, convertidos en ardientes devotos del
Islam, que llevarían consigo la ciencia militar heredada del imperio.
Es difícil acertar en cuanto al «sí» de la historia, pero
parece razonable suponer que no existía nadie en Europa occidental en el siglo
VII, y tampoco en el VIII (antes de Carlomagno), que hubiera podido detener el
Islam. Posiblemente toda Europa se habría hundido, y el cristianismo como
religión mundial habría desaparecido. Ciertamente habrían permanecido algunas
comunidades cristianas, como ocurre en la actualidad en las tierras árabes,
pero serían pocas y estarían diseminadas, sin encontrarse en mejor situación de
la que han tenido los judíos.
Así, pues, la Constantinopla acorralada de 673 no sólo se
defendió a sí misma, sino a toda Europa y a toda la cristiandad. Todo dependía
de aquella ciudad. Y resistió. Durante meses resistió inflexiblemente. En
primer lugar, gracias a las maravillosas murallas que la habían salvado tantas
veces (y que la seguirían salvando). Pero las murallas no podían fabricar los
alimentos, y estrangulada tanto por mar como por tierra, Constantinopla podía
haberse rendido aun con sus murallas intactas, a menos que encontrasen los
medios para romper el dominio de las naves enemigas.
Cómo lo hizo constituye uno de los relatos más dramáticos
de la historia, porque intervino un arma verdaderamente secreta, un arma cuya
naturaleza se desconoce aún hoy. El relato está oscurecido por la leyenda, pero
el arma parece haber sido inventada por Calínico, un alquimista de Egipto o
Siria (ni siquiera se sabe de dónde) que consiguió escapar desde su tierra
natal a Constantinopla. No representaba mucho la salvación de una sola persona
frente a la enorme pérdida de aquellas provincias, pero él solo, según parece,
salvó al resto del imperio.
Calínico realizó una mezcla que ardía con una llama
candente y parecía poseer el milagroso poder de encenderse y quemar con
especial viveza al entrar en contacto con el agua. Se podía echar la mezcla en
calderas o a chorro por tubos. Tan pronto como estaba en contacto con el agua,
se prendía fuego. Si flotaba hacia las naves enemigas, éstas quedaban envueltas
en llamas.
Una y otra vez, las naves árabes quedaron fuera de combate
o destrozadas por este «fuego griego». Peor incluso que el propio fuego tuvo
que ser el terror supersticioso que les entró a los marineros al contemplar una
llama que desafiaba al agua. A la postre, pues, fue el fuego griego, más que
cualquier otro factor aislado, lo que quebró la voluntad árabe de triunfar
(aunque no debemos menospreciar la fuerza de las murallas de Constantinopla, o
la firmeza desesperada de sus ciudadanos).
El imperio guardó celosamente el secreto de la composición
del fuego griego, y lo utilizó después en otras ocasiones. El secreto fue tan
bien guardado que sólo podemos especular sobre la naturaleza de su composición.
Su base era algún derivado del petróleo, y tal vez tenía también cal viva. La
cal viva se combina con el agua generando un calor considerable y pudo servir
para prender fuego al derivado del petróleo.
Antes del 677, los árabes creían que ya había llegado el
momento para retirarse, pero la retirada (como suele ocurrir) resultó más
difícil que el avance. La flota árabe desmoralizada por la acción combinada de
un temporal y el hostigamiento por parte de los bizantinos, fue destruida al
sur de Asia Menor, y el ejército árabe que marchaba penosamente hacia el este
quedó hecho pedazos.
El sitio de Constantinopla fue un fracaso colosal y
carísimo, y representó la primera derrota importante que los árabes habían
experimentado después de casi medio siglo de constantes victorias. El prestigio
bizantino ascendió en consecuencia. La pérdida de las provincias fronterizas
parecía de menor importancia una vez que el centro resistió en unas condiciones
dramáticas y casi milagrosas. A partir de entonces, durante cuatro largos
siglos, Constantinopla y su base militar en Asia Menor fueron el escudo de la
Europa cristiana contra la amenaza islámica.
Pero esto no quiere decir que el imperio ganara en todos
los lugares. Al igual que la amenaza persa de medio siglo antes fue una señal
para el avance de los ávaros en los Balcanes, así la amenaza árabe lo fue
entonces para el de los eslavos. Cuando todavía Constantinopla se encontraba
cercada, los incursores eslavos estaban hostigando las murallas de Tesalónica,
que era la segunda ciudad del imperio. En particular, los búlgaros aprovecharon
la confusión bizantina para establecer el primer Imperio Búlgaro que se
extendía no sólo por lo que es hoy Rumania, al norte del Danubio, sino por gran
parte de lo que es ahora Bulgaria, al sur del Danubio.
Tampoco se engañó el gobierno bizantino en lo que respecta
a que la victoria de Constantinopla representara algo más que una lucha
defensiva. Las posibilidades de una verdadera contraofensiva que consiguiera la
recuperación de las provincias del sur eran nulas. Por lo tanto, no tenía
sentido mantener el compromiso monotelita simplemente para ganarse a un pueblo
que ya estaba perdido para siempre, y cuyos componentes estaban abandonando en
cantidad creciente el cristianismo. De modo que en el 680 se celebró un
gigantesco concilio ecuménico de la Iglesia en Constantinopla, que dejó de lado
cualquier rastro del compromiso con el monofisismo. El catolicismo ortodoxo
había conseguido la victoria.
En ese concilio, el patriarca de Constantinopla alcanzó la
cima de su poder. Los patriarcas rivales de Alejandría, Antioquia y Jerusalén
estaban sumergidos por la creciente oleada del Islam. Todavía subsistían, pero
gobernaban una congregación impotente y mermada, y detentaban el poder que les
quedaba bajo la mirada vigilante de una fe hostil y rival.
Además, el papa de Roma, el único eclesiástico que podía
desafiar al patriarca, aunque fuera en teoría, estaba bajo el dominio del
exarcado de Rávena, que actuaba como representante del emperador. La
destitución y exilio de Martín I demostró que el papa no podía esperar ejercer
el poder contra la voluntad del emperador: al menos no en aquellos tiempos.
La pérdida de África
Constantino IV murió en el 685, después de haber reinado
diecisiete años, y su hijo le sucedió con el nombre de Justiniano II. Fue el
tataranieto de Heraclio, y con él la dinastía empezó su quinta generación,
pasando de padre a hijo carnal (no adoptado). No había ocurrido nada semejante
en los siete siglos de historia imperial anterior. Sin duda, esto hizo que el
pueblo bizantino se acostumbrase a la sucesión hereditaria. La idea de la
legitimidad de una familia real comenzó a hacerse más natural.
Justiniano II fue un hombre capaz, que llevó a cabo una
política exterior muy vigorosa. Hizo un tratado de paz muy ventajoso con los
árabes, quienes se sentían menos belicosos después de su humillante derrota en
Constantinopla, y luego volvió su atención hacia los eslavos. En el 690 les
derrotó, pero después demostró tener alguna imaginación creativa. En lugar de
desencadenar una matanza masiva, haciendo crecer así una irritación que con el
tiempo se transformaría en represalias, envió dos centenares de miles de ellos
a Asia Menor, donde se mezclaron con la población y sirvieron como una nueva
fuente de efectivos militares.
En realidad, la dinastía de Heraclio, bajo la presión
primero de los persas y luego de los árabes había tenido que adoptar en general
una actitud más liberal hacia la amenaza menor de los eslavos, y nómadas
asiáticos del Norte. Existían muchos métodos de lucha contra aquellos
«bárbaros» además de la guerra. Estaba el dinero, por supuesto, y el soborno
implícito en la concesión de rimbombantes títulos. Aquellas técnicas eran tan
viejas como la misma Constantinopla. Además, los bizantinos aprendieron a utilizar
el espionaje, y sus misiones enviadas entre los bárbaros del Norte tenían
siempre los ojos abiertos.
Durante los períodos de paz, el Imperio recibía con agrado
a los miembros de las clases dirigentes de los eslavos y otros pueblos y se
ocupaba con sumo gusto de proporcionarles una buena educación en
Constantinopla. Cuando los desórdenes civiles entre diversas tribus del Norte
provocaban la huida de alguno de sus gobernantes, Constantinopla estaba siempre
dispuesta a darle asilo, y le trataba con esmero, según exigía su posición.
Después de todo, algún día podría volver a su trono y tendría una oportunidad de
mostrar su gratitud, como había hecho Cosroes II a comienzo de su reinado.
En general, una educación bizantina ayudaba a crear una
política pro-imperial entre los que la recibían. Heraclio mismo fue incluso más
lejos, porque no llevó el orgullo imperial hasta el punto de rechazar alianzas
matrimoniales que pudieran fomentar la política exterior de Bizancio.
Durante el curso de la campaña persa, Heraclio formó una
alianza con los nómadas kazaros, que vivían al norte del mar Negro. De este
modo se aseguró su ayuda contra los ávaros y pudo aprovecharse también de los
contingentes kazaros en su gran ejército que marchaba contra Persia,
contingentes cuyas acciones fueron decisivas en las batallas posteriores.
Heraclio había dado a su hija en matrimonio al jefe kazaro.
La alianza kazara estuvo vigente desde entonces, y el
mismo Justiniano II se casó con una hermana del jefe de esta tribu. En
consecuencia, los orgullosos constantinopolitanos tuvieron que ver a una
princesa kazara gobernándolos como emperatriz. La capital cosmopolita estaba
libre, sin embargo, del racismo en el sentido moderno de la palabra. Se habría
rebelado si la religión del emperador les hubiera resultado inadmisible, pero
mientras la reina de Justiniano fuera fiel al rito ortodoxo, la aceptarían.
Ciertamente, esta simpatía hacia los bárbaros tenía sus
riesgos. La paz árabe no fue duradera (nunca lo fue), y en el 692 los
bizantinos perdieron una batalla en el sureste de Asia Menor, cuyo resultado
fue un acuerdo cuyos términos eran más rigurosos que los pactados en el tratado
anterior. Se culpó de la derrota a uno de los contingentes eslavos que habían
sido asimilados, y muy posiblemente los eslavos no habían sido asimilados hasta
el punto de que se sintieran contentos luchando en las filas de su antiguo
enemigo. (También es posible que fueran simplemente un chivo expiatorio
utilizado para encubrir las ineptitudes de algún oficial.)
La derrota dañó el prestigio interior de Justiniano, pero
peor todavía fue que le entró la manía de construir, y eso significó impuestos
más elevados, extraídos de forma despiadada. La población, agobiada, bramaba
bajo esta presión. Amenazaba una rebelión, a la que sólo le faltaba una cabeza.
Esta apareció en forma de un general: Leoncio.
Leoncio había luchado bien en Armenia a comienzos del
reinado de Justiniano II, pero esto no le había ahorrado el desagrado del
emperador. (Desde luego, un general a menudo goza de menos aprecio cuanto
mayores son sus triunfos, como se demostró durante el reinado del primer
Justiniano.) Leoncio pasó algún tiempo en la cárcel, pero fue puesto en
libertad en el 695 y nombrado gobernador militar de Grecia.
Es posible que pensara que este nombramiento era
simplemente un ardid para mantenerle fuera de la capital, así que actuó
rápidamente antes de marcharse. Se colocó a la cabeza de la población rebelde
de Constantinopla y en un golpe rápido se apoderó de la persona del emperador.
Podía haber ordenado la muerte de Justiniano II, pero recordando que había sido
un leal servidor del padre del emperador, Constantino IV, actuó de un modo que
entonces se consideró misericordioso. Leoncio mandó que le cortaran la nariz a
Justiniano, pensando que con una desfiguración tan grotesca seguramente no
podría aspirar al trono imperial de nuevo. Luego le exilió a Quersona, en el
extremo sur de la península de Crimea. Justiniano II había gobernado durante
diez años hasta su destronamiento.
El reinado de Leoncio se estropeó por los continuos
desastres en Occidente. Ya las fuerzas islámicas llevaban medio siglo probando
fortuna desde Egipto. Poco a poco ganaron terreno, tanto geográficamente como
en los corazones y espíritus de los nativos de África del norte. De hecho, a
finales del siglo VII no se podía hablar ya de fuerzas árabes, puesto que el
núcleo del ejército africano estaba compuesto por nativos norteafricanos, gente
a las que siglos más tarde los europeos occidentales llamarían bereberes.
No obstante, mientras la ciudad de Cartago siguiera
estando segura en manos imperiales, el dominio islámico de África del Norte
sería inestable. Aunque los árabes y los bereberes habían hecho incursiones
hasta el Atlántico, no podían avanzar en gran número hasta que cayera Cartago,
y aunque los bizantinos enviaron una flota para defenderla, sólo retrasaron lo
inevitable. En el 608 Cartago cayó.
La ciudad había tenido una historia rica y fascinante.
Según la leyenda, fue fundada en el 814 antes de Jesucristo, fue el centro de
un poderoso imperio comercial marítimo y la gobernaron hombres que remontaban
su ascendencia hasta los fenicios. Había luchado contra Roma, llegando a un
punto muerto en el siglo III, pero finalmente fue derrotada y destruida en el
146 a. C. por los vengativos romanos. En el 44 a. C. fue fundada de nuevo bajo
la dirección de Julio César, y una vez más se convirtió en una ciudad próspera
e importante, aunque entonces su cultura era enteramente romana. Durante casi
un siglo, desde 439 hasta 535, había estado en manos de los vándalos, pero en
este último año Belisario se adueñó de ella. Después de un siglo y medio de
gobierno bizantino, durante el cual había servido de agente de salvación contra
la amenaza persa, desapareció.
Desapareció no sólo con respecto a la cultura romana y a
la religión cristiana, sino que entró en decadencia y murió como ciudad,
después de una vida que había durado quince siglos. La aldea cercana de Túnez
creció a la vez que Cartago declinaba. Túnez se convirtió en un gran centro
islámico, y es la capital de la región que fue una vez territorio perteneciente
a Cartago. Hoy la región es la nación de Tunicia. Una vez que Cartago
desapareció, todo el norte de África, desde el mar Rojo hasta el océano Atlántico,
se convirtió en islámico, y lo sigue siendo hoy.
La pérdida de Cartago debilitó la presencia bizantina en
el Mediterráneo occidental. Los bizantinos no se atrevían a enviar hombres y
naves a islas tan lejanas como las Baleares, Córcega y Cerdeña. Habían poseído
todas ellas desde los días de Belisario, casi dos siglos antes, pero ya era
momento de abandonarlas. En efecto, de las grandes conquistas del reinado de
Justiniano I todo lo que quedaba era Sicilia, el sur de Italia y el Exarcado de
Rávena.
La malhumorada flota imperial, vencida y humillada, se
detuvo en Creta en el viaje de vuelta, y allí se sublevó. Un general llamado
Aspimar fue proclamado emperador con el nombre de Tiberio III, y condujo sus
tropas a Constantinopla. Leoncio fue apresado en el 698, después de haber sido
emperador sólo durante tres años. Le dieron exactamente el mismo trato que él
había dado a su predecesor: le cortaron la nariz, y también le recluyeron; si
no en una aldea lejana, al menos en un monasterio. Tiberio III empezó a
gobernar con bastante eficacia, y su hermano, Heraclio, obtuvo victorias frente
a los árabes.
¿Pero qué había pasado con Justiniano III? En Quersona,
este hombre enérgico, enloquecido por el mal trato recibido, maquinaba su
venganza. Los kazaros no estaban a mucha distancia, y estaba emparentado con su
jefe por matrimonio. Por fin, consiguió su ayuda para llevarle hacia el Oeste,
al reino búlgaro del Danubio meridional.
Escoltado por un ejército búlgaro, Justiniano llegó a
Constantinopla en el 705, cuando Tiberio III llevaba siete años de emperador.
De alguna forma consiguió entrar en la capital durante la noche, tres días
después de su llegada (sin duda contó con un grupo de simpatizantes en la
ciudad), y súbitamente fue aceptado como emperador de nuevo, aunque sin nariz.
Ha recibido el nombre de Justiniano Rhinotmetus (nariz cortadaª) que le dieron
los cronistas posteriores debido a su aspecto.
La falta de nariz y un exilio de diez años habían
desequilibrado notablemente a Justiniano, y éste empezó por vengarse
públicamente de manera ostentosa. El destituido Tiberio III fue conducido por
la fuerza al hipódromo, como también lo fue Leoncio, a quien sacaron del
monasterio. Justiniano II estaba sentado en un sillón, con la multitud de
Constantinopla que le aclamaba, mientras unas magníficas carreras de carros
celebraban su restauración.
En cuanto a los dos hombres que se habían atrevido a
sentarse en un trono y a denominarse emperadores durante el exilio de
Justiniano, estaban atados y tirados en el suelo ante el trono, y Justiniano
mandó que les pisaran con fuerza sus cuellos. Mientras se hacía esto, las
multitudes cantaban a grito pelado el décimotercer verso del salmo 91, que
dice: «pisaréis al león y a la víbora». En griego, la palabra que corresponde a
león es «leon», y la víbora es «aspis». Sin duda, el verso le parecía ideal al exultante
Justiniano para celebrar su restauración; porque ¿no era «león» claramente
Leoncio y la víbora Tiberio (cuyo nombre verdadero era Aspimar), y no se les
estaba pisando?
Investido por esta certidumbre del favor divino y con un
ansia demencial de venganza, Justiniano desencadenó un régimen de terror en la
ciudad. Después de ejecutar a los dos ex-emperadores tras el espectáculo del
hipódromo, dio órdenes para la ejecución en masa de todos aquellos que habían
obrado en su contra o fueran sospechosos de haberse opuesto a él.
Aunque los árabes avanzaban otra vez por Asia Menor,
Justiniano se olvidó de ello. De lo que tenía sed era de la sangre de sus
enemigos en el imperio. La ciudad de Rávena se había alegrado de su caída, como
también lo había hecho la ciudad de Quersona, donde pasó algún tiempo exiliado.
El enloquecido Justiniano decidió que hacía falta destruir por completo a las
dos ciudades. Era necesario derribar todos los edificios y matar a todos los
habitantes.
Pero al recibir las noticias del destino que le reservaban
Quersona se preparó para resistir y pidió ayuda a los kazaros. Los kazaros
consideraron provechoso responder a esa petición, y el ejército imperial que
marchaba hacia Crimea sabía que habría problemas. Malhumorados por la cruel
tarea que les habían reservado y por la idea de tener que luchar en una batalla
de gran envergadura para llevarla a cabo, las tropas se rebelaron.
Las tropas proclamaron emperador a su general, Filípico, y
luego regresaron a Constantinopla. La capturaron en el 711. En aquel momento
Justiniano estaba en Asia Menor, y se envió a unos soldados para hacerle
prisionero antes de que tuviera tiempo de reaccionar. Detenido sólo seis años
después de su triunfante restauración, esta vez no le dieron tiempo a retornar.
Le mataron.
Mataron a la vez a su joven hijo en Constantinopla, y así
finalizó la dinastía del gran Heraclio. Hubo seis emperadores de esta dinastía
que ocuparon el trono durante exactamente 101 años (si no tenemos en cuenta los
diez años del exilio de Justiniano).
El gran sitio-dos
Por feliz que estuviera Constantinopla por haberse librado
de un emperador loco y vengativo, el que vino después no fue especialmente
bueno. Las fuerzas armadas que habían puesto a Filípico en el trono se
desilusionaron pronto con él. En el 713 un grupo de conspiradores del ejército
le raptó cuando estaba un tanto ebrio después de un alegre banquete, le cegó y
le dejó abandonado en el vacío hipódromo. Eligieron a un funcionario de la
corte para sustituirle, y lo aclamaron como emperador con el nombre de Anastasio
II.
El nuevo emperador se esforzó por tomarse en serio sus
deberes e iniciar una serie de reformas militares. Pero para entonces las
fuerzas armadas se habían acostumbrado a aprovecharse de la anarquía. Un
contingente de tropas del noreste de Asia Menor sitió a Constantinopla a lo
largo de seis meses durante el año 715. Anastasio huyó y se retiró a un
monasterio. Después, las tropas elevaron a otro funcionario del palacio, una
nulidad completa, y le aclamaron emperador con el nombre de Teodosio III.
Resultó ser incapaz de hacer nada.
Seis años de anarquía y caos provocados por el ejército
fueron testigos de los grandes éxitos realizados por el Islam. De forma
sistemática, se fue apoderando de Asia Menor. Se adueñó de Amasia, importante
ciudad situada a 375 millas al este de Constantinopla en el 712, y antes del
716 algunas correrías de sus bandas alcanzaron el mar Egeo. Toda Asia Menor
estaba ocupada por las hordas islámicas, o directamente amenazada por ellas.
Más que nunca, los ejércitos del Islam parecían imparables. En el Lejano Oriente,
penetraron en la India y llegaron a las fronteras de China. En el extremo
occidental, una partida avanzada de berberiscos islámicos entró en España en el
711 y en poco tiempo ocupó casi todo el país.
En el 715, Solimán ascendió al trono de los califas en
Damasco, y verdaderamente, el imperio que gobernaba, crecido en menos de un
siglo desde la nada, era suficiente como para deslumbrar a cualquiera. Desde el
extremo oriental hasta el extremo occidental, los dominios de Solimán se
extendían a lo largo de 4.500 millas, y bajo el estandarte del califa existía
el reino más grande y poderoso que el mundo había conocido hasta entonces.
Pero con todo, en el centro de aquella gigantesca
expansión territorial estaba la ciudad de Constantinopla, todavía cristiana,
todavía hostil, todavía intacta. Era un inexplicable absceso en la hermosa
expansión del mundo, visto desde Damasco, y se decidió su caída. Se preparó una
gigantesca expedición para poner sitio a la ciudad, tanto por tierra como por
mar, y que en el 717 salió bajo la dirección del hermano del califa. Cuarenta
años antes, Constantinopla había resistido un asedio similar, pero esta vez el
califa estaba inexorablemente decidido a que no volviera a ocurrir.
Realmente la situación parecía peor para Constantinopla de
lo que había sido en ocasiones anteriores. Entonces Constantino IV, gobernante
eficaz y soldado capaz, ocupaba el trono. Esta vez lo ocupaba Teodosio III, un
incompetente inimaginablemente inepto, que gobernaba una ciudad totalmente
desmoralizada por años de anarquía y golpes políticos.
Aun así, el Imperio Bizantino tenía la extraordinaria
fortuna de que, a través de una historia larga y llena de altibajos, cuando
todo parecía perdido, surgía de la nada el hombre adecuado. Casi un siglo
antes, Heraclio había aparecido para sacar el imperio de las fauces del
enemigo; esta vez fue un general llamado León.
Se cree generalmente que León había nacido en Isauria, en
la parte sur-central de Asia Menor; por esto se le llama habitualmente León el
Isáurico y se le considera compatriota de Zenón, el primer emperador bizantino,
Parece más probable, según recientes investigaciones, que procediera de una
familia del norte de Siria, y que sería más correcto llamarle León el Sirio.
Una equivocación de algún escribiente parece haber dado lugar al error. A pesar
de ello, no es probable que, sea o no un error, el nombre de León el Isáurico
desaparezca alguna vez.
León nació en el 680, y todavía era un niño cuando
Justiniano II seguía la política de desplazar a las familias, sacando a
familias griegas de las partes amenazadas de Asia Menor para reforzar lo que
quedaba con inmigrantes eslavos. La familia de León y él mismo fueron llevados
a Tracia.
León entró en el ejército con buenos resultados.
Justiniano II le promocionó, y durante todas las vicisitudes políticas que se
produjeron, se dedicó con firmeza a su tarea militar y continuó su ascenso. Fue
gobernador militar de uno de los temas de Asia Menor durante el reinado de
Anastasio II, e hizo lo que pudo para retrasar la penetración árabe y hacer que
los invasores la pagaran cara.
Existe un relato de que, cuando todavía era un niño
campesino, un agorero le había profetizado que algún día llegaría a emperador.
Tal vez sea verdad. Pero había más de un precedente de humildes campesinos que
llegaban a través del ejército al trono. Estaba, por ejemplo, Justino I. Y los
agoreros, deseosos de agradar y de recibir buenas propinas, eran con toda
probabilidad muy generosos en sus predicciones de grandeza imperial a todos los
niños del campo con los que se encontrasen. Aun así, las profecías, incluso
cuando son falsas, pueden influir en la historia, y cuando llegó el momento,
León bien pudo haber recordado al agorero y actuado en consecuencia.
En el 717, ante la inminencia del gran ataque árabe contra
Constantinopla, hacía falta ciertamente un golpe militar más si se quería tener
a un emperador capaz de enfrentarse con la situación. León decidió que él era
el hombre en cuestión, y marchó sobre Constantinopla. Teodosio III, con gran
alivio sin duda, abdicó e ingresó en un monasterio.
El 25 de marzo del 717, León fue coronado como el
emperador León III. Ya era hora. Los árabes ya se habían puesto en marcha.
Llegaron al Bósforo, transportaron contingentes a Europa y, al comenzar el mes
de agosto del 717, Constantinopla sufrió el cerco más estrecho por tierra y mar
que había sufrido desde 673. Pero, desgraciadamente para los árabes, llegaron
seis meses tarde. Si hubieran llegado en el 716, es posible que la ciudad
desmoronada hubiera caído, con consecuencias incalculables para el mundo. Sin
embargo, en el 717 León III estaba en el poder, y bajo su vigorosa autoridad
nadie pensaba en derrotismos.
Se utilizó de nuevo el fuego griego, y la flota árabe
sufrió graves daños y tuvo que retirarse lo bastante lejos como para dejar
respirar a Constantinopla. León hizo unas fuertes incursiones fuera de la
ciudad, mientras las fuerzas bizantinas en Asia Menor atacaban las vías de
comunicación del ejército árabe. El califa Solimán murió inesperadamente a
principios del sitio, y durante la confusión que invariablemente sigue a un
cambio de gobernante en una monarquía absoluta, las fuerzas árabes situadas en el
campo de batalla se vieron privadas de un sólido apoyo en su patria. Luego,
durante el invierno de 717-718 hizo un frío extraordinario y las nevadas fueron
de una intensidad sin precedentes. Manadas de caballos y camellos murieron, y
los soldados árabes sufrieron atrozmente.
Por fin, cuando empezó a hacer mejor tiempo de nuevo, León
había conseguido la ayuda del soberano búlgaro, a la vez que el ejército árabe,
tan grande y resplandeciente un año antes, se hallaba extenuado por el hambre.
León continuó sus victorias, golpeando a los árabes con éxito creciente; el 15
de agosto del 718, los residuos de las fuerzas árabes levantaron el sitio y
partieron. Sólo cinco barcos, de una flota original de 800, consiguieron llegar
a su patria.
Nunca más volverían los árabes a Constantinopla. Nunca más
la situación mundial sería tan favorable para ellos. León III había salvado a
Europa por segunda vez, y no haría falta salvarla de nuevo. Ciertamente, el
Islam haría asombrosos avances, pero no bajo la dirección árabe. Y llegaría el
día en que Constantinopla caería por fin, pero no frente a los árabes, y no
antes de que la civilización europea occidental, todavía en su infancia, se
hubiera vuelto bastante fuerte para salvarse a sí misma.
Poco tiempo después del fracaso en Constantinopla, el
Islam penetró profundamente en Occidente. Desde su nuevo punto de partida en
España, las fuerzas islámicas (los bereberes o los moros, en lugar de los
árabes) realizaron correrías por lo que es hoy el suroeste de Francia. Al
final, les derrotaron las fuerzas de los francos en un campo de batalla cerca
de la ciudad de Tours, en el 732.
Los escritores occidentales han considerado
tradicionalmente esta batalla de Tours como el punto crítico, como el lugar y
el momento en el que la marea del Islam fue detenida y obligada a retroceder
para siempre. Probablemente es una exageración. En Francia, el mundo del Islam
actuaba en el extremo de una vía de comunicación a miles de millas del núcleo
de su reino. Aun teniendo en cuenta la política islámica de conversión, aquella
vía de comunicación había sido estirada hasta el punto de ruptura. El ejército
moro en Francia era poco más que una fuerza de reconocimiento. La batalla de
Tours fue una señal de que los moros tendrían necesidad de una ofensiva mayor
para seguir avanzando, y su situación en España no era tan óptima como para
apoyar una gran ofensiva; así que se retiraron y pasaron a la defensiva: una
defensiva que mantendrían tenazmente durante siete siglos y medio. Sin embargo,
si Constantinopla hubiera caído, las principales fuerzas islámicas habrían
avanzado en Europa occidental desde el sureste por una ruta mucho más directa,
y la situación habría sido considerablemente diferente.
Pero en la mente del Occidente, la batalla de Tours fue el
punto crítico y la salvación de Europa, y el doble sitio de Constantinopla fue
olvidado o pasado por alto. Cuando Occidente entró por fin en contacto con
Constantinopla, no sintió hacia ella reverencia alguna, ningún agradecimiento
por los favores pasados (aunque no nos engañemos, Constantinopla luchó para sí
y no por Europa). Sólo hubo desprecio mutuo.
6
Monjes y emperadores
El destructor de imágenes
Altiempo que destruía a los sitiadores árabes, León empezó
a proyectar también otra reorganización del Imperio. Era necesario ampliar el
sistema de temas iniciado por Heraclio, y militarizar de hecho a todo el
Imperio. Pero el problema consistía en que de este modo los generales
conseguían con demasiada facilidad una peligrosa cantidad de poder. El mismo
León, que había dado el salto desde el cargo de gobernador de un tema a
emperador, pensaba que no debía repetirse el proceso. Su solución fue hacer más
pequeños los temas, disminuyendo el poder, tanto económico como militar, que
detentaban los generales.
Un intento de aumentar la eficacia en otro terreno resultó
más difícil de llevar a cabo, y casi provocó una guerra civil. Aunque León III
salvó Constantinopla y la cristiandad, su intento de reforma religiosa iba a
convertirle en anatema ante los ojos de la Iglesia. El problema eran los
íconos, que es el nombre griego de las imágenes que se usaban en los ritos
religiosos.
Los estrictos dogmas del judaísmo prohibían la realización
de imágenes de seres vivos, puesto que al existir estas imágenes se daba
invariablemente una fuerte tendencia a adorarlas como ídolos. Pocas personas se
contentaban con la adoración de un Dios abstracto y sin imagen, e incluso los
mismos judíos cayeron víctimas de vez en cuando de los ritos llenos de color
que rodeaban a algún ídolo tradicional.
Los primeros cristianos seguían siendo opuestos al arte
religioso, pero a medida que el cristianismo se hizo menos judaico y más
griego, cambió la situación. Los griegos se dedicaban abrumadoramente al arte y
no podían evitar el hacer reproducciones, en dos o tres dimensiones, de Jesús,
de la Virgen María y de los santos. Después de todo, no eran los ídolos
bestiales de dioses imaginarios o figuras monstruosas con cabezas de animales;
eran imágenes de figuras santas o divinas que habían pasado por la tierra como
seres humanos. Servían como símbolos para concentrar la atención de los que
rezaban en los individuos en quienes pensaban con devoción, y servían como
historias bíblicas ilustradas para los que no sabían leer. Embellecían más las
iglesias y alegraban los corazones de los cristianos. Entonces, ¿por qué eran
malos? Razonamientos como éstos tuvieron éxito, y los iconos llegaron a ser una
parte indispensable de la Iglesia Cristiana, tanto en Occidente como en
Oriente. No es sorprendente que fueran especialmente numerosos en Grecia.
Pero no todos los cristianos veían con buenos ojos los
íconos. Había quienes sostenían que los íconos violaban el mandamiento contra
la construcción de ídolos. Argüían que, mientras que en la teoría estos íconos
eran meramente símbolos, el pueblo llano los adoraba como si fueran divinos en
sí mismos. El vulgo no era sofisticado, y no se podía esperar de él que
entendiera las sutilezas del simbolismo. Tener íconos era tentarles con un
pecado mortal.
Un punto importante para los cristianos que se oponían a
los íconos era el hecho de que el cristianismo era ridiculizado por las
religiones más estrictas (al menos en este respecto), como el judaísmo y el
Islam. Se podía prescindir de los judíos; eran pocos y débiles. El Islam, sin
embargo, era poderoso; el desprecio de sus partidarios provocaba vergüenza en
muchos. En efecto, algunos cristianos debieron pensar que el cristianismo era
objeto de castigo por su idolatría, y que era voluntad de Dios que el Islam
expansionista, que carecía de ídolos, fuera la fuerza de castigo.
La oposición a los íconos era particularmente fuerte en
Asia Menor, donde a lo largo de décadas el cristianismo se había defendido
desesperadamente de los ejércitos islámicos. León III, hombre piadoso, procedía
de una familia opuesta a la tradición de los íconos. A medida que pasaron los
años y se esforzó por rehacer el Imperio de los golpes que había sufrido
durante las dos décadas de cuasi anarquía desde el primer destronamiento de
Justiniano II, se fue convenciendo progresivamente de la perversidad de esta
creencia; se encontró con la oposición de muchos, y en especial de los monjes.
Los monjes eran numerosos en el Imperio. Había casi cien monasterios en
Constantinopla, y los monjes se contaban entre los primeros partidarios de una
Iglesia fuertemente ritualizada. Los monjes defendían los íconos, los milagros
y toda clase de adornos sensuales que convertían a la religión en una especie
del mundo del espectáculo e impresionaban y atraían a la gente. Esta actitud se
había ido desarrollando gradualmente desde los tiempos del propio Constantino
I.
Después de descubrir la Vera Cruz, Elena, la madre de
Constantino I, descubrió también (al menos así se lo creía) otras reliquias de
la crucifixión, como los clavos que atravesaron las manos y los pies de Jesús,
la corona de espinas, la esponja que había elevado el vinagre hasta sus labios,
y la lanza que había traspasado su costado. Fueron llevados a Constantinopla, y
a partir de entonces se puso de moda coleccionar reliquias. Todas las iglesias
tenían su porción de huesos y demás parafernalia de tal o cual santo, todo ello
dotado del místico poder de hacer milagros.
Un manto que se creía de la Virgen María fue llevado a
Constantinopla en torno al 470, y cantidades incontables de reliquias marianas
llenaron las iglesias y monasterios a partir de entonces. Con el tiempo, se
empezó a considerar a la Virgen como la principal protectora de la ciudad. La
gente creía en ello con el mismo tipo de sentimientos con que los atenienses
paganos sentían la influencia protectora de Atenea, y los romanos paganos la de
Juno.
Los monjes, como poseedores y guardianes de tales
materiales de efectos milagrosos, ejercían una enorme influencia entre los
menos cultos, sobre todo entre las mujeres, y no tenían ningún deseo ni
intención de renunciar a ella. Los monasterios se hicieron ricos y poderosos
más por los adornos religiosos que por su contenido ético.
León III estaba decidido a acabar, o al menos a disminuir
el poder de los monjes por varias razones. Por una parte, no podemos descartar
la piedad sincera. León debía de creer honestamente que los íconos eran
idolátricos y perversos, y que al estimular la idolatría los monjes cumplían
una función diabólica.
En segundo lugar, debió de percatarse de que las teorías
monacales debilitaban al Estado. Al alentar al pueblo de Constantinopla y del
Imperio a vivir sometidos al poder sobrenatural de la Virgen María o a la
influencia de tal o cual reliquia, debilitaban la voluntad del pueblo y le
impedían que actuara por sí mismo. Y no sólo esto: los monjes y los
arrendatarios de las tierras que aquellos dominaban (y eran muchas hectáreas)
no estaban obligados al servicio militar, lo cual disminuía los efectivos militares.
Y, en último lugar, los monjes se opusieron con todas sus
fueras a cualquier intento de obligarles a pagar impuestos por su enorme
riqueza. Tampoco el patriotismo o la preocupación por el peligro nacional les
tentaba a ofrecerse espontáneamente al Estado.
Por lo tanto, León asestó un golpe a los monjes al
simplificar el ritual eclesiástico. Una de las maneras más fáciles de hacerlo
era abolir los íconos. En 726 se publicó el primer decreto contra su uso, y los
funcionarios del emperador comenzaron a viajar por el reino entrando en las
iglesias para romper o aplastar los íconos. Incluso hacían pedazos los
crucifijos, que consideraban como una especie de imagen. Estos funcionarios
eran los Iconoclastas, («rompedores de íconos»), y con ellos comenzó la Controversia
Iconoclasta.
Desde luego, la iconoclastia provocó la oposición de los
partidarios de las imágenes: los Iconodulas; es decir, los que «veneran
imágenes», siendo la veneración menos fuerte que la adoración (puesto que si se
admitía la adoración, los partidarios de las imágenes se convertían en
idólatras). Los primeros Iconodulas eran los monjes, y se esforzaron por
convencer al pueblo de que destruir una imagen de Jesús o de María era la
blasfemia más terrible y significaba la condenación irrevocable. El califato de
Damasco había decretado en el 723 (sólo tres años antes), de acuerdo con los
dictados de su conciencia, la destrucción de todos los íconos en las iglesias
cristianas situadas dentro de sus dominios. Por tanto, lo que hacía León III
parecía una herejía islámica.
Los Iconodulas tenían su mayor fuerza en Grecia, que se
rebeló contra el emperador en el 727. Un hombre llamado Cosmas fue proclamado
emperador y partió con una flota rumbo a Constantinopla. La flota no era un
rival para la marina imperial y su fuego griego, y la rebelión fue aplastada
sin dificultades.
Aunque la oposición continuó (y, desde luego, no cesó
nunca), León siguió adelante. El ejército, que era abrumadoramente Iconoclasta,
le apoyó con vigor, puesto que de su apoyo dependía la liberación de las
riquezas controladas por los monasterios y de los reclutas exentos del servicio
militar.
Si bien León podía hacer cumplir sus edictos, más o menos,
en Grecia y Asia Menor, la situación cambiaba en Italia, donde el control
imperial se había debilitado. Miles de refugiados iconodulas, junto con sus
íconos, huyeron al sur de Italia, que seguía siendo territorio imperial pero
hacía caso omiso de los edictos iconoclastas.
En cuanto al exarcado de Rávena, que incluía a Roma, se
podía dar por perdido por completo. El papa no estaba dispuesto a ceder ni un
ápice ante la iconoclastia. No sólo porque el papa la consideraba herética,
sino porque éste no podía aceptar en absoluto ningún cambio importante en el
ritual procedente de un edicto imperial. Era el papa y sólo el papa quien
dirigía la Iglesia en cuestiones de ritual, y éste era un asunto en el que no
podía hacer concesiones.
Además, León III, en su intento de reorganizar las
arruinadas finanzas del Imperio, había vuelto a establecer un riguroso sistema
de impuestos en las provincias italianas, lo cual sentó muy mal a los
terratenientes italianos, sobre los cuales las tasas recaían con más peso
porque en los recientes años de anarquía no se habían recaudado impuestos en
Occidente. Y daba la casualidad de que el papa Gregorio II era el mayor
terrateniente de Italia.
Los papas habían intentado librarse mucho antes del
dominio imperial si no hubiera sido por los lombardos. Contra los lombardos,
las fuerzas imperiales en el exarcado habían sido una poderosa defensa que no
podía abandonarse a la ligera. Ahora, sin embargo, entre la iconoclastia y los
impuestos, el papado decidió a la desesperada que el mal menor eran los
lombardos, y pidió su ayuda. Los lombardos, gozosos por la invitación,
avanzaron en tropel por el exarcado y casi tomaron Rávena. Las fuerzas imperiales
consiguieron hacerles retroceder en el 731, pero los dados estaban ya echados.
La época del imperio en Roma había acabado.
Lo cristianos de habla latina de Occidente sabían poco de
los sutiles pormenores de la Controversia Iconoclasta, y tampoco les importaba.
Lo que sí sabían era que había un emperador en Constantinopla que se dedicaba a
destrozar las imágenes de Jesús, María y de todos los santos. El horror del
hombre medio fue inimaginablemente intenso, y el papa gozó de un apoyo total en
Occidente.
A pesar de todo lo que León pudo hacer, no podía obligar
al papa Gregorio II a cambiar de opinión ni a que renunciara a su cargo (ya
habían pasado para siempre los tiempos en los que un emperador podía destituir
a un papa y llevarlo por la fuerza a Constantinopla para juzgarle). El
resultado fue que León se desprestigió, y se perdió todo respeto por el nombre
del emperador. De esta manera, se rompió otro lazo que había vinculado a
Oriente y Occidente.
El sucesor de Gregorio II fue Gregorio III, cuya actitud
hacia la iconoclastia fue aún más intransigente que la de su predecesor. Tan
pronto como se sentó en el trono papal, excomulgó a todos los iconoclastas
incluido el emperador. Desde la perspectiva del imperio, esto era una traición
abierta, pero las ciudades italianas apoyaron al papa y éste continuó siendo
intocable. Gregorio III dirigió su mirada más allá de los lombardos hacia los
todavía más poderosos francos, que incluso habían ganado la batalla de Tours
contra los moros de España, consiguiendo un prestigio inconmensurable.
Poco podía hacer el frustrado emperador para castigar al
papa, salvo declarar fuera de la jurisdicción papal (en el 733) a ciertas zonas
que estaban todavía bajo un sólido control bizantino (Sicilia, el sur de Italia
y la costa iliria) y colocarlas bajo el dominio directo del patriarca
(iconoclasta) de Constantinopla. El papa nunca reconoció el cambio. El
emperador pudo todavía mantener una borrosa presencia en el exarcado, sobre
todo porque los papas nunca se fiaron enteramente de los lombardos,.
Pese a los reveses y las dificultades que surgieron con
motivo del movimiento iconoclasta, el reinado de León fue un éxito. Consiguió
reorganizar las finanzas del imperio y encauzar a éste de nuevo por el camino
de la prosperidad. Su reorganización del sistema de temas hizo que el imperio
fuera suficientemente fuerte para hacer imposibles otras penetraciones árabes
en Constantinopla. En efecto, cuando los árabes lanzaron otra invasión de Asia
Menor en el 739, León les venció por completo antes de que hubieran llegado a
200 millas de Constantinopla. León también mejoró las cosas en el norte con una
alianza con el gobernante kazaro. Para fortalecer la alianza, se casó a la hija
de éste con el hijo y heredero de León.
León también reorganizó el código de Justiniano,
actualizándolo en griego. En su conjunto, lo modificó en el sentido de una
mayor humanidad y benevolencia. Se abolieron las diferencias en los castigos
según la posición social. Todos los hombres, con excepción de los esclavos,
sufrían de igual manera por el mismo delito, y en cuanto a los esclavos, se
hizo más fácil la concesión de libertad.
Ciertamente, el puritanismo cristiano apareció en algunos
de los cambios. Se abolió el concubinato, que todavía Justiniano había
permitido, y se veía con malos ojos el matrimonio de parientes, aunque fueran
lejanos. Se hizo más difícil conseguir el divorcio y aumentaron las sanciones
por tener hijos ilegítimos. León se preocupó también de que los pequeños
propietarios rurales tuvieran suficiente protección y de que la pena de muerte
se aplicara a menos delitos. La ejecución fue sustituida por mutilaciones como
cegar o amputar las manos, la nariz o la lengua.
Si la iconoclastia hubiera triunfado finalmente, no hay
duda que León III, el salvador de la cristiandad, destructor de los árabes,
reorganizador del imperio, sereno reformador del derecho, habría pasado a la
historia como uno de sus héroes más importantes e ilustrados. Pero como al
final la iconoclastia no triunfó, su recuerdo quedó a merced de los cronistas,
que en su mayor parte eran monjes y para quienes se trataba de un herético
endemoniado. El resultado ha sido que su gran nombre ha quedado injustamente
oscurecido en la historia.
La lucha por los iconos
León III murió el 18 de junio del 741, cuando tenía algo
más de sesenta años y tras haber gobernado durante veinticuatro. Inició una
nueva dinastía, llamada habitualmente la Isaúrica, puesto que su hijo mayor le
sucedió con el nombre de Constantino V.
Constantino fue un soberano violento y autocrático, pero
era un soldado capaz y extremadamente enérgico. Su padre había salvado el
imperio y le dio nuevas posibilidades; tras él, el hijo pasó a la ofensiva en
dos direcciones.
Durante la primera parte de su reinado, presionó hacia el
Este contra el Islam. No consiguió que los árabes retrocedieran mucho, pero
hizo campañas en Siria y Armenia y destruyó una flota islámica a la vez que
echaba a los árabes de Chipre. Durante la parte final de su reinado, hizo
campaña tras campaña contra los búlgaros Tampoco los pudo echar más allá del
Danubio, pero sus golpes les mantuvieron quietos.
Constantino V gobernó durante treinta y cuatro años, y
cuando acabó su reinado, el cascanueces búlgaro-árabe, que siempre había
amenazado con cerrarse sobre Constantinopla desde el Norte y desde el Sur,
había sido apartado. El Imperio Bizantino volvió a ser el poder más fuerte en
Europa, y no se dejaba amenazar impunemente.
Constantino fue un iconoclasta todavía más convencido que
su padre, y bajo su gobierno el movimiento llegó a su cenit No es sorprendente.
Tenía sólo siete años cuando empezó el movimiento iconoclasta, y le educaron
para que pensara que la iconoclastia era buena y piadosa. Tampoco sus
experiencias con los iconodulas permitieron que cobrara simpatía por ellos.
Cuando murió León III, uno de los cuñados de Constantino, un iconodula, disputó
el trono y retuvo Constantinopla durante dos años.
El papa romano también continuó su intransigente oposición
a la iconoclastia. Los lombardos, que tenían un hábil rey, consiguieron un
mayor poder en el exarcado, y en el 751 tomaron por fin Rávena. El papa,
temiendo que los lombardos resultaran tan peligrosos en lo político como habían
resultado los bizantinos en lo religioso, volvió a hacer un llamamiento a los
francos del otro lado de los Alpes.
El papa tenía algo que ofrecer. El jefe de los francos era
Pipino, que no era rey, sino simplemente una especie de primer ministro. Le
gustaría ser rey, pero no se atrevía a derrocar al monarca legítimo (un títere
impotente) sin el beneplácito papal. El papa dio su consentimiento. Pipino se
convirtió en Rey de los Francos en el 752, y en dos campañas derrotó a los
lombardos. Una vez hecho esto, entregó el antiguo territorio del exarcado de
Rávena al papa en el 756, pese a que el representante bizantino sostenía
firmemente que el territorio pertenecía al emperador. Sin embargo Constantino,
en la distante Constantinopla, estaba demasiado ocupado con los búlgaros y los
árabes como para hacer campaña en Italia. De este modo, el Imperio fue
expulsado para siempre de Roma y de la parte central de Italia doscientos
dieciséis años después de que Belisario hubiera vuelto a conquistarla para
Justiniano. El exarcado de Rávena había durado unos 180 años.
Aunque el Imperio, que seguía llamándose romano, nunca más
volvería a asentarse en Roma, y si bien el papa quedó libre del dominio
ejercido durante cuatrocientos años por Constantinopla, la puntera y el tacón,
junto con la isla de Sicilia, eran todavía bizantinos. Esto era todo lo que
quedaba de las conquistas de Belisario.
Ante la inminente pérdida del exarcado, Constantino V
pensó que no tenía nada que perder en Occidente, y se sintió más tentado que
nunca a dar un duro golpe a los iconodulas. Por esta razón, en el 753 convocó
un concilio eclesiástico para hacer a la iconoclastia plenamente oficial. El
concilio se reunió en Hieria, un palacio frente a Constantinopla, al otro lado
del Bósforo, y su naturaleza fue puramente bizantina. Los eclesiásticos que
asistieron procedían únicamente de territorios bajo control imperial. Significativamente,
el papa se negó a enviar un representante.
Las decisiones del concilio (con la sombra de Constantino
al fondo) fueron iconoclastas totalmente. Se sostuvo en él que los íconos iban
contra las Sagradas Escrituras, se simplificó aún mas el culto, y por todo el
imperio pareció consolidarse una religión similar en algunos aspectos al
protestantismo que iba a barrer el noroeste de Europa ocho siglos más tarde.
Los monjes lucharon con desesperación, pero el feroz e
implacable emperador tomó las medidas más severas. Cerró los monasterios y
confiscó sus propiedades. Obligó a los monjes y a las monjas a que vistieran
ropas corrientes, encarceló a algunos, exilió a otros, obligó a algunos a
casarse, se las arregló para someter a otros al escarnio y la execración de la
gente, e incluso ejecutó a unos cuantos de los más fastidiosos.
Se salió con la suya durante su vida, gobernó durante una
generación y murió en su cama. Los monjes, sin embargo, no olvidaron ni le
perdonaron. Los cronistas monásticos de los años siguientes ignoraron sus
triunfos militares y no ahorraron epítetos para describir su crueldad y
perfidia. Le describieron como judío y ateo, que sufría enfermedades
repugnantes, y que reunía todo lo que era vil.
Hasta corrompieron su nombre. Hicieron correr la historia
de que se había ensuciado cuando le estaban bautizando, y esto fue recordado
eternamente en el nombre por el cual le conocen los cronistas: Constantino
Coprónimo, o «nombre excrementicio».
Constantino murió de muerte natural el 14 de septiembre de
775, durante una de sus numerosas campañas contra los búlgaros. Con su primera
mujer, la princesa Kazara, tuvo un hijo llamado León, que subió al trono como
León IV. Por su madre, se llama frecuentemente León Kazaro.
Aunque Constantino por razones de estado, se había casado
con una princesa bárbara en un momento en que el imperio necesitaba
desesperadamente la alianza con los bárbaros, sus victorias permitieron que su
hijo se casara por amor. León se casó con una hermosa muchacha de Atenas
llamada Irene, quien por lo que sabemos no tenía nada más práctico que ofrecer
al heredero del trono que su rostro y su figura. Da la impresión de que él
consideró ambas cosas suficientes, y al igual que sus antecesores Teodosio II y
Justiniano, que también se casaron por amor, su matrimonio fue feliz.
León IV intentó emular a su padre en todo. Continuó la
vigorosa política de éste contra los árabes y los búlgaros, y también siguió
adelante con la iconoclastia. Sin embargo, en esto retrocedió un tanto con
respecto al extremismo de Constantino, y adoptó una actitud de tolerancia
limitada. Probablemente se debió a que su mujer, Irene, era una firme aunque
secreta iconodula, e intrigaba con éxito a favor de sus ideas (el resultado de
ello fue que la hicieron santa los eclesiásticos orientales posteriores, y
todavía se la considera así, aunque en otras cuestiones que no tenían que ver
con su iconodulismo tenía muy poco de santidad).
El 8 de septiembre del 780 murió León, después de un breve
reinado de algo menos de cinco años, cuando tenía treinta años. Su hijo de diez
años le sucedió con el nombre de Constantino VI, e Irene era la reina regente.
Casi de inmediato, Irene empezó maniobrar para conseguir la restauración de los
íconos. No era tan fácil como podía haber pensado. Durante el medio siglo de
dominio iconoclasta, la administración de la Iglesia había caído casi por
entero en manos de iconoclastas. Estos altos eclesiásticos, incluso el
patriarca, se vieron obligados a dimitir y fueron sustituidos por iconodulas.
El ejército, mientras tanto, orgulloso por las victorias
de los emperadores iconoclastas, era mas iconoclasta que nunca. Sin duda, Irene
parece que debilitó deliberadamente al ejército disminuyendo las asignaciones
militares (como esto significaba reducción de impuestos, tuvo la ventaja
añadida de hacerla más popular entre los civiles). Pero cuando Irene intentó
celebrar un concilio ecuménico de la Iglesia, en el 786, para revocar la
iconoclastia, los soldados, airados, lo disolvieron.
Irene tuvo que intentarlo de nuevo. En septiembre del 787
consiguió convocar el Séptimo Concilio Ecuménico de Nicea. Como era de esperar,
en este nuevo concilio se cambiaron totalmente las decisiones del concilio
celebrado por Constantino V. Se restauró el culto a los iconos, pero había una
pequeña restricción: no se permitían estatuas, o a lo sumo sólo en bajorrelieve
(en última instancia, esta medida destruyó el arte de la escultura en el
imperio, y en siglos posteriores también en Rusia, puesto que este país heredó
su cultura de Constantinopla).
La iconoclastia no desapareció de repente, por supuesto.
Aguantó durante algunas décadas, e incluso de vez en cuando reaparecía de forma
benigna. Pero con el tiempo fueron destruidos todos los libros escritos en
defensa de la posición iconoclasta, y por esta razón no sabemos nada sobre ella
salvo los testimonios de sus encarnizados enemigos.
La victoria de los iconodulas tenía algunos curiosos
límites. Pese a que los monjes se salieron con la suya frente a los
emperadores, no significó que la Iglesia hubiera derrocado el césaro-papismo.
Aunque el emperador fuera iconodula, dominaba la Iglesia tanto como los otros.
Además, la victoria iconodula no cerró la brecha con
Occidente que sesenta años de iconoclastia habían ensanchado. Nunca más se
celebró un concilio al cual asistieran tanto el clero de Oriente como el de
Occidente para debatir una serie de problemas mas eclesiásticos.
La victoria iconodula tuvo también un efecto serio y
nocivo en el desarrollo intelectual del imperio. Desde que Justiniano cerrara
la Academia de Atenas, el mundo de la erudición había ido perdiendo fuerzas.
Los desastres que sobrevivieron bajo el gobierno de Heraclio y los dos cercos
de Constantinopla habían endurecido la vida del imperio y no dejaban espacio
para el desarrollo intelectual.
En torno al 750 Juan Damasceno escribió doctamente sobre
teología, y se le considera el primer escritor cristiano que intentó coordinar
la filosofía aristotélica con la teología cristiana (cinco siglos antes se
habían hecho intentos parecidos en Europa occidental). La obra de Juan, sin
embargo, no se escribió en el imperio, sino en el califato, porque era el Islam
y no la cristiandad, quien durante la temprana Edad Media ofrecía las mejores
condiciones externas para la erudición.
Después de la Controversia Iconoclasta, la Iglesia
oriental avanzó profunda y definitivamente hacia el callejón sin salida y la
muerte en vida que representa la inmutabilidad. La larga lucha contra la
iconoclastia había asustado tanto que provocó una reacción permanente. Debido a
ello se frenó cualquier posibilidad de crecimiento intelectual. El Imperio
Bizantino disfrutó todavía de períodos de florecimiento cultural, pero siempre
como rica conservación del pasado, y nunca como brillante evolución de lo nuevo.
El resultado fue que, después de la época de Justiniano, el Imperio Bizantino
nunca produjo libro alguno que haya tenido gran difusión ni un nuevo movimiento
filosófico, ni tuvo nunca un científico. Y cuando llegó el momento de que la
Edad Media floreciera en una nueva cultura que avanzó mucho más allá que las
obras de los antiguos, fue en Occidente, y no en Oriente, donde se produjo ese
florecimiento.
El nuevo imperio en Occidente
En los tiempos del Séptimo Concilio Ecuménico, el
emperador Constantino VI tenía cerca de veinte años y quiso poner fin a la
regencia. Irene se opuso. Aplastó con firmeza el intento de Constantino, y
exigió que el ejército le jurara fidelidad a ella sola.
No obstante el ejército todavía no se había reconciliado
con las ideas iconodulas y era muy hostil a Irene. Se sublevó y forzó el
reconocimiento de Constantino VI como emperador por derecho propio. Irene fue
desterrada.
Pero Constantino no tenía criterio. Por alguna razón, le
dio por pensar que le gustaría tener a su madre a su lado, y en el 792 la hizo
volver del exilio. Es posible que quisiera a su madre, pero desde luego ella no
le quería a él. Realmente es una de las parodias más monstruosas de la
maternidad que se encuentran en la historia. Empezó inmediatamente a intrigar
contra él.
Constantino, que se había colocado al alcance de Irene,
puso después un arma en su mano. Tenía una esposa llamada María, y una amante,
Teodota. A nadie le preocupaba eso, pero Constantino, en un arrebato de amor,
se divorció de su esposa en el 796 y se casó con su amante. Al querer ser
honrado y regularizar su situación, ofendió a todos los beatos del imperio. El
partido de Irene se fortaleció inmediatamente, y antes del 797 ella detentaba
suficiente poder como para mandar que su hijo fuera apresado y cegado. Vivió en
la oscuridad, y ni siquiera se sabe exactamente dónde murió. Su ceguera supuso,
sin embargo, el fin de su reinado, y también de la dinastía Isaúrica, que había
contado con cuatro emperadores que ocuparon el trono durante sólo ochenta años.
Después de cegar a Constantino (acto que aquella madre
amorosa mandó llevar a cabo con una brutalidad inusitada), Irene se proclamó
emperador, asumiendo el título masculino porque se negó a buscar a un hombre a
través del cual pudiera gobernar. Esta situación irregular duró cinco años,
desde el 797 hasta el 802, y tuvo repercusiones en la historia occidental.
Casi toda la cristiandad occidental estaba sometida a los
reyes francos, y los francos no reconocían a las mujeres como gobernantes. Una
mujer emperador les parecía una contradicción en sus términos, y según su modo
de pensar, el trono imperial estaba vacío. Debido a una coincidencia de la
historia, en el mismo momento que el Oriente estaba gobernado por una mujer, el
Occidente estaba dominado por el monarca franco más importante de todos:
Carlomagno.
En aquel momento el papa era León III, y tenía diversas
razones para tomar medidas que parecieran razonables si se consideraba vacante
el trono imperial. Por una parte, Roma era la sede original del imperio, y en
comparación Constantinopla era una recién llegada. En todo caso, debía haber un
emperador en Roma y más aún si no había ninguno en Constantinopla. Además, ya
que el papa estaba libre del dominio del emperador de Constantinopla, ¿por qué
no iba a tener un emperador propio?
Por consiguiente, el día de Navidad del año 800, el papa
León III coronó a Carlomagno como emperador romano. De nuevo, y por primera vez
en más de tres siglos, había un emperador romano tanto en Occidente como en
Oriente. Sólo existía una diferencia, y era vital. El papa no tenía ningún
derecho, ni en teoría ni por tradición (al menos, en opinión de los bizantinos)
para coronar a un emperador. Para Irene, era una simple usurpación del título,
y fue por sí misma una causa de guerra.
Carlomagno lo sabía muy bien, y hasta cierto punto
lamentaba su coronación, en especial porque no le apetecía la idea de tener que
agradecer el título al papa. Siempre dijo que la coronación fue maquinada sin
su conocimiento.
Estamos tan acostumbrados a leer libros planteados desde
una perspectiva occidental, que nos dicen que Carlomagno era extremadamente
poderoso (sobre todo en comparación con otros monarcas occidentales anteriores
y posteriores), que tal vez parezca extraño que Carlomagno no tuviera
especiales ganas de luchar contra el Imperio Bizantino. Los bizantinos tenían
el mejor ejército de Europa y eran mucho más fuertes, tanto económica como
militarmente, que el desvencijado Imperio Franco de Carlomagno; en realidad, Carlomagno
era muy consciente del atraso intelectual y cultural de su reino y estaba muy
impresionado por el lejano esplendor de Constantinopla. Gobernaba una gran
parte de Italia, y la arquitectura bizantina que encontró en ella se encuentra
imitada en la catedral que mandó construir en su propia capital, Aachen, muy al
norte.
Algunos propusieron que Carlomagno se casara con Irene,
uniendo así las dos mitades de la cristiandad. ¿Pero para qué serviría que un
anciano de sesenta años se casara con una mujer de cincuenta? No podían tener
hijos y si era así, ¿quién les sucedería? Por lo tanto, hubo guerra, más bien
esporádica, puesto que no existían muchos lugares donde los dos imperios
pudieran encontrarse para luchar.
Irene nunca fue popular en el ejército. Como los árabes,
los búlgaros, y para colmo los francos rodeaban hostilmente al imperio, se hizo
todavía menos popular. Por mucho que se llamara a sí misma emperador y
mantuviera la ficción de la masculinidad, no podía dirigir un ejército. Así que
en el 802, una conspiración de generales bien organizada la apresó
discretamente y coronó a Nicéforo I, su tesorero, en su lugar. La metieron en
un convento en la isla de Lesbos, y allí terminó tranquilamente su vida un año después.
El cascanueces búlgaro-árabe
Una cosa es evidente al hacer de un honrado tesorero un
emperador. Está acostumbrado a administrar dinero y conoce la miseria de no
tener bastante. La primera preocupación de Nicéforo fue, por lo tanto, realizar
reformas en un sistema gubernamental que se había desmoronado mientras Irene se
dedicaba a las cuestiones religiosas y a intrigar contra su hijo.
Esto significaba reducir las pérdidas y recaudar los
impuestos con mayor rigor, y por supuesto volvió impopular a Nicéforo. En
especial, gravó las propiedades de los religiosos, y en consecuencia los monjes
le odiaron intensamente. Los monasterios seguían poseyendo vastas tierras y la
preocupación de los monjes por sus bolsillos fue siempre capital. Fueran cuales
fueran las necesidades nacionales, las tesorerías monásticas tenían que
permanecer intactas.
Nicéforo dio también los pasos esenciales para frenar lo
que consideraba una guerra innecesaria con Carlomagno. No había posibilidad de
obligar al monarca franco a abandonar el título de emperador, así que ¿por qué
no llegar a algún tipo de compromiso? En el 803, Nicéforo y Carlomagno firmaron
una paz que dejaba formalmente el sur de Italia y la costa iliria en manos del
Imperio Bizantino. De todos modos, ambos lugares estaban demasiado lejos como
para que lo francos pudieran llegar hasta ellos. Otra fuente más probable de
conflictos era Venecia, que estaba rodeada de territorio franco sin embargo,
también quedó en poder de los bizantinos. Todo ello fue un logro razonable de
Nicéforo, que exprimió al máximo a los francos sin reconocer aún su título
imperial.
Nicéforo tuvo menos suerte con el Islam. La dinastía Omeya
se extinguió y el Islam cayó bajo la dinastía de los monarcas Abasidas, en
torno al 750. Estos trasladaron su capital desde Damasco hasta Bagdad, más al
este. Gobernaron todo el vasto imperio islámico, salvo España en el extremo
occidental, y con ellos los árabes se fortalecieron de nuevo. Su fuerza nunca
fue suficiente para llevarles hasta Constantinopla, pero sus incursiones en
Asia Menor eran cada vez más peligrosas y duras. En el 786 el más famoso de los
abasidas, Harún al-Rashid (célebre por su papel en los cuentos de las Mil y una
Noches) accedió al trono.
Irene había decidido pagar grandes tributos a los abasidas
para evitar sus incursiones en el imperio. Para el alma ahorrativa de Nicéforo,
un tributo tan grande era insostenible. Por consiguiente, envió una carta a
Harún al-Rashid para anunciarle que iba a dejar de pagarlo.
La contestación de Harún es insólita en los anales de la
diplomacia. El texto completo decía: «En nombre del Dios misericordioso, Harún
al-Rashid, jefe de los fieles, a Nicéforo, perro romano. He recibido tu carta,
hijo de infiel, y no escucharás mi réplica, sino que la verás». Harún organizó
rápidamente una invasión de Asia Menor, hizo retroceder a los ejércitos
bizantinos y obligó al emperador a una paz humillante. El tributo tuvo que
continuar.
Pero si aumentaron las presiones árabes, también lo
hicieron las de los búlgaros. El cascanueces búlgaro-árabe volvió a funcionar
plenamente. En el 808 un jefe vigoroso llamado Krum apareció a la cabeza de los
búlgaros. Sus primeras victorias se produjeron frente a los últimos restos de
los ávaros, que habían sido una muy seria amenaza para el imperio dos siglos
antes. Bajo los golpes de Krum, los ávaros desaparecieron de la historia para
siempre.
En relación con los bizantinos, no obstante, los búlgaros
parecían mejores que los ávaros. Krum sostuvo una dura guerra contra el imperio
y Nicéforo tuvo que pasar los últimos años de su reinado haciendo campañas en
los Balcanes. Por dos veces, Nicéforo logró ocupar su capital, pero la capital
de una sociedad tribal no era el equivalente a Constantinopla. La capital
búlgara no era ningún centro estratégico, y puesto que sus ejércitos seguían
luchando, los bizantinos sencillamente tuvieron que retirarse las dos veces.
Por fin, en el 811, en una gran batalla en las montañas,
los bizantinos sufrieron una seria derrota. Por primera vez desde la fundación
de Constantinopla, un emperador moría en el campo de batalla, y los monjes del
imperio celebraron esta catástrofe nacional con salvaje alegría.
Durante unos cuantos años, dominó la confusión entre los
bizantinos. Staurakio, hijo de Nicéforo, sucedió a su padre, pero también fue
herido en la misma batalla en que murió aquél, y el nuevo emperador falleció
tan sólo unos meses después. Le sucedió Miguel I, yerno de Nicéforo. Miguel
estaba lleno de buenas intenciones, pero fue un monarca débil y dominado por
los monjes.
El partido monástico llevaba tiempo bajo la dirección de
Teodoro Studita (se llamaba así porque era prior del monasterio de Estudion en
Constantinopla). Se había dedicado con gran energía a reformar los monasterios
y a promover la mayor piedad y ascetismo. Su rígida moralidad le llevó a
desaprobar a voces el matrimonio de Constantino VI con su amante, y ello fue
causa de sus dos exilios. Teodoro Studita era un iconodula convencido, por
supuesto y actuó duramente para aniquilar cualquier huella de la iconoclastia.
Esto era del agrado de Miguel, que tuvo a Studita como su consejero principal.
Los consejeros no eran suficientes para permitir a Miguel
entenderse con Krum, el poderoso búlgaro. En el 812, Miguel reconoció la
validez del título del emperador Carlomagno. Era una concesión tremenda, hecha
con la esperanza de que los francos, situados al otro lado del territorio
búlgaro, atacaran a este, aliviando así las presiones búlgaras sobre el Imperio
Bizantino. Si era eso lo que quería Miguel, tuvo que sentirse frustrado.
Carlomagno casi había llegado al final de su largo reinado (murió en el 814), y
una vez finalizado, con un sucesor mucho más débil, el Imperio Franco se
sumergió por completo en una guerra civil y se hizo pedazos de modo gradual.
Por consiguiente, los búlgaros continuaban avanzando y
Krum vencía por doquier. En el 812, y otra vez en el 813, ganó sendas batallas
en Tracia y siguió su camino hacia la propia Constantinopla. De nuevo, la
capital se enfrentó con un enemigo extranjero. Había sufrido a los hunos, los
persas, los ávaros, los árabes y ahora a los búlgaros.
Fue una suerte para el imperio que en aquellos momentos el
extremo abasida del cascanueces búlgaro-árabe se quedara quieto. Harún
al-Rashid murió en el 809, y tras él vinieron varios años de guerra civil que
ocuparon tanto a los árabes que dejaron a Asia Menor en paz durante algún
tiempo. Además, los bizantinos consiguieron encontrar el hombre indicado para
salvar a la ciudad. Fue casi una repetición de lo que había ocurrido un siglo
antes, cuando los árabes sitiaron a Constantinopla por segunda vez. También
esta vez un general se dio cuenta de que sólo se podía salvar al imperio si una
mano (la suya) se hacia con el poder, y de nuevo el nombre del general era
León.
Mientras los búlgaros avanzaban en tropel hacia los muros
de la ciudad, las tropas de León le declararon emperador e hicieron una carrera
con el enemigo a ver quién llegaba primero a Constantinopla. Miguel, tal vez
feliz de verse libre de aquella carga, no opuso resistencia a pesar de que el
partido de los monjes le apoyaba fuertemente. Abandonó el trono, y pasó
tranquilamente los treinta años que le quedaban de vida.
El nuevo emperador, coronado en julio del 813, era León V,
el Armenio (por su lugar de nacimiento), y su reinado fue parecido al de León
III, al igual que su acceso al poder había sido similar. Mandó reforzar las
defensas de la ciudad contra el ejército búlgaro, que había rodeado las
entradas por tierra a la ciudad una semana después de su coronación.
Los sitiadores se encontraron, por supuesto, con que las
murallas eran insuperables para ellos. León dirigió correrías fuera de
Constantinopla y éstas hicieron retroceder a los búlgaros, provocando entre
ellos una carnicería considerable. León intentó incluso tener un encuentro con
Krum, durante el cual el jefe búlgaro sería asesinado a traición; pero su
proyecto fracasó.
Finalmente Krum se vio obligado a retirarse y al año
siguiente murió. Este hecho quitó fuerzas a los búlgaros. León derrotó al hijo
y sucesor de Krum en una violenta batalla en el 817, y se firmó la paz. A
partir de entonces, los búlgaros se contentaron con someter el norte y el oeste
(la Rumania y la Hungría modernas). Crearon un reino considerable que ocupaba
el espacio entre los imperios franco y bizantino.
En el interior, León V fue también otro León III. El nuevo
León procedía también de Asia Menor y era favorable a la iconoclastia. Pero los
tiempos habían cambiado, y no podía ir demasiado lejos. Convocó un concilio
eclesiástico en Hagia Sofía, y volvió a establecer un tipo modificado y menos
rígido de iconoclastia que no obstante, provocó la ira desatada de Teodoro
Studita, quien fue rápidamente enviado al exilio por tercera vez.
León tenía un antiguo compañero en armas, Miguel el
Amoriano (el nombre le venía de haber nacido en la ciudad de Amorium, situada
en el centro de Asia Menor). Siendo emperador, León descubrió que era menos
fácil tener amigos, y empezó a sospechar de Miguel. Posiblemente sus sospechas
tenían fundamento, puesto que los monjes estaban organizando conspiraciones por
todas partes.
León decidió que su antiguo amigo Miguel era culpable de
traición, y mandó que le detuvieran y le ejecutaran. Fue la señal para actuar,
ya que Miguel podía revelar otros nombres, y los conspiradores no se atrevían a
esperar que eso ocurriera. El día de Navidad del 820, mientras León V dirigía
el canto en los servicios de la capilla palaciega, se lanzaron sobre él. El
emperador levantó una pesada cruz para defenderse, pero le superaban con mucho
en número y le redujeron. Miguel fue sacado de su celda, todavía encadenado, y
aclamado emperador con el nombre de Miguel II. Un defecto en su habla le
mereció el apelativo de Miguel el Tartamudo.
Una vez más, el imperio sufrió un reinado débil, y el
cascanueces búlgaro-árabe se puso en movimiento. Las incursiones búlgaras
empeoraron en el norte; y los bizantinos sufrieron una derrota desastrosa
contra el Islam en el mar. Para comenzar, el imperio se vio afectado por una
insurrección en España, que desde luego parecía estar lo bastante lejos como
para no preocupar a los gobernantes de Constantinopla. Pero no fue así. Los
desordenes contra los nuevos impuestos agitaron Córdoba, la capital de la España
musulmana, y las severas medidas de represión provocaron cientos de muertos y
muchos miles de exiliados.
Unos 15.000 musulmanes españoles partieron por mar hacia
el este, cruzaron el Mediterráneo y se establecieron en Alejandría, en Egipto.
Allí se asentaron; y durante años fueron gentes ingobernables y de imposible
integración, hasta que el gobernador egipcio les sobornó con una gran cantidad
de dinero, y les indicó que se sentirían mucho mejor en un país que fuera de
verdad suyo y que podrían arrancar al Imperio Bizantino (era el viejo sistema
de los bizantinos de pagar y señalar a otro lado, dirigido ahora contra ellos).
En el 826, los moros invadieron Creta, se apoderaron de la
isla tras una débil resistencia y la convirtieron en una nación islámica
independiente. Edificaron una nueva capital llamada Chandax, y con el tiempo la
isla fue llamada por su nombre italiano de Candia.
Sometida al gobierno islámico, Creta se convirtió en un
nido de piratas que atacaban el comercio mediterráneo e iniciaron una tradición
de piratería islámica que no desaparecería durante más de mil años. Estos
acontecimientos significaron mucho más que la pérdida de una isla para el
imperio. Durante un período, éste perdió el dominio del mar y sus costas
quedaron expuestas a la depredación y el saqueo.
Otra gran pérdida se produjo más al oeste, en Italia. En
el 827 el comandante naval bizantino Eufemio se sublevó contra el emperador. Le
pareció una genial idea pedir ayuda a una fuerza exterior para luchar a favor
de su causa. Esta misma idea genial se le ha ocurrido a los participantes en
guerras civiles innumerables ocasiones a lo largo de la historia, y ha
terminado casi siempre en una catástrofe, puesto que aquellas a quienes se ha
pedido su intervención se quedan invariablemente con el poder. De las lecciones
que nos ha dado la historia, ésta parece la más clara, y la más frecuentemente
olvidada.
En el caso de Eufemio, la fuerza exterior eran los
aglabidos, una tribu que dominaba lo que es ahora Túnez y Libia, y que se
estaba independizando del califato Abasida. Los aglabidos enviaron una fuerza a
Sicilia en el 827 e inmediatamente empezaron a luchar por su propia cuenta.
Mataron a Eufemio en el 828 y tomaron Palermo en el 831. Ya disponían de una
firme posición en la gran isla, que poco a poco fueron aumentando. Los
bizantinos se defendieron tenazmente, manteniéndose con resolución en las menguantes
zonas costeras. La tendencia occidental a considerar al Imperio Bizantino como
decadente hace que resulte demasiado fácil pasar por alto esta tenaz defensa de
Sicilia. El «decadente» imperio resistió durante un siglo y cuarto antes de ser
expulsado de la isla.
Sin embargo, la invasión de Sicilia no tuvo que esperar
hasta su triunfo final para convertirse en un desastre, tanto para Europa
occidental como para los Bizantinos. Usando Sicilia como base, los
expedicionarios islámicos establecieron posiciones temporales en Italia y
obligaron a Roma a pagar tributo.
El patriarca y el papa
Miguel el Tartamudo intentó reforzar su posición con un
acto simbólico. Después de la muerte de su mujer, hizo salir de un monasterio a
una mujer llamada Eufrosina, hija de Constantino VI, el emperador que había
sido cegado por su madre Irene unos treinta años antes. Miguel se casó con
ella, y de esta manera se alió con la dinastía Isaúrica.
No tuvo mucha significación, puesto que no tuvieron hijos.
Cuando murió Miguel en el 829, su hijo Teófilo, de su primera mujer, pudo, sin
embargo, considerarse miembro por adopción de la dinastía Isaúrica. Podía haber
tenido alguna influencia en la menguante porción iconoclasta de la población,
pero no le sirvió de nada con los monjes.
Pero tampoco esperaba nada de éstos. Teófilo fue el
emperador iconoclasta más declarado desde la muerte de León IV, medio siglo
antes. En el 832, Teófilo promulgó un edicto que convirtió en ilegal el culto
de los íconos, y por última vez, más de un siglo después de que León III
hubiera iniciado esa práctica, se intentó hacer más sencillo y austero el culto
bizantino.
Teófilo reorganizó también el sistema de temas, y lo
amplió incluso a Quersona, la distante avanzada imperial en las costas del
norte del mar Negro, donde Justiniano II había sido exiliado antaño. Hasta
entonces, Quersona había sido un fósil muerto desde hacía tiempo, porque era,
en cierta manera, la última de las ciudades-estado griegas. Aun siendo parte de
un tema, conservó una sombra de autogobierno que hacía de ella la más oscura de
las oscuras sombras en la antigua Grecia de doce siglos antes.
El reinado de Teófilo tuvo que enfrentarse con una larga
guerra contra el califato Abasida, en el curso de la cual consiguió algunas
victorias, pero que a la larga le valió el apelativo de Teófilo el
Desafortunado recogido en las crónicas. En el 836, una ofensiva bizantina
terminó brillantemente con el saqueo y destrucción del lugar de nacimiento del
califa. El califa reaccionó furiosamente ante esta pérdida de prestigio
preparando una gran expedición al Asia Menor en el 838, cuyo único propósito
era la captura y destrucción de Amorium, la ciudad de origen de la nueva
dinastía bizantina. En efecto, la ciudad fue tomada y destruida. No quedó ni un
edificio en pie, y murieron 30.000 habitantes. Teófilo nunca se recuperó del
golpe. Murió en el 842, dejando como sucesor un hijo de cuatro años que gobernó
con el nombre de Miguel III. Fue la esposa del difunto emperador y madre del
nuevo, Teodora, la que actuó como regente.
Una vez más la emperatriz, viuda de un emperador
iconoclasta, se dedicó a la tarea de restaurar los íconos. Pero Teodora no era
como Irene. Al igual que su difunto marido había sido moderado en su
iconoclastia, también ella fue moderada en su reacción. Intentó ganarse a los
iconoclastas en lugar de obligarles a cambiar, y por regla general tuvo éxito.
De una vez para siempre, los iconodulas triunfaron en el 843, y la iconoclastia
desapareció de la escena después de un siglo y cuarto de existencia.
En líneas generales, Teodora gobernó bien y se defendió
contra los abasidas en la guerra que continuaba en Asia Menor. Antes del 856,
sin embargo, su hijo tenía ya veinte años y estaba deseoso de gobernar por su
propia cuenta. Teodora no tenía más ganas que Irene de renunciar al gobierno,
pero su hermano Bardas organizó un golpe, se apoderó del control del gobierno,
y apartó a Teodora del poder. Esta dio su consentimiento, se retiró a un
convento, y al contrario de Irene, no hizo ningún intento de volver al poder.
Pasó la década final de su vida en paz, mientras que Bardas se convirtió en el
principal consejero de Miguel.
A pesar de las derrotas de los bizantinos en Asia Menor y
en Sicilia (donde, al comienzo del 859, los musulmanes completaron la conquista
del interior), el reinado de Miguel III vio como el imperio disfrutaba de un
renacimiento cultural. La pompa y el lujo aumentaron, y Miguel estableció el
esquema oficial de decoración de las iglesias bizantinas en el espléndido
oratorio que construyó dentro del palacio. También se reorganizó la Universidad
de Constantinopla, de forma que el profundo período de oscuridad desde los
tiempos de Heraclio comenzó a despejarse, y la cultura bizantina empezó a
difundirse hacia el exterior.
La difusión hacia el exterior provocó un serio conflicto
de nuevo con el papa. Mientras los iconoclastas habían tenido el poder y el
patriarca era un rompedor de imágenes, los iconodulas se habían callado en la
cuestión del dominio papal, y habían aceptado la ayuda del papa sin exagerar la
vieja discusión de quién era más importante, Roma o Constantinopla. Sin
embargo, una vez que los iconodulas consiguieron de nuevo el poder, la
discusión resurgió con fuerza. La disputa afectó incluso a la cuestión de la conversión
de los paganos.
El cristianismo había sido siempre una religión
proselitista, en parte por el vehemente deseo de que todos los hombres
reconocieran lo que los cristianos consideraban la verdad, y en parte porque la
conversión al cristianismo facilitaba el control político. Por lo tanto, la
conversión se convirtió en instrumento del imperialismo.
Esto ocurrió incluso en el primer siglo de la Roma
cristiana, cuando el imperio y Persia luchaba sin fin por el control de
Armenia. Una gran parte de Armenia era ya cristiana, y para favorecer y
extender este hecho, la Iglesia preparó una traducción de la Biblia al armenio.
Pero en esta época el cristianismo se había dividido
prácticamente en dos religiones rivales, una encabezada por el papa en Roma y
la otra por el patriarca de Constantinopla. Cada cual estaba ansioso por
convertir a los paganos en competencia con su rival, puesto que cada cual
aumentaría su poder si un grupo determinado de tribus rezaba en latín en lugar
de hacerlo en griego (o al contrarío), y reconocía la supremacía del papa (o la
del patriarca).
En cuanto a los bárbaros, tenían que ver qué rama de la
Iglesia era menos peligrosa para su seguridad. Así los eslavos moravos que
habitaban lo que hoy llamamos Checoslovaquia, consideraban a los germanos sus
enemigos principales, y al Imperio Bizantino un posible aliado contra ellos.
Por ello, pidieron al emperador que les enviara misioneros que les preparasen
para ingresar en la Iglesia oriental.
En el 862, se envió a dos griegos, Cirilo y Metodio a
convertir a los moravos. Emprendieron su labor con gran entusiasmo, inventando
un alfabeto para emplearlo en los idiomas eslavos. Todavía hoy se emplea el
alfabeto cirílico en ciertas naciones eslavas.
La Iglesia occidental se opuso enérgicamente a esta
actividad de los misioneros griegos más allá de la línea que se consideraba
como la separación entre Oriente y Occidente. El papa intentó con éxito
invalidar la maniobra patrocinando él mismo a los misioneros. Cirilo y Metodio
fueron llamados a Roma un par de veces, y el papa permitió que los eslavos
usaran su idioma nativo, en lugar del latín, en la liturgia.
De este modo, se pusieron los cimientos para la
subsiguiente absorción de los eslavos occidentales, no sólo en lo que hoy es
Checoslovaquia, sino también en lo que es hoy Croacia (el noroeste de
Yugoslavia), por la Iglesia occidental. En efecto, el papa fue más lejos. Los
búlgaros consideraban a los bizantinos sus enemigos, y por consiguiente
pidieron a su vez misioneros occidentales; y la Iglesia Romana aceptó. Se
enviaron misioneros occidentales a los búlgaros, y entonces llegó el turno del
clero bizantino para defenderse y ganar, porque, con el tiempo, los búlgaros se
convirtieron a los ritos de la Iglesia oriental.
Entretanto, el patriarcado estaba desgarrado por un cisma.
Ocupaba la sede patriarcal Ignacio, hijo del viejo Miguel I, que había
gobernado durante un breve espacio treinta años antes. Fue nombrado por
Teodora, la antigua reina madre, y se sospechaba que le gustaría verla de nuevo
en el poder. Por esta razón fue destituido, y en su lugar se elevó a Focio, un
sabio, al patriarcado. Este cambio no sentó bien en la Iglesia oriental, donde
apareció una prolongada controversia entre los partidarios de ambos.
En el 858, Nicolás I se convirtió en papa. Fue uno de los
papas más fuertes de principios de la Edad Media y un decidido defensor de la
doctrina de la supremacía papal. ¿Qué mejor forma de demostrar esta supremacía
que intervenir en la disputa sobre el patriarcado y establecer así su derecho a
tomar decisiones en la cuestión? Decidió intervenir como partidario de Ignacio,
y excomulgó a Focio.
En realidad, esto ayudó a Focio, que pudo aprovecharse del
nacionalismo bizantino, denunciando los esfuerzos del papa por establecer la
supremacía religiosa sobre los antiguos enemigos del imperio, los búlgaros.
Para fortalecer su posición anti-papal, inició una nueva controversia entre las
dos ramas de la Iglesia.
El Oriente y el Occidente llevaban casi cinco siglos de
disputas sobre lo que en esencia era la cuestión de la primacía. Apenas había
discusiones teológicas. Pero, entonces Focio sacó a relucir una cuestión que
con toda seguridad parecía casi increíblemente insignificante a cualquiera que
no fuera un teólogo (y, desde luego, a cualquiera que no fuera cristiano). Sin
embargo, creó un obstáculo insuperable entre las dos ramas.
La Iglesia oriental sostenía que el Espíritu Santo
procedía del Padre, y su juicio se basaba en las pruebas de la Escritura. La
Iglesia occidental, deseosa de aumentar la simetría y la belleza del concepto
de la Trinidad, sostenía que procedía tanto del Padre como del Hijo. En latín,
la palabra adicional que significa que procedía también del Hijo era
«filioque». La disputa que inició Focio fue la denuncia de esta palabra
añadida, y por eso se la conoce como la Controversia Filioque.
Ninguna de las dos partes estaba dispuesta a llegar a un
compromiso sobre la cuestión y de ahí vino un problema más que separó a Oriente
de Occidente. De hecho, nunca se ha resuelto la Controversia Filioque; sigue
siendo un punto de disputa todavía en nuestros días.
7
Emperadores y generales
Una nueva dinastía
Sin embargo, los diversos altibajos en los asuntos
bizantinos no preocupaban mucho al propio emperador. Miguel III era un joven
inestable que mereció el apodo de Miguel el Borracho en las crónicas
posteriores por ser bastante amigo de los placeres. Las realizaciones de su
reinado se debían más a su competente tío Bardas que a él. Lo que pasó fue que
Bardas era demasiado estricto y entregado al cumplimiento de su deber para
complacer a un emperador frívolo durante mucho tiempo.
Miguel se sentía atraído por un joven que trabajaba en los
establos en Constantinopla.
El joven se llamaba Basilio. Posiblemente su familia era
de origen armenio, pero él habla nacido en Macedonia (donde Filipo y Alejandro
Magno habían gobernado once siglos antes). Por esta razón se le conoce en la
historia por el nombre de Basilio el Macedonio. Era fuerte, atlético, guapo e
inculto (un tanto parecido al tío de Justiniano, Justino, tres siglos y medio
antes). Miguel se sentía muy atraído por él, y por eso le convirtió en un
compañero íntimo. Incluso recibió la orden de casarse con la amante del
emperador.
Esto le venía bien a Miguel, ya que daba a su amante la
condición social de mujer casada, pero en circunstancias que no le privaban de
su compañía. Más tarde, la amante tuvo un hijo, lo que ha dado pie a algunas
discusiones sobre si era hijo de Miguel o de Basilio. Tal vez ni siquiera ella
lo sabía, pero los historiadores han decidido que era hijo de Basilio. Cuando
Miguel se cansó de Bardas, Basilio animó a su imperial patrón a tomar medidas
rigurosas. En el 865, con el permiso de Miguel, Basilio asesinó a Bardas.
Miguel, estúpidamente, convirtió a Basilio en emperador asociado en el 866 y
pronto recibió la recompensa por sus acciones, porque en el 867 Basilio le hizo
asesinar cuando estaba borracho. (Se han contado muchos chismes escandalosos de
Miguel, pero que empezaron a circular durante el reinado siguiente para difamar
su nombre y conseguir que la población bizantina aceptara, el hecho de que el
nuevo emperador (porque Basilio ascendió al trono como Basilio I) era el
asesino del antiguo.)
Con el asesinato de Miguel III, la dinastía amoriana llegó
a su fin. La formaron sólo tres emperadores, y duró algo más de medio siglo. Se
podría pensar que, con semejante comienzo, el nuevo emperador sería un fracaso
total, pero no fue así. La recuperación bizantina continuó bajo su gobierno y
demostró ser un emperador prudente. De hecho, fue el primero de la mayor
dinastía del imperio: la macedonia.
Basilio I era hombre frugal y buscó administradores
honrados. Bajo su patrocinio se revisó una vez más el Código de Justiniano, en
un gigantesco proyecto que no llegó a completar hasta mucho después de su
muerte. Resúmenes preliminares del código se tradujeron a los idiomas eslavos y
ello ejerció influencia a la larga sobre el derecho eslavo, incluido el derecho
ruso.
Basilio pudo reforzar los puestos fronterizos del imperio,
porque a ambos lados los grandes imperios enemigos se estaban fragmentando. El
califato abasida iba haciéndose pedazos lentamente a medida que las provincias
lejanas se hacían independientes y que los califas se recluían cada vez más en
sus harenes. El Imperio Franco también se había fragmentado, y Basilio pudo
ampliar el dominio bizantino en el sur de Italia a expensas de aquél.
Luchó contra la amenaza de los piratas que estaban
haciendo del mar Mediterráneo una tierra de nadie, gracias a la base cretense
que poseían, e incluso acarició la esperanza de recuperar Sicilia. Durante
algún tiempo, las cosas parecían ir bien en la isla occidental. Desembarcaron
tropas imperiales en Sicilia e hicieron algunos avances; pero después se
produjo un cambio de suerte, y en el 878, las fuerzas islámicas tomaron la gran
ciudad de Siracusa. Este acontecimiento disminuyó las posibilidades de recuperación,
pero los bizantinos se siguieron agarrando con furor a unos cuantos lugares de
la costa.
Basilio, puestos los ojos en la expansión hacia el oeste,
hizo lo que pudo para cerrar la brecha con Roma. Destituyó a Focio como
patriarca, y repuso a Ignacio. Una vez muerto Ignacio, repuso a Focio de nuevo,
pero no le permitió tomar posiciones extremas contra Roma.
Los papas romanos de los tiempos de Basilio eran
personalidades mucho más débiles de lo que había sido Nicolás I, y además,
estaban despavoridos, por las afortunadas incursiones islámicas contra su
ciudad. Así que en el 879 el papa Juan VIII, consciente de su propia
incapacidad de defenderse de las fuerzas islámicas en Italia central, y al
comparar esta situación con la eficacia con que los bizantinos les habían
echado de la parte sur, consintió en reconocer a Focio como patriarca. La
división entre las dos iglesias se palió de este modo; pero no se curó, puesto
que no hubo conciliación en cuanto a la palabra clave: «filioque».
También se produjo en tiempos de Basilio el fracasado
intento occidental de convertir a los búlgaros al cristianismo occidental. Los
búlgaros aceptaron la versión oriental y se han mantenido fieles a ella hasta
el presente.
Basilio I murió en el 886 como resultado de un accidente
de caza. Un venado furioso enganchó sus astas en el cinturón de Basilio y,
antes de que se pudiera librar al emperador, lo había arrastrado dieciséis
millas (según una historia sin duda exagerada), y había recibido heridas
mortales.
Su hijo le sucedió con pasmosa facilidad con el nombre de
León VI, ya que el pueblo bizantino se había acostumbrado a las dinastías. Era
evidente que la prosperidad era mayor que nunca y el imperio más fuerte cuando
el trono pasaba pacíficamente de padre a hijo (sobre todo, cuando ambos eran
capaces, como ocurrió con León III y Constantino V). También era evidente que
en el interregno entre dinastías, cuando el imperio pasaba de una mano ávida a
otra, existía anarquía en el interior y debilidad en las fronteras.
Cuando Basilio I ascendió al trono, se había difundido la
idea de la legitimidad. Según esta idea, el trono debía pasar de padre a hijo
o, si no había un hijo, al pariente, más cercano con arreglo a algún sistema
aceptado. El sistema de legitimidad erradicó la elección del monarca por el
pueblo o por un pequeño grupo de notables que podían decidir la sucesión. En
lugar de esto, la elección procedía de Dios, porque era Dios quien decretaba
quién iba a ser el hijo o pariente más cercano de cualquiera.
La idea de la legitimidad trajo como resultado casi
inevitable, más tarde o más temprano, la idea del derecho divino de los reyes.
Según ella, un monarca sólo era responsable ante Dios, que le había elegido
para su papel, y no ante ninguno de sus súbditos que no tenían ni podían tener
opinión alguna en su elección (al menos en teoría). El hijo de Basilio, León
VI, recibió una educación más esmerada que la mayoría de los príncipes, y su
maestro fue nada menos que el patriarca Focio. El nuevo emperador se consideraba
sobre todo un erudito. Escribió sobre diversos asuntos, desde tratados
militares hasta poesía, además de unos cuantos sermones. Siempre existe la
tentación de suponer que el monarca pudo tener a su servicio a un «negro» que
escribía sus obras, y algunos historiadores sospechan que León no era tan
estudioso como se creía. Pero, por otra parte, es perfectamente posible que un
emperador aislado tenga talento literario. En todo caso, al emperador se le
conoce en la historia por el nombre de León el Sabio, o León el Filósofo.
León no mostró ningún cariño especial por Focio, pero es
lógico que el mentor riguroso no se haga querer por su pupilo. Una de las
primeras acciones de León fue, por lo tanto, destituir de nuevo a Focio del
patriarcado y sustituirle por alguien que posibilitara la unión con Roma (pero
como no se había resuelto la Controversia Filioque, poco se podía hacer). Esta
vez la destitución de Focio fue definitiva, y el anciano pasó sus últimos años
en un monasterio donde murió en el 891.
La mayor aportación de Focio a la historia, aparte de la
disputa religiosa entre Oriente y Occidente, es su erudición clásica. Recopiló
una voluminosa colección de extractos de la literatura griega acompañados por
sus propias sinopsis. Habitualmente un trabajo así, derivado y de segunda mano,
hubiera sido descartado por los eruditos serios como simple popularización e
indigna de notoriedad en comparación con los originales, base de los extractos.
Sucede así cuando el original no ha desaparecido. En este caso, muchos ya no
existían. El popurrí popularizado de Focio es todo lo que nos queda de muchas
obras. Por tanto, tiene gran valor.
Durante el gobierno de León se concluyó la revisión del
código jurídico, iniciada por Basilio I. Era una obra increíblemente detallada
en sesenta tomos. Con ella desapareció el último vestigio de autoridad del
Senado, tal como era de esperar cuando la sucesión monárquica se inspiraba en
el principio de legitimidad. El poder del emperador era ya, en teoría,
absoluto, sin las limitaciones de un organismo consultivo.
Sin duda, el poder absoluto de cualquier monarca sólo
alcanza normalmente hasta donde pueden llegar su ejército y su marina, y
durante el reinado de León el imperio sufrió una humillación particularmente
severa. El intento de Basilio de liquidar la piratería marítima había
fracasado, y casi como si fuera una respuesta, los piratas se hicieron más
osados. Los corsarios islámicos navegaban impunemente por el mar Egeo, el
corazón del imperio bizantino. Un corsario especialmente atrevido, León de
Trípoli, navegó hacia el norte a través de todo el Egeo en el 904, y cayó como
un rayo sobre la confiada ciudad de Tesalónica. Consiguió coger 20.000
prisioneros que llevó a los mercados de esclavos del Islam.
León VI reforzó su flota como resultado de esta costosa
lección y pudo echar a los piratas del Egeo. Intentó hacer más cosas, pero
fracasó al igual que Basilio. En el 911, León de Trípoli derrotó a la flota
bizantina en pleno Mediterráneo.
Los bárbaros del Norte
Un peligro todavía más serio amenazaba por tierra. Los
búlgaros, después de casi un siglo de paz tras la muerte de Krum, empezaron a
dar señales de vida. Los bizantinos pudieron llevarse un gran disgusto porque
los búlgaros ya no eran unos bárbaros paganos. Se habían hecho cristianos y de
la variedad oriental. El rey búlgaro Boris I sentía una natural inclinación
hacia la vida religiosa, y aceptó el cristianismo en el 865.
Nada menos que el emperador Miguel III fue su padrino.
Además, Boris se cuidó de que al convertirse él al cristianismo, todo el país
se convirtiera con él. Le gustara o no (y a muchos nobles búlgaros, sin duda,
no les gustaba), todo el mundo fue bautizado.
La cuestión que se planteó fue cómo iba a afectar el
cristianismo a la existencia nacional de Bulgaria, Boris quería aceptar la
religión del gran enemigo del sur sin tener que aceptar su dominio político, y,
por lo tanto, pidió una iglesia independiente con su propio patriarca.
Constantinopla se negó, y por ello Boris recurrió tranquilamente a Roma.
El papa Nicolás I le prometió un patriarca propio, pero,
por una razón o por otra, nunca encontró oportunidad de nombrarle. Boris,
ofendido, se volvió de nuevo hacia Constantinopla, y en el 870 hizo su elección
final. Su elección fue definitiva, porque aún hoy, once siglos más tarde, los
búlgaros son fieles todavía a los ritos orientales.
Antes del 889, Boris consideró que había cumplido su
tarea. Bulgaria se había acostumbrado al cristianismo y al ritual establecido,
tal como lo definiera el propio Boris. El monarca, que se estaba haciendo
viejo, decidió abdicar y entró en un monasterio, dejando como sustituto a su
hijo mayor, Vladimiro. Pero Vladimiro era un tipo disoluto que estaba resentido
con su padre. Buscó apoyó de los sectores anti-Boris y anti-cristianos de la
nobleza. Rápidamente empezó a deshacer lo hecho durante el reinado anterior.
Pero, al hacerlo, cometió un error. Se olvidó de que su padre estaba
simplemente retirado, y no muerto.
Hacía el 893, el monarca retirado no pudo aguantar más a
su hijo. Salió como un rayo del monasterio y reasumió sus poderes. La nación se
le unió, castigó a los nobles que se le habían opuesto, e incluso a su hijo, a
quien mandó cegar y destituir. Organizó de nuevo la Iglesia y su liturgia, y
estableció su capital en una nueva ciudad donde posiblemente había menos
recuerdos de las antiguas tradiciones. Después colocó a otro hijo, Simeón, en
el trono y una vez más se retiró a su monasterio. Boris vivió aún otra década,
hasta morir en el 903. No había peligro de que Simeón intentara volver atrás
las manecillas del reloj religioso: de hecho, había recibido una educación
cristiana en la propia Constantinopla.
Sería difícil culpar a los bizantinos por sentir, viendo
los acontecimientos desde lejos, una interesada satisfacción ante el desarrollo
de los acontecimientos. Sus antiguos enemigos, los búlgaros, ya no eran paganos
sino cristianos, y del rito oriental. Además, su nuevo rey era de educación
bizantina y presumiblemente, por lo tanto, sus simpatías irían hacia Bizancio.
Pero aun así, un cristiano podía aspirar a tomar y gobernar Constantinopla
igual que un pagano. Simeón llevaba consigo el recuerdo preciso de las glorias
y riquezas de Constantinopla, y quería ser su emperador. En realidad, las
hostilidades fueron producto de una disputa comercial aparecida en el 894, pero
no habrían desembocado en una guerra si a Simeón no le hubiera movido una
ambición sin límites.
Casi inmediatamente, el ejército bizantino sufrió una
derrota, y al mismo tiempo en Constantinopla empezaron a pensar en echar más
leña al fuego. No dudaron en pedir la ayuda de otros bárbaros (todavía paganos)
para que atacaran a los búlgaros cristianos por la retaguardia. Era fácil
encontrar los hombres necesarios en las tribus de las regiones del norte del
mar Negro.
Los kazaros, que habían desempeñado un papel en la
historia bizantina anterior y cuya alianza había sido útil durante las crisis
precedentes con los persas y los árabes, mantenían todavía su dominio en
aquellas regiones, pero su fuerza se estaba acabando. Alrededor del 740, gran
parte de ellos se habían convertido al judaísmo, acontecimiento insólito porque
la conversión habitual entre los hombres de las tribus nómadas era al
cristianismo o al Islam. Al diferenciarse de este modo contribuyeron, posiblemente,
a su propia desaparición aislándose de los bizantinos.
Tributario de los kazaros era un grupo de tribus
denominadas On-Ogurs (que significa «diez flechas»). La palabra se convirtió en
Ugrianos para los pueblos fronterizos y, mediante una deformación ulterior, en
Húngaros. Algunas de las tribus ugrianas se llamaban a si mismas magiares en su
idioma, y se las conoce más por este nombre, al menos durante su historia
primitiva.
En los momentos en que los kazaros se convertían al
judaísmo, empezó a llegar también un nuevo grupo de nómadas procedente de Asia
central, una tribu o tribus turcas llamadas pechenegos o patzinaks. Las
presiones de los pechenegos empujaron a los magiares hacia el oeste y los
kazaros hacia el sur. Los magiares llegaron muy cerca de las fronteras de los
búlgaros, y justo detrás de ellos se encontraban los pechenegos.
Esta era la situación cuando Simeón comenzó a presionar a
los bizantinos, y León VI siguió la política natural de aliarse con el poder
que estaba en la retaguardia del enemigo. Pidió ayuda a los magiares, y
enseguida Simeón se encontró atacado por detrás. Por consiguiente, Simeón
siguió el ejemplo bizantino y se alió con los pechenegos, de manera que a los
magiares les tocó a su vez sufrir ataques en la retaguardia.
Fue una contienda general en la que los perdedores
inmediatos fueron los magiares. Les empujaron de nuevo hacia el oeste. Pero en
su fuga de los pechenegos, invadieron las regiones septentrionales del Danubio
que estaban sometidas a un impreciso protectorado de los búlgaros. Los búlgaros
nunca recuperaron aquellas tierras, que hasta hoy siguen formando una nación al
sur del Danubio. Fue un golpe duro para los búlgaros y Simeón consintió de mala
gana en firmar la paz con el imperio en el 897, aunque a cambio cobró al
emperador un considerable tributo anual.
Los magiares después de su huida, se encontraron en las
llanuras del Danubio medio, que les gustaron, y que cuatro siglos antes habían
sido centro del imperio Huno. Fue esta coincidencia la que facilitó la
conversión de Ugrio a Húngaro; la primera sílaba era inevitable.
Más de medio siglo después, las tribus ugrias se lanzaron
despiadadamente sobre Germania y redujeron a los germánicos a tal estado de
pánico, que se cree que la palabra «ogro», que denomina a un monstruo
antropófago, tuvo su origen en el nombre de estos invasores. No obstante, los
magiares fueron por fin derrotados, y se asentaron hasta convertirse en la
nación que llamamos Hungría pero que los húngaros todavía llaman Magyarorszag,
o «tierra de los magiares».
Entretanto, otro pueblo más cobraba importancia en la zona
norte del mar Negro. Era el de los eslavos, que habitaban las vastas llanuras
de Europa oriental, pero que habitualmente no podían tener acceso al mar Negro
debido a las tribus nómadas (kazares, magiares y pechenegos) que vivían en las
costas septentrionales de este mar.
Los eslavos se filtraron hacia el sur como comerciantes,
bajando por los grandes ríos de las llanuras de Europa oriental. En el 865, las
naves eslavas bajaron navegando el río Dnieper para entrar en el mar Negro, y
luego cruzar hacia Constantinopla. El ejército bizantino estaba en campaña en
Asia Menor, y la flota estaba anclada fuera de Sicilia, por lo que cogieron a
Constantinopla por sorpresa.
Los salvajes eslavos saquearon la campiña, pasaron
arrasando por los suburbios hasta las murallas de Constantinopla, y allí
acamparon. Los habitantes de Constantinopla, asombrados por el número y la
barbarie de los eslavos, estaban al borde del pánico.
Ante la situación de urgencia, los jefes bizantinos
utilizaron el manto de la Virgen María, protectora de la ciudad. Lo llevaron a
lo largo de las murallas de Constantinopla y lo exhibieron ante los defensores
de todos los sectores. La estrategia dio resultado. Los defensores de la ciudad
se sintieron alentados, y su moral subió. En cuanto a los rudos guerreros
eslavos, lo único que sabían es que unos sacerdotes con vestimentas
impresionantes se dedicaban a hacer alguna poderosa magia por las murallas. Cuando
las primeras unidades del ejército y la marina bizantinas comenzaron a volver
en gran cantidad a Constantinopla, los eslavos asustados escaparon tan rápido
como pudieron. Muchos fueron apresados y obligados a servir en las fuerzas
armadas bizantinas.
Pero mientras esto ocurría, se estaba efectuando un vasto
cambio en la zona oriental de Eslavonia. Muy al norte, las tribus suecas que
tenían por jefe a Rurik se habían hecho con la ciudad septentrional de Novgorod
en el 862. Los miembros de estas tribus se llamaban Varegos (que significa
posiblemente «hombres juramentados», es decir, un grupo que se jura una lealtad
mutua). También se llamaban a sí mismos Rus, y con el tiempo el nombre se
aplicó a las llanuras orientales. Era la tierra que nosotros llamamos Rusia, y
los eslavos que sitiaron Constantinopla en el 865 eran los antecesores de los
que hoy llamamos rusos (aquel cerco fue el primer acto notable de presencia del
pueblo ruso en el escenario de la historia).
Rurik fue el fundador de la primera familia real rusa; una
estirpe enérgica bajo la cual los eslavos orientales tuvieron su primer período
de expansión. Un miembro más joven de la familia era Oleg. Después de la muerte
de Rurik, alrededor del 879, dirigió varias incursiones por el Danubio, tomó la
ciudad de Smolensko, y estableció finalmente su capital en Kiev. Durante más de
tres siglos, Kiev fue la ciudad más importante de las tierras rusas y la
principal capital de los varegos.
Oleg derrotó a los kazaros y se abrió paso por la fuerza
hacia el mar Negro. Allí, en el 907, dirigió una segunda expedición naval rusa
contra Constantinopla, mejor organizada que la primera, cuarenta años antes. No
existía ninguna posibilidad de que pudiera tomar la ciudad, pero los bizantinos
que habían sido hostigados por los búlgaros no estaban en condiciones de
enfrentarse con un nuevo enemigo. El emperador llegó a un acuerdo sobre un
tratado comercial, según el cual los rusos disfrutarían de protección legal en
la capital. Así, pues, a León VI le bastaban y le sobraban los enemigos. Los
pueblos del norte parecían dedicados a una danza complicada, mientras las naves
musulmanas hacían correrías por el Egeo.
Para colmo, León VI tenía problemas internos complicados
por el amor y el matrimonio. Las costumbres bizantinas en cuanto al matrimonio
eran bastante flexibles. Teniendo en cuenta lo fácil que era morirse durante el
alumbramiento, a menudo un hombre se casaba con muchas mujeres, una tras otra.
La Iglesia, cuyo ideal era un sólo matrimonio por toda la vida, hacía
continuamente lo que podía para prohibir los matrimonios repetidos, aun cuando
no significaran ni poligamia ni divorcio.
A principios de su reinado, León se mostró de acuerdo con
esto. Se prohibió tajantemente llegar a cuatro matrimonios, y aunque no se
proscribía un tercer matrimonio, estaba mal visto. Pero León se arrepintió. Su
padre, Basilio, le había obligado a tomar la primera mujer. Vinieron después
una segunda y una tercera. Pero ninguna le dio el hijo que ansiaba
desesperadamente. Y por si esto era poco, su joven y hermosa amante, Zoe, dio a
luz a un hijo.
Para legitimar a este hijo y asegurarse que heredaría el
trono imperial, León quiso casarse con Zoe, pero la Iglesia, escandalizada,
prohibió terminantemente un cuarto matrimonio. León pidió al patriarca Nicolás
Mysticus que al menos bautizara al hijo y le legitimara sin el matrimonio. El
patriarca consintió en ello, a condición de que León renunciara por completo a
su amante. León aceptó la condición. El bebé fue bautizado y se le impuso el
nombre de Constantino y tres días más tarde León, con toda tranquilidad, se
casó con Zoe. El patriarca Nicolás se puso furioso y castigó al sacerdote que
se había dejado amedrentar para celebrar el matrimonio. León envió al patriarca
al exilio. Después de todo, el emperador era el que mandaba.
El nacimiento de este peculiar joven príncipe, hijo del
emperador reinante, se recuerda por su nombre, y esta historia empieza con un
tinte. En la antigüedad se conocían pocos tintes resistentes al sol y al agua y
que tuvieran colores vivos. Uno de ellos era un tinte de rojo-púrpura que se
obtenía de cierto marisco del Mediterráneo. Durante siglos, la ciudad de Tiro
tuvo el monopolio de su manufactura, y las telas teñidas que se producían allí
se vendían a unos precios fabulosos. La prosperidad de esta ciudad se basaba en
este proceso secreto. En efecto, la misma palabra «fenicio» aplicada a la gente
de Tiro y sus ciudades hermanas por los griegos, tiene su raíz en la palabra
griega que significa «rojo sangre» y se puede aplicar a este tinte.
La popularidad del tinte continuó durante los tiempos
bizantinos, cuando los edictos limitaban su uso a la casa imperial, como una
manera de crear una clara distinción social entre el emperador y sus súbditos.
El tinte y el emperador estaban tan estrechamente ligados que se hablaba de la
«púrpura» cuando se quería hablar de la casa gobernante.
El palacio bizantino tenía una habitación especial
decorada con tapicerías teñidas de púrpura real, una habitación diseñada
especialmente para el uso de la emperatriz cuando estaba embarazada. A veces
ocurría que ésta efectivamente daba a luz a su hijo en esa habitación y, si era
así, el hijo era «porphyrogenitos» o «nacido en la púrpura». La amante de León,
Zoe, dio a luz a su hijo en esta habitación, y ese hijo es conocido en la
historia como Constantino Porfirogéneta.
Nacido en la púrpura
Cuando murió León VI, en el 912 su hijo tenía sólo seis
años. El principio de la legitimidad era ya lo bastante fuerte entonces como
para garantizar la fácil sucesión del niño; pero, legítimo o no, un niño de
seis años no puede gobernar. Alguien tiene que hacer de regente, y la persona
más lógica era el hermano menor del emperador anterior, si lo tenía.
León tenía un hermano menor que asumió la regencia en
nombre de su sobrino. Con otro sistema de gobierno, podía haber cedido a la
tentación de deshacerse del niño y asumir para él mismo el cargo de emperador.
Pero no era necesario. La tradición romana permitía la existencia de
emperadores asociados, de forma que el regente se atribuyó simplemente las
prerrogativas imperiales, y se le incluye normalmente en la lista de
emperadores bizantinos como Alejandro II.
Alejandro comenzó por cambiar las directrices del reinado
anterior. Exilió a la madre del joven emperador, Zoe, e hizo volver a su
enemigo, el patriarca Nicolás. También dio la orden de suspender el pago de
tributo que desde unos quince años antes se pagaba a Simeón de Bulgaria.
Fue una decisión completamente equivocada, puesto que
Alejandro no era capaz de enfrentarse al ataque militar del norte que
lógicamente se produciría. A pesar de haber perdido las provincias del norte
ante los magiares, Simeón consiguió fortalecer y consolidar lo que quedaba de
su reino en los doce años anteriores, y tenía más fuerza que nunca. Su capital,
Preslav (a 150 millas al noroeste de Constantinopla), se había convertido en
una ciudad bastante considerable e impresionante, y el rey se consideraba a sí
mismo como Simeón el Grande, nombre con el cual pasó a la historia.
Simeón partió enseguida hacia el sureste y llegó a las
murallas de Constantinopla. Alejandro no vivió para conocer el precio de su
alocada empresa, ya que murió a mediados del 913, poco más de un año después de
la muerte de su hermano. Ahora, el joven Constantino Nacido-en-la-Púrpura
gobernaba solo, y el patriarca Nicolás, encargado de la defensa, sólo podía
ofrecer a Simeón humildes palabras y lujosos regalos para convencerle de que se
marchara.
Simeón quería algo más. Consiguió la promesa de que el
emperador-niño, cuando llegara el momento, se casaría con una hija suya.
Posiblemente, el monarca búlgaro creyó que, como suegro del emperador bizantino
bien podía llegar a ser regente y emperador-asociado. El patriarca Nicolás se
hubiera doblegado ante este deseo, pero en aquel momento la madre del
emperador, Zoe, volvió de nuevo a la escena.
Alejandro había dejado una regencia compuesta por seis
hombres, cuyos intereses principales parecían ser intrigar unos contra otros
para conseguir el poder. Zoe, que había vuelto del destierro, se aprovechó de
las rivalidades de los regentes para que la admitieran en la camarilla de
notables. Gracias al prestigio de su posición como reina madre y a su enérgica
personalidad, consiguió fortalecer la ciudad para que se enfrentara
resueltamente con el enemigo. También pudo intimidar a Nicolás para que se callara,
aunque no intentó quitarle su cargo de patriarca. No era necesario, su
pusilanimidad frente a los búlgaros había destruido su prestigio en la ciudad.
En realidad, el ejército bizantino combatió muy mal y fue
derrotado por Simeón en el 917; pero Zoe disponía de sus armas secretas. Sus
agentes agitaron a los pechenegos que, desde su derrota por los magiares, se
habían convertido en los vecinos al noreste de los búlgaros. Los agentes
bizantinos incitaron también a los servios, unas tribus eslavas que ocupaban el
territorio al oeste de la Bulgaria propiamente dicha, pero que estaban
sometidos a los búlgaros.
El empuje de Simeón contra Constantinopla se debilitó por
su continua necesidad de defenderse de los pechenegos y de acabar con la
rebelión de los servios. Llegó ante Constantinopla cuatro veces en los diez
años posteriores al 913; pero si tenemos en cuenta las murallas de la ciudad,
la carencia de una flota y los disturbios interminables en su retaguardia, ni
siquiera existió la más remota posibilidad de que pudiera tomar la ciudad.
La tenacidad bizantina, la característica más notable de
la larga historia imperial, se demostró con toda claridad. Ni siquiera mientras
el imperio luchaba desesperadamente contra Simeón, año tras año, abandonó el
sur de Italia, pese a grandes dificultades. Las fuerzas islámicas, con base en
Sicilia, llevaban ya ochenta años haciendo incursiones y saqueando Italia. Roma
misma había sentido la punzada del acero islámico y tenía que pagar tributo. El
papado estaba en decadencia en ese siglo, y la mayoría de los papas eran poco
más que títeres de la disoluta aristocracia romana. Sin embargo, uno de ellos,
Juan X, consiguió reunir a varios nobles romanos a su lado y actuó. Por primera
vez en la historia, un papa llevó a un ejército a la batalla.
Una vez más un enemigo exterior obligó a Oriente y
Occidente a unirse. Las tropas bizantinas del sur se unieron al papa y un
ejército cristiano se encontró con las fuerzas islámicas en el 916 en las
orillas del río Garigliano, a unas cien millas al sureste de Roma. Los
cristianos consiguieron una victoria total, y el dominio islámico en Italia
desapareció para siempre. Es cierto que Sicilia continuó siendo islámica
durante otro siglo y cuarto, pero las provincias bizantinas en Italia pudieron
respirar con más libertad durante algún tiempo, y también los papas.
Pero la victoria en Italia no fue de ningún modo
suficiente para contrarrestar la triste situación interior. Era más evidente
que nunca que el gobierno de Zoe y el consejo de regentes era insuficiente para
hacer algo más que mantener a raya a los búlgaros, y eso a duras penas. Se
gastaba demasiado tiempo en disputas internas cuando lo que hacía falta eran
decisiones rápidas. Los bizantinos estaban deseando recibir a cualquier hombre
fuerte que pudiera ofrecer al gobierno una dirección unificada y un control
estable.
El hombre del momento fue Romano Lecapeno, que había
nacido en una familia armenia de campesinos. Se había alistado en la marina
bizantina como marinero, e hizo méritos hasta llegar a almirante de la flota.
En el 919 decidió que el estado de opinión era más que favorable para permitir
un golpe de estado. Partió con sus naves desde la desembocadura del Danubio
(donde estaban ancladas para luchar contra los búlgaros) hacia Constantinopla.
La ciudad le recibió con un alegre alivio y los regentes dimitieron. Romano
asumió el mando y la primera cosa que hizo fue enviar a la reina madre Zoe a un
convento.
Luego se cuidó de su propia posición. Hizo que Constantino
VII (todavía tenía sólo doce años) se casara con Helena, su hija. Esta boda
convirtió al almirante en suegro del emperador. Esperó un año para que el
pueblo bizantino se acostumbrara a su poder junto al del emperador, y luego se
proclamó emperador-asociado. Se inició así un período que duraría más de medio
siglo, durante el cual los emperadores legítimos fueron títeres que permanecían
en segundo término, mientras los militares convertidos en emperadores asociados
eran quienes gobernaban realmente. Afortunadamente, los militares eran hombres
capaces.
En cuanto a Constantino VII, no tenemos indicios de que le
molestara en absoluto permanecer en segundo término. Era un individuo
aficionado a los libros, que durante un largo reinado de casi medio siglo tuvo
oportunidad de disfrutar de todas las ceremonias que rodeaban al emperador (que
le gustaban mucho) sin ninguna de las responsabilidades de éste.
Heredó el interés de su padre por la literatura y el arte.
Fomentó el estudio, y él mismo escribió libros, entre ellos una geografía y una
historia del imperio, una biografía de su abuelo Basilio I, y un pequeño libro
sobre política exterior para su hijo. También escribió, con gran esmero, una
monografía sobre las costumbres y los ceremoniales de la Iglesia y la Corte.
Esta preocupación por el ritual fue el mayor interés de su vida.
Entretanto, Romano Lecapeno (o Romano I, para emplear el
título imperial), a pesar de tener cincuenta años cuando se hizo con el
gobierno, abordó los problemas del Estado con vigor. En el 924, se resolvió un
gran problema cuando la flota bizantina consiguió por fin derrotar a León de
Trípoli. Las incursiones piratas, aunque no desaparecieron por completo,
disminuyeron bastante.
Mucho más insólita fue la acción que emprendió Romano con
respecto a los búlgaros. Convocó lo que hoy llamamos una reunión en la cumbre,
y se entrevistó él mismo con Simeón para hablar de la paz. Simeón llevaba
treinta y un años gobernando a los búlgaros. Era un hombre viejo y cansado. En
todas sus guerras contra los bizantinos, había salido victorioso, porque casi
siempre derrotaba a sus ejércitos y se paseaba a su gusto por sus territorios;
pero de una forma u otra, nunca podía vencer realmente, puesto que
Constantinopla continuaba siendo inconquistable. Escuchó a Romano y decidió que
ya había tenido suficiente. En el 924, los búlgaros firmaron la paz.
No obstante, el año siguiente Simeón dejó bien claro que,
si no podía ser emperador de Bizancio, de todas formas iba a hacerse emperador
de algo. Adoptó el título imperial de césar que, en el idioma eslavo se
convirtió en zar. Por razones de formas, Romano I protestó por esta usurpación
de un título imperial, pero podemos sospechar que había dado su consentimiento
el año anterior como precio de la paz. Por su parte, el papa aceptó
inmediatamente el título búlgaro, sin duda para molestar a los bizantinos.
En el 927 murió Simeón, y su hijo Pedro asumió el gobierno
de Bulgaria. Era más apacible y más débil que su padre, y Romano no tuvo
dificultades para dominarle. Romano le reconoció como zar y se mostró de
acuerdo en dejar a la Iglesia búlgara bajo el gobierno de un patriarca propio.
Además, propició acuerdos para que una de sus nietas se casara con Pedro. El
resultado fue que durante el largo reinado de cuarenta y dos años de Pedro,
hubo paz con los bizantinos; fue una paz tanto más fácil de mantener porque los
búlgaros, de todos modos, tuvieron que enfrentarse con incursiones constantes
de los magiares y los pechenegos en el norte. De hecho, durante las décadas
centrales del siglo X, la existencia de Bulgaria resultó beneficiosa para los
bizantinos, porque funcionó como un escudo contra los bárbaros.
Desde luego, los rusos dieron algunos problemas. Después
de los acuerdos comerciales con Oleg, los rusos desempeñaron un papel cada vez
mayor. Siempre hubo presiones para hacer más favorables los acuerdos
comerciales, y por fin un intento para convertirlos en más favorables por la
fuerza. El motor de esta política fue Igor, el gran príncipe de Kiev, que había
sucedido a Oleg. Tiene un relevante papel en las antiguas crónicas rusas,
porque siempre estaba dispuesto a ir a la guerra, cosa que, según parece, tenía
más importancia que el hecho de que no triunfara nunca en las guerras
provocadas por él.
En el 941, una gran flota rusa cruzó el mar Negro por
primera vez para atacar a Constantinopla. Era la flota más grande de todas las
llegadas hasta entonces (algunas crónicas dan la cifra de 10.000 naves), y
sufrió una derrota formidable. Con el empleo del fuego griego, los bizantinos
destruyeron completamente aquellas naves.
Romano I, que había hecho las paces con Bulgaria y que
consiguió victorias en el mar y en Asia Menor, se esforzó por conseguir también
la tranquilidad interna. Pudo suavizar el malestar de la Iglesia por el cuarto
matrimonio de León VI. Se convocó una conferencia de la Iglesia, y se llegó al
acuerdo de que a partir de entonces se prohibían los matrimonios tercero y
cuarto; sin embargo, el caso de León VI fue aceptado como excepción.
Romano también trabajó para atenuar la intensidad de la
disputa con Roma, y una vez más se vivió un período de relativa paz entre los
dos centros principales de la cristiandad. En último lugar, hizo que se
promulgaran leyes para proteger a los pequeños granjeros contra la apropiación
de sus tierras por parte de los grandes terratenientes, después de una serie de
malas cosechas que llevaron al Imperio a un estado de verdadera hambruna en el
927.
En el 944, fueran cuales fueran los éxitos de Romano I, ya
era un hombre de cerca de 75 años, y sus hijos se habían hartado de esperar que
el viejo se muriera para poder llegar a ser emperadores (no consideraban que el
emperador legítimo, Constantino, fuera algo más que una nulidad). En
consecuencia, los hijos llevaron a cabo un golpe de palacio una noche,
penetrando en el dormitorio de su anciano padre con algunos hombres armados. Le
llevaron por la fuerza a una isla no muy lejos de Constantinopla, donde vivió
en una comunidad religiosa. Allí Romano I se convirtió, más bien contra su
voluntad, en monje, después de haber sido emperador durante veinticuatro años.
Pero de poco les sirvió a los hijos. Su colérica hermana
Elena, la mujer de Constantino VII, acusó a sus hermanos de proyectar también
el asesinato del emperador legítimo. Fuera o no verdad, tuvo el efecto deseado.
La horrorizada corte apresó a los hijos, y con gran prisa, les envió a la misma
isla donde ellos habían recluido a su padre. Allí estaba Romano para recibirles
con un amargo placer. Pero el viejo no recuperó el trono. Continuó viviendo en
la isla y murió siendo todavía monje en el 948. Constantino VII fue entonces
emperador solo y bastante maduro, ya que tenía treinta y nueve años. Pero
continuó en la sombra: fueron su mujer Elena, y los favoritos de ésta, los que
gobernaron realmente.
En los últimos años del reinado de Constantino se produjo
un interesante presagio del futuro. El príncipe Igor de Kiev rusa había muerto
y fue sucedido por su joven hijo, Sviatoslav. La viuda de Igor, Olga, ya reina
madre y regente, visitó Constantinopla con gran pompa en el 955.
Quedó profundamente impresionada por el espléndido ritual
que Constantino VII había elaborado con tanto cariño. Formaba parte de la
política del Estado utilizar la magnificencia como un instrumento con el que
deslumbrar e intimidar a los inexpertos bárbaros, y en este caso funcionó de
maravilla. Olga pidió el bautismo y según la leyenda, fue bautizada por el
propio patriarca (quizá esto sea una elaboración posterior; existen algunas
pruebas de que su conversión ocurrió en Kiev, donde ya había una colonia de
cristianos, y que su visita a Constantinopla fue una especie de peregrinación
cristiana).
Pese a que Olga fue una gobernante dura y despiadada (no
era la primera, ni tampoco la última de esta clase que Rusia iba a sufrir), la
leyenda de su conversión la rodeó de una especie de aureola, y más tarde fue
canonizada, convirtiéndose así en la primera santa de la rama rusa de la
Iglesia oriental. No obstante, su conversión no dio resultados inmediatos,
puesto que su hijo, el rey, siguió siendo pagano al igual que la nación.
Los generales en el trono
Constantino VII murió en el 959, y le sucedió su apuesto
hijo de veintiún años, quien, como le habían puesto el nombre de su abuelo,
gobernó como Romano II. Reinó con él su segunda mujer, Teófano, que procedía de
una familia humilde, pero era muy hermosa, y de la que se contaban toda clase
de chismes escandalosos.
Siempre resulta difícil saber hasta qué punto se puede uno
fiar de estos chismes. Un monarca de cuna humilde es siempre impopular con la
aristocracia, y cuando una emperatriz es la hija de un recaudador de impuestos,
se puede dar por seguro que circularán historias resentidas sobre ella, algunas
de las cuales pueden ser ciertas, sin duda. Algunos de los relatos sobre el
recuerdo histórico de Teófano dicen que ella incitó a su marido a que
envenenara a su padre, y que cuando a su vez murió Romano II, cuatro años más
tarde, en el 963, también fue ella la culpable del envenenamiento.
Durante sus cuatro años como emperador, Romano II no se
distinguió esencialmente, pero fue afortunado en dos aspectos. Consiguió
engendrar a dos hijos, cuyo destino sería gobernar el Imperio en la cima de su
prosperidad, y durante su reinado se reveló un general muy capaz.
El general era Nicéforo Focas, que procedía de una
distinguida familia militar y que, bajo el gobierno de Constantino VII, había
servido en la frontera oriental. Con Romano II, Nicéforo Focas dirigió a las
fuerzas imperiales en una nueva ofensiva.
La flota bizantina, tras conseguir la victoria frente a
los piratas islámicos y frente a la grande, pero ineficaz flota del príncipe
ruso Igor, tenía ánimos para ir más allá, y el blanco obvio era la isla de
Creta. Había sido base de apoyo de los piratas, y era una especie de llaga
supurante que mantenía infectada todas las costas del Imperio.
En el 960, Nicéforo Focas dirigió una expedición a Creta,
y después de una difícil campaña que duró un año, consiguió echar a las fuerzas
islámicas de la isla y obligó a los que quedaron a aceptar el cristianismo.
Tuvieron que pasar siete siglos antes de que el Islam volviera a establecerse
en la isla, y nunca con fuerza suficiente como para alterar básicamente la
religión de sus habitantes. Creta sigue siendo cristiana hasta hoy (y forma
parte del Estado moderno de Grecia).
Esta hazaña militar elevó la reputación de Nicéforo por
las nubes entre los bizantinos, que no habían conseguido una victoria tan
enorme frente al Islam durante siglos y además, una victoria ofensiva. Nicéforo
demostró que aquella victoria no había sido una casualidad cuando condujo un
ejército a través de Asia Menor para entrar en Siria y conseguir nuevas
victorias, tomando incluso (temporalmente) la importante ciudad de Aleppo en el
963.
En aquel año murió Romano II (envenenado o no), dejando
dos hijos: Basilio, de cinco años, y Constantino, de tres. Ya habían sido
coronados, y el principio de la legitimidad hizo que sus derechos fueran
irrefutables; por lo tanto, gobernaron con los nombres de Basilio II y
Constantino VIII, como emperadores asociados. Sin embargo, era evidente que no
podían hacer nada solos, y Nicéforo se apresuró para realizar lo que había
hecho Romano Lecapeno casi medio siglo antes.
Nicéforo disfrutó del apoyo del patriarca, que estaba
impresionado por las victorias del general frente a los ejércitos del Islam y
por piedad evidente, y al parecer auténtica. Nicéforo comenzó haciéndose
nombrar tutor de los niños-emperadores. Después se casó con Teófano, la joven
viuda de Romano II, para vincularse con la casa real. Antes de que hubiera
pasado mucho tiempo, se hizo con los atributos imperiales y se convirtió en
Nicéforo II, dejando de este modo intacta la legitimidad de los jóvenes hijos de
Romano II, y siguiendo de nuevo el precedente de Romano I.
Como emperador, Nicéforo II continuó su política de fuerte
ofensiva contra el Islam. Asoló el norte de Siria y volvió a tomar Antioquia,
una ciudad que había sido perdida para el Imperio tres siglos antes. Uno de los
trofeos con que volvió de aquella conquista fue un trozo de tela deshilachada
que se suponía eran los restos de la capa de Juan el Bautista.
Una flota bizantina desembarcó un ejército en Chipre, que
llevaba muchos años defendiéndose, con resultados variables, de los incursores
musulmanes. La isla fue limpiada entonces de invasores, y una vez más el
Imperio dominó toda la mitad oriental del mar Mediterráneo.
Después, Nicéforo volvió su atención hacia la mayor de las
islas mediterráneas, Sicilia. Ya había pasado casi un siglo y medio desde que
los ejércitos islámicos fueran invitados por primera vez a Sicilia, y unos
ochenta años desde que Basilio I hubiera organizado el malogrado intento de
cambiar la situación. En aquel entonces, las posesiones bizantinas en la isla
se veían reducidas a una sola fortaleza de montaña.
En el 964, Nicéforo envió una flota para hacer un último
intento de recuperar lo que se había perdido. Un ejército desembarcó en
Sicilia, al igual que ocurriera en Creta unos años antes, pero esta vez las
circunstancias eran demasiado adversas. Las fuerzas imperiales fueron
derrotadas, y en enero del 965, cayó la última fortaleza. El Imperio Bizantino
tuvo que abandonar para siempre la isla que Belisario había conquistado cuatro
siglos y medio antes.
La situación de los bizantinos en el sur de Italia era
también precaria. Otón I de Germania era el rey occidental más poderoso desde
el tiempo de Carlomagno, y lo hizo patente al resucitar el título imperial que
los descendientes de Carlomagno habían dejado caer en desuso.
Otón I se hizo con las dos terceras partes del norte de la
península. Intentó ocupar también el sur de Italia, y pasó un mes poniendo
sitio a la fortaleza bizantina en Bari. Sin embargo, aquella ciudad resistió
decididamente. Otón se retiró, y el Imperio conservó el dominio de sus
provincias italianas.
Todas las victorias de Nicéforo no consiguieron mantener
seguras las fronteras del norte del Imperio. Los búlgaros estaban siempre a la
expectativa de cualquier debilitamiento de su enemigo tradicional. Pedro de
Bulgaria, aunque todavía se defendía con grandes esfuerzos de las incursiones
magiares, decidió en el 966 que ya era hora de marchar hacia el Sur. Para
empezar, al invitar a los magiares a unirse a él en la invasión, reorientó la
energía destructiva de éstos en una dirección que le era beneficiosa.
Nicéforo adoptó la estrategia bizantina habitual de
enfrentar a un grupo de bárbaros contra otro, y pidió ayuda a los rusos. La
Rusia de Kiev estaba en un momento de expansión y se había instalado
sólidamente en la costa del mar Negro, entre los territorios de los magiares y
los pechenegos. Sviatoslav, el hijo pagano de la neófita princesa Olga,
gobernaba ya por derecho propio y, deseoso de pelea, aceptó enseguida la
invitación de Nicéforo.
Las incursiones de Sviatoslav en Bulgaria tuvieron un
éxito de lo más sangriento, y los búlgaros jugaron aún más fuerte al invitar a
los pechenegos a que se lanzaran sobre Kiev. Los pechenegos se mostraron de
acuerdo. Fue la refriega de siempre. Los rusos tuvieron que volver corriendo
para enfrentarse con los pechenegos, y una vez que los hubieron despachado, un
Sviatoslav furibundo buscó venganza en los búlgaros. Tan fuerte habían sido sus
golpes, y tan rápidamente se desmoralizó Bulgaria ante ellos, que los
bizantinos decidieron rápidamente que los rusos representaban un mayor peligro
que los búlgaros. Nicéforo se vio obligado a combatir en una guerra contra los
mismísimos ejércitos que él, al principio, invitara a entrar en los Balcanes.
Esto le quitó un prestigio considerable.
Lo que es peor todavía: las guerras son caras, incluso
cuando se ganan, y Nicéforo necesitaba dinero. Él fue un hombre austero y
abstemio, y le parecía natural sacrificarse por una buena causa. No le costaba
nada hacer estos sacrificios, y por lo tanto gravó con impuestos muy fuertes al
pueblo. Desgraciadamente para él, los impuestos elevados nunca son populares, y
no hay victoria por grande que sea que haga que la gente disfrute pagándola.
Da la casualidad de que Nicéforo II tenía un sobrino, Juan
Tzimisces, que prestaba servicio en las fronteras orientales, como lo había
hecho el mismo Nicéforo antes de ser emperador. A Juan le llegó el turno de
apoderarse del trono. El 10 de diciembre del 969, encabezando una conspiración
de oficiales, Juan invadió el dormitorio del emperador. Nicéforo, que había
seguido el camino de Romano I para llegar al trono, lo abandonó también gracias
a una conspiración contra él dirigida por sus parientes. Aunque Romano fue
simplemente desterrado, Nicéforo II fue asesinado.
Juan Tzimisces era el nuevo emperador, que reinaba con el
nombre de Juan I. Habladurías secretas decían que había dado el golpe con la
ayuda de la reina Teófano, de la que se suponía que había contribuido a la
muerte de un tercer emperador. Pero Juan decidió no darle una cuarta
oportunidad, la desterró. Sin embargo, sus hijos Basilio II y Constantino VIII
continuaban siendo emperadores legítimos; pero eran unos haraganes, y Juan se
vinculó a la familia mediante su matrimonio con su tía Teodora.
Juan I, que como general tenía tanta habilidad como
Nicéforo II, tuvo que comenzar su reinado enfrentándose con la amenaza rusa. En
el 970, Sviatoslav de Kiev, tras haber despedazado Bulgaria, se acercaba al
territorio bizantino. Juan envió su flota al Danubio para obstaculizar una
retirada rusa, y después envió sus tropas hacia el norte anticipándose en gran
medida a lo que los rusos creían que iba a hacer.
Los rusos libraron la batalla con un valor desesperado,
sin tener en cuenta las bajas (algo muy característico en ellos a lo largo de
su historia), pero sólo disponían de infantería, mientras los bizantinos tenían
un fuerte contingente de caballería pesada, los temibles catafractos. Aunque
los rusos eran más numerosos, cedieron lentamente frente a los jinetes contra
los que no podían combatir, y al final Sviatoslav tuvo que rendirse, aceptar
los términos de paz que le ofrecieron, y retirarse a su país.
Tampoco devolvió el victorioso Juan a Bulgaria el
territorio que le habían arrebatado a ésta los rusos. Los búlgaros dominaban
todavía la zona occidental de su reino anterior, pero la parte oriental a lo
largo del curso inferior del Danubio, que habían ocupado los rusos, fue
incorporada al Imperio Bizantino.
El Occidente seguía aumentando su importancia aunque el
Imperio Franco de Carlomagno se había dividido en varias porciones. La mayor de
ellas era el reino de Otón II, hijo y sucesor de Otón I, y con quien el
orgulloso emperador bizantino se dignó hacer una alianza matrimonial. Aunque
Juan ni siquiera había soñado con seguir el precedente de Miguel I y aceptar la
pretensión occidental al título imperial, permitió que su sobrina Teófano se
casara con Otón II.
Este matrimonio ayudó a iluminar un tanto la oscuridad
occidental. Teófano introdujo la seda en la tosca corte germánica, y además
consternó a todo el mundo con su costumbre de tomar frecuentes baños. Se puede
dar por seguro que de las dos innovaciones fue la de la seda la que se adoptó
con más rapidez (más o menos por la misma época se supone que vivió en Venecia
un primo de Teófano, quien introdujo el uso de los tenedores en el mundo
occidental).
Juan continuó el avance victorioso del imperio en Siria.
Llegó más lejos que Nicéforo, marchando hacia el sur hasta llegar cerca de la
misma Jerusalén. Allí, sin embargo, los resultados fueron escasos, puesto que
la población ya era islámica, y aunque los bizantinos podían tomar las
ciudades, no podían mantener las guarniciones permanentes necesarias contra una
población hostil.
Juan I contrajo la fiebre tifoidea durante esta campaña
(al menos, esta es la enfermedad identificada más corrientemente con los
síntomas que según las descripciones tenía) y tuvo que volver a Constantinopla
en el 976 para morir. Naturalmente, los rumores populares decían que había sido
envenenado.
8
El imperio en su apogeo
El matador de búlgaros
En ese momento Basilio II tenía casi veinte años, una edad
suficiente para gobernar solo. Es cierto que hasta aquel tiempo había sido un
alegre príncipe amante de los placeres, pero paulatinamente, después de la
muerte de Juan I, fue cambiando, no sabemos por qué razón. Se hizo sombrío,
cruel y austero, casi un fanático en la entrega a su deber. Al descubrir que su
único placer era la guerra y la vida dura del soldado, renunció a la carne, al
vino y a las mujeres, y permaneció soltero durante su vida.
Sin embargo, no renunció a ser emperador, agarrándose el
cetro cada vez con más fuerza y apartando completamente de su lado a su hermano
menor Constantino VIII. Constantino, que fue un juerguista hasta el final de
sus días, no podía esperar nada mejor.
Pero, desafortunadamente para Basilio, no iba a poder
mantenerse en el poder sin lucha. Había pasado demasiado tiempo desde que el
titular del imperio era el emperador real. Dos generales, Nicéforo II y Juan I,
habían gobernado cubriéndose de gloria; era natural suponer que otros generales
querrían reproducir la hazaña.
De hecho, el medio siglo de dominación militar que vino
después del ascenso de Romano Lecapeno había dejado al imperio en unas
condiciones casi feudales. El espíritu militar había estimulado el crecimiento
de propiedades, que a su vez podían mantener contingentes de hombres armados y
los grandes terratenientes, en especial los de Asia Menor, se habían convertido
así en virreyes independientes. Querían que la política del trono favoreciera a
sus intereses. En oposición a ellos estaban los funcionarios civiles de la
corte, los burócratas que mantenían el peso de la administración desde un
emperador al siguiente, y que hacían lo que podían para fomentar un gobierno
centralizado.
En el 971, cuando Juan I todavía vivía, el partido feudal
se había sublevado bajo la jefatura de Bardas Focas. Bardas Focas era sobrino
de Nicéforo Focas, a quien Juan (otro sobrino) había asesinado. Prácticamente
fue una riña familiar por el trono, pero los terratenientes creían que Bardas
Focas, a cambio de su ayuda, gobernaría en favor suyo. Toda Asia Menor ardió, y
la rebelión fue reprimida con dificultades por el general de Juan, Bardas
Escleros. Focas fue enviado al exilio en la isla egea de Quios.
En el 976, sin embargo, después de la muerte de Juan,
Bardas Escleros creyó que había llegado el momento de convertirse en el próximo
general que mandara en el imperio. Era sumamente popular entre sus tropas,
disponía de una flota, y después de tres años de victorias, tenía en sus manos
toda Asia Menor.
Pero el joven Basilio II no tenía ninguna intención de
renunciar. En los combates con los bárbaros del norte, el imperio solía oponer
una tribu contra otra para que todas perdieran. Basilio, que se proponía luchar
contra los señores feudales, haría lo mismo. Hizo volver a Bardas Focas, el
antiguo rebelde. Escleros había derrotarlo antes a Focas; esta vez iba a dejar
a Focas devolverle el cumplido.
Focas tenía el propósito de hacerlo. El 24 de marzo del
979, los dos Bardas combatieron en Asia Menor. Según el relato, fue un combate
cuerpo a cuerpo casi al estilo homérico. Focas tumbó a Escleros a quien sacaron
del campo de batalla medio muerto, pero volvió en sí y consiguió escaparse a
Bagdad en territorio islámico.
Una vez que los señores feudales estuvieron temporalmente
apaciguados, Basilio II se dedicó a acabar con su poder. Promulgó una serie de
leyes de reforma agraria cuyo fin era disolver los latifundios. Los
terratenientes le desafiaron airadamente, y en el 987 Escleros volvió del
exilio para colocarse a su cabeza. De nuevo, Basilio llamó a Focas, pero esta
vez Focas se unió a su antiguo enemigo y las tropas le proclamaron emperador. Y
una vez más, la tercera, toda Asia Menor se sublevó contra el emperador y Constantinopla
fue bloqueada por mar y tierra por los dos Bardas.
Basilio II se negó todavía a rendirse. Buscó aliados y los
encontró en el norte. Sviatoslav de Kiev había muerto en el 980 y su hijo
Vladimiro gobernaba entonces a los rusos. Basilio pactó con él. Prometió
permitirle que se casara con la hermana del emperador, Ana (una gran
condescendencia por parte de Basilio, y un indicio de su desesperación) a
cambio de mercenarios. Vladimiro se mostró de acuerdo y 6.000 robustos rusos
fueron introducidos clandestinamente en Constantinopla.
Estos rusos formaron el núcleo de lo que llegó a ser
conocido con el nombre de la guardia varega, según la antigua denominación de
la casa gobernante sueca, de la cual procedía la aristocracia rusa. La guardia
ya no era ni varega ni rusa. Los aventureros vikingos de Escandinavia y los
sajones de Inglaterra se alistaron también por el gusto de vivir en la ciudad
más civilizada y rica del mundo. Pero la guardia no cambió de nombre y fuera
cual fuera su composición social, la guardia varega siguió existiendo durante
más de cuatro siglos.
Basilio II organizó las defensas de Constantinopla con un
vigor incansable, y en el 988 llevó a sus varegos al otro lado de los
estrechos. Aplastó a los contingentes rebeldes y ejecutó a los prisioneros con
deliberada crueldad. Su objetivo era tanto quebrantar los espíritus de sus
oponentes como sus ejércitos.
Al año siguiente combatió contra las fuerzas principales
de los dos generales en Abydos, en la orilla occidental de Asia Menor. Una vez
más, según la historia, Bardas Focas exigió el combate cuerpo a cuerpo, esta
vez con el mismo emperador. Basilio II no vio ninguna razón para complacer al
bravucón general, y cuando Focas cargó en dirección hacia él, ordenó a sus
arqueros que le derribaran. Focas tiró de las riendas de su caballo en su
carga, desmontó y murió no se sabe si de una flecha o de un paro cardíaco.
Escleros continuó la rebelión algún tiempo más, pero se estaba haciendo viejo y
gordo. Sufría de artritis y su vista estaba empeorando. Finalmente renunció y
aceptó un indulto de Basilio y un rimbombante título.
Por fin Basilio II, que ya tenía treinta y cuatro años y
llevaba en posesión del título de emperador veintiséis, era emperador de
verdad. No había nadie en ningún sitio de su reino que pudiera competir con él,
y se empeñó en ser su propio general a partir de entonces.
Se dedicó sombríamente a su reforma agraria, y esta vez
consiguió dividir los enormes latifundios de los grandes terratenientes y
distribuirlos entre los campesinos. Tal medida tuvo el doble efecto de
debilitar a los aristócratas, al privarles de ingresos con los que podían
reclutar un ejército, y a la vez creó una clase de pequeños terratenientes
fieles a la corona que les había apoyado.
Pero Vladimiro de Kiev estaba más allá de las fronteras.
Todavía quería a la princesa real Ana, que le había sido prometida años atrás.
Basilio se resistía a condenar a su hermana a una corte pagana de bárbaros,
pero Vladimiro consiguió convencerle cortando el abastecimiento de agua de la
ciudad de Quersonea, el puesto de avanzada situado en la lejana península de
Crimea, y después tomando temporalmente esta ciudad.
Por consiguiente, Basilio envió a la novia prometida a
condición de que Vladimiro se convirtiera al cristianismo. Vladimiro lo hizo, y
en el 989 se convirtió en el primer príncipe ruso cristiano, siguiendo los
pasos de su abuela Olga. En consecuencia, es San Vladimiro para los cronistas
eclesiásticos de Rusia, y Vladimiro el Grande para los historiadores seglares.
Pero ya era tiempo para volverse de nuevo hacia el norte y
seguir el largo duelo con los búlgaros. Durante el reinado de Juan I, cuando se
anexionó a toda Bulgaria oriental, dio la impresión temporal de que los restos
del reino se iban a marchitar y el imperio no tenía que preocuparse más de él.
Sin embargo, en el 976, Samuel se proclamó gobernante del país. Era hijo de un
gobernador búlgaro de una de las provincias occidentales donde los ejércitos
bizantinos no habían penetrado.
Era un hombre fuerte y capaz, pero posiblemente no se le
habría presentado la oportunidad de dirigir una renovación del poder búlgaro si
no hubiera sido porque Basilio II estaba envuelto en la guerra civil contra los
generales. Puesto que Basilio estaba ocupado, Samuel logró volver a ocupar toda
Bulgaria oriental y a penetrar en el norte de Grecia. En el 981, Basilio
intentó detenerle, pero fue derrotado, en parte porque los terratenientes
feudales, descontentos ante sus medidas agrarias, no lucharon con gran
entusiasmo en su favor. Humillado, Basilio se retiró, decidido a vengarse algún
día.
A principios de la década del 990, Bulgaria era tan grande
y poderosa como lo había sido antes de los tiempos de Juan Tzimisces. Sus
ejércitos invadían Grecia con regularidad, y Samuel estableció una capital casi
inexpugnable en Ohrid, en las duras montañas occidentales, cerca de lo que hoy
día es la frontera entre Yugoslavia y Albania. Sin embargo, para entonces
Basilio II, que había derrotado finalmente a los generales, ponía en marcha una
nueva política agraria y reorganizaba el ejército para la gran tarea de su
vida: terminar, por mucho tiempo, con la amenaza búlgara.
En el 996 dispuso de la fuerza suficiente para infligir
una importante derrota a los búlgaros cuando éstos intentaron invadir de nuevo
Grecia. Los búlgaros se retiraron con muchas bajas, y Basilio pasó a la
ofensiva. Al comenzar el año 1000, Grecia estaba enteramente a salvo, y se dio
la orden de partir hacia el norte, a través de los pasos montañosos, a la
propia Bulgaria. Empujados hacia adelante por su incansable emperador, que
dirigía personalmente sus ejércitos, los bizantinos tomaron una fortaleza búlgara
tras otra, consiguiéndolas por la fuerza o por el soborno.
Empujaron a los búlgaros cada vez más hacia atrás. Cuando
Samuel intentó invertir los papeles, lanzando un vigoroso ataque hacia el sur
para golpear la retaguardia y obligar a una retirada imperial, sus líneas de
comunicación quedaron rotas y fue derrotado. En 1005, Basilio había alcanzado
el Adriático en Dyrrhachium (hoy la ciudad de Durres, en la costa de Albania).
En general, los búlgaros intentaron evitar la batalla
directa con los disciplinados bizantinos dirigidos por su terrible emperador;
pero de vez en cuando surgían las tentaciones, y en 1014 tuvieron una que no
pudieron resistir. En el valle del río Struma, a unas cien millas al norte de
Tesalónica, los búlgaros decidieron que tenían ventaja y entraron en combate
con los bizantinos. Durante algún tiempo, parecía que la batalla iba a acabar
en empate, pero una unidad bizantina rodeó el flanco del enemigo y penetró en
su retaguardia. El ejército búlgaro se derrumbó en un desorden increíble, y
Samuel se escapó por los pelos. Basilio tomó 15.000 prisioneros.
Lo que ocurrió después fue una de esas horribles
atrocidades de la guerra. Basilio II decidió terminar de una vez para siempre
con una guerra que había durado casi cuarenta años, quebrando el ánimo de los
búlgaros. Lo hizo cegando a todos, menos a 150 de aquellos miles de
prisioneros! A los dichosos 150 sólo les cegó un ojo. A cada cien ciegos les
correspondía un guía tuerto para llevarles de vuelta a la capital.
Samuel, que estaba en Ohrid, recibió la noticia de que su
ejército volvía. Estaba perplejo. ¿Habían escapado de la captura? ¿Habían sido
apresados y liberados por alguna razón? Salió apresuradamente para ir al
encuentro de sus hombres y se encontró contemplando a miles de ciegos
desamparados. El golpe fue fatal. Tuvo un ataque de apoplejía allí mismo, y
murió dos días más tarde.
Algunos búlgaros siguieron manteniendo un aire de desafío,
pero la fría política de crueldad de Basilio había dado en el blanco. El ánimo
búlgaro estaba quebrantado Con sólo enterarse de que el terrible emperador se
aproximaba, se dispersaron y huyeron. En 1016, Ohrid cayó en sus manos, y al
comenzar 1018 las fuerzas imperiales ocuparon toda Bulgaria.
Basilio que había sido tan cruel en su comportamiento
bélico fue benigno al hacer las paces. Con tal de que los búlgaros aceptaran el
gobierno del emperador, podían vivir en paz con su propia Iglesia y disfrutar
de un considerable autogobierno. Los notables búlgaros fueron a Constantinopla,
vivieron en condiciones de igualdad con la población local, y se casaron allí.
Una vez hecho todo esto, Basilio volvió triunfante a través de Grecia,
visitando la antigua Atenas y entrando en Constantinopla saludado como Basilio
Bulgaroktonos, «el matador de búlgaros».
La campaña búlgara fue la victoria ofensiva bizantina más
notable desde que Belisario reconquistara las provincias italianas, cuatro
siglos y medio antes; y su resultado fue más que una simple anexión de tierra.
Con los Balcanes ocupados y colonizados, y con los búlgaros integrarlos en la
nación y el ejército, Basilio dependía menos de los hombres de Asia Menor, la
ciudadela del feudalismo.
En efecto, Basilio II triunfaba en todas partes. Sus
generales ganaron terreno en la parte oriental de Asia Menor, penetrando muy
profundamente tanto en Armenia como en el sur de Italia. En 1025, Basilio II
proyectó una expedición naval a Sicilia con la intención de volver a tomar la
isla y ampliar después sus dominios continentales hacia el norte. Sin embargo,
el destino implacable es irresistible. El 15 de diciembre de 1025, murió el
viejo emperador, que ya tenía setenta años. Había llevado el título de emperador
durante sesenta y dos años, y había gobernado por sí mismo durante cuarenta y
nueve. En aquel medio siglo, nunca había dejado de luchar, y en raras ocasiones
había sido vencido.
No dejó herederos, y su hermano Constantino VIII, que
había sido emperador asociado durante todo este tiempo, gobernó solo hasta
1028, y luego murió a su vez. Había llevado los mantos imperiales y había
estado sentado en el trono imperial durante sesenta y cinco años, y en todo ese
tiempo había tenido tanto de soberano como el propio trono donde se sentaba.
El altiplano
Cuando murió Basilio II, la extensión del imperio era
mayor de la que había tenido en los últimos trescientos años, y así continuó
durante medio siglo más. Abarcaba ahora todos los Balcanes hasta el Danubio, y
toda Asia Menor oriental, casi hasta el mar Caspio. Incluía el sur de Italia y
las islas de Creta y Chipre, de manera que era hegemónico en el Mediterráneo
oriental.
Es cierto que en superficie no se le podía comparar con lo
que había sido en los siglos VI y VII, desde Justiniano hasta Heraclio, pero la
extensión territorial en sí no lo es todo. Cuando Justiniano terminó sus
grandes conquistas, lo que quedaba era una tesorería vacía y una nación
agotada, grandes zonas de la cual estaban totalmente enemistadas. Esta
situación era todavía más grave con Heraclio tras su victoria sobre los persas.
A pesar del enorme tamaño del imperio en aquellos días, era estructuralmente poco
firme y se había derrumbado al entrar en contacto con los árabes. No sucedió lo
mismo en tiempos de Basilio II. Al morirse, dejó tras sí una tesorería repleta
y un imperio homogéneo y unido.
En los tiempos de Justiniano y Heraclio, existía el
Imperio Persa que había luchado contra Constantinopla en igualdad de
condiciones. Incluso Heraclio, después de sus grandes victorias, sólo consiguió
hacer retroceder a Persia hasta la línea que había ocupado antes de los
comienzos de la guerra. En ese sentido, la guerra fue únicamente un empate,
conseguido al precio de la propia ruina.
Por su parte, Basilio II no sólo había derrotado al
enemigo más importante, Bulgaria, sino que prácticamente lo había destruido
como nación y lo había absorbido en el imperio. En ninguna parte se encontraba
un adversario que pudiera pensar en desafiarle. Las diversas tribus del norte
(los magiares, los rusos, los pechenegos y demás) podían incomodar al imperio,
pero no amenazarlo. El poderoso mundo del Islam (poderoso, al menos cuando
estuvo unido) se despedazó en reinos rivales que en aquellos momentos constituían
un problema y una amenaza mucho más grande para sí mismos que para cualquier
territorio cristiano.
En cuanto a los reinos de Europa (Francia, Germanía e
Inglaterra) que tienen tanto peso en nuestras historias occidentales, se
encontraban más allá del horizonte bizantino. Estaban lejos y eran débiles, con
sus barones ocupados en destructivas guerras interminables, y eran tan bárbaros
(ante los ojos de los bizantinos) como los magiares y los rusos. En 1025,
cuando murió Basilio II, el Imperio Bizantino no tenía igual en el mundo. Había
llegado a la mismísima cumbre de su poder.
También en el terreno artístico había alcanzado su punto
culminante. El siglo X fue el comienzo de una edad dorada de dos siglos. Las
iglesias llegaron a la cima de la magnificencia de una arquitectura sutil y de
un mosaico esplendoroso durante este período. Tanto Italia como Rusia, dos
polos opuestos del espectro, copiaron los estilos bizantinos con entusiasmo, e
incluso en el mundo islámico se sintió su influencia.
Intelectualmente, el imperio experimentó un renacimiento
cuando la edad oscura que había seguido a los desastres del siglo VII, a manos
de los persas y árabes, se desvaneció por fin. La Universidad de Constantinopla
volvió a cobrar vida y entró en un período de florecimiento. León Diaconis, o
«León el Diácono», fue el historiador más importante de la época. Estuvo
presente en la mayoría de las campañas, desde la recuperación de Creta hasta la
gran guerra contra Bulgaria; y escribió una historia en diez tomos que abarca
el período desde el 959 hasta el 975, es decir, los gobiernos de Romano II,
Nicéforo II y Juan I.
El reinado de Basilio II fue también testigo de una de las
obras de ficción más notables del Imperio Bizantino. En algún momento a
mediados del siglo X, un escritor o varios escritores desconocidos compusieron
el poema épico Digenis Akritas. El nombre se refiere al héroe, y significa
literalmente «Doble descendencia, el Luchador de la Frontera». El héroe era
efectivamente una fusión de dos razas, ya que se le describía como el hijo de
un noble árabe (convertido al cristianismo) y una mujer griega. El relato épico
cuenta la vida del héroe en la frontera oriental, las mujeres que amó y los
enemigos contra quienes luchó. Es asombrosamente similar a las historias
caballerescas que poco después iban a aparecer en Occidente, y tiene la misma
atmósfera caballeresca, de romanticismo y crueldad, las mismas virtudes y
vicios que forman parte del feudalismo y la casta militar.
Todo esto se combinó con el hecho de que Constantinopla
nunca fue más activa, ni tan importante como centro comercial y de negocios, y
nunca fue más próspera. Mediante el alquiler de tiendas, la venta de monopolios
y derechos de aduana, ríos de oro fluían hacia las arcas gubernamentales.
Pero existían defectos en este magnífico cuadro. Durante
su vida, Basilio II había vencido a los terratenientes feudales y había
conseguido mantenerles a raya. Sin embargo, no estaban muertos. En las décadas
posteriores a la muerte de Basilio, recobraron su poder. Durante más de medio
siglo, en efecto, el imperio iba a ser el campo de batalla entre los señores
feudales y los burócratas, entre los rústicos terratenientes de Asia Menor y
los pulidos funcionarios de las grandes ciudades. Esta disputa llevaba en su
interior las semillas de la destrucción.
Los monjes, que habían derrotado a los emperadores
iconoclastas dos siglos antes, también continuaban siendo una fuerza
destructiva, tanto económica como espiritualmente. Su poder había aumentado
bajo el gobierno del piadoso Nicéforo II, que patronizó al monje Atanasio de
Trebisonda. En el 963, Atanasio estableció el primer monasterio auténtico en la
cima empinada del Monte Atos, en el noreste de Grecia. Juan I continuó apoyando
a Atanasio, y el monasterio sigue siendo hasta hoy el más conocido e importante
del mundo oriental de la cristiandad. Es notable por la insólita circunstancia
de que, aunque está dedicado a la Virgen María, no se ha permitido entrar a una
mujer en la montaña durante más de nueve siglos.
Sin duda, Basilio II fue consciente del efecto debilitador
del monacato en el imperio, con su congelación de riquezas y de mano de obra;
pero ni siquiera él pudo hacer nada. Cuando Bardas Focas y Bardas Escleros
estaban bajo las murallas de la capital, Basilio tuvo que conseguir el apoyo de
los monjes con la promesa de conservar sus privilegios. El emperador luchó
contra los terratenientes y no estaba en una posición que le permitiera
enfrentarse también con los monjes. Fue la última oportunidad. Ningún emperador
posterior tuvo el poder para luchar contra los monjes, y el monacato continuó
ejerciendo un efecto estrangulador en el imperio hasta su último aliento.
En otro terreno, el reinado de Basilio II, tan victorioso
en apariencia, preparó el terreno para futuros problemas. Se trata de las
relaciones del imperio con la ciudad italiana de Venecia. Venecia había tenido
una larga vinculación con el imperio, y había continuado siendo una
cuasidependencia de Constantinopla mucho después de que las restantes zonas del
norte de Italia se hubieran separado. Aunque ahora era completamente
independiente, todavía existía un lazo tradicional.
Los venecianos, que vivían en sus casitas de barro a lo
largo de la costa eran criaturas del comercio, y de hecho eran los comerciantes
más expertos del Mediterráneo. Tenían grandes deseos de hacerse cargo de una
parte del comercio de Constantinopla, y estaban dispuestos a pagar una gran
cantidad por el privilegio. Basilio vio las ventajas de ello. El dinero
veneciano era bien recibido. La pericia veneciana no podía sino mejorar aún más
la situación comercial, y la flota veneciana estaría a disposición imperial
cuando fuera necesario. En el 992, por consiguiente, los venecianos asumieron
por primera vez un lugar semioficial en la vida de Constantinopla.
Pero aunque en ese trato hubo ventajas, aparecieron
también desventajas. Los venecianos eran extraños en el idioma, la cultura y la
religión. Consideraban a los ciudadanos bizantinos con desprecio y comerciaban,
al fin y al cabo, para conseguir beneficios. Aunque Constantinopla también
conseguía sus beneficios, era evidente que de la ciudad grandes cantidades de
dinero salían para ir a parar a cofres venecianos. En consecuencia, los
venecianos fueron naturalmente recompensados por el odio del pueblo de Constantinopla.
Para su propia protección, los venecianos pidieron y
recibieron privilegios extra territoriales; es decir, se les permitió vivir
según sus propias leyes y quedaron exentos de la interferencia o la tributación
bizantinas. Esto les convirtió prácticamente en un estado dentro del estado. En
realidad, al considerar la situación desde la perspectiva de una época
posterior, podemos ver que lo que Basilio comenzó inadvertidamente fue un
proceso mediante el cual el Imperio Bizantino, por grande y magnífico que pareciera,
se convirtió en una especie de colonia de una pequeña ciudad comercial situada
a su oeste.
Los maridos de la emperatriz
Constantino VIII no tuvo hijos. No obstante, tuvo tres
hijas, a las que cautelosamente mantuvo solteras por temor a las ambiciones de
sus yernos. Al morirse, todas habían superado ya la edad de la maternidad. La
hija mayor estaba seriamente desfigurada por la viruela y vivía retirada. La
segunda hija. Teodora, se dedicó a la vida monástica y eso hizo que la hija más
joven, Zoe, fuera la última esperanza de la dinastía.
Dada la situación, habría resultado posiblemente más
beneficioso comenzar una nueva dinastía colocando a algún funcionario joven,
inteligente y vigoroso en el trono. Sin embargo, los principios de la
legitimidad estaban ya establecidos muy sólidamente. El único gobernante
auténtico, a los ojos del pueblo, tenía que ser un descendiente de Basilio I.
El moribundo Constantino era consciente de ello, y se dio
cuenta de que la única manera de conseguir un emperador varón en el trono era
que alguien se casara con Zoe. La selección recayó sobre Romano Argyropolus,
que era entonces alcalde de Constantinopla. Romano no estaba muy dispuesto, ya
que estaba casado felizmente y no tenía deseos de asumir la espléndida miseria
de la corona. Le dijeron que, por supuesto, no tenía por qué casarse con Zoe,
pero que entonces podrían matarlo. La lógica de la situación no le dejaba
escapatoria. Se divorció de su mujer y se casó con Zoe. Tres días más tarde
murió Constantino VIII y Romano III fue el nuevo emperador.
Romano hizo lo que pudo, pero no era suficiente. Intentó
congraciarse tanto con los señores feudales como con los monjes, y los dos
intentos tuvieron repercusiones desastrosas. Los terratenientes se hurtaron al
firme control al cual los había sometido Basilio, y comenzaron dos generaciones
de intrigas contra el trono, mientras éste estaba en manos de burócratas
civiles.
Los monjes aprovecharon el servilismo imperial para
dedicarse a su juego favorito de perseguir a los herejes. En las regiones
orientales de Asia Menor que Basilio había anexionado al imperio, había
numerosos monofisitas, cuyos antepasados habían sido expulsados en los siglos
anteriores de las tierras bizantinas, que disfrutaban de la tolerancia de los
gobernantes islámicos. Cuando se encontraron de nuevo en el imperio, volvieron
a ser perseguidos. Muchos fueron expulsados de nuevo al otro lado de las fronteras;
otros se quedaron en un tenso descontento y dispuestos a unirse a cualquier
ofensiva islámica.
Las cosas podían haberse puesto peor, pero al menos había
un general capaz entre las fuerzas imperiales. Era Georgios Maniakes, que
mantenía la ofensiva en el este y consiguió continuar la lograda expansión
bizantina en Siria. También fue un período de triunfos navales, ya que bajo la
dirección de Haralda Hardrade, un vikingo de siete pies que dirigía la guardia
varega, las naves bizantinas derrotaron una y otra vez a las flotas islámicas.
Pero Zoe se cansó de su marido. Era una mujer atractiva
que tenía como objetivo en la vida conservar su atractivo. Dedicaba toda clase
de cuidados a su cuerpo, y conservó una especie de coquetería juvenil hasta la
vejez. Por otra parte, Romano III, era un anciano de sesenta años cuando se
casaron y al fracasar en su intento de dejar embarazada a su esposa
cincuentona, perdió todo interés por ella.
Intentó concienzudamente controlar su extravagancia,
puesto que durante el relajado gobierno de Constantino VIII, se había consumido
el dinero tan austeramente guardado en la tesorería por Basilio II. Zoe,
consciente de que ella era la verdadera emperatriz y de que Romano simplemente
tenía el cargo imperial en virtud de su matrimonio, comenzó a buscar otro
hombre. Esta actitud no escapó a la atención de un hábil funcionario de
palacio, Juan Orphanotrophus. Era un eunuco, y por lo tanto no podía ser elegido
emperador, pero tenía un guapo hermano menor, Miguel a quien llevó a la corte.
La emperatriz quedó fascinada, y pronto Miguel el
Paflagonio (llamado así porque era oriundo de Paflagonia, en Asia Menor) se
convirtió en su favorito. En 1034, Romano III apareció ahogado en su bañera
tras un reinado de seis años. Pudo ser un accidente, pero pocas personas en la
corte lo creyeron así. El sentimiento general era que Zoe y Miguel habían
preparado la muerte de un marido molesto.
Enseguida Zoe tomó a Miguel como segundo marido y éste
gobernó con el nombre de Miguel IV. A pesar de que Miguel IV sufría ataques de
epilepsia, resultó un emperador enérgico. Su hermano Juan, que era el poder
tras el trono, mantuvo un sólido control de los asuntos civiles, y otros
hermanos capaces fueron ascendidos y también ayudaron.
Miguel aplastó una revuelta de los búlgaros y puso a la
Iglesia, que había sido dejada a su aire por Basilio II, bajo el control
directo del patriarca de Constantinopla. En el occidente Georgios Maniakes, y
Haralda Hardrade, actuando conjuntamente por tierra y por mar, iniciaron la
invasión de Sicilia que Basilio II había proyectado. Consiguieron varias
victorias, y en 1040 incluso tomaron a Siracusa. El celoso gobierno de
Constantinopla hizo volver a Maniakes (casi como en los tiempos de Justiniano y
Belisario), y las conquistas sicilianas se perdieron enseguida.
En 1041 murió Miguel IV, al parecer por causas naturales.
El eunuco Juan no estaba dispuesto a perder el poder que su familia había
ejercido durante siete años. Se apresuró a traer a un joven sobrino, otro
Miguel, a Constantinopla. Zoe, que ya tenía más de sesenta años, siguió los
consejos de Juan y adoptó al joven como hijo. Gobernó con el nombre de Miguel
V.
El nuevo emperador se embarcó enseguida en una política
suicida. Creyendo que podía conservar realmente el poder en sus manos, envió al
exilio a su tío Juan (haciendo desaparecer así al cerebro de la corte). Luego
se volvió contra Zoe y la metió en un monasterio, para poder gobernar sin
intromisiones. Pero fue demasiado lejos, y si Juan hubiera estado en la corte,
sin duda lo habría impedido. El pueblo de Constantinopla no se sintió molesto
por la caída de Juan, ya que los favoritos imperiales eran normalmente
impopulares. Pero Zoe era otro asunto: era la emperatriz legítima, la hija de
Constantino VIII y la sobrina del propio matador de los búlgaros.
El pueblo se amotinó, exigiendo la vuelta de su reina.
Asustado, Miguel V se apresuró a sacarla del convento y la presentó al pueblo
vestida de monja. Era demasiado tarde; no había forma de apaciguar a la gente.
El 19 de abril de 1042, la muchedumbre invadió el palacio y apresó al emperador
y a uno de sus tíos. Llevado al hipódromo, fue escarnecido, torturado y
finalmente cegado y enviado a un monasterio. No se sabe lo que le pasó después.
Siguió vivo, durante algún tiempo, largo o corto, en una total oscuridad.
Durante esos mismos disturbios, la hermana mayor de Zoe,
Teodora, que durante todo ese tiempo vivía pacíficamente en un monasterio, fue
sacada de él y se vio obligada a compartir el trono con su hermana. Pero seguía
haciendo falta un hombre, y ya que Teodora se negó a casarse, Zoe tomó a un
tercer marido, Constantino Monómaco (”un ojo”), que reinó con el nombre de
Constantino IX.
El nuevo emperador tenía también más de sesenta años. Se
interesó por las artes y el estudio, descuidó el ejército y gastó grandes sumas
en lujos. Sus extravagancias produjeron efectos dignos de atención. Durante
siete siglos, el besante de oro imperial conservó su valor total pese a todos
los problemas y catástrofes sufridos por el imperio. Pero lo que la derrota no
logró, lo consiguió el derroche. Por primera vez se disminuyó el contenido en
oro del besante, y la confianza extranjera en el imperio sufrió una conmoción.
Los cimientos económicos de la prosperidad del imperio se estremecieron.
El ejército estaba naturalmente exasperado por las
negligencias del emperador, en particular porque sus tareas se multiplicaban.
Las fuerzas islámicas en el este y las tribus guerreras en el norte, pero en
occidente había aparecido algo nuevo y amenazador. Los vikingos u hombres del
norte se habían establecido en el norte de Francia. La región donde se
establecieron empezó a ser llamada Normandía, y ellos recibieron el nombre de
normandos, pero siguieron sus expediciones por las costas de Europa al igual que
habían hecho antaño sus antepasados vikingos.
Al volver de las peregrinaciones a Tierra Santa, algunos
normandos se detuvieron en Italia y se encontraron con una región madura para
el bandidaje. Se apoderaron de tierras, y tras la aparición de un normando
especialmente capaz, Roberto Guiscardo, comenzaron a disponer de un poder
propio que podía perfectamente crearle dificultades a los bizantinos.
Durante algún tiempo, fue sólo la presencia de Georgios
Maniakes lo que mantuvo a raya a los normandos. Mientras en Constantinopla
Constantino IX estaba completamente absorbido en los planos arquitectónicos de
unos historiados edificios que quería construir, Maniakes consiguió una
aplastante victoria contra los normandos el 1042.
Pero, como era habitual, sus victorias sólo provocaron
sospechas y odios en la camarilla de la corte. Un emisario imperial viajó a
Italia para reclamar la vuelta a Maniakes, y lo hizo delante del ejército, en
términos insultantes y degradantes. Maniakes no era ningún Belisario para
aguantar una cosa semejante. A una señal suya, sus soldados dieron muerte al
emisario y alzaron la bandera de la insurrección. Maniakes navegó hasta Grecia
y desembarcó en Dyrrhachium. Las tropas se agruparon en torno a él, y el pueblo
se le unió con entusiasmo. Así comenzó su marcha hacia Constantinopla.
Parecía seguro que Maniakes triunfaría, que sería el
fundador de una nueva y vigorosa dinastía, y que el imperio continuaría siendo
poderoso. Pero por un azar de la suerte, poco después de emprender su larga
marcha, una flecha encontró accidentalmente en él su blanco y le mató. Su
muerte le costó muy cara al imperio. Sin él, se perdió la posibilidad de una
reorganización, y el imperio continuó bajo el débil gobierno de un anciano
ineficaz.
Con la desaparición de Maniakes, las posibilidades
normandas aumentaron de nuevo en Italia, y las fuerzas bizantinas tuvieron que
tratar de conseguir una alianza conjunta con el papado contra los recién
llegados. De hecho, los papas estaban también expuestos al peligro de los rudos
normandos, pero al menos, éstos, pertenecían a la Iglesia occidental y
reconocían la supremacía papal. Las zonas de Italia dominadas por el gobierno
bizantino reconocían la dirección religiosa del patriarca de Constantinopla,
pero cuando cayeron bajo control normando, la fidelidad se desplazó hacia el
papa, cambio que los papas, naturalmente, aceptaron y estimularon.
El patriarca de Constantinopla estaba, también,
naturalmente, enfurecido. El patriarca era por aquellas fechas Miguel
Cerulario, persona de ambiciones sin límites y de genio vivo. En una ocasión,
en 1040, cuando todavía era seglar, conspiró contra Miguel IV, con el resultado
de que fue obligado a hacerse monje. Durante algún tiempo permaneció en el
exilio pero ni su ambición ni su empuje disminuyeron. Se distinguió en la
Iglesia, continuó metiéndose en política y fue elevado a patriarca por el
descuidado y despreocupado Constantino IX.
Cerulario se encontró con la enemistad de las dos ramas de
la Iglesia cristiana, como llevaba ocurriendo con intervalos durante siete
siglos y por el mismo problema básico: quién tenía primacía, el papa o el
patriarca. Hasta entonces, las dos ramas de la Iglesia, fuera cual fuera su
disputa, habían evitado una ruptura total y seguían manteniendo fina unidad
teórica.
Cerulario, no obstante, tomó fuertes medidas en la
cuestión de la jurisdicción en el sur de Italia. En las negociaciones sobre el
tema, se negó agriamente a ceder ni un ápice. En 1052 demostró su negativa a la
conciliación al cerrar abruptamente todas las iglesias del imperio que
celebraban la misa según los ritos occidentales.
El resultado fue que obligó por fin a una ruptura abierta.
Sacerdotes occidentales que llegaron a Constantinopla en 1054, excomulgaron al
patriarca por orden del papa León IX. Por supuesto, Cerulario se negó a aceptar
tamaña impertinencia y asunto concluido. Roma y Constantinopla se dieron la
espalda. La ruptura era definitiva, y nunca jamás, hasta nuestros días,
volvieron a unificarse las ramas occidental y oriental de la cristiandad.
Pero ello no molestó en absoluto al patriarca. Su acerbo
extremismo recibió el beneplácito del pueblo intolerante e irreflexivo, que
odiaba al cristianismo occidental (en gran medida por sus experiencias con los
venecianos) tanto como a la religión de Mahoma. El cisma final entre Oriente y
Occidente convirtió a Miguel Cerulario en el hombre más poderoso del imperio.
La dinastía macedónica se estaba extinguiendo. Zoe murió
en 1050. Su último marido, Constantino IX, siguió en el trono hasta el año 1054
en que murió. Durante algún tiempo gobernó la hermana de Zoe, Teodora. Fue la
última del linaje macedonio, y murió en 1055 a los 77 años. Quince monarcas,
tanto varones como hembras, formaron esta dinastía, por la sangre (ocho eran
ascendientes de Basilio I), o por el matrimonio, y en total la dinastía duró
188 años.
Incluso durante el eclipse de medio siglo de los últimos
sucesores de Basilio II, continuó la brillantez de la civilización bizantina.
Fue el período de Miguel Constantino Psellus, el mayor de los eruditos
bizantinos. Psellus nació en 1018, hijo de padres de clase media; es decir,
durante la última parte del reinado de Basilio II. Triunfó por esfuerzo propio
y consiguió una esmerada educación. En los tiempos de Constantino IX, comenzó
una carrera en la administración pública y destacó en la corte. A menudo se le
ha considerado como un político obsequioso y escurridizo, pero se requería una
cierta cantidad de ardides y trucos para conservar una posición en la corte.
Lo que no se puede negar es que sus talentos como erudito
eran formidables. Fue la cabeza de la facultad de filosofía de la Universidad
de Constantinopla, próspera de nuevo, y con él, el estudio de la filosofía
pagana, particularmente de la de Platón, volvió a cobrar vida. Escribió mucho
sobre muchos temas y publicó una valiosa historia de su tiempo, junto con
escritos sobre teología y magia, sin mencionar sus discursos, cartas y poemas.
Fue la versión bizantina del «hombre del Renacimiento» y en efecto, inició el
redescubrimiento de la erudición antigua que, filtrada hacia el oeste, hizo
surgir el período de cultura italiana que llamamos Renacimiento.
La llegada de los turcos
Desde la muerte de Basilio II, el imperio fue gobernado
por funcionarios civiles y no por miembros del partido militar feudal. Cuando
Teodora estaba moribunda, el partido civil intentó ampliar su poder haciendo
que la vieja emperatriz nombrara sucesor a uno de los suyos. Se creía que el
principio de la legitimidad sería suficientemente fuerte para que este
nombramiento fuera respetado.
Y parecía así. Guiada por la sugerencia del patriarca
Miguel Cerulario, Teodora eligió a un tal Miguel Stratioticus, que era viejo y
enfermizo, y que por lo tanto sería (Cerulario estaba seguro de ello) un dócil
instrumento en las garras del patriarca. Stratioticus gobernó como Miguel VI, y
el infeliz fue efectivamente un títere para el formidable patriarca. Miguel
Cerulario, cuyos hábitos sacerdotales no servían para limitar sus ambiciones
seculares, sentía realmente que era el poder que dirigía al trono. Empezó a
llevar botas de púrpura, uno de los símbolos del cargo de emperador, y en una
ocasión en que Miguel VI intentó hablar por sí mismo, el patriarca le dijo
bruscamente: «Te creé, imbécil, y puedo destruirte también».
Sin embargo, no fue el patriarca quien destruyó al pobre
Miguel VI. El ejército hervía y la muerte de Maniakes significó simplemente un
retraso hasta que se pudo encontrar otro general con el empuje y la capacidad
de enfrentarse al gobierno civil. Uno de los generales que servía en el este
era Isaac Comneno. Su padre había sido oficial de Basilio II, e Isaac había
sido educado a cargo del propio Basilio. Durante el agitado período posterior a
la muerte de Basilio, Isaac había dirigido sus ejércitos con eficacia y se
había ganado su consideración. Cuando los generales de Asia Menor decidieron
hacerse con el gobierno, la elección popular cayó sobre Isaac para dirigir el
movimiento.
Hubo una breve batalla con la guardia varega, seguida de
la rendición de Miguel VI. Fue destituido y obligado a convertirse en monje, y
en 1057 Isaac Comneno aceptó el trono con el nombre de Isaac I. Enseguida
inició un programa de vigorosas reformas militares y de reorganización
financiera. Como ocurre con frecuencia cuando hay momentos de grandes
tensiones, era natural pensar en las riquezas de la Iglesia. Sin embargo, raras
veces la Iglesia entrega sus tesoros sin una lucha, e Isaac se enfrentó con Miguel
Cerulario.
Isaac no vaciló. Sabía que no había sitio para el
emperador y un patriarca de aquella índole en la ciudad, y obligó a Cerulario a
exiliarse. Le hubiera juzgado por traidor y posiblemente cegado, pero el
orgulloso viejo patriarca murió antes de que se pudiera convocar el juicio.
Pero con esta acción, Isaac se ganó la mortífera enemistad de los monjes y de
la facción del pueblo que era partidaria de éstos.
Si añadimos a ello la constante hostilidad del partido
civil y el hecho de que Isaac tuviera bastante más de cincuenta años y mala
salud, no es sorprendente que después de dos años renunciara al cargo. Tras una
ardua campaña en el norte contra los pechenegos, de la que salió triunfante, y
una enfermedad que padeció durante algún tiempo que le iba a matar, Isaac se
decidió a abdicar.
Pasó la corona a Constantino Ducas, un funcionario de la
tesorería, en 1059. El nuevo emperador, Constantino X, que era del partido
civil y un hombre humano y amante de la paz, sospechaba (con alguna
justificación) de las intenciones de los militares y redujo al mínimo los
gastos militares. A veces se puede sacar provecho haciendo una cosa así, pero
en aquel momento fue un error puesto que el imperio se tambaleaba por todos los
lados bajo los golpes de los enemigos.
Los dominios bizantinos en el sur de Italia estaban
desapareciendo bajo la continua ofensiva de Roberto Guiscardo y sus normandos.
En el norte, una nueva tribu de nómadas asiáticos, los cumanos, cruzaba en
tropel las estepas rusas del sur. Al igual que sus predecesores, estas tribus
invadieron las provincias europeas del imperio, y era necesario pelear contra
ellas.
Pero fue en el este donde apareció el enemigo más
terrible. Varias tribus turcas (emparentadas con aquellas tribus, que, desde
los hunos hasta los cumanos, habían constituido el azote de Europa) invadieron
las regiones islámicas y se convirtieron al Islam. Mientras el Imperio
Bizantino se desmoronaba bajo el gobierno de las ancianas sobrinas de Basilio
II, empezó a destacar una nueva tribu turca. Debido a que uno de sus primeros
jefes se llamaba Seljuk, se les llamó turcos seléucidas. Establecieron su gobierno
en Persia en 1037, y en 1055, justo cuando el débil resplandor de la dinastía
macedonia se apagó, capturaron Bagdad y se convirtieron en la mayor potencia
del mundo islámico.
En 1063, Alp Arslan se convirtió en soberano de los turcos
seléucidas. Casi inmediatamente, entró en Armenia y se apoderó de las zonas
que, bajo Basilio II, habían sido conquistadas por el imperio. El débil
Constantino no podía hacer nada.
Cuando murió Constantino en 1067, su viuda Eudoxia fue
nombrada regente de sus tres jóvenes hijos, que según el principio de la
legitimidad deberían sucederle. Eudoxia, sin embargo, creía que los tiempos
exigían un militar. Contra la oposición del partido civil, eligió a Romano
Diógenes que se había distinguido en las batallas contra los pechenegos y los
cumanos en las fronteras al norte. El primero de enero de 1068 se casaron.
Romano, que gobernó con el nombre de Romano IV, se entregó
a la difícil tarea de salvar la situación militar. Tuvo que reorganizar a un
ejército desmantelado y reclutar, entrenar y armar a hombres nuevos. Era
evidente que tendría que concentrarse en el peligro formidable de los turcos en
el este. En cuanto a Italia, separada de los centros vitales bizantinos por el
mar y de todas formas casi totalmente perdida, no se podía hacer nada.
La abandonó, y los normandos tomaron la ciudad de Bari en
1071. Era la única posesión imperial que quedaba al oeste del Adriático. Con su
pérdida, desapareció el último eco tenue de Justiniano y Belisario. El gobierno
romano, cuyos comienzos remontaban a un pequeño pueblo fundado en la Italia
central dieciocho siglos antes, era así expulsado para siempre de aquella
península (pero aun hoy siguen existiendo unas cuantas aldeas aisladas en el
extremo sur de Italia donde se habla el griego).
Olvidándose de Italia, Romano se preparó para el
enfrentamiento con Alp Arslan. El jefe turco, aunque había violado el
territorio imperial, estaba realmente más interesado en conquistar Siria, que
entonces pertenecía a Egipto. Firmó una tregua con el emperador y se marchó
hacia el sur.
Romano no tenía intención de respetar la tregua. Quería
recuperar el territorio perdido en el este e infligir a los turcos una derrota
ejemplar. Partió hacia el este con 60.000 hombres bajo su mando. La mayoría
eran soldados inexpertos, y la lealtad de algunos de sus comandantes era
dudosa; pero eran 60.000 soldados de caballería pesada.
En agosto de 1071, el ejército de Romano tomó la ciudad de
Manzikert, que los turcos habían ocupado un par de años antes. Era evidente que
su plan era forzar una batalla, y Alp Arslan tuvo que abandonar su campaña
siria y volver corriendo.
La fuerza turca era más numerosa y estaba formada por
caballería ligera que no podía resistir un choque frontal con la caballería
pesada del imperio, pero que era más rápida y maniobraba mejor. Romano ansioso
por vencer, envió a la caballería pesada hacia adelante a galope tendido. Con
este acto, violó los principios bélicos bizantinos, según los cuales la
caballería pesada nunca debía tratar de perseguir a la caballería ligera, a
menos que esta última estuviera inmovilizada contra un río u otra barrera infranqueable.
Las razones eran diáfanas; la caballería pesada no puede alcanzar a la ligera
en una carrera en línea recta, y los caballos perseguidores se agotan para
nada, haciéndose vulnerables a un contraataque. La avidez de Romano le hizo
pasar por alto la buena táctica.
Sin pánico, los turcos retrocedieron, se negaron a dejarse
atrapar en lugares estrechos y hostigaron con flechas desde lejos. Era un día
sofocante y la caballería bizantina, sobrecargada de armamento e inexperiencia,
estaba cada vez más cansada y sedienta; al comenzar la tarde Romano,
desalentado, sólo pudo ordenar una retirada a los cuarteles nocturnos.
Entonces Andrónico Ducas, pariente del anterior emperador,
miembro del partido civil, y fuerte oponente (aunque secreto) a Romano, decidió
que la batalla no terminaría en victoria y le sería mejor quitarse de en medio.
Sacó a su contingente de la línea de batalla.
El debilitado ejército bizantino se encontró metido en una
bolsa. La retirada del centro del ejército turco le había llevado a situarse
entre los flancos que Alp Arslan, dirigiendo a sus soldados con una soberbia
habilidad, se dedicó a cubrir con hombres frescos, vigorosos y descansados que
entraban en combate por primera vez. Al intentar establecer un campamento
nocturno los bizantinos se encontraron atacados por todos los lados.
Descorazonados, traicionados y abrumados, los imperiales estaban perdidos. El
ejército fue prácticamente aniquilado, y el mismo Romano fue hecho prisionero.
Ninguna catástrofe así, ninguna derrota tan total de un
ejército tan grande había afectado a las armas bizantinas en los siete siglos y
medio posteriores a Constantino. Los persas y los árabes habían hecho
retroceder a los soldados bizantinos y habían tomado provincias, pero nunca
lograron destruir el ejército principal del imperio. Ahora la catástrofe se
había producido y esta única batalla en Manzikert destrozó por completo la
prosperidad que el imperio había conservado durante los años de la dinastía
macedonia.
9
El oeste llega al este
Las consecuencias de la derrota
A los bizantinos, la batalla de Manzikert les debió
parecer al principio similar a otras batallas perdidas de las que el imperio se
recuperaría, como se había recuperado tantas veces antes de los ataques de los
hunos, los persas, los ávaros, los árabes y los búlgaros.
Miguel Psellus, que todavía vivía y seguía produciendo
material sobre todas las ramas del conocimiento y encantando a los emperadores
y artesanos con su hermosa voz y sus elocuentes discursos, escribió sobre la
batalla. No la consideró como algo definitivo, y estaba más preocupado por el
problema de la corrupción interna.
Por supuesto, es difícil ver algo que está tan cerca de
los ojos. Por lo tanto Psellus, en su historia, nunca menciona el cisma final
entre el cristianismo oriental y el occidental que se produjo en 1054. Tal vez
Psellus lo consideró sólo como otra molesta riña de la disputa latente desde
hacía siglos; pero no podía saber que era la última riña. De modo similar,
Psellus podía creer que Manzikert era una derrota igual que muchas otras de los
siglos pasados, pero no tenía medios para saber que, en gran parte debido a la
corrupción interna que deploraba, iba a ser una derrota muy especial.
El problema residía en que durante cincuenta años se
habían erosionado los cimientos del imperio. La querella ulcerada entre los
terratenientes feudales y los funcionarios civiles tenía tal carácter que
parecía que los dos bandos se hacían la competencia para ver quién podía hacer
más daño al Estado. Los monjes, envueltos en su disputa con la Iglesia
occidental, malgastaron las energías imperiales en una teología inútil. Y
también el vigor comercial en rápido auge de las ciudades italianas destruía el
dominio bizantino del comercio, sobre el cual se asentaba en gran parte la
salud de su economía.
La decadencia acumulada del imperio había destruido su
flexibilidad. La batalla de Manzikert resultó, por consiguiente, un momento
crucial de la historia, porque fue entonces cuando el imperio demostró que ya
no podía doblarse y enderezarse; sólo podía quebrarse con un chasquido como una
ramita seca. Fue la batalla de Manzikert la que quebró el espíritu del imperio.
El ejército bizantino, que durante cuatro siglos había
mantenido a raya sin ayuda a las hordas islámicas, por un lado, y a las tribus
bárbaras del norte, por otro, estaba destrozado. Nunca volvería a ser lo que
había sido, y durante algún tiempo el imperio estuvo a merced del enemigo
turco.
Posiblemente, ni siquiera Alp Arslan apreciara la magnitud
de la victoria conseguida. Tal vez partía de la base de que el gran imperio no
podía ser derrotado realmente. En cualquier caso, no sometió al emperador
cautivo a ningún ultraje. Mantuvo a Romano en una reclusión honorable, y le
libertó a cambio de un tratado que exigía que los bizantinos pagaran un
cuantioso rescate y un tributo anual, y que dieran la libertad a todos los
presos islámicos.
Si los bizantinos hubieran cumplido con este tratado, por
humillante que fuese, podrían haber limitado sus pérdidas y conseguido el
tiempo necesario para recuperarse. Sin embargo, incluso en esa crisis, los
gobernantes de Constantinopla pensaban en primer lugar en las cuestiones
partidistas. La derrota de Romano fue la gran oportunidad de los funcionarios
civiles para recobrar el cargo de emperador. Cuando volvió Romano a
Constantinopla, su mujer (a través de la cual gobernaba) estaba encerrada en un
convento. El mismo fue detenido, cegado cruelmente y enviado al exilio, donde
pronto murió.
En su lugar, su hijastro, el hijo de Constantino X, fue
proclamado emperador. Era menor de edad cuando murió su padre, pero ya tenía
años suficientes para reinar, y se convirtió en Miguel VII. Psellus cumplió con
su papel de funcionario obsequioso de la corte y estudioso-en-residencia
escribiendo un extravagante panegírico del nuevo emperador que de hecho era
bastante incompetente. Miguel era un erudito y no un soldado, y los tiempos
desgraciadamente requerían un soldado.
Los turcos, que habían hecho un tratado con un emperador,
y después se encontraron con que había sido destituido por su propia gente,
consideraron el tratado papel mojado. Hicieron incursiones en Asia Menor que,
sin tropas y desamparada, no podía ofrecer resistencia. La península fue
invadida y cayó bajo el dominio turco, y nunca fue recuperada por entero. Los
dominios turcos en la península recibieron el nombre de Rum (la versión turca
de Roma, puesto que el monarca que había derrotado seguía llamándose Emperador
Romano y sostenía todavía que sus dominios eran el Imperio Romano).
El Imperio Bizantino perdió de este modo las fuentes de
donde sacaba sus mejores combatientes y sus generales más capaces. El hecho de
que el litoral de Asia Menor se hubiera perdido, o en algunos lugares se
sostuviera precariamente, destruyó la capacidad del imperio para seguir siendo
una potencia marítima. En efecto, el propio cristianismo fue borrado
paulatinamente de la península, y ciudades célebres en la historia cristiana se
hicieron islámicas y continúan siéndolo.
Hasta nuestros días, Asia Menor constituye el corazón de
la moderna nación de Turquía.
Por supuesto, el Imperio Bizantino no desapareció por
completo del mapa. Sus provincias europeas continuaron intactas, y
Constantinopla siguió siendo grande y rica. El emperador mantuvo su prestigio y
su ritual esplendoroso durante muchas generaciones. Pero el imperio dejó de ser
una gran potencia. No volvió a luchar contra sus enemigos con sus propios
medios. A partir de entonces tendría que pedir servilmente ayuda a los que
siempre había considerado (y en el fondo de su corazón, consideraba todavía) bárbaros,
y en adelante sus ejércitos estarían formados siempre por mercenarios.
Con Miguel VII, la situación en Constantinopla se
deterioró rápidamente. El besante de oro tuvo que ser devaluado de nuevo. Los
alimentos escaseaban y los precios subieron. Nada podía hacer más impopular al
gobierno.
En 1078 estalló la inevitable rebelión. Hubo dos, una en
los Balcanes y otra en lo que quedaba de Asia Menor. Cada una fue dirigida por
un general diferente, y los dos se llamaban Nicéforo. Miguel VII, que de todas
maneras se encontraba a disgusto en su cargo, abdicó rápidamente, y se le
permitió entrar en un monasterio. Allí se sintió mucho más contento y manifestó
abiertamente que su único disgusto era que se vería obligado a seguir un
régimen vegetariano. Con la desaparición de Miguel VII, Psellus, que tenía
entonces sesenta años, también se desvaneció. No se supo más de él, y nunca
terminó su historia. No se sabe si fue ejecutado, si murió de causas naturales
o se retiró.
Los dos generales rebeldes lucharon entre sí y ganó el
Nicéforo de Asia Menor, apoyado por los turcos seléucidas. Se convirtió en
emperador con el nombre de Nicéforo III. Tampoco reinó mucho tiempo, y la única
razón por la cual permaneció en el trono una temporada fue que tuvo la fortuna
de disponer de un general capaz, el mejor que el imperio había tenido desde la
muerte de Basilio II.
El general era Alejo Comneno, sobrino de Isaac Comneno,
que había reinado brevemente como Isaac I veinte años antes. Alejo se había
pasado la vida en el ejército, luchando con honor a las órdenes de Romano IV y
Miguel VII. Era el principal sostén de Nicéforo III, y para él derrotó a todos
los generales que se le oponían.
Sin embargo, a Alejo le empezó a parecer que Nicéforo
carecía de capacidad para dirigir el gobierno y ganarse la fidelidad del
ejército y del pueblo. En 1081, Alejo decidió que él mismo podía hacerlo.
Consiguió el apoyo de otros miembros de su familia y se
casó con Irene, la hija del ex emperador Miguel VII para obtener el apoyo de la
poderosa familia Ducas (y para hacer que su pretensión al trono resultara mucho
más legítima). Luego se adueñó de Constantinopla con un rápido golpe, y
Nicéforo III abdicó y se retiró, al igual que su antecesor, a un monasterio. La
familia Comneno era una de las grandes familias terratenientes, y el ascenso de
Alejo representó la victoria final de ese partido frente a los civiles. Durante
el resto de su historia, el imperio tendría un carácter feudal y estaría
dominado por las turbulentas familias terratenientes.
La invasión normanda
Por primera vez desde la muerte de Basilio II, sesenta
años antes, el Imperio Bizantino tenía un gobernante fuerte y capaz; pero ya
era tarde. El reino estaba hecho añicos, y Alejo tuvo que enfrentarse a una
situación que era casi irreversible.
Asia Menor estaba casi perdida. Las tropas imperiales
conservaban unas cuantas fortalezas desperdigadas a lo largo de la costa. El
imperio estaba formado por la península balcánica al sur del Danubio, además de
las dos grandes islas de Creta y Chipre. Pero incluso éstas estaban en peligro.
A lo largo de la frontera norte estaban los pechenegos, los servios, los
magiares y los cumanes.
Lo peor de todo era que Occidente, al otro lado del
angosto estrecho que separaba el imperio de Italia, estaban los normandos. El
Imperio Bizantino estaba acostumbrado a enfrentarse en el norte con los
bárbaros, en el este con los persas y turcos, y en el sur con los árabes.
Ahora, tenía que fijar también su atención en el oeste. Por primera vez desde
los días de Julio César, mil años antes, ejércitos procedentes de Italia
intentaban invadir los Balcanes. Occidente marchaba hacia Oriente.
Ya antes de la batalla de Manzikert, los normandos se
habían convertido en los amos del sur de Italia. Luego, Roberto Guiscardo envió
a Roger, el más joven de sus hermanos a Sicilia. Los ocupantes islámicos, que
se habían defendido frente a todos los contraataques de los bizantinos durante
los dos siglos anteriores, se desmoronaron ante los normandos.
Antes de que se hubiera completado la conquista de
Sicilia, Guiscardo pensaba en nuevos mundos que conquistar. En junio de 1081,
sólo dos meses después de que Alejo se hubiera convertido en emperador,
Guiscardo estaba preparado. Tenía 30.000 hombres con una flota de 150 naves, y
navegó hacia el este con el distante fulgor de Constantinopla en su mente. Tomó
la isla de Corfú sin muchos problemas, y una vez que desembarcó a su ejército
en el imperio continental, partió hacia el norte y puso sitio a la ciudad de
Dyrrhachium.
Alejo únicamente podía hacer frente a esta nueva amenaza
eliminando una más antigua. Su mente ágil reflexionó sobre la situación
oriental. Alp Arslan había muerto poco después de la batalla de Manzikert, y su
hijo, el todavía más hábil Malik Shah, estaba demasiado ocupado en el sur. Los
virreyes turcos de Asia Menor estaban muy satisfechos de sus poderes autónomos
y se alegrarían enormemente si se independizaban de su monarca. Acogerían con
beneplácito la paz con los bizantinos para fortalecerse contra Malik Shah, y al
tiempo tampoco les haría daño un poco de dinero. Alejo pagó a los virreyes (lo
cual significaba impuestos más elevados y un besante devaluado de nuevo en el
país) e incluso utilizó mercenarios turcos. Una vez hecho esto, se volvió
contra Guiscardo.
Era difícil, si no imposible, derrotar a Guiscardo en
tierra, pero el mar era otra cosa. La ciudad de Venecia tenía intereses creados
en el imperio, cuyo comercio llevaba casi un siglo administrando, y Alejo
estaba dispuesto a ofrecerle aún más concesiones comerciales (todas estas
concesiones, arrancadas al imperio debido a sus desgracias, no intensificaron
el control colonial de los comerciantes italianos, dañaron a la economía
bizantina y aceleraron la decadencia, que produjo más desgracias, más concesiones,
y así sucesivamente, en un círculo vicioso).
Llegó la flota veneciana, y las naves normandas mandadas
por Bohemundo, hijo ilegítimo de Guiscardo, fueron fácilmente derrotadas. Alejo
esperaba que los normandos concentrarían todas sus energías en buscar el medio
de volver a Italia y olvidarían sus proyectos de invasión. Pero Guiscardo no
cooperó. Estaba emperrado en conseguir el imperio y marchó hacia el interior,
decidido a vivir de la tierra. Alejo tuvo que retroceder hasta el mar Egeo.
Desesperado, intentó levantar otro ejército. Estaba sin fondos, y eso le obligó
a apoderarse de propiedades de la Iglesia y a ir tirando con lo que quedaba de
las decrecientes reservas militares del imperio.
Afortunadamente para Alejo, los asuntos políticos en
Italia se ponían difíciles para Guiscardo, y éste se vio obligado a volver a su
reino para poner orden. Sin embargo, dejó a su ejército en los Balcanes bajo el
mando de Bohemundo. Bohemundo era grande, buen luchador y temerario, pero no
era Guiscardo. Las probabilidades de Alejo contra él eran algo mejores.
En la primavera de 1083, Alejo envió su ejército contra
Bohemundo con un nuevo tipo de defensa. De un modo u otro, era necesario
neutralizar la carga arrolladora de los normandos. Aquellos hombres grandes
encima de sus grandes caballos eran entonces la mejor caballería pesada del
mundo. Eran indisciplinados y se les podía esquivar, pero no era posible
combatirlos en un ataque frontal. Por lo tanto, Alejo puso pesadas armaduras en
parte de sus infantes y les situó en carros con lanzas erizadas de púas extendidas
hacia delante. Eran como blindados primitivos y con ellos se intentaba detener
la carga normanda. Bohemundo no tuvo problemas para combatirlos. Sencillamente
hizo que su caballería galopara contorneando la línea de carros y atacara al
ejército bizantino por el flanco. Alejo tuvo que retirarse de nuevo.
Antes de 1084, Bohemundo estaba en Tesalia. Una victoria
más y a Alejo le quedaría únicamente Constantinopla. Pero Alejo no tiró todavía
la toalla. Consiguió reunir otro ejército, y empleó a 7.000 soldados turcos de
caballería procedentes de Asia Menor. En Larisa, los dos ejércitos combatieron
de nuevo. Esta vez Alejo evitó la confrontación directa. Con una astuta
maniobra fingida, indujo a Bohemundo a que atacara en una dirección equivocada,
y luego envió a su ejército principal contra el campamento y destruyó sus
abastecimientos.
Esto quebrantó el espíritu normando. Iban ganando, pero
también llevaban luchando en los Balcanes tres años y habían tenido muchas
bajas. Una parte de la fuerza de combate primitiva había muerto, y el resto
estaba cansado. La población griega, que odiaba a los occidentales por
heréticos, tan malos como los turcos, los hostigaba constantemente con tácticas
guerrilleras.
No es sorprendente que el ejército normando comenzara a
quejarse y que la disensión cundiera rápidamente. Tal vez el formidable
Guiscardo podía haber mantenido unidos a sus hombres, pero Bohemundo no pudo.
Se retiró hasta la costa adriática, y dejando guarniciones en los puertos, se
apresuró a volver a Italia para llamar a su padre.
Guiscardo, que ya había arreglado sus problemas italianos,
estaba bien dispuesto para volver a las guerras balcánicas. Reunió otra flota,
partió de nuevo hacia Corfú, combatió a las naves combinadas de Venecia y el
imperio hasta que se produjo el alto el fuego, y por fin, en julio de 1085
murió. Tenía unos setenta años y se había mantenido indomable e invencible
hasta el final.
Sin él, los normandos no podían mantenerse unidos mucho
tiempo, en especial porque había una disputa sobre la sucesión. Bohemundo, como
hijo ilegítimo, no heredó, recibió un título inferior y se retiró resentido.
Toda la expedición se dispersó, y el peligro normando para el Imperio Bizantino
terminó.
Esto no significaba de ningún modo que Alejo no tuviera
problemas. Mientras luchaba contra los normandos, también intentó reformar el
gobierno y conseguir el apoyo de la Iglesia como contrapeso a los grandes
terratenientes. Pero la necesidad de una lucha continua lo desequilibraba, e
incluso una vez desaparecidos los normandos le quedaban todavía muchos
enemigos.
Había uno dentro de las fronteras. Aproximadamente un
siglo antes de que Alejo accediera al trono, había aparecido una nueva secta
cristiana en las provincias búlgaras que predicaba que el mundo y su contenido
material eran creaciones del diablo. Para conseguir la salvación, era necesario
evitar en lo posible cualquier contacto con el mundo. Esta nueva secta no creía
en el matrimonio, en el sexo o en la comida o la bebida por encima de lo más
indispensable. Rechazaba también todo el ritual de la Iglesia. El fundador de
la secta era un sacerdote, Teófilo. El nombre significa «amor de Dios», que en
el idioma eslavo se dice Bogomil. Por consiguiente, se conoce a esta secta con
el nombre de los Bogomilos.
Sin duda, la nueva secta se volvió cada vez más influyente
en las provincias búlgaras porque era un método de resistir el dominio de los
griegos y del patriarca de Constantinopla. Sin embargo, a finales del siglo XI
comenzó a extenderse de manera alarmante por el resto del imperio. En los
tiempos de decadencia y desastre que vinieron tras la batalla de Manzikert, era
un consuelo pensar que la creación visible era perversa y obra del diablo; por
lo tanto sería mejor destruirla. Quizá los destructores llevaban a cabo la obra
de Dios.
Esto hacía que la secta fuera peligrosa, ya que unos
individuos que se adaptaban de forma fatalista a la derrota y la destrucción, y
que incluso las veían con buenos ojos, representaban un peso muerto. Con unos
cuantos más de ellos, el imperio se derrumbaría espontáneamente. Por esta
razón, Alejo se vio obligado a tomar severas medidas contra los bogomilos. En
1086 se sublevaron, apoyados por los pechenegos y los cumanos del norte del
Danubio.
De nuevo, las provincias imperiales fueron asoladas
incluso con más saña de lo que habían hecho los normandos que habían operado
más al sur. Hacia finales de la década de 1080, los bárbaros llegaron hasta las
mismas murallas de Constantinopla. Con un suspiro de cansancio, Alejo usó su
mejor arma. Ofreció a los jefes cumanos oro y les incluyó en el servicio
imperial. Como auxiliares bizantinos, se volvieron contra sus antiguos aliados,
los pechenegos, y en 1091 les infligieron una seria derrota. A partir de entonces,
los pechenegos, gravemente afectados, empezaron a caer en decadencia. La
amenaza bogomila se desvaneció también, aunque la secta continuó haciendo
conversos entre los eslavos de los Balcanes y siguió siendo una fuerza
considerable durante dos siglos más.
Así que en la primera década de su reinado, Alejo I había
hecho maravillas sólo con aguantar. De una manera u otra, su reinado se vio
simbolizado por el hecho de que su punto central, la estatua de Apolo (con la
cabeza de Constantino), que había estado en la plaza del mercado a lo largo de
siete siglos, fue alcanzada por un rayo y al fin cayó. Podía ser el símbolo de
la caída final del imperio. Pero se entendió como manifestación del desagrado
divino por tratarse de un monumento secular y por su origen pagano. En su
lugar, se colocó una cruz de oro sobre una columna, y de hecho la mayor parte
de los problemas de Alejo se los produjeron guerreros que llevaban la cruz como
insignia.
Los guerreros de la cruz
En 1092 murió el sultán turco Malik Shah, y con él murió
el verdadero poder seléucida. Todo el reino seléucida se dividió en provincias independientes
y turbulentas. Alejo vio su oportunidad. Enfrentando a un jefe seléucida contra
otro, podía reconquistar Asia Menor y recuperarse de la colosal derrota de
Manzikert.
No obstante, lo que necesitaba eran soldados. Los
normandos se habían marchado, los pechenegos estaban destrozados, los cumanos
estaban a su servicio, los bogomilos tranquilos; pero el imperio (o lo que
quedaba de él) no estaba en condiciones de combatir. En su momento culminante
su ejército no contó con más de 50.000 hombres, en su mayoría mercenarios en
los cuales sólo se podía confiar hasta un cierto grado. Tenía que conservarlos
desesperadamente, y nunca podía arriesgarse a bajas importantes, ni siquiera en
aras de una victoria. Era extremadamente frustrante ver escapar una espléndida
oportunidad de recuperarse de una derrota por falta de soldados.
Alejo pensó que había encontrado la solución. Había
utilizado enemigos contra enemigos, por ejemplo, cumanos contra pechenegos. En
concreto había utilizado a mercenarios turcos contra los normandos y en aquel
momento no veía nada malo en usar a mercenarios normandos contra los turcos.
Su oportunidad le llegó en 1095, cuando la Iglesia
occidental, bajo el papa Urbano II, celebraba un concilio en Italia para tratar
de sus asuntos internos. Alejo envió un embajador al concilio, quien pidió que
fuesen voluntarios a Constantinopla para unirse a la lucha contra los turcos.
El emisario insinuó que, a cambio, tal vez Alejo se mostrara dispuesto a
resolver el cisma entre las ramas oriental y occidental de la Iglesia.
Al papa le pareció como si Oriente estuviera por fin
dispuesto a aceptar la supremacía pontificia. No hubo forma de que Urbano se
resistiera a tragar el anzuelo de conseguir la victoria final, después de siete
siglos de guerra eclesiástica. Por consiguiente, convocó otro concilio
eclesiástico que se reuniría en Clermont, en Francia, en noviembre de 1095,
para tratar en concreto el problema de la derrota de los turcos seléucidas. No
sólo asistió el clero, sino también la nobleza, y Urbano pronunció un discurso
conmovedor exhortando a los señores occidentales a que dejaran de luchar entre
sí y se unieran contra el infiel.
Pero Urbano se excedió, y tanto él como Alejo se pillaron
los dedos. Alejo quería un contingente de caballeros occidentales (con caballos
y armamento) para ir a Constantinopla como mercenarios que le jurasen fidelidad
y que se agotasen en el combate destinado a recuperar Asia Menor para el
imperio. Sin embargo, Urbano, en su esfuerzo por levantar una fuerza de este
tipo, consiguió despertar un entusiasmo histérico que se desmandó
instantáneamente.
Una vasta fiebre se extendió por Francia. A los
occidentales no les importaba en absoluto Constantinopla, ni Alejo. Según la
opinión popular, los bizantinos eran heréticos, igual de malos que los turcos.
Desde luego, lo que los occidentales querían era derrotar al turco bajo la
jefatura de Dios y del papa (y no del herético Alejo), y apoderarse de Tierra
Santa (no de Asia Menor) para sí mismos (no para los bizantinos).
Incluso antes de que los caballeros occidentales pudieran
organizarse, el campesinado de Europa occidental se puso en marcha
tumultuosamente hacia el este. No sabían adónde iban, ni lo que harían una vez
que llegasen; sólo tenían una palabra mágica, «Jerusalén», en sus oídos.
Carecían de víveres y sus únicas posibilidades de comer consistían en devastar
la campiña por donde pasaban; su única diversión era matar judíos o cualquier
otra persona que les pareciera sospechosamente diferente. Parecían una plaga asesina
de langostas, y los que topaban en su camino se defendían desesperadamente.
Murieron a millares al pasar por Hungría, pero por fin unos 12.000
sobrevivieron para invadir Constantinopla.
Alejo estaba horrorizado. Ciertamente no deseaba esa
chusma turbulenta. No podía ni controlarla ni utilizarla, así que optó por la
única salida posible. Los embarcó y los mandó al otro lado de los estrechos, a
Asia Menor, indicándoles: «Por ahí se va a Jerusalén»; y los abandonó a los
turcos. Y, efectivamente, los turcos se encargaron de ellos: mataron a la
mayoría y esclavizaron a los que quedaban.
Entretanto, no obstante, los caballeros de Europa
occidental se habían organizado y estaban preparados para marchar hacia el
este. Cosieron cruces en sus ropas para indicar que combatían por el
cristianismo. Por esta razón, su expedición era una Cruzada (de la palabra
española «cruz»), y esta expedición fue la Primera Cruzada.
Los jefes de la Primera Cruzada, esos guerreros de la
cruz, eran casi todos nobles franceses o normandos de segundo rango. Entre
julio de 1096 y mayo de 1097, sus contingentes llegaron gradualmente a
Constantinopla. Casi de inmediato, Alejo se arrepintió de haber provocado
aquello. La chusma había sido bastante horrible, pero se había librado de ella
fácilmente. Pero ¿y estos altivos caballeros occidentales que estaban
convencidos de que los «heréticos» orientales eran despreciables, y de que
ellos eran los soldados de Dios, y no de Alejo? No sabían nada del ritual
bizantino y ofendieron a la corte con sus modales groseros y sus maneras
ignorantes.
Además, no se dieron cuenta de que Alejo se consideraba a
sí mismo, y era considerado por su pueblo, emperador romano. Ellos (y los
cruzados posteriores) persistían en considerarle el Rey de los griegos, un
título altamente ofensivo para los bizantinos, muy conscientes de su historia.
Y lo peor de todo es que a esta primera cruzada se unió, y fue uno de sus jefes
principales, el propio Bohemundo, el mismo Bohemundo que había luchado contra
Alejo una década antes y casi le había derrotado. Alejo debía mirarles, y a
Bohemundo en particular, con considerable aprensión. No se atrevió a oponerse a
su comportamiento altanero ni a los desórdenes que provocaron en la capital, a
sus riñas y a sus robos. Después de todo, si les hubiera dado por atacar el
palacio y apoderarse de Constantinopla, podrían haberlo hecho.
Sólo tenía dos cartas que jugar. En primer lugar, la
riqueza y la magnificencia de la gran ciudad podían provocar la codicia de los
cruzados, pero a la vez les impresionaba el poder del emperador (impresión que
era mayor que la realidad), y estaban acobardados. En segundo lugar, los
caballeros se odiaban entre sí al menos con la misma cordialidad con que
odiaban a los bizantinos, y mientras cada uno maniobraba para asegurarse de que
ninguno de los demás pudiera apoderarse de demasiadas rosas, Alejo tuvo la oportunidad
de vencerlos a todos.
Su tarea principal fue tratar de que quedara perfectamente
claro para los caballeros que luchaban bajo las órdenes imperiales y de acuerdo
a los propósitos imperiales. Por esta razón, Alejo insistió en que juraran
fidelidad a su persona y en que todos consintieran en devolver todo el
territorio reconquistado en Asia Menor al imperio. Con mayor o menor
resistencia, todos los caballeros hicieron el juramento, pero ninguno lo hizo
en serio. No veían ninguna razón para cumplir con un juramento hecho a un hereje.
Alejo tampoco depositó ninguna confianza en los
caballeros, tanto si juraban como si no lo hacían. No se fiaba de ellos, y
tenía la intención de hacer todo lo posible para que no consiguieran demasiado
poder. Si iban a reconquistar Asia Menor para él, podían morir en el intento;
en realidad, deseaba que ocurriera así.
El resultado fue que, pasara lo que pasara, cada bando
sospechaba de la deslealtad del otro, lo cual demostró ser cierto. En junio de
1097, Alejo embarcó a los cruzados para Asia Menor, y éstos comenzaron su
acción poniendo sitio a la ciudad de Nicea, no muy lejos al otro lado del
pequeño mar de Constantinopla.
Si la tomaban, tenían la obligación moral de entregarla al
emperador, pero no veían ninguna razón para no saquearla antes. Los defensores
sabían que su intención era ésta, y preferían ser conquistados por los
civilizados bizantinos. Por lo tanto, se entregaron al emperador, que envió
tropas a toda prisa a la ciudad antes de que los cruzados pudieran comenzar el
saqueo. Naturalmente, los cruzados se sintieron engañados y airados. Entonces
los cruzados partieron hacia el sur, derrotaron a los turcos en Doryleum, en el
centro de Asia Menor, y siguieron presionando en dirección a Tierra Santa, cuya
reconquista era su objetivo.
Alejo envió sólo un pequeño contingente con ellos, como
fuerza simbólica. El y el ejército imperial central se mantuvieron detrás, para
reducir y apoderarse de las fortalezas turcas en Asia Menor, cuya reconquista
era su meta. Los cruzados se sintieron abandonados por un emperador cuya
preocupación por sus propias tropas consideraban simplemente como una cobardía
griega.
De todos modos, las dos partes se salieron con la suya
hasta cierto punto. Los cruzados, que sufrían espantosas bajas tanto por las
condiciones ambientales como por los turcos, avanzaron, sin embargo, por su
simple peso y obstinación, y de hecho volvieron a apoderarse de toda la costa
situada en el extremo oriental del Mediterráneo. El 15 de julio de 1099,
volvieron a tomar Jerusalén, a cuyos habitantes sometieron a una horrenda
matanza en nombre de su dulce Jesús.
Entretanto, Alejo había reconquistado el tercio occidental
de Asia Menor, y con el tiempo toda la costa de la península. Pero el dominio
seléucida se mantuvo firme en el interior oriental, de forma que los resultados
de Manzikert no cambiaron por completo. Los cruzados conservaron Tierra Santa
para sí mismos, y en este caso Alejo no podía realmente decir nada. Era cierto
que la región había sido ocupada por el imperio en los tiempos de Heraclio,
pero Alejo no tenía fuerza para retenerla.
Existía, sin embargo, una región de contención en el punto
en el que la franja de territorio cruzado lindaba con Asia Menor. Allí estaba
la antigua ciudad de Antioquia. Alejo la deseaba enormemente y cuando los
cruzados la estaban poniendo sitio, hizo avanzar a su ejército victorioso hasta
entonces para unirse al sitio y tomar la ciudad. Se encontró con unos cruzados
asustados que huían hacia el oeste con la noticia de que el ejército cruzado
había sido destruido. Desalentado, Alejo se retiró. Pero el ejército de los
cruzados no estaba destruido, y finalmente tomó Antioquia. Una vez hecho esto
sin la ayuda de los bizantinos, los cruzados se negaron a entregarla al
emperador. Y para colmo de desgracias, el cruzado que decía ser su dueño era
nada menos que Bohemundo.
Bohemundo no sólo tuvo que luchar contra Alejo, sino
también contra los turcos y contra otro colega cruzado, Raimundo de Toulouse.
Bohemundo tuvo que marcharse de Antioquia por la fuerza, volvió a Italia e
intentó reunir otro ejército, no contra los turcos, sino contra el imperio. Una
vez más, invadió el imperio desde el oeste al Igual que había hecho su padre
veinte años antes. Esta vez sufrió una rápida derrota, y en 1108 tuvo que
firmar un tratado aceptando el control imperial de Antioquia. Pasó los tres
años restantes de su vida en Italia, amargado y derrotado, pero Alejo (incluso
con el papel firmado que poseía) no pudo entrar en Antioquia, que estaba ya en
manos de otros cruzados.
La gloria final
Cuando murió Alejo I en 1118, a los setenta años, después
de un agotador reinado de treinta y siete años, tuvo la satisfacción de saber
que al final había derrotado a todos sus enemigos y que el imperio, que parecía
estar al borde de disolverse cuando tomó el trono, era fuerte y estable en el
momento de su muerte. Si no era ya una gran potencia (continuaba necesitando de
la ayuda occidental), al menos mantenía la ilusión de serlo.
Desde luego, si su influencia política y militar estaba en
decadencia, su influencia intelectual era más importante que nunca. Los
occidentales que llegaron en tropel a Constantinopla para seguir hacia Tierra
Santa se contagiaron de la cultura oriental, y la llevaron de vuelta consigo
cuando retornaron a sus casas.
El Código de Justiniano, con sus enmiendas hasta los
tiempos de León VI, llegó a Italia y formó la base de las enseñanzas de derecho
en las universidades italianas. Desde allí se difundió paulatinamente por
Europa occidental, propagando el concepto bizantino del derecho divino de los
reyes y estimulando el auge de la monarquía absoluta (no llegó a Inglaterra,
que se desarrolló siguiendo una ruta política diferente, lo cual tuvo gran
significación para la historia).
La cultura bizantina floreció bajo la dinastía Comneno, de
manera que había muchas cosas con que contagiar a Occidente. Juan Italus
(llamado así porque fue obligado por la invasión normanda del sur de Italia a
marcharse a Constantinopla) fue el sucesor de Psellus en la Universidad de
Constantinopla. Enseñó las doctrinas del gran filósofo griego Aristóteles, y
sostuvo que era posible dedicarse a la investigación filosófica con
independencia de la teología. La tradicionalista Iglesia de Constantinopla no pudo
soportarlo, e Italus fue juzgado por herejía, condenado y obligado a
retractarse públicamente en Hagia Sofía en 1082. Sin embargo, sus enseñanzas
aristotélicas influyeron en figuras posteriores, y encontraron por fin el modo
de llegar a Occidente.
Alrededor del 1100, Suidas recopiló una gigantesca
enciclopedia que contenía las biografías de escritores griegos y bizantinos,
muchas citas de obras literarias antiguas e inmensas cantidades de otros
materiales (de valor desigual). Teodoro Prodomus escribió mucho, tanto en prosa
como poesía.
La figura literaria más insólita del período, no obstante,
fue Anna Comnena, hija mayor de Alejo I. Adoraba a su padre y aspiraba a ser
emperatriz. Para que esto pudiera suceder, esperaba que su padre excluyera a su
hermano Juan (cinco años menor que ella) del trono y se lo concediera al marido
de Anna, Nicéforo Bryennius, hábil soldado y hombre honorable.
Sin embargo, Alejo resistió a todas las presiones y
dispuso que su hijo le sucediera con el nombre de Juan II. Después del ascenso
de Juan, Ana siguió intrigando contra él, pero Bryennius se negó a seguir a su
mujer en esto. Su mujer le acusó de cobardía, pero su motivo fue, al parecer,
esa virtud extremadamente rara que se llama honor. Bryennius continuó siendo
fiel a Juan, le acompañó en sus campañas y escribió una historia de la familia
Comnena.
Anna Comnena, disgustada, se retiró a un convento y dedicó
su tiempo a escribir el Alexiad en griego ático, el idioma clásico de los
antiguos. Fue una continuación del libro de su marido y una biografía de su
padre. Está muy bien construido y presenta a los cruzados desde el punto de
vista oriental, lo que representa un sano contrapeso a los habituales
prejuicios occidentales. Ciertamente, esta princesa imperial fue una de las
historiadoras más importantes que la civilización haya producido jamás.
Bajo la dinastía Comnena, Constantinopla alcanzó la cima
de su fama, en parte porque muchos occidentales la vieron y escribieron sobre
ella. Más que nunca, fue la ciudad imperial del mundo, un modelo frente al cual
las demás ciudades palidecían hasta reducirse a la insignificancia. Tampoco
tenía sólo magnificencia. Juan II donó un hospital de cincuenta camas dividido
en cinco pabellones. Había salas separadas para las mujeres y para la cirugía.
El hospital empleaba a diez médicos, una médico y varios ayudantes. No había
nada semejante en el Occidente. Menos asombroso, la mujer de Juan, la piadosa
Irene de Hungría, donó un gran monasterio, y finalmente fue canonizada.
Juan era tan capaz como su padre y continuó fielmente su
política. Se esforzó mucho por conservar la paz y la amistad, hasta donde pudo,
con Occidente. Reconocía el poder excesivo de los venecianos en la capital pero
era consciente de que sería impolítico intentar echarles. En lugar de ello se
negó simplemente a darles más poder y atrajo a comerciantes de las ciudades
italianas rivales como, Génova y Pisa, para que fueran una especie de
contrapeso. Se podía contar con que los genoveses y los pisanos eran anti-venecianos,
y el emperador no se vería envuelto en sus disputas.
El resultado de la prudencia de Juan fue que su cuarto de
siglo de reinado resultó comparativamente pacífico para el imperio, un
intervalo muy necesario. Por supuesto, la paz no fue total. Juan aumentó las
conquistas de su padre en Asia Menor, y en 1122 empleó el tiempo necesario para
derrotar a los pechenegos por última vez, después de lo cual desaparecieron por
entero de la historia.
El gran objetivo de su vida fue la reconquista de
Antioquia, que estaba todavía en poder de los cruzados. A lo largo de repetidas
campañas en el sur de Asia Menor, se fue haciendo cada vez más fuerte, hasta
que por fin en 1142 llevó a su ejército a la misma Antioquia. Parecía que a los
cruzados de la ciudad no les quedaría más remedio que rendirse. Pero en este
momento intervino algo fortuito. Mientras continuaba el sitio, Juan se fue a
cazar. Mató a un jabalí, pero a la vez se hirió accidentalmente con una de sus
propias flechas. La herida no era seria, pero se infectó, y Juan murió de
aquella infección el 8 de abril de 1143.
Le sucedió su hijo Manuel I, de veinte años. Era el tercer
emperador capaz seguido de la dinastía Comnena. De hecho, en algunas cosas
representó la cumbre de la fama del imperio, si no de su poder. Supuso un nuevo
paso en el cambio de actitudes. Su abuelo, Alejo, buscó la ayuda de Occidente
pero no se fió por completó de los occidentales. Su padre, Juan, deseó la
amistad de Occidente. Manuel admiraba sumamente a los occidentales; tanto, que
quería ser uno de ellos.
Se imaginaba un caballero al estilo occidental, luchaba en
los torneos, y fue, desde luego, elogiado y admirado por los occidentales. Sus
dos mujeres eran princesas occidentales, no creyó hacer ningún mal concediendo
a los comerciantes occidentales privilegios aún mayores en el imperio, y nombró
a occidentales para cargos políticos importantes. Hasta se sintió tentado por
la idea de reunir las dos mitades de la Iglesia bajo las condiciones de los
occidentales.
El resultado fue que se hizo bastante impopular entre sus
propios súbditos, que tenían que pagar fuertes contribuciones para subvencionar
la magnificencia de su emperador. Para colmo, no compartían en absoluto la
fascinación de su gobernante por las cosas occidentales, se sentían humillados
por el poder y la arrogancia de los occidentales y odiaban y temían a los
sacerdotes occidentales.
En realidad, las relaciones de Manuel con el Occidente no
fueron siempre una balsa de aceite. Todavía seguía en pie el problema de los
cruzados. En Tierra Santa, los turcos estaban contraatacando y consiguiendo
victorias, y parecía aconsejable pedir nuevos refuerzos a occidente. Se predicó
una Segunda Cruzada, y esta vez los contingentes occidentales llegaron en 1147
bajo la jefatura de reyes: de Luis VII de Francia y de Conrado III de Alemania,
que se llamaba a sí mismo Emperador Romano.
A pesar de todo el cariño que sentía por Occidente, a
Manuel no le agradaron estos contingentes. No reconoció el título imperial de
Conrado III, a quien se dirigía como «Rey de los alemanes», y ni Conrado ni
Luis podían presentarse ante Manuel sin unas ceremonias humillantes.
Naturalmente, esta situación no aumentó el cariño occidental por el «Rey de los
griegos».
Manuel puso todo su empeño en evitar que los cruzados
chocaran con sus súbditos, y apresuró su paso hacia Asia Menor. Bajo la inepta
dirección de los reyes occidentales, la nueva Cruzada fue un desastre. Manuel
no hizo nada para ayudarles, y los cruzados se vieron obligados a marcharse sin
haber logrado ningún triunfo.
Tal vez esta triste demostración de ineptitud animó a
Manuel a intentar una ofensiva occidental por su propia cuenta. Los normandos
en Italia seguían con su lucha inalterada, que duraba ya un siglo, con el
imperio, y Manuel pensó en atacarles con la ayuda de la flota veneciana. En
1151, desembarcó un ejército bizantino en la costa italiana, pero ya en 1154
este intento de desplazarse hacia el oeste había abortado. Pero con su acción,
Manuel había alentado a los italianos a rebelarse contra el sucesor de Conrado,
Federico I, un joven y vigoroso monarca que recibió el sobrenombre de
Barbarroja.
Tanto la política interior como la exterior de Manuel se
llevaron a cabo con la ilusión de que el Imperio Bizantino era una gran
potencia. Por supuesto, si se mira el mapa del imperio durante el reinado de
Manuel, puede pensarse que la batalla de Manzikert sólo fue un episodio, que el
imperio de Basilio II estaba casi intacto, y que Constantinopla estaba todavía
en su apogeo. Lo único que se había perdido desde Basilio II era el sur de
Italia, Armenia y unas zonas del interior de Asia Menor. Además, el imperio
dominaba pequeños territorios en el noroeste y el sureste que no había poseído
Basilio. Y lo que se había perdido, Manuel intentó recuperarlo.
Desgraciadamente, las apariencias engañan. La extensión de
territorio podía ser casi la misma, pero se habían producido muchos cambios. La
fuerza económica del imperio bajo Basilio II se había perdido casi por
completo. La capital estaba repleta con 10.000 venecianos, además de cantidades
menores de genoveses y pisanos, que consumían los beneficios del comercio y
humillaban a la población nativa. Los reinos de los cruzados de Siria y Tierra
Santa, aunque débiles militarmente, formaban un camino alternativo para el
comercio entre Oriente y Occidente utilizado por la flota italiana, dejando de
lado Constantinopla. El intento de Manuel de desempeñar el papel de gran
potencia sobre una base económica en decadencia sólo sirvió para debilitar aún
más al imperio.
Finalmente, estaba el Occidente que cada década se hacía
más poderoso y confiado a medida que el Imperio Bizantino, pese a su arrogante
apariencia de magnificencia, se volvía más débil. Occidente era ya más fuerte
que Oriente; solo que, cegados por el espectáculo, los occidentales no se
dieron cuenta de ello. Sin embargo, no se podía ocultar la verdad por mucho más
tiempo.
Seducido él mismo por las apariencias, Manuel no se
preocupó por los peligros que le acuciaban. Estaba seguro de que podía
resolverlos todos. En 1176, decidió marchar hacia el este contra los turcos.
Los turcos ofrecieron la paz, y los generales de rango superior se la
aconsejaron; pero Manuel quiso la guerra.
Llevó a su ejército a la frontera, y lo dirigió a través
de un estrecho valle cerca de un lugar fortificado llamado Myriocéfalos. No se
dio cuenta de que todas las alturas a lo largo de ambos lados del valle estaban
ocupadas por los turcos. Los turcos siguieron esperando hasta que el ejército
bizantino estuvo incautamente diseminado a lo largo de diez millas de valle
estrecho y luego atacaron. En un día de batalla, las fuerzas imperiales fueron
exterminadas Manuel escapó, pero se cuenta que jamás volvió a sonreír.
La derrota confirmó lo ocurrido en la batalla de Manzikert
casi exactamente un siglo antes. La ofensiva contra los turcos, que únicamente
había sido posible con la Primera Cruzada, se dio por concluida. Se había
perdido la iniciativa conseguida por Alejo. Ni siquiera con ayuda occidental
era posible derrotar a los turcos, y resultaba evidente que iban a quedarse
permanentemente en Asia Menor.
Manuel murió en 1180, después de un reinado, como el de su
abuelo, de treinta y siete años. Los tres emperadores de la dinastía comnena,
Alejo, Juan y Manuel, habían gobernado durante noventa y nueve años. Fue el
último período en que el imperio demostró vigor: el final de la gloria.
La cuesta abajo
El heredero de Manuel era un niño de once años que reinó
con el nombre de Alejo II. Era hijo de la segunda de las mujeres occidentales
de Manuel, María de Antioquía. El niño era demasiado joven para gobernar, y su
madre hizo de regente. Así, el imperio cayó todavía más bajo el dominio
occidental. Mientras Manuel había sido simplemente un admirador de las cosas
occidentales, el nuevo emperador era medio occidental y estaba bajo la
influencia de una madre totalmente occidental.
De forma imprudente, la madre se permitió depender por
completo de elementos occidentales residentes en Constantinopla, y hacia 1182
la población griega estaba a punto de estallar. Había otro miembro de la casa
real, Andrónico Comneno, que esperaba su oportunidad. Era primo de Manuel I e
hijo de un hermano más joven de Juan II. Era guapo, fuerte, inteligente,
encantador y sin escrúpulo alguno. Se había pasado la vida consiguiendo unas
veces audaces victorias, y sufriendo otras derrotas por su descuido. Corría
tras las mujeres con éxitos llamativos, y conspiró contra Manuel sin tener
ninguno. Pasó un tiempo considerable en prisión, y mucho tiempo en el exilio
errando por todo el Oriente, desde la Caucasia hasta Tierra Santa.
Durante los últimos años de vida de Manuel, volvió a casa.
Parecía hastiado de su vida turbulenta, dispuesto a echar raíces y se humilló
contrito ante el emperador. Fue nombrado gobernador de Ponto, una región de la
zona costera del noroeste de Asia Menor, que estaba todo lo lejos de
Constantinopla que Manuel consideró conveniente. Cuando Manuel murió, Andrónico
tenía unos setenta años, pero no era tan viejo como para no seguir con atención
los acontecimientos. Cuando pensó que el populacho de Constantinopla habla sido
empujado demasiado lejos y estaba a punto de estallar, reunió un ejército y
comenzó a marchar hacia el oeste.
Los hombres se reunieron bajo su estandarte con
entusiasmo, encantados con un príncipe Comneno que era totalmente griego, y las
noticias de su avance fueron la señal para Constantinopla. El pueblo enloqueció
en una orgía de destrucción, matando a todos los occidentales que pudo
encontrar, y destrozando sus casas, sus iglesias, sus almacenes y todo lo que
se le puso por delante.
Andrónico fue recibido triunfalmente en la capital y
nombrado emperador asociado en 1183. El joven Alejo se vio obligado a firmar la
condena a muerte de su madre, y poco después él mismo fue liquidado. Andrónico
gobernó solo como Andrónico I, y para fortalecer la legitimidad de su reinado,
se casó con la joven mujer de Alejo.
Ya emperador, Andrónico intentó cambiar la orientación
pro-occidental que caracterizaba cada vez más la política gubernamental en las
últimas décadas. Intentó también mejorar la acción del gobierno aplicando
rígidas normas de honestidad, y, sobre todo, limitando el poder de la nobleza
feudal. Sentía (con alguna justificación) que estaba llegando la hora del
imperio y que la reforma, si se hacía, tenía que hacerse enseguida. No tenía
tiempo para condescendencias, y por ello intentó llevar todo a cabo mediante la
fuerza.
Como era natural, la nobleza se volvió en contra suya, y
el odio a Andrónico se hizo cada vez más intenso. Andrónico tal vez podría
haberse salvado si hubiera cultivado el amor del pueblo como un contrapeso;
pero, en su duro intento de rejuvenecer el Estado, suspendió las carreras de
caballos en el hipódromo como un lujo impropio de los tiempos. Indudablemente
tenía razón, pero al adoptar esta medida se enajenó por completo al pueblo de
la capital.
Pese a todo esto, se podría haber salvado si no se
hubieran producido complicaciones externas; pero se produjeron. Los enemigos de
siempre, los normandos, amenazaban de nuevo. El reino normando del sur de
Italia y Sicilia estaba ya bajo el gobierno de Guillermo II, y había alcanzado
el apogeo de la eficacia y de la prosperidad. El sur de Italia no había estado
nunca en una posición tan favorable desde los momentos culminantes del poder
romano, y aquello jamás volvería a repetirse. Guillermo II era muy consciente
de las campañas de sus antepasados contra el imperio, y las noticias de la
matanza de occidentales en Constantinopla le daban la causa virtuosa que
necesitaba para iniciar de nuevo la vieja guerra.
Durante algún tiempo pareció como si los días de Guiscardo
hubieran vuelto. Los normandos desembarcaron en la costa albanesa en 1185,
tomaron Durazzo, partieron hacia el interior hasta Tesalónica, en el mar Egeo,
que tomaron también, y en represalia por la matanza anterior, mataron a 7.000
de sus habitantes griegos.
El pánico y odio se mezclaron, y la población de
Constantinopla se levantó contra Andrónico. El viejo, que ya tenía setenta y
cinco años fue apresado por el pueblo, que acto seguido le torturó lenta y
brutalmente hasta la muerte. El populacho necesitaba otro emperador, y habla un
candidato a mano. Era Isaac Angelus, nieto de una hija de Alejo. Fue proclamado
emperador con el nombre de Isaac II.
Con gratitud, la población bizantina vio que se
abandonaban las reformas. Las familias feudales vieron ratificados sus
privilegios; el pueblo tuvo de nuevo sus carreras de caballos; el emperador
abandonó la austeridad del reinado anterior y volvió al lujo y al despilfarro.
Casi parecía que los disparates eran notables, ya que la amenaza normanda se
desvaneció de inmediato cuando un general bizantino, Alejo Branas, derrotó a
los invasores en dos batallas y los echó de los Balcanes.
Sin embargo, esta ofensiva había sido preparada durante
los tiempos de Andrónico, y lo que vio Isaac II durante su reinado fue el
comienzo de la desintegración. Los normandos se quedaron con algunas islas
próximas a la costa occidental. El gobernador de Chipre (otro Isaac) gobernaba
la isla como si fuera un reino independiente, y cuando Isaac II intentó
obligarla a cumplir sus órdenes, sus naves fueron destruidas. Chipre siguió
siendo independiente, y el imperio perdió el control del mar, incluso el del
Egeo.
Además, en lo que antes era Bulgaria, dos hermanos, Juan y
Pedro Asen, dirigieron una rebelión popular contra los rapaces recaudadores de
impuestos bizantinos. Isaac II consiguió al principio unas cuantas victorias,
por lo que los búlgaros pidieron ayuda a los cumanos, y a continuación asolaron
los Balcanes. La población griega del norte de los Balcanes fue asesinada y
expulsada casi en su totalidad. Nunca más volvió. La zona ha seguido siendo
búlgara hasta hoy.
Ya antes de 1188, Isaac tuvo que admitir su derrota.
Reconoció lo que venía a ser un Segundo Imperio Búlgaro, que sustituyó al que
había sido aniquilado hacía más de siglo y medio por Basilio II. La aceptación
por parte de Isaac de la nueva situación de Bulgaria se debió no sólo a su
derrota militar, sino también a la llegada de una nueva amenaza procedente de
Occidente. Los cruzados comenzaron un nuevo avance.
En 1187, un jefe islámico, Saladino, tomó de nuevo
Jerusalén, después de que esta ciudad hubiera estado en manos cristianas
durante menos de un siglo, y un estremecimiento de cólera recorrió Europa
occidental. Una vez más las legiones de caballeros marcharon hacia el este en
una Tercera Cruzada. Esta vez estaba encabezada por los tres monarcas más
poderosos del Occidente: Ricardo I de Inglaterra, Felipe II de Francia y
Federico I de Alemania.
Ricardo y Felipe viajaban por mar, y por consiguiente no
perturbarían los dominios bizantinos con sus presencias. Aun así, Ricardo se
detuvo en Chipre, riñó con su gobernante, conquistó la isla en 1191, la dejó en
manos de otros cruzados y se marchó a Tierra Santa. Chipre seguía en manos
occidentales casi cuatro siglos después, aunque su población continuaba siendo
griega.
Sin embargo, Federico I Barbarroja de Alemania, viajó por
tierra. Pasaría por Constantinopla, y no tenía ninguna razón para tenerle
cariño al imperio. Al principio de su reinado, Manuel I había subvencionado a
las ciudades italianas que se rebelaron contra él e intentó arrebatarle Italia.
Isaac II temía desesperadamente la llegada del ya canoso
Barbarroja, y entre el tosco gobernante alemán y el urbano y civilizado
Saladino le parecía preferible este último. Isaac II ofreció a Saladino una
alianza, pero el líder islámico la rechazó. Era lo bastante fuerte para no
necesitar alianzas, en especial con un Estado tan impotente como era entonces
el Imperio Bizantino.
Cuando Federico pasó por Bulgaria, los hermanos Asen
intentaron inducirle para concertar una alianza y llevar a cabo una ofensiva
común contra Constantinopla. Federico se sintió tentado, pero a sus casi
setenta años tenía prisa. Quería alcanzar la gloria de conquistar Jerusalén
antes de morir, y con tal de que Isaac no hiciera nada para enfurecerle,
dejaría a Constantinopla en paz.
Isaac se negó todavía a reconocer el título imperial del
poderoso Federico, pero en todo lo demás se le sometió por completo. Le
prometió provisiones y apoyo de todo tipo, y le embarcó al otro lado de los
estrechos, a Asia Menor, todo lo rápido que pudo. Allí se truncó el sueño de
conquista de Federico. Se ahogó mientras se bañaba en el río Calicadnus, en el
centro meridional de Asia Menor, y sin él su ejército se disolvió rápidamente.
Los supervivientes volvieron a su país como pudieron, y una vez más el Imperio
Bizantino superó una amenaza extranjera.
Cualquiera que fuera la buena fortuna de Constantinopla
para combatir las amenazas exteriores, estaba desamparada contra las intrigas
internas. Isaac tenía un hermano más joven que deseaba el trono. Promovió un
complot e hizo que le proclamaran emperador con el nombre de Alejo III. Apresó
a Isaac II en 1195, ordenó que le cegaran y le encarceló. Bajo el nuevo
emperador, el imperio se deslizaba cuesta abajo.
¡La ruina!
El cegado Isaac II tenía un joven hijo, Alejo, de doce
años cuando su padre fue derrocado. Se le permitió vivir al lado de su tío, el
usurpador, gesto de misericordia que resultó un error. En 1201 el joven Alejo,
que entonces tenía dieciocho años, consiguió salir del imperio hacia el oeste,
donde comenzó a buscar ayuda.
En aquel momento, se había acabado la Tercera Cruzada.
Ricardo de Inglaterra había realizado prodigios de valor, pero el vencedor fue
Saladino y los turcos se quedaron con Jerusalén. Por esta razón, se empezó a
organizar una Cuarta Cruzada. Los cruzados intentaron alquilar naves venecianas
para que les llevaran hasta Egipto, donde tenían proyectado tomar Alejandría, y
luego ir hacia Tierra Santa desde el sur. Como era habitual, Venecia pidió un
alto precio por sus servicios. Pero esta vez no había dinero. Al parecer,
existía una ciudad llamada Zara en la costa oriental del Adriático, a unas 170
millas al sureste de Venecia. Era un buen puerto, que Venecia podía aprovechar
y que deseaba. En aquella época estaba nominalmente bajo el dominio del Rey
Cristiano de Hungría, pero eso no les importaba a los venecianos. Razonaban que
los cruzados tendrían que pasar por ella camino de Alejandría. ¿Por qué no
detenerse allí, tomar la ciudad, entregarla a los venecianos como pago por sus
servicios, y luego seguir su camino?
El papa Inocente III, bajo cuya dirección luchaban los
cruzados, se quedó horrorizado ante ese plan de pervertir el espíritu de la
cruzada atacando una ciudad cristiana. Protestó, pero los venecianos
permanecieron impasibles. Pusieron su precio, y los cruzados tuvieron que
pagarlo. En 1202 tomaron Zara para Venecia, y partieron hacia Corfú.
Por entonces el principito bizantino, Alejo, llegó a Corfú
para pedir ayuda. Si los cruzados podían tomar Zara para Venecia, ¿por qué no
podían tomar también Constantinopla y ayudar a restaurar a su padre en su
legítimo trono? Si lo hacían, habría mucho dinero para todos los cruzados.
El jefe de los venecianos era Enrico Dandolo, un hombre
extraordinario. Según un relato, en 1173 era embajador o rehén en la corte de
Manuel I, y fue cegado por una u otra razón, por el emperador. Para añadir más
dramatismo al relato, una versión cuenta que fue cegado utilizando un espejo
cóncavo que concentró los rayos solares.
Esta historia se ha utilizado para explicar el odio
inveterado de Dandolo contra los bizantinos, y su anhelo de vengarse a toda
costa. El relato puede ser una invención, una historia de atrocidades fabricada
para dar a los cruzados una justificación a su venganza. En realidad, la
historia de la ceguera no era necesaria para darles un motivo. Los venecianos
deseaban dominar económicamente el imperio, y recordaban muy bien la matanza de
venecianos ocurrida veinte años antes. En cuanto a Dandolo, su ceguera se debía
muy posiblemente al deterioro de la edad y nada más, porque durante la época de
la Cuarta Cruzada parece que tenía por lo menos noventa años.
A pesar de su edad, Dandolo era agudo e indomable,
parecido al anciano Narsés de seis siglos y medio antes. El fue más que nadie,
quien obligó a los cruzados a tomar Zara contra sus propias inclinaciones y
contra las admoniciones del papa, y fue él quien defendió la causa del joven
Alejo. Abogó para que los cruzados se desviaran hacia Constantinopla. Por fin
lo hicieron, y las naves venecianas llevaron a los caballeros cruzados y al
pretendiente bizantino a la gran ciudad.
Ningún enemigo había conquistado jamás Constantinopla
durante los casi nueve siglos transcurridos desde su fundación por Constantino,
pero sí fue tomada varias veces por uno u otro rival para apoderarse del trono.
Este vez llegaron los cruzados como tropas de apoyo de un pretendiente
imperial, y habría suficientes partidarios suyos en la ciudad como para no
permitir más que una débil resistencia.
Los venecianos volcaron toda su destreza en el sitio
naval, y en agosto de 1203 los cruzados entraron en Constantinopla. Alejo III
huyó. Sacaron al ciego Isaac II de la prisión donde había estado encerrado
durante ocho años, y le convirtieron de nuevo en emperador. Reinaba con él su
hijo, que era ya Alejo IV.
Teóricamente, los cruzados habían llevado a cabo su tarea
y podían partir para Egipto, pero Alejo IV les había prometido mucho dinero y
tenía que intentar explicarles que la tesorería imperial estaba exhausta.
Naturalmente, los cruzados no le creyeron puesto que habían escuchado toda
clase de historias sobre la fabulosa riqueza de Constantinopla. Se negaron a
salir sin recibir su paga, y el pueblo bizantino empezó a asustarse ante un
enemigo asentado de esta forma en el centro mismo de su patria.
Alejo III, a quien los cruzados habían derribado y que
erraba por el norte, tenía una hija cuyo marido se colocó a la cabeza de la
facción anti-cruzada. En enero de 1204, se proclamó emperador con el nombre de
Alejo V, se apoderó del palacio e hizo estrangular a Alejo IV. El joven llevaba
medio año reinando. Se dijo que el ciego Isaac murió del disgusto.
Sin embargo, apoderarse del palacio no era suficiente. Era
necesario que Alejo V echara a los cruzados. Durante tres meses intentó empujar
a los cruzados al mar, pero los caballeros occidentales estaban demasiado
firmemente asentados como para ser desalojados. El 12 de abril de 1204 Alejo V
se dio por vencido y huyó. Le capturaron aquel mismo año y fue ejecutado.
Los cruzados eran ya los amos de la ciudad. La situación
había cambiado. Ya no estaban simplemente como defensores de un rey legítimo;
se habían asentado allí por derecho propio. Durante más de un siglo, los
occidentales habían sido alimentados con relatos sobre la perfidia y traición
de los bizantinos y su emperador. Ahora los cruzados se consideraban víctimas
de esa perfidia: tras haber ido a Constantinopla para servir al auténtico
príncipe, se les había negado su justa paga y después habían sido atacados.
Se sentían investidos de una especie de justa furia.
Cogerían lo que quisieran (era legítimamente suyo) y matarían a quien les diera
la gana, puesto que todos los bizantinos (que de todos modos eran unos viles
herejes) habían hecho peligrar sus vidas con su traición.
A partir del 12 de abril de 1204, los cruzados sometieron
a la gran ciudad de Constantinopla a un saqueo despiadado. Los habitantes
fueron robados, violados y masacrados por millares; los sacerdotes fueron
objeto especial de torturas diabólicas; se saquearon iglesias y mansiones.
Incluso Hagia Sofía, la iglesia más hermosa del mundo, fue profanada sin
piedad. Los altares se convirtieron en mesas para jugar a los dados, donde los
soldados se jugaban el botín. Se colocó a una prostituta sobre el trono del patriarca
para presidir las juergas de los borrachos.
Una gran parte de la riqueza de la ciudad fue saqueada,
robada y llevada fuera. Las obras de arte de Constantinopla se dispersaron con
el tiempo por todo Europa, al igual que cientos de reliquias de todas clases.
Los caballos esculpidos que adornaban el hipódromo fueron llevados finalmente a
Venecia, y todavía están en la Catedral de San Marcos, mientras el hipódromo
era utilizado para torneos al estilo occidental.
Lo que no se podían llevar, lo quemaron, lo hicieron
añicos, lo fundieron o lo destrozaron, incluso cuadros y estatuas originales
que se remontaban a la edad de oro de los antiguos griegos. La tragedia, aparte
de su costo en vidas humanas y sufrimiento, no puede medirse puesto que las
pérdidas eran irreemplazables.
La antigua cultura griega representaba la cima más elevada
del esfuerzo humano hasta entonces, pero en los días anteriores a la imprenta,
la historia de aquella cultura dependía de la existencia de un número
relativamente pequeño de manuscritos. Hacia los siglos finales del Imperio
Romano, esa historia tenía una base moderadamente firme, porque había copias de
las obras distribuidas en varias bibliotecas, públicas y privadas.
Poco a poco, aquellas bibliotecas habían sido destruidas.
Los bárbaros germánicos habían ensombrecido toda la mitad occidental del
imperio. Los árabes invasores destruyeron las partes de la Gran Biblioteca de
Alejandría que los cristianos entusiastas y mal orientados no habían devastado.
Al comienzo de 1204, el único lugar donde los grandes documentos de la cultura
griega se conservaban todavía intactos y completos era Constantinopla. Y fueron
esos documentos los que destruyeron los iracundos cruzados. Ellos, analfabetos
como eran, no veían ningún valor en viejos rollos de pergamino, y todo salvo
algunas de las grandes obras teatrales de Esquilo, Sófocles, Eurípides y
Aristófanes, todo lo demás desapareció.
Muchos documentos se conservaron, puesto que la ciudad era
tan rica en ellos que toda la furia de los cruzados no pudo aniquilarlos ni
descubrir todo lo que los habitantes aterrorizados consiguieron esconder. Pero
fue suficiente para que con esta ruina cayera un telón entre los antiguos y
nosotros; un telón oscuro e impenetrable que no se levantaría jamás.
10
El fantasma del imperio
El intervalo latino
Sin embargo, aunque Constantinopla quedó medio destruida y
los cruzados se hartaron de botín, el tiempo seguía pasando. El problema era:
¿qué se iba a hacer con el imperio? Ya no se trataba de seguir hasta Egipto y
Tierra Santa; los cruzados querían quedarse donde estaban y gobernar el
imperio. Uno de sus hombres, Balduino de Flandes, fue proclamado emperador con
el nombre de Balduino I, y con él comenzó un período denominado «Imperio
Latino», puesto que el idioma de la corte, que hasta entonces había sido el
griego, pasó a ser oficialmente el latín.
Aunque le llamaran emperador, Balduino no tenía el poder
que habían disfrutado incluso los últimos emperadores bizantinos. Por de
pronto, su gobierno era más nominal que real. Otras zonas del imperio fueron
repartidas entre otros cruzados. Un cruzado se convirtió en el Rey de
Tesalónica y gobernó todo el norte de Grecia. Otro adquirió el título del
Príncipe de Acaya y gobernó el sur de Grecia. Entre estos dos estaba el duque
de Atenas.
Por su parte, Venecia tomó las islas, incluida Creta, y
retuvo las tres quintas partes de la ciudad de Constantinopla. Un veneciano
recibió el título de patriarca de Constantinopla, y con él se unieron las dos
mitades de la Iglesia (aunque sólo en teoría). Ninguna de las regiones
subsidiarias gobernadas por cruzados mantuvo gran fidelidad hacia Balduino,
quien sólo gobernaba directamente Constantinopla y unas cien millas a su
alrededor.
Tampoco faltaban enemigos exteriores, puesto que éstos no
se esfumaron simplemente porque los cruzados hubieran sustituido como
gobernantes a los nativos. Bulgaria se había ensanchado hasta casi llegar a sus
fronteras actuales, y estaba a pocas millas del mar Egeo.
Ni siquiera los mismos griegos habían desaparecido de la
escena. La porción noroeste del imperio cayó bajo el gobierno de Miguel Ángel
Comneno, un miembro de la familia real, y se la conoció con el nombre de
Despotado de Epiro.
Varios jefes griegos habían escapado a Asia Menor. Teodoro
Lascaris que, al igual que el desdichado Alejo V, era yerno de Alejo III,
estableció su capital en Nicea y comenzó la dinastía de los Lascáridas que
gobernaron el Imperio Niceano. Otros dos miembros de la familia real, David y
Alejo Comneno, organizaron las secciones de la costa septentrional de Asia
Menor, que recibieron el nombre de Imperio de Trebisonda, con su capital en la
ciudad costera del mismo nombre, cerca del extremo oriental del mar Negro. La
isla de Rodas tenía un gobierno bizantino propio.
De manera que el menguado Imperio Bizantino de Isaac II
sufrió una parcelación en un cúmulo de estados todavía más pequeños, algunos
latinos, otros griegos, indefensos ante cualquier enemigo decidido y que
contribuyeron a su propia miseria con sus luchas mutuas. El medio siglo
siguiente contempló una serie deplorable de luchas complicadas de unos contra
otros. El reino ampliado de Bulgaria estaba entonces gobernado por Kaloyan,
hermano menor de Pedro y Juan Asen. Invadió el Imperio Latino, y cuando Balduino
de Flandes intentó detenerle en 1205, el «emperador» fue derrotado y capturado.
Había tenido en las manos la dudosa gloria del poder imperial durante un año.
Balduino tuvo como sucesor a su hermano Enrique I, que fue
el más afortunado de los emperadores latinos. Consolidó todo el poder que
mantenía en Grecia, obligando a los terratenientes feudales a reconocerle como
emperador, valiera esto lo que valiera. Afortunadamente para él, Kaloyan se
murió en 1207 y la amenaza búlgara remitió durante algún tiempo.
Enrique reconoció que el mayor peligro procedía del
Imperio de Nicea, porque el emperador niceano, Teodoro I, iba ensanchando
lentamente su territorio y derrotando realmente a los turcos (que estaban
divididos y luchaban entre sí) para hacerlo. Por consiguiente, Enrique invadió
Asia Menor en 1212 y tomó aquellas zonas de la península más cercanas a
Constantinopla. En aquel momento, el Imperio Latino alcanzó su apogeo.
Cuando murió Enrique I en 1216, los latinos tenían una
gran necesidad de alguien que protegiera sus posesiones. El cuñado de Enrique,
Pedro de Courtenay, fue elegido emperador latino. Estaba en Francia en aquellos
momentos y al partir apresuradamente hacia su trono fue capturado por las
tropas de Teodoro de Epiro. Pedro murió en la cautividad y nunca gobernó. Su
segundo hijo, Roberto de Courtenay, llegó a ser emperador latino en 1219. Al
mismo tiempo, Teodoro de Nicea murió y fue sucedido por su yerno, Juan III, que
echó a los latinos de Asia Menor y tomó algunas de las islas egeas.
En 1228 murió Roberto y su hermano más joven, de sólo once
años, le sucedió con el nombre de Balduino III. Nada podía hacer el niño sino
defender desesperadamente esa única gran ciudad y esperar el fin.
Entretanto, las cosas iban bien para Nicea. Durante esa
época hubo una migración explosiva de los mongoles hacia el oeste, la mayor y
más temida de todas las oleadas nómadas que llevaban miles de años saliendo en
tropel de Asia central. China, Persia y Europa oriental habían tenido que
soportar los choques más arduos, pero en 1244 un contingente mongol derrotó a
los turcos en Asia Menor oriental y avanzó hacia el oeste, hacia Ancyra. En
aquel momento, los turcos estaban deshechos, Juan III de Nicea hizo una alianza
con los mongoles y amplió su territorio hacia el este a expensas de los turcos.
Ya poseía fuerza suficiente como para invadir las provincias europeas y tomar
Tesalónica.
El sucesor de Juan, Teodoro II, derrotó incluso a los
búlgaros en 1255, y quedó claro que Nicea era la verdadera heredera del Imperio
Bizantino. En 1258, sin embargo, murió Teodoro y su hijo de ocho años ascendió
al trono con el nombre de Juan IV. Lo conseguido por Nicea podía haberse
perdido entonces si no llega a ser porque Teodoro tenía un primo segundo,
Miguel Paleólogo.
Miguel era un hombre inteligente, enérgico y sin ningún
escrúpulo. Una vez que se consideró dudosa su fidelidad, se decidió someterle a
una prueba. Tenía que llevar una bola candente tres veces desde el altar de una
iglesia hasta la barandilla del santuario; si era inocente, la mano no se le
quemaría. Miguel dio su aprobación a la prueba con tal de que el patriarca
(que, debido a su inocencia, no podía temer nada) le entregara la bola
candente. El patriarca decidió que la prueba no era necesaria y que Miguel era
inocente.
Con un niño emperador en el trono, Miguel dio su golpe. El
regente fue asesinado, y Miguel asumió el cargo. El primero de enero de 1259,
se convirtió en emperador asociado con la denominación de Miguel VIII. La
ambición de su vida era volver a tomar Constantinopla. Los latinos que la
gobernaban estaban virtualmente indefensos, y todo lo que se interponía entre
la ciudad y Miguel eran las naves venecianas. Con este propósito, Miguel
contrató naves genovesas, prometiendo a Génova todos los privilegios que en el
pasado había tenido Venecia.
Daba la casualidad de que las concesiones a los genoveses
no eran necesarias. La flota veneciana partió neciamente a una empresa
quimérica en el mar Negro, y durante su ausencia, el 25 de julio de 1261, el
ejército de Miguel asestó el golpe. Constantinopla cayó sin lucha. Balduino II
huyó. El Imperio Latino había llegado a su final, y tras un intervalo de
cincuenta y siete años, un emperador bizantino estaba de nuevo en
Constantinopla.
La nueva cuesta abajo
Viendo el mapa, da la impresión de que el Imperio
Bizantino había sido restaurado de hecho. Una gran parte de Asia Menor
occidental y de los Balcanes estaba bajo el gobierno de Miguel VIII. Pero las
apariencias eran engañosas. Venecia conservaba el dominio de Creta y de muchas
de las islas egeas. Los barones latinos eran los dueños de algunas zonas de
Grecia central. Epiro y Trebisonda seguían estando regidos por los gobernantes
rivales de la estirpe bizantina. Todos eran enemigos empedernidos de Miguel.
Además, las zonas del imperio que gobernaba estaban en
ruinas. Constantinopla estaba hecha añicos. La mitad de la ciudad había sido
demolida, y dentro de sus vagos confines, su menguada población sólo podía
soñar con glorias pasadas. El palacio imperial había quedado destruido, y a
Miguel le faltaban fondos para las reparaciones. Lo que Miguel VIII había
resucitado era sólo un imperio fantasmagórico.
Por supuesto, lo hizo lo mejor posible. De una forma u
otra, tenía que vencer a sus enemigos y sobrevivir, y para esto no dudó en
actuar sin principios. Hizo que cegaran y exiliaran a su joven emperador
asociado, Juan IV, para gobernar solo. Tomó el Peloponeso, y en él la ciudad de
Mistra se convirtió en la fortaleza de la cultura bizantina tardía. Hizo
retroceder a los gobernantes de Epiro y les confinó en una simple franja de
costa. Incluso derrotó a los búlgaros.
El peligro mayor, sin embargo, procedía de Occidente.
Balduino II, el último emperador latino, estaba exiliado, pero seguía con vida.
Casó a su hijo con la hija de Carlos de Anjou, un noble francés. Carlos se
había hecho cargo de Sicilia después de que se extinguiera la dinastía de
gobernantes normandos, y heredó la inquieta ambición de éste. Carlos se
consideraba heredero del Imperio Latino y deseaba apoderarse de Constantinopla.
Al igual que hizo Roberto Guiscardo dos siglos antes, Carlos desplazó su ejército
a través del estrecho a los Balcanes, y antes de 1272 se había establecido
sólidamente en tierra firme.
Miguel VIII tuvo que decidir una acción drástica. Envió
emisarios a un concilio eclesiástico que se celebraba en Lyon, en Francia, en
1274 y accedió a una reunión de las ramas oriental y occidental de la Iglesia,
aceptando las condiciones romanas. Al aceptar Miguel VIII humildemente la
supremacía papal, el complacido papa Gregorio X prohibió a Carlos de Anjou que
siguiera con sus proyectos de derribar a quien ahora era un hijo fiel de la
Iglesia.
Pero aunque Miguel VIII fuera favorable a la unión, la
población bizantina no quería saber nada. Pese a que Miguel utilizó el terror
en su esfuerzo para obligar al clero oriental y al pueblo a dar su conformidad,
éstos se obstinaron en seguir su camino y el papa sufrió una desilusión cada
vez mayor. En 1280, Martín IV fue proclamado papa. Era francés y sentía una
simpatía total hacia Carlos de Anjou, y no se fiaba de Miguel VIII. El nuevo
papa excomulgó a Miguel y dio luz verde a Carlos de Anjou.
Miguel VIII estuvo a la altura de la situación. Derrotó a
Carlos en el campo de batalla y formó una alianza con Pedro III de Aragón, un
reino en el este de España. Pedro le disputaba la posesión de Sicilia a Carlos
de Anjou, y por esta razón estaba dispuesto a ayudar a Miguel. En 1282, las
intrigas de Miguel consiguieron provocar un levantamiento de los sicilianos
contra sus gobernantes franceses. Un día a la hora de las vísperas, los
sicilianos se apoderaron repentinamente de todos los franceses que pudieron
encontrar en la isla, y los mataron. Con estas Vísperas Sicilianas se esfumó la
amenaza de Carlos de Anjou.
Miguel VIII murió en 1282, en apariencia vencedor de todos
sus enemigos, después de un reinado de un cuarto de siglo. Fue el primero de la
dinastía Paleóloga, y el más capaz. Le sucedió su hijo mayor con el nombre de
Andrónico II.
Andrónico II era justamente lo contrario de su padre:
devoto, gentil y sabio. Su primera acción fue terminar con la sumisión de su
padre frente al papado y reafirmar la primacía del patriarca. Esta medida le
dio popularidad entre el pueblo bizantino, pero hizo mucho más difícil
conseguir la ayuda de Occidente que el imperio iba a necesitar cada vez más.
Tal como estaban las cosas, Andrónico encontró que la política exterior
demasiado ambiciosa de Miguel había vaciado la tesorería. Tampoco había forma
dé reunir ni de mantener un ejército bizantino, y el emperador tuvo que
depender casi por completo de los genoveses.
Los genoveses se establecieron en el suburbio de Gálata,
rodeado por su propia muralla, creando así un estado dentro del estado. Su
guerra interminable con Venecia se mantenía por todo el mar Egeo, donde Venecia
tenía fuertes bases. Venecia obligó también al imperio a concederle privilegios
dentro de Constantinopla. En algunas ocasiones, los dos grupos de italianos se
enfrentaban dentro de Constantinopla, mientras los nativos, cada vez más
reducidos, sólo podían contemplarlos desamparadamente (y a veces recibir los
golpes que suelen caer sobre los observadores inocentes).
Lo peor fue que aparecieron nuevos enemigos. Los serbios
formaban hasta entonces una tribu eslava en el noroeste de los Balcanes, que
generalmente había sido dominada por los bizantinos o por los búlgaros. En
1281, su jefe era Milyutin, un gobernante capaz, que aprovechó al máximo la
debilidad de los bizantinos. Se extendió progresivamente hacia el sureste,
traspasando el territorio del imperio y recluyendo a los debilitados búlgaros
en los trechos inferiores del río Danubio. Andrónico II, que no tenía modo de
combatir el empuje serbio, se vio obligado a sufrir una humillación imperial al
dar a su hija en matrimonio al monarca eslavo.
Y en Asia Menor, los turcos se movían de nuevo. Alrededor
de 1290, un jefe turco llamado Osmán estableció un pequeño reino en el noroeste
de Asia Menor, y cada vez se hizo más poderoso y peligroso. Su tribu recibía el
nombre de turcos Osmanlies, aunque en el Occidente era mucho más corriente el
deformado nombre de turcos otomanos.
Para combatir a los turcos, activos de nuevo, Andrónico II
decidió depender de mercenarios. El Imperio Bizantino había utilizado a menudo
mercenarios, y en general de modo acertado. ¿Por qué no intentarlo otra vez?
Andrónico contrató a 6.000 soldados catalanes, puesto que Aragón había tenido
relaciones amistosas con el imperio durante el reinado anterior. La Gran
Compañía Catalana, como se llamaba, resultó ingobernable desde el principio.
Atacó a los italianos en Constantinopla, causando estragos. Cuando fue enviada
a Asia Menor, luchó contra los turcos y con eficacia, pero a la Compañía sólo
le interesaba el botín, y le daba igual luchar contra sus empleadores que
contra cualquier enemigo.
Los catalanes se volvieron contra Constantinopla,
exigiendo unas pagas aún mayores que las que el emperador les podía conceder.
Cuando se dieron cuenta que no podían abrir brecha en las murallas de la
ciudad, asolaron la campiña. Después de que su jefe fuera asesinado en 1305, se
dedicaron al pillaje, asolando todo el norte de Grecia. Con el tiempo se
desplazaron hacia el sur, arrebataron Atenas a los barones latinos que todavía
la gobernaban, y establecieron allí su propia dinastía durante cerca de tres cuartos
de siglo.
Andrónico II no tenía necesidad de más problemas, pero
surgió uno nuevo en forma de una guerra civil. Su hijo, que había gobernado con
él como emperador asociado, era Miguel IX. Miguel IX tenía un hijo, Andrónico,
cuya querida tenía otro amante. El joven Andrónico contrató a unos asesinos
para deshacerse del rival, y por accidente el hermano más joven de aquél cayó
apuñalado. Miguel IX, que estaba enfermo, murió poco después, y el conmocionado
emperador Andrónico II decidió excluir a su nieto de la sucesión por ese
fratricidio involuntario.
El joven Andrónico, ofendido, se sublevó. Era una estúpida
guerra civil por un trono que cada vez tenía menos sentido, pero durante el
último período del imperio se multiplicaron las guerras civiles a medida que el
premio ansiado era más microscópico. Estas guerras civiles finales recibieron
apoyo exterior, para confusión y destrucción de los bizantinos. Desde luego,
sin ayudas de fuera no se podrían haber celebrado. En este caso los serbios
apoyaron al viejo Andrónico, y los búlgaros al joven. En 1328 ganó este último.
El viejo Andrónico II fue destronado después de un desastroso reinado de
cuarenta y seis años, y murió cuatro años más tarde. El nieto accedió al trono
con el nombre de Andrónico III.
Los turcos otomanos
Andrónico III empezó a actuar como si fuera a ampliar el
imperio. Por ejemplo, tomó una isla de los genoveses. También venció a Epiro,
absorbiendo la última parte de su territorio y terminando con el siglo y cuarto
de su existencia como potencia bizantina independiente. Sin embargo, quienes
crecían realmente eran los enemigos del imperio.
En 1330 Esteban Dechanski, el hijo ilegítimo de Milyutin,
dirigió a los serbios en una resonante victoria sobre los búlgaros. Al año
siguiente el hijo de Dechanski, Esteban Dushan, se apoderó del trono y elevó a
Serbia a la cumbre de su poder. Los búlgaros reconocieron su soberanía, y
Esteban Dushan gobernó sobre casi todos los Balcanes, hasta cerca del Golfo de
Corinto.
En Asia Menor, los turcos otomanos también continuaron
haciéndose más fuertes. En 1326, poco antes de que Andrónico III se convirtiera
en emperador, habían tomado la ciudad de Brusa, y en 1337 conquistaron
Nicomedia. Todas las posesiones bizantinas en Asia Menor, que habían mantenido
vivo al imperio durante el intervalo del Imperio Latino, se esfumaban
rápidamente.
Cuando Andrónico III llegó al final de su gobierno, todo
lo que quedaba del imperio era Constantinopla, Tesalónica, Mistra y sus
respectivas zonas circundantes. Eran tiempos tristes. En 1330 se podía haber
celebrado el milenio de la fundación de Constantinopla por Constantino I, pero
los motivos que habían podido hacer digna la celebración no existían, por
desgracia.
Cuando murió Andrónico III en 1341, le sucedió su hijo de
nueve años, Juan V. Sin embargo, la autoridad más importante del imperio era
Juan Cantacuzeno. Cantacuzeno había apoyado a Andrónico III en su guerra civil
contra su abuelo, y había dirigido a las fuerzas bizantinas en su pequeña
victoria frente a Epiro. Creía que no se podía dejar el trono a un niño, y se
proclamó emperador (habitualmente se le llama Juan VI).
Cantacuzeno recibió el apoyo de los terratenientes
feudales y de una nueva secta de místicos surgida entre el clero oriental. El
pueblo apoyó al Juan V legítimo. Se produjo de nuevo una deprimente guerra
civil que pudo llevarse a cabo en gran medida gracias al apoyo extranjero, ya
que los serbios y los turcos ayudaban para continuar la guerra y extraer
beneficios de ella. Durante aquellos años Constantinopla no se libró de ninguna
desgracia. En 1346 un terremoto produjo daños en Hagia Sofía, y en 1347 la peste
negra, que había matado a gran cantidad de gente en todo el mundo, atacó la
ciudad y llevó a la tumba a las dos terceras partes de su población.
En los años de la peste negra, Cantacuzeno consiguió
apoderarse de la agobiada ciudad e intentó poner fin a la guerra civil. Se casó
con una biznieta de Miguel VIII para establecer su propia legitimidad y dio a
su hija en matrimonio a Juan V. Los matrimonios no resolvieron el problema.
Juan V se recuperó y volvió a la batalla. Cantacuzeno recibió dinero de los
lejanos rusos para que pudiera reparar la venerada Hagia Sofía; en lugar de
eso, lo utilizó para contratar mercenarios turcos. Tampoco resolvió nada. En
1354, Juan V fue el vencedor final (en lo que valiera su victoria) y
Cantacuzeno se retiró a Mistra, donde vivió hasta la notable edad de noventa
años y escribió una historia en cuatro libros del período en que había dominado
el imperio.
Si hacía falta algo para convertir en totalmente seguro el
hecho de que el imperio no podía seguir sobreviviendo durante mucho tiempo fue
esta guerra civil. Los enemigos del imperio parecían estar preparando el golpe
final. Los serbios, mandados por Esteban Dushan, se hicieron tan fuertes que ni
siquiera Constantinopla parecía fuera de su alcance. Esteban Dushan asumió el
título de emperador, y en 1355 avanzó hacia Constantinopla. Posiblemente nunca
hubiera podido conseguir destruir las murallas, pero no tuvo que pasar por la
prueba. Murió repentinamente durante su marcha, y con su muerte el Imperio
Serbio comenzó a debilitarse.
Todavía peor que la amenaza serbia era la de los turcos.
Durante sus desesperados días finales, en 1353, Cantacuzeno había invitado a
los turcos a los Balcanes para que lucharan contra los serbios que entonces
apoyaban a Juan V. Los turcos llegaron, no como grupos de mercenarios al
servicio de Cantacuzeno, sino por su propia cuenta. En 1354 establecieron una
base en Gallipoli, en el lado europeo de los estrechos, a 110 millas al
suroeste de Constantinopla. Los turcos habían entrado en Europa por primera vez;
nunca más saldrían de ella.
Después de que Cantacuzeno perdiera la guerra civil, los
turcos se quedaron y Juan V no pudo echarles. Tampoco podían los ya debilitados
serbios. Los turcos se expandieron sistemáticamente, y en 1365 habían tomado
toda Tracia, la región al norte del mar Egeo. Establecieron su capital en
Adrianópolis, a 110 millas al oeste de Constantinopla. El reino otomano rodeaba
ya a Constantinopla por todos los lados, tanto en Asia como en Europa; nunca
antes, durante la larga historia bizantina, el mismo enemigo había estado en
ambos continentes.
Juan V intentó encontrar ayuda en cualquier parte. Los
búlgaros y los serbios estaban en una situación caótica. Hungría, la potencia
más cercana, pertenecía a la Iglesia occidental, y por consiguiente era difícil
de conmover. En 1369 intentó a la desesperada lo que Miguel VIII había
intentado también un siglo antes: una unificación con la iglesia occidental.
Pero el imperio había dado vertiginosos tumbos en aquel siglo, y el emperador
tenía que ser mucho más humilde. Miguel VIII había enviado emisarios; Juan V se
presentó en persona. Llegó a Avignon, en el sur de Francia, y allí apareció
ante el papa Urbano. Reconoció la supremacía papal y pidió ayuda occidental.
No obstante, era inútil. Ningún peligro, ninguna amenaza,
procediese de donde procediese, podía mover a la población oriental a reconocer
al papa. La sumisión del emperador era algo vacío y no hubo ayuda. En 1371,
Juan se vio sin recursos y creyó que únicamente podía seguir en el trono si
reconocía a los turcos como sus amos. Cuando lo hizo, su hijo Andrónico se
sublevó, y hubo otra guerra civil. En 1376, Andrónico, con la ayuda de los
genoveses, se apoderó del trono y reinó con el nombre de Andrónico IV; pero en
1378 Juan V, con la ayuda de los turcos, lo recuperó.
Los turcos triunfantes sellaron su hegemonía en los
Balcanes con su victoria sobre los serbios en una gran batalla en Kossovo, en
1389. Este fue el fin del Imperio Serbio y dio a los turcos la soberanía sobre
los eslavos de los Balcanes, una soberanía que no se rompería durante cuatro
siglos y medio.
En 1391 murió Juan y después de un gobierno de cincuenta
años que habían sido testigos de guerras civiles, derrotas, epidemias, desastres;
de todo lo que fuera horrible. Sus días finales se adecuaron a ello, porque
llegaron noticias de que Filadelfias, el último reducto bizantino en el
interior de Asia Menor había caído en manos de los turcos. El hijo segundo de
Juan, Manuel, era rehén de los turcos. Al llegar noticia de la muerte de su
padre, consiguió escabullirse de los turcos, ir corriendo a Constantinopla y
allí fue coronado con el nombre de Manuel II.
El soberano turco en aquellos momentos era Bayaceto I, el
primero que tomó el título de sultán (un término árabe que significa
«soberanía»). Bayaceto se molestó tanto con esa hazaña que puso sitio a
Constantinopla, hasta que Manuel II le compró mediante un tributo. Sin embargo,
Bayaceto tenía puesto un dogal alrededor de la ciudad, y cuando quisiera podía
estrecharlo.
Manuel II lo sabía, y sabía también que la única salvación
posible estaba en Occidente. Durante algún tiempo, pareció como si pudiera
venir esta ayuda. El creciente poderío turco comenzaba a alarmar a las naciones
occidentales. El papa Bonifacio IX predicó una cruzada contra los turcos, y el
rey Segismundo de Hungría se comprometió a llevar adelante la iniciativa. Llevó
a un gran ejército a Bulgaria, pero en 1396, en Nicópolis, en el río Danubio,
fue totalmente destruido por los turcos.
Sospechando que pudieran hacer más intentos por el estilo
mientras Constantinopla siguiera enviando llamamientos desesperados, Bayaceto
resolvió tomar la ciudad y terminar con el asunto. Manuel II viajaba por Europa
occidental con una triste y desesperanzada dignidad, visitando a Carlos VI de
Francia, y, en 1400, incluso a Enrique IV de Inglaterra. Todo el mundo le hacía
promesas; pero nada más que promesas. Parecía que Constantinopla iba a caer,
pero sucedió algo inesperado (y nada menos que en el Oriente), y Bayaceto fijó
su atención en otra parte. Los mongoles, que habían aterrorizado al mundo
occidental un siglo y medio antes, habían permanecido postrados; pero apareció
entre ellos un nuevo conquistador. Era Timur (conocido por el nombre de
Tamerlán en Occidente). Se estaba adueñando de un reino gigantesco en Oriente
Medio, y los turcos tuvieron que olvidarse de Constantinopla durante algún
tiempo y fijarse en el este.
En 1402, Tamerlán condujo su ejército a Asia Menor y
destrozó por completo a las fuerzas turcas en Angora, capturando a Bayaceto.
Poco después murió Tamerlán (ya era un hombre viejo); pero los golpes recibidos
por los turcos les aquietaron, y tardaron veinte años en recuperarse. A lo
largo de aquellos veinte años de inesperada tranquilidad, Miguel intentó
reorganizar su pequeño imperio y se dedicó a sus trabajos eruditos y
literarios.
Sin embargo, en 1422, cuando los turcos recobraron el
aliento, volvieron a la carga contra Constantinopla. Manuel se vio obligado a
vender algunas porciones de su reino para conseguir dinero. Vendió Tesalónica a
los venecianos aquel mismo año.
En 1425 murió Manuel II y le sucedió su hijo, con el
nombre de Juan VIII. Los dominios de Juan se limitaban a Constantinopla y a una
parte del Peloponeso. Tesalónica, que había sido vendida a los venecianos, fue
tomada por los turcos en 1430. Es cierto que los bizantinos pudieron ampliar
sus posesiones en el Peloponeso, pero fue a expensas de los harapientos barones
latinos que tenían en su poder trozos de territorio desde 1204.
Al igual que su padre, Juan se fue a Occidente, pidiendo
servilmente ayuda. Asistió a un concilio eclesiástico en Florencia, en Italia,
en 1439 y reconoció la supremacía del papa Eugenio IV. La misma comedia se
volvía a repetir de nuevo. El emperador se sometió, pero su pueblo no. En
realidad, cada vez que un emperador bizantino se sometía al papa, el pueblo
bizantino se enfurecía tanto con Occidente que lo temía más que a los turcos,
lo cual facilitó las cosas a estos últimos.
Por supuesto, los occidentales hicieron otro intento. Un
general húngaro, Juan Hunyadi había conseguido algunas victorias frente a los
turcos y ahora dirigió un ejército hacia el este para luchar contra sus fuerzas
principales. Llegó más lejos que Segismundo, medio siglo antes. Llegó a la
costa del mar Negro, y allí, en Varna, se produjo una batalla que los turcos
vencieron una vez más de forma aplastante.
La última oportunidad
En 1448 murió Juan y le sucedió en el trono su hermano más
joven con el nombre de Constantino XI. Constantino había organizado la
expansión del poder bizantino (si se puede emplear esta palabra) en el
Peloponeso, y después le tocó la tarea de hacer algo con Constantinopla.
Pronto tuvo frente a sí a un nuevo sultán otomano,
Mohammed II, que subió al trono en 1451, y cuyo objetivo era capturar
Constantinopla. Mohammed hizo las paces con todo el mundo, mostrándose
dispuesto a pagar cualquier precio para concentrar todas sus fuerzas contra la
ciudad.
Constantino XI, en una situación desesperada, intentó una
vez más en 1452 reconocer la supremacía papal; pero incluso al borde del
abismo, su pueblo demostró que no estaba dispuesto a seguirle. Un alto
funcionario bizantino expresó este sentimiento con la famosa frase: «Mejor el
turbante del turco que la tiara del papa». No era simplemente locura. Con los
turcos, los bizantinos serían libres para practicar su propia versión del
cristianismo; con el papa no.
Así que el 3 de abril de 1453 comenzó el sitio de
Constantinopla. La arruinada ciudad ya no contaba con un millón de habitantes.
Amontonada dentro de sus desmoronadas murallas, había una población de 30.000
personas, y no más; de éstas, sólo se podía contar con 5.000 para la defensa.
Había 3.000 aliados occidentales más, los más eficaces de los cuales eran los
genoveses, dirigidos por Giovanni Giustiniana. Por extraño que parezca, su
nombre era la versión italiana de Justiniano, una especie de triste recordatorio
del gran emperador que había gobernado el imperio en su apogeo, nueve siglos
antes. Contra los defensores, los turcos llevaron una fuerza de 80.000 a
100.000 hombres.
Aun con esta desigualdad de efectivos, el pueblo de
Constantinopla todavía podía contar con sus maravillosas murallas, que habían
resistido todos los intentos de ruptura por la fuerza (pero no por la traición,
y en convivencia con quintas columnas situadas dentro de la ciudad) a lo largo
de once siglos. Pero había aparecido algo nuevo en el mundo, y los días de los
muros inexpugnables ya habían pasado.
Doscientos años antes, había llegado al Occidente desde
China, traído tal vez por los mongoles. Se había perfeccionado ya una técnica
mediante la cual se empleaba la explosión de la pólvora para hacer salir
gigantescos proyectiles de largos tubos metálicos a gran velocidad. Mohammed
disponía del mejor cañón de este tipo que Europa había visto nunca. Comenzó a
bombardear las murallas, utilizando balas de piedra que pesaban 1200 libras.
Ante ellas hasta los muros más fuertes se agrietarían, desconcharían y derrumbarían.
Los defensores lucharon a la desesperada, con un valor
digno de los mejores días del imperio. Luchaban durante el día y se reponían
por la noche. El 18 de abril, rechazaron un asalto frontal de los turcos.
Luego, el 22 de abril, el obstinado Mohammed hizo que arrastrasen sus naves a
través de una estrecha lengua de tierra situada entre el mar y el Cuerno
Dorado, y cuando los habitantes de Constantinopla se despertaron, descubrieron
que estaban siendo bombardeados por los dos lados y que se encontraban aislados
de cualquier posible salvación o abastecimiento por mar. Pero no se rindieron:
esperaban un milagro que salvaría a su ciudad, tal como había ocurrido, una y
otra vez en el pasado.
El bombardeo continuó, y el 29 de mayo Giustiniana fue
herido en la mano. Aterrorizado, se retiró de la batalla, y sus genoveses con
él, pese a las fervorosas súplicas de Constantino. El 29 de mayo de 1453,
Mohammed ordenó un último asalto. Cayeron las murallas, y los turcos entraron
en tropel. Constantino XI se despojó de su insignia imperial, tomó las armas y
se metió entre la masa de combatientes más próxima. Cayó y nunca se encontró su
cadáver.
De este modo murió el último emperador romano de una línea
ininterrumpida que se remontaba a Augusto, casi quince siglos antes, y a la
fundación de la ciudad de Roma, veintidós siglos antes. Así cayó
Constantinopla, con su undécimo Constantino, más de once siglos después de su
fundación por el primero. Y si la ciudad había sufrido más de dos siglos de
degradación, recuperó el valor y el ánimo para morir de la manera apropiada
para una capital imperial que había conocido la gloria.
El saqueo de la ciudad no fue, ni mucho menos, tan grave
como el realizado en 1204 por sus conquistadores cristianos (también es cierto
que había menos que destruir); pero los nobles que habían preferido el turbante
en lugar de la tiara fueron asesinados por órdenes del turbante. Los gloriosos
mosaicos y ornamentos de Hagia Sofía fueron blanqueados para que los piadosos
ojos de los turcos no tuvieran que mirar los objetos idolátricos. Le añadieron
minaretes y Hagia Sofía se convirtió en una mezquita (en el siglo XX la
república turca que ya no es fanáticamente islámica, quitó la cal para provecho
de todo el mundo). Se cambió el propio nombre de la ciudad. Se la llamó
Estambul (nombre que sigue conservando en la actualidad) no se sabe si como una
forma distorsionada de Constantinopla o porque es una forma de la frase griega
que significaba «a la ciudad».
Todavía quedaban algunos territorios por limpiar. En 1460,
Mohammed II tomó el Peloponeso y diversos territorios gobernados todavía por
los latinos, incluida Atenas. Luego, en 1461, tomó el Imperio de Trebisonda y
con éste desapareció el último resto del dominio bizantino. Algunas partes del
imperio de Basilio II siguieron siendo cristianas; pero éstas (como las islas
de Creta y Chipre) estaban gobernadas por occidentales, y con el tiempo los
turcos las conquistaron todas.
El Imperio Otomano, con Estambul como capital, se
convirtió en el azote de Occidente. Comenzó su expansión por los Balcanes, por
Hungría, y en 1529 llegó hasta las propias puertas de Viena. A lo largo de los
dos siglos y medio posteriores a la caída de Constantinopla, se mantuvo en su
apogeo, y sólo a partir de 1683 comenzó a debilitarse y a decaer. Fue el
merecido precio que Occidente tuvo que pagar por haber contribuido a la
destrucción de la barrera que durante tanto tiempo había existido entre él y el
Islam.
Sin embargo, aunque el Imperio Bizantino había muerto,
seguía viva su influencia cultural. A través de todos los desastres del último
siglo de su vida, había experimentado una especie de renacimiento en el arte,
la literatura y la filosofía. La desfalleciente civilización tuvo un último
pálido destello que iluminó el Occidente. Hubo emperadores-eruditos como
Cantacuzeno y Manuel II, y también Teodoro Metochites, que fue canciller con
Andrónico II y escribió sobre historia natural, astronomía y filosofía. El
erudito más destacado del último siglo fue Jorge Gemisto Pletón. Nació y se
educó en Constantinopla, pero escribió toda su obra en Mistra, la ciudad del
Peloponeso que fue el centro cultural del imperio durante la dinastía
Paleólogo.
Gemisto Pletón era un apasionado de los ideales de la
antigua Grecia, y de hecho, durante el último siglo la hipnosis romana parecía
haberse borrado en Constantinopla. El largo sueño empezó a desvanecerse, y el
último de los bizantinos se consideraba de nuevo como griego. Nació un
verdadero culto a los antiguos héroes griegos. Gemisto intentó incluso
establecer un nuevo tipo de religión, basado en las enseñanzas de Platón, que,
a su juicio, sustituiría tanto al cristianismo como al Islam.
Sus escritos penetraron en Occidente: en especial sus
conocimientos geográficos. Contribuyeron a modernizar el pensamiento de los europeos
en este terreno y al cambio de clima que propició el gran viaje a través del
Atlántico de Cristóbal Colón, cuarenta años después de la caída final del mundo
antiguo. Gemisto Pletón murió en 1452, demasiado pronto para ver el final.
Uno de sus discípulos fue Juan Bessarion, que había nacido
en Trebisonda y que se había educado en Constantinopla. Monje en 1423, Juan
VIII le nombró arzobispo de Nicea. Alentó al emperador para que intentara la
unificación religiosa con Occidente. Lo mismo hizo un notable erudito de
aquellos últimos días, Jorge Escolarius. Los dos marcharon a Occidente con esta
misión.
Aunque el imperio no aceptó la unificación, y aunque
Escolarius se retractó al volver a Constantinopla, Bessarion se quedó en
Occidente como miembro de la Iglesia. Fue nombrado cardenal por el papa Eugenio
IV. Bessarion llevó consigo una colección de 500 manuscritos, la mitad de los
cuales eran obras de autores paganos. Fue el núcleo de la biblioteca de San
Marcos en Venecia, y un poderoso estimulante que contribuyó a la oleada
ascendente del humanismo en Occidente. Escolarius se hizo monje en 1449, y tomó
el nombre de Gennadius. Fue elegido patriarca de Constantinopla en 1454, el
primero que tuvo este cargo bajo los turcos, y lo ejerció durante cinco años.
En 1463, Bessarion fue nombrado patriarca de
Constantinopla por el papa, pero por supuesto su nombramiento era puramente
teórico. Bessarion no habría sido aceptado por el pueblo de Constantinopla
incluso si hubiera podido ir allí, puesto que durante la larga noche de la
ocupación turca los cristianos orientales nunca vacilaron en su permanente
hostilidad contra la Iglesia occidental.
Epílogo
El fantasma de un fantasma
La herencia de la Roma imperial no terminó con la caída de
Constantinopla. Con la «caída de Roma» en el 476, todavía quedaba un emperador
con plenos poderes en Oriente, y ahora con la «caída de la nueva Roma» en 1453,
aún existía un emperador con plenos poderes en Occidente. En 1453 el emperador
de Occidente era Federico III, de la casa de los Habsburgos.
Habitualmente nos referimos a su reino como el Sacro
Imperio Romano, puesto que era cristiano; sin embargo, el adjetivo no tiene
importancia. Era el mismo Imperio Romano (en teoría) que el de Augusto y
Constantino I. Con Carlos V, que gobernó desde 1520 hasta 1556 (cuando el
Imperio Otomano llegó a su cima), el Sacro Imperio Romano, alcanzó también su
apogeo. Carlos dominaba Alemania, Italia, España y vastas zonas al otro lado
del mar, incluso partes de lo que hoy día son los Estados Unidos de América.
El Sacro Imperio Romano disminuyó después, y era algo casi
moribundo (y limitado a Alemania y Austria) antes de 1806, cuando el último
Sacro Emperador Romano, Francisco II, renunció a su título por orden de
Napoleón Bonaparte.
Pero este fantasma occidental del Imperio Romano había
existido siempre, desde sus comienzos con Carlomagno, con independencia del
Imperio de Constantinopla. El propio Imperio Bizantino, que se vio reducido a
ser un fantasma durante sus siglos finales, dejó realmente una sombra de sí
mismo: el fantasma de un fantasma. Ocurrió del siguiente modo.
Constantino XI, el último de los emperadores bizantinos,
tenía un hermano más joven, Tomás, que tenía una hija llamada Zoe. En 1472 se
casó con el Gran Duque Iván III de Moscovia, que era el señor de una gran
extensión de tierra selvática en el sombrío este de Europa, que rodeaba la
ciudad de madera de Moscú.
Moscovia acababa de librarse del tétrico dominio de los
mongoles y constituía una rama independiente del cristianismo oriental. Iván
III asumió el título de zar (césar) y se consideró heredero de las tradiciones
de Roma y Constantinopla. De hecho, su hijo, Basilio III, podía considerarse,
por su madre, como miembro del linaje real de los Paleólogos, así como su hijo,
el célebre Iván IV «El Terrible».
El último zar que pudo remontar su ascendencia hasta los
emperadores del Cuerno Dorado fue Teodoro II, que gobernó brevemente en 1605.
Aunque carecían de abolengo, los sucesivos soberanos del Imperio Ruso (en el
cual se había desarrollado Moscovia), mantuvieron, sin embargo, la ficción de
ser los herederos de Constantinopla. Entre los rusos se extendió una frase,
según la cual la Primera Roma había caído, y también la Segunda
(Constantinopla), pero la Tercera Roma (Moscú) no caería nunca.
Durante la época de los zares rusos siguió habiendo una
especie de anhelo de Constantinopla, aunque hasta el reinado de Pedro I «el
Grande» no tuvieron fuerza suficiente para enfrentarse con los turcos. En 1696,
cuando la oleada otomana comenzó a retroceder, los rusos tomaron Azov, situada
en el trecho más al norte del mar Negro.
Después hubo una serie de guerras entre Rusia y Turquía a
lo largo de los siglos XVIII y XIX, y cada una de ellas permitió a los rusos
avanzar un poco más al sur, mientras los turcos retrocedían. Antes de 1912, los
Balcanes estaban libres del dominio otomano y en manos de unos cuantos pequeños
reinos nativos, en algunos de los cuales se hacía sentir la influencia rusa. En
Europa sólo les quedaba a los turcos una extensión de tierra desde Estambul
(Constantinopla) hasta Edirne (Adrianópolis).
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914, Rusia y
el Imperio Otomano se encontraron de nuevo en bandos opuestos. Rusia luchaba
junto con Gran Bretaña y Francia; Turquía, en alianza con Alemania y
Austria-Hungría. Por fin, los rusos estaban seguros de adueñarse de
Constantinopla; los gobiernos inglés y francés se la habían prometido en caso
de victoria. Y, claro está, los británicos y los franceses vencieron en 1918.
Pero cuando llegó la victoria, no había nadie para hacerse cargo de
Constantinopla. Un año antes, en 1917, una revolución había barrido al último
de los zares rusos, Nicolás II, y el fantasma de un fantasma se había esfumado.
Constantinopla, no, Estambul, siguió siendo turca.
Además, Turquía experimentó un asombroso renacimiento.
Recuperándose de la derrota que supuso la Primera Guerra Mundial, bajo la
dirección de un dinámico general, Mustafá Armar, venció a los invasores griegos
en 1922. Luego Kemal depuso al último sultán, Abjul Mejid, en 1923, y proclamó
una república presidida por él. Durante los quince años siguientes modernizó
Turquía por la fuerza y la hizo avanzar desde el medievalismo hasta el siglo
XX.
Turquía fue neutral durante la Segunda Guerra Mundial, y
ha mantenido su independencia con firmeza desde entonces. Estambul, más
populosa que nunca (casi dos millones de habitantes), pero no tan hermosa como
antaño, ya no es la capital de Turquía, puesto que no está en el centro del
país; pero sigue siendo la gran ciudad del estrecho.
Cuadro cronológico
Antes de Cristo
657 – Fundación de Bizancio.
513 – Darío I de Persia cruza el Helesponto; controla
Bizancio.
480 – Jerjes I de Persia cruza el Helesponto.
477 – Pausanias de Esparta toma Bizancio a los persas.
476 – Cimón de Atenas toma 325 – Bizancio a Esparta.
405 – Batalla de Egospótamos. Esparta derrota a Atenas.
389 – Trasíbulo de Atenas toma Bizancio a Esparta.
356 – Bizancio se convierte en una ciudad-estado
independiente.
340 – Bizancio resiste el sitio llevado a cabo por Filipo
de Macedonia.
219 – Bizancio derrotada por Rodas.
62 – Bizancio bajo el dominio romano.
Después de Cristo
74 – Bizancio se convierte en parte integral del Imperio
Romano.
196 – Bizancio es tomada y saqueada por el emperador
romano Septimio Severo.
324 – Conquista de Bizancio por el emperador romano
Constantino I.
325 – Se celebra el Primer Concilio Ecuménico en Nicea.
330 – Se vuelve a construir Bizancio con el nombre de
Constantinopla y se convierte en la capital del Imperio Romano.
379 – Teodosio I es proclamado emperador.
395 – El Imperio Romano queda dividido permanentemente en
dos partes; Arcadio se convierte en emperador en Constantinopla.
404 – Exilio del patriarca Juan Crisóstomo.
408 – Teodosio II es proclamado emperador en
Constantinopla.
410 – Toma de Roma por el visigodo Alarico.
413 – Comienza la construcción de la triple muralla de
Constantinopla.
425 – Fundación de la Universidad de Constantinopla.
431 – Tercer Concilio Ecuménico en Efeso; Teodosio II
envía una expedición contra Genserico, rey de los vándalos (que fracasa).
438 – Compilación del Código de Teodosio.
441 – Atila, el huno, amenaza Constantinopla.
450 – Marciano es proclamado emperador en Constantinopla.
451 – Se celebra en Calcedonia el Cuarto Concilio Ecuménico.
457 – León I es proclamado emperador en Constantinopla.
468 – León I envía una expedición contra Genserico (que
fracasa).
471 – León I sustituye a la guardia germánica por
isaurianos.
474 – León II, y luego Zenón, son proclamados emperadores
en Constantinopla.
476 – Final del Imperio Romano en Occidente; a partir de
entonces sólo hay un emperador en Constantinopla.
478 – Los ostrogodos, mandados por Teodorico, invaden los
Balcanes.
480 – Alcanza importancia la herejía monofisita.
491 – Anastasio I es proclamado emperador.
499 – Los búlgaros invaden los Balcanes por primera vez.
518 – Justino I es proclamado emperador.
527 – Justiniano y Teodora son proclamados emperador y
emperatriz.
529 – Compilación del Código de Justiniano; se cierra la
Academia de Atenas.
530 – Belisario derrota a los persas en Data.
532 – La Insurrección Nika.
534 – Belisario toma Cartago; destruye el reino de los
vándalos.
535 – Belisario invade Sicilia e Italia; toma Roma.
537 – Consagración de Hagia Sofia.
548 – Belisario es llamado por última vez de Italia.
550 – Empieza en Bizancio la cría de los gusanos de seda.
552 – Narsés sustituye a Belisario en Italia; destruye el
reino de los ostrogodos.
554 – Las fuerzas bizantinas toman partes de España.
558 – Derrota de los búlgaros por Belisario frente a las
murallas de Constantinopla.
565 – Justino II es proclamado emperador; hace volver a
Narsés.
568 – Los lombardos invaden Italia y toman la parte
septentrional.
578 – Tiberio II es proclamado emperador.
582 – Mauricio es proclamado emperador.
591 – Mauricio ayuda a Cosroes II de Persia a recuperar el
trono.
602 – Mauricio es asesinado y focas proclamado emperador.
603 – Cosroes II invade el Imperio Bizantino para vengar a
Mauricio.
608 – Cosroes toma Antioquia.
610 – El populacho de Constantinopla mata a Focas;
Heraclio es proclamado emperador.
614 – Cosroes II toma Jerusalén y la Vera Cruz.
615 – Cosroes II se encuentra al otro lado del estrecho
frente a Constantinopla.
618 – Los últimos territorios bizantinos en España son
ocupados por los visigodos.
619 – Cosroes II toma Egipto.
622 – Heraclio comienza un contraataque; invade por mar la
parte oriental de Asia Menor.
626 – Los ávaros llegan ante las murallas de
Constantinopla y son rechazados.
627 – Heraclio derrota a los persas en Nínive.
628 – Cosroes es asesinado; el Imperio Bizantino triunfa
aplastantemente.
629 – Restauración de la Vera Cruz en Jerusalén.
632 – Muerte de Mahoma.
634 – Los árabes toman Bosrah.
635 – Los árabes toman Damasco.
636 – Batalla de Yarmuk. Los árabes derrotan a los
bizantinos y toman Siria.
637 – Los árabes toman Jerusalén; la Vera Cruz desaparece
para siempre.
638 – El patriarca Sergio formula el compromiso
monotelita.
639 – Los árabes invaden Egipto.
641 – Muerte de Heraclio; primero Constantino III y
Heracleonas, y luego Constancio II, son proclamados emperadores.
655 – Los árabes derrotan a los bizantinos en el mar
frente a Rodas.
642 – Los árabes toman Alejandría.
663 – Constancio II visita Roma.
668 – Constancio II es asesinado en Sicilia; Constantino
IV proclamado emperador.
673 – Primer sitio árabe de Constantinopla; se utiliza el
fuego griego contra ellos.
677 – Los árabes levantan el sitio.
680 – Sexto Concilio Ecuménico en Constantinopla.
685 – Justiniano II es proclamado emperador.
695 – Justiniano es enviado al exilio en Quersona; y
Leoncio proclamado emperador.
698 – Leoncio derrocado; se proclama emperador a Tiberio
III. Los árabes toman Cartago, que entra en su decadencia y desaparece de la
historia.
705 – Justiniano II vuelve al trono.
711 – Justiniano II es derrocado y asesinado; Filípico es
proclamado emperador; los árabes invaden España.
713 – Se proclama emperador a Anastasio II.
715 – Se proclama emperador a Teodosio III.
716 – Los árabes invaden Asia Menor.
717 – Se proclama emperador a León III; comienza la
dinastía isauriana; segundo sitio árabe de Constantinopla.
718 – Los árabes levantan el sitio.
726 – León III promulga el primer decreto iconoclasta.
732 – Batalla de Tours; los francos derrotan a los árabes.
741 – Muerte de León III; su hijo Constantino y es
proclamado emperador.
751 – Los lombardos toman Rávena; expulsión de los
bizantinos del centro de Italia.
753 – Concilio de la Iglesia en Hieria; apogeo de la
iconoclastia.
756 – Pipino, el soberano de los francos, concede el
territorio del exarcado de Rávena al papa.
775 – León IV, hijo de Constantino V, es proclamado
emperador.
780 – Muere León IV; su joven hijo Constantino VI es
proclamado emperador bajo la regencia de su madre, Irene.
787 – El séptimo (y último) Concilio Ecuménico en Nicea;
condena de la iconoclastia.
797 – Constantino IV es cegado y encarcelado; Irene
gobierna sola.
800 – Carlomagno es proclamado emperador en Occidente;
inicia una dinastía de mil años de emperadores occidentales no reconocidos por
Constantinopla.
802 – Irene es derrocada; Nicéforo I proclamado emperador.
803 – Nicéforo I hace las paces con Carlomagno.
806 – Harún al-Rashid, califa de la dinastía Abasida,
derrota a Nicéforo.
808 – Krum gobierna Bulgaria; invade los Balcanes.
811 – Nicéforo muere luchando contra los búlgaros; primero
Estauracios, y luego Miguel I, son proclamados emperadores.
812 – Miguel I reconoce a Carlomagno como emperador
(aunque no a sus sucesores).
813 – León V es proclamado emperador; los búlgaros ponen
sitio a Constantinopla, y después se retiran.
820 – Asesinato de León V; Miguel II es proclamado
emperador.
826 – Las fuerzas islámicas capturan Creta.
827 – Las fuerzas islámicas invaden Sicilia.
829 – Teófilo es proclamado emperador; renace la
iconoclastia.
830 – Las fuerzas islámicas toman Palermo en Sicilia.
838 – Las fuerzas islámicas destruyen Amorium, en Asia
Menor.
842 – Muerte de Teófilo; su joven hijo Miguel III es
proclamado emperador bajo la regencia de su madre, Teodora. Final de la
iconoclastia.
858 – Focio es proclamado patriarca. Controversia Filioque
con la Iglesia occidental.
862 – Cirilo y Metodio comienzan a predicar en Moravia;
inventan el alfabeto cirílico; Rurik, el varego, establece la primera casa real
en Rusia.
865 – Los rusos atacan Constantinopla por primera vez (y
son rechazados): Boris I de Bulgaria acepta el cristianismo.
867 – Asesinato de Miguel III, fin de la dinastía
amoriana; Basilio I es proclamado emperador; comienza la dinastía macedonia.
870 – Los búlgaros aceptan la liturgia oriental del
cristianismo.
878 – Las fuerzas islámicas toman Siracusa en Sicilia.
879 – Los rusos establecen su capital en Kiev.
886 – Basilio I muere por culpa de un accidente de caza;
su hijo León VI es proclamado emperador.
887 – Publicación de la revisión del código de derecho.
893 – Simeón es proclamado soberano de los búlgaros, y el
poder búlgaro llega a su apogeo.
904 – León de Trípoli, un pirata islámico, saquea
Tesalónica.
906 – León VI se casa por cuarta vez; provoca una polémica
religiosa.
907 – Los rusos atacan Constantinopla por segunda vez,
bajo el mando de Oleg (y son rechazados).
911 – León de Trípoli derrota a los bizantinos en el mar.
912 – Constantino VII es proclamado emperador bajo la
regencia de su tío, Alejandro II.
913 – Alejandro II muere; Simeón II de Bulgaria se
encuentra frente a las murallas de Constantinopla.
916 – El ejército bizantino y papal derrota a la fuerza
islámica al lado del río Garigliano en Italia.
919 – Romano I (Lecapeno) es proclamado emperador asociado
con Constantino VII.
924 – León de Trípoli es derrotado por los bizantinos, y
así termina su poder. Paz concertada con Simeón.
925 – Simeón es el primer gobernante eslavo que adopta el
término de zar.
927 – Hambruna en el imperio.
941 – Los rusos atacan por tercera vez Constantinopla,
bajo la dirección del príncipe Igor; son aplastados por completo por el fuego
griego.
944 – Destitución de Romano I.
955 – Olga, princesa rusa, se convierte al cristianismo.
959 – Romano II, hijo de Constantino VII, es proclamado
emperador.
961 – Nicéforo Focas vuelve a tomar Creta.
963 – Romano II muere; sus sucesores son los niños Basilio
II y Constantino VIII; el segundo marido de su madre, Nicéforo II (Focas) es
emperador asociado; Atanasio de Trebisonda funda el monasterio del monte Athos.
965 – El Imperio Bizantino es expulsado de su último
territorio en Sicilia.
966 – Nicéforo II concierta una alianza con Sviatoslav de
Rusia, pero después se ve obligado a luchar contra él cuando se hace demasiado
poderoso.
969 – Asesinato de Nicéforo II, su hijo Juan I (Tzimisces)
es proclamado emperador.
971 – Juan I incorpora Bulgaria oriental al imperio; la
rebelión feudal dirigida por Bardas Focas es derrotada por Bardas Escleros.
972 – La sobrina de Juan I, Teófano, se casa con Otón II,
el emperador occidental.
976 – Muerte de Juan I; gobierno personal de Basilio II,
hijo de Romano II: rebelión de Bardas Escleros.
979 – Bardas Escleros es derrotado por Bardas Focas.
980 – Se establece la guardia varega; redacción de Digenis
Akritas.
981 – Basilio II es derrotado por Samuel de Bulgaria cerca
de Sofía.
987 – Rebelión conjunta de Bardas Focas y Bardas Escleros.
989 – Muerte de Bardas Focas: rendición de Bardas
Escleros; la hermana de Basilio II, Ana, casada con Vladimiro de Rusia; Rusia
acepta el cristianismo oriental.
992 – Venecia consigue por primera vez concesiones
comerciales en Constantinopla.
996 – Basilio II inicia reformas agrarias a fin de
combatir el feudalismo.
1014 – Batalla de Balatista. Basilio aplasta a los
búlgaros, toma y ciega a 15.000 – prisioneros; muerte de Samuel.
1018 – Fin de toda resistencia en Bulgaria, que es
anexionada al imperio; el Imperio Bizantino derrota a los normandos en Italia.
1020 – Basilio II anexiona Armenia; el Imperio Bizantino
alcanza el apogeo de su poder.
1025 – Basilio II comienza una expedición contra Sicilia y
muere.
1028 – Constantino VIII muere, su hija Zoe se casa con
Romano Argyropolus, que gobierna como Romano III.
1031 – Georgios Maniakes consigue victorias en el Asia
Menor oriental.
1034 – Romano III muere; el segundo marido de Zoe gobierna
como Miguel IV; Haralda Hardrade derrota a los piratas islámicos.
1037 – Los turcos seléucidas gobiernan Persia.
1040 – Maniakes y Hardrade consiguen victorias en Sicilia;
sin embargo, les obligan a volver.
1041 – Miguel IV muere; le sucede el hijo adoptado de Zoe,
Miguel V.
1042 – Maniakes derrota a los normandos en el sur de
Italia; Miguel V es destituido, y el tercer marido de Zoe proclamado emperador
como Constantino IX; Maniakes es llamado de manera insultante para que vuelva,
conduce un ejército a los Balcanes, pero muere en la batalla.
1050 – Muerte de Zoe.
1054 – Cisma final entre las ramas oriental y occidental
de la Iglesia; muerte de Constantino IX.
1055 – Muerte de Teodora, la hermana de Zoe y la última de
la dinastía macedonia; los turcos seléucidas toman Bagdad.
1056 – Miguel VI (Stratioticus) es proclamado emperador,
pero es un títere puesto por el patriarca Miguel Cerulario.
1057 – Destitución de Miguel VI: Isaac I (Comneno) es
proclamado emperador.
1059 – Isaac I abdica; Constantino X (Ducas) es proclamado
emperador.
1064 – Los turcos seléucidas toman Armenia.
1065 – Los cumanos cruzan el Danubio para invadir los
Balcanes.
1067 – Muerte de Constantino X; el segundo marido de su
viuda es proclamado emperador con el nombre de Romano IV (Diógenes); Miguel
PseIlus llega al punto culminante de su carrera.
1071 – Los normandos toman Bari, señalando con esto el
final de la soberanía bizantina en Italia. Batalla de Manzikert: el ejército
bizantino es derrotado por los turcos seléucidas; Romano IV es destituido, y
Miguel VII, hijo de Constantino X, es proclamado emperador.
1078 – Miguel VII abdica; Nicéforo III es proclamado
emperador.
1081 – Destitución de Nicéforo; Alejo I (Comento), sobrino
de Isaac I, es proclamado emperador; los normandos, bajo el mando de Roberto
Guiscardo, invaden los Balcanes.
1082 – Juan Italo se retracta públicamente en Hagia Sofía.
1084 – Batalla de Larisa; los bizantinos derrotan a los
normandos, bajo el mando de Bohemundo; final de la invasión normanda.
1086 – Sublevación de los bogomilitas, apoyados por los
pechenegos y los cumanos.
1091 – Alejo compra a los cumanos que derrotan a los
pechenegos.
1095 – Alejo pide voluntarios al papa Urbano II para
luchar contra los turcos; comienza la Primera Cruzada.
1096 – Los primeros cruzados llegan a Constantinopla.
1099 – Los cruzados toman Jerusalén, mientras Alejo
recupera la zona occidental de Asia Menor; Alejo I lucha contra Bohemundo por
Antioquía.
1108 – Alejo I derrota a Bohemundo.
1118 – Muerte de Alejo I; Juan II es proclamado emperador;
Ana Comnena se retira para escribir su historia, Alexiad.
1122 – Juan I derrota a los pechenegos, quienes dejan de
constituir un peligro para siempre.
1134 – Juan I dirige campañas para conquistar Antioquia.
1143 – Muerte de Juan II; su hijo Manuel I es proclamado
emperador.
1147 – Segunda Cruzada: Luis VII de Francia y el emperador
occidental Conrado III, llegan a Constantinopla.
1173 – Enrico Dándolo, supuestamente cegado en
Constantinopla.
1176 – Batalla de Miriocéfalos; derrota desastrosa de los
bizantinos a manos de los turcos seléucidas.
1180 – Muerte de Manuel I; su hijo Alejo II es proclamado
emperador.
1183 – El populacho se dedica a matar a los occidentales
en Constantinopla; Andrónico I (Comneno) usurpa el trono y se proclama
emperador.
1185 – Guillermo II, de la Italia normanda, invade los
Balcanes y saquea Tesalónica; el populacho mata a Andrónico I; Isaac II
(Angostas) es proclamado emperador.
1187 – Guillermo II es expulsado de los Balcanes; los
turcos, bajo Saladino, vuelven a tomar Jerusalén.
1188 – Juan y Pedro Asen declaran la independencia de
Bulgaria.
1189 – Tercera Cruzada; Ricardo I de Inglaterra toma
Chipre; el emperador occidental Federico I (Barbarroja) llega a Constantinopla.
1195 – Isaac II es destituido y cegado; su hermano Alejo
III es proclamado emperador.
1202 – Cuarta Cruzada; los cruzados, bajo el mando de
Enrico Dándolo, de Venecia, toman Zara.
1203 – Los cruzados restauran a Isaac II en el trono,
junto con su hijo Alejo IV.
1204 – Alejo y se apodera del poder durante algún tiempo.
Gran saqueo de Constantinopla; fundación del Imperio Latino; Venecia toma Creta
y las islas egeas; fundación del Imperio de Nicea en Asia Menor, y también del
Imperio de Trebisonda; se establece el Despotado de Epiro en el noroeste de
Grecia; Balduino I, emperador en Constantinopla; Miguel Ángel Comneno gobierna
Epiro; Teodoro I (Lascaris) gobierna Nicea.
1205 – Balduino I muere luchando con los búlgaros; Enrique
I le sucede como emperador en Constantinopla.
1214 – Teodoro Ducas Ángelo sucede a Miguel de Epiro en el
Despotado de Epiro.
1216 – Pedro de Courtenay, nuevo emperador en
Constantinopla, es capturado por Teodoro de Epiro durante su viaje desde
Francia a Constantinopla.
1221 – Roberto de Courtenay es proclamado emperador en
Constantinopla.
1222 – Teodoro de Epiro conquista el norte de Grecia; Juan
III es proclamado emperador en Nicea.
1228 – Balduino II es proclamado emperador en
Constantinopla, pero carece de poder.
1230 – Teodoro de Epiro muere luchando con los búlgaros.
1244 – Los mongoles derrotan a los turcos en Asia Menor;
esto da la oportunidad al Imperio de Nicea de ampliar sus territorios en Asia
Menor e invadir los Balcanes.
1254 – Teodoro II es proclamado emperador en Nicea.
1255 – Teodoro II derrota a los búlgaros.
1258 – Juan IV es proclamado emperador en Nicea.
1259 – Miguel Paleólogo se proclama emperador asociado en
Nicea con el nombre de Miguel VIII.
1261 – Miguel VIII vuelve a tomar Constantinopla,
destituye a Juan IV y gobierna solo; fin del Imperio Latino; Miguel VIII toma
la zona de Peloponeso, donde se sitúa la ciudad de Mistra, que se convierte en
el centro de la cultura bizantina tardía.
1267 – Carlos de Anjou reclama Constantinopla; Miguel VIII
permite que los genoveses se establezcan en Gálata.
1271 – Carlos de Anjou en los Balcanes.
1274 – Miguel VIII acepta la primacía del papa, pero no su
pueblo.
1281 – Miguel VIII derrota a Carlos de Anjou; los serbios,
bajo el mando de Milyutin, se hacen cada vez más poderosos.
1282 – Las Vísperas Sicilianas terminan con el poder de
Carlos de Anjou; Andrónico II es proclamado emperador; denuncia la supremacía
papal.
1290 – Los turcos otomanos comienzan su avance en el
noroeste de Asia Menor.
1295 – El hijo de Andrónico II es proclamado emperador
asociado con el nombre de Miguel IX.
1296 – Los servios amplían sus territorios en el oeste de
los Balcanes.
1302 – Andrónico II contrata a las Compañías Catalanas.
1305 – Asesinato del jefe de las Compañías Catalanas; ésta
asola Grecia.
1311 – Las Compañías Catalanas se apoderan de Atenas.
1320 – Muerte de Miguel IX.
1326 – Los turcos otomanos toman Bruza.
1328 – Destitución de Andrónico II; Andrónico III es proclamado
emperador.
1330 – Esteban Dechanski, de Serbia, derrota a los
búlgaros que dejan de ser un peligro; los turcos otomanos toman Nicea.
1331 – Esteban Dushan es proclamado gobernante de Servia.
1337 – Los turcos otomanos toman Nicomedia.
1341 – Juan V es proclamado emperador; comienzo de la
guerra civil con Juan VI (Cantacuzeno).
1347 – Peste negra en Constantinopla.
1354 – Juan V vence en la guerra civil; los turcos
otomanos establecen una base en Gallipoli.
1355 – Esteban Dushan avanza hacia Constantinopla, pero
muere en el camino; los serbios están en el apogeo de su poder.
1365 – Los turcos otomanos conquistan Tracia y establecen
su capital en Adrianópolis.
1369 – Juan V acepta la supremacía papal en Avignon, pero
su pueblo no está de acuerdo.
1371 – Juan V acepta a los turcos otomanos como sus
señores.
1376 – El hijo de Juan V se apodera temporalmente del
trono y gobierna con el nombre de Andrónico IV.
1386 – Los venecianos toman Corfú.
1389 – Batalla de Kossovo: los turcos otomanos derrotan a
los serbios y terminan con su reino.
1390 – Juan VII, y luego Manuel II, son proclamados
emperadores.
1396 – Batalla de Nicópolis. Los turcos otomanos derrotan
a los húngaros.
1400 – Manuel II hace un viaje a Occidente para pedir
ayuda; visita a Enrique IV de Inglaterra.
1402 – Batalla de Ancira. Tamerlán, jefe de los mongoles,
derrota a los turcos otomanos.
1422 – Manuel II vende Tesalónica a los venecianos.
1425 – Juan VIII es proclamado emperador.
1430 – Los turcos otomanos toman Tesalónica.
1439 – Juan VIII acepta la primacía papal; su pueblo, no.
1444 – Batalla de Varna: los turcos otomanos derrotan a
los húngaros.
1448 – Constantino XI es proclamado emperador.
1451 – Mohammed II es proclamado sultán de los turcos
otomanos.
1453 – Caída de Constantinopla: fin del Imperio Bizantino.
1456 – Mohammed II toma Atenas.
1460 – Mohammed II toma el Peloponeso.
1461 – Mohammed II toma el Imperio de Trebisonda, y así
desaparece el último territorio del dominio bizantino.
1472 – Zoe, la sobrina de Constantino XI, se casa con Iván
III de Moscovia.
Nota genealógica
Conviene tener en cuenta que todos los gobernantes
bizantinos que ocuparon el trono en Constantinopla o en Nicea después de 1118
eran descendientes de Alejo I. La dinastía de soberanos continúa durante un
siglo y medio después de la caída de Constantinopla en manos de Teodoro I, zar
de Rusia, que murió en 1589 sin haber tenido hijos.
Este Teodoro I era hijo de Iván (el Terrible), quien a su
vez fue nieto de Iván III y Zoe de Constantinopla. Zoe fue biznieta de Manuel
II, que era descendiente directo de Miguel VIII, el restaurador del Imperio de
Constantinopla.
Miguel VIII era el biznieto de Alejo III, cuya usurpación
del trono precipitó los acontecimientos que provocaron el saqueo de
Constantinopla en 1204, y Alejo lII era biznieto de Alejo I.
A través de la reina casada con Alejo I Irene Ducas; los
descendientes de Alejo pueden remontar su linaje a Constantino X, que comenzó
su reinado en 1059. Por consiguiente, el zar Teodoro I de Rusia era
descendiente directo de Constantino X, y se puede remontar la dinastía de
gobernantes a través de dieciocho generaciones, desde 1059 hasta 1598, es
decir, durante 539 años.
ISAAC ASIMOV (Petróvichi, República Socialista Federativa
Soviética de Rusia, 2 de enero de 1920 – Nueva York, Estados Unidos, 6 de abril
de 1992), fue un escritor y bioquímico ruso, nacionalizado estadounidense,
conocido por ser un exitoso y excepcionalmente prolífico autor de obras de
ciencia ficción, historia y divulgación científica.
La obra más famosa de Asimov es la Saga de la Fundación,
también conocida como Trilogía o Ciclo de Trántor, que forma parte de la serie
del Imperio Galáctico y que más tarde combinó con su otra gran serie sobre los
robots. También escribió obras de misterio y fantasía, así como una gran
cantidad de textos de no ficción. En total, firmó más de 500 volúmenes y unas
9.000 cartas o postales. Sus trabajos han sido publicados en 9 de las 10
categorías del Sistema Dewey de clasificación.
Asimov, junto con Robert A. Heinlein y Arthur C. Clarke,
fue considerado en vida como uno de los "tres grandes" escritores de
ciencia ficción.

