Libro N° 4068. Navidad En Las Montañas. Altamirano, Ignacio Manuel.
© Libro N° 4068. Navidad En Las Montañas. Altamirano, Ignacio Manuel. Colección E.O. Agosto
12 de 2017.
Título
original: © Navidad En Las
Montañas. Ignacio Manuel Altamirano
Versión Original: © Navidad En Las Montañas. Ignacio
Manuel Altamirano
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
NAVIDAD EN LAS MONTAÑAS
Ignacio Manuel
Altamirano
El sol se ocultaba ya; y las
nieblas ascendían del profundo seno de los valles; deteníanse un momento entre
los oscuros bosques y las negras gargantas de la cordillera, como un rebaño
gigantesco; después avanzaban con rapidez hacia las cumbres; se desprendían
majestuosas de las agudas copas de los abetos e iban, por último, a envolver la
soberbia frente de las rocas, titánicos guardianes de la montaña que habían
desafiado allí, durante millares de siglos, las tempestades del cielo y las
agitaciones de la tierra.
Los últimos rayos del sol
poniente franjaban de oro y de púrpura estos enormes turbantes formados por la
niebla; parecían incendiar las nubes agrupadas en el horizonte, rielaban
débiles en las aguas tranquilas del remoto lago, temblaban al retirarse de las
llanuras invadidas ya por la sombra y desaparecían después de iluminar con su
última caricia la oscura cresta de aquella oleada de pórfido.
Los postreros rumores del
día anunciaban por dondequiera la proximidad del silencio. A lo lejos, en los
valles, en las faldas de las colinas, a las orillas de los arroyos, veíanse
reposando quietas y silenciosas las vacadas; los ciervos cruzaban como sombras
entre los árboles, en busca de sus ocultas guaridas; las aves habían entonado
ya sus himnos de la tarde, y descansaban en sus lechos de ramas; en las rozas
se encendía la alegre hoguera de pino, y el viento glacial del invierno
comenzaba a agitarse entre las hojas.
II
La noche se acercaba
tranquila y hermosa: era el 24 de diciembre, es decir, que pronto la noche de
Navidad cubriría nuestro hemisferio con su sombra sagrada y animaría a los
pueblos cristianos con sus alegrías íntimas. ¿Quién que ha nacido cristiano y
que ha oído renovar cada año, en su infancia, la poética leyenda del nacimiento
de Jesús, no siente en semejante noche avivarse los más tiernos recuerdos de
los primeros días de la vida?
Yo, ay de mí, al pensar que
me hallaba, en este día solemne, en medio del silencio de aquellos bosques
majestuosos, aun en presencia del magnífico espectáculo que se presentaba a mi
vista absorbiendo mis sentidos embargados poco ha por la admiración que causa
la sublimidad de la naturaleza, no pude menos que interrumpir mi dolorosa
meditación, y encerrándome en un religioso recogimiento evoqué todas las dulces
y tiernas memorias de mis años juveniles. Ellas se despertaron alegres como un
enjambre de bulliciosas abejas y me transportaron a otros tiempos, a otros
lugares; ora al seno de mi familia humilde y piadosa; ora al centro de
populosas ciudades, donde el amor, la amistad y el placer, en delicioso
concierto, habían hecho siempre grata para mi corazón esa noche bendita.
Recordaba mi pueblo, mi
pueblo querido, cuyos alegres habitantes celebraban a porfía con bailes, cantos
y modestos banquetes la Nochebuena. Parecíame ver aquellas pobres casas
adornadas con sus nacimientos y animadas por la alegría de la familia; recordaba
la pequeña iglesia iluminada, dejando ver desde el pórtico el precioso belén,
curiosamente levantado en el altar mayor; parecíame oír los armoniosos repiques
que resonaban en el campanario, medio derruido, convocando a los fieles a la
misa del gallo, y aún escuchaba, con el corazón palpitante, la dulce voz de mi
pobre y virtuoso padre, excitándonos a mis hermanos y a mí a arreglarnos pronto
para dirigirnos a la iglesia, a fin de llegar a tiempo; y aún sentía la mano de
mi buena y santa madre tomar la mía para conducirme al oficio.
Después me parecía llegar,
penetrar por entre el gentío que se precipitaba en la humilde nave, avanzar
hasta el pie del presbiterio, y allí arrodillarme, admirando la hermosura de
las imágenes, el portal resplandeciente con la escarcha, el semblante risueña
de los pastores, el lujo deslumbrador de los Reyes Magos y la iluminación
espléndida del altar. Aspiraba con delicia el fresco y sabroso aroma de las
ramas de pino, y del heno que se enredaba en ellas, que cubría el barandal del
presbiterio y que ocultaba el pie de los blandones. Veía después aparecer al
sacerdote revestido con su alba bordada, con su casulla de brocado y seguido de
los acólitos, vestidos de rojo con sobrepellices blanquísimas. Y luego, a la
voz del celebrante, que se elevaba sonora entre los devotos murmullos del
concurso, cuando comenzaban a ascender las primeras columnas de incienso, de
aquel incienso recogido en los hermosos árboles de mis bosques nativos, y que
me traía con su perfume algo como el perfume de la infancia, resonaban todavía
en mis oídos los alegrísimos sones
populares con que los tañedores de arpas, de bandolinas y de flautas, saludaban
el nacimiento del Salvador. El Gloria in excelsis, ese cántico que la religión
cristiana poéticamente supone entonado por ángeles y por niños, acompañado por
alegres repiques, por el ruido de los petardos y por la fresca voz de los
muchachos de coro, parecía transportarme con una ilusión encantadora al lado de
mi madre, que lloraba de emoción; de mis hermanitos, que reían, y de mi padre, cuyo
semblante severo y triste, parecía iluminado por la piedad religiosa.
III
Y después de un momento en
que consagraba mi alma al culto absoluto de mis recuerdos de niño, por una
transición lenta y penosa me trasladaba a México, al lugar depositario de mis
muchas impresiones de joven.
Aquel era un cuadro diverso.
Ya no era la familia; estaba entre extraños; pero extraños que eran mis amigos:
la bella joven por quien sentí la vez primera palpitar mi corazón enamorado, la
familia dulce y buena que procuró con su cariño atenuar la ausencia de la mía.
Eran las posadas con sus
inocentes placeres y con su devoción mundana y bulliciosa; era la cena de
Navidad con sus manjares tradicionales y con sus sabrosas golosinas; era
México, en fin, con su gente cantadora y entusiasmada, que hormiguea esa noche
en las calles corriendo gallo; con su Plaza de armas llena de puestos de
dulces; con sus portales resplandecientes; con sus dulcerías francesas, que
muestran en los aparadores iluminados con gas, un mundo de juguetes y de
confituras preciosas; eran los suntuosos palacios derramando por sus ventanas
torrentes de luz y de armonía. Era una fiesta que aún me causaba vértigo.
IV
Pero volviendo de aquel
encantado mundo de los recuerdos a la realidad que me rodeaba por todas partes,
un sentimiento de tristeza se apoderó de mí. Ay, había repasado en mi mente
aquellos hermosos cuadros de la infancia y de la juventud; pero ésta se alejaba
de mí a pasos rápidos, y el tiempo que pasó al darme su poético adiós hacía más
amarga mi situación actual.
¿En dónde estaba yo? ¿Qué
era entonces? ¿A dónde iba? Y un suspiro de angustia respondía a cada una de
estas preguntas que me hacía, soltando las riendas a mi caballo, que continuaba
su camino lentamente.
Me hallaba perdido entonces
en medio de aquel océano de montañas solitarias y salvajes; era yo un
proscrito, una víctima de las pasiones políticas, e iba tal vez en pos de la
muerte que los partidarios en la guerra civil tan fácilmente decretan contra sus
enemigos.
Ese día cruzaba un sendero
estrecho y escabroso, flanqueado por enormes abismos y por bosques colosales,
cuya sombra interceptaba ya la débil luz crepuscular. Se me había dicho que
terminaría mi jornada en un pueblecillo de montañeses hospitalarios y pobres
que vivían del producto de la agricultura, y que disfrutaban de un bienestar
relativo merced a su alejamiento de los grandes centros populosos, y a la
bondad de sus costumbres patriarcales.
Ya me figuraba hallarme
cerca del lugar tan deseado, después de un día de marcha fatigosa; el sendero
iba haciéndose más practicable, parecía descender suavemente al fondo de una de
las gargantas de la sierra, que presentaba el aspecto de un valle risueño, a
juzgar por los sitios que comenzaba a distinguir: por los riachuelos que
atravesaba; por las cabañas de pastores y de vaqueros que se levantaban a cada
paso al costado del camino; y, el fin, por ese aspecto singular que todo
viajero sabe apreciar aun a través de las sombras de la noche.
Algo me anunciaba que pronto
estaría dulcemente abrigado bajo el techo de una choza hospitalaria, calentando
mis miembros, ateridos por el aire de la montaña, al amor de una lumbre
bienhechora, y agasajado por aquella gente ruda pero sencilla y buena, a cuya
virtud debía yo, desde hacía tiempo, inolvidables servicios.
Mi criado, soldado viejo, y
por lo tanto acostumbrado a las largas marchas y al fastidio de las soledades,
había procurado distraerse durante el día, ora cazando al paso, ora cantando y
no pocas veces hablando a solas, como si hubiese evocado los fantasmas de sus
camaradas del regimiento.
Entonces se había adelantado
a alguna distancia para explorar el terreno y, sobre todo, para abandonarme con
toda libertad a mis tristes reflexiones.
Repentinamente lo vi volver
a galope, como portador de una noticia extraordinaria.
-¿Qué hay, González? -le
pregunté.
-Nada, mi capitán, sino que
habiendo visto a unas personas que iban a caballo delante de nosotros, me
avancé a reconocerlas y a tomar informes, y me encontré con que eran el cura
del pueblo adonde vamos y su mozo, que vienen de una confesión y van al pueblo
a celebrar la Nochebuena. Cuando les dije que mi capitán venía a retaguardia,
el señor cura me mandó que viniera a ofrecerle de su parte alojamiento, y allí
hizo alto para esperarnos.
-¿Y le diste las gracias?
-Es claro, mi capitán, y aun
le dije que bien necesitábamos de todos sus auxilios, porque venimos cansados y
no hemos encontrado en todo el día un triste rancho donde comer y descansar.
-Y ¿qué tal? ¿Parece buen
sujeto el cura?
-Es español, mi capitán, y
creo que es lodo un hombre.
-¡Español! -me dije yo-eso
sí me alarma; yo no he conocido clérigos españoles más que jesuítas o
carlistas, y todos malos. En fin, con no promover disputas políticas me evitaré
cualquier disgusto y pasaré una noche agradable. Vamos, González, a reunimos al
cura.
Diciendo esto, puse mi
caballo a galope, y un minuto después llegamos adonde nos aguardaban el
eclesiástico y su mozo.
Adelantóse el primero con
exquisita finura, y quitándose su sombrero de teja me saludó cortésmente.
-Señor capitán -me dijo-en
todo tiempo tengo el mayor placer en ofrecer mi humilde hospitalidad a los
peregrinos que una rara casualidad suele traer a estas montañas; pero en esta
noche es doble mi regocijo, porque es una noche sagrada para los corazones
cristianos, y en la cual el deber ha de cumplirse con entusiasmo: es la
Nochebuena, señor.
Di las gracias al buen
sacerdote por su afectuosidad, y acepté desde luego oferta tan lisonjera.
-Tengo una casa cural muy
modesta -añadió-como que es la casa de un cura de aldea, y de aldea pobrísima.
Mis feligreses viven con el producto de un trabajo ímprobo y no siempre
fecundo. Son labradores y ganaderos, y a veces su cosecha y sus ganados apenas
les sirven para sustentarse. Así es que mantener a su pastor es una carga
demasiado pesada para ellos; y aunque yo procuro aligerarla lo más que me es
posible, no alcanzan a darme todo lo que quisieran, aunque por mi parte tengo
todo lo que necesito y aun me sobra. Sin embargo, me es preciso anticipar a
usted esto, señor capitán, para que disimule mi escasez que, con todo, no será
tanta que no pueda yo ofrecer a usted una buena lumbre, una blanda cama y una
cena hoy muy apetitosa, gracias a la fiesta.
-Yo soy soldado, señor cura,
y encontraré demasiado bueno cuanto usted me ofrezca, acostumbrado como estoy a
la intemperie y a las privaciones. Ya sabe usted lo que es esta dura profesión
de las armas y por eso omito un discurso que ya antes hizo don Quijote en un
estilo que me sería imposible imitar.
Sonrió el cura al escuchar
aquella alusión al libro inmortal, que siempre será caro a los españoles y a
sus descendientes, y así, en buen amor y compañía, continuamos nuestro camino
platicando sabrosamente.
Cuando nuestra conversación
se había hecho más confidencial, díjele que tendría gusto en saber, si no había
inconveniente en decírmelo, como había venido a México, y por qué él, español y
que parecía educado esmeradamente, se había resignado a vivir en medio de
aquellas soledades, trabajando con tal rudeza y no teniendo por premio sino una
situación que rayaba en miseria.
Contestóme que con mucho
placer satisfaría mi curiosidad, pues no había nada en su vida que debiera
ocultarse; y que, por el contrario, justamente para deshacer en mi ánimo la
prevención desfavorable que pudiera haberme producido el saber que era español
y cura, pues conocía bastantemente nuestras preocupaciones a ese respecto, muy
justas algunas veces, se alegraba de poder referirme en los primeros instantes
de nuestro conocimiento algo de su vida, mientras llegábamos al pueblecillo,
que ya estaba próximo.
-Vine al
país de usted
-me dijo-muy joven y destinado al comercio, como muchos de mis
compatriotas. Tenía yo un tío en México bastante acomodado, el cual me colocó
en una tienda de ropas; pero notando algunos meses después de mi llegada
que aquella ocupación me repugnaba sobre manera, y que me
consagraba con más gusto a la lectura, sacrificando a esta inclinación aun las
horas de reposo, preguntóme un día si no me sentía yo con más vocación para los
estudios. Le respondí que, en efecto, la carrera de las letras me agradaba más;
que desde pequeño soñaba yo con ser sacerdote, y que si no hubiese tenido la
desgracia de quedar huérfano de padre y madre en España, habría, quizá, logrado
los medios de alcanzar allá la realización de mis deseos. Debo decir a usted
que soy oriundo de la provincia de Álava, una de las tres vascongadas, y mis
padres fueron honradísimos labradores, que murieron teniendo yo muy pocos años,
razón por la cual -una tía a cuyo cargo quedé se apresuró a enviarme a México,
donde sabía que mi susodicho tío había reunido, merced a
su trabajo, una
regular fortuna. Este generoso
tío escuchó con sensatez mi manifestación, y se apresuró a colocarme con
arreglo a mis inclinaciones. Entré en un colegio, donde,
a sus expensas,
hice mis primeros estudios con algún provecho. Después,
teniendo una alta idea de la vida monacal, que hasta allí
sólo conocía por los elogios interesados que de ella se hacían y por la poética
descripción que veía en los libros
religiosos, que eran mis predilectos, me puse a pensar
seriamente en la elección que iba a hacer de la Orden regular en que debía
consagrarme a las letras apostólicas, sueño acariciado de mi juventud; y
después de un detenido examen me decidí a entrar en la religión de los
Carmelitas descalzos. Comuniqué mi
proyecto a mi tío, quien lo
aprobó y me
ayudó a dar los pasos necesarios
para arreglar mi aceptación a en la citada Orden. A los
pocos meses, era yo fraile; y previo el noviciado de rigor, profesó y recibí
las órdenes sacerdotales, tomando el nombre de fray José de San Gregorio;
nombre que hice estimar, señor capitán, de mis prelados y de mis hermanos
todos, durante los años que permanecí en mi Orden, que fueron pocos.
"Residí en varios
conventos y con gran placer recuerdo los hermosos días de soledad que pasé en
el pintoresco Desierto de Tenancingo, en donde sólo me inquietaba la amarga
pena de ver que perdía en el ocio una vida inútil, el vigor juvenil que siempre
había deseado consagrar a los trabajos de la propaganda evangélica.
"Conocí entonces, como
usted supondrá, lo que verdaderamente valían las órdenes religiosas en México;
comprendí, con dolor, que habían acabado ya los bellos tiempos en que el
convento era el plantel de heroicos misioneros que, a riesgo de su vida, se
lanzaban a regiones remotas a llevar con la palabra cristiana la luz de la
civilización, y en que el fraile era, no el sacerdote ocioso qué veía
transcurrir alegremente sus días en las comodidades de una vida sedentaria y
regalada, sino el apóstol laborioso que iba a la misión lejana a ceñirse la
corona de las victorias evangélicas, reduciendo al cristianismo a los pueblos
salvajes, o la del martirio, en cumplimiento de los preceptos de Jesús.
"Varias veces rogué a mis superiores que me permitieran consagrarme a esta
santa empresa, y en tantas obtuve contestaciones negativas y aun
extrañamientos, porque se suponían opuestos a la regla de obediencia mis
entusiastas propósitos. Cansado de inútiles súplicas, y aconsejado por piadosos
amigos, acudí a Roma pidiendo mi exclaustración, y al cabo de algún tiempo el
Papa me la concedió en un Breve, que tendré el placer de enseñar a usted. Por
fin iba a realizarse la constante idea de mi juventud; por fin iba a ser
misionero y mártir de la civilización cristiana. Pero, ay, el Breve pontificio
llegó en un tiempo en que, atacado de una enfermedad que me impedía hacer
largos viajes, sólo me dejaba la esperanza de diferir mi empresa para cuando
hubiese conseguido la salud.
"Esto hace tres años.
Los médicos opinaron que en este tiempo podía yo, sin peligro inmediato,
consagrarme a las misiones lejanas, y entre tanto, me aconsejaron que
dedicándome a trabajos menos fatigosos, como los de la cura de almas en un
pueblo pequeño y en un clima frío, procurase conjurar el riesgo de una muerte
próxima.
"Por eso mi nuevo
prelado secular me envió a esta aldea, donde he procurado trabajar cuanto me ha
sido posible, consolándome de no realizar aún mis proyectos, con la idea de que
en estas montañas también soy misionero, pues sus. habitantes vivían, antes de
que yo viniese, en un estado muy semejante a la idolatría y a la barbarie. Yo
soy aquí cura y maestro de escuela, y médico y consejero municipal. Dedicadas
estas pobres gentes a la agricultura y a la ganadería, sólo conocían los
principios que una rutina ignorante les había trasmitido, y que no era bastante
para sacarlos de la indigencia en que necesariamente debían vivir, porque el
terreno por su clima es ingrato, y por su situación, lejos de los grandes
mercados, no les produce lo que era de desear. Yo les he dado nuevas ideas, que
se han puesto en práctica con gran provecho, y el pueblo va saliendo poco a
poco de su antigua postración. Las costumbres, ya de suyo inocentes, se han
mejorado: hemos fundado escuelas, que no había, para niños y para adultos; se
ha introducido el cultivo de algunas artes mecánicas, 'y puedo asegurar a
usted, que sin la guerra que ha asolado a toda la comarca, y que aún la amenaza
por algún tiempo, si el cielo se apiada de nosotros, mi humilde pueblecito
llegará a disfrutar de un bienestar que antes se creía imposible.
"En cuanto a mí, señor,
vivo feliz cuanto puede serlo un hombre en medio de gentes que me aman como a
un hermano; me creo muy recompensado de mis pobres trabajos con cariño, y tengo
la conciencia de no serles gravoso, porque vivo de mi trabajo, no como cura,
sino como cultivador y artesano; tengo poquísimas necesidades y Dios provee a
ellas con lo que me producen mis afanes. Sin embargo, sería ingrato si no
reconociese el favor que me hacen mis feligreses en auxiliar mi pobreza con
donativos de semillas y de otros efectos que, sin embargo, procuro que ni sean
frecuentes ni costosos, para no causarles con ellos un gravamen que justamente
he querido evitar, suprimiendo las obvenciones parroquiales, usadas
generalmente."
-¿De manera, señor cura -le
pregunté-que usted no recibe dinero por bautizos, casamientos, misas y
entierros?
-No, señor; no recibo nada,
como va usted a saberlo de boca de los mismos habitantes. Yo tengo mis ideas,
que ciertamente no son las generales, pero que practico religiosamente. Yo
tengo para mí que hay algo de simonía en estas exigencias pecuniarias, y si
conozco que un sacerdote que se consagra a la cura de almas debe vivir de algo,
considero también que puede vivir sin exigir nada, y contentándose con esperar
que la generosidad de los fieles venga en auxilio de sus necesidades. Así creo
que lo quiso Jesucristo, y así vivió él. ¿Por qué, pues, sus apóstoles no
habían de contentarse con imitar a su Maestro, dándose por muy felices de poder
decir que son tan ricos como él?
Y no pude contenerme al oír
esto; y deteniendo mi caballo, quitándome el sombrero, y no ocultando mi
emoción, que llegaba hasta las lágrimas, alargué una mano al buen cura y le
dije:
-Venga esa mano, señor;
usted no es un fraile, sino un apóstol de Jesús.. . Me ha ensanchado usted el
corazón; me ha hecho usted llorar. No creía yo que existiera un solo sacerdote
así en México; jamás he oído hablar a un hombre de sotana o de hábito, como
usted acaba de hacerlo. Señor, le diré a usted francamente y con mi rudeza
militar y republicana: yo he detestado desde mi juventud a los frailes y a los
clérigos; les he hecho la guerra; la estoy haciendo todavía en favor de la
Reforma, porque he creído que eran una peste; pero si todos ellos fuesen como
usted, señor ¿quién sería el insensato que se atreviese, no digo a esgrimir su
espada contra ellos, pero ni aun a dejar de adorarlos? Oh, señor, yo soy lo que
el clero llama un hereje, un impío, un sansculotte; pero yo aquí digo a usted,
en presencia de Dios, que respeto las verdaderas virtudes cristianas, como
jamás las ha respetado fanático o sayón reaccionario alguno. Así, venero la
religión de Jesucristo como usted la practica, es decir, como El la enseñó, y
no como la practican en todas partes. ¡Bendita Navidad ésta que me reservaba la
mayor dicha de mi vida, y es el haber encontrado a un discípulo del sublime
Misionero, cuya venida al mundo se celebra hoy! Y yo venía triste, recordando
las Navidades pasadas en mi Infancia y en mi juventud, y sintiéndome
desgraciado por verme en estas montañas solo con mis recuerdos. ¿Qué valen
aquellas fiestas de mi niñez, sólo gratas por la alegría tradicional y por la
presencia de la familia? ¿Qué valen los profanos regocijos de la gran ciudad,
que no dejan en el espíritu sino una pasajera impresión de placer? ¿Qué vale
todo eso en comparación de la inmensa dicha de encontrar la virtud cristiana,
la buena, la santa, la modesta, la práctica, la fecunda en beneficios? Señor
cura, permítame usted apearme y darle un abrazo y protestarle que amo al
cristianismo cuando lo encuentro tan puro como en los primeros y hermosos días
del Evangelio.
El cura se bajó también de
su pobre caballejo, y me abrazó llorando y sorprendido de mi arranque de
sincera franqueza. No podía hablar por su emoción y apenas pudo murmurar, al
estrecharme contra su corazón:
-Pero, señor capitán... yo
no merezco... yo creo que cumplo.. . Esto es muy natural; yo no soy nada...
¡qué he de ser yo! ¡Jesucristo! ¡Dios! ¡El pueblo!
VI
Después de este abrazo
volvimos a montar a caballo y continuamos nuestro camino en silencio, porque la
emoción nos embargaba la voz.
La oscuridad se había hecho
más densa, pero yo veía en el cura, cuyo semblante aún no conocía, algo
luminoso; tan cierto es que la simpatía y la admiración se complacen en
revestir a la persona simpática y admirada con los atractivos de la Divinidad.
Iba yo repasando en mi
memoria los hermosos tipos ideales del buen sacerdote moderno, que conocía sólo
en las leyendas, y a los cuales se parecía mi compañero de camino, y no
recordaba más que a dos con los cuales tuviera una extraña semejanza. El uno era
el virtuoso Vicario de aldea, de Enrique Zschokke, cuyo diario había leído
siempre con lágrimas, porque el ilustre escritor suizo ha sabido depositar en
él raudales de inmensa ternura y de dulcísima resignación.
El otro era el Padre
Gabriel, de Eugenio Sué, que este fecundo novelista ha sabido hacer popular en
el mundo entero con su famoso Judío Errante. En aquella época aún no había
publicado Víctor Hugo Los miserables y, por consiguiente, no había yo admirado la
hermosa personificación de monseñor Myriel, que tantas lágrimas de cariño ha
hecho derramar después. Verdad es que conocía la historia de varios célebres
misioneros cuyas virtudes honraban al cristianismo; pero siempre encontraba en
su carácter un lunar que me hacía perder en parte mi entusiasta veneración
hacia ellos. Sólo había podido, pues, admirar en toda su plenitud a los
personajes ideales que he mencionado.
Así es que el haber
encontrado en medio de aquellas montañas al hombre que realizaba el sueño de
los poetas cristianos y al verdadero imitador de Jesús, me parecía una
agradabilísima pero fugaz ilusión, hija de mi imaginación solitaria y
entristecida por los recuerdos. Y, sin embargo, no era así; el sacerdote
existía; me había hablado; caminaba junto a mí, y pronto iba a confirmar con
mis propias observaciones la idea que acababa de darme su carácter asombroso,
en pocas palabras dichas con una sencillez y una sinceridad tanto más
incuestionables cuanto que ningún interés podía tener en aparecer de tal modo a
los ojos de un viajero pobre, militar subalterno e insignificante. Cansado
estaba yo, al contrario de encontrarme por ahí en los diversos pueblos que había
recorrido con las tropas "o solo, con párrocos alegres y vividores, de
esos que se llaman a sí mismos campechanos, que habían creído halagarme, en mi
calidad de soldado y de hombre de mundo, haciéndome participar de las dulzuras
y placeres de una vida profana, alegre y libertina.
Nada, pues, tenía de común
el carácter de este buen sacerdote con los que yo había conocido por
dondequiera. Todas estas razones produjeron en mi ánimo la estupefacción que es
de suponerse y que me hacía caminar al lado del cura con una alegría mezclada de
incredulidad; si alguien hubiese venido a contarme que existía en un rincón de
la República, a la sazón agitada por las pasiones del clero, un sacerdote como
el que yo me había encontrado, francamente, lo habría creído con suma
dificultad.[1]
VII
De repente, y al desembocar
de un pequeño cañón que formaban dos colinas, el pueblecillo se apareció a
nuestra vista como una faja de rojas estrellas en medio de la oscuridad, y el
viento de invierno pareció suavizarse para traernos en su vago aroma de los
huertos, el humor de la gente y el simpático ladrido que siempre escucha el
caminante durante la noche con intensa alegría.
-Ahí tiene usted mi pueblo,
señor capitán -me dijo el cura.
-Me parece muy pintoresco
-le contesté-a juzgar por la posición de las luces y por el aire balsámico que
nos llega y que revela que allí hay pequeños jardines.
-Sí, señor; los hay muy
bonitos. Como el clima es muy frío y el terreno bastante ingrato, los
habitantes se limitaban, antes de que yo llegara aquí, a cultivar algunos
pobres árboles que no le servían más que para darles sombra; unas cuantas y
tristes flores nacían enfermizas en los cercados, y en vano se hubiera buscado
en las casas la más común hortaliza para una ensalada o para un puchero. Los
alimentos se reducían a tortillas de maíz, fríjol, carne y queso; lo bastante
para no morirse de hambre, y aun para vivir con salud; pero no para hacer más
agradable la vida con algunas comodidades tan útiles como inocentes.
"Yo les insinué algunas
mejoras en el cultivo; hice traer semillas y plantas propias para el clima, y
como los vecinos son laboriosísimos, ellos hicieron lo demás. Jamás un hombre
fue mejor comprendido que lo fui yo; y era de verse, el primer año, cómo
hombres, mujeres, ancianos y niños, a porfía, cambiaban el aspecto de sus
casas, ensanchaban sus corrales, plantaban árboles en sus huertos y
aprovechaban hasta los más humildes rincones de tierra vegetal para sembrar
allí las más hermosas flores y las más raras hortalizas.
"Un año después, el
pueblecito, antes árido y triste, presentaba un aspecto risueño. Hubiérase
dicho que se tenía a la vista una de esas alegres aldeas de la Saboya o de mis
queridos Pirineos, con sus cabañas de paja o con sus techos rojos de teja, sus
ventanas azules y sus paredes adornadas con cortinas de trepadoras, sus patios
llenos de árboles frutales, sus callecitas sinuosas, pero aseadas; sus granjas,
sus queseras y un gracioso molino. Su iglesita pobre y linda, si bien está
escasa de adornos de piedra y de altivos pórticos, tiene, en cambio, en su
pequeño atrio, esbeltos y copudos árboles; las más bellas parietarias
enguirnaldan su humilde campanario con
sus flores azules y blancas; su techo de paja presenta con su color oscuro,
salpicado por el musgo, una vista agradable; la cerca del atrio es un
rústico enverjado formado por los
vecinos con troncos de encina, en los que se ostentan familias enteras de
orquídeas, que hubieran regocijado al buen barón de Humboldt y al modesto y
sabio Bonpland; y el suelo ostenta una rica alfombra de caléndulas
silvestres que fueron a buscarse entre las más preciosas de
la montaña_. En fin, señor, la vegetación, esa incomparable arquitectura de
Dios, se ha encargado de embellecer esa casa de oración, en la que el alma debe
encontrar por todas partes motivos de agradecimiento y de admiración hacia el
Creador.
"De este modo, el
trabajo lo ha cambiado todo en el pueblo; y sin la guerra, que ha hecho sentir
hasta estos desiertos su devastadora influencia, ya mis pobres feligreses,
menos escasos de recursos, habrían mejorado completamente de situación; sus cosechas
les habrían producido más; sus ganados, notablemente superiores a los demás del
rumbo, habrían tenido más valor en los mercados, y la recompensa habría hecho
nacer el estímulo en toda la comarca, todavía demasiado pobre.
"Pero ¿qué quiere
usted? Los trigos que comienzan a cultivarse en nuestro pequeño valle necesitan
un mercado próximo para progresar, pues hasta ahora la cosecha que se ha
levantado, sólo ha servido para el alimento de los vecinos;.
"Yo estoy contento, sin
embargo, con este progreso, y la primera vez que comí un pan de trigo y maíz,
como en mi tierra natal, lloré de placer, no sólo porque eso me traía a la
memoria los tiernos recuerdos de la patria, sino porque comprendí que con este
pan, más sano que la tortilla, la condición física de estos pueblos iba a
mejorar también. ¿No opina usted lo mismo?"
-Seguramente; yo creo, como
todo el que tiene buen sentido, que la buena y sana alimentación es ya un
elemento de progreso.
-Pues bien -continuó el
cura- yo, con objeto de establecer aquí esa importantísima mejora, he procurado
que hubiese un pequeño molino, suficiente, por lo pronto, para las necesidades
del pueblo. Uno de los vecinos más acomodados tomó por su cuenta realizar mi
idea. El molino se hizo, y mis feligreses comen hoy pan de trigo y de maíz. De
esta manera he logrado abolir para siempre esa horrible tortura que se imponían
las pobres mujeres moliendo el maíz en la piedra que se llama metate; tortura
que las fatiga durante la mayor parte del día, robándoles muchas horas que
podían consagrar a otros trabajos, y ocasionándoles muchas enfermedades
dolorosas, aparte de la incomodidad que sufren cuando se hallan encinta o aun
criando a sus niños.
"Al principio he
encontrado resistencias, provenidas de la costumbre inveterada, y aun del amor
propio de las mujeres, que no querían aparecer como perezosas, pues aquí, como
en todos los pueblos pobres de México, y particularmente los indígenas, una de
las grandes recomendaciones a una doncella que va a casarse, es la de que sepa
moler, y ésta será tanto mayor, cuanto mayor sea la cantidad de maíz que la
infeliz reduzca a tortillas. Así se dice: 'Fulana es muy mujercita, pues muele
un almud o dos almudes, sin levantarse.' Ya usted supondrá que las pobres
jóvenes, por obtener semejante elogio, se esfuerzan en tamaña tarea, que llevan
a cabo, sin duda alguna, merced al vigor de su edad, pero que no hay
organización que resista a semejante trabajo y, sobre todo, a la penosa
posición en que se ejecuta. La cabeza, el pulmón, el estómago, se resienten de
esa inclinación constante de la molendera; el cuerpo se deforma, y hay otras
mil consecuencias que el menos perspicaz conoce. Así es que mi molino ha sido
el redentor de estas infelices vecinas, y ellas lo bendicen cada día, al verse
hoy libres de su antiguo sacrificio, cuyos funestos resultados comprenden
ahora, al observar el estado de su salud y al aprovechar el tiempo en otros
trabajos.
"Como el cultivo del
trigo, se ha introducido el de otros cereales no menos útiles, y con igual
prontitud. He traído también pacholes de algunas leguminosas que he encontrado
en la montaña, y con las cuales la benéfica naturaleza nos había favorecido,
sin que estos habitantes hubiesen pensado en aprovecharlas.
"En cuanto a árboles
frutales, ya los verá usted mañana. Tenemos manzanos, perales, cerezos,
albaricoqueros, castaños, nogales y almendros, y eso en casi todas las casas;
algunos vecinos han plantado pequeños viñedos, y yo estoy ensayando ahora una plantación
de moreras y de madroños, para saber si podrá establecerse el cultivo de los
gusanos de seda. En fin, se ha hecho lo posible; y no contento yo con realizar
mis propias ideas, pregunto a las personas sensatas, y escucho sus opiniones
con gusto y respeto. Usted se servirá darme la suya después de visitar mi
pueblo."
-Con mucho gusto, señor, a
pesar de mi ignorancia suma. Mi buen sentido y mi experiencia por mis viajes
son lo único que puede permitirme hacer a usted algunas indicaciones. ¿Y en
cuanto a ganados?
-Estos montañeses los
poseían en pequeña cantidad, y en su mayor parte vacuno. Ahora se consagran con
más empeño al ganado menor. Se han traído algunos merinos; se han propagado
fácilmente, y ya existen rebaños bastante numerosos, que se aumentan cada día
en razón de que no se consumen para el alimento diario.
-¿No gusta aquí esa carne?
-Poco, diré a usted,
francamente; soy yo quien no gusta de comer carne; y como mis pobres feligreses
se han acostumbrado por simpatía a amoldarse a mis gustos, ellos también van
quitándose la costumbre, sin que por eso les diga yo sobre ello una sola palabra.
Por eso verá usted también en el pueblo, relativamente, pocas aves de corral.
Pongo yo poco empeño en la propagación de esas desgraciadas víctimas del
apetito humano. En general, yo prefiero la agricultura, y sólo cuido con esmero
a los animales que ayudan al hombre en los nidos y santos trabajos del campo.
Así, los bueyes que hay en el pueblo son quizá los más robustos y los mejores
del rumbo, porque son también los mejor cuidados. Los mulos y los caballos son
ligeros y robustos, como conviene a un país montañoso; aunque, a decir verdad,
hay más de los primeros que de los segundos, porque sirven aquéllos para cargar
las mieses que se conducen por nuestros escabrosos caminos; pero éstos no son
útiles más que para algunos enfermos como yo, o para las mujeres, pues los
habitantes prefieren andar a pie, en lo cual hacen muy bien.
-Señor cura -le dije-estoy
muy contento de oír a usted, y me parece admirable la rapidez con que usted ha
cambiado la faz de estos pobres lugares.
-La religión, señor capitán,
la religión me ha servido de mucho para hacer todo esto. Sin mi carácter
religioso quizá no habría yo sido escuchado ni comprendido. Verdad es que yo no
he propuesto todas esas reformas en nombre de Dios y fingiéndome inspirado por
él; mi dignidad se opone a esta superchería; pero evidentemente mi carácter de
sacerdote y de cura daba una autoridad a mis palabras, que los montañeses no
habrían encontrado en la boca de una persona de otra clase.
"Además, ellos han
tenido ocasión, todos los días, de conocer la sinceridad de mis consejos, y
esto me ha servido muchísimo para lograr mi principal objeto, que es el de
formar su carácter moral; porque yo no pierdo de vista que soy, ante todo, el misionero
evangélico. Sólo que yo comprendo así mi cristiana misión: debo procurar el
bien de mis semejantes por todos los medios honrados; a ese fin debo invocar la
religión de Jesús como causa, para tener la civilización y la virtud como
resultado preciso; el Evangelio no sólo es la Buena Nueva desde el sentido de
la conciencia religiosa y moral, sino también desde el punto de vista del
bienestar social. La bella y santa idea de la fraternidad humana en todas sus
aplicaciones, deben encontrar en el misionero evangélico su más entusiasta
propagandista; y así es como este apóstol logrará llevar a los altares de un
Dios de paz a un pueblo dócil, regenerado por el trabajo y por la virtud; al
campo y al taller, a un pueblo inspirado por la idea religiosa que le ha impuesto,
como una ley santa, la ley del trabajo y de la hermandad."
-Señor cura -volví a decir,
entusiasmado-¡usted es un demócrata verdadero!
El cura me miró sonriendo a
la luz de la primera fogata que los alegres vecinos habían encendido a la entrada
del pueblo y que atizaban a la sazón tres chicuelos.
-Demócrata o discípulo del
gran Maestro Jesús ¿no es acaso la misma cosa...? -me contestó.
-Oh, tiene usted razón;
tiene usted razón; pero no es así como se piensa allá en otras partes. ¡Dios
mío! ¡qué bendita Navidad esta que me ha hecho encontrar lo que me había
parecido un sueño de mi juventud entusiasta!
VIII
Pero los chicos, luego que
vieron al cura, vinieron a saludarlo alegremente, y después corrieron al centro
del pueblecillo, gritando: -¡El hermano cura! ¡el hermano cura!
-¡El hermano cura! -repetí
yo con extrañeza-¡que raro! ¿Es así como llaman aquí a su párroco?
-No, señor -me respondió el
sacerdote-antes le llamaban aquí, como en todas partes, el "señor
cura"; pero a mí me desagrada esa fórmula, demasiado altisonante, y he
rogado a todos que me llamen el "hermano cura"; esto me da mayor placer.
-Es usted completo. ¡Y yo
que he venido llamando a usted señor cura!
-Pues bien: está usted
perdonado con tal de que siga llamándome su amigo nada más.
Yo apreté la mano de aquel
hombre honrado y humilde, y me aparté un poco para dejar a la gente que había
acudido a su encuentro, saludarlo a todo su sabor. De paso noté que esta gente
no mostraba en su respeto hacia el cura esa bajeza servil que una costumbre
idólatra ha establecido en casi todos los pueblos. Los ancianos le abrazaban
(pues se había bajado del caballo) con ternura paternal, y él era quien los
saludaba con veneración; los hombres le hablaban como a un hermano, y los
chicos como un maestro. En todos se notaba una afectuosa y sincera
familiaridad.
Al llegar a su casita, que
estaba como es costumbre, junto a la pequeña iglesia parroquial, y en lo que
podía llamarse placita, el cura, enseñándome una bella casa grande, la más
bella, quizá, del pueblo me dijo:
-¡Ahí tiene usted nuestra
escuela!
Y como yo me mostrara un
poco admirado de verla tan bonita y aseada, revelando luego que era el edificio
predilecto de los vecinos, observé en éstos, al felicitarlos, un sentimiento de
justísimo orgullo. El más viejo de los que estaban cerca, me dijo:
-Señor: es él quien merece
la enhorabuena; por él la tenemos, y por él saben leer nuestros hijos. Cuando
nosotros la levantamos, aconsejados por él, y la concluimos, al verla, tan
nueva y tan linda le propusimos que se fuera a vivir en ella, porque le debemos
muchos beneficios, y que nos dejara el curato para la escuela; pero se enfadó
con nosotros y nos preguntó que si él valía acaso más que los niños del pueblo,
y que si necesitaba tantas piezas él solo. Nos avergonzamos y conocimos nuestro
disparate. Es muy bueno el hermano cura ¿no le parece a usted? -Yo fui a
abrazar al cura en silencio y más conmovido que nunca.
Entramos, por fin, en la
casa del curato, que era pequeña y modesta; pero muy aseada y embellecida con
un jardincillo, provista de una cuadra y de un corral. La gente se detuvo a la
puerta. Dentro aguardaban al cura, el alcalde con algunos ancianos y algunas
mujeres de edad. El cura se quitó el sombrero delante del alcalde, dando así un
ejemplo del constante respeto que debe tenerse a la autoridad emanada del
pueblo; saludó cariñosamente a las viejas vecinas, y entró conmigo y los
hombres a su saloncito, que no era más grande que un cuarto común. Pero antes
de entrar, una de las viejas, robusta y venerable vecina, que revelaba en su
semblante bondadoso una grande pena, detuvo al cura y le preguntó en voz baja:
-Hermano cura ¿lo ha visto usted por fin? ¿Está más aliviado? ¿Vendrá esta
noche?
-¡Ah! sí, Gertrudis
-respondió el cura-se me olvidaba. . . Lo vi, hablé con él, está triste, muy
triste; pero vendrá; me lo ha prometido.
-Pues voy a avisárselo a
Carmen para que se alegre -replicó la anciana-. ¡Si viera usted como ha
llorado, hermano cura, temiendo que no viniera! ¡Pobre muchacha!
-Que no tenga cuidado,
Gertrudis; que no tenga cuidado.
-Aquí hay algo de amor,
amigo mío -me atreví a decir al cura.
-Sí -me dijo este con aire
tranquilo-ya lo sabrá usted esta noche; es una pequeña novela de aldea; un
idilio inocente como una flor de la montaña; pero en el que se mezcla el
sufrimiento que está atormentando dos corazones. Usted me ayudará a llevar a buen
término el desenlace de esa historia esta misma noche.
-¡Oh! con mucho gusto; nada
podría halagar tanto mi corazón. También yo he amado y he sufrido
-dije acordándome
súbitamente de lo que había olvidado durante tantas horas merced a los
recuerdos de Navidad y a la conversación del cura-. ¡Yo también llevo en el
alma un mundo de recuerdos y de penas! ¡Yo también he amado!
-repetí.
-Es natural . . . -dijo
también suspirando el cura, e inclinando con melancolía su frente pensadora,
surcada por arrugas precoces.
Aquello me puso silencioso,
y así tomé asiento frente a un buen fuego que ardía en la humilde chimenea del
saloncito.
IX
Fue entonces cuando pude
examinar completamente la figura del cura. Parecía tener como treinta y seis
años; pero quizá sus enfermedades, sus fatigas y sus penas eran causa de que en
su semblante, franco y notable por su belleza varonil, se advirtiese un no sé
qué de triste, que no alcanzaba a disipar ni la dulzura de su sonrisa ni la
tranquilidad de su acento, hecho para conmover y para convencer.
Quizá yo me engaño en esto,
y mi preocupación haya sido la que puso para mis ojos, en la frente y en
la mirada del
cura, esa nube de melancolía de
que acabo de hablar. Es que yo
no puedo figurarme jamás a un
pensador sin suponerlo desgraciado en el fondo. Para mí, el talento elevado
siempre es presa de dolores íntimos, por más que ellos se oculten en los
recónditos pliegues de un carácter sereno. La energía moral, por victoriosa que
salga de sus luchas con los obstáculos de la suerte y con las pasiones de los
hombres, siempre queda herida de esa enfermedad incurable que se llama la
tristeza; enfermedad que no siempre conocemos,
porque no nos es dado contemplar a veces a los grandes caracteres en sus
momentos de soledad, cuando dejan descubierta el alma en las sombras del
misterio.
El cura era indudablemente
uno de esos personajes raros en el mundo, y por eso yo no lo creía feliz.
Hubiera sido imposible para mí, después de haberlo escuchado, considerarlo como
una de esas medianías que encuentran motivos de dicha en casi todas partes.
Continuando mi examen, vi,
que era robusto, más bien por el ejercicio que por la alimentación. Sus
miembros eran musculosos,
y su cuerpo, en
general, conservaba la ligereza de la juventud. Sobre todo, lo
que llamaba mi atención de una manera particular era su frente elevada y
pensativa, como la frente de un profeta, y que aún estaba coronada por espesos
cabellos de un rubio pálido; era la mirada tranquila y dulce de sus ojos
azules, que parecían estar contemplando siempre el mundo de lo ideal; era su
nariz ligeramente aguileña, y
que revelaba una gran firmeza de
carácter. Todo este conjunto de facciones acentuadas y de un aspecto
extraordinario, estaba corregido por una frecuente sonrisa, que apareciendo en unos labios bermejos y
ligeramente sombreados por la barba, y de unos dientes blanquísimos, daba al
semblante de aquel hombre un aire profundamente simpático,
pero netamente humano.
Su traje era modestísimo,
casi pobre, y se limitaba a chaqueta, chaleco y pantalón negros, de paño
ordinario, sobre todo lo cual vestía, quizá a causa de la estación, un
redingote de paño más grueso y del mismo color.
Cuando acabó de hablar con
el alcalde, se levantó, y haciéndome una seña me presentó a aquel honrado
personaje, a quien no solamente saludé sino que, en cumplimiento de mis deberes
militares, me presenté oficialmente, habiéndome excusado él con suma bondad de
la fórmula de presentación en la casa municipal esa noche, aunque ofrecí poner
en sus manos mi pasaporte al día siguiente.
Después, el cura me presentó
a un sujeto que había estado hablando con él, juntamente con el alcalde, y cuya
inteligente fisonomía me había llamado ya la atención.
-El señor -me dijo el
cura-es el preceptor del pueblo, de quien yo soy ayudante; pero todavía más:
amigo íntimo, hermano.
-Es mi maestro, señor
capitán-se apresuró a añadir el preceptor-. Yo le debo lo poco que sé y le debo
más: la vida.
-Chist . . . -replicó el
cura-usted es bueno y exagera los oficios de mi amistad. Pero usted está
fatigado, capitán, y preciso será tomar un refrigerio, sea que quiera usted
dormir, o bien acompañarnos en la cena de Navidad. Yo no lo acompañaré a usted,
porque tengo que decir la misa del gallo; ya sabe usted: costumbres viejas y
que no encuentro inconveniente en conservar puesto que no son dañosas. Aquí no
hay desórdenes a propósito de la gran fiesta cristiana y de la misa. Nos
alegramos como verdaderos cristianos.
Guióme entonces el cura a un
pequeño comedor, en el que también ardía un agradable fuego, y allí nos
acompañó al preceptor y a mí mientras tomábamos una merienda frugal, pues no
quise privarme del placer de hacer los honores a la tradicional cena de Navidad.
Después, dejándome reposar
un rato, salió con el preceptor a preparar en la iglesia todo lo necesario para
el oficio.
Cuando volvió, me invitó a
dar una vuelta por la placita, en que se había reunido alguna gente en derredor
de los tocadores de arpa y al amor de las hermosas hogueras de pino que se
habían encendido de trecho en trecho.
La plazoleta presentaba un
aspecto de animación y de alegría que producían una impresión grata. Los
artistas tocaban sonatas populares, y los mancebos bailaban con las muchachas
del pueblo. Las vendedoras de buñuelos y de bollos con miel y castañas confitadas
atraían a los compradores con sus gritos frecuentes, mientras que los muchachos
de la escuela formaban grandes corros para cantar villancicos, acompañándose de
panderetas y pitos, delante de los pastores de las cercanías y demás montañeses
que habían acudido al pueblo para pasar la fiesta.
Nos acercamos al más grande
de estos corros, y a la luz de la hoguera pude ver rostros y personajes
verdaderamente dignos de Belén, y que me recordaron el hermoso cuadro del
Nacimiento de Jesús, de nuestro Cabrera, que decora la sacristía de Taxco. En
efecto, esas cabezas rudas, morenas y enérgicamente acentuadas, con sus
flotantes cabelleras grises y sus largas barbas; esas sonrisas bonachonas y
esos brazos nervudos apoyándose en el cayado, parecen ser el modelo que sirvió
a nuestro famoso pintor para su Adoración de los Pastores. Y junto a ellos, y
haciendo contraste, las muchachas del pueblo, con su fisonomía dulce, sus
mejillas sonrosadas y su traje pintoresco; y los niños con su semblante alegre,
sus carrillos hinchados para tocar los pitos, o sus bracitos agitados tocando
los panderos, todo aquello me pareció un magnífico sueño de Navidad.
El cura notó mi curiosidad y
me dijo:
-Esos hombres son, en
efecto, pastores de las cercanías, y pastores verdaderos, como los qué aparecen
en los idilios de Teócrito y en las églogas de Virgilio y de Garcilaso. Hacen
una vida enteramente bucólica, y no vienen a poblado sino en las grandes fiestas,
como la presente. A pocas leguas de aquí están apacentándose hoy sus numerosos
rebaños, en los terrenos que les arriendan los pueblos cercanos. Estos re baños
se llaman haciendas flotantes; pertenecen a ricos propietarios de las ciudades,
y muchas veces a un rico pastor que en persona viene a cuidar su ganado. Estos
hombres son independientes de esas haciendas y viven comúnmente en las majadas
que establecen en las gargantas de la sierra. Hoy han venido en mayor número,
porque, como usted supondrá, la Nochebuena es su fiesta de familia. Ellos traen
también sus arpas de una cuerda, sus zamponas y sus tamboriles, y cantan con
buena y robusta voz sus villancicos en la iglesia, aquí en la plaza y en la
cena que es costumbre que dé el alcalde en su casa esta noche. Justamente van a
cantar; óigalos usted.
En efecto, los pastores se
ponían de acuerdo con los muchachos para cantar sus villancicos, y preludiaban
en sus instrumentos. Uno de los chicuelos cantaba un verso, y después los
pastores y los demás muchachos lo repetían acompañados de la zampona, de la
guitarra montañesa y de los panderos.
He aquí los que recuerdo, y
que son conocidísimos y se han transmitido de padres a hijos durante cien
generaciones:
Pastores, venid, venid.
Veréis lo que no habéis
visto
en el portal de Belén,
el nacimiento de Cristo.
Los pastores daban saltos
y bailaban de contento,
al par que los angelitos
tocaban los instrumentos.
Los pastores y zagalas
caminan hacia el portal,
llevando llenos de frutas
el cesto y el delantal.
Los pastores de Belén
todos juntos van por leña
para calentar al Niño
que nació la Nochebuena.
La Virgen iba a Belén;
le dio el parto en el
camino,
y entre la muía y el buey
nació el Cordero divino.
A las doce de una noche,
que más feliz no se vio,
nació en un Ave María
sin romper el alba, el sol.
Un pastor, comiendo sopas,
en el aire divisó
un ángel que le decía:
Ya ha nacido el Redentor.
Todos le llevan al niño;
yo no tengo qué llevarle;
las alas del corazón
que le sirvan de pañales.
Todos le llevan al niño;
yo también le llevaré
una torta de manteca
y un jarro de blanca miel.
Una pandereta suena;
yo no sé por dónde va;
camina para Belén
hasta llegar al portal.
Al ruido que llevaba,
el santo José salió;
no me despertéis al Niño,
que ora poco se durmió.
Pero los siguientes, por su
carácter melancólico, me agradaron mucho:
Una gitana se acerca
al pie de la Virgen pura,
hincó la rodilla en tierra
y le dijo la ventura.
"Madre del Amor
hermoso,
-así le dice a María-
a Egipto irás con el Niño
y José en tu compañía.
Saldrás a la medianoche,
ocultando al sol divino;
pasaréis muchos trabajos
durante todo el camino.
Os irá bien con mi gente;
os tratarán con cariño;
los ídolos, cuando entréis,
caerán al suelo
rendidos."
Mirando al Niño divino
le decía, enternecida:
"¡Cuánto tienes que
pasar,
Lucerito de mi vida!
La cabeza de este Niño,
tan hermosa y agraciada,
luego la hemos de ver
con espinas traspasada.
Las manilas de este Niño,
tan blancas y torneadas,
luego las hemos de ver
en una cruz enclavadas.
Los piececitos del Niño,
tan chicos y sonrosados,
luego los hemos de ver
con un clavo taladrados.
Andarás de monte en monte
haciendo mil maravillas;
en uno sudarás sangre,
en otro darás la vida.
La más cruel de tus penas
te la predigo con llanto:
será que en tus redimidos,
Señor, hallarás
ingratos."
No parece sino que el poeta
popular y desconocido que compuso este villancico de la gitanilla quiso, a
propósito del Niño Jesús, encerrar en una triste predicción la que ante la cuna
de todos los • niños puede hacerse de los sufrimientos que los esperan en la
vida.
Y después de versos tan
melancólicos, los cantares concluyeron con éste, que lo era más aún:
La Nochebuena se viene;
la Nochebuena se va,
y nosotros, nos iremos
y no volveremos más.
-Todos estos villancicos
antiguos son de origen español -dijo el cura-y yo advierto que la tradición los
conserva aquí constantemente , como en mi país[2]. Respetables por su
antigüedad y por ser hijos de la ternura cristiana, tal vez de una madre, poetisa
desconocida del pueblo; tal vez de un niño, tal vez de infelices ciegos; pero
de seguro, de esos trovadores oscuros que se pierden en el torbellino de los
desgraciados, yo los oigo siempre con cariño, porque me recuerdan mi infancia.
Pero desearía de buena gana que los sustituyeran con otros más filosóficos, más
adecuados a nuestras ideas religiosas actuales; más propios para inspirar en
las masas, en esta noche, sentimientos no de una alegría o de una ternura
inútiles, sino de una caridad y una esperanza siempre fecundas en la conciencia
de los pueblos. Pero no hay quien se consagre a esta hermosa poesía popular,
tan sencilla como bella, y-además sería preciso que el pueblo la aceptase
gustoso, para que se pudiera generalizar y perpetuar.
-Pero he ahí las once y
media -dijo el cura al oír el alegre repique que anunciaba la misa del gallo.
Si usted gusta, nos dirigiremos a la iglesia, que no tardará en llenarse de
gente.
Así lo hicimos; el cura se
separó de mí para ir a la sacristía a ponerse sus vestidos sacerdotales. Yo
penetré en la pequeña nave por la puerta principal, y me acomodé en un rincón,
desde donde pude examinarlo todo. El templo, en efecto, era pequeño, como me lo
había anunciado el cura era una verdadera capilla rústica, pero me agradó
sobremanera. El techo era de paja; pero las delgadas vigas que lo sostenían,
colocadas simétricamente, y el tejido de blancos juncos que adhería a ella la
paja, estaba hecho con tal maestría por los montañeses que presentaba un
aspecto verdaderamente artístico. Las paredes eran blancas y lisas, y en las
laterales, además de dos puertas de entrada, había una hilera de grandes
ventanas, todo lo cual proporcionaba la necesaria ventilación. Yo me sorprendí
mucho de no encontrar en esta iglesia de pueblo lo que había visto en todas las
demás de su especie, y aun en las de las ciudades populosas y cultas, a saber,
esa aglomeración de altares de malísimo gusto, sobrecargados de ídolos, casi
siempre deformes, que una piedad ignorante adora con el nombre de santos y cuyo
culto no es, en verdad, el menor de los obstáculos para la práctica del
verdadero cristianismo.
En casi todos los pueblos
que había yo recorrido hasta entonces, había tenido el disgusto de encontrar de
tal manera arraigada esta idolatría, que había acabado por desalentarme,
pensando que la religión de Jesús no era más que la cubierta falaz de este culto,
cuyo mantenimiento consume los mejores productos del trabajo de las clases
pobres, que impide la llegada de la civilización y que requiere todos los
esfuerzos de un gobierno ilustrado, para ser destruido prontamente. La Reforma,
me decía yo, debe comenzar también por aquí, y los hombres pensadores que la
proclaman y defienden no deben descansar hasta no aplicarla a un objeto tan
interesante, porque creer que las teorías se desarrollarán solas en un pueblo
que tiene costumbres inveteradas, es no conocer el espíritu humano y no
comprender la historia. Se ha promulgado ya la ley de Libertad de cultos, es
verdad, y desde luego se autoriza con ella la adoración de tales santos; pero
si el legislador descendiera hasta examinar atentamente lo que pasa en los pueblos
con motivo de este culto idólatra, vería que la simple sanción de la libertad
de conciencia no basta para desterrar los abusos, para ilustrar a las masas y
para hacer realizable la idea filosófica de los hombres modernos, que es la de
fundar, si es posible, sobre los principios religiosos libres, el edificio de
la prosperidad pública.
Se necesita, pues, en México
una disposición esencialmente práctica que, sin estar en pugna con la libertad
religiosa otorgada por la ley, facilite, al contrario, su ejecución, depure las
costumbres paganas creadas por el fanatismo, unas veces, y otras por la
necesidad de complacer a los pueblos idólatras recién conquistados; y, por
último, que favorezca y garantice la libertad de todos en la profesión de la fe
religiosa.
De otro modo, la libertad de
conciencia podrá ponerse en práctica en los grandes centros populosos y cultos:
pero difícilmente, casi nunca, en las pequeñas poblaciones poco civilizadas que
constituyen el mayor número de nuestro país.. Y me decía yo esto, porque había
visto en centenares de pueblos pequeños y, particularmente en los de indígenas,
establecido este culto, que malamente se llama cristiano, de una manera que
causaría profundo dolor al mismo Fundador del cristianismo.
Pueblos hay en los que las
doctrinas evangélicas son absolutamente desconocidas, porque allí no se adora
más que a san Nicolás, san Antonio, san Pedro o san Bartolomé, y estos santos
eclipsan con su divinidad aun a la misma personalidad de Jesús. El dogma de
esos pueblos infelices consiste en la narración fabulosa de los milagros de su
ídolo; milagros que, por supuesto, creen obrados por el ídolo mismo, sin
intervención de divinidades superiores. Y por eso, nada es más común que ver
esas larguísimas caravanas de peregrinos indígenas que, con todo y familia, se
dirigen a pueblos lejanos, abandonando los trabajos agrícolas en busca del
santo famoso a quien van a dejar el producto de sus miserables trabajos de un
año.
Abolir estas prácticas;
fundar la religión sobre principios más sanos y más útiles, es obra de la
instrucción popular; pero, ay, esta obra tiene que ser muy lenta si el Estado
ha de realizarla sólo por medio de esos apóstoles, no siempre ilustrados, que se
llaman maestros de escuela; porque éstos, muchas veces, por no pugnar con el
espíritu del pueblo que los sostiene y con los intereses de los curas, se
plegan a las costumbres viciosas y son, por desgracia, sus eficaces
propagadores en la niñez, que será mañana el pueblo heredero de las
tradiciones.
Pero en la iglesia de aquel
pueblecillo afortunado, y en presencia de aquel cura virtuoso y esclarecido,
comprendí de súbito que lo que yo había creído difícil, largo y peligroso, no
era sino fácil, breve y seguro, siempre que un clero ilustrado y que comprendiese
los verdaderos intereses cristianos, viniese en ayuda del gobernante.
He ahí a un sacerdote que
había realizado en tres años lo que la autoridad civil sola no podrá realizar
en medio siglo pacíficamente. Allí no hay santas; allí no veía yo más que una
casa de oración, y no un templo de idólatras; allí, el espíritu, inspirado por
la piedad, podía elevarse sin distracciones, 'sin encomendarse a medianeros
horrorosos, hacia el Creador para darle gracias y para tributarle un homenaje
de adoración.
En efecto, la pequeña
iglesia no contenía más altares que el que estaba en el fondo, y que se hallaba
a la sazón adornado con un Belén; concesión que tal vez había hecho el cura a
la tierna imaginación de sus feligreses, aún no enteramente libre de sus antiguas
aficiones.
Las paredes, por todas
partes, estaban lisas, y, entonces, los vecinos las habían decorado
profusamente con grandes ramas de pino y de encina, con guirnaldas de flores y
con bellas cortinas de heno, salpicadas de escarcha.
Noté, además, que, contra el
uso común de las iglesias mexicanas, en ésta había bancas para los asistentes,
bancas que entonces se habían duplicado para que cupiese toda la concurrencia,
de modo que ninguno de los fieles se veía obligado a sentarse en el suelo sobre
el frío pavimento de ladrillo. Un órgano pequeño estaba colocado a la puerta de
entrada de la nave, y pulsado por un vecino, iba a acompañar los coros de niños
y de mancebos que allí se hallaban ya, esperando que comenzara el oficio.
El altar mayor era sencillo
y bello. Un poco más elevado que el pavimento; lo dividía de éste un barandal
de cantería pintado de blanco. Seguía el altar, en el que ardían cuatro
hermosos cirios sobre candeleras de madera, y en el fondo estaba el Nacimiento,
es decir, un por-talito rústico, con las imágenes, bastante bellas, de san
José, de la Virgen y del Niño Jesús, con sus indispensables muía y toro, y
pequeños corderos; todo rodeado de piedras llenas de musgo, de ramas de pino,
de encina, de parásitas muy vistosas, de heno y de escarcha, que es, como se
sabe, el adorno obligado de todo altar de Nochebuena.
Tanto este altar como la
iglesia toda estaban bien iluminados con candelabros, repartidos de trecho en
trecho, y con dos lámparas rústicas pendientes de la techumbre.
A las doce, y el sonoro
repique a vuelo de las campanas, y a los acentos melodiosos del órgano, el
oficio comenzó. El cura, revestido con una alba muy bella y una casulla
modesta, y acompañado de dos acólitos vestidos de blanco, comenzó la misa. El
incienso, que era compuesto de gomas olorosísimas que se recogían en los
bosques de la tierra caliente, comenzó a envolver con sus nubes el hermoso
cuadro del altar; la voz del sacerdote se elevó suave y dulce en medio de
concurso, y el órgano comenzó a acompañar las graves y melancólicas notas del
canto llano, con su acento sonoro y conmovedor.
Yo no había asistido a una
misa desde mi juventud, y había perdido, con la costumbre de mi niñez, la
unción que inspiran los sentimientos de la infancia, el ejemplo de piedad de
los padres y la fe sencilla de los primeros años.
Así es que había desdeñado
después asistir a estas funciones, profesando ya otras ideas y no hallando en
mi alma la disposición que me hacía amarlas en otro tiempo.
Pero entonces, allí, en
presencia de un cuadro que me recordaba toda mi niñez, viendo en el altar a un
sacerdote noble y virtuoso, aspirando el perfume de una religión pura y buena,
juzgué digno aquel lugar de la Divinidad. El recuerdo de la infancia volvió a
mi memoria con su dulcísimo prestigio y con su cortejo de sentimientos
inocentes; mi espíritu desplegó sus alas en las regiones místicas de la
oración, y oré como cuando era niño.
Parecía que me había
rejuvenecido; y es que cuando; uno se figura que vuelven aquellos serenos días
de la niñez, siente algo que hace revivir las ilusiones perdidas, como sienten
nueva vida las flores marchitas al recibir de nuevo el rocío de la mañana.
Tal rabellisce le smarrite
foglie
ai mattutine geli árido
fiore.
como dijo el Tasso.
La misa, por lo demás, nada
tuvo de particular para mí. Los pastores cantaron nuevos villancicos,
alternando con los coros de niños qué acompañaba el órgano.
El cura, una vez concluido
el oficio, vino a hacer en lengua vulgar, delante del concurso, la narración
sencilla del Evangelio sobre el nacimiento de Jesús. Supo acompañarla de
algunas reflexiones consoladoras y elocuentes, sirviéndole siempre de tema la
fraternidad humana y la caridad, y se alejó del presbiterio, dejando conmovidos
a sus oyentes.
El pueblo salió de la
iglesia, y un gran número de personas se dirigió a la casa del alcalde. Yo me
dirigí también allá con el cura.
XI
La casa del alcalde era
amplia, hermosa e indicaba el bienestar de su dueño. En el patio, rodeado de
rústicos corredores, y plantado de castaños y nogales, se habían extendido
numerosas esteras. Para los ancianos y enfermos se había reservado el lugar que
estaba al abrigo del frío, y para los demás se había destinado la parte
despejada del patio, en el centro del cual ardía una hermosa hoguera. Allí, la
gente robusta de la montaña podía cenar alegremente, teniendo por toldo el
bellísimo cielo de invierno, que ostentaba a la sazón, en su fondo oscuro y
sereno, su ejército infinito de estrellas.
La casa estaba coquetamente
decorada con el adorno propio del día. El heno colgaba de los árboles, entonces
despojados de hojas; se enredaba en las columnas de madera de los corredores,
formaba cortinas en las puertas, se tenía como alfombra en el patio y cubría
casi enteramente las rústicas mesas. Este adorno es el favorito en estas
fiestas del invierno en todas partes. Parece que la poética imaginación popular
lo escoge de preferencia en semejantes días para representar con él las últimas
pompas de la vegetación. El heno representa la vejez del año, como las rocas
representan su juventud.
El alcalde, honrado y buen
anciano, padre de una numerosa familia, labrador acomodado del pueblo, presidía
la cena, como un patriarca de los antiguos tiempos. Junto a él nos sentábamos
nosotros, es decir, el cura, el maestro de escuela y yo.
La cena fue abundante y
sana. Algunos pescados, algunos pavos, la tradicional ensalada de frutas, a las
que da color el rojo betabel; algunos dulces, un pudín hecho con harina de
trigo, de maíz y pasas, y todo acompañado con el famoso y blanco pan del pueblo,
he ahí lo que constituyó ese banquete, tan variado en otras partes. Se repartió
algún vino; los pastores tomaron una copa de aguardiente a la salud del alcalde
y del cura, y a mí me obsequiaron con una botella de jerez seco, muy regular
para aquellos rumbos.
Concluida que fue la cena,
el maestro de escuela llamó por su nombre a uno de los niños, su alumno, y le
indicó que recitara el romance de Navidad que había aprendido ese año. El niño
fue a tomar lugar en medio de la concurrencia, y con gran despego y buena
declamación recitó lo siguiente:
Repastaban sus ganados
a las espaldas de un monte
de la torre de Belén,
los soñolientos pastores.
Alrededor de los troncos
de unos encendidos robles,
que restallando a los aires
daban claridad al bosque;
en los nudosos rediles
las ovejuelas se encogen,
la escarcha en la yerba
helada
beben, pensando que comen.
No lejos, los lobos fieros,
con sus aullidos feroces,
desafían los mastines,
que adonde suenan responden,
cuando las oscuras nubes
de sol coronado rompe
un capitán celestial
de sus ejércitos nobles.
Atónitos se derriban
de sí mismos los pastores,
y por la lumbre las manos
sobre los ojos se ponen.
Los perros alzan las frentes
y las
ovejuelas corren,
unas por otras turbadas
con balidos desconformes,
cuando el nuncio soberano
las plumas de oro descoge,
y enamorando los aires l
es dice tales razones:
"Gloria a Dios en las
alturas,
paz en la tierra a los
hombres;
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche.
Nació de una pura Virgen;
buscadle, pues sabéis dónde,
que en sus brazos le
hallaréis
envuelto en mantillas
pobres."
Dijo, y las celestes aves,
en un aplauso conformes,
acompañando su vuelo
dieron al aire colores.
Los pastores convocando
con dulces y alegres sones
toda la tierra, derriban
palmas
y laureles nobles.
Ramos en las manos llevan,
y coronados de flores,
por la nieve forman sendas
contando alegres canciones.
Llegan al portal dichoso,
y aunque juntos la coronen
racimos de serafines,
quieren que laurel le
adorne.
La pura y hermosa Virgen
hallan diciéndole amores
al Niño recién nacido
que Hombre y Dios tiene por
nombre.
El santo viejo los lleva
adonde los pies le adoren,
que por las cortas mantillas
los mostraba el Niño
entonces.
Todos lloran de placer,
pero ¿qué mucho que lloren
lágrimas de gloria y pena,
si llora el Sol por dos
soles?
El Santo Niño los mira,
y para que se enamoren
se ríe en medio del llanto,
y ellos le ofrecen sus
dones.
Alma: ofreced los vuestros;
y por que el Niño los tome,
sabed que se envuelve
bien en telas de corazones.
Todos aplaudieron al niño;
el cura me preguntó:
-¿Conoce usted ese romance,
capitán?
-Francamente, no; pero me
agrada por su fluidez, por su corrección y por sus imágenes risueñas y
deliciosas.
-Es del famoso Lope de
Vega,[3] capitán. Yo, desde hace tres años, he hecho que uno de los chicos de
la escuela recite, después del banquete de esta noche, una de estas buenas
composiciones poéticas españolas, en lugar de los malísimos versos que había costumbre
de recitar y que se tomaban de los cuadernitos que imprimen en México y que
vienen a vender por aquí los mercaderes ambulantes. Esos versillos solían ser,
además de muy malos obscenos, así como los misterios, o pastorelas que se
representaban, más bien para poner en ridículo la escena evangélica que para
honrarla en la fiesta que la recuerda. De este modo, los niños van
enriqueciendo su memoria con buenas piezas, que se hacen después populares, y
se ejercitan en la declamación, dirigidos por mi amigo y su maestro, que es muy
hábil en ella.
-Señor -respondió el maestro
de escuela dirigiéndose a mí-ya he dicho a usted que todo lo que sé lo debo al
hermano cura; y ahora añadiré, porque es para mí muy grato recordarlo esta
noche, que hoy hace justamente tres años... Permítame usted, hermano, que yo lo
refiera; se lo ruego a usted -añadió, contestando al cura que le pedía se
callase-hoy hace tres años que iba yo a ser víctima del fanatismo religioso.
Era yo un infeliz preceptor de un pueblo cercano, que-habiendo recibido una
educación imperfecta me dediqué, sin embargo, por necesidad, a la enseñanza
primaria, recibiendo en cambio una mezquina retribución de doce pesos. Servía
yo, además, de notario al cura y de secretario al alcalde, y trabajaba mucho.
Pero en las horas de descanso procuraba yo ilustrar mi pobre espíritu con
útiles lecturas que me proporcionaba
encargando libros o adquiriéndolos
de los viajeros
que solían pasar, y
que, mirando mi afición,
me regalaban alguno
que traían por casualidad. De este modo pasé catorce años; y como es
natural, a fuerza de perseverancia llegué a reunir algunos conocimientos, que
por imperfectos que fuesen me hicieron superior a los vecinos del lugar, que me
escuchaban siempre con atención y a veces con simpatía y participando de mis
opiniones. Entonces acertó a llegar de cura a este pueblo, sustituyendo al
antiguo que había muerto, un
clérigo codicioso y de carácter
terrible. Comenzó a resucitar costumbres que iban olvidándose y a imponer
gabelas que no existían; todo, por
supuesto; invocando la religión. Trató desde luego de ponerme bajo su
inspección; desaprobó mi método de enseñanza; me ordenó suspender las clases de
lectura, escritura, geografía y
gramática que había establecido, reduciéndome a enseñar sólo la
doctrina, y acabó por querer también asesorar a la autoridad municipal en todos
sus asuntos, pero en su propio interés, y tanto que, con motivo de las nuevas
leyes dadas por el gobierno liberal,
predicó la desobediencia
y aun se puso de acuerdo con las partidas de rebeldes que por ese rumbo
aparecieron luchando contra
la Constitución. Yo entonces creí conveniente advertir a la autoridad el
peligro que había en escuchar las sugestiones del cura, y me manifesté opuesto
a sujetarme a sus órdenes en cuanto
a la enseñanza de mis niños. Por
otra parte, como él inventaba fiestecitas
y sacaba a luz
nuevos santos con objeto de aprovecharse de los donativos que por diversos
motivos adquiría además, pues no administraba los sacramentos sin recibir en
cambio reses, semillas o dinero, yo, inspirado de un sentimiento de rectitud,
me manifesté disgustado y hablé sobre ello a los vecinos. Pero el cura había
trabajado con habilidad en la conciencia de esos, infelices, y haciendo mérito
de varias opiniones más opuestas al fanatismo y a la idolatría que reinaban de
antemano allí, me presentó como un hereje, como un maldito de Dios y como un
hombre abominable. Yo nada pude hacer para contrarrestar aquella hostilidad;
las autoridades no me sostenían, subyugadas por el cura como lo estaban, y me
resigné a los peligros que me traía mi independencia de carácter. No aguardé
mucho tiempo. Al llegar la Nochebuena de hace tres años, el pueblo, embriagado
y excitado por un sermón del cura, se dirigió a mi casa, me sacó de ella y me
llevó a una barranca cercana a esta población para matarme. ¡Figúrese usted la
aflicción de mi mujer y de mis hijos! Pero el más grandecito de ellos,
iluminado por una idea feliz, corrió a este pueblo, donde hacía poco había
llegado el hermano cura aquí presente y que me había dado muestras de amistad
las diversas veces que había ido a ver mi escuela. Mi hijo le avisó del peligro
que yo corría, y no se necesitó más; vino a salvarme. En manos de aquellos
furiosos caminaba yo maniatado, y ya había llegado a la barranca, con el
corazón presa de una angustia espantosa, por mi familia; ya aquellos hombres,
ebrios y engañados, se precipitaban a darme la muerte por hereje y maldito,
cuando se detuvieron llenos de un terror y de un respeto sólo comparables a su
ferocidad. Iba a amanecer, y la indecisa luz de la madrugada alumbraba aquel
cuadro de muerte, cuando de súbito se apareció en lo alto de una pequeña colina
cercana un sacerdote, vestido de negro, que hacía señas y que se acercaba al
grupo apresuradamente. Seguíanle este mismo señor alcalde, que entonces lo era
también, y un gran grupo de vecinos. El hermano cura llegó, se encaró con mis
verdugos y les preguntó por qué iban a matarme.
-"Por hereje, señor
cura -le respondieron-. Este hombre no cree en Dios, ni es cristiano, ni va a
misa, ni respeta nuestros santos, y es enemigo del padrecito de nuestro pueblo
y éste nos ha dicho que era bueno que lo matáramos, para quitarnos este diablo
de la población que se está salando con su presencia.
"Ya, supondrá usted,
capitán, lo que el hermano cura les diría. Su voz indignada, pero tranquila,
resonaba en aquel momento como una voz del cielo. Les echó en cara su crimen;
los humilló; los hizo temblar; los convenció, y los obligó a ponerse de rodillas
para pedir perdón por su delito. Yo creo que temían que un rayo los redujera a
cenizas. Se apresuraron a desatarme; me entregaron libre al cura, quien me
abrazó llorando de emoción; vinieron a suplicarme que los perdonara y en ese
momento apareció mi infeliz mujer, jadeando de fatiga, gritando y mostrando en
sus brazos a mi hijo más pequeño, implorando piedad para mí. Al verme libre; al
ver a un cura, a quien reconoció desde luego, lo comprendió todo; corrió a mis
brazos y, no pudiendo más, perdió el sentido. Aquella gente estaba atónita; el
hermano cura, que había recibido en sus brazos a mi pequeña criatura, lloraba
en silencio, y todo el mundo se había arrodillado. En ese momento salió el sol,
y parecía que Dios fijaba en nosotros su mirada inmensa.
"¡Ah, señor capitán!
¡Cómo olvidar semejante noche! La tengo grabada en el alma de una manera
constante; y si alguna vez he creído ver la sublime imagen de Jesucristo sobre
la tierra, ha sido esa, en que el hermano cura me salvó a mí de la muerte; a
toda una familia infeliz, de la orfandad, y a aquellos desgraciados fanáticos,
del infierno de los remordimientos."
-Y nosotros -dijo
el alcalde, llorando con una voz
conmovida, pero resuelta, y dirigiéndose al concurso que escuchaba
enternecido-nosotros allí mismo hemos jurado no permitir jamás, aun a costa de
nuestras vidas, que se mate a nadie; no digo a un inocente, pero ni a un
criminal, ni a un salteador, ni a un asesino. El hermano cura nos convenció de
que los hombres no tenemos derecho de privar de la vida a ninguno de nuestros
semejantes; de manera que si la ley manda ajusticiar a alguno por sus delitos,
que ella lo haga, pero fuera de nuestro pueblo, porque el pueblo se mancharía;
y para no vernos en esa vergüenza y en ese conflicto, lo que tenemos que hacer
es ser honrados siempre.
-¡Siempre! ¡siempre! -resonó
por todas partes, pronunciado hasta por la voz de los niños.
El cura me apretaba la mano
fuertemente, y yo besé la suya, que regué con unas lágrimas que hacía años no
había podido derramar.
Cuando hubo pasado aquel
momento de profunda emoción, el cura se apresuró a presentarme a dos personas
respetabilísimas, sentadas cerca de nosotros, y que no habían sido las que
menos se conmovieran con el relato del maestro de escuela. Estas dos personas
eran un anciano vestido pobremente y de estatura pequeña, pero en cuyo
semblante, en que podían descubrirse todos los signos de la raza indígena pura,
había un no sé qué que inspiraba profundo respeto. La mirada era humilde y
serena; estaba casi ciego, y la melancolía del indio parecía de tal manera
característica a ese rostro, que se hubiera dicho que jamás una sonrisa había
podido iluminarlo. Los cabellos del anciano eran negros, largos y lustrosos, a
pesar de la edad; la frente, elevada y pensativa; la nariz, aguileña; la barba,
poquísima, y la boca, severa. El tipo, en fin, era el del habitante antiguo de
aquellos lugares, no mezclado
para nada con la raza
conquistadora. Llamábanle el tío Francisco. Era el modelo de los esposos y de
los padres de familia. Había sido acomodado en su juventud; y aunque ciego
después y combatido por la más grande miseria, había opuesto a estas dos calamidades
tal resignación, tal fuerza de espíritu y tal constancia en el trabajo, que se
había hecho notable entre los montañeses, quienes le señalaban como el modelo
del varón fuerte. La rectitud de su conciencia y su instrucción no vulgar entre
aquellas gentes, así como su piedad acrisolada, le habían hecho el consultor
nato del pueblo, y a tal punto se llevaba el respeto por sus decisiones, que se
tenía por inapelable el fallo que pronunciaba el tío Francisco en las
cuestiones sometidas a su arbitraje patriarcal. No pocas veces las autoridades
acudían a él en las graves dificultades que se les ofrecían; y su pobre cabaña
en la que se abrigaba su numerosa familia, sujeta casi siempre a grandes
privaciones, estaba enriquecida por la virtud y santificada por el respeto
popular. El anciano indígena era el único, antes de la llegada del cura, que
dirimía las controversias sobre tierras, a quien se llevaban las quejas de las
familias, las consultas sobre matrimonios y sobre asuntos de conciencia, y
jamás un vecino tuvo que lamentarse de su decisión, siempre basada en un
riguroso principio de justicia. Después de la llegada del cura, éste había
hallado en el tío Francisco su más eficaz auxiliar en las mejoras introducidas
en el pueblo, así como su más decidido y virtuoso amigo. En cambio, el
patriarca montañés profesaba al cura un cariño y una admiración
extraordinarios; gustaba mucho de oírle hablar sobre religión, y se consolaba
de las penas que le ocasionaban su ceguera y su pobreza escuchando las dulces y
santas palabras del joven sacerdote.
La otra persona era la mujer
del tío Francisco, una virtuosísima anciana, indígena también y tan resignada,
tan llena de piedad como su marido, a cuyas virtudes añadía las de un corazón
tan lleno de bondad, de una laboriosidad tan extremada, de una ternura material
tan ejemplar y de una caridad tan ardiente que hacían de aquella singular
matrona una santa, un ángel. El pueblo entero la reputaba como su joya más
preciada, y tiempo hacía que su nombre se pronunciaba en aquellos lugares como
el nombre de un genio benéfico. Se llamaba la tía Juana y tenía siete hijos.
El cura, que me daba estos
informes, me decía: -No conocí a mi virtuosa madre; pero tengo la ilusión de
que debió de parecerse a esta señora en el carácter, y de que si hubiera vivido
habría tenido la misma serena y santa vejez que me hace ver en derredor de esa
cabeza venerable una especie de aureola. Note usted qué dulzura de mirada, qué
corazón tan puro revela esa sonrisa, qué alegría y resignación en medio de la
miseria y de las espantosas privaciones que parecen perseguir a estos dos
ancianos. Y esta pobre mujer, envejecida más por los trabajos y por las
enfermedades que por la edad; flaca y pálida ahora, fue una joven dotada de esa
gracia sencilla y humilde de las montañesas de este rumbo, y que ellas
conservan, como usted, ha podido ver, cuando no la destruyen los trabajos, las
penas y las lágrimas. Sin embargo, el cielo, que ha querido afligir a estos
desventurados y virtuosos viejos con tantas pruebas, les reserva una esperanza.
Su hijo mayor está estudiando en un colegio, hace tiempo; y como el muchacho se
halla dotado de una energía de voluntad verdaderamente extraordinaria, a pesar
de los obstáculos de la miseria y del desamparo en que comenzó sus estudios,
pronto podrá ver el resultado de sus afanes y de traer al seno de su familia la
ventura, tan largo tiempo esperada por sus padres. Tan dulce confianza alegra
los días de esa familia infeliz, digna de mejor suerte.
Al acabar de decirme esto el
cura, se acercó a él la misma señora de edad que lo había llamado aparte y
hablándole cuando llegamos al pueblo. Iba seguida de una joven hermosísima; la
más hermosa, tal vez, de la aldea. La examiné con tanta atención cuanto que la
suponía, como era cierto, la heroína de la historia de amor que iba a
desenlazarse esa noche, según me anunció el cura.
Tenía como veinte años, y
era alta, blanca y gallarda y esbelta como un junco de sus montañas. Vestía una
finísima camisa adornada con encajes, según el estilo del país; enaguas de seda
color oscuro; llevaba una pañoleta de seda encarnada sobré el pecho, y se
envolvía en rebozo fino, de seda también, con larguísimos flecos morados.
Llevaba, además, pendientes de oro; adornaba su cuello con una sarta de corales
y calzaba zapatos de seda, muy bonitos. Revelaba, en fin, a la joven labradora,
hija de padres acomodados. Este traje gracioso de la virgen montañesa la hizo
más bella a mis ojos, y me la representó por un instante como la Ruth del
idilio bíblico, o como la esposa del Cantar de los cantares.
La joven bajaba a la sazón
los ojos e inclinaba el semblante llena de rubor; pero cuando los alzó para
saludarnos, pude admirar sus ojos negros, aterciopelados y que velaban largas
pestañas, así como sus mejillas color de rosa, su nariz fina y sus labios
rojos, frescos y sensuales. ¡Era muy linda!
¿Qué penas podría tener
aquella encantadora montañesa? Pronto iba a saberlo, y a fe que estaba lleno de
curiosidad.
La señora mayor se acercó al
cura y le dijo: -Hermano: usted nos había prometido que Pablo vendría... ¡y no
ha venido! -la señora concluyó esta frase con la más grande aflicción.
-Sí ¡no ha venido! -repitió la-joven,
y dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas.
Pero el cura se apresuró a
responderles: -Hijas mías: yo he hecho lo posible y tenía su palabra; pero
¿acaso no está entre los muchachos?
-No, señor: no está -replicó
la joven-. Ya lo he buscado con los ojos y no lo veo.
-Pero Carmen, hija -añadió
el alcalde-no te apesadumbres: si el hermano cura te responde, tú hablarás con
Pablo.
-Sí, tío; pero me había
dicho que sería hoy, y lo deseaba yo, ¿jorque usted recuerda que hoy hace tres
años que se lo llevaron, y como me cree culpable, deseaba yo en este día
pedirle perdón... ¡Harto ha padecido el pobrecito!
-Amigo mío -dije yo al
cura-¿podría usted decirme qué pena aflige a esta hermosa niña y por qué desea
ver a esa persona? Usted me había prometido contarme esto, y mi curiosidad está
impaciente.
-¡Oh! es muy fácil -contestó
el sacerdote-y no creo que ellas se incomoden. Se trata de una historia muy
sencilla, y que referiré a usted en dos palabras, porque la sé por esta
muchacha y por el mancebo en cuestión. Siéntense, hijas mías, mientras refiero
estas cosas al señor capitán -añadió el cura, dirigiéndose a la señora y a
Carmen, quienes tomaron asiento junto al alcalde.
-Pablo era un joven
huérfano, de este pueblo, y desde su niñez había quedado al encargo de una tía
muy anciana, que murió hace cuatro años. El muchacho era trabajador, valiente,
audaz y simpático, y por eso lo querían los muchachos del pueblo; pero él se
enamoró perdidamente de esta niña Carmen, que es la sobrina del señor alcalde,
y una de las jóvenes más virtuosas de toda la comarca.
"Carmen no correspondió
al afecto de Pablo, sea porque su educación, extremadamente recatada, la
hiciese muy tímida todavía para los asuntos amorosos; sea, lo que yo creo más
probable, que la asustaba la ligereza de carácter del joven, muy dado a galanteos,
y que había ya tenido varias novias a quienes había dejado por los más ligeros
motivos.
"Pero la esquivez de
Carmen no hizo más que avivar el amor de Pablo, ya bastante profundo, y que él
ni podía ni trataba de dominar.
"Seguía a la muchacha
por todas partes, aunque sin asediarla con importunas manifestaciones. Recogía
las más exquisitas y bellas flores de la montaña, y venía a colocarlas todas
las mañanas en la puerta de la casa de Carmen, quien se encontraba al levantarse
con estos hermosos ramilletes, adivinando, por supuesto, qué mano los había
colocado allí. Pero todo era en vano. Carmen permanecía esquiva y aun
aparentaba no comprender que ella era el objeto de la pasión del joven. Este,
al cabo de algún tiempo de inútil afán, se apesadumbró, y quizá para olvidar,
tomó un mal camino; muy mal camino.
"Abandonó el trabajo,
contentóse con ganar lo suficiente para alimentarse y se entregó a la bebida y
al desorden. Desde entonces, aquel muchacho tan juicioso antes, tan laborioso,
y a quien no se le podía echar en cara más que ser algo ligero, se convirtió en
un perdido. Perezoso, afecto a la embriaguez, irascible, camorrista y valiente
como era, comenzó a turbar con frecuencia la paz de este pueblo, tan tranquilo
siempre, y no pocas veces, con sus escándalos y pendencias, puso en alarma a
los habitantes y dio qué hacer a sus autoridades. En fin, era insufrible, y
naturalmente se atrajo la malevolencia de los vecinos, y con ella la frialdad,
mayor todavía, de Carmen, que si compadecía su suerte, no daba muestras
ningunas de interesarse por cambiarla, otorgándole su cariño.
"Por aquellos días
justamente llegué al pueblo y, como es de suponerse, procuré conocer a los
vecinos todos. El señor alcalde presente, que lo era entonces también, me dio
los más verídicos informes, y desde luego me alegré mucho de no encontrarme sino
con buenas gentes, entre quienes, por sus buenas costumbres, no tendría trabajo
en realizar mis pensamientos. Pero el alcalde, aunque con el mayor pesar, me
dijo que no tenía más que un mal informe que añadir a los buenos que me había
comunicado, y era sobre un muchacho huérfano, antes trabajador y juicioso, pero
entonces muy perdido, y que además estaba causando al pueblo el grave mal de
arrastrar a otros muchachos de su edad por el camino del vicio. Respondí al
alcalde que ese pobre joven corría de mi cuenta y que procuraría traerlo a la
razón.
' "En efecto, lo hice
llamar, lo traté con amistad, le di excelentes consejos; él se conmovió de
verse tratado así; pero me contestó que su mal no tenía remedio, y que había
resuelto mejor desterrarse para no seguir siendo el blanco de los odios del
pueblo; pero que era difícil para .él cambiar de conducta.
"La obstinación de
Pablo, cuyo origen comprendía yo, me causó pena, porque me reveló un carácter
apasionado y enérgico, en el que la contrariedad, lejos de estimularle, le
causaba desaliento, y en el que el desaliento producía la desesperación. Fueron,
pues, vanos mis esfuerzos.
"Yo sabía muy bien lo
que Pablo necesitaba para volver a ser lo que había sido. La esperanza en su
amor habría hecho lo que no podía hacer la exhortación más elocuente; pero esta
esperanza no se le concedía, ni era fácil que se le concediese, pues cada día
que pasaba, Carmen se mostraba más severa con él, a lo que se agregaba que la
señora madre de ella y el alcalde su tío no cesaban de abominar la conducta del
muchacho, y decían frecuentemente que primero querían ver muerta a su hija y
sobrina, que saber que ella le profesaba el menor cariño.
"Además, como los
mancebos más acomodados del pueblo deseaban casarse con Carmen, y sólo los
contenía para hacer sus propuestas el miedo que tenían a Pablo, cuyo valor era
conocido y cuya desesperación le hacía capaz de cualquier locura, se hacía urgente
tomar una providencia para desembarazarse de un sujeto tan pernicioso.
"Pronto se presentó una
oportunidad para realizar este deseo de los deudos de Carmen. Había estallado
la guerra civil, y el gobierno había pedido a los distritos de este Estado un
cierto número de reclutas para formar nuevos batallones. Los prefectos los
pidieron, a su vez, a los pueblos, y como éste es pequeño, su gente muy honrada
y laboriosa, la autoridad sólo exigió al alcalde que le mandase a los vagos y
viciosos. Ya conoce usted la costumbre de tener el servicio de las armas como
una pena, y de condenar a él a la gente perdida. Es una desgracia."
-Y muy grande
-respondí-.semejante costumbre es nociva, y yo deseo que concluya cuanto antes
esta guerra, para que el legislador escogite una manera de formar nuestro
ejército sobre bases más conformes con nuestra dignidad y con nuestro sistema
republicano.
-Pues bien -continuó el
cura-por aquellos días, la antevíspera de la Nochebuena, se presentó aquí un
oficial con una partida de tropa, con objeto de llevarse a sus reclutas. El
pueblo se conmovió, temiendo que fueran a diezmarse las familias; los jóvenes
se ocultaron y las mujeres lloraban. Pero el alcalde tranquilizó a todos
diciendo que el prefecto le daba facultad para no entregar más que a los
viciosos, y que no habiendo en el lugar más que uno, que era Pablo, ese sería
condenado al servicio de las armas. E inmediatamente mandó aprehenderle y
entregarle al oficial.
"Diome tristeza la
disposición del alcalde cuando la supe; pero no era posible evitarla ya, y
además la aprehensión de Pablo era el parra-rayos que salvaba a los demás
jóvenes del pueblo.
"Algunas gentes
compadecieron al pobre muchacho; pero ninguno se atrevió a abogar por su
libertad, y el oficial lo recibió preso.
"Parece que Pablo, en
la noche del día 23, burlando la vigilancia de sus custodios, y merced a su
conocimiento del lugar y a su agilidad montañesca, pudo escaparse de su
prisión, que era la casa municipal, donde la tropa se había acuartelado, y corrió
a la casa de Carmen; llamó a ésta y a la madre, que, asustadas, acudieron a la
puerta a saber qué quería. Pablo dijo a la joven, que así como había venido a
hablarle podía muy bien huir a las montañas; pero que deseaba saber, ya en esos
momentos muy graves para él, si no podía abrigar esperanza ninguna de ser
correspondido, pues en este caso se resignaría a su suerte e iría a buscar la
muerte en la guerra; y si sintiendo por el algún cariño Carmen, se lo decía, se
escaparía inmediatamente, procuraría cambiar de conducta y se haría digno de
ella.
"Carmen reflexionó un
momento; habló con la madre y respondió, aunque con pesar, al joven, que no
podía engañarle; que no debía tener ninguna esperanza de ser correspondido; que
sus parientes lo aborrecían, y que ella no había de querer darles una pesadumbre
reteniéndolo, particularmente cuando no tenía confianza en sus promesas de
reformarse, porque ya era tarde para pensar en ello. Así es, que, sentía mucho
su suerte, pero no estaba en su mano evitarla.
"Oyendo esto, Pablo se
quedó abatido, dijo adiós a Carmen y se alejó lentamente para volver a su
prisión."
-¡Ay! Así fue -dijo Carmen,
sollozando-yo tuve la culpa... de todo lo que ha padecido...
-Pero, hija -replicó la
señora-si entonces era tan malo...
-Al día siguiente -continuó
el cura-a las ocho de la mañana, el oficial salió con su partida de tropa,
batiendo marcha y llevando entre filas y atado al pobre muchacho, que inclinaba
la frente entristecido, al ver que las gentes salían a mirarlo.
-¡Adiós, Pablo...! -repetían
las mujeres y los niños asomándose a la puerta de sus cabañas-pero él no oyó la
voz querida ni vio el semblante de Carmen entre aquellos curiosos. En la noche
de ese día 24 se hizo la función de Nochebuena, y se dispuso la cena en este
mismo lugar; pero habiendo comenzado muy alegre, se concluyó tristemente,
porque al llegar la hora de la alegría, del baile y del bullicio, todo mundo
echó de menos al alegre muchacho que, aunque vicioso, era el alma, por su humor
ligero, de las fiestas del pueblo.
-¡Ay! ¡pobrecito de Pablo!
¿En dónde estará a estas horas? -preguntó alguien.
-¡En dónde ha de estar!.
-respondió otro-: en la cárcel del pueblo cercano, o bien, desvelado por el
frío y bien amarrado, en el monte donde hizo jornada la tropa.
-No bien hubo oído Carmen
estas palabras, cuando no pudo más y rompió a llorar. Se había estado
conteniendo con mucha pena, y entonces no pudo dominarse. Esto causó mucha
sorpresa, porque era sabido que no quería a Pablo; de modo que aquel llanto
hizo pensar a todos que, aunque la muchacha le mostraba aversión por sus
desórdenes, en el fondo lo quería algo.
"El señor alcalde se
enfadó, lo mismo que la señora, y se retiraron, concluyéndose en seguida la
cena de una manera triste.
"Han pasado ya tres
años. No volvimos a tener noticias de Pablo, hasta hace cinco meses, en que
volvió a aparecer en el pueblo; se presentó al alcalde enseñando su pasaporte y
su licencia absoluta, y pidiendo permiso para vivir y trabajar en un lugar de
la montaña, a seis leguas de aquí.
"En dos años se había
operado un gran cambio en el carácter, y aun en el físico de Pablo. Había
servido de soldado, se había distinguido entre sus compañeros por su valor, su
honradez y su instrucción militar, de modo que había llegado hasta ser oficial
en tan poco tiempo. Pero habiendo recibido muchas heridas en sus campañas,
heridas de las que todavía sufre, pidió su licencia para retirarse a descansar
de los trabajos de la guerra, y sus jefes se la concedieron con muchas
recomendaciones.
"Pablo no estuvo más
que algunas horas en el pueblo, cambió su traje militar por el del labrador
montañés, compró algunas provisiones e instrumentos de labranza y partió a su
montaña sin ver a nadie: ni a Carmen, ni a mí. Retirado a aquel lugar, comenzó
a llevar una vida de Robinson. Escogió la parte más agreste de las montañas;
construyó una choza, desmontó el terreno y, haciendo algunas excursiones a las
aldeas cercanas, se proporcionó semillas y cuanto se necesitaba para sus
proyectos.
"Sus viajes de soldado
por el centro de la República, le han sido muy útiles. Ha aprovechado algunas
ideas sobre la agricultura y horticultura, y las ha puesto en práctica aquí con
tal éxito, que da gusto ver su roza, como él la llama humildemente. No, no es
una simple roza aquella, sino una hermosa plantación de mucho porvenir. Está
muy naciente aún; pero ya promete bastante. Sus árboles frutales son
exquisitos; su pequeña siembra de maíz, de trigo, de chícharo y de lenteja, le
ha producido de luego a luego una cosecha regular. Merced a él hemos podido
gustar fresas como las más sabrosas del centro, pues las cultiva en abundancia,
y no parece extraño a la afición por las flores, pues él ha sembrado en todas
partes violetas, como las de México (y no inodoras, como las de aquí);
pervincas, mosquetas, malvarrosas, además de todas las flores aromáticas y
raras de nuestra sierra. Ha plantado un pequeño viñedo, y a él he encargado
precisamente de cuidar mis moreras nacientes, y que están colocadas en otro
lugar más a propósito por su temperatura. En suma, es infatigable en sus
tareas; parece poseído por una especie de fiebre de trabajo. Se diría que desea
demostrar al pueblo que lo arrojó de su seno por su conducta, que no merecía
aquella ignominia, y que en su mano estaba volver al buen camino si la persona
a quien había hecho tal promesa hubiera dado crédito a sus palabras.
"Los pastores de los
numerosos rebaños que pastan en éstas cercanías, como he dicho a usted, lo
adoran, porque apenas se ha sentido la presencia de una fiera en tal' o cual
lugar, por los daños que hace, cuando Pablo se pone voluntariamente en su persecución
y no descansa hasta no traerla muerta a la majada misma que sirve de centro al
rebaño perjudicado. Y Pablo no acepta jamás la gratificación que es costumbre
dar a los otros cazadores de fieras dañinas, sino que después de haber traído
muertos al tigre, al lobo o al leopardo, o de haber avisado a los pastores en
qué lugar queda tendido, se retira sin hablar más. Esta singularidad de
carácter, junta a su rara generosidad y a su valor temerario, han acabado por
granjearle el cariño de todo el mundo; sólo que nadie puede expresárselo como
quisiera, porque Pablo huye de las gentes, pasa los días en una taciturnidad
sombría; y a pesar de que padece mucho todavía a causa de sus heridas, a nadie
acude para curarse, limitándose a pedir a los labradores montañeses o a los
aldeanos que pasan, algunas provisiones a cambio del producto de su plantación.
Cerca de ésta tiene su pequeña cabaña, rodeada de-rocas que él ha cubierto con
musgo y flores; allí vive como un eremita o como un salvaje, trabajando,
durante el día, leyendo algunos libros en algunos ratos, de noche, y siempre
combatido por una tristeza tenaz.
"Conmovido yo por
semejante situación, he ido a verlo algunas veces. El me espera, me obsequia,
me escucha; pero se resiste siempre a venir al pueblo. Un día, en que supe que
estaba postrado y sufriendo a consecuencia de sus heridas y de la entrada del
invierno, quise llevar conmigo a la señora madre de Carmen para que esto le
sirviese de consuelo; pero él apenas nos divisó a lo lejos huyó a lo más
escabroso y escondido de la sierra, y no pudimos hacer otra cosa que dejarle
algunas medicinas y provisiones, retirándonos llenos de sentimiento por no
haberle visto."
-Pero ese muchacho
-interrumpí-va a acabar por volverse loco llevando semejante vida, parecida a
la que hacía Amadís; es preciso sacarlo de ella.
-Indudablemente -contestó el
cura-eso mismo he pensado yo, y he puesto los medios para que termine. Usted
habrá comprendido cuál debía ser el único eficaz, porque a mí no se me oculta
que Pablo ha seguido amando a esta muchacha con más fuerza cada día; sólo que,
altivo por carácter, y resentido en lo profundo de su alma por lo que había
pasado, no puede ya pensar en el objeto de su cariño sin que la negra sombra de
sus recuerdos venga a renovar la herida y a engendrarle esa desesperación que
se ha
convertido en una peligrosa
melancolía.
-Pero, en fin...
esta niña...-pregunté yo con una rudeza en que había mucho de
curiosidad.
Carmen no respondió; se
cubría el rostro con las manos y sollozaba.
-¡Ah! Entiendo, señor
cura -continué-entiendo. Y ya era tiempo, porque la suerte de ese
infeliz amante me iba afligiendo de una manera...
-Como usted me concederá
también -repuso el cura-yo no podía hacer otra cosa, aun conociendo la
verdadera pena de Pablo, que aguardar, a mi vez, porque por nada de este mundo
hubiera querido hablar a Carmen de los sufrimientos del joven; temía ser la causa
de que esta sensible y buena muchacha se resolviera a hacer un sacrificio por
compasión hacia Pablo, o bien le llegase a tener un poco de cariño originado
por la misma compasión. Usted, capitán, en su calidad de hombre de mundo,
estimará desde luego el valor que podría tener un amor de compasión. Nada hay
más frágil que esto, y nada que acarree más desgracias a los corazones que
aman.
"Yo deseaba saber si
Carmen había amado a Pablo antes, y a pesar de sus defectos, aunque lo hubiera
ocultado aun a sí misma por recato y respeto a la opinión de sus parientes. Si
no hubiera sido así, yo deseaba al menos que hoy lo amara, convencida de sus
virtudes y estimando en lo que vale su noble carácter; un poco fiero, es
verdad, pero digno y apasionado siempre.
"Mientras yo no supiera
esto, me parecía peligrosa toda gestión que hiciera para favorecer a mi
protegido; y ni a éste dije jamás una sola palabra de ello, como él tampoco me
dejó conocer nunca, ni en la menor expresión, el verdadero motivo de sus padecimientos
y de su soledad.
"Hice bien en esperar;
el amor, el verdadero amor, el que por más obstáculos que encuentre llega por
fin a estallar, vino pronto en mi auxilio.
"Un día, hace apenas
tres, el señor alcalde, vino a verme a mi casa, me llamó aparte y me dijo:
"-Hermano cura;
necesitamos mi familia y yo de la bondad de usted, porque tenemos un asunto
grave, y en el que se juega tal vez la vida de una persona que queremos
muchísimo.
-"Pues ¿qué hay, señor
alcalde? -le pregunté asustado.
-"Hay, hermano cura,
que la pobre Carmen, mi sobrina, está enamorada, muy enamorada, y ya no puede
disimularlo ni tener tranquilidad: está enferma, no tiene apetito, no duerme,
no quiere ni hablar.
-"¿Es posible?
-pregunté ya alarmadísimo, porque temí una revelación enteramente contraria a
mis esperanzas-. Y ¿de quién está enamorada Carmen, puede decirse?
-"Sí, señor; puede
decirse, y a eso vengo precisamente. Ha de saber usted que cuando Pablo, ya
sabe usted, Pablo, el soldado, la pretendía hace algunos años, mi hermana y yo,
que no queríamos al muchacho por desordenado y ocioso, procuramos, sin embargo,
averiguar si ella le tenía algún cariño, y nos convencimos de que no le tenía
ninguno, y de que le repugnaba lo mismo que a nosotros. Por eso yo me resolví a
entregarle a la tropa, pues de ese modo quitábamos del pueblo a un sujeto
nocivo y libraba a mi sobrina de un impertinente. Pero usted se acordará de
aquella misma Nochebuena en que, al hablar de Pablo en mi casa, cuando
estábamos cenando, Carmen se echó a llorar. Pues bien: desde entonces su madre
se puso a observarla día a día, y aunque de pronto no le siguió conociendo nada
extraordinario, después se persuadió de que su hija quería al mancebo. Y se
persuadió, porque Carmen no quiso nunca oír hablar
de casamiento, ni dio oídos
a las propuestas que le hacían varios muchachos honrados y acomodados del
pueblo. Cuando se hablaba de Pablo, Carmen se ponía descolorida y triste, y se
retiraba a su cuarto; y, en fin, no hablaba de él jamás, pero parece que no lo
olvidó nunca.
"Así ha pasado todo
este tiempo; pero desde que volvió Pablo, mi sobrina ha perdido enteramente su
tranquilidad; el día en que supo que estaba aquí, todos advertimos su
turbación, aunque no sabíamos bien si era la alegría o el susto, o la sorpresa,
lo que la había puesto así. Después, cuando ha sabido la clase de vida que hace
Pablo en la montaña, suspiraba, y a veces lloraba, hasta que, por fin, mi
hermana se ha resuelto ahora a preguntarle con franqueza lo que tiene y si
quiere a ese mancebo. Carmen le ha respondido que sí lo quiere; que lo ha
querido siempre, y que por eso se halla triste; pero que cree que Pablo la ha
de aborrecer ya, porque la ha de considerar como la causa de todos sus
padecimientos, y eso lo indica el no querer venir al pueblo, ni verla para
nada. Que ella desearía hablarle, sólo para pedirle perdón, si lo ha ofendido,
y para quitarle del corazón esa espina, pues no estará contenta mientras él le
tenga rencor. Esto es lo que pasa, hermano; ahora vengo a rogar a usted que
vaya a ver a Pablo y lo obligue a venir, con el pretexto de la cena de pasado
mañana, para que Carmen le hable, y se arregle alguna otra cosa, si es posible
y si el muchacho todavía la quiere; porque yo tengo miedo de que mi sobrina
pierda la salud si no es así.
"Ya usted comprenderá,
capitán, mi alegría; ni preparado por mí hubiera salido mejor eso. Aproveché
una salida del pueblo para una confesión; corrí a la montaña; vi a Pablo; le
insté para que viniera, y me lo ofreció... Extraño mucho que no haya cumplido."
Al decir esto el cura, un
pastor atravesó el patio y vino a decir al cura y al alcalde que Pablo estaba
descansando a la puerta del patio, porque habiendo estado muy enfermo y
habiendo hecho el camino muy poco a poco, se había cansado mucho.
Un grito de alegría resonó
por todas partes; el alcalde y el cura se levantaron para ir al encuentro del
joven; la madre de Carmen se mostró muy inquieta, y ésta se puso a temblar,
cubriéndose su rostro de una palidez mortal...
-Vamos, niña -le dije--
tranquilícese usted; debe tener el corazón como una roca ese muchacho si no se
muere delante de usted.
Carmen movió la cabeza con
desconfianza, y en este instante el alcalde y el cura entraron trayendo del
brazo a un joven alto, moreno, de barba y cabellos negros, que realzaba
entonces una gran palidez, y en cuya mirada, llena de tristeza, podía adivinarse
la firmeza de un carácter altivo. Era Pablo.
Venía vestido como los
montañeses, y se apoyaba en un bastón largo y nudoso.
-¡Viva Pablo! -gritaron los
muchachos arrojando al aire sus sombreros; las mujeres lloraban, los hombres
vinieron a saludarle. El alcalde lo condujo a donde se hallaban su hermana y
sobrina, diciéndole con afecto: -Ven por acá, picaruelo; aquí te necesitan. Si
tienes buen corazón nos has de perdonar a todos.
Pablo, al ver a Carmen,
pareció vacilar de emoción, y se aumentó su palidez; pero reponiéndose, dijo
todo turbado: -¡Perdonar, señor! ¿Y de qué he de perdonar? Al contrario, yo soy
quien tiene que pedir perdón de tanto como he ofendido al pueblo...!
Entonces se levantó Carmen
y, trémula y sonrojada, se adelantó hacia el joven, e inclinando los ojos, le
dijo:
-Sí, Pablo; te pedimos
perdón; yo te pido perdón por lo de hace tres años... Yo soy la causa de tus
padecimientos. . . y por eso, bien sabe Dios lo que he llorado. Te ruego que no
me guardes rencor.
La joven no pudo decir más y
tuvo que sentarse para ocultar su emoción y sus lágrimas.
Pablo se quedó atónito.
Evidentemente en su alma pasaba algo extraordinario, porque se volvía de un
lado y de otro para cerciorarse de que no estaba soñando. Pero un instante
después, y oyendo que. la madre de Carmen, con las manos juntas en actitud suplicante,
decía: -Pablo ¡perdónala! -dejó escapar de sus ojos dos gruesas lágrimas e hizo
un esfuerzo para hablar.
-Pero, señora
-respondió--pero, Carmen ¿quién ha dicho a ustedes que yo tenía rencor? ¿Y por
qué había de tenerlo? Era yo vicioso, señor alcalde, y por eso me entregó usted
a la tropa. Bien hecho: de esa manera me corregí y volví a ser hombre de bien.
Era yo un ocioso y un perdido, Carmen; tu eres una niña virtuosa y buena, y por
eso cuando te hablé de amor me dijiste que no me querías. Muy bien hecho ¿y qué
obligación tenías de quererme? Bastante hacías ya con no avergonzarte de oír
mis palabras. Yo soy quien te pido perdón, por haber sido atrevido contigo y
por haber estorbado quizá en aquel tiempo que tú quisieras al que te dictaba tu
corazón. Cuando yo considero esto, me da mucha pena.
-¡Oh!, no; eso no, Pablo -se
apresuró a replicar la joven-eso no debe afligirte, porque yo no quería a nadie
entonces... ni he querido después... -añadió avergonzada-y si no, pregúntalo en
el pueblo... te lo juro: yo no he querido a nadie...
-Más que a usted, amigo
Pablo 4-me atreví yo a decir con resolución e impaciente por acercar de una vez
aquellos dos corazones enamorados-. Vamos -añadí-aquí se necesita un poco del
carácter militar para arreglar este asunto. Usted que lo ha sido, ayúdeme por
su lado. Lo sé todo; sé que usted adora a esta niña, y da usted en ello prueba
de que vale mucho. Ella lo ama a usted también; y si no, que lo digan esas
lágrimas que derrama y esos padecimientos que ha tenido desde que usted se fue
a servir a la Patria. Sean ustedes felices ¡qué diantre!; ya era tiempo, porque
los dos se estaban muriendo por no querer confesarlo. Acérquese usted, Pablo, a
su amada, y dígale que es usted el hombre más feliz de la tierra; aparte usted
esas manos, hermosa Carmen, y deje a este muchacho que lea en esos lindos ojos
todo el amor que usted tiene; y que el juez y el señor cura se den prisa por
concluir este asunto.
Los dos amantes se
estrecharon la mano sonriendo de felicidad, y yo recibí una ovación por mi
pequeña arenga y por mi manera franca de arreglar matrimonios. Los pastores
cantaron y tocaron alegrísimas sonatas en sus guitarras, zamponas y panderos;
tres muchachos quemaron petardos, y los repiques a vuelo con que en ese día se
anuncia el toque del alba, invitando a los fieles a orar en las primeras horas
del gran día cristiano, vinieron a mezclarse oportunamente al bullicioso
concierto.
Al escuchar entonces el
grave tañido de la campana, que sonaba lento y acompasado, indicando la
oración, todos los ruidos cesaron; todos aquellos corazones en que rebosaban la
felicidad y la ternura, se elevaron a Dios con un voto unánime de gratitud, por
los beneficios que se había dignado otorgar a aquel pueblo tan inocente como
humilde.
Todos oraban en silencio: el
cura prefería esto por ser más conforme con el espíritu de sinceridad que
debe caracterizar el
verdadero culto, y dejaba que cada cual dirigiese al cielo la plegaria que su
fe y sus sentimientos le dictasen, aunque sus labios no repitiesen ese
guirigay, muchas veces incomprensible, que los devocionarios enseñan; como si
la oración, es decir, la sublime comunicación del espíritu humano con el
Creador del Universo, pudiese sujetarse a fórmulas.
Así, pues, todos: ancianos,
mancebos, niños y mujeres, oraban con el mayor .recogimiento. El cura parecía
absorto; derramaba lágrimas, y en su semblante, honrado y dulce, había
desaparecido toda sombra de melancolía, iluminándose con una dicha inefable. El
maestro de escuela había ido a arrodillarse junto a su mujer e hijos, que lo
abrazaban con enternecimiento, recordando su peligro de hacía tres años; el
alcalde, como un patriarca bíblico, ponía las manos sobre la cabeza de sus
hijos, agrupados en su derredor; el tío Francisco y la tía Juana también, en
medio de sus hijos, murmuraban, llorando, su oración; la buena Gertrudis
abrazaba a su hermosa hija, quien inclinaba la frente como agobiada por la
felicidad, y Pablo sollozaba, quizá por la primera vez, teniendo aún entre sus
manos la blanca y delicada de su adorada Carmen, que acababa de abrir para él
las puertas del paraíso.
Yo mismo olvidaba todas mis
penas y me sentía feliz contemplando aquel cuadro de sencilla virtud y de
verdadera modesta dicha, que en vano habría buscado en medio de las ciudades
opulentas y en una sociedad agitada por terribles pasiones. Cuando concluyó la
oración del alba, la reunión se disolvió; nos despedimos del digno alcalde y de
los futuros esposos, quienes se quedaron con él a concluir la velada, así como
otros muchos vecinos; y nos fuimos a descansar, andando apresuradamente, porque
a esa hora, como era regular en aquellas alturas durante el invierno, la nieve
comenzaba a caer con fuerza y sus copos doblegaban ya las ramas de los árboles,
cubrían los techos pajizos de las cabañas y alfombraban el suelo por todas
partes.
Al día siguiente aún
permanecí en el pueblo, que abandoné el veintiséis, no sin estrechar contra mi
corazón a aquel virtuosísimo cura a quien la fortuna me había hecho encontrar,
y cuya amistad fue para mí de gran valía desde entonces.
Nunca, y usted lo habrá
conocido por mi narración, he podido olvidar aquella hermosa Navidad pasada en
las montañas.
Todo esto me fue referido la
noche de Navidad de 1871 por un personaje, hoy muy conocido en México, y que
durante la guerra de Reforma sirvió en las filas liberales; yo no he hecho más
que trasladar al papel sus palabras.
[1] El carácter cuyo
bosquejo he diseñado en este articulo es rigurosamente histórico, y lo declaro
aquí para que no se me acuse de haber querido crear, a mi vez, un personaje
fantástico, semejante en algo a los que menciono arriba y que son tan conocidos
en el mundo civilizado. El virtuosísimo sacerdote, cuyo nombre en la religión
del Carmen fue el mismo que yo he escrito, y que dejó en el seno de aquella
religión, hoy extinguida, los más santos recuerdos, volvió a tomar, al
secularizarse, su nombre de familia, que creo conveniente no revelar por hoy,
hasta que publique yo un estudio biográfico que tengo escrito hace algunos
años. El digno cura ha muerto hace tiempo; pero su memoria vive venerada cada
día más en el corazón de los que supieron apreciar sus rarísimas virtudes.
[2] En casi todos los
pueblos de la República se cantan en la Nochebuena estos villancicos, que
ciertamente son de origen español. Están en la preciosa colección de Cantos
populares, publicada por Emilio Lafuente Alcántara en su Cancionero popular
(Madrid, 1865).
[3] Rimas sacras, y en. el
Romancero y cancionero sagrados de la Biblioteca de autores españoles (Tomo 35,
romance 233).

