Libro N° 4067. Gran Sol. Aldecoa, Ignacio.
© Libro N° 4067. Gran Sol. Aldecoa, Ignacio. Colección E.O. Agosto 12 de
2017.
Título
original: © Gran Sol. Ignacio
Aldecoa
Versión Original: © Gran Sol. Ignacio Aldecoa
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
GRAN SOL
Ignacio Aldecoa
En alta mar las fuerzas naturales se oponen a los hombres
con extrema crudeza. Esta realidad aparece retratada en una novela ya clásica
de nuestra literatura, a veces triste y siempre auténtica, capaz de dignificar
la soledad y la miseria.
Ignacio Aldecoa escribió Gran Sol después de compartir la
intensa experiencia de la pesca de altura con los marineros del Cantábrico.
Testigo del sacrificio y la pobreza, consigue acercarnos con singular talento
su día a día, sus conflictos laborales, sus dificultades y sus conversaciones.
El íntimo vínculo entre los trabajadores del mar y la naturaleza queda al
descubierto mediante un lenguaje luminoso y colorista que construye una
estructura literaria de maestría indiscutible.
Del noroeste al sur de Manda, en el océano Atlántico, se
extiende una zona de fondos placerados ricos en pesca.
El centro de esta zona es un banco que en las cartas de
navegación inglesas se denomina Great Soley en las francesas Grand Sole.
Las tripulaciones cantábricas de la pesca ele altura lo
llaman Gran Sol.
Dedico esta novela a los hombres que trabajan en la
carrera de los bancos de pesca entre los grados 48 y 56 de latitud norte, 6 y
14 de longitud oeste, Mar del Gran Sol.
«Dijo a Simón: Tira a alta mar y echad vuestras redes para
pescar.»
SAN LUCAS
Primera Parte
I
EL sureste lento, cálido, hondo, picaba las aguas de la
dársena. Lejana amarilleaba la mar abierta. En el cielo del atardecer se
apretaban las nubes como un racimón de mejillones, cárdeno y nacarado. Las
gaviotas daban sus gritos estremecidos revoleando el puerto, garreando las
olas. Un barco bonitero navegaba hacia la línea de atraque: baja la mar, bajo y
áspero el run del motor.
Olía a podredumbre de algas y a tormenta. Colorineaban las
manchas de gasoil en las aguas. En los muelles la marea descendente descubría
los manchones moluscarios, las verdisucias rocas del espantado correr de los
cangrejos, las órbitas náufragas de las cloacas, el hierro corroído de las
escalerillas.
Por los grandes cangilones de la draga de cadena discurría
la aventura de la chiquillería, destemplada a ratos por las advertencias de las
mujeres del pescado: mímica y guirigay raqueros. Por un ángulo de la dársena,
en el que, pasado el cemento del muelle, se extendía un arenal barbado de
junquillos con redes del oscuro y noble color del ron, oreándose, tres mocetes
estaban al pulpo.
Cercana a la rampa del puerto la pareja de altura,
abarloados los barcos, se balanceaba al hervorcillo de la mar. En las chimeneas
la distintiva en naranja y azul. Blancos los puentes, ocres los guardacalores,
negros y rojos los cascos. El nudo gigante de los aparejos en los saltillos de
las popas. En los espardeles los ordenados y débiles muros de las cajas de
pescado, las lanchas, el verdor de vegetación marina de los trajes de aguas al
aire. En el palo de proa, arriba, en la galleta, donde, en la noche, la
fosfórica luz de rumbo, y en los daros nocturnos del Atlántico Norte, estrella,
el punto inquieto de una gaviota; palo de proa del Aril. Uro y Aril altas proas
valientes.
Simón Orozco, desde el muelle, junto a sus barcos,
observaba la mar, atendía al rumor del sureste. El pie izquierdo sobre el noray
de las amarras de popa, las manos en los bolsillos del pantalón. Por el
portillo de la cocina del Aril asomó la pelambre bermeja del engrasador Carmelo
Álvarez. Simón Orozco miró hacia abajo; preguntó:
—¿Cuánto queda, Álvarez?
Álvarez extendió una mano, la balanceó de pulgar a
meñique, de meñique a pulgar.
—Dos horas…, yendo bien, dos horas. El eje mal montado… Se
acabó el aire del depósito… Tendrán que pasarnos aire del Uro.
—Pero ¿no tiene números el eje?
—Sí, patrón.
—¿Entonces?
Carmelo Álvarez hizo una mueca, significando que se
limitaba a obedecer.
Repitió Simón Orozco:
—¿Entonces?
—Ventura mandó que así, y así lo hemos hecho… Ventura
dijo…
Simón Orozco sacó las manos de los bolsillos; golpeó el
puño derecho contra la palma de la mano izquierda.
—Ventura… Ventura… —dominó su irritación, interrogó—: ¿Y
el inspector?
—No había comido y ha ido al bar a tomar algo.
Simón Orozco miró hacia los amarillos de la alta mar; se
abstrajo pensando en la tormenta; calculaba el tiempo. Carmelo Álvarez
respiraba profundamente.
Simón Orozco llevó la mirada al rumazón tormentoso. La
barra, con tormenta, sería difícil de pasar. Habría que intentarlo por el
noreste, si no al oeste, pegados a los bajíos. Urgía el tiempo. Monologó:
—Puede cambiar. Habrá que salir, de todas maneras. Mañana
a las once tiene que estar hecha la nieve…
—¿No hay hielo aquí, patrón? —interrumpió Carmelo Álvarez.
—No hay bastante. Tenemos que ir al Musel.
—Eso nos lleva ocho horas largas, navegando bien; con
tormenta…
—Ya veremos.
Carmelo Álvarez alzó los ojos al cielo. Dijo:
—Malos semblantes, patrón, malos vientos. Una voz agria
llegó desde las máquinas:
—Baja, Gato Rojo, que no cobramos por ti.
Carmelo Álvarez respiró hondo. Volvió la cabeza. Gritó:
—¡Ya voy!
Gritó más fuerte:
—¡Que ya voy, maricas, que ya voy!
Salmodió mecánicamente sexos, funciones fisiológicas,
abundó en metáforas turbias. Luego quedó tranquilo y sonrió.
—Patrón, ésta va a ser una buena marea; me lo canta algo
aquí dentro.
Según costumbre, Simón Orozco desvirtuaba la magia de los
presentimientos.
—Puede que no traigamos ni para los gastos. La voz agria
insistió desde las máquinas:
—Gato Rojo, baja de una vez.
Carmelo Alvarez escupió a la tapa de regala. Su cabeza
desapareció del portillo. Simón Orozco miró otra vez hacia la alta mar, y echó
a andar por el muelle hacia el bonitero.
Hombres en hilera descargaban el pescado. Cloqueaban las
madreñas y las botas de suela de madera de las pescadoras. Los hombres de la
descarga trabajaban descalzos, abierto el compás de las piernas, macizos los
pies. Se oían palabras en vasco flotando sobre el barullo de bromas, gritos,
risas y blasfemias.
Caía algún bonito, cacheteaba el suelo y resbalaba
después.
El patrón del bonitero observaba el trabajo desde el
puente, por babor, apoyado en el bastidor de la ventana. Simón Orozco le
saludó.
—¿Koldobika, qué tal os fue?
El patrón del bonitero sonreía satisfecho.
—Bien, bien… una selguera grande… hemos seguido… bien… Otros,
nada…
Máquina, máquina, nada… Tres días sin ver pez… Luego
selguera… bien, bien… cincuenta millas para el noreste… Bueno, todo bueno, todo
bien… Ha habido suerte.
La selguera, la balsa de bonito cabeceando la superficie
de la mar, había que encontrarla en el Cantábrico; había que tener suerte.
Simón Orozco sabía lo que significaba aquella palabra. Suerte: unos duros para
poder vivir, para que la mujer pagara en la tienda de comestibles, para que los
hijos pudieran seguir yendo a la escuela. Había otra clase de suerte. Prefería
no pensar en ella, prefería solamente confiar. Se acordaba… el bou Asunción no
tuvo suerte. En la primavera pasada, a la altura del faro de Bull. Se acordaba…
Antón Zugasti, su patrón. En Pasajes solían jugar al mus. En Pasajes se habían
conocido hacía muchos años cuando eran muchachos y pensaban que la mar ofrecía
mucha vida, mucho dinero… A la altura del faro de Bull, viejo conocido, Antón Zugasti,
viejo conocido. No, no tuvo suerte Zugasti. Ni Zugasti ni los dieciséis hombres
de su tripulación.
Simón Orozco atendió la advertencia de una mujer.
—Apártese, señor Simón.
Se apartó para dejar paso al carrillo cargado de pesca.
Volvió a oír la voz del patrón del bonitero:
—Salida mala, Orozco… vientos malos… Gran Sol malo… Poca
pesca el Ogoño y el Izaro… encontramos oeste del Machichaco para casa… Dijeron
que malo, que subir al norte, al cincuenta y seis.
Simón Orozco sonrió. Pensaba en las tretas del primer
patrón de pesca de la pareja Ogoño e Izaro. Siempre malo. Malos los tiempos,
mala la pesca, mala la tripulación, que estaba hecha a la bajura y no rendía en
las playas del norte.
Todo malo y la nevera llena.
Simón Orozco dijo:
—Ya conozco yo a Astaburuaga. Ya conozco ese percal.
Engaña siempre.
Llevará, si ha dicho que malo, ochocientas o mil cajas de
pescado blanco. Sabe mucho; buen pescador, pero malos hígados.
El patrón del bonitero bajó a la cubierta de su barco.
—Hay que tomar una copa.
Ascendió por la escalerilla hasta el muelle. Bajo, pesado,
ancho de caderas y de pecho, arrastrando los pies calzados de borceguíes; se
acercó a Simón Orozco.
—Hay que tomar una copa, Orozco —repitió.
Simón Orozco bromeó:
Hay que ahorrar, eso es lo que hay que hacer.
El patrón del bonitero se golpeó la barriga con las manos.
—¡Cha, Orozco, ahorrar del gusto es malo, muy malo!
Ahorrar para reventar como todos, ¡quia!
Caminaron los dos patrones hacia el bar de la lonja.
En el bar —humo picante de sardinas asadas, llantos de
chiquillos, densidad de moscas revoloteando sobre pringues y humedades, altas
voces habituadas al pregón— cortaban el bacalao las tripulaciones del Uro y el
Aril. Las mujeres y los hijos de los tripulantes hacían gasto de oranges y
gaseosas. Los tripulantes se despedían con vino tinto; el vino tinto del adiós,
que amarga y seca la boca, que da un poquito de fuerza al corazón, que riega el
chiste encubridor de la tristeza, que fija la sonrisa de la marcha y disculpa
la acuosidad de la mirada. El veraneante caprichoso de lo pintoresco, el
emboscado de la lonja, el mestizo de bahía y alta mar bebían y daban al diente,
silenciosos en el barullo de la gente del Gran Sol.
Simón Orozco buscó con la mirada una mesa libre; no la
encontró. Fue hacia el mostrador, seguido del patrón del bonitero. Se abrieron
de la barra el contramaestre Afá y un engrasador del Uro.
—Señor Simón —dijo Afá—, les dejamos el sitio. ¿Saldremos
pronto?
—¡Qué sé yo, José!
—El inspector me ha devuelto los vales. Hasta el viaje que
viene no hay maneta.
La frente de Simón Orozco se onduló y rayó de arrugas.
—Pesca ya quieren que traigamos, pero maleta no hay.
¡Gentuza! ¡Gentuza!
—Así es como se pierden las artes… —dijo Afá.
—Así es como se pierde el tiempo.
Afá se había dejado el rol sobre el mostrador.
—Señor Simón, el costa no ha llegado todavía. He estado en
la Comandancia para recoger los libros…
El patrón del bonitero pedía de beber. Preguntó a Simón.
Orozco:
—¿Tú qué vas a beber, Simón?
—Café.
¿Y una copa?
—Copa, no.
—Hay que celebrarlo, hombre.
—Con café, no quiero alcohol.
El patrón del bonitero invitó al contramaestre Afá y al
engrasador del Uro.
—¿Vosotros?
—Vino —dijo Afá.
El patrón del bonitero preguntó:
—¿Y tu mujer, Simón?
—Está en Elanchove con la abuela y los chicos, por un par
de días…
—Tu chico mayor tendrá… tu chico ya pronto soldado…
—Dentro de dos años.
—¿Qué hace?
—Mecánico.
—Yo al mayor lo tengo en el mar con Cristino, en el María
del Milagro.
—Yo a la mar ni a mi peor enemigo; que se busque la vida
en tierra.
—A ti no te va mal, Simón.
—Me podía ir peor.
El contramaestre Afá sostenía un palique con el
engrasador.
—Tú coges el paseo grande a estribor, avante hacia el sur,
luego al oeste por la calle de Cajal, avante, luego timón al rumbo de la bodega
de Sánchez, avante, libre hasta el final. En el número cuarenta y cinco,
segundo piso; son siete duros; es mejor ir los jueves…
El engrasador afirmaba con la cabeza. El contramaestre Afá
fijó la mirada en el calendario colgado, tras el mostrador, del estante de las
botellas de licores.
—… Una vez armamos una… Pedrito, el buzo, tiró una silla
por la ventana, luego se tiró él… estaba también Macario el Matao… Pedrito se
abrió la cabeza y se partió un brazo, hubo que recogerlo a salabardo…
Bebió un trago y apretó los labios.
—… A Pedrito, bueno, Pedrito en cuanto bebía se iba por la
borda, era su manía. Tenía como golpazos de mala sangre y no se le podía
sujetar… Veníamos de Vigo con dinero —añoró, guardando un momento de silencio—,
con mucho dinero… Si uno lo tuviera ahora…
Simón Orozco dijo al contramaestre Afá:
—José, ¿están los víveres a bordo?
—Sí, señor Simón.
—¿Habéis hecho la sal para el bacalao?
—Sí, señor Simón.
—¿Cuánta sal?
—Siete sacos.
—Ya serán más.
—No, señor, lo que usted dijo.
—Ya serán más.
—Es que sobraron de la marea pasada dos sacos, pero sólo
hemos subido siete.
—Ya ves como son más. Pues saláis bacalao con los siete,
ni un puño más.
¿Entendido?
—Sí, señor Simón.
Macario Martín el Matao, cocinero del Aril, estaba en el
extremo del mostrador bebiendo con los marineros de su barco, Juan Ugalde y
Venancio Artola y dos tripulantes del Uro. Macario Martín tenía los ojos
blandos por la luz de la mar, el humo del fogón y el vino. En la mano izquierda
—mano del tiento al chipirón, a la sula, a la breca, en los descansos de bahía—
junto al pulgar, tatuado con torpeza, débil la tinta, llevaba un recuerdo de
servir en la Armada: «Rosa de los Rumbos», base de Cartagena, año 1925. El
zurdo Macario Martín hablaba y reforzaba las palabras con los ademanes de su
mano siniestra.
—Yo me he casado tres veces y te digo que hace falta tener
muchas ganas para hacerlo. Tú, Venancio, si yo tuviera tu edad…, tú, Venancio,
no te debes casar. Te lo digo yo, que me he casado tres veces. Te arrepentirás.
No es necesario casarse. Yo me he casado tres veces. ¿Y qué? Si yo tuviera tu
edad no me casaba. Eso de que hay que casarse no es verdad. Yo me he casado
tres veces, tú lo entiendes… Que nos pongan otros vasos.
El bermeano Venancio Artola no estaba conforme con lo que
decía Macario Martín. Movía las manos y la cabeza pesada, negativamente.
—Tú, Matao, no tomas el casarse por lo serio…
Venancio Artola era torpe de expresión. Macario Martín no
le dejó continuar.
—No me vengas con sermones, Venancio. Tú haz caso del pez
viejo. El que ha mordido el anzuelo sabe el sabor del anzuelo. También sabe
soltarse si es de cola larga y tiene buena aleta. Tú crees que a las mujeres
las matas; eso se cree a tus años, porque no las matas. ¿Las miras y las
matas…? ¡Que te crees tú! Ellas te abren la chalupa por bajo. Yo me he casado
tres veces, he aprendido un poco, puedo decir algo. Tú crees que les cuentas
cualquier cosa y las matas; no las matas, Venancio, que no las matas; el pez
viejo sabe que no. Si te descuidas, el Matao eres tú.
Macario Martín dio un traspié. Continuó:
—Dale palos, dale lo que quieras, se te revuelve, se te
escapa, como el congrio, como el vino malo. Las de aquí y las de tu pueblo. Las
de todos los sitios.
No las matas. Yo lo sé y si tú me hicieras caso sería como
si lo supieras. Pero, no; son veintinueve años, un chiquillote. Yo ya tengo
cincuenta y dos. A los veintinueve años toda la mar es azul; hasta que no la
veas negra, jurarás que es azul… Ahora pago yo.
El contramaestre Afá bromeó a gritos:
—Calla, Matao, que te desgastas, que no dices más que
tonterías, que se sabe todo y la parienta te arrima un cabo a las costillas en
cuanto le levantas los ojos de besugo.
Macario Martín se encogió de hombros echándole desprecio
al gesto. Dijo a sus compañeros:
—Como ése…
El contramaestre Afá sonrió…
—¿Ha visto usted, señor Simón, cómo está hoy el Matao?
Pausada, fría, serenamente, dijo Simón Orozco:
—Ya lo he visto. Que se ande con cuidado porque un día le
dejo en el muelle para que se espabile; no quiero borracheras a bordo.
Los labios del contramaestre Afá dejaron lentamente de
sonreír. La sonrisa se hizo rictus; después, un gesto casi infantil de
preocupación. Afá y Macario Martín eran muy amigos.
—Es buena persona —afirmó Afá—, sólo que si bebe un poco
más de lo que debe le da el galernazo. Pero es buena persona, hablar y hablar y
hablar…
El motorista Domingo Ventura estaba sentado a una mesa con
su mujer Begoña María y sus tres hijos. Begoña María tenía al chiquitín en el
regazo. Petra Ortiz, mujer del contramaestre José Afá, se arrimó a la mesa.
—Me siento con vosotros.
Domingo Ventura gritó:
—José, tu mujer.
—Déjalo —dijo Petra Ortiz—. Ya vendrá cuando quiera. Hoy
nos hemos peleado.
Afá no quiso oír. Begoña María dio un poquito de gaseosa a
su hijo pequeño; habló:
—Siempre os peleáis cuando se van los barcos.
—Así se marcha tranquilo —explicó Petra—; si no, le da
tierna. Estos hombres son como criaturas. Así, de vuelta, me coge con más gana.
Begoña María se rió nerviosamente…
—Tienes unas cosas, Petra…
—Haz tú la prueba con éste. Ya verás lo bien que te va.
Intervino Domingo Ventura:
—No me revuelvas a ésta, Petra, que ya nos peleamos lo
suficiente.
Hizo una mueca de irritación Begoña María. Domingo Ventura
se adelantó a sus palabras.
—Cálmate, mujer, cálmate. Bebe gaseosa y tranquilízate. Me
voy, que me llama el patrón.
Las dos mujeres se enzarzaron en una conversación crítica.
—La gallega —dijo Petra Ortiz— me ha dicho que está otra
vez preñada, ¿qué te parece? Y el marido tan campante. Éste es el octavo. Ni
que fueran millonarios.
—La gallega tiene tripa de bacalada y ese Arenas tiene la
cabeza vacía.
¿Con qué pensará alimentarlos a todos?
—A la mar…
Domingo Ventura dijo a Simón Orozco:
—Patrón, eso estará listo dentro de una hora. Ahora me voy
a acercar al barco.
—Ya debieras estar allí. ¿Y el inspector?
—Estuvo aquí, pero lo llamó por teléfono el armador y se
ha ido al despacho.
—Cuando esté todo listo avisas, que quiero que salgamos
pronto. Se está echando un nublazo. Habrá que ir costeando si se puede…
—Bien, patrón.
Hubo un momento de silencio. Domingo Ventura dijo a Afá:
—Tu mujer está ahí.
—Ya la he visto.
—¿Estáis peleados?
—No, ahora iré para allá.
—¿No estáis peleados?
—Te he dicho que no; ahora iré para allá.
—Bueno, hombre, bueno. Ella dice que estáis peleados.
Afá se desconcertó.
—No dice más que tonterías.
Domingo Ventura se encogió de hombros.
—A mí… lo que ella dice; pero no te enfades conmigo,
enfádate con ella.
Escupió con rabia Afá.
—Cuánto te gusta meterte en la vida de los demás, Domingo…
El patrón del bonitero se había despedido. Simón Orozco
estaba silencioso, aislado, apoyado con los codos en la barra del mostrador.
Macario Martín cantaba una jota hasta que le dio un ahogo y tuvo que callarse;
se calafateó la garganta con un trago. Su mujer —la greña, la tristeza, la
vergüenza— estaba pegada a él e intentaba hablarle.
—Macario…
—¿No ves que estoy con los amigos?
—Macado, me has quitado del cajón…
—¿No te he dicho que estoy con los amigos?
—Pero ¿para qué necesitas dinero en la mar?
—¿Cuántas veces quieres que te diga que estoy con los
amigos?
—Bien, Macario; pero es lo último que me quedaba. Si te lo
llevas…
Macario Martín se echó mano al bolsillo.
—Tómalo.
La mujer contó el puñadito de billetes.
—Macario, dame el resto.
—No hay resto.
—Pero ¿para qué necesitas dinero en la mar?
—No tengo dinero, me lo he gastado.
Macario pasó el brazo por la espalda de su mujer.
—Te voy a cantar una jota.
La mujer se desasió.
—No me cantes y dame el resto.
Macario sacó otro puñadito de billetes.
—Tómalo, pero tienes que invitarnos.
Los compañeros se negaron a beber. Macario pidió un vaso
grande.
—Ahora te voy a cantar una jota, Segunda.
La voz rota de Macario se alzó sobre los ruidos del bar.
Se congestionó, desistió y bebió un trago.
—No estoy para estos temporales. De joven tenías que
haberme oído…
Segunda Esteban fue hacia la mesa de Begoña María y Petra
Ortiz.
—¿Qué te pasa, Segunda? —dijo Begoña María.
Sollozó Segunda:
—El muy canalla que se llevaba los cuartos, la mala sangre
que tiene ese hombre.
—Tú tienes la culpa —afirmó Petra Ortiz—. Tú tienes la
culpa. Si no te emborracharas con él, si no fueras igual que él…
Segunda Esteban se quejó:
—Eso es lo que vosotros creéis; pero no es verdad, no es
verdad, yo no bebo con él.
Sollozó profundamente.
—Vamos, vamos… —dijo Begoña María.
—No tienes por qué quejarte, ya sabías quién era cuando te
casaste —dijo tranquilamente Petra Ortiz.
—Déjala, mujer —pidió Begoña María.
Luego, cariñosamente, invitó a Segunda.
—Tómate algo y no pienses más en ello.
El contramaestre Afá se acercó a la mesa.
—Hola, Begoña; hola, Segunda. ¿Dónde están los chicos,
Petra?
—El pequeño, por aquí. Los otros están jugando o pescando
o qué sé yo.
—Pues lo debieras saber.
—Lo mismo que tú.
—Bueno, bueno…
El contramaestre Afá se apartó de la mesa.
Los gallegos de las tripulaciones del Uro y el Aril
formaban grupo aparte. El Aril tenía tres marineros gallegos y el patrón de
costa.
—No es marinero —sentenció Joaquín Sas—. Ya puedes andar
cien años en la mar que no es marinero.
Los hermanos Quiroga respetaban las opiniones de su
compañero Sas.
Juan Quiroga opinó tímidamente:
—Pues el patrón del Pagasarri lo tuvo de contramaestre.
—No es marinero, y para ser contramaestre, nada. No tiene
autoridad, no sabe. He navegado con él cuatro años, lo conozco bien. No es
marinero.
El patrón de costa Paulino Castro entró en el bar. Era
nervioso y menudo.
Al pasar junto a Simón Orozco, saludó.
—Buenas tardes. ¿A qué hora vamos a salir?
—En seguida.
El contramaestre Afá le entregó el rol.
—Aquí tiene usted los libros.
Paulino Castro siguió adelante hasta la mesa de los
gallegos. Celso Quiroga se levantó para cederle el asiento.
—¿Quiere usted sentarse, patrón?
—No, voy al barco. ¿Has llevado lo que te dije?
—Sí, patrón.
En la barra los dos patrones del Uro, recién llegados,
conversaban con Simón Orozco. Paulino Castro les saludó con un ademán; fue
hacia ellos. Joaquín Sas comentó:
—La oficialidad al puente.
Macario Martín enteraba de la vida al ondarrés Juan
Ugalde.
—Tú, como los cangrejos, guardas, guardas, ¿y qué? Hay
siempre otro que te está esperando; resulta que aunque no te des cuenta ahorras
para él. Es el que te mata, bien matao.
Juan Ugalde no discutía jamás. Cuando se hartaba de
escuchar se marchaba. Si le molestaban, decía, extendiendo sus grandes manos:
—Calla pues, hablas como las viejas, calla pues, me cago
en tal y en cual.
Uno de los hijos del contramaestre Afá entró en el bar con
un pulpo pequeño, rabioso en su agonía, cubriéndole una mano. Le seguían dos
mocetes.
Su madre lo llamó.
—Has merendado, has comido algo, ¿verdad?, y luego andas
en las aguas.
Te voy a arrimar una… ¿Cuántas veces te lo voy a decir,
di, cuántas veces?
El chiquillo salió a la calle, con su pesca furiosa y sus
dos silenciosos amigos. Dijo a sus seguidores:
—Vamos a la draga a pasarles el pulpo por el morro a las
chavalas. Veréis cómo gritan; pero no es asco, es que quieren que las toquemos.
Se fue hacia la draga seguido de sus acólitos.
En el bar había aumentado la densidad de las moscas.
Zumbaban en los cristales de las ventanas, tras los cuales se veía un cielo
anubarrado, negro y profundo. La cabeza de la mujer del engrasador Manuel
Espina se doblaba sobre la labor de punto.
—Mala salida dijo a su suegro, el viejo Espina: pescador
de la bocana, pescador en solitario, gran pescador de cordel—. El señor Simón
querrá salir ahora, pero debería esperar.
El viejo Espina aclaró:
—Ya sabe Orozco si ha de salir; no hay que darle
lecciones. El cielo embarrado no tiene tanto que temer. Lo que importa es el
viento. Peor fuera un noroeste; eso sí que es para meterse en las machinas.
La mujer cambió la conversación.
—¿Ha visto a su nieto? Nos está saliendo tan buen pescador
como usted.
—Mejor saldrá; le tiene afición. Uno de estos días lo voy
a llevar conmigo.
—Todavía es muy pequeño; ya tendrá tiempo.
—¿Pequeño? A su edad salía yo con mi padre, por
obligación, a ganarme la comida.
El del mostrador discutía con Macario Martín.
—Son ocho, Macario, no cuatro.
—Pero si te pagué antes.
—Que son ocho.
—Pero… te juro por mi madre que no vuelvo a…
—Lo que tú quieras, pero son ocho.
Cuando Joaquín Sas se reía mostraba los dientes mellados,
feroces, sarrados del vino, del tabaco y de la falta de limpieza.
—El viejo debe estar ahora como para que le hurguen el
ombligo. Me alegro de su mala digestión. Me alegro de que no tenga con quién
tomarla. Me alegro de que almacene bilis.
—El señor Simón —dijo Juan Quiroga— tiene razón. Ya
podíamos estar en la mar hace un par de horas. Encima se nos viene la tormenta.
Seguramente no saldremos hasta la madrugada.
—Que te crees tú. El viejo sale a la mar aunque hunda los
barcos. Si en la mar está de malas, en puerto está de peores. ¿No lo has visto
otras veces?
Simón Orozco decía a los patrones:
—Salimos en cuanto el eje esté listo. Avisad a todos que
no se espera, porque a éstos hay que avisarles con tiempo. Ahora con el beber
están aquí bien, luego se les ocurren las cosas.
—No —dijo Begoña María—, no quiero que bebas más.
El chiquillo cogió una rabieta y empezó a patalear. Begoña
María le dio unos azotes y lo dejó en el suelo. Añadió:
—Y esto que queda me lo bebo yo y no pidas más porque no
hay.
Petra Ortiz hizo ademán de tender su vaso de orange al
pequeño.
—Toma, raquerín.
—No le des, Petra.
—Sólo un poquito, mujer, para que deje de llorar.
El chiquillo aplicó los labios al borde del vaso y bebió.
—Ven aquí, cochinazo, ven, que te quite esas velas —dijo
Begoña María.
El chiquillo se debatía entre los brazos de su madre. Le
dio una patada a la mesa.
Petra intervino:
—Pero qué malo eres, pero qué diablo estás hecho.
El vaso se vertió. Begoña María dio unos cachetes al niño.
—Anda a la calle, a jugar, no quiero verte por aquí,
salvaje, más que salvaje.
Begoña María se atusó el pelo.
—No se puede con él.
El pelo de Begoña María era rubio, de un rubio claro y
apagado. La piel le hacía arrugas en las comisuras de los párpados. De la boca
amarga le ascendían, recortándose las mejillas, dos profundos surcos. Tenía
ojeras con una granazón y un color de tetillas circuyéndole los ojos profundos.
—No se puede con él —repitió—. Como salga como los otros,
acaba conmigo.
Petra Ortiz filosofó:
—Más disgustos dan los padres que los hijos.
Comenzaban a llegar tripulantes del bonitero. Se les hacía
sitio en la barra.
Macario Martín buscaba bolsas propicias.
—Buena pesca, ¿eh? Buenos billetes, muchachos.
Los pescadores del bonitero eran generosos y desconfiados;
invitaban por voluntad, pero no querían caer en las trampas de palabra de los
invitados.
Macario Martín echaba mano de todas sus viejas tretas.
Desafió al pulso a un mocetón; perdió. Dijo:
—Al derrotado hay que invitarle para que se le pase el
dolor del brazo y el mal trago de la derrota.
Venancio Artola admiraba, boquiabierto, a su compañero.
—Qué tío estás hecho, Macario; lo que tú no sepas…
Macario Martín guiñaba el ojo y se le escapaba una
lágrima.
—Cincuenta y dos años, nada más que eso.
Pasó por el bar el aviso de que los barcos iban a salir.
El contramaestre Afá se acercó a los gallegos.
—Si tenéis que ir por las cestas, id. Salimos en seguida.
No se espera a nadie.
Bajo las mesas había cestas de mimbre con los complementos
alimenticios de cada uno. Joaquín Sas preguntó:
—Pero ¿no decían que había todavía para dos horas?
—Había, Sas. Ya está arreglado.
—Entonces, ¿no queda tiempo para ir hasta el bar del
Asturiano a echar una copa?
—Os habéis pasado toda la tarde aquí. Tómatela donde
estás.
El contramaestre Afá se acercó a Macario Martín.
—No bebas más, Matao. Dentro de un rato salimos. Si tienes
que ir por algo…
—Tómate una copa, José.
—Ya he bebido bastante… ¿Y vosotros qué? Venancio Artola
contestó por él y su compañero Juan Ugalde:
—Nosotros tenemos las cestas a bordo. No hay de quién
despedirse, no hay por qué esperar.
—Si estuviera aquí tu nesca, otra cosa sería, ¿eh?
Venancio Artola se limitó a contestar:
—Puede.
—En Pasajes perdiste una vez el barco. ¿Qué le estabas
haciendo?
—Charlar.
—Sí, charlar. ¿A qué llamas tú charlar?
—Charlar.
Macario Martín explicó a su amigo Afá:
—No le digas nada de la chica, que se enfada. Se ha tomado
muy por lo fuerte eso de casarse.
Se rió Afá.
—Ya ves, no todos son como tú, tío asqueroso.
Entraron los engrasadores del Aril con el motorista
Domingo Ventura. En la barra les dejaron sitio, manchaban. Estaban en camiseta,
mostrando sus recias musculaturas de antiguos fogoneros. Calzaban zapatos
trastabillados, picañados, rotos, negros de grasa, quemados por el gasoil. Gato
Rojo se pasaba un cotón por los brazos.
—Que nos pongan algo de beber.
Dejó el cotón sobre el mostrador.
—Dame un cigarro, Juan.
Juan Arenas sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo
posterior del pantalón. Bebieron. La mujer de Manuel Espina estaba con ellos.
—¿Ya habéis terminado?
—Ya —dijo Manuel Espina—. ¿Me has traído la cesta?
—Ahí está, donde está sentado tu padre.
—Bien. ¿El chico?
—Por ahí, jugando.
—¿Has puesto bicarbonato en la cesta?
—Y manzanilla.
—Bien.
Macario Martín gritó:
—Gato Rojo, ¿nos vamos?
—Aún queda tiempo.
A la hora de la partida siempre quedaba tiempo para los
engrasadores.
Sabían que sin ellos no podían partir los barcos. Eran los
que regulaban la marcha, pegados al motor, aguantando el aliento de la máquina,
sus temblores de fuerza sometida.
El grupo de marineros gallegos se había levantado. Juan
Arenas les advirtió:
—Aún hay tiempo.
Los patrones caminaban lentamente por el muelle, hacia los
barcos. Estaba el cielo cubierto de nubes. Soplaba un aire cálido y fuerte.
—En cuanto estén los engrasadores, largamos cabos —dijo
Simón Orozco.
Palomeaba la mar en la bahía. Corría el alboroto de las
gaviotas, desplomándose desde mucha altura, aleteando en punto fijo de la mar,
remontándose después gravemente.
En el muelle, junto a los barcos, se formaban grupos de
pescadores con sus mujeres y chiquillos. Los empleados de la lonja, los
curiosos del puerto, se acercaron para ver partir los barcos. Por el extremo
del muelle caminaban los tres engrasadores del Aril.
—No me jorobéis, la primera guardia la hace el que quiera,
pero en este viaje —dijo Carmelo Álvarez— me toca a mí de ocho a doce. La vez
pasada…
Le cortó Juan Arenas:
—Echas la vida haciendo cálculos. La vez pasada me tocó a
mí de doce a cuatro, sin que tuviera por qué tocarme. Déjame al menos que
descanse algún viaje.
—No, la mía es de ocho a doce.
—Pues echamos a suertes.
—No, me toca a mí.
El contramaestre Afá saltó a la cubierta del Aril. Su
mujer le gritó:
—A ver si esta vez vuelves rico, José, que me tienes que llevar
al teatro.
Cuando José Afá gritaba se le hinchaban las venas del
cuello y se le congestionaba el rostro.
—Ya irás por tu cuenta, pejina, sin necesidad de que te
lleve.
Petra Ortiz le hizo una higa.
—Con lo que tú me has dejado.
—Con eso y con lo que guardas, bruja.
Begoña María había besado a su marido.
—Que tengáis suerte.
—¡Ojalá!
Begoña María tenía a su hijo pequeño en brazos.
—Anda, dile adiós a papá.
Domingo Ventura besó a su hijo pequeño, luego posó la mano
derecha en la cabeza del mayor y le revolvió el pelo, le dio un golpecillo en
la cara al mediano.
—No deis disgustos a vuestra madre, no os aprovechéis de
que estoy fuera, porque a la vuelta os caliento. Y que no me vayáis al dique a
bañaros, ¿eh?
Los chiquillos movieron las cabezas afirmativamente.
Macario Martín saltó con dificultad a la cubierta del
barco. Se oyeron bromas.
—Tú ya no necesitas marearte, Macario… Ésa no la matas…
Macario Martín, haciendo aspavientos con las manos, se
metió por el portillo de la cocina. Los tripulantes del Uro pasaron a su barco.
Por estribor, desde el puente, hablaba Simón Orozco con los patrones del Uro.
—Ya repunta a creciente la marea. ¿Estáis todos?
—Estamos todos.
—Pues listo.
Paulino Castro preguntó desde el bacalao del puente por
babor:
—¿Falta alguien?
Juan Quiroga contestó:
—Sas, que fue al Asturiano.
El patrón de costa lo vio correr por el muelle.
—Ya está aquí.
Había soltado las amarras del Uro, que lentamente se
despegaba de su pareja. Simón Orozco lió un cigarrillo. Dijo a Paulino Castro:
—Que tengamos suerte.
Paulino Castro repitió:
—Que tengamos suerte.
La mano de Paulino Castro asió la manija del telégrafo.
Voceó desde la ventanilla:
—Fuera amarras.
La flecha del telégrafo se movió: Máquina lista, atrás,
poca. El Aril se apartó con suavidad del muelle. Se oyó el ruido de la hélice
girando.
La flecha del telégrafo osciló, luego quedó fija: Avante,
poca. Paulino Castro voceó por el tubo acústico:
—Noventa.
Fue devuelta la orden desde las máquinas:
—Noventa.
Las gentes del muelle se despedían de los pescadores
situados en el espardel o en las amuras de babor.
La cara de Macario Martín asomó por un ojo de buey del
guardacalor.
—Segunda —voceó—, guarda algo para mi vuelta.
Segunda Esteban estaba junto a Begoña María. Petra Ortiz
comenzaba a caminar hacia su casa. Los chiquillos corrieron al espigón del
muelle para ver pasar el barco.
La flecha del telégrafo varió: Avante, media. Su timbre
hizo correr un escalofrío desde el puente a las máquinas.
La proa del Aril señalaba la alta mar. Los grupos del
muelle se desintegraban. Sobre las aguas de la bahía picaban las primeras gotas
de la tormenta. El cielo, al oeste, estaba totalmente oscuro. Al este se
filtraba una lívida claridad. Simón Orozco se sentó en un banquillo, junto a la
sonda eléctrica.
Dijo:
—En seguida con Cabo Chico. Ha habido suerte, pasamos la
barra antes de que llegue el fuerte de la tormenta.
Paulino Castro miró la línea de boyas. Cogió la manija del
telégrafo, bajó el indicador: Avante, toda. Retembló el Aril y la proa se
hundió un poco.
Atrás quedaba el espigón con un grupo de chiquillos
manoteando. Simón Orozco expelió el humo sobre el suelo.
En los cristales de las ventanas del puente tabaleaba la
lluvia, produciendo un suave, un agradable, un acogedor rumor primero.
II
«EMPEZAMOS la presente sin novedad. A 7 h. amarramos cabos
en el puerto pesquero del Musel para hacer treinta y cinco toneladas de nieve,
que empezamos a las 9 h. terminando a las 11.30 h. que largamos cabos. A las 12
h. con Cabo Torres que hacemos rumbo a las playas del Gran Sol con viento
fresquito del N y marejada, cerrado en lluvias, con chubascos que cada vez son
más fuertes. La terminamos sin más novedad.» Paulino Castro dejó la pluma
estilográfica sobre el abierto cuaderno de bitácora. Dio una chupada al
cigarrillo, cogió la pluma y anotó en la casilla del viaje: «De Gijón a la
mar». Después puso la fecha.
Arfaba mucho el barco. El marinero del timón estaba atento
a la aguja. En el puente las luces de la caja de bitácora y de la radio
esparcían una tenue claridad, aumentada por los reflejos, rojo y verde, de las
luces de situación en la cortina de agua, que entraban por las ventanas de los
costados. La luz de rumbo en el palo de proa casi no se veía.
La silueta del marinero se recortaba negra y apretada
junto a la rueda del timón. Paulino Castro apagó la luz de mesa del cuarto de
derrota, que compartía, como camarote, con Simón Orozco. Salió al puente.
El timonel lo sintió tras de él; no volvió la cabeza.
—¡Qué noche, patrón!
Paulino Castro miró el rumbo en la rosa.
—Un poco a estribor, Celso.
Giró la rueda del timón.
—Ya.
El humo del cigarrillo del patrón de costa se pegaba a los
cristales de proa del puente.
—Patrón, coja el timón, que voy a hacer un pito.
—¿Quién va detrás de ti?
—Venancio.
—Hazle subir y charláis un rato. Baja por la trampilla.
—Da igual por fuera.
Celso Quiroga abrió la pesada puerta del puente. Entró un
golpe de viento y de agua desmenuzada.
—Cuidado, Celso.
El cigarrillo sin elaborar del marinero quedó junto a un
trozo de tiza en el hueco de la radio. Celso se descolgó por el costado de
sotavento y, sin poner pie en la cubierta, se coló por el portillo de la
cocina.
Sobre el fogón había una gran cafetera desportillada con
malta caliente. El marinero se sirvió un cacillo. Bebió. Se agarró a la pequeña
mesa para no perder el equilibrio en un balance. Luego abrió la puerta del
rancho de los marineros. Su hablar fue casi un murmullo:
—Venancio… Venancio…, ¿duermes?
La voz fuerte de Venancio Artola emitió la obligada queja:
—¿Aquí…? —preguntó por la guardia—. ¿Es la hora?
—No, falta aún; es para que subas un rato… Dice el patrón…
—No es mi hora, no subo.
Rogó y prometió Celso:
—Hombre, es que uno solo, con esta noche, se queda medio
dormido, capuza la cabeza y nos volvemos para el sur. Sube y luego me quedo un
rato.
La palabra de Joaquín Sas tenía la acritud del despertar.
—¿Por qué no os vais a charlar a cubierta? Entre las
pulgas, los balances y vosotros no hay quien pegue el ojo. Me c… ¿Por qué no
termináis de una vez?
Se revolvió en su litera.
—Ya voy, Celso —dijo Venancio Artola.
Sentado sobre una barandilla de la litera, Venancio se
calzaba las botas de aguas. Juan Ugalde roncaba. En el rancho olía mal: humo de
tabaco, ropa húmeda, gasoil; estabulada humanidad en poco espacio. Celso
preguntó:
—¿Dejo la puerta abierta, Joaquín?
—Déjala como quieras y lárgate.
Abrió los ojos Juan Quiroga y se incorporó a medias.
Amenazó:
—Luego os quejáis de que se os despierta. Ya veréis…
—Tú a callar —dijo Celso con tono alegre.
Juan Quiroga se irritó.
—Que os den…
Se tendió en el catre.
En la cocina Venancio indicó a su compañero, mientras se
servía un cacillo de malta:
—Sube, que ahora voy.
Bebió y escupió.
—El Matao hace esta porquería cada día peor, el Matao buen
sacristán está hecho.
Celso había subido por la escalerilla á bacalao del
puente. A los pocos instantes le siguió Venancio.
La mar a los costados del barco era una gigante, musculosa
oscuridad, que amenazaba, acariciaba o golpeaba el casco. La mar, graneada del
chubasco, rompía los reflejos de las luces de a bordo. Por la proa las aguas se
abrían blancas. Un golpe de mar hacía un ruido sordo, que persistía
debilitándose hasta otro golpe, eslabonándose con él. En la cubierta de proa
rielaban los focos de faena, que habían encendido en el puente. Por popa, donde
el contramaestre Afá inspeccionaba las sujeciones de los aparejos, bajo la
cubiertilla de la baranda del espardel, estaba creada una sensación de rincón
de puerto norteño. El agua se derramaba a la mar por los imbornales
insuficientes y las puertas de trancanil.
Celso Quiroga, abiertas las piernas, se apoyaba en la
rueda del timón.
Fumaba. Recomendó al patrón de costa:
—Todavía la malta está caliente, patrón.
—Eso no se puede beber.
—Échele condensada.
Venancio Artola preguntó:
—¿A qué hora tomaremos playa?
—Mañana a la noche, yendo como ahora, por el Petí Sol, o
por el banco del Zapato.
—Perderemos el tiempo.
—Tú qué sabes… Donde no hay pesca en tres viajes, en el
cuarto sacas un copo para llenar el barco.
—Ahí todo el mundo prueba; no sacaremos más que basura.
—Tú qué sabes… Hemos pescado nosotros en Petí Sol, casi
siguiendo las aguas del Escoli y del Asun y ellos nada, y nosotros ciento
treinta cajas, ciento cuarenta de blanco. Eso, según. No se puede decir. Es
suerte.
Venancio Artola quedó en silencio. Pensaba en placeres de
pesca donde a cada lance de la red sucediese una sacada que llenara la cubierta
de pescados. De pronto dijo:
—Ya verá, patrón, cómo tenemos que subir muy altos esta
vez si queremos llevar algo para casa.
El patrón de costa hizo ruidos con los labios,
menospreciando lo dicho por Venancio. Luego dijo:
—Voy a ver lo que hay por abajo.
—En nuestro rancho están todos dormidos —advirtió Celso—.
Vaya a ver al Matao y al contramaestre, que no duermen. Ésos nunca duermen,
traen fritos a los engrasadores.
Simón Orozco dormía. Hizo un movimiento en su litera
cuando Paulino Castro levantó la trampilla del suelo del cuarto de derrota para
bajar a los ranchos. En el puente, Celso hacía confidencias a Venancio.
—Tú, Venancio, que tienes la cabeza sobre los hombros, ¿tú
crees que me debo casar o que debo seguir el consejo del Matao?
—¿Qué te ha dicho el Matao?
—Que no me preocupe aunque esté embarazada, que eso no
tiene importancia.
—No le hagas caso a esa rata.
—Yo me casaría, pero el dinero…
—No digas cosas raras. ¿Con qué te crees que vive aquí
todo el mundo? El dinero no te va a disculpar. Te debes casar. No le hagas caso
al Matao. A mí también me lo dice.
Celso Quiroga hizo girar la rueda del timón; comentó:
—Vamos dando guiñadas como borrachos. Pon la radio.
—El señor Simón se va a despertar.
—¡Quia! Anda, ponla.
—Con una noche así no se va a oír nada.
El costa la puso para comunicar con el otro barco.
—No sé, entonces déjala. No quiero líos. Tiene una mala
uva el costa…
—Y eso que es gallego. ¿Qué piensas del otro?
—De ése ya ni pienso. Un día, cuando me grite en la
sacada, le voy a meter una merluza por los dientes. Ése…, ni en la Armada he
aguantado yo tanto.
Los dos marineros quedaron en silencio. El ruido de la mar
daba el contrapunto al son del motor.
—¡Dios, qué noche! —dijo Celso—. Comenzamos bien. De este
viaje no nos escapamos sin hacer capa.
—Capas, hace dos años. Estuvimos frente a Castletown siete
días rolando sin poder entrar.
—Así estuvimos nosotros una vez con el Faorro, de Vigo,
que lo llevaba el señor Montenegro, queriendo entrar en Bantry.
Venancio buscaba en la memoria de los aburrimientos y
ocios forzados de Bantry.
—Si hubieras visto la borrachera que cogió una vez el
Matao en Bantry. Lo tuvimos que llevar arrastrando para el barco. Creí que el
señor Simón lo mataba.
—No se hubiera perdido gran cosa; está ya pasado; para
poco sirve.
—Tiene dos bicheros, uno para atracar y otro para
desatracar. Le ganó por la mano, pero estuvo a punto de que lo anclaran en el
muelle para viejo.
Las luces de un barco grande titilaban en la móvil
tiniebla. La noche avanzaba sobre el Aril.
—Lleva el rumbo de Francia —afirmó Celso.
—Cuatro mil toneladas.
Un silencio.
—¿Qué hora será? —preguntó Celso. —Faltará poco para que
se acabe tu guardia. Nuevo silencio.
—¿El contramaestre habrá revisado las ataduras de los
aparejos?
—Claro.
—Una noche como ésta se lleva las artes al agua.
Silencio. El marinero Celso Quiroga y el marinero Venancio
Artola habían agotado los temas de conversación. Se acompañaban. La mar
arbolaba. Una gran ola hizo temblar el barco. Vibró el hierro del casco y ellos
sintieron la vibración bajo los pies.
—Éstas pasan.
—Sí.
—La que no pasa…
Venancio Artola estaba pensando, casi soñando. En Bermeo
los barcos de pesca se balanceaban en el muelle. Al anochecer los pescadores
habrían reforzado las amarras. Las farolas del puerto estaban envueltas en una
gasa de agua. En la taberna de Francisco se discutía. Alguien hablaba de una
mala noche en el Atlántico Norte, yendo tal vez al bonito, tal vez a la
merluza, tal vez al bacalao. Cien millas, quinientas millas, mil millas de
lejanía. La distancia no hacía al caso, era la pesca la que la marcaba. Todos
escuchaban. Los barcos de pesca seguían balanceándose. La amarra gastaba el
carel de un sardinero. Luego a cenar. A casa, aprovechando los grandes aleros
para no mojarse. Corriendo, parándose, frotándose las manos: «Jo Antón qué
nochesita, qué nochesita…
Bueno».
—Nunca hay buen tiempo en Gran. Sol —dijo Celso—, lo hay
menos malo.
—Ya.
Paulino Castro estaba a la puerta del rancho de popa,
hablando en voz baja con el contramaestre Afá y Macario Martín, que estaban
tumbados en literas altas. Había seis literas que formaban una U abierta hacia
la puerta. A la derecha, en la de abajo, dormía Manuel Espina; arriba, el
Matao. Enfrente, la de abajo, estaba sin ocupar, arriba dormía José Afá. A la
izquierda dormían Juan Arenas y Gato Rojo, Macario Martín, con los pies
descalzos, daba golpes contra el techo intentando matar las moscas, torpes y pequeñas,
que descansaban sobre la estampa de madera esmaltada de blanco.
—Matada —dijo Macario Martín.
—Usted ve, usted ve, patrón, lo idiota que se está
volviendo este hombre —hablaba alegremente el contramaestre—. Pero, Matao, que
así acabas en un manicomio, que eres de chiste.
Macario Martín se volvió hacia Afá.
—Sin insultar, José, que luego tú no aguantas una broma.
—A ti no te aguanto nada porque no me da la gana.
El ceniciento rostro de Macario Martín se arrugó.
—Bueno, no tengo por qué aguantarte. Si no quieres que
rompamos las amistades, cállate.
Continuó en su labor de matar moscas con las plantas de
los pies. José Afá explicó al patrón de costa:
—Sabe usted que este perturbado estuvo sin hablarme
durante dos viajes.
Yo le hablaba y como si oyera llover. Me tuve que vengar.
Hablaba siempre entre ingenua y socarronamente. Macario
Martín comentó:
—Gracioso.
—Me tuve que vengar —dijo Afá— porque no hay quien lo
aguante.
Cuando se le acabó el tabaco, que siempre se le acaba
antes que a ninguno.
¿Cómo te arreglas para que se te acabe tan pronto,
Macario?
—Doy, cosa que tú no haces ni con tu padre.
—Cuando se le acabó el tabaco… —calló un momento, puso
cara seria y sacó voz grave—. A ver si me dejas la familia tranquila, Matao…
—continuó—: Le daba de vez en cuando un pito para que le entrara el sincio,
cuando le entró el sincio dejé de darle tabaco y andaba por el barco como un
fantasma; le perdió el gusto hasta al vino.
El sincio de la marinería santanderina, por las antiguas
pícaras parlas de Puerto Chico, por el trabajo de carga y descarga de las
machinas, por la holganza de las tabernas del poblado de pescadores, precisa el
apetito desazonante de los vicios pequeños.
Paulino Castro se reía. Macario Martín tenía a la
terminación de su catre un ojo de buey. Junto al ojo de buey el recorte de una
dama de calendario en traje de baño. Acarició con el pie la figura. Afá hizo la
gracia acostumbrada:
—Que la matas, Macario.
—Calla ya y pásame la botella —dijo Macado Martín.
Las botellas de vino colgaban de las literas, atadas con
cuerdas. Con los balances del barco golpeaban contra los tubos de hierro.
—Bebe de la tuya.
—Calla ya y pásame la botella, hablador. José Afá le pasó
la botella.
—No bebas mucho, Matao.
Macario Martín hizo una pausa para beber. Tras beber movió
repetidamente los labios en un saboreo de entendido.
—Este vino se te va a picar, José.
Extendió las piernas.
—Patrón, este ojo de buey cierra mal, se filtra el agua.
Tengo la colchoneta húmeda.
Saltó la broma fácil del contramaestre.
—Te habrás meada. Como ya no te controlas.
Paulino Castro se sentó en uno de los baúles, que asomaban
bajo las literas cinchados a las barras de hierro para que los balances no los
moviesen. Manuel Espina se estropeaba la vista leyendo un librejo de la
colección Rodeo, a la pobre luz de ordenanza. Juan Arenas estaba de guardia en
el motor y Carmelo Álvarez trabajaba en el tallercito, doblando alambres para
hacer una huevera. Manuel Espina galopaba por los amarillos de Arizona.
Macario Martín comenzó a contar una historia de un
temporal frente a la Estaca de Vares; fue interrumpido por José Afá:
—¿Por qué no le cuentas al patrón el cuento del golpe de
mar?
—No es cuento.
—Anda, díselo.
Medio se incorporó Macario.
—Tú no lo querrás creer, José, pero fue verdad.
—Cuéntaselo —cambió de tono el contramaestre y se dirigió
al patrón de costa—: Ya verá usted qué bonita historia le cuenta Macario; es la
más bonita historia de la mar que he oído en mi vida.
En la voz de Paulino Castro había un vago timbre de orden.
—Cuéntala, Macario.
Se volvió a incorporar Macario Martín. Dijo con desgana:
—Tú, José, creerás que es mentira, pero sucedió. No la
cuento. No quiero choteos.
El contramaestre comenzó la historia de una forma
grotesca; miraba a Macario.
—El capitán Matao había dicho al hombre del timón: «Mantén
el rumbo y no temas nada». Después se fue a su camarote a reposar.
Hizo una pausa. Preguntó:
—¿Te fuiste a reposar o a beber vino, Macario? Bueno, pues
se fue a beber vino, mientras la mar iba creciendo. Creciente, creciente, y se
rompe la cadena del timón. El transatlántico iba sotaventeando mal. En cuanto
se quedó sin gobierno le entró el miedo a todo el mundo. Capitán Matao por
aquí, capitán Matao por allá. Y el capitán Matao, sereno, seguía reposando.
Subieron todos a cubierta, y en esto, patrón, que un golpe de mar… Bueno,
cuéntalo tú, Matao…
Macario Martín explicó:
—Aparte del cachondeo de este gracioso… El contramaestre
dijo muy finamente:
—No me cachondeo, Macario, cuento tus aventuras. A ver si
no es verdad que fue así. Todos en cubierta, y un golpe de mar que enloquece el
barco. De pronto el capitán Matao, que ya no estaba reposando, sino en
cubierta, como cualquiera, le dice al segundo: «Segundo, baje a ver lo que ha
pasado en las máquinas, que me parece que algo va mal». El segundo va a bajar
por una escotilla y se vuelve, temblando, hacia el Matao: «Capitán, el golpe de
mar se ha llevado el casco y debajo de nosotros no hay más que agua».
El contramaestre se reía a carcajadas.
—Fíjese, patrón, debajo del espardel estaba la mar. El
capitán Matao y sus mil hombres navegando en una almadía.
Paulino Castro se golpeaba las rodillas con las palmas de
las manos.
Dominó la risa.
—¿Y eso dónde te ocurrió, Macario?
—Eso —dijo Macario—, fuera de que este carajo de crío lo
ha contado como le ha dado la gana, mi palabra de honor, se lo juro por mis
muertos, que le ocurrió al barco Chiclana, de Cádiz, en la travesía del
Estrecho con muy malos tiempos. Eso no lo he visto yo, pero me lo han contado
cuando estábamos con la pareja en Cádiz.
La risa del contramaestre ocupaba todo el rancho. Manuel
Espina dejó de cabalgar por los amarillos de Arizona. Dijo:
—¿Es que no se va a poder ni leer?
En las máquinas, Juan Arenas y Gato Rojo hablaban a
gritos. Roncaba el motor, batía la hélice, la mar golpeaba los costados en un
chapaleo violento. Las chapas de la cala, resbaladizas y sucias de gasoil y la
grasa, zumbaban con el tiemblo de la marcha. Juan Arenas subió por la
escalerilla hasta las pasaderas del rancho y el beque. Tenía colgada la botella
de vino de la agarradera de la escotilla. Se largó una cintura de vino.
—Gato Rojo, ¿quieres?
Repitió el viaje y dejó colgada la botella.
Gato Rojo doblaba, ayudándose de unos alicates, los
alambres de cable para hacer la huevera. Estaba muy atento a la labor.
—¿Quieres un trago? —dijo Arenas.
—Luego.
—Mañana hay que comer bonito, hay que tirar unas líneas a
los peces.
—¿Con esta mar? Como no cambie el tiempo. Como no venga un
recalmón.
—Vendrá, no es mes de malos tiempos largos.
Juan Arenas se apartó de Gato Rojo, canturreando. Echó una
ojeada a los manómetros. Juan Arenas malcantaba a los cuarenta y tres años,
quemada la voz por el vino, el tabaco y los hornos de los bous antiguos. Aún le
quedaba un hilo y una manía por el flamenco y los tangos. Al canturrear imitaba
los dejos andaluces de los espectáculos folklóricos: «Sensillo, quisiera ser
marinero, caunque difisí é sensillo, en un barquito velero, pintaíto de
amarillo, que é de mi compare Piñero». Le podía el fandango y lo comenzó de
nuevo. Lo interrumpió para maldecir. No subía el aceite por el tubo del
manómetro. Llamó a Gato Rojo.
—Tú, que no sube el aceite.
Los dos engrasadores estuvieron un rato probando en la
manecilla. Gato Rojo solucionó el caso: —Llama a Ventura.
—Se va a cabrear si está durmiendo.
—No duerme, está leyendo novelas —bajó la voz—. Esta
noche, en el barco, el único que duerme de verdad, sin importarle los balances,
es el señor Simón y, claro, ese lastre de Ugalde. Los demás están como las
merluzas, con un ojo en la superficie y el otro en el fondo.
—¿Qué dices?
—Que llames a Ventura.
Domingo Ventura dormía en un camarote pegado al rancho de
los engrasadores. Solfa tener la puerta abierta y pasaba los viajes echado,
leyendo novelas o durmiendo. Juan Arenas subió por la escalerilla. Llegó hasta
la puerta del camarote.
—Ventura.
Domingo Ventura contestó perezosamente:
—¿Qué pasa?
—El aceite, que no sube.
—¿Has mirado el codo de entrada?
—¿Y la manecilla, que se suele agarrotar?
—Sí.
—¿Y has golpeado la pared del depósito por si los posos…?
—Sí.
—Bueno, pues ya voy.
Bajó Arenas a las máquinas. Al rato, apoyado en la
barandilla de la pasadera, galbanosamente, Domingo Ventura ordenaba lo que
debían hacer. El aceite ascendió por el tubo.
—¿Ya está? —preguntó Ventura.
—Sí.
Todavía se quedó unos minutos en la pasadera, sin
decidirse a volver al catre. Luego se quejó:
—Eso de ahí abajo está muy sucio, a ver cuándo lo
limpiáis. A ver cuándo echas un par de horas limpiando eso, Juan.
—Cuando comience la pesca.
—Bueno.
Arrastrando los pies, se volvió Ventura a la litera. Se
quitó los zapatos y se tumbó en la colchoneta. Cogió una vieja revista gráfica,
la sostuvo entre las manos, la dejó abierta sobre su vientre y cerró los ojos.
Gato Rojo doblaba alambres para hacer la huevera. Juan Arenas canturreaba
mientras frotaba con un cotón los indicadores del motor.
El patrón de costa se obcecaba en sus opiniones. Discutían
con él los tres ocupantes del rancho de popa. El patrón de costa manoteaba
nervioso. Afá estaba sentado con las piernas colgando fuera de la litera.
Macario Martín se limitaba a dar patadas en el techo y hacer signos negativos,
distraídamente, con el dedo índice de la mano derecha. El engrasador Manuel
Espina, que había hecho algunos años de la carrera sacerdotal, aplicaba
silogismos.
—Usted dice que el patrón de costa es el que manda el
barco. Bien. Pero el patrón de costa hace lo que le dice el primer patrón de
pesca de la pareja. ¿No es eso? Pues entonces el patrón de costa no manda el
barco.
—No, señor, el que manda el barco soy yo, porque si yo
quiero ahora mismo no vamos a Gran Sol, sino a España, aunque luego tenga que
responder en la Comandancia de lo que he hecho.
—Pero usted no se vuelve a España sino que va donde el
pesca dice. Lo mismo al Petí Sol que al Jones o al Melville, luego usted no
manda el barco.
Paulino Castro discutía siempre sobre su autoridad en el
barco. Los marineros no se conformaban con la afirmación de que él era el que
lo mandaba.
Los marineros se ajustaban al trabajo. En el trabajo
mandaba el patrón de pesca, pues aunque el que condujese el barco fuera el
costa, el que mandaba de verdad era el pesca.
El contramaestre Afá ponía ejemplos que aumentaban la
confusión, haciendo la discusión un grito conjunto, una suma de monólogos
violentos, una disparidad total de opiniones, con la que todos se entretenían.
—Si, por ejemplo, patrón…
Pero Paulino Castro no escuchaba, explicaba a Manuel
Espina que a su vez explicaba a Macario Martín, que pretendía atender a su
amigo Afá, mientras con los dedos hacía signos negativos a Paulino Castro.
—Si, por ejemplo, patrón, un suponer, usted dice que el
patrón de pesca no manda nada, ¿con quién se las entiende usted, con el armador
o con la Comandancia…?
—Yo mando en el barco, él manda en la faena, pero yo puedo
llevar el barco donde me da la gana porque yo soy el responsable de lo que
suceda a bordo.
—Mira, Macario, esto es como si tú, que estás de cocinero,
bajas a las máquinas estando yo de guardia…
—Que no, que no… el que manda soy yo… Si, por ejemplo,
usted… si el costa dice una cosa y el pesca otra…
Apareció Domingo Ventura en el hueco de la puerta.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¡Qué gritos! Intentaron explicarle
el asunto.
Fue tomado por juez. Cuando se enteró, dijo:
—El patrón de costa tiene razón. Yo mando en las máquinas
y él manda en el barco. Ahora bien, el patrón de pesca es el que manda en la
faena de pesca, es decir, en la pesca exclusivamente.
Macario Martín terminó con las razones vagamente jurídicas
del patrón de costa, con las afirmaciones del motorista.
—Entonces, ¿a qué vamos a Gran Sol, a dar un paseo con el
barco o a sacar peces?
—Con vosotros no se puede hablar porque sois unos burros
—dijo Paulino Castro.
Y los dos incomprendidos, los dos jefes, se aislaron de la
conversación general, mientras ésta coleteaba todavía en bocas de Espina, de
Macario y del contramaestre.
La huevera de Gato Rojo era un prodigio de artesanía. Juan
Arenas la contemplaba entre sus manos.
—Así no se romperán y los podré contar todos los días.
Llevaré bien la cuenta por si alguno me quita…
—Yo sólo te cogí una vez un huevo, y te lo dije, Carmelo.
—Ya… si yo no digo.
El pito del tubo acústico sonó largamente.
—Que suba el patrón, que lo llaman desde el otro barco.
Juan Arenas ascendió precipitadamente la escalerilla y
corrió por la pasadera.
—Patrón, que le llaman desde el otro barco.
Paulino Castro abandonó el rancho de popa. El motorista
comenzó a discutir con el contramaestre. Manuel Espina volvió a galopar por los
amarillos de Arizona. Macario Martín pasó sus desnudos pies por el recorte de
la dama del calendario y entornó los párpados suspirando suavemente.
Roló el viento al noreste. Había dejado de llover y se
había hecho una clara en el cielo. Se veía un apretado cardumen de estrellas.
Al suroeste las agrillas luces del Uro hacían la mar honda en el enfile. Llamó
Paulino Castro por la radio.
—Aquí Aril, Aril, Aril, Aril… Llama Aril a Uro… ¿Qué pasa?
¿Qué pasa?
Cambio.
Como un zumbido se oyó la voz del patrón de costa del Uro
en su respuesta.
—Uro, Uro, Uro, Uro… Uro a Aril, Uro a Aril… Las toberas,
Paulino, media hora. Estamos al garete, acercaos. Cambio.
Paulino Castro barbarizó por el micrófono, luego dio una
orden:
—Venancio, todo a babor.
Marcó en el telégrafo: Avante. Media. Sopló en el tubo
acústico y ordenó:
—Ciento ochenta, Arenas.
Juan Arenas contestó:
—Ciento ochenta.
Se abrió la puerta del cuarto de derrota y apareció Simón
Orozco, descalzo, la pretina del pantalón suelta.
—¿Por qué cambias el rumbo?
Paulino Castro contestó de mal humor. —Las toberas del
motor del Uro.
Barbarizó Simón Orozco. Su gran humanidad cubría el hueco
de la puerta.
—Vagos —terminó—, eso hay que mirar en puerto antes de
desatracar.
Las luces del Uro se acercaban por el enfile de la proa
del Aril. De nuevo zumbó la radio.
—Uro, Uro, Uro, Uro… Uro a Aril…
Simón Orozco se volvió a la litera. Se extendía la clara
en el cielo. Se distanciaban las estrellas. Paulino Castro abrió el ventanillo
de babor.
—Noreste bueno —dijo.
Venancio Artola se fue al dicho.
—El noreste del sábado no llega al lunes, patrón.
Repetía la voz zumbante de la radio.
—Uro, Uro, Uro… Uro a Aril.
El Uro delante de la proa del Aril se arronzaba un punto
con la marejada.
III
NORESTE claro, noreste quirriquirri. Hervía la mar;
rojeaba, empañado, el sol. Malos tiempos en Tearaght, Great Skelling, Bull,
Fastnet, faros de Irlanda.
Galbarra en Machichaco. Malos semblantes en Igueldo. En
Cabo Mayor la mar blanca, cortada de una franja negra hacia el norte. Por
Finisterre sol con barbas, viento con aguas.
Paulino Castro se aburría en el puente y salió hacia popa
por el espardel. El contramaestre, Macario Martín y Juan Arenas estaban a la
cacea del bonito.
Domingo Ventura fumaba y mecía la pereza sentado en una
banqueta, contemplando.
—¿Habéis sacado alguno? —preguntó Paulino.
—Dos, patrón —dijo Macario—. Pero van a caer bastantes.
Mire la mar.
Por popa, en la estela blanca, cruzaba la selguera
aumentando el hervor de las aguas.
—El otro barco lleva lo menos una docena —dijo Afá.
El Uro navegaba casi paralelo al Aril a media milla.
—Prepara bien las ventrechas —dijo Paulino.
—Sí, patrón —respondió Macario.
—Las ventrechas las voy a preparar yo porque éste no sabe,
las quema —dijo el contramaestre.
De pronto la línea de Macario dio un tirón. Gritó Macado.
—Parad la máquina, parad la máquina.
Se dejó de oír el ruido del motor. El barco avanzó
suavemente. Afá se escupió las manos, entregó su aparejo a Domingo Ventura y
comenzó a tirar de la línea de Macario. Se animaban con voces.
—Hala, hala, que ya está.
El bonito chancleteaba por la superficie de las aguas.
Juan Arenas, con un bichero en las manos, se apoyó en la aleta por estribor.
Tiraba mucho el bonito.
Paulino Castro animaba desde el espardel.
—Venga, arriba, venga, arriba.
Al primer golpe de bichero, Juan Arenas no acertó. Después
izó el bonito a bordo. El contramaestre Afá gritó:
—Avante.
Paulino Castro repitió la voz cerca de la escotilla de
máquinas. El barco reanudó la marcha.
—Buen bonito —comentó Macario. Las manos de Afá sangraban.
—¡Cómo tiraba el diablo!
El bonito saltaba agonizando en la cubierta.
—Tienen que caer muchos —dijo con entusiasmo Macario—.
Muchos.
Paulino Castro miró al cielo.
—Si da tiempo, porque esto lleva camino de ponerse muy
mal.
Todos miraron al cielo. Macario Martín fijó la mirada en
el sol rojo.
—José, ¿cuántos fogoneros llevará el sol? No esperó la
respuesta. Afirmó:
—Lo menos lleva doscientos fogoneros.
La línea de Juan Arenas se tensó. Gritó. —Alto la máquina,
alto.
Paulino Castro repitió los gritos. El bonito se desprendió
del anzuelo.
—Se ha ido; buen viaje. Saludos a tu madre, mozo —dijo
Arenas.
Juan Arenas comenzó a cobrar el aparejo. Paulino ordenó
por la escotilla:
—Avante.
En el rancho de proa, estribor euskaldún, babor galaico.
Juan Ugalde y Venancio Artola por los murmullos de su idioma, hablando de
mejores fortunas.
Juan y Celso Quiroga por las romanceadas suavidades de su
lengua, quejándose a mala palabra de la vida del pescador. En el rancho de
proa, unidad de opinión sobre la plata.
En el puente, aburrimiento de la guardia al timón. Joaquín
Sas —el ojo al rumbo: N 26 W, el pensamiento a costa— silbaba por silbar,
cantaba por cantar, imaginaba por imaginar. En el cuarto de derrota el patrón.
Simón Orozco tomaba experiencia olvidada de su cuadernillo de notas. Por años,
por meses, por días, las pesquerías de su vida. Los pulsos de la mar en cifra y
letra. Subió la merluza a las playas adelantándose en veinte días al año
anterior. Barco hundido en Melville. ¡Cuidado el arrastre por los filos del
banco! Cambio de corriente en Parsons. La merluza baja a los espigones
franceses. El besugo, mal. Cajas: setenta, ochenta, cien. Cajas, siete, muy
mal. Los tantos por ciento a la izquierda en columna aparte. Simón Orozco,
echado en su litera, calculaba la moneda que lleva cada ola, si salía cara, si
salía cruz; calculaba en la rosa de los vientos como en una ruleta, y dejaba
opinión en su rolar. Sureste bueno o sureste malo, según qué banco, qué
sondaje, qué marcha, qué aparejo.
En las máquinas Gato Rojo construía hueveras para sus
compañeros Arenas y Espina. Domingo Ventura había visto con malos ojos que no
contara con él para el asunto de las hueveras. La venganza fue la orden de
arranchar máquinas antes de que comenzara la pesca. Gato Rojo, cuando quería,
se quedaba sordo del son del motor. Lo pensó: No doy coba ni a mi mismo padre,
quien quiera una huevera que se la haga. Yo las hago para los que me las piden
por favor.
En popa no se volvió a pescar en una hora y Macario Martín
se cansó de sostener su línea. Fue a la cocina, con la orden expresa de Paulino
Castro de que le reservara una ventrecha de bonito, pero que no se la
preparase. Macario pensó que su falta de tino en la cocina le evitaba trabajos.
Se dedicó a preparar la comida de la tripulación, porque llegaba el mediodía.
A mediodía siete hombres se acomodaron en el espardel en
torno de la gran marmita. Cada uno tenía su pan, su vino, su cuchara. El patrón
de costa Paulino Castro preguntó:
—¿Se ha separado para la guardia?
De guardia al timón estaba Juan Ugalde; en máquinas,
Arenas.
El Matao respondió: —Sí, patrón.
—¿Les has servido bien?
—Sí, patrón. Más de lo que nos toque a nosotros.
La ley de la mar se precisaba meticulosa en el respeto de
las guardias.
Paulino preguntó:
—¿Falta alguien?
Replicó el contramaestre:
—Domingo Ventura no quiere comer. Manuel Espina está en
papa pescando y se le ha separado pre. A Gato Rojo no le gusta el bonito.
Paulino Castro se quitó la boina. Le imitaron los que
estaban cubiertos.
Paulino extendió la mano derecha sobre la marmita e hizo
el signo de la cruz.
Dijo:
—A Jesús. Coman.
Todos esperaron a que el patrón metiera la cuchara en la
marmita. Luego, por riguroso turno, evitando molestarse en la apretura del
corro, fueron cogiendo el bonito con patatas. Comían con parsimonia, con
nobleza, con hambre. El patrón los animaba de vez en vez.
—Coman, coman.
El contramaestre Afá dio su asentimiento a la comida.
—Está bien, Matao, a ver si te conservas en forma hasta
que acabe el viaje.
El Matao sentía una holgura interior por el elogio.
Explicó lo que era el oficio de cocinero.
—Ser cocinero en un barco es lo peor que se puede ser en
el mundo.
Cuando está bien la comida, nadie te dice que está bien;
cuando está mal, todo va por la borda y todos dicen que mal. Encima, para
todos, eres un ladrón el día que dices que se ha acabado el aceite o que no hay
cebollas.
Joaquín Sas miraba de reojo al Matao. Joaquín Sas llevaba
mucho amargo en el cuerpo.
—Tu obligación es hacer las cosas bien —dijo—, no hacer
las porquerías que sueles hacer. No tienes por qué estar orgulloso para una vez
que lo haces un poco regular.
Terció Paulino Castro:
—No lo hace tan mal, Joaquín. A ti te quisiera ver yo de
cocinero.
—Para hacerlo como éste, seguro que servía —fue la
respuesta de Sas.
El contramaestre Afá tenía ganas de divertirse.
—Pero ¿no le contestas, Macario? Tú que no te callas ni
con pez en la boca.
Pero ¿no le contestas? ¿No ves que te está dejando en
ridículo?
Macario Martín le dio un trago a su botella.
—¿No puedes dejarme en paz, José?
El viento tiraba a brisote. Crecía la mar. Por barlovento,
en el horizonte blanco, se recortó una vela roja. El primero que la vio fue
Macario. Dijo:
—Un pití.
De la isla de la Croix, de Lorient, de La Rochelle, salen
a la mar los veleros del bonito, aparejados en balandra, con las velas
coloreadas. Ocho hombres, dos meses de mar.
—Esta tarde veremos muchos —dijo el patrón de costa—. Y
mañana barcos grandes, cuando cortemos la línea del Paso de Calais. La gente de
los pitís sí que es marinera.
—No embarcaba yo en ésos —dijo Joaquín Sas—, ni con
soldada doble.
El pití cogía bien el viento. Se acercaba. Se le veía el
casco, a medias.
—Viene a nuestro rumbo. Hacen tanta marcha como nosotros
—dijo el patrón de costa—, en cuanto cogen un buen viento. Cuando no hay
viento, siesta, y cuando hay malos tiempos, disgustos. Esa gente sí que es
marinera.
—Durante la guerra —dijo Afá— se abarloaban muchas veces a
nosotros.
Se han hecho negocios con ellos…
Macario Martín interesó a todos mostrando sus
conocimientos de la pesca en los pitís.
—Pescan a la cacea como nosotros, con esas perchas —hizo
una pausa. y señaló al pití—. Esas perchas que salen, ¿no las veis? Ya a bordo
el pez, lo sangran y lo ponen a oreo bajo unos toldos, que no les dé el sol,
porque se pica la carne; solamente los vientos. La carne, yo la he comido en
Francia, es mejor que mojama y más blanca.
—Eso es estropear el bonito —afirmó Sas.
—Tú qué sabes, tú a comer rayas y pintarrajas que es lo
que les gusta a los de tu pueblo. Tú qué sabes, si no has visto el mundo por un
agujero.
La edad, la experiencia, el menosprecio que ejercía
Macario con sus palabras se imponían. Joaquín Sas se desconcertó, buscaba
respuesta. Macario Martín se le iba una y otra vez como una mala mar.
—En cuanto uno se calla por educación y no contesta a las
pijadonas que decís, lo tomáis por popa. Pero tú qué sabes, si yo puedo ser tu
padre y debías comenzar por tratarme con respeto y por aprender lo que yo digo
por si algo se te quedaba en este pañol vacío que tienes por cabeza. Pero ni
qué sabes…
El tono agrio de Macario Martín había aumentado. A veces
le daba un arrechucho de mal humor, cuando se sentía despreciado, cuando se
cansaba de las bromas, cuando alguien se pasaba en el tono del trato de
bufonadas. Macario Martín sacaba sus veintisiete gatos hambrientos —según su
amigo el contramaestre— y se los echaba recién escaldados a la víctima.
Entonces lo mejor era callar.
Intervino el patrón de costa:
—Vamos, vamos, Macario, lo único que ha dicho Joaquín es
que le parecía que eso era estropear el bonito.
Macario Martín no escuchaba. Dijo:
—Con cuarenta años en la mar, me van a venir los grumetes
dando lecciones. Digo grumetes, grumetes he conocido yo que sabían más de mar
que todos vosotros juntos —barbarizó por las galletas de los palos arriba—, que
todos vosotros que os las dais de marineros que se las saben todas.
El contramaestre no fue afortunado en su intervención.
—Macario, no sigas que los matas a todos.
—Como tú, Afá, tú eres contramaestre de boquilla, por la
misma razón que te podían llevar para arreglar estachas. Como tú…
José Afá se enfadó:
—Bueno, bueno, bueno… —hablaba con cierto retintín—.
Bueno, Macario, vete calmando que todos tenemos la lengua larga, que todos
sabemos decir cosas… Bueno, bueno, bueno, Macario, vamos a olvidarlo todo y a
seguir comiendo tranquilos…
Macario Martín comprendió que se había excedido. Buscó
alguien con quien compartir sus opiniones. Se ablandó.
—Es que a uno lo sacáis de su rumbo por hacer gracias y
luego os quejáis…
El contramaestre Afá miraba a la marmita y movía la cabeza
negativamente.
—Bueno, bueno, bueno. Macario, que todos nos conocemos,
que todos tenemos nuestros hígados en sus sitios… Bueno, bueno, bueno…
Cortó el patrón de costa con torpeza, con la eficacia de
su autoridad.
—Se terminó. Tú, Celso, cuenta alguna cosa.
Aquella discusión hubiera necesitado irse acabando por sí
misma. Todos quedaron descontentos y recelosos. Celso Quiroga preguntó:
—¿Y qué quiere usted que cuente, patrón?
De popa llegó, aguda, la voz de Manuel Espina.
—Alto la máquina, alto.
—Arenas —gritó el Matao—, para el motor.
Dejó de oírse el ruido del motor. Macario Martín y Joaquín
Sas corrieron por el espardel. Joaquín se descolgó sobre la cubierta del pañol.
Comenzó a tirar del aparejo mano a mano con Espina. Macario los animaba desde
la barandilla.
—No lo dejéis cobrar un palmo. ¡Hala, hala, hala! Es
grande. Cuidado, llevarlo por arriba que chancletee.
Joaquín Sas ayudado de un bichero lo izó a bordo.
Cogiéndolo por la cola Manuel Espina lo sopesó.
—Hará siete quilos.
—Por ahí —dijo Sas.
—Pocos más o menos ya hará los siete —corroboró Macario.
Manuel Espina gritó al desgañite: —Avante libre.
Arenas entretenía el fastidio de la guardia —afretando en
vano las planchas de cobertura y cantando por lo bajo: «Sensillo, quisiera ser
marinero, caunque difisí é sensillo…». El fandango, repetido una y otra vez,
arrastraba los minutos, ocupaba el pensamiento.
—Alto la máquina.
—… en un barquito velero. ¡Ya va! Pintaíto de amarillo…
No había salido bien y repetía el verso, al parar el
motor.
—Pintaíto de amarillooó, pintaíto de amarillooó, que é de
mi compare Piñero.
—Avante, máquina.
Nadie le iba a oír, pero discurseaba.
—¡Ya va! Y a ver si acabáis, que no está aquí uno de
perejilero… Pintaíto de amarillooó…
Las guardias de máquinas, en solitario, hacen que un
hombre exprese su pensamiento hablando, combatiendo con las palabras el son
monótono y neutralizador del pensamiento que da el motor.
—Voy a pegarme un golpe de vino —dice Arenas—. Tengo la
boca con sabor a gasoil —dice—. Esto le quita a uno las ganas de comer —dice.
Subió la escalerilla hasta la pasadera. Descolgó la
botella. Escupió y creyó escupir el sabor del gasoil. Bebió largamente. Se
enjuagó con vino y bajó a las máquinas. Estaba alegre.
—Sensillo, quisiera ser marinero, caunque difisí é
sensillo. Sensillo, sensillo…
Juan Ugalde acariciaba con las palmas de las manos las
cabillas de la rueda del timón. En la guardia del puente se podía pensar, si
había algo en qué pensar, porque si no Juan estaba al rumbo y distraído con el
capuceo de la proa. Juan Ugalde tenía amplia la mar para pensar, para lanzar el
pensamiento hacia el horizonte. Pensaba que su patrón Simón Orozco se había
equivocado. Había estado de chiquito en los barcos yanquis. No sabía cuánto,
pero sí mucho tiempo.
En los barcos yanquis le iba bien, ¿por qué se vino? El
patrón Simón Orozco se había equivocado. Él no hubiera vuelto. Para andar a la
mar lo mismo se anda en barcos yanquis que en los barcos de Pasajes o de donde
sea. Pero en los barcos yanquis se gana buen dinero, muy buen dinero, que no se
gana en otro sitio, y se come bien, muy bien, y se puede guardar para cuando se
deje la mar y poner un bar o comprar un sardinero o casarse en América con una
rubia de perras, fea y sin tetas, pero de perras. Así dicen los que han estado
en Nueva York y los pelotaris que han jugado en el sur, en Miami… Luego se
vuelve a casa de visita, acaso con un cochazo. Se puede estar seis meses en el
pueblo gastando, yendo a San Sebastián, a Bilbao, a los toros de Pamplona, a
Vitoria por la Blanca. Se puede ir donde se quiera, hacer lo que a uno le da la
gana. Si le da a uno la gana, agarra el cochazo y tira para Bilbao a cenar y a
lo que salga… El patrón Simón Orozco, metido en su cuarto, aburrido, a veces
rabioso, ¿por qué no se quedó en los barcos yanquis?
Al patrón Simón Orozco, Macario le había subido la comida
al cuarto de derrota. Simón Orozco comía a las doce en punto del mediodía,
cenaba a las siete y media de la tarde «hora de Grimbich», decía Macario.
«Hasta para hacer del cuerpo, diez de la mañana, hora de Grimbich», decía
Macario. Simón Orozco nunca ponía reparos a la comida, ponía reparos a la hora.
Si Macario se descuidaba y no eran las doce en punto o las siete y media en
punto, cuando subía la comida, Simón Orozco le decía pocas, pero ofensivas,
humillantes, agrias palabras. Macario bajaba a la cocina barbarizando. El
fisgón de turno echaba sal en las llagas.
—¿El señor sultán te ha dado el puntapié que te prometió?
La imaginación escatológica de Macario Martín abría nuevas
rutas al comercio carnal, prostituyendo la fauna submarina, ensuciando el
nombre del patrón letra por letra. El fisgón de turno quedaba satisfecho y se
iba a los ranchos a contar las creaciones de Macario Martín.
Simón Orozco escribía el borrador de una carta. Abiertas
las piernas, apoyado sobre la mesa, cansaba el pulso en la dificultad de
escribir cargando el peso en el brazo para no perder el equilibrio en los
balances. Escribía a un amigo. La carta le costaba cuatro borradores. Los
cuatro borradores le ocupaban los ocios de los días sin faena en el viaje. Dos
borradores al ir a Gran Sol. Dos al volver. La carta definitiva en el bar de la
lonja, ya en puerto. Cada viaje una carta: a veces al amigo de Barcelona, a
veces al amigo de Bilbao, a veces a su mujer, por si los días de descanso en
puerto no daban margen para visitarla. Cuando iba a ver a su mujer y a sus
hijos a Pasajes o a Elanchove, iba por cuatro días, solamente por cuatro días,
únicamente por cuatro días; la mar tiene su tajo.
Escribía con una caligrafía de colegial. En las mayúsculas
se esmeraba en el arabesco y ponía especial atención en las volutas de los
rasgos terminales. En el texto no había ni arabescos ni volutas. El texto era
sobrio y enjundioso. A veces corría la pluma en un rasgueo no previsto
producido por un balance del barco.
Simón Orozco lo arreglaba añadiéndole una espiral o lo
tachaba con rayitas hasta su cálculo caligráfico. Dejó la pluma en el tope de
una regla para que no cayera al suelo y taponó el tintero, de tinta aguada, que
sostenía con la mano izquierda. Simón Orozco descansó apoyado por la cintura en
la mesa del cuarto de derrota, contemplando la mar de proa por la puerta
abierta. Dijo algunas palabras en vasco a Juan Ugalde, que volvió la cabeza,
afirmando. Luego cogió la petaca y, sonriendo, comenzó a liar un cigarrillo.
Gato Rojo socorría la pesada conversación con Domingo
Ventura ocupando las manos en encordar el mango de un cuchillo. Estaba echado
en su catre. Domingo Ventura ocupaba el de Manuel Espina y le revolvía las
novelas que guardaba en la taquilla de la cabecera.
—¿Qué tal ésta?
—¿Cuál?
Le mostraba Domingo la cubierta y Gato Rojo se incorporaba
para verla.
—No sé, no la he leído. Me aburren esas novelas.
—¿Y ésta?
Gato Rojo se volvía a incorporar.
—No sé.
—Pues ésta debe de estar muy bien.
—Seguramente.
—Me voy a llevar estas dos.
Gato Rojo encordaba parsimoniosamente el cuchillo de
limpiar pescado.
—Si sacamos mucho bacalao —dijo—, tenemos que echarles una
mano a los de proa, porque ha dicho Afá que el que no trabaje no entra en el
reparto de lo que se sale.
—Afá dirá lo que quiera, pero en el bacalao salado tenemos
nosotros tanto derecho como los marineros. ¿Es que no es trabajar lo que
nosotros hacemos?
Continuó Domingo, cambiando de conversación:
—Me voy a llevar tres. Ésta, ésta y ésta. Las leo en
seguida. Le dices a Manuel que se las he cogido yo.
—Díselo tú.
—Bueno, se lo diré yo.
—Afá tiene razón. La marea pasada, el único que subió a
cubierta a limpiar pescado fue Espina. Sin embargo, repartieron con nosotros.
Domingo Ventura disculpaba la falta de compañerismo. o.
—Tú tuviste que trabajar. Arenas igual. Yo tuve que
dirigir el trabajo. El único que quedaba era Manuel y Manuel fue. Si a uno le
queda un rato libre en el trabajo lo lógico es que lo dedique a descansar. No
tiene por qué quejarse Afá, que no hace más que hablar y es el que menos taja.
—Podíamos haber subido algún rato, aunque sólo fuera para
hacer la muestra.
—¿Y el motor? Cuando se changa, ¿baja alguno a echarnos
una mano?
Todos vuelan alrededor, sí, para ver, pero en cuanto les
dices que hagan algo se escapan. No, no tiene por qué quejarse Afá.
Gato Rojo había terminado de encordar el mango del
cuchillo. Saltó de la litera.
—Voy a darle un filo —dijo.
Domingo Ventura acababa de abrir una de las novelas que
había seleccionado y perdía la mirada por sus primeros prometedores renglones.
La barata épica de la colección de novelas del Oeste americano exaltaba su
imaginación. Domingo Ventura, echado en su catre, fumando un cigarrillo y con
una novela que abundase en fuegos de revólver y luchas cuerpo a cuerpo, era el
hombre más feliz del barco. Domingo Ventura se acomodó en la litera de Manuel
Espina, cruzó las piernas, después de haberse sacado con un movimiento mecánico
los zapatos, encendió un cigarrillo y una gran felicidad le invadió.
Se afoscó el cielo. Amainó el viento. El sol cambiaba en
la bruma: rojo a naranja, naranja a limón, limón a color de vientre de pez,
hasta que su círculo tan patente, tan recio bajo el cielo y sobre la mar, se
fue rompiendo, escamando en las aguas y quedando sólo una luz extensa, triste y
parigual.
Por el aguaje del Aril rumbeaba el Uro. La mar de vista se
estrechaba con la bruma, la mar del peligro se ensanchaba en la confusión de la
cargazón de la atmósfera. El pití había cortado el rumbo de la pareja hacia el
suroeste, y era ya una minúscula mancha roja perdiéndose en la lejanía. Por el
onduleo de las aguas volaban rasando los petreles. Los petreles chupaceites:
«Negra la pluma, negro el augurio, negra y bien negra la mar que los parió»,
dice Celso Quiroga.
Los petreles o martinas que no temen los malos tiempos,
que «chivan los malos tiempos cuando van a sorber los sebos y aceites de la
estela», dice Macario Martín. Las fardelas que señalan las selgueras habían
desaparecido con la selguera. Las ligareñas cuqueaban con los petreles
trenzando y destrenzando sus vuelos a popa. El pájaro coprófago, el pájaro
cágalo, perseguía ligareñas y petreles buscándose la comida. «El cágalo es como
un carabinero del culo», dice el contramaestre Afá.
La tertulia de popa, sobre los aparejos en el saltillo,
contemplaba la mar y los pájaros de la mar. Al noreste, al rumbo de sus juegos,
perseguidos y perseguidores los delfines saltaban, alegrando la vista. Había
mucha pereza en la tertulia para preparar el arpón y esperar la ocasión de que
los delfines se rascasen las barrigas con la proa del barco. Había una modorra
del afincamiento del cielo que impedía toda acción. Sobre los húmedos aparejos
Macario Martín se cambió de lugar dos veces. Apoyó al fin la espalda en la
estampa de estribor.
Para ver a los delfines alzaba la cabeza sobre la tapa de
regala.
En los ranchos sesteaban o leían el resto de los
tripulantes. Manuel Espina estaba en su guardia de máquinas. Juan Quiroga tenía
el timón. En el cuarto de derrota dormía el patrón de costa Paulino Castro. En
el bacalao del puente miraba la mar Simón Orozco.
Los delfines se guiaron hacia el barco para satisfacer los
caprichos del juego: salta el delfín, pasa por la proa al barco, sumergiéndose;
salta el delfín, y vuelve el juego. Vuelve el juego hasta que la manada se
cansa o el arpón sangra la fiesta. Con sangre hay una loca carrera en torno del
barco y de la muerte, que hace la pareja del delfín o la madre del delfinillo
arponeados.
Ocio a bordo.
Simón Orozco ha encontrado asiento junto a la chimenea,
cancha breve del espardel, en un cajón de Canadian Dry, que salió una vez
prendido en el arrastre y que ha servido de jaula a una paloma anillada hasta
que se la merendó Macario Martín. El cajón tiene todavía clavado el trozo de
red que impedía la huida de la paloma y una lata de pimientos en la que bebía
agua. La anilla fue a las olas y se perdió reluciente como una escama en las
verdioscuridades de la mar. «Y van tres», dicen que dijo Macario Martín,
mientras se escarbaba los dientes con una espina larga. Macario Martín, según
pensó Orozco, tenía a veces cosas de portugués.
Pensando en Macario Martín se regocijaba Simón Orozco.
Combinaba las apreciaciones sobre el cocinero: viejo y golfo, tan viejo y tan
golfo; ridículo y valiente, posiblemente en el barco no había uno tan valiente
como Macario; ladrón y honrado a rachas; asqueroso de liviandades, o en los
perfiles de la honestidad a rachas; inteligente o lerdo a rachas; a rachas el
vino de la cerrilidad, de las peores palabras que jamás se dijeron en barco
alguno, de los repentes matones, del aguante —porque aguante como el de
Macario, correa como Macario, pocos— de las bromas de los demás. ¿Quién
entendía a Macario Martín? Simón Orozco lo conocía desde la guerra, lo había
conocido en un bou armado de la flotilla de Euzkadi. Simón Orozco pensaba que
no entendía a Macario Martín. Y sonrió cuando pensó que el que menos conocía a
Macario Martín era Macario Martín.
A Simón Orozco le gustaba apoyarse en la chimenea. El
calor de la chimenea en la espalda y el frescor de los vientos en el rostro le
confortaban.
Miraba a la mar que iba tomando un tono plateado y oscuro,
ventrechado dice el pescador, circuido de natas de bruma. Mirando a la mar, lo
mismo se puede pensar que no pensar. Mirar a la mar es como mirar en un espejo
sin ver más que el espejo. Simón Orozco miraba a la mar sin pensar, sólo atento
al tono plateado y oscuro de sus aguas.
En el saltillo de popa, bajo la cubiertilla de la baranda
del espardel, casi se estaba en el muelle sentado en un noray mirando la mar.
José Afá tenía en los ojos la picazón del sueño de contemplar la mar sin objeto
y un sosiego interior de dulce aburrimiento. A veces entornaba los párpados
para descansar la vista y daba la cabezada de la siesta, pero se recobraba de
pronto. Celso Quiroga se rascaba por todos los sitios, con un orden meticuloso:
tobillos primero, lenta ascensión hasta la cabeza y vuelta a empezar. Cuando
encontraba una zona de fuerte picor se rascaba desesperadamente produciendo con
la boca un ruido de absorción. Macario Martín estaba respirando hondo, con los
labios fruncidos, atenta la mirada, viva la mirada, a la mar, a los aparejos, a
Celso, a José Afá, al agua que se escapaba por los imbornales y que corría por
el regato de la cubierta de la obra muerta al palo de popa —árbol de eterno
vaivén— y a las crenchas de bruma por los cielos.
Habían coincidido los cambios de guardia del motor y del
puente. Manuel Espina estaba acompañado de Gato Rojo, que se ocupaba, después
de haber afilado su cuchillo, en arreglar el tornillete de una llave inglesa.
Juan Quiroga dormitaba sobre el timón como los pájaros arrendotes sobre la mar.
En los barcos de fuegos, los paleadores del carbón saben
que hay un alma asesina en la multitud de las llamas. De los barcos de velas se
sabe, que el viento en un mal calculado impulso de gigante, en el punto donde
la fuerza bruta se hace fuerza de muerte, rompía los equilibrios milagrosos de
las naves, abriendo la estela de los naufragios. En los barcos de motor no hay
mitología de la fuerza.
En la bitácora habita el duende caprichoso de los rumbos
que no se ajusta más que a la llamada de los polos. Danza, danza y danza más.
Nada arriba, nada abajo. Salta como los delfines, vuela como los albatros;
duerme con los ojos bien abiertos, vela con los ojos cerrados; se mece
emperezado, corta paralelos, brinca meridianos. En el carrusel de la rosa de
los vientos, de los rumbos, en la rosa náutica, en la aguja, habita el duende
de la inquietud del hombre. El duende que gasta el corazón del marinero en el
juego de sus treinta y dos caprichos principales.
Se mece emperezado el duende de la bitácora. El Aril sigue
su rumbo. El casco de la caja de bitácora está en un rincón del puente, junto a
la garrafa de vino de Simón Orozco. El casco de la caja de bitácora es como una
escafandra preservadora de la siempre lozana rosa de los vientos. Juan Quiroga
ha quitado el casco para ver mejor los rumbos, pretextando la mala luz de la
tarde brumosa, pálida y falsa. En la rosa había reflejos y sombras.
A estribor el armario de la sonda eléctrica, a babor el
armario de la radio.
Junto a la sonda eléctrica el cuadro de mandos de las
luces de a bordo. Un boquete en el techo en el que hubo un viejo compás que se
observaba en la mesa de la caja de bitácora por un espejo. Los imanes en rojo y
azul de las correcciones magnéticas en tono de la caja, prendidos en la mesa.
Parte desigualmente el piso del puente la cadena del juego de la rueda del
timón, untada de grasa, que sale a los bacalaos y baja a la cubierta, en una
continuación de varillas de hierro, hasta popa.
En el puente no hay objetos sobre los que se pueda
entretener la mirada.
Los ojos del aburrido de la guardia sólo repasan cosas
funcionales: la bitácora y la sonda. El oído del hombre de la guardia sólo está
atento a ruidos funcionales: timbres de máquinas, avisos de máquinas y radio.
Juan Quiroga abre los ojos y, cansadamente, mueve la rueda
en corrección de rumbo. La sestilla de pie seca la boca. Piensa que abajo, en
el rancho, los compañeros estarán tumbados, oyendo a alguno de popa, que les
visita para charlar, pero que monologa. Juan Quiroga siente la pesadez de la
tarde en pequeños dolores articulares, en una leve molestia de la mandíbula
inferior, en la gravedad de los párpados y en el vacío de la cabeza, que en
otra ocasión ya tendría a amores o a pájaros de buenas fortunas.
El contramaestre José Afá, Macario Martín y Celso Quiroga
habían abandonado la popa. José Afá y Macario Martín buscaron los arrimos de
las colchonetas para distraer las penitencias de la imaginación, exaltada en el
aburrimiento, a la caza de fugitivas sombras de hembras. Se encontraron a
Domingo Ventura, que leía bisbiseando. Primero Afá, después Macario Martín, que
había largado la mirada lasciva a la dama del calendario, entraron en
conversación con Ventura.
—Para ratos así —dijo bruscamente Macario— se necesita una
mujer.
La risa de Afá era rotunda de ironía, con un dejo
escalofriado de erotismo.
—¿Para qué quieres tú una tía en un barco, salvaje?
—¿Para qué la querrías tú?
Volvió la risa de Afá. Domingo Ventura tendió a la
templanza.
—Estáis buenos vosotros. Acabáis de dejar el puerto y
estáis ya desquiciados. ¿Qué es lo que hacéis en casa? ¿Es que os tienen a
dieta?
José Afá explicó:
—A mí, Ventura, me dan estas rachas precisamente cuando
salimos o cuando volvemos. No sólo por salir o por volver, sino porque como no
se hace nada y está uno descansado…
—Bueno, tú, bien —dijo Ventura—, pero éste. Éste siempre
está igual lo mismo al ir que al volver, que en medio. Lo mismo trabajando que
sin trabajar.
Lo mismo por la mañana que al mediodía, que por la tarde,
que por la noche, que con frío que con calor —hizo una pausa—. Porque tú,
Macario, eres un tío salido, un tío cerdo que no piensas más que en eso.
Macario Martín se sentía halagado, sonreía satisfecho.
—Que soy un macho.
—Todo lo tuyo es parla —afirmó Afá—. Mucho hablar y luego
nada.
Además, que a tu edad…
Se indignó Macario Martín.
—Qué tiene que ver la edad. Yo estoy más joven que tú. y
que ése. Yo todavía estoy que mato muchas más que vosotros. Tú eres el que
hablas de farol…
José Afá pensó en sus hijas y dijo: Ojalá.
Domingo Ventura llevó la conversación hacia zonas de
calma.
—Me ha dicho Arenas que ha oído al pesca que si pasamos de
las trescientas mil en esta marea, el porcentaje que os corresponde sube a
doce.
—Mentira —gritó Macario.
Asomó la cabeza Ventura para ver a Macario Martín.
—¿Por qué mentira?
—Mentira —volvió a gritar Macario.
—Di por qué.
—Porque Arenas es lo más mentiroso que conozco, que he
conocido, que conoceré en toda mi vida. Es un invento de él para fastidiar.
Buenos son los de tierra para subir aquí nada. Las bases y se acabó. Todo lo
que diga Arenas es una molida mentira.
—Cuando venga se lo preguntaremos —dijo serenamente
Ventura—. Se lo preguntaremos y él te lo dirá.
Macario Martín reclinó la cabeza en el saco que le servía
de almohada y sopló fuertemente, significando que ya estaba de vuelta de todas
las noticias que pudiera dar Juan Arenas, ya fueran buenas o malas. José Afá no
creía en la subida del porcentaje, pero las palabras de Ventura habían
reavivado el ascua de su candorosa esperanza.
—¿Y por qué no va a poder ser, Matao, que pasando la marea
de trescientas mil pesetas se les ocurra pensar en nosotros?
—Porque no —dijo Macario secamente.
El contramaestre estaba incorporado en su catre, mirando
pensativo el suelo del rancho. Dijo en voz baja:
—Pues pudiera ser.
—Quítate eso de la cabeza, José —suavizó la voz Macario
Martín—, son veinte o treinta duros más que no van a ninguna parte y que,
además, no te darán, aun suponiendo que pesquemos por más de trescientas mil.
Leía Domingo Ventura sin preocuparse de la conversación
del contramaestre y el cocinero. A él le preocupaba poco la subida del
porcentaje de la marinería y de los engrasadores. Él, como el patrón de costa,
cobraba un uno por ciento del total de la pesca. No iba con él la esperanza de
un porcentaje más alto.
Afá preguntó a Macario Martín:
—¿No tienes por ahí algún periódico viejo al que se le
pueda echar una ojeada?
—Había traído dos, pero me los ha gastado Arenas en el
beque.
Afá reclinó la cabeza y comenzó a pensar en sus hijos, en
su casa, en su mujer, en lo que importaban treinta duros más que no iban a
ninguna parte.
Macario notó frío en los pies y se apresuró a cerrar el
ojo de buey.
—Hoy vamos a tener jota con este viento racheado.
Con una tijera oxidada comenzó a cortarse las uñas de los
pies. Domingo Ventura asomó la cabeza, esperó a que Macario tirase un corte de
uña al suelo.
—Marrano.
—Vete a tu catre.
—No te…
Ventura siguió leyendo. La risa de Macario era profunda y
ahogada.
Macario se sentía contento.
En el rancho de proa Juan Arenas recontaba una historia de
la guerra, hablando falsamente de su cobardía, pero en la que su persona
aparecía en los momentos precisos y en los lugares de mayor peligro.
—… bajaban muertos, helados, y yo al ver aquellos
detalles…
El único que le escuchaba era Celso Quiroga. Juan Ugalde y
Venancio Artola hablaban en vasco, cerrando a pares. Joaquín Sas tenía el
meollo a los números y a veces intervenía sin enterarse de la historia de
Arenas, cortando las frases.
—Cuento.
—¿Cuento? ¿Cuento? —barbotaba Arenas—. Quisiera que lo
hubieses visto. ¿Cuento? Te lo juro por mi madre. Bajaban del monte arrecidos
de frío, habían estado sin comer cuatro días. Eso lo he visto yo. Te lo juro
por mi madre, Celso, que lo de Asturias fue así, como te lo digo.
—Cuento —interrumpía Joaquín Sas.
Arenas prescindía de las intervenciones de Sas, aunque
quedaba herido en su sensibilidad de Tabulador poco convincente.
—Fue el veintitrés de diciembre exactamente, acababa de
recibir yo un paquete de mi mujer con unos jerseys, hacía un frío… éste
—señalaba a Sas— tenía que haber estado allí, este que cree que es cuento…
Hacía un frío como si te metieran ocho horas desnudo en la nevera de este
barco, así, pero vestido; a éste, a éste lo quisiera yo haber visto por allá.
—Juanito, almirante —dijo Sas—, deja ya de hablar, que nos
cansas mucho.
Arenas ensayaba un gesto de desprecio. Hacía ruido con la
boca.
—No le hagas caso, Celso —dijo Sas—, todo lo que cuenta es
mentira.
Paulino Castro despertó de la siesta. En el puente
conversaban el marinero de guardia y el patrón Simón Orozco. Salió el patrón de
costa. Comenzaba a llover. Llegaba el viento norte estirado y constante.
Cabeceaba el barco. Paulino Castro bajó a la cocina.
Desde la llegada del patrón de costa a la cocina el fogón
estuvo funcionando sin interrupción. Paulino se preparó la ventrecha de un
bonito y se la comió. Afá hizo lo mismo con otra. Arenas frió unos huevos y se
fue a repartirlos en untadas con sus compañeros los engrasadores. Domingo
Ventura merendó chocolate y pan. Después libó de una lata de leche condensada.
Fue a creciente el viento. La mar se alborotó. Los ojos de
buey de barlovento estaban cerrados desde poco después de comer. Se cerraron
los de sotavento. Macario Martín echó el pasador al portillo de la cocina.
Anocheció. Todos los, tripulantes, excepto los de guardia,
se refugiaron en los catres.
Paulino Castro habló un momento por radio con el patrón
del Uro. Dijo:
—Seguid las luces mientras podáis. Creo que despejará
pronto, pero nunca se sabe. Si no, al rumbo. A la madrugada espero que
cogeremos playa. Hasta entonces.
Paulino Castro se tumbó en la litera. Algún rato salió al
puente a fumarse un cigarrillo, con el marinero de guardia.
—¿Cuándo cogeremos playa, patrón? Paulino Castro aspiró el
humo.
—Dentro de cuatro o cinco horas.
—¿Quién tirará la red?
Se encogió de hombros.
—Esas son cosas del pesca.
El marinero del timón lo pensó un momento, luego dijo:
—Preferiría que fuésemos nosotros, tengo ganas de
trabajar.
—Se te quitarán en seguida.
—Sí, pero tengo ganas.
El patrón de pesca Simón Orozco dormía ya cuando Paulino
Castro anotó en el cuaderno de bitácora la singladura. Fue rellenando
lentamente las casillas:
«Variación: 11 50. Rumbo: N 26 W. Latitud: 45º 57'
12" N. Longitud: 6° 11" W.
Navegando. 4. Lluvias —8, cubierto —12, despejado —16,
chubascos —20, despejado —24, altocúmulos».
Fue escribiendo los renglones de Acaecimientos: «La
empezamos sin novedad con viento fresquito del SW y lluvias. 2.20 h. hacemos
alto para ayudar al compañero Uro que para por falta de toberas para el motor,
que le pasamos. A 2.40 h. damos avante. A 7 h. rola el viento NE fresquito y a
12 rola al N y marejada. Situación al por observación y seguimos navegando.
Motor con 290 revoluciones. Cogeremos playa a la madrugada. Sin otra novedad la
damos fin».
Paulino Castro guardó el cuaderno de bitácora, cubrió con
un pañuelo la luz de la mesa de derrota y se tendió en la litera. En el rancho
de proa Venancio Artola se desperezó y dijo suavemente: «Ya es mi hora». Las
profundas respiraciones de los compañeros ahogaron sus palabras.
IV
AMANECÍA. Viento galeno. Lejano, a proa, cruzaba un
mercante aún con las luces encendidas, sonámbulo de la mar. Estaba el cielo
despejado, la mar serena.
Por el este, horizonte morado; por el oeste, una madeja de
oscuridades y claridades lechosas. Punteaban al norte las estrellas postreras;
al sur tenía el cielo un empaño que lo hacía cercano, tras el que se adivinaba
su profundidad de espejo. Al sur las manchas negras de tres parejas de barcos
que se acercaban buscando playa.
El Uro y el Aril habían cogido el Petí Sol a las tres y
media. Aguardaron la amanecida al garete. Se balanceaban sin máquina y su
balanceo transmitía a los tripulantes la inquietud alegre de los prólogos de la
faena.
En el Aril, Macario Martín despotricaba en las
servidumbres del fogón. Afá había preparado el aparejo en popa, ayudado por
Artola. Simón Orozco relevó al timonel y pidió máquina. Comunicó por radio con
el Uro. Hosco y violento, a una mano, hizo girar la rueda, fija la vista en el
Uro. Los barcos fueron trazando un semicírculo hasta que se emparejaron.
Por el este, horizonte corinto. Por el oeste, horizonte
mulato. Al norte, cielo blanco. Al sur, cielo envahado. Domingo Ventura dormía
como un niño, tripa arriba, abiertas las piernas, las manos sobre el cabezal.
Juan Arenas dormía con una respiración de suspiro tangueado. Gato Rojo dormía
como un bendito. Un bendito, dice Macario Martín, duerme de su estribor,
amurando con el culo y las rodillas, para conservar la serena del sueño.
Los hombres del rancho de proa se desayunaban en la
cocina. Mal despertar tuvo Sas. El patrón Paulino Castro estaba despierto y
tumbado en su litera, preocupado, sin quererlo, del lance, del gustillo,
también, de que aquello no iba con él.
Lanzaba la red el Aril. Sacaría el Uro. El contramaestre
del Uro arrojó a la proa del Aril un cordón de cabo, al peso de una anilla de
hierro. Alguien lo recogió y corrió con él en anadeante carrera a la popa.
Echaron el cordón de las aguas atado a una estacha de aparejo. Del Uro cobraban
del cordón. Simón Orozco salió al bacalao del puente y dio la orden:
—Arte al agua.
A brazo, Afá, Artola, Ugalde y Celso Quiroga fueron
echando la red. Joaquín Sas hacía el contrapunto de rutina a las voces de los
que trabajaban, barbarizando desesperadamente, mientras preparaba la boza que
había de atar al cable de la red y al palo de popa. Juan Quiroga estaba en los
carretes de la maquinilla de proa, atento al lanzamiento. Macario Martín se
asomaba por la amura de estribor, voceando la faena.
Simón Orozco marcó en el telégrafo: Avante, toda.
Comenzaron los barcos la andada de arrastre. Flotó la red
sobre la mar.
José Afá dijo: —La red tiene forma de mujer.
La red tenía en las aguas forma de mujer, de mujer con las
caderas prominentes de fecundidad aparente, de pechos grandes y redondos, de
cabeza pequeña. Los carretes de proa largaban malleta y cable. Los dos barcos
se fueron abriendo, divergiendo. Ataron la boza de cadena al cable. El cable,
de popa a los carretes de proa. Descansó. Desde el enganche de la boza por los
rulos de la amura de estribor y del palo de proa al carrete de la maquinilla,
formando una U corta de un brazo, estaba flojo. La cadena de la boza rozaba las
aletas de popa.
José Afá dio el respiro hondo de la faena acabada. Dijo:
—Bueno, ahora suerte. Vámonos al rancho que esto se ha
acabado.
Simón Orozco comenzaba su jornada de diecisiete horas al
timón.
Diecisiete horas, diecisiete días seguros. Comiendo al
timón, soñando al timón, esperando al timón, obseso de los embarres de la red y
de la marcha del barco compañero. Simón Orozco comenzaba la carrera de los
bancos de pesca de la mar del Gran Sol. Arrastre en Petí Sol, en Cockburn, en
Hurd, en Labadie, en Jones, en Melville Knoll, en Parsons, en La Chapelle… en
Gran Sol. Diecisiete días seguros de soledad en el puente.
En el puente, guardia permanente de Simón Orozco; en
máquinas, Manuel Espina hasta el relevo de las ocho. Son las seis y diez de la
mañana. La mar está iluminada por un sol grande cuya luz verdea las aguas,
quitándoles su oscuridad densa y hostil, casi transparentándolas. Las espumas
de proa alegraban la marcha; las espumas de la estela, con los pájaros de la
mar revoleando el surco blanco, encendían la nostalgia del navegante. Nunca la
misma estela, nunca el mismo surco. Estela hecha, tiempo vivido, también
borrado. La mar no tiene sendas, no guarda huellas.
Simón Orozco dibujaba en el agua de sus memorias. Viento
de antaño.
Veinte años surcando Petí Sol. Malos y buenos tiempos.
Fortunas breves de buenas mareas, desesperación de las malas. La rutina, el
aburrimiento, el miedo.
En el cementerio de Valentia hay nombres conocidos. En
Valentia, condado de Kerry, Irlanda. En el cementerio de Bantry son tierra cara
a la mar Zugasti y algunos de los hombres de su tripulación, los que fueron
encontrados. En Bantry, condado de Cork, Irlanda. Simón Orozco dibujaba el
rostro de Zugasti en el agua de sus memorias. Ató la rueda del timón a los
cabos y se apoyó en el bastidor de la ventana, contemplando la marcha del Uro.
En el rancho de popa la charla de José Afá y Macario
Martín había despertado a Juan Arenas, que se quejaba por costumbre, decidía
vengarse. Afá lo calmó ofreciéndole vino de su botella.
—Bebe y calla, almirante.
—¿Es que no tengo razón? —aplicó los labios a la boca de
la botella, hizo una pausa—. Está bueno —hizo otra pausa—. A ver si…
Gato Rojo dijo entre sueños:
—Juan, duérmete y no alborotes.
Juan Arenas se indignó, balbuceaba las palabras, no
acertando a pronunciarlas.
—Bobobó, bobobó, cállate, almirante —Afá remedaba el
balbuceo, Afá ordenaba—. Bobobó, bobobó, que no dejas dormir a Gato Rojo, que
te calles. Que no le dejas, bobobó, bobobó, echar un sueño con la parienta.
Macario Martín se rascaba con la mano izquierda las barbas
de tres días.
La zurda de Macario Martín, dice Afá, tiene delito. Se
rascaba con la mano del delito las barbas encanecidas. La mano del delito y del
tatuaje de la rosa de los vientos tenía un secreto de guerra, que sabía Afá,
que acaso sabía también Simón Orozco. Macado Martín dejó de rascarse las
barbas.
—Juan —dijo—, protesta todo lo que te dé la gana, porque
tienes razón.
José se enfada cuando se le despierta, pero para él el
sueño de los demás no cuenta. Protesta, que yo te apoyo.
El contramaestre se quedó un momento asombrado. Pensaba en
la nueva traición de Macario. Juntos hubieran podido reírse de Juan Arenas
durante un buen rato. Macario siguió rascándose las barbas.
—Es que me revienta tu falta de compañerismo, José —dijo
Macario—, es que estoy harto de que te creas alguien en el barco, cuando eres
igual que ése y que Gato Rojo y que yo. Me revienta, José, que te las des de
jefe y quieras hacer lo que te venga en gana.
Dejó de balbucear Juan Arenas y se enfrentó con Afá.
—Cuando estés durmiendo voy a traer una pintarroja y te la
voy a meter en la bragueta. Ya veremos qué gracia te hace. Tú crees que puedes
fastidiar a todo el mundo, pero ya veremos la gracia que te hace. A ver si
sabes aguantar una broma.
La sonrisa de Macario Martín confirmaba su satisfacción
interior.
Confirmó lo dicho por Arenas.
—Ya veremos, José, la gracia que te hace.
La mano del delito rascó las vellosidades del pecho;
continuó hablando Macario Martín:
—También podías, Juan, beberle el vino, cuando se te acabe
el tuyo, que se te acabará pronto, con una goma desde el ojo de buey de popa. A
José no le molestaría, ¿verdad, José?
El contramaestre entendió el juego de su amigo Macario,
sabía que quería divertirse a cuenta de los dos.
—Macario, no des indicaciones peligrosas —dijo Afá—. Puede
ocurrir que me falte vino y que tenga que echar la culpa a Juan, aunque sepa
que eres tú. No te cubras la popa con artimañas. No vengas ahora a dártelas de
listo empujando a Juan y me bebas tú el vino.
Macario Martín se tapaba en todas las jugadas.
—Lo único que yo he dicho es que no tienes derecho a
despertar a la gente; vamos, que no tienes derecho a despertar a Juan, que
estará cansado.
Encima, tú te diviertes con él. Por esto le he propuesto
una broma, pero sólo como ejemplo, no vayamos a confundir —repitió—. No vayamos
a confundir, José.
Abrió la puerta del rancho Manuel Espina.
—José, que te llama el patrón, que subas. José Afá se
incorporó en su litera.
—¿Para qué?
—¡Y a mí qué me preguntas! —dijo Espina—. Ha llamado por
el tubo y me ha dicho que subas. No le iba a preguntar yo que para qué. Yo con
decirte lo que ha dicho, cumplo.
Macario Martín soltó una carcajada.
—Querrá que le limpies el cuarto —dijo cuando se calmó—.
Como sabe lo servicial que eres…
José Afá contrajo el ceño. Se sentó en la litera y empezó
a decir barbaridades.
—El hijo de la muy tal, no le deja a uno descansar. La
madre de su madre… para un rato que tiene uno libre —hizo una pausa—. ¿Qué
querrá? —se preguntó.
Macario Martín se regocijaba.
—Sube al puente y te lo dirá, José.
El contramaestre se puso las botas de aguas y desapareció
por las pasaderas de máquinas, barbarizando sin cesar.
Macario Martín pidió a Juan Arenas:
—Trae un pito, que los cabreos de Afá conviene
celebrarlos.
Cuando José Afá salió a la cubierta ya no barbarizaba.
Cuando subió por la escalerilla al espardel ya no murmuraba. Cuando abrió la
puerta del puente tenía una mirada humilde y preguntó:
—Señor Simón, ¿me manda?
—Hay que picar hielo, José —dijo Simón, distraídamente—.
No mucho.
Coge a uno y a picar por si esta tarde sacamos nosotros la
red.
—Bien, señor Simón, ¿algo más?
—Cuando acabes, échale una ojeada al arte que está pegando
al palo de popa, que está algo rota. Coges a los Quiroga y a Artola y la coséis
por donde está abierta. Las bolas están mal sujetas, las miras también y las
atas de diez en diez en vez de doce en doce.
—Bien, señor Simón, y si faltan muchas bolas, ¿qué hago?
—Las sacas del pañol de popa. Allí tiene que haber.
—Bien, señor Simón, ¿algo más?
—No.
Cuando José Afá salió al espardel murmuraba. Cuando entró
en la cocina para ir por las pasaderas hacia su rancho barbarizaba como un
energúmeno.
Cuando llegó al rancho estaba congestionado de ira. Ya que
se calmó dijo:
—Matao, a picar.
—Yo no voy —respondió Macario—; tengo que hacer la comida.
—Queda mucho tiempo para la comida, a picar.
Estuvo unos instantes pensativo Macario Martín.
—Pero qué mala, qué requetemala…
—A picar. Menos cuento y a picar, también voy yo. Son
cosas del gran… del puente.
Macario Martín y su amigo José Afá se unieron en las
apreciaciones sobre Simón Orozco. Juan Arenas se divertía.
—Conviene estirar los músculos de vez en cuando —dijo.
José Afá le plantó cara. Levantó el dedo medio de la mano
derecha y cerró los demás.
—Por aquí, vais a llevar esta marea bacalao los del motor.
Le ayudaba Macario Martín.
—Picando debierais estar vosotros, los tres. Gato Rojo
seguía durmiendo.
Arenas volvió a reír.
—No despertéis al pobre Carmelo. Dejadlo dormir con su
señora… —cantó por lo bajo—. Sensilo, quisiera ser marinero, caunque difisí é
sensillo…
Macario Martín y José Afá salieron discutiendo a la
pasadera de las máquinas.
—¿No podías haber echado mano de otro?
—Cuando me toca a mí le toca a todos y no distingo.
—Pues te lo tendré en cuenta.
—Al del puente.
—Al del puente y a ti.
José Afá entró en el rancho de popa.
—Juan Quiroga, Celso Quiroga y Venancio Artola, avante al
espardel, hay que coser la red que está pegada al palo de popa. Venga, lo ha
dicho el patrón.
Los nombrados se improvisaron de sorprendidos.
—¿Ahora? —preguntó, extrañado, Juan Quiroga.
—Sí, señorito, ahora —Afá hizo meliflua la voz—. Ahorita
si te parece mejor —recuperó el tono duro—. Venga, al espardel, que lo ha dicho
el patrón.
Artola interrogó:
—Tú, ¿qué?
—Yo a picar hielo. ¿Si tú lo prefieres?
No había remedio. Los nombrados en el rancho de proa se
incorporaron y comenzaron la sabida letanía de los insultos al patrón Simón
Orozco. Joaquín Sas se pasaba las manos por la barriga fingiendo una gran
felicidad. José Afá lo contempló.
—Tú, Sas —dijo—, échales una mano.
Se incorporó de resorte Sas.
—¿Lo ha dicho el patrón?
—No, lo digo yo.
—Pues no voy.
—¿Que no vas?
—No voy.
—Tú vas, porque lo digo yo. Tú vas como vamos todos.
—Yo no voy.
—Si cuando salga de la nevera, que saldré dentro de una
hora, no estás con éstos atando mallas, nos entenderemos.
—Pues nos entenderemos, pero no me levanto ya aunque lo
diga el patrón.
—Muy bien —hizo una pausa el contramaestre—. Nos
entenderemos tú y yo, Sas.
Cuando salieron a la cubierta de proa José Afá y Macario
Martín ya estaban desfogados. Desde el puente los contemplaba Simón Orozco.
Después el patrón pasó a contemplar la mar. Macario Martín lo observaba con el
rabillo del ojo, mientras ayudaba a su amigo a quitar la tapa de la escotilla
de la nevera.
—El cabrón —dijo Macario— nos miraba como si no
existiésemos.
—Anda para adentro —respondió Afá. Macario se descolgó a
la nevera.
José Afá le pasó un pico y una pala. Luego bajó.
El hielo picado que les habían servido en el Musel formaba
una masa compacta. Había en la nevera como un extraño humo que emanaba del
hielo.
—Pica por abajo —dijo Afá—. Así nos ahorramos trabajo.
Macario comenzó a trabajar. Después de diez o doce golpes
hizo un alto.
—Es un trabajo inútil. Si esta tarde no sacamos nosotros
la red, todo esto es inútil.
Afá paleaba con mal humor.
—Con tal de jorobar a la gente está contento. Pica, no te
duermas.
—Inútil —dijo Macario—. Totalmente inútil.
Estuvieron un rato en silencio, trabajando. Macario dejó
el pico de pronto y se llevó las manos a la cintura.
—No estoy para estos trabajos.
—Si no estás para éstos y te quejas de los riñones, no
estarás para los que a ti te gustan ¿o es que hablas solamente lo que imaginas?
Macario volvió silencioso al trabajo. Al cabo de unos
pocos minutos dijo:
—Ya hemos picado bastante, ¿no te parece?
—Sigue, Matao, no seas chaqueta. Sigue, que hay que picar
como para cien cajas.
—Esto es inútil, totalmente inútil.
—¿Y a ti qué?
Macario barbarizó cuando le cayeron sobre las manos dos
grandes trozos de hielo.
—Él debiera estar aquí dándole al pico.
—Él está donde debe estar y tú también estás donde debes
estar.
—Con tal de fastidiar a la gente es capaz de mandarnos
coser la vela.
—No te preocupes; si está rota la mandará coser. Trabaja,
Matao.
El pico hacía un ruido corto y preciso al dar en la masa
de hielo. La pala daba un sonido agrio y largo. Punto del pico, raya de la
pala. Escupía Macario la saliva del trabajo, pastosilla y ahogante. Afá
jadeaba. Punto del pico, raya de la pala. El ruido del hielo al desmoronarse
era entre metálico y cristalino.
Joaquín Sas salió de muy mala gana a trabajar. Antes de
subir al espardel se pasó por la proa y se asomó a la boca de la nevera.
—José, que subo al espardel para que no digas —su voz
tenía un dejillo de desafío—, para que no se te pudran los hígados.
Ascendió la respuesta de Afá serena y amable:
—Bueno.
Macario Martín, desde la entraña de la nevera, alumbrado
por una bombilla envuelta en tela metálica, pegada al bao, guiñó un ojo e hizo
una mueca a José Afá.
—Se anzueló él solito, José.
—Habla demasiado.
—¿Por qué no echaste mano de Ugalde?
—Porque Sas… bueno, porque Sas se las da de listo.
—¿Le tienes ganas?
José Afá lo pensó. Dijo:
—Sí, le tengo ganas. El y el patrón me sacan de misa, me
ponen a morder.
—Al patrón te lo vas a aguantar hasta que cambies de
barco.
Arrastró la pala con furia José Afá.
—Si no fuera por lo que hay en tierra me había
desembarcado.
—Y yo.
Gato Rojo tenía el despertar lento, amplio de desperezas,
rico de bostezos.
Abría los ojos con la suavidad y la calma de las tortugas.
Los volvía a cerrar.
Recogía las piernas, las estiraba. Arqueaba el pecho y el
vientre apoyándose en la nuca y en las nalgas.
—¿Qué hora es, Juan?
No obtuvo respuesta. Repitió sin asomarse a la litera de
su compañero.
—¿Qué hora es, Juan?
Sacó las piernas por la baranda de la litera y se encogió
para no pegar contra el techo.
—¿Juan?
Miró entre sus piernas. Juan Arenas no estaba en su catre.
Gato Rojo saltó al suelo. Se quedó un momento de pie, apoyado en los talones,
con los dedos encogidos, buscó sus zapatos por el lío de cajones y cestas. Se
los puso sin ayudarse de las manos. En el espejo colgado de la puerta se miró
el rostro. Se hizo dos o tres visajes. Tenía la barba muy crecida. Torció los
labios y se pasó la mano por la cara.
—Hay que afeitarse —dijo.
En el reloj del Matao, pendiente de una cadena en la
cabecera de su cama, miró la hora. Hora de cambio de guardia. Salió a las
pasaderas y fue a la cocina.
El único que en el barco había dormido casi ocho horas
seguidas, excepción de Ventura, era Gato Rojo. Cuando entró en la cocina
todavía no era muy real su vigilia y un último desperezo lo confirmó.
Se estaba cubriendo el cielo. Soplaba viento del norte. La
mar iba tomando un color de pizarra clara. Pizarra el horizonte, al norte, al
este y al oeste. Al sur, azulillos livianos y huyentes. El sol navegaba
embozado por las nubes y sólo unos reflejos amarillos, del amarillo corrido del
cambio de los grandes cangrejos, se filtraba arriba y abajo de la marca de su
círculo.
Domingo Ventura echó mano de una novela en cuanto se
despertó.
Reflexionó luego y fue a la cocina en busca de agua
caliente para hacerse un cazo de leche. Encontró a Gato Rojo. No estaba de
humor para pedir favores.
—¿Cuándo me haces la huevera? —dijo.
—No te la hago.
—Allá tú.
Gato Rojo se asomó al portillo de la cocina y estuvo
contemplando la marcha del barco compañero.
—En este banco es pérdida de tiempo echar las artes
—dijo—. No sé cuándo se va a convencer el patrón.
Domingo Ventura no respondió. Con el cazo de agua caliente
volvió a su camarote. Gato Rojo salió a la cubierta. Sintió frío.
Estaba en camiseta. Desde el espardel le dijeron alguna
cosa que no entendió. Era puntual en su guardia y calculó que ya era la hora de
tomarla. Bajó a las máquinas.
En el espardel había una animada tertulia. Cosían la red.
Sas se quejaba a los Quiroga. Artola estaba en su labor.
Se hablaba mal de Simón Orozco. Sas tenía la palabra.
—No se ha visto otro igual en todo el Cantábrico.
—Todos son iguales —dijo Celso—. Todos mandan.
—Éste es como todos en peor —afirmó Sas—. En mucho peor.
Calla, calla y hace las suyas. Buen bicho para poca red. Ya nos dará algún
disgusto. Con él no hay marea sin disgusto.
Calló un momento, luego dijo rotundo:
—Ojalá se muera. Y que se muera con él Afá.
Celso Quiroga miró a los ojos a Sas.
—No te han hecho cosa grave.
—Ojalá se mueran —repitió Sas.
—Bueno, bueno, calla ya —intervino Juan Quiroga.
Estuvieron cosiendo la red en silencio durante un rato. De
pronto Sas dijo: puedes contar que le hayas visto decir alguna vez que
cualquier cosa de las que se hacen a bordo está bien? No. Nadie lo puede decir.
Es el único que aquí, por lo visto, sabe hacer las cosas. Si sacas del palo
arriba, malo; si quieres sabalardear, peor. Si te ve tirar la red, que no, que
se engancha. Es el pájaro de peor leche que me he echado a la cara en la vida.
Estaba creciendo el viento y la marejada. Simón Orozco
tenía atada la rueda del timón y se paseaba por el puente. De vez en vez hacía
alto en la ventana de estribor, observando la marcha del Uro. Llegaba a la
radio y comunicaba con el compañero. El Uro se abría un poco de su rumbo.
La cadena de la boza, con la marejada, corría las aletas
de popa. El barco levantaba mucho la proa. Simón Orozco pensaba en un mal
embarre de la red.
Temía que cogiera fondo y se enganchase, porque llevaba el
arrastre con dificultad.
Macado Martín y el contramaestre Afá salieron de la
nevera. Colocaron la tapa de madera, después la cobertura de hierro. Al
terminar, Afá le hizo una señal a Orozco que los contemplaba. El patrón abrió
una de las ventanas de proa.
Afá gritó:
—Hemos picado para cien cajas, patrón.
—Mal hecho —respondió Simón Orozco—. Sobra hielo para lo
que saquemos aquí, en caso de que se saque algo.
Afá torció el gesto.
—Como usted dijo…
—Hay que estar dispuestos, pero no pasarse, hombre.
Afá, seguido de Macario Martín, corrieron hacia la cocina,
evitando el agua que entraba por las amuras. En la cocina dijo Afá:
—Mal hecho, ¿qué querrá que hagamos?
Macario Martín estaba cansado.
—Pregúntaselo otra vez y no me tengas picando hielo como
un loco.
—¿Qué querrá este hombre que hagamos?
Simón Orozco tenía doloridos los pies. Pensó que al
atardecer el dolor sería casi insoportable y que se los vendaría siempre
después de la virada del mediodía. Pensó que antaño no se cansaba del puente,
que antaño el puente no era un trabajo tan duro como ya iba siendo desde hacía
dos años. Hay que ser joven, se dijo, para estar en la mar, tener las piernas
fuertes. Los cincuenta años de un patrón de pesca no son los cincuenta años de
un capitán de barco. Un patrón de pesca es un obrero de la mar, un obrero
especializado si se quiere, pero nada más.
Manuel Espina estaba comiendo un trozo de pan con bonito.
A la entrada de Afá y el Matao, dijo:
—Este bonito pica ya. Habrá que comerlo pronto o tirarlo.
—Habrá que comerlo —respondió Afá—, porque hoy no sacamos
ni para cenar. Ya lo veréis.
Macario Martín se había quitado las botas de aguas y se
subía a la litera.
—Estoy bien molido —afirmó.
—Dile eso al señor Simón para ver lo que le parece —dijo
Afá.
Manuel Espina se rió con la boca llena.
—Si le dices que te cansas, después de estar tumbado dos
días a la bartola se te va a poner hecho una verdadera furia. Te dirá que tomes
ejemplo de él que se pasa diecisiete horas de pie agarrado a la rueda.
Macario Martín hizo un movimiento de cejas, resignándose a
su cansancio.
Miró al reloj. Pensó que al cabo de dos horas tendría que
ponerse a hacer la marmita.
De pronto Afá dijo:
—Embarre, me parece que hemos embarrado. Lo que faltaba…
El barco navegaba con dificultad, acortando su andar.
Desde las máquinas llegó el pregón de embarre de Gato
Rojo.
—A virar.
Macario Martín saltó de la litera y se puso las botas de
aguas. Los que trabajaban en el espardel cuando oyeron a Afá, ya en cubierta,
gritar la virada, corrieron a sus puestos.
Joaquín Sas, a una orden de Afá, golpeó la chaveta del
macho que aguantaba la boza. El cable se tensó de popa a proa. El Aril borneó
casi sobre el arte embarrada. Se abrieron las pinzas de los rulos de la amura y
la maquinilla de proa comenzó a cobrar cable. Afá dijo:
—Aquí solamente subirá basura. Si sube algo que se pueda
comer, vamos bien.
En el puente Simón Orozco hablaba por radio con el patrón
del barco compañero. Sacaría el Uro.
Los barcos iban convergiendo hacia la red de arrastre,
embarrada a setenta brazas de profundidad.
V
POR el veril oeste del Cockburn Bank llevaban el arrastre
los barcos de Simón Orozco. Al amanecer estaban en el banco las parejas Urco y
Pagasarri, Alonso y Puebla. Con los pescadores del Urco, cuando se acercaron
pidiendo pesca para la comida, disparataron bromeando los tripulantes del Aril.
Macario Martín y Joaquín Sas llevaban el arrastre de la risa, de la
desvergüenza, de la ofensa podrida de vieja. Macario Martín no perdía palabra
sin hacerle el comento. Gritaban contra los ruidos de la mar, se reían forzada
y reciamente.
Macario se colocó en popa, sacó una pierna por la aleta de
estribor y la movió haciendo el afilador. El Urco no era un barco de gallegos,
pero a Macario le daba lo mismo, la cuestión era mostrar el repertorio. Macario
fue feliz durante un rato.
Soplaba viento duro del suroeste rolando al noroeste y
moderando. Llovía.
A las siete se echó el arte al agua. Hubo dificultades en
la maniobra y Simón Orozco culpó al contramaestre Afá de falta de pericia, de
descuido, de error. Afá entró en su rancho, silencioso y hostil. Macario Martín
tuvo el tiento de no hostigarlo. Paulino Castro había escrito en la alta noche
la singladura pasada:
«…viramos a 11.20 h. por embarre. Largamos a 12 h.,
siguiendo en arrastre hasta las 18 horas, que viramos por embarre. Poca pesca,
quedando al garete con viento duro y mar que hacemos capa, que aumenta con
fuerza y cerrado con muchas lluvias, y sin más novedad la damos por terminada».
Por el veril oeste del Cockburn Bank arrastraban los
barcos de Simón Orozco. A su estribor, a cinco millas, pescaban el Urco y el
Pagasarri. Perdidos de vista navegaban, también al arte, el Alonso y el Puebla.
Simón Orozco tenía los ojos cansados de los reflejos de la
mar. Miraba y no veía, aburrido de mirar. Diminutos meteoritos se desplazaban
por los cielos grises de su vista. Meteoritos inflamados en azul, en rojo, en
amarillo. Bajó los ojos. La tablazón del puente estaba sucia. Se entretuvo en
los descubrimientos del ocio forzado: la espina, la bola de papel de fumar, el
núcleo de escamas. En la puerta del cuarto de derrota la rendija inferior iba
creciendo hacia los goznes. En el armario de la radio, las tizas para apuntar
las revoluciones de la hélice. Con las tizas, recuerdos de infancia y de
paternidad. Miró el reloj. El hijo nunca se levantaba antes de las ocho. Ya
pasaban diez minutos de las ocho. El reloj de Simón Orozco marcaba el tiempo de
su casa. El cronómetro de a bordo el tiempo de Greenwich. El reloj de Orozco
estaba en el bolsillo superior izquierdo del mono, casi junto al corazón. El
cronómetro, en el cuarto de derrota. Las ocho y diez en casa. La madre se habrá
levantado a las ocho menos cuarto. Habrá llamado a las ocho al hijo. A las ocho
y media llamará a la hija. A las ocho y media el hijo saldrá de casa llevando
en el bolsillo de la chaqueta un bocadillo envuelto en papeles de periódico.
Estaba creciendo mucho el chico. Iba a ser un gran mozo, un motilón como… como
él había sido. Simón Orozco se golpeó el muslo derecho, contento y, recreando
añoranzas, silbó tenuemente. Miró el barco compañero y se levantó para corregir
en la rueda el rumbo de arrastre. No volvió a sentarse; se quedó al timón.
Gato Rojo acababa de inventar un disparador ya inventado
para las líneas tendidas al bonito, en los viajes de ida y vuelta. Estaba
atento a su trabajo en la mesa del tallercillo de máquinas. De vez en vez
contemplaba la obra y se pasaba el dorso de la mano derecha por las barbas. Se
ahincaba en la labor. Encorvaba las espaldas sucias de grasa con un perfil
blanco por el arco de la camiseta estirada. Le llegaba la suciedad hasta el
cogote pecoso y taheño. Al tiempo llevaba las manos a las nalgas refregándose
para limpiarlas de sudor. Trabajaba a gusto.
En el rancho de popa había discusión general y maldiciones
en desorden.
Sus cuatro ocupantes y el motorista Domingo Ventura hablaban
robándose las palabras. Afá carnaba el anzuelo para Macario.
—Cien veces ha dicho que te trae por compasión, que lo que
tú pintas en el barco es lo que pintas en la taberna.
—No ha dicho eso jamás —dijo Macario.
—Lo hemos oído todos cien veces. La última ayer, en el
segundo embarre, cuando estabas en proa.
—El señor Simón no ha dicho eso. Alguna vez la habrá
tomado conmigo, pero no ha dicho eso, porque si lo llega a decir… —maldijo—, me
hubiera tenido que escuchar.
Domingo Ventura recomendaba a Afá:
—No lo macices tanto, que ya pica.
Macario Martín no hacía caso de la ironía de Domingo
Ventura, que se entretenía en la discusión con los engrasadores, teniendo el
oído atento a los regates de Macario y Afá.
—Hoy te ha puesto bueno y con razón —dijo Macario—. Si hoy
se os engancha el arte en la hélice, arma la de Dios y con razón.
—Tú qué sabes, Matao; tú me vas a decir a mí cómo se lanza
la red. Con mala mar la red no se puede gobernar. Que baje él del puente y que
lo haga mejor.
—Bajará, no lo dudes.
—¡Qué va a bajar! Desde el espardel se ve todo muy bien,
hay que estar abajo. Es un cabrón de sabihondo que todo lo manda, pero que no
sabe hacerlo.
Juan Arenas no se echaba en el catre, de indignación.
Hacía un movimiento para echarse y el aire de la discusión lo levantaba.
—No, señor.
—Ya veréis —dijo Ventura—. Ya lo veréis. Como vendan la
pareja, al bou no vais vosotros. Irá Gato Rojo, si yo quiero, pero vosotros no
vais porque me lo dijo el armador.
—Nos tendrán que indemnizar en gordo dijo Manuel Espina—.
Para eso hay leyes.
—Os darán dos pesetas —respondió Ventura.
Juan Arenas acusaba los remusgos del miedo.
—No se puede poner en el muelle a un padre de familia,
porque vendan la pareja.
—Vete con los barcos a Vigo —replicó Ventura.
Se quejó con acritud Arenas:
—Si no llega lo que se saca estando en casa, va a llegar
estando en Vigo —cambió la voz endureciéndola—. No me vuelvas loco, Ventura, no
me hurgues y sea todo una mala broma.
—¿Broma…? Pregúntaselo al costa. El te dirá si es broma o
son veras. No te hagas el magano oscureciendo las aguas con tinta; la pareja
está vendida.
El contramaestre y el cocinero escuchaban, abandonado ya
su diálogo. Afá interrumpió:
—Pero ¿qué dices? Vamos, vamos, qué va a estar vendida la
pareja…
—Pregúntalo al costa.
Macario Martín dijo:
—No creo nada de lo que cuentas. Si nos mandan a pintar la
chalupa por bajo nos tendremos que ir todos, y eso no puede ser. ¿Qué decís del
bou? El bou nuevo ya tiene la tripulación completa. Al bou no va gente de la
pareja. Eres un…
—No está completa —dijo serenamente Ventura—. Yo voy de
motorista y si quiero llevar a Gato Rojo llevaré a Gato Rojo. Pero éste y éste
—los iba señalando— y vosotros dos ya os podéis buscar catre en la bajura.
Los cuatro estaban desconcertados, cavilosos. Domingo
Ventura insistió:
—No es broma, es…
La mano izquierda de Macario Martín se movió, trazando
círculos, picó sobre la entrepierna. Macario volvió el rostro hacia la estampa
del guardacalor.
—No te hago caso, Ventura. Estás Matao.
—Allá tú —dijo Ventura.
Afá y los dos engrasadores se miraron. El contramaestre
roló a la esperanza.
—Ya se verá, no hay que apurarse en la capa, ya se verá.
En cada marea hay una patraña. La patraña coletea
rabiosamente todo el viaje en la imaginación marinera hasta que, llegando a la
vista del puerto, se va a la mar por los agujeros imbornales, por los escapes
de las puertas de trancara cuando se arrancha de llegada. Cada marea tiene su
patraña. Alegre o triste, siempre desasosegante. Saltó a bordo en el muelle de
las despedidas; creció en las meditaciones del puente, en la soledad de las
guardias; buscó guarida en los ranchos de las conversaciones del ocio y del
descanso. La patraña se alimenta de la basura de la mar, del copo
desafortunado: pez carnaval, pez payaso, rayas, pintarrojas, mielgas,
caracolas… Cuando la mar no es rica, cuando la pesca de lonja anda huida de los
fondos placerados, la patraña coletea como un péndulo loco. Cuando hay mala
mar, el marinero olvida la patraña, hasta la mar en calma y vacía. En los
barcos de altura, en los cuarteles, en las cárceles, la inquietud del hombre,
las esperanzas y desesperanzas en el porvenir, vigorizan la patraña.
Patrañeras delicadezas despreciadas donde reposa un
momento la vista del navegante, del soldado, del penado; inútil pez carnaval,
inútiles hierbajos de rinconada de los patios de armas, pájaro inútil de
ventana y reja; cada uno con su especial y agudo acento.
En el rancho de proa Venancio Artola jugaba la
conversación a la contra.
Joaquín Sas modulaba su mala intención en suaves palabras.
Expectaban los dos Quiroga y Ugalde.
—Orozco os distingue a vosotros y a nosotros nos da el
palo en cuanto puede —dijo Sas—. Será porque vosotros no le protestáis nada de
lo que dice…
—Será eso —respondió Artola—. Porque vosotros, tú sobre
todo, eres buen marinero.
—¿Entonces?
—Casi somos del mismo pueblo.
—Eso tiene que ser, pero a nosotros nos hacéis un aparejo
de marrajo. No es justo el patrón, tú mismo lo reconoces.
—Yo no reconozco más que vosotros sois buenos marineros.
Tú no le discutes nunca en cubierta, se lo discutes después. ¿Por qué no le
discutes en cubierta? Seguramente porque eres buen marinero.
—¿Y tú por qué no le discutes después?
—Porque ya, ¿para qué? Ya está hecho.
—Está hecho, pero hay que decírselo para que se dé cuenta
de que no somos como las amaras: sólo recibir golpes y no pensar.
—Eso a mí me trae sin cuidado; puede pensar lo que él
quiera.
—No, señor; estás equivocado; no tiene que pensar lo que
quiera, sino lo que es.
—Bueno, ésa es una forma de pensar tuya. Yo pienso así
como he dicho.
—Pues no tienes compañerismo.
—¿Porque no pienso como tú?
—No, señor —canturreaba la parla—, porque el ser compañero
consiste en estar todos unidos y decirle lo que todos piensan.
—¿Y quiénes piensan como tú? ¿Todos?
Joaquín Sas hizo un movimiento con las manos, recogiendo
sobre su pecho el espíritu del rancho.
—Todos éstos.
Los Quiroga se limitaron a callar. Ugalde movió la cabeza
negando.
—Yo no pienso como tú dijo Ugalde—. Tampoco como Venancio.
Joaquín Sas alzó el tono de voz con un dejo de ironía.
—Es que a ti no te conviene pensar como yo.
—Eso es cosa mía —respondió Ugalde—. No me vas a obligar a
pensar como tú. ¿Tú crees que en este barco todos piensan como tú? Pues no…
Pregunta al contramaestre o al Matao… A mí no me interesa lo que piensen, pero
pregúntales.
Todavía tibio del sueño, revuelta la crin, revuelto el
humor, remugando la mala, la violenta palabra y la saliva biliaria del
despertar, Paulino Castro bajó a la cocina. Era mediodía. En la soledad de la
cocina borbotaba el guiso de la marmita. Entraba la lluvia por el portillo
abierto, dardeando la plancha del fogón. Bufaba el imbornal en la amura, frente
al portillo, al penetrar el agua por él en las aradas de la marcha, haciendo el
contrapunto a la marmita hirviente. La lluvia en la plancha daba un tono crispante
vidriado, moscón.
Paulino Castro asió la manija de la bomba del aljibe.
Estaba agarrotada. La golpeó frenéticamente y se hizo daño. Largó una patada al
cubo lloradero, colocado bajo el caño de la bomba. Dio la vuelta a la mesa de
madera ennegrecida y astillada y entró en el rancho de proa.
En el rancho de proa botaba la pereza de los minutos
visperales de la llamada a comer. Las palabras de Paulino Castro buscaban con
saña la oposición de la marinería. Estaba valentón en el envite; llegaba con la
fuerza de una surada.
—¿Quién ha jodido la bomba? ¿Quién ha sido el último que
ha sacado agua del aljibe? ¿Quién, me c…, quién?
La marinería casi estaba de siesta. Venancio Artola
preguntó suavemente:
—¿Qué pasa, patrón?
—La bomba del aljibe, que está rota. ¿Quién ha sido el
último que ha sacado agua?
—Macario habrá sido —dijo Venancio Artola—. ¿Le ha
preguntado a Macario?
—Macario no está.
—Habrá subido al puente con la comida del pesca.
—Macario no está en el puente.
—Estará en su rancho. Seguramente que no estará rota la
bomba. Se habrá agarrotado, le ocurre muchas veces.
Joaquín Sas extendió la red de la murmuración.
—Macario anda a golpes con ella, patrón; la habrá
embarrancado.
Venancio Artola era hombre dispuesto a hacer un favor.
Dejó el catre.
—Eso se arregla en seguida.
Desapareció hacia máquinas en busca de una llave inglesa y
de un martillo, mientras Paulino Castro se quedaba en el rancho hablando con
sus paisanos. Le había virado el humor. Se rascaba el dedo índice de la mano
derecha, anquilosado de una espina venenosa de pez salvariego, allá por los
años de bote, a la pesca de tiento en el perfil de los acantilados comarcales.
—Marea del diablo.
—Patrón, esta playa, en este tiempo, es de basura —dijo
Sas.
—Esta mar del diablo.
—La mar no importa si hay peces, pero no va a haberlos, ya
se verá.
—Confianza.
Paulino Castro hizo una pausa. Continuó:
—Confianza y aguantar.
Cuando Macario Martín fue a subir la comida a Simón
Orozco, Artola estaba arreglando la bomba del aljibe.
—¿Qué hiciste, Macario?
—¿Yo?
—El costa entró en el rancho con las tripas en los puños.
Allá él.
—Agarrotaste la bomba.
—¿Yo?
Venancio Artola se echó a reír.
—Pero, Macario, ¿sales de la escuela?
—Salgo del retrete. El costa, el costa… ¡Y qué me importa
lo que diga el costa! ¿Es que no puedo ir a hacer mis necesidades? ¿Es que
tengo que estar a todas horas a disposición de todos? ¿Te parece? Pues ahora,
encima, le tengo que subir la comida al otro. Bueno, pues voy retrasado. Bueno,
pues la gran bronca, porque quiere comer a las doce. Mierda, pero a las doce. Y
yo estoy estreñido y se me pasa el tiempo en el retrete. No voy a ir diciendo a
todos en este barco que estoy estreñido y que no estoy en la cocina porque
estoy estreñido. Déjame, Venancio, déjame y no me cargues.
—Macario —dijo, asombrado, Artola—, ¿has perdido una
chaveta?
Macario Martín había apartado en una cazuelita la comida
de Simón Orozco. Salió por el portillo a la cubierta, diciendo:
—Déjame, Venancio, déjame y no me cargues, que no quiero
tener disgustos.
La tripulación comió en la cocina y en los ranchos.
Venancio Artola contó a los de su rancho lo que le había ocurrido con Macario.
Joaquín Sas puso el punto amargo.
—El Matao está ya de loco de puerto, para divertir
marineros.
A Venancio le entristeció la actitud de Sas. No sabía por
qué, pero a Macario le tenía, en el fondo, un gran respeto.
Venancio Artola iba a decir algo, cuando se oyó el grito
de Juan Arenas desde las máquinas, llamando a la virada. Venancio se puso
rápidamente el traje de aguas y salió con los demás a cubierta. Desde el
puente, Simón Orozco daba órdenes al contramaestre.
—Cuidado, José, al sacar, que estamos en una revesa y nos
puede llevar la red para popa sin que nos demos cuenta.
—Bien, patrón, no parece fuerte.
—Tú, cuidado y atento.
Lentamente iba saliendo la maneta de las aguas. Celso
Quiroga manoteaba malleta pegado al carrete, echándola hacia popa para el
aparejo del segundo lance. Simón Orozco le advirtió desde el bacalao del
puente:
—Cuidado, Celso; mira la malleta y no la proa. Mira la
maneta que está deshilachada y te vas a meter en la mano un hilo del cable.
Celso Quiroga hizo un gesto afirmativo con la boca y la
cabeza. Simón Orozco contempló la marcha del Uro. Pasó la vista por la mar
hasta la proa de su barco. El contramaestre Afá aspó los brazos. Simón Orozco
volvió a la rueda del timón, la hizo girar, corrigió la enfilación y volvió a
salir al bacalao.
—Atentos al arte —gritó—, nos la llevará la corriente a
popa.
Había salido ya toda la maneta. En el arca de popa, junto
al saltillo, la iban colocando en ochos Sas y Artola. Ugalde y Juan Quiroga
preparaban una red para el nuevo lanzamiento. El cable de la que sacaban
silbaba por los rulines.
Un golpe de mar hizo que Simón Orozco se apresurase a
corregir el rumbo de leva. El Uro y el Aril iban acercándose, convergiendo
sobre la red a setenta brazas de profundidad. El contramaestre Afá abandonó la
proa para lanzar un cordel al Uro. Comenzaba la difícil maniobra de izar con
mala mar la red a bordo.
Devolvieron del Uro el cordel con el cabo atado a la punta
de la red. El Aril paró sus máquinas. Todos los hombres del rancho de
marineros, más el contramaestre y Macario Martín, estaban en proa. El
contramaestre acechaba en punta de proa, doblando sobre la amura. Los carretes
recogían el último cable del calamento. Se escuchó potente la voz del patrón
Simón Orozco.
—¿Cómo llama?
El contramaestre respondió:
—A babor.
El Aril hizo marcha atrás. Los dos picos de la red estaban
sujetos en proa.
Había que maniobrar para pasarlos al costado de estribor.
Afá abrió los brazos.
Macario Martín sujetaba la estacha del arte a un abitón de
la amura. Corrió una onda de atención desde proa que resacó en el puente. Por
un momento solamente se oyeron los ruidos de las aguas al golpear contra el
barco. La voz de Simón Orozco devolvió el dinamismo de la maniobra a aquel
mundo parado y silente en la atención.
—Templa y arría.
Macario Martín soltó la estacha. Las puntas de la red,
engarfiadas a un cable empoleado en el mastelerillo del estay de galope,
patinaron por la regala hasta el comienzo de la obra muerta. Principiaron a
halar la red.
El arte fue invadiendo la cubierta. Como un monstruo de
fondo, flojo y poderoso, se derramaba lentamente de la mar sobre el barco. Su
oscura maraña, en la cubierta inclinada, avanzaba, a los resguardos y apoyos de
las amuras.
Traía prendida la florafauna de las playas: grandes
vejigas rojas y amarillas, cardúmenes y pólenes de peces carnavales y payasos,
algas ocres y retintas. El arte, como los grandes animales de la mar, tenía sus
parásitos.
De golpe, en la línea de popa, emergió el copo. La cabeza
de la red quedó flotando. De un blancor metálico, ancha y redonda, era como una
gigante gota de azogue movilizándose por la iracunda pelea de las aguas negras.
Simón Orozco no perdía de vista el copo. Tras la florafauna: matas, cardúmenes,
colonias; tras la florafauna aparecieron los discos cenicientos de las rayas,
las pintarrojas oceladas cambiando el reciente color crema de la sacada por una
rosa fuerte al compás de una larga agonía, las sulas largas, albas, como de
aluminio, las blandas langostas de coral enzarzadas en una pesadilla
combatiente con las mallas del arte… Se vertía la red sobre cubierta trayendo
los primeros, diminutos, boquiabiertos rapes, ajados sus apéndices de pesca. Se
vertía la red con los escualos de gatunos ojos: mielgas de aguijones en las
aletas dorsales y caudales, pequeños tolles de duros dientes, pequeñas fieras
de las aguas, que sobre cubierta vidriaban los hermosos ojos de furia
impotente. Con ellos la serpenteante presencia de los congrios, el equívoco
formal de ojitos y lenguados, la suprarreal creación del pez rata, incisivos de
roedor, pelo o escama, larga cola barbada, coloración gris, grandes ojos,
verdes o azules, de animal asustado. Las redes de arrastre vuelcan el quinto
día de la creación del mundo sobre las cubiertas de los barcos pesqueros.
Maniobró el Aril. El copo quedó pegado al barco en la
banda de estribor. El contramaestre Afá preguntó a Simón Orozco:
—¿Usamos el salabardo?
—No es necesario.
—Trae bastante pesca, patrón.
—No es necesario.
Preventivo, insistió Afá:
—Si se rompe el cable… Es mejor salabardear, patrón.
—No es necesario. Sacad ya.
Izaron el copo. Quedó unos instantes balanceante sobre
cubierta. Afá tiró de la cuerda que cerraba la boca de la red y la cubierta se
cubrió con la pesca.
Habían establecido para su clasificación compartimientos y
casillas. El monte de pesca tenía los blandos colores del mundo submarino:
rosicler de cucos, carnavales y payasos; rojo de sangre coagulada y plata de
los besugos; plata vieja de las merluzas, las pescadillas, la carioca machacada
por los peces grandes; blanco de esclerótica de los calamares y los cabezones
pulpos de arena; verdes y amarillos de los bacalaos y su clan de abadejos y
barruendas; pintarrajas, mielgas, tolles, rayas… y una caila hediente, al
acecho del descuido de un marinero, con la boca entreabierta, con la boca de
tres filas de dientes móviles, con la boca de muerte. La caila del clan de los
grandes escualos, quieta y larga como un madero ennegrecido por las aguas.
Comenzó a bordo el trabajo de clasificación de la pesca.
Los barcos se emparejaron y fue lanzada al agua tras de una breve andada, la
red del segundo arrastre. Simón Orozco comunicó con el barco compañero el
cálculo del monto de la pesca.
Los hombres del barco, excepto los dos patrones Domingo
Ventura y Gato Rojo, trabajaban en la clasificación y preparación del pescado.
Domingo Ventura había sido reclamado para que bajase a la cubierta a abrir
bacalaos, pero Domingo Ventura prefería contemplar la tarea desde el puente,
trinando el aire por las separaciones y agujeros de la dentadura ocupados por
restos de comida, ahuecándose perezoso dentro de la capa de aguas, tiesa y como
quebradiza.
Domingo Ventura, después de aguantar durante un rato la
lluvia mansa del mediodía, desapareció rumbo a su catre. Gato Rojo estaba de
guardia en máquinas, entretenido en la artesanía de los anzuelos de cacea.
Junto al palo mayor, José Afá abría merluzas. A un lado el
cajón de las cocochas y las huevas, al otro el de los desperdicios. La merluza
limpia se la pasaba a Sas que la bañaba en el cubridor de hierro de la
escotilla de la nevera al que habían dado la vuelta y llenado de agua. Macario
Martín seleccionaba pescado a mano, dando gran impresión de trabajo, siendo muy
poco eficaz.
Venancio Artola y Juan Ugalde paleaban la basura de la mar
a la mar; trabajaban de firme. Los Quiroga abrían merluzas junto a los carretes
de cables. Juan Arenas y Manuel Espina preparaban bacalaos, abadejos y
barruendas para la salazón.
Los besugos, coleteando, resistiéndose a la muerte, iban
llenando las cajas.
Cajas de besugos, cajas de merluzas, cajas de pescadillas.
Alguna de cariocas en buen estado, de ojitos y lenguados, de rapes. Todo lo
demás a la mar. En los primeros días de pesca no se puede llenar la nevera de
peces de poco precio: peces cucos, peces burros… El congrio para comer los de
los ranchos; las langostas reservadas para los patrones, porque siempre las ven
los primeros; si hay más de tres también alcanza para la marinería; si no, a
fastidiarse, porque donde hay patrón obedece el marinero, que es la ley del
mar.
En el arte se habrían tomado cerca de tonelada y media de
peces. La mayoría volvían a las aguas, muertos, para banquete de las hienas de
la mar: las callas y su clan. El trabajo en la cubierta, bajo la lluvia, con
mar movida, agotaba a los hombres. Solamente plantarse, recibir, quebrar en los
balances, era ya un trabajo. Macario Martín seleccionaba a mano de dama, sin
ascos, pero con prevenciones, agarrado con la del delito a la tapa de regala.
Macario se quejaba de la cintura, suspiraba hondo, se incorporaba lentamente
vértebra a vértebra, muelle a muelle, como se abre una navaja. Los Quiroga,
Ugalde, y Artola, no hablaban en el trabajo. Afá y Sas reincidían en las bromas
del trabajo a cuenta de Macario. Los engrasadores se curioseaban mutuamente el
trabajo, perdiendo el tiempo.
—Mal abierto —dijo Juan Arenas—. En la raspa se te ha
quedado un filete grande.
—Le he perdido el tino —respondió Espina—. Hasta que abra
una docena no lo haré bien.
Macario Martín usó de las dos manos para tirar por la
borda una raya gigante. Se asomó para ver su descenso. La raya descendía
solemne, despaciosamente, como una gran hoja otoñal. Por un momento fue un
oscilante brillo fosfórico. Luego se perdió hacia los fondos. Macario volvió a
su técnica selectiva, cuidadosa, descansada y farsante.
En la estela del Aril alborotaban los pájaros de la mar.
Los mascates picaban desde las alturas, desde la parsimoniosa de sus vuelos;
los arrendotes gañían en la disputa del banquete; las ligareñas, ligeras,
gráciles, se adelantaban a los arrendotes, amagaban sobre la espuma y la
comida, levantando el vuelo de perseguidas. Los petreles sorbían con urgencia
los aceites y, rápidos, revoleaban las laderas de las olas para de pronto
ascender y revolear al lado contrario.
Juan Arenas le daba al cante chico mientras abría
bacalaos. Manuel Espina lo acompañaba tarareando. Entraba el agua por las
amaras, arrastrando las cabezas de los bacalaos, cegando los imbornales de
desperdicios. José Afá no podía sonarse las narices con las manos llenas de
sangre y de escamas y moqueaba ruidosa e infantilmente. Macario Martín gritó:
—Afá, quítate los mocos que no dejas oír al fenómeno, a la
voz aristocrática de Puerto Chico.
La voz aristocrática de Puerto Chico dejó de cantar y
preguntó:
—¿Tú lo haces mejor, Matao?
Macario Martín le lanzó una barruenda:
—Toma, trabaja y calla, que te estropeas la garganta.
Sas terminó de llenar una caja de merluzas.
—¿Quién me hace un cigarrillo? A ver esos ayudantes —se
refería a los engrasadores—. ¿Quién me hace un pito?
Manuel Espina se frotó las manos contra el traje de aguas.
—Voy a secarme las manos y hago los cigarrillos que
queráis.
Se pidieron cigarrillos.
—¿Con el tabaco de quién? —preguntó Espina.
—Con el del contramaestre —dijo Sas—. Con el del
contramaestre, que tiene un buen lastre.
Afá no contestó. Manuel Espina se fue de la cubierta. Los
hombres de cubierta hicieron un alto en el trabajo. El contramaestre alzó la
mirada al puente.
Desde una de las ventanas los contemplaba Simón Orozco.
—Esto se acaba en seguida, patrón dijo Afá—. Van a salir
unas doce cajas de merluza; menos de pescadilla. Cuarenta de besugo, o cosa
así.
—Idlas bajando a la nevera para acabar antes —ordenó
Orozco—. Al anochecer se nos va a poner mal tiempo.
En la galleta del palo de proa descansaba un pájaro
arrendote. La mirada de Orozco se fijó en él. Afá siguió la mirada del patrón.
—Mal signo —dijo Afá—. Además, está oliendo la mar.
Miró Orozco hacia la mar. Lejana, azuleaba una gran
cintura. Afá opinó:
—Sardina o arenque, a los pastos de costa. La cintura la
forman los grandes cardúmenes de peces que dan un color a la mar.
Manuel Espina volvió de la cocina con un manojito de
cigarrillos. Se los fue poniendo en las bocas a los peticionarios; les dio
fuego. La pausa del cigarrillo clausura un tiempo de trabajo, abre uno nuevo en
el que el marinero entra satisfecho. Juan Arenas, que se había retrasado en la
guardia, fue a las máquinas.
Gato Rojo no tuvo necesidad de salir a la cubierta, porque
ya estaba todo el bacalao preparado. Salarlo era negocio de la gente del rancho
de proa.
A las seis de la tarde terminó el trabajo. Los tripulantes
regresaron a sus ranchos. José Afá y Macario Martín colocaron el cubridor de
hierro de la escotilla de la nevera. Guarnía la mar y no fue necesario afretar
la cubierta resbaladiza de las babillas de la pesca, de los peces machacados,
de los desperdicios. Afá y Macario Martín se lavaron en los cubos de limpieza;
después entraron en la cocina.
—Ahora hay que beber vino —dijo Macario— para que la
sangre coja fuerza. Hay que echar la reuma que se pesca en esta andanza, para
poder descansar bien.
El contramaestre afirmaba con la cabeza.
Simón Orozco, en el puente, había comunicado al barco
compañero el total de la pesca. Calculaba las cajas a cincuenta quilos. Era el
cálculo de la marea, el de la lonja era a cuarenta, una con otra. «Poca pesca
—dijo el patrón del Uro—, pero entrando en el banco se sacará más. Esta noche
tendremos trabajo».
Simón Orozco quedó un momento pensativo, con las manos en
las cabillas de la rueda. Había terminado el trabajo. La cubierta estaba vacía.
A su estribor lejano, visto y no visto en los balances, navegaba el Uro.
También él se sentía vacío con una larga perspectiva de algo, que entreveía, en
lo remoto de la mente.
El vacío de la mente oleaba y tenía sus balances. No podía
fijar aquel algo. Estaba pendiente de la marcha, atendiendo a las aguas y a los
cielos cubiertos. La lluvia, que había aumentado, y las salpicaduras de las
olas al romper sobre el barco, tatuaban los cristales del frente del puente de
reguerillos, de lagunillas, de espejillos. Culebreaban los regueros, se
desprendían las botas. Veía, entreveía borroso, el palo de proa. A su estribor
estaba la mar creciendo. El Uro era una mancha negra. Simón Orozco, cuando
estaba solo en el puente, hablaba en voz alta o cantaba. Simón Orozco comenzó a
cantar. Cantaba en vasco una canción del campo, una canción de la escuela, una
canción de los montes de helechos, de altas cimas, de las nubes que pasan.
Simón Orozco vivió en el puente, durante un rato, como dentro de una campana de
cristal. Cuando bajó un bastidor del frente, entraron las aguas desmenuzadas
del cielo y la mar. Por el tubo acústico ordenó a Manuel Espina las
revoluciones del motor. Luego quedó silencioso y preocupado.
Gato Rojo mostró al contramaestre los anzuelos que había
preparado. El moñete de hoja de maíz lo había sustituido por crin e hilos
rojos. Afá le preguntó:
—¿Tú crees que con esto van a caer mejor?
—Si no caen con esto —respondió es que le han perdido el
gusto a comer. Ya verás.
—A la vuelta lo veremos. Hay que sacarles unas perras a
los bonitos.
Macario Martín intervino:
—Hay que asegurarse una noche de farra, porque si no
estamos Mataos.
En su litera del cuarto de derrota, Paulino Castro, la
vista al techo, los brazos cruzados bajo la cabeza, las piernas cruzadas y la
respiración profunda, meditaba. Meditaba en lo que había meditado muchas veces,
muchas mareas. La tienda de comestibles de su mujer le ofrecía un buen retiro.
Cuatro años más en la mar. Cuatro años para redondear los ahorros y se acababa
el pescar. Se haría vendedor de bacalao, quehacer más tranquilo, más lucrativo.
Pero tenía que quedar como un hombre con su mujer. Ella se había casado con un
pescador, no con un tendero. Los compañeros le habían dicho cuando se casó:
«Buen braguetazo, Paulino, ahora la mar para los pobres». Él estaba demostrando
que los hombres honrados, a pesar del dinero, siguen en la mar. Pero con cuatro
años más cumplía. Vender bacalao o despachar vino, si se podía tomar en
traspaso la tienda de al lado. Con el ultramarinos y la taberna, se aseguraba
la vida.
Entonces la mar para los pobres. Gran Sol para los que no
habían tenido suerte o se gastaban el dinero en las tabernas, o se lo jugaban,
o tenían muchas bocas que alimentar. Gran Sol tachado.
Paulino Castro llevaba la meditación hasta el ensueño.
Acaso con un poco de dinero fuera posible comprar una motora para dedicarla a
la bajura. Armador en pequeño, pero armador al fin. Dejar la taberna al
atardecer para irse al muelle a ver la descarga. Entrar en la lonja como un
armador de verdad. Acaso el saludo de los pescadores: «Buenas tardes, señor
Castro». ¿Señor Castro o don Paulino?
Con dos motoras, seguroel tratamiento. Don Paulino.
Paulino Castro era don Paulino. Gran Sol tachado.
En el rancho de proa Artola contaba una anécdota de un
pescador de Bermeo. A los lances más ingenuos, ponía Venancio un dejo de
socarronería que los transformaba, que los hacía difíciles e indefinidos, casi
estúpidos, casi profundos y jocosos.
—Kepa el marica andaba y andaba —decía— rondando a uno que
era manco de la derecha. En el bar ya contaban que no se podía defender si Kepa
se le echaba encima. Kepa cosía redes mejor que ninguno y no quería embarcarse;
por eso le decíamos marica. Yo no creo que fuese marica, a mí nunca me dijo
nada, pero podía ser porque a algún veraneante de Bilbao se le pegaba todos los
agostos y fumaba rubio y bebía vermut de botellín y tenía siempre cinco duros.
La de veces que a mí me habrá convidado Kepa. Ahora que
tuve que dejar de que me convidase más, porque, si no, los que no convidaba
decían que tal y cual. Para mí Kepa era un vivo, pero había que seguir diciendo
que era marica porque si no los demás le podían llamar a uno marica y luego las
mozas, si te las llevabas a los rincones, te decían que eras marica o no
querían bailar contigo. Lo mejor es decir lo que dicen los demás.
Venancio Artola se quedó un momento pensando. Joaquín Sas
lo acució:
—Bueno, ¿y qué? El marica ese, ¿qué? Venancio Artola se
encogió de hombros y dijo:
—Nada. Ya lo he contado.
Joaquín Sas se asombró.
—¿Que has contado qué?
—Qué va a ser —protestó Venancio—, qué va a ser. Lo del
marica, hombre.
Joaquín Sas hizo un gesto de extrañeza. Cogió su botella
de vino y bebió largamente. Suspiró.
—Bueno, Venancio —dijo—, tienes razón, mucha razón, cuenta
otra cosa.
Venancio Artola se amoscó un poco.
—¿Es que no tenía gracia o qué?
De pronto Venancio se echó a reír. Se reía suavemente. La
risa de Venancio fue aumentando hasta transformarse en una carcajada. Estaba
sentado en el catre y se golpeaba los muslos con sus grandes manos.
—Ya, ya —dijo entrecortadamente—, no habéis entendido
—volvió a reírse—, no habéis entendido. Tú, Sas, no has entendido nada. ¿Tú has
entendido, Juancho? —le dijo a Ugalde—. Tú sí habrás entendido.
Juan Ugalde hizo un movimiento con las cejas, que lo mismo
podía ser una afirmación que una negación. Venancio Artola se animó.
—Pues voy a contar otra, a ver si la pescáis. Hizo una
pausa. Los ocupantes del rancho estaban expectantes.
—Un chico pelotari —comenzó—, que yo conocía desde
pequeño, se lió con una de Bilbao. Entre que si iba y venía mucho de Bilbao, se
enteró el padre y el cura. El padre le dijo: «¿Conque en éstas andamos? Pues
eso ya verás cómo lo pagas». Y el cura, que era castellano, también le dijo:
«Mira que eso se paga». Él no hizo caso; le llamábamos Amurrio, no sé por qué.
Había estado, decía él, en la guerra en Amurrio, pero vete a saber la verdad.
Pues no hizo caso ni al padre ni al cura. La madre lloró mucho, pero él ni
caso.
Venancio Artola hizo una larga pausa. Terminó:
—Acabó en el hospital.
Venancio Artola guardó silencio hasta que Joaquín Sas dijo
agriamente:
—Bueno, ¿y qué? No me vas a decir que ha acabado ahí. Es
la historia más idiota que he oído en mi vida.
Venancio miró a Juan Ugalde, se encogió de hombros y dijo:
—Tampoco esta vez ha entendido.
—Cómo voy a entender —gritó Sas—, si eso no tiene ni pies
ni cabeza. Si eso no es ni verdad ni mentira, ni tiene argumento ni sustancia
ni nada.
—Que te crees tú eso —dijo Artola—. Esto que he contado
son lo que se llaman parábolas. ¿Tú no has oído nunca parábolas?
Venancio no pudo contener la risa. Repitió entre
carcajadas:
—Parábolas… parábolas, hombre… parábolas.
Estaba oscureciendo. De las máquinas llegó el grito de
llamada. Era la voz de Gato Rojo.
—¡A virar!
Salieron los hombres de los ranchos. Simón Orozco había
encendido las luces del barco. Principió la maniobra de la segunda sacada del
día. Los tripulantes se repartieron por la cubierta.
Cuando izaron el copo y la cubierta se llenó de pesca,
Simón Orozco decidió quedar al garete durante una hora, hasta que se hiciese la
selección del pescado y se devolviese a la mar su basura. Ya era de noche.
Las luces del barco compañero cabrilleaban en las aguas.
Llovía abundantemente. Macario Martín trabajaba con afán, como todos, para
ganar tiempo a la noche y a la andada hacía el banco Gran Sol.
Paleaban la basura Artola y Ugalde. Fosforecía la mar. Las
cailas y su clan subieron de las profundidades, pegándose a los costados del
barco. Las cailas se dejaban mecer por las aguas, casi en la superficie,
esperando que las paletadas de pesca les llegasen hasta la puntiaguda cabeza;
entonces abrían la boca y la cerraban automáticamente. La paletada desaparecía
entre sus mandíbulas.
Simón Orozco odiaba a las cailas. Llamó a los engrasadores
Juan Arenas y Manuel Espina. Ordenó:
—Echadle un gamo a la grande, a esa que está pegada a
estribor. No la saquéis. Procurad rajarla.
Arenas y Espina cogieron dos grandes bicheros y apresaron
la caila. El animal no se movió.
Instantes después reaccionó al dolor. Rabiosa,
desesperadamente, se debatía. Los engrasadores apalancaban los gamos sobre la
tapa de regala. Simón Orozco animaba la función.
—No la dejéis escapar, rajadla bien —decía con saña—. No
la dejéis escapar, no apalanquéis mucho, rajadla bien.
Macario Martín se asomó por su amura para ver la pugna.
Comentó en voz baja:
—¿Qué le habrá hecho ese pobre animal al patrón?
No lo había oído Simón Orozco, pero se volvió como el rayo
a Macario Martín. Dudó un segundo, después gritó:
—Macario, coge un gamo y échales una mano. Rajadla bien.
Antes de que Macario Martín tuviera ocasión de prestar
ayuda a sus compañeros, la caila, con el zambullo fuera, abierta desde la boca
a la fosa nasal, se perdió en las aguas. Simón Orozco se rió estentóreamente;
aprobó la faena:
—Muy bien, muy bien. Ya se lleva buena.
Como una tentación, como una mala tentación, volvió la
caila al costado del barco, rodeada de su clan excitado por la sangre fraterna.
Como una tentación, como una mala tentación fue su aparición para Simón Orozco.
—Echadle los gamos.
Los engrasadores y Macario Martín obedecieron. La caila
fue apresada de nuevo. Otra vez la pelea. El gamo de Macario le rasgó la
mandíbula inferior. Por fin la caila se desasió y se perdió definitivamente en
los fondos. Simón Orozco entró en el puente. Marcó en el telégrafo: Avante,
media. Vociferó por el tubo acústico, porque Gato Rojo se había retrasado a su
llamada.
El Uro emprendió marcha siguiendo las aguas del Aril. Iban
hacia Gran Sol.
Los barcos navegaban contra el viento cabeceando mucho.
Simón Orozco estaba contento al timón. Unos minutos más y Paulino Castro le
tomaría el relevo.
Macario Martín, junto a los engrasadores, que abrían
bacalaos, preparaba merluzas y comentaba:
—El patrón tiene venas. Estoy segurode que ha mandado
marchar por lo de la caila. Si vuelve a dejarse ver el animal se tira al agua a
rematarlo. El patrón tiene venas.
Juan Arenas canturreaba un tango. Manuel Espina
interrumpió la misteriosa meditación de Maca rio Martín.
—A ver cómo se te da luego el ponernos, bien puestas, pero
bien puestas, ¿eh?, unas cabezas de bacalao.
—No hay tiempo. Eso tiene que cocer mucho; eso es como
comer callos en tierra.
—Pues mañana.
—Mañana ya es otra cosa.
Domingo Ventura desde el portillo de la cocina saludó a
los trabajadores.
—¿Se ha pescado mucho?
Macario Martín le respondió:
—Sal a verlo.
—Tengo que hacer.
Domingo Ventura desapareció en las entrañas del
guardacalor. Macario Martín punteó el final:
—Vaya maula que tenéis por jefe, muchachos. Ese tío ha
nacido para mandar una hamaca, no las máquinas de un barco. Para mandar una
hamaca y todavía estaría cansado de trabajar.
Paulino Castro hizo el relevo a Simón Orozco. Éste dijo:
—Si mañana no hacemos capa, vamos bien; la mar está
empeorando.
Trabajar en cubierta era, en aquellos momentos, uno de los
trabajos más duros del mundo. El contramaestre Afá, para no caerse, apoyado
como estaba con las espaldas en el palo de proa cara al puente se echó una
estacha y se abitó a él.
El banco Gran Sol, el banco centro de la carrera de los
pesqueros, esperaba a sesenta millas al suroeste, con mala mar, viento recio y
lluvias.
VI
AL amanecer amainó algo la última furiosa collada del
norte. Llovía apretada y fuertemente. No había perspectiva de horizonte en la
mar; rompían horizonte y olas en la proa. Una mancha de claridad cenicienta
cubría la nave y su combate. El Aril navegaba gelatinosas aguas bicolores:
verdes, de los verdes oscuros del septentrión, en su torno inmediato; negras,
de las profundas negruras minerales —brilladoras, titilantes, engañosas— del
carbón, viniendo a la reñida del naufragio. El Aril estaba en la capa en aguas
del banco Gran Sol.
Simón Orozco llevaba el timón, haciendo la capa: poco a
poco el motor y proa al viento. Paulino Castro atendía a la radio. Habían
perdido de vista al barco compañero desde las primeras horas de la madrugada,
desde el primer choque con la collada del norte. Comunicaban con el Uro por la
radio. Nada iba mal.
«Nada va mal —dijo el patrón de pesca del Uro— por
ahora…».
Macario Martín volvió de la cocina a su rancho. Entró
frotándose un hombro. Subió a su litera. Dijo:
—Es inútil. Estoy tronzado. Es inútil. Hay que esperar que
calme un poco.
Ninguno de los compañeros protestó. Macario empezó a
barbarizar sobre los malos tiempos:
—El sol se va de p… Venga agua por el balcón. La mar está…
Interrumpió su discurso un fuerte balance. Se agarró el
hombro dolorido con la mano del delito e hizo la queja.
—Capa, capa, capa, el tío este nos va a tener haciendo
capa siete días.
Debiera haber tirado para puerto. Debiéramos estar ya en
Bantry.
—En casa —dijo Afá.
Gato Rojo aguantaba marea hecho una bola en su litera.
Juan Arenas tenía el estómago revuelto y un cierto remusgo de miedo.
—Me descomponen las capas —acertó a decir—. Me descomponen
las capas —repitió.
Macario Martín bajó de su litera y se tumbó en la de
Manuel Espina.
—La mía —explicó— está más húmeda que la mar. Por ese ojo
de buey entra el diluvio.
Juan Arenas se incorporó en su litera. Preguntó:
—¿Cuánto durará esto, José?
Afá dijo calmosamente:
—Tres, cuatro, diez horas. ¡Quién sabe!
Se frotó las manos nerviosamente el engrasador.
—Debiéramos estar en Bantry —dijo—. El patrón ya veía lo
que se acercaba…
Sonrió Macario Martín.
—Sí, en Bantry —afirmó.
El contramaestre comentó en voz baja:
—En casa, en casa.
Trepidó la embarcación y dio un bajón como si hubiese
pasado un bache.
Juan Arenas se quedó un instante mirando con los ojos muy
abiertos el techo del guardacalor. Guiñó la luz de ordenanza. Se hizo un
silencio. Macario dijo:
—Debiéramos estar ya en Bantry.
—Baja la mar —dijo Afá—; le dan tepeluznos, pero baja. No
puede con nosotros.
—Este viento no se va tan pronto —contradijo Macario—.
Volverá en seguida, volverá más rabioso. Está en la brega.
Juan Arenas se echó en la litera. Gato Rojo estiró las
piernas, dejando de ser un nudo sobre el catre. Macario Martín sonrió, segurode
sí mismo.
—Voy al fogón —dijo—. Voy a ver si se puede hacer algo.
El Aril sostenía con sus palos un cielo gacho, grueso,
gris.
Para Manuel Espina aún era de noche. En el clima nocturno
de las máquinas —luces, sombras, zumbidos, calor, sueño— el engrasador esperaba
el término de la guardia; con la finalización de la guardia, el aflorar al día,
como en un despertar voluntario, dejando atrás el espacio cercado del hierro o
la tiniebla, conquistando en una sola aspiración, en una sola mirada, la
libertad de la luz cenicienta. Para Manuel Espina, en la guardia, el
pensamiento tenía los puntos de absurdo y de repetición de las pesadillas.
Por el rancho de proa se discutía la capa. Los hermanos
Quiroga —el barbilampiño, el barbirrucio— formaban los dos puntos de ortografía
para la enumeración de Joaquín Sas.
—Hace dos mareas la capa, ¡eh, Juan! ¡Eh, Celso, la
hicimos porque al patrón le dio la gana! Con tiempos peores se ha pescado otras
veces. ¿No es verdad, Juan y Celso? Mareas de aguantar mar de capa en arrastre,
mareas de invierno por la mar de Francia echando las artes, mareas, tú no
viniste, Venancio; pero tú, Ugalde, te acordarás, como aquella que entramos en
Castletown casi sin los barcos.
Venancio meditaba sus preguntas.
—Entonces, Sas —dijo—, ¿qué dices de esta capa?
—Que a la tarde tiramos la red.
—Bueno, ya, pero ¿qué dices de esta capa? —repitió
Venancio.
—Ya no es necesaria. Ya, si quiere, puede echar el arte.
—Tú, Sas, eres como un patrón de pesca, pero desde el
rancho. Sal a ver.
Dile a Orozco que está para echar la red y te echa a ti a
la mar.
—Contigo, Venancio, no se puede hablar. Crees que Orozco
es Dios, que sabe todo lo que ocurre y puede ocurrir. Crees que es el patrón
más seguroque anda a la mar. No hay patrón seguro. Todos se equivocan alguna
vez y siempre cuando no deben. Entonces vete a pedirles cuentas, cuando estés
dando de comer a los cangrejos en los fondos. Sí, vete a pedirles cuentas.
—Por eso me parece bien que siga en la capa, por los
cangrejos.
—La capa ya no es necesaria.
Macario Martín entró en el rancho de proa con las manos
tiznadas de carbón.
—Hoy no hay desayuno, mozos —dijo—. Apretaos el cinturón
por si no hay comida.
Juan Ugalde fue tomado de un súbito furor.
—Capa, capa, y encima no hay comida. Te diviertes, Matao,
tú. te diviertes mucho, pero las vas a pagar.
—Yo no me divierto, Juan, el carbón está mojado porque
alguien dejó el portillo abierto. Yo no voy a ir ahora por carbón. Pan no hay,
vete tú a sacarlo de la nevera. Patatas no hay, vete tú por ellas. Pesca no
hay, porque la que estaba colgada se la ha llevado el agua, vete tú a proa y
tráela. No hay nada de nada, invéntalo tú. Yo no me divierto; qué más quisiera
yo.
—Yo tengo hambre —dijo Juan Ugalde—, y tengo que comer. Tú
tienes obligación de hacer la marmita a mediodía y ahora de darnos algo.
—No hay.
—Ayer ya se veía que íbamos a hacer capa, vago, mierda de
vago. No hay porque tú eres un vago.
Macario Martín se dirigió a Joaquín Sas.
—No son marineros; en cuanto falta de comer se acaban los
hombres.
Los Quiroga tomaban la opinión de consuno. Celso hablaba,
Juan afirmaba con la cabeza y ayudaba a la afirmación moviendo las manos.
—Matao, de esto se va a enterar el patrón y ya veremos lo
que dice.
—El patrón tiene bastante con la mar.
—Ya veremos.
Macario Martín jugó la baza de su gracia personal.
—Hijos míos —dijo—, estoy muy duro, lo demás os ofrecía
una pierna.
Qué se va a hacer, hijos, cuando todo se pone en contra.
Nos podemos comer los unos a los otros…
Juan Quiroga no tenía la palabra fácil, resumía profundos
pensamientos en un solo vocablo.
—Majadero.
Se agarró Macario para aguantar un balance, se agravó su
rostro.
—Hijo mío, calma, no insultes, no te metas conmigo que yo
tengo la lengua larga, no seas pasmado y hazte cargo.
A Macario Martín no le hubiese molestado el denuesto
violento del habla y la costumbre marinera. Le hería profundamente el insulto
de Juan Quiroga. Se despidió.
—No hay nada —dijo—; de modo que aguantarse. Y tú —señaló
a Juan Quiroga— guárdate esos insultos de oficina para endilgárselos a tu
viejo.
La voz de Juan Quiroga le alcanzó antes de que cerrara la
puerta.
—Majadero.
En el rancho de proa se hizo un silencio. Sas habló
lentamente, mientras miraba por el ojo de buey.
—La mar se va calmando, dentro de poco llamará el patrón
para que suba alguno a la rueda. La última guardia antes de la del
contramaestre la hice yo.
Detrás de mí vas tú, Venancio.
Ya no rompía el horizonte en la proa. El cielo se
levantaba, se ensanchaba, blanqueciéndose. Menguaba el oleaje. La lluvia se
dulcificaba en sirimiri. Renacía la estela. La chusma de los petreles volaba al
sebo y los aceites, haciendo recortes a las olas. Caía al estribor del Aril la
mancha lejana del Uro compañero.
Afá abrió el ojo de buey de los pies de su catre para
tomarse un aire. El rancho estaba cargado de humo estratificado y perezosamente
movedizo. Afá respiró los buenos vientos de la andada. Protestó Arenas —en el
aburrimiento la protesta, en el trabajo la protesta, en el peligro, la
protesta, ¡qué distracción, qué descanso, qué bastimento de valor!— de la
corriente fría. Con la calma el contramaestre bebió de su botella,
delicadamente preservada durante la capa entre el cabezal y la ropa sucia
metida en una bota de goma; bebió feliz y largamente. Dijo «top» y cacheteó el
corcho. Arenas había calentado su vino entre las piernas y escupió el trago. De
nuevo protestó de la corriente de aire.
Luego cambió favores. Dio señales de no seguir
protestando, pero pidió al contramaestre su botella. Afá fue generoso.
A Manuel Espina entre las muchas partes de su cuerpo que
le dolían en las capas, y las horas, las malas horas, que tenía de guardia, en
cuanto la mar calmó y se tumbó en el catre, se quedó desarbolado, dejándose
mecer en una duermevela de dolores y profundas aspiraciones como de pequeña
felicidad.
Cuando Arenas, abusando, le quiso pasar la botella de Afá,
Manuel ni se movió.
La botella volvió a su dueño desde Arenas: un último
trago, el no bebido por Espina, un completo abuso.
Domingo Ventura, en su camarilla, mordió un trozo pequeño
de carne de membrillo. Tenía el estómago vacío. Luego sacó de una lata cuatro
galletas y las fue comiendo con delectación y sosiego. Domingo Ventura no pensó
que tenía gusana en el intestino y que por eso sentía hambre a todas horas,
sino pensó en que era como una caila, como una caila de setenta quilos de peso
capaz de zamparse setenta quilos de carne de membrillo, de galletas, de onzas
de chocolate y de acabar con la leche condensada de setenta latas brillantes,
como peces. Entre las novelas del Oeste y los ultramarinos nacionales tenía
perdido el pensamiento. El perezoso, el glotón, el sinvergüenza Domingo Ventura
se fue al rancho de popa a refregar su bienestar por los hocicos de los
engrasadores, sus subordinados. Ya era tiempo de hablar en el puente. Simón
Orozco cambiaba impresiones con Paulino Castro. Había subido a la guardia
Venancio Artola. Los dos patrones fumaban antes de entrar a descansar en el
cuarto de derrota.
—Dos horas de andada —dijo Orozco— y echamos el arte.
—En dos horas calmará más.
—Al atardecer levantará la mar. Estos vientos repiten. Si
nos salvamos de hacer capa esta noche…
Juan Ugalde pasó a la cocina de marmitón hambriento,
dispuesto a recibir órdenes de Macario Martín, dispuesto a las primeras catas
de la comida en preparación. Los dos Quiroga —el de los ojos turbios, el de los
ojos de pulpo— formaban terna con Sas, discutiendo inverosímiles negocios de la
bajura en la cerrada fala del Finisterre a la mar. Las motoras, las cinturas de
sardina o de anchoa, las barricas de raba, el juego de las artes ocupaban sus
cálculos imaginativos de marineros rasos, pobres y esperanzados. «Una esperanza
—dice Sas— de tener motora de uno y andar a la sardina como patrón, para salir
de pobre».
Las Américas del oficio están en la bajura.
A las once y media de la mañana Macario Martín retiró de
la marmita la comida de Simón Orozco y de Paulino Castro. A las doce menos
veinticinco no se cabía en la cocina. Juan Arenas sirvió un plato para el de
guardia en las máquinas; pidió permiso para servirse él. Macario Martín, tras
una mirada a los comensales, concedió el permiso. La marcha de Juan Arenas hizo
sitio. Se apartó comida para Celso Quiroga, que estaba al timón. José Afá pidió
un jesusero. A Manuel Espina le gustaba decir el «A Jesús» que abría la comida.
Manuel Espina sabía dar solemnidad al trance; aprovechó una calma en la
discusión entre Joaquín Sas y Venancio Artola, un silencio en la organización
vociferada de Macario Martín, una distracción sin blasfemia de Juan Quiroga y
la atención expectante de Domingo Ventura, Afá y Ugalde. Al «A Jesús» llegó
alguno con retraso en el quitarse la boina, pero hubo respeto.
El jesusero suele aguantar las bromas de la comida. Manuel
Espina no admitía bromas. Macario Martín era un técnico de la chunga. Hablaba
con el contramaestre.
—Si a ti te gustara echar jesuses, ¿qué te hubieras hecho?
—Cura, Macario.
—Pues yo patrón.
Manuel Espina metía la cuchara en el condumio y le miraba
de reojo. Se aproximaba el escarnio. Macario Martín era tenaz en la burla.
—Si a ti, José, te dieran a real el jesús, seguroque
ganabas un buen puesto de beata en la iglesia del cura Remojo y vuelvo a
remojar.
Macario Martín siempre jugaba del vocablo hasta el
absurdo. Proseguía:
—¿Y si en vez de un real te dieran una indulgencia, José?
—Iba a echar jesuses —decía Afá— el obispo.
Macario Martín garganteó un carcajeo siniestro, teatral,
desafiante.
—Manuel Espina —dijo—, vas para obispo o para cornudo. Los
únicos que echan jesuses de balde, Manuel, los únicos…
Manuel Espina dejó la cuchara quieta en el aire.
—Con tu mujer, Matao.
No se inmutó Macario Martín. Concedió:
—Con mi mujer, que es cornuda.
La BBC estaba dando malos tiempos en Islandia, en el mar
del Norte, en Irlanda, en los dos canales, en la mar de Francia; malos tiempos
hasta el Finisterre español. Simón Orozco con el bocado en la boca, sin
masticar, atendía preocupado a las noticias de la emisora. Cuando terminó la
BBC el parte marino, Orozco comenzó lentamente a masticar. Paulino Castro
preguntó con la voz tomada de un dejo de ansiedad:
—¿Qué dice el míster?
Simón Orozco fue lacónico:
—Danza.
Se quejó Paulino Castro.
—¿Más danza?
—Más danza y de la grande.
A través de los ventanales del puente, Paulino Castro
contempló la mar.
—No parece.
Simón Orozco contestó con la boca llena.
—Nosotros nos equivocamos, ellos no. Habrá que aguantarse.
—Se levanta la mar, pero no parece… Hay poco viento.
—Sí, hay poco viento y hay que aprovecharlo. Vamos a echar
el arte.
Paulino Castro licenció a Celso Quiroga.
—Vete abajo.
El marinero dejó el timón al patrón de costa y se volvió
hacia Simón Orozco.
—Señor Simón, ¿va a echar la red? —preguntó.
—Sí, quedan horas hasta que bailemos sin ganas; hay que
aprovechar.
Celso Quiroga quiso dar su opinión.
—Pero si hay malos tiempos…
No le escuchaba el patrón de pesca. Celso Quiroga salió al
bacalao del puente y cerró de golpe la puerta.
—¿Qué le pasa a ése? —preguntó Orozco. Paulino Castro se
encogió de hombros. Respondió:
—Tal vez miedo. Salir de una capa y entrar en otra es de
mala suerte.
—De mala suerte —dijo agriamente Orozco—, es estar toda la
vida en la mar.
Cuando Celso Quiroga entró en la cocina, Macario Martín
tenía ya harto al engrasador Espina con la broma de los jesuses. Celso comenzó
a tomar su comida. De pronto gritó:
—Matao, cállate ya, que luego vais a echar jesuses todos.
Se estaba limpiando la cuchara con un trapo.
—¿Qué hay por el puente? —preguntó.
—Malos tiempos desde el norte hasta el Cantábrico —dijo
Celso; luego fue lacónico a imitación del patrón de pesca:
—Danza.
En la cocina se guardó silencio. Celso llevó las
preocupaciones al máximo.
—Además va a echar la red.
Macario Martín se indignó.
—¡Que va a echar la red! Está loco. Este tío está loco.
¿Quién va a sacarla?
Con tal de llenar la nevera, le importa todo un bledo.
Mierda para el tío.
Desde las máquinas llegó el pregón de la faena. José Afá
tenía puesto el pantalón del traje de aguas.
—Me lo suponía —dijo.
Macario Martín se quejó a gritos:
—Ni comer. Ni comer.
Le animó el contramaestre:
—Anda, Matao, deja de quejarte y sal a cubierta.
Lanzaba el Uro. En el puente, por radio, Simón Orozco
aconsejaba al patrón de pesca del barco compañero. «Ojo a la corriente y a la
marejada —dijo—; ojo a la hélice; ojo, mucho ojo, no haya que lamentarlo».
Las olas traían un extraño rumor, como de grandes hojas de
acero quebrándose, como de alas batiendo en el aire lenta e insistentemente.
Rozaban los costados del barco, rompían en la punta de proa, se sucedían en la
lontananza, y lo llenaban todo de su rumor metálico, alado y escalofriante.
Macario Martín en la amura de estribor, junto a la proa,
comunicó a su amigo el contramaestre su sensación:
—Esta mar da dentera.
—Ésta es la mar —respondió Afá— de las capas de ocho días.
Simón Orozco observaba la faena, con la mano en la manija
del telégrafo.
Domingo Ventura estaba en el bacalao del puente
contemplando con mirada aburrida el trabajo de los compañeros. Comenzó la
andada de arrastre. Domingo Ventura quiso conversar con el patrón de pesca.
Simón Orozco estaba a la rueda y no le prestó atención. Domingo Ventura estuvo
un rato en el espardel, pegado a la chimenea, por la parte de sotavento; luego
bajó a la cocina en busca de diálogo. En la cocina, nadie; el rancho de proa le
era hostil; el rancho de popa lo tenía calculado para el atardecer. Desde la
pasadera de máquinas, Ventura intentó una conversación a gritos con Juan
Arenas. Se cansó y se fue a su camarote. Juan Arenas se alegró. Pensó que
Domingo Ventura era un baboso.
Canturreó la palabra. Se obsesionó con la palabra. Baboso
y mala persona, baboso y tirano, baboso y baboso. Baboso y engrupido. Juan
Arenas usaba a veces los vocabularios de los tangos y a veces, en la soledad de
la guardia, inventaba letras y músicas de tango con aplicación inmediata a sus
compañeros.
En los ranchos dormían. En el camarote y en el cuarto de
derrota dormían.
Velaban Simón Orozco y Juan Arenas.
El viento norte amaga. El viento norte avisa. El rumor de
las olas es el rumor de las multitudes. El ruido de las olas es el ruido de los
cataclismos prehistóricos, del cataclismo bíblico. Las olas hacían ya ruido y
el viento norte estaba golpeando. Llevaban cuatro horas de arrastre cuando
Simón Orozco ordenó por la radio la recogida de la red.
Cuando los tripulantes salieron a cubierta la marejada
había aumentado, el Aril casi trompeaba, el cielo y la mar formaban una axila
negra y profunda en cuya concavidad parecía que fueran a ser aplastados los
barcos.
Apenas se sostenían los marineros sobre la cubierta. Tras
la virada, en la convergencia de los barcos, Simón Orozco, agarrado a las
cabillas de la rueda del timón, tenía un gesto preocupado. La dificultad de la
marcha estrepaba la malleta, hispiendo el aforro de fibra vegetal, hisopando
los rostros de los pescadores.
La punta de la red fue pasada al Uro. Se alejó el Aril
principiando a dar vueltas en círculo en torno del barco compañero. Simón
Orozco estaba atento a la sacada; recomendó por radio el cuidado en la
maniobra. El copo de la red flotaba a estribor del Uro, empujado por el oleaje
y el viento, hacia el costado del barco. Un golpe de mar unió red y barco. El
patrón de pesca del Uro timoneó a babor, con el motor en marcha.
La red corrió a popa y fue enganchada por la hélice. El
copo se hundió de golpe, luego la mar de popa se cubrió de peces. El cable de
sostén de las puntas de la red se había partido.
Simón Orozco se agarró frenéticamente a las cabillas de la
rueda del timón y comenzó a gritar. A los gritos, Paulino Castro salió del
cuarto de derrota.
Despertado bruscamente, asustado, preguntó a Orozco,
acercándose al ventanal del puente:
—¿Qué ha pasado? —dijo con temor. Simón Orozco golpeaba
con los pies el entablillado.
—Torpes, torpes. Avería, avería… Vamos listos. Torpes,
vamos listos. Con esta mar, remolque. Mira, mira —señalaba al Uro—. Han
enganchado bien la red.
No la sueltan. No la sueltan. Una red perdida y lo que
venga.
Repentinamente Simón Orozco se calmó.
—Coge el timón, Paulino. Voy a llamarles. Ya comunicaban
del Uro.
—Acercaos. Mal asunto. Se ha enganchado en el eje el cable
de sostén. Está toda la red abierta. Habrá que remolcarnos.
El Aril se acercó al barco compañero. Los tripulantes de
los dos barcos estaban en las cubiertas. Hablaban a gritos. Nadie se entendía.
Simón Orozco, desde el bacalao del puente, pidió silencio a su tripulación.
—Vamos a dar remolque. Aseguradlo en los abitones y en el
palo. Vosotros —dijo a su tripulación— tomad el cable con la boza. Listos.
La maniobra tuvo dificultades. Los barcos comenzaron a
navegar lentamente hacia el norte. Paulino preguntó a Simón Orozco:
—¿Adónde?
—Bantry, si llegamos —respondió el patrón de pesca,
preocupado.
Estaba anocheciendo. Una lluvia fina, mansa, chispeada,
colaboraba con las primeras tinieblas entenebreciendo la mar.
Macario Martín aplastó una mosca con el pie contra el
techo del guardacalor.
—Ésta era la última —dijo—. Ahora estamos de verdad en la
mar. Matao el último bicho de la tierra.
José Afá sonrió.
—No cuentas contigo, Macario, ni con las pulgas.
—Somos bichos de a bordo —contestó Macario Martín—. Ahora
estamos solos.
La boza de cadena sonaba en la tapa de regala, en la popa.
Su sonido ácido penetraba en el rancho. Afá estaba de pie, con los brazos
tendidos a las literas de los costados.
—Esto no me gusta, Macario, esto no me gusta.
—Al aumentar la mar, el cable no resistirá.
—Hace tres años se perdió una pareja de Vigo en La
Chapelle. Atoaban hacia Francia, con mala mar. Se rompió el cable. El barco que
daba remolque se fue de proa, se clavó en la mar. El otro resistió al garete,
aunque la mar se le había llevado cuatro hombres. Cuando los recogieron, creo
que no había ni guardacalor.
—¿Qué esperanzas! —dijo Macario. Domingo Ventura asomó por
el rancho.
—No puedo estar solo —se disculpó— en estos trances; me
pone nervioso estar solo.
Macario Martín señaló hacia abajo con el dedo de su mano
derecha.
—Échate en la litera de Manolo, pero no se la mees.
Domingo Ventura obedeció. El contramaestre siguió hablando
de naufragios.
—Esta noche debiéramos habernos quedado al garete. Atoar
con esta mar… El patrón lo hace para perder los menos días que pueda. La pesca,
la pesca, y nada más que la pesca. Si ocurre algo, ¿qué? La gratificación a las
viudas debe de ser de risa. El seguroes peor, mucho peor. Cuando se fue a
pique…
—¡Qué esperanzas, José! —dijo Macario.
En el puente, Simón Orozco dijo a Paulino Castro:
—Comunica, si puedes, con alguna pareja cercana y avisa
que vamos dando remolque, que estén al tanto por lo que pueda ocurrir.
—Bien.
—Nos va a costar llegar a Bantry.
El Uro y el Ara navegaban por el norte del banco. Había
aumentado la lluvia y la noche era una masa negra y apretada. Las luces de los
dos barcos hacían un firmamento enano, un firmamento al revés, un firmamento
inarmónico.
En el rancho de proa nadie hablaba, nadie dormía. Todos
yacían en sus literas, esperando.
Gato Rojo había bajado a las máquinas a acompañar a Manuel
Espina.
Solamente cambiaban entre ellos palabras del servicio.
—Mira el aceite.
Una pausa de comprobación.
—Va bien.
Silencio.
—¿Las Loberas?
—Bien.
Silencio.
Gato Rojo se apoyaba en la mesa del tallercillo y
respiraba profundamente mirando a las pasaderas. Se acercó Manuel Espina.
—Vete al rancho, Carmelo dijo—, aquí no haces nada.
—Prefiero estar aquí.
Silencio.
Juan Arenas, en el rancho de popa, pidió al contramaestre
y a Macario que se callasen. Afá le explicó:
—Juan, lo peor que se puede hacer es callar. Hay que
hablar o cantar, que es como estar trabajando, como estar ayudando al barco,
¿lo entiendes?
Macario Martín golpeó con los pies en el techo del
guardacalor.
—Es dar confianza a esto —dijo—, como se hace con los
caballos.
Animarlo. El barco tiene que oírnos. Tú lo sabes.
Juan Arenas guardaba en su taquilla una revista de
deportes. Se incorporó para cogerla. Macario Martín siguió sus movimientos.
—Leer, no —dijo—. Canta.
Balbució algo ofensivo para Macario. Macario Martín
recomendó:
—Calma, almirante, todos estamos nerviosos.
Los tirones del remolque que frenaban al Aril sobre las
olas, le hacían tener movimientos de inseguridad. El Aril era como un caballo
embridado, luchador, que quisiera levantar la cabeza. Los tirones tenían el
comentario del contramaestre:
—Vamos con un cable, que se partirá, pero es mejor que ir
con dos, porque nos arrastraría al Uro en caso de que…
Macario Martín se volvió hacia su amigo Afá.
El patrón de pesca se mostró confidencial.
—¡Quia! Los patrones viejos no los quieren los armadores.
La mar necesita juventud, mucha juventud. La mitad de los años que yo tengo.
Venancio Artola intervino:
—Francisco el de Ea es mucho mayor que usted y sigue en la
mar.
—Francisco —contestó Simón Orozco— es Francisco, no hay
otro como él.
Yo he navegado de contramaestre con Francisco. Francisco,
Francisco… ése es aparte.
Entró en turno Ugalde:
—En la bajura hay patrones que le llevan a usted veinte
años, señor Simón.
—Bueno, en la bajura se puede tirar más —dijo con un dejo
de tristeza Orozco—. Yo siempre he andado en barcos de éstos o en bous; ya no
voy a cambiar.
Los dos Quiroga —el medio albino, el rapado— ni
preguntaron, ni hicieron comentarios. Simón Orozco cambió el tono de voz:
—Bueno, estamos a unas setenta y tantas millas de Bantry.
Hemos avanzado poco. Si esto no empeora, sobre media tarde entramos por la
bahía.
—Eso del Uro —dijo Sas—, ¿se arreglará fácil?
—Esperemos que no tenga una pala rota la hélice o
cualquier otra avería el eje.
Simón Orozco salió a la cocina, pasó el portillo y desde
la pasadera de máquinas gritó a Gato Rojo:
—Rey de esperanzas, ¿por qué no callas la boca?
En el puente, Paulino Castro estaba al timón. El patrón de
pesca se había sentado en un banquillo junto a la radio; fumaba.
—Ochenta millas largas —dijo Paulino Castro.
—Mañana a media tarde si todo va bien.
—Si aumenta la mar habrá que soltar el cable. Estaríamos
todos más seguros.
Simón Orozco no hizo comentario. Fumaba largando el humo
sobre su brazo izquierdo, remangado, moreno, sucio, con vellosidades canas.
Simón Orozco pensaba en la entrada en la bahía de Bantry con mala mar. Paulino
Castro pensaba en las dificultades del remolque hasta la bahía de Bantry.
A medianoche el contramaestre fue llamado al puente.
Paulino Castro le cedió el timón y se sentó a descansar en el banquillo junto a
la radio.
Simón Orozco había bajado por la trampilla del cuarto de
derrota al rancho de proa.
Al aparecer el patrón de pesca en el rancho los marineros
se inquietaron.
Sas, incorporado en su litera, preguntó apresuradamente:
—¿Marcha algo mal, patrón?
Simón Orozco saltó de la mesa del rancho, sonrió.
—Marchan mal estas piernas —dijo—, que ya no aguantan.
Está uno para el dique. Sas sonrió casi con agradecimiento.
—Está todavía para muchos años en la mar, señor Simón.
—¿Cómo va eso?
Gato Rojo movió afirmativamente la cabeza.
En el rancho de popa se velaba en silencio. Al entrar
Simón Orozco, Juan Arenas se incorporó vivamente.
—¿Qué, patrón?
—Calma, calma. Vengo a ver cómo van por aquí las cosas.
—Con miedo dijo Macario—, pero aguantando. ¿Por arriba?
Simón Orozco sonrió.
—Con miedo, pero aguantando. No hay que preocuparse mucho,
¿eh, Macario?, en otras peores nos hemos visto.
—El Uro tira mucho, señor Simón —afirmó Macario—. Acabará
rompiendo l cable.
—Tú acabarás rompiendo el cinto si sigues bebiendo.
La voz de Domingo Ventura era una voz cansada en la
angustia.
—¿Llegaremos, patrón?
—¿Adónde quieres llegar tú? Llegaremos a Bantry a media
tarde. Ahora que si quieres ir a otro sitio, cambiamos el rumbo y donde digas.
Manuel Espina opinó:
—Este asunto está muy serio.
—La mar siempre está seria —dijo Orozco—, yo he visto irse
un barco con doce hombres, sin mala mar, a ver a los angelitos con escamas,
dentro de una bahía. ¿Qué te parece?
Ofreció tabaco Macario Martín.
—¿Quiere, patrón?
—Guárdalo para ti, que luego vas a andar pidiendo, con el
sincio a vueltas.
—Si nos vamos para abajo, no lo voy a necesitar.
—El diablo también fuma, Macario. Macario Martín hizo un
gesto de extrañeza.
—¿Usted cree en el infierno, señor Simón?
—¿Y tú?
Macario Martín pataleó el techo del guardacalor.
—¡Quién sabe!
El patrón de pesca sonrió.
—Esta noche ha habido que apretarse el cinturón —dijo—.
Espero que mañana puedas darnos bien de comer.
Simón Orozco salió a la pasadera, fue hacia la cocina.
Macario Martín hizo el comentario:
—Cuando baja el patrón a dar ánimos las cosas no deben de
navegar muy bien.
Pataleó fuertemente el techo del guardacalor.
—El infierno, el infierno… Todos Mataos —hizo un ruido
nasal de menosprecio—. Buena esperanza.
Al amanecer estuvo a punto de romperse el cable. Altas
olas, fuerte viento, cerrado en lluvias. Simón Orozco pensó en dejar el
remolque. Habían avanzado poco durante la noche. Estuvo a punto de hacer capa
con el Aril dejando al Uro al garete. Al fin pareció calmar el viento.
Domingo Ventura había perdido el apetito. Macario Martín
frió unos trozos de pan y se los tomó con vino. En el rancho de proa nadie
pensó en comer. Juan Arenas cuando salió de su guardia se tumbó en la litera y
se durmió. Macario Martín había hecho un comentario maligno.
—¿Tú sabes, Ventura, que el mucho miedo da sueño?
Domingo Ventura no había contestado. Se apretó los brazos
cruzados sobre el vientre y encogió las piernas. Domingo Ventura había cambiado
de litera cuatro veces a lo largo de la noche.
A mediodía estaban los barcos a treinta millas de la
entrada de la bahía de Bantry. Ya no llovía, la mar había calmado, el viento
soplaba a ráfagas y débilmente. Simón Orozco conversaba con Paulino Castro.
—Va bien, entraremos al anochecer.
—Va bien, aunque al amanecer ha habido un…
—Lo pasado pasado, Paulino.
Macario Martín dio de comer a la tripulación una paella
gigante. Al colocar la marmita en la mesa de la cocina, dijo solemnemente:
—Apetito de muertos.
Domingo Ventura, en cuanto el jesusero abrió la comida,
metió el primero, sin respeto a los turnos, su cuchara en la marmita.
Durante la tarde hubo alegría en los ranchos. Juan Arenas
cantó. Afá dijo cosas crueles a Macario Martín. Los dos Quiroga fueron juntos
al beque y se esperaron. Sas estuvo de visita en popa. Gato Rojo se puso a
hacer una huevera con destino desconocido. Manuel Espina intentó leer una
novela. Artola y Ugalde volvieron a hablar de dinero y Domingo Ventura regresó
a su camarote.
Cuando Macario Martín, ya anochecido, se decidió a
preguntar a su amigo José Afá si creía en el infierno, «¿Tú crees en eso de los
diablos fogoneros que te achicharran en las calderas?», la voz de Gato Rojo,
desde las máquinas, anunció Bantry a la vista.
Manuel Espina y Afá salieron corriendo del rancho, Gato
Rojo subió a las pasaderas y se asomó por una de las escotillas del espardel.
Macario Martín intentó decir algo a Juan Arenas, pero éste había salido a las
pasaderas. Macario Martín saltó de la litera y se fue hacia la cocina.
En la oscuridad, al fondo de la noche, guiñaban las
escasas luces de Bantry.
Macario Martín asomó por el portillo de la cocina. Bajaba
del espardel Manuel Espina.
—Es Bantry —gritó alegremente—. Bantry, Matao.
—Ya lo sé —dijo Macario—, ¿o te crees que estoy ciego?
Luego dio un suspiro, escupió a la tapa de regala, pero el
escupitajo cayó en la mar. Dijo:
—Bantry.
VII
ESTABA subiendo la marea. Las luces del puerto se
reflejaban en los charcos, en el azabache de la mar, en las cubiertas mojadas
de las naves. Las luces del puerto se reflejaban, también, en los ojos de
Macario Martín, acodado en la baranda del espardel del Aril.
El Uro entró de popa sobre la rampa. Fue amarrado
fuertemente. Simón Orozco ordenó la maniobra esperando que en la marea baja se
pudiese trabajar en la avería. La marea en su punto más bajo se daría al
amanecer. Hasta el amanecer —dos de guardia en los barcos, dos de rumia de
malas palabras, dos al vino para olvidar el puerto— había franquía para las
tripulaciones.
Don José hablaba en el muelle con Simón Orozco. Mister
O'Halloran representaba a las casas armadoras en el puerto de Bantry. Mister
Ginebra convidaba en Mulligan's Shop a la primera ronda a los tripulantes del
Uro y del Aril.
Don José O'Halloran, alias Mister Ginebra, sacó de su
cartera veintiséis libras y se las dio al patrón de pesca Simón Orozco.
—Anoto a usted —dijo.
Luego guardó la cartera en el bolsillo interior de su
chaleco.
—Hoy hay fiesta en el Dancing —dijo O'Halloran—. Han
tenido suerte.
Usted, patrón, ¿querría venir conmigo a tomar copas?
—Gracias, don José, estoy cansado. Voy a dormir. Mañana
hay que trabajar.
—Bien, conforme, ¿puedo invitar a su gente?
—Como quiera.
—Bien —hizo una gran pausa, alargó la mano para saludar a
Simón Orozco—. Buenas noches.
El patrón de pesca se acercó al Uro. Llamó a un marinero.
Contó trece libras.
—Dale esto al pesca, una para cada uno, a descuento.
Saltó Simón Orozco a su barco. Llamó a Macario.
—Hay una libra para cada uno, a descuento, el que la
quiera que la pida.
Díselo a todos, Macario. Diles también que don José espera
en Mulligan para invitaros.
—Bien, señor Simón.
Macario bajó del espardel y entró en la cocina. En el
rancho de proa avisó:
—Mister Ginebra paga en Mulligan. Quien quiera una libra a
descuento que la pida.
Sas saltó rápidamente de la litera.
—¿Tienes una camisa limpia, Venancio?
—Tengo para mí.
Joaquín Sas hablaba rápida y confusamente.
—No tengo ni una camisa limpia. Tú, Ugalde, déjame una
camisa. ¿No tienes más que una para ti? Tú, Celso, déjame una camisa, te invito
a una cerveza.
Celso Quiroga advirtió:
—Si me invitas a una cerveza grande y luego lavas la
camisa, te la dejo. Si rompes la camisa tienes que comprarme otra.
—No.
Sas se puso a revolver en su saco. Extrajo una camisa
arrugada. Se acercó con ella a la luz.
—No está muy sucia, puede pasar.
Celso Quiroga defendió su negocio.
—Una piltrafa que olerá a pescado, de tirar para atrás.
—¿Y qué?
Celso se encogió de hombros.
—Las chicas…
—Yo no quiero mujeres, quiero beber —dijo Sas
ruidosamente—. Quiero beberme la libra que me den.
—A Mulligan —habló Macario— no tienes por qué ir hecho un
artista de cine.
—¿Qué día es hoy? —gritó Sas.
—Sábado —respondió calmosamente Macario—. Sábado
sabadillo, habrá baile.
Sas quedó un momento suspenso.
—Me tendré que lavar y afeitar.
Macario Martín desapareció hacia el rancho de popa. José
Afá se estaba afeitando, mirándose en un espejo colgado de la puerta.
—Dan una libra —anunció Macario—. Mister Ginebra paga en
Mulligan, ¿quién viene?
Afá dejó la maquinilla a unos centímetros del rostro.
—Yo voy contigo, Matao.
Macario se quitó las botas de aguas y se calzó unos
zapatos. Juan Arenas pidió vez para usar el cubo.
—No tan de prisa —dijo Manuel Espina—, hay que echar a
suertes, porque uno se tiene que quedar.
—Le toca a Gato Rojo —contestó Arenas.
—Gato Rojo está de guardia, pero esto es distinto, hay que
echar a suertes.
Vamos al motor a echar a suertes.
Juan Arenas protestó un poco, luego se avino. Juntamente
con Espina bajó a las máquinas. Macario Martín estaba muy contento.
—Hoy la voy a agarrar, José.
Dejó de afeitarse Afá.
—Es un plan para el que no cuentes conmigo.
—Peor para ti.
Macario se asomó por el ojo de buey.
—Los del Uro ya están en el muelle. Son los de urgencia.
¡Qué gente!
Juan Arenas entró en el rancho cantando. Macario preguntó:
—¿Quién se queda?
Señaló con el pulgar derecho a sus espaldas.
—El de las suertes…
Manuel Espina entró detrás de su compañero y se tumbó
rabiosamente en la litera, golpeando el cabezal con los puños.
—Me c… en…
Domingo Ventura había subido al puente. Paulino Castro
estaba sentado en el banquillo junto a la radio.
—¿Quieres tu libra?
—Sí, ¿va a ir usted a Mulligan?
—Luego. Diles a los de abajo que se den prisa, que no me
voy a pasar aquí toda la noche esperando que vayan llegando. Que se den prisa a
recoger su libra…
Se abrió la puerta del puente.
—¿Se puede, patrón?
Joaquín Sas extendió la mano.
—Espera que apunte —dijo Paulino.
Sacó un cuadernillo y apuntó: Domingo Ventura, una libra,
Joaquín, una libra. Dio la libra a Sas.
En el rancho de proa discutían los hermanos Quiroga —el de
las manos grandes, el de las uñas como cucarachas— sobre si habrían de pedir
una libra para cada uno o una libra para los dos.
José Afá y Macario Martín salieron del rancho de popa. Se
oía cantar a Juan Arenas, cantaba los tangos cortando, en el estilo de los
viejos cantadores, los versos con suspiros. Manuel Espina le interrumpió:
—¿Quieres callarte, quieres dejar de fastidiar?
—Bueno, bueno, hombre.
Venancio Artola y Juan Ugalde habían saltado al muelle y
no se decidían a ir solos a la tienda de Mulligan. Estaban acostumbrados a
andar en banda y esperaban a los compañeros. Solos en el muelle se sentían como
desamparados.
—Venga, Sas —gritó Artola.
Sas saltó al muelle.
—¿Esperamos a los otros? —preguntó Ugalde.
—¿Para qué? —dijo Sas—. Vamos de prisa, que tengo ganas de
darme un buen golpe de cerveza a cuenta de Mister Ginebra.
Los tres echaron a andar hacia la tienda de Mulligan. De
vez en cuando Artola volvía la cabeza. Cuando vio a Afá y a Macario, se paró.
—Vamos a esperar al contramaestre y al Matao, que vienen
detrás de osotros.
Macario Martín casi saltaba de alegría y sonreía
constantemente.
—Buena se prepara —se frotó las manos—. Buena la vamos a
armar.
—Ojo —dijo Afá—: nada más saltar a tierra, comenzar a
beber hace más daño que beber el doble después de un rato.
Macario Martín, con las manos en los bolsillos, caminaba
delante de sus compañeros, se volvía hacia ellos y explicaba la táctica a
seguir.
—Después de que Ginebra invite, invito yo. Tiro mi libra
en el mostrador.
Si Mister Ginebra me deja pagar, cada uno de vosotros
tiene la obligación de convidarme una vez hasta que estemos en paz. Si Ginebra
no me deja pagar, eso llevamos en la tripa y luego cada uno se arregla por su
cuenta.
La tienda de Mulligan estaba en una calle que daba al
muelle. Mulligan usaba, para entenderse con las tripulaciones cantábricas, unos
jirones de español con acento mejicano. La base de su extraño idioma pertenecía
a sus años de emigrante en California, a su contacto con los braceros
mejicanos.
En la puerta de Mulligan's Shop dos campesinos, con las
viseras muy caladas, con las manos en los bolsillos, se refrescaban entre
cerveza y cerveza.
Macario Martín definió.
—Raqueros del sur parecen estos tíos.
Entraron en la tienda. Mister Ginebra estaba rodeado de
los tripulantes del Uro. Macario Martín se abrió paso y tendió su mano a
O'Halloran.
—Mucho gusto en saludarle, don José.
Mister Ginebra dudó.
—Tú te llamas… te llamas —descubrió en su memoria el apodo
de Macario y se echó a reír—: Muerto.
—No, don José: Matao.
—Eso, Matao. Bebed lo que queráis. Macario extendió la
mano a Mulligan.
—Viejo loco.
—Loco… loco… no. Viejo.
—Viejo, cinco grandes de ginger-ale.
Confraternizó a Macario con O'Halloran, le dio una palmada
respetuosa en las espaldas.
—Don José —dijo alegremente—, va para veinticinco años que
le conozco a usted. Dígaselo a éstos.
O'Halloran rememoró. No encontró fechas en la memoria.
Preguntó:
—¿Qué barcos? ¿De dónde?
Pausadamente Macario los fue enumerando, cogiendo con el
índice en gancho de la mano izquierda los dedos de la derecha.
—Laredo, de Santander, pareja del Santoña; patrón de pesca
el señor Rogelio el Viejo. Zadiaran y Badaya, Pasajes; patrón de pesca el Chato
Remedios, que se emborrachaba mucho, que luego murió en el hundimiento del
Navarra…
—Ya, ya —dijo Mister Ginebra, luego ordenó algo en inglés
a Mulligan—, ya, ya —continuó diciendo—. Chato Remedios bebía, ¡uf!, bebía
mucho.
Macario Martín se apresuró a beber su ginger-ale. Afá y
Sas habían logrado apartar a algunos tripulantes del Uro. Artola y Ugalde
estaban en segunda posición. Macario Martín picardeó con Mister Ginebra.
—Me dejará usted que le invite a lo que quiera tomar.
—No, yo invito; guarda tu libra, Muerto. Beberás mucho y
te faltará dinero.
O'Halloran invitó de nuevo a todos. Macario Martín cuando
apareció otra vez la cerveza ladró. O'Halloran se rió.
—Hazlo otra vez, —dijo.
—Tengo que beber mucho para hacer bien el perro.
—Bebe.
—Si bebo muy de prisa, luego voy a tener sed y no voy a
tener dinero.
O'Halloran pidió cerveza para Macario. Le colocaron un
vaso junto al que tenía mediado. Macario bebió del recién puesto.
—Así infecto los dos, don José; si no, éstos me lo beben
en cuanto me descuide.
Macario Martín miró triunfalmente a su amigo Afá y a los compañeros.
—Haz el perro —dijo O'Halloran.
Macario Martín abrió cancha, puso la mano izquierda en el
culo, con la palma vuelta hacia arriba y la movió. Comenzó a ladrar
lastimeramente.
—Estoy pidiendo perra, —aclaró en una pausa.
Luego ladró suavemente y acabó sacando la lengua.
—Acabo de montar a la perra, —dijo.
O'Halloran se reía a carcajadas. Palmoteó.
—Muy bien, muy bien. Podrías ganar mucho dinero en un
circo.
Macario Martín quedó repentinamente triste.
—Sí, en un circo.
De la tristeza pasó a la seriedad.
—Ahora invito yo, —dijo con rabia—. Viejo, ponnos a todos
de beber.
Afá le clavó el codo en el costado. Macario Martín se
volvió hacia su amigo.
—¿Tú no sabes hacer el perro o cualquier otro animal,
José?
O'Halloran no entendía a Macario Martín. La mutación de
humor le confundió. Preguntó ingenuamente a Sas:
—¿Está molesto el hombre?
—Es así, es muy raro.
Macario Martín recibió la vuelta de su libra y salió de la
tienda de Mulligan.
O'Halloran volvió a invitar.
—¿Dónde irá? —dijo Sas.
—A otra taberna —respondió Afá—.
Se emborrachará como un demonio —dijo— Mister Ginebra
tiene todavía abierto. Irá allí.
Sas se encogió de hombros y bebió de un trago su cerveza.
Dijo:
—¿Invitas tú o invito yo, Afá?
—Invito yo dijo, distraídamente, el contramaestre.
Don José O'Halloran, alias Mister Ginebra, bebió su última
copa.
—No bebo más. Muchas gracias. Mañana —sonrió ampliamente—
hay trabajo. Divertirse, muchachos.
O'Halloran salió de la taberna, repartiendo sonrisas. En
la puerta se topó con Paulino Castro.
—¿A casa, don José? —preguntó Paulino Castro.
—A casa… Mucho beber, mucho sueño… A casa.
Se despidieron. Los patrones se sentaron en unas banquetas
en un rincón, junto a unos sacos de pescado ahumado. Desde el mostrador
Mulligan preguntó:
—¿Cerveza?
—Ginebra —respondió Paulino.
El contramaestre Afá, cuando Mulligan sirvió los vasos de
ginebra, se los acercó a los patrones. Paulino Castro se sintió generoso.
—Toma algo a mi cuenta, Afá.
—Gracias, patrón, estoy bebiendo.
—¿Dónde habéis echado al Matao?
—Se fue solo… Estará en O'Neill.
—En el Dancing hay festejo.
—Ya, ya. No irá al Dancing. Se acabará de emborrachar en
O'Neill.
Los patrones bebían con tranquilidad sus vasos de ginebra.
Afá hablaba en voz baja con Artola y Ugalde.
Sas intervino:
—Dejadle que se emborrache.
—Armará un naufragio —dijo Sas—. Hay que ir a buscarle.
Afá pagó y salió de Mulligan seguido de Artola y Ugalde.
—¿Por dónde es eso? —preguntó Artola.
—Aquí al lado —contestó Afá—. Habrá cambiado por ginebra y
tendrá la trompa encima.
Desaparecieron los tres por una callejuela estrecha. Al
fondo de la calle brillaba el letrero del Dancing: una maleta de hierro y
cristales, vertical al plano de la pared. Dancing en letras muy grandes por los
dos lados, media docena de bombillas dentro de la maleta.
Los ladridos de Macario Martín llegaban a la calle. Tres
marineros del Uro aplaudían a Macario haciendo el perro. Desde el mostrador
contemplaban las payasadas del Matao los habituales de la tienda. Afá estaba
receloso. Cuando Macario Martín repetía las bufonadas, no lo hacía alegremente,
lo hacía casi odiándose. Habría bronca a última hora; de eso estaba seguroel
contramaestre.
—Macario —dijo Afá—, vamos a bebernos unas cervezas.
Los ojos de Macario se fijaron en los de su amigo. Los
ojos de Macario tenían una bruma de tormenta. Los ojos de Macario corrieron
inquietos sobre los rostros serios de Artola y Ugalde.
—Ginebra.
—Bueno, ginebra.
Macario Martín ladró estirando el cuello y alzando la
cabeza hacia el techo.
Los marinos del Uro aplaudieron.
—¿Qué te parece cómo hago el perro cachondo, José? —dijo
Macario.
El contramaestre no contestó. Le alargó el vas a Macario.
Éste lo bebió de un trago.
—¿Verdad, José, que soy una mierda de individuo?
José Afá miró a su amigo, por encima del bolsillo del vaso
de cerveza que estaba bebiendo. Macario insistió:
—¿Verdad que soy una mierda de hombre?
El contramaestre depositó el vaso en el mostrador.
—Déjate de tonterías, Macario.
Se abrió la puerta de O'Neill, golpeó contra la pared,
vibraron los cristales.
Después se escuchó la voz de Sas. Joaquín Sas cantaba una
canción gallega. Entró cantando. Macario ladró. Sas dejó de cantar y comenzó a
barbarizar…
Simón Orozco estaba durmiendo cuando Paulino Castro
regresó al cuarto de derrota. Paulino Castro se descalzó suavemente y se echó
vestido en la litera.
Se tapó con el cubridor y cerró los ojos. Giró a la
izquierda, se sintió molesto.
Abrió los ojos. Sacudió el cabezal otra vez de espaldas.
Tenía ardor de estómago.
Había bebido demasiada ginebra. Sentía calor, saltó de la
cama y salió descalzo al puente. Cerró la puerta del cuarto de derrota y abrió
los ventanillos de babor. La brisa del mar no refrescaba, era pegajosa y dulce,
al respirarla por la boca dejaba en los labios una sensación de mantequilla
azucarada.
En el muelle gritaban. Paulino Castro preguntó desde el
bacalao qué pasaba. Nadie le respondió. Luego vio cómo Afá y Artola llevaban a
Macario cogido por los brazos. Se acercaron al barco. Macario Martín
barbarizaba.
Paulino Castro preguntó a gritos:
—Afá, ¿qué ha ocurrido?
Los tres se pararon. Macario Martín levantó el rostro
ensangrentado. En la oscuridad del muelle seguían gritando.
—Afá, ¿qué ha ocurrido? —repitió Paulino. Éstos —dijo
Afá—, bronca.
Paulino Castro se pasó una mano por el estómago.
—Bajadlo a cubierta. Mañana se verá. ¿Quién es el otro?
—Sas, que se ha quedado con Ugalde. No ha pasado nada
importante, patrón. Unos puñetazos. Nada importante.
Paulino Castro se sintió poseído de su autoridad.
—Bien, mañana se verá; bajadlos.
Ya no tenía nada que hacer en el bacalao. Quedarse sería
contemporizar tarde o temprano; enterarse de los pequeños detalles por los que
se había desatado la pelea sería disculpar a los contendientes. No podía perder
autoridad.
Abrió la puerta del puente y entró. Pasó al cuarto de
derrota y se tumbó en su litera. El ardor de estómago continuaba. Permaneció
pendiente del estómago durante unos minutos. Luego eructó. Se dio la vuelta y
cerró los ojos, esperando el sueño.
Simón Orozco saltó de la litera al amanecer. Se vistió
calmosamente, miró un momento a Paulino Castro, que continuaba durmiendo; se
volvió sobre su litera y alisó la ropa; consultó el reloj y salió al puente.
Cuando Simón Orozco bajó a la rampa, ya estaban trabajando
los engrasadores del Uro en la avería. En la rampa se encontró con O'Halloran.
—Tan pronto —dijo Simón Orozco.
—Había que ver la avería; podía necesitarse algo.
—Bien, don José.
Simón Orozco miró a los ojos de O'Halloran. Los ojos de
O'Halloran eran ojos de sueño mal dormido, ojos irritados de mucho sueño y
mucho alcohol.
—¿Se bebió anoche? —preguntó Orozco.
—Con los muchachos —respondió O'Halloran—. Algunos
bebieron demasiado. Pregunte.
Simón Orozco hizo un movimiento de mandíbula al patrón de
pesca del Uro, que estaba junto a ellos.
—Nada, Sas y el Matao, que les sopló una surada y se
arrearon…
Simón Orozco quedó un instante pensativo.
—¿Y esto qué tal?
—Para las diez, listos; si el eje no tiene avería.
—Bien.
Los engrasadores trabajaban con el agua por las rodillas.
Uno levantó la cabeza.
—Patrón —alzó la voz—, patrón, la malleta se ha metido en
el juego y hay que limpiarlo.
—Bueno.
—Tendremos que sacarlo desde dentro. Va a ser largo.
Simón Orozco seguía el trabajo de los engrasadores.
Preguntó:
—¿No podéis probar antes de soltarlo?
—No, señor Simón, está muy metido.
El motorista del Uro subió por la rampa, resbalándose;
cuando estuvo a la altura de Simón Orozco comenzó a darle explicaciones. Simón
Orozco contradecía algunas de las afirmaciones del motorista. Al fin preguntó
el tiempo:
—¿Hasta cuándo?
—Hasta el mediodía, por lo menos. Dos horas nos lleva el
desmontarlo.
Hay que limpiarlo y repasarlo. Después montarlo. Después
probar. Todo esto siempre que no se haya roto algo importante.
Intervino O'Halloran. Sonrió.
—Tenemos tiempo de tomar muchas cosas. Orozco. Vengan para
mi casa.
Orozco y el patrón de pesca del Uro caminaron por el
muelle, acompañando a O'Halloran.
—Ya están avisados los armadores —dijo O'Halloran—. He
telegrafiado a Cork. Desde allí lo darán por radio.
En las calles de Bantry había como una neblina, como un
vaho gris, que se iba iluminando y desapareciendo en el creciente del día.
A media mañana Simón Orozco volvió al muelle. Le
anunciaron que había que esperar la nueva bajada de la marea para montar el
juego del eje. Cosa de poco tiempo y listos para partir. Simón Orozco se sentó
en un noray y estuvo un rato pensando. Después se levantó y echó a andar.
El cementerio de Bantry era para Simón Orozco un muelle
pesquero con gente conocida. El cementerio de Bantry tenía una tapia baja con
una ringla de árboles grandes y copudos, sin pájaros. Por encima del cementerio
de Bantry revoleaban las gaviotas. Simón Orozco no entró en el cementerio.
Había ido paseando, solo, hasta él. Sabía dónde estaban, en grupo, los
marineros conocidos: Zugasti y su tripulación; Arbaizar y sus hermanos; los
gallegos del barco Miño… Media vida de navegar Gran Sol.
Había nombres no conocidos, de pescadores antiguos, de los
primeros que navegaron en la carrera de los bancos de pesca. Simón Orozco miró
por encima de la tapia hacia el rincón de Zugasti. Hasta el rincón de Zugasti
llegaría el viento del sur y revolvería en la hierba, silbaría en la cruz.
Zugasti y su tripulación hacían capa para siempre bajo la tierra de Bantry, a
una braza de profundidad, con alto vuelo de gaviotas y árboles sin pájaros.
El cielo cubierto de nubes tenía borrones de azul. Por
ellos descendía sobre la mar una luz ácida que alimonaba las aguas. En las
rocas de la costa rompían las olas recortando en blanco los accidentes. La
bahía de Bantry se abría hacia alta mar. Simón Orozco se sentó en un ribazo. La
hierba estaba húmeda y la tierra no tenía olor o al menos él no lo advertía.
Respiró hondo para oler la mar. La mar nunca olía lo mismo. Miró al cielo y
volvió a respirar hondo.
Olía agriamente. Picaba como carne pasada de bonito. Pensó
que Zugasti y él, en el lejano Pasajes, cuando muchachos, antes de embarcar
para siempre…, «cuando íbamos a ver la llegada de los boniteros, cuando tú
dabas voces anunciando la entrada por la bocana de los barcos, cuando dabas sus
nombres antes que nadie… Ahí viene cargado el Zarauz, ahí entra la sardinera de
Romualdo Araquistain, ahí está de vacío y con las varas rotas y la chimenea
doblada el barco del señor Agustín…».
Simón Orozco se levantó, contó las cruces del rincón de
Zugasti, contó más cruces a todo lo largo de la tapia. Gentes de la mar, gentes
de todos los rincones, desde el Bidasoa al Miño, de frontera a frontera. Los
ingleses de los bous tenían un rincón aparte, el club de los ingleses. Los
franceses de los pitís eran pocos.
Llevaban los muertos a su tierra o los tiraban a la mar
envueltos en un trozo de vela amarilla o colorada, atados a un grampín.
Las costas de Irlanda estaban lejos de la carrera de los
pitís.
En la taberna de Mulligan había bebido Zugasti, y Zugasti
sabía las cuatro tabernas para pescadores de Bantry: Mulligan, O'Neill, el
Escocés y el Refreshment de James, donde se entraba pocas veces, donde no se
estaba a gusto. El pensamiento de Simón Orozco gravitó sobre la noticia de la
pelea de Macario Martín y Joaquín Sas. Recordaba haber peleado cuando navegaba
en los barcos yanquis. Peleas feroces en los tinglados de los muelles, peleas
en popa arbitradas por los contramaestres, hasta que uno caía rendido de golpes
y de cansancio. Recordaba los duelos de los fogoneros en las carboneras vacías,
con el polvillo ahogador en la garganta, el sudor, los salivazos a la cara,
tanto para cegar al contrario como para poder respirar sin impedimento.
Recordaba cómo se le escapaba de las manos el cuerpo sudado del contrario, cómo
frotaba las manos contra el suelo o contra las paredes del pañol para secarlas.
La bebida.
Bebida antes de pelear, bebida tras pelear. Los puertos
americanos, las llegadas a bordo, la dureza de los contramaestres: «El cubo
grande de agua helada para la cabeza más dura y más trastornada». Los barcos
yanquis…
«Macario Martín, viejo loco, esto se ha acabado, te dejo
en el muelle en cuanto volvamos. Macario Martín, no hay quien te entienda.
¡Pelear con Sas, veinte años más joven que tú! Macario Martín, despídete de
Gran Sol. Gran Sol se ha acabado para ti. Ya puedes ir buscándote un puesto en
la bajura, ya puedes irte buscando un enchufe en los mercantes, de cocinero, de
lo que te den. Y tú, Sas, también se acabó, búscate otra pareja, date por
despedido, vete a la Comandancia o donde quieras, protesta y di lo que quieras,
pero no vuelvas a hacer un viaje en el barco en que esté yo.»
«Zugasti, hay que ser duro con esta gente. El mar son las
alubias de la familia. Antón, en la mar no se puede andar con blanduras. Antes
un patrón te plantaba por una borrachera, antes era más dura la mar. Tú y yo
sabemos algo de estas cosas.»
Simón Orozco entretuvo las manos sobre la pared del
cementerio, se dio la vuelta y miró a la mar. «La mar no era más dura antes, la
mar no variaba, tan dura antes como ahora. Tras la boca de la bahía estaban
aguardando los malos tiempos. Viento del norte, viento del sur, ¡qué más daba!
Todos los tiempos de la mar eran malos. Todos los días de la mar eran malos.»
Simón Orozco, con las manos en los bolsillos, principió a
andar hacia el pueblo. Veía en el muelle, al otro lado de las casas, sus
barcos. Veía hombres en el muelle. Sabía, aunque no los distinguía, quiénes
eran. «Están esperando a que yo llegue —pensó—. Están esperando a que aclare lo
de Macario y Sas». Sentía sed. Pasaría por O'Neill a beber una cerveza y
preguntaría distraídamente por sus marineros. Luego a Mulligan. Daba por
seguroque Macario no había estado en el Dancing. Joaquín Sas sí podía haber estado.
Las mujeres de Bantry solían bailar con los marineros, aun las casadas, y los
brutos de los marineros… Bueno, era natural, pero se equivocaban con las manos…
Bueno, cada uno tenía sus gustos, además los jóvenes… Joaquín Sas decía que las
mujeres de Bantry desde la línea de flotación iban acorazadas.
El cementerio quedaba ya a las espaldas de Simón Orozco.
Volvió la cabeza. Le parecía un parque chiquito, algo como una plaza de pueblo
vascongada, algo lleno de serenidad, donde se debía estar bien. El rincón de
Zugasti, la línea de los franceses, el club de los ingleses, la gente de
Bantry…
«Agur, Zugasti, hasta la próxima vez. Todavía, Antón,
entraremos este año, antes de que acabe la campaña, entraremos alguna vez.
Agur…» Simón Orozco miró su reloj. Eran las doce y cinco. Recapituló la
exigencia que tenía con Macario Martín: a las doce en punto la comida. No
estaba cumpliendo.
Antes de ir al barco, Simón Orozco entró en O'Neill y en
Mulligan. En O'Neill bebió cerveza y no tuvo necesidad de preguntar porque
O'Neill, nada más verle, intentó una explicación del suceso de la noche en un
chapurreo de español. Mulligan no habló hasta que el patrón de pesca preguntó.
Contestó con evasivas. Él quería estar a bien con todos y en su tienda nada
había sucedido.
Cuando llegó al muelle se le acercó Paulino Castro.
—He hablado con Sas y con Macario.
—Bien.
—¿Qué hacemos?
—Ya se verá.
Simón Orozco saltó al Aril y subió al puente. Pocos
minutos después llamaban en la puerta de estribor. Entró Macario Martín con la comida.
Macario Martín se sintió intimidado ante el patrón de
pesca. Simón Orozco le preguntó:
—¿Gastaste tu libra, Macario?
—Sí, patrón.
—¿Y esta tarde?
Macario Martín se encogió de hombros.
—¿Sas gastó su libra? —preguntó Orozco. Creo que sí,
patrón.
Simón Orozco metió la cuchara en la cazuela.
Macario Martín salió al bacalao del puente y respiró
hondo. Después bajó a su rancho.
Al atardecer, los barcos de Simón Orozco eran dos manchas
negras en la boca de la bahía de Bantry. Don José O'Halloran, antes de volver a
su casa, recaló en Mulligan y en O'Neill.
El Uro y el Aril hacían rumbo al norte, no había viento y
el cielo estaba cubierto. Los perfiles de la costa irlandesa destacaban
rotundos, negros y poderosos. El Uro y el Aril hacían rumbo al norte.
Segunda Parte
VIII
PARALELO 53, longitud oeste: Día y noche. La mar, serena;
la mar de lo gris a lo negro, del este al oeste. Meridiano 12, latitud norte:
Amanecer. La mar, serena; la mar de la vigilia al sueño; de las estrellas del
sur a las nieblas del norte.
La masa de niebla reposa azulenca sobre la mar, crece
lívida, cierra el cielo ya blanca. Las vanguardias del banco de niebla se
deslizan, ruedan, se deshacen, flotan, se ayuntan, moran. Los barcos de Simón
Orozco penetran en la niebla.
Suenan intermitentemente sus sirenas, casi tactos en la
ceguera. La niebla mata los resplandores de los focos, que lucen mortecinos,
cercanos y lejanos, fijos y errantes. El palo de proa del Aril es una línea
borrosa desde el puente. La proa del Aril está á otro lado del horizonte,
abriendo aguas que no se ven, cuyo rumor se escucha, cuya fuerza se siente en
el hierro trémulo. El olor y el sabor de la mar se han extinguido en la niebla,
que tiene olor y sabor propios; olor ácido y sabor dulce.
Suenan las sirenas intermitentemente. En los intervalos el
ruido de las aguas abiertas a proa, el murmullo de las aguas que pasan por la
obra muerta, el debatirse a popa de las aguas trenzadas por la hélice, el son
del motor, crean una calma amiga que destruye los ululatos de las sirenas.
Se ha doblado la guardia al timón. Los hombres de la
guardia —Joaquín Sas y Venancio Artola— se turnan en la rueda, se turnan en los
bacalaos con el patrón Paulino Castro. Niebla a babor, niebla a estribor. Se
distingue débilmente la sirena del Uro con la sordina de la niebla. Los ruidos
lejanos la niebla los apaga, los cercanos —golpes en las amuras, roces en el
guardacalor, trabajo en los motores— los acrecienta y precisa. Castro, Sas y
Artola observan la masa blanca de la que en cualquier momento puede surgir la
sombra del barco que ocasione el naufragio.
Simón Orozco, sentado en el banquillo del puente, fuma y
atiende a la radio. El patrón de pesca tiene el rostro sereno, Simón Orozco
sabe cómo tiene el rostro, lo sabe como si tuviera un espejo delante. Lo siente
en todo su cuerpo, cuando mueve la mano para llevarse el cigarrillo a los
labios, cuando estira la pierna cansada de la flexión a la que le obliga el
asiento bajo, cuando yergue la cabeza para mirar a Paulino Castro que ha
entrado del bacalao de estribor y, antes de coger la rueda, se asoma un instante
a babor y pregunta cualquier cosa sin importancia a Sas o a Artola.
Gato Rojo duerme con el instinto del peligro, como en los
días de capa: recogido sobre el vientre, en una postura fetal. Macario Martín,
sentado en la litera, habla.
—Un hombre al agua sería imposible que se salvase.
—Se han recogido en peores condiciones —afirma el
contramaestre Afá.
—Hoy sería imposible: ni se le vería, ni se le oiría.
Además, aunque el barco volviese por su rumbo siempre se desviaría algo, lo
bastante para que…
—Se han recogido hombres con malos tiempos de invierno,
con malos tiempos de irse los barcos a pique como si fueran de cartón.
—La niebla es otra cosa.
—Es cuestión de que el tipo que se cayera no perdiera la
serenidad; acabarían recogiéndolo.
—Con una niebla como ésta, ni hablar. Asómate y verás.
Se incorporaron los dos. Macario Martín miró por el ojo de
buey de los pies de su cama. El contramaestre le advirtió:
—Quita la cabeza, Macario —hizo una pausa y corroboró—:
Sí, hay mucha niebla —se volvió a tumbar—. Así y todo se le podría recoger.
—Cadáver —dijo Macario Martín.
Juan Arenas saltó de la litera y se quitó la camiseta.
Luego removió en su saco.
—¿Qué te pasa a ti? —preguntó Macario.
—La humedad. Me pongo ropa de invierno, la humedad se mete
en los huesos y los va pudriendo. La niebla te roe los huesos.
Macario Martín se rió a carcajadas.
—La sífilis —dijo—; pero tú, de caprichos, nada. Tú la
mujer y basta.
Arenas se estaba vistiendo la camiseta de felpa, mirando a
la pared. Se dio la vuelta. Tenía las manos metidas en las mangas, el pecho
desnudo y lampiño, blanco por el plexo solar. Una blancura triste y repugnante
hasta la cintura del pantalón, donde le comenzaba un vello suave de color
castaño.
—En media docena de mareas, el octavo —dijo Arenas.
—Tú no tienes medida —hablo Afá—; un pobre no puede tener
muchos hijos, a no ser que los quiera alimentar con cabezas de pescado.
—Con raba como a las sardinas —dijo Macario.
Arenas terminó de ponerse la camiseta y, ayudándose con la
palma de la mano, la fue metiendo por el pantalón. Se hurgó cumplidamente en el
sexo.
—Déjalo quieto —dijo Macario, riéndose—, o vas a tener
hijos hasta con nosotros.
Sonrió Juan Arenas. Afá entornó los párpados.
—Ahora es cuando da el sincio de las mujeres, Macario
—afirmó Juan Arenas—. Lo peor es, antes de volver a casa, entrar en puerto. O
entrar en puerto a media marea.
—Es como salir de nuevo de casa —intervino Afá—. Peor que
salir de nuevo de casa.
Macario Martín bebió de la botella que tenía colgada de la
barra de la litera.
—Es muchísimo peor. Y eso que en Bantry algunos se habrán
puesto…
—Las mujeres de Bantry como si no existiesen —dijo Afá—. Y
para ti, Macario, como si fuesen de otro mundo, porque la borrachera que te
agarraste fue mayúscula. De dejarte en el dique para toda la vida. Menos mal
que el patrón… Bueno, el patrón porque te distingue. Si hubiera sido otro, lo
apea.
Macario Martín movió la mano derecha hacia la botella,
pero no llegó a alcanzarla.
—No me hables de eso, José —pidió con amargura—. A veces
me vuelvo imbécil y no sé llevar una broma. A veces se me suelta algo aquí
dentro —dijo, golpeándose la frente con la palma de la mano derecha— y no sé lo
que hago.
Juan Arenas se había tumbado en la litera; tenía los ojos
cerrados. Con la imaginación recreaba la figura de su mujer Lucía Pedrosa.
Lucía Pedrosa, la Gallega, en el recuerdo, hacía trece años. Borracheras y
enfados. Él, bien borracho con los amigos del muelle o del barco, ella en las
furias de la postergación, porque una mujer no quiere comprender que un hombre
tenga sus camaradas. Hacía trece años que fueron novios y paseaban hasta el
Cabo Chico los días buenos de franquía. Volvían al atardecer o de noche. Lucía
Pedrosa se escapaba antes de llegar a su casa. Había que casarse. Los hijos.
Ella ya no se preocupaba demasiado por las borracheras. El hombre podía tener
sus camaradas, pero el dinero de la casa había que entregarlo puntualmente.
Desde hacía trece años todo había crecido para él. Las preocupaciones, los
raquerillos que llevaban su apellido, los pechos de Lucía, las nalgas de Lucía,
la voz de Lucía, que era cada día más firme. Sentía una transformación del
deseo en su cuerpo, casi como una hermandad con el cuerpo ausente de Lucía.
Bien la había hartado: hijos, borracheras, poco dinero… Las mujeres de los
pescadores estaban condenadas. Los hijos eran un fracaso. Soñar con que los
hijos dejaran la mar era cerrar los cauces de la vida normal. Las hijas
trabajarían en talleres de modistas, en peluquerías, donde fuera, pero
volverían al andén del muelle a encontrar hombre, y volverían, y volverían ya
casadas, y volverían, con los hijos, a esperar al hombre de Gran Sol, de
Terranova, de los barcos de la bajura. Los hijos serían los hombres de Gran
Sol, de Terranova, de los barcos de la bajura para otras mujeres. La mar para
todos. No quedaba más que la mar para todos. Lucía ya no era un recuerdo, sino
un deseo, tacto, voz, respiración…
—… porque cuando uno se casa, Macario, hay que amarrar
chicotes— terminó Afá.
—Depende. No se va a estar uno toda la vida echando
herrumbre, hay que navegar. Navegar todas las que se pueda, matarlas todas. Ya
llegará el momento de amarrar chicotes, de agarrarse al puerto y esperar el
desguace. Estaríamos buenos si no.
—Cada uno cuenta su marea y a su modo. Yo pienso como te
digo.
—Eso no es pensar, José. Yo te podría contar a ti cosas…
—Tus cosas sólo sirven para ti.
Macario Martín se incorporó en su catre. Dirigió el índice
de la mano izquierda hacia Afá.
—Conforme. Pero yo te puedo contar a ti cosas…
—Mira, Macario, tú tienes la izquierda a barlovento y la
derecha a sotavento. Yo al revés.
—¿Y qué?
—¿Cómo que y qué? Que tú estás al revés que los demás, lo
tienes que reconocer, por eso lo que digas no sirve más que para ti. Tú dices:
«Me he casado tres veces y sé más de las mujeres que tú». Tonterías. Tú sabes
lo que tienes que saber de las mujeres con las que te has. casado. Lo demás,
inventos. Sabes eso como yo sé lo mío. De las otras no sabemos nada.
Macario Martín se estiró en la litera y silbó de burlas.
Dijo después:
—¡Que te crees tú eso!
Juan Arenas había abierto los ojos y escuchaba. De pronto
afirmó:
—Tú siempre quieres tener razón, Macario. Afá está en lo
cierto.
La risa de Macario Martín sonaba como el tableteo de una
carraca.
—Como tú quieras, almirante. Yo no sé nada —volvió a
reírse—. Yo nunca tengo razón —repitió la risa—, sois vosotros los que estáis
en lo cierto —hizo muecas—. Como queráis, no sé para qué discuto, no sé para
qué pierdo el tiempo.
Macario Martín se dio la vuelta en la litera, cara a la
estampa del guardacalor.
—De todo quieres saber más que nadie —estaba diciendo
Afá—; si no se te da la razón…
Macario Martín barajaba en el recuerdo los nombres de las
mujeres anteriores a Segunda Esteban. Regresaba de servir en la Armada, base
Cartagena, año 1925. Treinta y un años menos. La rosa de los rumbos tenía un
fuerte color azul. La mano izquierda estaba oficialmente a barlovento, sólo en
la clandestinidad de los ranchos, en las tabernas, en los lupanares
sotaventeaba. La instrucción necesitaba de la mano derecha. La mano izquierda
estaba al vino, a las mujeres, a las peleas. Regresaba de servir en la Armada y
tenía un puesto en la motora Libertad. Edurne Yranzo, de Vizcaya, nunca pudo
decir que no. Estaba en un rincón de la memoria, callada, difusa, con los hijos
Macario, Edurne y Agustín. No acertaba con su figura. Recordaba sus manos; que
era rubia, no sabía el tono de su pelo, sólo rubia; con unos ojos mansos y
apagados, dormidos en la contemplación de algo que nunca supo; que le llegaba
por la nariz. ¿Y qué? No acertaba a reconstruir su imagen con unos datos tan
imprecisos; tan imprecisos como los de una ficha. Edurne murió a los cinco años
de matrimonio, poco después de la proclamación de la República. Luego mar,
mucha mar. Pescador en Gran Sol, pescador en la bajura, por tiempo, pescador en
el Trópico de Cáncer en as embarcaciones de Cádiz y en las de Canarias; vuelta
a Gran Sol. Los rumbos cruzados iban desfigurando a Edurne hasta que sólo fue
quedando de ella el nombre, las manos, el color rubio del pelo —¿qué tono de
rubio?—, los ojos mansos, su altura, exactamente hasta la nariz… Y en 1936 no
quedaba ya nada.
Otra vez la mar con los barcos neutrales, con los barcos
enemigos, los cañones, los torpedos, los aviones, los mercantes armados. La
retirada del ejército. El embarque en Bilbao de gentes que escapaban, el
embarque en Santander con repetición de escenas, el embarque en Gijón, con los
mismos cansancios, temores y rostros. Antes ya se había casado. Se había casado
por miedo a la soledad, porque hay que tener un cabo en tierra para tirar de él
cuando se está muy solo, para amarrar la chalupa un día. Carmen Bombín, mujer
de quince días hasta el embarque de Santander. Mala suerte. Fue de noche; se
pudo ahogar o pudo embarcar. No la había vuelto a ver. Había sido la noche peor
de su vida.
Entre los rostros, los cansancios, los temores, había un
rostro, un cansancio, un temor, que le pertenecían por entero. No la había
vuelto a ver en su vida. No era demasiado joven, ni demasiado guapa. La
recordaba perfectamente. Habló siete días antes de casarse con ella. Se casó,
salió a la mar. Volvió. Quince días. En total quince días y allí estaba clara
en su memoria. Allí estaba, eso era todo. Guerra.
Campos de concentración, trabajo en un arsenal. Marcha al
frente y al regreso la antigua motora Libertad, ya Virgen del Puerto,
esperándole hasta que encontrase puesto en las tripulaciones de altura.
Cansancio de la bajura. Pesca de bahía, otra vez Gran Sol y otra guerra que no
le importaba demasiado. Una guerra que era para él puro comercio con entradas
en los puertos ingleses: Swansea, Cardiff…
Botas de aguas por merluzas y por bacalaos, coñac malo a
libra la botella, medias, botellas de vino aguado, botellas hasta con sangre de
bonito, por medias, por cosas de mujeres. A Segunda Esteban la conoció en la
taberna Casablanca.
No podía decir más. Se casó por el amarre. Se notaba
viejo. Segunda Esteban no importaba demasiado.
—… cuando se necesita viento no hay viento. Se llevaba la
niebla para costa…
Gato Rojo se despertó con la hora de su guardia. Rugió en
el desperezo.
Saltó de la litera y se puso los pantalones. Medio
dormido, preguntó:
—Macario, ¿vas a dar malta esta mañana?
—En la_ cocina la tienes hace un par de horas.
Gato Rojo se fue arrastrando los pies por las pasaderas.
Domingo Ventura pasó delante del quicio de la puerta del rancho camino del
beque. Afá le llamó:
—¿Sigues con tus rehileras?
Domingo Ventura barbarizó y entró en el beque. Macario
Martín, Afá y Arenas lo celebraron con carcajadas.
—Cuando salga me lo dejas a mí —pidió Macario—. A este
fato me lo manejo muy bien.
—Ándate con ojo —avisó Afá—, tiene la intención de un
marrajo. Que te diga Arenas de lo que se ha enterado.
Juan Arenas protestó:
—No se lo voy a ir diciendo a todo el barco. ¡Cómo eres,
José! Te digo que no lo cuentes, y lo dices en cuanto tienes ocasión. No me
vayáis a fastidiar a mí por la cofia de contarlo.
Macario Martín se había interesado demasiado en el asunto
para que desaprovechase la debilidad de Afá.
—¿Qué le ha pasado a ése con Domingo?
—Que te lo cuente él.
Macario Martín se revolvió con las manos en la pelambre.
—Chivatazo de algo —dijo tanteando—, porque Domingo se
chiva hasta de su padre con tal de apuntarse algún mérito.
—Peor —respondió Afá—. Mucho peor. Que te lo cuente Arenas
que es el interesado. Urgió Macario Martín:
—Cuéntamelo, Arenas.
Juan Arenas movió la cabeza a un lado y a otro, negándose.
Macario insistió. Juan Arenas saltó de la litera y cerró la puerta del rancho.
Dijo en voz baja:
—Ése —señaló con el pulgar derecho a sus espaldas, hacia
la puerta—, ese hijo de su madre le ha ido con cuentos al armador y al patrón
de costa diciéndole que si yo bebía mucho en las guardias, que si estaba la
mayoría de la marea borracho…
Sonrió Macario Martín.
—¿Y no es verdad, Juan?
Arenas alzó los brazos sobre su cabeza y empezó un
balbuceo de palabras, entrecortado de barbaridades. La sonrisa de Macario
Martín seguía fija en sus labios.
—El que sea verdad no quita para que Domingo opere como
un…
El contramaestre intervino:
—No es para tomarlo a broma, Macario. Juan ha estado en un
tris de que no lo dejasen en el muelle. Eso que ha hecho Ventura no es más que
una canallada. A un hombre, con siete hijos, no se le puede hacer una cosa así.
—Desde luego —dijo Macario—, es una canallada de esa
mierda de tío. En cuanto desembarquemos ya hablaré yo con el patrón de pesca a
ver lo que se puede hacer.
—Ya está resuelto —afirmó Arenas—. Tuve que hacerle hablar
a un pariente mío que conoce a los armadores. Le dijeron que no me preocupase.
Me dio mala espina.
—¿Por qué?
—Porque no se quejaron ni dijeron nada.
Macario Martín largó su mano izquierda hacia la botella de
vino. Bebió y pasó la botella a sus compañeros, en pago de la confidencia.
—A un hombre con siete hijos —dijo, ensimismado, Afá— no
se le puede hacer eso. Somos una gentuza.
Macario Martín, sonriente, estaba pronto al chiste.
—¿Hablas por ti?
El contramaestre dio un golpe en el aire con la palma de
la mano hacia delante e hizo ruido con la boca. Reclinó la cabeza en el saco de
la ropa y fijó la mirada en el ojo de buey. Tras del ojo de buey la niebla
hacía resaltar en el cristal los reguerillos de la condensación del vapor de la
cámara. El contramaestre Afá pensaba en los hijos de Arenas. Luego pensó en los
suyos. Tres chicos. Habían sido cuatro, pero uno murió ahogado en el malecón
delante de los ojos de sus hermanos. Él estaba entonces de viaje. Cuando su
mujer, Petra Ortiz, se le acercó en el muelle para abrazarle al regreso, se
había dado cuenta. No era el abrazo de otras veces, el abrazo que él esperaba y
con el que había estado soñando los dos días del viaje de vuelta, el abrazo que
hacía decir a Macario: «Bien lo vais a pasar». Desde aquel abrazo Petra estaba
distante, la sentía distante, como algo que existía, pero cuya posesión había
perdido. Con la distancia se había roto el hilo que los enlazaba en el amor, en
la vida, en el recuerdo. Ni en el amor, ni en la vida, ni en el recuerdo iban
acompasadamente. Petra Ortiz era forastera en su recuerdo. Años de hambre en la
bajura, años de la guerra, de la persecución y el descalabro. Solamente a veces
brotaba no se sabía cómo ni por qué la palabra del cauce común. Ocurría muy de
tarde en tarde y en seguida se perdía en lo cotidiano. Petra Ortiz era
irrecuperable. O, ¿quién sabía si con los años…? José Afá no entendía el
distanciamiento, no podía achacarlo a la muerte del hijo, no lograba explicarse
la mutación de su mujer. Ya se había resignado. Sabía que su mujer decía que la
cogería con más ganas cuando él regresase, pero cuando regresaba los dos se
cogían sin ganas, casi cumpliendo un rito de saludo obligado. José Afá pensaba
en sus hijos, en sus tres hijos, que él no quería que fueran a la mar, pero que
tenían el futuro en la mar.
De las máquinas llegó la voz de Gato Rojo, por encima de
los ruidos del motor, flotando sobre la monotonía. Afá dejó de mirar el ojo de
buey y saltó de la litera. Salió a las pasaderas y se asomó a las máquinas.
—¿Qué pasa, Carmelo?
—El patrón, que subáis.
—¿Que subamos, quiénes?
—Los dos, Macario y tú.
Afá volvió al rancho y se calzó las botas de aguas.
—Anda, Macario, vamos para arriba.
—Ya estás eligiendo mal.
—No elijo, te eligen. Es el patrón… Macario Martín tomó la
orden con calma. Bebió de su botella y se la pasó a su amigo Afá.
—Luego la llenas de tu garrafa.
—Vaya…
—A ti te sobra vino.
—Bueno, hombre, bueno.
Manuel Espina protestó cuando Macario apoyó los pies en la
barra de su litera.
—Salta directo al suelo. No me pases tus asquerosos
pinreles por las narices.
Macario Martín mostraba amabilidad y confianza. Se sentó
en la litera golpeando con el puño en el cuello de Espina.
—Deja sitio, pejín, deja que me siente. Vete más allá.
Anda, hombre, anda.
Manuel Espina y Juan Arenas, cuando Afá y Macario dejaron
el rancho, entretuvieron la parla en el comentario del tiempo. Después
callaron. Juan Arenas prosiguió la lectura abandonada de una novela del Oeste.
Manuel Espina cruzó las manos bajo la cabeza, se acomodó en la litera y silbó
tenuemente una melodía popular. Arenas cerró el libro, colocando el dedo índice
entre las páginas de la lectura interrumpida, sujetándolo con el pulgar en la
cubierta y los tres dedos restantes en la sobrecubierta.
Adoptó una actitud expectante. Sonrió. Luego dijo:
—¿A que sé en qué estás pensando?
—¿En qué? —dijo, distraídamente, Espina.
—En mujeres. ¿A que sí? —su voz tenía un escalofrío
erótico.
—No.
—No lo niegues.
—No, ¿por qué tenía que negarlo?
Juan Arenas se apoyó en el codo del brazo izquierdo y se
incorporó a medias. Frunció el entrecejo.
—¡Qué sé yo!
—Pues no pensaba en nada. Estaba descansando.
—Creí… Ocurre siempre que se deja un puerto.
—Ya.
—¿A ti no te ocurre?
—Sí… claro, como a los demás.
Juan Arenas se frotó el pecho con las palmas de las manos,
estiró los músculos, tensó el cuello y forzó a un alargamiento de máscara las
comisuras de los labios. Después se relajó y dijo:
—Quisiera estar con mi mujer.
—Como no venga nadando…
Juan Arenas no había oído, en su ensoñación, más que el
rumor de las palabras.
—Me gustaría que mi mujer estuviese aquí —dijo.
—Pues a mí no me gustaría que estuviese la mía. A mí me
gustaría estar donde está ella.
Juan Arenas fijó la mirada en el techo del guardacalor,
bajó la mirada hasta la puerta, vio pasar a Domingo Ventura, oyó su voz
indicando algo a Gato Rojo.
Juan Arenas sonrió tristemente.
—¡Qué cosas se le pasan a uno por la cabeza…! —Manuel
Espina callaba—.
Pero sí que me gustaría que estuviese aquí —guardó
silencio; continuó—: Sí que me gustaría.
Manuel Espina se sentó en la litera, saltó al suelo.
—A mí también me gustaría que estuviese aquí… para un
rato.
En las cajas de debajo de las literas, Manuel Espina buscó
un trozo de pan.
Mordisqueó la corteza. Se tumbó en el catre. Jugueteó con
los pies descalzos en la rejilla de la barra de la litera.
—Este pan —dijo— es casi como el del Seminario.
—¿No comíais bien?
—¡Bah…! Pasable.
—¿Estuviste mucho tiempo?
—Cinco años. Los de mi tiempo son curas hace… —calculó—,
hará casi cuatro años.
—¿Por qué te saliste?
—No me gustaba.
—¿Mujeres?
—No, no pensaba en las mujeres. Era un chiquillo. No
pensaba más que en comer y en jugar. No quería estudiar. Nunca he servido para
estudiar.
Juan Arenas insistió:
—¿No pensabas en mujeres? Yo, desde chico, cuando íbamos
al dique a bañarnos…
—Hasta que fui al servicio no estuve con una mujer.
La risa de Juan Arenas era compasiva y acaso un punto
menospreciativa.
—Yo, a los dieciocho años —dijo Arenas y apiñó los dedos
de la mano derecha—, así. En los bailes, en la playa, donde fuera, siempre
sacaba un plan.
Hasta con veraneantas que parecía que vivían a cien millas
de uno. Las llevaba al contra-muelle. Bueno, qué quieres que te diga.
Le entró un murriazo de recuerdos.
—Había una que venía todos los años con su familia, que
luego se casó, según me enteré…
Manuel Espina no escuchaba a su compañero. Pensaba en su
mujer, Luisa Santonja. Desde que se había casado con ella tenía bastante.
Cuando volviera a casa se bañaría en la cocina, se vestiría el traje nuevo,
llevarían al chiquillo donde los abuelos y entrarían en la ciudad. «¿Dónde
vamos?» «Vamos al cine.»
«En el Victoria dan una de las que te gustan.» Iría al
cine con su mujer. Si había suerte y en el Victoria daban una película
policíaca le gustaría que a la salida lloviese un poco, que el viento del norte
moviese las ramas de los árboles, que el bar donde entraran a tomarse un café
estuviese casi vacío. Le gustaba volver a casa con su mujer cogida del brazo
por las calles solitarias hasta el barrio de pescadores. Esa noche dormiría el
hijo en casa de los abuelos y ellos…
Los mejores sueños los rompía el primer motorista con su
orden de trabajo. Domingo Ventura entró en el rancho y advirtió:
—La maquinilla de los carretes dice Gato Rojo que tiene
algo en el eje.
Bajad a ayudarle. Yo voy en seguida. Desmontáis el
cubridor del eje y me avisáis; no toquéis nada hasta que yo lo vea.
Juan Arenas dejó la novela abierta encima de la litera.
—Vamos, Manolo.
Se oía una poderosa sirena a babor. Simón Orozco salió al
espardel.
Escrutó en la densidad de la niebla. Paulino Castro llegó
silenciosamente hasta él.
—Barco grande —dijo—, de la línea de América.
—Está muy cerca —respondió Simón Orozco.
Roncaba la sirena del barco grande, ululaba la del Aril.
Los dos patronos estaban silenciosos. Simón Orozco deshizo el silencio:
—Tira un poco a estribor.
Paulino Castro avanzó unos pasos hacia el bacalao del
puente.
—Tira a estribor, Afá.
Simón Orozco tenía fija la mirada en la niebla.
—Está pasando. No se le va a ver, pero sentiremos el
surco.
Paulino Castro creyó ver la sombra del barco grande en la
niebla.
—Está ahí.
—No.
La sirena del barco grande sonaba a popa.
—Ya ha pasado —dijo Orozco—. Ahora llegará la marejadilla.
El Aril se balanceó en las olas de la estela del barco
grande.
—Muchas toneladas —afirmó Paulino Castro.
—Sí, unos cuantos miles de toneladas.
Dejó el espardel Paulino Castro y volvió al puente. La
humedad de la niebla había hecho resbaladiza la cubierta del espardel. Simón
Orozco se asió a la baranda y miró hacia el cielo. La niebla tenía un suave
tono limón. Frotándose las manos entró Simón Orozco en el cuarto de derrota,
salió haciendo un cigarrillo y se sentó en el banco junto a la radio.
—¿Hasta cuándo durará esto? —preguntó el contramaestre,
que estaba al timón.
A las doce lo sabremos, nos lo dirá la radio. Creo que van
a cambiar los tiempos —contestó el patrón de pesca.
—Mañana, si hay suerte, se podrá echar el arte.
La niebla hacía íntimo y deseable el interior del puente.
Paulino Castro conversaba con Simón Orozco. Macario, en el bacalao de estribor,
protestó:
—José, sal ya, que me estoy calando hasta el alma.
—Acabo de coger la rueda.
Se oyó refunfuñar a Macario. Paulino Castro dijo a Simón
Orozco:
—¿Tú vas a Pasajes o a Elanchove?
—A Pasajes.
—Haremos el viaje juntos.
Afá preguntó confianzudamente, sin volver la cabeza,
mirando hacia la proa invisible:
—Señor Simón, ¿no tenía usted la mujer en Elanchove?
—Ya se habrá vuelto a casa. El chico tiene que trabajar,
la chica tiene que ir a la escuela.
Simón Orozco se levantó del banquillo y entró en el cuarto
de derrota. En la cabecera del catre tenía clavada con chinchetas una
fotografía de su mujer y sus hijos. Era una fotografía de fotógrafo de verano.
De fotógrafo a salto de feria, a cacha partida de trotar calles; de hombre que
cumple más con la sonrisa que con la mercancía; de caballero amigote de
limpiabotas, de floristas con celestineo al dorso, de piropín a putillas
haciendo el estiaje. Una fotografía de sorpresa en las barandas de La Concha,
un domingo por la tarde. A Simón Orozco le gustaba la fotografía porque su
mujer tenía una cara extraña que le hacía sonreír tiernamente.
Simón Orozco había colocado aquella pequeña fotografía en
lugar de otra en la que su mujer estaba con delantal, el hijo con mono de
trabajo y la hija con las carpetas de la escuela bajo el brazo. Era una
fotografía más grande, del fotógrafo de Herrera, que llevaba la máquina montada
en un trípode, que exponía sus obras de arte a los lados del cajón mágico, que
era conocido de toda la vida. Una fotografía en Pasajes, en el atardecer de
cualquier día de sol, ya llegadas las sardineras: colgadas de las perchas las
redes, formando un oscuro oleaje; tendidas cubriendo los norays, las redes como
una enorme cuera de animal de imaginación; amontonadas, con las ristras de
bolas de flote, como ojos, las redes, hitos cefalópodos haciendo calle al andén
del muelle. Y allí su mujer y sus hijos. Tras su mujer y sus hijos sonreía un
pescador, sentado en el suelo, inclinado en la faena de mallar. ¿Sonreía o no
sonreía?
Simón Orozco se acercó al catre y el humo del cigarrillo
llegó hasta la fotografía, la veló al instante, se dispersó. Paulino Castro
avisó:
—Llaman del Uro.
En el rancho de proa de los dos Quiroga —el de la hembra
que salió un zorrón, el que la zorreó de cuñado— envidaban a las mujeres, chica
el habla, largo el gesto, pronto el farol. Era como un mus de aburrimiento,
mano a mano, pasando las cuarenta cartas. Mucho descarte, mucha escama, todo
sabido. Sabida la fanfarria, sabida la verdad.
—Sí que estamos haciendo marea —dijo Sas. Juan Ugalde
cosía un roto de su camisa; se pinchó con la aguja.
—Casuén…
Sas seguía con sus quejas.
—… vamos a echar buen pelo. Ganábamos más a los panchos
del muelle…
Venancio Artola encorchaba un cordel nuevo. Apretaba con
los dedos pulgar e índice los rizos que se formaban. Proseguía parsimoniosa y
diestramente.
—Hay mareas para reventar —dijo Sas.
Venancio Artola levantó la cabeza.
—No hay que apurarse, Joaquín, ya tendremos trabajo hasta
cansarnos, ya lo verás.
—Sí… —movió Sas la cabeza dubitativamente; cambió el
tema—. ¿Qué te costó? —señaló con la mano la bola del cordel—. ¿Dónde lo
compraste? ¿Es bueno?
Venancio Artola montó el labio inferior sobre el superior,
se le aniñó la cara.
—Ya se verá… Cuarenta duros… No los he pagado todavía,
cuando cobre…
Las manos de Artola apretaron fuertemente la bola de
cordel. Joaquín Sas contempló las manos de Artola. Juan Ugalde dejó la aguja
atravesada. Los hermanos Quiroga hicieron casi un bisbiseo su conversación.
La esperanza de la paga abría los espacios de la
ensoñación. Joaquín Sas pareció llegar de una lejanía y sus palabras empezaron
a formar volúmenes reales, creaciones de deseos, marineras descargas del
aburrimiento del rancho.
—Cuando yo cobre —dijo Sas—, me vuelo del muelle dos días.
Les voy a meter un buen mordisco a las perras…
A rachas, sin contar con los que esperan de la paga, el
marinero gasta su dinero en puerto. Es la descarga. En los primeros días de la
marea siguiente, en las cotidianas soledades en compañía, nace el
arrepentimiento. En otra marea vuelve la racha.
—… solo, no quiero a nadie. Me largo a darle aire a los
cuartos… Por la calle de Cajal sabe el contramaestre un sitio…
Ni Juan Ugalde cosía, ni Venancio Artola devanaba;
esperaban. Joaquín Sas principió una prolija enumeración de lo que iba a hacer.
Los hermanos Quiroga habían dejado de conversar. Joaquín Sas cargaba las
palabras de un frenesí que las arrebataba hacia la acción que describía.
—… hasta que los bolsillos me queden bien arranchados…
La desaparición de la paga en la orgía imaginativa acabó
con la expectación de Venancio Artola. Juan Ugalde volvió a coser.
Parsimoniosamente devanaba Artola y hablaba con una suavidad temerosa,
puritana, correctiva.
—¿Y la mujer, Joaquín? No debes gastar lo que no puedes.
Aguántate, como los demás. A la familia, el que tiene familia, lo tiene que dar
todo…
Recuperaba Sas su gallardía cínica, tras la inmersión en
los deseos. Volvía al juego de los ocios del rancho, habilitando abismos de
perversión para la ingenuidad de los oyentes, pero perdidos los elementales
impulsos que le habían hecho relatar la quema de la paga en una habitación
—cuarenta y ocho horas sin salir de la habitación— de la calle de Cajal.
—¡Que mi mujer se arregle como pueda! ¿Acaso sé yo lo que
hace cuando estoy en la mar? Si ella se divierte yo tengo derecho a divertirme.
Si ella no cuenta conmigo yo no cuento con ella. Estaría gordo que todavía me
dejase fregotear los cuernos.
Venancio Artola entraba en los juegos de Joaquín Sas por
indignación formularia.
—Yo conocí a uno que decía lo mismo que tú y no era verdad
que su mujer le engañara. Cuando se enteró su mujer, le engañó, porque dijo que
daba lo mismo si el marido lo decía…
La risa de Joaquín Sas era desbaratada en su sarcasmo.
—Una parábola, ¿eh? Tienes que aprender mucho, Artola;
tienes que echar un buen mechón de canas y vivir un poco más.
Venancio Artola se encogió de hombros.
—Yo pienso así, como te he dicho —dijo. Fingió terror
Joaquín Sas.
Abalanzó las manos.
—No comiences, por favor. Lo que tú pienses me importa un
pijo.
Venancio Artola devanó rápidamente. Juan Ugalde terminó de
coser, miró a Sas, habló:
—Él piensa así. Él se va a casar.
Sas abrió los brazos.
—Eso lo sabemos todos —llamó a los Quiroga—. ¿Sabéis que
Artola se va a casar? —los Quiroga nada dijeron, nada hicieron; Sas gesticuló—:
Pues ya sabéis que Artola se va a casar —miró a Ugalde con calma—. ¿Y qué, me
lo quieres decir?
Ugalde movió la boca, arrugó los labios.
—¡Ah!, tiene mucho que aprender —dijo Sas—. Ya irá
aprendiendo.
A mediodía Macario Martín golpeó con un cucharón en la
sartén grande.
Llamó a comer. Apareció en la cocina el contramaestre;
Macario seguía golpeando la sartén con un regocijo infantil.
—¿Quieres dejar de hacer ruido? —dijo Afá.
—No.
Afá pasó por el portillo de la cocina a cubierta, fue
hacia popa y se sentó en el cubo metálico del pañol. El pantalón de aguas le
preservaba de la humedad.
Golpeó monótonamente con los talones en la caja del cubo.
Estaba a gusto. Era como estar en el muelle, contemplando la mar con niebla,
esperando ver aparecer la motora conocida de regreso del trabajo, los hombres
silenciosos, el arranque feliz, las primeras sonrisas, la invitación a las
copas tras la angustia, luego las palabras: «Se nos echó la manta en el cabildo
de Cabo Chico, estuvimos a punto de embicar para playa, ciegos que íbamos con
más miedo que…».
Macario Martín salió a cubierta, golpeando la sartén.
—José —gritó—, que te estamos esperando.
El contramaestre bajó del cubo del pañol y fue andando por
la cubierta.
Junto al portillo estaba Macario, la figura borrosa, dale
que dale a la sartén.
—Calla ya.
—A comer.
—No te echo a las aguas con sartén y todo…
—A comer.
Desapareció Macario en la cocina, avisando.
—A Afá no le gusta la música; música, hijos míos.
Juan Ugalde y Venancio Artola golpeaban con sus cucharas
en la mesa de la cocina; se divertían. Joaquín Sas estaba de mal talante y
nervioso.
—Ya, Macario —dijo—, pon la marmita. Dejaos de
chiquilladas.
Macario Martín sonrió a Sas.
—¿No comprendes que es un recibimiento a nuestro
traganiños particular don José Afá?
En el puente, mientras Simón Orozco comía, el patrón de
costa estaba al timón. En las guardias de los bacalaos, los dos Quiroga. Celso
a babor, Juan a estribor. El patrón de costa monologaba:
—… no sé si una taberna, porque no sé si sirvo para
tabernero. Hay que tener mucho aguante. No me acostumbraría. Si se muriera mi
suegra, desde luego, tendría que seguir con la tienda, pero poner una taberna,
partiendo la tienda, no sé, no sé si daría resultado. Los taberneros marchan
bien…
Simón Orozco levantaba la cabeza y fijaba la mirada en las
espaldas de Paulino Castro. Simón Orozco ordenaba las espinas al norte de la
cazuelita.
—… ni a mediodía levanta un poco la niebla… La taberna
sería pequeña porque la tienda es ya pequeña, pero mejor, así no tenía gente
fija, así los de ronda que son los que dejan el dinero… Cerraría temprano para
irme a beber un chiquito con los conocidos. Así no tienes que invitar en tu
casa. ¿A ti qué te parece?
El patrón de pesca chupó largamente una espina.
—No sé, la gente de la mar no somos nada en tierra. Ponte
en que no acertabas. Las cosas de tierra hace falta haberlas mamado. Tú estás
hecho a esto, no sé…
Paulino Castro se rebelaba frente a la fatalidad.
—Hombre, yo creo que para la tierra servimos todos, no
vaya a resultar ahora que nosotros somos como los peces y en cuanto se nos saca
de las aguas nos morimos.
—Algo de eso hay —respondió Orozco—. El que está hecho a
la mar, la tierra le viene pequeña. Ya puede coger el mejor oficio, que si es
marinero… Aquí eres tú el que gobiernas, en tierra te gobiernan. Aquí estás
solo con el agua y el cielo, y has tenido mucho tiempo para pensar tus cosas,
allí no sé… Yo también, si pudiera, me retiraría. La verdad es que tengo ganas
de dejar la mar, más ganas que nadie, porque estoy harto y quisiera quedarme en
casa, con la mujer, con los hijos… Siempre estoy diciendo que este año es el
último, que se acabó para mí la mar…
—Yo lo llevo pensando desde hace muchos años.
—Y yo también…, pero en la tierra no me encuentro a gusto.
Cuando andaba sin contrato, en seguida de la guerra, me hubiera embarcado en
cualquier cosa, me ardía la tierra; no he sabido nunca estar en tierra y
pienso, pienso que es donde debiera estar.
Simón Orozco había terminado de comer; dejó la cazuelita
junto a la radio, se levantó del banquillo.
—Dame la rueda, Paulino.
El patrón de costa le dejó el timón a Orozco; avisó a
Celso Quiroga.
—Dale una voz a Macario para que me suba la comida; si ya
han terminado, bajaos a comer; que suban Sas y Artola.
Gato Rojo había terminado su guardia y había comido.
Estaba echado en la litera, tallando un corcho en forma de pez. El calzón
caído, la camisa en bolsa, la mirada turbia. Domingo Ventura lo veía hacer.
—¿Para qué es eso?
—Para mi chico pequeño —respondió Gato Rojo—. Le prometí
hacerle un pez de corcho.
—Cómprale uno de caucho, le gustará más.
—No.
El motorista cambió la postura, se dejó caer de la pierna
derecha.
—Yo a mis chavales les compré la última marea un balón de
fútbol, a ver si les entra la afición y un día son jugadores y me retiran de la
mar.
Dejó de tallar Gato Rojo, sonrió.
—Siempre pensando en trabajar, Ventura.
El motorista se rió. Tenía una risa idiota, que se le
enredaba en los dientes de oro y le hacía arrugar la nariz.
—¡A ver qué vida!
Gato Rojo siguió tallando, Ventura se dejó caer de la
pierna izquierda.
—¿Te divierte trabajar, Carmelo?
—Me divierte más descansar.
Los ojillos de Ventura ratoneaban desde las rendijas de
los párpados. Se rascaba con las manos en los bolsillos.
—Si yo tuviera dinero, no te quiero decir qué plan… Lo
pasaría en grande y os iría a esperar al muelle, para invitaros a unas copas.
El pez de corcho reposó sobre la barriga de Gato Rojo, la
mano derecha jugó la navaja, la mano izquierda ascendió hasta la cabeza y se
posó sobre la pelambre bermeja.
—De vez en cuando nos darías dos reales de limosna,
Ventura.
—Os prestaría el dinero que necesitaseis; no soy un
roñoso.
—Gracias por adelantado.
La mano izquierda de Gato Rojo descendió hasta el pez de
corcho, volvió a tallar.
—Gracias por adelantado, caballero. Mientras tanto, a
aguantar.
Los ojos de Domingo Ventura buscaron por el rancho.
¿Dónde ha dejado las novelas Afá?
—Las ha guardado, creo…
—¿Tú no tienes nada?
—No tengo tiempo de leer.
Domingo Ventura giró la cabeza.
—¿También las ha guardado Espina?
—No lo sé.
Domingo Ventura salió a la pasadera, se asomó a los
motores.
—Espina —gritó—, ¿dónde tienes las novelas?
Manuel Espina subió lentamente las escalerillas. Llegó
donde estaba Ventura.
—No tengo novelas, se las he llevado todas a los de proa
—cambió el tono de voz, preocupándolo—. Las toberas van mal, estoy ayudándole a
Arenas, convendría que echases una ojeada.
—Bueno, ahora bajo.
Domingo Ventura volvió las espaldas a Espina y fue hacia
su camarote.
Manuel Espina bajó a las máquinas.
—Que ahora viene, dice Ventura.
Arenas se frotaba las manos con un cotón.
—¡Que ahora viene! —dijo despreciativamente—. Bajará
cuando llegue la avería o cuando ya no tenga nada que hacer.
En el camarote de Domingo Ventura había colgado un
calendario con fotografías y refranes de la mar. En la litera superior se
mezclaban los aparejos de pesca con las ropas y los alimentos extras del
motorista. Domingo intentó poner un poco de orden en el batiburrillo, buscando
una novela. Separó los aparejos a la izquierda, los alimentos a la derecha, las
ropas las amontonó en la mitad, no encontró la novela y acabó confundiéndolo
todo. Salió a las pasaderas y antes de entrar en la cocina llamó a los de máquinas.
—Arenas, que vengo ahora.
Alzó la cabeza Juan Arenas y cuando desapareció la figura
del motorista comentó, encogiéndose de hombros:
—Tiene valor… larga trapo y hasta la vuelta.
Manuel Espina tenía el rostro enmascarado de tiznes. Las
muecas lo hacían risible.
—Llamaré a Gato Rojo.
—Déjalo tranquilo —dijo Arenas—; si todo se escacharra,
que lo arregle Ventura.
Ventura se había hecho sitio en la litera de Venancio
Artola y estaba sentado cómodamente, dirigiendo las aventuras de Afá. El
contramaestre estaba de pie contando:
—Nos habíamos acercado al barco inglés; tres mil
quinientas toneladas.
Les habíamos pasado toda la pesca que llevábamos, que no
era mucha, porque esto fue al oeste de La Chapelle. Fue grande la cosa, antes
de que nos diéramos cuenta ya lo teníamos encima. Yo no sé de dónde salieron.
Sonaban los tiros por todos los lados. El patrón comenzó a gritar que todo el
mundo al guardacalor.
Los aviones alemanes nos daban pasadas sin dejarnos
respirar. La mayoría se quería tirar al agua. Los del barco inglés comenzaron a
cascarles. Yo no veía nada; estaba echado entre la amura y el portillo de la
cocina, esperando que dejaran de tirar para colarme en el guardacalor…
—¿Y por qué no te levantaste y de un salto…? —dijo
Ventura.
—Anda éste… De un salto, de un salto, allí no había quien
se moviera. Tenía tal miedo que no me atrevía ni a levantar la cabeza; creo que
lo único que funcionaba en mi cuerpo eran los oídos. En cuanto dejaron de
tirar, ni sé el tiempo que estuvieron tirando, me metí en el rancho y no salí
hasta que el patrón bajó a ver lo que nos habíamos llevado. Nos dijo que la
chimenea la habían arrancado como quien arranca una berza, que habían entrado
los tiros de paseo por el cuarto de derrota, que estaban las estampas de las
cubiertas totalmente astilladas. «Asomaos, asomaos y veréis al inglés echar
humo.»
—¿Y vosotros qué hicisteis? —preguntó Ventura.
—¿Nosotros? ¡Qué vamos a hacer! Nos largamos por si
volvían.
—Vaya novela —dijo Ventura—. En tiempo de guerra debían
armar los pesqueros…
—Y hacernos a todos oficiales —interrumpió Afá—. Con
galones se hunde uno mucho mejor.
Macario Martín había terminado de arranchar la cocina y
entró quejándose. El contramaestre le dio una fuerte palmada en las espaldas.
—Cuando toca trabajar, toca trabajar. —Y los demás de
feria, ¿verdad?
—Para eso cobras, Matao; un buen plus por hacernos la
comida, más tus gajes.
Macario se bajó las mangas de la camisa y las dejó sin
abotonar en los pulsos, cayéndole sobre las manos.
—Está uno bueno.
Domingo Ventura estaba preguntando a los hermanos Quiroga
si tenían novelas. La contestación fue negativa.
Era hora de dormir.
Era hora de dormir y Afá y Macario Martín se fueron al
rancho de popa seguidos por Domingo Ventura.
—Afá, déjame una novela para la siesta.
—Tienes dos mías que no me has devuelto.
—Se las llevó alguno de tu rancho.
—Ya lo sé, pero el que me tenía que devolver las novelas
eras tú.
—Y cómo quieres… Bueno… Ya me pedirás algo… —amenazó—. Te
contestaré lo mismo que tú… Siempre hay ocasión de devolver un favor…
Macario Martín sermoneó en broma:
—La venganza no es de cristianos como tú, la venganza es
sólo de los que estamos fuera de la ley, hechos unos golfos. Tú tienes que
perdonar a José, aunque José te haga toda clase de marranadas, como es su mala
costumbre, ¿verdad, José? Pues a perdonar, hijo mío, que es lo tuyo.
En el rancho de proa los dos Quiroga —el del sueño
rumiante, el de dormir inquieto— caían de estribor con los ojos cerrados. Juan
Ugalde redondeaba el vientre con las primeras respiraciones profundas del
sueño. En el rancho de proa se sentía el silencio, se palpaba el silencio,
sonaba el silencio, compacto, gelatinoso, triste, de las siestas colectivas:
prisión, cuartel, barco.
Manuel Espina había renunciado, con rabia, a ayudar a
Arenas si no bajaba Domingo Ventura y Domingo Ventura no bajó a las máquinas.
Manuel Espina dormía en su litera. Gato Rojo tenía sobre la taquilla el pez de
corcho y la navaja cerrada; dormía. Macario Martín y Afá hablaron un poco, pero
en voz baja, respetando el sueño de los compañeros, contra costumbre, y su
misma conversación, casi un susurro, era una preparación para dormir. Domingo
Ventura tendido en su catre, con los párpados entornados, fijaba los puntillos
de los ojos en el candado de su taquilla.
Domingo Ventura abrió los ojos a los recuerdos. Halaba del
cordel de los recuerdos, aplomado lejos, en la estela borrada. Candados de los
botes en las cadenas de los remos, candados de los almacenes del ejército en la
guerra, candados de los almacenes desde los que se distribuía el racionamiento.
Candados que habían destripado a lima, a golpes, él y los
demás de su banda de la calle de Tetuán, todos hijos de pescadores, todos
raqueros del muelle. La vida de entonces… La vida corriendo por las machinas,
saltando a las barcas, robando aparejos, robando pescado y yendo a venderlo en
un cestillo por las empinadas calles del barrio obrero. Mareas bajas con
carreras por el entramado de cemento de los muelles —huida de cangrejos, huida
de ratas, el olor pesado casi líquido de la salida de las cloacas—; atraques y
desatraques de embarcaciones pequeñas jugando horas y horas, soñando tiempo y
tiempo; los baños del antedique…
Bucear con una gran piedra entre las manos para andar por
el fondo. ¿Quién resiste más? Una perrona de diez céntimos, una perruca de
cinco céntimos, bajando, brillando en la transparencia del agua. Los
chapuzones, las luchas, la perra en la boca para deslumbrar a los veraneantes
que creían que las mordían como los peces, que las recogían a diente de la
profundidad. Carreras y carreras y carreras, entrando, saliendo en la multitud
paseante. Carreras de la guerra: bombardeos, refugios, sirenas. Los almacenes,
con sus ventanas guardadas con clavos y tela metálica. El que era como una
anchoa se colaba, el que era como un pilote ayudaba hasta la ventana, los demás
distribuidos para dar la señal. Dar la señal. Se daba la señal y nuevas
carreras en la oscuridad hasta una farola previa ente destinada a la cita. ¿A
quién han cogido? ¿Qué habéis mangado? La posguerra, los primeros embarques
serios. La bajura. Aprendiendo cosas de motores. Exámenes. Viajes a Gran Sol.
La armada. La vuelta y Begoña María. Los hijos serían como él. Toda la infancia
entre carreras, toda la infancia entre la mar y el muelle, más cerca que nadie
de las aguas por los entramados de la línea de atraque, con huida de cangrejos,
de ratas, con el olor que se decía de cagalera de las beatas. Domingo Ventura
se sentía atraído por el candado, hizo un gran esfuerzo para levantarse,
desistió… Luego, suavemente, arrastrándose por la estrechez de la litera,
encogiendo las piernas, incorporando el tronco, alcanzó con las manos el
candado. Del bolsillo de la camisa sacó una diminuta llave y lo abrió. Después
abrió la taquilla. La taquilla estaba vacía. Los bienes de Domingo Ventura
estaban en la litera superior amontonados, revueltos, confundidos.
Domingo Ventura se tendió en su catre y se arrastró hasta
encontrar una posición cómoda. Cerró los ojos.
La niebla amarilleaba al norte. La sirena del Uro sonaba
cercana. Castro movió la rueda a estribor. La rosa osciló en el mortero. Artola
desde babor comunicó la cercanía del barco compañero.
El patrón de costa hizo sonar largamente la sirena. La
sombra azulada del Uro se esfuminó en la niebla amarilla. La niebla, al norte,
amarilla de concha vieja, pasaba a los tonos del nácar, hasta agriarse hacia el
sur en piedra impenetrable. Paulino Castro veía la proa del Aril cabeceando
suavemente en la andada.
—Se acaba el banco.
Simón Orozco agitó la mano derecha en el humo de su
cigarrillo.
—Sin viento queda aún tiempo. Va levantando y con un poco
de viento estaríamos a cielo despejado.
Sas y Artola no eran necesarios. El patrón de costa
permitió:
—Podéis bajar.
Sas cruzó el puente hasta babor. Miró a Orozco, que tenía
la cabeza baja, consultó luego al patrón de costa:
—¿Van a echar un lance?
—No queda tiempo. Tras la niebla, en una hora, tenemos la
noche encima.
Dudó Sas antes de salir al bacalao de babor. Deseaba
conversar con el patrón.
—Debemos estar ya muy al norte.
—Algo hemos subido. Sin tomar la situación no se puede
decir…
—Lo menos estamos frente a la bahía de Galway.
—Por ahí o más arriba.
—Mañana, si hay buenos tiempos, lanzamos y luego para el
sur.
—¡Quién sabe! ¿Tienes mucha prisa de volver a casa?
—No, patrón. Lo digo porque nunca hemos subido tan al
norte.
—Hasta los osos blancos esta vez, Sas. Joaquín Sas sonrió
tímidamente.
Dijo:
—Cuando fuimos al bacalao a Terranova con la pareja
estuvimos en un banco de niebla cinco días sin pescar. Tras la niebla dicen que
se pesca mucho.
—Eso dicen.
El patrón de costa no tenía intención de continuar la
conversación con el marinero Joaquín Sas. Se hizo un silencio entre los dos.
Sas esperó inútilmente que Castro dijera algo. Cuando habló no era para él.
—Simón —dijo Castro—, se está levantando viento.
Simón Orozco alzó la cabeza y se puso en pie. Sas miró
hacia proa. Habló:
—Parece, patrón…
Los dos patrones estaban atentos al golpe de viento.
—Noroeste —afirmó Orozco—; malo, nos echará niebla;
cerrará otra vez.
Paulino Castro movió afirmativamente la cabeza. El
marinero Joaquín Sas quiso intervenir:
—Señor Simón, ese viento no es fijo.
—Ya.
Se retiró lentamente Joaquín Sas.
En el espardel estuvo un rato contemplando la niebla.
Después bajó a la cubierta.
Al atardecer el viento roló al norte. Al atardecer la
niebla se rasgaba en vedijas oscuras y doradas. Al atardecer los barcos fueron
emergiendo de la soledad limbática del banco y avanzando sobre un mar de olas
apalomadas, bajo un cielo verdoso y vacío.
—Mañana, contando con el viento norte, buen día para
arrastre —dijo Orozco—. Esta noche descansamos, esta noche al garete.
El patrón de costa pidió a los ranchos un hombre para el
timón, ordenó que cesara el ululo de la sirena.
—A ver si hace marea —comentó Paulino Castro.
Iban apareciendo las primeras estrellas del norte. Simón
Orozco hablaba por radio con el patrón de pesca del Uro. Paulino Castro se
sentía solo. Miraba la proa, la mar, el cielo, las estrellas. Pensó que alguna
vez tendría que dejar la mar, que no sentiría, si la dejaba, una calma como en
la que estaba integrado, que jamás sería compensado tan sencillamente como lo
era en aquellos momentos no sabía por qué ni siquiera cómo. Mar, cielo, los
barcos… Arriba, las estrellas. El viento a suaves ráfagas. Pensó que no podía
quedarse en puerto, que no podría ir de visitante al muelle para ver partir las
embarcaciones al Gran Sol, que la alegría de las llegadas a él le entristecía.
Pensó que era un sueño, ni bueno ni malo, solamente un sueño, que en la
realidad no se cumpliría, la taberna y el ultramarinos. Sus deseos de comodidad
eran cenitales desde la mar, crepusculares en tierra. La tierra le cansaba.
Estaría en la mar hasta que no pudiera sostener el rumbo en la rueda, hasta que
no pudiera agarrar las cabinas, hasta que las piernas le fallaran y se fuera en
los balances contra los costados ya mal estibado el corazón.
Simón Orozco terminó de hablar con el patrón del Uro, dijo
a Paulino:
—Pide suerte para mañana.
—¿Suerte en la mar? ¿Qué suerte va a haber aquí?
La costumbre era superior al sentimiento. Paulino Castro
se quejó del oficio con la salmodia cotidiana. Simón Orozco fumaba mirando a la
mar. Las luces de los barcos ya estaban encendidas.
El Uro y el Aril navegaban hacia el norte.
IX
ESTABAN las tripulaciones en las cubiertas. El sol era
todavía un disco rojo, coagulado, que reflejaba en las aguas tintándolas de
escarlata. El sol iría destruyéndose, liquidándose en una inundación de luz.
Las aguas volverían a sus colores radicales: verdes en los tornos de los
barcos, azules hasta el horizonte circular. Onda a onda del verde al azul, bajo
un cielo habitado de arrendotes, de ligareñas, de pájaros de Irlanda; pájaros
de las rocas, de las olas atlánticas; pájaros de los palos y de las estelas de
las naves; pájaros pescadores, fiesta de las sacadas de las artes.
Estaban las tripulaciones en las cubiertas. La mañana era
alegre. Los pescadores se gritaban de barco a barco más por el deseo de oírse
que por la necesidad de comunicarse. Trabajaban en el lance. Los patrones en
los bacalaos de los puentes no dirigiendo, dejando hacer, contemplaban la
faena. Había lanzado el Uro. La red flotó unos minutos adoptando su invariable
forma de mujer sobre la mar tranquila y se fue a fondo. Comenzaba el arrastre.
Los marineros no volvieron a sus ranchos. Se entretuvieron
con la deriva de los barcos, se quedaron en los espardeles o en las cubiertas
mañaneando. El contramaestre José Afá se sentía cargado de energía. Sin
solicitar ayuda comenzó a trabajar en el malleo de una red. Venancio Artola
colaboró contento, ante la agraviada y estupefacta presencia de Macario Martín.
Trabajar en la red es trabajo de hablar, de cantar, de
humear el cigarrillo con parsimonia, moviéndolo a golpe de lengua de comisura a
comisura, según el ojo que se cierra y lagrimea, según el gusto del consumidor.
Trabajar en la red es hacer la cábala de la pesca a sacar, según las mallas que
se atan para cerrar la boca de pérdida. Trabajando en la red corre el chiste,
la petaca, la botella y el que descansa en los ranchos, el faenero de nevera,
el que toma maroma y cable a brazo y martillo, se pierde la alegría en común,
la alegría unificada de los compañeros. No trabajar en la red y participar de
la alegría de los que en ella trabajan es un pecado. Pecado al que estaba
habituado Macario Martín.
Juan Ugalde bajó a su rancho a buscar la aguja de madera
para el trabajo.
El círculo de malleros se fue ampliando. Del monte de red
todos cobraron para sus lados extendiéndola por el espardel. Paulino Castro
antes de acostarse hasta la primera virada dejó el bacalao para participar de
la alegría. Paulino Castro era patrón y un patrón no comete pecado
contemplando, siempre que no se le olvide corregir a tiempo a un manero y atar
hábilmente tres o cuatro mallas como ejemplo. A Macario Martín se le tornaron
los peces barro. El contramaestre le pidió que subiese de su vino. No podía negar
el favor: los compañeros trabajaban, él contemplaba. Se quejaría cuando las
órdenes se multiplicasen, que sería al rato. Macario Martín bajó a su rancho y
retornó con una botella de vino.
—El primero que la tienta soy yo —advirtió. En todo había
orden y el contramaestre se encargó de que fuese respetado.
—El que primero la tienta es el patrón, si quiere —dejó la
aguja Afá y recogió los brazos con las palmas de las manos hacia arriba—.
¿Hasta dónde vamos a llegar, Matao?
Macario Martín ofreció de la botella a Paulino Castro.
—¿Quiere usted?
—¿Ahora? No, hombre.
—¿Y qué más da ahora que luego? El vino es un desayuno que
aquí, en la mar, le compone a uno el vientre.
—No, hombre.
Macario Martín significó al contramaestre con un gesto
que, tras el patrón, él estaba en su derecho de primogenitura. Afá se levantó a
medias.
—No bebas, Matao, los primeros son los que trabajan.
—Déjate de tonterías.
El contramaestre Afá terminó de levantarse y arrebató la
botella de las manos de Macario.
—Tú el último y para que veas que no quiero ser yo quien…
—hizo una pausa—. Toma tú, Artola…
Venancio Artola no podía ser el primero, no había nacido
para ser el primero, así lo sentía y nada le hubiera hecho variar.
—Bebe tú.
José Afá insistió de gesto, brindó al concurso por si
alguno quería ser el primero. Al fin bebió un traguillo. Macario Martín se
apoderó de la botella antes de que pasara a peores manos. Bebió largamente,
sostuvo la botella con la mano del delito y la contempló.
—Está muy bueno y yo decía que se iba a picar…
La botella pasó de boca en boca hasta que se acabó el
vino. Volvió a Macario que la escurrió en sus labios, aprovechando las últimas
gotas.
—¿Subo otra, José?
—Sube del tuyo.
—Ya me llegará el turno. Tú tienes mucho todavía.
El sol había templado las húmedas redes. Olía el barco a
pintura vieja y a pescado; un olor que crece en los días anchos y que trae el
puerto a la memoria.
En los barcos de altura se atan redes sin secar, se
recomponen sin oreo previo, con la pegajosa humedad de la mar dificultando el
malleo. Las malas pinturas del guardacalor, de las barandas y de las amuras, se
revienen al sol. Mancha el barco, huele el barco, sabe el barco. En los días
anchos se bebe tal vez demasiado, porque el barco y el muelle, el presente y la
memoria, la alegría y la nostalgia, combinan un deseo de vivir bebiendo y
hablando, al que la marinería no se resiste.
—Sube de mi vino, Macario —dijo Artola—. Con ojo, Macario.
No saques más de lo que subas.
—¿También tú lo mides? —preguntó Macario Martín.
—No lo mido, por eso.
Gato Rojo en las máquinas tallaba una goleta de corcho
para los juegos de su prole. Una goleta de navegación a cordel por las mareas
bajas de la rampa del puerto. Gato Rojo de niño había hecho navegar goletas,
había rapado erizos, había disecado estrellas. Desde la rampa a las rocas,
pasando por el muelle, toda la infancia a media escuela. Gato Rojo sabía
aplomar la goleta de corcho para que no diera la vuelta, levantar el erizo de
su oquedad sin pincharse, secar la estrella sin que perdiera alguno de sus brazos.
De mocete había estado al pulpo con aparejo de su fabricación. Sabía anzuelar
con muergo para el pancho, la moma, el chaparrudo… cada anzuelada un pez al
cestillo o a la bolsa. Gato Rojo había enseñado a sus hijos las artes del niño
pescador.
Gato Rojo sonreía mientras tallaba, dejaba los bancos de
los palos para los mimbres que sostendrían las velas, seguramente azules,
hechas de un retal de camisa. Pensaba pintarle el nombre del menor de los hijos
en la proa, matricular la goleta con la numeración del Aril. Gato Rojo vertía
toda su delicadeza contemplando la goleta en el dique de sus manos. Gato Rojo
era para sus hijos un gran ingeniero naval, un gran armador, un gran capitán al
que se le darían las novedades de rigor: el barco se va de estribor, papá; el
barco recoge mal el viento y escora mucho; el barco es poco marinero y tendrás
que hacerme otro.
Naturalmente Gato Rojo volvería a contemplar la goleta
entre sus manos.
Tendría que hacer otra. Tal vez de tres palos, tal vez con
más plomo en la quilla, pinzándola para que no escorase ni se fuese de estribor
y aguantase mejor las ondas.
Manuel Espina y Juan Arenas dormían. Domingo Ventura
lastraba el estómago con pan y chorizo en su camarote. Salió a las pasaderas
metiendo la uña a la dentadura, trinando y saboreando. Se acodó en el postigo
de babor, respiradero grande del guardacalor, contemplando la mar iluminada.
Blanqueaban las crestas de las olas. Lejano creyó ver un
cachalote solitario y su jardinero surtidor. Fijó las cocotas brillantes de sus
ojos, entrecerrados los párpados, sobre el punto donde le pareció ver el
surtidor. Su mirada recorrió toda la mar hasta que tuvo la evidencia del
cachalote yendo hacia el suroeste.
Las bombillas de ordenanza, en máquinas, daban una luz
naranja casi resumida por la luz solar en su propia y frutal conformación. No
trascendía la luz de las bombillas, quedaba en ellas mismas, apretada, inútil,
tristemente decorativa. Por los ojos de buey, por el postigo de babor, entraban
redondeados y cuadrados los rayos del sol quebrando sobre las cosas. Rebrillaba
el aluminio del escape de humos del motor. El motor rebrillaba, metálico y
oleoso. Por las pasaderas, por los pasamanos, por las chapas de la cala parecía
haberse derramado un barniz que transformaba la suciedad en luz. Una
impregnación de luz dulce que en la inclinada cabeza de Gato Rojo era una
fogata, que doraba sus antebrazos desnudos y vellosos. Las espaldas de Domingo
Ventura era la única mancha de penumbra en la mañana de las máquinas.
Simón Orozco tenía los ojos cansados de observar la marcha
del barco compañero entre las aguas y el cielo. El puente era un agradable
mirador a la mar. El puente era una fresca, una serena rendición a la luz. La
seca cubierta de proa tenía color de caña setembrina con las dos manchas de
negro brea de las coberturas de la nevera y el pañol, elevándose violentas y a
punto de estallar como burbujas. La grasa de los carretes se derretía. Brillaba
el nombre del barco en el puente. Brillaba el metal de la bitácora. Simón
Orozco en la soledad de su trabajo rompía, como una roca móvil la fuerza y
suavidad de la corriente, el armónico tránsito de las luces. Simón. Orozco en
sus paseos de pasos contados, en su calmoso ir y venir, en sus paradas
repentinas en las ventanas de babor, agitaba la claridad de la mañana en el
puente.
Macario Martín ya no estaba en disposición de cumplir las
órdenes de abastecer a los rederos. Se apoyaba en la baranda mirando a la mar,
mirando a los pájaros en el ángulo que iban abriendo los barcos. De pronto se
alborozó.
—José —dijo—, ¿me prestas tu aparejo, que voy a echar una
línea a los pájaros?
—No.
—Uno que no come hoy polio. ¿Me prestas tu aparejo,
Venancio?
—Coge el viejo. No toques el nuevo que lo quiero estrenar
yo.
—Bien. ¿Viene alguno a popa?
Joaquín Sas se levantó.
—Voy contigo.
La charla continuó en el espardel. Macario Martín bajó a
la cubierta seguido de Sas.
—¿Con qué cebamos? —preguntó Sas.
—Tienen hambre, con cualquier cosa. Si tuviéramos hígado
de bacalao…
Joaquín Sas y Macario Martín tendieron sus líneas a los
pájaros. Domingo Ventura, con la boquilla sin cigarrillo entre los labios, les
acompañaba. Una ligareña picó sobre el cebo de Sas y levantó el vuelo.
—Son muy listas —comentó Sas.
Dos arrendotes siguieron a la ligareña y se disputaron el
cebo. Levantaron el vuelo.
—No apresurarse, ya caerán —dijo Macario—. El hambre no da
consejo sano.
El pájaro sucio, el pájaro cágalo, el inmundo pájaro que
se alimenta del excremento de las aves de la mar, perseguía ligareñas a medio
vuelo, cambiando caprichoso, escogiendo como un gastrónomo.
—Ese pájaro es peor que los cuervos, más asqueroso —afirmó
Macario Martín.
Los tres de popa seguían el vuelo del pájaro cágalo. Una
ligareña, asustada, dejó caer su ofrenda. El pájaro inmundo picó sobre el
excremento que recogió antes de que llegara a las aguas.
—El tío guarro… dijo Macario.
Un arrendote había picado en el anzuelo de la línea de
Sas, que comenzó a halar. El pájaro batía las alas desesperadamente, caminando
por la superficie de la mar.
—Así, así, que dé zancadas, que no vuele —animó con su
consejo Ventura—. Hala de prisa, hala… Ya está.
Sas recogió el arrendote por estribor. Lo apretó de las
grandes alas e hizo un movimiento para golpearlo contra el casco del barco.
—No, déjalo vivo gritó Macario—. Trénzale las alas.
Se desenganchó el anzuelillo del garganchón del pájaro.
—Se lo había tragado bien —comentó.
Le trenzó las alas y lo arrojó sobre cubierta. Domingo
Ventura lo empujó con el pie.
—Vaya pico.
El pico de presa del arrendote, amarillo y curvo,
tabaleaba en el hierro del guardacalor. El arrendote tenía una baba de sangre
en el pico y sus hermosos ojos —avizorantes ojos de atalayero, alucinados ojos
de víctima rebelde— se movían hostiles buscando sus celestes poblaciones.
Todavía la suciedad de la cubierta no manchaba su nubada pechuga.
En las revueltas aguas de la estela las dos líneas de
pesca convergían como las líneas de ribera de un camino del llano; se perdían
en la destrucción de la perspectiva por los reflejos del sol. Los marineros
pescaban los pájaros al tiento cuidadoso, como si pescaran en aguas profundas,
cegados por la luz, engañados por las picadas someras. A veces una ligareña
levantaba el vuelo con el cebo en el pico, sosteniéndolo, y lo dejaba caer
mientras Macario maldecía, Sas recuperaba el aparejo y Domingo Ventura engordaba
de risa.
Fueron cayendo pájaros: mascates de vuelo tenso y
poderoso, arrendotes, salteadores de los copos de las artes ligareñas de la
algarabía… Un petrel fue devuelto a sus oficios de arranchar las olas, limpiar
la estela, alisar los malos tiempos. Marido Martín pescaba por babor, cuidadoso
de la boza de cadena que se movía en las correcciones del rumbo de arrastre.
Macario Martín tenía a sus espaldas el monte de pesca, palpitante e iracundo.
Pidió a Domingo Ventura que contara los pájaros.
—Debe de haber unos veinte —dijo Ventura calculando a ojo,
sin molestarse en la cuenta—; se puede hacer un menú arregladito.
Macario Martín recobró su aparejo.
—Ya está bien —dijo—. Los voy a organizar —guiñó un ojo—
con arroz.
Ahora hay que despellejados, sangrarlos y que se oreen.
Joaquín Sas puso una gota de su sabiduría de hambres
costeñas a la proposición de Macario.
—Una vez pelados lo mejor es macerarlos bien. Aunque se
oreen les sale el bravío de la mar… Macerarlos en agua dulce y luego cocerlos y
luego a la sartén y luego al buche.
Macario Martín cogió un arrendote para golpearlo contra la
cubierta.
Joaquín Sas iba a imitarlo.
—No.
Hizo un gesto de extrañeza Sas.
—No —repitió Macario—. Vamos a asustar a Afá.
Déjate de chiquilladas, Matao —habló Sas, levantando el
pájaro sobre su cabeza y golpeándolo contra la cubierta—. A… lo tuyo.
El pájaro, tras el golpe, se calambraba en la agonía,
estirando las patas y abriendo los dedos palmeados con las membranas tensas y
brillantes. La rota cabecilla caída, el pico feroz en su desmandibulado ahogo
de muerte, las alas todavía trenzadas, hacían del pájaro un grotesco fracaso de
la hermosura.
—No —insistió Macario—, si Afá está en el rancho hay que
darle un buen susto con los pájaros. Si duerme, mejor; se los ponemos en la
litera.
Joaquín Sas había colgado el pájaro muerto de un enganche
del guardacalor. Aún tenía el animal un estremecimiento, un postrer reflejo que
se agotaba en las membranas de los dedos; membranas que fueron arrugándose a
medida que los dedos se crispaban en una última presa de algo ya escapado a las
honduras del cielo o el mar, de algo disuelto, evaporado, de algo inexistente.
La tristeza del pájaro muerto fue sustituida por la ridícula sensación que daba
su cuerpo despellejado. Sas había hecho una incisión en torno del cuello, había
fracturado las grandes, veleras alas y había cortado por las fracturas. Luego,
tirando hábilmente hasta los muslos del pájaro, le fue quitando el pellejo, que
pendía como unos calzones sanguinolentos, de azulina humedad, sobre las dos
ramitas de las patas.
Cortó Sas por los muslos, cortó por el cuello. La grandeza
del pájaro en vida ya no era más que un chico apelotonamiento de músculos, algo
parecido a un corazón, de las dimensiones de un corazón con las arterias y las
venas amputadas.
—Un bocado —dijo Macario y se quedó contemplando entre sus
manos el cuerpo que Sas le daba, dispuesto ya a sacrificar otro pájaro—, un
bocado —repitió— que es la primera carne de verdad que voy a comer desde la
salida de marea.
Domingo Ventura despertó al trabajo. Se remangó la camisa
suelta por los puños, guardó su boquilla de ocioso y se desató carnicero
golpeando pájaros, celebrando muertes, despellejando furioso e inhábil, hasta
romper a veces en el esfuerzo el cuello del ave. Hubo al fin en proa un
montoncillo de alas, de cabezas, de pellejos. Macario Martín cogió el pellejo
de un arrendote y lo volvió. Colgaban las patas como unos siniestros
pendientes. Era suave el plumón; suave, cálido, con la dejadez de las cosas
muertas. Lo acarició un momento manchándolo con sus manos ensangrentadas y lo
echó a la mar. La estela se pobló de los restos del sacrificio de los pájaros.
Las aves de la mar abandonaron las aguas del barco; volaron altas y temerosas.
—Ya no volverán —dijo Sas— hasta que pierdan de ojo los
desperdicios.
Hoy no pescaríamos ni uno más si lo intentásemos.
Macario Martín se fue a la cocina por dos cubos de agua
dulce. Sas alineó los pájaros en la cubierta. Cuando volvió Macario, explicó a
Sas:
—Uno a uno, apretando bien, pero no mucho, porque luego la
carne parece estopa.
—Bien.
Macario y Sas comenzaron la maceración de los pájaros.
Domingo Ventura con la boquilla entre los labios, recuperada para tascar la
holganza, los brazos separados para no mancharse las ropas, contemplaba.
—¿Con arroz, Macario? —preguntó Sas.
—Con arroz —afirmó Macario— es como mejor están, y si
tuviéramos tomate con tomate. Tan buenos como si fueran pollos.
Joaquín Sas, en cuclillas, pendiente de su trabajo, sin
levantar la cabeza, contó:
—Hará cinco años, cuando se andaba tan mal de alimentos,
se vendían la pareja de gaviotas a tres pesetas, los mascates a dos cada uno.
Yo he cogido muchos para venderlos. La gente se aficionó. Todavía hay algunos
que lo piden.
Domingo Ventura escupió a la mar. Dijo: —Yo, por gusto, ni
verlos. Ahora, cuando no hay más…
Terminaron de macerar los pájaros.
—¿Los ponemos a orear? —preguntó Macario.
—No, los echas a la marmita grande y que cuezan; así se
les va todo el bravío.
Los pájaros sacrificados, que vivos no cabían en el cielo,
cupieron muertos en la marmita.
La observación se debía a Macario Martín, que había dicho:
«Al que la mar le está estrecha de vivo, de muerto le viene más que ancha».
Macario Martín se traía sus latiguillos mechados en filosofía, que aplicaba a
observaciones cotidianas, a sucesos diarios que formaban la costumbre.
Costumbre eran también en los oídos de los compañeros las frases de Macario
Martín.
Calentaba el sol en el espardel y los rederos habían
terminado el trabajo yéndose a refugiar en los ranchos. La mañana avanzando
hacia el mediodía había perdido su alegría de las primeras horas. Macario y su
ayudante Sas sudaban en la cocina. Domingo Ventura desde la cubierta, asomado
al portillo, contemplaba con desgana las vueltas de espumadera que Macario daba
a los pájaros en la marmita.
En estribor, colgando sobre la barca de salvamento, la red
puesta a secar hacía hamacas. Domingo Ventura fue buscando lo seco y se tumbó.
Se tumbó cara a la mar, con los ojos semicerrados, con un vapor de sueño de las
vísperas del almuerzo, invadiéndole la cabeza. Le asustó la voz del patrón de
costa que le hablaba desde el bacalao con un trozo de pan en una mano y un
cacillo de vino tinto.
—¿Descansando fatigas? —preguntó Paulino Castro.
Domingo Ventura contestó algo ininteligible, entre de
molestia y de felicidad. Se sentía incapaz de ser coherente en sus palabras.
—Des… —no completaba las palabras— sue… co…
Las últimas sílabas eran ruidos inarticulados.
—Ya es hora de comer —dijo el patrón de costa.
Para Domingo Ventura había pasado muy rápidamente el
tiempo.
—¿Ya? —preguntó.
Macario Martín había subido con la marmita al espardel.
Domingo Ventura estaba de pie con una inseguridad de soñoliento, con un
balanceo de mareado.
—Venga, Domingo, que hay pollos…
El patrón de costa se sentó en la caja donde otrora estuvo
prisionera una paloma. El arroz tenía un ligero tono oscuro. Los pájaros eran
casi negros.
—Que suba esa gente… dijo Paulino Castro—, que no vamos a
estar esperando hasta que… Que se den prisa…
Simón Orozco comía lentamente, en pie, mirando hacia el
barco compañero. El patrón de pesca del Uro comería, en pie, mirando a su
estribor. De vez en cuando movería la rueda un poco, la sujetaría con los cabos
y volvería a su centinela. El cansancio, el aburrimiento, la vaciedad de
siempre.
Parecía la mar más líquida. Más ligera. Su color azul
oscuro había aclarado.
En la lejanía se veían las siluetas, negras y pequeñas
úes, de una pareja arrastrando hacia el sur. Era una pareja grande, con unos
tirabuzones de humo alargándose y deshaciéndose en la marcha; una pareja de las
pocas de Gran Sol que navegaban a carbón.
Paulino Castro interrumpió su comida para tomar la
situación. Cuando entró en el cuarto de derrota por el sextante el patrón de
pesca le habló.
—A ver si terminan pronto ésos, que vamos a virar.
Desde el bacalao Paulino Castro tomó la altura del sol.
Avisó a los marineros que se iba a virar. Domingo Ventura comía cuidadosamente
arroz, separando los pájaros. Macario y Sas, como pescadores, hacían valer sus
derechos, sus hambres de mediodía devorando pájaros en doble ración. «Afá —dice
Macario— está hoy contramaestreando». Afá estaba serio entreteniendo dignamente
el apetito con unos huesecillos de ave. No había prestado su aparejo y no podía
demostrar entusiasmo en la comida. Sin hablar, quería significar que no estaba
bien la marmita, que comía por comer, que los pájaros estaban duros.
José Afá contramaestreaba.
Por las escotillas ascendió la voz de Gato Rojo, la voz de
virada. Afá dejó inmediatamente de comer. Sas y Macario fueron los últimos en
abandonar sus puestos en tomo de la marmita. Quedaron el patrón de costa, el
motorista y los engrasadores Arenas y Espina.
Sas y Macario bajaron a cubierta masticando. Afá estuvo
seco en sus órdenes. Luego la dignidad se le fue reblandeciendo. Macario
comentó:
—Tira la red, buen copo.
Los barcos cobraban malleta y avanzaban sobre la red. Los
arrendotes, las ligareñas, los mascates volvían a sus vuelos alborotados en el
ángulo que iban cerrando los barcos.
Verdeaban las aguas en una gran mancha sobre el copo a
punto de saltar.
Saltó el copo y se encendió un espejo de pescados en el
mediodía de la mar.
Macario gritó entusiasmado. Afá se volvió hacia el puente,
desde el que contemplaba Simón Orozco.
—Patrón, todo blanco.
Simón Orozco sonreía, moviendo la cabeza afirmativamente.
Los hermanos Quiroga se golpearon mutuamente las espaldas.
Sas silbó.
Venancio Artola y Juan. Ugalde hablaron disparadamente en
vascuence. El patrón de costa andaba en el bacalao de babor, conversando con
Orozco. El motorista y los engrasadores exageraban la redada.
—La más grande —dijo Arenas— de todas las mareas de este
año.
La punta de la red fue pasada al Uro. El Aril se apartó.
Todos los tripulantes del Aril contemplaban la maniobra de izar la red. En el
Uro se trabajaba de firme.
—Si no salabardean en seguida, rompen el arte.
La cabeza de Gato Rojo asomaba por la escotilla.
—Arenas, es tu hora —dijo Gato Rojo—. Baja y déjate de
cuentos.
—Ya voy, hombre, ya voy, espera tres minutos… Otras veces
se te ha esperado a ti…
Gato Rojo estaba invadido del nervioso entusiasmo de la
gran redada.
—Baja pronto —insistió.
Arenas no oía. Luego, con lentitud, se apartó de las
barandas.
—Ya voy, Gato Rojo… —dijo.
Simón Orozco golpeó con el puño cerrado en el hierro del
bacalao.
—Dios, Dios, Dios…
Golpeó con los dos puños.
—Dios, Dios, Dios… Daos prisa que rompéis la red, que la
rompéis…
Ordenaba el barco distante. Se volvió a Paulino Castro:
—Que metan el salabardo pronto, que se cargan el arte. Lo
tienen muy pegado al casco y se les va a abrir con el roce.
Paulino Castro estaba atento a la maniobra.
—¿Les damos un toque por la radio?
—No, ahora no se les puede distraer. Que metan pronto el
salabardo…
El copo estaba pegado al casco del Uro. Un hombre saltó al
copo flotante y con un bichero intentó despegarlo.
—¡Dios! —dijo rabiosamente Orozco—, no se les ocurren más
que idioteces. Que den marcha atrás o se les cuela el copo debajo.
El Uro, en cuanto el hombre del copo saltó a la cubierta,
hizo marcha atrás y se despegó del copo. Ya tenían preparado el salabardo. A
poco comenzaron a salabardear. Simón Orozco respiró profundamente.
—Ya era hora.
Las conversaciones volvieron tras la expectación de los
momentos pasados a tener un tono de alegría. Gato Rojo estaba en el espardel
hablando con Domingo Ventura.
—Con media docena de redadas así se llenan los barcos. Con
cuatro días que tengamos suerte, para el sur.
Gato Rojo calló pensando en el sur, pensando en la
llegada, con día claro, a la vista de los perfiles costeños cantábricos. Las
discusiones de siempre entre los tripulantes: «Es el Médico, es la roca de la
Virgen, tras ese monte está el pueblo…»; o «esa roca no es el Médico, esa roca
es la de Pata Vieja y en seguida tendremos la torre del faro, me apuesto lo
que…». El sur era para Gato Rojo seis redadas de suerte, el sur era para Simón
Orozco la entrada con los barcos llenos en el puerto de marca más alta para la
merluza.
Acabaron de salabardear en el Uro. La cubierta blanqueaba
de merluza y pescadilla, manchada por el verdiamArillento color de los
bacalaos.
—Han sacado mucho bacalao —dijo Afá—. Han tenido un pico
de suerte. A ver nosotros lo que hacemos.
Los barcos se fueron juntando para el segundo lance. A
medida que se acercaban se asombraban los marineros de la importancia de la
pesca.
—Salen doscientas cajas —dijo Afá.
—Salen más —afirmó Macario.
Tras el segundo lance, comenzó el trabajo en la cubierta
del Uro.
—Les lleva preparar todo esto hasta la sacada de la noche
—dijo Afá.
Macario Martín movió la cabeza afirmativamente. Afá se
volvió hacia el patrón de pesca, asomado a una ventana del puente.
—¿Quién sacará esta tarde, señor Simón?
—Ellos.
—Tienen mucho trabajo ya.
—Mejor, José, cuanto más trabajo, mejor. Mañana sacaremos
nosotros.
Arrastraban los barcos hacia el norte. El patrón de costa
comunicaba la situación comprobante al Uro.
—Estamos en el cincuenta y cuatro, veinte, latitud, once,
cincuenta y dos, longitud. ¿Hay diferencia de tu observación?
Macario Martín entró en el rancho, frotándose las manos.
—Como esto siga así —dijo—, mañana se nos prepara buena.
Los pájaros de la mar aureolaban el Uro.
X
LAS nubes, negras, grandes, procesionales, llegaban de sus
nidos tormentosos del extremo noratlántico. El azul celeste recortaba sus
quebradas periferias escandinavas. Parecía cuarteado el cielo. La luz hería los
ojos y borraba en gris los colores y los agitados relieves de la mar. Un
plácido viento noreste fundía espumas y alas, cuando los pájaros picaban sobre
la pesca paleada a las aguas.
A mediodía había sacado el Aril. Los barcos arrastraban en
el segundo lance. En la cubierta del Aril, incapaz para la redada, trabajaban
los tripulantes en una superficie de pescado que bordeaba y a veces se
derramaba por las amuras. En la punta de proa paleaban los hermanos Quiroga.
Afá ocupaba su puesto habitual junto al palo. Macario echaba bacalaos a sus
espaldas para trabajo de los engrasadores que carneaban sobre unos cajones.
Sas, Artola y Ugalde trabajaban en hilera pegados a los carretes. Desde el
puente contemplaba Paulino Castro, sin oficio en la pesca. Simón Orozco llevaba
el barco al rumbo y atendía al arrastre iniciado. Domingo Ventura tascaba
boquilla en el espardel, oculto a los marineros de proa, visto cínicamente por
los engrasadores que hacían faena debajo de él.
Las bocas feroces y dolorosas de las merluzas, los cuerpos
sumergidos en los cuerpos, amenazaban desde la muerte. Los lenguados, recorte
de suelo, tembloroso límite de arena de fondo —ojos nublados, tacto graso,
horizontalidad de espina— eran pura sumisión desde la muerte. Los bacalaos y
las barruendas de senatoriales testas, solidificadas gelatinas, habían muerto
plácidamente. Los peces menores de la redada —pintarrojas, rapes, besuguillos,
cucos, carnavales, payasos, rayas, escualos… manchaban de colores la plata
blanca, la plata negra, la plata negriverde de los pescados de gran marea y el
cáñamo de los pescados planos.
El viento noreste amainó hasta la caricia; se absorbió en
sus honduras nórdicas. Los trabajadores de proa sintieron suceder al viento el
bochorno. Azul y nubes; ovas, tripas, hígados, sangre, vientres abiertos; los
cuerpos someros de la apretada superficie de pescados estaban secos de sus
humores naturales.
Hacía calor. José Afá se desprendió del chaquetón del
traje de aguas. Al rato se quitó la camisa. Macario Martín sentía que gotas de
sudor se le deslizaban por medio del pecho. En los codos de Gato Rojo se secaba
la sangre de los bacalaos.
La tarde se afoscaba. La tarde se resumía en la gran
redada, en las cajas de pescado, en las cajas de cocochas y de ovas, en la caja
de los hígados, en el montón de los desperdicios, que un agua cálida arrastraba
por la cubierta hasta los imbornales cegados. El agua se encharcaba en la
cubierta, junto a la cocina, en babor y estribor, hasta la curvatura de la
popa. Gato Rojo con la escobilla de afretar la cubierta empujaba desperdicios
hasta las puertas de trancanil, empujaba éstas con el pie y dejaba que el agua
se los llevase. Los pájaros de la mar rozaban casi las amuras en los garabatos
de sus vuelos, en pos de todo lo que se echaba del barco; pájaros de hambre sin
hartura.
A media tarde hubo ronda de vino. A media tarde emergieron
los hombres del trabajo, de sus caldas de sudor y pescado, de la soñarrera de
cansancio, luces y reflejos. Se miraron a las caras, como desconocidos,
enmascarados de fatiga.
Ninguno habló. La pausa del trago fue una pausa mecánica,
en la que los pescadores se fueron pasando la botella como un relevo; relevo en
el que recobraban sus normales armonías faciales cuando bebían.
Reanudaron el trabajo. Bajaron a la nevera Afá y Macario
Martín. El cambio de labor les animó. Los hermanos Quiroga descolgaban las
cajas. Afá cubría el pescado con el hielo que picaba Macario. Afá estaba en su
quehacer desnudo de medio cuerpo. La bombilla rompía su luz en los cristales de
la picadura, rielaba su luz por la gran masa de hielo. La pesada luminosidad de
la tarde caía aplomada por la escotilla. Las cajas que Afá iba cubriendo de
hielo, libraban en el pantoque húmedo, amArillento, un rectángulo. En su torno
aumentaba la breve, geométrica, cordillera glaciar de los derrames del relleno.
En máquinas ya estaba en la guardia Manuel Espina. Al
entrar de refresco en el trabajo de cubierta Juan Arenas, cantiñeaba su
flamenco barato hasta que le mandaron callar. Preguntó sorprendido:
—¿Es que uno no puede cantar?
Joaquín Sas, sin verle, desde los carretes, le respondió
en un tono aburrido.
—No, no puedes.
Arenas hizo un movimiento de hombros y se aplicó a separar
bien la espina, sin dejar filete, del bacalao que carneaba. Gato Rojo había
hincado su cuchillo en el cajón y apilaba bacalao para el friego y la salazón.
—Sale mucho bacalao, nos vamos a llevar unos buenos lotes
—dijo Gato Rojo.
—Ventura, en el catre. No debía entrar en el reparto.
La cabeza de Gato Rojo hizo un movimiento de resignación.
—Díselo.
—¿Yo? Estoy de malas y quieres ponerme a peores. No, eso
se lo tiene que decir el contramaestre…, pero no se atreverá.
—O decírselo al señor Simón.
—El señor Simón no quiere saber nada de esto.
La cabeza de Gato Rojo tenía en la tarde morada un peso de
oro viejo, una consistencia mineral, cuando el cuero se irguió y el engrasador
quedó un momento mirando la mar.
—En este asunto del bacalao, Ventura siempre se escabulle.
—¿En qué no se escabulle?
Juan Arenas, al cortar la cabeza del bacalao y abrirlo en
canal, dejó dos escotes en los lados de las agallas. Desde la unión de los dos
arcos, pasó el cuchillo hasta la cola, rápida, hábilmente. Abrió el bacalao
como un cuaderno grande. Lo lanzó a su espalda y escuchó el chapoteo de su
caída, seguida de su avance resbalando por el declive de la cubierta hasta la
charcada de agua y sangre.
—Si es verdad lo de la pareja y el bou, habrá que buscarse
otro asiento…
Juan Arenas cogió un bacalao y lo dejó sobre el cajón.
Introdujo la punta del cuchillo en la fosa anal y tiró hacia la cabeza. Rajó,
arrancó las entrañas y las echó a la mar. Rodó la cabeza de un tajo atinado;
Gato Rojo la empujó con el pie hacia la amura.
—Es el viaje en que más ganas de volver tengo…
El pantalón de aguas de Juan Arenas estaba mal cuidado,
endurecido. Le formaba aristas desde la cintura hasta las corvas. Juan Arenas,
trabajando el bacalao, tenía aire de payaso a medio vestir, con el pantalón de
aguas y la camiseta sin mangas.
—¿Tú tienes tabaco ahí?
Juan Arenas se chupó una espinada, escupió; se apretó el
dedo y salió una bolita de sangre negra, como un ojo de cangrejo. Gato Rojo
desatrancó los imbornales y sobre la mar se vertieron cinco chorros de aguas
sucias, turbias de sangre y vísceras.
—Voy al rancho por una botella.
Gato Rojo tiró de un congrio, lo volteó sobre la cabeza y
lo golpeó contra la cubierta. La boca del animal se entreabría peleadora y
agónica. Joaquín Sas apartó una molva pequeña y siguió trabajando. Comería
molva, si había un rato libre, y si no, de la marmita de Macario. Pero la
molva… hacía mucho tiempo que no la comía. A veces salían de las redes cuatro o
cinco arrobas, a veces en toda una marea ni aparecían. Sabía mejor que la
manteca, entre el sabor de la merluza y el del bacalao. La prepararía en salsa
verde, suponiendo que Macario hubiera traído perejil…
—Toma un trago, que no te vean.
Juan Arenas tenía los ojos brillantes y ganas de cantar,
muchas ganas de cantar. Comenzó a tararear cortando bacalao. Gato Rojo bebió de
trago largo.
Colgó la botella de la pestaña del cierre del portillo de
la cocina. Se apoyó en la amura y calculó en voz alta:
—Si la marea sigue con suerte llegamos al medio millón. Si
llegamos al medio millón vamos a salir con bastantes perras. Descuentas las
ciento treinta y cinco mil de los barcos. Los por cientos de los patrones y de
los motoristas, en total unas cincuenta y cinco mil —guardó silencio—. Nuestro
por ciento, unas mil para cada uno de nosotros, échale el sueldo, échale las
cocochas y las huevas, desembarca cajas y estás en las dos mil y pico bien. Dos
mil doscientas, por ejemplo. Bueno, ya es dinero, ya está bien. Tienes que
quitar la libra de Bantry.
Dos mil cien. Y si le aumentas dos o tres merluzas de la
cena, si el señor Simón está de buenas. Y si le aumentas el lote del bacalao.
Dos mil seiscientas. Dos mil seiscientas es buena marea, es para alegrarse
—volvió a guardar silencio—. Se necesita un poco de suerte, que salga la pesca
como desde Bantry. Se necesita que rondemos el medio millón.
—Te dejas el bonito del regreso, si hay suerte.
—No lo cuento; lo del bonito es una mentira. Hablamos
constantemente de que vamos a sacar y sacamos cada cinco mareas. El bonito no
lo cuento. Si lo contase podíamos acercarnos a las tres mil. Son muchas
pesetas. Nunca se llega a tres mil pesetas. Nuestras mareas son de mil
quinientas, deja que ésta sea de mil pesetas más y vamos muy bien.
Juan Arenas canturreaba, moviendo los labios
exageradamente, haciendo muecas. Juan Arenas se quejó del primer motorista.
—Ya podía salir a echarnos una mano. Al pasar lo he visto
tirado en su catre, despatarrado.
Gato Rojo colgó de la barra agarradera del guardacalor el
congrio limpio.
Gato Rojo, con la mirada en la popa, cortado el cielo por
la boza de cadena, siguió la estela hasta la lejanía de las manchas de las
parejas del arrastre. Partía rumbo un mercante de la línea de América,
navegando hacia el suroeste.
—Se han olido las redadas —dijo Gato Rojo.
—El patrón habrá avisado a los barcos cercanos de la misma
clave.
Si pescamos todos bajará el precio de la merluza.
—No te preocupes. Todos no pescarán. Mañana verás cómo
está la mar, pero ya será difícil un buen copo. Pescarán para cumplir, nada
más. Los buenos copos se los lleva, como en todo, el que primero llega.
Gato Rojo se puso al trabajo de carnear bacalao. Le corría
el sudor por el cogote. Una pintarroja se retorcía en las aguas de la cubierta
cegados de nuevo los imbornales. Pequeños gallos machacados sobrenadaban en las
aguas.
—Limpia tú ahora —dijo Gato Rojo.
Domingo Ventura estaba en su catre largando humo por las
narices, viéndolo adensarse en la cama de su camarote. Paulino Castro sesteaba
intranquilo de sudorcillo, de malestar de estómago, de pesadilla de tarde
caliginosa. Simón Orozco, asido a las cabillas de la rueda, mancornaba el
timón, sostenía el rumbo, llevaba el arrastre.
Simón Orozco se asomó a una de las ventanas del puente,
observó el trabajo. Macario Martín se alzó a pulso a la cubierta. Habló con
Venancio Artola.
—Baja tú a picar un rato, que voy a preparar la marmita.
Se oyó la voz rotunda de Simón Orozco:
—Déjate ahora de preparar marmitas, Macario, hay que
acabar esto antes de que saquemos. Vuelve a la nevera o limpia pescado. No
estamos para andar perdiendo el tiempo en la cocina.
—Es que ya se echa la hora, señor Simón —dijo Macario.
—Haz lo que te he dicho.
—Pero es que…
Simón Orozco repitió:
—Haz lo que te he dicho.
El patrón de pesca desapareció de la ventana. Macario
Martín estuvo unos instantes mirando hacia el puente, desafiante; luego,
murmurando, bajó a la nevera. El contramaestre escuchó los complicados insultos
de Macario, las barbaridades barrocas de Macario, sin alterar su ritmo de
trabajo, sin que se le alterase un rasgo de la cara. Macario Martín se adentró
en la nevera y golpeó rabiosamente con el pico en la masa de hielo.
—Así, así —dijo Afá con calma.
—Tú también… No me… Me voy a tener que…
—Así, así, que todavía hay mucha faena y se nos va a echar
la red de la noche y entonces vas a tener ocasión de cansarte y de querer
escaparte para la cocina.
Macario Martín tiró el pico furiosamente contra el hielo.
Multiplicó sus barbaridades. Afá, en las pausas de Macario, reía sonora,
falsamente.
—Venga, sigue destripando el hielo. Venga, muchacho, coge
el pico y sigue dándole.
Macario Martín dejó de renegar. Ya había encontrado con
quién desahogarse. Sonrió.
—Tú, José, eres de la mejor raza de zorra que conozco. Te
mata un tío y tan contenta, esperando que venga otro. Tú pones la cama, das la
propina al sereno, no le cobras al tío y encima le das dinero para que se
compre una corbata. Bien, haz lo que quieras, llevas un buen camino.
—Pamplinas. Hay que hacerlo.
—No digo que no.
—Pues se ha acabado, ni cama ni… Hay que hacerlo.
—No digo que no. Si hay que hacerlo, se hace; pero no es
como para estar cantando salmos. No es como para que todavía te traigas bromas.
—Se ha arreglado la marea.
—Sí, sí… lo que tú quieras, pero…
—No tienes razón, Macario. Trabajas porque viene dinero,
no porque se le ocurra al señor Simón.
—Ya no me faltaba más. Estaría la cosa bien si yo me
pusiera a trabajar porque al señor Simón o a san Remigio se le ocurre de pronto
decir que tengo que tirar de pico y no cenar.
—¿Quién ha dicho que no vas a cenar?
—Él.
—Mentira, Macario. Lo he oído desde aquí abajo. Ha dicho
que trabajases, que no estábamos ahora para que tus bazofias distrajesen unos
brazos.
Macario Martín, ya sosegado, golpeaba con el pico,
rítmicamente. Dejó el pico y paleó hacia los pies del contramaestre.
El cielo estaba cubierto de nubes. Una gran concha morada
sobre la mar, con su interior de nácar hacia el cielo. Al oeste se filtraban
rayos de sol, barbas de sol, que caían oblicuos sobre las aguas. Venancio
Artola lanzó una merluza a la cubeta, donde lavaba el pescado Juan Ugalde.
—Mala cosa —dijo Artola—; lloverá esta noche. Vamos a
tener trabajo duro, muy duro.
—Si estuviéramos en tierra, deseando estaría de que
lloviese, deseando.
Este calorazo no se puede aguantar. Si estuviéramos en
tierra me gustaría ver llover desde el portal de la casa, quieto, quieto.
Viendo llover, viendo mojarse a alguno al pasar por la calle. Riendo, muy
contento. Si seguía lloviendo subiría a casa o me iría a la taberna para
tomarme un vaso.
En el cubridor de la nevera lavaba pescado Joaquín Sas. El
agua sanguinolenta bordeaba y se derramaba con la marcha del barco.
—Acércame la manguera, Venancio. Artola obedeció.
En el puente, Paulino Castro —cabellera revuelta, ojos
cargados de modorra, malestar general— cambiaba impresiones con el patrón de
pesca.
—Debieras sacar antes, ¿no te parece?
—No llueve hasta la madrugada. Si temporalea nos parte la
marea con lo bien que cargaba ahora.
—No será temporal, pero vamos a tener mucha agua. Si se
suelta antes de la madrugada y la sacada es grande no sé cómo van a trabajar
éstos en cubierta.
—No, hasta la madrugada no se suelta. Al enfriarse el aire
habrá chubascos, todavía quedan muchas horas. Además, ahora no se puede sacar
porque metemos un copo como el del mediodía a bordo sin acabar éste y…
—Que saque el Uro.
—Hay un orden. Se quejarían y con razón. Hoy nos toca a
nosotros.
—No tiene importancia.
—Sí tiene importancia. Y el orden tenemos que respetarlo.
Tenemos que sacar hoy, para emparejar las sacadas. No van a trabajar más unos
que otros.
Tiene que ser así.
Paulino Castro escupió un salivazo al bacalao del puente.
—Estoy peor que antes de echarme. Más cansado y más
fastidiado.
—Vuélvete a la litera.
—Ya lo estaba pensando.
Al atardecer terminaron de limpiar el pescado: Afá
comunicó al patrón de pesca las cajas que habían entrado en la nevera. Macario
Martín estaba preparando la marmita. Artola y Celso Quiroga se quedaron
afretando la cubierta mientras los demás descansaban en los ranchos. Juan
Arenas entró en el rancho de proa.
—El bacalao está preparado —dijo—, solamente falta
salarlo.
—¿Ahora? —se quejó Joaquín Sas.
—Cuando queráis.
—Hay que dejarlo para luego. Tenemos que cenar. En seguida
darán la virada.
—Como queráis, pero como el copo de ahora sea como el del
mediodía vamos a estar trabajando hasta el amanecer y luego, encima, tendremos
que salar todo el bacalao.
—Eso se hace en un momento —dijo Sas, estirándose en su
litera—, eso no es trabajo.
Juan Arenas propuso turnos. Podían salir a cubierta tres a
salar el bacalao y esos tres libraban de salar en el segundo copo. Sas dijo:
—Por mí está hecho.
El contramaestre Afá entró en el rancho.
—Salid a cenar, que el señor Simón quiere virar en
seguida.
Comieron merluza con patatas. Joaquín Sas se quejó de la
marmita.
—Se te podía haber ocurrido alguna otra cosa, Matao.
—No ha habido tiempo —contestó Macario Martín de mal
humor—.
Díselo al señor Simón, que no me ha dejado venir a la
cocina.
La última cucharada del contramaestre Afá coincidió con la
voz de virada de Gato Rojo ya de guardia en las máquinas.
—Ni calculado —dijo Afá.
—Vista —afirmó Macario.
Domingo Ventura no apareció durante la cena. Cuando los
primeros marineros estaban en cubierta entró en la cocina.
Preparó calmosamente una sartén y comenzó a freír gallos.
Preguntó a Juan Arenas:
—¿Han subido la cena a los patrones?
—Solamente al señor Simón.
—Bueno.
Domingo Ventura preparaba su jugada. Habían virado los
barcos y estaban cobrando malleta. Juan Arenas y Manuel Espina salieron a
cubierta y subieron al espardel. Arenas comentó:
—¿Te apuestas algo a que Ventura le está haciendo la cena
al patrón de costa?
—Claro que le está haciendo la cena. Eso es seguro.
—Pues me parece que se equivoca, porque el patrón no ha
querido cenar y está tumbado con la barriga revuelta.
—Me alegro, no por el costa sino por esta porquería de
cobista.
—Es algo que prefiero no decir. Es todavía peor que el
Matao.
—Según. Son un buen par de pájaros.
—Peor Ventura.
—Según.
En la mar oscura, entre dos luces, albaba la red, prieta
de pescados.
Manuel Espina y Juan Arenas oyeron las voces de costumbre
en la sacada.
Manuel Espina y Juan Arenas desataron el salabardo de la
baranda del espardel.
—Otra copada —dijo Espina.
—Trabajo hasta el amanecer, lo que decíamos.
Se encendieron las luces de los barcos. Simón Orozco,
desde el bacalao de estribor, dirigía la maniobra de salabardear el copo.
Paulino Castro opinó:
—Ha entrado menos.
—Menos, pero es un buen copo.
El pescado quedó extendido sobre la cubierta. Cada hombre
ocupó su puesto. Simón Orozco dejó el timón a Paulino Castro.
—¿Al norte?
—Al norte.
Domingo Ventura subió al puente.
—Patrón, ¿quiere usted cenar?
—Luego.
Simón. Orozco entró del bacalao.
—No se te ve, Ventura —dijo medio de bromas—. ¿Dónde te
metes?
Ventura sonrió. Simón Orozco continuó:
—Luego ya te llevarás un buen lote, ¿eh?
Ventura seguía sonriendo.
—Tú eres muy cuco, Ventura. Si yo tuviese que ver en eso,
si fuese marinero, no ibas a coger lo que se dice ni una espina. Quien no
trabaja no tiene derecho a beneficiarse del bacalao.
La sonrisa de Ventura era ya una mueca.
—Éste sabe demasiado —dijo Orozco a Castro—, sabe mucho,
pero conmigo no le valdría. Si yo fuese marinero…
—Pero no lo es usted —dijo Ventura y volvió a sonreír.
—De eso te salvas.
Domingo Ventura bajó a la cocina. Cuando desapareció por
el portillo, Arenas y Espina comentaron:
—Le ha fallado. Me alegro.
—El señor Simón no le tiene simpatía. Cualquier día le
dirá algo.
—En eso no se puede meter el señor Simón. Son cosas
nuestras. Simpatía no le tiene, desde luego.
Era totalmente de noche. Noche prieta, noche calurosa. Al
oeste relampagueaba el cielo.
Una brisilla tenue traía a ráfagas un golpe de frescor.
Manuel Espina preguntó a Juan Arenas: ¿Bajamos ya?
—Espérate.
Los hermanos Quiroga paleaban pescado a la mar en proa.
Desde el espardel las aguas iluminadas en torno al Aril se veían cuajadas de
peces, de espejos, que se hundían en las profundidades. Todavía navegaban a
media marcha la pareja.
—Mira ahí —señaló la mar Arenas. Una caila gigante casi
flotando se acercaba perezosamente al barco.
—A cenar —dijo Espina.
—¿Le damos la cena? —preguntó Arenas.
Simón Orozco estaba en el bacalao, contemplando el
comienzo del trabajo en cubierta. Arenas le avisó:
—Patrón, una caila muy grande.
Simón Orozco se volvió de repente.
—¿Dónde? ¿Dónde?
—Ahí, pegada al casco. Desde la amura casi se la puede
tocar.
—Echadle un gamo, de prisa —gritó Orozco—. Venga.
Espina y Arenas bajaron a la cubierta. A Simón Orozco dejó
de interesarle por unos momentos el trabajo de cubierta y solamente le preocupó
el escualo que comía junto al barco los desperdicios de la redada.
—Ahora la tenéis —dijo Orozco.
Arenas y Espina, casi a un mismo tiempo, echaron los gamos
al animal.
Pasaron dos segundos y parecía no haber sido herido por
los grandes garfios. De pronto nació un remolino, se levantó un fantasma de
espuma. Los astiles de los gamos pegaron sobre cubierta, se movieron
forzadamente los dos engrasadores.
—Fuerte, fuerte —gritó Orozco.
Espina apalancó sobre la tapa de regala y el gamo saltó
partido. La caila se soltó del garfio de Arenas. Orozco golpeó con las dos
manos en la baranda del espardel.
—Se largó —dijo, desilusionado—, pero se llevó su ración.
—Ha partido el gamo dijo Espina. Simón Orozco observó la
mar, esperando que apareciese de nuevo el escualo. Movió la cabeza.
—No, no vuelve; lleva mucha leña. Orozco echó a andar
hacia la punta del bacalao. Arenas y Espina se miraron.
—Esta chaladura dijo Espina— que tiene el señor Simón a
las cailas…
—Cada uno tiene sus manías —atajó Espina—. Yo a las ratas,
cuando navegaba en el bou viejo, en el que desguazaron… Bueno, me inflaba de
cazar ratas. Con una cesta y pan pasado, se cogían las que uno quería. Cuando
tenía unas cuantas las echaba a la caldera o a la mar. Venía uno que se ponía
al lado de la caldera cuando echábamos las ratas para oírlas estallar, no lo
logró nunca. En la mar, si el barco está quieto es más divertido, les echas un
gamo y comienzan a subir por él, cuando las tienes a modo les pegas un
tanganazo con otro gamo y al agua. No hay que dejarlas subir demasiado porque igual
te saltan y te muerden en la cara. Son bichos asquerosos.
Arenas, cuando Espina terminó de hablar, preguntó:
—¿Vamos a meterle mano al bacalao? Joaquín Sas,
aprovechando que el patrón de pesca estaba en el puente, gritó como de bromas:
—Los engrasadores, los señoritos, que ya es hora.
Intervino Simón Orozco:
—Ahora vienen.
Joaquín Sas alzó la cabeza.
—Es que, señor Simón, los del motor son nuestras pulgas,
trabajamos y encima nos chupan la sangre.
—¿Qué dices tú? —preguntó, enfadado, Arenas.
—Que no dais ni golpe.
—Tú das, muchacho. ¿Quién se ha preparado todo el bacalao
de la primera virada?
—Menos, menos.
Afá trabajaba pegado al palo de proa. Gritó:
—Señor Simón, mañana no sacaremos nosotros, ¿verdad?
—El primer lance no. Sacaremos el segundo —hizo una pausa
y miró al cielo—. El segundo, si hay segundo.
Simón Orozco entró en el puente y pasó al cuarto de
derrota.
XI
VIENTO fuerte de popa; viento largo del norte. Arrastraban
hacia el sur los barcos de Simón Orozco. Tras la tormenta de la mañana nubes de
temporal cubrían el cielo. La lluvia parsimoniosa, espadada, oscureciente,
tapaba los horizontes extremos de la mar. Después de la virada del mediodía los
hombres de la tripulación del Aril habían vuelto a sus ranchos. En el Uro se
trabajaba en la cubierta preparando el pescado del último copo.
En el puente del Aril Simón Orozco —la mirada a los
petreles rasando las olas, la mirada a la negrura del barco compañero partiendo
las espumas, espumado de pájaros— tenía la melancolía de la contemplación de lo
acostumbrado. La melancolía que invade en la soledad del puente al hombre del
timón. Melancolía de los objetos cuyo brillo se conoce, cuyo tacto se sabe:
rosa de los vientos, casco de bitácora, rueda de sobadas cabillas… Melancolía
del paisaje fijo desde siempre en la memoria: vacía mar verdegris a proa, mar
pizarrosa a estribor, mar de los vuelos de los petreles hasta la mancha oscura
del barco de pareja, que tiene sobre sí motas blancas trazando figuras de
calidoscopio; vuelos de fardelas, arrendotes, ligareñas, enjambrados en la
silueta confusa.
Arfaban los barcos. Las aguas batían por proa a popa,
dejaban en la cubierta un musgo de espuma y golpeaban las puertas de trancanil
saliendo a bocanadas. En el Aril un hombre corría hacia proa con dificultad,
asiéndose de la barra del guardacalor. Junto al palo de popa esperó el golpe de
una ola. Sintió que el agua le llegaba por las rodillas, que había penetrado en
sus botas. Abrió el pañol del guardacalor y volvió a correr por la cubierta.
El contramaestre Afá, cuando entró en el rancho, se
descalzó y vertió el agua de sus botas como en un juego de niños, adelgazando
los chorritos para que el entretenimiento durase algunos segundos más. Macario
Martín, bocabajo, contemplaba los dos reguerillos por el suelo, corriendo hasta
un montón de basura donde formaron un charco pequeño que luego fue absorbido.
—Elige y pásame una —dijo Macario Martín.
—No, me he mojado, Macario; el que quiera peces…
—Venga, José…
—Ni hablar, no dejo novelas, he tenido que ir por ellas. Allí
hay otras dos o tres; vete tú. Eres un comodón.
Macario Martín se dio la vuelta en su litera y pasó los
brazos bajo la cabeza.
—Estás hecho un idiota.
José Afá se secaba los pies con la manta de algodón
recogida junto al cabezal. En el rancho hacía frío y la estratificación de la
pereza, por literas, era igual a la del humo del tabaco. Gato Rojo no gozaba
del ocio porque su obsesión de trabajo le acuciaba. Gato Rojo tenía que
arreglar una vieja cazuela de los dominios de Macario Martín. Había sido el
mismo Macario el que detuvo los impulsos laborales de Gato Rojo: «No hay prisa,
descansa un buen rato y si luego te da tiempo lo haces; no te preocupes, porque
ahora no la necesito».
Juan Arenas gorgoriteaba sentado en la escalerilla de
subida a las pasaderas. En el escalón inmediato al que tenía puesto los pies
caían gotas de agua de la escotilla abierta. El agua corría como azogue por los
escalones manchados de gasoil, llegaba hasta el pantoque y allí se perdía hacia
los canalillos de escapes. Juan Arenas gorgoriteaba soñador de damas de
cabarets, de noches con dinero, buen traje y veinte años menos.
En el rancho de proa Venancio Artola tomaba conciencia
vascongada ante el horror económico y moral que explicaban las palabras de Sas.
—Cuarenta duros, pero es de cine.
Venancio Artola prefería la contemplación cinematográfica
desde anfiteatro segundo, por cuatro pesetas, que aquel despilfarro de la casa
pública.
—Cuarenta duros —dijo Artola— son muchos días de mar. Eso
es para millonarios.
Sas estaba de vuelta del valor del dinero, a veces le
entraba una idea golfa de tirarlo todo a barlovento en vino y en mujeres. Sabía
que el viento tiene su rumbo y que la juerga de veinticuatro horas le iba a
dejar vacío y amargura, que volvería a la mar y no contaría las hazañas del
tiempo franco hasta pasados unos días, cuando el arrepentimiento fuera ya garra
muerta y solamente se anudase el recuerdo en la línea de los días. El recuerdo
que era ya como un timbre de virilidad, aunque había sido arrepentimiento y
desvalimiento primero. Pero Joaquín Sas no tenía remedio y sus días estaban
contados entre nudo y nudo de pagas estrelladas en noches de juergas.
Los hermanos Quiroga y Juan Ugalde se quejaban de la
sacada de la tarde con la mar creciendo.
—Viento rolando y amolando —dijo Juan Quiroga—, viento
para irse ciscando.
Celso Quiroga, posando la uña a su prominente nuez,
entornaba los párpados pensativo. Juan Ugalde rompía el augurio de los malos
tiempos esperados, refraneando.
—Norte, noble. Sur, albur. Este y oeste, la peste. Si a
noreste el norte, al noble el patrón reste. Si a noroeste, en mar de playa, la
caña no preste. Al norte, al sur, al este y al oeste, Jesús a la proa, la
Virgen al puente, san José a la popa. Yo creo que nunca se sabe si van a ser
malos o peores.
—Malos o peores —repitió Juan Quiroga.
—El trabajo nunca es bueno tampoco.
Celso Quiroga contempló su larga uña pulgar de la mano
derecha, la afiló entre dientes y volvió a pasarla por la rotunda nuez. Habló:
—Si los tiempos empeoran, como parece, el patrón dará la
virada y después para el sur, ya llevamos bastantes días. No vamos a esperar a
que mejore, porque el que mejore sería una casualidad. Aquí no mejora la mar
más que por casualidad, tres veces al año y da las gracias.
Aumentó la fuerza del viento pasada la media tarde.
Grandes olas se abrían en horizonte por la mar de popa. Afá y Macario Martín
salieron a amarrar el arte de la estampa de popa. Los trajes de aguas verdeaban
y amarilleaban, casi fosfóricos, en la tarde oscura. Los rostros de Afá y de
Macario se habían transformado con la lluvia, con las salpicaduras de las olas,
con la fatiga de la faena, en unas manchas grises y difuminadas que, en algunos
instantes, tenían surcos, cortes, prominencias de carátulas. Afá y Macario
corrieron agachados por la cubierta hasta el portillo de la cocina, Afá se secó
la cara con un trozo de arpillera. Dijo:
—Que dé pronto la virada el patrón porque esto…
—Esto…
Se quitaron los grandes chaquetones.
—Esto… _ dijo Macario Martín—. Va a haber que atarse a las
literas.
Afá cerró el portillo después que un golpe de agua entró y
anegó la cocina.
El barco se movía violentamente, saltando a un lado y a
otro como un animal furioso encadenado. Gemía la boza recorriendo las aletas de
popa, de estribor a babor. Temblaba el guardacalor inseguro en su afianzamiento
ante la fuerza de la mar.
—Tendrá que virar si no quiere que nos quedemos sin el
arte.
—Hay que halar pronto de la red —confirmó Macario—; no
están las aguas para seguir arrastrando.
Simón Orozco salió al bacalao del puente. Pocos minutos
después se oyó la voz de virada, dada por Manuel Espina.
Los hombres aguantaban la mar malamente en la cubierta.
Paulino Castro estaba a la rueda. Simón Orozco animaba en la prisa desde el
bacalao.
—Adujar como podáis. No os preocupéis. Avante.
Por las espaldas sentía Celso Quiroga correrle el sudor y
el agua, que le entraba por el cuello del traje. Los barcos iban convergiendo.
Pasaron la punta de la red desde el Uro, que se apartó y, ya libre, cogió mar y
tuvieron ritmo sus balances. El copo saltó, inmenso, sobre la mar, como una
hoguera blanca en la negrura de la tarde.
—Preparados —gritó Simón.
Comenzaron a sacar la red, que flameaba pesadamente con el
viento. El copo tiraba y hacía escorar la embarcación.
—¿Salabardeamos, patrón? —preguntó Afá.
—No está la mar para meter el salabardo. Hay que sacar el
copo entero.
—Lleva mucha pesca.
—Se va a abrir.
—No importa. Sacad el copo. No está la mar para
salabardear. Venga, venga…
Afá hizo una señal a Celso Quiroga que tenía la palanca de
los carretes a la mano. La red, negra y densa, se alzó como una ola sobre las
cabezas de los pescadores; cayó sobre cubierta. El copo golpeaba contra el
casco del Aril.
Macario Martín abrazó la red con un cabo, que engarfió.
Bajó la mano Afá y otra vez se alzó la red sobre cubierta y otra vez cayó
pesada y ciegamente.
—Dos golpes más y está fuera. Ánimo —gritó Simón Orozco.
Macario Martín repitió la operación de estrechar la red
con un cabo. Afá se había apartado. Venancio Artola y Juan Ugalde desprendían
el pescado enmallado y amontonaban el arte sobre la amura de babor.
—Cuando se ice el copo, atáis el arte, no se lo lleve el
agua con el creciente de la mar —advirtió el patrón de pesca.
El copo traía mucha pesca. El primer intento de izarlo a
cubierta falló. Pegó en la amura y después volvió a las aguas. Simón Orozco
golpeó con las dos manos en el hierro del guardacalor.
—Dios, Dios, Dios…
El cable se tensó hasta la vibración, dando un quejido
irritante y el copo rozando los costados del barco se fue alzando sobre la mar.
—Basta —ordenó Simón. Orozco.
Saltó el agua al descender la red con la gran masa de
pescado. El patrón de pesca bajó a la cubierta.
—Afá, Sas, Venancio, empujad con los gamos hasta que se
pare un poco.
Paulino Castro estaba asomado a la ventana del puente.
—Da marcha atrás cuando baje el brazo —dijo Simón Orozco.
Empujaron con los bicheros el copo sin lograr separarlo
del casco de la embarcación. De pronto un golpe de agua lo separó.
—Ahora —ordenó Simón Orozco.
Fue levantado el copo de las aguas, penduleó sobre la mar
chorreante, lloviendo pequeños pescados. El copo era una breve nube negra de
plateadas entrañas entrevistas.
—Arriba.
La voz de Simón Orozco era perentoria. Crujieron las
poleas, el cable, la red. Distintos crujidos en un tono agudo.
—Arriba, arriba —repitió el patrón de pesca.
Simón Orozco miraba a lo alto del palo de proa.
—¡Cuidado! —gritó.
Saltó sobre la tapa de regala y se asió a las mallas
intentando atraer la gran masa que amenazaba en su caída a Macario Martín. Las
poleas, el cable y la red crujieron y hubo como un rechinamiento sostenido y
luego una fracción de segundo de silencio total e inmediatamente un golpe largo
y sordo. El copo se había derrumbado sobre cubierta arrastrando a Orozco,
aprisionándolo, caído, contra la amura. Macario Martín, abrazado al palo mayor,
miraba a sus espaldas.
El patrón de pesca tenía las manos apoyadas en la tapa de
regala, crispadas en el esfuerzo de querer emerger de la masa que casi lo
cubría. Simón Orozco tenía el rostro vuelto hacia la mar.
Afá saltó sobre la red.
Atónitos, los compañeros contemplaban al contramaestre
junto al patrón de pesca.
Afá se arrodilló sobre la red.
El contramaestre quiso en un abrazo desesperado arrancar
al patrón de pesca de las inundaciones de la muerte.
Joaquín Sas saltó sobre la red.
Sas abría con su cuchillo la red repleta, la red como un
fruto de la mar.
Macario Martín saltó sobre la red.
Se quebrantó el silencio con ruidos y expresiones
inarticulados —fatiga, angustia, miedo— y el mar, batiendo las amuras, alcanzó
las manos del patrón de pesca, sin fuerza de repente, serenas de improviso. Los
cuchillos abrieron el copo en torno a Simón Orozco y, a brazadas,
frenéticamente, Afá, Sas y Macario sacaron el pescado arrojándolo en un círculo
que fue creciendo, mientras el arte se vaciaba. Simón Orozco volvió la cabeza y
en la turbiedad de su mirada se mezclaron los rostros de los compañeros, las botas
de los compañeros en un paisaje confuso de fauces, ojos desorbitados, hermosos
cuerpos de las grandes merluzas y los grandes bacalaos.
Cuando ya estaba al timón Celso Quiroga, Paulino Castro
saltó sobre la red.
Simón Orozco se derrumbó en el vacío del arte, resbalando
sus manos por la tapa de regala, incapaces de sostenerlo en el abismo.
En el rancho de proa, en la litera de Venancio Artola,
echaron a Simón Orozco. Respiraba débilmente. Macario Martín tenía un pañuelo
empapado de vinagre en la mano del delito. Con él frotaba suavemente el cuello
y el pecho de su patrón, Simón Orozco. Paulino Castro hablaba en voz baja con
el contramaestre.
—Está reventado. Hay que llevarlo a puerto.
—No durará.
—Hay que llevarlo a puerto. La mar está empeorando y hay
que alcanzar costa en cuanto se pueda.
—¿A qué distancia estamos de costa?
—Cien o ciento diez millas.
—Ni a la madrugada. Habrá muerto.
Venancio Artola estaba quitándole a Simón Orozco los
borceguíes cuando éste abrió los ojos. Dijo con esfuerzo:
—¿Qué haces, hijo?
—Las botas, patrón.
—Déjalas. Las voy a necesitar. Déjalas. Un oscuro gesto de
dolor invadió el rostro del patrón de pesca.
—Ánimo, señor Simón —dijo Macario Martín—. Vamos para
costa.
Simón Orozco abrió los ojos y los volvió a cerrar.
Paulino Castro ordenó al contramaestre:
—Quedaos solamente tres, que los demás se vayan a popa,
para que pueda respirar… Subo al puente. Hay que avisar al Uro.
Al salir, Paulino Castro dijo al motorista y a los tres
engrasadores, que estaban junto a la puerta de la cocina:
—Está reventado. No va a tener remedio. Lo ha aplastado
contra la amura.
Debe de tener rotos todos los huesos… —cambió el tono de
la voz—. Uno a máquinas, que tiramos para costa.
Cuando puso el pie en cubierta estaba muy cercano el Uro
con toda la tripulación de proa a popa, expectante. Llegó al puente y marcó en
el telégrafo: Avante. Toda. Dio el rumbo a Celso Quiroga y comunicó con el
barco compañero.
Poco después el Uro y el Aril proaban hacia Irlanda.
Sas, Artola y Ugalde habían recibido orden de atar los
cortes del copo como se pudiese, para salvar el pescado de la gran redada y
afianzar el arte con cabos al palo de proa, a los carretes y a los abitones.
Ugalde abandonó un momento la cubierta para pedir ayuda. Entró en el rancho de
proa y se acercó al contramaestre.
—Macario, sal a ayudarles —dijo Afá—, y que vaya contigo
el que esté libre de los engrasadores.
Macario Martín entregó el pañuelo empapado en vinagre a su
amigo Afá.
—Pásaselo por la boca, frótale en el cuello bajo la
barbilla. Le calmará, José.
Simón Orozco no llegó a abrir del todo los ojos. Habló con
esfuerzo:
—Macario, ven, di a Paulino que no se deje llevar la
redada, que aunque la mar empeore no se la deje llevar… Echadle unas cadenas
del pañol de popa.
Macario Martín movió la cabeza afirmativamente sin
responder de palabra.
—¿Me has oído, Macario? —preguntó Simón Orozco.
—Sí, patrón.
—Afá —llamó el patrón de pesca—. Afá, ¿vamos para costa?
—Sí, señor Simón.
—El cable… Los accidentes ocurren por nuestra culpa, pero
el cable ese debiera haber resistido. Dilo al inspector.
—Sí, patrón.
Simón Orozco abrió los ojos.
—Ponme un cabezal más y déjame el pañuelo del vinagre.
José Afá obedeció al patrón de pesca.
—¿Qué tal, señor Simón? —preguntó.
—Mal, José, Gran Sol se ha acabado.
El barco bandeó fuertemente y Simón Orozco se quejó con un
grito desgarrado.
—Sujetadme con lo que haya, José. Llama a Paulino.
José Afá se volvió hacia Juan Quiroga.
—Busca unas correas. Busca cuerda y avisa al costa.
Juan Quiroga salió del rancho de proa.
—Entra, Ventura —dijo Afá—, que vas a sostener al señor
Simón cuando vuelva Juan.
Manuel Espina y Gato Rojo observaban desde la puerta.
Estaban encendidas las luces de los barcos. Crecía el
temporal: altas olas y fuerte lluvia, acompañadas de un viento violento, que
pechaba contra las naves.
En la cubierta apenas se podía estar. El agua arrastraba
pescados hasta popa, los volvía a proa. Los golpes de las puertas de trancanil
se sucedían sin ritmo, a veces rápidamente, a veces con silencios, en una
calmilla entre olas, que centraba la pesca arrebatada entre los imbornales y
las puertas, hasta que un golpe de agua la arrebataba a la mar o la arrastraba
de proa a popa, de popa a proa. Toboganes oscuros, remolinos de plata envolvían
al Aril. Macario Martín rodó por la cubierta.
Paulino Castro se asomó a una de las ventanas del puente.
—¿Está eso? —gritó—. ¿Está eso? —repitió. Joaquín Sas aspó
los brazos.
—Fuera —gritó el patrón de costa—. Fuera ya.
Los hombres se retiraron de la cubierta. Macario Martín
cerró el portillo de la cocina. Comentó con Sas:
—Esta noche acaba con el señor Simón. —El viejo es muy
fuerte.
—Esta mar lo volverá loco. Sufrirá mucho.
—Tiene mucho valor el patrón, es mucho hombre el patrón.
—Ya lo sé, pero la mar…
Gato Rojo preparaba las correas que había encontrado Juan
Quiroga. La trampilla del techo del rancho de proa se abrió. Bajó Paulino
Castro. El patrón de costa, al acuclillarse junto a la litera de Simón Orozco,
dijo:
—Simón, ¿oyes?, vamos a Irlanda, pero la mar aumenta, no
sé si nos salvaremos de hacer capa. ¿Me oyes?
El patrón de pesca abrió los ojos.
—Te oigo, Paulino.
—¿Cómo te encuentras?
—Esto se acaba. Atadme y hacer capa si es necesario. Cuida
el barco, Paulino.
Paulino Castro alzó la cabeza e hizo una señal a Afá. Le
pasaron las correas desde las manos de Gato Rojo. Simón miró al patrón de
costa.
—Por el pecho no, Paulino. Atadme de las piernas, atadme
de la cintura.
Poned algo contra el guardacalor, por si me voy contra él.
El patrón de pesca cerró los ojos. Ventura y Afá
levantaron a Simón Orozco. Los labios de Simón Orozco se afilaron en una línea
lívida, mientras el rostro se le oscurecía.
—De prisa —apremió Paulino Castro.
Una voz estertorosa abrió los apretados labios del patrón
de pesca, agotó las fuerzas de dolor que la produjeron y cayó, como si de un
pájaro muerto se tratase, sobre los mismos labios, sonido o ala desmayados. Afá
retiró lentamente sus manos del cuerpo de Simón Orozco. Paulino Castro y
Domingo Ventura lo ataban a la breve barandilla de la litera y a las barras de
sostén. Luego fueron rellenando el breve hueco entre el cuerpo y el guardacalor
de ropa limpia y cabezales.
El barco saltaba entre las olas. El patrón de costa ordenó
al contramaestre:
—Sube al puente, estaos al rumbo y si la cosa se pone muy
mal, avisáis.
Afá, desde la mesa del rancho, subió al cuarto de derrota.
En el puente, al timón Celso Quiroga, proclamaba barbarizando los miedos de la
mar.
—Hay que hacer capa —dijo Afá—. Déjame ahora la rueda.
Celso Quiroga se asió al armario de la sonda eléctrica.
—El patrón peor, ¿no?
—No se salva. Es mucho peso el de una red para un hombre.
Le cogió de una manera que debe estar por dentro…
—Hay que hacer capa, José, no llegaremos a puerto hasta
que la mar nos deje. ¿Vivirá hasta mañana?
—¡Quién sabe!
Macario Martín pasó el pañuelo impregnado en vinagre, que
Simón Orozco había dejado caer en su pecho, por el rostro y cuello de su
patrón.
—Ánimo _ dijo, como en un susurro, Macario—. Ánimo,
patrón.
Simón Orozco hizo un esfuerzo.
—No hay ánimo, Matao.
En el rancho de proa estaban con el patrón de pesca,
Paulino Castro, Domingo Ventura y Macario Martín. En la cocina, aguantaban la
mar Joaquín Sas, Juan Quiroga y Venancio Artola. En el rancho de popa, Juan
Arenas y Juan Ugalde. En las máquinas, Gato Rojo y Manuel Espina.
En la cocina, Sas, Juan Quiroga y Artola hablaban en voz
muy baja, en la voz de las antesalas de la muerte, difuminada la conversación
por los ruidos del barco, absorbida por los ruidos de la mar. Monologaban
indistintamente y solamente quedaba de la conversación la atención a los labios
del monologante de turno.
—… Vamos cortando hacia Valentia o Bantry; si no,
navegaríamos al través del viento. Una mar así no lo permite…
—Un buen hospital es lo que se necesita. Un médico, hay
que avisar por radio…
—… habrá que hacer capa, que nos retrasará; no llegaremos
a tiempo, no llegaremos a tiempo…
El contramaestre llamó desde el puente al patrón de costa.
La voz llegó debilitada al rancho de proa y Celso Quiroga repitió desde la
trampilla la llamada. Simón Orozco quiso incorporarse, desistió y preguntó a
Macario Martín:
—¿Qué pasa, Macario? Aún suena el motor. Haced capa.
Aguantad. Si no, nunca llegaremos a costa.
Simón Orozco parecía no sentir los balanceos de la nave.
Solamente se quejaba cuando algún golpe de mar hacía escorar el barco y su
cuerpo caía a babor o a estribor, tensando las correas. Macario Martín
intentaba animar a su patrón. La voz de Simón Orozco se tornaba dulce:
—Calla, calla, Matao.
—Ánimo, patrón, que nos salvamos de la capa.
—No, Macario, la mar tiene su ley. Mañana capa todo el
día, siento el viento empujar las aguas… mañana…
Simón Orozco apretaba los labios y se estremecía.
—Hay que mirarle, patrón, el golpe ha sido muy fuerte,
pero…
—Siento… no sé lo que siento… tengo las entrañas
revueltas…
Macario Martín cubrió los labios de Simón Orozco con el
pañuelo.
—Calle, patrón.
—La red…
—Ha sido culpa mía.
—La red, la mar. La mar es la culpable… Algún día tenía
que ocurrir… Más joven no hubiera ocurrido… Me hubiera dado tiempo…
En la cocina se aguantaba mal la mar. Sas, Juan Quiroga y
Artola se asomaron a la puerta del rancho de proa y se fueron hacia el rancho
de los engrasadores. Bajó Celso Quiroga del puente y anunció en voz baja a
Domingo Ventura, silencioso, y a Macario Martín:
—Hay que hacer capa, ya hemos perdido el compañero, ya no
se le ve. El patrón está intentando comunicar con costa, pero no hay respuesta.
Hay que hacer capa…
Simón Orozco asía la barandilla de la litera, con la mano
izquierda. La mano ancha, grande, morena, vellosa, de descoloridas uñas, se
crispaba sobre el hierro, se relajaba sobre el hierro, se fortalecía
momentáneamente sobre el hierro, momentáneamente, también, descansaba sobre el
hierro.
En el puente estaba a la rueda el contramaestre. Paulino
Castro había dejado de llamar por la radio.
—Hay que decidirse —dijo Paulino—, no podemos navegar con
este mar.
Corremos el peligro de irnos todos para abajo. Hay que
decidirse.
Las olas cubrían la cubierta, rompían en los carretes y
ascendían rectas hasta el puente.
—Patrón, la capa acaba con el señor Simón.
—No hay otro remedio.
—Sí, pero…
—Voy a decírselo. Tente si puedes al rumbo. Le diré a
Macario que suba contigo mientras yo hablo con Simón.
Bajó al rancho de proa el patrón de costa.
En la cubierta la mar arrancaba la pesca de la red
revuelta y atada. Los grandes peces muertos fosforecían siderales en las
negruras de las aguas y desaparecían entre espumas. La luz de rumbo era la
única estrella fija en el encuentro del cielo y la mar.
Macario Martín dijo a Afá:
—El señor Simón ha dicho que se haga capa. Afá apretó
fuertemente las cabillas de la rueda. Habló:
—La última de su vida.
Macario Martín y Afá se contemplaron a la luz de rumbo del
palo de proa.
Las olas golpeaban en el guardacalor constante y
rabiosamente.
—Avisan —dijo Macario Martín.
—Bantry está muy lejos —respondió Afá—; no llegaría el
barco.
Seguramente el compañero ya está a la capa.
Macario Martín volvió a mirar la luz de rumbo. Dijo:
—El señor Simón…
XII
EN la amanecida verdinegra la sombra del Aril vagaba a la
mar. La sostenida furia de las olas, la permanente violencia del viento, la
constante densidad de la lluvia, cegaban los rumbos de la nave. Estaba el barco
a la capa y setenta millas de alta mar lo separaban de los refugios costeros.
En el puente observaban Paulino Castro y el contramaestre.
Habían comunicado con el barco compañero que capeaba lejano. El Uro y su
tripulación aguantaban bien las embestidas de las olas, la puja del viento, la
estampida de las aguas pluviales desde sus celestes corralizas. En el Uro, los
ecos de dolor de Simón Orozco hacían maldecir la distancia de la costa. «¡Qué
setenta millas negras!», dijo el patrón de pesca. «¡Qué setenta millas putas!»,
dijo el hombre del timón.
Simón Orozco no hablaba desde la madrugada, desde la peor
mar de la capa. Había entreabierto los labios al vinagre del pañuelo de Macario
Martín, había cerrado los labios a las palabras. Antes del gran silencio habló
desde el umbral borroso de la agonía. Macario Martín repitió una y otra vez
todas las palabras del patrón. Palabras que cruzaron la mar hasta el Uro, que
llegaron a muchos barcos de la flota del Gran Sol a la escucha, porque Paulino
Castro las había comunicado, avisando la llegada de la muerte.
—Dijo: «Dios, Dios…», y su mano izquierda golpeó la barra
de la litera, después cerró el puño de la derecha. Luego dijo: «María, los
hijos…» y abrió los ojos y se quedó mirando para la trampilla del puente. Y
cuando gritó, gritó fuerte, como al mandar la maniobra siguiendo la faena y
dijo: «El mar…» y «ha callado hasta ahora».
Domingo Ventura estaba junto al patrón de pesca con el
pañuelo de Macario Martín apretado entre las manos. Juan Ugalde y Venancio
Artola miraban a Simón Orozco. En el rancho de popa se conversaba
susurradamente.
—Antes de mediodía morirá —dijo Sas.
Ninguno se había echado en las literas. Sas y los dos
hermanos Quiroga estaban de pie. Macario Martín, Juan Arenas y Gato Rojo,
sentados.
—La capa va a ser larga —dijo Gato Rojo—. Si muere…
Macario Martín apretaba el puño del delito. La rosa de los
vientos palidecía y se deformaba.
—Si calmara la mar y se pudiese dar máquina —dijo Macario
Martín.
—La capa va a ser larga —repitió Gato Rojo—, aunque quién
sabe, aunque quién sabe… —bajó la cabeza, pensativo—. Pero está muy malo.
—No tiene remedio —dijo Sas—, morirá hoy. El señor Simón
se está acabando. Hace un rato lo he visto, ha empeorado mucho desde la
madrugada, apenas respira y me ha dicho Artola que está orinando sangre, que en
la litera…
Macario Martín miró hacia el ojo de buey, cuyo cristal
empañado dejaba pasar una luz agria, una indecisa luz de amanecer. Macario
habló lentamente:
—A estas horas ya estarán en la mar los sardineros si los
tiempos son buenos por el sur… Joaquín Sas alargó el cuello.
—¿Por qué piensas en los sardineros, Macario?
Macario Martín sonrió.
—¡Qué sé yo!
Los hermanos Quiroga se sentían atraídos por el ojo de
buey. Los dos miraban hacia el agujero luminoso.
—Este año la sardina se está dando bien; se están sacando
buenos jornales —dijo Sas.
—Sí —afirmó Celso Quiroga—, se puede vivir.
Juan Quiroga movió la cabeza afirmativamente sin separar
los ojos del ventanillo.
—Si la pareja la venden por fin —la voz de Macario Martín
tenía un trémolo de angustia—, si la venden por fin, éste, seguramente, hubiera
sido el último viaje del señor Simón. Ya es un patrón viejo para Gran Sol, lo
ha dicho él muchas veces. Los armadores quieren gente joven. Si la venden, el
señor Simón puede que hubiera pedido plaza en los bous de la costera, y
nosotros, bueno, nosotros, cada uno donde pudiera…
Juan Arenas se rascaba los brazos desnudos y tiznados de
las grasas del motor.
—Ésas son cosas que dice Ventura. La pareja, ahora que
está rindiendo, sería tonto venderla. No venderán la pareja.
Gato Rojo se sonó las narices con un sucio pañuelo, que
guardó entre el pantalón y la camiseta.
—La bajura tiene ahora su comodidad, pero en el invierno
tiene sus hambres. Yo no cambiaría el norte por la costa. Puedes ver todos los
días a los chavales y a la mujer, eso sí. Los puedes ver, pero si no tienes qué
echarles, porque no hay dinero, es peor que no verlos, mucho peor.
Macario Martín volvió la mirada desde el ojo de buey hasta
la puerta del rancho. Movió la cabeza de abajo arriba, indicando con la
mandíbula hacia delante:
—No sé… el señor Simón se está muriendo… yo preferiría
morirme y que me enterraran… Bueno, la cosa es igual… si te mueres te has
muerto y lo mismo te da Irlanda, que la mar, que tu tierra, pero yo preferiría
que de morirme en la mar fuera allá —indicó de nuevo con la barbilla—. Por lo
menos alguna vez…
—¡Qué más da! —dijo Sas.
—Ya, ya… Ya sé que es lo mismo —respondió Macario—, son
cosas que se me ocurren ahora.
Las botas de aguas de Juan Quiroga eran las únicas botas
de aguas, rojas, en el barco. Su color resaltaba en la penumbra de los bajos
del rancho. Juan Quiroga movía los pies nerviosamente.
—Da tanto —dijo.
Celso Quiroga miró a su hermano.
—¿Te acuerdas de las maradas en la bajura? A cinco millas
de la costa, a cinco millas de la taberna donde los amigos están bebiendo, a
cinco millas de la familia, a cinco millas de la cama, a cinco millas del
cementerio…
Juan Quiroga dejó de mover los pies.
—Tanto da —repitió.
—De ahogarse, de reventar, de que la motora se vaya a las
rocas… ¿Para qué sirve pescar viendo el campanario de la iglesia? Lo mismo da
que te saquen los ojos los cangrejos de aquí que los de allí, lo mismo da que
los gusanos…
Joaquín Sas liaba un cigarrillo apoyando la espalda y la
cabeza en la litera alta de su lado, para no perder el equilibrio.
—Prefiero morir en la cama —dijo después de humedecer el
papel de fumar.
—Tu cama es un catre cualquiera de éstos. —Macario Martín
sonrió amargamente—. Te mueres en la litera de un barco y, ya ves, somos
nosotros los que te tenemos que poner el traje nuevo si te lo has traído, y si
no te lo has traído y todas tus camisas están sucias, uno te regala una camisa
y en Bantry después de llevarte a la lonja, nos volvemos todos para el barco
hablando de ti y nos tomamos para animarnos un par de copas en cualquiera de
las tiendas de bebidas. Muy bonito, es muy bonito. Primero uno, después otro,
así va la tripulación completa. Da risa pensarlo. Y cada vez que suceda
estaremos en un rancho hablando de que nos gustaría morir en un sitio o en
otro, que si los cangrejos, que si los gusanos, que si los campanarios, que si
la sardina, que si la familia… Buena redada de idiotas estamos hechos.
Macario Martín iba a continuar hablando, pero volvió la
cabeza hacia el ojo de buey tras hacer un gesto y chascar la lengua. Juan
Quiroga movía de nuevo los pies. Juan Arenas se rascaba los brazos. Gato Rojo
se sonó las narices. Joaquín Sas expulsó el humo violentamente y lo contempló
en su expansión por la camareta. Celso Quiroga se sobaba el lóbulo de la oreja
derecha. Guardaron silencio.
Macario Martín comenzó a hablar muy despacio:
—¿Cuántos habéis conocido que hayan ido a la mar? Fuera de
la guerra, en todos los años que llevo navegando nunca he visto a un hombre que
lo echaran a la mar. Dicen que se ha hecho muchas veces. Yo no lo he visto.
Hemos recogido ahogados y los hemos llevado a la costa. Hemos sacado en las
redes muertos de hacía mucho tiempo y los hemos arrastrado para tierra. Yo no
he visto echar a nadie a la mar y he visto morir gente en los barcos.
Celso Quiroga dejó de sobarse el lóbulo de la oreja.
—Yo he visto echar a un pescador a la mar. Con una capa
larga. Tres días en la litera tieso como un cable. Hubo que echarlo a la mar,
aunque nadie quería… Es que olía todo el barco… El patrón mandó que le ataran
una plomada a la cintura y lo envolvimos en un trozo de red porque no había
otra cosa a mano.
—A los muertos hay que hacerles el ataúd —dijo Gato Rojo—,
es como tiene que ser.
Manuel Espina estaba sentado en la escalerilla de las
máquinas, con la cabeza cogida entre las manos, entreteniéndose en la
contemplación del breve oleaje, producido por los balanceos del barco, en un
cubo de gasoil. Manuel Espina estaba ausente de las preocupaciones de los
ranchos y el puente; cumplía su guardia sin faena, sus cuatro horas junto al
motor, esperando que el tubo acústico lo despertara al trabajo. Manuel Espina
movía el cuerpo al compás de las arfadas del Aril; vacío de pensamientos, con la
mirada prendida en el oleaje del cubo como un contemplador de las aguas del
muelle que descubre reflejos, que calcula impulsos, que mide la mancha de
humedad en cemento. Como un contemplador de las aguas del muelle, dejaba correr
el tiempo en la hipnosis del líquido, percibiendo el sonido monótono, midiendo
la salpicadura, atento al embate.
Junto a la rueda del timón que gobernaba el contramaestre
Afá, el patrón de costa hablaba de la mar y de los años pasados. Afá a veces
afirmaba con la cabeza, otras aclaraba un supuesto de Paulino Castro con su
particular punto de vista.
—El marinero montañés es buen marinero en los mercantes y
en la bajura.
El marinero gallego es un buen marinero siempre. El
marinero montañés no quiere aprender el oficio; cada vez que tiene que hacer
algo lo inventa. El marinero gallego se sabe el oficio desde grumete. A
vosotros no os gusta que os enseñen. A mí me han enseñado a chicotazos; y a
callar. Allí no había quien le dijese que no al patrón o quien protestase. A un
chiquillo de barco que protestase lo corrían de popa a proa todos los de la
tripulación, y si no cambiaba lo dejaba el patrón en el muelle para que se dedicase
a otra cosa.
—Tiene usted razón, los montañeses nos negamos a aprender,
nos furia que nos enseñen. Ahí tiene usted al Matao, ése ha dado peores
contestaciones en su vida a más patrones que ningún marinero del Cantábrico. Ha
hecho lo que le ha dado la gana. Así le ha lucido a él porque el Matao, si
hubiera sido formal y hubiese hecho caso, igual estaba ahora de patrón de pesca
en una pareja. Ahí lo tiene usted. Si mañana lo echan a puerto no tiene dónde
caerse muerto. Creía que siempre iba a ser joven. Pero los montañeses…
Paulino Castro miró a la rueda del timón.
—Átala, José, no es necesario que estés cogido a ella.
El contramaestre obedeció. Apoyó después las dos manos en
las cabillas y siguió contemplando el mar de proa. Paulino Castro entró en el
cuarto de derrota. Siseó desde la trampilla. Domingo Ventura levantó la cabeza
e hizo un ademán con la mano. Venancio Artola se subió a la mesa del rancho.
Habló en voz baja con el patrón de costa:
—Se está acabando. Respira muy mal y hay veces que parece
que ha dejado de respirar.
Domingo le ha levantado los párpados y no ve.
—Apártate.
Paulino Castro se descolgó al rancho. Gato Rojo bajó a su
guardia. Macario Martín avanzó por las pasaderas hasta la cocina.
Juan Ugalde se apartó para dejar sitio al patrón de costa.
Paulino Castro se acuclilló junto a la litera de Simón Orozco. Venancio Artola
estaba apoyado en la mesa del rancho esperando que a la voz milagrosa, al
milagroso contacto, del patrón de costa, Simón Orozco abriera los ojos y
pronunciara alguna palabra.
Desde la puerta Macario Martín observaba; poco a poco, con
miedo de hacer ruido, de molestar al yacente, de importunar a Paulino Castro
que tomaba entre sus dedos el débil pulso de Orozco, se acercó a Venancio
Artola. Macario hizo un gesto interrogante con la cabeza. Venancio frunció los
labios como contestación.
Paulino Castro volvió el rostro hacia Domingo Ventura.
—Casi no se le coge el pulso, apenas un débil picoteo muy
espaciado.
—En cualquier momento…
Paulino Castro se puso de pie. Domingo Ventura lo imitó.
—Debe tener un gran derrame interior, prácticamente está
muerto —dijo el patrón de costa—. Se ha acabado Orozco.
Macario Martín se fue retirando hacia la puerta.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Domingo Ventura…
—Esperar.
—Si la capa continúa…
—Ya se verá.
Simón Orozco hizo un movimiento seguido de una ronca
inspiración.
Macario Martín se volvió de la puerta. Todos guardaron
silencio, contemplándolo.
¿Ha comunicado con la costa, patrón? —preguntó Macario
Martín.
—Es imposible. Lo hemos intentado durante la noche y hasta
hace un rato.
No se oyen más que ruidos. A los del Uro casi no les
entendemos.
Paulino Castro subió a la mesa del rancho.
—Avisadme.
Domingo Ventura movió la cabeza. Paulino Castro se alzó a
pulso por la trampilla. Macario Martín desapareció por la puerta de la cocina.
Domingo Ventura miró alternativamente a Ugalde y Artola, se encogió de hombros
y dijo:
—Ya es inútil todo. Ahora a esperar. En el puente Paulino
Castro comunicaba con el Uro.
—… Está agonizando, agonizando… Veremos de avanzar con un
poco más de máquina, vosotros haced lo mismo…
Macario Martín se quedó un largo rato en la cocina,
mirando la mar por un ojo de buey. Luego caminó despacio hacia el rancho de
popa. Cuando entró Joaquín Sas, le preguntó:
—¿Cómo va?
—Ya está en el fondo.
Joaquín Sas agachó la cabeza. Los hermanos Quiroga se
miraron fijamente.
Manuel Espina se asió fuertemente de la barra de su
litera. Juan Arenas se rascó los brazos. Macario Martín escupió furiosamente en
el suelo y pasó su bota por el salivazo. No se oía más que los ruidos de la
mar. El silbido del tubo acústico rompió el silencio funeral del barco. Poco
después el run del motor acompañaba a los hombres.
A mediodía murió Simón Orozco, cuando los partes de la BBC
se oían en el puente como un moscardoneo sin sentido. A mediodía el motor
calló. A mediodía el viento norte aumentó su violencia y la lluvia era un muro
inabarcable y sonoro. A mediodía el Aril hacía capa a la espera.
Macario Martín se tumbó en su litera. Acababa de llegar
del rancho de proa. Pidió vino al contramaestre y bebió largamente.
—Al patrón hay que subirlo a su litera —dijo, pasándose la
mano izquierda por los labios—. Hay que subirlo, porque en el rancho no parece
bien que esté.
—¿Lo ha dicho el costa?
—El costa no ha dicho nada. Hay que subirlo. No debe estar
en el rancho.
El contramaestre consultó con la mirada a Gato Rojo. Dijo
el engrasador:
—No sé. Habrá que preguntárselo al costa.
Macario Martín saltó al suelo.
—Siempre estuvo en el puente —dijo—. Debe estar cerca de
sus cosas.
Cuando haya que sacarlo, debe salir del puente.
El contramaestre tomó un trago de vino.
—¿No será mejor dejarlo donde está?
Macario Martín agitó las manos.
—Tiene que estar en el puente, tiene que estar en el
puente.
Macario Martín estaba desazonado. Salió del rancho y
caminó hasta la cocina. Desde la entrada al rancho de los marineros miró al
patrón de pesca, yerto, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, sujetado
por correas. Venancio Artola y Juan Ugalde estaban apoyados en la mesa.
—¿Dónde está Sas? —preguntó Macario Martín.
—Todos los gallegos están en el puente.
Macario Martín subió a la mesa y desapareció por la
trampilla. Paulino Castro comunicaba con el Uro. Celso y Juan Quiroga estaban
junto al timón.
Joaquín Sas observaba la mar desde los ventanillos de
estribor. Cuando Paulino Castro acabó de hablar con el Uro, Macario le
preguntó:
—Patrón, ¿vamos a dejar al señor Simón en el rancho o lo
vamos a subir a su litera? Deberíamos subirlo.
Paulino Castro dijo lentamente:
—¿Para qué quieres que lo subamos? Lo mejor es dejarlo
donde está. Esto no puede durar mucho.
Macario Martín cerró su puño izquierdo y apretó la mano
derecha contra él.
—El patrón… Bueno, seguramente tiene usted razón… es que
yo creí que lo mejor era subirlo… Bueno, tal vez es mejor dejarlo en el rancho…
Macario Martín entró en el cuarto de derrota, miró a la
litera de Simón Orozco, después bajó por la trampilla. Paulino Castro hizo un
gesto de incomprensión para Macario Martín.
—¿Por qué querrá éste que lo subamos? Ya tenemos bastante
encima para… ¿por qué querrá éste…?
Paulino Castro estuvo unos momentos pensando, luego miró
hacia la mar por encima de la cabeza de Joaquín Sas y comenzó a hablar en
gallego. Los hermanos Quiroga atendían lo que decía el patrón. Sonó la llamada
de la radio.
—Uro a Aril, Uro a Aril… comunicamos con tierra a través
del Escoli a unas cuarenta millas al sur… De tierra a Igueldo…
La voz se hizo confusa y fue sucedida de ruidos. Joaquín
Sas dijo a Paulino Castro:
—¿Quién duerme en el rancho?
—No te preocupes que esta noche no dormiremos en ningún
sitio.
Macario Martín estaba en la cocina del barco. Contemplaba
encima de la mesa la cazuelilla en la que solía subir la comida a Simón Orozco.
Decidió guardarla en el armario.
En el rancho de popa José Afá maldecía la marea.
—Estábamos haciendo nevera, por primera vez en este año.
Éste iba a ser un viaje de los que se cuentan. Ahora sí que será un viaje de
los que se cuentan, pero por mala cosa. Este viaje tiene algo. Ya empezó mal
con el asunto de las Loberas, después la red enganchada en la hélice, ahora la
muerte del señor Simón. Es el viaje de las desgracias. Nunca hemos tenido en
esta pareja un viaje tan de proa a popa malo. Y no ha acabado.
Gato Rojo respiraba profundamente, echado en la litera,
sujetándose con la mano izquierda a la barra y apoyando codo contra la estampa
del guardacalor.
—Si esta capa dura vamos a freímos todos bien; siempre que
no ocurra algo peor y se suelte la red de proa o nos…
—Toma, bebe.
José Afá tendió la botella a Gato Rojo, que bebió un
trago.
—Pásasela a Manolo.
Macario Martín estaba en la puerta. Habló:
—Dice el costa que es mejor no moverlo.
—Claro —respondió Afá.
—Creo que debiera estar en su litera.
—Pásale la botella a Macario —dijo Afá a Manuel Espina.
Manuel Espina dejó la botella entre las manos de Macario
Martín.
—Bebe —dijo Afá.
Mecánicamente bebió un corto sorbo Macario Martín.
—Trae —dijo Afá.
Macario Martín se apoyó en la barra de la litera de Manuel
Espina y subió a la suya. José Afá preguntó:
—¿A cuántas millas estaremos de costa?
—Parece que hemos derivado hacia el sureste —dijo Gato
Rojo—. ¡Quién sabe si mañana estamos a vista de la costa!
José Afá colgó la botella de la litera.
—Quien quiera vino ahí lo tiene. Macario Martín tenía los
brazos cruzados bajo su cabeza.
—Pienso —dijo— que debiéramos subir al patrón a su litera.
José Afá lo miró detenidamente. Descolgó la botella y se
la ofreció.
—Bebe un trago, Macario.
—No, ahora no.
José Afá bebió largamente, colgó la botella y se puso a mirar
entre sus pies.
Gato Rojo se volvió hacia la estampa del guardacalor.
Manuel Espina saltó de la litera y dijo:
—Voy a ver a Ventura.
Al salir del rancho cerró la puerta.
XIII
«SIMÓN Orozco. El viento sigue aumentando. Fuertes lluvias
y mucha mar.
Damos avante para el E durante una hora, buscando el faro
de Bull. Hacemos capa. Sin otra novedad, la damos fin.»
El cuerpo de Simón Orozco estaba cubierto con una manta.
Los tripulantes habían abandonado el rancho de proa. En el puente, Paulino
Castro se acompañaba de los dos Quiroga. Domingo Ventura y el contramaestre
hablaban en la cámara del primero. Sas, Artola, Ugalde, Macario Martín,
descansaban en el rancho de popa. En máquinas los tres engrasadores construían
un ataúd.
Gato Rojo, de rodillas en las chapas, clavaba las tablas
de las cajas de pescado que le pasaba Juan Arenas. Arenas las aserraba por las
señales de Gato Rojo, con mucha dificultad porque estaban húmedas. Manuel
Espina preparaba pintura negra en un cacharro; pintura de la que se empleaba
para el casco del barco.
En el puente, Paulino Castro había dejado de hablar en
gallego con los hermanos Quiroga. Calculaban la llegada a Bantry. Habían
decidido llevar al patrón de pesca a Bantry.
—En seis horas embicábamos la bahía —dijo el patrón de
costa—. Con que calmara la mar durante seis horas, tomábamos puerto.
Juan Quiroga acariciaba las cabillas de la rueda,
contemplaba la oscilante rosa de los vientos. Celso Quiroga preguntaba a
Paulino Castro:
—Patrón, ¿el señor Orozco estuvo muchos años en los barcos
yanquis?
—Nunca me lo dijo.
Juan Quiroga dejó de contemplar la rosa de los vientos.
Habló:
—Uno tira para aquí y se equivoca. Uno cree que es más
cómodo y mejor.
Luego pasa el tiempo y se equivoca. El señor Simón podía
haber hecho dinero por allí.
—Puede —comentó Paulino Castro.
—A uno le debiera dejar la vida que se le pasara el bravío
de la mar. ¡Qué va! Uno se va avante con los pies muy juntos y con toda la
pringue del barco y con la broma en los huesos como un madero.
Paulino Castro sonrió. Pensaba que a él no le esperaba la
muerte en la mar.
—No para todos es así. Hay que saber retirarse a tiempo.
—Usted podrá —dijo Juan. Quiroga—. Nosotros hasta que nos
desguacen en el muelle. ¡Y contentos!
—No, hombre; se pueden hacer otras cosas.
—Usted —en la voz de Juan Quiroga había un punto de
rabia—. Usted gana lo suyo que es bastante. Nosotros, ¡qué fortuna! Uno acaba
donde empieza.
¡Y contento!
Celso Quiroga mostraba su desilusión por los tiempos que
se vivían.
—Ya no es posible enrolarse en los barcos yanquis. Se ha
pasado la guerra, ya no quieren gente. Tienen bastante, pero esta guerra que se
pasó era una buena ocasión.
Paulino Castro fumaba expeliendo el humo suavemente.
—No se gana tanto de patrón. Yo he podido ahorrar algo por
lo de mi mujer, si no…
—Yo no tengo ni deudas —dijo Juan Quiroga—, yo estoy peor
que los que deben, porque no puedo hacer ni deudas.
—¿Cuánto cobrará un marinero en los mercantes yanquis?
—preguntó Celso Quiroga.
—Para ir viviendo allí —respondió el patrón de costa—. En
la mar, ¡qué se va a sacar!
Juan Quiroga contemplaba de nuevo la rosa de los vientos.
Su voz, al hablar, era como una queja alargada.
—Con padrinos se puede encontrar trabajo en el muelle. Es
mejor pesar que pescar. Patrón, si uno supiera un poco de números y tuviera
buena letra, sería fácil encontrar una colocación, ¿verdad?
Paulino Castro expelió el humo con fuerza.
—No pienses en eso, Juan, no te ibas a acostumbrar.
—Acostumbrar…
Domingo Ventura y el contramaestre Afá estaban en
silencio. Domingo Ventura dijo de pronto:
—El chico mayor trabaja ya de mecánico. Algo le darán a su
mujer.
—¿Cuánto?
—No sé, pero bastante. Le tienen que dar los del Montepío
y los del seguro.
El armador también les largará dinero por su cuenta. Todos
los armadores lo hacen en estos casos.
—Ya.
José Afá se frotó las manos contra el pantalón. Domingo
Ventura se quitó la boquilla de los labios.
—Más el dinero de esta marea que es bastante.
—Ya.
—Más el bacalao, que es costumbre dejarlo.
—Ya.
—Cuando se acabe…
—El señor Simón ha salido perdiendo por ser honrado, por
no dejarnos salar más que con los sacos que subimos.
Domingo Ventura tenía apoyada la espalda contra la estampa
del guardacalor, los pies haciendo fuerza contra la barra de la litera. Domingo
Ventura estaba sentado en un cajón. José Afá, de pie, evitaba los golpes de los
balances amurando, con las dos manos contra las paredes.
—A la mujer se lo comunicará la Comandancia de San
Sebastián. Luego recibirá un telegrama del armador.
—Ya estará enterada y sabrá que todavía estamos en la mar.
Gato Rojo cruzó ante la puerta del camarote de Domingo
Ventura. El contramaestre y el motorista lo vieron caminar por la pasadera.
Vieron iluminarse su cabeza bermeja a la luz del ojo de buey. Vieron cómo
desaparecía en la cocina.
—Han debido acabar —dijo José Afá.
Gato Rojo en el puente comunicaba al patrón de costa:
—Ya está terminado, patrón. Manuel Espina le está dando
una capa de negro. La pintura no se va a secar porque la madera está prieta de
humedad, pero parecía mal…
—Bien, Carmelo.
—Es que parecía mal dejarlo sin pintar…
—No te preocupes, porque en puerto…
—Macario Martín ha dicho que ése es el ataúd del señor
Simón y que no hay que cambiarlo en puerto, que hay que enterrarlo así.
Paulino Castro arrojó su cigarrillo contra el suelo y lo
pisó. Dijo iracundamente:
—¡Quién es Macario! Dime. ¿Qué es lo que se va a hacer
aquí? Dile a Macario… Bueno, se hará lo que yo diga. Si la capa dura irá con él
a la mar, si no…
Juan Quiroga intervino:
—Si le han hecho el ataúd, el señor Simón debe ir en ese
ataúd.
Paulino Castro miró rabiosamente a Juan Quiroga. Luego se
fue calmando.
—Ya se verá; eso se discutirá en Bantry. Gato Rojo abrió
las manos, abrió el aire como si fuese un libro.
—Macario…
XIV
EN la madrugada Paulino Castro había escrito en el
cuaderno de bitácora:
«Viento frescachón del NE. Navegando. Cielo cubierto.
Marejada. A 23 h. demora el faro de Skelling a N 48 E. A 23.40 h. demora el
faro de Bull a S 50 E…».
En la tienda de Mulligan, Macario Martín se frotó con un
pañuelo sucio la pintura del hombro de la chaqueta. O'Halloran volvió a
invitar. Artola y Ugalde bebían en silencio. Un grupo de marineros del Uro
escuchaba a Joaquín Sas. Los patrones estaban sentados con O'Halloran. José Afá
bebió su cerveza de golpe y pidió más. Los engrasadores del Aril hablaban
susurradamente. Domingo Ventura tascaba boquilla entre Juan y Celso Quiroga.
Macario Martín se guardó el pañuelo y salió de la tienda de Mulligan.
Al atardecer el Uro y el Aril eran dos manchas negras en
la boca de la bahía de Bantry. Don José O'Halloran estaba en el muelle. Cuando
los barcos desaparecieron, volvió la vista a Bantry. Más allá de las casas, en
un rincón del cementerio al que llegaba el viento del norte, estaba Simón
Orozco. Don José O'Halloran regresó lentamente hacia su casa.
El Uro y el Aril hacían rumbo al sur. Los perfiles de la
costa irlandesa se difuminaban en la distancia. El Uro y el Aril hacían rumbo
al sur.

