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Libro N° 4066. Young Sánchez Y Otros Cuentos. Aldecoa, Ignacio. Antología Molina Miranda, Guillermo.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4066. Young Sánchez Y Otros Cuentos. Aldecoa, Ignacio. Antología Molina Miranda, Guillermo. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.

Título original: ©  Young Sánchez Y Otros Cuentos. Ignacio Aldecoa. Antología GMM

 

Versión Original: © Young Sánchez Y Otros Cuentos. Ignacio Aldecoa. Antología GMM

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://cuentoshistoriasdelmundo.blogspot.com.co/search/label/Ignacio%20Aldecoa

https://narrativabreve.com/2013/12/cuento-aldecoa-epitafio-boxeador.html

 

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YOUNG SÁNCHEZ Y OTROS CUENTOS

Ignacio Aldecoa

Antología

Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Ser escritor es, antes que nada, una actitud en el mundo. Yo he visto y veo continuamente cómo es la pobre gente de toda España. No adopto una actitud sentimental ni tendenciosa. Lo que me mueve es, sobre todo, el convencimiento de que hay una realidad cruda y tierna a la vez, que está inédita en nuestra novela.”

Ignacio Aldecoa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

PATIO DE ARMAS

BALADA DEL MANZANARES

ENTRE EL CIELO Y EL MAR

LOS POZOS

EL APRENDIZ DE COBRADOR

LA DESPEDIDA

EPITAFIO DE UN BOXEADOR

YOUNG SÁNCHEZ

LA LEY DEL PÉNDULO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PATIO DE ARMAS

 

I

 

—Le jeu aux barres est plutat un jeu français. Nos écoliers y jouent rarement. Voici á quoi consiste ce jeu: les joueurs, divisés en deux camps qui comptent un nombre égal de combattants, se rangent en ligne aux deux extrémités de l'emplacement choisi. lls s'élancent de chaque camp et ils courent á la rencontre l'un de ¡'atare. Le joueur qui est touché avant de rentrer dan s son camp est pris. Les prisonniers sont mis á part; on peut essayer de les délivrer. La partie prend fin par la défaite ou simplement l'infériorité reconnue de l'un des deux camps.

El tañido de la campana les hizo alzar las cabezas. Opaco, pausado, grávido, anunciaba el recreo.

—No ha terminado la clase —dijo el profesor a media voz—; traduzca.

Cesó la campana y hubo un vacío de despedida. Hasta entonces nadie había prestado atención a la lluvia, que golpeaba en las cristaleras arrítmicamente, flameando como una oscura bandera.

—No ha terminado la clase, Gamarra —la mirada del profesor emergió, burlona y lejana, de las acuarias ondas dióptricas—, y para alguno puede no comenzar el recreo.

La lluvia, desgarrada, trizada, en los ventanales, producía un cosquilleo y una atracción difícil de evitar. El profesor apagó la pequeña lámpara de su pupitre, cambió sus gafas y se ensimismó unos segundos contemplando el esmerilado de la lluvia de los cristales. Después se levantó.

—Al patio pequeño.

Los colegiales se pusieron en pie y cantaron mecánicamente el rezo: Ainsi soit il.

En los pasillos, mal alumbrados, el anochecer borroneaba las figuras. Los balcones de los pasillos daban a un breve parque, cuidado por el último de los alsacianos fundadores, y al huerto de los frailes, trabajado por los chicos del Tribunal de Menores. Los árboles del parque tenían musgo en la corteza. En el invernadero del huerto se decía que había una calavera. Hacia el invernadero nacarado convergían las miradas de los muchachos castigados en los huecos de los balcones, cuando desaparecían las filas de compañeros por la puerta grande del pabellón. Bajaron lentamente de la clase de francés mirando con aburrimiento las orlas de los bachilleres que colgaban de las paredes, mirando la tierra del parque prohibida a la aventura y aquella otra tierra de los golfos de cabezas rapadas y de la calavera, cuya sola contemplación desasosegaba y hacía pensar en una melodramática orfandad.

Alguno pisaba los talones del que le precedía; algunos hacían al pasar sordas escalas en los gajos de los radiadores. Arrastraban los pies cuando se sentían cobijados en las sombras, y ronroneaban marcando el paso como prisioneros, vagamente rebeldes, nebulosamente masoquistas.

—Silencio.

En el zaguán, el profesor se adelantó hasta la puerta y dio una ligera palmada, que fue coreada por un alarido unánime. Corrieron al cobertizo bajo la lluvia, preservándose las cabezas entocando las blusas; dos o tres quedaron retrasados, haciéndolas velear cara al viento y la lluvia.

Junto al cobertizo estaba el urinario, con celdillas de mármol y un medio mamparo de celosía que lo separaba del patio. Se agolparon para orinar. El sumidero estaba tupido por papeles y resto de meriendas, y los colegiales chapoteaban en los orines. Se empujaban; algunos se levantaban a pulso sobre los mármoles de las celdillas y uno cabalgaba el medio mamparo dando gritos.

En la fuente se ordenaron para beber, protestando de los que aplicaban los labios al grifo. Los desvencijados canalones del tejado del cobertizo vertían sus aguas sobre la fila de bebedores, haciendo nacer un juego en el que los más débiles llevaban la peor parte. Era el martirio de la gota.

Hubo un instante en que los colegiales, cubiertas sus necesidades, no supieron qué hacer. Uno de los muchachos corrió desde el tercio del cobertizo que les correspondía hacia las motos. El soldado se levantó. El soldado estaba en mangas de camisa y cruzó sus blancos brazos, casi fosfóricos en la media luz, rápida y repetidamente. Las negras botas de media caña le boqueaban al andar.

—¡Fuera, fuera, chico! —gritó, y lo oxeó hacia sus compañeros—. ¡Fuera, fuera...! Yo decir frailes, yo decir frailes...

Gamarra tenía el pelo rojo. Ugalde era moreno. Lauzurica e Isasmendi llevaban gafas. Zubiaur cojeaba. Rodríguez era francés. Vázquez había nacido en Andalucía. Eguirazu tenía un hermano jugador de fútbol. Larrea era hijo del dueño de un cine. Sánchez sabía grecorromana. Larrinaga robaba.

Gamarra estaba plantado delante del soldado con las manos en los bolsillos del pantalón.

—¿Por qué? —preguntó Gamarra—. Ayer estaban las motos fuera.

—Ayer, buen tiempo —respondió el soldado—. Hoy, muy mal tiempo. Verboten, prohibido pasar —con la palma de la mano el soldado trazó una línea imaginaria—. Yo decir frailes si pasáis.

—¿Por qué no llevan las motos al patio grande? —dijo Gamarra—. En el patio grande no podemos jugar. El soldado sonrió y encogió los hombros.

—El oficial...

Ugalde habló al oído a Gamarra. El soldado, cesurando las palabras españolas con el movimiento de su dedo índice extendido, explicaba docentemente a los demás:

—En Alemania, los chicos prohibido, prohibido. No prohibido, jugar. Prohibido, no se pasa. En Alemania, mucha disciplina los chicos.

—Esto no es Alemania —dijo Zubiaur.

—Ya, ya. No es Alemania...

El soldado sonreía infantilmente.

—Ya, ya. No es Alemania...

Larrea imitó al soldado hablando a golpes:

—Ya, ya. No es Alemania...

—Tú no reír —dijo el soldado—. Yo decir frailes.

Era un bonito juego imitar al alemán, y todos, excepto Gamarra, jugaron.

—Ya, ya. No es Alemania...

—Ya, ya. No es Alemania...

—Ya, ya. No es Alemania...

—Yo decir luego a frailes —dijo el soldado, furioso—. Y pegaré al que pase.

Gamarra estaba contemplando al soldado.

—¿Desde dónde no hay que pasar? —preguntó Gamarra.

—Aquí —contestó el soldado, volviendo a trazar la línea imaginaria con la palma de la mano—. Aquí, prohibido.

—Muy bien —dijo Gamarra, e hizo el mismo ademán que el soldado—. Desde aquí, prohibido para ti. Tú prohibir, nosotros prohibir, ¿entender?

—¿Entender? —dijeron todos, palmeándose el pecho y empleando únicamente infinitivos—. ¿Tú entender? Nosotros prohibir. Tú no pasar.

Larrinaga trazó con tiza una raya en el suelo que ocupaba toda la anchura del cobertizo.

—Prohibido pasar —dijo Gamarra—. Si no, nosotros pasaremos.

El soldado sonrió.

Sonó la campana, y los colegiales corrieron dando gritos hacia la puerta del pabellón. Gamarra volvió la cabeza.

—Tú no pasar, ¿eh?

Las luces de las clases anaranjaban las proximidades del pabellón. Llovía sin viento. En el zaguán sacudieron sus blusas y taconearon con ruido.

—Silencio —dijo el profesor.

Los veinticinco colegiales iban en fila de a dos por los pasillos. El parque era una espesa niebla. El huerto estaba del otro lado de la noche. Las orlas de los bachilleres se iban adensando de nombres y fotografías a medida que pasaban los años; 1905, ocho; 1906, once; 1907, trece...; 1936, veintidós. Las escalas en los radiadores eran más agudas.

El soldado alemán se paseaba a lo largo del cobertizo sin respetar la raya de tiza. Luego le relevaron. Gute Nacht.

II

 

La barroca anaglipta contrastaba con el mobiliario vascongado, severo, macizo, intemporal, un punto insulso. Cupidónicos cazadores, ánades en formación migratoria, carcajes abandonados entre las juncias, piraguas embarrancadas en las orillas del agua, lotos, lirios, hiedras, mostraban sus relieves en el techo. Un zócalo de madera cubría dos tercios de las paredes. Ovaladas acuarelas, en marcos dorados, colgando hasta el zócalo, representaban paisajes convencionales: ruinosos castillos fantasmados por el plenilunio, bucólicos valles verdeantes engarzados entre montañas nevadas, una charca helada con zarrapastrosos niños patinadores...

La lámpara de dos brazos en cruz, terminada en puños de porcelana, iluminaba mal la estancia. La suave penumbra de las rinconadas distraía y turbaba al muchacho. A veces se levantaba para confirmar su soledad, temiendo no estar solo; a veces penetraba en los paisajes de las acuarelas, y el regreso era un sobresaltado despertar. Hasta él llegaba la conversación sosegada de la madre y la abuela en la galería de la casa. La conversación rumorosa le adormilaba. Le hubiera gustado ir y escuchar, pero esto requería un previo examen: «¿Has terminado ya? ¿Has hecho la tarea? Tienes que enseñárselo a tu padre.» Había bebido agua en la cocina, había ido tres veces al retrete. La madre y la abuela callaban al verle pasar. En la conversación de la abuela nacía el campo: el robledal del monte bajo, las culebras de la cantera, la charca mágica con las huellas del ganado profundas en el barro. La abuela olía a campo y algunos vestidos de la abuela crujían como la paja en los pajares. Los ojos de la abuela estaban enrojecidos por el viento y el sol. Le debían de picar como si siempre tuviera sueño, aunque la abuela dormía poco e iba, todavía oscuro, a las primeras misas.

Extendió los mapas y abrió varios cuadernos, cuando oyó la puerta de la calle. Después se levantó. Eran las nueve de la noche.

El padre se descalzaba en la cocina. Se ayudaba con un llavín para sacar los cordones de los zapatos ocultos entre la lengüeta y el forro. Estaba sentado en una silla baja y su calva aún no era mayor que una tonsura.

Cuando alzó la cabeza lo vio un poco congestionado por el esfuerzo.

—Hola, Cherna —dijo—. ¿Todo bien?

—Bien, papá.

—¿Has trabajado mucho?

—Estoy con los mapas.

—No sería mejor tu francés, ¿eh?

—A primera hora tenemos geografía.

—Ya; pero tu francés, ¿eh?

—Dicen que ahora va a haber francés o italiano, a elegir, y en quinto, inglés o alemán.

—Bueno; pero a ti lo que te interesa por ahora es el francés.

—Dicen que el italiano es más fácil.

El padre se incorporó y le acarició la áspera, alborotada y encendida pelambre. Se apoyó en su padre. Tenía la ropa impregnada del olor del café, y contuvo la respiración. Fueron caminando hacia la galería. El padre le sobaba el lóbulo de la oreja derecha.

—Tú dale al francés. No quiero que te suspendan, ¿de acuerdo? —Sí...

Al abrir la puerta, el desplazamiento del aire hizo temblar la llama de la mariposa en el vasito colocado delante de la imagen de la Virgen. Se desasió de su padre y se acercó a la cómoda. Alguna vez había hurtado alguna moneda del limosnero; alguna vez había sacado el cristal de la hornacina para tocar la imagen, el acolchonado celeste y las florecillas de tela.

—Hola, abuela —dijo el padre—. Hola, Inés. Está haciendo un frío del demonio.

—Cherna, si no vas a continuar, apaga la luz del comedor —dijo la madre.

—Pronto nevará —dijo la abuela—. Por Todos los Santos, nieve en los altos. Antes, también en el llano, y a mediados de octubre. Hoy no nieva con aquellas nieves.

—Deja la lamparilla quieta —ordenó la madre— y apaga la luz del comedor.

—No sé si nevará menos, pero este año va a ser bueno...

—La pobre gente que está en la guerra —la abuela se santiguó—. Pobres hijos, pobres.

—¿Por qué no apagas la luz, Cherna?

—Voy a ver lo que ha hecho —dijo el padre—. Luego os contaré. Quiero cenar pronto. ¿Y la muchacha?

—Hoy es jueves. Ha salido.

—Vamos a ver lo que has hecho, Cherna.

El padre y el hijo se fueron al comedor. La abuela y la madre guardaron silencio. Les oyeron hablar. A poco apareció el padre. Enfurruñó el gesto. Hizo un ruidito con los labios. La madre entendió.

—Le tienes que meter en cintura, Luis.

—Se lo he dicho todas las veces que se lo tenía que decir. Ahora bien, hoy no va a la cama hasta que no termine lo que tiene que hacer.

Encendió un cigarrillo y se sentó a la mesa camilla.

—Se agradece el brasero.

—¿Quieres que le dé una vuelta?

—No. Así está bien.

—¿Qué se cuenta por ahí? —dijo la madre después de una pausa—. ¿Se sabe algo de los de la cárcel?

—Ha habido traslado, pero... —hizo un gesto de preocupación— eso es muy vago. Aquí podían estar relativamente seguros, siempre que... En fin, han quedado en llamarme mañana a primera hora si saben algo.

—Ten cuidado —dijo la madre.

—¡Qué cosas! Bien o mal, sin referirnos a nadie. Es suficiente. —Bueno, bueno, tú sabrás.

—Sácame un vasito, mientras llega la chica.

—¿Quieres que te haga la cena? Ahora un vaso puede sentarte mal. No tienes el estómago bueno y, así en frío...

—No, espero. Sácame un vaso.

—Como tú quieras.

La madre se levantó y regresó prontamente con una botella y un vaso.

—Ha llegado más tropa. Y ha salido mucha para el frente. El café estaba lleno de oficiales. Por cierto que esta tarde han traído el cadáver del capitán Vázquez, el padre de un compañero de Cherna.

—¿Le conocías?

—Sólo de vista. Iba al café y alguna vez lo he visto en el Casino. Era muy amigo de Marcelo Santos, el de Artillería. El de Artillería, no su hermano. Al parecer, lo ha matado una bala perdida, porque estaba de ayudante del coronel y bastante retirado del frente.

—Y el traslado ¿qué puede significar? —dijo la madre. —Lo mismo lo peor que lo mejor —dijo el padre, preocupado. Y repitió: Lo mismo lo peor que lo mejor.

—Y no hay manera...

—Ahora, manera, con la ofensiva en puertas. ¡Qué cosas, Inés! Si los dejaran aquí, todavía. No me han dado nombres, pero temo mucho que entre ellos estén el pariente, Isasmendi y alguno de su cuerda, que además organizaron hace unos días un plante porque no les dejaban que les llevaran la comida de fuera.

Tomó un trago de vino y aplastó el cigarrillo en el cenicero. La puerta del comedor se abrió y oyeron el ruido seco del interruptor. —Ya he terminado, papá.

Entregó el cuaderno abierto y aleteante.

—Ves —dijo el padre— como sólo es proponérselo. Cuando tú quieres, lo haces bien y rápidamente. Ves, con un poco de voluntad... No sé por qué te niegas, como si no fuera por tu bien.

El padre ojeó el cuaderno.

—Muy bien, Cherna.

—¿A quién han matado? —preguntó Cherna—. ¿A quién has dicho que han matado, papá?

El padre posó una mano en el hombro de Cherna. El niño sentía su peso tutelar, fortalecedor, sosegante, y se encogió al amparo.

—¿Tú eres muy amigo de ese chico andaluz de tu curso?

—¿De Vázquez, de Miguel Vázquez?

—Sí, de Miguel Vázquez... ¿Tú conocías a su padre?

Miró hacia el suelo, afirmando con la cabeza. Deseaba tener una noble emoción, grande y contenida. Esperándola centró su atención en un nudo de la tarima; un nudo circular, rebordeado, lívido y solo.

—... una bala perdida —dijo el padre.

III

 

A las once salieron del colegio para asistir a la conducción del cadáver. Llovía mucho. Llevaban los capuchones de las capas impermeables muy metidos, y echaban las cabezas atrás para verse. Se empujaban bajo los goterones y las aguas sobradas de los canalillos de los tejados. El prefecto marchaba pastoreando las filas, distraído y solemne, cubierto con un gran paraguas aldeano.

Lauzurica resbaló en el bordillo de la acera. El prefecto se adelantó y golpeó en el hombro a Gamarra.

—Siempre usted, Gamarra —dijo—. Dará cincuenta vueltas al patio si escampa; si no, me escribirá durante los recreos cien líneas.

Recuerde: «No sé andar por la calle como una persona.» ¿Me ha entendido?

—Sí, don Antonio; pero no he sido yo.

—No quiero explicaciones.

Bajo la marquesina de la entrada principal del cuartel donde estaba montada la capilla ardiente, esperaron la llegada de las autoridades. La familia y los amigos y compañeros del muerto estaban velando. Gamarra y Ugalde se refugiaron en una de las garitas de los centinelas, abandonadas de momento. La garita olía a crines, a cuero y a tabardo. Gamarra imitaba a los centinelas pasando de la posición de descanso a la de firmes, presentando armas invisibles. Ugalde descubrió inscripciones pintadas a lápiz o rayadas en la cal. Los dibujos obscenos les provocaban una risa calofriada.

—Fíjate, Cherna, fíjate.

Cada uno descubría por su cuenta. Ugalde quería llamar a Lauzurica cuando la garita se ensombreció.

—Muy bonito —dijo el prefecto, apretando los labios—. Muy bonito y muy bien. Salgan de ahí, marranos. En las notas de esta semana van a tener su justa compensación. Cero en conducta, cero en urbanidad, y advertencia —el prefecto se ejercitó pensando la sucinta nota aclaratoria de las dos censuras—: «Conducta y urbanidad de golfete. Aprovecha la ocasión para chistes, dichos y palabras de bajo tono. Presume de hombrón.»

Les empujó con la contera del paraguas hacia el grupo de compañeros.

—¿Qué pasa? —preguntó susurradamente Lauzurica, haciendo un gesto cómico al mirar por encima de los empañados cristales de sus gafas—. ¿Ha habido hule? ¿Le dio el ataque?

—Ya te contaré —dijo Cherna.

—Van ustedes a pasar de uno en uno —dijo el prefecto con la tenue, silbante, respetuosa voz de las funciones religiosas—. Darán la cabezada a su compañero y a los que le acompañan en el duelo. De uno en uno... No quiero ni señas ni empujones. ¿Entendido? ¿Me han entendido?

La capilla ardiente estaba situada en el Cuarto de Banderas del regimiento. En las paredes del portalón formaban panoplias las hachas, los picos, las palas de brillante metal de los gastadores. Las trompetas, cornetas y cornetines de la banda colgaban de un frisillo de terciopelo rojo. Tres alabardas de sargento mayor cruzaban sus astas detrás de un gran escudo de madera pintado de gris. Los colegiales contemplaban las armas con arrobo.

—No se paren —dijo el prefecto—. ¡Vivo, vivo!

Un educando de banda, pequeñajo y terne, les sonreía con superioridad. Llevaba el gorrillo cuartelero empuntado y de ladete, y el largo cordón de la borla hacía que ésta le penduleara sobre los ojos. A un costado, en el enganche del cinturón, tenía la corneta, y al otro, el largo machete español le pendía hasta la corva izquierda. Era causa de admiración y osadía.

Entraron silenciosos y atemorizados. Iban a ver un cadáver. No lo vieron. Junto al ventanal enrejado, cerca de la puerta, les esperaba el duelo: Miguel Vázquez, acompañado de un coronel, un capitán y un señor vestido de luto con aire campesino. Al fondo de la sala estaba el ataúd. Unos soldados montaban la guardia. Los grandes cirios y las flores cargaban de un olor descompuesto y pesado la habitación.

Como una sábana, la bandera cubría la caja mortuoria, y unas mujeres, arrodilladas en sillas de asientos bajos y altos respaldos, rezaban. De vez en cuando un zollipo contenido hacía volver las cabezas de los que formaban el duelo hacia la escenografía funeral.

Miguel Vázquez alzó las cejas cuando Larrinaga inclinó la cabeza. Miguel Vázquez saludaba a los amigos, y no volvió a su apariencia contrita y aburrida hasta que no pasó el último de ellos.

—¿Lo has visto? —preguntó Zubiaur a Eguirazu.

—Al entrar. .

—Imposible —dijo Larrea—. No se veía nada. Me he puesto de puntillas y nada. La bandera lo tapaba todo. Debe estar en trozos. Una granada, si le da a uno en el pecho, no deja ni rastro...

—¿Y quién te ha dicho que ha sido una granada? —interrogó Larrinaga—. Ha sido una bala perdida. Gamarra lo sabe porque se lo ha contado su padre, que era muy amigo del padre de Miguel.

Estaban fuera de la marquesina. El prefecto les había reunido en su torno.

—No vamos al cementerio —dijo—. El duelo se despide en la fuente de los patos. En cuanto se despida el duelo pueden ir a sus casas. Gamarra y Ugalde, no. Gamarra y Ugalde se vienen conmigo al colegio hasta las dos. ¿Lo han entendido todos?

La respuesta fue un moscardoneo discreto que Larrinaga y Sánchez cultivaron con pasión hasta sobresalir de sus compañeros.

—El señor Sánchez y el señor Larrinaga —dijo el prefecto— también vendrán al colegio. Allí podrán rebuznar cuanto les apetezca.

—Siempre a mí —dijo Sánchez desesperadamente—. Siempre a mí. El bureo ha sido de todos.

—Siempre a usted, ¡inocente! —respondió el prefecto—, que, además, esta semana se lleva un cero por protestar y que entra por propio derecho en el grupo de los elegidos, viniendo los domingos por la tarde.

—No —dijo Sánchez.

—Sí, señorito, sí. Ya lo verá usted.

—No volveré jamás al colegio —gritó Sánchez llevado por los nervios—. No tiene usted derecho, no tiene usted derecho. ¿Por qué no castiga a sus paniaguados?

—Yo no tengo paniaguados. Lo que acaba de decir se lo va a explicar al señor director.

A Sánchez se le saltaban las lágrimas. Estaba enrabietado. Un codazo de advertencia de Larrinaga sirvió solamente para empeorar la discusión.

—Esas niñas piadosas —dijo Sánchez intentando un dengue, sin que cesara su llanto—. La congregación de las niñas piadosas... Y la coba que le dan en los recreos... A ésos, nada, y a los demás... ¡Que conste que lloro de rabia!

—¿Ha terminado usted? —dijo gravemente el prefecto. Sánchez le miró de arriba abajo y apretó los dientes.

—No volveré jamás al colegio.

Se alejó sollozando y a los pocos metros se echó a correr.

—Venga usted aquí. Piénselo bien, porque si no, va a ser peor.

El prefecto ametrallaba el pavimento con la contera del paraguas.

—Apártense —dijo el prefecto cuando llegaron las autoridades—. Aprendan a escarmentar en cabeza ajena. He ahí uno que ha perdido el curso, por lo menos en lo que esté de mi mano.

—Está la cosa que arde —murmuró Gamarra.

A la fuente de los patos los colegiales llegaron dispersos. Después de despedir el duelo, dieron la mano al prefecto.

—Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida.

Por calles solitarias, por cantones donde torrenteaban las aguas de lluvia, por el camino de barro que llevaba a las fértiles huertas de la vera del río la suciedad, el prefecto y los castigados iban al encuentro de la puerta trasera del colegio. Atajaban.

Al entrar en el colegio, el prefecto les preguntó:

—¿Ya no tienen ganas de reírse?

No tenían ganas de reír.

Cruzaron el huerto, trabajado por los chicos del Tribunal de Menores. Dieron de lado al invernadero nacarado, que guardaba una calavera. Atravesaron el parque de árboles musgueados.

—Dos minutos para hacer sus necesidades.

Corrieron hacia los retretes del patio pequeño. Había grandes manchas de grasa en el asfalto del vacío cobertizo.

—Verboten —dijo Gamarra—. Se han ido. Vais a oír cañonazos. Yo tirar, tú tirar. Guerra. ¿Entender?

—Si vienen aviones a bombardear, no habrá clase —dijo Ugalde.

—Me gustaría escaparme al frente —dijo Larrinaga.

El prefecto les estaba esperando en el aula grande que llamaban Estudio.

IV

 

—Tenemos alojado en casa —explicó Rodríguez—. Nos lo enviaron ayer. Ha estado en Abisinia. He visto en su maleta una cimitarra.

—Los abisinios usan alfanje y no cimitarra —dijo Larrinaga—. Alfanje y jabalina, y llevan el escudo, que es de piel de león, con una cola suelta en el centro.

—Salgari —dijo Eguirazu.

—¿Por qué Salgari?

—Porque lo que tiene ese italiano es el cuchillo de los

Saboya. ¿No les has oído decir Saboya y saludar con el cuchillo? —Tonterías —dijo Gamarra—. Bayonetas vulgares. —No son bayonetas.

—Sí, son bayonetas.

—No lo son. Son, en todo caso, cuchillos de combate. —¿Cuchillos de combate? No sabéis. Los que llevan en la cintura son de adorno, y los otros son bayonetas.

Estaban en un rincón del cobertizo. Llovía dulcemente. Hacía frío. Se apretaban unos con otros. Se acercó el prefecto. —Muévanse. No quiero ver a nadie parado. Gasten ahora energías, y no en la clase.

—Te hago una carrera hasta la tapia y volver —dijo Gamarra dirigiéndose a Rodríguez.

—Prohibido salir del cobertizo —ordenó el prefecto—. Jueguen, jueguen a la pelota.

—Es imposible, don Antonio —dijo Eguirazu.

El prefecto bebió los vientos.

—¿Quién ha fumado? —preguntó gravemente.

Se miraban asombrados, se encogían de hombros.

—No se hagan los tontos. Luego habrá registro. Ahora jueguen y saquen las manos de los bolsillos.

Les dio la espalda y se fue paseando hacia otros grupos menos díscolos.

—¿Has fumado tú? —preguntó Gamarra a Rodríguez. —Sí, en el retrete.

—Pues ya lo puedes ir diciendo.

—¿Por qué lo tengo que decir?

—Porque va a haber registro.

—Y a mí, ¿qué?

—Que si no lo dices, eres un mal compañero.

—Y si lo digo, ¿qué? El paquete para mí, ¿no?

—Déjale que haga lo que quiera —intervino Zubiaur—. Otras veces fumas tú y nos callamos.

La campana anunció los cinco postreros minutos del recreo. Corrieron hacia los urinarios.

—No dejar entrar a nadie. Defender la posición —gritó Gamarra. Gamarra y sus amigos tomaron las dos entradas y comenzaron a luchar con los compañeros.

—¡A mí, mis tigres! —clamó Gamarra subido en el medio mamparo del que iba a ser desmontado—. ¡Vengan mis valientes!

Uno de los muchachos resbaló y cayó de bruces. De las palmas de las manos, embarradas, le brotaba sangre.

—No deis cuartel —gritó Gamarra.

—¡Imbécil! —dijo el herido.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó Gamarra.

—Por tu culpa.

—A la enfermería. Te salvas de latín, muchacho. ¡A mí, mis tigres!

El herido se abalanzó sobre Gamarra y lo hizo caer desde el mamparo. Lucharon en el suelo.

—¿Qué pasa aquí? ¿Quién ha comenzado? —preguntó el prefecto acercándose.

La respuesta fue unánime:

—Ellos.

—El próximo recreo se lo pasan traduciendo. A usted, Gamarra, le espera algo bueno. Voy a acabar con sus estupideces y faltas de disciplina en un santiamén.

Sonó la campana por segunda vez y los colegiales formaron en dos filas. Entraron en el pabellón. Zubiaur había sido lastimado en su pierna coja y caminaba dificultosamente.

—¿Te has hecho mucho daño? —preguntó bisbiseadamente Lauzurica.

—Un retortijón.

Gamarra empujaba a Ugalde.

—Isasmendi ha faltado ya dos días —dijo Ugalde—. ¿Estará enfermo?

—No. Dice mi padre que a su padre lo han trasladado de cárcel.

—¿Y eso es malo?

—Dice mi padre que sí.

—Silencio —ordenó el prefecto.

Las orlas de los bachilleres rebrillaban. Alguien hizo gemir el pasamanos del barandado apretando la húmeda palma contra él.

—Silencio —gritó el prefecto.

Los colegiales de segundo curso de Bachillerato marcaban el paso por las escaleras.

V

 

El cielo azuleaba entre blancas y viajeras nubes. Gamarra se asomó a la ventana del patio alzándose sobre el radiador. Vio a sus compañeros formando equipos para el juego de tocar torres. Lauzurica echaba la cuenta de los pies con un compañero. Isasmendi y Vázquez, vestidos de luto, esperaban la decisión de los capitanes. Gamarra casi oía sus voces.

—Yo, a Ugalde.

—Yo, a Ortiz.

—Yo, a Larrinaga.

—Yo, a Acedo.

—Yo, a Rodríguez.

 

—Yo, a Mendívil.

—Yo, a...

Sólo faltaban dos.

—Yo, a Isasmendi.

—Yo, a Vázquez.

Se fueron hacia sus torres. Gamarra oyó un tabaleo en los cristales de la puerta del pasillo. Volvió la cabeza y vio como guillotinada la cabeza amenazante del padre director. Fue a su pupitre y se puso a traducir con diccionario:

«El juego de las barras es más bien un juego francés. Nuestros escolares lo juegan raramente. He aquí en qué consiste este juego: los jugadores, divididos en dos campos, que tienen un número igual de combatientes...»

Como una sorda tormenta desde las montañas llegaba el retumbo de la artillería. Comenzaba la ofensiva.

(1961)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BALADA DEL MANZANARES

 

 

Del oeste al sur, largas agujas de nubes de dulzón color corinto. Del oeste al norte, el templado azul del atardecer. Al este, las fachadas pálidas, los cavernosos espacios, la fosfórica negrura de la tormenta y de la noche avanzando. Alta, lejana, como una blanca playa, la media luna.

De los campos cercanos llega un aire adelgazado, frío, triste. Los humos de las locomotoras, los humos de la cremación de las hojas secas, los humildes humos de las chabolas de la ribera derecha, empañan la cristalina atardecida. Murciélagos revolando el cauce del río chirrían sus gritos, trapean sus alas. La arboleda es un flotante, neblinoso verde. El Manzanares se tersa y opaca en una larga fibra mate. No cesa, no calla, el irritante altavoz del último merendero, del merendero del otoño. Colmena un avión en el cielo del ocaso, verdeamarillo ya, sobre los cerros negros de la Casa de Campo.

De los talleres caminan los obreros a la ciudad. De los talleres, una cansada fuerza de río caudal, que se ha de perder en laberintos urbanos hasta mañana de la contracorriente; la mañana inhóspita, agria, de los talleres...

Faroles de gas. Bajo la vegetal luminosidad de un farol alguien espera. Los faroles hacen más vagos los perfiles del atardecer, más lejano el permanente flash de la media luna, más profundos los oscuros de la arboleda. Bajo el farol de gas se acaba la espera.

—Hola, Pilar.

—Hola, Manuel.

—¿Vamos, Pilar?

—Vamos, Manuel.

—¿Vamos hacia la estación, Pilar?

—Vamos donde tú digas, Manuel.

—¿A tomar un vermut, Pilar?

—Yo, un café, con leche, Manuel.

—Tú, un café con leche, Pilar, y yo...

—Tú, un vermut, Manuel.

—¿En el bar Narcea, Pilar?

—Mejor en Cubero, Manuel.

—En el Narcea es mejor el café, Pilar.

—En Cubero dan más tapa con el vermut, Manuel.

—Estás muy guapa, Pilar.

—¿Sí, Manuel?

—Sí, Pilar.

—¿Te gusto, Manuel?

—Sí, Pili.

—¡Qué bien, Manolo! Te quiero.

—¿Mucho, Pili?

—Mucho, Manolo. ¿Y tú?

—Mucho Pili.

El ferroviario Manuel se escalofría. Pregunta:

—¿Vamos, Pilar?

—Vamos, Manuel.

A los novios les gusta repetir los nombres; a los jefes les gusta repetir los apellidos. El jefe de la parada de tranvías de la Estación del Norte da órdenes. Grita al cobrador del tranvía de Campamento:

—González, cambie el trole; dése prisa... González, páseme el estadillo... González, ¿me oye?

Grita al conductor del tranvía de Campamento:

—Rodero, cinco minutos de retraso... Rodero, que hay que recuperar... Rodero, salga en seguida.

Grita al viejo guardavías:

—Muñoz, no se duerma... Muñoz, vamos ya... Muñoz, ojo al 60.

Los soldados patinan sobre los herrajes de las botas entrando en el Metro atropelladamente. La cerillera joven se desgañita:

—¡Tíos asquerosos, borricos!

La castañera la apoya:

—Son como salvajes.

El ciego mueve la cabeza:

—Cuarenta iguales.

Desde su quiosco, la vendedora de periódicos contempla la vida aburridamente; contesta a un cliente:

—«Marca» se ha acabado.

Pilar y Manuel han pasado el bar del buen café y el bar de la gran tapa. Entran en Revertito. Tienen que reñir un poco, deben reñir un poco. Es el amor.

—¿Por qué tienes que estar a las ocho en tu casa, Pilar?

—Te lo he dicho tres veces, Manuel.

Manuel se pone flamenco, porque es parte del juego.

—No me vale, Pilar.

Pilar se desespera falsamente, porque sabe que debe hacerlo.

—¡Cómo eres, Manolo!

Manuel hace un silencio. Pilar insiste.

—Es que mi madre me ha dicho...

—Tu madre...

—Es que mi madre, hasta que nos casemos, es la que manda.

—Es que puede que no nos casemos.

Pilar hace un silencio; tiene los ojillos brillantes. Manuel se crece.

—Es que esto va muy mal y puede que no nos casemos...

Pilar no despega los labios. Continúa Manuel:

—...porque ya estoy harto, ya estoy que no aguanto un pelo...

Pilar fija los ojos en el espejo de detrás del mostrador. Manuel se pasa de la raya.

—... ¡Me vas a decir tú!... Te dejo y me olvido, y se acaba tanta gaita.

Pilar reacciona. Se yergue orgullosa, digna, superior.

—También me estoy cansando yo. Cuando quieras, lo dejamos. Cuando quieras, te vas; pero para siempre, nada de volver. Para siempre, ¿lo entiendes?

Manuel encuentra que la mejor manera de quedar bien, de quedar como un hombre, es pedir un vermut más.

—Otro vermut.

Pilar taconea, fingiéndose distraída, contemplando la glorieta a través de los ventanales. Manuel procura ser irónico.

—¿Mucha prisa?

El taconeo de Pilar tiene ritmo creciente.

—Ya lo sabes.

—Tu madre, ¿verdad?

Pilar hace un gesto; aprieta los labios; luego dice:

—Bueno, ¿vienes o te quedas?

Es de noche. Los nubarrones de la tormenta se han extendido hacia el sur. Manuel lleva la zamarra de cuero abierta, porque siente el sofoco de los vermuts. Pilar camina a su lado, en silencio. Manuel silba.

Es de noche. Los relámpagos se pierden en el llanón. El cambio de troles en la parada fabrica relámpagos. El jefe se distrae hablando con el guardia de la salida de coches de la estación. Una larga fila de soldados espera el tranvía de Campamento. La cerillera joven conversa con un soldado galante.

—Te llevo al cine cuando tú digas.

La cerillera frunce los labios.

—Para cines estoy yo.

—Al que tú digas, preciosa.

—Pero, criatura, ¿tú te crees que voy a ir al cine con un biberón como tú? ¡Anda ya!...

El soldado se desconcierta momentáneamente; se recupera en seguida.

—Chata que te conozco.

—¿Tú? ¿A mí? ¡Anda ya!...

Un compañero del soldado galante le grita desde la larga fila del tranvía.

—Luis, vente ya, que lo pierdes.

El soldado Luis se encampana en la despedida.

—Mañana te vengo a buscar, rica.

—¡Que te frían!

—Te llevo al cine o donde tú quieras.

—No tienes tú dinero para llevarme donde yo quiero.

—Hasta mañana, chata.

El soldado Luis corre hacia el tranvía. La cerillera joven atiende a un cliente.

—Una peseta son cinco.

—Déme cinco.

Es de noche. Antes de llegar a la glorieta de San Antonio, Manuel compra cacahuetes en el puesto del paisano, que también vende fruta, patatas fritas, pepinillos en vinagre y cordones para los zapatos. Da como gusto pensar lo bien que se debe de estar dentro del puesto del paisano, charlando con la novia, los pies juntos a un brasero y comiendo cacahuetes.

—¿Quieres, Pili?

Manuel se somete poco a poco. Pilar no contesta.

—Anda, Pili, que los he comprado para ti, porque sé que te gustan.

A Manuel le han enternecido los vermuts.

—Anda, no seas tonta, Pili; cómete uno, sólo uno, para que vea que no estás enfadada.

Manuel la coge del brazo. Pilar camina fría, grave.

—Pili, que te quiero.

Hay un silencio.

—Anda Pili, que te pido perdón. ¿Me perdonas?

Pilar concede:

—No tengo que perdonarte nada, Manuel.

—Sí, Pili; me tienes que perdonar. ¿Me perdonas?

—Te perdono, Manuel.

La mano de Pilar busca la mano de Manuel. La estrecha fuertemente.

—Es que eres, Manolo... Mira que la gozas haciéndome sufrir...

—Ya está olvidado, ¿verdad, Pili?

—Sí que está olvidado, Manolo; pero eres...

—¿Quieres un cacahuete, Pili?

—Sí Manolo.

—¿Te lo pelo, Pili?

—Como tú quieras, Manolo.

—Pues suéltame la mano, Pili.

Manuel le da los cacahuetes a la boca.

—¿Quieres más?

—No, Manolo, que me ahogo.

Por el paseo de la orilla del río las sombras de los árboles forman un túnel. En las aguas del Manzanares navega la media luna fosfórica, titubeante, profunda. En lo lejos, corriente arriba, ladra un perro.

—¿Te ahogarías conmigo, Pili?

—No me importaría si fuéramos los dos. Me ahogaría contigo.

—Pili...

Manuel hace una pausa.

—Pili, ¿vas a hablar de lo nuestro para pronto?

—Sí, Manolo.

—Nos casaremos antes de Navidad.

—Lo que tú digas, Manolo.

El perro sigue ladrando; a la luna, a la oscuridad y al amor. Las nubes han crecido del sur al oeste.

—Vámonos de lo oscuro, Manolo.

El rumor del río se hace pequeño.

—Vámonos de lo oscuro, Manolo.

—Pili...

—Vámonos, Manolo.

—Vámonos.

En la noche, corriente arriba, el perro ha dejado de ladrar. La luna navega cielo raso tras las nubes. El agua del Manzanares ya es negra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ENTRE EL CIELO Y EL MAR

 

 

Era la tercera vez en la mañana. Los niños volvieron a acercarse. El ruido de la mar se confundía con el unánime grito de los que hablaban. Unos segundos de silencio y la monótona repetición como un gruñido o como un estertor: «aaa-ú». La red iba saliendo lentamente a la áspera playa. Su dulce color de otoño, roto por la lucecilla plateada de un pescado muy chico o por el verde triste un alga prendida en sus mallas, dividía la oscura desolación de grava menuda; cerca cabeceaba la barca vacía.

Los niños pisaban la red. Pedro había asumido la labor de espantarlos. Decía una palabrota y hacía que corrieran apenas unos metros para pararse en seguida y volver confianzudamente a poco. Pedro tenía entre los labios el chicote de un cigarrillo y les miraba superior y hostil, porque era casi un hombre y trabajaba.

En el copo había un parpadeo agónico y blanco de pascado y se movía la parda masa de un pulpo con algo indefinible de víscera o de sexo. Un último esfuerzo. Los pescadores se inclinaron más; luego se irguieron en silencio y contemplaron el mar.

La tercera vez en la mañana. El señor Venancio, el de la nostalgia de los tiempos buenos de la costera, dio una patada al pulpo, que retorció los tentáculos, y, al fin, medio dado la vuelta, los extendió tensamente, abriéndose como una rara flor.

—Si llegamos a una peseta por cabeza, vamos bien —comentó.

Los demás siguieron en silencio. Habían oído y habían olvidado. Estaban acostumbrados, aunque no resignados, como creían otras gentes del pueblo. De pronto, uno de ellos comenzó a cantar en el vaivén de la ira y el ridículo. Pedro se aproximó al pulpo y principió a jugar cruelmente con él.

—Déjalo ya —dijo el señor Venancio.

Pedro sintió algo como vergüenza que le ascendió hasta los ojos y le hizo humillar y distraer la mirada en un pececillo que cogió entre los dedos. No, no le debía de haber dicho aquello el señor Venancio delante de los chiquillos, que le miraban envidiosos. Pedro era pescador, y sabía que tenía su parte en el pulpo y un indudable derecho a jugar con él o a darle una patada como el señor Venancio. No tuvo tiempo de pensarlo mucho.

—Dale la vuelta a la moña, Pedro, y échalo en el cesto.

Los chiquillos contemplaron admirados el trabajo de Pedro en cuclillas sobre el animal.

—Cabrón —dijo Pedro, y luego se levantó con el pulpo fláccido, pendiente de sus dedos índice y medio de la mano derecha, los tentáculos colgantes formando una masa inerte, salvo en sus delgadísimos extremos, que todavía se retorcían.

El señor Venancio hablaba con los compañeros:

—Yo hubiera tirado el lance hacia el puntal; puede que allí hubiéramos sacado algo más. Como siga esto así, vamos a comer piedras. Tres veces en una mañana, y ni siquiera para comprar pan...

Pedro fingía interesarse en la conversación de los mayores sobre el jornal, porque para eso era pescador; pero sabía que no le importaba demasiado. Llegaría a su casa y tendría algo que comer. Para llevar de comer estaba el padre y no él. Acaso un trozo de pan y un rebujón de pescado frito, pero ya era bastante. Desde pequeño —contemplaba su infancia sin haber salido de ella como algo muy distante— había comido poco, a veces nada, mas siempre había tenido el derecho a llorar, a protestar por la escasez. El que no lloraba ni protestaba era su padre, que lo miraba todo con unos ojos muy pequeños, como queriendo llorar y protestar con odio.

—Pedro, lleva el cesto a la vieja y que se dé prisa en vender todo ese lastre.

Pedro se bajó los pantalones largos de color de arcilla, recogios a medio muslo.

—¿A la tarde afanamos? —preguntó.

—Se verá. Hay que contar con la mar. Te avisará, al pasar, Luciano.

Los pescadores extendían la red sobre la playa. Algunos niños se divertían cogiendo pececillos minúsculos enmallados; otros iban detrás de Pedro tocando el pulpo temerosamente. Pedro se volvía hacia ellos:

—Largo muchachos; ¿es que nunca habéis visto un pulpo?

Les lanzaba arena con los pies.

—Largo, largo, largo...

Dijo una frase obscena...

Llegó donde la vieja. La vieja estaba sentada en el escalón del umbral de la casa. Miraba distraída.

—Nada, ¿verdad? —dijo.

—Poco; se dio mal toda la mañana —contestó Pedro.

—Bueno, deja eso ahí; ahora saldré a ver lo que dan. Venancio quiere muchas cosas. Ya te puedes ir; aquí no pintas nada.

La vieja tenía un genio malo. Solía beber. Bebía aguardiente, a veces con agua, a veces con pan, mojando en la copa migas que amasaba entre los dedos y arrancaba de un corrusco guardado en uno de los profundos bolsillos de su delantal. Pedro no se había marchado todavía.

—Que ya te puedes ir —repitió la vieja.

Pedro caminó hacia su casa. Iba pensando en el mar. Le gustaría ser pescador de mar, dejar de pescar desde la playa. Le gustaría salir con la traíña y estar encargado en ella de los faroles de petróleo. Y, sobre todo, hablar del viento de Levante. Decir al llegar a casa, con la superioridad del trabajador de mar: «Como siga esto así, vamos a comer piedras. El levante nos ha llenado la traíña tres veces de mar. Si no llega a ser por el señor Feliciano, nos vamos a fondo.» Y decir esto mirando a sus padres alternativamente. Ver los ojos del padre casi tristes, casi alegres; y los de la madre, temerosos; y contar a los hermanos cómo una morena le tiró un muerdo y él le dio con el cuchillo de partir el cebo en la cabecilla de bicha, y la tuvo a sus pies retorciéndose más de dos horas.

Le llamaban los amigos que estaban jugando con cajas de cerillas.

—¿Juegas, Sánchez?

Estaban en corro sobre el sucio principio de la playa.

—Ahora no, voy a casa. Esta tarde tenemos faena.

Y una voz:

—Los de la Tres Hermanos han venido hasta arriba de pesca. Nadie sabe cómo se las han arreglado. Es el señor Feliciano, que tiene ojo de gato para esas cosas.

Pescar en la traíña del señor Feliciano era el deseo de todos lo muchachos de la playa. Pero el señor Feliciano no llevaba muchachos en su embarcación, porque pensaba que estaría mal que un niño ganase por ir con él más que su padre, que pescaba de playa o que estaba en otra lancha con poca fortuna.

Al pasar junto a la taberna de Sixto, se asomó.

—Hola, padre.

El padre de Pedro y el señor Feliciano estaban celebrando la pesca. Se había vendido bien en Vélez.

—¡De modo que tú ya andas en la labor! Bueno, hombre, bueno —dijo el señor Feliciano.

—Aprendiendo —aclaró el padre.

Pedro miraba fijamente al señor Feliciano.

—¿Quieres una copa? ¿Qué tomas?

—Un pintao —respondió Pedro.

—Pon al chico un pintao —gritó el señor Feliciano—. ¿Qué tal se dio hoy? Venancio sabe mucho; hay que largar donde él diga. Él sabe mucho de eso. Claro que las playas andan mal de pesca... Vete haciendo ojo. El año que viene, que paco se marcha al servicio... Bueno, ya hablaré con tu padre; ya se lo diré a él cuando sea.

Dejaron de hacerle caso y siguieron hablando de toreros, a los que no habían visto nunca torear. Pedro se bebió un vaso y dijo adiós. Al salir, el padre le llamó:

—Dile a tu madre que ya voy para allá.

Pedro movió la barbilla y cerró los ojos, asintiendo.

La madre de Pedro estaba sentada en el escalón del umbral de la puerta. Cosía algo. Preguntó:

—¿Qué tal se os dio?

—Mal, madre.

—Traes hambre. Anda, pasa. Encima de la hornilla hay pescado. Ojo, que hay que repartirlo. ¿Has visto a tu padre?

No daba lugar a las contestaciones; hablaba rápida, andaluzamente.

—Estará tomándose sus copas. Lo mismo da sacar buen jornal que malo. Hoy de juerga, mañana de queja. Así va todo.

—Hoy han tenido suerte —comentó Pedro—; el señor Feliciano tiene ojo de gato para la pesca.

—El señor Feliciano no tiene familia que mantener como tu padre; se puede gastar lo que gane con quien le dé la gana.

—Puede que el año que viene... paco se marcha al servicio. Ha dicho que hablará con padre. En casa de Sixto...

—Los hombres debían pensar más las cosas cuando se casan. Creerá que os voy a alimentar de aire.

—Cuando Paco se marche al servicio... Me ha dicho que vaya haciendo ojo...

—Vendrá cuando quiera, claro está, y supongo que bebido.

—Me ha invitado a un pintao. Aprecia al señor Venancio. Dice que hay que hacerle mucho caso en los lances, porque sabe mucho de eso... Lo que pasa es que las playas...

Pedro miraba a través de la puerta la playa y el mar. La madre dejó un momento la labor.

—Sin comer no se puede trabajar. Anda y come algo.

Pedro seguía mirando la playa y el mar.

—Aviva, que ya te quedará tiempo para trabajar durante toda la vida.

Pedro entró lentamente en la cocina. En el rescoldo de la hornilla había un plato de porcelana desportillado con un montón de pescado. Sobre los azulejos partidos, media hogaza de pan. Cortó un trozo y mascó sin ganas. La ventana de la cocina daba a una calle de polvo y suciedad, hecha entre dos filas de casas de una sola planta. Al sol del otoño dormitaba un perro. Las moscas s agolpaban en huellas de humedad. El vecindario vertía el agua sucia en la calle. Pedro apretó dos o tres pescados sobre el pan y salió a la puerta que daba sobre la playa. Mascaba, lenta, concienzudamente. Volvió la vista a la derecha y vio a su padre, que se acercaba. Dos de los hermanos pequeños de Pedro venían cogidos de sus manos. El padre sonreía. Llegó.

—Hola, María —hablaba lentamente—; hoy hemos salido bien. Tengo una buena noticia para ti, Pedro: Feliciano ha hablado con Venancio. Hoy te vas a venir con nosotros.

Pedro apretaba el pan y el pescado fuertemente. El padre continuó:

—De prueba. Te encargarás de las farolas; es sencillo. Ya te enseñaremos.

—Ya sé, padre.

—Bueno, te enseñaremos de nuevo, aunque digas que ya sabes.

El padre entró en la casa. Los hermanos de Pedro quedaron con la madre. La madre comenzó a hablar en voz baja, rabiosamente. Dijo por fin:

—A ver si ahora te haces un zángano como los otros, Pedro.

 

Pedro no la escuchaba. Entró en la cocina, donde el padre estaba comiendo.

—¿Qué ha dicho de mí padre?

—Lo dicho, que te vienes esta noche con nosotros; que cree que te puede hacer un sitio. Ya puedes hacerlo bien...

—Pero no ha dicho nada más.

¿Qué quieres que dijera, criatura? Ha dicho lo que ha dicho y es bastante.

Pedro volvió la vista.

—Podía haber dicho algo.

Pedro dejó la cocina.

Andaba ya por la playa. Iba mirando las embarcaciones varadas. Aspiraba el olor de la brea, el de las redes puestas a secar. Se acercó a la traíña Tres Hermanos. De vez en vez mordía el pan y el pescado. Dio una vuelta en torno a ella, pasando lentamente la mano vacía por sus costados. Terminó el pan y el pescado. Se tendió al sol. La lancha daba una breve sombra de mediodía pasado.

Pedro cerró los ojos. Los abrió. Las olas acababan suavemente en la playa. Cerró los ojos y escuchó como un gruñido o como un estertor: la mar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS POZOS

 

 

—Todos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto...

Contemplaba el muro blanquiañil. Sobre los pajizos ladrillos del rodapié, la humedad había festoneado una diminuta y crepuscular serranía plomiza hasta el perfil oriniento, elevada en agujas o en llamas por los dos rincones. La faja del rodapié era rastrojo, comienzo de tierra paniega.

—... un tufo que da mal sabor de boca y que no te lo saca la cazalla.

El espectro de paisaje se borró sobre el muro. Las palabras enturbiaban la imaginación y sintió que la serranía en sombra, con el sol elevándose u ocultándose tras de ella se iba sedimentando en simples manchas de humedad. Ya no había cielo blanquiañil, ni crepúsculo, ni montaña, ni tierra de campos. Estaba sentado. Del respaldo de la silla colgaban sus pantalones y de un clavo de la puerta su chaqueta. Dobló la cintura y comenzó a frotarse suavemente las piernas, cubiertas con medias rojas. Luego se calzó las zapatillas, que habían perdido su negro azabache y parecían sucias y estaban despellejadas por las puntas.

—... un ansia de vomitar y encima amolado con las piernas. Con varices no se puede correr bien...

Por un ventanuco miraba al patio el Chato la Nava, distraído, deslumbrado por el espejeo del sol en la albura de la fachada frontera; rumorosos los oídos del monólogo de su compañero. Fumaba y expelía el humo con fuerza, dándole tiemblo de azogue a una iluminada telaraña.

—¿Tú sabes lo que es bueno, Perucho? —dijo lentamente—. Quedarse en casa. Ni ansias, ni varices, ni canguelo; sopa de ajo.

—Y me pasas una renta para vicios —añadió desabrido Perucho.

—Yo te digo lo que es bueno —volvió la cabeza hasta el punto en que su perfil fosco, tosco, morrosco, quedó recortado en el chorro de luz—. Si no lo puedes hacer te fastidias, que hay quien lo hace y engorda.

Perucho hizo un gesto de desesperanza. Se levantó de la silla. El asiento de adornos barrocos tenía un agujero en medio, con flecos de cartón.

El Chato la Nava se pasó despaciosamente una mano por las sucias barbas de dos días y se apartó del ventano.

—¿Qué piensas? —dijo Perucho.

El Chato la Nava guardó una pausa antes de responder:

—Que no huelen a muerto, Perucho, que huelen a gallinas. .

Perucho fue hacia la puerta. De su chaqueta cogió un paquete de cigarrillos. Dijo:

—Todos los ayuntamientos de pueblo huelen a muerto y las sacristías también.

El Chato la Nava tenía los faldones de la camisa por encima del pantalón.

—¿A que no te has vestido nunca en una sacristía? —preguntó Perucho.

—Yo me he vestido en muchos sitios. En todos los sitios que tú quieras.

—Pero no en una sacristía.

—En una sacristía, no; pero me he vestido en una cuadra con mulos zainos, y en un carro andando, y debajo de un puente, y en un rincón tras de una sobrecama en la plaza Mayor de un pueblo, y bajo un tendido viendo las pantorras a las mujeres, y donde tú me digas..., y en las afueras, en el campo...

—Pues las sacristías huelen a fiambre como esto. A un fiambre que se lo han llevado hace un rato. Un olor como a polvo meado, a papelotes, a ropa sucia... Yo sé lo que me digo... Como esto, como esto y que se te pega...

El matador Antonio Abanales, llamado el «Migas», estaba viendo el fundón de las espadas. Un fundón viejo que tenía repujado un nombre que no era el suyo y mostraba en la tapa de la cartera la huella rectangular de la chapa de propiedad de su antiguo dueño.

—Acaba ya —dijo el matador—. Mira que tienes gusto, mira que se te ocurren ideas...

Por el ventanuco entraba mucha luz. Del alto techo colgaba una bombilla encendida. En el fondo de la habitación estaban amontonados pupitres y bancos rotos y palos de banderas y una monstruosa cabeza de cartón y varios escudos de madera pintados de azul celeste con la Virgen descalza sobre el filo de una media luna navajera ornada de estrellas.

—Este traje me tira —afirmó Perucho después de un largo silencio— y voy a tener que descoserlo por la entrepierna.

—¿Dónde se ha ido Pepe? —preguntó el matador.

—A llenar el botijo —respondió Perucho, y continuó quejándose—: He engordado, que también perjudica a las varices. Un día tengo un disgusto...

—No puedo matar con ellos... —dijo Abanales probando los estoques—. Pero ¿a quién se le ocurre...? Son de alambre. Buscadme a Pepe... No sirven... Buscadme a ese tío...

Al Chato la Nava le llegaban los calzoncillos a las corvas. Estaba de espaldas a sus compañeros preparando su traje. Desde el omoplato derecho hasta la cintura le culebreaba una cicatriz blancuzca, con relieves de zurcimiento malo. Se volvió hacia el matador. Tenía el pecho ancho y velludo, con un lucero de canas sobre el esternón. Sostenía cuidadosamente la taleguilla entre sus manos. De sus brazos podían proliferar brazos; eran como dos ramas, largos, nudosos, fuertes y sombreadores. Las delgadas piernas, un poco zambas, parecían estar unidas de un modo artificial a los pies; pies de alpargatas y abarcas, cuerudos, aplastados, firmemente puestos sobre la tierra.

—Me estoy vistiendo —dijo el Chato la Nava. Perucho abrió la puerta y gritó:

—Pepe, venga ya...

—¿Pasa algo? —dijo acercándose un empleado del Ayuntamiento vestido de domingo y con gorra de plato gris con un galoncillo—. ¿Queréis algo?

—Tráete al mozo de espadas que ha ido a llenar el botijo.

—Estará en la taberna.

—Estará.

—¿ y si no está?

—Lo buscas. Que venga inmediatamente.

—Estará viendo el ganado.

—Estará.

Perucho cerró la puerta.

—Se me ha guardado diez duros... —dijo el matador—. Por diez cochinos duros ése es capaz de vender a su madre...

El Chato la Nava, con la taleguilla puesta, se acercó a su matador.

—Déjame —cogió uno de los estoques y lo probó contra la puerta haciendo un poco de fuerza—. No están mal, no te quejes, no son alambre, puedes matar un elefante.

—Por diez cochinos duros... —dijo d matador.

—Ten tranquilidad —habló reposadamente el Chato la Nava—. Esto se despacha en seguida.

—¿Qué hora es?

—Falta poco.

—¿Serán las cinco y cuarto?

—Por ahí.

Entró el mozo de estoques, seguido del empleado del Ayuntamiento.

—Daos prisa. El alcalde dice que hay que empezar ahora mismo, que el señor marqués se tiene que marchar a Madrid y quiere veros.

—No podemos —gritó el matador—. Han dicho a una hora y tiene que ser a esa hora.

—Siempre caerá algo, Antonio. En estas cosas es mejor...

—Me importa un pimiento el marqués.

El empleado municipal hablaba con Perucho por lo bajo. El Chato la Nava contemplaba a su matador. Pepe, el mozo de estoques, bebía del botijo.

—Siempre caerán unos duros —dijo el Chato la Nava—. Media hora más, media hora menos...

—¿Qué hora es? —preguntó el matador.

—Casi la hora de salir.

—Daos prisa —dijo el matador.

Terminaron de vestirse. El mozo de estoques había salido con el esportón de los trastos.

—jVamos ya! —dijo el matador.

Los dos peones le dejaron pasar. El empleado del Ayuntamiento salió el último. Los carros que formaban la plaza estaban atestados de gente. En el balcón del Ayuntamiento se sentaban el alcalde y el señor marqués. Una mujer con toquilla les ofreció unos vasos de limonada en una bandeja.

Los tres toreros caminaban entre los mozos que ocupaban el círculo arenado.

—A ver cómo lo hacéis... A ver si os arrimáis... A ver si los matáis bien, que son buen ganado... A ver...

Los toreros se colocaron frente al Ayuntamiento.

—¿ La música? —preguntó el matador.

—Ahora va —dijo d empleado del Ayuntamiento, que les había seguido.

Los mozos despejaron el círculo subiéndose a los carros. Gritaban. Sonó un tamboril, y luego las notas agridulcillas de dos dulzainas comenzaron un pasacaIle.

Los toreros iniciaron el paseíllo.

De la leve capa de arena del suelo de la fiesta emergía el empedrado cotidiano: reticulados caparazones, serpentinas formas escamadas, adoquines grises, verdinegros y anaranjados.

—Me lo quitáis de encima, ¿eh? —dijo el matador. Saludaron a la presidencia.

Lentamente fueron al burladero grande. La torre de la iglesia daba sombra a la plaza.

 

—Me lo quitáis de encima, ¿eh? —repitió el matador.

—Tú, tranquilo —respondió el Chato la Nava.

Se hizo silencio. En el silencio estaban los tres solos.

Desde el brocal de talanqueras y carros les contemplaba el pueblo entero.

—Tranquilos —dijo el Chato la Nava—. Tranquilos.

Cuando salió el toro, viejo y negro, el pozo se fue llenando de su sombra.

—Tranquilos —repitió el Chato la Nava—. Tranquilos.

La gente gritaba pidiendo que abandonaran el burladero. El Chato la Nava miró a los compañeros.

—Tranquilos -dijo.

Y salió. En el brocal se hizo un silencio de campo.

1963

 

 

 

 

 

 

 

 

EL APRENDIZ DE COBRADOR

 

En julio, señores, siendo cobrador en un tranvía, cuesta sonreír.

En julio se suda demasiado; la badana de la gorra comprime la cabeza; las sienes se hacen membranosas; pica el cogote y el pelo se pone como gelatina. Hay que dejar a un lado, por higiene y comodidad, el reglamento; desabotonando el uniforme, liando al cuello un pañuelo para no manchar la camisa, echando hacia atrás, campechanamente, la gorra.

En julio las calles son blancas y cegadoras como platos, o negras y frescas como cuevas. En las que el sol y a sombra juegan su dominó, parece que se mueve una vaca, gorda e hinchada, como las que se encuentran muertas de carbunco en las canteras abandonadas.

Cuando el tranvía entra en una calle recién regada, sobre la que cae el sol rabiosamente, se levanta un vaho sofocante que enturbia los ojos y deja en la boca un sabor agrio. En las primeras horas de la tarde los viajeros se ven como si se delirase y el cobrador está desmadejado, sin ganas de tenerse en pie. Los tranvías amarillos de los barrios lejanos, populares y ardientes, pasan asemejándose a tremendos insectos, a los que gustaría, con una mano gigante, sacar de su ruta viva y zoológica, por la que andan a saltos, y tumbarlos panza arriba, mientras las ruedas se les agitan inútilmente.

En julio es precisamente el tiempo en que a los viejos cobradores suelen darles el delicado, docente y aburrido encargo de enseñar al que no sabe; esto es, mostrar a los aspirantes a tranviarios cómo se debe cobrar rápida y educadamente. Los aspirantes son gentes tímidas, de dedos gruesos y torpes, que cortan los billetes por los números, sonríen tontamente y no saben hacer los cartuchos de calderilla con prontitud y elegancia. Los aspirantes son los únicos que en el verano sonríen en los tranvías.

Leocadio Varela es un muchacho de Canillejas que acaba de llegar de Almería, donde ha servido a la Patria dos años y ha adelgazado siete kilos. Leocadio es hijo de tranviario, tiene el cuello de lápiz; los ojos, overos; los pies, planos; la facha, desgarbada; un bigote primerizo y pardo, que parece —ustedes perdonarán la comparación— lo que dejan de sí las moscas en las bombillas, y una novia muy bonita en Barajas que se viste de colorado los domingos y sabe bellas canciones, que canta mientras se dedica a sus labores. Leocadio Varela, aprendiz de cobrador, está enamorado de ella hasta el hueso viscar.

Prohibido fumar. Prohibido escupir. No está el cartel de prohibido orinar. Un niño intenta humedecer la falda de su madre y algo le llega a un caballero de negro que está sentado junto a ellos. Leocadio suda y sonríe; tan alto parece un cirio con churretones. El tranvía pasa cercano a un mercado y le llega un hedor, repugnante y sensual, de fruta y carne, de pescado y embalajes a la nariz, que le aletea como si se le fuera a volar.

—¿Dos?

—Sí, dos.

Leocadio imagina que ya está casado, que tiene dos hijos, chico y chica; que los días de fiesta come en casa de sus suegros; que las vísperas ha ido al cine con su mujer y se han divertido; que de vuelta han encargado un muchacho, porque todavía están muy enamorados. Las conversaciones de los viajeros no le distraen. «Tienes que comprarte una camisa, Paco, en cuanto cobres.» «Mañana torea en Vista Alegre el chico de Municio.» «Debes ir al médico, esa tos suena mal.»

—Hasta final de trayecto.

—Sesenta de vuelta.

—¿Sabe usted por dónde cae el bar Campanita?

—Pues debe de caer pasado el puente.

—Gracias.

—No hay de qué.

El tranvía va despacio. Da tiempo a leer los letreros de las tiendas. «Confitería La Inconquistable», «Mercería La Violeta», «Zapatería El zapato de Oro». Después, un título exótico anunciando una taberna: «Mexicán». Leocadio recuerda las canciones de su novia. Piensa que ella, con la madera que tiene, educándola un poco, podría ser una gran artista y ganar mucho dinero. Pero no; entonces ya no le querría, porque a las mujeres se les sube la fama a la cabeza y ya no quieren a los de su clase, prefiriendo a la gente que viste bien, come bien, duerme bien y lo hace todo bien. El cobrador viejo le llama.

—Varela.

—¿Diga usted?

—En la próxima nos alcanza el inspector. Avisa al conductor que traemos pegado al setenta.

—Sí, señor.

Leocadio va hacia el conductor.

—Que traemos pegado al setenta.

—Ya lo sé.

Leocadio aprieta el dedo en la esponjilla de la correa como si pulsara un botón.

—¿Usted?

—Ya llevo.

—¿Usted?

El que va en el estribo haciendo equilibrios le alarga cuarenta céntimos y hace un chiste:

—Lo que sobre, para el bote.

El aprendiz de cobrador cree estar ingenioso contestando:

—Gracias.

El puente.

El Manzanares no es un río; es una carretera encharcada y llena de hierbas.

Una lata brilla, asomando la sierrecilla de la tapa. Sube el inspector, que es pequeño y grueso, serio y mostrenco.

Parece una chinche.

—¡A ver, Varela!

Hace puntos y rayas en un estadillo.12 Luego saca la tenaza taladradora y empieza a pedir los billetes. Cuando acaba se dirige al cobrador viejo:

—¿Qué tal éste?

—Bien, aunque algo lento.

—Ya aprenderá. Hasta luego.

—Hasta luego.

La serie de combinaciones que tiene que hacer Leocadio para llegar a su casa le llevan cosa de hora y cuarto. Primero hasta Atocha;después hasta Ventas;14 por fin, Canillejas. Le ha tocado el servicio más lejano, pero ya se arreglará. En Canillejas empieza a subir gente conocida; él, además, charla con el cobrador, que le conoce desde niño.

—¿Qué tal, Leocadio?

—Pues por ahora bien.

—Ya irás acostumbrándote —le dice con aire sabio. —Sí; ya me acostumbraré.

Hay un burbujear de risas en la parada del tranvía y suben tres muchachas acompañadas de dos pollos. Hablan alto y se ríen por nada. Cuentan tonterías.

Leocadio se acerca a ellos:

—¡Cuánto bueno por aquí! ¿Qué hay, Felisa?

Todos gritan y se echan a reír. Uno de los acompañantes le palmea la espalda. A pesar de que el calor es insoportable o poco menos, va muy fardado de azul marino, con una corbata irritante de colorines, repeinado y con playeras.

—¡Hombre!, Leocadio, te echábamos de menos. A la «Feli» la hemos puesto en medio en el cine, para que no digas.

El aprendiz de cobrador se ruboriza un poco, pero ya está en su barrio y vuelve a ser el de siempre:

—¡Como está mandado!

—Y qué, ¿se te da bien el oficio?

—Pues no se me da mal.

—Y ¿qué te parece que lo celebremos un poco en casa de Cabezota antes de irnos a dormir y que la «Feli» nos cante algo?

—Por mí... —responde encogiendo los hombros. Las muchachas intervienen:

—Pero se nos va a hacer tarde.

El pollo que lleva la voz cantante guasea y decide a todos:

—¡Que se nos haga, que hoy tenemos que celebrarlo! Y vuelven a las risas y a los achuchones, salvajes y amorosos.

Bajan en casa de Cabezota.

—Unos «vermutes para las mujeres. A los machos, vino.

La Felisa se aparta con Leocadio. Mimosa, baja la vista.

—Leocadio: te quiero, ¿sabes?

—¡Y yo a ti!

—Leocadio: ¿cuánto?

—Pues como un millón o tal vez más.

—Leocadio: ¿vas a ser formal?

—Muy formal, «chati».

—Bueno. Y ¿no te emborracharás?

—No me emborracharé.

—¿Me lo prometes?

—Sí, mujer...

Los del grupo se acercan. El mandamás, volviéndose, dice:

—Mirad a los tórtolos. Ya tendréis tiempo, hombre, que la vida es larga.

Una de las chicas se ríe pícara y secretera. —Cuenticos a la oreja no valen una lenteja.

El que dirige pide otra ronda, fingiendo gesto señoril: —Repite y buenas tapas.

Luego, a la Felisa:

—Cántanos algo. No te hagas de rogar.

—Pero si yo...

Leocadio la lanza.

—Anda, «Feli»; canta «Guadalajara en un llano...».

—Como queráis...

Y la Felisa canta con mucho sentimiento y bastante desgarro.

Reclaman más vino. En la taberna hay un silencio expectante. Dos viejos, sentados en un rincón, comentan:

—La chica tiene buena voz.

El otro, con los ojillos saltarines, se ha fijado en el tipo. —Y está muy bien; podría ser artista.

Va pasando el tiempo. El grupo alborota para marcharse. Pagan y se van.

A la salida cada pareja coge un camino. Leocadio acompaña a Felisa por la carretera de Barajas. Los olivos tintan el campo de sombras. Hay un aroma honrado de cereales, de cardos, de hierba seca. La Felisa y su novio encienden con sus pisadas los rastrojos. Canta lejano un sapo de la vera del camino. Leocadio siente un escalofrío por el vientre.

Sopla un airecillo de briznas. La Felisa tiene los ojos negros y dorados, como los élitros de los escarabajos. Se sientan...

A la mañana siguiente Leocadio no sonríe en el tranvía. Está lleno de preocupaciones. El calor le atosiga. Los dedos le responden seguros cuando corta los billetes.

Apenas hace caso del profesor, que le dice para término de sus lecciones:

—Varela: tú ya sabes; pegado a la hoja, que ese es el único consejero que llevas.

Julio exprime cera sobre la ciudad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA DESPEDIDA

 

A través de los cristales de la puerta del departamento y de la ventana del pasillo, el cinemático paisaje era una superficie en la que no penetraba la mirada; la velocidad hacía simple perspectiva de la hondura. Los amarillos de las tierras paniegas, los grises del gredal y el almagre de los campos lineados por el verdor acuoso de las viñas se sucedían monótonos como un traqueteo.

En la siestona tarde de verano, los viajeros apenas intercambiaban desganadamente suspensivos retazos de frases.

Daba el sol en la ventanilla del departamento y estaba bajada la cortina de hule.

El son de la marcha desmenuzaba y aglutinaba el tiempo; era un reloj y una salmodia. Los viajeros se contemplaban mutuamente sin curiosidad y el cansino aburrimiento del viaje les ausentaba de su casual relación. Sus movimientos eran casi impúdicamente familiares, pero en ellos había hermetismo y lejanía.

Cuando fue disminuyendo la velocidad del tren, la joven sentada junto a la ventanilla, en el sentido de la marcha, se levantó y alisó su falda y ajustó su faja con un rápido movimiento de las manos, balanceándose, y después se atusó el pelo de recién despertada, alborotado, mate y espartoso.

—¿Qué estación es ésta, tía? —preguntó.

Uno de los tres hombres del departamento le respondió antes que la mujer sentada frente a ella tuviera tiempo de contestar.

—¿Hay cantina?

—No, señorita. En la próxima.

La joven hizo un mohín, que podía ser de disgusto o simplemente un reflejo de coquetería, porque inmediatamente sonrió al hombre que le había informado. La mujer mayor desaprobó la sonrisa llevándose la mano derecha a su roja, casi cárdena, pechuga, y su papada se redondeó al mismo tiempo que sus labios se afinaban y entornaba los párpados de largas y pegoteadas pestañas.

—¿Tiene usted sed? ¿Quiere beber un traguillo de vino? —preguntó el hombre.

—Te sofocará —dijo la mujer mayor— y no te quitará la sed.

—¡Quiá!, señora. El vino, a pocos, es bueno.

El hombre descolgó su bota del portamaletas y se la ofreció a la joven.

—Tenga cuidado de no mancharse —advirtió.

La mujer mayor revolvió en su bolso y sacó un pañuelo grande como una servilleta.

—Ponte esto —ordenó—. Puedes echar a perder el vestido.

Los tres hombres del departamento contemplaron a la muchacha bebiendo. Los tres sonreían picara y bobamente; los tres tenían sus manos grandes de campesinos posadas, mineral e insolidariamente, sobre las rodillas. Su expectación era teatral, como si de pronto fuera

a ocurrir algo previsto como muy gracioso. Pero nada sucedió y la joven se enjugó una gota que le corría por la barbilla a punto de precipitarse ladera abajo en su garganta hacia las lindes del verano, marcadas en su pecho por una pálida cenefa ribeteando el escote y contrastando con el tono tabaco de la piel soleada.

Se disponían los hombres a beber con respeto y ceremonia, cuando el traqueteo del tren se hizo más violento y los calderones de las melodías de la marcha más amplios. El dueño de la bota la sostuvo cuidadosamente, como si en ella hubiera vida animal, y la apretó con delicadeza, cariciosamente.

—Ya estamos —dijo.

—¿Cuánto para aquí? —preguntó la mujer mayor.

—Bajarán mercancía y no se sabe. La parada es de tres minutos.

—¡Qué calor! —se quejó la mujer mayor, dándose aire con una revista cinematográfica—. ¡Qué calor y qué asientos! Del tren a la cama...

—Antes era peor —explicó el hombre sentado junto a la puerta—. Antes, los asientos eran de madera y se revenía el pintado. Antes echaba uno hasta la capital cuatro horas largas, si no traía retraso. Antes, igual no encontraba usted asiento y tenía que ir en el pasillo con los cestos. Ya han cambiado las cosas, gracias a Dios. Y en la guerra... En la guerra tenía que haber visto usted este tren. A cada legua le daban el parón y todo el mundo abajo. En la guerra...

Se quedó un instante suspenso. Sonaron los frenos del tren y fue como un encontronazo.

—¡Vaya calor! —dijo la mujer mayor.

—Ahora se puede beber —afirmó el hombre de la bota.

—Traiga usted —dijo, suave y rogativamente, el que había hablado de la guerra—. Hay que quitarse el hollín. ¿No quiere usted, señora? —ofreció a la mujer mayor.

—No, gracias. No estoy acostumbrada.

—A esto se acostumbra uno pronto.

La mujer mayor frunció el entrecejo y se dirigió en un susurro a la joven; el susurro coloquial tenía un punto de menosprecio para los hombres del departamento al establecer aquella marginal intimidad. Los hombres se habían pasado la bota, habían bebido juntos y se habían vinculado momentáneamente. Hablaban de cómo venía el campo y en sus palabras se traslucía la esperanza. La mujer mayor volvió a darse aire con la revista cinematográfica.

—Ya te lo dije que deberíamos haber traído un poco de fruta —dijo la joven—. Mira que insistió Encarna; pero tú, con tus manías... En la próxima, hay cantina, tía.

—Ya lo he oído.

La pintura de los labios de la mujer mayor se había apagado y extendido fuera del perfil de la boca. Sus brazos no cubrían la ancha mancha de sudor axilar, aureolada del destinte de la blusa.

La joven levantó la cortina de hule. El edificio de la estación era viejo y tenía un abandono triste y cuartelero. En su sucia fachada nacía, como un borbotón de colores, una ventana florida de macetas y de botes con plantas. De los aleros del pardo tejado colgaba un encaje de madera, ceniciento, roto y flecoso. A un lado estaban los retretes, y al otro, un tingladillo que servía para almacenar las mercancías. El jefe de estación se paseaba por el andén; dominaba y tutelaba como un gallo, y su quepis rojo era una cresta irritada entre las gorras, las boinas y los pañuelos negros.

El pueblo estaba retirado de la estación, a cuatrocientos o quinientos metros. El pueblo era un sarro que manchaba la tierra y se extendía destartalado hasta el leve henchimiento de una colina. La torre de la iglesia —una ruina erguida, una desesperada permanencia— amenazaba al cielo con su muñón. El camino calcinado, vacío y como inútil hasta el confín de azogue, atropaba las soledades de los campos.

Los ocupantes del departamento volvieron las cabezas. Forcejeaba, jadeante, un hombre en la puerta. El jadeo se intensificó. Dos de los hombres del departamento le ayudaron a pasar la cesta y la maleta de cartón atada con una cuerda. El hombre se apoyó en el marco y contempló a los viajeros. Tenía una mirada lenta, reflexiva, rastreadora. Sus ojos, húmedos y negros como limacos, llegaron hasta su cesta y su maleta, colocadas en la redecilla del portamaletas, y descendieron a los rostros y a la espera, antes de que hablara. Luego se quitó la gorrilla y sacudió con la mano desocupada su blusa.

—Salud les dé Dios —dijo, e hizo una pausa—. Ya no está uno con la edad para andar en viajes.

Pidió permiso para acercarse a la ventanilla y todos encogieron las piernas. La mujer mayor suspiró protestativamente y al acomodarse se estiró buchona.

—Perdone la señora.

Bajo la ventanilla, en el andén, estaba una anciana acurrucada, en desazonada atención. Su rostro era apenas un confuso burilado de arrugas que borroneaba las facciones, unos ojos punzantes y unas aleteadoras manos descarnadas.

—¡María! —gritó el hombre—. Ya está todo en su lugar.

—Siéntate, Juan, siéntate —la mujer voló una mano hasta la frente para arreglarse el pañuelo, para palpar el sudor del sofoco, para domesticar un pensamiento—. Siéntate, hombre.

—No va a salir todavía.

—No te conviene estar de pie.

—Aún puedo. Tú eres la que debías...

—Cuando se vaya...

—En cuanto llegue iré a ver a don Cándido. Si mañana me dan plaza, mejor.

—Que haga lo posible. Dile todo, no dejes de decírselo.

—Bueno, mujer.

—Siéntate, Juan.

—Falta que descarguen. Cuando veas al hijo de Manuel le dices que le diga a su padre que estoy en la ciudad. No le cuentes por qué.

—Ya se enterará.

—Cuídate mucho, María. Come.

—No te preocupes. Ahora, siéntate. Escríbeme con lo que te digan. Ya me leerán la carta.

—Lo haré, lo haré. Ya verás cómo todo saldrá bien.

El hombre y la mujer se miraron en silencio. La mujer se cubrió el rostro con las manos. Pitó la locomotora. Sonó la campana de la estación. El ruido de los frenos al aflojarse pareció extender el tren, desperezarlo antes de emprender la marcha.

—¡No llores, María! —gritó el hombre—. Todo saldrá bien.

—Siéntate, Juan —dijo la mujer, confundida por sus lágrimas—. Siéntate, Juan —y en los quiebros de su voz había ternura, amor, miedo y soledad.

El tren se puso en marcha. Las manos de la mujer revolotearon en la despedida. Las arrugas y el llanto habían terminado de borrar las facciones.

—Adiós, María.

Las manos de la mujer respondían al adiós y todo lo demás era reconcentrado silencio. El hombre se volvió. El tren rebasó el tingladillo del almacén y entró en los campos.

—Siéntese aquí, abuelo —dijo el hombre de la bota, levantándose.

La mujer mayor estiró las piernas. La joven bajó la cortina de hule. El hombre que había hablado de la guerra sacó una petaca oscura, grande, hinchada y suave como una ubre.

—Tome usted, abuelo.

La mujer mayor se abanicó de nuevo con la revista cinematográfica y preguntó con inseguridad:

—¿Las cosechas son buenas este año?

El hombre que no había hablado a las mujeres, que solamente había participado de la invitación al vino y de las hablas del campo, miró fijamente al anciano, y su mirada era solidaria y amiga. La joven decidió los prólogos de la intimidad compartida.

—¿Va usted a que le operen?

Entonces el anciano bebió de la bota, aceptó el tabaco y comenzó a contar. Sus palabras acompañaban a los campos.

—La enfermedad..., la labor..., la tierra..., la falta de dinero...; la enfermedad..., la labor..., la tierra...; la enfermedad..., la labor..., la enfermedad... La primera vez, la primera vez que María y yo nos separamos...

Sus años se sucedían monótonos como un traqueteo.

 

 

 

 

 

 

 

 

EPITAFIO DE UN BOXEADOR

 

Nosotros, sus agradecidos contrarios, erigimos esta

estatua a Apis, un boxeador considerado, que ni

cuando nos fajábamos nos hacía daño.

Lucilius, Epitafio de un boxeador

 

Pasaban las nubes de tormenta con su gorgojo tronador dentro; pasaban sobre el cementerio, agrio y cuaresmal de luz morada. Altos cipreses, hemiciclos mortuorios, taxis en la avenida, un fulgor diamantino en los lejos del sudoeste, urdimbres de coronas pudriéndose, colgado como trapos viejos de las ventanas de los muertos y de las cruces de los panteones.

Los acompañantes formaban un grupo friolero contemplando el trabajo de los enterradores. Eran pocos y se hablaban en voz baja.

Abrieron el ataúd antes de meterlo en el nicho. Las monjas del hospital no habían logrado cruzar piadosamente las manos del excampeón, que conservaba la guardia cambiada con el brazo derecho caído según su estilo. Eso le quedaba. Todo lo demás fue miseria hasta su muerte, y la Federación pagó el entierro.

Un periodista joven tuvo que ser reconvenido por su director. Había escrito: «Cuando abrieron la caja, el excampeón parecía totalmente K.O.».

Los muertos deben ser respetados, pero era un buen epitafio.

 

Neutral Corner (1962), Madrid, Santillana/Alfaguara, 1996, cap. 13.

 

 

 

YOUNG SÁNCHEZ

 

 

 

A Manuel Alcántara

Del este al oeste, por toda la ciudad se oye un solo grito: el punte de Londres se ha caído y…

John L. Sullivan ha puesto k.o. a Jake Kilrain

VACHEL LINDSAY

 

 

1

 

Dejó el trozo de peine en uno de los ángulos del pequeño lavabo metálico con vaso en forma de cacerola. Con las palmas de las manos se planchó el pelo hacia la nuca. Silbaba. No se molestó en limpiar el peine; lo dejó donde lo había encontrado, junto al grifo, que daba un hilo de agua y no se podía cerrar. Orinó en el sumidero de la ducha. Recogió su reloj de pulsera de las cabillas del grifo, que tenía cortada la tubería de conducción. Distraído tocó ligeramente la lengua de jabón, áspero y azul, que resbaló, y unos instantes estuvo barqueando por el fondo del lavabo. Con el pañuelo se secó la melenilla. Se ahuecó en torno del cogote el cuello de la camisa, húmedo, gastado, seboso.

 

El cuarto olía a cañería de desagüe.

 

Desazogado estaba el espejo. Se le difuminaba el rostro en la neblina del cristal. Buscando dónde mirarse se alzó de puntillas. Movió la cabeza con repente de escalofrío para desorganizar de un modo natural el cuidadoso peinado. Un mechón se le desprendió. Tenía la camisa abierta, y hundiendo la barbilla en el pecho, conteniendo la respiración, miró. Y remiró entre cejas para ver el efecto en el espejo.

 

El cuarto olía a pared mohosa y a toalla siempre empapada y sucia.

 

Le gustaba llevar el cuello de la camisa sin doblar. Le gustaba tener el pelo largo. Le gustaba mostrar el tórax por la camisa, abierta hasta el peto del mono. Le gustaba que un mechón le velase parte de la frente. Detalles de personalidad, pensó. Y se sintió seguro.

 

Un momento se fijó en el párpado que le cubría blando, fresco y brillante como la clara de un huevo, el ojo derecho. Se recogió las mangas de la camisa muy altas, por encima de los bíceps. Una izquierda de camelo, pensó, una entrada de suerte. Se dio saliva en la ceja del ojo lastimado, peinándola, y salió.

 

El cuarto era como una axila del sótano y sabía salado, agrio y dulzarrón.

 

Silbaba. Hacían salón dos ligeros. Penduleaba tan levemente el abandonado saco que sólo en su sombra se percibía. El puching era como un avispero, lo había pensado muchas veces. La mesa de masaje tenía la huella de un cuerpo, hecho con muchos cuerpos. Sobre el ring colgaba una bombilla de pocas bujías. El suelo era de tarima; debía de haber ratas de seis onzas bajo las tablas. Encajó el puño derecho en el cuenco de la mano izquierda y se fue acercando al ring.

 

Una lona en el suelo y cuatro postes sosteniendo doce sogas forradas. Oía el chasquido de los guantes golpeando. Los guantes viejos suenan más que los nuevos. Los guantes viejos a veces cortan como navajas de afeitar, a veces levantan la piel como navajas desafiladas. Los guantes viejos infectan los cortes o hacen que en los rasponazos de la piel surjan puntitos de pus.

 

Ya no silbaba. Los dos ligeros se rajaban una y otra vez. Oía las advertencias acostumbradas: “Esa derecha, esa derecha… Sal de cuerdas… Esa guardia, levántala… Sal de cuerdas… Boxea”. El maestro se aburría. Se aburrían todos los que contemplaban el asalto. Sin embargo, en el ring uno tenía miedo. Uno tenía ganas de dejarlo y esperaba que la voz, sin cambiar el tono, diese por finalizada la pelea. “Cúbrete”, dijo el maestro. Pero la palabra no llegó a ninguno de los dos contendientes, que jadeaban entrelazados, empujándose. “Cúbrete al salir”, dijo el maestro. Pero cuando salieron, los dos se separaron sin tocarse. Entonces el maestro dijo: “Basta”. Y a los dos se les cayeron las manos pesadamente a lo largo del cuerpo.

 

Se lo sabía bien. Ahora diría alguien: “¿Hacemos un asalto nosotros? ¿Quiénes? Nosotros; Juan y yo, o el Conca y yo”. Otra callejera con miedo. Otra payasada. Uno que estaba apoyado en la pared contemplando despreciativamente la pelea fue hacia el saco. Pensó que aquel sí podría ser boxeador; los demás, no. A los demás los conocía bien. Cinco meses de gimnasio bastaban para cada uno. Sabía cómo presumían en las tabernas del barrio, en los talleres, en los bailes del domingo. Se los imaginaba amagando un golpe a un compañero: “Te doy así…”.

 

El maestro se acercó cansadamente.

 

–Estás flojo de piernas.

 

–Ya.

 

–No te descuides.

 

–Ya.

 

–Te veo sin muchas ganas.

 

–No, tengo ganas. Es el turno de noche. Cuando acabe volveré a estar bien.

 

–Bueno.

 

El maestro andaba algo encorvado. Si subiera las manos cubriéndose podía parecer que estaba en el ring. Había sido un buen boxeador. Nada demasiado importante, pero había peleado en París, en Londres… Fue a la Argentina… Había sido figura. Se defendía dando clase de gimnasia en dos colegios de frailes y con el gimnasio. Era un buen hombre, un poco amargado porque la gente de su gimnasio no tenía suerte. Les robaban las peleas… No, no las robaban… En el gimnasio apenas había gente que valiera la pena.

 

Oyó su nombre.

 

–Paco, ponle chicha a ese ojo.

 

Risas de compromiso. Contestó con una brutalidad.

 

Se volvió de espaldas. Se acercó al que estaba golpeando el saco.

 

–¿Sales el domingo?

 

Esperó la respuesta. El que golpeaba el saco respiraba sonoramente cada vez que pegaba.

 

–¿Con quién te toca, Ruiz?

 

Ruiz hacía profundas aspiraciones y luego iba expulsando el aire como si se sonase. Dio cinco golpes con el puño izquierdo.

 

–Si es el de la Fiero, tienes que tener cuidado con su izquierda. Da duro.

 

Uno, dos. Ruiz se apartó y alzó los brazos respirando hondo y dejando escapar el aire por la boca. Tenía la camiseta sucia: llevaba un pantalón de fútbol; calzaba alpargatas y calcetines con grises soletas[1].

 

–Si sales puedo dejarte la bata.

 

Ruiz hizo un signo afirmativo. Paco guardó silencio. Pensó que aquel muchacho que salía al ring  con todo prestado: las zapatillas, los calzones y la camiseta; con una toalla amarilla, que era lo único suyo, por los hombros. Pensó que en el gimnasio había más de uno que tenía dos pares de zapatillas, una de entrenamiento y otras para cuando alguna vez se decidiera a salir en un matinal de Price[2]. Los de dos pares de zapatillas era difícil, muy difícil, que se decidieran a enfrentarse con un muchacho al que no conocían, durante diez minutos. Los de dos pares de zapatillas, dos calzones y camisetas con los colores del gimnasio era improbable que tuvieran verdadera afición al boxeo. Eran boxeadores para las novias y los tontos del barrio. Le dejaría la bata –un trofeo ganado en cinco combates– a Ruiz, que era un muchacho que se lo merecía.

 

–La cuidaré –dijo Ruiz.

 

–Si quieres salgo de segundo.

 

–Me lo ha pedido uno de esos –aclaró Ruiz señalando a los que charlaban junto alring.

 

–Esos están para dar la botella.

 

Paco sonrió. Ni para dar la botella, pensó; se ponen nerviosos cuando la gente les mira o les gusta una broma. Pero les gusta estar cerca de la sangre. Después de los combates aconsejan al derrotado o celebran un gancho gesticulando.

 

–El domingo puedo ganar. Ya le he visto a la de la Ferro. No tiene piernas –dijo Ruiz.

 

A Paco le pesaba el párpado y se lo tocó suavemente con la punta d elos dedos.

 

–¿Duele? –preguntó Ruiz.

 

–No.

 

–No es de golpe.

 

–No. El dedo. Ése boxea todavía con las manos abiertas.

 

Ruiz volvió a golpear el saco. Paco se despidió y caminó hacia la puerta. Al pasar al lado de los colgadores cogió su chaqueta y se la puso sobre los hombros. Salió. Uno de los chicos del gimnasio salió con él. Comenzó a hablarle mientras subían las escaleras del sótano. Le hablaba con una confianza respetuosa. Paco silbaba.

 

–¿Tú crees que me sacarán alguna vez? –preguntó el muchacho.

 

–Claro, hombre.

 

–¿Tú crees que estoy preparado?

 

–Necesitas más tiempo. El año que viene seguro… No tengas prisa.

 

Continuó silbando en bajo. El muchacho comenzó a hablarle de sus esperanzas.

 

–Si tuviera suerte de aficionado, puede que me pudiera hacer profesional.

 

–¿Dónde trabajas? –dijo de pronto Paco.

 

Notó que el muchacho se azoraba.

 

–En un comercio –respondió el muchacho.

 

–¿En un comercio? –se extraño Paco–. Entonces…

 

Paco pensaba que trabajando en un comercio no se podía ser boxeador…

 

–Pero voy a dejarlo…

 

Paco sonrió pensando que aquel muchacho bailaría muy bien, que aquel muchacho debía haber tenido ya unas cuantas novias con las que seguramente había paseado buscando los oscuros de las calles cuando las acompañaba a sus casas; que había paseado con ellas muy apoyado, a pasitos cortos y chulones, diciéndoles cosas que las hacían respirar entrecortadamente.

 

Llegaron a la boca del Metro. El muchacho se adelantó a sacar los billetes. Paco le dejó hacer. Después se separaron; iban en direcciones opuestas.

 

El andén estaba solitario.

 

En un comercio, pensó Paco, los días de invierno debe estar muy caliente y en los de verano muy fresco.

 

Estaba en el extremo derecho del andén. El ruido del tren crecía. Paco no se retiró cuando llegó, y aguantó al borde mientras le poseía una sensación de atropello.

 

 

 

2

 

De todas maneras tenía que engrasarla antes de que apareciera el jefe del taller. El jefe de taller llevaba chaqueta y pantalones azules. Y corbata negra. Asomaban por el bolsillo superior de su chaqueta el capuchón de una estilográfica., la contera de un lápiz, el alambre espiral de un bloc pequeño. Lo primero que se veía del jefe de taller cuando se estaba engrasando la máquina eran sus zapatos de color. Cuando se veían los zapatos se oía su voz, porque el jefe de taller no hablaba hasta que el obrero volvía la cabeza para ver sus zapatos. Su voz caía sobre los hombros del obrero y pesaba.

 

Paco se arrodilló en el portland [3]. Le entró frío. Un frío que le ascendió hasta el estómago vacío. Hacía cuatro horas que había cenado. Tenía un bocadillo en el bolsillo de la chaqueta, que pensaba comer cuando acabara de engrasar la máquina. En el turno de noche, no sabía por qué, siempre pasaba hambre. Comería el bocadillo y, al amanecer, ya cercano el relevo, sentiría náuseas. Náuseas que desaparecerían con sólo comer. “La noche del hambre”, pensó Paco, y se puso al trabajo. Cuando vio los zapatos del jefe de taller estaba terminado. Alzó los ojos y recorrió todo su cuerpo hasta la barbilla prominente. Al jefe del taller le caían las gafas sobre la punta de la nariz.

 

–Esto ya está –dijo Paco.

 

No obtuvo respuesta.

 

–Si usted quiere –dijo Paco–, paso a echarles una mano a los del grupo.

 

El jefe del taller preguntó:

 

–¿Ese ojo?

 

–Entrenándome.

 

–¿Cuándo boxeas otra vez?

 

–Dentro de dos semanas.

 

–¿Cuándo empiezas a ganar dinero?

 

–Dentro de dos semanas. Es mi primero como profesional.

 

–Bueno, hombre.

 

–No es en Madrid; si no le daría de las entradas que nos suelen dar a los boxeadores.

 

–Bueno, hombre. Muchas gracias. ¿Dónde boxeas?

 

–En Valencia.

 

–Pues que tengas suerte.

 

El jefe del taller hizo una pausa, luego dijo:

 

–Vete a echarles una mano a los del grupo.

 

–Sí, señor.

 

En el grupo viejo trabajaban dos obreros. Paco estuvo viéndoles trabajar en tanto se comía el bocadillo. Uno de los obreros era alto, delgado y amarillo. Moqueaba continuamente y se pasaba el dorso de la mano izquierda, libre de herramienta, por la nariz. El otro era de mediana estatura, con un pelo rizoso y empastado. Llevaba patillas en punta. Discutía con su compañero, daba órdenes, cantaba. Paco terminó el bocadillo y cogió el botijo de color muerto, con la huella de grasa de una mano grande en su panza, y bebió. El estómago acusó el trago de borborigmos[4]. Se dio unas palmadas en el vientre que sonaron como golpes en un tambor con el parche roto.

 

–¿Cómo va eso? –preguntó Paco.

 

El obrero alto, delgado y amarillo no llegó a tiempo de explicar cómo iba el trabajo, porque era tartamudo y su compañero se le adelantó. Se limitó a pasarse la mano por la nariz.

 

–Hay que echar un año, figura, para arreglar esto. Pero tú ves…

 

Paco se acuclilló junto al grupo. El obrero que le había llamado figura tenía un color de vino clarete en la cara.

 

–Nos hemos metido en un tango que verás.

 

Paco meditaba produciendo trinos de después de comer con la lengua y los dientes. Torcía la boca. Dijo:

 

–Se acaba hoy, Tanis. Está listo para el turno.

 

Tanis se incorporó.

 

–Vamos a verlo, figura.

 

De pronto se asombró espectacularmente.

 

–¿Quién te ha puesto persiana en ese tragaluz, chacho? ¿Estabas dormido? No nos desacredites. Al que te ha dado hay que ponerlo en la Prensa.

 

Paco sonrió.

 

–Dime quién ha sido, que ficho por él –dijo Tanis–, y Pedrito también, ¿verdad?

 

–Sí –silbó Pedrito el tartamudo e hizo ruidos con la nariz.

 

–Poca cosa –dijo Paco–, ni sostiene por los guantes. Los que pasan miedo y no saben boxear, de vez en cuando, volviendo la cabeza, meten las manos y te dan; es un chaval que está empezando.

 

Paco pidió una llave inglesa a Pedrito. Tanis fumaba un cigarrillo Peninsular. Guardaba dos Bisontes para la salida. Uno para él, otro para el jefe del taller, al que se lo daría al pasar si no estaba fumando y estaba en la puerta del pabellón: “Señor Luis, ¿un pito?”. A los jefes hay que darles su faena, decía siempre Tanis. Lo decía tan convencido que a Paco ni siquiera le indignaba y a los de la cuadrillo del turno les traía sin cuidado. No se lo reprochaban.

 

–En el primer combate –dijo Tanis– tienes que ganar por k.o.: un primer combate de profesional no vale a los puntos.

 

Tanis estaba apoyado en la ventana: su silueta se recortaba negra en el amanecer.

 

–¿Sabes cómo se llama el punto[5]? –preguntó.

 

–Bustamante –respondió Paco.

 

Tanis alzó las cejas, echó el humo, estuvo unos instantes reflexionando.

 

–Lo he oído –dijo.

 

–Tiene siete combates de profesional –dijo Paco–. Cinco victorias, uno nulo y una derrota. El último le dieron. Querrá sacarse el clavo.

 

Tanis expelió el humo por la nariz y por la boca, se rascó un costado.

 

–No son muchos.

 

–¿Pero qué habéis hecho aquí? –preguntó Paco.

 

–No son muchos –insistió Tanis–. Puedes estar tranquilo, con los que tú llevas se puede salir. Hablo sólo de salir, no cuento lo que tú eres.

 

–Es… tá mal en…ca… ja…do… –dijo repitiendo sílabas Pedrito.

 

–Hay que desmontarlo todo –afirmó Paco.

 

–¿Cuántos asaltos? Eso lo debes cuidar. Para un primer combate tienes suficiente con ocho. No te dejes engañar. Siete combates dan fuelle. ¿Sabes algo de él?

 

–Es zurdo –dijo Paco.

 

–Es–tá for–za–do enormemente –habló Pedrito.

 

Paco y Pedrito comenzaron a desmontar el grupo. Tanis iba acabando su cigarrillo.

 

–Un buen resultado te dobla el precio en el combate siguiente. ¿Cuánto le sacas a éste?

 

–Mil –hizo un esfuerzo Paco que abrió un silencio–. Mil y los viajes en segunda y un hotel de segunda.

 

–Vaya. ¿Quién va contigo?

 

–Voy solo.

 

–Mal. Eso no lo debes hacer. Que te acompañe un maestro.

 

–No puede.

 

–Un segundo de allá no te conviene.

 

–Da igual.

 

–Ya–es–tá –dijo Pedrito.

 

Tanis pisó la colilla y se acercó al grupo. En la ventana se iba reposando la turbiedad del amanecer, se iba declarando el día. Pedrito se irguió y señaló al grupo y a Tanis.

 

Tanis pisó la colilla y se acercó al grupo. En la ventana se iba reposando la turbiedad del amanecer, se iba aclarando el día. Pedrito se irguió y señaló el grupo a Tanis.

 

–Tú.

 

Luego sacó de su bolsillo un tubo metálico y lo destapó. Se echó una palmadilla de bicarbonato y se lo llevó de golpe a la boca. Bebió del botijo.

 

Tanis empezó a cantar. Pedrito eructaba discretamente junto a ventana. El jefe del taller estaba parado junto a un soldador. El resplandor de la llama del soplete azuleaba su figura. El rumor del trabajo crecía o decrecía según los turnos de las máquinas, unas libres y otras ocupadas. Para Paco se perdió la canción de Tanis cuando, en un momento, el rumor fue creciendo, rompió su tono y se desbordó de golpe en un ruido ensordecedor. Mis personas gritando cuando uno es golpeado en la cabeza y ya no puedo controlar con el oído la fuerza de un golpe, el jadeo del contrario, la propia respiración. Pedrito se desgañitaba intentando decirles que se acercaba el jefe del taller. Acabó señalándose con la mano cuando estaba junto a ellos.

 

El jefe del taller contempló el trabajo desde su altura, luego dobló la cintura y, apoyando las palmas de las manos en los muslos, comenzó a hablarle a Tanis.

 

Paco estiró el rostro y se tocó el párpado hinchado con la muñeca. El párpado le escocía. De vez en vez se le escapaba una lágrima que enjugaba violentamente en el hombro. Pensó que cuando tuviera que hacer un asalto con el muchacho que le había lastimado iba a dearle un par de buenos golpes de los que hacen daño, de los que se sienten durante una semana al hacer un esfuerzo, de los que despiertan y desvelan al iniciar un movimiento en el lecho. Los que no saben, en los gimnasios siempre son de temer. De ellos son los rodillazos, los golpes con la cabeza o con los antebrazos, los marcajes bajos.

 

Sonó sordamente la sirena. Segundos después el ruido del taller fue decreciendo, hasta que se pararon casi todas las máquinas. Paco terminó de poner apresuradamente una tuerca. Tanis ya caminaba emparejado con el jefe del taller hacia la puerta de salida. Entraban los primeros obreros del turno de la mañana. Pacio vio al jefe de taller parándose a encender un cigarrillo: el cigarrillo de Tanis.

 

El aire de la mañana de primavera no tenía aroma. Era todavía muy temprano. Cansaba el respirar como cansa beber un vino de agua demasiada fría que no mitiga la sed. Un aire sin aroma como un vaso de agua muy fría son elementos demasiado puros. Paco se subió el cuello de la chaqueta y, al lado de Tanis, Pedrito y tres compañeros más, echó a andar hacia la parada del tranvía. El sol comenzaba a dorar el vaho de Madrid cercano; el aire principiaba a tener sabor. Las palabras vencían el rumor del taller, del que se iban alejando paso a paso.

 

 

 

3

 

–Ya voy –djo Paco.

 

El jergón chicharreó. De la calle llegaba el alborozo del mediodía primaveral. Los filetes luminosos que recortaban las contraventanas cerradas tenían el carnoso amarillo rojiz de los quesos de bola. Solamente había dormido seis horas, pero se encontraba descansando. Estiró las piernas y puso los músculos en tensión.

 

Oyó el ruido de los grifos en la cocina Luego la cisterna del retrete vaciándose. Un murmullo familiar de trajín doméstico. Escuchó a su madre riñendo al gato, humanizando al gato. Golpearon en su puerta y acompañaron los débiles golpes de palabras suaves, que invitaban a continuar en la cama.

 

–Son las doce y media, Paco…

 

–Ya voy.

 

Paco pensó que su hermana era una chica con mala suerte. Lo único bonito que tenía era la voz. A veces le daba como pena mirarla. Una chica fea, acaso muy fea de rostro, con un cuerpo basto, donde el vientre se hincaba y las caderas se ensanchaban casi cuadradas… Una chica fea, con conciencia de que era fea. Humillada por su fealdad. Acabada por su fealdad. Pensó en lo importante que era para una muchacha pobre ser guapa. En la belleza estribaban todas las posibilidades de mejorar de vida. Buenos empleos y hasta un buen matrimonio. Una chica pobre, fea, equivalía  un muchacho pobre, débil. Paco se palpó loa músculos de los antebrazos. A cada movimiento que hacía para calzarse, el jergón crujía. Abrió la pierna cuando tuvo puesto el pantalón, y le llegó el olor de la comida. Habló a gritos:

 

–Mercedes.

 

–Ya voy, Paco.

 

La docilidad de la hermana, la atenta y servicial disposición que tenía para él, llegaban a irritarle.

 

–Búscame una camisa que esté bien.

 

–¿Quieres que te planche la blanca?

 

–No, tengo prisa. ¿Está la comida?

 

–Sí. Te plancho la blanca en un momento.

 

–No. Búscame una camisa que no esté muy bieja.

 

–No me cuesta nada planchártela.

 

–No.

 

La muchacha acababa desilusionada.

 

–Como tú quieras

 

Paco se lavó en la pila de la cocina. Se puso la camisa y se sentó a comer. La madre le contemplaba mientras hacía leves gestos negativos con la cabeza.

 

–¿Qué te pasa? –dijo Paco.

 

–Ya lo sabes, Paco.

 

Paco se tocó el párpado hinchado, que tenía un color violeta oscuro

 

–¿Es esto?… ¡Bah!… Nada.

 

La madre continuaba moviendo la cabeza negativamente.

 

–Trabajando –dijo Paco con la boca llena– te puede ocurrir esto o algo peor.

 

La madre tenía demasiado cansancio en la mirada para que fuese dulce. Era una mirada vidriosa, vaga, vuelta ya de la desesperación o de la rabia o del deseo de conseguir algo. La madre tenía las crenchas de un rubio sucio como del color del papel de estraza. La madre tenía la roña metida en los poros de la piel de las manos de tal manera, que aunque se lavase no se le iría. Era la porquería de la mujer que hace coladas para cuatro personas, que lava los suelos, que guisa, sube el carbón y trabaja, si le queda tiempo, de asistenta n una casa conocida. La porquería en los nudillos en las yemas de los dedos, en las palmas de las manos, en las muñecas. La porquería como un tatuaje.

 

–¿A qué hora quieres la cena? –preguntó la hermana, que se había sentado a su lado a verle comer.

 

–Como siempre.

 

La madre tomó asiento en una banqueta, recogiéndose el delantal sobre el vestido negro cosido y roto, recosido y roto, y roto. La madre se sentó como si estuviera de visita, en el mismo borde de la banqueta.

 

–Tu padre ha dicho –dijo la madre– que vayas a la bodega de Modesto, que te espera allí a las ocho y media.

 

–Bien.

 

–La madre se levantó para atender lo que estaba puesto en el fogón. Primero comía Paco y después las dos mujeres, con lentitud, dialogando pausadamente. Paco terminó.

 

–Me voy –anunció.

 

–A las ocho y media te espera tu padre  –repitió la madre.

 

–Iré.

 

La hermana tuvo un rato la puerta abierta hasta que ya no oyó los pasos de Paco en la escalera. La madre seguía en el fogón.

 

Del portal a la calle, un paso. El paso que va desde la sordidez a la alegría.

 

–¡Hola! Paco, ¿cuándo te pegas? –le dijo la muchacha de la frutería.

 

–Dentro de quince días –ensayó un piropo–. Cada día que pasa te pones… Vamos, tú me entiendes…

 

La muchacha sacó cadera.

 

–¿Aquí? –preguntó.

 

–No… Un día te voy a llevar a bailar.

 

–¿Dónde peleas?

 

–En Valencia. Y después de bailar te llevo a un cine de la Gran Vía, o antes, como tú digas.

 

–Las ganas que yo tengo de ir a Valencia, majo.

 

–Dentro de quince días, ya sabes, si tú quieres…

 

–Vamos, Paco…

 

–En serio.

 

–Bueno…, pero éste… Pero ¡qué cosas tienes!

 

Paco se rió.

 

–Te llevo.

 

La muchacha fingió enfadarse. Compuso una mueca de altivez, de intocable, de ofendida en su honestidad.

 

–¿Hablas en serio, Paco? ¿Con quién es?

 

–¿Qué más da?… Te llevo.

 

–Ya está bien, Paco… –hizo una pausa–. A ver si ganas y llegas a campeón.

 

Dentro de la frutería sonó una voz ronca.

 

–Juana, menos palique y más estar en lo que estamos.

 

–¿Te gustaría?… –preguntó Paco.

 

–Juana, gansa.

 

–Me llaman –dio la muchacha.

 

–Espérate.

 

–No, que está hoy… –ladeó graciosamente la cabeza y miró al cielo.

 

–¡Juana!

 

La muchacha giró el cuerpo y encogió los hombros.

 

–No te digo…

 

La vio desaparecer en el fondo de la frutería, atravesando entre los frescos colores de las hortalizas y las frutas. Antes de desaparecer dio un tropezoncillo adrede y volvió la cabeza haciendo un gesto de despedida. Paco echó a andar silbando.

 

Apretaba el calor. El asfalto despedía como un aliento caliente que sofocaba. Paco se quitó la chaqueta que llevaba por los hombros y la recogió al brazo.

 

–Adiós, Paquito.

 

Sonrió a la vieja que vendía chucherías, golosinas y cigarrillos en un puestecito del esquinazo de la manzana. Dos niños sorprendieron sus juegos con chapas de botellas de refresco y cuchichearon entre ellos. El vendedor de periódicos alzó la mano en un saludo.

 

En torno de un ciclista que descansaba sin bajarse de la bicicleta, con un pie apoyado en el suelo y el muslo de la pierna contraria en la barra del cuadro, como se suelen sentar en los bares los habituales chuletones, hacía como la afición de la calle: el pescadero hijo, la chaquetilla blanca remangada, delantal verde con rayas negras, madreñas de madera y cuero, que se guiaba por el periódico Marca y tenía una fe ciega, heredada, en la Prensa; el cobrador del tranvía, que se soltaba la chaquetilla del uniforme,  con la camisa sin cuello y la cabeza sin gorra parecía que iba a ser fusilado en el solar cercano como un militar de cuartelada decimonónica; el cobrador que no creía en la Prensa; el vago con buenos recuerdos de un equipo de primera regional, que había empezado con muchachos que eran figuras y que si no hubiese sido por una lesión…, el electricista, de zapatillas de ciclista, admirador profundo de Julián Barrendero[6], de los Regueiro[7], de Juanito Martín[8], de Angelillo[9], que se sentía antes que nada madrileño y solamente creí en los valores del tiempo pasado.

 

Paco llegó al grupo… El ciclista se despidió y, alzándose sobre los pedales fue cogiendo velocidad con gran estilo.

 

–¿Qué hay, Paco, qué te cuentas? –le palmeó las espaldas fuertemente el tranviario.

 

A Paco le turbaban las muestras de afecto espectaculares.

 

–¿Te entrenas mucho? –preguntó el electricista.

 

–¡Hombre!… –dijo Paco.

 

–Ese Bustamante –afirmó el pescadero hijo– tiene una zurda, ¡uf!, como un exprés.

 

–Si estás bien entrenado seguro que le tienes en el bote –afirmó el electricista–. Porque el boxeo, desde luego, exige mucho entrenamiento. De aquí ha salido la flor y nata de los boxeadores.

 

–¿Y los vascos, qué? –preguntó el vago.

 

–Y los vascos –dijo el electricista.

 

–Y los catalanes, ¿no son nada? –preguntó el tranviario.

 

–Te diré.

 

–Bueno, me vas a contar ahora que no son nada.

 

–Muy técnicos, pero con la clase de los de aquí, no. ¿Verdad, Paco?

 

–Cataluña da muy buenos boxeadores –dijo Paco–. Acuérdate de Romero[10], por ejemplo.

 

–¿Y vas a comparar a Romero con todo su campeonato y todo lo que quieras, con Luis? –preguntó el electricista–. Vamos, Paco… ¡Romero!… Corazón, eso sí.

 

–Los campeonatos no se logran solamente con corazón –dijo el pescadero hijo–, hay que saber… ¿Es verdad o no es verdad, Paco?

 

Paco hizo un vago gesto afirmativo. El electricista interrumpió la conversación, invitando.

 

–Pago unos vasos.

 

Aceptaron. Entraron en un bar cercano.

 

–Cuatro blancos –dijo el electricista–, porque si tú beberás, ¿eh, Paco?

 

 

 

 

 

4

 

El padre pagó dos rondas de vino. Los amigos le despidieron en la puerta.

 

–¡Que haya suerte!

 

–Ánimo que tú llegarás!

 

El padre caminaba por la calle muy orgulloso, junto al hijo.

 

–¿Cuánto cuesta una radio a plazos? –preguntó Paco.

 

–No sé –dijo el padre–, pero ya me enteraré.

 

El padre saludó a dos hombres que charlaban en medio de la calle.

 

–¿Dónde vas? –le dijeron.

 

–Aquí, con éste.

 

Se iba alejando, pero continuaba la conversación.

 

–¿Cuándo pelea?

 

–Dentro de quince días en Valencia.

 

Paco agachó la cabeza. El padre caminaba por la calle muy ufano.

 

–Que gane.

 

–Gracias, Paulino.

 

–Es lo que hace falta, Andrés.

 

Paco se avergonzaba cuando iba con su padre, porque se sentía exhibido.

 

–¿Has comprado Marca para ver si habla de ti? –preguntó el padre.

 

–No, ¿por qué iba a hablar de mí?

 

–Porque vas a pelear… ¡por qué!

 

–Todavía es demasiado pronto. Eso lo darán un par de días antes.

 

–Lo mismo lo pueden dar hoy.

 

En el quiosco de periódicos el padre compró el diario deportivo y se paró a hojearlo bajo la luz de un farol. No hablaba de Paco, pero el padre no se defraudó.

 

–Lo miraré con más calma en casa –dijo.

 

–Yo te voy a dejar –anunció Paco.

 

–Bueno, como tú quieras.

 

–Dile a mamá que dentro de media hora en casa.

 

–¿Dónde vas?

 

–Subo hasta la plaza.

 

Estaban parados. El padre sonrió picarescamente.

 

–Cuidado, ¿eh Paco? Mucho cuidado.

 

Sintió que no podía dominar el rubor. La despedida fue apresurada.

 

–Hasta luego.

 

Dio unos pasos y se volvió para ver a su padre. Andaba con inseguridad. Le había herido un trozo de metralla en la cadera durante la guerra, en las trincheras de a Ciudad Universitaria. Era tan bajo como él. Seguramente daría el peso de los plumas. No, pensó, tal vez de un peso más alto, porque los viejos pesan más. Paco se subió hacia la plaza.

 

Prefería que no fuera a los combates, pero iba. Se sentaba en la segunda fila dering o en la primera. Comenzaba por decirle al vecino de asiento que el combate bueno era el tercero. Si el vecino era propicio a la conversación le comunicaba que el que iba a ganar el tercer combate era su hijo, Young Sánchez.

 

Gritaba durante el combate. Alguna vez se acercó a la escuadra para darle un consejo, y el segundo le tuvo que decir violentamente que se marchara. Cuando peleó en el campo del Gas[11], tuvo un lío con un guardia de la Policía Armada, y gritó que el que estaba boxeando era su hijo. Hubo choteo del público. Al final de las peleas lo sacaba abrazado por entre la gente que ocupaba el pasillo, acompañándolo a los vestuarios. Asistía a la dacha hablando de combate. Si se hubiese dejado le he hubiera enjabonado, porque el padre sentía aquel cuerpo completamente suyo. En el barrio era peor: era el elogio hasta el cansancio, hasta la antipatía, hasta la fuga.

 

Se sentía liberado y también un poco apenado por haber dejado a su padre. Se sabía una esperanza y un asidero de algo inconcreto que siempre había rondado el corazón de su padre; un deseo de estima, un anhelo de fama, una gana de que se le tuviera en cuenta. Le había oído muchas veces contar cosas de la guerra, vulgares, quitándoles importancia de una manera que parecían tenerla; y se percataba perfectamente de que en el padre había latente una congoja, nacida de la indiferencia de los compañeros, de los amigos, de los vecinos. Ahora el padre se tomaba la revancha.

 

Llegó a la plaza. En el café, las luces de los tubos fluorescentes empalidecían lo rostros de la clientela, que charlaba, que jugaba al dominó, daba la matraca con los viejos discos de la gramola: a peseta la voz de Antonio Molina, a peseta Lola, a peseta la Perrita Pequinesa. El muchacho del mostrador se movía tanto y tanto hablaba para la nada, que apenas había una cuadrilla al chato: un señor leyendo un periódico y bebiendo un vermut a salto de noticia, como un pajarito; una vieja que se refrescaba con una gaseosa, acompañada de un niño entretenido en recoger chapas de botellines por las suciedades del suelo.

 

–La gaseosa ¿no tiene tapa? –preguntó la vieja.

 

El señor que leía el periódico la miró estupefacto.

 

–No, señora. Las tapas con gaseosa hacen daño… –dijo el que atendía el mostrador.

 

Paco entró hasta el fondo del café, hasta la gramola y la puerta de paso a los servicios. Volvió.

 

–¿Cerveza, Paco?

 

–Un corto… ¿No han venido ésos?

 

–Aquí no ha venido nadie. Andarán por El Chapas o por La Venencia.

 

Paco silbaba y se paseaba delante del mostrador, casi luciéndose, casi vigilando la plaza, como preocupado o distraído.

 

–¿Has visto al pluma que salió el domingo?

 

Paco se acercó a tomarse el vaso de cerveza. Su respuesta fue un vago comentario.

 

–Pega, ¿eh?

 

Paco miraba a la calle de espaldas al mostrador.

 

–Ese chaval sabe.

 

Paco se volvió, apoyó los brazos en la barra y agachó la cabeza. Se distrajo silvando.

 

–Con la derecha y con la izquieda.

 

Paco miraba el vaso mediado. Bebió el resto de la cerveza y pidió más.

 

–Si le cuidan, ahí hay un campeón, ¿no te parece?

 

Paco se encogió de hombros. Sonaron una moneda en el mármol del mostrador.

 

–¡Va!…

 

Y antes de atender el reclamo aseguró.

 

–Ese chaval es boxeador y va a dar muchos disgustos, pero muchos disgustos en su peso…

 

Pertenecía a la fauna de los que sienten placer desasosegando, amenazando. Pertenecía a la fauna de los retorcidos que elogian para despertar el recelo, para punzar el amor propio, para tantear irritante en la inseguridad y en el desánimo.

 

Echó la cabeza hacia atrás y el mechón le desbordó la frente. Pensó en el pluma de que hablaba el muchacho del mostrador. Un buen comienzo, dos combates limpiamente ganados; pero ¿podría aguantar con los viejos, con los que no salían nunca de aficionados y se sabían las marrullerías de los profesionales? Recordaba su primer combate con un boxeador viejo, la impasibilidad de su rostro cuando le golpeaba y su intranquilidad en la escuadra. Los boxeadores viejos enseñan a costa de sufrir la dureza de sus golpes. Cuando acabó el combate le dolían los antebrazos. Cuando llegó a casa le dolía el cuello y la caeza. Había ganado, pero no supo hasta el último momento si iba a ganar o a perder, porque los boxeadores viejos se derrumban de pronto, pero no dan ni un síntoma de flaqueza, de agotamiento; un indicio que puede animar al contrincante durante el combate.

 

–¿No has ido al gimnasio? –preguntó al mozo de mostrador.

 

–No.

 

–¿Te encuentras en forma?

 

–¡Vaya!

 

–El de Valencia tiene un buen palmarés.

 

–Sí.

 

–Los boxeadores valencianos saben, saben y aguantan. Un fajador[12] como tú…

 

–Oye –dijo Paco–, si vienen por aquí los amigos les dices que me he ido a casa, que después de cenar saldré.

 

–¿Aquí?

 

–Sí, aquí. Sobre las nueve y cuarto.

 

–¿Hoy no currelas?

 

–No.

 

–Ya se puede…

 

En la plaza estuvo unos instantes dudando. Era todavía pronto para ir a cenar; era ya un poco tarde para ir hasta Atocha. La plaza estaba repartida entre la oscuridad del descampado y la luz de la vecindad. Junto a las casas paraban los autobuses. La luna iba baja; una luna como la plaza, con un semicírculo de luz y otro de sombra, pero una luna con su contorno precisado en una circunferencia, que se le antojó azul. Una luna ascendiente por el cielo del descampado que no limitaba la plaza, que la ampliaba al mundo.

 

Se encontró bajando lentamente hacia su casa. Iba pensando en el muchacho del mostrador. “Hoy no has estado bien… ¿Por qué no sacaste la izquierda cuando lo tenías a placer?… Lo podías haber tumbado en el segundo asalto. ¿Qué te pasó?… Se te notaba falto de fuelle. Se vio que te había hecho daño; yo creí que ibas a abandonar…”.

 

El muchacho del mostrado acabaría teniendo una taberna donde presumiría de haber conocido a un campeón: “¿Young Sánchez? Fuimos muy amigos. Ése es bueno de verdad… Ése es…”. Entonces estaría muy lejos del muchacho del mostrador, de su taberna, de la calle, a la que volvería de visita alguna vez… Entonces…

 

–¡Adiós, Paco! –le dijeron.

 

 

 

5

 

–Adiós, Paco! –le dijeron.

 

Caminaba de prisa. Saludó con la mano. Titilaban las acacias a la luz del sol. El descampado de la plaza estaba como recién barrido por la mañana, limitada su extensión por las fachadas posteriores de una calle nueva. Esperó la llegada del autobús, y cuando llegó tuvo una sensación de partida para un viaje alegre, de excursión de día festivo. El autobús dio la vuelta a la plaza y se adelantó por una calle hacia la ciudad. Un vientecillo fresco entraba por las ventanas revolviéndose el mechón, que sentía como una carrera de insecto por la frente, acariciándole los párpados entornados y el rostro recién afeitado, la piel escocida por una hoja muy usada.

 

Tuvo que esperar en la salita de las oficinas. La salita estaba en penumbra, con las cortinas del gran ventanal corridas. Recoleta, desvinculada de la calle, hostil, con la frialdad de una habitación de espera, le inquietaba. Era una espera miedosa. Había llegado alegre y estaba triste. Se fijó en un grabado que representaba una escena mitológica… Dos sillones y un sofá de cuero moreno. Dos sillones y un sofá, no sabía por qué enemigos. Y una mesa baja sin revistas. La alfombra, gruesa. Una lámpara como una amenaza colgando del techo La salita era como una isla, donde se acababa la seguridad. Estaba deseando marcharse.

 

Se abrió la puerta.

 

–Venga –le dijeron.

 

Salió y caminó por un pasillo hasta una habitación.

 

–¡Pase! –le dijeron.

 

Pasó sin decisión. Oyó una voz suave que le invitaba desde el fondo:

 

–¡Pase usted, pase!

 

En un sillón cercano a la ventana fumaba un hombre joven. Olió su perfume. Una mezcla de tabaco rubio, de agua de colonia, de manos lavadas con un buen jabón, de traje nuevo, de camisa limpia… Husmeó sorprendido como un animalillo. La voz le agarrotaba los músculos. Se sintió torpe.

 

–¡Siéntese, joven, siéntese!

 

Se sentó en un sillón que cedía a su peso. Cuando la voz preguntó, le fue dificultoso responder e inició un movimiento para incorporarse.

 

–¿Cuántos combates, cuántos?

 

Titubeó antes de responder, como si no recordarse el número de combates. El hombre comenzó a explicar, sin atenderle demasiado, como si hablase para sí:

 

–No sé si usted lo sabe, pero conviene que lo sepa. Es una dedicación que no me reporta más que gastos. Me divierte ayudar a los que pueden ser algo. Ni sé si usted me entiende. Realmente…

 

No entendía por qué el maestro le había indicado que fuera a ver a aquel hombre. Aquel hombre que hablaba y fumaba delante de él nada tenía que ver con el boxeo. “Ayuda”, le había dicho el maestro. Y él había ido a que le ayudasen. El hombre seguía hablando:

 

–… cuando usted regrese de Valencia venga a verme, joven.

 

Se encontró repentinamente de pie, estrechando una mano, que se le tendía lánguida desde la butaca. Caminó rápidamente hacia la puerta. La puerta era de madera, de una madera con vetas estrechas… Estaban en el pasillo. Se sintió liberado en la calle. Liberado y confuso, el tipo era raro. ¿Ayudaba? Pero ¿por qué ayudaba? No le interesaba el boxeo, no sacaba ningún beneficio de los boxeadores. Ayudaba porque le divertía ayudar. “Tiene mucho dinero –le había dicho el maestro– y se lo gasta. Le gustan las cosas donde hay sangre. Gallos, boxeo, ¡qué se yo! El caso es que ayuda”.

 

La entrevista le había amargado.

 

El solo de mediodía agriaba el color del descampado de la plaza. El solo del mediodía pesaba en las copas de las acacias. La calle hacia su casa era un túnel de luz cegadora.

 

–¿Vas para casa? –le preguntó alguien que le echó un brazo a los hombros.

 

–¡Hola, Luis!

 

Hizo un movimiento para sacudirse el brazo que le daba calor. Llevaba el traje nuevo y se había puesto corbata para la entrevista. No se decidía a quitarse la chaqueta.

 

–Te vas pronto, ¿no?

 

–Sí.

 

–Tienes que ganar. Después del combate pon un telegrama si todo ha ido bien. Ponlo a La Venecia, Paco.

 

–¡Bueno, hombre!

 

–Tú ya sabes que aquí, en el barrio, se te da ganador por todos.

 

–El otro también pega, no vayas a creer que sale sólo a recibir.

 

–Tú le das. Si fuero por k.o. mejor. Figúrate, el primero de profesional y tumbándolo. Si peleas como debes, seguro que…

 

–El otro también pega.

 

Se separaron al llegar a la altura de la casa donde vivía el administrador.

 

–Ya sabes que se confía, Paco, y que se te admira.

 

Le agradaba que le admirasen y le molestaba que le creasen obligaciones. Saldría a pelear, pero el otro no se iba a dejar pegar. El otro tenía más experiencia y era un buen boxeador.

 

Subió las escaleras de la casa lentamente.

 

–No te he oído llear, Paco –dijo la hermana cuando salió a abrir.

 

Paco se quitó la chaqueta y se desanudó la corbata.

 

–Como siempre subes corriendo y cantando es fácil saber que eres tú, pero hoy…

 

–Estoy cansado –dijo Paco.

 

–Padre se ha marchado y madre está echada, porque le duelen las espaldas –anunció la hermana–. Padre ha dicho que no te vayas hasta que él vuelva del trabajo. ¿Te pongo la comida?

 

–Bueno.

 

–¿Te pasa algo, Paco?

 

–No, nada.

 

–Algo te pasa, Paco. Dímelo.

 

–¡Qué me va a pasar! –dijo desabridamente.

 

La hermana se dedicó a prepararle la mesa. Paco respiró hondo el olor de su casa. Un olor en el que se distinguían las cosas que lo producían. El olor de la comida, el del carbón, el de la mesa fregada con lejía, el de los trapos húmedos… En la salita donde le habían hecho esperar solamente olía a nuevo. El olor de nuevo y de caro era hostil. Cuando pensaba en la visita de la mañana se sentía de pronto sucio, sucio de las cosas limpias, nuevas y caras.

 

–Pasa a ver a mamá –indicó la hermana.

 

–Paco se levantó y salió al pasillo. Abrió la puerta de la habitación de los padres.

 

–¡Madre! –dijo.

 

–¿Qué, hijo?

 

En la penumbra no se percibía el rostro de la madre.

 

–Me ha dicho Mercedes que te sientes mal.

 

–No es nada. Cansancio.

 

–¿Quieres que avisemos a un médico…?

 

–No. Se pasará. Es que me he cansado más de la cuenta.

 

–Deberíamos avisar a un médico para que te mirase.

 

–No, hijo.

 

La madre y el hijo aguardaron silencio. En la cama de matrimonio a madre estaba como desmayada La almohada, blanca, y el rostro, de un pálido grisáceo. El pelo como un manojo de esparto.

 

–Vete a comer.

 

–Luego vengo a estar contigo.

 

–Bueno. No os preocupéis, que no es  nada.

 

–¿Has comido?

 

–No.

 

–¿No quieres nada?

 

–No. No te preocupes. Anda, vete.

 

Paco cerró suavemente la puerta. Cuando llegó a la cocina preguntó a la hermana:

 

–¿Ha cogido algún frío?

 

–Esta mañana ha estado lavando.

 

–Habrá que avisar a un médico. Padre, ¿qué ha dicho?

 

–¡Como ella dice que no se avise…!

 

–¡No quiere, siempre igual! –dijo Paco, y se indignó–. Pues aunque no quiera.

 

La hermana colocó a cazuela encima de la mesa, sobre una rejilla.

 

–¡Anda, come! –dijo.

 

Paco dejó que le sirviera. Metió la cuchara en el plato y comenzó a comer en silencio.

 

–¿En qué estás pensando? –preguntó la hermana

 

Paco no respondió.

 

 

 

6

 

La tarde estaba pesada y tormentosa. Llegaban del campo aromas cereales. Olían las cloacas. Olía a humos de locomotoras. La gente que callejeaba olía un poco a sudor, un poco a ropas que han tomado el soso olor de la cal en armarios enjalbegados y sombríos como despensas: olía a campesino puesto de domingo en la ciudad.

 

Cada paso era un descubrimiento. Olía a hospital. No olía a hospital, pero Paco tenía la sensación de que caminaba por un pasillo de hospital, mezclados el olor de la botica y el del ser humano, acompañado por el murmullo. De un zumbido de quejas sobre enfermedades propias y enfermedades de los parientes o de los amigos a los que se va a visitar. En los retazos de conversaciones que llegaban a sus oídos creía sorprender la quejumbre, la salmodiosa habla de los enfermos y de los visitadoes.

 

Apuntaban las cuatro y media e iba por la calle de Atocha.

 

Sobre el chirrido de un tranvía rompió la tronada. Sobre el polvillo, tenue como una purpurina de alas de mariposas nocturnas, que cubre las calles antes de las tormentas, cayeron las primeras gotas. Paco andaba de prisa hacia Antón Martín[13]. Alzó los ojos al cielo negro–violeta como un gran hematoma. Las primeras gotas cayeron adormecidas. Después tabletearon delicadamente en el asfalto, en los tejados, en las claraboyas de las casas viejas.

 

No llovió más. Las nubes estaban fijas sobre la ciudad y la enclaustraron, la recogieron de su dispersión, la limitaron en un regazo denso, carnoso y morado. Cansaba caminar, pesaban las manos en los bolsillos, dolía la chaqueta en las axilas. Un olor de humedad ganó la calle. Una sensación de dolor sucio le desazonaba.

 

Paco pensó en las chinches de una pensión del Sur, en una población en la que había boxeado. Una noche con bochorno de tormenta. Una noche en que los nervios punteaban la piel. Pensó que lo peor que le podía ocurrir en el mundo era ponerse enfermo en una pensión del Sur, desmantelada, cargada de soledad. Prefería el hospital con toda su tristeza, con el cobijo de los demás, aunque temiera la cercanía de la muerte.

 

Entró en el bar. Pasó delante del mostrador y se fue al fondo. El muchacho del mostrador le saludó:

 

–Hola, Young.

 

En los vasares del mostrador se rizaban las fotografías de los boxeadores junto a la de las supervedetes y las de los caricatos célebres. Los boxeadores saludando; los boxeadores en guardia, con guantes, sin guantes, en vendas. Dedicatorias: “A mi particular amigo Mariano Martínez”, y la firma garrapateda. “A Mariano, gran aficionado al boxeo, su amigo”, y la firma torpe. “A Mariano después del combate más duro de mi vida”, y la firma clara. “A mi admirador Mariano Martínez el día que gané el Campeonato de Castilla del peso pluma por k.o.”, y la firma muy grande. Las fotografías de algunos de los campeones de España de los diferentes pesos solamente tenían las firmas.

 

–Hola, Young.

 

Los boxeadores jugaban al mus, rodeados de unos vagos vagos, admiradores profesionales.

 

–Hola, chaval –dijo el ex campeón.

 

Los vagos le hicieron un sitio al boxeador Young Sánchez.

 

–Hay que comer patatas –dijo el ex campeón.

 

Los vagos se rieron.

 

–¿Eh, chaval? –preguntó el ex campeón.

 

–Sí tú lo dices… respondió Young Sánchez.

 

–Hay que comer patatas –dijo el ex campeón–, porque si no el estómago no aguanta… –y barbarizó.

 

Uno de los vagos palmeó las espaldas del ex campeón, que volvió la cabeza irado.

 

–¡Eh, tú, que yo no soy una tía!

 

–¿Atiendes o no atiendes? –preguntó uno de los de la partida.

 

–Calma –dijo el ex campeón–, tengo unos pares de muerte, con los que te voy a matar.

 

–Muy bien.

 

–Pues me paso hasta mi compañero, que os va a arrear de muerte.

 

Young Sánchez miraba la cara del ex campeón. Una cara con “mucha leña encima”. Bajo las ceras, peladas de cicatrices, le brillaban hundidos los ojos. Las comisuras de los labios se le alargaban en dos rayas blanquecinas, que destacaban en el moreno de la piel y de la barba.

 

–Mátalos con un órdago[14].

 

Leña en los pómulos, leña en la nariz, leña en las orejas. Aceptaron el órdago y ganaron el ex campeón y su compañero. El ex campeón dijo satisfecho.

 

–Hay que comer patatas. Dos tiñosas[15] y dos ases. Ves, chaval, como hay que comer patatas. Y les das. Les das de derecha y luego de izquierda. Los dejas para sebo.

 

Uno de los vagos preguntó a Young Sánchez.

 

–¿Debutas por fin?

 

–No se habla –gritó el ex campeón–. No se habla, porque me distraigo. A hablar se va uno al mostrador.

 

Dieron cartas.

 

El compañero del ex campeón miró a Young Sánchez y sonrió:

 

–¿Son buenas las condiciones?

 

Young Sánchez le hizo un vago gesto de insatisfacción que formaba parte del juego cuando se hablaba de contratos. Un boxeador de alguna importancia nunca podía demostrar entusiasmo por el dinero de los contratos, siempre tenía que dar la impresión de que era algo muy por debajo de sus merecimientos. Al llegar a campeón, el juego variaba y había que dar la impresión contraria, la de que los contratos eran muy ventajosos.

 

El compañero del ex campeón era un buen peso ligero que se disponía a irse a América. Se llamaba Raimundo Moreno.

 

–No se habla, Ray –dijo el ex campeón–. Hay que estar en el combate.

 

–Bien, Marquitos –respondió Ray Moreno.

 

–Hay que dar de nuevo –dijo el ex campeón–, porque tengo cinco cartas. Todo por hablar. Jugando no se habla.

 

–¿Dónde están las cinco cartas? –preguntó, mirándole, uno de la pareja contraria.

 

El ex campeón contó las cartas y sonrió con una amplia sonrisa de máscara.

 

–Nada de marrullerías –dijo el que había preguntado por las cartas–. Nada de suciedades.

 

El ex campeón, alborozado, golpeó con las palmas de las manos en la mesa.

 

–Con estas cuatro cartas se acaba la partida. Órdago a todo. Y quiero una copa de coñac. Tú –señaló a uno de los vagos, tráeme una copa de coñac.

 

El vago obedeció y se encaminó al mostrador.

 

–Órdago a todo –gritó el ex campeón– Así se juega, Ray. Fíjate qué asalto. Qué pelea estoy haciendo, porque tú no me ayudas ni esto.

 

Hizo un ruido con el índice y el pulgar derechos.

 

–Bien, Marquitos; pero lleva cuidado –dijo Ray.

 

Siguieron la partida hablando únicamente las jugadas. El vago llegó con la copa de coñac.

 

–Gracias, segundo –dijo el ex campeón–. Te puedes tomar un chato a mi cuento.

 

–Gracias, Marquitos; luego.

 

–Luego, no. Ahora, que es cuando te he invitado.

 

–Bueno; lo tomaré ahora.

 

–Atiende, Marquitos –dijo Ray.

 

–Estoy, estoy…

 

–Esta es la última. Ellos están a falta de cinco y nosotros de dos –declaró Ray.

 

–Pues órdago, no quiero perder los puntos –dijo el ex campeón.

 

–¡Quiero! –contestó uno de los contrarios.

 

El ex campeón perdió.

 

–Ves… –le reprochó Ray.

 

–A los puntos hubiera sido peor.

 

–Hubiéramos ganado si te pasas a todo.

 

–No, hubiéramos perdido.

 

Ray Moreno le hizo una suma del tanteo.

 

–¿Ves…?

 

–¿Quién me da un cigarro? –preguntó el ex campeón.

 

Uno de los vagos le ofreció una cajetilla de Bisonte. El ex campeón encendió un cigarrillo y principió a fumarlo como un fumador novato, casi soplando el humo.

 

–Esta partida estaba visto que la teníamos perdida desde el principio, totalmente perdida.

 

–¿Por qué? –preguntó Ray.

 

–Porque se veía. Yo lo he visto desde el primer momento, desde la campana.

 

Young Sánchez hablaba con Chele y Adrián Ortega, que era la pareja de ganadores.

 

–Yo voy a Zaragoza el sábado –dijo Chele.

 

–Dentro de dos semanas tengo combate en Barcelona –dijo Adrián Ortega.

 

Los vagos atendían al ex campeón. Éste dijo de pronto:

 

–Me marcho, porque me esperan, y mañana no vengo.

 

–Bueno, Marquitos –dijo Chele–, si mañana no hay partida, ya no la hay hasta que venga yo de Zaragoza.

 

–También me voy.

 

El ex campeón se quedó un momento pensando.

 

–Suerte, Chele; suerte Young. Ya nos veremos. A comer patatas.

 

El ex campeón parecía bailar al caminar. Se paró un momento en el mostrador y pagó. Al andar se llevaba la mano derecha a la cabeza. Se dirigió a la puerta. Arreciaba la lluvia. Young Sánchez, Chele, Adrián Ortega y Ray Moreno le siguieron con los ojos. El ex campeón, al llegar a la puerta, no dudó y salió a la calle. La calle estaba solitaria.

 

7

 

Paco estaba sentado en la mesa de masajes de la cabina de boxeadores. Unos metros a sus espaldas, Bustamante se dejaba vendar la manos.

 

–Estira un poco la cara.

 

Paco obedeció a su segundo, que comenzó a embadurnarle el rostro de glicerina. Luego le dio una toalla para que se enjuagase.

 

–Ya estás lsito.

 

Paco cerró el puño derecho y lo golpeó contra la palma de su mano izquierda, probando el vendaje. Luego con el puño de la mano izquierda, golpeó en la palma de la mano derecha.

 

–¿Está bien? –preguntó el segundo.

 

–Bien.

 

–Voy a asomarme a ver cómo va el combate.

 

Era el último de aficionados. En cuanto acabara, les tocaba a ellos. De ellos, era el primero de profesionales de la velada mixta. Paco miró a Bustamante. Se lo habían presentado por la mañana en el pesaje oficial. Le había dicho “mucho gusto”, y no le había oído nada más. Bustamante le llevaba apenas unos gramos, pero tenía más envergadura que él.

 

Entró el segundo.

 

–Les quedan do rounds; ninguno de los dos pega –dijo–. Échate y te doy un poco de masaje.

 

–No es necesario.

 

–Como tú quieras, Young. ¿Estás tranquilo?

 

–Sí.

 

“Más envergadura que yo”, pensé. Y de repente sintió que el miedo le trepaba por las piernas, debilitándoselas, le ascendía por el vientre y se le asentaba en el estómago. Una bola en el estómago. Una bola, eso era el miedo que obligaba a respirar fuerte, “porque ahogaba –pensó–, hacía daño y fijaba en ella la atención de uno”. Se llegaba a sentir las dimensiones de la bola y su peso. Su miedo pesaba exactamente un kilo y no era mayor de tamaño que la pesa de un kilo de ultramarinos.

 

–Cálmate –dijo el segundo.

 

Paco sonrió inseguro.

 

–Cálmate –repitió el segundo–, eso acaba en seguida. Piensa en otra cosa.

 

Continuó sonriendo.

 

–El público estará de tu parte.

 

A medida que el segundo le hablaba, Paco iba recuperando seguridad. Prestaba atención a su segundo, eso era todo.

 

–Si te conservas fresco los cuatro primeros asaltos, el combate es tuyo, y si lo desbordas en el primero, también. Yo lo conozco bastante, ¿sabes? No le sigas su ritmo porque ahí no tienes nada que hacer. O desbordarlo o esperar.

 

Paco no se fiaba. El segundo parecía adivinarle el pensamiento.

 

–Fíjate en lo que te digo. Yo no te engaño.

 

El segundo hablaba en un tono muy bajo, muy suavemente.

 

–Ceja izquierda la tiene muy resentida; ahí debes dirigirte en los golpes a la cabeza. Y fájate los cuatro primeros, o si te atreves…; bueno…, no, es mejor que esperes.

 

Los del combate de fondo no se preparaban en la cabina común. Los del combate de semifondo acababan de entrar. Uno de ellos silbaba mientras se iba desnudando. Ninguno de los dos había saludado. Paco lo esperaba. Cada uno estaba pensando en el combate; cada uno sentía cómo el miedo le ascendía por las piernas, por el vientre, hasta el estómago.

 

–Ya han acabado –dijo el segundo.

 

–¿Vamos? –preguntó Paco.

 

–Deja que entren.

 

Bustamante miraba hacia la puerta. Se oían los aplausos y silbidos del público. Paco estaba de pie con la bata puesta. Su segundo le alargó una toalla, que se puso en torno al cuello. Se Abrió la puerta y entró un muchacho sostenido por un segundo que hizo una seña, significado la derrota. El mucho apenas podía tenerse en pie y le ayudaron a echarse sobre la mesa de masaje. En seguido entró el ganador.

 

–Vamos –dijo el segundo.

 

Paco le siguió mansamente.

 

–Calma –dijo el segundo.

 

Ya caminaban por el pasillo entre la gente. Paco se estiró. Le llegaban los aplausos, como una calentura, hasta las sienes, que le palpitaban fuertemente. Ya sentía a sus partidarios. A sus primeros partidarios, que se habían pronunciado a su favor. Los sentía en los aplausos y en las palabras de aliento y en su deseo de violencia.

 

Saltó al ring y saludó con la mano derecha en alto.

 

Se fue a la escuadra. Vio a Bustamante saltar al ring y saludar. Calibró los aplausos.

 

–Las manos.

 

Casi se sorprendió ante la exigencia del árbitro. Extendió sus manos y el árbitro cumplió ell trámite.

 

–Lo que te he dicho, no lo olvides –dijo el segundo.

 

–Bien.

 

Paco se quitó la bata y se la puso por los hombros. Después se calzó los guantes. Volvió a saludar con el puño enguantado cuando el speaker dio su nombre y su peso.

 

No tenía miedo. No sentía el cuerpo. Los llamó el árbitro al centro del ring. Les hizo las recomendaciones de costumbre y encareció la combatividad: era profesionales. Volvió cada uno a su rincón.

 

“Tengo que ganar”, pensó. Abrió la boca y el segundo le colocó el protector. “Tengo que ganar –pensó– para ellos. Tengo que ganar este combate para mi padre y su orgullo, para mi hermana y su esperanza, para mi madre y su tranquilidad. Tengo que ganar”.

 

–Haz lo que te he dicho –dijo el segundo.

 

Entonces sonó la campana y se volvió. Estaban esperándole.

 

[1] Soleta: Pieza con que se remienda la planta de las medias y calcetines.

 

[2] Price: Circo de Madrid en donde se celebraban veladas de boxeo.

 

[3] Portland: Cemento Pórtland

 

[4] Borborigmos: Ruido producido en el vientre por el movimiento de los gases intestinales.

 

[5] Punto: individuo.

 

[6] Julián Barrendero: Famoso ciclista del momento.

 

[7] Los Regueiro (Luis y Pedro): Jugadores de fútbol.

 

[8] Juanito Martín: Boxeador.

 

[9] Angelillo: Cantaor.

 

[10] Luis Romero: Fue campeón de España, de boxeo.

 

[11] Campo del Gas: Campo de deportes madrileño, situado entre la Ronda de Toledo y el Paseo de Acacias.

 

[12] Fajador: Boxeador de pesca técnica y mucha pegada.

 

[13] Antón Martín: Plaza del centro de Madrid, cruzada por la calle de Atocha.

 

[14] Órdago: Suerte en el juego del mus.

 

[15] Dos tiñosas…: Dos sotas y dos ases que componen lo que en el juego del mus se llaman dobles.

 

Ignacio Aldecoa, Cuentos. Edición de Josefina Rodríguez de Aldecoa, Cátedra, 1977 y 2007.

 

LA LEY DEL PÉNDULO

 

Bajaban los sacos con un cabrestante. La escotilla portalaba un cielo azul de verano, inhóspito como una gran sala vacía. En la bodega los estibadores, formando corro, abrían cancha al redón descendente. Urgidos por el capataz se abalanzaban sobre los sacos y los apilaban ordenada y rápidamente.

–Saco… estribor… arriba… Iuú…

Sentían el polvillo del trigo en los pulmones y carraspeaban de vez en cuando. Las manos se endurecían en la faena, se musculaban y tomaban fuerza.

–Saco… babor… arriba… Iuú…

Al ocaso entraba el segundo turno. En el ocaso, antes de que las luces del barco feriaran el trabajo, los estibadores miraban al cielo acuario como si fueran a emerger hacia el infinito.

Los estibadores se prestaban los chalecos de cuero y andrajos. Se despedían.

–¿Te entrenas?

–¿Te parece poco entrenamiento éste?

–A ver lo que haces en el próximo…

–Lo que se pueda.

–A ver cuando empiezas a ganar dinero y dejas esto.

–En seguida.

En el gimnasio penduleaba el saco de entrenamiento. El boxeador obedecía la voz del capataz.

–Saco… izquierda… derecha… arriba… abajo… Sigue… Para…

En los barcos y en los gimnasios se iba aprendiendo a vivir: fuerza, velocidad, pegada… Un poco más lejos el dinero… y entretanto de saco a saco como única esperanza.

 

 

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