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Libro N° 4065. Los Pájaros de Baden-Baden. Aldecoa, Ignacio.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4065. Los Pájaros de Baden-Baden. Aldecoa, Ignacio. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.

Título original: ©  Los Pájaros de Baden-Baden. Ignacio Aldecoa

 

Versión Original: © Los Pájaros de Baden-Baden. Ignacio Aldecoa

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LOS PÁJAROS DE BADEN-BADEN

Ignacio Aldecoa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Para Gaba

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

I

 

Era la hora del ocaso y estaba sentada en la terraza de aquel bar del paseo de Rosales como si estuviera en un mirador que al mismo tiempo fuese un muelle. De vez en cuando contemplaba la estrecha caleta del vallecito, a su izquierda, perdiéndose en colores, calígine y humos hasta hacerse alta mar dorada en las brumosas montañas de la sierra. Luego todo se tornaba rojo, como el vinoso Mediterráneo de los crepúsculos, y emergían amenazantes escolleras oscuras del Parque del Oeste, de los Viveros de la Villa y del apretado bosque de la Casa de Campo. Se oían pitidos de locomotoras portuarias y un rumor metálico de peces asaltados por peces mayores, que transforman sus ordenados y precisos desfiles en vorágine caótica y hacen sonar la hora encamada de la matanza, y crujía suavemente, caricioso al oído, el apresto de las despedidas más largas. El Manzanares, paralizado y submarino, asomaba el lomo plateado.

Hacía un rato que había dejado sus cuadernos abandonados sobre el mármol del velador y miraba al mar resultante de muchos mares de verano; un mar compuesto de las sensaciones tenidas desde la infancia, acrecido y sensibilizado ahora, y que se le hacía melancólicamente real en el atardecer madrileño. Las aguas de entonces batían sus sentidos y había en ella éxtasis y anegación.

Ya era noche marítima, con luces bordeando la caleta y titiladoras poblaciones lejanas, cuando quiso volver a sus quehaceres. Tomó un sorbo de cerveza desagradablemente tibia y con el bolígrafo dibujó una delicada línea ondulada, a la que sumó otra y otra, ensimismándose. Así fue sorprendida.

—Elisa, muchacha —la voz del hombre era alegre y familiar—, pero ¿qué haces tan sola? Pero ¿qué haces aquí? Esto se avisa, traidora. Si no llego a pasar por casualidad ni siquiera me entero de que estás en Madrid.

La mujer cerró sus cuadernos rápida e infantilmente y los apiló a su izquierda, justo donde el velador hacía frontera con el seto. Extendió la mano al hombre.

—Yo también creía que estabais fuera de Madrid...

—¿Y cómo te encuentras? —dijo el hombre interrumpiéndola—. Fuera de guapísima, como siempre, claro.

—Muy bien. ¿Y Maritina y los niños?

—Pasándolo bomba por esas playas. Pero ¿qué haces tú en Madrid? ¿Cómo no te has ido? La última vez que te vimos nos hablaste, ¿te acuerdas o no te acuerdas? —dijo sonriente y como ejerciendo una cierta tutela—, que te ibas a Tossa, porque el perdís ese que te gusta... Bueno, ¿me puedo sentar? ¿Puedo invitarte a una cerveza? Igual nos toman por novios —rió—. Estaría bueno, sería estupendo. Yen serio: ¿Has reñido con él? ¿No te gusta ya?

El hombre que se acababa de sentar llamó al camarero volviendo la cabeza. Elisa contempló un instante el cuello musculoso y moreno de su acompañante y bajó la mirada cuando el hombre regresó a festejarla.

—¿Cerveza, cangrejos u otra cosa? Estás guapísima. Ya te lo he dicho. ¿No tomas el sol? ¿No vas a la piscina?

Llegó el camarero y estiró su rostro, atento a la confidencia, al secreto sumarial y a la importante demanda.

—Cangrejos y cerveza muy fría.

El camarero asintió con un aristocrático movimiento de cabeza. —Muy bien, Elisa, ¿tienes la familia en Madrid?

—Se han ido todos. Es que estoy escribiendo y necesito...

—¿Una novela?

—No, no —respondió riéndose la mujer—. ¡Qué barbaridad! Estoy escribiendo un texto que necesita consultas y eso... Algo bastante pesado.

—¡Ah! —dijo el hombre desinteresándose—. Pero algún tiempo te quedará para divertirte; no te vas a pasar el día dale que dale... Tendrás un rato libre. El verano está hecho para descansar. Si no descansas en el verano... ¿Vienes todos los días aquí?

—No, hoy he venido por casualidad.

—Como yo. Qué casualidades tan extrañas —dijo con fingido gesto meditativo—. Pues ya ves —añadió pretendiendo un dejo de desolación y tristeza—, yo de Rodríguez, como un perro sin amo. Por la mañana, el Ministerio. Como en cualquier parte. Luego la siesta y a aburrirme. Un plan para morirse, y que luego digan... A propósito, me han contado unos cuantos chistes de Rodríguez bastante buenos, pero no te los cuento; ya sé que no te gustan los chistes. Además son subidillos de color y no está bien.

—Como tú quieras, Ricardo —dijo la mujer—. Ya tiene una años para no asustarse de nada.

—Tú años, pero si eres una chiquilla; pero si estás hecha una cría...

—Los mismos que tu mujer —dijo Elisa sonriendo apagadamente—. Entramos juntas en la Facultad, terminamos juntas. Lo hemos hecho todo juntas excepto casarnos.

—Así te conservas mejor. Fíjate en Maritina. Los hijos... Casi podría parecer tu madre o tu hermana mayor —se corrigió—. Yo siempre digo...

—No seas bobo, hombre. Maritina está estupenda, y además una mujer si tiene que estropearse por algo es por los hijos y por su marido y no por el aburrimiento.

—Pero tú no te aburres. Cómo te vas a aburrir; será porque tú quieres. No me vas a decir que te encuentras muy sola y toda la ganga. No, no; estoy seguro de que no.

—Pues sí me aburro. Aunque no sé si los dos empleamos la palabra en el mismo sentido...

—Claro que sí. Olvida lo de los sentidos de las palabras. Aburrirse es aburrirse y se acabó. Y tú no te puedes aburrir...

El camarero colocó el plato de cangrejos y las cervezas sobre el velador y luego una escudilla con agua y unas rajas de limón. Ricardo animó con un ademán a Elisa.

—Tienen un aspecto estupendo —dijo—. A mí es lo que más me gusta en el mundo. Del río, el cangrejo, y del mar, la langosta. La carne ni la pruebo, porque engorda mucho. Además no me gusta. Vamos, Elisa, comencemos.

—Es que no me gustan los cangrejos.

—Que no te gustan, pero mujer... Es la primera vez que lo oigo —dijo defraudado—. ¿Qué quieres entonces?

—Nada, no tengo apetito.

—Bueno, como tú quieras... La única cosa mala que tiene esto de los cangrejos es que te pones las manos... La cabeza es lo más sabroso y lo más difícil de comer. Hay que hacer así y así —operó hábilmente en la cabeza de uno— para que no te salte la salsa.

Elisa contemplaba a su acompañante con curiosidad.

—Te das muy buena maña —dijo.

Ricardo sonrió halagado. Luego preguntó:

—Entonces el novio o el seminovio... ¿No seré indiscreto? Entonces ya no. ¿Habéis reñido?

—Todo terminado —respondió Elisa con fatigada palabra—. No soy capaz de retener nada.

—No querrás. Estoy seguro de que es porque no quieres. Tienes todo y eres encantadora. Probablemente no te lo propones. Te lo digo como hombre y creo que tengo razón. Tú puedes hacer de un hombre lo que quieras, si es que quieres, naturalmente. Si es que quieres —repitió—, porque aparte de guapa y de la figura que tienes y de tu estilo... Tú tienes un estilo, ¿cómo diría yo? Un estilo como de película. Algo así. Tú me entiendes. Yo muchas veces le he dicho a Maritina hablando de ti que tenías un pedazo de personalidad. Eso es: personalidad.

—Muchas gracias, Ricardo —dijo Elisa.

Había terminado los cangrejos y se estaba enjuagando las manos en la escudilla.

—Tengo ahí el coche, Elisa. Son ya las diez. ¿Quieres que re lleve a algún lado? Suelo dejar el coche para darme un paseo; conviene estirar las piernas de cuando en cuando.

—¿En plan de Rodríguez? —preguntó Elisa.

—No, no, Quita allá. Ni pensarlo. No..., pasear por pasear... ¿Quieres que te lleve?

—No, Ricardo, muchas gracias.

—Te llevo a tu casa, ¿sí? ¿O cenas en algún restaurante? —No, ceno en casa; pero no quiero que me lleves. Quiero quedarme todavía un rato.

Ricardo llamó al camarero y pagó la cuenta.

—También lo que haya tomado anteriormente la señorita.

Estaba de pie. Era alto y fuerte. La camisa de sport se le ajustaba sobre los músculos del torso, y en la muñeca derecha llevaba una pulsera de plata.

—No quiero ser pesado, pero si quieres te llevo a tu casa o te acerco.

—No, muchas gracias.

—¿Puedo telefonearte un día? Podemos ir a la piscina o a cenar, si te parece. Así nos hacemos compañía —dijo sonriendo—. ¿Te parece, Elisa?

—Muy bien —dijo Elisa—. Si tú quieres...

—¿Qué día te viene mejor?

—Un sábado es mejor para mí, pero puede que ése no sea un día a propósito para ti.

—El próximo sábado te llamo. Mañana voy a escribir a Maritina y le diré que te he encontrado. Hasta pronto, Elisa —dijo tendiéndole la mano—; que no trabajes mucho...

Le vio alejarse. Caminaba por el paseo erguido, seguro el paso. Pensó que era atractivo. Nada más que atractivo. Al llegar a la altura de su coche él le hizo un último saludo con la mano. Luego se fue.

Elisa encendió un cigarrillo y miró hacia el mar, pero el mar no estaba allí. Las luces del parque recortaban los árboles, iluminaban los senderos. Los Viveros de la Villa eran tiniebla cerrada, y el bosque de la Casa de Campo era solamente una masa negra, lejana. Entonces volvió la cabeza.

II

 

Acababa de hablar por teléfono y podía reproducir, palabra por palabra, la larga conversación con sus encrucijadas de silencios ambiguos y sus reticencias delirantes, a las que había que estar atenta como los exploradores de los, en otro tiempo, amados libros de aventuras lo estaban a los tembladeros y a las arenas movedizas. Se sentía inquieta y un poco fastidiada y otro poco gozosa. Era inútil, de momento, intentar concentrarse en el trabajo y su mirada fue por la habitación como un pez en su acuario recinto. Entraba filtrada por la persiana y los visillos del balcón la forunculosa luz de la tarde de julio, y los cristales de los grabados espejeaban golpeados y refulgía el barniz de los muebles tiroleses con algo de secreta iglesia. La librería quedaba en la penumbra mate de la rinconada y los lomos de los libros eran colores de rescoldo.

Tenía calor y aunque otras habitaciones de la casa se le ofrecían menos sofocantes prefirió quedarse en su cuarto, allí donde comenzaban su independencia, su libertad y su tristeza. A pesar de la temperatura se abrigó en la bata, que cubría su casi total desnudez, porque tuvo miedo de su cuerpo; miedo de contemplar la carne floja en los muslos y en el vientre, con los trazos, apenas visibles todavía, de lo que en el futuro sería vencimiento. Había tenido alegría, orgullo y un inconcreto sentido de poder y ahora la abrazaba el temor nacido de la vergüenza de la edad: de sus treinta y cuatro años y su soltería.

Se activó en ocupaciones fútiles, arreglando y desarreglando, colocando, moviendo, soplando polvillo del descuidado faenar de vacaciones, alfabetizando libros en su pequeña biblioteca, hasta el hastío del orden, y se dejó caer, como quien va a nadar de espaldas, en el sofá convertible, rendida de aburrimiento y de verano.

Cerró los ojos; entre el sopor y la vigilia más vivaz pensó su estrategia y decidió su táctica. Agrupó las noticias que su instintiva cautela de mujer, como un servicio secreto, consideraba fundamentales en el juego. En primer lugar el número, la insistencia y el temario de las llamadas telefónicas, que eran su vinculación más estrecha. El curso con las raras visitas de compromiso y algunas cenas de sábado, fatigosas y levemente protocolarias, quedaba atrás, ni siquiera como un recuerdo, sino tan sólo como asuntos de trámite en «casa de Marcela». «Casa de Marcela» sabía a latín y en latín podría resultar algo parecido al nombre científico de un animal, de una animácula, de un insecto. Exactamente de un insecto con el que se cumple matándolo y que nunca se recuerda. Pero la casa del verano no era la casa de Marcela, sino la casa de él, su cubil, su ogrera, la trampa y todo lo que supone un desafío de abatimiento y de valor.

En primer lugar las llamadas telefónicas. Siempre a las misma horas. Cuando él aún no había comenzado la consulta en la soledad de su despacho, lejana la puntual enfermera autosuficiente —tantas veces recordada con horror— de piernas zambas y sólidas como una osa, y sonrisilla irritadora, que contemplaba el mundo desde las miserias del fichero y parecía preguntar confesiva a todos: ¿Qué nueva desgracia debida a un nuevo exceso le ha ocurrido? ¿Qué tontería acaso irremediable ha cometido? ¿Con qué triquiñuela barata viene esta vez si sabe que es inútil? Siguió decorando el presunto sermón: ... si sabe que se han de enterar sus padres, su marido, su novio, todos sus parientes, todos sus amigos, Europa, el mundo universo, porque las medicinas y los enfermos están llenos de cornetas, de inmensas bandas de música que tocan constantemente llamando al espectáculo...; si sabe que las procesiones, los desfiles, el tráfico de las grandes horas viven en su cara: en esos labios exangües, en los nichos de sus ojos, en el afilamiento y en la transparencia de sus orejas de murciélago gigante disecado, lleno de polvo en la vitrina, con las alas abiertas y ensambladas como las velas de los juncos chinos...; si sabe que está en una ficha eterna, como una obra de un genio de la Literatura con su orina, su sangre, su saliva, sus dolores, su angustia, y no lo olvide usted, no lo olvide usted, no lo debe olvidar: váyase para su muerte con dignidad, que ya está registrada...; si sabe... Olvidó a la enfermera y volvió a su otro juego para jugarlo minuciosa y delicadamente.

No era sucio, estaba segura de que no era sucio, porque no se trataba más que de salir, mejor dicho encontrarse por el azar que guía a los solos con él, un hombre lejos de la familia, deseando no hablar a alguien de medicina y queriendo un poco de tiempo para decirle a una amiga cosas que se las hubiera dicho, tal vez o acaso no, a su mujer. De todas formas convenía engañarse y el azar que guía a los solos era una buena fórmula para engañarse, aunque la pretensión de engañarse era tan absolutamente necia que más valía olvidarla. Y ya estaba hecho. No era sucio y era suficiente. En el distante septiembre entrevisto en la calígine podía decírselo a Marcela.

«Un día salí con tu marido. Estábamos los dos muy solos. Madrid se queda sin gente y salimos para hacernos compañía. Hablamos de ti...»

Y a Marcela le parecería perfectamente bien, porque eran amigas desde niñas y sabía que ella era incapaz... Pero una mujer nunca es incapaz y Marcela sabía tan bien como ella, mejor que ella muy probablemente dado el sentido de la propiedad que toda mujer casada suele tener, que nada es inocente desde que nace. La salida, por tanto, no sería sucia, pero tampoco inocente. Debería ser únicamente un juego conocido, pero del que no se saliera dañado. Le aterrorizaba el daño por lo que tiene de acorralador y elemental, por las glaciaciones de desvalimiento que deja en las personas, como una enfermedad grave o cosa semejante. Y le gustaba la frase: «Amortajada en su soliloquio.» Ya que la pena es un soliloquio infinitamente sin sentido y duramente intransitivo.

Bien, ¿de qué hablaría?, ¿cómo se manifestaría? Y, sobre todo, ¿cuáles eran las claves? ¿Y por qué había decidido acudir ella a la cita después de haberse resistido desde el comienzo del verano?

Hablaría de cualquier cosa, meditada y feamente, tropezando las sílabas y alargando los períodos hasta aletargarse en ellos. De cualquier cosa, pero con la temida corriente interior medulando todas sus frases, cargándolas de intención. Toda su apariencia de hombre reflexivo encubriendo el acecho de la caza huyente; para nada la tensión de la espera, sino una —¿cómo decirlo?— sólida, sí, tal vez sólida autonomía que le permitía ir de acá para allá sin alborotarla, dejándola quieta y como en estado de hipnosis. Así fueron muchas de sus conversaciones. Así había sido la conversación telefónica. Y de pronto un silencio. En los silencios se debilitaba él porque esperaba el efecto y su juego debería ser la acción continuada, sin reposo. Ella volvía en sí y se aprestaba otra vez a la huida sonámbula.

¿Cuáles serían sus claves? Tenía que pensar el lugar donde se desarrollaría la entrevista. No comprendía muy bien por qué, pero en el lugar estaba la explicación de las claves. Era evidente que lo mismo daba un parador de la carretera que la terraza de un restaurante o de un café, mas parador o terraza podían y de hecho tenían distinto significado. No la culpa burguesa y esperada del parador, ni la cándida situación de la terraza, sino otra cosa diferente. Por eso era evidente que lo mismo daba un parador que una terraza, porque él encubriría su táctica en tal manera que el juego debería hacerse complicado. Esencialmente él era un hombre complicado —Marcela jamás lo había entendido— y usaría el parador o la terraza de una forma absolutamente inesperada, contra las que podía no tener defensa. De todas formas le estaba dando demasiadas vueltas a la cabeza y si acudía a la cita era principalmente por la morbosa vanidad de saber sobreponerse. O no. Si acudía a la cita era por medirse con un hombre que siempre la había deslumbrado intelectualmente y no desde su profesión de médico —ésta ya era por sí misma deslumbradora y además ella había estado enferma y fue tratada por él—, sino desde un aura especial que hacía que hasta retazos, pruebas de incultura —era un hombre demasiado ocupado para ser totalmente culto—, resultasen significativamente muestras de clarísima inteligencia. Probablemente no eran más que trucos dialécticos, pero trucos de gran circo, de monumental circo dentro de un cráneo.

A las siete de la tarde tomó una ligera ducha y procedió a vestirse, distrayéndose al compás en pequeños arreglos de las ropas y objetos de su armario. A las siete y media sonó el teléfono. La conversación fue breve, únicamente para señalar el lugar y la hora exacta de la entrevista.

Cuando Elisa salió a la calle caía el sol tras de las altas casas del otro lado de la avenida. Contempló un momento el resplandor tras de los bloques y el rocío de luz sobre las acacias de las aceras. Los bloques se extendían rígidos, esbeltos y uniformes, como los santos de los atrios de las catedrales, y en todos había diversa expresión paralizada y el halo de cada uno era extrañamente distinto. Casi no había tráfico y los pocos coches que pasaban lo hacían lentamente. Era la hora perezosa y misteriosa en que los juegos de los niños pasan a ser mágicos, en que los dibujos en el polvo se transforman en criptogramas cabalísticos y en el que las conversaciones se adormilan en susurros plenos de complicidad. Un instante casi suspirado, que Elisa unía mentalmente al polvillo de las alas de las mariposas, considerándolo como materia de crepúsculo o considerado como materia de crepúsculo en su niñez más fugaz y perdida, recobrada alguna vez en el sueño y que poco tenía que ver con su otra infancia disciplinada, colegial.

Tomó un taxi y dio la dirección. El paseo de la Castellana fosforescía y el verdor de los árboles aumentaba, haciéndose denso como una gran pasta de menta. Los monumentos de la calzada eran hermosas sombras y al llegar a la plaza de Colón reconoció en ésta algo como un cirio en su trípode de oro y negro funeral.

La terraza estaba rumorosa y pobladísima y anduvo derivando al encuentro hasta que una voz la llamó. Allí estaba. El hombre se levantó de su asiento y fue hacia ella. Se saludaron.

—Ven a sentarte —dijo el hombre—, antes de que nos quedemos de a pie.

Obedeció. Sentía el brazo izquierdo momentáneamente paralizado por la presión de la mano de él.

—¿Qué vas a tomar? Te recomiendo una copa de helado. Acabo de tomar uno y está muy bueno.

—Bien, una copa de helado.

—Camarero, una copa de helado para la señorita, por favor —dijo él.

Mantuvo un silencio que inquietó a Elisa.

—Bueno —dijo al fin—, después de tantas llamadas, después de tantos días, logro verte. Supongo..., creo que has pensado lo peor de mí y que vienes a hablar como a un sacrificio, ¿verdad? Vienes resignada a soportarme, lo sé, y yo no lo quiero. Me gustaría que nuestra entrevista fuese alegre, por lo menos alegre. ¿Estás conforme? —Desde luego, Pedro —dijo Elisa.

—Así es mejor —dijo el hombre descansando.

III

 

—Lo que yo quiero... —dijo Elisa no sabiendo explicar bien lo que quería— es algo así como las fotografías que hace usted, pero más concretas...

—¿Menos espontáneas? —preguntó sonriendo con un dejillo de superioridad profesional el joven de la piel atezada que la había recibido en short y con la camisa atada por las puntas de los faldones sobre el vientre y ni siquiera se había molestado en disculparse.

—No sé..., más concretas..., más sin anécdota..., que no reflejen una historia pero que puedan dar lugar a una historia...

El joven revolvió en un desordenado armario, con una de las hojas de la puerta colgando de un gozne, los suficientes segundos para que Elisa pudiera examinar el laboratorio y sacara una impresión: mucho desorden y algo de suciedad, pero desorden y suciedad nacidos del trabajo y no del todo desagradables.

—¿Algo de este estilo? —dijo el joven volviéndose, y dándose cuenta de la inspección añadió—: Está todo muy revuelto, no tengo tiempo..., ni ganas, por supuesto. Hace demasiado calor en el estudio. Esta es una casa muy vieja y no sé por qué las casas viejas son más calurosas; deben guardar todo el calor de las personas que las han habitado sumado al que hace.

Elisa sonrió porque le habían gustado las palabras del joven.

—¿Usted cree que los sitios que han sido habitados no son como los desvanes donde se almacenan esos cadáveres que los niños suelen desenterrar del polvo y las telarañas, pero que ya nada dicen a los mayores? ¿Usted cree?

—No sé, a veces digo tonterías... ¿Es algo de este estilo? —dijo mostrando una carpeta con grandes fotografías.

—¿Por qué cree que dice tonterías? —preguntó Elisa desinteresándose de la carpeta—. No dice usted tonterías. Dice cosas que son muy verdaderas y las dice muy bien, estoy segura.

El joven se encogió de hombros y Elisa comenzó a mirar morosamente cada una de las fotografías, mientras el joven, que había encendido un cigarrillo, se paseaba en su celda.

—¿Quiere usted que salgamos al estudio? —preguntó—. Yo creo que en el estudio hace más calor, pero puede que usted esté más cómoda. Aquí ni siquiera se puede sentar. El blancor de los azulejos y el agua de las pilas dan una impresión de frescor. No sé, seguramente hace más calor aquí que en el estudio y además está usted de pie y se está cansando.

Hasta el momento era el único gesto galante que había tenido y Elisa lo aceptó de muy buen grado.

—Si usted quiere salimos al estudio.

—Está a mediodía y le da el sol implacablemente. Trabajar aquí es un martirio, y en invierno también, pero por el frío. Especialmente en el laboratorio. Ni estufas ni nada. El frío es casi un combate; casi boxeo con él, pero lo prefiero. En fin, salgamos; no le estoy dejando ver a usted esas copias...

En el estudio el joven limpió cuidadosamente una butaca de cuero cuarteado con una toalla, que lanzó luego al hogar de una chimenea repleto de botellas.

—Siéntese, no se manchará —dijo—. ¿Quiere usted beber algo? No tengo nada fresco, pero puedo bajar y subir hielo. ¿Le gustaría tomar un cubalibre? En un instante estoy aquí. No se preocupe...

Elisa hizo un leve gesto indicando que no quería procurarle molestia alguna.

—No se preocupe —insistió el joven y aclaró: ¿U otra cosa? —No, un cubalibre está bien —dijo Elisa—. Estas fotografías son formidables.

—Son de hace unos años.

—Pues son formidables. Tienen mucha calidad y..., bueno, yo no entiendo mucho, pero me parecen excelentes.

—Lo son —dijo el joven—, pero están muertas. Las cosas concretas están muertas. Todo tiene que ser más informe, profundamente informe —dijo meditativamente—. ¿No sé si usted me entiende...?

—Claro que le entiendo.

—Me alegra mucho. Bien, en tanto las mira bajo por el hielo. ¡Ah!, si usted quiere refrescarse las manos está allá... —dijo discretamente—. No es muy lujoso, pero tiene decoro. Ahora subo.

El joven abrió la puerta y salió. Elisa le oyó saltar los escalones hasta que la alegremente gimnástica bajada se fue perdiendo. Luego miró en su torno. La ventana del saloncillo con los postigos cerrados vertía una luminosa penumbra a su alrededor. La agria luz del verano entraba por el pasillo hasta casi el sofá, sobre el que había revistas esparcidas. En un rincón, amontonadas, estaban las lámparas de pie de cigüeña, y el rincón parecía que tenía el destartalamiento y algo presuroso de escenario teatral. Junto a la puerta un arca o baúl de marinero servía de asiento a una tinajilla con cardos y mazorcas. Sin duda debía haber habido, hacía algún tiempo, fotografías enmarcadas en las paredes, pero su huella había sido casi borrada por el sol. Antes de que volviera a las fotografías de la carpeta ya estaba el joven de vuelta con un gran trozo de hielo envuelto en papel de periódico en una mano y en las axilas, los antebrazos y en la otra mano botellas de cola como granadas en los alvéolos de los viejos armones de artillería de las viejas revistas familiares. Estuvo a punto de recriminarle: «¿Cómo ha bajado usted con esa pinta a la calle?», pero se calló y se sintió muy alegre cuando el joven cerró la puerta con el talón y dijo sonriendo jadeante:

—Menos de cuatro minutos y medio... Un verdadero récord...

—Cualquier día se matará —afirmó Elisa y de inmediato pensó que había dicho una insustancialidad y que la frase la envejecía.

—¿Le da miedo? ¿Por qué le da miedo? A veces salto los escalones de seis en seis... El ruido molesta a los vecinos y se quejan a la portera... Hay una histérica que sale al descansillo a insultarme y a llamarme salvaje; cuando llego abajo le hago la trompetilla... La irrita hasta el ataque y dice cosas de mi madre... Yo le llamo zurrupia y le pido perdón.

—Si le divierte... —dijo fríamente Elisa.

—Claro que me divierte, si no no lo haría... Este hielo me está quemando las manos... En seguida vengo con los vasos.

Elisa le oyó partir el hielo y lavar los vasos en la pila del laboratorio. Continuó con las fotografías de la carpeta, apartando hacia atrás las que eran más de su gusto.

—Aquí tiene su vaso... Ahora le pongo el ron... ¿Ron o ginebra? —Prefiero ginebra.

—Esta es buena y ésta es mala —dijo el joven mostrando dos botellas—. Lo que pasa es que de la buena apenas queda.

—Me da igual.

—No, le voy a dar de la buena un poco cada vez y así tiene para dos.

—No, no. Bebamos los dos de la buena y luego si queremos más... Yo no creo que quiera más, pero usted...

—Yo bebo bastante de prisa y además me gusta tomar cubalibres, por lo menos en el verano.

Quedaron en silencio mientras el joven preparaba las bebidas. El hielo en los vasos estaba lleno de campanillas y luceritos. —¿Usted siempre firma Pablo? —preguntó Elisa.

—Sí, siempre. ¿Le echo toda la cola o no?

—¿Nunca con su apellido?

—No, mi apellido dice muy poco. No voy a firmar Pablo Fernández. ¿Ha apartado usted alguna que le guste? Las que le gusten se las doy. Las puede enmarcar y colgar en su casa o puede guardarlas en una carpeta. Le recomiendo esto último. Ya le he dicho que yo hago ahora otra cosa, eso no me representa.

Elisa calculó el énfasis que había puesto en la palabra. Representa. Se sabía representado. Lo que uno hace es como su sombra, una buena o una mala compañía, pero una compañía.

—¿Qué es lo que le representa ahora? —preguntó Elisa. —Se lo enseñaré después de que bebamos. ¿Ha apartado usted alguna fotografía?

—No —mintió Elisa—. No lo he hecho. Todas me gustan muchísimo y además no pensaba que usted me iba a regalar... Un obsequio así es... —dudó— demasiado; no creo que usted se quiera desprender de sus obras. Para un artista debe ser bastante doloroso.

El joven se rió a carcajadas de una manera absolutamente jocunda, natural y no ofensiva.

—El arte, los artistas, los partos, los hijos, las bobadas... —dijo el joven—. Pura mentira. Lo que yo quiero es desprenderme de cosas. Estar más libre. Vivir sin agobio. Hacer hoy, por ejemplo, una cosa y no tenerla ni acordarme nunca más de ella. Eso es para mí lo mejor... Y ahora brindemos por nuestra colaboración, si es que se puede llamar colaboración...

—Naturalmente que es una colaboración —dijo Elisa—. La parte más importante de mi libro es la parte gráfica.

—¿Usted cree? —preguntó el joven con picardía—. Entonces, ¿por qué dice usted mi libro y no nuestro libro?

—Perdón... Es una manera...

—Yo haré lo que usted me diga —la interrumpió— y ya está. Brindemos por nuestra colaboración.

Chocaron los vasos y bebieron. El hielo respondió como un débil eco dentro de su clausura de color caoba.

—Es estupendo —dijo el joven chasqueando la lengua—. Usted..., nunca me acuerdo más que de su apellido...

—Elisa —dijo un poco molesta—. Fácil de recordar.

—Usted, Elisa... Tengo bastante mala memoria para los nombres... Elisa, ya no se me olvidará... Elisa, esta bebida es un buen invento... Bien, Elisa —dijo recreándose en el nombre—, le voy a dedicar unas cuantas fotografías —se apoderó de la carpeta y las miró de corrido—. Estas últimas son las mejores. Especialmente estas tres. ¿Las quiere?

—Desde luego.

—Bien, beba. Le espera otro cubalibre.

—No quiero más. Y además se ha hecho tarde y tengo que marcharme.

—Un momento. Preparo un cubalibre para mí, para que me ayude a concentrarme y pueda escribir buenas dedicatorias... –dijo riéndose.

El joven corrió hacia el laboratorio. Elisa bebió lentamente. —Lo que se necesita para el libro son fotografías como ésas, exactamente como ésas. Yo le daré en una cuartilla los temas... Una cosa muy sencilla, muy concreta y muy expresiva... ¿Me escucha?

—Naturalmente.

—Así el niño puede recrearse al contemplarlas...

Apareció el joven triunfante con sus fotografías dedicadas, que entregó a Elisa. Después bebió largamente.

—¿Le gustan las dedicatorias? —preguntó interesada e ingenuamente.

Elisa barajó las fotografías en la rápida lectura.

—Muchísimo —respondió.

En una de ellas había una falta de ortografía, pero Elisa no había sentido la molestia profesional de lo desmañado e inculto y repitió:

—Muchísimo.

IV

 

La había llevado a cenar a Las Tinajas y durante el camino el horror a las luces de los faros y a las sombras circulantes le hicieron agazaparse y darse protección en el asiento del coche. No conduciría jamás o por lo menos no lo haría de noche, porque era como una embriaguez y un enfurecimiento. Ricardo llevaba el automóvil demasiado de prisa y cantó canciones de soldados a partir de Campamento, tarareando lo que podía ser molesto o soez. Su tarareo crecía a lo estentóreo de vez en cuando y entonces ella se sentía absolutamente avergonzada y en peligro.

Eran los últimos días del mes de julio y el calor había aplastado, al atardecer, una tormenta sobre la ciudad. Llovió mucho y muy fuerte, y la noche tenía sus estrellas muy bajas, aunque por el talón de la sierra, donde se agolpaban todavía las nubes de tronada, estaba oscurecida y densa. Probablemente llovía en El Escorial y más al Oeste, pero no se veían relámpagos y la atmósfera estaba clarificada, excepto en aquellos últimos posos de la lejanía.

Ricardo había llegado a la cita un poco bebido. Ella no quería que la fuera a buscar a su casa. La casa y sus derredores debían ser como un jardín apacible, por donde pasearse distraídamente en el más grato de los silencios. Ricardo había insistido y ella encontró la brusquedad suficiente en las palabras para no herirlo y rechazarlo. Luego se retrasó y Ricardo también lo hizo por no sabía qué amigos antiguos encontrados casualmente, y ahora, después del pequeño viaje, estaban los dos contemplando las estrellas en la colina de Las Tinajas, tomando unos aperitivos antes de cenar.

—¿Las pequeñas también tienen nombre? —preguntó Ricardo y señaló a una no alcanzada por la mirada de sus ojos algo miopes—. ¿Esa también?

—Todas.

—¿Y por qué?

—¡Qué pregunta! Porque sí, como las plantas o los animales. ¡Qué sé yo!

—Las debieran numerar, que es más científico, y no ponerles nombres absurdos. ¿Tú crees que la Osa Mayor parece una osa de verdad? ¿A qué no? Le llaman la Osa Mayor como le podían llamar la Bicicleta Mayor o la Máquina de Escribir Mayor. Esto es como el asunto de los Reyes Magos...

—¿Qué tiene que ver ese asunto con la Osa Mayor?

—Naturalmente que tiene que ver —dijo pesadamente Ricardo—. ¿Los Reyes vieron una estrella o no la vieron? Si la vieron...

—¿Por qué no dejamos este galimatías, Ricardo?

—Para mí no es un galimatías. Es sencillamente absurdo, y si por mí fuera borraría de los planisferios toda esa literatura. Un uno para la primera, por ejemplo la del Norte, y todo correlativo hasta el final si se llegaba...

Elisa se imaginó el planisferio como algunos entretenimientos de las revistas para niños: estrellas numeradas que unidas correlativamente por una línea hacían aparecer una figura. ¿Cuál sería la figura del cielo?

La cena estaba lista y cenaron abundantemente. Bebieron un vino fresco y seco, que dejaba en la boca sabor a madera levemente aromática, y luego esperando el café fumaron cigarrillos. Durante la cena apenas habían hablado y Ricardo no hizo otra cosa que mirarla. A veces sus miradas se encontraban y ella la hurtaba hacia un lado u otro en la ligera contemplación de un farol o de una pareja cercana o de las idas y venidas de los camareros.

—Bueno, Elisa —dijo Ricardo—, debo estar muy animado para decírtelo. Se conoce que este vino ha hecho su efecto y me ha dado valor. Estoy seguro que el vino da valor sobre todo a los que no somos —jugó con la pulsera de su muñeca—, a los que no somos... ¿Tú me entiendes?

—No —respondió Elisa—, no te entiendo.

—Tienes algo de bruja y de hada. Medio bruja, medio hada, medio no sé. Sí, algo de bruja y de hada. Medio bruja, medio hada —repitió—. Me tienes que perdonar que te llame bruja —dijo riéndose forzadamente.

—Ya sé en qué sentido lo dices o lo quieres decir.

—Me entiendes, ¿verdad? Mucho mejor. Medio bruja, medio hada...

—Bueno, deja ya eso y dime lo que me quieres decir. Hasta ahora sé solamente que el vino te ha dado valor y que soy medio bruja, medio hada, medio no sé. De todas maneras es una definición.

Ricardo apuró un resto de vino que le quedaba en su copa y perdió valor. Encendió un cigarrillo torpemente y contempló con mirada fingida y perdida las profundidades del campo nocturno.

—Cuando uno vive —dijo lentamente—, cuando uno vive con un ser al que se quiere pero que le es extraño...

—¿Quién vive con un ser querido y extraño? —preguntó Elisa.

—... no es feliz —continuó Ricardo—. Durante muchos años se vive —dijo lacrimosamente— dependiendo de él. Luego uno se da cuenta y ya no quiere a ese ser y cree que quiere a otro. Es decir, quiere a otro y este otro puede que no se dé cuenta y puede que se dé y abuse de eso, pero uno está muy desvalido...

—¿Tú estás desvalido? —dijo Elisa.

El hombre compuso la figura y dijo las palabras trucadas y muertas:

—Sí, Elisa, yo...

Elisa guardó silencio durante unos instantes ante la expectación de Ricardo, que jugueteaba con su pulsera.

—Bien, Ricardo, ha sido una buena cena y te doy las gracias por ello. Ahora llévame a Madrid.

V

 

Cuando llamaron a la puerta, Pablo, en short y descalzo, estaba tendido en el sofá encima de las revistas. Ni dormía, ni soñaba; pensaba simplemente en que había trabajado mucho hasta las cuatro de la tarde y que le pagarían poco dinero en la agencia por la cantidad de fotografías que había terminado. Se volvió a medias, se frotó un pie contra otro y gritó:

—¡Adelante!

Entró Elisa y su vestido estampado claro flotó un poco al andar y pareció que había entrado algo de aire con ella y que el aire recorría el estudio moviendo todo aquello que estaba reposado y quería volar.

—Buenas tardes —dijo Elisa—. Tal vez he interrumpido...

—Un momento. Siéntese. Quite eso de ahí. Tírelo al suelo. Ahora vengo. Voy a refrescarme... Estoy groggy... Absolutamente K. O. ¿Vale?

—Vale —dijo Elisa divertida.

Elisa dejó la camisa de Pablo sobre el sofá y se sentó en una de las butacas. Oyó las sonoras abluciones y cómo se limpiaba las narices y el ruido que hacía al enjuagarse la boca. Esto es la intimidad, pensó; la intimidad sin intimidad. Pablo volvió peinándose con un trozo de peine y su alborotada pelambrera negra se fue alisando y tomando la brillantez aceitosa de otras veces. Por el pecho, sin vello, y el vientre se deslizaban reguerillos de agua que le humedecían la pretina del short.

—¿Le gustaron las últimas? —preguntó Pablo—. Yo creo que es lo que usted quiere, ¿no?

Dejó el trozo de peine abandonado sobre una revista y se sentó en el sofá. Luego se secó con la palma de una mano los reguerillos y esperó la respuesta. Elisa abrió su bolso y le ofreció un cigarrillo.

—No, sólo fumo negro —dijo Pablo, y le dio fuego.

—Sí —dijo humeando—. Sí, es exactamente lo que yo quiero.

—De acuerdo... A mí no me gustan. No me gustan nada. Ya le dije que son cadáveres. Muertos sin enterrar. Prefiero un mutilado a un muerto. Ahora hago mutilados, pero haré vivos. Esté segura. Hay que alcanzar con la fotografía el primer día de la creación, cuando todo estaba vivo y no había todavía muertos. ¿Se da cuenta?

—No sé. La verdad es que no me doy mucha cuenta, pero sé que le entiendo por lo menos en lo que se propone.

—¿Quiere usted beber?

—Si tiene usted que bajar, no; de ninguna manera.

—Le pregunto que si quiere usted beber —dijo Pablo—. No si le parece bien que tenga que bajar. ¿Quiere usted beber? —insistió. —Bueno, beberé —respondió sonriendo Elisa.

Pablo tardó cuatro minutos en subir el hielo y las colas. Se paró bajo el dintel de la puerta y respiró hondamente. Elisa apretó su cigarrillo contra la gran concha que servía de cenicero.

—He subido demasiado rápido para este calor —dijo Pablo—. Demasiado rápido, y lo pagaré sudando el cubalibre que me beba.

—No corría prisa —aclaró tontamente Elisa, y se corrigió—; a no ser que tenga usted una sed de desierto.

—Muy bien dicho. Eso es lo que tengo. Una sed de perdido en el desierto. Y estoy viendo espejismos porque he corrido demasiado.

—¿Quiere usted lo de siempre?

La palabra no le agradó y por eso se rebeló contra lo establecido por él.

—No, hoy prefiero tomar ron.

—Como quiera.

Oyó cómo partía el hielo en la pila del laboratorio y cómo lavaba los vasos. Como siempre, pensó; un siempre que se remonta a dos semanas y a tres visitas, pero un siempre establecido.

—No, póngame ginebra —dijo Elisa—. Lo he pensado mejor y quiero ginebra.

—Bien, Elisa, si no hubiera tenido que bajar de nuevo, porque el ron se ha acabado.

—Me alegro entonces de haber cambiado a tiempo. Pablo cascabeleó el hielo en los vasos.

—Es alegre —afirmó.

—Muy alegre. Tiene una fiesta cada vaso.

—¿Una fiesta? —preguntó Pablo haciendo un gesto de extrañeza—. Ya le comprendo. Quiere decir tiovivos, música y...

—Sí —dijo suspiradamente Elisa—, pero era solamente un modo de decir lo alegre que son.

Pablo comenzó a preparar las bebidas.

—El libro —dijo— le va a quedar bastante bien. Yo no sé nada de psicología, pero le va a quedar bastante bien, porque usted debe saber mucho de eso. Por lo menos sabe lo que quiere con las fotografías.

Le ofreció uno de los vasos y le advirtió:

—No beba todavía. Hay que brindar por su libro.

Brindaron. Pablo chasqueó la lengua.

—Estupendo —dijo—. Oiga, ¿a que no se imagina lo que me han preguntado los del bar?

—No, no me lo imagino.

—Que a quién tenía en el estudio ¿No le parece divertido? Que a quién tenía en el estudio. Esos del bar siempre están pensando lo mismo.

Elisa miró fijamente a su vaso.

VI

 

—Está muy bueno. Dentro de un rato nos tomaremos otro, ¿te parece?

La trataba como a una niña y le ofrecía helados de vainilla como si fueran premios. El paternalismo estratégico que a veces solía usar le repugnaba y le hacía alcanzar los temblorosos límites de la irritación, pero un movimiento más fuerte —deseo de tutela y la viscosa absorción del mimo— la vencía y nunca se rebelaba. Protegida se sentía muy bien y se abandonaba como se abandona un nadador en las aguas dando solamente algunas brazadas, pequeñas respuestas, para conservar su posición de relajamiento y posible éxtasis.

—Sí, está muy bueno —respondió.

La terraza del café tenía una bóveda de plátanos enramados, cuyas hojas brillaban minerales a la luz de los faroles. Del lado del paseo había una cinta de oscuridad y más allá, en la calzada, las fulguraciones de los coches pasando. Los camareros, igual que las hormigas se encontraban, transmitíanse algo y continuaban su camino; entraban y salían del hormiguero, de la casa matriz o del cuartel e iban sorteando con su carga los obstáculos de los clientes y viandantes. En los ojos del limpia-botas descubría proposiciones turbias y su figura encorvada y genuflexa tenía la monstruosa obscenidad de las gárgolas catedralicias.

—Bien, te iba diciendo —dijo Pedro—; bueno, no sé qué te iba diciendo, porque me he distraído. ¿Tú te acuerdas?

Elisa retornó con las palabras al combate.

—Yo también me he distraído, pero creo que me hablabas de la imposibilidad de los seres humanos para...

—Me acuerdo. Te hablaba del azar. La imposibilidad de nosotros para encontrar lo que queremos. Todo se complica y en la complicación forman parte la sociedad, la carrera de uno, la economía, ¡qué sé yo! Bien, ahí está la clave; algunos años después, o mucho después, el azar, únicamente el azar, hace que encontremos aquello que hemos estado buscando toda la vida. Lo hemos estado buscando muchas veces de una forma activa y otras lo hemos estado esperando, que también es una forma de búsqueda. Di, ¿qué piensas?

—Estaba escuchándote. Pensaba en lo que estás diciendo.

—¿Seguro? Puede que te esté aburriendo.

—De ninguna manera. Pensaba en lo que decías... Sigue, por favor.

—Si la vida es algo es azarosa, por tanto no hay que dejar escapar aquello que ella misma nos ha puesto delante y a nuestro alcance. Aquello que naturalmente apetecemos y que por eso mismo es nuestro. ¿Me comprendes?

—Te comprendo muy bien.

—Sí, por ejemplo, yo... —dudó—, si yo... he encontrado aquello que he estado buscando durante largos años y...

—No pongas ejemplos —dijo fríamente Elisa—. Ya sabes que son hermosos traidores a sueldo. Te traicionarán y te traicionarás de paso. —Bien —dijo Pedro—, no pondré ejemplos. Creo que debemos tomarnos otro helado, ¿te apetece?

—No sé —respondió Elisa—. Solamente he tomado tantos helados en mi infancia.

—Vuelve a ella. No es tan malo.

—No quisiera volver por todo lo mejor del mundo. Me encuentro muy bien ahora siendo lo que soy y no quisiera ser de nuevo niña, aunque no lo podría ser en manera alguna, y jugar a niña no me divierte lo suficiente.

—No es tan aburrido —dijo cachazudamente Pedro—. Si yo pudiera volver a la niñez tendría por lo menos sueños.

—¿Y para qué quieres tú tener sueños?

—No me lo has dejado decir antes.

—No, no me ibas a hablar de sueños de niño. Estoy segura. —¿Por qué estás tan segura...? Bueno, Elisa, no nos perdamos en preguntas y respuestas sin demasiado sentido. Tómate tu helado. —No voy a tomar helado, prefiero que me invites a otra cosa. —Bien, pide otra cosa.

Pedro llamó al camarero, que estaba fumando apoyado en el aparador de madera, pintado de verde, bajo un árbol. El camarero se acercó lentamente expulsando el humo violentamente por la nariz. Andaba como una oca o como andan los augustos en el circo para no tropezarse con sus zapatones. Elisa se sonrió.

—No puedo volver a la infancia, Pedro —dijo—, pero siempre la tengo presente. Es algo que casi merece un psiquiatra. —Estás loca, muchacha —afirmó Pedro.

—Por eso, porque estoy loca —dijo alegremente Elisa—. Bastante tronada. Debo necesitar un lavado de cerebro como los espías, porque me estoy continuamente espiando, ésa es la verdad.

—Bien, ¿qué quieres tomar? —pidió Pedro.

—Ahora quiero un cubalibre, bien cargadito de ginebra.

—¿Y usted? —preguntó el camarero dirigiéndose a Pedro.

—Yo un helado de vainilla y un vaso de agua muy fría.

Guardaron silencio. Pedro contempló un momento el reflejo de las luces en las hojas de los plátanos y dijo suavemente:

—No sé, Elisa, pero tengo la suficiente intuición para sentirme ahora como un viejo verde. No te lo sabría explicar, pero es así.

—¡Qué cosas se te ocurren! —exclamó muy alegre Elisa—. Continúa con lo del azar y se te pasará.

—El azar es una tontería —dijo Pedro caviloso.

VII

 

«El jueves a las ocho en La Casona, a la entrada de Echegaray. Llevaré la moto», había dicho Pablo. Y ella estaba en el Buffet Italiano tomando café y esperando a que dieran las ocho de una tarde de fragua para cruzar la calle y asomarse a La Casona. Los primeros días de agosto estaban siendo demasiado calurosos y exasperantes y se sentía débil y airada. El hombre del bar leía el periódico bisbiseando las noticias y un gato viejo y tuno dormía galvanizado en el frescor de los baldosines, a la izquierda de la entrada, con las cuatro patas en tensión.

—¿Qué hora tiene usted? —preguntó Elisa.

—Casi las ocho —dijo el hombre del bar consultando su reloj. —Muchas gracias. ¿Qué le debo?

Pagó y guardó los cigarrillos, que tenía sobre el mostrador, y la vuelta del billete en su bolso de pleita.

—Adiós. Buenas tardes.

—Buenas tardes tenga usted.

Pensó que la falta de clientes le hacía ser amable con ella y que en otra ocasión probablemente no le hubiera contestado. Cruzó la calle y miró hacia el Prado, opacado por una ligera calina. Luego sus pies la llevaron hacia La Casona, aunque tenía en la cabeza reservas y prevenciones suficientes para haberse ido hacia otro lado cualquiera.

En La Casona la recibió una fresca penumbra y percibió el chorro cantando de un grifo y sus ojos tuvieron que indagar en la semioscuridad hasta que al instante una voz, considerada bronca y ruda sin la persona, le sirvió de socorro.

—Hola, Elisa.

—Hola, Pablo.

Y lo vio ante ella vestido con una camisa de manga corta y aire militar, pantalones de color crema muy ceñidos y sandalias.

—¿Qué quieres tomar?

—Acabo de tomar...

—¿Un cubalibre? —preguntó Pablo interrumpiéndola—. ¿O todavía es pronto? Ponga un cubalibre, mejor dicho dos... Bueno, Elisa, has llegado a la hora. Yo desconfío siempre de las horas de las mujeres...

—Suelo ser puntual.

—Sí, sí, pero yo desconfío de las horas de las mujeres. Todo os lleva demasiado tiempo...

No quiso pensar en las mujeres de las que desconfiaba Pablo. Podían ser todas en general o muchachas conocidas de él o solamente una forma de hablar. Pero se entristeció del plural y quiso cambiar rápidamente la conversación iniciada.

—He ido a tomar un café al Buffet, ahí enfrente... —confesó.

—¿Por qué no has venido aquí?

—Pensé que... mientras tú llegabas...

—Me podía haber retrasado y todo hubiera sido lo mismo. Llevo lo menos un cuarto de hora pegado a esta barra... Eh, tú —dijo al chico de la taberna—, ¿cuánto llevo yo aquí?

—No sé —respondió el muchacho—. Acaso diez minutos o más.

—Ves —dijo Pablo—. Un cuarto de hora. Desde las ocho menos cuarto esperándote, porque tenía ganas de verte... —dudó—; me gusta verte y hablar contigo. Tú me comprendes, no del todo, claro, pero algo sí y es suficiente. ¿Cómo va el libro? ¿Te gustaron las copias que dejé en tu casa?

—De eso quería hablarte.

—No te gustaron. A mí tampoco. Haré otras. ¿Cómo va el libro?

—Sí me gustaron. Me gustaron mucho y le van muy bien al libro, pero estos días no he escrito nada. Voy muy retrasada. No sé lo que me pasa, pero me ha entrado una pereza por el libro y no logro escribir. No sé si el calor o qué... Me encuentro bastante cansada.

—Bebe y anímate. En seguida nos vamos. ¿Qué tal paquete haces tú en la moto?

—No sé. No he montado jamás en moto.

—Una nueva experiencia. Hay que tener sensaciones, toda clase de sensaciones, así nada nos pilla desprevenidos. Lo peor que te puede ocurrir en este mundo es que te cojan desprevenido; entonces eres menos que un niño y todo te hará daño.

El cubalibre estaba muy frío y aunque el vaso era de cristal grueso no le molestó en los labios y se recreó en su frescor tomándolo a pequeños tragos.

—¿A dónde vamos a ir? —preguntó.

—No te preocupes... A cualquier lado. A la carretera. Podemos ir por la de La Coruña y pararnos donde nos apetezca.

—¿No se nos hará tarde? —dijo miedosamente Elisa—. En la carretera...

—¿Tú tienes mucha prisa?

—No.

—¿Entonces? Qué más da una hora que otra. Hay que refrescarse y la moto es lo mejor para eso. Te quitarás el calor y te pondrás contenta en seguida. Ya lo verás. Anda, termina de beber.

Elisa apuró de golpe lo que quedaba del cubalibre.

—¿No irás muy de prisa?

—Tú no tengas miedo... ¿Qué te debo? —preguntó al chico—. Tú te coges fuerte y todo irá perfectamente.

VIII

 

Sonó el teléfono y repentinamente se despertó, sofocada y ebria de modorra, de la siesta. Fue dando traspiés por el pasillo. El timbre era una monótona quejumbre de bestezuela herida, y cuando llegó y descolgó la casa se vació de urgencia y de dolor. En su estupefacción había un comienzo de reflexibilidad, pero contestó torpemente a la llamada e insistió preguntando hasta que reconoció la voz.

—¿Eres tú, Elisa?

La voz de Ricardo llegaba desde nevados picos, cargada de brío y exaltación.

—Te llamo desde la piscina. Lo que te pierdes, muchacha... Desde nevados picos y montañas cubiertas de pinos, con largos regatos pulimentando piedras en la umbría.

—Hace un día perro. Hay que combatirlo y nada mejor que la piscina. Me he venido a las dos y he comido aquí. Te iba a llamar, pero ¡quién te llama! No me atrevería nunca a interrumpir tu trabajo. ¿Va bien?

Oía risas y una melodía lánguida y envejecida. La llamaba desde la barra del bar. La conversación no requería ni la más leve intimidad y aquel primer frescor se acabó.

—No trabajes demasiado —aconsejó Ricardo—, no pierdas tu tiempo. Debías venirte por aquí; cualquier día te voy a buscar, si me lo permites, claro...

Don Quijote tenía la espada torcida. Una espada blanda a la que había llegado el verano. Nunca se había fijado en la triste espada de la figura alzada sobre una peana de imitación a mármol que tenía su padre sobre la mesa del falso trabajo, de lo convencional y lo absurdo. ¿Para qué querría su padre aquella mesa como un andén si únicamente le servía para trazar dibujos sobre el secante de la carpeta y apuntar números de teléfonos desordenadamente?

—Quería darte muchos recuerdos de Maritina. Está muy bien y te recuerda mucho. Los niños están hermosísimos y muy morenos; más morenos que yo. El aire y el sol del mar son otra cosa. El sol de Madrid te tuesta como un campesino, pero no te da el bronceado de la playa.

Números y más números en todas direcciones, inscritos con diferentes lapiceros y bolígrafos. Números viejos de gentes desconocidas. Podría ocupar toda una tarde llamando a aquellos teléfonos para dar recados idiotas: De hoy en adelante queda suspendida su suscripción al ABC por falta de pago. Pero, ¿qué dice usted, señorita? Que su suscripción está cancelada; si quiere renovarla pásese por nuestra Caja y...

—El día que salimos lo pasamos muy bien. Tienes que disculpar que yo estuviera algo bebido. Dentro de quince días regresa Maritina; tienes que venir a cenar con nosotros, iremos fuera, si te parece... Le he contado que salimos y fuimos a cenar a Las Tinajas. Ella no sabía que tú estabas en Madrid. Te hacía con tus padres...

El escudo de Don Quijote. Bien, no importaba; tenía miedo y se cubría. ¿Miedo de qué? Tranquilidad, eso es lo que quería, y alguna aventura discreta y mínima, pero al hogar no debían llegar los ecos... La aventura, la piscina, el verano... Un miserable chiquitín, chiquitín, como la figurita de bronce. Más pequeño que la figurita.

—Ya os llamaré más adelante —dijo Elisa—. Ya os llamaré...

Ricardo farfulló una despedida que quería ser jocunda. Ricardo había cumplido con su deber de padre y marido ejemplar. Elisa torció totalmente la espada de Don Quijote. Así resultaba más ridículo.

IX

 

—Cada día me citas en sitios más siniestros —se quejó en voz baja Elisa—. No sé qué te ocurre conmigo.

—Imaginaciones —afirmó tajantemente Pablo—. Tienes demasiada imaginación. No me ocurre nada y éste es un sitio como cualquier otro. ¿Lo tuyo? —preguntó por la bebida.

—Lo mío —dijo Elisa dudosa, manchándose de lo más ingrato y vil.

—Te advierto que aquí la ginebra es de garrafón. Yo que tú tomaría ron con hielo. ¿O no te gusta?

—Supongo que también es de garrafón y me da igual.

—No, el ron es de esa barrica. Es barato y sabe muy bien.

En la taberna olía a sumidero y a mal tabaco. El tabernero guiñaba continuamente el ojo a Pablo y se había creado una especial expectación desde que ella entró. Los clientes, arrumbados como trastos viejos por los rincones, la miraban como algo comprable pero de precio inasequible. Un vejestorio con la colilla pegada a los labios se reía entrecortadamente como si sufriera escalofríos. El tabernero tenía derramadas las mejillas sobre la quijada y parecía un perro, feo y enfermo.

—Esta ginebra —dijo Elisa—, o lo que sea, sabe a demonios. —Ya te lo dije. Déjala y bebe ron.

—No, no quiero beber. Quiero que nos vayamos.

—¿Por qué? Aquí se está bien y fresco. Ves —dijo alzando el brazo con la palma de la mano extendida—. No hay moscas. ¿Dónde encuentras tú un sitio en Madrid que no tenga moscas a finales de agosto?

—Eso es una tontería.

—Bueno, es una tontería —en la voz de Pablo había un cierto dejo cínico—, pero una tontería mía —dijo con énfasis—, como muchas otras. ¿No?

—No sé lo que quieres decir —respondió Elisa con temor y en guardia—. No sé lo que quieres decir —repitió.

—Nada, que hago muchas tonterías.

—¿A la señorita no le gusta? —preguntó el tabernero—. ¿Desea otra cosa?

—No, no desea, por lo visto, nada —dijo Pablo alzando la voz—. Otros días tiene más sed.

El tabernero volvió a sus guiños de ojos y se apartó de ellos hacia el codo del mostrador.

—¿Por qué has dicho eso? —inquirió Elisa.

—Ha sido una disculpa —aclaró Pablo—. No se puede ofender a la gente.

—Pero me has ofendido a mí.

—No, no te he ofendido. Es que eres demasiado susceptible. Primero no te gusta la taberna, que es muy bonita y muy típica —dijo mirando a su alrededor—, y luego no te gusta lo que te ponen de beber. Una catástrofe, pero no te enfades. Cálmate, no te enfades, que no he dicho nada ofensivo.

Elisa bebió de su cubalibre y sonrió forzadamente.

—De verdad, no quisiera enfadarme. Hoy debo estar muy nerviosa —se disculpó y de inmediato tuvo un gran interés por el trabajo de Pablo—: No me has dicho cómo quedaron las últimas cuando las revelaste. ¿Quedaron bien?

—Bien, como siempre. Es difícil fallar a estas alturas... Lo que ocurre es que no estoy conforme; eso es todo —terminó.

—Serán formidables, lo sé.

—No. ¿Y tu trabajo? Apenas hablas de tu trabajo.

Elisa hizo un mohín que nada significaba, pero sonrió, después, abiertamente pensando en sus vinculaciones profesionales. —Voy muy lenta. Hago muy poco.

—De eso soy yo el culpable —dijo Pablo meditativo—. Eso es lo que tiene que ser importante para ti. Te has quedado en Madrid para trabajar, no para perder el tiempo. Yo te quito tiempo...

—También te lo quito yo a ti.

—No. Tú necesitas pensar más que yo. Lo mío es como una ocurrencia, como un chiste muy serio, pero de pronto y en un camino. ¿Me comprendes? En un camino... —dijo suspensivamente.

—Vámonos —urgió Elisa—. Vámonos, por favor.

—¿Puedes esperarte hasta que acabe el vaso?

Elisa no quería perderlo en la taberna. No deseaba que se alejara palabra a palabra, que se fuera. Salieron a la calle en cuesta y bajaron hacia la Ribera. Elisa se apoyó en el brazo de Pablo.

—Paseemos —dijo.

—¿Para qué? Tengo ahí la moto.

—Paseemos. Quiero pasear. ¿No te molesta que paseemos? —No, por supuesto.

—Yo pensaba que sí... La taberna sí te gusta.

Bajaron del brazo caminando lentamente. Elisa se apretó a la musculosa contextura de Pablo.

—No sé lo que me pasa, Pablo. Tengo miedo y tengo alegría...

—¿Tú tienes miedo? —dijo sorprendido Pablo.

—Sí, te quiero y tengo miedo.

Elisa miró al suelo y repitió:

—Te quiero y tengo miedo, Pablo.

—Bien —dijo Pablo—, pero yo no quiero que me quieran, o por lo menos que me quieran así... No sé cómo explicártelo. Yo qué quieres que le haga... —dijo contrayéndose—. Tal vez sea muy raro, pero no me gusta que me quieran. Me siento apresado. Escucha, Elisa... Yo qué quieres que le haga... Por favor, tranquilízate... Me gustaría saber explicártelo... Yo qué quieres que le haga...

—Lo estás explicando muy bien —dijo Elisa sollozante.

X

 

Llamó muchas veces durante la semana y fue inútil. La enfermera usaba su voz de locutora sabia con terrible delectación: «Está en el hospital; está ocupado; ahora no la puede atender; si no es de urgencia... Llame usted más tarde; mejor dentro de una hora o de dos; ¿quiere dejarme el aviso...?» Pero más tarde ella andaba sin rumbo por las calles o estaba sentada en la terraza de un café indiferente a todo su derredor o contemplaba escaparates mecánicamente y pasaba de uno a otro como quien pasa las hojas de un libro que para nada le resulta interesante.

Por fin había logrado hablar con Pedro —acaso un descuido de la vigilante amazona, estúpida y cuidadosa— y sintió el sosiego de sus palabras, tan bueno como una lluvia mansa y esperada. «No te preocupes. A la hora que tú quieras en la terraza. Ya me contarás...»

Lo estaba contando todo, mientras Pedro tomaba a cucharaditas su helado de vainilla y se atusaba el pelo de los parietales, moreno y cano, y de vez en cuando la palma de su mano izquierda recorría la calva mate en ademán de bendición.

—... así ha sido —dijo Elisa— y te lo quería contar. Tenía que contárselo a alguien.

—Has hecho muy bien. Yo soy un mal confidente —dijo con sinceridad—, pero has hecho muy bien. Naturalmente no quieres consejos. No te los voy a dar, porque en estos asuntos son tonterías suficientes...

—No quiero consejos, porque no me van a servir. Estoy, como ves, hecha polvo.

—No se enamora uno en vano —dijo cómicamente Pedro—, pero ya se te pasará. Todo se pasa y el amor antes que nada.

—Ojalá tengas razón.

—Tengo razón, estáte segura. Y ahora olvídalo todo. Tómate una copa, que te sentará bien. No tomes más helado. El helado no es para estas ocasiones...

—Me da igual... Entonces, ¿tú crees que no tengo ni una sola posibilidad?

—Mira, chiquilla, no pienses en eso. No tienes posibilidad y probablemente nunca la has tenido con él; por lo menos tal como lo pintas. Es muy joven y, por tanto, demasiado duro en estas cosas. Quiere libertad, eso es todo... 'Procura olvidarlo... Quiere libertad —repitió—, aunque le sirva para poco, y tú le resultas cargante; perdóname, pero es así. Los seres humanos no somos tan complicados como se dice. Además a ti no te conviene un hombre que casi es un muchachito.

—Has dicho que no me ibas a dar consejos —dijo Elisa sonriendo tristemente.

—Sí, eso he dicho; pero es inevitable.

El helado de vainilla se estaba derritiendo en la copa de Elisa. La noche era muy cálida y se oía el rumor lejano del batir de la tronada.

—Con cinco o seis tormentas se acaba el verano —dijo Pedro escuchando—. Este verano ha sido peor que nunca.

—Peor que nunca... Por lo menos para mí, peor que nunca...

—Si tú hubieras sido razonable... Elisa, sí tú hubieras querido... Lo mismo en el verano que en el invierno... A veces no cuentas con que los demás, con que yo...

—No, por favor —dijo Elisa rudamente—. No, por favor... No sigas.

XI

 

Llovió intensamente los primeros días de septiembre y pareció que el otoño era llegado. Los gorriones volaban en bandadas sobre los desmontes con la premura de buscar refugio y emborronaban más el emborronado cielo. La ciudad se iba poblando de los que regresaban del veraneo y esta población se hacía más patente en los lugares públicos del centro. Saludos, abrazos y una alegría ferial invadían los bares y los cafés. La ciudad se despertaba de la siesta con un grato buen humor y una cierta dinamicidad que se encontraba hasta en los objetos. Los ciudadanos se transmitían energía. Las cosas estaban impregnadas de fuerza contenida y estallante. En los alcornoques, rebosantes de agua sucia, las gotas de lluvia picaban los reflejos. Por los flecos de los toldos, todavía extendidos, rezumaba el agua, y los niños se empujaban en el juego de mojarse y no mojarse, de bautizarse y no bautizarse, las recién peladas cabezas. Los vendedores de cupones buscaban el asilo de los umbrales más cobijadores para desde ellos vocear, con aparentemente más fuerte voz, su lotería.

Elisa estaba sentada en la terraza de aquel bar. Sobre la mesa tenía una carpeta con cuartillas. En la mesa más cercana caía una gotera por un agujero del toldo. Con las manos en los bolsillos del impermeable contemplaba la calzada. Dos hombres entraron empujándose, abrazándose, cediéndose y no cediéndose el paso. Eran llenos de amistad y Elisa sorprendió sus palabras: —«Chico, no te he visto en todo el verano. ¿Y no has salido?» «¿Quién, yo? No soy tonto. Madrid en verano, sin familia y con dinero, como decía aquél: Baden-Baden... Baden-Baden» —repitió ya cruzado el umbral.

«Idiotas, pensó Elisa, gente idiota.»

—¿Qué va a tomar la señorita? —preguntó solícitamente el camarero.

—Un cubalibre de ginebra —respondió Elisa.

—Muy bien —y pasó de oficio la bayeta por el mármol no ocupado por los papeles de Elisa.

«Idiotas de Baden-Baden. Gentes de Baden-Baden. Miserables de Baden-Baden. Veranos de Baden-Baden. Porquerías de Baden-Baden.» Luego intentó vislumbrar los pájaros que piaban entre las hojas del plátano de su derecha.

(1965)

 

 

IGNACIO ALDECOA

 

Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925—Madrid, 1969). Escritor, pertenece al mismo grupo generacional del que forman parte también otros destacados autores como Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Jesús Fernández Santos, Medardo Fraile, Alfonso Sastre, Alfonso Paso, Josefina Rodríguez (que a partir del fallecimiento de su esposo, Ignacio Aldecoa, firmará como Josefina R. Aldecoa o Josefina Aldecoa), que empezaron a publicar y a ser conocidos en la segunda mitad de los años cuarenta. Sus primeras publicaciones fueron una novela, El fulgor y la sangre, y un libro de poemas, Todavía la vida. Después, su dedicación a la narrativa, en forma de novelas o relatos más breves y cuentos, fue cada vez mayor, con títulos que le confirman como uno de los escritores de mayor importancia en sus días, con una extensa producción no obstante su temprana muerte. Esa importancia permanece definitivamente en obras suyas como las novelas Con el viento solano y Gran sol (premio de la Crítica 1958) y volúmenes de relatos más breves y cuentos como Caballo de pica, Espera de tercera clase, El corazón y otros frutos amargos, Los pájaros de Baden-Baden, etc. Otro valioso escritor coetáneo, Medardo Fraile, ha trazado un certero retrato humano de Ignacio Aldecoa: «Fue escritor de gran vocación, sencillo, bueno, revoltoso en el diálogo, amigo de costumbres y de gentes humildes, mal educado en apariencia, respetuoso en realidad, con un fondo de ternura que él ocultaba —mal a veces— y el corazón bien repartido entre la familia, un perro dogo, los amigos, los libros y —como buen vasco— las cosas y gente de mar y el arte culinario».

 

 

 

 

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