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Libro N° 4064. Parte De Una Historia. Aldecoa, Ignacio.

Guillermo Molina Miranda mayo 03, 2025

 


© Libro N° 4064. Parte De Una Historia. Aldecoa, Ignacio. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.

Título original: ©  Parte De Una Historia. Ignacio Aldecoa

 

Versión Original: © Parte De Una Historia. Ignacio Aldecoa

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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PARTE DE UNA HISTORIA

Ignacio Aldecoa

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La última novela que escribió Ignacio Aldecoa. Una huella honda e imborrable en la narrativa española del siglo XX.

El planteamiento es sencillo: a una aldea de pescadores de una isla del Atlántico —La Graciosa, en Canarias— llegan unos hombres extraños que alterarán, por poco tiempo pero dramáticamente, la vida cotidiana de los isleños.

Fluye bajo la historia uno de los grandes temas contemporáneos: el enfrentamiento entre la sociedad tradicional y la sociedad moderna urbanizada.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ayer, a la caída de la tarde, cuando el gran acantilado es de cinabrio, he vuelto a la isla. Las cabezas de los cazones y sus entrañas yacían en las rocas cercanas al muelle, arrojadas al creciente de la marea. Las gaviotas abatían sobre los despojos. Los hijos de Roque y otros muchachos pulpeaban con máscaras de buceo, y en el grao de La Caleta se confundían, por las sucias haldas del agua, gallinas y pájaros de la mar en sociedad apacible. Una mujer en cuclillas extendía un estático cardumen de pejeverdes en el picón del secadero, y el ala baja y ancha de su sombrerillo de pleita me impidió verle el rostro. El molino de gofio, sin velas, como un gigantesco esqueleto de reloj, alzaba sus engranajes y estructura hexagonal por cima del caserío. El rebaño de camellos se perfilaba en las dunas volviendo de los matos pastizos de la llanía. Tal vez el pueblo tiene más falúas y se han construido algunas casas, pero he reconocido todo y todo me ha sido familiar después de cuatro años largos, así que he saludado a los amigos como siempre, como si no me hubiera ido, y solamente sus manos torpes, tímidas y huidizas han sido expresivas en la bienvenida.

—Buenas tardes nos dé Dios —he dicho y luego he preguntado—: ¿Mejorcito?

—Mejorcito, dicen —me han ido respondiendo.

—Hay que celebrarlo —ha terminado Roque.

Y nos hemos encaminado hacia la tienda a beber unas copas de ron guajiro. Han encendido la lámpara grande en mi honor, antes de tiempo, porque por sotavento aún había claridad. Después de un silencio, Casimiro ha querido contar algo gracioso y ha hablado de alguien que estuvo buscando el tesoro del pirata por la playa de Las Conchas y no hizo otra cosa que emborracharse.

—Vea, cristiano, el aventurero para las diez estaba medio amoroso.

Tenían que contarme lo del cachalote que se varó en las rocas —hay un amarillecido recorte del periódico con la noticia clavado en una de las paredes— y Roque ha insistido para que el viejo Lucio me regalase un banquillo hecho de una vértebra, que hay que curarla bien porque todavía grasea. Luego, Roque ha pedido unas pasas de aperitivo, y para mí, además, unas galletas de coco y domingo. Han hablado de sus asuntos todo el tiempo, pero dándome pie para que interviniera.

—Perdimos un barco en Port Étienne. Estaba la mar bravota. Fue cosa de milagro salvarse. Tus paisanos en la ocasión —me dicen— echaron noventa toneladas de barco nuevo a la arena. Hay que conocer la costa muy bien, saberle los repentes a esa mar, ir muchos años...

Ha muerto alguno. Un viejo, que no sabía su edad, se quedó parado un día de mucho viento en el muelle, y fue la tercera tumba del cementerio de la Duna Grande. Pero yo no lo recuerdo o lo confundo con otro viejo de barbita rala, de chivita, que no tenía familia (Andrés el Peje o Andrés el Diente, no sé) e iba viviendo de la caridad y de la pequeña pesca del muelle. Tal vez ha ocurrido hace unas semanas, aunque pueden haber pasado meses o años, porque el tiempo es muy difícil de contar en la isla y dan por consabidos sucesos que yo ignoro y que creen que viví.

María ha tenido su séptimo hijo varón, que estudiará Comercio cuando sea grande y no irá a la mar como los otros. El marido de Candelaria se fue a las Américas y aún no ha escrito, y esto es una tristeza para todos...

—... porque corren dos meses, virando a tres, desde que tomó el viaje.

Luisita ha cumplido quince años y su pie derecho no se arreglará jamás —lo han dictaminado los médicos de la Isla Mayor— y está como avergonzada y sus hermosos ojos zarcos miran al suelo: a la arena y a los caracolillos calcinados.

—Cuando yo me vaya... —he dicho.

—¡Quién piensa que te vayas! —me ha atajado Roque, casi amenazante.

—Algún día me tendré que ir. Cuando yo me vaya, Luisita...

—Mándame revistas de cine, si no te cuestan caras —Luisita ha sonreído y se ha ruborizado por la petición.

—Esta niña, esta niña, esta niña —ha repetido Roque con pesadumbre.

Saben que estaré solamente una temporada entre ellos, y los ojos de Luisita me interrogan desde su amarga lejanía: ¿Por qué has venido? ¿A qué has venido donde nada hay? ¿Qué buscas?

Antica está embarazada por primera vez y me ha dado la mano, al saludarnos, obligadamente, y su hostilidad al sexo masculino se ha patentizado en un temblorcillo en el labio superior, en un temblorcillo como un insulto. Al parecer, lo pasa bastante mal y su marido está en el sur, en las pesquerías.

Roque no quería que estuviésemos mucho tiempo en la tienda, porque tenemos muchas cosas de que hablar, soy su huésped y a él —lo repite a menudo— le gusta llevar el rumbo. De la tienda hemos ido a su casa por las calles de arena con huellas celulares de camellos, huellas tabaleadas de cabras y la grafía aljamiada de las gallinas y las aves de la mar.

La casa de Roque tiene un patio enjalbegado con macetas y botes de madreturba, sonajilla y otras matas cuyos nombres ignoro; en medio del patio está el brocal del aljibe, y hay un par de mecedoras antiguas para que Roque y su mujer se adormilen después de la cena en la fresca clausura las noches de verano.

Roque me ha dejado una buena habitación, recién encalada, con un Cristo atroz sobre el testero de la cama. Le he preguntado por él.

—Lo hizo mi padre de lava. Le llevó dos años completos. Un extranjero me lo quiso comprar, pero las cosas de familia no se venden —me ha respondido.

El Cristo es deforme y en su alargado rostro de mustélido Roque ha pegado, como ojos, dos negras cabezas de alfiler. Prefiero el cromo de la Virgen de otras veces con su corazón como un emblema de artillería, llameando en rojo y amarillo patrióticamente.

Roque ha puesto retrete en su casa.y ha apartado la cuadra de los camellos tras el bardal. Me ha enseñado, muy orgulloso, la cocina de gas embotellado que le ha comprado a su mujer en Port Étienne, una gran radio de pilas para coger el "parte" de Madrid y una butaca que es su trono. La butaca me la ha cedido unos momentos para que comprobara su comodidad, pero es más que cualquier otra cosa el símbolo de su fortuna —un puñado de pesetas muy duramente arrancadas a la mar— y me he levantado prestamente.

—Es una gran butaca —le he dicho.

Ha sonreído y en sus ojos he visto extenderse una humedad de satisfacción que no necesitaba disimulos. Las palabras deben disimular.

—Estás bobo. Tú las has visto mejores en muchas partes. De seguro que tienes en tu casa una mejor —ha puesto tanto énfasis en mejor, que resulta una palabra interrogante, enfurruñada y ácida—. Tú estás bobo, cristiano.

Pero él sabe que no hay mejor butaca en el mundo que la suya, que ha debido costar muchas sarnas, muchos meros y pargos y viejitas y bocinegros y lisas, muchas soldadas de frío a la media noche, calor a mediodía, trabajo y trabajo.

He saludado a Enedina, que ha entrado ciñéndose al cuello, con las prisas, su pañolón negro. Ha engordado bastante para alegría de Roque.

—Te esperamos el lunes —me ha dicho.

—Siempre trabajando, Enedina, ¿verdad?

—Ya menos, con los chicos mayores... Te esperamos el lunes. Los hombres te fueron a buscar en la falúa.

—Tú sabes que las combinaciones del viaje... Bueno, Enedina, no te he dicho que te encuentro muy bien, que estás muy guapetona.

—¡Huy, qué cosas! A una gaviota vieja con zalemas... ¡Qué cosas! —y luego, dirigiéndose a Roque—: ¡Pero ves el hombre... qué cosas!

Me ha ofrecido café y rosquillas; Roque se ha opuesto.

Saca la botella buena de ron de Arucas.

Roque tiene botellas buenas y botellas malas del mismo ron. Buenas y malas es una distinción no de calidad, sino de cantidad. Las buenas son las que no están abiertas.

Roque mascaba tabaco. Ahora no hay buen tabaco de mascar y fuma en cachimba.

—Salé del tabaco rubio —me dice—; es lo peor que tienes.

En la isla se bebe al trago y bebemos así nuestras copas.

—Hay compañía —me ha dicho Enedina—. Ella es muy guapa, muy blanca. Él es su marido o qué sé yo. Llevan siete días aquí. Son extranjeros.

—Mañana los verás —ha dicho Roque—, si te levantas temprano. Cogen sus cosas y se van a bañar y a pescar en la playa, junto a Montaña Amarilla. Es un hombre arrequintado para la pesca...

Durante la cena hemos hablado de diferentes cosas relacionadas con el mar y la pesca.

—Este año tienes que venir una noche a hacer un cateo. Tú das suerte.

—Yo os espero en el muelle. Sólo sirvo de estorbo.

—Llevamos la falúa. No vamos a la vela.

—Aun así estorbo.

—Tú vienes y tendremos suerte. Ya verás.

Después de cenar es cuando Roque decide hacerme la pregunta para la que ha esperado calmosamente. No quiere sorprenderme, sino formulármela como si fuera una banalidad de la conversación. La pregunta, tarde o temprano, me la harán todos los amigos, como ya me la ha hecho con su mirada Luisita.

—¿Qué te trae por acá esta vez?

He sonreído y Roque ha bajado los ojos, consultando a los dedos de su mano derecha; dedos anchos, cortos, de uñas talladas del trabajo y remachadas sobre las falanges como garfios de arpeo. Los dedos le han respondido acercándose a la botella.

—Ya te explicaré. Es largo —le he contestado.

—Bueno, ya me contarás.

Los ojos de Roque no descansan y miran mi copa vacía y me miran a la cara. Su mano derecha es la mano del ron.

—No estás bien, cristiano, esto te sentará.

—¿El ron o la isla, Roque?

—Las dos cosas. Tú no estás bien.

—No estoy bien. Roque tiene razón. Uno no puede engañar a sus amigos. Enedina deja su trajín y se acerca en silencio. No hablamos durante unos instantes. Roque bebe apresuradamente y da un golpe con la palma de la mano en la mesa.

—Bueno —dice—, hay que acostarse. Tienes la bacinilla debajo de la cama. El colchón lo extrañarás, porque es de paja. El agua es muy buena, del aljibe pequeño de mi suegro; mejor que la nuestra.

—Gracias, Roque.

—¿Quieres una novela para dormirte? Tiros y más tiros... Antes las solías leer.

Está obsequioso, demasiado obsequioso y preocupado. Nos despedimos y entro en mi habitación. Hay un quinqué de pantalla floreada de rosas y violetas sobre la mesilla de noche y un cenicero de ataujía en forma de babucha y una historiada jarra alemana de porcelana barata. Seguramente, estas pacotillas han sido compradas en los comercios de los indios cambalacheros de los puertos mayores. La jarra tiene la boca cubierta con un pañete blanco festoneado; una semana de ratos de ocio monjil de Enedina.

Deshago mi maleta. Mañana compraré caramelos para los chiquillos que me la trajeron disputándosela. Son golosos y cuando no tienen caramelos mascan palo dulce de la mar, que sale enredado en las artes y del que les proveen los viejos que pescan la costera.

Oigo pasos por el terrado. Luego, una conversación borrosa. Tal vez, el extranjero pescador y su mujer. Chirría el asa del cubo del aljibe y espero el golpe sordo contra el agua como una aletada de gran pescado, como el chapaleo de un remo, como la marea en las escalerillas del muelle. Tengo deseos de hablar e intento convencerme de que no quiero hablar, de que estoy cansado del viaje, y mañana por la mañana... Pero es muy pronto para un hombre que vive en la ciudad, acostumbrado a la noche. Tomaría aún dos o tres copas de ron porque es temprano.

Apago el quinqué. Abro la ventana. Hay luna llena y escucho el son de la mar: un mugido lejano y tormentoso en el gran acantilado de la Isla Mayor, un siseo y una aspiración en la playa de La Caleta. Los fariones son dos nubarros al fondo, en la entrada este del río de mar. Por las bajeras harán espumas. El gran acantilado media el río de sombra y en la altura iluminada hay como demasiada soledad. Es la misma soledad de la mar intimidadora, ajena.

Por sotavento, en Los Corrales, alumbran luces dispersas, pero en las casas de La Caleta del Sebo sólo brillan, casi azulencos, los cristales de las ventanas. Acaso en el Barrio Verde, en algún tenduco, se tocará el timple y se cantarán folías. Más allá, en Pedro Barba, el caserío abandonado, sin techos, sin puertas y ventanas, será loza rota y osario a la luna llena.

Estoy un gran rato contemplando las sombrosas barcas sostenidas por las escoras, grao arriba, proa a tierra. Barcas largas, ahusadas, marineras. Las conozco. Me gustan sus nombres: La Desinquieta, Lirio del Mar, Alegranza... Varadas y sostenidas por las escoras. Perfectas y con destino malo. No volverán a la mar la mayoría y acabarán sin amo en unos años, destablándose, pudriéndose en el gran vacío de la arena.

Fuera del mar, todo es silencio. Un gigante y rozador silencio hasta América. El plenilunio enturbia el firmamento con su fuerte luz. El relente deja las manos como madorosas. Cierro. Insomne me tiendo en la cama.

Hay una raya albina en el suelo, al sesgo del ventanal.

Del clorofílico cielo de la amanecida, sobre el perfil del acantilado, pende un nubarrón orondo, cárdeno y frutal. Desprendido rodaría por las laderas, machucándose y esparciendo zumo, hasta las playas de nuestra isla. El río de mar, en la turbiedad de la penumbra, parece canecido y mate. Las mujeres vierten los bacines en las aguas sin despertar de La Caleta, donde moran las falúas; y corren niños madrugadores, camaradas de perros, hacia el espigón del muelle, repeluznando a algún gato tránsfuga y alborotando a las gallinas, que picotean pulcramente en las basuras de la baja marea. Cantando hermosos quiquiriquíes y ahuecando las alas, el muecín de los gallos convoca al sol desde el alminar de una roca solitaria, dominante. En la vacilación de la mañana van a llegar las barcas de la pesca nocturna.

He salido descalzo y camino con inseguridad, con aprensión. Pronto me acostumbraré, pero ahora la debilidad de las plantas de mis pies vence a mi voluntad, y mi andar entre cauteloso y circense atrae las miradas detodos. Los hombres sonríen gozosamente, y bajo los pañuelos que casi cubren los rostros de las mujeres sé que hay sonrisas pícaras, como hay miradas cómplices por la diversión que les ofrezco. Me heriré antes de llegar a las piedras del muelle y haré un paso de pirueta que pondrá lágrimas de risa en los ojos de los chiquillos y atragantará de risas contenidas, elementalmente pudorosas, a las mujeres; risas que serán de alegre tutela en los hombres para el amigo bobo, para el amigo forastero, que cree sentirse de la isla y se desmiente de una manera tan sencilla.

No han tenido suerte. He defraudado un poco a todos. Evidentemente, camino con más garbo porque mi público me abandona. Roque está apoyado en una cuba de sal, de la que coge granos que lanza al agua, turbando la pastura de los cardúmenes de pequeños peces de puerto que a veces son como una llama acuaria. Sonriendo, muestra los lechosos dientes postizos.

—¿Tú aquí...? ¿A estas horas...? ¿Y cómo tan tempranero...? ¿Te falló la cama...? ¿Quieres ver a los pillos...?

Me mira a los pies y continúa:

—Tú te vas a coger un catarro. Te vas a herir. ¡Buen marinero estás tú hecho!

—No me avergüences, Roque —le digo.

Querría creer que he dicho algo muy gracioso porque todos lo celebran con abundantes risas, pero sé que esas risas son de pura cortesía para paliar la pequeña humillación que, a su entender, he sufrido.

Por barlovento se acercan pausadamente al remo las dos barcas que han calado esta noche, aureoladas de gaviotas. Por sotavento, el rebaño de camellos se aduna hacia la llanía.

El patrón de la primera barca aspa los brazos y grita; su voz se pierde en la calma de la mañana como una piedra en la serenidad de un pozo y solamente llega hasta nosotros un cloqueo inútil. Hubiera hecho falta un poco de viento, pero en el muelle, por los milagros de la costumbre, saben ya de qué se trata.

—Ves, Roquillo, hoy entró fuerte el arenque —dice Casimiro.

Roque, ampliando con beatitud su sonrisa habitual, comenta con cachaza:

—Anoche no parecía.

—Debió salir tu barca —insiste Casimiro—. Te lo dije.

—Anoche no parecía, aunque no voy a acertar siempre.

—Con la falueja hubieras hecho algo mayor, ten seguro.

Casimiro es terco y porfía hasta que Roque, sin dejar de sonreír, con una mirada sostenida un instante le hace poner punto final a la conversación.

—Bueno está. Cada uno, de lo suyo hace su gana —dice Casimiro.

Luego se trenza en una charla vitoreada de risas con su compadre Félix, que tiene un tajo de mojarra sobre las cejas como recuerdo de los felices tiempos de La Isleta. Afecto gravedad y digo a Roque:

—Has perdido un buen caleo por hacerme los honores de tu casa.

—Quítate de honores, hombre. Anoche no parecía.

El cielo del acantilado es ya azul, y el nubarrón, bragado de granete, se aleja lentamente hacia el oeste. La penumbra se retira bajo el cantil, todavía oscuro, y la cumbre de Montaña Amarilla se desoxida y dora.

Se acercan las barcas. Los pescadores, fatigados, ateridos, con los mandiles de piel de cabra puestos, hacen las maniobras de atraque. Gritos, explicaciones, encandiladas palabras, que han perdido su obscenidad, que han sido redimidas por el sudor, por la tensión, por las dificultades, por el ánimo, por los peligros y el mar.

—Se tendió la mar y fue en el segundo caleo —dice un viejo que escupe la mascada del tabaco—. Un bonito caleo por la guarda de los fariones, a medio amparo, donde se sabe...

—Está bueno, Maestro Juan. Abusen unas copas de mi cuenta —dice Roque— y que les aproveche.

Los niños madrugadores quieren ayudar a los tripulantes, pero el chico de faena de la segunda barca toma toda la labor con furioso celo, sin dejarles intervenir:

—Fuera gente. Fuera arrebatiña. A mear...

—Ustedes —dice Roque a los niños— ayuden llevando los cestos de dos en dos y con cuidado hasta el codo del muelle. Los bajan con cuidado a la costa, pegados a la marea, y los desocupan con cuidado. Uno se queda y después se verá.

Acompaño a Roque hasta su tienda. Sus dos hijos arreglan nasas sentados en el secadero. Luisita barre la arena de la entrada de la tienda con una escoba de palmito.

—Buenos días, Luisita —digo.

—Mi madre te está esperando para que desayunes.

—Ahora prefiere una copa para echar la mañana. Está muerto de frío el hombre. Es caprichudo más que un güelfo —explica Roque para Luisita y sobre todo para mí—. Esa descalzadura que no le traiga cosa peor.

Bebemos. Luisita busca en el dial del aparato de radio las emisoras de la península. La diferencia horaria hace posible escuchar Madrid o Sevilla poco después de amanecer en el Atlántico. Lejana lección de inglés, anuncios, perdida memoria de una vieja canción iniciadora de programa... Luisita sigue entre labios la canción mientras ordena alpargatas en los estantes. No sé por qué, en estos momentos me encuentro desazonado por un tacto de nostalgia.

—¿Te gusta? —pregunto.

Se encoge de hombros y continúa su labor.

—Aquí no hay más que esto —dice Roque— y lo aprovechan. Este es el último rincón del mundo. Sólo a ti se te ocurre...

El timbre de la voz de Roque desarticula su aparente desdeño; una emocionada gratitud, una dulce indulgencia, y el temor de que haya vuelto a su último rincón del mundo por algo que sospecha malo para mí y que yo difícilmente podría razonárselo como otra cosa que una huida.

Entra una anciana, que es toda ella luto y antaño, y urge a Luisita en su despacho.

—Mi niña, date prisa... ¿No duermes en la cama? —dice, canturreando las palabras—. Despierta, cristiana... Anda, vamos, que ya volvieron los hombres...

—Voy, señora Candelas.

La mujer se vuelve a Roque:

—Ésos parece que trajeron pescado. Si necesitas gente, se viene mi nieta. Mejor es ganar un chavo que no ganar nada.

—Bien —responde calmosamente Roque—, envíela para acá.

La mujer da su queja, monótona y suficientemente, apretando contra sí el pequeño bulto de su mercancía.

—Y a mi Juan, a sus años... Qué sé yo... Los viejos estamos esperando, pero en tanto hay que trabajar en todavía... Tenemos la barca lista —con un breve ademán señala la duna del cementerio—. Va a ser mucha gala un año más. Lo que se ha pasado aquí y cómo ha cambiado todo. Dichosos los que tenéis vida para gozar la holgura.

Deja unas monedas sobre el mostrador sin consultar a Luisita. Para las compras humildes se lleva el dinero, exacto, vivo y amargo como un pajarín, cogido en un puño.

—Van a cambiar los vientos, Roque —dice al despedirse—. La entrante va a ser dura en la mar. Cuando me ofenden las piernas es que hay mudanza.

Cuando sale, Roque me aclara:

—Es la mujer de Maestro Juan, que fue un pollo muy arrequintado para la lucha. El viejito de la barca grande...

Vienen los pescadores.

Cuando la tienda se adensa del humo de las cachimbas, que huele a quemazón de otoñada en parques de ciudad, de una humedad salitrosa con dejos de sudor, de los huelgos de ron y cazalla; cuando todos están aquí, formando un coro primero y luego una multitud, entregados a los ritos del regreso: detallando la pesca, calculando las ganancias, malhumorados de cansancio y bienhumorados de arribada, satisfechos y quejosos, blasfemantes y jaculatorios...; cuando el verbo, por exceso, se precipita en ruido y sólo los bruscos ademanes, las gesticulaciones vacías y una tensión obscena —acaso la fatiga azuzada por la resurrección del alcohol— se manifiestan, los viejos se van.

Han cumplido y se van.

Estoy en la rinconada, soslayado y aturdido en esta manifestación. Roque se abre paso hasta mí. Sonríe y dice:

—Todo tiene su por. Luego te vienes a oírles. Hoy echamos el día a limpiar y salar el pescado.

La calle Ancha no tiene nombre. Es la calle Ancha y Larga y Mayor y Única. He salido a ella por un callejoncillo de apenas una veintena de metros, entre una tapia y la tienda de Roque. En la calle Ancha, que conduce al Barrio Verde, están la iglesia y la escuela. La iglesia, como un blocao antiguo, y la escuela, con algo de edificio de SEÑORAS y CABALLEROS en una pequeña estación de ferrocarril. A la iglesia viene cada tres semanas un cura de la Isla Mayor a decir misa, y en la escuela el maestro y la maestra domestican a los niños robinsones del poblado.

Camino hacia la casa de Roque, que distingo entre todas por los dos altos mástiles de la antena de la estación de radio. Es allí donde llegan los simples telegramas de la Bahía del Galgo, los telegramas del cabildo de pesca de la costa sur del Sahara con las noticias de las grandes caladas, de los naufragios, de las averías, de las enfermedades...; con los recuerdos para las familias y con los besos de amor que Antica escribe torpemente en papeles azules dos veces al día.

Acuña la calle el sol y hay como unas aceras de humedad en la arena que bordea las casas. Un rebañito de cabras sale a las dunas conducido por su pastora, niña, huidiza y de mirada hostil. La pastora vuelve varias veces la cabeza antes de perderse tras de un bardal y una tapia, alta y costrosa. Desde lo alto contemplará el pueblo, oteará la calle buscándome, buscando al desconocido forastero, que es una extrañeza y no llega a ser una pregunta en su rutina. Ingrato destino el de esta chiquilla, nacida para monologar desparramando los días de mano a mano en puñados de arena por el breve desierto de esta isla, caligrafiando con su varilla las horas muertas del pasturaje, entreviendo los reflejos de las aguas y las casas, que consuelan el aburrimiento. Pero no es una soledad. La soledad es de los insolidarios, de los de abatido corazón.

Y le acompaña una cierta melancolía cuando le veo ascender la primera duna, que es ahora como un pergamino arrugado, y seguir volviendo la cabeza a cada pocos pasos y otra vez desaparecer para mirarme desde otra distancia, sucediendo todo como una despedida.

Estoy en el umbral de la puerta trasera de la casa de Roque. Una puerta barrigona y mal ajustada hecha con el costado de una barca, retal de abandono o de naufragio, en cuya descascarillada pintura se precisa todavía la línea de flotación perpendicular a la tierra. Enedina esparce ropa blanca por el terrado, rápida y sembradora, y vuelve su rostro congestionado para advertirme:

—No pises. Mira dónde pones los pies —y continúa con tibios denuestos casi maternales—: No me estropees la labor, cochinazo... Anda a aquel lado, vago... Échate para allá... ¿A qué hora vas a desayunar? Los ingleses ya han desayunado... Tú eres el último —y se despierta su interés por enterarse de mi opinión—: Todavía están ahí. Date prisa, si los quieres conocer. A ver qué te parecen... Y ponte unas chanclas, que te vas a enfriar.

Probablemente habría que añadir a su monólogo etcéteras, porque ella no cesa, y ya sin dirigirse a mí, como un murmullo, engarza reflexiones, consejos, suspiros, quejas y todo su baratillo de condicionales: "Si no fuera por una, si una se descuidara un día, si una...".

El comedor de los huéspedes es la habitación más oscura de la casa. A los huéspedes de Roque y Enedina nos molestan las moscas de la isla. Contra las moscas, pequeñas, hirientes como chispas, que el viento del este enloquece y desparrama, no hay más refugios que las penumbras hondas. Mientras ellas repiquetean en los cristales, entrampadas por las contraventanas, podemos comer tranquilamente. A veces, por descuido, un rayo de luz es el vial que les da acceso a nuestros dominios. A las horas del desayuno están más excitadas y la crepuscular mermelada de cerezas y el jarrito de leche de cabras, amenazador como un pantano, y el azucarero y la mantequera y el café tenebroso, que los pescadores que están en el sur traen como modesto surtido y contrabando, se pueblan de asco e irritación.

Los ingleses se levantan de la mesa en el instante en que entro. Cruzamos un saludo y una vacilación de paso. Deslumbrado por la luz exterior, no acierto a distinguirlos bien, y se van como dos sombras altas y blancas, en las que destaca el pentágono rojo del short de la mujer. Poco después aparece Enedina con mi desayuno.

—¿Qué te han parecido? Ella es muy guapa.

—Está demasiado oscuro cuando se entra de la calle.

—Van a la playa —dice, volviéndose hacia la puerta—. A veces quieren ir en camello. Se conoce que para ellos es divertido.

—Así lo pueden contar.

—Roque ha prohibido a los chicos que vayan por aquellas playas. Dicen que se bañan en cueros vivos... Dicen los hombres que, llevando la vecera, les han visto.

El señor Mateo el Guanche mata las murenas de mordisco.

—Así y así. Trincándolas con el sobaco y tirando de la liña. Al diente.

—¿,Y si se suelta del anzuelo?

—Si desanzuela, a la mar; si queda a bordo, a la clemencia. Es bicho malo, es mejor que no se suelte. ¿Ves tú esta calva en la barba? ¿La ves? ¡Castigo de murena! ¡Hija de puta! Me tuvo quieto de dolor hasta que me la quité con el cuchillo. Un poco abajo y no te lo cuento.

Estoy sentado en el cabildo de los viejos. Es mi tercer día en la isla y está atardeciendo. El sol de invierno tiene caída rápida y a las cinco se enfriará la solana.

—Pardea el día, Maestro Juan —dice el señor Mateo.

—Como yo —le responden—. Con la proa para el marisco.

Alguno se levanta, animándose.

—Aaámonos... Estos nudos... Solecito a tu barrio... Quédese con Dios la compañía.

—¿No se echan un trago? —pregunta el señor Mateo—. Vengan a casa Roquillo.

La invitación forma parte del ritual de la despedida, lo mismo que las negativas cautelosas o iracundas.

—No está el cuerpo para alcohol... Tú estás muy fuerte, muy entero, pero ya bajarás.

El señor Mateo se ríe y me dice acercando, confidencialmente, su boca de fiera a mi oído:

—Tú lo has visto, este cabildo es la puerta del cementerio. Todos tienen ya la concha abierta. Hay que estar con la juventud. Para poco, te digo, para poco. Se les paran las moscas, te digo...

Y luego sus risas violentas los oxean en una desbandada triste con las cabezas bajas y el paso inseguro.

—Vamos a echarnos un ron.

En la tienda de Roque cuenta el señor Mateo largas mentiras sosegadas a la compañía de jóvenes que no están en la mar. Mentiras y recuerdos como un friso sobre el que destaca su sombra gigante y agitada, obscena, irónica y violenta. Gusta de los pormenores, y si alguien le interrumpe con otra historia, mueve la cabeza afirmativamente y baja los párpados una y otra vez y balancea sus piernas cruzadas, asido con las dos manos al banco en que está sentado.

—¿Cuándo te casas tú? —pregunta a un muchacho—. Esa niña está buena, te va a dar muchas crías. Se la ve. Las mujeres así me hacían temblar cuando era joven, y luego también.

—¿Todavía las baila, señor Mateo? —pregunta uno regocijado.

—No tengo más ocasión que mi viejita, que no está para trotes. Si tuviera ocasión...

—La inglesa... ¡Cómo la mira usted!

—Es hermosa —dice el señor Mateo seriamente—. Treinta años menos necesitaba yo para ese arrastre.

Las hijas de Roque están en la clausura del trabajo y no prestan atención visible a las conversaciones.

Domingo sonríe apoyado en el mostrador junto a la fuente del aceite. Bebe su ron a chupitos, posando la copa en los labios durante largo rato como si libara y apartándola luego perezosa y desganadamente. Sostiene la copa por el tallo como una flor que se ofrece. Está en sus cosas, piensa en sus asuntos. Se va a casar y ha dejado por una temporada las pesquerías del sur para construir su casa. Es la costumbre. El hombre hace el hogar con cenizas de volcán prensadas en grandes bloques, ayudado por sus parientes o por sus amigos. La mujer prepara las telas domésticas para toda la vida, y para la muerte. Porque hay lienzos destinados a ser sudarios en los cajones aromados de alhucema de las cómodas del ajuar.

—Domingo, hombre, despierta —dice el señor Mateo—. Estás hecho un tolete.

Domingo regresa para invitarnos a una ronda, y vuelve a escaparse a su intimidad.

—Los mozos de hoy tratan con mucha pamema a las mujeres —afirma el señor Mateo—. Demasiada pamema. Más de la que se merecen. Babosean...

Domingo se va a casar con una sobrina de Roque. Irá en la falúa grande de la familia como primer engrasador. Vivirá ocho meses cada año con los cabildos pesqueros de la costa del moro. Nostalgias vaciadoras, desazonadas noches, exaltaciones del recuerdo, allí le esperan.

¿Qué piensa Luisita? Sus hermosos ojos están fijos en el rostro de Domingo. Las manos ordenan maquinalmente madejas de lana con suavísimo tacto como si estuvieran prontas a deshacerse.

—...babosean y acaban siendo unos baldragas. La mujer te come si no le das siempre la proa. Para todo.

—¿Y usted, señor Mateo, le da la proa a su vieja?

—Yo la muerdo como a las murenas —y se celebra riendo, golpeándose con las palmas de las manos en los muslos.

La silenciosa y duende Francisca es dos años mayor que Luisita. Su figura achaparradilla aparece de pronto donde menos se espera y desaparece de improviso disuelta en sus quehaceres. Este es el latido de su vida: aparecer y desaparecer, y estar ausente-presente. "Es como una monja", me ha dicho Roque. Y entiendo lo que quiere decir, lo que tiene esa definición para el padre de obediencia, extrañeza, pérdida.

Francisca trajina en la tienda, sirve a los hombres sin preguntar y habla lo imprescindible con las mujeres que entran a sus compras. Está atenta y al margen, y no desea ser reclamada.

Ya es de noche. Las lámparas de petróleo fragmentan el corro amigo y la conversación general. Disponen claridades y sombras y a nadie le gusta hablar desde las últimas. Es el momento en que el señor Mateo no es escuchado, y en que decide irse. Es el punto en que se vuelve a las charlas del trabajo, a la fortuna de los caleos a la desesperación de las mareas. Se cierran los grupos en torno a las luces, y el señor Mateo deja la tienda.

—Voy para el barrio de los contrabandistas. A ver qué se cuenta de mejor por allí. Esto ya se enflacó. ¿Viene alguien?

Se enflacó y Roque y yo quedamos frente a frente, mirándonos.

—Es famoso el señor Mateo —me dice—, siempre con las suyas. Es hombre bravo para todo y un gran sinvergüenza. Si puede no le ofende una fardela. Si te descuidas te quita la camisa y lo que tengas. Los fielateros lo han cogido varias veces y ha ido a la cárcel por muchas otras cosas. Lo cuenta como broma. Su vieja no le quiere tener en casa...

Se oyen gritos en el muelle y salimos a la oscuridad. Alguien pide una linterna. El cielo está apretadamente estrellado. Dentro de poco saldrá la luna y su marea de luz anegará el firmamento. El acantilado es más noche que la noche. Avanzamos un poco a tropezones y nos sorprende el obstáculo de una barca negreando ante nosotros. Pasamos las rocas. Estamos en el muelle. Un grupo de mujeres se lamenta alborotadamente. ¿Cómo han llegado antes? Se filtra una queja débil, resignada, de herido expectante.

—¿Qué pasó? —pregunta Roque.

La voz de un hombre serena por unos segundos el confuso y trágico coro de las mujeres. —En el barco de Doreste hay un hombre herido. Es Juanillo Armas.

—¿Qué herida?

—El brazo izquierdo. Ha perdido mucha sangre. Hay que llevarlo a la Isla Mayor, al hospital.

—Pero ¿qué ha sido?

El coro retorna a sus gritos en angustioso estado de inacción. Roque se abre paso hasta el atraque de la barca.

—¿Le ataron el brazo?

—Sí.

—Arrimen la barca al Chipirrín y los llevamos para la Mayor. ¿Fue hierro o pez?37

—Pez grande. Tal vez una quella. Estábamos jalando el arte. Oscureciendo. No se le vio. De pasada, como un rayo. Debía venir apretada al banco de arenque. ¡Quién sabe!

Roque se vuelve hacia mí:

—Vete a casa y dile a Antica que pida por la emisora un coche en puerto para llevar a un herido. Date prisa, que estará transmitiendo.

Camino rápidamente hacia la casa de Roque. En el grao de La Caleta voy a tientas, hasta que alguien que lleva una linterna me alcanza y me conduce. Tengo tiempo de ver cómo la sombra de la barca de Doreste se acerca al Chipirrín, la falueja de Roque, anclada en el centro de La Caleta.

Antica, distanciada de la mesa de la emisora por el volumen de su embarazo, recibe las comunicaciones de la Isla Mayor. Las noticias se suceden monótonamente, simples y ajenas. De vez en cuando pide una repetición. Escribe apoyando el antebrazo en su vientre y tiene su figura un aire bordador y casero y como dispuesto para las confidencias, entre mujeres, de los males de madre. Cuando acaban las comunicaciones transmite la noticia del accidente, sin alteración, con la opacada voz de la rutina.

Salgo acompañado del hombre de la linterna. Se alejan las luces del Chipirrín y el acantilado repite en contrapunto el ruido del motor. Por barlovento sólo el agua.

—Vámonos para la tienda de Roque. No se vaya a caer. Sígame.

Se anuncia la venida de la luna en una asomante claridad. Casi me gustaría esperar a que saliera viendo al barquillo perderse entre las fauces de sombra del acantilado. La despedida se dilata en un contemplativo mirar que al interrumpirse produce la sensación de que el partido está arribando a su destino.

En el muelle descargan las barcas de pesca. Las mujeres están allí acompañando al barco con sus miradas. Ahora hablan entre ellas en voz baja, tan baja que no es más que murmullo o zumbido. Cuando el hombre estaba, cuando el sufrimiento del hombre se manifestaba en una débil queja desolada, los gritos de las mujeres se ofrecían invitándole a ser fuerte, comulgando en su derrota sangrienta, sumándose primitivamente a su dolor. Ya no es necesario. La mirada es mejor compañera de viaje y las voces se refugian en un bisbiseado y esperanzado recato.

Vamos hacia la tienda de Roque y alguien se nos une.

—Lleva el brazo abierto —dice nuestro acompañante—. Un rasguñazo grandón, pero un rasguñazo. No lo enganchó bien; si no, se le queda el brazo. Lo malo es que ha perdido mucha sangre. Estaban lejos y no ha habido viento para alzar la vela. Han venido al remo echando los bofes. Y menos mal...

Hoy las conversaciones de la tienda de Roque son como la contemplación de una vieja carta marina poblada de la serpiente y el kraken, el leviatán y los crestudos monstruos de ojos saltones que seguían las estelas o se ovillaban en la maraña de los paralelos y los meridianos. Cierro los ojos y las palabras van dibujando tentáculos gruesos como calabrotes, mandíbulas pobladas con navajas, ojos que arrojan rayos fulminadores, picos gigantescos y curvos capaces de partir a un hombre por la mitad, colas que fustigan un barco hasta hacerlo naufragar. Pero esto es: el me contaron, el una vez alguien dijo en el sur, el cuando mi compadre navegó en un mercante. Este mar de los novelescos horrores deja pronto su lugar al mar del trabajo y de los sufridos peligros. Roque ordena a sus hijas cerrar la tienda a las ocho. Ya son las ocho y media. Roque se ha ido a la Isla Mayor, y Francisca ha dejado media hora más de charla a los hombres. Así lo hubiera hecho su padre. Y es en estos momentos cuando cada uno tiene a flor de labios el recuerdo de sus peligros.

A mí me trabó un pulpo, que dio veintidós libras. Tenía la cepa de las rabas como mi muñeca... Un aneguín me tropezó esta mano y me bailó los dedos. Fue en noche lunera y ni verle el caer... En una redada salió una manta de casi un tamaño al mostrador y no hubo hombre que la tajara o le echase el arpón. La dejamos ir de puro miedo...

Salimos. Se dispersan los grupos dejando estelas de palabras que se pierden en el batir de la marea. Las sombras de luna vibran y lo iluminado está yerto. Voy a esperar el regreso de la falúa de Roque; quiero oír el son del motor irrumpiendo, desde los fariones, en el gran silencio del río de mar hecho de los ruidos de lo deshabitado. Ahora el río tiene algo lagunar con su ribera sur oscura como una serranía y el metálico brillo de sus aguas. Camino despacio hasta la playa de La Caleta y me siento junto a una barca. La atención engaña creando imágenes y sonidos. Tenue y preciso oigo de pronto el motor de la falúa. Son las sensaciones de la espera. Y de pronto abandono esta vigilancia. Estoy aquí junto a esta barca, humedeciendo las manos en la arena. Estoy otra vez en la isla y de huida. ¿De quién huyo? No sabría decírmelo. Todo es demasiado vago. ¿Tengo alguna razón? ¿Por qué y de qué? No, no sabría decírmelo. ¿Y estoy aquí porque es aquí donde puedo encontrar algo? No sabría decírmelo. Huir acaso explica la huida. Y estoy aquí junto a esta barca solo en la noche. ¿Y estoy como esta barca, rumbo al vacío y para siempre?

—¿Qué haces ahí? —me grita Luisita, que pasa con su hermana—. Es ya la hora de cenar. Te estarán esperando.

—Ahora iré, en cuanto llegue la falúa.

—Va a tardar mucho. En el mejor de los casos tienes media hora.

Francisca anima a Luisa a dejarme hablándole en voz baja:

—Que el hombre haga lo que quiera. Que cene con padre luego...

—¿No vienes? —insiste Luisita.

—No. Voy a esperar.

Las veo alejarse, como contando los pasos, por la zona patinada de la luz de la luna. A unos metros de mí un papelote da leves chasquidos aventado por el nordeste que sopla débil. La falúa aprovechará este poco de viento si tienden el foquete. Ganarán tiempo.

Vuelvo la cabeza cuando oigo pasos. Cruzan los ingleses cogidos de la mano. Hay una risa ahogada y un fingimiento de imposibilidad, por parte de la mujer, cuando suben a las rocas. El hombre le ha ayudado. Ríen los dos. En la seguridad del muelle se toman de la cintura y avanzan hasta el final del espigón. Si esta isla no fuera un lugar de trabajo... Y me sonrío pensando en tarjetas postales, en parejas abrazadas en los plenilunios postales, en mujeres que se bañan en los mares postales, en las risas, danzas, terrazas, aperitivos, flores, ferias, escándalos, amores, hazañas y corazones postales. Pero ésta es una isla de trabajo.

El viento trae desde la distancia el ruido del motor del Chipirrín. En diez minutos estarán aquí. El viento tiende a aumentar.

El viento ha rolado esta noche al este. Mal viento. La arena entra en mi habitación por las junturas de las ventanas, las rendijas de la puerta y el ojo de la cerradura. Está anegada, como de polvillo de mariposa, solamente es perceptible en los dientes, en el respirar, en el tacto de las teclas de la máquina de escribir, en una cierta aspereza que tiene el satinado de los papeles y en la irritación de los lacrimales. Flota, se reposa un instante y vuelve a flotar, delicada e invisiblemente aérea. Es el hálito de la tormenta que mueve el mar y alborota los arenales de la isla trastocando su orografía de dunas. Pero no es arena de esta isla. Viene de África acompañada de pequeñas plagas de mosquitas no mayores que motas y a veces de las grandes formaciones de langostas que hierven en los canchales saharianos.

En el rayo del sol que flecha por la contraventana hay un tobogán de arena iridiscente. Ondas, nubes, multitud. Creación y descreación de formas en un calidoscopio enloquecido. Contemplarlo es acercarse al caos. Variación permanente, metamorfosis infinita, continua construcción destruida. Interrumpo con la mano la luz de la vorágine.

El viento del este tironea los nervios y deshace la voluntad como una droga. Cuando salgo al terrado contemplo el cielo azul con el ligero empaño que le da lo transportado por el viento. El mar arbola mucho y golpea en las rocas fuerte y arrítmicamente. En la punta del espigón salta el agua abriéndose en enormes valvas sucesivas. Baña el muelle. Entra en La Caleta hasta casi el caserío. Las barcas han sido llevadas tierra adentro. La falúa de Roque está varada. El vecindario, refugiado en los umbrales de las casas, acecha una calma en el ventano.

—Hay hombres en la mar —me está diciendo Enedina—. Maestro Juan, el señor Mateo, Casimiro... Dios mío... Que hayan tenido tiempo de entrar en puerto...

De las pesquerías del sur nada se sabe. A mediodía Antica recibirá los radiogramas. Cuando apunten las doce el pueblo se llegará hasta la casa de Roque y esperará en silencioso cabildo los partes de acaecimientos. La tempestad puede estar limitada al archipiélago, pero también puede ser general, y la isla tiene doce fallías en la costa africana.

—¿Cómo salieron ayer si parecía anunciarse el viento? —pregunta Enedina a Roque.

—Salieron, mujer —responde Roque no queriendo historiar lo irremediable—. Lo que hace falta es que vuelvan. Es mucha la mar que hay.

Las gaviotas están refugiadas en sus nidos del acantilado, que ahora parece brumoso, y el río está tan movido que no deja ver las playas de su base. Todo se agrisa y los rostros se encenizan y enmascaran.

—Vámonos para la tienda, cristiano —me dice Roque—. Vámonos a ver lo que se cuenta.

Miro al Chipirrín proa en tierra, levantado de popa por el oleaje, humillado en la arena como un toro.

—¿Y la falúa no corre peligro?

—Ya no.

¿La sacasteis esta noche?

—Al amanecer. Costó trabajo. Si no la traemos para la playa, a estas horas se la hubiera llevado.

Caminamos furtivos, arrimados a las paredes, refugiándonos en los quicios de las puertas. Tenemos los rostros lijados por la arenilla, ortigados por las moscas. Avanzamos hasta la esquina donde Domingo está construyendo su casa. Domingo no ceja. Ni la tormenta ni nadie pueden quitarle unas horas de su trabajo. En el umbral de la casa vecina, Pepita, su novia, le observa y le da ánimos con su presencia. Pepita se cubre la cabeza y gran parte de la cara con un pañuelo negro. Residen en el amor y la mirada de Pepita sigue todos los movimientos de Domingo. Al pasar nosotros baja los ojos como si fuera sorprendida y avergonzada por intrusos de su intimidad.

—Tienes tiempo —grita Roque a Domingo—. El verano está lejos... Deja que descanse —grita Roque a Pepita—. Hoy no es día... Lo que hace el amor — me dice Roque añadiendo una procacidad—. Ya se les pasará...

A la puerta de la tienda de Roque están todos los hombres notables que quedan en el pueblo. Félix, el compadre de Casimiro, preside estirándose mientras monologa en una curiosa habla casi ininteligible en su sintaxis, remediada por cambios de tono violentos y palabras donde todo lo relativo a lo sexual se complica y adorna.

—Félix no es para ser escuchado por hembras —dice Roque reflexivo y pícaro—. Tiene un toque de lo de aquí y otro de La Isleta. Y hace gracia.

Con Maestro Juan no hay miedo _ dice alguien—. Proará a la mar o ya estará en costa. Luego se sabrá.

La conversación deriva hacia la situación de la barca cuando comenzó el temporal. Las opiniones son peritajes de los bancos de pesca, del tiempo de la redada, de la deriva de las corrientes. Hay miedo en los hombres y todas las palabras tienden a alejarlo, pero hay también expectación. Una expectación corno sólo puede despertarla el combate del hombre midiéndose a muerte con la naturaleza.

A mediodía no es de esperar noticia de si han cogido puerto, porque hay que llevarla hasta la capital y no dará tiempo —dice Roque—. Habrá que procurarse una comunicación de socorro a media tarde, para que haya sosiego.

—Está bueno el pueblo —explica un viejo llamado Antonio, que se rasca las manos sin cesar como sarnado—. Lo de Juanillo Armas, lo de éstos y lo que

Ignacio Aldecoa Parte de una historia pÁG|NA 1 22 venga del sur.

—En el sur no habrá temporal. Esto es de aquí, de las islas. Esto tiene su barrera a cien o ciento cincuenta millas al sur y no alcanzará ni a los de la costera del Bojador que hagan viaje para acá o para allá.

Roque sabe su mar y lo demuestra. Roque sabe llevar un barco y tiene su título de patrón y se defiende con sus conocimientos. Los viejos, no. Muchos son analfabetos y la mayoría no ha estado en las grandes pesquerías porque antes se pescaba en el banco de las islas, y después los demasiados años les impidieron ir. Roque, como siempre, ofrece la primera ronda de ron.

—Abusen, hombres, mientras la espera, una copa de mi cuenta.

La ronda de Roque tiene algo de primera ronda de velatorio. Silenciosos, los hombres beben al trago. Francisca está atenta a los ademanes de su padre y Luisita me mira huidizamente, con avizorantes y medrosos ojos de avecilla. Es el mensaje del desamparo, la soledad y lo inseguro.

—No se amainen —dice Roque—. No se pierde una barca con gente de anzuelo tan fácilmente. ¡Jálense!

La señora Candelas entra en la tienda acompañada de una de sus nietas. Penetra en el silencio de los hombres con fuerza y desesperación.

—Hagan algo. Vayan para las playas a ver. Este viento los ha podido echar para ellas.

Luisita habla en voz baja con la nieta de la señora Candelas, y yo me encuentro como exiliado de la tragedia, sin escuchar ya la voz de la señora Candelas, sin interesarme en la conversación de las dos niñas. Estoy lejos, en mi propio naufragio, siendo una presencia ajena, alguien que no puede compartir lo que sucede, alguien que no deja compartir lo que pasa. Todos mis riesgos están fuera de esta isla, y aquí en este regazo es donde se desencadenan otros riesgos que no me alcanzan. Salgo al viento, a la arena y a las moscas. No es aún media mañana y al aumentar el viento el acantilado velado por la tempestad está en los instantes fronterizos entre el crepúsculo y la noche. Camino hacia la casa de Roque.

Las huellas familiares de los animales domésticos, de los pájaros de la mar, de los pies descalzos, son ahora una sucesión de ondas cambiantes de arena que circulan canalizadas por la calle y a veces se reposan, ribazadas, al pie de las tapias y de las paredes de las casas. El suelo se ha deshabitado y es sólo arena fugitiva. La robusta figura de Domingo es una masa oscura que se inclina y se incorpora sobre el trabajo, arriba de la fachada de su casa. Pepita le habla a gritos, apagados por el viento, que a su vez hace ruido de metales estregados. Me acerco.

—Está esto terminándose, mujer.

—Déjalo ya, déjalo. Va a ser un trabajo inútil.

—Está esto terminándose.

—Déjalo para un rato. No merece tanta fatiga.

—Vete pues. Yo voy a continuar.

Los ingleses se han refugiado en el comedor de la casa de Roque y cuando yo entro están preguntando en un castellano dificultoso cuándo cesará el temporal. Enedina les explica paciente y distraídamente lo que es la tormenta, lo deslimitado de su tiempo, cómo queda luego en el mar una agitación, un temblor extraño, que hace peligrosas las playas y aleja a los fondos la pesca. Los ingleses hablan en su idioma haciendo gestos de desagrado, traicionados por la naturaleza. Enedina se encoge de hombros. Saludo. La mujer es hermosa y tiene los ojos fijos y la mirada distante, contemplando algo más allá. El hombre avizora esa mirada, la siente vibrar, depende de ella. Ahora guardan silencio y, tal vez, piensan un viaje. Me imagino que piensan un viaje. Todo lo que transcurre en la mirada de ella está fluyendo a lo remoto. Todo lo que dice esa mirada es de no estar aquí, en esta isla, sino en la desolación del horizonte. El hombre la acompaña, pero no está en ella, que es como inalcanzable azogue. No sé por qué interpreto. Nada sé y aplico noticias de mí a esta pareja. Algo ha coincidido. Probablemente su mirada, probablemente la atención de él. ¿Por qué? Ha habido como una emigración a lo pasado y ya estoy otra vez de vuelta en el presente. Se levantan y salen. Es una hermosa mujer, con la piel bruñida del sol y la mar, con la elasticidad deportiva o zoológica que se sorprende en algunas esculturas y con la misma apartada presencia. Enedina me interrumpe. Enedina es de carne, de leche maternal, de aromas femeninos, de cobijo, olor de pucheros a la lumbre, ropas blancas puestas a tender, lágrimas, ocupaciones constantes y espera de la vejez. Se queja:

—Estas extranjeras no son como nosotras. Nos hacemos viejas casi cuando dejamos de ser mozas.

Enedina me habla luego de los hijos: de Roque el primogénito, de José, de Antica, de Francisca y de Luisita. Es su entrega al mundo y es su satisfacción. Está preparada para vivir unos pocos años más y darse resignadamente a la muerte. Lo que tenía que hacer está hecho.

El viento sigue aumentando y ya no es la arenilla sahariana la que entra en las habitaciones, sino la arena de la isla que bate en los cristales. Se ha nublado la calle de amarillo y el cielo tiene un diluido azul. La mar es mucha. Olas grandes pasan por encima del muelle sin romperse y continúan hasta La Caleta. El Chipirrín hocica levantando de popa. Se ha entrado la gente a las casas y contemplan la tempestad tras las ventanas. El acantilado no se ve.

A las doce no puede haber comunicación con la Isla Mayor. Todo es ruido y confusión. Antica se siente incapaz de interpretar lo que vagamente llega envuelto en el delirio de la tormenta. Roque está a su lado.

—Bien, termina ya —dice Roque—. Esperemos que al atardecer haya un cambio.

Hasta las tres no afloja el viento. Luego paulatinamente se va aplacando. Tengo los ojos enrojecidos y la piel como quemada. Ahora son las mosquitas las que vuelven a aparecer. Ellas quedarán durante días sobre las playas y las dunas hasta su desaparición humosa, arrojadas al mar por un buen aire.

En la tienda de Roque se esperanzan los hombres con la comunicación de la Isla Mayor. Desde los cristales de la puerta veo al Chipirrín caído de estribor y derrotado.

—Mañana estará en la mar —dice Roque—. Ese barco es muy duro y aguanta marea y lo que mande Dios.

—No se destabló ni así —y Félix predica a la marinería las virtudes de un buen barco—. Ni así. Tan de nada y parece metal de puro resistente. Ahora que 'ha pasado la madre del mareón hay que decir que es barco de valor. Otro puede que no lo hubiera aguantado.

La contemplación del Chipirrín me conmueve y en este atardecer en que el viento desiste de su violencia y las arenas se reposan, mientras la mar se queda lentamente, me encuentro contento de estar aquí. Entro en las preocupaciones de la isla, me deshago un poco de mí mismo pensando en las posibilidades de mañana, participo de la inquietud despertada por el riesgo de los que están en la mar o están en puerto o se han quedado entre las olas para siempre. Como el Chipirrín caído, pero capaz de navegar mañana; como el Chipirrín hocicando en la entraña arenosa del vacío, pero capaz de navegar mañana; como el barquillo familiar, isleño, ignorado del mundo, deseo levantar mi corazón y navegar mañana.

Nos acercamos en grupo a la casa de Roque. Antica pide insistentemente comunicación con la Isla Mayor, y de pronto comienzan a llegar noticias en constante y pausada bandada. Calma en el sur. Los barcos no han sufrido. En el San Nicolás había un hombre con apendicitis y ha sido desembarcado en La Güera, pero no es de esta isla, sino de la capital de la Isla Mayor; en el Enedina Betancur se ha logrado una gran pesca y están los tripulantes casi acongojados de alegría; un barco portugués se ha metido hasta la misma Punta del Avestruz, perdiendo las anclas pero sin más desgracia...

—Dormida portuguesa —comenta Roque—. Todos al timón y todos de siesta.

En el barco de Laureano Tuno las cosas no van demasiado bien para tan larga campaña... Y los nombres de los barcos, patrones y tripulaciones vienen del sur a la isla, regresan a su puerto, ornados de minucias, pormenores y datos.

El mensajero pide atención. Se hace un silencio y luego se desgrana la novedad: Maestro Juan ha entrado en puerto esta mañana por barlovento de la Isla Mayor; ha entrado en puerto lejano y por eso la nueva de arribada ha sido dada tarde. Los hombres se miran para confirmarse lo oído. Todos están a salvo. A la barca no la ha dañado el mar. Maestro Juan, el señor Mateo, Casimiro y los demás están en costa, probablemente celebrando con ron la buena suerte y la destreza y el sentido y la prudencia de quien patroneaba y de su compañía; se estarán homenajeando. Los homenajes del oficio acaban en borrachería. Roque convoca de nuevo a los copetines de su tienda, para estar con ellos, para contentarnos con los salvados.

Antes de que Antica termine de recibir radiogramas entra un muchacho del Barrio Verde y trae el naufragio. En la playa de Las Conchas, del lado raquero, ha encallado un yate. Se le han visto los palos desde la Duna Grande hará un minuto. El barco parece muy metido en costa. Y el sur sigue cantando en la voz del mensajero.

Ya mengua la luna —dice Roque mientras caminamos hacia Las Conchas—. Saldrá a las playas con nuestra llegada y así podremos verlos si los hay, porque un barco no se queda solo tan fácilmente y es más amparo para el náufrago. También han podido dejarlo buscando población, pero me da que si hay alguien sigue en la costa sin valerse. Se ha movido mucha arena y creo que desde esa orilla estarán tapados para guiarse por las luces de La Caleta.

Caminamos con faroles y linternas. La previsora actitud de Roque hace que seamos una pequeña caravana compuesta de diez hombres y tres camellos, que transportan un breve matalotaje. La curiosidad ha sido dispensada de llegar al desastre: ni chiquillos, ni mujeres, ni mirones. Otra cosa hubiera sido por el día. A la noche es mejor así, para evitar la confusión.

Félix tropieza cada pocos pasos. Va animado de ron y sus palabras se revuelven y se encaracolan, excrementales, desafiadoras, agrias, violentas y risibles. Anda al pairo de uno de los camellos, agarrado al baste y codeándole la barriga. Roque me dice por lo bajo, entrecortando la risa apagada y cautelosa:

—Se le va a tuchir el camello y lo va a aplanar. Está amoroso del todo. Quiere a su compadre y está alegrado de que no haya habido desgracia, pero el camello, como se descuide, lo deja tal que un pescado abierto y seco. Vas a verlo.

Félix, como si lo hubiera oído, se suelta del baste y bandea solo y a perderse en la oscuridad.

—Este gran cabroncito se me va a tuchir y adiós Félix —se dice a sí mismo—. Si no me muerde...

Agárrate, Félix, que el que caes eres tú y no para hacer daño, como el camello. Al cuerno me agarro.

—No te hagas el loco, que igual hay trabajo. Tienes tú mucho aguante para estar ahora con cosas de chico dando esos traspiés.

—Me asoman las copas.

—Qué te van a asomar, hombre. Te asoman las ganas de perecear, de tumbarte a ver. Tienes lo peor de los cangrejos metido en tu alma, hombre. Sigue agarrado y avante.

—Avante voy, Roquillo, avante voy, dando guiñadas, pero voy. Yo siempre voy —y comienza su retahíla salmodiarla de malas palabras y a su compás escora, vuelve al equilibrio y escora hasta apoyarse en el animal.

El paso del camello cuenta el tiempo; es solemne y segundero. El camello pendulea el cuello reptílico. Avanza tan seguro que se hace inimaginable cualquier retroceso. Va. Y es la palabra insistente de Félix la que hace su contrapunto:

—Yo siempre voy, Roquillo, siempre, aunque dé boqueadas, aunque esté como en la agonía.

Cuando pasamos las últimas dunas antes de entrar en la suave, casi imperceptible pendiente de Las Conchas, se iluminan la mar y el cielo como por una bujía empantanada por la mano.

—Ahí viene la luna —dice Roque—. En seguida sabremos lo que pasa. Hoy le falta ya un diente, pero tiene todavía mucha fuerza, mucha luz y nos alumbrará bien para ver.

En el roquedo de la playa fosforece la mar contorneando una sombra densa. Es un rincón o un agujero o un eco de la oscuridad de la noche, ya iluminada al ir emergiendo la luna de la vertiente oceánica.

Ahí está el barco —dice Roque, y nos apretamos a su alrededor esperando sus palabras, adivinaciones y órdenes.

Los palos humillan, partidos los masteleros, hacia la mar, como si hubiesen sufrido un empujón de la tierra, no suficiente para hacerlos caer. Destacan paralelos y lunados. Poco a poco se va viendo el casco de la nave sobre el negror y la crispación de las rocas. La playa es un vientre terso, ahora acariciado por el mar, y es un convite al descanso y es algo demasiado elemental e inocente formando un pequeño arco entre las rocas y el cabo. Dejamos los faroles en el suelo, apagamos las linternas. Las moscas tiemblan el cristal de los faroles. De allí lejos parte un grito. Nos han visto.

—Está muy metido —dice Roque— y no va a tener salvación. Esa costa corta a cuchillo. El barco debe de estar desfondado. Muy maltrecho. Seguramente, todo él con agua. Vamos hacia la gente.

Movemos los faroles dando las brazadas del socorro. Vamos hacia la gente. Félix está que no puede y se retrasa. La luna se apoya en el horizonte. Junto a las rocas, dos personas gritan y aspan los brazos, pero no caminan.

Ayuden a Félix —indica Roque—. Algo pasa que se quedan y no vienen. Algo pasa para que no busquen el encuentro.

Una de las personas cae a tierra y ya no es más que una mancha de roca, inmóvil en la arena. La soledad en que está el náufrago en pie, gritando, espeluzna. Félix se ha derrumbado totalmente y no hay manera de hacerle levantarse.

—Déjenme, cristianos —y canta la balbuceada salmodia de sus malas palabras—. Déjenme, por sus madres...

—Vamos, con prisa. Dejen a Félix; él se remozará. Déjenle un ratito. No sabía que había tomado tanto. Vamos, pues.

Hemos llegado y formamos corro en torno a las dos personas. La caída es una mujer, vestida con un jersey de cuello marinero y pantalones, descalza, pero el rostro no se le ve porque está echada de bruces, con el pelo mojado y arenado cubriéndola como una toca.

—¿Hablan español? —pregunta Roque.

El hombre sólo tiene una camisa azul desabotonada sobre el cuerpo. Es difícil entender su respuesta. Está borracho y se sostiene muy difícilmente sobre sus piernas. A su lado hay una botella de whisky. Roque insiste y el hombre da con el pie a la caída, farfullando algo.

El yate está en las rocas a unos doscientos metros de nosotros. No está embarrancado, sino abierto en canal, tendido sobre su matadero. Es barco ya sin vida y a la luz de la luna todavía tiene algo hermoso, aunque como disecado. El hombre se sienta en el suelo y mueve la cabeza con ademán negativo. Luego empuja dificultosamente a la mujer, pretendiendo despertarla o volverla de espaldas. Le ayudamos. Su rostro es muy bello, pero está señalado. Hay al mismo tiempo en él horror y beatitud; la sentencia del naufragio temido, entrevisto y sufrido, y el estatismo del coma de la borrachera. El hombre intenta golpearla con las palmas de las manos para reanimarla, pero se derrumba con el esfuerzo definitivamente.

—Estamos buenos —dice Roque—. Quédense dos con ellos y arrópenlos; le ponen unos calzones al desventurado. Tres busquen por las cercanías. Los demás vengan al barco.

Subimos al lomo del roquedal. Las olas parecen aquí mayores que las que llegan a las arenas. Hay un gran tronco de limoncillo aprisionado. Alguien dice:

—Hurtado de un maderero por el temporal. Está nuevo y es un buen montón de duros.

Avanzamos lentamente, salpicados por la espuma y recomendados por Roque; recomendación especialmente dedicada a mi ignorancia.

—No se arrimen, que a cada tiempo habrá una ola grande. Apártense del rompiente y vayan más para tierra.

Roque y yo subimos por estribor desde una roca que penetra en el costado; los demás dan la vuelta al barco y se aúpan por babor. En la cámara de proa todo es desorden, fractura y desgracia. Por las escotillas atisbamos la saleta. Hay un hombre tendido en una litera y el agua y la grasa olean casi a su altura. Paquetes de cigarrillos deshechos, papeles, fundas de discos, botellas, revistas que tienen movimientos de rayas, libros, cajas vacías en permanente zozobrar, ropas que se hinchan y recogen como bolsas de pulpo, y la vaciedad de un salvavidas forman la fauna de este extraño y alborotado mar prisionero.

Izan al hombre a cubierta y lo transportan cuidadosamente por las rocas. Alumbrados por la luna, los faroles y las linternas, la conducción es un siniestro raque.

—No está muerto, pero entre el alcohol y el agua va a tener un largo vómito. —Más merece.

—Locos, son todos locos. Por la mar y borrachos es ir buscando a la muerte.

—Se han salvado de milagro. Da pena un barco tan lucido.

—Son pocos tres para llevarlo. Alguno se habrá ahogado. Nada se va a aprovechar de este naufragio.

—Acaso el motor, aunque está muy herido por las rocas, me pareció.

—Mañana se verá —dice Roque—. Mañana, aunque toda la noche la mar va a estar trabajando esta ruina.

Llegamos a la arena. El mar golpea todavía la popa del yate. El mar robará cosas que irán apareciendo poco a poco en la playa de Las Conchas, en la playa del tesoro del pirata, durante muchos meses. Los niños de La Caleta vendrán a buscar objetos inservibles, corroídos, que tendrán el encanto de lo encontrado y el misterio de lo naufragado.

—¿Pudiste leer a popa? —me pregunta Roque.

—Bloody Mary, Florida.

En la playa, el hombre y la mujer yacen envueltos en mantas. Los camellos descansan genuflexos, y su rumia suena a pasos en la arena, que ni se acercan ni se alejan, que están fijos y son un horizonte. La gente de Roque fuma en alertado silencio.

—Lo ponen boca abajo —ordena Roque, arremangándose—. Vamos a hacerle echar la porquería que ha tragado.

Y Roque cabalga, aprieta, frota, palmea, desentumece y, ahorquillando los dedos, los introduce en la garganta del hombre encontrado en el barco hasta que su naturaleza responde con un corto vómito estertoroso.

—Va bien. Va a echar la misma alma, si la tiene.

Es un largo vómito caudal hasta la queja. Cuando ésta sucede, da Roque por terminada su labor con el náufrago.

—Ya está. Lo cubren que ahora le vendrá una tiritona. Va a sufrir lo suyo.

Por la playa avanza Félix, dando traspiés, cayendo, levantándose y cantando. —Otro que tal.

Bajo la luna, el caminar de Félix es una extraña danza. Cuando se aproxima al mar, invoca; cuando se aparta de él hacia tierra parece llegar de un naufragio; cuando viene hacia nosotros, amenaza; cuando retrocede y cae, huye y es empujado por el miedo. Va a los cuatro puntos cardinales, y rota y se traslada con los movimientos que el despertar de la voluntad, el instinto y el alcohol le infunden. Voluntad, instinto y alcohol trazan su órbita en esta extensión de arena y, aunque estamos aquí esperándole, parece no ir a parte alguna, y podría continuar hasta su muerte en tal laberinto e inutilidad. Como un loco, como un ciego abandonado en el desierto, como un mecanismo alterado que responde a otra lógica que aquella para la que fue construido. Solamente humaniza, en la distancia, y brujulea este disparate la canción que le acompaña. La canción hace que no sea más que un borracho.

—Dentro de un rato alzamos a las artolas a esta gente —dice Roque—. En cuanto se vengan los que salieron a buscar, que a mí se me hace que van a encontrar algo...

—Puede que haya un ahogado.

—No; estaban todos en la saleta y el barco al garete. Eso se ve bien. Y tres son pocos para llevarlo. Tiene que haber otro u otros dos. Se hubieran metido en playa con sólo que uno estuviese cuerdo. Habrían salvado el barco.

El hombre encontrado en el yate sufre violentos escalofríos. La mujer entrecorta su respiración de quejillas, de una débil congoja, que es el despertar del coma. El hombre de la camisa, ronca.

—No ha habido males mayores _ dice uno de los pescadores de Roque—. Esta gente tiene buena suerte en lo que cabe, porque todo lo demás se arregla con dinero, cosa que también deben de tener.

—Acércame la porrona, que ahora cuadra un trago.

La porrona, la boya metálica de red encontrada en la mar y agujereada para hacerla vasija, pasa de mano en mano. Todos bebemos con gusto, indiferentes a la cercanía de Félix y a su danza., Busca entrada en el grupo por algún lugar no ocupado y cómodo y da vueltas en nuestro torno. Teme empujar, ser empujado, irritar a alguien, airarse después. Quiere entrar sigilosamente, como si nada hubiera pasado, y participar, pero le traicionan los prólogos: su maldecirse constante, su pirotecnia blasfematoria. Impotente, llama a Roque y Roque sale a su encuentro, le coge del brazo, le sostiene y conduce amistosamente.

—Siéntate aquí, cristiano. No se suponía que estabas tan calado. Anda, sienta mientras llegan ésos.

Félix quiere conversar, dar sus opiniones, y todos le escuchamos no escuchándole, atentos en la espera. Las palabras de Félix acaban siendo un monólogo que va bajando de tono hasta transformarse en nana, en la que se briza y duerme. Ya está en su sueño cuando todavía balbucea palabras bajas e inconexas.

—Ahí parece que vienen —advierte alguien.

Han ido tres y regresa uno adelantado y tras él, a medio centenar de metros, una prieta sombra movediza.

—Roque, lo encontramos —anuncia antes de unirse a nosotros—. En la Duna de la Fardela, perdido y como loco. Tiene una mano rota y se nos ha desmayado. Éste habla español.

—Menos mal que podremos entendernos.

—Andaba buscando pueblo y ha debido de beber mucho.

—Como todos ellos. La cebada debió de ser de días. ¿Ha dicho cuánta era la tripulación?

—Cuatro, con la mujer.

—Menos mal. Ya no hay que buscar más. Suban a esta gente a las artolas y vámonos para La Caleta. A Félix también lo suben, y los cinchan a todos. Cuando se levanten de la cama no va a haber uno que se tenga en pie. Peor que apaleados, después del embarranque y de esta caminata a camello.

Al hombre de la mano rota, en cuanto llega, lo montan directamente en el camello, no le dejan reposar un segundo y ni le miran la lesión.

—Adelante —ordena Roque, y la pequeña caravana se pone en marcha.

Al levantar los faroles, las mosquillas pegadas a ellos se desparraman y regresan al instante para revolar las luces, para ser sustituidas por otras, para posarse y perderse. La alegría de la luz es la penitencia y la lucha por la luz. Llevamos los faroles bajos y nuestras piernas y las patas de los camellos producen sombras que transcurren graves por la arena. La luna ilumina todo lo demás. Los náufragos y Félix tienen como desarticuladas las cabezas, que al paso de los animales oscilan, afirman, niegan, con la mecanicidad y ebria violencia de los títeres.

—No se queden atrás —pide Roque—. Vamos a llegar todos juntos. Ese último camello. Azúcenlo, que es muy lento.

Entramos en el pueblo por la Duna Grande, soslayando el Barrio Verde, para ir directamente a la casa de Roque. Las tapias del cementerio parecen más pequeñas que de costumbre. Debe de ser porque el viento ha almacenado demasiada arena en ese obstáculo. Brilla muy fuerte un lucero a sotavento.

El señor Mateo, el Guanche, es buen amigo de la luna, dicen en La Caleta del Sebo; jala, en la ocasión, del caleo del prójimo, repiten en Los Corrales; anzuela para todo sin respetar, confirman en el Barrio Verde. El señor Mateo, el Guanche, según sus paisanos es un ladrón, y él no se desgracia de serlo. Esta mañana fumaba en una hermosa pipa inglesa, dando humo al azul con la soberbia de un vapor, escupiendo constantemente y enseñando a vivir.

—¡Qué buen sabor tiene la tal! ¡Cómo se cuida el rico! Tenemos mucho que aprender, Roquillo.

Roque es muy mal alumno y le ha recriminado:

—Peor que pirata, peor que morisco.

Al señor Mateo le atragantaba la risa.

—No la van a echar de menos en la cazuela —ha dicho, por fin—. Se supone que en tanta pérdida no hace número. A mí me viene muy bien.

—Te has rapiñado algo más.

—Ni por apuesta, Roquillo, aunque me tentaron unas ropas. Un coño jersey muy re-bueno lo tuve en las uñas; pero, ya ves lo que son las cosas, lo dejé por no fardarme con vestidos de muerto.

—Nadie ha muerto.

—Ésos están todos muertos y bien podridos.

—Te digo que te vayas guardando la cachimba en el baúl por si acaso. Eso te digo, porque estos muertos van a estar vivos al mediodía y no vayan a creer que los hemos saqueado.

—Pero no se van a dar cuenta. Tienen que tener mucho disgusto. Sólo estarán pensando en haber salvado el pellejo. Como si muertos para lo que hace al caso.

—Tú guarda lo que has cogido y no vuelvas por allí. No te acerques al barco hasta que la autoridad haga los papeles.

—La mar lo va a robar todo, Roquillo.

—Es lo suyo.

Son las diez y el sol dora, cuartea y a veces almibara la gran masa de somnolienta roca del cantil. Se averiguan las sendas, a simple vista, por donde suben las mujeres cargadas con los sacos de pescado salado. Al pie, frente por frente de La Caleta del Sebo, hay un majano levantado con huesos de camello. Antica avanza pesadamente por el andén del espigón.

—Padre —dice al llegar—, váyase para casa que el herido se queja.

—¿Y los otros?

—Los otros roncan.

—Pues voy para allá.

Me quedo con los demás, esperando ver aparecer por los fariones la falúa que Roque ha enviado en busca de la autoridad y del médico. Roque sabe cómo arreglar las situaciones difíciles y no necesita compañía.

La conversación del muelle ha sido ancha y reflexiva: el naufragio, la espera del Chipirrín y las astucias del señor Mateo. Sobre estas últimas todavía, tras de la marcha de Roque, echa su cuarto a espadas Maestro Juan, con un énfasis de asombro en la voz.

—¡Cómo lo pudo hacer si no tuvo tiempo!

Su ida al raque del naufragio le tiene obsesionado.

Casi son lejanos recuerdos los peligros del día anterior, a los que se refiere como a un gran cansancio.

—Cuando llegamos —continúa y ya varias veces lo ha repetido—, llegamos baldados y muy crecida la noche. Es imposible que haya tenido fuerzas y ganas para irse al barco extranjero.

—Habrá sido su vieja —apunta con soma Casimiro.

—Ya me lo tenía pensado, pero no. La vieja es buena mujer y sabe que eso no. Ha sido él, que ha escogido entre lo que había lo que le convenía. El que tiene boca de pez de hondura.

—Total ha sido una cachimba digo trivialmente.

—...que enseña —me corrige Maestro Juan—; y si había dinero, y pudo haberlo, que guarda. ¡Qué agallas tiene el señor Mateo! —dice con admiración—. Viniendo como veníamos, después de todo lo que se peleó. ¡Qué agallas el ladronazo!

El Chipirrín asoma la proa a la altura de los fariones y comienza a crecer como en un juego. Si aparto la mirada unos segundos hacia el fondo de La Caleta, donde está la casa de Roque o más allá, a Los Corrales, o la vuelvo hacia el Barrio Verde, cuando regreso al Chipirrín es como si fuera otro barco el que viene. Se va transformando como un embrión y desde el óvulo oscuro se desarrolla a medida que avanza.

En seguida está atracado y la gente de la Comandancia y el médico sobre el muelle.

—¿Qué son esos brutos? —pregunta un tipo galoneado que hace ostentación de autoridad.

—El señor le dirá —contesta Maestro Juan señalándome.

Y yo no sé explicarme porque, por alguna extraña razón que no descubro, quiero ocultar que la tripulación estaba borracha e, inocentemente, describo la tormenta, que conocen tan bien como yo, y me precipito a dar detalles de la marcha a la playa de Las Conchas, hasta que llega Roque y con la serenidad, con la misteriosa y objetiva serenidad de la verdad, cuenta sencillamente lo que ha visto.

—Hay uno que tiene la mano rota o muy dañada —dice al médico—, y los otros se están despertando. Las mujeres acompañan a Roque, al médico y a los de la Comandancia, mientras nosotros nos encaminamos a la tienda. La comitiva va ya por el grao de La Caleta y a ella se unen niños y perros acompañantes de niños, que formarán el coro expectante y murmurador a la puerta de la casa de Roque.

El señor Mateo, el Guanche, está en la tienda y tiene audiencia. Advertido por Roque ha calado, según dice, al fondo del baúl la pipa robada.

—No la encuentran ni arrastrando —termina.

—¿Y el dinero? —pregunta Casimiro con los labios humedecidos del ron.

—No se ha visto, puedo jurarlo.

—¡Quién te va a creer! —dice Maestro Juan—. Si lo había...

—Qué más hubiera querido, cristiano; lo hubiese repartido ya o estaría organizando una parranda. Organizar parrandas es lo mío, aunque ustedes ni están para muchas, sólo verlos. Para parrandear hace falta menos carga de años y más ganas.

—Ya se te verá diagnostica Casimiro.

Luego, la conversación se perfila en los acaecimientos de la noche y en quiénes irán con las autoridades hasta la playa del naufragio.

—Nosotros estábamos en la mar —explica Maestro Juan—, y eso nos salva de todo este pleito.

La pareja de ingleses entra en la tienda, huyendo del espectáculo de casa de Roque.

El hombre hace un comentario a los sucesos:

—Americanos locos.

La mujer sonríe para todos y su extensa sonrisa conforta del apocamiento producido por su entrada. Amigable y alegre cambia unas palabras con el hombre y éste invita a la reunión de marineros.

—Ron y vino para los que quieran.

El señor Mateo toma la palabra, dirigiéndose a la pareja, y su disertación, primero protocolaria, luego técnica y al cabo confusa, les hace reír.

—No ha pasado nada —silabea el inglés.

El señor Mateo busca más ron a cuenta de la mano generosa.

—Usted podría hacer un buen pescador. Usted es fuerte y le gusta la mar. A todos los de su tierra les gusta la mar. Usted tiene que salir con nosotros una noche, y si su señora quiere, también. ¿Verdad, Maestro Juan?

Maestro Juan encoge los hombros, significando que acaso no es lo más conveniente invitar a una barca descubierta a una pareja acostumbrada a comodidades.

—Diles algo tú —me indica el señor Mateo—. Convénceles.

El inglés ha comunicado a la reunión que se llama de nombre David y que su mujer se llama de nombre Laurel y que quieren ser amigos de todos y que no les molestaría, sino muy al contrario, salir una noche a pescar, porque es una gran aventura para ellos, y que invitan a otra ronda. Maestro Juan y Casimiro no aceptan.

—Tú pon lo de todos —insiste el señor Mateo a Francisca—. Alguien se lo beberá —añade con ingenua picardía.

Dejo la tienda y me encamino a casa de Roque. El friso de mujeres y niños se extiende a lo largo de las tapias de La Caleta y forman una ordenada y silente fila de espectadores. Los perros juegan y alguna vez son ahuyentados, pero regresan.

Ahora rememoro, encontrando una suerte de compasión gozosa, todo lo que ha sido encastillado desastre y orgulloso cansancio de mí mismo. ¿Hasta dónde el orgullo puede desarraigarnos? Ahora rememoro, estando a muchas millas de mar, a muchos quilómetros de mi tierra, la ciudad de desasosiego que he abandonado. Aquí, en esta isla y en esta mañana bruñida, comienzo a comprenderme distanciado de la imagen que tengo de mí, allá, lejos, como en una historia sucedida a otro.

Apacible y enmimismado siento transcurrir años náufragos, meses delirantes, semanas llenas de gemas empolvadas, días de estiércol y aun horas, minutos, segundos, milésimas de segundos o simples fulguraciones de mi vida, que no sé si alcanzan a ser contadas en tiempo. Pero en todo solamente hay amargura e insolidaridad.

Cuando me distraigo veo a tres de los americanos y a las gentes del pueblo pulular en torno al derrelicto del yate, y desde la Duna de la Fardela divido dos mundos: uno a mis espaldas, el del pueblo, y otro frente a mí, el del barco. Estas dos consecuencias no son únicamente imágenes proyectadas de lo organizado, firme, vital, y de lo desorganizado, anárquico y mortuorio, sino símbolos contrapuestos y enemigos, entre los que está mi debate.

Huyo una vez más, encaminándome hacia el yate, y llego hasta las gentes que contemplan la montonera de objetos diversos que acumulan los americanos sobre las arenas de la playa.

—Bueno, ¿qué te hacías en la duna? —me pregunta Roque.

—Una necesaria centinela —respondo sonriente—. Desde allí se os ve muy bien y es mejor que una fiesta.

—¿Una fiesta? Han perdido, también, su dinero. La mujer está como loca. La mujer riñe constantemente con el que se llama Jerry, al que echa la culpa de todo. El otro está más tranquilo, el otro es el que estaba dormido de borracho...

Por el momento no quieren ayuda. Maestro Juan, Casimiro y Félix han salido a la mar a la madrugada. El señor Mateo anda a la husma, seguido por la atenta mirada de Roque. Las mujeres, los chiquillos y algunos de los hombres que han venido hasta la playa tienen oscilaciones de marea, según los movimientos de los americanos. Cuando regresan de la ruina, calados y enfurruñados, se retiran como una ola de la montonera, y cuando ellos vuelven al barco se acercan para no perderse detalle alguno de la busca. A veces hay un comentario de admiración por lo que sacan.

—El muerto está en venta —dice el señor Mateo, acercándose—. Si Roque lo compra, va a sacarle algunos pesos. Hay buena madera...

—Para corrales —dice Roque—. Nada hay que sirva en cuanto lo vacíen.

Al hombre de la mano rota le han llevado a la Isla Mayor. Parece que no es grave la cosa y volverá a reunirse con sus amigos en cuanto le hagan las primeras curas. Todos deben esperar algunos días entre nosotros, porque han perdido los papeles y hay que comprobar las declaraciones.

Al tiempo nos vamos Roque, el señor Mateo y yo.

Antes de partir, Roque casi ordena, casi ruega a las mujeres y a los chiquillos.

—Dejen a los chonis. Va para largo porque tienen un empeño muy grande en encontrar lo que la mar se ha hurtado. Dejen a los chonis en sus asuntos.

Al llegar al pueblo nos enteramos que la barca que patronea Maestro Juan ha entrado con una gran calada de arenques. Otras dos barcas han llegado también con mucha pesca. Desde el muelle a las rocas de Los Corrales, las gentes del pueblo transportan, en seras y cajas, la milagrosa pesca.

—Ha sido una suerte —explica Maestro Juan, agitando los brazos, brillantes de escamas—. Nada más hacer el caleo vimos que iba para grande y tendimos otra red por fuera, por si se rompía. Y hasta eso a nuestro favor: nada se ha roto, nada se ha escapado. Hay trabajo para largo. Nos vinimos sentados en el pescado y de aquí cerquita. Pocas veces he visto yo la lotería.

—La mar es de ley —dice Roque—. Tras del susto del otro día son ustedes los que sacáis el oro. Se perdió por ambición y latrocinio un buen jornal el señor Mateo.

—Otra vez será —se resigna el interesado.

Hoy, nadie hace la comida del mediodía en el pueblo. En alegre cabildo, sobre las rocas, abren pescados, limpian, salan y apilan en ordenados mogotes. Las conversaciones se mezclan y tan pronto se habla de la cuantía de la pesca como del naufragio de los americanos, como de la dudosa virtud de la mujer del yate. El señor Mateo está a la labor para enjugar el jornal perdido. Lleva la voz.

—Más de una quisiera tres para sí.

—Con uno como usted —dice Candelaria—, a cualquier mujer le sobra.

—Yo soy como de plata fina.

—No lo digo por eso. Sino por lo pesado que se pone con su misma canción.

—Pues de qué voy a hablar sino de los chonis. La mujer tiene café puro en la sangre, pero parece hembra para todo.

—Y dale... —bisbisea una vieja muy arrugada.

—Pues de eso hay que hablar, de lo que hay que hablar. Ya me confesaré cuando venga el cura de la Isla Mayor, y ustedes, también, por haberme escuchado.

Las rocas se tintan de sangre y cardúmenes de peces pequeños se acercan hasta donde se diluyen los regueros en nubecillas rosadas. Las gaviotas gritan revolando a la espera del banquete. Los gatos, ahítos, duermen o caminan perezosamente buscando la solana de las tapias. Canta Domingo, que ha abandonado la construcción de su casa para echar una mano en el trabajo comunal, pero no se le ve la cara bajo el sombrero de pleita, hundido en la faena.

—Hoy entrarán más por levante, pegados a los fariones —augura Maestro Juan.

—Vamos a perder el culo —dice el señor Mateo.

Félix se ha ido un rato a la taberna para celebrar los caleos y vuelve con paso lento y desganado.

—Félix —grita Casimiro a su compadre—, ven a roer el hueso con los demás. No te apestes todavía.

—En cuanto puede se embrinca con otro viento —bisbisea la vieja muy arrugada.

Félix es hombre de la mar y de la tienda de Roque y no le gustan los trabajos de la costa. Su mujer, la señora Vicenta, lo pone al pairo.

—Cuando en la tierra en el ron. Así lucimos.

—El carro de mujer —responde Félix, ofendido.

Pero Félix se acuclilla y comienza su tajo, mientras Casimiro le embroma.

—Los arenques tienen las fatigas negras como tú las tienes.

—Yo las tengo de podre.

—Tu vieja, de oro, y un día te pone un huevo para hacerte rico y que te bebas el mundo con tranquilidad.

—Con ella no tengo tranquilidad.

—Búscate otra, que hay mucha necesitada.

—No me menees, Casimiro, que tengo el humor agriado. Luego, las mujeres dicen que hablo mal y peor.

David y Laurel contemplan el faenar del pueblo. Los niños enredan y ayudan y gritan y cantan. La horda de niños entra en frenesí y corre hacia las barcas, vuelve a las rocas, usa como proyectiles los pescados que lava, persigue a los perros y es perseguida. En los mogotes, Roque extiende sal sobre las capas de pescado, que destilan un humor aloque. La felicidad suele ser palabra vana, pero aquí, en estos momentos, en este trabajo, en esta isla del Atlántico, cubre musgosamente las rocas, en las que la gente del pueblo la siente bien venida. El tiempo, el trabajo, la compañía y el dinero compartidos, las dificultades dadas de lado en esta hora, la suerte que corre para todos, son la felicidad, su felicidad, que demuestran en un apagado coro salmodiando una canción cuya letra es inadivinable.

—Vamos a la tienda —dice de pronto Roque.

Félix se apunta a la convocatoria, pero no los demás.

—Luego, Roquillo —disculpa Maestro Juan.

Roque hace un ademán a David y Laurel y éstos se nos unen.

—Una pesca muy grande —balbucea David—. ¿Siempre así? ¿Mucho así?

—No —responde Félix—. Hoy ha habido una gran suerte. A veces se pasan días y más días calando mucho y pescando poco.

David es un tipo sonriente y amable. Laurel vive en ausencia, y en su sonrisa, casi grabada en el rostro, hay una declinación permanente a compartir su vida con lo que le rodea.

—¿Y los americanos? —pregunta.

—No tardarán —responde Roque—. Allí no tienen mucho que hacer, aunque les costará dejar el barco. Y volverán mañana.

Coincido a la hora del desayuno, alegre y tempranero, con los ingleses y americanos en el gran comedor de la casa de Roque. La comida del mediodía y la cena las hago en la clausura familiar, mientras Roque habla del trabajo, de los peces, del naufragio, de la vida y de la muerte, y Enedina y sus hijos y yo escuchamos, arrullados y entenebrecidos, sus cósmicos sermones. Los ingleses y los americanos desayunan juntos, y cuando entro o salgo me sonríen, y cuando estoy de vez en vez me dedican una mirada, un gesto o un ademán. Ya conozco sus nombres. Jerry o el hombre de la playa, teatralmente recién nacido de la mar, pordiosero Ulises en la arena de Las Conchas. Boby o el hombre de la litera. Beatrice o la mujer caída. Gary o el hombre de la mano rota, que esta tarde, me advierte David, volverá de la Isla Mayor.

Beatrice es la mujer, o pasa por serlo, de Jerry, pero sus cuidados y atenciones son para Boby. Jerry es hombre alto y vigoroso y su lerdo perfil en las mañanas parece recién acuñado, y en las tardes, el ron guajiro lo gasta y difumina. Pero éstas son apreciaciones, probablemente, de mi capricho y dependen del que distanciado observa, intuye, enmascara, inventa o recrea. Un rostro y una edad calculada sirven para fantasear una psicología —en mi caso, mientras embadurno de mermelada una tostada con mantequilla con ostentosa delectación— para luego viviseccionar esa psicología y hacerlo hasta la fatiga, probablemente construyendo una gran calumnia, es decir, otro ser. Me digo que tiene unos cuarenta y cinco años —bien podría tener cincuenta o cuarenta, o un poco más o un poco menos— y no me intereso por investigar su biografía, asunto a todas luces imposible si lo intentase. Él se llama Jerry —es lo que tengo—, posee un rostro mostrenco, casi en los límites de la vileza, ha naufragado —éste es el momento cuspidal de su existencia para mí— y puede que haya cumplido los años que le aplico. Aunque hubiera corrido todos los temporales del mundo —del que no excluyo el gran temporal de la guerra, a manera de metáfora—, el que me preocupa es éste, el que yo he vivido desde la isla y él en el peligro, debido al azar en sus distintas formas de ebriedad, incapacidad, locura y hasta situación geográfica, que lo ha hecho llegar al igual que a mí —otro temporal, también a modo de metáfora— hasta este puñado de arena y rocas habitadas. Tiene, en mi imaginación, destino malo en el presente, aunque lo que fue o más cercanamente haya sido tuviera el brillo y las facetas del diamante. Es un náufrago, dueño de un barco derrotado, que angula su ceja izquierda en contemplación de un frasco de mermelada de frambuesa y escucha con evidente desgana las palabras, pronunciadas con los labios ligeramente apretados, de su mujer, que, sin embargo, habla con más cariñoso relajamiento a Boby.

Jerry espanta las moscas haciendo un ademán de media bendición, y el rayo del sol que penetra desde el ventanal orifica sus dedos un instante. Luego deja caer pesadamente la mano sobre la tabla de la mesa. Mano propuesta como una denuncia de fatiga, ocio y desnudado desarraigo.

Boby es un muchacho podrido por los años. En sus perfectas facciones vibran una hosquedad y una gracia adolescentes; en sus manos, siempre en movimiento, aletea la postrera violencia moceril, y en todo él hay algo por terminar, inmaduro y en transformación. Será un muchacho hasta su muerte.

Probablemente, Boby piensa que ha sido afortunado —¿cómo llamar a haber tocado fondo en el abismo y emerger?— y está alegre, aunque nada traduce su alegría. Aún conserva en la mirada la opacidad de su estupefacción, porque la suerte verdadera es vaciadora. Sabe que debería estar muerto, ahogado en la letrina del camarote, flotando como un resto más del naufragio y perteneciendo a su desorden, y ahora que se desayuna maquinalmente, resucitado, es posible que se pregunte por qué.

¿Y qué podría hacer a bordo una criatura tan extraña al mar? ¿Qué error de la naturaleza justificará que Jerry y Beatrice lo hayan acogido en la embarcación? ¿De dónde habrá partido hacia este rumbo de desdicha? ¿Qué huella dejará en él la catástrofe?

Este hombre —muchacho que pertenece a la ciudad, a los bares ambiguos, a los caprichos de alcoba—, ¿conservará, al cabo del tiempo, corazón para el espanto, o lo sucedido no será otra cosa que algo vago, anécdota trivial, decoración biográfica?

Cuando su mirada viene a posarse desde su allá en el tarro de mermelada hay como un punto de recreo en una piedra preciosa y parece tomar viveza e interesarse. Sus ojos buscan objetos familiares en los que encontrar confortamiento, así como un ciego tantea con sus hábiles manos hasta hallar aquello conocido capaz de devolver la caricia que se le hace. Su atezada piel ha empalidecido como si él fuera una vasija transparente conteniendo penumbra, y el largo pelo rubio se le desmaya sobre el seno frontal derecho y es un ala polvorienta y disecada.

Mientras, Beatrice habla y habla, pero no es sólo Boby el distraído. Jerry medita: ¿el cielo azul y el ventazo?, ¿el barco sin gobierno y la isla como una promesa de salvación o como una amenaza de agonía?, ¿la noche? No sé. ¡Quién sabe!

Laurel contempla a Boby y David escucha a Beatrice. Tal que un mosaico que tuviera lagunas de teselas perdidas se me ofrece el monólogo, que yo reconstruyo. Beatrice pide asentimiento a uno y a otro indistintamente. Y ya he dicho que sus labios apretados o distendidos subrayan sus palabras. Inculpa a Jerry y anima a Boby. Es del reventado Bloody Mary y del viaje de Agadir a Canarias de lo que habla. De cómo bebieron, antes de partir, las copas de la despedida con los amigos que viven el invierno del sur a las márgenes de las dulces piscinas de los grandes hoteles, a la vera de la barra del bar internacional de los escogidos, en las terrazas estrelladas por las que transcurre una ligera brisa, combatida con martinis y echarpes... De cómo continuaron bebiendo en el barco durante las primeras horas de la travesía, primero con alegre desenfado, después loca y exaltadamente, al fin de una manera siniestra, en la que iban creciendo confusión y abandono. Una historia muy simple y a olvidar si no hubiera sido por la tormenta.

Pero no se quejaba demasiado, porque lo que había sido maravilloso en un principio y al cabo horrible estaba entre sus placeres, mas no entre sus culpas. Había habido un culpable —señalado una y otra vez con seguro y medido gesto, porque siempre se necesita la responsabilidad penitenciada— y Jerry, como dueño y patrón, cumplía así su destino y era de esperar que interpretase bien su papel hasta el fin, como ya comenzaba a hacerlo. Gary, de momento, gracias a su mano rota, estaba fuera del juego, y las víctimas, Beatrice y Boby, acusaban cada una a su manera, aunque por su reconcentramiento —sin aparente ira, con dejación y enfermedad— fuese este último el que imputara con evidente mayor eficacia.

Beatrice sonríe a David. Bien, dentro de cinco o seis días partirán. Entretanto, está dispuesta a encontrar formas amables de no aburrirse demasiado. ¿Qué puede hacer una mujer como ella en esta docena de millas cuadradas? ¿Qué cosas pueden despertar su curiosidad? ¿Viajará a la Isla Mayor, o ésta —digo nuestra isla— será suficiente para llenar el paréntesis de inacción que se le depara? Y, por otra parte, ¿a qué aguardan para marcharse?

Si se vuelve al lugar del crimen, ¿por qué no se ha de volver al lugar del accidente? No digo que vuelvan a satisfacerse de haber salvado el pellejo, sino a otra más delicada y frágil misión: la de ordenar el recuerdo y las justificaciones del naufragio. Ya han ido hasta el barco varias veces y han recuperado lo poco que éste tenía de recuperable. Seguramente se han felicitado de la escapatoria del desastre. Ahora necesitan corroborar todo lo sospechado y cada uno darse pruebas convincentes, muy probablemente intransitivas, de que ocurrió la desdicha por los azares más inexplicables. Jerry borracho será de nuevo culpado, pero Jerry culpará a las circunstancias, tendiendo sobre ellas un barnizado misterioso. ¿Por qué todos los tripulantes estaban ebrios? ¿Por qué nadie alcanzó a advertir, en un instante determinado, que seguir bebiendo era decididamente peligroso? ¿Por qué alguien no tuvo un arrebato de cordura y se manifestó contra el enloquecimiento colectivo? Y si como sospecho —porque, naturalmente, estoy lleno de sospechas y no poseo ni una sola certidumbre fuera de los datos objetivos del anochecer y de la noche del naufragio y de los náufragos—; y si como sospecho, digo, la pueril embriaguez, más tarde diabólica, ocultaba más cosas que las que estamos viendo y hemos sabido, ¿qué decir o qué opinar? Y la culpa, ¿cómo repartirla?

Sucede a veces que cada uno toma su papel sin demasiada reflexión y ha de pasar algún tiempo hasta que se encuentra incómodo en él, y luego pasa de la incomodidad a un estado de desasosiego producido por el hecho, sacrificado pero injusto, de haber tomado sobre sí una responsabilidad que no le pertenecía enteramente. Creo, por tanto, que una de las faenas que les incumben, para la necesidad de esclarecerse, será llenar parte de su tiempo con visitas a lo que podríamos llamar su panteón. Creo que volverán mientras sigan en la isla y que —también como sospecha— siguen en la isla porque quieren volver. Únicamente Boby puede salvarse de retornar porque puede que para él sea como una condenación. Pero éste es otro asunto.

Salen del comedor. Y el resto del tiempo —me pregunto—, ¿qué harán? En la playa, bajo Montaña Amarilla, es posible que se bañen desnudos en gimnástica promiscuidad. Es posible.

Anoche han salido a calar Maestro Juan y sus viejos. No pasará una hora sin que nosotros —Roque, Roque hijo, Félix y yo— arrumbemos en el Chipirrín a la isla del Faro. Van a llevar el suministro decenal al linternero y me he apuntado al viaje.

—Mal destierro el del hombre —ha dicho Roque.

No desayuno en el gran comedor solitario —acaba de levantarse el sol—, sino en el privado y familiar. Un gran tazón de café con leche y abundantes sopas. Quien lo quiera con cande o con melaza puede elegir. Nada de mermelada, nada de mantequilla, nada de galletas —son para boca de choni—, pero sí una copita de orujo para los asuntos del ánimo y del vientre.

—Es tipo altanero —explica Roque—, tipo que sabe mucho. El del otro turno es más quedado, más amistoso.

Enedina nos atiende con brusca solicitud. Se ha levantado antes que el sol y ya ha tomado su desayuno consistente en una tisana de no sé qué hierbas de la isla, que crecen mal que bien en las laderas de Montaña Amarilla.

—Tú debías de haber tomado —me dice— por si te mareas.

—Es marinero —me halaga Roque— y no lo necesita.

—La mar de faro siempre anda revuelta.

—Qué sabéis las mujeres...

Acompañamos a Francisca hasta la tienda y Roque hijo le ayuda a abrirla. Félix, inquieto, nos está esperando.

—Tendré tiempo de enjuagarme la boca dice.

—Procura darte aire —responde Roque.

—Francisca, pon unas copejas.

—Nosotros ya tomamos —aclara Roque—. No es conveniente repetir tan recién salidos del sueño.

Félix apura su copa y pide otra. Francisca ha esperado con la botella en la mano la sabida petición de Félix. La segunda requiere traguitos y algún comentario.

—Ayer hubo parranda fina en el Barrio Verde —nos da la noticia Félix.

—Lo sabía. Les oí llegar —dice Roque—. ¿Tú no les oíste? —me pregunta. —Pues no.

—Se te ven los años jóvenes en lo bien que duermes. Llegaron dando tropezones.

—La que se perdió el señor Mateo —apostilla Félix.

—¿Y tú? —interroga Roque.

—A medias. La señora Vicenta se presentó a mitad de la función y me tuve que ir para el catre. Que si el trabajo, que si el jornal, que si los pobres... Pero no he dormido casi. Todo el tiempo oyéndoles, todo el rato pensando en las dos. ¡Qué mujeres! No he dormido casi... Bailaron y cantaron. Periquito tocaba la guitarra. Dominguillo, el timple. Una pena perderse lo alegre de la vida — termina.

—¿Vamos?

—Vamos. Una pena te digo, Roquillo.

En el muelle está atracado el Chipirrín. Las tranquilas y transparentes aguas, penetradas del sol, hacen de lupa de aumento y levantan hasta casi la superficie los fondos de La Caleta. Me avisa Félix que, sobre una roca, un gran pulpo está a la espera de su desayuno, mimetizado, pardusco. Lo ven todos, pero no yo.

—Ahí, ahí, hombre. Dos brazas a popa. Mismo frente a ti —dice Roque hijo—. ¿No le ves bolsear? Agacha un poco la cabeza. Ahí...

Inútil. Mi vista no logra localizar al animal. Subimos a bordo. Félix y Roque hijo se pasan el suministro del torrero. Luego ponen en marcha el motor del Chipirrín, que suena al principio como un largo bostezo, en seguida como una tos y parece remolonear hasta que hace su ruido de máquina uniforme e infatigable.

—Está viejo —me dice Roque—. Más viejo que uno y se saca las flemas.

Lenta y cadenciosamente nos separamos del muelle rumbo a los fariones, casi pegados a costa, dejando el ancho del río de mar a nuestro estribor, no como otras veces cuando proamos a la Isla Mayor buscando la mitad del cauce.

Toda la costa de nuestra isla que no es playa está roída y sarrosa. Más adelantada la mañana, la espuma decorará el perfil, disimulando las africanas caries. Ahora, en esta serenidad, con el mar como un limpio corte de manzana, la isla es fea en sus bordes; las casitas de La Caleta del Sebo, Los Corrales y el Barrio Verde, un desordenado montoncillo de cubos blancos con manchas de colores vivos; Pedro Barba, una sucia escombrera.

—Al doblar la punta —me dice Roque— vas a coger el timón para que te entretengas. Tenemos tres horas hasta la isla del Faro. Al doblar la punta ya verás la isla y no haces otra cosa que conservar el rumbo.

Cuando doblamos la punta paso a la timonera y tomo las lustrosas cabillas con las manos. Sentir las cabillas es sentir un instrumento de trabajo y mis dedos crispados fijan la rueda.

—Fuerte y dulce —me recomienda Félix—. No te canses. Tienes tiempo.

Dejamos a popa nuestra isla y al oeste la isla de la Montaña y su roque custodio. Al emproar alta mar llegan las primeras olas, acompañadas de un viento ligero. Luego crecen y mi crispación hace que el barco dé guiñadas.

—Más sereno, hombre. Tómalas por la proa y no pierdas la isla del ojo. Así no te tuerces para el moro o para América.

Los tres están muy satisfechos de verme con tan poca fortuna y aflora en ellos la docencia.

—Fuerte y dulce —vuelve a repetirme Félix—. Verás.

—Toma la rueda Félix. Me duelen las manos.

—Qué, ¿cansa?

—Cansa al que no sabe —respondo.

—No has nacido para patrón —dice Roque, riéndose—. Marinero raso, marinero de cubierta.

Allí, al fondo del horizonte, está el roque del Este, negro, desafiante y poderoso.

Nuestro pequeño archipiélago se completa desde la situación en la que navegamos. Por la costa de la isla de la Montaña velea una barca.

—La de Maestro Juan —afirma Félix—. Van muy cargados, por eso no pierden tierra aunque tomen poco viento. Van a tener que echarse a los remos en nuestra costa. Con socolladas no se hace carrera.

La vela es una diurna y menguante luna cuando dejan el amparo de la isla para cruzar el estrecho; una luna reflejada en un espejo empañado.

—Bien hermosa —dice Roque con arrobo de mareante.

Va creciendo ante nuestros ojos la isla del Faro. Parece avanzar sobre el barco, desplegando sus acantilados, irguiéndose llena de furia como un testuz ocre y lúgubre. Estamos entrando en su mar y nuestra estela se confunde en el oleaje, disipando la sensación de la marcha. Estamos quietos y se nos viene la isla. Solamente si miramos de cuando en cuando al sur, nuestra isla de nube nos hace recobrar la noción del andar. Al sudoeste quedan, indelebles, las estampas de la isla de la Montaña y de su roque; al este, el roque admonitorio.

La isla del Faro es una masa de roca mesetera casi rectangular; es un bastión contra los vientos y contra las olas, exasperante soledad, vigor inútil. Toda su costa está cortada en cantil, excepto el ángulo donde se alza la torre, el más combatido del mar, allí donde el muro muestra su milenario derrumbe, con grandes piedras arrancadas o rodadas, que forman una pequeña caleta en la que ni siquiera puede fondear el Chipirrín. Desde la isla del Faro a las islas Salvajes, sólo océano.

Anclamos de popa en la bocana de la caletilla. El chinchorro embarca mucha agua al atracar a la isla, pero no se le ha mojado la carga. Una ola madre lo ha levantado hasta la zozobra, mas ya está metido en las rocas a salvo gracias a la habilidad de Roque. El linternero y sus dos niños han bajado para contemplar la faena. El linternero, en silencio,. nos tiende la mano —tal vez indiferente, tal vez amistosa— y caminamos tras sus pasos por una senda que desfila entre las altas rocas y termina en la explanación donde se elevan la torre y sus viviendas gemelas.

—Síganme.

La casa del torrero está amueblada con la magia y la confusión de una almoneda. Cubren las ventanas cortinas de terciopelo que han perdido sus prístinos colores siendo en el presente suciamente trigueñas. Muebles de fulguradoras caobas, de delicado limoncillo, de profundo roble, se mezclan con sillones de caña, blancuzca del salitre.

Sobre un buró imperial hay unas gramáticas francesa e inglesa.

Los dos niños nos contemplan con la atención, sorprendidos los rostros en un relajado embobamiento, de quienes asisten virginalmente a un espectáculo. Su madre nos observa desde el vano de la puerta de la cocina, que en su dintel tiene mutilados angelotes barrocos, con cautela animal. No, no sale de su cubil a correr riesgos, porque no son los tres pescadores —costumbre e indiferencia— los que alteran su rutina, sino yo, el forastero que llega a huronear, a opinar secretamente, a desvelar misterios del vivir con juicios nacidos de la más absoluta incomprensión.

—Siéntense —ordena más que ofrece el torrero.

Obedecemos. Me hundo en un gran sillón inglés, pellejoso y desteñido, desde el que observo a mis compañeros. Roque se posa en el borde de visita de una silla colonial. Roque hijo y Félix han tomado como asientos un escabel con flecos y un sillón de caña, respectivamente. Los trajes de mar, las botas de agua, la boina encasquetada en la rodilla de Roque o los sombreros de pleita macerados entre las manos resultan novelescos en el almacén de callejón oscuro, en el desván melancólico que es la casa del torrero.

—El ron —pide a su mujer.

Y en seguida se nos muestra una bandeja con un surtido de copas. Elijo una de largo pie tallado; en él se enrosca una serpiente descabezada, que acaricio con la yema del pulgar.

—¿Se vuelven o comen?

—Nos volvemos, don Pedro, tantas gracias —responde Roque.

—¿Tienen prisa?

—Alguna —vacila Roque—. Maestro Juan ha calado grande. Habrá que echarle una mano.

—Coman con nosotros —y, sin esperar respuesta, la voz opaca y lenta resuelve que comamos en su compañía.

Tras de apurar las copas, mientras la comida está a punto, precedidos por los niños sigilosos, nos vamos a negociar unos troncos de limoncillo varados en las rocas del nordeste. Caminamos por un sendero cruzado por lagartijas fugaces, por lagartijas cometas, que corren a ocultarse entre los matos de desierto que lo bordean o entre los que garabatea.

Los niños se mueven atrás y adelante, nos esperan, miran, no hablan. Implacables se persiguen, se juntan y se separan, se tientan, saltan, caen, no gritan. En un barranquillo de negras cenizas volcánicas hay una gasa, casi una choza. Allí habita el ayudante del farero, un antiguo pescador, y su mujer. En torno de la casa pacen unas cabras. Enfrente de la puerta de la casa dormita un perro. Esta imagen campesina, en el pavoroso grabado de la isla, dulcifica el ánimo.

—Gente, Manuel —grita, llegándose, don Pedro.

Y salen Manuel y su mujer. Un viejo estevado y una vieja, sucia, greñosa, de delantal retaleado.

Cuánto bueno, la gente marinera —dice Manuel.

—¿Usted qué tal? —pregunta Roque.

—Picando para el infierno.

—No hables así —tuerce la boca la mujer.

—¿Pues para dónde, vieja? Dios no te oiga.

—Para el infierno —dice Manuel, dirigiéndose a Roque—, y con ganas.

—No hay que apurarse.

—Está uno muy cachaveado.

Acompañados de Manuel y su perro, flaco y pulguero, nos encaminamos a la costa de los limoncillos, saliéndonos de la senda y cruzando el campo hacia el nordeste. Avanzamos en ala, buscando asiento al pie por la pedrera salteada de esponjosas matucas de madre turba.

No habrá negocio. Ni el Chipirrín ni falúa alguna podrán sacar los troncos de sus prisiones. Están muy cogidos, muy adentro, y la rompiente tiende su aduana veinte brazas al frente. Aquí se pudrirán.

—No era por bien quedar, don Pedro, por lo que hemos venido —explica Roque—. Ya ve usted que no se arrima un barco sin peligro. Habría mucha desazón.

—Ya lo veo.

—Una pena de duros regalados.

—Es de sentirlo.

Nos volvemos. Los niños corren hacia la torre, abandonándonos. A la altura de la casa de Manuel, éste se despide.

—Buen viaje, hombres.

—¿Algo para allá? —pregunta Roque.

—Que vayan abriendo el agujero. No quiero que me entierren aquí.

—¿Para dos años? —bromea Roque—. Se va a llenar de playa. Todavía tiene usted largo pleito.

—Pleitito rabón. Estoy sin carena. Hago demasiada agua. Esto se acaba. Dejo vieja, perro y cabras. Una inmensa fortuna. Alguien la va a pedir.

Pues quién sabe!

—Vayan con Dios, cristianos.

Llegamos al faro pasado el mediodía. El sol del invierno calienta fuerte y se agradece después de la marcha a paso vivo, al paso de don Pedro, el frescor de la casa. Desde la ventana se ve en el horizonte la silueta de un barco. El torrero lo observa con los prismáticos.

—Un maderero —dice.

Roque sonríe. Creo advertir una viveza de codicia en los ojos de don Pedro.

—Pasan tantos... —consuela Roque.

Félix y Roque hijo han ido al Chipirrín por el garrafoncillo de vino. En casa de don Pedro no se bebe más que algún ron de fortuna, cuando se está caído, cuando hay visitas. Si tiene vino lo guardará para el día del Inspector. Roque hijo y Félix, sin que Roque se lo indicase, han traído el vino espeso de la Isla Mayor para que aplaquemos la sed del salcocho y del mojo.

Comemos en torno a una mesa de barco. Los platos son de loza barata: todos iguales. Los cuchillos, tenedores y cucharas, no; algunos son de plata. Mi cuchara, ancha y pesada, tiene grabada una inicial de pertenencia.

Los niños siguen nuestros gestos y ademanes con los ojos. Es como si algo nos revolotease por la cara o en el cuerpo, algo que ellos, muda y espiadamente, persiguen e intentan sorprender, acaso cuando se pose, tal vez cuando se extinga. Los niños comen en esta distracción y captura. Mientras, la madre atiende a la mesa, y el padre, ensimismado, guarda un silencio agraz.

Nos queda mucha mar hasta La Caleta del Sebo y en cuanto acabamos de comer damos por terminada la visita. En el comedor entra la plana luz de la tarde, empolvando los muebles, ensuciando las cortinas, haciendo viejo el cristal de las copas, manchando el papel de los grabados con motas de herrumbrosa humedad. El torrero transmite sus últimas órdenes a Roque.

—Se hará, don Pedro.

Solamente los niños nos acompañan por la senda hasta la caletilla. Trepan a una roca dominante y desde ella contemplan la maniobra de desatracar, las primeras remadas, la estrepada proa a la ola grande. Nos vamos alejando, pero ellos siguen quietos y atentos. ¿Qué esperarán? ¿Ven la ola que nosotros no vemos y que nos hará zozobrar? ¿Ven la ola de los náufragos, la que los sumerge en las profundidades, la han visto alguna vez?

Abordamos al Chipirrín. Levamos anclas. Desde la explanación el linternero nos saluda aspando los brazos. Luego entra en su casa. Los niños siguen en la roca. —Hombre raro —me dice Roque.

—Sí, hombre raro —le respondo. —Pues hoy ha sido melaza para la ocasión.

—Tanta soledad no es buena —añade Félix.

—¿Soledad? No es por ahí. Está bien acompañado. Ella le acompaña bien. No es por ahí. Por donde cala es por el dinero. Sólo en eso piensa. Eso es lo que le muerde.

—Y la soledad, ¿Roque?

—La soledad, no. ¿Quién no sabe estar solo? Un hombre como él lo sabe y muy bien que lo sabe. Como cualquiera.

—Yo, no —confieso.

—Tú también. Peor o mejor, pero tú también. Todos.

—Otras veces dices lo contrario, Roque.

—Sólo cuando es como una enfermedad.

La isla del Faro se achica a nuestra popa. Vamos dejando su mar y el Atlántico mansea y sus aguas se hacen oscuramente profundas, con la noche naufragada y yerta en sus fondos. La isla de la Montaña y su roque están iluminados por un sol que cae mucho hacia el oeste. Nuestra isla avanza lentamente, deslizándose sobre la superficie del océano. Navegamos.

Al anochecer, cuando entramos en el río de mar, el cielo está teñido de una línea verde fosforescente en el ceño del acantilado de la Isla Mayor, en los fariones es más fúnebre que otras veces. Poco después atracamos en el espigón del muelle. Maestro Juan está sentado en un noray.

—¿Cómo fue? —pregunta—. ¿Y don Pedro?

—Bien —responde Roque—. ¿Y vosotros? ¿Y por aquí?

—La pesca, buena. El trabajo, no tan bueno. Por tu tienda, malo. ¿No les oyes? El señor Mateo y los demás con los extranjeros. Están bebiendo para acabar más que amorosos.

De la tienda de Roque llegan hasta el muelle los gritos y las risas de la gente qué bebe.

—Habrá que verlo —dice Roque.

Las lámparas de petróleo decoran la tienda de Roque de luces teatrales. En las rinconadas lo oscuro profundiza túneles, minas, cuevas por donde huyen, buscan o se refugian las miradas de los bebedores cansados del trago y de la fiesta. Los aromas de abacería se mezclan con el breote, la vinacha, el petróleo y el ron. Atufa la sudorina marinera. El jilguero, que cuida Luisita, se adormila hecho una bola de colores afianzado a la percha de su prisión de alambre pintado de verde.

Oficiamos de coro pendientes del desafío. El señor Mateo y Gary juegan un pulso, que ya va durando mucho. El señor Mateo chirría los dientes. Gary ha depositado, como un paquete, su mano escayolada sobre el mostrador mientras pulsea con la derecha. Ninguno de los dos habla, pero en su torno no hay silencio. El coro murmura, anima por lo bajo, ríe, ayuda con onomatopeyas.

—El choni hace muecas —me dice Roque sonriendo—. Mal asunto. Se lo va a llevar el señor Mateo.

Entretanto Francisca y Luisita colman las copas de las buenas gentes. Invita Jerry. Lo hace una y otra vez, con obstinación de borracho, trazando con el brazo extendido un amplio círculo.

—Hoy en el Barrio Verde no se duerme, te lo digo —habla Roque—. Hoy asoma el lucero con todos cantando y muy tronados.

Me siento a esperar con la copa entre las manos. A mi derecha, admirado, contempla la competición Domingo, que bebe constante y a poquitos sin separar la copa de los labios. A mi izquierda de pie, junto a Boby, Beatrice aparta de vez en cuando la mirada de los pulseadores para fijarla en Domingo.

—Noches de mucha parranda —dice Roque— así tienen su principio.

Y Félix, que ha bebido deprisa para alcanzar a los festeros, asegura:

—Hoy no me la voy a perder, aunque tenga que escachar a mi vieja.

Gary parece ceder con un gesto de dolor pero se recupera y el señor Mateo el Guanche aprieta las mandíbulas, dejando de hacer ruido con los dientes. Las manos tuberosas de los contendientes blanquean por los nudillos.

—Vete —me recomienda Roque—. Tendrás diversión.

—Estoy cansado.

—Vete, hombre. Es bueno una parranda al cabo de unos días. Mañana medio malo, pero pasado tranquilo. Si yo fuera más joven y sin tanta carga al hombro me iba también para el pago de los contrabandistas.

—Tú estás muy alegre —le digo a Roque.

—Ni a medias. Nada más son recuerdos. Cosas de viejo.

Gary pide concierto al señor Mateo y dejan de pulsear.

—La mano izquierda me duele mucho con el esfuerzo —dice Gary en un castellano aséptico, de escuela—. Queda para otro día, señor.

—Se comprende —responde el señor Mateo—. Tiene que dolerle la condenada. Se comprende y está bien. Sano me lleva para adelante, hay que decirlo. De joven creo que no. Cuando yo estaba nuevo, con treinta años, le hubiera sido muy difícil. Era un pulpo para lo visto. Aunque con suerte...

Gary brinda con el señor Mateo. Ambos son altos y alzan las copas más arriba de sus cabezas, buscando un nimbo de gloria en las fulguraciones del licor. Gary es un centurión y el señor Mateo un santo de imaginería de aldea. En Gary brillan los dientes, la piel morena y sudorosa, los ojos de bebedor y la camisa rosada; en el señor Mateo todo es apagado y mate, tiene una pátina de años de trabajo y únicamente la cicatriz del mentón —¡mordida de murena, hija de puta!— blanquea como carne en su leñosidad.

Pero la voz del señor Mateo desafía a los desastres del tiempo y todavía ayer está en su timbre, cuando recuerda las andanzas, simples, duras, encantadoras, del pasado.

—Estos brazos han podido con mucho —dice crucificándose en el aire—. Casi con todo lo que se ha puesto a sus alcances, hembra dulce y macho tempestuoso, o lo que haya sido.

—Para contar tiene el señor Mateo —bisbisea Roque a mi oído.

Y efectivamente, el señor Mateo el Guanche divierte a Gary y a los isleños, mientras Beatrice, Boby y Jerry se borran en su incomunicación, apartándose hacia un extremo del mostrador, con las copas en las manos.

Luego ya es tarde y hay que cerrar la tienda. Roque lo anuncia.

—Váyanse para el Barrio Verde, hombres, que esto se acaba hasta mañana.

—Echa unos minutos para la ciaboga —pide el señor Mateo—. Hay que tomarle la vuelta al ánimo.

—Sea —concede Roque—. No nos vamos a morir de unas prisas. La última que invito yo y os vais o hacéis lo que os venga en gana, pero yo echo el cierre. Las chicas tienen que descansar y esta gente que divertirse. Éste no es ya buen lugar.

El señor Mateo reclama a Domingo y a Pedro.

—Vosotros conmigo.

—¿Y la casa? —pregunta preocupado Domingo.

—Tienes tiempo y te prometo que te daré una mano —miente el señor Mateo—. Si la necesitas...

—De madrugada sale la falúa de Eustasio y tengo que estar descansado — dice Pedro—. Luego se me va en siesta todo el caleo.

—Tocar la guitarra no cansa. Con que bebas menos estás listo para el trabajo. No ves que hoy pide parranda.

—Bueno, un ratejo voy con ustedes.

—¿Qué hora es? —pregunta el señor. Mateo a Luisita.

—No son las ocho y media.

—Pues vamos para el Barrio Verde. Ustedes se vienen —dice a Gary—. Ustedes van a tener el gusto de oírme cantar las coplas que ya no se cantan.

Gary habla unos momentos en su idioma con Beatrice que afirma sonriente. Roque hace un ademán a sus hijas. Francisca baja con la polea la lámpara grande y la apaga. Luisita apaga las otras dos.

Y nos vamos para el Barrio Verde sin Roque, que alumbrado por las linternas de sus hijas camina por la vereda, marginada del mar, hacia su casa. Nuestro paseo pone trancas y barrancas en el obsceno andar de Jerry, al que sostiene y anima por solidaridad del ron Félix.

Dominguillo y Periquito han tomado las sombras en busca de sus instrumentos.

La iglesia amenaza en panteón y las escuelas están, en el nocturno abandono, esperando un tren de madrugada. Las luces de petróleo y de carburo se amortiguan íntimas tras de los visillos de las ventanas de las casas, despegadas y salpicadas a los dos lados de la calle.

La puerta abierta del tugurio del Fardelero recorta un bronco aguafuerte de bebedores y gentes del naipe, vagos personajes en la neblina de las cachimbas. El cielo colmena de estrellas. Se ha adelantado el señor Mateo hasta el umbral del chiringuito saludando con las peores palabras de su vocabulario y ha sido convenientemente respondido por el Fardelero y su clientela.

—Adentro —ordena el señor Mateo—. Hoy todo el mundo está de humor.

Al Fardelero le emproa el pecho una abultada joroba y el rostro le emparenta con la familia del raposo ladrón y verdugo. No es imposible imaginarle feroz en su oficio y deleite desplumando fardelas o con las manos tintadas de sangre.

Ábreme cuenta hasta el sábado —pide el señor Mateo—. Hay que convidar a los amigos.

—No, no —Gary ha entendido—. Lo que beban todos es nuestra invitación.

Alegra el rictus labial el Fardelero.

—Las primeras serán mías —cede el señor Mateo—. Luego son de ustedes.

Me dispongo a ver y a beber, mientras llegan Pedro y Domingo, que traerán en sus instrumentos la levadura de la fiesta, porque así, en casi multitud y en las estrecheces del chamizo del Fardelero, todo es sórdido excepto, tal vez, la alegría del señor Mateo —verdadera o falsa, no lo sé, pero sí extraña y no contagiosa— que se dispone a gastar otra noche de su vida en copas y canciones.

Estamos junto al mar, en una naturaleza en la que el hombre lleva una vida artificial, como si la isla no fuera un definitivo asentamiento, ni una patria pequeña, sino lugar de paso que cualquier día abandonará por algo mejor. Arena, falta de agua, vegetación de desierto, incomunicación, soledad de supervivientes. Y no obstante aquí un pueblo ha levantado lo que necesita para vivir, incluyendo este rincón del Fardelero donde comulga —en su pequeña e intensa medida— con sus errores, y se da a la búsqueda de la abyección. Abyección respetada por los convecinos como necesaria para la vida de la comunidad. La tienda de Roque se ajusta, más o menos, al ritmo del poblado de pescadores —supone Ayuntamiento, lonja, academia de trabajo y la serenidad de lo cotidiano, aun de lo peligroso— y cumple su misión como en cualquier aldea. La taberna del Fardelero supone un lujo —si bien nada fino y hasta infame— donde las gentes de La Caleta del Sebo, Los Corrales y el Barrio Verde se escapan a los sueños turbios de los puertos.

—¿Ron para todos? —pregunta el Fardelero, interrogando el arco cerril de las cejas.

—¡Pues qué va a ser! —responde el señor Mateo.

—Tengo whisky para las fantasías. Una botella que traje en el verano. Está pitando la sirena, hay que darle salida. Fue una equivocación.

Aguarda un momento.

El señor Mateo se dirige a Gary:

—¿Whisky mejor que ron?

—Estamos bebiendo ron. Continuaremos bebiendo ron. Es muy bueno.

—Como quieran, pero hay whisky.

—¿A usted le gusta?

—Lo mío es el ron.

—Beba, ron, entonces, y no se preocupe, que todos bebemos ron. También nos gusta. En esta isla hay que beber ron.

—Pero ustedes están acostumbrados al whisky en su país.

Ahora nos estamos acostumbrando al ron. Está fuerte.

—Very strong —dice el Fardelero que presume de saber el pichinglis del cambullo.

—Entonces ponnos ron —termina el señor Mateo.

—A todos los que estamos —añade Gary—. La fiesta es de todos.

—Naturalmente —concede gustoso el Fardelero, y anuncia—: Abusen de los señores, que invitan a ron.

No se puede respirar. Probablemente ni en el verano, cuando las tripulaciones de las falúas de las pesquerías del sur están de franquía, tiene el Fardelero tan nutrido de ansiosos bebedores su mechinal.

Beatrice, apoyada en el brazo de Boby, mira sin cesar a la puerta. Jerry habla con un viejito agitadamente y el viejito, de ojos pitarrosos y rostro maderado, aparta la boquilla de la cachimba de su boca de vez en vez para preguntar o preguntarse con un hilo de voz, que se le escapa como un suspiro.

—¿Pero qué me dice el hombre?

La voz del señor Mateo se agudiza y mosconea iniciando una folía. De pronto se corta y bebe de un golpe su copa de ron.

—Tengo que afinar el instrumento. No se canta como un pájaro cuando la garganta está vieja y endurecida. Hay que ponerla a remojo.

Pedro y Domingo son saludados al entrar por Félix con grandes muestras de regocijo.

—Ya estáis aquí. Creíamos que habíais virado para la cama, cristianos. Venga pronto música, que el señor Mateo ha soltado ya los primeros trinos.

Les hacemos sitio junto al mostrador. Ocupan unas sillas que les ceden los jugadores, que han suspendido la partida. El Fardelero tintinea unas copas en lavatorio somero en una palangana de agua grisácea. Gary se dispone, apoyado sobre el mostrador, a escuchar al señor Mateo. Beatrice se acerca a los músicos, fija la mirada en el rostro atezado, sereno, casi vaciado de expresión, hasta un extremo de lunatismo, de Domingo. Jerry sigue con su discurso al viejito hasta que un leve siseo de Boby le hace callar.

—Antes bebamos —propone el señor Mateo.

Y sobre las probaturas, afinamientos e inicio de melodía, de consuno, de los músicos, la ancha risa del señor Mateo suena como una traca confirmando la fiesta.

—Una muy gorda —dice Félix a su compadre—. Anímate, Casimiro.

—¿Estáis, Dominguillo?

—Estamos, señor Mateo.

Todo ha cambiado. Nos hemos acostumbrado de repente. Lo que era un zaquizamí inmundo es un lugar amable lleno de cordialidad y de sonrisas. El Fardelero sonríe también y supongo que no sólo por la ganancia que entrevé, sino por la diversión que la acompaña. Se está efectuando momentáneamente la redención del chiringuito, pero puede que si la fiesta dura y se entenebrece con el abuso del ron vuelva a tomar su faz siniestra y mañana tengamos un mal recuerdo de todo lo pasado.

—Hoy vamos a cantar todos —anuncia el señor Mateo acercándose al viejito que escuchaba impaciente a Jerry—. Tú vas a echar tu canto —le dice— para que oigan los señores cómo se cantaba en nuestro tiempo, que no me llevas ni tres quintas de mar.

—No estoy para pruebas, Mateo, no estoy para nada. Haría reír.

—De eso se trata. De reír y de pasar un rato como amigos. Todos como amigos, que otra cosa no vale la pena.

—Yo estoy para escuchar.

—Para escuchar vamos a tener todos demasiado tiempo. Vamos a oír rumiar el mar desde la Duna Grande, mucho, mucho tiempo. Necesitas ron para que te saque el cansancio del cuerpo. Ron para Maestro Pancho.

Entran los ingleses en el local. Los ha enviado Roque. A la sonrisa de la mujer responde la sonrisa de Gary. A la sonrisa de David contesta la salutación del señor Mateo, gran sacerdote, papa de locos, que casi hace una cabriola para recibirles.

—Se echaba su falta y la de su señora. Se lo juro. Todo el tiempo pensando en dónde se habían recogido. Toman ustedes mucha playa y eso no es bueno. Hay que darle al corazón y al cuerpo lo que merece. Hoy toca alegría.113

David balbucea sus gracias. Gary avanza unos pasos hacia Laurel con una copa en la mano, que ella acepta con un dulce fruncimiento de labios y un mohín de complicidad.

—Vamos ya —ordena el señor Mateo.

Domingo y Pedro comienzan una folía. El señor Mateo mira en su derredor, toma aire, lo expele, bebe su copa, se pasa el dorso de la mano por los labios, vuelve a mirar con los ojos poseídos de contento y rompe a cantar.

Yo escucho y bebo ron. Beatrice contempla las manos que rasguean el timple. Gary se apoya en el mostrador junto a Laurel. Maestro Pancho hace humear su cachimba.

¿Qué pasó anoche? Tengo un tenebroso sentimiento de furia y asco al recordarlo. Ahora me purifico —así creo que arranco raíces de azogue de mis nervios, tubérculos de sangre de las dolorosamente palpitantes venas de mi cabeza— nadando fuera de La Caleta bajo el débil sol de la media tarde. A cada brazada dejo penetrar el agua en la boca para aliviarme de la pastosidad ahogadora y repulsiva. He bebido tanto ron que un serpentín acidulado recorre mi cuerpo; he fumado tanto que un arbusto me daña, pincha y aprieta en su florecer por mi pecho cuando tomo aire con violencia.

De vez en vez me encojo aprensivo de miedo a la profundidad. Un gran animal puede, en estas aguas libres, ascender desde los fondos claustrales hasta donde me ofrezco, partirme en dos en muerte subitánea, y la estela de mi vida y de mi muerte no será otra cosa que unos cuantos metros cúbicos de Atlántico tintados por mi sangre, donde pacerán durante un rato cardúmenes de peces pequeños.

Nado hasta que me enfrío y cuando salgo a la playa de La Caleta, donde el cabildo de los viejos espera el crepúsculo comentando y exagerando los escándalos de casa el Fardelero, tiemblo ya.

—Te va a coger un baldamiento, cristiano —dice el viejo Lucio—. Tras de la parranda y en invierno es muy duro tomar una mar tan seguida.

—¿Qué pasó anoche? —me pregunta Maestro Juan—. Los chonis están desarreglando el trabajo. Nadie quiere las barcas.

—Muchas copas —respondo—. Una enorme borrachera.

—Siguen —dice Maestro Juan—. Se han ido todos a Las Conchas. ¿No te has enterado?

—No he visto a nadie. Ni sé quién me trajo a casa. Fue al amanecer. Roque me metió en la cama. No sé nada. Estoy medio enfermo.

—Corre a casa —me urge el viejo Lucio—. Abrígate pronto. Luego nos cuentas.

Échate una copa —me aconsejan sin ironía— para que no te destables.

Entro en la casa de Roque como furtivo, buscando mi habitación. No quiero toparme con Enedina, que me mirará con sus grandes ojos maternales reprochándome la borrachera y el atentado que supone a mi salud. Y si añade algunas palabras serán de reconvención y de pena.

No quiero acordarme de lo que pasó anoche, porque si no me acuerdo no ha existido ni existirá para desasosegarme y envilecerme. Deseo que todo esté ocupado por la alegría de convalecer e irme sintiendo poco a poco mejor. Pero la memoria más profunda e incontrolable irá reconstruyendo pieza por pieza el rompecabezas y temo que a medida que mi turbación pase y mi lucidez sea mayor mi penitencia crezca. Roque llama a la puerta. ¿Será el acicate de mi memoria, obrará de conciencia aun a su pesar? Bien, no ha sido otra cosa que un exceso, no cometido desde hace algún tiempo, pero siempre temido y capaz de renovar vergüenzas retrospectivas.

—Bueno, hombre —Roque sonríe—. Otro día no sigas mi consejo. Quédate en casa. ¿A quién se le ocurre después de la jumera darse ese baño de muerte? Tú estás loco, muchacho. El invierno es el invierno, aun aquí que lo templa la situación. Puedes tener un disgusto. Las copas se pasan durmiendo, no hay otro remedio.

Evidentemente no hay otro remedio y debiera, tras del prolongado baño, seguir descansando, pero algo está sucediendo allí, en la playa de Las Conchas, junto al derrelicto del yate; algo que quiero vivir, en lo que necesito estar presente. Y al proponerme ese "allí" ya estoy adivinando todo lo que de grotesco y obsceno ha sucedido, que me atrae a su remolino y que no es susceptible, para mí, de ser renunciado. Comienzo a vestirme mientras Roque me contempla con soma.

—¿Dónde vas? —me pregunta.

—A Las Conchas, con los otros.

—Has dormido demasiado y te has perdido la función. No vayas. Ya están volviendo. La tarde pardea y dentro de poco les oirás cantar, si les quedan fuerzas, por las entradas del pueblo.

—Tengo que ir.

—No seas chico. Acércate luego a la taberna del Fardelero, porque esta fiesta va a continuar si resisten. Pero debieras descansar. Deja a los locos...

Voy hacia casa del Fardelero por la parte de atrás del caserío, evitándome el cabildo de los viejos, el pequeño espigón del muelle y el callejón que lleva desde las rocas hasta cerca de la iglesia. En este atardecer de fría luz las vetas almagres del acantilado parecen largos verdugones descaecidos de su color natural. Las gaviotas guturan sus gritos de guerra, hambre y amor. Y yo siento un extraño vacío dentro de mí, como si —no hay razón alguna para confirmarlo— la soledad temida de otras veces ya me hubiese empapado y se hubiera evaporado muy repentinamente.

En casa del Fardelero existe una amigable expectación. Tienen atento el perfil al este tal que los que esperan un cambio de tiempos.

—Se les envió vino y provisiones —ríe el Fardelero—. El muchacho que llevó el pedido cuenta que estaban en el agua, cerca del barco, cuando llegó, y que la náufraga andaba besando a Dominguillo. Te has perdido lo bueno.

—Nunca se ha visto cosa igual en la isla —dice alguien—. Ni cuando venían de pesca autoridades y acababan caídos por el suelo o andando a cuatro patas. Uno se reía de veras, viendo a la gente tan importante ensuciada y perdida. Y ellos felices. Nadie puede entender el fondo de un hombre.

—¿Y el señor Mateo? —pregunto.

—En su salsa —me responde el Fardelero.

—Bien borrachito —dice un cliente—. Tiene mucha correa y será el último en hincar la proa. Al tanto se aprovecha como sabe.

—Y las dos mujeres —afirma el Fardelero— pasándolo mejor todavía. Tienen donde elegir —es coreado por las risas de su clientela— y pueden cambiar de marido sin consecuencias.

—Está la cosa muy prietita. Se va a hablar de esta parranda. Lástima que se la hayan perdido los jóvenes, que están para el sur, pero no se puede andar al pez y hacer repicar el vaso.

—Se les contará cuando vuelvan —silba el Fardelero con los labios húmedos.

Pero pienso que los que están en el sur nada creerán. Los ausentes son difícilmente crédulos y ante las historias de los viejos no habrá ni estupefacción ni envidia, sino una escéptica aceptación de lo contado. ¡Qué cosas!, ¡qué imaginaciones! Los jóvenes temen la ingenuidad, las gentes maduras tienen la experiencia de largos años de pormenorizada serenidad isleña. Sencillamente un tipo como yo es una noticia para ser decorada cuando pase el tiempo y seguramente un punto de referencia casi conspirativo e irritante para aquellos que están fuera, en la cotidiana aventura de la pesca, que no conozco ni me conocen y que sospechan la isla vacía de acontecimientos.

Un naufragio no laboral es tan romántico y novelesco que nadie alcanzará a darle crédito. Y una tripulación de bebedores, supervivientes del naufragio, es imposible que forme parte de un suceso verosímil. ¡Qué imaginaciones!, ¡qué cosas! Habrá que añadir, además, a los ingleses practicando la pesca submarina en las soledades de las playas de Montaña Amarilla, desnudos, pecaminosos, irreales.

Al cabo del tiempo, como quien se acostumbra al fantasma de una guerra no vivida pero que impregna su ámbito, es posible que todo pase a ser una leyenda, borroneada la realidad por una cadena de versiones fugitivas y quién sabe en qué acabará todo lo que ha sucedido y está sucediendo. Ya en casa del Fardelero, sobre mínimos datos objetivos, se cuece el bodrio afrodisíaco de la playa de Las Conchas.

Mañana en el cabildo de los viejos se reinventará la crónica y las hazañas del señor Mateo, la bebedera de Félix, los besos de Domingo y la música de Periquillo, se mezclarán con la impudicia de Beatrice y Laurel, la violencia de Gary, el coma de Jerry y la ambigüedad misteriosa de Boby.

—Cayéndose vienen —anuncia entrando un cliente del Fardelero—. Un espectáculo.

—¿Por dónde? —pregunta el dueño del antro.

—Por Pedro Barba. Desde mi casa se les ve aparentes. Traen a uno a brazos. Se me hace que es el extranjero que más bebe.

—Les cuesta una hora llegar hasta aquí —dice nerviosamente el Fardelero—. Porque seguro que para aquí arrumban. Vamos a tener teatro. Y que no caiga la vieja del señor Mateo, que entonces va ser teatro del más caro.

No me decido a ir a su encuentro. Prefiero esperar.

—Fardelero, una copa.

—Hay que ponerse a tono, ¿eh? —dice sin impertinencia.

—No tengo el cuerpo para otra. Es para darme calor.

Bebo apurando el ron.

—Hoy ya no aguantan los chonis. El señor Mateo puede con todos. Ya veremos cómo se varan.

—El señor Mateo —digo de pronto— debiera estar al trabajo. Esto que hace le perjudica.

El Fardelero ríe coreado por su clientela.

—Hay que conocerle bien. Por una parranda sacrifica un año de vida. Además de que está trenzado de cable de acero. Hay que conocerle muy bien.

El señor Mateo el Guanche agota sus pasiones hasta las heces salvajes. En esta noche no hay alegría en él sino un rumor de primitiva violencia. Con las victorias de Las Conchas en su torno —mutiladas las alas, los rostros martilleados, los cuerpos partidos— hechiza a las gentes del Fardelero. El señor Mateo bebe, describe, blasfema. Jerry, en permanente derrota, regurgita, entre las piernas, viscosidades. Félix, trastabilleando, dibuja infantilmente con el dedo índice su nombre en la derramada bebida de la tabla del mostrador. David está ausente, sentado en el umbral, con la cabeza apoyada en las rodillas, sumido probablemente en modorrosos pensamientos. Los demás han desaparecido.

La sombra del señor Mateo cabriolea, danza como una llama negra y confidencia al oído de su dueño. El señor Mateo al dictado amplía los acontecimientos del día.

—Es cosa para ver, una mujer salida. Pero ¿qué le habrá dado el Dominguillo? Este hombre —dice señalando a Jerry— debe de estar acostumbrado. La costumbre quita daño, aunque él se beba y eche las tripas. Y el otro anda peor, mucho peor, y empeorando por dentro porque debe de querer a la suya. Y los dos viéndolo todo y callando como ahogados. Los chonis son así, lo sienten pero mudos. Habría que fondearlas en La Caleta para que se les pasara la calentura, aunque podrían poner a hervir el agua de la mar.

—Y usted, señor Mateo, ¿no ha pescado?

—La bebida que llevo, como Félix, y una envidia muy grande. Hay que tener los dientes blancos para esa carne, y los tengo en pleito con el carbón.

El señor Mateo hace una pausa y pide al Fardelero:

—Tú vete poniendo copas, que es pago de ellos.

¿Hasta cuántas?

—Hasta que no achique la bomba, aquí nadie la va a armar hoy. Todos callados y para casa cuando llegue la hora. No se te olviden los chonis, que también beben.

—Ése está vomitando.

—No tiene que ver. Tú ponle la copa. Paga y bebe, no hay que tener alma de pirata, Fardelero. Quedan días. Estos no se van a ir tan pronto. Ellas le han cogido su gusto a la isla. Para el caso pueden tirar hasta el verano. A estos pobres, como a mí, les queda darle a la copa y ver lo que pasa. ¿Y lo que ha pasado? Quisiera que se hubiera visto. La de Dominguillo loca de atar, dándose el morrito delante de ése —dice señalando a Jerry—, y la otra buscando el amparo de una duna con el Gary, que es hombre de mucho saber en el asunto.

—¿Y qué más? —pregunta el Fardelero.

—Pues qué más... No iban a ponerse en pelota delante de sus hombres. Ni un choni aguanta tal escarnecero. Pues qué más... Ya estarán por ahí perdidos, que todo es noche. Y han de volver por aquí, como lo digo, antes de que nos marchemos.

Félix borra con el brazo su nombre de la veteada madera del mostrador; murmura palabras ininteligibles, se acerca con pasos inseguros a Jerry y golpea su espalda amicalmente.

—Ánimo, compañero —parece entendérsele y se sienta junto a él, en el suelo.

Con las explicaciones del señor Mateo se engolfa la conversación en conjeturas sobre la conducta de los chonis. El Fardelero augura que todo acabará en tragedia:

—...porque las cosas son como tienen que ser. Por algún frote se romperá la amarra y comenzará la deriva. ¿Esta noche, mañana, cuándo? Pero acabará mal, eso es seguro.

Con un buen chicote estaba todo arreglado. A chicotazos con ellas hasta levantarlas la piel dice alguien con regusto sádico.

—No se dejarían —añade meditativamente el señor Mateo—. No son como las nuestras. Para estas cosas en sus países hay jueces. Perderían los hombres y luego la indemnización.

—¡Qué coño de indemnización! ¿Quién lo demuestra? ¿Van a venir aquí? —pregunta desafiante el Fardelero—. Casi como si las echan al mar. Qué sabemos nosotros. Las pueden ahogar en Las Conchas o donde quieran. Yo lo haría.

—Pues hay alguno en el pueblo que no lo ha hecho —apunta el señor Mateo— y se aguanta y hasta parece conforme. De eso sé yo mucho porque he visto mucho. Los que vamos para abajo sabemos todas las historias y bien que las sabemos, y todo eso es siempre una cuestión muy difícil de discutir.

—Yo lo haría —insiste tozudamente el Fardelero, brillándole un convincente fulgor en los ojos, apagado de inmediato por la calígine y opacidad que muestran las bestias irritadas y a punto de atacar.

—Tú eres de otra pasta, cristiano —termina el señor Mateo—. Tú tienes peligro.

El Fardelero ríe satisfecho. Es una risa extraña nacida entre los dientes apretados y apenas capaz de curvarle los labios unos instantes, acompañada de burlescos ruidos nasales.

Félix se levanta del suelo, apoyándose dificultosamente en una silla.

—Este negocio se ha acabado —balbucea.

—Un momento, hermano —pide el señor Mateo.

Mañana a la mar.

—¿No se espera a lo bueno?

—No.

Félix sale de casa del Fardelero dando tropezones. Al cruzar el umbral está a punto de atropellar a David, que alza la cabeza de las rodillas un momento, le contempla y vuelve a sumergirse en sus cavilaciones, indiferente y transportado.

—La primera vez en su vida que deja la copa por la cama —comenta el Fardelero.

—Estará descompuesto el hombre —dice en tono de disculpa por la falta contra la costumbre el señor Mateo.

—Mañana tendrá fatigas con Roque si no está fuerte —añaden en la penumbra.

—Estoy perdiendo jornales —recapacita el señor Mateo—. Estos malditos me tienen cogido por mi pecado. Yo también debiera irme a la cama. Irme y no aparecer hasta que éstos desatracaran de una vez. Pero la verdad —continúa recuperándose— es que prefiero quedarme y seguir todo hasta el final. La mar y lo demás pueden esperar. La mar siempre está ahí y las aves de paso, pasan.

—¿Otra ronda? —pregunta el Fardelero.

—Sí, otra —responde el señor Mateo.

El señor Mateo es un sabio. Se acerca a Jerry con una copa en la mano; suavemente da unas palmadas en sus espaldas, de las que como del carapacho de una tortuga nace un cuello rugoso que mantiene una bamboleante cabeza. Sonriendo, coloca la copa en la mesa.

—Valor, amigo. Un clavo saca otro clavo.

La ronda está justificada. Luego, con parsimonia y solemnidad, toma del mostrador otra copa, yéndose hacia David, pero éste regresa de sus meditaciones o de su sopor para denegar con un ademán el ofrecimiento.

—Ya tienen bastante —anuncia al Fardelero el señor Mateo, volviendo a su posición del mostrador.

—¿Cuándo vendrán ellas? —pregunta un espectador, borroneado en la penumbra.

—Pues quién sabe si vendrán.

—Tendrán que venir por los maridos —ríe el espectador—. ¿O los dejan para siempre en este pasto?

—Pues quién sabe si los dejan.

—Señor Mateo —interroga el Fardelero—, ¿a qué aguarda usted entonces?

—Quiero verle el pelo a Dominguillo, que ése sí que vendrá. Quiero oírle contar, si le da la gana. Quiero saber qué calada ha hecho, no le vaya a traer algún disgusto serio con Pepita y con Roque y toda su familia.

—¿Y a usted qué más le da? No es pariente suyo, no es...

—En esta fiesta está por mí. Yo tengo culpa de que haya empezado en broma y pueda acabar en serio.

—Ya es hombre.

—Los viejos tenemos nuestra responsabilidad. Aunque yo no imaginaba que las mujeres de los chonis se daban tan de azúcar. Esto es un pueblo; no es más.

—Qué tiene que ver el pueblo.

—Que hay que vivir todos juntos. Todos nos necesitamos. No quiero ganar disgustos donde yo pongo solamente diversión. ¿Entendido?

—Está claro.

Tras de las consideraciones del señor Mateo, ya no resulta tan alegre la reunión. Sin embargo, el Fardelero y sus gentes siguen expectantes. Jerry vuelve a beber y levanta la testa, intentando atisbar por el vano de la puerta. Produce un gruñido y encorva las espaldas; el cuello desaparece en el carapacho y queda la cabeza estática, probablemente los ojos avizorantes.

Lejano suena un timple y más apagada una guitarra. David se pone en pie.

—Ellos son —dice el señor Mateo—. Todos juntos y en parranda.

—¿Y qué? —dice el Fardelero.

—Que puede que me haya equivocado y todo lo que he dicho sean malos pensamientos míos. Pero en la playa parecía... Y luego estos dos fuera del remo. ¡Quién sabe!

—Lo que tenga que suceder sucederá —dice con énfasis sentencioso el Fardelero.

Está amaneciendo y el acantilado de la Isla Mayor —violetada, dulzosa— parece perfectamente simétrico con su reflejo en las aguas calmas del río de mar. Estos minutos crepusculares, hasta que el urgente sol de África ponga sus panes de oro, primero en la cima, luego en la ladera oriental de Montaña Amarilla, reconcilian los sentidos —a veces hirvientes, a veces desmayados, en esta latitud— con la naturaleza.

Las falúas, las barcas, el muelle, la población, las dunas, lo que veo y me rodea, son los testigos de la serenidad que gozo, sorprendido, hasta que de pronto un gallo estride con su canto, llega desde la lejanía solemne y rapaz una gaviota, pica el agua de La Caleta un pez perseguido. Vuelvo la cabeza hacia Montaña Amarilla donde se insinúa, estriando su copete morado, un resplandor. Comienza la mañana y este milagro —tan doméstico y consabido— renueva la individualidad de las cosas: el camino a la llanía, pateado por los camellos; las latas de conservas vacías, brillando distintamente, en la joyería del muladar, junto a las rocas; tal cual planta de geranios sobre el perfil de una tapia; los cabezudos bolardos emergiendo del cemento del muelle... Un vientecillo alegre aflora con el sol y arruga la epidermis del mar, que se descompone en matices, verdeando, azuleando, griseando, negreando hasta los pies del gran acantilado, cuya imagen desaparece de las aguas. Y al fin el sol, ya brotado de la línea del este, después de rojear el mar, lo melifica.

Las gallinas, picando a derecha y a izquierda, avanzan lentamente hacia las alguillas del borde del mar. Un gato escoge un rayo de sol, en el umbral de una puerta, para Asearse despaciosamente. Bosteza y se despereza en una flexión obscena el perro de Roque, corre al trote, hace frecuentes paradas para husmear basuras, orina un esquinazo y desaparece por un callejón hacia la parte trasera del pueblo.

—Buenos días, cristiano —me grita Roque, desde una ventana de su casa, enjabonándose la cara—. Te he sentido. Ya ni duermes. Muy mal asunto, muchacho.

Camino lentamente los pocos metros que me separan de él.

—He salido a ver amanecer y estoy contento —le digo.

—Los nervios no te dejan vivir y no se comprende. Aquí es todo paz. Hay que ver amanecer desde la cama, con un ojo cerrado y el otro también. No es tu obligación estar de guardia.

—Pueden asaltar el pueblo, amigo —respondo sonriendo.

—¿Quién? ¿Los piratas? Bastantes tenemos aquí. Estáte tranquilo. Estáte en tu cama y no andes rondando por ahí.

Una hora después, la playa de La Caleta es un ferial. El Chipirrín, con un ancla por la proa y amarrado de popa a un hincón del grao, cabecea suavemente aguas someras. En la arena, los niños se atropellan inquietos, forman grupos —contorneados por perros satélites—, se dispersan, corren y persiguen. Pegados a las tapias, los viejos y las mujeres —conteniendo éstas el anhelo de retozar de sus hijos menores, preservando a niñas sosegadas o tímidas— componen un friso expectante y cabildeador. De vez en vez, uno de los viejos —con la aparente y sabia desgana con que se debe dar un consejo— se dirige a Roque, al que acompañamos Roque hijo, Félix y yo.

—¿No serán demasiados años para la travesía, Roquillo?... ¿No crees que son muchos achaques para el viajecito?... Se os morirá el animal, la mar es un cuchillo para esa ruina...

Roque, sonriendo como siempre, deniega con un gesto o un ademán y entabla diálogos de posibilidades y burlas.

—Acuérdese, Maestro dice Roque—, cuando hará dos inviernos pasamos su bestia y estaba peor que la mía. Más años, más trabajo y más estaca. Solamente vivía la mísera de lo que presta la llanía. Ni un pienso para celebrar tantos cumpleaños. Y hacía frío y pasó y vivió y fue al moro para que se lo comieran, aunque solamente pudieron chuparle los huesos. ¿Se acuerda?

—Me acuerdo, Roque; aquella camella comía pescado y era como un pez, por eso resistió. Si la hubiera apiensado se me hubiera revenido con la mojadura.

—No se sabe que haya camella que le guste el arenque.

—Has visto poco, Roquillo —continúa el viejo—. Hay camellas que comen arenques y hay camelias, como los santos, que no comen nada.

—Las muertas —añade Roque.

Ríen todos. Las camelias muertas también son pasadas al otro lado del río de mar a engrosar con sus huesos el majano al pie del acantilado. Grandes pájaros de la Isla Mayor acaban con la carroña; luego, el sol y el salitre blanquean el esqueleto y en poco tiempo se confunde con los que integran el hito.

Las mujeres hacen sus comentarios aprobatorios.

—Pero qué cosas tiene el hombre —dicen por el viejo—; qué ocurrencia la de los arenques... Y Roque, qué bien se explica, qué boca golosa para las palabras...

Francisca tira del ronzal de una camella cojitranca. Enedina anima el paso de la bestia golpeándola en las ancas, de vez en cuando, con una vara. Han salido por la puerta de atrás de la casa y vienen por el callejón. Los niños abandonan sus juegos. Todas las miradas están fijas, como si de un número de circo se tratase, en el animal y en sus conductoras.

—Ha engordado en estos días —dice alguien—; pero si era una filástica.

—Roque sabe engañar. Con cuatro piensos —añade otro— la ha hecho nueva. Si luego no cagalea y se deshincha, le van a dar unos duros por ella y en el moro se van a hartar de viento.

Enedina da a la camella un postrer varazo, en el que hay algo de un ademán de despedida, y se suma al friso de los espectadores. Francisca entrega el ronzal a su hermano.

—Huele la trampa. Cuida de que no te muerda. No le aflojes.

Roque hijo tira con suavidad, acercándola al mar hasta que la camella se moja las patas delanteras. Roque hijo está en bañador, con la remendada camisa anudada por los picos del faldón sobre el ombligo. La camella recula, levantando y sacudiendo con rebeldía la cabeza, los ojos cerrados de miedo.

—Cuidadito, hijo —advierte Roque—. Tú muy calmoso, nadie te apresura. Vuélvela a la izquierda, que le dé el viento; no hacia las casas, que sentirá la cuadra. Que ande por la orilla. Cógela más corta. Que se tranquilice, si le dejan estas gentes.

Los niños se han retirado prudentemente, abriendo un amplio semicírculo. Félix se arremanga, lento, las perneras del pantalón hasta las ingles.

—¿Voy, Roque? —pregunta. —Espera.

José, el hijo pequeño de Roque, hace las veces de jefe de pista, empujando a los chiquillos para que abran más el semicírculo.

—Puede soltarse, darle un espanto —dice gritando y atropellaros a todos. Echaos más a costa, morralla. Echaos para el cabildo.

—Bueno, con tranquilidad y fuerza —explica Roque—. Pasarle una estacha por el pecho y darla al barco. Jaláis con tranquilidad y fuerza. ¿Repito? Roquete, tú la llevas del ronzal. Félix, al barco... Se necesita una voluntad —grita, dirigiéndose al friso— para el que quiera un aprecio.

Dos viejos se despegan del alto relieve y caminan de perfil, atentos a los espectadores y a Roque, cambiando bromas y esperando órdenes.

—Os va a cocear... Os va a ciscar... Tenéis que pujar por la trasera...

Uno de los viejos es fuerte y ha debido de ser un mozarrón en otro tiempo; contesta agresivo:

—Cuando un vecino pide sal no hay por qué negársela, cuadrilla de vagos.

—Sal te va a dar la bestia —le responden— por el agujero negro.

—No la empujéis hasta que no le llegue el agua a los corvejones —señala Roque—. No coceará, es animal manso, aunque el miedo la puede arrebatar.

Los viejos se arremangan los calzones. Félix pasa una soga por el pecho de la camella, la anuda y con ella en la mano se alza al Chipirrín.

—¿Estamos? —inquiere Roque—. Pues venga... Adelante, Roquete... Suave, Félix... Atentos, cristianos...

La camella entra en las aguas, obligada, temerosa, pero sin alterarse.

—Venga, que esto se consigue fácil —anima Roque, asiendo la estacha por el vientre de la camella con mano dura—. Empujen ahora un poquito, que ya está entregada.

Roque ni se ha molestado en librar su pantalón de la mar. Con el agua a medio muslo fuerza al animal contra la amura del barco. Félix amarra la estacha en el abitón de la proa y la devuelve. Roque hijo la hace pasar bajo el vientre de la bestia y se la entrega a Félix.

—No muy prieta —observa.

Félix, tras de amarrarla, larga la estacha.

—Ahora, por las ancas y al abitón de popa —ordena Roque sin necesidad, pues para todos es una faena conocida.

Los viejos se han retirado a la playa, donde la expectación ha decaído totalmente, porque la sencillez de toda la maniobra, porque la falta de sorpresa, relajan la tensión de la espera.

—Al barco —dice Roque—. Manténle la cabeza con el ronzal. Roquete, no trague agua, no se nos purgue demasiado pronto.

Llevamos la camella por babor. Han soltado la amarra del hincón y Félix y Roque hijo cobran poco a poco el ancla de proa, avanzando fuera del resguardo de La Caleta hacia el río de mar. El animal se desespera al perder el lecho de arena y flotar amarrado a la embarcación. Sobrepasamos la altura del muellecito y vemos cómo el friso de mujeres, niños y viejos se ha deshecho en grupos y los chiquillos de la playa se han desparramado por ésta y por el espigón. Sólo los más fieles al espectáculo contemplan la partida, aspando los brazos y gritando.

—Roquete, ojo a la cabeza —la voz, confundida con el ruido del motor, hace que tense el ronzal Roque hijo.

El cuello y la cabeza de la camella son el cuello y la cabeza de una serpiente de mar de viejo grabado. Falta la lengua larga y bífida y los ojos desprendedores de rayos hipnóticos, como los haces de un faro fijo. La ondulación de la joroba, casi sumergida, es la ondulación del lomo de la serpiente.

Navegamos a tan poca velocidad que conservamos por la popa —ya una vez alejados de la isla— una aparente misma distancia, mientras que por la proa el pie del acantilado, con su majano indicador, parece todavía una línea que alcanzaremos tras mucha mar. Desde nuestra isla, el gran acantilado está, aparente, a escasas brazadas; desde las aguas, a medida que avanzamos, la separación se alarga.

—Habrá que esperar —me dice Roque en la timonera— a que bajen los del pueblo. Me parece que nos hemos adelantado.

¿Y subir la camella a lo alto? —le pregunto.

—Más han hecho. Las han subido en la agonía. Saben las sendas y las piedras en que se puede apoyar en las sendas. Al negocio no hay que quitarle trabajo.

—Eso es más que trabajo. Es ciencia o milagro.

—He visto yo a mujeres viejas, hace años, cuando nos faltaban las falúas, subir todos los días con un saco de pescado seco al hombro y bajar con quince o veinte quilos de patatas, tras de haber ido al pueblo, que está apartado de la costa. ¿Milagros y ciencia? Dinero, que mata el hambre. Y los viejos tienen mucha hambre, mucha, tanta como los jóvenes o más.

Roque sonríe. Ha transformado en sus labios el rictus amargo de las consideraciones sobre el hambre y los viejos de nuestra isla en una sonrisa beata y ausente, en la que no se trasluce ni su habitual melancolía de pescador. Pero está en sus asuntos.

—El animalito va sufriendo —dice al rato—. Va acalambrado de miedo a los fondos. En cuanto pise arena y se le suelte, tirará coces, intentará morder y, si le quedan arrestos, va a brincar. Y en seguida manseando.

Éste es el diagnóstico. Pregunto:

—¿Y los tiburones?

—¡Qué tiburones! No se ha dado el caso. ¿Preguntas por asustar?

—¿No se ha dado el caso de que aparecieran y devoraran una camella?

—Hay mucha imaginación en tu cabeza —responde con soma—. Las noveleras te trastornan. ¿Te gustaría verlos venir? No los vas a ver. No habrá bastina.

—Los habéis pescado en estas aguas, así que...

—Claro, en todas. Son de la mar.

—Bien, bien... Entonces pueden llegar.

—No lo esperes; me robarían unos duros y no vas a querer eso.

—Por supuesto que no, Roque. Solamente decía que pueden llegar.

—También la muerte.

—También la muerte, Roque.

—Pues tranquilo.

Vamos por medio del río de mar. La camella yergue el cuello. Roque, sentado, apoya un pie en la tablazón de la timonera y gobierna el barco hábil y desganadamente. El ruido del motor acompaña nuestro silencio y uno imagina que bajo cubierta hay un bronco hormiguero silabearte. Las aguas son oscuras, parecen más densas que en La Caleta y golpean en la proa, al abrirse, gelatinizadas. Todo el acantilado se viene sobre nosotros y el Chipirrín se aplastará, tal que un juguete conducido por voluntades suicidas, contra sus raíces. Roque me distrae de la catástrofe, señalando con el dedo índice una línea zigzagueante, que se supone senda, o que se sospecha cicatriz.

—Ya bajan. ¿No los ves? ¡Qué gente ésta! Y son sólo dos. Tendremos que ayudarles: no van a poder con el animalito.

Acierto a localizar dos figuras que se mueven con lentitud por el sendero. La poca playa del pie del acantilado asoma de la mar. El majano de los huesos, el cementerio de las camelias, albea por babor. De las piedras de gran muro, sobre la desolación de arena gruesa y cantos del varadero, corre un humor —no puede llamársele agua— que ni sirve para verdecerlos.

—Ya estamos —dice Roque, y ordena a Félix—: ¡Máquina atrás! — reflexiona en voz baja: "No hay que entrar con prisas, podemos tronzarle las patas al animalito".

Roque hijo salta por la borda, con el agua hasta los pechos, tirando de una estacha.

—Así, sostenido —grita Roque—. Menos máquina. Despacito, mi Félix.

Con un ancla por la popa finaliza la maniobra de atraque. El Chipirrín duermevela en las aguas, cayendo suavemente de babor o de estribor, levantándose, respirando, de popa a proa. ¡Qué gran poquita cosa es este barco! Un espacio limitado por armónicas tablas de combate y una exaltada imaginación.

La camella sale de la mar embriagada y náufraga. Se le doblan las patas delantero y se va de costado en la misma orilla. Después prueba a correr y corre, grotesca, la cabeza erguida y desafiadora, hasta que sus fuerzas —nacidas de la suprema alegría de la seguridad de la tierra— le abandonan y queda vacilando, humillando, a una decena de metros del grupo que formamos, cercana al majano de los huesos.

—Déjenla. No la azucen. Tiene todavía mucha fiebre de costa; pide libertad —dice Roque—. Y, para lo poco que le queda, que la goce.

Ya caminan por la playa los hombres del pueblo que vienen a llevarse el animal. Roque se prepara con la más enigmática de sus sonrisas de mercader, para darles la bienvenida y, sorprendido, asisto a un juego —sucio por parte de todos— pleno de astucias, cazurrerías, sutilezas, trampas y mala fe general.

Roque se adelanta unos pasos de nosotros, como un general del Estado Mayor de su ejército en cualquier cuadro de historia, con la mano extendida, vagamente amiga, con certeza rapaz. La enigmática sonrisa se ha tornado salutatoria y fraternal. Palabras hospitalarias se cruzan antes del cambalache. Roque acosa con sus preguntas la posible sensibilidad para los afectos del comprador de la camella.

—Bueno, José, ¿los hijos ya mayores y con trabajo, y la viejita, bien? ¿Y los negocios también bien, verdad? ¿Y la tiendecita? Dando su dinero, claro. ¿Y el campo? Este año tiene que ser bueno para los que tenéis campo.

Roque responde a sus propias preguntas, mientras José bajo, magro, renegrido y sin dientes— niega con la cabeza y con su mirada melancólica todo el posible bienestar.

—No, Roque. Testigo es mi compadre. ¿Verdad, compadre? Mucha miseria, como siempre, mucho trabajo para nada. Los hijos, peor que balas con su padre. Tienen trabajo, pero nada dan. La viejita, baldada de trabajar. ¿Y la tienda? — suspira hondo y se responde—: Nunca ha dado la mitad del pesar que presta.

—Bueno, hombre, pero el campo... —investiga Roque—. Este año, nadie tiene una queja.

—El campo es como el mar. Si no se le trabaja y se tiene suerte, está ahí, pero como si no estuviera. Yo ya no valgo para darle muchas vueltas al campito. Son los años, que no perdonan, Roque. En cambio, tú tienes un aire nuevo, estás más nuevo; por ti no pasa el tiempo y, si pasa, es de contrabando.

El compadre de José es un asalariado y se inhibe, hablando e intercambiando tabaco con Félix. Cuando José le requiere por testigo mueve la cabeza de oficio y se ve que es un testigo falso y envidioso. La conversación de zoco continúa.

—Te traigo un buen negocio —dice Roque—. Con poco trabajo —añade, después de una pausa.

—Ya lo veo, ya lo veo —confirma José, contemplando la camella—. No está el moro para ruinas, no la van a querer.

—¿Han cambiado la alimentación? —pregunta ingeniosamente Roque.

—Prefieren chuparse los dedos antes que sacrificar una vida tan cumplida —responde vivaz José—. Mira, Roque, no vale el transporte. Si me quedo con ella, te hago un favor. Tendrías que encontrar un tonto para que se sacudiese la bolsa.

—Lo pones difícil y es un negocio claro. Hablamos de un precio. No tienes necesidad de darme el dinero. El dinero en mercancía: patatas u otra cosa. Ganas comprándome el animal y ganas vendiéndome las patatas. Ojalá pudiera yo hacer negocios tan claros como el que te ofrezco, cristiano.

José y Roque se enredan, dialécticos, suspicaces y guasones, en la ley de la oferta y la demanda, hasta que acuerdan el trato y lo enaltecen estrechándose las manos.

Ahora queda echar los bofes —dice Roque, volviéndose hacia nosotros— empujando el animalito por la vertiente.

—La camella debe quedar en lo alto para que valga lo dicho —advierte José—. Si se desgracia en el camino, es asunto tuyo, mi Roque.

—Ya lo han oído —anuncia Roque—. Todo despacio y con maña.

Félix toma del ronzal a la camella y la conduce por la playa hasta el comienzo del sendero.

—¿Tú vas a subir? —me pregunta Roque—. Sería mejor que te quedases esperando. Es senda brava y, si resbalas, te vienes dando volteretas hasta la playa hecho un higo.

—Yo voy con vosotros —respondo.

—Pues delante y pisa firme y mira el suelo y no te preocupes de lo que vas dejando atrás. Tendrás tiempo, al regreso, de angustias. Deberías quedarte, pero ya eres mayorcito. Lo que se ve desde arriba no merece el trabajo.

—Claro que soy mayorcito, Roque —digo irónicamente—, y quiero saber por mí mismo si merece o no la pena trepar por esa senda.

—Que no te arrepientas, hombre.

La senda, a poco de comenzar, forma un descansillo de lajas rojas, desde el que me vuelvo a mirar a la playa, al majano, al mar y a las casas de La Caleta de nuestra isla, que brillan casi metálicas al otro lado del río. Después se eleva violentamente y pienso que es un milagro a realizar la subida de la camella por el cantil y, sin embargo, es milagro muchas veces efectuado y con animales que ha sido necesario arrastrar, alzar, empujar y sostener por la cabruna trocha.

A medida que voy ascendiendo siento tras de mí como un vacío y no vuelvo la cabeza, sostenido por ese como un vacío más que por el miedo al vértigo y a la caída. Porque el vacío es, paradójicamente, una presión —sentida en mis doloridas espaldas— que me apega al acantilado y si, erguido o inclinado, camino con inseguridad y algún miedo, resisto, también, esa fuerza que tras de mí me impulsa a echarme sobre el sendero, con los ojos cerrados, y a sumirme en él.

Evidentemente, si quisiera contemplar el trabajo de los hombres que suben con la camella tendría que tumbarme para hacerlo y volverme con lentitud hacia ellos —de los que oigo sus voces, sus malas palabras de ánimo, sus jadeos— para no perder los nervios y sentirme embargado de miedo irrefrenable.

Pisamos roca negra. No hay tierra ni vegetación alguna. Los vientos han mondado el cantil. A nuestra derecha, donde la isla cae perpendicular a la mar, fardelas y gaviotas hacen sus nidos en las oquedades y en los pequeños resaltes. A nuestra izquierda, delgadísimas cornisas —tal que arrugas— corren el gran frontal, casi pulimentado, de la masa de piedra, adelantándose sobre las aguas. El sendero discurre por la escarpa, aprovechando acaso un caucecillo de épocas pasadas, por el único lugar en que el acantilado es franqueable. Encima de nosotros, un cielo azul vertiginoso.

Roque y los demás se han desentendido de mí, ocupados en el riesgo. El esfuerzo y el peligro les evita derrochar preocupaciones, generosidades, emociones. Asciendo, absolutamente consciente de la soledad en que estoy, encajado en mi miedo como un erizo de mar en su agujero, con todos mis sentidos dispuestos, en sutil alerta, a defenderme.

Cuando llego, tras rodear el muñón de una peña, erguida e imprevista, al refugio de su socaire —medio metro cuadrado sin fatiga, para respirar y calcular lo que falta—, no me paro. Sigo ascendiendo, buscando con desesperación el final, y parece que el acantilado se indina y doblega a mi paso, haciéndose más practicable —o ésta es una de las ilusiones que me ayudan—, y lo que era empinada vertiente se va, por fin, suavizando hasta formar una cuestecilla que conduce a lo alto. Aparece la tierra cenizosa de la isla y froto mis pies en ella. Ahora, sudoroso y un poco acalambrado, me vuelvo para ver a los amigos y a los compañeros. Asoma Roque tras del peñasco y levanta la cabeza hacia la cima. Agito los brazos y creo percibir su sonrisa. Tras de él, José, que le empuja suavemente para que continúe; luego, los demás y la camella. Se ha realizado otra vez el milagro.

En seguida estoy arriba y, todavía jadeante, enciendo un cigarrillo. Roque se vuelve de vez en vez para dar una orden o hacer una indicación. Después se despega del grupo y, con José a sus alcances, llega hasta el lugar donde yo estoy.

—Subiste como del rayo —me dice, secándose el sudor—. Subiste sin miedo.

—Con mucho miedo, Roque; por eso lo hice tan aprisa.

—Como una cabra —añade José festejándome, al unírsenos.

—Hay que mirar bien dónde pones el pie; si no, te desbarrancas. La bajada es mejor —me anima—, cuando te llegue el suspiro, pegas el cuello al suelo y tan tranquilo.

Félix da palmadas en las ancas de la camella, mientras avanza hacia nosotros. Grita:

—Tiene una sudadera que se le va a ir harto peso.

—Frótala fuerte. Ya está en lo seguro y lo sabe —dice Roque—. Cuídate de la boca, que no te muerda.

José y Roque terminan el negocio, después de cambiar una mirada.

Ahora, sí —dice José—. No hay que correr riesgos.

—Ahoritica sabes que, también, es la última que te traigo. No merece mucho la pena. Los tiempos están cambiando. Este no es un buen negocio. Ni el de tener camelias, seguro. Yo acabo con la que me queda en casa, que se ha de morir de vieja, y al majano. Que coman en el moro piedras. Esto no merece el peligro. Los tiempos están cambiando.

—Lo mismo pienso yo, Roque —responde José—, y ojalá no volvamos a estas andadas.

—Por mí es bien cabal lo que te he dicho.

—Que lo sea por mí —finaliza José, sonriendo con picardía.

Nos hemos despedido largamente y, antes de comenzar el regreso, Roque, contemplando el archipiélago —recogido, cándido y mínimo como un belén—, extiende los brazos y abre las manos, más disertantes que exploratorias. Luego, cara a esta su carta de navegación, ejercita una brazada que todo lo abarca y que se pierde en los horizontes del océano.

—Eh, ¿qué te parece? —pregunta con entusiasmo.

Nuestra isla, con Montaña Amarilla, es una forma oblonga, recortada de agua verdeante. La isla de la Montaña solamente es una pelada montaña emergida. Los roques son peñascos negros en abandono. La isla del Faro resalta, al fondo, como un tocón musgueado. El océano, desde el borde del cantil, empaña de azul media rosa de los vientos. El océano se presenta como un laberinto, que circuye y amenaza el mar de las islas.

—Desde la batería, la vista es aún mejor —me explica Roque.

Pero yo no quiero caminar hasta la batería, que ha defendido esta Isla Mayor en las guerras, porque he decaído de ánimo, al reflexionar sobre la desolación del archipiélago. No deseo estropear los momentos de entusiasmo por los que atraviesa Roque, después de dominar con tanto gozo su extraño país de arena y rocas y agua. Ahí abajo, la vida de los hombres se enciende y apaga como en otra edad. En esa isla, que yo llamo nuestra isla, nada existe que sea mío y muy poco que sea de ellos: los pescadores viejos, las mujeres viejas y jóvenes, los niños. Los mismos que viven en La Caleta del Sebo han abandonado Pedro Barba y abandonarán la isla en cualquier hora de cualquier día. Ni siquiera están con ellos los muertos, porque desde aquí, desde la altura de la Isla Mayor, se comprende que los habitantes de ésta consideren que el archipiélago no es "tierra madre", que los arenales y los roquedales no sean buenos ni para los muertos.

—Cohetes —grita Félix.

Sobre las casas de La Caleta florecen nubecillas de humo que, jironadas, desaparecen diluidas de nuestras miradas. Vagos llegan los estallidos. Roque ríe con un hipido de satisfacción.

Son nuestros americanos. Son ellos, que se van acostumbrando a hacerlo como nosotros.

¿Que se van acostumbrando?, me pregunto. No se acostumbrarán, Roque. Tomarán parte de vuestra alegría, nada de vuestros pesares y se irán. Se irán muy pronto, cuando deje de ser diversión el ser náufrago.

—Aaámonos abajo —grita Félix, nervioso y brincador.

—No te lo vas a perder —mesura Roque—. Armarán una para toda la noche y más.

Al avanzar por el sendero oímos los ecos de los cohetes en el acantilado. Son chasquidos en la roca que rebotan, una, dos, tres veces, hacia la playa.

—Ahora, con cuidadito —me advierte Roque—. Ni duda tiene que, si te da un mareo, te tiendas en el suelo y boca abajo, ya te ayudaremos. Nadie se ha quedado todavía en el sendero para las gaviotas y las fardelas.

—De acuerdo, Roque.

—Tú mira al suelo y a los cohetes. Una vez a uno y luego un poco a los otros. Así, más seguro. Te espera una buena fiesta.

Racimos de arañas febriles, de cuerpo pequeño y largas patas tiritantes, manchan como de humedad los ángulos de la habitación enjalbegada. Estoy echado sobre la cama, son las tres de la tarde y se han acabado los cohetes.

Por las hendijas de las contraventanas penetra una luz agria, pero la alcoba está iluminada por otra luz, licorosa y perlina, en la que mis ojos, como lentos peces de acuario, se mueven sin curiosidad. Esta hora de la siesta —no dormida— ha apagado el deseo de unirme a los náufragos y su séquito, y estoy lejos de aquí y de mí, en otra parte —aunque no podría precisar qué lugar— y en aquel que fui entonces.

Acumulo extraños datos —sorprendiéndome al cabo de que la mayoría sean nimios y pertenecientes a distintas épocas de mi vida—, instauro objetos significativos, que me abruman con su permanencia en el tiempo, y no logro armonizar esta desmayada realidad con el emanante recuerdo que, turbio y cálido, me anega. Busco, durante extensos minutos de fuga y rememoración, lo que este ámbito y esta hora tienen de sutil vínculo con el pasado, y me fatigo y nada encuentro. Pero alguna como chispita o lucecilla delirante debió de encenderse en un momento para que yo iniciara mi viaje a la memoria y que ésta me transmitiera la sensación de estar lejos de aquí y de mí y en otro día.

¿Las arañas de la habitación han extendido sus manchas? No sé. La luz no es licorosa ni perlada, sino una transparente y suave penumbra. Mi mirada se fija y precisa. Alcanzo a ver rebordes, en el enlucido del techo, que trazan costas perdidas. Pienso en el pueblo, en las puertas cerradas, en el silencio de las casas, en el rumor del cabildo de los viejos. Los náufragos y los ingleses, todos chonis, han inaugurado la fiesta con cohetes y con libaciones —siempre quieren estar en trance enajenado— y ahora descansan o velan, en alerta, dejando correr el tiempo para continuar a la caída de la tarde su rutinaria exaltación. En el cabildo, los viejos inocentes de nuestra isla escucharán asombrados y meditativos a los viejos salaces, que esperan de esto, que está sucediendo desde el naufragio, un injerto de energía erótica y que transcurren, imaginativamente, por los más violentos y obscenos sucesos. En el cabildo, hoy, como estos días pasados, no se hablará de barcas, ni de caleos, ni de los nietos mozos que están en el sur, ni de los nietos niños que están en la escuela o corren al muelle a esperar las barcas, o exploran, con sus perros, las rocas, o nadan, al pulpo, en las aguas de La Caleta. En el cabildo habrá un siniestro regocijo y, probablemente, los comentarios más tristes, las confidencias más vergonzosas y los recuerdos más para olvidar.

Las mujeres de la isla, tal que un coro acusador, saldrán desde sus casas a las tapias orladas con macetas y botes de la escasa flora de la isla y geranios para, ante ellas o desde ellas, contemplar, hasta la entrada de la noche, cómo crece el embrión del desorden y se agiganta hacia el disparate.

Se entreabre la puerta de la habitación y oigo la voz de Roque, susurrada y urgente:

—¿Duermes, duermes? ¿Estás dormido?

—¿Qué, Roque?

—Salte para acá.

—¿Para qué tantas prisas?

—Es larga la hablilla.

Y salgo, abandonando la placentaria alcoba, a lo híspido y solar. Camino tras de Roque, que vuelve la cabeza, una y otra vez, invitándome a seguirle hasta el patio, oloroso a plantas recién regadas. Aturdido de luz, cierro los ojos y me estoy quieto, mientras todo se mueve en ondulada navegación.

—Vamos —pide Roque.

Inclino la cabeza y persigo, como en una marcha agotadora, sus pies calzados de alpargatas. Cruzamos el terrazo encalado, con la boca del aljibe en su mitad cubierta por unas tablas. Hollamos el tendedero de Enedina, para desembocar por la puerta pequeña y trasera en la calle Mayor.

—¿No quieres pasar por el cabildo de los viejos? —pregunto.

—No, no quiero verlos.

—¿Pero por qué, hombre?

—Preguntan demasiado, hablan demasiado y todo lo enredan. Son peores que murenas. Llevan días de silboteo, todos en la misma nasa, todos revueltos. Sin vergüenza y a dos paladas de la muerte. ¡Qué humanidad!

—¿Dónde vamos?

—A la tienda.

La arena cruje al ser pisada, pero más atenuadamente que la nieve. El cielo azul agobia, pero pesa menos que las nubes cuando forman una bóveda baja, compacta y gris. La calle no tiene el atractivo, hecho de misterioso anonimato y de una posible sorpresa de las calles de allá y de entonces. Voy por este perfilado arenalejo hacia la tienda de Roque, caminando dentro de un documental cinematográfico. Al entrar en el callejoncillo, la luz pierde vigor y descanso unos instantes de la fulguración.

Roque abre la puerta y me invita.

—Entra. ¿Qué vas a tomar?

—Nada. ¿Qué es lo que me vas a decir?

—Poco, cristiano. Son dudas. Siéntate. Unas pocas dudas...

Me siento en el banquillo, desde el que suele perorar el señor Mateo para los que gustan de historias —más o menos inventadas— de valientes tabernarios, de donjuanes épicos y del mar, sus trabajos y sus monstruos. Roque se sirve una copa de ron. La tienda es una conjugación de aromas y sabores muy distintos que forman, al cabo, uno solo, que será recuerdo. Agrio, dulce y salado: coloniales. De vez en vez, un vaho de orina.

Chasquea la lengua Roque en la probatura del ron.

—Lo necesitaba. Está muy bueno. Y tú, ¿cómo no quieres?

—No lo necesito.

—Bueno, hombre, no te enseries. Ten una poca calma. Hay que tener paciencia. Ahora suelto trapo, pero primero al remo, como es de ley. Vamos allá.

—Hay tiempo, Roque. Bebe tranquilo.

Sigue mi consejo y apura lentamente la copa de ron. Por su rostro nubla la melancolía. Apoyado en el mostrador, su figura se achica y oscurece. La puerta entornada deja entrar la luz, que divide el suelo e ilumina los desperdicios de las horas de la mañana: espinas, colillas, manchas pegajosas de las bebidas derramadas, que atraen a las moscas. Fuera de la tienda, los viejos en el cabildo de la playa, y, en el muelle, soledad.

—No quería —me dice Roque— hablar de esto en casa. Los chicos, Enedina, podrían escuchar, tendrían inquietud.

—¿Es tan importante?

—No, cristiano; es una desazón que me ha entrado, o algo así.

—No tienes mucho motivo.

—No lo sé. Ése es el caso. Algo que yo no entiendo. Una vez, estaba nuevo, veintitantos años, por ahí por ahí, no creo que más. Ni casado. Era yo nuevo, como te digo; no tenía la vida detrás. Salíamos con las barcas. Alguna ocasión a la Isla Mayor. Pescábamos aquí, en el banco. Las barcas grandes se aventuraban en el moro, pocos días, no como ahora. Esto estaba dejado de la mano de Dios. No lo puedes pensar. Las casas eran chozas. Después se hizo Pedro Barba. Luego dejamos Pedro Barba. Yo creo que he sido de los primeros en venirme para La Caleta. Esto tiene más resguardo. Hay que pensar en los barcos. Los que nos vinimos primero, acertamos. Pedro Barba fue una equivocación y allí se fue el dinero de muchos...

Roque hace una pausa y añade:

—Me voy del cuento.

—No, no; continúa.

Se sirve otra copa de ron. Me explica:

—La necesito. ¿Tú no bebes?

—Todavía no.

—Es muy difícil contar lo que a uno le pasa por el alma.

—Sí, es muy difícil.

—Hay que ayudarse, y así y todo... Te iba hablando del dinero de los de Pedro Barba. También mi padre lo sufrió y un poco yo. Fueron dos o tres años malos, muy malos. Luego se fue recomponiendo la gente, proa adelante y poco a poco. Nada de esto tiene que ver con lo presente. Lo pasado, pasado y Santas Pascuas. Pero te lo cuento...

Se oye arrastrar de pies rasgando la arena.

—Ya está aquí el cabildo para hacer su caleo —me advierte Roque—. Ya están aquí para pescar.

Alguien golpea suavemente en la puerta y asoma la cabeza.

—¿Se puede pasar, Roquillo?

—Adelante. Pase la comisión. ¿Qué se les tercia?

—Nada, hombre; como hoy va a haber una gran fiesta —dice desde la puerta un viejecillo engurruñado, compañero de Maestro Juan—, como hoy va a haber una gran fiesta —repite—, queríamos también celebrarlo.

—Pasen, pasen, pasen —dice Roque con solemnidad.

Ahora que, en este anochecer, la reunión crece de llegados, la fiesta muestra su más noble y apacible aspecto. Hace unas horas he tenido la ocasión —mutilada por los viejos del cabildo— de perseguir la confidencia de un amigo, pero sólo ha sido un ligero y ortigado tacto. Roque está sereno y habitual, sonriendo un chiste del señor Mateo, amparando la delicia en un parpadear. Los chonis beben tranquilos. Dominguillo y Periquito rasguean en sus instrumentos. La vieja marinería le da al trago y ríe, soliviantada de ánimos, porque la risa es una energía y una colaboración.

Jerry, de repente —siempre de repente—, decide patentizar su presencia y canta a gritos una canción, breve e infantil, haciendo gestos ambiguos y ademanes grotescos, que son muy celebrados. Tras el efecto producido se retira a la penumbra, donde brillan los ojos y las copas, probablemente para surgir pasado un rato con otra descompuesta imagen de sí mismo.

Bebo lo que me alcanza Roque con demasiada premura y solicitud. Siento que Roque quiere hacerme olvidar su tiempo de vacilación, confundiendo sus recoletas preocupaciones con estas primeras alegrías de la fiesta. Puede que se sienta avergonzado, si es que considera la confidencia una debilidad, o comprometido, y quiera prepararme para que escuche, dispuesta y pacientemente, su quejumbre

—Pasado mañana se van —dice alguien cercano a mí.

—No se iban a quedar toda la vida en este cachito de tierra —añade un interlocutor, de palabra dulce y mesurada—. No es lugar para gente de rango. ¿Y quién lo ha dicho?

—Pues yo qué sé. Se ha dicho por todos los lados. Lo que usted no lo oyó, pero bien se ha dicho. Tanto como otras cosas...

—Cosas del cabildo —la palabra dulce y mesurada se torna un poco despectiva—. Cosas para entretener el tiempo. ¿Qué valor se va a dar a eso, cristiano?

—¿Pues yo qué digo? Que se ha dicho, nada más. Quién lo puede creer y quién no. Como todo. Ya se verá si se van y si las cosas son como se dicen. Y, además, ¿qué nos importa?

—Eso está bien.

—Nada nos importa, pero han convidado a la gente y aquí estamos.

Francisca se mueve detrás del mostrador, rápida y atenta. Sirve una copa apurada, retira el vaso que perdió su dueño momentáneo para bañarlo en un lebrillo, se incauta unos segundos de la botella que ha regresado mediada de la penumbra del oeste para traspasarla a la penumbra del este, batiendo en su contenido la luz vegetal de la lámpara de petróleo. Desparrama almendras, cacahuetes y pasas por el mostrador, baja de la estantería una nueva botella de cazalla o de ron, susurra algo a Luisita, menos mañosa, e interviene en su trabajo, corrigiéndolo. Luisita escucha lo que se dice, depende de lo que se canta, observa a los clientes. Francisca está, como siempre, ensimismada, y todo lo que hace es bueno y perfecto desde su perspectiva. Roque, de vez en cuando, insinúa algo a Francisca y su respuesta es el acto de llenar una copa o un vaso, secar, lavar, limpiar, pero nunca una palabra.

Hace demasiado calor en la tienda de Roque y salgo a la calle para refrescarme. Hoy no hay luna o saldrá más tarde. Las estrellas brillan fuertes y bajas, y parece que el firmamento se derrumba sobre el acantilado, entrevisto como lo más oscuro de lo oscuro, destacada la cima como un negro horizonte. El muelle se pierde en el río de mar y no podría decirse dónde acaba sino por el golpear timbaleado del agua en el cemento. La bolsa de La Caleta es una noche en sí sola, con las formas borrosas de las falúas brizadas, danzando levemente. Y en la población brillan las luces de las casas, a través de las entornadas contraventanas, muy distantes y tenues.

El sudor se va enfriando, cubriéndome, en mi quietud, de un ligero baño de estatua. Cuando al fin me muevo, camino de no sé dónde, siento que se cuartea, desprende y cae. Voy andando cauteloso hasta que una voz alegre me desorienta.

—Hace usted un bulto grande, un buen escopetazo.

—¿Quién me habla?

—Un amigo. Pero ¿no me ve usted? ¡Qué ojos los de las ciudades!

—Ni le veo, ni le reconozco.

—¡Vaya por Dios! Le acompaño hasta casa del Fardelero.

Y, de inmediato, Maestro Juan surge de la tiniebla y, ya a mi paso, comienza a hablarme, primero de mi indeciso andar, luego del largo tema de la pesca, que interrumpe para enjuiciar la reunión.

—¿Quién va a ir a la mar con el cuerpo. muerto? La locura siempre es mala, más si hay que comer de estar cuerdo. Eche usted leña seca a la llama, pronto se acaba. Mucha lumbre al principio; después, mucha ceniza. Esto es para la juventud, para el verano. Nosotros no podemos con los pantalones.

Al entrar en casa del Fardelero, éste nos recibe con una media sonrisa de avidez, tan bien dibujada que lo caricaturiza.

—Mañana, martes de carnaval —anuncia—, puede que como antañazo.

—Déjate, déjate... —dice Maestro Juan.

—¿Todo conforme por la tienda de Roque?

—Luego lo sabrás.

—Dicen que se van, que están de despedida. Ya lo siento, y no por los pesos...

—También por los pesos.

—También, pero no más. Alegran el invierno y son cosas para contar después. El personal quiere saber lo que hacen los ricos. No llegan tan fácilmente los ricos por aquí. Todo el día de parranda, y tan tranquilos. Todavía recuerdo carnavales en los puertos mayores. Vaya que si los recuerdo. No se me iban a olvidar así de pronto. ¡Qué años, cristianos!

—No se celebran, va para mucho. Cosas de otro tiempo.

—Pues debieran —dice con pesar el Fardelero.

Maestro Juan me invita a una copa de ron, que no admite correspondencia, porque es hombre mesurado y ha advertido que le esperan. Como una acusación, antes de despedirse dice:

—Que usted se divierta con ellos y mañana haya buen cuerpo. Dios con todos.

Han pasado unos minutos desde la salida de Maestro Juan; el Fardelero compone un gesto de desaprobación.

—Siempre fue igual el Maestro Juan. Ingrato para la parranda. Puede que de chico fuera otra cosa. En mis años, aquí es contada la peseta que ha dejado. Hoy le ha dado una ventolera por usted. Así es el hombre.

El Fardelero me contempla como un bicho raro. Hace muecas. Me interroga:

—¿No la gozaba para venirse a esta soledad?

—No se estaba bien y salí a tomar el aire.

Nos separa un largo silencio. El Fardelero trajina tras del mostrador. Camino hasta la puerta y escruto en lo oscuro. Nada creo que se mueva. Las casas cercanas se recortan grises. Miro al cielo y contemplo unos minutos las estrellas, intentando ordenarlas por constelaciones. Pasatiempo inútil, dada mi torpeza y confusión. Vuelvo lentamente a los dominios del Fardelero.

—Ya falta menos —dice—. Roque echará el candado pronto. Yo los cojo cuando están calentitos. Entonces, la gente se gasta el dinero con más gana. Roque, con lo que sabe, en esto es niño...

No encuentra eco a su juicio y mueve los ojirris astutos de la palangana al vasar, del vasar a mi rostro, de mi rostro a sus duras manos herramentosas. Cambia la conversación, guiñando el ojo truhán.

—Estoy con gusto de verlos entrar por la puerta al Dominguillo y su americana. Cuentan que el marido lo sabe, que todo está en orden. Y usted: ¿qué cree? Y poco tardará la sobrina de Roque en enterarse si no está enterada. La Pepita tiene su genio.

Ríe el Fardelero con una risa satisfecha y carcajeada entre dientes. Se rasca las cejas y añade en seguida:

—Tendrán un gran disgusto. Pueden romper el compromiso. Aquí, eso es muy serio. No le faltará a la mujer quien la consuele. Hay dinero. El dinero que entre nosotros se ve. En otro sitio, una miseria, pero en la isla... La que quiere se consuela. Y la americana a su tierra y Dominguillo, sin consuelo,, a la mar. Un cabildo dichoso. Roque le tiene afición a la familia. El Dominguillo cambiará de falúa y...

Ya no escucho sus malévolas conjeturas sobre el desastre, porque me aburren. Cómo me cansa su punzante y vengativo deseo, de momento ensoñado, pero presto a satisfacerse. Y, sin embargo, el Fardelero tiene razón.

—Escuche —dice de pronto y, tras unos segundos, continúa—: Ya vienen. Nada oigo. Es boba mi atención. No se puede competir con el Fardelero. —Ni el ruido de un estrobar se me va dice con orgullo—. Son pocos — aclara—. ¿No los oye usted canturrear? Salgo a la puerta. Lejos se mueven luces, que se juntan y dispersan, que vacilan, desaparecen absorbidas o se fijan un instante. —Vienen despacio —me advierte el Fardelero—. Vienen tranquilos como la noche. Sí, vienen tranquilos y oigo ya su rumor. Si hubiera un poco de viento de su lado, podría distinguir las voces. El Fardelero está alerta. —Es Dominguillo quien canta ahora —dice—. Muy de azúcar y suave, muy querencioso. Nos observamos, nos sorprendemos y averiguamos. Cada uno percibe en el otro la expectación y el regusto por la aventura que se acerca. La curiosidad es impúdica y no nos halaga esta pesquisa mutua de nuestras comunes debilidades. —Como muchachos —dice enfurruñado el Fardelero—. ¿Y qué se nos dará?

La pregunta es humillante. Vuelve con el gesto agrio tras del mostrador. Prepara, oficioso, copas y botellas. Sonríe, al fin, conspirando con mi silencio. —Bonito asunto. ¿Y si no ha pasado nada? ¿Si todo es apariencia? Vuelvo la cabeza para evitar la respuesta. Cualquier respuesta es demasiado para algo que no debe importarme.

—Es un barco con bandera. Se ve de muchas partes. La canción de Dominguillo llega al tabernucho, clara, a media voz, confidencial. Están llegando. —¿No quiere usted otra copa? —Póngala. Parece alegrarse y vuelve a ser el tipo cuco y atravesadete que vela por su negocio.

—La salida pide perro, amigo; eso es todo. O Dominguillo u otro. ¡Qué más da!

Me conforta con el ron. Me gusta oírle distante y vagamente disculpador. Éste es su papel —por lo menos, el que yo le he atribuido— y debe estar por encima o por debajo de cualquier juicio moral, porque el Fardelero no debe tener moral. Continúa:

—A mí se me podía dar y no desaprovecharía el momento, pero está muy para adentro con ese Dominguillo, que hace lo que le pide el cuerpo y, por lo visto, con ganas.

Hay una premura de pasos, roces de pies, titubeos en la puerta. Luego entran. Primero las mujeres, Beatrice y Laurel; después los hombres, Dominguillo y Gary. Dejan las linternas en la mesa del rincón más lejano y se acercan al mostrador.

—Buenas noches —dice con un acento cantado el Fardelero—. ¿Se despidieron de la tienda de Roque? ¿Qué de bueno se cuece por allí?

—El señor Mateo, desatado —responde Dominguillo—. Están otra vez con los pulsos, la fuerza y la lucha. Roque no está de humor para la zaranjada. En un dos por tres, cierra.

—Ron —pide Gary.

—No, ron —dice con dengue Laurel—. No, ron. Mucho ron...

—Ron —insiste Gary—. Una botella. Beberemos.

Laurel levanta las manos hasta la altura de su rostro y las aletea hacia adelante:

—¡Oh! Mucho ron; no.

Dominguillo canturrea una copla de moda decorándola de sostenidos. Beatrice se lleva la copa, recién servida, a los labios, chafando su sonrisa fija y comprometida. Laurel, animada por Gary, bebe sin ganas, haciendo un mohín de hartura. El Fardelero, con las manos apoyadas en el mostrador como en un mapa, contempla el campo de batalla, sus tropas en ejercicio y me mira, haciéndome partícipe de la sañuda complacencia que le embarga. Por imaginada es aburrida la escena y ahora no queda más que esperar a los que vendrán, alegrados, de la tienda de Roque a este mechinal de la alta noche de la isla.

Y van llegando.

No pasa mucho tiempo de la aparición de las parejas cuando comienzan a caer al Fardelero los grupos de la tienda de Roque, divididos en conversaciones y coros, subdivididos en apuestas y duelos. Un viejito soporta las chirigotas de los amigos, tascando reflexivo el vástago de la cachimba, contemplando con serenidad el alboroto. Respirar se hace ya fatiga nauseosa.

Boby es un satélite sin estrella y busca, melancólico y lunático, a Gary. A su amparo, en el mostrador, compone un gesto despectivo, apartándose cuidadoso del charco y de los innobles salpicamientos de la embriaguez colectiva, y distrae la mirada —sin fijeza ni elección— por el friso de cataduras que se le ofrece entre el petromax y la penumbra. De vez en vez acapara por unos instantes la atención de Gary con unas palabras —casi una demanda de socorro—, pero éste vuelve en seguida —la mano en cabestrillo protegida por el cuerpo, el rostro demacrado— a los temas de Laurel.

Vociferantes bebedores y bebedores enmudecidos se mueven de pronto de aquí para allá, ilustrando calidoscópicamente la noche del Fardelero, que se multiplica en el servicio y requiere ayuda para alcanzar con sus vasos y botellas a los penumbrales y lejanos.

—Esto va a hervir —me dice como de pasada alguien, que me palmea las espaldas, y peticiona en la especie de púlpito que es el mostrador de la taberna.

Las palabras están corroídas e invalidadas. En la exaltación, las buenas gentes de la isla no encuentran un vocabulario más expresivo y mejor que el reservado a la agresividad, y su dulce hablar se torna una salmodia idiotizada y virulenta. El Fardelero me comisiona:

—Páseles usted estas copas.

Paso las copas y participo de la ronda. Casimiro, el compadre de Félix, está muy bebido.

—Buen amigo se ha echado usted en Roque. Ese sí que goza la vida —dice agrio—. Tiene buen dinero y poco trabajo. No como nosotros. El gran cabrón... Los amigos sin blanca no son amigos: son estorbos.

Luce en su cara una mueca de ira y envidia mientras continúa:

—Los pobres, en todas partes son pobres. Hasta en este pedacito de tierra. Cuanto más pobre, más legañas. El que puede vivir que viva, pero sin moler a los demás.

Jerry, David y el señor Mateo, con tres o cuatro fieles seguidores, hacen su entrada en casa del Fardelero. Jerry llega con la camisa desabotonada, los faldones fuera del pantalón y absolutamente ebrio. El señor Mateo lo sostiene como puede.

—Como en los buenos tiempos —explica el señor Mateo a voces—. Hemos luchado y lo he volteado tres veces. Éstos son testigos. ¿Verdad, Félix? ¿Verdad, Periquito?

—Se ve cómo el hombre ha sido vencido —dice con sorna el viejo que tasca la cachimba.

Jerry mira sin ver; cuando lo suelta el señor Mateo, vacila y bandea hasta que se apoya en el hombro del que puede. Beatrice lo ha mirado un momento y luego ha vuelto la cabeza hacia Dominguillo. No se ha inmutado su rostro. Luego sonríe tranquilamente. Ya estamos todos, excepto Roque. El Fardelero descorcha nuevas botellas. Félix sostiene el timple de Dominguillo; Periquito rasguea la guitarra.

Enedina, cubierta con un sombrero de pleita, se afana por el terrazo regando las plantas de las pesebreras de las paredes, donde crecen libres y confundidas la flora de la isla y una flora vistosa y subtropical importada de las islas mayores. El sol, aplomado sobre el caserío, saca brillo a las encaladas con su buril del mediodía. Dentro de la casa, todo parece estar tranquilo, pero algo, de azogue y de aire, encrespa los ademanes, desasosiega el paso del tiempo e inquieta a las personas, comedidas de palabra y temblorosas de labios.

Luisita lee en la cocina, atendiendo al guiso, y cuando yo me acerco la sobresalto.

Me mira con sus grandes ojos de pena. —Andas como un gato. ¡Qué susto! —Estabas distraída, Luisita. Estabas muy dentro de esa novela. ¿Es tan interesante?

—Bah, no. Sólo bobadas.

Observa el lento hervor del guiso. Deja el libro abierto y vuelto sobre una banqueta. Pasa una rodilla por los azulejos salpicados de grasa y pica con el mango de una cuchara de madera la sal gorda apelmazada en su morterete.

—Apenas hablo contigo —digo—. Parece que ya no hay tiempo aquí para hablar con quien se desea.

—Tú no deseas hablar conmigo. Tú estás con los otros.

—No lo creas. Es mucha fatiga. Hay que pasar el día bebiendo sin ganas. No hablan.

—Esas mujeres... —se contiene y, silabeando, continúa—: Hoy, nadie ha salido a la mar. Mañana, tampoco van a tener ánimo.

—Hoy es fiesta. Es carnaval.

—Ya lo sé. Sal a verlos. Vete a la tienda.

Entra en la cocina Antica, que viene de deambular por el interior de la casa, porque, a pesar de su voluminoso embarazo, se mueve continuamente. Por el gesto, deduzco que no considera grato que acompañe a Luisita.

—Le estaba diciendo —precisa Luisita— que fuera a la tienda. Allí sí que hay alegría.

—Demasiada alegría —dice con gravedad Antica—. Los hombres jóvenes en el sur ganando el pan y los viejos como perros con los náufragos.

—Hoy es carnaval —repito estúpidamente—. Quieren divertirse.

—Quieren divertirse... —dice, sin ironía, con brusquedad pensativa.

En el terrazo, la breve sombra de Enedina se mueve a sus pies, se enreda en sus pies como un cachorrillo. Al saludarle me mira con una fijeza maternal e interrogante. Después llega la pregunta:

—¿Dónde vas, si ya es hora de comer? —Hasta la tienda, Enedina.

—Buen zafarrancho vas a encontrar en ella.

La puerta grande tiene unas bisagras piadoras que desde mucho nadie engrasa. La puerta grande, al ser abierta, hace que el mar ciegue y que el acantilado, borroso y tremante, parezca un espejismo. Por la puerta grande, agachando la cabeza, con los párpados entornados, salgo hacia la tienda de Roque.

Mis ojos se van haciendo a la luminosidad del mediodía. Descubro a las gaviotas aneándose en el vaivén de la mar. Una levanta el vuelo atropelladamente, gira en torno de la bandada en reposo y, agitando las alas, estirando electrizada las patas, toma de nuevo contacto con las aguas. Las rocas emergidas de la baja marea muestran barbas de alguillas, que dan un olor iodado y acre. En La Caleta hay una franja de arena húmeda, como una sombra, decorada de líneas de desperdicios. El espigón muestra la baja del nivel del mar —que es siempre misterioso y atractivo—, donde el reflujo habilita territorio para los cangrejos danzantes.

Los gritos islámicos de las mujeres llamando a sus hijos, recién salidos de la escuela, aventurados en la inspección de la tienda de Roque, hacen detonar el mediodía. Las mujeres no se acercan, condenando lo que dentro sucede, mientras sus criaturas, en la puerta, se empujan, asoman audazmente, traspasan el umbral y retroceden, amenazados de palabra, oxeados de ademán, por la concurrencia.

Roque, sonriente, amaga con una escoba a la hordilla, lo que parece causar más entusiasmo que temor, y se queda de guardia en el vano, profiriendo palabras menores contra los curiosos.

—Venga, váyanse, hambrientos. Váyanse a comer, lepra. Corran, que tienen que volver a la escuela, borricones.

Queremos ver a los porreros —exige un muchacho con desparpajo.

—No hay porreros —dice Roque—. Váyanse. No hagan esperar a sus madres.

—Los porreros, los porreros —piden todos a voces.

Los celebrantes de la matraca y el carnaval no salen y yo entro, abriéndome paso en la piña de muchachos. Roque deja la escoba y entorna la puerta.

—Tarde llegas. Míralos qué decididos. Es la despedida. Van a hacer una gran despedida. —Se despiden a diario.

—También es verdad. Tienen buen humor, cuando lo debieran tener malo.

Boby, silencioso, escucha los rasgueos de la guitarra de Periquito y las nerviosas notas del simple tañido por Dominguillo. Boby ha encontrado un atuendo que le compone a medias de apache de cabaret, a medias de marinero de revista musical. En la cabeza, una gorra, lutosa y rural, terciada, infunde al rostro una falsa gravedad proletaria.

—¿Y ahora qué? —pregunto a Roque.

—Ahora, cohetes; luego, que cierre. Siesta y juerga hasta que se canse el Fardelero.

—Un buen programa.

—Los hay peores en esta isla —responde violento.

Gary no se ha disfrazado. Junto a Gary, Laurel con el vestido sobre un pantalón largo, rosáceo, la cara encubierta por un pañuelo rojo y un sombrero de pleita en la cabeza, caricaturiza la sobriedad negra y parda de las mujeres de la isla. Su pobre versión de la ropa popular cumple con la carnavalada y el naufragio.

Sí, Jerry es un pirata. Se ha limitado a cubrirse el ojo derecho con un cuadradito de retal negro y ha arrebatado la cachimba a Maestro Pancho, que observa apenado cómo la mordisquea con ferocidad. De cuando en cuando alza el tapaojo hasta la frente y contempla con mirada húmeda y congestionada a los asistentes. Sí, Jerry está borracho, es absurdo y no necesita disfrazarse.

A David le resuda la piel de la cara embetunada, hasta que se frota con unos papeles y entonces es una máscara despintada y lúgubre, cansada hasta la desesperación. Bebe poco a poco, tal vez con tiento, no deseando emborracharse.

Y Beatrice luce una pamela, encontrada quién sabe dónde, y un vestido largo y ancho, que se ha ajustado con una faja verde y hace melindres cuando Dominguillo le pasa una copa y se contonea en el circulito que le han dejado libre para que maniobre.

Bien, estos son los porreros del martes de carnaval. Los porreros que mañana dejarán la isla en la falúa de Roque y que hoy dan su primera y última representación. Salimos al sol.

La luz hace más lamentable la procesión hasta el espigón. Rodeados de los viejos de la isla, que caminan cachazudos, seguidos de los niños que no han atendido la llamada de sus madres, los chonis ensayan carcajadas y cantan destempladamente una vaga imitación de lo que tocan Dominguillo y Periquito. Ha llegado la hora de los cohetes. Roque nunca pierde su mesura, y con el manojo de cohetes en la mano rechaza a los niños y advierte a los viejos de la torpeza de los extranjeros en el menester de lanzarlos.

—Tengan cuidado y apártense, que les puede salir el tiro por la culata y peligra un ojo o el pellejo.

Y se apartan un momento para en seguida agruparse. Al borde del espigón, frente al río de mar y al acantilado, Beatrice reclama el lanzamiento del primer cohete. Es Roque quien le explica cómo, pero ella no hace demasiado caso a la instrucción y entre risas se dispone al juego.

—Bien, Roque —le digo, después de que se ha retirado con gesto de fastidio de la docencia—, es mejor que lo hagan ellos como quieran. Son los que se están divirtiendo.

—Todos nos divertimos, hombre. Ya que nadie trabaja, la diversión es para todos.

Ha soltado demasiado pronto Beatrice el cohete y éste con un largo silbido se apaga en el mar. Jerry acierta con el segundo cohete y párvulamente contemplamos cómo sube y estalla en la altura.

—Nada más veinte —dice con la voz y señala con la mano Roque—. Hay que guardar munición para la noche. Cuando sea de noche todos los que quedan y los de colores.

Vuelvo la cabeza y veo a algunas mujeres apoyadas en las tapias observándonos. El brazo izquierdo cruzado bajo el busto, la mano derecha reposando delicadamente en la mejilla, meditan el carnaval de los extranjeros.

—Oh, no cohetes... —rechaza Laurel la invitación de Dominguillo.

Los niños asisten con un ligero tiemblo, que los más bravos disimulan, al alarde festival. Los viejos empantallan las miradas con las manos para alcanzar las nubecillas de los estallados.

Cada cohete es celebrado oportunamente con risas y palabras. Los que rompen en la altura aceleran el coro de voces:

—Mira, mira, mira...

Los que fallan o con un bufido se precipitan en el mar, son comentados con sorna ambivalente:

—Salió tuno como el señor Mateo... La pólvora pasada como tantos... No canta el pájaro viejo y mojado...

Y la función se acaba, cuando Roque entrega el último a Dominguillo. Después retrocedemos por el muelle y en la cepa nos dispersamos. Quiénes con los chonis a la taberna del Fardelero a seguir los tragos y las coplas, quiénes a sus casas, y Roque y yo camino de la buena comida de Enedina. Algunos chiquillos de la vecindad nos acompañan hasta el portón, esperando no se sabe qué acontecimiento. Al cruzar la playa de La Caleta he visto las barcas, con las regalas despintadas por el uso o el descuido, los remos encadenados y las escoras manteniéndolas, altivas y navegantes.

—Éramos bárbaros —ha dicho Roque—. Piénsate que llegábamos hasta el moro. Éramos locos. Son como ataúdes. Tras de tener las falúas, si se nos perdieran volveríamos de muy mal talante a las barcas. Sólo sirven para mar chiquita, para las islas.

Y ha seguido hablando en las lontananzas de lo que no se quiere que sea ni recuerdo.

Entramos en la cocina. Sobre la mesa han extendido un mantel de plástico, nuboso y con ramilletes de flores de apagado verde. Enedina pregunta con leve arqueo de las cejas.

—No vienen. Quieren seguirla —explica Roque—. No han hecho gana.

Se sienta en medio, entre Luisita y Antica. Enedina ocupa la cabecera junto a la cocina. Francisca, Roquillo y José, frente a su padre. Me ceden, ya es costumbre, la otra cabecera de la mesa ovalada.

—¿Dominguillo ha ido con ellos? —pregunta Francisca.

—Sí, ha ido con ellos —contesta Roque.

—Y Pepita, ¿qué dice de todo eso? —interroga Luisita con más irritación que curiosidad.

—¿Qué quieres, niña? —responde un punto desabrida Antica—. ¿Qué va a hacer?

—Bueno, bueno... —calma Roque—. Son asuntos de ellos. Domingo se está despidiendo.

—Con esa mujer —añade Antica.

—Cállense, que no son nuestros asuntos —ordena Roque.

Roquillo me mira con picardía. Enedina me sirve abundantemente del puchero.

—¿Quieres más?

—No, no quiero más. Gracias.

—Si vas a beber hay que tener la barriga llena —termina Enedina.

—Tampoco voy a beber. Ya he bebido durante estos días bastante.

La comida transcurre en silencio. Solamente José y Roquillo cambian de vez en cuando algunas palabras. Tras del potaje hay pescado seco horneado, porque no ha habido pesca fresca. Tomamos de postre dátiles y plátanos.

—Bien, nos espera una buena siesta —dice Roque, y refiriéndose a los chonis dictamina—: Gallos son y cantan fuerte. Veremos esta tarde.

—Y gallinas, padre —dice de mala intención Antica.

—Calla, niña —suspira Enedina, moviendo la cabeza.

En mi habitación los ojos del Cristo de lava brillan diminutos y febriles. En mi habitación la penumbra no es acogedora y relajante como otras veces. En mi habitación no hay cabida para el sosiego y salgo al patio soleado y me acomodo en una mecedora mientras oigo hablar a Enedina con sus hijas, rápida y monótonamente, sin distinguir las voces, casi susurros. No sé cómo habrá llegado hasta ellas la noticia, pero la comentan, desmenuzan y extienden. Un viejo sombrero de Roque vela mis ojos de la luz metálica.

—Algo tenía que pasar. Esto tenía que suceder.

—Ya ha pasado, niña. No es para tanto. Que no ocurra algo peor.

—Bonito espectáculo. Dos viejos arañándose como mujeres, y una mujer metiendo baza con una estaca. No digas que no es culpa de los chonis.

—La culpa es de todos. ¿Quién sino ellos beben y les acompañan?

—No exageréis el pleito, niñas. ¿Por qué quitarle importancia si es verdad y es una vergüenza?

—Y el señor Mateo, ¿qué hizo?

—Lo tiró al suelo, pero en cuanto llegó su mujer, la del señor Mateo, corrió a esconderse. Digo yo que a esconderse, aunque ella lo encontrará así cambie de isla.

—¿Y los chonis?

—Riéndose como locos.

—¿Y la mujer del señor Mateo?

—Se hartó de malas palabras, pero como no la entienden se reían más.

—¿Y el malasangre?

—Tan satisfecho. Dejan allí el dinero, pues no tiene queja.

—¿Y fue en la taberna?

—Y luego en la calle. Con los chiquillos haciendo coro y los borrachones animándolos.

—Huy, huy, huy... Santo Dios bendito. ¡Qué vergüenza!

—Pues así ha sido. Y estando como están todos, que no empeore.

—Nadie puede con los pantalones. No empeorará. Hoy, un cabildo revuelto.

Luego el tono de las voces baja hasta el runrún confesante y se dispara la risa de Luisita, nerviosa y fantástica.

—No puede ser, son cosas que tú inventas, Antica.

—No, no invento nada. Es lo que dicen.

Otra vez la risa. Una moscarda zumba en mis oídos. Ruidos del trajinar doméstico. La voz de Roque llega, cargada de sopor y molestia:

—No hablen tanto, que no se puede dormir.

Las palabras se tornan un bisbiseo. La risa de Luisita se escucha sofocada y débil. Es hora de sestear y yo contemplo con los párpados entornados miles de lucecillas que estallan y se pierden en la galaxia microcósmica de los ojos.

Al rato me canso de aguantar el sol y su boyuno lengüeteo constante. Estoy sudando y algo mareado. Abandono el patio y entro en la casa. En un sillón de mimbre dormita Enedina, que respinga alterándose y se disculpa.

—Me había transpuesto.

—Trabajas demasiado.

—Los años... Los viejos nos dormimos de pie y todo se nos va en sueños.

—¿Y Roque?

—Ése, a pata ancha.

Es la desconsolada hora en que no sé qué hacer. Los cabilderos irán más tarde a la playa, buscando la sombra de las barcas para su chico trabajo: enmallar alguna red boqueteada, prender anzuelos, pitar las cachimbas y escupir templado y lejos.

Lo demás es mala charla. Aunque, tal vez hoy no habrá cabildo.

Es la desazonante hora en que si tomo un libro me pierdo en cada página, como si leer fuera algo enigmático y mis incapaces ojos patinaran por las palabras sin lograr aprehenderlas. La lectura no entendida, sin transcurrir como la eternidad, y una sensación de flotar en el vacío, me agobian y disminuyen.

Bebo un vaso de agua, no porque tenga sed, sino impensadamente, por hacer algo. Y chasqueo la lengua buscando alegría en su frescor.

—Mejor estarías durmiendo —dice Enedina en las fronteras del sueño, los brazos cruzados sobre el regazo, los ojos semicerrados y cabeceando.

—No hables mucho que te vas a despertar —le digo riéndome—. No hagas esfuerzos.

Y sacude la cabeza queriendo emerger de la modorra, como una nadadora, hasta que renuncia vencida y abre la boca, dejando fluir el aire con son ronco.

—Adiós —digo suavemente—. Me voy al cabildo, donde no habrá nadie.

No me responde. Salgo. Un ligero viento del este me sofoca la cara. En el cabildo ya hay dos viejos que contemplan las aguas de La Caleta, mudos e inmóviles, con las cachimbas bien mordidas. Les sorprendo y mueven las manos en ademanes de bienvenida.

—¿Dónde el cabildo de los grandes días? —les pregunto.

—Para más tarde —dice uno.

—Ya vendrán —dice el otro—. Las tripas es mejor calentarlas aquí que en la taberna.

Y me agazapo buscando la parquedad de una sombra de barca. Los chiquillos se van reuniendo en el muelle a la espera de la hora escolar, repitiendo sus peleas, sus carreras con los perros, sus gritos.

—Parece que es día de mucho tumulto —digo.

—Usted tiene que saberlo mejor, que anda en la compañía.

—Sí, los días de despedida son corretones y revueltos.

Se quedan meditando, acaso en otros días, con las miradas en las aguas de La Caleta.

—Todo volverá a su ser —dice uno de ellos volviendo la cabeza hacia mí—. Aquí poco dura lo bueno, si esto lo fuera. Mañana, pasado y al otro y hasta el fin, espera la mar.

Tres viejos, el andar difícil, las voces altas, vienen camino el cabildo. Un perrico de sucias lanas mestizas les sigue a la husma, la cabeza gacha, el andar picado. Cuando los tres viejos hacen una parada, vacilando, para asentar el paso, el perro, cauteloso y huidizo, guarda tierra por medio y los contempla con vivacidad, cuando prosiguen, el animal continúa tras de ellos, moviendo la cola, avisada la oreja.

—Buenos vienen éstos _ dice entrecerrando los ojos uno de los cabilderos.

—Vea el perro qué listillo que ni se les arrima por si se pierde una patada.

Llegan con la noticia fresca, muy puestos de copas, los labios golosos en la descripción apresurada de lo que han visto.

—Aquello acaba con todos revueltos —dice uno de temblorosa y deshilachada barba mandarina—. Las mujeres de los chonis andan bailando con las tetas fuera.

—¿Y cómo se vinieron? No sería para tanto.

—Como está dicho. ¡Qué carnaval del diablo!

—¿Y usted? —preguntan a otro de los recién llegados—. ¿Por qué dejó aquello, usted? Siempre hablando de lo mismo, siempre pensando que no se va satisfecho para la Duna Grande y lo deja ahora que lo tiene en los ojos y al alcance de la mano...

—No soy como Dominguillo, que todo se le va en pasmo y sonrisas... No me podía estar quieto —dice con dejo fanfarrón.

—Estará harto ese Dominguillo.

—¿Usted lo sabe? ¿Quién se harta? Es como un perro, no otra cosa... Los ojos brillantes, mira que te mira, pero fiel y quieto, por si lo paran o le mandan un toletazo. Yo sé que no puedo estar como un perro, por eso me vengo al cabildo.

A la sombra noble de una barca el perrico acompañador descansa mirando el mar, los ojos parpadeando de sueño y de reflejos. El viejo, que no quiere estar como un perro, lo tiene a sus espaldas.

—¿Y qué más?

—Félix haciendo el payaso.

—Tiene otra alegría el hombre.

El viejo que fanfarronea queda un instante pensativo y de pronto, al sobaquillo, lanza un puñado de arena a sus espaldas. El perro, cegado por la arena, se sacude asustado. El viejo cae sobre el animal cogiéndole de las lanas del lomo. El perro aúlla y vuelve la cabeza sobre la mano aprehensora, mordiéndola.

—Gran cabrón, me mordiste —grita el viejo, iracundo—. Lo vas a pagar.

Brilla la mojarra, dormida en la funda del cinturón en su mano diestra de verdugo, pero antes de asestar la cuchillada, duda.

Ahora lo verás.

Y de un golpe sesgado, lo mutila horrorosamente. El perro se ha desprendido de la mano del viejo con un salto electrizado y corre, grotesco, sangrando la playa, de un lado para otro hasta que se orienta hacia el basurero de las rocas.

—¿Pero qué ha hecho usted? —pregunta uno de los cabilderos sorprendido e irritado—. ¿Por qué lo ha hecho?

—¡No lo vieron que me mordió!

Todo ha sucedido en pocos segundos. El viejo conserva en la apretada mano la mojarra y mira estupidizado un hilo rojo que se desliza por la hoja hasta sus dedos.

—¡No lo vieron que me mordió! —insiste y levantándose con torpeza añade—: Lo voy a acabar al hijo de puta, lo voy a degollar al desgraciado.

—Vámonos para casa —dice uno de los cabilderos con gravedad—. ¡Que Dios le perdone lo del animalito!

—Ayúdenme a cazarlo —pide a sus compañeros de borrachera.

Nos retiramos hacia las tapias.

Por la playa, con la mojarra empuñada, avanza trastabilleando camino del basurero un hombre que lo ve todo rojo. En el basurero un perro gruñe y se queja alternativamente irguiendo la cabeza y enseñando los dientes, y lamiéndose la sangre que pierde por una gran herida entre las patas traseras. En la taberna del Fardelero tal vez las mujeres de los chonis siguen bailando con los pechos desnudos.

En la tienda de Roque, los estantes de las mercaderías, mirados con los somnolientos y fantasmadores ojos con los que yo los miro, son como una biblioteca, en luz y sombras decimonónicas, cubriendo la pared de un lugar muy grato. Roque espera silencioso la hora de cerrar y Francisca irrumpe en las penumbras desbaratándolas, arreglando meticulosamente aquí y allá imperceptibles descuidos.

Roque y yo hemos hablado poco este atardecer y ahora que es de noche y la lámpara grande ilumina el centro como una pequeña pista, refulge en la bomba del aceite de oliva y cae en crepúsculos tormentosos por los extremos del local, nada decimos y de vez en vez nos contemplamos indiferentes. Francisca ha consultado la mirada de su padre en diversas ocasiones: cuando los chiquillos han salido de la escuela y su rumor, acercándose y creciendo, era un anuncio de la llegada de los esperados; cuando unas mujeres han entrado muy excitadas a hacer sus compras para la cena y sus prisas presagiaban la llegada de ellos; cuando dos hombres, de pasada, creíamos que eran la avanzadilla que los temidos enviaban y no han hecho otra cosa que tomarse unas copas e irse tranquilamente. Roque pensaba que acudirían, pero no han acudido. Siguen en casa del Fardelero en el menguante de la juerga, fatigados y enronquecidos.

—Bueno, bueno —dice Roque, parsimonioso—. Hay mar de leva, pero remitiendo. El escándalo se apaga como un candil.

Luego Roque ha hecho planes para los días próximos, tras de que los chonis se vayan a la Isla Mayor y nuestra isla vuelva a su rutina de trabajo.

—Vamos a hacer un caleo muy grande. Y me explica el viento y el lugar apropiados. Me embroma con dulzura:

—Un marinero como tú no se puede perder ese caleo.

La música del transistor que opera Francisca nos devuelve a lo cotidiano y querido: cualquier melodía flotando sobre el aburrimiento y las palabras de los concurrentes. Gozamos del sosiego de lo que conocemos.

—En seguidita cierra.

—¿Y los cohetes? —pregunto.

—Prepara los cohetes, Francisca, en dos mazos: los de fuego y los de ruido.

—Ya están, padre.

—Déjalos sobre el mostrador, ahí a la izquierda. Si los piden, con abrir la puerta se pueden coger.

—¿Tendrán ganas de cohetes?

—Son tercos y querrán terminar el carnaval como lo llevan en la cabeza. Tú —dice señalando a Francisca— apaga la lámpara y vete para casa. Ya es la hora. Nosotros vamos a acercarnos al Fardelero.

Los cohetes están sobre el mostrador. Francisca apaga la lámpara y la redecilla de seda queda al rojo vivo, mustiándose en tonos naranjas, deshaciéndose gris en la oscuridad. Salimos a la calle. Roque enciende su linterna.

—Ve con cuidado, mi niña —advierte—. Ya iremos a cenar cuando esto acabe.

En la taberna del Fardelero hay tranquilidad —un remanso compuesto de cansancio y aburrimiento—, humo, pocas palabras, y el picor del simple remontado sobre la llanía de la guitarra. El dueño tintinea las copas, que son el crótalo de su brazo serpentudo, pero nadie atiende a la llamada, reconcentrados o dormitantes. Jerry se mueve nervioso de un lado para otro, dando bandazos, en un baile sin sentido, que a veces se ajusta a la música de Dominguillo y Periquito. Los viejos acompañantes han ido abandonando el local. No se puede esperar más de lo que ya se ha dado. Un desasimiento y una como ensoñada tristeza flotan en el chamizo.

—Vamos al muelle —se pronuncia Dominguillo— a quemar los fuegos.

—¿Al muelle a qué? —pregunta el Fardelero—. ¿No estáis aquí bien?

—Los fuegos... Un poco de aire para coger fuerzas... Nos esperas...

Gary explica a los chonis la propuesta. Jerry se apoya en una mesa para fijar su nebulosa atención.

—Cohetes, cohetes...

La fiesta exige los cohetes y todos se alegran. La puerilidad de los cohetes sirve para animarse a tomar la copa postrera y volvemos hacia la tienda de Roque, caminando dispersos.

—De aquí a la cama y no ha pasado cosa —augura Roque, mientras recoge los fuegos.

En el muelle, Laurel y Beatrice ocupan su lugar junto a los lanzadores, al borde mismo del espigón. Quieren sentir la emoción de los cohetes partiendo de las manos de Dominguillo, de Roque y Periquito. Ríen, gritan, ordenan, desordenan, se mueven, van y vienen, hasta que el primer tronador silba hacia la altura y el firmamento se aleja, terso, irrompible, y las convierte en bobaliconas estatuas que contemplan con las cabezas levantadas la efímera navegación. Ya no se mueven de junto a los lanzadores. El río de mar se adensa de oscuridades con este mínimo relampagueo artificial.

—En la Isla Mayor, los que vean o escuchen en los pueblos cercanos creerán que nos hemos vuelto locos de atar. No son horas para ellos.

—Aquí somos libres —termina Periquito.

Cuando se acaban los cohetes se disparan los primeros fuegos y casi caen sobre nosotros las chispas de colores —verdes, rojas y moradas—, que tintan las aguas cercanas en sus reflejos y hacen de la mar un coleóptero inmenso por momentos iridiscente.

—Está bonito dice Gary—. Muy bonito. Más.

Dominguillo hace una pausa en el lanzamiento de los fuegos.

—¿Más? —pregunta—. Pues más. Toma más, hombre.

Vuelve a lanzar, se chamusca una mano. El cohete asciende y estalla en chorreras, flecos, cascabeles, guirnaldas de color naranja. Luego otro con más lánguido muestrario, derramándose como un sauce de hojas luminosas. Y otro que produce un vecino cataclismo estelar, rompiendo unos contra otros sus sistemas, apaciguándose al fin en la gran masa nocturna y ennegreciendo las aguas y el acantilado.

—Todo el pueblo debe de estar vigilando. Los niños, en las ventanas. Las mujeres, inquietadas. Los viejos, deseando venirse.

Y cuando Periquito dispara un nuevo cohete, Jerry, persiguiendo su resplandor en las aguas, como un perro engañado por un ademán, se echa a la mar gritando. Y su grito, prolongado hasta el chapuzón, es belicoso y salvaje. Emerge, sopla e invita a las mujeres. Beatrice salta abandonando su pamela sobre el espigón. Laurel duda unos instantes, se desposee del vestido y ágilmente, trazando un perfecto arco con su cuerpo, se lanza al río de mar. Las mujeres ríen y chapotean cercanas al muelle, y Boby, de una manera blanda y tonta, se deja caer, cercano a ellas lo mismo que David, que da una cómica zapateta. Solamente Gary, preservando su mano dañada, queda con nosotros contemplando a los bañistas.

—Enfermarán —pronostica Roque, que tiene aprensión a los baños de mar—. No son horas.

—Tiene mucha correa esta gente —dice en tono bajo Periquito.

Los fuegos se derraman sobre las cabezas de los bañistas. Nadan alejándose cada vez más del muelle, internándose en el negror, entrevistos en la iluminación y chisporroteo de los fuegos.

—Éste es el último —anuncia Dominguillo.

Y bajo las crestas luminosas, bajo la premura de las luces, vemos a Jerry nadar briosamente río adentro, en el agua chispeante y asfáltica, perdiéndose por el fondo de una calle hacia la noche. Al acabar las luces del cohete dejamos de verle y tenemos que acostumbrar otra vez nuestros ojos a la oscuridad para divisar su cabeza avanzando sin pausa.

—Es un fantástico nadador —comenta Gary.

Beatrice, Laurel, Boby y David van regresando. Juguetean en las aguas cercanas hasta que se cansan y deciden subir por la escalerilla de atraque de las barcas. Vuelven de otro naufragio. Un naufragio antiguo y cinematográfico. Los disfraces, trágicos y ridículos. Un gran final para esta función sonámbula que se ha estado desarrollando en la isla. Y todos juntos en la punta del espigón oteamos el mar para localizar a Jerry.

Allí, allí...

—¡Jerry, Jerry, Jerry, Jerry...!

Por un momento la cabeza parece volverse hacia nosotros, pero después avanza hacia lo oscuro o lo más oscuro.

—Ese hombre está loco. Las corrientes lo van a arrastrar.

—Es un fantástico nadador.

—¡Jerry! —grita Beatrice—. ¡Jerry!

Y las voces se pierden, se confunden, se sumen en el río de mar, del que llega un silencio rítmico con el oleaje. Hemos perdido la cabeza de Jerry y creemos adivinarla cuando se levanta una ola o una sombra más profunda en las aguas.

—¡Jerry, Jerry, Jerry...!

Gritamos todos en un áspero coro, en que cada cual hace esfuerzos para que su voz se distinga en un tono más alto.

—¡Jerry...!

La petición unánime se pierde en la cueva de silencio marítimo y Roque explica:

—La corriente le arrastrará. Habrá un agua en que no pueda nadar hacia la otra orilla ni volver de nuestro lado. La corriente le llevará para fuera. Se va a ahogar sin remedio. No puede un hombre con el río y la madre de la marea.

—Tendremos que botar las barcas. Hay que ir a buscarlo —añade Periquito.

—Loco de atar —termina Roque.

Pero todavía nos quedamos en el muelle sin decidirnos a la acción, contemplando esperanzados la oscuridad, atentos los oídos a una voz, confundiendo el silencio y nuestras respiraciones con el posible alarido que venga del mar situando al nadador. El grito no llega y auscultamos el pecho nocturno inútilmente —sobre nuestras cabezas las estrellas—, engañándonos, desmintiéndonos. Los bañistas, tiritando, han opacado su alegría y se muestran pesarosos, mas todavía no les ha abandonado la confianza en Jerry, el nadador.

—Váyanse a cambiar —ordena Roque—. Aquí no es sitio de pararse. Dominguillo, echemos una barca. Con una sobra y es mal remedio para esta locura. No aquejar al pueblo, porque muchas gentes en el mar de noche confunden y no ayudan.

Rompemos el grupo. En la arena de La Caleta reposan las barcas, bultos mortuorios, presencias sombrías.

—Vamos allá.

Empujamos, levantarnos, deslizarnos, nos fatigamos y de pronto ya está una barca —no sé cuál, no sé de quién— meciéndose suavemente y en seguida los músicos a los remos y Roque timoneando y animando. Gary nos acompaña. Navegamos al sesgo de la corriente que ha podido arrastrar a Jerry, pues Roque sospecha que todavía está de nuestro lado, que es la última posibilidad del nadador. Navegar en la noche fiados de la vista de Roque es ir con seguro lazarillo, aunque inquietante.

—Más fuerte, más sentado. No se cansen, que la corriente es dura. Fuera nervios.

El pueblo se va quedando, en su masa negruzca alterada de luciérnagas, como un matojo. La barca fila las aguas y el chapaleo rítmico de los remos contrapuntea las palabras de Roque que ayudan a los remeros. Yo en la proa, con la cabeza agachada, respiro sobre mi mano derecha.

—Vamos al noroeste por si la corriente lo arrastra hacia las playas de bajo Montaña Amarilla. Con esta negrura ni las estrellas nos van a hacer ver a un hombre que está nadando más allá de veinticinco brazas. Que él nos vea.

Supongo que también nosotros somos un arrancado pedazo de tiniebla, un jirón de la noche y la sombra que invade el río de mar. Gary repite monótonamente cada tres paladas su grito, casi aullado.

—¡Jerry... Jerry... Jerry...!

Distancia su ritmo el nombre sin respuesta y la barca adelanta a remo hasta que encontramos un poco de aire que hace que alcemos la vela.

—Cinco pares de ojos ven mejor.

Nada se ve fuera de la espumilla de las olas rompiendo en la proa y no se oye otra cosa que el agua pasando por los costados con un leve burbujear. La corriente tira con fuerza hacia el océano. La estacha de la vela en el abitón de popa da su quejido prolongado, que produce dentera. Y navegamos rumbo noroeste atentos hasta que alguien señala.

—Por allí. Avante.

Acaso ha sido un gran pescado que ha revuelto en nuestras cercanías las correntudas aguas, mansificadas en la superficie.

—Viremos a las playas. Vamos a perder el vientito.

Las playas de nuestra isla son grises líneas muy tristes, salpicadas y cortadas por machos negros de rocas.

—Más allá no ha podido ir. La corriente no la ha atravesado. Chupa mucho para el océano. Puede que esté en las playas con la tembladera. Copas y frío y no hemos traído para el hombre ni una mala cobija.

Perdemos el viento definitivamente. Gary, con la cabeza entre las manos, renuncia a descubrir a su amigó en la negrura.

—Hay la esperanza —dice Roque— que la fuerza de las aguas lo haya llevado a la cala de bajo Montaña Amarilla. Poca esperanza, cierto.

Navegamos paralelos a las playas durante un gran rato. Después volvemos un pequeño promontorio y entramos en las aguas de la cala de Montaña Amarilla. La barca es varada en la arena gruesa. Dominguillo y Periquito saltan inmediatamente y recorren a la carrera el espacio placerado.

—Nada —anuncia Dominguillo.

—¡No está aquí! —grita Periquito.

—Nada —repite Roque—. Era casi imposible. Ya lo ve usted —dice a Gary—. Hubiera sido un milagro y hay pocos milagros. Es inútil buscar — decide—. Ya está ahogado.

—Es un fantástico nadador.

—Mañana con el sol saldremos a buscarlo.

No hay rebelión alguna en Gary.

—A bordo —ordena Roque.

La barca, impulsada por los remeros, abandona la cala. Ha rolado el viento y sopla a ráfagas desde la Isla Mayor.

—Nos va a costar volver con la corriente por la proa y el vientito.

La mar se riza y tiene una especial mansedumbre: Un rebaño trashumando de oriente a poniente. Volvemos en silencio. Roque timonea por la costa, salvando como puede la corriente. Aconseja:

—Miren a ver. Por ver... Alguien que conociera esta mar no se hubiese ahogado... Esta corriente matadora...

Nos cuesta casi tres horas regresar a La Caleta del Sebo. Al acercarnos vislumbramos, destacadas, cuatro figuras sobre el espigón. Más atrás, bultos revelados por linternas y faroles.

De pronto un grito abre el silencio. Escuchamos.

—Jerry...

Pero no es una invocación sino una queja.

El cielo está cubierto de nubes —una multitud de rostros borrosos— y sopla viento del nordeste. El río de mar arbola, denso y grisáceo, y en lo alto del acantilado brillan las rocas platinadas por una luz que se filtra pereciente. En el muelle, aprovechando la soledad, las gaviotas se posan y pasean, luciendo como porcelanas. Las mujeres forman grupos junto a las tapias, hablando en voz baja, parpadeando al mirar las lejanías del mar del oeste. El rebaño de camellos ramonea por las dunas cercanas, perezoso y ojival. Es la hora en que Antica recibe los partes y telegramas del sur. Los niños de la isla cantan en la escuela una canción monótona que llega hasta aquí difuminada y melancólica. En la tienda de Roque no se despachan el vino y el ron de costumbre porque no hay clientes. Los clientes están en el cabildo de la playa, en pie, apoyados en las barcas, tascando las cachimbas, acariciando los toletes y regalas, sumisos como en la iglesia.

—La corriente entra —explica Maestro Pancho, moviendo lentamente las manos con estratégicos ademanes— pegada a los fariones, luego voltea hacia esta isla, luego busca el centro del río. Marcha al oeste, pero —la mano derecha rígida brujulea al noroeste— toma así Pilando las playas hasta que vuelve a su cauce y se pierde abriéndose.

—No siempre.

—No siempre, claro. Anoche, seguro con la madre de la marea.

—También se pega a la costa de la Isla Mayor.

—También. Eso depende de la luna. La luna manda. Con luna llena nos ha arrastrado artes para el sudoeste. Miren, cristianos, del mar nunca se sabe.

—Bien verdad es. Alguna vez se ha perdido una barca en la noche, con tiempo de tempestad. ¿Dónde se la encontró? Quieta, dormida, sin alcanzar las playas ni las rocas. Otras con buenos tiempos han acabado hechas cuartos y leña en los arrecifes. Parece mentira y hay que verlo.

—¿Y usted por dónde cala, Maestro Pancho? —pregunta uno de la compañía.

—Ni lo sé, pero al timón yo haría rumbo al noroeste contando con lo que he dicho, aunque la corriente habrá variado de madrugada.

Desde el amanecer hay tres barcas en la mar. El accidente de Jerry ha traído una serenidad, como el vuelo alto y grave de un gran pájaro marino, a las gentes de la isla.

—Es inútil, creo yo, buscar por la otra orilla. Roque lo habrá pensado. Si no, habrá que esperar que lo devuelva la mar, si lo devuelve. Roque nos lo dirá.

Cada uno de los cabilderos tiene su opinión y la expone con mesura y sabiduría. No están de acuerdo, porque los asuntos de la mar solamente se ven con claridad en la mar. Se necesita un patrón que ordene, no que consulte. Se necesita el primer atisbo, la sensibilidad única, la seguridad y certidumbre de que una nube puede ser un temporal o, simplemente, el solitario y decorativo vellón que navega el cielo azul. Así como una ola puede ser una advertencia y el vuelo de un pájaro, más que un presagio, la indicación de un viento a punto de desencadenarse. Maestro Pancho pregunta a los cabilderos que han visto y ayudado a botar las barcas en La Caleta.

—¿Quiénes fueron?

—Todos los chonis —responden después de nombrar a la marinería—; las mujeres, no. Ayer, tanta alegría, y hoy, lutos. Así es la vida.

—Mal carnaval.

En casa de Roque, Enedina y Luisita trabajan en la cocina. Enedina está acongojada y lagrimea furtiva. Luisita intenta consolarla.

—¿Y a ti qué te va en el asunto, madre?

—¡Qué dices, hija mía!203

—Loco y borracho. No te vas a angustiar por eso.

—El hombre... pobre... Tan solo... Ella como si no lo sintiese. Me da mucha pena.

—Claro que lo sentirá, ¿verdad? —me pregunta Luisita—. Claro que lo sentirá. No son de distinta pasta... Un poco más duro el corazón... Eso es, pero lo sentirá.

—Venir a morir aquí desde su tierra... —Enedina suspira profundamente—. ¡Qué destino!

—Bueno, bueno —intervengo—; cálmate, Enedina, consuélate. Todo está lleno de sorpresas. Nadie sabe dónde va a morir —y pienso que mis palabras son banales para el dolor, la emoción y el amoroso don que tiene por las criaturas.

—¿Y si lo encuentran vivo al otro lado? —se interroga Luisita.

—No hay milagros tan grandes con la mar —contesta Enedina.

Enedina y Luisita en sus quehaceres trabajan con una delicadeza tal que el esfuerzo no es perceptible y conservan una como imagen de ocio permanente, en el que se distraen con pequeños ordenamientos de las cosas. Pero la jornada es larga y fatigosa.

—Los chonis llegarán cansados. Les he preparado un caldo. Algo fácil de comer. El cansancio mata el hambre y están necesitados.

—Son gentes de mar y han navegado mucho —digo.

—Sí, sí, pero esa gente ha bebido demasiado estos días y han comido poco y apenas han dormido. Les vendrá bien.

Y atareada, generosa, maternal, se mueve en sus trajines con levedad y precisión, obsesionada con la sospechada tragedia.

—Hoy mismo se marchaban, fíjate. Es como si se hubiera querido matar.

—Es misterioso —dice Luisita, y me mira como si estuviera relatando un trozo de novela.

Hay una pausa y un silencio. En esta pausa y en este silencio, Enedina se recupera, se enjuga los ojos húmedos con el delantal y vierte luego sus conocimientos de la mar.

—Esta tarde empeorará el tiempo. Si no lo encuentran ahora, no podrán salir. El tiempo no perdona a las barcas y las falúas no se pueden arrimar a los arrecifes. Hay riesgo de perderlas.

—¿Y ellas dónde están? —pregunto.

—Están en el comedor, juntas. Han desayunado con mucha hambre y siguen bebiendo ron.

Me imagino a Laurel y Beatrice bebiendo ensimismadas, aparentemente tranquilas, esperando la noticia que llegue desde la playa de La Caleta, donde los cabilderos otean la mar, en la que tres barcas navegan buscando a Jerry.205

Entro en mi habitación a esperar. Me siento en la cama, recién hecha por las manos largas, habilidosas de Luisita. Apoyo los codos en las rodillas y agacho la cabeza, contemplando el dibujo de la alfombra, siguiendo su laberinto con los ojos, intentando descifrar el enigma de su comienzo y de su fin. Así, la historia de Jerry, regresado de la muerte en el naufragio, recluido en un corto espacio, en un tiempo medido, y regresando a la muerte, cumpliendo con la ley del laberinto. Cuando tengamos su cadáver será extraña su presencia para los que le hemos conocido en la brevedad de la historia vivida entre nosotros, pertenecerá a lo que fue y aparecerá como debió de aparecer aquel día en la playa de Las Conchas.

—Te llama mi madre —dice Luisita, entreabriendo la puerta, dulcificando más su dulcísima voz hasta el susurro meloso.

—¿Qué pasa? Ahora voy.

Vuelvo a la cocina.

—Han salido para La Caleta... Cansadas de esperar en el comedor. Vete a ver.

—¿Pero qué quieres que haga yo?

—Eres mejor compañía que los hombres de la isla. Algo las entenderás. Puedes servirles.

Y voy a la playa y allí están, contemplando con serenidad la mar en un cuenco de silencio, mientras hombres y mujeres las observan. Al fin, lentamente, como en un paseo sin fin, echan a andar hacia el muelle. Vuelan las gaviotas, trazan círculos en el aire, dan sus gritos mellados y de pronto, atraídas por no se sabe qué, aletean reposadas y directas hacia el acantilado. En el muelle, las dos mujeres se acercan al filo del espigón. El viento agita sus cabellos, flamea sus vestidos. Los cabilderos comentan:

—Se ha visto una barca por las aguas del cantil. Las otras han debido virar. No es difícil que se las vea en seguida.

—Vendrán al remo. El viento está creciendo.

—Tal vez lo hayan encontrado.

Giro la cabeza hacia las tapias. Las mujeres, pegadas a ellas, esperan. Los chiquillos han salido de la escuela y andan hacia atrás, dando la cara al viento. Maestro Pancho da su pronóstico de avezado:

—Van a venir muy pegados a esta banda y solamente los vamos a ver cuando los tengamos encima.

—Así será —es corroborado.

—La barca de la banda del acantilado va a embarcar agua. Se levanta la mar a cada minuto.

Beatrice y Laurel se señalan mutuamente, con amplios ademanes, la barca que viene de la Isla Mayor. La barca del acantilado es perfectamente visible. Busca un lugar donde la corriente se ensanche y tire menos. La luz platinada de lo alto del acantilado ha desaparecido. El cielo se oscurece por el este y el viento levanta la arena y la olea.

—Esta tarde, lluvia. Sea bienvenida dice Maestro Pancho, recordando las necesidades de agua de nuestra isla.

Al rato, tras cautelosos silencios, conjeturas meteorológicas y adivinaciones plebiscitarias de quién transporta el muerto, la barca que navega desde el acantilado penetra en el espacio marítimo reconocido como mar de la isla. Escora mucho de babor y levanta la proa, altiva y bañada en la pelea, navegando como se mueve un juguete a cuerda mecánica: a golpes y paradas repentinas. Es designada como la barca de Maestro Juan, que arrumba hacia la playa de La Caleta y desde la que se nos hacen señales que son interpretadas como una fracasada búsqueda. Antes de que la barca entre en las aguas, más templadas, menos bravas, de la mesa de la isla, aparecen por la punta de Los Corrales, en regata, las embarcaciones que patronean Roque y el señor Mateo. La boga es dura, rítmica, decidida. Vienen corriendo el festón de la resaca.

—Éstos lo traen —augura Maestro Pancho—. Atracarán al muelle.

Y desde la playa las gentes se apresuran hacia el muelle y en el espigón se forma un cortejo fúnebre. Primeras y solas, las dos mujeres chonis; tras de ellas, a unos pasos de respeto, los viejos cabilderos; al final, un coro de negras vestiduras, de negros pañuelos cubriendo los rostros, impidiendo el paso de la chiquillería. Es una composición teatral y, como todo lo teatral, propende a falsear la situación, que, si es decorativa y emocionante, también se muestra necesariamente ordenada, sin que haya la fluidez y confusión de curiosos, indiferentes y apenados del corro a que suelen dar lugar los accidentes.

Las barcas atracan en el muelle y Roque, solemne, ordena desembarcar un bulto, pesado y grande, envuelto en una lona. Laurel retrocede unos pasos y Beatrice queda sola —en la soledad de la protagonista, en el primer plano de la perspectiva de la tragedia—, esperando impasible. Desde el coro llegan sílabas y quejas, apagados ayes y rezos bisbiseados. Los hombres no hablan. Laurel se cubre el rostro con las manos. Beatrice se agacha y aparta el pico de lona que cubre la cabeza de Jerry, diseccionada por el arrecife, aniquiladas las facciones por rayas y cortes morados, negruzcos y blancos. Un ojo, arrancada la ceja, sin párpado superior, se dispara globular como en una lámina anatómica.

Roque vuelve el embozo de lona. Beatrice está ausente y en pasmo. La marinería fabrica con apresuramiento unas angarillas de dos remos y una vela hilvanada toscamente con liña gruesa. Depositan el cadáver sobre las angarillas. Los hombres de las barcas desatracan hacia el varadero de la playa. Gary pasa el brazo por los hombros de Beatrice y comenzamos a caminar hacia la iglesia. Roque ha indicado que el lugar a propósito es la iglesia.

—Está destrozado —me dice mientras andamos emparejados—. Encalló como un tronco de limoncillo en los arrecifes. Se le salen los huesos. Hasta el hierro retuerce la mar. Ha sido difícil sacarlo de las rocas, y menos mal que la corriente lo metió muy a tierra. Si se llega a enganchar en el primer escollo, no lo hubiéramos podido recoger.

Cuando llegamos a la iglesia y entramos en su vacío de patio cubierto, Beatrice deja que el cortejo la rebase y junto a Gary y al resto de los chonis, casi en los umbrales, contempla —acaso mira sin ver— el rito para los muertos del océano. Los pescadores depositan el cadáver al lado del sumario altar: una mesa de bloques de cenizas de volcán, un crucifijo de latón y en la pared, sobre una peana, una virgen de escayola, azulina, rosácea y chiquita. Algunas mujeres se prosternan y Beatrice abandona la iglesia seguida de sus amigos.

Por las linternas de la cupulilla entra una. luz mercurial y la iglesia es un espejo viejo, donde se retratan movimientos y figuras que pertenecen a la irrealidad.

—Vámonos —me dice Roque—. Hay que comunicarlo a la Isla Mayor. Mañana, el río de mar va a ser un hervidero. Hoy, los barcos necesitarán dobles amarras y buen anclaje. Hay mucho que hacer.

El señor Mateo se nos une.

—Desgraciado el hombre. La corriente lo debió dejar sin fuerzas. Murió de heridas, antes que de ahogo, sobre los arrecifes.

—¿Quién puede decir eso? —pregunta Roque—. Ganas de hablar.

Tras de nosotros se oye el murmullo impertinente y solapado de las mujeres que han ido dejando la iglesia.

—Los chonis no quieren velorios. Habrá que cerrar la puerta de la iglesia. No vayan a entrar los perros. Sólo eso faltaba. Bueno, ahora necesitamos una copa. Una buena copa para sacar cansancio y este infortunio del cuerpo.

Unas primeras gotas de lluvia, pequeñas y dispersas, estremecen el aire. El acantilado, entenebrecido, parece más lejano de nuestra isla. Espuma el mar. Las barcas yacen sobre sus escoras muy metidas en la playa. Las faldas cabecean y bandean. Las mujeres y los chiquillos barren los terrazos para recoger el agua limpia en los aljibes. La vecera de camellos, majestuosa y estúpida, asoma por las primeras casas. La cima de Montaña Amarilla se cubre de jirones de nubes. En las dunas se levanta la arena de las tolvaneras.

—Ella está muy dentro de sí, muy quieta y dominada dice el señor Mateo.

—Ya romperá.

—No creo que el muerto le importe mucho.

—Ya lo veremos.

En la tienda de Roque, el cabildo en pleno, con voces apagadas, pone los contrapuntos de la muerte de Jerry.

—Esta tarde se hubiera perdido el muerto. Va a haber mucha mar.

Roque, el señor Mateo y yo ocupamos el centro de la tienda. Van entrando los pescadores que han doblado las amarras, que han verificado los anclajes.

—¿Todo en orden? —pregunta Roque—. Beban de mi cuenta.

Sopla fuerte el viento y obliga a guardar un largo silencio expectante. Maestro Pancho advierte:

—Está cargando el alisio, cristianos. El señor Mateo bendice con parco ademán.

—Ron por el alisio.

Llueve muy fuerte, estregando sobre las paredes encaladas y los cristales de las ventanas. En uno de los ángulos de mi alcoba hay una gotera, a la que he arrimado la bacinilla, cayendo pausada, monótona y amiga. Fuera, el paisaje es un movedizo borrón y el mar cercano envía sus olas hinchadas, sin romper, hasta muy entrada la playa de La Caleta. Lejos, muy lejos, apenas entrevisto, el muelle blanquecino desvanece su rotunda forma.

Hoy por la tarde, si escampa, enterraremos a Jerry. Desde ayer yace en la iglesia. Las mujeres de la isla han enjugado varias veces el charco sanguinoso que el ahogado tenía en su torno. Con las primeras horas de la mañana, Roque artesano se ha puesto a la fábrica de una cruz decente para la tumba del choni. He ido a verle en su trabajo, a cubierto de una tejavana que tiene para sus carpinterías, junto a la cuadra de los camellos. Con el chaquetón de aguas puesto se esforzaba cepillando unas tablas de limoncillo.

—Cuanto antes se le entierre, mejor. No va a llegar la autoridad con estos tiempos.

Los hombres que abran la sepultura van a tener faena grande.

Los chonis están en el comedor y, a ratos, se asoman a la puerta, consultando el cielo de borrasca. En la tienda de Roque se ha reunido la marinería, esperando el escampo. Enedina y Luisita trajinan en lo cotidiano. El agua de los aljibes —del comunal y de los de las casas— debe de estar subiendo, palmo a palmo, de nivel con este diluvio. No es posible que una barca venga a nosotros, sin peligro, desde la Isla Mayor.

Pasa lenta la mañana, cantada por el pluf de la gotera. Corrido el mediodía hay una tregua en el temporal, aflojando el viento, disminuyendo la lluvia, y Roque la aprovecha para disponer el entierro. En la isla no hay ataúdes. Cuando alguien se muere y es enterrado aquí —motivos excepcionales hacen al caso—, se trae el ataúd de la Isla Mayor y, si no, se le envuelve en una sábana. Jerry bajará al agujero que le abran en el cementerio de la Duna Grande cubierto por una sábana, mortaja de los muertos en la mar. El agujero lo abrirán aquellos que tengan voluntad de hacerlo. Roque, en su tienda, formula la petición.

—Va a haber poquito rato. Vuelve el temporal en un Jesús. ¿Quiere alguien ayudar?

—¿Qué dicen los chonis? —pregunta el señor Mateo.

—Que se le dé tierra. No lo pueden llevar ni a su país, ni a la Isla Mayor, ni a parte alguna. Es un destrozo de carnes.

—¿Quién lo ha dicho?

—El de la mano rota: Gary, o como Dios le nombre.

Están dispuestos a trabajar en la tumba del choni y a poco se extiende una procesión de hombres con herramientas que, cubiertas las cabezas con sacos, amparados en trozos de velas viejas, vestidos con trajes de aguas, caminan hacia la Duna Grande.

En la Duna Grande, la arena, empujada por el viento, apelmazada por la lluvia, ribaza la cerca del fondo del cementerio. Las tres cruces de las tumbas que en él hay apenas sobresalen. El señor Mateo interroga a Roque:

—¿Dónde?

—Ahí, más acá del rincón; a una braza de la cerca por estribor. De este a oeste.

—¿Hondo?

—Cavar cuanto podáis.

El señor Mateo hinca su pala en la arena, se restriega las manos y opina, entenebrecido el rostro, supersticiosa la palabra:

—A mí no me enterráis aquí. Yo pido tierra verdadera. Me pasáis al otro lado aunque revienten los cielos de agua y el mar se ponga loco.

—A usted a la mar, con un anclote en el cuello para que no le devuelva a las playas. Hala, hala, comiencen. Apresúrense.

Por el oeste, en la alta mar, el cielo y las aguas se confunden en una masa negreante. Sobre nosotros, un profundo cielo turbio, inspeccionado por bandadas de gaviotas que se remontan para dejarse caer planeando sobre la agitación del río de mar. Las gaviotas han aparecido en el cielo partiendo del acantilado o de Montaña Amarilla, que es ahora una cumbre de oliváceo color, levantada como una ola mítica y fijada en el tiempo.

—¿Cuántos codos? —pregunta el señor Mateo, haciendo un alto en su labor. —No se canse tan pronto.

La arena que sacan del foso es gruesa y seca. Se efectúa un relevo y hay un buen ritmo de trabajo los primeros minutos hasta que la fatiga los desmoraliza y se quejan.

—No tengo yo los riñones para esta faena dice Maestro Juan.

—Para bogar ya le sirven. Aprenda de Casimiro.

—El gandul palea dormido. ¿Quién nos va a agradecer el cansancio?

—No sean malos cristianos. Dar sepultura a los muertos es de misericordia.

—Los chonis debían venir a enterrar a su muerto.

—No están acostumbrados al trabajo. Son gente fina.

Cuando la tumba está cercada por un gran collarón de arena, Roque se asoma, comprueba su profundidad y suspende la obra.

—Ya es bastante. Nadie lo va a sacar de tan bajo. Tiendan una lona para que no se encharque. Vámonos.

—¿Cuándo se le entierra?

—Al rato de comer lo traemos para acá. ¿Y así, sin cura, sin nadie?

—Se le dirá lo que se sepa. Un padrenuestro o una salve. No vamos a esperar a que se pudra en la iglesia.

—Podíamos haberlo pasado a la Isla Mayor en la escampada.

—Mire usted el mar. ¿No lo conoce? ¿Se arriesgaría? Es mucho riesgo. Aquí murió, pues aquí descansa y en paz.

Regresamos en grupos hacia el caserío. A la entrada, la gente se dispersa buscando sus cosas. Vuelve el viento, levantando grandes olas, extremando su fuerza de la parte del acantilado, cuyas bajeras espuman mucho y muy alto.

—El viento, en las rocas, sonará como un bombardeo.

En el terrazo corren reguerillos tenues hacia el aljibe. En la cocina nos esperan sentados a la mesa familiar.

Según me cuenta Luisita, Beatrice no ha querido comer. Se ha limitado a tomar un poco de vino y a mordisquear un pedazo de pan.

—...la mujer, la pobre, está en otro sitio.

También me cuenta Luisita que Laurel y David parecían muy cariñosos, que Boby tenía los ojos húmedos y que Gary ha hablado todo el tiempo a Beatrice, pero sin ser respondido. Roque pregunta, pausado y grave, interrumpiendo las confidencias de Luisita:

—¿Qué te dijeron de la Isla Mayor, Antica?

—Que si se podía esperar.

—¿Dijiste que no?

—Eso dije.

—Está bien.

Roque no quiere esperar. Teme al tiempo y teme al muerto. Si la lluvia no arrecia, Jerry será enterrado esta tarde, en cuanto comamos. Hoy, la noche vendrá pronto.

Tras de la comida, Roque alarga la sobremesa contando historias relacionadas con el mar, historias foráneas de muertos y de ahogados, arrastres de redes en las que salían prendidos cadáveres durante la gran guerra pasada.

—Hubo una vez uno..., debía de ser aviador. Con toda su documentación. Lo tuvimos que pasar a la Isla Mayor. Tenían mucho interés. Olía..., estaba descompuesto. Hubiera sido mejor enterrarlo y pensamos hacerlo, pero era un muerto importante. Nos preguntaron dónde lo habíamos encontrado, en qué lugar fijo. Era imposible porque arrastramos toda la mañana. Lo habían traído las corrientes y no tenía ni mordida de pez. ¿Te acuerdas, Enedina?

—No llegué a verlo.

—¿Pero te acuerdas que lo trajimos?

—No me olvido, no.

—¿Y del submarino? Por el año cuarenta y uno o cuarenta y dos.

—Lo vio todo el pueblo.

—Pasó —me explica— por el río de mar una noche de luna llena, navegando en la superficie. Al principio no sabíamos lo que era. Un barco raro, a poca marcha, cuatro o cinco nudos cuando más. Todavía no estaba hecho el muelle y lo veíamos pasar desde la playa. Dijeron que era alemán.

Una botella de ron aparece en la mesa, traída por Francisca. La lluvia tañe la única nota de los cristales vibradores, que es corta y aguda. Gary entra, respetuosamente, para preguntar por el enterramiento de Jerry.

—Cuando ustedes quieran —responde Roque.

Suspende sus recuerdos y termina la sobremesa. Bebe su copa de un golpe y con un gesto me significa que es hora de irnos. Roque hijo le ayuda a ponerse su chaquetón de aguas, amarillo, aprestado, anchuroso.

Partimos hacia la iglesia, haciendo frente a una lluvia menuda y rafagada. La impronta de nuestras botas de mar en la arena es un encadenamiento de archipiélago que, en seguida, agua y viento borran. Tras de nosotros caminan los chonis, excepto Beatrice. Así como nosotros nos abrimos en ala al andar, cada uno combatiendo la intemperie, las cabezas gachas y el paso acelerado, los chonis son como una comisión, apretada, temerosa, en que cada uno da fuerzas al grupo y la recibe del grupo, las cabezas erguidas y el paso lento. En los chonis hay también solemnidad de duelo. Las mujeres del pueblo nos observan desde las ventanas y los umbrales de las casas. Algunas, en la calle, nos ven pasar, hieráticas, apretada una mano sobre la falda y la otra manteniendo el rebozo, que el viento bate.

Roque abre la puerta de la iglesia con un llavín. La puerta es de mala madera, grumoso el barnizado, vulgar la construcción. Bajo el sobresaliente dintel, guarecido apenas, está esperando el señor Mateo.

—¿Sólo usted, hombre de Dios? —pregunta Roque.

—No apurarse. Miren cómo salen de la taberna.

De la taberna del Fardelero vienen hacia la iglesia los hombres del pueblo que han decidido asistir al entierro de Jerry. Entramos en la iglesia y un olor dulzarrón, de brebaje de caña, nos da el tufo del cadáver.

—Se está cociendo dice expresivamente el señor Mateo.

—Calle por respeto —ataja Roque.

Jerry yace en las angarillas envuelto en una sábana que tiene manchas de humedad. Lo han amortajado por la mañana las mujeres del vecindario.

—Póngale la lona encima para que no se moje en esta última travesía — dicta Roque.

El señor Mateo subleva, por lo bajo, su humor:

—Bien mojado está.

Los chonis se acercan y toman las angarillas. Gary y Boby, de las maniguetas de los remos; David y el señor Mateo, del cuello de las palas. Salimos en procesión hacia el cementerio, viento y lluvia a las espaldas. Roque cuida de no cerrar la puerta de la iglesia para que se oree. En el camino se nos van uniendo cabilderos y viejos que acompañan un trecho a Jerry, que de pronto se paran, miran al cielo y se vuelven para sus casas. Dominguillo y Periquito, tras de Roque, se brindan al relevo de los chonis, pero éstos quieren llevar a su amigo y compañero hasta la Duna Grande. Junto a Roque, Laurel, cubierta con una trinchera blanca, apretado el cinturón, un pañuelo de colores sobre la cabeza, anudado bajo la barbilla, avanza ensimismada.

—¿Cómo lo vamos a bajar? —pregunta Maestro Juan.

—Con dos sogas. Una al pecho y otra a las corvas.

Las cuestiones técnicas preocupan a Maestro Juan:

Puede que se escape. Tres serían mejor. —No hay cuidado, si se hace con habilidad.

En el cementerio, los hombres retiran la lona que cubre la fosa y la lona que tapa el cadáver. Y como un fardo, rápidamente, es descendido el cuerpo a la sepultura. Subidos en los montones de arena contemplamos el desarrollo de la operación, la urgencia en el trabajo. Tras de nosotros, algunos viejos curiosos asoman, desasosegados, empujando. Pegadas a las cercas del este rezan, bisbisean y miran con ojos avizores las mujeres que nos han acompañado a retaguardia.

—¿Quieren hacer algo? —pregunta Roque a Gary.

Gary consulta con Boby.

—Nada —es la respuesta.

—Bien, bien... —confirma Roque.

Luego, descocada la cabeza, se agacha a coger un puñado de arena, que arroja en la tumba y que se extiende hormigueante sobre la blancura de la mortaja. Roque inicia una oración y le acompañan voces inseguras, que se disuelven y se pierden. Termina con una jaculatoria y ordena:

—Ya pueden cubrirlo.

Dominguillo y Periquito, el señor Mateo y Félix arrojan paletadas de arena sobre el muerto. Roque hijo, a mi derecha, sostiene la cruz de limoncillo que ha construido su padre. Y esperamos, en silencio, a que el cadáver desaparezca en la arena y ésta vaya ascendiendo por la fosa con el trabajo de los cuatro improvisados sepultureros.

—Señor Mateo, la planta ahí mismo y honda, que es larga, para que no la tiren los vientos. Ya puede plantarla.

—Bueno, Roque, pero se quedará corta y luego la cubrirá la arena.

—No se preocupe. Saldrá dos codos.

¿Son lágrimas o es lluvia lo que corre por el rostro de Boby? Gary y David conversan entrecortadamente y en voz baja. Laurel anda despacio hacia la puerta del cementerio y tal vez vaya en busca de Beatrice. Las mujeres le abren paso cuando llega a su altura, y luego la siguen distanciadas por la ladera de la Duna Grande.

Roque hijo releva al señor Mateo. La arena asciende en el hoyo. Periquito y Dominguillo cambian de lado. Félix, atento a su trabajo, arrastra la arena con la pala. El señor Mateo planta la cruz de limoncillo, que es como un mueble nuevo, lustroso y ambiguo. Maestro Juan toma las angarillas, las dobla y con ellas sobre el hombro se echa a caminar hacia el pueblo como si fuera a su barca. Arrecia la lluvia y Roque da por terminado el simple ceremonial del entierro.

—Se acabó... Vámonos ya... Ustedes se pasan por la tienda, señor Mateo... Allí iré.

Poco a poco, el cortejo se deshace; unos van a sus casas, otros a la tienda de Roque, algunos a la taberna del Fardelero. La arena va levantándose en túmulo sobre el enterramiento de Jerry; túmulo al que dan forma rectangular, planchándolo a golpe de pala, los enterradores. Cuando abandonamos el cementerio siguen en su operación, pero ya Félix perecea y el señor Mateo pide tabaco.

—No se cansen, que el viento lo aplanará esta noche... —oigo decir a Félix.

El cielo se ha oscurecido. Se viene el anochecer muy temprano, cegando las perspectivas del este, cerrando por los fariones.

Al llegar a casa, en la cocina, sigue sobre la mesa la botella de ron.

—Échate una copa —me dice Roque—. Te va a venir bien.

—¿Y Beatrice? —pregunto a Enedina.

—Pobre mujer... Ahora se ha ido... Aquí ha estado... Todo el tiempo sin hablar... Sufriendo mucho, sin queja... Sólo llorar y fumar, fumar y llorar... Muy desconsolada, muy angustiada... Pobre mujer...

—No hay quien los pueda entender —dice Roque, mirándome pensativo.

Bebo un largo trago de ron, acompañado por el caviloso Roque.

Después de dos días de lluvia y viento, después de dos interminables días de crisálida, que he dividido entre la alcoba y la cocina, entreviendo, desde las ventanas, un paisaje bañado en permanente luz crepuscular, hoy ha amanecido un cielo despejado, sólo con algunas nubes pesando sobre el horizonte de la alta mar del oeste.

Los americanos y los ingleses, según las noticias de Roque, partirán juntos. No está la mar calmada, todavía resta en ella el recuerdo de lo pasado, pero el oleaje es mucho menor y las falúas podrán cruzar el río de mar y entrar en La Caleta, de más allá de los fariones, en la Isla Mayor, sin peligro.

Los viajeros no han salido del comedor y sus habitaciones. Han bebido y comido moderadamente y tienen sus pequeños equipajes dispuestos, a la espera de la llamada de la marcha. Boby, esta mañana, a poco de amanecer, se ha acercado al cementerio para una última despedida y ha vuelto con los ojos enrojecidos, humillando a tierra el rostro fatigoso de emoción. Gary ha propuesto una visita al yate, pero Roque le ha hecho desistir del empeño.

—Apenas quedarán unas tablas de las minas. El mar ha debido de batir muy fuerte esa costa. Nada o casi nada habrá dejado. Además, hay que aprovechar el momento que dé la mar para cruzar el río.

Gary ha sido convencido.

En la tienda de Roque, la gente marinera se agolpa, bebiendo, para ver partir a los chonis. Es el final de esta historia. Una historia con mal fin que cuando sea contada se perderá en el tiempo, como arrancada de la memoria, o tendrá la tangibilidad y perfiles del presente o de la inmediata víspera, fulgurando con la luz siniestra del naufragio y de la muerte en el carnaval.

En la tienda de Roque, Dominguillo está como recluido en sí mismo, curioso por la marcha de lo que suponemos su aventura, pero enclaustrado en un silencio que es como una penitencia. El señor Mateo vocifera cuentos sobre el murmullo de conversaciones retaleadas.

—Ya eran como una cosa nuestra, ¿no es verdad?, y ahora se van. ¿Dónde irán?

—A un lugar mejor. Los ricos van donde quieren y los pobres donde pueden.

—Los ricos como éstos no saben dónde van. Son todos náufragos. Miren el Jerry dónde ha encontrado su descanso. Aquí, en esta isla, que yo no quiero que sea mi paz.

—Era un loco.

—No más que los otros, Maestro. —No se salvan los locos.

—O sí se salvan. La locura es una infelicidad; cuando encuentran la felicidad se salvan.

Los chonis, a mediodía, entran en la tienda de Roque. Se van sin comer. No quieren esperar. Gary invita a los presentes, mas Roque exige para sí tal honor.

—Son mías. Beban todos.

Ha sido un pequeño acto de despedida que vamos a continuar acompañándoles al muelle. El Chipirrín está atracado junto a la escalerilla y cabecea. Lentamente embarcan en él, tras de estrechar las manos que se les tienden. Beatrice, antes de saltar a la cubierta de la falúa, con una sonrisa triste y los ojos fijos en Dominguillo, ha levantado la mano derecha en ademán de adiós. Esto ha empequeñecido e intimidado a Dominguillo. Luego Beatrice se ha colocado a proa.

—¿Vienes tú? —me pregunta Roque—. ¿Prefieres no pasar un rato malo?

Lo dudo, pero al fin me decido. Los acompañaré hasta que desembarquen en la caleta de la Isla Mayor.

—¿Vienes tú? —repite Roque.

—Claro que sí.

Desatracamos mientras los cabilderos gritan su adiós, mientras los viejos de la taberna del Fardelero aspan sus brazos, mientras el señor Mateo destaca su voz sobre la algarabía:

—Salud y buena suerte.

Las mujeres de la isla no han venido al muelle. Están pegadas a las tapias de La Caleta, las caras cubiertas con los rebozos, contemplando la marcha de los extranjeros.

—Dígale —sugiere Roque a Gary, indicando a Beatrice— que se venga a la popa. En la proa azotará la mar.

Gary transmite la recomendación a Beatrice y ésta, mansamente, retrocede a la popa, sentándose vuelta de espaldas a nuestra isla.

—Avante —ordena Roque en la timonera y toca el timbre que alerta a Félix.

Cuando salimos al río de mar, la corriente es muy fuerte y el barco necesita más revoluciones. Todavía en el espigón hay gente que agita las manos despidiéndose. Todavía en las tapias de La Caleta siguen las mujeres, perdiéndose de vista lentamente. Beatrice, con la cara cogida entre las manos, los codos apoyados en las rodillas, guarda silencio. Boby, en pie, asido a un flechaste, pierde la mirada en las dunas. Gary y David hablan en voz baja y con medias sonrisas. Laurel, de vez en cuando agita las manos, se arregla el cuello de la gabardina, se retoca el pañuelo que le cubre la cabeza, mira a un lado y a otro.

—Vamos a tener una mala entrada —dice Roque hijo—. Esta gente se va a mojar...

—No te preocupes, ya están acostumbrados —dice Roque, sin ironía.

Boby, con los balanceos de la falúa, prefiere sentarse y aguantar así la marejadilla. Lo hace junto a Beatrice, a la que comienza a hablar suave y pausadamente. Beatrice levanta la cabeza hacia la Isla Mayor. Nos estamos acercando mucho al acantilado y avanzamos rumbo a los fariones.

—Tirando a peor, al doblarlos —advierte Roque—, pero se podrá entrar en La Caleta.

—Nos va a llevar una maniobra difícil el desembarcarlos.

—Todo con calma.

Doblamos los fariones, y a proa, chiquita y bonita, queda la caletilla que ha de servir de puerto al Chipirrín.

—Poco a poco —recomienda Roque de palabra, asomando la cabeza por la timonera y, por si no ha sido oído, pulsa repetidamente el timbre, aplicando la clave del aminoramiento de la marcha.

En el camino que asciende del puerto de la caletilla, a media cuesta, junto a una casa deshabitada y ruinosa, espera el gran turismo que ha pedido esta mañana Antica a la capital de la Isla Mayor.

—Mira bien a los chonis —me dice Roque, sonriendo—. Es para recordarlos. No se les vuelve a ver en la vida. O tal vez los veas —pone dejos de envidiada fortuna por mis posibilidades de cambio— en las capitales de las islas, cuando te vayas como ellos.

—¿Y si me quedo para siempre? —pregunto, intrigándole.

—No está en tus ojos —responde, mirándome con sorna.

Nos acercamos a La Caleta. Entre los arrecifes, sobre los que rompe y resaca el mar, hay un paso muy estrecho. Lo mismo a estribor que a babor, las aguas se crispan, rasgan, encalman de momento, reptan por las rocas, retiran, muerden, saltan y se sumen en sí mismas. Roque está atento a la maniobra y, al emproar la entrada, grita una orden y urge el timbre para Félix.

—Avante todo.

Cruzamos entre el ruido, la espuma a ambos costados. Roque vuelve a gritar y se escucha el eructante timbrear.

—Atrás. Avante. Ahora sin prisa.

La mar nos lleva hacia el muelle, sobre el que golpea cansada, absorbiendo una ola a la que acaba de romper, corriendo el agua por el cemento y desapareciendo por los bordes del bloque, emergidas las cabezuelas alineadas de los bolardos.

—Atención a proa, hijo. Atento a popa, Félix.

La embarcación se pega al muelle por estribor, con cuatro cubiertas de ruedas de automóvil disminuyendo el golpetazo del atraque. Roque hijo y Félix saltan al cemento amarrando al Chipirrín a los norays, cediendo amarra al volver la ola, mojados los pantalones hasta medio muslo.

—Aprovechen dos olas..., el vacío. Háganlo de uno en uno..., con orden... Primero los hombres... Ayuden a las mujeres y calma, mucha calma... Todo saldrá bien...

Gary, David y Boby desembarcan. Boby corre por el muelle. Ayudo a pasarles los equipajes. Laurel duda antes de saltar y es apremiada. Beatrice abandona el barco sin mojarse, aprovechando el compás de las olas.

—A bordo, Félix. Suelta la amarra, hijo. A bordo. Avante despacio.

Los chonis corren hacia tierra y cuando están en el camino se vuelven para saludarnos. Roque hace que la embarcación trace una media circunferencia buscando la salida. Tajamos por el portillo de los arrecifes, y el Chipirrín se balancea, proando las olas, con el motor runruneante y la tablazón crujiendo. Levantamos los brazos. Los chonis, antes de subir al gran turismo, nos saludan de nuevo. El ruido de las olas al romper nos impide oír sus voces. El gran turismo arranca, perdiéndose en la brevedad de la cuesta.

—A casa, que hay hambre —dice Roque.

Socorridos por la corriente doblamos en seguida los fariones, que se alzan rotundos e idólicos desde las espumas. Se agita el agua verdinegra en torno al Chipirrín.

Hasta que no llegamos a la altura de Pedro Barba, Roque no despega los labios.

¿Y qué? —me pregunta de pronto.

—¿Y qué sobre qué?

—Esa mujer...

—¿Te preocupa?

—No, no... ¿Qué piensas tú?

—¡Qué sé yo! —respondo, evasivo.

—Fue de Dominguillo.

—Eso daban a entender.

—Lo sé muy bien... ¿Querría a su marido o lo que fuese?

Abandonamos la corriente y costeamos nuestra isla. Sobre las rocas bajas traza el mar sus aparentes encajes. El sol abrillanta, como siempre, Montaña Amarilla. El acantilado a babor se aleja amenazante. Blanquean las construcciones de la batería, en lo alto, sobre las que vuelan grandes pájaros.

—No son de la mar —dice Roque, echando una mirada al soslayo, siguiendo mi movimiento de cabeza.

Félix canturrea, aburrido y atareado. Roque hijo ha venido al otro lado de la timonera a escuchar nuestra conversación. Roque enciende su cachimba y le da dos o tres largas pitadas, que constituyen el tic de su preocupación. Ordena sus pensamientos.

—Tenía ganas de que se fueran —dice.

—¿Por qué?

Lo estaban revolviendo todo —responde vacilando.

Guardo silencio. Roque hijo, con la mandíbula apoyada en sus fuertes brazos, cruzados sobre la ventanilla de la puerta, observa a su padre. Roque le despide.

—Vete a mirar las anclas... Ahórrate esfuerzo luego...

Avanzamos hacia el muelle, al que atracaremos por el lado de las escalerillas, por el lado cubierto de la mar del este.

—¿Qué clase de hombre puede ser un tipo como el Jerry? —se pregunta Roque. ¿Qué se podría decir de alguien así?

A poca marcha doblamos el muelle y nos acercamos con lentitud.

—Firme, Félix... Atrás ahora —y se repiten las timbradas de la clave.

Roque hijo salta a las escalerillas, casi cubiertas por las aguas, y con los talones apoyados en la pared sostiene el barco a brazos. Desembarcamos. Subimos al muelle y echamos a andar por el espigón. Roque hijo y Félix se encargan de llevar el barco a su anclaje en las aguas medias de La Caleta. Volverán a tierra en el bote del Chipirrín, remando hacia la playa. Ha terminado el viaje.

—Vámonos a comer.

Junto a la tienda de Roque, el señor Mateo surge del callejón.

—¿Todo fue bien? ¿Los pusieron en rumbo?

—Así fue.

El señor Mateo fuma la pipa encontrada en el yate, dueño absoluto de la misma, y la muestra alzando la barbilla, como una excrecencia dental monstruosa.

—Usted es el único que ha sacado pesca en esta lanzada —dice sonriéndose Roque.

—Poca cosa —asegura el señor Mateo, contemplando unos instantes la pipa entre las manos, que vuelve de inmediato a su lugar en la boca—. Pero lo he pasado bien. Hacía muchos años que no lo pasaba tan bien...

Y la mirada del señor Mateo se pierde nostálgica en lo lejos.

—Ya ha pasado... Lo pasado, pasado. Ellos por ahí y nosotros aquí.

—Si no hubiera habido una muerte, todo corrido con viento en popa. Hasta la suerte que tuvieron con el naufragio.

—La muerte ha sido el pago.

El señor Mateo, con la pipa en la mano derecha, reverencial y guasón, determina:

—Voy a invitarles en casa del Fardelero. Una última invitación que corre a cuenta de los chonis. Dejaron pagadas dos botellas que no se bebieron. ¿No lo sabían? Yo les llevaba las cuentas para que ese ladrón no se beneficiara. No quiero que las botellas nos las vendan cuando ya están pagadas.

—Tenemos ganas de comer.

—Guárdenselas. Vengan.

Y Roque, inesperadamente, echa a andar tras del señor Mateo. No lo hubiera sospechado tan fácil de convencer. Pero no ha sido convencimiento. Quiere hablar con el señor Mateo de cosas que considera importantes; por eso, desde la indiferencia aparente, interroga:

—¿Qué dicen las comadres?

—¡Y qué sé yo, Roque!

—Algo dirán. Tendrán preparada la saliva.

—O el veneno. Ni con sus maridos hablan, que se sepa, de esas cosas. Las mujeres se guardan los asuntos interesantes en las faltriqueras.

En la calle vemos la casa de Pepita y Dominguillo con las obras paradas.

—Miren con disimulo, hombres —advierte el señor Mateo—. ¿Qué ven detrás de aquella ventana? —pregunta, señalando la casa de los padres de Pepita—. No me digan que es la niña, no me digan que es cosa cierta o son visiones.

Tras de los cristales de la ventana, Pepita mira al mar, mira a su casa en construcción y nos mira a nosotros. Después corre los visillos y su cabeza se difumina y desaparece.

—Las mujeres saben lo que se traen entre manos, ¿no es verdad, Roque?

Entramos en casa del Fardelero. Después de los saludos, el señor Mateo pide:

—De las botellas de los chonis.

—Se han acabado ya. Ese asunto está acabado —responde el Fardelero, frunciendo el entrecejo torvamente.

Ha cambiado el tiempo. Después de unos días de calma, sucedidos como un viaje largo y monótono, hoy sopla viento del desierto y los horizontes están empañados por la calina. El viento del desierto escuece y abochorna, zumba en los oídos y parece penetrar en la cabeza, produciendo un estado cercano a la alucinación.

Muchos hombres han salido a la pesca. Los más viejos, como siempre, han quedado en tierra y se mueven del cabildo al espigón, asomando a la tienda de Roque, excusando la taberna del Fardelero. Roque tuvo esta noche un buen caleo y hoy los secaderos están alfombrados de peces cuereados, retorcidos, arenosos. Mal día para secar; casi toda la pesca quedará inutilizada. Los gatos se han dado una hartada, sin que las celadoras se hayan molestado mucho en ojearlos. Las gaviotas se pasean por las arenas y rocas, eligiendo los suaves bocados de las entrañas y de los peces de desecho que flotan y se pudren en los bordes del agua. Hasta los gallos y las gallinas han tenido su parte en el botín, picando aquí y allá con aburrida glotonería.

Enedina y yo hemos hablado. Estos días transcurridos desde la marcha de los extranjeros no han sido propicios. Desgana en unos, exaltación en otros, cansancio, fantasía, rememoraciones...

—Vienen y se van... —ha terminado Enedina, dejando algo en suspenso, que es para mí el hurtado fruto de su opinión.

En el cabildo, ya regresadas algunas barcas, sorprendo tras de las varadas, que exigen ayuda comunal, retazos de conversaciones, soliloquios amargos, pero vuelve el humor, malo o bueno, del trabajo.

—Maestro Juan, está usted peor que perdido.

—¿Quién lo dice?

—No se le ve a usted como otras veces. ¿Se le ha pasado la gana de trabajar?

—No es eso, ni otra cosa. Deben de ser los años, que me tiran de los calzones para estar sentado.

Las barcas entran en La Caleta con poca pesca. Roque, en el muelle, consulta con los que llegan de la mar.

—¿No hubo suerte?

No hubo ánimos... Es inútil hacer que les crujan los dientes a los de la Isla Mayor. Mientras el viento no cambie a su lugar...

—Siempre se aprovecha algo.

—No es de merecer.

Desembarcan en cestos la escasa pesca y después varan las barcas en la playa. Como aletargados esperan en torno a las barcas. Apenas hablan y no contemplan el río de mar y el acantilado, haciendo conjeturas sobre el tiempo. Miran hacia las tapias, se adentran en las casas, cruzan los patios, suben por las dunas, trepan por Montaña Amarilla. Esperan algo que no sucederá. Y de pronto, obedientes a un resorte, comienzan a andar en silencio hacia la tienda de Roque: los pasos lentos, las cabezas inclinadas, vencidos los brazos.

Roque dirige a las gentes de su clan. Prudente, dulce y firme, pormenoriza el trabajo de cada uno.

—Félix, si el viento azota, mañana no hay mar. Si hay ganas se echa un repaso a las artes. Con calma y sin redar al detalle. Una vista...

—Bien, Roque. Mañana no se ha de salir, seguro.

Dominguillo ha vuelto a trabajar en su futura casa. Dominguillo, en la tienda de Roque, sigue teniendo el aire ausente, la presencia en éxtasis, y rara vez desciende a lo cotidiano.

—¿En la luna, Domingo?

—¿Qué, señor Mateo?

—Que si pensando, muchacho. —No, no...

Y se turba hasta que, abandonado de la atención general, vuelve a dimitir de la realidad, ascendiendo su copa, una y otra vez, hasta los labios, apenas mojándolos.

—Él se dice su misa —afirma el señor Mateo—. Cada uno se dice la suya, pero este hombre en cualquier parte y a cada momento.

A veces, las conversaciones quedan muertas a poco de ser iniciadas. A veces, las conversaciones se alborotan, impensadamente, y decaen de inmediato. El señor Mateo trenza una historia de las que gusta extender, sobre un puerto de la Isla Mayor, donde alguna vez sucedió algo que tuvo interés, pero no es escuchado y él mismo la dice como rumiando otra cosa:

—Allí, en Tarajal, durante la zafra del tomate...

—Roque, entonces no sales a la mar, hombre...

—La barca grande y la barca de Lucio necesitan estopa...

—En el Tarajal, cuando la zafra, había llevado a todas las mujeres de la isla... Hace ya muchos años... El primer gran almacén...

Las gentes marineras beben con mesura. Las mujeres entran a hacer sus compras a la tienda y vuelven a la confianza de antaño. Francisca y Luisita les despachan con solidaridad.

—Pruebe de esta legumbre... Pruebe un puñadito... Lo verá, señora María...

Francisca y Luisita hablan con sus clientas apartadas y atentas, amistosamente conspirativas. Entre las voces masculinas se oye de cuando en cuando una advertencia femenina, que tiene dulcedumbre de ruego en el tono y dureza de orden en la palabra:

—No te vayas a poner amoroso, mi viejo. No andes con esta tropa, con tantos años. Vuelve pronto a casa.

—No es para tanto, mujer. Es matar un rato y nada más. Por la isla ha pasado una extraña corte, misteriosa y trágica, iluminada de luz crepuscular. El viento del desierto arremolina la arena en los umbrales.

Camino por la llanía orientándome por las faldas de Montaña Amarilla. He dejado atrás el cementerio de la Duna Grande, con sus cercas de corralejo, en las que se amontona la arena movida por el viento. En la desolación del mismo, la lujosa cruz de limoncillo, señalando la tumba de Jerry, fulgía al sol meridiano. Voy pausadamente al encuentro de las playas del oeste, mientras la vecera de camellos se aquieta, negligente y dispersa, ramoneando los matos pastizos. Hundo mis pies en la arena y pienso en las mosquitos que esta vez no han llegado a la isla, pero que pueden aparecer en cualquier momento, transportadas por una ráfaga más fuerte y sostenida. Me arde el cuello del chispeo de la arena y el mar ciega mis ojos con su blancor de espejo antiguo.

Las laderas de Montaña Amarilla están labradas, surcadas, quebradas por los regatos de las lluvias de los últimos días. Son cristalizaciones arborescentes, fósiles de plantas gigantes, cicatrices de golpes dados por grandes palmas. La cima guarda una brasa solar y el cono tiene una perfección geométrica. Pero desde la alta mar, Montaña Amarilla no es más que una leve señal indicando una isla baja y arenosa con una población de pescadores.

La Duna Grande, si me vuelvo, me oculta el caserío. La Duna Grande domina La Caleta y todo lo que es humano afán en el pueblo ribereño. A mis espaldas, ahora que desciendo hacia la mar, las dunas se ondulan y escalonan en mórbida pleitesía a la Duna Grande. La cruz de Jerry debe de dar ya un puñadito de sombra.

Las playas del norte, con sus muñones de rocas dividiéndolas, se extienden apacibles, arco tras arco, hasta la de Las Conchas, que es una curva ballestera rechazando la mar. Las playas del oeste son más recogidas y sus arenas más gruesas, y cuando bajo a ellas y me siento en un morro sólido y yerbado, las contemplo a un lado y a otro como senos múltiples de la mar. La costa de la Isla Mayor se va abriendo, oblicuando, y el río de mar penetra y se confunde en la gran mar melancólica.

Vaciada la memoria, apagados los sentidos de luz y de rumor, echo a andar de nuevo, volviendo a La Caleta. Por la arena humedecida de las playas del río de mar camino más descansadamente. Me demoro contemplando algas y conchas, entreviendo vericuetos en el acantilado, contando el ritmo de las olas. Las primeras casas de Los Corrales asoman por el declive de la punta, donde comienza el trazo de La Caleta. El viento me quema la cara, me la araña, con suavidad e insistencia, como una sostenida caricia y siento la arenilla en los labios, los dientes, las comisuras de los ojos...

Los Corrales, La Caleta del Sebo, el Barrio Verde, Pedro Barba. No son sólo nombres para la memoria. Repito los nombres a media voz, buscándoles su sabor y su sentido. Distribuyo otros nombres; pueblo las palabras de hombres y mujeres, añado perros, camelias, barcas, pesca, mundo... Y, cuando doblo la punta y tengo frente a mí lo que ya está, me acongojo. Al entrar en casa de Roque oigo la voz monótona de Enedina que se queja a alguien.

—Como siga el viento, las plantas forasteras se quemarán... Es inútil regarlas.

En mi alcoba, la arenilla ha penetrado como tamo y está en todas partes. Me echo sobre la cama. Montaña Amarilla, las playas, Las Conchas del naufragio, el acantilado, van desapareciendo de mis ojos y sólo siento cómo va atardeciendo y anochece y ya es de noche y en la ventana todo es negro. Me levanto cansado y sediento. La frente un poco ardiente, pero no de fiebre.

Se oye trajinar por la casa y la voz de Roque, mesurada y ordenadora. Una voz que es como unas manos moviéndose con eficiencia y sabiduría.

El viento sigue soplando, aunque más débilmente. Irrumpe la luna, cárnica y sangrante, recortando los fariones. El son de la mar es un bisbiseo mezclado al hálito del desierto.

Los bultos de las barcas destacan violentos en el grao. Alegranza, Lirio del Mar, La Desinquieta...

Mañana, poco después de amanecer, la escuadra bombardeará, en sus habituales ejercicios de tiro de esta época del año, el roque del Este, el más despegado del archipiélago. Mañana, poco después de que amanezca, dejaré la isla.

 

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