Libro N° 4063. Opiniones De Oscar Wilde.
© Libro N° 4063. Opiniones De Oscar Wilde. Colección E.O. Agosto 12 de 2017.
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original: © Opiniones De Oscar
Wilde
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
OPINIONES DE
Oscar Wilde
CONTENIDO
BIOGRAFIA DE OSCAR WILDE
IMPRESIONES SOBRE
YANQUILANDIA
LA DECADENCIA DE LA MENTIRA
PREFACIO DE “EL RETRATO DE DORIAN
GRAY”
OSCAR WILDE
(Dublín, 1854 - París, 1900)
Escritor británico. Hijo del cirujano William Wills-Wilde y de la escritora
Joana Elgee, Oscar Wilde tuvo una infancia tranquila y sin sobresaltos. Estudió
en la Portora Royal School de Euniskillen, en el Trinity College de Dublín y,
posteriormente, en el Magdalen College de Oxford, centro en el que permaneció
entre 1874 y 1878 y en el cual recibió el Premio Newdigate de poesía, que
gozaba de gran prestigio en la época.
Oscar
Wilde
Oscar Wilde combinó sus
estudios universitarios con viajes (en 1877 visitó Italia y Grecia), al tiempo
que publicaba en varios periódicos y revistas sus primeros poemas, que fueron
reunidos en 1881 en Poemas. Al año siguiente emprendió un viaje a Estados
Unidos, donde ofreció una serie de conferencias sobre su teoría acerca de la
filosofía estética, que defendía la idea del «arte por el arte» y en la cual
sentaba las bases de lo que posteriormente dio en llamarse dandismo.
A su vuelta, Oscar Wilde
hizo lo propio en universidades y centros culturales británicos, donde fue
excepcionalmente bien recibido. También lo fue en Francia, país que visitó en
1883 y en el cual entabló amistad con Verlaine y otros escritores de la época.
En 1884 contrajo matrimonio con Constance Lloyd, que le dio dos hijos, los
cuales rechazarían el apellido paterno tras los acontecimientos de 1895.
Entre 1887 y 1889 editó una
revista femenina, Woman's World, y en 1888 publicó un libro de cuentos, El
príncipe feliz, cuya buena acogida motivó la publicación, en 1891, de varias de
sus obras, entre ellas El crimen de lord Arthur Saville. El éxito de Wilde se
basaba en el ingenio punzante y epigramático que derrochaba en sus obras,
dedicadas casi siempre a fustigar las hipocresías de sus contemporáneos.
También se reeditó en libro una narración publicada anteriormente en forma de
fascículos, El retrato de Dorian Gray, la única novela de Wilde, cuya autoría
le reportó feroces críticas desde sectores puritanos y conservadores debido a
su tergiversación del tema de Fausto.
No disminuyó, sin embargo,
su popularidad como dramaturgo, que se acrecentó con obras como Salomé (1891),
escrita en francés, o La importancia de llamarse Ernesto (1895), obras de
diálogos vivos y cargados de ironía. Su éxito, sin embargo, se vio truncado en
1895, cuando el marqués de Queenberry inició una campaña de difamación en
periódicos y revistas acusándolo de homosexual. Wilde, por su parte, intentó
defenderse con un proceso difamatorio contra Queenberry, aunque sin resultados,
pues las pruebas presentadas por el marqués daban evidencia de hechos que
podían ser juzgados a la luz de la Criminal Amendement Act.
El 27 de mayo de 1895, Oscar
Wilde fue condenado a dos años de prisión y trabajos forzados. Las numerosas
presiones y peticiones de clemencia efectuadas desde sectores progresistas y
desde varios de los más importantes círculos literarios europeos no fueron
escuchadas, y el escritor se vio obligado a cumplir por entero la pena. Enviado
a Wandsworth y Reading, donde redactó la posteriormente aclamada Balada de la
cárcel de Reading, la sentencia supuso la pérdida de todo aquello que había
conseguido durante sus años de gloria.
Recobrada la libertad,
cambió de nombre y apellido (adoptó los de Sebastian Melmoth) y emigró a París,
donde permaneció hasta su muerte. Sus últimos años de vida se caracterizaron
por la fragilidad económica, los quebrantos de salud, los problemas derivados
de su afición a la bebida y un acercamiento de última hora al catolicismo. Sólo
póstumamente sus obras volvieron a representarse y a editarse. En 1906, Richard
Strauss puso música a su drama Salomé, y con el paso de los años se tradujo a
varias lenguas la práctica totalidad de su producción literaria.
Fuente: https://www.biografiasyvidas.com/biografia/w/wilde.htm
IMPRESIONES SOBRE
YANQUILANDIA
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Impresiones Sobre Yanquilandia Oscar Wilde
I
América
Me parece que no puede
describirse a América, en su conjunto, como un Elíseo, pues sé muy poco de ese
país desde el punto de vista corriente. No puedo dar su latitud ni su longitud,
tampoco comparar el valor de sus primeras materias, ni tengo un conocimiento
profundo de su política. Todas éstas son cosas que no pueden interesarnos, al
menos a mí.
Lo primero que me llamó la
atención cuando llegué a América fue que, así como los americanos no son los
hombres más elegantes del mundo, son, indudablemente, los que van más
confortablemente vestidos. Se ven individuos con ese horrible tubo de chimenea;
pero hay poquísimos que no lleven sombrero. Se ven hombres que llevan ese
horrible traje de etiqueta de cola de urraca; pero también se ven muchos sin
él. Hay una nota de conforten el aspecto de la gente que forma un fuerte
contraste con Europa, donde tropiezas continuamente con gentes vestidas con
harapos.
El segundo hecho, también
muy curioso es que todo el mundo corre para tomar un tren. Esta es una
situación poco favorable a la poesía o a la novela. Si Romeo y Julieta se
hubiesen hallado en un constante estado de ansiedad a causa de los trenes, o
si hubieran tenido la cabeza trastornada por la preocupación de los billetes
de vuelta, Shakespeare no podría habernos legado esas deliciosas escenas del
balcón, tan emocionantes y poéticas.
Creo que América es el país
con más ruido que conozco. Uno se despierta por las mañanas, no gracias al
canto del ruiseñor, sino a la sirena de algún vapor o fábrica. Es raro que el
sentido profundamente práctico de los americanos no haya intentado disminuir
ese ruido intolerable, Todo el Arte depende de la sensibilidad exquisita y
delicada, y pienso que tal torbellino ininterrumpido acabará por destruir la
facultad musical, a la fuerza.
La belleza de las ciudades
americanas no supera a la que hay en Oxford, en Cambridge, en Salisbury o
Winchester, donde se encuentran las adorables reliquias de una época
maravillosa; pero, sin embargo, puede hallarse de vez en cuando bastante
belleza en dichas ciudades, aunque tan sólo allí donde los americanos no han
intentado crearla. Allí donde los americanos han intentado producir belleza,
han fracasado totalmente. Una de las características notablemente yanquis es la
manera que han tenido de aplicar la ciencia a la vida moderna del día a día.
Esto que digo es fácil de
ver en un simple paseo por Nueva York. En Inglaterra, a un inventor se lo
considera casi como a un loco y, en sobrados casos, el inventor termina por
desalentarse y hundido en la miseria. En América se honra al inventor, se lo ayuda,
y el ejercicio del ingenio, la aplicación de la ciencia al trabajo del hombre,
es allí el camino más corto hacia la fortuna. No hay ningún otro país donde la
mecánica sea tan bella como en América. He creído siempre que la línea de poder
y la línea de belleza no son más que una sola. Esta creencia me quedó
plenamente confirmada al contemplar la mecánica americana. Únicamente cuando
vi las fábricas hidráulicas de Chicago comprendí las maravillas de la
mecánica; la elevación y la caída de los vástagos de acero, el movimiento
simétrico de los grandes volantes, son la cosa más magníficamente ritmada que
he visto nunca. Se queda uno impresionado en América; pero impresionado
desfavorablemente por la insólita grandeza de todo. Este país, a mi juicio, parece
como si quisiese hacernos creer en su poder por su imponente enormidad.
Sufrí una gran decepción al
ver el Niágara, lo que debe de sucederles a muchos. Allí acuden todas las
recién casadas, y la contemplación de las prodigiosas cataratas representa una
de las primeras y seguramente de las mayores desilusiones de la vida conyugal
americana. Se ven en malas condiciones, desde muy lejos, y el punto de vista no
muestra realmente la magnificencia del agua. Para apreciarla bien hay que
situarse abajo, en la caída, y para esto es necesario revestir una piel
engrasada y amarillenta, que es tan fea como un impermeable y que creo que
ninguno de ustedes se pondrá. Resulta un consuelo saber que una artista tan
importante como Sarah Bernhardt además de ponerse ese ropaje amarillo y
horroroso, ha dejado hacerse una fotografía con él.
El Oeste fue,
indudablemente, la parte que más me gustó de América; pero para llegar allí hay
que hacer un viaje de seis días, atado a una máquina de vapor, que es una
especie de puchero de hojalata. La única pequeña satisfacción que tuve durante
ese viaje fue ver que los pillastres que infestan los coches vendiendo todo lo
que se puede comer o lo que no se puede comer, vendían asimismo una edición de
mis poemas, vilmente impresa en una especie de papel secante gris y al reducido
precio de cincuenta céntimos. Los llamé y les dije que, aun cuando a los poetas
les gusta ser populares, quieren también ser retribuidos, y que vender
ediciones de mis poemas sin provecho alguno para mí era asestar a la literatura
un golpe que podía causar un efecto desastroso entre los aspirantes a poetas.
Todos ellos me respondieron invariablemente que sacaban provecho para ellos de
la venta y que esto era lo que más los interesaba.
Existe una superstición muy
corriente en América: le llaman siempre extranjero al turista. A mí no me han
llamado jamás así. En Tejas me llamaban capitán; cuando llegué a la región
central, coronel, y al pisar la frontera mejicana, general. Pero, casi siempre
emplean señor, la vieja costumbre continental.
La vida antigua del país se
encuentra en las colonias y no en la metrópoli. Si se pretende comprender lo
que es el puritanismo inglés, no en lo que tiene de peor (siendo, como es, muy
malo), sino en lo que tiene de mejor (y entonces no resulta muy bueno), creo
que no puede encontrarse mucho en Inglaterra; en cambio, se puede encontrar a
cada momento en Boston y en Massachusetts. Nosotros nos hemos desprendido de él
y América, en cambio, lo ha sabido conservar, como curiosidad de bastante
novedad, supongo.
San Francisco es una ciudad
realmente maravillosa. El barrio chino, poblado de obreros chinos, es el sitio
más artístico que jamás he visto. Sus habitantes orientales, extraños y
melancólicos, que ciertas personas llaman vulgares y que realmente son muy
pobres, han decidido no tener nada a su alrededor que no sea belleza. En sus
restaurantes, donde se reúnen a cenar sus marineros, los vi beber té en tazas
de porcelana tan delicadas como pétalos de rosa, mientras que en los suntuosos
hoteles me lo servían en una taza de pulgada y media de espesor. La cuenta
estaba hecha sobre papel de arroz con tinta china y en caracteres fantásticos,
como si un artista hubiese grabado pajarillos en uno de sus abanicos.
En cambio, Salt Lake City
sólo tiene de notable dos monumentos: el más importante es el Tabernáculo, en
forma de sopera, decorado por el único artista indígena y está tratado el
asunto con el mismo espíritu ingenuo de los primeros pintores florentinos,
representando gentes de nuestros días con trajes de otra época, al lado de
personajes bíblicos vestidos con trajes de la época renacentista.
El segundo monumento
importante es el Amelia Palace, levantado en honor de una de las esposas de
Brigham Young. Cuando éste murió, el presidente de los mormones se irguió en el
Tabernáculo y dijo que había tenido la revelación de que era necesario construir
el Amelia Palace, ¡y que no habría ninguna otra revelación sobre este asunto!
Desde Salt Lake City puede
uno viajar por las grandes llanuras del Colorado y se sube a las Montañas
Rocosas, en cuya cima está Leadville, la ciudad más rica del mundo. Tiene
también fama de ser la más peligrosa, y todos los habitantes llevan encima un
arma. Me habían dicho que si iba a ella me matarían o matarían a mi director de
tournée. Escribí allí diciéndoles que nada de lo que pudieran hacer a mi
director de tournée me intimidaría. La población está compuesta de mineros y
de hombres que trabajan en las fundiciones; por eso les hablé de la ética del
Arte. Les leí trozos escogidos de la autobiografía de Benvenuto Cellini y
parecieron encantados. Me reprocharon que no lo hubiese llevado allí conmigo.
Les expliqué que había muerto hacía algún tiempo, lo cual hizo que me
preguntasen: "¿Y quién le pegó el tiro?" Después me llevaron a un
salón de baile, donde vi el único sistema coherente de crítica de arte. Encima
del piano aparecía impreso el siguiente aviso:
QUERIDO PÚBLICO:
ROGAMOS NO SE ABALANCEN
SOBRE EL PIANISTA,
YA QUE LO HACE LO MEJOR QUE PUEDE
El índice de mortalidad en
el gremio de pianistas es asombrosa allí. Luego me invitaron a cenar y, una
vez que acepté, tuve que bajar a una mina, en una artesa muy estrecha, en la
cual era imposible resultar bien. Llegado al corazón de la montaña, me sirvieron
la cena. El primer plato fue whisky; el segundo, whisky, y el tercero...,
whisky Luego fui al teatro, donde debía dar mi conferencia, y me notificaron
que precisamente antes de mi llegada, habían sido detenidos dos individuos por
haber cometido un asesinato, llevados al escenario de aquel mismo teatro a las
ocho de la noche y, después de juzgados, ejecutados, ante una sala rebosante.
Pero encontré que fueron unos minutos verdaderamente encantadores y mucho más
emocionantes que peligrosos.
Entre las gentes sureñas de
más edad, pude observar una tendencia melancólica para situar todos los
acontecimientos importantes antes de la guerra. "¡Qué luna tan hermosa la
de esta noche!", dije un día a un caballero que estaba a mi lado. "Sí
-me contestó-; pero ¡tenía que haberla visto usted antes de la guerra!"
Encontré la ciencia del arte tan desconocida al oeste de las Montañas Rocosas,
que un aficionado a él, que había sido minero en su juventud, demandó por daños
y perjuicios a la Compañía de ferrocarriles porque la reproducción en yeso de
la Venus del Nilo, que había hecho traer desde bastante lejos, le había llegado
a casa sin brazos. Y lo mejor del caso es que ganó el pleito y fue indemnizado
con una suma de dinero nada despreciable.
Pensilvania, con sus
desfiladeros de roca pura y sus paisajes selváticos, me recordó a primera vista
a Suiza. Las praderas me parecieron igual que una hoja de papel secante.
Tanto los españoles como los
franceses han dejado tras ellos huellas en algunos bellos nombres. Todas las
ciudades que tienen nombres bonitos se los deben al español o al francés.
Cierta ciudad tenía un nombre tan feo, que me negué a hablar allí. Se llamaba
Grigsville. Imagínense ustedes que yo hubiese abierto allí una escuela de arte
e imagínense un Grigsville primitivo e incluso algo peor: mi escuela enseñando
un Renacimiento Grigsville.
Los jóvenes americanos están
pálidos, son precoces, amarillos y arrogantes; pero las muchachas son
encantadoras y agradables v resultan como pequeños oasis de grata inconsciencia
en medio de un vasto desierto donde impera en todo el sentido práctico.
Cualquier joven americana
toca a doce muchachos por barba, que le son muy adictos. Son sus esclavos, y
ella los gobierna con encantadora despreocupación.
Una gran parte del sector
masculino está dedicada casi exclusivamente a los negocios. Tienen, como ellos
mismos dicen, su cerebro en la parte de delante de la cabeza. Acogen también
con excesivo entusiasmo las ideas nuevas. La educación es eminentemente
práctica. Nosotros basamos la educación infantil por entero en los libros, pues
nos vemos en la precisión de dar al niño un cerebro antes de poder instruir
dicho cerebro. Los niños sienten una antipatía natural hacia los libros; el
trabajo manual debería servir de base a la educación. Niños y niñas deberían
aprender a utilizar sus manos para hacer algo, y así serían menos propensos a
la destrucción y la maldad.
Recorriendo América, ve uno
que la pobreza no va unida necesariamente a la civilización. En todo caso,
aquél es un país donde no hay ornato ni ostentación, ni ceremonias pomposas. No
vi allí más que dos desfiles: uno, el de los bomberos, precedidos por la
Policía, y otro, el de la Policía, precedida por los bomberos.
Cualquier ciudadano, al
cumplir los veintiún años, tiene derecho a votar y adquiere, por eso mismo, al
instante su educación política. Los americanos son el Pueblo, políticamente,
mejor educado del mundo. Vale la pena ir a un país que puede enseñarnos la
belleza de la palabra LIBERTAD y el valor real de ese concepto.
II
El hombre americano
Una de nuestras más queridas
duquesas preguntaba el otro día a un distinguido viajero si existía en realidad
eso que llaman el hombre americano. Y para poder justificar su pregunta decía,
explicándola, que si bien conocía muchas mujeres americanas encantadoras, jamás
había conocido padres, abuelos, tíos, hermanos, maridos, primos o simplemente
parientes varones de ellas.
La respuesta exacta que
recibió la duquesa no es digna de ser citada o reproducida aquí, pues adoptó la
forma deprimente de una información útil y precisa; pero no se puede negar que
el tema resulta interesantísimo, si observamos el curioso hecho de que, en lo
referente a relaciones exteriores, la invasión americana ha sido casi siempre
de un carácter marcadamente femenino. A excepción del embajador de los Estados
Unidos, personaje que es siempre bien acogido en todas partes, y de algún
elegante advenedizo de Boston o del Far-West, ningún hombre americano hace
vida social en Londres. Sus compatriotas femeninos, con sus toilettes
maravillosas y su conversación mejor todavía, brillan en nuestros salones y
encantan nuestras comidas; nuestros jóvenes gentlemen quedan esclavizados por
su admirable cutis y nuestras bellezas envidian su notable ingenio; pero el
pobre hombre yanqui queda siempre relegado a último término, sin elevarse jamás
por encima del nivel del turista. De vez en cuando, aparece fugazmente en el
parque y resulta un poco chocante con su larga levita de paño negro lustroso y
su sombrero blando tan práctico; pero su sitio favorito es el Strand y el
Amerícan Exchange, que él es como se imagina el cielo. Cuando no se mece
rockingchair con un puro en la boca, recorre las calles con un saco de mano,
adquiriendo, gravemente todos nuestros productos e intentando entender a Europa
entera a través de los escaparates de sus tiendas. Se parece al hombre sensual,
medio, de Renán; o al filisteo de la clase media de Arnold.
El teléfono es
imprescindible para él, y sus más audaces sueños utópicos no pasan nunca del
ferrocarril aéreo y de los timbres eléctricos. Su placer principal consiste en
caer sobre algún extranjero desprevenido o sobre algún compatriota afín, para
dedicarse entonces al juego nacional de las "comparaciones".
El americano, con una
ingenuidad y una despreocupación totalmente encantadoras, compara gravemente el
Palacio de Saint-James con la gran estación central de Chicago, o la Abadía de
Westminster con las cataratas del Niágara. El volumen constituye su canon de
belleza, y la altura, su patrón por excelencia. Para él, la grandeza de un país
estriba en el número de kilómetros cuadrados que tienen de superficie; y jamás
se cansará de decir a los criados de su hotel que el Estado de Tejas, él solo
es más grande que Francia y Alemania juntas.
Pero, en general, el
americano se siente más feliz en Londres que en cualquier sitio de Europa. Allí
puede hacer siempre algunos conocimientos y, en general, hablar el idioma. En
el extranjero es hombre al agua. No conoce a nadie, no entiende nada y lo
recorre todo, paseándose de una manera melancólica, tratando al Viejo Mundo
como si fuese un almacén de Broadway y cada ciudad un mostrador de productos
de pacotilla. Para él, el Arte no encierra ningún maravilloso misterio, ni la
Belleza tiene sentido, ni el Pasado le trae mensajes de ningún tipo.
Él piensa que la
civilización empezó con el descubrimiento del vapor, y mira con desprecio todos
los siglos que no han tenido calefacción central en sus viviendas. La ruina y
la decadencia producidas por el paso del tiempo no lanzan para él ningún llamamiento
patético. Se aleja de Rávena porque en sus calles crece la hierba y no
encuentra ni asomo de belleza en Verona porque sus balcones están llenos de
herrumbre. Su único deseo es restaurar toda Europa. Se muestra severo con los
romanos modernos porque no encierran el Coliseo en una vitrina de cristal y no
lo utilizan como almacén de materias primeras. En resumen: es el Don Quijote
del sentido práctico; pero es tan utilitario, que él mismo resulta inútil. No
es nada deseable como compañero de viaje, porque parece siempre fuera de sí y
se siente deprimido muy a menudo. Realmente, se moriría de aburrimiento si no
estuviese en constante comunicación telegráfica con Wall-Street; y la única
cosa que puede consolarlo de haber perdido un día en un museo de arte es un
número del New York Herald Boston Times. Y, finalmente, después de mirarlo
todo y no haber visto nada, vuelve a su país tan contento.
En su medio natural resulta
delicioso, pues lo más extraño del pueblo americano es que las mujeres resultan
más encantadoras cuando están fuera de su país y los hombres, al contrario.
En su país, el americano es
el mejor de los compañeros, de igual modo que el más hospitalario de los
anfitriones. Los muchachos son particularmente agradables, con sus bellos ojos
brillantes, su energía incombustible y su divertida habilidad. Se lanzan a la
vida mucho antes que nosotros. A una edad en que nosotros somos aún boys en
Eton o Jadies en Oxford, ellos ejercen una profesión importante, haciendo del
dinero un complejo negocio. Adquieren la verdadera experiencia con tanta
antelación a nosotros, que no son nada torpes ni tímidos y no dicen tonterías
jamás, salvo cuando nos preguntan la diferencia que hay entre Hudson y el Rín,
o si creemos que el puerto de Brooklyn es más impresionante que la cúpula de
Saint Paul. Tienen una educación totalmente diferente de la nuestra. Conocen a
los hombres mucho mejor que los libros, y la vida los interesa más que la
literatura. No tienen tiempo de estudiar nada más que los mercados bursátiles,
ni ratos libres para leer más que periódicos. A decir verdad, sólo las mujeres
americanas tienen ratos de ocio, y como resultado necesario de ese curioso
estado de cosas, no es dudoso que de aquí a un siglo toda la cultura del Nuevo
Mundo estará en enaguas. Pero, aunque esos jóvenes especuladores y tan sagaces,
puedan ser a veces algo incultos, según lo que nosotros entendemos por cultura,
es decir, como conocimiento de lo mejor que se ha pensado y que se ha dicho en
el mundo, no por eso resultan, en modo alguno, fastidiosos. El americano no es
estúpido. Muchos americanos son horribles, vulgares e impertinentes, lo mismo
que muchos ingleses; pero la estupidez no es uno de los vicios nacionales.
Realmente, en América no hay salida posible para un imbécil. Ellos piden
incluso a un limpiabotas que tenga cerebro y lo más curioso es que lo
consiguen.
En cuanto al matrimonio, es
una de las más puras instituciones para el hombre americano. Se casa pronto y
la mujer americana se casa a menudo; y se entienden extraordinariamente bien.
Desde la infancia el marido ha sido educado conforme al sistema muy perfeccionado
del "sal a buscar y trae algo", y su respeto al sexo débil tiene
cierto tono de caballerosidad obligatoria; mientras que la mujer ejerce un
despotismo absoluto, basado en el aplomo femenino y suavizado por el encanto de
su sexo. En general, el gran éxito del matrimonio en los Estados Unidos se
debe, en parte, a que el hombre americano no es ocioso y en parte también a que
ninguna esposa americana se hace responsable de la calidad de la alimentación
de su marido. En América, los horrores de la vida doméstica son casi
desconocidos. No hay riñas por la sopa ni peleas por el primer plato, y como,
por medio de una cláusula inscrita en todo contrato matrimonial, el marido se
compromete solemnemente a usar botones de muelle y no botones ordinarios para
sus camisas, uno de los principales motivos de discordia en la vida de la clase
media queda suprimido casi en su totalidad. También la costumbre de residir en
hoteles o pensiones de familia anula esos monótonos tête-á-tête que son el
sueño de los novios y la desesperación de los hombres casados. Por vulgar que
pueda parecer una mesa redonda, es preferible, en todo caso, a ese eterno dúo
sobre cuentas y bebés en que incurren James y Beatrice con tanta frecuencia,
cuando uno de ellos ha perdido su ingenio y la otra su belleza. Hasta la
libertad del divorcio en América, por criticable que pueda parecer en algunos
puntos, tiene, al menos, el mérito de aportar al matrimonio un elemento
novelesco de incertidumbre y misterio. Cuando las personas están unidas para el
resto de sus vidas, consideran demasiado a menudo las buenas maneras como algo
superfluo y la cortesía como una cosa poco útil; pero si el lazo puede ser roto
con facilidad, su misma fragilidad constituye su fuerza y recuerda al marido
que siempre debe procurar agradar, y a la esposa que jamás debe dejar de ser
una mujer fascinante.
La consecuencia de esta
libertad, o quizá a pesar de ella, los escándalos son muy raros en América, y
si hay alguno, es tan grande la influencia sobre la sociedad, que no se perdona
jamás al hombre. América es el único país del mundo donde no se aprecia a Don
Juan y donde no se tiene simpatía por George Brummel, el dandy.
Así pues, en su conjunto, el
hombre americano en su tierra es una persona dignísima. Sólo tiene un aspecto
desilusionante. El humour yanqui es una pura invención del turista: no existe.
A decir verdad, lejos de tener humour, el hombre americano es el ser más
normalmente serio que existe. Dice que Europa es vieja pero es él y sólo él
quien no ha sido joven jamás. No sabe nada de la irresponsable ligereza de la
infancia, de la graciosa inconsciencia del espíritu animal. Él ha sido siempre
prudente y práctico, y paga una multa abrumadora por no haber cometido nunca
ningún pecado. Justo es consignar que puede exagerar; pero hasta su exageración
tiene una base racional. No está fundada en el talento o en la fantasía; no
brota de una imaginación poética; es simplemente un serio intento por parte de
la lengua para estar en armonía con la enorme superficie del país. Es evidente
que allí donde se necesitan veinticuatro horas para atravesar una sola
parroquia y siete días consecutivos de tren para no faltar a una comida en otro
Estado, a la que se ha comprometido uno a asistir previamente, los recursos
ordinarios de la oratoria humana resultan completamente insuficientes para el
esfuerzo que se les pide y es necesario inventar nuevas formas lingüísticas y
nuevos sistemas de descripciones imaginadas. Pero ello se debe únicamente a la
influencia fatal de la geografía sobre los adjetivos, pues el hombre americano
humorista, por naturaleza, no lo es. Verdad que cuando nos lo encontramos en
Europa en conversación, nos mantiene en constante hilaridad; pero es tan sólo
porque sus ideas resultan incongruentes por completo en un ambiente europeo.
Colóquenlo en su propio ambiente, en medio de la civilización que se ha creado
para él y de la vida que es obra de sus propias manos, y esas mismas
observaciones suyas no provocarán ni una sonrisa. Habrán pasado ya a la
categoría de verdades insignificantes o de observaciones discretas; y lo que
parecía una paradoja cuando lo escuchábamos en Londres, se convierte en algo
vulgar cuando lo leímos en el Milwaukee. Europa aún no ha sido perdonada por
América; la odia en cierta manera por haber sido descubierta un poco antes en
la Historia que ella. Y, sin embargo, ¡cuán inmensas son sus obligaciones para
con nosotros! ¡Qué colosal su deuda! Para tener fama de humoristas, sus hombres
tienen que venir a Londres; para hacerse célebres por sus toilettes, sus
mujeres tienen que hacer sus compras en París.
Pero, a pesar de que el
americano no sea humorista, sí que es un ser innegablemente humano. Se da
perfectamente cuenta del hecho de que hay mucha naturaleza humana en el hombre,
y procura agradar a todo extranjero que llega a sus costas. Se halla saludablemente
libre de todos los viejos prejuicios; considera las presentaciones como restos
de la etiqueta medieval, y se las arregla de tal modo, que cada visitante
fortuito puede creerse que es el huésped dilecto de esa gran nación. Si la
muchacha inglesa se lo encontrase en sociedad, se casaría con él; y si se
casase con él, sería feliz. Pues por atolondrado que pueda parecer en sus poses
y por falto de la pintoresca insinceridad novelesca que pueda hallarse, es
amable en todo momento y atento y ha logrado convertir su propio país en el
Paraíso de las Mujeres.
A pesar de que sea ésta,
posiblemente, la razón por la que las americanas, como Eva, continuamente
desean salir de él.
LA DECADENCIA DE LA
MENTIRA
(Versión
abreviada)
Personajes: CYRIL y VIVIAN;
Lugar de la escena: Biblioteca de una casa de campo en el condado de
Nottingham.
CYRL: (Entrando por la
puerta al balcón abierta de la terraza): No esté usted encerrado todo el día en
la biblioteca, mi querido Vivian. Hace una tarde encantadora y el aire es
tibio. Flota sobre el bosque una bruma rojiza como la flor de los ciruelos. Vayamos
a tumbarnos sobre el césped, a fumar cigarrillos y a gozar de la Naturaleza.
VIVIAN: ¡Gozar de la
Naturaleza! Tengo el gusto de comunicarle que he perdido esa facultad por
completo. Dicen las gentes que el Arte nos hace amar aún más a la Naturaleza,
que nos revela sus secretos y que una vez estudiados estos concienzudamente,
según afirman Corot Constable, descubrimos en ella cosas que antes escaparon a
nuestra observación. A mi juicio, cuanto más estudiamos el Arte, menos nos
preocupa la Naturaleza. Realmente lo que el Arte nos revela es la falta de plan
de la Naturaleza, su extraña tosquedad, su extraordinaria monotonía, su
carácter completamente inacabado. La Naturaleza posee, indudablemente, buenas
intenciones; pero como dijo Aristóteles hace mucho tiempo, no puede llevarlas a
cabo. Cuando contemplo un paisaje, me es imposible dejar de ver todos sus
defectos. A pesar de lo cual, es una suerte para nosotros que la Naturaleza sea
tan imperfecta, ya que en otro caso no existiría el Arte. El Arte es nuestra
enérgica protesta, nuestro valiente esfuerzo para enseñar a la Naturaleza cuál es
su verdadero lugar. En cuanto a eso de la infinita variedad de la Naturaleza,
es un puro mito. La variedad no se puede encontrar en la Naturaleza misma, sino
en la imaginación, en la fantasía, en la ceguera cultivada de quien la
contempla.
CYRIL: Bueno, pues no mirará
usted el paisaje. Se tumbará sobre el césped para fumar y charlar,
exclusivamente.
VIVIAN: ¡Es que la
Naturaleza es tan incómoda! La hierba dura y húmeda está llena de asperezas y
de insectos negros y repulsivos. ¡Por Dios! El obrero más humilde de Morris
sabe construir un sillón perfectamente cómodo como no podrá hacerlo nunca La
Naturaleza. Y ésta palidece de envidia ante los muebles de la calle «que de
Oxford tomó el nombre», como dijo feamente ese poeta favorito de usted. No me
quejo de ello. Con una Naturaleza cómoda, la Humanidad no hubiera inventado
nunca la arquitectura; y a mí me agradan más las casas que el aire libre. En
una casa se tiene siempre la sensación de las proporciones exactas. Todo en
ella está supeditado, dispuesto, construido para uso y goce nuestros. El propio
egoísmo, tan necesario para el sentido auténtico de la dignidad humana,
proviene en absoluto de la vida interior. De puertas afuera se convierte uno en
algo abstracto e impersonal, nuestra individualidad desaparece. Y, además, ¡es
tan indiferente y tan despreciativa la Naturaleza! Cada vez que me paseo por
este parque me doy cuenta de que le importo lo mismo que el rebaño que pace en
una ladera o que la bardana que crece en la cuneta. La Naturaleza odia a la
inteligencia; esto es evidente. Pensar es la cosa más malsana que hay en el
mundo, y la gente muere de ello como de cualquier otra enfermedad. Por fortuna,
en Inglaterra al menos, el pensamiento no es contagioso. Debemos a nuestra
estupidez nacional el ser un pueblo físicamente magnífico. Confío en que
seremos capaces de conservar durante largos años futuros esa gran fortaleza
histórica aunque temo que empezamos a refinarnos demasiado; incluso los que son
incapaces de aprender se han dedicado a la enseñanza. Hasta eso ha llegado
nuestro entusiasmo cultural. Entre tanto, mejor hará usted en volver a su fastidiosa
e incómoda Naturaleza y dejarme corregir estas pruebas.
CYRIL: ¡Ha escrito usted un
artículo! No me parece muy consecuente después de lo que acaba usted de decir.
VIVIAN: ¿Y quién necesita
ser consecuente? El patán y el doctrinario, esa gente aburrida que lleva sus
principios hasta el fin amargo de la acción, hasta la reductio ab absurdum de
la práctica. Yo, no. Lo mismo que Emerson, grabo la palabra «capricho» sobre la
puerta de mi biblioteca. Por lo demás, mi artículo es realmente una advertencia
saludable y valiosa. Si se fijan en él, podría producirse un nuevo Renacimiento
del Arte.
CYRIL: ¿Cuál es su tema?
VIVIAN: Pienso titularlo “La
decadencia de la mentira”. Protesta.
CYRIL: ¡La mentira! Creí que
nuestros políticos la practicaban habitualmente.
VIVIAN: Le aseguro que no.
No se elevan nunca por encima del nivel del hecho desfigurado y se rebajan
hasta probar, discutir, argumentar. ¡Qué diferente esto con el carácter del
auténtico mentiroso, con sus palabras sinceras y valientes, su magnífica irresponsabilidad,
su desprecio natural y sano hacia toda prueba! Después de todo, ¿qué es una
bella mentira? Pues, sencillamente, la que posee su evidencia en sí misma. Si
un hombre es lo bastante pobre de imaginación para aportar pruebas en apoyo de
una mentira, mejor hará en decir la verdad, sin ambages. No, los políticos no
mienten. Quizá pudiera decirse algo en favor de los abogados; éstos han
conservado el manto del sofista. Sus fingidas vehemencias y su retórica irreal
son deliciosas. Pueden hacer de la peor causa la mejor, como si acabasen de
salir de las escuelas Leontinas y fueran populares por haber arrancado a unos
jurados huraños una absolución triunfal de sus defendidos, hasta cuando éstos,
cosa que sucede con frecuencia, son clara e indiscutiblemente inocentes. Pero
el prosaísmo lo cohíbe y no se avergüenzan en apelar a los precedentes. A pesar
de sus esfuerzos, ha de resplandecer la verdad. Los mismos diarios han
denegado; se les puede conceder una absoluta confianza. Se nota esto al
recorrer sus columnas. Siempre sucede lo ilegible. Temo que no pueda decir gran
cosa en favor del hombre de ley y del periodista. Además, yo defiendo la
Mentira en arte. ¿Quiere usted que le lea lo que he escrito? Le hará mucho
bien.
CYRIL: Desde luego, si me da
usted un cigarrillo…
…VIVIAN (Leyendo con voz
clara.): “La decadencia de la mentira. Protesta”. Una de las principales causas
del carácter singularmente vulgar de casi toda la literatura contemporánea es,
indudablemente, la decadencia de la mentira, considerada como arte, como
ciencia y como placer social. Los antiguos historiadores nos presentaban
ficciones deliciosas en formas de hechos; el novelista moderno nos presenta
hechos estúpidos a guisa de ficciones. El Libro Azul se convierte rápidamente
en su ideal, tanto por lo que se refiere al método como al estilo. Posee su
fastidioso documento humano, su mísero coin de la création (rincón de la
creación), que él escudriña con su microscopio. Se lo encuentra uno en la
Biblioteca Nacional o en el Museo Británico, buscando con afanoso descaro su
tema. Ni siquiera tiene el valor de ideas apenas; con reiteración va
directamente a la vida para todo, y, por último, entre las enciclopedias y su
experiencia personal, fracasa miserablemente, después de bosquejar tipos
copiados de su círculo familiar o de la lavandera semanal y de adquirir un lote
importante de datos útiles de los que no puede librarse por completo, ni aun en
sus momentos de máxima meditación. Sería difícil calcular la extensión de los
daños causados a la literatura por ese falso ideal de nuestra época. Las gentes
hablan con ligereza del “mentiroso nato” igual que del “poeta nato”. Pero en
ambos casos se equivocan. La mentira y la poesía son artes -artes que, como
observó Platón, no dejan de tener relaciones mutuas-, y que requieren el más
atento estudio, el fervor más desinteresado. Poseen, en efecto, su técnica,
igual que las artes más materiales de la pintura y de la escritura tienen sus
secretos sutiles de forma y de color, sus manipulaciones, sus métodos
estudiados. Así como se conoce al poeta por su bella musicalidad, de igual modo
se reconoce al mentiroso en ricas articulaciones rítmicas, y en ningún caso la
inspiración fortuita del momento podría bastar. En esto, como en todo, la
práctica debe preceder a la perfección. Pero en nuestros días, cuando la moda
de escribir versos se ha hecho demasiado corriente y debiera, en lo posible,
ser refrenada, la moda de mentir ha caído en descrédito. Más de un muchacho
debuta en la vida con un don espontáneo de imaginación, que alentado y en un
ambiente simpático y de igual índole, podría llegar a ser algo verdaderamente
grande y maravilloso. Pero por regla general, ese muchacho no llega a nada o
adquiere costumbres indolentes de exactitud…»
CYRIL: ¡Amigo mío!
VIVIAN: No me interrumpa en
la mitad de una frase, “…o adquiere costumbre indolentes de exactitud o se
dedica a frecuentar el trato de personas de edad o bien informadas”. Dos cosas
que son igualmente fatales para su imaginación -lo serían para la de cualquiera-,
y así, en muy poco tiempo, manifiesta una facultad morbosa y malsana a decir la
verdad, empieza a comprobar todos los asertos hechos en su presencia, no vacila
en contradecir a las personas que son mucho más jóvenes que él y con frecuencia
termina escribiendo novelas tan parecidas a la vida que nadie puede creer en su
probabilidad. Este no es un caso aislado, sino simplemente un ejemplo tomado
entre otros muchos; y si no se hace algo por refrenar o, al menos, por
modificar nuestro culto monstruoso a los hechos, el arte se tornará estéril y
la belleza desaparecerá de la Tierra.
EL ARTE DE LA FANTASÍA Y EL
FRACASO DEL ARTE
…VIVIAN (Leyendo.): “El Arte
comienza con una decoración abstracta, por un trabajo puramente imaginativo y
agradable aplicado tan sólo a lo irreal, a lo no existente. Esta es la primera
etapa. La Vida, después, fascinada por esa nueva maravilla, solicita su entrada
en el círculo encantado. El Arte toma a la Vida entre sus materiales toscos, la
crea de nuevo y la vuelve a modelar en nuevas formas, y con una absoluta
indiferencia por los hechos, inventa, imagina, sueña y conserva entre ella y la
realidad la infranqueable barrera del bello estilo, del método decorativo o
ideal. La tercera etapa se inicia cuando la Vida predomina y arroja al Arte al
desierto. Esta es la verdadera decadencia que sufrimos actualmente. Tomemos el
caso del dogma inglés. Al principio, en manos de los frailes, el arte dramático
fue abstracto, decorativo, mitológico. Después tomó la Vida a su servicio, y
utilizando algunas de sus formas exteriores creó una raza de seres
absolutamente nuevos, cuyos dolores fueron más terribles que ningún dolor
humano y cuyas alegrías fueron más ardientes que las de un amante. Seres que
poseían la rabia de los Titanes y la serenidad de los dioses, monstruosos y
maravillosos pecadas, virtudes monstruosas y maravillosas. Les dio un lenguaje
diferente al lenguaje ordinario, sonoro, musical, dulcemente rimado, magnífico
por su solemne cadencia, afinado por una rima caprichosa, ornado con pedrerías
de espléndidas palabras y enriquecido por una noble dicción. Vistió a sus hijos
con ropajes magníficos, les dio máscaras, y el mundo antiguo, a su mandato,
salió de su tumba de mármol. Un nuevo César avanzó altivamente por las calles
de Roma resucitada, y con velas de púrpura y remos movidos al son de las
flautas, otra Cleopatra remontó el río, hacia Antioquía. Los viejos mitos y la
leyenda y el ensueño tomaron nuevamente forma. La Historia fue escrita otra vez
por entero y no hubo dramaturgo que no reconociese que el fin del Arte es, ni
la simple verdad, sino la belleza compleja. Y esto era completamente cierto. El
Arte representa una forma de exageración, y la selección, es decir, su propia
alma, no es más que una especie de énfasis. Pero muy pronto la Vida destruyó la
perfección de la forma. Incluso en Shakespeare podemos ver el comienzo del fin.
Se observa en la dislocación de verso libre en sus últimas obras, en el
predominio de la prosa y en la excesiva importancia concedida a la
personificación. Los numerosos pasajes de Shakespeare en que el lenguaje es
barroco, vulgar, exagerado, extravagante, hasta obsceno, se los inspiró la
Vida, que buscaba un eco a su propia voz, rechazando la intervención del bello
estilo, a través del cual puede únicamente expresarse. Shakespeare está lejos
de ser un artista perfecto. Le agrada demasiado inspirarse directamente en la
Vida, copiando su lenguaje corriente. Se olvida de que el arte lo abandona todo
cuando abandona el instrumento de la Fantasía. Goethe dice en alguna parte:
“Trabajando en los límites es como se revela el maestro”. Y la limitación, la
condición misma de todo arte, es el estilo. Sin embargo, no nos detengamos más
en el realismo de Shakespeare. La tempestad es la más perfecta de las
palinodias. Todo cuanto deseo demostrar es que la obra magnífica de los
artistas de la época isabelina y de los Jacobitas contenía en sí el germen de
su propia disolución, y que si adquirió algo de su fuerza utilizando la Vida
como material, toda su flaqueza proviene de que la tomó como método artístico.
Como resultado inevitablemente de sustituir la creación por la imitación, de
ese abandono de la forma imaginativa, surge el melodrama inglés moderno. Los
personajes de esas obras hablan en escena exactamente lo mismo que hablarían
fuera de ella; no tienen aspiraciones ni en el alma ni en las letras; están
calcados de la vida y reproducen su vulgaridad hasta en los menores detalles;
tienen el tipo, las maneras, el traje y el acento de la gente real; pasarían
inadvertidos en un vagón de tercera clase… ¡Y que aburridas son esas obras! No
logran siquiera producir esa impresión de realidad a la que tienden y que
constituye su única razón de ser. Como método, el realismo es un completo
fracaso. Y esto, que es cierto tratándose del drama y de la novela, no lo es
menos en las artes que llamamos decorativas. La historia de esas artes en
Europa es la lucha memorable entre el orientalismo, con su franca repulsa de
toda copia, su amor a la convención artística y su odio hacia la representación
de las cosas de la Naturaleza y de nuestro espíritu imitativo. Allí donde
triunfó el primero, como en Bizancio, en Sicilia y en España por actual
contacto, o en el resto de Europa por influencia de las Cruzadas, hemos tenido
bellas obras imaginadas, donde las cosas visibles de la vida se convierten en
artísticas convenciones, y las que no posee la Vida son inventadas y modeladas
para su placer. Pero allí donde hemos vuelto a la Naturaleza a la Vida, nuestra
obra se hecho siempre vulgar, común y desprovista de interés. La tapicería
moderna con sus efectos aéreos, su cuidada perspectiva, sus amplias extensiones
de cielo inútil, su fiel y laborioso realismo, no posee la menor belleza. Las
vidrieras pintadas de Alemania son por completo detestables. En Inglaterra
empezamos a tejer tapices admirables porque hemos vuelto al método y al
espíritu orientales. Nuestros tapices y nuestras alfombras de hace veinte años,
con sus verdades solemnes y deprimentes, su vano culto a la Naturaleza, sus
sórdidas copias de objetos visibles, se han convertido, hasta para los
filisteos, en motivos de risa. Un mahometano culto me hizo un día esta
observación. “Ustedes, los cristianos, están tan ocupados en interpretar mal el
sentido del cuarto mandamiento, que no han pensado nunca en hacer una
aplicación artística del segundo.” Tenía por completo razón, y la concluyente
verdad sobre este tema es que la verdadera escuela de arte no es la Vida, sino
el Arte.”
LA VIDA COMO ESPEJO DEL ARTE
VIVIAN: El arte encuentra su
perfección en sí mismo y no fuera de él. No hay que juzgarlo conforme a un
modelo interior. Es velo más bien que un espejo. Posee flores y pájaros
desconocidos en todas las selvas. Crea y destruye mundos y puede arrancar la luna
del cielo con un hilo escarlata. Suyas son las “formas más reales que un ser
viviente”, suyos son los grandes arquetipos de que son copias imperfectas las
cosas existentes. Para él la Naturaleza no tiene leyes ni uniformidad. Puede
hacer milagros a voluntad, y los monstruos salen del abismo a su llamada. Puede
ordenar al almendro que florezca en invierno y hacer que nieve sobre el campo
de trigo en sazón. A su voz, la helada coloca su dedo de plata sobre la boca
ardorosa de junio, y los leones alados de montañas Lidias salen de sus
cavernas. Cuando pasa, las dríades lo espían en la espesura y los faunos
bronceados le sonríen extrañamente. Lo adoran dioses con cabezas de halcón, y
los centauros galopan junto a él.”
CYRIL: Eso me gusta. Puedo
verlo. ¿Es el final?
VIVIAN: No. Hay otro
párrafo, aunque puramente práctico, y que sugiere simplemente algunos medios
para resucitar el arte perdido de la Mentira.
CYRIL: Bien, pues antes que
usted me lo lea quisiera hacerle una pregunta. Dice usted que la “pobre, la
probable, la poco interesante vida humana” intentará copiar las maravillas del
Arte. ¿Qué quiere usted decir con ello? Comprendo muy bien que se oponga usted
a que el Arte sea considerado como un espejo, porque el genio quedaría reducido
así a una simple luna partida. Pero no creerá usted seriamente que la Vida
imita al Arte, que la Vida es el espejo del Arte.
VIVIAN: Pues lo creo. Aunque
ello parezca una paradoja (y las paradojas son siempre peligrosas), no es menos
cierto que la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la Vida. Todos
hemos visto estos últimos tiempos en Inglaterra cómo cierto tipo de belleza
original y fascinante, inventado y acentuado por dos pintores imaginativos, ha
influido de tal modo sobre la vida, que en todos los salones artísticos y en
todas las exposiciones privadas se ven: aquí, los ojos místicos del ensueño de
Rossetti, la esbelta garganta marfileña, la singular mandíbula cuadrada, la
oscura cabellera flotante que él tan ardientemente amaba; allí la dulce pureza
de La escalera de oro, la boca de flor y el lánguido encanto del Laus Amoris,
el rostro pálido de pasión de Andrómeda, las manos finas y la flexible belleza
de Viviana en el Sueño de Merlín. Y siempre ha sido así. Un gran artista
inventa un tipo que la Vida intenta copiar y reproducir bajo una forma popular,
como un editor emprendedor. Ni Holbein ni Van Dyck encontraron en Inglaterra lo
que nos han legado. Trajeron con ellos sus tipos, y la Vida, con su aguda
facultad imitativa, empezó a proporcionar modelos al maestro. Los griegos, con
su vivo instinto artístico, lo habían comprendido; colocaban en la estancia de
la esposa la estatua de Hermes o la de Apolo para que los hijos de aquella
fuesen tan bellos como las obras de arte que contemplaba, feliz o afligida.
Sabían que la Vida, gracias al Arte, adquiere no tan sólo la espiritualidad,
hondura de pensamiento y de sentimiento, la turbación o la paz del alma, sino
que puede adaptarse a las líneas y a los colores del Arte y reproducir la
majestad de Fidias lo mismo que la gracia de Praxiteles. De aquí su aversión
por el realismo…. Sólo el Arte produce belleza, y los verdaderos discípulos de
un gran artista no son sus imitadores de estudio, sino los que van haciéndose
semejantes a sus obras, ya sean estas plásticas, como en tiempos de los
griegos, o pictóricas, como en nuestros días. En una palabra: la Vida es el
mejor y el único discípulo del Arte.
EL ARTE Y EL MODELO SUPERIOR
DE LA MÚSICA
VIVIAN: … El Arte no expresa
nunca más que a sí mismo. Es el principio de mi nueva estética, principio que
hace, más aún que esa conexión esencial entre la forma y la sustancia, sobre la
cual insiste mister Pater, de la música, el tipo de todas las artes.
Naturalmente, las naciones y los individuos, con esa divina vanidad natural que
es el secreto de la existencia, se imaginan que las musas hablan de ellos e
intentan hallar, en la tranquila dignidad del Arte imaginativo, un espejo de
sus turbias pasiones, olvidando así que el cantor de la Vida no es Apolo, sino
Marsias. Alejado de la realidad, apartados los ojos de las sombras de la
caverna, el Arte revela su propia perfección y la multitud sorprendida que
observa la florescencia de la maravillosa rosa de pétalos múltiples sueña que
es su propia historia la que le cuentan y que es su propio espíritu el que
acaba de expresarse bajo una nueva forma. Pero no es así. El Arte superior
rechaza la carga del espíritu humano y encuentra mayor interés en un procedimiento
o en unos materiales inéditos que en un entusiasmo cualquiera por el arte, que
en cualquier elevada pasión o que en cualquier gran despertar de la conciencia
humana. Se desarrolla puramente, según sus propias líneas. No es simbólico de
ninguna época. Las épocas son sus símbolos. Aun aquellos que consideran el Arte
como representativo de una época, de un lugar y de un pueblo, reconocen que
cuanto más imitativo es el arte, menos representa el espíritu de su tiempo. (4)
LOS PRINCIPIOS DE LA NUEVA
ESTÉTICA
CYRIL: (Y entonces…) para
evitar todo error, le ruego que me resuma en pocas palabras las doctrinas de la
Nueva Estética.
VIVIAN: Helas aquí
brevemente. El Arte no se expresa más que a sí mismo. Tiene una vida
independiente, como el pensamiento, y se desarrolla puramente en un sentido que
le es peculiar. No es necesariamente realista en una época de realismo, ni
espiritualista en una época de fe. Lejos de ser creación de su tiempo, está
generalmente en oposición directa con él, y la única historia que nos ofrece es
la de su propio progreso. A veces vuelve sobre sus pasos y resucita alguna
forma antigua, como sucedió en el movimiento arcaico del último arte griego y
en el movimiento prerrafaelista contemporáneo. Otras veces se adelanta en
absoluto a su época y produce una obra que otro siglo posterior comprenderá y
apreciará. En ningún caso representa su época. Pasar del arte de una época a la
época misma es el gran error que cometen todos los historiadores. La segunda
doctrina es ésta . Todo arte malo proviene de una regresión a la Vida y a la
Naturaleza y de haber querido elevarlas a la altura de ideales. La Vida y la
Naturaleza pueden ser utilizadas a veces como parte integrante de los
materiales artísticos: pero antes deben ser traducidas en convenciones
artísticas. Cuando el arte deja de ser imaginativo, fenece. El realismo como
método, es un completo fracaso, y el artista debe evitar la modernidad de forma
y la modernidad del asunto. A quienes vivimos en el siglo diecinueve, cualquier
otro siglo, menos el nuestro, puede ofrecer un asunto artístico apropiado. Las
cosas bellas son las que nos conciernen. Citando gustoso, diré que precisamente
porque Hécuba no tiene nada que ver con nosotros, es por lo que sus dolores
constituyen un motivo trágico adecuado. Además, lo moderno se torna anticuado
siempre. Zola se sienta para trazarnos un cuadro del Segundo Imperio. ¿A quién
le interesa hoy el Segundo Imperio? Está pasado de moda. La vida avanza más de
prisa que el Realismo; pero el Romanticismo precede siempre a la vida. La
tercera doctrina es que la Vida imita al Arte mucho más que el Arte imita a la
Vida. Lo cual proviene no sólo del instinto imitativo de la Vida sino del hecho
de que el don consciente de la Vida es hallar su expresión, y el Arte le ofrece
ciertas formas de belleza para la realización de esa energía. Esta teoría,
inédita hasta ahora, es extraordinariamente fecunda y arroja una luz
enteramente nueva sobre la historia del Arte.
De ello se deduce, como
corolario, que la Naturaleza exterior imita también al Arte. Los únicos efectos
que puede mostrarnos son los que habíamos visto ya en poesía o en pintura. Este
es el secreto del encanto de la Naturaleza y asimismo la explicación de su
debilidad.
La revelación final es que
la Mentira, es decir, relato de bellas cosas falsas, es el fin mismo del Arte.
Pero creo haber hablado de esto lo suficiente. Salgamos ahora a la terraza,
donde “el pavo real blanco desfallece como un fantasma”, mientras la estrella
de la noche “baña de plata el cielo gris”. Al caer la tarde, la Naturaleza es
de un efecto maravillosamente sugestivo y no carece de belleza, aunque quizá
sirva principalmente para ilustrar citas de poetas.
¡Venga usted! Ya hemos
conversado bastante.
FIN
PREFACIO DE “EL
RETRATO DE DORIAN GRAY”
El artista es el creador de
cosas bellas. Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.
El crítico es el que puede
traducir de un modo distinto o con un nuevo procedimiento su impresión ante las
cosas bellas.
La más elevada, así como la
más baja de las formas de crítica, son una manera de autobiografía. Los que
encuentran intenciones feas en cosas bellas, están corrompidos sin ser
encantadores. Esto es un defecto.
Los que encuentran bellas
intenciones en cosas bellas, son cultos. A éstos les queda la esperanza.
Existen los elegidos para
quienes las cosas bellas significan únicamente belleza.
Un libro no es, en modo
alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Esto es todo.
La aversión del siglo XIX
por el Realismo es la rabia de Calibán viendo su cara en el espejo.
La aversión del siglo XIX
por el Romanticismo es la rabia de Calibán no viendo su propia cara en el
espejo.
La vida moral del hombre
forma parte del tema para el artista; pero la moralidad del arte consiste en el
uso perfecto de un medio imperfecto. Ningún artista desea probar nada. Hasta
las cosas ciertas pueden ser probadas.
Ningún artista tiene
simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista constituye un amaneramiento
imperdonable de estilo.
Ningún artista es nunca
morboso. El artista puede expresarlo todo.
Pensamiento y lenguaje son,
para el artista, instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son, para el
artista, materiales de un arte.
Desde el punto de vista de
la forma, el modelo de todas las artes es el del músico. Desde el punto de
vista del sentimiento, la profesión de actor.
Todo arte es, a la vez,
superficie y símbolo.
Los que buscan bajo la
superficie, lo hacen a su propio riesgo.
Los que intentan descifrar
el símbolo, lo hacen también a su propio riesgo.
Es al espectador, y no la vida,
a quien refleja realmente el arte.
La diversidad de opiniones
sobre una obra de arte indica que la obra es nueva, compleja y vital. Cuando
los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre
el haber hecho una cosa útil, en tanto que no la admire. La única disculpa de
haber hecho una cosa inútil es admirarla intensamente.
Todo arte es completamente
inútil.
FIN

