Libro N° 4069. El Zarco. Altamirano, Ignacio Manuel.
© Libro N° 4069. El Zarco. Altamirano, Ignacio Manuel. Colección E.O. Agosto
12 de 2017.
Título
original: © El Zarco. Ignacio
Manuel Altamirano
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Altamirano
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL ZARCO
Ignacio Manuel Altamirano
YAUTEPEC
Yautepec es una población de la tierra caliente, cuyo
caserío se esconde en un bosque de verdura.
De lejos, ora se
llegue de Cuernavaca por el camino quebrado de las Tetillas, que serpentea en
medio de dos colinas rocallosas cuya forma les ha dado nombre, ora descienda de
la fría y empinada sierra de Tepoztlán, por el lado Norte, o que se descubra
por el sendero llano que viene del valle de Amilpas por el oriente, atravesando
las ricas y hermosas haciendas de caña de Cocoyoc, Calderón, Casasano y San
Carlos, siempre se contempla a Yautepec como un inmenso bosque por el que
sobresalen apenas las torrecillas de su iglesia parroquial.
De cerca,
Yautepec presenta un aspecto original y pintoresco. Es un pueblo mitad oriental
y mitad americano. Oriental, porque los árboles que forman ese bosque de que
hemos hablado son naranjos y limoneros, grandes, frondosos, cargados siempre de
frutos y de azahares que embalsaman la atmósfera con sus aromas embriagadores.
Naranjos y limoneros por donde quiera, con extraordinaria profusión. Diríase
que allí estos árboles son el producto espontáneo de la tierra; tal es la
exuberancia con que se dan, agrupándose, estorbándose, formando ásperas y
sombrías bóvedas en las huertas grandes o pequeñas que cultivan todos los
vecinos, y rozando con sus ramajes de un verde brillante y oscuro y cargados de
pomas de oro los aleros de teja o de bálago de las casas. Mignon no extrañaría
su patria, en Yautepec, donde los naranjos y limoneros florecen en todas las
estaciones.
Verdad es que
este conjunto oriental se modifica en parte por la mezcla de otras plantas
americanas, pues los bananos suelen mostrar allí sus esbeltos y sus anchas
hojas, y los mameyes y otras zapotáceas elevan sus enhiestas hojas sobre los
bosquecillos, pero los naranjos y limoneros dominan por su abundancia. En 1854,
perteneciendo Yautepec al Estado de México, se hizo un recuento de estos
árboles en esta población, y se encontró con que había más de quinientos mil.
Hoy, después de veinte años, es natural que se hayan duplicado y triplicado.
Los vecinos viven casi exclusivamente del producto de estos preciosos frutales,
y antes de que existiera el ferrocarril de Veracruz, ellos surtían únicamente
de naranjas y limones a la ciudad de México.
Por lo demás, es
aspecto del pueblo es semejante al de todos los de las tierras calientes de la
República. Algunas casas de azotea pintadas de colores chillantes, las más de
tejados oscuros y salpicados con las manchas cobrizas de la humedad, muchísimas
de paja o de palmeras de la tierra fría, todas amplias, cercadas de paredes de
adobe, de árboles o de piedras; alegres, surtidas abundantemente de agua,
nadando en flores y cómodas, aunque sin ningún refinamiento moderno.
Un río apacible
de linfas transparentes y serenas, que no es impetuoso más que en las
crecientes del tiempo de lluvias, divide el pueblo y el bosque, atravesando la
plaza, lamiendo dulcemente aquellos cármenes y dejándose robas sus aguas por
numeroso apantles que las dispersan en todas direcciones. Ese río es
verdaderamente el dios fecundador de la comarca y el padre de los dulces frutos
que nos refrescan, durante los calores del estío, y que alegran las fiestas populares
en México en todo el año.
La población es
buena, tranquila, laboriosa, amante de la paz, franca, sencilla y Hospitalaria.
Rodeada de magníficas haciendas de caña de azúcar, mantiene un activo tráfico
con ellas, así como con Cuernavaca y Morelos, es el centro de numerosos
pueblecillos de indígenas, situados en la falda meridional de la cordillera que
divide la tierra caliente del valle de México, y con la metrópoli de la
República a causa de los productos de sus inmensas huertas de que hemos
hablado.
En lo político y
administrativo, Yautepec, desde que pertenecía al Estado de México, fue
elevándose de un rango subalterno y dependiente de Cuernavaca, hasta ser
cabecera de distrito, carácter que conserva todavía. No ha tomado parte activa
en las guerras civiles y ha sido las más veces víctima de ellas, aunque ha
sabido reponerse de sus desastres, merced a sus inagotables recursos y a su
laboriosidad. El río y los árboles frutales son su tesoro; así es que los facciosos,
los partidarios y los bandidos, han podido arrebatarle frecuentemente sus
rentas, pero no han logrado mermar ni destruir su capital.
La población toda
habla español, pues se compone de razas mestizas. Los indios puros han
desaparecido allí completamente.
II
EL TERROR
Apenas acababa de ponerse el sol, un día de agosto de
1861, y ya el pueblo de Yautepec parecía estar envuelto en las sombras de la
noche. Tal era el silencio que reinaba en él. Los vecinos, que regularmente en
estas bellas horas de la tarde, después de concluir sus tareas diarias,
acostumbraban siempre salir a respirar el ambiente fresco de las calles, o a
tomar un baño en las pozas y remansos del rió o a discurrir por la plaza o por
las huerta, en busca de solaz, hoy no se atrevían a traspasar los dinteles de
su casa, y por el contrario, antes de que sonara en el campanario de la
parroquia el toque de oración, hacían sus provisiones de prisa y se encerraban
en sus casas, como si hubiese epidemia, palpitando de terror a cada ruido que
oían.
Y es que a esas
horas, en aquel tiempo calamitos, comenzaba para los pueblos en que no había
una fuerte guarnición, el peligro de un asalto de bandidos con los horrores
consiguientes de matanza, de raptos, incendios y exterminio. Los bandidos de la
tierra caliente eran sobre todo crueles. Por horrenda e innecesaria que fuera
una crueldad, la cometían por instinto, por brutalidad, por el solo deseo de
aumentar el terror entre las gentes y divertirse con él.
El carácter de
aquellos plateados (tal era el nombre que se daba a los bandido de esa época)
fue una cosa extraordinaria y excepcional, una explosión de vicio, de crueldad
y de infamia que no se había visto jamás en México.
Así, pues, el vecindario de Yautepec, como el de todas las
poblaciones de la tierra caliente, vivía en esos tiempos siempre medroso,
tomando durante el día la precaución de colocar vigías en las torres de sus
iglesias, para que diesen aviso oportuno de la llegada de alguna partida de
bandoleros a fin de defenderse en la plaza, en alguna altura o de parapetarse
en sus casas. Pero durante la noche, esa precaución era inútil, como lo era el
apostar escuchas o avanzadas en la afueras de la población, pues se habría
necesitado ocupar para ello a numerosos vecinos inermes que, aparte del riesgo
que corrían de ser sorprendidos, eran insuficientes para vigilar los muchos
caminos y veredas que conducían al poblado y que los bandido conocían
perfectamente.
Además, hay que
advertir que los plateados contaban siempre con muchos cómplices y emisarios
dentro de las poblaciones y de las haciendas, y que las pobres autoridades,
acobardadas por falta de elementos de defensa, se veían obligadas, cuando
llegaba la ocasión, a entrar en transacciones con ellos, contentándose con
ocultarse o con huir para salvar la vida.
Los bandidos,
envalentonados esta situación, fiados en la dificultad que tenía el gobierno
para perseguirlos, ocupado como estaba en combatir la guerra civil, se habían
organizado en grandes partidas de cien, doscientos y hasta quinientos hombres,
y así recorrían impunemente toda la comarca, viviendo sobre el país, imponiendo
fuertes contribuciones a las haciendas, y a los pueblos, estableciendo por su
cuenta peajes en los caminos y poniendo en práctica todos los días, el plagio,
es decir, el secuestro de personas, a quienes no soltaban sino mediante un
fuerte rescate. Este crimen, que más de una vez ha sembrado el terror en
México, fue introducido en nuestro país por el español Cobos, jefe clerical de
espantosa nombradía y que pago al fin sus fechorías en el suplicio.
A veces los
plateados establecían un centro de operaciones, una especie de cuartel general,
desde donde uno o varios jefes ordenaban los asaltos y los plagios y dirigían
cartas a los hacendados y a los vecinos acomodados pidiendo dinero, cartas que
era preciso obsequiar so pena de perder la vida sin remedio. Allí también
solían tener los escondites en que encerraban a los plagiados, sometiéndolos a
los más crueles tormentos.
Por el tiempo de
que estamos hablando, ese cuartel general de bandido se hallaba en Xochimancas,
hacienda antigua y arruinada, no lejos de Yautepec y situada a propósito para
evitar una sorpresa.
Semejante
vecindad hacía que los pueblos y haciendas del distrito de Yautepec se
encontrasen por aquella época bajo la presión de un terror constante.
De manera que así
se explica el silencio lúgubre que reinaba en Yautepec en esa tarde de un día
de agosto y cuando todo incitaba al movimiento y a la sociabilidad, no habiendo
llovido, como sucedía con frecuencia en este tiempo de aguas, ni presentado el
cielo aspecto alguno amenazador. Al contrario, la atmósfera estaba limpia y
serena; allá en los picos de la sierra de Tepoztlán, se agrupaban algunas nubes
teñidas todavía con algunos reflejos violáceos; más allá de los extensos campos
de caña que comenzaban a oscurecerse, y de la sombrías masas de verdura y de
piedra que señalaban las haciendas, sobre las lejanas ondulaciones de las
montañas, comenzaba a aparecer tenue y vaga la luz de la luna, que estaba en su
llena.
III
LAS DOS AMIGAS
En el patio interior de una casita de pobre pero graciosa
apariencia, que estaba situada a las orillas de la población y en los bordes
del río, con su respectiva huerta de naranjos, limoneros, y platanares, se
hallaba tomando el fresco una familia compuesta de una señora de edad y de dos
jóvenes muy hermosas, aunque de diversa fisonomía.
La una como de
veinte años, blanca, con esa blancura un poco pálida de las tierras caliente,
de ojos oscuros y vivaces y de boca encarnada y risueña, tenía algo de soberbio
y desdeñoso que le venía seguramente del corte ligeramente aguileño de su
nariz, del movimiento frecuente de sus cejas aterciopeladas, de lo erguido de
su cuello robusto y bellísimo o de su sonrisa más bien burlona que benévola.
Estaba sentada en un banco rústico y muy entretenida en bordar en las negras y
sedosas madejas de sus cabellos una guirnalda de rosas blancas y de caléndulas
rojas.
Diríase que era
una aristócrata disfrazada y oculta en aquel huerto de la tierra caliente.
Marta o Nancy que huía de la corte para tener una entrevista con su novio.
La otra joven
tendría diez y ocho años; era morena; con ese tono suave y delicado de las
criollas que se alejan del tipo español, sin confundirse con el indio, y que
denuncia a la hija humilde del pueblo. Pero en sus ojos grandes, y también
oscuros, en su boca, que dibujaba una sonrisa triste siempre que su compañera
decía alguna frase burlona, en su cuello inclinado, en su cuerpo frágil y que
parecía enfermizo, en el conjunto todo de su aspecto, había tal melancolía que
desde luego podía comprenderse que aquella niña tenía un carácter
diametralmente opuesto al de la otra.
Esta colocaba
también lentamente y como sin voluntad en sus negras trenzas, una guirnalda de
azahares, que se había complacido en cortar entre los más hermosos de los
naranjos y limoneros, por cuya operación se había herido las manos, lo que le
atraía las chanzonetas de su amiga.
-Mira, mamá dijo
la joven blanca dirigiéndose a la señora mayor que cosía sentada en una pequeña
silla de paja, algo lejos del banco rústico-, mira a esta tonta, que no acabará
de poner sus flores en toda la tarde; ya de lastimó las manos por el empeño de
no cortar más que los azahares frescos y que estaban más altos, y ahora no
puede ponérselos en las trenzas… y es que a toda costa quiere casarse, y
pronto.
-¿Yo? –preguntó
la morena alzando tímidamente los ojos como avergonzada.
-sí, tú –replicó
la otra-, no lo disimules; tú sueñas con el casamiento; no haces más que hablar
de ello todo el día, y por eso escoges los azahares de preferencia. Yo no, yo
no pienso en casarme todavía, y me contento con las flores que más me gustan.
Además, con la corana de azahares parece que va una a vestirse de muerta. Así
entierran a las doncellas.
-Pues tal vez así
me enterrarán a mí –dijo la morena-, y por eso prefiero estos adornos.
-¡Oh! Niñas, no
hablen de esas cosas –exclamó la señora en tono de reprensión-. Estar los
tiempos como están y hablar ustedes de cosas tristes, es para aburrirse. Tú,
Manuela, -dijo dirigiéndose a la joven altiva-, deja a Pilar que se ponga las
flores que más le cuadren y ponte tú las que te gusten. Al cabo, las dos están
bonitas con ellas… y como nadie las ve –añadió, dando un suspiro.
-¡Esa es la
lástima! –dijo con expresivo acento Manuela--. Esa es la lástima –repitió--,
que si pudiéramos ir a un baile o siquiera asomarnos a la ventana… ya veríamos…
-Bonitos están
los tiempos –exclamó amargamente la señora--, lindos para andar en bailes o
asomarse a las ventanas. ¿Para qué queríamos más fiesta? ¡Jesús nos ampare!
¡Trabajos tenemos para vivir escondidas y sin que sepan los malditos plateados
que existimos! No veo la hora de que venga mi hermano de México y nos lleve
aunque sea a pie. No puede vivirse ya en esta tierra. Me voy a morir de miedo
un día de éstos. Ya no es vida, Señor, ya no es vida la que llevamos en
Yautepec. Por la mañana, sustos si suena la campana y a esconderse en la casa
del vecino o en la iglesia. Por la tarde, apenas se come de prisa, nuevos
sustos si suena la campana o corre la gente; por la noche a dormir con
sobresalto, a temblar a cada tropel, a cada ruido, a cada pisada que se oye en
la calle, y a no pegar los ojos en toda la noche si suenan tiros o gritos. Es
imposible vivir de esta manera; no se habla más que de robos y asesinatos: “que
ya se llevaron al monte a don fulano”; “que ya apareció su cadáver en tal
barranca o en tal camino”; “que hay zopilotera en tal lugar”; “que ya se fue el
señor cura a confesar a fulano que está mal herido”; “que esta noche entra
Salomé Plasencia”; “que se escondan las familias que ahí vienen el Zarco o Palo
seco”; y después: “que ahí viene la tropa del gobierno, fusilando y amarrando a
los vecinos”. Díganme ustedes si esto es vida; no: es el infierno…; yo estoy
mala del corazón.
La señora
concluyó así, derramando gruesas lágrimas, su terrible descripción de la vida
que llevaba, y que por desgracia no era sino muy exacta, y aun pálida en
comparación con la realidad.
Manuela, que se
había puesto encendida cuando oyó hablar del Zarco, se conmovió al oír que la
señora se quejaba de estar mala del corazón.
-Mamá, tú no me
habías dicho que estabas mala del corazón. ¿Te duele de veras? ¿Estás enferma?
–le preguntó acercándose con ternura.
-No, hija,
enferma no; no tengo nada, pero digo que semejante vida me aflige, me
entristece, me desespera y acabará por enfermarme realmente. Lo que es
enfermedad, gracias a Dios que no tengo, y ésa es una fortuna que nos ha
quedado en medio de tantas desgracias que nos han afligido desde que murió tu
padre. Pero al fin, con tantas zozobras, con tantos sustos diarios, con el
cuidado que tú me causas, tengo miedo de perder la salud, y en esta población,
y teniéndote a ti… Todos me dicen: “Doña Antonia, esconda usted a Manuelita o
mándela usted mejor a México o a Cuernavaca. Aquí está muy expuesta, es muy
bonita, y si la ven los plateados, si algunos de sus espías de aquí, son
capaces de caer una noche en la población y llevársela. ¡Jesús me acompañe! Todos
me dicen esto; el señor cura mismo me lo ha aconsejado; el prefecto, nuestros
parientes, no hay un alma bendita que no me diga todos los días lo mismo, y yo
estoy sin consuelo, sin saber qué hacer…, sola…, sin más medio de qué vivir que
esta huerta de mis pecados, que es la que me tiene aquí, y sin otro amparo que
mi hermano a quien ya acabo a cartas, pero que se hace el sordo. Ya ves, hija
mía, cuál es la espina que tengo siempre en el corazón y que no me deja ni un
momento de descanso. Si mi hermano no viniera, no nos quedaría más que un
recurso para libertarnos de la desgracia que nos está amenazando.
-¿Cuál es, mamá?
–pregunto Manuela sobresaltada.
-el de casarte,
hija mía –respondió la señora con acento de infinita ternura.
-¿Casarme? ¿Y con
quién?
--¿Cómo con
quién? –replicó la madre, en tono de dulce reconvención- Tú sabes muy bien que
Nicolás te quiere, que se consideraría
dichoso si le dijeras que sí, que el pobrecito hace más de dos años que viene a
vernos día con día, sin que le estorben ni los aguaceros, ni los peligros, ni
tus desaires tan frecuentes y tan injustos, y todo porque tiene esperanzas de
que te convenzas de su cariño, de que te ablandes, de que consientas en ser su
esposa…
-¡Ah!, en eso
habíamos de acabar, mamacita –interrumpió vivamente Manuela, que desde las
últimas palabras de la señora no había disimulado su disgusto--; debí haberlo
adivinado desde el principio; siempre me hablas de Nicolás; siempre me propones
el casamiento con él, como el único remedio de nuestra mala situación, como si
no hubiera otro…
-¿Pero cuál otro,
muchacha?
-El de irnos a
México con mi tío, el de vivir como hasta aquí, el de escondernos cuando hay
peligro.
-¿Pero tú ves que
tu tío no viene, que nosotras no podemos irnos solas a México, que confiarnos a
otra persona es peligrosísimo en estos tiempos en que los caminos están llenos
de plateados, que podrían tener aviso y sorprendernos… porque se sabría de
nuestro viaje con anticipación?
-Y yéndonos con
mi tío ¿no tendríamos el mismo riesgo? –objetó la joven reflexionando.
-Tal vez, pero él
tiene interés en nosotras, somos de su familia y procuraría acompañarse de
hombres resueltos, quizás aprovecharía el paso de alguna fuerza del gobierno, o
la traería de México o de Cuernavaca; guardaría el debido secreto sobre nuestra
salida. En fin, la arriesgaría de noche atravesando por Totolapam o por
Tepoztlán; de todos modos con él iríamos más seguras. Pero ya lo ves, no viene,
ni siquiera responde a mis cartas. Sabrá seguramente como está este rumbo, y mi
cuñada y sus hijos no lo dejarán exponerse. El hecho es que no podemos tener
esperanzas en él.
-Pues, entonces,
mamá, seguiremos como hasta aquí, que éstas no son penas del infierno; algún
día acabarán, y mejo me quedaré para vestir santos…-¡Ojalá que ése fuera el
único peligro que corrieras, el de quedarte para vestir santos! -contestó la señora con amargura-; pero lo
cierto es que no podemos seguir viviendo así en Yautepec. Estas no son penas
del infierno, efectivamente, y aun creo que se acabarán pronto, pero no favorablemente
para nosotras. Mira –añadió bajando la voz con cierto misterio-, me han dicho
que desde que los plateados han venido a establecerse en Xochimancas, y que
estamos más inundados en este rumbo, han visto muchas veces a algunos de ellos,
disfrazados, rondar nuestra calle de noche; que ya saben de que tú estás aquí,
aunque no sales ni a misa; que han oído mentar tú nombre entre ellos; que los
que son sus amigos aquí, han dicho varias veces: Manuelita ha de parar con los
plateados. Un día de estos, Manuelita ha de ir a remanecer en Xochimancas, con
otras palabras parecidas. Mis comadres, mis parientes, ya te conté, el señor
cura me ha encontrado y me ha dicho: “Doña Antonia, pero ¿en que piensa usted
que no ha transportado ya a Manuelita a Cuernavaca o a Cuautla, a laguna
hacienda grande? Aquí corre mucho riesgo con los malos. Sáquela usted, señora,
sáquela usted, o escóndala debajo de la tierra, porque sino, va usted a tener
una pesadumbre un día de estos. Y a cada consejo que me dan, me clavan un puñal
en el pecho. Ya verás tú si podemos vivir de este modo aquí.
-Pero mamá, si
esos son chismes con que quieren asustar a usted. Yo no he visto ningun bulto
en nuestra calle de noche, una que otra vez que suelo asomarme, y eso de que
vienieran los plateados a robarme alguna vez, ya usted verá que es difícil;
habíamos de tener tiempo de saberlo, de oír algun tropel, y podríamos evitarlo
fácilmente, huyendo por la huerta hasta la plaza. Desengañese usted; no cuente
conmigo, me parece imposible. Solo que me sorprendieran en la calle, pero como
no salgo, ni siquiera voy a misa, sino que me estoy encerrada a piedra y lodo,
¿dónde me habrían de ver?
-¡Ay! ¡No,
Manuela! Tú eres animosa porque eres muchacha, y ves las cosas de otro modo;
pero yo soy vieja, tengo experiencia, veo lo que está pasando y que no había yo
visto en los años que tengo de edad, y creo
que estos hombres son capaces de todo. Si yo supiera que
había aquí tropas del gobierno o que el vecindario tuviera armas con que
defenderse, estaría yo más tranquila, pero ya tú bien ves que hasta el prefecto
y el alcalde se van al monte cuando aparecen los plateados, que el vecindario
no sabe qué hacer, que si hasta ahora no han asaltado la población es porque se
les ha mandado el dinero que han pedido, que hasta yo he contribuido con lo que
tenía de mis economías a dar esa cantidad; que no tenemos más refugio que la
iglesia o la fuga en lo más escondido de las huertas; ¿qué quieres que hagamos
si un día se vienen a vivir aquí esos bandidos, como han vivido en Xantetelco y
como viven hoy en Xochimancas? ¿No ves que hasta los hacendados les mandan
dinero para poder trabajar en sus haciendas? ¿No sabes que les pagan el peaje
para poder llevar su cargamento a México? ¿No sabes que en las poblaciones
grandes como Cuautla o Cuernavaca sólo los vecinos armados son los que se
defienden? ¿Tú piensas, quizás, que estos bandidos andan en partidas de diez o
de doce? Pues no: andan en partidas de trescientos o de quinientos hombres;
hasta traen sus músicas y cañones y pueden sitiar a las haciendas y a los
pueblos. El gobierno les tiene miedo, y estamos aquí como moro sin señor.
-Bueno –replicó
Manuelita, no dándose por vencida-, y aun suponiendo que así sea, mamá, ¿qué
lograríamos casándome con Nicolás?
-¡Ah, hija mía!,
lograríamos que tomarás estado y que te pusieras bajo el amparo de un hombre de
bien.
-Pero si ese
hombre de bien no es más que el herrero de la hacienda de Atlihuayan, y si el
mismo dueño de la hacienda, que está en México, y que es un señorón, no puede
nada contra los plateados, ¿qué había de poder el herrero que es un pobre
artesano? –dijo Manuela, alargando un poco su hermoso labio inferior con un
gesto de desdén.
-Pues aunque es
un pobre artesano, ese herrero es todo un hombre. En primer lugar, casándote,
ya estarías bajo su potestad, y no es lo mismo una muchacha que no tiene otro
apoyo que una débil vieja como yo, de quien todos pueden burlarse, que una
mujer casada que cuenta con un marido, que tiene fuerzas para defenderla, que
tiene amigos, muchos amigos armados en la hacienda, que pelearían a su lado
hasta perder la vida. Nicolás es valiente; nunca se han atrevido a atacarlo en
los caminos; además sus oficiales de la herrería y sus amigos del real lo
quieren mucho. En Atlihuayan no se atreverían los plateados a hacerte nada, yo
te lo aseguro. Estos ladrones, después de todo, sólo acometen a las poblaciones
que tienen miedo y a los caminantes desamparados, pero no se atreven con los
que tienen resolución. En segundo lugar, si tú no querías estar por aquí,
Nicolás ha ganado bastante dinero con su trabajo, tiene sus ahorros; su
maestro, que es un extranjero que lo dejó encargado de la herrería de la
hacienda, está en México, lo quiere mucho, y podríamos irnos a vivir allá
mientras que pasan estos malos tiempos.
-¡No!, ¡nunca,
mamá!, –interrumpió bruscamente Manuela-, estoy decidida; no me casaré nunca
con ese indio horrible a quien no puedo ver… Me choca de una manera espantosa,
no puedo aguantar su presencia… Prefiero cualquier cosa a juntarme con ese
hombre… Prefiero a los plateados –añadió con altanera resolución.
-¿Sí?, –dijo la
madre, arrojando su costura, indignada-, ¿prefieres a los plateados? Pues mira
bien lo que dices, porque si no quieres casarte honradamente con un muchacho
que es un grano de oro de honradez, y que podría hacerte dichosa y respetada,
ya te morderás las manos de desesperación cuando te encuentres entre los brazos
de esos bandidos, que son demonios vomitados del infierno. Yo no veré semejante
cosa, no, Dios mío; yo me moriré antes de pesadumbre y de vergüenza –añadió derramando lágrimas de cólera.
Manuela se quedó
pensativa. Pilar se acercó a la pobre vieja para consolarla.
-Mira tú –dijo
ésta a la humilde joven morena que había estado escuchando el diálogo de madre
e hija, en silencio-; tú que eres mi ahijada, que no me debes tanto como esta
ingrata, no me darías semejante pesar.
Luego, después de
un momento de silencio embarazoso para las tres, la señora dijo con marcado
acento de ironía y de despecho:
-¡Indio horrible!
No parece sino que esta presumida no merece más que un San Luis Gonzaga. ¿De
dónde te vienen tantos humos a ti que eres una pobre muchacha, aunque tengas,
por la gracia de Nuestro Señor, esa carita blanca y esos ojos que tanto te
alaban los tenderos de Yautepec? Eres tan entonada que cualquiera diría que
eras dueña de hacienda. Ni tu padre ni yo te hemos dado esas ideas. Tu crianza
ha sido humilde. Te hemos enseñado a amar la honradez, no la figura ni el
dinero; la figura se acaba con las enfermedades o con la edad, y el dinero se
va como vino; solo la honradez es un tesoro que nunca se acaba. ¡Indio
horrible!, ¡un pobre artesano! Pero ese indio horrible, ese pobre herrero es un
muchacho de buenos principios, que ha comenzado por ser un pobrecito huérfano
de Tepoztlán, que aprendió a leer y a escribir desde chico, que después se
metió a la fragua, y que a la edad en que todos regularmente no ganan más que
un jornal, él es ya maestro principal de la herrería, y es muy estimado hasta
de los ricos, y tiene muy buena fama y ha conseguido lo poco que tiene, gracias
al sudor de su frente y a su honradez. Eso en cualquiera tiempo, pero más ahora
y principalmente por este rumbo, es una gloría que pocos tienen. Tal vez no hay
muchacho aquí que se pueda comparar con él. Dime, Pilar, ¿tengo yo razón?
-Sí, madrina
–contestó la modesta joven-, tiene usted sobrada razón. Nicolás es un hombre
muy bueno, muy trabajador, que quiere muchísimo a Manuela, que sería un marido
como pocos, que le daría gusto en todo. Yo siempre se lo estoy diciendo a mi
hermana. Además, yo no lo encuentro horrible…
-¡Que horrible va
a ser! –exclamó la señora; sino que esta tonta, como no lo quiere, le pone
defectos como si fuera un espantajo. Pero Nicolás es un muchacho como todos y
no tiene nada que asuste. No es blanco, ni español, ni anda relumbrando de oro
y de plata como los administradores de las haciendas o como los plateados, ni
luce en los bailes y en las fiestas. Es quieto y encogido, pero eso me parece a
mí que no es un defecto.
-Ni a mí –añadió
Pilar.
Bueno, Pilar
–dijo Manuela-, pues si a ti te gusta tanto, ¿por qué no te casas tú con él?
-¿Yo? –respondió
Pilar, poniéndose primero pálida y luego encarnada hasta llorar, ¿yo, hermana?,
¿pero por qué me dices eso? Yo no me caso con él porque no es a mí a quien él
quiere, sino a ti.
-¿De modo que si
te pretendiera le corresponderías? –preguntó sonriéndose malignamente la
implacable Manuela.
Pila iba quizás a
responder, pero en ese instante llamaron a la puerta de un modo tímido.
-Es Nicolás –dijo
la señora; ve a abrirle, Pilar.
La humilde joven,
todavía confusa y encarnada, quitó apresuradamente de sus cabellos la guirnalda
de azahares y los colocó en el banco.
-¿Por qué te
quitas esas flores? –le preguntó Manuela, arrojando a su vez apresuradamente
las rosas y caléndulas que se había puesto.
-Me las quito
porque son flores de novia, y yo no soy aquí la novia –respondió tristemente,
aunque un poco picada, Pilar. Y tú, ¿por qué te quitas las tuyas?
-Yo, porque no
quiero parecer bonita a ese indio, hombre de bien, que merece un relicario.
Pilar fue a abrir
la puerta, con todas las precauciones que se tomaban en ese tiempo en Yautepec.
IV
NICOLÁS
Quien hubiera oído hablar a Manuela en tono tan
despreciativo, como lo había hecho, del herrero de Atlihuayan, se habría podido
figurar que era un monstruo, un espantajo repugnante que no debiese inspirar
más que susto o repulsión.
Pues bien: se
habría engañado. El hombre que después de atravesar las piezas de habitación de
la casa, penetró hasta el patio en que hemos oído la conversación de la señora
mayor y de las dos niñas, era un joven trigueño, con el tipo indígena bien
marcado, pero de cuerpo alto y esbelto, de formas hercúleas, bien proporcionado
y cuya fisonomía inteligente y benévola predisponía desde luego a su favor. Los
ojos negros y dulces, su nariz aguileña, su boca grande, provista de una
dentadura blanca y brillante, sus labios gruesos, que sombreaba apenas una
barba naciente y escasa, daban a su aspecto algo de melancólico, pero de fuerte
y varonil al mismo tiempo. Se conocía que era un indio, pero no un indio
abyecto y servil, sino un hombre culto, ennoblecido por el trabajo y que tenía
la conciencia de su fuerza y de su valer. Estaba vestido no como todos los
dependientes de las haciendas azucareras, con chaqueta de dril de color claro,
sino con una especie de blusa de lanilla azul como los marineros, ceñida a la cintura
con un ancho cinturón de cuero, lleno de cartuchos de rifle, porque en ese
tiempo todo el mundo tenía que andar armado y apercibido la defensa; además,
traía calzoneras con botones oscuros, botas fuertes, y se cubría con un
sombrero de fieltro gris de alas anchas, pero sin ningún adorno de plata. Se
conocía, en fin, que de propósito intentaba diferenciarse, en el modo de
arreglar su traje, de los bandidos que hacían ostentación exagerada de adornos
de plata en sus vestidos, y especialmente en sus sombreros, lo que les había
valido en nombre con que se conocían en toda la República.
Nicolás
acostumbraba, en sus visitas diarias a la familia de Manuela, dejar su caballo
y sus armas en una casa contigua, para partir luego que cerraba la noche a la
hacienda de Atlihuayan, distante menos de una milla de Yautepec.
Después de los
saludos de costumbre, Nicolás fue a sentarse junto a la señora en otro banco
rústico y notando que a los pies de Manuela estaban regados en desorden las
rosas que ésta había desprendido de sus cabellos; le preguntó:
-Manuelita, ¿por
qué ha tirado usted tantas flores?
-Estaba haciendo
yo un ramillete
–respondió secamente Manuela-, pero me fastidié y las he arrojado.
-¡Y tan lindas! –dijo Nicolás inclinándose para recoger
algunas, lo que Manuelita vio hacer con marcado disgusto-. ¡Usted siempre
descontenta! –añadió tristemente.
-¡Pobre de mi
hija! Mientras estemos en Yautepec y encerradas –dijo la madre- no podemos
tener un momento de gusto.
-Tienen ustedes
razón –replicó Nicolás-. ¿Y su hermano de usted ha escrito?
-Nada, ni una
carta; no hemos tenido razón de él. Ya me desespero… ¿Y, ¿que nuevas noticias
nos trae usted ahora, Nicolás?
-Ya sabe usted,
señora –dijo Nicolás con aire sombrío-, las de siempre…, plagios, asaltos,
crímenes por donde quiera, no hay otra cosa. Antier se llevaron los plateados
de Xochimancas al purgador de la hacienda de San Carlos. Ayer, en la mañana, se
llevó otra partida al ayudante de campo, que había salido a la tranca de la
hacienda nada más; después mataron a unos arrieros que iban de Cocoyoc al
camino de México.
-¡Misericordia de
Dios! –exclamó la señora-; si no es posible vivir ya en este rumbo. Si yo estoy
desesperada y no sé como salir de aquí…
-A propósito
–continuó Nicolás-; si usted insiste, señora, en su deseo de irse a México, y
ya que ha rehusado usted mis servicios para acompañarla, pronto se le ofrecerá
a usted oportunidad.
-¿Sí? ¿Cómo?
–preguntó con ansiedad la señora.
-Hemos sabido que
debía haber llegado aquí esta mañana una fuerza de caballería del gobierno,
porque salió de Cuernavaca con esta dirección ayer en la tarde, y durmió en
Xiutepec; pero al amanecer recibió orden de ir a perseguir a una partida de
bandidos que en la misma noche asalto a una familia rica extranjera, que se
dirigía a Acapulco, acompañada de algunos mozos armados. Parece que,
precisamente para ver si escapaba de los ladrones, esa familia salió de Cuernavaca
ya de noche y caminaba aprisa para llegar hoy temprano a Puente de Ixtla o San
Gabriel. Pero cerca de Alpuyeca la estaba esperando una partida de plateados.
Los extranjeros que iban con la familia se defendieron, pero los mozos hicieron
traición y se pasaron con los bandidos, de modo que los pobres extranjeros
quedaron allí muertos con su familia, que también pereció
-¡Jesús!, ¡que
horror! –exclamaron la señora y Pilar, mientras que Manuela palideció
ligeramente y se puso pensativa.
-Parece que fue
una cosa espantosísima –continuó
Nicolás-. Ahí amanecieron los cadáveres, porque los bandidos se llevaron,
naturalmente, los equipajes, las mulas, los caballos y todo. La noticia llegó a
Cuernavaca muy temprano, los vecinos de Alpuyeca trajeron después en camilla a
los muertos, entre los que había niños. Ahí tienen ustedes el porqué la fuerza
del gobierno, que venía para acá, recibió orden de dirigirse, en combinación
con otra que salió de Cuernavaca, en persecución de los bandidos.
-¿Y los cogerán?
¿Usted creé que los cogerán, Nicolás? –preguntó la señora.
-No –respondió
con intensa amargura el honrado joven-, no cogerán a nadie. Son pocos en
comparación de los plateados, que deben haberse refugiado en Xochimancas.
Solamente allí tienen más de quinientos hombres, bien montados y armados, sin
contar con las muchas partidas que andan en todos los caminos. Además, ya
estamos acostumbrados a estos vanos alardes. Cuando se comete un robo de
consideración o se asalta a personas distinguidas, se hace escándalo; el
gobierno de México manda órdenes terribles a las autoridades de por aquí; estas
ponen en movimiento sus pequeñas fuerzas, en que hay muchos cómplices de los
bandidos y que les dan aviso oportunamente. Se hace ruido una semana o dos y
todo acaba allí. Entretanto, nadie hace caso de los robos, de los asaltos, de
los asesinatos que se cometen diariamente en todo el rumbo, porque las víctimas
son infelices que no tienen nombre, ni nada que llame la atención.
-¡Ay Dios,
Nicolás –dijo con interés la señora-, y usted que se arriesga para venir todas
las tardes de Atlihuayan, sólo por vernos! Yo le ruego a usted que no lo haga
ya.
-¡Ah!, no, señora
–respondió Nicolás sonriendo tranquilamente-; en cuanto a mí pierda usted
cuidado. Yo soy pobre, nada tienen que robarme. Además, la distancia de
Atlihuayan a acá es muy corta, nada arriesgo verdaderamente con venir.
-¡Cómo no ha de
arriesgar usted! –repuso la señora-; en primer lugar, aunque usted es pobre, se
sabe que es usted un artesano honrado y económico, que es le maestro de la
herrería de Atlihuayan, y deben suponer que tiene usted algo guardado; luego,
aunque no fuera más que porque monta usted buenos caballos y porque tiene
buenas armas…
-¡Oh, señora!
–exclamó riendo Nicolás-, por lo que yo puedo tener guardado no vale la pena de
que me ataquen esos señores; porque ellos se arriesgan por mayores intereses.
Por otra parte, yo no me dejaría plagiar. No es eso fanfarronada, pero la
verdad es, señora, que vale más morir de una vez que sufrir las mil muertes que
tienen los plagiados. Ya habrá oído usted contar lo que les hacen. Pues bien,
la mejor manera de escapar de esos tormentos, es defenderse hasta morir.
Siquiera de ese modo se les hace pagar caro su triunfo y se salva la dignidad
del hombre –añadió con varonil orgullo.
-¡Ah!, si todos
pensaran así –dijo la señora-, si todos se resolvieran a defenderse, no habría
bandidos ni necesitaríamos de las fuerzas del gobierno, ni viviríamos aquí
muertos de miedo, temblando como pájaros azorados.
-Es verdad,
señora; así debía ser, y no se necesita para ello más que un poco de sangre
fría. Vea usted; en Atlihuayan estaban todos atemorizados cuando comenzaron a
inundar esto los bandidos, y no sabían que partido tomar. Pero antes de que
comenzaran a pisarnos la sombra, los maquinistas de la hacienda y los herreros
nos reunimos y determinamos comprar buenos caballos y armarnos bien, decidiendo
defendernos siempre unidos, aunque fuésemos pocos. Tan luego se supo nuestra
resolución, el administrador y los dependientes se unieron también a nosotros,
y como la gran ventaja que tienen los plateados para amenazar a las haciendas y
a los pueblos, consiste en que tienen siempre emisarios y cómplices entre los
vecinos, se dispuso arrojar de la hacienda al que se hiciera sospechoso de
estar en connivencia con los bandidos. De ese modo, todos los trabajadores de
Atlihuayan son fieles y nos ayudan; la hacienda está bien
armada y no tenemos más peligro que el de que incendien
los bandidos los campos de caña. Pero vigilando mucho, y todas las noches,
puede evitarse ese mal en cuanto sea posible. Ya han pedido dinero al
hacendado; ya lo han amenazado de quemar la hacienda, pero no se les ha hecho
caso. A nosotros también nos han escrito cartas, pidiéndonos dinero, pero no
les hemos contestado. A mí, particularmente, sé que me aborrecen; que hay
algunos que han ofrecido matarme, y no sé por qué, pues yo no he hecho mal a nadie,
ni a los bandidos; será seguramente porque saben que estoy resuelto a
defenderme y que mis oficiales lo están también. Pero no tengo cuidado, y sigo
como hasta aquí, sin que nadie me haya atacado en los caminos.
-Pero usted anda
siempre solo, Nicolás –dijo la señora-, y eso es una temeridad.
-Cuando puedo me
acompaño, por ejemplo, cuando tengo que ir a una hacienda algo lejana…, pero
para venir aquí no creo que hay necesidad de compañía. Pero a todo esto, lo que
más me importa es tratar lo de la salida de ustedes. Decía yo que la fuerza que
venía a Yautepec se entretiene hoy en atrapar a los asaltantes del camino de
Alpuyeca, que ya estarán en sus guaridas. Por consiguiente, la fuerza volverá a
Cuernavaca y saldrá después para acá. Es tiempo de aprovechar la ocasión y
pueden ustedes prepararse para la marcha.
-Ya se ve –dijo
la señora- y desde luego vamos a alistarnos. Gracias, Nicolás, por la noticia,
y espero que usted vendrá a vernos como siempre para comunicarnos algo nuevo y
para que me haga usted el favor de quedarse con mis encargos…; no tengo hombre
de confianza más que usted.
-Señora, ya sabe
usted que estoy a sus órdenes en todo, y que puede ir usted tranquila respecto
de sus cosas, pues me quedo aquí.
-Ya lo sé, ya lo
sé, y lo espero a usted mañana, como siempre. Ahora es tiempo de que usted se
vaya, es ya de noche y tiemblo de que le suceda a usted algo en este caminito
de Yautepec a la hacienda, tan corto, pero tan peligroso… ¡Adiós! –dijo
estrechando la mano de Nicolás, que fue a despedirse en seguida de Manuela, que
le alargó la mano fríamente, y de Pilar, que lo saludo con su humilde timidez
de costumbre.
Cuando se oyó en
la calle el trote del caballo que se alejaba, la señora, que se había quedado
triste y callada, suspiró dolorosamente.
-La única pena
que tendré –dijo- alejándome de este rumbo, será dejar en él a este muchacho,
que es el solo protector que tenemos en la vida. ¡Con qué gusto lo vería yo
como mi yerno!
-¡Y dale con el
yerno, mamá! –dijo Manuela acercándose a la pobre señora y abrazándola
cariñosamente-. ¡No pienses en eso! Ya vamos a salir de aquí y tendrás otro
yerno mejor.
-Este te ofrece
un amor honrado –dijo la señora.
-Pero no un amor
de mi gusto –replicó frunciendo las cejas y sonriendo, la hermosa joven.
-Dios quiera que
nunca te arrepientas de haberlo rechazado.
-No, mamá, de eso
sí puede estar usted segura. Nunca me arrepentiré. ¡Si el corazón se va adonde
quiere…, no adonde lo mandan! –añadió lentamente y con risueña gravedad
ayudando a la señora a levantarse de su taburete.
La noche había
cerrado, en efecto; el rocío, tan abundante en las tierras calientes, comenzaba
a caer; las sombras de la arboleda de la huerta se hacían más intensas a causa
de la luz de la luna, que comenzaba a alumbrar, y la familia se entró en sus
habitaciones.
V
EL ZARCO
A la
sazón que esto pasaba en Yautepec, a un costado de la hacienda de Atlihuayan, y
por un camino pedregoso y empinado que bajaba de las montañas, y que se veía
flanqueado por altas malezas y coposos árboles, descendía poco a poco y
cantando, con voz aguda y alegre, un gallardo jinete montado en brioso alazán
que parecía impacientarse, marchando tortuosamente en aquel sendero en que
resonaban echando chispas sus herraduras.
El jinete lo
contenía a cada paso, y en la actitud más tranquila, parecía abandonarse a una
deliciosa meditación, cruzando una pierna sobre la cabeza de la silla, como las
mujeres, mientras que entonaba, repitiéndola distraído, una copla de una
canción extraña, compuesta por bandidos y muy conocida entonces en aquellos
lugares:
Mucho
me gusta la plata,
Pero más me
gusta el lustre,
Por eso cargo
mi reata
Pa’la mujer
que me guste.
El jinete,
caminado así a mujeriegas, no parecía darse por prisa por bajar al llano, y de
cuando en cuando se detenía un momento, para dejar que su caballo respirara y
para contemplar la luna por los claros que solían dejar los árboles de la
montaña. Así, mirándola atentamente, observaba también las estrellas y parecía
averiguar la hora, como si estuviese pendiente de una cita.
Por fin, al dar
vuelta un recodo del camino, los árboles fueron siendo más raros, las malezas
más pequeñas, el sendero se ensanchaba y era menos áspero, parecía que la
colina ondulaba suavemente y todo anunciaba la proximidad de la llanura. Luego
que el jinete observó este aspecto menos salvaje que el que había dejado atrás
de él, se detuvo un instante, alargó la pierna que traía cruzada, se estiró
perezosamente, se afirmó en los estribos, examinó con rapidez las dos pistolas
que traía en la cintura y el mosquete que colgaba en la funda de su silla, al
lado derecho y atrás, como se usaba entonces; después de lo cual desenredó
cuidadosamente la banda roja de lana que abrigaba su cuello, y volvió a
ponérsela, pero cubriéndose con ella el rostro hasta cerca de los ojos. Después
se desvió un poco del camino y se dirigió a una pequeña explanada que allí
había, y se puso a examinar el paisaje.
La luna había
aparecido ya sobre el horizonte y ascendía con majestad en el cielo por entre
grupos de nubes. A lo lejos, las montañas y las colinas formaban un marco negro
y espeso al cuadro gris en que se destacaban las oscuras masas de las
haciendas, la faja enorme de Yautepec, los cerros y las arboledas, y al pie de
la colina que servía de mirador al jinete se veían distintamente los campos de
cañas de Atlihuayan, salpicados de luciérnagas, y en medio de ellos los grandes
edificios de la hacienda con sus altas chimeneas, sus bóvedas y sus ventanas
llenas de luz. Aun se escuchaba el ruido de las máquinas y el rumor lejano de
los trabajadores y el canto melancólico con que los pobres mulatos, a semejanza
de sus abuelos los esclavos, entretienen sus fatigas o dan fin a sus tares del
día.
Ese aspecto
tranquilo y apacible de la naturaleza y ese santo rumor de trabajo y de
movimiento, que parecía un himno de virtud, no parecieron hacer mella ninguna
en el ánimo del jinete, que sólo se preocupaba de la hora, porque después de
haber permanecido en muda contemplación por espacio de algunos minutos, se apeó
del caballo, estuvo paseándolo un rato en aquella meseta, después apretó el
cincho, montó e interrogando de nuevo a la luna y a las estrellas, continuó con
su camino cautelosamente y en silencio, a poco estaba ya en la llanura y
entraba en un ancho sendero que conducía a la tranca de la hacienda; pero al
llegar a una encrucijada tomó el camino que iba a Yautepec, dejando la hacienda
a su espalda.
Apenas acababa de
entrar en el andando al paso, cuando vio pasar a poca distancia, y caminando en
dirección opuesta, a otro jinete que también iba al paso, montando un magnífico
caballo oscuro.
-¡Es el herrero
de Atlihuayan! –dijo en voz baja, inclinando la ancha faja de su sombrero para
no ser visto, aunque la bufanda le lana le cubría el semblante hasta los ojos.
Después murmuró,
volviendo ligeramente la cabeza para ver al jinete, que se alejaba con
lentitud:
-¡Que buenos
caballos tiene este indio!... Pero no se deja… ¡Ya veremos! –añadió con acento
amenazador.
Y continuó
marchando hasta llegar cerca de la población de Yautepec. Allí dejo el camino
real y tomó una veredita que conducía a la caja del río que atraviesa la
población, después de encajarse entre dos bordes altos y llenos de maleza, de
cactos y de árboles silvestres, desemboca en un terreno llano y arenoso, antes
de correr entre las dos hileras de extensas y espesísimas huertas que lo
flanquean en la población. Allí la luna daba de lleno sobre el campo, rielando
en las aguas cristalinas del río, y a su luz pudo verse perfectamente al jinete
misterioso que había bajado de la montaña.
Era un joven como
de treinta años, alto, bien proporcionado, de espaldas hercúleas y cubierto
literalmente de plata. El caballo que montaba era un soberbio alazán, de buena
alzada, musculoso, de encuentro robusto, de pezuñas pequeñas, de ancas
poderosas como todos los caballos montañeses, de cuello fino y de cabeza
inteligente y erguida. Era lo que llaman los rancheros un caballo de pelea. El
jinete estaba vestido como los bandidos de esa época, y como nuestros charros,
los más charros de hoy. Llevaba chaqueta de paño oscuro con bordados de plata,
calzoneras con doble fila de chapetones de plata, unidos por agujetas y
cadenillas del mismo metal; cubríase con un sombrero de lana oscura, de alas
grandes y tendidas, y que tenían tanto encima como debajo de ellas una ancha y
espesa cinta de galón de plata bordado con estrellas de oro; rodeaba la copa
redonda y achatada una doble toquilla de plata, sobre la cual caían a cada lado
dos chapetas también de plata, en forma de bulas rematando en anillos de oro. Llevaba,
además de la bufanda de lana con que se cubría el rostro, una camisa también de
lana debajo del chaleco, y en el cinturón un par de pistolas de empuñadura de
marfil, en sus fundas de charol negro bordadas de plata. Sobre el cinturón se
ataba una canana, doble cinta de cuero a guisa de cartuchera y rellena de
cartuchos de rifle, y sobre la silla un machete de empuñadura de plata metido
en su vaina, bordada de lo mismo. La silla que montaba estaba bordada
profusamente de plata; la cabeza grande era una masa de ese metal, lo mismo que
la teja y los estribos, y el freno del caballo estaba lleno de chupetes, de
estrellas y de figuras caprichosas. Sobre el vaquerillo negro, de hermoso pelo
de chivo, y pendiente de la silla, colgaba un mosquete, en su funda también
bordada, y tras de la teja veíase
amarrada una gran capa de hule. Y por donde quiera, plata: en los
bordados de la silla, en las tapafundas, en las chaparreras de piel de tigre
que colgaban de la cabeza de la silla, en las espuelas, en todo. Era mucha
plata aquella, y se veía patente el esfuerzo para prodigarla por donde quiera.
Era una ostentación insolente, cínica y sin gusto. La luz de la luna hacía
brillar todo este conjunto y daba al jinete el aspecto de un extraño fantasma
con una especie de armadura de plata; algo como un picador de una plaza de
toros o como un aguerrido centurión de Semana Santa.
El jinete estuvo
examinando durante unos segundos el lugar. Todo se hallaba tranquilo y
silencioso. El llano y los campos de caña se dilataban a lo lejos, cubiertos
por la luz plateada de la luna, como por una gasa transparente. Los árboles de
las huertas estaban inmóviles. Yautepec parecía un cementerio. Ni una luz en
las casas, ni un rumor en las calles. Los mismos pájaros nocturnos parecían
dormir, y solo los insectos dejaban oír sus leves silbidos en los platanares.
Mientras que una nube de cocuyos revoloteaba en las masas de sombra en las
arboledas. La luna estaba en el cenit y eran las once de la noche.
El plateado se
retiró, después de éste rápido examen, a un recodo que hacía el cauce del río
junto a un borde lleno de árboles, y allí, perfectamente oculto en la sombra, y
en la playa seca y arenosa, echó pie a tierra, desató la reata, quitó el freno
a su caballo, y teniéndolo del lazo, lo dejo ir a poca distancia a beber agua.
Luego que la necesidad del animal estuvo satisfecha, lo enfrenó de nuevo y
montó con agilidad sobre él, atravesó el río y se internó en uno de los
callejones estrechos y sombríos que desembocan en la ribera y que estaban
formados por las cercas de árboles de las huertas.
Anduvo al paso y
como recatándose por unos minutos, hasta llegar junto a las cercas de piedra de
una huerta extensa y magnífica. Allí se detuvo al pie de un zapote colosal
cuyos ramajes frondosos cubrían como una bóveda toda la anchura del callejón, y
procurando penetrar con la vista en la sombra densísima que cubría el cercado,
se contentó con articular dos veces
seguidas una especie de sonido de llamamiento: “¡Psst… psst!” al que respondió
otro d igual naturaleza, desde la cerca, sobre la cual no tardó en aparecer una
figura blanca.
-¡Manuelita!
–dijo en voz baja el plateado.
-¡Zarco mío, aquí
estoy! –respondió una dulce voz de mujer.
Aquel hombre era
el Zarco, el famoso bandido cuyo renombre había llenado de terror toda la
comarca.
VI
LA ENTREVISTA
La cerca
no era alta; estaba formada de grande piedras, entre las cuales habían brotado
centenares de trepadoras, de ortigas y de cactos de tallos verticales y
esbeltos, formando un muro espeso, cubierto con una cortina de verdura. Sobre
esta cerca, aprovechando uno de sus claros y bajo las sombrías ramas del
zapote, cuyo tronco nudoso presentaba una escalinata natural por dentro de la
huerta, Manuelita se había improvisado un asiento para hablar con el Zarco en
sus frecuentes entrevistas nocturnas.
El bandido no se
bajaba en ellas de su caballo. Desconfiado hasta el extremo, como todos los
hombres de su especie, prefería estar siempre listo para la fuga o para la
pelea, aun cuando hablaba con su amada a altas horas de la noche, en la soledad
de aquella callejuela desierta y cuando la población dormía sobresaltada sin
atreverse nadie a asomar la cara después de la queda.
Por lo demás,
así, a caballo, estaba al alcance de la joven para hablarle y para abrazarla
con toda comodidad, pues la altura del cercado no sobrepasaba la cabeza de la
silla del caballo, y en cuanto a este animal, enseñado como todos los caballos
de bandidos, sabía estarse quieto cuando la voluntad del jinete lo exigía. Por
otra parte, la cortina vegetal que revestía el cercado de piedra, presentaba
allí un ancho rasgón que permitía a los amantes hablarse de cerca, enlazarse
las manos y abandonarse a las intimidades de un amor apasionado y violento.
Ya varias veces
algunos vecinos de Yautepec, que solían transitar por esa callejuela en las
mañanas para salir al campo, habían reparado en las huellas que dejaba el
caballo en las noches de lluvia, huellas que indicaban que alguien había estado
allí detenido por mucho tiempo, y que venían del río y volvían a dirigirse a
él. Pero suponían que eran las de algún campesino que había venido allí en la
tarde anterior o a lo sumo sospechaban que Nicolás, el herrero de Atlihuayan,
cuyo amor a Manuela era demasiado conocido, tenía entrevistas con ella, aunque
sabían todos, por otra parte, que la joven profesaba profunda aversión al
herrero, cosa que atribuían a hipócrita disimulo desmentido por esas huellas
acusadoras.
En cuanto a doña
Antonia, madre de Manuelita, ignoraba de todo punto, como es de suponerse, que
su hija tuviese entrevista alguna con nadie, y aun el rumor acerca de las
huellas de un caballo junto al cercado de su huerta, le era totalmente
desconocido.
Así, bajo aquel
secreto profundo, que nadie se hubiera atrevido a adivinar, Manuela salía a
hablar con su amante con toda la frecuencia que permitían a éste sus
arriesgadas excursiones de asalto y de pillaje. El parecía muy enamorado de la
hermosa muchacha, pues apenas podía disponer de algunas horas, cuando las
aprovechaba, a trueque del reposo y el sueño, para venir a conversar una hora
con su amada, a quien prevenía regularmente por medio de los emisarios y cómplices
que tenía en Yautepec.
Esta vez era
esperado con más impaciencia que nunca por la joven, alarmada por los peligros
que anunciaban para sus amores las resoluciones de la tarde.
-Tenía yo miedo
de que no vinieras esta noche y te esperaba yo con ansia –dijo Manuela,
palpitante de pasión y de zozobra.
-Pues por poco no
vengo, mi vida –respondió el Zarco, arrimándose a la cerca y tomando entre las
suyas las manos trémulas de la joven-. Hemos tenido pelea anoche; por poco me
mata un gringo maldito, y apenas he tenido tiempo de pasar por Xochimancas, de
remudar caballo, de tomar un bocado y un poco de café y he andado veinte leguas
por verte… ¿Pero, qué tienes? ¡Estás
temblando! ¿Por qué me esperabas con ansia?
-Dime, ¿estuviste
tú en lo de Alpuyeca?
-Sí, precisamente
yo mandaba la fuerza. ¿Por qué me preguntas eso? ¿Cómo lo has sabido tan
pronto?
-Pues ahora
verás: estuvo, como siempre, hoy en la tarde el fastidioso herrero, y él,
diciéndole mi mamá que ya no veía la hora de salir de aquí para irnos a México,
pero que no sabía cómo, porque mi tío no viene, le contó que una tropa de
caballería del gobierno había salido ayer de Cuernavaca con dirección a
Yautepec, y que se había quedado a dormir en Xiutepec, pero que hoy en la
mañana recibió orden violentamente para perseguir a una partida que había
matado a unos extranjeros en Alpuyeca, anoche, y que se fue para allá…
-Ya lo sabíamos…
dizque nos van a cargar fuerzas…, figúrate, ¡doscientos hombres a lo más! Buen
cuidado tendrán de no arrimarse por Xochimancas…, allí estacarían el cuero… y,
¿qué más?
-Bueno, pues que
siguió diciendo que esa caballería del gobierno no cogerá a ninguno, y volverá
a tomar la dirección de Yautepec para continuar su marcha. Que entonces
podríamos aprovechar la oportunidad para irnos con la tropa.
-¿Ustedes?
-Sí, nosotras, y
mi madre dijo que le parecía buena la idea; que nos íbamos a disponer para
irnos, y aun encargo al herrero que viniera mañana para traerle nuevas noticias
y para dejarle sus encargos.
-¡Ah, caramba!,
¿de modo qué es de veras?
Muy de veras,
Zarco, muy de veras. Tiene mi madre tal miedo, que, no lo dudes, va a
aprovechar la ocasión, y ya me dijo que vayamos disponiendo nuestros baúles con
lo más preciso; que irá mañana a pedirle su dinero a una persona que lo tiene
guardado, y nos vamos.
-¡Imposible!
–exclamó el bandido con violencia-, ¡imposible! Se irá ella, pero tú no;
primero me matan.
-¿Pero, cómo
hacemos entonces?
-Niégate.
-¡Ah!, sería
inútil, Zarco, tú no conoces a mi mamá; cuando dice una cosa, la cumple; cuando
manda algo, no se le puede replicar. Hartos disgustos tengo todos los días
porque me quiere casar a fuerza con el indio, y por más que le manifiesto mi
resolución de no unirme a ese hombre, por más que le hago desaires a éste, y
que le he dicho en su cara que no le tengo amor, mi madre sigue en su porfía, y
el herrero sigue también viniendo, seguramente porque mi madre le da alas para
que no deje su necedad. Pero en fin, en esto puedo desobedecer porque alego mi
falta de cariño, pero en lo de irnos… ya ves que es imposible.
-Pues, déjame
pensar –dijo el Zarco poniéndose a reflexionar.
-Dime
–interrumpió Manuela-, ¿no sería posible que ustedes atacaran a la tropa del
gobierno en las Tetillas o en otro paraje y que la derrotaran? Ustedes son
muchos.
-Sí, mi alma;
sería posible, y lo conseguiríamos, pero te diré francamente: los muchachos no
se arriesgan a estas empresas, sino cuando esperan coger un buen botín o cuando
se defienden y al ven irremediable. ¡Pero aquí
no habían de querer! Dirán que atacando a esta tropa no van a recibir
más que muchos balazos, y si la derrotan, cogerán cuando más unos cuantos
caballos flacos, sillas viejas, uniformes hechos pedazos. ¡Si los soldados del
gobierno parecen limosneros! Además son cien hombres. Tendríamos que cargarles
lo menos quinientos, y ¿tú crees que habíamos de juntarlos para eso nada más?
-¡Pero, bien
–repuso la joven contrariada-, ya sabía yo que los plateados no atacaban sino a
indefensos!... Eso dice mi madre.
-¿A los
indefensos? –dijo el Zarco, picado a su vez en lo más vivo-. ¿Eso dice tú
madre? Pues se equivoca la buena señora; también sabemos atacar a la tropa, y
cansados estamos de hacerlo y de triunfar… ¡Indefensos! Pues bueno fuera que
hubiera visto la pelotera de anoche. Esos gringos parecían demonios,… se
defendían con sus rifles, con sus pistolas, con sus espadas.
-¡Ay, Zarco,
dicen que mataron a las mujeres y a los niños!
-¿Quién dijo eso?
-El herrero.
-¡Indio hablador!
-¿No es cierto?
-¿Qué se
murieron? Sí, se murieron, pero nosotros no los matamos, se murieron en la
refriega. En fin, no hablemos de este asunto, Manuelita, porque me estás
lastimando.
-No, mi vida, no
–replicó la joven, con voz de infinita ternura, y enlazada al cuello del
bandido-. ¿Yo ofenderte a ti, que eres todo mi querer?
-Sí, Manuelita
–dijo desasiéndose de sus brazos-. Todo eso que me estabas diciendo era porque
tú me crees cobarde.
-¿Yo, creerte
cobarde, Zarco? –dijo la joven echándose a llorar-. Pero, ¿cómo has podido
pensar eso? ¡Si yo creo que eres el hombre más valiente del mundo; si yo estoy
loca de pasión por ti; si pienso que se me va a reventar el corazón de la pena
que me causa tu ausencia, del miedo que me dan los peligros que corres!... ¡Si
yo soy tuya enteramente… y hago lo que quieras!
-Bueno –dijo
dulcificando la voz el bandido y besándola con furia-; bueno, ya no llores, ya
no estoy resentido…, pero no me vuelvas a decir esas palabras.
-¡Pero si yo te
digo lo que cuentan; yo hago cóleras cuando lo escucho, y no tengo más consuelo
que decírtelo! Ahora, mi deseo de que atacaran a la tropa, debes suponer que es
causado por el amor mismo que te tengo, para que no nos separemos. Si tienes
otro medio…, el de casarnos, por ejemplo.
-¿Casarnos?
-Sí, y ¿por qué
no?
-¿Pero tú no
piensas en que no podemos casarnos?
-¿Por qué,
dímelo?
-Por mil razones.
Llevando la vida que llevo, siendo como soy tan conocido, teniendo tantas
causas pendientes en los juzgados, habiendo, naturalmente, orden de colgarme
donde me cojan, ¿a dónde había yo de ir a presentarme para que nos casaran?
¡Estás loca!
-¿Pero, no
podemos irnos lejos de este rumbo, a Puebla, al Sur, a Morelos, a donde no te
conozcan, para casarnos?
-Pero para eso
sería preciso que te sacará yo de aquí, que te robara yo, que te fueras conmigo
a Xochimancas mientras… y después emprenderíamos el viaje a otra parte.
-Pues bien –replicó la joven resueltamente, después de
reflexionar un momento-, puesto que no queda más que ese recurso, sácame de
aquí, me iré contigo a donde quieras.
-Pero, ¿te
avendrás a la vida que llevo, siquiera por esos días? Vamos a Xochimancas; ya
sabes quienes son mis compañeros; es verdad que tienen ellos allí a sus
muchachas, pero no son como tú: ellas están acostumbradas a pasar trabajos,
montan a caballo, ayunan algunas veces, se desvelan, no se escandalizan por lo
que pasa, porque pasan cosas un poco feas… en fin, son como nosotros. Tú eres
una muchacha criada de otra manera…, tú mamá te quiere mucho. Tengo miedo de
que te enfades, de que llores acordándote de tu mamá y de Yautepec…, de que me
eches la culpa de tú desgracia, de que me aborrezcas.
-Eso nunca,
Zarco, nunca; yo pasaré cuantos trabajos vengan, yo también sé montar a
caballo, ayunaré y me desvelaré, y veré todo sin espantarme con tal de estar a
tu lado. Mira –añadió Manuela, con voz sorda y en el extravío de su pasión
frenética-, yo quiere, en efecto, mucho a mi mamá, aunque de pocos días a esta
parte me parezca que la quiero menos; sé que le voy a causar tal vez la muerte,
pero te prometo no llorar cuando me acuerde de ella, con la condición de que tú
estés conmigo, de que me quieras siempre, como yo te quiero, de que nos vayamos
pronto de este rumbo.
El bandido la
estrecho entre sus brazos y la devoró a besos, conmovido ante esta explosión de
amor, tan apasionada, tan loca, tan sincera, que estaba tan cerca del frenesí y
le entregaba enteramente a aquella joven tan bella, tan codiciada, tan soñada
en sus horas de pasión y de deseos. Porque el Zarco amaba también a Manuela,
sólo que él la amaba de la única manera que podía amar un hombre encenegado en
el crimen, un hombre a quien era extraña toda noción del bien, en cuya alma
tenebrosa y pervertida sólo tenían cavidad ya los goces de un sensualismo
bestial y las infames emociones que pueden producir el robo y la matanza. La
amaba porque era linda, fresca, gallarda; porque su hermosura atractiva y
voluptuosa, su opulencia de formas, su andar lánguido y provocador, sus ojos
ardientes y negros, sus labios de granada, su acento armonioso y blando, todo
ejercía un imperio terrible sobre sus sentidos, excitados día a día por el
insomnio y la obsesión constante de aquella visión. Aquel no era amor, en el sentido
elevado de la palabra, era el deseo espoleado por la impaciencia y halagado por
la vanidad, porque, efectivamente, el bandido debía creerse afortunado con
merecer la preferencia de la mujer más bonita del rumbo.
Así es que tan
pronto como el Zarco estuvo seguro de que la joven se hallaba resuelta a
arrostrarlo todo con tal de seguirlo, se sintió feliz, y toda la sangre de sus
venas afluyó a su corazón en aquel instante supremo.
-Bueno –dijo,
separándose de los brazos de Manuela-. Entonces no hay más que hablar, te sales
conmigo y nos vamos…
-¿Ahora?
–preguntó la joven con alguna indecisión.
-No, no ahora
–contestó el bandido-; ahora es tarde y no podrías prepararte. Mañana; vendré
por ti a la misma hora, a las once. No des en que sospechar para nada a tu
madre; estate en el día, como si tal cosa, con mucho disimulo; no saque más
ropa que la muy necesaria. Allá tendrás toda la que quieras; pero saca tus
alhajas y el dinero que te he dado; guardas todo eso aparte, ¿no es verdad?
-Sí, lo tengo en
un baulito, enterrado.
-Pues bien;
sácalo y me aguardas aquí mañana, sin falta.
-Y, ¿si por
casualidad llegara la tropa del gobierno? –preguntó Manuela con inquietud.
-No, no vendrá, estate segura. La tropa del
gobierno habrá andado todo el día de hoy buscándonos; luego, como tienen esos
soldados una caballada tan flaca y tan miserable, descansarán todo el día de
mañana, y a lo sumo volverían a Cuernavaca pasado mañana de modo que no estarán
aquí sino dentro de cuatro días. Así es que tenemos tiempo. Tú puedes alistar
tus baúles con tu mamá como preparándote para el viaje a México, y no dejas
fuera más que la ropa que te has de traer. Si por desgracia ocurriera alguna
dificultad que te impida salir a verme, me avisarás luego con la vieja que me
ha de aguardar donde sabe, para darme aviso. Pero si no hay nada, ni a ella le
digas una palabra. Toma –añadió, sacando de los bolsillos de su chaqueta unas
cajitas y entregándoselas a la joven.
-¿Qué es esto?
–preguntó ella recibiéndolas.
-Ya las veras
mañana y te gustarán… ¡son las alhajas! Guárdalas con las otras –dijo el
bandido abrazándola y besándola por último-. Ahora me voy, porque ya es hora;
apenas llegaré amaneciendo a Xochimancas; hasta mañana, mi vida.
-Hasta mañana
–respondió ella, no faltes…
-¡Mañana serás
mía, enteramente!
-Tuya para
siempre –dijo Manuela, enviándole un beso, y quedándose un instante en la cerca
para verlo partir.
El Zarco se
alejó, como había venido, al paso y recatadamente, y a poco se perdió en las
tortuosidades de la callejuela apenas alumbrada por la luna.
VII
LA ADELFA
Tan
pronto como la joven perdió de vista a su amante, se apresuró a bajar del
cercado por la escalinata natural que formaban las raíces del zapote, y se
encaminó apresuradamente hacía un sitio de la huerta, en que un grupo de
arbustos y de matorrales formaban un especie de pequeño soto espeso y oscuro a
orillas de un remanso que hacían allí las aguas tranquilas del apantle. Luego
sacó de entre las plantas una linterna sorda y se dirigió enseguida, abriéndose
paso por entre los arbustos, hasta el pie de una frondosa adelfa que, cubierta
de flores aromáticas y venenosas, dominaba por su tamaño las pequeñas plantas
del soto. Allí, en un montón de tierra cubierto de grama, la joven se sentó, y
alumbrándose con la linterna, abrió con manos trémulas y palpitando de
impaciencia las tres cajitas que acababa de regalarle el bandido.
-¡Ah, que lindo!
–exclamó con voz baja, al ver un anillo de brillantes, cuyos fulgores la
deslumbraron-. ¡Eso debe valer un dineral!
–añadió, sacando el anillo y colocándolo sucesivamente en los dedos de
su mano izquierda, haciéndolo brillar a
todos lados-. ¡Si esto parece el sol!
Luego,
dejándose puesto el anillo, abrió la segunda caja y se quedó estupefacta. Eran
dos pulseras en forma de pequeñas serpientes, todas cuajadas de brillantes, y
cuyos anillos de oro esmaltados de vivos colores les daban una apariencia
fascinadora. Las serpientes daban varias vueltas en la caja de raso y Manuela
tardó un poco en desprenderlas; pero luego que terminó, se las puso en el puño,
muy cerca de la mano, enroscándolas cuidadosamente. Y comenzó a alumbrarlas en
todos sentidos, poniendo las manos en diversas actitudes.
Luego, por un
instante cerró los ojos, como si soñara, y los abrió en seguida, cruzando los
puños junto a la luz y contemplándolas largo rato.
-¡Dos víboras!
–dijo frunciendo el ceño-, ¡que idea!... En efecto, son dos víboras… ¡el robo!
¡Pero, bah! –añadió, sonriendo y guiñando los ojos, casi llenos con sus grandes
y brillantes pupilas negras… -¡qué me importa! ¡Me las da el Zarco y poco me
interesa que vengan de donde vinieren!…
Después abrió la
tercera caja. Esta contenía dos pendientes, también de gruesos brillantes.
-¡Ah, qué
hermosos aretes! –dijo-, ¡parecen de reina!-. Y cuando hubo comtempládolos en
la caja, que no se veía con aquel haz de resplandores y de chispas, los sacó
también y se los puso en las orejas, habiéndose quitado antes sus humildes
zarcillos de oro.
Pero al guardar
éstos, mientras, en la caja de los pendientes, reparó en una cosa que no había
visto y que le hizo ponerse lívida, como paralizada. Acababa de ver dos gotas
de sangre fresca que manchaban el raso blanco de la caja, y que debían haber
salpicado también los pendientes. Además, la caja estaba descompuesta; no
cerraba bien, y se conocía que había sido arrancada en una lucha a muerte.
Manuela
permaneció muda y sombría durante algunos segundos; Hubiérase dicho que en su
alma se libraba un tremendo combate entre los últimos remordimientos de una
conciencia ya pervertida, y los impulsos irresistibles de una codicia
desenfrenada y avasalladora. Triunfo ésta, como era de esperarse, y al joven,
en cuyo semblante se retrataban entonces todos los signos de la vil pasión que ocupaba su espíritu, cerró,
enarcando las cejas, la caja prontamente, la apartó con desdén, y no pensó más
que el efecto que hacían los ricos pendientes en sus orejas.
Entonces tomó su
linterna, y levantándose así adornada como estaba con su anillo, sus pulseras y
aretes, se dirigió a la orilla del remanso, y allí se inclinó, alumbrándose con
la linterna el rostro, procurando sonreír, y sin embargo, presentando en todas
su facciones una especie de dureza altanera que es como el reflejo de la
codicia y de la vanidad, y que sería capaz de afear el rostro ideal de un
ángel.
Si en aquella
noche silenciosa, en medio de aquella huerta oscura y solitaria, alguien,
acostumbrado a leer en las fisonomías, hubiera contemplado a aquella linda
joven, mirándose en las aguas negras y tranquilas del remanso, alumbrándose el
rostro con la luz opaca de una linterna sorda, y gesticulando para darse aires
de una gran señora, al ver aquella fisonomía pálida, con los ojos chispeantes
de ambición y de codicia, con los cabellos desordenados, con la boca
entreabierta, dejando ver una dentadura blanquísima y apretada, y haciendo
balancear a izquierda y derecha los pendientes, cuyos fulgores la bañaban con
una luz azulada, rojiza o verdosa, que se mezclaba al chisporroteo del mismo
carácter que salía de la serpiente enlazada al puño izquierdo, colocado junto a
la barba, de seguro que habría encontrado en esa figura singular, algo de
espantosamente siniestro y repulsivo, como una aparición satánica. No era la
Margarita, de Goethe, mirándose en el espejo, con natural coquetería, adornada
con las joyas de un desconocido, sino una ladrona de la peor especie, dando
rienda suelta a su infame codicia delante de aquel estanque de aguas turbias y
negras. No era la virtud próxima a sucumbir ante la dádiva, sino la perversidad
contemplándose en el cieno.
Manuela,
abandonada a sí misma en aquella hora y de aquel modo, dejaba conocer en su
semblante todas las expresiones de su vil pasión, que no se detenía ante la
vergüenza ni el remordimiento, pues bien sabía que aquellas alhajas eran el
fruto del crimen. Así es que, sobre su
cabeza radiante con los fulgores de los
aretes robados, se veía en la sombra, no la cara burlona de Mefistófeles, el
demonio de la seducción, sino la máscara pavorosa del verdugo, el demonio de la
horca.
Manuela aun
permaneció algunos momentos mirándose en el remanso y recatándose a cada ruido
que hacía el viento entre los árboles, y luego volvió al pie de la adelfa, se
quitó sus joyas, las guardó cuidadosamente en sus cajas; hecho lo cual lanzó
una mirada en torno suyo, y viendo que todo estaba tranquilo, sacó de entre las
matas una pequeña tarecua, especie de pala de mango de madera y extremo
anguloso de hierro con que en la tierra caliente se hacen pozos, y removiendo
con ella la tierra, en cierto sitio cubierto de musgo, puso al descubierto un
saco de cuero, que se apresuró a abrir con una llavecita que llevaba guardada.
Luego introdujo en la boca la linterna, para cerciorarse de si estaba allí su
tesoro, que palpó un momento con extraña fruición. Consistía en alhajas
envueltas en papeles, y en cintos de cuero llenos de onzas de oro y de pesos de
plata.
Después metió
cuidadosamente en el saco las cajas que acababa de darle el Zarco, y enterró de
nuevo el tesoro, cubriéndolo con musgo y habiendo desaparecer toda señal de
haberse removido el suelo.
Luego, como
sintiendo abandonar aquella riqueza, alzó su linterna sorda y se dirigió a la
casa de puntillas, entrándose en las habitaciones en que la pobre señora, a
pesar de las inquietudes del día, dormía con el tranquilo sueño se las
conciencias honradas.
VIII
QUIEN ERA EL ZARCO
Entretanto, y a la sazón que Manuela examinaba sus nuevas
alhajas, el Zarco, después de haber dejado las orillas de Yautepec, y de haber
atravesado el río con la misma precaución que había tenido al llegar, se
dirigió por el amplio camino de la hacienda d donde había descendido y que
conducía a Xochimancas.
Era la
medianoche, y la luna envolviéndose en espesos nubarrones, dejaba en vuelta la
tierra en sombras. La calzada de Atlihuayan estaba completamente solitaria, y
los árboles que la flanquean por uno y otro lado, proyectan una oscuridad
siniestra y lúgubre, que hacían más densa los fugaces y pálidos arabescos que
producían los cocuyos y las luciérnagas.
El bandido,
conocedor de aquellos lugares, acostumbrado, como todos los hombre de su clase,
a ven un poco en la oscuridad, y más que todo, fiado en la sensibilidad
exquisita de su caballo, que la menor ruido extraño aguzaba las orejas y se
detenía para prevenir a su amo, marchaba paso a paso, pero con entera
tranquilidad, pensando en la próxima dicha que le ofrecía la posesión de
Manuela.
Por fin, aquella
hermosísima joven, cuya imagen había enardecido sus horas de insomnio durante
tantos meses, cuyo amor había sido su constante preocupación, aun en medio de
sus más sangrientas y arriesgadas aventuras, y cuya posesión le había parecido
imposible cuando la vio por primera vez en Cuernavaca y se enamoró de ella, iba
a ser suya, enteramente suya, iba a compartir su suerte y a hacerle saborear
los dulcísimos deleites del amor, a él que no había conocido hasta allí
verdaderamente más que las punzantes emociones del robo y del asesinato.
Su organización
grosera y sensual, acostumbrada desde su juventud al vicio, conocía, es verdad,
los goces del amor material, comprados con el dinero del juego o del robo
arrancados en medio del terror de las víctimas, en una noche de asalto en las
aldeas indefensas; pero el Zarco sentía que no había querido nunca ni había
deseado a una mujer con aquella exaltación febril que experimento desde que
comenzó a ver a Manuela, asomada a su ventana, desde que la oyó hablar, y más
todavía, desde que cruzó con ella las primeras palabras de amor.
Jamás desde que
siendo niño todavía, abandonó el hogar de su familia, había sentido la
necesidad imperiosa de unirse a otro ser, como la sentía ahora de unirse a e
Atlihuayan al montañoso por aquella
mujer, tan bonita y tan apasionada, que encerraba para él un mundo de
inesperadas dichas.
Así repasando en
su memoria todas las escenas de su niñez y de su juventud, encontraba que su
carácter bravío y duro había rechazado siempre todo afecto, todo cariño,
cualquiera que fuese, no habiendo cultivado sino aquellos de que había sacado
provecho. Hijo de honrados padres, trabajadores en aquella comarca, que habían
querido hacer de él un hombre laborioso y útil, pronto se había fastidiado del
hogar doméstico, en que se le imponían tareas diarias o se le obligaba a ir a
la escuela, y aprovechándose de la frecuente comunicación que tienen las
poblaciones de aquel rumbo con las haciendas de caña de azúcar, se fugó, yendo
a acomodarse al servicio de un caballerango de una de ellas.
Allí permaneció
algún tiempo, logrando después, cuando ya estaba bastante diestro en la
equitación y el arte de cuidar caballos, colocarse en varias haciendas, en las
que duraba poco, a causa de su conducta desordenada, pues haragán por
naturaleza y por afición, apenas era útil para esos trabajos serviles,
consagrando sus largos ocios al juego y a la holganza.
Por lo demás, en
todo ese tiempo no recordaba haber sentido ni simpatía ni adhesión a nadie.
Permaneciendo poco tiempo en cada lugar, sirviendo por pocos días en cada
hacienda, y cultivando relaciones de caballeriza o de juego, que duraban un
instante y que se alteraban con frecuentes riñas que las convertían en
enemistades profundas, él verdaderamente no había tenido amigos, sino
compañeros de placer y de vicio. Al contrario, en aquellos días su carácter se
formó completamente, y ya no dio cabida en su corazón más que a las malas
pasiones. Así, la servidumbre consumó lo que la holgazanería, y los instintos
perversos, que no estaban equilibrados por ninguna noción de bien, acabaron por
llenar aquella alma oscura, como las algas infectas de un pantano.
Él no había amado
a nadie, pero en cambio odiaba a todo el mundo: al hacendado rico cuyos
caballos ensillaba y adornaba con magníficos jaeces, al obrero que recibía cada
semana buenos salarios por su trabajo, al labrador acomodado, que poseía
fecundas tierras y buena casa, a los comerciantes de la poblaciones cercanas,
que poseían tiendas bien abastecidas, y hasta a los criados, que tenían mejores
sueldos que él. Era la codicia, complicada con la envidia, una envidia
impotente y rastrera, la que producía este odio singular y esta ansia frenética
de arrebatar aquellas cosas a toda costa.
Naturalmente, los
amores de los demás le causaban irritación, y aquellas muchachas que según su
posición amaban al rico, al dependiente o al jornalero, le inspiraban un deseo
insensato de arrebatarlas y de mancharlas. No había entre todas una que hubiera
fijado los ojos en él, porque él tampoco había procurado acercarse a ninguna de
ellas con intenciones amorosas. Las de su clase no eran de su gusto, y para las
de rango superior él estaba colocado en muy baja esfera, ¡un mozo de
caballeriza!
Él era joven, no
tenía mala figura: su color blanco impuro, sus ojos de ese color azul claro que
el vulgo llama zarco, sus cabellos de un rubio pálido y su cuerpo esbelto y
vigoroso, le daban una apariencia ventajosa; pero su ceño adusto, su lenguaje
agresivo y brutal, su risa aguda y forzada, tal vez le había hecho poco
simpático a las mujeres. Además, él no había encontrado una bastante hermosa a
quien procurase ser agradable.
Por fin, cansado
de aquella vida de servidumbre, de vicio y de miseria, el Zarco se huyó de la
hacienda en que estaba, llevándose algunos caballos para venderlos en la tierra
fría. Como era de esperarse, fue perseguido; pero ya en este tiempo, al favor
de la guerra civil, se había desatado en la tierra fría cercana a México una
nube de bandidos que no tardo en invadir las ricas comarcas de la tierra
caliente.
El Zarco se
afilió en ella inmediatamente, y desde luego, y como si no hubiera esperado más
que esa oportunidad para revelarse en toda la plenitud de su perversidad,
comenzó a distinguirse entre aquellos facinerosos por su intrepidez, por su
crueldad y por su insaciable sed de rapiña.
Era el año de
1861, y organizados los bandoleros en grandes partidas, perseguidos a veces por
las tropas del gobierno, pero atraídos más bien por la riqueza de los distritos
azucareros del sur de México y de Puebla, penetraron en ellos sembrando el
terror en todas partes, como lo hemos visto.
El Zarco era uno
de los jefes más renombrados, y las noticias de sus infames proezas, de sus
horribles venganzas en las haciendas en que había servido, de su fría crueldad
y su valor temerario, le habían dado una fama espantosa.
Obligadas las
tropas liberales, por un error lamentable y vergonzoso, a aceptar la
cooperación de estos bandidos en la persecución que hacían al faccioso
reaccionario Márquez en su travesía por la tierra caliente, algunas de aquellas
partidas se presentaron formando cuerpos irregulares, pero numerosos, y uno de
ellos estaba mandado por el Zarco. Entonces, y durante los pocos días que
permaneció en Cuernavaca, fue cuando conoció a Manuela, que se había refugiado
con su familia en esa ciudad. El bandido ostentaba entonces un carácter
militar, sin dejar por eso los arreos vistosos que eran como característicos en
aquella época y que les dieron el nombre de plateados, con el que fueron
conocidos generalmente.
La hermosa joven,
cuyo carácter parecía estar en armonía con el del bandido, al ver pasar frente
a sus ventanas a aquel cuerpo de gallardos jinetes, vistosos y brillantes, y al
frente de ellos, montado en soberbio caballo y cargado de plata hasta el
exceso, al joven y terrible bandido, cuyo nombre no había sonado en su oído
sino con el acento del terror, se sintió atraída hacía él por un afecto en que
se mezclaba la simpatía, la codicia y la vanidad como en punzante y sabroso
filtro.
Así nació una
especie de amor extraño en aquellas dos almas, hechas para comprenderse. Y en
el poco tiempo que el Zarco permaneció en Cuernavaca, logró ponerse en
comunicación con Manuela y establecer con ella relaciones amorosas, que no
llegaron, sin embargo, por las circunstancias, al grado de intimidad en que las
vemos en Yautepec.
El general
González Ortega, conociendo el grave error que había cometido dando cabida en
sus tropas a varias partidas de plateados, que no hicieron más que asolar las
poblaciones que atravesaba el ejército y desprestigiarlo, no tardó en
perseguirlas, fusilando a varios de sus jefes. Para salvarse de suerte
semejante, el Zarco se escapó una noche de Cuernavaca con sus bandidos y se
dirigió al sur de Puebla, en donde estuvo por algunos meses ejerciendo
terribles depredaciones.
Por fin, los
plateados establecieron su guarida principal en Xochimancas, y el Zarco no
tardó en saber que Manuela había vuelto a Yautepec, en donde residía con su
familia. Naturalmente, procuró desde luego reanudar sus relaciones apenas
interrumpidas y pudo cerciorarse de que Manuela lo amaba todavía.
Desde entonces
comenzó esa comunicación frecuente y nocturna con la joven, comunicación que no
era peligrosa para él, dado el terror que infundía su nombre y dadas también
las inteligencias que cultivaba en la población, en donde los bandidos contaban
con numerosos emisarios y espías.
Entretanto, sus
crímenes aumentaban de día en día; sus venganzas sobre sus antiguos enemigos de
las haciendas eran espantosas y el pavor que inspiraba su nombre había
acobardado a todos. Los mismos hacendados, sus antiguos amos, habían venido
temblando a su presencia a implorar su protección y se habían constituido en
sus humildes y abyectos servidores, y no pocas veces, él, antiguo mozo de
estribo, había visto tener la brida de su caballo al arrogante señorón de la
hacienda a quien antes había servido humilde y despreciado.
Semejantes
venganzas y humillaciones fueron harto frecuentes en esa época, gracias a la
audacia y número de los bandidos, cuyo poder era ilimitado en aquella comarca
infortunada, y gracias más que todo a la impotencia del gobierno central, que,
ocupado en combatir la guerra civil y en hacer frente a la intervención
extranjera, no podía distraer a sus tropas para reprimir a los bandidos.
IX
EL BUHO
El Zarco
se hallaba, pues, en la plenitud de su orgullo satisfecho. Había realizado
parte de sus aspiraciones. Era temido, se había vengado; sus numerosísimos
robos le habían producido un botín cuantioso; disponía a discreción del
bolsillo de los hacendados. Cuando necesitaba una fuerte cantidad de dinero, se
apoderaba de un cargamento de azúcar o de aguardiente o de un dependiente rico,
y los ponía a rescate; cuando quería poner a contribución a una hacienda,
quemaba un campo de cañas, y cuando quería infundir pavor a una población,
asesinaba al primer vecino infeliz a quien encontraba en sus orillas.
Pero satisfecha
su sed de sangre y de rapiña, sentía que aun le faltaba alguna cosa. Eran los
goces del amor, pero no esos goces venales que le habían ofrecido las
condescendencias pasajeras de las mujeres perdidas, sino los que podía
prometerle la pasión de una mujer hermosa, joven; de una clase social superior
a la suya, y que lo amara sin reserva y sin condición.
Manuela había
sido para él una mujer imposible cuando medio oculto en la comitiva servil del
rico hacendado atravesaba los domingos las calles de Yautepec. Entonces, era
seguro que la linda hija de una familia acomodada, vestida con cierto lujo
aldeano, y que recibía sonriendo en su ventana las galantes lisonjas de los
ricos dueños de hacienda, de los gallardo dependientes que caracoleaban en
briosos caballos, llenos de plata, para lucirse delante de ella, no se habría
fijado ni un instante en aquel criado descolorido y triste, mal montado en una
silla pobre y vieja, y en un caballo inferior y que se escurría silencioso en
pos de sus amos.
Entonces, si él
se hubiese acercado a hablarle, a ofrecerle una flor, a decirle que la amaba,
era indudable que no habría tenido por respuesta más que un gesto desdeñoso o
una risa de burla.
Y ahora que él
era guapo, que montaba los mejores caballos del rumbo, que iba vestido de plata, que era temido, que veía a sus pies
a los ricos de las haciendas; ahora que él podía regalar alhajas que valían un
capital; ahora esa joven, la más hermosa de Yautepec, lloraba por él, lo
esperaba palpitante de amor todas las noches, iba a abandonar por él a su
familia y a entregarse sin reserva; le iba a mostrar a sus compañeros, a
pasearla por todas partes a su lado y a humillar con ella a los antiguos pretendientes.
Tal consideración daba al amor que el Zarco sentía por Manuela un acre y
voluptuoso sabor de venganza, sobre los demás, juntamente con un carácter de
vanidad insolente.
Así pues, aquello
que agitaba el corazón del bandido no era verdaderamente amor en el concepto
noble de la palabra, no era el sentimiento íntimo y sagrado que suele abrirse
paso aun en las almas pervertidas e iluminarlas a veces como ilumina un rayo de
sol los antros más oscuros e infectos, no: era un deseo sensual y salvaje
excitado hasta el frenesí por le encanto de la hermosura física y por los
incentivos de la soberbia vencedora y de la vanidad vulgar.
Si Manuela
hubiese sido menos bella o más pobre, tal vez el Zarco no habría deseado su
posesión con tanta fuerza y poco le habría importado que hubiese sido virtuosa.
El no buscaba el apoyo de la virtud en las penas de la vida, sino las emociones
groseras de los sentidos para completar la fortuna de su situación presente.
Iba a poseer a la linda doncella para satisfacer una necesidad de su
organización, ávida de sensaciones vanidosas, ya que había saboreado el placer
inferior de poseer magníficos caballos y de amontonar onzas de oro y riquísimas
alhajas.
Pero después de
saciado este deseo, el más acariciado de todos, ¿qué haría con la joven? Se
preguntaba él. ¿Se casaría con ella? Eso era imposible, y además, tener una
esposa legítima no halagaba su vanidad. Una querida como ella sí era un triunfo
entre sus compañeros. ¿Abandonaría aquel rumbo y aquella carrera de peligros
para huir con ella, lejos, para gozar en un rincón cualquiera de una existencia
oscura y tranquila? Pero eso también era imposible para aquel facineroso, que
había ya probado los embriagantes goces del combate y del robo. Dejar aquella
vida agitada, inquieta, sembrada de peligros, pero también de pingües
recompensas, era resignarse a ser pobre, a ser pacífico; era exponerse a que un
miserable alcalde de pueblo lo amarrase cualquier día y lo encerrase en la
cárcel para ser juzgado por sus antiguas fechorías. Podía convertir su botín,
que era importante, en tierras de labor, en un rancho, en una tienda. Pero él
no sabía trabajar, y sobre todo, le repugnaba hondamente esa existencia de trabajo
oscuro y humilde, monótona, sin peripecias, aburridora, expuesta siempre al
peligro de una denuncia, sin más afán que el de ocultar el pasado de crimen,
sin más entretenimiento que el cuidado de los hijos, sin más emociones que las
del terror. No, era preciso seguir así por ahora, que después ya habría tiempo
de decidirse, según lo exigiesen las circunstancias.
El Zarco llegaba
aquí en sus cavilaciones cuando se detuvo sobresaltado oyendo el canto
repentino y lúgubre de un búho, y que salía de las ramas frondosas de un amate
gigantesco, frente al cual iba pasando.
¡Maldito
tecolote! –exclamó en voz baja, sintiendo circular en sus venas un frío
glacial-. ¡Siempre le ocurre cantar cuando yo paso! ¿Qué significara esto?
–añadió, con la preocupación que es tan común en las almas groseras y
supersticiosas, y quedó sumergido un momento en negras reflexiones. Pero
repuesto a poco, espoleó su caballo, con ademán despreciativo.
-¡Bah! Esto no le
da miedo más que a los indios, como el herrero de Atlihuayan; yo soy blanco y
güero…; a mí no me hace nada.
Y se alejo al
trote para encumbrar la montaña.
X
LA FUGA
Al día
siguiente, Nicolás, el herrero de Atlihuayan, vino, como de costumbre, en la
tarde, a hacer su vista a la madre de Manuela y la encontró preocupada y
triste. La joven estaba durmiendo y la señora se hallaba sola en el pequeño
patio en que la encontramos la tarde anterior…
-¿Hay alguna
noticia nueva? –preguntó doña Antonia al joven artesano.
-Sí, señora
–respondió éste-; parece que la caballería del gobierno llegará, por fin,
mañana. Es preciso que estén ustedes dispuestas, porque sé que no permanecerá
ni un día y que se va pasando por Cuautla y de allí se dirige a México.
-Yo estoy lista
ya enteramente –respondió doña Antonia-. Todo el día nos hemos pasado
arreglando los baúles y recogiendo mi poco dinero. Además e ido a ver al juez
para que me extendiera un poder, que voy a dejar a usted –añadió, tomando de su
cesto de costura un papel que dió a Nicolás-. Usted se encargará, si me hace
favor, de vender esta huerta, lo más pronto posible, o de arrendarla, pues
según están las cosas, no podemos volver pronto y estoy aburrida de tanto
sufrir aquí. Si usted se va a México, allá nos encontrará como siempre y quizás
entonces se habrá cambiado el ánimo de Manuela.
-No lo creo,
señora –se apresuró a responder Nicolás-. Yo he acabado por conocer que es
imposible que Manuelita me quiera. Le causo una repugnancia que no está en su
mano dominar. Así es que me parece inútil pensar ya en eso. ¡Como ha de ser!
–añadió suspirando-, uno no puede disponer de su corazón.
Dicen que el trato engendra el cariño. Ya ve usted que esto no es cierto,
porque si del trato dependiera, yo me he esmerado en ser agradable a la niña,
pero mis esfuerzos siempre han encontrado por recompensa su frialdad, su
alejamiento, casi su odio…, porque yo temo hasta que me aborrezca.
-No, Nicolás, eso
no; ¡aborrecerlo a usted! ¿Por qué? ¿No ha sido usted nuestro protector desde
que falleció mi marido? ¿No nos ha colmado usted de favores y de servicios que
jamás se olvidad? ¿Por qué tan noble conducta había de producir el
aborrecimiento en Manuela? No: lo que sucede es que esta muchacha es tonta, es
caprichosa; yo no sé a quién ha sacado, pero su carácter me parece extraño.
Particularmente desde hace algunos meses. No quiere hablar con nadie, cuando
antes era tan parlanchina y tan alegre. No quiere rezar, cuando antes era tan
piadosa; no quiere coser, cuando antes se pasaba los días discurriendo la
manera de arreglar sus vestidos o de hacerse nuevos; no quiere nada. Hace
tiempo que noto en ella no sé qué cosa tan extraña que me da en que pensar.
Unos días está triste, pensativa, con ganas de llorar, tan pálida que parece
enferma, tan perezosa que tengo que reñirla; otros se despierta muy viva, pero
colérica, por nada se enoja, regaña, me contradice, nada encuentra bueno en la
casa, nuestra pobre comida le fastidia, el encierro en que estamos le aburre,
quisiera que saliéramos a pasear, que montáramos a caballo, que fuéramos a
visitar las haciendas; parece que no tiene miedo a los ladrones que nos rodean
por todas partes, y viendo que yo me opongo a estas locuras, vuelve a caer en
su abatimiento y se echa a dormir. Hoy mismo ha pasado una cosa rara, luego que
le anuncié que era necesario disponer los baúles para irnos a México, tan
pronto como vio que esto era de veras, que volví trayendo mi dinerito y que
comencé a guardar todas las cosas, primero se puso alegre y me abrazó
diciéndome que era una dicha, que por fin iba a conocer a México; que había
sido su sueño; que allí iba a estar alegre, pues que su tristeza tenía por
causa la situación horrorosa que guardamos hace tantos meses. Como es natural,
yo me había figurado lo mismo, y por eso no había hecho tanto reparo en el
cambio de su carácter, pues era de suponerse que una muchacha como ella, que
está en la edad de divertirse, de pasear, debía de estar fastidiada de nuestro
encierro. Así que yo también me puse alegre al verla contenta, pensando en el
viaje. Pero luego ha vuelto a su tristeza, y al sentarnos a comer, observé ya
que estaba de mal humor, que casi no quería probar bocado y que aún sentía
deseos de llorar. Luego, no he podido distraerla, y después de componer su ropa
en un baúl, al ir a verla la encontré dormida en su cama. ¡Ha visto usted cosa
igual! Pues si fuera porque nos vamos de Yautepec, ¿Por qué ha estado triste
viviendo aquí?
-Señora –preguntó
Nicolás, que había escuchado atento y reflexivo-, ¿no tendrá aquí algún amor?,
¿no dejará aquí alguna persona a quien haya querido o a quien quiera todavía,
sin que se lo haya dicho a usted?
discurriendo la manera de arreglar sus vestidos o de
hacerse nuevos; no quiere nada. Hace tiempo que noto en ella no sé qué cosa tan
extraña que me da en que pensar. Unos días está triste, pensativa, con ganas de
llorar, tan pálida que parece enferma, tan perezosa que tengo que reñirla;
otros se despierta muy viva, pero colérica, por nada se enoja, regaña, me
contradice, nada encuentra bueno en la casa, nuestra pobre comida le fastidia,
el encierro en que estamos le aburre, quisiera que saliéramos a pasear, que
montáramos a caballo, que fuéramos a visitar las haciendas; parece que no tiene
miedo a los ladrones que nos rodean por todas partes, y viendo que yo me opongo
a estas locuras, vuelve a caer en su abatimiento y se echa a dormir. Hoy mismo
ha pasado una cosa rara, luego que le anuncié que era necesario disponer los
baúles para irnos a México, tan pronto como vio que esto era de veras, que
volví trayendo mi dinerito y que comencé a guardar todas las cosas, primero se
puso alegre y me abrazó diciéndome que era una dicha, que por fin iba a conocer
a México; que había sido su sueño; que allí iba a estar alegre, pues que su
tristeza tenía por causa la situación horrorosa que guardamos hace tantos
meses. Como es natural, yo me había figurado lo mismo, y por eso no había hecho
tanto reparo en el cambio de su carácter, pues era de suponerse que una
muchacha como ella, que está en la edad de divertirse, de pasear, debía de
estar fastidiada de nuestro encierro. Así que yo también me puse alegre al
verla contenta, pensando en el viaje. Pero luego ha vuelto a su tristeza, y al
sentarnos a comer, observé ya que estaba de mal humor, que casi no quería
probar bocado y que aún sentía deseos de llorar. Luego, no he podido
distraerla, y después de componer su ropa en un baúl, al ir a verla la encontré
dormida en su cama. ¡Ha visto usted cosa igual! Pues si fuera porque nos vamos
de Yautepec, ¿Por qué ha estado triste viviendo aquí?
-Señora –preguntó
Nicolás, que había escuchado atento y reflexivo-, ¿no tendrá aquí algún amor?,
¿no dejará aquí alguna persona a quien haya querido o a quien quiera todavía,
sin que se lo haya dicho a usted?
-Eso me he
preguntado algunas veces, pero no creo que haya nada de lo que usted dice. ¿Qué
amor pudiera haber tenido que yo no hubiese siquiera sospechado? Es verdad que
algunos dependientes gachupines de la tienda de la bóveda habían dado en
decirle flores, en enviarle papelitos y recados, pero eso fue ante de que
fuéramos a vivir a Cuernavaca. Después de que regresamos, aquellos muchachos ya
no estaban aquí, se habían ido a México, y Manuela no ha vuelto a acordarse de
ellos ni a nombrarlos siquiera.
Algunos muchachos
del pueblo suelen pasar por aquí y la ven con algún interés, pero ella les
muestra mucho desprecio y cierra la ventana tan luego como los ha visto
acercarse. No han vuelto ya. Manuela encuentra fastidiosos a los pocos que
conoce. En fin, yo estoy segura de que no quiere a ninguno en el pueblo, y por
eso al principio de este año, cuando comenzó usted a visitarnos, creí que iba
inclinándose a usted y que arreglaríamos fácilmente lo que teníamos pensado.
-Pues ya ve
usted, señora –contestó Nicolás amargamente-, que no era cierto, y que
Manuelita me ha considerado más fastidioso que a los muchachos de Yautepec.
Tanto que yo, teniéndole como le tengo tanto cariño y habiendo pensado tan
seriamente casarme con ella, porque creía con nuestro matrimonio labrar su
felicidad y la mía, naturalmente, no he podido ser insensible a sus desprecios
constantes y me resolví a alejarme para siempre de esta casa. Pero la consideración
de que usted me tiene un afecto, de que estoy seguro; las órdenes de mi madre
de que yo vele por ustedes, hoy que tanto se necesita del apoyo de un hombre en
estos pueblos, me han hecho seguir importunando a ustedes con mi presencia, que
de otro modo les habría evitado.
-¿Importunándome
a mí? –preguntó conmovida y llorando doña Antonia.
-No, a usted no,
señora; bien veo que usted me profesa amistad, que desearía usted mi bien y mi
dicha, que si por usted fuera, yo sería el esposo de su hija. Yo no soy
ingrato, señora, y crea usted que mientras viva yo me portaré con usted como un
hijo reconocido y cariñoso, sin interés de nada y siempre que no -No; me siento un poco mal.
-¿Tendrás
calentura? –dijo la madre inquieta.
-No –replicó
Manuelita, tranquilizándola-; no es nada, me levante esta mañana muy temprano
y, en efecto, he comido poco. Voy a tomar algo y volveré a acostarme, porque lo
que siento es sueño; pero tengo apetito y esa es buena señal. Ya sabe usted que
siempre que madrugo me pasa esto. Además, es preciso dormir, ahora que se
puede, porque quién sabe si en el viaje podamos hacerlo con comodidad y en
compañía de soldados –añadió sonriendo maliciosamente.
La pobre madre,
ya muy tranquila, dispuso la cena, que Manuela tomó con alegría y apetito,
después de lo cual rezaron las dos sus devociones, y tras de una larga
conversación sobre sus arreglos de viaje y sus nuevas esperanzas, la señora se
retiró a su cuarto, contiguo al de Manuela y apenas dividido de este por un
tabique.
A la sazón caía
un aguacero terrible, uno de esos aguaceros de las tierras calientes, mezclados
de relámpagos y trueno, en que parece abrir el cielo todas sus cataratas e
inundar con ellas el mundo. La lluvia producía un ruido espantoso en el tejado,
y los árboles de la huerta, azotados por aquel torrente, parecían desgajarse.
En la calle el
agua corría impetuosa formando un río, y en el patio se había producido una
inundación con el crecimiento de los apantles y con el chorro de los tejados.
Doña Antonia,
después de recomendar a Manuelita que se abrigara mucho y que rezara, se durmió
arrullada por el ruido monótono del aguacero.
Inútil es decir
que la joven no cerró los ojos. Aquella era la noche de la fuga concertada con
el Zarco; él debía venir infaliblemente y ella tenía que esperarlo ya lista con
su ropa y el saco que contenía el tesoro, que era preciso ir a sacar al pie de
la adelfa. Esta tempestad repentina contrariaba mucho a Manuela. Si no cesaba
antes de medianoche, iba a hacer un viaje modestísimo, y aun cuando cesando a
esa hora, iba a encontrar la huerta convertida en charco y a bañarse
completamente debajo de los árboles. Sin embargo, ¿qué no es capaz de soportar
una mujer enamorada, con tal de realizar sus propósitos?
Cuando ella
conoció que era próxima la hora señalada, se levantó de puntillas, con los pies
desnudos, bien cubierta la cabeza y espaldas con un abrigo de lana, y así,
alzando su enagua de muselina hasta la rodilla, abrió la puerta de su cuarto,
quedito y se lanzó al patio, alumbrándose con su linterna sorda, que cubría
cuidadosamente.
Era la última vez
que salía de la casa materna, y apenas concedió un pensamiento a la pobre
anciana que dormía descuidada y confiando en el amor de su hija querida.
Por lo demás,
Manuela, atenta sólo a realizar su fuga, no procuraba otra cosa que
apresurarse, y si su corazón latía con violencia, era por el temor de ser
sentida y de malograr su empresa.
Dichosamente para
ella, el aguacero seguía en toda su fuerza, y nadie podría sospechar que ella
saliese de su cuarto con aquel temporal; así es que atravesó rápidamente el
patio, se internó entre la arboleda, pasó el apantle que rodeaba el soto de la
adelfa, y allí, escarbando de prisa, sin preocuparse de la lluvia, que la había
empapado completamente, y sólo cuidando que la linterna no se apagase, extrajo
el saco del tesoro, lo envolvió en su rebozo y se dirigió a la cerca, trepando
por las raíces del amate hasta el lugar en que solía esperar el Zarco.
Apenas acababa de
llegar, cuando oyó el leve silbido con que su amante se anunciaba, y a la luz
de un relámpago pudo distinguirlo, envuelto en su negra capa de hule y
arrimándose al cercado.
Pero no venía
solo. Acompañábanlo otros tres jinetes, envueltos como él en sendas capas y
armados hasta los dientes.
-¡Maldita noche!
–dijo el Zarco, dirigiéndose a su amada-. Temí que no pudieras salir, mi vida,
y que todo se malograra hoy.
-¡Cómo no, Zarco!
–respondió ella-; ya has visto siempre que cuando doy mi palabra, la cumplo.
Era imposible dejar esto para otra ocasión, pues mañana llega la tropa y tal
vez tendríamos que salir inmediatamente.
-Bueno, ¿ya traes
todo?
-Todo está aquí.
Pues ven; cúbrete
con esta capa –dijo el Zarco alargando una capa de hule a la joven.
-Es inútil, estoy
ya empapada y bien puedo seguir mojándome.
-No le hace,
póntela, y este sombrero… ¡Válgame Dios! –dijo al recibirla entre sus brazos-.
¡Pobrecita, si estás hecha una sopa!
Vámonos, vámonos
–dijo ella palpitante-, ¿quiénes son esos?
-Son mis amigos,
que han venido a acompañarme por lo que se ofreciera… Vamos, pues; adelante,
muchachos, y antes de que crezca el río –dijo el Zarco, picando su caballo, en
cuya grupa había colocado, al estilo de la tierra caliente, a la hermosa joven.
Y el grupo de
jinetes se dirigió a orillas del pueblo, atravesó el río, que ya comenzaba a
crecer, y se perdió entre las más espesas tinieblas.
Si algun
campesino supersticioso hubiese visto a la luz de los relámpagos pasar, como
deslizándose entre los árboles azotados por la tempestad, aquel grupo compacto
de jinetes envueltos en negras capas, a semejante hora y en semejante tiempo,
de seguro habría creído que era una patrulla de espíritus infernales o almas en
pena de bandidos, purgando sus culpan en noche tan espantosa.
XI
ANTONIA
Doña
Antonia había dormido mal. Después de su primer sueño, que fue tranquilo y
pesado, los múltiples ruidos de la borrasca acabaron por despertarla. Agitada
después por diversos pensamientos y preocupaciones a causa de su viaje próximo,
comenzó a revolverse en su lecho, presa del insomnio y del malestar.
Le pareció haber
escuchado a través de los lejanos bramidos del trueno, y de los ruidos de la
lluvia y del viento entre los árboles, algunos rumores extraños; pero atribuyó
esto a aprensión suya. De buena gana se habría levantado para ir al cuarto de
Manuela a fin de conversar o de rezar un momento en su compañía; pero temió
interrumpir el sueño de la niña, a quien creía dormida profundamente y
acalenturada desde el día anterior Así
es que, después de haber pasado largas horas en aquella situación penosísima,
luchando con ideas funestas y atormentadoras, y con el calor sofocante que
había en su cuarto y el que le producía la irritación de la vigilia; cuando oyó
que el temporal cesaba, que los árboles parecían quedarse quietos, y que los
gallos comenzaban a cantar, anunciando la madrugada y el buen tiempo, la pobre
señora acabó por quedarse dormida de nuevo, para no despertar sino muy tarde y
cuando los primeros rayos del sol penetraron por las rendijas del cuarto.
Entonces se
levantó apresuradamente y corrió al cuarto de su hija. No la encontró, vio la
cama deshecha, pero supuso que se había levantado mucho antes que ella y que
estaría en el patio o en la cocina. La buscó allí, y no hallándola todavía,
creyó que andaría en la huerta, examinando sus flores y viendo los estragos del
temporal, y aun se dijo que Manuela hacía mal en exponerse así a la humedad de
la mañana, después de haber estado indispuesta el día anterior; que iba a
empaparse con el agua de los árboles, y a mojarse horriblemente los pies en el
lodo de la huerta, que era un bosque espeso, cruzado de apantles por todas
partes y que se llenaba de charcos con la menor lluvia.
Efectivamente,
los naranjos, los zapotes, los mangueros y los bananos dejaban caer una cascada
de agua a cada rozamiento de sus ramajes; la luz del sol se reflejaba como en
mil diamantes en las gotas de agua que pendían de las menudas hojas, y la grama
del suelo se hallaba sumergida en una enorme ciénega.
Hacía mal la
muchacha en andar en la huerta de ese modo.
Y la llamó
entonces a gritos para reñirla.
Pero habiendo
esperado en vano para verla aparecer, y no escuchando su respuesta, comenzó a
alarmarse y a buscarla en los lugares que solía frecuentar. Tampoco estaba en
ellos. Entonces siguió buscándola y gritándole en todas direcciones, y
habiéndole venido una idea repentina volvió a la casa para ver si la puerta de
la calle estaba abierta; pero encontrándola perfectamente cerrada y atrancada,
tornó a la huerta, llena de sobresalto, suponiendo que quizá su hija habría
sido mordida por alguna serpiente y se habría desmayado o tal vez muerto en
algún rincón de aquel bosque. La pobre anciana, pálida como la muerte, convulsa
de terror y de angustia, se internó en lo más espeso de la huerta, sin cuidarse
del lodo ni de la maleza, ni de las espinas, registrándolo todo, llamando por
todas partes a su hija con los epítetos más tiernos y más desesperados, con la
garganta seca, con los ojos fuera de las órbitas, pudiendo apenas respirar, con
el corazón saliéndosele del pecho, loca de dolor y de susto.
Pero nada,
Manuela no aparecía.
-Pero, dios mío,
¿qué es de mi hija? –exclamó deteniéndose y apoyándose en un árbol, pues sentía
que las piernas le flaqueaban. Nadie le contestaba. La naturaleza seguía
indiferente su curso normal. El sol brillaba de lleno iluminando el cielo,
limpio ya de nubes, en aquella hermosa mañana de estío, más sereno y más azul
después de una noche de borrasca; los pájaros parloteaban alegremente en las
arboledas, zumbaban los insectos entre las flores y todo parecía cobrar nueva
vida en aquella tierra tropical y vigorosa.
Sólo la pobre
madre desfallecía, apoyada en los árboles, y sintiendo que el frío de la muerte
helaba la sangre en sus venas.
Pasado un momento
de angustiosa parálisis, hizo un esfuerzo desesperado y se arrastró hasta el
centro de la huerta. Allí tuvo otra idea; y cruzando el apantle que rodeaba
como un pozo el soto de la adelfa, que era como una rotonda de arbustos en
medio de la cual descollaba la vieja y florida planta, se dirigió hacia ésta, y
al llegar a ella se detuvo sorprendida. Allí, junto al tronco, había un pozo
que se había llenado de agua, y sobre la grama estaba tirada una tarecua, la
pequeña tarecua con que Manuela solía cavar la tierra de su jardín.
Luego observó
que, a pesar de la lluvia, la maleza y
los arbustos aun permanecían doblados, como si alguna persona se hubiese
abierto paso entre ellos.
Miró con cuidado
el suelo, y en la parte que no estaba cubierta por la grama, distinguió huellas
de pisadas. Siguió la dirección que ellas marcaban, lo cual era difícil en
aquella capa de verdura espesa y áspera, que cubría el suelo, y pudo
reconocerla hasta el apantle. En los bordes cenagosos de éste, y en la parte
inundada por su crecimiento de la noche, la huella se marcaba mejor; era la
huella de pies pequeños y desnudos que se habían enterrado profundamente en el
cieno. ¿Quién podía haber andado por ahí esa mañana, si no era Manuela? ¿Y
quién podía tener esos pies pequeños, sino la joven? Pero, ¿por qué había
venido descalza, y habiendo tenido resfrío el día anterior?
La infeliz madre
se perdía en conjeturas. Luego, dando unos pasos más allá de la faja inundada
por el apantle, volvió a reconocer huella de pisadas: eran las mismas de
Manuela, que seguramente tomó la dirección del cercado. En efecto, las huellas
seguían hasta la cerca y se detenían junto a las viejas raíces del zapote
gigantesco. La anciana trepó con trabajo por ellas y como impulsada por un
presentimiento terrible. Sobre la cerca había también señales de haber pasado
por ahí alguno. Las plantas parecía haber sido holladas; los tallos de algunas
estaban rotos. Doña Antonia se asomó por aquel lugar y examinó atentamente la
callejuela. Vio entonces allí, precisamente al pie del lugar en que se hallaba,
las huellas bien distintas de pezuñas de caballos, que parecían haberse
detenido algún rato allí y que debieron haber sido varios, porque el lodo
estaba señalado y removido por numerosas huellas repetidas y agrupadas.
La aguda y fría
hoja de un puñal que hubiese atravesado su corazón, no habría producido a la
desdichada madre la sensación de intenso dolor y de desfallecimiento que
semejante vista le causó.
No comprendía
nada, pero adivino que algo horroroso significaba aquello. ¡Su hija,
atravesando la huerta en aquella noche, dirigiéndose a la cerca, aquellos
caballos deteniéndose allí, como para esperarla, porque era evidente que ningun
hombre había andado con ella, todo esto encerraba un misterio inexplicable,
pero pavoroso para la pobre señora! ¿Había huido Manuela con algun hombre?
¿Había sido robada? ¿Quién podía ser el raptor?
Doña Antonia
apenas pudo dirigirse confusamente tales preguntas, en medio de su atonía y de
su terror, porque se sentía aterrada, aniquilada, permaneciendo ahí como
idiota, con los ojos clavados en el lado de la calle, con los cabellos
erizados, con el corazón palpitante hasta ahogarla, muda, sin lágrimas, sin
fuerzas, viva imagen de la angustia y del dolor.
Pero una última
esperanza pareció hacerla volver en sí. Pensó que eso era imposible, que era un
sueño todo lo que estaba mirando o que nada tenía que ver con su hija aquel
conjunto de circunstancias; que Manuela debía haber vuelto a su cuarto, y que
si se hubiera fugado debía haberse llevado su ropa, sus alhajas, algo.
Doña Antonia,
bajándose precipitadamente de la cerca, se dirigió vacilando como una ebria,
pero corriendo, hacia la casa y al cuarto de Manuela; estaba como antes,
solitario, la cama deshecha, un baúl abierto. No cabía duda, la joven se había
escapado; faltaba su mejor vestido, faltaban sus camisas bordadas, sus alhajas,
su calzado nuevo de raso, sus rebozos. Se había llevado lo que podía caber en
una pequeña maleta.
Entonces la
infeliz anciana, convencida ya de su desdicha, cayó desplomada sobre el suelo y
rompió a llorar, dando alaridos que hubieran conmovido a las piedras. Pasado al
fin este arranque de dolor supremo, salió de la casa como una insensata, sin
cuidarse de cerrarla, y se dirigió a la de su ahijada Pilar, que vivía por ahí
cerca, en casa de unos tíos, porque era huérfana. Apenas pudo hablarles unas
cuantas palabras para explicarles que Manuela había desaparecido y para
rogarles que fuesen con ella a su casa a fin de cerciorarse del hecho.
Acompañarónla, en
efecto, sorprendidos y asustados también, especialmente la bella y dulce joven,
que lo mismo que su madrina no comprendía nada de tal misterio.
XII
LA CARTA
no hicieron más que confirmar las sospechas de doña
Antonia. Manuela se había escapado en los brazos de un amante.
Los tíos de Pilar
encontraron al pie de la cerca, y medio oculta entre la maleza y el lodo, la
linterna sorda que había servido a la joven para alumbrarse y que arrojó allí
al huir.
Quedaba ahora por
averiguar quién o quiénes habían sido los raptores de la joven, y sobre este
particular nadie se atrevía a aventurar una sola palabra, porque nadie tenía
tampoco en que fundar la menor conjetura.
La pobre madre,
en el paroxismo de su dolor, se había atrevido a mencionar el nombre del
honrado herrero de Atlihuayan; pero en el instante, tanto ella como Pilar y sus
tíos, habían exclamado con admiración y sorpresa:
-¡Imposible!
-En efecto,
¡imposible! –decía doña Antonia-; ¿qué necesidad tenía Nicolás de arrebatar a
la muchacha cuando yo se la habría dado con todo mi corazón?... ¡Soy una tonta,
y sólo mi aflicción puede disculpar esta palabra imprudente! ¡Que Dios me la
perdone! Nicolás no me la perdonaría.
-Además, madrina,
Nicolás no era querido, y usted lo sabe muy bien; Manuela no podía sufrir ni su
presencia. Habría sido preciso que tanto él como ella fingieran aborrecerse
para que esto pudiera ser. Pero, ¿para qué semejante disimulo?
-Pues es claro
–replicó doña Antonia-. No, no hay que pensar en ello: pero entonces, ¿quién,
Dios mío?
-Será preciso
avisar a las autoridades –dijo el tío de Pilar.
En este momento
entro en la casa un muchacho, un trabajadorcito de las cercanías, y dijo que
uno hombres que iban a caballo con una señora lo habían encontrado muy de
madrugada y lo habían detenido más allá de Atlihuayan y al empezar la cuesta
del monte, y que la señora, que era muchacha, le había dicho que viniera a
Yautepec a traer una carta a su mamá, dándole las señas de la casa.
Doña Antonia
abrió apresuradamente el papel, que estaba escrito con lápiz y que no contenía
más que estas breves palabras:
“Mamá:
“Perdóname, pero era preciso que hiciera lo que he hecho. Me voy con un
hombre a quien quiero mucho, aunque no puedo casarme con él por ahora. No me
llores porque soy feliz y que no nos persigan, porque es inútil.
Manuela”
Al oír estas
palabras, todos se quedaron asombrados y mudos, pintándose en sus semblantes la
sorpresa y el disgusto que semejante proceder en Manuela les causaba, habiendo
sido hasta allí una buena hija. La pobre madre dejó caer el papel de las manos
y quedó un momento con la cabeza inclinada, fijos los ojos en tierra, abatida,
silenciosa, sombría, como insensata, hasta que un rato después hizo estallar su
dolor en terribles sollozos. Acudieron a abrazarla si ahijada y los tíos, sin
saber qué decirle, sin embargo para calmar su pena.
-¿Y a quién
quejarme ahora? –exclamó-. Aconséjenme ustedes –dijo-, ¿qué haré?
-Veremos al
prefecto –respondió el tío de Pilar-. Es necesario que la autoridad tome sus
providencias.
-Pero, ¡que
providencias! –repuso la anciana-, cuando ven ustedes que las autoridades
mismas no se atreven a salir de la población ni tienen tropas ni manera de
hacerse respetar… ¡Sí estamos abandonados de Dios! –añadió desesperada.
-Pero, ¿quién
podrá ser, pues, el hombre que se la ha llevado? –dijo Pilar-, porque yo no
atino absolutamente y es preciso tener siquiera una sospecha que sirviera de
indicación…
¡Y estar yo sola,
absolutamente sola! –exclamó
doña Antonia, torciéndose las manos de dolor-. ¡Ah! ¡Como han abusado de una
infeliz vieja, viuda y desamparada!
-No tan sola,
madrina, no está usted tan sola –replicó vivamente Pilar-. ¿No cuenta usted con
la amistad de Nicolás?
-Es verdad, hija
mía, lo había olvidado en mi desesperación. Tengo a ese hombre generoso, que
todavía ayer me decía que sin interés ninguno en Manuela, de quien estaba
seguro que no lo quería, podía yo contar enteramente con su apoyo. Tienes
razón, voy a escribirle al momento.
-No es preciso
–dijo el tío de Pilar-; yo voy a ensillar en un instante y corro a Atlihuayan
para traer a Nicolás. Es necesario que nos ayude a indagar esto.
El anciano se
levantaba para cumplir su oferta, cuando se oyó el ruido de un caballo en la
calle y un hombre se apeo en la puerta de la casa.
Era el herrero de
Atlihuayan. Todos se levantaron para correr hacía él; doña Antonia se adelanto
y apenas pudo tenderle los brazos y decirle sollozando:
-¡Nicolás,
Manuela se ha huido!
El joven se puso
densamente pálido y murmuro tristemente, con un amargo desdén:
-¡Ah!, ¡sí, mis
sospechas se confirman!
-¿Qué sospechas?
–preguntaron todos.
-El herrero
condujo a la señora al cuarto y todavía de pie, dijo:
-Esta mañana muy
temprano un guardacampo vino a decirnos, al administrador y a mí, que en la
madrugada, recorriendo los campos que están al pie del monte, y cuando ya había
cesado el aguacero, encontró en su casita, en la que no había dormido, a un
grupo que se preparaba a salir y a montar a caballo y que seguramente se había
guarecido allí del temporal; que recelando de que fuese gente mala, no se
acercó por el camino, sino que se metió entre las cañas para observarlo bien.
En efecto, eran plateados; cuatro hombres y una mujer joven, muy hermosa,
llevando un sombrero de alas angostas y al que estaba atando un pañuelo blanco,
antes de montar. Por esta detención pudo reconocerlos bien. A la niña parecía
haberla visto algunas veces en esta población, y el hombre, que parecía jefe de
los otros, era el Zarco.
-¡El Zarco!
–exclamaron todos aterrados.
-¡El mismo, el
más temible y malvado de esos bandidos, que, según dicen, es joven y no mal
parecido! Este fue quien abrazó a la joven para montarla y quien parece que la
llevaba. En el acto emprendieron todos, y a gran prisa, el camino de la
montaña, sin reparar en el guardacampo, que no los perdió de vista hasta que
ellos encumbraron y se alejaron entre las breñas. Entonces vino a dar parte. Yo
no sé qué terrible presentimiento tuve, y sin darme cuenta de porqué lo
hacía, -No es preciso –dijo el tío de
Pilar-; yo voy a ensillar en un instante y corro a Atlihuayan para traer a
Nicolás. Es necesario que nos ayude a indagar esto.
El anciano se
levantaba para cumplir su oferta, cuando se oyó el ruido de un caballo en la
calle y un hombre se apeo en la puerta de la casa.
Era el herrero de
Atlihuayan. Todos se levantaron para correr hacía él; doña Antonia se adelanto
y apenas pudo tenderle los brazos y decirle sollozando:
-¡Nicolás,
Manuela se ha huido!
El joven se puso
densamente pálido y murmuro tristemente, con un amargo desdén:
-¡Ah!, ¡sí, mis
sospechas se confirman!
-¿Qué sospechas?
–preguntaron todos.
-El herrero
condujo a la señora al cuarto y todavía de pie, dijo:
-Esta mañana muy
temprano un guardacampo vino a decirnos, al administrador y a mí, que en la
madrugada, recorriendo los campos que están al pie del monte, y cuando ya había
cesado el aguacero, encontró en su casita, en la que no había dormido, a un
grupo que se preparaba a salir y a montar a caballo y que seguramente se había
guarecido allí del temporal; que recelando de que fuese gente mala, no se
acercó por el camino, sino que se metió entre las cañas para observarlo bien.
En efecto, eran plateados; cuatro hombres y una mujer joven, muy hermosa,
llevando un sombrero de alas angostas y al que estaba atando un pañuelo blanco,
antes de montar. Por esta detención pudo reconocerlos bien. A la niña parecía
haberla visto algunas veces en esta población, y el hombre, que parecía jefe de
los otros, era el Zarco.
-¡El Zarco!
–exclamaron todos aterrados.
-¡El mismo, el
más temible y malvado de esos bandidos, que, según dicen, es joven y no mal
parecido! Este fue quien abrazó a la joven para montarla y quien parece que la
llevaba. En el acto emprendieron todos, y a gran prisa, el camino de la
montaña, sin reparar en el guardacampo, que no los perdió de vista hasta que
ellos encumbraron y se alejaron entre las breñas. Entonces vino a dar parte. Yo
no sé qué terrible presentimiento tuve, y sin darme cuenta de porqué lo
hacía, monté a caballo y vine a ver si
había ocurrido aquí alguna novedad… Así es –añadió con intensa amargura- que ya
saben ustedes con quien se fue Manuela.
-¡Ah! ¡Con razón
dice que es inútil perseguirla! –exclamó colérica doña Antonia, mostrando a
Nicolás el papel, que él estuvo examinando con profunda atención.
-efectivamente
–repuso el joven-, es perfectamente inútil. ¿Quién iría a perseguir a ese
bandido a su cuartel general, en que tiene más de quinientos hombres que lo
defiendan? Y sobre todo, ¿para qué? ¿No se ha ido con toda su voluntad? Cuando
una mujer da ese paso, es porque está apasionada del hombre con quien se va.
Perseguirla sería matarla también a ella.
-Preferiría yo
verla muerta a saber que está en brazos de un ladrón y asesino como ése –dijo
resuelta doña Antonia-. No es ahora sólo dolor lo que siento, es vergüenza, es
rabia… Quisiera ser hombre y fuerte, y le aseguro a ustedes que iría a buscar a
esa desdichada aunque me mataran; ¡mejor para mí! ¡Un plateado! ¡Un plateado!
–murmuro convulsa de ira.
-Pues bien,
señora, yo estoy dispuesto a hacer lo que usted quiera, por más que me parezca
inútil la persecución, no tanto por la gente que acompaña al Zarco, sino por la
voluntad terminante con que Manuela lo ha seguido. Verdaderamente, no ha habido
rapto.
-Pero, ¿yo
puedo consentir en que mi hija, por más loca de amor que esté, siga a un
bandido? ¿Y mis derechos como madre?
-Sus derechos de
usted como madre no pueden ser representados sino por la autoridad en este
caso, careciendo usted de un pariente próximo –dijo el tío de Pilar-. Nosotros
ayudaremos a la autoridad, pero es necesario que ella sea quien ordene. ¿Y cree
usted que se atreverá con esos bandoleros, cuando apenas puede hacerse obedecer
en la población?
-Pero si
quisiera…; hoy llega la caballería del gobierno.
-Veremos al
prefecto –replicó el anciano-, para decidirlo a que hable al jefe de esa
fuerza; pero no olvide usted que esta fuerza no ha podido, antier, continuar la
persecución del Zarco, que fue quien cometió los asesinatos de Alpuyeca, y eso que el gobierno
de México había recomendado con todo empeño la persecución.
Es inútil
–exclamaron todos-, es imposible; ni el prefecto ni esos soldados han de
querer.
En estos momentos
se oyeron trompetas resonando en la plaza. La caballería del gobierno entraba
con toda solemnidad en la población.
Doña Antonia,
enloquecida de ira y de dolor, salió apresuradamente de la casa con la
intención de hablar al prefecto.
XIII
EL COMANDANTE
El pobre
prefecto se hallaba en casa de Ayuntamiento, vestido con su traje dominguero
para recibir a la tropa con los honores debidos, y en el momento en que llego
doña Antonia, acompañada del tío de Pilar, y de Nicolás, que la habían seguido
por deferencia, se entretenía en ver a aquella fuerza mal vestida y peor
montada, que se forma en la placita para pasar lista. Mandábala un comandante
de mala catadura, vestido de una manera singular, con un uniforme militar
desgarrado, y cubierto con un sombrero charro viejo y sucio.
Luego que acabó
de pasar su lista, el comandante vino a saludar al prefecto y a manifestarle,
lo que era de cajón entonces, que necesitaba raciones para sus soldados y
forraje para su caballada, pues debía continuar su marcha esa tarde.
El prefecto dio
las órdenes convenientes para facilitar esos elementos, imponiendo a los
vecinos acomodados semejante carga, que ellos estaban acostumbrados a soportar
hacía tiempo.
Después la tropa
se acuarteló y el comandante y algunos oficiales fueron invitados por el
prefecto a tomar algunas copas y a comer en la prefectura.
Tales eran los
deberes que se imponía entonces la autoridad política de los pueblos para con
esos militares, que ni defendían a la gente pacífica ni se atrevían a encararse
con los bandidos de que estaba llena la comarca.
-¿Qué tal comandante –preguntó el prefecto-, ayer y Antier
han tenido ustedes una buena tarea con los plateados?
-Fuerte señor
prefecto –respondió el comandante atusándose los ásperos bigotes-, muy fuerte;
no hemos descansado ni de día ni de noche.
-¿Y lograron
ustedes algo?
-¡Oh!, les dimos
una correteada a los plateados, terrible. Estoy seguro de que en muchos días no
volverán a aparecerse en la cañada de Cuernavaca. Han quedado escarmentados.
¿Cogieron ustedes
algunos, eh?
-Sí: y los hemos
dejado colgados, por ahí, de los árboles, en donde se estarán campaneando… a
esta hora.
-Pero, ¿cayeron
todos?
-Todos, no, usted
sabe que eso es difícil. Esos cobardes no atacan más que a la gente indefensa,
pero luego que ven tropa organizada, como la mía, corren, se dispersan.
-Pero el Zarco…,
porque dicen que fue el Zarco el que mandaba la gavilla.
-Sí, él fue, pero
el más correlón de todos. Ni siquiera nos espero, de modo que cuando nosotros
llegamos a Alpuyeca, ni su luz del Zarco. En vano quisimos darle alcance. Luego
que hizo su robo, apenas se detuvo a recoger a los heridos y se largó
precipitadamente, de modo que no dimos ni con su rastro. En ningún pueblo ni
rancho de los que atravesamos en su persecución pudieron darnos razón de él,
sea que no hubiera pasado por allí o sea que tenga en todas partes cómplices,
lo cual es más probable. El caso es que no pudimos continuar con nuestra
caballería en aquellos montes tan escabrosos.
-Pero, entonces,
señor comandante –preguntó el prefecto con malignidad-, ¿a quién cogieron
ustedes por fin, porque acaba de decirme que dejaron a algunos colgados en los
árboles?
-¡Oh, amigo
prefecto –contestó el militar sin desconcertarse-, tomamos algunos sospechosos
de quien estoy seguro que eran sus cómplices; yo los conozco bien a estos
pícaros, no pueden disimular su delito; corren de nosotros cuando nos divisan,
se ponen descoloridos cuando les hablamos, y a la menor amenaza se hincan,
pidiendo misericordia! Ya ve usted que estas son pruebas, porque si no, ¿por
qué habían de hacer todo eso? Su delito los acusa, son los cómplices, los que
avisan a los bandidos, los que ocultan su marcha y participan del botín. A
varios de esos, y según mi parecer, los más importantes, es a quienes he dejado
dando vueltas en el aire… ¡Servirá de ejemplar! ¿No le parece a usted?
De manera que el
valiente militar había fusilado a algunos infelices campesinos y aldeanos, por
simples sospechas, a fin de no presentarse ante su jefe, en Cuernavaca, con las
manos limpias de sangre.
El prefecto lo
comprendió así, y por tal motivo respondió insistiendo:
-Sí, señor
comandante, eso estuvo bueno siempre; pero, por fin, ¿y el Zarco?
-El Zarco, señor
prefecto, debe hallarse ahora muy lejos de aquí; tal vez en el distrito de
Matamoros o cerca de Puebla, para repartirse el robo con toda seguridad.
¡Bonito él para haberse quedado en este rumbo!
-pero dicen
–objeto el prefecto- que tiene su madriguera en Xochimancas, a pocas leguas de
aquí, y que cuenta con más de quinientos hombres. Al menos es lo que se dice
por aquí, y lo que sabemos, porque frecuentemente se desprenden de allí
partidas para asaltar las haciendas y los pueblos. En esa madriguera es donde
guardan sus robos, en donde tienen a los plagiados, sus caballos, sus
municiones, en fin; parece, según noticias que recibimos diariamente, que allí viven
como en una fortaleza, que tienen hasta piezas de artillería, hasta músicas y
charangas que llevan algunas veces a sus expediciones, y que les sirven también
para divertirse en sus bailes.
-Ya sé, ya sé
–replicó el comandante con cierto enfado-; pero usted conoce lo que son las
exageraciones del vulgo. Todo eso son cuentos; habrán buscado allí refugio
alguna vez, habrán permanecido allí dos o tres días, habrán hecho tocar dos o
tres clarines, y el miedo de los pueblos ha inventado lo demás, porque no me
negará usted, señor prefecto, que ustedes viven muertos de miedo y que ni
parecen hombres los que viven estas comarcas.
-Pero con razón,
señor comandante –dijo el prefecto picado en lo vivo-, con muchísima razón si
todos esos que usted dice que son cuentos, nos parecen a nosotros realidades;
si vemos atravesar por nuestros caminos partidas de cien y de doscientos
hombres, bien armados y montados; si se llevan al cerro todos los días a los
vecinos de los pueblos y a los dependientes de las haciendas; si se meten donde
quiera como en su casa, ¿cómo no hemos de creer?
-Pues bien, y
ustedes, ¿por qué no se defienden? ¿Por qué no se arman?
-Porque no
tenemos con qué; todos estamos desarmados.
-Pero, ¿por qué?
-Le diré a usted:
teníamos armas para las defensas de las poblaciones, es decir, armas que
pertenecían a las autoridades y armas que habían comprado los vecinos para su
defensa personal. Hasta los más pobres tenían sus escopetas, sus pistolas, sus
machetes. Pero pasó primero Márquez con los reaccionarios y quitó todas las
armas y los caballos que pudo encontrar en la población. Algunas armas se
escaparon, sin embargo, y algunos caballos también, pero pasó después el
general Gonzáles Ortega con las tropas liberales y mandó recoger todas esas
armas y todos esos caballos que habían quedado, de manera que nos dejó con los
brazos cruzados. Luego, los bandidos apenas saben que alguno tiene un caballo
regular, cuando en el acto se meten a cogerlo. ¿Quién quiere usted que compre
ya ni armas, ni caballos, sabiendo que los ha de perder de todos modos? Además,
aun cuando nos queden machetes y cuchillos, ¿cree usted que nos vamos a poner
con quien trae bueno mosquetes o rifles?
-Pues, hombre
–replicó el militar reflexionando-, eso sí está malísimo, porque así cualquiera
puede burlarse de ustedes. ¿Y qué hacen entonces?
-Lo único que
hacemos es huir o escondernos. Tenemos un vigilante en la torre, durante el
día. Cuando toca la campana, dando la alarma, las familias se esconden en el
curato o donde pueden, en lo más oculto de las huertas; los hombres corren y
las autoridades… nos sumimos –añadió el pobre
prefecto, encogiéndose de hombros en ademán de vergüenza y de
resignación.
-¡Caramba,
hombre, eso es atroz!
–exclamó el comandante sirviéndose una gran copa de coñac-. Yo no sería
autoridad aquí por nada de esta vida.
-Pues yo he
renunciado la prefectura cincuenta veces; pero no me admiten la renuncia, y
como es lo mismo…
-¿Cómo lo mismo?
-Pues es claro;
es lo mismo que haya prefecto como que no lo haya; dirán que tanto da que esté
yo como que esté otro, y mientras, aquí me tiene usted limitándome a dar
forraje y raciones a las tropas que pasan, sin poder hacer más, sin disponer de
un solo guardia, de un solo soldado, de nadie… escondiéndome por la noche,
porque de noche quedamos expuestos a todo, sin poder ejercer la vigilancia que
tenemos de día, trabajando en nuestros quehaceres, siempre con sobresalto. De
manera que no son cuentos los que le referimos a usted; no son invenciones del
miedo. Son verdades, y se las dirá a usted todo el mundo.
En el instante en
que el prefecto acababa de hablar, doña Antonia, cansada de esperar que
concluyese la conversación, se hizo anunciar por conducto del secretario de la
oficina, diciendo que tenía un negocio muy urgente que comunicar, tanto al
prefecto como al comandante.
-Que entre –dijo
el prefecto.
Doña Antonia se
presento llorando y desesperada.
-¿Qué le pasa a
usted, doña Antonia? –pregunto el prefecto con interés.
-¡Qué me ha de
pasar, señor prefecto, una gran desgracia!, que mi hija ha sido robada anoche.
-¡Su hija de
usted! ¡Manuelita! ¡La muchacha más linda de Yautepec! –dijo el prefecto,
dirigiéndose al comandante, que se volvió todo orejas.
-Sí, señor,
Manuela, ¡me la han robado!
-¿Y quién, vamos,
diga usted?
-¡El Zarco!
–exclamó furiosa doña Antonia, ¡ese gran ladrón y asesino!
-¿Ya ve usted,
señor comandante? –dijo el prefecto, sonriendo con malicia-. No anda tan lejos
como usted creía; todavía está por aquí robándome muchachas, después de haber
robado y asesinado en la Cañada.
-Pero, ¿cómo ha
sido eso?..., diga usted pronto, señora –dijo el militar, levantándose.
Doña Antonia
refirió los hechos que ya conocemos. Nicolás fue llamado a declarar lo que
sabía, y no hubo ya duda de que, en efecto, el Zarco había sido el raptor.
-Y bien, ¿qué
quiere usted que se haga?
-Señor –respondió
la anciana en actitud suplicante-, que usted haga perseguir a ese bandolero,
que le quiten a mi hija, y yo daré lo poco que tengo si lo logran. Que la
traigan viva o muerta, pero ha de ser pronto, señor; pueden encontrarla muy
cerca de aquí, en Xochimancas, que es donde el Zarco tiene su madriguera. Ya
sé, señor prefecto, que usted no tiene tropa, ni gente de quien disponer para
eso; pero ahora que está aquí este señor militar con su tropa, puede prestar
este servicio a la justicia y a la humanidad.
-¿Qué dice usted,
comandante? –preguntó con sorna el prefecto.
-¡Imposible,
señor prefecto, imposible! –repitió
con resolución-; yo tengo mi orden de continuar mi marchar para Cuautla, como
que se trata de escoltar a un señor muy amigo del señor presidente, don Benito
Juárez, que tiene que ir a México. Ya usted supondrá que cuando no he podido
continuar la persecución de ese malvado ayer, y por causa de un robo y de
asesinatos, menos he de poder entretenerme en ir a buscar a una muchacha por
esos andurriales… ¡Bah!... ¡Bah!…, déjenos usted en paz, señora, ya se
contentará la niña con el bandido ese,
¡no tiene remedio! ¡La tropa del gobierno no puede perder el tiempo en andar
rescatando muchachas bonitas! Además, yo no conozco bien estos terrenos.
-Pero yo sí los
conozco –dijo Nicolás-, y si el señor prefecto lo dispusiera, algunos amigos
míos y yo acompañaríamos a la tropa para guiarla y ayudarle en sus pesquisas.
-Pues si este
muchacho tiene algunos amigos que lo acompañen, supongo que armados, ¿Por qué
no va él a hacer la persecución? –preguntó el comandante.
-Porque sería lo
mismo que sacrificarnos inútilmente –respondió Nicolás-. Mis amigos y yo
seremos a todo rigor diez, y los bandidos que podemos encontrar en Xochimancas
pasan de quinientos o por lo menos son trescientos; ¿qué podríamos hacer diez
contra trescientos? Moriríamos estérilmente. No así yendo la tropa del
gobierno, porque tiene más de cien hombres, y además los que iríamos de aquí,
que estamos bien armados y que, apoyados en la tropa, serviríamos de algo.
Conocemos caminos por los que lograríamos sorprender a los plateados.
-Pero, ¿toda esa
pelotera y ese empeño por una muchacha? –dijo el comandante, que no se dejaba
convencer.
-No, señor
–repuso indignado Nicolás-; no sería solamente por la muchacha, porque se
lograrían otros fines que son de mayor importancia. Se lograría acabar con esa
guarida de malhechores que tiene azorado el distrito; se lograría tal vez matar
o coger a los asesinos a quienes persiguió el señor comandante ayer y antier
inútilmente; se les quitaría el robo, se les quitaría los demás robos que
tienen guardados allí, se libertaría a los hombres que tienen plagiados hace
tiempo, y el señor comandante cumpliría con su deber, restableciendo la
seguridad en todo este rumbo. Yo creo que hasta el Supremo Gobierno se lo
agradecería.
-A mí nadie me
enseña mis deberes como soldado –respondió el comandante con los ojos
centelleantes de cólera, y comprendiendo que no podía contestar de otro modo a
las razones del joven-. Yo sé lo que debo hacer, y para eso tengo superiores
que me ordenen lo que crean conveniente. ¿Quién es usted, amigo, para venir
aquí a imponerme leyes y ha hablarme con ese tono?
-Señor –dijo
Nicolás, encarándose con dignidad al comandante-, yo soy un vecino honrado del
distrito; soy el encargado de la herrería de la hacienda de Atlihuayan, y el
señor prefecto sabe que he prestado no pocos servicios cuando la autoridad los
ha necesitado de mí. Además, soy un ciudadano que sabe perfectamente que usted
es un jefe de seguridad pública, que la tropa que usted trae está pagada para
proteger a los pueblos, porque no es tropa de línea consagrada exclusivamente
al servicio militar de la Federación, sino que es fuerza del Estado, despachada
para perseguir ladrones, y ahora
precisamente le estamos proporcionando a usted la oportunidad de cumplir
con su comisión.
-¡Usted qué sabe
de eso, don cualquiera, ni qué tiene usted que gritarme aquí ni que leerme la
cartilla, ni quién le ha dado a usted facultades para hablarme en ese tono!
¿Quién es ese hombre, señor prefecto? –preguntó el comandante en el paroxismo
del furor, con los bigotes erizados y poniendo mano en el puño de su pistola de
Colt, que llevaba ceñida a la cintura.
-este muchacho
–respondió el prefecto palideciendo, porque temió algún desmán del soldadote,
que como todos los de su ralea era un gran insolente con los hombres honrados y
pacíficos-, este señor es, en efecto, un vecino muy honrado y muy apreciable,
que ha prestado muy buenos servicios a los pueblos y que es muy estimado de
todos.
-Pues no le
valdrá todo eso de nada para evitar que
yo lo fusile –dijo el comandante-; yo le enseñaré a faltar el respeto a los
militares.
Nicolás se cruzó
de manos impasible y contestó sin arrogancia, pero con un acento frío y altivo:
-Haga usted lo
que quiera, señor militar; usted tiene allí su fuerza armada. Yo estoy solo,
sin armas y delante de la autoridad de mi población. Puede usted fusilarme, no
lo temo y ya lo estaba yo esperando. Era muy natural: no ha podido usted o no
ha querido perseguir o fusilar a los bandidos a quienes era necesario combatir
arriesgando algo, y le es a usted más fácil asesinar a un hombre honrado que le
recuerda a usted sus deberes. Es claro…, esto no será glorioso para usted, pero
sí lo único que puede y sabe hacer.
-¿De manera que
usted cree que yo me valgo de la fuerza para castigar la insolencia de usted?
-Así lo creo
–repuso Nicolás, siempre cruzado de brazos y con un acento frío y seguro.
-Pues se equivoca
usted, amigo –gritó el comandante-. Yo no necesito de la fuerza armada para
castigar a los que me insultan. Yo sé corregirlos hombre a hombre.
-¡Sería de ver!
–respondió Nicolás, con una sonrisa de desprecio-. Y precisamente – añadió-,
por aquí cerca de Yautepec hay algunos lugares bastantes solitarios en que
podría dar pruebas de ese valor. Deje usted aquí a su tropa, montaremos a
caballo los dos y nos iremos juntos a escoger el sitio a propósito.
-¿sí, me desafía
usted? –pregunto el militar, lívido de rabia.
-Yo acepto, señor
comandante. Usted ha dicho que es muy capaz de castigar a los que le insultan
hombre a hombre y sin valerse de la fuerza. Yo acepto y estoy dispuesto, con
iguales armas y donde a nadie favorezca más que su propio valor.
-Bueno –dijo el
comandante-, ahora verá usted si soy capaz.
Y saliendo
precipitadamente de la habitación, gritó a varios soldados que estaban por ahí:
-¡Hola, sargento
préndanme ustedes a ese pícaro y ténganlo en el cuartel con centinela de vista!
Sí se mueve mátenlo.
-¡Bonita manera
de arreglar las cosas hombre a hombre! –murmuró Nicolás, mirando al comandante
con un gesto de profundísimo desdén.
-¡Ahora verá
usted si me echa bravatas, insolente!
-Pero, señor
comandante –dijo el pobre prefecto, interponiéndose en actitud suplicante-,
dispense a usted a este muchacho; es un exaltado, pero es hombre de bien,
incapaz de cometer el más mínimo delito.
-¡Cállese usted,
señor prefecto del demonio –replicó el militar furioso como un energúmeno-,
cállese usted o también me lo llevo! Para eso nada más sirven las autoridades
de aquí, para dar alas a los zaragates. ¡Ya verá usted si hago otro ejemplar!
Llévenselo, llévenselo –dijo a los soldados que se apoderaron de Nicolás, el
cual no hizo ninguna resistencia, contentándose con decir al prefecto:
-No ruegue usted,
señor prefecto; deje usted que hagan lo que quieran, pero no humille usted su
autoridad.
Sin embargo, el
prefecto comprendía que aquel militar fanfarrón y cobarde era capaz de cumplir
sus amenazas.
Por aquel tiempo y
en aquellas comarcas, tales hechos no eran, por desgracia, sino muy frecuentes.
Los bandidos reinaban en paz, pero, en cambio, las tropas del gobierno, en caso
de matar, mataban a los hombres de bien, lo cual les era muy fácil y no corrían
peligro por ello, estando el país de tal manera revuelto y las nociones de
orden y moralidad de tal modo trastornadas, que nadie sabía a quien apelar en
semejante situación. Las autoridades locales eran autoridades de burlas en las
poblaciones y cualquier militarcillo, por inferior que fuese, se atrevía a
ultrajarlas y humillarlas.
El infeliz
magistrado de Yautepec no pudo hacer otra cosa que reunir al Ayuntamiento, que
se reunió, en efecto, con gran temor, no sabiendo qué deliberar. Además, el
prefecto envió inmediatamente aviso al administrador de la hacienda de
Atlihuayan, quien en el acto montó a caballo y se dirigió a galope a Yautepec,
acompañado de los dependientes principales de la hacienda, con el objeto de
procurar la libertad del honrado herrero.
XIV
PILAR
En
cuanto a doña Antonia, desde el principio del altercado de Nicolás con el
comandante, viendo el giro que tomaba aquel asunto, comprendiendo, en fin de
que no tenía que esperar nada de las autoridades y que, por el contrario iba a
cometerse una gran injusticia y tal vez un crimen con su generoso defensor,
había caído en un extremo tal de abatimiento que por un instante se la creyó
enferma. Pero nadie le hizo caso, estando todos atentos al desenlace de aquella
terrible discusión. Cuando los soldados se llevaron a Nicolás preso, la pobre
señora ni aun fuerzas tuvo para levantarse y seguirlo, contentándose con gemir
arrinconada y atónita en un banco de la Prefectura.
Por fin, cuando
el prefecto salió, ella también, acompañada del tío de Pilar y de varios
vecinos, se dirigió a la casa, en donde la esperaban la joven Pilar, su tía y
algunos vecinos y vecinas que se interesaban en su desgracia.
Refirióles en pocas palabras lo que acababa de suceder, y
agotadas sus fuerzas por tantos sufrimientos, débil, extenuada, porque no había
tomado alimento alguno desde la mañana y habiéndose empapado de agua en la
huerta, al hacer sus primeras pesquisas, se arrojó en la cama temblando de
fiebre. Su ahijada y aquellas gentes piadosas le prodigaron los primeros
cuidados. Pero la bella y buena joven, tan luego como aplicó las medicinas
necesarias a su madrina, comenzó a ocuparse en otra cosa que la había conmovido
hasta el fondo del alma.
La noticia de la
prisión de Nicolás había sido para ella un rayo. Se sintió trastornada, pero
disimuló cuanto pudo su ansiedad y su congoja en presencia de sus tíos y de
aquellas gentes extrañas, tomó su rebozo, y pretextando que iba a traer algunas
medicinas, se lanzó a la calle.
¿Adónde iba? Ni
ella misma lo sabía; pero sentía la necesidad de ver a Nicolás, de hablarle, de
ver a algunas personas, de procurar, en fin, salvar a aquel joven generoso que
tiempo hacía era el ídolo de su corazón, ídolo cuanto más amado cuanto que
había tenido que rendirle culto en silencio y en presencia de una rival muy
querida de él y muy querida también de ella.
En otras
circunstancias, ella, dulce, resignada por carácter, tímida y ruborosa, habría
muerto antes que revelar el secreto que hacía al mismo tiempo la delicia y el
tormento de su corazón. Pero en aquellos momentos, cuando la vida del joven
estaba peligrando y lo suponía desamparado de todos y entre las garras de
aquellos militares arbitrarios y feroces, la buena y virtuosa joven no tuvo en
cuenta su edad ni su sexo; no reparó en que su educación retraída había producido
el aislamiento en torno suyo; no temió para nada el qué dirán de las gentes de
su pueblo; no pensó más que en la salvación de Nicolás, y por conseguirla salió
de la casa de su madrina y se dirigió apresuradamente al cuartel en que le
habían dicho que acababan de poner incomunicado al herrero.
Este no se
hallaba en prisión alguna, porque aquel cuartel provisional estaba en una casa
de la población que no tenía las condiciones requeridas. Así que Nicolás había
sido puesto en un portal que daba a la calle, y allí lo guardaban dos
centinelas de vista y la guardia, que se hallaba alojada allí mismo. De modo
que la joven pudo verlo desde luego, mezclándose al grupo de gente que se había
acercado a la casa por curiosidad.
Pilar se salió
del grupo, y adelantándose hacia el prisionero, que reparó en ella en el
instante, y que se levantó en ademán de recibirla, no pudo pronunciar más que
esta palabra, entre ahogados sollozos:
-¡Nicolás!
Y calló de
rodillas en el suelo, muda de dolor y anegada en llanto.
Nicolás iba a
hablarle, pero el sargento de la guardia se interpuso, y algo compadecido de la
joven le dijo:
-Sepárese,
señorita, porque el reo está incomunicado y no puede hablarle.
-¡Pero si es mi…,
pero si es pariente mío! –dijo Pilar en ademán de suplica.
-No le hace
–replicó el sargento-, no puede usted hablarle; lo siento mucho, pero es la
orden.
-¡Una palabra
nada más! ¡Por compasión déjeme usted hablarle una sola palabra!
-No su puede,
niña –dijo el sargento-; retírese usted; si viene el comandante puede que la
maltrate, y es mejor que se vaya.
-¡Qué me mate
–dijo ella-, pero que se salve él!
Estas palabras,
que llegaron a los oídos de Nicolás muy claras y perceptibles, le revelaron
toda la verdad de lo que pasaba en el alma de la hermosa joven y fueron para él
como una luz esplendorosa que iluminó las nubes sombrías en que naufragaba su
espíritu. ¡Pilar lo amaba, y esa sí que sabía amar! De manera que él estaba
embriagándose por mucho tiempo con el aroma letal de la flor venenosa, y había
dejado indiferente a su lado a la flor modesta y que podía darle la vida.
¡Que dicha la
suya en saberlo!, pero, ¡que horrible desventura la de saberlo en aquel
momento, tal vez el último de su existencia, porque Nicolás no dudaba de que el
comandante ejercería su venganza en el camino aquella misma tarde! Había sido
la humillación del militar tan cruel y vergonzosa, que no podría perdonarla,
con tanta más seguridad, cuanto que, el aquel
tiempo, ningún temor podría contenerlo, siendo esta clase de arbitrariedades
y crímenes el pan de cada día.
Pasó, por la
cabeza de Nicolás como un vértigo; todo aquello era superior a sus fuerzas, con
ser ellas tantas, y con tener un carácter de bronce, como el suyo, fundido al
fuego de todos los sufrimientos. No quiso ver más; cubrióse el rostro con las
manos, como para no dejar ver dos lágrimas que brotaron de sus ojos. Pero
pasado ese instante de crisis tremenda, se levantó de nuevo par ver a Pilar.
Esta, empujada suavemente por el sargento, se alejaba del cuerpo de guardia,
pero volvía frecuentemente la cabeza buscando a Nicolás. En una de esas veces,
Nicolás le dio las gracias poniendo la mano sobre su corazón y le hizo seña de
que se alejara. ¡Hubiera querido expresarle con el ademán cuanto gozaba
sabiendo que era amado por ella, y asegurarle que, en aquel momento, un amor
profundo y tierno acababa de germinar en su corazón sobre las cenizas de su
amor malsano de los pasados días!
Pero aquella
gente curiosa, aquellos soldados le habían impedido tal expansión, y más que
todo, su sorpresa, su aturdimiento, casi podría decirse su felicidad. Así,
pues, volvió a caer desplomado en el banco de piedra en que le habían permitido
sentarse y se abandonó a profundas y amargas reflexiones.
Pilar,
entretanto, no descansó un instante. Fue a ver al prefecto, a quien encontró
precisamente con los regidores y alcaldes, y con los dependientes de la
hacienda, que deliberaban acerca de lo que debía hacerse para evitar que
Nicolás fuese llevado preso. La joven se presentó a ellos llorando, les suplicó
que a toda costa no abandonasen a Nicolás, y que si era posible en la
marcha, porque tal vez eso evitaría que
se cometiese un crimen en el camino, y no se retiró sino cuando le aseguraron
que, sino conseguían libertarlo inmediatamente, acompañarían a la tropa.
Después se volvió
a su casa y preparó algun alimento que llevó al prisionero ella misma, teniendo
cuidado de confiarlo al sargento que antes le había hablado, y a quién deslizo
una moneda en la mano, rogándole que dijese al
preso que no tuviese cuidado, que velarían por él.
Nicolás
comprendió que la joven había hecho mil gestiones en su favor, pero, ¿cuáles
fueron esas gestiones, y de que modo y quiénes velarían por él? Eso no lo
sabía, ni necesitaba saberlo. Desde aquel momento, algo como la confianza de un
ser divino se hizo lugar en su ánimo. Había un ángel que lo protegía y por más
que el herrero supiese que Pilar era una niña oscura, débil, tímida, sin
relaciones poderosas, algo le decía íntimamente que esa niña, inspirada por el
amor, se había convertido en una mujer fuerte, atrevida y fecunda en recursos.
Así pues,
reanimado con aquella seguridad interior, ya no temió por su existencia y se
abandonó a su muerte confiado y tranquilo.
Apenas acababa de
hacer estas reflexiones consoladoras y de tomar algun alimento, cuando se tocó
en el cuartel la botasilla y la tropa se preparó a marchar.
Un rato después
trajeron a Nicolás un caballo flaco y mal ensillado, y lo obligaron a montar en
él, y a colocarse entre las filas. Luego se formó la caballería, y el
comandante llegó casi ebrio, y poniéndose a la cabeza de la tropa, salió de la
población mirando con ceño a los numerosos grupos de gente que se agolpaban en
las calles para manifestar su interés a favor del joven herrero, que marchaba
tranquilo en medio de los dragones.
Nicolás buscaba
con anhelo entre aquellos grupos a la bella niña, y no encontrándola, su frente
se nublo. Pero al llegar la tropa a la orilla del pueblo, y entrando en el
camino que conduce a Cuautla por las haciendas, se encontró un gran grupo de
gente a caballo, compuesto del prefecto, de los regidores, del administrador de
Atlihuayan, de sus dependientes y de otros particulares muy bien armados. Junto
a ello y en la puerta de una cabaña, al extremo de una gran huerta, se hallaban
Pilar y sus tíos. La hermosa joven tenía los ojos encarnados, pero se mostraba
tranquila y procuró sonreír a Nicolás y al decirle adiós, como diciéndole:
Hasta luego.
Nicolás, al
verla, ya no pensó más en su situación, sintió solamente el vértigo del amor,
el golpe de sangre que afluía a su corazón, que ofuscaba sus ojos con un dulce
desvanecimiento. Púsose encendido, saludó a Pilar con apasionado cariño, y
volvió varias veces la vista para fijar en ella una mirada de adoración y de
gratitud. La amaba profundamente; aquel amor acababa de germinar en su alma y
había echado ya hondas raíces en ella. En tres horas había vivido la vida de
tres años, y había poblado aquella fantasía ardiente con todos los sueños de
una dicha retrospectiva y malograda.
Por su parte,
Pilar no ocultaba ya sus sentimientos desde el instante que ellos estallaron
con motivo del terrible riesgo que estaba corriendo Nicolás. Salvarlo era ahora
todo su objeto, y poco le importaba lo demás.
El famoso
comandante, que según ha podido comprenderse era demasiado receloso, se alarmó
al ver aquella cabalgata que parecía esperarlo en actitud amenazadora, y
picando su caballo se dirigió al prefecto.
-¡Hola, señor
prefecto!, ¿qué hace tanta gente aquí?
-Esperándolo a
usted –respondió el funcionario.
-¿A mí?; ¿para
qué?
-Para
acompañarlo, señor, hasta Cuautla.
-¿Acompañarme?;
¿y con qué objeto?
-Con el de
responder de la conducta de ese muchacho a quien lleva a usted preso, ante la
autoridad a quien va usted a presentarlo.
-¿Y qué autoridad
es ésa, señor prefecto?
-Usted debe
saberlo –respondió secamente el prefecto, que parecía más resuelto, apoyado
como estaba por numeroso vecinos bien armados-. Yo sólo sé que soy aquí la
primera autoridad política del distrito, y que no tengo superior en él en lo
relativo a mis facultades. El señor juez de primera instancia es también la
primera autoridad del distrito en el ramo judicial; él está aquí, porque lo es
actualmente el señor alcalde. Así es que supuesto que usted se lleva preso a un
ciudadano que de uno o de otro modo debería estar sometido a nuestra
jurisdicción, claro es que va usted a presentarlo a alguna autoridad que sea
superior a la nuestra, y nosotros vamos a presentarnos también a esa autoridad
para informarle de todo y para lo que haya lugar.
-Pero, ¿sabe
usted qué yo tengo facultades para hacer lo que hago? –dijo el militar,
queriendo salir del aprieto en que lo habían puesto las razones del prefecto.
-No, no lo sé
–contestó éste-, usted no ha tenido la bondad de enseñarme la orden que así lo
diga, ni a mí se me ha comunicado nada por el gobierno del Estado, que es mi
superior. Si usted trae la orden… puede enseñármela.
-Yo no tengo que
enseñarle a usted órdenes ningunas –respondió el militar con altanería-. Yo no
recibo órdenes más que de mis jefes, ni tengo que dar cuenta de mi conducta más
que a mis jefes.
-Por eso vamos a
ver a esos jefes de usted –replicó el prefecto con decisión.
-Pues entonces es
inútil que ustedes me acompañen, porque mis jefes no están en Cuautla, sino en
México.
-Pues iremos a
México –insistió el prefecto, secundado por el administrador de Atlihuayan, que
también repitió -¡Sí, señor, iremos a México!
-Y, ¿si yo no lo
permito?
-Usted no puede
impedir que sigamos a la tropa de usted. Yo soy el prefecto de Yautepec,
conmigo vienen el Ayuntamiento y varios vecinos honrados y pacíficos, ¿con qué
derecho nos podría usted evitar que fuésemos a donde usted va?
-Pero, ¿saben
ustedes que ya me está fastidiando esta farsa y que puedo hacer que se
concluya?
-Haga usted lo
que guste; nosotros haremos entonces lo que debemos.
El comandante
estaba furioso. Mandó hacer alto a su caballería y conferenció un momento con
sus capitanes. Tal vez hubiera querido cometer una arbitrariedad, pero no era
fácil que ella quedara impune. El prefecto estaba allí acompañado del
Ayuntamiento, de los dependientes de la hacienda de Atlihuayan y de numerosos
vecinos bien montados y armados. En un momento podían reunírsele otros vecinos,
aunque sin armas, y tomar aquello un aspecto formidable.
El comandante
decidió, pues, soportar aquella afrenta, pero no soltar a Nicolás. Volvió hacía
el grupo en que se hallaba el prefecto, y le dijo:
-¿De manera qué
ustedes han salido para quitarme al reo, al hombre?
-No señor
–replicó el prefecto-; ya hemos dicho a usted que nuestro objeto es seguirle
hasta Cuautla o hasta México, y no podrá usted acusarnos de agresión alguna.
-¡Era bueno que
ustedes mostraran esta resistencia contra los bandidos, como la muestran contra
las tropas del gobierno!
-Sí, la
mostraremos –replicó indignado el prefecto-, si las tropas del gobierno en
lugar de perseguir a esos bandidos, pues para eso les pagan, no se emplearan en
perseguir a los hombres de bien. Se le ha ofrecido el auxilio de hombres de
aquí para perseguir a los plateados y usted no ha querido, y precisamente ése
es el delito por el que lleva usted preso a ese honrado sujeto.
-Bueno, bueno
–dijo el comandante-, pues ya veremos quien tiene razón; síganme ustedes a
donde quieran, que lo mismo me da…
Y mando continuar
la marcha.
El prefecto
siguió al lado de la columna de caballería, pero Nicolás pudo estar seguro de
que nada le sucedería.
Así caminaron
toda la tarde, y ya bien entrada la noche llegaron a Cuautla, en donde el
prefecto de Yautepec fue a hablar a su colega del distrito de Morelos y a poner
en juego todas sus relaciones con el objeto de lograr la libertad del herrero.
El comandante
puso un extraordinario a Cuernavaca, acusando al joven como hombre peligroso
para la tranquilidad pública, presentando lo acaecido en Yautepec como una
rebelión y dándose aires de salvador y de enérgico, pero el prefecto de
Yautepec y el Ayuntamiento, así como las autoridades de Cuautla, se dirigieron
al gobernador del Estado y al gobierno federal, y el administrador de
Atlihuayan, al dueño de la hacienda y a sus amigos en México, relatando lo
ocurrido. Cruzáronse numerosos oficios, informes, recomendaciones, y se gastó
tinta y dinero para aclarar aquel asunto. Nicolás permaneció preso en el
cuartel de aquella tropa, que aun esperaba órdenes para escoltar al amigo del
presidente. Pero al tercer día llegó una directa del Ministerio de la Guerra
para poner en libertad al joven herrero, mandando que el comandante se
presentase en México a responder por su conducta.
Todo este
embrollo y esta irregularidad eran cosas frecuentes en aquella época de guerra
civil y de confusión.
Así, pues, del
rapto cometido por el Zarco, sólo habían resultado la grave enfermedad de la
pobre madre y la prisión del herrero de Atlihuayan, la conmoción de las
autoridades de Yautepec, muchas comunicaciones, muchos pasos, muchas lágrimas,
pero el delito había quedado impune.
Verdad es que
también había resultado la dicha de dos corazones buenos; éste era el único
rayo de sol que iluminaba aquel cuadro de desorden, de vicio y de miseria.
XV
EL AMOR BUENO
Nicolás,
apenas libre, voló a Yautepec. ¿Qué había pasado allí durante su corta
ausencia? ¡Temblaba de pensar en ello! Incomunicado rigurosamente desde que
salió de Yautepec hasta que fue puesto en libertad, nada había podido saber de
la suerte de doña Antonia, ni de Pilar, pero apenas pudo comunicarse con
algunos de los vecinos de Yautepec, que habían acudido a hablarle, cuando supo
que la infeliz madre de Manuela, demasiado débil para recibir tantos golpes,
había caído en cama, atacada de un violento acceso de fiebre cerebral. Era muy
posible que la pobre señora hubiera sucumbido. ¿Y Pilar? Indudablemente la
bella y buena joven habría prodigado toda clase de cuidados a su madrina; era
seguro que no se habría separado un solo instante del lecho de la enferma que,
abandonada tan miserablemente por su hija, se encontraba, sin embargo, rodeada
de gentes bondadosas y caritativas, pero sobre todo de aquel ángel, que más que
su ahijada, parecía ser su verdadera hija, heredera de su virtud, de su sensatez
y de su noble carácter.
Pero en el seno
de aquella familia improvisada por la desgracia, junto al lecho de aquella
anciana moribunda, hacía falta un hombre, un apoyo, una fuerza que
infundiera aliento a los demás y
proveyese a las necesidades que siempre aumenta el desamparo. Y ese hombre,
¿quién podía ser sino él, Nicolás, el hombre a quien aquella virtuosa señora
había escogido para yerno, y había amado como a un hijo suyo, el que, a su vez
huérfano desde su infancia, había concentrado en ella todo su afecto filial?
¡Cómo le habría buscado la enferma en su delirio! ¡Cómo habría también Pilar
invocado su nombre en silencio, deseando verlo a su lado, en aquellos momentos
de horrorosa angustia! Este último pensamiento era, en medio de su ansiedad,
como una gota de néctar que caía en su corazón, que rebozaba amargura.
Desde su salida
de Yautepec, preso y amenazado de muerte por aquel militar insolente y
arbitrario, Nicolás no había hecho más que pensar en aquellos dos objetos de su
cariño: doña Antonia y Pilar, y su espíritu agitado pasaba cesar del infortunio
de la desdichada señora, al amor de la hermosa joven, amor tanto más grato,
cuanto que se había rebelado de súbito, y justamente cuando se había oscurecido
para él todos lo horizontes de la vida.
Así es que aquel
enamorado joven, en los días precedentes, apenas había concedido su atención al
estado que guardaba, a la incomunicación en que se le mantenía, a las mil
incomodidades de su prisión, al peligro mismo de una resolución desfavorable a
las gestiones que se hacían para libertarle, a todo.
Doña Antonia y
Pilar eran su preocupación única, y no ver a estas dos personas, que para él
encerraban el mundo entero, causaba su impaciencia, una impaciencia que llegaba
a la desesperación.
En cuanto a
Manuela… se había desvanecido completamente en su memoria. El herrero como
todos los hombres de gran carácter, era orgulloso, y si en los últimos días aun
había manifestado algún afecto a la desdeñosa joven, si en su corazón aun no
parecía haberse extinguido el fuego de otro tiempo, había sido solamente porque
doña Antonia animaba constantemente con el soplo de sus esperanzas aquella
hoguera, casi convertida en cenizas.
Pero Nicolás había acabado por comprender, desde hacía
muchos meses, que era un hombre imposible en el corazón de Manuela. Más aun;
con su perspicacia natural, con esa facilidad de percepción que tienen los
enamorados humildes, había adivinado analizando detalle por detalle, al
regresar tristemente de Yautepec todas las noches, sus estériles y cada vez más
heladas entrevistas con la joven, que ésta no sólo sentía despego hacía él,
sino repugnancia. Ahora bien: a la expresión de este sentimiento, que aun en un
semblante hermoso es dura y desagradable, no podía resistir un alma altiva como
la de Nicolás. Si él hubiera sido uno de esos muchachos tontos y fatuos que
interpretan siempre el gesto y las palabras de las mujeres que aman, en el
sentido menos desfavorable para ellos; si hubiese sido uno de esos hombres
vengativos y tenaces que hacen del sufrimiento un medio de triunfar y de
vengarse; si por último, hubiese sido uno de esos viejos libertinos para
quienes el deseo es una coraza que los hace invulnerables y para quienes la
posesión a toda costa es ya el único objeto de su amor sensual, Nicolás habría
permanecido firme en su intento, sostenido por el apoyo de la señora, gran
apoyo junto a una hija, por contraria que ésta se muestre.
Pero Nicolás era
un hombre de otra especie. Indio, humilde obrero, él tenía, sin embargo, la
conciencia de su dignidad y de su fuerza. El sabía bien que valía, como hombre
y como pretendiente, lo bastante para ser amado de Manuela. Su honradez
inmaculada le daba un título; su posición, aunque mediana, pero independiente y
obtenida merced a un trabajo personal, lo ennoblecía a sus ojos; su amor
sincero, puro, que aspiraba a la dignidad conyugal y no a los goces pasajeros
del deseo material, le hacían valorizarlo y estimarlo, como un tesoro que debía
guardarse intacto.
En suma, él amaba
tiernamente, con sumisión, pero con decoro, con pasión tal vez, pero con
dignidad, y comprometer este decoro y esta dignidad en algún acto de
humillación le habría parecido degradar su carácter y arrastrar por el suelo
aquel sentimiento que él llevaba tan alto.
Así pues, tan
luego como Manuela, enamorada como estaba de otro hombre, creyó conveniente
quitarse el velo del disimulo y comenzó a mostrar a Nicolás un desabrimiento
que éste conoció al instante, que fue aumentándose de día en día, y que acabó
por convertirse en un marcado gesto de repugnancia, Nicolás comenzó por
sentirse lastimado profundamente en su orgullo de hombre y de amante, y acabó
por experimentar la insoportable amargura de la humillación. Su amor, ya
bastante desarraigado por los desaires anteriores, no pudo resistir a la última
prueba, y fue desvaneciéndose a gran prisa en su corazón. El afecto de doña
Antonia, un vislumbre de esperanza y cierto hábito contraído de ver a la joven
todos los días, aun lo retenía débilmente, como lo hemos visto; pero al saber
que aquella mujer a quien había creído insensible para él, pero honrada, había
huido con el odioso bandido, cuyo nombre era el espanto de aquella comarca, una
sorpresa dolorosa primero, y un sentimiento de desprecio después, se apoderaron
de su alma.
Después, este
desprecio fue tornándose, al considerar la perversión de carácter de Manuela,
en un sentimiento de otro género.
Era la
repugnancia, pero la repugnancia que inspira la fealdad del alma; y después una
viva alegría inundo su corazón.
Él, Nicolás, el
pobre herrero de Atlihuayan, se había escapado de aquel monstruo. Había estado
amando a un demonio creyéndolo n ángel. Hoy que se veía libre de él, se
avergonzaba de su ceguedad de los primeros días, y se felicitaba de qué el
cielo o su buena suerte lo hubiesen salvado del peligro de haberse enlazado con
aquella criatura, o al menos de la desgracia de seguir amándola, lo que habría
sido terrible para él, dado su carácter altivo e intensamente apasionado.
Lejos de eso, y
como una compensación gratísima, precisamente en los momentos en que su
espíritu había quedado enteramente despejado de las últimas nieblas que aquel
afecto hubiera podido dejarle, cuando la serenidad había acabado de
restablecerse en su corazón, serenidad que no había sido bastante para turbar
ni el peligro que había corrido ni la indignación que lo había agitado
XVI
UN ÁNGEL
Oscurecía ya cuando Nicolás penetró en las piezas de la casa de doña
Antonia. Al ruido de sus pasos, una mujer se adelantó a su encuentro, y apenas
lo reconoció, a la débil luz crepuscular que aun permitía distinguir los
objetos, cuando se echo en sus brazos sollozando.
Era Pilar.
Nicolás al sentir
contra su seno aquella mujer, hoy intensamente amada, sintió como un vértigo de
pasión y de placer. Era la primera vez de su vida que conocía tamaña felicidad,
él, que hasta ahí solo había podido saborear los amargos dejos del desengaño;
él que considerándose casi siempre desamado, se habría considerado feliz con
una mirada sola de simpatía, ahora recibía a torrentes, en una explosión
amorosa, toda aquella dicha que antes no se hubiera atrevido siquiera a soñar.
Y ella estaba
ahí, la bellísima joven, que había ocupado su pensamiento en aquellos días de
prisión y en aquellas noches de insomnio; y sentía sus hermosos brazos de
virgen enlazar su cuello, y palpitar su corazón enamorado junto a aquel corazón
que ya no latía sino para ella, y sentía sus lágrimas humedecer sus manos y su
aliento bañar como un dulce aroma su semblante. Nicolás no podía hablar, de una
emoción avasalladora y que paralizaba sus facultades.
Por fin, después
de haber estrechado a la joven con un arrebato amoroso más significativo que
diez declaraciones, le dijo, besándola en la frente:
-Pilar mía; ahora
sí ya nada ni nadie nos separará. Lo que siento es no haber conocido dónde
estaba mi dicha; pero, en fin, bendigo hasta los peligros que acabo de pasar,
puesto que por ellos he podido encontrarlo.
Pilar, como toda
mujer, y aunque rebosando amor y felicidad, no pudo sustraerse a un vago
sentimiento de temor y de recelo. No estaba todavía bastante segura de que en
el corazón de Nicolás hubiese desparecido completamente aquel antiguo amor de
Manuela, quizás exacerbado aún por todo lo que acababa de pasar. Así es que,
fijando los ojos con timidez en los del herrero, se atrevió a preguntarle, con
un acento en que se traslucía el miedo de perder aquella dicha suprema.
-¿Pero es cierto,
Nicolás? ¿Me quiere usted como a Manuela?
-¿Cómo a Manuela?
–interrumpió Nicolás, con vehemencia-. ¡Oh, Pilar, no me haga usted esa
pregunta que me lastima! ¿Cómo puede usted comparar el amor que hoy le
manifiesto, y que siento, con aquel afecto que tuve a aquella desgraciada?
Aquél fue un sentimiento de que hoy tengo vergüenza. Ni sé cómo pude engañarme
tan miserablemente ni alcanzo a explicar a usted lo que me pasaba. Quizás sus
desaires, su frialdad me exaltaban y me hacían obstinarme; pero si he de decir
a usted la verdad de lo que sentía, cuando a mis solas, y lejos de aquí me
ponía a reflexionar, examinando el estado de mi corazón, le confieso que
aquello no era amor, no era este cariño puro y apasionado que usted me hace
sentir ahora, sino otra cosa malsana como una enfermedad de la que yo quería
librarme, como un capricho en que estaba interesado mi amor propio, pero no mi
felicidad. Pero todavía quiero decir a usted, aun cuando no lo crea, que ya en
los últimos días este capricho no existía ese afecto había desaparecido;
Manuela no me producía ya la impresión que al principio, y si no hubiera sido
por que la señora se había empeñado en convencerla de que debía casarse
conmigo, y me había hecho entender de que al fin lo lograría, que no perdiera
yo la esperanza y que contara con su apoyo, francamente, quizás habría acabado
yo por aborrecer a Manuela, o al menos por olvidarla, y habría dejado de venir
a esta casa.
-Pero, ¿y mi
madrina…? ¿Y yo…? ¿No pensaba usted en nosotras? –preguntóle Pilar en tono de
queja.
-¡Ah, sí!
–replicó Nicolás-, la señora, la pobrecita señora era digna de todo mi cariño…
En cuanto a usted, Pilar, ¿debo decirlo?, ni me atreví a soñar siquiera en ser
amado por usted; ya había comprendido cuán dichoso sería el hombre amado por
usted; ya había levantado hasta usted mis ojos llenos de esperanza, pero los
había vuelto a bajar, pensando en que usted tampoco había de quererme. Me
parecía usted más alta que Manuela para mí. Y luego, pensar en usted, decirle a
usted algo, después de los desaires de Manuela, sufridos en presencia de usted,
me parecía indigno. ¡Si hubiera yo adivinado…! Con que ya ve usted que no
ahora, mucho antes, aquel afecto para Manuela había acabado. ¿Duda usted
todavía? ¿Cree usted que el amor que le tengo, y que ha crecido por años en tan
pocos días, se parezca al sentimiento que abrigué por esa infeliz, y que se ha
convertido ahora en un desprecio espantoso…?
-Ya no dudo,
Nicolás, ya no dudo –dijo la joven estrechando las manos del herrero entre las
suyas-. Y aunque dudara –añadió suspirando-, mi felicidad consiste en este amor
que siento por usted hace mucho tiempo, que he guardado en el fondo de mi
corazón, sin esperanza entonces, aumentado cada día por el dolor y por los
celos, y que sólo ha podido revelarse en el momento en que corría usted peligro
y en que yo estaba próxima a perder el juicio. Yo no podía esperar que usted me
amase. Al contrario, estaba segura de que usted amaba a Manuela más que nunca,
quizás por que la había perdido para siempre; pero no fui dueña de mí, no pude
contenerme, no di oídos más que a mi corazón.
-Pero, niña –dijo
Nicolás, en tono de reconvención-, usted me juzgó mal, quizás porque no conocía
bien mi carácter. Para amar todavía a Manuela, a pesar de lo que había hecho,
se necesitaba, en primer lugar haberla amado de veras, y acabo de decir a usted
que no era así, y después se necesitaba ser un hombre vulgar, y yo, aunque
humilde, aunque obrero rudo, aunque indio sin educación, y sin otros ejemplos, pues que para mí la
estimación es precisamente la base del amor. ¿Yo había de seguir queriendo a una
perdida que se deja robar por un asesino y un ladrón? ¡Imposible, imposible! De
padres a hijos, en mi familia india, nos hemos transmitido las ideas de
honradez altiva que tantas veces me han echado aquí en cara, como un defecto, y
que me han granjeado algunos enemigos. Nosotros hemos sido pobres, muy pobres,
pero alguna vez yo contaré a usted cómo mis antepasados, en sus montañas
salvajes, en sus cabañas humildísimas han sabido, sin embargo, conservar
siempre su carácter limpio de toda mancha de humillación o bajeza. Han
preferido morir a degradarse, y eso no por vanidad, ni por conservar una
herencia de honor, sino porque tal es nuestra naturaleza. La altivez en
nosotros es parte de nuestro ser. Así, pues, figúrese usted si yo podría haber
sentido por Manuela, después de lo que ha hecho, otro sentimiento que el de una
compasión despreciativa. Hacer otra cosa hubiera sido una degradación… ¿Está
usted convencida?
-Sí, Nicolás
–dijo apresuradamente la joven-, perdóneme usted; pero a pesar de conocía su
carácter, mi cariño, mi pobre cariño, nacido en medio de los celos, me hacía
ciega y desconfiada… ¡No me guarde usted rencor!
-No, lo que
guardo a usted, buena y hermosa niña, es un amor santo y eterno… ¿Quiere usted
ser mi esposa, y luego?
-¡Oh! –dijo
llorando Pilar-, será mi felicidad; pero hemos hablado largamente, nos hemos
extraviado, hemos olvidado el mundo, Nicolás, y estamos hablando cerca de una
moribunda…, mi madrina…
-¡Oh, sí, la
señora…!
-Mi madrina se
muere –exclamó Pilar con abatimiento-; hace dos días que no toma alimento
ninguno, su debilidad es muy grande, la fiebre violenta, y todos dicen que no
tiene remedio.
Nicolás, al saber
esta noticia, inclino la cabeza llena de pesadumbre.
XVII
LA AGONÍA
En efecto, los dos jóvenes, en su éxtasis amoroso, habían
olvidado un momento a la pobre doña Antonia, que yacía moribunda en la pieza cercana.
Hemos dicho que desde el día siguiente a la fuga de su hija, conmovida por la
terrible crisis que había sufrido, más que a causa de la humedad, a que había
estado expuesta por muchas horas, la desdichada anciana había caído en cama,
atacada de una fiebre cerebral.
Inútiles habían
sido los cuidados que se le habían prodigado por las personas caritativas y
amigas que la asistían, particularmente por Pilar, que como una hija amorosa,
no se había separado un instante de su lado. La experiencia de aquellas buenas
gentes, a falta de médico, y todos los esfuerzos, se habían estrellado contra
la gravedad del mal. La señora se moría, y Nicolás llegaba precisamente en los
momentos en que la agonía tocaba a su término. Nicolás, profundamente
consternado, penetró en la estancia de la enferma, débilmente alumbrada, y en
la que fue saludado afectuosamente por las pocas personas que allí había.
Pilar, que lo
había precedido, se acercó al lecho de su madrina, y llamándola varias veces le
dijo que Nicolás estaba cerca de ella y que deseaba hablarle. La anciana, como
si despertara de un profundo letargo, procurando reunir las pocas fuerzas que
le quedaban, levantó la cabeza, se fijó en el herrero, que le alargaba las
manos cariñosamente, y entonces reconociéndolo lanzó un débil grito, tomó
aquellas manos entre las suyas, las besó repetidas veces, murmurando:
“¡Nicolás! ¡Nicolás! ¡Hijo mío!” y luego cayó desplomada, como si aquel
esfuerzo supremo hubiera agotado su existencia. Nicolás se inclino al borde de
aquel lecho de muerte, y allí, ese hombre de hierro a quien no había logrado
abatir ni las desgracias ni los peligros, se puso a llorar amargamente,
afligido ante tamaña desdicha y maldiciendo al destino, que tales injustitas
comete.
Doña Antonia aun
vivió algunas horas, pero la agonía había sido demasiado prolongada, la vida se
había extinguido bajo el peso de
-Pilar, yo le juro a usted sobre ese cadáver que seré su esposo, y que
no esperaré para realizar mi promesa más que el tiempo de luto. Es usted un
ángel que no me merezco.
Pilar se echó en
sus brazos llorando; los circunstantes, conmovidos ante aquella escena,
procuraron también a la joven, y Nicolás salió inmediatamente para preparar los
funerales de doña Antonia. Como la anciana había dejado algunos intereses, era
preciso asegurarlos, puesto que no había dejado testamento, y que la hija única
que tenía había abandonado la casa materna.
Desde luego, las
autoridades locales quisieron disponer que vendiesen la casa y la huerta, para
atender a los gastos precisos; pero Nicolás se opuso a ello, ofreciendo hacer
los gastos por su cuenta, como un homenaje a la memoria de su virtuosa amiga.
Rehusó también encargarse del cuidado y administración de aquellos pocos
bienes, que las autoridades le encargaban, alegando razones de delicadeza bien
comprensibles en su situación; de modo que aquel modesto patrimonio fue ocupado
legalmente, pero sin intervención de honrado herrero.
Sepultada la
señora, a cuyo entierro concurrieron todas las personas que habían estimado sus
virtudes, todo volvió a la vida normal, es decir, a aquella vida llena de
zozobras y de peligros que hemos descrito. Nicolás se fue a su herrería de
Atlihuayan, más querido aún por sus patrones, a causa de su noble conducta;
Pilar volvió a la humildísima casa de sus tíos, que se convirtió para ella en
un edén, porque su esposo futuro, esperando la fecha señalada, la visitaba
todas las tardes, como lo hacía en otro tiempo en casa de Manuela.
¿Y ésta? Veamos
lo que le pasaba.
XVIII
ENTRE LOS BANDIDOS
Manuela, apasionada del Zarco y por lo mismo ciega, no había previsto
enteramente la situación que la esperaba, y si la había previsto, no se había
formado de ella sino una idea convencional.
Su fantasía de
mujer enamorada e inexperta le representaba la existencia en que iba a entrar
como una existencia de aventuras, peligrosas, es verdad, pero divertidas,
romancescas, originales, fuertemente atractivas para un carácter como el suyo,
irregular, violento y ambicioso.
Como hasta allí,
y desde que se había soltado esa nueva plaga de bandidos en la tierra caliente,
al acabar la terrible guerra civil que
había destrozado a la República por espacio de tres años, y que se conoce en
nuestra historia con el nombre de Guerra de Reforma, no puede decirse que se
hubiera perseguido de una manera formal a tales facinerosos, ocupado como
estaba el gobierno nacional en luchar todavía con los restos del ejército
clerical. Manuela no había visto nunca levantarse un patíbulo para uno de esos
compañeros de su amante.
Al contrario,
había visto a muchísimos pasearse impunemente por las poblaciones y los campos,
en son de triunfo, temidos, respetados y agasajados por los ricos, por las
autoridades y por toda la gente.
Si alguna
persecución se les hacia, de cuando en cuando, como aquella que había fingido
el feroz comandante, conocido nuestro, era más bien por fórmula, por cubrir las
apariencias; pero en el fondo, las autoridades eran impotentes para combatir a
tales adversarios, y todo el mundo parecía resignado a soportar tan degradante
yugo.
Manuela, pues, se
figuraba que aquella situación, por pasajera que fuese, aun debía durar mucho,
y que el dominio de los plateados iba consolidándose en aquella comarca. Era
ella muy joven para recordar las tremendas persecuciones y matanzas llevadas a
cabo contra los bandidos de otras épocas por fuerzas organizadas por el
gobierno del Estado de México y puestas a las órdenes de jefes enérgicos y
terribles, como el célebre Oliveros.
Aquello había
pasado en tiempos ya remotos, a pesar de que no habían transcurrido desde tales
sucesos ni quince años. Por otra parte, las circunstancias eran diversas. En
aquella época se trataba de perseguir a cuadrillas de salteadores vulgares,
compuestas de diez, de veinte, a lo sumo de cuarenta bandidos, que se
dispersaban al menor ataque y cuyo recurso constante era la fuga. Se estaba en
una paz relativa, y podían las fuerzas organizadas de varios Estados concurrir
a las combinaciones para atacar a una partida numerosa; las poblaciones y los
hacendados ricos podían prestar sus auxilios, las escoltas recorrían
constantemente los caminos, y hombres conocedores de todas la guaridas servían
de guías, o eran los perseguidores.
Pero ahora era
diferente. Ahora el gobierno federal se hallaba demasiado preocupado con la
guerra que aun sostenían las huestes de Márquez, de Zuloaga, de Mejía y de
otros caudillos clericales, que aun reunían en torno suyo numerosos
partidarios; la intervención extranjera era una amenaza que comenzaba a
traducirse en hechos, precisamente en el tiempo en que se verificaban los
sucesos que relatamos, y como era natural, la nación toda se conmovía,
esperando una invasión extranjera que iba a producir una guerra sangrienta y
larguísima, que, en efecto, se desencadenó un año después y que no concluyó con
el triunfo de la República sino en 1867.
Todas estas
consideraciones no podían venir al espíritu de la joven con la lucidez con que
se presentaban a los ojos de las personas sensatas; pero ella oía hablar a las
gentes serias que visitaban a doña Antonia o ésta le transmitía los rumores que
circulaban, y aunque vagamente, como las gentes de la muchedumbre suelen
resumir la situación pública, pero de un modo exacto, ella sacaba las
consecuencias que le importaban para su vida futura.
Por lo demás, el
estado que guardaban las cosas en la tierra caliente, era demasiado claro para
que ella pudiera abrigar grandes temores por la vida del Zarco.
Lo cierto era que
los plateados dominaban en aquella comarca, que el gobierno general no podía
hacerles nada, que el gobierno del Estado de México, entonces desorganizado, y
en el que los gobernadores, militares o no, se sucedían con frecuencia, tampoco
podía establecer nada durable; que los hacendados ricos tenían que huir a
México, o que cerrar sus haciendas o someterse a la dura condición de rendir
tributo a los principales cabecillas, so pena de ver incendiados sus campos,
destruidas sus fábricas y muertos sus ganados y sus dependientes.
Lo cierto era que
ahora no se trataba de combatir a cuadrillas de pocos y medrosos ladrones como
aquellos a quienes se había perseguido en otro tiempo, sino a verdaderas
legiones de quinientos, mil y dos mil hombres que podían reunirse en un
momento, que tenían la mejor caballada y el mejor armamento del país, que
conocían éste hasta en sus más recónditos vericuetos, que contaban en las
haciendas, en las aldeas, en las poblaciones, con numerosos agentes y emisarios
reclutados por el interés o por el miedo, pero que les servían fielmente, y por
último, que aleccionados en la guerra que acababa de pasar, y en la que muchos
de ellos habían servido tanto en un bando como en el otro, conocían lo bastante
para presentar verdaderas batallas, en las que no pocas veces quedaron
victoriosos.
Así, pues,
Manuela, a quien el Zarco había también instruido en sus frecuentes entrevistas
acerca de las ventajas con que contaban los bandidos, acababa por disipar sus
dudas, sabiendo que su amante pertenecía a un ejército de hombres valerosos,
resueltos y que contaban con todos los elementos para establecer en aquella
desdichada tierra un dominio tan fuerte como duradero.
De modo que, por
una parte, con el impulso irresistible de su pasión, y por otra, convencida por
todas las razones que le daban su amante y el temor de las gentes que la habían
rodeado, acabó por confiarse resueltamente en su destino, segura de que iba a
ser tan feliz como en sus sueños malsanos lo habían concebido.
Pero, en resumen,
Manuela, que no había hecho más que pensar en los plateados desde que amaba al
Zarco, no conocía realmente la vida que llevaban esos bandidos, ni aun conocía
personalmente de ellos más que a su amante. Los había visto varias veces en
Cuernavaca desfilar ante sus ventanas, formando escuadrones; pero la rapidez de
ese desfile y la circunstancia de no haberse fijado con atención más que en el
Zarco, que fue quien la cautivó desde entonces por su gallardía y su lujo,
impidieron que pudiese distinguir a ningún otro de aquellos hombres.
Después, retraída
en Yautepec, y encerrada, justamente por el miedo que tenía doña Antonia de que
fuese vista por aquellos facinerosos, Manuela no había vuelto a ver a ninguno
de ellos, pues cuando habían solido entrar de día en la población, había tenido
que esconderse, ya en el cuarto, ya en lo más oculto de las huertas, en donde
la gente se preparaba escondrijos, en los que permanecían días enteros, hasta
que pasaba el peligro.
Así, pues, no
conocía a los bandidos más que de oídas, ya por los relatos seductores que le
hacía el Zarco, entremezclados, sin embargo, de alusiones a peligros pasajeros,
que, lejos de asustarla, le causaban emociones punzantes, y ya por las
terribles narraciones de la gente pacífica de Yautepec, abultadas todavía más
por doña Antonia, cuya imaginación había acabado por enfermarse.
De estas noticias
tan contradictorias, Manuela, con una parcialidad muy natural en quien amaba a
un bandido, había formádose una idea siempre favorable para éste y ventajosa
para ella.
Pensaba que el
terror de las gentes exageraba los crímenes de los plateados; que con la mira
de inspirar mayor horror hacía ellos, sus enemigos los pintaban como a
monstruos verdaderamente abominables y que no tenían de humano más que la
figura; que la vida de crápula constante en que se les suponía encenegados
cuando no andaban en asaltos y matanzas, no era más que una ficción de las
gentes, aterradas o llenas de odio; que los suplicios espantosos a que condenaban
a sus victimas no eran más que ponderaciones a fin de infundir pavor y arrancar
dinero más fácilmente a las familias de los plagiados.
Ella creía que el
Zarco y sus compañeros eran bandidos ciertamente, es decir, hombres que habían
hecho del robo una profesión especial. Ni esto le parecía tan extraordinario en
aquellos tiempos de revuelta, en que varios jefes de los bando políticos que se
hacían la guerra habían apelado muchas veces a ese medio para sostenerse. Ni el
plagio, que era el recurso que ponían más en práctica los plateados, le parecía
tampoco una monstruosidad, puesto que, aunque inusitado antes y por
consiguiente nuevo en nuestro país, había sido introducido precisamente por
facciosos políticos y con pretextos políticos.
De manera que, a
sus ojos, los plateados eran una especie de facciosos en guerra con la
sociedad, pero por eso mismo interesantes; feroces, pero valientes;
desordenados en sus costumbres, pero era natural, puesto que vivían en medio de
peligros y necesitaban de violentos desahogos como compensación de sus
tremendas aventuras.
Razonando así,
Manuela acababa por figurarse a los bandidos como una casta de guerreros
audaces y por dar al Zarco las proporciones de un héroe legendario.
Aquella misma
guarida, Xochimancas, y aquellas alturas rocallosas de las montañas en que
solían establecer el centro de sus operaciones los plateados, aparecían en la
imaginación de l extraviada joven como esas fortalezas maravillosas de los
antiguos cuentos, o por lo menos como los campamentos pintorescos de los
ejércitos liberales o conservadores que se habían visto aparecer, no hacía
mucho, en casi todas las comarcas del país.
Todo esto había
pensado Manuela en sus horas de amor y de reflexión y ya resuelta a compartir
la suerte del Zarco.
Así es que la
noche de la fuga, ella esperaba entrar en un mundo conocido. De pronto, la
noche tempestuosa, la lluvia, la emoción consiguiente al abandono de su casa y
de su pobre madre, que siempre le hizo mella, a pesar de su pasión y de su
perversidad, el verse ya entregada en cuerpo y alma al Zarco, todo esto le
impidió comparar su situación con sus sueños anteriores y examinar a los
compañeros de su amante. Por otra parte, nada había aún de extraordinario en
aquellos momentos. Se escapaba de su casa con el elegido de su corazón; éste,
caballero o bandido, había tenido que acompañarse de algunos amigos que
afrontasen el peligro con él y que le guardasen la espalda; he ahí todo. Ella
no los conocía, pero le simpatizaban ya por el solo hecho de contribuir a lo
que ella juzgaba su dicha.
Cuando obligados
por la tempestad, tanto ella como el Zarco y sus compañeros, se refugiaron en
la cabaña del guardacampo de Atlihuayan, todos guardaron silencio y no echaron
abajo sus embozos, de modo que así, en la oscuridad y sin hablar, Manuela no
pudo distinguir sus fisonomías ni conocer el metal de su voz. Algunas palabras
en voz baja, cruzadas con el Zarco, fueron las únicas que interrumpieron aquel
silencio que exigía el lugar.
Pero cuando a las
primeras luces del alba, y calmada ya la lluvia, el Zarco dio orden de montar,
Manuela pudo examinar a los compañeros de su amante: embozados en sus jorongos,
siempre cubiertos hasta los ojos, con sus bufandas, no dejaban ver el rostro;
pero su mirada torva y feroz produjo un estremecimiento involuntario en la
joven, habituada a las descripciones que se le hacían de estas figuras de
facinerosos: Entonces fue cuando Manuela, en un pedazo de papel que le dio el
Zarco, escribió con lápiz aquella carta dirigida a doña Antonia en que le daba
parte de su fuga.
Después,
echáronse a andar los prófugos con dirección a Xochimancas, encumbrando
rápidamente la montaña en que vimos aparecer al Zarco la primera vez.
La comitiva
continuó callada. De cuando en cuando, Manuela, que iba delante con el Zarco,
escuchaba ciertas risas ahogadas de los bandidos, a las que contestaba el Zarco
volviéndose y guiñando el ojo, de un modo malicioso que disgusto a la joven.
Después la
cabalgata comenzó a entrar en un laberinto de veredas, unas serpenteando a
través de pequeños valles encajados entre altas rocas, y otras pasando por
gargantas escabrosas y abruptas apenas frecuentadas por bandidos y leñadores.
Por fin, poco
antes de mediodía se divisaron por entre un abra, formadas por dos colinas
montañosas, las ruinas de Xochimancas, madriguera entonces de los plateados.
De una altura que
dominaba aquella hacienda arruinada se oyó un agudo silbido, al que respondió
otro lanzado por el Zarco, e inmediatamente un grupo de jinetes se desprendió
de entre las ruinas y a todo galope se acercó a reconocer la cabalgata del
Zarco, llevando cada uno de aquellos jinetes su mosquete preparado.
El Zarco se
adelantó, y rayando el caballo, habló con los del grupo, que se volvieron a
toda brida a Xochimancas a dar parte.
Pocos momentos
después, el Zarco dijo a Manuela, con tono amoroso:
-Ya estamos en
Xochimancas, mi vida, ahí están todos los muchachos.
En efecto, por
entre las viejas y derruidas paredes de las casuchas del antiguo real, así como
en los portales derrumbados y negruzcos de la casa de la hacienda, Manuela vio
asomarse numerosas cabezas patibularias, todas cubiertas con sombreros
plateados, pero no pocas con sombreros viejos de palma; aquellos hombres, por
precaución, tenían todos en la mano un mosquete o una pistola.
Algunas veces, al
atravesar la comitiva, gritaban malignamente:
-¡Miren al Zarco!
¡Qué maldito!... ¡Qué buena garra se trae!
-¿Dónde te has
encontrado ese buen trozo, Zarco de tal? –preguntaban otros riendo.
-Esta es para mí
no más –contestaba el Zarco en el mismo tono.
-¿Para ti no
más?... Pos ya veremos… --replicaban aquellos bandidos-. ¡Adiós güerita, es
usted muy chula para un hombre solo!
-¡Si el Zarco
tiene otras! ¿Pa qué quiere tantas? –gritaba un mulato horroroso que tenía la
cara vendada.
El Zarco,
enfadado al fin, se volvió y dijo con ceño:
-¡Se quieren
callar grandísimos!...
Un coro de
carcajadas le contestó; la comitiva apretó el paso con dirección a un capilla
arruinada, que era el alojamiento del Zarco, y éste dijo a Manuela,
inclinándose a ella y abrazándola por el talle:
-No les hagas
caso, son muy chanceros. ¡Ya los verás que buenos son!
Pero Manuela se
sentía profundamente contrariada. Vanidosa como era, y aunque sabiendo que se
entregaba a un forajido, ella esperaba que este forajido, que ocupaba un puesto
entre los suyos, semejante al que ocupa un general entre sus tropas, tuviese
sus altos fueros y consideraciones. Creía que los capitanes de bandoleros eran
alguna cosa tan temible que hacían temblar a los suyos con solo una mirada, o
bien que eran tan amados, que no veían en torno suyo más que frentes
respetuosas y no escuchaban más que aclamaciones de entusiasmo. Y aquella
recepción en el cuartel general de los plateados, la había dejado helada. Más
aún, se había sentido herida en su orgullo de mujer, y puede decirse en su pudor de virgen, al oír
aquellas exclamaciones burlonas, aquellas chanzonetas malignas con que la
habían saludado al llegar, a ella, que por lo menos esperaba ser respetada
yendo al lado de uno de los jefes de aquellos hombres.
Porque, en
efecto, ella no podía olvidar tan pronto, por corrompida que se hallara
moralmente, y por cegada que estuviera por el amor y la codicia, que era una
doncella, una hija de padres honrados, una joven que, hacía poco, estaba
rodeada por le respeto y por la consideración de todos los vecinos de Yautepec.
Jamás, en su vida, habían llegado a sus oídos expresiones tan cínicas como las
que acababa de escuchar, ni las galanterías que suelen dirigirse a las jóvenes
hermosas, y que alguna vez se habían arrojado a su paso tenían ese carácter de
infame desvergüenza y de odiosa injuria que acababan de lanzarle al rostro en
la presencia misma del que debía protegerla, de su amante.
Sintió, pues, que
el semblante le encendía de cólera; pero cuando el Zarco se volvió hacía ella,
risueño, para decirla: “¡No les hagas caso!”, su amante le pareció, no
solamente tan cínico como sus compañeros, sino cobarde y despreciable. Díjose a
sí misma, y por una comparación en aquel momento, que Nicolás, el altivo
herrero indio, cuyo amor había desdeñado, no habría permitido jamás que la
amada de su corazón fuese ultrajada de esa manera. Por rápido que hubiera sido
ese juicio él fue totalmente desfavorable al Zarco, quien, si hubiese podido
contemplar el fondo del pensamiento de Manuela, se habría estremecido viendo
nacer en aquella alma, que rebosaba amor hacía él, como una flor pomposa, el
gusano del desprecio.
La intensa
palidez que sucedió al rojo de la indignación en el semblante de la joven,
debió ser notable, porque el Zarco la advirtió, e inclinándose de nuevo hacía
ella, con tono meloso:
-¡No te enojes,
mi alma, por lo que dicen esos muchachos! Ya te he dicho que tienen modos muy
diferentes de los tuyos. ¡Es claro, pues, sino somos frailes ni catrines!
Nosotros tenemos nuestros dichos aparte, pero es necesario que te vayas
acostumbrando porque vas a vivir con
nosotros, y ya verás que todos esos chanceros son buenos sujetos y te van a
querer mucho. ¡Te lo dije, Manuelita, te dije que no extrañaras, y tú me has
prometido hacerte a nuestra vida!
Este te lo dije
del Zarco resonó como un latigazo en los oídos de la atolondrada joven. En
efecto, comenzaba a sentir la indiscreción de sus promesas y los extravíos y
ceguedades de la pasión. Inclinó la cabeza y no contestó al Zarco sino con un
gesto indescriptible en que se mezclaba la repugnancia y el arrepentimiento.
Entretanto,
habían llegado ya a la capilla arruinada que servía de alojamiento al Zarco,
pues las habitaciones de la antigua casa de la hacienda a otros jefes de
aquellos bandoleros.
Aquel lugar,
antes sagrado, se hallaba convertido ahora en una guarida de chacales. En la
puerta, y a la sombra de algunos arbolillos que habían arraigado en las paredes
llenas de grietas o entre las baldosas desunidas y cubiertas de zacate, estaban
dos grupos de bandidos jugando a las baraja en torno de un sarape tendido, que
servía de tapete y contenía las apuestas, los naipes y algunas botellas de
aguardiente de caña y vasos. Algunos de los jugadores se hallaban sentados en
cuclillas, otros con las piernas cruzadas, otros estaban tendidos boca abajo,
unos tarareaban con voz aguda y nasal canciones tabernarias, todos tenían los
sombreros puestos y todos estaban armados hasta los dientes. No lejos de ellos
se hallaban sus caballos, atados a otros árboles, desembridados con las cinchas
en las sillas flojos y comiendo algunos manojos de zacate de maíz, y por
último, trepado en una pared alta, vigilaba otro bandido, pronto a dar la señal
de alarma en caso de novedad.
Así, pues,
aquellos malvados, aun seguros como se sentían en semejante época, no
descuidaban ninguna de las precauciones para evitar ser sorprendidos, y sólo
así se entregaban con tranquilidad a sus vicios o a la satisfacción de sus
necesidades.
Manuela abarcó de
una sola mirada aquel espectáculo, y al contemplar aquellas fisonomías de
patíbulo, aquellos trajes cuajados de plata, aquellas armas y aquellas
precauciones, no pudo menos de estremecerse.
-¿Quiénes son
esos? –preguntó curiosa al Zarco.
-¡Ah! –contestó
éste- son mis mejores amigos, mis compañeros, los jefes… Félix Palo Seco, Juan
Linares, el Tigre, el Coyote, y ese güerito que se levanta es el principal… es
Salomé.
-¿Salomé
Plasencia?
-El mismo.
En efecto, era
Salomé, el capataz más famoso de aquellos malvados, una especie de Fra Diávolo
de la tierra caliente, el flacucho y audaz bandolero que había logrado, merced
a la situación que hemos descrito, establecer una especie de señorío feudal en
toda la comarca y hacer inclinar, ante su miserable persona, las frentes de los
más ricos propietarios del rumbo.
Salomé se
adelantó a recibir al Zarco y a su comitiva.
-¿Qué hay, Zarco?
–le dijo con voz aflautada y alargándole la mano-. ¡Caramba! –añadió mirando a
Manuela-, ¡qué bonita muchacha te has sacado! –y luego, tocándose el sombrero y
saludando a Manuela le dijo: -¡Buenos
días, güerita…, bien haya la madre que la parió tan linda!...
los otros
bandidos se habían levantado también y rodeaban a los recién llegados,
saludándolos y dirigiendo requiebros a la joven. El Zarco se apeó, riendo a
carcajadas, y fue a bajar a Manuela, que se hallaba aturdida y no acertaba a
sonreír ni a responder a aquellos hombres. No estaba acostumbrada a semejante
compañía y le era imposible imitar sus modales y su fraseología cínica y
brutal.
-¡Vamos, aquí hay
refresco! –dijo uno de los del grupo, trayendo un vaso de aguardiente, de ese
aguardiente de caña fuerte, y mordente y desagradable que el vulgo llama
chinguirito.
-No –dijo el
Zarco, apartando el vaso-, esta niña no toma chinguirito, no está acostumbrada;
lo que queremos es almorzar, porque hemos andado casi toda la noche y toda la
mañana, no hemos probado bocado.
-A ver, mujeres
–gritó a las gentes que había dentro de la capilla, de la cual se exhalaba,
juntamente con el humo de la leña, cierto olor de guisados campesinos-, háganos
de almorzar, y tomen esto –añadió alargando la maleta que contenía la ropilla
de Manuela; ésta solo conservó su saco de cuero, en que guardaba las alhajas,
que nunca le parecieron más en peligro que en aquel lugar.
Un grupo de
mujerzuelas, desarrapadas y sucias, se apresuró a recibir aquellas cosas y los
recién llegados penetraron en aquel lugar pandemónium, en que se aglomeraban
objetos abigarrados y extraños, y gentes de cataduras diversas.
Por acá, y cerca
de la puerta, estaba la cocina de humo, es decir, el fogón de leña en que se
cocían las tortillas, y junto al cual estaba la molendera con su metate y demás
accesorios. Un poco más lejos estaba otro fogón, en el que se preparaban los
guisados en ollas o en cazuelas negras. Del otro lado había sillas de montar
puestas en palos atravesados, mecates en que se colgaba la ropa, , es decir,
calzoneras, chaquetas, sarapes, túnicos viejos de percal o de lana; en un
rincón se revolcaba un enfermo de fiebre, con la cabeza envuelta en un pañolón
desgarrado y sucio; más allá un grupo de mujeres desgreñadas remendaban ropa
blanca o hacían vendas, y al último, en el fondo de la capilla, junto al altar
mayor, convertido en escombro, y dividida de la nave por una cortina hecha de
sábanas y de petates, se hallaba la alcoba del Zarco, que contenía un catre de
campaña, colchones tirados en el suelo, algunos bancos de madera y algunos
baúles de madera forrados de cuero. Tal era el mueblaje que iba a ofrecer aquel
galán a la joven dama que acababa de arrebatar de su hogar tranquilo.
-Manuelita –le
dijo, conduciéndola a aquel rincón-, esto, como vez, está muy feo, pero por
ahora hay que conformarse, ya tendrás otra cosa mejor. Ahora voy a traerte de
almorzar.
La joven se sentó
en uno de aquellos bancos y allí cubierta con la cortina, sintiéndose a solas,
dejó caer la cabeza entre las manos, desfallecida, abrumada; y oyendo las
risotadas de los bandidos ebrios, sus blasfemias, las voces agudas de las
mujeres; aspirando aquella atmósfera pesada, pestilente como la de una cárcel,
no pudo menos que mesarse los cabellos desesperada, y derramando dos lagrimas
que abrasaron sus mejillas como dos gotas de fuego, murmuró con voz
enronquecida:
-¡Jesús…! ¡Lo que
he ido a hacer!
XIX
XOCHIMANCAS
Hemos
introducido al lector en una de las madrigueras de los famosos plateados y que
por aquella época nefasta que transcurrió de los últimos meses de 1861 a los
últimos de 1862, sirvió de cuartel general a los temibles y espantosos bandidos
que fueron la calamidad y la deshonra de nuestro país.
Era Xochimancas,
y es todavía, una hacienda arruinada, es decir, una finca de campo, con buenos
terrenos propios para el cultivo de la caña de azúcar o del maíz, con
abundantes aguas, un clima ardoroso, y en suma, con todos los elementos
necesarios para una agricultura tropical, productiva y fecunda. El algodón, el
café, el índigo, la caña de azúcar pueden propagarse ahí lo mismo que en los
más fértiles terrenos de la cañada de Cuernavaca o de los distritos de Tetecala,
de Yautepec, de Morelos o de Jonacatepec, rindiendo al agricultor el ciento por
uno.
¿Por qué en
aquella época no se veían en ese pequeño y ardiente valle las hermosas
plantaciones de los ricos ingenios que en las otras comarcas hemos mencionado?
No lo sabemos a
punto fijo. Xochimancas, ya, en ese tiempo, era una ruina, pero ella revelaba
que en épocas pasadas, desde la dominación colonial seguramente, había sido
cultivada por los españoles como una buena finca de campo que rendía pingües
productos. ¿De cuándo databa su decadencia y su ruina? No lo hemos averiguado,
aunque hubiera sido fácil, ni importa gran cosa para la narración de estos
sucesos.
Pero si es
evidente que el lugar es propio para el cultivo, y que sólo la apatía, la negligencia o circunstancias muy particulares
y pasajeras pudieron haberlo convertido en una guarida de malhechores, en vez
de haber presentado el aspecto risueño y halagador de un campo de trabajo y de
actividad, porque el nombre mismo, de origen náhuatl, indica que desde la época
anterior a la conquista española este lugar era fértil y ameno, y tal vez en él
tuvo asiento un pueblo de jardineros.
El ilustrado
joven ingeniero Vicente Reyes, en su preciosa obra inédita intitulada
Onomatología geográfica de Morelos, dice, explicando el jeroglífico
correspondiente a Xochimancas:
“Xochimancas,
hacienda de la municipalidad de Tlaltizapan, en el distrito de Cuernavaca.
–Etimología: Xochimanca: lugar de cuidadores y productores de flores; de
Xochimanqui, el cuidador y productor de flores, y ca. Formamos el nombre
pictórico con el grupo que en la colección Ramírez sirve para descifrar la
palabra Xochimancas, Xochimanque.” Y luego citando al viejo cronista Sahún,
añade: “En la fiesta celebrada el tercer mes, Tozostontli, ofrecían las
primicias de las flores que aquel año primero nacían en el eu llamado Yopico, y
antes que las ofrecieran, nadie osaba oler flor alguna.”
“Los oficiales de
las flores que se llamaban Xochimanqui hacían fiesta a su diosa llamada
Coatlycue, y por otro nombre Cuatlanton.”
Y en el laborioso
y erudito anticuario Cecilio A. Robelo, en sus Nombres Geográficos Mexicanos
del Estado de Morelos, obra apreciabilísima, dice, citando a otro antiguo
cronista, Torquemada: “Xochimancas. ¿Xochimán? Lugar en que se cuidaban o
producían las flores que se ofrecían a los dioses.”
Entre las
divinidades de los aztecas se hallaba la Cohuatlicue o Cohuatlantona, culebra
resplandeciente, diosa de las flores, a la que ofrecían en el mes Tozostontli
ramos de flores formados con precioso artificio. Los oficiales encargados del
cultivo de esas flores y de formar los ramos se llamaban Xochimanqui. El lugar
que en el Estado lleva el nombre de Xochimancas, estaría tal vez destinado para
el jardín de la diosa, o para la morada de los Xochimanqui, y de ahí quizá tomó el nombre, cuya terminación, como nombre
de lugar, no hemos podido encontrar.
Así, pues, parece
que, en la antigüedad azteca este lugar, hoy abandonado y yermo, fue un jardín,
seguramente un vasto jardín, tal vez una ciudad llena de huertos y de flores,
un lugar ameno y delicioso consagrado al culto de la Flora azteca, a cuyo pie
los inteligentes y bravos tlahuica, habitantes de esta comarca y celebrados
floricultores, ofrecían, como homenaje, ricos en aromas y colores, los más
bellos productos de su tierra, amada del sol, del aire y de las nubes.
Sólo que, como
dice nuestro sabio maestro el historiador Orozco y Berra, “Por regla general,
no siempre es fácil señalar los pueblos actuales correspondientes a los
nombrados en las antiguas crónicas, porque si muchos conservan su nombre
primitivo, aunque estropeado, otros cambiaron de apelación, se transformaron en
haciendas o ranchos o desaparecieron completamente.”
Xochimancas se
transformó seguramente después de la conquista, de jardín o ciudad de jardines
en hacienda, con encomenderos y esclavos; después en ruinas y guaridas de
fieras y de reptiles, y la último en guarida de ladrones, y lo que es peor, y
como vamos a verlo, en sitio de torturas y de asesinatos.
¡Triste suerte la
de un lugar consagrado por los inteligentes y dulces indios a la religión de lo
bello!
XX
EL PRIMER DÍA
Manuela, pasó los cinco primeros días de su permanencia en Xochimancas,
siendo presa de cien emociones diversas, terribles y capaces de quebrantar un
organismo más fuerte que el suyo.
El primer día fue
horrible para ella. La sorpresa que le causó el espectáculo de aquel campamento
de malhechores; la extrañeza que naturalmente le produjeron aquellos hábitos
repugnantes, que no tenían ni siquiera la novedad de la vida salvaje; la
ausencia de los seres que había amado, de su madre, de Pilar, de algunas
personas amigas, hasta la falta de esas sensaciones a las que se está habituado y que en la vida normal pasan
inadvertidas, pero cuando desaparecen producen un vacío inmenso; las faenas del
día, loa toques de las campanas, el ruido de los animales domésticos, el rumor
lejano de las gentes del pueblo, el rezo a ciertas horas, todo, todo aquel
sistema de vida sencillo, común, poco variable en una población pequeña, pero
que podría decirse que amolda el carácter y forma la disciplina de la
existencia, todo aquello había desaparecido en pocas horas.
Por resuelta que
hubiese estado Manuela a sufrir este cambio, por anticipada que hubiera sido la
imaginación de esta vida nueva, en el ánimo de la inexperta joven, era
imposible que la realidad hubiese dejado de causarle hondísima impresión. Ella,
enamorada come estaba del joven bandido, había poetizado aquella vida, aquellos
compañeros, aquellos horrores. Hemos dicho que había creado en su fantasía,
rústica como era, un tipo especial novelesco y heroico. La joven que ama, por
ignorante que sea, aunque se la suponga salvaje, es siempre algo poetisa. Atala
es verosímil, Virginia lo es mucho más. Los amantes de los antiguos poemas
bárbaros son enteramente reales. ¿Qué mucho que Manuela que había recibido
alguna educación y que había vivido en una población culta, y que aun había
leído algunos libros romancescos, de esos que penetran hasta en las aldeas y en
los campos, se hubiese forjado un ideal extraordinario, revistiendo a su amante
bandido con los arreos de una imaginación extraviada?
Pero Manuela, al
pensar así, estaba muy lejos de la realidad, y su sueño iba a desvanecerse en
el momento en que al palpase de cerca.
En primer lugar,
nunca pudo figurarse que el nido a que iba a conducirla aquel milano de las
montañas, fuese esa galera infecta de presidiarios o de mendigos. Ella suponía
que el Zarco iba a llevarla a alguna cabañita salvaje, escondida entre los
bosques, o a alguna gruta abierta entre las rocas que solía divisar a lo lejos
entre los picos dentellados de la sierra. Ese, ese escondite era digno de la
querida de un bandido, de un enemigo de la sociedad. Allí estarían solos, allí
serían felices, allí ocultarían sus
amores criminales, pero libres. Allí ella lo esperaría preparando la comida, y
palpitante de pasión y de inquietud. Allí, en un lecho rústico y sentada sobre
el musgo, ella acariciaría aquella frente querida que acababa de exponerse al
peligro de un combate, besaría aquellos ojos fatigados por la vigilia de la
emboscada o del asalto nocturno, o reclinándolo sobre su seno, velaría por su
amante mientras dormía. Cuando el peligro fuese terrible, cuando hubiera
necesidad de huir por la aproximación de las tropas del gobierno, allí vendría
el Zarco a buscarla para ponerla a la grupa de su caballo, y escapar, o le
ordenaría ocultarse en lo más escondido del bosque o de las barrancas, mientras
que podía volver a buscarla. Allí tendría ella también un lugarcito, sólo de
ella conocido, para guardar sus valiosas alhajas. Tal era el concepto que se
había formado del lugar en que iba a tener que vivir con su amante, mientras
que podían alejarse de aquel rumbo e ir a casarse donde no los conocieran.
En vez de
encontrar ese retiro misterioso y agreste, el Zarco la llevaba a esa especie de
cárcel o de mazmorra para hacerla vivir mezclada con mujeres ebrias y
haraposas, con bandidos osados que no respetaban a las queridas de sus
compañero y que pronto iban a tutearla, a ultrajarla, tal vez a robarla, en
alguna ausencia del Zarco.
Y quizá, y eso
era lo más horroroso a juzgar por las chanzas amenazadoras de aquellos
facinerosos, y por la actitud pasiva y tolerante del Zarco, cansado éste de su
amor, iba a abandonarla en manos de uno de aquellos sátiros, vestidos de plata,
tal vez de aquel espantoso demonio de mulato gigantesco que la había saludado
con una frase sarcástica, cuyo tono le había hecho el efecto de un puñal en el
corazón.
Todas estas
consideraciones habían hecho sombrío para Manuela aquel primer día, que ella
había soñado como un día luminoso, alegre, un día nupcial de embriaguez y de
deleite.
Con semejante
impresión, aun las caricias del Zarco, que naturalmente redoblaron en aquellas
horas, en que se encontraban, por fin,
unidos, fueron insuficientes para tranquilizarla y devolverle la ilusión
perdida.
La verdad es, y
esta fenómeno aparece con frecuencia en espíritu de la mujer enamorada, que el
amante que en las entrevista nocturnas aparecía siempre lleno de prestigio,
ahora había perdido mucho de él. Ahora le veía de cerca, vulgar, grosero, hasta
cobarde, puesto soportaba riendo las insultantes chanzas de sus compañeros que
lastimaban hondamente a la mujer que amaba. No era, pues, entonces el Zarco el
hombre terrible que infundía pavor y respeto a sus secuaces; ella suponía que
aun entre los ladrones, la mujer del jefe debía ser un objeto sagrado, algo
como la mujer de un general entre los soldados. Lejos de eso, se la trataba
como una mujerzuela, como la presa de un asalto, y venía a aumentar el número
de las desdichadas criaturas que componían aquella especie de harem nauseabundo
que se alojaba como una tribu de gitanas, en la vieja capilla.
Tal vez a ellas
aludía el mulato cuando decía, al entrar Manuela:
-¡Sí el Zarco
tiene otras! ¿Para qué quiere tantas?
Esto era
abominable.
Decididamente,
Manuela sentía que ya no amaba al Zarco, que se había engañado acerca de los
sentimientos que la habían obligado a escapar de su casa.
Pero entonces,
examinándose más profundamente, sondeando es abismo oscuro de su conciencia,
acababa de comprender con terror que había otra pasión en ella que la había
sostenido en este amor malsano, que la había seducido, tanto como el prestigio
personal del Zarco, y esa pasión era la codicia, una codicia desenfrenada,
loca, verdaderamente absurda, pero irresistible y que había corrompido su
carácter.
E irritada por
esa consideración, se sublevaba contra ella, negaba, y con una gran apariencia
de razón. No podía se la codicia, no podían haber sido las valiosísimas alhajas
que el Zarco le llevaba casi todas las noches de sus entrevistas, las que
hubieran influido sobre ella para querer al bandido; no podían ser tampoco las
esperanzas de obtenerlas todavía mejores por los robos sucesivos; porque, en
suma, este tesoro y el que reuniera
después, es decir, el capital ya poseído y el que se esperaba, podían
desaparecer en un momento con la muerte del bandido, con su derrota. Nada había
más inseguro que este dinero de ladrones.
Por otra parte,
la mujer ama las alhajas por el placer de ostentarlas en público, y ella no
podía lucirlas delante de nadie, al menos por de pronto. No en las poblaciones,
porque no podía bajar a ellas, y tampoco delante de aquellos malhechores,
porque les darían tentaciones de arrebatárselas. Además si hubiera sido el
deseo del lujo el que la hubiese guiado en su afición al Zarco, él la habría
decidido a favor de Nicolás, porque el herrero poseía ya una fortuna regular y
saneada, y aunque era económico como todo hombre que tiene moralidad y que gana
el dinero con un trabajo difícil, es seguro que, enamorado como estaba de ella,
le habría dado cuanto quisiera para verla feliz.
Así, pues, no era
la codicia la que la había arrojado en los brazos de aquel amante: era el amor,
era la fascinación, era una especie de vértigo, lo que la hizo enloquecerse y
abandonar todo, madre, hogar, honor, cuanto hay de respetable y sagrado, por
seguir a aquel hombre sin el cual, todavía hacía dos días, no podía vivir.
¡Y ahora…!
¡Pero esto era
espantoso! Manuela creía salir de un sueño horrible. Habíanle bastado algunas
horas para comprender todo lo execrable de su pasión, y todo lo irremediable de
su desventura. Y era que, desvaneciéndose su ilusión malsana, y apagándose por
eso la llama impura que había abrasado su corazón, iba reapareciendo la luz en
su conciencia y palpándose la fría realidad con su cortejo de verdades
aterradoras.
A tan dolorosa
revolución, que se esperaba cada vez más intensa, se agregaban, como es de
suponerse, los punzantes recuerdo de la pobre anciana, de la dulce y tierna
madre, tan honrada, tan amorosa, a quien había engañado vilmente, a quien había
abandonado en el mayor desamparo, a quien había asesinado, porque era seguro
que al despertar, al buscarla por todas partes en vano, al saber, por su carta,
que había huido, la desesperación de la infeliz señora no habría tenido limites… ¡se habría enfermado e iba a
morir!
Ni quería pensar
en ello Manuela, y así, abrumada por tantas emociones, torturada por tantos
remordimientos, se apoderaba de ella el desaliento, el tedio de la vida y
sentía que su razón iba a perderse.
El castigo de su
falta no se había hecho esperar mucho tiempo.
Entretanto, el
Zarco le prodigaba mil cuidados, la llenaba de atenciones; se esmeraba,
acompañado de los bandidos y de las mujeres, a componer el departamento que le
estaba destinado en la capilla, trayendo esteras nuevas, tendiendo jorongos,
colgando algunas estampas de santos, y sobre todo, mostrándole sus baúles, en
los que había algunas talegas de pesos, alguna vajilla de plata, mezclada con
arreos de caballo, con cortes de vestidos de seda, ropa blanca de hombre y de
mujer, y mil otros objetos extraños. Hubiérase dicho que aquellas arcas eran
verdaderos nidos de urraca, en lo que todo lo robado estaba revuelto
confusamente.
-Todo esto es
tuyo, Manuelita, tuyo nada más; aquí tienes las llaves y yo te traeré más.
Manuela sonreía
tristemente.
El Zarco, al
verla así, creía que estaba extrañando el cambio de vida; pero ni un momento
pudo sospechar el que se había efectuado en el ánimo de su amada, de cuya
pasión estaba cada vez más seguro.
Así es que
previno a aquellas mujeres que la entretuvieran, que la distrajeran,
elogiándole la existencia que se llevaba allí, las diversiones que se
improvisaban y, sobre todo, la fortuna del Zarco en sus asaltos y sus presas.
En la tarde el
Zarco le trajo a dos bandidos que cantaban acompañándose de la guitarra y les
encargó que entonaran sus mejores canciones. Manuela los vio con horror; ellos
cantaron una larga serie de canciones, de esas canciones fastidiosas,
disparatadas, sin sentido alguno, que canta el populacho en los días de
embriaguez.
Los bandidos las
entonaban con esa voz aguda y destemplada de los campesinos de la tierra
caliente, voz de eunuco, chillona y desapacible, parecida al canto de la
cigarra, y que no puede oírse mucho
tiempo sin un intenso fastidio.
Manuela se sintió
fastidiada, y los músicos, conociéndolo, muy contrariados por no haber agradado
a la catrina, le dieron las buenas noches y se retiraron.
Llegó la noche,
la noche pavorosa y lúgubre de aquel campamento de bandidos. Manuela fue a
asomarse a la puerta de la capilla, deseosa de respirar aire puro y de
contemplar el aspecto de aquel lugar que comenzaba a parecerle peligrosísimo a
pesar de tener por apoyo al Zarco.
La noche era
sombría y como la anterior, amenazaba tempestad. Las luces que brillaban por
entre las ventanas y las grietas de aquellas ruinas les daban un aspecto
todavía más espantoso.
Acá y acullá
cruzaban patrullas a caballo que iban de avanzada o que hacían la ronda;
reinaba un silencio sepulcral. La noche es para los malhechores favorable,
cuando se emboscan o emprenden un asalto; pero está llena de terrores y de
peligros también para ellos, si descansan en la guarida. Así que su sueño nunca
es tranquilo y está turbado por cada rumor de la arboleda, por cada galope que
se oye a lo lejos, por cada silbido del viento, por todo ruido extraño.
Aun seguros como
estaban los plateados en Xochimancas, ya lo hemos dicho, no descuidaban ninguna
precaución. Así es que su campo estaba guardado por avanzadas, por escuchas,
por rondas, y todavía así, los jefes no dormían sino con un ojo.
Entonces tenían
un motivo más para estar alerta. El rapto de Manuelita debió haber causado gran
alboroto en Yautepec. El herrero de Atlihuayan, hombre peligroso para los
plateados, y que los odiaba de muerte, pretendiente desdeñado de la joven,
debía haber puesto en alarma a los vecinos y a sus amigos de aquella hacienda.
Era gran conocedor de aquellos terrenos, y muy audaz y muy valiente. Además ese
día había llegado a Yautepec la caballería que había ido a perseguir a los
asaltantes de Alpuyeca, y aunque los plateados sabían a que atenerse respecto
de la bravura de aquella tropa, nada extraño sería que animada por el odio
del herrero y por la resolución del los
vecinos, se hubiera determinado a atacarlos.
Ya hemos visto
que la previsión de los bandidos no carecía de fundamento, y que lo que ellos
temían se intento por Nicolás, aunque en vano, a causa de la cobardía del
comandante.
Así es que la
vigilancia se redoblo en Xochimancas.
Salomé, el
principal jefe de los plateados, había dicho, al oscurecer, al Zarco:
-Dios quiera,
Zarco, que tu güera no nos vaya a traer algun perjuicio. Es necesario estar con
cuidado; tú, vete con ella, y estate muy tranquilo, y diviértete, vale –añadió,
guiñándole el ojo y riéndose maliciosamente-, que yo quedo velando. He avanzado
a los muchachos por todos los caminos, y Félix se ha adelantado hasta cerca de
Atlihuayan, por si hay algo. Conque, anda, vete y que duermas bien.
Algunas otras
frases le dijo, pero debieron ser tales, que no quiso pronunciarlas sino en voz
baja y en el oído del Zarco. El caso es que los dos se separaron riéndose a
carcajadas. Salomé montó a caballo y seguido de una veintena de jinetes, se fue
a hacer ronda. El Zarco se dirigió a la capilla, donde todos dormían ya, menos
Manuela, que lo esperaba sentada en su banco, ceñuda y llorosa.
XXI
LA ORGÍA
Pasaron
así algunos días que parecieron siglos a Manuela, siglos de aburrimiento y de
tristeza. Érale imposible ya habituarse a aquella existencia entre los
bandidos, puesto que a medida que el Zarco la trataba con mayor intimidad,
siendo ya su querida, sentía mayor despego hacía él, despego complicado con una
especie de miedo o de horror al hombre que había podido arrastrarla hasta aquel
abismo.
Por una necesidad
de su nueva vida, Manuela había tenido que entablar relaciones sino de amistad,
al menos de familiaridad con aquellas mujeres que habitaban la capilla con ella, y aun con las queridas de los otros
bandidos que vivían en otra parte.
Entre ellas hacía
distinción de una, no porque fuese menos perversa, sino porque conocía muy bien
a Yautepec, donde había residido muchos años, y le hablaba siempre de personas
que le eran conocidas, de doña Antonia, de Pilar, de Nicolás, sobre todo de
Nicolás, a quien conocía mucho.
-¡Ay Manuelita
–le había esta mujer el primer día en que trabaron conversación-, yo me alegro
mucho de que esté usted con nosotros, porque es usted tan bonita y tan
graciosa, y porque quiero al Zarco y mi hombre lo quiere también, pero no por
eso dejaré de decir a usted que ha hecho una gran tontería de venirse aquí con
él. Si le hubiera puesto a usted en alguno de los pueblos, o haciendas, o
ranchos donde tenemos amigos, habría hecho mejor y estaría usted más segura y
más contenta. Pero aquí, mi alma, va usted a padecer mucho. Para nosotras, que
hemos seguido a nuestros hombres en todas las guerras, y que hemos corrido con
ellos la ceca y la meca, esta vida ya no es pesada, y al contrario, nos gusta,
porque, en fin, estamos acostumbradas, y las aventuras que nos suceden son
divertidas algunas veces, fuera de que tenemos también nuestro reparto en
ocasiones y nos tocan regulares cosas. Es cierto que pasamos también buenos
sustos, y que hay días en que no comemos y noches en que no dormimos, y
nuestros hombres nos pegan y nos maltratan, pero, ya digo, estamos
acostumbradas y nada nos hace. Pero usted, una niña que ha estado tan recogida
siempre, tan metidita en su casa, tan cuidada por su mamá, que tiene usted la
carita tan fina y el cuerpecito tan delicado y que no está hecha a pasar
trabajos, la verdad, mi alma, me temo mucho que se vaya a enfermar o que le
suceda alguna desgracia. Ahora ya lo ve usted, está usted muy triste, se le
echa de ver luego en la cara que no está usted contenta, ¿verdad?
Manuela respondió
sólo derramando un mar de lágrimas.
-¡Pobrecita!
–continuó aquella mujer-, yo la conocí a usted hace dos años, allá en Yautepec,
¡Tan hermosa! ¡Tan decente! ¡Tan bien vestida! Parecía usted una Virgen, y
que la querían mucho los gachupines de
la tienda, y todos los muchachos bien parecidos de la población, aunque le
hablaré a usted francamente, ninguno de ellos valía nada en comparación de don
Nicolás el herrero. Él, el pobrecito, es trigueñito, es feo, es desairado, como
indio que es, y artesano, pero dicen que es muy trabajador, que tiene ya su
dinero y que le quieren mucho. Aquí no hay que hablar bien de él, porque le
tienen miedo y es el único a quien no le han podido dar un golpe, porque es muy
valiente y no se deja; y como no tiene tierras, ni ganado, ni nada que le
puedan coger, sino que tiene su dinero quién sabe dónde, de ahí es que habría
necesidad de cogerlo a él para darle tormento y que lo entregara; pero no se ha
podido, porque él es muy desconfiado y anda siempre muy bien armado y con otros
compañeros, también resueltos. ¡Pero ese sí le habría convenido a usted, niña,
y él andaba enamorado desde hace tiempo de usted, y todos lo sabían! Eso es
hablarle a usted la verdad y Dios me libre de que me oyera el Zarco, porque me
sacaba los ojos, pero es la verdad. El Zarco es cierto que es buen mozo y
simpático, y bueno para la pelea y tiene mucha fortuna; pero le diré a usted,
tiene su mal genio, y si la sigue viendo a usted triste se va a enojar, y puede
que…
-¡Qué!
–interrumpió Manuela con vivacidad-, ¿Qué me pegue?
-¡Pues… oiga
usted Manuelita, no sería difícil! El la quiere a usted mucho. Pero ya le digo
a usted, tiene su mal genio…
-¡Pues eso sólo
me faltaba! –replicó Manuela. Y luego añadió con amargura: -No, no lo hará, y
¿por qué lo habría de hacer?, ¿qué motivo le doy?
-Ya se ve que
ninguno, y al contrario, está muy enamorado de usted; pero por eso mismo, él es
muy perro, y si la ve a usted triste, va a creer tal vez que usted no le
quiere, que está usted arrepentida de haberlo seguido, sería capaz de matarla
en un coraje… Yo le aconsejo a usted que se muestre más alegre, que se haga la
disimulada, que le dé a conocer al Zarco que está usted contenta, que se lleve
con nosotras, que aguante las chanzas de los muchachos, que también han
advertido ya que no los quiere usted; en
fin, que se vaya usted haciendo a nuestra vida, porque al cabo, ya ahora mi
alma, es usted del Zarco, y a no ser una desgracia, como por ejemplo, que lo
maten, tiene usted que andar con él siempre, si no es que logra usted con
modito que la lleve a otra parte; pero entonces puede que sea peor; porque
tendrá usted que lidiar con las gentes, que sospecharían de usted, y además con
los celos del Zarco, que estando ausente de usted ha de andar siempre
desconfiado, y con el menor chisme que le cuenten, habrá pleitos y muertes, y
se arrepentirá de haberse separado de él. Con que es mejor que haga usted lo
que le digo, mucho disimulo y granjearse el cariño de todos.
Manuela
comprendió fácilmente que aquella mujer tenía razón, y que, aunque amarga y
desagradable, le había pintado la existencia que tenía que llevar con la verdad
propia de la experiencia. Las razones que le daba no tenían réplica. Todo lo
que le pasaba e iba a pasarle todavía no era más que la consecuencia ineludible
de su aturdimiento, de su ceguedad, de su insensatez. Precipitada de cabeza en
el abismo, no había desviación posible; tenía que caer hasta el fondo. Así
pues, no había escapatoria; era como una avecilla presa en las redes, como una
mosca envuelta en negra tela de una araña monstruosa, y más envuelta a medida
que eran los esfuerzos que hacía para salir de ella.
A esta
consideración, Manuela sentía circular en su cuerpo un calofrío de muerte, y se
apoderaba de ella un fuerte deseo de escaparse, de volar, al que sucedían luego
un desmayo y un desaliento indecibles.
¡Fingir!,
¡disimular! Esto era horroroso, y sin embargo, no le quedaba otro camino. Se
propuso pues, seguirlo, cambiar de conducta enteramente y engañar al Zarco para
inspirarle confianza, a fin de aprovechar la primera oportunidad para escaparse
de sus garras.
Semejante vida
estaba llena de vicisitudes, de aventuras; no siempre estarían en aquella
madriguera, no siempre andarían en aquellos vericuetos. Era posible que alguna
vez tuviesen que atravesar cerca de alguna ciudad; entonces se refugiaría en
ella, apelaría a las autoridades, llamaría en su auxilio; tal vez encontraría a
Nicolás, le inspiraría compasión y la salvaría, él a quien los bandidos temían
tanto, él que era tan valiente, tan honrado y tan generoso.
Porque, como es
de suponerse, dado el cambio de ideas que se había operado en el ánimo de
Manuela, a medida que el tipo del Zarco se iba cubriendo con las sombras del
miedo, del horror y quizás del odio, el del joven herrero se iba iluminando con
nueva y rosada luz.
Nicolás, aun para
aquella mujer que no hacía más que hablar la verdad, valía más que el Zarco,
más que todos aquellos bandidos, que le tenían miedo. No estaba dotado de buena
figura, pero en cambio, ¡que alma tan hermosa tenia! Manuela ya había aprendido
en tan pocos días a estimar lo que vale la apariencia cuando se la compara con
el fondo. El Zarco, joven, guapo, agraciado antes para ella, hoy le inspiraba
horror.
Nicolás, el
obrero rudo, el indio atezado, con las manos negras y gruesas, blandiendo el
martillo, junto al yunque, cubierto con su mandil de cuero, iluminado con los
fulgores rojizos de la fragua, y ganando la vida con su honradísimo trabajo, le
parecía ahora hermoso, lleno de grandeza, amable en comparación con aquellos
holgazanes, carcomidos de vicios, cubiertos de plata, que habían arrancado por
medio del asesinato y el robo, proscritos de la sociedad, viviendo con zozobra
siempre, teniendo por perspectiva el patíbulo, durmiendo con sobresalto,
buscando en la embriaguez y en el juego, el olvido de sus remordimientos o los
únicos placeres de su vida infame.
¡Que dulce y que
bella hubiera sido la existencia en la casa de aquel obrero, rodeada por el
respeto de las gentes honradas! ¡Que hogar tan tranquilo, por más que fuese
humilde! ¡Que días tan alegres consagrados desde el amanecer a las santas
faenas de la familia! ¡Que noches tan gratas, después de las fatigas del día,
pasadas en suaves conversaciones y en un reposo no turbado por ningun recuerdo
amargo! Y luego, la cena sabrosa y bien aderezada, en la mesa pobre, pero
limpia, las caricias de los hijos, los consejos de la anciana madre, los
proyectos para lo futuro, las esperanzas
que arraigan en la economía, en la actividad y en la virtud… todo un mundo de
felicidad y de luz… ¡Todo desvanecido…! ¡Todo ya imposible!
Y en medio de
este cuadro, surgía rápida, pero precisa y clara, una imagen que hacía
estremecer a Manuela. ¡Era la imagen de Pilar, de su dulce y buena amiga, que
parecía amar a Nicolás en silencio y a quien acostumbraba decírselo en broma,
como para humillarla! Y ahora… esta aparición fugaz, en ese sueño de dicha que
se alejaba, producía a Manuela un sentimiento amargo y punzante. ¡Era la
envidia! ¡Eran los celos!
Pilar merecía esa
dicha, que ella, la insensata había desdeñado; pero, con todo, Manuela sentía
un malestar indecible con sólo sospecharlo, y no se tranquilizaba sino pensando
que tal unión era imposible, puesto que Nicolás no podía amar a la huérfana,
apasionado como estaba de ella, de Manuela, y exacerbada como debía estar esta
pasión a consecuencia de la fuga.
Con todo, apenas
nacieron estos pensamientos en el espíritu de Manuela, después de la
conversación con la mujer a quien había escogido por confidente, cuando se
desarrollaron de una manera tenaz e implacable. La imagen de Pilar fue ya la
pesadilla constante de Manuela y las sospechas tomaron el carácter de
realidades, como sucede siempre en las imágenes vivas. Y es que Manuela amaba
ya a Nicolás y lo amaba con el amor desesperado y violento que lucha con lo
imposible.
Así es que,
aunque se había propuesto seguir los consejos que se le habían dado, y adoptar
el camino del disimulo, no pudo hacerlo y se encerró en un silencio y en una
tristeza más obstinados todavía que los días anteriores.
El Zarco se
manifestó enojado, al fin, y le riñó.
-Si sigues triste
vas a hacer que yo cometa una barbaridad –le dijo.
Manuela se
encogió de hombros.
Pero una tarde
llegó el Zarco a caballo y muy contento. Durante el día había hecho una
expedición en unión de varios compañeros. Saltó del caballo a la puerta de la
capilla y corrió a ver a Manuela, que casi siempre, se hallaba encerrada en la
especie de alcoba que se le había improvisado.
-Toma –le dijo el
bandido-, para que ya no estés triste.
Y puso en sus
manos una talega con onzas de oro.
-¿Qué es esto?
–preguntó Manuela con disgusto.
-Mira lo que es
–contestó el Zarco, vaciando las onzas en la cama.
-Cien onzas de
oro –añadió-, que me acaban de traer, y mañana me traerán otras cien, o le
corto el gaznate al francés.
-¿Qué francés?
–preguntó Manuela horrorizada.
-Pues un francés
que me fueron a traer los muchachos hasta cerca de Chalco, figúrate, hasta
cerca de México. ¡Es rico y aflojará la mosca o se muere! Ya mando la familia
cien onzas, pero si no manda quinientas la lleva. Por ahí le tengo comiendo una
tortilla cada doce horas.
-¡Jesús! –exclamó
Manuela espantada.
-¡Qué! ¿Te
espantas, soflamera? ¡Pues vaya que estás lucida! En lugar de que te alegraras,
porque con ese dinero vamos a ser ricos. Yo les daré a los compañeros algo,
pero nos cogeremos la mayor parte, y después nos iremos zafando de aquí poco a
poco porque no se puede hacer luego, y nos marcharemos por ahí, para Morelia o
para Zacatecas o para en casa de los diablos, donde no sepan quien soy, y
pondré un mesón o compraremos un rancho, porque, lo que eres tú, no tienes
pintas de querer llevar esta vida, ¡y que me lo habías prometido…!
Manuela, sin
darse por entendida por este reproche, después de haber mirado el dinero con
indiferencia, le contestó:
-Oye Zarco,
aunque no me traigas más dinero, te ruego que sueltes a ese hombre. ¿Dices que
está comiendo una tortilla cada veinticuatro horas?
-Sí –replicó el
Zarco, sorprendido de la pregunta.
-Pues bien
–continuó Manuela-, yo te suplico que le des de comer bien, y que luego lo
dejes libre y aunque no te de más dinero.
¿Qué es lo que
estás diciendo? –preguntó el Zarco, con voz ronca en que se traslucía la cólera
más salvaje-. ¿Estás loca, Manuela, para decirme eso? ¿No sabes que cada rico
que cae en nuestras manos tiene que comprar su vida pesándose en oro? ¿Conque
nada más por ti, por ti no más, ingrata, he arriesgado a los muchachos para que
vayan a traerme a ese rico, para que nos dé dinero, para que nos replete de
onzas, para que te compres alhajas, vestidos de seda, todo lo que quieras, y
ahora me sales con esta compasión y con estos ruegos? Pues seguramente tú no
has acabado de saber quien soy yo, y de lo que yo soy capaz. Tú eres muy buena,
Manuelita, y te has criado entre gente muy escrupulosa y muy santa; pero tú
sabías quién era yo, y si no te creías capaz de acomodarte a mi modo, ¿para qué
te saliste de tu casa? Ya sabías lo que soy, ya sabías de donde venían las
alhajas que te he dado. ¿De qué te espantas ahora? ¿Te has venido aquí para
predicarnos sermones? Pues pierdes el tiempo y me estás fastidiando, porque, la
verdad, ya no aguanto tus gestos y desprecios para mis compañeros, y tus
lágrimas y tus soflamas. Hace varios días que Salomé, Félix y el Coyote me
están diciendo que he hecho mal en traerte aquí con nosotros, y que tú nos vas
a causar alguna desgracia, y yo, sólo por el cariño que te tengo, he estado
sufriendo sus indirectas, y creyendo darte gusto he expuesto la vida de mis
mejores compañeros para que me traigan a un rico, y pelarlo y darte dinero,
mucho dinero, y ¡que me salgas con esta tontera…! La verdad, no lo he de
aguantar. Si tu modo de pensar era diferente, ¿por qué no te casaste con el
indio de Atlihuayan? ¡Ese no es ladrón! Pero conmigo, la bebes o la derramas… o
te conformas con la vida que llevo o te mueres, Manuela –dijo el Zarco arrimándose
a la joven, abriendo los ojos, apagando el acento y poniendo la mano en el puño
de la pistola.
Manuela tembló
ante esta explosión de ira.
-Pero yo quería
–dijo con timidez- que por causa mía no fueras a matar a ese extranjero… Era
por ti, sólo por ti… porque tengo miedo de que cometas un crimen…
-¡Crimen!
–repitió el Zarco, lívido de cólera y con voz nasal, pero ya un poco calmado-.
¡Crimen! ¡Vaya una tonta! ¿Pues tú estás pensando que ésta es la primera zorra
que desuello? ¡Vete al demonio con tus escrúpulos! Este francés se irá a donde
se han ido los otros, aunque no sea para darte a ti el dinero. ¿No sabes,
inocente, que el rico que cae en nuestro poder nos pertenece a todos? Aunque yo
quisiera echar libre al francés, ¿piensas qué los demás me habían de dejar?
Pues ¿y la parte que les toca?
-Bien, no
hablemos ya más de eso –dijo Manuela espantada-; has lo que quieras, Zarco, no
te diré más.
-¡Pues está bueno
–replico el bandido-, y harás bien! Ahora lo que hay que hacer es aprovecharse
de la ocasión. Guarda esas onzas sin hacer ruido, y no hables ni me molestes
con llantos y con quejumbres.
Acabando de decir
esto el Zarco, se oyó un gran ruido de voces, mezclado al rasgueo de guitarras
y de jaranitas, y entraron en la capilla Salomé Plasencia, Palo Seco, el Tigre,
Linares y otros veinte bandoleros más, que parecían regocijados y estaban
ebrios.
-¡Zarco!
–gritaron-; ahora estás rico, hermano, y vamos a hacer un baile para que se
alegre la chata que te has traído de Yautepec y que se está muriendo de
tiricia.
-¡A ver! ¡Sácala,
negro, sácala, y que venga a bailar con nosotros el valse y la polea y el
chotis!
-Ven Manuelita, y
cuidado con disgustar a mis compañeros –dijo el Zarco, tomando de la mano a la
joven, que se dejó arrastrar como una víctima y que procuro fingir una sonrisa.
-Aquí estoy,
hermanos, y aquí está mi chata para ir al baile. Güerita –dijo Salomé que traía
una botella en la mano-. Nos va a acompañar al baile que vamos a hacer para
celebrar las hazañas de su querido, el Zarco; antier le dio el tormento de la
caña al francés y escupió luego las oncitas que debe usted haber guardado,
buena moza, y vamos a beber y a gustar… Véngase para acá y deje de estar allí
tan triste, como la Virgen de la Soledad en Viernes Santo.
-Bueno, bueno
–dijo el Zarco-, vamos a disponer el baile y a preparar los licores, pero ya
vendré por Manuela para llevarla. Vístete, mi vida, y componte para el baile,
que ya vengo por ti.
-Zarco, tú eres
celoso –dijo Salomé, dándole una palmada en el hombro, con tono de burla-; eres
celoso, y tú sabes que entre nosotros
eso no se usa. Por ahora te consentimos esas soflamas pero no sigas con ellas
mucho tiempo, hermano, porque no convienen.
Manuelita tembló.
Todo se convertía en nuevos peligros para ella. Luego que se quedó sola, llamó
a su confidente para que la ayudara a vestirse, y en realidad para hablar con
ella.
-¿Quién es ese
francés que tienen preso? –le preguntó-. ¿No sabe usted nada?
-¡cómo no!
–contestó la mujer-, y me extraña mucho que usted no lo sepa. Ahí está el
francés en un sótano de la casa de la hacienda, y todos los días le dan
tormento para que escupa el dinero de su familia, que está en México. Dicen que
ya dio una talega, y que la tiene el Zarco. El Amarillo (así se llamaba su
hombre) es el que lo cuida ahora, lo mismo que a los demás.
-¿Pues qué, hay
otros? –pregunto curiosamente Manuela.
-Ya se ve que hay
otros –respondió la mujer-. Hay un gachupín, hay otro tendero, otro viejo muy
tacaño que se queja todo el día, y otros más pelados, pero que pueden dar sus
cien o doscientos pesos. ¡Siempre es algo!
-¿Y podría yo
verlos?
-¡Cómo no! Si el
Zarco quiere llevarla a usted, lo más fácil; pero como es usted tan delicada,
se va usted a afligir.
-No me afligiré
–respondió Manuela, con aire de resolución-; ya estoy cambiada, ya voy a seguir
los consejos de usted.
-¡Ah, qué gusto!
–exclamó la mujer-, entonces va usted a divertirse mucho. ¡Ya verá usted!
Como el Zarco
llegaba en ese momento, Manuela le rogó que la condujera adonde estaban los
plagiados.
El Zarco la miró
con sorpresa.
-¿Tú? –le dijo-,
¿tú quieres ver a los presos? Pero ¿qué ha sucedido?
-Ha sucedido
–contestó Manuela-, que voy a probarte que no estoy triste ni descontenta con
esta vida; que no me espanto de nada, y que, cuando me resolví a dejar mi
casa y
mi familia por ti, es que estaba yo determinada a seguirte a todas
partes y a participar tu suerte.
-¡Bueno,
muchacha, eso si me gusta! Me tenía muy disgustado, pero, puesto que estabas fingiendo, y que eres lo que yo
pensaba, ahora sí soy feliz. Voy a llevarte adonde están esos tarugos y no les
tengas lástima, porque tienen dinero y no arriesgan la vida como nosotros.
Manuela, ya
vestida y compuesta para el baile, y muy bella, a pesar de su palidez y su
demacración, se dejó conducir por el bandido hasta los viejas bóvedas de los
purgares, que servían de cárcel a las desdichadas víctimas de los facinerosos.
En la única
puerta que había practicable, estaba una guardia de veinte bandidos, armados de
mosquetes, pistolas, machetes y puñales. Todos guardaban silencio y tenían
cubiertos los rostros con pañuelos.
Aquellos vastos
salones abovedados, que habían servido en otro tiempo para guardar los panes de
azúcar y que son conocidos en las haciendas con el nombre de purgar, habrían
estado completamente a oscuras si en los ángulos no hubiera alumbrado una
lamparilla de manteca, junto a la cual se tendían en petates inmundos cuatro
hombres atados de pies y manos, vendados los ojos, y que habrían sido tomados
por cadáveres si de cuando en cuando no hubiesen revelado en movimientos de
dolor o en apagados sollozos, que eran cuerpos que vivían.
-¡Mira la
francés! –dijo el Zarco a Manuela, llevándola a uno de los rincones y señalando
a un hombre anciano, con la cabeza gris, fuertemente vendada y que apenas daba
señales de vida.
Junto a el había
vigas en cruz, reatas, lanzas y algunos otros objetos de tortura, un jarro de
agua y una botella de aguardiente.
-Antier le hemos
dado caña a este maldito gabacho, y por eso ha dado las onzas, pero si no
suelta más dinero le haremos algo peor. No sabe todavía lo que es tener el
pescuezo apretado ni que le saquen las uñas de los pies y de las manos. ¡Ya lo
sabrá!
A estas últimas
palabras dichas en voz alta el pobre francés, que las había oído, trató de
incorporarse y con voz débil y suplicante, dijo:
-¡Oiga, señor,
por el amor de Dios, máteme, ya no puedo más, máteme!
-No, todavía no,
viejo agarrado; manda traer otras cuatrocientas onzas, sino ya verás lo que te
pasa.
-No tengo más
onzas –contestó el desdichado-. ¡Soy pobre, tengo familia, tengo hijitos, no
hay quien me preste…! ¡No tengo más…! ¡No tengo más…! ¡Mátenme!
-Vámonos –dijo
Manuela, próxima a desmayarse-; si no tiene dinero, mátenlo…
-No –repuso el
Zarco riendo con una sonrisa siniestra y espantosa-; eso dicen todos: se
desesperan, quieren morir, pero como la vida no retoña, acaban por soltar la
mosca. Ya se avisó a su familia, y ya escribió él diciendo lo que le pasa.
-Bien –dijo
Manuela, toda temblando-, ¿pero qué?, ¿el gobierno no mandara tropa a perseguir
a ustedes y a libertar a estos? ¿Sus familias no avisarán?
-¡Ah, no!, no les
conviene porque tendrán miedo de que los matemos. Además, no puede el gobierno
mandar fuerza contra nosotros, y aunque los enviaran no nos harían nada; no nos
encontrarían aquí. ¡Sí tú no sabes, Manuelita: nosotros somos fuertes, estamos
seguros y lo que es por ahora, nadie nos ronca…! ¡Pero vámonos al baile, que ya
nos están aguardando! Es preciso que bailes con todos, que estés risueña; no
vayan a decir que soy celoso y vayamos a tener una tinga.
Manuela salió del
purgar apresuradamente, lívida, convulsa, con los ojos fuera de las órbitas,
loca de horror y de pavor. Por espantoso que fuera a ser ese baile, no podría
producirle el pavor, la inmensa repugnancia que acababa de causarle el cuadro
de los plagiados.
Como el baile se
daba en las piezas que estaban un poco más enteras en la antigua casa de la
hacienda, y junto a las bóvedas del purgar, la pareja subió las ruinosas
escaleras y pronto se presentó en el salón, alumbrado con velas de sebo y lleno
de humo en que se habían reunido los bandidos para divertirse.
Resonaban allí
algunos bandolones, guitarras y jaranas tocando poleas y valses, porque es de
advertir que esos bandidos eran poco aficionados a los bailes populares, como
el jarabe, y sólo como una especie de adorno o de capricho solían usarlos. Los
plateados tenían pretensiones, bailaban a lo decente, pero por eso mismo, sus
bailes tenían todo el aspecto repugnante o grotesco de la caricatura.
Al entrar Manuela
con el Zarco, se alzó una gritería espantosa: vivas, galanterías, juramentos,
blasfemias, todo eso salió de cien bocas torcidas por la embriaguez y la
crápula. Todos los bandidos famosos estaban allí, cubiertos de plata, siempre
armados, cantando unas canciones obscenas, abrazando otros a las perdidas que
les hacían compañía. Manuela se estremeció; apenas acababa de soltarse del
brazo del Zarco, cuando se acercó a ella el mulato colosal y horroroso que
tanta repugnancia le inspiraba. Traía todavía su venda, que le cubría parte de
la cara; pero dejaba ver su enorme boca, armada de dientes agudos y blancos, de
los que sobresalían los dos colmillos superiores que parecían hendirle el labio
inferior, y venía literalmente forrado en plata, como si hubiera querido
sobrepujar en adornos a sus demás compañeros.
-Ora va usted a
bailar conmigo, güerita –dijo a Manuela, cogiendo con una de sus manazas el
brazo blanco y delicado de la joven.
Por un movimiento
irresistible, Manuela retrocedió asustada y procuró seguir al Zarco para
refugiarse con él. Pero el mulato la siguió, riéndose, la ciño el talle con su
brazo nervudo, y dijo al Zarco:
-Mira, Zarco, a
tu chata, que corre de mí y no quiere bailar: ¡oblígala!
-Hombre, ¿qué es
eso, Manuela? ¿Por qué no quieres bailar con mi amigo el Tigre? Ya te dije que
has de bailar con todos, para eso has venido.
Manuela se
resignó, y fingiendo una sonrisa lastimosa, se dejó conducir por aquel monstruo
de fealdad y de insolencia.
-¡Ah! –exclamó
éste, echándose el gran sombrero para atrás, mientras que seguía ciñendo y
apretando convulsivamente la cintura de Manuela-. ¡Bien dije yo que había de
tener el gusto de abrazarla a toda mi satisfacción! Por ahora está usted con un
hombre y nos vamos a dar gusto bailando este chotis.
Manuela casi
cerró los ojos y se dejo llevar por aquella especie de cíclope, que la devoraba con el único ojo que le quedaba
libre y que la bañaba con su resuello, como con un vapor de aguardiente.
Al verlos pasar
así, espantoso él, como una fiera rabiosa, y débil ella y doblada, como una
presa, los demás bandidos le gritaban:
-¡Ah, Tigre, no
te comas a esa venadita!
Después de haber
dado algunas vueltas en aquel salón infecto, atropellando y empujando a
cincuenta parejas de bandoleros y de mujeres ebrios, el Tigre dejó de bailar,
pero inclinándose hacía su compañera le dijo con voz ahogada por los deseos y
apretándole brutalmente el brazo.
-Chatita, desde
que la vi llegar con el Zarco me gustó y le encargue a la Zorra, la mujer del
amarillo, que se lo dijera, no para que usted me correspondiera luego,
lueguito, sino para que lo supiera de una vez; no sé si se lo habrá dicho.
Manuela no
contestó.
-Pues si no se lo
ha dicho, ahora se lo digo yo francamente; usted me ha de llegar a querer.
-¿Yo…? –exclamó
la joven asustada.
-¡Usted! –replicó
el Tigre-, ¡ya verá usted…! El Zarco no es constante y le ha de pagar a usted
mal, como le ha pagado a todas… Pero yo estoy aquí, mi alma, para cuando le dé
el desengaño se acuerde usted de mí, y entonces sabrá usted quién es el Tigre;
usted no me conoce y no conoce todavía al Zarco. No se espante de verme así con
la cara vendada, porque precisamente estoy así a causa de usted.
-¿Por causa mía?
–preguntó Manuela con una curiosidad mezclada de pavor.
-Sí, por causa de
usted, y se lo voy a explicar. Me hirieron en Alpuyeca los gringos que a
quienes matamos. Yo los maté ¡vaya…! Yo fui quien sostuvo la pelea, mientras
que el Zarco robaba los baúles; un gringo me dio un balazo con su pistola, que
por poco me saca un ojo; pero al fin se murió él y se murieron todos los que lo
acompañaban en clase de hombres. Pero el Zarco apenas nos dio la mano en lo
fuerte de la pelea, y después de que ya estaban todos caídos y moribundos, fue
cuando vino él y los mató cuando estaban rendidos, y mató a las mujeres y a los
muchachos. Si, señor, así fue. El Zarco es un
lambrijo y una gallina, pero eso sí, se sacó todas las alhajas para
llevárselas a usted y no nos dejó más que la ropa inútil, porque ¿para qué
queríamos eso? ¡Levitas, sacos, túnicos viejos, trapos de catrines! Y el Zarco
se llevo lo mejor, después que nosotros triunfamos. ¡Está bueno! ¡Los gavilanes
no chillan! Pero luego que vide a usted, dije: “¡Ora sí, me empareje! Que se
lleve el Zarco las alhajas, pero que nos deje a la güerita y estamos a mano”
Manuela parecía
ser presa de una pesadilla y se sintió desfallecer. Aquellas revelaciones sobre
el Zarco, sus asesinatos de las mujeres, de los moribundos y de los niños,
aquellas amenazas del Tigre, todo era superior a su fuerza y a su resolución de
afrontar semejante vida. ¡Había caído en el infierno! Había creído que aquellos
hombres eran simplemente bandidos, y en realidad eran demonios vomitados por el
averno. ¡Oh! ¡Si hubiera podido escapar en ese momento! ¡Si hubiera podido al
menos morir! Quedóse paralizada y muda. Sacóla de aquel estado la voz áspera y
ronca del Tigre, que le preguntó:
-¿Qué es lo que
le pasa linda? ¿Se asusta de lo que le digo…? ¿No le había contado a usted el
Zarco todas sus hazañas y valentías? Apuesto a que no; pues sépalas y váyase
conformando con lo que le digo, usted a de venir a parar a mi poder.
-¿Pero usted que
el Zarco se va a dejar? –exclamó al fin Manuela, sofocada de ira y de fastidio.
-¡Y a mí que me
importa que de deje o no, chata! ¿Pues qué? ¿Usted piensa que yo le tengo miedo
a ese collón? Si usted admite mi cariño, ahora mismo, dígame una palabra y mato
al Zarco. Con eso, de una vez se queda usted libre… sino, esperaré, y ya verá
usted lo que pasa.
-¡Pues yo se lo
voy a decir al Zarco para que esté prevenido!
-¡Pues dígaselo
usted, linda, dígaselo usted! –respondió el Tigre, con una sonrisa desdeñosa y
siniestra, en que se revelaba una resolución espantosa-. Ya el Zarco me conoce
–añadió- y verá usted si es verdad lo que le digo; el Zarco, de quien se ha
enamorado usted porque lo ha creído hombre, no es más que un lambrijo. Conque
dígaselo usted, y para que sea pronto, la voy a sentar y me quedo aguardando.
Manuela fue a
sentarse aterrada. Seguramente iba a producirse allí una catástrofe; el Tigre
deseaba provocarla a toda costa para matar al Zarco, y ella estaba destinada a
ser el botín del vencedor. ¡Que situación tan espantosa! Manuela se sentía
agonizar.
Pero cuando ella
buscaba con angustia a su amante, a quien, a pesar del horror que ya le
inspiraba, creía ser su único apoyo, lo vio dirigirse hacía ella, ceñudo, frío,
lívido de cólera. Manuela creyó que estaba celoso del Tigre y pensó que era
llegado el momento de la riña que estaba temiendo.
Pero el Zarco,
con una sonrisa sarcástica y enronquecida por la ira le dijo:
-¡Con que ya sé
cuál es el motivo de tus tristezas y de tu aburrimiento en estos días, ya me lo
han contado, y no me la volverás a pegar, arrastrada…!
-Pero, ¿qué es?
¿Qué es? ¿Qué te han contado, Zarco? –preguntó Manuela, tan asombrada como
despavorida al oír esas palabras.
-Sí; ya me dijo
la Zorra que lo que hay es… que te has arrepentido de haberte largado conmigo,
que has conocido que no me querías… de veras…; que el único hombre a quien
amabas era al indio Nicolás; que sientes haberlo dejado; que la vida con los
plateados no te conviene, y que en la primera ocasión que se te ofrezca me has
de abandonar.
-¡Pero yo no he
dicho…! –interrumpió temblando Manuela.
El Zarco no la
dejó acabar.
-¡Sí, tú se lo
has dicho, falsa y embustera; no quieras negarlo! Yo tengo la culpa por fiarme
en una catrina y una santularia como tú, que no quería más que alhajas y
dinero… Pero, mira –añadió cogiéndole un brazo y apretándoselo bestialmente-,
lo que es de mí no te burlas, ¿me entiendes? Ya te largaste conmigo y ahora ves
para que naciste. ¡En cuanto al indio herrero, yo he de tener el gusto de
traerte su cabeza para que la comas en barbacoa, y después te morirás tú, pero
no te has de quedar riendo de mí!
Manuela apenas pudo decir al Zarco, en actitud suplicante:
-¡Zarco, hazme
favor de sacarme de aquí, estoy enferma…!
-¡No te saco,
muérete! –contestó el bandido en el paroxismo del furor.
No bien acababa
de decir estas palabras cuando hubo un gran ruido en la puerta de la sala, y
varios bandidos, cubiertos de polvo y con el traje desordenado por una larga
caminata, se precipitaron adentro con aire azorado, y preguntando por Salomé
Plasencia, por el Zarco, por el Tigre y por los demás jefes.
Salomé y los
otros fueron a su encuentro.
-¿Qué hay?
–preguntó aquel, mientras que todos los plateados iban formando círculo en
torno suyo y cesaban, como es de suponerse, la música y la algazara del baile.
-Una novedad
–respondió uno de lo recién llegados, sofocándose-. Hemos corrido diez leguas
para avisarles… Martín Sánchez Chagollán, el de Ayacapixtla, con una fuerza de
cuarenta hombres, ha sorprendido a Juan el Gachupín y a veinte compañeros y los
ha colgado en la catzahuatera de Casasano.
-¿Y cuándo?
–preguntaron en coro los bandidos aterrados.
-Anoche, a cosa
de las diez los sorprendió. Estaban emboscados esperando un cargamento que iba
a pasar, cuando Martín Sánchez les cayó, los acorraló y apenas pudieron
escaparse cinco o seis, que vinieron a buscarnos, y que se han quedado heridos
y no han podido venir hasta acá.
-¿Pero… qué…? ¿no
pelearon esos muchachos? –preguntó Salomé.
-Sí, pelearon,
pero los otros eran más y traían muy buenas armas.
-¿Y qué, no
tuvieron aviso?
-¡Eso es lo que
extrañamos!, pero creo que la gente comienza a ayudar a Martín Sánchez y a
faltarnos a nosotros.
-Pues, es preciso
vengar a nuestros compañeros y meter miedo a las gentes, para que no se vayan a
voltear enteramente contra nosotros. Mañana, amaneciendo, todos vamos a salir
de aquí, y que se nos reúnan los demás que andan dispersos, y vamos a buscar a
Martín Sánchez y a ver si es tan bueno contra
quinientos hombres como contra treinta. Con que alístense para mañana.
-¿Y qué hacemos
con los presos? –preguntó uno.
-Pues esos que se
mueran –dijo Salomé-, ¿para que queremos estorbos…? Tú, Tigre, anda y mátalos
luego.
-Mira, Salomé
–dijo el Tigre, adelantándose-, mejor dale esa comisión al Zarco; el sabe bien
matar a los muertos –añadió con
desprecio.
-¿Matar a los
muertos dices, Tigre?
-¡Sí, matar a los
muertos! –replicó el Tigre-; acuérdate
de Alpuyeca.
-¡Pues ya verás
si sé matar también a los vivos! –replicó el Zarco lívido de cólera.
-¡Bueno, bueno
–dijo Salomé interponiéndose-; no queremos disputas; cualquiera es bueno para
despachar a los presos! El caso es que no amanezcan; llévenle la orden al
Amarillo y vámonos. Se acabó el baile.
-¡Ah!, ¡otra
noticia! –añadió uno de los recién llegados-. Esta mañana se enterró, en
Yautepec, la madre de la muchacha que se trajo el Zarco.
Entonces se oyó
un grito agudo que hizo volver la cara a todos aquellos hombres.
-¡Mi madre!
–exclamó Manuela, y se dejó caer desfallecida en el suelo.
-¡Pobrecita!
–dijeron las mujeres, ya vueltas en sí de la embriaguez ante aquella lluvia de
malas noticias.
-Levántala,
Zarco, y llévatela a que se conforme, porque si no nos va a estorbar.
El Zarco, ayudado
de algunas mujeres, levantó a Manuela, la cargó y se la llevó a la capilla,
donde la recostó en su cama. La joven estaba moribunda. Tantas emociones
seguidas, tantos peligros, tantas amenazas, tantos horrores, habían abatido
aquella naturaleza débil y estaban oscureciendo aquel espíritu. Manuela estaba
como idiota y no hacía más que llorar en silencio.
El Zarco,
preocupado también con mil pensamientos diversos, encolerizado contra el Tigre,
celoso de Nicolás, cada vez más enamorado de Manuela, pero contrariado
infinitamente por las últimas noticias, y por la necesidad que había de
marchar, no sabía que hacer.
Daba vueltas como una fiera encerrada en su jaula; llamaba
a las mujeres para que asistieran a su querida, comunicaba órdenes a los
bandidos que lo obedecían y lo servían, preparaba maletas, registraba los
baúles, se sentaba unas veces a orillas
de la cama en que se reclinaba Manuela, y veía a ésta con miradas en que era
difícil distinguir el amor, el odio, o las tentaciones de una resolución
siniestra; y otras se ponía a pasear a lo largo de la capilla, blasfemando.
Por fin, se
acercó a la joven y con acento frío y seco le dijo:
-Ya eso no tiene
remedio; deja de llorar, y prepárate para que marchemos mañana de aquí y
ayúdame a hacer las maletas. Guarda bien las alhajas; eso es lo que te importa.
-Entre nosotros
–añadió, viendo que Manuela sollozaba con más violencia-, no se usa afligirse
tanto ni hacer tanto duelo cuando se nos muere alguno…, tú madre ya estaba
vieja, y me aborrecía la buena señora; rézale un sudario, y amen… no vuelvas a
acordarte de ella. Tu indio debe haberla enterrado y se cogerá la huerta, y se
pagará los gastos; después lo enterrarás a él, no tengas cuidado, y tendrás el
gusto de llorar en su sepultura.
Así, pues, aquel
bandido, aquel Zarco, a quien Manuela había creído siquiera hombre, siquiera
compasivo, no era más que un perverso sin entrañas, que complacía en aumentar
su tormento, en insultarla en los momentos de mayor pesadumbre, y en calumniar
al hombre generoso que, seguramente y ya sin interés de ninguna especie había
asistido en sus últimos instantes a la pobre anciana y le había dado sepultura.
¡Nicolás y Pilar!
¡Otra vez esta pareja, que no dejaba de aparecer en su imaginación! Ahora, ¡que
grandes y que nobles le aparecían estos dos jóvenes…! Pero, ¡que desgracia que
no se le aparecieran así sino para causarle el horroroso tormento de los celos,
y la indecible vergüenza de considerarse como un monstruo de ingratitud y de
bajeza en comparación de ellos!
Y, sin embargo,
atormentada y degradada, despreciable como era, el solo pensar en Nicolás le
parecía una vislumbre de consuelo en medio de aquella espantosa noche que la
rodeaba por todas partes con sus tinieblas, sus terrores y sus peligros, desconocidos pero
pavorosos.
Por fin se
incorporó, y bebiéndose sus lágrimas, se puso a preparar las maletas, sintiendo
la muerte en el alma.
XXII
MARTÍN SÁNCHEZ CHAGOLLAN
Ahora
bien: ¿quién era el hombre temerario que se había atrevido a colgar a veinte
plateados en los lugares mismos de su dominio, y que así había causado aquel
movimiento en el cuartel general de los bandidos?
El nombre de
Martín Sánchez Chagollán no era enteramente desconocido en Xochimancas, de modo
que no causo sorpresa, pero sí la causó, y muy grande, saber lo que había
hecho.
¡Colgar a veinte
plateados en los catzahuates de Tetelcingo, es decir, en el corazón mismo de
aquella satrapia en que no dominaban más que el crimen y el terror!
Pero, ¿quién era
ese hombre? ¿era acaso un jefe del gobierno, apoyado en la ley y contando con
todos los elementos de la fuerza pública, con el dinero del Erario y con el
concurso de las autoridades y de los pueblos?
Nada de eso,
Martín Sánchez Chagollán, personaje rigurosamente histórico, lo mismo que
Salomé Plasencia, que el Zarco y que los bandidos a quienes hemos presentado en
esta narración, era terrores y sus peligros, desconocidos pero pavorosos.
Por fin se
incorporó, y bebiéndose sus lágrimas, se puso a preparar las maletas, sintiendo
la muerte en el alma.
XXII
MARTÍN SÁNCHEZ CHAGOLLAN
Ahora
bien: ¿quién era el hombre temerario que se había atrevido a colgar a veinte
plateados en los lugares mismos de su dominio, y que así había causado aquel
movimiento en el cuartel general de los bandidos?
El nombre de
Martín Sánchez Chagollán no era enteramente desconocido en Xochimancas, de modo
que no causo sorpresa, pero sí la causó, y muy grande, saber lo que había
hecho.
¡Colgar a veinte
plateados en los catzahuates de Tetelcingo, es decir, en el corazón mismo de
aquella satrapia en que no dominaban más que el crimen y el terror!
Pero, ¿quién era
ese hombre? ¿era acaso un jefe del gobierno, apoyado en la ley y contando con
todos los elementos de la fuerza pública, con el dinero del Erario y con el
concurso de las autoridades y de los pueblos?
Nada de eso,
Martín Sánchez Chagollán, personaje rigurosamente histórico, lo mismo que
Salomé Plasencia, que el Zarco y que los bandidos a quienes hemos presentado en
esta narración, era un particular, un campesino, sin antecedentes militares de
ninguna especie; lejos de eso, había sido un hombre absolutamente pacífico, que
había rehusado siempre mezclarse en las contiendas civiles que agitaban al país
hacía muchos años, y así, retraído, casi tímido, vivía exclusivamente entregado
a las labores rurales en un pequeño rancho que tenía a poca distancia de
Ayacapixtla, cerca de Cuautla de Morelos. Y, con todo esto, era un hombre de
bien a toda prueba, uno de esos fanáticos de la honradez, que prefieren morir a
cometer una acción que pudiera manchar su nombre o hacerlos menos estimables
para su familia o para sus amigos un
particular, un campesino, sin antecedentes militares de ninguna especie;
lejos de eso, había sido un hombre absolutamente pacífico, que había rehusado
siempre mezclarse en las contiendas civiles que agitaban al país hacía muchos
años, y así, retraído, casi tímido, vivía exclusivamente entregado a las
labores rurales en un pequeño rancho que tenía a poca distancia de Ayacapixtla,
cerca de Cuautla de Morelos. Y, con todo esto, era un hombre de bien a toda
prueba, uno de esos fanáticos de la honradez, que prefieren morir a cometer una
acción que pudiera manchar su nombre o hacerlos menos estimables para su
familia o para sus amigos.
Con tales principios, y en aquella época de revueltas y de
corrupción, en que no pocos hombres rústicos y sencillos se vieron obligados a
complicarse en las revoluciones o en los crímenes cometidos a la sombra de
ellas, Martín Sánchez tuvo que sufrir mucho a fin de substraerse de compromisos
y de enredos. Pero a fuerza de habilidad y de energía quedo limpio, y aunque
visto con desconfianza y con recelo por todos los partidarios logró quedar
tranquilo, viviendo arrinconado y oculto en su ranchito, cuidando sus pequeños
intereses y ayudado de sus hijos ya grandes.
Porque Martín
Sánchez era un hombre ya entrado en años. Tenía unos cincuenta; sólo que
contaba con una de esas robustas y vigorosas naturalezas que solo se ven en el
campo y en la montaña, fortificadas por el aire puro, la sana alimentación, el
trabajo y las costumbre puras. Así es que, aunque cincuentón, parecía un hombre
en toda la fuerza de la virilidad.
De estatura
pequeña, de cabeza redonda, y que parecía encajada en los hombros por lo
pequeño del cuello, sus anchas espaldas, sus brazos hercúleos y sus piernas
torcidas y nervudas, revelaban en él al trabajador infatigable y al consumado
jinete.
Sus ojos
pequeños, verdosos y vivos, su nariz aguileña, su cara morena y bien colocada,
su boca de labios delgados y fruncidos, su barba rasurada siempre juntamente
con su frente estrecha y sus cabellos cortados a peine y casi rizados, le daban
cierta apariencia felina. Tenía una vaga semejanza con los leopardos.
Tal era el hombre
que ejerció una influencia importantísima en esa época en la tierra caliente, y
a cuya acción de debió principalmente la extinción de esa plaga espantosa de
bandidos que por años enteros asoló aquellas fértiles y ricas comarcas.
Vivía, pues,
Martín Sánchez tranquilamente consagrado a sus labores, como lo hemos dicho,
cuando, estando ausente él y su esposa, cayó en su rancho una gran partida de
plateados.
El anciano padre
de Martín y sus hijos se defendieron heroicamente, pero fueron dominados por el
número, asesinado el anciano, así como
uno de los hijos, saqueada la casa e incendiada después, y destruido todo lo
que constituía el patrimonio del honrado labrador.
Cuando Martín
Sánchez regresó de México, adonde había ido, no encontró en su casa más que
cenizas, y entre ella los cadáveres de su padre y de su hijo, que no habían
sido sepultados aún, porque los otros hijos, heridos y ocultos en el monte, no
habían podido venir al rancho.
En fin, aquello
era el horror y la desolación.
La esposa de
Martín estuvo enloquecida algún tiempo de dolor y de miedo.
Martín Sánchez no
dijo nada. Fue a buscar a sus hijos al monte; con ellos dio sepultura a los
cadáveres de su padre y de su hijo, y despidiéndose de su pobre rancho,
convertido en escombros, y de sus campos incendiados, se llevó a su mujer y a
su familia al pueblo de Ayacapixtla, donde esperaba tener mayor seguridad.
Entonces vendió
lo poco que le había quedado, y, con el dinero que reunió, compro armas y
caballos para equipar una partida de veinte hombres.
Después, ya sanos
sus hijos, los armó, habló con algunos parientes y los decidió a acompañarle,
pagándoles de su peculio, y una vez lista esta pequeña fuerza, fue a hablar con
el prefecto de Morelos y le comunicó su resolución de lanzarse a perseguir
plateados.
El prefecto,
alabándole su propósito, le hizo ver, sin embargo, los terribles peligros a que
iba a quedar expuesto en medio de aquella situación. Pero como Martín Sánchez
le respondió que estaba enteramente decidido a perecer en su empresa, el
prefecto en cumplimiento de su deber, le ofreció los auxilios que estaban en su
poder, y lo autorizó para perseguir ladrones, en calidad de jefe de seguridad
pública, y con la condición de someter a los criminales que aprehendiera al
juicio correspondiente.
Así autorizado,
Martín Sánchez partió con su pequeña fuerza. Pero comprendiendo bien que con
tan débiles elementos no podía hacer frente a las huestes numerosas de
plateados que merodeaban en los distritos de Morelos, Yautepec y Jonacatepec,
se limitó a una guerra meramente estratégica, procurando combatir a partidas
pequeñas, con el objeto de aprovecharse de sus armas y caballos para aumentar
su fuerza.
Así fue como,
huyendo y caminando de noche, y pagando emisarios, y haciendo jornadas
fabulosas, poco a poco fue derrotando algunas partidas de bandoleros y
proveyéndose de armas, municiones y caballos.
Luchaba con el
desaliento general, con el terror a los plateados, con la complicidad de muchas
gentes, con la hostilidad de algunas autoridades, meticulosas o complicadas en
aquellos crímenes; luchaba, en fin, hasta con la poquedad de ánimo de sus
mismos soldados, que no teniendo más aliciente que el de un pequeño sueldo,
iban arriesgando la vida, y arriesgándola con los plateados, que daban a los
prisioneros y a los plagiados una muerte siempre acompañada de espantosas
torturas.
Así es que Martín
Sánchez tenía que vencer día a día tremendas dificultades, pero su sed de
venganza le dio fuerzas superiores.
Esa sed fue su
resorte.
Movido por un
sentimiento personal, poco a poco, en él, fueron reuniéndose los rencores
generales, como en un pecho común; cada venganza por un crimen de los plateados
encontraba en su espíritu un eco, cada asesinato cometido por ellos era
inscrito en el tremendo libro de su memoria; cada lágrima de viuda, de
huérfano, de padre, se depositaba en su corazón como en una urna de hierro. De
vengador de su familia se había convertido en vengador social.
Era el
representante del pueblo honrado y desamparado, una especie de juez Lynch,
rústico y feroz también, e implacable.
Había suprimido
en su alma el miedo, había abrazado con fe su causa, esperando que en ella
dejara la vida, y estaba resuelto; pero también había suprimido, entre sus
sentimientos, el de la piedad para los bandidos.
Ojo por ojo y
diente por diente. Tal era su ley penal.
¿Los plateados
eran crueles? Él se proponía serlo también.
¿Los plateados
causaban horror? Él se había propuesto causar horror.
La lucha iba a
ser espantosa, sin tregua, sin compasión.
¿Quién ganaría?
¡Quien sabe, pero Martín Sánchez se lanzaba a ella con los ojos cerrados y con
la espada desnuda y con el pecho acorazado por su sed de venganza y de
justicia!
Los bandidos
debían temblar. ¡Había aparecido por fin el ángel exterminador!
Para aquellas
inmundas aves de rapiña no había más que el águila de la montaña, de pico y de
garras de acero.
Martín Sánchez
era la indignación social hecha hombre.
XXIII
EL ASALTO
La
Calavera, era una venta del antiguo camino carretero de México a Cuautla de
Morelos, más famosa todavía que por ser paraje de recuas, de diligencias y de
viajeros pedestres, por ser lugar de asaltos.
En efecto, no en
la venta propiamente, pero sí un poco más acá o un poco más allá, siempre había
un asalto por aquella época. Y es que por allí las curvas del camino, lo
montuoso de él y la proximidad de los bosques espesos, y de las barrancas,
ofrecían grandes facilidades a los ladrones para ocultarse, emboscarse o
escapar.
Por eso los
pasajeros de la diligencia o los arrieros no se acercaban a La Calavera, sino
santiguándose y palpitando de terror. El nombre mismo del paraje es lúgubre.
Probablemente allí había habido, en los antiguos tiempos, una calavera clavada
en los árboles del camino y que pertenecía a algún famoso bandido ajusticiado
por las partidas de Acordada en la época colonial; o tal vez había habido
muchos cráneos de ladrones, y el vulgo, como tiene de costumbre en México,
había singularizado el nombre para hacerlo más breve.
El caso es que el
lugar es siniestro en demasía, y que no se veía antiguamente el caserón oscuro,
ruinoso y triste de la venta sin un sentimiento de disgusto y de terror.
Allí, pues, una
tarde de otoño, ya declinando el sol, y tres meses después de haberse verificado los sucesos que acabamos
de referir, se hallaba delante de la venta una fuerza de caballería formada, y
compuesta como de cuarenta hombres.
Estaban éstos
uniformados de un modo singular: llevaban chaqueta negra con botones de acero
pintados de negro; pantalones negros, con grandes botas fuertes de cuero
amarillo, y acicates de acero: sombrero negro de alas muy cortas sin más adorno
que una cinta blanca con este letrero: Seguridad Pública. Y en cuanto a las
armas, eran: mosquete terciado a la espalda, sable de fuerte empuñadura negra y
cubierta de acero. Cada soldado llevaba una canana llena de cartuchos en la
cintura. Los caballos magníficos, casi todos de color oscuro, las sillas y todo
el equipo de una extrema sencillez y sin ningún adorno. Los ponchos negros,
atados a la grupa. Casi todos estos soldados parecían jóvenes, muy robustos, y
tenían un gran aire marcial; pero su uniforme y su equipo les daban un aspecto
lúgubre y que infundía pavor. Parecían fantasmas, y en aquella venta de La
Calavera, y a aquella hora, en que los objetos iban tomando formas gigantescas,
y cerca de aquellos montes solitarios, semejante fila de jinetes, silenciosos y
ceñudos, más que tropa, parecía una aparición sepulcral.
El que
seguramente era el jefe se hallaba pie a tierra, teniendo su caballo de la
brida, y parecía interrogar el horizonte en que se perdía el camino, en espera
seguramente de alguno.
Estaba vestido
del mismo modo que sus soldados, sólo que, en lugar de botas, tenía chaparreras
de chivo amarillo y se hallaba abrigado con una especie de esclavina oscura.
A pocos momentos
salió de la venta un sujeto ya de edad y bien vestido, que dirigiéndose a este
jefe le preguntó:
-¿No parecen
todavía, don Martín?
-¡Nada, ni su
luz! –respondió éste.
Así pues, aquel
jefe era Martín Sánchez Chagollán, y aquella era su tropa, uniformada, según
los propósitos de su jefe, de color oscuro y sin ningun adorno, por odio a los
plateados. También por odio a éstos había determinado que los sombreros de sus
soldados no tuviesen las faldas anchas, sino, al contrario, muy cortas y ningún
galón.
Martín Sánchez
veía con muy mal ojo a todo el que usaba el sombrero adornado de plata, y como
sus sospechas iban haciéndose temibles, los sombreros sencillos y oscuros se
estaban poniendo de moda por aquellos rumbos, porque eran una especie de
salvaguardia.
Sin embargo,
todavía Martín Sánchez estaba muy lejos de llegar a ser el terror de los
bandidos y de sus cómplices. Todavía tomaba mil precauciones para sus marchas y
sus expediciones, temeroso de ser derrotado; todavía estaba haciendo pininos,
como él decía. Ya había colgado a un buen número de plateados, pero ya le
habían acusado muchas veces de haber cometido esos abusos para los que no
estaba autorizado, pues, como lo hemos dicho, solo tenía facultades para aprender
a los criminales y consignarlos a los jueces. Pero Martín Sánchez había
respondido que no colgaba sino a los que morían peleando, y eso lo hacía como
escarmiento.
En esto es muy
posible que ocultara algo, y que realmente él fusilara a todo bandido que
cogía; pero, como se ve, ni había podido desplegar toda su energía ni tenía los
elementos necesarios para hacerlo, pues no contaba más que con aquellos
cuarenta hombres y con su resolución.
El sujeto que
acababa de dirigirle la palabra y que parecía ser un rico hacendado o
comerciante, viendo que no venían las personas a quienes esperaban, dijo:
-Pues, don
Martín, supuesto que estos señores no aparecen, si usted no dispone otra cosa,
seguiremos nuestra marcha, porque se nos hace tarde y no llegaremos a Morelos a
buena hora. Además, el cargamento se ha adelantado mucho, y podría ocurrirle
algún accidente.
-Yo creo
–respondió Martín- que no hay cuidado por esa parte. Saben que estoy por aquí,
y no se han de atrever. Pero este don Nicolás si me tiene con inquietud. Algo
le ha de haber pasado, puesto que no llega. Me escribió que saldría de Chalco a
la madrugada; debe haber almorzado en Tenango, y ya era hora de que estuviera
con nosotros. Es verdad que viene bien
acompañado y que además es muy hombre; pero estos malditos son capaces de
haberle puesto una emboscada de Tenango acá, aunque yo no tengo noticia de que
haya aparecido ninguna partida ayer ni anteayer. Pero usted sabe que los de
Ozumba se ponen de acuerdo con los otros, y así hacen sus combinaciones. ¡Pues
de veras sentiría yo que le hubiera pasado algo a tan buen amigo! Debí haberme
adelantado hasta Juchi o hasta Tenango, pero él me advirtió que donde
necesitaba acompañarse conmigo era aquí, porque desde aquí tenía aviso de que
lo esperaban sus enemigos, que han jurado que han de acabar con él, lo mismo
que conmigo. Y figúrese usted que el pobre va a casarse, y que ha ido a México
a emplear una buena cantidad de dinero en las donas; de modo que los malditos,
además de matarlo cogerían una buena suma en alhajas. En fin, dejaré a unos
muchachos aquí por si viniere, y nos adelantaremos, porque, en efecto, el
cargamento ya ha de ir lejos.
Entonces Martín
Sánchez montó a caballo y desfiló con su tropa, acompañado de aquel comerciante
y de sus mozos, y dejando unos diez hombres, con orden de acompañar a Nicolás,
nuestro conocido, que venía de México.
No bien habían
caminado casi una media hora, cuando oyeron tiros, y un arriero corría a escape
para encontrarlos, gritándoles que los plateados estaban robando el cargamento.
Martín, a la
cabeza de su fuerza se avanzó a escape, y momentos después caía sobre los
bandidos, que lo recibieron con una lluvia de balas y con una gritería
insolente, diciéndole que ese era su último día.
Los jinetes
negros hacían prodigios de valor, lo mismo que su jefe, que se lanzaba a lo más
fuerte del combate. Pero los plateados eran numerosos, estaban mandados por los
jefes principales; la tropa de Martín estaba literalmente sitiada: ya seis u
ocho de aquellos bravos soldados habían caído y otros comenzaban a cejar; se
había empeñado la pelea al arma blanca, y Martín, rodeado de enemigos, se
defendía herido desesperadamente, y procurando vender cara su vida, cuando un
socorro inesperado vino a salvarlo.
Era Nicolás, que
con los diez soldados que le había dejado Martín en La Calavera, y con otros
diez hombres que traía, habiendo oído el tiroteo, se adelantó a toda carrera y
llegó justamente en los momentos de mayor apuro para Martín Sánchez. Aquel
valiente y aquella tropa de refresco, produjeron un momento de confusión entre
los plateados; aun así, eran éstos muy superiores en número y siguieron
combatiendo.
Pero Nicolás era
hombre de un arrojo irresistible, montaba un caballo soberbio y llevaba
excelentes armas. Así es que viendo a Martín Sánchez cercado, se lanzó sobre el
grupo, repartiendo tajos y reveses. Ya era tiempo, porque el valiente jefe
tenía la espada rota y estaba herido.
El Zarco y el
Tigre eran de los que rodeaban a Martín, pero al ver a Nicolás retrocedieron y
procuraron huir. El herrero, al reconocer al Zarco, no pudo contener un grito
de odio y de triunfo. ¡Por fin lo tenía enfrente!
Partió sobre él
como un rayo; el bandido, perdido de terror, se salió del combate y se dirigió
a un bosquecillo, donde estaban algunas mujeres de los bandidos, a caballo,
pero ocultas.
Nicolás alcanzó
al Zarco, precisamente al acercarse éste al grupo de mujeres, y allí al tiempo
en que el bandido disparaba sobre él su mosquete, le abrió la cabeza de un
sablazo y lo dejó tendido en el suelo, después de lo cual volvió al lugar de la
pelea, no sin gritar:
-¡Ya está vengada
doña Antonia!
Ni oyó siquiera,
furioso como estaba, el grito de Manuela, que eran una de las mujeres que
estaban a caballo, y que le había conocido precisamente en el instante mismo en
que hería al Zarco.
La pelea, después
de esto, duró poco, porque los bandidos huyeron despavoridos, dejando libre el
cargamento.
El sol se había
puesto ya enteramente. Avanzaban las sombras, y a la luz crepuscular, Martín
Sánchez recogió sus muertos y heridos, lo mismo que los de los plateados,
operación que le hizo detenerse algunas horas hasta que anocheció
completamente.
Entonces,
temiendo que los plateados se rehicieran y volvieran sobre él con todas las
ventajas que les daban el número y la oscuridad, determinó que alguno se
avanzara rápidamente hasta Morelos, y pidiera a la autoridad el auxilio de
fuerza y las camillas que se necesitaban.
La comisión era
peligrosísima; los bandido no debía de estar lejos, y era de temerse una
emboscada en el camino.
Sólo un hombre
podía desempeñarla, y Martín Sánchez, en aquella angustia, no vacilo en pedir
tal sacrificio a Nicolás.
-Señor don
Nicolás –le dijo-, sólo usted es capaz de exponerse a ese riesgo, pero acabe
usted su obra. Ya nos salvó usted hace un rato. Usted conoce los caminos, tiene
buen caballo y es hombre como ninguno. Se lo ruego…
Nicolás partió
inmediatamente. Cuando Martín lo vio perderse entre las sombras:
-¡Yo no he visto
nunca –dijo- un hombre tan valiente como éste!
-Pero en un
descuido lo van a matar por ahí –dijo el comerciante.
-¡Dios ha de
querer que no! –replicó Martín Sánchez-. ¿Pero qué quiere usted que haga para
salir de aquí? No hay más que este recurso. ¡No le ha de suceder nada, ya verá
usted! Don Nicolás tiene fortuna. Y es tan bueno… ¡valía más que me mataran a
mí y no a él!
Entretanto, los
soldados que observaban las cercanías de aquel lugar para ver si había aún
algunos heridos, volvieron diciendo que cerca, en unos matorrales, estaba
llorando una mujer junto a un cadáver.
Don Martín fue en
persona a reconocer a esa mujer, que no era otra que Manuela, que no había
querido huir con sus compañeras, no por amor al Zarco, a quien creyó muerto al
principio, sino por miedo al Tigre, que la hubiera tomado por su cuenta.
Martín examinando
el cuerpo se cercioró de que aún respiraba. La herida que recibió el Zarco fue
terrible, pero no mortal. El bandido estaba bañado en sangre y era difícil
reconocerlo, pero por Manuela se supo que era el Zarco.
su vida, cuando un socorro inesperado vino a salvarlo.
Era Nicolás, que
con los diez soldados que le había dejado Martín en La Calavera, y con otros
diez hombres que traía, habiendo oído el tiroteo, se adelantó a toda carrera y
llegó justamente en los momentos de mayor apuro para Martín Sánchez. Aquel
valiente y aquella tropa de refresco, produjeron un momento de confusión entre
los plateados; aun así, eran éstos muy superiores en número y siguieron
combatiendo.
Pero Nicolás era
hombre de un arrojo irresistible, montaba un caballo soberbio y llevaba
excelentes armas. Así es que viendo a Martín Sánchez cercado, se lanzó sobre el
grupo, repartiendo tajos y reveses. Ya era tiempo, porque el valiente jefe
tenía la espada rota y estaba herido.
El Zarco y el
Tigre eran de los que rodeaban a Martín, pero al ver a Nicolás retrocedieron y
procuraron huir. El herrero, al reconocer al Zarco, no pudo contener un grito
de odio y de triunfo. ¡Por fin lo tenía enfrente!
Partió sobre él
como un rayo; el bandido, perdido de terror, se salió del combate y se dirigió
a un bosquecillo, donde estaban algunas mujeres de los bandidos, a caballo,
pero ocultas.
Nicolás alcanzó
al Zarco, precisamente al acercarse éste al grupo de mujeres, y allí al tiempo
en que el bandido disparaba sobre él su mosquete, le abrió la cabeza de un
sablazo y lo dejó tendido en el suelo, después de lo cual volvió al lugar de la
pelea, no sin gritar:
-¡Ya está vengada
doña Antonia!
Ni oyó siquiera,
furioso como estaba, el grito de Manuela, que eran una de las mujeres que
estaban a caballo, y que le había conocido precisamente en el instante mismo en
que hería al Zarco.
La pelea, después
de esto, duró poco, porque los bandidos huyeron despavoridos, dejando libre el
cargamento.
El sol se había
puesto ya enteramente. Avanzaban las sombras, y a la luz crepuscular, Martín
Sánchez recogió sus muertos y heridos, lo mismo que los de los plateados,
operación que le hizo detenerse algunas horas hasta que anocheció
completamente.
Entonces,
temiendo que los plateados se rehicieran y volvieran sobre él con todas las
ventajas que les daban el número y la oscuridad, determinó que alguno se
avanzara rápidamente hasta Morelos, y pidiera a la autoridad el auxilio de
fuerza y las camillas que se necesitaban.
La comisión era
peligrosísima; los bandido no debía de estar lejos, y era de temerse una
emboscada en el camino.
Sólo un hombre
podía desempeñarla, y Martín Sánchez, en aquella angustia, no vacilo en pedir
tal sacrificio a Nicolás.
-Señor don
Nicolás –le dijo-, sólo usted es capaz de exponerse a ese riesgo, pero acabe
usted su obra. Ya nos salvó usted hace un rato. Usted conoce los caminos, tiene
buen caballo y es hombre como ninguno. Se lo ruego…
Nicolás partió
inmediatamente. Cuando Martín lo vio perderse entre las sombras:
-¡Yo no he visto
nunca –dijo- un hombre tan valiente como éste!
-Pero en un
descuido lo van a matar por ahí –dijo el comerciante.
-¡Dios ha de
querer que no! –replicó Martín Sánchez-. ¿Pero qué quiere usted que haga para
salir de aquí? No hay más que este recurso. ¡No le ha de suceder nada, ya verá
usted! Don Nicolás tiene fortuna. Y es tan bueno… ¡valía más que me mataran a
mí y no a él!
Entretanto, los
soldados que observaban las cercanías de aquel lugar para ver si había aún
algunos heridos, volvieron diciendo que cerca, en unos matorrales, estaba
llorando una mujer junto a un cadáver.
Don Martín fue en
persona a reconocer a esa mujer, que no era otra que Manuela, que no había
querido huir con sus compañeras, no por amor al Zarco, a quien creyó muerto al
principio, sino por miedo al Tigre, que la hubiera tomado por su cuenta.
Martín examinando
el cuerpo se cercioró de que aún respiraba. La herida que recibió el Zarco fue
terrible, pero no mortal. El bandido estaba bañado en sangre y era difícil
reconocerlo, pero por Manuela se supo que era el Zarco.
Martín Sánchez se
estremecía de gozo. Aquel bandido temible y renombrado había caído en su poder.
Iba a colgarlo
tan pronto como amaneciera. Desgraciadamente, a la madrugada llegó la autoridad
de Morelos con la fuerza y las camillas. Martín le entrego a los bandidos
prisioneros y heridos, juntamente con aquella mujer. Nicolás apenas los vio, y
Manuela por su parte, no quiso dar la cara de vergüenza y se cubrió la cabeza
completamente con su rebozo.
Así marcharon a
Morelos, Martín para curarse de sus heridas, que eran graves, lo mismo que sus
soldados, continuando Nicolás a Yautepec a fin de preparar su matrimonio.
Manuela, como era
natural, presa con su amante, permaneció en la cárcel, incomunicada, y viendo
en su imaginación la imagen de Nicolás cada vez más bella.
XXIV
EL PRESIDENTE JUÁREZ
Martín
Sánchez estaba indignado. El partido de los bandoleros aun era muy fuerte y
contaba con grandes influencias, tanto en México como en la tierra caliente. La
desorganización en que se hallaba el país, en aquel tiempo, era causa de que se
viese semejante escándalo.
Los plateados
contaban con amigos en todas partes, y si un hombre de bien, como lo hemos
visto con Nicolás, encontraba difícilmente patrocinio, un bandolero contaba con
mil resortes, que ponía en juego tan luego como corría peligro. Y es que, como
eran poderosos, y tenían en su mano la vida y los intereses de todos los que
poseían algo, se les temía, se les captaba y se conseguía, a cualquier precio,
su benevolencia o su amistad.
Mientras que el
bravo jefe exponía su vida en lucha tan desigual, se estaba curando de sus
heridas, el Zarco, ya restablecido, había logrado, por medio de sus
protectores, que se le sometiese a juicio y que se le trasladase a Cuernavaca,
so pretexto de que en ese distrito había cometido crímenes.
Juzgarlo y
trasladarlo era salvarle la vida, encontraría defensores y quizá podría
evadirse. Lo mismo se había hecho con los otros bandidos que habían caído
heridos o prisioneros en el combate cerca de La Calavera. La población de
Morelos, estaba escandalizada, pero como hechos de esa naturaleza no habían
sido, por desgracia, sino muy frecuentes, no paso de ahí.
Martín Sánchez
reflexionó entonces que mientras no se emprendiese en grande la lucha con los
bandidos, éstos, por la mancomunidad de intereses que tenían entre sí, habían
de favorecerse siempre; que mientras él, Martín, y otros jefes perseguidores no
tuviesen facultades como las que tuvo en otro tiempo el famoso Oliveros, había
de ser inútil toda persecución, porque sometidos los bandidos al fuero común,
habían de encontrar recursos, influencias y dinero para substraerse al castigo.
Que mientras no viesen los pueblos la lucha abierta sin cuartel entre la
autoridad y los malhechores, no habían de decidirse a favor de la primera.
En ese concepto
pensó en dar un paso decisivo para saber a qué atenerse; y resolvió ir a
México, para apersonarse con el presidente Juárez, darle cuenta con verdad del
estado en que se hallaba la tierra caliente, decidirlo a favor de la buena
causa y pedirle facultades, armas y apoyo.
Esa resolución se
hizo más urgente aun cuando Martín Sánchez supo que, al ser conducido el Zarco
con su querida y sus compañeros a Cuernavaca escoltado por una fuerza pequeña y
mala, los plateados se habían emboscado en el estrecho y escabroso paso llamado
Las Tetillas, y atacando a la escolta, la desbarataron y liberaron a los
presos. Así pues, el Zarco había vuelto con sus antiguos compañeros para
sembrar de nuevo el terror con sus crímenes en aquella comarca.
Martín Sánchez se
dirigió a México, y aunque no contando con ningún valimento ni reputación,
provisto sólo de algunas cartas de amigos del presidente Juárez, se presentó a
éste tan pronto como pudo.
Por aquella
época, aunque acababa de triunfar en la famosa guerra de Reforma, luchaba aún
con mil dificultades, con mil adversarios, con mil peligros, de sólo su energía
y su fortuna pudieron sacarlo avante.
Las fuerzas
clericales, acaudilladas por Márquez, Zuloaga y otros, todavía combatían con
encarnizamiento y distraían a las tropas del gobierno ocupadas en perseguirlas.
En el partido
liberal surgían para el presidente rivalidades poderosas, aunque, a decir
verdad, ellas no constituían el mayor peligro.
El erario estaba
en bancarrota, y para colmo de desdichas la invasión extranjera había ya
profanado el territorio y los adversarios del gobierno liberal, es decir, la
facción reaccionaria y clerical, se unía a los invasores.
Juárez, pues, se
hallaba en los días de mayor conflicto. Y hemos dicho que, merced a estas
circunstancias, los bandidos se habían enseñoreado de la tierra caliente.
Martín Sánchez
pensó en encontrar en el presidente a un hombre ceñudo y tal vez predispuesto
contra él, y se encontró con un hombre frío, impasible, pero atento.
El jefe campesino
lo abordó con resolución y le presentó las cartas que traía. El presidente las
leyó, y fijando una mirada profunda y escrutadora en Martín Sánchez, le dijo:
-Me escriben aquí
algunos amigos, que usted es un hombre de bien y el más a propósito para
perseguir a esos malvados que infestan el Sur del Estado de México, y a quienes
el gobierno por sus atenciones, no ha podido destruir. Infórmeme usted acerca
de eso.
Martín Sánchez le
dio un informe detallado, que el presidente escuchó con su calma ordinaria;
pero que interrumpió a veces con señales de indignación. Al concluir Sánchez,
Juárez exclamó:
-¡Eso es un
escándalo y es preciso acabar con él! ¿Qué desea usted para ayudar al gobierno?
Entonces, animado
Martín Sánchez por esas frases del presidente, lacónicas como todas las suyas,
pero firmes y resueltas, le dijo:
-Lo primero que
yo necesito, señor, es que me dé el gobierno facultades para colgar a todos los
bandidos que yo coja, y prometo a usted,
bajo mi palabra de honor, que no mataré sino a los que lo merecen. Conozco a
todos los malhechores, sé quienes son y los he sentenciado ya, pero después de
haber deliberado mucho en mí conciencia. Mi conciencia, señor, es un juez muy
justo. No se parece a esos jueces que libran a los malos por dinero o por
miedo. Yo ni quiero dinero ni tengo miedo.
Lo segundo que yo
necesito, señor, es que usted no dé oídos a ciertas personas que andan por aquí
abogando por los plateados y presentándolos como sujetos de mérito que han
prestado servicios. Desconfíe usted de esos patrones, señor presidente, porque
reciben parte de los robos y se enriquecen con ellos. Por aquí hay un señor que
usa peluca güera, que toma polvos en caja de oro, y que recibe cada mes un gran
sueldo de los bandidos. Ese da pasaportes a los hacendados para que pasen sus
cargamentos de azúcar y de aguardiente sin novedad, pagando por supuesto una
fuerte contribución. Ese, con el mismo dinero de los plateados, se procura
influencias y nombra autoridades en la tierra caliente, y liberta a los presos,
como libertó al Zarco, el otro día, un ladrón y un asesino que merecía la
horca. Ese, por fin, es el verdadero capitán del los plagiarios, que vive de
los robos y sin arriesgar nada, y ése, si yo lo viera por mi rumbo, aunque me
costará la vida después, iba a dar a la rama de un árbol, amarrado por el
pescuezo.
-¿Quién es ese
sujeto? –preguntó Juárez impaciente. Martín Sánchez le alargó unas cartas, y le
dijo:
-Ahí está el
nombre disfrazado, pero por señas usted lo conocerá.
-Bueno –replicó
Juárez, después de leer las cartas y guardándolas en seguida-. No tenga usted
cuidado por él; ya no libertará a ninguno. ¿Qué más desea usted?
-Armas, nada más,
armas, porque no tengo sino unas cuantas. No necesito muchas, porque yo se las
quitaré a los bandidos, pero para empezar necesitaré unas cien.
-Cuente usted con
ellas. Mañana venga usted al Ministerio de la Guerra y tendrá usted todo. Pero
usted me limpiará de ladrones ese rumbo.
-Lo dejaré,
señor, en orden.
Bueno, y hará
usted un servicio patriótico, porque hoy es necesario que el gobierno no se
distraiga para pensar sólo en la guerra extranjera y en salvar la independencia
nacional.
-Confíe usted en
mí, señor presidente.
-Y mucha
conciencia, señor Sánchez; usted lleva facultades extraordinarias, pero siempre
con la condición de que debe usted obrar con justicia, la justicia ante todo.
Sólo la necesidad pueden obligarnos a usar de estas facultades, que traen tan
grande responsabilidad, pero yo sé a quien se las doy. No haga usted que me
arrepienta.
-Me manda usted
fusilar si no obro con justicia –dijo Martín.
Juárez se levantó
y alargó la mano al terrible justiciero.
Al ver a aquellos
dos hombres, pequeños de estatura, el uno frente al otro, el uno de frac negro,
como acostumbraba entonces Juárez, el otro de chaquetón también negro; el uno
moreno y con el tipo de indio puro, y el otro amarillento, con el tipo del
mestizo y del campesino; los dos serios, los dos graves, cualquiera que hubiera
leído un poco en lo futuro se habría estremecido. Era la ley de la salud
pública armando a la honradez con el rayo de la muerte.
XXV
EL ALBAZO
A pocos
días de esta entrevista y en una mañana de diciembre, templada y dulce en la
tierra caliente como una mañana primaveral, el pueblo de Yautepec se despertaba
alborozado y alegre, como para una fiesta.
Y en efecto,
esperaba una fiesta; no una fiesta religiosa, ni pública, sino una fiesta de
familia, una fiesta íntima, pero en la que tomaba parte la población entera.
Nicolás el honradísimo herrero de Atlihuayan, se casaba
con la buena y bella Pilar, la perla del pueblo por su carácter, por su
hermosura y sus virtudes.
Y como sabemos,
estos dos jóvenes eran muy amados por sus compatriotas.
Así es que festejaban su enlace con toda solemnidad. Desde
muy temprano, desde que la luz del alba había extendido en el suelo, limpio de
nubes, y sobre las montañas, las huertas y el caserío, su manto aperlado y
suave, los repiques a vuelo, en el campanario de la iglesia parroquial, habían
despertado a los vecinos; la música del pueblo tocaba alegres sonatas, y los
petardos y las cámaras habían anunciado la misa nupcial.
Nicolás era
humilde y no había deseado tanto ruido, pero las autoridades, el cura, los
vecinos, habían querido demostrar así al estimable obrero y a su bella esposa
el amor con que los veían. La iglesia, los altares, y especialmente el altar
mayor, en que iba a celebrarse el casamiento, estaban llenos de arcos y de
ramilletes de flores. Todos los naranjos y limoneros de Yautepec, y se cuentan
por centenares de miles, habían dado su contribución de azahares. Sin exageración
podía decirse que ninguna novia en el mundo había contado jamás, en el camino
de su casa a la iglesia, en ésta, y en la casita que se había dispuesto en
Atlihuayan, con un adorno en que se ostentará la flor simbólica con tal riqueza
y tal profusión. Era una lluvia de nieve y de aroma que rodeaba a la pareja por
todas partes. A las siete de la mañana, ésta apareció radiante en la puerta de
la casa de Pilar y se dirigió a la iglesia, acompañada de sus padrinos y de una
comitiva numerosa.
Ya la noche
anterior se había celebrado el matrimonio civil, delante del juez recién
nombrado, porque la ley de Reforma acababa de establecerse, y en Yautepec, como
en todos los pueblos de la República, estaba siendo una novedad. Nicolás, buen
ciudadano, ante todo, se había conformado a ella con sincero acatamiento.
Pero todavía en
ese tiempo, como ahora mismo, la fiesta de bodas se reservaba para el
matrimonio religioso. Los novios, pues, se presentaron ante el altar.
Nicolás, vestido
con esmero, aunque sin ostentación, manifestaba en el semblante una alegría
sincera, un sentimiento de felicidad tanto más verdadero, cuanto que se cubría
con un exterior grave y dulce. Pilar estaba encantadora; su belleza natural
estaba realzada ahora por su traje blanco y elegante, por su peinado de
cabellos negros y sedosos, adornados con la corona nupcial, aquella corona que
ella se complacía siempre en formar con el mayor gusto, no sabiendo todavía,
como decía ella, si le serviría para su tocado de esposa o para su tocado de
virgen muerta.
Ya estaba viendo
que servía para lo primero, y que un espíritu bueno y protector, le había
augurado siempre su feliz destino. Apenas lo creía; había en sus ojos
dulcísimos y lánguidos, algo como el reflejo de una visión celeste que le daba
un aspecto de santa, una mirada angelical.
El rubor natural
causado por aquel momento y por ser el objeto de las miradas de todos, la
timidez, el amor, aquel concurso, aquel altar lleno de cirios y de flores, la
voz del órgano, el murmullo de los rezos, el incienso que llenaba la nave, todo
había producido en ella tales y tan diversas emociones, que parecía como
arrebatada a un mundo extraño, al mundo de los sueños y de la dicha.
Con todo, y a
pesar del aturdimiento que la embargaba, aquella buena joven tuvo un
pensamiento para la pobre anciana a quien había amado como a una madre, para la
infeliz mártir cuyo luto acababa de llevar y cuyas bendiciones la protegían.
Una lágrima de ternura inundo sus mejillas al recordarla, y al recordar también
a la desdichada Manuela, por quien oró en aquel momento en que era tan feliz.
Por fin la misa
acabó, y los novios, después de recibir los plácemes de sus amigos, de todo el
pueble, se dispusieron a partir a la hacienda de Atlihuayan, en donde tenían su
casa, a la que habían invitado a muchas personas de su estimación para tomar
parte en un modesto festín.
Al efecto, se
dispuso de una cabalgata que debía servir de cortejo al guayín en que caminaban
los esposos con el cura y otros amigos.
Y a las ocho de
la mañana partieron, comenzaron a caminar por la carretera que conduce a la
hacienda.
Pero poco antes
de llegar al lugar en que se alzaba el gran amate en que siempre cantaba el
búho, las noches en que pasaba el Zarco
cuando venía a sus entrevistas con Manuela, la comitiva se detuvo
estupefacta.
Al pie del
corpulento árbol estaba formada una tropa de caballería vestida de negro y con
las armas preparadas.
Nadie esperaba
ver allí a esa fuerza, que se aparecía como salida de la tierra. ¿Qué podía
ser?
Era la tropa de
Martín Sánchez Chagollán, como cien hombres y con el aspecto lúgubre y terrible
que les conocemos.
Al descubrir el
cortejo nupcial, alegre y acompañado de la música, el comandante, es decir,
Martín Sánchez, se adelantó hasta donde venía el guayín de los novios, y
quitándose el sombrero respetuosamente, dijo a Nicolás:
-Buenos días, amigo don Nicolás; no esperaba usted verme
por aquí, ni yo tenía el gusto de saludar a usted y de desearle mil
felicidades, lo mismo que a la señora, que es un ángel. Ya le explicare el
motivo de mi presencia aquí. Ahora mi tropa va a presentar las armas, en señal
de respeto y de cariño, y yo le ruego a usted que continúe sin parar hasta la
hacienda. Allá iré yo después.
Tenía Martín
Sánchez tal aspecto de serenidad y de franqueza que Nicolás no sospechó nada
siniestro. Así es que se contentó con darle un apretón de manos, y con
presentarles a su esposa y a las demás personas del guayín.
Pero en esto una
mujer, una joven en quien todos reconocieron luego a Manuela, se abrió paso
entre la fila de los jinetes y vino corriendo, arrastrándose, desmelenada,
desencajada, temblando, pudiendo apenas hablar, y asiéndose de las puertas del
guayín, dijo, con la voz enronquecida y con palabras entrecortadas:
-¡Nicolás!
¡Nicolás! ¡Pilar, hermana…! ¡Socorro! ¡Misericordia! ¡Tengan piedad de mí…!
¡Perdón! ¡Perdón!
Nicolás y Pilar
se quedaron helados de espanto.
-Pero, ¿qué es
eso…? ¿Qué tienes? –gritó Pilar.
-Es que… --dijo
Manuela- es que… ahorita lo van a fusilar… al Zarco; allí está amarrado, tapado
con los caballos… ¡lo van a matar delante de mí! ¡Perdón! ¡Perdón, don
Martín! ¡Perdón Nicolás…! ¡Ah, me voy a
volver loca!
En efecto, la
fila de jinetes enlutados ocultaba un cuadro estrecho en el centro del cual, y
sentados en una piedra y bien amarrados, y lívidos y desfallecidos, estaban el
Zarco y el Tigre, próximos a ser ejecutados. Martín Sánchez al ver la comitiva
y previendo que podría ser la comitiva de Nicolás, había querido ocultar a los
bandidos para ahorrar este espectáculo a los novios.
-Si yo hubiera
sabido que ustedes venían para acá, a esta hora, crea usted don Nicolás, que me
habría yo llevado a estos picaros para otra parte; pero no lo sabía. Lo que si
sabía yo, y por eso me tiene usted aquí, es que lo esperaban a usted estos
malvados con su gente, y que se ha escapado usted de buena. Lo supe a tiempo,
anduve dieciséis leguas, y les di un albazo esta mañana, por aquí cerca…; los
he matado a casi todos, pero vengo a colgar a los capitanes en este camino; al
Zarco aquí, al Tigre lo voy a colgar en Xochimancas.
-Pero don Martín,
yo le ruego a usted por quien es… que si puede, perdone a este hombre, siquiera
por esta pobre mujer.
-Don Nicolás
–respondió ceñudo el comandante-, usted es mi señor, usted me manda, por usted
doy la vida, pídamela usted y es suya, pero no me pida que perdone a ningún
bandido y menos a estos dos… Señor, usted sabe quienes son…; asesinos como
estos y plagiarios no los hay en toda la tierra. ¡Si no pagan con una vida…! ¡Y
lo iban a matar a usted…! ¡lo habían jurado! ¡Y se iban a robar a la señora, a
su esposa de usted…! Ese era el plan. ¡Conque dígame si es posible que yo los
deje con vida! Señor don Nicolás, siga usted su camino con todos estos señores,
y déjeme que yo haga justicia.
Pilar estaba
temblando. En cuanto a Manuela, por un rapto de locura, había corrido ya al
lado del Zarco y se había abrazado de él y seguía gritando palabras
incoherentes.
-Siquiera nos
llevaremos a Manuela –dijo Pilar.
-Si ustedes
quieren, pueden llevársela, pero esa muchacha es una malvada; acabo de quitarle
un saco en que tenía las alhajas de los
ingleses que mataron en Alpuyeca…, alhajas muy ricas; ¡no merece
compasión!
Sin embargo, por
orden de Martín Sánchez, un soldado procuró arrancar a la joven del lado del
Zarco, a quien tenía abrazado estrechamente, pero fue en vano. El Zarco le
dijo:
-¡No me dejes,
Manuelita, no me dejes!
-¡No –respondió
Manuela-, moriré contigo…! Prefiero morir a ver a Pilar con su corona de flor
de naranjo al lado de Nicolás, el indio herrero a quien deje por ti…
-Vámonos –dijeron
el cura y los demás vecinos despavoridos-. Esto no tiene remedio.
Pilar se puso a
sollozar amargamente; Nicolás se despidió de Martín Sánchez.
-Señor cura,
usted puede quedarse. Estos han de querer confesarse, tal vez.
-Sí, me quedaré
–dijo el cura-, es mi deber.
Y la comitiva
nupcial, antes tan alegre, partió como una procesión mortuoria y
apresuradamente.
Cuando se había
perdido a lo lejos, y no había quedado ningún rezagado en el camino, Martín
Sánchez preguntó al Zarco y al Tigre si querían confesarse.
El Zarco dijo que
sí y el cura lo oyó pronto y lo absolvió; pero el Tigre dijo a Martín:
-¿Pero, yo
también voy a morir, don Martín?
-Tú también
–respondió éste con terrible tranquilidad.
-¿Yo? –insistió
el Tigre-, ¿yo que le di el aviso a usted para que viniera, y que le dije a
usted las señas del camino que seguíamos, y que le avisé que tendría yo un
pañuelo colorado en el sombrero para que me distinguiera?
-Nada tengo que
ver con eso –respondió don Martín-. Yo nada te prometí; peor para ti si fuiste
traidor con los tuyos. Vamos, muchachos, fusilen al Zarco y después cuélguenlo
de esa rama…; véndenlo primero…
El Zarco apenas
podía tenerse en pie; el terror lo había abatido. Con todo, alzó la cara, y
viendo la rama de que colgaban ya los soldados una reata, murmuró.
-¡La rama en que
cantaba el tecolote…! ¡Bien lo decía yo…! ¡Adiós, Manuelita!
Manuela se cubrió
la cara con las manos. Los soldados arrimaron al Zarco junto al tronco y
dispararon sobre él cinco tiros, y el de gracia. Humeó un poco la ropa,
saltaron los sesos y el cuerpo del Zarco rodó por el suelo con ligeras
convulsiones. Después fue colgado en la rama, y quedó balanceándose allí.
Manuela pareció despertar de un sueño. Se levantó, y sin ver el cadáver de su
amante, que estaba pendiente, comenzó a gritar como si aun tuviese delante el
guayín de los desposados:
-¡Sí, déjate esa
corona, Pilar; tú quieres casarte con el indio herrero; pero yo soy la que
tengo la corona de rosas…; yo no quiero casarme, yo quiero ser la querida del
Zarco, un ladrón…!
En esto alzó la
cabeza; vio el cuerpo colgado…, después contempló a los soldados, que la veían
con lástima, luego a don Martín, luego al Tigre, que estaba inclinado y mudo, y
después se llevó las manos al corazón, dio un grito agudo y cayó al suelo.
-¡Pobre mujer
–dijo don Martín-, se ha vuelto loca! Levántenla y la llevaremos a Yautepec.
Dos soldados
fueron a levantarla, pero viendo que arrojaba sangre por la boca, y que estaba
rígida, y se iba enfriando, dijeron al jefe:
-¡Don Martín, ya
está muerta!
-Pues a
enterrarla –dijo Martín con aire sombrío-, y vámonos a concluir la tarea.
Y desfiló la
terrible tropa lúgubre.

