Libro N°. 3151. Riesgo Calculado. Cook, Robin.
© Libro N°. 3151. Riesgo Calculado. Cook, Robin. Colección
E.O. Octubre 1 de 2016.
Título original: © Riesgo Calculado. Robin Cook
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RIESGO CALCULADO
Robin Cook
Aunque
Robin Cook posee una casa en Boston, no fue sino hasta el momento en que empezó
a investigar la brujería del siglo diecisiete para escribir su novela Riesgo
calculado que exploró lo que podría llamarse su propio patio trasero de Salem,
el suburbio de Boston, famoso por los juicios que ahí se llevaron a cabo contra
algunas mujeres. Fue durante esta investigación que descubrió pruebas de una
droga alucinógena que tal vez haya sido la causa de los violentos
"ataques" que enviaron a muchas brujas de Salem a la horca.
"La investigación sobre un tema como éste es la parte más
interesante del proyecto", reconoce el doctor Cook. Una parte de la
investigación incluyó dos libros que recomienda ampliamente a todos los que
deseen saber más acerca del episodio de brujería en Salem: Salem Possessed, de
Paul Boyer y Stephen Nissenbaum, así como Witchcraft at Salem, de Chadwick
Hansen.
Como egresado del College of Physicians and Surgeons, de la
Universidad de Columbia, el doctor Cook ya no ejerce su profesión. Renunció a
ella unos cuantos años después de publicar Coma, el primero de una serie de
extraordinarios best-sellers, aunque todavía participa de manera muy activa en
la comunidad médica, lo mismo como maestro que como escritor de algunas de las
novelas de suspenso más populares en la actualidad.
Una propiedad abandonada en la ciudad de Salem, Massachusetts,
está rodeada desde hace tiempo por el escándalo.
Kim Stewart, una bella joven, pero por desgracia muy curiosa, la
hereda. Sintiéndose incapaz de resistir
la tentación de hurgar en el pasado, Kim abre, sin saberlo, la puerta de la
historia familiar de los Stewart, y desencadena el poder maligno que la
brujería del siglo diecisiete puede ejercer todavía en la ciencia de fin del
milenio.
Prólogo
Sábado 6 de febrero de 1692
ACICATEADA POR EL FRÍO penetrante, Mercy Griggs chasqueó la
fusta sobre el lomo de su yegua. El animal apuró el paso, tirando del trineo,
sin mayor esfuerzo, sobre la nieve dura y compacta. Mercy se acurrucó bajo el
cuello alto del abrigo de piel de foca y juntó ambas manos dentro de su
manguito, en un intento vano por guarecerse del aire gélido.
Una luz tenue iluminaba apenas el día despejado y sin viento.
Desterrado por la época del año a su trayectoria meridional, el Sol caía en
forma incipiente sobre el paisaje lleno de nieve, atrapado en el cruel invierno
de Nueva Inglaterra. Las heladas masas de humo pendían sobre las chimeneas de
las esparcidas granjas como si estuviesen congeladas en el azul del cielo
polar.
Mercy había viajado alrededor de media hora cuando llegó a la
sección de Northfields de la ciudad de Salem. A partir de ese punto, sólo tenía
que recorrer poco más de dos kilómetros para entrar al centro de la población.
Pero Mercy no se dirigía a la ciudad. Su destino era la casa de Ronald Stewart,
un adinerado comerciante y naviero. Lo que había alejado a Mercy de su acogedor
hogar en un día tan frío era una preocupación amistosa mezclada con cierta
curiosidad. En ese momento, la familia Stewart era una fuente de habladurías
por demás interesantes.
Cuando detuvo a la yegua frente a la casa, Mercy observó la
construcción imponente con varios techos a dos aguas, que mostraba la aguda
visión del señor Stewart para los negocios. La mansión tenía tablas de chilla
marrones, los techos eran de pizarra de la más alta calidad y sus múltiples
ventanas se acristalaban con hojas de vidrio cortadas en forma de diamante. Lo
más espectacular de todo eran los elaborados colgantes invertidos, en las
esquinas de la saliente del segundo piso.
Confiada en que el tañido de las campanas de su trineo,
colocadas en el arnés del caballo, había anunciado su llegada, Mercy aguardó.
En efecto, casi de inmediato una mujer de ojos verdes y cabello negro como el
plumaje de un cuervo abrió la puerta. Era Elizabeth Stewart, a quien Mercy
conocía. Entre los brazos, la mujer llevaba un mosquete. Al momento, una
multitud de niños con cara de curiosidad surgió detrás de ella; las visitas
sociales inesperadas no eran comunes con semejante clima.
-Mercy Griggs -anunció cortés la visitante-. Soy la esposa del
doctor William Griggs. He venido a darle los buenos días.
-Es un placer -respondió alegre Elizabeth-. Pase a tomar un poco
de sidra caliente para ahuyentar el frío de los huesos -apoyó el mosquete en el
marco interior de la puerta y ordenó a su hijo Jonathan que atara el caballo de
la señora Griggs.
Mercy entró en la casa y siguió a Elizabeth hasta el cuarto de
descanso. Al pasar junto al mosquete, lo observó. Elizabeth, que percibió hacia
dónde se dirigía la mirada de Mercy, explicó:
-Se debe a que fui criada en el yermo de Andover. Teníamos que
estar siempre prevenidos a causa de los indios.
-Comprendo -contestó Mercy, aunque en su experiencia cotidiana
le resultaba totalmente extraña una mujer que empuñara un mosquete. Mercy
titubeó un instante en el umbral de la cocina, que daba la apariencia de ser
más una escuela que una casa. Había más de media docena de niños. En el hogar,
el crepitante fuego irradiaba un grato calor. Una mezcla de aromas deliciosos
inundaba la habitación: algunos provenían de una olla de estofado de cerdo que
hervía a fuego lento colgada de una pértiga; otros, de un tazón grande con
pudín de maíz. Pero la mayor parte salía del horno en forma de colmena,
empotrado en la parte posterior de la chimenea, donde se doraban las hogazas.
-Espero no molestarla -se disculpó Mercy.
-Por supuesto, que no -respondió Elizabeth mientras tomaba el
abrigo de Mercy y la conducía a una silla con respaldo de travesaños cerca del
fuego-. Solamente que estoy horneando pan y tengo que sacarlo del horno
-levantó una pala para pan de mango largo y con movimientos hábiles y breves,
sacó ocho hogazas, una por una, y las puso a enfriar en la mesa grande de
caballete que dominaba el centro de la habitación.
Mercy observó a Elizabeth y pensó que era una mujer atractiva,
con los pómulos altos, el cutis de porcelana y figura grácil. Aunque también
percibió algo perturbador en ella. En vez de la obligada humildad cristiana,
Elizabeth irradiaba una audacia impropia de una mujer puritana cuyo esposo se
encontraba en Europa. Mercy empezó a advertir que había algo más en las
habladurías que sólo rumores ociosos.
-El pan despide un aroma picante poco común -comentó mientras se
inclinaba sobre las hogazas que se enfriaban.
-Es pan de centeno -explicó Elizabeth.
-¿Cómo, pan de centeno? -preguntó Mercy asombrada. Sólo los
granjeros más pobres, aquellos que tenían tierras cenagosas, comían pan de
centeno.
-Me crié con pan de centeno -explicó Elizabeth-. Me agrada su
sabor picante. Pero tal vez usted se pregunte por qué estoy horneando tantas
hogazas. La razón es que he decidido animar a toda la aldea a usar el centeno
para poder conservar el trigo. El clima frío y húmedo que tuvimos durante toda
la primavera y el verano, y ahora este invierno tan crudo, han arruinado las
cosechas.
-Es una idea loable -repuso Mercy-. Aunque quizá sea un asunto
que los hombres deban debatir en el consejo de vecinos.
Elizabeth horrorizó a Mercy al soltar una sonora carcajada.
-Los hombres nunca piensan en términos prácticos -comentó-.
Además, hay otro motivo aparte de la mala cosecha. Las mujeres tenemos que
pensar en los refugiados de las incursiones de los indios, puesto que ya corre
el tercer año de la Guerra del rey Guillermo y todavía no se vislumbra el
final. He alentado a la gente para que reciba a los refugiados en sus hogares
-Elizabeth se limpió la harina que tenía en las manos en su amplio delantal-.
Nosotros adoptamos a dos niñas luego del asalto a Casco, Maine; en mayo pasado
se cumplió un año -interrumpió los juegos de los niños para insistir en que
fueran a conocer a la esposa del doctor.
Elizabeth primero le presentó a Rebecca Sheaff, de doce años, y
a Mary Roots, de nueve; las dos niñas habían quedado huérfanas debido a la
crueldad de la incursión a Casco, aunque ahora se veían sanas y felices. A
continuación, presentó a Joanna, de trece años, hija de un matrimonio anterior
de Ronald, y después a sus hijos: Sarah, de diez años, y Jonathan, de nueve.
Por último, Elizabeth presentó a Ann Putnam, de doce años; Abigail Williams, de
once, y a Betty Parris, de nueve, que estaban de visita y vivían en la aldea de
Salem.
Después de que los niños saludaron obedientemente a Mercy, se
les permitió regresar a sus juegos, en los que, según advirtió Mercy, usaban
varios vasos de agua y huevos frescos.
-Voy a enviar a las niñas a casa con sendas hogazas de centeno -explicó
Elizabeth-. Será más eficaz que ofrecerles a sus familias una mera sugerencia.
¿Le gustaría llevarse una?
-Oh, no, gracias -replicó Mercy-. Mi esposo, el doctor, jamás
comería pan de centeno. Es un pan demasiado ordinario.
Mientras Elizabeth dirigía su atención al pan, Mercy recorrió la
cocina con la mirada. Expuesta a lo largo del alféizar había una hilera de
muñecos hechos de madera pintada y tela cuidadosamente cosida. Cada muñeco
estaba vestido a la usanza de un estilo particular de vida: un comerciante, un
herrero, un ama de casa y un doctor vestido de negro y con cuello almidonado de
encaje.
Mercy tomó el muñeco vestido de doctor. Tenía una aguja larga
clavada en el pecho.
-¿Qué son estas figuras? -preguntó.
-Muñecos para los huérfanos -respondió Elizabeth sin levantar la
vista. Estaba untando mantequilla en cada hogaza para luego volver a ponerlas
en el horno.
-Mi madre, que en paz descanse, me enseñó a hacerlos.
-¿Por qué este pobre muñequito tiene una aguja que le atraviesa
el corazón?
Porque el traje que tiene todavía no está terminado -contestó
Elizabeth-. Siempre pierdo las agujas y son muy caras.
Mercy volvió a colocar el muñeco en su lugar e inconscientemente
se limpió las manos. Cualquier cosa que insinuara lo oculto la hacía sentirse
incómoda. Se volvió hacia los niños y decidió preguntarle a Elizabeth a qué se
dedicaban.
-Es un pequeño truco que mi madre me enseñó -contestó Elizabeth.
Deslizó la última hogaza en el horno-. Consiste en adivinar el futuro mediante
la interpretación de las formas de la clara de huevo en el agua.
-¡Que dejen eso inmediatamente! -repuso Mercy alarmada.
Elizabeth miró a su huésped.
-Pero, ¿por qué?
-Es magia blanca -reconvino Mercy.
-Se trata de una diversión inocente -aseguró Elizabeth-. Mi
hermana y yo lo hicimos muchas veces para tratar de conocer el oficio de
nuestros futuros esposos -Elizabeth rió-. Por supuesto, jamás me indicó que me
casaría con un naviero y me mudaría a Salem. Pensé que iba a ser la esposa de
un granjero pobre.
-La magia blanca genera la magia negra -advirtió Mercy-. Y Dios
aborrece la magia negra. Es obra del demonio. Apenas el sábado, el reverendo
Parris nos dijo que los problemas terribles que sufrimos con la guerra y la
viruela en Boston el año pasado, ocurren porque la gente no ha cumplido el
pacto con Dios.
-Me resulta difícil pensar que este juego infantil altere el
pacto -replicó Elizabeth.
-Pero estoy absolutamente segura de que dedicarse a la magia sí
-repuso Mercy-. Tal vez debería leer el libro del reverendo Cotton,
Providencias memorables: en relacíón con la brujería y las posesiones
demoníacas. Asegura que la mala época por la que atravesamos se debe al deseo
del diablo de devolver nuestro Israel en Nueva Inglaterra a sus hijos, los
hombres rojos.
Elizabeth interrumpió el sermón de la visitante para llamar a
los niños a comer. Mientras se acercaban a la mesa, les preguntó si querían un
poco de pan recién horneado y tibio. Aunque sus propios hijos despreciaron su
oferta, Ann Putnam, Abigail Williams y Betty Parris aceptaron con gusto.
Elizabeth abrió una trampa en el piso y envió a Sarah a buscar más mantequilla
en el almacén de productos lácteos.
Mercy sintió curiosidad por la trampa.
-Es idea de Ronald -explicó Elizabeth-. Nos da acceso al sótano
sin tener que salir.
Una vez que sirvió el estofado de cerdo en los platos de los
niños y cortó el pan en rebanadas gruesas para que comieran si querían,
Elizabeth vertió sidra caliente en dos tazas grandes y se dirigió con Mercy al
salón.
-¡Santo cielo! -exclamó Mercy cuando observó un retrato de
grandes proporciones que colgaba sobre la chimenea. Su realismo impresionante
la sobrecogió, en especial los radiantes ojos verdes. Se quedó inmóvil y casi
sin respirar en medio de la habitación, mientras Elizabeth avivaba el fuego-.
Su vestido es muy revelador -comentó Mercy-. Y lleva la cabeza sin cubrir.
-La pintura me perturbó al principio -reconoció Elizabeth. Se
puso de pie y colocó dos sillas frente al fuego encendido-. Fue idea de Ronald.
Le agrada. Ahora apenas lo noto.
-Es tan irrespetuoso -repuso Mercy con una sonrisa despectiva.
Movió la silla para excluir la pintura de su campo de visión y bebió un sorbo
de sidra caliente. El carácter de Elizabeth le resultaba desconcertante. Mercy
aún tenía que mencionar el asunto por el que había ido a verla. Se aclaró la
garganta:
-Oí un rumor -empezó-. Me dijeron que usted tenía la pretensión
de comprar la propiedad de Northfields.
-En realidad no se trata de un rumor -aclaró Elizabeth
alegremente-. Pronto seremos propietarios de terrenos a ambos lados del río
Wooleston.
-Pero los Putnam también quieren comprar esa tierra -repuso
Mercy indignada-. Es importante para ellos. Necesitan tener acceso al agua para
la fundición. Su único problema es que no cuentan con los recursos adecuados,
por lo que tienen que esperar hasta la próxima cosecha. Se enojarán mucho si
usted persiste, y tratarán de impedir la venta.
Elizabeth se encogió de hombros.
-Dispongo del dinero en este momento -comentó-. Quiero el
terreno porque tenemos la intención de construir una casa nueva que nos permita
albergar más huérfanos -los ojos de Elizabeth brillaron-. Va a ser una enorme
casa de ladrillos, como las que existen en Londres.
Mercy no podía creer lo que oía. La codicia de Elizabeth no
conocía límites. Mercy bebió con dificultad otro sorbo de sidra.
-Ese negocio es antinatural si su esposo está fuera del país -le
advirtió-. No forma parte del plan de Dios y prefiero advertírselo: la gente
murmura que usted está excediendo su posición como hija de un granjero.
-Siempre seré la hija de mi padre -repuso Elizabeth-. Pero ahora
también soy la esposa de un comerciante.
Antes de que Mercy pudiera responder, se oyó un golpe tremendo e
innumerables gritos salieron de la cocina. Elizabeth salió apresuradamente del
salón, seguida de cerca por Mercy.
En la cocina, la mesa de caballete se había ladeado. Los tazones
de madera, vacíos después del estofado, estaban esparcidos por todo el piso.
Ann Putnam se bamboleaba por toda la habitación, se rasgaba la ropa y gritaba
que la estaban mordiendo. Los otros niños se habían pegado a la pared,
horrorizados.
Elizabeth corrió hacia Ann y la sujetó por los hombros.
-¿Qué te pasa, niña? -preguntó Elizabeth-. ¿Quién te está
mordiendo?
Ann abrió la boca y sacó la lengua lentamente hasta que ésta
quedó afuera por completo, mientras el cuerpo empezó a moverse de manera
desordenada, como si tuviera mal de San Vito. Elizabeth trató de detenerla,
pero Ann se resistió con fuerza sorprendente. Entonces Ann se llevó las manos a
la garganta.
-No puedo respirar -carraspeo-. ¡Ayúdenme!
-Vamos a llevarla arriba -le gritó Elizabeth a Mercy. A medias
llevándola en brazos y a medias a rastras, subieron a la nifia, que seguía
retorciéndose a la planta alta. En cuanto la pusieron en la cama, empezó a
tener convulsiones.
-Sufre un ataque -dijo Mercy-. Voy a buscar a mi esposo.
-Por favor -suplicó Elizabeth-. ¡Apresúrese!
Mercy meneó la cabeza mientras bajaba las escaleras. La
calamidad no la tomó por sorpresa, pues conocía su causa. Era la brujería.
Elizabeth había invitado al diablo a su casa.
Martes 12 de julio de 1692
RONALD STEWART abrió la puerta de la cabina y salió a cubierta
al aire fresco de la mañana; vestía sus mejores pantalones bombachos a la
rodilla y un chaleco rojo con pliegues almidonados. Estaba muy emocionado. Por
fin acababan de rodear Naugus Point, a muy poca distancia de Marblehead, y ya
habían tomado rumbo hacia Salem.
El hombre inclinó el cuerpo voluminoso sobre la borda mientras
la brisa marina le acariciaba el rostro ancho y bronceado y le despeinaba el
cabello rubio rojizo. Estaba contento de llegar a casa, aunque no podía evitar
sentir cierta inquietud. Había estado ausente casi seis meses y sin haber
recibido una sola carta. Suecia parecía estar en los confines de la Tierra.
Al aproximarse a Salem, Ronald notó que botaban al mar una
embarcación pequeña desde el muelle. Cuando ambas naves estuvieron más cerca,
reconoció a su empleado, Chester Procter, de pie en la proa, y agitó
alegremente la mano, pero Chester no devolvió el saludo. Mientras el pequeño
barco se acercaba por un costado, Ronald se dio cuenta de que el rostro enjuto
de su empleado se veía demacrado y tenía la boca apretada. Algo malo había
sucedido.
-Creo que será mejor que venga a tierra de inmediato -le gritó
Chester a Ronald.
Extendieron una escala hasta el pequeño bote y Ronald bajó por
ella. Una vez sentado en la popa, desatracaron. Chester tomó asiento a su vera.
Dos marineros en medio de la embarcación se afanaban en sus remos.
-¿Qué sucede? -preguntó Ronald, temeroso de oír la respuesta. El
peor de sus temores era que se hubiera producido una incursión india contra su
casa.
-Han ocurrido sucesos terribles aquí en Salem -le explicó
Chester-. La Providencia lo ha traído a casa apenas a tiempo.
-¿Se trata de mis hijos? -inquirió Ronald alarmado.
-No, no se trata de sus hijos -respondió Chester-, sino de su
esposa, Elizabeth. Ha estado en prisión desde hace muchos meses.
-¿De qué la acusan?
-Brujería. Una Corte especial la condenó y hay una orden para
ejecutarla el próximo martes.
-Esto es absurdo. ¡Mi esposa no es una bruja!
-Ya lo sé, pero en la ciudad se ha despertado una fiebre por la
brujería; hay cien personas acusadas y una ejecución consumada: la de Bridget
Bishop.
-La conocí -admitió Ronald-. Tenía una taberna que funcionaba
sin permiso. Era una mujer con un temperamento exaltado. Pero, ¿bruja? Me
parece muy improbable. ¿Qué ocurrió para provocar tal temor a la voluntad
maléfica?
-Todo se debe a los ataques -explicó Chester-. Ciertas mujeres,
en su mayoría jóvenes, han sido aquejadas.
-¿Ha presenciado alguno de esos ataques? -preguntó Ronald.
-Oh, sí -respondió Chester-. Todo el pueblo los ha visto durante
las audiencias frente a los magistrados. Son un espectáculo terrible de
contemplar. Las aquejadas se sacuden peor que los cuáqueros y chillan que seres
invisibles las muerden.
La mente de Ronald se debatía entre un torbellino de ideas. El
sudor brotó de la frente. Trató de pensar qué debía hacer.
-Tengo un carruaje esperando -comentó Chester-. Pensé que
querría ir directamente a la cárcel.
-Sí -contestó Ronald en forma lacónica. Desembarcaron y se
encaminaron con rapidez hacia el vehículo. Ninguno de los dos habló mientras la
carreta avanzaba dando tumbos por el muelle adoquinado.
-¿Cómo se determinó que la brujería provocaba esos ataques?
-inquirió Ronald al llegar a la calle Essex.
-El doctor Griggs lo aseguró -contestó Chester-. Después, el
reverendo Parris y luego todo el mundo, incluso los magistrados.
-¿Por qué están tan seguros? -preguntó Ronald.
-Durante las audiencias -repuso Chester- todos presenciamos cómo
las acusadas atormentaban a sus víctimas, y cómo ellas se liberaban al instante
de su horrible sufrimiento en cuanto tocaban a las acusadas.
-¿Pero no las tocaban para atormentarlas?
-Eran los espectros de las acusadas los que realizaban el
maleficio -explicó Chester -. Sólo las víctimas pueden ver a los espectros; por
eso las aquejadas señalaron a las acusadas.
-¿Y mi esposa fue acusada de esta manera?
-Así es -admitió Chester-. Por Ann Putnam, hija de Thomas
Putnam, de la aldea de Salem.
-Lo conozco -repuso Ronald-. Es un hombre insignificante y
furibundo.
-Ann Putnam fue la primera víctima -Chester titubeó-. Eso
sucedió en su casa, a principios de febrero. Hasta ahora, todavía está
aquejada, igual que su madre, la señora Ann.
-¿Y mis hijos? -preguntó Ronald.
-Sus hijos se han librado de ser acusados -informó Chester.
-Gracias a Dios -repuso el comerciante.
Dieron vuelta en Prison Lane. Chester se detuvo frente a la
cárcel. Su patrón le ordenó esperar y bajó del carruaje.
Ronald Stewart encontró al carcelero, William Dounton, en una
oficina en completo desorden y comiendo pan de maíz recién horneado de la
panadería. Se trataba de un hombre obeso, con un mechón de cabello sucio caído
sobre la frente y la nariz roja y nodular. Ronald lo despreciaba, pues se sabía
que era un sádico que disfrutaba atormentando a los prisioneros.
Fue evidente que William no se sintió complacido de ver a
Ronald. Se puso de pie de un salto y se agazapó detrás de su silla.
-No se permite visitar a los condenados -habló con voz ronca y
la boca llena de pan-. Por órdenes del magistrado Hathorne.
Sin poder contenerse, Ronald sujetó al carcelero de la camisa de
lana con los puños cerrados y puso el rostro cerca del suyo.
-Si ha maltratado a mi esposa, tendrá que vérselas conmigo.
-Eso no es mi culpa -balbuceó William-. Es de las autoridades.
Yo tengo que acatar sus órdenes.
-Condúzcame a ella -espetó Ronald, al tiempo que apretaba con
mayor fuerza y constreñía la garganta del hombre. William, sofocado, sacó las
llaves. Ronald lo soltó y lo siguió hasta una puerta maciza de roble, que el
guardián abrió. Después de cruzar dicha puerta, pasaron por varias celdas.
Todas estaban abarrotadas. Los presos miraban fijamente a Ronald con ojos
vidriosos. En la parte superior de una escalera de piedra, William encendió una
vela que tenía un broquel. Después de abrir otra puerta de roble, bajaron a la
peor área de la prisión. El hedor no se soportaba. El sótano consistía en dos
cuartos grandes. Las paredes enmohecidas eran de granito. Los innumerables
prisioneros estaban esposados a las paredes o al piso, con grilletes en las
muñecas, en los tobillos o en ambos. Ronald tuvo que pasar encima de la gente
para seguir a William.
-Por aquí -indicó William, mientras conducía a Ronald a un
rincón al otro extremo del sótano-. Acabemos con esto.
Ronald lo siguió y miró hacia abajo. A la luz de la vela, con
dificultad reconoció a su esposa. Elizabeth estaba esposada con grilletes
enormes y apenas tenía energía para espantar a las alimañas que deambulaban
libremente en la penumbra.
Ronald le arrebató la vela a William y se acuclilló junto a su
esposa. A pesar de su estado, ella sonrió.
-Me alegra que hayas regresado -musitó débilmente-. Ya no tengo
que preocuparme por los niños. ¿Están bien?
Ronald tragó saliva con dificultad. Tenía la boca seca.
-Vine directamente del barco a la cárcel -contestó-. Todavía no
veo a los niños.
-Por favor, ve a verlos. Temo que estén intranquilos.
-Me ocuparé de ellos -prometió solemne Ronald-. Pero primero
tengo que encargarme de que te liberen.
-Tal vez lo logres -repuso Elizabeth-. ¿Por qué tardaste tanto
en regresar?
-El equipamiento del barco tardó más tiempo de lo planeado.
-Bueno, al menos ya estás de regreso -suspiró Elizabeth.
-Volveré -aseguró Ronald al ponerse de pie abrumado por la
preocupación. Luego siguió a William, que lo guiaba de regreso a la oficina-.
Muéstreme los documentos -exigió Ronald.
William rebuscó en el desorden de su escritorio y encontró la
orden de arresto de Elizabeth y la de ejecución. Ronald las leyó y luego buscó
en su bolsillo y sacó unas cuantas monedas-. Quiero que cambien de lugar a
Elizabeth y que su situación mejore.
William tomó el dinero con gusto.
-Le doy las gracias, amable señor -replicó. Las monedas
desaparecieron en el bolsillo de sus pantalones bombachos-. Pero es imposible
mudarla. Los casos de pena capital siempre se alojan en el nivel inferior.
Tampoco está permitido quitarle los grilletcs, puesto que están especificados
en el ordenamiento para evitar que el espectro abandone el cuerpo de su esposa.
Sin embargo, puedo mejorar su situación como respuesta a su amable
consideración.
-Haga lo que pueda -indicó Ronald.
Afuera, Ronald tardó un momento en subir al carruaje. Sentía que
las piernas le temblaban.
-A la casa del magistrado Corwin -ordenó. Chester fustigó al
caballo. No se atrevió a preguntar por Elizabeth. La angustia de su patrón se
notaba a la legua.
Al llegar a la esquina de las calles Essex y Washington, Ronald
bajó del carruaje.
-Espérame -dijo lacónicamente.
Ronald llamó a la puerta y, cuando ésta se abrió, se sintió
aliviado de ver la figura alta, delgada y adusta de su viejo amigo Jonathan
Corwin. Jonathan condujo a Ronald a su salón, donde pidió a su esposa que los
dejara a solas para conversar en privado. Ella estaba trabajando en su rueca de
lino en el rincón.
-Lo siento -dijo Jonathan cuando estuvieron solos-. Es una
penosa bienvenida para un viajero cansado.
-Por favor, dime qué hacer -pidió Ronald con voz débil.
-Temo que no sé qué decir -empezó Jonathan-. Los ánimos del
pueblo están encendidos y tal vez impera una idea delirante, poderosa y
generalizada. Mi propia suegra, Margaret Thatcher y ha sido acusada. Sé de
cierto que ella no es bruja, lo que me hace poner en tela de juicio la
veracidad de los alegatos de las chicas aquejadas y de sus motivos.
-Por el momento no me preocupan las razones que tengan las
chicas -explicó Ronald-. Necesito saber qué puedo hacer por mi amada esposa.
Jonathan suspiró profundamente.
-Mucho me temo que haya muy poco qué hacer. Tu esposa Elizabeth
ha sido condenada por un jurado que actúa dentro de un tribunal especial de lo
penal que atiende los casos acumulados de brujería.
-Pero dijiste que dudabas de la veracidad de los acusadores.
-Sí. Pero su condena no dependió del testimonio de las chicas.
Las pruebas contra ella resultaron verdaderas y contundentes. No hubo ninguna
duda.
-¿Crees que mi esposa es bruia?
-Por cierto que sí -respondió Jonathan-. Lo siento. Es una
verdad muy dura de soportar para un hombre.
Ronald miró a los ojos a su amigo, cuya opinión respetaba.
-Debe haber algo que pueda hacer -contestó suplicante Ronald-.
Aunque sólo sea retrasar la ejecución para tener tiempo de conocer los hechos.
Jonathan colocó la mano sobre el hombro de Ronald.
-Como magistrado de la comunidad no hay nada que pueda hacer. Te
sugiero que vayas a Boston y hables con Samuel Sewall. Sé que ustedes fueron
compañeros en la Universidad de Harvard. Él es uno de los jueces de la Corte de
lo penal y ha manifestado cierto recelo respecto a todo este asunto.
Ronald agradeció a Jonathan y se apresuró a salir. En menos de
una hora emprendió a caballo el trayecto de casi veintiocho kilómetros y llegó
a Boston por el suroeste. Al atravesar la puerta de la ciudad con sus
fortificaciones de ladrillo, la mirada de Ronald divagó involuntariamente hacia
la horca, donde se balanceaba un hombre que acababa de morir. Un
estremecimiento de terror le recorrió la espina dorsal. Como respuesta, fustigó
al caballo.
El bullicio del mediodía en Boston, ciudad que tenía más de seis
mil habitantes, aminoró el avance de Ronald. Era casi la una cuando llegó a
casa de Samuel en South End. Ronald desmontó y ató el caballo a la cerca de
estacas.
Encontró a Samuel en su salón, fumando tabaco con una pipa de
boquilla larga. Ronald advirtió que su amigo de la universidad se había vuelto
corpulento en los últimos años y estaba muy lejos de ser aquel chico
desenfadado que solía patinar con él en el río Charles durante sus años de
escuela.
Samuel estaba feliz de ver a Ronald, pero su saludo fue
reservado. En respuesta a las preguntas de Ronald respecto a Elizabeth,
confirmó lo que Jonathan le había contado. El magistrado afirmó que la
culpabilidad de Elizabeth quedaba fuera de duda, debido a las pruebas
encontradas en su casa.
Ronald suspiró y trató de reprimir el llanto. Se sentía perdido.
Preguntó a Samuel sobre la naturaleza de las pruebas presentadas contra su
esposa.
-Me cuesta trabajo decírtelo -repuso Samuel.
-Pero, ¿por qué? -inquirió Ronald-. Está por demás claro que
tengo derecho a saber.
-Sin duda alguna -contestó Samuel-. Pero tal vez sea mejor si
visitamos a mi buen amigo, el reverendo Cotton Mather. Él tiene más experiencia
que yo en los asuntos sobrenaturales. Sabrá bien qué aconsejarte.
-Me atengo a tu buen juicio -decidió Ronald.
Cuando Samuel tocó a la puerta de la casa del reverendo Cotton
Mather, en la esquina de las calles Middle y Prince, una joven sirvienta abrió
y los hizo pasar a la sala. El reverendo Mather bajó de inmediato y los saludó
de manera evasiva. Samuel explicó la naturaleza de su visita.
-Comprendo perfectamente -dijo Mather, al tiempo que señalaba
unas sillas. Todos tomaron asiento.
Ronald ya conocía al clérigo. Era más joven que él y Samuel,
pues se había graduado de Harvard en 1678, siete años después que ellos. Sin
importar la edad, se advertían en él algunos de los cambios físicos que Ronald
notó en Samuel: había engordado, tenía la nariz enrojecida y se le había
alargado ligeramente; además, el rostro tenía una consistencia pastosa. Sin
embargo, los ojos brillaban con inteligencia y feroz determinación.
-Le ofrezco toda mi afectuosa compasión por sus tribulaciones
-dijo el reverendo Mather a Ronald-. Los caminos del Señor a menudo son
inescrutables para nosotros los mortales. Además de su sufrimiento personal,
estoy profundamente preocupado porque los acontecimientos en Salem se están
saliendo de control.
-En este momento, mi única y gran preocupación es mi esposa
Elizabeth -repuso Ronald.
-Como debe ser -agregó el reverendo Mather-. Sin embargo,
nosotros, los clérigos, debemos pensar en la congregación como un todo.
Esperaba, por algunos signos, que el demonio se manifestara en medio de
nosotros, y el único consuelo que tengo ahora es que, gracias a su esposa,
sabemos dónde.
-Quiero conocer las pruebas presentadas contra mi esposa.
-Y yo se las mostraré -respondió de inmediato el reverendo
Mather-. Siempre que mantenga su naturaleza confidencial, puesto que tememos
que si las revelamos, la situación en Salem se exacerbe aún más de lo que ya
está en la actualidad.
-¿Que ocurriría si decido apelar la condena?
-Después de que haya visto las pruebas, estoy seguro de que no
tomará esa decisión -advirtió el reverendo Mather-. ¿Me da su palabra al
respecto?
-Sí, le doy mi palabra -dijo Ronald-. Siempre que no se me
niegue mi derecho a apelar.
Ambos se pusieron de pie y siguieron al reverendo Mather a un
tramo de escalones de piedra. Después de encender un cirio, empezaron a bajar
al sótano.
-He analizado todas estas pruebas con mi padre, Increase Mather
-dijo el reverendo Mather por encima del hombro-. Hemos concluido que tienen
una importancia extraordinaria para las futuras generaciones como prueba
fehaciente de la existencia del mundo sobrenatural. En consecuencia, creemos
que el lugar idóneo para guardarlas es la Universidad de Harvard. Como usted
sabe, él es el presidente de la institución.
Llegaron al final de las escaleras y, mientras Samuel y Ronald
aguardaban, el reverendo Mather procedió a encender las antorchas de la pared.
Habló mientras recorría el lugar.
-Tanto mi padre como yo coincidimos en que hasta ahora los
juicios por brujería han dependido, en gran medida, sólo de las pruebas
espectrales. Las de Elizabeth son el tipo de pruebas verdaderas que nos
gustaría ver en todos los casos -hizo una señal a Ronald y a Samuel para que lo
siguieran hasta un gabinete grande, cerrado con llave-. Pero suscitan gran
indignación. Dejaron a mi criterio que fueran traídas a este lugar después del
juicio. Jamás he presenciado una prueba más contundente del poder del diablo.
-Reverendo -dijo Ronald-. Sólo muéstreme de qué se trata.
-Paciencia, hijo mío -replicó el reverendo Mather mientras
sacaba una llave de su chaleco-. Debes estar preparado.
-Estoy preparado -dijo Ronald, al borde de la exasperación.
-Que Cristo Redentor esté con ustedes -el reverendo Mather
deslizó la llave en la cerradura-. Ármense de valor.
El reverendo Cotton Mather abrió el gabinete. Entonces, con las
dos manos, abrió de golpe las puertas y retrocedió.
Ronald jadeó y los ojos se le salían de las órbitas. De manera
involuntario, se llevó una mano a la boca por el horror. Trató de hablar, pero
momentáneamente la voz le falló. Aclaró la garganta.
-¡Basta! -se las arregló para decir y desvió la mirada.
El reverendo Mather cerró con llave el gabinete.
-¿Es verdad que esto es obra de Elizabeth? -preguntó Ronald.
-Sin duda alguna -respondió Samuel-. No sólo el alguacil George
Corwin lo encontró en tu propiedad, sino que Elizabeth reconoció en forma
completa y libre su responsabilidad.
-Está claro que esto es obra del demonio -dijo Ronald-. Sin
embargo, estoy convencido de que Elizabeth no es bruja. Necesito tiempo. ¿No
hay manera de conseguir una suspensión temporal de la sentencia, aunque sea
sólo por un mes?
-El gobernador Phips puede conceder una suspensión -informó
Samuel-. Pero sólo lo hará si existe una razón convincente.
-Creo que podría justificar una suspensión ante el gobernador
-opinó el reverendo Mather-. Pero sólo con una condición: debes contar con la
cooperación plena de Elizabeth. Ella debe volver la espalda al Príncipe de las
tinieblas. Debe abjurar de sus relaciones con el diablo y revelar la identidad
de aquellas personas que hayan firmado pactos diabólicos similares. El hecho de
que el tormento de las mujeres aquejadas continúe sin mitigarse constituye una
prueba de que los servidores del demonio todavía andan sueltos en Salem.
Ronald Stewart se puso de pie de un salto.
-Conseguiré su consentimiento esta misma tarde -expresó
emocionado.
DE RODILLAS AL LADO DE SU ESPOSA encarcelada, Ronald estaba
emocionalmente agotado, y desfallecía de hambre y sed. Pero no pensaba para
nada en sus propias necesidades, sino sólo en el rayo de esperanza que Cotton
Mather le había dado a Elizabeth. Con suavidad, movió el hombro de ella. Los
ojos de la mujer se abrieron y de inmediato preguntó por los niños.
-Todavía no los veo -contestó Ronald-. Pero tengo buenas
noticias. Fui a ver a Samuel Sewall y al reverendo Cotton Mather. Creen que
podrán conseguir suspender la ejecución.
-Gracias a Dios -repuso Elizabeth.
-Sin embargo, tienes que confesar -dijo Ronald-. Además, debes
informar los nombres de otros que sepas que tienen pacto con el diablo.
-¿Confesar qué? -preguntó Elizabeth.
-Que eres una bruja -repuso Ronald con exasperación. El
cansancio y la tensión ponían a prueba la última pizca de control que tenía
sobre sus emociones.
-No puedo confesar -contestó Elizabeth.
-¿Y por qué no? -preguntó Ronald con tono estridente.
-Porque no soy bruja -explicó Elizabeth.
En su estado de alteración y cansancio, la ira de Ronald
estalló. Acercó el rostro a centímetros del de ella.
-Confesarás -gruñó-. Te ordeno que confieses.
-Amado esposo -repuso la joven Elizabeth sin intimidarse ante
Ronald-, ¿te han dicho cuáles son las pruebas que tienen contra mí?
-Vi las pruebas, querida -aseguró Ronald-. En la casa del
reverendo Mather.
-Debo de ser culpable de alguna transgresión a la voluntad de
Dios -contestó Elizabeth-. Podría confesar eso si conociera su naturaleza.
Pero, sé perfectamente que no soy bruja y te aseguro que no he atormentado a
ninguna de las jóvenes que testificaron en mi contra.
-Confiesa por el momento, sólo para conseguir la suspensión
-suplicó Ronald-. Quiero salvarte la vida.
-No puedo salvar la vida y perder mi alma -replicó con fuerza
Elizabeth-. Además, no estoy dispuesta a acusar a una persona inocente para
salvarme.
-Tienes que confesar -le gritó Ronald-. Si no confiesas, te
abandonaré.
-Haz lo que te dicte tu conciencia -respondió Elizabeth-. No voy
a confesar que soy bruja.
-Por favor - suplicó Ronald-. Por los niños -las lágrimas
anegaban los ojos y surcaban el rostro cubierto por costras de polvo.
Con dificultad, Elizabeth alzó la mano esposada y la colocó en
el hombro de Ronald.
-Ten valor, mi querido esposo. El Señor siempre actúa de manera
inescrutable.
Al perder todo vestigio de control, Ronald se puso de pie de un
salto y salió corriendo de la prisión.
Una semana después, el martes 19 de julio de 1692, Elizabeth fue
ejecutada.
UNO
Martes 12 de julio de 1994
KIMBERLY STEWART echó un vistazo a su reloj al salir del tren
subterráneo MTA, situado en la plaza Harvard, en Cambridge, Massachusetts.
Faltaban unos minutos para las siete. Sabía que llegaría a tiempo, pero a pesar
de ello, se apresuró y casi corriendo cruzó la corta distancia que la separaba
del edificio del Hasty Pudding Club, en la calle Holyoke. Hizo una pausa para
recobrar el aliento y volteó a mirar la construcción de ladrillos con ribetes
blancos. Había oído hablar del club social de Harvard sólo con referencia al
premio anual que otorgaba a un actor o actriz. Ésta era su primera visita al
restaurante abierto al público en su interior, llamado Upstairs at the Pudding.
En cuanto se normalizó su respiración, Kim abrió la puerta, sólo
para enfrentar varios tramos largos de escaleras. Cuando llegó al maître d's
podium, estaba nuevamente agotada. Preguntó dónde se encontraba el baño de
mujeres.
Mientras Kim luchaba con su cabello grueso y negro como el
plumaje de un cuervo, pensó que no había necesidad de sentirse nerviosa. Al
final de cuentas, Stanton Lewis pertenecía a su familia. El problema consistía
en que la había llamado en el último minuto para decir que necesitaba que
asistiera a una cena y que se trataba de un caso urgente.
Se dio por vencida en cuanto al cabello, y cuando se sintió
completamente recuperada, se presentó una vez más ante el maître d's podium y
anunció que iba a reunirse con el señor Stanton Lewis y con su esposa.
-La mayor parte de su grupo ya llegó -informó la anfitriona. La
angustia de Kim se exacerbó. No le gustó la palabra "grupo". Se
preguntó quiénes más asistirían a la cena.
La anfitriona condujo a Kimberly a una terraza emparrada repleta
de comensales. Stanton y su esposa, Candice, estaban sentados a una mesa para
cuatro personas en el rincón.
-Lamento llegar tarde -dijo Kim al acercarse a la mesa.
-No te preocupes, no llegas tarde -replicó Stanton, al tiempo
que se ponía de pie y le daba a Kim un abrazo efusivo que la obligó a
inclinarse hacia atrás. También hizo que el rostro de la joven se sonrojara
vivamente. Tenía la incómoda sensación de que todo el mundo en la terraza los
observaba. Se liberó del abrazo de oso de Stanton y retrocedió a la silla que
la anfitriona le ofrecía.
Kim siempre se sentía incómoda al estar cerca de Stanton. Aunque
eran primos, pensaba en él como su antítesis social. En tanto que ella se
consideraba tímida, e incluso un poco torpe, él era la personificación de la
seguridad, un hombre urbano, asertivo y sofisticado. Se ponía de pie, alto y
erguido, dominando a la gente como el empresario consumado que era.
Kim aventuró una mirada a su alrededor, y al hacerlo, golpeó sin
querer a la anfitriona, que estaba a punto de colocar la servilleta de la joven
sobre el regazo. Ambas se disculparon al mismo tiempo.
-Tranquilízate -aconsejó Stanton después de que la anfitriona se
alejó. Enseguida le sirvió una copa de vino blanco-. Estás tan tensa como una
cuerda de violín.
-Si me dices que me calme, sólo lograrás ponerme más nerviosa
-repuso Kim y bebió un sorbo de vino.
-Eres extraña -dijo Stanton, divertido-. No puedo entender por
qué eres tan endiabladamente tímida, cuando estás sentada en un lugar lleno de
gente que jamás volverás a ver. Suéltate el pelo.
-No tengo control sobre mi cabello -bromeó Kim. A pesar de ella
misma, empezaba a serenarse-. En cuanto a tu incapacidad para entender por qué
estoy intranquila, me parece comprensible. Eres tan seguro de ti que te resulta
imposible siquiera imaginar qué se siente no ser así.
-Dame una oportunidad -pidió Stanton-. Explícame por qué te
sientes incómoda en este momento. Observo que incluso te tiemblan las manos.
Kim puso la copa en la mesa y cruzó las manos sobre el regazo.
-Estoy nerviosa, principalmente porque siento que he tenido que
improvisar -explicó-. Después de tu llamada esta tarde, apenas tuve tiempo para
darme una ducha, ya no digamos para encontrar algo qué ponerme.
-Creo que tu vestido es sensacional -dijo Candice.
-Sin duda -agregó Stanton-. Kim, te ves preciosa. Ella rió
divertida.
-Soy suficientemente lista para saber que los cumplidos
provocados siempre son falsos.
-Tonterías -dijo Stanton-. Eres una mujer hermosa y sensual,
aunque actúes como si no te dieras cuenta de ello, lo que, creo, tiene cierto
atractivo. ¿Cuántos años tienes... veinticinco?
-Tengo veintisiete -aclaró Kim. Probó un poco más de vino.
-Veintisiete y vas mejorando cada año -agregó Stanton y sonrió
con picardía-. Tienes unos pómulos que otras mujeres envidiarían, piel como el
trasero de un bebé y figura de bailarina, por no mencionar esos ojos color
esmeralda que podrían fascinar a una estatua griega.
- Es mejor que cambiemos de tema -repuso Kim-. Esta conversación
me hace sentir todavía más incómoda.
-Me disculpo por decir la verdad. ¿De qué quieres hablar?
-¿Qué te parecería si me explicas por qué mi presencia en esta
cena se requería con tal urgencia? -sugirió Kim.
-Necesito tu ayuda -Stanton se inclinó hacia ella.
-¿El gran hombre de las finanzas necesita mi ayuda? ¿Se trata de
una broma?
-No -respondió Stanton-. En unos cuantos meses voy a lanzar una
oferta pública inicial para comprar una empresa de biotecnología llamada
Genetrix.
-No soy inversionista -repuso Kim.
Stanton rió.
-No necesito dinero -explicó-. No, se trata de algo
completamente distinto. Da la casualidad de que hablé con la tía Joyce hoy y
ella dijo...
-¡Oh, no! -interrumpió Kim- ¿Qué dijo mi madre ahora?
-Casualmente mencionó que acabas de terminar con tu novio -dijo
Stanton.
Kim palideció. La inquietud que sentía al llegar al restaurante
la invadió de nuevo.
-Ojalá que mi madre no fuera tan habladora -repuso irritada.
-Tía Joyce no entró en mayores detalles sobre eso -prosiguió
Stanton-. Todo lo que dijo fue que le parecía que Kinnard no te convenía, por
lo que da la casualidad de que estoy de acuerdo, si es que va a estar yendo de
aquí para allá toda la vida con sus amigos a esquiar o a pescar.
-Pues a mí me parece que ésos son sólo algunos detalles
-protestó Kim-. También es una exageración. La pesca es algo nuevo para él; e
ir a esquiar sucede sólo una vez al año.
-Sinceramente, apenas estaba prestando atención -repuso
Stanton-, hasta que me pidió si podría encontrar a alguien más apropiado para
ti.
-¡Cielos! -dijo Kim, que se sentía cada vez más irritada-.
¿Quieres decir que en realidad te pidió que me buscaras a alguien?
-Ése no es mi punto fuerte por lo general -respondió Stanton.
Sintiéndose muy ufano, esbozó una amplia sonrisa-. Sin embargo, después de
hablar con Joyce, empecé a devanarme los sesos.
-¿Esa es la única razón por la que me invitaste a venir esta
noche? -inquirió Kim alarmada.
-Tranquilízate -pidió Stanton-. Edward Armstrong va a enamorarse
de ti como un tonto.
-Eso es ridículo -se quejó Kim.
-Debo reconocer antes que nada que existe una segunda intención
-observó Stanton-. He tratado de interesar a Edward en una de mis compañías de
biotecnología desde que me convertí en capitalista de empresas de riesgo. Pero
ahora que las acciones de Genetrix están a punto de negociarse en la bolsa de
valores, es el momento perfecto. La idea es que se sienta en deuda por
habértelo presentado, Kim. Luego, tal vez pueda torcerle el brazo para
convencerlo de que participe en el consejo consultivo científico de Genetrix.
Edward es todo un genio. Su solo nombre en el folleto informativo vale por los
menos cuatro o cinco millones de dólares. Y, sin embargo, en el proceso puedo
convertirlo en millonario.
Kim se sintió utilizada, y también experimentó vergüenza, pero
no manifestó su irritación. Siempre había tenido dificultades para expresarse
en situaciones de confrontación. Stanton no dejaba de admirarla. Era tan
manipulador e interesado y, sin embargo, hablaba sin tapujos de sus
intenciones.
-Tal vez Edward Armstrong no quiera ser millonario -dijo.
-Tonterías -repuso Stanton-. Todo el mundo quiere ser
millonario.
-Sé que es dificil para ti entenderlo -señaló Kim-, pero no
todos piensan igual que tú -miró la puerta y deseó poder levantarse y
marcharse. Pero no podía. No era su carácter. En vez de ello, mencionó:
-No soy lo que se llama muy brillante cuando se trata de
conversar con genios.
-Confía en mí -dijo Stanton-. Verás que congenian de maravilla.
Tienen antecedentes en común. Edward es médico. Fue compañero mío en la
Facultad de Medicina de Harvard. Formamos equipo en el laboratorio hasta que
tomó un descanso en el tercer año; después obtuvo un doctorado en bioquímica.
-¿Ejerce su profesión como médico? -preguntó Kim.
-No, ahora se dedica a la investigación -contestó Stanton-. Su
área de especialidad es la química del cerebro. En este momento es la estrella
en ascenso del campo, una celebridad científica que Harvard pudo robarle a
Stanford para traerlo de regreso. Y hablando del rey de Roma, ya llegó.
Kim giró para ver a un hombre alto y fornido que se dirigía a su
mesa. Después de escuchar que había sido compañero de clases de Stanton,
Kimberly sabía que debía de tener alrededor de cuarenta años; sin embargo, se
veía mucho más joven, tenía el cabello lacio, rubio rojizo, y el rostro grande,
bronceado y sin arrugas. Caminaba un poco encorvado, como si temiera golpearse
la cabeza con una viga del techo.
Stanton se puso de pie al instante y estrechó a Edward con la
misma efusividad con que abrazó a Kim. Por un momento fugaz, Kim sintió
compasión por el recién llegado. Se daba cuenta de que él se sentía tan
incómodo como ella por el expresivo saludo.
Stanton hizo las presentaciones, y Edward estrechó la mano de
Candice y Kim antes de tomar asiento. La joven observó que la piel de Edward
estaba húmeda y tenía el pulso tan vacilante como ella. Tartamudeaba
ligeramente y también tenía el hábito nervioso de quitarse el cabello de la
frente.
-Lamento muchísimo llegar tarde -se disculpó Edward. Le costaba
un poco de trabajo vocalizar las tes.
-Son tal para cual -observó Stanton-. Mi bellísima y talentosa
prima aquí presente dijo lo mismo cuando llegó, hace apenas cinco segundos.
Kim sintió que el rubor le tiñó las mejillas. Iba a ser una
noche muy larga. Stanton no podía evitar ser como era.
-Tranquilízate, Ed -prosiguió Stanton, al tiempo que le servía
un poco de vino-. No llegaste tarde. Te dije que alrededor de las siete. Así
que estás perfectamente a tiempo.
-Sólo quise decir que todos ustedes ya estaban aquí, esperando
-trató de explicar Edward. Sonrió con timidez y alzó la copa como si hiciera un
brindis.
-Buena idea -dijo Stanton, que captó la insinuación y levantó su
copa.
-Permítanme proponer un brindis por mi prima, Kimberly Stewart.
Ella es la mejor enfermera de terapia intensiva y quirófano del Hospital
General Mass, sin excepción -Stanton miró a Edward a la cara-. Si alguna vez
tienen que operarte de la próstata, sólo ruega que Kim esté disponible. Es
legendaria con el catéter.
-Stanton, por favor -protestó Kim.
-De acuerdo, estoy de acuerdo -dijo Stanton, mientras extendía
la mano izquierda como si estuviera tratando de acallar a un público-.
Permítanme volver al brindis que estaba proponiendo. Sería culpable de
negligencia en el cumplimiento de mi deber si no informara a este grupo que el
distinguido árbol genealógico de Kimberly se extiende unos cuantos años después
de la llegada del Mayflower a estas tierras. Eso es por el lado paterno. Por el
materno, sólo llega hasta la Guerra de Independencia, por lo que, podría
añadir, lo considero el lado inferior de la familia.
-Stanton, esto no es necesario -observó Kim.
-Pero aún hay más que decir -prosiguió Stanton con la
satisfacción de un experimentado orador de sobremesa-. El primer pariente de
Kimberly que se graduó en nuestra querida Universidad de Harvard lo hizo en
1671. Se trata de sir Ronald Stewart, fundador de Maritime Limitada. Lo más
interesante de esto es que la mujer de la octava generación anterior a la
bisabuela de Kimberly, fue ahorcada por brujería en Salem.
-Stanton -protestó la joven mujer; su cólera superaba la
vergüenza-, no deberías divulgar esa información.
Con la mirada fija en Edward, Stanton continuó:
-Los Stewart tienen el ridículo complejo de que esta historia
tan antigua es una deshonra para el nombre de la familia.
-Ridículo o no, la gente tiene derecho a sentir lo que le plazca
-argumentó Kim con vehemencia-. Mi padre jamás me lo ha mencionado. Mi madre es
la que se preocupa más por el asunto y ella es tu tía y una ex Lewis. Creo que
deberíamos cambiar el tema de esta conversación.
-De acuerdo -repuso Stanton con tranquilidad. Era el único que
todavía tenía levantada la copa de vino-. Brindo por Edward Armstrong, el
neuroquímico más productivo, inteligente y creativo del mundo, no, del
universo. Edward es un hombre que salió de las calles de Brooklyn, se puso a
estudiar y ya debería haber reservado un vuelo a Estocolmo para recibir su
Premio Nobel, que con toda seguridad ganará por su trabajo con los
neurotransmisores, memoria y mecánica cuántica.
Stanton elevó su copa de vino y todos chocaron las suyas y
bebieron. Al colocar la copa en la mesa, Kimberly miró a Edward. Saltaba a la
vista que era tan tímido como ella.
Stanton puso ruidosamente su copa vacía en la mesa.
-Ahora que ya se conocen -advirtió-, espero que se enamoren, se
casen y tengan muchos hijos. Todo lo que pido, por mi participación en haberlos
reunido, es que Edward acepte ser miembro del consejo de Genetrix.
Stanton rió de buena gana, a pesar de que fue el único en
hacerlo. Después añadió:
-Muy bien, ¿dónde rayos está el camarero? ¡Vamos a cenar!
A LA SALIDA DEL RESTAURANTE, el grupo hizo una pausa.
-¿Quién quiere que lo lleve a casa? -preguntó Stanton-. Dejé mi
automóvil estacionado en el Holyoke Center.
-Prefiero irme en el metro -contestó Kim.
-Mi departamento queda cerca de aquí -dijo Edward.
-Entonces los dejo por su cuenta -repuso Stanton. Tomó a Candice
del brazo y se dirigió al estacionamiento.
-¿Me permites acompañarte al metro? -preguntó Edward.
-Te lo agradecería -respondió Kim.
Caminaron juntos, y Kim percibió que Edward quería decir algo.
Poco antes de llegar a la esquina, habló:
-Fue una velada muy placentera -manifestó, pronunciando la p con
cierta dificultad-. ¿Te gustaría caminar un poco por la plaza Harvard antes de
ir a casa?
-Me agradaría -dijo Kim. Tomó a Edward del brazo y se
encaminaron hacia ese complicado crucero formado por la avenida Massachusetts,
la parte del Kennedy Drive de la calle Harvard, la calle Mount Auburn y la
calle Braffle. Pese a su nombre, difícilmente podía considerarse una plaza,
sino más bien una serie de fachadas curvas y áreas abiertas de formas
peculiares, que en las noches de verano se convertía en una especie de circo
medieval de juglares, músicos, lectores de poesía, magos y acróbatas.
Era una noche estival, tibia y suave. Kim y Edward pasearon
alrededor de la plaza, se detenían un momento a escuchar a cada intérprete. A
pesar de sus recelos mutuos respecto a la velada, en verdad se estaban
divirtiendo.
Se sentaron sobre un muro de concreto no muy alto. A su
izquierda, una mujer cantaba una balada lastimera; a la derecha estaba un grupo
de indios peruanos llenos de vivacidad que tocaban sus zampoñas.
-Stanton es todo un personaje -comentó Kim.
-No sabía por quién sentirme más avergonzado -repuso Edward-.
Por ti o por mí. La verdad es que en cierta forma lo envidio. Quisiera ser la
mitad de asertivo que es él. Siempre he sido tímido para relacionarme
socialmente.
-Es lo mismo que yo siento -reconoció Kim-. Siempre he sido
tímida. Cuando me encuentro en situaciones sociales, no soy capaz de pensar en
algo adecuado que expresar. Cinco minutos después se me ocurre alguna cosa,
pero ya es demasiado tarde.
-Tal para cual, justo como Stanton nos describió -observó
Edward-. Sin duda sabe bien cómo avergonzarnos. Cuando saca a relucir esa
tontería del Premio Nobel, sufro una muerte lenta.
-Me disculpo en nombre de toda mi familia -dijo Kim.
-Yo también debería disculparme -agregó Edward-. No debo hablar
mal de Stanton. Él y yo fuimos compañeros en la Facultad de Medicina. Lo ayudé
con el laboratorio; él me ayudó en las fiestas. Somos amigos desde entonces.
-¿Y por qué nunca te has asociado con él en alguna de sus
empresas?
-Jamás me ha interesado. Me gusta la academia, donde la búsqueda
del conocimiento es por el conocimiento en sí mismo. No pretendo decir que esté
en contra de la ciencia aplicada. Es sólo que no me resulta tan apasionante.
-Stanton asegura que puede convertirte en millonario.
Edward rió.
-¿Y eso cómo cambiaría mi existencia? Hago lo que quiero: me
dedico a la investigación y a la enseñanza. Un millón de dólares sólo
complicaría mi vida y crearía prejuicios. Estoy contento con lo que soy ahora.
-Traté de insinuarle lo mismo a Stanton -comentó Kim divertida-.
Pero no hace caso. Mi primo es muy testarudo.
-Sin embargo, me parece encantador -agregó Edward-. Por supuesto
que exageró acerca de mí cuando hizo ese brindis interminable. ¿Pero acerca de
ti? ¿Los orígenes de tu familia se remontan a la Norteamérica del siglo
diecisiete?
-Eso es verdad -aceptó Kim.
-¿Y la anécdota sobre la bruja de Salem? -preguntó Edward.
-Eso también es totalmente cierto -reconoció Kim-. Pero me
incomoda hablar de ello.
-Lo siento mucho -se disculpó Edward. El tartamudeo volvió a
manifestarse-. Por favor, perdóname. Sé que no debí haberlo mencionado.
Kim meneó la cabeza.
-Ahora soy yo la que se siente mal por haberte incomodado. No sé
por qué me molesta ese episodio de brujería. Es probable que se deba a que mi
madre lo considera como una deshonra familiar.
-¿Conoces el episodio? -preguntó Edward.
-En realidad conozco sólo los detalles superficiales -replicó
Kim-. Como todo el mundo en Estados Unidos.
-Yo sé un poco más que la mayoría de la gente -comentó Edward-.
Harvard University Press publicó un libro sobre el tema llamado La posesión de
Salem. Lo leí y sentí mucha curiosidad. ¿No quieres que te lo preste?
-Me gustaría mucho -respondió Kim, sólo por cortesía.
-Lo digo en serio -señaló Edward-. Te gustará y tal vez cambie
tu forma de pensar acerca del asunto. Por ejemplo, ¿sabías que tan sólo unos
cuantos años después de los juicios, algunos de los jurados e incluso ciertos
jueces se retractaron en público y pidieron perdón porque se dieron cuenta de
que habían ejecutado a personas inocentes?
-¿En verdad? -preguntó Kim, aún tratando de ser amable.
-Pero el hecho de que ahorcaran a personas inocentes no fue en
realidad lo que más me interesó -explicó Edward-. Ya sabes cómo un libro te
lleva a otro. Bueno, pues leí otra obra llamada Venenos del pasado, que expone
una teoría muy interesante, en especial para un neurocientífico como yo.
Sugería que lo que realmente sucedió con algunas de las jóvenes de Salem que
sufrían los ataques y eran acusadas de brujería, fue que se habían intoxicado
con el cornezuelo del centeno, que proviene de un moho conocido como Claviceps
purpurea, un hongo que crece comúnmente en los granos, en particular en el
centeno.
A pesar del desinterés condicionado de Kimberly en el asunto,
Edward logró captar su atención.
-¿Intoxicadas con cornezuelo? -dijo-. ¿Y qué provoca eso?
-¡Vaya, vaya! -Edward puso los ojos en blanco-. ¿Recuerdas
aquella canción de los Beatles, "Lucy en el cielo de diamantes"?
Bueno, pudo haber sido algo semejante, porque el cornezuelo contiene
dietilamida de ácido lisérgico, que constituye el ingrediente principal de esa
sustancia.
-¿Quieres decir que tal vez experimentaban alucinaciones y
estados de delirio? -preguntó Kim.
-Ésa es la idea -dijo Edward-. El ergotismo causa una reacción
gangrenosa que puede provocar la muerte con rapidez, o bien una reacción
convulsivo, alucinógeno. En Salem existe la posibilidad de que se haya tratado
de la segunda.
-¡Qué interesante! Tal vez mi madre cambiaría su forma de pensar
sobre nuestra antepasado si conociera esa explicación.
-Eso es lo que considero -señaló Edward-. Sin embargo, al mismo
tiempo, esto no lo explica todo. Quizá el cornezuelo fue la chispa que prendió
el fuego, pero una vez que empezó, se convirtió en un verdadero incendio. La
gente aprovechó la situación por razones económicas y sociales, aunque no
necesariamente en el nivel consciente.
-Estoy avergonzada por no haber tenido suficiente curiosidad
para leer más acerca de los juicios por brujería que ocurrieron en Salem. Sobre
todo, debería sentirme mal, puesto que la propiedad de mi antepasado ejecutada
todavía se encuentra en poder de nuestra familia. En realidad, debido a un
conflicto de poca importancia entre mi padre y mi difunto abuelo, mi hermano y
yo la heredamos apenas este año.
-¡Santo cielo! - exclamó Edward-. ¿Entonces, tu familia ha sido
propietaria de esas tierras desde hace trescientos años?
-En realidad, no de todo el terreno -aclaró Kim-. La extensión
original abarcaba los terrenos que en la actualidad ocupan Beverly, Danvers y
Peabody, así como Salem. Incluso la parte que corresponde a Salem es sólo una
sección de lo que alguna vez fue. Sin embargo, todavía es un área de terreno
considerable.
-¡Es increíble! -repuso Edward-. Imagínate, puedes caminar en la
tierra que pisaron tus antepasados del siglo diecisiete.
-No sólo eso -explicó Kim-, sino que puedo entrar en la casa, ya
que la antigua casona todavía está en pie.
-Debes de estar bromeando -comentó cauteloso Edward-. No soy tan
crédulo.
-No, lo digo en serio -continuó Kim-. No es tan extraño. Aún
existen muchas casas del siglo diecisiete en el área de Salem, incluyendo
aquellas que pertenecieron a otras brujas ejecutadas.
-¿En qué condiciones se encuentra la casa actualmente? -preguntó
Edward.
-Creo que bastante buenas -respondió Kim-. No he estado en Salem
desde que era una niña. Sin embargo, se ve muy bien para ser una casa
construida en 1670. La compró Ronald Stewart. A la que ejecutaron fue a
Elizabeth, su esposa.
-¿Qué piensan hacer con ella tu hermano y tú?
-Nada hasta que Brian regrese de Inglaterra, donde en la
actualidad dirige la empresa naviera familiar. Se supone que vendrá a casa
dentro de un año, más o menos, y será entonces cuando tomemos una decisión. Por
desgracia, la propiedad es un elefante blanco, si consideramos los impuestos y
los gastos de mantenimiento.
-¿Tu abuelo vivía en la casa?
-Oh, por supuesto que no. Ninguna persona ha vivido ahí en
muchos años. Ronald Stewart compró una extensión gigantesca de tierra
colindante con la propiedad original, construyó una casa más grande y conservó
la primera para albergar a los sirvientes e inquilinos. Esa casa ha sido
derruida y vuelta a edificar en innumerables ocasiones. Ahí es donde mi abuelo
vivió... bueno, mejor dicho, en la que deambulaba, ya que era demasiado extensa
para sus necesidades. Es una construcción enorme, con corrientes de aire que se
cuelan por todas partes.
Edward reflexionó un momento y luego dijo:
-Sé que no debería preguntarte esto. Sólo di que no si te parece
inapropiado.
-¿De qué se trata? -preguntó Kim, tensa. Su voz se escuchaba un
poco aprehensiva.
-Me gustaría mucho ver esa vieja casona -repuso Edward.
-Siendo así me encantaría mostrártela -contestó Kim aliviada-.
Tengo libre el sábado de esta semana. Si estás de acuerdo, podríamos ir ese
día. Voy a pedirle las llaves a los abogados.
-El sábado es ideal para mí -contestó Edward-. Para corresponder
a tu amabilidad, ¿te gustaría ir a cenar conmigo el próximo viernes por la
noche?
Kim sonrió.
-Acepto. Pero, por el momento, creo que será mejor que vaya a
casa a descansar. Mi turno en el hospital empieza a la siete y media de la
mañana.
Se apartaron del pequeño muro de concreto y caminaron con
lentitud hacia la entrada de la estación del metro.
-¿Dónde vives? -preguntó Edward.
-En Beacon Hill -respondió Kim-. Tengo un departamento fabuloso.
Por desgracia, tengo que mudarme el próximo septiembre porque mi compañera va a
casarse y ella es la titular del contrato de alquiler.
-También yo tengo un problema parecido al tuyo -comentó Edward-.
Vivo en un departamento en el tercer piso de una casa, pero los propietarios
van a tener un bebé y necesitan el espacio. De modo que tengo que mudarme antes
del primero de septiembre.
Llegaron a la entrada de la estación. La joven se volvió y miró
los ojos azul claro de Edward. Le agradó lo que vio. Había en ellos una
profunda sensibilidad. Se estrecharon la mano por un momento. Luego, Kim dio
vuelta y se dirigió apresuradamente al andén.
DOS
Sábado 16 de julio de 1994
EDWARD SE ESTACIONÓ en doble fila en la calle Beacon y corrió al
vestíbulo del edificio donde vivía Kim. Después de tocar el timbre, vigiló el
automóvil por si veía acercarse a alguna oficial encargada del estacionamiento.
Conocía la reputación de la que éstas gozaban por una amarga experiencia.
-Siento mucho haberte hecho esperar -dijo Kim cuando apareció.
Iba vestida con pantalones cortos caqui y una camiseta blanca. Se había
recogido el cabello oscuro y voluminoso en una cola de caballo.
-Lamento llegar tarde -se disculpó Edward-. Tuve que pasar al
laboratorio.
Se miraron fijamente durante un instante y luego dejaron escapar
una carcajada.
-Somos el colmo -admitió Kim.
-No puedo evitarlo -rió Edward-. Todo el tiempo estoy
disculpándome.
Subieron al Saab de Edward y enfilaron rumbo al norte, a las
afueras de la ciudad. Era una mañana despejada y brillante. Kim bajó la ventana
del lado del pasajero y con desenfado sacó el brazo.
-Parece que fueran unas vacaciones en miniatura.
-En especial para mí -repuso Edward-. Me averguenza reconocerlo,
pero por lo general me la paso en el laboratorio.
-¿También los fines de semana? -inquirió Kim.
-Los siete días de la semana. Creo que soy un tipo aburrido.
-Yo diría más bien dedicado. También diría que eres muy amable.
Las flores que me enviaste son muy hermosas.
-Oh, no es nada -dijo Edward.
Kim se dio cuenta de que él se sentía inquieto. Había retirado
el cabello de la frente varias veces consecutivas.
-Pues para mí significan mucho -comentó aún ella.
Condujeron al norte por la 93 y luego dieron vuelta al este por
la 128. Había poco tránsito.
-Disfruté de la cena anoche -dijo Edward.
-Yo también. Pero creo que tengo que disculparme por haber
hablado tanto de mí.
-Ya te estás disculpando de nuevo -observó Edward. Kim se dio un
golpecito en el muslo, como castigo fingido.
-No tengo remedio.
Edward rió con suavidad.
-Perdón; yo debería ser el primero en disculparme -mencionó
Edward-. Fue mi culpa por bombardearte sin piedad con preguntas que creo que
tal vez hayan rayado en lo personal.
-No lo tomé a mal -repuso Kim-. Sólo espero no haberte asustado
al mencionar esos ataques de angustia que solían darme cuando estudiaba en la
universidad.
Edward rió.
-A mí también me daban ataques de angustia en la universidad
antes de cada examen, a pesar de que jamás tuve problemas con mis
calificaciones.
-Las mías eran peores que lo que se consideraba el promedio
-apuntó Kim.
-¿Alguna vez tomaste medicamentos para esos ataques?
-Xanax, durante un breve lapso -repuso Kim.
-¿No has hecho la prueba con Prozac? -preguntó Edward.
-Nunca -contestó Kim-. ¿Por qué iba a tomar Prozac?
-Ayuda a aliviar la timidez y la ansiedad -explicó Edward.
-A mí nunca me han prescrito Prozac -mencionó seria Kim-.
Además, aun cuando así hubiera sido, no lo habría tornado. Las compañías
farmacéuticas nos han hecho creer que existe una pastilla para cada problema.
-En lo fundamental concuerdo contigo -observó Edward-. Aunque,
como neurocientífico, en la actualidad reconozco la conducta y el humor como
aspectos bioquímicos y he tenido que volver a valorar mi actitud hacia las
sustancias psicotrópicas puras.
-¿Cuando hablas de sustancias puras, a qué te refieres?
-A drogas que no producen efectos secundarios, o si los tienen,
éstos son insignificantes.
-Todas las drogas originan efectos colaterales.
-Sí, supongo que tienes razón, pero algunos efectos secundarios
tienen poca importancia y sin duda son un riesgo que puede correrse si se toman
en cuenta los beneficios potenciales.
-Creo que ése es, en efecto, el punto esencial del debate
filosófico -observó Kim.
-Oh, eso me recuerda -dijo Edward-. Traje los libros que prometí
prestarte -buscó en el asiento posterior, tomó los dos libros y los colocó en
el regazo de Kim.
-Traté de buscar a tu antepasado en el que habla sobre los
juicios de Salem -comentó Edward-. Pero no encontré ninguna Elizabeth Stewart
en el índice. ¿Estás segura de que la ejecutaron?
-Que yo sepa sí -contestó Kim. Echó una mirada al índice del
libro La posesión de Salem. Abarcaba desde "Testimonios sobre los
espectros" hasta "Stoughton, William". No había ningún Stewart.
Media hora después llegaron a Salem. En el camino que siguieron
pasaron por la Casa de las brujas. La construcción despertó el interés de
Edward y se estacionó a un lado de la carretera.
-¿Qué es ese lugar? -preguntó.
-Le dicen la Casa de las brujas -explicó Kim-. Es una de las
atracciones turísticas más importantes de la zona.
-¿En realidad se trata de una casa del siglo diecisiete? -inquirió
Edward-. ¿O es más bien una recreación como las que se estilan en Disneylandia?
-Es auténtica -observó Kim-. Además, resulta en verdad muy
parecida a la vieja casona que estoy a punto de mostrarte en los lares de la
familia Stewart. Aunque no es exactamente una casa de brujas, ya que ninguna
vivió ahí. Era la residencia de Jonathan Corwin, uno de los magistrados que
presidió algunas de las audiencias preliminares.
Se pusieron en marcha de nuevo y dieron vuelta a la derecha por
Orne Road. Al pasar por el cementerio de Greenlawn, Kim mencionó que en alguna
época ese lugar había formado parte de las tierras de los Stewart. Pidió a
Edward que diera vuelta a la derecha para tomar un camino de grava. Después de
pasar unas curvas llegaron a una reja impresionante de hierro forjado sujeta a
un par de columnas descomunales de granito. Una cerca de hierro alta, coronada
por púas afiladas, se entremezclaba con el espeso bosque a ambos lados del
camino.
-¿Aquí es? -preguntó Edward.
-Sí -contestó Kim. Bajó del automóvil y con dificultad abrió el
macizo candado que protegía la reja. Cuando logró quitarlo, empujó la reja. Las
bisagras rechinaron en forma estridente.
Kim subió otra vez al auto y cruzaron la reja. Después de otros
cuantos giros y vueltas, el camino se abrió a un campo raso cubierto de hierba,
dominado por una enorme casa de piedra de varios pisos. Estaba en perfectas
condiciones, con sus torrecillas, fortificaciones y almenas. Las chimeneas
brotaban como la maleza, de todas partes de la estructura. Edward volvió a
detenerse.
-Una combinación interesante de estilos -comentó-. En parte es
un castillo medieval; pero también, es una casa solariega tipo Tudor y una
residencia rural francesa. ¡Es asombroso!
-En la familia le decimos "el castillo" -explicó Kim.
-Ya veo por qué. ¿Dónde está la antigua casa?
La joven señaló a la derecha. A lo lejos, Edward sólo logró
distinguir una construcción marrón oscuro, que se erguía en medio de un
bosquecillo de abedules.
-¿Qué es esa edificación de piedra a la izquierda? -preguntó.
-En alguna época fue un molino -contestó Kim-. Pero lo
convirtieron en establo hace doscientos años.
Edward puso el automóvil en marcha otra vez, pero se detuvo
enseguida. El camino corría en forma paralela a una pared de piedra basta
cubierta de maleza.
-¿Qué es esto? - preguntó mientras señalaba la pared
-Es el viejo cementerio familiar -informó Kim.
-No me digas -comentó Edward-. ¿Sería posible echarle un rápido
vistazo?
-Por supuesto -respondió Kim.
Bajaron del automóvil y treparon por la pared.
-La familia usó este lote hasta mediados del siglo pasado -dijo
Kim mientras recorrían el camposanto cubierto de hierba.
-¿Aquí está enterrado Ronald Stewart? -inquirió Edward.
-En efecto -Kim lo condujo ante una lápida redonda y sencilla,
que tenía una calavera y unos huesos cruzados grabados en bajorrelieve. Sobre
ella estaba escrito:
AQUÍ YACE RONALD STEWART
HIJO DE JOHN Y LYDIA STEWART,
FALLECIÓ A LA EDAD DE 81 AÑOS, EL 10 DE OCTUBRE DE 1734
-Ochenta y un años -observó Edward-. Para haber llegado a una
edad tan avanzada debe de haber permanecido alejado de los médicos toda su
vida. En aquellos tiempos, en los que se recurría tanto a las sangrías, los
doctores resultaban tan mortíferos como la mayor parte de las enfermedades.
Al lado de la tumba de Ronald se encontraba la de Rebecca
Stewart. La lápida la describía como la esposa de Ronald.
-Tal vez volvió a casarse -observó Kim.
-¿Elizabeth está enterrada aquí? -preguntó Edward.
-No lo sé -repuso Kim-. Nadie jamás me enseñó su tumba.
-¿Estás segura de que esta Elizabeth siquiera haya existido?
-No podría jurarlo -dijo Kim-. A ver si la encontramos. Por unos
minutos, buscaron en silencio: Kim fue por un lado, Edward por el otro.
-Edward -llamó Kim.
-¿La encontraste? -preguntó.
-Bueno, casi -contestó Kim. Edward se acercó. La enfermera
miraba la lápida de Jonathan Stewart, que lo describía como el hijo de Ronald y
Elizabeth Stewart.
-Por lo menos sabemos que sí existió -comentó Kim.
Continuaron buscando otra media hora, pero no encontraron la
tumba de Elizabeth. Por fin, se dieron por vencidos y volvieron al auto.
Minutos después se detuvieron frente a la vieja mansión.
-No bromeabas cuando dijiste que parecía la Casa de las brujas
-señaló Edward-. Tiene la misma chimenea central enorme, el mismo techo
puntiagudo a dos aguas, los mismos cristales en forma de diamante en las
ventanas. Sin embargo, los colgantes debajo de la saliente son mucho más
ornamentales.
-Quien los haya querido invertidos tenía gran sentido del estilo
-estuvo de acuerdo Kim.
Pasearon alrededor de la vieja edificación. En la parte de
atrás, Edward notó que había una estructura más pequeña. Preguntó si tenía la
misma antigüedad.
-Me parece que sí -respondió Kim-. Me dijeron que era para los
animales.
Al volver a la entrada principal, Kimberly probó muchas llaves
antes de encontrar la que abría la puerta. La empujó y pasaron a un pequeño
recibidor. Exactamente frente a ellos se alzaba un tramo de escaleras que daban
vuelta hacia arriba y se perdían de vista. A ambos lados había puertas. La de
la derecha daba a la cocina y la de la izquierda a la sala.
-Vamos a ver la sala -sugirió Edward.
Una enorme chimenea dominaba la habitación. Edward se acercó a
ella y se asomó por el tiro.
-Al parecer, todavía funciona -señaló y enseguida miró la pared
arriba de la repisa de la chimenea. Retrocedió unos pasos y volvió a
observarla-. ¿Distingues ese rectángulo apenas perccptible? -preguntó él.
Kim se acercó a Edward y miró con atención la pared.
-Sí, lo veo -expresó-. Parece como si hubiera estado colgada una
pintura en ese lugar.
-Es lo mismo que yo pensé -comentó Edward.
Salieron de la sala y subieron las escaleras. En la planta
superior había un pequeño estudio construido sobre el recibidor principal.
Sobre la sala y la cocina estaban las habitaciones, cada una con su propia
chimenea. Los únicos muebles que había eran unas cuantas camas y una rueca.
Al volver al piso principal, el tamaño de la chimenea en la
cocina impresionó lo mismo a Kim que a Edward. Él calculó que medía tres metros
de ancho. A la izquierda estaba la pértiga para el fogón y a la derecha un
horno en forma de colmena.
-¿Te imaginas cocinar aquí? -preguntó Edward.
-Ni en un millón de años -repuso Kim-. Ya tengo suficientes
problemas con las cocinas modernas.
Cruzaron una puerta que daba a la parte de los cobertizos de la
casa. A Edward le sorprendió mucho descubrir otra cocina.
-Creo que usaban ésta durante el verano -explicó Kím-. Así no
tenían que prender esa enorme chimenea cuando el tiempo era más cálido.
-Tienes razón -comentó Edward.
Al volver a la parte principal de la casa, Edward se detuvo en
medio de la cocina, mordiéndose el labio inferior. Kim lo observó.
-¿Qué estás pensando? -preguntó.
-¿Alguna vez has pensado en vivir aquí?
-No. Sería como ir de campamento.
-No quise decir que en las condiciones en que se encuentra
actualmente -aclaró Edward-. Pero tal vez no se necesite mucho para arreglarla.
-¿Te refieres a renovarla? -inquirió Kim-. Sería una verdadera
lástima destruir su valor histórico.
-Pero no sería necesario hacerlo. Podrías construir una cocina y
un baño modernos en la parte de los cobertizos, que de todos modos es un anexo.
Recorrieron de nuevo la vieja casona con la idea de convertirla
en un lugar habitable. Edward se mostraba entusiasta y a Kim empezó a agradarle
la idea.
-Suena fascinante -manifestó ella-. Pero tendría que
proponérselo a mi hermano. Después de todo, somos copropietarios.
Regresaron a la cocina principal por tercera ocasión.
-¿Dónde guardarían sus alimentos? -preguntó Edward.
-Supongo que en el sótano -respondió Kim.
-No creo que haya ningún sótano. Busqué la entrada cuando
recorrimos la casa, pero no la vi.
Kim rodeó una mesa grande de caballete y apartó una estera
desgastada de fibra de cáñamo.
-Hay un acceso a través de esta trampa -observó. Pasó el dedo
por un agujero en el piso y abrió la puerta. Una escalera se hundía en la
oscuridad. Edward se agachó y trató de echar un vistazo al sótano, pero sólo
logró distinguir un área pequeña.
-Tengo una pequeña linterna en el automóvil -comentó-. Voy
corriendo a buscarla.
Cuando Edward regresó con la linterna, bajaron la escalera. El
sótano era pequeño. Abarcaba sólo el área que se encontraba debajo de la
cocina. Las paredes eran de piedra lisa sin tallar; el piso, de tierra. Varios
cubos estaban apoyados contra la pared del fondo. Edward se acercó y alumbró
varios de ellos.
-Tenías razón -comentó-. Aquí es donde guardaban los alimentos
-se inclinó para mirar dentro de uno de los cubos y raspó algo de tierra
apisonada. La palpó entre los dedos.
-La tierra está húmeda -diio-. No soy botánico, pero apostaría
que es ideal para cultivar Claviceps purpurea.
Kim sintió curiosidad y preguntó si podía comprobarlo.
Edward se encogió de hombros.
-Es probable -respondió-. Eso dependería de si lográramos
encontrar esporas de Claviceps. Si tomamos unas muestras, le pediré a un amigo,
que es botánico, que las examine.
-Estoy segura de que encontraremos algunos recipientes en el
castillo -comentó Kim.
Salieron de la vieja casa y se dirigieron al castillo. Puesto
que era un día muy hermoso, decidieron ir a pie.
-Se ve agua que serpentea entre los árboles -observó Edward.
-Es el río Danvers -explicó Kim-. En alguna época este campo
llegaba hasta la orilla del agua.
Mientras más cerca estaban del castillo, más admiraba a Edward
la edificación.
-Este lugar es mucho más grande de lo que había imaginado
-dijo-. ¡Caramba! Hasta tiene un foso simulado.
-Alguna vez me contaron que para construirlo se inspiraron en
Chambord, Francia -explicó Kim-. Tiene forma de herradura; las habitaciones
para huéspedes se encuentran en una de las alas, y las de los sirvientes en la
otra.
Cruzaron el puente levadizo sobre el foso seco. Mientras Edward
seguía admirando los detalles góticos de la entrada, Kim batallaba con las
llaves. El llavero tenía más de una docena. Por fin, una de ellas abrió la
puerta.
Pasaron por un recibidor cuyas paredes estaban recubiertas con
paneles de roble y llegaron hasta una habitación monumental cuyo techo tenía la
altura de dos pisos y chimeneas góticas en ambos extremos. Entre las ventanas
de la pared del fondo, que eran del tamaño de las de una catedral, se alzaba
una magnífica escalinata. Un rosetón de vidrio emplomado en la cabecera de la
escalinata iluminaba la habitación con una luz amarillo claro. Edward dejó
escapar una exclamación entre asombro y risa.
-¡Es increíble! -dijo-. Todavía está amueblada.
-Todo está intacto -comentó Kim.
-¿Cuándo murió tu abuelo? -preguntó Edward-. El estilo de la
decoración parece como si alguien hubiera salido de largas vacaciones en los
años veinte.
-Murió apenas la primavera pasada -explicó Kim-. Pero era un
excéntrico, en especial después de que falleció su esposa hace cuarenta años.
Dudo mucho que haya modificado algo en esta casa desde que sus padres la
ocuparon.
Edward deambuló por la habitación, mientras la mirada divagaba
entre la profusión de muebles, pinturas con marcos de hoja de oro y objetos
decorativos. Incluso había una armadura medieval completa. Se acercó a un
ventanal y palpó la tela de la cortina.
-Nunca había visto tantos cortinajes en toda mi vida -observó-.
Debe haber más de un kilómetro de esta tela.
-Es muy antigua -dijo Kim-. Es damasco de seda.
Desde la gran habitación, Edward caminó con lentitud hasta el
comedor formal. Al igual que ésta, el techo era de dos pisos de altura y tenía
una chimenea gótica en cada extremo. Muchas banderas heráldicas pendían de sus
astas, que se proyectaban de las paredes.
-Este lugar tal vez tenga tanto interés histórico como la vieja
casa -comentó Edward-. Es como un museo.
-El interés histórico se basa en la cava y en el ático -añadió
Kim-. Los dos están llenos de cartas y documentos.
-Vamos a echar un vistazo -sugirió Edward.
Subieron varios tramos de escalones hasta llegar al desván, que
era enorme, puesto que ocupaba toda el área en forma de herradura del plano de
la casa. El techo era como el de una catedral, en concordancia con la línea del
tejado, y la luz que se filtraba a través de sus múltiples ventanillas lo
iluminaba razonablemente.
Kim y Edward pasearon por el corredor central. A ambos lados
había archiveros, cómodas, baúles y cajas con objetos de interés.
-De seguro hay suficiente material dentro de todo esto como para
llenar varios furgones de ferrocarril -observó Edward-. ¿Hasta qué tiempo se
remonta?
-Hasta la época de Ronald Stewart -contestó Kim-. Él fue quien
inició la compañía. La mayor parte de estos documentos se relacionan con la
empresa, pero también hay correspondencia personal. Mi hermano y yo solíamos
escabullirnos aquí arriba cuando éramos niños para ver quién encontraba las
fechas más antiguas.
-¿Hay una cantidad igual en la cava?
-Igual o mayor -comentó Kim-. Ven, te la enseñaré.
Volvieron sobre sus pasos hasta el comedor. Abrieron una pesada
puerta de roble con bisagras enormes de hierro forjado y bajaron a la cava por
una escalera de granito. Parecía un calabozo medieval. Las paredes eran de
piedra, las lámparas empotradas semejaban antorchas y los anaqueles de vinos
estaban construidos alrededor de las paredes de cuartos individuales que
podrían haber hecho las veces de celdas. Cada habitación tenía una puerta de
hierro.
-Alguien tenía sentido del humor -señaló Edward-. Lo único que
le falta a este lugar son los instrumentos de tortura.
-A mi hermano y a mí no nos parecía gracioso. Mi abuelo no tenía
que advertirnos que no bajáramos. Nos aterrorizaba.
-¿Y todos estos baúles, muebles y cajas están llenos de
documentos? -preguntó Edward mientras recorrían asombrados el largo pasillo
central-. ¿Lo mismo sucede con el ático?
-Hasta el último de ellos -respondió Kim.
Edward empujó luego una puerta que daba a uno de los cuartos que
parecían celdas. Entró. La mayor parte de los anaqueles de vino estaba vacía,
mientras que las cómodas y los baúles se apretaban contra ellos. Tomó una de
las pocas botellas.
-¡Ésta es cosecha 1896! -exclamó-. Podría ser valiosa.
Kim emitió una risita con sorna.
-Sinceramente lo dudo.
Edward colocó en su lugar la botella polvorienta y abrió uno de
los cajones de una cómoda. Al azar, tomó una hoja de papel. Era un documento
aduanal que databa del siglo diecinueve. Sacó otro. Éste era un conocimiento de
embarque del siglo dieciocho.
-Me parece que no hay mucho orden aquí -observó.
-No están guardados en orden. Cada vez que reconstruyeron la
casa, lo que sucedió con frecuencia hasta esta monstruosidad, los papeles se
reubicaban y luego se devolvían a su lugar. A lo largo de los siglos, se han
revuelto por completo.
Edward Armstrong se internó en la desordenada cava. Se asomó a
la última celda y encendió su linterna. El haz recorrió los baúles, las cómodas
y todas las cajas hasta que se detuvo en un viejo óleo que estaba apoyado en la
pared. Con cierta dificultad, el hombre se abrió paso hasta la pintura. Parecía
ser de una mujer joven. Con la yema del dedo limpió el polvo de una pequeña
placa de peltre en la base de la pintura y la alumbró con la linterna. Tomó el
cuadro y se lo llevó a Kim.
-Quiero que veas esto -dijo mientras apoyaba la pintura en una
cómoda e iluminaba la placa con la linterna. Kim siguió el haz de luz y leyó el
nombre.
-¡Santo cielo! -exclamó-. ¡Es Elizabeth!
Emocionados y felices por el descubrimiento, Kim y Edward
llevaron la pintura hasta el gran salón, donde había más luz. Luego la apoyaron
en la pared y retrocedieron para verla.
-Lo que es verdaderamente extraordinario es que se parece mucho
a ti -apuntó Edward-. En especial con esos ojos verdes.
Kimberly Stewart quedó petrificada por el rostro de su
antepasada de infausta memoria.
-El cabello es parecido, incluso la forma de la cara -dijo Kim.
-Podrían ser hermanas -coincidió Edward-. No hay duda de que es
un retrato muy bello. ¿Por qué estaría oculto en la cava?
-Es extraño -comentó Kim-. El abuelo debe de haber conocido su
existencia y no le habría importado herir la susceptibilidad de mi madre. Él y
ella nunca se llevaron bien.
-El tamaño del óleo es muy similar al del contorno que notamos
encima de la chimenea en la casa vieja -dijo Edward-. Sólo por divertirnos,
¿por qué no la llevamos allá y probamos? -alzó la pintura, pero antes de que
diera el primer paso, Kim le recordó los recipientes que habían ido a buscar.
Edward bajó el cuadro y fueron a la cocina, donde encontraron tres envases de
plástico.
Fueron a recoger la pintura y se encaminaron a la casa vieja.
-Tengo una sensación extraña, aunque buena, por haber
descubierto esa pintura -comentó Kim mientras caminaban-. Es como encontrar de
pronto a un pariente a quien se daba por perdido desde hace mucho tiempo.
-¡Qué extraordinaria casualidad! -exclamó Edward-. En especial
porque ella es la razón por la que estamos en este lugar.
-Esto es más que una casualidad. Debe tener algún significado.
Llegaron a la casa vieja. Cuando Edward alzó el cuadro y lo
colocó sobre el contorno encima de la chimenea, el tamaño coincidió a la
perfección. Dejó la pintura sobre la repisa de la chimenea, tomó los
recipientes de plástico que Kim llevaba y le dijo que iba al sótano a tomar
algunas muestras de tierra.
Kim no respondió. Se quedó como hipnotizada frente al retrato de
Elizabeth, absorta en sus pensamientos.
TRES
Lunes 18 de julio de 1994
PARA LOS NO INICIADOS, el laboratorio de Edward Armstrong en el
Complejo Médico de Harvard, en la avenida Longfellow, daba la apariencia de ser
un manicomio en el que gente vestida con bata blanca corría de aquí para allá
entre un conjunto futurista de equipo de alta tecnología. Pero, para aquellos
que sí lo sabían, era un hecho conocido que ahí se trabajaba en proyectos
científicos de muy alto nivel. Debido a la fama de Edward como químico
especializado en síntesis y su importancia como neurocientífico, el mejor y más
brillante personal y estudiantes atestaban la hilera de cubículos, a los que se
llamaba de cariño el Feudo de Armstrong. Otros profesores decían que Edward era
muy estoico. No sólo tenía el conjunto más grande de estudiantes graduados,
sino que insistía en dar clases de química en el nivel de licenciatura, incluso
durante el verano. Era el único catedrático titular que lo hacía. De acuerdo
con las explicaciones que daba, se sentía con la obligación de estimular a los
jóvenes.
Al entrar en sus dominios por una de las puertas laterales del
laboratorio, Edward se vio rodeado de inmediato por una multitud de estudiantes
de posgrado que trabajaba en algún aspecto de la meta global de Edward de
llegar a descifrar los mecanismos de corto y largo plazo de la memoria.
Contestó de manera entrecortada y luego se dirigió dando zancadas a su
escritorio. No tenía una oficina privada, ya que era un concepto que
consideraba desdeñosamente como un desperdicio frívolo de espacio. Se conformaba
con un rincón para trabajar en el que tuviera una computadora y un archivero.
Estaba acompañado de su más cercana asistente, Eleanor Youngman, que ostentaba
el grado de doctorado y había trabajado con él desde hacía cuatro años.
-Tienes visita -anunció Eleanor.
-No tengo tiempo para visitas -replicó él.
-Creo que a esta persona vas a tener que atenderla -dijo Eleanor
al tiempo que esbozaba una cálida sonrisa que indicaba que estaba a punto de
soltar una carcajada.
Eleanor era una rubia inteligente y llena de vida, originaria de
Oxnard, California, que más bien daba la impresión de pertenecer a un equipo de
surf. En vez de ello, se había ganado el título de doctora en bioquímica de la
Universidad de Berkeley, a la tierna edad de veintitrés años. Edward
consideraba que su inteligencia y compromiso con el trabajo eran invaluables. A
su vez, ella adoraba a Edward; estaba convencida de que él iba a realizar el
siguiente salto cuántico en la comprensión de los neurotransmisores y la
función que éstos desempeñaban en las emociones y la memoria.
-¿Quién diantres es? -preguntó Edward.
-Stanton Lewis -informó Eleanor-. Me mata de risa cada vez que
viene. Esta vez quiere que invierta en una nueva revista de química llamada
Bonding, con la molécula en la página desplegable del mes. Nunca sé cuándo
habla en serio.
-No habla en serio -le advirtió Edward-. Sólo coquetea contigo
-echó un vistazo a su correspondencia-. ¿Hay algún problema en el laboratorio?
-Temo que sí -repuso Eleanor-. El nuevo sistema que estamos
usando para la cromatografía capilar electroquinética micelar está causando
conflictos otra vez. ¿Quieres que llame al técnico?
-No, voy a darle un vistazo -respondió él-. Dile a Stanton que
pase. Me ocuparé de los dos problemas al mismo tiempo.
Edward sujetó su dosímetro de radiación a la solapa de su bata
blanca de laboratorio y se dirigió luego a la Unidad de cromatografía. Empezó a
jugar con la computadora que hacía funcionar la máquina. Definitivamente algo
andaba mal. La máquina volvía una y otra vez a su configuración original de
instalación. Absorto en lo que hacía, no se dio cuenta de la presencia de
Stanton sino hasta que éste le dio una palmada en la espalda.
-Hola, amigo -saludó Stanton-. Te tengo una sorpresa -le entregó
a Edward un elegante folleto.
-¿Qué es esto? -inquirió Edward al tomarlo.
-Es lo que has estado esperando: el prospecto de Genetrix.
Edward rió y meneó la cabeza.
-Eres el colmo -apartó el folleto y dirigió de nuevo su atención
a la computadora.
-Y dime, ¿cómo te fue en tu cita con la enfermera Kim? -preguntó
en forma pícara Stanton.
-Fue un verdadero gusto conocer a tu adorable prima -contestó
Edward-. Es fabulosa.
-¿Durmieron juntos? -inquirió Stanton.
Edward dio media vuelta.
-No me parece en lo absoluto que sea una pregunta apropiada.
-¡Dios mío! -exclamó Stanton mientras esbozaba una sonrisa de
oreja a oreja-. ¡Qué susceptible estás hoy! Lo que traducido significa que
ustedes dos congeniaron y eso quiere decir que estás en deuda conmigo. El
precio, mi querido amigo, es que tienes que leer este folleto -Stanton lo
levantó de donde Edward lo había arrojado irreverentemente y se lo entregó de
nuevo.
Edward sonrió.
-De acuerdo, leeré el maldito folleto.
-Bien. Debes conocer la compañía, porque estoy en posición de
ofrecerte setenta y cinco mil dólares al año, además de un plan para la compra
de acciones a fin de que formes parte del consejo de administración.
-No tengo tiempo para asistir a esas juntas endemoniadas.
-¿Quién te está pidiendo que asistas a juntas? Sólo quiero tu
nombre en la oferta pública inicial -señaló la máquina en la que Edward
trabajaba-. ¿Qué demonios es eso?
-Es una Unidad de electroforesia capilar -explicó Edward-. Se
utiliza para separar e identificar compuestos.
Stanton rozó con los dedos el plástico moldeado de la unidad.
-¿Y funciona?
-Por lo general, funciona de maravilla. Sin embargo, en este
momento, algo anda mal.
Edward levantó la tapa de la máquina y se asomó para ver los
carruseles. Una de las redomas con muestras obstaculizaba el movimiento del
carrusel.
-¡Pero que sorpresa tan agradable! -exclamó Edward-. Es ésta la
emoción que siempre causa el diagnóstico positivo de la solución de un problema
-ajustó la redoma. El carrusel avanzó de inmediato y Edward cerró la tapa.
-De modo que puedo contar con que vas a leer el folleto -dijo
Stanton-. Y piensa en la oferta.
-Recibir dinero por nada me molesta -puntualizó Edward.
-¿Por qué? Las estrellas del deporte firman muy seguido
contratos millonarios con fabricantes de tenis, ¿por qué los científicos no
pueden hacer el equivalente?
-Lo pensaré -ofteció Edward.
-Es todo lo que pido -repuso Stanton y se encaminó a la puerta-.
Te lo advierto, voy a hacer que ganes dinero.
Ya que su mañana estaba interrumpida, después de que Stanton se
fue, Edward condujo al campus principal de Harvard. En los laboratorios de
biología preguntó cómo llegar a la oficina de Kevin Scranton. Encontró a su
barbado amigo muy atareado a su escritorio. Edward colocó los tres envases de
plástico que él y Kim habían traído de Salem en la esquina del escritorio de
Kevin.
-Quiero que me digas si puedes descubrir en esto Claviceps
purpurea -pidió Edward.
Kevin alzó uno de los recipientes y abrió la lata.
-¿Puedes decirme por qué? -preguntó.
-Ni te lo imaginas -dijo Edward. Entonces le contó a Kevin cómo
había obtenido esas muestras y los antecedentes relativos a los juicios de brujería
en Salem. No mencionó a la familia Stewart, al pensar que debía esta
consideración a Kim.
-Fascinante -comentó Kevin-. ¿Para cuándo necesitas todos los
resultados?
-En cuanto sea posible -respondió Edward.
-No olvides que el examen de ADN tarda un poco -explicó Kevin-.
Probablemente haya de tres a cinco mil especies en cada muestra. Además, el
método definitivo consistiría en ver si podemos cultivar algunos Claviceps. Voy
a intentarlo.
Edward se puso de pie.
-Te agradeceré todo lo que puedas hacer.
KIM SE TOMÓ UN MINUTO para recobrar la calma y alzó la mano
enguantada para retirar de la frente el cabello con el antebrazo desnudo. Había
sido un día típico de mucho trabajo en la Unidad de terapia intensiva
quirúrgica. Estaba exhausta y ansiosa por salir lo más pronto posible. Por
desgracia, su momento de tranquilidad fue interrumpido. Kinnard Monihan entró
en la unidad con un paciente grave. Kimberly y las otras enfermeras de la
unidad de terapia intensiva del quirófano ayudaron a instalar al enfermo que
apenas había sido admitido.
Mientras trabajaban , Kim y Kinnard evitaron mirarse de frente,
pero ella estaba plenamente consciente de la presencia del hombre. Kinnard era
un individuo alto, nervudo, de veintiocho años, que tenía facciones angulares
muy aguzadas. Era muy ágil y liviano, más como un boxeador en un entrenamiento
que un médico en medio de una sala de operaciones.
Una vez que instalaron al paciente, Kim se encaminó al mostrador
central. Sintió una mano que la tomaba del brazo y se volvió para mirar los
ojos oscuros e intensos de Kinnard.
-No estarás enojada todavía, ¿verdad? -preguntó.
-Te advertí que las cosas serían diferentes si insistías en ir
de pesca cuando teníamos planeado ir a Martha's Vineyard.
-Jamás hicimos planes definitivos tú y yo para ir allá -replicó
Kinnard-. Y yo no esperaba la invitación del doctor Markey para unirme a su
excursión de pesca.
-Si no lo planeamos -dijo Kim-, ¿por qué hice los arreglos
pertinentes para tomar el día libre?
-Escucha bien-explicó Kinnard-, para mí era muy importante ir.
El doctor Markey es el segundo hombre más poderoso en el departamento.
-Perfecto -contestó Kim y reanudó su camino al mostrador
central. Kinnard la detuvo una vez más.
-Siento mucho que estés enojada conmigo -dijo Kinnard-.
Hablaremos con más calma de este asunto el sábado. No tengo turno. Tal vez
podríamos cenar.
-Ya hice planes para el sábado -repuso Kim. No era verdad y
sintió que el estómago se tensaba. Detestaba las confrontaciones.
Kinnard se quedó boquiabierto.
-Oh, comprendo -dijo y entrecerró los ojos-. Éste es un juego
que los dos podemos jugar. Hay alguien con quien he pensado en salir. Ésta es
mi oportunidad.
-¿Quién? -preguntó Kim. En el instante en que pronunció las
palabras, se arrepintió.
Kinnard esbozó una sonrisa maliciosa y se alejó.
Preocupada de perder la compostura, Kim se refugió en la soledad
de la bodega. Después de unos cuantos suspiros profundos, se sintió más en
control de sí misma. Estaba a punto de volver a la unidad cuando la puerta se
abrió y Marsha Kingsley, su compañera de cuarto y colega en la Unidad de
terapia intensiva, entró.
-Por casualidad escuché el encuentro que tuviste con Kinnard
Monihan -comentó Marsha. Era una mujer pequeña y llena de vida, con una mata
espesa de cabello rojizo, que llevaba recogido en un moño mientras trabajaba.
La súbita presencia de Marsha desarmó por completo a Kim y
rompió a llorar. Marsha le pasó un pañuelo desechable.
-Es un idiota -opinó Marsha. Conocía la historia de la relación
de Kim con Kinnard mejor que nadie.
-Ni siquiera se disculpó -dijo Kim, limpiándose los ojos-. No sé
qué hice mal. Pensé que teníamos una buena relación.
-No hiciste nada malo -dijo Marsha-. Es su problema. Es
demasiado egoísta. Mira la comparación entre él y Edward, que te ha estado
enviando flores todos los días.
-No necesito recibir flores todos los días -protestó Kim.
-Por supuesto que no -repuso Marsha-. Es la intención lo que
cuenta. Kinnard jamás se preocupa por tus sentimientos. Mereces algo mejor.
-No sé si eso es verdad -Kim se sonó la nariz-. Pero puedes
estar segura de una cosa. Voy a hacer cambios en mi vida. Pienso arreglar la
casa vieja de Salem que heredé con mi hermano.
-Es una idea genial -contestó Marsha-. Necesitas un cambio de
escenario, en especial porque Kinnard vive en Beacon Hill.
-Ésa es mi idea -agregó Kim-. Voy a ir a Salem cuando salga de
trabajar. ¿Te gustaría venir? Me encantaría que me acompañaras. Tal vez podrías
darme algunas ideas acerca de qué hacer para arreglar ese lugar.
-Vamos a dejarlo para otra ocasión -pidió Marsha-. Tengo que ver
a unas personas en el departamento.
Cuando salió de trabajar, Kimberly subió a su automóvil y salió
de la ciudad. Su primera parada fue su hogar de la infancia, ubicado en
Marblehead Neck.
-¿Hay alguien en casa? -llamó al entrar en el vestíbulo de la
residencia estilo château francés.
-Estoy en el solárium, querida.
Kim recorrió el largo pasillo central y entró en la habitación
en que su madre pasaba la mayor parte del tiempo. El cuarto tenía grandes
ventanales en tres lados y daba al sur, sobre la terraza del jardín. Al este,
ofrecía una maravillosa vista del océano.
-Todavía traes puesto el uniforme -observó Joyce. Su tono era de
desaprobación, como sólo una hija puede detectar en la voz de su madre-. Espero
que no hayas traído ningún germen del hospital. Lo único que me falta es
enfermarme.
-No trabajo con enfermedades infecciosas -explicó Kim-. En donde
estoy probablemente hay menos bacterias que aquí.
-No digas eso -espetó joyce.
Las dos mujeres no se parecían en nada. Kim tendía más a ser
como su padre en términos de la estructura facial y el cabello. El rostro de
Joyce era ancho, tenía los ojos hundidos y la nariz ligeramente aguileña. El
cabello, en alguna época castaño, estaba canoso en su mayor parte. Tenía la
piel pálida como el mármol blanco, a pesar de que ya casi era pleno verano.
-Veo que todavía estás en bata -observó Kim. Se sentó en el sofá
frente al sillón de su madre.
-No tengo ninguna razón para arreglarme -repuso Joyce.
-Eso significa que papá no está aquí -contestó Kim.
-Tu padre salió anoche en un corto viaje de negocios a Londres
-comentó Joyce-. Volverá el jueves.
-¿Grace Traters lo acompañó? -preguntó Kim. Grace era la
asistente personal del padre de Kim, en una larga hilera de asistentes
personales.
-Por supuesto que Grace fue -repuso enojada Joyce-. John no es
capaz de atarse los zapatos sin Grace.
-Si te molesta, ¿por qué lo toleras, madre?
-No tengo nada que opinar del asunto -dijo Joyce.
Kim sintió lástima por su madre debido a lo que tenía que
soportar, pero también enojo contra ella por hacerse la víctima. Su padre
siempre había tenido aventuras. La situación venía desde que Kim tenía memoria.
Para cambiar el tema de la conversación, la joven preguntó por Elizabeth
Stewart.
En ese momento los lentes para leer de Joyce cayeron de la punta
de la nariz y se balancearon en el pecho pendientes de una cadena que llevaba
al cuello.
-¿Cómo se te ocurre preguntar por ella? -inquirió.
-Encontré su retrato en la cava del abuelo -explicó Kim-. Me
sorprendió mucho, sobre todo porque parece que tengo el mismo color de ojos.
¿De verdad la ahorcaron por brujería?
-Preferiría no hablar del asunto -repuso Joyce.
-Oh, madre, ¿por qué no? -preguntó Kim.
-Simplemente porque es un tema prohibido -contestó Joyce.
-¿Cómo puede ser tabú después de tantos años?
-No es algo de lo que nos sintamos orgullosos. Así que vamos a
dejar el tema.
-He tomado la decisión de arreglar la casa vieja y vivir en ella
-informó Kim.
-Convertirla en un sitio habitable implica un trabajo enorme
-comentó Joyce-. Si insistes deberías hablar con George Harris y con Mark
Stevens, el contratista y arquitecto que acaban de terminar la renovación de
esta casa. Su oficina está en Salem. Además, deberías conversar con tu hermano
Brian. Llámalo desde aquí mientras voy por el número de teléfono del
arquitecto.
Joyce se levantó del sillón y se fue. Kim sonrió mientras tomaba
el teléfono y lo colocaba en su regazo. Su madre la asombraba. En un minuto era
el epítome de la inmovilidad absorta en si misma, y al siguiente estaba
convertida en un torbellino de actividad. Intuitivamente, Kim sabía en qué
radicaba el problema: su madre no tenía suficientes cosas qué hacer.
Kim miró el reloj mientras realizaba la llamada y trató de
calcular qué hora sería en Londres. No es que importara mucho, ya que su
hermano era insomne; acostumbraba trabajar por las noches y dormía a ratos
durante el día, como una criatura nocturna.
Brian contestó a la primera llamada. Después de intercambiar
saludos, Kim le describió su idea. La respuesta de Brian fue positiva. Él
también pensaba que iba a ser mucho mejor que alguien viviera en la propiedad.
La única pregunta que hizo fue respecto al castillo y los muebles que ahí
había.
-No voy a tocar ese lugar -respondió Kim-. Eso lo veremos cuando
regreses.
-Me parece bien -repuso.
Mientras Kim se despedía de Brian, Joyce reapareció y sin decir
una palabra le entregó un trozo de papel con un número de teléfono. En cuanto
Kim colgó, Joyce le pidió que marcara el número.
-¿Por quién pregunto? -inquirió Kim mientras marcaba.
-Por Mark Stevens -dijo Joyce-. Está esperando tu llamada.
Le hablé por la otra línea.
La joven resintió un poco la interferencia de su madre, pero no
comentó nada. Sabía que Joyce sólo trataba de ayudarla.
La conversación con Mark Stevens fue breve. Ya que estaba
enterado por Joyce de que Kim estaba en la zona, sugirió que se reunieran en el
conjunto residencial en media hora. Kim aceptó.
CUANDO KIM se detuvo frente a la reja de la propiedad familiar,
un Ford Bronco estaba estacionado en la orilla de la carretera. Cuando bajó del
automóvil, dos hombres lo hicieron del Bronco. Uno era robusto y fornido, el
otro rayaba en obeso. El hombre corpulento se presentó como Mark Stevens y el
fornido era George Harris. Kim estrechó la mano de ambos, abrió la reja y
volvió a su automóvil. Detrás de ella, condujeron hasta la vieja casa.
-Es fabulosa -exclamó Mark, fascinado con la edificación.
Lo primero que hicieron fue caminar por los alrededores. Kim
explicó la idea que tenía acerca de construir una cocina y un baño nuevos en la
parte de los cobertizos para dejar intacta la sección principal del castillo.
Después de recorrer los exteriores, entraron. Kim les mostró entonces toda la
casa, incluso el sótano. Los dos hombres estaban impresionados.
-Es una estructura muy bien construida -comentó entusiasmado
Mark-. Será una casita fantástica.
-¿Es posible llevar a cabo todas las obras de renovación sin
dañar el aspecto histórico del lugar? -preguntó Kim.
-Por supuesto -aseguró Mark-. Podemos ocultar todos los ductos,
tubería e instalación eléctrica en el cobertizo y en el sótano. No los verá.
-Excavaremos una zanja y canalizaremos los servicios debajo de
los cimientos existentes, para que no tengamos que modificarlos -explicó
George-. Lo único que recomendaría es colocar un piso de concreto en el sótano.
-¿Será posible terminar las obras antes del primero de
septiembre? -preguntó Kim.
George asintió y dijo que eso no sería ningún problema.
-Tengo una sugerencia -mencionó Mark-. El baño principal estará
mejor situado en el cobertizo. Pero también podríamos construir un medio baño
en la planta alta, entre los dos dormitorios. Sería muy práctico.
-Me gusta la idea -repuso Kim-. ¿Cuándo empiezan?
-Iniciaremos de inmediato bajo un acuerdo verbal y prepararemos
luego un contrato que firmaremos en su momento -dijo Mark-. Tomaremos las
medidas hoy mismo.
-De acuerdo -aceptó Kim y les estrechó la mano.
-¿Y la reja? -preguntó George.
-Si van a empezar enseguida, entonces vamos a dejarla sin cerrar
-comentó Kim. Informó a Mark y a George que estaría en la casa principal por si
la necesitaban. Después salió de la casa vieja, subió a su automóvil y condujo
hacia el castillo. Decidió pasar un rato examinando los viejos documentos que
había en la cava. Cruzó el comedor y abrió la pesada puerta de roble. Cuando
bajaba por los escalones de granito, la puerta se cerró con un golpe sordo
detrás de ella. Se detuvo de inmediato. Era muy distinto estar ahí sola que con
Edward. Alzó la mirada hacia la puerta, con el temor de no poder abrirla y
quedar atrapada en el sótano.
-Pero qué tonta eres -dijo Kim en voz alta. Sin embargo, no
podía evitar la sensación de inquietud que la embargaba. Por fin, subió las
escaleras y se apoyó en la puerta. Como era de esperarse, ésta se abrió. Ella
dejó que se cerrara de nuevo.
Se reprendió por su imaginación excesivamente activa y, dando
zancadas llegó a la cava. Entró en una celda y empezó a registrar un archivero.
No tardó mucho tiempo en comprender lo dificil que iba a ser la tarea que se
había propuesto. Estaba revisando un archivero atiborrado de papeles. Cada
cajón estaba repleto y tuvo que revisar documento tras documento. Muchos de los
papeles estaban escritos a mano, y algunos eran difíciles de descifrar. En
otros era imposible encontrar una fecha. La mayor parte databa de finales del
siglo dieciocho. Empezó a abrir cajones al azar, en busca de algo más antiguo.
En el primer cajón de una cómoda, cerca de la puerta de la celda, hizo su
primer hallazgo.
Lo que captó su atención en un principio fueron unos cuantos
conocimientos de embarque del siglo diecisiete. Después encontró un paquete de
esos documentos atados con una cinta. Aunque eran manuscritos, la caligrafía
era elegante y clara y todos estaban fechados. Se referían en su gran mayoría a
envíos de pieles, madera, ron y azúcar. En medio del paquete había un sobre
dirigido a Ronald Stewart. La escritura era diferente, se veía torpe y
errática. Kim sacó la carta y la desdobló. Estaba fechada el "21 de junio
de 1679".
Señor:
Han pasado varios días desde que recibí su misiva. He analizado
con la familia su deseo de contraer nupcias con nuestra hija Elizabeth, que es
una muchacha con gran vitalidad. Si es la voluntad de Dios, recibirá su mano en
matrimonio, con la condición de que me provea de trabajo y me ayude a mudarme
con mi familia a la ciudad de Salem. La amenaza de los asaltos de los indios
aquí en Andover nos causa mucha intranquilidad.
Su humilde servidor,
James Flanagan
Kim volvió a guardar la carta en el sobre. Estaba indignada. No
se consideraba feminista; sin embargo, esta carta la ofendía. Elizabeth había
sido sólo una mercancía para negociar. La compasión que sentía por su
antepasado, que iba cada vez en aumento, alcanzó su máxima expresión.
La joven enfermera puso la carta encima de la cómoda y empezó a
buscar con mayor atención en el cajón. Olvidándose del tiempo, revisó cada hoja
de papel, pero no encontró más cartas. Sin darse por vencida, empezó a
registrar el segundo cajón. Fue entonces que oyó el sonido inconfundible de
unas pisadas arriba de ella.
Kim se quedó inmóvil. El temor vago que había experimentado al
empezar a bajar a la cava volvió a invadirla con más fuerza. Sólo que ahora
estaba alimentado por algo más que la atmósfera espeluznante de la casa enorme
y vacía. Se agravaba por la culpa de haberse inmiscuido en un pasado
turbulento. Mientras las pisadas recorrían el piso superior, se imaginó que se
trataba de su difunto abuelo que venía a cobrar venganza por su intento
insolente de poner al descubierto secretos familiares largamente guardados. El
sonido de las pisadas empezó a perderse y luego se mezcló con los rechinidos y
crujidos de la casa. Caminó sin hacer ruido hasta la puerta de la celda y miró
a hurtadillas los escalones de granito. En ese momento, oyó que la puerta de la
cava crujía al abrirse. Paralizada por el miedo, observó impotente que un
hombre con zapatos y pantalones negros bajaba en forma inexorable los peldaños.
A medio camino se detuvo. Entonces, una silueta se inclinó y apareció a
contraluz un rostro sin facciones.
-¿Kim? -llamó Edward-. ¿Estás aquí abajo?
Suspiró apoyada en la pared de la celda para sostenerse, puesto
que le temblaban las piernas, le gritó a Edward. En unos instantes, el
voluminoso cuerpo llenó la entrada.
-Me asustaste -dijo Kim de la manera más calmada y cordial que
pudo-. ¿Qué haces aquí? No tenía idea de que ibas a venir.
-Llamé a tu departamento. Marsha me dijo que estabas aquí con la
idea de reparar la vieja casa. Sin pensarlo un momento, decidí venir. Me siento
responsable, puesto que yo te lo sugerí.
-Qué amable -repuso Kim; el pulso le latía aún con fuerza.
-Lamento haberte asustado -se disculpó Edward.
-No te preocupes -contestó Kim-. Es mi culpa por dejar que la
imaginación vuele. Crei que eras un fantasma.
Edward hizo una mueca de maldad y contrajo las manos como
garras. Kim le dio juguetonamente un golpe en el hombro y le dijo que no era
gracioso. Ambos se sintieron aliviados. La tensión de la joven se esfumó.
-De modo que ya emprendiste esta misma tarde la búsqueda de
Elizabeth Stewart -comentó Edward, al tiempo que miraba el cajón abierto-.
¿Descubriste algo?
-Sí, así es -respondió Kim. Se acercó a la cómoda y le entregó
la carta de James Flanagan a Ronald Stewart.
Edward sacó la nota del sobre. Cuando terminó de leerla, se la
devolvió a Kim.
-Fascinante -dijo.
-¿No te molesta para nada? -preguntó Kim.
-En realidad no -contestó Edward-. ¿Debería molestarme?
-Pues a mí, en cambió, me indignó -explicó Kim-. El padre de
Elizabeth la usó para un matrimonio de conveniencia.
-Creo que tal vez te estás precipitando -señaló Edward-. La vida
era más difícil en esa época y la gente tenía que ayudarse sólo para
sobrevivir. Los intereses individuales no eran prioritarios.
-Eso no justifica hacer un trato a cambio de la vida de tu hija
ni tratarla como si fuera un objeto.
-Aun así, creo que quizá tu conclusión es excesiva -sugirió
Edward-. Sólo porque hubo una negociación entre James y Ronald, ello no
significa que la opinión de Elizabeth no haya contado en la decisión de casarse
con Ronald. Tal vez incluso fue una fuente de consuelo para ella saber que iba
a proveer el sustento del resto de su familia.
-Bueno, quizá haya sido así -reconoció Kim-. El problema es que
sé lo que le ocurrió en última instancia, y mi intuición me dice que Elizabeth
era una persona completamente inocente atrapada en una terrible tragedia por
artes de una jugarreta del destino. Cualquiera que ésta haya sido, debe haber
sido espantoso, y el hecho de que se le recuerde de manera tan horrible agrava
la injusticia -entonces Kim recorrió con la mirada los archiveros, cómodas y
cajas-. La pregunta es: ¿la explicación se encuentra en este mar de documentos?
-Yo diría que haber encontrado esta carta constituye un buen
augurio -comentó Edward-. Si hay una, tiene que haber más. ¿Pero qué opinas de
la casa vieja? ¿Ya tomaste alguna decisión sobre como repararla?
-Sí -respondió Kim-. Ven. Te explicaré.
Dejaron el automóvil de Edward en el castillo y condujeron en el
de Kim hasta la casa vieja. Con gran entusiasmo, Kim llevó a Edward a hacer un
recorrido y le explicó que iba a seguir su sugerencia de construir las
instalaciones modernas en la parte de los cobertizos y que también agregaría un
medio baño entre los dormitorios.
-Estoy muy entusiasmada -dijo Kim-. Lo que verdaderamente espero
con impaciencia es la decoración. Creo que voy a tomar unas vacaciones en
septiembre para ocuparme de ella.
Salieron de la casa y subieron al automóvil de Kim. Ella titubeó
al poner en marcha el motor.
-En realidad, siempre quise ser decoradora de interiores -dijo
con añoranza.
-¿Por qué no lo fuiste? -preguntó Edward.
Kim arrancó el auto, dio la vuelta y se dirigió al castillo.
-Mi padre me convenció de no hacerlo. No éramos cercanos, pero
él tenía una gran influencia sobre mí. Pensé que era mi culpa que no fuéramos
muy unidos, así que me esforcé mucho para tratar de complacerlo, aun al punto
de estudiar enfermería, que él consideraba una carrera más adecuada para su
hija.
Llegaron al castillo y Kim se estacionó junto al auto de Edward.
El hombre estaba a punto de bajar, pero volvió a acomodarse en el asiento. Se
puso ostensiblemente nervioso, ya que empezó a denotar inquietud y a retirarse
el cabello de la frente. Por fin, preguntó con brusquedad:
-¿Quieres ir a mi departamento cuando regresemos?
La invitación colocó a Kim en un dilema. Se daba cuenta de que
Edward había tenido que armarse de valor para invitarla y no era su deseo que
se sintiera rechazado. Al mismo tiempo, pensó en las necesidades de los
pacientes a las que tendría que enfrentarse por la mañana. Al final de cuentas,
su profesionalismo ganó.
-Lo siento -dijo-. Estoy exhausta. Me levanté desde las seis -en
un intento por hacer más ligera la situación afiadió-: Además, mañana es día de
escuela y aún no termino mis deberes.
-Podríamos acostarnos temprano -sugirió Edward.
Kim se sintió sorprendida e inquieta.
-Creo que tal vez las cosas van muy rápido -musitó-. Me siento
muy a gusto contigo, pero no quiero apresurar nada.
-Por supuesto -repuso Edward.
-Disfruto mucho de tu compañía -añadió Kim-. No voy a trabajar
ni viernes ni sábado, si coincide con tu horario.
-¿Quieres cenar conmigo el jueves? Ésa no será noche de deberes
escolares.
Kim rió.
-Será un placer -respondió.
CUATRO
Viernes 22 de julio de 1994
KIM ABRIÓ LOS OJOS. Al principio no sabía dónde estaba. Al girar
la cabeza, vio la figura de Edward que dormía y todo le vino a la mente en un
instante.
Kim se cubrió con la sábana hasta el cuello. "Eres una
hipócrita", se reprochó en silencio. Recordó haberle advertido a Edward
que no quería apresurar las cosas y ahí estaba, despertando en su cama. Kim
jamás había tenido una relación en la que hubiera llegado a una intimidad como
ésta con tanta rapidez. Trató de levantarse sin hacer ruido con la intención de
vestirse antes de que Edward despertara, pero el perro de él, un terrier Jack
Russell, pequeño, blanco y muy desagradable, llamado Buffer, empezó a gruñir y
a mostrar los dientes.
Edward se sentó en la cama y ahuyentó al perro. Con un quejido,
se dejó caer de nuevo en la almohada.
-¿Qué hora es? -preguntó.
-Son unos minutos después de las seis -contestó Kim.
-¿Por qué estás despierta tan temprano? -preguntó Edward.
-Es la hora a la que despierto normalmente -respondió Kim.
-Pero era casi la una cuando nos acostamos.
-Eso no importa -replicó Kim-. No debí haberme quedado.
-Lo siento -se disculpó Edward-. Tal vez no debí haberte
persuadido.
-No es culpa tuya -aclaró Kim.
Entrecruzaron miradas y luego ambos sonrieron.
-Ya empezamos otra vez con nuestra competencia por las disculpas
-comentó Kim con una risita.
-Es una lástima -observó Edward-. Uno pensaría que a estas
alturas ya deberíamos haber hecho algún progreso.
Kim se acercó y se abrazaron. No hablaron por un momento,
mientras disfrutaban del abrazo. Edward rompió el silencio:
-¿Quieres desayunar?
Kim se sorprendió. Contestó que pensaba que Edward querría ir
directamente a su laboratorio.
-El laboratorio puede esperar -repuso Edward-. Ha sido la noche
más placentera de todo el año y no quiero que termine.
Después de darse una ducha y vestirse, Edward y Kim salieron del
departamento. Usaron el automóvil de Kim, puesto que estaba estacionado en un
lugar prohibido y se dirigieron a una fonda barata en Harvard Square, donde se
dieron el gusto de comer huevos con tocino.
-¿Qué planes tienes para hoy? -preguntó Edward.
-Primero voy a ir a mi departamento a darle de comer a mi gata.
Sheba debe de estar muriéndose de hambre. Después creo que iré a Salem. Ya
empezaron las obras de construcción de la cabaña. Quiero ver los avances
-Kimberly había decidido llamar a la casa vieja "la cabaña", en
contraste con el castillo.
-¿Te gustaría que nos viéramos en el Bar Harvest alrededor de
las ocho de la noche?
-Es un compromiso.
Después de desayunar, Edward pidió a Kim que lo dejara cerca de
los laboratorios de biología de Harvard. Luego se quedó de pie en la acera y
agitó la mano hasta que ella se perdió de vista. Sabía que estaba enamorado y
le encantaba la sensación. Pensó en las lindas flores que le enviaba todos los
días y se preguntó si no estaría exagerando. El problema era que el joven no
tenía mucha experiencia en ese tipo de lances.
En los laboratorios, Edward vio el reloj: faltaban unos minutos
para las ocho. Subió la escalera para esperar a Kevin Scranton, pero él ya
había llegado.
-Me da mucho gusto verte -dijo Kevin-. Estaba a punto de
llamarte.
-¿Encontraste Claviceps purpurea? -preguntó Edward.
-No -respondió Kevin-. No había Claviceps.
-¡Demonios! -exclamó Edward. Se dejó caer pesadamente en una
silla. Contaba con un resultado positivo, sobre todo por Kim.
-No te pongas triste -dijo Kevin-. Encontré muchos otros mohos.
Uno de ellos resulta morfológicamente muy parecido al Claviceps purpurea, pero
se trata de una especie desconocida.
-No me digas -comentó Edward. Se alegró con la idea de que por
lo menos hubiera descubierto algo.
-Por supuesto, eso no es de sorprender -explicó Kevin-. Hay
alrededor de cincuenta mil especies conocidas de hongos, y algunas personas
creen que en realidad existe hasta un cuarto de millón. Sin embargo, este tipo
particular de moho es un ascomiceto, como el Claviceps, y forma esclerocios, al
igual que el Claviceps -Kevin se inclinó por encima del escritorio y dejó caer
varios objetos pequeños y oscuros en la palma de Edward, que pensó que se
parecían a las semillas que se ven en el pan de centeno.
-Los esclerocios son un tipo de espora vegetativa, en estado de
reposo, de ciertos hongos -explicó Kevin-. Son multicelulares y contienen
filamentos micóticos, o hifas, así como varios alimentos almacenados.
-¿Qué te hace pensar que pudieran interesarme? -preguntó Edward.
Acercó uno a la nariz. Era inodoro.
-Porque los esclerocios del Claviceps son los que contienen los
alcaloides biológicamente activos que causan el ergotismo -le explicó Kevin.
Edward estudió los esclerocios con mayor interés.
-¿Qué probabilidades hay de que estos sinvergüenzas puedan
contener los mismos alcaloides que el Claviceps?
-Creo que hay buenas probabilidades. No existen muchos hongos
que produzcan esclerocios. Es evidente que esta nueva especie se relaciona con
el Claviceps purpurea en alguna medida.
-¿Por qué no los probamos? -sugirió Edward-. ¿Qué te parece si
hacemos una tisana con estos bichos y la probamos?
-Espero que lo digas de broma -repuso Kevin.
-En realidad, no -aclaró Edward-. Me interesa saber si este
nuevo moho forma un alcaloide que produzca algún efecto alucinógeno. La mejor
manera de averiguarlo es probándolo.
-Seguramente estás loco -dijo Kevin-. Las micotoxinas son
potentes, como pueden testificar las innumerables personas que han padecido
ergotismo. Correrías un riesgo muy grande.
-¿Dónde está tu espíritu aventurero? -preguntó Edward y se puso
de pie-. ¿Me permites usar tu laboratorio para este pequeño experimento?
-Lo dices en serio, ¿verdad? -inquirió Kevin.
-Muy en serio. Voy a necesitar un mortero completo, agua
destilada, un ácido diluido para precipitar el alcaloide, unos filtros de
papel, una redoma de un litro y una pipeta de un mililitro.
-Es una locura -comentó Kevin al tiempo que reunía los
materiales solicitados.
Edward molió unos cuantos esclerocios, extrajo la pulpa con agua
destilada y precipitó una pequeñísima cantidad de la materia blanca con el
ácido diluido. Con la ayuda de los filtros, aisló unos cuantos granos -que es
la unidad de peso más pequeña- del precipitado blanco.
-No me digas que vas a comer eso -exclamó Kevin alarmado.
-Oh, vamos -repuso Edward-. No soy tonto.
-Pues podrías haberme engañado -dijo Kevin.
-Escucha -advirtió Edward-. Si este material en realidad provoca
efectos alucinógenos, debe de hacerlo también en una dosis minúscula, menos de
un microgramo -tomó una pizca del precipitado con el extremo de una espátula y
lo introdujo en un litro de agua destilada en la redoma. Luego la agitó
vigorosamente-. Podríamos juguetear con esta cosa seis meses y, a pesar de
ello, no averiguar si causa alucinaciones -explicó-. Necesitamos un cerebro
humano. El mío está disponible en este momento.
-¿Y el riesgo de toxicidad para los riñones? -preguntó Kevin.
Edward mostró una expresión de incredulidad y exasperación.
-¿Con esta dosis? No. Estamos por debajo, por un factor de diez,
del rango de toxicidad de la toxina que causa el botulismo, la sustancia más
tóxica conocida por el hombre -pidió a Kevin que le pasara la pipeta. Kevin lo
hizo a regañadientes.
-A tu salud -dijo Edward y alzó la pipeta un momento antes de
depositar un mililitro en la lengua enrollada. Tomó un sorbo grande de agua, lo
agitó en la boca y tragó.
-¿Y bien? -preguntó Kevin.
-Estoy empezando a sentirme un poco mareado -respondió Edward
Armstrong.
-¡Qué diablos! Ya estabas mareado incluso antes de empezar
-repuso Kevin.
-¡Vaya, vaya! -exclamó Edward-. ¡Algo está ocurriendo!
-¿Cómo? -preguntó Kevin.
-Veo un torrente de colores que se mueven por todas partes en
forma de amibas, como una especie de caleidoscopio -el rostro de Edward adoptó
una expresión como si estuviera en trance-. Ahora oigo sonidos como los de un
sintetizador, siento la boca un poco seca y experimento parestesia en los
brazos, como si me estuvieran mordiendo o pinchando. Es muy extraño -para
sorpresa de Kevin, Edward se acercó y lo sujetó de los brazos con fuerza
verdaderamente insólita-. Me parece que la habitación se está moviendo dijo
Edward-. Además tengo una leve sensación de asfixia.
-Voy a pedir ayuda -dijo Kevin. Sentía que el pulso le latía con
violencia. Miró el teléfono, pero Edward lo sujetó con mayor fuerza aún.
-Estoy bien -dijo Edward-. Los colores empiezan a desvanecerse.
Ya está pasando -cerró los ojos, pero se aferró a Kevin.
Después de un rato, Edward abrió los ojos y suspiró. Sólo
entonces se dio cuenta de que tenía sujeto a Kevin de los brazos. Lo soltó.
-Creo que ya tenemos la respuesta que queríamos -dijo.
-Eso fue una tremenda idiotez -espetó Kevin-. Tus bufonadas me
aterrorizaron.
-Tranquilízate -pidió Edward-. No perdamos la calma por una
reacción psicodélica que duró sesenta segundos.
Kevin señaló el reloj.
-No fueron sesenta segundos -explicó-. Transcurrieron casi
veinte minutos.
Edward alzó la mirada al reloj.
-Mira si no es extraño. Incluso creo que mi sentido del tiempo
se distorsionó.
-¿Te sientes bien en general? -preguntó Kevin.
-Muy bien. En realidad, me siento mejor que bien -titubeó al
tratar de expresar con palabras las sensaciones internas que experimentaba-,
como si tuviera mucha energía. Y muy lúcido, como si mi mente estuviera en
especial aguzada. Incluso me siento un poco eufórico, aunque eso podría deberse
a que acabamos de confirmar que este nuevo hongo produce una sustancia
alucinógena.
-No seamos tan laxos con la expresión "acabamos"
-advirtió Kevin-. Me rehuso a que me atribuyas participación en esta locura.
Prométeme que te harán un análisis de orina y una prueba de creatinina en
sangre esta tarde. Aunque a ti no te preocupe, a mí sí.
-Si eso logra que duermas tranquilo hoy, está bien. Entre tanto,
necesito más de estos esclerocios. ¿Es posible?
-Es posible ahora que descubrí el medio que este hongo necesita
para crecer, pero no puedo prometerte mucho. No es fácil cultivar hongos que
produzcan esclerocios.
-Bueno, haz tu mejor esfuerzo -pidió Edward-. Recuerda que es
probable que podamos preparar un documento muy interesante acerca de esto.
Mientras Edward corría por el campus para alcanzar el autobús de
enlace con el área médica, se sintió impaciente por decirle a Kim que la teoría
del veneno concerniente al episodio de brujería en Salem seguía vigente y
progresaba.
AL CONDUCIR POR SALEM, de camino a la cabaña, Kim decidió
detenerse en el Instituto Peabody-Essex, una institución histórica que se
alojaba en un grupo de viejos edificios restaurados en el centro de la ciudad.
Entre otras funciones, servía como depósito de los documentos sobre Salem y los
juicios por brujería.
Una recepcionista cobró una cuota a Kim y le indicó que se
dirigiera a la biblioteca, donde una bibliotecaria anciana le mostró cómo
encontrar todos los documentos relacionados con los juicios de las brujas.
Todos ellos se encontraban cuidadosamente catalogados en uno de los ficheros de
tarjeta ya pasados de moda de la biblioteca.
Kim se sorprendió y a la vez se sintió alentada por la cantidad
de material disponible. Entusiasmada, se precipitó sobre el fichero segura de
que descubriría alguna mención con respecto a Elizabeth. Pero se desilusionó;
no encontró a ningún Stewart.
Regresó al escritorio de la bibliotecaria y preguntó a la mujer
directamente por Elizabeth Stewart.
-Creo que fue una de las acusadas -explicó-. La ahorcaron.
-No es posible -aseguró la bibliotecaria sin dudar un instante-.
Me considero experta en los documentos que se relacionan con los juicios. Jamás
he visto el nombre de Elizabeth Stewart ni siquiera como testigo, menos aún
como una de las veinte víctimas.
Kim le dio las gracias y luego se concentró en la información
acerca de las familias originarias del condado de Essex. En esta ocasión, Kim
encontró una profusión de material informativo sobre los Stewart. Mientras
revisaba los documentos, se hizo patente que había dos familias Stewart
principales: la propia y otra que no era tan antigua. Después de media hora, la
joven encontró una breve mención de Elizabeth Stewart. Nació el 4 de mayo de
1665, era hija de James y Elisha Flanagan y murió el 19 de julio de 1692; fue
esposa de Ronald Stewart. Mediante una sencilla sustracción, Kim se dio cuenta
de que Elizabeth ¡había muerto muy joven, a la edad de veintisiete años!
Alzó la cabeza y miró por la ventana sin fijar la atención en
nada. Sentía la carne de gallina en la base del cuello. Kim tenía veintisiete
años y su cumpleaños era en mayo. No el cuatro, sino el seis, muy cercano al de
Elizabeth.
Al recordar el parecido físico con el retrato y considerando que
planeaba mudarse a la casa de Elizabeth, Kim empezó a preguntarse si no eran demasiadas
coincidencias. ¿Acaso todo eso le indicaba algo?
Volvió a la información genealógica y buscó el nombre de Ronald
Stewart. Descubrió que su primera esposa había sido Hannah Hutchinson, con
quien él se casó en 1677 y tuvo una hija, Joanna, nacida en 1678. Hannah murió
en enero de 1679 y luego Ronald contrajo nupcias con Elizabeth Flanagan, en
1682. Con ella tuvo otra hija, Sarah, en 1682, y un hijo, Jonathan, en 1683.
Por último, Ronald contrajo matrimonio con la hermana menor de Elizabeth,
Rebecca Flanagan, en 1692, con quien tuvo una hija llamada Rachel, en 1693.
Kim bajó el libro y una vez más miró al vacío. Oía el suave
tañido de unas campanas de alerta en la mente. Volvió a ver el libro y examinó
con atención los hechos. A tan sólo tres años de la muerte de Hannah, Ronald se
había casado con Elizabeth. Luego, después de que ésta murió, el hombre se casó
con Rebecca ese mismo año. Kim se sintió inquieta. Se le ocurrió pensar que tal
vez Ronald había tenido un romance con Elizabeth, estando aún casado con
Hannah, y quizá sostuvo una aventura con Rebecca, mientras estaba casado con
Elizabeth. Después de todo, ésta había fallecido en circunstancias extrañas.
Kim se preguntó si Hannah también. Meneó la cabeza. Se dio cuenta de que otra
vez estaba dejando volar en exceso la imaginación al tratar de sacar demasiadas
conclusiones con tan escasa información.
Después de pasar varios minutos más revisando el árbol familiar
de los Stewart, Kim confirmó que estaba emparentado con Ronald y Elizabeth a
través de su hijo, Jonathan. También descubrió que el nombre de Elizabeth nunca
volvió a aparecer en la historia familiar de más de trescientos años. No era
posible que esa situación sólo fuera casualidad. Kim se admiró del oprobio que
esa mujer se había buscado. ¿Qué podía haber hecho para justificarlo?
Mientras Kim bajaba los escalones del Instituto Peabody-Essex,
la duda que abrigaba respecto al carácter de Ronald y la posibilidad de que
hubiera habido juego sucio de su parte le dio una idea y preguntó a la
recepcionista si podía indicarle cómo llegar al edificio de los tribunales del
condado de Essex.
La construcción, una estructura austera de estilo helénico con
enormes columnas dóricas, estaba localizada en Federal Street, no lejos de la
Casa de las brujas. Kim entró y preguntó dónde estaban los registros de los
tribunales. Se presentó ante el mostrador indicado y solicitó ver cualquier
registro acerca de Ronald Stewart, nacido en 1653.
La empleada era una mujer con aspecto soñoliento de edad
indefinida. Si le sorprendió la petición de Kim, no lo demostró. Su respuesta
fue teclear algo en una terminal de computadora. Después de mirar la pantalla
un momento, salió de la habitación, sin pronunciar una palabra. Volvió con un
sobre grande de papel amarillo y se lo entregó a Kim.
-No puede sacar esto de la sala -indicó.
Kim tomó el sobre, lo llevó a una mesa y sacó el contenido.
Había mucho material, la mayor parte de éste relacionado con litigios civiles
que Ronald había entablado contra sus deudores. Pero después encontró un
contrato personal, fechado el 11 de febrero de 1681, que habían celebrado entre
Ronald Stewart y Elizabeth Flanagan. Se había redactado antes de su matrimonio,
como los convenios prenupciales contemporáneos. El contrato otorgaba a ella el
derecho a tener propiedades y a celebrar contratos a nombre propio después del
matrimonio. Hacia el final del documento, Ronald había escrito una explicación.
Kim reconoció la caligrafía como la letra de estilo elegante que había visto en
muchos de los conocimientos de embarque en el castillo. Ronald escribió: "Es
mi deseo expreso que si por alguna circunstancia debida a mis actividades
comerciales se requiere una ausencia prolongada de mi parte de la ciudad de
Salem y de Maritime Limitada, que mi prometida, Elizabeth Flanagan, pueda
encargarse por derecho y legalmente, de administrar nuestros negocios
conjuntos."
La joven hizo a un lado el convenio prenupcial y volvió a los
papeles que quedaban aún en el sobre. Descubrió una instancia jurídica
interpuesta por Ronald Stewart en la que solicitaba un auto de reivindicación.
Estaba fechada el martes 26 de julio de 1692, una semana después de la muerte
de Elizabeth.
Kim no tenía idea de lo que era un auto de reivindicación, pero
enseguida empezó a entender de qué se trataba éste. Ronald había escrito:
"Humildemente solicito a esta Corte, en el nombre de Dios, devolver de
inmediato a mi posesión las pruebas concluyentes incautadas en mi propiedad por
el alguacil George Corwin, que se usaron en contra de mi amada esposa,
Elizabeth, durante el juicio en el que se le acusó de brujería por el Tribunal
de lo penal el 20 de junio de 1692." Adjunto a la instancia legal, en la parte
posterior, estaba el fallo del magistrado John Hathorne fechado el 3 de agosto
de 1692, por el que denegaba la solicitud. En cierta forma, Kim se sintió
satisfecha. Había encontrado una prueba documental de que había habido un
juicio contra Elizabeth y que, sin duda, ésta fue condenada. Al mismo tiempo,
se sintió frustrada porque no se hiciera ninguna mención respecto a la
naturaleza de las pruebas concluyentes. Echó otro vistazo a la petición, anotó
la fecha del juicio, regresó al mostrador y llamó a la empleada.
-Me gustaría ver los registros del tribunal de lo penal del 20
de junio de 1692.
La empleada rió prácticamente en la cara de Kim. Perpleja, ésta
preguntó por qué le resultaba gracioso.
-Me pide algo que casi todo el mundo desea ver -repuso la
empleada-. El problema es que no existen dichos registros. No hay ningún acta
del tribunal de lo penal respecto a los juicios por brujería. Todo lo que
existe son unos cuantos testimonios y declaraciones, pero las actas del
tribunal como tales se esfumaron.
-Qué mala suerte -dijo Kim. Regresó a su material, guardó los
documentos en el sobre y lo devolvió a la empleada.
Posteriormente, Kim salió del complejo de edificios en su
automóvil. Al doblar la última curva del camino que conducía a la reja para
salir al bosque, vio unos camiones y camionetas estacionados cerca de la
cabaña. También había una excavadora grande y montículos de tierra fresca. Se
estacionó y bajó del automóvil. El calor del mediodía resultaba sofocante y el
olor que despedía la tierra recién removida era acre. Protegiéndose el rostro
del Sol, Kim siguió con la mirada la línea de la zanja que atravesaba el campo
hacia el castillo. En ese momento, la puerta de la casa se abrió y George
Harris salió. El sudor goteaba de la frente.
-Estaba tratando de localizarla -dijo.
-¿Ocurre algo malo?
-Quizá. Será mejor que le enseñe -hizo un ademán a Kim para que
lo siguiera al lugar donde se encontraba estacionada la excavadora-. Tuvimos
que detener las obras.
-¿Por qué? -preguntó Kim.
George no respondió. En vez de ello, condujo a Kim a la zanja.
Temerosa de pisar cerca del borde, mejor se estiró y miró al interior. Le
impresionó la profundidad, que calculó en casi dos metros y medio. Las raíces
se proyectaban de las paredes desnudas, como si fueran escobas en miniatura.
George le pidió que se fijara en el punto en el que la zanja se interrumpía de
manera abrupta, a quince metros de distancia de la cabaña. Kim logró vislumbrar
el extremo dañado de una caja de madera que sobresalía de la pared.
-Por eso tuvimos que detenernos -explicó George.
-¿Qué es? -preguntó Kim.
-Parece un ataúd -respondió George.
-¡Santo cielo!
-Encontramos también una lápida -George hizo una seña a Kim para
que se acercara al extremo de la zanja. Frente al montón de tierra excavada se
encontraba tirada sobre la hierba una losa sucia de mármol blanco-. Se colocó
en forma plana y se cubrió con tierra -dijo George y limpió la tierra seca.
Kim contuvo la respiración.
-¡Cielos, es Elizabeth! -dijo con voz entrecortado.
-¿Se trata de algún familiar? -preguntó George.
-Sí -repuso Kim. Examinó la lápida, semejante a la de Ronald. Y
al igual que la de él, sólo mostraba los datos generales, a saber: la fecha de
nacimiento y muerte de Elizabeth.
-¿Y qué hacemos? -inquirió George-. Se supone que debemos contar
con un permiso especial para mover una tumba.
-¿No es posible que la rodeen y la dejen tal y como está?
inquirió asombrada Kim.
-Tal vez -contestó George-. Podríamos ensanchar la zanja en este
lugar.
Después de que George Harris regresó a la casa, Kim se atrevió a
acercarse al borde de la zanja y se asomó para ver la esquina expuesta del
ataúd de Elizabeth. No tenía idea de cómo tomar ese descubrimiento insólito.
Primero había sido el retrato y ahora la sepultura. ¿Acaso se trataba de meras
coincidencias, o Elizabeth intentaba decirle algo? Quizá después de todos los
años transcurridos, la muerta deseaba recobrar su reputación.
El sonido de un automóvil que se aproximaba llamó la atención de
Kim. Volvió a cubrirse los ojos del Sol y observó un vehículo conocido que
dejaba una estela de polvo mientras avanzaba por el camino de tierra que
cruzaba el campo. Era el automóvil de Kinnard. Se estacionó junto al de ella.
Con una punzada de inquietud, Kim se asomó por la ventana del lado del
pasajero.
-¡Vaya, ésta sí que es una sorpresa! -exclamó-. ¿Cómo supiste
que estaba aquí?
-Marsha me lo dijo -respondió Kinnard-. Le comenté que iba a
venir acá a buscar un departamento, puesto que voy a trabajar en el Hospital de
Salem en agosto y septiembre. Recuerdas que te dije que iba a trabajar un
tiempo en este nosocomio, ¿verdad?
-Si tú lo dices -repuso Kim. No tenía intenciones de discutir.
-Te ves muy bien -observó Kinnard-. Supongo que salir con el
doctor Edward Armstrong va con tu personalidad.
-¿Cómo sabes con quién salgo? -preguntó Kim.
-Habladurías del hospital. Como elegiste a una celebridad
científica, los rumores corren. La ironía es que conozco a ese sujeto. Trabajé
en su laboratorio el año que me dediqué a investigar.
Kimberly se dio cuenta de que se había ruborizado. Era evidente
que Kinnard trataba de molestarla y, como de costumbre, lo estaba logrando.
-Edward es un tipo inteligente -dijo Kinnard-, aunque un poco
torpe e incluso extraño. O tal vez debería decir excéntrico.
-Pues yo creo que es una persona atenta y considerada -replicó a
su vez Kim.
-Me lo imagino -repuso Kinnard, al tiempo que ponía los ojos en
blanco-. Me enteré también que te manda flores a diario. Personalmente, opino
que es absurdo. Un tipo tiene que ser inseguro por completo para llegar a tales
extremos.
El rostro de Kim se encendió. Marsha debía de haberle contado
todo eso a Kinnard. Entre su madre y su compañera de cuarto, se preguntó si aún
tenía algún secreto.
-Por lo menos, él no va a hacerte enojar por ir a esquiar -dijo
Kinnard-. Tiene tal coordinación que un tramo de escaleras es todo un desafío
para él.
-Creo que te estás portando igual que un adolescente malcriado
-repuso Kim con un tono gélido cuando por fin logró articular palabra-.
Francamente, no te va bien.
-No importa -Kinnard dijo y rió con cinismo-. Proseguiré mi
camino, como dicen, a pastos más verdes. Yo mismo disfruto ahora de una nueva
relación.
-Me da mucho gusto por ti -dijo ahora Kim con sarcasmo.
-Marsha me indicó que estás trabajando en la reparación de este
lugar -comentó Kinnard-. ¿Acaso el buen doctor Armstrong se va a mudar contigo?
Kim empezó a negar la posibilidad, pero se contuvo. En vez de
ello, repuso:
-Lo estamos considerando.
-Que tengas una buena vida, de un modo u otro -dijo Kinnard.
Colocó la reversa, retrocedió con brusquedad y el automóvil patinó hasta
detenerse. Luego embragó el motor y pisó con fuerza el acelerador. En medio de
una nube de polvo, se alejó a gran velocidad por el campo.
EL BAR Harvest estaba atiborrado hasta el tope con el gentío que
acudía al lugar los viernes por la noche. Kim buscó a Edward y por fin lo
divisó con una copa de vino en la mano, en una mesa cerca de la barra. En
cuanto la vio, el rostro de Edward se iluminó y se puso de pie de un salto para
ofrecerle una silla.
-Creo que una copa de vino te caería bien -dijo Edward.
Kim asintió con la cabeza. Pudo darse cuenta al instante de que
Edward estaba agitado o cohibido. Su tartamudeo era más evidente de lo normal.
Kim lo observó mientras él llamaba a la camarera y ordenaba dos copas de vino
Chardonnay. Luego la miró.
-¿Tuviste un buen día? -preguntó.
-Estuve muy atareada -repuso Kim-. ¿Y tú?
-Fue un día fantástico -contestó Edward entusiasmado-. Tengo
buenas noticias. En las muestras de tierra de los recipientes de comida de
Elizabeth cultivamos un moho que tiene efectos alucinógenos. Creo que hemos
resuelto el asunto, por lo menos, de qué fue lo que desencadenó los juicios por
brujería en Salem. Lo único que no sabemos es si fue a causa del ergotismo o de
algo completamente nuevo -Edward relató a Kim todo lo que había sucedido en el
laboratorio de Kevin Scranton.
-¿Tomaste una droga sin saber lo que era? -preguntó alarmada
Kim-. ¿No fue demasiado arriesgado?
-Te pareces a Kevin -rió Edward-. No, no era arriesgado. Fue una
dosis muy pequeña para que entrañara algún peligro. Esta tarde me hice unas
pruebas de laboratorio de orina y creatinina en sangre para tranquilidad de
Kevin. Ambas arrojaron resultados normales. Créeme, estoy mejor que bien, estoy
eufórico. Al principio, esperaba que este nuevo hongo formara la misma
combinación de alecloides que el Claviceps, de modo que pudiera comprobarse que
el ergotismo había sido el culpable de todo. Ahora espero que produzca sus
propios alcaloides.
-¿Qué son los alcaloides? -preguntó Kim-. Es un término que me
resulta familiar, pero no podría definirlo aun cuando mi vida dependiera de
ello.
-Los alcaloides son compuestos que contienen nitrógeno y se
encuentran en los vegetales -explicó Edward-. Resultan conocidos porque muchos
de ellos son muy comunes, como la cafeína y la nicotina. Casi todos son
farmacológicamente activos.
-¿Por qué te entusiasma tanto descubrir un nuevo alcaloide si
son tan comunes? -preguntó Kim.
-Porque ya demostré que el alcaloide que contiene este nuevo
moho es psicotrópicamente activo -repuso Edward-. Además, descubrí una nueva
droga alucinógena que puede abrir las puertas a la comprensión del
funcionamiento cerebral. De manera invariable, estas sustancias imitan a los
neurotransmisores del cerebro.
Una camarera interrumpió su conversación para informarles que su
mesa estaba lista. La siguieron a la terraza y se sentaron bajo los árboles
llenos de pequeñas luces blancas. El clima era perfecto, después de haber
enfriado de manera ostensible. Mientras esperaban la cena, Kim le contó a
Edward acerca del descubrimiento de la tumba de Elizabeth.
-¡Fabuloso! -exclamó Edward-. ¿El ataúd se encuentra en buenas
condiciones?
-La parte que logré ver, sí -respondió Kim-. Estaba enterrado
muy hondo, tal vez a unos dos metros y medio de profundidad.
Mientras cenaban, la conversación giró acerca de temas mucho más
triviales. Al llegar al postre, Edward retomó el asunto de la tumba de
Elizabeth.
-¿En qué estado de conservación se encuentra el cadáver de tu
antepasado?
-No vi el cadáver -repuso Kim, sobresaltada por una pregunta
así-. No abrimos el ataúd. La excavadora sólo lo dañó un poco.
-Tal vez deberíamos abrirlo. Me encantaría tomar una muestra. Si
podemos encontrar algún residuo de cualquier alcaloide de los que producen este
nuevo hongo, contaremos con una prueba definitiva de que el demonio en Salem
era un hongo.
-Es increíble que puedas atreverte siquiera a sugerir una cosa
así -repuso Kim-. Lo último que deseo es perturbar el cuerpo de esa mujer.
-No seas supersticiosa -dijo Edward-. Comprenderás que tu
postura es parecida a estar en contra de las autopsias.
-Esto es diferente -explicó Kim-. Ella ya fue sepultada.
-Pero se hacen exhumaciones de cadáveres todo el tiempo.
-Supongo que tienes razón -dijo Kim a regañadientes.
-Tal vez ambos podríamos ir mañana a Salem -propuso Edward-.
Echaríamos un vistazo.
-Es necesario obtener un permiso para exhumar cualquier cadáver
-dijo Kim.
-La excavadora hizo ya la mayor parte del trabajo -repuso
Edward-. Echemos un vistazo y decidamos mañana.
Les llevaron la cuenta y Edward pagó. Kim le dio las gracias y
comentó que la siguiente correría por su cuenta. Él respondió que eso lo
discutirían después.
Fuera del restaurante, se produjo un momento incómodo cuando él
le pidió que fueran a su departamento, pero Kim se mostró renuente. Al final,
estuvieron de acuerdo en ir y hablar sobre el asunto. Pero a medida que la
noche transcurría, ni Kim ni Edward abordaron el tema de si ella debía quedarse
a pasar la noche. Al no decidir, decidieron. Y se quedó.
Más tarde, cuando estaban acostados uno al lado del otro, Kim
pensó en lo que le había dicho a Kinnard respecto a que Edward se iba a mudar
con ella. Lo había dicho intencionalmente, para provocar a su ex novio, pero
entonces empezó a considerar la idea en serio. En definitiva, le resultaba
atractiva.
-¿Qué te parecería ir a vivir conmigo a la cabaña cuando llegue
el primero de septiembre? -preguntó Kim.
A Edward se le trabó la lengua. El tartamudeo resurgió.
-Es una oferta muy generosa -se las arregló para contestar-.
Aunque tal vez deberíamos hablar más detenidamente sobre ello.
-¿Cómo que hablar más detenidamente sobre ello? -Kim no esperaba
que él la rechazara, sobre todo porque las flores que Edward le enviaba
continuaban llegando de manera puntual a su departamento todos los días.
-Sólo tengo miedo de que lo estés ofreciendo de manera impulsiva
-explicó Edward-. Creo que temo que cambies de parecer y luego no sepas cómo
retirar la invitación.
-¿En verdad es ésa nada más la razón por la que no quieres
aceptar? -preguntó Kim y lo abrazó-. De acuerdo -añadió-, podemos discutirlo.
Pero no voy a cambiar de opinión.
CINCO
Sábado 23 de julio de 1994
KIM DESPERTÓ por etapas al escuchar la voz de Edward. Al
principio, la incorporó a su sueño, pero después se dio cuenta de que provenía
de la otra habitación. Con cierta dificultad, abrió los ojos y miró el reloj.
Eran las cinco cuarenta y cinco de la mañana.
Preocupada porque algo malo ocurriera, Kim trató de escuchar lo
que decía, pero la voz de Edward era ininteligible. Por su tono, advirtió que
estaba emocionado.
En pocos minutos, Edward regresó; vestía una bata. Al ver que
Kim estaba despierta, se acercó y se sentó en la orilla de la cama.
-Tengo muy buenas noticias. Estaba hablando con Eleanor.
-¿A las cinco cuarenta y cinco de la mañana? ¿Quién diablos es
Eleanor?
-Una de las doctoras que trabaja conmigo. Es mi mano derecha en
el laboratorio.
-Me parece que es aún demasiado temprano para conversaciones de
trabajo -repuso Kim. Sin quererlo, pensó en Grace Traters, la supuesta
asistente de su padre.
-Eleanor laboró toda la noche -explicó Edward-. Kevin envió más
esclerocios del nuevo hongo anoche. Eleanor hizo unas pruebas sin preparar en
el espectrómetro de masas. Parece que tenemos tres alcaloides totalmente nuevos
y uno de ellos es psicoactivo -frotó las manos con entusiasmo, como si
estuviera a punto de ponerse a trabajar en ese instante-. No puedo explicarte
lo importante que esto podría llegar a ser -prosiguió-. Tal vez hemos
descubierto una nueva droga, o incluso una familia completa de drogas nuevas.
Imagínate lo que sería encontrar un nuevo grupo de ellas debido a los juicios
por brujería en Salem. Esto es aún mejor que la manera en que se descubrió el
Prozac.
-¿Ocurrió por accidente? -preguntó Kim.
-Podría decirse que sí -rió Edward-. El investigador probaba
unos antihistamínicos en un protocolo experimental que medía el efecto en el
neurotransmisor norepinefrina. Por casualidad, obtuvo el Prozac, que no es un
antihistamínico y que afecta la serotonina, otro neurotransmisor doscientas
veces más de lo que afecta a la norrpinefrina.
-Es asombroso -dijo Kim, pero en realidad no había prestado
mucha atención. Sin tomar la acostumbrada taza de café matutino, su mente no
estaba preparada para entender tales complejidades.
-Estoy impaciente por volver al trabajo -dijo Edward.
-¿Quieres cambiar de opinión respecto a ir a Salem?
-No -respondió Edward sin titubear-. Quiero ver esa tumba.
Levántate. Ya que estás despierta, vámonos -y juguetonamente sacudió las
piernas de Kim a través de las frazadas.
EN LA PROPIEDAD, lo primero que Edward vio fue la zanja para los
servicios. Le asombró su longitud.
-Ahí está el ataúd -dijo Kim al tiempo que señalaba el lugar de
donde éste sobresalía.
-Es un golpe de suerte -comentó Edward-. Me parece que es la
cabecera del ataúd. Y tenías razón respecto a la profundidad. Por lo menos
tiene dos metros y medio, o tal vez más.
-Esta zanja sólo tiene esta profundidad aquí, cerca de la cabaña
-puntualizó Kim-. En la parte donde cruza el campo, es mucho menos honda.
Edward empezó a alejarse de la casa.
-Voy a verlo más de cerca -dijo. Saltó a la zanja y empezó a
retroceder, descendiendo a mayor profundidad a cada paso.
Kim lo observó con inquietud creciente.
-¿Estás seguro de que la tierra no se hundirá? -preguntó con
nerviosismo, al oír que los terrones y las piedras caían en las grietas cuando
se acercó más al borde.
Edward no respondió. Estaba agachado y ella examinaba el extremo
dañado del ataúd.
-Esto es alentador -dijo-. Está completamente seco y fresco aquí
-introdujo los dedos en la unión abierta en parte entre la cabecera del ataúd y
uno de los costados. Con un rápido tirón, la cabecera se ladeó.
- ¡Santo cielo! -murmuró Kim para sí.
-¿Podrías ser tan amable de traer la linterna del auto? -pidió
Edward. Miraba por el extremo abierto del ataúd.
Kim hizo lo que le pidió, pero no se sentía bien al perturbar la
tumba de Elizabeth más de lo que ya habían hecho sin intención. Después de
atreverse a acercarse lo más que pudo al borde de la zanja, arrojó la linterna
a su amigo.
Edward iluminó el interior del ataúd por la abertura.
-Tenemos suerte. El cuerpo está momificado por la sequedad del
lugar y el frío.
Kim observó con horror mientras Edward colocaba en el suelo la
linterna e introducía la mano en el ataúd.
-Edward, ¿qué haces?
-Sólo voy a empujar un poco el cuerpo -explicó. Sujetó la cabeza
y empezó a empujar. Nada ocurrió, así que apoyó un pie en la pared de la zanja
y luego empujó con más fuerza. Para su sorpresa, la cabeza se desprendió de
repente, lo que provocó que Edward cayera contra la pared opuesta de la zanja.
Terminó sentado en el suelo con la cabeza momificada de la mujer en el regazo.
En ese momento, Kimberly sintió que las piernas se le doblaban.
Tuvo que apartar la mirada.
-¡Dios mío! -exclamó Edward al ponerse de pie. Miró la base de
la cabeza de Elizabeth-. Creo que el cuello se le debe de haber roto cuando fue
ahorcada -puso la cabeza en el suelo e inclinó el extremo del ataúd para volver
a ponerlo en su posición original. Con una roca, golpeó hasta colocarlo en su
lugar. Luego cargó la cabeza y volvió por la zanja hasta un lugar donde pudiera
trepar.
-Espero que no encuentres esto divertido -dijo Kim. Se negó a
mirar el objeto-. Quiero que la devuelvas enseguida a su lugar.
-Lo haré -prometió Edward-. Sólo quiero tomar una pequeña
muestra. Vamos adentro y veamos si encontramos una caja.
Kim se adelantó al tiempo que se preguntaba muy asombrada cómo
se permitía participar en una situación así. Edward percibió su actitud y
pronto encontró una caja de suministros de plomería del tamaño adecuado. Colocó
la cabeza en el interior, puso la caja en el automóvil y regresó a la casa.
-Quiero que pongas esa cabeza en su sitio tan pronto como sea
posible -advirtió Kim.
-Lo haré -repitió Edward. Para cambiar de tema, caminó a la
parte de los cobertizos de la casa y fingió admirar las cuadras. Kim lo siguió.
Las obras de reparación habían avanzado de manera muy importante. Descubrieron
que ya habían colado el piso del sótano.
-Qué bueno que obtuve mis muestras de tierra cuando lo hice
-observó Edward.
A PESAR DE LO MUCHO que le agradaba estar con Kim, Edward se
alegró de volver a su laboratorio esa tarde. Se sintió muy contento en especial
al ver a Eleanor, a quien no esperaba encontrar ahí. Ella había ido a casa,
tomó una ducha y durmió, aunque sólo cuatro o cinco horas. Explicó que estaba
muy emocionada con los nuevos alcaloides como para permanecer lejos del
laboratorio.
-¿Hay más esclerocios? -preguntó Edward.
-Sólo unos cuantos -respondió Eleanor-. Kevin Scranton dijo que
hay más en camino, pero no sabía cuándo los enviaría. No quise sacrificar los
que tenemos hasta hablar contigo. ¿Cómo quieres que separemos los alcaloides?
¿Con solventes orgánicos?
-Vamos a usar electroforesia capilar -repuso Edward-. Pero antes
quiero pedirte algo -sacó la cabeza momificada de la caja de aditamentos de
plomería. Eleanor retrocedió ante la vista macabra.
-Podrías haberme advertido -dijo.
-Supongo que sí -respondió Edward, riendo. Por primera vez
contempló la cabeza con mirada crítica. Era espeluznante. La piel tenía un
matiz marrón oscuro, estaba curtida y se había retraído en las prominencias
huesudas, lo que dejaba al descubierto los dientes en una sonrisa horripilante.
El cabello estaba seco y enmarañado, como fibra metálica.
-¿Qué es? -preguntó Eleanor-. ¿Una momia egipcia?
Edward narró a Eleanor la historia de Elizabeth.
-¿Quieres entonces hacer una prueba con el espectrómetro de
masas? -inquirió Eleanor.
-Exactamente -respondió Edward-. Sí podemos demostrar picos que
correspondan a los de los nuevos alcaloides, constituiría una prueba definitiva
de que esta mujer ingirió el moho.
Eleanor corrió al Departamento de Biología Celular a fin de
pedir prestados los instrumentos de disección anatómica. Cuando regresó, Edward
se puso a trabajar. Retiró el cuero cabelludo y dejó el cráneo al descubierto.
Después, tomó la sierra eléctrica que Eleanor había traído y cortó la parte
superior del cráneo. Eleanor y él miraron el interior. El cerebro se había
contraído en una masa cuajada en la parte posterior del cráneo. Edward picó la
masa con la punta de un escalpelo. Estaba dura.
-Corta una parte y la disolveré en alguna sustancia -le propuso
Eleanor.
Edward aceptó la sugerencia. Después de obtener la muestra,
empezaron a probar varios solventes. Sin estar seguros de lo que tenían,
comenzaron a introducirlos en el espectrómetro de masas. Con la segunda muestra
obtuvieron por fin un patrón de concordancia. Varios de los picos coincidían
exactamente con los de los nuevos alcaloides.
-¿No es científicamente fabuloso? -Comentó Edward lleno de
júbilo.
-Sí, es fantástico -estuvo de acuerdo Eleanor.
Edward se dirigió a su escritorio y llamó a Kim. Como esperaba,
le contestó la grabadora. Dejó un mensaje diciendo que en el caso de Elizabeth
Stewart, el demonio en Salem tenía una explicación científica. Después de
colgar el teléfono, regresó con Eleanor.
Estaba de un humor excepcional.
-Muy bien -le dijo-, vamos a separar estos nuevos alcaloides
para que podamos entender lo que tenemos.
Lunes 25 de julio de 1994
ANTES DE LAS SIETE de la mañana, Edward entró en el laboratorio
y se sorprendió al ver que Eleanor ya había llegado.
-Tengo dificultades para dormir -reconoció ella. El cabello, que
por lo regular peinaba con mucho cuidado, en esa ocasión estaba un poco
desarreglado.
-Yo también -diio Edward.
Habían trabajado el sábado por la noche y todo el domingo. Un
poco después de la medianoche, consiguieron perfeccionar una técnica de
separación. Todo lo que necesitaban entonces era más material, y Kevin Scranton
había llamado para comunicarles que iba a enviar otro lote de esclerocios el
lunes por la mañana.
-Quiero que todo esté ya preparado cuando llegue el material
-manifestó Edward-. Debe de estar aquí alrededor de las nueve.
-Como usted ordene -repuso Eleanor mientras chocaba los talones
y hacía un saludo militar en son de broma. Edward intentó darle un ligero golpe
en la cabeza; sin embargo, ella resultó mucho más ágil que él.
Después de trabajar febrilmente por más de una hora, Eleanor le
dio una palmadita a Edward en el brazo.
-¿Estás pasando por alto a tu pequeño rebaño de manera
deliberada? -hizo una seña por encima del hombro.
Edward miró a su alrededor y vio a los estudiantes que
deambulaban por el lugar en espera de su consejo.
-Escuchen -anunció en voz alta Edward-. Hoy están por su cuenta.
Yo me encuentro muy ocupado -con algunos refunfuños, el grupo se dispersó.
Edward no advirtió esa reacción. Volvió directamente al trabajo.
Unos minutos después, Eleanor le tocó el brazo una vez más.
-¿Podrías decirme qué pasó con la cátedra que tenías a las nueve
de la mañana? -preguntó.
-¡Cielos! -exclamó Edward-. Busca a Ralph Carter y que me cubra
-Ralph Carter era uno de sus asistentes principales.
En poco tiempo, Ralph llegó. Era un hombre esbelto, barbado, de
rostro sorprendentemente ancho y mejillas encendidas.
-Necesito que te hagas cargo del curso de verano de bioquímica
-indicó Edward.
-¿Por cuánto tiempo? -preguntó Ralph, obviamente no muy
entusiasmado.
-Ya te avisaré -repuso Edward.
Tal como se lo habían prometido, los esclerocios llegaron un
poco después de las nueve. Edward esparció con gran cuidado los granos oscuros,
parecidos a los del arroz, en un trozo de papel de filtrar, como si fueran
pepitas de oro.
-Se ven muy desagradables -comentó Eleanor-. Podrían ser
excremento de ratón.
-O semillas en el pan de centeno -añadió Edward-. Es una
metáfora históricamente más significativa.
Antes del mediodía, ambos lograron producir una pequeñísima
cantidad de cada alcaloide. Las muestras de polvo blanco estaban en la base de
pequeños tubos de ensayo cónicos, con etiquetas que decían: A, B y C. A simple
vista, los alcaloides se veían idénticos.
-¿Cuál es el siguiente paso? -preguntó Eleanor mientras alzaba
uno de los tubos de ensayo para verlo a la luz.
-Averigüemos si son psicoactivos -respondió Edward.
-Tal vez podríamos usar preparaciones de ganglios Aplasia
fasciata. Nos indicarían si son neuroactivos -sugirió Eleanor.
Edward negó con la cabeza.
-Eso basta. Quiero saber cuáles provocan reacciones alucinógenas
y necesito respuestas rápidas. Para ello requerimos un cerebro humano.
-¡No podemos emplear voluntarios a sueldo! -repuso Eleanor
consternada-. Eso constituiría una falta flagrante a la ética.
-No tengo la intención de utilizar voluntarios a sueldo -aclaró
Edward-. Tú y yo nos las arreglaremos -colocó una cantidad minúscula de cada
nuevo alcaloide en dos redomas distintas y llenó cada una con un litro de agua
destilada. Las agitó vigorosamente y después sacó dos pipetas de un mililitro
de un cajón-. ¿Quieresunirte? -preguntó.
Eleanor miró con atención a Edward.
-¿Estás convencido de que no es arriesgado? -preguntó.
-No creo que sea peor que realizar algunas inhalaciones de
mariguana -explicó Edward-. Como máximo, un mililitro contiene unas cuantas
millonésimas de un gramo. Además, ingerí un extracto rudimentario en
comparación con éste y no me provocó ningún efecto dañino. En realidad, casi
podría decir que lo disftuté. Estas son muestras relativamente puras -Edward
llenó una pipeta y luego vertió un mililitro en la lengua.
-De acuerdo -aceptó Eleanor-. Yo sigo. Dame una pipeta.
KIM CRUZÓ A TODA PRISA el centro de la Unidad quirúrgica de
terapia intensiva, tratando de evitar el amontonamiento de camas. Los pacientes
habían ido y venido todo el día y ésa era la primera oportunidad que tenía para
llamar a Edward. Estaba ansiosa de hablar con él desde la mañana, cuando George
Harris le informó que iban a rellenar la zanja para las tuberías temprano al
día siguiente. Tomó el teléfono y marcó al laboratorio de Edward.
-Me alegra que hayas llamado -dijo el científico cuando
contestó-. Separamos los alcaloides y Eleanor y yo acabamos de determinar que
uno de ellos, el compuesto B, es psicoactivo. Ahora sabemos hacia dónde
concentrar nuestros esfuerzos -Edward estaba eufórico.
-Me da gusto por ti -repuso Kim-. Pero hay un problema. Tenemos
que llevar la cabeza de Elizabeth de regreso a Salem.
-Podemos llevarla el fin de semana -replicó Edward.
-Entonces será demasiado tarde. Acabo de hablar con el
contratista. Van a rellenar la zanja por la mañana.
-¡Oh, caramba! -exclamó Edward-. Estamos avanzando a una
velocidad asombrosa. Detesto perder el tiempo. ¿No es posible pedirles que
rellenen la zanja después del fin de semana?
-No pregunté -dijo Kim-, y no quiero hacerlo. Tendría que darles
una razón, y el único motivo tendría que relacionarse con el ataúd. No quiero
que el contratista tenga ni la más mínima idea de que violamos la tumba.
Hubo un pausa incómoda; enseguida, Edward preguntó:
-¿Por qué no la llevas tú?
-Edward, me lo prometiste -repuso Kim.
-Por favor -le pidió Edward-. Te lo compensaré. Es sólo que por
el momento estoy muy ocupado. Ya empezamos a analizar la estructura.
-De acuerdo -aceptó Kim-. ¿Cómo voy a tenerla?
-Te la enviaré con un mensajero -dijo Edward-. La tendrás antes
de que salgas de trabajar. ¿Qué te parece?
-Te lo voy a agradecer -contestó Kim.
Volvió a su trabajo, pero mientras iba y venía entre las camas,
atendiendo a los pacientes, sintió irritación porque Edward había faltado a su
promesa de ir con ella a devolver la cabeza, en especial porque él estaba
plenamente consciente del disgusto que experimentaba Kim por tener algo que ver
con ese asunto. El comportamiento de Edward contrastaba con su cortesía, la
inquietaba.
CUANDO KIM SE APROXIMABA a la propiedad esa tarde, su ansiedad
aumentó. La cabeza de Elizabeth se hallaba en el maletero de su automóvil,
dentro de la caja de computadora con la que Edward la había enviado. Mientras
más tiempo pasaba cerca de ella, más aprehensión experimentaba.
Al cruzar la reja, que estaba abierta de par en par, Kim temió
que los obreros de la construcción todavía estuvieran ahí. Al dejar atrás la
arboleda, se confirmaron sus temores. Había dos vehículos frente a la cabaña.
Tenía la esperanza de que los albañiles se hubieran marchado. Se estacionó
junto a los vehículos y bajó del automóvil. Casi al mismo tiempo, George Harris
y Mark Stevens aparecieron en la puerta principal. Se mostraron ostensiblemente
complacidos de verla llegar.
-Qué sorpresa tan agradable -dijo Mark-. Íbamos a llamarla por
teléfono más tarde. Tenemos muchas preguntas.
Durante la siguiente media hora, Mark y George llevaron a Kim a
hacer un recorrido por las obras de renovación. Para gran alegría de Kim, Mark
había llevado muestras de granito a la cocina y los baños. Con el sentido que
poseía del color, Kim no tuvo dificultades para tomar decisiones. Los
arquitectos estaban impresionados. Incluso Kim estaba sorprendida. Sabía que su
habilidad para tomar decisiones de esa manera era un tributo a los progresos
que había realizado en cuanto a la confianza en sí misma. Cuando ingresó en la
universidad, ni siquiera era capaz de decidir algo como el color de su
cubrecama.
Cuando terminaron con los interiores, salieron y caminaron por
los alrededores de la construcción. Kimberly les dijo que quería que las
ventanas nuevas en los cobertizos fueran iguales a las ventanas con pequeños
cristales en forma de diamante de la parte principal de la casa.
-Entonces tendrán que mandarse hacer a su gusto -aclaró George-.
Eso es más caro.
-Así las quiero -replicó Kim sin titubear.
Después de que el contratista y el arquitecto partieron, la
joven regresó al interior de la casa a fin de buscar un martillo. Con él en
mano, abrió el maletero de su auto y cargó la caja de la computadora. Mientras
seguía la zanja para encontrar un lugar desde donde pudiera saltar, Kim se
sintió como un ladrón en la noche. Continuamente se detenía para oír si no se
aproximaba algún auto.
En la zanja, las altísimas paredes parecían curvarse sobre la
cabeza de Kim, lo que agravaba su temor de que pudieran venirse abajo en
cualquier momento. Con manos temblorosas, se dedicó a trabajar en el extremo
del ataúd. Insertó las garras del martillo, levantó la cabecera haciendo
palanca y luego se volvió para mirar la caja de computadora.
Abrió las hojas de cartón de la tapa y se asomó con renuencia al
interior. Elizabeth la miraba con fijeza con los globos oculares secos,
hundidos y en parte descubiertos. Kim trató de reconciliar esa cara
horripilante con la del retrato. Las imágenes eran diametralmente opuestas y le
pareció inconcebible que pertenecieran a la misma persona.
Kim contuvo el aliento, alargó los brazos y alzó la cabeza. Se
volvió con cuidado para no tropezarse con las tuberías y cables recién
colocados; luego introdujo la cabeza en el ataúd y cautelosamente la puso en su
lugar. A toda prisa, inclinó el extremo del ataúd y golpeó con el martillo para
devolverlo a su posición original.
Tomó la caja vacía y corrió por la zanja. No se tranquilizó sino
hasta que colocó la caja de nuevo en el maletero de su auto. Se puso las manos
en las caderas y contempló la cabaña silenciosa y acogedora. Trató de imaginar
cómo sería la vida en aquellos días terribles de la cacería de brujas, cuando
la pobre Elizabeth, sin saberlo, ingería granos venenosos que alteraban la
mente. Por sus lecturas, Kim sabía que a la mayor parte de las jóvenes
aquejadas, en teoría intoxicadas con el mismo contaminante que Elizabeth, no se
les había considerado brujas, como a Elizabeth. La excepción era Mary Warren,
que había sido tanto víctima de los ataques como acusada; sin embargo, la
habían puesto en libertad y no la habían ejecutado. ¿Por qué el caso de
Elizabeth fue diferente?
Kim suspiró y meneó la cabeza. No tenía ninguna respuesta. Todo
parecía volver a las misteriosas pruebas contra Elizabeth. La mirada de Kim se
dirigió al castillo. Vio el reloj. Todavía le quedaban varias horas de luz. De
manera impulsiva, subió al automóvil y condujo hacia él.
Cuando entró por la puerta principal, silbó para no sentirse
sola. Abrió la pesada puerta de roble de la cava, encendió las lámparas y bajó
por los escalones de granito. Al recorrer el pasillo central, vio una caja de
madera encima de una cómoda en una de las celdas. Se inclinó sobre la cómoda y
pasó los dedos a lo largo de la parte superior de la caja, que dejaron huellas
paralelas en el polvo. No había duda de que la caja era antigua. Colocó las
manos en ambos extremos y abrió la tapa sostenida con bisagras.
En el interior, había una Biblia desgastada con gruesas pastas
de cuero. La sacó y advirtió que debajo de ella había varios sobres y otros
documentos. Llevó la Biblia al corredor, donde la luz iluminaba mejor. Abrió la
pasta y la guarda y vio la fecha: Londres, 1635.
Antes de devolver la Biblia a su caja, Kim examinó los sobres y
documentos. Los primeros contenían papeles mercantiles. Sin embargo, entre los
documentos descubrió uno que tenía varias páginas dobladas en tres partes. Al
desdoblarlo, encontró el título de una enorme extensión de terreno llamada
Northfields. En la otra página había un mapa. No le fue dificil reconocer la
zona. La superficie abarcaba los actuales terrenos propiedad de los Stewart,
los que ahora ocupaba el Club campestre Kernwood y el cementerio de Greenlawn.
También atravesaba el río Danvers, marcado como el río Wooleston, para incluir
propiedades en Beverly. Hacia el noroeste, abarcaba lo que en ese momento eran
Peabody y Danvers, que en el título se denominaban Aldea de Salem.
La firma de la compradora que aparecía en el título de propiedad
era de Elizabeth Flanagan Stewart. La fecha, 3 de febrero de 1692. Kim recordó
que el convenio prenupcial que había visto en los tribunales del condado de
Essex otorgaba a Elizabeth el derecho de poder celebrar contratos a su nombre.
Pero, ¿por qué era Elizabeth la compradora en este caso particular, sobre todo
porque se trataba de una enorme extensión de tierra que debió de haber costado
una fortuna?
Adjunto en la parte posterior del título de propiedad había una
última hoja de papel, más pequeña y escrita con letra diferente. Kimberly alzó
el documento a la luz y descubrió que se trataba del fallo del magistrado
Jonathan Corwin por el que denegaba la petición presentada por Thomas Putnam
para declarar nulo y sin efectos el contrato de compra de Northfields debido a
la ilegalidad de la firma de Elizabeth. Para concluir, el magistrado Corwin
escribió: "La legalidad de la firma del contrato antes mencionado se basa
en el contrato que obliga a Ronald Stewart y a Elizabeth Flanagan, fechado el
11 de febrero de 1681."
Por sus lecturas, Kim sabía que Thomas Putnam había sido uno de
los principales personajes que sumió a la aldea de Salem en una lucha de
facciones antes del frenesí por la brujería. Muchos historiadores consideraban
que él había sido la principal causa social oculta detrás del episodio. La
esposa e hija de Thomas Putnam, aquejadas por el maleficio, presentaron muchas
de las acusaciones de brujería. Con toda seguridad, Putnam desconocía el
contrato prenupcial celebrado entre Ronald y Elizabeth cuando interpuso su
demanda.
Kim dobló el título y el fallo con lentitud. Resultaba evidente
que a Thomas Putnam le había enojado mucho la compra del terreno por parte de
Elizabeth, y considerando su participación en el episodio de brujería, su
enemistad bien podría haber empujado a Elizabeth en medio de la tragedia.
La joven colocó el título y el fallo anexo encima de la Biblia.
Luego examinó el resto de los documentos contenidos en la caja. Para gran
alegría suya, encontró otro documento que databa del siglo diecisiete: un
contrato celebrado entre Ronald Stewart y Olaf Sagerholm de la ciudad de
Gotemburgo, Suecia. En dicho documento se designaba a Olaf para construir un
barco con el diseño de una nueva y veloz fragata. El contrato tenía fecha del
12 de diciembre de 1691.
A continuación Kim guardó la Biblia y los dos documentos del
siglo diecisiete en la caja y la llevó de la celda a una consola situada al pie
de la escalera que conducía al comedor. Planeaba usar esa caja como depósito de
todos los papeles que encontrara relacionados con Elizabeth o Ronald. Con ese
propósito, fue por la carta de James Flanagan y la colocó junto con los demás
materiales.
Regresó a la habitación en la que había encontrado la caja de la
Biblia e inició una búsqueda diligente en la cómoda sobre la que se encontraba
la caja. Después de varias horas se incorporó y estiró. Ese día no descubrió
nada interesante. Echó un vistazo al reloj y se dio cuenta de que ya casi eran
las ocho, hora de volver a casa.
Encontró muy poco tránsito hasta que entró en el área de Boston
propiamente dicha. En lugar de continuar por Storrow Drive, que era sólo un
tramo corto, cambió de opinión y decidió tomar la salida de Fenway. De pronto
se le ocurrió la idea de visitar a Edward en el laboratorio.
Los encargados de la seguridad de la escuela de medicina le
permitieron pasar gracias a su tarjeta de identificación del Hospital General
Mass. Kim subió por las escaleras. Había visitado ese lugar en una de sus
salidas a cenar con Edward, de modo que conocía el camino. Con plena confianza
tocó a la puerta de vidrio esmerilado que conducía al laboratorio.
Una mujer atractiva, esbelta y rubia, cuya figura curvilínea se
evidenciaba a pesar de la enorme bata blanca de laboratorio que llevaba puesta,
abrió la puerta.
-¿Sí? -preguntó Eleanor de manera mecánica.
-Busco al doctor Edward Armstrong -contestó Kim.
-El doctor Armstrong no recibe por ahora -repuso Eleanor,
mirando a Kim de arriba abajo.
-Creo que a mí sí querrá verme -replicó Kim, pero en realidad no
estaba tan segura y, por un momento, se preguntó si había hecho bien en ir.
-¿Cómo se llama? -preguntó Eleanor de modo altanero.
-Kimberly Stewart.
Eleanor no dijo nada más antes de cerrar la puerta en las
narices de Kim. Ella esperó. Cambió de posición y deseó no haber ido. Entonces,
la puerta se abrió de nuevo.
-¡Kim! -exclamó Edward-. ¿Qué haces aquí?
Kim se disculpó suponiendo que había llegado en un momento
inoportuno.
-Claro que no -repuso Edward-. Estoy ocupado, pero no importa.
Adelante -se apartó de la puerta para cederle el paso.
-¿Quién me abrió? -preguntó Kim al entrar en el laboratorio.
-Eleanor -respondió Edward.
-No fue muy amable que digamos -comentó Kim.
-¿Eleanor? -preguntó Edward-. Debes de estar equivocada. Ella se
lleva bien con todo el mundo. Es sólo que los dos estamos ya un poco agotados.
Hemos estado trabajando sin cesar desde el sábado. Apenas hemos dormido.
Llegaron al escritorio de Edward. Él retiró una pila de
publicaciones de una silla y le hizo una seña a Kim para que se sentara allí.
Edward tomó asiento en el sillón de su escritorio.
Kim observó el rostro de Edward. Parecía estar sobreexcitado,
como si hubiera bebido una docena de tazas de café. La mandíbula inferior se
agitaba nerviosamente mientras mascaba goma.
-¿A qué se debe toda esta actividad febril? -preguntó ella.
-Sin duda, se debe al nuevo alcaloide -le explicó Edward-.
Definitivamente es alucinógeno, pero creemos que es mucho más. Tenemos razones
para pensar que calma, vigoriza y tal vez incluso fortalece la memoria.
-¿Cómo lograste averiguar todo eso con tanta rapidez? - inquirió
Kim sorprendida.
Edward rió un poco cohibido.
-Todavía no estamos seguros de nada -reconoció-. Muchos
investigadores considerarían el trabajo que hemos realizado hasta ahora poco
menos que científico. Lo que estamos haciendo es darnos una idea general de las
propiedades del alcaloide. Los resultados son muy interesantes.
Kim quería contarle lo que había ocurrido con la cabeza de
Elizabeth, pero Eleanor entró en forma despreocupada y monopolizó de inmediato
la atención del hombre con una hoja impresa por computadora. Eleanor ni
siquiera tomó en cuenta la presencia de Kimberly, ni él las presentó. Kim
observó mientras ellos sostenían una charla animada sobre la información. Era
evidente que Edward se sentía complacido. Por fin, hizo algunas sugerencias a
su colaboradora, le dio una palmada en la espalda y ella desapareció por el
pasillo contiguo.
-¿Más buenas noticias? -preguntó Kim al referirse al impreso que
Eleanor le había llevado.
-Ya lo creo -contestó Edward-. Eleanor ya confirmó nuestra
impresión preliminar de que el compuesto es una molécula tetracíclica con
múltiples cadenas secundarias.
Kim estaba impresionada.
-¿Cómo es posible que puedan deducir eso?
-Estamos usando todas las armas de nuestro arsenal de
investigación en esto -explicó Edward-. Y por otro lado, la información no deja
de fluir a borbotones. Obtendremos la estructura completa en un tiempo récord.
Pero dime, ¿qué pasó en Salem?
Por un momento, la pregunta de Edward desconcertó a Kim. Lo veía
tan absorto en su trabajo, que ella estaba a punto de excusarse y salir de ahí.
Contestó que había vuelto a poner la cabeza de su antepasado en su lugar y
mientras le contaba acerca del título de propiedad de Northfields firmado por
Elizabeth y cómo ese hecho había enfurecido a Thomas Putnam, Eleanor volvió a
hacer acto de presencia y una vez más se enfrascó con Edward en una entusiasta
discusión. Cuando ella salió, Kim decidió marcharse.
-Será mejor que me vaya -comentó.
-Te acompaño a tu automóvil -ofreció Edward.
Mientras bajaban la escalera, Kim percibió un cambio en la
conducta de Edward. Se puso más nervioso. Cuando llegaron al automóvil,
manifestó:
-He estado pensando en tu propuesta de vivir contigo en la
cabaña -hizo una pausa, al tiempo que jugueteaba con una piedra con la punta
del pie. Kim esperó con impaciencia, ya que no estaba segura de lo que él iba a
decir. Entonces, él espetó:
-Me gustaría aceptar, si aún estás dispuesta.
-Sí lo estoy -declaró Kim con alivio. Se estiró y lo abrazó.
SEIS
Viernes 29 de julio de 1994
EL ENTUSIASMO DE EDWARD se intensificó a medida que la semana
transcurría. La base de datos sobre el nuevo alcaloide aumentó a una tasa
exponencial. Para todos los propósitos prácticos tanto él como Eleanor vivían
en el laboratorio. Edward insistía en comprobarlo todo personalmente, por lo
que no tenía tiempo para nada más. No había impartido sus cátedras ni dedicado
un momento a su grupo de alumnos graduados. Muchos de sus proyectos de
investigación se encontraban estancados debido a la falta de su liderato y
consejo.
A Edward no le importaba nada. Como un artista en un arrebato de
creación, estaba cautivado por la nueva droga y totalmente ajeno a lo que le
rodeaba. El miércoles temprano, en una proeza extraordinaria de química
orgánica cualitativa, terminó de caracterizar por completo el núcleo
estructural de cuatro anillos del compuesto. El miércoles por la tarde, el
científico definió todas las cadenas secundarias. A manera de broma, Edward
describió la molécula como una manzana de la que salían gusanos.
Las cinco cadenas secundarias, en particular le fascinaron al
científico. Una era tetracíclica, igual que el núcleo, y se parecía a esa
sustancia. Otra se asemejaba a una droga conocida como escopolamina. Las tres
últimas eran similares a los principales neurotransmisores del cerebro:
norepinefrina, dopamina y serotonina.
La madrugada del jueves, Edward y Eleanor vieron recompensados
sus esfuerzos cuando la imagen de la estructura molecular completa apareció en
la pantalla de la computadora en un espacio virtual de tres dimensiones. El
logro fue producto del nuevo programa informática, de la capacidad de la
supercomputadora y de horas de acalorados debates entre ambos, donde cada uno
desempeñaba el papel de abogado del diablo frente al otro.
Después de ejercitar los dedos como si fuera un virtuoso a punto
de tocar una sonata de Beethoven, Edward se sentó ante la teriminal que estaba
conectada en línea con la supercomputadora. Apelando a todos sus conocimientos,
experiencia e intuición para la química, empezó a trabajar con el teclado. En
la pantalla, la imagen vibró y trepidó mientras Edward manipulaba la molécula y
separaba las dos cadenas secundarias que instintivamente reconocía como las
responsables del efecto alucinógeno: la que se parecía a esa sustancia, y la
otra semejante a la escopolamina.
Para gran alegría suya, logró remover todo, salvo un minúsculo
fragmento de dos partículas de carbono de la cadena secundaria de esa
sustancia, sin afectar el compuesto de manera muy significativa. En cambio, la
cadena secundaria de escopolamina fue otro cantar. Edward sólo fue capaz de
amputarla de un modo parcial. Cuando trató de quitar más, la molécula se dobló
sobre sí misma.
Después de retirar todo lo que se atrevió de la cadena de
escopolamina, Edward descargó los datos de la molécula en su computadora del
laboratorio. La imagen que Eleanor y él contemplaban en ese momento era la de
una nueva droga artificial e hipotética formada mediante la manipulación por
computadora de un compuesto natural. La meta de Edward era eliminar todos los
efectos colaterales alucinógenos y antiparasimpáticos de la sustancia. Estos
últimos se referían a la boca seca, la dilatación de las pupilas y la amnesia
parcial que tanto él como Eleanor habían experimentado posterior a la ingestión
del compuesto.
En ese momento se puso en marcha el verdadero punto fuerte de
Edward: la química orgánica sintética. En un esfuerzo maratónico, a altas horas
de la noche del jueves, ideó un proceso para elaborar la droga a partir de los
reactivos químicos a su disposición. Temprano por la mañana del viernes,
produjo una ampolla llena de la nueva sustancia.
-¿Qué opinas? -preguntó Edward a Eleanor mientras los dos
miraban el frasco.
- Creo que has realizado una hazaña extraordinaria de
virtuosismo químico -expresó Eleanor con sinceridad.
- No pretendía oír un cumplido -repuso Edward-. ¿Qué piensas que
es lo primero que debemos hacer?
- Soy la integrante más conservadora de este equipo -observó
Eleanor-. Opino que nos demos una idea acerca de la toxicidad.
-De acuerdo, hagámoslo -coincidió Edward. Se puso de pie con
dificultad y ayudó a Eleanor. Juntos volvieron al trabajo.
Lo primero que hicieron fue añadir concentraciones variadas de
la droga a diversos tipos de cultivos de tejidos, incluyendo células de riñón y
nerviosas. Aun las dosis relativamente grandes no produjeron ningún efecto.
A continuación, elaboraron un preparado de ganglios de Aplasia
fasciata, insertando pequeños electrodos en las células nerviosas que
transmitían los impulsos eléctricos de manera espontánea. Al conectar los
electrodos a un amplificador, crearon una imagen de la actividad celular en un
tubo de rayos catódicos. Poco a poco, añadieron la droga al líquido penetrante.
La observación de las respuestas neuronales les permitió determinar que, en
efecto, la droga era bioactiva, aunque no deprimía ni aumentaba la actividad
espontánea. En vez de ello, la sustancia parecía estabilizar el ritmo.
Con entusiasmo creciente, puesto que todo lo que habían hecho
hasta entonces produjo resultados positivos, Eleanor administró la nueva droga
a un lote de ratas que estaban bajo estrés, en tanto que el científico la
agregaba a una preparación sináptica recién elaborada. Eleanor se dio cuenta de
inmediato de que la droga producía un efecto tranquilizador en los roedores.
Edward tardó un poco más en obtener resultados. Descubrió que la
droga afectaba los niveles de los tres neurotransmisores, pero no de la misma
manera. El efecto era mayor en la serotonina que en la norepinefrina, que a su
vez se afectaba más que la dopamina. Lo que no esperaba era que la droga
pareciera formar un enlace covalente débil con los ácidos glutámico y gama
amino-butírico, dos de los principales agentes inhibidores del cerebro.
-¡Esto es fantástico! -exclamó Edward-. Estoy seguro de que esta
droga es tanto un antidepresivo como un ansiolítico, y como tal podría
revolucionar el campo de la psicofarmacología. Tal vez llegue a compararse con
el descubrimiento de la penicilina.
-Aunque quizá sea alucinógeno -advirtió Eleanor.
-Con franqueza, lo dudo -manifestó Edward-. No después de
remover la cadena secundaria parecida a esa sustancia. Sin embargo, tenemos que
cerciorarnos.
Se dirigieron a la mesa de trabajo de Edward y prepararon varias
soluciones cada vez más concentradas. Él fue el primero en probar la droga, y
al ver que no ocurría nada, Eleanor también la bebió. Tampoco percibió ningún
efecto. Alentados por ello, aumentaron poco a poco las dosis hasta un miligramo
completo, sabiendo que esa sustancia producía efectos psicodélicos a 0.05
miligramos.
-¿Y bien? -preguntó Edward después de media hora.
-En lo que a mí respecta, no he sentido ningún efecto
alucinógeno -respondió Eleanor.
-Aunque sí hay un efecto -agregó Edward.
-Sin duda -repuso ella-. Pero tendría que describirlo como una
especie de satisfacción tranquila. Además, siento que mi memoria de largo plazo
ha despertado de una especie de ensueño. De pronto recuerdo mi número
telefónico de cuando tenía seis años, el año en que mi familia se mudó a la
costa occidental.
-¿Y tus sentidos? -preguntó Edward-. Los míos parecen haberse
agudizado, sobre todo el del olfato.
Eleanor echó la cabeza hacia atrás y olfateó el aire.
-Nunca me había dado cuenta de que en este laboratorio había tal
mezcolanza de olores.
-Hay algo más que experimento -declaró Edward-. No sería
sensible a ello si no hubiera tomado Prozac hace un par de años, después de que
mi padre murió. Ahora me siento socialmente seguro, como si pudiera integrarme
a un grupo de gente y hacer todo lo que quisiera. La diferencia es que en
aquella ocasión tuve que tomar Prozac tres meses antes de sentirme así.
-No podría decir que tengo esa misma sensación -replicó
Eleanor-. Pero puedo afirmar que siento la boca un poco seca. ¿Tú también?
-Quizá -reconoció Edward. Luego miró directamente a los ojos
azul oscuro de Eleanor-. Es posible que tengas las pupilas un poco dilatadas.
Si lo están, es probable que se deba a la cadena secundaria de escopolamina que
no pudimos eliminar por completo. Ahora comprueba tu visión cercana.
Eleanor tomó el frasco de un reactivo y leyó la letra menuda de
la etiqueta.
-No hay problema -manifestó ella.
-Muy bien. Empieza a diseñar un modelo molecular computarizado
para crear una familia de compuestos a partir de la nueva droga, sustituyendo
las cadenas secundarias.
Mientras Eleanor se iba a trabajar en su computadora, Edward
llamó a Stanton Lewis.
-¿Te gustaría cenar esta noche con Kim y conmigo? -preguntó
Edward-. Hay algo que debes saber.
-Ajá, bribón -repuso Stanton-. ¿Acaso se trata de algún tipo de
anuncio social importante?
-Creo que será mejor que lo hablemos en persona -repuso Edward
con suavidad-. ¿Qué me dices de la invitación a cenar? Yo voy a pagar.
-Esto parece serio -comentó Stanton-. Tengo una reservación para
cenar en el Anago Bistro en Main Street, Cambridge. Es para dos personas, pero
me encargaré de que la cambien a cuatro. Nos vemos a las ocho de la noche.
-Excelente -dijo Edward y colgó enseguida antes de que Stanton
pudiera hacer más preguntas. Después Edward llamóa Kim a su trabajo en la
Unidad quirúrgica de terapia intensiva.
-¿Estás muy ocupada? -preguntó él cuando Kim contestó.
-Ni lo preguntes -contestó Kim.
-Hice planes para cenar con Stanton y su esposa -comentó Edward
con entusiasmo-. A las ocho en punto. Lamento avisarte con tan poca
anticipación.
-Preferiría cenar sólo contigo -dijo Kim.
-Es muy amable de tu parte decir eso -respondió amable Edward-.
Yo también preferiría cenar a solas contigo. Pero tengo que hablar con Stanton
y pensé que podríamos hacer una especie de pequeña fiesta. Después de cenar, tú
y yo daremos un paseo por la plaza, como el día que nos conocimos. ¿Qué te
parece?
-Bueno, es un compromiso -aceptó Kim.
KIM Y EDWARD LLEGARON primero al restaurante. La anfitriona los
condujo a una mesa acogedora al lado de una ventana. La vista daba a una
sección de Main Street, con su repertorio de pequeñas pizzerías y restaurantes
hindúes. Un camión de bomberos pasó a toda velocidad, las sirenas ululaban.
-Juraría que el cuerpo de bomberos de Cambridge usa su equipo
para ir por café -comentó Edward riendo-. No es posible que haya tantos
incendios.
Kim miró con atención a Edward. Nunca lo había visto tan
conversador y jovial, y aunque se veía cansado, actuaba como si acabara de
tomar varias tazas de café exprés. Incluso había ordenado una botella de vino.
-Creí que Stanton siempre elegía el vino -observó Kim.
Antes de que Edward pudiera contestar, Stanton llegó,
irrumpiendo en el restaurante como si fuera el propietario.
-De acuerdo, chicos -dijo a Edward, mientras Kim ayudaba a
Candice a sentarse-. ¿Cuál es la gran noticia? ¿Debo pedir que nos abran una
botella de Dom Pérignon?
-Ya ordené el vino -repuso Edward-. Con eso estará bien.
-¿Ordenaste el vino? -preguntó Stanton-. Pero si aquí no sirven
jugo de manzana -rió de buena gana mientras se sentaba.
-Ordené un vino blanco italiano -aclaró Edward-. Un vino fresco
y seco va muy bien con el clima caluroso del verano.
Kim arqueó las cejas. Nunca había visto esa faceta de Edward.
-¿De qué se trata? -preguntó Stanton, que se inclinó con
impaciencia, poniendo los codos en la mesa-. ¿Van a casarse?
Kim se sonrojó. Se preguntó si Edward le habría contado a
Stanton acerca de sus planes para compartir la cabaña.
-Por desgracia no soy tan afortunado -repuso Edward, riendo a su
vez-. Tengo buenas noticias, pero no tan buenas.
Kim parpadeó y observó a Edward. Le impresionó la forma tan
hábil con que manejó el comentario inapropiado de Stanton.
La camarera llegó con el vino. Stanton examinó la etiqueta.
-No es una mala elección, viejo -comentó a Edward. Una vez que
sirvieron el vino, Stanton empezó a hacer un brindis, pero Edward lo
interrumpió:
-Es mi turno -alzó la copia hacia Stanton-. Por el inversionista
más astuto en el mundo de las empresas médicas de riesgo.
-Y yo pensaba que no lo habías notado aún -replicó Stanton
riendo. Entonces, todos bebieron un sorbo.
- Creo que hemos creado la droga de la próxima generación, a
semejanza de Prozac y Xanax -explicó Edward-. Una sustancia que parece ser
perfecta. No es tóxica y posee muy pocos efectos colaterales; es casi seguro
que tenga aplicaciones terapéuticas más amplias. En realidad, es posible que,
debido a su estructura única de cadenas secundarias, capaces de alteración y
sustitución, su espectro terapéutico sea infinito en el campo psicotrópico.
-¿Podrías ser más específico? -preguntó Stanton-. ¿Qué hace esta
droga?
-Creemos que tiene un efecto general muy positivo en el ánimo
-declaró Edward-. Parece ser antidepresiva y ansiolítica, lo que significa que
calma la ansiedad. En apariencia, también puede combatir la fatiga, aumentar la
satisfacción, agudizar los sentidos y mejorar la capacidad de la memoria de
largo plazo.
-¡Estás hablando de una droga que vale miles de millones de
dólares! -exclamó Stanton.
-¿Hablas en serio? -preguntó Edward.
La camarera interrumpió su conversación y ordenaron la cena.
Después de que ella se alejó, Edward continuó:
-Todavía no comprobamos nada de esto. Aún no hemos llevado al
cabo experimentos controlados.
-Pero pareces estar muy seguro -replicó Stanton.
-Muy seguro -manifestó Edward.
-¿Sabes cómo funciona la droga? -lo interrogó Stanton.
-Parece estabilizar los principales neurotransmisores del
cerebro -explicó Edward-. Afecta las neuronas individuales, pero también lo
hace con redes celulares completas, como si fuera un autacoide u hormona
cerebral.
-¿Cómo la descubrieron? -inquirió Candice.
Edward explicó entonces la relación entre la antepasada de Kim,
los juicios por brujería en Salem y la teoría de que fue un moho lo que
envenenó a las acusadas en aquella época.
-Fue la pregunta de Kim acerca de si podía probar la teoría del
envenenamiento lo que me indujo a tomar muestras de tierra.
-Qué ironía de la vida -comentó Candice-. Encontrar una droga
útil en una muestra de tierra.
-En realidad no -aclaró Edward-. Muchas de las drogas más
importantes se han descubierto en la tierra. La ironía es que esta droga viene
del demonio.
-No digas eso -protestó Kim-. Me da escalofrío.
-A mí tampoco me agrada la asociación -dijo Stanton-. Preferiría
considerarla como una droga caída del cielo -enseguida miró a Edward y
preguntó-: ¿Qué vas a hacer ahora?
-Por esa razón quería verte -repuso Edward-. ¿Qué crees tú que
debería hacer?
-Formar una compañía y patentar la droga -contestó Stanton.
-¿En verdad crees que ésta pueda ser una situación que implique
miles de millones de dólares?
-Sé de lo que hablo -aseguró Stanton-. Sé qué terreno piso.
-Entonces hagámoslo -decidió Edward.
-De acuerdo. Para empezar, necesitamos algunas denominaciones
-Stanton sacó una pequeña libreta y una pluma del bolsillo de su saco-. Es
necesario encontrar un nombre para la droga y otro para la compañía.
-¿Qué te parece si le ponemos Omni a la nueva droga'? -preguntó
Edward-. Para que vaya de acuerdo con su rango potencialmente amplio de
aplicaciones clínicas.
-No creo, Omni suena más a una compañía -dijo con habilidad
Stanton-. Podríamos llamarla Omni Pharmaceuticals.
-Me agrada -respondió Edward.
-¿Qué opinas de Ultra para la droga? -preguntó Stanton-. Estoy
seguro de que funcionaría muy bien para la publicidad.
-Me parece bien -repuso Edward.
Ambos hombres miraron a las damas para saber su reacción.
Candice mencionó que los nombres le parecían bien. Kim no supo qué opinar;
estaba un poco desconcertada por el súbito e inesperado interés de Edward en
los negocios.
-¿Cuánto tiempo necesitas a fin de estar listo para
comercializar esta nueva droga? -preguntó Stanton a Edward.
-No creo poder contestar a esa pregunta por ahora -respondió
Edward-. Ni siquiera puedo estar ciento por ciento seguro de que alguna vez
podrá comercializarse.
-Ya lo sé -comentó Stanton-. Sólo quiero que me des tu mejor
conjetura. La duración promedio desde el descubrimiento de una droga potencial
hasta su aprobación por la Federal Drug Administration y comercialización
subsecuente es de alrededor de doce años, y el costo promedio, de
aproximadamente doscientos millones de dólares.
-No voy a tardar doce años -aclaró Edward-. Y tampoco necesito
nada parecido a doscientos millones.
-¿Cuánto dinero necesitas? -preguntó Stanton.
-Tendría que instalar un laboratorio con la tecnología más
reciente -manifestó Edward.
-¿Hay problemas con el que tienes en la actualidad?
-El laboratorio pertenece a Harvard. Tengo que alejar a Ultra de
Harvard debido a un convenio de participación que firmé.
-¿Crees que eso nos cause algún problema? -preguntó.
-No lo creo -repuso Edward-. El convenio se refiere a los
descubrimientos hechos en horas hábiles. Voy a alegar que descubrí a Ultra en
mi tiempo libre, lo que es técnicamente correcto, aunque llevé a cabo cierta
parte de la separación y síntesis preliminares en horas de trabajo.
-¿Y el periodo de desarrollo? -preguntó Stanton-. ¿Cuánto tiempo
crees que podamos acortarlo?
-Mucho -puntualizó Edward-. Ultra es una sustancia no tóxica.
Eso por sí solo agilizará la aprobación de la Federal Drug Administration,
puesto que la caracterización de las toxicidades específicas es lo que requiere
de mucho tiempo.
-Te diré algo -propuso Stanton-. Puedo reunir con facilidad de
cuatro a cinco millones sin tener que ceder una proporción importante de las
acciones patrimoniales, ya que la mayor parte del dinero provendría de mis
propios recursos. ¿Qué te parece?
-Fantástico -repuso Edward-. Mientras te encargas de los
aspectos del financiamiento, yo instalaré el laboratorio. La pregunta es:
¿dónde?
-Cambridge es una buena ubicación -sugirió Stanton.
-Quiero que esté alejado de Harvard -manifestó Edward.
-¿Qué opinas entonces de la zona de Kendall Square? -propuso
Stanton-. Está suficientemente lejos de Harvard y, sin embargo, cerca de tu
departamento.
Edward se volvió hacia Kim; las miradas se entrecruzaron. Kim
adivinó lo que él pensaba y asintió con la cabeza.
-Dejaré Cambridge a finales de agosto -dijo Edward-. Me mudaré a
Salem.
-Edward va a vivir conmigo -explicó Kim-. Estoy renovando la
vieja casa de los terrenos familiares.
-Es maravilloso -dijo Candice.
-¡Ah, bribón! -exclamó Stanton mientras alargaba el brazo por
encima de la mesa y le daba a Edward un ligero golpe en el hombro-. ¿Por qué no
ubicamos la compañía en alguna parte de North Shore? Los locales comerciales
que se alquilan en esa zona deben de costar menos de la mitad que en la ciudad.
-Stanton, acabas de darme una idea -dijo Edward. Miró a Kim-. ¿Y
el molino convertido en establo de la propiedad? Sería el laboratorio ideal
para este proyecto, debido a su aislamiento.
-No... no sé -tartamudeó Kim. La sugerencia la había tomado
completamente desprevenida.
-Me refiero a que tú y tu hermano le alquilen el lugar a Omni
-aclaró Edward-. Como mencionaste, la propiedad es una carga. Estoy seguro de
que el pago del alquiler resultaría una ayuda. ¿Qué opinas?
-Tendré que preguntarle a mi hermano -respondió Kim.
-¿Cuándo? -preguntó Edward-. Porque cuanto antes mejor.
Kimberly miró el reloj y calculó que en Londres serían alrededor
de las dos y media de la mañana, justo la hora en que Brian empezaba a
trabajar.
-Supongo que podría llamarle en este momento.
-Así me gusta -dijo Stanton-. Decisión -sacó el teléfono celular
de su bolsillo y lo deslizó sobre la mesa para acercarlo a Kim-. Omni pagará la
llamada.
Kim se puso de pie.
-Me siento cohibida de llamar a mi hermano delante de todos
-dijo-. Voy a salir un momento.
Después de que Kim se alejó de la mesa, Stanton preguntó:
-¿Cuánto personal necesitarás en el laboratorio? Los sueldos
demasiado elevados pueden agotar el capital.
-Mantendré el número en el mínimo -contestó Edward-. Sin
embargo, voy a necesitar personal del más alto nivel, lo que no resultará
barato. Necesito un biólogo para manejar los estudios con animales; un
inmunólogo para los estudios celulares; un cristalógrafo; un especialista en
modelos moleculares; un biofísico y un farmacólogo, además de Eleanor y yo.
-¿Qué demonios crees que vas a crear? ¿Acaso una universidad?
-exclamó Stanton-. Muchos de los nuevos laboratorios biomédicos terminan en la
quiebra por la derrama de capital que implican los salarios demasiado
generosos.
- Lo tendré presente siempre -dijo Edward-. ¿Cuándo consideras
que pueda empezar a disponer del dinero?
-Cuenta con un millón de dólares a principios de la semana
próxima -prometió Stanton.
Los primeros platos de la cena llegaron cuando Kim regresó. Se
sentó y le entregó el teléfono a Stanton.
-A mi hermano Brian le encantó la idea -informó Kim-. Sin
embargo, insiste en que Omni pague las reparaciones.
-Me parece justo -repuso Edward. Alzó su copa-. Por Omni y Ultra
-chocaron las copas y bebieron. Edward pensó que jamás había probado un mejor
vino blanco y se dio un momento para disfrutar de su buqué a vainilla y su
ligero sabor a albaricoque.
DESPUÉS DE LA CENA, Kim y Edward subieron al automóvil de éste
en el estacionamiento del restaurante.
-Si no te molesta, me gustaría dejar para otra ocasión el paseo
por la plaza -dijo Edward.
-¿Cómo? -preguntó Kim. Le sorprendió, aunque todo lo ocurrido en
la velada había constituido una sorpresa para ella. La conducta de Edward había
sido excepcional desde el momento en que pasó a recogerla.
-Quiero hacer varias llamadas -explicó Edward.
-Pasan de las diez. ¿No te parece que es un poco tarde para
llamar a nadie?
-No en la costa occidental -repuso Edward-. Hay un par de
personas en UCLA y en Stanford con quienes me gustaría contar en el equipo de
Omni.
-Supongo que debes estar muy emocionado con esta aventura
comercial -manifestó Kim.
-Estoy eufórico. Ultra ofrece una oportunidad única en la vida
de dejar huella en este mundo, y al mismo tiempo, ganar una generosa cantidad
de dinero.
-Pensé que no te interesaba convertirte en millonario.
-No me interesaba -contestó Edward-. Pero no había pensado en
que podía convertirme en multimillonario. No me había percatado de que esto
entrañaba tanto potencial.
Kim no estaba segura de que hubiera gran diferencia, pero no
dijo nada. Era una cuestión ética y no tenía ganas de debatir.
Dieron vuelta para alejarse de Memorial Drive y se dirigieron
hacia las tranquilas calles residenciales de Cambridge. Edward se detuvo en su
lugar de estacionamiento y apagó el motor. Entonces se golpeó la frente con la
palma.
-Pero qué tonto soy -dijo-. Deberíamos haber ido primero a tu
casa para que recogieras tus cosas.
-¿Quieres que me quede esta noche?
-Por supuesto -respondió Edward-. Así podremos salir temprano a
Salem.
-¿Estás seguro de que quieres ir? -preguntó Kim-. Tenía la
impresión de que no deseabas perder el tiempo.
-Ahora sí, puesto que ahí vamos a instalar Omni -contestó Edward
y volvió a encender el motor del auto-. Vamos por una muda de ropa para ti.
Suponiendo que desees quedarte -sonrió en la penumbra.
-Creo que sí -repuso Kim. Se sentía indecisa e inquieta sin
saber con exactitud cuál era la causa.
SIETE
Sábado 30 de julio de 1994
KIM Y EDWARD no se pusieron en marcha temprano. En vez de ello,
el joven pasó la mitad de la mañana en el teléfono. Llamó al contratista y al
arquitecto de Kim y habló con ellos respecto a ampliar las obras para incluir
el nuevo laboratorio. Acordaron encontrarse en la propiedad a las once. A
continuación, llamó a varios vendedores de fabricantes de equipo para
laboratorios médicos y programó una cita para verlos a la misma hora. Edward y
Kim no subieron al automóvil sino hasta mucho después de las diez. Cuando se
estacionaron frente a los establos, un grupo de personas los aguardaba. Edward
les hizo una seña para que se reunieran cerca de la puerta deslizable cerrada
con candado.
La construcción era una larga estructura de piedra de un solo
piso; tenía unas cuantas ventanas en lo alto, debajo de los aleros.
Puesto que el terreno caía en forma pronunciada hacia el río, la
parte posterior contaba con dos pisos. Kim tuvo que probar varias llaves antes
de encontrar la correcta para abrir el grueso candado. El interior era una
habitación larga, enorme y sin divisiones, con un techo tan alto como el de una
catedral.
-Es perfecto -dijo Edward-. Mi idea de un laboratorio consiste
en un espacio grande para que cada investigador tenga interacción con los
demás.
Una escalera de basta madera de roble conducía al nivel
inferior, en el que se encontraron con un pasillo largo con compartimientos a
la derecha y cobertizos para guardar los arreos, a la izquierda. Kim escuchó
los planes para convertir las caballerizas rápidamente en un laboratorio con
tecnología de vanguardia. Abajo se ubicarían las instalaciones para los
animales que iban a usar para los experimentos. El piso superior albergaría el
laboratorio principal, así como la computadora central. Cada una de las mesas
del laboratorio tendría su propia terminal. Para suministrar energía a todo el
equipo electrónico, instalarían una enorme planta eléctrica.
Después del recorrido, Edward se volvió hacia el contratista y
el arquitecto.
-¿Creen que haya algún problema?
-No lo creo -repuso Mark-. Sin embargo, sugiero que diseñemos
una entrada con un área de recepción.
-No vamos a recibir a muchos visitantes -les aclaró rápidamente
Edward-. Pero me parece bien que la diseñen. ¿Qué más?
-No creo que tengamos ninguna dificultad para obtener los
permisos -dijo George-. Siempre que no mencionemos el asunto de los animales.
Eso podría crear problemas y se requeriría de mucho tiempo para resolverlos.
-Con gusto dejaré que ustedes se encarguen de las relaciones con
las autoridades civiles -comentó Edward-. Lo que me interesa es agilizar este
proyecto. ¿Cuándo pueden empezar?
-De inmediato -respondieron Mark y George al unísono.
-Espero que los trabajos menores que les encomendé a ambos no
vayan a retrasarse por este proyecto más importante -manifestó Kim al hablar
por primera vez.
-No se preocupe -dijo George-. En todo caso, aceleraremos las
obras en la cabaña. Vamos a traer una cuadrilla grande de trabajadores por si
necesitamos un plomero o un electricista.
Mientras que Edward, el contratista, el arquitecto y los
diversos vendedores de equipo médico se dedicaban a afinar los detalles para el
nuevo laboratorio, Kim cruzó el campo para inspeccionar las obras de
renovación. El trabajo avanzaba bien y, por primera vez, imaginó cómo se vería
la cabaña cuando la terminaran.
Deambuló de regreso a los establos, pero no había asomos de que
Edward fuera a terminar su reunión. Lo interrumpió sólo para avisarle que iba a
estar en el castillo.
Dejó atrás la luz del Sol radiante y entró en el sombrío
interior del castillo, de cuyos ventanales pendían pesados cortinajes; era como
entrar a otro mundo. Oyó los crujidos y rechinidos de la casa que se adaptaba
al calor; luego subió por la gran escalinata. A pesar de su reciente éxito en
la cava, pensó en echar un vistazo al ático, en especial porque era un lugar
mucho más agradable.
Al abrir una ventana de gablete para dejar entrar la brisa
fresca que venía del río, notó una pila de legajos empastados en tela, que
estaban ordenados a lo largo de una pared a un lado de la ventana. Tomó uno de
los libros y vio el lomo. Escritas a mano con tinta blanca, leyó las siguientes
palabras: Bruja del mar. Sintió curiosidad y abrió el libro. Al principio,
pensó que se trataba de un diario, porque todas las entradas, escritas a mano,
empezaban con el día del mes seguido por una narración, pero pronto se dio
cuenta de que era la bitácora de un barco que abarcaba los años de 1791 a 1802.
Luego, Kim colocó el volumen en su lugar y miró los lomos de los demás libros.
Había siete con el nombre Bruja del mar. El más antiguo comprendía de 1737 a
1749.
Entonces descubrió un libro con lomo de cuero desgastado, que no
tenía nombre. Lo abrió y vio la página del título. Era la bitácora de un
bergantín llamado Esfuerzo y abarcaba los años de 1679 a 1703. Con delicadeza
pasó las hojas viejas y avanzó por el texto, año por año, hasta llegar a 1692.
El primer registro del año había sido hecho el veinticuatro de
enero. Describía el clima frío, con cielo despejado y buenos vientos del oeste.
Continuaba narrando que el barco zarpaba a Liverpool y llevaba una carga de
aceite de ballena, madera, pieles, bacalao y macarela secos. A bordo iba un
pasajero distinguido, el señor Ronald Stewart, dueño de la embarcación. La
bitácora explicaba que el huésped iba de camino a Suecia para tomar posesión de
una nueva nave que se llamaría El espíritu del mar.
Emocionada, Kim cerró el libro y bajó del ático a la cava. Al
abrir la caja de la Biblia, sacó el título de propiedad que había descubierto y
comprobó la fecha. Tenía razón. Elizabeth había firmado el título porque en ese
momento Ronald realizaba su travesía.
Descifrar uno de los misterios relacionados con Elizabeth, aun
cuando fuera insignificante, provocó en la joven un sentimiento de
satisfacción. Guardó el título de propiedad en la caja de la Biblia y se
encontraba en el proceso de agregar la bitácora del barco a su pequeña
colección, cuando tres sobres atados con una cinta delgada se deslizaron de la
cubierta posterior.
Con manos temblorosas, Kim levantó el esbelto paquete. El primer
sobre estaba dirigido a Ronald Stewart. Después de desatar la cinta, descubrió
que los demás también estaban dirigidos a él. Con gran emoción, abrió los
sobres y encontró tres cartas, fechadas el veintitrés y veintinueve de octubre
y el once de noviembre de 1692. La primera era de Samuel Sewall, uno de los
jueces del tribunal que participó en el juicio de Elizabeth.
Boston, 23 de octubre
Mi querido amigo:
Comprendo que tu espíritu se encuentre aún atribulado, aunque
confío en el nombre de Dios que tu reciente matrimonio alivie tu desasosiego.
También comprendo tu deseo de impedir la divulgación de la lamentable
asociación de tu difunta esposa con el Príncipe de las tinieblas. Para este
propósito, te ruego acudir al reverendo Cotton Mather, en cuyo sótano viste la
obra infernal de tu esposa. La custodia oficial de las pruebas ha sido otorgada
en perpetuidad al reverendo Mather, en atención a su solicitud.
Quedo como siempre, tu amigo,
Samuel Sewall
FRUSTRADA POR DESCUBRIR otra referencia a las misteriosas
pruebas sin que éstas fueran descritas, Kimberly abrió la segunda carta. Era de
Cotton Mather.
Boston, sábado 29 de octubre
Señor:
Acuso recibo de su reciente carta y aunque comprendo cabalmente
su deseo de proteger a su familia de mayores humillaciones, creo con firmeza
que las pruebas contra Elizabeth deben preservarse para beneficio de futuras
generaciones en su eterna lucha contra las fuerzas del mal, como ejemplo sin
igual del tipo de pruebas necesarias para determinar con objetividad un
verdadero pacto con el diablo. Respecto a ello, mi padre, el buen reverendo
Increase Mather, que en la actualidad es el presidente de Harvard Colledge, y
yo hemos decidido que las pruebas deben conservarse en dicho lugar.
Su servidor en el nombre de Dios,
Cotton Mather
KIM NO ESTABA muy segura de entender todo el contenido de la
carta, pero lo fundamental era fácil de comprender. Abrió la última. Al ver la
firma, de inmediato se dio cuenta de que lo había escrito Increase Mather.
Cambridge, 1 1 de noviembre de 1692
Señor:
Simpatizo totalmente con su deseo de que las pruebas antes
mencionadas sean devueltas a su disposición privada; sin embargo, estoy
convencido de que es la voluntad de Dios que el legado de Elizabeth se conserve
en Harvard para que sirva como una importante contribución al establecimiento
de criterios objetivos del derecho eclesiástico en relación con la brujería y
la abominable obra del demonio. Siempre que los apreciables miembros de la
Corporación de Harvard juzguen conveniente fundar una escuela de derecho, las
pruebas se enviarán en ese momento a dicha institución.
Quedo de usted su servidor,
Increase Mather
-¡MALDICIÓN! -exclamó Kim en voz alta después de leer la tercera
carta. No podía creer lo afortunada que había sido por encontrar tantas
referencias a las pruebas contra Elizabeth Stewart y que no supiera todavía en
qué consistían. Sin embargo, había averiguado un hecho muy significativo: las
pruebas, cualesquiera que fuesen, se habían cedido a Harvard en 1692.
Kim se preguntó entonces si podría encontrar alguna referencia a
dichas pruebas en la institución en la actualidad y, en caso de intentarlo, si
se burlarían de ella.
-Ah, ahí estás -llamó Edward en voz alta desde la parte superior
de la escalera de la cava-. ¿Tuviste suerte?
-Ven a ver -gritó Kim como respuesta.
Edward bajó los escalones y leyó con atención las cartas que Kim
le había entregado.
-Son maravillosas -comentó-. Estoy completamente seguro de que
la gente de Harvard se interesará en ellas, en especial en la de Increase
Mather.
-Tienes razón -dijo Kim-. Estaba pensando en ir a Harvard a
preguntar por las pruebas. Temo que se rían de mí, pero tal vez podría hacer un
trato.
-Ellos no van a reírse de nadie -comentó Edward, tajante-. Puedo
asegurarte que alguna persona de la Biblioteca Widener consideraría muy
interesante esta historia. Por supuesto, no rechazarán la donación de la carta.
Posiblemente estén dispuestos incluso a comprarla.
Kim tomó las cartas de manos de Edward y las colocó en la caja
de la Biblia. Luego miró el largo pasillo de la cava, con los muebles que la
ocupaban, llenos de documentos.
-Ojalá encuentre una descripción de esas pruebas -deseó-. Tengo
que seguir tratando -miró a Edward-. ¿Quieres regresar ya a Boston?
-Sí -reconoció Edward-. Tengo mucho que hacer ahora que Omni va
a convertirse en realidad. Pero tomaré el tren, si quieres quedarte aquí.
-Bueno, si no te importa -repuso Kim. El hallazgo de las cartas
la había estimulado.
Viernes 12 de agosto de 1994
EL DÍA EMPEZÓ calido, brumoso y húmedo. Había llovido muy poco
durante todo el mes de julio y la sequía continuaba en agosto, así que el
césped del Boston Common, que se encontraba frente al departamento de Kim,
empezó a cambiar de tonos y a pasar de verde a marrón.
En el hospital, agosto trajo cierto alivio para Kim. Kinnard
había empezado su contrato temporal de dos meses en el Salem Hospital, de modo
que no tenía la inquietud de que iba a verlo cara a cara todos los días en la
Unidad quirúrgica de terapia intensiva; además, había concluido las
negociaciones con el Departamento de Enfermería para conseguir una licencia a
fin de ausentarse en septiembre. Agosto también proporcionó a Kim un poco de
tiempo libre, ya que Edward estaba fuera de la ciudad en su misión secreta de
reclutamiento de personal para Omni Pharmaceuticals. Sin embargo, no la
olvidaba. Las flores continuaban llegando. Aunque en lugar de arreglos grandes,
las entregas consistían entonces en una sola rosa al día, lo que Kim
consideraba mucho más apropiado. No tuvo problemas en ocupar su tiempo. Por las
noches, continuó con sus lecturas sobre los juicios por brujería en Salem, y se
había hecho el propósito de visitar la propiedad todos los días. La
construcción del laboratorio avanzaba a pasos agigantados y los trabajos de
pintura se iniciaron en la cabaña.
En cada visita a la propiedad de Salem, Kim pasaba algún tiempo
en el castillo revisando con cuidado el cúmulo de papeles polvorientos. Los
resultados fueron decepcionantes.
A pesar de que descubrir las tres cartas la había estimulado,
veintiséis horas de búsqueda subsecuente no habían rendido frutos. En
consecuencia, el jueves decidió llevar la carta de Increase Mather a Boston.
Planeaba entregarla a la gente de Harvard después de salir de trabajar.
Recordó el comentario de Edward acerca de la Biblioteca Widener
y decidió probar suerte primero en ese lugar. Ya casi eran las cinco cuando
subió los anchos escalones y pasó entre las columnas impresionantes. En el
mostrador de información, solicitó hablar con alguna persona especialista en
documentos muy antiguos. La enviaron a la oficina de Mary Custland.
Mary Custland, curadora de libros y manuscritos raros, era una
mujer dinámica de casi cuarenta años, vestía un traje azul oscuro elegante,
blusa blanca y una pañoleta de colores brillantes. Era difícil que se ajustara
a la imagen estereotipada que Kim tenía de una bibliotecaria. Preguntó a Kim en
qué podía ayudarla.
Kim sacó la carta y se la entregó, al tiempo que le informaba
que era descendiente del destinatario. Empezó a explicar lo que quería, pero
Mary la interrumpió:
-Discúlpeme -dijo-. ¡Esta carta es nada menos que de Increase
Mather! Permítame llamar a Katherine Sturburg.
Colocó la carta en su cartapacio y tomó el teléfono mientras
explicaba a la visitante que Katherine era especialista en materiales del siglo
diecisiete y que estaba muy interesada en Increase Mather.
Katherine llegó sin tardanza. Era una mujer mayor, de cabello
canoso y un par de anteojos que colgaba sobre la punta de la nariz. Tras
presentar a Kim, Mary le mostró la carta. Katherine usó sólo la yema del dedo
para dar vuelta a la carta y poder leerla.
-¿Qué opinas? -preguntó Mary.
-Es auténtica -manifestó Katherine-. Me doy cuenta de ello por
la letra manuscrita y la sintaxis. Pero, ¿de qué pruebas habla?
-Esa es la cuestión -contestó Kim-. Intento averiguar algo
acerca de mi antepasada Elizabeth Stewart. Tengo la esperanza de que Harvard me
ayude, puesto que las pruebas, cualesquiera que sean, se guardaron aquí -Kim
explicó que habían arrestado a Elizabeth, la habían sometido a un juicio por
brujería en Salem y que las pruebas se utilizaron en contra de ella para
condenarla.
-Con mucho gusto revisaré mis archivos para ver si encuentro el
nombre de Elizabeth Stewart -prometió Katherine-. Sea cual fuere ese objeto,
tiene que haber alguna referencia a él, puesto que Mather confirma que se
conservó en Harvard. ¿Me permite hacer una copia de la carta?
-Por supuesto -respondió Kim-. En realidad, cuando termine con
esta especie de cruzada en pequeño, será un placer donar el original a la
biblioteca.
-Eso sería muy generoso de su parte -repuso contenta Mary.
Intercambió una mirada con Katherine y luego añadió-: No quiero parecer
pesimista, pero las probabilidades de encontrar algo aquí son muy remotas. Hubo
un gran incendio en Harvard en 1764, en el que no sólo la biblioteca perdió la
mayor parte de sus libros, sino también una colección de animales y aves
disecados y, lo más extraño de todo, una colección a la que denominaban
"depósito de curiosidades".
-Eso suena como si ésta hubiera incluido objetos asociados con
ocultismo -sugirió Kim.
-Sin lugar a duda -repuso Mary-. Es muy probable que lo que
usted busca haya formado parte de esa colección misteriosa.
-Sin embargo, eso no significa que no pueda encontrar alguna
mención a esto -observó Katherine -. Voy a dedicarle a ello todos mis
esfuerzos.
OCHO
Viernes 26 de agosto de 1994
EN LOS ÚLTIMOS días de agosto, las obras continuaron en la
propiedad de los Stewart a una velocidad pasmosa, en particular en el
laboratorio, donde las piezas del equipo científico llegaban todos los días, lo
que provocaba una oleada de esfuerzo para instalarlas de manera adecuada. A
raíz de eso, Edward dedicó aún menos tiempo a sus deberes en Harvard. Cuando
uno de los estudiantes de doctorado que trabajaba con él se quejó en la
administración de Harvard, Edward se enfureció y lo despidió sin ninguna
contemplación. Para agravar los dolores de cabeza del científico, llegaron
rumores a la oficina de licencias de la universidad acerca de su participación
en el proyecto Omni y le enviaron una avalancha de cartas de investigación, que
él decidió no tomar en cuenta.
Kim tenía plena conciencia de que las presiones sobre Edward
iban en aumento e intentó hacerle la vida un poco más sencilla. Empezó a
quedarse en su departamento casi todas las noches, preparaba la cena,
alimentaba al perro de Edward e incluso hacía algo de limpieza y lavaba la
ropa.
Por desgracia, Edward estaba demasiado preocupado como para
notar sus esfuerzos. Las flores dejaron de llegar en cuanto ella empezó a
quedarse de manera regular en el departamento de él, cosa que Kim consideró
razonable; aunque, extrañaba la cortesía que representaban.
Cuando Kim salió de trabajar el viernes, veintiséis de agosto,
sopesó el problema. Para agravar la tensión, estaba el hecho de que ella y
Edward no habían hecho todavía planes para mudarse, aun cuando los dos tenían
que dejar sus departamentos en cinco días.
En el departamento de Edward, Kim alimentó al perro y luego
preparó la cena. La tuvo lista a la hora en que Edward le había dicho que
llegaría a casa.
Dieron las siete y se hizo aún más tarde. Kim apagó la hornilla
donde estaba el arroz. A las siete y media cubrió la ensalada con una envoltura
plástica y la guardó en el refrigerador. Por fin, a las ocho, llegó Edward.
-¡Me llevan todos los diablos! -dijo él mientras daba un
puntapié a la puerta para cerrarla-. Tu contratista es un idiota. Me prometió
que iban a ir más electricistas hoy y no fueron -entró en el baño para lavarse
las manos. Kim recalentó el arroz en el horno de microondas y sirvió dos copas
de vino. Las llevó a la habitación y le dio una a Edward cuando salía del baño.
Él bebió un sorbo.
-Tal vez no sea ahora el mejor momento para sacar a relucir el
tema -titubeó Kim-. Pero nunca hay un buen momento para ello. Todavía no hemos
hecho planes formales para mudarnos y el primero de mes está casi encima.
Edward explotó. En un momento de ira incontrolable, arrojó la
copa de vino contra la chimenea, donde se hizo añicos, y gritó:
-¡Lo último que necesito es que me presiones!
Se acercó furioso a Kim. Tenía los ojos dilatados y las venas
sobresalían de las sienes. Los músculos de la mandíbula le temblaban, y cerraba
y abría los puños.
-Lo siento -espetó Kim. Estaba aterrorizada. Él era tan fornido
que ella sintió miedo de que pudiera dañarla. Corrió a la cocina y se puso a
limpiar. Cuando empezó a tranquilizarse, decidió irse y se dirigió a la sala.
Se detuvo porque Edward estaba en la entrada. Para alivio de Kim, el rostro de
él parecía totalmente transformado. En lugar de cólera, reflejaba confusión e
incluso tristeza.
-Lo lamento -musitó. Su tartamudeo hacía que fuera una hazaña
pronunciar las palabras-. No sé qué me pasó. Perdóname.
Su sinceridad conmovió a Kim enseguida. Se acercó a Edward y se
abrazaron.
-Este periodo es terriblemente frustrante -explicó-. La gente de
Harvard me está volviendo loco y quiero con desesperación volver a trabajar en
Ultra. Pero lo último que deseo es desquitarme contigo. ¿Cuándo quieres
mudarte?
-Debemos mudarnos antes del primero de septiembre -contestó Kim.
-¿Qué te parece el treinta y uno? -preguntó Edward.
Miércoles 31 de agosto de 1994
EL DÍA DE LA MUDANZA resultó muy ajetreado desde las primeras
horas de la mañana en que Kim se levantó. El camión de mudanzas llegó a su
departamento a las siete y media y cargaron sus cosas primero; después fueron
al de Edward. Cuando colocaron la última silla, el transporte estaba repleto.
Kim y Edward condujeron a la propiedad cada uno en su automóvil
con sus respectivas mascotas. Al llegar, Sheba y Buffer se conocieron. Puesto
que casi eran del mismo tamaño, la confrontación terminó en un empate. Después
de eso, no tomaron en cuenta la presencia del otro.
En el momento en que los cargadores empezaron a introducir los
muebles y enseres a la cabaña, Edward sorprendió a Kim al sugerir que tuvieran
cuartos separados.
-¿Por qué? -preguntó Kim.
-Porque no soy yo mismo -explicó Edward-. No he dormido bien
últimamente con todo lo que ha ocurrido. Es sólo de manera temporal. En cuanto inaugure
el laboratorio y la presión disminuya, dormiremos juntos. Lo entiendes,
¿verdad?
-Supongo que sí -respondió Kim, al tiempo que trataba de ocultar
su desilusión.
El camión de mudanzas acababa de partir cuando Edward informó a
Kim que tenía trabajo que hacer en el laboratorio. Ella lo observó alejarse;
entonces empezó a revisar el desorden que habían creado los encargados de la
mudanza.
Kim pasó por alto las tareas más urgentes, desenvolvió el
retrato de Elizabeth, que había mandado restaurar en los últimos días, y lo
colgó sobre la chimenea. Retrocedió unos pasos para contemplar la pintura. En
el crepúsculo del atardecer, los penetrantes ojos verdes de la mujer parecían
turbar la quietud. Durante algunos minutos de fascinación, la joven se quedó
inmóvil, en medio del lugar, mirando como hipnotizada un retrato que en muchos
aspectos le resultaba parecido a verse al espejo. De pronto, sintió la
apremiante necesidad de ir al castillo.
Una vez ahí, como impulsada por una fuerza sobrenatural, subió
las escaleras y se dirigió al ático, donde se encaminó directamente a lo que
parecía un viejo baúl utilizado por los marinos. Abrió la tapa y encontró el
revoltijo habitual de documentos, sobres y unos cuantos legajos. Debajo de
éstos había una libreta empastada de manera rústica. Introdujo las manos en el
baúl y sacó la libreta. Abrió la pasta de tela, sólo para que se desprendiera.
Sintió que el corazón se paralizaba un instante. En la guarda estaba escrito:
"Elizabeth Flanagan, su libro, diciembre de 1678." Kimberly
comprendió que se trataba del diario de Elizabeth. Apretó el libro, temerosa de
que se le deshiciera en las manos. Se dirigió de prisa a la ventana para tener
una mejor iluminación. Empezó por el final y leyó la última entrada, fechada el
viernes 26 de febrero de 1692.
Este frío parece no tener fin. El río Wooleston está tan
congelado que podría soportar el peso de una persona hasta Royal Side. Me
siento trastornada. Una enfermedad ha debilitado mi espíritu con crueles
ataques y convulsiones como los que Ann Putnam padeció cuando nos visitó.
¿En qué he ofendido a Dios todopoderoso para que inflija tales
tormentos a su humilde servidora? No recuerdo los ataques; no obstante, antes
de que ocurran veo colores que ahora me aterrorizan y oigo sonidos extraños que
no son de este mundo, mientras siento como si fuera a desmayarme. De pronto,
recupero los sentidos y descubro que estoy en el piso, he causado destrozos y
pronunciado balbuceos ininteligibles, o al menos eso dicen mis hijos, Sarah y
Jonathan, quienes, alabado sea el Señor, todavía no están aquejados. Estas
molestias comenzaron con la compra de los terrenos de Northfields y la malévola
riña sostenida con la familia de Thomas Putnam. El doctor Griggs no sabe qué
pensar de todo esto y me ha purgado en vano. Temo por Job que es tan inocente y
me da miedo que el Señor decida quitarme la vida antes de que mi trabajo esté
concluido. Rezo porque Ronald regrese sin tardanza para ayudamos con estos
terribles padecimientos antes de que se me agoten las fuerzas.
Kim percibió la fuerza de la personalidad de su antepasada
Elizabeth a través de su angustia. Se preguntó quién era Job, si acaso se
trataba de una referencia bíblica. Cerró el libro con la intención de
deleitarse con la experiencia. Lo apretó contra el pecho como si fuera un
preciado tesoro y regresó a la cabaña. Movió una mesa y una silla hacia el
centro de la habitación y se sentó. A plena vista del retrato, hojeó al azar
las páginas.
El 7 de enero de 1682, Elizabeth mencionaba sin darle más
importancia que ese día se había casado con Ronald Stewart. Esa oración breve
iba seguida de una larga descripción del elegante carruaje que la condujo a la
ciudad de Salem. Después relataba su alegría y asombro por mudarse a una casa
tan distinguida.
Kim sonrió mientras leía la descripción que hacía Elizabeth de
la misma casa a la que ella acababa de mudarse. Era una coincidencia
encantadora haber encontrado el libro ese mismo día.
Miró los registros anteriores al casamiento de Elizabeth con
Ronald. Se detuvo en el inicio del 10 de octubre de 1681. Elizabeth anotó en su
diario que ese día su padre había regresado de Salem con una oferta de
matrimonio, y continuó escribiendo:
Al principio, mi espíritu se sintió turbado, puesto que no sé
nada de este caballero y, sin embargo, mi padre habla bien de él. Papá dice que
el caballero se fijó en mí en septiembre, cuando visitó nuestra tierra con el
propósito de comprar madera para sus barcos. Papá dice también que la decisión
depende de mí, pero que debía saber que el caballero ofreció de la manera más
amable mudar a toda la familia a la ciudad de Salem, donde mi padre trabajará
en su compañía y mi querida hermana Rebecca asistirá a la escuela.
Unas cuantas páginas más adelante, Elizabeth escribió:
He informado a mi padre que aceptaré la propuesta de matrimonio.
¿Cómo podría rechazarla? Es ésta una señal de la Providencia, ya que todos
estos años hemos vivido en esta tierra pobre de Andover, bajo la amenaza
constante de los ataques de los salvajes pieles rojas. Nuestros vecinos de
ambos lados han padecido ya tal desgracia y a muchos los han matado o tomado
prisioneros. Traté de explicárselo a William Paterson, pero él no entiende y
temo que ahora esté predispuesto en contra mía.
Kim alzó la mirada al retrato de Elizabeth. Se sentía conmovida
al darse cuenta de que estaba leyendo los pensamientos de una chica de sólo
dieciséis años, dispuesta a sacrificar su amor de adolescente para arriesgarse
con el destino por el bien de su familia. Suspiró y se preguntó a sí misma,
cuándo había sido la última vez que había actuado de manera totalmente
desinteresada.
El ruido de un portazo la sobresaltó. Alzó la mirada y vio en la
habitación a Edward. Cargaba unos planos.
-Este lugar sigue estando tan desordenado como cuando me fui
-expresó él con tono de disgusto en la voz. Buscó un lugar donde poner sus
planos-. ¿Qué has estado haciendo, Kim?
-Tuve un maravilloso golpe de suerte -respondió ella
entusiasmada. Se acercó con el cuaderno a Edward-. Encontré el diario de
Elizabeth.
-¿Aquí en la cabaña? -preguntó Edward sorprendido.
-No, en el castillo -dijo Kim.
-Debemos poner la casa en orden antes de que regreses a tu
búsqueda de papeles -advirtió Edward -. Vas a contar con todo el mes para
dedicarte a lo que te venga en gana -sintiéndose culpable, Kim empezó a
desempacar las cajas.
CON UN SUSPIRO de alivio, Kim se deslizó entre las sábanas
limpias y frescas para pasar su primera noche en la cabaña. Todavía quedaba
mucho por hacer, pero la casa se encontraba razonablemente en orden.
Tomó el diario de Elizabeth de su mesa de noche. Tenía toda la
intención de leer más, pero al tiempo que se recostaba en la cama, cobró
conciencia de los ruidos de la noche: la sonora sinfonía de los insectos
nocturnos y las ranas, así como los suaves crujidos de la vieja casona.
Apartó el diario y se levantó. Sheba, que se había quedado
dormida, le lanzó una mirada de exasperación. La joven se puso los pantuflos y
cruzó el pasillo para dirigirse a la habitación de Edward. Su puerta estaba
entreabierta y todavía tenía la luz encendida. Kim empujó la puerta para
abrirla, sólo para enfrentarse con un gruñido ronco de Buffer. Kim apretó los
dientes; empezaba a desagradarle ese perro ingrato.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Edward. Se encontraba sentado en
la cama con todos los planos del laboratorio extendidos a su alrededor.
-No pasa nada. Sólo que te extraño -dijo Kim-. ¿Estás seguro
acerca de esta idea de dormir separados? Me siento sola y no es muy romántico.
Edward hizo un ademán para que Kim se acercara. Retiró los
planos a un lado de la cama y dio unas palmadas en la orilla de ésta para que
ella se sentara.
-Lo siento -musitó-. Pero creo que es lo mejor por el momento.
Estoy como cuerda de violín a punto de romperse.
Kim asintió mientras miraba con atención las propias manos
metidas en la bata. Edward alargó el brazo y levantó la barbilla de la joven
enfermera.
- ¿Te encuentras bien? -preguntó.
-Me siento un poco inquieta -respondió ella.
-¿Por qué?
-No estoy muy segura -reconoció Kim-. Creo que tiene que ver con
lo que le sucedió a Elizabeth y el hecho de que ésta sea su casa. No puedo
olvidar que algunos de mis genes son también los de ella. De todos modos,
percibo su presencia.
-No empieces con cosas raras -advirtió Edward al tiempo que
reía-. No crees en fantasmas, ¿verdad?
-No estoy muy segura. La manera en que encontré el diario de
Elizabeth me da escalofrío. Acababa de colgar su retrato cuando sentí el
impulso de ir al castillo. El diario estaba precisamene en el primer baúl que
abrí.
-Si deseas creer que alguna fuerza mística te guió hasta el
castillo, está bien. Sólo que no me pidas que esté de acuerdo contigo.
-¿De qué otra forma te puedes explicar lo que ocurrió? -preguntó
Kim con vehemencia-. ¿Qué fue lo que me obligó a buscar en ese baúl específico?
-Muy bien -repuso Edward para tranquilizarla-. No voy a intentar
convencerte de lo contrario. Serénate. Estoy de tu parte.
-Lo siento -dijo Kim-. No quería exaltarme.
Después de un largo beso de buenas noches, Kim dejó a Edward con
sus planos. Al cerrar la puerta, la bañó la luz de la Luna que se filtraba por
la ventana del medio baño. Desde donde estaba podía distinguir la silueta
oscura y perturbadora del castillo que se dibujaba contra el cielo nocturno. Se
estremeció. La escena le recordó una película de Drácula.
Tras bajar la escalera a oscuras, Kim dio media vuelta completa
y se paseó entre el mar de cajas vacías que inundaba todavía el vestíbulo.
Entró en la sala y miró el retrato de Elizabeth. Aun en la oscuridad, veía los
ojos verdes de su antepasado, que brillaban como si despidieran una luz
interior.
-¿Qué tratas de decirme? -susurró Kim ante la pintura.
Un movimiento repentino en la habitación llamó la atención de
Kim; incluso tuvo que reprimir un grito. Levantó los brazos para protegerse,
pero enseguida los bajó. Se trataba de Sheba, que había saltado sobre una mesa.
Kim se apoyó por un instante en la mesa. Se sentía avergonzada
por el grado de terror que experimentó. ¿Por qué estaba tan tensa?
NUEVE
Principios de septiembre de 1994
EL LABORATORIO fue inaugurado durante la primera semana de
septiembre. La primera persona que empezó a trabajar oficialmente ahí fue
Eleanor Youngman, que había renunciado a su puesto en Harvard y se había mudado
a Salem. La relación de Kim con Eleanor era cordial, aunque un poco acartonada.
Kim se había dado cuenta de que existía cierta animosidad de parte de Eleanor,
debida a los celos.
En su primer encuentro, Kim se había percatado que la admiración
de Eleanor por Edward incluía un deseo no expresado de tener una relación más
personal. A Kim le asombraba que Edward aún no lo hubiera notado.
Los siguientes en llegar al laboratorio fueron todos los
animales. Arribaron a media semana a altas horas de la noche. Al observar desde
la ventana de la cabaña, Kim no alcanzó a distinguir gran cosa de lo que
sucedía, pero no le importó. Que se hicieran estudios con animales la
molestaban, a pesar de que comprendía que eran necesarios.
Hacia el final de la misma semana, comenzaron a llegar los
investigadores que venían de otras partes. Con la ayuda de Edward y Eleanor,
consiguieron cuartos en diversas casas de huéspedes en Salem. Venían solos,
habían dejado a sus familias en sus ciudades de origen para aliviar la tensión
que producía trabajar veinticuatro horas al día durante varios meses. El
incentivo era que todos se iban a convertir en millonarios una vez que tomaran
posesión de sus acciones bursátiles.
El primero fue Curt Neuman. Era el mediodía. Desde la cabaña,
Kim oyó el rugido sordo de una motocicleta. Al acercarse a la ventana, vio que
la motocicleta patinaba hasta detenerse frente a la casa. Un hombre de
aproximadamente su misma edad bajó de ese transporte y alzó su visera. Había
una maleta atada con correas en la parte posterior del vehículo.
-¿Qué se le ofrece? -gritó Kim desde la ventana.
-Perdone -respondió él en tono de disculpa, la voz tenía un leve
acento germánico-. ¿Puede ayudarme a localizar el laboratorio de Omni?
-Usted debe de ser el doctor Neuman -dijo entonces Kim-. Salgo
enseguida -Edward había mencionado algo acerca de su acento cuando le contó que
esperaba a Curt ese día. Al llegar a la puerta, Edward, quien por lo visto
había oído la motocicleta, venía en su automóvil a toda velocidad por el camino
de tierra en dirección de la cabaña. Se detuvo, bajó de un salto y abrazó a
Curt como si fueran hermanos que hacía mucho tiempo no se veían.
Los dos hombres hablaron brevemente sobre las características de
la motocicleta BMW, rojo metálico, de Curt, hasta que Edward se dio cuenta de
que Kim se encontraba en la puerta. La presentó a Curt. Kim estrechó la mano
del renombrado investigador. Era un hombre grande, cinco centímetros más alto
que Edward, de cabello rubio y ojos azul celeste.
-Curt nació en Munich -comentó Edward-. Estudió en Stanford y en
UCLA. Muchas personas, incluyéndome, creen que es el biólogo más talentoso del
país; se especializa en reacciones provocadas por las drogas. Tuve la suerte de
robárselo a Merck.
-Ya basta, Edward -protestó Curt al tiempo que se sonrojaba.
Más tarde, ese mismo día, cuando Kim y Edward terminaban una
comida ligera, llegó el segundo investigador de fuera: un hombre alto y
delgado, aunque musculoso. Kimberly pensó que se parecía más a un jugador
profesional de tenis que a un investigador. Edward los presentó. Se llamaba
François Leroux, biofísico de Lyons, Francia.
Tal como había hecho con Curt, Edward le dio a Kim un breve,
pero muy elogioso, resumen del currículum vitae de François. Sin embargo, a
diferencia de Curt, François inclinó la cabeza en dirección de Kim, como para
recalcar que era todo lo que decía Edward y todavía más.
Los últimos dos investigadores decisivos: Gloria Herrera,
farmacóloga, y David Hirsh, inmunólogo, llegaron el sábado diez de septiembre.
Gloria, al igual que Eleanor, no se ajustaba a la imagen que tenía Kim del
estereotipo de una investigadora académica.
Pero eso era lo único en que se parecían. En contraste con
Eleanor, Gloria tenía la piel aceitunada, el cabello tan oscuro como el de Kim
y, a diferencia de Eleanor, Gloria era cálida y directa.
David Hirsh le recordó a François. Era demasiado alto y esbelto,
de aspecto atlético. Su comportamiento fue igualmente cortés, aunque más
agradable, puesto que tenía un sentido evidente del humor y una sonrisa
complaciente.
Durante los días que siguieron, Kim visitó el laboratorio a
menudo para ofrecer apoyo moral, así como para asegurarse de que no hubiera
problemas que ella pudiera ayudar a solucionar. Consideraba su posición entre
la anfitriona y la dueña del lugar. A media semana, disminuyó la frecuencia de
sus visitas y hacia fines de la misma semana, rara vez iba, puesto que Edward
le había dicho sin tapujos que sus visitas interrumpían su concentración. Con
la plena conciencia de la presión bajo la que trabajaban para producir
resultados rápidos, Kim no tomó muy a pecho el rechazo.
Además, estaba contenta con sus actividades. Al comprender que
casi todos los documentos que se encontraban en el ático y en la cava de vinos
tenían importancia histórica, empezó a organizarlos y a separarlos por fecha y
categorías de negocios y personales. Era una tarea monumental, pero le daba la
sensación de logro.
De este modo, la primera quincena de septiembre transcurrió
plácidamente para Kim. A mediados de mes evitaba por completo ir al laboratorio
y rara vez veía a los investigadores, incluyendo a Edward, quien llegaba a casa
cada vez más tarde por las noches y salía cada vez más temprano por las
mañanas.
Lunes 19 de septiembre de 1994
ERA UN ESPLÉNDIDO día de otoño, el Sol resplandecía y calentaba
hasta el punto en que la temperatura subió con rapidez a casi veintisiete
grados. Para delicia de Kim, algunos de los árboles lucían el matiz de su
esplendor otoñal y los campos que rodeaban el castillo formaban una espléndida
capa de vara de oro silvestre.
Kim no había visto a Edward. Se había levantado antes que ella y
salido al laboratorio sin desayunar. Se dio cuenta porque no había platos
sucios en el fregadero. No le sorprendió; el grupo había empezado a comer en el
laboratorio para ahorrar tiempo.
Kim pasó la mañana decidiendo qué tela elegir para las cortinas
del dormitorio. Después de una placentera comida, que consistió en una ensalada
y té helado, Kim caminó hasta el castillo para dedicar la tarde a buscar y
organizar papeles. Se trasladó a un punto distante del ático sobre el ala de
sirvientes y se puso a trabajar en una serie de archiveros negros. Utilizó
cajas de cartón vacías de la mudanza y empezó a separar los documentos. Muchos
se referían a cuestiones comerciales de principios del siglo diecinueve.
Al caer la tarde, había llegado al último gabinete y se
encontraba ocupada con el penúltimo cajón, revisando una colección de contratos
de embarques; en ese momento alzó la mirada y vio a Edward de pie junto a ella.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Kim con nerviosismo.
-Sí -respondió Edward-. Te he estado buscando desde hace media
hora. Si piensas pasar tanto tiempo aquí, mejor manda poner un teléfono.
Kim se puso de pie con dificultad.
-Lo siento -se disculpó.
-Escucha -dijo Edward-. Tenemos un problema. Stanton está
furioso por el dinero y viene en camino. Todos detestamos la idea de perder el
tiempo para reunirnos con él, en especial en el laboratorio, donde exigirá
explicaciones acerca de lo que todos hacemos. Para empeorar las cosas, tenemos
los nervios de punta debido al exceso de trabajo. Ha habido muchas riñas por
razones ridículas, como quién está más cerca del enfriador de agua. Me siento
como el encargado de un grupo de exploradores nobatos malcriados. De todos
modos, para no hacerte el cuento largo, quiero hacer la reunión en la cabaña.
Sería una buena oportunidad para sacar a todos de un ambiente hostil. Para
ahorrar tiempo, pensé que podrías preparar cualquier cosa para cenar.
Al principio, Kim pensó que Edward lo decía de broma. Cuando se
dio cuenta de que no era así, miró su reloj:
-Pasan de las cinco -dijo-. No puedo preparar la cena para ocho
personas a estas horas de la tarde.
-¿Por qué no? -preguntó Edward-. Para lo que me importa,
podríamos comprar algunas pizzas y ya. Por favor, Kim. Necesito tu ayuda. Me
estoy volviendo loco.
-Está bien -aceptó Kim, a sabiendas de que todo eso era un
error-. Puedo hacer algo mejor que ordenar pizzas, pero de seguro no va a ser
una cena para gourmets.
-Fantástico -dijo Edward. Salió a toda prisa del ático, mientras
gritaba por encima del hombro-: Llegaremos a la casa a las siete y media en
punto.
CON TAN POCA ANTICIPACIÓN, Kim decidió preparar una cena
sencilla de carne a la parrilla, acompañada por ensalada y bollos calientes y
sangría o cerveza para beber. De postre eligió helado y fruta fresca. A las
seis cuarenta y cinco, ya tenía la carne marinada, la ensalada preparada y los
bollos listos para meterlos al horno. Incluso había encendido el fuego en el
asador que tenían al aire libre. Estaba terminando de poner la mesa en el
comedor cuando llegó Stanton.
-Saludos, prima -dijo mientras daba a Kim un beso en la mejilla.
Kim le dio la bienvenida y le ofreció una copa de vino.
Stanton aceptó y la siguió a la cocina.
-¿Es el único vino que tienes? -preguntó Stanton con desdén
cuando Kim destapaba la botella.
-Temo que sí -respondió ella.
-Creo que prefiero tomar una cerveza.
Kim continuó con sus preparativos para la cena; Stanton se sentó
en un banquillo y la observó trabajar. No dijo nada hasta que ella se volvió a
mirarlo.
-¿Edward y tú se llevan bien? -preguntó-. No quiero inmiscuirme
en tus asuntos, pero he descubierto que él no es una de esas personas con las
que sea fácil tratar.
-Últimamente las cosas han estado un poco tensas -reconoció
Kim-. Está muy presionado.
-No es el único -comentó Stanton-. La responsabilidad de
mantener toda la operación a flote recae sobre mí, y Edward gasta una cantidad
de dinero infame.
La puerta principal se abrió, y Edward y los investigadores
entraron en grupo. Todos estaban irritables. Parecía que nadie quería ir a
cenar a la cabaña. Edward les ordenó que fueran. Eleanor era la más
conflictiva. En cuanto oyó en qué consistía el menú, anunció de manera
petulante que ella no comía carne roja.
-¿Qué acostumbras comer? -le preguntó Edward.
-Pescado o pollo -respondió ella.
-Iré por pescado -dijo Kim. Fue por las llaves, salió y subió a
su auto. Había sido una descortesía de Eleanor, pero Kim se alegró de salir de
la casa. La atmósfera en el interior era deprimente.
Había un mercado de pescados a corta distancia; la chica compró
varios filetes de salmón por si alguien más prefería comer pescado. Durante el
camino de regreso, se preguntó con inquietud lo que encontraría al volver. El
ambiente había mejorado. No podía decirse que fuera una reunión muy alegre,
pero se sentía menos tensa. En su ausencia, habían abierto el vino y la cerveza
que ella había comprado y bebían a sus anchas.
Los investigadores estaban sentados en la sala, agrupados en
torno a una mesa de caballete. Stanton había distribuido unos documentos entre
todos. Estaba de pie frente a la chimenea, exactamente abajo del retrato.
-Lo que ven es una proyección de la rapidez con la que nos
quedaremos sin dinero al ritmo de gasto actual -explicó-. Es evidente que no
nos encontramos en una buena situación. ¿Hay alguna forma de que puedan
acelerar el paso?
Eleanor dejó escapar un risa breve y burlona.
-Trabajamos a la velocidad máxima -dijo François.
-La mayoría de nosotros duerme menos de seis horas todas las
noches -agregó Curt.
-¿Ya existe una mejor idea sobre el modo en que actúa Ultra?
-preguntó Stanton.
-Sabemos ya que es una hormona natural del cerebro -repuso
Edward.
-Aunque los niveles no son iguales en todo el cerebro -explicó
Gloria-. Nuestros estudios indican que Ultra se concentra en el tallo del
cerebro anterior, el cerebro medio y el sistema límbico.
-Ah, el sistema límbico -dijo Stanton-. Recuerdo haberlo oído
mencionar en la escuela de medicina. Es la parte del cerebro que se asocia con
el animal que llevamos dentro de nosotros y los instintos básicos, como la ira,
el hambre y el sexo.
-Gloria, explícale por favor cómo creemos nosotros que funciona
-pidió Edward.
-Creemos que atenúa los niveles de los neurotransmisores del
cerebro -explicó Gloria-. Algo similar a la manera en que un reactivo
compensador mantiene el ph de un sistema ácido-base.
-En otras palabras -aclaró Edward concluyente-, Ultra funciona
como estabilizador de la emoción. Ésa fue la función inicial de la molécula
natural del cerebro. Debía devolver al estado normal la emoción extrema,
provocada por un acontecimiento perturbador, como ver a un tigre dientes de
sable en la cueva de uno. Ya sea que la emoción extrema sea temor o ira, Ultra
atenúa los neurotransmisores, lo que permite volver rápidamente a la normalidad
para enfrentar el siguiente desafío.
-¿Qué quieres decir por función inicial? -preguntó Stanton.
-La función evolucionó a medida que el cerebro humano también lo
hacía -explicó Edward-. La molécula cerebral ha pasado de simplemente
estabilizar la emoción a acercarla más al campo del control voluntario.
Los ojos de Stanton se iluminaron.
-Espera un segundo -dijo-. ¿Estás diciendo que si se administra
Ultra a un paciente deprimido, todo lo que tendría que hacer es desear no estar
deprimido?
-Ésa es nuestra hipótesis actual -asintió Edward.
-¡Ultra podría ser la droga del siglo! -exclamó Stanton.
-Por ello trabajamos sin cesar -añadió Edward.
-Es necesario acelerar el proceso -dijo Stanton-. Tenemos una
droga que puede valer miles de millones de dólares y ya estamos a punto de ir a
la quiebra.
-Se me ocurrió una manera de ahorrar algo de tiempo -mencionó
Edward de repente-. Yo mismo tomaré la droga.
Durante varios minutos hubo un silencio total en la habitación;
nada se oía, excepto el tictac del reloj en la repisa de la chimenea.
-¿Lo consideras una medida prudente? -preguntó Stanton.
-Por supuesto que sí -replicó Edward al tiempo que se
entusiasmaba con la idea-. No sé por qué no se me ocurrió antes. Estoy seguro
de que Ultra no entraña riesgos.
-No hemos estudiado nada acerca de la toxicidad -puntualizó
Gloria Herrera.
-No creo que tomar una droga experimental sea una buena idea
-dijo Kim, al participar en la conversación por primera vez. Edward la miró con
el entrecejo fruncido por la interrupción.
-Pues yo creo que es una idea genial -replicó.
-También estoy dispuesta a tomarla -aventuró Gloria.
-Yo también -se ofreció Eleanor.
Uno por uno, los demás investigadores se ofrecieron a
participar.
-Podríamos tomar dosis diferentes - explicó Gloria-. Seis
personas nos darán un atisbo de la importancia estadística cuando tratemos de
evaluar los resultados.
-Sugiero que tomemos los niveles de dosis a ciegas -propuso
François-. De ese modo no sabremos quién toma la dosis más alta y quién la más
baja.
-¿Acaso ingerir una droga de investigación, que aún no ha sido
aprobada, no es contra la ley? -dijo Kim.
-¿De qué clase de ley hablas? -preguntó Edward, lanzando una
carcajada-. ¿Una ley de un consejo de revisión institucional? Bueno, nosotros
somos el consejo de revisión institucional y no hemos votado ninguna ley.
Todos los investigadores rieron con Edward.
-Creí que el gobierno establecía directrices acerca de tales
cosas -insistió Kim.
-El National Institute of Health ha establecido ciertas
directrices -explicó Stanton-. Pero son para instituciones a las que otorgan
becas para investigación. Por supuesto, nosotros no recibimos dinero del
gobierno.
-Debe haber alguna ley que prohíba el consumo humano de un
medicamento antes de completar los experimentos con animales -dijo Kim-. Es
totalmente insensato. ¿No recuerdan el desastre de la talidomida? ¿Acaso eso no
les preocupa?
-No hay comparación -repuso Edward-. La talidomida no era un
compuesto natural y, en general, resultaba mucho más tóxica. Aunque, Kim, no te
estamos pidiendo que tomes Ultra. En realidad, tú podrías ser el control.
Todo el mundo rió. Kim se sonrojó y se fue a la cocina. Tenía la
incómoda sensación de que una especie de histeria colectiva se estaba
apoderando del grupo, debido a la combinación de exceso de trabajo y
expectativas demasiado elevadas. Mientras se ocupaba en la cocina, oyó risas
continuas y conversaciones a gritos y excitadas acerca de construir un centro
científico con algunos de los miles de millones que preveían en su futuro.
DIEZ
Finales de septiembre de 1994
DURANTE LA SEMANA que siguió a ese lunes de la cena, Kim no vio
en ningún momento a Edward . Llegaba cuando ella ya había ido a acostarse y se
iba antes de que la joven despertara. No hizo ningún esfuerzo por comunicarse
con ella, aun cuando Kim le había dejado numerosos mensajes.
El jueves, Kim consideró seriamente si ella y Edward deberían
continuar viviendo juntos. Sabía que tenía que sostener una conversación con él
antes de que las cosas empeoraran, pero no lo vio el jueves por la noche ni el
viernes, incluso ni siquiera el sábado.
Kim estuvo la mañana del domingo en el ático del castillo
clasificando documentos y, durante unas cuantas horas, esa tarea apartó su
mente de la situación frustrante en la que vivía. A la una de la tarde, el
estómago le avisó que había pasado mucho tiempo desde que había ingerido el
café matutino y un tazón de cereal.
Al salir del interior del castillo, que olía a humedad, se
detuvo un momento en el puente levadizo. Se deleitó con el paisaje otoñal lleno
de colorido que se extendía a su alrededor. Su mirada divagó por la periferia
de la propiedad y se detuvo de pronto. Entre la sombra de los árboles,
vislumbró un automóvil. Sintió curiosidad y atravesó el campo. A medida que se
acercaba, se sorprendió al ver que se trataba del automóvil del doctor Kinnard.
Cuando él la vio, bajó de un salto del vehículo y ocurrió algo que Kim no
recordaba haber visto en él jamás: Monihan se sonrojó.
-Disculpa -dijo él con cierta timidez-. No quiero que pienses
que acostumbro rondar por aquí como un vulgar merodeador. El hecho es que
intentaba reunir valor para entrar.
-¿Entonces por qué no lo hiciste? -preguntó Kim.
-Porque estoy muy apenado, debido a que la última vez que nos
vimos me comporté como un idiota -explicó Kinnard-. En todo caso, espero no
molestarle con mi presencia.
-No me molestas en lo más mínimo.
-Mi turno temporal en el Hospital de Salem concluye esta semana
-comentó Kinnard-. De mañana en ocho días regresaré a trabajar al Hospital
General Mass.
-Yo también me encuentro en la misma situación -dijo Kim.
Explicó que había tomado una licencia para ausentarse del trabajo durante el
mes de septiembre.
-¿Cómo quedó la renovación? -preguntó Kinnard.
-Decide tú mismo -dijo Kim-. Si quieres puedes pasar a ver.
-Sí, claro -respondió Kinnard-. Sube. Te llevo.
En la cabaña, Kim invitó al visitante a hacer un recorrido. Él
se mostró interesado y atento. Subieron las escaleras; Kim le estaba enseñando
a Kinnard el medio baño cuando, al mirar por la ventana, vio que Edward y
Buffer caminaban por el campo en dirección a la cabaña.
Una sensación de pánico se apoderó de ella. Dado el terrible
humor que Edward demostraba últimamente, no tenía idea de cuál sería su
reacción ante la presencia del doctor Monihan.
-Será mejor que bajemos -dijo.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Kinnard.
-Edward está por llegar -contestó Kim.
-¿Hay algún problema? -inquirió él.
Kim trató de sonreír.
-Por supuesto que no, ninguno -respondió. Pero su voz no sonó
convincente y tenía el estómago hecho nudo.
La puerta principal se abrió cuando llegaban a la sala, y Edward
entró con Buffer, que se dirigió a la cocina en busca de comida.
-Ahí estás -dijo Edward a la joven.
-Tenemos visita -anunció Kim.
-¿Sí? -preguntó Edward y entró en la sala.
Kim los presentó. Kinnard se adelantó y le tendió la mano, pero
Edward no se movió. Estaba pensando.
-Por supuesto -dijo mientras chasqueaba los dedos. Extendió la
mano y estrechó la de Kinnard con entusiasmo-. Te recuerdo. Tú trabajaste en mi
laboratorio. Hiciste tu residencia como cirujano en el Hospital General Mass.
-Excelente memoria -dijo Kinnard.
-Demonios, si hasta recuerdo tu tema de investigación -continuó
Edward. Entonces expuso de manera sucinta el proyecto de Kinnard, de un año de
duración.
-Lo recuerdas mejor que yo -comentó el médico.
-¿Quieres tomar una cerveza? -preguntó el científico.
Kinnard miró con nerviosismo entre Kim y Edward.
-Tal vez será mejor que me marche -concluyó.
-Tonterías -replicó Edward-. Quédate. Estoy seguro de que a Kim
le vendría bien un poco de compañía. Tengo que regresar a mi trabajo. Sólo vine
a hacerle una pregunta. No sé cómo expresar esto de la mejor manera -dijo a
Kim-. Quiero que los investigadores se alojen en el castillo. Será más práctico
para ellos dormir en la propiedad. Además, Omni pagará sus gastos.
-No sé...-dijo Kim-. Hay tantas reliquias familiares ahí.
-No van a tocar nada -prometió Edward.
-Permíteme pensarlo -dijo Kim.
-¿Pero qué tienes que pensar? -persistió Edward-. Estas personas
son como de mi familia. Además, sólo duermen aproximadamente de la una a las
cinco. Ni siquiera te enterarás que están ahí. Pueden alojarse unos en las alas
de huéspedes y otros en las de los sirvientes -Edward le guiñó un ojo a Kinnard
y agregó-: Es mejor mantener a las mujeres y a los hombres separados, porque no
quiero ser responsable de ningún pleito doméstico.
-¿Estarán cómodos ahí? -preguntó Kim.
-Se sentirán fascinados -dijo Edward-. Gracias, mi amor -abrazó
a Kim-. Kinnard -comentó al separarse de Kim-, no te alejes mucho ahora que
sabes dónde estamos. Kim necesita compañía -silbó con un tono muy agudo y
Buffer salió de la cocina. Un segundo después, la puerta principal se cerró de
golpe.
Por un momento, Kim y Kinnard se miraron en silencio.
-¿Acaso me oíste aceptar? -preguntó Kim.
-Sucedió demasiado rápido -reconoció Kinnard.
-¿Ahora en qué lío me he metido? -preguntó Kim-. No me agrada
mucho la idea de que el personal de Edward se hospede en el castillo.
-¿Cuántos son? -preguntó Kinnard.
-Cinco -respondió Kim.
-¿El castillo está vacío? -inquirió Kinnard.
-Nadie vive ahí, si a eso te refieres -dijo Kim-. Pero de
ninguna manera podría decirse que está vacío. ¿Quieres verlo?
-Claro -respondió él.
Cinco minutos más tarde, el médico estaba de pie en medio de la
gran habitación de dos pisos de altura; la expresión del rostro traslucía
incredulidad.
-Ahora entiendo bien tu preocupación -expresó-. Este lugar es
como un museo.
-Mi hermano y yo lo heredamos del abuelo. No sé lo que él
pensará acerca de tener extraños viviendo aquí.
-Vamos a ver dónde se hospedarían -sugirió Kinnard.
Inspeccionaron las alas. Había cuatro habitaciones en cada una,
y todas tenían su propia escalera y puerta que daba al exterior.
-Ya que tienen entradas independientes, no será necesario que
pasen por la parte principal de la casa -señaló Kinnard.
-Es verdad -asintió Kim. Estaban en uno de los cuartos para
sirvientes-. Tal vez esto no sea tan terrible. Los tres hombres pueden quedarse
en esta ala y las dos mujeres en la de huéspedes.
Kinnard se asomó al baño que comunicaba las habitaciones.
-Oh, oh -dijo-. Kim, ven, por favor.
La chica se reunió con él.
-¿Hay algún problema?
Kinnard señaló la taza del baño.
-No hay agua -se inclinó sobre el lavabo y abrió las llaves. No
salió nada.
Revisaron las otras habitaciones en el ala de sirvientes.
Ninguna tenía agua corriente. Atravesaron el área de huéspedes y descubrieron
que el problema se limitaba sólo a la primera parte.
-Llamaré al plomero -dijo Kim cuando iban saliendo del ala de
huéspedes.
Caminaron por la parte principal de la casa una vez más.
-Al Instituto Peabody-Essex le encantaría este lugar -comentó
Kinnard.
-Sí, les fascinaría el ático y la cava -coincidió Kim-. Están
repletos de documentos que se remontan a hace trescientos años.
-Tengo que ver esos documentos -dijo él-. ¿Te molestaría?
-Por supuesto que no -respondió Kim. Cambiaron de dirección y
subieron las escaleras que llevaban al ático. Kim abrió la puerta y le hizo una
señal a Kinnard para que entrara.
-Bienvenido a los archivos Stewart -dijo.
Kinnard recorrió el pasillo central al tiempo que miraba con
asombro todos los expedientes.
-Cuando era niño coleccionaba estampillas postales -recordó-.
Muchas veces soñé con encontrar un lugar como éste. Quién sabe lo que podría
hallar. Podría pasarme un mes aquí.
-Pues yo prácticamente lo he hecho -agregó Kim-. He estado
buscando referencias de mi antepasada Elizabeth Stewart, quien fue acusada de
ser bruja y ejecutada en 1692.
-¿Por qué nunca me lo habías contado?
-Fue una conspiración familiar para ocultarlo -repuso Kim y
rió-. En serio, estaba condicionada por mi madre a pensar que era un tema del
que no debía hablarse jamás. Pero ahora que he llegado al fondo del caso, se ha
convertido en una especie de cruzada.
-¿Has tenido suerte? -preguntó Kinnard.
-Poca -respondió Kim-. Pero hay mucho material aquí.
Kinnard colocó entonces la mano en la manija de uno de los
cajones de archivo y miró a Kim.
-¿Me permites? -preguntó.
-Adelante -contestó Kim.
Como la mayor parte de las gavetas en el ático, ésta se
encontraba atiborrada de una variedad de documentos, sobres y libretas. Kinnard
rebuscó entre ellos, pero no encontró ninguna estampilla. Tomó uno de los
sobres y sacó una carta.
-No es de extrañar que no encuentres ninguna estampilla aquí
-comentó-. Los timbres postales no se inventaron sino hasta finales del siglo
diecinueve. ¡Esta carta es de 1698!
Kim tomó el sobre. Estaba dirigido a Ronald.
-¡Qué suerte! -exclamó-. Es la clase de cartas por las que me he
partido la espalda buscando, y tú la sacaste a la primera.
-Me da gusto ayudarte -dijo Kinnard. Enseguida entregó la carta
a Kim, que la leyó en voz alta.
12 de octubre de 1698
Cambridge
Queridísimo Padre:
Estoy profundamente agradecido por los diez chelines, que he
necesitado con desesperación durante estos días de aclimatación a la vida
universitaria. Siempre de manera humilde, me gustaría relatar que después de
una exhaustiva investigación, localicé las pruebas que se usaron en contra de
mi Querida y Difunta Madre, en las oficinas de uno de nuestros estimados
profesores, quien quedó fascinado debido a su naturaleza horripilante. La
exhibición prominente de las pruebas me causó cierta inquietud, pero el martes
pasado, cuando todos se habían retirado al comedor, me aventuré a visitar el
recinto antes mencionado y cambié el nombre, de acuerdo con tus instrucciones,
al ficticio de Rachel Bingham. Con propósito similar, registré el mismo nombre
en el catálogo de la biblioteca de Harvard Hall. Espero, Amado Padre, que ahora
encuentres el consuelo de que el apellido Stewart se liberará de esta
penosísima tribulación.
Quedo de ti, tu amante hijo,
Jonathan
-iMALDICIÓN! -exclamó Kim-. Esas pruebas se usaron para condenar
a Elizabeth, y ya he descubierto otras referencias a ellas, pero en ninguna
parte las describen. Tratar de averiguar en qué consisten se ha convertido en
el propósito principal de mi cruzada.
-¿Y esperas resolver el misterio de esas famosas pruebas
examinando todos estos documentos? -Kinnard hizo un movimiento con la mano para
abarcar todo el ático.
-Aquí y en la cava. En realidad, llevé una carta de Increase
Mather a Harvard, puesto que en esa carta, Mather escribió que las pruebas
habían pasado a formar parte de las colecciones de Harvard. Pero no tuve
suerte. Las bibliotecarias no pudieron encontrar ninguna referencia a Elizabeth
Stewart en el siglo diecisiete.
-De acuerdo con la carta de Jonathan, deberías haber buscado a
Rachel Bingham -observó Kinnard.
-No habría habido ninguna diferencia -repuso Kim-. En 1764 un
incendio destruyó la biblioteca. No sólo se quemaron todos los libros, sino
también algo que denominaban el depósito de curiosidades, además de todos los
catálogos e índices. Nadie sabe siquiera lo que se perdió.
-Lo siento -dijo Kinnard, miró su reloj-. Será mejor que me
vaya. Tengo que visitar a todos mis pacientes esta tarde.
Kim lo acompañó a su automóvil.
-Tal vez no debería preguntar esto -empezó Kinnard, al abrir la
puerta de su auto-. ¿Pero qué hacen Edward y sus investigadores en este lugar?
-Tienes razón -aseguró Kim-. No deberías preguntar. Juré guardar
el secreto. Lo que es del conocimiento público es que llevan a cabo el
desarrollo de una nueva droga. Edward construyó un laboratorio en los antiguos
establos.
-No es ningún tonto. Es un lugar maravilloso para un laboratorio
de investigación.
Kinnard empezó a subir a su automóvil cuando Kim preguntó:
-¿Es ilegal que los investigadores tomen una droga experimental
que todavía no llega a la etapa de pruebas clínicas?
-Los reglamentos de la Federal Drug Administration prohíben que
se administre una droga así a voluntarios -respondió Kinnard-. Sin embargo, si
los investigadores la ingieren, no creo que esta institución gubernamental
tenga ninguna jurisdicción.
-Qué lástima -repuso Kim.
-No tengo que ser un genio para adivinar por qué lo preguntas.
-Entre nosotros, no he abierto la boca. Y te agradecería que tú
tampoco -concluyó Kim y cambió de tema-. Fue agradable verte de nuevo. Me da
gusto que todavía seamos amigos.
Kinnard sonrió.
-Yo mismo no podría haberío expresado mejor.
Kim agitó la mano para despedirlo, mientras él se alejaba en su
automóvil. Lamentó verlo partir. Su visita inesperada había sido un alivio muy
grato.
MÁS TARDE ESA NOCHE, mientras Kim leía cómodamente en la cama,
oyó que Edward estaba en el medio baño lavándose los dientes. Mientras tanto,
charlaba de manera animada con ella acerca de los sucesos humorísticos que
habían ocurrido en el laboratorio esa tarde. Parecía que los investigadores se
jugaban bromas prosaicas e inofensivas entre ellos.
Mientras Edward hablaba, Kim reflexionó sobre a la manera tan
diferente que se sentía respecto de todos los demás en la propiedad. A pesar
del cambio aparente en el comportamiento de Edward, Kim aún se sentía inquieta
e incluso un poco deprimida.
Después de que él terminó de asearse en el baño, entró en la
habitación de Kim y se sentó en la cama. Para desgracia de Sheba, Buffer siguió
a su amo.
-¿Ya te vas a acostar? -preguntó Kim-. Aún no dan las once.
-Así es, en efecto -respondió Edward-. Debo levantarme a las
tres y media en lugar de las cinco, la hora acostumbrada, para continuar con un
experimento que estoy llevando a cabo -buscó en el bolsillo de su chaqueta y
sacó un frasco de cápsulas. Lo extendió hacia Kim-. Creo que deberías probar
Ultra.
Kim retrocedió.
-No, gracias -repuso.
-Por lo menos, toma el recipiente -Edward dejó caer el pequeño
frasco en la mano de Kim-. ¿Recuerdas aquella conversación que sostuvimos
acerca de que sentíamos que no podíamos comunicarnos socialmente? -preguntó-.
Con Ultra ya no te sentirás así. La he estado tomando desde hace menos de una
semana, y ha permitido que surja el verdadero yo, la persona que quería ser.
Pruébala. ¿Qué tienes que perder?
-Me molesta tomar una droga para cambiar un rasgo de mi
personalidad -respondió Kim-. Se supone que la personalidad se forma a través
de la experiencia, no de la química.
-Creo que, como químico, estoy obligado a pensar de manera
diferente -repuso Edward y rió-. Como gustes, pero te garantizo que te sentirás
mucho más segura de ti misma si la pruebas. Además, eso no es todo. También
creemos que Ultra fortalece la memoria de largo plazo y alivia la fatiga y la
ansiedad.
-Me da gusto que la consideres tan útil -replicó Kim-. Pero no
voy a tomarla -trató de devolverle el frasco a Edward.
-Consérvalo -dijo él, al tiempo que alejaba la mano. Caminando
con paso ligero, regresó al baño y empezó a cepillarse los dientes otra vez.
-¿No te parece que exageras? -llamó Kim en voz alta. Edward
asomó la cabeza al cuarto de Kim.
-¿De qué hablas?
-Ya te cepillaste los dientes -respondió Kim.
Edward miró el cepillo de dientes; luego meneó la cabeza y rió.
-Me estoy convirtiendo en el profesor distraído -comentó. Se
volvió hacia el lavabo para enjuagarse la boca.
Kim miró a Buffer, que suplicaba por unos biscotti que había
subido de la cocina.
-Este perro actúa como si siempre tuviera hambre -gritó Kim a
Edward-. ¿Le diste de comer esta noche?
Edward apareció en la puerta.
-No lo recuerdo -dijo.
Con resignación, Kim se levantó, se envolvió en su bata y bajó a
la cocina. Buffer la siguió y cuando colocó el alimento para perros en su
plato, el animal ladró entusiasmado. Era obvio que no había comido, tal vez por
más de un día.
Cuando Kim volvió a subir a su habitación, vio que la luz de
Edward estaba aún encendida. Con el propósito de comentarle a éste acerca de
Buffer, se asomó al aposento, sólo para ver que estaba profundamente dormido.
Kim apagó la luz y se dirigió a su confortable cuarto.
Lunes 26 de septiembre de 1994
CUANDO KIM abrió los ojos, le sorprendió descubrir que ya casi
eran las nueve de la mañana. De camino al baño para ducharse, Kim llamó al
plomero, Albert Bruer, que había trabajado en la cabaña y en el laboratorio.
Dejó su número en la contestadora y un mensaje para informarle acerca de la
falta de agua en el castillo.
Albert contestó la llamada antes de media hora, y cuando Kim
terminaba de desayunar, él tocó a la puerta. Juntos fueron en el transporte del
operario hasta el castillo.
-Creo que ya sé cuál es el problema -comentó Albert después de
retirar la cubierta delantera de los paneles de acceso en cada uno de los baños
del ala de los sirvientes-. Se trata de las tuberías del drenaje. Son de hierro
fundido y algunas están oxidadas.
-¿Puede arreglarlas? -preguntó Kim.
-Claro -respondió Albert-. Pero tal vez tarde una semana.
-Hágalo. Voy a recibir huéspedes que llegarán hoy.
-En ese caso, tendré que canalizar el agua al baño del tercer
piso. Esas tuberías están en buenas condiciones.
Después de que el plomero se fue, Kim se dirigió al laboratorio
para avisarles a los hombres acerca del baño del tercer piso. Le impresionó la
bienvenida que todos le dieron.
-¡Kim! -llamó David con gran entusiasmo. Fue el primero en
verla-. Qué agradable sorpresa -gritó a los demás que Kim estaba ahí y cada uno
de ellos, incluyendo a Edward, dejaron lo que estaban haciendo para acercarse a
saludarla.
Kim se sonrojó. No le gustaba ser el centro de atención. Se
disculpó por interrumpirlos y en forma rápida les informó cómo había resuelto
el problema de la plomería. Ellos se sintieron muy complacidos.
Cuando se iba, Eleanor insistió en conducir a Kim a su terminal
de computadora, en la que le ofreció una larga explicación sobre el modelo
molecular.
-Ha sido muy interesante -dijo Kim cuando Eleanor terminó, por
fin, su cátedra. La joven empezó a dirigirse a la puerta.
-¡Aguarda! -dijo François. Se levantó a toda prisa de su
escritorio, tomó un fajo de fotografías y corrió hacia Kim. Sin aliento, le
preguntó qué opinaba de ellas. Eran instantáneas, a todo color, del escáner
computarizado.
-Son... -Kim buscó desesperada una palabra que no sonara tonta-.
Espectaculares.
-¿Verdad que sí? -preguntó François, mientras erguía la cabeza y
miraba a los demás desde un ángulo diferente-. Son como el arte moderno.
-¿Qué es exactamente lo que indican? -preguntó Kim.
-Los colores se refieren a las concentraciones de Ultra
radioactiva -explicó François-. El rojo es la concentración más elevada. Estas
fotos demuestran que la droga está principalmente en el tallo del cerebro
anterior, el cerebro medio y en el sistema límbico.
-Recuerdo que Stanton mencionó el sistema límbico en la cena que
tuvimos -dijo Kim.
-En efecto -prosiguió François-. Ése es un componente de las
partes del cerebro más primitivas, como las de los reptiles, y tiene que ver
con las funciones automáticas, incluyendo el humor, las emociones e incluso el
olfato.
-Además del sexo -añadió David.
-¿A qué te refieres cuando mencionas a los reptiles? -preguntó
Kim. Esa palabra tenía para ella una connotación muy desagradable. Nunca le
habían gustado las serpientes.
-Me refiero a las partes del cerebro que son similares a las de
los reptiles -explicó François -. Por supuesto, se trata de una simplificación.
Aunque el cerebro humano evolucionó de algunos ancestros remotos comunes con
los reptiles de la actualidad, no es precisamente como tomar el cerebro de un
reptil y colocar un par de hemisferios cerebrales encima.
Todo el mundo rió. Kim no pudo evitar reír también. En general,
el ambiente era difícil de resistir.
-En cuanto a los instintos básicos -explicó Edward-, los humanos
los experimentamos de manera similar a los reptiles. La diferencia es que los
nuestros están recubiertos por varios grados de socialización, lo que significa
que los hemisferios cerebrales tienen redes de conexiones que controlan el
comportamiento primitivo.
Kim miró su reloj.
-Lo siento, pero en verdad tengo que irme -dijo-. Tengo que
tomar el tren a Boston.
Edward la acompañó.
-¿En realidad tienes que ir a Boston? -preguntó.
-Sí, claro -respondió Kim-. Voy a regresar a Harvard para hacer
un último intento. Encontré otra carta que incluye una referencia a las pruebas
contra Elizabeth, lo cual me dio otra pista.
-Buena suerte -deseó Edward. Le dio un beso y volvió al
laboratorio. No preguntó nada acerca de la última carta.
Kimberly caminó de regreso a la cabaña, se sentía perpleja e
inquieta por la amabilidad de los investigadores. Tal vez, pensó, el problema
estaba en ella. No le había gustado la manera distante en que se habían
comportado y ahora tampoco le agradaba que fueran tan sociables. ¿Acaso ella
era imposible de complacer?
Entre más pensaba, más se daba cuenta de que el asunto tenía que
ver con la súbita uniformidad del grupo. Cuando los conoció, la sorprendieron
sus excentricidades. Ahora, su personalidad parecía haberse mezclado en un todo
amigable.
Mientras se cambiaba de ropa para su viaje a Boston, Kim no dejó
de reflexionar acerca de lo que estaba ocurriendo en el laboratorio. Notó que
su sensación de angustia iba en aumento. Fue a la sala a buscar un suéter y se
detuvo frente al retrato de Elizabeth. No había una pizca de ansiedad en ese
rostro femenino, aunque lleno de fuerza, de su antepasado, y Kim se preguntó si
ella se había sentido alguna vez tan fuera de control.
Kim subió a su automóvil para dirigirse a la estación de trenes.
Era incapaz de dejar de pensar en Elizabeth. De repente se le ocurrió que había
semejanzas extraordinarias entre su mundo y el de ella, a pesar del enorme
trecho de siglos. Elizabeth tuvo que vivir bajo la continua amenaza de los
asaltos de los indios, en tanto que Kim tenía plena conciencia de los siempre
presentes riesgos de la delincuencia. En aquella época había existido la
amenaza aterradora y misterosa de la viruela, mientras que en el presente es el
SIDA. En los tiempos de Elizabeth, hubo una división del dominio puritano sobre
la sociedad cuando surgió el materialismo desenfrenado; hoy día es el final de
la estabilidad de la Guerra Fría, con la aparición de las facciones
nacionalistas y el fundamentalismo religioso. En aquella época, el papel de las
mujeres resultaba confuso y cambiante; en la actualidad ocurre lo mismo.
-Mientras más cambian las cosas, más permanecen iguales -se dijo
Kim en voz alta.
-SU CASA ES UN TESORO de objetos de interés histórico -manifestó
Mary Custland a Kimberly, al alzar la mirada de la carta de Jonathan-. Esto es
invaluable -llamó a Katherine Sturburg para que se reuniera con ellas y le dio
a leer el texto.
Katherine manifestó que esa misiva databa de un periodo de la
historia de Harvard del que poseía muy escaso material. Preguntó si podía
copiarla y Kim accedió.
-Tenemos que encontrar a Rachel Bingham -dijo Mary.
-Veré si encuentro algo acerca del nuevo nombre en mis fuentes
-ofreció Katherine.
Kim agradeció a la mujer y salió.
De regreso en la propiedad, vio un autopatrulla de Salem
estacionado enfrente de la cabaña. A menos de cincuenta metros de distancia,
Edward conversaba con dos policías.
Kim se estacionó junto al autopatrulla, bajó de su carro y
caminó hacia ellos. Al aproximarse, vio algo en el césped. Contuvo la
respiración cuando se dio cuenta de que se trataba de Buffer. El pobre perro
estaba muerto. Parte de la piel de los cuartos traseros había desaparecido,
dejando al descubierto los huesos llenos de sangre. Kim miró con lástima a
Edward.
-Tal vez valdría la pena dejar que un médico forense examinara
los huesos -comentaba Edward-. Hay algunas probabilidades de que alguien
reconozca la marca de los dientes y nos diga qué especie de animal pudo haber
hecho esto.
-No sé qué opinaría un médico forense si lo llamamos por un
perro muerto -dijo uno de los oficiales llamado Billy Selvey.
-Pero usted mencionó que un par de incidentes parecidos han
ocurrido en las últimas noches por aquí -dijo Edward-. Creo que les corresponde
averiguar qué clase de animal hace esto.
-¿Cuándo fue la última vez que vio al perro? -preguntó Billy.
-Anoche -contestó Edward-. Por lo general duerme en mi
habitación, aunque tal vez lo dejé salir. No lo recuerdo.
-Le di de comer alrededor de las once y media anoche -intervino
Kim-. Lo dejé en la cocina comiendo.
-¿Lo dejaste salir? -preguntó Edward.
-No. Como mencioné, lo dejé en la cocina -repitió Kim.
-¿Tienen puerta para mascotas? -preguntó Billy. Kim y Edward
respondieron que no al mismo tiempo.
-He oído rumores acerca de que estos incidentes se deben a un
animal con rabia -comentó el otro oficial-. ¿Tienen aquí otras mascotas?
-Tengo una gata -contestó Kim.
-No la pierda de vista -aconsejó Billy.
Los policías guardaron sus cuadernos y plumas, se despidieron y
empezaron a caminar hacia el autopatrulla.
-¿Y el cadáver? -gritó Edward-. ¿No quieren llevarlo con el
médico forense?
Los oficiales intercambiaron miradas. Por fin, Billy gritó que
consideraba que era mejor no llevárselo.
Edward, de buen talante, agitó la mano para despedirlos.
-Les doy una espléndida propina y mira nada más cómo me
responden -comentó-. Se alejan.
-Siento mucho lo de Buffer -dijo Kim y colocó una mano sobre el
hombro de Edward-. Aunque estoy impresionada por la manera en que lo estás
manejando.
-Estoy seguro de que mis emociones tienen que ver con el efecto
de Ultra -mencionó Edward-. Cuando me enteré de lo que había ocurrido, me sentí
muy apesadumbrado. Buffer era como de mi familia. Sin embargo, la profunda
tristeza que experimenté se desvaneció con rapidez; aún lamento que haya
muerto, pero no siento ese terrible vacío que acompaña al dolor. Es otro
ejemplo del porqué debes probar Ultra. Te garantizo que te tranquilizará.
Kim no estaba muy segura de lo que oía. Por sus lecturas, así
como por su intuición, sabía que una cierta dosis de dolor era necesaria. Kim
explicó a Edward lo que pensaba acerca del dolor y amplió la idea para abarcar
la ansiedad y la melancolía, al tiempo que afirmaba que cantidades moderadas de
esos sentimientos emocionalmente dolorosos desempeñaban un papel positivo como
motivadores del crecimiento, el cambio y la creatividad humanos. Concluyó
diciendo:
-Lo que me preocupa es que tomar una droga como Ultra, que
modula estos estados mentales, podría provocar un efecto negativo, grave e
imprevisible.
Edward sonrió y asintió con la cabeza.
-Agradezco tu preocupación -dijo-. Aunque no la comparto porque
se basa en una premisa falsa, a saber: que de alguna manera misteriosa, la
mente se encuentra separada del cuerpo. Esa vieja hipótesis se ha desacreditado
debido a las experiencias recientes, que muestran que el ánimo y las emociones
se determinan biológicamente y pueden afectarse por medio de drogas, como el
Prozac, el cual altera los niveles de los neurotransmisores. Esto ha
revolucionado las ideas acerca del funcionamiento del cerebro.
-Esa clase de razonamiento deshumaniza -se quejó Kim.
-Permíteme plantearlo entonces de otra manera -propuso Edward-.
¿Crees que deben tomarse medicamentos para el dolor?
-El dolor es diferente -replicó Kim, aunque comprendía la trampa
psicológica que Edward le tendía.
-Yo no estoy de acuerdo. El dolor también es biológico. Puesto
que el dolor físico y el psíquico son biológicos, deben tratarse de la misma
manera: con medicamentos que ataquen esas partes del cerebro que son
responsables de ellos.
Kim quiso preguntarle a Edward cómo sería el mundo si Mozart y
Beethoven hubieran tomado alguna sustancia contra la ansiedad o la depresión.
Pero sabía que todo era en vano. La mente científica de Edward lo cegaba.
Edward le dio unas palmadas en la cabeza.
-Luego hablaremos más acerca de esto -dijo-. Por ahora, será
mejor que entierre al pobre Buffer.
ONCE
Jueves 29 de septiembre de 1994
A PESAR DE LOS RECELOS que albergaba contra Ultra, durante los
siguientes días, en varias ocasiones, Kim se sintió tentada a probarla, a
medida que su angustia, la cual aumentaba de manera gradual, empezó a afectar
su sueño. Pero cada vez que estaba a punto de tomarla, se arrepentía.
Edward, mientras tanto, continuaba feliz. La única alteración en
su comportamiento había ocurrido el jueves por la mañana, cuando Kim estaba a
punto de salir de la cabaña para dirigirse al castillo, él entró muy
malhumorado por la puerta principal y arrojó su libreta de direcciones sobre la
mesa.
-¿Hay algún problema? -preguntó Kim.
-Claro que sí -respondió él-. Tengo que venir hasta aquí para
poder hablar por teléfono. Todos esos bobos del laboratorio escuchan mis
conversaciones. Eso me vuelve loco.
-¿Por qué no usas el teléfono que está en el área de recepción?
-preguntó Kim.
-También oyen cuando voy ahí -contestó.
-¿A través de las paredes? -preguntó ella.
-Tengo que llamar al jefe de la oficina de licencias de Harvard
-se quejó Edward, sin tomar en cuenta a Kim-. Ese idiota ha iniciado ahora una
campaña de venganza en mi contra -abrió la libreta de direcciones para buscar
el número.
-Tal vez sólo está haciendo su trabajo -aventuró Kim.
-¿Su trabajo consiste en que me suspendan? -gritó Edward.
La joven sintió que el corazón le latía con violencia. El tono
empleado por Edward le recordó aquel amargo episodio en el que el científico
había arrojado la copa de vino contra la chimenea de su departamento.
-Ah, vaya -dijo Edward, completamente sereno-. Así es la vida
-se sentó y marcó el número de la oficina de licencias. Kim escuchó mientras
sostenía una conversación cordial con el sujeto contra el que acababa de
proferir imprecaciones.
-Ya que estoy aquí -comentó Edward cuando colgó el teléfono-,
voy arriba corriendo a juntar la ropa para la lavandería, como ayer me pediste
que lo hiciera -se dirigió a las escaleras.
-Ya la reuniste -comentó Kim-. La encontré cuando subí. Edward
se detuvo y parpadeó, como si estuviera confundido.
-¿De veras? -preguntó-. Bien por mí. Entonces debo regresar al
laboratorio.
-Edward -llamó Kim antes de que saliera por la puerta
principal-. ¿Te encuentras bien? Últimamente olvidas muchas cosas.
Edward rió.
-Es verdad -reconoció-. Soy un poco olvidadizo. Es sólo que
estoy preocupado. Pero hay una luz al final del túnel, y todos nosotros estamos
a punto de volvernos ricos.
Kim se acercó a la ventana y observó a Edward caminar de regreso
al laboratorio. Enseguida, se dirigió al castillo y reflexionó sobre el
comportamiento de su amigo. Era más amable y atento con ella, pero a la vez
impredecible.
Antes de bajar a la cava, revisó las entradas de las alas del
castillo. Se sintió consternada al ver una de la habitaciones para los
sirvientes. Había tierra, varas, hojas en las escaleras y un recipiente de
comida china cerca de la puerta.
Mientras maldecía en voz baja, Kim se dirigió al clóset de
limpieza para sacar un trapo y un cubo. Las huellas de tierra llegaban hasta el
primer rellano. Después de limpiar todo, se dirigió a la puerta principal, tomó
de ahí el tapete del exterior y lo llevó hasta la entrada del ala de los
sirvientes. Pensó en colocar una nota, pero decidió que el tapete transmitiría
bien su mensaje.
Por fin, Kim bajó a la cava y puso manos a la obra. Aunque no
encontró ningún documento cercano al siglo diecisiete, la concentración
ahuyentó de su mente las preocupaciones.
A la una de la tarde tomó un descanso. Regresó a la cabaña y
dejó salir a Sheba mientras comía. Antes de regresar al castillo, se cercioró
de que la gata estuviera de vuelta en la casa. En el castillo, conversó con los
plomeros unos minutos y observó a Albert que, con destreza y ayuda del soplete
colocó unos sellos en las tuberías de agua. Por último, regresó a trabajar.
Esta vez, en el ático.
Empezaba a sentirse otra vez desilusionada por no encontrar más,
cuando por fin halló una carpeta completa de material que databa de la época de
Elizabeth. Entusiasmada, la llevó a una de las ventanas. Casi todos los
testimonios resultaron ser comerciales, pero entre los documentos aduanales y
conocimientos de embarque había una pieza de correspondencia personal: una
carta dirigida a Ronald, de Thomas Goodman.
17 de agosto de 1692
Ciudad de Salem
Señor:
Muchas son las infamias que han asolado a nuestro pueblo
temeroso de Dios. Ha sido causa de grave aflicción para mí siempre que, contra
mi voluntad, he tenido que participar en ellas de un modo u otro. Me entristece
profundamente que usted piense mal de mí y se niegue a conversar conmigo
respecto a asuntos de mutuo interés. Es verdad que, en efecto, en el nombre de
Dios testifiqué contra su esposa durante el juicio. A petición suya, visité su
hogar en una ocasión a fin de ofrecer ayuda en caso necesario. Ese día
fatídico, encontré su puerta abierta de par en par, a pesar del frío glacial
que se sentía en nuestras tierras, y la mesa estaba repleta de alimentos, como
si una comida se hubiera interrumpido; sin embargo, otros objetos se
encontraban en completo desorden o rotos con bordes puntiagudos y había manchas
de sangre en el piso. Temí que los indios hubieran tomado la casa por asalto.
Pero descubrí a los pequeños, tanto a sus hijos naturales como a las niñas
refugiadas, encogidos de terror en el piso de arriba, y ellos me hicieron saber
que la buena esposa de usted había sufrido un ataque mientras comía, que no
actuaba normalmente y que había corrido al refugio de su ganado. Azorado, me
dirigí al lugar y la llamé por su nombre en la oscuridad. Se acercó a mí como
si fuera una salvaje y me atemorizó grandemente. Tenía sangre en las manos y en
el vestido y vi su trabajo. Con espíritu atribulado, la tranquilicé a riesgo de
mi propio bienestar. Respecto a todas estas cosas, hablé con la verdad en el
nombre de Dios.
Quedo de usted, su amigo y vecino,
Thomas Goodman
-POBRE GEN'I'E -murmuró Kim. De todo lo que había leído hasta
entonces, esa carta era la que más se aproximaba a transmitir el horror
personal de la terrible experiencia que había significado la cacería de brujas
en Salem, y sintió empatía por todos los que se vieron involucrados. Comprendía
que Thomas, el autor de la carta, se había sentido muy abatido al verse
atrapado entre la amistad y lo que él consideraba la verdad. Además, Kimberly
sintió compasión por la pobre Elizabeth, a quien un hongo había enloquecido
hasta el punto de aterrorizar a sus propios hijos.
En medio de la empatía que experimentaba, se dio cuenta de que
la carta revelaba un dato nuevo e inquietante. Era la mención de la sangre, con
todas sus implicaciones de violencia. Kim no quería imaginar lo que Elizabeth
le había hecho al ganado. ¿O acaso se había infligido algún daño ella misma? La
idea de una automutilación hizo que se estremeciera. Una cosa quedaba clara: el
hongo se relacionaba con la violencia, y pensó que era algo que Edward debería
saber. Al regresar a la cabaña, vio un autopatrulla de la policía de Salem que
salía de entre los árboles. El vehículo avanzaba en dirección hacia ella.
Cuando se detuvo, los mismos dos oficiales que habían acudido a la llamada por
el asunto de Buffer, bajaron del automóvil. Al acercarse a ella, Billy tocó el
borde de la visera de su quepis a modo de saludo.
-¿Ocurre algo malo? -preguntó Kim.
-¿Han tenido algún otro problema desde lo del perro? -preguntó
Billy-. Ha habido una oleada de vandalismo en la zona.
-¿Qué clase de vandalismo? -inquirió Kim.
-Hay cubos de basura volcados; desperdicios diseminados
alrededor -comentó Billy-. También han desaparecido más mascotas. Se han
encontrado algunos animales muertos en la carretera cercana al cementerio de
Greenlawn. Creemos que los ánimos de algunos chicos están exaltados. Han
sucedido demasiadas cosas para que se trate de un animal. Quiero decir,
¿cuántos cubos de basura puede volcar un mapache en una noche? -soltó una
risita.
-Agradezco que haya venido a advertirme -dijo Kim.
-Si aquí tienen algún problema, por favor, no duden en llamarnos
-dijo Billy-. Queremos llegar al fondo de esto.
Kim observó mientras el autopatrulla se alejaba de la propiedad.
Esa noche se propuso permanecer despierta hasta que Edward
llegara. Quería contarle lo que sabía sobre la carta de Thomas Goodman.
Confiaba en persuadirlo de que dejara de tomar Ultra, ahora que tenía razones
para creer que tal vez se relacionaba con la violencia. Después de la una de la
madrugada, oyó que la puerta principal se cerraba y enseguida oyó las pisadas
de Edward en la escalera vieja. Cerró el libro que estaba leyendo y lo llamó.
-¡Santo cielo! -expresó Edward, al tiempo que se asomaba al
cuarto de Kim-. ¿Qué haces despierta a estas horas?
-No estoy cansada -respondió Kim-. Pasa.
-Estoy exhausto -se sentó en la orilla de la cama de Kim-. Si me
quedo dormido, llama a una grúa para que me lleve a la cama -dijo entre risas.
Kim le contó acerca de la carta de Thomas y le habló de sus
temores de que Ultra pudiera conducir a la violencia. Le suplico que dejara de
tomar la droga.
-Soy completamente capaz de decidir lo que es mejor para mí
-repuso Edward en tono amable-. Disfruto de la sensación de seguridad social
que me da, en lugar de ser tímido y vergonzoso.
-Pero es peligroso tomar una droga que no ha sido probada en
forma suficiente -manifestó Kim-. Además, ¿no cuestionas la falta de ética que
implica adquirir rasgos de carácter a través de una droga en lugar de la
experiencia? Es como hacer trampa.
Edward bostezó.
-Escucha, querida -dijo-. No es que Ultra no se haya probado,
sino que todavía no está completamente probada. Pero no es tóxica, y eso es lo
importante. Voy a continuar tomándola, a menos que se produzca algún efecto
colateral grave, lo que con sinceridad dudo mucho -le dio una palmadita
tranquilizadora en la pierna a través de las frazadas-. Si te parece,
continuaremos con el tema mañana. En este momento no soy capaz de mantener los
ojos abiertos. Tengo que ir a acostarme.
Se inclinó, dio a Kim un beso en la mejilla y caminó dando
traspiés a su habitación. Después de sólo unos cuantos minutos, ella oyó la
respiración pesada de quien duerme de manera profunda.
Perpleja ante la rapidez de la transformación, se levantó. Se
puso la bata y fue al cuarto de Edward. Una estela de ropa que se había quitado
la guió hasta la habitación; él estaba sobre la cama, con las piernas y los
brazos abiertos, vestido únicamente con su ropa interior. La lámpara de la mesa
de noche todavía estaba encendida. Kim la apagó. Le asombró que Edward roncara
de manera tan ruidosa. Se preguntó por qué nunca la había despertado durante el
tiempo en que dormían juntos.
Antes de regresar a la cama, Kim encontró su antiguo frasco de
Xanax y tomó una de las pastillas rosas con forma de bote. No le agradaba la
idea, pero sabía que no podría dormir si no la tomaba.
DOCE
Sábado 1 de octubre de 1994
KIM INTENTÓ SACUDIRSE el leve estupor provocado por el Xanax.
Una vez más, se sintió sorprendida de haber dormido tantas horas. Eran casi las
nueve.
Después de ducharse y vestirse, sacó a pasear a Sheba. La gata
deambuló hasta la parte posterior de la casa. Kimberly la siguió, pero se
detuvo de pronto y profirió un improperio. Los dos cubos de desperdicios habían
sido volcados. La basura estaba esparcida por todo el patio. La joven enderezó
los dos cubos de plástico para la basura, que estaban desgarrados en el borde
superior, supuestamente cuando alguien retiró las tapas por la fuerza.
-¡Pero qué fastidio! -exclamó al tiempo que regresaba los
recipientes de vuelta a su lugar habitual, al lado de la casa. Se dio cuenta de
que tenía que reemplazarlos, puesto que las tapas ya no quedarían fijas.
Kim capturó a Sheba un minuto antes de que emprendiera la
carrera hacia el bosque y la llevó de regreso a la casa. Recordó que la policía
había solicitado que llamara por teléfono si tenía algún problema, así que se
comunicó a la comisaría. Para sorpresa suya, insistieron en enviar a alguien
para revisar.
Kim empezó a recoger la basura y a colocarla de nuevo en los
recipientes. Estaba por terminar su labor cuando llegó la policía.
En esta ocasión, acudió un solo oficial, de aproximadamente la
edad de Kim. Se llamaba Tom Malick. Pidió ver "la escena del crimen".
La enfermera lo condujo a la parte posterior de la casa y le mostró los
recipientes. Explicó que acababa de recoger todo.
-Habría sido mejor si lo hubiera dejado como lo encontró hasta
que lo viéramos -manifestó Tom. Examinó los cubos con cuidado; después revisó
las tapas-. Un animal hizo esto -comentó-. No fue ningún chico, creo que éstas
son marcas de dientes sobre los bordes de las tapas -alzó una de las cubiertas
y señaló una serie de muescas paralelas-. Debe comprar recipientes más seguros
-sugirió Tom.
-Es lo que planeaba -contestó Kim.
-Tal vez tenga que ir a Burlington a conseguirlos -mencionó
Tom-. Ha habido una fuerte demanda de ellos en la ciudad.
-Parece que se ha convertido en un problema serio -dijo Kim.
-Más vale que lo crea -aseguró Tom-. El pueblo entero está
indignado. Hasta anoche lo único que teníamos eran perros y gatos muertos. Esta
mañana descubrimos a la primera víctima humana.
-Es horrible -Kim contuvo la respiración-. ¿Quién fue?
-Un vagabundo llamado John Mullins. Lo hallaron no lejos de
aquí, cerca del puente Kernwood. Se lo comieron parcialmente.
La boca de Kim se secó al recordar, sin quererlo, la espantosa
imagen de Buffer tirado en la hierba.
-John tenía un nivel tremendo de alcohol en la sangre -dijo
Tom-. De modo que tal vez haya muerto antes de que el animal lo encontrara.
Sabremos algo más después del informe del médico forense. El cuerpo fue enviado
a Boston con la esperanza de obtener alguna pista sobre el animal al que nos
enfrentamos a partir de las marcas de los dientes en los huesos de John.
-No sabía que este problema fuera tan grave -dijo Kim con
estremecimiento.
-Al principio pensábamos que se trataba sólo de un mapache
-continuó 'I'om-. Sin embargo, con esta víctima humana y el alto nivel de
vandalismo, creemos que se trata de un animal más grande, quizá un oso. Sea lo
que sea, nuestra industria de brujería de Salem está encantada. Dicen que es el
diablo y tratan de persuadir a la gente de que 1692 se repite una vez más. El
problema es que lo están logrando y el negocio va viento en popa. También
nosotros tenemos mucho trabajo -después de una firme recomendación para que
tuviera cuidado, Tom se fue.
En vez de ir hasta Burlington, Kim entró en la casa y llamó a la
ferretería de Salem. Le informaron que el día anterior acababan de recibir un
pedido de cubos para basura.
Kim partió en cuanto comió algo. El empleado de la tienda le
dijo que había sido prudente al ir de inmediato. Desde que hablaron por
teléfono, había vendido una buena parte de la remesa.
-Este animal en realidad merodea por aquí -comentó Kim.
-No hay duda -dijo el empleado-. Aunque ha sido muy bueno para
nosotros. No sólo hemos vendido de manera impresionante una tonelada de
recipientes para basura, sino también han aumentado las ventas de municiones y
rifles.
Al salir de la tienda, la joven se estremeció al pensar que,
oculta tras los visillos de las ventanas, había gente apuntando con un gatillo,
sólo en espera de oír que algo o alguien revolvía su basura. Puesto que en
apariencia se trataba de algunos chicos, con facilidad todo esto podría
convertirse en una verdadera tragedia.
De vuelta en casa, transfirió la basura a los nuevos
recipientes, cuyas tapas se aseguraban por medio de un mecanismo de compresión.
Después se encaminó al laboratorio. Pensó que los investigadores deberían saber
que la basura había sido revuelta y que se había descubierto el cuerpo de un
hombre en las cercanías.
Kim pasó por el área de recepción y entró en el laboratorio, en
el que todos sostenían una junta que seguramente trataba sobre algo importante.
La atmósfera era casi la de un funeral.
-Lamento mucho interrumpirlos -se disculpó Kim.
-No hay problema -la calmó Edward-. ¿Necesitas algo en
particular?
Kim les contó acerca del problema con la basura y la visita de
la policía. Dijo que las autoridades pensaban que el culpable tal vez era un
oso, pero que algunos chicos se habían aprovechado de los sucesos para
divertirse. También describió la agitación, que se había apoderado otra vez de
la pequeña ciudad.
-Sólo en Salem le dan una importancia tan desproporcionado a
incidentes así -comentó Edward entre risas-. Por lo visto, esta ciudad nunca va
a recuperarse por completo de 1692.
-La preocupación general se justifica -advirtió Kim-. Hoy por la
mañana encontraron el cadáver de un hombre no muy lejos de aquí. El cuerpo
estaba roído.
-¿Ya saben cómo murió el hombre? -preguntó Edward.
-No exactamente -informó Kim-. Enviaron el cuerpo a Boston para
que lo examinaran. Tienen ciertas dudas acerca de si el hombre murió antes de
que el animal lo atacara.
-En tal caso, el animal pudo haberlo descubierto ya que estaba
muerto -señaló Edward.
-Es verdad -reconoció Kim-. Pero pensé que era importante
advertirles que tuvieran cuidado.
-Tú también cuídate -dijo Edward-. Y vigila a Sheba.
CUANDO KIM SALIÓ, Edward se volvió preocupado hacia su grupo.
Guardaron silencio unos minutos mientras todos sopesaban la situación. Por fin,
David habló:
-Creo que tenemos que enfrentar el hecho de que tal vez seamos
responsables por algunos de los problemas en la zona.
-Sigo pensando que una idea así es absurda -replicó Edward.
-¿Cómo puedes explicar lo de mi camiseta? -preguntó Curt Neuman.
La sacó de un cajón, en el que la había metido en forma apresurada cuando Kim
llegó. Estaba desgarrada y tenía manchas.
-Hice una prueba con una de estas manchas. Es sangre.
-Pero es tu sangre -dijo Edward.
-Cierto. ¿Pero cómo sucedió? Quiero decir, no lo recuerdo.
-También resulta difícil explicar lo de las cortaduras y los
cardenales que tenemos en el cuerpo cuando despertamos por la mañana -agregó
François.
-Quizá padezcamos sonambulismo -sugirió David.
-Yo no soy sonámbulo -puntualizó Edward. Miró furioso a los
demás-. No estoy seguro de que esto no sea una broma bastante elaborada,
después del jugueteo con el que se han estado divirtiendo. No hemos observado
nada con los animales utilizados durante el experimento que indique una
reacción así. De ningún modo podría decirse que esto tiene sentido en el
aspecto científico.
-Estoy de acuerdo -intervino Eleanor-. Yo tampoco soy sonámbulo
ni tengo cortaduras ni cardenales.
-Bueno, no estoy alucinando -repuso David-. Las cortaduras que
tengo aquí son reales -extendió las manos para que todos pudieran verlas-. Algo
malo ocurre. Sé que nadie quiere sugerir lo que resulta obvio, pero yo lo haré.
Debe de ser Ultra. Necesité días para admitirlo siquiera ante mí mismo. Sin
embargo, es muy claro que salgo por las noches y no tengo memoria de lo que
hago, excepto que estoy cubierto de suciedad cuando despierto.
-¿Insinúas que no es un animal el que está ocasionando los
problemas en esta región? -preguntó Gloria con timidez.
-No insinúo nada, excepto que salgo por las noches y no sé lo
que hago -repuso David.
Una oleada de temor se difundió entre el grupo a medida que
empezaban a encarar la realidad de la situación.
-Si el sonambulismo está ocurriendo, y la causa de éste es la
droga, que considero es la única explicación -observó David-, tiene que
provocar algo en nuestros cerebros que es único.
-Déjenme ir por mis fotografías del escáner -dijo François de
pronto. Regresó con una serie de tomografías del cerebro de un mono al que se
le había administrado Ultra etiquetada como radioactiva-. Observé algo esta
mañana -señaló-. Si examinan con cuidado estas imágenes, verán que la
concentración de Ultra en el tallo del cerebro anterior, el cerebro medio y el
sistema límbico se acumula lentamente a partir de la primera dosis. Después,
cuando llega a cierto nivel, la concentración sube de manera bastante pronunciada.
Todos se inclinaron para ver las fotografías.
-Tal vez en el punto en que la concentración aumenta de manera
pronunciada, el sistema de enzimas que la metaboliza se sobrecarga. -sugirió
Gloria.
-Creo que tienes razón -dijo François.
-Eso significa que debemos revisar la clave que nos indique la
cantidad de Ultra que hemos tomado -apuntó Gloria.
-Me parece razonable -coincidió Edward. Se dirigió a su
escritorio y sacó una pequeña caja cerrada con llave. En el interior había una
tarjeta de siete centímetros por doce, que contenía el código que relacionaba
las dosis con los nombres. Curt estaba en la dosis más alta, seguido por David.
En el otro extremo de la escala, Eleanor ingería la dosis menor y Edward la
siguiente más baja.
Después de una larga discusión racional, concluyeron que cuando
la concentración de Ultra alcanzaba cierto punto, bloqueaba la variación normal
de niveles de serotonina que ocurría durante el sueño, con lo que se alteraban
los patrones de éste. Gloria indicó que cuando la concentración fuera aún más
alta, Ultra bloquearía las radiaciones del cerebro inferior, o de reptil, hacia
los centros más altos de los hemisferios cerebrales. El sueño, como otras
funciones autónomas, estaba regulado por las áreas del cerebro inferior, donde
Ultra se concentraba.
-Si ése es el caso -dijo David-, ¿qué ocurriría si despertáramos
mientras el bloqueo se lleva a cabo?
-Sería como si experimentáramos una evolución en retrospectiva
-afirmó Curt-. Funcionaríamos sólo mediante los centros del cerebro inferior.
¡Seríamos reptiles carnívoros!
La conmoción producida por esta aseveración acalló a todos.
-Aguarden un momento -dijo Edward, tratando de alegrarse a sí
mismo y también a los demás-. Nos estamos precipitando. No hemos observado
algún problema con los monos, que también tienen hemisferios cerebrales, aunque
más pequeños que los de la mayoría de los humanos.
Todos, salvo Gloria, sonrieron ante el humor de Edward.
-Aun cuando hubiera algún problema con Ultra -insistió Edward-,
tenemos que tomar en consideración la manera en que la droga ha afectado
positivamente nuestras emociones y capacidad mental. Quizá hemos ingerido dosis
demasiado elevadas. Tal vez todos deberíamos reducir la dosis al nivel de la de
Eleanor.
-No estoy dispuesta a disminuir la mía -aseguró Gloria
desafiante-. Voy a suspenderla por completo. Me horroriza el solo hecho de
pensar en la posibilidad de que una criatura primitiva esté acechando dentro de
mi cuerpo.
-Lo planteas de una manera bastante pintoresca -comentó Edward-.
Deja de ingerir la droga, si quieres. Nadie va a obligar a nadie a hacer nada
que no desee; sin embargo, he aquí lo que propongo: como medida de seguridad
adicional, vamos a dividir por la mitad la dosis de Eleanor y a usarla como el
límite superior, con lo que las subsecuentes bajarían en intervalos de una
centésima de miligramo.
-Eso me parece razonable y sin riesgos -opinó David.
-A mí también -intervino Curt.
-Y a mí -dijo Frangois.
-Bien -continuó Edward-. Tiene que haber en esto un punto en que
la probabilidad de causar un problema sea un riesgo aceptable.
-Yo no voy a tomarla -volvió a manifestar Gloria.
-No hay problema.
-¿No te enojarás conmigo? -preguntó la farmacóloga.
-En lo más mínimo -aseguró Edward.
-Actuaré como control -sugirió Gloria-. Además, así podré
vigilar a los demás por las noches.
-Es una idea excelente -aceptó entonces Edward-. Sólo una cosa
más. Esta reunión debe mantenerse en secreto para todo el mundo, incluyendo a
sus familias.
-Está de más decirlo -dijo David-. Lo último que queremos es
comprometer el futuro de Ultra. Tal vez nos tropecemos con algún problema aquí
y allá; sin embargo, a pesar de ello, ésta va a ser la droga del siglo.
KIM TENÍA LA INTENCIÓN de pasar algún tiempo en el castillo por
la mañana, pero cuando regresó a la cabaña, se dio cuenta de que ya era hora de
comer. Mientras comía, el teléfono sonó. Para su sorpresa, era Katherine
Sturburg, la bibliotecaria de Harvard.
-Tengo buenas noticias para usted -le anunció Katherine-.
Encontré una referencia a un trabajo de Rachel Bingham.
-Es maravilloso -repuso Kim-. ¿Cómo la encontró?
-Volví a leer la carta de Increase Mather que usted nos permitió
copiar -explicó Katherine-. Gracias a la referencia de éste a la escuela de
derecho, obtuve el acceso al banco de datos de la biblioteca de esa facultad y
el nombre surgió de pronto. Su trabajo se trasladó a la escuela de derecho en
1818, lo que significa que sobrevivió al incendio de 1764.
-Pensé que todo se había quemado -dijo Kim.
-Alrededor de doscientos libros que estaban prestados
sobrevivieron -informó Katherine-. Alguien debe de haber estado leyendo el
libro que usted busca.
-¿Encontró el libro? -preguntó Kim entusiasmada.
-No -contestó Katherine-. Creo que debe partir de aquí.
Comuníquese con Helen Arnold, es una de las archivistas de la escuela de
derecho. Voy a llamarla el lunes a primera hora para que aguarde su llamada o
visita.
-Iré el lunes saliendo de trabajar -aseguró Kim impaciente.
-Avisaré a Helen -dijo Katherine antes de colgar.
Kim se sentía eufórica. Había renunciado a la esperanza de que
las pruebas hubieran sobrevivido al incendio. Entonces, se preguntó por qué
Katherine estaba segura de que se trataba de un libro. ¿Había podido averiguar
tanto a través de la referencia? Llamó de nuevo a Katherine, pero ya había
salido de trabajar. Kim se desilusionó, aunque no por mucho tiempo. El lunes
conocería por fin la naturaleza de las pruebas utilizadas contra Elizabeth. Si
consistían en un libro o no, eso en realidad no importaba.
Esa noche casi no pudo dormir. Deseaba haber podido hacer el
seguimiento de la pista que apuntaba a la escuela de derecho esa misma tarde.
Por fin, tomó otra pastilla de Xanax para tranquilizar la mente que parecía un
torbellino.
KIM DESPERTÓ sobresaltada. Estaba muy oscuro y un vistazo a su
reloj le indicó que sólo había dormido unas cuantas horas. Escuchó los sonidos
de la noche y trató de dilucidar qué podría haberla despertado. Oyó golpes
sordos que provenían de la parte posterior de la casa y le pareció que algo o
alguien golpeaba sus nuevos recipientes para basura contra el tinglado. Se
irguió, ya que pensó en un oso tratando de escarbar en la basura, cuyo
contenido, como ella bien sabía, eran huesos de pollo.
Después de encender la lámpara que tenía en la mesa junto a la
cama, se levantó. Se puso su bata y los pantuflos. Acarició a Sheba para
tranquilizarla y corrió por el pasillo a la habitación de Edward. La cama de su
compañero estaba vacía. Pensó que aún debía estar en el laboratorio y,
preocupada porque él tenía que regresar a pie en la oscuridad, fue a su
habitación y marcó el número del laboratorio. Después de dejarlo sonar diez
veces, se dio por vencida.
Tomó la linterna de su mesa de noche y empezó a bajar las
escaleras. Cuando dio vuelta en el descanso, se quedó inmóvil. La puerta
principal se encontraba abierta de par en par. La idea de que el oso, o lo que
fuera, había entrado en la casa y que en ese momento la acechaba desde la
oscuridad, la paralizó. Trató de escuchar con atención, pero todo lo que logró
distinguir fue un coro de ranas arbóreas. Una brisa fresca y húmeda se colaba a
través de la puerta abierta y llegaba hasta las piernas desnudas de Kim. Afuera
caía una llovizna muy ligera.
La casa estaba silenciosa como una tumba. Perdió la esperanza de
que el animal no hubiera entrado. Se movió despacio hacia la puerta, dando un
paso a la vez. Después de cada paso, aguzaba el oído para escuchar algún ruido
que indicara que un animal estaba dentro de la casa. Pero ésta continuaba en
silencio.
Kim llegó a la puerta y miró al exterior para ver a Sheba
sentada en medio del camino de losas que conducía a la entrada. La gata se
lamía tranquilamente la pata y la frotaba contra la cabeza.
Al principio, no podía creer lo que observaba, puesto que
acababa de ver a la gata en su cama. Sheba debía de haber detectado que la
puerta principal estaba abierta, mientras Kim iba a ver a Edward, y bajó para
aprovechar la oportunidad de salir.
Después de una inspección rápida del área contigua, corrió hacia
la gata, la alzó con brusquedad y dio vuelta cuando se cerraba la puerta
principal. Dijo un no silencioso y corrió hacia la puerta, pero ya era tarde.
Se cerró con un sonoro golpe, seguido del clic metálico y agudo del pestillo al
engarzarse en la contrachapa. Trató de abrir la perilla. Fue en vano. La puerta
estaba cerrada.
Kim se encorvó bajo la lluvia fría y muy despacio se volvió para
enfrentarse a la negrura de la noche, admirada de la situación desesperada en
la que se encontraba. Estaba en bata y pijama, la puerta de su casa estaba
cerrada; ella se había quedado afuera en una noche lluviosa con una gata
contrariada y tenía que enfrentarse, además, a una criatura nocturna
desconocida que acechaba en alguna parte entre los arbustos.
Sheba luchó porque la bajara y se quejó de manera audible. Kim
la silenció. Se alejó de la casa paso a paso e inspeccionó cada una de las
ventanas que tenían bisagras, pero todas estaban cerradas. Sabía que tenían
puesto el seguro. De repente oyó el sonido de una criatura grande que se movía
en la tierra a lo largo del costado derecho de la casa. A sabiendas de que no
podía quedarse donde estaba, corrió en la dirección contraria. Desesperada,
trató de abrir la puerta de la cocina. También estaba cerrada. Se alejó de la
casa y divisó el cobertizo. Apretó a Sheba contra el pecho y, sosteniendo la
linterna como si fuera un garrote, corrió tan rápido como los pantuflos
abiertos en los talones se lo permitieron. Cuando llegó al cobertizo, levantó
el gancho que servía para mantener la puerta cerrada y se introdujo en la
oscuridad del interior. A la derecha de la puerta había una ventana muy pequeña
y sucia, que ofrecía una magra vista del patio detrás de la cabaña. La única
iluminación provenía de la fuente de luz que salía de la ventana de su
habitación y del resplandor luminoso del cúmulo de nubes bajas que se
arremolinaban en el cielo.
Mientras observaba, una figura voluminosa dio vuelta en la casa.
Era una persona, no un animal, pero actuaba de una manera bastante peculiar. Se
detuvo a olfatear el viento como lo haría una bestia. Kim se llenó de terror
cuando vio que se volvía hacia el cobertizo y empezó a caminar con paso
vacilante hacia ella, con un modo de andar lento y arrastrando los pies;
olisqueaba el aire como si siguiera un aroma. Rezó porque la gata se quedara
quieta y retrocedió agachada hacia la oscura parte posterior del cobertizo,
mientras empujaba herramientas y bicicletas. Oía las pisadas en la grava. Se
aproximaron, pero de pronto se detuvieron. Se produjo una pausa angustiosa. Kim
contuvo la respiración.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Al perder el control,
Kim gritó. Sheba reaccionó con sus propios chillidos y saltó de los brazos de
su ama. El hombre también gritó. Kimberly sujetó la linterna con las manos y la
encendió. Dirigió el haz al rostro del individuo. El se protegió de la luz
intensa con los brazos.
Kim quedó boquiabierta por la sorpresa de alivio. ¡Era Edward!
-Gracias a Dios -musitó al tiempo que bajaba la linterna.
Kim saltó de su posición entre las bicicletas y echó los brazos
al cuello de Edward, que la miraba sin expresión.
-No puedo decirte lo feliz que me siento de ver tu rostro -dijo
Kim-. Nunca he estado tan asustada en mi vida.
El científico no respondió.
-¿Edward? -preguntó Kim-. ¿Te encuentras bien?
El joven exhaló ruidosamente.
-Estoy bien -dijo por fin. Estaba enojado-. No gracias a ti.
¿Qué demonios haces aquí afuera, en medio de la noche? Me diste un susto de
muerte.
Kim se disculpó de manera efusiva y explicó lo que había
sucedido. Cuando terminó, Edward sonreía.
-Esto no es gracioso -añadió ella. Pero ahora que estaba a
salvo, Kim sonrió también.
-No puedo creer que hayas arriesgado la vida por esa vieja gata
-dijo-. Ven. Vamos a guarecernos de la lluvia.
Kim regresó al cobertizo y, con la ayuda de la linterna,
encontró a Sheba aún oculta detrás de una hilera de herramientas de jardinería.
Kim la animó a salir y la cargó. Después, ella y Edward volvieron a la casa. Él
usó su llave para abrir la puerta principal.
-Me estoy helando -dijo Kim-. Necesito beber un té caliente. ¿Quieres
que te prepare uno?
-No, pero me quedaré un momento -se sentó en un banco.
En la cocina, Kim puso el agua a hervir mientras Edward
explicaba su versión de la historia.
-Tenía intenciones de trabajar durante toda la noche -empezó-.
Pero a la una y media no podía mantener los ojos abiertos. Todo lo que podía
hacer era caminar del laboratorio a la cabaña sin tirarme en la hierba. Cuando
llegué a casa, abrí la puerta y entonces recordé que traía una bolsa llena de
restos de la pizza que cenamos, que se suponía debía arrojar al cubo de la
basura en el laboratorio. De modo que di media vuelta para ir a dejarla en
nuestro recipiente. Creo que dejé la puerta abierta. De todos modos, no pude
abrir las tapas de los recipientes de basura.
-Son nuevos -explicó Kim.
-Bueno, espero que tengan un instructivo -repuso Edward.
-Es fácil a la luz del día -dijo Kim.
-Por fin me tuve que dar por vencido -prosiguió Edward-. Cuando
regresé a la casa, la puerta estaba cerrada. Me pareció percibir el aroma de tu
colonia. Desde que tomo Ultra, mi sentido del olfato ha mejorado de manera
notable. Seguí el aroma y ya.
Kim se sirvió una taza de té.
-¿Estás seguro de que no quieres?
-No podría -respondió Edward-. Sólo estar sentado constituye un
verdadero esfuerzo. Debo ir a dormir. Siento como si el cuerpo me pesara cinco
toneladas -bajó del banquillo y se tambaleó. Kim extendió el brazo para
sostenerlo.
-Estoy bien -dijo-. Cuando me siento muy cansado, necesito un
segundo para recuperar el equilibrio.
Kim lo oyó subir con trabajos la escalera. Tomó su taza de té y
lo siguió. Al llegar arriba miró su habitación. Estaba dormido sobre la cama, a
medio desvestir.
Kim entró en la habitación y, con muchas dificultades, le quitó
los pantalones y la camisa, lo cubrió con las frazadas y apagó la luz. Deseó
poder conciliar el sueño con igual facilidad.
Domingo 2 de octubre de 1994
EN LA CLARIDAD neblinosa que precede al amanecer, Edward y los
investigadores se encontraron a la mitad del camino entre la cabaña y el
castillo y marcharon en silencio por la hierba hacia el laboratorio. Iban con
el ánimo sombrío, en especial Edward. Al despertar esa mañana, lo había
impresionado profundamente descubrir unos huesos de pollo, encostrados con
asientos de café, en el piso de su habitación. Parecían provenir de la basura.
Prepararon café y todos llevaron una taza al área del
laboratorio que usaban para sus reuniones. François fue el primero en hablar.
-A pesar de que mi dosis de Ultra se redujo en más de la mitad,
volví a salir anoche -expresó con tristeza-. Cuando desperté esta mañana, mi
pijama estaba tan sucio e impregnado de comida que tuve que arrojarlo a la
basura.
-Yo también salí -reconoció Curt.
-Temo que me ocurrió lo mismo -dijo David.
-Debemos poner fin a esto -exigió François.
-Yo no salí -anunció Eleanor-. Así que tiene que relacionarse
con las dosis.
-Estoy de acuerdo -dijo Edward-. Vamos a reducir otra vez las
dosis a la mitad.
-Tal vez no sea suficiente -advirtió Gloria. Todos se volvieron
a mirarla-. Yo no tomé ninguna dosis de Ultra ayer y, a pesar de ello, salí. Me
propuse permanecer despierta a fin de cerciorarme que nadie más saliera, pero
no pude evitar quedarme dormida.
Por unos minutos, guardaron silencio mientras analizaban la
revelación de su colega. Edward rompió el silencio.
-La experiencia de Gloria sólo indica que la concentración en su
cerebro inferior es todavía más alta que el umbral de esta desafortunada
complicación. Debemos reducir aún más la dosis.
-Ya no quiero correr este riesgo -advirtió François-. Salgo a
merodear por ahí sin comprender ni saber en absoluto lo que hago. No deseo que
me maten o me atropellen porque actúo como un animal. Voy a suspender la droga.
-Pienso lo mismo -manifestó David.
-Es lo único razonable -coincidió Curt.
-De acuerdo -aceptó Edward con cierta renuencia-. Todos tienen
razón. No es sensato que pongamos en riesgo nuestra seguridad o la de los
demás. Vamos a suspender la droga y volveremos a evaluar la situación en unos
cuantos días.
-Mientras tanto, ¿qué medidas de precaución podemos adoptar?
-preguntó François.
-Quizá debamos tomarnos electroencefalogramas mientras dormimos
-sugirió Gloria-. Podríamos conectar el equipo a una computadora para que nos
despierte si los patrones normales de sueño se alteran.
-Es buena idea -dijo Edward-. Pediré el equipo el lunes.
-¿Qué hacemos mientras llega? -preguntó François.
Todos meditaron unos momentos.
-Tal vez sería conveniente tomar turnos para dormir -sugirió
François-. Así unos vigilarán a los otros.
-Dormir por turnos es una buena idea -reconoció el jefe de]
grupo-. Entre tanto tenemos una enorme cantidad de trabajo que hacer. Y sobra
mencionar que todo lo que hemos hablado aquí debe permanecer estrictamente
confidencial hasta que tengamos oportunidad de aislar el problema y eliminarlo.
TRECE
Lunes 3 de octubre de 1994
KIM CASI HABÍA olvidado lo difícil que resultaba un día normal
en la Unidad quirúrgica de terapia intensiva.
Después de un mes de vacaciones no estaba en situación de contar
con la energía física y emocional necesaria. A medida que su día de trabajo
llegaba a su fin, tuvo que reconocer que disfrutaba mucho de la intensidad, el
desafío y la sensación de logro que le proporcionaba ayudar a la gente
necesitada, por no mencionar la camaradería del esfuerzo compartido.
En cuanto terminó su turno, salió del hospital y abordó el tren
de la Línea roja hacia Harvard Square. Al llegar, caminó hacia el noroeste en
Massachusetts Avenue para dirigirse a la Facultad de Derecho de Harvard. Como
sudaba, aminoró el paso. Un calor en verdad bochornoso se había estancado sobre
la ciudad y hacía que la temporada se pareciera más al verano que al otoño. El
servicio meteorológico había pronosticado posibles tormentas eléctricas.
Kim preguntó a un estudiante cómo llegar a la biblioteca de
derecho. El aire acondicionado del interior fue un alivio. Volvió a preguntar y
llegó a la oficina de Helen Arnold. Se anunció con la secretaria, quien le
pidió esperar. No acababa de sentarse cuando una mujer negra, alta y
excepcionalmente atractiva, salió de la puerta que comunicaba las oficinas.
-Soy Helen Arnold y le tengo muy buenas noticias -dijo la mujer
con entusiasmo. La condujo hasta su oficina y le indicó que tomara asiento-.
Katherine Sturburg me contó acerca de su interés en un trabajo de Rachel
Bingham.
Kim asintió.
-¿Ya lo encontró? -preguntó.
-Sí y no -respondió Helen.
-¿Qué significa sí y no?
-Quiero decir que aunque no encontré el libro como tal, sí
localicé una referencia al hecho de que estuvo aquí. Sin embargo, fue
transferido a la Facultad de Teología en 1825 y después a la de medicina en
1826. Al parecer, nadie sabía dónde guardarlo.
-¡Oh, por todos los cielos! -exclamó Kim sin ocultar su
frustración-. Esto se está convirtiendo en una broma de mal gusto.
-Me comuniqué a la Countway Medical Library y hablé con John
Moldavian, que está a cargo de los libros y manuscritos raros. Le conté la
historia y me aseguró que se ocuparía de averiguar.
Después de darle las gracias a Helen Arnold, Kim regresó a
Harvard Square y volvió a abordar el tren a Boston. Era la hora de más
movimiento, por lo que Kim tuvo que abrirse paso para alcanzar el tren. Cuando
por fin llegó al estacionamiento del Hospital General Mass, subió a su
automóvil, puso en marcha el motor y se dirigió a la Countway Medical Library.
John Moldavian parecía el hombre ideal para trabajar en una
biblioteca. Hablaba con suavidad y su amor por los libros se puso de manifiesto
inmediatamente por la manera afectuosa con que los manipulaba.
Kim se presentó y mencionó el nombre de Helen. John buscó algo
entre el desorden de su escritorio.
-Tengo algo para usted -informó-. ¿Dónde diablos lo puse? -el
rostro se iluminó-. Ah, aquí está lo que quería -sacó una sola hoja de papel-.
Revisé los registros de la biblioteca de 1826 y encontré esta referencia al
trabajo que usted busca.
-Permítame adivinar -dijo Kim-. Lo enviaron a otra parte.
John miró a Kim por encima del papel que tenía en las manos.
-¿Cómo lo supo? -preguntó.
Kim rió.
-Es un patrón -señaló-. ¿A dónde lo enviaron?
-Al Departamento de Anatomía -respondió John-. En la actualidad
se le conoce como Departamento de Biología Celular.
-¿Cómo se les ocurrió enviarlo ahí?
-No tengo la menor idea -contestó John-. El registro que
encontré fue una tarjeta escrita a mano que en apariencia estaba adjunta a un
libro o dibujo. Hice una copia -John entregó el papel a Kim.
Era dificil de leer, sin embargo, parecía decir:
"Curiosidad por Rachel Bingham, contraída en 1691." Al recordar la
carta de Jonathan Stewart a su padre, Kim supuso que la caligrafia que veía en
ese momento era la de Jonathan. Se imaginó al estudiante nervioso, cambiando
subrepticiamente el nombre de su madre por el de Rachel Bingham.
-Llamé al director del departamento -dijo John, interrumpiendo
las cavilaciones de Kim-. Me indicó que me comunicara con Carl Nebolsine,
curador a cargo del Warren Anatomical Museum. De modo que así lo hice y me dijo
que si quería ir a ver la pieza de exhibición se dirigiera al edificio de la
administración.
-¿Quiere decir que ahí esta? -preguntó Kim incrédula.
-Así parece -respondió John-. El Warren Anatomical Museum se
encuentra ubicado en el quinto piso del edificio A, en diagonal, frente a la
biblioteca.
Kim sintió que el pulso se aceleraba con la idea de que tal vez
descubriría por fin las pruebas contra Elizabeth. Agradeció a John y cruzó de
prisa al edificio A, una estructura neoclásica cuya fachada tenía un enorme
frontón soportado por columnas dóricas.
El museo, tal como era, consistía en un conjunto de escaparates
cubiertos por cristales. Contenía la colección habitual de instrumentos
quirúrgicos primitivos capaces de hacer estremecer de dolor a los más estoicos,
fotografías antiguas y especímenes patológicos. Había también muchos cráneos.
-Usted debe ser Kimberly Stewart -dijo una voz. Ella alzó la
mirada para observar a un hombre mucho más joven de lo que esperaba para ser
curador de un museo.
-Soy Carl Nebolsine -se estrecharon la mano-. Entiendo que usted
está interesada en la pieza de exhibición de Rachel Bingham -comentó.
-¿Se encuentra aquí? -preguntó Kim.
-No -respondió Carl.
Kim miró al hombre como si no hubiera entendido.
-Está en la bodega -explicó Carl-. No disponemos de espacio para
exhibir todo lo que tenemos. ¿Quiere verla?
-Por supuesto -respondió Kim con alivio.
Tomaron el ascensor a fin de bajar al sótano y siguieron una
ruta laberíntica por la que Kim no habría sabido cómo regresar. Carl abrió una
pesada puerta de acero. Buscó a tientas en la pared y encendió las luces que
eran meros focos desnudos.
La habitación estaba llena de polvorientos escaparates de
vidrio.
-Disculpe el desorden -dijo Carl-. No es usual que alguien venga
aquí muy a menudo.
Kim lo siguió mientras él se abría paso entre los gabinetes
repletos con una amplia variedad de huesos, instrumentos y tarros con órganos
preservados. El hombre se detuvo. Kim se acercó desde atrás. Él se hizo de lado
y señaló el gabinete que se encontraba enfrente. El horror hizo retroceder a
Kim, que no estaba preparada para lo que vio. Embutido en un tarro grande de
vidrio, lleno de un líquido marrón oscuro utilizado como preservador, había un
feto de cuatro a cinco meses de desarrollo que parecía un monstruo.
Indiferente a la reacción de Kim, Carl Nebolsine abrió el
gabinete, introdujo la mano y arrastró el pesado tarro hacia adelante, lo que
ocasionó que el contenido se moviera de modo que parecía ejecutar una danza
grotesca y provocó que llovieran fragmentos de tejido como en un pisapapeles en
forma de burbuja de vidrio que contuviese una escena invernal.
Kim apretó la mano contra la boca mientras miraba fijamente el
feto, que tenía enormes ojos saltones como los de un sapo, el cráneo aplastado
y el paladar hendido, que daba a la boca la apariencia de encontrarse
entremetida en la nariz. Las extremidades superiores eran como muñones que
terminaban con manos puntiagudas y dedos muy cortos, algunos de los cuales
estaban pegados. El efecto era casi como de pezuñas hendidas. De la cadera
emergía una cola larga, parecida a la de un pez. Kim comprendió en forma cabal
cómo la mente del siglo diecisiete había considerado tal malformación
monstruosa como la encarnación del demonio.
-¿Quiere ver el otro lado? -preguntó Carl.
-Ya no, gracias -contestó Kim, al tiempo que, de manera
inconsciente, se alejaba del espécimen. Recordó la nota que John Moldavian le
había mostrado en la biblioteca de medicina. No decía: "Curiosidad por
Rachel Bingham, contraída en 1691." La palabra era "concebida" y
no "contraída."
También recordó el registro en el diario de Elizabeth acerca del
inocente Job. Kim había creído que se trataba de una referencia al Job bíblico.
Pero no era así: Elizabeth sabía que estaba embarazada y había llamado Job al
bebé.
Kim agradeció a Carl y caminó dando traspiés hacia su automóvil,
mientras pensaba en la doble tragedia de su Elizabeth. Estaba embarazada al
mismo tiempo que, sin notarlo, se envenenaba con un hongo que crecía en su
almacén de centeno. En aquella época, todo el mundo debe de haber estado
convencido de que tenía relaciones con el diablo para producir un monstruo así.
De camino a casa, Kim empezó a comprender cómo debió de haberse
sentido Elizabeth. La mujer sabía bien que no era bruja, pero la seguridad en
su inocencia tenía que haberse visto socavada. Debió de haber creído que era
culpable de una espantosa transgresión contra Dios. ¿De qué otra forma podía
explicarse dar a luz a una criatura semejante?
Kim quedó atrapada en el tránsito en Storrow Drive. Cuando logró
salir de los límites de la ciudad, se dirigió al norte por la carretera
interestatal 93. Cuando casi de manera literal se liberó del tránsito, tuvo una
nueva revelación de libertad interior. Empezó a convencerse de que el tremendo
pasmo producido por la confrontación visual con el monstruo de Elizabeth había
provocado que descubriera al fin el mensaje que ella creía que su antepasado
había tratado de transmitirle, a saber: Kim debía creer en sí misma. No debía
perder la confianza debido a las creencias de otras personas, como había hecho
la pobre de Elizabeth. Tampoco debía permitir que figuras autoritarias tomaran
el control de su vida. Elizabeth no tuvo ninguna opción, pero Kim sí. Durante mucho
tiempo, había permitido que otros trazaran el rumbo de su vida. La elección de
su carrera era un buen ejemplo y también las condiciones en las que en ese
momento vivía.
Con súbita resolución, Kim decidió cambiar de vida. Edward
Armstrong vivía con ella, pero sólo en apariencia. En realidad, sólo se
aprovechaba y no le daba nada a cambio. El laboratorio de Omni no debía estar
en su propiedad, y los científicos no tenían por qué vivir en la casa de la
familia Stewart. Hablaría con él en el instante en que llegara a casa. De todos
modos, necesitaba hablarle en cuanto fuera posible, ya que parecía que Ultra
era teratogénica, es decir, que dañaba el desarrollo del feto. Kim sabía que
dicha información no sólo sería crucial para las mujeres embarazadas, sino
también porque muchas sustancias teratogénicas provocan cáncer.
Cuando Kim llegó a la propiedad, eran casi las siete. Las nubes
de tormenta empezaban a acumularse en el oeste y todo estaba más oscuro de lo
normal para esa hora del atardecer. Entonces observó que las luces del
laboratorio ya estaban encendidas.
Encontró a Edward en un rincón oscurecido frente a su
computadora. La pálida fluorescencia verde del monitor lanzaba una luz
fantasmal sobre el rostro de su compañero. Mientras ella observaba las manos de
Edward moverse sobre el teclado, detectó un temblor en los dedos. Edward no la
tomó en cuenta.
-Por favor, Edward -dijo Kim finalmente. La voz sonó
entrecortada-. Tengo que hablar contigo.
-Más tarde -dijo Edward. Pero ni siquiera se volvió a mirarla.
-Es muy importante que hable contigo ahora -insistió Kim.
Edward sobresaltó a Kim al ponerse de pie de un brinco. El
súbito movimiento hizo que la silla patinara sobre el piso. Pegó la cara a la
de Kim tan cerca que ella podía ver los vasos sanguíneos en la esclerótica de
los ojos abultados del científico.
-¡Dije que más tarde! -repitió con los dientes apretados.
Ella retrocedió y chocó contra la mesa de laboratorio. Con
torpeza, extendió la mano para apoyarse y tiró un vaso de precipitados al
suelo. Se hizo añicos, lo que destrozó los nervios de Kim, ya de por sí
crispados. Miró a Edward con aprehensión. Cuando le pareció que él había
recobrado cierto control, le ofreció disculpas por interrumpirlo. Luego se
alejó de su mirada fulminante y se preparó para marcharse. Dio unos cuantos
pasos, pero se volvió:
-Hoy averigüé algo que debes saber -dijo ella-. Es posible que
Ultra sea teratogénica.
-Probaremos la droga en ratones preñados -replicó Edward de
manera hosca-. Pero ahora tenemos un problema más urgente -le dio la espalda y
después de recuperar su silla volvió al trabajo.
Lo primero que hizo Kim cuando llegó a casa fue dirigirse a la
sala. Contempló el retrato de Elizabeth y miró a la mujer con lástima,
admiración y gratitud renovadas. Después de unos momentos de contemplar
fijamente el rostro femenino que traslucía fortaleza, con los brillantes ojos
verdes, empezó a tranquilizarse. La seguridad en sí misma de Elizabeth era
evidente en la línea de la mandíbula, la forma de los labios y la mirada
franca. La imagen proyectaba fuerza. Kim sabía que ella ya no daría marcha atrás.
Esperaría a Edward y hablaría con él.
CATORCE
Martes 4 de octubre de 1994
EL RUGIDO asombrosamente ensordecedor de un trueno despertó a
Kim de las profundidades del sueño en un instante. La casa todavía vibraba por
el ruido cuando ella se sentó erguida en la cama. Sheba había reaccionado ante
el cataclismo saltando del lecho y yendo a ocultarse debajo.
A pocos minutos del rugido del trueno, la lluvia azotó el techo
de pizarra ubicado sobre la cabeza de Kim y golpeó contra el mosquitero de la
ventana de bisagras abierta. Ella saltó de la cama y cerró la ventana. Cuando
estaba a punto de poner el seguro, el destello de un rayo iluminó el campo
entre la cabaña y el castillo, y Kim vislumbró una figura fantasmal, apenas
cubierta, que corría por la hierba. No estaba segura, pero pensó en Eleanor.
Kim corrió al pasillo que comunicaba con la habitación de Edward
para avisarle. Tocó a la puerta. Como no obtuvo respuesta, la abrió. Durante el
destello de otro rayo, vislumbró al joven tirado de espaldas sobre la cama con
brazos y piernas extendidos. Vestía ropa interior. Sin embargo, una de las
perneras del pantalón aún colgaba de la pierna.
Encendió la luz del pasillo y,se acercó de prisa a la cama de
Edward. Lo sacudió con fuerza. Este no sólo no despertó, sino que su
respiración ni siquiera se alteró. Era como si estuviera en estado de coma.
Prendió la lámpara de la mesa de noche y sacudió a Edward con insistencia, al
tiempo que lo llamaba a gritos por su nombre. Él parpadeó y abrió los ojos.
-Edward, ¿estás despierto? -Kim volvió a sacudirlo; la cabeza se
balanceaba de lado a lado como si fuera un muñeco de trapo.
El hombre parecía desorientado. Entonces entrecerró los ojos
hasta formar una mera rendija, mientras que el labio superior se curvaba hacia
arriba como el de una bestia que gruñe. La expresión de Edward se retorció en
una horrible mueca de rabia pura.
Asustada, Kim lo soltó de los hombros y retrocedió. Edward
emitió un sonido gutural parecido a un gruñido y se sentó. La miraba fijamente.
Kim corrió a la puerta, consciente de que Edward había saltado
tras ella. Lo oyó tropezar y caer al piso; imaginó que era porque se había
enredado con los pantalones que no había terminado de quitarse. La joven azotó
la puerta de la habitación tras ella y bajó como un rayo las escaleras. Corrió
al teléfono de la cocina y marcó 911. Sabía que algo malo le pasaba a Edward.
No sólo estaba enojado porque lo había despertado; su mente estaba trastornada.
Mientras la comunicación se establecía, oyó al científico gruñir
en la parte superior de la escalera. Enloquecida de terror, dejó caer el
teléfono y se dirigió a la puerta trasera. Cuando llegó, alcanzó a ver por
encima del hombro que Edward se estrellaba contra la mesa del comedor. Estaba
totalmente fuera de sí.
Kim abrió de golpe la puerta y se precipitó a la lluvia, que
caía a cántaros. Su único pensamiento era conseguir ayuda; pensó que la fuente
más cercana de auxilio era el castillo. Rodeó la casa y atravesó el campo
corriendo tan rápido como pudo en la oscuridad.
La entrada principal del castillo estaba abierta de par en par.
Respirando agitadamente, Kim entró a toda prisa. Corrió por el recibidor a
oscuras y llegó al gran salón, donde chocó contra Eleanor. Un camisón blanco de
encaje empapado estaba adherido al cuerpo de la mujer como una segunda piel.
Kim se paralizó de momento. El rostro de Eleanor, bajo la escasa
luz, tenía la misma expresión salvaje que había visto en el de Edward. Para
colmo, la boca estaba manchada de sangre.
Tropezar contra la joven le costó a Kim la ventaja que le
llevaba a Edward. Jadeante, él entró tambaleándose en el salón y vaciló,
mirando a Kim de manera feroz en la penumbra. Tenía el cabello húmedo y pegado
a la cabeza, la camiseta y los pantaloncillos cortos estaban cubiertos de lodo.
Edward se lanzó contra Kim, pero se detuvo cuando advirtió la
presencia de su compañera de investigación. Olvidándose de manera momentánea de
Kimberly, avanzó dando tumbos hacia Eleanor. Cuando se encontraba a corta
distancia de ella, echó la cabeza hacia atrás con cautela, como si olfateara el
aire. La contendiente hizo lo mismo y con lentitud empezaron a dar vueltas uno
alrededor del otro. Kim se estremeció. Era como si estuviera atrapada en una
pesadilla en la que observaba a dos animales salvajes encontrarse en medio de
la selva.
Retrocedió mientras Edward y Eleanor estaban ocupados. En cuanto
vio el camino despejado hacia el comedor, giró con brusquedad. El movimiento
repentino sobresaltó a los otros dos. Como por algún reflejo carnívoro
primitivo, empezaron a acosarla.
Kim llegó a las escaleras y, al tiempo que gritaba, corrió a la
planta alta. Irrumpió en la habitación ocupada por François y se acercó hasta
la cama. Sacudió al biofísico con desesperación, pero no despertó. Empezó a
sacudirlo de nuevo, sin embargo, en ese instante se quedó paralizada. Aun en
medio del pánico recordó que había sido igualmente difícil despertar a Edward.
Kim retrocedió un paso. François abrió los ojos con lentitud y,
tal como había sucedido con Edward, el rostro sufrió en un momento una
transformación salvaje. Entrecerró los ojos y el labio superior se curvó hacia
arriba dejando al descubierto los dientes. De la boca salió un gruñido que no
era humano y le heló la sangre.
Ella giró para huir, pero Edward y Eleanor bloquearon la puerta.
Sin dudarlo, Kim se precipitó a la puerta que comunicaba con la sala de estar
de esa sección de la casa y salió al corredor. De regreso en las escaleras,
subió en forma apresurada al siguiente nivel y entró en otro cuarto que sabía
estaba ocupado.
Curt y David se encontraban en el piso, apenas vestidos y
cubiertos de lodo. Frente a ellos había un gato desmembrado. Al igual que
Eleanor, tenían la boca manchada de sangre. Kim oyó a los demás subir las escaleras.
Dio media vuelta, abrió la puerta que daba a la parte principal de la casa y
cruzó a toda velocidad el pasillo de las habitaciones principales. En su
carrera desesperada chocó contra una mesa. Cayó en medio de un tremendo
estrépito. Por un segundo no se movió. Tenía un dolor punzante en el estómago y
la rodilla derecha estaba entumecida. Sintió que algo le corría por el brazo,
pensó que era sangre.
Kim buscó a tientas en la oscuridad y se dio cuenta de que había
tropezado contra las herramientas y la mesa de trabajo del plomero. Oyó el
ruido distante de las criaturas; se rehusó a pensar en ellas como seres humanos
en su actual estado. Cuando por fin la vista se adaptó a la oscuridad, logró
distinguir algunos de los utensilios. Tomó el soplete de acetileno y también el
encendedor de fricción. Si estas criaturas la estaban cazando y actuaban bajo
instintos animales, como sospechaba, el fuego las aterrorizaría.
Con el soplete en mano, la joven caminó como pudo hasta el ala
de huéspedes y empezó a bajar las escaleras. Después de sólo unos cuantos pasos
divisó a Gloria, que iba de un lado a otro en el arranque de las escaleras,
como lo haría un felino frente a su guarida. Cuando la farmacóloga vio a Kim,
profirió una especie de aullido y empezó a subir la escalera.
Kim cambió de dirección, huyó por el pasillo y bajó por la
escalinata principal, pegada a la pared para ocultarse. Al llegar al final de
los escalones, cojeó hacia el vestíbulo. A casi tres metros de su meta, se
detuvo. Para consternación de Kim, Eleanor caminaba sigilosamente de un lado a
otro frente a la entrada principal.
Se hizo a un lado a fin de evitar la línea de visión de Eleanor.
En cuanto lo hizo, se dio cuenta de que alguien bajaba por la escalinata
principal. Kim cojeó al baño que estaba construido debajo de la escalinata y
cerró la puerta. Estaba aterrorizada. Colocó el soplete de acetileno y el
encendedor en el piso y se sentó en la taza del baño para aliviar un poco la
presión sobre la rodilla hinchada,
Transcurrió cierto tiempo. Kim no podía saber cuánto. La casa
estaba en silencio. Pero entonces cobró conciencia del sonido que alguien hacía
al olfatear. Si Edward había sido capaz de percibir el olor de su colonia la
otra noche, tal vez podría volver a olerla.
Los minutos pasaron con lentitud. Por los ruidos colectivos, Kim
comprendió que el grupo estaba reunido al otro lado de la puerta del baño.
Emitió un quejido cuando uno de ellos dio puñetazos en la puerta varias veces.
La madera apenas resistió. La enfermera sabía que no podría defenderse de un
asalto concertado. Se puso en cuclillas en la oscuridad y buscó a tientas el
soplete. Junto a él se encontraba el encendedor. Se incorporó con el soplete y
el encendedor en las manos. Con dedos temblorosos trató de prender el
encendedor. Una chispa saltó en la oscuridad. Pasó el soplete a la mano derecha
y giró el tornillo; oyó un siseo continuo. Sostuvo el soplete y el encendedor a
corta distancia y prendió el encendedor. Con un sonido crepitante el soplete se
encendió.
Cuando Kim logró encenderlo, la puerta había empezado a
astillarse bajo los golpes constantes. Manos ensangrentadas se introdujeron a
través de las fracturas en el panel. Para horror de Kim, la puerta cayó hecha
pedazos a medida que las criaturas desgarraban los tablones de madera.
Los investigadores estaban frenéticos, como animales salvajes a
punto de ser alimentados. Intentaron entrar apresuradamente en el baño al mismo
tiempo. En medio de la confusión de brazos y piernas, sólo lograron
obstaculizarse unos a otros.
Kim apuntó el soplete hacia ellos. Edward y Curt eran los que se
encontraban más cerca. Se retrajeron por el terror; los ojos brillantes como
cuentas no se apartaban de la flama azul. Animada por su reacción, Kim salió
del baño, manteniendo el soplete frente a ella. Los investigadores
retrocedieron. Kim hubiera preferido que se quedaran en un grupo compacto o que
huyeran juntos, pero a medida que avanzaba hacia el vestíbulo, empezaron a
rodearla. Tuvo que agitar el soplete en círculo para mantenerlos a distancia.
El temor abyecto que las criaturas habían mostrado a la flama en
un principio; empezó a disminuir. En un momento, cuando Kim apuntaba el fuego
en dirección a otro, Edward se abalanzó contra ella y la sujetó del camisón.
Kim dirigió el soplete hacia él y le quemó la mano. Edward gritó de manera
horrorosa y la soltó.
El siguiente en saltar hacia ella fue Curt. La chica le chamuscó
una franca a lo ancho de la frente y el cabello se prendió. Curt aulló de dolor
y apretó las manos contra la frente.
Gloria entró cuando Kim cambiaba de dirección y la sujetó del
brazo. Ésta logró liberarse con una sacudida, pero el movimiento repentino
provocó que girara sin control y cayera. En el proceso de su caída, el brazo de
Kim golpeó contra el borde de una mesa lateral con tal fuerza que se entumeció,
lo que ocasionó que soltara el soplete, que cayó sobre el piso de mármol en un
ángulo pronunciado y patinó sobre la superficie pulida.
Kim se sentó, sujetando el brazo lastimado con el sano. Las
horribles criaturas se cernían sobre ella, agrupándose para matar. Con un
chillido colectivo cayeron sobre la enfermera al mismo tiempo, como animales de
rapiña.
Kim gritó y luchó mientras la arañaban y mordían. Entonces, un
rugido estruendoso y reverberante, acompañado de una luz repentina, brillante y
caliente, interrumpió el frenesí, y Kim logró escabullirse. Todos miraban
confundidos sobre el hombro de la chica. Los rostros reflejaban una luz dorada.
Al volverse para mirar detrás de ella, Kim Stewart vio una pared
en llamas. El soplete había prendido los cortinajes y todos ardían como si los
hubieran rociado con gasolina. Las criaturas profirieron un aullido colectivo.
Edward fue el primero en correr; los demás lo siguieron. Pero no se dirigieron
a la puerta principal; en vez de ello, invadidos por el pánico, subieron
corriendo la escalinata.
-No, no -gritó Kim a las figuras que huían. Pero todo fue en
vano. No sólo no la entendían; ni siquiera la oyeron. El rugido de las llamas,
en su furia, sofocaba todo sonido. Se puso de pie y cojeó hacia la puerta de
entrada. Una vez afuera, se volvió a mirar el castillo. La vieja estructura
ardía como yesca. Las llamas ya eran visibles desde las ventanas del ático.
Para Kim la escena era como una imagen del infierno. Movió la
cabeza con desaliento. El diablo había regresado a Salem.
EPÍLOGO
Sábado 5 de noviembre de 1994
¿A DÓNDE QUIERES IR PRIMERO? -preguntó Kinnard cuando Kim y él
cruzaron en el auto la reja de la propiedad de los Stewart.
-No estoy segura -respondió Kim, que viajaba en el asiento del
pasajero; sostenía la férula que le habían colocado en el brazo.
-Tendrás que decidirlo muy pronto -advirtió Kinnard-. Llegaremos
a la bifurcación en cuanto salgamos de los árboles.
Kim se volvió a mirar a Kinnard. Los rayos del Sol de finales de
otoño caían inclinados a través de la arboleda y bailaban sobre su rostro,
iluminando los ojos oscuros. Kim estaba agradecida de que Kinnard hubiera
aceptado realizar este viaje con ella. Había transcurrido un mes desde aquella
noche aciaga, y ésta era la primera ocasión que Kim regresaba a la propiedad.
-¿Y bien? -preguntó Kinnard, bajando la velocidad.
-Vamos al castillo -respondió Kim-. O cuando menos a lo que
queda de él.
Kinnard dio la vuelta hacia las ruinas carbonizadas y se
estacionó junto al puente levadizo que conducía a una entrada ennegrecida y
vacía. Todo lo que quedaba en pie eran los muros de piedra y las chimeneas.
-Es peor de lo que había imaginado -comentó Kinnard mientras
examinaba la escena a través del parabrisas. Miró a Kim.
-¿Sabes? No tienes que pasar por esto si no lo deseas.
-Quiero hacerlo -contestó enérgica Kim-. Tengo que enfrentarlo
alguna vez.
Dieron un paseo alrededor de las ruinas. No trataron de entrar.
Dentro de los muros todo era cenizas, salvo por unas cuantas vigas carbonizadas
que el fuego no había devorado por completo.
-Nadie creería que alguien escapó con vida -dijo Kim.
-Dos de seis no es mucho -comentó Kinnard-. Además, los dos que
sobrevivieron todavía no están fuera de peligro.
Kim levantó una vara y la introdujo entre los escombros.
-Esta casa contenía el legado material de doce generaciones de
los Stewart -comentó ella-. Ahora todo se perdió.
-Lo siento -dijo Kinnard-. Debe de ser terrible para ti.
-En realidad, no -repuso Kim-. La mayor parte de todo eso era
sólo basura, con excepción de algunos muebles. Lo que en verdad lamento haber
perdido son las cartas y documentos que encontré acerca de Elizabeth. Los perdí
todos, con excepción de las dos copias que hicieron en Harvard. Constituyen la
única prueba de que mi antepasado estuvo implicada en el gran escándalo que
provocó la brujería en Salem, pero eso no va a ser suficiente para convencer a
la mayoría de los historiadores.
No se movieron mientras miraban las cenizas. Kinnard sugirió que
continuaran su camino. Kim asintió. Caminaron de regreso al auto y condujeron
hasta el laboratorio. Adentro estaba desierto.
-¿Dónde está todo? -preguntó Kinnard.
-Le dije a Stanton que tenía que sacarlo de inmediato. Le
advertí que si no lo hacía, lo donaría a obras de beneficencia.
Salieron del laboratorio y se dirigieron a la cabaña. El doctor
se sintió aliviado al ver que no estaba vacía como el laboratorio.
-Sería una lástima destruir esto -comentó-. La convertiste en
una casa encantadora -deambuló por la sala para examinarlo todo con cuidado-.
¿Crees que volverías a vivir aquí? -preguntó.
-Creo que sí -respondió Kim-. Algún día. ¿Y tú? ¿Crees que
podrías vivir en un lugar como éste?
-Claro -repuso Kinnard-. Sería ideal. Me acaban de ofrecer un
puesto en uno de los equipos médicos en el Hospital de Salem. El único problema
es que tal vez me podría sentir un poco solo.
Kim miró a Kinnard. Él arqueó las cejas de manera provocativa.
-¿Se trata de una propuesta? -preguntó ella.
-Podría ser -respondió Kinnard de manera evasiva.
-Quizá sea necesario esperar a ver cómo nos sentimos uno
respecto al otro después de la temporada de esquiar.
-Me agrada tu nuevo sentido del humor -sonrió el médico-. Ahora
eres capaz de bromear acerca de cosas que son importantes para ti. En verdad
estás muy cambiada.
-Eso espero -dijo ella-. Hace mucho tiempo que debí haberlo
hecho -señaló luego el retrato de Elizabeth-. Tengo que agradecer a mi
antepasado por haberme dado el valor para hacerlo. No es fácil romper con
viejos hábitos. Sólo confio en mantener mi nueva personalidad y espero que te
agrade.
-Lo que he visto hasta ahora me encanta -repuso él-. Ya no me
siento como si caminara sobre cascarones de huevo. No tengo que estar
adivinando continuamente cómo te sientes.
-Estoy agradecida de que algo bueno surgiera de un episodio tan
espantoso -se estiró, colocó el brazo sano alrededor del cuello de Monihan y lo
abrazó. Él correspondió con igual pasión.
Viernes 19 de mayo de 1995
KIM SE DETUVO y contempló la fachada del edificio de ladrillos
recién construido. Sobre la puerta había una placa larga de mármol blanco, en
la que estaba grabado en bajorrelieve OMNI PHARMACEUTICALS. A la luz de todo lo
que había ocurrido, no sabía qué pensar respecto a que la compañía aún
funcionara. Sin embargo, entendía que -ya que todo su dinero estaba invertido
en la empresa- Stanton no estuviera dispuesto a dejarla morir.
Kim se anunció en la recepción. Después de esperar unos minutos,
una mujer agradable y vestida de manera conservadora salió para guiarla hasta
uno de los laboratorios de la compañía.
-Cuando concluya su visita, ¿cree que podrá encontrar la salida?
-preguntó la mujer.
Kim aseguró que sí y le dio las gracias. Después de que la mujer
se fue, ella abrió la puerta del laboratorio y se encontró en la antesala. La
pared común con el laboratorio era de vidrio, de la altura de un escritorio
hacia el techo. Frente al vidrio había varias sillas. En la pared debajo del
vidrio estaba una unidad de transferencia y una puerta con perilla de latón,
que se parecía a las cerraduras de seguridad que usan en los bancos a la hora
de cerrar.
Detrás del vidrio había un laboratorio equipado con la
tecnología más moderna. Kim se sentó y oprimió el botón rojo LLAMAR en la
consola de comunicaciones. Adentro, dos figuras se levantaron de la mesa en la
que estaban trabajando y se dirigieron hacia ella.
Kim sintió de inmediato una oleada de compasión. Tanto Edward
como Gloria se encontraban terriblemente desfigurados por las quemaduras que
habían sufrido. Estaban casi calvos, caminaban con rigidez, y con manos que
habían perdido algunos dedos empujaban frente a ellos unos aparatos de metal
con ruedas de donde pendía un suero intravenoso.
Al hablar, sus voces sonaban como susurros roncos. Le dieron las
gracias a Kim por visitarlos y expresaron su desilusión de no poder enseñarle
el laboratorio, que estaba diseñado específicamente para adaptarse a su
incapacidad fisica. Kim les preguntó cómo estaban.
-Bien, si consideramos a todo lo que tenemos que enfrentarnos
-comentó Edward-. Nuestro mayor problema es que todavía sufrimos ataques, a
pesar de haber eliminado por completo a Ultra de nuestros cerebros. Se producen
espontáneamente, como un ataque epiléptico. Lo bueno es que sólo duran media
hora o menos.
-Lo lamento -manifestó Kim, al tiempo que luchaba por reprimir
la tristeza que amenazaba con apoderarse de ella.
-Nosotros somos los que lo lamentamos -dijo Edward.
-Fue culpa nuestra -repuso Gloria-. No debimos tomar la droga
sino hasta que se completaran los estudios de toxicidad.
-Considero que eso no hubiera significado alguna diferencia
-comentó Edward-. A la fecha, ningún estudio en animales ha demostrado este
efecto que se produce en los seres humanos. De hecho, al ingerir la droga es
probable que hayamos salvado a muchos voluntarios de experimentar lo que hemos
sufrido.
-¿Por qué todavía padecen ataques ahora, si ya no quedan rastros
de la droga? -preguntó Kim.
-Ése es el problema -respondió Edward-. Es lo que tratamos de
averiguar. Creemos que es parecido a esas retrospecciones producidas por un
"mal viaje" que algunas personas sufren después de consumir drogas
alucinógenas. Estamos investigando sobre el tema para ver si podemos idear
alguna manera de revertirlo.
-Me sorprende que Omni todavía funcione -dijo Kim.
-A nosotros también -repuso Edward-. Stanton simplemente no se
da por vencido, y su persistencia ha rendido frutos. Uno de los otros
alcaloides del moho ha demostrado algunas probabilidades de usarse como un
nuevo antidepresivo.
-Espero que al menos Omni se haya olvidado por fin de Ultra
-comentó Kim.
-¡Claro que no! -exclamó Edward-. Tratamos de determinar qué
parte de la molécula de Ultra es responsable del bloqueo cerebral mesolímbico
que llamamos "Efecto del señor Hyde".
-Comprendo -dijo Kim. Quiso desearles suerte, pero no fue capaz
de hacerlo. No después de tantos problemas que Ultra había ocasionado a todos.
Estaba a punto de despedirse cuando observó los ojos vidriosos de Edward. Su
rostro se transformó por completo y, sin ninguna advertencia o provocación, se
abalanzó contra Kim aunque se estrelló dándose un fuerte golpe contra la gruesa
protección de vidrio. Kim saltó hacia atrás asustada, mientras la reacción de
Gloria fue abrir el goteo del suero intravenoso de Edward.
Durante un momento, el científico arañó el vidrio. Enseguida, el
rostro se aflojó y puso los ojos en blanco. En cámara lenta, empezó a
desplomarse como un globo del que el aire escapa con lentitud. Gloria lo ayudó
para que no se golpeara al caer al piso.
-Lo siento -musitó Gloria, acomodando con ternura la cabeza de
Edward-. Espero que no te hayas asustado mucho.
-No -dijo Kim, pero el corazón le latía con fuerza y temblaba.
Con cautela se acercó a la ventana y miró a Edward en el suelo.
-¿Edward estará bien?
-No te preocupes -repuso Gloria-. Estamos acostumbrados a esto.
Ahora comprenderás por qué traemos el suero. Hemos experimentado ya con varios
tranquilizantes. Me siento satisfecha de la rapidez con que éste actúa.
-¿Qué sucedería si ambos sufren un ataque al mismo tiempo?
-preguntó Kim.
-Ya hemos meditado acerca de eso -respondió Gloria-. Pero aún no
se nos ha ocurrido ninguna idea a prueba de fallas. Todo lo que podemos hacer
es intentar con nuestro mejor esfuerzo.
Kim se sentía turbada. Cuando bajaba por el ascensor, sintió las
piernas débiles. Tenía miedo de que esa visita volviera a provocar en ella las
terribles pesadillas que había sufrido inmediatamente después de aquella noche
funesta.
Al salir a la cálida luz de mediados de primavera, Kim se sintió
mejor, pero no podía evitar recordar a Edward Armstrong cuando golpeaba con
furia el vidrio de la prisión que él mismo se había impuesto. Cuando llegó a su
automóvil, se volvió para ver el edificio de Omni. Se preguntó qué clase de
drogas lanzaría esa compañía en todo el mundo. Se estremeció. La idea le hizo
prometerse que sería aún más cuidadosa de lo que había sido en el pasado al
tomar medicamentos, ¡cualquier tipo de medicamentos!
Al salir del estacionamiento, la joven se sorprendió al ver que
se dirigía al norte. Después de la perturbadora experiencia en Omni, sintió un
impulso irresistible de regresar a la propiedad de Salem. No había vuelto allí
desde la visita con Kinnard hacía ya cerca de seis meses.
Después de abrir los candados de la reja, condujo directamente a
la cabaña y experimentó una extraña sensación de alivio, como si por fin
arribara a casa después de un largo y penoso viaje. Al entrar en la penumbra de
la sala, alzó la mirada al retrato de Elizabeth. El verde intenso de los ojos y
la línea firme de la mandíbula eran como Kim recordaba, pero había algo más,
algo que no había notado. Parecía que Elizabeth estuviera sonriendo.
Kim parpadeó y volvió a mirar. La sonrisa estaba ahí. Era como
si Elizabeth reaccionara ante el hecho de que después de tantos años algún bien
había podido surgir de la experiencia terrible por la que ella había pasado; al
fin había sido reivindicada.
Pasmada, Kim se acercó a la pintura sólo para apreciar el
esfumado, o desvanecimiento suave de los tonos, que el artista del siglo
diecisiete había utilizado en las comisuras de la boca de Elizabeth.
Kim sonrió cuando se dio cuenta de que eran sus propias
percepciones las que se reflejaban en el rostro de su antepasado.
Al darse vuelta, contempló la vista que Elizabeth tenía desde su
posición sobre la repisa de la chimenea. En ese instante, Kim decidió volver a
mudarse a la cabaña. El trauma emocional ocasionado por aquella última noche
terrible se había aminorado, y quería volver a casa, para vivir a la sombra del
recuerdo de Elizabeth. Al recordar que ella tenía la misma edad que la mujer
del retrato en 1692, cuando la asesinaron injustamente, Kim juró vivir el resto
de su vida por las dos. Era la única forma que imaginaba de recompensar a
Elizabeth por la comprensión de sí misma que ella le había ayudado a lograr.
FIN

