Libro N°. 3150. Rey Kull. Howard, Robert E.
© Libro N°. 3150. Rey Kull. Howard, Robert E.. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © King Kull
Versión Original: © Rey Kull. Robert E. Howard
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
REY KULL
Robert E. Howard
PRÓLOGO
Poco se sabe de aquella época conocida por los cronistas
nemedianos como la Era Precataclísmica, excepto de su última parte, y eso se
halla envuelto en las neblinas de la leyenda. La historia conocida se inicia
con el declive de la civilización precataclísmica, dominada por los reinos de
Kamelia, Valusia, Verulia, Grondar, Thule y Commoria. Esos pueblos hablaban una
lengua similar, y argumentaban un origen común. Había otros reinos, igualmente
civilizados, pero habitados por otras razas diferentes y aparentemente, más
antiguas.
Los bárbaros de aquellos tiempos eran los pictos, que vivían en
islas lejanas, en el océano de poniente; los atlantes, que habitaban en el
pequeño continente situado entre las islas pictas y la tierra firme o
continente thurio; y los lemures, que habitaban una cadena de grandes islas
situadas en el hemisferio oriental.
Había vastas regiones de territorios inexplorados. Los reinos
civilizados. aunque de extensión enorme, sólo ocupaban una parte
comparativamente pequeña de todo el planeta. Valusia era el más occidental de
los reinos del continente thurio, y Grondar el más oriental. Al este de
Grondar, cuyo pueblo era menos civilizado que los de otros reinos, se extendía
un territorio salvaje y árido de desiertos. En las zonas menos áridas, en las
junglas, y entre las montañas, vivían diseminados clanes y tribus de salvajes primitivos.
Bastante más al sur había una civilización misteriosa, no relacionada con la
cultura thuria, con la que de vez en cuando entraban en contacto los lemures.
Aparentemente, procedía de un continente envuelto en las sombras, sin nombre,
que debía encontrarse en alguna parte al este de las islas lemures.
La civilización thuria se estaba desmoronando; sus ejércitos
estaban compuestos, en buena parte, por mercenarios bárbaros. Los pictos, los
atlantes y los lemures eran sus generales, sus hombres de Estado y, a menudo,
incluso sus reyes. Lo que se sabe sobre los altercados que se produjeron entre
los reinos, sobre las guerras que esta1laron entre Valusia y Commoria, y sobre
las conquistas mediante las cuales los atlantes fundaron un reino en el
continente, pertenece más al reino de la leyenda que a la ciencia exacta de la
historia.
La Era Hyboria
1 - EXILIO DE ATLANTIS
Se ponía el sol. Un último esplendor carmesí llenaba el paisaje
y se posaba, como una corona de sangre, sobre los picos moteados de nieve de
las montañas. Los tres hombres que contemplaban el agonizar del día respiraron
profundamente la fragancia de la brisa que surgía desde los distantes bosques,
y luego volvieron su atención hacia una tarea mucho más material. Uno de ellos
se hallaba asando un venado sobre una pequeña hoguera; tocó con un dedo la
carne humeante y se lo llevó a la boca, probándolo con el gesto propio de un
connoisseur.
-Ya está preparado, Kull, Khor-nah; podemos comer.
Quien así había hablado era joven, apenas poco más que un
muchacho, alto de estatura, de cintura delgada y hombros anchos, que se movía
con la gracia natural de un leopardo. En cuanto a sus compañeros, uno, el
hombre de mayor edad, mostraba una constitución poderosa y maciza, peludo y con
un rostro de expresión agresiva. El otro era el contrapunto del joven que había
hablado, excepto por el hecho de que era más alto, con un pecho más ancho y
unos hombros algo más amplios. Daba la impresión, incluso en mayor medida que
el primer joven, de poseer una gran velocidad dinámica oculta en sus músculos
largos y suaves.
-Bien -dijo éste-, ya empiezo a tener hambre.
-¿Y cuándo no la tienes, Kull? -bromeó el primer joven.
-Cuando lucho -contestó Kull con expresión seria.
El mayor de los hombres dirigió una rápida mirada a su amigo,
tratando de imaginar qué estaría pensando en lo más recóndito de su mente.
Nunca estaba totalmente seguro de lo que pensaba su amigo.
-Lo que sientes entonces es sed, pero de sangre -dijo el mayor
de los hombres-. Am-ra, termina ya con tus bromas y córtanos algo de carne.
Empezó a caer la noche y algunas estrellas iniciaron su
parpadeo. El viento del anochecer se file extendiendo sobre el paisaje
montañoso, envuelto en el crepúsculo. A lo lejos. un tigre rugió de repente.
Khor-nah efectuó un movimiento instintivo hacia la lanza de punta de pedernal
que había dejado en el suelo, a su lado. Kull volvió la cabeza, y una extraña
luz parpadeó en sus fríos ojos grises.
-Los hermanos rayados salen de caza esta noche -dijo.
-Adoran a la luna naciente -indicó Am-ra señalando hacia el
este, donde se ponía de manifiesto un resplandor rojizo.
-¿Por qué? -preguntó Kull -. La luna pone al descubierto tanto a
sus víctimas como a sus enemigos.
-Una vez, hace muchos cientos de años -dijo Khor-nah- un rey
tigre, perseguido por los cazadores, invocó a la mujer de la luna, y ella le
arrojó una parra por la que él subió hacia la seguridad, y habitó durante
muchos años en la luna. Desde entonces, los hermanos rayados adoran a la luna.
-Eso no me lo creo -dijo Kull con brusquedad-. ¿Por qué iban a
adorar a la luna sólo por el hecho de que ésta ayudara a uno de los de su raza
hace ya tanto tiempo? Más de un tigre ha subido por el Acantilado de la Muerte
y ha escapado así de sus perseguidores, a pesar de lo cual no adoran ese
acantilado. ¿Cómo iban a saber lo que ocurrió hace tantos años?
Khor-nah frunció el ceño.
-Poco te favorece mofarte de tus mayores, o burlarte de las
leyendas de tu pueblo de adopción, Kull. Esa historia debe de ser cierta porque
ha sido transmitida de una generación a otra durante más tiempo del que pueda
recordarse. Y lo que siempre fue, siempre será.
-Pues yo no me lo creo -reiteró Kull-. Estas montañas siempre
han existido y, sin embargo, algún día se desmoronarán y desaparecerán. Llegará
el día en que el mar inundará todas estas montañas...
-¡Ya basta de blasfemias! -exclamó Khor-nah con una pasión que
era casi expresión de cólera-. Kull, somos buenos amigos y tengo paciencia
contigo porque eres joven. Pero hay algo que debes aprender: a respetar la
tradición. Te burlas de las costumbres y usos de tu pueblo, precisamente tú. a
quien ese pueblo rescató de la selva y te ofreció un hogar y una tribu.
-No era más que un mono sin pelo deambulando por los bosques
-admitió Kull francamente, sin la menor vergüenza-. No sabía hablar la lengua
de los hombres, y mis únicos amigos eran los tigres y los lobos. No sé quién
era mi pueblo, ni de qué sangre procedía...
-Eso no importa -le interrumpió Khor-nah-. Tienes todo el
aspecto de pertenecer a esa tribu fuera de la ley que vivía en el valle del
Tigre, y que pereció en la Gran Inundación. Pero eso importa poco. Has
demostrado ser un guerrero valiente y un cazador poderoso...
-¿Dónde encontrarías a un joven que se le igualara en el
lanzamiento de la lanza o en la lucha cuerpo a cuerpo? -preguntó Am-ra con los
ojos encendidos.
-Muy cierto -asintió Khor-nah-. Es un honor para la tribu de la
montaña del mar, pero precisamente por eso debería controlar su lengua y
aprender a reverenciar las cosas sagradas del pasado y del presente.
-Yo no me burlo -dijo Kull sin malicia-, pero sé que muchas de
las cosas que dicen los sacerdotes son mentiras, pues yo mismo he ido con los
tigres y conozco a las bestias salvajes mejor que a los sacerdotes. Los
animales no son ni buenos ni malos, pero los hombres, con la lujuria y la
avidez que les son propias...
-¡Más blasfemias! -le interrumpió Khor-nah enojado-. ¡El hombre
es la creación más magnífica de Valka!
Am-ra intervino entonces para cambiar de tema.
-Esta mañana he oído el sonido de los tambores en la costa. Hay
guerra en el mar. Valusia lucha contra los piratas lemures.
-Sólo les deseo mala suerte a ambos -gruñó Khor-nah.
-¡Valusia! -exclamó Kull con los ojos nuevamente encendidos-.
¡La tierra de los encantamientos! Algún día veré la gran Ciudad de las
Maravillas.
-Maldito sea el día en que lo hagas -le espetó Khor-nah con
dureza-. Te verás cargado de cadenas, y sobre ti se cernirá el espectro de la
tortura y de la muerte. Ningún hombre de nuestra raza ve jamás la Ciudad de las
Maravillas, a no ser que sea como esclavo.
-Que la mala suerte caiga sobre ella -murmuró Am-ra.
-¡Que sea una suerte negra y un destino rojo! –exclamó Khor-nah
esgrimiendo el puño hacia el este-. ¡Que por cada gota de sangre atlante
derramada, por cada esclavo que se afana en sus malditas galeras, caiga una
plaga negra sobre Valusia ylos Siete Imperios!
Am-ra, entusiasmado, se puso en pie de un salto y repitió parte
de la maldición, mientras Kull, tranquilamente, se cortaba un nuevo trozo de
carne.
-He luchado contra los valusos -dijo-, y debo admitir que se
dispusieron valerosamente en orden de batalla, aunque no fueron difíciles de
matar. Tampoco parecían tan malvados.
-Porque sólo luchaste contra los débiles guardias de la costa
norte -gruñó Khor-nah-, o contra las tripulaciones de los barcos mercantes
varados en la costa. Espera a que tengas que enfrentarte con la carga de los
escuadrones negros de las legiones de Valusia, o contra el Gran Ejército, como
he hecho yo. ¡Eso sí que es bueno! ¡Había sangre hasta para beber! Junto con
Gandaro, el de la lanza, recorrí las costas valusas cuando todavía era más
joven que tú, Kull. Ah, aquellos si que fueron buenos tiempos. Llevamos la
antorcha y la espada hasta lo más profundo del imperio. Éramos quinientos
hombres, procedentes de todas las tribus ribereñas de Atlantis. ¡Y sólo
regresamos cuatro! El grueso de los escuadrones negros nos diezmó en las
afueras del pueblo de los Halcones, que antes habíamos incendiado y saqueado.
Allí bebieron las espadas y las lanzas saciaron su sed de sangre.
Descuartizamos y fuimos descuartizados, pero una vez que terminó el fragor de
la batalla sólo cuatro de nosotros pudimos escapar del campo, y los cuatro
estábamos llenos de heridas.
-Ascalante me dice que las murallas de la Ciudad de Cristal
tienen diez veces la altura de un hombre -dijo Kull que no deseaba abandonar el
tema-. Que el fulgor del oro y de la plata sería suficiente para deslumbrarle a
uno, y que las mujeres que abarrotan las calles o se asoman a las ventanas van
vestidas con extrañas túnicas suaves que crujen y brillan al moverse.
-Quién mejor podría saberlo que Ascalante -dijo Khor-nah con una
mueca-. Fue esclavo entre ellos durante tanto tiempo que basta olvidó su buen
nombre atlante, y tuvo que conformarse a partir de entonces con el nombre
valuso que le pusieron.
-Sin embargo, logró escapar -comentó Am-ra.
-Cierto, pero por cada esclavo que consigue escapar de las
cadenas de los Siete Imperios hay por lo menos siete que se pudren en las
mazmorras y mueren cada día, pues ningún atlante estuvo destinado nunca a
soportar la esclavitud.
-Hemos sido enemigos de los Siete Imperios desde el alborear de
los tiempos -musitó Am-ra.
-Y seguiremos siéndolo hasta que el mundo se derrumbe -dijo
Khor-nah con una salvaje satisfacción- Pues Atlantis, gracias a Valka, es
enemiga de todos los hombres.
Am-ra se incorporó, tomó su lanza y se preparó para hacerse
cargo de la guardia. Los otros dos se tumbaron sobre la hierba, dispuestos a
dormir. ¿Con qué soñaría Khor-nah? Quizás con una batalla, o con el retumbar de
los búfalos, o con una mujer de las cavernas. En cuanto a Kull...
A través de la neblina de su sueño resonó débil y lejana la
dorada melodía de las trompetas. Nubes de radiante esplendor flotaban sobre él;
entonces, una magnífica visión se abrió ante su sueño. Una gran multitud de
gente se extendía en la distancia, y hasta ellos llegaba un rugido tormentoso
expresado en una lengua extraña. Se percibía un ligero matiz de acero al
entrechocar, y grandes ejércitos negros se extendían a la derecha y a la
izquierda; la neblina se disipó, y un rostro surgió nítidamente, destacándose;
un rostro por encima del cual flotaba una corona regia. Era un rostro como de
halcón, de expresión desapasionada, inmóvil, con los ojos del gris del mar
frío. Entonces, la multitud volvió a rugir: «¡Viva el rey! ¡Viva el rey! ¡Viva
Kull,el rey!».
Kull se despertó con un sobresalto. El resplandor de la luna
iluminaba las distantes montañas, el viento soplaba por entre la alta hierba.
Khor-nah dormía a su lado, y Am-ra estaba de pie, como una desnuda estatua de
bronce que contrastara con la luz de las estrellas. Kull recorrió con la mirada
su escasa vestimenta: una piel de leopardo enrollada sobre sus caderas de
pantera. Un bárbaro desnudo. Los ojos de Kull refulgieron. ¡Kull, el rey!
Volvió a quedarse dormido.
Se levantaron por la mañana y emprendieron el camino hacia las
cavernas de la tribu. El sol todavía no se había elevado mucho cuando
distinguieron el ancho río azul y las cavernas de la tribu aparecieron ante su
vista.
-¡Mirad! -exclamó Am-ra-. ¡Están quemando a alguien!
Delante de las cavernas se había instalado un pesado palo, al
que habían atado a una mujer joven. Las gentes que lo rodeaban, con miradas
endurecidas. no mostraban el menor signo de piedad.
-Sareeta -dijo Khor-nah con el rostro impertérrito-. Esa lasciva
se casó con un pirata lemur.
-¡Ah! -exclamó una anciana de ojos pétreos-. ¡Mi propia hija!
¡Ha traído la vergüenza a Atlantis! ¡Ya ha dejado de ser mi hija! Su hombre
murió y ella fue arrastrada a la costa cuando el barco fue asaltado por las
embarcaciones de Atlantis.
Kull miró a la joven con expresión compasiva. No lo entendía;
¿por qué razón aquellas gentes, que eran de su propia sangre y clase, se
enojaban tanto con ella por el simple hecho de haber elegido a un enemigo de su
raza? En ninguna de las miradas centradas sobre ella logró distinguir el menor
rastro de simpatía. Sólo en los extraños ojos azules de Am-ra había tristeza y
compasión.
No hay forma de saber lo que reflejaba el propio rostro inmóvil
de Kull. Pero la mirada de la mujer se fijó en él. No había temor en sus ojos;
sólo una profunda y vibrante llamada. La mirada de Kull se posó sobre los haces
de leña apilados a sus pies. El sacerdote, que ahora canturreaba una maldición,
no tardaría en inclinarse para prenderles fuego con la antorcha que sostenía en
la mano izquierda.
Kull se dio cuenta de que la mujer se hallaba sujeta al palo
mediante una pesada cadena de madera, un objeto muy peculiar que mostraba la
típica manufactura atlante. No podía cortar aquella cadena, aunque lograra
llegar hasta ella, abriéndose paso entre la multitud. Los ojos de la mujer no
dejaban de mirarle, implorantes.
Observó de nuevo la leña y se llevó la mano a la daga de larga
punta de pedernal que le colgaba del cinto. La mujer, al ver su gesto, asintió
con un movimiento de cabeza y una expresión de alivio se extendió sobre sus
ojos.
Kull actuó tan repentina e inesperadamente como una cobra.
Extrajo la daga del cinto y la arrojó con fuerza. Se clavó un poco por debajo
del corazón de la mujer, matándola instantáneamente. Y mientras la multitud
permanecía boquiabierta, Kull giró sobre sus talones y se alejó corriendo,
subiendo varios metros por la escarpadura que caía casi a pico, ágil como un
felino.
La gente continuó quieta y en silencio durante un momento más.
Luego, un hombre extrajo arco y flechas y miró hacia la escarpadura por la que
Kull seguía subiendo, a punto de llegar ya a lo más alto. El arquero apuntó,
entrecerrando los ojos, y en ese preciso instante Am-ra, como por accidente,
tropezó contra él, desplazándole, y la flecha partió hacia un lado. Luego, Kull
ya había desaparecido en lo alto del risco.
Oyó los gritos que le siguieron. Los miembros de su propia
tribu, encendidos por el afán de sangre, parecían ávidos por atraparle y
asesinarle, por haber violado lo que para él no era sino un extraño y
sangriento código moral.
Pero en la tribu de la montaña del mar no había ningún atlante
capaz de ganar a Kull corriendo.
Kull escapa de las garras de sus enfurecidos compañeros de
tribu, sólo para caer cautivo de los lemures. Durante los dos años siguientes,
trabaja como esclavo en los remos de una galera, antes de lograr escapar
Emprende entonces el viaje a Valusia, donde se convierte en un proscrito,
oculto en las montañas, hasta que, capturado, va aparar a sus mazmorras. La
fortuna, sin embargo, le sonríe, y se convierte sucesivamente en gladiador en
la arena, soldado en el ejército y finalmente, comandante Luego, con el apoyo
de los mercenarios y ciertos nobles valusos descontentos, aspira al trono. Y es
Kull quien asesina al despótico rey Borna y le arranca la corona de su
ensangrentada cabeza. El sueño, por fin, se ha convertido en realidad: Kull de
Atlantis se instala en el trono de la antigua Valusia.
2 - EL REINO DE LAS SOMBRAS
1. Llega un rey a caballo
El estrépito de las trompetas se hizo más fuerte, como una
profunda marejada dorada, como el suave atronar de las olas nocturnas sobre las
playas plateadas de Valusia. la multitud gritaba, las mujeres arrojaban flores
desde lo tejados, y el repiqueteo rítmico de los cascos de plata se iba
acercando hasta que el inicio del poderoso desfile apareció a la vista en la
ancha y blanca avenida que rodeaba la Torre del Esplendor, con sus chapiteles
dorados.
Primero venían los trompeteros, jóvenes delgados vestidos de
escarlata, montados a caballo, haciendo sonar unas largas y delgadas trompetas
doradas; a continuación, seguían los arqueros, hombres altos de las montañas; y
detrás de ellos avanzaban los hombres de a pie, pesadamente armados, con sus
anchos escudos repiqueteando al unísono, con las largas lanzas oscilando con un
ritmo perfecto, al compás de su marcha. Detrás de ellos aparecieron los
soldados más poderosos del mundo, los asesinos rojos, montados en espléndidos
caballos, luciendo sus rojas armaduras, desde el casco hasta las espuelas.
Montaban con expresión de orgullo, con la vista dirigida al frente, pero muy
conscientes de todo el griterío que se despenó a su paso. Eran como estatuas de
bronce y en ningún momento pudo observarse la menor oscilación en el bosque de
lanzas que se elevaha por encima de ellos.
Por detrás de esas filas terribles y orgullosas llegaron las
abigarradas hileras de mercenarios, guerreros de aspecto feroz y salvaje,
hombres de Mu y de Kaa-u, de las montañas orientales y de las islas
occidentales. Iban armados con lanzas y largas espadas, y formaban un grupo
compacto que marchaba algo aparte de los arqueros de Lemuria. Les seguía la
infantería ligera de la nación, y cerraba el desfile un nuevo grupo de
trompeteros.
Un espectáculo magnifico, capaz de despertar un feroz
estremecimiento en el alma de Kull, rey de Valusia, que no se hallaba sentado
en el trono topacio situado frente a la regia Torre del Esplendor. sino montado
en su gran caballo, como un verdadero rey guerrero. Su poderoso brazo se
elevaba en contestación al saludo de sus hombres, a medida que éstos pasaban
ante él. Sus feroces ojos contemplaron casi con indiferencia a los alegres
trompeteros, se detuvieron y siguieron por más tiempo a la soldadesca, y relampaguearon
con un brillo feroz cuando los asesinos rojos se detuvieron ante él haciendo
sonar las armas y retroceder a los corceles, para presentarle el saludo debido
a la Corona. Los ojos de Kull se estrecharon ligeramente ante el paso de los
mercenarios, que no tenían por costumbre saludar a nadie. Marchaban con los
hombros echados hacia atrás, y miraron a Kull directamente, con osadía, aunque
también con cierto aprecio; eran ojos crueles que no parpadeaban; ojos salvajes
que miraban desde debajo de pobladas cejas y melenas.
Y Kull les devolvió una mirada similar. Le gustaban los hombres
valientes y no había en el mundo hombres más valientes que ellos, ni siquiera
entre las tribus salvajes que ahora renegaban de él. Pero Kull era demasiado
despiadado como para sentir ningún afecto por aquellas tribus. Había demasiados
feudos. Muchos de ellos eran antiguos enemigos de la nación de Kull, y aunque
el nombre de Kull era ahora maldito entre las montañas y los valles de su
pueblo, y él había tratado de apartarlos de su mente, todavía permanecían los
viejos odios y las antiguas pasiones. Porque Kull no era valuso, sino atlante.
Los ejércitos desaparecieron de la vista al otro lado de la
Torre del Esplendor, resplandeciente de gemas, y Kull hizo girar a su caballo y
se dirigió hacia el palacio, haciendo avanzar al animal a paso lento, mientras
hablaba de la revista de las tropas con los comandantes que cabalgaban a su
lado. En su forma de expresarse, no utilizaba muchas palabras, pero sí decía
mucho.
-El ejército es como una espada -dijo Kull-, y no debemos
permitir que se oxide.
Cabalgaron lentamente por la amplia avenida, sin que Kull
prestara la menor atención a los rumores que le llegaban desde la multitud que
todavía abarrotaba las calles.
-¡Ése es Kull! ¿Lo ves? ¡Por Valka! ¡Qué rey! ¡Y qué hombre!
¡Fíjate en sus brazos! ¡Mira qué hombros tiene!
Y tampoco prestó atención a otra clase de susurros, expresados
en tonos más bajos.
-¡Kull! ¡Ja! El maldito usurpador que ha venido de las islas
paganas... Es una vergüenza para Valusia que un bárbaro se haya instalado en el
trono de los reyes.
Poco le importaban esos comentarios a Kull. Se había apoderado
con mano firme del trono en decadencia de la antigua Valusia, y ahora sostenía
la corona con mano más firme aún, como un hombre contra una nación.
Acudió a la sala del consejo. el palacio social donde replicaba
a las frases formales y de alabanza de las damas y caballeros, divertido ante
tales frivolidades, aunque se preocupaba de ocultarlo cuidadosamente; luego,
las damas y caballeros se despidieron formalmente, y Kull se reclinó sobre el
trono de armiño, y se dedicó al estudio de las cuestiones de estado, hasta que
un ayudante solicitó permiso para hablar ante el gran rey y, tras recibirlo,
anunció la llegada de un emisario de la embajada picta.
Kull apartó sus pensamientos del complicado laberinto de las
cuestiones del gobierno de Valusia, y contempló al picto con expresión poco
amistosa. El hombre le devolvió la mirada sin pestañear siquiera. Era un
guerrero de caderas ágiles y pecho macizo, de estatura media, fuerte estructura
y piel oscura, como todos los de su raza. En aquellos rasgos fuertes e
inmóviles sobresalían unos ojos impávidos e inescrutables.
-Ka-nu, jefe de los consejeros y mano derecha del rey de Picta,
os envía sus saludos y dice: «En la fiesta de la luna llena hay un trono para
Kull, rey de reyes, señor entre los señores, emperador de Valusia».
-Bien -contestó Kull-. Dile a Ka-nu el Viejo, embajador de las
islas occidentales, que el rey de Valusia beberá vino con él cuando la luna
brille sobre las montañas de Zalgara.
El picto, sin embargo, no se marchó.
-Tengo algo que decirle al rey, no apto para los oídos de estos
esclavos -dijo con un gesto despreciativo de la mano hacia los presentes.
Kull despidió a sus ayudantes con una sola palabra, y observó
con cautela al picto. El hombre se le acercó algo más y bajó el tono de su voz.
-Venid esta noche a solas a la fiesta. Ésas fueron las palabras
de mi jefe.
Los ojos del rey se estrecharon y brillaron como espadas de
acero gris, friamente.
-¿A solas?
-Así es.
Se miraron el uno al otro, en silencio, con su mutua enemistad
tribal enmascarada por debajo de la capa de formalidad que rodeaba el
encuentro. Sus bocas hablaban el lenguaje civilizado, expresaban las frases
convencionales de la corte de una raza muy civilizada que no era la suya, pero
en los ojos de ambos podían observarse las tradiciones primitivas de un
salvajismo elemental. Puede que Kull fuera el rey de Valusia, y el picto un
emisario ante su corte. pero allí, en el salón del reino, sólo había dos hombres
tribales que se miraban con ferocidad y cautela, mientras los fantasmas de las
guerras salvajes y de los feudos antiguos continuaban susurrando en sus mentes.
El rey, sin embargo, tenía la ventaja de su posición y la
disfrutaba plenamente. Con la mandíbula apoyada sobre una mano, observó al
picto, que permaneció ante él como una estatua de bronce, con la cabeza echada
hacia atrás y los ojos impertérritos.
Sobre los labios de Kull se extendió una sonrisa que se
transformó casi en un bufido.
-De modo que quiere que el rey vaya así, ¿a solas? -La
civilización le había enseñado a hablar de forma indirecta. Los oscuros ojos
del picto brillaron, pero no dijo nada-. ¿Y cómo sabe el rey que tú eres el
emisario de Ka-nu?
-Yo he hablado -fue la hosca respuesta.
-¿Y desde cuándo un picto dice la verdad? -se burló Kull,
sabiendo perfectamente que los pictos no mentían nunca, pero utilizando su
comentario como una forma de enojar al hombre.
-Veo vuestro plan, mi rey -dijo el picto con expresión
imperturbable-. Deseáis enojarme. ¡Por Valka que no necesitáis esforzaros
mucho! Ya me siento bastante enojado. Y os desafío a enfrentaros conmigo en
batalla singular, con espada, lanza o daga, ya sea a pie o a caballo. ¿Sois un
rey o un hombre?
En los ojos de Kull surgió esa admiración que un guerrero se ve
obligado a sentir de mala gana ante un enemigo tan directo, pero no
desaprovechó la oportunidad para molestar un poco más a su antagonista.
-Un rey no acepta el desafío de un salvaje sin nombre -le
espetó-, y el emperador de Valusia tampoco rompe la tregua debida a los
embajadores. Tienes mi permiso para marcharte. Dile a Ka-nu que acndiré solo.
Los ojos del picto llamearon con una expresión asesina.
Evidentemente, se hallaba poseído por el ansia primitiva de sangre; tras un
instante, le dio la espalda al rey de Valusia, cruzó el salón del trono y
desapareció al otro lado de la enorme puerta.
Kull volvió a reclinarse sobre el trono de armiño y reanudó su
meditación.
¿De modo que el jefe del consejo de los pictos deseaba que
acudiera a solas? Pero ¿por qué razón? ¿Sería una traición? Con expresión
hosca, Kull se llevó la mano a la empuñadura de su gran espada. Pero no, eso no
podía ser. Los pictos valoraban en mucho la alianza con Valusia, demasiado como
para romperla por cualquier razón feudal. Es posible que Kull fuera un guerrero
de Atlantis y enemigo hereditario de todos los pictos, pero también era rey de
Valusia, el más poderoso aliado de los hombres de occidente.
Reflexionó durante largo tiempo sobre aquella extraña situación
que había terminado por convertirle en aliado de antiguos enemigos, y en
enemigo de antiguos amigos. Se levantó y caminó, inquieto, por el salón, con
los pasos rápidos y silenciosos de un león.
Había roto las cadenas de la amistad, la tribu y la tradición
para satisfacer su ambición. ¡Y por Valka, dios de los mares y de la tierra,
que había cumplido sus ambiciones! Se había convertido en rey de Valusia, una
nación en decadencia y degeneración, que vivía en sueños gracias a las glorias
del pasado, pero que seguía siendo un territorio poderoso, y el mayor de los
Siete Imperios. Valusia, el Reino de los Sueños, como lo llamaban los hombres
de las tribus. A veces, Kull tenía la sensación de moverse como en un sueño.
Le resultaban extrañas las intrigas de la corte y del palacio,
del ejército y del pueblo. Todo aquello le parecía como una mascarada en la que
los hombres y las mujeres ocultaban sus verdaderos pensamientos, tras una
máscara de suavidad. Y, sin embargo, le había resultado relativamente fácil
apoderarse del trono, un simple aprovechamiento de la oportunidad que se le
presentó, el rápido giro de las espadas, el asesinato de un tirano de quien los
hombres estaban mortalmente hartos, la conspiración, rápida y poderosa, con
ambiciosos hombres de estado que habían perdido el favor de la corte..., sólo
eso había bastado para que Kull. el aventurero errante, el exiliado atlante, se
encumbrara hasta las alturas más mareantes de sus propios sueños, se
convirtiera en el señor de Valusia, en el rey de reyes.
Ahora, sin embargo, parecía que haberse apoderado del trono le
había resultado más fácil que conservarlo. la imagen de aquel picto había
despertado en su mente viejas asociaciones juveniles, la violencia libre y
salvaje de su juventud. Y ahora, una extraña sensación de inquietud, de
irrealidad, se había ido apoderando últimamente de él. ¿Quién era él, un hombre
directo de los mares y las montañas, para gobernar a una raza que conocía los
extraños y terribles misticismos de la antigüedad? Una raza antigua que...
-¡Soy Kull! -exclamó de pronto, echando la cabeza hacia atrás
como un león. haciendo ondear su melena-. ¡Soy Kull!
Su mirada de halcón recorrió toda la extensión del salón.
Recuperó de nuevo la confianza en si mismo... Y en un oscuro nicho del salón un
tapiz se movió... ligeramente.
2. Así hablaron los silenciosos salones de Valusia
La luna no se había elevado todavía y el jardín se hallaba
iluminado por antorchas, que refulgían en sus hachones de plata, cuando Kull se
sentó en el trono, ante la mesa de Ka-nu, embajador de las islas occidentales.
A su derecha se sentaba el anciano picto, tan diferente de como pudiera serlo
cualquier emisario de aquella raza feroz. Porque, ea efecto, Ka-nu era anciano
y sabio en cuestiones de estado. Se había hecho viejo practicando ese juego.
No había ningún odio elemental en sus ojos, que observaron a
Kull con expresión halagadora; su buen juicio no se veía dificultado por
ninguna tradición tribal. Aquella clase de telarañas habían quedado eliminadas
gracias a su prolongada asociación con los hombres de estado de las naciones
civilizadas. La pregunta que siempre surgía en la mente de Ka-nu no era:
«¿Quién y qué es este hombre?». sino antes bien: «¿Puedo utilizar a este
hombre, y cómo?». En cuanto a los prejuicios tribales, los utilizaba únicamente
en beneficio de sus propios planes.
Kull observó a Ka-nu, contestando brevemente a sus preguntas,
mientras se preguntaba si la civilización no le estaría convirtiendo en alguien
como los pictos, porque Ka-nu era blando y barrigón. Ya habían transcurrido
muchos años desde la última vez que Ka-nu sostuviera una espada. Cierto que
ahora era viejo, pero Kull había visto a otros de mayor edad luchando en la
vanguardia de la batalla. Los pictos eran una raza de longevos. Al lado de
Ka-nu había una hermosa muchacha dedicada a llenarle la copa, y por Valka que
no dejaba de tener trabajo. Mientras tanto, Ka-nu mantenía una verdadera riada
de bromas y comentarios y Kull, a pesar de sentir en su fuero interno un cierto
desprecio por tanta palabrería, no se perdía un solo detalle del humor sagaz
del viejo.
En el banquete había presentes jefes y hombres de estado pictos,
estos últimos de actitudes joviales y naturales, mientras que los guerreros se
mostraban formalmente corteses, pero evidentemente contenidos en sus afinidades
tribales. Con un cierto matiz de envidia, Kull era muy consciente de la
libertad y naturalidad con que se desarrollaba la velada, en contraste con
otras situaciones similares en la corte valusa. Esa clase de libertad era la
que prevalecía en los toscos campamentos de Atlantis. Kull se encogió de
hombros. Después de todo, Ka-nu, que parecía haber olvidado que era un picto en
cuanto se refería a costumbres y prejuicios antiguos, no dejaba de tener razón
al considerar que Kull debiera convertirse en un valuso, tanto de mentalidad
como de nombre.
Finalmente, cuando la luna hubo llegado a su cenit, Ka-nu, que
había comido y bebido como tres hombres de los allí presentes, se reclinó sobre
su diván, emitió un suspiro de satisfacción y dijo:
-Y ahora ya podéis marcharos, amigos míos, porque el rey y yo
tenemos que hablar de cosas que no preocupan a los niños. Sí, tú también,
hermosa mía. Pero deja que bese antes esos labios dc rubí..., así. No, nada de
bailes, mi rosa en flor.
Los ojos de Ka-nu parpadearon con malicia por encima de su barba
blanca, al tiempo que observaba a Kull, que, sentado muy erecto, mantenía una
actitud ceñuda e intransigente.
-Seguramente -dijo de repente el viejo estadista-, estáis
pensando que Ka-nu no es más que un viejo réprobo inútil, que ya no sirve para
nada excepto para trasegar vino y besar a las furcias.
En realidad, ese comentario se hallaba tan en consonancia con
los verdaderos pensamientos de Kull, y se había expuesto de una forma tan
clara, que Kull se sintió asombrado ante la perspicacia del viejo, aunque no
dio la menor muestra de ello.
Ka-nu se echó a reír y su panza se sacudió con las risas.
-El vino es rojo y las mujeres suaves -añadió con expresión
tolerante-. Pero..., ¡ja, ja!, no creáis que el viejo Ka-nu permite que nada se
Interponga en los asuntos de estado.
Volvió a lanzar una risotada, y Kull se removió inquieto en su
asiento. Daba la impresión de que se estuviera burlando de él, y los ojos
centelleantes del rey empezaron a brillar con una luz felina. Ka-nu tomó la
jarra de vino, se llenó la copa y miró a Kull con gesto interrogativo, que hizo
un ademán negativo con la cabeza, irritado.
-Ah, como queráis -dijo Ka-nu con tono afable-. Se necesita una
vieja cabeza como la mía para soportar la bebida. Ya me estoy haciendo viejo,
Kull, de modo que no hace falta que los hombres jóvenes envidiéis los placeres
que los viejos aún podamos encontrar. Ah sí, me voy haciendo viejo y arrugado,
me voy quedando sin amigos ni alegrías.
Sin embargo, ni su aspecto ni su expresión hacían justicia a sus
palabras. Tenía el rostro rubicundo y bastante encendido, le brillaban los
ojos, hasta el punto de que su barba blanca parecía incongruente. De hecho, su
aspecto le pareció un tanto mágico a Kull, que experimentó un vago
resentimiento por ello. El viejo bribón había perdido todas las virtudes
primitivas propias de su raza y de la raza de Kull, a pesar de lo cual parecía
sentirse mucho más a gusto con su edad.
-Os ruego que me escuchéis, Kull -siguió diciendo Ka-nu
levantando un dedo de advertencia-, porque ésta es una buena oportunidad para
elogiar a un hombre joven y, sin embargo, debo expresaros mis verdaderos
pensamientos para ganarme
vuestra confianza.
-Si crees posible conseguirlo por medio de la lisonja...
-Tonterías. ¿Quién ha hablado aquí de lisonjas? Yo sólo lisonjeo
a alguien para pillarlo desprevenido.
En los ojos de Ka-nu apareció un brillante centelleo, un
resplandor frío que no encajaba con su sonrisa indolente. Conocía a
los hombres, y sabía que para alcanzar sus fines debía mostrarse
muy directo con este bárbaro felino que, lo mismo que un lobo que oliera la
presencia de una serpiente, detectaría sin la menor vacilación cualquier
falsedad que pudiera aparecer en la madeja de su telaraña de palabras.
-Tenéis poder, Kull -siguió diciendo, eligiendo sus palabras con
mucho mayor cuidado del que solía emplear en los consejos de la nación-.
Suficiente para convertiros en el más poderoso de todos los reyes y restaurar
algunas de las glorias pasadas de Valusia. En realidad, Valusia me importa bien
poco, aunque sus mujeres y su vino sean excelentes, de no ser por el hecho de
que cuanto más fuerte sea Valusia, tanto más fuerte será también la nación
picta. Y mucho más ahora que, con un atlante en el trono, cabe esperar que
Atlantis quede finalmente unida...
Kull se echó a reír con una dura expresión de burla. Ka-un
acababa de tocar una vieja herida.
-En Atlantis se maldijo mi nombre cuando me marché a buscar fama
y fortuna entre las ciudades del mundo. Nosotros..., ellos son sempiternos
enemigos de los Siete imperios, y los mayores enemigos de los aliados de los Imperios.
Deberías saberlo.
Ka-nu se acarició la barba y sonrió enigmáticamente.
-Bueno, dejemos eso de lado, aunque sé muy bien de qué hablo.
Una vez conseguida la unión, dejará de haber guerras en las que nadie gana
nada. Ya me imagino un mundo de paz y prosperidad, en el que el hombre ame a
sus semejantes. al bien supremo. Y eso es algo que podéis conseguir... si
vivís.
-¡Ja!
La mano ágil de Kull descendió con rapidez hacia la empuñadura
de su espada. y medio se incorporó en su asiento, con un movimiento repentino
lleno de tanto dinamismo que Ka-nu, que se imaginaba a los hombres tal y como
algunos se imaginan a los caballos pura sangre, sintió que la sangre se le
aceleraba con una repentina emoción. ¡Por Valka, qué guerrero! Tenía nervios
fibras de acero y fuego, todo ello conjuntado con una perfecta coordinación,
con el instinto de lucha propio de un guerrero terrible.
Pero en el tono suavemente sarcástico que empleó al hablar no
mostró nada del entusiasmo que sentía.
-Tonterías. Permaneced sentado. Mirad a vuestro alrededor. Los
jardines están desiertos, los asientos vacíos. No hay nadie, salvo nosotros. Y
no tendréis miedo de mí, ¿verdad? –Kull volvió a sentarse y miró a su alrededor
con cautela-. Ésa es la actitud del salvaje -musitó Ka-nu-. ¿Acaso creéis que
si hubiera tenido la intención de traicionaros lo habría hecho aquí, donde sin
lugar a dudas todas las sospechas habrían recaído sobre mí? ¡Vamos! Los jóvenes
aún tenéis muchas cosas que aprender. Ahí estaban antes mis jefes, que no se
sentían cómodos porque habéis nacido en las montañas de Atlantis, y me
despreciáis en vuestro fuero interno porque sólo soy un picto. Tonterías. Yo os
veo como Kull, rey de Valusia, y no como el despiadado atlante, jefe de los que
asolaron las islas occidentales. Del mismo modo, no deberíais ver en mí a un
picto, sino a un hombre de carácter internacional, a una figura de mundo. Pero
escuchad lo que os dice esa figura; si mañana fuerais asesinado ¿quién sería el
rey?
-Kaanuub, barón de Blaal.
-El mismo. Me opongo a Kaanuub por muchas razones, pero la
mayoría de nosotros nos oponemos a él porque no es más que un figurón.
-¿Cómo es eso? Fue mi mayor adversario, pero no tengo noticia de
que defendiera ninguna otra causa más que la suya.
-la noche puede oír las palabras -dijo Ka-nu indirectamente-.
Hay mundos dentro de los mundos. Pero podéis confiar en mí, y también en Brule,
el asesino de la lanza. Mirad. –Se extrajo de los pliegues de la túnica un
brazalete de oro que representaba un dragón alado enroscado tres veces, con
tres cuernos de rubí en la cabeza-. Examinadlo atentamente. Brule lo llevará en
el brazo cuando acuda a vuestro lado mañana por la noche, para que podáis
reconocerle. Confiad en Brule como en vos mismo, y haced lo que él os diga. Y
como prueba de confianza de lo que os digo, ¡mirad!
Y entonces, con la rapidez del halcón que se lanza en picado
sobre su presa, el anciano extrajo algo de debajo de la túnica, algo que emitió
una extraña luz verde sobre ellos, y que volvió a guardarse en un instante.
-¡la gema robada! -exclamó Kull, retrocediendo-. ¡La joya verde
del templo de la serpiente! ¡Por Valka! ¡Tú! ¿Y por qué me la enseñas ahora?
-Para salvaros la vida. Para demostraros que podéis confiar en
mí. Si traicionara vuestra confianza, haced de mí lo que queráis. Tenéis mi
vida en vuestras manos. Ahora ya no podría ser falso con vos aunque quisiera,
pues una sola palabra vuestra sería mi condena.
A pesar de todas aquellas palabras, el viejo bribón parecía
contento y ampliamente satisfecho consigo mismo.
-Pero ¿por qué me das este poder sobre ti? -preguntó Kull, que
se sentía cada vez más desconcertado.
-Ya os lo he dicho. Y ahora, como veis, no tengo la menor
intención de engañaros, de modo que mañana por la noche, cuando Brule acuda a
vuestro lado, seguid sus consejos sin la menor sombra de temor por una posible
traición. Y ahora, ya es suficiente. Una escolta os espera fuera para
acompañaros de vuelta a palacio, mi señor.
Kull se levantó.
-Pero no me has dicho nada.
-Vamos, ¡qué impacientes son los jóvenes! -Ka-nu parecía un mago
travieso, ahora más que nunca-. Id y soñad con los tronos, con el poder y los
reinos, mientras yo sueño en el vino, las mujeres y las rosas. Y que la buena
fortuna cabalgue con vos, rey Kull.
Al abandonar el jardín, Kull miró por encima del hombro hacia
donde Ka-nu seguía reclinado indolentemente, con todo el aspecto de un anciano
satisfecho que irradiaba toda la jovialidad del mundo.
Justo a la salida del jardín le esperaba un guerrero montado a
caballo. A Kull le sorprendió un poco comprobar que se trataba del mismo hombre
que le había comunicado la invitación de Ka-nu. No cruzaron una sola palabra
mientras Kull saltaba sobre la silla y recorrían las calles desiertas haciendo
sonar los cascos de los caballos.
El colorido y la alegría del día habían dado paso a la extraña
quietud de la noche. La antigüedad de la ciudad se ponía mucho más de
manifiesto bajo la luz plateada de la luna. las enormes columnas de las
mansiones y los palacios se elevaban imponentes hacia las estrellas. Las
amplias avenidas, silenciosas y desiertas, parecían ascender interminablemente,
hasta perderse en la oscuridad de las zonas altas. Como escaleras que
condujeran a las estrellas, pensó Kull, con su mente imaginativa inspirada por
la extraña grandiosidad del escenario.
¡Clang, clang, clang!, sonaban los cascos con herradura de plata
sobre las calles amplias, bañada por la luz de la luna. Pero, por lo demás, no
se percibía el menor sonido. El tiempo de existencia de la ciudad, su increíble
antigüedad, resultaban casi opresivos para el rey; era como si aquellos grandes
edificios silenciosos se estuvieran burlando de él, sin el menor ruido, con una
mofa indescifrable. ¿Qué secretos se esconderían en aquellos edificios?
«Eres joven, pero nosotros somos antiguos», parecían decirle los
palacios, los templos y santuarios. «El mundo se hallaba animado por la
juventud cuando fuimos erigidos. Tú y tu tribu pasaréis, pero nosotros somos
invencibles, indestructibles. Nos elevamos por encima de un mundo extraño,
mientras que Atlantis y Lemuria surgieron de los mares; reinaremos cuando las
aguas verdes suspiren por más de un fantasma inquieto, por encima de los
chapiteles de Lemuria y las montañas de Atlantis, y seguiremos reinando cuando
las islas de los hombres occidentales se hayan convertido en las montañas de un
país extraño. ¡Cuántos otros reyes hemos visto desfilar por estas mismas calles
antes de que Kull de Atlantis fuera apenas un sueño en la mente de Ka, el
pájaro de la creación! Sigue cabalgando todo lo que quieras, Kull de Atlantis,
porque otros más grandes que tú te seguirán, del mismo modo que también los ha
habido antes, convertidos ahora en polvo y olvidados, mientras que nosotros
continuamos en pie, y sabemos que existimos. ¡Cabalga, sigue cabalgando, Kull
de Atlantis, Kull el rey, Kull el estúpido!»
Y a Kull le pareció que el sonido de los cascos de los caballos
rompía el silencio de la noche, para repetir con su eco burlón y vacío: «¡Kull
el rey! ¡Kull el estúpido!».
Brilla, luna; iluminas el camino de un rey. ¡Brillad, estrellas!
Sois las antorchas que se extienden en el camino de un emperador. Sonad, cascos
plateados, anunciáis que Kull cabalga por Valusia.
¡Eh, despierta, Valusia! ¡Es Kull el que cabalga! ¡Kull, el rey!
«Hemos conocido a muchos reyes», parecían decir los silenciosos
edificios de Valusia.
Y así, con un talante melancólico, Kull llegó a palacio, donde
los hombres de su guardia, los asesinos rojos, acudieron para sujetar las
riendas de su gran caballo y acompañar a Kull hasta sus aposentos. En cuanto
llegaron, el picto, que no había pronunciado una sola palabra, hizo dar la
vuelta a su corcel con un salvaje tirón de las riendas, y desapareció en la
oscuridad, como un fantasma. La encendida imaginación de Kull se lo representó
atravesando a toda velocidad las calles silenciosas, como un duende surgido del
Reino de las Sombras.
Aquella noche no hubo descanso para Kull, pues ya casi amanecía
y pasó el resto de la noche deambulando de un lado a otro por el salón del
trono, reflexionando sobre todo lo que había ocurrido. Ka-nu no le había dicho
nada concreto y. sin embargo, se había puesto por completo en sus manos. ¿Y qué
había querido dar a entender al decir que el barón de Blaal no era más que un
figurón? ¿Quién era aquel Brule que acudiría a su lado por la noche, portando
el místico brazalete del dragón? ¿Y por qué? Pero, por encima de todo, ¿por qué
le había mostrado Ka-nu la gema verde del terror, robada hacía tanto tiempo del
templo de la serpiente, por la que el mundo se estremecería en guerras si lo
supieran los extraños y terribles guardianes de aquel templo, de cuya venganza
no podrían librar a Ka-nu ni los más feroces hombres de su tribu?
Kull, sin embargo, reflexionó, diciéndose que Ka-nu se sentía a
salvo, pues el anciano estadista era demasiado astuto como para exponerse sin
obtener ventaja alguna. ¿Pretendía acaso pillarle desprevenido y preparar así
el camino a la traición? ¿Se atrevería Ka-nu a dejarle vivir ahora? Finalmente,
Kull se encogió de hombros ante todas estas preguntas.
3. Aquellos que caminan en la noche
La luna todavía no había salido cuando Kull, con la mano en la
empuñadura de su espada, se acercó a la ventana. Las ventanas de sus aposentos
daban a los grandes jardines interiores del palacio real, y la brisa de la
noche, portadora de los aromas de los árboles, agitó levemente las tenues
cortinas. El rey miró hacia el exterior. Los caminos y arboledas aparecían
desiertos; los árboles, cuidadosamente podados, no eran más que sombras
abultadas; en las fuentes cercanas se reflejaba la tenue capa plateada de la
luz de las estrellas, y el agua de las fuentes más alejadas se rizaba por la
brisa. No había guardias que vigilaran aquellos jardines, pues los muros
exteriores se hallaban tan estrechamente vigilados que parecía imposible que
cualquier intruso tuviera acceso a ellos.
Las parras subían por los muros del palacio y precisamente
cuando Kull pensaba en lo fácil que sería subir por ellas, un fragmento de
sombra se separó de la oscuridad bajo la ventana y un brazo moreno y desnudo se
curvó sobre el alféizar. La gran espada del rey medio surgió de su vaina, pero
luego se detuvo. Sobre aquel brazo musculoso brillaba el brazalete del dragón
que Ka-nu le había mostrado la noche anterior.
El poseedor del brazo se izó sobre el alféizar y entró en la
estancia con los movimientos rápidos y naturales de un leopardo que trepara.
-¿Eres Brule? -preguntó Kull.
Se detuvo de pronto, sorprendido y un tanto molesto y receloso,
pues aquel hombre no era otro que el mismo a quien Kull había incordiado en el
salón del trono, el mismo que le había escoltado la noche anterior hasta el
palacio.
-Soy Brule, el asesino de la lanza -contestó el picto en voz
baja y reservada. Y luego, observando atentamente el rostro de Kull, dijo con
un tono de voz que fue apenas un susurro-: Ka nama kaa lajerama!
-¡Eh! ¿Qué quieres decir? -preguntó Kull, asombrado.
-¿No lo sabéis?
-No. Esas palabras no me son familiares, no pertenecen a ninguna
lengua que yo conozca, y sin embargo..., ¡por Valka!, creo haberlas oído en
alguna parte...
-En efecto -fue el único comentario del picto. Su mirada
recorrió el despacho del palacio. A excepción de unas pocas mesas, un par de
divanes y unas grandes estanterías de libros de pergamino, la habitación
aparecía prácticamente vacía en comparación con el esplendor del resto del
palacio-. Decidme, mi señor, ¿quién guarda la puerta?
-Dieciocho de los asesinos rojos. Pero ¿cómo es posible que
hayas penetrado en los jardines por la noche y escalado los muros del palacio?
-Los guardias de Valusia son como búfalos ciegos - bufó Brule-.
Podría haberles quitado a sus mujeres delante de sus propias narices. Me he
escabullido entre ellos sin que me vieran ni me oyeran. En cuanto a los
muros..., podría haberlos escalado sin la ayuda de las parras. He cazado tigres
en playas cubiertas de niebla arrastradas desde el mar por las fuertes brisas
orientales, y he escalado los acantilados de la montaña del mar occidental.
Pero basta ya de charla... Tocad este brazalete. -Extendió el brazo y cuando
Kull, extrañado, hizo lo que se le pedía, emitió un aparente suspiro de
alivio-. Bien. Y ahora, quitaos esos ropajes regios, porque esta noche os
esperan cosas con las que ningún atlante habría soñado jamás.
El propio Brule sólo iba vestido con un escaso taparrabos a
través del cual llevaba sujeta una espada corta y curvada.
-¿Quién eres tú para darme órdenes? -preguntó Kull, ligeramente
resentido.
-¿No os pidió Ka-nu que me hicierais caso en todo? -preguntó el
picto con irritación, dejando que en sus ojos apareciera un fulgor momentáneo-.
No os tengo excesivo aprecio, mi señor, pero por el momento he apartado de mi
mente todo pensamiento de disputa. Haced vos lo mismo. Pero venid. -Avanzó sin
hacer ruido, cruzó la habitación y se dirigió hacia la puerta. Una mirilla que
había en ésta permitía observar una parte del pasillo exterior, sin ser vistos
desde el otro lado. El picto le rogó a Kull que mirara-. ¿Qué es lo que veis?
Nada, excepto a los dieciocho guardias.
El picto asintió con un gesto, le hizo señas a Kull para que le
siguiera y volvió a cruzar la estancia. Brule se detuvo ante un panel situado
en la pared opuesta y tanteó un momento con la mano. Luego, con un movimiento
rápido, retrocedió al tiempo que desenvainaba la espada. Kull lanzó una
exclamación al ver que el panel se deslizaba en silencio, abriéndose, revelando
un pasadizo débilmente iluminado.
-¡Un pasadizo secreto! -exclamó Kull en voz baja-. ¡Y no conocía
su existencia! ¡Por Valka que alguien tendrá que pagar por esto!
-¡Silencio! -siseó el picto.
Brule se había quedado allí de pie, como una estatua de bronce,
como si forzara cada uno de sus nervios para tratar de percibir hasta el más
ligero sonido; hubo en su actitud algo que hizo que a Kull se le pusieran los
pelos de punta, no de temor, sino de ávida expectativa. Luego, haciéndole una
seña, Brule cruzó el umbral secreto, que quedó abierto tras ellos. El pasadizo
aparecía desnudo, pero no cubierto por el polvo, como habría sucedido en el
caso de tratarse de un pasillo secreto no utilizado. Una vaga luz grisácea se
filtraba desde alguna parte, pero no se veía de dónde procedía. A cada pocos
pasos, Kull veía puertas, invisibles desde el exterior, estaba seguro de ello,
pero fáciles de distinguir desde dentro.
-Este palacio es como un panal –murmuró.
-Así es. Sois observado día y noche, mi señor. Son muchos los
ojos que os vigilan.
El rey quedó impresionado por la actitud de Brule. El picto
continuó avanzando con lentitud, receloso, medio agachado, con la hoja de la
espada mantenida en una posición baja y adelantada. Cada vez que hablaba lo
hacía en susurros y echaba continuamente vistazos a uno y otro lado. El pasillo
efectuaba un giro brusco, y Brule miró con cautela hacia el otro lado.
-¡Mirad! -susurró-. Pero recordad que no debéis decir una sola
palabra. Ni un sonido, por vuestra vida.
Kull miró cautelosamente al otro lado. El pasillo cambiaba, para
dar paso a un tramo de escalones. Kull retrocedió. Al pie de aquellos escalones
yacían los cuerpos de los dieciocho asesinos rojos que se habían apostado
aquella noche para vigilar la entrada al estudio del rey. Brule le agarró el
poderoso brazo, y eso y el feroz susurro de su voz, que sonó justo por encima
del hombro, impidieron que Kull bajara de un salto aquellos escalones.
-¡Silencio, Kull! ¡Silencio, en nombre de Valka! -musitó el
picto-. Estos pasillos están vacíos ahora, pero he arriesgado demasiado al
mostraroslos para que creáis lo que tengo que deciros. Regresemos ahora a
vuestro estudio.
Rehizo sus pasos, seguido de cerca por Kull, cuya mente se
hallaba alborotadamente desconcertada.
-Esto es traición -musitó el rey, con una expresión ardiente en
sus acerados ojos grises-. ¡Una vileza hecha con mucha rapidez! Apenas han
transcurrido unos minutos desde que esos hombres montaban la guardia.
De nuevo en el estudio, Brule cerró cuidadosamente el panel
secreto y le hizo señas a Kull para que volviera a echar un vistazo por la
mirilla de la puerta que daba al pasillo exterior. Kull emitió un bufido de
asombro. ¡Allí fuera estaban los dieciocho guardias!
-¡Esto es brujería! -susurró, con la espada a medio
desenvainar-. ¿Acaso son hombres muertos los que guardan al rey?
-¡Así es! -fue la contestación apenas audible de Brule, en cuyos
ojos chispeantes había aparecido una expresión extraña. Los dos hombres se
miraron fijamente por un momento. Las cejas de Kull se arrugaron en un gesto de
extrañeza, al intentar leer la expresión inescrutable del rostro del picto.
Luego, los labios de Brule, moviéndose apenas, formaron las palabras-: La
serpiente que habla.
-¡Silencio! -susurró Kull al tiempo que llevaba una mano hacia
la boca de Brule-. ¡Esas palabras significan la muerte! ¡Ése es un nombre
maldito!
-Mirad de nuevo, rey Kull. Quizá hayan cambiado la guardia.
-No, ésos son los mismos hombres. En nombre de Valka, ¡esto es
brujería! ¡Es una locura! He visto con mis propios ojos los cuerpos de esos
hombres hace apenas unos minutos. Y, sin embargo, ahí están ahora, de pie.
Brule retrocedió, apartándose de la puerta, seguido
mecánicamente por el rey.
-Mi señor, ¿qué sabéis sobre las tradiciones de esta raza a la
que gobernáis?
-Mucho y, sin embargo, poco. Valusia es tan antigua...
-En efecto -asintió Brule con los ojos misteriosamente
encendidos-. Nosotros no somos más que bárbaros..., niños comparados con los
Siete Imperios. Ni siquiera ellos mismos saben lo antiguos que son. Ni los
recuerdos de los hombres ni los
anales de los historiadores llegan lo bastante atrás como para
decirnos cuándo llegaron los primeros hombres desde el mar y construyeron las
ciudades sobre la costa Pero, mi señor, ¡los hombres no siempre fueron
gobernados por hombres!
El rey le miró fijamente. Sus miradas se encontraron.
-Sí, entre mi pueblo hay una leyenda...
-¡Y en el mío también! -le interrumpió Brule-. Eso fue antes de
que nosotros, los de las islas, nos convirtiéramos en aliados de Valusia. Sí,
durante el reinado de Lion-fang, séptimo jefe guerrero de los pictos, hace ya
tantos años que nadie recuerda cuántos, llegamos por el mar, procedentes de las
islas donde se pone el sol, asolamos las costas de Atlantis y caímos sobre las
playas de Valusia con la espada y el fuego. Sí, esas largas playas de arenas
blancas resonaron con el entrechocar de las lanzas, y la noche fue como el día,
iluminada por los incendios de los castillos en llamas. Y el rey de Valusia,
que murió aquel triste día en las arenas enrojecidas por la sangre...
Su voz se desvaneció, y los dos hombres se quedaron mirándose
fijamente, sin hablar durante un rato. Luego, ambos asintieron con un gesto.
- ¡Antigua es Valusia! -susurró con intensidad Kull-. Las
montañas de Atlantis y de Mu eran islas del mar cuando Valusia aún era joven.
La brisa de la noche se introdujo por la ventana abierta. No era
el aire libre y vigorizante del mar que Brule y Kull conocían y disfrutaban en
su tierra, sino un hálito, como el susurro del pasado, sobrecargado de moho,
del olor de las cosas largamente olvidadas, que contenía secretos ya viejos
cuando el mundo todavía era joven.
Los tapices se agitaron y, de repente, Kull se sintió como un
niño desnudo ante la inescrutable sabiduría de aquel misterioso pasado místico.
Una sensación de irrealidad volvió a apoderarse de él. En el fondo de su alma
surgieron fantasmas oscuros y gigantescos, que le susurraban cosas monstruosas.
Percibió que Brule experimentaba pensamientos similares. La mirada del picto se
hallaba fija en su rostro, con una intensidad feroz. Las miradas de ambos
volvieron a encontrarse, y Kull experimentó una cálida sensación de camaradería
con este miembro de una tribu rival. Como si fueran leopardos rivales que se
aliaban para contener a los cazadores, estos dos salvajes establecieron allí
mismo una causa común contra los poderes inhumanos procedentes de la antigüedad.
Brule volvió a indicar el camino de regreso hacia la puerta
secreta. Penetraron de nuevo en el pasadizo, en silencio, y también en silencio
avanzaron por el lóbrego pasillo, tomando esta vez la dirección opuesta a la
seguida en su incursión anterior. Al cabo de un rato, el picto se detuvo y se
apretó contra una de las puertas secretas, rogándole a Kull que mirara por la
mirilla oculta.
-Esto da a una escalera muy poco utilizada que conduce a un
pasillo, más allá de la puerta del estudio.
Miraron y, en ese momento, apareció una figura silenciosa que
subía la escalera.
-¡Tu! ¡El primer consejero! -exclamó Kull-. ¡A estas horas de la
noche y con la daga desenvainada! ¿Qué significa esto, Brule?
-¡Asesinato! ¡Y la más vil de las traiciones! -replicó Brule en
voz baja-. No -añadió al ver que Kull se disponía a abrir la puerta y saltar
hacia adelante-. Estamos perdidos si os enfrentáis aquí con él, pues puede
haber más agazapados al pie de esa escalera. ¡Venid!
Casi corriendo, se apresuraron a regresar por el pasaje. Una vez
que llegaron al estudio, Brule cerró cuidadosamente la puerta secreta tras
ellos, y luego cruzó el estudio, dirigiéndose hacia una pequeña estancia que
raras veces se utilizaba. Allí, apartó unos tapices que había en un rincón
oscuro, arrastró a Kull consigo, y ambos se colocaron tras ellos.
Transcurrieron los minutos. Kull oía el sonido de la brisa que
penetraba por la otra habitación, haciendo oscilar las cortinas, y le pareció
como el murmullo de los fantasmas. Luego. cruzando el umbral, apareció la
figura de Tu, el primer consejero del rey. Evidentemente, había llegado al
estudio y, al encontrarlo vacío, buscaba a su víctima allí donde más
probablemente estaría.
Se acercó con la daga levantada, avanzando en silencio. Se
detuvo un momento y contempló la estancia, aparentemente vacía, pues sólo se
hallaba débilmente iluminada por una sola vela. Después, avanzó con cautela,
aparentemente desconcertado al no comprender la ausencia del rey. Se detuvo
ante el escondrijo y...
-¡Ahora! -susurró el picto.
De un solo y poderoso salto, Kull se plantó en medio de la
pequeña estancia. Tu saltó a su vez, pero la velocidad relampagueante y felina
del ataque no le dio la menor oportunidad para defenderse o contraatacar. El
acero de la espada arrancó destellos a la débil luz e hizo rechinar el hueso,
al tiempo que Tu retrocedía, tambaleante, con la espada de Kull insertada entre
los hombros.
Kull se inclinó sobre él, con los dientes al descubierto en una
mueca de asesino, con las pobladas cejas arrugadas sobre unos ojos que parecían
como el hielo gris del mar helado. Y entonces soltó la empuñadura de la espada
y retrocedió, conmocionado, aturdido, al sentir la mano de la muene posada
sobre su espalda.
Porque, mientras observaba, el rostro de Tu se hizo extrañamente
oscuro e irreal; los rasgos se difuminaron y recombinaron de una forma
aparentemente imposible, para luego, como una máscara de niebla que se
desvaneciera, desaparecer de repente y dar paso, en su lugar, a una monstruosa
cabeza de serpiente.
-¡Por Valka! -exclamó Kull boquiabierto, con la frente perlada
de un sudor repentino-. ¡Por Valka! -repitió.
Brule se inclinó hacia adelante, con el rostro inmóvil. Pero sus
ojos encendidos reflejaron algo del horror que experimentaba el propio Kull.
-Recuperad vuestra espada, mi señor -dijo-. Todavía os esperan
otras hazañas.
Vacilante, Kull avanzó la mano hacia la empuñadura. La carne le
hormigueó al apoyar un pie sobre el horror que yacía a sus pies, y, cuando una
contracción muscular hizo que aquella boca horrible se abriera de repente,
retrocedió con una sensación de náuseas. Finalmente, armándose de valor, tiró
de la espada y contempló más atentamente aquella cosa sin nombre que había
conocido como Tu, el primer consejero. A excepción de la cabeza reptiliana,
aquello era la réplica exacta de un hombre.
-¡Un hombre con cabeza de serpiente! -murmuró Kull-.¿Se trata,
entonces, de un sacerdote del dios serpiente?
Así es. Tu duerme sin saberlo. Estos enemigos pueden adquirir la
forma que quieran. Mediante un encantamiento mágico o algo similar, pueden
arrojar una telaraña de magia sobre sus rostros. como haría un actor con una
máscara, para parecerse así a cualquiera que elijan.
-Entonces, las viejas leyendas eran ciertas -musitó el rey-.
Esas horribles y viejas historias que pocos se atreven a contar, para no morir
como blasfemos, no son fantasías. Por Valka, me había imaginado..., había
supuesto... Pero esto parece que va más allá de los límites de la realidad.
¡Eh! Los guardias que están al otro lado de la puerta...
-También son hombres serpiente. Y ahora, ¿qué haréis?
-¡Matarlos a todos! -contestó Kull entre dientes.
-En tal caso, golpead en los cráneos -dijo Brule-. Dieciocho os
esperan al otro lado de la puerta, y quizá haya más en los pasillos. Oídme
bien, mi señor. Ka-nu se enteró de este complot. Sus espías se han introducido
en las más intrincadas fortalezas de los sacerdotes serpiente, y le comunicaron
indicios de lo que se tramaba. Hace mucho tiempo que descubrió los pasadizos
secretos del palacio y, a sus órdenes, me dediqué a estudiarlos y acudí aquí
por la noche para ayudaros, para impedir que murierais como murieron otros
reyes de Valusia. Vine a solas por la sencilla razón de que, en caso de haber
sido más, habríamos podido levantar sospechas, y quizá no hubiéramos podido
introducirnos subrepticiamente en el palacio, como yo hice. Los hombres
serpiente guardan vuestra puerta, y ése, conocido como Tu, podía hacer entrar
en palacio a quien quisiera; por la mañana, si los sacerdotes fracasaban, los
verdaderos guardias volverían a ocupar sus puestos, sin saber nada, sin
recordar nada; y habrían estado allí para arrostrar las culpas en el caso de
que los sacerdotes hubieran logrado sus propósitos. Pero quedaos aquí mientras
me ocupo de hacer desaparecer esta carroña.
Y tras decir esto, el picto se echó a los hombros aquella cosa
horrible y desapareció con ella por otro panel secreto. Kull se quedó a solas,
con la mente aturdida. Neófitos de la poderosa serpiente..., ¿cuántos se
esconderían entre sus ciudades? ¿Cómo podría distinguir lo falso de lo
verdadero? ¿Cuántos de los consejeros, de los generales en los que confiaba
eran verdaderos hombres? ¿De quién podía estar seguro?
El panel secreto se abrió hacia dentro y Brule entró de nuevo en
el despacho.
-Has sido rápido.
-Así es -dijo el guerrero, que avanzó unos pasos y miró hacia el
suelo-. Hay sangre en la alfombra, ¿lo veis?
Kull se inclinó hacia adelante; por el rabillo del ojo
distinguió un movimiento borroso, el brillo de un acero. Se puso erecto de un
salto, como la cuerda de un arco. El guerrero se dobló sobre la espada, dejando
caer la suya al suelo. En ese instante, Kull aún tuvo tiempo de pensar en lo
apropiado que era el hecho de que el traidor encontrara la muerte mediante el
mandoble deslizante hacia arriba tan utilizado por los de su raza. Después,
cuando Brule empezó a deslizarse de la espada para caer inmóvil al suelo, el
rostro empezó a cambiar y desvanecerse y Kull contuvo el aliento, con los pelos
de punta, mientras observaba cómo aquellos rasgos humanos desaparecían y las
mandibulas de una gran serpiente quedaban horriblemente abiertas, con sus
terribles ojos mirándole venenosamente, incluso en el trance de la muerte.
-¡Él también era un sacerdote serpiente! -exclamó el rey-.¡Por
Valka! ¡Qué plan tan sutil para pillarme desprevenido! ¿Y Ka-nu? ¿Es un hombre?
¿Fue con Ka-nu con quien yo hablé en los jardines? ¡Todopoderoso Valka! -Y la
carne le hormigueó ante un horrible pensamiento-. ¿Acaso el pueblo de Valusia
son hombres, o todos son serpientes?
Permaneció indeciso, sin dejar de contemplar aquella cosa
llamada Brule que ahora ya no llevaba el brazalete del dragón. Entonces, un
ruido le hizo girar en redondo.
Y Brule apareció por la puerta secreta.
-¡Alto ahí -Sobre el brazo levantado en un ademán instintivo
para contener la espada del rey lucía el brazate del dragón-. ¡Por Valka!
El picto se detuvo en seco y, al comprender lo ocurrido, una
sonrisa inexorable se extendió sobre sus labios.
-¡Por los dioses de los mares! Estos demonios son increíblemente
poderosos. Ése debía de estar agazapado en los pasadizos y, al verme pasar
llevando el cadáver del otro, adoptó mi aspecto. Ahora, tengo a otro que
llevarme.
-¡Un momento! -exclamó Kull con un tono de amenaza en su voz-.
Esta noche he visto a dos hombres convertirse en serpiente ante mis propios
ojos. ¿Cómo sé que eres un verdadero hombre?
Brule se echó a reír.
-Por dos razones, rey Kull. Ningún hombre serpiente lleva esto
-dijo, señalando el brazalete del dragón-. Y tampoco puede decir las palabras:
Ka nama kaa lajerama.
También era la segunda vez que las oía aquella noche, y Kull las
repitió mecánicamente.
-Ka nama kaa lajerama. Pero ¿dónde he oído yo eso, en nombre de
Valka? No conozco esas palabras y, sin embargo...
-Ah, debéis recordarlas, Kull -dijo Brule-. Esas palabras deben
de estar agazapadas en los oscuros corredores de la memoria; aun cuando no las
hayáis oído pronunciar en esta vida, en eras pasadas debieron de quedar tan
terriblemente impresas en vuestra alma-mente que jamás murieron, y siempre
harán sonar una débil cuerda en vuestra memoria, aunque os reencarnéis durante
un millón de años. Porque esa frase procede secretamente de los tenebrosos y
sangrientos eones y desde entonces, durante incontables siglos, formaron el
santo y seña de la raza de los hombres que combatía contra los seres
horripilantes del Reino de las Sombras. Pues nadie puede pronunciarlas excepto
un verdadero hombre entre los hombres, cuyas mandíbulas y boca se hallen
configuradas de una forma diferente a cualquier otra criatura. Su significado
ha quedado sumido en el olvido, pero no así las palabras.
-Eso es cierto -asintió Kull-. Recuerdo las leyendas... ¡Por
Valka!
Se detuvo en seco, con la mirada fija. pues de repente, como la
silenciosa oscilación de una puerta mística que se abriera, unos ámbitos
neblinosos e inimaginables se abrieron en los recovecos de su conciencia y, por
un instante, pareció mirar hacia atrás, a través de la inmensidad que separaba
una vida de la otra, y a través de aquellas nieblas vagas y fantasmales pudo
ver las formas que vivieron en siglos ya muertos..., hombres en combate con
monstruos horribles, dedicados a librar a un planeta de espantosos terrores.
Contra un fondo gris en continuo desplazamiento se movían
extrañas formas de pesadilla, fantasías de locura y de temor; y un hombre, el
enviado de los dioses, seguía ciegamente, del polvo de una vida a otra, el
largo rastro sangriento de su destino, sin saber por qué, actuando de una forma
bestial, a ciegas, como un gran niño asesino, pero dotado de la clara sensación
de que en alguna parte había una chispa de fuego divino...
Kull se pasó una mano por la frente, conmocionado. Estas fugaces
visiones en los abismos de la memoria siempre le dejaban perplejo.
-Han desaparecido -dijo Brule como si hubiera leído sus
pensamientos más íntimos-. Las mujeres pájaro, las arpías, los hombres
murciélago, los diablos voladores, los pueblos lobo, los demonios, los
duendes..., todos, salvo los que son como este ser que yace a vuestros pies,
así como unos pocos hombres lobo. Larga y terrible fue la guerra, que duró
muchos y sangrientos siglos desde que llegaron los primeros hombres, surgidos
del fango de los monos, transformados en aquellos destinados a gobernar el
mundo, y que finalmente lograron alcanzar la humanidad, hace ya tanto tiempo de
ello que sólo débiles y oscuras leyendas han llegado hasta nosotros a través de
los tiempos. El pueblo serpiente fue el último en desaparecer, pero los hombres
lograron por fin vencerlos también a ellos, empujándolos hacia los confines
desérticos del mundo, para que se aparearan allí con las verdaderas serpientes
hasta que algún día, según el decir de los sabios, aquella horrible raza se
desvaneciera por completo. Sin embargo, las Cosas regresaron hábilmente
disfrazadas cuando los hombres se hicieron blandos y degenerados, olvidadas ya
las antiguas guerras. ¡Ah, ésa fue una guerra encarnizada y secreta! Entre los
hombres de la Tierra Joven se deslizaron a hurtadillas los terribles monstruos
del Planeta Antiguo, protegidos por su horrible sabiduría y sus misticismos,
capaces de adoptar toda clase de formas y figuras, para realizar sus horrorosas
hazañas en secreto. Ningún hombre sabía quién era hombre verdadero o falso.
Ningún hombre podía confiar en otro. Y, sin embargo, gracias a sus propias
habilidades, encontraron medios para distinguir a los falsos de los verdaderos.
Entonces, los hombres tomaron como señal la figura del dragón alado, el
dinosaurio con alas, un monstruo de las eras pasadas, que había sido el mayor
enemigo de la serpiente. Y los hombres utilizaron también esas mismas palabras
que acabo de pronunciar como un santo y seña, como un símbolo, pues como ya os
he dicho, nadie puede repetirlas, excepto un hombre verdadero. De ese modo, la
humanidad triunfó. Y, no obstante, después de muchos años en que todo se
olvidó, los enemigos volvieron, pues el hombre sigue siendo un mono en la
medida en que olvida aquello que no tiene delante de sus ojos. Llegaron como
sacerdotes, y como por entonces los hombres, satisfechos con sus lujos y su
poder, habían perdido la fe en las viejas religiones y cultos, los sacerdotes
serpiente, disfrazados de maestros de un culto nuevo y más verdadero, crearon
una religión monstruosa en la que se adoraba al dios serpiente. Y tal ha
llegado a ser su poder, que ahora se considera mortal repetir las viejas
leyendas del pueblo serpiente, y el pueblo vuelve a inclinarse ante el dios
serpiente en su nueva forma; y los hombres son tan ciegamente estúpidos que la
gran mayoría de ellos no ven la conexión que existe entre este poder y el poder
que los hombres derrotaron hace eones. Como sacerdotes, los hombres serpiente
se sienten contentos de gobernar y, sin embargo...
Se detuvo entonces.
-Continúa -dijo Kull experimentando una inexplicable agitación
en el pelo de su nuca.
-Los reyes han reinado como verdaderos hombres en Valusia
-siguió diciendo el picto en susurros-, y no obstante, muertos en batalla, han
muerto como serpientes, como aquel que murió bajo la lanza de Lion-fang, en las
playas rojas, cuando nosotros, los de las islas, asolamos los Siete Imperios.
¿Cómo puede ser, mi señor Kull? ¡Esos reyes nacieron de mujeres y vivieron como
hombres! Eso fue porque los verdaderos reyes murieron en secreto, del mismo
modo que habríais muerto vos esta noche, y porque los sacerdotes de la
serpiente reinaron en su lugar, sin que el hombre lo supiera.
Kull lanzó una maldición entre dientes.
-Así tiene que ser, porque, que se sepa, nadie ha visto a un
sacerdote de la serpiente y vivido para contarlo. Viven en el mayor de los
secretos.
-El arte de gobernar de los Siete Imperios es algo laberíntico y
monstruoso -dijo Brule-. Los verdaderos hombres saben que entre ellos se
deslizan los espías de la serpiente, y aquellos hombres que son aliados de la
serpiente, como Kaanuub, el barón de Blaal. Y, sin embargo, ningún hombre se
atreve a desenmascarar a un sospechoso, por temor a que la venganza caiga sobre
él. Ningún hombre confia en su semejante, y el verdadero estadista no se atreve
a hablar ni a expresar lo que está en la mente de todos. Si pudieran estar
seguros, si se pudiera desenmascarar ante todos ellos a un hombre serpiente, o
poner al descubierto un complot, entonces se habría logrado quebrantar el poder
de la serpiente, pues a partir de ese momento todos se unirían y harían causa común
para desplazar a los traidores. Sólo Ka-nu posee la astucia y el valor
necesarios para enfrentarse a ellos, y sólo él ha podido enterarse de lo
suficiente como para advertirme de lo que ocurriría, de lo que ha sucedido
hasta ahora. De ese modo, yo estaba preparado, pero a partir de ahora sólo
podemos confiar en nuestra buena suerte y habilidad. Aquí y ahora, creo que
estamos a salvo; esos hombres serpiente que se encuentran al otro lado de la
puerta no se atreven a abandonar su puesto, por si los verdaderos hombres
aparecen por aquí de improviso. Pero mañana intentarán alguna otra cosa, podéis
estar seguro de ello. Nadie puede saber lo que intentarán hacer, ni siquiera
Ka-nu, pero debemos estar el uno al lado del otro, rey Kull, hasta que los
venzamos, o hayamos muerto los dos. Y ahora, acompañadme mientras llevo este
cadáver al mismo lugar oculto donde he dejado al otro ser.
Kull siguió al picto con su pesada carga. Cruzaron al otro lado
del panel oculto y avanzaron por el lóbrego pasillo. Sus pies, acostumbrados al
silencio de los espacios silvestres, no produjeron el menor ruido. Se
deslizaron como fantasmas a través de aquella luz fantasmagórica, mientras Kull
se maravillaba ante el hecho de que aquellos pasillos estuvieran desiertos,
pues en cada recodo esperaba encontrarse con alguna espantosa aparición.
Las sospechas empezaron a apoderarse de él. ¿Le estaría
conduciendo este picto hacia una emboscada? Aminoró el paso, quedándose a
cierta distancia por detrás de Brule, con la espada preparada, levantada sobre
la espalda del picto, que seguía imperturbable su camino. Si tenía la intención
de traicionarle, Brule sería el primero en morir. Pero si el picto se dio
cuenta de las sospechas del rey, no lo demostró. Continuó su camino
impasiblemente, hasta que llegaron a una estancia polvorienta que no se había
utilizado en mucho tiempo, de cuyas paredes colgaban unos pesados y mohosos
tapices. Brule apartó uno de ellos y ocultó el cadáver detrás.
Luego, regresaron sobre sus pasos. De repente, Brule se detuvo
con tal brusquedad que le dio a Kull un susto de muerte, de lo tensos que tenía
los nervios.
-Algo se mueve en el pasillo -susurró el picto-. Ka-nu dijo que
por aquí todo estaría vacío, pero...
Desenvainó la espada y se deslizó a hurtadillas por el pasaje,
seguido con cautela por Kull.
Poco después apareció un resplandor vago y extraño que avanzaba
hacia ellos. Esperaron, con los nervios de punta y las espaldas apretadas
contra las paredes del pasaje; no sabían lo que les esperaba, pero Kull oyó la
respiración sibilante de Brule a través de los dientes apretados y se sintió
más tranquilo en cuanto a su lealtad.
El resplandor surgió. convertido en una forma indefinida, como
un haz de niebla, que se hizo más tangible a medida que se aproximaba, sin
llegar a ser totalmente material. Un rostro les miró, con un par de grandes
ojos luminosos que parecían sufrir todas las torturas de un millón de siglos.
No había ninguna expresión de amenaza en aquel rostro, con sus rasgos débiles y
gastados, sino sólo una gran piedad; y en aquel rostro..., en aquel rostro...
-¡Por los dioses todopoderosos! -exclamó Kull sintiendo como si
una mano helada se le posara sobre el alma-. ¡Eallal, rey de Valusia, que murió
hace mil años!
Brule pareció encogerse todo lo que pudo, y sus ojos se abrieron
ampliamente con una expresión del más puro horror, mientras la espada le
temblaba en la mano, descompuesto por primera vez en aquella extraña noche.
Kull, en cambio, se mantuvo erguido y desafiante, y mantuvo instintivamente en
guardia su inútil espada; con un hormigueo de la carne, con un cosquilleo en
los pelos de la nuca pero manteniéndose como el rey de reyes que era, dispuesto
a desafiar los poderes de lo desconocido, tanto de los muertos como de los
vivos.
El fantasma continuó imperturbable su camino, sin hacerles el
menor caso; Kull se encogió sobre sí mismo cuando pasó ante ellos, y percibió
un hálito gélido, como el que pudiera producir una ventisca ártica. La figura
continuó su marcha, con pasos lentos y silenciosos, como si aquellos pies vagos
arrastraran las cadenas de todas las eras, y finalmente se desvaneció tras un
recodo del pasaje.
-¡Por Valka! -musitó el picto, limpiándose las gotas de sudor
frío que perlaban su frente-. ¡Eso no era un hombre! ¡Eso era un fantasma!
-¡Así es! -asintió Kull con un gesto de la cabeza, maravillado-.
¿No reconociste el rostro? Era Eallal, que reinó en Valusia hace mil años, y
que fue encontrado horriblemente asesinado en su salón del trono, el mismo
conocido ahora como el Salón Maldito. ¿Acaso no has visto su estatua en el
Salón de Reyes Famosos?
-Sí, ahora recuerdo la historia. ¡Por los dioses, Kull! Eso es
otra muestra del poder espantoso y vil de los sacerdotes serpiente. Ese rey fue
asesinado por el pueblo serpiente, y su alma se convirtió en su esclava,
destinada a cumplir sus mandatos durante toda la eternidad. Pues los sabios
siempre han afirmado que si un hombre es asesinado por un hombre serpiente, el
fantasma se convierte en su esclavo.
Un estremecimiento sacudió la gigantesca estructura del cuerpo
de Kull.
-¡Por Valka! ¡Qué destino tan horrible! ¡Escúchame! - sus dedos
se apretaron sobre el nervudo brazo de Brule como una garra de acero-.
¡Escúchame bien! Si soy herido de muerte por estos viles monstruos, júrame que
me traspasarás el pecho con la espada para que mi alma no sea esclavizada.
-Os lo juro -respondió Brule con sus feroces ojos iluminados-.
¡Y os ruego que hagáis lo mismo por mí, Kull!
Las fuertes manos diestras de ambos se encontraron para sellar
en silencio su sangriento juramento.
4 Máscaras
Kull se hallaba sentado en su trono, y contemplaba
reflexivamente el mar de rostros vueltos hacia él. Un correo hablaba en un tono
de voz uniforme, pero el rey apenas escuchaba sus palabras. Cerca de él, Tu, el
primer consejero, se encontraba de pie a su lado, preparado para cumplir sus
órdenes, y cada vez que le miraba, Kull se estremecía interiormente.
La superficie de la vida cortesana era como la del mar entre una
marea y la siguiente. Para el rey pensativo, los acontecimientos de la noche
anterior parecían como un sueño, hasta que su mirada se posó sobre el
apoyabrazos de su trono. Una mano atezada y nervuda descansaba allí, y por
encima de la muñeca de aquella mano relucía un brazalete del dragón; Brule se
hallaba de pie junto al trono, y el feroz susurro del picto le hizo regresar
del ámbito de irrealidad en que se movía.
No, aquel interludio monstruoso no había sido ningún sueño. Al
sentarse sobre el trono, en el salón social, y contemplar a los cortesanos, las
damas, los caballeros y los estadistas, pareció ver sus rostros como productos
de la ilusión, como algo irreal, existentes sólo como sombras y burlas de la
sustancia. Siempre había considerado sus rostros como máscaras, pero hasta
entonces los había mirado con una despreciativa tolerancia, convencido de ver,
por debajo de aquellas máscaras, unas almas vacías, débiles, avariciosas,
lujuriosas y engañosas; ahora, en cambio, había un matiz cruel, un significado
siniestro, un vago horror que anidaba bajo las suaves máscaras. Mientras
intercambiaba cortesías con algún noble o consejero, se imaginaba ver
desaparecer el rostro sonriente de su interlocutor, como si fuera humo, para
ver aparecer allí las espantosas mandíbulas abiertas de una serpiente. ¿Cuántos
de aquellos a los que miraba eran en realidad horribles monstruos inhumanos que
tramaban su muerte, por debajo de la ilusión suave e hipnotizadora de un rostro
humano?
Valusia, el reino de los sueños y las pesadillas, el reino de
las sombras, regido por fantasmas que se deslizaban de un lado a otro, por
detrás de las cortinas pintadas, mofándose del rey inútil que se sentaba en el
trono, convirtiéndolo a él mismo en una sombra.
Y como la sombra de un buen camarada, Brule se hallaba a su
lado, con los ojos oscuros brillando en su rostro impasible. ¡Brule era un
verdadero hombre! Y Kull sintió que la amistad que experimentaba por aquel
salvaje era algo perteneciente a la realidad, y se daba cuenta de que Brule
también sentía por él una amistad que iba más allá de la simple necesidad del
arte de gobernar.
¿Y cuáles eran las realidades de la vida?, se preguntó Kull.
¿Ambición, poder, orgullo? ¿La amistad de un hombre, el amor de las mujeres,
que él nunca había conocido, la batalla, el saqueo..., qué? ¿Era el Kull real
quien se sentaba sobre el trono, o acaso el verdadero Kull era el que había
escalado las montañas de Atlantis, el que había asolado las lejanas islas de
poniente, el que se había reído de las rugientes marejadas verdes del océano de
Atlantis? Pues él sabía que había muchos Kull, y se preguntaba cuál de ellos
era el real. Después de todo, los sacerdotes de la serpiente habían avanzado un
paso más en su magia, pues todos los hombres llevaban máscaras, y muchos de
ellos llevaban una máscara diferente con cada hombre o mujer. En consecuencia,
Kull se preguntaba si debajo de cada máscara no habría agazapada una serpiente.
Permaneció sentado, sumido en esta clase de pensamientos
extraños y laberínticos, mientras los cortesanos iban y venían, y se
completaban los pequeños asuntos pendientes del día, hasta que él y Brule
quedaron finalmente a solas en el salón social, a excepción de los amodorrados
sirvientes.
Kull se sentía fatigado. Ni él ni Brule habían dormido la noche
anterior, y Kull tampoco había dormido la noche anterior a eso, cuando en los
jardines de Ka-nu tuvo el primer indicio de las cosas insólitas que iban a
pasar. Nada más había ocurrido después de que regresaran al estudio,
procedentes de los pasadizos secretos, pero ninguno de los dos se había
atrevido o preocupado de dormir. Kull, dotado con la increíble vitalidad de un
lobo, ya había pasado otras veces por días y días sin dormir, en sus tiempos de
salvaje, pero su mente se sentía fatigada ahora por la constante reflexión y
por todas las cosas misteriosas ocurridas la noche anterior, capaces de
romperle los nervios a cualquiera. Necesitaba dormir, pero en eso era en lo que
menos pensaba.
Y, aunque lo hubiera pensado, tampoco se habría atrevido a
hacerlo. Otra de las cosas que le había conmocionado era que, a pesar de la
estrecha vigilancia que mantuvieron tanto él como Brule para ver si y cuándo se
cambiaba la guardia apostada ante la puerta del despacho, ésta quedó cambiada
sin que ninguno de los dos se diera cuenta de nada porque, a la mañana
siguiente, quienes estaban de guardia pudieron repetir las palabras mágicas de
Brule, a pesar de que no recordaban que hubiera sucedido nada fuera de lo
normal. Estaban convencidos de haber pasado toda la noche de guardia, como era
habitual, y Kull no dijo nada al respecto. Creía que eran verdaderos hombres,
pero Brule le aconsejó guardar el más absoluto secreto y a Kull también le
pareció lo mejor.
Ahora, Brule se inclinó sobre el trono y bajó el tono de voz
para que ninguno de aquellos ociosos sirvientes pudiera oír sus palabras.
-Creo que no tardarán en golpear de nuevo, Kull. Hace un rato,
Ka-nu me hizo una seña secreta. Los sacerdotes están enterados de que conocemos
su conspiración, aunque no saben hasta qué punto estamos enterados de los
detalles. Debemos estar preparados para cualquier clase de acción. Ka-nu y los
jefes pictos se mantendrán lo más cerca posible, para socorrernos, hasta que
esto se haya solucionado de una u otra forma. Si tenemos que entablar una
batalla campal. la sangre correrá por las calles y los castillos de Valusia.
Kull le dirigió una sonrisa inexorable. Acogería con feroz
regocijo cualquier clase de acción, fuera la que fuese. Todo este deambular por
un laberinto de ilusión y magia resultaba extremadamente irritante para una
naturaleza como la suya Anhelaba poder saltar, oír el sonido de las espadas y
experimentar la gozosa libertad de la batalla.
En ese momento volvió a entrar Tu en el salón social, acompañado
por el resto de consejeros.
Señor, mi rey, se acerca la hora del consejo y nos hallamos
preparados para escoltaros a la sala del consejo.
Kull se incorporó y los consejeros se apartaron e hincaron la
rodilla en tierra a su paso. Después, se incorporaron tras él para seguirle.
Algunos ceños se fruncieron cuando el picto avanzó desafiante tras el rey, pero
nadie puso la menor objeción. La mirada desafiante de Brule recorrió los
rostros delicados de los consejeros, con la osadía propia de un salvaje
intruso.
El grupo atravesó los pasillos y llegó por fin ante la cámara
del consejo. La puerta se cerró, como era habitual, y los consejeros se
dispusieron en fila, según el orden de sus rangos, ante el estrado sobre el que
se situó Kull, mientras Brule se colocaba tras el rey, como una estatua de
bronce.
Kull recorrió el salón con un rápido movimiento de su mirada.
Sin lugar a dudas, aquí no había posibilidad alguna de que se cometiera un acto
de traición. Había presentes diecisiete consejeros, a todos los cuales conocía;
cada uno de ellos había abrazado su causa cuando ascendió al trono.
-Hombres de Valusia... -empezó a decir, a la manera
convencional.
Y entonces se detuvo, perplejo. Lo consejeros se habían
in-corporado, como un solo hombre, y avanzaban hacia él. No había hostilidad
alguna en sus miradas, pero sus actos resultaban muy extraños en una sala del
consejo. El primero ya había llegado cerca de él cuando Brule se adelantó de un
salto, encogido como un leopardo.
-Ka nama kaa lajerama.
Su voz restalló, rompiendo el siniestro silencio de la sala, y
aquel primer consejero retrocedió, llevándose rápidamente la mano a la túnica.
Brule saltó como un resorte y el hombre se precipitó de cabeza hacia la espada
desenvainada del picto, y cayó ensartado mientras su rostro se desvanecía y se
transformaba en la cabeza de una poderosa serpiente.
-¡Atacad, Kull! -rugió la voz del picto-. ¡Todos ellos son
hombres serpiente!
Lo demás fue una escena llena de sangre. Kull vio cómo aquellos
rostros familiares desaparecían y sus lugares eran ocupados por horribles
cabezas reptilianas, en el momento en que todo el grupo se lanzó hacia
adelante. Había un gran desconcierto en su mente, pero su cuerpo no le falló.
El silbido de su espada llenó la estancia, y el grupo que se
precipitaba contra él se transformó en una oleada rojiza. Pero los que quedaron
volvieron a atacar, aparentemente dispuestos a entregar sus vidas con tal de
eliminar al rey. Unas espantosas mandíbulas se abrieron ante él; unos ojos
terribles miraron a los suyos, que devolvieron la mirada sin parpadear; un olor
fétido y nauseabundo impregnó la atmósfera, el olor de la serpiente, que Kull
había conocido en las selvas del sur. Las espadas y las dagas se precipitaron
hacia él, y apenas fue consciente de que le herían.
Pero Kull se hallaba ahora en su elemento. Nunca, hasta ahora,
había tenido que enfrentarse con enemigos tan crueles, pero eso le importaba
bien poco; eran seres vivos, por sus venas corría la sangre que podía
derramarse y murieron uno tras otro cuando su gran espada les arrancó las
cabezas de un tajo o les atravesó los cuerpos. Atacaba, se retiraba y enviaba
una estocada tras otra. Sin embargo, Kull habría muerto irremediablemente de no
haber sido por el hombre que luchaba a su lado, y que tampoco dejaba de
esquivar y atacar.
El rey se dejó llevar por su afán de lucha, combatiendo según el
terrible estilo atlante que busca la muerte para enfrentarse con la muerte; no
hizo el menor esfuerzo por evitar las acometidas y las cuchilladas, se mantuvo
firme, y hasta se lanzó hacia adelante, sin otra idea en su enloquecida mente
que la de atacar. No era frecuente que Kull olvidara su habilidad luchadora en
su furia primitiva, pero ahora pareció como si un eslabón se hubiera roto en su
alma, para llenar su mente de un afán incontenible por matar y derramar sangre.
Se desembarazaba de un enemigo a cada estocada que lanzaba, pero aquellos seres
le rodeaban, muy superiores en número, y Brule tuvo que parar una y otra vez
estocadas que habrían alcanzado su objetivo. Permanecía agazapado junto al rey,
esquivando y atacando con una fría habilidad, sin producir tantos estragos como
ocasionaban los mandobles y arremetidas de Kull. pero sin dejar por ello de ser
menos efectivo con sus golpes y embestidas cortas desde abajo.
Kull lanzó una risotada de locura. Los horribles rostros se
agitaban a su alrededor como una mancha borrosa y escarlata. Sintió que el
acero se hundía en su brazo y dejó caer la espada, trazando un arco
relampagueante, que abrió una enorme brecha en el pecho de su enemigo. Luego,
las brumas se disiparon, y entonces se dio cuenta de que él y Brule se hallaban
solos sobre un montón de horripilantes figuras esparcidas por el suelo,
inmóviles.
-¡Por Valka! ¡Qué matanza! -exclamó Brule limpiándose la sangre
de los ojos-. Si hubieran sido guerreros que supieran cómo utilizar el acero,
habríamos muerto aquí Pero estos sacerdotes serpiente no saben nada del arte de
manejar la espada, y mueren con mayor facilidad que cualquier hombre al que
haya tenido que matar. No obstante, si hubieran sido unos cuantos más, creo que
las cosas habrían terminado de otra manera.
Kull asintió con un gesto. La salvaje posesión borrosa a la que
se había visto sometido ya había pasado, dejándole una confusa sensación de
gran fatiga. La sangre brotaba de las heridas recibidas en el pecho, el hombro,
el brazo y la pierna. El propio Brule sangraba a causa de varias heridas
superficiales, y le miró con expresión de preocupación.
-Mi señor, apresurémonos a que las mujeres se ocupen de curar
vuestras heridas.
Kull le apartó a un lado con un movimiento instintivo de su
poderoso brazo.
-No, nos ocuparemos de esto hasta que todo haya terminado. Pero
ve tú a que te atiendan las heridas... Te lo ordeno.
El picto se echó a refr, con expresión inexorable.
-Vuestras heridas son peores, mi señor... -empezó a decir, y
entonces se detuvo en seco, como golpeado por una idea repentina -. ¡Por Valka!
¡Éste no es el salón del consejo!
Kull miró a su alrededor y, de repente, otras brumas parecieron
desvanecerse de su mente.
-No, éste es el mismo salón donde Eallal murió hace mil
años. Un salón que no se ha utilizado desde entonces y que se ha
considerado como maldito.
-Entonces, ¡por los dioses!, han logrado engañarnos -exclamó
Brule hecho una furia, lanzando patadas contra los cadáveres que yacían a sus
pies-. ¡Nos hicieron entrar aquí como estúpidos, para caer en su emboscada!
Gracias a su magia, cambiaron el aspecto de todo...
- En tal caso, debe de estar cometiéndose una nueva vileza -dijo
Kull-, porque si hay verdaderos hombres en los consejos de Valusia, deberían
estar ahora en la auténtica sala del consejo. Vamos, rápido.
Abandonaron la estancia, dejando en ella a sus fantasmagóricas
figuras, y avanzaron presurosos por los pasillos que parecían desiertos, hasta
que llegaron ante la verdadera sala del consejo. Una vez allí, Kull se detuvo
con un repentino estremecimiento, porque de la sala del consejo surgía una voz
que hablaba... ¡Y aquella voz era la suya!
Apartó los tapices con mano temblorosa y echó un vistazo hacia
el interior del salón. Allí estaban sentados los consejeros, como réplicas
perfectas de los hombres que él y Brule acaba han de matar, y sobre el estrado
se veía la figura de Kull, rey de Valusia.
Retrocedió, con la sensación de que le daba vueltas la cabeza.
-¡Esto es una locura! -susurró-. ¿Soy yo Kull? ¿Estoy aquí o es
ése el verdadero Kull y yo no soy más que una sombra, una quimera de mi propio
pensamiento?
la mano de Brule se posó sobre su hombro y le sacudió
ferozmente, haciéndole recuperar el sentido.
-¡En el nombre de Valka, no seáis estúpido! ¿Todavía os
asombráis, después de todo lo que hemos visto? ¿Acaso no os dais cuenta de que
ésos son verdaderos hombres embrujados por un hombre serpiente que ha adoptado
vuestra forma, del mismo modo que esos otros a los que hemos matado adoptaron
las formas de vuestros verdaderos consejeros? A estas alturas ya deberíais
haber muerto, y el monstruo que ha adoptado vuestra forma gobernará en vuestro
lugar, sin que lo sepa ninguno de los que se inclinan ante vos. Atacad y matad
con rapidez, o estaremos acabados. Los asesinos rojos, verdaderos hombres,
están de guardia, y nadie más que vos puede atacar y matarle. ¡Sed rápido!
Kull se sacudió el aturdimiento que se había apoderado de él y
echó la cabeza hacia atrás, con un viejo y desafiante gesto. Inhaló aire, larga
y profundamente, como haría un fuerte nadador antes de lanzarse al océano, y
luego apartó a un lado los tapices y se lanzó hacia el estrado como un león.
Brule había dicho la verdad. Allí estaban los hombres de los
asesinos rojos, entrenados para moverse con la rapidez del leopardo que ataca;
cualquier otro que no fuera Kull habría muerto antes de poder llegar basta
donde estaba el usurpador. Pero el hecho de ver a Kull, idéntico al hombre que
se encontraba sobre el estrado, hizo que se contuvieran, asombrados y perplejos
por un instante. Fue tiempo más que suficiente. El ser que se hallaba sobre el
estrado logró cerrar los dedos alrededor de la empuñadura de su espada, pero
antes de que pudiera desenvainar, la espada del auténtico Kull se clavó tras
sus hombros, y aquella cosa que los hombres habían creído que era el rey cayó
hacia adelante, desde el estrado, y quedó tendida e inmóvil sobre el suelo.
-¡Alto! -gritó Kull.
Su voz regia y potente fue suficiente para detener la
precipitación que ya se había iniciado, y mientras todos los presentes le
miraban asombrados, señaló la cosa que había tendida ante él, cuyo rostro
desaparecía para transformarse en la cabeza de una serpiente. Todos
retrocedieron y en ese preciso instante apareció Brule por una puerta y Ka-nu
por otra. Ambos se acercaron al rey, Ka- nu le tomó la mano ensangrentada y
habló:
-¡Hombres de Valusia! Lo habéis visto con vuestros propios ojos.
Éste es el verdadero Kull, el rey poderoso ante el que toda Valusia se ha
inclinado siempre. El poder de la serpiente se ha roto, y todos seréis
verdaderos hombres. Rey Kull, ¿tenéis alguna orden que darnos?
-Levantad esa carroña -ordenó Kull, y los hombres de la guardia
se apresuraron a obedecerle-. Y ahora, seguidme todos - añadió el rey.
Emprendió el camino hacia el salón maldito. Brule, con expresión
preocupada, le ofreció el apoyo de su brazo, pero Kull lo apartó a un lado.
la distancia a recorrer le pareció interminable al ensangrentado
rey, pero por fin se encontró ante la puerta y se echó a reír feroz y
cruelmente al oír las horrorizadas exclamaciones de los consejeros ante la
escena.
Dio a los guardias la orden de arrojar el cadáver que
transportaban junto a los que yacían en el suelo, y luego hizo señas a todos
para que abandonaran el salón. Él fue el último en salir y cerrar la puerta.
Una oleada de vértigo le sacudió. Los rostros se volvieron a
mirarle. Estaba pálido y perplejo, mareado y como sumido en una bruma
fantasmal. Sentía que la sangre que brotaba de sus heridas le resbalaba por las
extremidades, pero sabía que lo que debía hacer, tenía que hacerlo rápido o no
podría llevarlo a cabo.
La espada volvió a desenvainarse de su funda con un silbido.
-Brule, ¿estás ahí?
-¡Aquí estoy!
Brule le miró a través de la bruma, cerca de su hombro, pero su
voz pareció sonar a muchas leguas y eones de distancia.
-Recuerda tu juramento, Brule. Y ahora, que todos retrocedan.
Su brazo izquierdo abrió un espacio libre, al tiempo que
levantaba la espada. Y luego, con toda la potencia que le quedaba lanzó la
espada a través de la puerta, introduciendo la enorme hoja por la jamba,
hundiéndola allí hasta la empuñadura y sellando de ese modo aquella sala para
siempre.
Con las piernas muy abiertas, se dio media vuelta, como
borracho, para mirar a los horrorizados consejeros.
-Que esta sala sea doblemente maldita. Y que esos esqueletos se
pudran ahí para siempre como una muestra del poder moribundo de la serpiente.
Aquí mismo os juro que daré caza a los hombres serpiente de uno a otro confín
de mis territorios, de un mar a otro, sin darles ninguna tregua, hasta que
todos hayan sido muertos y se haya quebrantado el poder del infierno. Esto es
lo que os juro..., yo..., Kull, rey... de... Valusia.
Las piernas se le doblaron y los rostros vacilaron y giraron
ante él. Los consejeros se precipitaron para ayudarle, pero antes de que
pudieran hacerlo Kull cayó al suelo y quedó allí tendido, inmóvil, con el
rostro vuelto hacia arriba.
Los consejeros se arremolinaron alrededor del rey caído, sin
dejar de hablar y proferir gritos. Ka-nu los apartó a empellones, con los puños
apretados, sin dejar de maldecir ferozmente.
-¡Atrás, estúpidos! ¿Queréis arrebatarle la poca vida que aún
queda en él? ¿Está muerto o vivirá, Brule?- le preguntó al guerrero que ya se
había inclinado sobre el postrado Kull.
-¿Muerto? -replicó Brule con irritación-. No se acaba fácilmente
con la vida de un hombre como él. La falta de sueño y la pérdida de sangre le
han debilitado... ¡Por Valka! Ha recibido un montón de heridas, pero ninguna de
ellas es mortal. Que estos estúpidos balbuceantes traigan inmediatamente a las
mujeres de la corte. -Los ojos de Brule se encendieron con una mirada feroz
llena de orgullo-. ¡Por Valka! Os aseguro. Ka-nu, que no sabía que pudiera
existir un hombre como él en estos tiempos tan degenerados. Estará en
condiciones de montar a caballo dentro de pocos días y, entonces, que los
hombres serpiente del mundo se guarden de Kull, rey de Valusia. Pero por Valka
que eso será una cacería extraña. ¡Ah, ya imagino largos años de prosperidad
para el mundo con un rey como él sentado en el trono de Valusia!
3 - EL ALTAR Y EL ESCORPIÓN
-¡Dios de las sombras reptantes, concédeme tu ayuda!
Un joven delgado se hallaba arrodillado en la penumbra, con su
tembloroso cuerpo blanco como el marfil. El pulido suelo de mármol era frío
bajo sus rodillas, pero su corazón estaba aún más frío que la piedra.
Por encima de él, en lo alto, fundido con las enmascaradas
sombras, se cernía el gran techo de lapislázuli, sostenido por paredes de
mármol. Ante él relucía un altar dorado, y sobre éste refulgía una enorme
imagen de cristal: un escorpión, tallado con una habilidad que superaba al
arte.
-Gran escorpión -continuó el joven con su invocación-, ¡ayuda a
tu siervo! Tú sabes bien cómo en tiempos pasados Gonra el de la espada, mi gran
antepasado, murió ante tu altar, a manos de un puñado de bárbaros asesinos que
intentaban profanar tu santidad. A través de las bocas de tus sacerdotes,
prometiste ayuda a la raza de Gonra en todos los años futuros.
»¡Gran escorpión! jamás un hombre o mujer de mi sangre te ha
recordado antes tu promesa! Pero ahora, en mi hora de más amarga necesidad,
acudo ante ti y te conjuro para que recuerdes tu juramento, por la sangre
bebida por la espada de Gonra, por la sangre derramada de las venas de Gonra.
»¡Gran escorpión! Thuron, el sumo sacerdote de la sombra negra,
es mi enemigo. Kull, rey de Valusia, cabalga desde su ciudad de chapiteles
púrpura, para arrasar a fuego y acero a los sacerdotes que le han desafiado y
que siguen ofreciendo sacrificios humanos a los dioses antiguos de las sombras.
Pero antes de que el rey pueda llegar y salvarnos, yo y la mujer que amo
seremos colocados desnudos sobre el altar negro del templo de la oscuridad
eterna. ¡Thuron lo ha jurado! Entregará nuestros cuerpos a las antiguas y
horrendas abominaciones, y nuestras almas al dios que habita para siempre en
las sombras negras.
»Kull se sienta en el trono de Valusia y ahora acude en nuestra
ayuda, pero Thuron gobierna esta ciudad de las montañas y me persigue.
¡Ayúdanos, gran escorpión! Recuerda a Gonra, que entregó su vida por ti cuando
los salvajes atlantes llevaron la espada y la antorcha a Valusia.
La delgada figura del muchacho se postró. y la cabeza se hundió
sobre su pecho, en un gesto de desesperación. La gran imagen reluciente del
altar le devolvió un brillo helado bajo la débil luz, y no mostró ninguna señal
ante su devoto que indicara haber oído aquella invocación apasionada.
De repente, el joven se irguió, sobresaltado. Unos pasos rápidos
sonaron sobre los anchos escalones, en el exterior del templo. Una joven se
precipitó por la puerta envuelta en las sombras, como una llamarada blanca
soplada por el viento.
-¡Thuron... viene hacia aquí! -balbuceó, arrojándose en los
brazos de su amado.
El rostro del joven palideció y su abrazo se apretó alrededor de
la muchacha, al tiempo que miraba receloso hacia la puerta. Unos pasos, pesados
y siniestros, resonaron sobre los escalones de mármol y una figura amenazadora
apareció bajo el dintel.
Thuron, el sumo sacerdote, era un hombre alto y flaco, como un
gigante cadavérico. Sus ojos brillaban como feroces manchas, por debajo de las
pobladas cejas, y la delgada línea de su boca se abrió en una risa silenciosa.
La única vestimenta que llevaba era un taparrabos de seda, a través del cual se
había introducido una cruel daga curvada, y portaba un látigo corto y pesado en
su mano, delgada y poderosa.
Sus dos víctimas se aferraron la una a la otra, y miraron con
los ojos muy abiertos a su enemigo, como pájaros que miraran hipnotizados a una
serpiente. Y los movimientos lentos y ondulantes de Thuron al avanzar hacia
ellos no fueron muy distintos del sinuoso deslizamiento de una serpiente.
-¡Thuron, lleva cuidado! -exclamó el joven con valentía aunque
con voz vacilante, debilitada por el terror que se apoderaba de él-. Si no
temes al rey, ni tienes piedad por nosotros, no te atrevas a ofender al gran
escorpión, bajo cuya protección nos encontramos.
Thuron lanzó una risotada, poderoso y arrogante.
-¡El rey! -se mofó-. ¿Qué significa el rey para mí, cuando soy
más poderoso que cualquier rey? ¿El gran escorpión? ¡Jo, jo! Un dios olvidado,
una divinidad que ya sólo recuerdan los niños y las mujeres. ¿Te atreves a
oponer tu escorpión contra la sombra negra? ¡Estúpido! ¡Ahora ya no podría
salvarte ni el propio Valka, el dios de todos los dioses! Estás destinado a ser
sacrificado al dios de la sombra negra.
Avanzó hacia los acobardados jóvenes y los agarró por los
hombros, hundiendo en la carne blanda sus uñas, fuertes como garras. Trataron
de resistirse, pero él se echó a reír y, con una fortaleza increíble, los
levantó en el aire y los sostuvo así, con los brazos extendidos, como un hombre
podría balancear a un bebé. Sus risotadas chirriantes y metálicas llenaron la
estancia, arrancando ecos de maligna burla.
Sostuvo al joven entre las rodillas, al tiempo que ataba la mano
y el pie de la muchacha, que sollozaba bajo sus garras crueles. Luego, tras
dejarla despiadadamente en el suelo, ató del mismo modo al joven. Retrocedió
entonces, y contempló su obra. Los sollozos asustados de la muchacha resonaban
en el silencio, rápidos y jadeantes. Tras un momento de silencio, el sumo
sacerdote habló:
-¡Habéis sido unos estúpidos al pensar que podríais escapar de
mí! Los hombres de tu sangre siempre se me han enfrentado en el consejo y en la
corte. Ahora, tú vas a tener que pagar por ello, y la sombra negra beberá tu
sangre. ¡Jo, jo! Yo gobierno ahora la ciudad, sea quien fuere el rey.
»Mis sacerdotes pululan por las calles, armados hasta los
dientes, y ningún hombre se atreve a desafiarme. Si el rey pudiera montar a
caballo ahora mismo, no podría abrirse paso entre mis hombres y llegar a tiempo
para salvaros.
Sus ojos recorrieron el interior del templo y se posaron
finalmente sobre el altar dorado y el silencioso escorpión de cristal.
-¡Jo, jo! ¡Qué estúpidos sois al haber depositado vuestra fe en
un dios al que los hombres han dejado de adorar desde hace mucho tiempo! Un
dios que ni siquiera tiene un sacerdote que lo atienda, y al que sólo se le ha
permitido tener un santuario debido al recuerdo de su antigua grandeza. Un dios
al que sólo reverencian las gentes sencillas y las mujeres estúpidas.
»¡Los verdaderos dioses son oscuros y sangrientos! Recordad mis
palabras cuando os encontréis, muy pronto, sobre un altar de ébano, tras el
cual anida para siempre una sombra negra. Antes de morir, conoceréis a los
verdaderos dioses, a los dioses poderosos y terribles que llegaron procedentes
de mundos olvidados y de los ámbitos perdidos de la negrura. Dioses que
nacieron en las gélidas estrellas, y que habitan en soles negros, mucho más
allá de la luz de cualquier estrella. Conoceréis la terrible verdad del
innombrable. ante cuya realidad no se encuentra similitud terrenal alguna, pero
cuyo símbolo es la sombra negra.
La muchacha dejó de sollozar, helada, y guardó un aturdido
silencio, como el joven. Por detrás de aquellas amenazas ambos percibían un
foso horrible e inhumano de sombras monstruosas.
Thuron avanzó un paso hacia ellos, se inclinó y extendió las
manos como garras para apoderarse de ellos y levantarlos sobre sus hombros.
Lanzó una risotada cuando ellos trataron de retorcerse para alejarse de él. Sus
dedos se cerraron como garfios sobre el delicado hombro de la muchacha...
Un grito agudo conmocionó el silencio de cristal, convirtiéndolo
en añicos, al tiempo que Thuron daba un salto en el aire y caía de bruces al
suelo, retorciéndose y rechinando los dientes. Una pequeña criatura se alejó,
escurridiza, y desapareció por la puerta. Los gritos de Thuron se convirtieron
en un gemido que se interrumpió en su nota más alta. Luego, el silencio cayó
sobre ellos como una bruma mortal.
Finalmente, el joven habló en susurros, impresionado.
-¿Qué ha sido eso?
-Un escorpión -fue la respuesta de la muchacha, pronunciada en
voz baja y trémula-. Se arrastró sobre mi pecho desnudo, sin hacerme el menor
daño y, cuando Thuron me agarró, le picó.
Volvió a hacerse el silencio. Luego, el joven volvió a hablar,
con voz vacilante.
-No se ha visto en esta ciudad ningún escorpión desde hace más
tiempo del que pueden recordar los hombres.
-El gran escorpión llamó a éste para que acudiera en nuestra
ayuda -susurró la muchacha-. Los dioses nunca olvidan, y el gran escorpión ha
cumplido su juramento. ¡Demostrémosle nuestro agradecimiento!
Y atados como estaban, de pies y manos, los jóvenes amantes
volvieron los rostros desde donde estaban y alabaron al gran escorpión
silencioso y brillante que había sobre el altar. Permanecieron así durante
mucho rato, hasta que el distante sonido de muchos cascos plateados y el fragor
de las espadas les indicó la llegada del rey.
4-ABISMO NEGRO
1. Traición en Kamula
La mirada fría de Kull se nubló de perplejidad cuando el alto
guerrero bronceado irrumpió en sus aposentos privados donde él permanecía
ociosamente sentado, tomando vino de loto y contemplando desde la ventana de
palacio las nubes blancas que se deslizaban sobre el mar azulado del cielo. A
excepción del corto faldón de cuero, el guerrero iba tan desnudo como la larga
espada de hierro que sostenía en el puño cubierto de cicatrices, y su rostro
habitualmente impertérrito se hallaba cubierto ahora por una expresión de
furia. Kull lanzó un suspiro y dejó la copa de vino a un lado.
Había momentos en que hasta un rey tan guerrero como Kull
anhelaba algo de serenidad y de paz. Aquí, en Kamula, casi la había encontrado,
pues esta ciudad de ensueño, llena de edificios de mármol blanco como la nieve
y de lapislázuli, que se levantaba sobre lo alto de la montaña, era tan
indolente y lánguida como si perteneciera a un sueño. Los días pasados aquí se
habían visto llenos de alegrías placenteras y soñolientas, muy distintos de los
que pasaba en la capital del sur, donde se veía constantemente importunado por
conspiraciones y contraconspiraciones, por facciones e intrigas cortesanas de
todo tipo. Aquí, en el norte, en la ciudad de ensueño de Kamula, en medio de
las montañas verdes de Zalgara, todo era paz y placer..., pero ahora, ¿qué
ocurría ahora?
-¡Kull, quiero justicia! ¡Asesinato..., traición!
Kull volvió a emitir un suspiro. Conocía bien a estos salvajes
pictos que servían a Valusia como aliados y mercenarios; comprendía la oscura
furia que dormía en ellos, como duerme en todos aquellos que son verdaderos
bárbaros, como de hecho dormía dentro de su propio corazón, pues a pesar de ser
ahora rey de Valusia, Kull había nacido como un salvaje desnudo en la primitiva
Atlantis, más allá del continente, y en el fondo de su alma anidaba el bárbaro
rojo que era, a pesar de la superficie de la esplendorosa cultura valusa con la
que se había revestido desde entonces.
Sus ojos fríos, tan grises como el hielo glacial, estudiaron con
curiosidad el rostro del guerrero picto, que blandía su espada en lo alto, y
temblaba como poseído por una furia apasionada.
-Durante mil años, el pueblo de las islas ha permanecido como
aliado al lado de los hombres de Valusia -espetó el guerrero-. Ahora, en
cambio, mis propios hermanos de tribu se ven apartados de mi lado por asesinos
que permanecen escondidos y al acecho en medio de un palacio valuso.
Kull le miró asombrado, y se puso inmediatamente alerta.
-¿Qué estás diciendo, Brule? ¿Qué locura es ésta? ¿Hablas de uno
de mis guerreros? ¿Quién se ha apoderado de él?
- ¡Sólo Valka lo sabe! -bramó el picto-. En un momento estábamos
hablando juntos en la cámara. Grogar se apoyaba contra una de esas columnas de
mármol de color melocotón, me volví para decirle algo a Monartho y..., ¡zas!,
Grogar desapareció, se desvaneció en el aire, y sólo quedó en la estancia el
eco de su grito de terror.
Las cejas de Kull se unieron en una expresión pensativa y hosca.
-¿Alguna disputa entre él y sus camaradas...?
-¡Nada de eso, oh, mi señor! Grogar era querido por todos.
-¿Un esposo celoso?
-Grogar nunca miraba a las mujeres valusas, demasiado blandas y
lánguidas para él... Una o dos mujeronas gruesas y alegres de taberna, ésas
eran las que le gustaban, y esa clase de mujeres no tienen maridos. Y tampoco
podía soportar a estas mujeres de Kamula, tan sedosas y delicadas... ¡Bah!
Aquí, hasta los hombres huelen a perfume. Y estas gentes de Kamula odian a los
pictos. Lo sabemos. Lo vemos en la expresión de sus ojos cuando nos miran.
Kull emitió una risa bronca.
-¡Tú sueñas, Brule! Estas gentes son demasiado indolentes y
melindrosas como para odiar a nadie. Lo único que saben hacer es cantar, hacer
el amor, organizar fiestas, beber vino, componer versos. Supongo que no creerás
que tu gran y corpulento Grogar haya sido arrebatado por el gracioso poeta
Taligaro, por la delicada y pequeña bailarina Zareta o por el propio y
melindroso príncipe Mandara, ¿verdad?
Brule observó al rey con gesto hosco y los ojos azules
llameantes. Sabía que se estaba burlando de él. Bufó y escupió sobre el mármol
veteado de rosa.
-No sé quién es el asesino, ni cómo o por qué ha decidido
actuar, pero os digo esto, rey Kull, ¡llevad cuidado! Aquí, en esta lánguida
ciudad de Kamula, se esconde la traición negra, y el asesinato rojo.
2. ¡Acero rojo!
Avanzaron juntos por el paslo tortuoso. Kull, el rey, y Brule,
el asesino de la lanza, a quien el rey le había pedido que le mostrara el lugar
donde Grogar había desaparecido de modo tan misterioso. Brule marchaba delante,
indicándole el camino; cruzaron cámaras voluptuosas de las que colgaban tapices
dorados que descendían ondulantes sobre las paredes, anchos pasillos curvados
en cuyos nichos aparecían estatuas de alabastro y grandes urnas de jade llenas
de flores. El aire olía a incienso, procedente de los incensarios de plata
colgantes, y todo evidenciaba la existencia de una elevada cultura que se había
hecho relajada y blanda, degenerada y débil, y que parecía hallarse al borde de
la decadencia.
Aquellos dos hombres eran tan diferentes como pudieran serlo en
su aspecto exterior. Kull se erguía como una estatua heróica de aspecto
poderoso, de hombros anchos y pecho abultado, envuelto en una vistosa túnica de
brocado que refulgía en una cascada de escarlata y púrpura, con su capa
ondulante de tela plateada incrustada de hilo de oro, las gemas que despedían
destellos desde la sortija que llevaba en el dedo, el brazalete de oro, la
empuñadura y el cinto de la espada, y desde el delgado círculo de oro que le
rodeaba las sienes, donde unos grandes y lustrosos ópalos brillaban
lujosamente. De porte y semblante realmente regios, Kull se erguía tan recto
como el mango de una lanza, tan ágil como un tigre que fuera de caza, tan
impasible como un dios. Su cabello negro y cortado recto le caía sobre los
hombros. tan áspero y espeso como una melena leonina, y sus ojos ardían con la
frialdad del acero de una espada, tan brillantes y penetrantes como el hielo
claro.
Brule, el picto, era más delgado, menos corpulento, de mediana
estatura. Su fisico, de aspecto flexible, se hallaba moldeado con la elegante
simetría y la salvaje economía de medios de una pantera. Su piel era atezada,
bronceada por el sol, salpicada aquí y allá por las terribles cicatrices de
viejas batallas y guerras ya olvidadas. Ni una sola joya perturbaba el aspecto
de dignidad guerrera y espartana de este ser primitivo que despreciaba los
lujos de la corte; lo único que llevaba era el faldón corto de cuero negro y el
acero desnudo.
Diferentes, sí, y sin embargo iguales en su porte elegante y
felino, en su actitud alerta, en la majestuosidad natural de sus movimientos y
en aquella misma aura intangible de salvajismo primitivo que parecía rodear
tanto al guerrero semidesnudo como al rey cubierto de joyas.
-Estábamos en el salón de las joyas -gruñó el picto-. Grogar,
Monartho y yo. Acabábamos de terminar nuestra guardia y nos gastábamos bromas.
Grogar se apoyaba contra la columna, como ya os he dicho. Me volví para decirle
algo a Monartho y, al hacerlo, Grogar apoyó todo su peso contra la pared, y
entonces oí el grito de angustia que se escapó de sus labios. Me volví... y ya
no estaba. No pudimos ver más que un atisbo de negra oscuridad, como si una
boca gigantesca se hubiera abierto, y percibimos una bocanada de aire
maloliente, como procedente de un pozo lleno de osamentas podridas... Y
desapareció como si la pared hubiera cobrado vida y se lo hubiera tragado.
-Un panel deslizante -dijo Kull mirando a su alrededor con ojos
inquietos, receloso de encontrar la traición en cada sombra-. Alguna condenada
trampa que se ha abierto. Tuvo que haber tocado accidentalmente algún resorte y
la pared se abrió y se lo tragó.
-Quizá. O quizá hubiera un asesino oculto tras la pared. La
verdad es que pudimos ver bien poca cosa... Monartho desenvainó la espada y la
introdujo por la abertura, para que el panel no pudiera cerrarse por completo.
Apoyamos sobre ella todo el peso de nuestros cuerpos, pero no cedió ni un
ápice, así que le dejé allí, con la hoja introducida en la grieta, y corrí a
avisaros.
Entraron en la cámara denominada el salón de las joyas debido a
los murales incrustados de gemas que representaban una variada serie de escenas
de carácter amoroso en la vida de los héroes legendarios. Ahora se encontraban
en las estancias más profundas del palacto, y Kull miró a su alrededor,
extrañado. Esta estancia se había construido contra la roca sólida de la
montaña sobre la que se levantaba la ciudad de Kamula. ¿Cómo podía haber allí
un pasaje secreto?
-Justo en el momento en que se desvanecía y la pared se
cerraba, Monartho jura que oyó alguna clase de música que
procedía del abismo oscuro hacia el que Grogar se vio arrastrado. Ahí lo tenéis
ahora, con la oreja pegada a la grieta, tratando de escuchar algo. ¡Hola,
Monartho!
Kull frunció el cerio, inquieto. El alto guerrero que se
encontraba en la pared más alejada de la estancia no se volvió hacia ellos
cuando Brule le dirigió el saludo, ni hizo el menor gesto que indicara que se
hubiera dado cuenta de su presencia. Parecía estar limpiamente apoyado contra
el panel, con una mano sujeta a la empuñadura de la espada que sobresalía de la
grieta negra.
Kull se acercó al picto y le puso una mano impaciente sobre el
hombro. Al contacto de su mano, Monartho se derrumbó por completo sobre el
suelo de mármol. Sus ojos les miraron, helados y vacíos, sin vida. Del corazón
sobresalía la empuñadura de una pequeña daga dorada. Aturdido, Kull se inclinó
y extrajo el acero enrojecido de la carne del hombre muerto, que ya se
enfriaba. Brule lanzó un juramento.
-¡Por Valka! ¡También lo han asesinado a él! He sido un estúpido
al dejarle solo. El capitán de mis arqueros a caballo, y mi mejor lanzador de
jabalina..., ¡muertos! Juro que encontraré a la serpiente que ha hecho esto,
muerta o viva. Juro que la encontraré, aunque tenga que destrozar todo Kamula y
no dejar piedra sobre piedra. ¡Por Valka! ¡Entregaré esta condenada ciudad a
las llamas y las apagaré después con la sangre de sus habitantes!
3. La flauta del demonio
La hendedura recorría la pared como una barra de sombra. Kull se
inclinó para examinarla. La empuñadura de la espada de Monartho sobresalía,
sostenida por el peso de la piedra deslizante.
-Mira, Brule, alguien tiene que haber atacado a tu amigo con la
daga a través de esta raja, desde el otro lado. Esa hoja es lo bastante
estrecha y delgada para pasar por donde la espada no pudo. Me pregunto qué
habrá al otro lado de esta pared...
-Locura y muerte -contestó Brule, ceñudo-. La muerte de dos
buenos hombres, que vivieron, lucharon y murieron al servicio de Valusia.
-Es posible que Grogar todavía esté con vida-dijo Kull
Miró a través de la grieta, pero no pudo ver nada. La negrura
del otro lado era intensa, casi palpable. Y desde aquella raja de oscuridad
casi material llegó hasta él un maloliente olor fétido, como de cadáveres en
putrefacción. La oscuridad parecía latir, como si fuera algo vivo y sensible.
Brule desvariaba, sin dejar de pronunciar feroces juramentos,
pero Kull le sujetó por el brazo y le ordenó que guardara silencio. Se
inclinaron juntos, forzando el oído junto a la abertura. Desde el otro lado de
la pared llegó hasta ellos una música débil y lejana, como un gemido tenue y
escalofriante, una música extraña y misteriosa que se elevaba y descendía como
el eco de una risa demoniaca. ¿Qué flauta espectral se ocultaba más allá de
aquella puerta misteriosa, en la negrura viva?
Kull casi sis estremeció ante aquella melodía horrible que
parecía agarrarse a su cordura, tratando de arrancársela. Había odio en aquella
música, una burla enloquecida llena de odio y vileza, más de lo que cualquier
obscenidad humana pudiera imaginar. Todo el veneno de mil años de odio humano
se hallaba concentrado en aquel escalofriante hilillo de música. De repente,
Kull echó otro vistazo al rostro del guerrero muerto tendido a sus pies.
¡Sí! La expresión grabada en aquellos rasgos de la muerte era de
horror y sorpresa, y también de dolor, pero había algo más en la expresión del
cadáver, congelado en una expresión de... escucha.
La música demoniaca hizo que la piel le hormigueara. Hasta el
inexorable Brule se puso pálido de náuseas cuando el sonido dee la flauta
demoniaca se filtró por la abertura.
-Parece la clase de música a cuyo sonido bailan los muertos en
los suelos escarlata del infierno -dijo con un estremecimiento incontenible.
Kull se encogió de hombros y empujó la pared de mármol de color
melocotón, que no se movió. Apoyó el hombro contra la pared y empujó. Unos
poderosos haces de músculos se abultaron en su cuello y le recorrieron la
espalda y el pecho como sinuosas serpientes, por debajo de los ropajes de
brocado. Era como tratar de empujar un acantilado de granito puro. Brule añadió
su propia fortaleza a sus intentos, pero tampoco eso sirvió de nada. Enojado
ahora, Kull se quitó los lujosos ropajes, dejando al descubierto un torso
poderoso que brilló como el bronce aceitado bajo la luz del sol.
Sujetó la empuñadura de la espada de Monartho y trató de hacerla
servir como palanca, pero tampoco logró nada. Entonces, empezó a tantear con
las manos a lo largo de la pared, junto a la columna contigua, en busca del
resorte oculto con el que sin duda tuvo que haberse tropezado Grogar. De
repente, oyó un clic metálico ahogado por la pared de piedra y el panel se
apartó a un lado al deslizarse con suavidad y girar sobre un dispositivo de
ruedas.
Un abismo negro se abrió ante ellos como la boca de un pozo que
condujera al infierno de los mitos más oscuros. Desde el interior de aquella
boca negra surgió una bocanada de aire nauseabundo y húmedo, cargado con un
olor fétido indescriptible. Y la horrible flauta pareció sonar entonces con más
fuerza, más cercana y misteriosa. Su sonido espectral arrancó un escalofrío
glacial de la espalda de Kull. Toda su recia masculinidad se rebeló con
repugnancia ante la infame y obscena alegría que se percibía en la música del
misterioso flautista demoniaco.
Brule colocó un jarrón de bronce en la abertura, para que la
puerta secreta no pudiera cerrarse.
-¿Qué hacemos, Kull? -preguntó-. ¿Queréis que vaya a buscar más
hombres?
El rey negó con un gesto de la cabeza, haciendo oscilar la
melena negra de un lado a otro.
-No podemos hacer eso, Brule. Mientras perdemos el tiempo aquí,
Grogar podría estar enfrentándose a..., ¡sólo Valka sabe a qué!
Brule sonrió con una mueca felina y los dientes blancos
llamearon en su rostro bronceado.
-Bien, de todos modos, ¿para qué necesitamos a los demás? Nos
bastamos vos y yo, oh, rey, juntos y con las espadas en la mano.
Kull asintió con un gesto y sus ojos furiosos trataron de
atravesar la negrura. Avanzó un paso hacia aquella oscuridad desconocida.
-¡Vamos!
4 En el abismo negro
Brule sólo se retrasó el tiempo que necesitó para tomar una
antorcha resinosa del aro que la sostenía en la pared. La encendió con los
carbones de uno de los incensarios de plata y luego se lanzó hacia la boca
oscura de la puerta, tras los talones de Kull.
Se encontraron sobre una estrecha plataforma de piedra sólida.
Por debajo, un abismo negro parecía caer y caer, como si descendiera hacia lo
más profundo de las entrañas de la tierra. Unos escalones de piedra descendían
en espiral hacia la garganta de aquel pozo negro. Desde las profundidades
desconocidas del fondo llegaba hasta ellos un aire frío y nauseabundo, portando
en sus alas invisibles aquella misteriosa melodía. El rey y el guerrero
iniciaron el descenso de los escalones de piedra en espiral, moviéndose con una
silenciosa cautela.
La escalera era vieja, muy vieja. Los pies de muchas
generaciones habían desgastado la piedra durante siglos. Un limo pálido se
aferraba a la piedra húmeda y resbaladiza de los escalones, por debajo de sus
pies. Continuaron su descenso hacia la oscuridad, paso a paso, con la antorcha
lanzando destellos de luz anaranjada que arrojaban una luz oscilante y engañosa
ante ellos. Las sombras bailoteaban y brincaban contra la pared de basta piedra
húmeda.
De vez en cuando, burdamente tallados en la pared, aparecían
petroglifos monstruosos, vagamente blasfemos, misteriosamente extraños, que les
producían escalofríos en la espalda. Era como si las manos que los hubiesen
cincelado fueran tan alienígenas e inhumanas como las mentes en cuyas
corrompidas profundidades se concibieron aquellos símbolos monstruosos. Brule
se detuvo un instante para estudiar los signos tallados en la piedra, acercando
a ellos la luz de la antorcha. Al hacerlo, contuvo una maldición, y lanzó un
gruñido de sorpresa.
-¡Kull, mirad! ¿Conocéis estos glifos? -El rey los examinó, pero
eran enigmas desconocidos para él. Sacudió la cabeza-. Yo sí que los he visto
antes, o algo similar -musitó el asesino de la lanza-. Muy lejos de aquí, al
occidente, en las viejas ciudades serpiente que se desmoronan entre las ruinas,
en medio de los desiertos de Camoonia. Son los pentáculos de una oscura e
innombrable brujería que creía desaparecida desde hacía tiempo de los lugares
frecuentados por los hombres. Pero parece que aquí todavía pervive un horrible
culto de los tiempos antiguos. El culto de...
Su voz se interrumpió bruscamente cuando Kull le sujetó por el
brazo con la garra de hierro de su mano. El rey estaba tenso, sus ojos
despedían frías llamaradas grises al tiempo que intentaba penetrar las oscuras
profundidades de allá abajo.
-¡Escucha! ¿Qué ha sido eso?
El fantasmal ulular se había elevado en un crescendo de frenesí
demoniaco, como un sonido chirriante y agudo que parecía querer desgarrar los
nervios, como si los dedos dotados de garras de un arpista enloquecido pudieran
rasgar y romper las cuerdas de su instrumento. Y en lo más alto de este sonido
agudo percibieron un grito fantasmal que les heló la sangre.
-¡Por Valka! -balbuceó Brule, aunque su exclamación fue casi más
una oración.
Tenía los ojos encendidos y blancos bajo la luz de la antorch.
El grito murió, convertido en un gorgoteo, ahogado por las
flemas, como si hubiera sido estrangulado por una mano implacable. A ello
siguió un silencio mortal mientras los ecos reverberaban por todo el pozo, y
producían un torrente de ecos que lo engulló todo. El sonido de aquel grito
hizo que se les helara la sangre en las venas. Era el último grito, lleno de
desesperación, de un alma arrastrada hacia el borde definitivo del terror y la
locura. Jamás habría imaginado Kull que de unos labios humanos pudiera surgir
tal nota de angustia y pánico impotente. Apretó las mandíbulas y su poderosa
mano aferró la empuñadura de la espada con una furia que le puso los nudillos
blancos.
-¡Vamos! -gruñó.
Y continuó el descenso por los escalones cubiertos de limo
resbaladizo.
5. La cosa sobre el altar
Finalmente, la escalera de caracol terminó en un suelo uniforme
de piedra humedecida sumida en una negrura helada. El oscilante resplandor
anaranjado de la antorcha reveló una doble hilera de columnas toscamente
labradas que se extendían por la oscura caverna como una poderosa sala
hipóstila de un templo oscuro de los dioses antiguos. Con las espadas
empuñadas, los dos hombres descendieron con rapidez hacia esta nave de
columnas, tan vastas y poderosas como los árboles más rectos y titánicos. Unos
rostros monstruosos les contemplaban, profundamente tallados en las oscuras
piedras erectas. No eran rostros humanos, observó Kull con aire ceñudo. Pero no
se detuvo por ello.
Al final, la nave de columnas se abría a un enorme anillo de
piedras erectas. En el centro había un altar de cristal negro; un cubo
gigantesco de obsidiana resplandeciente. A cada uno de los lados, unas llamas
azuladas gemelas parpadeaban en anchas urnas de latón, ardiendo en la oscuridad
como los ojos encendidos de una bestia gigantesca e inimaginable.
Brule se agarró al brazo desnudo de Kull, haciendo esfuerzos por
reprimir una exclamación.
Agazapado sobre los escalones que conducían al altar, desnudo
como un niño, había un hombre sentado que tocaba una flauta. La cacofonía
ululante y demoniaca de su enloquecedora melodía se elevaba, insoportablemente
fuerte, batiendo el cerebro como martillos amortiguados que golpearan
implacables la misma ciudadela de la razón. Kull emitió un gruñido desde lo más
profundo de su garganta y vio, claramente revelado, el rostro del hombre. El
flautista echó la cabeza hacia atrás, extasiado, al tiempo que elevaba el
sonido de su canción demoniaca.
¡Era el poeta Taligaro!
Taligaro, el poeta consentido, sedoso y lánguido, cuyas rimas
melindrosas hacían el furor de toda esta metrópoli de ensueño; Taligaro, el
tímido y afectado poeta..., encogido ahora como un animal, desnudo, cubierto de
sudor, tocaba la flauta como un bacante enloquecido, postrado servilmente ante
un altar pagano.
Entonces aparecieron los otros fieles, que se deslizaron en
grupos de dos y tres, surgiendo de entre las columnas. Iban envueltos en capas
de terciopelo negro, con las cabezas encapuchadas. Pero cuando la melodía
enloquecedora se elevó en un atropellado frenesí, se quitaron las capas y
empezaron a postrarse ante el reluciente cubo de cristal, del color del ébano.
Kull apenas si pudo contener un juramento, poseído por una rabia
irracional. Allí estaban los nobles y señores de Kamula, hombres y mujeres con
los que había participado en fiestas, con los que había conversado durante su
prolongada estancia indolente en esta ciudad levantada sobre las montañas. Allí
estaba el gordo Ergon, barón de la costa septentrional, moviéndose como un sapo
desnudo, haciendo oscilar obscenamente su gruesa panza. Y allí estaba también
Nargol, el vástago de una casa antigua y honrosa, completamente desnudo a la
luz de las llamas gemelas de zafiro. ¡Nargol, que siempre era tan rígido y
aristocrático!
A Kull le relampaguearon los ojos como si fuera un tigre de la
jungla. Por detrás de su dorada máscara de languidez florida, la ciudad de
Kamula se hallaba corrompida hasta lo más profundo de sus entrañas.
Una mujer desnuda irrumpió a través del cfrculo de fieles
grotescamente inclinados. Delgada y de proporciones encantadoras, como una
muñeca, su cuerpo esbelto pareció como la hoja afilada de una espada de plata.
El cabello suelto le flotó a la espalda, como un estandarte ondulante de seda
negra. Sus ojos relampaguearon lo mismo que negras joyas húmedas. Empezó a
bailar ante el altar, y a Kull la sangre le hirvió en las venas mientras
observaba; los brazos blancos de la joven trazaron en el aire redes de atractivo
encanto; su boca roja era suave, invitadora y húmeda cual fruta madura; sus
pechos virginales oscilaron, jadeantes de pasión, como rosas blancas sacudidas
por la violencia de un viento negro.
¡Era Zareta, la bailarina! Apenas el día anterior había bailado
ante el rey, en la fiesta del príncipe. Ahora, en cambio, se ondulaba con
pagano abandono ante el escuálido altar de algún horrible dios-demonio. Kull
sintió que aumentaba su furia.
Y fue entonces cuando vio lo que había sobre el altar negro.
Era Grogar, que yacía espatarrado, sujeto por argollas de hierro
en los tobillos y las muñecas. Su cuerpo desnudo brillaba de humedad a causa de
cientos de diminutos cortes que salpicaban su figura broncínea con el cálido
líquido goteante de la sangre. Tenía el rostro vuelto hacia Kull, y cuando el
rey contempló aquellos ojos de mirada fija y vacía, aquella mandíbula caída que
dejaba abierta la boca, se dio cuenta, por la contractura de los labios, de
dónde había surgido aquel grito horrible y agonizante, lleno de desesperación,
que habían oído mientras bajaban por la escalera de piedra, después de haber
tenido que soportar tormentos increíbles. Y aquella cosa desnuda y salpicada de
sangre farfullaba estúpidamente y se deslizaba lentamente sobre el altar negro,
como la esencia del condenado culebreo que se deslizara sobre los suelos al
rojo vivo del propio infierno.
6 El gusano demonio
¡Dos ojos llamearon! Kull se puso rígido, y un sudor frío brotó
en diminutas gotas sobre su torso desnudo. Desde lo alto del altar, brillaron
dos esferas gemelas dotadas de una llama verde pálida..., ¡y se movieron!
La aguda y chirriante melodía de la flauta se elevó aún más,
como si tratara de atraer algo. los bailarines se entregaron a una serie de
movimientos salvajes, con los brazos levantados y las cabezas echadas hacia
atrás. Y la delgada llamarada encendida que era Zareta osciló de un lado a otro
con una lánguida voluptuosidad. Aquel rito horripilante estaba a punto de
alcanzar su momento cumbre.
Lentamente, con una ondulación que se hinchaba y se enroscaba
sobre sí misma, el gigantesco gusano descendió, deslizándose por la piedra
tosca de la más alta de las columnas. Nadie podría %aher de qué grieta
desconocida había podido surgir, pero la música y el movimiento frenético de
los bailarines le habían hecho salir de su morada tenebrosa.
La brillante babosa negra, de treinta metros de longitud, era
como un deslizante río de légamo gélido. Dos ojos como discos brillaban
suavemente por encima de la mandíbula abierta, de la que babeaba un líquido
corrompido y nauseabundo. Aquella cosa deslizante se dirigía lentamente hacia
el altar.
Estremecido hasta lo más profundo dc su alma, Kull se preguntó
cuántos miles de veces, en las largas eras del pasado, se habría arrastrado
esta pesadilla putrefacta fuera de su hedionda guarida para descender hacia el
altar negro con la intención de... alimentarse.
No necesitó oír la apresurada y susurrada explicación de Brule
para saber lo que era aquello. Los antiguos símbolos grabados en las paredes de
roca del abismo no eran tan extraños para el rey, pues incluso en la lejana y
salvaje Atlantis había oído pronunciar en voz baja aquel nombre terrible:
¡Zogthuu! Zogthuu, el que se desliza en la noche, el espantoso e inmortal dios
gusano cuyo culto habían exterminado los primeros valusos con la antorcha y el
hacha, la repugnante monstruosidad cuyo nombre había sido una leyenda de terror
durante tres veces diez mil años..., ¡y que ahora aparecía vivo, en los negros
abismos existentes bajo Kamula!
El maligno gusano, como un río fétido de aceite negro, se cernió
sobre el altar, contemplando con los ojos semicerrados al picto desnudo. A
pesar de su locura, Grogar vio y supo cuál sería el horror definitivo destinado
a convertirse en su fin. Lanzó un grito terrible capaz de encoger el alma, que
tuvo que haberle desgarrado el cuello...
¡Kull se lanzó entonces como un tigre enfurecido!
El salvaje rojo que había en él despertó en su pecho. Una furia
incontenible se apoderó de él como una maldición carmesí, nubló su visión ya
brumosa e hizo acudir a sus labios contraídos un gruñido de rabia bestial.
Saltó como una pantera y se plantó en medio de los serviles bailarines
postrados a su alrededor, con la poderosa espada desenvaInada. Los fieles se
lanzaron sobre él, pero su acero relampagueó a derecha e izquierda. una y otra
vez, y los hombres cayeron hacia atrás, agarrándose los muñones de los que
brotaba la sangre allí donde antes había habido manos.
Saltó hacia el pie del altar, donde Taligaro, con ojos de loco,
le miró inexpresivamente. El frío acero cruzó el aire, como un relámpago, y su
llamarada glacial se hundió en el pútrido corazón del poeta. La flauta
demoniaca cayó de aquellos dedos que la sostenían débilmente, sin nervio.
Luego, se montó a horcajadas en lo alto del altar, situándose
entre el impotente picto y la cabeza oscilante del gusano endiablado. Aquellos
ojos relucientes e inhumanos le miraron, con una llamarada de un jade
fosforescente de brillante intensidad. Kull devolvió la mirada, atravesando la
penumbra que lo envolvía, mirando hacia las profundidades, hacia la misma alma
de Zogthuu. Y allí, en lo más profundo de los ojos del monstruoso gusano, Kull
vio algo que despertó un terror primigenio y petrificante en su propia alma, un
terror como jamás había experimentado ningún otro hombre mortal; su carne se
quedó paralizada, como si se encontrara sometido de pronto al soplido de un
poderoso viento helado surgido de las profundidades de pesadilla del abismo
negro de los infiernos cósmicos, situados más allá del espacio y del tiempo.
Porque allí dentro, en los ardientes ojos del gusano monstruoso,
brillaba una espantosa inteligencia, fría, solitaria y torturada más allá de
todo tormento que pudiera imaginarse.
Una bilis agria se elevó, nauseabunda, en la garganta de Kull.
Porque en aquella repugnante longitud de baba gelatinosa anidaba una mente
pensante, consciente y horriblemente sensible.
Encerrar un cerebro vivo en la prisión fétida de esta cosa
fantasmal constituía una idea que sobrepasaba los efectos de diez mil
infiernos. A este castigo eterno e inmortal habían condenado los dioses
supremos a uno de los suyos, que debía de haber cometido algún crimen
innombrable cuya maldad sobrepasaba toda imaginación humana.
Kull golpeó como un hombre enloquecido. El brillante acero silbó
y se hundió en la masa gelatinosa, que no le ofreció ninguna resistencia. Un
enorme trozo de materia fétida se desprendió y cayó al suelo de piedra con un
ruido sordo. Pero Zogthuu no pareció sentir nada; su palpitante carne ameboide
no ofreció la menor resistencia al acero de Kull. Los mandobles, propinados uno
tras otro como un martillo pilón, atravesaban al gusano demoniaco sin causarle
daño alguno.
La petrificada tristeza que anidaba para siempre en aquellos
ojos terribles e inteligentes no desapareció con ningún parpadeo de dolor. El
reluciente y baboso cuerpo siguió deslizándose sobre el altar, y las mandíbulas
babeantes y sin colmillos se abrieron, en busca de la carne de Kull.
Paso a paso, el rey se vio obligado a retroceder, hasta que sus
hombros desnudos rozaron la superficie caliente de la alta urna de latón donde
bailoteaban unas llamas azuladas. Un momento más, y el gusano estaría sobre él.
Kull sabía que no podía rechazar aquella cosa deslizante que avanzaba
implacable. Tampoco podía ayudarle Brule, pues en alguna parte, a su espalda,
percibió el ruido de la lucha del guerrero picto, que mantenía a raya a la
horda de fieles enloquecidos. ¡Su mente buscó desesperadamente una salida!
7. La muerte azul
Zogthuu continuó fluyendo hacia él como un río legamoso de
aceite negro y entonces, de repente, un brillo de inspiración surgió en los
ojos de Kull. Se volvió hacia un lado, en el momento en que el gusano demoniaco
se lanzaba hacia adelante como una cobra. Agarró con las dos manos la urna de
latón y la sacudió. desprendiéndola del pedestal e inclinándola sobre aquella
cosa negra y reptante. La urna cayó de lleno sobre el lomo de Zogthuu.
El aceite se derramó de la pesada urna, empapando los ondulantes
anillos negros de la bestia, y un instante después la llama siguió el rastro
brillante del aceite derramado... ¡y Zogthuu se incendió como una gigantesca
antorcha viviente!
Una llamarada azul envolvió toda la longitud retorcida de su
cuerpo, de un extremo al otro, con llamas que chamuscaban y abrasaban como mil
hierros de tortura al rojo vivo. Y ahora sí, ahora un dolor enloquecido
apareció en los ojos relucientes del gusano. Durante todos los eones de
pesadilla de su existencia eterna, Zoghtuu quizá no había experimentado nunca
la furia acuciante de ningún dolor, a excepción del tormento interior de su
alma, encerrada en la repugnante prisión de un cuerpo inimaginablemente asqueroso.
Ahora, un agudo dolor rojo llameó en sus grandes ojos, y las mandíbulas, sin
colmillos ni lengua, se abrieron en un grito silencioso.
El aceite había empapado profundamente la carne esponjosa y
gelatinosa. Al cabo de pocos instantes, el enorme gusano no era más que una
masa de fluido ardiente, que inundaba el estrado, formando un enorme charco
pútrido de légamo ardiente. Kull saltó como un resorte hacia donde se
encontraba Brule, jadeante, rodeado por el montón de cuerpos ensangrentados de
los fieles muertos.
-Ninguna esperanza queda para Grogar -gimió Brule-.Ese perro de
Nargol me arrojó una daga, me agaché para esquivarla y la hoja se hundió en la
garganta de Grogar.
-Que Valka acoja el espíritu del pobre diablo -dijo Kull,
ceñudo-. Pero es mejor así. De haber vivido no habría sido más que un loco de
atar. En cambio, una muerte limpia causada por una hoja de acero...
-¡Sí! ¡Es la muerte de un guerrero!
Kull señaló hacia la distante escalera.
-Salgamos de este pozo maldito antes de que nos asemos.
Mientras subían la escalera de caracol, la mente de Kull
continuaba viéndose acosada por aquella cosa que había visto en los ojos
moribundos de Zogthuu, apenas un instante antes de que el monstruo se
desintegrara en una confusa mezcolanza de légamo hirviente.
Se preguntó si acaso aquella inteligencia torturada y triste que
había existido durante eones incontables por detrás de aquellos ojos
brillantes, dentro de su cuerpo pútrido de gusano, le había dirigido una última
e inconmovible mirada de patética gratitud por haberle liberado, al fin, de su
nauseabunda prisión, permitiéndole entrar así en la noche eterna de la muerte.
Quizá...
Por encima de ellos, a través de la puerta que todavía
permanecía parcialmente abierta, se introducía el aire fresco y limpio del
mundo superior, y la luz brillante del sol que alumbraba un mundo donde,
seguramente, jamás podrían existir los horrores que habían presenciado allá
abajo.
5 -LA GATA DE DELCARDES
En compañía de Tu, primer consejero del trono, el rey Kull
acudió a ver a la gata parlante de Delcardes, pues aunque un gato pueda mirar a
un rey, no a todos los reyes les es dado ver a una gata como la de Delcardes.
Así, Kull se olvidó de las amenazas de Thulsa Doom, el nigromante, y acudió a
ver a Delcardes.
Kull se mostraba escéptico, y Tu era cauteloso y se mostraba
receloso sin saber por qué, pero años de contraconspiraciones e intrigas le
habían agriado el ánimo. Juraba obstinadamente que una gata parlante no era
sino un fraude, una estafa y un engaño, y afirmaba que si una cosa así existía
de verdad, ello sería un insulto directo a los dioses, pues éstos habían
dispuesto que sólo el hombre tuviera el poder de la palabra.
Pero Kull sabía que en los tiempos antiguos las bestias habían
hablado con los hombres, pues había oído contar las leyendas, transmitidas de
una generación a otra por sus antepasados bárbaros. Así, aunque escéptico, su
mente se hallaba abierta a la convicción.
Delcardes avudó a aumentar esa convicción. La dama se hallaba
tendida con una sutil naturalidad sobre su diván de seda, como un gran y
hermoso felino, y miró a Kull desde debajo de unas pestañas largas y curvadas,
que proporcionaban un encanto inimaginable a sus ojos estrechos, atractivamente
rasgados.
Tenía unos labios llenos y rojos, habitualmente curvados, como
ahora, en una débil sonrisa enigmática. Su vestimenta de seda y sus ornamentos
de oro y piedras preciosas ocultaban poco de su gloriosa figura.
Pero a Kull no le interesaban las mujeres. Gobernaba Valusia,
cierto, pero aparte de eso seguía siendo un atlante y un salvaje a los ojos de
sus súbditos. La guerra y la conquista atraían toda su atención, junto con la
tarea de mantener los pies firmemente asentados sobre el siempre tambaleante
trono de un imperio antiguo, y la de aprender las costumbres y la forma de
pensar del pueblo que gobernaba.
Para Kull, Delcardes era una figura misteriosa, como una reina
atractiva, pero rodeada por un halo de sabiduría antigua y de magia femenina.
Para Tu, en cambio, no era más que una mujer y. en consecuencia,
fundamento latente de la intriga y el peligro.
Para Ka-nu, el embajador picto y más estrecho consejero de Kull,
era como una niña ávida, que hacía ostentación de sus actitudes, pero Ka-nu no
estaba presente cuando Kull acudió a ver a la gata parlante.
La gata se hallaba repantingada sobre un cojín de seda, en un
pequeño diván propio, y observó al rey con ojos inescrutables. Se llamaba
Saremes, y disponía de un esclavo, situado tras ella, dispuesto a satisfacer
sus menores deseos; se trataba de un hombre larguirucho, que mantenía oculta la
parte inferior de su rostro bajo un tenue velo que le caía hasta el pecho.
-Rey Kull -dijo Delcardes-. Debo pediros un favor antes de que
Saremes empiece a hablar, ya que entonces deberé permanecer en silencio.
-Puedes hablar -dijo Kull.
La mujer sonrió ávidamente y entrelazó las manos.
-Os ruego que me permitáis casarme con Kulra Thoom de Zarfhaana.
Tu intervino antes de que Kull pudiera hablar.
-Mi señor, este tema ya ha sido largamente discutido antes. Ya
me imaginaba yo que habría algún propósito oculto al pediros esta visita. Esta
mujer tiene sangre real en sus venas, y va en contra de las costumbres de
Valusia el permitir que las mujeres de sangre real se casen con extranjeros de
rango inferior.
-Pero el rey puede dictaminar otra cosa si así lo desea -replicó
Delcardes.
-Mi señor -dijo Tu, que movía las manos como alguien que se
encuentra en las últimas fases de la irritación nerviosa-, si se le permite
casarse de ese modo, probablemente eso será causa de guerra, rebelión y
discordia durante los cien próximos años.
Pareció dispuesto a lanzarse a una disertación sobre el rango,
la genealogía y la historia, pero Kull le interrumpió, agotada ya su breve
reserva de paciencia.
-¡Por Valka y Hotath! ¿Acaso soy una anciana o un sacerdote para
que se me importune con tales asuntos? Arregladlo entre vosotros y no me
irritéis más con cuestiones matrimoniales. ¡Por Valka! En Atlantis, los hombres
y las mujeres se casan con quienes les place, y con nadie más.
Delcardes puso mala cara y le dirigió un mohín a Tu, que se
encogió; luego, sonrió encantadoramente y se volvió sobre el diván, con un
movimiento ágil.
-Hablad con Saremes, Kull, antes de que sienta celos de mí.
-Kull miró a la gata con desconcierto. Tenía un pelaje largo, sedoso y gris, y
unos ojos rasgados y misteriosos-. Parece muy joven, Kull, pero en realidad es
muy vieja -dijo Delcardes-. Es una gata de la vieja raza, que vivían hasta los
mil años. Preguntadle su edad, Kull.
-¿Cuántos años has visto, Saremes? -preguntó Kull, distraído.
-Valusia aún era joven cuando yo ya era vieja -contestó la gata
con una voz clara aunque curiosamente timbrada.
Kull se sobresalió violentamente.
-¡Por Valka y Hotath! -exclamó-. ¡Pero si habla!
Delcardes se echó a reír suavemente, regocijada, pero la
expresión de la gata no se alteró.
-Hablo, pienso, sé y soy -añadió la gata-. He sido aliada de
reinas y consejera de reyes desde mucho antes de que las playas blancas de
Atlantis conocieran vuestros pies, rey de Valusia. Vi a los antepasados valusos
cabalgar hacia el extremo más oriental para aplastar a los de la vieja raza, y
ya estaba aquí cuando los de la vieja raza surgieron de los océanos, hace
tantos eones que la mente del hombre se aturde al tratar de medirlos. Soy más
vieja que Thulsa Doom, a quien pocos hombres han visto. He visto surgir los
imperios y desmoronarse los reinos, a los reyes cabalgar en sus corceles y
salir de sus guaridas. He sido una divinidad en mis tiempos, y extraños fueron
los neófitos que se inclinaron ante mí, y terribles los ritos que se
practicaron en mi honor. He sido respetada por seres exaltados de mi misma
clase, seres tan extraños como sus hazañas.
-¿Puedes leer en las estrellas y predecir el futuro? -preguntó
Kull, cuya mente de bárbaro se abalanzó de inmediato sobre ideas materiales y
prácticas.
-En efecto, los libros del pasado y del futuro están abiertos
ante mí, y le digo al hombre lo que es bueno que éste sepa.
-En tal caso -dijo Kull-, dime dónde he guardado la carta
secreta que Ka-nu me envió ayer y que ya no encuentro.
-La guardasteis en el fondo de la funda de vuestra daga, y la
olvidasteis de inmediato -contestó la gata.
Kull se sobresaltó, extrajo la daga y sacudió la funda, de la
que cayó una delgada tira de pergamino.
-¡Por Valka y Hotath! -exclamó-. Saremes, ¡eres la bruja de los
gatos! ¡Observa esto, Tu!
Pero Tu mantenía los labios apretados, formando una línea de
expresión desaprobadora, y miró tenebrosamente a Delcardes. Ella le devolvió la
mirada sin vacilar y el consejero se volvió a Kull, con irritación.
-¡Reflexionad, mi señor! Esto no es más que alguna clase de
farsa ridícula.
-Tu, nadie me vio guardar esta carta aquí, pues hasta yo mismo
lo había olvidado.
-Mi señor, cualquier espía habría podido...
-¿Espía? No seas más estúpido de lo que ya eres, Tu. ¿Acaso
crees que una gata puede enviar espías para que vean dónde oculto una carta?
Tu emitió un suspiro. A medida que se iba haciendo más viejo,
cada vez le resultaba más difícil contener las demostraciones de exasperación
ante los reyes.
-Pensad, mi señor, en los humanos que puede haber detrás de la
gata.
-Mi señor Tu -intervino Delcardes con un tono de suave
reproche-, vuestras palabras me avergüenzan y ofenden a Saremes.
Kull se sintió vagamente enojado con Tu.
-La gata, al menos, habla -le dijo a Tu-. Eso no puedes negarlo.
-Tiene que haber algún truco -sostuvo Tu con obstinación-. El
hombre habla. las bestias no pueden.
-Las cosas no son así -dijo Kull, convencido de la realidad de
la gata parlante, ávido por demostrar que tenía razón-. Un león le habló a
Kambra, y los pájaros han hablado con los ancianos de la tribu de la montaña
del mar, diciéndoles dónde se ocultaba la caza. Nadie niega que las bestias
puedan hablar entre ellas. Más de una noche me he deslizado por las faldas de
las montañas cubiertas por los bosques, o he salido a las praderas cubiertas de
hierba, y he oído a los tigres rugirse los unos a los otros, bajo la luz de las
estrellas. Si eso es así, ¿por qué no habrían podido aprender algunas bestias a
hablar con el hombre? Hubo un tiempo en que casi podía comprender los rugidos
de los tigres. El tigre es mi tótem, y es tabú para mí, como no sea en caso de autodefensa
-añadió, sin darle importancia.
Tu se sintió violento. Que este jefe salvaje hablara de tótem y
tabú estaba muy bien, pero le irritaba extremadamente oír tales observaciones
de labios del rey de Valusia.
-Mi señor, una gata no es un tigre -dijo.
-Eso es muy cierto -admitió Kull-. Y ésta es mucho más sabia que
todos los tigres.
-Eso no es más que la verdad -dijo Saremes con serenidad-. Señor
consejero, ¿creeríais si os dijera lo que sucede en este momento en el tesoro
real?
-¡No! -exclamó Tu-. Por lo que he descubierto, los espías
astutos son capaces de enterarse de cualquier cosa.
-Ningún hombre puede convencerse si no quiere –dijo Saremes
imperturbablemente, citando un viejo dicho valuso-. Y, sin embargo, señor Tu,
debéis saber que se ha descubierto un sobrante de veinte tales de oro, y que en
estos precisos momentos un mensajero cruza presuroso las calles para
comunicároslo. Ah, ahí creo que llega -añadió cuando unos pasos sonaron en el
pasillo exterior.
Un delgado cortesano, vestido con los alegres ropajes de la
tesorería real, entró en la estancia, se inclinó profundamente y pidió permiso
para hablar. Una vez que Kull se lo hubo dado, el hombre dijo:
-Poderoso rey y señor Tu, en el tesoro real acabamos de
encontrar un sobrante de veinte tales de oro.
Delcardes se echó a reír y aplaudió, encantada. Tu, en cambio,
se limitó a preguntar:
-¿Cuándo lo han descubierto?
-Hace apenas media hora -fue la respuesta.
-¿Cuántos estaban enterados de ello?
-Nadie, mi señor. Sólo yo y el tesorero real lo sabíamos hasta
el instante en que os lo he comunicado.
-¡Eso ya lo veremos! -exclamó Tu, que despidió al hombre con un
gesto de acritud-. Vete. Ya me ocuparé más tarde de este asunto.
-Delcardes dijo Kull-, esta gata es tuya, ¿verdad?
-Mi señor, nadie posee a Saremes -contestó la mujer-. Ella es mi
invitada. Es su propia dueña, como lo ha sido durante mil años.
-Me gustaría tenerla en el palacio -dijo Kull.
-Saremes -dijo Delcardes con deferencia-, al rey le gustaría que
fueras su invitada.
-Iré con el rey de Valusia -dijo la gata con dignidad-, y
permaneceré en el palacio real hasta que llegue el momento en que me plazca ir
a cualquier otra parte, pues soy una gran viajera, rey Kull, y a veces me
agrada salir al mundo y recorrer las calles de las ciudades situadas en los
mismos lugares donde hace mucho tiempo vagaba por los bosques, y visitar las
arenas de los desiertos donde, también hace mucho tiempo, se levantaron calles
imperiales.
De ese modo, Saremes, la gata parlante, llegó al palacio real de
Valusia, acompañada por su esclavo. Se le asignó una espaciosa cámara cubierta
con divanes exquisitos y almohadones de seda. Diariamente se colocaban ante
ella las mejores viandas de la mesa real, y todo el personal del servicio del
rey le rendía homenaje, excepto Tu, que gruñía al ver exaltada de ese modo a
una gata, aunque pudiera hablar. Saremes le trataba con un divertido desprecio,
pero admitía a Kull a un nivel de dignificada igualdad.
Acudía a menudo al salón del trono, transportada por su esclavo,
sobre un cojín de seda, pues éste siempre la acompañaba a donde fuera.
En otras ocasiones era el propio Kull quien acudía a su cámara,
y ambos hablaban hasta las oscuras horas del alba, y fueron muchas las
historias que la gata le contó, y muy antigua la sabiduría que le impartió.
Kull la escuchaba con interés y atención pues, evidentemente, esta gata era
mucho más sabia que la mayoría de sus consejeros, y había tenido más sabiduría
antigua que todos ellos juntos. Sus palabras eran sentenciosas y oraculares,
pero se negaba a emitir profecías sobre los asuntos menores que se producían en
la vida cotidiana del palacio o del reino, salvo por el hecho de que le
advirtió que se guardara de Thulsa Doom, que había enviado una amenaza contra
Kull.
-Pues yo, que he vivido muchos más años que minutos hayáis
vivido vos -dijo-, sé que el hombre se siente mejor sin saber las cosas que aún
han de sucederle, porque lo que ha de ser, será, y el hombre no puede impedirlo
ni acelerarlo. Es mejor caminar en la oscuridad cuando el camino tiene que
pasar ante un león y no hay otra vía.
-Entonces -dijo Kull-, silo que tiene que suceder termina por
suceder, algo que dudo, y si un hombre al que se le dicen las cosas que han de
pasar ve por ello debilitado o fortalecido su brazo, ¿quiere decir que eso
también estaba predestinado?
-Si él estaba predestinado a que se le dijera, sí-contestó
Saremes, aumentando la perplejidad y la duda de Kull-, Sin embargo, no todos
los caminos de la vida se establecen previamente, pues un hombre puede hacer
esto o puede hacer aquello, y ni siquiera los dioses conocen lo que hay en la
mente de un hombre.
-En tal caso, no todas las cosas se hallan predestinadas si el
hombre puede seguir más de un camino -reflexionó Kull, dubitativo-. ¿Cómo se
pueden profetizar entonces los acontecimientos?
-La vida tiene muchos caminos, Kull -contestó Saremes-. Yo me
encuentro en las encrucijadas del mundo, y sé lo que hay en cada uno de los
caminos. Sin embargo, ni los dioses saben qué camino tomará el hombre, si el de
la derecha o el de la izquierda, una vez que haya llegado a la encrucijada que
los divide. Y una vez que haya iniciado el recorrido de uno de ellos, ya no
puede rehacer sus pasos.
-Entonces, en nombre de Valka, ¿por qué no indicarme los
peligros o las ventajas de seguir uno u otro camino cuando llegue la hora de
elegir? -preguntó Kull.
-Porque incluso los poderes de alguien como yo tienen también
sus límites -contestó la gata-, y no podemos impedir el funcionamiento de la
alquimia de los dioses. No podemos destapar por completo el velo que cubre los
ojos de los humanos, no sea que los dioses nos quiten nuestro poder y que
causemos daño al hombre. Así, la esperanza enciende su lámpara a lo largo del
camino que sigue el hombre, aunque cabe que ese camino sea el peor de todos.
-Al ver que Kull tenía dificultades para comprender sus palabras, siguió
diciendo-: Como veis, mi señor, nuestros poderes también tienen que hallarse
sujetos a límites, pues de otro modo seríamos demasiado poderosos y
amenazaríamos a los mismos dioses. Así, un conjuro místico se ha lanzado sobre
nosotros, y aunque podemos abrir los libros del pasado, no podemos sino ofrecer
fugaces visiones del futuro, a través de la bruma que lo vela.
De algún modo, a Kull le pareció que la argumentación de Saremes
era bastante endeble e ilógica, y que olía a brujería y a farsa, pero al ver
que los ojos fríos y oblicuos de la gata le miraban sin parpadear, no se sintió
inclinado a oponer objeción alguna, aunque se le hubiese ocurrido.
-Y ahora -dijo la gata-, haré a un lado el velo, aunque sólo sea
por un instante. porque es por vuestro propio bien... Permitid que Delcardes se
case con Kulra Thoom.
Kull se levantó con un encogimiento de impaciencia de sus
poderosos hombros.
-No quiero tener nada que ver con la boda de una mujer. Que Tu
se ocupe de eso.
Kull, sin embargo, consultó esa idea con la almohada, y su
voluntad sobre el asunto se fue debilitando a medida que Saremes entretejía
hábilmente el consejo en las conversaciones filosóficas y morales que iban
teniendo lugar.
Resultaba verdaderamente extraño ver a Kull, con la barbilla
apoyada sobre su enorme puño, inclinado hacia adelante para beber en las claras
entonaciones de las palabras de la gata Saremes, enroscada sobre un cojín de
seda, o extendida lánguidamente sobre un diván, enfrascada en hablar sobre
temas misteriosos y fascinantes, con los ojos brillándole extrañamente, sin
mover apenas los labios, si es que los movía, mientras el esclavo Kuthulos
permanecía en pie tras ella, como una estatua, inmóvil y silencioso.
Kull valoraba mucho las opiniones de la gata, y se mostraba
inclinado a pedirle consejo sobre temas de gobierno, que ella le daba
cautelosamente, o que no le daba. Sin embargo, los consejos que recibía Kull
solían coincidir con sus deseos más íntimos, y empezó a preguntarse si acaso
aquella gata no sería capaz también de leer en las mentes de los hombres.
La presencia de Kuthulos le irritaba, con su aspecto tan adusto,
su inmovilidad y silencio, pero Saremes no permitía que ningún otro la
atendiera. Kull trató de penetrar con la mirada el velo que enmascaraba las
facciones del hombre, pero, a pesar de ser bastante tenue, no distinguió nada
en el rostro que se ocultaba tras él y, por cortesía con Saremes, nunca le
pidió a Kuthulos que se lo quitara.
Un día, Kull acudió a la cámara de Saremes y la gata le miró con
ojos enigmáticos. El esclavo enmascarado se hallaba de pie tras ella, como una
estatua.
-Kull -dijo la gata-, apartaré el velo para vos. Brule, el
asesino picto de la lanza, el guerrero de Ka-nu y vuestro amigo, acaba de ser
asaltado por un monstruo horrible, de la superficie de las aguas del lago
prohibido.
Kull se puso en pie de un salto, rabioso y alarmado.
-¿Qué? ¿Brule? En el nombre de Valka! ¿Qué está haciendo en el
lago prohibido?
-Estaba nadando en sus aguas. Apresuraos. porque todavía podéis
salvarle, aun cuando sea arrastrado hacia el país encantado, que se encuentra
bajo el lago.
Kull se precipitó hacia la puerta. Se sentía perplejo, pero no
tanto como se habría sentido si el nadador hubiera sido otro, porque conocía la
implacable irreverencia del jefe picto, uno de los más poderosos aliados de
Valusia.
Empezó a gritar, llamando a los guardias, pero la voz de Saremes
le interrumpió.
-No, mi señor. Será mejor que vayáis solo. Ni siquiera vuestras
órdenes inducirían a ningún hombre a acompañaros a las aguas de ese lago cruel
y, según la leyenda de Valusia, es la muerte lo que le espera a cualquiera que
entre en sus aguas, salvo al rey.
-Está bien, iré yo solo -asintió Kull-, y así salvaré a Brule de
las iras del pueblo en el caso de que escape de las garras de los monstruos.
Informa a Ka-nu.
Kull rechazó con gruñidos sin palabras las respetuosas preguntas
que se le hicieron, montó en su gran corcel y salió de Valusia a toda
velocidad. Cabalgaba solo, pues había ordenado que nadie le siguiera. Lo que
tenía que hacer, podía hacerlo solo, y no deseaba que hubiera nadie presente
cuando sacara a Brule, o el cadáver de Brule, de las profundidades del lago
prohibido. Maldijo la implacable desconsideración del picto, y también maldijo
el tabú que pendía sobre el lago, y cuya violación bien podía causar una
rebelión entre los valusos.
El crepúsculo descendía por las montañas de Zalgara cuando Kull
detuvo su caballo junto a la orilla del lago, que se extendía en medio de un
bosque grande y solitario. Desde luego, no había nada de prohibido en su
aspecto, pues las aguas se extendían, azules y plácidas, de una playa blanca a
otra, y las diminutas islas que se elevaban de su fondo parecían más bien como
pequeñas gemas de esmeralda y jade. Una débil y trémula neblina se elevaba de
ellas, lo que daba al aire un hálito de irrealidad que se extendía por todas
las zonas circundantes del lago. Kull escuchó con atención durante un momento y
tuvo la impresión de que una música débil y lejana surgía de las aguas de color
zafiro.
Lanzó una maldición impaciente, y se preguntó si acaso no
estaría siendo embrujado. Se quitó todos los ropajes y ornamentos, a excepción
del cinto, el taparrabos y la espada, y se introdujo en las trémulas aguas
azules hasta que éstas le llegaron a la altura de los muslos. Luego, sabiendo
que la profundidad aumentaba con rapidez, aspiró una intensa bocanada de aire y
se zambulló.
Mientras descendía a través del brillo de color zafiro, tuvo
tiempo para pensar en que aquélla era quizá una misión estúpida. Debería
haberse tomado el tiempo necesario para averiguar por Saremes dónde había
nadado Brule en el momento de verse atacado, y si sus propios esfuerzos se
hallaban destinados a rescatar al guerrero o no. Sin embargo, pensó que quizá
la gata no se lo hubiera dicho y que, aun cuando le hubiera asegurado el más
estrepitoso de los fracasos, él habría intentado de todos modos lo que intentaba
hacer ahora. Por lo visto, había algo de verdad en las palabras de Saremes
cuando afirmaba que era mejor no contar a los hombres nada sobre su futuro.
En cuanto al lugar donde hubiera estado nadando Brule, daba
igual, porque el monstruo podría haberle arrastrado hacia cualquier parte. Así
pues, Kull se propuso explorar todo el lecho del lago hasta que...
Mientras reflexionaba en todas estas cosas, una sombra pasó
relampagueante junto a él, como un vago temblor en el tremolar de jade y zafiro
del lago. Fue consciente de que otras sombras pasaban también a su lado, desde
todos los puntos, pero no pudo distinguir sus formas.
Por debajo de él, empezó a vislumbrar el fondo del lago, que
parecía emitir una extraña radiación. Ahora, las sombras le rodeaban por
completo. tejiendo una red serpentina sobre él, una red de colores de mil
matices distintos, siempre cambiantes. Aquí, las aguas adquirieron el color del
topacio, y aquellas cosas se ondularon y parpadearon en su mágico esplendor. Al
igual que los tonos y las sombras de colores, eran vagas e irreales, opacas y,
al mismo tiempo, brillantes.
Tras haber decidido que no tenían la intención de causarle
ningún daño, Kull no les prestó mayor atención, y dirigió la mirada hacia el
lecho del lago, que ahora rozó ligeramente con los pies. Se sobresaltó por un
momento, pues casi podría haber jurado que acababa de posarse sobre una
criatura viviente, ya que percibió un movimiento rítmico por debajo de sus pies
desnudos.
El débil resplandor era evidente allá, en el fondo del lago; por
lo que podía ver el lecho del lago se extendía hacia todos lados, hasta que se
desvanecía en las tranquilas sombras de zafiro, y formaba una superficie sólida
que se apagaba y se encendía con una inquietante regularidad. Kull se inclinó
para mirar con más atención; el suelo se hallaba cubierto por una especie de
sustancia como de musgo, que brillaba como una llama blanca. Era como si el
lecho del lago lo formaran miríadas de luciérnagas que abrieran y bajaran sus
alas al unísono. Y este musgo parecía palpitar bajo sus pies como algo vivo.
Ahora, Kull empezó a nadar de nuevo hacia la superficie. Criado
entre las montañas del mar de Atlantis, era casi como una criatura marina. Se
sentía tan a gusto entre las aguas como cualquier lemur, y era capaz de
permanecer bajo la superficie el doble de tiempo que cualquier nadador
ordinario, pero este lago era algo profundo, y deseaba conservar toda su
fortaleza.
Llegó a la superficie, se llenó de aire el enorme pecho, y
volvió a bucear. Las sombras volvieron a rodearle, casi aturdiendo su visión
con sus brillos fantasmagóricos. Esta vez nadó con mayor rapidez y, al llegar
al fondo, empezó a caminar por él todo lo a prisa que le permitía aquella
sustancia pegajosa que rodeaba sus pies, mientras el musgo de fuego parecía
respirar y encenderse, aquellas cosas de colores relampagueaban a su alrededor
y unas sombras monstruosas y de pesadiHa surgían detrás de su hombro para caer
sobre el ardiente fondo.
El musgo se hallaba cubierto por los huesos y las calaveras de
los hombres que se habían atrevido a nadar en el lago prohibido. De repente,
con una silenciosa agitación de las aguas, algo se precipitó hacia Kull. Al
principio, el rey creyó que se trataba de un pulpo gigante, pues el cuerpo era
el de un pulpo, dotado de largos y ondulantes tentáculos; pero al cargar contra
él se dio cuenta de que tenía las piernas de un hombre, y que un espantoso
rostro semihumano le miraba entre los brazos retorcidos y serpentinos del
monstruo.
Kull afianzó los pies y al notar que los crueles tentáculos se
le enroscaban en las piernas, dio una embestida con la espada, que golpeó con
una fría exactitud en medio de aquel rostro demoniaco, con lo que la criatura
se desmoronó y murió a sus pies, entre crueles y silenciosos estremecimientos.
La sangre se extendió como una niebla a su alrededor y con un fuerte impulso de
sus piernas contra el fondo, Kull ascendió de nuevo hacia la superficie.
Su cabeza surgió con violencia a la luz, que se desvanecía con
rapidez, y en ese mismo instante una gran forma avanzó espumeante hacia él; era
una araña de agua, pero más grande que un cerdo, y sus ojos fríos brillaban con
una mirada infernal. Kull se mantuvo a flote con movimientos de los pies y de
una mano y levantó la espada cuando la araña se precipitaba sobre él; la hoja
partió el cuerpo en dos, y el monstruo se hundió en silencio.
Un ligero sonido le hizo volverse a tiempo de ver que otra, más
grande aún que la primera, estaba ya casi sobre él. El monstruo extendió sobre
los brazos y los hombros del rey unos pegajosos hilos de telarana que habrían
significado la perdición para cualquiera que no fuera un gigante como el rey.
Pero Kull cortó las crueles cadenas como si hubieran sido cuerdas, sujetó una
pata de aquella cosa que se cernía sobre él y atravesó al monstruo una y otra
vez hasta que lo notó debilirado, lo soltó y el animal flotó, alejándose,
enrojeciendo las aguas a su alrededor.
-¡Por Valka! -murmuró el rey-. Parece que no voy a quedarme sin
nada que hacer. Y, sin embargo, me resulta fácil matar a estas cosas. ¿Cómo
habrán podido superar a Brule, que sólo se ve superado por mí en combate en
todos los Siete Reinos?
Pero Kull no tardaría en descubrir que otros espectros más
crueles poblaban los abismos surcados de muerte del lago prohibido. Buceó de
nuevo, y su mirada sólo encontró esta vez las sombras de colores y los huesos
de hombres olvidados. Volvió a nadar hacia la superficie en busca de aire y
luego buceó por cuarta vez.
No se encontraba lejos de una de las islas y, al descender, se
preguntó qué cosas extrañas se ocultarían tras el denso follaje esmeralda que
cubría las islas. Según decía la leyenda, allí se habían levantado templos y
santuarios que no fueron construidos por manos humanas, y en ciertas noches,
los seres del lago surgían de las profundidades para realizar allí sus ritos
misteriosos.
La agitación se produjo justo en el momento en que sus pies
tocaban el musgo. Procedía de atrás y Kull, advertido por un instinto
primigenio, se volvió justo a tiempo para ver a una gran forma que se cernía
sobre él, una forma que no era ni de hombre ni de bestia, sino una horrible
mezcolanza de ambos. Sintió entonces que unos dedos gigantescos se cerraban
sobre su brazo y su hombro.
Forcejeó salvajemente, pero aquella cosa le aferró con firmeza
el brazo que sostenía la espada, dejándole impotente, y sus garras se hundieron
profundamente en el antebrazo izquierdo. Tomando un impulso volcánico, se
retorció para darse media vuelta y poder ver por fin a su atacante. Aquella
cosa era parecida a un tiburón monstruoso, pero dotado de un cuerno largo y
cruel, que se curvaba como un sable y le sobresalía del hocico. Tenía cuatro
brazos, de forma humana, pero era inhumano en cuanto a su tamaño y en cuanto a
la fortaleza que había en las garras engarfiadas de sus dedos.
Con sólo dos brazos el monstruo inmovilizaba a Kull, mientras
que con los otros dos le inclinaba la cabeza hacia atrás, para romperle la
nuca. Pero ni un ser tan tenaz como éste, por mucho que fuera su poder, podía
conquistar tan fácilmente a Kull de Atlantis. Una salvaje rabia se apoderó de
él y el rey de Valusia se puso furioso.
Afianzó los pies sobre el musgo, liberó el brazo izquierdo con
una poderosa contorsión y tirón del hombro y, con la velocidad de un felino,
trató de pasarse la espada de la mano derecha a la izquierda. Al ver fracasado
su intento, golpeó salvajemente al monstruo con el puño. Pero la burlona
materia de color zafiro que le rodeaba le engañó y amortiguó la fuerza de su
golpe. El hombre tiburón hizo descender su hocico pero, antes de que pudiera
golpear hacia arriba, Kull agarró el cuerno con la mano izquierda y lo sostuvo
con firmeza.
A ello siguió una verdadera prueba de poder y resistencia. Kull,
incapaz de moverse con rapidez en el agua, sabía que su única esperanza
consistía en permanecer cerca de su enemigo, para forcejear con él y
contrarrestar así la mayor rapidez del monstruo. Se esforzó desesperadamente
por liberar el brazo que sostenía la espada, hasta el punto de que el hombre
tiburón se vio obligado a sujetárselo con las cuatro manos de que disponía.
Kull seguía sujetando firmemente el cuerno, sin atreverse a soltarlo para que
no le desgarrara con su terrible embestida hacia arriba, mientras que el hombre
tiburón tampoco se atrevía a apartar una sola de sus manos del brazo de Kull,
que sostenía la larga espada.
Así enzarzados, forcejearon y se retorcieron. Pero Kull no tardó
en darse cuenta de que estaba condenado si continuaban de aquella manera,
porque ya empezaba a sufrir los efectos de la falta de aire. El brillo que
observó en los fríos ojos del hombre tiburón le indicó que él también se había
dado cuenta de que sólo tenía que sujetar de ese modo a Kull, bajo la
superficie del agua, hasta que se ahogara.
Era una situación realmente desesperada para cualquier hombre.
Pero Kull de Atlantis no era un hombre ordinario. Entrenado desde la niñez en
una dura y sangrienta escuela, dotado de unos músculos de acero y un cerebro
impávido, añadía a todo ello la coordinación de movimientos que distingue al
superluchador, un valor que nunca se amilanaba, y una rabia felina que, en
ocasiones, le empujaba a realizar hazañas sobrehumanas.
Ahora, consciente de que el fin se aproximaba con rapidez, e
impulsado frenéticamente por su propia impotencia, decidió emprender una acción
tan desesperada como la necesidad en que se hallaba. Soltó el cuerno del
monstruo al mismo tiempo que inclinaba todo o que podía el cuerpo hacia atrás,
y con la mano libre agarraba el brazo más cercano de aquella cosa.
El hombre tiburón golpeó al instante y el cuerno rozó
desgarradoramente uno de los muslos de Kull, cuando de pronto, ¡afortunado
atlante!, se enganchó en el pesado cinto del rey. Mientras el monstruo pugnaba
por liberar el cuerno, Kull imprimió toda la potencia a los dedos que sujetaban
uno de los brazos de aquella cosa y aplastó una carne fría y húmeda, junto con
unos huesos inhumanos, como si se tratara de una fruta madura.
La boca del hombre tiburón se abrió en silencio a causa del
tormento que sufría, y, liberado ya el cuerno, volvió a golpear salvajemente.
Kull evitó el golpe, pero perdió entonces el equilibrio y ambos cayeron juntos,
medio tragados por la superficie de jade sobre la que se movían. Y mientras
seguían forcejeando allí, Kull liberó por fin el brazo que sostenía la espada,
apartándolo de las debilitadas garras del monstruo, y lanzó un mandoble hacia
arriba, rajando al monstruo y abriéndolo en dos.
Toda la batalla había consumido apenas un momento, pero a Kull
le parecieron horas mientras nadaba a toda velocidad hacia arriba, luchando
contra el mareo que se apoderaba de su cabeza y contra el gran peso que parecía
querer aplastarle las costillas. Vio débilmente que el fondo del lago se
elevaba de repente, a su lado, y se dio cuenta de que formaba un declive que
daba a una isla. Luego, el agua pareció cobrar vida a su alrededor, y se sintió
azotado desde los hombros hasta los talones por unos gigantescos anillos que ni
siquiera sus músculos de acero pudieron quebrar. Empezaba a fallarle la
conciencia, sentía que se agotaba a una velocidad terrible, notó en su cabeza
el sonido de muchas campanillas y entonces, de repente, se encontró con la
cabeza por encima del agua y sus torturados pulmones absorbieron el aire en
grandes cantidades. Se agitó, envuelto en la mayor oscuridad, y sólo tuvo
tiempo de aspirar una prolongada bocanada de aire antes de verse arrastrado de
nuevo hacia el fondo.
La luz volvió a brillar a su alrededor y vio de nuevo el musgo
de fuego palpitando allá a lo lejos, en el fondo. Se había visto atrapado por
una gran serpiente que le había rodeado varias veces con los anillos de su
sinuoso cuerpo, como enormes cables, y que ahora le arrastraba hacia un destino
que sólo Valka podía conocer.
Esta vez, Kull no forcejeó, y prefirió conservar su fortaleza.
Si la serpiente no le mantenía bajo el agua el tiempo suficiente como para
morir ahogado, sin duda alguna se presentaría una oportunidad de combatir
cuando la criatura llegara a su guarida o al lugar hacia donde le llevaba. Tal
y como se hallaba atrapado, las extremidades de Kull se encontraban tan
aprisionadas que no habría podido ni liberar un brazo, ni mucho menos huir de
ella.
La serpiente, que avanzaba con rapidez a través de las azules
profundidades, era la más grande que Kull hubiera visto jamás, pues medía sus
buenos sesenta metros cubiertos de escamas de color jade y dorado, vívidas y
maravillosamente coloreadas. Sus ojos, cuando se volvió hacia él, eran de un
intenso fuego helado si es que algo así pudiera concebirse. A pesar de lo
comprometido de su situación, el alma imaginativa de Kull no pudo dejar de
maravillarse ante aquella escena tan extraña: la gran forma verde y dorada
volando a través del ardiente topacio del lago, mientras que los colores de las
sombras ondulaban lánguidamente a su alrededor.
El fondo, que parecía una gema encendida, volvió a curvarse
hacia arriba, como si se acercaran a una isla, o a la orilla del lago, cuando,
de pronto, una gran caverna apareció ante ellos. La serpiente se deslizó en el
interior, desapareció de improviso el musgo de fuego, y Kull se encontró
parcialmente por encima de la superficie del agua, envuelto por la oscuridad.
Fue transportado de este modo durante lo que pareció un largo rato, y luego el
monstruo volvió a zambullirse.
Salieron de nuevo a la luz, pero una luz como Kull no había
visto jamás. Era un brillo luminoso que tremolaba crepuscularmente sobre la
superficie de las aguas, que permanecían quietas y oscuras. Kull supo entonces
que se hallaba en el reino encantado, por debajo del fondo del lago prohibido,
pues ésta no era ninguna radiación terrenal, sino una luz negra, más negra que
cualquier oscuridad, a pesar de lo cual iluminaba aquellas aguas impías lo
suficiente como para poder ver el brillo opaco de las aguas y su propio reflejo
oscuro en ellas. Le repente, los anillos se aflojaron alrededor de sus miembros
y se impulsó rápidamente hacia un enorme bulto que había surgido de entre las
sombras, frente a él.
Nadó con fuerza y se aproximó a lo que en algún tiempo había
sido una gran ciudad. Se elevaba más y más arriba, sobre una gran superficie de
piedra negra, hasta que sus sombríos chapiteles se perdían en la negrura, por
encima incluso de aquella luz profana que, también negra, parecía tener una
tonalidad diferente. Se trataba de enormes edificios cuadrados, de construcción
maciza; de poderosos bloques basálticos que salieron a su encuentro cuando
surgió de entre las pegajosas aguas y empezó a subir los escalones tallados en
la piedra, como los que se hubieran podido tallar en la roca viva de un
acantilado. Unas columnas gigantescas se elevaban entre los edificios.
Ningún resplandor de luz terrenal aliviaba la macabra visión de
esta ciudad inhumana, pero la luz negra brotaba de sus muros y torres para
derramarse sobre las aguas, en vastas oleadas palpitantes.
Kull se dio cuenta de que una enorme multitud de seres parecían
esperarle en un amplio espacio que se extendía ante él, abierto entre los
edificios que se retiraban hacia los lados. Parpadeó, e hizo esfuerzos por
acostumbrar su visión a esta extraña iluminación. los seres se acercaron más, y
un susurro recorrió sus filas, como el ondear de la hierba bajo el viento
nocturno. Eran lumínicos y sombreados, relucientes contra la negrura de su
ciudad, y sus ojos eran fantasmagóricos y luminosos.
Entonces, el rey vio que uno se destacaba de los demás, ante él.
Este se parecía mucho a un hombre, y poseía un rostro barbudo, altivo y noble,
aunque un ceño fruncido se extendía sobre sus magníficas cejas.
-Vienes como un heraldo de todos los de tu raza -dijo de repente
este hombre lacustre-. Ensangrentado y sosteniendo una espada enrojecida.
Kull se echó a reír enojado ante esta evidente injusticia.
- ¡Por Valka y Hotath! -exclamó el rey-. La mayor parte de esa
sangre es mía y ha sido derramada por los bichos de vuestro maldito lago.
-La muerte y la ruina siguen el curso de tu raza -dijo
sombríamente el hombre lacustre-. ¿Acaso no lo sabemos? Claro que sí, nosotros
mismos reinamos en el lago de aguas azules antes de que la humanidad fuera
siquiera un sueño de los dioses.
-Nadie os molesta... -empezó a decir Kull.
-Porque temen hacerlo. En los viejos tiempos, los hombres de la
tierra intentaron invadir nuestro reino de oscuridad. Los matamos, y se entabló
la guerra entre los hijos del hombre y el pueblo de los lagos. Salimos de
nuestro mundo y esparcimos el temor entre los terrenos, pues sabíamos que sólo
podían significar muerte para nosotros, y que sólo se sienten inclinados a
matar. lanzamos conjuros y encantos, hicimos reventar sus cerebros y
conmocionamos sus almas con nuestra magia, hasta que se vieron obligados a
rogarnos la paz. A partir de entonces, los hombres de la tierra impusieron un
tabú sobre este lago, de modo que ningún hombre puede llegar hasta aquí, salvo
el propio rey de Valusia. Eso ocurrió hace miles de años y, desde entonces,
ningún hombre ha llegado al país encantado y ha podido salir de él, salvo como
un cadáver flotante sobre las tranquilas aguas del lago superior. Rey de
Valusia, o quienquiera que seas, estás condenado.
Kull le miró, desafiante.
-No he venido a buscar vuestro condenado reino -espetó-, sino
que busco a Brule, el asesino de la lanza, a quien habéis arrastrado hasta aquí
abajo.
-Mientes -dijo el hombre lacustre-. Ningún hombre se ha atrevido
a meterse en este lago desde hace más de cien años Has venido a buscar tesoros,
o a saquear y matar como todos los de tu sangriento linaje. ¡Y morirás por
ello!
Kull sintió entonces los susurros de los encantos mágicos que le
rodeaban, que llenaban el aire y adoptaban forma física, flotando en la trémula
luz como telarañas muy tenues que se aferraran a él con vagos tentáculos Pero
él emitió una imprecación impaciente y los apartó a un lado con el movimiento
de la mano desnuda, haciéndolos desaparecer. Porque, según la feroz lógica
elemental del salvaje, la magia de la decadencia no posee fuerza alguna.
-Eres joven y fuerte -dijo el rey lacustre-. La podredumbre de
la civilización todavía no ha penetrado en tu alma y es posible que nuestros
encantamientos no te hagan el menor daño, porque no los comprendes. En tal
caso, debemos intentar otras cosas.
Los seres lacustres que le rodeaban sacaron sus dagas y se
lanzaron sobre él. El rey se echó a reír, apoyó la espalda contra una columna y
aferró la empuñadura de su espada hasta que los músculos de su brazo derecho
sobresalieron como grandes bultos.
-Éste sí es un juego que entiendo bien, fantasmas - dijo con una
nueva risotada.
Todos se detuvieron de pronto.
-No trates de evadir tu destino -dijo el rey del lago-, pues
somos seres inmortales y no podemos morir a manos de un mortal.
-Ahora eres tú el que miente -replicó Kull con la astucia propia
del bárbaro-, puesto que, según tus propias palabras, temíais la muerte que
podrían causaros los de mi propia raza. Es posible que podáis vivir
interminablemente, pero el acero puede con vosotros. Sería bueno que os lo
pensarais mejor. Sois blandos, débiles y no estáis acostumbrados a combatir; ni
siquiera sabéis sostener las armas como es debido. Yo, en cambio, nací y me
educaron para matar. Podéis acabar conmigo, puesto que sois miles y yo sólo
uno, pero vuestros encantamientos han fracasado conmigo y os aseguro que muchos
de vosotros moriréis antes de que yo caiga. Os voy a diezmar en grandes
cantidades, así que pensároslo mejor, hombres del lago, ¿valdrá la pena
matarme, a cambio de tantas de vuestras vidas?
Kull sabía muy bien que todos aquellos seres capaces de matar
con el acero, podían morir por el acero. Por eso no sentía el menor miedo. Su
figura, amenazadora y tenebrosa, sangrienta y terrible, se erguía sobre todos
ellos.
-Reflexionad -repitió-. Es mucho mejor que me traigáis a Brule y
ambos nos marcharemos en paz. En caso contrario, mi cadáver se verá rodeado por
montones de vuestros muertos cuando la batalla haya terminado. Además, si muero
aquí habrá pictos y lemures que seguirán mi rastro, incluso bajo las aguas del
lago prohibido, hasta empapar este país encantado con vuestra sangre o lo que
tengáis en las venas. Ellos tienen sus propios tabúes, y no retroceden ni se
dejan amilanar por los tabúes de las razas civilizadas, ni les importa lo que
pueda sucederle a Valusia, sino que sólo pensarían en mí, que soy de sangre
bárbara, como ellos mismos.
-El viejo mundo continúa su marcha por el camino de la ruina y
el olvido -dijo el rey lacustre con tristeza-. Y nosotros, que fuimos
todopoderosos en tiempos pasados, tenemos que soportar ahora el desafío de un
salvaje arrogante en nuestro propio reino. Jura que jamás volverás a hollar el
lago prohibido, que nunca permitirás que sean otros los que contravengan el
tabú, y serás libre.
-Antes traed a mi lado al asesino de la lanza.
-Ningún hombre así ha llegado nunca a este lago.
-¿No? La gata Saremes me dijo...
-¿Saremes? Sí, la conocíamos de los viejos tiempos, cuando
atravesó a nado las aguas verdes y habitó durante unos siglos en las cortes del
país encantado; posee la sabiduría que sólo da el tiempo, pero no sabía que
hablara el lenguaje de los hombres terrenales. En cualquier caso, aquí no está
ese hombre, y te juro...
-No me jures por los dioses o los demonios -le interrumpió
Kull-. Sólo quiero tu palabra de hombre.
-Te la doy -dijo el rey lacustre.
Y Kull le creyó, pues había en aquel rey un porte majestuoso que
le hacía sentirse extrañamente pequeño y rudo.
-Y yo, por mi parte -dijo Kull-, te doy mi palabra, que nunca he
roto, de que ningún hombre romperá el tabú ni os volverá a molestar de ningún
modo.
-Y yo te creo, pues eres un hombre terrenal diferente de todos
los que he conocido hasta ahora. Eres un rey real y, lo que es más importante,
un verdadero hombre.
Kull le dio las gracias y envainó la espada. Luego, se volvió
hacia los escalones.
-¿Sabes cómo llegar al mundo exterior, rey de Valusia?
-En cuanto a eso -contestó Kull-, supongo que si nado el tiempo
suficiente terminaré por encontrar el camino. Sé que la serpiente me trajo a
través de las aguas pasando por debajo de una isla y posiblemente muchas, y que
nadamos en una cueva durante largo rato.
-Eres franco -dijo el rey lacustre-, pero podrías pasarte toda
la eternidad nadando en la oscuridad. -Levantó las manos y una criatura
grotesca nadó hasta el pie de los escalones-. Eso es un corcel cruel -añadió-,
pero te llevará a salvo hasta la misma orilla del lago superior.
-Un momento -dijo Kull-. ¿Me encuentro ahora bajo una isla, bajo
la tierra firme, o se encuentra este territorio realmente bajo el fondo del
lago?
-Te encuentras en el centro del universo, como has estado
siempre. El tiempo, el lugar y el espacio no son más que ilusiones, no tienen
existencia más que en la mente del hombre, que debe establecer limites y
fronteras para poder comprender. Sólo existe la realidad subyacente, de la que
todas las apariencias no son más que una manifestación exterior, del mismo modo
que el lago superior se ve alimentado por las aguas que surgen de éste, que es
el verdadero lago. Vete ahora, rey, pues eres un hombre verdadero aunque sólo
seas el primero de una marea que empieza, llena de salvajismo, que terminará
por arrollar el mundo a medida que éste se encoge.
Kull prestó una atención respetuosa a aquellas palabras que
comprendió poco, aunque no dejó de darse cuenta de que eran muy mágicas. Le
estrechó la mano al rey lacustre, estremeciéndose un poco al contacto de algo
que era carne, pero no humana. Luego, observó una vez más los grandes edificios
negros que se elevaban silenciosos, contempló las formas como luciérnagas, que
murmuraban entre sí, extendió la mirada por encima de la brillante superficie
de las aguas, surcadas por olas de luz negra que parecían arrastrarse como
arañas, y finalmente se volvió, bajó los escalones que conducían al borde del
agua, y montó sobre el corcel lacustre que le esperaba.
Transcurrieron eones llenos de cuevas oscuras y aguas que se
precipitaban, del susurro de monstruos gigantescos que no podía ver; unas veces
por encima de la superficie y otras por debajo del agua, el corcel transportaba
al rey, hasta que finalmente apareció el musgo de fuego y ascendieron a través
del azul del agua ardiente. Luego, Kull avanzó hacia la tierra, vadeando.
El brioso caballo de Kull esperaba impaciente allí donde el rey
lo había dejado. La luna empezaba a levantarse sobre el lago y Kull no pudo
reprimir su sorpresa.
-¡Por Valka! Hace apenas una hora desmonté aquí mismo. Creía que
habían transcurrido muchas horas, e incluso días, desde entonces.
Montó y regresó a caballo a la ciudad de Valusia, sin dejar de
pensar que quizá hubiera algún significado oculto en las observaciones del rey
lacustre sobre la ilusión del tiempo.
Kull se sentía fatigado, enojado y aturdido. El viaje a través
del lago le había limpiado de la sangre, pero el movimiento sobre el caballo le
abrió la herida del muslo, que empezó a sangrar de nuevo. Además, la pierna
estaba rígida y le irritaba algo. No obstante, su principal pensamiento era el
hecho de que Saremes le había mentido, ya fuera por ignorancia o con maliciosa
intencionalidad, algo que había estado a punto de costarle la vida. ¿Por qué
razón?
Lanzó una maldición y pensó en lo que diría Tu. Pero hasta una
gata parlante podía equivocarse inocentemente. De todos modos, decidió no hacer
caso de sus palabras.
Cruzó en silencio las calles plateadas de la antigua ciudad, y
los hombres que montaban la guardia ante palacio se quedaron boquiabiertos al
verle aparecer pero, prudentemente, no le hicieron preguntas.
Encontró el palacio alborotado. Lanzó un juramento y se dirigió
con paso airado a la sala del consejo y de allí a la cámara de la gata Saremes.
Estaba enroscada, imperturbable, sobre un cojín; agrupados en la cámara se
encontraban Tu y los principales consejeros, cada uno de ellos tratando de
convencer a los demás. El esclavo Kuthulos no se veía por ninguna parte.
Kull se vio saludado por una explosiva aclamación de gritos y
preguntas, pero él se dirigió directamente hacia el cojín que ocupaba Saremes y
la observó con la mirada brillante.
-Saremes -dijo el rey-, me has mentido.
La gata le miró fríamente, bostezó y no contestó. Kull
permaneció ante ella, enojado, y Tu le tomó por un brazo.
-Kull, ¿dónde habéis estado, en nombre de Valka? ¿De dónde
procede esta sangre?
Kull se sacudió la mano, con irritación.
-Dejadme -espetó-. Esta gata me ha enviado a cumplir una misión
estúpida... ¿Dónde está Brule?
-¡Kull!
El rey se volvió en redondo y vio a Brule que en ese momento
entraba en la estancia, con sus escasas ropas manchadas por el polvo, como si
hubiera cabalgado duramente. los rasgos de bronce del picto aparecían
impertérritos, pero en sus ojos oscuros surgió una expresión de alivio.
-¡En el nombre de los siete diablos! -exclamó el guerrero,
malhumorado para ocultar la emoción que le embargaba-. Mis jinetes han peinado
las montañas y los bosques. ¿Dónde estabais?
-Buscando tu valioso cadáver en las profundidades del lago
prohibido -contestó Kull con una expresión de alegría al ver la perturbación
reflejada en el rostro del picto.
-¡El lago prohibido! -exclamó Brule con la libertad propia del
salvaje-. ¿Estáis en vuestros cabales? ¿Qué iba a hacer yo allí? Ayer acompañé
a Ka-nu hasta la frontera zarfhaana, y al regresar me enteré de que Tu había
puesto a todo el ejército en pie de guerra para que os buscara. Desde entonces,
mis hombres se han desparramado en todas direcciones, excepto la del lago
prohibido, donde jamás se nos habría ocurrido buscaros.
-Saremes me mintió... -empezó a decir el rey.
Pero su voz se vio ahogada por una explosión de voces que le
reprendían, y cuyo tema principal consistía en decir que un rey no debía
desaparecer nunca sin ceremonia alguna y dejar que el reino cuidara de sí
mismo.
-¡Silencio! -rugió por fin Kull con los brazos levantados y un
brillo peligroso en la mirada-. ¡Por Valka y Hotath! ¿Acaso soy un mocoso como
para tener que pedir permiso? Tu, cuéntame lo que ha ocurrido aquí.
Tras el repentino silencio que se hizo después de esta explosión
de cólera regia, Tu empezó a explicarse.
-Mi señor, hemos sido embaucados desde el principio. Esta gata
no es mas que un engaño y un fraude peligroso, tal y como yo había afirmado.
-Y sin embargo...
-Mi señor, ¿no habéis oído hablar nunca de hombres capaces de
disfrazar sus voces en la distancia, haciéndolas aparecer como si fuera otro el
que hablara, o como si sonaran palabras pronunciadas por seres invisibles?
-¡Claro! ¡Por Valka! -exclamó Kull de pronto, ruborizándose-. He
sido un estúpido por haberlo olvidado. Un viejo brujo de Lemuria poseía ese
don. No obstante, ¿quién hablaba...?
-¡Kuthulos! -exclamó Tu-. También yo fui un estúpido al no
recordar a Kuthulos, un esclavo, sí, pero el más grande erudito y el hombre más
sabio de los Siete Imperios. Esclavo de esa desalmada de Delcardes que debe de
estar ahora retorciéndose a causa de los tormentos. -Kull le dirigió una
penetrante exclamación-. Sí, mi señor -siguió diciendo Tu, ceñudo-. Cuando
llegué aquí y descubrí que os habíais marchado solo, y nadie supo decirme
adónde, sospeché de inmediato una traición. Me senté entonces a reflexionar. Y
recordé a Kuthulos y su arte de fingir voces, y cómo esa gata falsa os había
estado diciendo cosas pequeñas, sin haceros ninguna gran profecía, ofreciendo
falsos argumentos con la intención de refrenaros. Me di cuenta entonces de que
Delcardes os había enviado a esta gata y a Kuthulos para engañaros, para que se
ganaran vuestra confianza. Envié a buscar a Delcardes y la sometí a tortura,
para que lo confesara todo. Había planeado las cosas muy astutamente. Ah,
claro, Saremes debía llevar siempre consigo a su esclavo Kuthulos... para que
él pudiera hablar con su voz fingida e inducir extrañas ideas en vuestra mente.
-Entonces, ¿dónde está Kuthulos? -preguntó Kull.
-Había desaparecido cuando llegué a la cámara de Saremes y...
-¡Os saludo, Kull! -exclamó entonces una voz alegre desde la
puerta, por la que entró en la estancia una figura barbuda, como un duende,
acompañada por una delgada y aparentemente asustada muchacha.
-¡Ka-nu! ¡Delcardes! ¿De modo que finalmente no te han
torturado?
-¡Oh, mi señor! -exclamó la joven, que se hincó de rodillas ante
él, abrazándose a sus piernas-. Soy culpable de haberos engañado, mi señor,
pero no pretendía causaros ningún daño. ¡Yo sólo deseaba casarme con Kulra
Thoom!
Kull la tomó por los hombros e hizo que se incorporara,
perplejo, pero apiadado al ver el evidente terror y remordimiento de aquella
mujer.
-Kull -dijo Ka-nu-, es una suerte que haya vuelto cuando lo he
hecho, a tiempo para impedir que vos y Tu arrojéis el reino al mar. -Tu emitió
un gruñido sin palabras, siempre celoso del embajador picto, que también era
consejero de Kull-. He encontrado todo el palacio alborotado a mi regreso; los
hombres iban de un lado a otro, tropezaban los unos con los otros sin saber qué
hacer. Envié a Brule y a sus jinetes a buscaros, y me dirigí a la cámara de
torturas..., naturalmente, eso fue lo primero que hice, puesto que Tu había
quedado a cargo de todo... –El primer consejero le miró con una mueca-. El caso
es que acudí a la cámara de torturas -siguió diciendo Ka-nu plácidamente-, y
los encontré a punto de torturar a la pequeña Delcardes, que no hacía sino llorar
y contarles todo lo que tenía que contar, a pesar de lo cual ellos no la
creían. Sólo es una muchacha inquisitiva, Kull, a pesar de toda su belleza. Así
que la traje aquí. Delcardes os ha dicho la verdad, Kull, al informaros de que
Saremes era su invitada y que se trataba de una gata muy antigua. Eso es
cierto. Es, en efecto, una gata de la raza antigua, más sabia que otros gatos,
y va y viene a donde quiere, como le place..., pero no es más que eso, una
simple gata. Delcardes tenía en palacio espías que le informaron de detalles
tan poco importantes como el lugar donde habíais guardado una carta, en la
funda de vuestra daga, o del sobrante encontrado en el tesoro... El cortesano
que os informó de ello era precisamente uno de esos espías, y se lo comunicó a
ella antes de decírselo al tesorero real. Sus espías eran vuestros servidores
más leales y cercanos; las cosas que le contaban no podían haceros daño alguno
y, en cambio, la ayudaban a ella, a quienes todos quieren, porque no tiene la
intención de causar daño a nadie. Su idea consistía en hacer que Kuthulos
hablara a través de la boca de Saremes, se ganara vuestra confianza mediante
pequeñas profecías y hechos de los que cualquiera podría estar enterado, como
advertiros en contra de Thulsa Doom. Luego, mediante el constante planteamiento
de la cuestión, pretendía obtener de vos el permiso para que Kulra Thoom se
casara con Delcardes. Ése era el único deseo de la muchacha.
-Y entonces Kuthulos se convirtió en un traidor -dijo Tu.
En ese momento se produjo un ruido en la puerta de la estancia y
entraron unos guardias, arrastrando por los brazos a una figura larguirucha que
llevaba el rostro cubierto por un velo y las manos atadas a la espalda.
-¡Kuthulos!
-Sí, Kuthulos -asintió Ka-nu, aunque no parecía sentirse muy
tranquilo, pues sus ojos se movían inquietos-. Kuthulos, sin duda, con el velo
sobre el rostro, para ocultar así los movimientos de su boca y de su cuello al
hablar a través de Saremes.
Kull observó a la figura silenciosa que se hallaba de pie ante
él, como una estatua. Un profundo silencio se hizo entre el grupo, como si un
viento frío hubiera pasado entre ellos. Había una gran tensión en el ambiente.
Delcardes miró a la silenciosa figura y sus ojos se abrieron desmesuradamente
mientras los guardias explicaban cómo habían capturado al esclavo, que
intentaba escapar de palacio deslizándose por un pequeño y viejo corredor.
Volvió a hacerse el silencio Kull se adelantó y extendió una
mano para arrancar el velo que cubría el rostro oculto. A través de la tenue
tela, Kull sintió como si dos ojos le traspasaran hasta la conciencia. Sin que
nadie se diera cuenta, Ka-nu cerró las manos y las convirtió en puños,
poniéndose todo tenso, como si se preparara para una lucha terrible.
Luego, cuando la mano de Kull casi tocaba el velo, un sonido
repentino quebró el tenso silencio..., un sonido como el que podría producir un
hombre al golpear el suelo con la frente o con un codo. El ruido parecía
proceder de detrás de una pared. Kull cruzó la estancia en dos zancadas y
golpeó un panel, por detrás del cual surgía el sonido. Una puerta oculta se
deslizó hacia el interior, y dejó al descubierto un corredor polvoriento, en
cuyo suelo se encontraba la figura de un hombre atado y amordazado.
lo sacaron a rastras hacia la estancia, lo pusieron de pie y lo
desataron.
-¡Kuthulos! -gritó Delcardes.
Kull lo miró fijamente. El rostro del bombre, ahora revelado,
era delgado y de expresión afable, como el que pudiera tener un maestro de
filosofía y de moral.
-Sí, mis señores y mi señora -dijo-. Ese hombre que lleva ahora
mi velo se abalanzó sobre mí y me ocultó tras esa puerta secreta, después de
golpearme y atarme. He permanecido ahí, oyendo como enviaba al rey hacia lo que
él creía que sería su muerte segura, sin que yo pudiera hacer nada por
evitarlo.
-Entonces, ¿quién es él?
Todas las miradas se volvieron hacia la figura de rostro todavía
cubierto por el velo. Kull se adelantó hacia él.
-¡Llevad cuidado, mi señor! -exclamó el verdadero Kuthulos-. Ese
hombre...
Con un solo movimiento de la mano, Kull arrancó el velo del
hombre, y se quedó boquiabierto. Delcardes lanzó un grito y sus rodillas
cedieron y cayó al suelo. los consejeros retrocedieron, pálidos, y los guardias
soltaron los brazos que sujetaban y se encogieron, horrorizados.
El rostro del hombre no era más que una calavera pelada y
blanca, en cuyas cuencas ardía un fuego vivo.
-¡Thulsa Doom! Eso era lo que me había imaginado -exclamó Ka-nu.
-En efecto, Thulsa Doom, estúpidos -repitió una voz cavernosa-.
El más grande de todos los brujos, y vuestro enemigo eterno, Kull de Atlantis.
Habéis ganado esta partida, pero habrá otras, os lo advierto.
Se liberó de las ligaduras que le sujetaban los brazos con un
solo y despreciativo gesto y se encaminó hacia la puerta, haciendo retroceder a
los presentes.
-Sois un estúpido sin discernimiento alguno, Kull -dijo-. De no
ser así, no me habríais tomado nunca por ese otro estúpido de Kuthulos, ni
siquiera con el velo y sus vestiduras.
Kull se dio cuenta de que era así, pues aunque los dos tenían,
en general, una figura y una altura similares, la carne del brujo con rostro de
calavera era como la de un hombre muerto hacía ya mucho tiempo.
El rey se había quedado allí de pie, no temeroso, como los
demás, sino simplemente atónito ante el giro que habían tomado los
acontecimientos. Luego, cuando ya se disponía a saltar hacia adelante como un
hombre que acabara de despertar de un sueño, Brule se lanzó a la carga con la
silenciosa ferocidad de un tigre, haciendo que su espada curvada emitiera
destellos bajo la luz Como si de un rayo de luz se tratara, la hoja de la
espada atravesó las costillas de Thulsa Doom, de modo que la punta le sobresalió
entre los hombros.
Brule recuperó la hoja de un rápido tirón, retrocedió y se
agachó, dispuesto a lanzarse de nuevo al ataque en caso de que fuera necesario.
Entonces se detuvo, atónito. Ni una sola gota de sangre brotó de una herida que
en cualquier hombre vivo habría sido necesariamente mortal. Aquel ser con
rostro de calavera no hizo sino echarse a reír.
-¡Hace ya mucho tiempo que morí como mueren los hombres! -se
burló-. No, pasaré a alguna otra esfera cuando llegue mi tiempo, pero no antes.
Yo no sangro, puesto que mis venas están vacías, y no experimento más que una
ligera frialdad en esa herida, que se me pasará en cuanto se cierre, como ya lo
está haciendo ahora mismo. ¡Atrás, estúpidos, porque vuestro amo se marcha!
Pero volveremos a vernos, y entonces gritarás, te estremecerás de dolor y
morirás. ¡Yo te saludo, Kull!
Y mientras Brule vacilaba, acobardado, y Kull se mantenía
inmóvil, atónito e indeciso, Thulsa Doom cruzó la puerta y se desvaneció ante
las miradas de todos los presentes.
-Al menos habéis ganado vuestro primer encuentro con ese rostro
de calavera, como él mismo admitió -le dijo Ka-nu a Kull algo más tarde-. La
próxima vez debemos ser mucho más cautelosos, puesto que se trata de un enemigo
desencarnado poseedor de una magia negra e impía. Os odia, pues no es más que
un acólito de la gran serpiente cuyo poder habéis quebrantado. Tiene el don de
provocar la ilusión y la invisibilidad, algo que sólo él posee. Es un ser cruel
y terrible.
-No le temo -dijo Kull-. La próxima vez estaré preparado, y mi
respuesta será un buen mandoble, aunque no pueda ser atravesado, cosa que dudo
mucho. Brule no le acertó en las partes vitales que hasta un muerto viviente
debe de tener. Eso es todo. -Se volvió entonces hacia Tu y añadió-: Parece que
las razas civilizadas también tienen sus tabúes, puesto que el lago azul está
prohibido para todos, salvo para mí
Tu replicó con gesto malhumorado, enojado por el hecho de que
Kull le hubiera dado permiso a la feliz Delcardes para casarse con quien ella
deseara.
- Mi señor, no es ése un tabú pagano como aquellos ante los que
se inclinan los de vuestra tribu. Aquí se trata de una cuestión de estado,
necesaria para preservar la paz entre Valusia y los seres lacustres, que son
magos.
-Nosotros, en cambio, mantenemos los tabúes para no ofender a
los espíritus invisibles de los tigres y las águilas –dijo Kull-. En verdad que
no veo ninguna diferencia.
-En cualquier caso -añadió Tu-, debéis llevar mucho cuidado con
Thulsa Doom, porque se ha desvanecido para pasar a otra dimensión, y mientras
se encuentre allí será invisible e inofensivo para nosotros, pero estoy seguro
de que volverá.
-Ah, Kull -suspiró el viejo bribón de Ka-nu-, la mía es una vida
muy dura en comparación con la vuestra. Brule y yo nos emborrachamos en
Zarfhaana y me caí por un tramo de escalera, lo que me ha dejado unos
condenados moretones en las espinillas. Y, mientras tanto, vos no hacíais otra
cosa que solazaros en la pecaminosa indolencia rodeada de sedas, tan propia de
los reyes.
Kull le miró intensamente, sin decir nada. Finalmente, se
volvió, dándole la espalda, para desviar su atención hacia Saremes, que
dormitaba.
-No es ninguna bestia embrujada, Kull -dijo el asesino de la
lanza-. Es un animal sabio, pero simplemente expresa su sabiduría con la mirada
y, desde luego, no habla. Sus ojos, sin embargo, me fascinan con toda la
antigüedad que expresan. En cualquier caso, no es más que una gata.
-De todos modos, Brule -dijo Kull acariciando el sedoso pelaje-,
sigue siendo una gata muy antigua... Mucho.
6 - EL ESPECTRO DEL SILENCIO
Los hombres todavía siguen denominándolo «el día en que el rey
tuvo miedo», pues Kull, rey de Valusia, no era, al fin y al cabo, más que un
hombre. Nadie había conocido a otro más valiente que él, pero todas las cosas
humanas tienen sus límites, incluso el valor.
Naturalmente, Kull había conocido momentos de recelosa
inquietud, había experimentado los fríos susurros del pavor, los repentinos
sobresaltos del horror, y hasta la sombra de un terror desconocido. Pero
aquellas experiencias no habían sido sino sobresaltos sentidos en lo más
profundo de la mente, causados sobre todo por la sorpresa, por algún misterio
repugnante o por alguna cosa antinatural. Se trataba, por tanto, más de
repugnancia que de verdadero temor, pues el temor real era algo tan raro en él
que. cuando lo experimentó, los hombres marcaron el día.
Y, sin embargo, llegó un momento en que Kull conoció el temor,
un temor espantoso, terrible e irrazonable, hasta el punto de que su médula se
debilitó y la sangre se le heló en las venas. Así, los hombres hablaron desde
entonces del día en que el rey Kull tuvo miedo, aunque no hablan de eso con
burla, ni el propio Kull siente vergüenza por ello. No, porque, tal y como
sucedieron las cosas, el asunto no hizo sino aumentar aún más su gloria
imperecedera.
Así fue como sucedieron las cosas.
Kull se hallaba sentado en el trono del salón social, sin
prestar mucha atención a la conversación de Tu, su primer consejero; de Ka-nu,
el embajador picto; de Brule, el hombre de confianza y mano derecha de Ka-nu; y
de Kuthulos, el esclavo, que era también el mayor erudito de los Siete
Imperios.
-Todo es ilusión -dijo Kuthulos-. Todo son manifestaciones
externas de la realidad subyacente, que está más allá de toda comprensión
humana, puesto que no hay cosas relativas mediante las que la mente finita del
hombre pueda medir lo infinito. Lo uno puede subyacer en todo, o bien cada
ilusión natural puede poseer una entidad básica. Todas estas cosas ya eran
conocidas por Raama, la mayor mente de todos los tiempos, que hace eones liberó
a la humanidad de las garras de demonios desconocidos, y permitió así que la
raza se elevara hacia las alturas.
-Fue un nigromante muy poderoso -asintió Ka-nu.
-No era ningún brujo -dijo Kuthulos-. No era ningún encantador,
ni conjurador que buscara la divinización en el hígado de las serpientes. No
había nada de falso en Raama. Había logrado comprender los cinco grandes
principios, conocía los elementos y sabía que las fuerzas naturales,
estimuladas por causas naturales, producían resultados naturales. Lograba sus
aparentes milagros mediante el ejercicio de sus poderes de una forma natural,
tan sencilla para él como lo es para nosotros encender una hoguera, y tan
lejana de nosotros como lo habría sido encender esa misma hoguera para nuestros
antepasados, los monos.
-Entonces, ¿por qué no transmitió todos sus secretos a la raza
humana? -preguntó Tu.
-Sabía que no es bueno que el hombre sepa demasiado. Algún
villano habría podido sojuzgar así a toda la humanidad, e incluso todo el
universo, de haber sabido lo que sabía Raama. No, el hombre debe aprender por
sí mismo, y expandir su alma a medida que lo hace.
-Sí, dices que todo es una ilusión -insistió Ka-nu, astuto en
las artes de gobierno. pero ignorante en filosofía y ciencia, por lo que
respetaba mucho a Kuthulos o sus conocimientos-. ¿Cómo puede ser? ¿Acaso no
oímos, vemos y palpamos?
-¿Qué es la visión? ¿Qué el sonido? -replicó el esclavo-. ¿Acaso
no es el sonido la ausencia de silencio, y el silencio la ausencia de sonido?
Pero la ausencia de algo no es una sustancia material. Es... nada. ¿Y cómo
puede existir algo que es nada?
-En tal caso, ¿por qué son las cosas lo que son? –preguntó
Ka-nu, tan extrañado como un niño.
-No son más que apariencias de la realidad. Como el silencio; en
alguna parte existe la esencia del silencio, el alma del silencio. En alguna
parte hay una nada que es algo. ¿Cuántos de vosotros habéis percibido el más
completo silencio? ¡Ninguno de nosotros! Siempre hay algún ruido, el susurro de
la brisa, el revoloteo de un insecto, hasta el crecimiento de las hojas de
hierba o, en el desierto, el murmullo de la arena al deslizarse Pero en el
centro del silencio no hay el menor sonido.
-Hace mucho tiempo -dijo Ka-nu-, Raama encerró un espectro de
silencio en un gran castillo, y lo selló allí para la eternidad.
-En efecto -asintió Brule-. Yo mismo he visto ese castillo. Es
una gran mole negra que se levanta sobre una montaña solitaria, en una región
salvaje de Valusia. Se le conoce desde tiempos inmemoriales como Espectro del
Silencio.
-¡Ja! -exclamó Kull, repentinamente interesado por la
conversación-. Amigos míos, eso sí que es algo a lo que me gustaría eche un
vistazo.
-Mi señor -dijo Kuthulos-, no es bueno entrometerse en las cosas
que hizo Raama, pues él era más sabio que cualquier otro hombre. He oído contar
la leyenda según la cual, y gracias a sus artes, logró aprisionar a un demonio;
bueno, no con sus artes, sino mediante sus conocimientos de las fuerzas
naturales, y no un demonio, sino algún elemento que amenazaba la propia
existencia de la raza. El poder de ese elemento queda evidenciado por el hecho
de que ni siquiera Raama fue capaz de destruirlo; lo único que pudo hacer fue
aprisionarlo.
-Ya basta -dijo Kull con impaciencia-. Raama está muerto desde
hace tantos milenios que hasta me aturde pensar en ello. Cabalgaré para ir al
encuentro del Espectro del Silencio. ¿Quién me acompaña?
Todos los que oyeron sus palabras, junto con cien asesinos
rojos, la fuerza de combate más poderosa de Valusia, acompañaron a Kull cuando
éste abandonó a caballo la ciudad real, a primeras horas del alba. Cabalgaron
entre las montañas de Zalgara, y después de muchos días de marcha se
encontraron ante una montaña solitaria, que se elevaba sombríamente sobre la
meseta, y en cuya cúspide se levantaba la gran mole de un castillo tan negro
como la noche.
-Éste es el lugar -dijo Brule-. Nadie vive en cien leguas a la
redonda de este castillo, ni ha vivido aquí desde que el hombre es capaz de
recordar. Todo esto se halla abandonado, como una región maldita.
Kull detuvo a su gran caballo y miró. Nadie dijo nada, y el rey
se dio cuenta de aquella extraña quietud, casi intolerable. Cuando habló, todos
se sobresaltaron. Al rey le parecía que unas oleadas de quietud mortal emanaban
de aquel tenebroso castillo que se levantaba sobre la montaña. Ningún pájaro
cantaba en los alrededores, ningún soplo de viento movía las ramas de los
escuálidos árboles. Mientras los jinetes de Kull subían por la pendiente, el
ruido de los cascos de los caballos sobre las rocas pareció resonar
terriblemente en la lejanía, hasta morir sin eco.
Se detuvieron ante el castillo que se elevaba allí como un
monstruo oscuro, y Kuthulos trató nuevamente de convencer al rey.
-¡Reflexionad, Kull! Si rompéis ese sello, podéis dejar suelto
en el mundo a un monstruo cuyo poder y frenesí sean irresistibles para los
hombres.
Kull, impaciente e incapaz de contenerse por más tiempo, le
apartó a un lado. Se sentía poseído por una caprichosa perversidad, un defecto
muy común entre los reyes, y aunque habitualmente se mostraba razonable, ahora
ya había tomado su decisión y no estaba dispuesto a permitir que nada ni nadie
le apartara del camino elegido.
-Hay inscripciones antiguas en ese sello, Kuthulos. Léeme lo que
dicen.
De mala gana, Kuthulos desmontó y los demás le imitaron, excepto
los soldados, que permanecieron montados en sus caballos como imágenes de
bronce, impertérritos bajo la pálida luz del sol. El castillo se cernía sobre
ellos como una calavera sin cuencas, pues no se veía ventana alguna por ninguna
parte, y sólo había una gran puerta de hierro, asegurada con un cerrojo
sellado. Al parecer, el edificio no tenía más que una sola cámara.
Kull dio unas pocas órdenes relativas a la disposición de las
tropas, y se mostró irritado al descubrir que tenía que levantar la voz de una
forma desproporcionada para que los comandantes comprendieran sus palabras. Las
respuestas que le dirigieron llegaron hasta él como apagadas y lejanas.
Se aproximó a la puerta, seguido por sus cuatro camaradas. Allí,
de una estructura existente junto a la puerta, colgaba un gong de curioso
aspecto, aparentemente de jade, de un color verdusco, aunque Kull no pudo estar
seguro de cuál era el color pues éste cambió y se transformó ante su misma
mirada atónita, de modo que a veces su mirada parecía hundirse en las
profundidades de algo, mientras que otras veces tenía la impresión de estar
mirando sólo lo superficial. Junto al gong, había un mazo compuesto del mismo y
extraño material. Lo tomó, golpeó con él ligeramente y se quedó boquiabierto y
casi ensordecido por el estruendo que siguió, como si se hubiera concentrado
allí todo el sonido de la Tierra.
-Lee las inscripciones, Kuthulos -ordenó de nuevo.
El esclavo se inclinó hacia adelante, con una expresión de
considerable respeto, pues no cabía duda de que aquellas palabras habían sido
esculpidas sobre la piedra por el propio Raama.
-Que aquello que fue, vuelva a ser -entonó-. ¡Llevad cuidado,
hijos de los hombres! -Se irguió, con una expresión temerosa en el rostro-. ¡Es
una advertencia! ¡Una advertencia del propio Raama! ¡Llevad cuidado, Kull!
¡Llevad cuidado!
Pero Kull emitió un bufido, desenvainó la espada, cortó el sello
y luego golpeó la gran barra de metal. Golpeó una y otra vez, apenas consciente
del silencio comparativo con que caían sus golpes. Finalmente, la barra cayó y
la puerta se abrió.
Kuthulos lanzó un grito. Kull retrocedió. sobresaltado...
¿Estaba vacía la cámara? ¡No! No vio nada, no había nada que ver y, sin
embargo, sintió latir el aire a su alrededor, como si algo se ondulara desde el
fondo de aquella cámara nauseabunda, produciendo grandes oleadas invisibles.
Kuthulos se apoyó sobre su hombro y le gritó, y sus palabras llegaron hasta él
como si hubieran tenido que salvar una distancia cósmica.
-¡El silencio! ¡Esto es el alma de todo el silencio!
El sonido cesó por completo. los caballos cayeron, y los jinetes
se desmoronaron de bruces al suelo y permanecieron tendidos sobre el polvo,
agarrándose la cabeza con las manos, profiriendo gritos que no producían sonido
alguno.
Sólo Kull permaneció erguido, con la inútil espada adelantada
ante él. ¡Silencio! ¡El más profundo y absoluto de los silencios! Oleadas
palpitantes y ondulantes del más inmóvil de los horrores. Los hombres abrieron
las bocas y gritaron, a pesar de lo cual no producían ningún sonido.
El silencio penetró en el alma de Kull; engarzó sus garfios
alrededor de su corazón, envió tentáculos de acero hacia su cerebro. Se agarró
la frente, atormentado; el cráneo parecía querer explotarle, hacerse añicos. En
la oleada de horror que le envolvió, Kull tuvo visiones rojizas y colosales: el
silencio extendiéndose por toda la Tierra, por el universo entero. Hombres que
morían en silencio, emitiendo balbuceos ininteligibles; el rugido de los ríos,
el estallido de las olas de los mares, el sonido de los vientos, todo se
desvaneció y dejó de existir. Todo sonido quedó ahogado por el silencio. Un
silencio que destrozaba el alma, que hacía añicos el cerebro, que hacía
desaparecer todo signo de vida sobre la Tierra, que se elevaba monstruosamente
hacia los cielos, aplastando el mismo canto de las estrellas.
Y fue entonces cuando Kull conoció un miedo, un horror, un
terror insuperables, algo cruel, asesino del alma. Enfrentado a su visión
fantasmagórica, vaciló y se tambaleó como un borracho, fuera de sí a causa del
miedo. ¡Oh, dioses! Que hubiera un sonido, aunque sólo fuera el más leve, el
más débil de los ruidos. Kull abrió la boca como los demás maníacos que
aullaban detrás de él, y el corazón casi se le salió del pecho en su esfuerzo
sobrehumano por gritar.
La quietud palpitante se mofó de él. Kull castigó con la espada
el umbral de hierro de la puerta. Y las oleadas palpitantes seguían fluyendo de
la cámara, agarrándole, desgarrándole, mofándose de él como un ser sensible
lleno de vida.
Ka-nu y Kuthulos permanecían inmóviles. Tu se retorcía sobre su
vientre, sujetándose la cabeza con las manos, aullando sin sonido alguno, como
un chacal moribundo. Brule se revolvía sobre el polvo, como un lobo herido, y
aferraba ciegamente la vaina de su espada.
Ahora, Kull casi pudo ver la forma del silencio, el terrible
silencio que surgía de su espectro para hacer estallar los cráneos de los
hombres. Se retorcía. se revolvía en espasmos y sombras impías, ¡y se reía de
él! ¡Vivía! Kull se tambaleó y perdió el equilibrio y, al caer, su brazo
extendido alcanzó a golpear el gong. No oyó ningún sonido, pero percibió un
claro palpitar, un sobresalto de las oleadas que le rodeaban, una ligera
retirada involuntaria de éstas, como la mano del hombre que se aparta de un tirón
de las llamas.
¡Ah, el anciano Raama había dejado una salvaguarda para la raza.
incluso después de su muerte! De repente, el aturdido cerebro de Kull
comprendió el enigma. ¡El mar! El gong era como el mar; cambiaba sus
tonalidades verdes, nunca se estaba quieto, lo mismo parecía profundo que
superficial, y nunca permanecía en silencio.
¡El mar! Vibrante, pulsante, restallante día y noche, sin
descanso; ése era el mayor enemigo del silencio. Mareado, sintiendo profundas
náuseas, logró agarrar el mazo de jade. Las rodillas se le doblaron, pero se
afianzó, sujetándose con una mano al marco de la puerta, sosteniendo con la
otra el mazo, sujetándolo con una mortal desesperación. El silencio volvió a
surgir, colérico, envolviéndole.
Mortal, ¿quién eres tú para oponerte a mí, que soy más viejo que
los dioses? Antes de que hubiera vida yo ya existía, y seguiré existiendo mucho
después de que haya muerto la vida. Antes de que naciera el sonido invasor, el
universo estaba en silencio, y volverá a estarlo, pues yo me extenderé por todo
el cosmos y mataré el sonido..., mataré el sonido..., ¡mataré el sonido!
¡mataré el sonido!
El rugido del silencio reverberó por las cavernas del derrumbado
cerebro de Kull, como un cántico monótono y abismal, mientras él golpeaba el
gong una y otra... y otra y otra vez.
Y a cada golpe que daba, el silencio retrocedía, centímetro a
centímetro iba retrocediendo. Atrás, atrás, atrás. Kull renovó la fuerza de los
golpes que daba con el mazo. Ahora ya pudo percibir débilmente el lejano
tintineo del gong por encima de vacíos inimaginables de quietud, como si
alguien, en el otro extremo del universo, golpeara una moneda de plata con la
tachuela de una herradura de caballo. Y a cada diminuta vibración de sonido el
vacilante silencio se sobresaltaba y se encogía. los tentáculos se acortaban,
las oleadas se contraían, el silencio se encogía.
Atrás, atrás, cada vez más atrás. Ahora, los fragmentos que
quedaban se cernieron en el umbral y, por detrás de Kull, los hombres
susurraban y se ponían de rodillas, con mandíbulas colgantes y ojos de miradas
vacías. Kull arrancó el gong de la estructura que lo sostenía, y avanzó hacia
la puerta. Era como el combatiente que se dispone a asestar el último golpe. No
había compromiso posible para él. Esta vez, la gran puerta se cerraría para
siempre sobre el horror. Todo el universo debería haberse detenido para
contemplar a un hombre que, por sí solo, justificaba la existencia de la
humanidad y que escalaba las sublimes alturas de la gloria en su suprema
expiación.
Se detuvo en el umbral de la puerta, confrontado con las oleadas
que todavía pendían allí, sin dejar de golpear el gong. Todo el infierno
pareció fluir para salir a su encuentro desde aquella terrible cosa cuya última
fortaleza él invadía. Ahora, todo el silencio volvía a encontrarse encerrado en
la cámara, obligado a retroceder por los estruendos inconquistables del sonido,
un sonido concentrado a partir de todos los ruidos y sonidos de la Tierra,
aprisionado por la mano maestra que hacía tiempo había conquistado tanto al
sonido como al silencio.
Y aquí, el silencio reunió las fuerzas que le quedaban para
lanzar un último ataque. Infiernos de frío silencioso y de llamaradas sin ruido
se arremolinaron alrededor de Kull. Aquí había una cosa, elemental y real. El
silencio era la ausencia de sonido, había dicho Kuthulos, el esclavo que ahora
se arrastraba y balbuceaba en una nada vacía.
Aquí había algo más que una ausencia, porque se trataba de una
ausencia cuya máxima ausencia se convenía en una presencia, una ilusión
abstracta transformada en una realidad material. Kull no retrocedió; ciego,
aturdido, pasmado, casi insensible a la furiosa embestida de las fuerzas
cósmicas sobre él, sobre su alma, su cuerpo y su mente. Envuelto por los
ondulantes tentáculos, el ruido del gong murió de nuevo, pero Kull no dejó de
golpearlo con el mazo. Su torturado cerebro se tambaleó, pero afianzó los pies
contra el marco de la puerta y se impulsó poderosamente hacia adelante.
Encontró una verdadera resistencia material, como una oleada de fuego sólido,
más caliente que la misma llama, y más frío que el propio hielo. A pesar de
todo, siguió empujando y sintió que aquello cedía..., cedía.
Centímetro a centímetro, paso a paso, se fue abriendo camino en
el interior de la cámara de la muerte, empujando al silencio ante él,
obligándolo a retroceder más y más. A cada paso que daba sentía una tortura
demoniaca que le hacía gritar; cada uno de sus pasos era un infierno que le
destrozaba. Con los hombros hundidos, la cabeza baja, los brazos levantándose y
cayendo con un ritmo espasmódico, como a tirones, Kull siguió abriéndose
camino, y grandes gotas de sangre se acumularon sobre su frente y descendieron
incesantemente.
Tras él, los hombres empezaban a incorporarse, tambaleantes y
aturdidos, débiles y mareados por el silencio que había invadido sus cerebros.
Miraron hacia la puerta, donde el rey seguía librando su mortal batalla por el
universo. Brule se arrastró ciegamente hacia adelante, llevando consigo la
espada, todavía aturdido. dejándose llevar únicamente por su tenaz instinto que
le impulsaba a seguir al rey, aunque aquel camino condujera al infierno.
Kull obligó al silencio a retroceder más y más, paso a paso, y
sintió que se debilitaba poco a poco, que se hacía cada vez más pequeño. Ahora,
el sonido del gong se había incrementado, y seguía aumentando su potencia.
Llenaba la estancia, la Tierra, el cielo entero. El silencio se encogía ante
él, y a medida que disminuía, que se veía obligado a encogerse sobre sí mismo,
fue adquiriendo una forma horrible que Kull percibió sin poderla ver. Su brazo
parecía muerto, pero realizó un poderoso esfuerzo y redobló la potencia de los
golpes. Ahora el silencio se hallaba acurrucado en un rincón, empequeñeciéndose
cada vez más. ¡Un último golpe más! Y todo el sonido del universo se acumuló en
un solo rugido, en un aullido, en una explosión conmocionante que lo abarcó
todo. El gong estalló en un millón de diminutos fragmentos, ¡y el silencio
gritó!
El gorjeo alegre de los pájaros y el susurro del viento entre
las hojas nunca le habían parecido a Kull tan agradables de oír. Se dejó hundir
en aquellos débiles sonidos de fondo, y bebió en ellos con avidez, como un
hombre sediento que trasiega el vino fresco. El silencio, aquel silencio capaz
de ensordecer la mente, había desaparecido para siempre, empujado por el poder
del gong de jade, proscrito ahora al infierno ultracósmico al que se hubiera
visto obligado a retirarse, fuera cual fuese.
Mientras sus guerreros se iban incorporando uno tras otro,
pálidos y conmocionados, Kull cerró las puertas de hierro con un poderoso tirón
de sus musculosos hombros. La enorme puerta se cerró con un pesado sonido
metálico. Observó con una mueca el pesado anillo de metal y ante una sola
palabra suya Tu se adelantó y le tendió el gran sello de Valusia.
-El sello de Raama permaneció intocado durante siete mil años
antes de que nosotros, en nuestra estupidez, lo quebrantáramos -gruñó Kull.
Colocó el anillo sobre la cerradura y estampó la insignia real de Valusia sobre
el metal, con un solo y terrible golpe-. ¡Que todos los hombres lo sepan!
Ahora. el sello de Kull cierra esta puerta. Que ningún estúpido la abra en
todas las incontables eras de la eternidad, hasta que la propia y gran Valusia
se haya hundido bajo las aguas verdes del océano, en eones que todavía no han
nacido, y que el silencio no vuelva a regresar jamás para atormentar las almas
de los hombres.
Los asesinos rojos lanzaron un potente grito, al unísono, ante
las palabras del rey, que luego cabalgó de regreso, `bajo el brillante sol de
la mañana, hacia la Ciudad de las Maravillas, mientras todavía resonaba en sus
oídos la alegre música de aquel grito de sus hombres.
7 - JINETES DEL SOL NACIENTE
-Y así -concluyó Tu, el primer consejero-, Lala-ah, condesa de
Vanara, huyó con su amante, Felnar, el aventurero de Farsun. Y así ha traído
ella la vergüenza sobre su futuro esposo, y sobre el mismo trono de Valusia.
Kull, el rey, que había permanecido sentado, escuchando, con el
puño sosteniéndole la barbilla, emitió un gruñido. Había escuchado con escaso
interés mientras el viejo consejero narraba la historia de la joven condesa de
Vanara y de cómo había abandonado a un noble de Valusia, que esperaba para
casarse con ella en la misma escalinata de acceso al templo de Merama, mientras
ella huía con su amante. Kull no comprendía por qué Tu concedía tanta
importancia a estos hechos un tanto sórdidos, pero al fin y al cabo habituales.
-Sí, comprendo -dijo Kull con impaciencia-, pero ¿qué tienen que
ver conmigo las aventuras de esa condesa fugitiva? ¿O qué tienen que ver con el
trono de Valusia? No le echo la culpa por haber escapado de Ka-yanna. ¡Por
Valka! Él no es más que un pobre y feo diablo y muestra una conducta tan
abominable como la de ella. ¿Por qué importunar mis oídos con el relato de esta
historia?
-No habéis terminado de comprender todas las implicaciones, mi
señor -dijo el viejo consejero, con la paciencia que uno debe tener con un
guerrero bárbaro que resulta ser un rey-. Procedéis de la lejana Atlantis, y
todavía no os habéis familiarizado con las costumbres de la gran Valusia.
Permitidme que os lo explique. Al abandonar a su prometido en los mismos
cuernos del altar donde se iban a solemnizar sus nupcias, Lala-ah ha cometido
la mayor de las ofensas contra las más elevadas tradiciones de Valusia. Su
acción constituye un insulto para Valusia y para el rey de Valusia. Por ello,
la ley real decreta que tenga que ser conducida de regreso a la Ciudad de las
Maravillas, para ser sometida a juicio. Además, es una condesa y no puede casar
con ningún extranjero si no es con el consentimiento del rey, pues también
tenemos vigente una ley que regula el matrimonio de los nobles. Y, en este
caso, no habéis otorgado vuestro consentimiento real, que, por otra parte, ni
siquiera se os ha pedido. Valusia se convertirá así en objeto de escarnio en
los Siete Imperios, si éstos ven que permitimos a los aventureros extranjeros
llevarse a nuestras mujeres con total impunidad, y si permitimos que hasta los
valusos de nacimiento noble y con título transgredan las leyes antiguas sin
recibir por ello ningún castigo.
Kull se frotó la barbilla, y reflexionó acremente sobre las mil
y una tareas innobles que debía emprender un rey. Ahora, debía romper el
matrimonio de aquella mujer por ninguna otra razón que la existencia de una ley
inscrita desde hacía muchos años, por algún balbuceante hombre de barba gris,
en un pergamino seguramente ya podrido. Una ley que había que obedecer.
-En el nombre de Valka -gruñó, removiéndose inquieto sobre el
poderoso trono-. Vosotros, los valusos, armáis mucho jaleo por estas cosas...,
las costumbres y la tradición. De pocas cosas más he oído hablar desde que me
he sentado en el trono topacio. ¡No me gusta, Tu! En mi tierra, las mujeres se
casan con los hombres que ha elegido su corazón. Claro que nosotros sólo somos
salvajes...
Tu asintió con una sabia expresión.
-En efecto, Kull. Pero aquí nos encontramos en un ámbito
civilizado donde todos obedecemos las leyes. En vuestra tierra de Atlantis, los
hombres y las mujeres se desbocan, sin verse obstaculizados por los precedentes
y por la tradición. Pero aquí disponemos de una civilización. Y las
civilizaciones no son otra cosa que tejidos enmarañados hechos a base de
costumbres y regulaciones, mediante los que se imponen estrictos límites a la
gente, para que todos podamos convivir en paz y seguridad.
-¡Seguridad! -gruñó Kull-. Me importa bien poco la seguridad que
tiene que imponerse mediante leyes polvorientas. Dadme la seguridad que puede
ofrecer un guerrero fuerte y bien entrenado, el denuedo de sus habilidades de
combate y el borde afilado de su espada ¡Ésa es la idea que tiene Kull sobre la
seguridad!
-En efecto, mi señor -dijo Tu con palabras suaves-. Si me
permitís expresarlo así, ése es el concepto propio de un hombre criado en el
salvajismo.
Kull lanzó una risotada.
-Cuanto más veo de lo que tú llamas civilización, tanto mejor es
mi opinión sobre lo que llamas salvajismo. Pero continúa, Tu, porque me parece
que todavía no has terminado de exponer tu argumentación.
-Sólo queda un argumento más, oh, mi señor –continuó Tu-. Y es
el siguiente: la condesa poseía en sus venas sangre real, puesto que su madre
fue prima de Borna, el rey al que vos depusisteis para apoderaros del trono de
Valusia. En consecuencia, posee un cierto aunque tenue derecho a la sucesión
del trono, y ese derecho puede ser aprovechado por Felnar de Farsun, si es lo
bastante ambicioso para ello, como suelen ser todos los de su ralea. ¿Nos
atreveremos..., os atreveréis a correr el riesgo de que un rival reclame un
derecho sobre el trono de Valusia?
Una luz feroz cruzó relampagueante por los ojos felinos de Kull.
¡Eso sí que era un argumento! Se había apoderado del trono topacio y tenía toda
la intención de conservarlo. Un gruñido inarticulado surgió de lo más profundo
de su nudosa garganta. Tu al observar aquellas señales que tan bien conocía,
sonrió suavemente para sus adentros, y añadió el toque final a su
argumentación:
-Después de verse abandonado por su prometida, Ka-yanna salió a
caballo, acompañado por un grupo de hombres armados. Uno de ellos espera
afuera, portador de un mensaje para vos que os envía el aventurero de Farsun.
Creo que deberíais oír lo que tenga que deciros, mi señor.
-En tal caso, que entre y que hable -gruñó Kull.
Tu regresó al cabo de un momento, seguido por un joven jinete
cuya bolsa se veía manchada por el polvo de los caminos. El joven se inclinó
humildemente, como muestra de obediencia, ante el rey guerrero de Valusia.
Kull lo miró con una expresión de ferocidad.
-¿Cómo es que traes noticias de ese tal Felnar? ¿No te has
abalanzado sobre el tipo si estuviste lo bastante cerca como para intercambiar
palabras con él?
-No, mi señor, yo no le he visto directamente. Pero hablé con un
guardia de las fronteras de Zarfhaana, a quien este Felnar entregó un mensaje,
con el ruego de que se lo repitiera a cualquier valuso que apareciera para
perseguirle. El mensaje es el siguiente: «Dile al cerdo bárbaro que ha usurpado
el trono sagrado de Valusia que yo lo considero un bribón, un canalla y un vil
usurpador. Dile que algún día yo y mi esposa, cuyo derecho al nombre real es
mucho más puro que el de él, regresaremos acompañados por mil espadas para
arrojarlo del alto puesto que ahora ocupa. Cubriré el cuerpo cobarde de Kull
con vestimentas de mujer, y lo pondré a cuidar de los caballos de mi carruaje,
que es una tarea mucho más adecuada para su baja condicion».
Tras aquellas palabras, se produjo un tenso silencio que se
extendió por toda la sala del trono, a punto de quebrarse.
Luego, la poderosa corpulencia de Kull se incorporó, y su cetro
de mando se estrelló contra las losas de mármol. Permaneció un momento sin
decir nada. con el rostro encendido por la furia y los ojos relampagueantes
como antorchas llameantes. Finalmente, encontró la voz para emitir un rugido
sin palabras que hizo retroceder, tambaleantes, a Tu y al joven jinete que se
encontraban ante él, como pueden retirarse los hombres ante el rugido del tigre
al que han molestado sin darse cuenta.
-¡Valka! ¡Holgar! ¡Honen y Hotath! -rugió, con la voz llena de
rabia, mezclando los nombres de las divinidades, los ídolos paganos y los
demonios del averno, en una blasfema proximidad que produjo un estremecimiento
en Tu.
El rey blandió sus poderosos brazos y su puño de hierro
descendió sobre la hoja de la mesa, con un golpe de una fuerza tan tremenda que
hasta las pesadas patas se doblaron como el papel. Tu retrocedió, encogido,
hacia la pared, mientras que el joven jinete, tan pálido como la leche, se
tambaleó hacia atrás, en dirección a la puerta. Se había atrevido a mucho al
comunicar a Kull el insultante mensaje del farsuno, y ahora temía por su vida.
Pero Kull era demasiado salvaje como para identificar el insulto con quien se
lo transmite, ya que sólo el monarca civilizado descarga su venganza sobre el
correo por comunicarle un insulto de su amo.
Kull se arrancó las vestiduras incrustadas de piedras preciosas
y las arrojó a través de la estancia. A ellas siguió la corona, que chocó con
ruido metálico contra la pared más alejada, desprendiendo sus resplandecientes
ópalos a causa de la furia del gesto. Tomó entonces la gran espada y se sujetó
el cinto alrededor de su torso desnudo.
-¡Caballos! ¡Llamad a los asesinos rojos y ordenadles que monten
y cabalguen! ¿Dónde está Brule, el picto? ¡Moveos de una vez, que sois unos
lentos boquiabiertos y unos zoquetes...!
Tu salió volando del salón del trono, con la túnica ondeándole
alrededor de las piernas huesudas, empujando ante él al pálido jinete.
-¡Tocad las trompetas de guerra! ¡Rápido! ¡Decidle a Brule, el
asesino de la lanza, que acuda inmediatamente ante el rey, antes de que nos
mate a todos!
Cuatrocientos guerreros, vestidos de pies a cabeza con adornos
de color carmesí, permanecían montados en sus caballos en la amplia plaza
situada ante el palacio de los reyes cuando Kull salió del edificio y caminó
hacia ellos con grandes zancadas. Las espadas chocaron contra los escudos, y
los caballos se levantaron sobre los cuartos traseros cuando los asesinos rojos
ofrecieron al rey el saludo debido a la corona. Los penetrantes ojos de Kull
recorrieron con orgullo y ferocidad las filas de sus hombres, devolviéndoles el
saludo.
Eran los soldados más terribles de la Tierra, la caballería de
Kull, elegida por el propio rey entre los guerreros de las montañas de Valusia,
los combatientes más fuertes y vigorosos de una raza que había ido degenerando.
Aquí estaban también los pictos, salvajes ágiles y desnudos, hombres de la
tribu heroica de Brule, que permanecían sobre sus monturas como centauros, y
que eran capaces de luchar como demonios desde los pozos escarlata del
infierno.
Kull avanzó hacia su gran caballo de guerra, tomó a la medio
domada bestia por el bocado y la obligó a ponerse de rodillas, en una
demostración de fuerza que dejó respetuosamente boquiabiertos incluso a los más
fuertes de sus guerreros. Luego, saltó sobre la silla, pertrechado con todas
sus armas, e hizo levantar al caballo, que resoplaba, con un potente tirón de
las riendas. Brule, el jefe de los más formidables aliados de Valusia, y amigo
personal de Kull, se situó al lado de su monarca, acompañado por Kelkor, cl
segundo al mando de los asesinos rojos.
-¿Hacia dónde cabalgamos, mi señor?
-¡Por Valka que cabalgaremos duro y lejos! Iremos primero a
Zarfhaana. y luego más allá. hacia las tierras de la nieve. de los ardientes
desiertos, o hasta las fauces escarlata del propio infierno si fuera necesario,
¡no lo sé!
El primer acceso de furia ardiente de Kull se había enfriado y
endurecido, para transformarse en una rabia fría y acerada. En un rostro de
bronce impasible, sus ojos relampagueaban como el acero desnudo de la espada.
Brule le miró con una mueca lobuna.
-¿Qué vamos a buscar allí? -preguntó.
-El rastro de Felnar, un aventurero de Farsun que se ha
ocultado, llevando consigo a una mujer valusa. Seguiremos el rastro de ese
zorro fársuno hasta su guarida, y reduciremos la mitad de la tierra a polvo si
es necesario para encontrarle.
Tu, que todavía temblaba de temor, había seguido a Kull hasta la
plaza.
-¡Oh, mi señor! -se aventuró a exclamar con voz temblorosa-.
Esto no es prudente. El emperador de Zarfhaana nunca permitirá que una fuerza
así atraviese a caballo su reino. Olvidad las fútiles amenazas de ese fanfarrón
ladrón de novias...
Kull lo atravesó con una mirada feroz.
-¿No fuiste tú el primero que me urgió a buscarle? ¡Pues guarda
silencio ahora! Tu, dejo Valusia en tus manos hasta mi regreso. Y sólo
regresaré cuando haya medido mi espada con ese farsuno, o no regresaré jamás.
En cuanto a los zarfhaanos, si nos prohíben el paso cabalgaré sobre los restos
de sus ciudades destruidas -fue la cruel respuesta de Kull-. En Atlantis, los
hombres vengan los insultos. Y aunque ya he dejado de ser un atlante, ¡por
Valka que sigo siendo un hombre!
Dirigió un gesto feroz a sus hombres, indicándoles que
emprendieran la marcha hacia el este. Kelkor gritó una orden, se levantaron las
trompetas, que destellaron bajo el sol y sonaron con un estruendo metálico. Los
asesinos rojos se pusieron en movimiento, avanzaron como una marejada de acero
y carmesí por las amplias avenidas, y salieron de la magnifica ciudad.
Las gentes miraron con curiosidad desde los balcones, los
tejados y las ventanas, para contemplar a la poderosa caballería que pasaba con
estruendo para hacer la guerra. Observaron a los caballos engualdrapados, que
agitaban sus crines sedosas y ondulantes; oyeron el sonido de los cascos de
plata que repiqueteaban sobre el empedrado como una horda de herreros
fantasmales; vieron los estandartes y pendones ondeantes al aire, sujetos a las
puntas de las lanzas. El sol refulgió sobre las armaduras de bronce de los
guerreros. Las capas flotaban al viento, como estandartes escarlata. El recio
desfile de hombres de armas descendió por la avenida, salió de la ciudad por la
gran puerta oriental, y desapareció de la vista.
Y, poco a poco, las gentes de la ciudad abandonaron sus puestos
de observación y volvieron a enfrascarse en sus pequeñas tareas cotidianas,
como hace siempre la gente, sean cuales fueren las portentosas hazanas que
realicen los reyes y los guerreros.
La noche los encontró acampados en las laderas de las montañas,
más allá de Valusia. Las gentes de las montañas acudieron a ofrecerles comida y
vino. Ahora que ya habían dejado bien atrás la Ciudad de las Maravillas, los
orgullosos guerreros dejaron de lado los frenos que experimentaban cuando se
encontraban en cualquier ciudad del mundo. y conversaron libremente con los
montañeses, muchos de los cuales eran parientes suyos Entonaron viejas
canciones con ellos, frente a las hogueras del campamento, y repitieron las
viejas bromas.
Kull, con el semblante ceñudo y el ánimo inquieto, paseaba
aparte, más allá del resplandor de las hogueras, bajo los cielos tachonados de
estrellas, mientras contemplaba el místico escenario de las escarpaduras
peladas y el valle florido. Las duras lineas de las laderas se veían suavizadas
por el follaje y los pastos verdes, y los profundos valles parecían pozos
tenebrosos bajo la luz de las estrellas, ámbitos de sombras llenos de una
antigua magia y misterio. Pero la cadena de montañas se elevaba nítida y clara
bajo la luna plateada.
Estas montañas de Zalgara siempre habían ejercido una gran
fascinación sobre Kull. Le hacían recordar las alturas nevadas de Atlantis, que
había escalado cuando era un muchacho, antes de abandonarlas para salir a la
gran luz del sol del mundo, para inscribir su nombre en las estrellas y ocupar
el antiguo trono.
Sin embargo, estas montañas eran diferentes. Las escarpadurras
de Atlantis se elevaban, duras y adustas, brutales y terribles con su juventud,
como el propio Kull. La edad todavía no había suavizado los bordes acuchillados
de su fortaleza; las estrellas desnudas parecían quedar empaladas sobre sus
picos, afilados como colmillos.
Las montañas de Zalgara, en cambio, eran más antiguas, más
redondeadas. Se elevaban al cielo como dioses alables. Grandes árboles y
arboledas poblaban risueñamente sus hombros. Sus vertientes angulosas se veían
cubiertas por extensiones de hierba y prados verdes que parecían de terciopelo,
como espesas vestimentas. Todo era viejo, muy viejo, pensó Kull. El paso de más
de un siglo había terminado por gastar el esplendor de las cumbres afiladas del
pasado, y ahora aparecían, suavizadas y hermosas por la edad, como si soñaran
con viejos tiempos y con antiguos reyes cuyos pies habían hollado su césped.
El recuerdo del insulto de aquel fantarrón volvió a apoderarse
de él como una oleada roja, apartando sus pensamientos melancólicos y volviendo
a encender la furia con el recuerdo. Kull echó hacia atrás sus anchos hombros y
observó el ojo sereno de la luna.
-¡Que Valka y Hotath condenen mi espíritu al fuego eterno si no
logro descargar mi venganza sobre ese farsuno! -rugió.
Y el viento de la noche susurró entre los árboles como si se
burlara de su juramento.
El amanecer escarlata pareció explotar como una conflagración
sobre las montañas de Zalgara cuando ya Kull se hallaba sobre su caballo, al
frente de su caballería. Los destellos del amanecer arrancaron llamaradas de
las puntas de las lanzas, de los cascos y escudos, a medida que la columna de
los asesinos rojos se desplazaba como una serpiente escarlata y acerada entre
los valles verdes y las ondulantes colinas, cubiertas por las perlas del rocío.
-Cabalgamos hacia el sol naciente -comentó Kelkor.
-En efecto -asintió Brule con un encogimiento de hombros-, y
algunos de nosotros cabalgaremos más allá.
Ahora fue Kelkor quien se encogió de hombros.
-Será lo que tenga que ser. Ése es el destino del guerrero.
Kull observó todo esto desde la máscara de bronce que era su
rostro, en la que únicamente los ojos parecían estar con vida. Miró a Kelkor
pensativamente. la costumbre decretaba que el comandante de la hueste fuera de
sangre valusa, y Kelkor... era lemur. Su destreza en la guerra, su valentía en
el combate y su sabiduría en el consejo habían hecho destacar a este guerrero
de entre las filas desconocidas de mercenarios, hasta ocupar el segundo puesto
en el mando de las huestes de Valusia. Sólo ese detalle de nacimiento le
impedía alcanzar el más alto rango.
Recto como una lanza, Kelkor cabalgaba con porte inflexible, tan
erguido como una estatua de acero. Hombre de ánimo feroz, que se veía poseído
de una gran furia cuando se enfrentaba al enemigo, Kelkor mostraba una helada
serenidad en otras ocasiones. El control absoluto que ejercía sobre sí mismo le
señalaba como alguien nacido para mandar a los demás. Kull maldijo una vez más
esta ciega aceptación de las costumbres regias que gobernaban en Valusia con un
poder que sobrepasaba incluso a la voluntad del propio rey.
El amanecer del día siguiente les sorprendió cuando descendían
por las laderas de las montañas, hacia el amarillento misterio del desierto de
Camoonia. Durante el resto del día, cabalgaron a través de aquella terrible y
vasta extensión de matices azafranados, donde no crecía un solo árbol, matojo u
hoja de hierba, y donde no se veían más que las eternas y ondulantes arenas
amarillentas, que se elevaban y descendían en las dunas.
Al mediodía, cuando el sol estaba en lo más alto, acamparon
brevemente para protegerse de su firmeza. El calor era intolerable, y caía
ardiente desde el cuenco de latón en que parecía haberse convertido el cielo.
Continuaron la marcha a través de oleadas de luz desgarradora. Ni una sola gota
de agua humedecía la soledad salina. Ningún ave rcvoloteaba bajo las bóvedas
ardientes del cielo. Ningún sonido interrumpía el gemido del viento,
perpetuamente caliente, salvo el crujido de los cueros, el entrechocar de los
aceros, el rumor de la arena al ser desplazada por los cascos de los caballos,
que avanzaban fatigosamente. Hasta el propio Brule parecía debilitarse bajo
aquel calor ígneo; se desató el peto defensivo y lo colgó de uno de los
caballos que acarreaban la impedimenta. Kelkor, sin embargo, continuó su avance
impertérrito, erguido bajo la carga de la armadura completa, aparentemente
incólume bajo el calor ardiente del día. Ni siquiera una pequeña gota de sudor
humedecía su correoso rostro.
-Es como el acero más puro -murmuró Kull, admirado.
Entregado él mismo a la ciega rabia, envidiaba el control de
hierro que ejercía el lemur sobre sí mismo.
Dos días de un viaje agotador y chamuscante les permitió salir
de las arenas de Camoonia y llegar a las bajas colinas verdes que marcaban los
limites de Zarfhaana. Aquí, se detuvieron ante dos guardias zarfhaanos, y Kull
se adelantó para parlamentar con estos centinelas.
-Soy Kull, rey de Valusia -dijo bruscamente-. Seguimos el rastro
de Felnar, un secuestrador de mujeres. No intentéis detenerme ni impedírmelo.
Yo seré responsable ante vuestro emperador.
Los dos centinelas se hicieron a un lado, y saludaron a la
hueste armada. Una vez que ésta hubo desaparecido en la distancia, uno de ellos
se volvió hacia el otro con una mueca burlona.
-¡Te he ganado la apuesta! El propio rey de Valusia le sigue el
rastro a Felnar.
-Así es -asintió el otro-. Estos bárbaros son muy ardientes en
cuestiones de honor, siempre ávidos por vengar sus agravios. ¡Por todos los
dioses!, si hubiera sido un verdadero valuso, habrías perdido la apuesta.
El retumbar de las monturas de los jinetes de Kull arrancó ecos
en los valles de Zarfhaana. Se detuvieron para enviar un mensaje al emperador
zarfhaano y asegurarle sus propósitos pacíficos, y fue aquí donde alcanzaron a
Ka-yanna, el vengativo y traicionado novio. Mientras se detuvieron brevemente
para conferenciar, se extendió por todas partes la notida de que el rey de
Valusia cabalgaba hacia el sol naciente. Los pacíficos habitantes de las aldeas
acudieron en tropel para ver a los poderosos valusos.
-De modo que según tus informes, el secuestrador nos lleva
muchos días de ventaja -musitó Kull con expresión ceñuda-. Tenemos que seguirle
la pista de cerca. No vale la pena interrogar a estos campesinos, pues Felnar
los habrá sobornado con mucho oro para que nos den pistas falsas y nos mientan.
Ka-yanna torció sus delgados labios en una sonrisa maliciosa.
-Permitidme que sea yo quien les interrogue, mi señor. Les
arrancaré la verdad del mismo modo que se saca el agua de un paño retorcido.
Kull ni siquiera se tomó la molestia de ocultar su desprecio.
-¿Mediante la tortura? Mantenemos relaciones amistosas con los
zarffhaanos. Su señor nos permite el paso pacífico por sus dominios; cabe
esperar que sería demasiado hacerle tragar la tortura a sus campesinos.
-¿Qué le importa al emperador unos pocos aldeanos maltratados?
Kull lo apartó a un lado, impaciente.
-Ya basta. Kelkor..., veamos ese mapa.
Se inclinaron sobre el pergamino donde aquellas tierras
aparecían dibujadas con tintas de color azul, carmesí y verde.
-No es muy probable que se haya aventurado hacia el norte
-reflexionó Kull en voz baja-, ya que en esa dirección, y más allá de
Zarfhaana, sólo está el mar, infestado de bribones y piratas.
-Tampoco hacia el sur -observó Kelkor con firmeza-, porque allí
se encuentra Thurania, enemiga hereditaria de su nación.
-En mi opinión -dijo Brule tras reflexionar un momento-,
continuará hacia el este, tal y como ha venido haciendo hasta ahora. Eso
significa que cruzará la frontera oriental de Zarfhaana en algún punto situado
cerca de la ciudad fronteriza de Talunia, para entrar en las zonas desérticas
de Grondar. Entonces, probablemente se dirigirá hacia el sur, en busca de un
camino abierto que le conduzca a su propio país, Farsun, que se encuentra al
oeste de Valusia. Se abrirá paso a través de los pequeños principados situados
al sur de Thurania. No puede ir a ninguna otra parte.
-En efecto -asintió Kull, mostrándose de acuerdo-. Pero aquí hay
algo extraño. Si su objetivo consistió desde el principio en llegar a Farsun,
¿por qué dirigirse hacia el este, en la dirección opuesta?
-Probablemente, señor, porque en estos tiempos inciertos todas
las fronteras de Valusia se hallan cerradas, a excepción de la oriental. Jamás
habría podido cruzar los caminos estrechamente vigilados sin disponer de un
salvoconducto del rey. Y mucho menos habría podido hacer pasar a la condesa al
otro lado de las fronteras.
Así pues, continuaron cabalgando hacia el este durante largos y
fatigosos días. Las afables gentes del campo festejaban su llegada cada vez que
se detenían, ofreciéndoles gran cantidad de alimentos zarfhaanos, y rechazando
el pago que se les ofrecía por ellos. Era un territorio suave y lánguido, pensó
Kull, tan impotente como una muchacha de ojos muy abiertos que contemplara la
llegada de un conquistador despiadado.
Los cascos de los caballos arrancaban una música acerada que se
extendía sobre los valles de ensueño y los bosques verdeantes. Kull conducía a
los asesinos rojos con dureza, y les ofrecía apenas un mínimo de merecido
descanso. Pues justo delante de él, como un fantasma burlón, aleteaba el rostro
elusivo de Felnar. El corazón de Kull ardía con el placer de hierro al rojo de
la venganza, con el odio implacable del salvaje ante el que ceden todos los
demás deseos.
Al amanecer llegaron a la ciudad fronteriza de Talunia. La
hueste estableció su campamento en la linde del bosque, y Kull entró en la
ciudad, acompañado únicamente por Brule. Las puertas se abrieron a la vista de
la enseña real de valusia y el símbolo del paso libre que le había enviado el
propio emperador de Zarfhaana, compuesto por un sello dorado en el que se veía
a un grifo de aspecto feroz, con un león en su pico ganchudo.
-Te saludo -dijo Kull llevando a un lado al comandante de la
guardia de las puertas de Talunia-. ¿Está en la ciudad un tal Felnar de Farsun,
y Lala-ah de Valusia? Deberían haber llegado, procedentes del oeste, hace unos
tres días.
El comandante asintió con un gesto.
-En efecto. Entraron hace unos días por esta misma puerta, pero
no sabría deciros si han abandonado la ciudad o no.
Kull depositó en su mano un brazalete de piedras preciosas que
se quitó de su propio antebrazo.
-Escúchame entonces, y atiende a lo que te digo: no soy más que
un noble valuso errante, acompañado por un esclavo picto. Nadie necesita saber
más que eso, ¿entendido?
El soldado miró con avidez el valioso brazalete y se lo guardó.
-Desde luego, mi señor. Pero ¿qué decir de vuestros guerreros,
acampados junto al bosque?
-Su campamento no puede verse desde la ciudad, puesto que un
brazo del bosque se interpone. Ese brazalete también pagará tu desconocimiento
sobre la presencia de mi hueste armada, ¿de acuerdo?
-¡En el nombre de Valka! Soy un soldado de Zarfhaana, mi señor.
¿Cómo puedo ser tan falso ante mi emperador y su virrey, que.gobierna la
ciudad, y fingir ignorancia ante la presencia de un ejército extranjero? No
creo que tengáis planeada ninguna traición, pero aun así...
En los ojos de Kull apareció una llamarada gris.
-El propio sigilo del emperador te obliga a obedecer. Mantén la
boca cerrada, y todo saldrá bien. Sólo busco a un traidor de Valusia, y no
pretendo causar el menor daño a Zarfhaana.
De mala gana, el comandante de la puerta obedeció y Kull y su
camarada picto entraron en la ciudad. Ya se observaba una gran agitación en el
bazar, a pesar de que los brillantes estandartes del amanecer todavía no se
habían desplegado por el cielo. La estatura gigantesca de Kull y la desnudez
broncínea de Brule atrajeron las miradas de los curiosos, pero aquélla era una
reacción muy natural. Kull se había echado una capa polvorienta sobre su
armadura real, y confiaba de ese modo en no despertar comentarios indebidos.
Encontraron una pequeña taberna y se sentaron ante una mesa,
cómodamente instalados en el local de techo bajo para beber cerveza ante la
chimenea encendida, atentos para ver si podían enterarse de alguna noticia de
lo que andaban buscando. Kull ya había estado en la sociedad civilizada el
tiempo suficiente para saber que puede conseguirse más información en una
taberna que en la cámara del espía jefe de un rey.
Bebieron, e invitaron a otros a un trago de vino, y así
transcurrió el largo día, pero no llegó a sus oídos una sola palabra sobre la
pareja de fugitivos, a pesar de todas las preguntas que hicieron. Si Felnar de
Farsun y la condesa de Vanara se hallaban todavía en la ciudad, desde luego
ocultaban muy bien su presencia. A Kull le había parecido que la presencia de
un galante petimetre y una hermosa heredera de sangre real habría sido
suficiente para desatar las lenguas de uno a otro extremo de la ciudad, pero no
fue ése el caso. ¿Se equivocaba entonces en sus conjeturas? ¿había continuado
la pareja su huida, en lugar de quedarse allí a descansar?
La noche ya caía, envolviendo las calles en colores purpúreos,
cuando Brule y su señor abandonaron la taberna para buscar la información en
las calles. Las estrechas vías de la vieja ciudad aparecían abarrotadas por una
multitud de juerguistas nocturnos. Las antorchas y las linternas refulgían y
resistían los soplidos del viento nocturno.
De pronto, Brule sujetó un brazo de Kull con su dura mano e
indicó con un gesto hacia la izquierda, donde se abría la boca oscura de un
callejón. Dentro del callejón estaba de pie una figura encogida que les hacía
señas con una mano, similar a una garra. Tras intercambiar una rápida mirada y
soltar las dagas en sus vainas, se encaminaron hacia el oscuro callejón.
Se trataba de una vieja arrugada, de ojos legañosos, encorvada
por la edad y envuelta en un manto raído y sucio que le caía de los hombros
inclinados.
-Kull..., Kull..., ¿qué buscáis en las calles tortuosas de
Talunia? preguntó con una voz susurrante y aguda.
Los dedos de Kull se cerraron con fuerza sobre la empuñadura de
su daga.
-¿Cómo sabes mi nombre, vieja madre? -preguntó.
La anciana emitió una risa aguda.
-En el mercado hay muchos ojos que ven, y muchas lenguas que
susurran, y aunque bien es verdad que soy vieja, tengo buenos oídos.
Brule lanzó un juramento apenas contenido y sujetó a la vie ja
por el brazo.
-También tienes un cuello que se puede rebanar, a menos que nos
digas lo que queremos saber, vieja bruja.
La anciana no prestó la menor atención a la amenaza Sus pequeños
ojos legañosos le miraron astutamente desde las oscuras sombras.
-Esta. bien, Kull, puedo conduciros ante quienes buscáis,
pero... ¿tenéis oro?
-Lo suficiente como para que lleves una vida llena de
comodidades -contestó el rey.
-¡Bien! ¡Eso está muy bien! Ya es lo bastante duro ser vieja
como para encima ser pobre. Escuchadme bien. Los dos que buscáis saben que
estáis rondando por aquí. En estos momentos se preparan para huir en cuanto
haya oscurecido lo suficiente. Se ocultan en una cierta casa, y pronto, muy
pronto, se marcharán...
-¿Cómo? -preguntó Brule con recelo-. ¡Las puertas de Talunia se
cierran a la puesta del sol!
-Sí, en efecto, pero unos caballos les esperan apostados junto a
un postigo de la puerta oriental. La guardia ha sido sobornada... Ah, el joven
Felnar cuenta con muchos amigos en la ciudad de Talunia.
-¿Dónde está esa casa? -quiso saber Kull.
La anciana extendió hacia él la palma de una mano sucia.
-Dadme una prueba de vuestra buena voluntad, señor. Dejadme ver
el color de vuestro oro. -Kull colocó un grueso dis co de oro en la mano
nudosa. La anciana se lo acercó a los ojos, lo mordió y pareció sentirse
satisfecha. Se echó a reír agudamen te y se desplazó hacia atrás y hacia
adelante, en una grotesca parodia de una reverencia-. Por aquí Seguidme por
aquí...
Caminó cojeante por el oscuro callejón, seguida de cerca por
Kull y el picto, que avanzaban con aspeao ceñudo, muy conscientes de que la más
vil de las traiciones podía esperarles oculta en aquellas guaridas y recovecos.
Siguieron su figura inclinada, que se desplazaba arrastrando los pies, y
pasaron de una calleja polvorienta a otra, junto a pordioseros pedigüeños y
quejosos, que miraban sus figuras robustas y les dirigían sonrisas afectadas.
Finalmente, se detuvieron en la zona más pobre de la ciudad,
ante una enorme casa oscura de ventanas cerradas y fantasmales paredes negras.
La vieja les susurró, con un hálito fétido de su respiración, que Felnar y la
condesa se habían alojado en una estancia, situada en lo alto de la escalera.
Kull asintió con un gesto hosco, mientras los pensamientos cruzaban
aceleradamente por su mente.
-Brule, sigue a esta mujer hasta el lugar donde esperan los
caballos. Conozco ese postigo; lo he visto cuando reconocimos las murallas. Yo
entraré ahí.
-Pero Kull -protestó Brule-, ¡no podéis entrar solo en ese lugar
negro! Pensadio bien, puede ser una emboscada.
-Haz lo que te digo, y espérame sin perder de vista los
caballos. Me reuniré contigo allí Felnar se me podría escapar. Tú estarás
vigilante para atraparle si aparece antes de que yo lo encuentre.
-¿Y mi oro? ¿Dónde está mi oro? -lloriqueó la vieja.
Kull la miró con ferocidad.
-Lo recibirás cuando esté seguro de que me has conducido a la
guarida de Felnar. Y ahora, vete con Brule.
En cuanto se hubieron fundido con las sombras, Kull entró en la
casa negra, tratando de penetrar la oscuridad con sus lobunos ojos grises, de
percibir el menor rastro de luz. Con la daga en la mano, preparada, ascendió
con cautela por la crujiente y vieja escalera. A pesar de su vasto corpachón,
Kull se movió tan rápida y silenciosamente como un leopardo que estuviera de
caza, un truco aprendido de los tiempos en que, siendo muchacho, cazaba en los
bosques de Atlantis.
Aunque el vigilante que estaba sentado en el rellano de la
escalera hubiera estado despierto, cabe dudar que hubiera podido oír a Kull
acercarse. Tal y como sucedieron las cosas, sólo despertó cuando una mano de
hierro se cerró sobre su boca, para caer de inmediato en un sueño mucho más
profundo, después de que la pesada empuñadura de la daga se estrellara contra
su sien.
Kull se inclinó por un momento sobre el vigilante inconsciente,
con el oído atento, tratando de percibir un atisbo de movimiento en el
silencio. Un silencio que parecía dominarlo todo. Se acercó a la puerta de la
cámara que la vieja le había indicado. ¡Allí dentro había alguien! A sus oídos
tensos llegó el susurro de unas débiles palabras, el crujido de las tablas del
suelo.
Entonces, con un rápido salto felino, Kull derribó la puerta de
un solo empellón y se encontró en el interior de la estancia que había al otro
lado. Sólo se detuvo un instante, para sopesar rápidamente las posibilidades.
Por lo que sabía o le importaba, le daba igual que hubiera estado esperando su
llegada un puñado de asesinos armados.
La habitación estaba tan oscura como un pozo, a excepción del
trazo plateado de la luna sobre el suelo y de la ventana abierta. Dos figuras
negras se recortaban sobre el rectángulo blanco de la ventana. ¡Se disponían a
escapar! Bajo el frío resplandor de la luna plateada captó la visión fugaz de
unos ojos negros en el rostro hermoso de una mujer, y el rostro sonriente de un
hombre oscuramente atractivo.
Un rugido de furia bestial se escapó de sus labios al tiempo que
cruzaba de un solo salto la habitación vacía y llegaba ante la ventana, donde
sólo encontró la cuerda por la que habían descendido aquellos dos.
Una vez que se encontró en el callejón situado tras la casa.
todavía pudo ver a las dos figuras confundirse con las sombras del laberinto de
callejas. Echó a correr tras ellos, pero el pasar de la brillante luz de la
luna a la más penetrante oscuridad confundió su visión, y una risa burlona
quedó flotando en el aire y llegó hasta él, mientras que otra risotada, ésta a
pleno pulmón, parecía expresar la diversión de un hombre. No perdió el tiempo
en seguirles la pista a través del laberinto de callejas tortuosas, sino que
echó a correr directamente hacia el postigo donde debían de estar esperándoles
los caballos.
Y encontró los caballos allí, en efecto, y también a Brule y a
la vieja, pero ni el menor rastro de los dos fugitivos burlones. Kull maldijo
como un loco. Felnar,. aquel bribón traicionero que se movía furtivamente,
había sabido engañarle. Ahora se daba cuenta de que la presencia de los
caballos no era más que un señuelo. La pareja había escapado por alguna otra
ruta. En tal caso, quizá pudiera atraparles todavía.
-¡Rápido! -exclamó montando de un salto sobre uno de los
caballos de Felnar-. Ve al campamento y alerta a los asesinos rojos. ¡Yo
seguiré el rastro de Felnar! ¡Seguidme después con todos los hombres!
Y, tras arrojar una abultada bolsa hacia la vieja. se perdió al
galope, envuelto por las sombras de la noche.
Kull cabalgó durante toda la noche como un demonio, esforzándose
por acortar los preciosos momentos que Felnar y la condesa le habían ganado. Su
rastro conducía hacia el este, en dirección a Grondar, tal y como había
predicho Brule. Se mantenía muy inclinado sobre el cuello del animal, cuyas
crines al viento le azotaban el rostro, y le hincaba las espuelas en los
flancos. ¡Hacia el este, a Grondar, el Reino de las Sombras!
Las estrellas empezaban a palidecer en el oeste, y el amanecer
surgió por los cielos orientales cuando el jadeante corcel de Kull ascendió las
estribaciones de las montañas orientales y se detuvo al llegar a lo alto, donde
el gran paso hendía las montañas como una raja gigantesca, como el corte hecho
por una magnifica cimitarra de los dioses. El farsuno y la mujer tenían que
haber seguido este camino, pues no había otro paso que atravesara esta muralla
de escarpaduras que se extendía a lo largo de mil millas, formando así una
frontera natural entre Zarfhaana y Grondar. Obligó a su fatigado caballo a
dirigirse hacia la parte más alta del paso, y se quedó a descansar allí, con
las manos apoyadas sobre los cuernos de la silla, oteando el horizonte.
Allí estaba Grondar, una extensión envuelta en un crepúsculo
purpúreo, a la espera del amanecer que ya perlaba el honzonte. Formaba el reino
más oriental de los Siete Imperios, la última fortaleza de la humanidad, y más
allá no había nada, excepto el más vacío de los desiertos, que se extendía
hasta los mismos confines del mundo. Seguramente, muy pronto se enfrentaría con
el farsuno, ¡espada contra espada! Porque Felnar no podía seguir cabalgando
mucho más hacia el este.
Más allá de la pendiente, allá abajo, Kull vigilaba el camino.
Las escarpaduras caían a pico sobre la vasta planicie, formada por millas y
millas de terrible sabana, donde la hierba corta se inclinaba a impulsos del
viento. Y allí..., aquel punto que se alejaba por el camino... ¡Felnar!
Se lanzó hacia adelante, bajando hacia el paso, por entre los
riscos, dirigiéndose hacia las brumosas planicies de Grondar. No tenía tiempo
que perder, no podía esperar a que le alcanzaran Brule, Kelkor y los asesinos
rojos. Los dos que buscaba sólo le llevaban una ligera ventaja. Cierto que su
caballo estaba agotado, pero el de Felnar debía de estar tan fatigado como el
suyo y mucho más, puesto que llevaba una doble carga.
El paso se hallaba protegido por una solitaria torre de
vigilancia en la que dos zarfhaanos montaban la guardia. Le saludaron y le
gritaron mientras él pasaba a uña de caballo, pero no se molestó en responder y
los dos hombres no le siguieron. Salieron de la torre, con expresiones de
sueño, y se quedaron mirándole alejarse por el camino blanco, dejando una
nubecilla de polvo tras los cascos del caballo. El sol apareció sobre el
horizonte misterioso del este más lejano, como una bola de fuego rojo. La neblina
que cubría el terreno de hierba pareció captar aquel fuego y adquirió una
tonalidad carmesí, sobre la que cabalgó Kull, como una figura negra, jinete y
caballo confundidos en uno solo, como una estatua de basalto negro que
contrastara con las puertas del amanecer.
-Ahí va otro -comentó lacónicamente uno de los guardias.
-Sí - asintió apagadamente su compañero.
-Cabalga hacia el sol naciente. ¡Estúpido!
-Así es -repitió el otro emitiendo una risa baja.
-Cabalgan hacia el sol naciente, ¿y quién ha regresado nunca de
ahí? En todos los años que llevamos aquí de vigilancia, ¿quién ha vuelto por
ahí?
-Ninguno.
Brule y la hueste de hombres armados alcanzaron a Kull a media
mañana. Se había detenido y estaba de pie, esperándoles, con una expresión
ceñuda en el rostro, cubierto de pies a cabeza por el polvo del camino, junto
al cadáver del caballo.
-Estuve a punto de alcanzarle -gruñó Kull al tiempo que montaba
sobre uno de los caballos de los asesinos rojos-. Pero se volvió en la silla y
disparé una flecha, que alcanzó al caballo. ¡Maldita suerte! Pero sigue
avanzando hacia el este, siempre hacia el este.
Los hombres continuaron su avance a través de la planicie
ondulante por la hierba. Se desplegaron en un amplio frente, con la mirada
atenta para descubrir cualquier signo que les indicara la presencia de los dos
que perseguían. Ahora, Kull sospechaba que Felnar y la condesa intentarían
desviarse en cualquier momento hacia el sur, pues nadie podía querer seguir
penetrando más profundamente en Grondar, el Reino de las Sombras, cubierto de
leyendas. Así, cabalgaron en formación abierta, mientras los pictos de Brule se
desplegaban ampliamente, como lobos en descubierta, hacia el norte y el sur.
Pero las huellas del caballo de Felnar seguían alejándose hacia
el este, y se dirigían directamente hacia el sol naciente.
Empezaron a sentirse inquietos en este terreno misterioso. Los
hombres se susurraban extraños rumores sobre Grondar, en el extremo del mundo.
Los viajeros nunca llegaban hasta aquí, pues Grondar era un territorio
misterioso y los hombres que lo habitaban, si es que eran realmente hombres y
no formas oscuras disfrazadas de hombres, tenían muy poco o nada que ver con
las tierras occidentales. Kull ni siquiera se molestó en enviarle un mensaje al
rey de Grondar para solicitar paso libre, como había hecho en Zarfhaana, pues
corría el oscuro rumor de que Grondar no tenía rey, sino que, según decían los
hombres, era gobernado por los hechiceros, mientras que otros aseguraban que
eran los demonios quienes gobernaban allí Cualquier territorio que se
encontrara tan cerca del fin del mundo bien podía ser gobernado por cosas que
habitaran... más allá.
Cabalgaron sin descanso ni pausa durante toda la mañana, hasta
que los caballos quedaron exhaustos. Sus pesados flancos estaban cubiertos de
sudor, y la espuma brotaba de sus mandíbulas abiertas, mientras que los ojos
rodaban en blanco en sus órbitas. Pero eran caballos de guerra de Valusia,
descendientes de linajes nobles que habían sido criados y cruzados durante mil
años, y continuaron la marcha.
A Kull empezaba a resultarle un verdadero misterio comprender
cómo podía Felnar mantener su estrecha ventaja, montado como iba en un solo
caballo. Empezó a sospechar cosas extrañas, cosas oscuras. Quizá este
misterioso territorio de Grondar le estaba afectando los nervios, ya bastante
tensos, y toda esta desolación fantasmal e infinita llanura brumosa arrojaba un
hechizo sobre su mente. Pero lo cierto fue que empezó a sospechar un acto de
brujería.
Los vieron hacia el mediodía del segundo día. Formaban una
oscura banda de hombres, montados en ponies negros y esqueléticos. Permanecían
mortalmente silenciosos, como a la espera de que se acercaran los valusos. Kull
ladró tensas órdenes a sus agotados hombres, exigiéndoles cautela y valor.
Cabalgaron hacia donde esperaban los grondaros, con Kull al
frente y Kelkor y Brule a cada lado. Luego, hizo una señal a sus hombres para
que se detuvieran y los tres se destacaron de entre el grupo, dirigiéndose
hacia la línea que formaban los grondaros. Kull los estudió con ojos
entrecerrados. Eran hombres extraños y silenciosos, que formaban una hueste de
unos cuatrocientos, de aspecto guerrero a juzgar por su apariencia, con rostros
morenos y enjutos y cabellos negros y enmarañados que oscilaban al viento.
Hombres silenciosos y feroces, ágiles y duros, toscamente vestidos en brillante
cuero negro, con relucientes espadas que despedían destellos bajo la luz
cenital, hasta el punto de causar daño a la vista sólo de mirarlos. Hombres
oscuros y silenciosos, de ojos amarillos y escudos de piel de búfalo, donde
mostraban, pintados. toscos símbolos de terribles rostros demoniacos y
monstruos como ninguno de los que hubieran oído hablar, ni siquiera en las
fábulas más crueles, o en los mitos más negros transmitidos en voz baja.
El jefe de aquellos hombres era un anciano; los años pesaban
mucho sobre él, y la barba y la cabellera flotante al viento era gris, como la
piedra gastada por el paso del tiempo.
-Extranjeros, ¿qué hacéis en estas tierras? -preguntó con un
tono de voz bajo y pesado, como una tormenta distante percibida en un día
caluroso.
-Perseguimos a unos fugitivos de la justicia que huyeron de
nuestra nación -contestó Kull con un tono de voz uniforme.
Los ojos fríos y amarillos del anciano le miraron con una
extraña expresión de burla.
-¿La justicia? ¿Hablas de justicia, extranjero? He oído
pronunciar esa palabra antes de ahora, pero aquí, en Grondar, en los confines
del mundo, hablamos poco de justicia. Preferimos hablar de la voluntad de los
dioses, o de los demonios de la oscuridad, según cuál sea la voluntad más
fuerte.
-Que sea así -asintió Kull con una voz sin inflexión alguna-,
pero queremos continuar nuestro camino. No tenemos ninguna disputa pendiente
con Grondar o con sus dioses. Sólo buscamos a los dos que siguen cabalgando
hacia el este.
Los ojos amarillos del anciano flamearon en su rostro gastado y
correoso.
-¿Hacia el este has dicho, extranjero? ¿Cabalgas hacia el este?
-Sí, hasta que hayamos alcanzado a los dos que perseguimos -dijo
Kull.
Y se preguntó por qué razón sus palabras arrancaron risas entre
los enjutos y silenciosos hombres de Grondar. El anciano jefe también se echó a
reír, con una estridente risotada salvaje, como de loco, llena de una fría
crueldad y burla, terrible de oír, procedente de unos labios humanos.
-En tal caso, continúa tu camino, extranjero. Sigue
cabalgando..., ¿hacia el este, has dicho? Si, continúa, y que al final de tu
viaje se cumpla la voluntad de los dioses, o la de los demonios de la gran
oscuridad..., según la que sea más fuerte.
La risa estridente y fría del anciano siguió a Kull cuando
regresó para reunirse con sus tropas. Cabalgaron en silencio, pasaron ante las
huestes de Grondar y se perdieron entre las brumas mediodía, después de que el
viejo les dirigiera un último grito burlón:
-¡Cabalgad, estúpidos, cabalgad! Porque quienes cabalgan más
allá del sol naciente... no regresan jamás.
Continuaron avanzando en silencio durante toda la tarde, a
través de la susurrante hierba, y ya no volvieron a ver a los grondaros. Era
como si se los hubieran tragado las brumas y las hierbas, o el eco de los
silencios del Reino de las Sombras.
Hacia el amanecer del siguiente día llegaron ante un gran río
que atravesaba la oscura llanura como un enorme foso que rodeara un castillo de
los dioses. Era una vasta extensión de agua pálida, que se deslizaba
lentamente, y de la que brotaba una neblina baja, mientras el rojo sol naciente
se reflejaba en las ondulantes aguas hasta hacerlo parecer casi un río de lava
ardiente. Allí se detuvieron. No podían continuar. Y sin embargo, el rastro del
farsuno se perdía directamente en la orilla de crecidos juncos.
Entonces, de entre el sol naciente, surgió una deslizante balsa
plana que cruzaba las aguas de oscuro color carmesí, dirigida por un viejo. Era
viejo, sí, pero poseía una poderosa estructura y era incluso más corpulento que
el propio Kull. Demostraba tener una trasnochada fortaleza, como las ruinas de
un castillo real que el paso del tiempo hubiera desgastado, sin llegar a
derribar del todo. No era grondaro, pues su rostro, aunque enjuto, era pálido,
y sus ojos, por debajo de unas pobladas cejas blancas, no eran sesgados y
amarillentos como los hombres oscuros de Grondar, sino que formaban grandes y
luminosas órbitas en las que brillaba una extraña sabiduría.
-Extranjeros, ¿queréis cruzar las aguas hacia lo que hay en la
otra orilla? -preguntó con voz profunda y serena.
-Sí, eso queremos hacer -contestó Kull.
-Entonces venid, rey, pues percibo que sois regio y poderoso,
según miden los mortales el poder y la realeza. Venid..., pero solo, porque mi
balsa sólo puede transportar a uno hacia el sol naciente.
Kull observó con atención al viejo de la balsa.
-¿Qué hay más allá del sol naciente, anciano? ¿Una ciudad?
-No, aquellos que pasan las aguas del Stagus dejan las ciudades
atrás. Ningún hombre sabe lo que hay más allá, pues esto es el fin de Grondar,
la parte oriental más extrema de todos los territorios humanos, y el confín de
los Siete Imperios. Más allá del río no hay otra cosa que el extremo del mundo,
los límites de la tierra.
Un murmullo recorrió las filas de los asesinos rojos ante estas
ominosas palabras. Brule lanzó un juramento, y le rogó a Kull que se quedaran
allí, para regresar y dejar que el farsuno y la mujer corrieran el oscuro
destino que sin duda les estaba reservado más allá del sol naciente. Pero Kull
se mostró inexorable.
-Si he llegado hasta tan lejos, terminaré la búsqueda -dijo
Kull.
-Vamos entonces -dijo el viejo de la balsa, y sus grandes ojos
grises brillaron con una extraña luz.
Kull subió a la balsa, y el viejo, ayudándose con una vara,
apartó la balsa de la orilla, donde se quedaron los guerreros valusos,
envueltos en el silencio. Flotaron sobre las anchas aguas carmesíes del Stagus,
y las brumas del amanecer no tardaron en ocultar la orilla que habían dejado
atrás. Kull observó con recelo la figura mística del anciano.
-¿Quién eres, anciano, dedicado a transportar a los viajeros
hasta los confines del mundo?
El hombre le sonrió a través de los jirones de niebla, y su voz
sonó como el trueno distante en las colinas.
-Soy de la raza antigua, la que gobernó este continente de
Thuria antes de que existiera Valusia, el Reino de las Sombras de Grondar, o
cualquier otro de los reinos que conocéis -contestó con naturalidad.
Kull experimentó un escalofrío de respeto y admiración, porque
Valusia era tan antigua como el tiempo; Valusia ya era antigua cuando los picos
de Atlantis y de la vieja Mu no eran más que islas perdidas en el mar. Un
estremecimiento de una emoción más fuerte que el respeto recorrió la poderosa
estructura de Kull, pues sabía que pueblos oscuros y terribles habían gobernado
Valusia en los tiempos oscuros, antes de que los hombres mortales llegaran a
aquellas tierras. Entre aquellos pueblos se encontraban los terribles hombres
serpiente, que en realidad no eran hombres sino cosas demoniacas que se
disfrazaban de humanos; aquellos seres habían sido expulsados de Valusia cuando
el reino cayó en sus manos, pero, por lo que sabía, continuaban viviendo y
habitando en rincones ocultos repartidos por los Siete Imperios.
El viejo de la balsa adivinó sus pensamientos y le sonrió.
-No, rey de los hombres, yo no soy uno de esos sirvientes de la
serpiente. Ellos también llegaron después de que gobernara la raza antigua. La
tierra era nuestra desde hacia mucho más tiempo, aunque ahora nos hemos alejado
de ella para regresar a aquel reino legendario del que procedíamos, hacia el
este, más allá del sol naciente. Fue precisamente desde el este, ¿sabéis?,
desde donde surgió el primer amanecer del tiempo, creado por el gran Ka, el ave
de la creación, para que se extendiera por las tierras de los hombres. Nosotros
vimos volar a Ka, con sus alas de ébano ensombreciendo las estrellas del
amanecer del tiemoo, y volveremos a ver su regreso por el este, con el sol
poniente del tiempo, cuando terminen todas las cosas.
Más allá de las aguas carmesíes del Stagus el terreno se
extendía plano y terrible, como las llanuras del infierno. Kull echó a caminar
por entre los jirones de niebla, y dejó atrás la figura inmóvil del anciano de
la balsa, que se quedó allí de pie, alto y terrible, mirándole con ojos
luminosos en los que alumbraba una sabiduría sin límites, como un sueño de los
tiempos antiguos.
El terreno desierto se elevaba lentamente y formaba suaves
colinas. El amanecer relumbraba sobre la cabeza, pero este territorio
misterioso, situado más allá del río, se hallaba cubierto por las nieblas y el
rey ni siquiera podía ver el cielo que se elevaba sobre él. Continuó su marcha
implacablemente.
Y allí estaban, esperándole, sobre la cresta de una colina. Ya
no huyeron más al verle llegar, sino que permanecieron allí de pie, en
silencio, la mujer y su amante. Kull experimenté una sensación de irrealidad.
Tenía la impresión de haber pasado eras enteras buscando a aquellos dos
fugitivos, y de que ellos siempre habían logrado escapar antes de su llegada.
Ahora, en cambio, se quedaban allí, esperándole, y una espada relucía en la
mano derecha de Felnar.
Kull se acercó a ellos y les miró por entre la niebla, que se
arremolinaba a su alrededor. La rabia y la alegría hinchaban su corazón y
espesaban su garganta.
- ¡Por fin, perro de Farsun! ¡Ahora ya no huyes!
-En efecto, Kull -dijo el hombre de rostro delgado y moreno al
tiempo que lanzaba una risotada que hizo hormiguear la espina dorsal de Kull
con una sospecha, como si unos dedos helados la recorrieran-. La huida ha
terminado, lo mismo que la búsqueda. ¡Esta mascarada ha concluido!
Su voz se elevó como un grito de triunfo y su espada, al
levantarla, relampagueó con un terrible brillo de llamarada verde, como si se
tratara de una antorcha encantada. Bajo la misteriosa luz esmeralda, Kull pudo
ver bien a la mujer... justo en el momento en que se desvanecía y desaparecía
en el aire, como un jirón más de niebla, con una sonrisa de burla sobre sus
rasgos pálidos.
-¡En nombre de Valka! -exclamó sintiendo que se le ponían de
punta los pelos de la nuca-. ¿Qué clase de brujería demoniaca es ésta?
La tormentosa risotada de Felnar retumbó a su alrededor, la
forma del hombre se convirtió en una sombra que se fue haciendo más y más
grande en medio de la tenue neblina, mientras su rostro cambiaba...
-En efecto, ha sido la brujería, oh, Kull, lo que te ha engañado
para atraerte hasta el fin del mundo, donde tus dioses ya no pueden protegerte,
y donde no cuentas con ayuda alguna contra mi cólera.
La neblina se aclaró entonces y Kull vio el rostro del hombre.
No era un rostro, ¡sino una máscara de hueso blanco y desnudo! Una calavera sin
carne, que parecía sonreír con una mueca, y que se levantaba sobre la
estructura de un guerrero que poseía un cuerpo poderoso. Una calavera de
marfil, en cuyas cuencas huecas, vacías y sombreadas ardían dos lenguas lívidas
de llamas bailoteantes, que ocupaban el lugar de unos ojos humanos.
- ¡Thulsa Doom!
La máscara de la muerte le miró como un fantasma de pesadilla
desde aquellos pozos escarlata del infierno, y la espada flameó con una
radiación verdosa que pareció lamer los blanqueados huesos, otorgándole una
ilusión de vida y movimiento.
-Así es, Kull de Valusia. Soy Thulsa Doom, ¡el más poderoso de
los brujos de la tierra! La última vez que nos encontramos ya te advertí que
volveríamos a enfrentarnos..., ¡y esa hora ha llegado!
Una horrible risotada helada brotó de entre las mandíbulas
abiertas de la calavera, y Kull sintió que la sangre se le helaba en las venas.
¡Thulsa Doom! ¡El más poderoso maestro de la magia negra que existía en los
Siete Imperios! En cierta ocasión había atraído a Kull hacia las aguas mortales
del lago prohibido, empleando para ello un truco similar a éste. Kull recordaba
bien a la gata de Delcardes, su antigua sabiduría y su voz susurrante. Gracias
a la buena suerte de Kull, o a la mano protectora de los dioses que habían
intervenido para salvarle, había logrado escapar de la trampa tendida por el
brujo. Pero ahora se encontraban frente a frente, en los oscuros territorios
situados en el fin del mundo, donde ningún dios podía intervenir.
-Yo, que en otros tiempos serví a la serpiente, juré acabar
contigo, perro salvaje atlante, y ahora ha llegado ese momento. Has sido un
estúpido al confiar en lo que te dictaban tus sentidos... La condesa sigue
viviendo en Valusia, sumida en un sueño encantado, y no fue más que un demonio
de niebla del fin del mundo el que cabalgó conmigo, a la grupa de mi caballo,
como un fantasma brumoso que se parecía a ella, mientras que yo adoptaba una
figura semejante a la de un farsuno. Pero ahora ya nos hemos encontrado, Kull,
y de este encuentro sólo uno de los dos regresará desde el sol naciente.
Lucharon allí mismo, envueltos por la niebla, espada contra
espada, y el brujo era fuerte e incansable como una estatua de hierro negro,
mientras que Kull se hallaba agotado por los incontables días de búsqueda, por
la dura cabalgada y las noches sin descanso. El acero chocó contra el acero y
en cada uno de los golpes que propinaba contra la espada de fuego verde, Kull
sentía que la fortaleza abandonaba su cuerpo. los brazos le pesaban como si
fueran de plomo, el cerebro se le apagaba a causa del agotamiento, su poderoso
pecho jadeaba en busca de aire limpio, como si se encontrara luchando por
debajo de unas frías aguas muertas que se aplastaran contra él, entumeciéndole
la carne.
Se dio cuenta entonces de que el brujo cadavérico luchaba con un
arma mágica. Pero, a pesar de todo, siguió luchando, extrayendo fuerzas de
pozos de fortaleza que nunca se había visto obligado a utilizar hasta entonces.
Y, mientras luchaba, la voz fría del brujo resonaba burlonamente en sus oídos.
- ¡Así, Kull, lucha, lucha! Lucha hasta que agotes la última
gota de fortaleza que te quede, y caigas a mis pies como una estatua de piedra,
incapaz de moverte más. Porque a cada golpe que das, atlante, mi espada
encantada extrae la fortaleza de tu brazo y la vierte sobre el mío. Y debes
saber, Kull, que luches como luches, no podrás acabar conmigo, pues yo ya he
muerto hace mucho tiempo, según la muerte que conocen los hombres, y no se sabe
que la vida pueda morir dos veces.
El agotamiento pendía sobre Kull como si llevara puesta una
espesa armadura de plomo sólido. Aunque los jirones de niebla eran fríos y
húmedos, el sudor le brotaba del rostro, escociéndole en los ojos. Parecía como
si tuviera los pulmones llenos de fuego, y la garganta tan reseca como si fuera
una momia polvorienta. Habría cambiado sus posibilidades de alcanzar el paraíso
por un buen trago de vino tinto fresco.
Y entonces, desde alguna parte, más allá de la niebla que se
arremolinaba, surgió una voz que pronunció su nombre con tono de urgencia.
-¡La espada, Kull! ¡Cambia de espada con el diablo! ¡Arráncasela
de la mano!
No sabía de dónde habían podido surgir aquellas palabras pero, a
pesar de su agotamiento, sus manos exhaustas obedecieron a la voz sin pensarlo
ni un momento. Golpeó con dureza y sintió que la fortaleza se le escapaba y le
dejaba casi paralizado en el momento en que la espada verde detuvo el golpe de
la suya. Luego, le hizo dar la vuelta hacia arriba y hacia fuera, con aquella
finta que sólo conocían los buenos espadachines para trabar las hojas y
desarmar al enemigo..., ¡y allá fue!, la espada verde salió volando y Thulsa
Doom quedó desarmado.
A través de la niebla apareció entonces la figura inesperada de
Kelkor, el lemur, húmedo de la cabeza a los pies, pues había cruzado a nado el
ancho Stagus, incapaz de permitir que el rey afrontara solo aquel combate en un
terreno desconocido. Recogió con una mano la espada de fuego verde y se la
arrojó al debilitado Kull, que la agarró por la empuñadura y experimentó de
inmediato un estremecimiento de pura fuerza que le recorrió el brazo desde la
punta de la espada. Emitió una dura risotada y le lanzó su propia espada a
Thulsa Doom.
-¡Has caído en tu propia trampa, brujo! ¡Veamos ahora cómo
funcionan tus trucos mágicos! -graznó, con la lengua reseca.
Volvieron a luchar, envueltos por aquella neblina intemporal,
pero ahora la situación había cambiado por completo. Cada vez que la espada
flamígera de Kull se encontraba con el acero del brujo, un ramalazo de
fortaleza fluía por su debilitado cuerpo. El cansancio desapareció de sus
doloridos músculos, la visión se le aclaró, y su cerebro hasta entonces
obnubilado se puso alerta. La apagada y pesada armadura del agotamiento le
abandonó, trozo a trozo, y luchó de una forma extraordinaria, haciendo retroceder
al brujo, ahora silencioso, hasta obligarle a caer de rodillas.
Ahora le tocó el turno a Thulsa Doom de sentir el frío hálito
del destino soplando sobre su desnudez. Le brillaban las extremidades a causa
del sudor, temblaba de agotamiento, y su pecho se agitaba, jadeante, ávido por
aspirar el aire. Por muy muerto que estuviera, por mucha fuerza mágica vital
que poseyera, el brujo sintió que su vida artificial se le escapaba gota a gota
de su cuerpo, ante el avance implacable del atlante. Llamó en su auxilio a la
serpiente, su voz se elevó en un grito agudo de enloquecido terror, invocó a
los demonios que otras veces le habían servido, pero supo, de una forma
terrible y despiadadamente definitiva, que a un truco se le pueden dar las
tornas para volverse contra quien lo ha empleado primero, pues aquí, en el
Reino de las Sombras, en los confines del mundo, donde ni dioses ni demonios
tenían poder alguno, sus demonios no podían ayudarle, del mismo modo que los
dioses de Kull tampoco le habían servido de nada al atlante.
La lucha no terminó con rapidez, pero terminó al fin. Kull
traspasó el pecho de Thulsa Doom con la hoja verdosa. Le atravesó el corazón, y
Kull la dejó allí, para que absorbiera la poca fortaleza que le quedaba al
brujo, mientras la radiación verde brillaba más y más, a medida que la vida se
desvanecía del cuerpo del brujo, que se fue encogiendo lentamente, hasta quedar
convertido únicamente en un pequeño montón de polvo gris.
Kull dejó la espada donde la había hincado y se volvió para
tomar a Kelkor firmemente de la mano.
-Puedes pedirme el alto mando de los asesinos rojos, tanto si
eres lemur como si no -le dijo, dándole unas palmadas en el hombro-. Si he
podido derrotar aquí la magia de un demonio, dudo mucho que no pueda rechazar
una ley vacía de contenido en Valusia.
Brule salió a su encuentro, en la orilla del río, cuando regresó
en compañía de Kelkor, después de haber cruzado a nado las ondulantes aguas del
Stagus.
-¿Habéis llegado hasta el fin del mundo, Kull? –preguntó una vez
intercambiados los saludos.
El rey emitió una risa hueca.
-¡En el nombre de Valka, picto! No, no lo he visto, pero en
lugar de eso llegué hasta el fin de la vida.
-¿Qué hacemos ahora, Kull? ¿Hacía dónde nos dirigimos?
El rey vació un pellejo de vino, se limpió y emitió un gran
suspiro de alivio.
-Nos volvemos por donde hemos venido. Es un largo camino, pero
el terreno se extiende libre ante nosotros. Según dicen, nadie ha regresado de
más allá del sol naciente. Quizá, pero ya hemos hecho añicos otros mitos antes
de ahora.
Poco después, la voz de Kelkor resonó como el hierro.
-¡Adelante.... asesinos rojos!
Y las trompetas resonaron.
El camino de regreso hacia el oeste fue largo, duro y agotador,
pero terminó por fin. Y al final del camino esta vez se encontraba Valusia, un
hogar.
8 - ¡ CON ESTA HACHA GOBIERNO!
1. «Mis canciones son clavos para el ataúd de un rey»
-¡El rey debe morir a medianoche!
Quien así había hablado era alto, enjuto y moreno; una cicatriz
encorvada cerca de su boca le daba un aspecto insólitamente siniestro. Quienes
le escuchaban asintieron, con miradas brillantes. Eran cuatro: un hombre bajo y
grueso, con un rostro tímido, una boca débil y unos ojos abultados que le daban
un aspecto de permanente curiosidad; un sombrío gigante, peludo y primitivo; un
hombre alto y nervudo, con los ropajes de un bufón, cuyos ardientes ojos azules
despedían un brillo que no parecía ser del todo cuerdo; y un fornido enano,
anormalmente ancho de hombros y largo de brazos.
El que había hablado primero sonrió de una forma glacial.
-Hagamos el juramento que no puede ser roto, el juramento de la
daga y la llama. Confío en vosotros, oh, sí, claro que sí. Pero es mucho mejor
que cada uno de nosotros tenga la seguridad más absoluta. Observo temblores en
algunos de vosotros.
-Está muy bien que lo digas tú, Ardyon -dijo el hombre bajo y
grueso-. De todos modos, ya eres un proscrito, un fuera de la ley a cuya cabeza
se le ha puesto precio. Tienes mucho que ganar en esto, y nada que perder,
mientras que nosotros...
-Tenéis mucho que perder, y mucho más que ganar -le interrumpió
el proscrito, imperturbable-. Me habéis llamado, me habéis hecho salir de mi
escondite en las montañas para que os ayudara a derrocar al rey. He preparado
los planes, he puesto la trampa, alimentado el cebo y estoy preparado ahora
para destruir a la presa, pero para ello tengo que estar seguro de vuestro
apoyo. ¿Lo juraréis?
-¡Ya basta de estupideces! -exclamó el hombre de los intensos
ojos azules-. Sí, lo juraremos este amanecer, y por la noche tendremos a un rey
bailando en la cuerda. «¡Oh, el canto de los carros de guerra, y el rumor de
las alas de los buitres!»
-Puedes ahorrarte tus canciones para otro momento, Ridondo -dijo
Ardyon con una risotada-. Éste es momento para usar las dagas, no las rimas.
-¡Mis canciones son clavos para el ataúd de un rey! -exclamó el
juglar, al tiempo que extraía una daga larga y fina-. Varlets, trae aquí una
vela. ¡Yo seré el primero en prestar el juramento!
Un esclavo silencioso y sombrío trajo un cirio, y Ridondo se
pinchó en la muñeca e hizo brotar la sangre. Uno tras otro, todos los demás
imitaron su ejemplo y luego sostuvieron cuidadosamente las muñecas
ensangrentadas para que la sangre no goteara todavía. Se tomaron después de las
manos y formaron un círculo, con el cirio encendido en el centro, e hicieron
avanzar las muñecas hacia él, de modo que las gotas de sangre cayeron encima y,
al tiempo que la llama siseaba, repitieron:
-Yo, Ardyon, un hombre sin tierra, juro cumplir lo prometido y
guardar silencio, y que mi juramento sea inquebrantable.
-¡Y también lo juro yo, Ridondo, primer juglar de la corte de
Valusia!
-¡Y lo mismo juro yo, Enaros, comandante de la legión negra!
-dijo el gigante.
-¡Y lo mismo juro yo, Ducalon, conde de Komahar! -dijo el enano.
-¡Y lo mismo juro yo, Kaanuub, barón de Blaal! -dijo el hombre
bajo y gordo, con un trémulo falsetto.
La luz del cirio parpadeó y se apagó, aplastada por las gotas de
color rubí que cayeron sobre ella.
-Que así se apague la vida de nuestro enemigo -concluyó Ardyon.
Soltó las manos de sus camaradas y les miró uno tras otro, con
un desprecio cuidadosamente velado. El proscrito sabía que los juramentos
podían romperse, incluso los «inquebrantables», pero también sabia que Kaanuub,
de quien desconfiaba más, era un hombre supersticioso. Valía la pena tener en
cuenta cualquier posible salvaguarda, por muy ligera que pudiera parecer.
-Mañana -dijo Ardyon bruscamente-, o más bien hoy mismo, pues ya
amanece, Brule, el asesino de la lanza y mano derecha del rey, parte en
dirección a Grondar, en compañía de Ka-nu, el embajador picto; irán acompañados
por una escolta de pictos y un buen número de los asesinos rojos, la guardia
personal del rey.
-En efecto -asintió Ducalon con cierta satisfacción-, ese plan
fue tuyo, Ardyon, pero yo lo hice funcionar. Dispongo de un pariente en el
consejo de Grondar, y resultó bastante sencillo convencer indirectamente al rey
de Grondar para que solicitara la presencia de Ka-nu. Y, claro está, como
quiera que Kull honra a Ka-nu por encima de cualquier otro, debe ir acompañado
de una escolta suficiente.
El fuera de la ley asintió con un gesto.
-Bien. Por fin, a través de Enaros, he logrado corromper a un
oficial de la guardia roja. Esta noche, justo antes de la medianoche, ese
oficial alejará a sus hombres del dormitorio del rey, con el pretexto de
investigar algún ruido sospechoso o algo similar. Previamente, nos habremos
introducido en el palacio, mezclados con los cortesanos, y estaremos esperando,
los cinco, y dieciséis bribones desesperados a quienes he convocado para que
bajen de las montañas, y que ahora se hallan ocultos en diversas partes de la
ciudad. Así pues, seremos veintiuno contra uno solo...
Se echó a reír. Enaros asintió con un gesto, Ducalon sonrió con
una mueca, Kaanuub se puso pálido y Ridondo se frotó las manos alegremente y
cantó entonadamente:
-¡Por Valka que todos recordarán esta noche, cuando suenen las
cuerdas doradas! la caída del tirano, la muerte del déspota..., ¡qué canciones
podré componer!
Sus ojos se encendieron con una salvaje luz fanática, y los
otros se volvieron a mirarle, con expresiones de duda. Todos, salvo Ardyon, que
inclinó la cabeza para ocultar una mueca. Luego, el proscrito se incorporó de
repente.
-¡Ya basta! Que cada cual regrese ahora a su puesto habitual, y
que ni una sola palabra, acto o mirada traicionen lo que está en la mente de
todos nosotros. -Vaciló un momento, miró a Kaanuub y añadió-: Barón, la palidez
de vuestro rostro os delata. Si Kull se encuentra con vos y le miráis a esos
penetrantes ojos grises que tiene, os derrumbaréis. Será mejor que os dirijáis
a vuestra mansión y esperéis allí a que los llamemos. Porque con cuatro nos
bastamos.
Kaanuub casi estuvo a punto de caer debido a su reacción de
alegría, y se marchó balbuceando incoherencias. Los demás saludaron con un
gesto al proscrito y se marcharon.
Ardyon se desperezó como un gran felino y sonrió con una mueca.
Llamó a un esclavo y acudió un tipo de aspecto sombrío en cuyo hombro se veía
la cicatriz, marcada a fuego, que señalaba a los ladrones.
-Mañana saldré al balcón y dejaré que el pueblo de Valusia me
contemple -dijo Ardyon tomando la taza que se le tendía-, Hace meses, desde que
los cuatro rebeldes me llamaron para que bajara de las montañas, me he ocultado
como una rata, he vivido en el mismo corazón de mis enemigos, alejado de la luz
durante el día, encogido y enmascarado por las noches cuando tenía que caminar
por callejones y pasillos oscuros por la noche. Y sin embargo, he conseguido lo
que esos señores rebeldes no habrían podido lograr. Trabajar a través de ellos
y de otros muchos agentes, muchos de los cuales ni siquiera han visto mi
rostro, dedicado a sembrar el descontento y la corrupción por todo el imperio.
He sobornado y trastornado a los funcionarios, he extendido la sedición entre
el pueblo y, en resumen, he trabajado en la sombra, preparando el camino para
la caída del rey que ahora se sienta entronizado en el mismo sol. Ah, amigo
mío, casi había olvidado que fui un estadista antes que un proscrito, hasta que
Kaanuub y Ducalon enviaron a buscarme.
-Trabajáis con extraños camaradas -dijo el esclavo.
-Son hombres débiles, pero fuertes en sus formas de actuar
-replicó lánguidamente el proscrito-. Ducalon es un hombre astuto, osado y
audaz. y tiene parientes que ocupan altos puestos en la corte, pero está sumido
en la pobreza, y las fincas peladas que posee se hallan sobrecargadas de
deudas. Enaros no es más que una bestia feroz, fuerte y valiente como un león,
con una influencia considerable entre los soldados, pero por lo demás un
inútil, pues le falta el cerebro que hay que tener. Kaanuub es astuto a su modo
y no deja de ser un pequeño intrigante, pero es un estúpido y un cobarde;
avaricioso, pero poseedor de una inmensa riqueza que ha sido esencial para mis
propósitos. En cuanto a Ridondo, no es más que un poeta loco, lleno de planes
concebidos por los pelos, valeroso pero inconstante; un favorito entre las
gentes, gracias a sus canciones, que saben desgarrar las cuerdas de sus
corazones. Él es nuestra mejor apuesta para alcanzar la popularidad una vez que
hayamos logrado nuestro propósito.
-¿Quién subirá al trono, entonces?
-Kaanuub, desde luego, ¡o eso es, al menos, lo que él cree!
Tiene en sus venas un rastro de sangre real, la sangre de aquel rey a quien
Kull mató con sus propias manos. Un grave error por parte del rey actual. Sabe
que todavía quedan hombres que fanfarronean descender de la vieja dinastía,
pero les ha dejado con vida. Así que Kaanuub conspira para apoderarse del
trono. Ducalon desea recuperar el favor del que disfrutaba en el viejo régimen,
para poder elevar sus posesiones y su título hasta recuperar la antigua
grandeza perdida. Enaros odia a Kelkor, el comandante de los asesinos rojos, y
cree que debería ser él quien ocupara ese puesto. Desea llegar a ser el
comandante de todos los ejércitos de Valusia. En cuanto a Ridondo, ¡bah!, le
desprecio y le admiro al mismo tiempo. Es un verdadero idealista. Ve en Kull al
extranjero, al bárbaro, a un salvaje tosco, con las manos manchadas de sangre,
que ha surgido del mar para invadir una nación pacifica y agradable. Ha
idealizado al rey que Kull asesinó, olvidando la naturaleza vil de aquel
bribón. Olvida todas las inhumanidades bajo las que gimió el país durante su
reinado, y es el más apto para hacer olvidar a la gente. Ya canta el Lamento
por el rey, en el que santifica al villano y vilipendia a Kull como «el salvaje
de negro corazón». Kull se ríe de esas canciones y tolera a Ridondo, pero al
mismo tiempo se pregunta por qué la gente se revuelve contra él.
-Pero ¿por qué odia Ridondo a Kull?
-Porque es un poeta, y los poetas odian a quienes detentan el
poder, y se vuelven hacia los tiempos del pasado en busca de alivio para sus
sueños. Ridondo es una antorcha encendida de idealismo, y él mismo se concibe
como un héroe, como un caballero sin mancha que se eleva para derrocar al
tirano.
-¿Y vos?
Ardyon se echó a reír y vació el contenido de su copa.
-Yo tengo ideas propias. Los poetas son peligrosos, porque creen
en lo que cantan en cada momento. Yo, en cambio, creo lo que pienso. Y pienso
que Kaanuub no podrá conservar el trono por mucho tiempo. Hace unos pocos meses
había perdido ya todas las ambiciones, salvo la de asaltar los pueblos y las
caravanas mientras viviera Ahora, sin embargo..., ahora veremos.
2 «Entonces fui el libertador, y ahora...»
Una habitación extrañamente vacía, en contraste con los ricos
tapices en las paredes y las mullidas alfombras que cubrían el suelo. Un
pequeño escritorio, tras el que se hallaba sentado un hombre. Un hombre que
habría destacado en una multitud de entre un millón, y no tanto debido a su
tamaño insólito, su altura o sus grandes hombros, a pesar de que estas
características contribuían lo suyo a causar ese efecto, sino debido a su
rostro, moreno e inmóvil, capaz de sostener cualquier mirada, y a sus estrechos
ojos grises, que podían imponer, con su frío magnetismo, la voluntad de su
dueño sobre los demás.
Cada movimiento que efectuaba, por muy ligero que fuese, hacía
resaltar los tensos músculos de acero, y el cerebro se conectaba con esos
músculos mediante una perfecta coordinación. No había nada de deliberado, ni de
preconcebido en esos movimientos; o bien se sentía perfectamente a gusto en el
descanso, aunque siguiera siendo como una estatua de bronce, o bien se hallaba
en movimiento con esa rapidez felina que nublaba la visión de quien intentaba
seguir sus movimientos.
Ahora, este hombre apoyaba la barbilla sobre el puño, con los
codos apoyados a su vez sobre el escritorio, y observaba tenebrosamente al
hombre que se hallaba de pie, ante él. Este hombre se hallaba ocupado, por el
momento, en sus propios asuntos, dedicado a atarse los lazos del peto. Es más,
silbaba distraídamente, con una actitud extraña y poco convencional, sobre todo
si se tenía en cuenta que se hallaba en presencia de un rey.
-Brule -dijo el rey-, esta cuestión de estado me fatiga como no
me había ocurrido con nada que fuera un combate.
-Eso forma parte del juego, Kull -comentó Brule-. Sois el rey, y
debéis representar ese papel.
-Desearía cabalgar contigo y acompañarte a Grondar -dijo Kull
con una expresión de envidia-. Tengo la impresión de que han transcurrido
muchos años desde la última vez que tuve un caballo entre las piernas, pero Tu
me asegura que hay asuntos que exigen mi presencia aquí. ¡Maldito sea!
»Hace meses, muchos meses -siguió diciendo con una creciente
melancolía al no obtener respuesta, hablando con entera libertad-, derroqué a
la vieja dinastía y me apoderé del trono de Valusia, con el que había soñado
desde que era un muchacho criado en los territorios de los hombres de mi tribu.
Eso resultó fácil. Ahora, al mirar hacia atrás y ver el largo y duro camino
recorrido, al pensar en aquellos tiempos de trabajos, matanzas y tribulaciones,
me parece que son como otros tantos sueños. De un hombre de la tribu de
Atlantis que era, pasé por las galeras de Lemuria, en las que trabajé durante
dos años como remero esclavo; luego fui un proscrito fuera de la ley en las
montañas de Valusia, después un cautivo en sus mazmorras, un gladiador en sus
arenas, un soldado en sus ejércitos, hasta convertirme en su comandante y,
finalmente, en su rey.
»El problema conmigo, Brule, es que no soñé más allá. Siempre
había imaginado hasta el momento de apoderarme del trono, pero no miré más
lejos. Cuando el rey Borna cayó muerto a mis pies y le arranqué la corona de la
cabeza ensangrentada, alcancé los límites últimos de mis sueños. A partir de
entonces, todo ha sido un laberinto de ilusiones y errores. Me preparé para
apoderarme del trono, pero no para conservarlo.
»Al derrocar a Borna, el pueblo me aclamó; entonces fui el
libertador, y ahora..., ahora murmuran y me dirigen miradas negras a mis
espaldas, escupen sobre mi sombra cuando creen que no les miro. Han colocado
una estatua de Borna, ese cerdo muerto, en el templo de la serpiente, y la
gente acude ante ella para llorar, para aclamarle como monarca santificado que
fue asesinado por un bárbaro con las manos manchadas de sangre. Cuando, como
soldado, dirigí a sus ejércitos hasta la victoria, Valusia pasó por alto el
hecho de que era un extranjero; ahora, no puede perdonarme por ello.
»Y ahora, en el templo de la serpiente, acuden a quemar incienso
en memoria de Borna precisamente los mismos hombres a quienes sus verdugos
cegaron y mutilaron, padres cuyos hijos murieron en las mazmorras, esposos
cuyas mujeres fueron secuestradas para formar parte de su harén. ¡Bah! Los
hombres son unos estúpidos.
-En buena medida, Ridondo es responsable de ello –dijo el picto
apretándose un agujero más el cinto de la espada-. Entona canciones que
enloquecen a los hombres. Cuélgalo, con sus ropajes de juglar, de la torre más
alta de la ciudad. Que componga rimas para los buitres.
Kull sacudió su cabeza leonina.
-No, Brule, está fuera de mi alcance. Un gran poeta es más
grande que cualquier rey. Me odia y, sin embargo, me complacería su amistad.
Sus canciones son más poderosas que mi cetro, pues una y otra vez ha estado a
punto de desgarrarme el corazón cuando decidió cantar para mí. Yo moriré y seré
olvidado, pero sus canciones vivirán eternamente.
El picto se encogió de hombros.
-Como queráis. Seguís siendo el rey, y el pueblo no puede
haceros caer. Los asesinos rojos son vuestros hasta el último hombre, y tenéis
a toda la nación picta tras de vos. Ambos somos bárbaros, aunque hayamos pasado
la mayor parte de nuestras vidas en este país. Y ahora me marcho. No tenéis
nada que temer, salvo un intento de asesinato, que tampoco hay que temer
teniendo en cuenta el hecho de que vuestra persona se halla protegida día y
noche por un escuadrón de asesinos rojos.
Kull levantó la mano en un gesto de despedida y el picto
abandonó la estancia con el sonido metálico de su armadura.
Entonces, otro hombre reclamó su atención, recordándole a Kull
que, a un rey, el tiempo nunca le pertenece por entero.
Este hombre era un joven noble de la ciudad llamado Seno Val Dor
Este famoso y joven espadachín y réprobo se presento ante el rey con signos
evidentes de experimentar una gran perturbación mental. Su capa de terciopelo
aparecía arrugada y, al hincarse de rodillas en el suelo, el penacho se le cayó
miserablemente. Su vestimenta mostraba manchas, como si en su agonía mental
hubiera descuidado por completo la atención de su aspecto personal durante
algún tiempo.
-Mi rey y señor -dijo en un tono de profunda sinceridad-, si el
glorioso pasado de mi familia significa algo para vuestra majestad, si mi
propia lealtad significa algo para vos, por el amor de Valka, concededme lo que
os pido.
-Di de qué se trata.
-Mi rey y señor, amo a una doncella. Sin ella, no puedo vivir.
Sin mí, ella morirá. No puedo comer, ni dormir, sólo de pensar en ella. Su
belleza me persigue día y noche, la radiante visión de su divina hermosura...
Kull se removió inquieto en su asiento. Nunca había amado a una
mujer.
-En tal caso, en el nombre de Valka, cásate con ella.
-¡Ah! -exclamó el joven-. Ése es el problema, porque ella es una
esclava llamada Ala, que pertenece a un tal Ducalon, conde de Komahar. Y en los
libros negros de la ley valusa se dice que un noble no puede casarse con una
esclava. Siempre ha sido así Me he dirigido a las alturas, y siempre he
recibido la misma respuesta: «Noble y esclavo no pueden contraer matrimonio».
Es terrible. Me dicen que nunca antes en toda la historia del imperio se ha
conocido el caso de un noble que quisiera casarse con una esclava. ¿Qué
representa eso para mí? Apelo a vos, como último recurso.
-¿No estaría ese Ducalon dispuesto a venderla?
-Lo haría, pero difícilmente alteraría eso la situación, porque
ella seguiría siendo una esclava, y un hombre no puede casarse con su propia
esclava. Sólo la deseo como esposa. Cualquier otra solución no sería más que
una burla vacía de todo contenido. Deseo mostrarla ante el mundo envuelta en
pieles de armiño y cubierta de joyas, como la esposa de Val Dor. Pero eso no
podrá ser a menos que vos me ayudéis. Ella nació esclava, de cien generaciones
de esclavos, y esclava seguirá siendo mientras viva y sus hijos lo serán. Y
como tal, no puede casarse con un hombre libre.
-En tal caso, abraza tú mismo la esclavitud para estar a su lado
-sugirió Kull mirando atentamente al joven.
-Eso es lo que deseo - contestó Seno con tanta franqueza y
rapidez que Kull le creyó de inmediato-. Acudí a ver a Ducalon y le dije:
«Tenéis una esclava a la que amo; deseo casarme con ella. Tómame entonces como
esclavo para que pueda estar así cerca de ella». Se negó en redondo,
horrorizado. Estaba dispuesto a vendérmela, e incluso a entregármela, pero no
quiso consentir en que me convirtiera en su esclavo. Y mi padre ha jurado de
forma inquebrantable matarme si degradara de ese modo el buen nombre de los Val
Dor. No, mi rey y señor, sólo vos podéis ayudarme.
Kull llamó a Tu y le planteó el caso. Tu, el primer consejero,
sacudió la cabeza, pesaroso.
-Está escrito en los grandes libros encuadernados en hierro, tal
y como ha dicho Seno. Ésa ha sido siempre la ley. y ésa seguirá siendo siempre
la ley. Ningún noble puede casarse con una esclava.
-¿Y por qué no puedo cambiar yo esa ley? -preguntó Kull.
Tu colocó ante él una tablilla de piedra en la que se había
cincelado la ley.
-Esta ley ha existido durante miles de años. ¿Lo veis, Kull? Fue
esculpida en esta tablilla por los legisladores primitivos, hace ya tantos
siglos que un hombre podría pasarse toda la noche contándolos y no acabaría. Ni
vos ni cualquier otro rey puede alterar eso.
Kull experimentó de pronto la nauseabunda y debilitante
sensación de hallarse impotente, algo que últimamente había empezado a
asaltarle con cierta frecuencia. le parecía que la realeza no era más que otra
forma de esclavitud; siempre se había salido con la suya, abriéndose paso entre
sus enemigos con su gran espada. ¿Cómo podía prevalecer ahora contra amigos
solícitos y respetuosos que se inclinaban ante él y le lisonjeaban y que, sin
embargo, se mostraban inflexibles en lo tocante a todo lo nuevo, que se atrincheraban
tras las costumbres con tradición y antigüedad, y le desafiaban tranquilamente
a que se atreviera a cambiar algo?
-Márchate -le dijo al joven con un fatigado gesto de su mano-.
Lo siento mucho, pero no puedo ayudarte.
Seno val Dor salió de la estancia como un hombre con el corazón
destrozado, con la cabeza y los hombros inclinados, los ojos apagados y
arrastrando los pies al caminar, como si ya nada tuviera importancia alguna
para él.
3. «Creí que erais un tigre humano»
Un viento frío sopló por entre los bosques verdes. Un hilo de
plata, como una herida, se abrió paso entre los grandes árboles de los que
colgaban las lianas y las enredaderas de vivos colores. Un pájaro cantó y la
suave luz solar de finales del verano se desplazó por entre las ramas
entrelazadas para caer en forma de aterciopelados dibujos dorados y negros de
luces y de sombras sobre la tierra cubierta por la hierba. En medio de esta
quietud pastoril yacía una pequeña esclava, con el rostro oculto entre los
brazos blancos y suaves, y lloraba como si el corazón se le hubiera desgarrado.
Los pájaros cantaban, pero ella era sorda; el arroyo la llamaba, pero ella era
muda; el sol brillaba, pero ella era ciega. Todo el universo era como un vacío
negro en el que sólo el dolor y las lágrimas eran reales.
En su estado, no oyó los ligeros pasos, ni vio al hombre alto de
anchos hombros que surgió de entre la espesura y se quedó allí, de pie ante
ella. No se dio cuenta de su presencia hasta que él se arrodilló, la levantó en
sus brazos y le limpió los ojos con las manos, con tanta suavidad como pudiera
haberlo hecho una mujer.
La pequeña esclava levantó la mirada y contempló un rostro
impávido y moreno, con unos estrechos y fríos ojos grises que ahora, sin
embargo, aparecían extrañamente ablandados. A juzgar por su aspecto, sabía que
este hombre no era un valuso, y en tiempos tan complicados no era bueno que una
pequeña esclava como ella fuera sorprendida por un extraño en un bosque
solitario, sobre todo si éste era extranjero. Sin embargo, se sentía demasiado
desgraciada como para tener miedo y, además, el hombre parecía amable.
-¿Qué te ocurre, muchacha? -le preguntó.
Y como una mujer que se encuentre en el más extremo dolor tiende
a exponer sus penas a cualquiera que le demuestre interés y simpatía, ella
susurró:
-Oh, señor, soy una mujer muy desgraciada. Amo a un joven
noble...
-¿Seno val Dor?
-Sí, señor -contestó ella mirándole con sorpresa-. ¿Cómo lo
sabéis? Desea casarse conmigo y hoy, después de haber intentado en vano obtener
el permiso, acudió a ver al propio rey. Pero el rey se negó a ayudarle.
Una sombra cruzó por el rostro moreno del extraño.
-¿Dijo Seno que el rey se negó?
-No, el rey convocó al primer consejero y discutió con él
durante un rato, pero finalmente cedió. ¡Oh! -sollozó-, ¡ya sabía yo que sería
inútil! las leyes de Valusia son inalterables, sin que importe lo crueles o
injustas que sean. Son más grandes que el propio rey.
La muchacha sintió los músculos de los brazos sosteniéndola,
hinchados y endurecidos, convertidos en grandes cables de hierro. Por el rostro
del extraño cruzó una expresión de impotencia.
-En efecto -murmuró en voz baja-, las leyes de Valusia son más
grandes que el rey.
Contarle sus problemas había ayudado algo a la muchacha, que
ahora se secó los ojos. Las esclavas están acostumbradas a soportar problemas y
sufrimientos, aunque éste le había desgarrado la vida.
-¿Odia Seno al rey? -preguntó el extraño.
Ella negó con un gesto de la cabeza.
-No, comprende que él no puede hacer nada.
-¿Y tú?
-¿Yo..., qué?
-¿Odias tú al rey?
Los ojos de la muchacha se encendieron.
-¡Yo! ¿Quién soy yo, oh, señor, para odiar a un rey? Jamás se me
habría ocurrido tal cosa.
-Me alegra oírte decir esas palabras -dijo el hombre con un tono
de voz pesado-. Al fin y al cabo, el rey no es más que un esclavo, aprisionado
por cadenas más pesadas.
-Pobre hombre -exclamó ella, apiadada, aunque sin comprenderlo
del todo. Y luego se encendió su cólera-. ¡Pero odio esas leyes crueles que
obedecen las gentes! ¿Por qué no pueden cambiar las leyes? ¡El tiempo nunca
permanece quieto! ¿Por qué deben verse las gentes de hoy regidas por leyes que
fueron hechas por nuestros antepasados bárbaros, hace miles de años? -Se detuvo
de pronto y miró temerosa a su alrededor-. No se lo digáis a nadie -susurró
apoyando la cabeza, suplicante, sobre el hombro de su acompañante-. No es
propio de una mujer, y menos de una esclava, que se exprese de una forma tan
desvergonzada delante de alguien. Sería azotada por mis amos si se enteraran.
El hombre corpulento sonrió.
-Puedes estar tranquila, muchacha. Ni el propio rey se sentiría
ofendido por tus sentimientos. En realidad, creo que está bastante de acuerdo
contigo.
-¿Habéis visto al rey? -preguntó ella con una curiosidad
infantil que superó por un momento la desgracia que sentía.
-A menudo.
-¿Y es verdad que mide más de dos metros y medio de altura?
-preguntó con avidez-. ¿Y que tiene cuernos bajo la corona, como dice la gente?
-En modo alguno -contestó él riendo-. le falta medio metro para
alcanzar la altura que describes pues, en cuanto a tamaño, podría ser como mi
hermano gemelo. No nos llevamos ni un centímetro de diferencia.
-¿Y es tan amable como vos?
-A veces, cuando no se siente frenético por asuntos de gobierno
que no comprende, y por la superficialidad de unas gentes que no siempre pueden
comprenderle.
-¿Es realmente un bárbaro?
-Lo es, en realidad: nació y pasó su primera infancia entre los
bárbaros paganos que habitan el país de Atlantis. Tuvo un sueño y lo realizó.
Como era un gran luchador y un salvaje espadachín, como era muy hábil en el
combate, como agradaba mucho a los mercenarios bárbaros del ejército valuso,
terminó por convertirse en rey. Pero el trono se tambalea bajo él, porque es un
guerrero, y no un político, y porque su habilidad con la espada no le sirve
ahora de nada.
-¿Y es muy desgraciado?
-No siempre -contestó el hombre corpulento con una sonrisa-. A
veces, cuando se escapa para disfiutar a solas de unas pocas horas de libertad,
caminando entre los bosques, se siente casi feliz, sobre todo cuando se
encuentra con una hermosa muchacha como...
La joven lanzó un grito, repentinamente aterrorizada, y se hincó
de rodillas ante él.
-¡Oh, mi señor, tened piedad! No lo sabía, ¡vos sois el rey!
-No temas. -Kull se arrodilló de nuevo a su lado y la rodeó con
un brazo, notando que la muchacha temblaba de pies a cabeza-. Antes dijiste que
era amable...
-Y lo sois, mi señor -susurró ella débilmente-. Yo... creí que
erais un tigre humano, a juzgar por lo que dicen los hombres, pero ahora veo
que sois afable y tierno, aunque... sois el rey,y yo...
De repente, completamente confusa y perpleja, se puso en pie de
un salto, echó a correr y se desvaneció al instante. Darse cuenta de que el
rey, a quien sólo había soñado con ver algún día en la distancia, era realmente
el hombre a quien había contado sus penas, la llenó de vergüenza y confusión y
le produjo un terror casi físico.
Kull lanzó un suspiro y se incorporó. Los asuntos de palacio
volvían a reclamar su atención, y tenía que regresar para enfrentarse con
problemas de cuya naturaleza no tenía más que una vaga y remota idea, y acerca
de cuya solución no tenía ninguna idea.
4 «¿Quién quiere morir el primero?»
Veinte personas se deslizaron a hurtadillas a través del máximo
silencio que envolvía los pasillos y salones del palacio. Sus pies sigilosos,
calzados con zapatos de cuero blando, no produjeron el menor sonido sobre las
mullidas alfombras o las losas de mármol desnudo. Las antorchas colocadas en
los nichos, a lo largo de los pasillos y salones, brillaban con tonalidades
rojas y se reflejaban en las dagas desenvainadas, las espadas de hoja ancha y
las hachas afiladas.
-¡Alto, alto todos! -siseó Ardyon, que se detuvo un momento para
mirar atrás, a sus seguidores-. Que deje de sonar esa maldita respiración tan
ruidosa, sea quien fuere. El oficial de la guardia nocturna ha desplazado a
todos los guardias de estos rellanos y pasillos, ya sea mediante orden directa
o emborrachándolos, pero debemos llevar cuidado. Es una suerte para nosotros
que esos malditos pictos, los lobos ágiles, estén de juerga en el consulado o
se encuentren de camino hacia Grondar. ¡Silencio! ¡Atrás , ahí viene la
guardia!
Se apelotonaron todos detrás de una enorme columna, que habría
podido ocultar a todo un regimiento de hombres, y aguardaron. Casi
inmediatamente aparecieron diez hombres, altos y atezados, vestidos con
armadura roja, que avanzaban como si fueran estatuas de hierro. Iban
fuertemente armados y en los rostros de algunos de ellos se observaba una
ligera incertidumbre. El oficial que los mandaba estaba bastante pálido. Su
rostro estaba surcado por líneas duras y se llevó una mano a la frente, para
limpiarse el sudor, en el momento en que la guardia pasó ante la enorme columna
tras la que se ocultaban los asesinos. Era un hombre joven, y esta traición a
un rey no le resultaba nada fácil.
Pasaron ante ellos, con ruido metálico de armas, y se perdieron
por el pasillo.
-Bien -dijo Ardyon en voz baja, con una sonrisa-. Ha cumplido lo
prometido. Ahora, Kull duerme desprotegido. ¡Apresuraos, tenemos mucho que
hacer! Si nos atrapan asesinándole estaremos acabados, pero a un rey muerto se
le convierte con facilidad en un simple recuerdo. ¡Daos prisa!
-¡Sí, deprisa! -gritó Ridondo en voz baja.
Se apresuraron por el pasillo, ya sin tomar precauciones, y se
detuvieron ante una puerta.
-¡Aquí! -espetó Ardyon-. Enaros, ábreme esta puerta.
El gigante lanzó todo su peso contra el panel, y se produjo un
crujido de cerrojos, un estallido de la madera. La puerta cedió y se abrió
hacia el interior.
-¡Adentro! -gritó Ardyon, encendido por el ánimo del asesinato.
-¡Adentro! -rugió Ridondo-. Muerte al tirano...
Se detuvieron todos de improviso. Kull se les enfrentaba. No era
un Kull desnudo, despierto repentinamente de un sueño profundo, desconcertado y
desarmado ante aquellos carniceros, como una oveja desamparada, sino un Kull
plenamente despierto y feroz, parcialmente vestido con la armadura de un
asesino rojo, con una larga espada en la mano.
Kull se había levantado tranquilamente unos pocos minutos antes,
incapaz de dormir. Había tenido la intención de pedirle al oficial de guardia
que entrara en el dormitorio para conversar un rato con él, pero al mirar por
la mirilla de la puerta lo vio al frente de sus hombres, alejándose.
Inmediatamente, en la mente recelosa del rey bárbaro surgió la sospecha de que
se cometía un acto de traición contra su persona Ni siquiera se le ocurrió
llamar a los hombres para que regresaran, porque supuso que también formarían
parte de la conspiración. No existía ninguna buena razón para que se produjera
esta deserción. Así que Kull empezó a colocarse tranquilamente la armadura que
siempre tenía a mano, y apenas había terminado de hacerlo cuando Enaros se
lanzó contra la puerta y la abrió.
Por un momento, la escena pareció quedar congelada. Los cuatro
nobles rebeldes que se encontraban junto a la puerta y los dieciséis
desesperados proscritos que les seguían, se vieron contenidos, simplemente, por
la terrible mirada del silencioso gigante que se erguía en medio del dormitorio
real, con la espada preparada.
-¡Matadle! -gritó entonces Ardyon-. ¡Sólo es uno contra veinte,
y no lleva casco!
Con un grito que se elevó hacia el techo, los asesinos entraron
en tromba en el dormitorio. El primero de todos fue Enaros. Lo hizo como un
toro lanzado a la carga, con la cabeza agachada y la espada baja, dispuesta
para desgarrarle las entrañas. Kull saltó para salirle al encuentro como un
tigre pudiera cargar contra un toro, y todo el peso y la poderosa fortaleza del
rey se concentraron en el brazo que sostenía la espada. La gran hoja
relampagueó en el aire, trazando un arco silbante, y se estrelló contra el
casco del comandante. Hoja y casco se encontraron estruendosamente y se
rompieron al mismo tiempo. Enaros rodó sin vida sobre el suelo, mientras que
Kull retrocedió, sosteniendo la empuñadura de la espada, de la que había
desaparecido la mayor parte de la hoja.
-¡Enaros! -exclamó sorprendido cuando el casco destrozado dejó
al descubierto la cabeza aplastada.
Luego, el resto del grupo se abalanzó sobre él. Sintió que la
punta de una daga le resbalaba a lo largo de las costillas, y lanzó al atacante
hacia un lado con un poderoso movimiento de vaivén de su brazo izquierdo.
Aplastó la espada rota entre los ojos de otro de los atacantes y lo dejó sin
sentido y sangrando en el suelo.
-¡Que cuatro de vosotros vigilen la puerta! -gritó Ardyon, que
se movía en el borde de aquel torbellino de acero.
Temía que Kull, con su enorme peso y velocidad, pudiera abrirse
paso entre ellos y escapar. Cuatro de los conjurados retrocedieron y se
apostaron ante la única puerta de la estancia. En ese preciso instante, Kull
saltó hacia la pared y descolgó de ella una vieja hacha de batalla, que
posiblemente había estado colgada allí durante cien años.
De espaldas contra la pared, se enfrentó a ellos por un momento
y luego saltó hacia adelante. ¡No era Kull un luchador defensivo! Siempre era
él quien llevaba el combate al campo del enemigo. Un solo vaivén del hacha
sirvió para dejar tendido en el suelo a uno de los proscritos, con un hombro
gravemente hendido. Y el terrible golpe de retroceso del hacha le aplastó el
cráneo a otro. Una espada se aplastó entonces contra el peto de su armadura de
tal modo que, de no haberlo llevado, habría muerto allí mismo. Lo que más le
preocupaba era protegerse la cabeza, que llevaba al descubierto, así como los
espacios situados entre peto y espaldar, pues la armadura valusa era intrincada
y no había tenido tiempo para sujetársela por completo. Ya sangraba de las
heridas recibidas en la mejilla. en los brazos y en las piernas, pero sus
movimientos eran tan rápidos y mortales, y tan grande su habilidad como
combatiente, que incluso a pesar de contar con todas las posibilidades a su
favor, los asesinos vacilaron en su ataque. Además, su número ya se había visto
considerablemente reducido.
Por un momento, lo agobiaron con una lluvia de golpes y
estocadas, pero luego retrocedieron y lo rodearon, mientras él embestía a su
vez y paraba sus golpes; un par de cadáveres tendidos en el suelo constituía
una silenciosa muestra de la estupidez del plan de aquellos asesinos.
-¡Caballeros! -gritó Ridondo en un acceso de rabia echando hacia
atrás la capucha que le cubría la cabeza, mirando a sus compañeros con
expresión de rabia salvaje-. ¿Os acobardáis ante el combate? ¿Debe seguir
viviendo el déspota? ¡A por él!
Se precipitó hacia adelante, pero Kull, al reconocerle, detuvo
la estocada con un tremendo golpe corto y luego, con un empujón, lo hizo
retroceder tambaleante, haciéndole caer despatarrado sobre el suelo. El rey
recibió en el brazo izquierdo una estocada de Ardyon, y el proscrito sólo salvó
la vida al agacharse ante el hacha de Kull, viéndose obligado a retroceder. Uno
de los bandidos se agachó y se lanzó contra las piernas de Kull, confiado en
hacerle caer de esta manera, pero después de forcejear durante un breve
instante contra lo que no parecía sino una sólida torre de hierro levantó la
mirada justo a tiempo para ver cómo descendía el hacha sobre él, pero no para
evitaría. Mientras tanto, uno de sus camaradas había levantado la espada con
ambas manos y la descargó con tal fuerza que cortó la placa que cubría el
hombro izquierdo de Kull, y le hirió en el hombro. En un instante, el peto de
Kull se encontró lleno de sangre.
Ducalon, en su salvaje impaciencia, sorteó a los atacantes a
derecha e izquierda y se abalanzó hacia adelante con una salvaje estocada
dirigida contra la cabeza desprotegida de Kull. Éste se agachó a tiempo y la
espada pasó silbando por encima, cortándole un mechón de cabellos. Evitar los
golpes de un enano como Ducalon resulta dificil para un hombre de la altura de
Kull.
El rey pivotó sobre sus talones y golpeó desde el costado, como
pudiera haber saltado un lobo, trazando un amplio arco por lo bajo. Ducalon
cayó hacia atrás, con todo el costado izquierdo desgarrado, por donde se le
derramaban los pulmones.
-¡Ducalon! -exclamó Kull, jadeante-. ¡Conoceré a ese enano en el
infierno...!
Se enderezó para defenderse de las alocadas embestidas de
Ridondo, que volvió a la carga sin protegerse, armado sólo con una daga. Kull
saltó hacia atrás y levantó el hacha.
-¡Ridondo! ¡Atrás! -gritó con voz aguda- - No te haré daño...
-¡Muere, tirano! -gritó a su vez el enloquecido juglar, que se
abalanzó de cabeza sobre el rey.
Kull retrasó el golpe que se disponía a asestar hasta que ya fue
demasiado tarde. Sólo al sentir la mordedura del acero sobre su costado
desprotegido descargó el hacha en un frenesí de ciega desesperación.
Ridondo cayó al suelo con el cráneo aplastado, y Kull volvió a
retroceder, contra la pared, mientras la sangre brotaba de la herida del
costado, a través de los dedos de la mano que se había llevado instintivamente
hacia allí.
-¡Adelante ahora! ¡A por él! -rugió Ardyon, preparado para
encabezar el ataque.
Kull apoyó la espalda contra la pared y levantó el hacha.
Ofrecía una imagen terrible y primigenia. Las piernas bien separadas, la cabeza
adelantada, una mano enrojecida agarrándose a la pared en busca de apoyo, la
otra sosteniendo el hacha en alto, mientras que sus feroces rasgos quedaban
congelados en una expresión de odio, y los ojos fríos miraban a través de una
bruma de sangre que dificultaba su visión. Los hombres vacilaron; era posible
que el tigre estuviera a punto de morir, pero todavía era capaz de producir la
muerte.
- ¿Quién quiere morir el primero? -espetó Kull a través de los
labios aplastados y ensangrentados.
Ardyon saltó como sólo saltaría un lobo, se detuvo casi en medio
del aire con la increíble velocidad que le caracterizaba, Y cayó postrado para
evitar la muerte que silbaba hacia él en forma de la hoja enrojecida del hacha.
Agitó frenéticamente los pies para apartarse de allí y rodó hacia un lado justo
a tiempo para evitar el segundo golpe que le dirigió Kull, una vez recuperado
de su fallido primer intento. Esta vez, el hacha se hundió a muy pocos
centímetros de las piernas de Ardyon, que giraba precipitadamente sobre sí
mismo.
Otro desesperado se abalanzó en ese instante, seguido sin mucha
convicción por sus compañeros. El primero se había imaginado que si llegaba
ante él y le alcanzaba antes de que pudiera levantar el hacha del suelo, podría
acabar con su vida, pero no tuvo en cuenta la velocidad de movimientos del rey,
o bien inició su ataque un segundo demasiado tarde. En cualquier caso, el hacha
trazó un arco hacia arriba y golpeó desde abajo; el hombre se detuvo
bruscamente, y una enrojecida caricatura de ser humano salió catapultada hacia
atrás, contra las piernas de sus compañeros.
En este momento, unos pasos apresurados sonaron metálicamente en
el pasillo exterior, y los bribones que vigilaban la puerta gritaron:
-¡Vienen soldados!
Ardyon lanzó una maldición y sus hombres le abandonaron de
inmediato, como ratas que abandonan el barco que se hunde. Se precipitaron
fuera del dormitorio, cojeantes y dejando tras de sí regueros de sangre. En el
pasillo se oyeron gritos y se inició la persecución.
A excepción de los hombres muertos y moribundos que yacían sobre
el suelo, Kull y Ardyon se quedaron a solas en el dormitorio real. A Kull se le
doblaban las rodillas, y se apoyó pesadamente contra la pared, sin dejar de
vigilar al proscrito con los ojos de un lobo moribundo. En esta extrema
situación, no se le escapó la cínica filosofía de Ardyon.
-Todo parece haberse perdido, particularmente el honor
-murmuró-. Y sin embargo, el rey muere de pie y...
Fueran cuales fuesen los pensamientos que cruzaron en ese
momento por su mente no llegaron a ser expresados, pues en ese instante se
lanzó contra Kull al ver que éste empleaba el brazo que sostenía el hacha para
limpiarse la sangre que le cegaba la visión. Un hombre con la espada preparada
puede ser más rapido que un hombre herido, que se ve pillado por sorpresa y que
sólo puede golpear con un hacha que pesa como el plomo en su fatigado brazo.
Pero justo en el momento en que Ardyon iniciaba su embestida,
Seno val Dor apareció en la puerta y desde allí mismo arrojó por el aire algo
que brilló, pareció cantar y terminó su vuelo al hundirse en el cuello de
Ardyon. El proscrito se tambaleó, dejó caer la espada y se desplomó sobre el
suelo, a los pies de Kull, inundando el mármol con el torrente de una yugular
cortada, como testigo mudo de que, entre las habilidades de combate de Seno, se
incluía el lanzamiento del cuchillo. Kull observó desconcertado al proscrito
muerto y los ojos sin vida de Ardyon le devolvieron una mirada aparentemente
burlona, como si su propietario todavía mantuviera la inutilidad de los reyes y
los proscritos, de las conspiraciones y contraconspiraciones.
Luego, Seno se apresuró a ofrecer su apoyo al rey, y el
dormitorio pronto se vio inundado de hombres armados que llevaban el uniforme
de la gran familia Val Dor, y Kull se dio cuenta de que una pequeña esclava le
sostenía por el otro brazo.
-Kull, Kull, ¿estáis muerto? -preguntó Val Dor, cuyo rostro
aparecía mortalmente pálido.
-Todavía no -contestó el rey con voz ronca-. Contenedme la
herida del costado izquierdo. Si muero será a causa de esa herida. Es
profunda... Ridondo me escribió en ella una canción de muerte..., pero las
demás no son mortales. Cosédmela con rapidez, porque tengo trabajo que hacer.
Se apresuraron a obedecerle, maravillados, y cuando cesó el
flujo de sangre, Kull, aunque estaba muy pálido a causa de la sangre perdida,
sintió que recuperaba un poco las fuerzas. Ahora, todo el palacio estaba
alborotado. Las damas, los lores, los hombres armados, los consejeros, todos
acudieron en tropel, sin dejar de hablar. Los asesinos rojos se preparaban,
ciegos de rabia, dispuestos a todo, celosos del hecho de que hubieran sido
otros los que ayudaran a su rey. En cuanto al joven oficial que había mandado
La guardia, se escabulló en la oscuridad y ya no se le pudo encontrar, ni antes
ni después, a pesar de que se le buscó a conciencia.
Kull, que seguía manteniéndose tenazmente en pie, sin dejar de
sostener el hacha en una mano, y apoyado con la otra sobre el hombro de Seno,
señaló a Tu, que permanecía allí de pie, retorciéndose las manos.
-Tráeme la tablilla donde está escrita la ley concerniente a los
esclavos.
-Pero, mi señor...
-¡Haz lo que te digo! -gritó el rey, que levantó el hacha.
Tu se apresuró a obedecer.
Mientras esperaba y las damas de la corte se arremolinaban a su
alrededor para curarle las heridas, y trataban en vano de separar sus dedos de
hierro del mango del hacha ensangrentada, Kull escuchó la historia que le contó
el jadeante Seno.
-Ala oyó conspirar a Kaanuub y a Ducalon. Se había ocultaJo en
un oscuro rincón, para llorar allí a solas, a causa de... nuestros problemas, y
en ese momento pasó cerca Kaanuub, que había acudido desde su mansión, y que
temblaba de terror por miedo a que los planes pudieran salir mal, por lo que
había venido de nuevo para cerciorarse de que todo marchaba bien. No se marchó
hasta bien avanzada la noche, y sólo entonces encontró Ala una oportunidad para
salir a hurtadillas y venir a avisarme. Pero hay un largo camino desde la casa
de Ducalon hasta la casa de los Val Dor, sobre todo si tiene que recorrerlo una
muchacha sola. Así, aunque reuní a mis hombres en un instante, estuvimos a
punto de llegar demasiado tarde.
Kull se sujetó con firmeza a su hombro.
-No lo olvidaré.
Tu entró en ese momento. Llevaba en una mano la tablilla de la
ley, que colocó con gesto reverente sobre la mesa. Kull apartó a un lado a
todos los que se interponían en su camino y se quedó solo, de pie.
-Escuchad, pueblo de Valusia -exclamó, sostenido por la bestial
vitaiidad que le era propia-. Estoy aquí, de pie..., y soy el rey. Me han
herido casi hasta acabar conmigo, pero he sobrevivido a heridas masivas.
¡Escuchadme! Ya estoy harto de esta situación. ¡No soy un rey, sino un esclavo!
¡Me veo obstaculizado por leyes, leyes y más leyes! No puedo castigar a los
malhechores ni recompensar a los amigos debido a la ley, la costumbre, la
tradición. ¡Por Valka! ¡A partir de ahora seré el rey, tanto de derecho como de
hecho! Aquí están los dos que me han salvado la vida. En consecuencia, tienen
plena libertad para casarse y hacer lo que les plazca.
Seno y Ala se precipitaron el uno en brazos del otro, con gritos
de alegría.
-¡Pero la ley...! -exclamó Tu.
-¡Yo soy la ley! - rugió Kull, y levantó el hacha.
La dejó caer con un movimiento rápido y la mesa se hizo añicos.
Los presentes se apretaron las manos, horrorizados, paralizados, casi como si
esperaran que el cielo cayera sobre ellos. Kull retrocedió, con ojos
relampagueantes. La estancia pareció girar por un momento ante sus ojos,
mareado.
-¡Yo soy el rey, el estado y la ley! -rugió. Tomó el cetro que
estaba cerca, lo rompió en dos y lo arrojó lejos de sí-. ¡Éste será mi único
cetro!
Blandió el hacha en lo alto y salpicó a los pálidos nobles con
gotas de sangre. Kull tomó la delgada corona con la mano izquierda, y apoyó la
espalda contra la pared; sólo ese apoyo le impidió caer, pero sus brazos
todavía conservaban la fortaleza de los leones.
-¡No soy ni rey ni cadáver! -siguió rugiendo, con los nudosos
músculos abultados, con una mirada terrible en los ojos-. Si no os gusta mi
reinado..., ¡venid y tomad la corona!
El brazo izquierdo extendió la corona en su mano, mientras que
el derecho sujetaba el hacha amenazadora, por encima.
-¡Con esta hacha gobierno! ¡Éste es mi cetro! Me he esforzado y
he sudado para ser el rey marioneta que queríais que fuese, para gobernar a
vuestro modo. A partir de ahora, lo haré a mi modo. Si no queréis luchar,
tendréis que obedecer. Las leyes que sean justas, se mantendrán, pero aquellas
que han quedado anticuadas por el paso del tiempo las aplastaré como aplasto
ésta, ¡porque soy el rey!
Y lentamente, los nobles de rostros pálidos y las damas
asustadas se arrodillaron y se inclinaron, como muestra de temor y de
reverencia, ante el gigante ensangrentado que se erguía por encima de todos
ellos con la mirada encendida.
-¡Soy el rey!
8 - EL ESTRUENDO DEL GONG
En alguna parte, en la ardiente oscuridad, se inició un latido.
Una cadencia pulsante, sin sonido alguno pero vibrante de realidad, envió sus
largos tendones ondulantes que fluyeron a través del aire irrespirable. El
hombre se agitó, tanteó a su alrededor con manos de ciego y se sentó. Al
principio, tuvo la impresión de hallarse flotando sobre las olas uniformes y
regulares de un océano negro, que se elevaba y descendía con una monótona
regularidad que, de algún modo, le producía dolor físico. Era muy consciente
del latir y el pulsar del aire, y extendió las manos como si pretendiera coger
las olas que se le escapaban. Pero ¿estaban esos latidos en el aire que le
rodeaba, o sólo en el cerebro que había dentro de su cráneo? No podía
comprenderlo y, entonces, se le ocurrió una idea fantástica: la sensación de
hallarse encerrado dentro de su propio cráneo.
El pulsar se empequeñeció, se centralizó; se sostuvo la dolorida
cabeza con las manos y trató de recordar. Recordar..., ¿qué?
-Esto es algo muy extraño -murmuró-. ¿Quién o qué soy yo? ¿Qué
lugar es éste? ¿Qué ha ocurrido y por qué estoy aquí? ¿He estado siempre aquí?
Se puso en pie y trató de mirar a su alrededor. La mayor de las
oscuridades se encontró con su mirada. Forzó los ojos, pero ni un solo atisbo
de luz salió a su encuentro. Empezó a caminar hacia adelante, vacilante, con
las manos extendidas ante él, buscando la luz de una forma tan instintiva como
pudiera hacerlo una planta.
-Seguramente, esto no lo es todo -musitó-. Tiene que haber algo
más..., ¿qué es diferente de esto? ¡La luz! lo sé... Recuerdo la luz, aunque no
recuerdo lo que es la luz. Seguramente, he conocido un mundo diferente a éste.
A lo lejos empezó a aparecer una débil luz grisácea. Se apresuró
hacia ella. El resplandor se hizo más amplio, hasta que parecía como si
avanzara por un corredor largo que se fuera ensanchando más y más. Entonces, de
repente, salió a la débil luz de las estrellas y sintió el viento frío sobre su
rostro.
-Esto es la luz -murmuró-, pero todavía no lo es todo.
Sintió y reconoció una sensación de altura terrorífica. Altura
por encima de él, incluso con sus ojos, y también por debajo de él, como si
grandes estrellas relucieran en un majestuoso océano cósmico parpadeante.
Frunció el ceño, abstraído, mientras contemplaba estas estrellas.
Entonces, se dio cuenta de que no estaba solo. Una forma alta y
vaga se elevaba ante él, bajo la luz de las estrellas. Se llevó instintivamente
la mano hacia la cadera izquierda, y después la dejó colgar, fláccida. Estaba
desnudo, y ningún arma pendía de su costado.
La forma se acercó más y vio entonces que se trataba de un
hombre, aparentemente muy anciano, aunque sus rasgos eran indistintos e
irreales a la débil luz.
-¿Eres nuevo? -preguntó la figura con una voz clara y profunda,
que sonaba como el tintineo de un gong de jade.
Ante ese sonido, un repentino fragmento de recuerdos surgió en
el cerebro del hombre que había oído la voz.
Se frotó la barbilla, desconcertado.
-Anora lo recuerdo -dijo-. Soy Kull, rey de Valusia... Pero ¿que
estoy haciendo aquí, sin vestiduras ni armas?
Ningún hombre puede llevar nada consigo cuando cruza la puerta
-dijo el otro, crípticamente-. Piensa, Kull de Valusia, ¿no sabes cómo has
llegado hasta aquí?
-Estaba de pie, ante la puerta de la sala del consejo -contestó
Kull, perplejo-, y recuerdo que el vigía de la torre exterior golpeó el gong
para indicar la hora, y entonces, de repente, el estruendo del gong se
transformó en un salvaje y repentino flujo de sonido que parecía querer hacerlo
todo añicos. Todo se oscureció a mi alrededor y, por un instante, unas chispas
rojas se encendieron ante mis ojos. Luego, desperté en una caverna, o en una
especie de corredor, sin recordar nada.
-Pasaste a través de la puerta, y eso siempre parece oscuro.
-Entonces, ¿estoy muerto? ¡Por Valka! Algún enemigo tiene que
haberme atraído por entre las columnas del palacio y haberme alcanzado cuando
me encontraba hablando con Brule, el guerrero picto.
-No he dicho que estés muerto -replicó la débil figura- A veces,
la puerta no se cierra del todo. Esas cosas ya han ocurrido antes.
-Pero ¿qué lugar es éste? ¿Es el paraíso o el infierno? Este no
es el mundo que he conocido desde que nací Y esas estrellas... Nunca las había
visto antes. Esas constelaciones son mucho más poderosas y feroces de lo que
había visto en mi vida.
-Hay mundos más allá, universos que están tanto dentro como
fuera de los universos -dijo el anciano-. Estás en un planeta diferente a aquél
sobre el que naciste; estás en un universo diferente y, sin duda, en una
dimensión diferente.
-Entonces, debo de estar muerto.
-¿Qué es la muerte, sino una travesía de eternidades y un cruzar
de océanos cósmicos? Pero yo no he dicho que estés muerto.
-Entonces, ¿dónde estoy, en el nombre de Valka? -rugió Kull,
agotada ya su escasa paciencia.
-Tu cerebro de bárbaro se aferra a las concreciones materiales
-respondió el otro con tranquilidad-. ¿Qué importa dónde te encuentres, o si
estás muerto, como tú lo llamas? Formas parte del gran océano que es la vida,
que baña todas las orillas, y tanto formas parte de él en un lugar como en
otro, y seguro que finalmente regresarás a la fuente que dio origen a toda la
vida. En cuanto a eso, te hallas sujeto a la vida durante toda la eternidad,
con tanta seguridad como se hallan sujetos un árbol, una roca, un ave o un
mundo. ¿Y llamas muerte al hecho de abandonar tu diminuto planeta, a separarte
de tu cruda forma física?
-Pero todavía tengo mi cuerpo.
-Yo no he dicho que estés muerto, como tú lo llamas. En cuanto a
eso, puede que estés todavía en tu diminuto planeta, al menos por lo que sabes.
Hay mundos dentro de los mundos, universos dentro de los universos. Existen
cosas demasiado pequeñas o demasiado grandes para la comprensión humana. Cada
guijarro de las playas de Valusia contiene incontables universos dentro de sí
mismo, y él mismo, en su conjunto, forma parte del gran pian de todos los
universos, como el sol que tú conoces. Tu universo, Kull de Valusia, puede ser
un guijarro en la orilla de un poderoso reino. Has traspasado las fronteras de
las limitaciones materiales. Puede que te encuentres en un universo que acabe
formando la piedra preciosa que llevabas en el trono de Valusia, o ese universo
que sabes se encuentra en la telaraña que hay ahí, sobre la hierba, a tus pies.
Te digo que el tamaño, el espacio y el tiempo son relativos y no existen en
realidad.
-Seguramente eres un dios, ¿verdad? -preguntó Kull, con
curiosidad.
-La simple acumulación de conocimientos y la adquisición de
sabiduría no convierte a nadie en un dios -contestó el otro con impaciencia-.
¡Mira!
Una mano se adelantó en las sombras y señaló hacia las grandes y
resplandecientes gemas que eran las estrellas. Kull miró y se dio cuenta de que
se transformaban con rapidez. Lo que tenía lugar era como un constante ondular,
como un cambio incesante de diseño y de pauta.
-Las estrellas «sempiternas» cambian a su propio ritmo, con la
misma rapidez con que surgen y se desvanecen las razas de los hombres. Ahora
mismo, mientras observamos lo que son planetas, hay seres que surgen del légamo
de lo primigenio, que empiezan a ascender por los largos y lentos caminos de la
cultura y la sabiduría, mientras que otros están siendo destruidos con sus
mundos moribundos. Todo es vida y forma parte de la vida. Para ellos, parece
miles de millones de años; para nosotros, no es más que un momento. Toda la
vida.
Kull observó, fascinado, mientras las enormes estrellas y las
poderosas constelaciones parpadeaban refulgentes, se apagaban y se desvanecían,
y otras, igualmente radiantes, ocupaban sus lugares, para verse suplantadas a
su vez por otras.
Entonces, de repente, la ardiente oscuridad volvió a fluir sobre
él, apagando todas las estrellas, como si se tratara de una espesa niebla, y
oyó un tintineo débil y familiar.
Se encontró de pie, retrocediendo. La luz del sol rasgó sus
ojos, las altas columnas y paredes de mármol de un palacio, las amplias
ventanas cubiertas de cortinajes, a través de las cuales penetraba la luz del
sol como oro fundido. Se pasó una mano rápida y aturdida por todo el cuerpo,
palpando sus vestiduras y la espada que pendía de su costado. Estaba cubierto
de sangre; una roja corriente le brotaba de un corte superficial en la sien.
Pero la mayor parte de la sangre que cubría sus extremidades y sus ropas no era
suya. A sus pies, sobre un horripilante charco carmesí, yacía lo que antes
había sido un hombre. El tintineo que había oído cesó, produciendo ecos.
-¡Brule! ¿Qué es esto? ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde he estado?
-Habéis estado a punto de hacer el viaje a los reinos de la
muerte -contestó el picto con una mueca despiadada, al tiempo que limpiaba la
hoja de la espada-. Ese espía esperaba apostado tras una de las columnas, y se
abalanzó sobre vos como un leopardo en el momento en que os volvisteis hacia mí
para decirme algo. Quien haya planeado vuestra muerte tiene que ejercer un gran
poder para enviar a un hombre así a su condena segura. Si no hubiera vuelto la
espada en la mano y golpeado oblicuamente en lugar de hacerlo recto, como lo
hizo, habríais terminado ante él con una brecha en el cráneo en lugar de estar
aquí ahora, de pie, meditando a causa de una herida superficial.
-Pero, seguramente, eso sucedió hace horas -dijo Kull.
Brule se echó a reír.
-Todavía estáis aturdido, mi señor. Desde el momento en que
saltó sobre vos y caísteis al suelo, hasta el momento en que le atravesé el
corazón, ningún hombre habría podido contar siquiera los dedos de una mano. Y
durante el tiempo que permanecisteis tumbado en el suelo, sobre su sangre,
hasta el momento en que os habéis incorporado, no habrá transcurrido más que el
doble de ese tiempo. ¿Veis?, Tu no ha llegado todavía con las vendas, y eso que
salió precipitadamente a buscarlas en cuanto fuisteis herido.
-Si tú lo dices, debes tener razón -dijo Kull-. No lo entiendo
muy bien, pero justo antes de ser atacado oí el estruendo del gong que daba la
hora, y aún seguía sonando cuando recuperé el sentido... Brule, el tiempo y el
espacio no existen, pues he realizado el más largo viaje de mi vida, y he
vivido incontables millones de años durante el tiempo que ha tardado en
desvanecerse el sonido del gong.
10 - ESPADAS DEL REINO PÚRPURA
1. «Valusia conspira tras las puertas cerradas»
Una quietud siniestra se extendía como un sudario sobre la
antigua ciudad de Valusia. Las olas de calor bailoteaban de un tejado
reluciente a otro y tremolaban contra las suaves paredes de mármol. Las torres
púrpura y los chapiteles dorados parecían suavizarse bajo la débil calina. Ni
un solo sonido de cascos de caballo en las amplias calles empedradas
interrumpía el amodorrado silencio, y los pocos peatones que se aventuraban a
salir realizaban sus tareas con rapidez y volvían a desaparecer en el interior
de las casas. La ciudad parecía un reino de fantasmas.
Kull, rey de Valusia, apartó a un lado las diáfanas cortinas y
miró por encima del alféizar dorado de la ventana, sobre el patio de fuentes
chispeantes, los setos recortados y los árboles podados, hacia el alto muro y
las ventanas negras de las casas que detuvieron su mirada.
-Valusia conspira tras las puertas cerradas, Brule -gruñó.
Su compañero, un poderoso guerrero de rostro moreno y estatura
media, sonrió duramente.
-Sois demasiado receloso, Kull. Es el calor lo que obliga a la
gente a permanecer en el interior de sus casas.
-Pero conspiran -insistió Kull.
Era un bárbaro alto, ancho de espaldas, con la constitución
propia del verdadero luchador: hombros anchos, pecho poderoso y caderas
delgadas. Sus fríos ojos grises reflexionaban tristemente bajo unas pobladas
cejas negras. Sus rasgos indicaban a las claras su procedencia, pues Kull, el
usurpador, era de origen atlante.
-Cierto, conspiran. ¿Cuándo ha dejado de conspirar la gente, al
margen de quién estuviera sentado en el trono? Y en vuestro caso, sería
explicable.
-En efecto -asintió el gigante, cuyas cejas- se estrecharon-.
Soy un extranjero. El primer bárbaro que ha alcanzado el trono valuso desde el
comienzo de los tiempos. Mientras sólo fui comandante de sus fuerzas armadas,
pasaron por alto el accidente de mi lugar de nacimiento. Pero ahora me lo echan
en cara, al menos con la mirada y con el pensamiento.
-¿Y qué puede importaros eso a vos? Yo también soy extranjero.
En realidad, los extranjeros gobernamos Valusia ahora, puesto que el pueblo se
ha hecho demasiado débil y degenerado como para gobernarse a sí mismo. Un
atlante se sienta en su trono, apoyado por todos los pictos, los aliados más
antiguos y poderosos del imperio. La corte está llena de extranjeros, los
ejércitos están compuestos por mercenarios bárbaros, y los asesinos rojos...,
bueno, ellos al menos son valusos, pero se trata de hombres procedentes de las
montañas, que se consideran a sí mismos como una raza diferente.
Kull se encogió de hombros, inquieto.
-Sé lo que piensa la gente, y con qué aversión y cólera deben
observar la situación las más viejas y poderosas familias valusas, Pero ¿qué
otra cosa tendrían si no? Con Borna, el imperio se hallaba en peor situación
que conmigo, a pesar de que él fue un valuso nativo, heredero directo de la
antigua dinastía. Éste es el precio que debe pagar una nación por la
decadencia: de una forma u otra, los pueblos jóvenes y fuertes aparecen y toman
posesión de las cosas. No, al menos, he reconstruido los ejércitos, he reorganizado
a los mercenarios y le he devuelto a Valusia una cierta medida de su antigua
grandeza internacional. Seguro que es mucho mejor tener en el trono a un
bárbaro capaz de mantener unidas a las distintas facciones que permitir que
cien mil hombres con las manos manchadas de sangre deambularan libremente por
la ciudad, pues eso es lo que habría ocurrido a estas alturas de haber seguido
reinando Borna. El reino se desmoronaba y dividía bajo sus pies, amenazado de
invasión por todas partes, y los paganos grondaros ya se preparaban para lanzar
una incursión de proporciones apabullantes... Pues bien, yo maté a Borna con
mis propias manos en aquella noche caótica en que me puse al frente de los
rebeldes. Aquella despiadada acción me ganó no pocos enemigos, pero seis meses
más tarde había terminado con la anarquía y las contrarrebeliones, había vuelto
a unificar la nación, le había quebrado el espinazo a la Federación Triple y
aplastado el poder de los grondaros. Ahora, Valusia dormita en paz y quietud, y
entre una siesta y otra conspira para derrocarme. No ha habido hambrunas desde
que me convertí en rey, los almacenes rebosan de grano, los barcos mercantes
llegan cargados, las bolsas de los mercaderes están llenas y la gente empieza a
echar barriga. Pero, a pesar de todo eso, siguen murmurando, y maldicen y
escupen sobre mi sombra. ¿Qué es lo que quieren?
El picto esbozó una mueca salvaje y contestó con amarga ironía:
-¡Quieren otro Borna! ¡Un tirano con las manos manchadas de
sangre! Olvidaos de su ingratitud. No os habéis apoderado del reino para
favorecerlos, ni lo conserváis en vuestras manos por ese motivo. Habían
alcanzado una ambición de toda la vida y os halláis firmemente asentado en el
trono. Que murmuren y conspiren todo lo que quieran. Vos sois el rey.
-Sí, soy el rey de este reino púrpura -asintió Kull, ceñudo-. Y
lo seguiré siendo hasta el último aliento, hasta que mi fantasma recorra el
largo camino de las sombras. ¿Qué ocurre ahora?
Un esclavo se inclinó profundamente ante él.
-Altísima majestad, Nalissa, hija de la gran casa de bora
Ballin, solicita audiencia.
Una sombra se extendió sobre la mirada del rey.
-Más súplicas en relación con su condenado asunto amoroso -dijo
con un suspiro, mirando a Brule-. Quizá sea mejor que te vayas. -Y volviéndose
al esclavo añadió-: Dejadla llegar ante mi presencia.
Kull se sentó en una silla forrada de terciopelo y miró a
Nalissa. Sólo tenía unos diecinueve años de edad; vestida a la costosa pero
ligera moda de las nobles damas valusas presentaba una imagen encantadora, cuya
belleza pudo apreciar hasta el propio rey bárbaro. Su piel era de un blanco
maravilloso, debido en parte a los numerosos baños de leche y vino que tomaba
pero, sobre todo, a una herencia de hermosura. Mostraba las mejillas matizadas
de forma natural por un delicado color rosa, y sus labios eran llenos y rojos.
Bajo las delicadas cejas negras había un par de profundos ojos suaves, tan
negros como el misterio, y toda aquella imagen se veía coronada por una masa de
ensortijado cabello negro parcialmente sujeto por un delgado lazo dorado.
Nalissa se arrodilló a los pies del rey, tomó en las suaves
manos aquellos dedos endurecidos por el manejo de la espada y le miró a los
ojos, con una expresión luminosa y cargada de súplica. De entre todas las
personas del reino, los ojos de Nalissa eran los únicos a los que Kull prefería
no mirar. A veces, observaba en ellos una gran profundidad de fascinación y
misterio. Ella, hija cuidada y mimada de la aristocracia, sabía cuáles eran
algunos de sus propios poderes. pero aún no los conocía todos, debido a su
juventud. Kull, que era sabio en el conocimiento de los hombres y las mujeres,
se daba cuenta de que, con la madurez, Nalissa se hallaba destinada a alcanzar
un poder terrorífico en la corte y en el país, ya fuera para bien o para mal.
-Pero, majestad -rogaba ahora como una niña que pidiera un
juguete-, permitidme que me case con Dalgar de Farsun. Se ha convertido en un
ciudadano valuso, y ha alcanzado unt alto favor en la corte, como decís vos
mismo. ¿Por qué...?
-Ya te lo he dicho -la interrumpió el rey con impaciencia-, no
me importa que te cases con Dalgar, con Brule o con el mismísimo diablo, pero
tu padre no desea que te cases con ese aventurero farsuno y...
-¡Pero vos podéis hacer que consienta! -gritó ella.
-La casa de bora Ballin se cuenta entre mis más fuertes
partidarios -replicó el atlante-. Y Murom bora Ballin, tu padre, es uno de mis
mejores amigos. Entabló amistad conmigo cuando yo no era más que un gladiador
sin amigos. Me prestó dinero cuando sólo era un soldado, y apoyó mi causa
cuando me apoderé del trono. ¿Quieres que me arriesgue a perder esa mano
derecha mía obligándole a aceptar algo a lo que se opone violentamente, o
interviniendo en sus asuntos familiares?
Nalissa no había aprendido todavía que algunos hombres no se
dejan conmover por las artimañas femeninas. Rogó, trató de engatusarle, y hasta
lloró. Le besó las manos a Kull, lloró sobre su pecho, llegó a sentarse sobre
sus rodillas y discutió, todo ello ante la incomodidad del rey, pero no le
sirvió de nada. Kull se mostró sinceramente comprensivo, pero inflexible. A
pesar de todos los atractivos y halagos de la joven, sólo tenía una respuesta
que ofrecerle: que aquello no era asunto suyo, que su padre sabía mejor lo que
le convenía y que él, Kull, no estaba dispuesto a interferir.
Finalmente, Nalissa abandonó sus intentos y se marchó, con la cabeza
inclinada y arrastrando los pies. Al salir del salón real se encontró con su
padre, que llegaba en ese momento. Murom bora Ballin, que imaginó cuál había
sido el propósito que había inducido a su hija ha visitar al rey, no le dijo
nada, pero la mirada que le dirigió indicaba bien a las claras el castigo que
le reservaba. La joven subió a la silla que la esperaba, sintiéndose
desgraciada, como si la pena que la abrumaba no pudiera ser soportada por
ninguna otra mujer. Entonces, su naturaleza interna se afirmó a sí misma. En
sus ojos oscuros brotó la llama de la rebelión, y dirigió unas pocas y rápidas
palabras a los esclavos que portaban su silla.
Mientras tanto, el conde Murom se encontraba ante su rey, con
los rasgos de la cara convertidos en una máscara de deferencia formal. Kull
observó aquella expresión, y eso le dolió. Existía formalidad entre él y todos
sus súbditos y aliados, excepto con el picto Brule y el embajador Ka-nu, pero
aquella estudiada formalidad era algo nuevo en el conde Murom, y Kull no tardó
en imaginar la razón.
-Tu hija ha estado aquí, conde -dijo bruscamente.
-Sí, majestad -asintió con tono impasible y majestuoso.
-Probablemente sabrás por qué. Desea casarse con Dalgar de
Farsun.
El conde efectuó una leve inclinación de cabeza.
-Si vuestra majestad lo desea así, no tenéis más que decirlo
-dijo, al tiempo que unas líneas duras se extendían por su rostro.
Kull, aguijoneado, se levantó, cruzó la estancia y se dirigió
hacia la ventana donde, una vez más, contempló la ciudad amodorrada Sin
volverse dijo desde allí:
-Ni por la mitad de mi reino me atrevería a interferir en tus
asuntos familiares, y mucho menos obligarte a seguir un curso de acción
desagradable para ti.
El conde se encontró a su lado en un instante, desaparecida toda
su anterior formalidad, con una expresión elocuente en sus exquisitos ojos.
-Majestad, os había juzgado mal. Debería haberme dado cuenta de
que...
Hizo ademán de arrodillarse, pero Kull lo contuvo con un gesto.
-Tranquilízate, conde. Tus asuntos privados son tuyos. No puedo
ayudarte, pero tú sí puedes ayudarme a mí. El ambiente me huele a conspiración.
Desde mi juventud he aprendido a percibir el peligro. Ya entonces sentía la
cercanía de un tigre en la jungla, o de una serpiente entre la hierba alta.
-Mis espías se han dedicado a recorrer la ciudad, majestad -dijo
el conde, con los ojos iluminados ante la perspectiva de la acción inmediata-.
La gente murmura, como lo haría bajo cualquier gobernante, pero acabo de hablar
con Ka-nu, en el consulado, y me ha dicho que os advierta que están actuando
influencias externas y dinero extranjero. Dice no saber todavía nada
definitivo, pero que sus pictos han obtenido cierta información de un sirviente
borracho del embajador veruliano, vagos atisbos indicativos de algún golpe que
está preparando ese gobierno.
-Todos conocemos la gran capacidad veruliana para el engaño
-asintió Kull con un gruñido-. Pero Gen Dala, el embajador veruliano es la
misma esencia del honor.
-Tanto mejor para utilizarlo como pantalla. Si no sabe nada de
lo que planea su nación, tanto mejor servirá para enmascarar esos planes.
-Pero ¿qué ganaría Verulia con ello? -preguntó Kull.
-Gomlah, un primo lejano del rey Borna, se refugió allí cuando
derrocasteis a la antigua dinastía. Sin vos, Valusia se haría añicos. los
ejércitos quedarían desorganizados y nos veríamos abandonados por todos
nuestros aliados, excepto los pictos; los mercenarios, a los que sólo vos
podéis controlar, se revolverían contra Valusia, y seríamos así una presa fácil
para la primera nación poderosa que se atreviera a atacarnos. Entonces,
presentando a Gomlah como una excusa para la invasión, como una marioneta en el
trono de Valusia...
-Comprendo -gruñó Kull-. Me siento mucho más cómodo en la
batalla que en el consejo, pero lo comprendo. De modo que el primer paso sería
mi eliminación, ¿no es eso?
-Así es, majestad.
Kull sonrió y flexionó sus poderosos brazos.
-Al fin y al cabo, esto de gobernar se hace aburrido a veces
-dijo al tiempo que sus dedos acariciaban la empuñadura de la espada, que
siempre llevaba al cinto.
En ese momento, apareció un esclavo y anuncio:
-Tu, primer consejero del rey, y Dondal, su sobrino.
Inmediatamente, dos hombres entraron en el salón. Tu, el primer
consejero, era un hombre rechoncho, de mediana estatura, que ya se encontraba
en la segunda mitad de la vida y que más se parecía a un mercader que a un
consejero. Tenía el cabello escaso, el rostro surcado de arrugas y bajo sus
cejas siempre había una mirada de perpetuo recelo. Sin embargo, se le notaban
tanto los años como los honores recibidos. De origen plebeyo, se había abierto
camino gracias exclusivamente al poder de su ingenio y a la intriga. Antes de
la llegada de Kull, había visto aparecer y desaparecer a tres reyes, y se le
notaba la tensión que eso le había supuesto.
Su sobrino Dondal era un joven delgado y un tanto amanerado, con
intensos ojos oscuros y una sonrisa agradable. Su principal virtud radicaba en
el hecho de saber contener la lengua, y no repetir nunca a nadie lo que oía
decir en la corte. Por esa misma razón, se permitía su presencia en lugares a
los que su estrecho parentesco con Tu no le habría permitido acceder.
-Sólo se trata de una pequeña cuestión de estado, majestad -dijo
Tu-. Ese permiso para la construcción de un nuevo puerto en la costa
occidental. ¿Querréis firmarlo?
Kull firmó el documento. Tu extrajo del interior de su pecho un
anillo de forma sujeto con una pequeña cadena que siempre llevaba alrededor del
cuello, y aplicó el sello real. Este anillo era, en efecto, la réplica de la
firma real y ningún otro anillo en el mundo era exactamente igual, razón por la
que Tu lo llevaba siempre alrededor del cuello, tanto cuando estaba despierto
como cuando dormía. A excepción de los que se hallaban presentes en ese momento
en el salón del trono, nadie más sabía dónde se guardaba el anillo de la firma
real.
2. Misterio
De un modo casi imperceptible, la quietud del día se había
transformado en la quietud de la noche. La luna todavía no había salido y las
pequeñas estrellas plateadas daban poca luz, como si su radiación se viera
estrangulada por el calor que todavía surgía de la tierra.
Los cascos de un solo caballo produjeron un resonar hueco a lo
largo de una calle desierta. Si alguien estaba observando desde las ventanas
negras de las casas, no dieron la menor muestra de que nadie supiera que era
Dalgar de Farsun el que montaba a caballo y avanzaba a través de la noche y el
silencio.
El cuerpo ágil y atlético del joven farsuno aparecía
completamente cubierto por una armadura ligera, y también llevaba puesto el
casco. Parecía perfectamente capaz de manejar la espada larga y fina, de
empuñadura cubierta de joyas, que le colgaba del costado, y el pañuelo que le
cruzaba el pecho cubierto de acero, con su roja rosa, no disminuía en nada la
imagen de masculinidad que ofrecía.
Ahora, mientras cabalgaba, leyó de nuevo la nota arrugada que
llevaba en la mano y que, medio desplegada, dejaba al descubierto el siguiente
mensaje, escrito en los caracteres propios de Valusia: «A medianoche, amado
mío, en los jardines malditos, al otro lado de los muros. Huiremos juntos».
Una nota dramática. los atractivos labios de Dalgar se curvaron
ligeramente al leerla. Bueno, podía disculparse un poco de melodrama en una
muchacha joven, y él mismo disfrutaba un tanto con ello. Un estremecimiento de
éxtasis le sacudió, sólo de pensar en la cita. Al amanecer ya se encontraría al
otro lado de la frontera veruliana, junto con su futura esposa. Que el conde
Murom bora Ballim se enfureciera después todo lo que quisiera, o que el
ejército valuso les siguiera la pista, porque, una vez cruzada esa frontera, él
y Nalissa estarían a salvo. Se sentía muy animado y romántico; el corazón se le
hinchaba con las estúpidas heroicidades propias de la juventud. Todavía
faltaban varias horas para la medianoche, pero... Con los talones cubiertos de
acero, hizo que el caballo girara hacia un lado para seguir un atajo, a través
de unas estrechas calles oscuras.
-Oh. luna plateada en un pecho de plata... -murmuró en voz baja,
repitiendo las palabras de amor de los versos de Ridondo, aquel poeta loco, ya
muerto.
Entonces, el caballo lanzó un bufido y se revolvió, inquieto.
Entre las sombras de una puerta escuálida, un bulto oscuro se movió y gimió.
Dalgar se inclinó y vio la forma de un hombre. Arrastró el
cuerpo hacia una zona comparativamente más iluminada, y se dio cuenta de que el
hombre todavía respiraba. Algo caliente pegajoso y se adhirió a su mano.
El hombre era rechoncho y aparentemente viejo, pues su cabello
era escaso y la barba aparecía moteada de blanco. Iba vestido con los andrajos
de un mendigo, pero incluso en la oscuridad Dalgar se dio cuenta de que sus
manos eran suaves y blancas por debajo de la suciedad. La sangre manaba de una
fea brecha abierta en la parte lateral de la cabeza, y tenía los ojos cerrados,
aunque gemía de vez en cuando.
Dalgar se arrancó un trozo de tela de la faja para restañar la
herida y, al hacerlo, el anillo que llevaba en un dedo quedó enredado entre los
pelos de la barba. Al tirar de la mano, con un gesto impaciente, la barba se
desprendió por completo, y dejó al descubierto el rostro suavemente afeitado y
de profundas arrugas de un hombre que parecía hallarse al final de la mitad de
su vida. Dalgar emitió una exclamación y retrocedió. Se levantó de un salto,
aturdido y conmocionado. Permaneció allí de pie durante un momento, sin dejar
de observar fijamente al hombre que gemía; luego, el rápido tintineo de los
cascos de un caballo en una calle paralela le hizo recuperar el sentido.
Echó a correr por la calle, hasta llegar a la esquina, y se
acercó al jinete. El hombre se detuvo con un movimiento rápido al tiempo que
llevaba la mano hacia la espada. los cascos de su corcel arrancaron chispas del
empedrado de la calle, al descender el caballo, que se había encabritado.
-¿Qué ocurre ahora? ¡Oh..., eres tú, Dalgar!
-¡Brule! -exclamó el joven farsuno-. ¡Rápido! Tu, el primer
consejero, yace en esa calle. Está sin sentido, y puede que haya sido
asesinado.
El picto desmontó en un instante, con la espada ya empuñada.
Tiró las riendas por encima de la cabeza de su montura, dejó al corcel allí,
como una estatua, y siguió a Dalgar a la carrera.
Ambos se inclinaron sobre el herido consejero, y Brule recorrió
su cuerpo con mano experta.
-Al parecer. no tiene ninguna fractura -gruñó el picto-, aunque
no puedo saberlo con seguridad, claro. ¿Se le había caído la barba cuando lo
encontraste?
-No, tiré de ella accidentalmente y se desprendió...
-En tal caso, es muy probable que esto sea obra de algún
desalmado que no le conocía. Al menos, eso es lo que preferiría pensar. Si el
hombre que lo asaltó sabía que se trataba de Tu, eso significaría que una negra
traición se está cociendo en Valusia. Ya le dije más de una vez que sería un
desastre deambular por la ciudad disfrazado de esa guisa, pero eso no es
suficiente para convencer a un consejero. Insistió en que de ese modo podría
enterarse de lo que estaba sucediendo, que podría controlar el pulso del
imperio, según sus propias palabras.
-Pero, si ha sido obra de un ladrón, ¿por qué no le han robado?
-preguntó Dalgar-. Aquí está su bolsa, con unas pocas monedas de cobre. Además,
¿intentaría alguien robarle a un mendigo?
El asesino de la lanza emitió un juramento.
-Tienes razón. Pero, en nombre de Valka, ¿quién podía saber que
él era Tu? Nunca se ponía dos veces el mismo disfraz, y sólo Dondal y un
esclavo le avudaban a ponérselo. ¿Qué andaría buscando el que lo asaltó? Oh,
por Valka..., podría morirse mientras nosotros estamos aquí haciendo
conjeturas. Ayúdame a subirlo a mi caballo.
Una vez que el primer consejero estuvo montado en la silla,
sostenido por los brazos acerados de Brule, recorrieron las calles en dirección
al palacio. La guardia, asombrada, les franqueó el paso, y el hombre
inconsciente fue llevado a una cámara interior y recostado en un diván, donde
mostró signos de recuperar la conciencia, bajo los cuidados de las esclavas y
las damas de la corte.
Finalmente. se sentó y se agarró la cabeza con las manos. Ka-nu,
el embajador picto y el hombre más astuto del reino, se inclinó sobre él.
-¡Tu! ¿Quién te ha atacado?
-No lo sé -contestó el consejero, todavía mareado-. No recuerdo
nada.
-¿Llevabas encima algún documento importante?
-No.
-¿Te han robado algo?
Tu se palpó los ropajes con incertidumbre. Su mirada brumosa
empezó a aclararse y entonces, de repente, se iluminó con una súbita
comprensión.
-¡El anillo! ¡El anillo de la firma real! Ha desaparecido!
Ka-nu se golpeó la palma de una mano con el puño y emitió una
sentida maldición.
-¡Eso es lo que sucede por llevarlo siempre contigo! ¡Ya te lo
advertí! Rápido, Brule, Kelkor, Dalgar..., una vil traición se prepara. Acudid
pronto a la cámara del rey.
Delante del dormitorio real montaban guardia diez de los
asesinos rojos, el regimiento favorito del rey. Ante las rápidas preguntas de
Ka-nu, contestaron que el rey se había retirado a descansar hacía más o menos
una hora, que nadie había intentado entrar, y que no habían oído ningún sonido.
Ka-nu llamó a la puerta. No hubo respuesta. Acuciado por el
pánico, intentó abrirla, pero estaba cerrada con llave por dentro.
-¡Derribad esa puerta! -gritó con el rostro muy pálido y un
inusitado timbre de tensión en su voz.
Dos de los asesinos rojos, de tamaño gigantesco, lanzaron todo
su peso contra la puerta, pero ésta, al ser de pesado roble y estar protegida
con bandas de bronce, resistió el embate. Brule los apartó a un lado y atacó la
maciza puerta con su espada. Bajo los pesados golpes del afilado acero, la
madera y el metal terminaron por ceder, y unos momentos después Brule lanzaba
todo su peso sobre ella y entraba en el dormitorio, pasando por encima de los
restos.
Se detuvo de inmediato con un grito ahogado y miró por encima
del hombro. mientras Ka-nu se mesaba desesperadamente la barba. la cama real
aparecía revuelta, como si alguien hubiera dormido efectivamente en ella, pero
no se veía el menor rastro del rey. El dormitorio estaba completamente vacío, y
sólo la ventana abierta parecía ofrecer una explicación a la extraña
desaparición.
-¡Registrad las calles! -rugió Ka-nu-. ¡Peinad toda la ciudad!
Que redoblen la guardia en todas las puertas. Kelkor, alerta a toda la fuerza
de los asesinos rojos. Brule, reúne a tus jinetes y ponte al frente de ellos,
hasta la muerte si es necesario. ¡Daos prisa! Dalgar...
Pero el farsuno había desaparecido. Había recordado de repente
que ya se acercaba la medianoche, y para él era mucho más importante el hecho
de que Nalissa bora Ballin le estuviera esperando en los jardines malditos, a
tres kilómetros de distancia de los muros de la ciudad, antes que conocer el
paradero del rey, fuera quien fuese.
3. La firma del sello
Esa noche, Kull se había retirado pronto a sus aposentos. Tal y
como era su costumbre, se entretuvo unos minutos ante la puerta del dormitorio
real para charlar con la guardia, viejos compañeros de regimiento, e
intercambiar algún que otro recuerdo sobre los viejos tiempos, en que había
cabalgado entre las filas de los asesinos rojos. Luego, despidió a sus
sirvientes, entró en el dormitorio, apartó los cobertores de su cama y se
preparó para descansar. Una actitud extraña para tratarse de un rey, no cabe la
menor duda, pero ya hacía tiempo que Kull se había acostumbrado a la vida ruda
del soldado, y antes de eso había formado parte de una tribu de salvajes. Nunca
se había acostumbrado del todo a que los demás le hicieran las cosas y, al
menos en la intimidad de su dormitorio, prefería cuidar de sí mismo.
Justo en el momento en que se volvió para apagar la vela que
iluminaba la estancia, oyó unos ligeros golpecitos en el alféizar de la
ventana. Con la espada en la mano1 cruzó la habitación con el paso natural y
silencioso de una gran pantera, y se asomó al exterior. Los setos y los árboles
se veían vagamente en la semioscuridad, bajo la luz de las estrellas. El sonido
de las fuentes llegaba distante hasta él, y su mirada no pudo distinguir la
figura de ninguno de los centinelas que recorrían aquellos confines.
Sin embargo, aquí, junto a su codo, se encontraba el misterio.
Agarrado a las enredaderas que cubrían el muro, había un pequeño tipo de rostro
arrugado, con el mismo aspecto de los mendigos profesionales que pululaban por
las calles más sórdidas de la ciudad. Parecía un ser inofensivo, con sus
delgadas piernas y su rostro de mono, y Kull le miró con el ceño fruncido.
-Ya veo que voy a tener que poner centinelas a los pies de mi
ventana1 o cortar estas enredaderas -dijo el rey-. ¿Cómo has podido cruzar
entre la guardia?
El hombre arrugado se llevó un delgado dedo a los labios, con un
gesto que rogaba silencio; luego, con la habilidad propia de un simio, deslizó
una mano a través de los barrotes y, en silencio, entregó a Kull un pergamino.
El rey lo desenrolló y leyó: «Rey Kull, si valoráis en algo vuestra vida, o el
bienestar del reino, seguid a este guía hasta el lugar al que os conducirá. No
habléis con nadie. Procurad que no os vean los guardias. Los regimientos son un
hervidero de traiciones, y si queréis seguir viviendo y conservar el trono, debéis
hacer exactamente lo que os digo. Confiad en el portador de esta nota». La
misiva estaba firmada: «Tu, primer consejero de Valusia», y se veía en ella el
sello del anillo real.
Kull juntó las cejas. Aquello no tenía buen aspecto, pero se
trataba, sin duda, de la letra de Tu, pues no dejó de observar el rasgo
peculiar e imperceptible de la última letra del nombre de Tu, que era la
característica peculiar del consejero, por así decirlo. Además, estaba el
sello, y aquel sello no se podía duplicar. Era la firma de Kull.
-Muy bien -asintió-. Espera a que me arme.
Vestido y cubierto con una ligera armadura de cota de malla,
Kull se dirigió de nuevo hacia la ventana. Agarró las barras, una en cada mano,
aplicó cautelosamente su tremenda fuerza y sintió que cedían hasta que le
pareció que incluso sus anchas espaldas cabrían por el hueco. Se puso a
horcajadas sobre el alféizar, se agarró de las enredaderas y descendió por
ellas con la misma facilídad con que lo había hecho el pequeño mendigo que le
precedía.
Al pie del muro, Kull sujetó a su compañero por el brazo.
-¿Cómo lograste burlar a la guardia? -preguntó con un susurro
-A quien se me acercó, le mostré el signo del sello real.
-Eso no será suficiente ahora -gruñó el rey-. Sígueme, yo
conozco la rutina que siguen.
Transcurrieron unos veinte minutos, durante los que
permanecieron tumbados, a la espera, ocultos tras un árbol o un seto, hasta que
pasaba un centinela y avanzaban hacia un nuevo escondite, a base de carreras
cortas y rápidas entre las sombras. Finalrnente, llegaron junto a la muralla
exterior. Kull tomó a su guía por los tobillos y lo levantó hasta que los dedos
de éste se sujetaron a lo alto de la muralla. Una vez a horcajadas sobre ella,
el mendigo le tendió una mano para ayudarle, pero Kull, con un gesto de
desprecio, retrocedió unos pasos, emprendió una corta carrera, saltó en el aire
y se sujetó al parapeto con una mano, para luego elevar su gran estructura a
pulso, hasta encontrarse en lo alto de la muralla, todo ello con un increíble
despliegue de fortaleza y agilidad.
Un momento más tarde, las dos figuras extrañamente incongruentes
se habían dejado caer al otro lado de la muralla y se desvanecían, tragadas por
la oscuridad.
4. «Se volvió, acorralado»
Nalissa, hija de la casa de bora Ballin, se sentía nerviosa y
asustada. Sostenida por sus elevadas esperanzas y por la sinceridad de su amor,
no lamentaba la precipitación de las acciones que había emprendido durante las
últimas horas, pero deseaba que llegara rápidamente la medianoche, que le
traería a su amante.
Hasta el momento, su huida había resultado fácil. No era
sencillo para nadie abandonar la ciudad tras la caída de la noche, pero ella se
había alejado a caballo de la casa de su padre poco antes de la puesta del sol,
tras decirle a su madre que pasaría aquella noche en casa de una amiga. Fue una
suerte para ella que a las mujeres de la ciudad de Valusia se les permitiera
esa insólita libertad, y no tuvieran que verse recluidas en los harenes y en
verdaderas casas-prisión, como sucedía en los imperios orientales; se trataba
de una costumbre que había sobrevivido a la gran inundación.
Nalissa salió tranquilamente por la puerta oriental y luego
sedirigió directamente hacía los jardines malditos, situados a dos millas al
este de la ciudad. En otros tiempos, aquellos jardines habían sido lugar de
recreo y propiedad de un noble, pero empezaron a difundirse historias que
hablaban de libertinajes crueles y ritos de adoración demoniaca, hasta que la
gente, enloquecida por la regular desaparición de sus hijos se encaminó hacia
los jardines y una multitud fuera de sí ahorcó al príncipe ante la puerta de su
propia mansión. Al registrar los jardines, la gente descubrió cosas horribles
y, arrastrada por la repugnancia y el horror, destruyeron parcialmente la
mansión y las glorietas, las pérgolas, las grutas y los muros. No obstante,
construidos con un mármol imperecedero, muchos de los edificios resístieron
tanto los mazos de la multitud como los estragos del tiempo. Ahora, abandonados
desde hacía más de un siglo, dentro de aquellos muros medio desmoronados había
brotado una verdadera jungla en miniatura, y la vegetación cubría casi por
completo las ruinas.
Nalissa ocultó el caballo en una glorieta arruinada, y se sentó
sobre el agrietado suelo de mármol, dispuesta a esperar. Al principio, no fue
mal. La suave puesta de sol veraniega pareció inundar el paisaje, suavizándolo
todo con sus dulces tonalidades amarillentas. Se sintió intrigada por el vasto
mar verdoso que la rodeaba, salpicado de resplandores blancos allí donde
todavía se veían muros de mármol y tejados desmoronados. Pero a medida que fue
cayendo la noche y las sombras lo fueron invadiendo todo, Nalissa empezó a
ponerse nerviosa. La brisa nocturna parecía susurrar cosas crueles entre las
ramas de los árboles, las anchas hojas de palma y la hierba alta, y las
estrellas producían una impresión de frialdad y lejanía. Empezó a recordar las
leyendas y las historias que se habían contado y se imaginó que, por encima de
los fuertes latidos de su corazón, pudo oír el roce de unas invisibles alas
negras y el murmullo de unas voces hostiles.
Rogaba para que llegara la medianoche, y Dalgar con ella. Si
Kull hubiera podido verla en ese momento, no habría pensado en lo misterioso de
su profunda naturaleza, ni en las señales del gran futuro que le esperaba, sino
que sólo habría visto a una joven asustada, que deseaba apasionadamente
sentirse consolada y acariciada en brazos de un hombre.
Pero en ningún momento cruzó por su mente la idea de abandonar.
Daba la impresión de que el tiempo no pasaba, a pesar de lo cual
transcurría de algún modo. Finalmente. un débil resplandor indicó la próxima
salida de la luna y supo que poco a poco se acercaba el momento de la
medianoche.
Entonces, de improviso, se oyó un ruido que la hizo ponerse en
pie de un salto y sentir que el corazón se le subía a la garganta. En alguna
parte de los supuestamente desiertos jardines, el silencio de la noche se vio
rasgado por un grito y un sonido metálico de acero. Un nuevo grito, breve y
horrible, le heló la sangre en las venas. Luego, se hizo de nuevo el silencio,
como un sudario sofocante.
«¡Dalgar! ¡Dalgar! ¿Dónde estás?» Este pensamiento martilleaba
sin cesar su aturdido cerebro. Posiblemente, su amante había acudido a la cita
y había caído víctima de alguien.... o de algo.
Se asomó del lugar donde se ocultaba, con una mano sobre el
corazón, que parecía querer estallarle entre las costillas. Empezó a recorrer
un camino empedrado y las hojas de las palmeras rozaron sus dedos. Parecía
hallarse rodeada por un abismo de sombras pulsantes, vibrantes y llenas de una
maldad sin nombre. No se oía el menor sonido.
Por delante de ella se levantaban las sombras de la mansión
arruinada. Entonces, de improviso, dos hombres le salieron al paso. Lanzó un
solo grito y su lengua se quedó como petrificada por el terror. Trató de huir,
pero las piernas no le obedecieron, y antes de que pudiera hacer un solo
movimiento uno de los hombres se apoderó de ella, agarrándola por la cintura, y
se la colocó bajo el brazo, como si se tratara de una niña pequeña.
-Una mujer -gruñó en un idioma que Nalissa apenas comprendió,
pero que reconoció como verulíano- - Dame tu puñal y me encargaré de...
-No tenemos tiempo ahora -replicó el otro utilizando la misma
lengua-. Arrójala ahí, con él, y ya nos encargaremos de ambos después. Tenemos
que traer a Phondar aquí, antes de matarle; quiere interrogarle un poco.
-¿De qué servíra eso? -murmuró el gigante veruliano, que siguió
a su compañero-. No querrá hablar, de eso puedes estar seguro. Desde que le
capturamos, sólo ha abierto la boca para maldecirnos.
Nalissa, transportada de una forma tan ignominiosa bajo el brazo
de su raptor, estaba helada de temor, pero su mente funcionaba a toda
velocidad. ¿A quién se referían? ¿A quién querían interrogar y luego asesinar?
La posibilidad de que pudiera tratarse de Dalgar despejó de su mente el temor
que sentía por sí misma, y llenó su alma de una rabia salvaje y desesperada
Empezó a patalear y a retorcerse con violencia, y fue castigada con un fuerte
bofetón que arrancó lágrimas de sus ojos y un grito de dolor de sus labios. Se
resignó a una humillante sumisión y poco después fue arrojada sin consideración
alguna a través del umbral de una puerta cubierta por las sombras. Cayó de
bruces al suelo, hecha un ovillo.
-¿No será mejor atarla? -preguntó el gigante.
-¿De qué serviría? No puede escapar, y tampoco puede desatarle.
Vamos, date prisa. Tenemos cosas que hacer.
Nalissa se sentó y miró tímidamente a su alrededor. Se
encontraba en una pequeña cámara, cuyos rincones aparecían cubiertos de
telarañas. El suelo estaba cubierto de polvo y de fragmentos de mármol,
desprendidos de las paredes ruinosas. Una parte del techo había desaparecido y
la luna, que ahora se elevaba con lentitud, vertía su luz a través de la
abertura. Gracias a ella, pudo ver una figura en el suelo, cerca de la pared.
Se encogió y los dientes se hundieron en sus labios, con una horrorizada expectativa;
entonces, con una delirante sensación de alivio, se dio cuenta de que aquel
hombre era demasiado corpulento para tratarse de Dalgar. Se arrastró hacia él y
le miró la cara. Estaba atado de pies y manos, y amordazado, pero, por encima
de la mordaza, dos fríos ojos grises miraron fijamente los suyos.
-¡Rey Kull!
Nalissa se lleyó ambas manos a las sienes, apretándoselas,
mientras la estancia parecía tambalearse ante su mirada conmocionada y
asombrada. Un instante después, sus dedos, delgados pero fuertes, se pusieron a
trabajar sobre la mordaza. Tras unos pocos minutos de intenso esfuerzo, logró
soltarla. Kull extendió las mandíbulas y lanzó un juramento en su propia
lengua, considerado, incluso en tal situación, con los tiernos oídos de la
joven.
-Oh, mí señor, ¿cómo habéis llegado hasta aquí? -preguntó la
joven, que se retorcía las manos.
-O bien el consejero en quien más confío es un traidor, o yo soy
un loco -gruñó el gigante-. Alguien se me acercó con una carta escrita por Tu,
que llevaba incluso el sello real. Le seguí, tal y como me pedía la carta.
Atravesamos la ciudad y llegamos ante una puerta cuya existencia ni siquiera yo
conocía. Esa puerta no estaba vigilada por nadie y aparentemente es desconocida
de todos, excepto por parte de aquellos que conspiran contra mí. Una vez al
otro lado, alguien esperaba con caballos, y cabalgamos a toda velocidad hasta
estos condenados jardines. Dejamos los caballos junto al muro semiderruido, y
fui conducido hasta aquí, como un estúpido ciego y sordo, preparado para el
sacrificio. Al cruzar el umbral de esa puerta, una gran red cayó sobre mí, lo que
me impidió desenvainar la espada, y me sujetó las extremidades.
Instantáneamente, una docena de bribones se aba1anzó sobre mí y..., bueno, de
todos modos, capturarme no les resultó tan fácil como se habían imaginado. Dos
de ellos me reorcieron el brazo, de modo que no pude utilizar la espada, pero
le propiné un buen patadón a uno de ellos, y pude oír el crujido de sus
costillas al partirse. logré romper la red que me aprisionaba con la mano
izquierda, y atravesé con mi daga a otro que encontró la muerte y que gritó
como un alma perdida en su último instante. Pero, ¡por Valka!, ellos eran
demasiados. Finalmente, lograron quitarme la armadura -Nalissa se dio cuenta
entonces de que el rey sólo llevaba puesto una especie de taparrabos-, y me
ataron y amordazaron como has visto. Ni siquiera el propio diablo podría romper
estas cuerdas. No vale la pena intentar desatar los nudos. Por lo visto, uno de
esos hombres era marinero, y sé muy bien la clase de nudos que son capaces de
hacer los marinos. Yo mismo fui en otros tiempos esclavo en una galera.
-Pero ¿qué puedo hacer yo? -preguntó la joven con un gemido sin
dejar de retorcerse las manos.
-Coge un trozo grande de mármol y desbástalo hasta que tenga un
canto afilado -se apresuró a contestar Kull-. Tienes que cortarme estas
cuerdas.
Ella así lo hizo y sus esfuerzos se vieron recompensados cuando
consiguió un delgado trozo de mármol cuyo borde cóncavo parecía tan afilado
como una cuchilla dentada.
-Temo causaros cortes en la piel, señor -se disculpó. Al tiempo
que empezaba a trabajar.
-Corta la piel, la carne y hasta el hueso si es necesario para
liberarme -espetó Kull con los ojos encendidos-. ¡Haberme dejado atrapar con un
ciego estúpido! ¡Ah, qué imbécil soy! ¡Por Valka, Honan y Hotath! Pero en
cuanto le ponga la mano encima a esos bribones. ¿Y tú? ¿Cómo has llegado hasta
aquí?
-Ya hablaremos de eso más tarde -contestó Nalissa jadeante-.
Ahora no tenemos ningún tiempo que perder.
Se hizo el silencio, mientras la joven intentaba cortar aquellas
tenaces cutrdas, sin preocuparse lo más mínimo por sus delicadas manos, que no
tardaron en quedar laceradas y sangrantes. Pero lentamente, hilacha a hilacha,
las cuerdas fueron cediendo. Sin embargo, todavía quedaban suficientes como
para sujetar a cualquier hombre ordinario cuando unos pesados pasos resonaron
en el umbral.
Nalissa se quedó petrificada. Se oyó una voz.
-Está ahí dentro, Phondar, atado y amordazado Hay con él una
dama valusa a la que descubrimos deambulando por los jardines.
-En ese caso, vigilad atentos por si llegara su galán -dijo otra
voz con tonos duros y rechinantes, como los de un hombre acostumbrado a ser
obedecido-. Es muy probable que se haya citado aquí con algún mentecato. En
cuanto a ti...
- Nada de nombres, nada de nombres mi buen Phondar - le
interrumpió una sedosa voz valusa-. Recuerda nuestro acuerdo. Hasta que Gomlah
se siente en el trono yo no soy más que... el enmascarado.
-Muy bien -gruñó el veruliano-. Pues entonces debo decirte que
has hecho muy buen trabajo esta noche, enmascarado. Nadie más que tú podría
haberlo conseguido, pues sólo tú sabías cómo apoderarte del sello real. Sólo tú
podías imitar tan bien la escritura de Tu. Y a propósito..., ¿mataste al viejo?
-¿Qué importa eso? Morirá esta noche o el día en que Gomlah suba
al trono. Lo verdaderamente importante es que el rey está en nuestro poder,
impotente.
Kull reflexionaba a toda velocidad, en un intento desesperado
por distinguir la voz cavernosa y familiar de aquel traidor. En cuanto a
Phondar..., su rostro esbozó una mueca cruel. Debía de ser una conspiración muy
importante para que Verulia enviara al comandante de sus fuerzas armadas para
realizar el trabajo sucio. El rey conocía bien a Phondar, y en otros tiempos
incluso le había agasajado en el palacio.
-Entrad y sacadlo -ordenó Phondar-. lo llevaremos a la vieja
cámara de torturas. Tengo algunas preguntas que hacerle.
La puerta se abrió y un hombre entró; era el mismo gigante que
había capturado a Nalissa. Cerró la puerta tras él y cruzó la estancia, sin
dirigir una sola mirada a la muchacha, acurrucada en un rincón. Se inclinó
sobre el rey atado y lo agarró por el hombro y una pierna para levantarlo a
pulso; entonces se oyó un golpe repentino cuando Kull, empleando toda su fuerza
de hierro, dio un tirón convulsivo y rompió el resto de las cuerdas que todavía
le sujetaban.
No había permanecido atado el tiempo suficiente como para que se
le cortara la circulación, lo que habría podido afectar a su fortaleza. Sus
manos se lanzaron hacia el cuello del gigante, tal y como habría atacado una
serpiente pitón, y lo rodearon con garras de acero.
El gigante cayó de rodillas. Se llevó una mano hacia los dedos
que le atenazaban el cuello, y la otra a la funda de la daga. Sus dedos
rodearon como el acero la muñeca de Kull, y la daga surgió de la funda con un
resplandor metálico. Luego, sus ojos se abultaron, abrió la boca y la lengua
salió, fláccida. Los dedos se desprendieron de la muñeca del rey, y la daga se
deslizó de una mano ya sin nervio. El veruliano quedó fláccido, con la garganta
literalmente aplastada bajo aquella terrible presión. Kull dio un tirón
terrorífico de su cabeza hacia un lado, partiéndole el cuello, lo dejó en el
suelo y le desenvainó la espada de la funda. Nalissa había recogido la daga
caída al suelo.
La lucha sólo había durado unos pocos segundos, y no había
producido más ruido que el que pudiera haber causado un hombre que levantara a
otro pesado para echárselo sobre el hombro.
-¡Date prisa! -gritó la impaciente voz de Phondar desde el otro
lado de la puerta.
Kull, agazapado como un tigre en el interior de la estancia,
pensó con rapidez. Sabía que allí fuera había por lo menos un pelotón de
conspiradores. También sabía, por el sonido de las voces, que al otro lado de
la puerta sólo había dos o tres, al menos por el momento. La estancia donde se
encontraba no era un buen lugar para defenderse. Los otros no tardarían en
entrar para ver qué provocaba el retraso. Entonces, tomó una decisión y actuó
con rapidez. Llamó a su lado a la muchacha.
-En cuanto haya salido por esa puerta, sal corriendo y sube la
escalera que hay a la izquierda.
La joven asintió, temblorosa, y él le dio una tranquilizadora
palmada en el hombro. Luego, se dio media vuelta y abrió la puerta de golpe.
los hombres que había al otro lado esperaban al gigante
veruliano con el rey impotente sobre sus hombros. Ante aquella aparición
inesperada, se quedaron boquiabiertos. Kull estaba de pie ante la puerta, medio
desnudo, agazapado como un tigre humano a punto de saltar, mostrando los
dientes en un gruñido de furia combativa, con los ojos encendidos. La hoja de
la espada que empuñaba efectuó un molinete, como una rueda de plata bajo la luz
de la luna.
Kull vio a Phondar, acompañado por dos soldados verulianos y una
figura delgada que llevaba puesta una máscara negra. Transcurrió apenas un
instante fugaz y se lanzó contra sus enemigos. La danza de la muerte había
empezado.
El comandante veruliano fue el primero en caer, ante la primera
embestida del rey, con la cabeza hendida hasta los dientes a pesar del casco
que llevaba puesto. El enmascarado desenvainó y lanzó una estocada con la
espada, cuya punta recorrió la mejilla de Kull. Uno de los soldados, que se
abalanzó contra el rey con una lanza, fue hábilmente esquivado y un instante
después yacía muerto sobre su jefe. El otro soldado se amilanó, dio media
vuelta y echó a correr, llamando a gritos a sus camaradas. El enmascarado
retrocedió con rapidez ante el ataque en tromba del rey, sin dejar de
esquivarle y parar sus golpes con una habilidad casi increíble. Pero, ante la
abrumadora ferocidad de la embestida, no tuvo tiempo para atacar, sino sólo
para defenderse. Kull golpeaba la hoja de su acero como un herrero pudiera
golpear el yunque, y cada una de sus embestidas parecía estar a punto de partir
en dos aquella cabeza enmascarada y encapuchada, pero la larga y delgada espada
valusa se interponía siempre en el camino, desviaba la estocada por poco, o
conseguía detenerla a pocos centímetros de su piel, aunque siempre lo
suficiente.
Entonces, Kull vio que los soldados verulianos corrían hacia
ellos por entre la maleza, oyó el tintineo de sus armas y sus feroces gritos.
Atrapado allí, al aire libre, no tardarían en rodearle y ensartarle como a una
rata. Lanzó una última estocada maligna contra el valuso que retrocedía y
luego, irguiéndose, se dio media vuelta y echó a correr por la escalera, en lo
más alto de la cual ya le esperaba Nalissa.
Una vez allí se volvió, acorralado. Él y la muchacha se
encontraban sobre una especie de promontorio artificial. Un tramo de escalera
conducía hacia arriba, y en otro tiempo debía de haber existido otro tramo que
condujera hacia ahajo, pero este último se había desmoronado. Kull se dio
cuenta de que se encontraban en un callejón sin salida. Las paredes caían a
pico, cubiertas por esculturas talladas en el muro. «Bien, aquí moriremos
-pensó Kull-. Pero también morirán otros muchos.»
Los verulianos se reunieron al pie de la escalera, bajo la
dirección del misterioso valuso enmascarado. Kull sujetó con fuerza la
empuñadura de la espada y echó la cabeza hacia atrás, como un regreso
inconsciente a los tiempos en que había llevado una melena tan poblada como la
de un león.
Nunca había temido a la muerte, y no la temía ahora, y, de no
haber sido por una única consideración, habría dado la bienvenida al clamor y
la locura de la batalla, como una vieja amiga, sin lamentaciones inútiles. La
consideración era la presencia de la muchacha que se hallaba a su lado. Al ver
temblar su figura y observar la palidez de su rostro, tomó una decisión
repentina.
Levantó una mano y gritó:
-¡Eh, hombres de Verulia! ¡Aquí estoy, acorralado! Muchos caerán
antes de que yo muera. Pero si me prometéis que soltaréis a la muchacha, sin
causarle el menor daño, no levantaré una sola mano contra vosotros. Podréis
matarme como a una oveja.
Nalissa lanzó un grito de protesta y el enmascarado emitió una
risotada.
-No hacemos tratos con quien ya está condenado. Esa muchacha
también debe morir, y yo no hago promesas para violarlas. ¡Arriba, guerreros, a
por él!
Subieron por la escalera como una negra oleada de muerte,
haciendo destellar las espadas como plata congelada bajo la luz de la luna. Uno
de ellos se adelantó en exceso. Se trataba de un enorme guerrero que blandía
una gran hacha de combate. Este hombre, que se movió con mayor rapidez de la
que Kull había esperado, se plantó en un instante sobre el rellano. Kull atacó
y el hacha descendió. Con la mano izquierda en alto contuvo el descenso del
arma en el aire, sujetándola por el pesado mango, una hazaña que pocos hombres
habrían podido realizar, y al mismo tiempo golpeó con la derecha hacia el
costado de su enemigo, y lo hizo con tal fuerza que la larga espada atravesó la
armadura, la musculatura y el hueso, y la hoja quedó incrustada en la columna
vertebral, rompiéndose.
Al darse cuenta, apenas tardó un instante en soltar la
empuñadura de la inservible espada y arrancar el hacha de la mano del guerrero
moribundo, que se tambaleó hacia atrás y cayó por la escalera, seguido por una
breve y cruel risotada de Kull.
los verulianos vacilaron sobre la escalera y, más abajo, el
enmascarado les animó salvajemente a lanzarse al ataque. Ellos, en cambio, se
mostraron más inclinados a dejar las cosas como estaban.
-Phondar ha muerto -gritó uno-. ¿Acaso vamos a recibir órdenes
de un valuso? ¡Nos enfrentamos a un demonio, y no a un hombre! ¡Salvémonos!
-¡Cobardes estúpidos! -gritó la voz del enmascarado, elevándose
en un grito felino-. ¿No os dais cuenta de que vuestra única seguridad estriba
en matar al rey? Si fracasáis esta noche, vuestro propio gobierno os repudiará
y ayudará a los valusos a daros caza. ¡Arriba, estúpidos! Es posible que mueran
algunos, pero es mucho mejor que mueran unos pocos bajo el hacha del rey, que
morir todos en la horca. Si uno sólo de vosotros se atreve a retroceder por
esta escalera, ¡yo mismo lo mataré!
Y al tiempo que decía estas palabras, la larga y delgada espada
les amenazó.
Desesperados y temerosos ante su líder, reconocieron la verdad
que había en sus palabras, y los guerreros se volvieron hacia el acero de Kull.
En el momento en que se lanzaron en masa a lo que necesariamente había de ser
la última carga, Nalissa vio atraída su atención por un movimiento que se
produjo en la base de la pared. Una figura se destacó de entre las sombras y
empezó a subir la pared vertical, ascendiendo como un mono, utilizando las
esculturas talladas en la pared como puntos de apoyo para manos y pies. Aquel
lado del muro se hallaba envuelto en las sombras, y ella no pudo distinguir los
rasgos del hombre que subía; además, llevaba puesto un pesado casco que todavía
arrojaba más sombras sobre su rostro.
Sin decirle nada a Kull, que se hallaba de pie en el rellano,
con el hacha preparada, ella se asomó por el borde del muro, medio oculta tras
las ruinas de lo que en otro tiempo debía de haber sido un parapeto. Entonces
se dio cuenta de que aquel hombre llevaba puesta una armadura completa, pero
seguía sin poder ver sus rasgos. Se le aceleró la respiración, y levantó la
daga, haciendo denodados esfuerzos por contener una oleada de náuseas.
Entonces, un brazo cubierto de acero apareció por el borde
agarrándose a él; la muchacha saltó tan rápida y silenciosamente como una
tigresa y atacó el rostro desprotegido, que se levantó repentinamente hacia la
luz de la luna. Y en el preciso instante en que la daga descendía y ella ya no
podía detener el golpe que se disponía a propinar, lanzó un grito de sorpresa y
de agonía. Porque en ese último y fugaz segundo reconoció el rostro de su
amante, Dalgar de Farsun.
5 La batalla de la escalera
Después de haberse alejado tan poco ceremoniosamente de la
presencia de Ka-nu, Dalgar corrió hacia su caballo y cabalgó rápidamente hacia
la puerta oriental. Había oído a Ka-nu dar órdenes de que cerraran todas las
puertas de la ciudad, y que no dejaran salir a nadie, y cabalgó como un loco
para adelantarse al cumplimiento de esa orden. De todos modos, ya resultaba
bastante difícil salir por la noche y Dalgar, enterado de que las puertas no
estarían protegidas esta noche por los incorruptibles asesinos rojos, había
tenido la intención de abrirse paso a base de sobornos. Ahora, en cambio. todo
dependía de la audacia de su plan.
Con el caballo cubierto de sudor, lo detuvo ante la puerta
oriental y gritó:
-¡Abrid la puerta! ¡Debo llegar esta misma noche a la frontera
veruliana! ¡Rápido! ¡El rey ha desaparecido! ¡Abrid paso y luego vigilad bien
la puerta! ¡En nombre del rey! -Al ver que los soldados vacilaban, añadió-:
¡Daos prisa, estúpidos! ¡Puede que el rey corra un peligro mortal! ¡Abrid!
Desde el otro lado de la ciudad, con un tono profundo capaz de
helar los corazones de un repentino espanto, llegó el sonido de la gran campana
de bronce del rey, que sólo suena cuando el rey está en peligro. Los guardias
quedaron como electrificados. Sabían que a Dalgar se le tenía en mucha estima,
como noble que se hallaba de visita en Valusia. Creyeron, pues, en sus
palabras, e impulsados por su voluntad le abrieron las grandes puertas, y el
caballero salió disparado de inmediato como un rayo y un instante más tarde se
había desvanecido en la oscuridad.
Mientras cabalgaba, confiaba en que Kull no hubiera sufrido
graves daños, pues le gustaba aquel bárbaro campechano mucho más de lo que le
habían gustado los restantes reyes sofisticados y sin sangre de los Siete
Imperios. De haberle sido posible, habría colaborado en la búsqueda. Pero
Nalissa le estaba esperando, y ya llegaba con retraso
En cuanto el joven noble entró en los jardines tuvo la peculiar
sensación de que allí, en el mismo corazón de la desolación y la soledad, había
presentes muchos hombres. Un instante más tarde oyó el entrechocar del acero,
el sonido de muchos pasos precipitados y unos feroces gritos en una lengua
extranjera. Desmontó, desenvainó la espada y se abrió paso con cautela por
entre la maleza, hasta que tuvo ante la vista la mansión en ruinas. Y allí, sus
ojos pudieron contemplar una extraña escena.
En lo alto de una escalera medio en ruinas estaba de pie un
gigante medio desnudo y manchado de sangre, a quien reconoció de inmediato como
el rey de Valusia A su lado se encontraba una mujer, y Dalgar apenas si pudo
reprimir el grito que salió de sus labios- ¡Era Nalissa! Las uñas mordieron las
palmas de sus manos cerradas. ¿Quiénes eran aquellos hombres vestidos de negro
que se abalanzaban escalera arriba? No importaba. Sin duda alguna pretendían
matar a la mujer y a Kull. Oyó el desafio que les lanzó el rey, ofreciéndoles
su vida a cambio de la de Nalissa, y se sintió poseído por una oleada de
gratitud. Entonces, observó las esculturas existentes en la pared, situada
cerca de él, y no lo dudó ni un instante. Empezó a subir dispuesto a morir
junto al rey, protegiendo a la mujer que amaba.
Había perdido de vista a Nalissa y ahora, mientras subía, no se
atrevía a tomarse el tiempo para buscarla. Realizaba una tarea traicionera y
resbaladiza en la que no podía descuidarse. No la volvió a ver hasta que llegó
al borde y se impulsó hacia arriba. Entonces, la oyó gritar y vio la mano que
descendía hacia su rostro, sosteniendo un rayo de plata. Se encogió
instintivamente y recibió el golpe sobre el casco. La daga se rompió por la
empuñadura y Nalissa se desmoronó y cayó en sus brazos.
Al oír el grito, Kull se volvió hacia ellos, con el hacha en
alto. Se detuvo. Reconoció al farsuno e incluso en ese instante de peliro
comprendió lo que ocurría. Sabía por qué estaba allí la pareja y sonrió,
realmente satisfecho.
El ataque se detuvo apenas un segundo cuando los verulianos se
dieron cuenta de la presencia del segundo hombre sobre el rellano. Pero
enseguida volvieron a lanzarse a la carga y subieron los escalones, bajo la luz
de la luna, con las hojas reluciendo y una expresión desesperada en la mirada.
Kull salió al encuentro del primero con un poderoso golpe que aplastó casco y
cráneo a un tiempo. Luego, Dalgar se situó a su lado y su hoja se extendió y se
introdujo en la garganta de un veruliano. A continuación, se inició la batalla
de la escalera, inmortalizada por poetas y juglares.
Kull estaba allí para morir y matar antes de morir. No se
preocupó lo más mínimo de la defensa. Su hacha se convirtió en una rueda que
sembraba la muerte a su alrededor, y a cada golpe que propinaba producía un
crujido de acero y huesos, hacía brotar la sangre o arrancaba un grito
gorgoteante de agonía. Los cuerpos se amontonaron sobre la escalera, pero los
supervivientes no cejaron en su ataque, y volvieron a la carga avanzando por
encima de las figuras ensangrentadas de sus camaradas.
Dalgar tuvo pocas oportunidades para lanzar algún mandoble.
Comprendió en seguida que lo mejor que podía hacer era proteger a Kull, que
había nacido para matar pero que, al hallarse sin armadura, corría el grave
peligro de caer en cualquier instante.
Así pues, tejió con su espada una red de acero alrededor del
rey, poniendo en juego todas sus habilidades en el manejo del arma. Su hoja
relampagueante desviaba una y otra vez las estocadas dirigidas contra el
corazón de Kull. Su antebrazo revestido de hierro detenía una y otra vez cada
uno de los golpes que, de otro modo, le habrían matado. En dos ocasiones
recibió sobre su propio casco los golpes destinados a la cabeza desnuda del
rey.
Pero no resulta fácil proteger a otro hombre, al mismo tiempo
que uno se protege. Kull sangraba de los cortes sufridos en la cara y en el
pecho, de una cuchillada abierta en la sien, de un pinchazo en el muslo y de
una profunda herida recibida en un hombro; una pica había rasgado la coraza de
Dalgar, hiriéndole en un costado, y sintió que le abandonaban las fuerzas. Un
último esfuerzo de sus enemigos y el farsuno se desmoronó y cayó a los pies de
Kull, al tiempo que una docena de armas puntiagudas buscaban quitarle la vida.
Kull lanzó el rugido de un león, hizo oscilar poderosamente el hacha de un lado
a otro, aclaró un espacio ante él y pasó un pie al otro lado del joven caído.
Los enemigos volvieron a lanzarse al ataque.
En ese momento. un estruendo de caballos resonó en los oídos de
Kull, y los jardines malditos no tardaron en verse inundados por jinetes
enloquecidos que gritaban como lobos a la luz de la luna. Una lluvia de flechas
cruzó el aire bajo las estrellas y los hombres aullaron y cayeron de bruces
sobre los escalones, para quedar inmóviles, o para arrancarse las crueles
puntas profundamente hincadas en sus cuerpos. los pocos que no habían recibido
la caricia del hacha de Kull o de las flechas huyeron escalera abajo, sólo para
encontrarse abajo con las silbantes espadas curvadas de los pictos de Brule. Y
allí murieron aquellos guerreros verulianos, luchando hasta el último momento,
como gatos inofensivos de su falso rey que les había enviado a una misión tan
peligrosa como vil y estúpida, rechazados por los mismos que los habían enviado
y cubiertos para siempre por la infamia. No obstante, murieron como hombres.
Pero hubo uno que no murió allí, al pie de la escalera. El
enmascarado huyó en cuanto oyó el sonido de los caballos y ahora cruzaba la
extensión de los jardines, lanzado a toda velocidad sobre un extraordinario
caballo. Había llegado casi al muro exterior cuando Brule, el asesino de la
lanza, se interpuso en su camino. Desde el alto promontorio en el que se
hallaba, Kull, apoyado sobre su ensangrentada hacha, los vio luchar bajo la luz
de la luna.
El enmascarado había abandonado sus tácticas defensivas. Cargó
contra el picto con un valor despiadado, y el asesino de la lanza le salió al
paso, caballo contra caballo, hombre contra hombre, espada contra espada. Ambos
eran jinetes magnificos. Sus corceles, obedientes al toque de la brida, a la
presión de las rodillas, se dieron media vuelta, se encabritaron y saltaron.
Pero durante todos estos movimientos las bojas de las espadas no dejaron de
silbar, sin perder el contacto la una con la otra. Brule, a diferencia de los
hombres de su tribu, utilizaba la espada recta delgada de Valusia. En alcance y
velocidad había poca diferencia entre ellos, y Kull, mientras observaba,
contuvo más de una vez la respiración y se mordió los labios cuando pareció que
Brule estaba a punto de caer bajo una estocada maligna.
Estos guerreros avezados no tuvieron un momento de descanso.
Lanzaban estocadas y las paraban, rechazaban y volvían al ataque. De repente,
Brule pareció perder el contacto con la hoja de su contrincante, esquivó una
finta y pareció quedar al descubierto. El enmascarado hincó los talones en los
flancos de su caballo, de tal modo que espada y caballo salieron disparados
hacia adelante al mismo tiempo. Brule se inclinó hacia un lado y dejó que la
hoja pasara rozándole el costado de la coraza: entonces, su propia hoja surgió
recta y el codo, la muñeca, la empuñadura y la punta formaron una sola línea
que se iniciaba en su hombro. Los caballos entrechocaron y juntos cayeron de
bruces sobre el césped. Pero de entre la confusión de patas Brule se incorporó
sin haber recibido el menor daño mientras que allí, sobre la hierba, quedó
tendido el enmascarado, con la espada de Brule todavía hincada en su cuerpo.
Kull despertó como de un trance; los pictos aullaban y daban
vítores como lobos, pero él levantó una mano para imponer silencio.
-¡Ya basta! ¡Todos sois héroes! Pero atended a Dalgar, que está
gravemente herido. Y cuando hayáis terminado podéis cuidar de mis propias
heridas. Brule, ¿cómo has logrado encontrarme?
Brule llamó a Kull para que se acercara a donde estaba tendido
el hombre enmascarado.
-Un viejo mendigo os vio saltar la muralla del palacio y, por
simple curiosidad, observó hacia dónde os dirigíais. Os siguió y os vio salir
por la puerta olvidada. Yo me encontraba cabalgando por la llanura, entre la
muralla y estos jardines, cuando oí el fragor del acero. Pero ¿quién puede ser
éste?
-Levántale la máscara -dijo Kull-. Sea quien fuere, él fue quien
imitó la escritura de Tu, quien le arrebató a Tu el anillo del sello y...
Brule le arrancó la máscara.
-¡Dondal! -exclamó Kull-. ¡El sobrino de Tu! Brule, Tu nunca
debe saber esto. Hazie creer que Dondal cabalgó contigo y murió luchando por su
rey.
Brule le miró asombrado.
-¡Dondal! ¡Un traldor! Pero si más de una vez me he emborrachado
con él y he dormido en una de sus camas.
-Me gustaba Dondal -dijo Kull, asintiendo.
Brule limpió la hoja de la espada y volvió a guardarla en la
funda, produciendo un maligno sonido metálico.
-El deseo es capaz de convertir a cualquier hombre en un bribón
-dijo con tristeza-. Estaba muy endeudado, y Tu se mostraba mísero con él.
Siempre afirmaba que dar demasiado dinero a los jóvenes no era bueno para
ellos. Dondal se vio obligado a mantener las apariencias, aunque sólo fuera por
orgullo, y de ese modo cayó en manos de los usureros. Resulta así que Tu es el
mayor traidor de todos, pues su tacañería empujó al muchacho a la traición...,
y hubiera deseado que el corazón de Tu detuviera la punta de mi espada, en
lugar del suyo.
Y tras decir estas palabras, el picto se dio media vuelta y se
alejó con expresión sombría.
Kull se volvió hacia Dalgar, que estaba medio inconsciente,
mientras los guerreros pictos le vendaban las heridas con dedos experimentados.
Otros se ocuparon de atender al rey, y mientras restañaban, limpiaban y
vendaban, Nalissa se acercó a Kull.
-Mi señor -dijo, tendiendo hacia él sus pequeñas manos, ahora
arañadas y manchadas de sangre seca-, ¿no tendréis ahora piedad de nosotros y
nos otorgaréis nuestro deseo... -su voz se quebró por un instante, antes de
terminar la frase-, si Dalgar vive?
Kull la tomó por sus delgados hombros y la sacudió, angustiado.
-¡Ah. muchacha, muchacha! Pídeme cualquier cosa excepto algo que
no te pueda conceder. Pídeme la mitad de mi reino o mi mano derecha y serán
tuyos. Le pediré a Murom que te dé el consentimiento para que te cases con
Dalgar, se lo rogaré incluso, pero no puedo obligarle.
Unos altos jinetes comenzaron entonces a cruzar los jardines,
con resplandecientes armaduras que relucían entre los pictos medio desnudos de
aspecto lobuno. Un hombre alto se detuvo ante ellos y se levantó la visera del
casco.
-¡Padre!
Murom bora Ballin estrechó a su hija entre sus brazos con un
sollozo de agradecimiento y luego se volvió hacia su rey.
-¡Mi señor, estáis gravemente herido!
Kull sacudió la cabeza.
-No es nada grave, al menos por lo que a mí respecta, aunque
otros hombres pueden sentirse mucho peor. Pero aquí se encuentra cl que recibió
las embestidas mortales que iban dirigidas contra mí, el que se convirtió en mi
escudo y en mi casco, hasta el punto de que, de no haber sido por él, Valusia
estaría ahora vitoreando a un nuevo rey.
Murom se dio media vuelta hacia el joven postrado.
-¡Dalgar! ¿Está muerto?
-No le falta mucho -gruñó un picto nervudo que todavía se
dedicaba a atenderle sus heridas-. Pero es de acero y hueso de ballena. Si se
le cuida bien logrará sobrevivir.
-Vino aquí para encontrarse con tu hija y huir juntos -dijo Kull
mientras Nalissa inclinaba la cabeza-. Avanzó por entre la maleza y me vio
luchar por mi vida y la de ella, en lo alto de aquella escalera. Podría haber
escapado. Nada se lo impedía. Pero subió por esa escarpada pared hacia lo que
en aquellos momentos parecía una muerte segura, y luchó a mi lado tan
alegremente como si se dirigiera a una fiesta..., y ni siquiera es un súbdito
mío por nacimiento.
Murom no hacía sino abrir y cerrar las manos con fuerza. Sus
ojos se iluminaron y se suavizaron, y se inclinó sobre su hija.
-Nalissa -dijo con voz dulce, atrayendo a la joven hacia la
protección de su brazo envuelto en acero-, ¿todavía deseas casarte con este
joven temerario?
Los ojos de la muchacha fueron suficientemente elocuentes.
-Levantadle con mucho cuidado -decía el rey a sus hombres-, y
llevadlo a palacio. Ocuparos de que se le proporcione la mejor...
-Mi señor -se interpuso entonces Murom-, os ruego que me
permitáis llevarlo a mi castillo. Allí será atendido por los mejores médicos y
tras su recuperación..., bueno, si ése fuera vuestro deseo real. ¿no os parece
que podríamos celebrarlo con una boda?
Nalissa emitió un grito de alegría al oír aquellas palabras,
entrelazó las manos, besó a su padre y a Kull, y partió para acompañar a
Dalgar, sin apartarse un momento de su lado, como un torbellino.
Murom sonrió dulcemente, con su rostro aristocrático encendido.
-Mirad por dóodc, de una noche de sangre y de terror nacen la
alegría y la felicidad.
El rey bárbaro le sonrió con una mueca y se echó al hombro el
hacha desportillada y manchada de sangre.
-la vida es así, conde; el mal de un hombre constituye la
bendición de otro.
11 - HECHICERO Y GUERRERO
Tres hombres se hallaban sentados ante una mesa, enfrascados en
un juego con piezas de marfil tallado. Por encima del alféizar de la ventana
abierta penetraba una débil brisa. cargada con el pesado perfume de las rosas
del jardín que había más allá, iluminado por la luna.
Tres hombres sentados ante una mesa. Uno era un rey, el segundo
un príncipe de casa noble y antigua, y el tercero el jefe de una nación bárbara
y terrible.
-¡Punto! -dijo Kull, rey de Valusia, al tiempo que movía una de
las figuras de marfil sobre el tablero-. Mi hechicero mantiene a raya a tu
guerrero, Brule.
Brule asintió, pensativo, y estudió la posición de las piezas.
No era un hombre tan corpulentu como el rey, aunque sí de constitución
firmemente anudada, compacta y, sin embargo. ágil. Si el rey Kull era como un
tigre, Brule era como un leopardo. Este Brule era un picto, salvaje y moreno
como todos los de su raza, que mostraba desnudo el cuerpo bronceado, a
excepción del faldón de cuero y el cinturón hecho de discos de plata.
Sus rasgos inmóviles y su cabeza orgullosamente levantada
encajaban muy bien ccn el cuello, grueso y musculoso, con los fuertes hombros
delgados y con el pecho amplio. Esta musculatura, elegante y poderosa,
constituía una de las características de su tribu, bárbara y guerrera, de las
islas pictas, pero había un aspecto en el que difería de sus compañeros de
tribu. Mientras que ellos poseían relucientes ojos negros, los suyos ardían con
un extraño y profundo azul. Alguna parte de su sangre debía de estar mezclada
con alguna vaga descendencia de los celtas, o de aquellos salvajes diseminados
que vivían en cuevas de hielo en el frío norte, cerca de la distante y fabulosa
Thule.
Brule contempló pensativamente el tablero y sonrió con expresión
inexorable.
-A raya? Quizá. Pero siempre resulta difícil derrotar a un
hechicero, Kull, ya sea en este juego, o en el otro gran juego rojo de la
guerra. ¡Ah! Hubo un tiempo en que mi propia vida dependió del equilibrio de
poder entre un hechicero picto y yo mismo. Él poseía encantamientos y yo sólo
disponía de mi espada de hierro bien forjada.
Bebió profundamente de la copa de vino tinto que tenía junto a
su codo.
-Cuéntanos tu historia, oh, Brule -pidió el tercer jugador.
Ronaro, príncipe de la gran casa de Atl Volante, era un joven
esbelto y elegante, dotado de una espléndida cabeza, unos exquisitos ojos
morenos y un rostro de mirada intensa e inteligente. En este trío tan
extrañamente mal conjuntado, Ronaro era el patricio innato, el tipo más noble
que hubiera producido jamás la aristocracia ilustrada del antiguo reino de
Valusia. los otros dos eran, en cierto modo, su antítesis. Ronaro había nacido
en un palacio; de los otros, uno había visto la primera luz del día desde la
boca de una cabaña hecha de zarzas, y el otro desde una cueva. Ronaro podía
seguir su árbol genealógico hasta dos mil años atrás, a través de una variada
serie de duques y caballeros, príncipes y estadistas, poetas y reyes. Incluso
Brule, el picto salvaje, sabía algo sobre sus ascendientes y podía citarlos
hasta remontarse uno o dos siglos en el pasado, y entre ellos había capitanes
vestidos de piel, guerreros coronados de plumas. Sabios chamanes con máscaras
de calavera de bisonte y collares hechos con huesos de dedos humanos, y hasta
el rey de una isla o dos, y un héroe legendario semidivinizado para las fiestas
que celebraban las habilidades guerreras y el valor sobrehumano. En cuanto a
Kull, sin embargo, sus antepasados eran un misterio. Ni siquiera conocía los
nombres de sus padres. Había surgido desde las profundidades de una oscuridad
sin nombre, para convertirse en rey de un glorioso imperio.
Pero en los semblantes de estos tres hombres brillaba una
igualdad que superaba las trabas del nacimiento o de la circunstancia: la
aristocracia natural de la verdadera masculinidad. A pesar de sus orígenes y su
pasado tan diferente, estos tres hombres habían nacido patricios, cada uno a su
modo. los antepasados de Ronaro eran reyes, los de Brule salvajes jefes y, en
cuanto a los de Kull, podrían haber sido esclavos..., ¡o dioses! Pero cada uno
de ellos poseía ese aura indefinible que distingue al hombre verdaderamente
superior y hace añicos la ilusión de aquellos que pretenden que todos los
hombres nacen iguales.
-Bueno -empezó a decir Brule con los ojos azules oscurecidos por
sombras melancólicas-, eso sucedió en mi primera juventud. Sí, fue durante mi
primera incursión guerrera contra la tribu de Sungara. Hasta ese día, nunca
había recorrido el sendero de la guerra. Bueno, en realidad, ya había tenido un
atisbo de lo que significa matar a un hombre en reyertas de pesca y en fiestas
tribales, pero nunca había luchado contra los enemigos de mi pueblo, ni me
había ganado las cicatrices propias de los asesinos de lanzas, el clan guerrero
de élite de mi pueblo.
Y. al decir esto, se indicó el pecho desnudo, donde Kull y
Ronaro pudieron obsenr las tres cicatrices horizontales, que brillaban con un
blanco pálido contra la atezada piel de su poderoso pecho.
Mientras Brule seguía hablando, el príncipe Ronaro le observó
con un creciente interés. Estos bárbaros, con sus actitudes tan simples y
directas y su vitalidad ruda y primitiva no dejaban de intrigar y fascinar al
joven noble. Los años que había pasado en la Valusia de torres púrpuras, como
aliado respetado del imperio, habían producido un cambio exterior en el picto;
si bien eso no había cambiado su naturaleza interna, el tiempo le había
prestado al menos una cierta apariencia de cultura y de gracia social. Pero eso
apenas era poco más que un barniz y, por debajo de la superficie, ardía la
vieja y roja rabia del salvaje. En cuanto a Kull, un cambio mucho más amplio
había alterado la actitud del atlante, en consonancia con las más pesadas
responsabilidades de un rey. Pero Brule continuó hablando y Ronaro prestó toda
su atención a la lenta y reflexiva voz del guerrero picto.
-Vos, Kull, y también tú, Ronaro, sois de raza y de nación
diferentes, pero nosotros, los de las islas, somos todos de la misma sangre y
la misma lengua, aunque nos hayamos dividido en muchas tribus, Cada tribu posee
sus costumbres y tradiciones que le son propias y peculiares. Cada una de ellas
cuenta con su propio jefe. Pero todas las tribus se inclinan ante Nial del
Tatheli, el gran jefe de la guerra, que gobierna las islas como dueño y señor,
aunque dirija las riendas del reino con mano ligera.
»Nial no se entromete en los asuntos de las tribus, ni impone
tributos o tasas, como decís los pueblos civilizados, excepto a los nargi, los
danyo y los asesinos de ballenas que habitan en la isla de Tathel y que se
hallan bajo su protección. De ellos sí recibe tributos, pero nunca de los de mi
propio pueblo, los bornis, ni de ninguna otra tribu. Cuando dos tribus entran
en guerra, él mira hacia otro lado, a menos que su propia isla se vea en
peligro. Y una vez que se ha librado y ganado la guerra, arbitra entre las dos
tribus contendientes, para decidir qué mujeres raptadas deben ser devueltas,
qué pagos de guerra no deben hacerse, qué precio de sangre ha de pagarse por la
matanza, y así sucesivamente. Y sus juicios son definitivos y absolutos.
»Si los lemures, los celtas, los atlantes o cualquier otra
nación extranjera decidieran emprender la guerra contra cualquiera de las
tribus, él ordena a todas que se reúnan como una sola para repeler al invasor
y, así, ha llegado a suceder que bornis y sungaras, el pueblo de los lobos o la
tribu de la isla roja han luchado los unos junto a los otros, olvidadas todas
sus rencillas. Y es bueno que eso sea así.
»En la época de la que estoy hablando, los sungaras eran
nuestros enemigos. Habían traspasado los límites de nuestros territorios y
trataban de arrebatarnos cierto valle que era nuestro terreno de caza
preferido. Nial lo sabía, desde luego, pero cuando entablamos la guerra no se
interpuso. Yo, como joven guerrero, que no estaba aún entrenado en la batalla,
fui con mis camaradas. Al principio me sentí entusiasmado, pues por fin
probaría por primera vez la fama de la guerra. Anhelaba recibir estas orgullosas
cicatrices sobre mi, por aquel entonces, terso pecho, lo mismo que algunos
hombres anhelan a las mujeres, el oro o las coronas reglas. Sólo si demostraba
mis habilidades en la guerra podría ser iniciado y admitido entre los asesinos
de la lanza, y pertenecer así a la élite de guerreros de ese orgulloso clan.
Decidí destacar sobre todos los demás jóvenes de mi edad, y en eso consistió mi
error..., ¡y ahí encontré mi oportunidad! Pero me adelanto demasiado a la
narración de mi historia.
Mientras escuchaba pensativo. con la barbilla apoyada sobre su
poderosa mano, la mente de Kull conjuró visiones de su propia niñez en los
bosques, al tiempo que Brule continuaba narrando su historia.
-Los hechiceros de mi tribu nos pintaron la cara con el azul
pastel que es sagrado para los dioses del cielo, e impregnaron las bojas de
nuestras lanzas y espadas de bronce con el color mágico. Un gran orgullo me
henchía el corazón porque yo, Brule, era el único de entre todos los demás
guerreros que no llevaba hoja de pedernal o bronce, sino una espada de buen
hierro forjado. Ésta era mi primera incursión, y para ese acontecimiento tan
importante para mí, mi padre puso en mis manos su propia espada de hierro. Se
la había comprado años antes a un mercader de Valusia, y no había otra espada
como aquella en toda la nación bornis. Ni siquiera los miembros coronados de
plumas de la élite, los pertenecientes al famoso clan guerrero, llevaban un
arma tan poderosa.
»Antes del amanecer, nos pusimos en marcha a través de los
verdes bosques y la niebla gris, y cruzamos las amplias marismas, dirigiéndonos
hacia las lejanas montañas que se elevaban como formas purpúreas y brumosas, a
través de la neblina, como viejos reyes envueltos en túnicas de terciopelo que
dormitaran sobre sus poderosos tronos.
»El agua de las marismas estaba fría y legamosa, y mientras la
vadeábamos desgarramos la capa de podredumbre verde que se había acumulado en
la superficie, y un olor nauseabundo invadió nuestras narices, como un hedor
insoportable procedente de los pozos más profundos del infierno. Avanzamos en
una larga hilera uniforme, con cada guerrero marchando cerca del jefe de su
clan. Resultaba dificil vernos los unos a los otros, pues el sol había empezado
a rasgar el aire tenue con una radiación escarlata y sus rayos cálidos no
hicieron sino espesar la niebla que se elevaba sobre las quietas aguas como el
humo de un bosque incendiado. No tardé en perderme en medio de aquella niebla
blanca. Eso se debió en parte a mi propio error pues, en mi avidez por
sobrepasar a los demás jóvenes, me adelanté demasiado, distanciándome
deliberadamente de ellos.
»Todo era un silencio pesado y amodorrante, un calor húmedo, el
hedor del agua corrompida, los lentos y aceitosos chapoteos de mis muslos
moviéndose a través de las aguas estancadas. La empuñadura de mi espada,
envuelta en correas, estaba húmeda a causa del sudor de las palmas de mis
manos. Mi respiración era agitada y se producía de forma superficial y
jadeante, y mi corazón latía con avidez y golpeaba con fuerza contra la jaula
de mis costillas.
»Entonces, unos juncos rojos me azotaron el vientre y los muslos
y salí del agua y me deslicé con rapidez y en silencio por entre un prado de
alta hierba, perlada y cubierta de rocío. Ahora, me había adelantado bastante
con respecto a nuestra vanguardia, y antes de que se levantara la niebla ya me
encontraba subiendo las montañas. No se percibía la menor señal o sonido de
nuestros enemigos, los guerreros sungaras, y mi propio pueblo todavía se
encontraba muy atrás, perdido entre la niebla.
»EI valle por el que luchábamos se hallaba delante, más allá de
una escarpadura rocosa. No tardé en ascender como una cabra montesa entre los
grandes e impresionantes cantos rodados de dura marga y granito desgastado por
el tiempo. El polvo me raspaba por debajo de las sandalias húmedas. Al cabo de
poco, mis piernas húmedas y desnudas se hallaban cubiertas de un polvo arenisco
hasta la altura de medio muslo.
»Fue entonces cuando me encontré con mi enemigo.
»Se encontraba de pie sobre un espacio plano, en lo alto de una
poderosa roca que dominaba la extensión de terreno cubierto por la niebla, como
la cabeza de un titán caído transformada en piedra eterna por la implacable
petrificación de eones inconmensurables. Nos vimos el uno al otro en el mismo y
fugaz instante.
»Era Aa-thak, el rey hechicero de los sungaras, alto y feroz
como un halcón de bronce, con su cuerpo delgado horriblemente cubierto de
pieles, plumas y cuentas de brillantes colores. Siete calaveras humanas le
colgaban de una traílla de cuero negro que llevaba colgada al cuello. La
calavera de un león gigantesco formaba su casco, y los colmillos marfileños de
la mandíbula superior trazaban sombras sobre las cejas pintadas. No llevaba
armas, pero en una mano de aspecto ágil sostenía un gran bastón dc mando, de
madera negra tallada con bárbaros rostros demoniacos y terribles glifos de
alguna especie de lenguaje mágico. A pesar de todo mi animoso coraje juvenil,
el corazón se me hundió en el pecho al verle, pues sabía la mala suerte que
había tenido. Anhelaba y estaba dispuesto a medir mi habilidad guerrera, mi
valor masculino y el temple de la espada de hierro de mi padre, pero ¿qué
guerrero puede luchar contra el increíble poder de la más negra de las magias?
»Al verme, sus ojos relampaguearon con una llamarada dorada,
como la mirada feroz del halcón que está de caza y se enciende al detectar a la
presa impotente. Me di cuenta entonces de que se había colocado allí para
detener a nuestros guerreros con su hechicería, y al levantar el bastón de
ébano tallado contra mí lo reconocí como la varita y el cetro de su mágico
poder, pues había visto un duplicado en manos del chamán de mi propia tribu. Yo
mismo le había visto producir, con ese mismo bastón, extrañas maravillas ante
las imágenes de los dioses, durante las fiestas y los sacrificios de la
temporada. Pero no en la guerra. Nosotros, los bornis, no utilizamos la magia
en la guerra. El vil sungaras, sin embargo, se proponía utilizar las fuerzas
negras de una magia impía contra nuestros desprevenidos guerreros.
»Aunque la sangre se me heló en las venas con un temor
supersticioso, mi corazón se endureció con un acceso de rabia y furia,
convertido en un puño de hicrru, al darme cuenta de este sucio truco de
nuestros innobles enemigos.
»Aa-thak se adelantó un paso sobre la suave superficie de la
roca, cortándome el paso y señalándome con su bastón negro. Durante todo el
rato, sus brillantes ojos de halcón se fijaron intensamente en los míos, como
dos carbones gemelos y encendidos. Sus labios, duros y delgados, tan crueles
como el pico del halcón, pronunciaron un nombre, ante cuyas terribles sílabas
parecieron gemir las montañas y estremecerse las rocas por debajo de nosotros.
»De una forma instintiva, levanté mi espada contra él, como si
me dispusiera a parar un golpe. Cuando la conmoción hormigueante de su magia me
golpeó y me atontó el cuerpo desde la cabeza a los pies, el hierro de la espada
se puso al rojo vivo contra la palma de mi mano, a pesar de los correajes de
cuero que envolvían la empuñadura. Me chamuscó como un hierro al rojo. Por un
momento, mi visión se debilitó, mis músculos se ablandaron como la cera
caliente, mi cerebro quedó envuelto por las brumas..., ¡pero eso sólo fue un
momento! La espada de hierro parecía zumbar, caliente en mi mano, y el
entumecimiento desapareció de repente de mi cerebro.
»Sus ojos me miraron, extrañados. Su semblante rígido perdió la
dura seguridad de su expresión. Entonces me di cuenta de que, de algún modo,
sin saber cómo ni por qué, el hierro frío de mi vieja espada había embebido o
desviado por completo toda la fuerza del golpe de su brujería.
»Volvió a dirigirme una oleada de fuerza helada. Mi conciencia
se tambaleó de nuevo como el parpadeo de la llamada de una vela azotada por una
repentina ráfaga de viento. Pero, una vez más, el hierro del arma absorbió o
reflejó el rayo de poder mágico que había dirigido contra mí.
»El tiempo pareció quedar en suspenso. El mundo se hundió a
nuestro alrededor envolviéndonos como un globo de pesado cristal. Nada existía
dentro de aquella esfera de silencio, excepto el hechicero y el guerrero. Nos
encontrábamos en un punto muerto, como si hubiéramos hecho tablas, como en un
juego. Sus hechizos quedaban anulados por mi hierro. No podía vencerme con su
extraño poder, pero yo tampoco podía avanzar un solo paso contra las
paralizantes oleadas de fuerza que me obligaban a permanecer donde estaba, como
si hubiera echado raíces en la roca. Y nos quedamos así, en aquel callejón sin
salida.
-¿Qué ocurrió entonces? -preguntó Kull tras aclararse la
garganta.
El picto sonrió con una mueca.
-lancé mi espada hacia adelante y corté su bastón en dos con la
misma facilidad con que un hacha pueda cortar un árbol pequeño -contestó Brule
echándose a reír-. No podía mover los pies, pero sí arrojar la hoja. Luego, le
hundí dos buenos pies de hierro en las entrañas, y derrotamos a los sungaras y
les hicimos retroceder entre gritos. Más tarde, Nial de Tatheli dictaminó en
nuestro favor, y aquel valle continuó siendo nuestro para siempre. ¡Y así fue
como me convertí en un asesino de la lanza! Es el movimiento más sencillo, más
evidente e inesperado lo que rompe toda situación de punto muerto, del mismo
modo que yo rompo vuestro jaque mate, oh, rey...
Y su mano descendió entonces sobre el tablero de juego y movió
su pieza, apoderándose del hechicero de marfil de Kull.
-Brule y Ronaro se echaron a reír. Kull lanzó un gruñido de
tristeza, y una sonrisa de admiración se extendió sobre su rostro ceñudo e
impasible.
-Has ganado la partida, Brule, y no puedo objetar nada. Mis
simpatías siempre estarán del lado del guerrero en contra del hechicero. La
magia fracasa, como no puede suceder de otro modo, contra la fuerte voluntad y
el ingenio del hombre, del mismo modo que mi cerebro se tambalea bajo los
efectos de este vino tan fuerte porque, de otro modo, me habría dado cuenta de
la trampa que me has tendido.
Pero, a pesar de todo, pidió más vino y propuso jugar otra
partida.
12 - LOS ESPEJOS DE TUZUN THUNE
Una región extraña v salvaje, que yace sublime
fuera del espacio, fuera del tiempo.
POE
A todo el mundo le llega, incluso a los reyes, un momento de
máxima fatiga. Entonces, el oro de la corona se convierte en latón, y las sedas
del palacio se hacen grises. Las piedras preciosas de la diadema emiten
terribles destellos, como el hielo de los mares blancos, y las palabras de los
hombres se convierten en la cháchara vacía de la campana del juglar, y se
experimenta entonces la sensación de que las cosas son irreales; hasta el sol
parece cobre en el cielo, y el aliento del océano verde ya no es
fresco.
Kull se hallaba sentado sobre el trono de Valusia y el momento
de la fatiga se había apoderado de él. Todos se movían ante él como trazando un
panorama interminable, sin significado alguno: hombres, mujeres, sacerdotes,
acontecimientos, sombras que llegaban y se alejaban, sin dejar el menor rastro
sobre su conciencia, a excepción de una gran fatiga mental. Y, sin embargo,
Kull no se sentía cansado. Experimentaba un anhelo de cosas que se encontraban
más allá de sí mismo, y más allá de la corte valusa. La inquietud le agitaba, y
unos sueños extraños y luminosos vagaban por su alm En cumplimiento de su
orden, acudió a su lado Brule, el asesino de la lanza, guerrero del país picto,
procedente de las islas situadas más allá de occidente.
-Mi señor, estáis cansado de la vida de la corte. Venid conmigo
en mi galera y surquemos los mares en busca de espacio.
-No -dijo Kull, que descansó tristemente la barbilla sobre su
poderosa mano-. Me siento fatigado por encima de todas las cosas. Las ciudades
ya no ejercen sobre mí el menor atractivo, y las fronteras están tranquilas. Ya
no oigo las canciones marineras que oía cuando, siendo un muchacho, me tumbaba
sobre los poderosos acantilados de Atlantis y la noche cobraba vida con el
resplandor de las estrellas. los bosques verdes ya no me atraen como lo hacían
cuando era un muchacho. Experimento una extrañeza y un anhelo que parece ir
mucho más allá de todos los anhelos de una vida. ¡Vete ahora!
Brule se marchó, con ánimo dubitativo, dejando al rey sumido en
sus melancólicos pensamientos, sobre el trono. Entonces, una joven de la corte
se deslizó en silencio hasta Kull y le susurro:
-Mi gran señor, buscad a Tuzun Thune, el gran hechicero. Él
conoce los secretos de la vida y de la muerte, las estrellas del cielo y las
tierras situadas bajo los mares.
Kull miró a la muchacha. Su cabello era de un dorado exquisito,
y sus ojos violeta aparecían extrañamente sesgados; era hermosa pero su
hermosura significaba poco para Kull.
Tuzun Thune -repitió-. ¿Quién es?
-Un hechicero de la antigua raza. Vive aquí mismo, en Valusia,
junto al lago de las visiones, en la casa de los mil espejos. El conoce todas
las cosas, mi señor; habla con los muertos y mantiene conversaciones con los
demonios de las tierras perdidas.
Kull se levantó.
-Iré a buscar a esa máscara, pero no digas una sola palabra de
mi partida, ¿entendido?
-Soy vuestra esclava, mi señor.
Y la joven se hincó de rodillas dócilmente, aunque la sonrisa de
su boca escarlata fue astuta, a espaldas de Kull, y el brillo de sus ojos
sesgados fue artero.
Kull llegó a la casa de Tuzun Thune, junto al lago de las
visiones. Las aguas del lago se extendían, anchas y azules, y más de un
exquisito palacio se levantaba junto a sus orillas; numerosos botes de vela,
como cisnes de alas desplegadas, se desplazaban perezosamente sobre la
tranquila superficie, y de alguna parte llegaba el sonido de una música suave.
Alta y espaciosa, aunque nada ostentosa, se levantaba la casa de
los mil espejos. Las grandes puertas estaban abiertas y Kull subió los amplios
escalones y entró, sin anunciarse.Allí, en una gran cámara, cuyas paredes
estaban hechas de espejos, se encontró con Tuzun Thune, el hechicero. El hombre
era tan anciano como las montanas de Zalgara; su piel era como el cuero
arrugado, pero sus fríos ojos grises refulgían como el acero de una espada.
-Kull de Valusia, mi casa es tuya -dijo inclinándose ante él con
el viejo gesto de cortesía.
Luego, le invitó a scntarse sobre una silla que casi parecía un
trono.
-Por lo que he oído decir, eres un hechicero -dijo Kull
directamente, apoyando la barbilla sobre la mano y fijando los ojos de mirada
sombría sobre el rostro del hombre-. ¿Puedes obrar milagros?
El hechicero extendió una mano; sus dedos se abrieron y se
cerraron como las garras de un ave.
-¿No os parece un milagro que esta carne ciega obedezca a los
pensamientos de mi mente? Camino, respiro, hablo..., ¿acaso no son todo eso
milagros?
Kull meditó un instante, antes de hablar.
-¿Puedes convocar a los demonios?
-En efecto. Puedo convocar a un demonio mucho más salvaje que
cualquier otro en esta tierra de fantasmas... y hacerlo surgir de vuestro
propio rostro.
Kull se sobresaltó y finalmente asintió con un gesto.
-Pero, en cuanto a los muertos, ¿puedes hablar con los muertos?
-Siempre hablo con los muertos... como estoy hablando ahora. La
muerte se inicia con el nacimiento, y cada hombre empieza a morir cuando nace;
incluso ahora estáis muerto, rey Kull, porque habéis nacido.
-Pero tú, tú eres más viejo de lo que llegan a ser los hombres;
¿es que los hechiceros nunca mueren?
-Los hombres mueren cuando les llega el momento, ni antes ni
después. Y mi momento no ha llegado todavía.
Kull le dio vueltas a estas respuestas en su mente.
-Entonces, parecería que el más grande de los hechiceros de
Valusia no es más que un hombre ordinario, y he sido embaucado al dejarme
dirigir hacia aquí.
Tuzun Thune sacudió la cabeza.
-Los hombres no son más que hombres, y los más grandes son
aquellos que aprenden las cosas más sencillas con mayor rapidez. Y ahora, mirad
en mis espejos, Kull. -El techo estaba cubierto de espejos, y las paredes eran
espejos perfectamente conjuntados, a pesar de que formaban muchos espejos, de
muchas formas y tamaños-. los espejos son el mundo, Kull -tronó el hechicero-.
Mirad en los espejos y sed sabio.
Kull eligió uno al azar, y miró intensamente en él. los espejos
de la pared opuesta se reflejaban en él, y reflejaban a su vez a otros, de modo
que se encontró contemplando como una especie de corredor largo y luminoso,
formado por un espejo tras otro, y en lo más profundo de ese corredor se movía
una figura diminuta. Kull se quedó observándola durante largo rato, y se dio
cuenta de que la figura era el reflejo de sí mismo. Experimentó entonces una
sensación de pequeñez; parecía como si aquella figura diminuta fuera el
verdadero Kull y representara las proporciones reales de sí mismo. Así pues, se
apartó y se situó ante otro.
-Mirad atentamente, Kull, porque ése es el espejo del pasado
-oyó decir a la voz del hechicero.
Una niebla gris oscurecía la visión, como grandes jirones de
bruma en continuo movimiento, cambiantes, como el fantasma de un gran río; a
través de la niebla, Kull captó fugaces visiones de horror y extrañeza; las
bestias y los hombres se movían allí y otras figuras que no eran ni hombres ni
bestias; grandes flores exóticas brillaban a través del ambiente grisáceo;
altos árboles tropicales se elevaban sobre hediondas marismas, en las que
chapoteaban y bramaban monstruos con aspecto de reptiles; el cielo se oscurecía
con las sombras de dragones alados, y los inquietos océanos rugían, se
estrellaban y golpeaban interminablemente las playas cubiertas de barro. El
hombre no estaba presente y, sin embargo, el hombre era el sueño de los dioses,
y extrañas eran las formas de pesadilla que se deslizaban a través de las
malolientes junglas. Allí había batalla y carnicería, y un espantoso amor. Allí
había muerte, pues la vida y la muerte van cogidas de la mano. Desde más allá
de las playas legamosas del mundo sonaban los bramidos de los monstruos, y unas
formas increíbles se elevaban a través de la cortina torrencial de la lluvia
incesante.
-Y éste otro es el del futuro. -Kull miró en silencio-.¿Qué es
lo que veis?
-Un mundo extraño -contestó Kull pesadamente-. Los Siete
Imperios se han desmoronado, convertidos en polvo y olvidados. Las inquietas
olas verdes rugen por más de un fantasma sobre las eternas montañas de
Atlantis; las montañas de Lemuria, al oeste, son las islas de un océano
desconocido. Extraños salvajes pululan por los territorios más antiguos, y
nuevas tierras se elevan extrañamente, surgiendo de las profundidades,
profanando los antiguos santuarios. Valusia se ha desvanecido, y todas las
naciones de hoy, las que serán de mañana, son extranjeras. No nos conocen a
nosotros.
-El tiempo continúa su marcha -dijo Tuzun Thune con voz serena-.
Vivimos hoy, ¿qué nos importa el mañana... o el ayer? La gran rueda gira y las
naciones surgen y se desvanecen; el mundo cambia, y los tiempos regresan al
salvajismo para volver a resurgir a través de las largas eras. Antes de que
existiera Atlantis, existió Valusia, y antes de que existiera Valusia,
existieron las naciones antiguas. En efecto, también nosotros pisoteamos los
hombros de tribus perdidas en nuestro avance. Vos, que habéis llegado desde las
montañas de los mares verdes de Atlantis para apoderaros de la antigua corona
de Valusia, pensáis que mi tribu es vieja. nosotros, que dominamos estos
territorios antes de que llegaran los valusos procedentes del este, en los
tiempos anteriores a la existencia de los hombres sobre las tierras del mar.
Pero ya había hombres aquí cuando las tribus antiguas surgieron cabalgando de
los desiertos, y hubo hombres antes que aquellos hombres, tribus antes que
aquellas tribus. Las naciones pasan y son olvidadas, pues ése es el destino del
hombre.
-Sí-asintió Kull -. Y, sin embargo, ¿no es una pena que la
belleza y la gloria de los hombres se desvanezca como el humo sobre un océano
de verano?
-¿Por qué razón, puesto que ése es su destino? Yo no reflexiono
melancólicam en te sobre las glorias perdidas de mi raza, ni me preocupan las
razas por venir. Vivid ahora, Kull, vivid ahora. Los muertos están muertos; los
que no han nacido, no existen todavía. ¿Qué importa que los hombres os olviden
cuando os hayáis olvidado de vos mismo en los mundos silenciosos de la muerte?
Mirad en los espejos y sed sabio.
Kull eligió otro espejo y miró en él.
-Éste es el espejo de la más profunda magia. ¿Qué es lo que
veis, rey Kull?
-Nada, excepto a mí mismo.
-Mirad más atentamente, Kull ¿Sois de verdad vos mismo?
Kull miró atentamente en el gran espejo, y la imagen que era su
reflejo le devolvió la mirada.
-Me sitúo ante este espejo -musitó Kull, con la barbilla apoyada
sobre el puño-, y hago cobrar vida a este hombre. Eso es algo que queda fuera
del alcance de mi comprensión, pues primero lo vi en las tranquilas aguas de
los lagos de Atlantis, mientras que ahora lo veo en los espejos de marcos
dorados de Valusia. Él es yo mismo, una sombra de mí mismo, una parte de mí
mismo. Puede hacerle ser o matarlo a mi voluntad. Y sin embargo... -Se detuvo,
y unos extraños pensamientos susurraron por entre los vastos y oscuros
recovecos de su mente, como murciélagos sombríos que volaran en el interior de
una gran caverna-. Y sin embargo, ¿dónde está él cuando no estoy delante del
espejo? ¿Tiene el hombre poder para formar y destruir tan ligeramente una
sombra de la vida y la existencia? ¿Cómo sé que al apartarme del espejo él se
desvanece en el vacío de la nada?
»No, por Valka, ¿soy yo el hombre o es él? ¿Cuál de nosotros es
el fantasma del otro? Es posible que estos espejos no sean más que ventanas a
través de las cuales miramos otros mundos. ¿Acaso piensa él lo mismo de mí?
¿Acaso no soy para él más que una sombra, un reflejo de sí mismo, como él lo es
para mí? Y si yo soy el fantasma, ¿qué clase de mundo existe al otro lado de
este espejo? ¿Qué ejércitos cabalgan ahí y qué reyes gobiernan? Este mundo es
todo lo que conozco. Y si no conozco ninguna otra cosa, ¿cómo puedo juzgar? Sin
duda que ahí también existen montañas verdes, océanos rugientes y vastas
llanuras por donde los hombres cabalgan y se lanzan a la batalla. Dime,
hechicero, puesto que eres más sabio que la mayoría de los hombres, dime, ¿hay
mundos más allá de nuestros mundos?
-Si un hombre tiene ojos, dejadle que vea -fue la enigmática
respuesta del hechicero-. Pero, para ver, antes hay que creer.
Transcurrieron las horas y Kull continuaba sentado ante los
espejos de Tuzun Thune, mirando en el que le reflejaba a él mismo. A veces,
parecía como si contemplara una gran superficialidad, mientras que otras veces
unas gigantescas profundidades parecían abrirse ante él. El espejo de Tuzun
Thune era como la superficie del mar; duro como el mar bajo los rayos oblicuos
del sol, bajo la oscuridad de las estrellas, cuando nadie puede distinguir las
profundidades; vasto y místico cuando el sol se funde con él de tal forma que
la respiración del observador se contiene al atisbar fugazmente tremendos
abismos. Así era el espejo en el que miraba Kull.
Finalmente, el rey se incorporó con un suspiro y se marchó,
todavía maravillado.
Regresó de nuevo a la casa de los mil espejos. Acudió allí día
tras día, y permaneció sentado durante horas delante del espejo. Los ojos le
miraban, idénticos a los suyos; y sin embargo, Kull parecía notar una
diferencia, una realidad que no era la suya. Miraba fijamente el espejo, hora
tras hora, con una extraña intensidad; pero, hora tras hora, la imagen le
devolvía la mirada.
Los asuntos de palacio y del consedo se fueron descuidando. La
gente empezó a murmurar. El caballo de Kull pateaba inquieto en el establo, y
los guerreros de Kull jugaban a los dados y discutían inútilmente entre sí.
Kull seguía sin hacer caso. A veces, parecía hallarse a punto de descubrir
algún secreto vasto e inimaginable. Ya no concebía la imagen del espejo como
una sombra de sí mismo. Para él, aquella cosa era una entidad, similar en su
aspecto externo, pero tan básicamente alejada del propio Kull como pudieran
estarlo dos polos opuestos. A Kull le parecía que la imagen tenía una
individualidad aparte de la suya propia, como si ya no dependiera de Kull, del
mismo modo que Kull no dependía de ella. Y, día tras día, se preguntaba en qué
mundo vivía en realidad; ¿era él la sombra, convocada por la voluntad del otro?
¿Vivía en lugar del otro en un mundo de engaño, como la sombra del mundo real?
Kull empezó a experimentar el deseo de entrar en la personalidad
que había más allá del espejo, de encontrar un espacio y ver lo que pudiera ser
visto. No obstante, si lograba ir más allá de aquella puerta, ¿lograría
regresar? ¿Encontraría un mundo idéntico a aquél en el que se movía ahora? ¿Un
mundo en el que el suyo no fuera más que un reflejo fantasmal? ¿Qué era
realidad y qué ilusión?
A veces, Kull se detenía a pensar cómo habían surgido en su
mente aquellos pensamientos y sueños, y en ocasines se pregunta si eran el
producto de su propia voluntad o...
Y aquí sus pensamientos entraban en un confuso laberinto. Sus
meditaciones eran suyas; ningún hombre gobernaba sus pensamientos, y él podía
convocarlos como y cuando quisiera. Y sin embargo, ¿podía hacerlo así? ¿Acaso
no eran como murciélagos, que vuelan de un lado a otro, no según quisieran,
sino obedeciendo la orden y el gobierno de..., ¿de quién? ¿De los dioses? ¿De
las mujeres que tejían la urdimbre del destino?
Kull no podía llegar a conclusión alguna, pues a cada paso
mental que daba se sentía más y más envuelto por una confusa niebla de
allirnaciones y negaciones ilusorias. Eso, al menos, sí lo sabía: aquellas
extrañas visiones habían entrado en su mente, como si volaran sin obstáculo
alguno, procedentes del susurrante vacío de la no existencia. Jamás había
tenido esta clase de pensamientos, pero ahora parecían gobernar su mente, tanto
cuando dormía como cuando se hallaba despierto, de modo que a veces tenía la impresión
de caminar y hallarse aturdido; y su sueño se veía poblado por extraños sueños
monstruosos.
-Dime, hechicero -dijo, sentado ante el espejo, con los ojos
intensamente fijos en su propia imagen-, ¿cómo puedo pasar al otro lado de esa
puerta? Porque, en verdad, no estoy seguro de que éste sea el mundo real y
aquel otro el de las sombras. Aquello que veo debe de existir al menos en
alguna forma.
-Mirad y creed -atronó la voz del hechicero-. El hombre tiene
que creer para conseguir. La forma es sombra, la sustancia es ilusión, la
materialidad es sueño; el hombre es porque cree ser. ¿Qué es el hombre sino un
sueño de los dioses? Y, no obstante, el hombre puede ser aquello que desee ser;
la forma y la sustancia no son más que sombras. La mente, el ego, la esencia
del sueño divino..., eso es lo real, eso es lo inmortal. Mirad y creed, si
queréis conseguir, Kull.
El rey no lo comprendió del todo; nunca lograba comprender
plenamente aquella clase de frases enigmáticas del hechicero; y, no obstante,
en alguna parte de su ser hacían sonar una cuerda sensible. Así que, día tras
día, acudió a sentarse ante los espejos de Tuzun Thune, y el hechicero siempre
estaba al acecho tras él, como una sombra.
Llegó un día en que Kull pareció atisbar extraños territorios, y
los pensamientos y reconocimientos revolotearon a través de su conciencia. Día
tras día, había parecido perder el contacto con el mundo; a cada día que
transcurría, las cosas le parecían más fantasmales e irreales; sólo e1 hombre
del espejo parecía ser la realidad.
Ahora, Kull parecía hallarse a las puertas de otros mundos mucho
más poderosos; unas vistas gigantescas parpadeaban como suspendidas; las
nieblas de la irrealidad se hicieron más tenues. «La forma es sombra; la
sustancia es ilusión; no son más que sombras.» Estas palabras resonaban en su
conciencia como si llegaran hasta él procedentes de un país lejano. Recordó las
palabras del hechicero, y tuvo la impresión de que ahora casi las
comprendía..., forma y sustancia, ¿no podría cambiar a voluntad si supiera cuál
era la llave maestra que abría esta puerta? ¿Qué mundos dentro de qué mundos
esperaban al explorador osado?
El hombre del espejo parecía estar sonriéndole, cada vez más y
más cerca; una neblina lo envolvía todo, y el reflejo se hizo repentinamente
confuso. Kull experimentó una sensación de desvanecimiento, de cambio, de
fusión...
-¡Kull!
El grito rasgó el silencio, transformándolo en un millón de
fragmentos vibratorios.
Las montañas se derrumbaron, y los mundos se tambalearon cuando
Kull fue obligado a retroceder por aquel grito frenético, emitido con un
esfuerzo sobrehumano, sin que él supiera cómo ni por qué.
Se oyó un estruendo, y Kull se encontró en la estancia de Tuzun
Thune, ante un espejo hecho añicos, desconcertado y medio cegado por el
aturdimiento. Allí, ante él, yacía el cuerpo de Tuzun Thune, cuyo momento final
había llegado por fin. Sobre él se encontraba, de pie, Brule, el asesino de la
lanza, con la espada ensangrentada y unos ojos muy abiertos. con una expresión
de horror.
-¡Por Valka! -exclamó el guerrero-. ¡Kull, apenas he llegado a
tiempo!
-Sí, pero ¿qué ha ocurrido? -preguntó el rey haciendo un
esfuerzo por encontrar las palabras.
-Preguntádselo a esta traidora -contestó el asesino de la lanza
indicando con un gesto a una muchacha que se encogía de terror ante el rey.
Kull se dio cuenta de que era la misma que le había enviado a buscar a Tuzun
Thune-. Al entrar aquí, os vi a punto de desvaneceros en ese espejo, lo mismo
que el humo se desvanece en el cielo, ¡Por Valka! De no haberlo visto, no lo
habría creído... Estabais a punto de desvaneceros cuando mi grito os hizo
regresar.
-En efecto -asintió Kull-. Esta vez estuve a punto de traspasar
esa puerta.
-Este enemigo os atrajo de la forma más artera -dijo Brule-.
Kull, ¿no os dais cuenta de cómo tejió y os envolvió en una tela de magia?
Kaanuub de Blaal conspiró con este hechicero para desembarazarse de vos, y esta
bruja, una mujer de la raza antigua, se encargó de instilar en vuestra mente la
idea de venir aquí. Ka-nu logró enterarse hoy mismo de la conspiración. No sé
lo que visteis en ese espejo, pero Tuzun Thune lo utilizó para encantaros el
alma, y con sus hechicerías casi estuvo a punto de cambiaros el cuerpo y
transformaros en niebla...
-En efecto -asintió Kull, todavía perplejo-. Pero, al tratarse
de un hecbicero, que disponía del conocimiento de todas las eras y despreciaba
el oro, la gloria y la posición, ¿qué podía ofrecerle Kaanuub a Tuzun Thune
como para convertirle en un vil traidor?
-Precisamente oro, poder y posición -gruñó Brule-. Cuanto antes
aprendáis que los hombres son hombres, tanto si son hechiceros, como reyes o
vasallos, tanto mejor podréis gobernar, Kull. Y ahora, ¿qué hacemos con ella?
-Nada, Brule -contestó Kull con una mirada triste, mientras la
mujer gemía y lloriqueaba a sus pies-. No ha sido más que un instrumento.
Levántate, mujer, y sigue tu camino. Nadie te hará daño.
Una vez que se encontró a solas con Brule, Kull miró por última
vez los espejos de Tuzun Thune.
-Quizá conspiró y conjuró, Brule... No, no dudo de lo que me
dices. Y sin embargo, ¿fue su brujería la que me estaba cambiando para
transformarme en una tenue niebla, o me tropecé acaso con un secreto? Si no me
hubieras hecho regresar, ¿me habría desvanecido en la disolución, o habría
encontrado otros mundos más allá de éste?
Brule dirigió una mirada hacia los espejos y se encogió de
hombros, casi con un estremecimiento.
-Por lo visto, Tuzun Thune acumuló aquí toda la sabiduría de los
infiernos. Salgamos de aquí, Kull, antes de que estos espejos me embrujen a mí
también.
-Salgamos, pues -asintió Kull.
Y caminando uno al lado del otro, se alejaron de la casa de los
mil espejos, donde, quizá, quedaban aprisionadas las almas de los hombres.
Ahora, ya nadie mira en los espejos de Tuzun Thune. Los botes de
recreo se calientan plácidamente bajo el sol, en la orilla donde se levanta la
casa del hechicero, y nadie entra en esa casa o en la habitación donde el
reseco y apergaminado cadáver de Tuzun Thune permanece inmóvil ante los espejos
de la ilusión. El lugar es evitado por todos como un lugar maldito, y aunque
continúe así durante mil años no se oirán pasos humanos que arranquen ecos
allí.
A pesar de todo, Kull, sentado en su trono, medita a menudo en
la misteriosa sabiduría y en los incontables secretos ocultos allí, y se
pregunta...
Pues hay mundos que se encuentran mucho más allá de los mundos,
como Kull ha aprendido muy bien, y tanto si el hechicero le embrujó con
palabras o lo hizo mediante el hipnotismo, al otro lado de aquella misteriosa
puerta se abrieron ante la mirada del rey otros paisajes diferentes, y ahora
Kull se siente menos seguro de la realidad desde que miró en los espejos de
Tuzun Thune.
13 - EL REY Y EL ROBLE
Antes de que las sombras vencieran al sol los milanos se
remontaron, libres,
y Kull cabalgó por el camino del bosque, con su roja espada a
mano;
y los vientos susurraban por el mundo: «El rey Kull cabalga
hacia el mar».
El sol se reflejó carmesí en el mar. y cayeron las largas
sombras grises;
la luna apareció como una calavera plateada que llevara forjada
el hechizo de un demonio,
pues, bajo su luz, los grandes árboles se elevaban, como
espectros surgidos del infierno.
Bajo la luz espectral se elevaban los árboles, como sombríos
monstruos inhumanos;
cada tronco le parecía a Kull una figura viva, cada rama una
nudosa mano,
y unos extraños ojos malignos e inmortales le miraban,
horriblemente llameantes.
Las ramas se retorcían como serpientes anudadas, golpeando a la
noche,
y un roble gris, que se agitaba rígido, horrendo a la vista,
arrancó sus raíces y le bloqueó el paso, inexorable bajo la luz
fantasmal.
Se enzarzaron en el camino del bosque, el rey y el inexorable
roble;
sus grandes extremidades lo doblaron en sus garras, sin que
nadie dijera nada;
e inútil en su mano de hierro, la daga cortante se partió.
Y entre los árboles inclinados y monstruosos se oyó el canto de
un refrán
cargado de un millón de años de maldad, dolor y odio:
«Fuimos los dueños del mundo antes de que llegara el hombre, y
volveremos a serlo».
Kull sintió que un imperio extraño y viejo se inclinaba al paso
del hombre
como reinos de hojas de hierba ante un ejército de hormigas,
y el horror se apoderó de él en el amanecer, como en un trance.
Forcejeó con manos ensangrentadas contra un árbol inmóvil y
silencioso;
¡y despertó como de una pesadilla!, y un viento soplaba por los
prados,
y el rey Kull de Atlantis siguió cabalgando en silencio hacia el
mar.
EPÍLOGO
Entonces, el cataclismo sacudió el mundo. Atlantis y Lemuria se
hundieron, y las islas pictas se elevaron para formar los picos montañosos de
un nuevo continente. Grandes extensiones del continente Thurio se desvanecieron
bajo las aguas o, al hundirse, formaron grandes lagos y mares internos. Los
volcanes se abrieron, y los terremotos sacudieron las hasta entonces brillantes
ciudades de los imperios. Naciones enteras fueron exterminadas.
A los bárbaros les fueron las cosas algo mejor que a las razas
civilizadas. Los habitantes de las islas pictas fueron destruidos, pero no
sufrió ningún daño una gran colonia de ellos, asentados entre las montañas de
la frontera meridional de Valusia para servir como amortiguadores contra las
invasiones extranjeras. Del mismo modo, el reino continental de los atlantes
escapó a la ruina generalizada, y hasta él llegaron miles de los hombres de sus
tribus, que huyeron en barcos de la tierra que se hundía. Muchos lemures
escaparon a la costa oriental del continente Thurio, que salió comparativamente
indemne. Allí, fueron esclavizados por la antigua raza que ya habitaba la zona
y su historia fue, durante miles de años, una historia de brutal servidumbre.
En la parte occidental del continente, las condiciones
cambiantes crearon extrañas formas de vida animal y vegetal. Espesas junglas
cubrieron las llanuras, grandes ríos se abrieron paso hasta el mar, montañas
silvestres se elevaron, y lagos cubiertos con las ruinas de viejas ciudades
quedaron transformados en fértiles valles.
Desde las zonas hundidas huyeron como enjambres miríadas de
bestias y salvajes, de hombres-mono y de simios, hacia el reino continental de
los atlantes. Obligados a luchar continuamente para salvar sus vidas, lograron,
a pesar de todo, conservar algunos vestigios de su antiguo estado de barbarismo
avanzado. Privados de metales y de minas, se vieron obligados a trabajar la
piedra, como habían hecho sus lejanos antepasados, y habían alcanzado ya un
verdadero nivel artístico cuando su cultura, que se esforzaba por sobrevivir,
entró en contacto con la poderosa nación picta.
Los pictos también habían vuelto al uso del pedernal, pero
habían avanzado más rápidamente en cuanto a crecimiento de la población y
dominio del arte de la guerra. No poseían la naturaleza artística de los
atlantes, sino que formaban una raza más ruda, más práctica y prolífica. No
dejaron imágenes pintadas o talladas en el marfil, como hicieron sus enemigos,
pero sí gran cantidad de armas de pedernal notablemente eficientes.
Estos reinos de la edad de piedra chocaron entre sí y, en una
serie de sangrientas guerras, los atlantes, superados en número, se vieron
obligados a retroceder a una etapa de salvajismo, y la evolución de los pictos
se vio detenida.
Quinientos años después del gran cataclismo, los reinos bárbaros
habían desaparecido, convertidos ahora en una nación de salvajes, los pictos,
en permanente estado de guerra contra otros salvajes, los atlantes. Los pictos
contaban con la ventaja de su mayor número y unidad, mientras que los atlantes
se habían dividido en clanes débilmente relacionados entre sí Eso fue lo que
sucedió en occidente.
En el lejano este, separado del resto del mundo por la elevación
de gigantescas cadenas montañosas y por la formación de una cadena de vastos
lagos, los lemures se fatigan como esclavos de sus antiguos amos. El extremo
más meridional sigue envuelto en el misterio. Tras haber salido indemne del
gran cataclismo, su destino sigue siendo prehumano.
De las razas civilizadas del continente Thurio, los restos de
una de las naciones no valusas habitan entre las montañas bajas situadas al
sudeste, los zhemris. Aquí y allá, repartidos por el mundo, hay diseminados
clanes de salvajes simiescos completamente ignorantes del auge y caída de las
grandes civilizaciones. Pero en el extremo norte hay otro pueblo que va
surgiendo lentamente a la existencia.
En el momento en que se produjo el gran cataclismo, un grupo de
salvajes, cuyo desarrollo no se hallaba muy por encima del hombre de
Neanderthal, huyó hacia el norte para escapar a la destrucción. Descubrieron
que los países de las nieves sólo estaban habitados por una especie de monos de
las nieves, enormes animales blancos y velludos, aparentemente adaptados a ese
clima y propios de él. Lucharon contra ellos y los empujaron más allá del
círculo ártico, destinados a perecer, o eso creyeron los salvajes. Pero los
monos de las nieves se adaptaron a las nuevas y duras condiciones ambientales y
se multiplicaron.
Después de que las guerras entre los pictos y los atlantes
destruyeran lo que podría haber sido el principio de una nueva cultura, otro
cataclismo, éste menor, alteró una vez más el aspecto del continente original,
dejó un gran mar interior allí donde antes estuvo la cadena de lagos, lo que
separó aún más el este del oeste, y los terremotos, inundaciones y erupciones
volcánícas subsiguientes terminaron de completar la ruina de los bárbaros, que
ya se había iniciado con sus guerras tribales.
Mil años después de este cataclismo menor. el mundo occidental
tiene el aspecto de un terreno salvaje, cubierto de junglas, lagos y ríos
torrenciales. Entre las montañas del noroeste, cubiertas por los bosques,
existen grupos errantes de hombres mono que no dominan el habla humana, ni
conocen el fuego o el uso de utensilios. Son los descendientes de los atlantes,
hundidos en el caos chillón de la bestialidad de la jungla del que sus
antepasados habían surgido trabajosamente, arrastrándose, hacía ya muchas eras.
En el sudoeste viven diseminados clanes de salvajes degradados
que habitan en las cuevas. y cuya forma de hablar es de lo más primitivo, pero
que todavía conservan el nombre de pictos, que ha terminado por convertirse en
un nombre que ellos mismos emplean para designarse como hombres, y distinguirse
de las verdaderas bestias, a las que se enfrentan para salvar la vida y obtener
alimentos. Ése es el único eslabón que les une con su antiguo estado. Ni los
escuálidos pictos ni los atlantes simiescos tienen contacto alguno con otras
tribus o pueblos.
Al otro lado, en el este, los lemures, reducidos casi a un
estado bestial por la brutalidad de su esclavitud, han terminado por levantarse
y destruir a sus antiguos amos. Son salvajes que deambuían por las ruinas de
una civilización extraña. Los supervivientes de esa civilización, que han
escapado a la furia desatada de sus esclavos, han huido hacia el oeste. Caen
sobre los misteriosos reinos prehumanos del sur, derribándolos y
sustituyéndolos con su propia cultura, suavizada por el contacto con la antigua.
Al reino surgido de este modo se le llama Stigia, y parece que en él han
sobrevivido restos de la nación más antigua, y que incluso se les ha adorado,
después de que la raza, en su conjunto, haya quedado destruida.
Aquí y allá, repartido por el mundo, pequeños grupos de salvajes
muestran señales de una tendencia de progreso; se hallan diseminados y no han
sido clasificados. Pero las tribus están creciendo en el norte. A estos pueblos
se les denomina hyborios, o hyboris; su dios era Bori, algún gran jefe, de
quien la leyenda decía que era más antiguo que el rey que los condujo hacia el
norte, en los tiempos del gran cataclismo, que las tribus sólo recuerdan en un
folklore distorsionado.
Se han extendido por el norte, y presionan hacia el sur, en
migraciones tranquilas. Por el momento no han entrado en contacto con ninguna
otra raza; sus guerras las han librado entre ellos mismos. El haber habitado
durante mil quinientos años en las tierras del norte les ha convenido en una
raza de hombres altos, de cabello leonado y ojos grises, vigorosos y amantes de
la guerra, y que ya exhiben una artesanía bien definida y una cierta
inclinación por la poesía. La mayoría de ellos siguen viviendo de la caza, pero
las tribus del sur llevan ya varios siglos dedicadas a la cría del ganado.
Hay una excepción en cuanto a su, hasta ahora, completo
aislamiento de otras razas: un viajero que recorrió el norte ha regresado con
la noticia de que las extensiones de tierras heladas supuestamente desiertas se
hallan habitadas en realidad por una amplia tribu de hombres similares a monos,
descendientes, según afirma, de las bestias empujadas hacia territorios menos
habitables por parte de los antepasados de los hyborios. Animó a formar un gran
destacamento de guerra para enviarlo más allá del ártico con la misión de
exterminar a esas bestias, de las que, según asegura, empezaban a evolucionar
para convertirse en verdaderos hombres. Su propuesta fue rechazada. Un pequeño
grupo de jóvenes guerreros aventureros le siguió hacia el norte, pero ninguno
de ellos regresó.
Pero las tribus de los hyborios se iban desplazando hacia el sur
y, a medida que aumentaba su población, este movimiento se hizo cada vez más
amplio. La siguiente era fue una época de migraciones y conquistas. A lo largo
de la historia del mundo, las tribus y los movimientos y desplazamientos de
éstas configuran un panorama siempre cambiante
Eso puede verse en el panorama que ofrecía el mundo quinientos
años más tarde. Las tribus de los hyborios, de cabellos leoninos, se han movido
hacia el sur y el oeste, y han conquistado y destruido a más de un pequeño clan
no clasificado. Al absorber la sangre de las razas conquistadas, que ya eran
descendientes de otras tendencias más antiguas, han empezado a mostrar ciertos
rasgos raciales modificados, y esta mezcla de razas se ve ferozmente atacada
por las corrientes de sangre más nueva y más pura, y se ve empujada ante ellos
del mismo modo que una escoba barre imparcialmente las sobras, para
entremezclarse y fundirse en los enmarañados restos de razas y residuos de
razas.
Por el momento, los conquistadores todavía no han entrado en
contacto con las razas más antiguas. Hacia el sudeste, los descendientes de los
zhemris, que han encontrado ímpetu en la nueva sangre resultante de la mezcla
con alguna tribu no clasificada, empiezan a intentar revivir alguna débil
sombra de lo que fuera su antigua cultura. Hacia el oeste, los atlantes de
aspecto simiesco también inician el recorrido del largo camino de ascenso. Han
completado el ciclo de la existencia; habían olvidado desde hacía mucho tiempo
su existencia anterior como hombres; desconocedores de que hubieran tenido
alguna vez otro estado diferente, empiezan a ascender sin ayuda alguna, y sin
verse obstaculizados por los recuerdos humanos.
Al sur de ellos, los pictos continúan siendo salvajes y, al
parecer, desafían las leyes de la naturaleza, ya que ni progresan ni
retroceden. Bastante más al sur, se mece en la modorra el antiguo y misterioso
reino de Stigia. Hacia sus fronteras orientales emigran clanes de salvajes
nómadas, conocidos ya como los hijos de Shem.
Junto a los pictos, en el ancho valle de Zingg, y protegidos por
grandes montañas, ha evolucionado un grupo sin nombre de seres primitivos,
clasificados provisionalmente como afines a los shemitas, que han llegado a
desarrollar un verdadero sistema agrícola.
Otro factor ha venido a incrementar el impulso de la presión
hyboria. Una tribu de esa raza ha descubierto el uso de la piedra en la
edificación, y ha surgido así a la existencia el primer reino hyborio, el rudo
reino bárbaro de Hyperborea, que tuvo sus inicios en una tosca fortaleza de
cantos rodados amontonados para repeler los ataques tribales. El pueblo de esta
tribu no tardó en abandonar las tiendas transportadas a caballo, para
cambiarlas por casas de piedra, construidas de forma basta pero poderosa; protegidos
de ese modo, se hicieron más fuertes.
En la historia hay pocos acontecimientos más dramáticos que el
surgimiento del reino rudo y feroz de Hyperborea, cuyo pueblo transformó
bruscamente su vida nómada para construir edificios de piedra desnuda, rodeados
por murallas ciclópeas; se trataba de una raza que apenas había abandonado la
fase de la era de piedra pulimentada y que, gracias a un golpe de suerte,
aprendió los primeros y toscos principios de la arquitectura.
El surgimiento de este reino puso en movimiento a otras muchas
tribus, pues, derrotadas en la guerra, o negándose a ser tributarias de sus
parientes que vivían en castillos, muchos clanes emprendieron largas marchas
que les llevaron a recorrer medio mundo. Y las tribus situadas más al norte ya
empiezan a verse empujadas por salvajes rubios gigantescos, no mucho más
avanzados que los hombres mono.
La historia de los mil años siguientes es la historia del auge
de los hyborios, cuyas tribus guerreras dominan el mundo occidental. Empiezan a
configurarse toscos reinos. Los invasores de cabellos leonados se han
encontrado con los pictos. empujándolos hacia los territorios desérticos del
oeste
En el noroeste, los descendientes de los atlantes, que han
logrado pasar sin ayuda del mundo de los simios al del salvajismo primitivo,
todavía no se han encontrado con los conquistadores. Bastante más al este, los
lemures desarrollan una extraña semicivilización propia. Hacia el sur, los
hyborios han fundado el reino de Koth, en las mismas fronteras de esos países
pastorales conocidos como los territorios de Shem, y empiezan a surgir del
barbarismo los salvajes de estos territorios, debido en parte al contacto con
los hyborios, y en parte al contacto con los stigios, que durante siglos han
causado grandes estragos entre ellos.
Los salvajes rubios del extremo más septentrional han aumentado
su poder y su número, de modo que las tribus hyborias del norte se mueven hacia
el sur, empujando ante ellas a los clanes emparentados. El antiguo reino de
Hyperborea es derrocado por una de esas tribus septentrionales, a pesar de que
conserva el viejo nombre. Al sudeste de Hyperborea ha surgido un reino de los
zhemris, con el nombre de Zamora. Al sudoeste, una tribu de pictos ha invadido
el fértil valle de Zingg, conquistando al pueblo agrícola allí instalado, y se
ha asentado entre ellos. Esta raza mixta fue conquistada a su vez más tarde por
una tribu errante de los hyboris, y de estos elementos entremezclados surgió
después el reino de Zingara.
Quinientos años más tarde, los reinos del mundo ya se encuentran
claramente definidos. El mundo occidental se ve dominado por los reinos de los
hyborios: Aquilonia, Nemedia, Brythunia, Hyperborea, Koth, Ophir, Argos,
Corinthia, y uno conocido como el Reino Fronterizo. Zamora se halla situada al
este, y Zingara al sudoeste de estos reinos; se trata de pueblos similares de
tez oscura y hábitos exóticos pero, por lo demás, no se hallan relacionados.
Bastante más al sur sigue durmiendo Stygia, que no se ha visto
afectada por las invasiones extranjeras, pero los pueblos de Shem han cambiado
el yugo stygio por el menos mortificante de Koth.
Los maestros de tez oscura se han visto empujados al sur del
gran río Styx, Nilus o Nilo, que fluye desde el norte, procedente de los
territorios situados al interior, efectúa luego un giro casi en ángulo recto y
fluye hacia el oeste, atravesando con sus meandros los territorios de pastos de
Shem, para desembocar en el gran mar. Al norte de Aquilonia, el reino hyborio
situado más a occidente, se encuentran los cimerios, salvajes feroces, no
contaminados por los invasores, pero que progresan con rapidez gracias al
contacto con ellos; son los descendientes de los atlantes, que ahora progresan
con mucha mayor firmeza que sus antiguos enemigos, los pictos, que habitan las
zonas selváticas situadas al oeste de Aquilonia.
La era Hyborya
Autorizaciones
El Reino de las Sombras («Ihe Shadow Kingdom»): copyright © 1929
by Popular Fiction Publishing Company para Weird Tales, agosto de 1929;
copyright © 1946 by August Derleth, para Skull-Face and Others.
Los espejos de Tuzun Thune («The Mirrors of Tuzun Thune»):
copyright © 1929 by Popular Fiction Publishing Company para Weird Tales,
septiembre de 1929; copyright © 1946 by August Derleth, para Skull-Face and
Others.
El rey y el roble («The King and the Oak»): copyright © 1939 by
Weird Tales para Weird Tales; febrero de 1939; copyright © 1947 by August
Derleth, para Dark of the Moon.
Abismo negro («Black Abyss»), Jinetes del sol naciente («Riders
Beyond the Sunrise») y Hechicero y guerrero («Wizard and Warrior»),
originalmente inacabados, fueron editados y completados por Lin Carter.
La presente versión original de El estruendo del gong («The
Striking of the Gong») copyright © 1976 by Glenn Lord. Los relatos restantes
copyright © 1967 by Lancer Books Inc.
NOTA ACERCA DEL AUTOR
Robert E. Howard (1906-1936) desarrolló una breve pero intensa
carrera literaria en las revistas de género norteamericanas, llegando a
convertirse en uno de los colaboradores más destacados de la revista Weird
Tales, junto a H.P. Lovecraft y Clark Ashton Smith. De personalidad psicótica,
Howard se quitó la vida a la edad de 30 años. Sus relatos han venido
publicándose desde entonces en múltiples recopilaciones y, en algunos casos,
ateniéndose a la cronología interna de sus ciclos de personajes. La popularidad
del autor, siempre creciente, ha motivado la aparición de numerosas secuelas
autorizadas a cargo de otros autores que han explotado la comercialidad de sus
creaciones más importantes, muy en particular el ciclo de Conan.
La presente recopilación contiene todos los cuentos que escribió
Howard sobre Kull (tres de ellos completados por Lin Carter) con dos
excepciones: «Reyes de la noche» y «The Curse of the Golden Skull». Ambos
relatos discurren en épocas más recientes que la del ciclo y Kull aparece en
ellas trasladado desde su propio tiempo. El primero de ellos pertenece más
propiamente a la serie de Bran Mak Morn y está incluido en el libro Gusanos de
la Tierra (núm. 14 de esta misma colección). El segundo tiene lugar en un
ambiente moderno y, como ocurre en «El altar y el escorpión», Kull aparece de
refilón en la historia.
Colección dirigida por Alejo Cuervo
Traducción de José M. Pomares
Cubierta: Llorenç Martí
Ilustración: Royo/Agencia Norma
Título original: King Kull
© 1976. by Glenn Lord
© 1993 Ediciones Martínez Roca, S. A.
Gran Vía, 774, 7º, 08013 Barcelona
15BN 84-270 1712-X
Depósito legal B. 3.309-1993

