Libro N°. 3144. Resident Evil - Vol.2 - La Ensenada Caliban. S.D. Perry.
© Libro N°. 3144. Resident Evil - Vol.2 - La Ensenada Caliban. S.D. Perry. Colección E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Resident Evil - Vol.2 - La Ensenada Caliban. S.D. Perry
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RESIDENT EVIL - Vol.2 - LA ENSENADA CALIBAN
S.D. Perry
Tras su lucha sin cuartel para salir de las instalaciones de
investigaciones genéticas de la corporación Umbrella, los supervivientes de la
unidad STARS intentan advertir al mundo acerca de la conspiración para crear
terroríficas armas biológicas. Pero la conspiración no acaba ahí, como los
propios STARS descubren cuando son expulsados de la organización por los mismos
que los adiestraron. Los STARS de Racoon City se ven obligados a actuar de
forma clandestina, decididos a descubrir y detener los experimentos de Umbrella
allí donde se produzcan.
La bioquímica y médico militar Rebecca Chambers, única
superviviente del equipo Bravo de Racoon City, se une a una nueva fuerza de
ataque de los STARS cuando les llega el rumor de la existencia de otro centro
experimental de Umbrella. Se encuentra oculto bajo los acantilados rocosos de
la Ensenada Calibán, un pueblo de Maine, donde alguien está reuniendo un
ejército de zombis.
A través de la avaricia, el mal sonríe.
A través de la locura, canta.
Anónimo
Prólogo
Raccoon Times, 24 de julio, 1998
LA MANSIÓN SPENCER RESULTA DESTRUIDA TRAS UNA EXPLOSIÓN Y UN
INCENDIO
Raccoon City — Los vecinos del distrito de Victory Lake se
vieron despertados de su sueño aproximadamente a las seis de esta madrugada por
una rugiente explosión que resonó por todo el nordeste del bosque de Raccoon,
causada aparentemente por un incendio que arrasó la abandonada mansión Spencer
y provocó el estallido de unos productos químicos almacenados en su sótano. Los
retrasos causados por las barricadas policiales establecidas en la zona del
perímetro del bosque (por la serie de asesinatos en cadena producidos en
Raccoon City) impidieron a los bomberos de la localidad salvar los edificios
del terreno. Después de una batalla de tres horas contra el devorador incendio,
la mansión de treinta y un años de antigüedad y el edificio colindante, para el
uso de los sirvientes, fueron totalmente destruidos.
Construida por el aristócrata europeo Lord Oswall Spencer, uno
de los fundadores de la compañía internacional farmacéutica Umbrella Inc., la
mansión fue diseñada por el famoso arquitecto George Trevor como casa de
invitados para los ejecutivos de mayor nivel de la compañía, pero fue
clausurada por razones desconocidas poco después de finalizar su construcción.
Según Amanda Whitney, portavoz de la compañía Umbrella, algunas partes de la
propiedad se utilizaban como almacén de ciertos productos de limpieza y disolventes
de tipo industrial empleados por la compañía. Whitney anunció ayer en una
declaración pública que Umbrella asumiría la total responsabilidad de lo
ocurrido y del desafortunado incidente, admitiendo que fue «… un grave descuido
por nuestra parte. Todos esos productos químicos deberían haber sido
trasladados de la mansión Spencer hace mucho tiempo, y debemos estar
agradecidos de que nadie resultara herido».
Se desconocen por el momento las causas que provocaron el
incendio, pero Whitney afirmó que Umbrella traería su propio equipo de
investigadores que registrarían todo el lugar y los restos para intentar
aclarar el punto de origen del incendio…
Raccoon Weekly, 29 de julio, 1998
LOS STARS SON APARTADOS DE LA INVESTIGACIÓN SOBRE LOS ASESINATOS
Raccoon City — En unas sorprendentes declaraciones por parte de
las autoridades de la ciudad, ayer, durante una conferencia de prensa, la
sección de los STARS en Raccoon City fue oficialmente apartada de la
investigación sobre los nueve brutales asesinatos y las cinco desapariciones de
ciudadanos ocurridas a lo largo de las últimas diez semanas. El miembro del
consejo municipal que leyó la declaración, Edward Weist, afirmó que la
principal razón de la retirada de los STARS del caso es un acto de grave incompetencia.
Los lectores recordarán que la primera acción de los STARS, tras
serles asignados los casos, fue registrar la zona noroeste del bosque en busca
de los supuestos asesinos caníbales. Weist declaró que debido a su «conducta y
a su evidente falta de profesionalidad» su misión acabó en un desastre
completo, que tuvo como resultado un helicóptero estrellado y la pérdida de
seis de sus once miembros, incluido el jefe de la sección, el capitán Albert
Wesker.
«Después de ver los errores cometidos por los STARS en su
registro del bosque —continuó diciendo Weist—, hemos decidido que sea el
departamento de policía de Raccoon City el encargado de resolver los casos.
Tenemos motivos suficientes para creer que los agentes de los STARS ingirieron
alcohol y/o drogas antes de iniciar la búsqueda, y hemos suspendido el uso de
sus servicios por un período de tiempo indefinido.»
Junto a Weist se encontraba Sarah Jacobsen, en representación
del alcalde, y el comisionado de policía J. C. Washington para leer la
declaración y responder a las preguntas. No ha sido posible contactar ni con el
jefe de policía, Irons, ni con ninguno de los supervivientes del equipo de los
STARS para que respondieran a nuestras preguntas…
Cityside, 3 de agosto, 1998
EL INCENDIO DE LA MANSIÓN SPENCER SE CONSIDERA ACCIDENTAL
Raccoon City — Después de una investigación exhaustiva por parte
de los especialistas que trabajan para Umbrella, la División de Servicios
Industriales, se ha determinado que el fuego que arrasó la propiedad de la
empresa contratante, situada en el bosque de Raccoon, fue causado por la
imprudencia por parte de una o varias personas desconocidas, lo que fue
anunciado ayer en una conferencia de prensa. El jefe de dicho equipo de
investigación de la División de Servicios Industriales, David Bischoff, dyo: «Al
parecer, alguien intentó encender una fogata dentro de una de las habitaciones
de la mansión. No hemos encontrado ningún indicio de que se tratara de un
incendio provocado de forma voluntaria». Continuó diciendo que aunque la
destrucción de la propiedad ha sido completa, no se han encontrado pruebas de
que alguien muriera por el incendio o por la posterior explosión.
El jefe del departamento de policía de Raccoon City, Brian
Irons, estuvo presente en la rueda de prensa, y, cuando se le preguntó si creía
que el incendio estaba relacionado con la serie de asesinatos y desapariciones
todavía sin resolver que han estado asolando la ciudad, contestó que no había
forma alguna de estar seguro.
«En este momento —dijo Irons—, cualquier cosa que dijera sería
una pura conjetura, aunque he de admitir que el hecho de que los asesinatos
hayan cesado desde la noche del incendio puede significar que quizá los
criminales estaban ocultándose en ese lugar. Sólo podemos mantener la esperanza
de que hayan abandonado la zona y de que sean capturados dentro de poco.»
El jefe Irons se negó a realizar comentarios sobre las
alegaciones del consejo municipal relativas a la grave falta de profesionalidad
de los STARS durante su breve asignación a la investigación sobre los
asesinatos. Únicamente admitió que estaba de acuerdo con la decisión del
consejo municipal y que estaban pensando tomar medidas disciplinarias.
Capítulo 1
Rebecca Chambers pedaleó montada en su bicicleta de montaña a
través de las oscuras y sinuosas calles del distrito de Cider. La tardía luna
de verano brillaba oronda sobre el despejado cielo nocturno. Aunque era
relativamente temprano, las calles de las afueras continuaban desiertas, ya que
el toque de queda seguía en vigor: nadie menor de dieciocho años podía estar
fuera de su casa después de caer la noche hasta que los asesinos se encontraran
entre rejas. Había sido un verano muy tenso pero muy tranquilo en Raccoon City,
al menos en apariencia…
Pasó en silencio junto a las mudas casas. El brillo de los
televisores encendidos se desparramaba sobre el césped bien cortado, y el
lejano chirrido de los grillos y algún que otro ladrido esporádico de un perro
de la vecindad eran los únicos sonidos presentes en el aire que pasaba zumbando
al lado de sus orejas. Los intranquilos ciudadanos de Raccoon City vivían
detrás de puertas bien cerradas con llave, a la espera de la declaración que
anunciara que los asesinos habían sido capturados y que su ciudad era por fin
segura de nuevo.
Si supieran la verdad…
Rebecca los envidió durante unos momentos por su ignorancia. A
lo largo de las dos últimas semanas había llegado a la desalentadora conclusión
de que saber la verdad no era tan bueno como ella suponía, sobre todo si nadie
la creía.
Habían pasado trece largos e inmisericordes días desde la
pesadilla ocurrida en la mansión Spencer. Los STARS supervivientes habían
logrado escapar de la muerte y de la traición sólo para encontrarse de bruces
con un enorme muro de incredulidad desdeñosa cuando habían intentado contar lo
que había sucedido. Jill, Chris, Barry y ella misma habían sido tachados de
adictos a las drogas y de cosas aun peores en los periódicos locales, sin duda
por las presiones de Umbrella, y después de su suspensión, hasta la policía de
Raccoon City se había negado a creerles. Y ahora, Umbrella estaba haciéndose
cargo de la investigación sobre el fuego que había destruido la mansión, y se
estaría librando sin duda alguna de las últimas pruebas. Parecía que, fuesen
donde fuesen los STARS, Umbrella había llegado antes y había «untado» al
personal necesario, ocultando su rastro e impidiendo que alguien quisiera
escuchar su relato, cuanto menos creerlo.
De todos modos, tampoco habría sido sencillo. Una de las
compañías farmacéuticas más grandes y respetables del mundo, por no mencionar
la principal suministradora de puestos de trabajo en Raccoon City, involucrada
en la investigación sobre armas biológicas en el interior de un laboratorio
secreto, donde creaba monstruos experimentales. Si no supiese la verdad, yo
también creería que es una locura.
Al menos, lo peor ya había pasado. Con el laboratorio destruido,
los ataques contra Raccoon City habían cesado, y aunque la gente responsable de
todo aquello todavía no había sido acusada, supuso que sólo sería cuestión de
tiempo. Umbrella estaba experimentando con algo muy peligroso, y no podría
ocultarlo a una investigación de los STARS, una en profundidad. Ella y los
demás sólo tendrían que vigilar sus espaldas mientras la oficina central
enviaba refuerzos…
Hablando de lo cual… ¡Ay!
La funda que llevaba le estaba golpeando las costillas. Rebecca
la acomodó a través del fino tejido de algodón de su camiseta, con la esperanza
de que después de aquella noche ya no tendría que llevar el arma durante más
tiempo. Era un revólver de cañón corto del calibre 38, una de las piezas de la
colección de Barry. No sabía cómo lo llevarían los demás, pero ella no había
podido dormir ni una sola noche de un tirón desde que habían logrado escapar de
la mansión Spencer, y la verdad es que ir armada a todos lados no era su idea
de sentirse segura.
Suspiró para sus adentros y dobló hacia la izquierda en la calle
Foster, pedaleando a través de la oscuridad en dirección a la casa de Barry y
recordando que su compañero probablemente había convocado la reunión porque
había recibido órdenes de la oficina central. Se había limitado a decir que se
habían producido «cambios» y que lo mejor era que se acercara a su casa lo
antes posible, y aunque estaba intentando que su imaginación no se desbocara,
no podía evitar que el pulso se le acelerara por la emoción que sentía en el
estómago desde que él había llamado.
Quizá nos harán volar hasta Nueva York para que informemos al
equipo de investigación, o incluso hasta Europa, para que estemos presentes en
el momento que entren en las instalaciones principales de Umbrella…
Fuera donde fuese que los mandasen, sería mejor que permanecer
en Raccoon City. La tensión de mirar permanentemente a la espalda por encima
del hombro estaba agotándolos a todos. Chris creía que Umbrella estaba
esperando que la opinión pública dejara de prestar atención a los STARS para
realizar algún tipo de ataque, aunque sólo era una teoría, y no precisamente la
mejor para dormir con tranquilidad. El gallina de Vickers se había marchado de
la ciudad sólo dos días después, incapaz de soportar la tensión, y aunque Jill,
Barry y Chris habían criticado la cobardía de Brad, Rebecca comenzaba a
preguntarse si la idea del piloto del equipo Alfa no había sido la mejor. No es
que quisiera que Umbrella se saliera de rositas y quedara sin castigo, ni que
sus experimentos no fueran moralmente reprobables, pero hasta que la oficina
central de STARS mandara refuerzos, Raccoon City era una ciudad peligrosa para
ellos.
Pero esto se acaba esta noche. Sólo se trata de aguantar un poco
más y todo esto habrá acabado. Se acabaron las armas, se acabaron las puertas
cerradas con llave. Se acabó preocuparse por lo que hará Umbrella contra
nosotros por saber la verdad de todo.
Cuando habían redactado su informe, sus superiores de Nueva York
les habían dicho que no hicieran nada. El subdirector Kurtz en persona les
había prometido iniciar una investigación y comunicarles los resultados, pero
de aquello ya hacía once días, y todavía no habían recibido mensaje alguno. No
tenía intención de salir corriendo, como había hecho Brad, pero había acabado
odiando la sensación causada por la pistolera, odiando el peso del acero letal
que llevaba en su costado a todas horas del día y de la noche. Por el amor de
Dios, se suponía que ella era una científica…
Y en cuanto lleguen los refuerzos, quiza pueda pedir un traslado
a uno de los laboratorios para estudiar el virus. Técnicamente, todavía soy
miembro del equipo Bravo, así que no creo que me quieran de ninguna manera en
la línea de combate…
No había duda de cuál sería el mejor modo de aprovechar su
talento. Los demás eran soldados ya curtidos y experimentados, pero Rebecca
sólo llevaba en los STARS cinco semanas. Su primera misión había sido explorar
el bosque de Raccoon, en la que se había perdido la mitad de los efectivos de
la sección en la ciudad y en la que habían descubierto el secreto de Umbrella.
Desde entonces, había pasado bastante tiempo repasando la estructura molecular
de los virus, intentando determinar la estrategia de reproducción del virus-T.
Los STARS no necesitaban médicos de campo en aquel preciso momento, necesitaban
científicos, y si ella había aprendido algo del desastre en la mansión Spencer
era que su espacio natural era un laboratorio. Había logrado mantener el tipo aquella
noche, pero también sabía que trabajar con el virus-T era la mejor contribución
que podía hacer para detener a la compañía Umbrella.
Y será mejor que lo admitas —le susurró su mente—, estás
fascinada por él. La oportunidad de estudiar un mutágeno emergente sin
clasificar, descubrir cómo funciona. Eso es lo que te hace funcionar a ti.
Bueno, tampoco es que fuera una vergüenza disfrutar de su
trabajo. Se había alistado en los STARS con la esperanza de disponer de una
oportunidad semejante, y con algo de suerte, después de aquella noche empacaría
sus cosas y saldría pitando de Raccoon City, para comenzar una nueva fase de su
vida como bioquímica de los STARS.
Se detuvo al final del bloque enfrente de una enorme casa de
estilo victoriano remodelada y de dos pisos, pintada de color amarillo pálido.
Miró alrededor para comprobar que no había nadie sospechoso y, más tranquila,
bajó de la bicicleta. La familia Burton vivía al lado de un enorme parque,
repleto de árboles. Incluso unas cuantas semanas antes, ella habría
vagabundeado por el silencioso parque disfrutando de la suave noche veraniega
mientras observaba las estrellas. Aquella noche no era más que otro lugar
oscuro donde podía haber alguien escondido. Se estremeció ligeramente a pesar
del ambiente cálido y húmedo y se apresuró, a cruzar el sendero de la entrada.
Llevó la bicicleta hasta el porche de la entrada y se secó el
sudor de la nuca mientras echaba un vistazo a su reloj. Había tardado realmente
poco, unos veinte minutos contados desde la llamada de Barry. Rebecca apoyó la
bicicleta en la barandilla, rezando para que lo que tenía que decirle Barry
fueran buenas noticias.
Éste abrió la puerta antes de que tuviera tiempo de llamar a la
puerta. Iba vestido con una camiseta y unos pantalones vaqueros. Su musculoso
cuerpo tapaba casi todo el umbral de la entrada. Barry hacía pesas. Con muchas
ganas.
Sonrió y dio un paso para que entrara. Echó un rápido vistazo a
la desierta calle antes de seguirla hasta la sala de entrada. Tenía enfundado
su revólver Cok Python en una pistolera de cadera, lo que le daba todo el
aspecto de vaquero demasiado crecido.
—¿Has visto a alguien? —le preguntó en tono despreocupado.
—No. —Rebecca negó con la cabeza—. Además, he venido por calles
secundarias.
Barry asintió, y aunque lo hizo con una pequeña sonrisa, ella
percibió su mirada de animal acosado, la misma mirada que tenía desde que los
habían rescatado. Rebecca deseaba decirle que nadie lo culpaba, pero sabía que
no serviría de gran cosa. Él todavía se consideraba el responsable de buena
parte de lo sucedido en la mansión aquella noche. También parecía estar
perdiendo peso, aunque supuso que esto tendría más que ver con que echaba de
menos a su mujer y a sus hijas, a las que había enviado de inmediato fuera de
la ciudad en cuanto regresaron, sintiéndose aterrorizado por su seguridad.
Otra pequeña muestra de cómo Umbrella ha dañado nuestras vidas…
La condujo a través de un espacioso pasillo más allá de las
escaleras, con las paredes decoradas por dibujos enmarcados realizados por sus
hijas. La casa de los Burton era amplia y laberíntica, repleta de muebles un
poco gastados y heterodoxos.
—Chris y Jill llegarán en cualquier momento. ¿Quieres café?
Parecía estar tenso y no paraba de rascarse su barba pelirroja.
—No, gracias. Prefiero un poco de agua…
—Sí, claro. Entra y preséntate tú misma. Regreso en un momento.
Se apresuró a entrar en la cocina antes de que ella pudiera
preguntarle qué era lo que ocurría.
¿Presentarme yo misma? ¿Qué demonios pasa aquí?
Atravesó el umbral arqueado del pasillo que daba a la acogedora
y abarrotada sala de estar y se detuvo en seco, un poco sorprendida al ver a un
tipo al que no conocía sentado en una de las butacas. Se puso de pie en cuanto
ella entró, sonriendo, pero por el modo en que sus ojos oscuros se
entrecerraron al mirarla, adivinó que estaba valorándola.
Unas cuantas semanas antes, aquel cuidadoso escrutinio la
hubiera incomodado terriblemente. Era el miembro más joven de los STARS jamás
admitido en servicio activo, y sabía el aspecto que tenía y la impresión que
daba. Pero si algo positivo había sacado del incidente en los laboratorios de
Umbrella era que ya no le importaban en absoluto situaciones como la vergüenza
social. Enfrentarse a una casa llena de monstruos llevaba a considerar la
mayoría de los planteamientos desde esa perspectiva. Además, verse observada
por la gente se había convertido en una práctica bastante habitual desde
aquella noche.
Ella le respondió a su mirada con otra mirada imperturbable, al
mismo tiempo que aprovechaba para observarlo detenidamente a su vez. Pantalones
vaqueros, una camisa elegante, zapatillas de deporte. También llevaba una
Beretta de nueve milímetros en una funda en la cadera, el arma reglamentaria de
los STARS. Era bastante alto, quizá medía algo más de un metro ochenta y cinco,
por lo que le sacaba poco menos de treinta centímetros, y era delgado pero
robusto, con el físico de un nadador. Su rostro era bastante atractivo, del
tipo de una estrella de cine. Sus cejas y sus cabellos eran cortos y oscuros,
sus rasgos parecían tallados en piedra, y su penetrante mirada indicaba una
gran inteligencia.
—Tú debes de ser Rebecca Chambers —dijo. Se le notaba un acento
británico al hablar, y sus palabras sonaban precisas y hasta pulidas—. Eres la
bioquímica, ¿no es así?
Rebecca asintió.
—Así es. ¿Y usted es…?
La sonrisa del extraño se ensanchó al tiempo que meneaba la
cabeza.
—Por favor, disculpe mis modales. No había esperado… quiero
decir, yo creía… —dio la vuelta a la mesa de café de Barry y le tendió la mano,
un poco sonrojado—. Soy David Trapp, de la sección Exeter de los STARS en
Maine.
Rebecca sintió una oleada de alivio recorrerle el cuerpo: los
STARS habían enviado directamente ayuda en lugar de llamar antes. Por lo que a
ella se refería, encantada. Estrechó su mano y esbozó una sonrisa, porque sabía
que su aspecto lo había desconcertado. Nadie se esperaba a una científica de
dieciocho años, y aunque se había acostumbrado a las miradas de sorpresa,
todavía sentía una especie de placer travieso por pillar a la gente con la
guardia bajada.
—Entonces, ¿es el explorador o algo así? —preguntó ella.
Trapp frunció el entrecejo con expresión extrañada.
—¿Cómo?
—Sí, para la investigación. ¿Los equipos restantes ya están
aquí, o ha venido el primero para echar un vistazo y empezar a publicarlo todo
sobre Umbrella…?
Ella dejó de hablar poco a poco al ver que él sacudía la cabeza
lentamente, casi con tristeza, con un gesto negativo. En sus ojos oscuros
brillaba una emoción que Rebecca no llegó a discernir al principio.
Lo descubrió cuando Trapp comenzó a hablar y sus palabras
rezumaron rabia y frustración… y, mientras hablaba, Rebecca sintió que le
temblaban las rodillas por el pánico que la invadía.
—Siento tener que decirle esto, señorita Chambers, pero tengo
razones más que suficientes para creer que Umbrella controla a miembros clave
de la organización de STARS, ya sea mediante el chantaje o mediante el soborno.
No se va a llevar a cabo ninguna investigación… no va a venir nadie más.
Una expresión de terror y de sorpresa pasó de repente por los
ojos de color marrón avellana de la chica y desapareció con la misma rapidez
con la que había llegado. Inspiró profundamente y luego dejó salir el aire con
lentitud.
—¿Está seguro? Quiero decir, ¿Umbrella ha intentado comprarle o,
o… ¿Está completamente seguro?
David meneó la cabeza.
—No, no estoy absolutamente seguro, pero no estaría aquí si no
me sintiera… preocupado por el asunto.
Decir aquello era quedarse corto, pero David todavía no se había
recuperado de la sorpresa de ver que ella era tan joven, y sintió la necesidad
instintiva de no alarmarla más de lo necesario. Barry había mencionado que era
algo así como una niña prodigio, pero la verdad es que no se esperaba que
realmente fuese una niña. Llevaba puestos unos pantalones vaqueros recortados a
la altura de la rodilla y unos calcetines largos, todo ello rematado por una
camiseta negra.
Supera esto de una vez y mira más allá de su aspecto: es posible
que esta chica sea el único científico que nos quede.
Aquella idea hizo renacer la furia que David había sentido en
las tripas desde hacía unos cuantos días. Lo que había descubierto después de
la llamada de Barry no era precisamente bonito, sino un relato lleno de
traiciones y mentiras. El hecho de que los STARS, sus STARS, estuviesen
involucrados en todo aquello…
Barry entró en la habitación con un vaso de agua y Rebecca lo
tomó agradecida, bebiéndose casi la mitad de un solo sorbo.
Barry miró a David por un instante y luego centró su atención en
Rebecca.
—Te lo ha dicho, ¿no?
La chica asintió.
—¿Lo saben Chris y Jill?
—Todavía no. Por eso os he llamado —contestó Barry—. Mira, no
tiene sentido que lo repitamos dos veces, así que será mejor que esperemos a
que lleguen antes de comenzar a contar los detalles.
—De acuerdo —fue la respuesta de David.
Generalmente, pensaba que las primeras impresiones eran las que
más decían de una persona, y si iban a trabajar juntos, quería conocer más a
fondo el carácter de la chica.
Se sentaron los tres, y Barry comenzó a contarle a Rebecca cómo
se habían conocido David y él durante el entrenamiento básico, cuando ambos
eran mucho más jóvenes. El relato de Barry fue bastante bueno, aunque sólo lo
contase para matar el tiempo hasta que llegaran los demás. David lo escuchó a
medias, mientras contaba una anécdota sobre su noche de graduación, que incluía
elementos como un sargento instructor con bastante poco sentido del humor y
numerosas serpientes de goma. La chica comenzó a relajarse e incluso a
disfrutar de las correrías juveniles de ellos dos…
Hace diecisiete años. Ella estaría celebrando su primer
cumpleaños por aquellas fechas.
Aún así, la chica había dejado a un lado todas las preguntas
cuando Barry se lo había pedido, aunque David sabía que estaría ansiosa por lo
que él le había dicho. La capacidad de redirigir la concentración con tanta
rapidez era una característica admirable, que él nunca había logrado poseer por
completo.
No había sido capaz de pensar en casi nada más desde que había
efectuado aquella llamada a la sede principal de los STARS. La devoción que
David sentía por la organización había hecho aún más amarga la aparente
traición, como un mal sabor de boca que no lograra quitarse. Los STARS habían
sido la vida de David durante casi veinte años, y le habían proporcionado todo
de lo que él había carecido durante su crecimiento: un sentido de propósito en
la vida, autoconfianza, integridad…
Y ahora resulta que las vidas de unos hombres y unas mujeres
dedicados y entregados, mi vida y el trabajo de toda una vida son arrojados a
un lado como si no valiesen nada, ¿Cuánto les habrá costado? ¿Cuanto habrá
tenido que pagar Umbrella para comprar el honor de los STARS?
David se quitó de encima la rabia con una sacudida y dirigió de
nuevo su atención a Rebecca. Si todo lo que había descubierto era verdad, les
quedaba poco tiempo, y sus recursos también habían quedado muy mermados. Su
motivación no era tan importante en aquel momento como la de ella.
Por su postura adivinó que no era del tipo de personas sumisas o
tímidas, y que obviamente era muy inteligente: su mirada lo demostraba. Por lo
que Barry le había contado, se había comportado de un modo absolutamente
profesional a lo largo de toda la operación en la mansión Spencer. Su ficha
sugería que estaba más que preparada para trabajar en el estudio de un virus
químico, suponiendo que fuese tan buena como decían los informes sobre ella…
Suponiendo que quiera poner de nuevo su vida en peligro.
Aquél iba a ser el tema más complicado. Ella no llevaba mucho
tiempo en los STARS, y saber que sus propios compañeros la habían vendido al
mejor postor no iba precisamente a llenarla de confianza respecto a lo que se
avecinaba. Le sería mucho más fácil quitarse de en medio. En ese sentido, la
verdad es que sería la opción más inteligente para todos ellos.
Alguien llamó a la puerta, probablemente los otros dos miembros
del equipo Alfa. La mano de David bajó hasta la culata de su pistola de calibre
nueve milímetros mientras Barry se acercaba para abrir la puerta. David sólo se
relajó cuando Barry regresó seguido por los dos STARS, y luego se puso de pie
para ser formalmente presentado.
—Jill Valentine, Chris Redfield, éste es el capitán David Trapp,
estratega militar de la sección Exeter de los STARS de Maine.
Chris era el tirador experto, si David no recordaba mal, y Jill
era algo así como una especialista encubierta en economía y comercio. Barry
también le había dicho que el piloto, Brad Vickers, se había largado poco
después de los incidentes ocurridos en la mansión Spencer. De todas maneras,
por lo que había podido deducir, no se trataba de una pérdida importante. Al
parecer, el tipo era bastante poco de fiar cuando se encontraba en una
situación límite.
Estrechó la mano de ambos y todos se sentaron. Barry lo señaló
con un gesto de la cabeza.
—David es un viejo camarada mío. Trabajamos juntos en el mismo
equipo durante unos dos años, justo después de salir del campo de
entrenamiento. Apareció en mi puerta hace una hora con ciertas noticias, y he
creído que lo mejor era no esperar. ¿David?
David carraspeó para aclararse la garganta e intentó
concentrarse en los hechos más importantes. Después de una pausa, comenzó por
el principio.
—Como ya sabéis, Barry llamó hace unos seis días a varias ramas
de los STARS para saber si habían recibido alguna información sobre la tragedia
que había ocurrido aquí. Yo fui uno de los que recibieron esas llamadas. Fue la
primera noticia que tuve de todo ello, y desde entonces he descubierto que la
oficina de Nueva York no ha hablado con nadie sobre vuestros descubrimientos.
Ni avisos ni informes. No se ha comunicado absolutamente nada a los STARS que
sea referente a la compañía Umbrella.
Chris y Jill intercambiaron una mirada de preocupación.
—Quizá no han acabado de investigar —repuso Chris con lentitud.
David negó con la cabeza.
—Hablé con el subdirector en persona al día siguiente de que me
llamara Barry. No le dije que alguien había contactado conmigo, sino que
simplemente había oído ciertos rumores sobre un problema en Raccoon City y
quería saber qué había de cierto…
Miró al grupo que tenía reunido y suspiró para sus adentros, con
la sensación de que ya había pasado por aquello un millar de veces.
Pero sólo en mi mente, en busca de otra respuesta que no fuera
ésa… sólo que no la hay.
—El subdirector no me confirmó nada en ese momento —siguió
diciendo—, y sólo me dijo que no hablara con nadie sobre aquello hasta que
fuera oficial. Lo que sí admitió era que se había producido un accidente de
helicóptero en Raccoon City, y que los miembros supervivientes del equipo
estaban intentando echarle la culpa a Umbrella porque estaban furiosos con
ciertos asuntos de apoyo económico.
—¡Pero eso no es verdad! —exclamó Jill—. Estábamos investigando
los asesinatos, y descubrimos que…
—Sí, Barry ya me lo ha contado —la interrumpió David—.
Descubristeis que los asesinatos eran resultado de un accidente de laboratorio.
El virus-T con el que Umbrella estaba experimentando escapó de algún modo e
infectó a los investigadores, convirtiéndolos en asesinos enloquecidos.
—Eso es exactamente lo que pasó —intervino Chris—. Sé que suena
a patraña, pero nosotros estuvimos allí y lo vimos.
David asintió.
—Os creo. Tengo que admitir que me sentí bastante escéptico
después de hablar con Barry. Como has dicho, suena a «patraña», pero mi llamada
a Nueva York y lo que ha ocurrido desde entonces lo han cambiado todo. Conozco
a Barry desde hace muchos años, y sabía que él no sería capaz de culpar a
Umbrella por el desafortunado accidente si realmente la compañía no era
culpable. Incluso me contó que se había visto involucrado contra su voluntad en
un intento por ocultar las pruebas.
—Pero si Tom Kurtz le dijo que no existía una conspiración…
—dijo Chris sin terminar la frase.
David suspiró, esta vez en voz alta.
—Sí, eso significa que debemos suponer que o bien la
organización falla en la dirección… o que, al igual que ocurrió con vuestro
capitán Wesker, existen miembros de los STARS que trabajan para Umbrella.
Se produjo una pausa de pasmado silencio mientras acababan de
absorber aquella información. David advirtió la confusión y la furia reflejadas
en sus rostros. Sabía cómo se sentían. Aquello significaba que Umbrella había
controlado o sobornado a los directivos de STARS, y que, en cualquiera de los
dos casos, los supervivientes del equipo de Raccoon City se habían quedado
colgados y podían ser presa de cualquier acción de Umbrella.
Oh, Dios. Si al menos existiera la posibilidad de que se tratara
de un error.
—Hace tres días, descubrí que alguien me estaba siguiendo
mientras me dirigía al trabajo —dijo en voz baja—. No pude distinguir de quién
se trataba, pero supongo que son agentes de Umbrella, alarmados por mi llamada
a la oficina central de Nueva York.
—¿Ha intentado entrar en contacto con Palmieri? —preguntó Jill.
David asintió. Él sabía que el jefe nacional de los STARS era
una persona que jamás aceptaría un soborno. Marco Palmieri había pertenecido a
los STARS desde su misma fundación.
—Me informaron de que estaba dirigiendo una operación secreta en
Oriente Medio y nadie podría ponerse en contacto con él durante meses. Además,
se rumorea que se están llevando a cabo los preparativos necesarios para
jubilarlo mientras está fuera.
—¿Cree que Umbrella está detrás de todo eso?
—Umbrella ha realizado donaciones muy importantes a los STARS a
lo largo de los años, lo que significa que tiene contactos en el interior de la
organización. Si los jefes de Umbrella están intentando que los STARS no los
investiguen, librarse del doctor Palmieri sería una gran ventaja para ellos.
David miró alrededor intentando discernir cuan preparados
estaban para lo que vendría a continuación. Tanto Jill como Rebecca parecían
perdidas en sus propios pensamientos, aunque se dio cuenta de que habían
aceptado lo que les había dicho como algo cierto. Al menos, aquello les
ahorraría tiempo…
Chris se puso de pie y comenzó a andar arriba y abajo, con sus
juveniles rasgos enrojecidos por la ira.
—Así que, básicamente, no tenemos credibilidad en las fuerzas de
seguridad locales, no viene ningún refuerzo a apoyarnos y nuestra propia gente
nos tilda de mentirosos. La investigación sobre Umbrella está muerta y nosotros
estamos jodidos. ¿Es un buen resumen de nuestra situación?
David se dio cuenta de que la furia de Chris no estaba dirigida
contra él, lo mismo que la rabia que él sentía no iba contra el joven miembro
Alfa. La idea de lo que Umbrella había hecho, del asunto en que los STARS
estaban involucrados… Todo aquello lo hacía sentirse enfermo de rabia, con
sentimientos que no había tenido desde su infancia.
Deja de pensar en ti. Diles todo lo demás.
David se puso de pie y miró a Chris, aunque les habló a todos.
Ni siquiera había tenido tiempo todavía de decírselo a Barry.
—La verdad es que todavía hay más. Al parecer, existe otra
instalación de Umbrella que se dedica a continuar con los experimentos sobre
ese virus. Está en la costa de Maine y, al igual que ocurrió aquí, los
investigadores han perdido el control de la situación.
David se giró hacia Rebecca y cuando terminó de hablar, clavó su
mirada en los ojos desorbitados y horrorizados de la muchacha.
—Voy a ir con un equipo, sin la autorización de los STARS… y
quiero que vengas con nosotros.
Capítulo 2
Todos se quedaron mirando fijamente a David. Chris se sentía
igual que si le hubieran dado un puñetazo en la boca del estómago. Todavía
estaba asombrado por la información que les habían proporcionado sobre los
manejos internos en STARS, pasmado al darse cuenta de que iban a tener que
apañárselas ellos solos… ¿y además había otro laboratorio?
Y quiere que Rebecca lo acompañe.
David continuó hablando, con sus ojos oscuros fijos todavía en
la joven miembro del equipo Bravo.
—He hablado con la gente de mi equipo en la que creo que puedo
confiar, y tres de ellos han accedido a venir conmigo. No voy a mentirte: será
peligroso y, sin los STARS para apoyarnos, no tenemos garantía de que seremos
capaces de cerrar de una forma definitiva el laboratorio. Sólo queremos entrar,
recoger pruebas convincentes sobre ese tal virus-T y regresar antes de que
nadie sepa que hemos…
Chris lo interrumpió sin poder contenerse durante más tiempo.
—Yo también voy.
—Todos queremos ir —dijo Barry con firmeza. Jill asintió,
colocando su brazo alrededor de los hombros de Rebecca.
La joven parecía avergonzada por las atenciones, y sus mejillas
se pusieron rojas por la emoción. Al mirarla, Chris recordó de nuevo a su
hermana Claire. Era algo más que el parecido físico: Rebecca tenía el mismo
ingenio, la misma combinación inspirada de valor y de sentido de la preparación
que tenía la hermana pequeña de Chris. Además, desde que se había producido
aquel desastre en la mansión Spencer, Chris había sentido el mismo impulso
protector hacia Rebecca. Ya habían muerto demasiados amigos suyos: Joseph,
Richard, Kenneth, Forest y Enrico, por no mencionar a Billy Rabbitson. No se
había encontrado su cuerpo, pero Chris no tenía la menor duda sobre su destino:
Umbrella lo había matado para impedir que hablara. No es que Rebecca no fuese
capaz de cuidar de sí misma, pero…
Pero maldita sea, es parte de tu equipo. De ninguna manera irá
sin nosotros.
David meneó la cabeza con un gesto negativo.
—Mira, ésta no es una operación a gran escala. La verdad es que
cinco personas ya es pasarse un poco. Rebecca tiene la formación que
necesitamos para encontrar los datos sobre el virus, y ya conoce los síntomas
que estamos buscando.
—Ya tiene un equipo aquí —repuso Chris—. Nos lleva a nosotros en
lugar de a los suyos, que se pueden dedicar a investigar toda la trama oculta…
David volvió a reclinarse en su butaca y miró fijamente a Chris,
con el rostro completamente inexpresivo.
—Dime quién está implicado en la conspiración de Umbrella para
ocultar sus investigaciones —dijo por fin.
Chris miró a los demás compañeros de equipo, y luego volvió a
mirar a David, decidido a que éste no advirtiera su confusión.
—Sospechamos de bastante gente de la localidad. De los
trabajadores de las oficinas de Umbrella, por supuesto… del jefe de policía,
Irons, de un par de sus hombres…
David asintió.
—Y ahora que parece que también los STARS están metidos en el
ajo, ¿qué propones que hagamos?
¿Adónde demonios quiere llegar con todo esto?
Chris suspiró.
—No lo sé. Yo… deberíamos contactar con los federales, quizá con
una división de asuntos internos que investigue a los STARS y a la policía de
Raccoon City…
Barry lo interrumpió metiéndose de lleno en la conversación.
—Nos pondremos en contacto con las demás secciones de los STARS.
Todavía hay buena gente trabajando que no va a estar nada contenta cuando se
entere de que Umbrella ha estado metiendo mano para intentar hacerse con el
control de la organización.
David asintió de nuevo.
—Así que estamos de acuerdo en que debemos detener a Umbrella,
aunque eso sea peligroso, ¿verdad?
—Joder, eso está claro —contestó Chris, furioso—. No podemos
quedarnos sentados sin hacer absolutamente nada. ¡No sabemos qué puede llegar a
pasar si el virus-T se escapa de nuevo!
—¿Y qué puedes decirme sobre la clasificación de ese virus?
—preguntó David con voz tranquila.
Chris abrió la boca para contestarle… pero la cerró de nuevo y
se quedó mirando pensativo a David.
Estaba a punto de contestarle que se lo preguntara a Rebecca,
pero eso ya lo sabe.
David se puso de pie y los miró de uno en uno mientras hablaba
con un tono de voz intenso y decidido.
—Estoy de acuerdo con que debemos detener a Umbrella, pero no
nos engañemos: estamos hablando de separarnos de los STARS y de enfrentarnos a
una compañía multimillonaria nosotros solos y sin ayuda. No vamos a estar
seguros en ningún lado. Además, la única posibilidad que tenemos de lograr
nuestro objetivo es si cada uno de nosotros hace todo lo que puede, en lo que
hacemos mejor, para acabar con Umbrella.
Fijó su fría mirada en Chris, como si se hubiese dado cuenta de
que era a él a quien debía convencer.
—Tú, Jill y Barry ya sabéis lo que tenéis que buscar por aquí, y
lleváis en los STARS mucho más tiempo que Rebecca.
»Deberíais quedaros aquí, pero deberíais permanecer fuera de la
vista, y ver si podéis conseguir averiguar cuál es la conexión entre la policía
local y Umbrella. Poneos también en contacto con los miembros de STARS que
creáis que son de confianza y que puedan sernos de ayuda. —David se volvió de
nuevo hacia Rebecca y añadió—: Y si estás de acuerdo, creo que deberíamos salir
esta misma noche hacia Maine. Creo que, por la información de la que dispongo,
la situación ya se ha salido de madre. Mi equipo está preparado y a la espera.
Podremos infiltrarnos en las instalaciones de Umbrella mañana por la noche.
La habitación quedó en silencio durante unos instantes, silencio
sólo roto por el zumbido del ventilador del techo. Chris todavía se sentía
furioso, pero no pudo encontrar ningún fallo en la lógica de David. Tenía razón
con respecto a las opciones de que disponían y, le gustase o no, la decisión de
ir a Maine correspondía por entero a Rebecca.
—¿De qué información dispone? —preguntó Jill pensativa—. ¿Cómo
ha descubierto lo del laboratorio?
David extendió la mano hacia una desgastada cartera que había
dejado al lado de su butaca y rebuscó en su interior.
—Bueno, eso ya es otra cuestión, además de bastante extraña.
Esperaba que alguno de vosotros me ayudara a descifrar parte de esto… —dejó
tres hojas de papel en la mesita de café mientras hablaba. Parecían fotocopias
de recortes de papel y un diagrama bastante simple—. Poco después de hablar con
la oficina central, recibí la vista de un extraño, un hombre que dijo ser amigo
de los STARS. Me dijo que se llamaba Trent y me entregó todo esto.
—¡Trent! —lo interrumpió Jill, exaltada.
Se giró hacia Chris con los ojos abiertos de par en par, y éste
sintió que el corazón le daba un salto. Casi se había olvidado de su misterioso
benefactor.
El tipo que le dijo a Jill que tuviera cuidado con los
traidores, el que le dijo a Brad dónde debía recogernos…
David se quedó mirando a Jill con una expresión extrañada en el
rostro.
—¿Lo conoces?
—Justo antes de partir en la misión de rescate de los miembros
del equipo Bravo, un tal Trent me entregó información sobre la propiedad
Spencer y me advirtió sobre Wesker —explicó Jill—. Era todo un personaje, muy
sombrío. No logré adivinar nada sobre él, ¿sabe? Pero sabía lo que estaba
ocurriendo en Umbrella, y lo que me dijo encajaba a la perfección.
Barry asintió.
—Además, Brad Vickers nos dijo que Trent le había indicado por
radio las coordenadas de la mansión Spencer justo después de que Wesker
activara el sistema de autodestrucción. Si no hubiera llamado por radio,
habríamos volado por los aires con el resto de la mansión.
Chris se dio cuenta de repente de que empezaba a sentir un
fuerte dolor de cabeza, mientras los demás se acercaban a la mesita de café de
Barry para echar un vistazo a los papeles de David. Los STARS estaban
trabajando para Umbrella, había otro laboratorio repleto de virus-T en Maine, y
Trent aparecía de nuevo, de forma inesperada y como si se tratase de una
extraña especie de hada madrina. No tenía ni idea de los motivos que lo
impulsaban a hacerlo. Era algo parecido a un juego, y las apuestas eran todo o nada
mientras luchaban por llegar hasta el fondo de la conspiración Umbrella.
Y no nos queda más remedio que jugar, pero ¿a qué juego estamos
jugando? ¿Qué es lo que estamos arriesgando si fallamos?
Chris lanzó una rápida y desasosegada mirada a Rebecca, pensando
de nuevo en su hermana y deseando, no por primera vez, que nunca hubieran oído
hablar de Umbrella.
David los observó mientras estudiaban la información que Trent
le había entregado, y en cierto modo no se sorprendió de que aquel extraño y
enigmático individuo hubiese contactado con los STARS con anterioridad. Era
obvio que el hombre era un profesional, aunque lo que no estaba tan claro era
en qué campo exactamente, y David Trapp no lograba imaginárselo.
¿Por qué querría ayudarnos a luchar contra Umbrella? ¿Qué
representa todo esto para él?
David se dedicó a recordar el breve encuentro que había tenido
con él sólo cinco días atrás, e intentó rebuscar en su memoria alguna pista,
algún dato que se le hubiera pasado por alto. Había llegado tarde a casa del
trabajo y había estado lloviendo…
Mejor dicho, diluviando, una tremenda tormenta veraniega que
hacía temblar los cristales y que casi ocultó el leve sonido de sus llamadas a
la puerta…
Los STARS de Exeter habían tenido un verano bastante tranquilo,
con más papeleo que acción. Los miembros del equipo Bravo se habían marchado a
un seminario sobre conductas criminales que se celebraba en New Hampshire, y
David había estado pensando en hacer una pequeña maleta y asistir los últimos
días… hasta que recibió la llamada de Barry, seguida del primer indicio de que
algo andaba mal en la oficina central.
Había pasado todo el día siguiente llamando a varios de sus
contactos en las demás secciones y haciéndoles preguntas muy discretas,
mientras revisaba los informes sobre Umbrella, y no había llegado a su casa
hasta casi la medianoche. La lluvia lo había obligado a entrar rápidamente, y
el tiempo hacía juego perfectamente con el humor que tenía. Se había servido un
whisky escocés y, literalmente, se había dejado caer sobre el sofá. La cabeza
le daba vueltas por las consecuencias de lo que se había enterado: o bien su
viejo amigo Barry estaba mintiendo, o bien el subdirector de los STARS había
sido…
Los golpes en su puerta habían sido tan suaves que al principio
ni los oyó debido a la fuerza con la que caía la lluvia. Después sonaron más
fuertes e insistentes.
David frunció el entrecejo y miró su reloj. Se acercó lentamente
a la puerta preguntándose quién demonios podía llamar a su puerta a aquellas
horas de la noche. Vivía solo y no tenía familia, así que tenía que ser alguien
del trabajo o alguien que había tenido algún problema con su coche…
Abrió un poco la puerta… y vio a un hombre con una gabardina
negra en mitad del porche de entrada con unos gruesos regueros de agua
bajándole por el rostro.
El desconocido sonrió, con una expresión amistosa en la cara y
con los ojos brillando de buen humor.
—¿David Trapp?
David echó un rápido vistazo al individuo. Era alto y delgado,
quizá con unos cuantos años más que él, unos cuarenta y tres o cuarenta y
cuatro años. Su pelo de color oscuro estaba chorreando agua y aplastado contra
su cráneo por la lluvia que caía. Tenía un gran sobre en una de sus enguantadas
manos.
—¿Sí?
La sonrisa del desconocido se ensanchó.
—Me llamo Trent. Esto es para usted.
Extendió la mano para entregarle el sobre, pero David lo miró
con sospecha, indeciso sobre si tomarlo o no. El señor Trent no parecía peligroso
o, al menos, no parecía amenazador… pero aún así era un desconocido, y David
prefería conocer a la gente que le hacía regalos.
—¿Lo conozco? —preguntó David.
Trent meneó negativamente la cabeza, pero su sonrisa no
disminuyó.
—No, pero yo sé quién es usted, señor Trapp. Y también sé contra
lo que se enfrenta. Créame, va a necesitar toda la ayuda que pueda conseguir.
—No sé de qué me está hablando. Quizá me ha confundido con otra
persona…
La sonrisa desapareció por completo del rostro del desconocido,
y sus ojos oscuros se entrecerraron ligeramente.
—Señor Trapp, está lloviendo, y esto es para usted.
Confuso y también un poco irritado, David abrió un poco más la
puerta y tomó el sobre. Trent se dio la vuelta y comenzó a alejarse en cuanto
él cogió el sobre.
—Un momento…
Trent hizo caso omiso y desapareció bajo la cortina de lluvia.
David se quedó, allí de pie, bajo el umbral de la puerta, sin
saber qué hacer, con el sobre en la mano y mirando la oscuridad durante todo un
minuto antes de entrar de nuevo en la casa. Cuando por fin estudió el contenido
del sobre, deseó haber salido en pos de Trent, sólo que para entonces, por
supuesto, ya era demasiado tarde.
Demasiado tarde, y lo que quería decir era demasiado obvio.
Sabía lo que pasaba en Umbrella y en los STARS, pero ¿para quién trabaja? Y lo
que es más importante, ¿por qué me escogió a mí?.
Jill y Rebecca estudiaban con detenimiento el mapa mientras
Barry y y Chris repasaban los recortes de los artículos de periódicos. Eran
cuatro, todos recientes y centrados en la zona costera de alrededor de un
pequeño pueblo pesquero llamado Ensenada de Calibán, en Maine. Tres de ellos
comentaban la desaparición de pescadores locales, y a todos se les daba por
muertos. El cuarto artículo trataba de una forma bastante «humorística» sobre
los fantasmas que habitaban en la ensenada. Al parecer, muchos habitantes de la
localidad habían oído extraños ruidos que flotaban por encima de las aguas a
altas horas de la madrugada, a los que habían descrito como «gritos de
condenados». El autor del artículo había sugerido chistosamente que los
testigos de semejante hecho deberían dejar de beberse los enjuagues bucales
antes de irse a la cama.
Muy divertido, a menos que sepas lo que nosotros sabemos sobre
Umbrella.
El mapa mostraba una franja de terreno costero justo al sur del
pequeño pueblo. Era una toma aérea de la propia ensenada. David había
descubierto unos cuantos datos sobre la zona en una visita a la biblioteca de
Exeter. Se había sentido un poco incómodo con la idea de utilizar el ordenador
de los STARS después de la llamada de Barry. Era un área bastante aislada que
había sido adquirida hacía ya bastantes años por un grupo anónimo. Al norte se
alzaba un faro en desuso, situado en lo alto de un risco supuestamente repleto
de cuevas marinas.
El mapa de Trent mostraba varios edificios detrás del faro, que
llegaban hasta un pequeño muelle en el extremo sur de la cala. En el mapa se
veía una línea que recorría toda la parte interior de la ensenada y que
probablemente era una valla. En el extremo superior se leía «Ensenada de
Calibán» escrito con grandes letras. Justo debajo, pero con letras más
pequeñas, decía: «Investigación y Pruebas, Umbrella».
La tercera hoja de papel que Trent le había entregado era la que
David no acababa de entender. Era una corta lista de nombres, seguida de un
texto. Los nombres eran siete en total: LYLE AMMON, ALAN KINNESON, TOM ATHENS,
LOUIS THURMAN, NICOLAS GRIFFITH, WILLIAM BIRKIN, TIFFANY CHIN.
El texto estaba justo debajo de la lista, y era algo en cierto
modo poético, escrito en mitad de la página con una letra recurvada.
Jill había tomado el papel en su mano y estaba leyendo el texto
cuidadosamente. Luego levantó la vista y miró a David con una media sonrisa en
el rostro.
—Está claro que se trata del mismo Trent. A este tipo le
encantan los acertijos.
—¿Tienes alguna idea de lo que significa? —quiso saber David.
Jill suspiró profundamente.
—Bueno, uno de los nombres que aparece aquí también estaba en la
lista que Trent me entregó a mí. Es William Birkin. Descubrimos que al menos
algunos de los nombres pertenecían a científicos que trabajaban en la mansión
Spencer, así que apostaría algo a que esta gente también trabaja para Umbrella.
Puede que Birkin no estuviera en la mansión cuando fue destruida. No reconozco
los demás nombres…
David asintió.
—Los he introducido en el ordenador de los STARS y no ha salido
nada sobre ellos. Pero en cuanto al resto… ¿Es alguna clase de adivinanza o
algo así?
Jill miró de nuevo el papel, ceñuda, mientras lo leía para sí
misma.
Mensaje de Ammon recibido/serie azul/introducir respuesta para
la clave/letras y números a la inversa/arco iris del tiempo/no contar/azul para
acceder.
Rebecca tomó el papel de manos de Jill mientras ésta miraba, de
forma pensativa, a David.
—Buena parte de lo que Trent me entregó parecía material
escogido bastante al azar, pero parte de él estaba relacionado con los secretos
de la mansión Spencer. Todo el lugar estaba repleto de cerraduras de
rompecabezas y de trampas. Quizás este texto consiste en lo mismo. Debe de
estar relacionado con lo que encontraremos en ese lugar…
—Oh, mierda.
Todos se giraron hacia Rebecca, que estaba mirando el extremo
superior de la página, con el rostro completamente pálido. Miró a David con una
ansiosa expresión de desesperación.
—Nicolas Griffith está en la lista.
—¿Sabes quién es? —inquirió David.
Ella los miró uno por uno, con una tremenda inquietud en su
juvenil rostro.
—Sí, sólo que pensaba que estaba muerto. Era uno de los mejores,
uno de los científicos más brillantes que jamás haya trabajado en el campo de
la biología y de la bioquímica —miró fijamente a David, con los ojos llenos de
temor, y añadió—: Si está trabajando para Umbrella, tendremos que preocuparnos
mucho más que por un escape del virus-T. Es un genio en el campo de la
virología molecular… y si lo que se cuenta sobre él es cierto, también está
completamente loco.
Rebecca miró de nuevo la lista, con un nudo en el estómago.
El doctor Griffith todavía vivo… y trabajando para Umbrella. ¿Es
que la cosa puede ir aún a peor? No creo.
—¿Qué puedes contarnos sobre él? —preguntó David.
Rebecca sentía la boca seca. Extendió la mano hasta el vaso de
agua y lo vació de un trago antes de volverse hacia David.
—¿Cuánto sabes sobre el estudio de los virus? —preguntó ella a
su vez.
—Absolutamente nada —repuso David, con una ligera sonrisa—. Por
eso estoy aquí.
Rebecca asintió mientras intentaba pensar por dónde empezar.
—Bien. Los virus se clasifican según su modo de reproducirse y
multiplicarse, y por el tipo de ácido nucleico que tienen en el virión, que es
el elemento especializado del virus que le permite transferir su genoma a otra
célula viva. Un genoma es una cadena sencilla de cromosomas. Según la
Clasificación Baltimore, existen siete tipos distintos de virus, y cada grupo
infecta a ciertos organismos de un modo concreto.
»A principios de los sesenta, un joven científico de una
universidad privada de California desafió esta teoría, insistiendo en que
existía un octavo grupo, basado en virus del tipo ADNds y además virus ADNss,
el cual podría infectar a cualquier organismo con el que entrase en contacto.
Era el doctor Griffith. Publicó numerosos artículos, y aunque las deducciones
eran erróneas, sus razonamientos eran excelentes. Lo sé porque los he leído. La
comunidad científica se burló de la teoría, pero su investigación sobre los
organismos de inclusión específica de virus en el citoplasma sin un genoma
lineal…
Rebecca se calló poco a poco al darse cuenta de las expresiones
de desconcierto en sus caras.
—Lo siento. Bueno, el caso es que Griffith dejó de intentar
demostrar su teoría, pero mucha gente estaba muy interesada en saber con qué
nueva idea saldría.
Jill la interrumpió, con el entrecejo fruncido.
—¿Dónde has aprendido todo eso?
—En clase. Uno de mis profesores era un aficionado entusiasta de
la historia de la ciencia. Su especialidad eran las teorías pasadas de moda… y
los escándalos.
—¿Qué es lo que ocurrió? —preguntó David.
—La siguiente vez que se oyó hablar de Griffith fue a raíz de su
expulsión de la universidad. El doctor Vachss, mi profesor, nos dijo que
oficialmente lo habían despedido por tomar drogas, meta-anfetaminas, pero los
rumores decían que había estado experimentando modificaciones de la conducta
inducidas por drogas en un par de sus estudiantes. Ninguno de los dos admitió
nada, pero uno de ellos terminó en el manicomio y el otro acabó suicidándose.
No se pudo demostrar nada, pero después de aquello, nadie quiso contratarlo
nunca más. Ésa fue la última vez que se oyó hablar de Nicolas Griffith.
—Pero hay algo más, ¿verdad? —insistió David.
Rebecca asintió lentamente.
—La policía tuvo que entrar a mediados de los años ochenta en un
laboratorio privado de Washington. Encontraron los cuerpos de tres hombres,
muertos por una infección filovírica. Se trataba del virus de Marburg, uno de
los más letales que existen. Llevaban más de tres semanas muertos, y fue el
olor a podrido lo que alertó a los vecinos. Los documentos que la policía
encontró en el laboratorio indicaban que los tres individuos eran los ayudantes
de un tal doctor Nicolas Dunne, que se habían dejado inocular lo que ellos
creían que era un virus inactivo e inofensivo. El doctor Dunne quería encontrar
una cura para ese virus.
Rebecca se puso de pie y cruzó los brazos con fuerza, como si
quisiera abrazarse a sí misma. La agonía que debían de haber sufrido aquellos
hombres tuvo que ser horrible. Ella había visto fotografías de las víctimas del
virus de Marburg. Comienza por un fuerte dolor de cabeza y luego, al cabo de
pocos días, aparecen todos los síntomas: fiebre, coágulos, lesiones en el
cerebro, hemorragias masivas por todos los orificios del cuerpo. Seguramente
murieron sobre charcos de su propia sangre…
—¿Y tu profesor pensó que se trataba de Griffith? —preguntó Jill
en voz baja.
Rebecca alejó aquellas imágenes de su mente y se dio la vuelta
hacia Jill para terminar el relato del mismo modo que lo había hecho el doctor
Vachss.
—El nombre de soltera de la madre de Griffith era Dunne.
Barry dejó escapar un suave silbido mientras Chris y Jill
intercambiaban una mirada de preocupación. David la observaba fijamente, pero
su mirada no dejaba traslucir ningún pensamiento. No obstante, ella sabía lo
que le estaba pasando por la cabeza.
Se está preguntando si esto lo cambia todo, si iré con ellos a
las instalaciones de la Ensenada de Calibán ahora que sé que allí trabaja gente
como Griffith.
Rebecca apartó la vista del intenso escrutinio de David y miró a
los demás. Se dio cuenta de que el resto del equipo estaba mirándola a ella,
con los rostros marcados por la preocupación. Desde aquella terrible noche en
la mansión Spencer, se habían convertido en algo muy parecido a una familia
para ella. No quería marcharse, no quería arriesgarse a no verlos nunca más…
Pero David tiene razón. Sin el apoyo de los STARS, ningún lugar
será seguro para nosotros. Ésta es mi oportunidad de contribuir en la misión,
de hacer lo que mejor sé hacer…
Quería creer que ésa era la única razón, que iba allí para
librar una batalla justa…, pero no podía evitar el ligero estremecimiento de
emoción que suponía ponerle las manos encima al virus-T. Sería una oportunidad
de oro para estudiar el mutágeno antes que nadie, de clasificar los efectos y
de separar el virión justo hasta su última y más pequeña cápside.
Rebecca inspiró profundamente y luego dejó escapar el aire
lentamente. Había tomado una decisión.
—Lo haré —dijo—. ¿Cuándo salimos?
Capítulo 3
Jill sintió que su corazón se aceleraba al oír las palabras de
Rebecca. Sintió que todo ocurría demasiado deprisa y que todavía no estaban
preparados. Su decisión le pareció demasiado precipitada, aunque Jill no había
dudado en ningún momento que Rebecca acudiría voluntariamente. Aquella muchacha
era mucho más fuerte de lo que parecía a simple vista.
Miró alrededor, a la amplia y agradable sala de estar de Barry,
observando discretamente la reacción de sus compañeros de equipo. El rostro de
Chris mostraba claramente la tensión que sentía. Tenía los labios apretados
mientras miraba con aire ausente el mapa de la zona de la Ensenada de Calibán.
Entretanto, Barry se había acercado a una de las ventanas de la sala de estar y
miraba hacia fuera refunfuñando sobre todo en general y sobre nada en
particular.
También están preocupados por ella, y quizás estamos en lo
cierto. Ese tal Griffith parece un psicópata de primera. Sin embargo,
¿habríamos dudado alguno de nosotros si nos lo hubiera pedido?
Con su decisión, Rebecca acababa de demostrar que estaba tan
comprometida como cualquiera de ellos, lo cual no era sorprendente. Conocer a
fondo a la joven miembro del equipo Bravo había sido una de las pocas cosas
buenas que le había ocurrido a lo largo de los frustrantes días que habían
pasado desde que la mansión había ardido hasta los cimientos. La chica había
permanecido indefectiblemente optimista con respecto a las posibilidades que
tenían contra Umbrella aun después de que los hubieran suspendido de sus
cargos. Se había esforzado de forma incansable por mantener la moral alta.
Además, era extremadamente inteligente, pero nunca se había vanagloriado de
ello ni se había mostrado despectiva con ellos cuando habían discutido ciertos
aspectos técnicos del virus-T.
Rebecca parecía un poco inquieta, y miraba a los tres hombres de
la estancia. Incluso David Trapp parecía un poco incómodo por su decisión,
probablemente debido a la juventud de Rebecca.
Hombres, ella es joven, es bonita y sin duda es mucho más
inteligente que todos nosotros juntos, pero lo de joven y bonita suele hacerles
perder de vista lo de inteligente.
Jill la miró a los ojos y le sonrió para darle ánimos. Jill ya
era una ladrona profesional a la edad de Rebecca, y bastante buena. Ella
también estaba preocupada por Rebecca, pero sólo porque la apreciaba. El hecho
de que fuese una mujer joven no era motivo para subestimar su talento o sus
habilidades.
Rebecca le respondió con otra sonrisa y se acercó para sentarse
a su lado mientras David le dirigía un dubitativo gesto de asentimiento a su
nueva compañera de equipo.
—Bueno, pues entonces, muy bien. Hay un avión que sale de Bangor
a las once de esta noche —comenzó a explicar David—, y tomaremos otro vuelo que
nos llevará hasta un aeropuerto en las afueras de Exeter. Creo que podemos
discutir ahora un poco sobre estrategia y después pasar por tu casa de camino
al aeropuerto para que recojas algo para tu equipaje.
Rebecca asintió, y Barry se volvió a sentar con ellos, en el
brazo de una de las butacas, después de abrir una ventana. Cruzó sus brazos
sobre su enorme pecho y señaló con la barbilla a David.
—Tú eres el estratega —dijo sin dejar de ser amable—. ¿Por qué
no empiezas tú?
El respeto mutuo de ambos hombres era obvio, lo que hacía que a
Jill le gustase David aún más. A pesar de la actuación de Barry durante la
operación Spencer, Jill había acabado confiando ciegamente en él, algo que
normalmente le costaba mucho hacer con cualquier persona y, por lo que parecía,
Barry también confiaba a ciegas en las habilidades de David.
—No pretendo tomar el mando —repuso David—, pero tengo unas
cuantas ideas sobre cómo debemos enfrentarnos a esta situación. Conozco la
traición dentro de los STARS desde hace ya unos cuantos días, pero creo que
todos deberíamos pensar unos instantes en cuál ha de ser nuestro plan de
acción. Me doy perfecta cuenta de que esto debe haber sido un golpe para
vosotros.
Jill advirtió el tono de amargura en la voz de David cuando
pronunció la palabra «traición». Era obvio que el hecho de que los STARS
estuvieran «liados» con Umbrella no le estaba sentando nada bien al señor
Trapp…
Y probablemente tampoco a Barry y a Chris. Ambos han pasado
mucho más tiempo que Rebecca o yo en los STARS.
Jill estaba furiosa y decepcionada porque los STARS se hubiesen
vendido, pero eso no afectaría a su decisión de ayudar a derribar a Umbrella.
Ya había escogido su camino el día en que las hermanas McGee habían sido
brutalmente asesinadas. Las dos pequeñas niñas inocentes habían sido las
primeras víctimas de los efectos del virus-T en las criaturas de la mansión
Spencer, y eran sus amigas.
Alejó aquellos pensamientos y se concentró en lo que estaban
discutiendo. Sin el apoyo de los STARS, su misión iba a ser aún más difícil. No
imposible, pero tenía que admitir que sus probabilidades de éxito habían caído
casi al nivel de cero. Menos mal que a ella no le importaba hacer de David
frente a Goliat…
Nada de eso importa. Umbrella va a pagar por lo que ha hecho, de
un modo o de otro…
La ronca voz de Barry rompió el silencio de la sala de estar.
Tenía la mirada pensativa.
—Quizá deberíamos hablar con la prensa. No con la local, sino
con un periódico nacional…
David suspiró mientras negaba con la cabeza.
—Ya pensé en ello. Es una buena idea, pero en este momento no
tenemos pruebas de ninguna clase para demostrar todo esto.
—Sí, pero al menos Umbrella no se atrevería a atacarnos mientras
todo el mundo está pendiente de nosotros.
—No podemos estar seguros de eso —respondió Jill—. Si han podido
comprar a los STARS, han podido comprar a cualquiera. Y sin ningún tipo de
prueba… Bueno, tenemos que admitirlo: es una historia que ni siquiera el
periódico más sensacionalista publicaría.
Se produjo una pausa de silencio malhumorado, como si las
palabras de Jill les hubieran recordado que todo aquello sonaba a locura, como
le sonaría a cualquier persona que no hubiera pasado por la situación que ellos
habían vivido.
Un virus que accidentalmente convierte a las personas en zombis
y que se utilizaba para crear monstruos increíbles que actuaban como armas
vivientes, un virus creado y luego ocultado por una compañía que contrata a
científicos locos para que experimenten con seres humanos vivos. Lo único que
falta es un criminal de guerra nazi que posee una bomba atómica y entonces
tendríamos todo un novelón en las manos.
—Bueno, sobre lo que estábamos hablando antes, lo de reclutar a
unos cuantos miembros fiables de STARS —intervino Chris—, he pensado en unas
cuantas personas, unos cuantos tipos con los que realicé el entrenamiento
básico. Además, sé que Barry tiene un montón de contactos.
—Sí —David asintió—, creo que eso debería ser una prioridad. Lo
que me preocupa es cómo ponernos en contacto con ellos. Es posible que los
teléfonos de las oficinas estén intervenidos, y Umbrella debe desconocer
nuestros planes durante el mayor tiempo posible. Por desgracia, no dispondremos
de los STARS durante mucho más tiempo.
—Quizá deberíamos buscar a alguien que actuara como
intermediario —dijo Jill con lentitud—. Alguien que no tenga ataduras con los
STARS.
Chris sonrió de repente.
—Conozco a un tipo de cuando estaba en la Fuerza Aérea y que
ahora trabaja para Jack Hamilton, uno de los jefes de sección del FBI. No
conozco mucho a Hamilton, pero Pete es todo lo honesto que se puede ser, y
además me debe un favor.
—Estupendo —convino David—. Quizá podrías pedirle que también te
ayude a investigar a la policía local. En cuanto tengamos pruebas procedentes
de las instalaciones de Umbrella en Maine, podremos acudir a tu amigo y pedirle
que inicie una investigación federal.
Sonaba bien, pero Jill comenzó a sentirse frustrada por toda
aquella charla. Quería entrar en acción. Esperar a que los STARS entrasen en
contacto con ellos ya había sido bastante duro, pero saber con toda seguridad
que Rebecca iba a arriesgar su vida mientras ellos se quedaban cruzados de
brazos iba a ser algo muy, pero muy difícil.
—Ha dicho que tenía unas cuantas ideas sobre lo que debíamos
hacer —dijo Jill.
—Sí —asintió David—, aunque en cuanto el gobierno esté
involucrado, es posible que no haga falta algo tan atrevido y arriesgado. He
estado desarrollando un plan para infiltrarnos en las oficinas centrales de
Umbrella. Como veis, es una propuesta bastante osada, y me quedo corto. De
momento, creo que lo mejor es trabajar a una escala mucho menor, pero de lo que
sí estoy convencido es de que vosotros tres deberíais quitaros de la
circulación cuanto antes. También creo que sería bastante prudente intentar averiguar
todo lo que podáis del tal señor Trent, aunque me da la sensación de que no
descubriréis mucho sobre él, eso si encontráis algo…
Sonrió ligeramente, y Jill, que ya había conocido a Trent,
comprendió sus dudas. Su extraño benefactor le había parecido un hombre
cuidadoso en extremo.
—Tengo la impresión de que sólo descubriremos lo que a él le
interese que descubramos —continuó diciendo David—, pero merece la pena
intentarlo y echar un vistazo. Necesitamos acordar un punto de encuentro para
después de que…
Su suave y musical voz se detuvo de repente cuando inclinó la
cabeza hacia un lado, como si escuchara con mucha atención. Jill oyó el sonido
en ese mismo instante, y sintió que el corazón se le encogía en el pecho.
Un susurro de voces proveniente del arbusto situado al lado de
la ventana que Barry había abierto.
Umbrella.
—¡Agachaos! —gritó Jill mientras se tiraba del sofá y arrastraba
a Rebecca con ella justo en el momento en que la ventana saltaba en pedazos y
las cortinas se veían sacudidas por las ráfagas de disparos de un rifle
automático.
David se lanzó de cabeza al suelo casi al mismo tiempo que las
balas acribillaban la butaca en la que estaba sentado momentos antes, a la vez
que desenfundaba su arma. Unas cuantas motas del relleno de la butaca pasaron
flotando por delante de sus ojos mientras en la pared de enfrente se abría una
hilera de agujeros humeantes que lanzaron una lluvia de astillas de madera y
restos de yeso.
Por todos los…
Se produjo una brevísima pausa en el tiroteo, la suficiente para
oír el ruido de cristales rotos en la parte trasera de la casa.
—¡Barry, las luces! —gritó David, pero Barry ya lo había
pensado, y el tronar de su revólver Colt ahogó el ruido de las intermitentes
ráfagas de fuego automático.
¡Bam! ¡Bam!
La estancia se oscureció cuando los proyectiles de Barry
acertaron en sus objetivos, y los cristales comenzaron a caerles desde arriba.
La luz continuó entrando en la sala procedente del pasillo de la entrada, y
otra ráfaga de proyectiles llegó desde la ventana.
Chris se arrastró sobre los codos y las rodillas hasta la
entrada al pasillo y, con un ágil movimiento, rodó sobre su costado y disparó,
eliminando las luces del pasillo. Ahora la sala de estar se encontraba
completamente a oscuras, y las ráfagas de fuego automático cesaron.
Por encima del zumbido de sus oídos, David percibió el ruido de
unas botas que aplastaban cristales rotos en la parte posterior de la casa, en
la cocina. Los pesados pasos se detuvieron: probablemente el intruso estaba
esperando a que el tirador de la ventana lo alcanzara…
Y habrá más de dos, todos cubriendo las salidas: la puerta, de
la cocina, el porche frontal, alguien vigilando las ventanas…
Se oyó otra serie de pasos que entraba en la cocina. Esta vez
eran pasos apresurados y más discretos, pero también se detuvieron. Los dos
individuos se quedaron a la espera, ya fuera a que llegara el resto de su
equipo o a que los STARS allí reunidos efectuaran algún movimiento. Los
pensamientos de David comenzaron a formarse en su cabeza de forma
independiente, formulando y rechazando planes y teorías de un modo automático y
a una velocidad de vértigo.
Subimos al piso de arriba, los eliminamos de uno en uno según
vayan subiendo…
… a menos que pretendan incendiar la casa…
… así que nos lanzamos sobre ellos y salimos por la parte
trasera…
… pero ellos tienen mayor potencia de fuego y, quizás incluso
aparatos de visión nocturna y sólo seremos objetivos en movimiento. No hay
posibilidad así…
De lo único que estaba seguro era de que no podían permanecer
allí quietos donde se encontraban. No dispondrían de ningún lugar donde ponerse
a cubierto cuando los sicarios de Umbrella se cansaran de esperar.
Oyó un suave movimiento a la derecha cuando la enorme masa del
cuerpo de Barry se arrastró hacia donde él se encontraba. Los ojos de David ya
se habían acostumbrado lo suficiente a la oscuridad como para ver que Jill y
Rebecca se encontraban al otro lado de la mesita de café, acuclilladas y con
sus pistolas en la mano. No podía distinguir dónde se encontraba Chris, pero
probablemente estaba cerca del pasillo.
La casa de Barry era la última de la calle, justo al lado de un
parque repleto de árboles. Si pudieran salir y llegar hasta los árboles…
Aquella idea fue la que finalmente quedó. Era mejor tener un mal
plan que no tener ninguno en absoluto, y no tenían tiempo de pensar en
alternativas.
—¿Puerta de sótano? —susurró David.
La ronca voz de Barry sonó esta vez mucho más suave pero llena
de tensión.
—Sí.
No serviría: seguro que había alguien vigilándola. Tendrían que
salir por la segunda planta.
—Saldremos a través del parque —susurró velozmente—. Jill,
acércate a Chris y prepárate para cubrirme en cuanto te dé la señal. Barry,
Rebecca, en cuanto empecemos a disparar, echad a correr y subid las escaleras
hasta llegar a una ventana que dé al este. Es la caída menos peligrosa.
Nosotros os seguiremos. ¿Preparados? Ahora.
Jill ya estaba dando la vuelta al sofá en silencio y
desapareciendo en las sombras, seguida de cerca por Barry y Rebecca. David se
detuvo lo justo para recoger los papeles que Trent les había entregado. Se los
metió en la camisa y sintió el frescor de las páginas contra su sudorosa piel.
Nada de lo que había en la cartera les causaría problemas si la encontraban los
de Umbrella.
Se arrastró hasta la oscuridad de la entrada de la sala de estar
y se dirigió hacia donde se hallaban Jill y Chris. La entrada estaba encarada
hacia un lado de las escaleras. La puerta de entrada estaba a la izquierda, y a
la derecha, la tranquila cocina al extremo de un largo pasillo, donde dos de
los agentes de Umbrella los estaban esperando.
Ellos a la derecha, y yo a la izquierda. En cuanto comiencen los
disparos, los restantes atacantes se dirigirán hacia la puerta principal…
O eso esperaba David. Si la sincronización no era perfecta,
estaban muertos. Se hallaban demasiado lejos de la débil luz de las ventanas, y
el pasillo estaba demasiado oscuro para hacer señales con las manos. Se acercó
hasta Jill y Chris y habló en un susurro.
—Los dos a la derecha, Jill abajo y fuera —susurró. Sospechaba
que sus enemigos no apuntarían hacia el suelo, y Chris podría utilizar la
cobertura de la pared de la entrada como escudo.
—Yo me encargo de la puerta principal. Manteneos durante… seis
segundos exactos, ni uno más. En el segundo cero, tenéis que estar en las
escaleras y fuera del pasillo. A mi señal… ¡ahora!
Los tres se colocaron de un salto en sus posiciones, con Chris y
Jill disparando en dirección a la cocina y con David corriendo hacia la
izquierda. Se acercó velozmente a la puerta principal semiagachado mientras
contaba en silencio.
… seis… cinco…
Detrás de él, Barry y Rebecca se lanzaron corriendo hacia las
escaleras en mitad del tiroteo. David apuntó su Beretta hacia la oscuridad que
tenía delante de él, y sólo estaba a treinta centímetros de la puerta cuando
alguien la abrió de una patada.
¡Bum!
Su hombro entró en contacto con la pesada madera y lanzó su peso
para cerrarla de golpe. Se dejó caer al suelo y la mantuvo cerrada con el talón
en una esquina.
… dos…
Disparó a través de la puerta con un ángulo inclinado hacia
arriba, cinco disparos todo lo deprisa que pudo apretar el gatillo. Se oyó un
grito ahogado y el ruido de algo pesado que caía sobre el porche de la entrada.
Disparó otras tres veces antes de ponerse de pie y echar a correr hacia el
hueco que había al lado de las escaleras y salir de la línea de tiro. Se les
había acabado el tiempo.
David se giró y vio que Chris y Jill se encaminaban hacia arriba
y estaban a mitad de camino, pero en cuanto sus pies pasaron el primer peldaño,
oyó un sonido parecido a una explosión a su espalda. La puerta principal
comenzó a convertirse de repente en una lluvia de astillas que se desperdigaron
en todas direcciones cuando unos pesados proyectiles atravesaron la madera y
todo el pasillo hasta la cocina. Estaba claro que el equipo de Umbrella había
decidido que ya era hora de poner fin al enfrentamiento. Si los disparos de los
dos miembros del equipo Alfa todavía no habían matado a los dos individuos de
la cocina, los proyectiles de sus camaradas ya lo habrían hecho.
David se dio la vuelta a mitad de camino de las escaleras y
disparó otras dos veces a través de la puerta que se desintegraba por momentos.
Esperaba haber conseguido suficiente tiempo para que los STARS pudiesen
escapar.
Diez, quizá veinte segundos antes de que se den cuenta de que
nos hemos ido.
El tiempo iba a ser muy justo, demasiado justo.
Rebecca estaba de pie en el oscuro rellano. El palpitar de su
corazón resonaba con tanta fuerza como los disparos que perseguían a Jill y
Chris.
Vamos, vamos…
Barry estaba a su derecha en el extremo del rellano, apenas
visible bajo la luz de la luna que se derramaba a través de la ventana abierta.
Jill fue la primera en alcanzar el rellano. Rebecca la dirigió hacia Barry con
un ligero toque en el hombro, y Chris la siguió de cerca.
¡Bam! ¡Bam!
La boca del cañón de la pistola de David iluminó por un momento
la oscuridad de las escaleras, y un momento después apareció en la oscuridad
justo delante de ella, como si fuera un fantasma sudoroso.
—Por aquí…
Rebecca se giró y echó a correr hacia la ventana, con David a su
lado. Jill ya había desaparecido, y Chris estaba a mitad de su descenso, con
Barry agarrándolo de una mano mientras intentaba mantener el equilibrio.
Por favor, Dios mío, que haya un colchón, un montón de hojas…
¡Bum!
El ruido del impacto de la puerta al ser abierta de par en par
fue seguido por el de una serie de pasos pesados y el murmullo de unas voces
masculinas furiosas y con tono autoritario. Chris desapareció a través de la
ventana y Barry extendió la mano hacia ella, con los labios apretados. Rebecca
metió la pistola de nuevo en su funda y se acercó a la ventana.
Sintió la tibia mano de Barry en su espalda mientras se subía al
alféizar y miraba hacia abajo. Divisó unos setos pegados a la pared de la casa,
frondosos y espesos, y muy, muy abajo. Vio de refilón a Jill, de pie en el
césped, apuntando con su arma hacia la parte frontal de la casa. También vio a
Chris, que miraba hacia arriba, hacia ellos, y su rostro estaba marcado por la
tensión…
No lo pienses. Sólo hazlo.
Rebecca se deslizó hasta quedar fuera de la ventana mientras los
fuertes dedos de Barry agarraban su mano. Su hombro protestó cuando la gravedad
se apoderó por completo de su cuerpo. Barry asomó su propio cuerpo todo lo que
pudo para acortarle la caída todo lo posible, y el cuerpo de Rebecca quedó
suspendido en mitad del aire.
La dejó caer antes de que ella tuviera tiempo de sentirse
realmente aterrorizada. Cayó sobre uno de los setos y sintió un ligero dolor
cuando las ramas y ramitas le arañaron sus piernas desnudas. Un instante
después, Chris ya estaba ayudándola a ponerse de pie, levantándola con
facilidad de entre la espesura.
—Cubre la parte trasera —le dijo en voz baja mientras ya
centraba de nuevo su atención en la ventana.
Rebecca desenfundó el revólver mientras salía al césped y se
giraba para encarar las sombras que componían el patio trasero del edificio. A
unos veinte metros a su izquierda se alzaba un oscuro grupo de árboles,
silenciosos e inmóviles.
Deprisa, deprisa…
Oyó una atronadora ráfaga de proyectiles en el interior de la
casa y un fuerte golpe en los arbustos a su derecha, pero no se volvió,
concentrada en la tarea que le habían encomendado.
Un movimiento en la esquina de la casa. Rebecca no dudó y
disparó dos proyectiles contra la sombra más oscura. El revólver de calibre 38
de Barry saltó en sus manos. La silueta se derrumbó en el suelo y, al caer
hacia adelante, Rebecca vio que era un hombre que sostenía un rifle y que,
desde luego, no volvería a ponerse de pie de nuevo.
Nunca había disparado a nadie antes.
—¡Vamos! —gritó Chris.
Rebecca giró bruscamente la cabeza y vio a Barry salir de entre
los arbustos y tambalearse hacia ellos. Oyó un grito procedente de la ventana,
al que siguió una ráfaga de disparos de un rifle de asalto. Rebecca llegó a
sentir los disparos impactar contra el suelo cerca de sus pies y que levantaron
grandes trozos de césped demasiado crecido. Los terrones de tierra golpearon
sus piernas.
¡Mierda!
David y Jill respondieron a los disparos mientras corrían hacia
los árboles, con Chris a la cabeza. El atacante de Umbrella se agachó o le
acertaron, porque el tableteo del arma automática cesó de repente. Cuando
llegaron al primer árbol del grupo más cercano a la casa, Rebecca oyó el ulular
de unas sirenas que se acercaban, al que siguió el ruido de pasos y gritos en
el porche frontal de la casa de Barry. Segundos después, oyó el chirrido de
unos neumáticos al acelerar.
Rebecca avanzó tambaleándose a través del tupido grupo de
arbustos al pie de los árboles, esquivando sus troncos e intentando no perder
de vista los demás. Sentía la pesadez del revólver en su sudorosa mano, y le
parecía que todo su cuerpo latía. Le temblaban las piernas y su respiración era
agitada y jadeante. Todo había ocurrido con tanta rapidez. Ella sabía que se
encontraban en peligro, que Umbrella quería quitarlos de en medio… pero una
cosa era saberlo y otra muy distinta darse cuenta realmente de ello, darse
cuenta de que unos individuos entraban por la fuerza en la casa de Barry e
intentaban matarlos…
Y puede que en lugar de eso hayamos matado a uno de ellos.
La idea de que podía haber matado a alguien… Se obligó a pensar
en otra cosa antes de que aquello la aturdiera, y se concentró en la difusa
sombra de la camiseta de Chris, que se encontraba delante de ella. Su
conciencia tendría que esperar hasta que tuviera tiempo de pensar a fondo.
El espeso bosque se abrió dando paso a un claro, y bajo la
pálida luz de la luna vio unos cuantos columpios y otros aparatos típicos de un
parque de recreo para niños. Chris bajó el ritmo de la carrera hasta
convertirla en un trote y finalmente se detuvo justo donde acababa la línea de
árboles, al mismo tiempo que se giraba para escudriñar las sombras en busca de
sus compañeros.
Rebecca llegó a su lado, con Jill y Barry pegados a su espalda,
todos ellos jadeaban, y se los veía tan aturdidos y a la vez tan alertas como
ella misma se sentía.
—David. ¿Dónde está David? —preguntó Chris entre jadeos.
Mientras se daban la vuelta para registrar la oscuridad más allá de las ramas
cercanas, Rebecca percibió un ligero movimiento en las sombras que había a su
izquierda. Fue un movimiento silencioso y escurridizo—. ¡Cuidado!
Se tiró al suelo al mismo tiempo que gritaba y una nueva
sensación de pánico le recorría las venas.
La sombra disparó dos veces contra ellos, pero los disparos
sonaron de un modo casi discreto comparados con el tiroteo en el interior de la
casa. Oyó un tercer disparo, mucho más cercano y fuerte, y la sombra tropezó y
cayó contra un árbol antes de desplomarse en silencio al suelo. El parque quedó
por completo en silencio de nuevo, con excepción del lejano ulular de las
sirenas de la policía.
Rebecca levantó lentamente la cabeza, alzándola por encima de su
hombro, y vio a David, de pie y todavía apuntando con su Beretta al tirador
caído en el suelo. Jill y Chris estaban agachados al lado de ella, ambos con
las armas desenfundadas y mirando alrededor con los ojos bien abiertos…
Y Barry estaba a su otro lado, tirado sobre el suelo del bosque,
con la cara enterrada en la capa de agujas de pino y hojas secas.
Estaba inmóvil.
Capítulo 4
Durante un rato impreciso, todo permaneció a oscuras, una
oscuridad silenciosa y absoluta… y después comenzó a oír voces, unas voces que
lo arrastraban desde las profundidades del limbo donde se encontraba, unas
voces que no pudo identificar al principio. Y a lo lejos, en algún punto
indeterminado, oyó el lamento de unas sirenas de policía.
Le han dado.
Oh, Dios mío.
Comprueba que no hay nadie más.
Espera. No puedo encontrar la herida. Ayúdame. ¿Barry? Barry,
puedes…
—Barry, ¿puedes oírme?
Rebecca. Barry abrió los ojos y los cerró inmediatamente,
apretando las pupilas al sentir el palpitante dolor en el interior de su
cabeza. Sentía otro pinchazo de dolor en su brazo izquierdo, agudo y constante
pero no tan intenso como el dolor de su cabeza. Ya había conocido ambos tipos
de dolor en el pasado.
Me han disparado y luego me he dado de frente contra un árbol… o
contra algún cabrón con un bate de béisbol.
Intentó abrir los ojos de nuevo mientras unas manos pequeñas le
recorrían el pecho, buscando suavemente. Tardó un segundo en enfocar la vista
en los preocupados rostros que lo rodeaban: Jill, Chris y una Rebecca de
aspecto aterrorizado que le estaba metiendo los dedos por debajo de su camiseta
para buscar la herida. Gracias a Dios, las sirenas habían enmudecido, aunque
todavía oía los coches de policía subir a toda marcha por la calle, el eco de
sus potentes motores resonando a través del parque boscoso.
—El bíceps izquierdo —murmuró Barry, y comenzó a levantarse.
Los oscuros árboles comenzaron a girar a un lado y a otro, y
Rebecca lo empujó suavemente para que se tumbara de nuevo.
—No te muevas —dijo con voz firme—. Quédate tumbado un
momentito, ¿de acuerdo? Chris, dame tu camiseta.
—Pero Umbrella… —comenzó a decir Barry.
—No están aquí —dijo David, de rodillas junto a ellos—. Estáte
quieto.
Rebecca le levantó el brazo con cuidado y lo miró por ambos
lados. Barry flexionó un poco el brazo y frunció el rostro por el dolor que
sintió, pero se dio cuenta de que la herida no era grave: el hueso estaba
intacto.
—Justo en el deltoides —dijo por fin Rebecca—. Me parece que vas
a tener que dejar de levantar pesas durante una temporada.
Su tono de voz era desenfadado, pero él percibió la preocupación
reflejada en su mirada. Comenzó enrollar la camiseta de Chris alrededor de la
herida mientras lo observaba con detenimiento.
—Tienes un chichón bastante feo en la sien —dijo—. ¿Cómo te
sientes?
Aunque sentía que la cabeza todavía le latía, el dolor se había
convertido en una molestia sorda. Estaba un poco mareado y sentía unas leves
ganas de vomitar, pero recordaba su nombre y qué día de la semana era. Si era
una conmoción cerebral, la verdad es que no le impresionaba mucho.
He tenido resacas peores.
—Me siento bastante jodido —contestó—, pero aparte de eso, estoy
bastante bien. Debo de haberme dado un golpe con un árbol al caer.
Se levantó de nuevo hasta quedarse sentado mientras Rebecca
terminaba el improvisado vendaje, y esta vez se mantuvo firme sin problemas.
Tenían que ponerse en movimiento antes de que la policía decidiera registrar el
bosque, pero ¿adónde irían? Les parecía poco probable que Umbrella atacara dos
veces en la misma noche, pero no les apetecía poner a prueba su teoría. No
estarían a salvo en ninguno de sus hogares. Al menos, su familia estaba lejos
del peligro en la casa de los padres de Kathy, en Florida. La idea de que las
niñas podían haber estado jugando en sus habitaciones cuando comenzó el
tiroteo…
Se puso de pie tambaleándose, pero encontró la fuerza necesaria
para hacerlo en la rabia con la que vivía desde aquella noche en la mansión
Spencer. Wesker había amenazado a Kathy y a las niñas para que Barry lo ayudara
a llegar a los laboratorios subterráneos y lo había obligado a cooperar con él
para ocultar todas las pruebas que implicaban a Umbrella. El sentimiento de
culpabilidad de Barry se había convertido en una sensación de furia en los días
siguientes, una rabia que superaba cualquier otro sentimiento similar que
hubiera tenido en su vida.
—Cabrones —gruñó Barry—. Malditos cabrones de Umbrella.
Los demás se pusieron de pie al mismo tiempo que él, y la pálida
luz de la luna se reflejó en el torso desnudo de Chris. Todos parecían sentirse
muy aliviados de que no estuviera gravemente herido… todos, menos David, que
parecía desolado como jamás antes lo había visto Barry. Tenía los hombros
hundidos por un peso invisible y desconocido y, cuando comenzó a hablar, fue
incapaz de mirar a los ojos de Barry.
—El hombre que te ha disparado —dijo David mientras levantaba
una mano en la que se veía una pistola del nueve con silenciador, con todo el
cañón manchado de sangre—. Barry, lo he matado. Es… es Jay Shannon.
Barry se quedó mirándolo fijamente. Entendió las palabras, pero
no pudo aceptar lo que significaban. No era posible.
—No, no has visto bien. Está demasiado oscuro…
David se dio la vuelta y atravesó el espacio lleno de árboles
que los separaba del cuerpo caído. Barry lo siguió tambaleándose, y su cabeza
comenzó a dolerle por algo más que un golpe contra el tronco de un árbol.
No puede ser Shannon. No, de ninguna manera. David ha perdido
los nervios por el tiroteo. Eso es. Ha cometido un error…
Sólo que David jamás perdía los nervios en un tiroteo, jamás lo
había hecho, y no cometía errores con tanta facilidad. Barry apretó los dientes
por el dolor que sentía y lo siguió, esperando y deseando por primera vez que
su amigo estuviese equivocado.
El individuo se había caído de espaldas o David le había dado la
vuelta. Fuese como fuese, ahora sus ojos abiertos miraban sin vida el cielo
estrellado, con una aguja de pino metida en uno de ellos. El proyectil
semi-perforante de la Beretta de David había abierto un agujero directamente en
el corazón del atacante. Sin duda, había sido un disparo afortunado. Cuando
miró la cara blanca por la pérdida de sangre del cadáver, Barry sintió que su
corazón también quedaba sin vida y se convertía en piedra.
Dios, Shannon, ¿por qué? ¿Por qué lo has hecho?
—¿Quién es? —preguntó Jill en voz baja. Barry se quedó mirando
fijamente al hombre muerto, incapaz de contestar. La respuesta de David llegó
carente de tono y sentimiento.
—Es el capitán Jay Shannon, de los STARS de Oklahoma City. Barry
y yo nos entrenamos con él.
Barry encontró fuerzas para hablar, pero fue incapaz de dejar de
mirar la cara inmóvil de Jay.
—Lo llamé la semana pasada, cuando llamé a David. Estaba
preocupado por nosotros. Me dijo que se mantendría ojo avizor con respecto a
las actividades de Umbrella…
Y seguimos hablando de tonterías durante un par de minutos,
poniéndonos al día sobre nuestras cosas y también contándonos viejas historias.
Le dije que le iba a enviar fotografías de mis hijas, y él me dijo que tenía
que colgar, que le había encantado hablar conmigo pero que tenía que marcharse
a una reunión…
En ese momento Umbrella ya debía de haberlo comprado, y darse
cuenta de aquello fue una revelación brutal y repentina, algo horrible y cruel.
Puede que Umbrella fuera la responsable del ataque, pero los que lo habían
llevado a cabo eran los STARS, de modo que la casa de Barry había sido
destrozada por gente a la que él conocía, y le había disparado un hombre al que
él consideraba su amigo.
El silencio se vio roto por el ladrido de varios perros, un
sonido que se filtró a través de los árboles. Por el número y el lugar de donde
procedían, parecían ser el equipo de perros de la policía de Raccoon City, que
había llegado a la casa. Barry alejó la mirada del cadáver y sus pensamientos
regresaron al presente y a la situación en que se encontraban. Tenían que
marcharse.
—¿Adónde podemos ir? —preguntó David con rapidez—. ¿Tenemos
algún lugar donde a Umbrella no se le ocurriría mirar? Una cabaña, un edificio
vacío… Algún lugar al que podamos llegar a pie.
¡Brad!
—El apartamento del gallina está alquilado por un par de meses
—dijo Barry—. Está vacío y a menos de dos kilómetros de aquí.
—Vamos —ordenó David.
Atravesaron el terreno de juego del parque con Barry a la cabeza
y los demás siguiéndolo bajo la luz de la luna. Vieron un pequeño sendero que
salía del parque, un par de bloques de edificios más allá, y hacia allí se
dirigieron con la esperanza de que estuvieran lo bastante lejos como para que
los policías no se acercaran a investigar. Barry había atravesado aquel parque
un millón de veces con su mujer a su lado y sus hijas trotando alrededor…
Mi hogar. Éste es mi hogar, y nunca volverá a ser el mismo para
mí.
Barry sintió que el agujero de bala se volvía a abrir y
comenzaba a sangrar de nuevo. Apretó su mano derecha sobre la pegajosa camiseta
y dejó que el dolor que sentía alimentara su determinación de seguir adelante
mientras atravesaban los escasos árboles y se dirigían a la casa de Brad.
Se acabó. Esto se acabó. Mis hijas no van a crecer en un mundo
en el que puede suceder algo como esto, no si yo puedo hacer algo por evitarlo.
Ya habían ocurrido tantas cosas, y éste sólo era el comienzo de
su lucha. Todavía conocía gente en los STARS en quien sabía que podía confiar,
personas con las que podía contar, y no lo pillarían con la guardia bajada dos
veces. Quizá la próxima vez que Umbrella llamara a su puerta no tendrían que
salir corriendo. Y si Rebecca y David lograban tener éxito con la operación de
Maine, tendrían lo que necesitaban para hacer caer a la compañía, de una vez
para siempre.
Umbrella se había metido con la gente equivocada, y Barry
planeaba estar en el lugar apropiado cuando se dieran cuenta de su error.
Jill abrió la puerta de la pequeña casa como una auténtica
experta utilizando un simple clip pisapapeles y uno de los pendientes de
Rebecca. La joven se llevó inmediatamente a Barry al cuarto de baño para
utilizar el botiquín de la casa, mientras Chris se dedicaba a buscar una camisa
o algo similar para vestirse. David y Jill registraron minuciosamente todo el
lugar, y él se sintió a cada minuto más satisfecho de la elección tomada.
No podían haber escogido un escondite mejor, y era un alivio
saber que tanto Barry como los otros dos miembros del equipo Alfa dispondrían
de un sitio seguro desde donde trabajar. La casa de dos dormitorios compartía
un patio con una familia muy preocupada por el tema de la seguridad: en cuanto
David abrió la puerta trasera, unas grandes y brillantes luces inundaron el
pequeño rectángulo de césped. Además, por el aspecto de la valla y unos cuantos
detalles más en su interior, adivinó que tenían un perro bastante grande en
algún lugar de la casa. También había otras dos casas a ambos lados, y la
ventana de la parte frontal daba al patio de un colegio, al otro lado de la
calle. No existiría ningún tipo de cobertura para cualquier equipo de asalto
que quisiera acercarse.
La casa estaba amueblada de forma sencilla aunque desordenada.
Era bastante obvio que su anterior ocupante había huido presa del pánico. Unos
cuantos objetos personales y algunos libros estaban esparcidos aquí y allá por
todas las habitaciones, como si Vickers hubiera sido incapaz de decidir qué
llevarse en su apresuramiento por abandonar Raccoon City.
Y con lo que ha ocurrido esta noche, tampoco puedo culparlo por
salir huyendo…
Era evidente que Vickers había escogido el trabajo equivocado,
aunque eso no lo convertía necesariamente en un cobarde. Arriesgar la vida de
forma casi diaria no era un trabajo adecuado para todo el mundo, y si se tenían
en cuenta todos los acontecimientos de las últimas horas, la opción más
inteligente para alguien como Brad Vickers era alejarse de aquella situación.
Les hubiera venido muy bien su ayuda, pero por lo poco que Barry le había
contado sobre aquel individuo, el piloto del equipo Alfa no era el tipo de
persona con el que a él le gustaba trabajar. Aun en el caso de que no se pegara
un tiro por accidente, Vickers había perdido la confianza de sus compañeros de
equipo, y no había nada peor que aquello en una situación de crisis.
David se quedó sentado en la atestada y oscura sala, sobre un
sofá de un horrible color verde, intentando ordenar sus ideas, mientras Jill
inspeccionaba más a fondo la cocina. Él había logrado encontrar una libreta y
un bolígrafo, y ya estaba escribiendo los nombres y los números de teléfono de
los miembros de su equipo y de sus contactos, además del teléfono de la casa de
Brad para llevárselo. Miró alrededor sin ver nada, mientras se esforzaba por
recuperarse de los efectos de la adrenalina sobrante, algo que siempre le
ocurría después de un combate. No quería olvidar nada importante, ningún
detalle que necesitara ser discutido antes de que él y Rebecca se marcharan.
Barry, Jill y Chris tendrían que enfrentarse a las consecuencias del ataque por
sí solos.
Los STARS, el poema de Trent, los objetivos y los contactos…
Era difícil concentrarse después de pasar por una experiencia
tan agotadora, y el hecho de que ya hubiera llegado cansado a Raccoon City no
lo ayudaba en nada. Desde hacía días no dormía bien, y pensar en todo lo que se
avecinaba hacía aún más difícil concentrarse. La información de Rebecca sobre
el doctor Griffith era desconcertante, y eso era quedarse corto. Aunque estaba
tan decidido como antes a llevar la operación en la Ensenada de Calibán, era
otra preocupación que añadir a una lista ya de por sí interminable.
Chris entró en la habitación con una camiseta desteñida de color
azul sin mangas, y se dejó caer en una silla que había justo delante de David.
El rostro le quedó envuelto en las sombras de la estancia. Se quedó así durante
unos momentos, y luego se inclinó hacia adelante, por lo que su cara quedó
iluminada por los pocos rayos de luz que entraban por la ventana y David pudo
ver su expresión. La mirada del joven era cansada, pensativa… y estaba llena de
culpabilidad.
—Mira, David —dijo tuteándolo—. Las dos últimas semanas han sido
muy duras para todos nosotros, ¿sabes? Esperar para saber cuál iba a ser la
reacción de Umbrella, la suspensión de empleo y sueldo, la sensación de que
nuestros amigos habían muerto en vano… —Chris se detuvo un instante antes de
continuar—. Sólo quiero decirte que lo siento si empezamos con mal pie antes, y
que me alegro mucho de que estés de nuestro lado. No tendría que haberme
portado como un auténtico capullo.
David se quedó sorprendido e impresionado por la sinceridad de
aquellas palabras. Cuando él tenía veinticinco años, hubiera preferido que le
arrancasen las uñas a mostrar sus sentimientos, excepto en el caso de la rabia,
por supuesto. Jamás había tenido problemas para expresar sus cabreos. Otra
herencia de tu querido padre…
—No creo que debas sentirte culpable por nada de eso —contestó
David en voz baja—. Tus preocupaciones están más que justificadas. Yo… yo
también me encuentro bastante tenso, y no quería llegar y ponerme en plan
mandón. Los STARS son… Para mí significan mucho, y quiero que nosotros… Quiero
que los STARS sean lo que fueron al principio…
Jill apareció procedente de la cocina, lo que le evitó a David
tener que continuar con su balbuceante discurso. Se sintió aliviado al ver que
Chris parecía entender lo que le había querido decir. El joven lo miró
fijamente a los ojos y asintió lentamente, como diciendo que la situación se
había aclarado entre los dos. David suspiró para sus adentros, preguntándose si
alguna vez lograría superar su reticencia a expresar sus emociones.
Había pensado mucho desde que Barry lo había llamado, tanto
sobre sí mismo como sobre su obsesiva rabia por la traición de los STARS, y
había llegado a la preocupante conclusión de que no estaba nada contento con el
rumbo que estaba tomando su vida. Se había lanzado de cabeza y se había
concentrado de tal modo en su trabajo para evitar tener que resolver sus
problemas causados por una niñez problemática. Era algo que siempre había
sabido, pero era en ese momento, cuando se enfrentaba a Umbrella y a la traición
de la organización que consideraba su familia, cuando se había visto obligado a
pensar en las consecuencias de su elección. Aquello lo había convertido en un
soldado excelente, pero no tenía amigos estrechos ni compromisos amorosos, y
quedarse de repente sin «familia» era un modo muy cruel de darse cuenta de que
había basado toda su vida en alejarse de cualquier contacto que no fuera
estrictamente profesional.
Es estupendo que me haya dado cuenta tan tarde en mi vida.
Supongo que tendré que darle las gracias a Umbrella por eso: si no me matan, al
menos habrán logrado que vaya a un psicólogo.
Jill había llevado una jarra con agua y varios vasos de distinto
tamaño y color que entregó a cada uno, mientras Barry y Rebecca se unían a
ellos. Barry llevaba puesto un vendaje limpio en el hombro, y su rostro parecía
bastante pálido bajo la escasa luz, y desde luego, bastante descompuesto
después de descubrir lo del capitán Shannon. David se sentía mal por haber
matado a Shannon, aunque ya se había hecho a la idea de lo que ocurría en un
combate: la gente moría. El capitán Shannon había tomado una decisión, y había
resultado ser la equivocada.
Bebieron en silencio, con los cuatro miembros de los STARS de
Raccoon City (ex miembros) pensativos y con un aspecto sombrío, como si
estuviesen pendientes del tictac del reloj. Él y Rebecca tendrían que marcharse
en pocos minutos. Al otro lado de la calle, un poco más lejos, había una tienda
y una cabina de teléfonos al lado, desde donde podrían llamar a un taxi. David
deseó poder decir algo que los animara, pero la verdad era incuestionable: se
marchaban para meterse de lleno en una misión, y no existía garantía alguna de
que ninguno de ellos sobreviviría para verse de nuevo.
—¿Has pensado qué le dirás a la policía? —preguntó a Barry.
Este se encogió de hombros.
—No tendremos que mentir mucho. Nosotros tres estábamos en mi
casa cuando un grupo de individuos entraron a saco e intentaron matarnos, así
que salimos huyendo.
—Irons probablemente lo achacará a un intento fallido de robo
—dijo Chris con sarcasmo—. Si está tan metido en esto como yo creo, no querrá
llamar la atención sobre nada de lo que está haciendo Umbrella.
—Tened cuidado de no mencionar que habéis matado a gente
—aconsejó David—. Puede que tuvieran tiempo de retirar los cuerpos. También
deberíais decir que os persiguieron hasta el parque. Eso explicaría que
abandonarais la escena del crimen, además del cuerpo del capitán Shannon.
Barry sonrió con cansancio.
—Podemos manejar la situación. Mañana por la mañana llamaré a
primera hora para pedir algo de ayuda. Tú preocúpate de tu parte, ¿de acuerdo?
David asintió y se puso de pie, lo mismo que Chris. El capitán
estrechó la mano de todos y luego se giró hacia Rebecca, sintiéndose incómodo
por alejarla de sus amigos y compañeros de equipo. La chica los miró de uno en
uno con expresión pensativa, y de repente sonrió, con una sonrisa despreocupada
y llena de malicia y travesura.
—¿Estáis seguros de que podéis manejaros sin mí durante un par
de días? No me gusta pensar en vosotros yendo y viniendo sin dirección mientras
David y yo acabamos con Umbrella.
—Intentaremos sobrevivir sin ti, que eres nuestro cerebro
—respondió Chris, también sonriendo—. No será fácil, pero…
Rebecca le propinó un leve puñetazo en el hombro.
—Te enviaré una postal con instrucciones —le hizo un gesto con
la barbilla a Barry—. Cuídate ese brazo. Manténlo limpio y seco y, si tienes
fiebre o te sientes mareado, vete a un médico inmediatamente.
—Sí, señora —repuso Barry, sonriendo.
—Haz que las pasen canutas, Rebecca —se despidió Jill,
abrazándola.
Rebecca asintió.
—Tú también. Buena suerte con Irons. —Se giró hacia David,
todavía sonriente—. ¿Nos vamos?
Echaron a andar juntos hacia la puerta mientras David se
preguntaba a qué venía la aparente tranquilidad del comportamiento de la chica.
Habían sobrevivido por los pelos a un ataque, un ataque perpetrado por personas
que probablemente la habían entrenado a ella misma, y allí estaba, marchándose
con un desconocido camino de una misión en la que podía perder la vida. O
estaba fingiendo o era increíblemente optimista. Y si estaba fingiendo aquella
valentía, merecía un premio por su interpretación.
La observó con atención mientras salían al pequeño y descuidado
jardín de la casa de Brad Vickers, y vio que su sonrisa desaparecía y era
rápidamente sustituida por una mirada de tristeza. Pero más allá, en la
profundidad de sus ojos, atisbó la misma concentración intensa que había
advertido cuando ella les habló acerca del doctor Griffith y sus
investigaciones. Fuese lo que fuese lo que estuviese pensando, aquella mirada
le indicó a David que ella conocía perfectamente los riesgos a los que se iban
a enfrentar, pero que se negaba a sentirse acobardada por ellos.
La definición más exacta de valentía. David estaba satisfecho
por la decisión que había tomado de alistar a Rebecca Chambers en aquella
misión. Era inteligente, profesional y estaba tan comprometida como el resto
del equipo. Además, era tan superior en su campo de especialización como los
demás lo eran en el suyo propio.
Su única esperanza era que la combinación de sus habilidades
fuese suficiente para entrar y salir de una sola pieza de las instalaciones de
la Ensenada de Calibán, con las pruebas necesarias para demostrar la naturaleza
de los experimentos de Umbrella. Aquello podía llevar a la ruina a la compañía
que había corrompido a los STARS, y, quizá, gracias a ello, él podría dormir de
nuevo tranquilo.
David asintió, y los dos comenzaron a andar hacia el teléfono
para llamar al taxi.
Rebecca dobló las hojas después de volver a leer toda la
información sobre la Ensenada de Calibán y las metió con cuidado en la bolsa de
deporte que David llevaba debajo de su asiento. Había comprado tres bolsas en
el aeropuerto, una para las armas, que en aquel momento estaba en el
compartimiento de carga del avión, y las otras a fin de no llamar la atención
por no llevar equipaje. Rebecca deseó que también hubiera comprado algo para
comer de paso. No había probado bocado desde el mediodía, y el paquete de
cacahuetes que le habían dado después del despegue no estaba aliviándole mucho
el hambre que sentía.
Extendió la mano para apagar la luz de lectura y luego se
reclinó e intentó aprovechar el zumbido de los motores del Boeing 747 para
dormitar un poco. La mayoría de los pasajeros del avión a medio llenar ya
estaban dormidos. La tenue luz «nocturna» y el ronroneo de los motores ya
habían hecho su efecto en David. Sin embargo, a pesar de lo cansada que se
sentía por los acontecimientos de aquella tarde, tuvo que dejar de intentar
dormir después de un minuto o dos. Tenía que pensar en demasiadas cosas, y sabía
que no podría dormir hasta que resolviera al menos unas cuantas.
Me siento como si ya estuviera soñando. Esto no es más que otra
posibilidad estrambótica y una subtrama que se desarrolla a partir del campo
izquierdo…
A lo largo de los últimos tres meses, se había graduado en la
universidad, había superado el entrenamiento del equipo Bravo de los STARS y se
había mudado a su primer apartamento, que además estaba en una ciudad
desconocida para ella. Y después de todo aquel follón, había acabado como uno
de los cinco supervivientes de una catástrofe provocada por el hombre, en la
que estaban implicados el uso de armas biológicas y una conspiración nacional
con una compañía farmacéutica como protagonista. Además, en las últimas tres
horas, su vida había dado otro cambio brusco y también completamente
inesperado. Había deseado tener una oportunidad de salir de Raccoon City para
investigar el virus-T. La ironía de la situación no se le escapaba, pero no
estaba muy segura de que le gustasen las circunstancias en las que se había
cumplido su deseo.
Giró la cabeza hacia un lado y miró a David, que tenía su cabeza
apoyada contra el cristal de la ventanilla. Pudo ver bajo sus ojos unos
círculos oscuros debidos al agotamiento. Después de explicarle unos cuantos
detalles más sobre la ensenada y de contarle cuál sería el plan de acción del
día siguiente, David le había dicho que intentara echar una cabezada («duerme
un poco» habían sido sus palabras exactas), y luego había seguido su propio
consejo poco después. No era que se hubiera dormido: más bien parecía que había
caído en coma de forma instantánea.
Incluso duerme de manera eficiente, sin dar vueltas ni moverse
en su asiento. Parece que se obliga a sí mismo a obtener el máximo descanso
posible en el poco tiempo que tiene.
Le parecía un hombre extremadamente eficaz e inteligente, aunque
un poco solitario. A pesar de la tranquilidad que mostraba cuando se encontraba
bajo presión, a la hora de mantener una charla informal parecía bloquearse, lo
que llevó a Rebecca a preguntarse qué clase de vida llevaba. Había quedado
impresionada por la rapidez con que había trazado un plan para escapar de la
casa de Barry, y estaba encantada de que fuera el jefe de la operación en la
Ensenada de Calibán, aunque le costaba pensar en él como en un capitán. No
emanaba una aureola de autoridad y no parecía agradarle la idea, ya que había
insistido en que lo llamara David. Incluso cuando había tomado el mando durante
el ataque, no parecía tanto que estuviera dando órdenes como que estuviera
ofreciendo consejos.
Quizá sea el acento. Todo lo que dice parece tan amable…
David frunció el entrecejo mientras dormía, y sus párpados se
estremecieron. Al cabo de unos cuantos segundos, sus labios dejaron escapar un
gemido casi infantil de angustia. Rebecca pensó por un momento en despertarlo,
pero entonces pareció superar cualquiera que fuese su inquietud, ya que su ceño
desapareció. Rebecca apartó la vista al sentir de repente que estaba invadiendo
su intimidad.
Quizás está soñando con el ataque, por haber tenido que matar a
alguien que conocía…
Se preguntó si a ella la acosaría el recuerdo del hombre que
había matado, la silueta recortada entre las sombras que se había desplomado al
suelo junto a la casa de Barry. Todavía estaba esperando la sensación de
culpabilidad, pero cuando se detuvo a pensarlo con mayor tranquilidad, se
sorprendió al descubrir que no estaba intentando razonar sobre el asunto. Había
disparado contra alguien, y esa persona podía estar muerta… y lo único que
sentía era alivio por haber impedido que la matara a ella o a algún otro
miembro del equipo.
Rebecca cerró los ojos e inspiró profundamente el fresco y
presurizado aire de la cabina. Notó el olor a sudor seco sobre su piel, y
decidió que su principal prioridad en cuanto llegaran al hotel sería darse una
buena ducha. David no quería correr el riesgo de ir hasta su casa por si alguno
de los asaltantes lo había reconocido, así que irían a un hotel cercano al
aeropuerto poco después de cambiar de aviones. La reunión previa a la misión se
celebraría en la casa de uno de los otros tres miembros del equipo, una experta
forense llamada Karen Driver. David le había comentado que probablemente Karen
pudiera prestarle ropa limpia, aunque se había ruborizado al decirlo. Desde
luego, en algunas cosas era un tipo raro…
E inmediatamente después de la reunión, recogeremos nuestro equipo
y nos iremos, asi de fácil.
Aquel pensamiento le provocó un nudo en el estómago, le envió un
escalofrío por todo el cuerpo, y la obligó a admitir la verdadera razón por la
que no podía dormir: sólo dos semanas después de la pesadilla vivida en la
mansión de Umbrella, allá en Raccoon City, estaba por enfrentarse de nuevo a la
misma situación. Sin embargo, al menos esta vez tenía una idea de lo que podía
encontrar y del embrollo en el que se estaba metiendo. Además, el plan era
entrar y salir de las instalaciones sin siquiera enfrentarse a las criaturas
creadas por el virus-T… pero el recuerdo del peor monstruo de Umbrella, el
Tirano, estaba muy fresco en su memoria. Aquel enorme cuerpo contrahecho creado
con fragmentos de su propio ser, como aquella tremenda garra, que habían visto
en el helipuerto de la mansión. La sola idea de que alguien como Nicolas
Griffith pudiera tener acceso al virus para utilizarlo…
Rebecca decidió que ya había pensado demasiado y que tenía que
dormir un poco. Aclaró su mente lo mejor que pudo y se concentró en su
respiración, inhalando y exhalando cada vez con mayor lentitud, al tiempo que
contaba mentalmente hacia atrás a partir de cien. Aquella técnica de meditación
jamás le había fallado con anterioridad, aunque no creía que funcionara en esa
ocasión.
…noventa y nueve, noventa y ocho, el doctor Griffith, David,
STARS, Calibán…
Se quedó profundamente dormida antes de llegar a noventa. Soñó
con sombras que se movían, sin estar provocadas por ninguna luz.
Capítulo 5
Al igual que la mayoría de las mañanas desde que había comenzado
el experimento, Nicolas Griffith se sentó en la terraza abierta que se
encontraba en la parte superior del faro y observó el sol que se alzaba por
encima de la línea del horizonte del mar. Era un espectáculo impresionante,
desde el principio hasta el fin. En primer lugar, las olas negras adquirían un
color gris mientras el color del cielo también se aclaraba. Luego, las rocas
que se alineaban a ambos lados de la ensenada comenzaban a tomar forma bajo los
neblinosos vientos que subían desde el agua. Cuando por fin el radiante astro
comenzaba a asomar por encima del borde del mundo, sus primeros rayos
dubitativos manchaban el mar con un profundo azul oscuro y pintaban el
horizonte de un tono pastel repleto de promesas de renovación y de una suave
aceptación de todo lo que tocaba.
Por supuesto, todo era una mentira. A las pocas horas, el
incandescente monstruo golpearía inmisericorde con sus rayos la orilla y toda
aquella mitad del planeta. Su inicial bondad era un engaño, una pretendida
ignorancia de la feroz radiación y el agostador calor que vendría después…
Pero no es menos espectacular por ser una mentira. Después de
todo, no se lo puede culpar por no darse cuenta de lo que hace: es lo que es.
Griffith siempre se quedaba mirando hasta que el sol asomaba
completamente por encima del horizonte antes de comenzar con las tareas del
día. Aunque apreciaba la belleza de cada radiante amanecer, lo que más le
atraía era la exacta repetición diaria, no la suya, sino la del universo. Cada
amanecer era una declaración de intenciones que anunciaba la inevitable
progresión del tiempo, y un recordatorio de que el mundo continuaría girando
eternamente sobre sus pasos galácticos, haciendo caso omiso de los sueños de
los seres que se consideraban importantes y correteaban por encima de su
superficie.
Seres como yo mismo, si no fuera por una diferencia crucial: sé
cuánto merecen la pena mis sueños…
Griffith se puso de pie mientras el hinchado sol se alzaba por
encima del mar, y se apoyó en la barandilla de la terraza al mismo tiempo que
repasaba mentalmente el trabajo del día. Había terminado por fin el trabajo
sanguíneo en la serie Leviatán, por lo que podría trabajar de forma más
intensiva con los doctores. Los tres habían respondido de manera favorable al
cambio, y el ritmo de degeneración celular se había reducido de forma
considerable desde que había comenzado a ponerles las inyecciones de enzimas.
Había llegado el momento de concentrarse en el comportamiento situacional, la
última etapa del experimento. En una semana, estaría preparado para expandirse
más allá de los confines de la instalación.
Expansión. Una limpieza.
El viento marino, fresco y salado, agitó sus cabellos grises.
Los hambrientos gritos de las gaviotas lo impulsaron por fin a ponerse en
movimiento. Tenía que hacer entrar a las Triescuadras antes de que aquellos
pájaros carroñeros comenzaran a explorar la costa en busca de comida. Ya habían
quedado horriblemente mutiladas muchas unidades, y no quería arriesgar más
hasta que hubiera finalizado sus planes. En cuanto perdían los ojos, quedaban
inútiles para las misiones de patrulla.
De todas maneras, ha pasado tanto tiempo y no ha venido nadie.
Si el doctor Ammon hubiese tenido éxito, ya habrían enviado a alguien. La
verdad es que es mala suerte: probablemente todavía está esperando…
Aquel pensamiento era bastante incómodo, y le traía recuerdos de
escenas llenas de color rojo y calor, de cuerpos tendidos en el suelo bajo el
feroz sol del verano y el tronar de las olas en la oscuridad. Echó a un lado
aquellas visiones y se recordó a sí mismo que aquello era parte del pasado.
Además, sólo había hecho lo que era estrictamente necesario.
Griffith entró en el faro, alisándose el cabello mientras bajaba
por la escalera en espiral. Sus zapatos resonaron sobre los peldaños metálicos,
creando un agradable eco en el amplio edificio. Tener todas las instalaciones
para él solo lo convertía en un trabajo agradable, y había acabado por
disfrutar de los pequeños detalles de la vida: comer a la hora que quería y lo
que quería, tener sus propias horas de trabajo, sus amaneceres en el tejado del
faro. Antes, aquel lugar había estado atestado de gente, se había visto
obligado a adaptarse a unos horarios y a unos esquemas de trabajo que parecían
pensados para recortar la creatividad. Horarios de comida, horarios de trabajo,
horarios de sueño… ¿Cómo podía un hombre respirar, pensar, crear, en esas
condiciones? Había sufrido durante tanto tiempo, había estado sentado a lo
largo de interminables reuniones escuchando los balbuceantes pensamientos e
ideas de sus «colegas» mientras discutían minucias sobre el virus del doctor
Birkin. Habían esclavizado a personas para crear las Triescuadras para
Umbrella, quedando encantados como niños con los resultados, y aparentemente
habían olvidado el fallo con los Ma7. Eran incapaces de ver más allá de su
propia arrogancia, no eran capaces de ver el futuro y el gran plan…
Como si las triescuadras fueran algo más que simples cuerpos con
armas. Son útiles como guardias pero apenas son un logro, apenas son
importantes.
Aunque se había esforzado por no permitir que el éxito se le
subiera a la cabeza, Griffith se permitió un único momento de orgullo cuando
llegó al final de la escalera y se encaminó hacia la salida. Había visto el
virus-T como lo que realmente era: una plataforma de lanzamiento primitiva pero
efectiva para algo mucho más grande. Había aislado sus proteínas y había
reorganizado la envoltura de las nucleocápsides para permitir distintas
variables de capacidad infectiva. De ese modo, había creado una respuesta, la
respuesta a la plaga en la que se había convertido la raza humana. Una solución
sin violencia ni sufrimiento.
Salió por la puerta sonriendo y caminó bajo la sombra del faro
hacia el edificio de los dormitorios, con las olas del mar resonando a sus
espaldas al chocar contra las rocas. Ya había logrado sintetizar un virus capaz
de infectar a través del aire, y disponía de una cantidad más que suficiente
como para infectar toda Norteamérica. En cuanto el virus se extendiese, la
evolución tomaría el mando de nuevo y los más débiles de espíritu caerían ante
aquellos con los instintos más fuertes. Y cuando todo acabara, el sol saldría
para iluminar un mundo muy distinto, habitado por gente de carácter y voluntad
pacíficas.
Quítale a un hombre su capacidad de elegir y su mente queda
libre, como una hoja de papel en blanco. Con un poco de entrenamiento se
convierte en una mascota; sin ese entrenamiento, se convierte en un simple
animal tan inofensivo como un ratón. Cubre la superficie del mundo con esos
animales y sólo sobrevivirán los más fuertes…
Entró en una de las habitaciones del edificio y encendió las
luces, sin dejar de sonreír. Sus doctores estaban exactamente donde los había
dejado, sentados en la mesa de reuniones y con los ojos cerrados. En
condiciones ideales, debería haber llevado a cabo las pruebas con individuos
sin entrenar, pero aquellos tres hombres tendrían que bastar. Estaban
infectados con la variante del virus que iba a soltar, y eran los seres humanos
más cercanos al mundo que estaba a punto de eclosionar en unos cuantos días. Mis
mascotas. Mis niños.
Además del laboratorio de investigación, las instalaciones de la
ensenada estaban diseñadas para entrenar las armas biológicas, como las
Triescuadras o los Ma7, pero también para medir el uso de la lógica por parte
de los sujetos humanoides. En los búnkers había una serie de objetos que
podrían utilizar, desde las pruebas con piezas de madera que tenían que meter
en sus huecos correspondientes hasta los rompecabezas más complejos para los
sujetos con una elevada capacidad de razonamiento. Dudaba mucho que los
doctores fueran siquiera capaces de superar la serie roja, pero observar su
comportamiento y sus reacciones le proporcionaría un material de información
muy valioso, sobre todo en las pruebas en las que existía un factor de presión
ambiental.
Piensan, pero no pueden tomar decisiones. Funcionan, pero no sin
recibir información. ¿Cómo se las apañarán sin mi mano que los guíe?
El doctor Athens abrió los ojos cuando Griffith se acercó a la
mesa, quizá para determinar si lo que se acercaba era una amenaza. De los tres,
Tom Athens era el más fuerte, y el que tenía más posibilidades de sobrevivir
por sí mismo. Era uno de los especialistas en el comportamiento humano. De
hecho, la idea de formar equipos de tres unidades había sido suya, y ése era el
origen de las Triescuadras. Había insistido en que las unidades infectadas
trabajarían con mayor eficiencia en pequeños grupos. Había estado en lo cierto.
El doctor Thurman y el doctor Kinneson permanecieron inmóviles.
Griffith notó un hedor procedente de debajo de uno de ellos. Frunció el
entrecejo y miró por debajo de la mesa: sus sospechas se vieron confirmadas por
la mancha de humedad en los pantalones del doctor Thurman. Se ha cagado encima.
Otra vez.
Griffith sintió de repente una sensación de lástima casi
irrefrenable por Thurman, pero aquel sentimiento fue sustituido casi
inmediatamente por el de asco irritado. Thurman ya era un idiota antes, un
biólogo bastante bueno pero con la misma estrechez de mente que los demás. Se
había encargado de la crianza de la mayoría de los Ma7, y cuando resultaron ser
incontrolables, le echó la culpa a todo el mundo menos a él mismo. Si alguien
se merecía estar cubierto de mierda, ése era Louis Thurman. Lo único malo era
que el buen doctor era incapaz en su estado actual de darse cuenta de que se
había convertido en un ser patéticamente repulsivo. No duraría ni un solo día
si no fuese por mí.
Griffith suspiró y dio un paso atrás para alejarse de la mesa.
—Buenos días, caballeros —saludó. Los tres hombres giraron al
unísono sus cabezas para mirarlo, con unos ojos tan faltos de expresión como
sus rostros. A pesar de ser físicamente muy diferentes, sus rasgos carentes de
cualquier expresión y sus miradas lentas y vacías de contenido les hacían
parecer hermanos.
—Parece ser que el doctor Thurman ha vaciado sus intestinos
—dijo Griffith—. Está sentado sobre sus propias heces. Eso es divertido.
Los tres sonrieron al mismo tiempo. El doctor Kinneson incluso
soltó una pequeña carcajada. Había sido el último en ser infectado, por lo que
era el que había sufrido menos degeneración en los tejidos. Si se le daban las
instrucciones adecuadas, Alan todavía podía pasar por un ser humano normal.
Griffith sacó el silbato de policía de uno de sus bolsillos y lo puso en la
mesa delante de Athens.
—Doctor Athens, haga regresar a las Triescuadras de sus rondas.
Atienda sus necesidades físicas y luego envíelas a la habitación fría. Cuando
acabe sus tareas, vaya a la cafetería y espéreme allí.
Athens recogió el silbato mientras se ponía de pie. Luego salió
de la habitación y recorrió el pasillo que llevaba a la otra salida. El silbato
desactivaría los equipos y los haría regresar. Eran cuatro Triescuadras, doce
hombres en total. En ese momento estarían rondando por los bosques pero cerca
de las vallas o acechando en la proximidad de los búnkers. Se los había
entrenado para permanecer alejados de la zona nororiental de las instalaciones,
el faro y el edificio dormitorio. Griffith había tenido que admitir que eran
bastante efectivos en su misión. Umbrella había pedido soldados que mataran sin
compasión y que lucharan hasta que se los volara literalmente en pedazos. El
virus-T había sido apropiado para ello, y puesto que habían logrado acelerar el
tiempo de amplificación, habían podido transformar a los sujetos en cuestión de
horas en lugar de tardar días. En cuanto se las entrenó en el uso de las armas,
las Triescuadras se habían convertido en máquinas de matar, aunque debido a la
reciente ola de calor, no sabía cuánto tiempo más serían viables…
Griffith centró su atención en el doctor Thurman, que todavía
sonreía y apestaba como una especie de extraño niño hiperdesarrollado. La
verdad es que realmente parecía un bebe, calvo y de grandes mejillas
sonrosadas, con una sonrisa tan inocente y falta de malicia como un niño
pequeño.
—Doctor Thurman, vaya a su habitación y quítese la ropa. Luego
dúchese y póngase ropa limpia. Después vaya a las cuevas y alimente a los Ma7.
Cuando haya acabado, vaya a la cafetería y espéreme allí.
Thurman se puso de pie, y Griffith observó que el asiento de la
silla estaba húmedo y manchado.
Jesús.
—Llévese la silla con usted —indicó a Thurman con un suspiro—.
Déjela en su habitación.
Griffith se sentó frente a Alan en cuanto Thurman salió de la
estancia, y de repente se sintió muy cansado. El orgullo que había sentido unos
momentos antes había desaparecido y, en su lugar, sólo había quedado un vacío
helado. Mis niños. Mi creacion…
El virus era tan bonito, con una ingeniería genética tan
perfecta, que había llorado la primera vez que lo había visto. Habían sido
meses de investigación privada, de desmenuzar el virus-T y de aislar sus
efectos, meses que habían culminado cuando había obtenido aquel primer
micrógrafo. Mientras los demás se habían sentido orgullosos de sus juguetes de
guerra, él había descubierto el auténtico camino hacia un nuevo comienzo.
¿Y aprecian lo que he logrado? ¿Sabe alguno lo crucial que es mi
descubrimiento? Se caga encima como un niño asqueroso, como un mono, echando a
perder mi trabajo, mi vida…
Griffith miró a Alan Kinneson y observó atentamente sus bellos
rasgos, sus ojos carentes de toda expresión. El doctor Kinneson le devolvió la
mirada, esperando que le dijera qué tenía que hacer. Había sido neurólogo. En
su habitación tenía fotografías de su mujer y de su bebé, un niño con una
sonrisa preciosa y encantadora…
La cordura de Griffith se estremeció de repente, con un remolino
que lo mareó. Un millar de voces aullaron de forma ininteligible a través de
las grietas de realidad. Sintió por un momento que estaba perdiendo la cabeza.
¿Cuántos morirán de hambre, sentados en charcos de sus propias
heces, esperando que les digan qué hacer? ¿Millones? ¿Billones?
—¿Qué pasará si estoy equivocado? —susurró Griffith—. Alan, dime
que no estoy equivocado. Dime que todo lo que hago tiene una buena razón.
—No está equivocado —repuso el doctor Kinneson con voz
tranquila—. Hace todo esto por una buena razón.
—Dime que tu esposa es una puta —ordenó Griffith, mirándolo
fijamente.
—Mi esposa es una puta —dijo el doctor Kinneson, sin ninguna
pausa, sin ninguna duda.
Griffith sonrió, y sus temores desaparecieron.
Mirad lo que he logrado. Es un regalo. Mi creación es un regalo
para el mundo. Es una oportunidad para que el hombre sea fuerte de nuevo, una
muerte pacífica para todos los Louis Thurman que existen, y eso es mucho más de
lo que merecen…
Había estado trabajando demasiado, se había agotado, y la
tensión estaba pasándole factura. Después de todo, sólo era humano… Pero no
podía permitir que la tensión de su cuerpo le afectara de nuevo la mente. Ya no
habría más pruebas. En su lugar, se pasaría el día efectuando los preparativos
necesarios para la purificación, preparándose a sí mismo para ello.
Al día siguiente, al amanecer, el doctor Griffith le entregaría
su regalo al viento.
Capítulo 6
Karen Driver era una mujer alta y algo delgaducha de treinta y
pocos años, con un pelo corto y rubio y una actitud seria y profesional. Su
pequeña casa estaba inmaculadamente ordenada y limpia de un modo casi
antiséptico. Había escogido ropas muy prácticas para Rebecca y se las había
entregado perfectamente dobladas: una camiseta de color verde oscuro y unos
pantalones a juego, además de unos calcetines negros, lo mismo que la ropa
interior. Hasta el cuarto de baño parecía reflejar su personalidad. Las paredes
blancas estaban cubiertas de estanterías, cada una de ellas repleta de objetos
perfectamente ordenados según su uso.
Si rascas la superficie de un científico forense, encontrarás un
maníaco compulsivo debajo…
Rebecca se sintió culpable inmediatamente por pensar aquello.
Karen había sido muy amable al recibirla, incluso amistosa a su brusca manera.
Quizá sólo era que odiaba el desorden.
Se sentó en el borde del retrete y se enrolló los bordes del
pantalón, que le quedaba largo, alrededor de los tobillos, aliviada de poder
librarse de sus viejas y sudadas prendas. Se sentía sorprendentemente despejada
después de una noche de sueño interrumpido una y otra vez. David había
alquilado coche en el aeropuerto, y habían encontrado un hostal barato a
primeras horas de la madrugada. Se habían tambaleado cada uno hacia sus
respectivas habitaciones y Rebecca se había sentido demasiado exhausta incluso
como para hacer otra cosa que quitarse los zapatos y dejarse caer sobre la
cama. Se despertó justo antes de las diez, se dio una ducha y ya estaba
esperando impaciente cuando David llamó a su puerta.
Oyó que alguien abría la puerta de la calle y la cerraba, al
mismo tiempo que nuevas voces llegaban hasta ella procedentes de la sala de
estar. Se puso sus botas de caña alta y anudó los cordones rápidamente,
sintiendo que su nerviosismo aumentaba un grado: el equipo ya estaba reunido.
Estaba mucho más cerca de comenzar la operación, y aunque apenas había pensado
en otra cosa desde que se había despertado, se sobresaltó al tomar nuevamente
conciencia de ello. El ataque por sorpresa de Umbrella contra la casa de Barry
parecía haber ocurrido en otra vida, aunque sólo habían transcurrido horas…
Y dentro de unas cuantas horas, todo esto habrá acabado. Lo que
me preocupa es lo que va a ocurrir en ese tiempo. David y su equipo no estaban
allí, no vieron los perros, las serpientes, las criaturas antinaturales de los
túneles… o al Tirano.
Rebecca apartó aquellas imágenes de su mente mientras se ponía
de pie. Recogió sus ropas sucias del suelo y las metió en la bolsa vacía que
había llevado en el avión. No tenía razón alguna para suponer que las
instalaciones de la Ensenada de Calibán serían iguales que las de la mansión
Spencer, y preocuparse por ello no cambiaría nada. Se detuvo un momento delante
del espejo, observó con detenimiento los tensos rasgos de la joven que vio
reflejada y luego salió del cuarto de baño.
Se dirigió a la sala de estar, situada más allá de la
resplandeciente cocina y a la vuelta de la esquina del pasillo. Le llegó la
cantarina voz de David, que al parecer estaba resumiendo lo que había pasado la
noche anterior.
—… y dijo que llamaría a otros a primera hora de esta misma
mañana. Otro de los miembros del equipo tiene un contacto en el FBI, al que va
a utilizar como intermediario y para iniciar una investigación en cuanto
tengamos pruebas palpables y suficientes. Esperan que nos comuniquemos con
ellos en cuanto hayamos finalizado la operación de hoy…
Se interrumpió en cuanto Rebecca entró en la habitación, y los
ojos de todos los presentes se volvieron hacia ella. Karen había colocado unas
cuantas sillas más en la sala y estaba sentada en una de ellas al lado de una
mesita de café con la superficie de cristal. Había dos hombres sentados en el
sofá, justo enfrente de David. Este sonrió mientras los dos hombres se ponían
de pie y daban un paso adelante para ser presentados.
—Rebecca, éste es Steve López, nuestro genio informático y,
además, nuestro mejor tirador.
Steve sonrió casi como pidiendo disculpas por la presentación
tan elogiosa, y la sonrisa encajaba a la perfección con sus rasgos juveniles.
Le estrechó la mano, y Rebecca se fijó en sus dientes, que resaltaban en su
piel morena. Sus ojos, negros como su cabello, eran vivaces, y sólo era un poco
más alto que ella.
Tampoco tiene muchos más años que yo. Su mirada era directa y
amistosa y, a pesar de las circunstancias, Rebecca deseó haberse pasado al
menos un cepillo por el pelo antes de salir del baño. Dicho de un modo más
sencillo, Steve era muy atractivo.
—… y éste es John Andrews, nuestro especialista en
comunicaciones y explorador de campo.
La piel de John tenía un oscuro tono de color caoba y, aunque no
llevaba barba, le recordó a Barry. Tenía la constitución de un toro, y en sus
más de un metro ochenta resaltaban los músculos por todos lados. Le sonrió
amistosamente, y su sonrisa resplandeció.
—Ella es Rebecca Chambers, bioquímica y médico de campo de los
STARS de Raccoon City —dijo David como presentación.
John le soltó la mano, sin dejar de sonreír.
—¿Bioquímica? Por todos los… ¿Cuántos años tienes?
Rebecca respondió a las sonrisas con otra propia, y se dio
cuenta del brillo de humor que reflejaban los ojos de John.
—Dieciocho. Y tres cuartos.
John lanzó una carcajada mientras se sentaba de nuevo. Miró a
Steve y luego la miró de nuevo.
—Entonces será mejor que vigiles a López —dijo mientras bajaba
la voz hasta convertirla en un susurro fingido—. Acaba de cumplir veintidós, y
está soltero.
—Déjalo ya —intervino Steve con un gruñido al mismo tiempo que
se ruborizaba. La miró y meneó la cabeza—. Tendrás que perdonar a John. Cree
que tiene gracia, y nadie puede convencerlo de lo contrario.
—Tu madre cree que soy divertido —contestó John, pero David
levantó una mano antes de que Steve pudiera responderle.
—Es suficiente —dijo con voz tranquila—. Sólo tenemos unas pocas
horas para organizarnos si queremos llevar a cabo la operación hoy mismo.
Empecemos, ¿de acuerdo?
Las bromas entre Steve y John habían sido un alivio bienvenido
para la tensión que Rebecca sentía, y aquello hizo que se sintiera parte del
equipo de forma casi instantánea, pero también agradeció las miradas serias y
concentradas de sus rostros cuando centraron su atención en David. Éste sacó la
información que le había entregado Trent y la desplegó sobre la mesa. Le
alegraba saber que eran auténticos profesionales…
¿Pero eso importará algo? —le susurró su mente—. Los STARS de
Raccoon City también eran auténticos profesionales. Y saber el tipo de
investigaciones que lleva a cabo Umbrella, ¿servirá de algo? ¿Qué ocurrirá si
el virus ha mutado y todavía es infeccioso? ¿Qué ocurrirá si el lugar está
plagado de Tiranos… o de algo peor?
Rebecca no tenía ninguna respuesta para aquel insistente
susurro. En lugar de intentar hallarla, se concentró en David, diciéndose en
silencio que sus ansiedades no se interpondrían en su trabajo. Y que su segunda
misión no sería la última.
David comenzó la reunión como si se tratase de un equipo
completamente nuevo, para que Rebecca no se sintiera muy perdida. No quería que
permaneciera callada por temor a hablar fuera de tiempo. Quería aprovechar su
inteligencia y su experiencia en la anterior instalación de Umbrella.
—Nuestro objetivo es entrar en los laboratorios, recoger pruebas
de las investigaciones que está llevando a cabo Umbrella y de lo que ha
conseguido hasta ahora, y salir de allí con los menores contratiempos posibles.
Voy a ir paso por paso, a conciencia, y si cualquiera de vosotros tiene alguna
idea o alguna pregunta sobre la operación, quiero escuchar lo que tenga que
decir. ¿Entendido?
Todos asintieron alrededor de la mesa. David continuó hablando,
más tranquilo después de haber dejado bien claro aquel asunto.
—Ya hemos discutido unas cuantas posibilidades con respecto a lo
que ha podido pasar, y todos habéis leído los artículos de los distintos
periódicos. Supongo que nos enfrentamos de nuevo a una especie de accidente.
Umbrella se ha esforzado mucho por ocultar el problema en Raccoon City, y
aunque podemos suponer que han estando secuestrando o matando pescadores que
han entrado en su territorio, me parece poco probable que quieran llamar la
atención.
—¿Por qué Umbrella no ha enviado un equipo para «limpiar» todo
aquello? —preguntó John.
—¿Quién dice que no lo han hecho? —respondió David meneando la
cabeza—. Puede que descubramos que ya se han encargado de eliminar todas las
pruebas del lugar. En ese caso, nos reuniremos con la gente de Raccoon City y
con nuestros propios contactos y comenzaremos de nuevo a partir de cero.
Todos los asistentes asintieron de nuevo. No se preocupó por
decir algo que era bastante obvio: el virus todavía podía ser contagioso. Todos
sabían que existía esa posibilidad, aunque David había planeado que Rebecca les
diera una pequeña charla antes de acabar la reunión.
David bajó la mirada al mapa de nuevo y suspiró para sus
adentros antes de pasar al siguiente punto.
—Lugar de entrada —dijo—. Si se tratara de un asalto directo y
abierto, llegaríamos por helicóptero o simplemente saltaríamos la verja, pero
si todavía queda gente viva allí dentro y hacemos saltar una alarma, todo habrá
acabado siquiera antes de empezar. Puesto que no queremos arriesgarnos a que
nos descubran, la mejor opción es acercarse en un bote. Podemos utilizar una de
las lanchas neumáticas de la operación contra el petrolero del año pasado.
Karen levantó la mano.
—¿No tendrán una alarma colocada en el muelle?
David señaló un punto en el mapa con el dedo, justo por debajo
de la línea intermitente que indicaba la valla, en la parte sur de las
instalaciones.
—La verdad es que no veo que sea muy recomendable entrar por el
muelle. Si entramos por aquí, un poco más arriba del muelle… —Recorrió con el
dedo la costa de la ensenada—… podremos echar un vistazo a todas las
instalaciones y, al mismo tiempo, esconder la lancha en una de las cuevas que
se encuentran debajo del faro. Por lo que veo, existe un sendero natural que va
desde la base del risco hasta el propio faro. Si el sendero ha quedado
bloqueado, retrocederemos y buscaremos una ruta alternativa.
—¿No atraerá la lancha neumática la atención si alguien de fuera
está vigilando? —preguntó Rebecca.
David negó con la cabeza. Los STARS de Exeter habían utilizado
lanchas de aquel tipo el verano anterior para acercarse a un petrolero que
había sido secuestrado por unos terroristas que amenazaban derramar al océano
toda la carga si no se accedía a cumplir sus demandas. Había sido una operación
nocturna.
—Es negra y tiene un motor subacuático. Si entramos
inmediatamente después del anochecer, seremos casi invisibles. La otra ventaja
de esta forma de acercarnos es que si las instalaciones tienen un aspecto…
insalubre, podremos abortar la operación e intentarlo en otro momento.
Esperó mientras los demás pensaban en el plan propuesto, ya que
no quería presionarlos. Eran buenos soldados, eran su equipo, pero esta misión
era completamente voluntaria. Si cualquiera de ellos tenía dudas serias sobre
todo aquello, era mejor que las dijera en aquel momento. Además, estaba
dispuesto a escuchar otras sugerencias.
Su mirada se posó en el juvenil rostro de Rebecca, y advirtió
que tenía la mirada y la expresión de un buen operativo de los STARS en sus
vivarachos ojos castaños, y en su lento y pensativo cálculo de las
posibilidades de su plan. Comenzaba a gustarle, y por algo más que por su
utilidad para la misión. Tenía un carácter abierto y seguro que le atraía,
sobre todo después de su aceptación de su inseguridad emocional. Parecía estar
tan segura de sí misma…
David se obligó a dejar a un lado aquellos pensamientos al darse
cuenta de repente de la tremenda tensión a la que había estado sometido, de lo
cansado que seguía: su capacidad de concentración había disminuido de manera
notable.
Concéntrate, hombre. Este no es el momento de andar divagando.
—Y ahora, los detalles concretos —siguió—. En cuanto entremos,
avanzaremos en una línea escalonada a través de las instalaciones, siempre
pegados a las sombras. John marchará en cabeza, con Karen a su espalda, y
explorarán la zona en busca del laboratorio y para tener una idea de lo que ha
ocurrido. Steve y Rebecca los seguirán, y yo cubriré la retaguardia. Cuando
encontremos el laboratorio, entraremos juntos. Rebecca sabrá qué tenemos que
buscar en cuanto a material y pruebas, y si todavía les funciona el sistema de
computadoras, Steve podrá entrar en los archivos informáticos. Los demás los
cubriremos. En cuanto tengamos la información, saldremos por el mismo sitio por
el que habremos entrado.
Tomó en la mano el poema que Trent le había entregado y le dio
unos golpecitos con la otra mano.
—Una de los compañeros de equipo de Rebecca ya ha tenido tratos
con el tal señor Trent. Ella cree que esto puede ser importante para encontrar
lo que queremos, así que quiero que todos le echéis un vistazo otra vez antes
de que nos vayamos. Insisto, puede que sea importante.
—¿Podemos confiar en él? —preguntó Karen—. Quiero decir, este
Trent, ¿está limpio?
David frunció el entrecejo, sin estar seguro de la respuesta.
—Sí. Parece ser que, por alguna razón que desconocemos, está de
nuestro lado en este asunto —dijo lentamente por fin—. Además, Rebecca ha
reconocido uno de los nombres de la lista. Es un investigador que ha trabajado
con anterioridad en el campo de los virus. La información parece ser correcta.
No era una respuesta demasiado clara, pero tendría que valer.
—¿Tenemos idea de cuáles son las probabilidades de que nos
infectemos con el virus? —preguntó Steve con voz baja y tranquila.
David inclinó la cabeza hacia Rebecca.
—Si pudieras darnos algunas indicaciones sobre lo que podemos
llegar a ver, alguna información de lo que podemos encontrarnos…
Ella asintió, y se giró hacia el resto del equipo.
—No puedo deciros con qué nos vamos a encontrar con exactitud
—comenzó a explicar Rebecca—. Cuando a nuestro equipo lo echaron de la
investigación del caso, perdí la posibilidad de analizar las muestras de tejido
y de saliva. Sin embargo, por los efectos que pude ver, es bastante obvio que
el virus-T es un mutágeno y que altera la estructura de los cromosomas del ser
que infecta. Es un agente infeccioso multiespecie, o sea, que es capaz de
afectar a plantas, mamíferos, pájaros, reptiles… lo que queráis. En ciertas
criaturas provoca un crecimiento desmesurado, pero en todas causa un
comportamiento violento y agresivo. Por algunos informes que encontré en la
mansión, estoy segura de que afecta los procesos químicos cerebrales, al menos
en los seres humanos, y que induce un comportamiento parecido a una psicosis
esquizofrénica mediante unos niveles extremadamente elevados de receptores D2.
También anula la sensación de dolor. Las víctimas humanas con las que nos
encontramos en aquel lugar apenas reaccionaron a los impactos de bala, y aunque
se estaban descomponiendo, ni siquiera parecían darse cuenta…
La joven bioquímica se detuvo durante unos momentos, quizá
recordando lo ocurrido en la mansión Spencer. De repente, su rostro adquirió
una apariencia de mayor edad.
—La infección en la residencia Spencer parecía haberse extendido
por el aire, pero no creo que el virus se haya diseñado para diseminarse de ese
modo o que sea su vía preferida. Es prácticamente seguro que los científicos
del lugar lo inyectaban además de utilizar la experimentación genética. Y
puesto que ninguno de nosotros hemos contraído la enfermedad ni la hemos
transmitido, supongo que no tenemos que preocuparnos por respirar el virus.
»Con lo que sí debemos tener mucho cuidado es con no entrar en
contacto con uno de los seres infectados, y con eso quiero decir cualquier tipo
de contacto. Tengo que insistir: Esta infección es terriblemente agresiva en
cuanto entra en la corriente sanguínea, y una simple gota de sangre de un ser
infectado puede contener cientos de millones de partículas víricas.
Necesitaríamos un laboratorio completamente equipado y un virólogo experto en
enfermedades contagiosas y epidemias para estar seguros de cuál es su forma de
reproducción, pero de todas maneras debemos evitar a toda costa el contacto con
las víctimas. Con un poco de suerte, ya habrán muerto… o, al menos, se habrán
deteriorado hasta perder la capacidad de moverse. Bueno, eso por lo que
respecta a los seres humanos.
Se produjo una pausa de tenso silencio mientras todos pensaban
en las consecuencias de lo que Rebecca había dicho. David se dio cuenta de que
estaban un poco conmocionados, lo mismo que él. Saber que un virus era
infeccioso no era lo mismo que conocer sus efectos sobre una persona.
Dios mío… ¿En qué estaban pensando esas gentes? ¿Cómo podían
vivir con la conciencia de que estaban infectando a cualquier ser vivo con algo
así?
Aquel pensamiento lo condujo a otro: ¿cómo podría vivir él si
por su culpa uno de los miembros del equipo contraía aquella enfermedad? Ya
había estado al mando de misiones en las que sus subordinados habían resultado
heridos, y dos veces, antes de que lo nombrasen capitán, había participado en
misiones en las que habían muerto operativos de STARS, pero aquello era
distinto a llevar a un equipo por propia iniciativa a una zona donde una
enfermedad terrible y letal podía infectarlos si no morían bajo las garras de
un monstruo inhumano…
Me marcaría para siempre. Ésta es una misión no autorizada, y la
responsabilidad final es mía. ¿Realmente puedo pedirles que hagan esto?
—Bueno, suena mucho a una operación de mierda —dijo por fin
John—, pero si queremos llegar allí a tiempo, será mejor que empecemos a
prepararnos —le sonrió a David, con una sonrisa tímida nada habitual en él. Sin
embargo, seguía siendo una sonrisa—. Ya me conoces. Me encanta una buena pelea.
Además, alguien tiene que detener a esos cabrones para que dejen de esparcir
esa porquería, ¿verdad?
Tanto Steve como Karen asintieron con la cabeza para indicar su
acuerdo con las palabras de John, y sus rostros mostraban la misma
determinación que la de su compañero de equipo. Rebecca, que sabía mejor que
cualquiera de ellos con qué iban a encontrarse, ya había tomado su decisión en
Raccoon City. David sintió una repentina oleada de emoción hacia todos ellos,
una extraña mezcla de orgullo y miedo, junto a un sentimiento de cariño, y no
supo muy bien qué hacer con toda aquella combinación.
Después de unos segundos de silencio dubitativo, asintió con
rapidez y echó un vistazo a su reloj. Tardarían unas cuantas horas en llegar al
lugar de partida.
—Muy bien —concluyó—. Será mejor que recojamos el equipo y lo
carguemos. Podemos repasar el resto del plan en el camino.
Se levantaron para iniciar los preparativos de la marcha, y
David se recordó a sí mismo que hacían aquello porque era necesario, y que
todos y cada uno de ellos había tomado la decisión de participar en aquella
peligrosa misión por voluntad propia. Conocían los riesgos a los que se
enfrentaban, y también sabían que, si algo salía mal, aquel conocimiento los
reconfortaría muy poco.
Karen estaba sentada en la parte posterior de la furgoneta,
metiendo balas en los cargadores de las armas. Las palabras del misterioso
mensaje se repetían una y otra vez en su cabeza mientras introducía los
proyectiles de nueve milímetros,
… mensaje de Ammon recibido/serie azul/introducir respuesta para
la clave/letras y números a la inversa/arco iris del tiempo/no contar/azul para
acceder.
Acabó de meter balas en un cargador, extendió la mano para
dejarlo junto a los demás y se limpió los dedos manchados de aceite en la
pernera del pantalón de forma distraída antes de tomar otro cargador. Una
agradable brisa entró en la parte trasera de la furgoneta, repleta de olor a
sal y agua de mar calentada por la fuerza del sol. Habían salido de la
carretera en un punto al sur de la ensenada y habían logrado encontrar un
sendero que los había llevado a menos de medio kilómetro de la orilla del mar. El
sol había comenzado a ponerse, provocando la aparición de largas sombras sobre
el terreno polvoriento. El cercano ruido de las olas rompiendo en la orilla era
tranquilizador, un ruido de trasfondo sobre el que destacaban las voces de los
demás miembros del equipo mientras lo preparaban todo. Steve y David estaban
poniendo a punto la lancha neumática, mientras John revisaba el motor. Rebecca
estaba reuniendo los elementos que habían tomado «prestados» del almacén de
equipo de los STARS para formar un pequeño botiquín de campaña.
Las letras y los números… ¿Quizás un código? ¿Está relacionado
con un período de tiempo? ¿Lo de contar se refiere a la suma de las líneas, o a
otra cosa?
Su mente revisaba una y otra vez el acertijo de forma incesante,
dándole vueltas a las palabras lo mismo que un perro le da vueltas a un hueso
para roerlo. ¿Estaban todas las líneas del mensaje relacionadas con un mismo y
único concepto, o cada una de ellas representaba un aspecto diferente de un
enigma mayor? ¿Era el tal Ammon el que había enviado el mensaje? ¿Y si
trabajaba para Umbrella, por qué lo había hecho?
Acabó de rellenar el último cargador y extendió la mano para
recoger una bolsa impermeable, concentrándose de nuevo en la tarea que estaba
llevando a cabo. Sabía que su mente volvería otra vez a ocuparse del corto y
extraño poema en cuanto finalizara la tarea que tenía encomendada. Así era como
trabajaba su mente: no podía relajarse cuando se encontraba frente a un enigma
como aquél. Siempre existía una respuesta, siempre, y encontrarla sólo era
cuestión de concentrarse lo suficiente, de dar los pasos adecuados en el orden
correcto.
Las pistolas semiautomáticas estaban limpias y preparadas. Las
había colocado ordenadamente y en línea al lado del equipo de radio, que
también había comprobado de forma exhaustiva y que se encontraba en el suelo de
la furgoneta. No llevaban otra arma aparte de las Berettas reglamentarias de
los STARS. David había insistido en que tenían que viajar con poco peso. Aunque
Karen estuvo de acuerdo, lamentaba tener que dejar atrás los rifles de asalto,
equipados con visores de puntería nocturnos. Después de oír unos cuantos
detalles más sobre las criaturas parecidas a zombis durante el viaje hasta la
Ensenada de Calibán, no estaba muy segura de sentirse tranquila sólo con una
pistola y una linterna de luz halógena.
Reconócelo. Estás preocupada por todo este asunto, y llevas así
desde que David te lo contó todo. Todos los hechos se encuentran fuera de orden
alguno, y las piezas no encajan del modo que se supone que deberían hacerlo.
Resultaba irónico que las razones que la impulsaban a resolver
el misterio fueran las mismas que la hacían sentirse tan intranquila: Trent, la
aparente complicidad de los STARS con Umbrella, la posibilidad de un accidente
de tipo bioquímico con agentes infecciosos en su estado natal. ¿Quién había
sido sobornado? ¿Qué había ocurrido en la Ensenada de Calibán? ¿Qué es lo que
expondrían a la luz pública? ¿Qué quería decir el poema?
No dispongo de los datos suficientes. Todavía no.
Siempre se había enorgullecido de su falta de imaginación, de su
habilidad para descubrir la verdad basándose en las pruebas empíricas más que
en las intuiciones sin base lógica y carentes de pruebas. Ésta era la clave del
éxito en su campo de trabajo, y aunque se daba cuenta de que a veces daba la
impresión de ser demasiado seca (incluso fría), aceptaba su propio modo de ser,
la paz que conocía al saber todos los hechos y todo sobre esos hechos. Ya fuese
al examinar la manera en que se habían esparcido las gotas de sangre sobre el
tejido o al medir los ángulos de incisión de una herida, para ella representaba
una enorme satisfacción no sólo resolver el porqué, sino también el cómo. Las
preguntas sin respuesta sobre la Ensenada de Calibán eran una afrenta a su
meticuloso proceso mental. Aquello iba contra su propia esencia como persona y
alteraba su ordenado sentido de la realidad. Y sabía que no encontraría
descanso alguno hasta que respondiera a todas aquellas preguntas.
Había acabado con las armas. Debía revisar todos los cinturones
de combate para asegurarse de que todos sus compartimientos estaban cerrados y
con su correspondiente equipo. Después le preguntaría a David qué era lo
siguiente que debía hacer…
Karen dudó por un momento y sintió que una gota de sudor tibio
le corría por la espalda. No se veía a nadie a través de la puerta abierta de
la furgoneta, y ya había comprobado dos veces cada bolsillo y cada
compartimiento de los cinturones de combate. Sintió un ligero sentimiento de
culpa cuando metió rápidamente la mano en uno de los bolsillos de su chaleco y
sacó su secreto, y se sintió tranquilizada por su peso mientras lo agarraba con
la mano.
Demonios, si los chicos lo supieran, me lo echarían en cara para
siempre.
Se lo había dado su padre, y era un recuerdo de su participación
en la Segunda Guerra Mundial, y uno de los pocos objetos que tenía como
recuerdo de él: una granada de mano con metralla, de las llamadas piñas por su
aspecto exterior. Llevarla encima durante las misiones era una de sus pocas
manías que no tenían un fin práctico, y era algo que la hacía sentir un poco
tonta. Se había esforzado mucho por dar la imagen de una mujer inteligente y
completamente racional, con poca inclinación a mostrar emociones sentimentales,
y en la mayoría de los sentidos, ella era así. Sin embargo, la granada era su
patita de conejo, su amuleto de la suerte, y jamás iba a una misión sin
llevarla con ella. Además, había logrado convencerse a medias de que quizás
algún día le resultaría útil…
Sí, muy bien, tú sigue convenciéndote con esos argumentos. Los
STARS disponen de granadas digitalizadas, con temporizadores, incluso granadas
cegadoras y aturdidoras con circuitos computarizados. La anilla de esta granada
no podrías sacarla ni con unos alicates…
—Karen, ¿necesitas que te eche una mano?
Karen levantó la vista, sorprendida, y vio los juveniles rasgos
del rostro de Rebecca. La muchacha estaba apoyada con las dos manos en el suelo
de la entrada posterior de la furgoneta. Su mirada inquisitiva bajó rápidamente
a la granada, y sus ojos se abrieron de par en par, llenos de repente por una
repentina curiosidad.
—Creía que no íbamos a llevar explosivos… Oye, ¿eso no es una
granada de piña? Nunca había visto una de tan cerca. ¿Está cargada?
Karen echó un rápido vistazo alrededor, temerosa de que alguno
de los restantes miembros del equipo hubiera oído a Rebecca, y luego sonrió con
timidez a la joven bioquímica, avergonzada de su propia vergüenza.
Por todos los… Tampoco es que me haya pillado masturbándome. No
me conoce, así que, ¿qué demonios le importa a ella que sea un poco
supersticiosa?
—¡Chist! Nos van a oír. Acércate un momento —le dijo, y Rebecca
subió de forma obediente a la furgoneta, con una sonrisa cómplice en el rostro.
A pesar de su autocontrol, Karen se sentía absurdamente
complacida de que Rebecca hubiera descubierto su pequeño secreto. Nadie lo
había descubierto en los siete años que llevaba sirviendo en los STARS, y a
ella le había caído bien la joven desde el principio.
—Sí, es una piña, y no, no planeamos llevar explosivos. No
puedes decírselo a nadie, ¿de acuerdo? La llevo porque me trae buena suerte.
Rebecca alzó las cejas en un gesto de sorpresa.
—¿Llevas una granada cargada para que te traiga buena suerte?
Karen asintió, mirándola muy seria.
—Sí, y si Steve o John se enteran, se cachondearán de mí. Sé que
suena estúpido, pero es algo así como un secreto.
—No creo que sea estúpido. Mi amiga Jill tiene una boina de la
suerte —Rebecca alzó la mano y se tocó el pañuelo rojo que llevaba atado en la
frente y que le sujetaba los mechones sueltos de cabello—. Yo llevo con esto
puesto desde hace casi dos semanas. Lo llevaba puesto cuando entramos en la
mansión Spencer.
Su joven rostro se ensombreció un poco, pero volvió a sonreír
inmediatamente, y la mirada de sus ojos castaños fue directa y sincera.
—No diré una palabra sobre ello.
Karen estuvo segura desde ese momento que la chica le caía bien.
Metió la granada de nuevo en su chaleco mientras asentía.
—Te lo agradezco. Entonces, ¿ya estamos listos para salir?
En la cara de Rebecca aparecieron unas pequeñas líneas de
preocupación.
—Sí, ya casi estamos listos. John quiere efectuar otra
comprobación con los auriculares, pero aparte de eso, todo está preparado.
Karen asintió de nuevo, deseando poder decir algo para aliviar
el miedo que sentía la chica, pero no había nada que decir. Rebecca ya se había
enfrentado antes con Umbrella, y cualquier discurso que le dijera sonaría vacío
y sin sentido. Incluso podía sonar pretencioso y altivo. Ella misma se sentía
un poco nerviosa. Sería una estúpida si no se sintiera así, pero sentir miedo
era algo que no le ocurría a menudo, y no le sentaba nada bien. Al igual que en
la mayoría de las misiones, su principal sentimiento era el de expectación, una
especie de hambre cerebral en busca de la verdad.
—Reparte las armas. Yo me encargo del resto —dijo Karen por
último. Al menos, podría mantenerla ocupada.
Rebecca la ayudó a descargar el equipo mientras el sol descendía
aún más en dirección al horizonte que separaba el cielo del mar. La brisa
procedente del océano se hizo más fría y las primeras estrellas brillaron con
luz pálida sobre el Atlántico.
Descendieron hasta el agua mientras el crepúsculo desaparecía
para dar paso a la noche, en un silencio incómodo. Enfundaron sus armas, se
desperezaron y se quedaron mirando las negras aguas que subían y bajaban,
repletas de secretos en su interior.
Cuando el último fulgor del día desapareció en el horizonte, ya
estaban todo lo preparados que podían estar. Mientras John y David deslizaban
la lancha neumática hasta la ondulante agua, Karen se puso una gorra de visera
negra como las de la armada y palmoteó el pesado bulto que llevaba en el
chaleco para tener suerte, diciéndose que no iba a necesitarla.
La verdad estaba esperándola. Era hora de descubrir qué estaba
pasando de verdad.
Capítulo 7
Steve y David subieron a la lancha y se colocaron en la proa, y
Karen y Rebecca los siguieron. John fue el último en saltar a bordo, y apretó
el botón de encendido del motor en cuanto David le hizo la señal. La lancha era
tan silenciosa como había prometido David. Sólo se oía un levísimo zumbido por
encima del suave sonido del movimiento de las olas.
—Vámonos —indicó David en voz baja. Rebecca inspiró
profundamente y dejó escapar el aire con lentitud cuando pusieron rumbo al
norte y se dirigieron hacia la ensenada.
Nadie dijo ni una sola palabra mientras la orilla se deslizaba
por babor. Sólo se veían unas sombras rotas y fragmentadas bajo la pálida luz
de la luna a la izquierda, y un inmenso y susurrante vacío a la derecha.
Babor y estribor —le recordó su mente—. Proa y popa. Escudriñó
la oscuridad en busca de una señal que indicara el comienzo del terreno
privado, pero no distinguió gran cosa. Todo estaba mucho más oscuro de lo que
ella se había esperado, y también hacía más frío, pero los escalofríos que
sentía se debían más a que sabía que por debajo de ellos había un mundo
infinito y extraño, repleto de vida de sangre fría.
Rebecca vio un leve destello de luz cuando David sacó los
prismáticos de visión nocturna para descubrir si había algún movimiento en la
orilla. El brillo del aparato de infrarrojos iluminó su rostro justo antes de
acomodarlo en sus ojos, y aquello provocó que sus rasgos tomaran una extraña
expresión de inmovilidad.
Ahora que por fin estaban en marcha, que realmente habían
comenzado la operación, Rebecca se sentía mucho mejor de lo que se había
sentido a lo largo de todo el día. No es que estuviera relajada, todavía sentía
miedo, aquel temor a lo desconocido y a lo que pudieran encontrar, pero los
sentimientos de indefensión, la ansiedad que embotaba su mente desde los
incidentes en Raccoon City, todo aquello había desaparecido y había dado paso a
la esperanza.
Al menos, estamos haciendo algo positivo. Estamos tomando la
ofensiva en lugar de esperar a que vengan a buscarnos.
—Ya veo la valla —anunció David en voz baja. Su rostro era una
mancha pálida en la tensa oscuridad.
Lo siguiente es el muelle. Quizá veamos los edificios cuando el
terreno ascienda en dirección al faro y las cuevas…
El agua chapoteaba al estrellarse contra los costados de la
lancha. El ruido de las olas aumentaba cada vez que la pequeña embarcación era
golpeada de lado y se estremecía bajo su impacto. Rebecca también se estremeció
y sintió que se le aceleraba el corazón. Aunque le gustaba mirar al mar, no le
entusiasmaba meterse en él. De pequeña había visto Tiburón, y una vez había
sido más que suficiente.
Mantuvo su atención fija en la orilla, intentando calcular la
distancia que había hasta ella y, más que ver, sintió cómo el terreno se abría
mientras la lancha se deslizaba por encima de las olas.
Las enormes siluetas de los árboles dieron paso a un claro, a
unos veinte metros de ellos. Percibió el agua batiendo suavemente contra la
rocosa orilla, y en aquel momento sintió que se abrían espacios a ambos lados
de ellos. Habían llegado a las instalaciones de Umbrella.
—Allí está el muelle —dijo David—. John vira a estribor, a las
dos en punto.
Rebecca distinguió a duras penas la sombra de una silueta
fabricada por el hombre, una línea oscura que sobresalía del agua. Oyó un leve
chirrido de metal rozando madera: el pequeño muelle tensándose sobre las
pilastras que lo sostenían. No vio ningún bote.
Rebecca se esforzó por ver algo más allá mientras dejaban atrás
el muelle. A duras penas distinguió una estructura rectangular al otro lado de
la madera flotante, lo que parecía ser un almacén para botes y un embarcadero
más grande para las instalaciones. No vio ninguno de los otros edificios que
aparecían en el mapa que les había entregado Trent. Había otros cinco aparte
del faro, extendidos a lo largo de la ensenada, dispuestos en dos líneas
paralelas a la costa, con tres en la línea delantera y dos en la otra. El sexto
edificio estaba justo detrás del faro, y todos esperaban que aquél fuese el
laboratorio, ya que podrían conseguir lo que habían ido a buscar sin tener que
recorrer todas las instalaciones…
—El edificio del almacén de botes es de madera, los demás son de
cemento. No creo que… Un momento —el susurro de David adquirió un tono tenso—.
Veo a alguien… Dos, tres personas. Han desaparecido justo detrás de uno de los
edificios.
Rebecca sintió una extraña sensación de alivio recorrerle el
cuerpo. El alivio estaba entremezclado con la decepción y con un repentino
sentimiento de confusión. Si todavía quedaba gente con vida, quizá no se había
producido un escape del virus-T. Sin embargo, aquello también significaba que
los edificios estarían ocupados y que el lugar estaría vigilado por patrullas,
lo que haría imposible una misión relámpago sin que los descubrieran.
Entonces, ¿por qué está todo tan oscuro? ¿Por qué da una
sensación de vacío y de muerte este lugar?
—¿Abortamos la misión? —preguntó Karen en un susurro, pero antes
de que David pudiera responder, Steve dio un respingo, con una inspiración de
aire que heló la sangre a Rebecca. Sus pensamientos enloquecieron en un espasmo
de miedo primigenio.
—¡A las tres en punto! ¡Jesús, es enorme…!
¡Bam!
Algo impactó contra la lancha y la lanzó por los aires en mitad
de una explosión de goteante negrura. La embarcación dio la vuelta en el aire y
Rebecca vio el cielo y olió un hedor frío y corrupto… y finalmente cayó al
agua, sumergiéndose en la oscuridad del océano.
El mar lo envolvió, y el agua salada le escoció los ojos y las
ventanas de la nariz mientras manoteaba de forma desesperada, confundido y sin
aire.
Dónde está…
David había llegado a verlo: una inmensa y manchada superficie
de carne que surgía del agua justo antes del terrible impacto. Aquella
superficie lo había arrastrado hacia el fondo, y ahora estaba pataleando para
alejarse de las tenebrosas profundidades, completamente aterrorizado. Su cabeza
salió finalmente al exterior, a una tranquilidad ominosa.
¿Dónde está el equipo…?
David giró la cabeza mientras boqueaba en busca de aire, y en
ese instante oyó una tos ahogada a su derecha.
—Ve a la orilla —logró decir entre jadeos mientras seguía
girando la cabeza, en un intento por descubrir dónde se encontraban y dónde
estaba la criatura, al mismo tiempo que se maldecía por ser tan estúpido.
Pescadores desaparecidos, aguas malditas. Idiota, idiota…
La lancha neumática estaba a unos diez metros detrás de él,
zozobrada por completo, y las ahora agitadas olas chocaban contra sus costados.
La fuerza del ataque los había hecho volar por los aires, pero los había
acercado a tierra. Vio dos siluetas redondeadas que parecían flotar en el agua:
rostros que se encontraban entre él y la orilla. Oyó otro chapoteo cuando una
tercera cabeza apareció en la superficie del agua. No veía por ningún lado al
ser antinatural que había atacado la lancha, pero esperaba sentir sus dientes
clavándosele en cualquier momento, el frío tacto de unos colmillos como
cuchillos desgarrándole la carne.
—¡Id hacia la orilla! —logró gritar. Sentía los latidos de su
corazón como truenos en sus oídos, y sus piernas tremendamente vulnerables.
Seguir pataleando era llamar la atención de forma tan obvia…
No puedo seguir. Tres, ¿dónde está el cuarto?
—¡David!
El aterrorizado grito lo había lanzado John, que se encontraba
al otro lado de la lancha.
—¡Aquí! ¡John, por aquí! ¡Ven hacia aquí! ¡Sigue mi voz!
John comenzó a nadar hacia David mientras éste se impulsaba de
espaldas hacia la orilla sin dejar de gritar en ningún momento. Vio aparecer la
cabeza de John, y luego distinguió sus brazos nadando a toda velocidad sobre la
negra superficie del mar.
—Sígueme. Estoy aquí. Tenemos que llegar…
Una gigantesca y pálida silueta surgió suavemente por detrás de
John. Era redonda, tenía una anchura de al menos tres metros y goteaba. Era
imposible que existiera una criatura así. El tiempo pareció frenar su marcha
normal, y todo comenzó a ocurrir como en cámara lenta. David distinguió unos
gruesos tentáculos a cada lado de la sombra que crecía a cada momento, y un
enorme tajo en aquella silueta de color de cadáver…
No, no son tentáculos. Son antenas…
Entonces se dio cuenta de que lo que veía era el vientre de un
animal monstruoso, un animal que era imposible que existiera: un barbo del
tamaño de una casa. La negra línea de su boca se abrió con un siseo y dejó al
descubierto hilera tras hilera de unos dientes grandes como puños y afilados
como estacas.
En cuanto la bestia se sumergiera, John sería devorado por
aquellas inmensas mandíbulas, o sería aplastado o, incluso, arrastrado al fondo
para servir más tarde de alimento a la criatura…
Sólo tardó un segundo en darse cuenta de ello, y comenzó a
gritar mientras terminaba de percatarse de la situación.
—¡Sumérgete! ¡Sumérgete!
El tiempo se aceleró de nuevo, y la bestia comenzó a caer hacia
adelante, y su largo y sinuoso cuerpo dejó pequeño el tamaño de la lancha
neumática. Su sombra cubrió por completo al desesperado nadador. David
distinguió unos enormes ojos bulbosos del tamaño las pelotas de playa…
Y todo el conjunto se desplomó en el agua, lanzando surtidores
al aire y ocultando las estrellas bajo unos grandes chorros de espuma. Antes ni
siquiera de que David pudiera tomar aire, una enorme ola llegó hasta él y lo
arrojó hacia las burbujeantes y negras profundidades de nuevo.
Notó otra vez la sensación de indefensión cuando fue arrastrado.
Luchó contra la fuerza que lo tiraba de las extremidades, luchó por subir de
nuevo y llenar sus pulmones de aire. Volvió a patalear frenéticamente y
atravesó el velo líquido que lo separaba de la supervivencia, sintiendo el
frescor del aire en su piel… y unas manos cálidas que tiraban de sus hombros.
Inhaló de forma convulsiva mientas las rocas arañaban sus botas al ser
arrastrado. Oyó la voz ronca de Karen al lado de su oreja…
—Lo tengo.
David dejó que lo arrastraran de espaldas al tiempo que
intentaba apoyar los pies. Se dio la vuelta cuando finalmente recuperó el
equilibrio. Unas siluetas húmedas le tendían la mano. Eran Steve y Rebecca…
Oh, Dios mío. John…
—Estoy bien —dijo David entre jadeos y avanzando a tropezones.
Sus rodillas chocaban con las piedras que sus ojos aturdidos y velados se
negaban a ver—. John… ¿Alguien ve donde está?
Nadie respondió. Parpadeó para despejarse los ojos de la sal del
mar y giró la cabeza para enfrentarse a la oscuridad que lo rodeaba mientras
las olas seguían batiendo la orilla rocosa a sus pies.
—John —gritó en la voz más alta que se atrevió, mientras
intentaba discernir algo en la oscuridad, aunque no logró ver nada.
Sentía su corazón tan frío como su cuerpo, y en el pecho un peso
similar al empapado chaleco antibalas de Kevlar que llevaba puesto.
Sin chaleco salvavidas… ya lo habríamos visto…
—¡John! —gritó de nuevo su nombre, pero sus esperanzas
disminuían por momentos.
Una voz que tosía atragantada le respondió procedente de unas
rocas situadas a la izquierda.
—¿Qué?
David relajó los hombros, aliviado, y respiró profundamente
cuando la goteante silueta de John surgió de las sombras. Steve se apresuró a
acercarse y agarró el brazo del hombretón para ayudarlo a apoyarse en las
rocas.
—Me sumergí —dijo con voz rasposa y cansada. David se dio la
vuelta y miró más allá de la estrecha playa de guijarros y rocas para observar
con detenimiento las instalaciones. Estaban al fondo de una ladera pronunciada,
pero a plena vista. La impresión causada por el monstruoso pez (si se lo podía
llamar pez) quedó de repente relegada a un segundo plano al darse cuenta de
aquello. Ya habían salido del agua y no estaban a cubierto.
¿Nos habrán oído? ¿Nos habrán visto? No vamos a poder llegar a
las cuevas, y no podemos quedarnos aquí…
—El almacén de botes —dijo con un susurro y girándose hacia el
sur—. Deprisa…
El equipo pasó trastabillando a su lado, con Karen a la cabeza y
los demás siguiéndola de cerca. Nadie parecía estar herido de gravedad, lo que
era un pequeño milagro. David trotó detrás de Steve, considerando la situación
mientras sus piernas doloridas lo llevaban a través de las rocas.
Tenemos que ponemos a cubierto, atrancar la puerta,
reagruparnos, llegar a la valla…
El terreno ascendía de forma abrupta delante de ellos, y el
muelle apareció ante sus ojos. Mientras terminaban de trepar por las rocas,
David percibió un apagado tintineo metálico: era Rebecca, que sostenía contra
su pecho la goteante bolsa en la que llevaban la munición. Sintió un nuevo rayo
de esperanza. Si lograban llegar al interior de alguna de las instalaciones, a
algún lugar seguro…
El edificio se encontraba delante de ellos, un poco a la
derecha. No se veía ninguna luz en su interior, ni tampoco se oía ningún ruido.
Una única puerta cerrada daba al embarcadero de madera. No tenían modo alguno
de estar seguros de que no hubiera nadie en su interior, y aunque se encontraba
a poco menos de diez metros, era un terreno completamente despejado. No había
ni un miserable guijarro donde esconder aunque fuera la punta de la bota.
No tenemos elección.
—Avanzad agachados —susurró David a su equipo.
Instantes después, todos echaban a correr agazapados hacia el
edificio. Karen fue la primera en llegar a la puerta y la abrió. No salió luz
de su interior, y tampoco sonó ninguna alarma. Rebecca y Steve entraron después
de ella, seguidos por John y, finalmente por David, que cerró la puerta con un
hombro frío y húmedo.
—No os mováis de donde estáis —les dijo en voz baja mientras
manoteaba en busca de su linterna halógena.
Aparte de los jadeos de los miembros de su equipo, en la
estancia reinaba el silencio absoluto… aunque en el ambiente flotaba un hedor
tremendo, el pestilente olor a algo muerto ya hacía tiempo…
El estrecho haz de luz de la linterna atravesó la oscuridad y
les mostró que se encontraban en el interior de una gran estancia casi vacía y
sin apenas ventanas. Unos chalecos salvavidas y unas cuantas cuerdas colgaban
de unos percheros de madera, y a lo largo de una de las paredes se extendía una
mesa de trabajo. Unas cuantas estanterías, unos cuantos caballetes…
Oh, Dios mío…
La luz se detuvo sobre la otra puerta del edificio, situada
justo enfrente de la que habían utilizado para entrar. El haz recorrió a lo
largo la fuente del hedor que inundaba la estancia, reflejándose ligeramente en
el hueso al desnudo y en una bata de laboratorio desgarrada y manchada de algo
aceitoso. Unos jirones secos de músculos colgaban de un rostro sonriente.
Alguien había clavado un cadáver a la puerta, y una de las manos
estaba alzada a modo de gesto de bienvenida. Por su aspecto, llevaba allí
colgado desde hacía ya varias semanas.
Steve sintió que el estómago se le subía a la garganta. Tragó
saliva para calmar aquella sensación y miró a otro lado, pero la grotesca
imagen ya estaba fijada en su mente: la cara sin ojos y con tiras de piel
colgando, los dedos cuidadosamente puestos en su lugar para dar la impresión de
saludo…
Jesús, ¿se supone que esto es una especie de broma?
Steve se sintió mareado, sin respiración desde su baño de
pesadilla y su alocada carrera a través de las rocas, sin contar con la visión
de aquel monstruo de Umbrella. El hedor seco y putrefacto de cadáver no era la
mejor ayuda para recuperarse precisamente.
Nadie dijo una palabra durante unos cuantos segundos. Por fin,
David tapó la luz con una mano y habló con una voz sorprendentemente tranquila
y serena.
—Comprobad vuestros cinturones y reponed los cargadores. Quiero
un informe del estado de todos y cada uno de vosotros, primero de heridas y
luego del equipo. Quiero que todos respiréis profundamente. ¿John?
La profunda voz de John resonó por toda la habitación,
procedente de algún punto a la izquierda de Steve, acompañada por unos ruidos
húmedos de ropa mojada. Karen y Rebecca estaban a su derecha, y David
permanecía cerca de la puerta.
—Estoy cubierto por moco de pez, pero aparte de eso, estoy bien.
Tengo mi arma, pero me ha desaparecido la linterna. También las radios…
—¿Rebecca?
Su voz sonó titubeante pero rápida.
—Estoy bien, y… eeech… Mi arma está aquí, la linterna también,
el botiquín… Ah, y también la munición.
Steve comprobó el estado de su equipo mientras ella hablaba.
Desenfundó su Beretta, sacó el cargador mojado y lo metió en uno de los
bolsillos. Había un hueco en su cinturón en el lugar donde debería estar su
linterna.
—¿Steve?
—Bien, tampoco estoy herido. Tengo mi arma, pero me he quedado
sin linterna.
—¿Karen?
—Lo mismo.
David separó un poco los dedos del foco de la linterna y dejó
que iluminara ligeramente la estancia.
—Bueno, nadie ha resultado herido y todos estamos armados todavía.
La situación podría ser mucho peor. Rebecca, pasa los cargadores, por favor. La
valla no puede estar a más de cincuenta metros al sur de este punto, y
disponemos de suficiente árboles como para permanecer a cubierto en el camino,
suponiendo que nadie nos haya visto todavía. Esta operación queda abortada. Nos
vamos de aquí.
Steve tomó los tres cargadores que le entregó Rebecca y asintió
para darle las gracias. Metió de una palmada uno de los cargadores e introdujo
un proyectil en la recámara del arma inmediatamente.
Bien, estupendo, salgamos de aquí. Esa criatura casi nos come de
un bocado, y ahora el Doctor Muerte nos saluda con familiaridad, como si lo
hubieran colocado ahí para darnos la bienvenida…
Steve no se asustaba con facilidad, pero sabía reconocer una
mala situación en cuanto la veía. Admiraba profundamente a los STARS y quería
participar en la operación para hacer justicia, pero con su bote destrozado y
con el plan inicial hecho mierda, acabar con Umbrella tendría que esperar.
David se acercó al cadáver descompuesto, y en su rostro apareció
una muestra de asco visible bajo la luz de la linterna.
—Karen, Rebecca, acercaos a echar un vistazo. John, toma la
linterna de Rebecca. Tú y Steve registrad el lugar para ver si encontráis algo
que pueda sernos útil.
Rebecca le entregó su linterna a John, quien hizo un gesto de
asentimiento a Steve. Los dos hombres se alejaron hacia el final de la mesa de
trabajo. Las voces susurradas de los demás llegaron hasta sus oídos en la
quietud de la estancia.
—El virus-T no es el responsable de esto —dijo Rebecca—. El
proceso de descomposición no es el habitual…
Se produjo un momento de silencio, interrumpido por Karen.
—¿Veis eso? David, déjame la linterna un momento.
John tapó a medias el rayo de luz de la linterna con una mano e
iluminó la plancha de madera de la mesa de trabajo. Una taza de café rota. Una
pila de tuercas y tornillos amontonados encima de una carta de mareas. Un
destornillador eléctrico, oxidado y mellado. Un par de pequeñas piezas
metálicas encima de un trapo manchado.
Nada, aquí no hay nada. Deberíamos irnos antes de que alguien
nos descubra…
John abrió un cajón y revolvió en su interior mientras Steve
intentaba averiguar lo que había en una de las estanterías superiores. A sus
espaldas, Karen comenzó a hablar de nuevo.
—No estaba muerto cuando lo clavaron en la puerta, aunque yo
diría que le faltaba poco para ello. Desde luego, estaba inconsciente. No hay
desgarros, lo que sugiere que no forcejeó… y mirad esto. Son marcas de
arrastre, aquí y aquí. Yo diría que lo mataron en la puerta trasera y lo
arrastraron hasta aquí.
John ya había acabado de registrar el cajón y ambos continuaron
avanzando. Sus botas hicieron chirriar la madera del suelo. Un par de llaves
inglesas. Una radio barata. Una bola de papel al lado de un trozo de lápiz.
Algo se agitó en la mente de Steve. Se detuvo y miró de nuevo la
bola de papel. El lápiz…
Recogió la bola de papel y la extendió. Le dio la vuelta y pudo
ver varias líneas cerca del extremo inferior, escritas por una mano temblorosa.
—Eh, hemos descubierto algo —dijo John en voz baja iluminando
mejor el papel mientras los demás se apresuraban a acercarse.
Steve lo leyó en voz alta, entrecerrando los ojos para leer
mejor la letra temblorosa bajo la incierta luz de la linterna. En el arrugado
papel, no había ningún signo de puntuación, así que se esforzó todo lo que pudo
para identificar las pausas mientras leía.
… 20 de julio. La comida tenía droga. Estoy enfermo… Escondí el
material para vosotros, enviad los datos. Ha hundido los botes y ha dejado que
las…
Steve frunció el entrecejo, incapaz de leer bien la palabra.
¿Tries…? ¿Triescuadras?
Ha hundido los botes y ha dejado que las Triescuadras salgan. Ya
es de noche, pronto vendrán. Creo que ha matado a todos los demás. Detenedle.
Dios sabe lo que él piensa hacer. Destruid el laboratorio… Encontrad a Krista,
decidle que lo siento, que Lyle lo siente. Ojalá…
Ya no había nada más.
—El mensaje de Ammon —dijo Karen en voz baja—. Lyle Ammon.
No hacía falta ser un genio de primera para hacerse una idea de
quién era el que estaba colgado de unos clavos en aquella puerta. El purulento
y desmadejado Doctor Muerte ya tenía una identidad, aunque aquello no sirviera
de mucho. Y el mensaje que Trent le había dado a David era tan incoherente
debido a que el pobre individuo estaba drogado cuando lo escribió.
—Es bonito ponerle un rostro al nombre, ¿verdad?
El intento de chiste por parte de John no provocó una sonrisa,
ni siquiera en su rostro. La breve nota desprendía desesperación además de ser
ominosa, aun sin tener en cuenta el brutal asesinato que respaldaba su
contenido.
¿Qué es una Triescuadra?¿Quién es «él»?
—Quizás deberíamos seguir echando un vistazo… —comenzó a decir
Rebecca en un tono de voz titubeante, pero David negó con la cabeza.
—Creo que es mejor que lo dejemos por ahora. Lo que haremos
será…
Dejó de hablar cuando unos pasos pesados sonaron al otro lado
del edificio de madera, justo en el exterior de la puerta por la que habían
entrado.
Todo el mundo se quedó inmóvil al instante y se mantuvo a la
escucha. Eran más de uno, y quienes quieran que fuesen, no se esforzaban en
absoluto por acercarse en silencio. Se detuvieron delante de la puerta… y allí
se quedaron, sin intentar abrirla con el pomo o de una patada, sin hacer ningún
otro ruido. Simplemente a la espera.
David trazó una circunferencia en el aire con un dedo, y luego
señaló primero a Karen y luego la puerta donde estaba colgado el reseco cuerpo
del doctor Lyle Ammon. Era la señal para ponerse en marcha, con Karen a la
cabeza.
Se dirigieron hacia el sonriente cadáver. Steve fruncía el
rostro con cada crujido que provocaban en la madera mientras respiraba por la
boca para evitar inhalar el hedor causado por el muerto…
Y cuando Karen abrió la puerta, el silencio fue roto por el
tableteo de las armas automáticas que disparaban desde algún punto situado
delante y a la izquierda de ellos… de la dirección hacia donde querían escapar.
Capítulo 8
Karen dio un salto atrás en cuanto las balas comenzaron a
estrellarse contra la madera y a atravesarla. Los trozos de carne podrida del
cadáver de Ammon comenzaron a saltar hacia todos lados. El cuerpo bailó y se
agitó en un movimiento provocado por un ritmo macabro.
David agarró la bata del cadáver y tiró de ella, pero la puerta
se mantuvo abierta debido a la potencia de los disparos… y los atacantes se
estaban acercando, porque los impactos de los proyectiles explosivos sonaban
con mayor fuerza, y los trozos de carne y piel que saltaban cada vez tenían
mayor tamaño. Estaban atrapados, y las dos salidas estaban bloqueadas.
Rebecca apretó su Beretta con mano temblorosa mientras esperaba
una señal de David. Éste señaló hacia el oeste, hacia el grupo de edificios, y
gritó para que lo escucharan por encima del tableteo de las armas automáticas.
—¡Rebecca, por la otra puerta! ¡John, Karen, asegurad el
edificio más próximo! ¡Steve, tú y yo los cubrimos! ¡Vamos!
Steve y David se asomaron al mismo tiempo y comenzaron a
disparar. Los rugientes estampidos de sus armas contrastaban con los
proyectiles más ligeros pero igualmente letales de sus atacantes.
John y Karen salieron a la carrera y desaparecieron
inmediatamente en la oscuridad. Rebecca se giró en redondo y apuntó su arma
hacia la puerta trasera, sintiendo el corazón a punto de salirle por la boca.
Las paredes temblaban y se estremecían por los impactos.
—¡Morid! ¡Jesús! ¿Por qué no se mueren? —gritó Steve a sus
espaldas, con un tono de voz que reflejaba incredulidad y terror.
A Rebecca se le heló la sangre.
¿Zombis?
Rebecca gritó lo más alto que pudo sin dejar de mirar el
rectángulo de oscuridad que se abría en la madera delante de ella, y su voz
resonó por encima del chasquido de las balas.
—¡En la cabeza! ¡Disparad a la cabeza!
No tenía forma de saber si la habían oído. Los rifles de asalto
continuaron con su tableteo, acercándose más y más. Sus pensamientos se
aceleraron al comprender lo que estaba ocurriendo, y a su mente acudieron los
recuerdos de las víctimas del virus-T. Se habían convertido en algo distinto a
un ser humano, en algo sin mente, lento…
Y había ocurrido de forma accidental, no a propósito. No a
propósito…
—¡Rebecca, vámonos!
Todavía se oía el ruido de un rifle automático, pero el almacén
de botes ya no temblaba por el impacto de los disparos. Miró hacia atrás y vio
a Steve que todavía disparaba contra algo y a David que le hacía gestos para
que comenzara a moverse.
Se dirigió hacia la puerta abierta y echó asqueada un último
vistazo de reojo al cadáver acribillado a balazos que todavía colgaba de la
puerta. La cabeza se había hundido sobre sí misma como una calabaza podrida,
con los dientes destrozados y unos pegajosos restos de tejido que colgaban de
la parte trasera de su cráneo. La mano que saludaba ya no estaba conectada al
podrido brazo: el radio y el cubito habían sido literalmente destrozados. La
extremidad colgaba como una pieza decorativa asquerosa, como si les estuviera
haciendo señas…
Steve disparó una vez más y, finalmente, el tableteo del arma
automática cesó. Levantó su arma, con los ojos abiertos de par en par por la
enorme sorpresa mientras abría la boca para decir algo…
Y en ese preciso instante, la puerta trasera se abrió de golpe.
Las balas atravesaron la oscuridad, que se llenó de líneas de color naranja.
David la empujó con fuerza para que Rebecca saliera por la puerta delantera.
Mientras corría, oyó los estampidos de respuesta de los proyectiles de nueve
milímetros a su espalda.
Hay que llegar al edificio, hay que ponerse a cubierto…
Atravesó la oscuridad exterior a la carrera, y sus botas húmedas
resonaron sobre la polvorienta superficie rocosa. Su mirada logró discernir la
silueta de un enorme bloque de cemento y los árboles que lo rodeaban en las
sombras que tenía por delante.
—¡Aquí! —gritó una voz.
Torció hacia el lugar de donde había procedido el grito y vio la
musculosa figura de John recortada bajo la pálida luz de la luna en una de las
esquinas del edificio. Vio la puerta abierta cuando se acercó hasta él, y a
Karen apuntando con su arma hacia el almacén de botes. Las balas todavía
resonaban en la oscuridad.
—¡Entra! —le gritó Karen quitándose de su camino.
Rebecca pasó corriendo a su lado, sin detenerse hasta que estuvo
bien adentro y se golpeó dolorosamente una cadera contra el borde de una mesa,
que no vio en la oscuridad.
Se dio la vuelta y vio que era Karen la que estaba disparando
mientras John gritaba…
—¡Vamos! ¡Vamos!
A continuación apareció Steve lanzado a la carrera y jadeando.
Se detuvo justo antes de chocar contra ella, sosteniendo una mano contra el
pecho.
Rebecca se acercó a la puerta y se abrazó a la frialdad del
material mientras su mente absorbía el hecho de que era acero, al mismo tiempo
que David aparecía velozmente gritando.
—¡Karen, John!
Ella continuó encarada hacia la oscuridad, con el arma todavía
en alto. Resonaron otros tres disparos procedentes de su Beretta antes de que
por fin John entrara corriendo, con la mandíbula apretada y las ventanas de su
nariz dilatadas por completo.
Rebecca cerró la puerta de golpe, y sus dedos encontraron un
cerrojo de pasador. Apenas percibió el suave chasquido de la cerradura al
encajar porque los oídos le zumbaban. Las balas habían dejado de silbar en el
exterior. Los atacantes no intercambiaron gritos, no se oyó el ulular de
ninguna alarma, ni el ladrido de perros, ni siquiera los gemidos de los
heridos. El repentino silencio fue absoluto, roto sólo por los jadeos de los
miembros del equipo en la tibia y esta vez acogedora oscuridad.
Un rayo de luz halógena apareció de repente e iluminó uno por
uno los pasmados rostros de todos los presentes cuando David lo fue pasando a
su alrededor para investigar el lugar en el que se habían visto obligados a
refugiarse. Era una habitación de mediano tamaño, repleta de mesas y equipos de
ordenadores. No se veía ninguna ventana.
—¿Habéis visto eso? —dijo Steve entre jadeos, sin preguntárselo
a nadie en particular—. Dios, no paran. ¿Los visteis?
Nadie le respondió, y aunque ya se encontraban fuera de
cualquier peligro inmediato, Rebecca sintió que los niveles de adrenalina
seguían por las nubes en su sangre, y que no daban muestras de bajar, lo mismo
que las pulsaciones de su corazón. Al parecer, Umbrella había encontrado una
nueva utilidad para el virus-T.
Nos guste o no —pensó Rebecca—, vamos a tener que enfrentarnos a
las consecuencias.
Estaban atrapados en la Ensenada de Calibán. Y en aquellas
instalaciones, las criaturas tenían armas automáticas.
David inspiró profundamente por última vez y exhaló con lentitud
mientras apuntaba el rayo de luz de la linterna hacia la puerta.
—Yo diría que nos han descubierto —dijo, con la esperanza de que
lo que decía no sonara tan desesperado como él se sentía—. Ya que estamos,
podríamos ver con más detalle dónde nos hemos metido. Rebecca, ¿puedes encender
las luces, por favor?
Tras pulsar el botón de la pared, la estancia quedó iluminada
con unas pulsantes luces de neón de techo. David parpadeó por el repentino
brillo y, al echar un vistazo rápido a los miembros de su equipo, advirtió que
Steve tenía una mano apretada contra el pecho.
—¿Te han dado?
—El chaleco ha detenido la bala —dijo, pero parecía más falto de
aire que los demás, y su rostro estaba más pálido de lo que debería estar.
Rebecca miró a David y lo interrogó con la mirada. El asintió.
No parece que tengamos ningún otro sitio al que ir…
—Comprueba cómo se encuentra. ¿Alguien más?
Nadie respondió, y Rebecca se acercó hasta Steve mientras le
hacía gestos para que se quitara el chaleco. David se dio la vuelta y estudió
la estancia en la que se encontraban, intentando contrastarla con lo que había
visto en el mapa de Trent y con lo poco que había visto desde el exterior.
Había media docena de mesas de metal barato, cada una con un ordenador y un
montón de papeles encima. Las paredes de cemento eran lisas y sin ningún tipo
de decoración. Había otra puerta en el lado oeste del edificio, que llevaba al
interior de éste.
—Karen, vigila allí —indicó David. Ya registrarían el resto del
edificio cuando hubieran decidido qué iban a hacer.
Cuando tú hayas decidido qué hacer, capitán. Quizás te apetezca
que naden un poco. No puede ser peor que lo que has decidido hasta ahora.
David no hizo caso de aquella voz interior, aunque se daba
perfecta cuenta de lo mucho que había subestimado la situación. No era
necesario que el resto del equipo lo viera sumido en un mar de dudas. Aquello
no los ayudaría en nada. La cuestión era, ¿qué hacían a continuación?
—Veamos —dijo en voz alta—. Después de todo, no parece que nos
enfrentemos a un accidente. ¿Qué era lo que decía la nota? «La comida tenía
droga», y algo sobre un tal «él» que había matado a los demás… ¿Es posible que
no se haya producido un escape del virus-T?
Rebecca levantó la vista de su exploración del pecho de Steve.
El experto en ordenadores estaba sentado en una de las mesas enfrente de ella.
Steve arrugó la frente por el dolor cuando los dedos de Rebecca palparon el
morado que se estaba formando en su pectoral derecho. Ella sonrió con expresión
culpable, pero negó con la cabeza.
—Estás bien. No tienes nada roto.
Se giró hacia David, y la sonrisa desapareció de su rostro.
—Sí. Si se hubiera producido un escape, el tipo de la puerta, el
tal Ammon, habría resultado afectado. Pero lo de las Triescuadras… Si son el
resultado de un experimento con el virus-T, tendrían que haberse caído a trozos
completamente podridos a estas alturas. Hace más de tres semanas que escribió
esa nota, así que esa gente debería ser un montón de carne podrida. O es un
virus diferente, o alguien se ha ocupado de que se conserven en buen estado. Un
mantenimiento de las enzimas, o quizás algún tipo de refrigeración…
David asintió con lentitud mientras se percataba de las
conclusiones de la línea de razonamiento de Rebecca.
—Y si ese «alguien» se ha vuelto loco y ha matado a todos los
demás científicos, ¿por qué preocuparnos?
—Ese cadáver, saludándonos con la mano —intervino Karen con tono
pensativo—. Y la criatura, o las criaturas, en la ensenada. Es como si
estuviese esperando que llegase gente…
—… pero no quisiera que esa gente llegara demasiado lejos.
—Steve terminó la frase por ella.
Aquello le recordó a David la frase de la nota en la que pedía
que lo detuvieran.
Dios sabe lo que él piensa hacer.
Steve se puso de nuevo la camisa y se estremeció al sentir de
nuevo la fría humedad de la prenda.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora?
David no le respondió. No estaba seguro de qué decir. Se sentía
tan cansado, tan exhausto, tan inseguro…
—Yo… Nuestras opciones son marcharnos o meternos más a fondo
—dijo en voz baja—. Teniendo en cuenta todo lo que ha ocurrido hasta el
momento, no me agrada la idea de tener que tomar esa decisión. ¿Qué queréis
hacer vosotros?
David miró una cara tras otra, esperando ver furia o desprecio:
el jefe había fallado, los había llevado hasta una situación peligrosa sin
tener un plan de emergencia. Y todo porque no podía soportar la idea de ver
manchado el honor de los STARS y, para colmo, ahora que estaban atrapados, no
sabía qué hacer.
Las expresiones que tenían, como grupo, eran pensativas y
concentradas. Se quedó sorprendido al ver a Karen incluso sonreír, y cuando
ella habló, su tono era de impaciencia.
—Ya que lo preguntas, quiero resolver este enigma. Quiero saber
qué es lo que ha ocurrido aquí.
—Sí, yo también —dijo Rebecca, tras asentir varias veces
mientras Karen hablaba—. Además, todavía quiero echarle un vistazo al virus-T.
—Yo quiero encargarme de unos cuantos más de esos Triescorias
—dijo John también sonriendo—. Tío, zombis con rifles de asalto M-16… Ja, la
noche de la escuadra de los muertos vivientes.
Steve suspiró mientras se apartaba unos mechones de cabello
húmedo de la frente.
—La verdad es que, ya puestos, podríamos seguir mirando —dijo,
por fin—. Volver por el mismo camino no es que sea precisamente muy seguro. No
es el modo en que me gustaría hacerlo, pero poner de mierda hasta el cuello a
Umbrella sí era parte del plan original, de modo que sí, quiero acabar con esos
cabrones.
David sonrió, y se sintió justamente avergonzado de sí mismo. No
sólo había subestimado la situación: también había subestimado a su equipo.
—¿Qué es lo que tú quieres? —preguntó Rebecca de repente—. De
verdad.
La pregunta lo pilló por sorpresa, no sólo porque era ella quien
se la había hecho, sino porque, de repente, no tenía respuesta. Pensó en los
STARS, en su obsesión con su carrera y en lo que aquello les había costado
hasta entonces. Su único deseo a lo largo de los últimos días había sido sentir
que el trabajo de su vida había valido la pena… y se había convencido de que
poner al descubierto la traición dentro de la organización sería un descanso
para su alma, como si desenmascarar la corrupción demostrara en cierto modo que
su vida había tenido sentido.
He adorado el altar de la organización durante tanto tiempo…
pero ésa no es la razón. ¿Cuál es el verdadero motivo? ¿Podría decirlo, aquí,
en esta habitación, ante estas caras?
Miró detenidamente sus rostros inquisitivos y sintió la tensión
de su espera mientras lo observaban.
—Quiero que todos nosotros sobrevivamos —dijo por fin, con
acento sincero—. Quiero que todos nosotros logremos salir de aquí.
—Amén a eso —dijo John con un murmullo. David recordó lo que
había dicho a los del equipo de Raccoon City, sobre hacer cada uno lo que mejor
sabía para lograr vencer a Umbrella. Lo había dicho para que Chris diera su
aprobación a su plan, pero era una verdad que podía aplicarse a todos ellos.
Ponte manos a la obra, capitán…
—John, tú y Karen echad un vistazo por el edificio y comprobad
las puertas. Regresad en menos de diez minutos. Steve, enciende uno de los
ordenadores e intenta sacar un plano detallado de los alrededores. Rebecca, tú
y yo registraremos las mesas. Buscamos mapas, datos sobre las Triescuadras y
sobre el virus-T… Cualquier dato personal sobre los investigadores del lugar
que pueda indicarnos quién está detrás de todo esto.
David les indicó con un gesto de asentimiento que se pusieran en
marcha, sintiéndose más despejado y equilibrado emocionalmente que nunca.
—Vamos allá —dijo. Al infierno con los STARS. Ellos solos iban a
encargarse de derribar a Umbrella.
Probablemente, el doctor Griffith no se habría enterado de la
incursión si no hubiese sido por los Ma7. Al parecer, iban a ser útiles después
de todo, aunque no del modo para el que habían sido diseñados.
Había pasado la mayor parte del día en el laboratorio, mirando
sin ver los recipientes presurizados que se encontraban al lado de la entrada.
El reluciente acero brillaba con un reflejo seductor bajo la suave luz de neón.
En cuanto había tomado la decisión de dejar libre el virus, se había dado
cuenta de que ya no necesitaba hacer nada más. Las horas habían pasado volando:
cada vez que había mirado el reloj, se había llevado una sorpresa, aunque no
desagradable. Después de todo, él sería el primero en convertirse al nuevo modo
de vida de la Tierra. Con aquello delante de él, por lo único que tenía que
preocuparse era por llevar los recipientes hasta lo más alto del faro, y con
los doctores esperando silenciosa y pacientemente sus órdenes, incluso eso
estaba preparado. Justo antes del amanecer, les daría las instrucciones finales
y llevaría lleno de orgullo a la especie humana a la luz, al milagro de la paz.
Entonces se había acordado de los Ma7, lo que lo llevó a
levantarse y acercarse a las cuevas, la única preocupación que no había
considerado trivial. Ya había cometido un error con los Leviatanes . Cuando se
había apoderado de las instalaciones, había bajado las puertas de reja de las
cuevas submarinas por un súbito impulso, deseando que fueran tan libres como él
se sentía. No fue hasta el día siguiente que se dio cuenta de que era posible
que Umbrella los descubriera y se acercase hasta allí para averiguar qué había
ocurrido, lo cual frustraría sus planes. Él había continuado enviando informes
semanales para mantener las apariencias, pero no habría tenido una explicación
«razonable» para que se escaparan aquellas cuatro criaturas. Había sido pura
suerte que los Leviatanes hubiesen regresado por propia voluntad.
Por supuesto, los Ma7 era un asunto completamente distinto. Eran
demasiado violentos e impredecibles como para soltarlos, pero dejar que
murieran de hambre en sus jaulas no le había parecido justo, sobre todo porque
ellos también disfrutarían de los efectos de su regalo. No habían escogido
existir como criaturas de destrucción, ni siquiera habían elegido existir. Y,
puesto que él había contribuido un poco en el proceso de su creación, se sentía
obligado a hacer algo por aquellos pobres seres…
Se quedó delante de la puerta exterior durante bastante tiempo,
considerando todos los aspectos del problema mientras los cinco animales se
lanzaban repetidas veces contra la reforzada rejilla de acero y el sonido de
sus extraños aullidos parecidos a lamentos rebotaban por las paredes de las
húmedas y sinuosas cuevas. Había un mecanismo de apertura manual cerca del
recinto, y otro en el laboratorio, pero no había forma alguna de soltarlos
desde el faro.
Desde luego, no podía dejarlos salir hasta que él se encontrara
a salvo, aunque podía enviar a uno de los doctores para que lo hiciera, pero
los Ma7 tenían un metabolismo mucho más lento que los humanos, y existía el
riesgo de que llegaran hasta él antes de que se transformaran. Un mes antes, la
doctora Chin y dos de sus técnicos veterinarios habían cometido el error de
querer atender a uno de los ejemplares enfermos: había sido una muerte
horrible. Y aunque él no sentiría dolor en cuanto hubiese realizado la
transición, deseaba permanecer en el nuevo mundo el máximo tiempo posible.
Griffith había decidido finalmente que la eutanasia era la única
opción razonable. Era una decisión tomada a regañadientes, pero no había
encontrado otra alternativa. Aunque el laboratorio estaba bien aprovisionado de
material, los venenos no eran su punto fuerte, así que había decidido consultar
hi base de datos principal… y allí, en la fría comodidad de su laboratorio
sellado, había descubierto que su santuario había sido invadido.
Se sentó delante del ordenador, pasmado en cierto modo, y se
quedó mirando la parpadeante señal que indicaba que uno de los ordenadores del
bunker estaba accediendo al sistema. No existía ninguna posibilidad de que se
tratase de un error. Excepto los ordenadores del laboratorio, el resto del
material informático había sido apagado hacía ya varias semanas. Umbrella había
llegado.
La primera emoción que sintió después de la sorpresa pasmada fue
la rabia, una furia absoluta que le arrancó todo indicio de razón y le hizo ver
puntitos rojos, una ira que descendió sobre él como un fuego divino. Durante
unos momentos quedó perdido, y su cuerpo se vio poseído por aquella fuerza
primitiva. Agarró y arrancó y destrozó todo los inservibles e insignificantes
objetos que encontró a su alrededor.
Ellos NO me, NO me detendrán, NO lo harán…
Cuando por fin sus manos tocaron el frío metal de los
recipientes presurizados, aquel fuego se convirtió en cenizas. Los pulidos y
plateados envases fueron como una ola de razón que lo hicieron volver a ser él
mismo. Su autocontrol regresó de un modo tan abrupto como había desaparecido.
Mi creación. Mi trabajo.
Parpadeó entre jadeos y, de repente, se encontró en mitad de un
torbellino de destrucción, en medio de un mar de papeles destrozados, de
cristales rotos y de cables arrancados. Había logrado machacar el ordenador, el
portador de las malas noticias, contra el frío suelo. Cualquier otro día se
hubiera sentido avergonzado por el ataque de histeria, pero en aquel momento,
en el umbral de lograr la grandeza, reconoció que aquella furia estaba más que
justificada.
Justificada quizá, pero no tiene sentido. ¿Cómo vas a lograr que
no te detengan? No puedes liberar el virus aquí, ni tampoco arriesgarte a
salir, no en esta situación… ¿Qué planean hacer? ¿Cuánto saben?
Podría averiguarlo con facilidad. Todavía quedaban otras dos
terminales de ordenador en el laboratorio. Se dirigió rápidamente hacia una de
ellas, echando un breve vistazo a los mudos doctores, sentados al lado de un
compartimiento estanco. Si se habían dado cuenta de su ataque de ira, no daban
señal alguna de ello. Sintió una breve oleada de odio hacia ellos por crear las
inútiles Triescuadras, los «imparables» guardias que le habían fallado en el
preciso momento que más los necesitaba.
Se sentó y giró el monitor, esperando impaciente a que el
giratorio logotipo de la compañía desapareciera de la pantalla. El sistema de
seguridad de todo el lugar tenía su base en el laboratorio. Podría ver qué
estaban buscando los intrusos sin que éstos detectaran su presencia. Bueno, eso
si se acordaba de cómo se accedía a la información…
Pulsó varias teclas, esperó, y luego introdujo su número de
seguridad. Después de una brevísima pausa, unas líneas de color verde repletas
de datos aparecieron por toda la pantalla. Lo había logrado.
Buscar, encontrar, localizar…
Frunció el entrecejo al ver la información, y se preguntó por
qué demonios cualquiera que Umbrella hubiese enviado estaría buscando el
laboratorio. Y por qué lo estaba buscando en el sistema principal. Los
diseñadores de sistemas no eran idiotas: no existía nada sobre el trazado de
las instalaciones en aquellos archivos…
En Umbrella lo saben, lo que significa… Una sensación de alivio
recorrió su cuerpo, una sensación tan agradable que empezó a reírse en voz
alta. De repente se sintió muy estúpido por la reacción tan infantil que había
tenido al enterarse de que alguien había entrado. La persona que estaba
buscando información no era de Umbrella, y aquello lo cambiaba todo. Incluso si
lograban encontrar el laboratorio, lo cual era bastante improbable dada su
localización, no podrían entrar sin una tarjeta de acceso, y Griffith las había
destruido todas…
Todas, excepto la de Ammon, que nunca apareció. Griffith se
quedó inmóvil por un momento y luego meneó la cabeza. Una sonrisa nerviosa
apareció en su cara. No, no. Había buscado en todos los sitios posibles para
encontrar la tarjeta que faltaba, así que ¿qué probabilidades tendrían los
allanadores de su laboratorio de encontrarla?
¿Y cuáles eran las probabilidades de que lograran atravesar las
Triescuadras, eh? ¿Y qué estuvo haciendo Lyle durante todas las horas que
tardaste en encontrarlo? ¿Qué pasa si logró enviar un mensaje? Sólo comprobaste
las transmisiones con Umbrella, ¿pero que ocurre si se ha puesto en contacto
con otra gente?
Mientras aquella terrible e imposible idea llenaba su mente, en
la pantalla del ordenador comenzaron a aparecer listas de información sobre las
pruebas de habilidades lógicas, la serie de pruebas sociopsicológicas que el
doctor Ammon había diseñado.
Griffith sintió que su autocontrol desaparecía de nuevo. Cerró
las manos y apretó los puños, negándose a ceder a la rabia. Había demasiado en
juego y no podía permitir que las emociones lo dominaran, no en ese momento.
Tenía que pensar.
Soy un científico, no un soldado. ¡Ni siquiera sé disparar o
luchar! Sería completamente inútil en un combate, completamente…
Impredecible. Incontrolable.
Por el rostro de Griffith comenzó a extenderse lentamente una
sonrisa.
De sus puños comenzó a caer sangre, procedente de las heridas
causadas por sus uñas al clavarse en la palma de sus manos, pero no sintió
dolor alguno. Su mirada vagó por el abierto y silencioso laboratorio y se
detuvo un instante en el compartimiento estanco. Luego miró las caras sin
expresión de sus doctores. Luego los cilindros llenos de aire comprimido y de
virus, su milagro. Y, finalmente, los controles que abrían la puerta de la
verja del recinto de los animales.
La sonrisa del doctor Griffith se ensanchó aún más.
Que vengan por mí.
Capítulo 9
Mientras Steve leía en voz alta, Rebecca observó que David
miraba su reloj y la puerta varias veces. No creía que hubieran pasado diez
minutos, pero no debía faltar mucho. John y Karen todavía no habían regresado.
—… donde cada uno está diseñado para medir la aplicación de la
lógica a su resolución, con técnicas proyectivas de índices combinados con
precisión de intervalo…
Era un tema bastante árido. Al parecer, se trataba de un informe
interno sobre el análisis de algún tipo de prueba de inteligencia. Era bastante
obvio que lo había escrito un científico. De hecho, era el tipo de cháchara en
la que muchos investigadores terminan cayendo cuando quieren explicar algo un
poco más complicado que una silla. Pero era lo que había aparecido en pantalla
cuando Steve había pedido información sobre la «serie azul». Puesto que la
habitación ofrecía poco más de interés, Rebecca se obligó a sí misma a prestar
atención a la vez que intentaba sacudirse de encima la inquietante sensación de
miedo que la atenazaba desde que habían comenzado su infructuosa búsqueda.
Alguien se había encargado de limpiar la habitación de toda
prueba, y había hecho un buen trabajo. Habían encontrado libros, archivadores,
grapadoras, bolígrafos y papeles, pero ni una sola hoja de papel con algo
escrito, ni un solo fragmento de información a partir del cual empezar a
trabajar. La búsqueda de Steve en el ordenador no había ido mucho mejor: no
habían encontrado ningún mapa ni información alguna sobre el virus-T. Fuese
quien fuese el que se había apoderado de las instalaciones, al parecer había
logrado eliminar cualquier indicio que hubiesen podido utilizar.
Excepto por toda esta mierda aburrida seudopsicopsiquiátrica,
que hasta el momento ni siquiera ha mencionado la palabra «azul». ¿Cómo se
supone que vamos a lograr algo así?
Steve pulsó otra tecla y su rostro se iluminó.
—Allá vamos…
«La serie roja, cuando se examina bajo un prisma estandarizado,
es la más sencilla y simple, aplicable hasta un coeficiente de inteligencia de
80. La serie verde…
Dejó de leer y frunció el entrecejo.
—La pantalla acaba de quedarse en blanco.
Rebecca levantó la vista de la mesa casi vacía que había estado
registrando, y David se acercó hasta Steve.
—¿Un fallo de sistema? —preguntó preocupado.
Steve mantuvo el ceño mientras apretaba unas cuantas teclas más.
—Más bien parece un bloqueo de programa. No creo que… Eh, ¿qué
es esto?
—Rebecca —dijo David en voz baja, indicándole con un gesto que
se acercara.
Ella cerró un cajón lleno de archivadores vacíos sin marcar y se
colocó detrás de Steve, agachándose para leer bien en la pantalla del
ordenador.
«EL HOMBRE QUE LO FABRICA NO LO NECESITA. EL HOMBRE QUE LO
COMPRA NO LO QUIERE. EL HOMBRE QUE LO UTILIZA NO LO SABE. »
—Es un acertijo —afirmó David—. ¿Alguno de vosotros sabe la
respuesta?
Antes de que alguno de ellos pudiera responder, Karen y John
aparecieron de nuevo en la habitación, ambos enfundando sus armas. Karen
sostenía un trozo de una hoja de papel en la mano.
—Todo bien amañado —informó John—. Media docena de oficinas, ni
una sola ventana y sólo otra puerta que da al exterior, en el extremo norte.
—Había archivadores en la mayoría de las oficinas —intervino
Karen—, pero todos estaban vacíos. Sólo he encontrado esto en uno de los
cajones, enganchado en una ranura. Debe haber quedado arrancado cuando
limpiaron el lugar.
Le entregó el trozo de papel a David. Leyó unas cuantas líneas y
su mirada adquirió de repente una intensidad mayor.
Se dio la vuelta hacia Karen.
—¿Esto es lo único que había?
—Sí —asintió Karen—, pero es suficiente, ¿no crees?
David levantó un poco la hoja rota y comenzó a leer su contenido
en voz alta:
Los equipos continúan funcionando de forma independiente, pero
han mostrado una mejora sustancial desde la modificación de las sinapsis
auditivas. En el escenario dos, donde se encuentra presente más de una
Triescuadra, el segundo equipo (B) no traba combate cuando el primer equipo (A)
finaliza su tarea (cuando el objetivo deja de moverse o de hacer ruido). Si el
objetivo continúa proporcionando estímulos y A ha abandonado el ataque (falta
de munición/heridas incapacitantes a todos los miembros del equipo), B entra en
combate. Si se encuentran dentro del radio de acción, las patrullas adicionales
son atraídas hacia el combate y atacan en sucesión. No hemos logrado hasta el
momento expandir la habilidad sensorial para provocar el comportamiento
deseado. Los estímulos visuales de los escenarios cuatro y siete continúan
siendo improductivos, aunque infectaremos a un nuevo grupo de unidades mañana y
esperamos obtener resultados correspondientes al final de esta semana.
Recomendamos continuar desarrollando aún más las capacidades auditivas antes de
pensar en implantar detectores de calor…
—Ahí es donde está arrancada —dijo David al tiempo que levantaba
la cabeza. Karen asintió de nuevo.
—Pero es suficiente para explicar un montón de cosas. Por qué el
equipo en la parte trasera de la casa no actuó: el equipo que se encontraba en
la parte frontal todavía estaba disparando. No fue hasta que Steve y yo los
eliminamos por completo cuando el segundo equipo entró en acción.
Rebecca frunció el entrecejo. No le gustaba el informe por algo
más que por las conclusiones obvias que habían sacado sus compañeros: Umbrella
continuaba sus experimentos con seres humanos. Por lo que había visto en
Raccoon City, el virus-T tardaba seis o siete días en apoderarse por completo
del ser infectado, y luego el individuo comenzaba a caerse a pedazos en menos
de un mes.
Así que, ¿qué es eso de infectar a un nuevo grupo y conseguir
datos y resultados en una semana? Y ya puestos, ¿implantar detectores de calor
y modificar la sensibilidad de individuos ya infectados? No deberían tener
tiempo para eso. Las unidades ya deberían estar desintegrándose sin posibilidad
de aprender nuevos comportamientos…
Se mordisqueó el labio llena de nerviosismo, preguntándose de
repente qué demonios habían estado haciendo los investigadores del laboratorio
de la Ensenada de Calibán con el virus. Si habían logrado encontrar un modo de
acelerar su capacidad de infección, quizá modificando la membrana de fusión del
virión, haciéndola más cohesiva…
O quizás han multiplicado la partícula de inclusión y han
logrado que se multiplique de forma exponencial… Podríamos estar enfrentándonos
a una cepa que actúa en horas, no en días.
Era una idea bastante desagradable, en la que ni siquiera quería
pensar más hasta que dispusiera de mayor información. Además, aquello no
cambiaba la situación en que se encontraban: las Triescuadras eran igualmente
letales en cualquier caso.
—El letrero de la puerta norte decía que nos encontrábamos en el
bloque C, sea lo que sea eso —dijo John mientras se acercaba al ordenador—.
¿Has encontrado algún mapa?
—No —Steve suspiró—, pero echa un vistazo. Le pedí información
sobre la serie azul y comenzó a proporcionarme datos sobre unas pruebas de
lógica y de coeficientes de inteligencia, todas clasificadas por colores, y
luego apareció esto de repente. No puedo sacar nada más.
John se acercó a la pantalla y comenzó a leer murmurando.
—… que lo fabrica no lo necesita. El hombre que lo compra no lo
quiere. El hombre que lo utiliza no lo sabe.
Karen, que estaba leyendo de nuevo la información que habían
logrado sobre las Triescuadras, levantó la cabeza repentinamente interesada.
—Espera, ya sé qué es. Es un féretro.
Rebecca no se sintió sorprendida de que Karen conociera la
respuesta del acertijo. Desde el principio le había parecido que era muy
aficionada a los rompecabezas. Todos se reunieron inmediatamente alrededor de
Steve mientras éste tecleaba la palabra «féretro». La pantalla permaneció
igual.
—Prueba con ataúd —indicó Rebecca.
Los dedos de Steve volaron sobre el teclado. En cuanto apretó la
tecla de «intro», el acertijo desapareció y fue sustituido por otro mensaje.
SERIE AZUL ACTIVADA.
A aquello le siguió otro texto.
PRUEBA CUATRO (BLOQUE A), SIETE (BLOQUE D) Y NUEVE (BLOQUE B
AZUL PARA ACCEDER A LOS DATOS (BLOQUE E).
—Azul para… El mensaje de Ammon —dijo Karen con voz tensa y
rápida—. Eso es. El mensaje que recibimos estaba relacionado con la serie azul,
y luego decía «introducir respuesta para la clave». La respuesta era «ataúd»…
—Y los números de las pruebas son la clave —razonó David—.
Después hay otras tres líneas en el mensaje, y luego dice «azul para acceder».
Las líneas deben ser las respuestas a las pruebas: «letras y números a la
inversa», «arco iris del tiempo», y «no contar». Jill tenía razón. Es algo que
debemos encontrar.
Rebecca sintió una oleada de emoción mientras David tomaba un
bolígrafo de una de las mesas y le daba la vuelta a la hoja con la información
de las Triescuadras. Todo lo que les habían dado tenía sentido por fin: el
mensaje del doctor Ammon realmente significaba algo.
Podemos hacerlo. Ahora ya tenemos algo con qué empezar…
David dibujó tres rectángulos en dos líneas, los mismos que
aparecían en el mapa de Trent, y escribió la letra C en el interior del
rectángulo que se encontraba más al sur. Después de una pausa, marcó
dubitativamente los demás rectángulos, empezando por el que estaba arriba y a
la izquierda y yendo de derecha a izquierda, apuntando el número de las pruebas
al lado de cada letra.
—Vamos a suponer que éste es el orden apropiado —dijo—, y que
tenemos que llevar a cabo las pruebas en el orden indicado, nos moveremos en
una línea en zigzag entre los edificios.
—Y vamos a suponer que eso no les parece mal a las Triescuadras
—acotó John en voz baja.
Rebecca sintió que sus esperanzas se reducían, y advirtió la
misma mezcla de sensaciones en los sombríos rostros de sus compañeros mientras
observaban en silencio los rectángulos. Sabía que finalmente tendrían que salir
de allí de todas maneras, pero había logrado de algún modo evitar tener que
pensar en ello, dejarlo a un lado hasta que lo había tenido delante.
Pues bien, ya lo tenía delante de las narices. Y las
Triescuadras estarían allí, en el exterior, a la espera.
Estaban de pie al lado de la puerta norte del edificio, en un
pasillo oscuro y caluroso. Se apretaron los cordones de las botas, se ajustaron
los cinturones y metieron nuevos cargadores en las pistolas. Cuando David
estuvo listo, se dio la vuelta hacia John y asintió.
—Repítemelo —ordenó David.
—Tú, Steve y Rebecca tomaréis el edificio que está a la izquierda,
al noroeste de aquí. En cuanto comprobemos que todo está despejado, Karen y yo
cruzamos. Si tus sospechas son ciertas, estaremos en el bloque D. Si el mapa
está al revés, será el bloque B. De todas maneras, aseguramos el edificio,
encontramos el número de la prueba, y esperamos a que aparezcas y que nos des
la señal de avanzar.
—Y si no aparezco…
Fue Karen esta vez la que recitó las restantes órdenes.
—Si no sabemos nada de ti en media hora, regresamos aquí y
esperamos a Steve y a Rebecca. Completamos las pruebas si es posible…
—… y sacamos nuestros culos por encima de la verja —terminó John
sonriendo, con un destello de dientes blancos en la oscuridad.
—Correcto —dijo David—. Bien.
Estaban preparados. Existía un número infinito de variables en
la ecuación, un montón de detalles que podían salir mal en un plan tan
sencillo, pero siempre era así. No había forma humana de estar preparado para
todo lo que podía pasar, no llegados a ese punto, y la decisión de dividirse en
dos grupos era su mejor posibilidad de evitar ser detectados por las
Triescuadras.
—¿Alguna pregunta antes de salir?
Fue Rebecca la que habló, con su joven voz llena de
preocupación.
—Me gustaría recordaros a todos que tengáis muchísimo cuidado
con todo lo que tocáis, o con lo que os toca. Los individuos que forman las
Triescuadras son portadores del virus, así que procurad evitar acercaros a
ellos, sobre todo si están heridos.
David se estremeció en su fuero interno al recordar lo que ella
les había dicho por la mañana: una gota de sangre infectada podía contener
millones o incluso cientos de millones de virus. No era un pensamiento
agradable si se tenía en cuenta que un proyectil de nueve milimetros podía
causar muchos daños…
Y que no caen cuando son heridos. Los tres del almacén de botes
continuaron acercándose, andando y disparando y sangrando…
Estaban esperando a que les diese la señal. David descartó
aquellos pensamientos de la cabeza y le quitó el seguro a su Beretta mientras
ponía la otra mano en el tirador de la puerta.
—¿Preparados? Ahora, en silencio. Una… dos… tres.
Abrió la puerta de golpe y salió al exterior, adentrándose en la
fresca noche y en el susurro de las olas del océano. El lugar estaba mucho más
iluminado que antes, ya que la Luna había salido por completo y estaba
prácticamente llena. Todo el conjunto de edificios estaba bañado por una suave
luz azul y plata. Nada se movió en las cercanías.
Justo delante de él, a unos veinte metros, se encontraba el
objetivo de John y de Karen, y se sintió aliviado al ver que se abría una
puerta en la pared de cemento que daba al bloque C: no tendrían que dar la
vuelta para entrar.
David se alejó de la puerta y se dirigió hacia la izquierda,
pegándose a la estrecha sombra que proyectaba la pared. Distinguió la parte
delantera del edificio que esperaba que fuese el bloque A, con unos pinos altos
detrás y a la izquierda. Vio una sombra un poco más oscura en mitad de la
pared: una puerta. No había cobertura alguna en los más de treinta metros de
distancia hasta ella. En cuanto se separaran de la pared del bloque C, estarían
completamente expuestos y serían vulnerables.
Si hay una Triescuadra entre las dos lineas de edificios…
Miró hacia atrás y vio a Rebecca y a Steve, tensos y a la espera
detrás de él. Si se iban a meter en un fuego cruzado, al menos él iría en
primer lugar, y Steve y Rebeca tendrían tiempo de retroceder para ponerse de
nuevo a cubierto.
Aspiró profundamente, contuvo la respiración… y se alejó a toda
prisa de la pared, corriendo semiagachado en dirección al negro cuadrado de la
puerta de entrada. Unas siluetas pálidas y sombrías pasaron a su lado como un
borrón. Todo su ser estaba en tensión a la espera del chasquido de los disparos
y de los destellos de las armas automáticas, del agudo y paralizante dolor que
lo derribaría al suelo… pero todo estaba tranquilo y en silencio, y el único
sonido que percibía era el agitado latir de su corazón, el veloz flujo de su
sangre en las venas y sus pasos apagados. Los segundos se extendieron hasta
convertirse en una eternidad mientras la puerta aumentaba con lentitud de
tamaño…
Un instante después, el tirador de la puerta estaba en su mano y
él la abría, metiéndose de lleno en una negrura opresiva y girándose para ver
cómo Steve y Rebecca entraban a la carrera detrás de él.
David cerró la puerta con rapidez pero con suavidad, para no
hacer ruido. En la oscuridad del lugar percibió que estaba vacío y que allí no
había nadie vivo… y, de repente, le golpeó el hedor. Oyó las arcadas de Steve y
Rebecca, una respuesta involuntaria provocada por el asco que sentían. David se
llevó la mano al cinturón y empuñó la linterna, aunque ya suponía lo que iba a
ver.
Era el mismo olor asqueroso que habían sentido al entrar en el
almacén de botes, pero cien veces más intenso. Incluso sin haber tenido la
referencia del olor en el almacén, David lo hubiera reconocido. Ya lo había
olido en la selva de Sudamérica y en un campamento de fanáticos religiosos en
ldaho, y una vez, en el sótano de la casa de un asesino en serie. Era el hedor
a podredumbre, a muerte multiplicada, y era inolvidable. Era un olor rancio,
como a leche agria y a carne descompuesta.
¿Cuántos? ¿Cuántos cadáveres habrá?
El rayo de la linterna se encendió e iluminó el tambaleante y
apestoso apilamiento que ocupaba toda una esquina de la sala de almacenamiento,
y David se dio cuenta de que no era posible saberlo con exactitud: los cuerpos
estaban comenzando a fundirse entre ellos. La carne negruzca y arrugada se
había reblandecido, y la de un cadáver se entremezclaba con la de otros. Quizás
había unos quince, o tal vez veinte.
Steve se alejó trastabillando mientras todo su cuerpo daba
arcadas y, finalmente, vomitó con un sonido bronco y desamparado en la
silenciosa habitación, excepto por él. David echó un rápido vistazo al resto de
la estancia y descubrió una puerta en la pared trasera con la letra A escrita
en negro.
No volvió a mirar el montón de cuerpos y le dio un ligero
empujón a Rebecca para que se dirigiera hacia la puerta del otro lado,
agarrando a Steve del brazo por el camino. Una vez que llegaron al otro lado de
la puerta, el olor llegó a ser soportable.
Se encontraban en un pasillo sin ventanas y, aunque había un
interruptor al lado de la puerta, David hizo caso omiso de su presencia durante
unos momentos mientras tomaba aire y los dos miembros más jóvenes de su equipo
se recuperaban de la impresión que habían sufrido.
Al parecer, habían encontrado a los trabajadores de Umbrella en
la Ensenada de Calibán. Bueno, al menos a todos menos a uno. David decidió que
cuando se encontraran con él primero dispararía, sin preocuparse en absoluto
por hacer ningún tipo de preguntas.
Karen y John se quedaron de pie detrás de la puerta durante todo
un minuto después de que los demás miembros del equipo se hubieran ido. Sólo la
tenían abierta lo suficiente como para poder oír con claridad. El fresco aire
nocturno se coló hacia el interior, unido al suave murmullo de las olas, pero
no oyeron disparos, ni gritos.
Karen cerró la puerta y miró a John, con sus pálidas facciones
apenas visibles bajo la escasa luz. El tono de su voz era bajo y tranquilo,
pero reflejaba tensión.
—Ya deben de estar dentro. ¿Quieres ir tú por delante o
prefieres que vaya yo?
John no pudo evitarlo.
—Mis mujeres siempre se van en primer lugar —susurró—, aunque
prefiero cuando nos vamos juntos, tú ya me entiendes.
Karen suspiró profundamente, con un sonido de pura exasperación.
John sonrió, pensando que era muy fácil provocarla. Sabía que no debía meterse
con ella de ese modo, pero era difícil resistir la tentación. Karen Driver era
una tiradora jodidamente buena con cualquier clase de arma, y era aguda como un
alfiler en cuestión de inteligencia, pero también era una de las personas con
menos sentido del humor que jamás había conocido.
Es mi deber ayudarla a animarse. Si vamos a morir, será mejor
que lo hagamos riendo y no llorando…
Era una filosofía muy simple, pero a ella se aferraba con todas
sus fuerzas: lo había ayudado en más de una ocasión a salir de una situación
«desagradable».
—John, limítate a responder a la maldita pregunta.
—Yo iré en primer lugar —respondió con voz apaciguadora—. Espera
a que pase y luego sígueme.
Ella asintió con cierta brusquedad, y se apartó para que él
pudiera pasar. John pensó por un momento decirle que la esperaría en la puerta
sólo con una sonrisa y con nada más puesto, pero decidió dejarlo. Llevaban
trabajando juntos desde hacía casi cinco años, y sabía hasta dónde podía llegar
antes de que ella comenzase a cabrearse de verdad. Además, era una buena frase,
y no quería desperdiciarla.
En cuanto su mano tocó el tirador de la puerta, respiró
profundamente y dejó que su chispeante ingenio se sentara en la parte de atrás
mientras lo que él llamaba su «mente de soldado» se ponía al volante. Una cosa
era el humor, y otra derrotar al enemigo, y aunque él disfrutaba enormemente
con ambas, hacía tiempo que había aprendido a separarlas.
Ahora voy a convertirme en un fantasma. Voy a deslizarme a
través de la oscuridad como una sombra…
Abrió con lentitud la puerta. Ni un solo ruido, ni una sola
señal de movimiento. Salió del edificio empuñando relajadamente su Beretta y
comenzó a moverse con rapidez a través de la oscuridad plateada, fijando su
atención en la puerta que se encontraba a poco más de veinte pasos. Su mente de
soldado le fue suministrando los datos: la fresca brisa marina no traía ningún
ruido hostil, sólo el aroma y el rumor del océano, el crujido de sus botas al
pisar el suelo desigual… Pero su corazón le decía que él era un fantasma, un
ser que flotaba como una sombra invisible a través de la noche.
Llegó hasta la puerta y agarró el frío y húmedo tirador con mano
tranquila… pero no se movió ni un milímetro. La puerta estaba cerrada con
llave.
Nada de pánico, nada de preocuparse: era una sombra que nadie
podía ver. Encontraría otra forma de entrar. John levantó una mano para
indicarle a Karen que esperara y se dirigió de forma silenciosa y huidiza hacia
la derecha.
Silenciosa e intangible: una sombra sin forma alguna…
Llegó a la esquina y la dobló velozmente, mientras sus sentidos
reconcentrados continuaban proporcionándole información. Ni un solo movimiento
en la noche susurrante; el roce rugoso del cemento contra su hombro izquierdo y
contra la cadera del mismo lado; la continua sensación de fluidez y de poder en
sus músculos. Allí. Había otra puerta, encarada hacia el amplio espacio vacío
del océano. La luz pálida se reflejaba en el metal…
¡Ratatatatataat!
Las balas levantaron surtidores de polvo a sus pies. John se
giró y dio un salto hacia atrás, aplastándose contra la pared mientras su mano
agarraba el tirador de la puerta. Procedentes del almacén de botes, caminando
en línea de tres…
Y John abrió la puerta de golpe y se situó detrás de ella de un
salto. Oyó el chasquido de las balas en el momento en que se estrellaban contra
el metal. Los proyectiles impactaron a escasos centímetros de su cuerpo, y el
cling-cling-cling-cling estremeció la puerta.
Mantuvo la puerta abierta con un pie, y asomó la cabeza una
fracción de segundo para apuntar contra el resplandor de sus armas, apretando
el gatillo mientras trozos de cemento y pequeñas nubes de polvo saltaban de la
pared a su espalda. La nueve milímetros saltó en el aire, formando parte de su
mano. En ese momento era más animal que persona. Era un único ser del que
formaban parte los rugientes estampidos y el ritmo de su respiración. Era
consciente de que era algo más que un hombre: era el portador de la muerte.
Otro vistazo y vio que la línea de individuos estaba más cerca.
Las tres siluetas comenzaban a tomar forma. John disparó otra vez y se ocultó
inmediatamente detrás de la puerta. Cuando se asomó de nuevo, sólo quedaban dos
figuras en pie. Crac.
Detrás de él.
John se giró en redondo y los vio: otros dos, a menos de tres
metros de él, al lado de la esquina noroeste del edificio. Ambos empuñaban
rifles de asalto. Pero no parece que vayan a disparar.
Entonces sintió pánico, una bestia aullante escondida en las
tripas que amenazaba con devorarlo desde su interior… ¡Menuda mierda!
Las ráfagas de los M-16 seguían acercándose, pero sólo tenía
ojos para las criaturas que estaban allí, de pie delante de él, mirándolo con
ojos gomosos sin expresión, tambaleándose sobre unas piernas inestables. El que
estaba a la izquierda sólo tenía media cara. De su nariz colgaba una masa
semilíquida y pulposa de tejido, trozos negros y húmedos que se mantenían
unidos mediante tiras de carne elástica. El que estaba a la derecha parecía
intacto a primera vista, aunque pálido como la muerte y muy sucio… hasta que
vio la destrozada masa de sus entrañas que salía por debajo de su ensangrentada
camisa, con un trozo de intestino que le llegaba hasta los pies.
No entran en combate hasta que termina de hacerlo el equipo A…
John retrocedió hasta la tibia oscuridad del edificio y utilizó
el brazo para mantener abierta la puerta frente al par de zombis que todavía
disparaban. Sacó su brazo y apuntó con todo el cuidado que pudo, liberándose
del pánico. Ninguna de las dos criaturas realizó gesto alguno de defensa. Sólo
se quedaron allí, tambaleándose sobre sus piernas podridas, mirándolo.
¡Bam! ¡Bam!
Dos tiros limpios contra las cabezas, con unos estampidos que
ahogaron durante un par de instantes el tableteo continuo de los M-16. Antes
incluso de que se derrumbaran al suelo, John oyó el estampido de otra Beretta
sacudiendo el aire nocturno.
Karen…
Echó otro vistazo al otro lado de la puerta, y vio cómo caían al
suelo las dos figuras que quedaban del otro equipo. Una de ellas continuó
disparando mientras caía de espaldas, con el rifle de asalto apuntando al
cielo. Karen salió del lugar entre dos edificios donde estaba agazapada, de
espaldas a John, con la pistola todavía apuntando al cadáver que disparaba de
forma espasmódica.
Los equipos no entran en combate…
—¡No le dispares! ¡Ven aquí, déjalo!
Ella se giró, llena de gracia y agilidad, y comenzó a correr
hacia él. En cuanto entró, John cerró la puerta, y el tableteo del arma
automática quedó reducido a un ahogado sonido hueco.
John se dejó caer contra la puerta mientras Karen tanteaba en la
oscuridad en busca del cerrojo. Su cerebro todavía le gritaba que lo que había
visto era imposible que existiera, que acababa de matar a dos hombres muertos,
que no había forma de que aceptara aquellos hechos, que eso lo volvería loco…
No puede ser, no puede ser, no lo creo, no lo creí antes y no lo
creo ahora… y estaban muertos, estaban muertos, podridos, y estaban…
El susurro ronco de Karen rasgó la oscuridad e interrumpió sus
pensamientos cada vez más enloquecidos.
—Eh, John… ¿Te ha gustado?
Él parpadeó e intentó comprender lo que le decía.
—Quiero decir, lo de irte primero. ¿Ha sido todo lo bueno que
esperabas?
Sintió que un pasmo de sorpresa reemplazaba los terribles y
agitados pensamientos, que la confusión desaparecía y que su mente se aclaraba
de nuevo.
—No tiene ninguna gracia —repuso.
Al cabo de un instante, ambos comenzaron a soltar grandes
carcajadas.
Capítulo 10
Cuanto más se alejaban de la parte delantera del edificio, más
respirable era el aire, y Rebecca se sintió aliviada. Había estado a punto de
vomitar por el olor, un hedor rancio que casi era palpable, como si fuera una
entidad en sí mismo.
Comenzó a pensar de nuevo en el doctor Nicolas Griffith mientras
atravesaban en silencio al pasillo iluminado, y recordó la historia sobre las
víctimas del virus de Marburg. Aunque no tenía pruebas con respecto a la
responsabilidad de la matanza de los trabajadores de Umbrella, no podía evitar
pensar que él era el causante e inductor.
Pasaron por varias habitaciones abiertas a ambos lados del
pasillo, todas tan vacías y tan frías como el edificio que acababan de
abandonar. También pasaron junto a una puerta de salida al otro extremo del
bloque y, finalmente, después de doblar otra esquina del pasillo, llegaron a
una puerta marcada con la letra A, y bajo ella, los números 1-4. Bajos los números
había tres triángulos, cada uno de un color diferente, rojo, verde y azul.
David abrió la puerta. Se trataba de una estancia mucho más
pequeña, que apenas iluminaba la bombilla halógena de la linterna. Steve
encontró los botones de la luz y descubrieron que había otras dos puertas, una
a cada lado. Rebecca observó que había más triángulos de colores en la puerta
de la derecha, pero ninguno en la de la izquierda.
—Yo efectuaré la prueba —dijo David—. Steve, tú y Rebecca
revisad la otra habitación. Nos encontraremos aquí.
Rebecca asintió, y Steve hizo lo propio. Estaba un poco pálido,
pero también parecía mantener el control, aunque bajó la vista cuando se dio
cuenta de que ella lo estaba mirando. Comprendió lo que le ocurría:
probablemente estaba avergonzado de haber vomitado la cena.
Abrieron la puerta y entraron en otra habitación sin ventanas,
tan calurosa y con el ambiente tan cargado como el resto del edificio. Rebecca
encendió las luces y ante sus ojos apareció una oficina bastante grande repleta
de estanterías. En una esquina había una mesa escritorio de metal, un mueble
archivador con los cajones vacíos abiertos de par en par.
Steve suspiró.
—Parece que aquí tampoco vamos a tener suerte —dijo—. ¿Prefieres
la mesa o las estanterías?
—Supongo que las estanterías —repuso Rebecca encogiéndose de
hombros.
—Mejor —dijo él, con una sonrisa tímida—. Tal vez encuentre unos
caramelos de menta para el aliento o algo parecido en los cajones.
Rebecca sonrió a su vez, contenta de que hubiera hecho aquel
chiste.
—Déjame uno para mí. Antes logré tragármelos, pero también
estuve a punto de largarlos junto con el desayuno.
Se cruzaron una mirada mientras seguían sonriendo. Rebecca
sintió una ligera oleada de excitación recorrerle el cuerpo mientras el momento
se alargaba, mientras el instante duraba unos cuantos latidos más de lo que
debería durar una mirada casual.
Steve fue el primero en apartar la mirada, pero su rostro ya
tenía mejor color, y sus mejillas incluso estaban un poco sonrosadas. Estaba
claro que existía una atracción, y que ésta era mutua…
Y desde luego, es el peor momento y el peor lugar para pensar en
ello —le regañó su mente racional—. Olvida toda esa mierda, inmediatamente.
Los libros trataban de todo lo que ella se esperaba, si tenía en
cuenta lo que había leído sobre las Triescuadras y Umbrella: química, biología,
un grupo de tomos encuadernados en cuero que trataban sobre la modificación del
comportamiento, varias revistas médicas… Mientras Steve rebuscaba en los
cajones de la mesa, a su espalda, recorrió la hilera de libros con un dedo,
empujándolos hacia la pared para separarlos entre sí mientras leía los títulos
en los lomos, con la esperanza de que hubiera algo oculto entre ellos o detrás
de ellos.
Sociología, Pavlov, psicología y psicología, patología…
Se detuvo y frunció el entrecejo al ver un delgado volumen
metido entre dos libros mucho más gruesos. No tenía título. Lo sacó y sintió
que el corazón se le aceleraba cuando lo abrió al ver la letra puntiaguda con
la que habían escrito. Era un diario.
Retrocedió a la primera página y leyó el nombre «Tom Athens»
escrito con letra muy clara.
Es uno de los nombres de la lista de Trent. ¡Es uno de los
investigadores!
—¡Eh, he encontrado un diario! —dijo—. Pertenece a uno de los
tipos que aparecen en la lista de Trent, un tal Tom Athens.
Steve levantó la vista y por sus ojos pasó un relámpago de
interés.
—¿De verdad? Vete a la última página. ¿Qué fecha pone?
Rebecca pasó las páginas hasta llegar a la última.
—Dieciocho de julio, pero no escribía todos los días. La fecha
anterior es nueve de junio.
—Lee la última anotación —indicó Steve—. Quizá nos diga qué está
pasando.
Rebecca se acercó hasta la mesa y se apoyó en ella, aclarándose
la garganta.
Sábado, 18 de julio. Ha sido un día largo y ridículo, el colofón
de una semana larga y ridícula. Juro por Dios que le voy a meter una paliza a
Louis si convoca otra estúpida reunión. La de hoy era para decidir si
incluíamos o no otro escenario en el programa de las Triescuadras, como si
necesitásemos otro. Lo único que quería era que su nombre apareciera en el acta
de la reunión, y el resto fue la parrafada habitual: la importancia del trabajo
en equipo, la necesidad de compartir la información para que todos podamos
estar «en el camino correcto». Jesús, es como si no pudiera vivir con la idea
de que hubiera una reunión mensual y no apareciera su nombre en el resumen. Y
no ha logrado una mierda desde el desastre de los Ma7, y lo único que ha
intentado es convencer a todo el mundo de que la culpa la tenía la doctora
Chin. Y eso que no le gusta hablar mal de los muertos. Santurrón gilipollas.
Alan y yo estuvimos ayer hablando de los implantes, y ese tema va sobre ruedas.
Va a escribir una propuesta sobre ello esta semana, y NO vamos a permitir que
Louis la toque. Con un poco de suerte, nos darán luz verde al final de mes.
Alan tiene la sospecha de que los chicos de la oficina central querrán que lo
hagamos sin que Birkin lo sepa, aunque sólo Dios sabe por qué. A B no le
importa una mierda lo que estemos haciendo aquí. Se conforma con ser el más
brillante e inteligente. Tengo que admitir que estoy deseando ver su próxima
síntesis: quizás podamos subsanar alguno de los fallos en las Triescuadras.
Tuvimos un pequeño susto en D el miércoles, en el 101. Alguien dejó abierto el
refrigerador, y Kim jura una y otra vez que faltan productos químicos, aunque
empiezo a creer que ha vuelto a contar mal. Es difícil creer que ella esté a
cargo del proceso de infección. Esa mujer es una cabra loca y es condenadamente
descuidada a la hora de mantener limpio el equipo. No me explico cómo es que no
ha infectado a todo el equipo de investigadores. Dios sabe que hay material de
sobra para ello. Debería ir a ver a D para asegurarme de que todo está listo
para mañana. Tengo una nueva cepa, y Griffith en persona me ha pedido ver el
proceso. Es la primera vez que sale del laboratorio desde hace semanas. De
hecho, es la primera vez que se interesa por lo que estamos haciendo los demás.
Sé que es una estupidez, pero aun así quiero impresionarlo. Es tan brillante
como Birkin, aunque sea a su modo tan inquietante. Creo que incluso intimida a
Louis, y éste es demasiado estúpido como para sentir temor… Seguiré
escribiendo.
Las páginas restantes estaban en blanco. Rebecca levantó la
vista hacia Steve, sin saber qué decir. Su mente trabajaba a toda velocidad
para obtener retazos de información útil a partir de aquel desahogo mental.
Allí había datos que le preocupaban, algo que no podía determinar con
exactitud…
Productos químicos que faltan. Proceso de infección. El
brillante e inquietante doctor Griffith…
No tenía la menor duda de que el doctor Griffith había matado a
los demás científicos, pero no era eso lo que había hecho saltar las alarmas
internas de su cerebro. Era…
—El bloque D —dijo Steve, y en su rostro se dibujó una expresión
de miedo angustiado—. Si nosotros estamos en el bloque A, Karen y John están en
el bloque D.
Donde hay suficiente virus-T como para infectar a todos los
trabajadores de la instalación. Donde se llevaba a cabo el proceso de
infección.
—Debemos decírselo a David —concluyó Rebecca, y Steve asintió.
Ambos se apresuraron a salir de la habitación. Rebecca esperaba
que Karen y John no encontrasen la habitación 101… y que, si lo hacían, no
tocaran nada que pudiera hacerles daño.
La sala de pruebas era grande, y tres de las paredes estaban
cubiertas por cubículos abiertos por un lado. En cuanto encendió las luces,
David vio que las pruebas estaban numeradas y coloreadas con toda claridad, con
los símbolos pintados en el suelo de cemento delante de cada una de ellas.
Todas las pruebas de la serie roja estaban a la izquierda, más
cerca de la puerta. Vio bloques de colores brillantes y trozos de madera de
formas sencillas encima de la mesa de cada cubículo mientras pasaba caminando a
su lado en dirección a la parte trasera de la habitación. La serie verde estaba
en la pared opuesta, pero no le prestó atención. La pared trasera estaba
marcada con triángulos azules, y la prueba número cuatro estaba en la esquina
derecha, la más alejada.
Mientras se acercaba a la parte posterior de la estancia, oyó un
ligero zumbido de energía procedente de la zona de las pruebas azules. Había un
pequeño ordenador en la mesa de la prueba número dos, y un teclado y unos
audífonos en la prueba tres. Como había prometido el texto de Trent, la serie
estaba activada, aunque no sabía a qué estaban conectadas.
No tengo ni idea ni me importa. En cuanto haya resuelto estos
pequeños acertijos, encontraremos lo que hayan escondido para nosotros y nos
marcharemos de aquí. Nos alejaremos de este cementerio. No veo la hora de
hacerlo.
Ya había visto más que suficiente de la Ensenada de Calibán. Los
cadáveres de la entrada ya habían sido bastante ominosos, pero eran los
pensamientos que habían provocado lo que le preocupaba, lo que le hacía
sentirse tan ansioso de salir de allí con su equipo. Las Triescuadras eran
letales y peligrosas, el monstruo en las aguas de la ensenada había sido algo
horrible… pero, en cierto modo, en aquellas instalaciones acechaba un monstruo
completamente distinto, uno que había matado a los de su propia especie y que
luego los había amontonado como leña en un rincón. Aquel tipo de locura lo
atemorizaba mucho más que la codicia inmoral de Umbrella, y sentía pánico por
lo que una persona como aquélla le haría a un grupo de soldados que intentaban
detenerlo.
Encontraremos el «material», probablemente notas sobre Umbrella,
o quizás el propio virus… y luego saldremos pitando hacia la valla y nos
alejaremos de toda esta locura. Que los Federales se encarguen del resto. Si
son inteligentes, volarán en mil pedazos este lugar y reunirán las pistas a
partir de las cenizas…
Se detuvo delante del último cubículo y volvió a concentrarse en
lo que tenía que hacer. No estaba seguro de lo que vería, pero el despliegue de
la prueba número cuatro le sorprendió. Había una mesa y una silla, de un seco
metal de color gris. Encima de la mesa había un bloc de hojas de papel, un
lápiz y un juego de ajedrez barato, con todas las piezas colocadas. Cuando
entró en el cubículo, vio una placa de metal colocada sobre la superficie de la
mesa, con una serie de números grabados en la placa.
David se sentó en la silla, y observó atentamente los números.
9-22-3//14-26-9-24-26//2245//15-6-20-26-9
Frunció el entrecejo y levantó la vista hacia el tablero de
ajedrez, y luego miró otra vez los números. No había nada más que mirar: allí
estaba todo lo relativo a la prueba. Recordó todas las pistas del mensaje de
Ammon, preguntándose cuál de ellas sería la respuesta. Era la de «letras y
números a la inversa» o la de «no contar». Allí no había nada que hiciera
referencia a un arco iris, así que tenía que ser una de esas dos…
Si las pistas están en el mismo orden que las pruebas, se trata
de la inversión de letras y números. Pero ¿qué letras? Aquí no hay letras…
David sonrió de repente mientras meneaba la cabeza. Los números
de la placa de metal llegaban sólo hasta el veintiséis: era un código, y muy
sencillo.
Tomó el lápiz y escribió rápidamente las letras del alfabeto y
luego las numeró hacia atrás. A era veintiséis, B era veinticinco, y así hasta
llegar a la Z, que era la letra número 1.
Miró alternativamente el papel y la placa y comenzó a escribir
los números y a descifrar el mensaje.
Si… E…X…M…
La última letra era otra R. Miró al papel donde estaba escrita
la frase y luego el tablero de ajedrez. Parecía que alguien tenía cierto
sentido del humor.
REX MARCA EL LUGAR
«Rex» en latín era «rey».
Las blancas siempre mueven en primer lugar, así que…
Extendió la mano y tocó el rey blanco. En cuanto sus dedos
entraron en contacto con la pieza, ésta se giró y quedó orientada hacia la
parte trasera del tablero. Simultáneamente oyó una suave tonadilla musical
procedente de algún lugar por encima de su cabeza. Levantó la vista y vio un
pequeño altavoz en el techo.
No ocurrió nada más. Ni hubo luces parpadeantes, ni se produjo
la apertura de un compartimiento secreto ni las paredes se alzaron para revelar
un pasadizo oculto. Al parecer, había superado la prueba.
Qué poco emocionante.
Le pareció que era una prueba tremendamente complicada para algo
tan supuestamente estúpido como las unidades de las Triescuadras, unos zombis
sin mente… aunque quizás los investigadores habían desarrollado planes para
algo distinto, algo inteligente…
Era una idea inquietante, y no quería ni pensar en ella. Se
levantó y se dirigió hacia la parte delantera de la estancia…
En ese momento, la puerta se abrió de golpe y Rebecca y Steve
entraron a la carrera, ambos con expresión de temor en el rostro.
—¿Qué pasa?
Rebecca agitó el pequeño libro en la mano y comenzó a hablar con
rapidez.
—Hemos encontrado un diario. Dice que la cepa del virus que se
utilizaba para infectar a las Triescuadras se encuentra en el bloque D, en la
habitación ciento uno. Puede que no pase nada, pero si Karen o John tocan algo
que haya quedado contaminado…
Ya había oído lo suficiente.
—Vamos.
Ambos se giraron y comenzaron a seguirlo cuando pasó a su lado
para encabezar la marcha y deshacer el camino que habían recorrido hasta allí,
mientras sus pensamientos se sucedían sin tregua. Habían pasado de largo al
lado de una entrada al otro extremo del edificio: podría enviar a Rebecca y a
Steve al siguiente bloque mientras él se acercaba al bloque D, tal como habían
planeado de antemano… sólo que ahora tenía que ir muchísimo más rápido, además
de llevar consigo el tremendo y horrible temor de que dos miembros de su equipo
podían entrar en contacto de forma accidental con el temible virus-T.
Eso no va a ocurrir, porque son muy cuidadosos. ¿Qué
posibilidades hay de que uno de ellos se corte y luego toque algo en una
estancia que tiene que estar marcada para indicar que es un laboratorio?
Los hechos tranquilizadores no calmaron sus temores. Todos se
apresuraron a llegar a la salida, mientras un nudo de miedo se aposentaba en el
fondo del estómago de David.
Estaban de pie en un corredor en el centro del bloque D,
escuchando en silencio para oír el sonido que les indicaría que David había
llegado. Podrían percibir cualquier ruido procedente de cualquiera de las tres
puertas que daban al exterior desde el lugar donde se encontraban. Después de
comprobar que en el edificio no había ningún peligro y de encontrar la sala de
pruebas, Karen y John habían abierto todos los pasillos que llevaban a las
puertas de salida.
Karen echó un vistazo a su reloj y se frotó los ojos. Se sentía
un poco cansada por todo lo que había ocurrido a lo largo de aquella noche, y
también un poco enferma por lo que había visto en la habitación 101. Incluso
John parecía extrañamente tranquilo y, desde luego, estaba mucho más callado
que de costumbre. No había gastado ni una sola broma desde que habían salido de
aquella estancia para dirigirse hasta donde estaban esperando a David.
Quizás está pensando en la camilla, con las cuerdas manchadas de
sangre. O en las jeringuillas. O en el equipo quirúrgico metido en el
fregadero…
Habían encontrado la sala de pruebas en primer lugar, una gran
estancia repleta de pequeñas mesas, cada una de ellas marcada con números entre
el uno y el ocho. Karen había quedado algo decepcionada al ver que la prueba
número siete de la serie azul no era más que un puñado de fichas de colores con
una letra escrita en cada una de ellas. La mitad de ellas estaban boca arriba y
no querían decir nada. Todos los colores correspondían a los del arco iris,
aunque había dos fichas violetas adicionales en el montón. Como no podían tocar
nada hasta que David hubiera realizado la primera prueba, se dio la vuelta a
regañadientes y sugirió que quizá deberían registrar el resto del edificio.
Habían atravesado un par de habitaciones vacías y una atestada
sala de café, donde habían encontrado una caja de bollos increíblemente duros y
poco más. En el laboratorio químico habían encontrado los mejores indicios
sobre el tipo de lugar que habían creado los directivos de Umbrella. Y aunque
Karen no creía en fantasmas, la estancia le había hecho experimentar una
sensación como jamás había tenido antes: el lugar estaba maldito. Así de
simple: maldito por los sentimientos de miedo y por la precisión fría y nazi de
unos científicos que cometieron atrocidades contra seres de su propia especie.
—¿Estás pensando en esa habitación? —preguntó John en voz baja.
Karen asintió, pero no dijo nada. John pareció percibir su deseo
no expresado en voz alta de que no quería hablar sobre ello, y Karen se sintió
agradecida por ello. La única sensación agradable para ella en ese momento era
el peso de su amuleto de la suerte en el interior de su chaleco. Deseaba poder
sacarlo para sentirse reconfortada por el recuerdo de su padre y las misiones
llevadas acabo con éxito. Cualquier cosa que le quitara de la cabeza aquella
habitación…
El signo en el exterior de la puerta de la habitación 101
indicaba claramente que existía peligro biológico en aquel lugar. Ella y John
habían discutido brevemente sobre la posibilidad de entrar. Él argumentaba que
era peligroso entrar en una zona que quizás estaría contaminada, y Karen había
insistido en que ninguno de los dos tenía cortes o roces profundos en la piel y
que podrían encontrar alguna información sobre el virus-T que podrían llevarse
con ellos. La verdad era que ella no quería, no podía dejar pasar de largo una
oportunidad como aquélla: necesitaba saber lo que había detrás de esa puerta,
porque estaba allí, porque si no la abría, no se quedaría tranquila.
John había accedido por fin y habían entrado, pasando en primer
lugar por un corto pasillo que estaba cubierto con hojas de plástico grueso.
Por encima de sus cabezas vieron unas bocas de ducha, y en el suelo un agujero
de desagüe. Estaba claro que era una zona de descontaminación. Una segunda
puerta, algo más pequeña, llevaba a una habitación que era el sueño de
cualquier científico loco de las películas de terror.
Cristal roto en el suelo, crujiendo bajo las suelas de las
botas. Un vago olor a sudor provocado por el miedo, justo por debajo del acre y
penetrante olor a lejía y a desinfectante…
John encontró los interruptores de la luz, y antes incluso de
que la gran estancia apareciera ante sus ojos, Karen sintió que su corazón
empezaba a latirle con violencia. Una tensión siniestra llenaba la atmósfera
del lugar, como un presagio que irradiara de las mismas paredes. Se parecía a
cualquiera de la docena de laboratorios en los que ella había trabajado:
estanterías y armarios pegados a las paredes, un par de fregaderos de metal,
una gran unidad de refrigeración en una esquina con un candado en el tirador. Y
en cierto modo, eso era lo peor: que el ambiente le fuese tan familiar, un
lugar en el que ella siempre se había sentido a gusto.
Las pocas diferencias eran tremendas. La estancia estaba
centrada alrededor de una mesa de autopsia de acero inoxidable… con ataduras en
las esquinas. Y había otras dos camillas al lado de la mesa, equipadas de la misma
manera. Mientras se acercaba a una de ellas, vio unas manchas oscuras y secas
en cada uno de sus extremos. La fina tela de la camilla estaba empapada con la
sangre procedente de los sitios donde se encontrarían las muñecas y los
tobillos de una persona.
En la parte trasera de la habitación había una jaula del tamaño
de un retrete. Las gruesas barras rodeaban un pequeño banco sin acolchar. A su
lado había unas cuantas varas apoyadas en la pared, cada una de un metro
aproximadamente, con agujas hipodérmicas en la punta. Eran el tipo de
instrumento utilizado en los zoológicos para drogar a los animales salvajes,
que permitía a la persona encargada de hacerlo no ponerse al alcance de sus
garras.
Karen miró de nuevo la camilla y tocó ligeramente la costra de
sangre seca, preguntándose qué clase de persona participaría voluntariamente
como investigador en un experimento de ese tipo. La mancha de sangre era vieja
y polvorienta, y su mente se llenó con las imágenes de lo que tenían que haber
soportado las víctimas, a la espera en el interior de la jaula, quizás
observando cómo un loco de manos enguantadas inyectaba un virus tóxico y
mutante en un ser humano indefenso… Era un mal lugar, un lugar repleto de
hechos malvados. Ambos lo habían sentido, ambos se habían visto afectados
emocionalmente al darse cuenta de lo que había pasado en aquel sitio.
A Karen comenzó a escocerle el ojo derecho; aquello la distrajo
de los terribles recuerdos y la volvió de regreso al presente. Se lo frotó, y
luego miró de nuevo su reloj. Sólo habían pasado veinte minutos desde que el
equipo se había separado, aunque parecía que había pasado mucho más tiempo…
Oyó el ruido de una puerta que se abría, seguido por un grito de
David que resonó por el pasillo. Había entrado por la puerta que daba al oeste.
—¡Karen, John!
John le sonrió a Karen, y ella le devolvió la sonrisa, sintiendo
una oleada de alivio: David estaba bien.
—¡Aquí! ¡Sigue andando! —respondió John—. ¡Gira a la derecha en
el cruce de pasillos!
El eco de sus pasos apresurados llegó hasta ellos a través del
pasillo. Segundos después, apareció por la esquina y siguió trotando hacia
ellos, con el rostro congestionado por la preocupación.
—¿Va todo…? —comenzó a preguntar Karen, pero David la
interrumpió.
—¿Habéis encontrado el laboratorio? ¿La habitación ciento uno?
John frunció el entrecejo y su sonrisa desapareció.
—Sí, está por donde tú has venido…
—¿Habéis tocado algo? ¿Tenéis algún corte o alguna pequeña
herida que pueda haber entrado en contacto con cualquier cosa?
Sus rostros dejaron translucir la confusión que sentían. David
habló con rapidez, mirando a uno y a otro de forma alternativa.
—Hemos encontrado un diario, y en él dice que en ese laboratorio
es donde se infectaba a los miembros de las Triescuadras.
—Vaya, no me jodas. —John volvió sonreír—. Lo adivinamos en
cuanto pasamos dos segundos en esa habitación.
—Ni un rasguño —repuso Karen, poniendo en alto sus dos manos.
David dejó escapar una profunda exhalación, y sus hombros se
relajaron.
—Gracias a Dios. Tenía un presentimiento horrible mientras venía
hacia aquí. Hemos encontrado a los investigadores en el bloque A. Ammon tenía
razón, los ha matado a todos. Y ese misterioso «él» ya tiene nombre. Rebecca
está bastante segura de que se trata de Nicolas Griffith. Reconoció su nombre
en la lista de Trent, y el muchacho tiene un historial bastante macabro. Ya os
lo contará cuando nos reagrupemos… —meneó la cabeza, y una ligera sonrisa
apareció en sus labios—. Yo… Supongo que dejé que mi imaginación se desbocara
por un momento.
La sonrisa de John se hizo aún más amplia.
—Demonios, David, no sabía que te preocupáramos tanto. O que
pensaras que somos tan estúpidos como para pincharnos con agujas sucias en un
sitio como éste.
David soltó una pequeña risa.
—Por favor, acepta mis más sinceras disculpas.
—¿Dónde están Rebecca y Steve? —preguntó Karen.
—En estos momentos, probablemente se encuentren en la siguiente
área. Vi que llegaban sanos y salvos al bloque B antes de venir aquí. ¿Habéis
encontrado la prueba número siete?
—Por aquí —repuso John, y comenzó a contarle el encuentro que
habían tenido con las dos Triescuadras mientras se acercaban a la sala de
pruebas.
Karen los siguió, frotándose con más fuerza el ojo para quitarse
de encima el molesto picor. Probablemente se lo había irritado aún más al
frotárselo, porque parecía estar peor. Y para colmo de males, sentía que iba a
tener un dolor de cabeza.
Se frotó el ojo de nuevo, suspirando para sus adentros por el
momento tan oportuno para ponerse enferma. Nunca tenía dolores de cabeza
excepto cuando estaba a punto de caer enferma. El chapuzón en el frío océano
debía de haberla preparado para un lindo resfriado, y por el creciente palpitar
del dolor de cabeza, sería uno de los grandes.
Capítulo 11
Había preparado todas las jeringuillas después de decidir dónde
se escondería, después de haberle dado las instrucciones a Athens y de haberlo
enviado a que las cumpliera. No le quedaba otra cosa que hacer más que esperar.
A pesar de la confianza que sentía minutos antes, en ese momento estaba
nervioso y caminaba arriba y abajo del laboratorio de forma incesante. ¿Qué
pasaría si Athens hubiese olvidado cómo cargar un rifle? ¿Qué pasaría si el
sistema de apertura del recinto de los Ma7 no funcionaba o si los intrusos
disponían de la potencia de fuego suficiente como para eliminarlos? Había
procurado prepararse para cualquier posibilidad, y cada plan había dado lugar
al desarrollo de un plan de contingencia, pero ¿qué ocurriría si todo fallaba y
los intrusos lograban llegar hasta él?
Los mataré yo mismo. ¡Los estrangularé con mis propias manos! No
impedirán que hagan lo que debo hacer. No pueden, no después de todo lo que he
logrado. No después de todo por lo que he tenido que pasar para llegar hasta
donde estoy…
Por segunda vez en aquel día, recordó cómo había logrado tomar
el control de las instalaciones… Las extrañas y vívidas imágenes de aquel
soleado día, hacía ya un mes. En lugar de desechar aquellos pensamientos, como
había hecho antes, los dejó seguir y les dio la bienvenida, para recordar lo
que era capaz de hacer si era necesario. Se detuvo bruscamente y se dejó caer
sobre una silla, cerrando los ojos.
Un día soleado…
En cuanto se dio cuenta de lo que tenía que hacer, se dedicó a
planearlo durante dos semanas, estudiando cada detalle de forma incansable
hasta que quedó satisfecho de que cada variable había sido prevista. Había
pasado bastante tiempo leyendo sobre el comportamiento de las Triescuadras,
revisando los horarios principales y memorizando las actividades diarias de las
instalaciones. Había observado y vigilado a sus colegas, aprendiéndose de
memoria sus programas de trabajo hasta que fue capaz de recitarlos de atrás
hacia adelante. Se quedó mirando los planos que había hecho de cada edificio y
caminó por ellos en su mente un millar de veces. Después de pensarlo
detenidamente, eligió una fecha, y varios días antes del día señalado, se coló
en la habitación de procesamiento de las Triescuadras y robó varios frascos con
sustancias extremadamente poderosas.
Kilosintesina, mamesidina, tralfenida, tranquilizantes animales
y narcóticos sintéticos, algunos de los mejores productos de Umbrella…
Sólo había tardado una tarde en lograr la mezcla que quería en
la proporción adecuada, justo como había esperado. Entonces se había quedado a
la espera, igual que estaba haciendo en aquel momento…
El día anterior a la puesta en marcha de sus planes había
observado el proceso de formación de una Triescuadra y luego le había pedido a
Tom Athens que fuera al laboratorio después de la cena para discutir en privado
unas cuantas ideas que había tenido sobre cómo intensificar el factor de
sugestión. Encantado de aceptar su invitación, Athens había escuchado
atentamente la descripción de Griffith sobre la nueva cepa que había creado, en
términos hipotéticos, por supuesto, y después de una caliente y «cargada» taza
de café, Athens había sido el primero en experimentar el milagro de Griffith.
Griffith sonrió al recordar aquellos gloriosos momentos
iniciales, la primerísima y, por supuesto, más importante prueba de la
efectividad de su cepa de virus. Le había dicho a Athens que la única voz que
podría percibir con claridad sería la de Nicolas Griffith, y que todas las
demás voces serían para él un balbuceo incoherente, y la sugestión había
funcionado con esa facilidad. En las primeras horas de aquella mañana llena de
promesas, había puesto en marcha una cinta con un discurso del propio doctor
Athens, y el servicial doctor no había oído más que una charla ininteligible.
Si la cepa no hubiese superado la prueba, Griffith habría
abortado su intento de tomar el control de las instalaciones, y nadie habría
sabido nada. Ya tenía previsto un desafortunado accidente si el virus no
actuaba del modo que se suponía que tenía que hacerlo: el cuerpo del doctor
Athens habría sido descubierto al día siguiente, sobre las rocas de la orilla.
Sin embargo, el increíble éxito de su creación le había demostrado, más allá de
cualquier duda, que no tenía más remedio que continuar con sus planes…
Y así, pues a la cocina. Las gotas de sedante en las tazas de
café, en los pastelillos, inyectados con mucho cuidado en la fruta y disuelto
en la leche, los zumos…
De los diecinueve hombres y mujeres que vivían en la Ensenada de
Calibán, sólo había una persona que se saltara el desayuno de forma habitual y
que jamás tomaba café: Kim D'Santo, la ridícula jovencita que trabajaba con el
virus-T. Griffith se había limitado a enviar al doctor Athens para que le
rebanara la garganta mientras dormía, antes de que saliera el sol…
Era un día soleado, sin una sola nube en el horizonte, mientras
ellos se tragaban su desayuno y se bebían su café. Luego salieron al fresco
aire de la mañana y se cayeron al suelo. Muchos de ellos ni siquiera lograron
salir de la cafetería antes de derrumbarse inconscientes. Unos cuantos lograron
gritar que los habían envenenado, pero inmediatamente no pudieron hablar más y
cayeron dormidos bajo el efecto de las drogas…
Griffith frunció el entrecejo al intentar recordar qué había
ocurrido después. Había escogido a Thurman, incapaz de resistir el infantil
placer de mostrarle al buen doctor lo que había logrado crear. Luego había
elegido a Alan Kinneson, aunque no le había concedido el don hasta después, y
lo había mantenido sedado…
Conocía los demás hechos: Thurman y Athens se habían encargado
de los demás trabajadores y los habían apilado en el bloque A. Lyle Ammon había
logrado permanecer escondido durante cierto tiempo, pero las Triescuadras
habían logrado encontrarlo aquella misma tarde. Griffith había tomado un
almuerzo algo tarde y luego se había ido a la cama, para levantarse temprano y
empezar a trasladar todos los papeles y el material informático al laboratorio.
Ésos eran los hechos, los datos que conocía, pero por alguna extraña razón, la
realidad se había hecho borrosa y no podía recordar con exactitud qué había
visto, cómo había transcurrido el resto del día para él.
Griffith rebuscó entre sus recuerdos, concentrándose en ello,
pero sólo pudo traer a la memoria las mismas imágenes confusas e inciertas: el
brillante sol del mediodía, bañando los cuerpos dormidos y cubiertos de rojo.
El grito de las gaviotas sobre la ensenada, salvajes e incansables, sobre el
cálido viento. Un fuerte olor sobre el suelo sucio…
Y sangre en mis manos y en el escalpelo que brillaba húmedo y
afilado, y que yo hundía en la blanda carne de caras y estómagos y ojos, y
después el rugir de las olas en la oscuridad y el carrete de hilo de pescar, y
Ammon, Ammon saludando con la mano…
Abrió los ojos de repente, y la pesadilla acabó en ese mismo
instante. Conmocionado, Griffith miró alrededor y vio su laboratorio iluminado
por la fría y suave luz de los tubos fluorescentes. Seguro que se había quedado
dormido por un momento. Sí, eso había sido, sin duda. Se había quedado dormido
y había tenido una horrible pesadilla.
Miró el reloj y comprobó que sólo habían pasado unos minutos
desde que había enviado a los doctores a cumplir sus instrucciones. Sintió una
oleada de alivio al ver que no se había quedado dormido durante mucho tiempo,
pero a medida que el alivio desaparecía, notó que el nerviosismo regresaba a su
cuerpo, lo mismo que la ansiedad provocada por los intrusos. No me detendrán.
Es mío.
Griffith se puso en pie y comenzó a andar arriba y abajo de
forma incesante, a la espera.
Sólo fue necesario dedicar un poco más de tiempo a la prueba del
«arco iris del tiempo», la número siete, que a la prueba número cuatro, a la
que David llamó la «prueba del ajedrez». John y Karen le habían mostrado la
pequeña mesa en la gran habitación, y se habían quedado de pie a su espalda
mientras él le daba la vuelta a las fichas que estaban boca abajo y las ponía
en fila. Debajo del montón de fichas con los nueve colores del arco iris había
una larga muesca, de unos treinta centímetros de longitud y cinco centímetros
de ancho. Estaba claro que en ella sólo cabrían siete fichas.
Los siete colores del arco iris, así que son siete fichas. Es
sencillo, de modo que, ¿por qué hay nueve fichas?
David ordenó las fichas por colores y las colocó en una fila
debajo de la muesca. Cada una tenía una letra distinta en su parte superior,
marcada con tinta negra. Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil… y tres
fichas violetas con tres letras diferentes.
—¿Se supone que esto quiere decir algo? —preguntó John.
Si se leían de izquierda a derecha, las letras de las seis
primeras fichas eran: E, F, M, A, M y J. Las demás fichas tenían las letras J,
D y O.
—No que yo sepa —dijo Karen en voz baja.
David suspiró.
—Es el tipo de rompecabezas en el que tienes que adivinar cuál
es el siguiente elemento —dijo—. Al parecer, tiene que ver algo con el tiempo.
¿Alguna idea?
Tanto John como Karen se quedaron mirando el rompecabezas,
observando con atención las letras. David se preguntó si se sentirían tan
cansados como él comenzaba a sentirse. John tenía un aspecto menos vivaracho
que el habitual, y Karen parecía bastante agotada, con la piel algo pálida y la
mirada bastante perdida.
Por supuesto que están cansados, pero al menos lo están
intentando…
David volvió a mirar las fichas de colores e intentó centrar su
atención en ellas, pero no pudo sacar ni una sola idea coherente de su
observación. Había sido un día realmente largo, con períodos de concentración
muy intensa, intercalados con situaciones cargadas de adrenalina en las venas.
Había sentido miedo, dudas, decisión y luego miedo de nuevo, además de unas
cuantas emociones más no demasiado claras y delimitadas. En ese momento se
sentía rendido de cansancio, a la espera de lo que pasaría a continuación…
John sonrió de repente, con un brillo triunfal en la mirada.
—Las letras corresponden a las iniciales de los meses del año:
enero, febrero, marzo, abril, mayo, junio… julio. Es la J, la siguiente ficha
es la que tiene marcada la letra J.
—Brillante —celebró David.
Comenzó a colocar las fichas en la ranura al mismo tiempo que
John, todavía sonriente, le daba un pequeño codazo a Karen.
—Y tú que pensabas que sólo valía para el sexo.
Karen, como era habitual, ni siquiera se dignó en responder.
David se sintió aliviado de haber superado la segunda prueba y colocó la última
ficha en su lugar. Se oyó un ligero chasquido y el arco iris bajó un poco, muy
poco, quizás un milímetro. Por encima de sus cabezas percibieron un ligero
sonido a campanillas procedente de un pequeño altavoz situado en el techo. Éste
estaba escondido detrás de un tubo fluorescente.
—¿Eso es todo lo que recibo? —dijo John con tono pretendidamente
ofendido—. ¿No hay una orquesta o un desfile?
David enderezó el cuerpo y sonrió con cansancio.
—Yo oí lo mismo cuando superé la otra prueba. Deberíamos
ponernos en marcha y ver qué tal les va juntos a Steve y a Rebecca…
—Un modo interesante de decirlo —repuso John con una pequeña
carcajada—. Muy bonito y educado.
David tardó unos segundos en pillar el doble sentido, aunque
Karen había levantado la vista al cielo inmediatamente… y luego se había
frotado los ojos. Cuando apartó la mano, David se dio cuenta de que su ojo
derecho estaba muy rojo, mientras que el izquierdo, aunque también estaba
ligeramente enrojecido, no presentaba tan mal aspecto.
Ella se dio cuenta de que la estaba mirando atentamente y le
sonrió mientras se encogía los hombros.
—Lo tengo irritado. Me pica, pero estoy bien.
—No te lo toques más o empeorará —dijo David mientras encabezaba
la marcha hacia la puerta—. Y que Rebecca le eche un vistazo en cuanto nos
reunamos con ella y con Steve.
Recorrieron el pasillo en dirección a la salida trasera. David
se preparó para otra carrera a través de los edificios de la instalación. Si
las cuentas no le fallaban, en total habían logrado abatir a tres de las
Triescuadras: tres hombres en el exterior del almacén de botes y un cuarto en
el recorrido hacia el primer edificio, y luego Karen y John habían acabado con
otros cinco entre los bloques C y D.
Una información muy útil, David, si por casualidad supieras
cuántas escuadras hay ahí fuera.
Hizo caso omiso del sarcasmo interior de su conciencia mientras
extendía la mano hacia el tirador de la puerta de metal y Karen se preparaba
para apagar las luces. Desenfundaron sus armas y respiraron profundamente
varias veces para prepararse. En ese instante, David notó de nuevo una
sensación familiar que le recorría el cuerpo, una que ya había experimentado en
situaciones similares pero a la que no había podido ponerle nombre. No era
tanto una sensación como un estado de existencia, y aunque no era un hombre
especialmente religioso, era lo más parecido que tenía a la creencia en el
destino, la sensación de que existían hechos y fuerzas más allá de la
influencia humana.
Pasase lo que pasase, fuese lo que fuese lo que estaba
ocurriendo mientras se preparaban para salir fuera, todos los factores
decisivos se hallaban firmemente situados en su lugar correspondiente y estaban
interconectados como las piezas de un rompecabezas. Lo sentía con una
certidumbre que desafiaba la razón y la lógica. Era como si una gran rueda de
las oportunidades que determinaban el resultado, que les daría o les quitaría
la vida, se hubiese puesto en marcha y se dirigiese hacia su inevitable final,
sólo que, en lugar de ir más lentamente, la rueda girase cada vez con mayor
rapidez y acelerase al mismo tiempo que les revelaba los planes que el cosmos
tenía para ellos.
Había sentido a menudo cierta tranquilidad al darse cuenta de la
presencia de esa rueda, la indefinible sensación de que el resultado ya había
sido decidido y que lo único que podía hacer era presenciar cómo se acercaba.
Cuando era un niño y su padre se encontraba en uno de sus ataques de furor
provocado por el alcohol, la creencia en algo superior era lo único que a veces
le había salvado de caer en una desesperación total. Sin embargo, en esa
ocasión… en aquel momento sólo sentía que era algo terrible, una atracción de
feria siniestra y alucinante en la que se habían montado por error, y no se
habían dado cuenta de la verdad hasta que había sido demasiado tarde: no podían
regresar ni dar marcha atrás, y tampoco esquivar lo que se iban a encontrar más
adelante.
Entonces nos agarramos a lo que podamos y aguantamos. Haremos lo
que podamos.
David se acercó más a la puerta y le quitó el seguro a la
Beretta. No importa si tenía el control de lo que iba a pasar después: Rebecca
y Steve estaban esperándolos.
La sala de pruebas estaba en completo silencio con excepción del
zumbido procedente de las máquinas marcadas con números azules, del nueve al
doce, y del esporádico roce de las páginas del diario de Athens que Rebecca
estaba hojeando. Sentado en una mesa, Steve observaba cómo leía, aunque sus
pensamientos estaban en otro lado, tensos e inquietos, mientras esperaban que
aparecieran los demás miembros del equipo. Sentía un poco de dolor en el pecho,
provocado tanto por el impacto del proyectil de pequeño calibre contra su
chaleco antibalas como por la ansiedad causada por la posible situación de John
y Karen.
Ambos habían estado de acuerdo, después de echar un rápido
vistazo a las demás habitaciones, en que la sala de pruebas era el mejor lugar
para esperar a los demás. Al parecer, el bloque B de las instalaciones era el
que Umbrella había dedicado especialmente a los aspectos quirúrgicos de las
investigaciones sobre armas biológicas. Todas las habitaciones eran de color
blanco y estaban repletas de muebles de acero, pero también eran ominosamente
espartanas y desagradables. Aunque el ambiente del edificio estaba tan cargado
y hacía tanto calor como en los otros bloques, Steve sintió en éste un frío
interior cuando pasaron al lado de las distintas salas de operaciones, como si
las propias estancias hubiesen adquirido las características de las criaturas
infectadas por el virus-T. Frías y sin vida, con un propósito oscuro y en
cierto modo insensible…
Rebecca levantó la vista, con los ojos llenos de emoción.
—Escucha esto —le dijo a Steve.
»Todavía están esperando que les pasemos el informe sobre la
expansión desde que el doctor Grifftth ha disminuido el tiempo de
amplificación. Tenemos espacio para veinte unidades, pero voy a negarme a crear
más de doce. No podemos concentrarnos en el entrenamiento de más de cuatro
escuadras a la vez. Ammon me ha confirmado que me apoyará si se produce alguna
discusión.
Steve asintió, mitad aliviado, mitad preocupado por la
información. Ya habían eliminado a una de las Triescuadras mientras se
acercaban a los bloques de la instalación, además de herir de gravedad o
incluso matar a un par de individuos de otra escuadra. No estaba mal. Sin
embargo, por otro lado, aquello significaba que todavía quedaban otro par de
escuadras al completo rondando por ahí fuera…
A menos que ya se estén enfrentando a David y los demás…
Se enfadó consigo mismo y se obligó a pensar en otra cosa.
—¿Sabes lo que quiere decir eso de «ha disminuido el tiempo de
amplificación»?
Rebecca asintió con lentitud, frunciendo el entrecejo por la
preocupación.
—Estoy bastante segura de que quiere decir que el doctor
Griffith ha acelerado el proceso de amplificación. Amplificación es el término
que se utiliza para indicar la expansión del virus por el cuerpo del organismo
infectado.
Aquello tampoco sonaba como algo en lo que quisiera pensar. Por
alguna especie de acuerdo no expresado en voz alta, no habían hablado sobre la
posibilidad de que John o Karen se hubiesen infectado desde que David se había
marchado.
—Estupendo. ¿Has encontrado algo más?
Negó con la cabeza.
—La verdad es que no. Menciona lo que llama «los Ma7» un par de
veces, pero no dice nada más concreto aparte de que son un experimento con el
virus-T. Y desde luego, es una especie de gilipollas.
—¿Una especie de gilipollas?
Rebecca sonrió por un momento.
—Bueno, me he quedado corta. Es un cabrón inmoral y sediento de
dinero.
Steve asintió mientras pensaba en el informe parcial que habían
encontrado sobre las Triescuadras y, en general, en toda la existencia de
aquellas instalaciones. Llamar a las víctimas del virus-T «unidades», crear
salas de operaciones como aquéllas y pruebas de aptitud como si fueran ratas de
laboratorio…
Es como si no pudieran reconocer que están realizando sus
experimentos en seres humanos, con gente de verdad…
—¿Cómo pueden hacer esto? —preguntó en voz baja, tanto a sí
mismo como a Rebecca—. ¿Cómo pueden dormir tranquilos por la noche?
Rebecca lo miró con ojos solemnes, como si tuviera la respuesta
pero no estuviera segura de cómo expresarla. Por último, suspiró.
—Cuando te especializas en un campo, sobre todo cuando es un
área de investigación que exige un pensamiento lineal y una concentración y un
enfoque muy definidos sólo en un pequeño elemento de algo más general… Es
difícil explicarlo, pero resulta tremendamente fácil perderse en ese pequeño
elemento, y da miedo, porque también es muy fácil olvidar que existe un mundo
aparte y real más allá de ese pequeño elemento. Cuando te pasas días y días
mirando por la lente de un microscopio, rodeado de números y letras y procesos…
Alguna gente se pierde. Y si, además, antes de empezar ya eran algo inestables emocional
o mentalmente, la ambición de lograr el éxito con ese pequeño elemento se
apodera de ti, y hace que todo lo demás carezca de importancia alguna…
Steve se dio cuenta de lo que quería decir, y se sintió
impresionado por la profundidad que demostraba aquel pensamiento, por la
claridad con que había expresado su idea…
Y todo eso unido a una sonrisa capaz de iluminar todo este
lugar. Si… cuando salgamos de ésta, me voy a mudar a Raccoon City. Bueno, al
menos, me enteraré de si está saliendo con alguien…
Se oyó un sonido procedente de algún punto del edificio. Pasos.
Steve se levantó de la mesa y se dirigió con rapidez a la puerta.
Se asomó al pasillo y oyó la voz de David resonando por el vacío
corredor.
—¡En la parte de atrás! —gritó Steve, y se quedó a la espera,
mirando con ansiedad hacia la esquina que David tenía que doblar para llegar
hasta ellos. Por fin lo hizo, con Karen y John sanos y salvos a su lado, con
aspecto saludable y sonriendo. Rebecca se acercó hasta donde se encontraba
Steve y se puso a su lado, y él vio la misma preocupación y esperanza escritos
en su bello y juvenil rostro.
Extendió su mano de forma instintiva hacia la suya, y sintió un
cosquilleo electrizante cuando sus dedos se tocaron. Esperaba que ella apartase
la mano, pero no lo hizo; en su lugar, se apoyó en él mientras le apretaba la
mano con dulzura, con la piel de la palma de su mano tibia y suave contra la
suya.
El eco de la resonante de voz de John llegó hasta ellos por el
pasillo, llena de buen humor y vivacidad.
—¡Eh, chavales! ¡Poneos la ropa, que viene gente!
Ella separó la mano con rapidez, pero la mirada que le lanzó
compensó el gesto con creces. Steve vio una expresión de cariño y ternura que
hizo que su corazón perdiera el compás, pero también madurez, una muestra clara
de que se daba cuenta de las circunstancias en las que se encontraban y que
sabía cuáles eran las prioridades en aquel caso.
Nada más hasta que salgamos de aquí.
Él asintió levemente, y se dieron la vuelta para esperar a los
demás.
Capítulo 12
Rebecca todavía podía sentir la tibieza de la mano de Steve en
la suya mientras David, John y Karen se acercaban a la puerta. Vieron que John
les estaba sonriendo de oreja a oreja.
—Sentimos interrumpiros, pero pensamos que os vendría bien
alguien que hiciera de carabina —dijo—. No hay nada como el amor juvenil,
¿verdad?
Rebecca intentó no sonrojarse mientras los tres entraban en la
sala. De repente, se sintió muy poco profesional. Lo único que habían hecho era
tomarse de la mano, y sólo durante un segundo, pero estaban en mitad de una
misión, en un territorio hostil en el que cualquier fallo de concentración
podía provocar la muerte de todos ellos.
Al parecer, John se dio cuenta de su actitud avergonzada.
—Ah, no me hagas caso —se disculpó, mientras su sonrisa
disminuía un poco—. Sólo estoy gastándole una broma a Steve. No pretendía
ofender a nadie…
David lo interrumpió y lo miró fijamente.
—Creo que tenemos cosas más importantes de las que hablar —dijo
con voz tranquila—. Tenemos que ponernos al día con la información de la que
disponemos, y tengo unos cuantos asuntos que me gustaría considerar con
vosotros.
Señaló con la barbilla el diario que Rebecca sostenía en sus
manos.
—Encontraron la habitación, pero no tocaron nada. ¿Has
encontrado algo útil?
Ella asintió, sintiéndose aliviada por lo que les había dicho
David y agradecida por el cambio de tema.
—Parece ser que sólo existen cuatro Triescuadras, aunque la
anotación que lo menciona data de hace seis meses.
David pareció aliviado también.
—Es una noticia excelente. John y Karen se encontraron con otras
dos justo fuera del bloque D, y lograron eliminar a los cinco miembros que las
componían. Eso significa que es posible que sólo quede una Triescuadra.
Cogieron unas sillas de las pequeñas mesas que estaban alineadas
en las paredes y formaron un semicírculo en el centro de la sala. David se
quedó de pie y les habló con solemnidad.
—Me gustaría efectuar una pequeña recapitulación de lo que ha
ocurrido, para asegurarme de que todos estamos informados antes de seguir
adelante. En resumen: estas instalaciones se han utilizado para efectuar
experimentos con el virus-T, y uno de los investigadores se ha apoderado de
ellas por motivos desconocidos. Los demás trabajadores han sido asesinados y
las oficinas han sido registradas para llevarse cualquier prueba
incriminatoria. Rebecca cree que el responsable de todo lo anterior es el
doctor Nicolas Griffith, y el hecho de que el terreno todavía sea patrullado
por las Triescuadras nos sugiere que todavía sigue vivo en algún lugar de estas
instalaciones, aunque no creo que debamos preocuparnos por encontrarlo. Ya
hemos superado dos de las pruebas que nos planteaba el doctor Ammon a través de
Trent, y tengo la esperanza de que el «material» que ha ocultado para nosotros
sean las pruebas que necesitamos para acusar formalmente a Umbrella de
actividades criminales.
Cruzó los brazos y comenzó a andar lentamente arriba y abajo,
mirándolos a cada uno de forma alternativa.
—Es obvio —siguió diciendo— que ya disponemos de multitud de
pruebas que demuestran que se han cometido actos ilegales en este lugar.
Podríamos marcharnos ya y denunciar el caso a las autoridades federales. Lo que
me preocupa es que todavía no disponemos de pruebas sobre la participación de
Umbrella. Su nombre no aparece en ningún lugar, con excepción del equipo
informático y el diario que encontraron Rebecca y Steve, y es posible encontrar
una explicación para ambos casos. Creo que debemos seguir con las pruebas y
encontrar lo que sea que el doctor Ammon ha dejado para nosotros antes de
marcharnos, pero antes de eso, quiero escuchar lo que tenéis que decir al
respecto. Esta no es una operación autorizada, y no seguimos ninguna orden, así
que si creéis que debemos irnos ya, nos iremos inmediatamente.
Rebecca se quedó sorprendida, y advirtió que las expresiones de
los rostros de los demás reflejaban el mismo asombro. David parecía tan seguro
antes, tan entusiasta con las posibilidades de éxito. El gesto que mostraba su
rostro era completamente distinto ahora. Casi parecía disculparse por querer
seguir e, incluso, le dio la impresión de que quería que alguno de ellos se
opusiese.
¿A qué viene ese cambio? ¿Que ha ocurrido?
John fue el primero en hablar, mirando al resto de sus
compañeros antes de mirar otra vez a David.
—Bueno, hemos logrado llegar hasta aquí. Y si sólo queda otro
grupo de zombis ahí fuera, yo digo que acabemos.
—Sí —asintió Rebecca—, y además, todavía no hemos encontrado el
laboratorio principal, no sabemos por qué Griffith ha hecho todo esto. Puede
que haya sufrido un ataque psicótico o que esté ocultando algo. Es posible que
no encontremos nada, pero merece la pena echar un vistazo. Además, ¿qué pasará
si se le ocurre seguir destruyendo pruebas después de que nos hayamos ido?
—Estoy de acuerdo con vosotros —convino Steve—. Si los STARS
están tan involucrados en los asuntos de Umbrella como parece, no vamos a
disponer de otra ocasión como ésta. Quizá es la última oportunidad que tenemos
para establecer una conexión o relación entra las dos. Y ya estamos tan cerca…
La tercera prueba está justo ahí. Si la superamos, estaremos un paso más cerca
de lograr lo que queremos.
—Yo digo que sigamos —susurró Karen en voz baja.
Rebecca se volvió para mirarla al percibir el tenso tono de su
voz, y se dio cuenta por primera vez de que el aspecto de Karen no era
demasiado bueno. Sus ojos estaban completamente enrojecidos, y su piel estaba
muy pálida, con un tono casi cadavérico.
—¿Estás bien? —preguntó Rebecca.
—Sí —asintió Karen mientras lanzaba un suspiro—. Es sólo un
dolor de cabeza.
Debe de ser una migraña. Tiene un aspecto fatal.
—¿Qué pasa, David? ¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó John de
golpe—. ¿Sabes algo que no quieres decirnos?
David se quedó mirándolos durante unos instantes, y luego negó
con la cabeza.
—No, no es nada de eso. Es sólo que… Es que tengo un mal
presentimiento. O más bien, el presentimiento de que va a pasar algo malo.
—Ya es un poco tarde para eso, ¿no crees? —respondió John, pero
con una sonrisa—. Por cierto, ¿dónde estabas cuando entramos en la lancha?
David le respondió con una sonrisa cansada mientras se rascaba
la nuca.
—Gracias, John. Casi lo había olvidado. Entonces, está decidido.
Resolvamos el siguiente rompecabezas, ¿de acuerdo? Ah, Rebecca, échale un
vistazo al ojo de Karen mientras nos ponemos manos a la obra. Le está
molestando mucho.
Se pusieron de pie y se dirigieron hacia la parte trasera de la
sala, hacia la mesa en la esquina noroeste marcada con un nueve de color azul.
Steve y Rebecca ya la habían observado con detenimiento cuando entraron en la
sala por primera vez, aunque seguían sin tener ni idea de en qué consistía la
prueba. En la mesa de metal lo único que había era una pequeña pantalla de
ordenador en blanco con un teclado de diez botones a su lado. Un enigma.
Rebecca le indicó con un gesto a Karen que se sentara en una
silla delante de la mesa de prueba número diez. El objetivo de aquella prueba
también era un misterio. Consistía en una placa de circuitos conectada a una
plancha y lo que parecía un par de alicates conectados a todo el conjunto por
unos cables negros. Se agachó para ver mejor y frunció el entrecejo. El ojo
derecho de Karen estaba extremadamente irritado. La córnea de color azul
parecía flotar en un mar de color rojo. El párpado parecía ligeramente
hinchado.
Se giró para pedirle la linterna a David mientras él se sentaba
y, justo en ese momento, vio que la pantalla se encendía y aparecían varias
líneas de escritura.
—Es una especie de sensor de movimiento —comenzó a decir Steve,
pero David levantó la mano de repente mientras leía en voz alta y rápida lo que
aparecía en la pantalla, con un tono que sonó nervioso.
MIENTRAS YO ME DIRIGÍA A SAINT YVES, ME ENCONTRÉ CON UN HOMBRE
QUE TENÍA SIETE ESPOSAS. LAS SIETE ESPOSAS TENIÁN SIETE SACOS, LOS SIETE SACOS
TENÍAN SIETE GATOS, LOS SIETE GATOS TENÍAN SIETE GATITOS. GATITOS, GATOS,
SACOS, ESPOSAS, ¿CUÁNTOS SE DIRIGÍAN HACIA SAINT YVES?
En la pantalla, un reloj digital mostraba las cifras 00:59. Para
cuando David terminó de leer el texto, ya habían pasado once segundos desde que
apareciera el mensaje en la pantalla.
David se quedó mirando a la pantalla, y sus pensamientos
corrieron a toda velocidad mientras su equipo permanecía detrás de él, todos
con el cuerpo inclinado para ver mejor. Una enorme tensión emanaba de ellos. De
repente, David sintió el picor de una gota de sudor bajar por su frente.
No contar, esa es la pista. Pero ¿qué quiere decir?
—Veintiocho —dijo John con rapidez—. No, veintinueve, incluido
el hombre…
—Pero si cada gato tiene siete gatitos —lo interrumpió Steve,
hablando a la misma velocidad—, serían cuarenta y nueve más veintiuno… setenta,
setenta y uno con el hombre.
—Pero el mensaje dice «no contar» —exclamó Karen—. Si se supone
que no hay que contar, ¿significa eso que no tenemos que sumar o…? Espera, está
el hombre de las esposas, el que habla, que es otro más…
Ya habían pasado treinta y dos segundos. La mano de David se
acercó al teclado…
¡Piensa! No contar, no contar, no contar…
—¡Uno! —dijo Rebecca casi gritando—. «Mientras me dirigía a
Saint Yves…». No dice hacia dónde iba el hombre con sus esposas. Eso es lo que
significa la pista: no hay que contar a nadie excepto al hombre que va a Sant
Yves.
Sí, tiene sentido, una pregunta con truco…
Les quedaban veinte segundos.
—¿Alguien tiene otra idea o no está de acuerdo? —preguntó David
con voz crispada.
Nadie respondió. David pulsó la tecla con la cifra 1… y la
cuenta atrás se detuvo. Con dieciséis segundos de sobra. La pantalla se apagó
sola y, procedente de algún punto por encima de su cabeza, oyeron una
musiquilla ya familiar para algunos.
David dejó escapar un suspiro.
¡Gracias, Rebecca!
Se dio la vuelta para decírselo en voz alta, pero ya estaba
agachada para examinar el ojo de Karen completamente concentrada en su
paciente.
—Necesito una linterna —dijo sin mirar apenas alrededor, y John
le entregó la suya.
La encendió y enfocó el ojo de Karen mientras los demás la
miraban en silencio. Karen no tenía buen aspecto: debajo de los ojos se les
estaban formando unos círculos oscuros, y su piel había pasado de un tono
pálido a una coloración cadavérica.
—Está muy inflamado… Mira hacia arriba. Hacia abajo. A la
izquierda. Ahora a la derecha. ¿Tienes la sensación de que algo se frota contra
el ojo o simplemente te escuece?
—En realidad, me pica —explicó Karen—. Como si me hubiera picado
un mosquito, sólo que diez veces peor. Me he estado rascando, así que quizás
por eso está tan enrojecido.
Rebecca apagó la linterna con el entrecejo fruncido.
—No veo nada en el ojo que pueda provocarte picor… El otro
también está bastante irritado. ¿Empezó a picarte de repente o te lo estuviste
tocando antes?
—No me acuerdo —Karen meneó la cabeza—. Supongo que sólo empezó
a picarme.
En los ojos de Rebecca apareció de repente una mirada de
tremenda intensidad.
—¿Fue antes o después de que estuvieras en la habitación ciento
uno?
David sintió que el corazón se le helaba. El rostro de Karen
mostró una repentina preocupación.
—Después.
—¿Tocaste algo mientras estabas allí, cualquier cosa?
—Yo no…
Los enrojecidos ojos de Karen se abrieron de par en par de
repente, con una mirada horrorizada, y cuando habló, fue con un susurro débil y
apenas audible.
—La camilla. Había una mancha de sangre en la camilla y yo
estaba distraída… La toqué. Oh, Dios mío. Ni siquiera pensé en ello. Estaba
seca, y yo no tenía ningún corte… Oh, Dios mío. Me empezó a doler la cabeza
inmediatamente después de que comenzara a picarme el ojo…
Rebecca puso las manos en los hombros de Karen y los apretó con
fuerza.
—Karen, respira hondo. Hondo, ¿de acuerdo? Es posible que sólo
te pique un ojo y tengas un dolor de cabeza, así que no saques conclusiones
precipitadas. No podemos saberlo con seguridad.
Su tono de voz era bajo y tranquilizador, y su forma de
expresarse directa. Aquello le hizo soltar un profundo y tembloroso suspiro a
Karen y asentir con la cabeza.
—Pero, si su mano no tenía ningún corte… —comenzó a decir John
lleno de nerviosismo.
Fue la propia Karen la que le respondió, con rostro sereno pero
con la voz ligeramente temblorosa todavía.
—Los virus pueden introducirse en el cuerpo humano a través de
las mucosas: la nariz, los oídos… los ojos. Yo lo sabía. Lo sabía pero no pensé
en ello. No… no pensé en ello.
Levantó a la vista hacia Rebecca y David pudo ver que estaba
procurando mantener la compostura.
—Si estoy infectada, ¿cuánto tiempo tardará? ¿Cuánto tiempo
pasará antes de que quede… incapacitada?
Rebecca negó con la cabeza.
—No lo sé —le contestó en voz baja.
David sintió una tremenda negrura en su mente y en su corazón,
una nube de miedo y de preocupación tan enorme que amenazó con anular su
capacidad de pensar o incluso de moverse.
Es mi culpa. Mi responsabilidad.
—Existe una vacuna, ¿verdad? —preguntó John mientras miraba de
forma alternativa a una y a otra—. Tiene que haber un remedio, ¿o es que esta
gente tan egoísta no iba a tener una inyección o algo parecido por si uno de
ellos se infectaba por accidente? Tiene que haber un remedio, ¿verdad que sí?
David sintió una repentina oleada de esperanza, aunque
desesperada.
—¿Es posible? —le preguntó a Rebecca con rapidez.
La joven bioquímica asintió con la cabeza, lentamente al
principio, pero con más energía luego.
—Sí, es posible. De hecho, es probable, ya que ellos lo crearon…
—miró a David con expresión seria y urgente—. Tenemos que encontrar el
laboratorio principal, donde sintetizaron el virus, y tenemos que hacerlo
rápidamente. Si han desarrollado un remedio, allí estará la información sobre
él…
Rebecca dejó de hablar poco a poco, y David se dio cuenta por su
expresión que había dejado sin decir lo que le preocupaba: si había un remedio.
Si el doctor Griffith había llevado la información allí… Si podían encontrarla
a tiempo…
—El mensaje de Ammon —dijo Steve—. En esa nota decía que
debíamos destruir el laboratorio. Quizá nos ha dejado un mapa o algunas
indicaciones.
David se puso de pie, con sus esperanzas redobladas.
—Karen, ¿estás en condiciones de…?
—Sí —lo interrumpió la joven. Se puso de pie al mismo tiempo—.
Sí, vamos allá.
Sus ojos enrojecidos brillaban con una intensidad ferviente, con
una mezcla de desesperación y de esperanza tales que, al verla, a David le
dolió en el corazón.
Dios, Karen. ¡Lo siento tanto!
—A paso ligero —dijo al mismo tiempo que se daba la vuelta hacia
la puerta—. Pongámonos en marcha.
Recorrieron al trote la distancia que los separaba de la entrada
al edificio. John tenía la mandíbula apretada y sus pensamientos volvían una y
otra vez a la misma idea violenta y agresiva.
No va a ocurrir. De ninguna manera Karen va a caer por culpa de
un bicho de laboratorio, no señor. Y si encuentro al cabrón que ha creado esta
pesadilla, está muerto, muerto con M mayúscula, es un trozo de carne muerta.
No. Karen no, de ninguna manera…
Llegaron a la puerta delantera y desenfundaron en silencio sus
armas, las comprobaron y esperaron impacientes a que David diera la señal.
Karen, tan concentrada y fría en los momentos de crisis, tenía aspecto de estar
un poco perdida, como si le hubieran dado una patada en el estómago y todavía
no hubiera logrado recuperar el aliento. Era el mismo aspecto que John había
visto una y otra vez en los rostros de los supervivientes de grandes desastres:
la incredulidad pasmada en los ojos, la falta de vida y expresión en el rostro,
que reflejaba el vacío que sentían por dentro. Le dolía verla así, le dolía y
lo hacía sentirse aún más furioso. Karen Driver no debería tener jamás ese
aspecto.
—Yo iré en cabeza, John se pondrá a retaguardia, y los demás
seguiréis en fila india —indicó David en voz baja.
John vio que David también tenía el aspecto de encontrarse
perdido, pero de un modo diferente al de Karen. Era el sentimiento de culpa que
lo corroía por dentro. Podía adivinarlo por el modo en que rehuía sus miradas y
por cómo apretaba la mandíbula. John deseó poder decirle que no tenía motivo
alguno para echarse la culpa, que estaba equivocado al pensar así, pero no
había tiempo para ello y, además, no sabría encontrar las palabras adecuadas.
David tendría que cuidar de sí mismo, lo mismo que todos los demás.
—¿Listos? Adelante.
David abrió la puerta de un empujón y salieron con rapidez, de
regreso al suave murmullo de las olas y a la pálida luz de la luna. Primero
David, luego Steve, después Rebecca y, por último, John. Corrían agazapados
sobre la sucia superficie abierta entre los distintos edificios de la
instalación.
El mismo aire oscuro, pero lleno del aroma a pino, a sal marina,
sin embargo, a la mente de soldado de John aquello no le decía nada nuevo
mientras recorría las sombras. Sólo pensaba en la furia, la ira, y en el miedo
que sentía por Karen… por lo que la repentina ráfaga de M-16 fue una completa
sorpresa para él.
¡Mierda!
John se tiró al suelo inmediatamente en cuanto las primeras
ráfagas resonaron a su derecha, y vio que el enemigo estaba casi a mitad de
camino del bloque en el momento que comenzó a rodar y a disparar contra ellos.
Un segundo después comenzaron a sonar en el aire los estampidos de los disparos
de nueve milímetros, que ahogaban el tableteo constante del fuego automático.
No puedo ver, no puedo apuntar…
Divisó los fogonazos de las armas automáticas a las tres en
punto, y apuntó su Beretta hacia allí. Apretó el gatillo seis, siete, ocho
veces. Los fogonazos de color naranja y blanco le impedían ver con claridad a
sus atacantes, pero se dio cuenta de que uno de los tableteos había dejado de
oírse… y una rabia feroz se apoderó de él, procedente no de la «mente de
soldado», sino una furia que le salía aullando desde el corazón, un odio feroz
contra los atacantes podridos que excedía cualquier sentimiento que hubiera
tenido jamás hasta el momento. Querían que Karen muriera, aquellas estúpidas
pesadillas ambulantes sin mente querían impedir que la salvaran.
No, Karen no. No, KAREN NO.
Sintió un bestial y extraño rugido palpitante en los oídos
mientras se levantaba del polvoriento suelo y se ponía en pie al mismo tiempo
que seguía disparando. Echó a correr y sólo cuando oyó los gritos de los demás
miembros del equipo, cuando todas las Berettas excepto la suya dejaron de
disparar, se dio cuenta de que el que estaba aullando era él.
John corrió hacia adelante, gritando una y otra vez contra los
seres que querían detenerlos, que querían matarlos, que querían que Karen se
convirtiera en una de ellos. Sus pensamientos ya no eran palabras, simplemente
una sucesión de instintos negativos sin forma ni coherencia, una negación de la
existencia de aquellas pesadillas y del individuo que las había creado.
Cargó contra ellos, sin darse cuenta de que habían dejado de
disparar, que se derrumbaban al suelo, que las sombras habían quedado en
silencio con excepción del estruendo de su semiautomática y del aullido
procedente de su tembloroso cuerpo. Un instante después se encontraba de pie al
lado de ellos y su Beretta había dejado de disparar y saltar en su mano, aunque
seguía apretando el gatillo.
Tres siluetas de color blancuzco en las partes que no estaban
teñidas de rojo, con agujeros de carne podrida sobresaliendo de sus desgarrados
cuerpos. Clic. Clic. Clic.
El rostro de uno de ellos no era más que una masa de tejido
cicatrizado. La carne se retorcía sobre sí misma formando grandes verrugas
blanquecinas excepto en el punto rojo de su frente por donde había entrado la
bala que había acabado con él. Otro tenía el ojo salido de órbita y colgando de
un trozo de tejido viscoso sobre la pálida mejilla, mientras un chorro de
fluido se deslizaba hacia su descompuesta oreja.
Clic. Clic.
El tercero aún seguía vivo. La mitad de su garganta había
desaparecido casi por completo, convertida en una pulpa sanguinolenta. Su boca
se abría y cerraba sin dejar escapar sonido alguno, y sus ojos oscuros
cubiertos de mucosa parpadeaban lentamente sin dejar de mirarlo.
Clic.
Disparaba sin munición, y el aullido fue apagándose poco a poco
en su garganta. Fue el sonido del percutor golpeando inútilmente el metal
caliente lo que por fin lo liberó de la rabia enloquecedora que sentía; también
el lento e impotente parpadeo del desamparado ser que estaba tendido a sus
pies.
No sabía qué era. No sabía quiénes eran ellos. Antaño había sido
un hombre, pero en ese momento no era más que un trozo de carne podrida con un
arma y una misión que no podía entender en absoluto.
Le han robado el alma…
—¿John?
Sintió una mano cálida en su hombro, y a Karen hablando en voz
baja tranquila a su lado. Steve y David aparecieron a su lado a continuación, y
ambos se quedaron mirando a la boqueante y parpadeante parodia de ser humano
que estaba en el suelo, el último resto de un experimento producto de la
locura.
—Sí —dijo finalmente con un susurro—. Sí, estoy aquí.
David apuntó su Beretta hacia el cráneo del monstruo y habló en
voz baja.
—Retrocede.
John se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia su objetivo
final, con Karen a su lado y Rebecca un poco más adelantada. El disparo resonó
con un estampido increíblemente elevado, con un eco que pareció hacer retemblar
incluso el suelo a sus pies.
Karen no, por favor. Ninguno de nosotros. Ésa no es manera de
marcharse de este mundo. Ésa no es manera de morir…
David y Steve se pusieron a su lado en ese momento y, sin decir
una sola palabra, todos comenzaron a trotar hacia el bloque E. Atravesaron con
rapidez el silencio reclamado por la noche. Ya no existían las Triescuadras,
pero la enfermedad que los había convertido en zombis corría por las venas de
Karen, y la estaba convirtiendo en una criatura sin mente, sin alma, condenada
a un destino peor que la muerte.
John aceleró el paso y se juró a sí mismo en su interior que si
encontraba a Griffith, el doctor iba a lamentar muchísimo lo que había hecho.
Capítulo 13
El bloque E no era distinto de los cuatro primeros en los que
habían entrado, con un aspecto tan industrial, aséptico y carente de
personalidad como los demás, un estudio sobre la eficiencia obtenida con
cemento. Atravesaron con rapidez las salas de ambiente cargado, encendiendo las
luces a medida que avanzaban, en busca de la estancia que guardaba la pista
final del secreto del doctor Ammon. No tardaron mucho en encontrarla: casi la
mitad de la estructura del edificio estaba ocupada por la galería de tiro,
donde David encontró varias cajas con cargadores completos para los M-16, pero
no pudieron hallar ningún rifle de asalto para utilizarlos. John preguntó si
podrían tomar los de las Triescuadras, pero Rebecca lo prohibió inmediatamente.
Los rifles estarían infectados y, probablemente, repletos de virus.
Como la sangre de Karen ahora mismo, con miles de viriones
replicándose, saliendo a presión de las células después de hacer estallar su
membrana, en busca de nuevas células que atacar para útilizarlas y destruirlas…
—¡Por aquí! —gritó Steve desde el otro extremo del sinuoso
pasillo, y Rebecca se apresuró a correr hacia él, con Karen y John siguiéndola
de cerca.
David ya estaba al lado de Steve, y los triángulos de color
rojo, verde y azul eran la señal de que habían encontrado la habitación
correcta. Steve buscó su mirada, pero la única emoción que vio en sus ojos fue
preocupación. A Rebecca no le importó, y sólo se dio cuenta de ello con aire
ausente. La infección de Karen, la enloquecida carrera de John hacia la
Triescuadra… No había espacio en su mente nada más que para la imperiosa
necesidad de encontrar el laboratorio.
Steve abrió la puerta y entraron en fila. Rebecca siguió
vigilando a Karen en busca de señales del avance de la enfermedad y
preguntándose qué debería hacer con la información que había obtenido sobre el
tiempo de amplificación. No tenía la menor duda de que Karen estaba infectada,
sabía que nadie más lo dudaba, pero ¿qué debía decirle?
¿Le he dicho que es posible que sólo tarde horas en ser
irreversible? ¿Se lo digo a David de modo discreto? Si existe una curación,
tenemos que inyectársela antes de que los daños en su cuerpo sean demasiado
grandes, antes de que el virus comience a freírle el cerebro, antes de que
produzca tanta dopamina que deje de ser Karen Driver y se convierta en… otra
cosa.
Rebecca no sabía cómo abordar la situación. Ya estaban haciendo
todo lo que podían, y todo lo rápido que podían, pero ella no sabía lo
suficiente sobre el virus-T como para dar nada por seguro. Tampoco quería que
Karen se sintiera más aterrorizada de lo que ya estaba. Su compañera estaba
haciendo todo lo posible por mantener el control, pero era evidente que estaba
a punto de perder los nervios. Así lo reflejaban la creciente desesperación de
sus enrojecidos ojos y el aumento del temblor de sus manos. Sin embargo, a las
Triescuadras les habían inyectado sin duda mayores cantidades de virus que las
que habían infectado a Karen, así que quizá todavía tardaría días…
¿Habiendo aparecido los primeros síntomas menos de una hora
después del contagio? No te engañes. Deberías decírselo, advertirle a ella y a
los demás de lo que puede pasar y, además, dentro de poco tiempo.
Desechó ese pensamiento de un modo casi frenético y miró
alrededor, la estancia en la que habían entrado. Era más pequeña que las demás
salas de prueba que habían visto y estaba más vacía. Vio una larga mesa de
reuniones apoyada contía la pared de la parre trasera, con media docena de
sillas detrás de ella. En la parte delantera de la estancia había una pequeña
estantería que sobresalía de la pared, de poco más de un metro de largo y de
treinta centímetros de ancho. Había tres grandes botones en su superficie lisa:
rojo, azul y verde, otra vez. La pared de atrás de la estantería estaba
cubierta de baldosas de color gris suave, fabricadas con alguna especie de
plástico industrial.
—Eso es —dijo Steve—. Azul para acceder.
David, tras menos de un segundo de duda, se encaminó hacia la
estantería y pulsó el botón azul… Una voz de mujer les habló desde un altavoz
oculto situado en algún punto por encima de sus cabezas. Aquello les
sorprendió, pero sólo se trataba de una grabación, y el tono de su voz le
recordó a Rebecca los últimos minutos en la mansión Spencer. Era la voz del
sistema de autodestrucción, poco tiempo antes de que todo saltara por los
aires.
—La serie azul se ha completado. Acceso permitido.
Una de las baldosas detrás de la estantería se deslizó hacia un
lado y dejó al descubierto un oscuro hueco en el cemento. Mientras David
extendía la mano para meterla en el hueco, Rebecca sintió una repentina oleada
de frustración, rabia y disgusto hacia Umbrella. Por lo que habían hecho. Era
despreciable.
Todas esas pruebas, todos esos experimentos, todo ese trabajo…
Todo lo que habían hecho para ofrecer una recompensa a las víctimas del
virus-T. Supera las pruebas rojas, buen perro, aquí tienes tu hueso… Y, a
propósito, ¿cuál había sido su recompensa si lograban superar las pruebas? ¿Un
trozo de carne? ¿Drogas para tranquilizar su hambre?
Vio las mismas muecas de horror y asco en las caras de los
demás, y la misma desesperación cuando lo único que David sacó del agujero en
la pared fue un trozo de papel, que envolvía lo que parecía ser una tarjeta de
crédito.
Se arremolinaron alrededor de él mientras David observaba
atentamente el objeto, con una expresión de desengaño furioso en sus ojos
oscuros. Era una tarjeta de color verde claro, similar a las que se utilizan
para abrir puertas electrónicas. Era completamente lisa, excepto por la banda
magnética… y las palabras garabateadas en el pequeño trozo de papel, que sólo
constituían otro mensaje críptico.
ACCESO AL FARO 135 - SUDOESTE/ESTE.
—La escritura es la misma que había en la nota de Ammon
—advirtió Steve con un tono esperanzado—. Quizás el laboratorio está en el
faro.
—Sólo hay un modo de saberlo —dijo John—. Vamos allá.
Parecía enfadado, y tenía la misma mirada desde que habían
descubierto que Karen estaba infectada. Después de ver cómo había cargado
contra la Triescuadra, Rebecca casi tenía la esperanza de que encontrasen al
doctor Griffith: John lo iba a despedazar en varios trozos.
David se limitó a asentir y a meterse la tarjeta en un bolsillo
de su chaleco. Era obvio que sentía miedo y culpabilidad, y ambos sentimientos
cruzaban por su cara formando una máscara cambiante.
—Muy bien. ¿Karen?
Ella asintió, y Rebecca se dio cuenta de que su piel, ya pálida
de por sí, había tomado un tono parecido al de la cera, como si las primeras
capas de la piel se hubieran vuelto traslúcidas. Karen comenzó a rascarse los
brazos con aire ausente mientras ella la miraba.
—Sí, estoy bien —respondió en voz baja.
Tiene que saberlo. Merece saberlo.
Rebecca sabía que ya no podía esperar más. Eligió cuidadosamente
las palabras, consciente de que tenían muy poco tiempo. Se giró hacia Karen y
habló con toda la tranquilidad que pudo.
—Mira, no sé qué han hecho con el virus-T en este lugar, pero
existe la posibilidad de que comiences a experimentar síntomas más graves en un
período de tiempo relativamente corto. Es importante que me digas, que nos
digas a todos, cómo estás, cómo te encuentras física y psicológicamente. Si se
produce cualquier cambio, por pequeño que sea, debemos saberlo. ¿De acuerdo?
Karen sonrió débilmente, sin dejar de rascarse los brazos.
—Estoy cagada de miedo, ¿qué te parece? Además, está empezando a
picarme todo el cuerpo.
Miró a David con sus ojos enrojecidos, y luego a Steve y
finalmente a John antes de volver a centrar su mirada en Rebecca.
—Escuchad. Si… si comienzo a actuar de forma… irracional, haréis
algo, ¿verdad? No me dejaréis que haga daño… a nadie, ¿verdad?
Una única lágrima bajó deslizándose por su pálida mejilla, pero
no apartó los ojos, y su mirada continuó siendo tan firme y segura como antaño.
Rebecca tragó saliva y se esforzó para que su voz sonara
tranquila y llena de confianza, admirada por la valentía que veía en los ojos
de Karen… y preguntándose cuánto tiempo tardaría en desaparecer aquel valor
bajo la rugiente ola de virus que recorría sus venas.
—Vamos a encontrar el remedio para la enfermedad antes de llegar
a ese punto —dijo, con la esperanza de no estar diciéndole una mentira a Karen.
—Vámonos —ordenó David con voz tensa. Salieron del edificio.
El terreno de las instalaciones estaba ligeramente cuesta
arriba, en dirección al norte. Sin embargo, cuando salieron del bloque E para
dirigirse hacia la negra y elevada estructura del faro, la pendiente se hizo
mucho más pronunciada. El suelo rocoso ascendía formando una ladera bastante
inclinada, quizá de unos treinta grados, lo que convirtió el medio kilómetro de
distancia en una marcha para montañeros. David no hizo caso de la tensión que
sentía en la espalda y en las piernas: estaba demasiado preocupado por Karen y
demasiado ocupado fustigándose por su propia incompetencia como para ocuparse
de una incomodidad física.
Estaban más cerca de las rutilantes aguas de la ensenada en
aquel punto que desde cualquier otro que habían atravesado desde su salida a
nado del mar. La fresca y suave brisa bajo la luz de la luna habría sido muy
agradable cualquier otra noche en cualquier otro lugar. Los suaves rayos de luz
y el tranquilizador murmullo de las olas casi eran una burla de su desesperada
situación. Eran un contraste tan brutal con el caos que sentía en su interior
que casi deseaba que quedara alguna Triescuadra merodeando por los alrededores.
Al menos justificaría la sensación de pesadilla en la que
realmente estamos metidos. Y podría hacer algo, podría repeler el ataque,
podría defenderlos frente a algo tangible…
El terreno en ascensión por delante de ellos se inclinaba luego
hacia el este, cayendo a pico hasta el espumeante océano que se abría por
debajo de ellos. La ensenada estaba bastante calma, pero el ruido de las olas
chocando contra los acantilados crecía y crecía a medida que avanzaban
rápidamente, acercándose al lugar donde el océano se encontraba con las paredes
rocosas repletas de cuevas que las horadaban. John se había puesto en cabeza,
seguido de Karen y por los dos miembros más jóvenes del equipo a continuación.
David se encargaba de la retaguardia, y dividía su atención entre las
instalaciones a su izquierda y a su espalda y las oscuras estructuras que
aparecían delante de ellos.
El edificio que estaba justo a la espalda del faro debía de ser
el dormitorio. Era un bloque alargado y bajo, aproximadamente del doble de
tamaño que los edificios de cemento que habían dejado atrás. No habían
encontrado los aposentos de los trabajadores de Umbrella hasta el momento, y
aquello tenía todo el aspecto de ser un gran barracón, diseñado para comer y
dormir, no para ser bonito. Deberían comprobarlo, pero David no quería perder
ni un momento de su búsqueda del laboratorio.
Aquella idea le provocó otra oleada de culpabilidad y angustia
que intentó descartar, pero fue en vano. Tenía que ser efectivo, tenía que
llevarlos cuanto antes al laboratorio sin perder el tiempo con sus propias
emociones y sentimientos, pero en lo único que podía pensar, lo único que
deseaba, era que ojalá fuese él quien estuviese infectado.
Pero no lo estás —le susurró una parte de su mente—. Es Karen
quien está infectada y desear otra cosa es perder el tiempo. No la curará y
disminuirá tu capacidad para dirigirlos.
David siguió sin hacer caso de aquella pequeña voz interior y,
en su lugar, pensó cómo los había jodido a todos. ¿Quién se creía que era él
para encabezar una lucha contra Umbrella, para limpiar el nombre de los STARS y
para restaurar el honor de su organización? Ni siquiera podía mantener a salvo
a su propia gente, ni siquiera podía planear en condiciones una operación
secreta… Ni siquiera podía luchar contra los sentimientos de culpabilidad y de
duda que lo azotaban en su interior.
Se acercaron al aparentemente vacío barracón, y John bajó su
ritmo de marcha para que los demás lo alcanzaran. David advirtió que su equipo
estaba cansado, pero que al menos Karen no tenía peor aspecto. Parecía pálida y
algo frágil bajo la suave luz de la luna. El tono blancuzco de su piel bajo las
luces fluorescentes se había convertido en una tez de color alabastro, y el
enrojecimiento de los ojos había desaparecido en las sombras. Si no supiera la
verdad…
Ah, pero la sabes. ¿Cuánto tiempo tardará esa hermosa piel en
empezar a caerse a jirones? ¿Cuánto tiempo pasará antes de que tengas que
quitarle su arma porque ya no confías en ella? ¿Antes de que tengas que impedir
que ella…? ¡Basta!
Dejó que el grupo recuperara el aliento y se giró para observar
mejor el faro, a menos de veinte metros de ellos… y de repente, sintió que su
estómago se encogía y su corazón se estremecía, sin razón o motivo aparentes.
Sólo era un viejo faro, un edificio antiguo cilindrico y alto, desgastado por
el paso del tiempo y tan vacío al parecer como las demás instalaciones. Sin
embargo, al mirarlo, había notado de nuevo aquella sensación de destino
abalanzándose sobre ellos, de que las opciones se les acababan y de que la
rueda de la oscuridad seguía avanzando por delante de ellos.
—Vamos —los animó John con voz llena de energía, pero David lo
detuvo apoyando su mano en su brazo y negando lentamente con la cabeza.
No es seguro.
Aquella pequeña voz de nuevo, familiar y extraña a la vez.
Se quedó mirando la ominosa torre, sintiéndose perdido,
sintiéndose inseguro y sin capacidad de mantener el control mientras el viento
sacudía el faro por encima de ellos y las olas chocaban contra el acantilado.
Los demás estaban esperando. No era un lugar seguro, pero tenían que entrar, no
podían quedarse allí… y en ese instante se dio cuenta con claridad de lo que
había estado fallando en su cabeza. De lo que realmente estaba mal. No era su
capacidad de mando, ni su habilidad para pensar o planear o luchar. Era algo
mucho peor, algo de lo que se habría dado cuenta mucho antes si no hubiera
estado tan angustiado con su sentimiento de culpa.
Dejé de confiar en mis instintos. Sin la seguridad de los STARS
para apoyarme, para respaldarme, dejé de hacer caso a esa voz. Estaba tan
aterrorizado por la idea de fallar que perdí la capacidad de escucharme a mí
mismo, de saber qué hacer. Cada vez que sentía miedo, pasaba a través de la voz
y no le hacía caso… y mi equivocación fue mucho mayor y con peores
consecuencias.
Mientras lo pensaba, mientras lo creía, sintió que la negrura de
la duda se apartaba de sus exhaustos pensamientos. El sentimiento de
culpabilidad retrocedió, lo que le permitió vislumbrar una especie de claridad
y, con ella, la pequeña voz cobró un poder que casi había olvidado que pudiera
conseguir.
No es un lugar seguro, así que hay que entrar con rapidez, dos
por abajo y el resto por arriba y alguien cubriendo las espaldas fuera…
Todo aquello pasó por su mente en cuestión de segundos. Se giró
para mirar a los miembros de su equipo, que lo estaban mirando, a la espera de
que él los dirigiera. Y por primera vez en lo que le parecía una eternidad,
sabía que podía.
—Creo que es una trampa —los alertó—. John, tú y yo entraremos
por abajo. Yo me encargo de la zona oeste. Rebecca, quiero que tú y Steve os
quedéis de pie a cada lado de la puerta y disparéis contra cualquier cosa que
esté de pie. Seguid disparando hasta que indiquemos que todo está despejado.
Karen, lo siento, pero esta vez te quedas sin participar.
Todos asintieron y se dirigieron a las profundas sombras que
rodeaban el faro. David iba por delante, sintiéndose por fin útil por hacer
algo. Quizás aquel destino giratorio era demasiado vasto, quizá se movía con
demasiada rapidez para que ellos hicieran caso omiso de él, pero no iba a
permitir que les pasara por encima sin siquiera plantarle un poco de cara.
Karen se merecía al menos eso. Todos se lo merecían.
Karen se quedó un poco rezagada mientras los demás se colocaban
en posición, y se apoyó contra la pared trasera del gran edificio que había
detrás del faro para observar y vigilar con tranquilidad. Se sentía agotada por
la escalada monte arriba, agotada y mareada, con un zumbido en su cabeza que no
desaparecía, que no le permitía concentrarse.
Me estoy poniendo enferma. Me estoy poniendo peor con rapidez.
Aquello la atemorizaba, pero, en cierto modo, no era tan malo
como al principio. De hecho, ya apenas la atemorizaba. El temor inicial había
desaparecido, se había marchado dejando sólo un ligero recuerdo de una
explosión de adrenalina, como si fuera el rescoldo de un sueño. El picor la
distraía, pero ya no era un picor exactamente. Lo que había sentido como un
millar de bichos que le picaran en la piel, y cada una de las picaduras fuera
distinguible y exigiera alivio, aquello se había… interconectado. Era la única
manera que tenía de poder describir aquella sensación. Las picaduras se habían
conectado entre sí y se habían convertido en una gruesa manta sobre su cuerpo,
una manta que se movía y se estiraba, como si su piel se estuviese rascando a
sí misma. Era raro, aunque no era exactamente desagradable…
—¡Ahora!
Al oír la voz de David, Karen volvió a concentrarse en la acción
que estaba transcurriendo delante de ella. El zumbido de su cabeza hacía que
todo le pareciera extraño, como si el presente hubiera aumentado de velocidad.
La puerta del faro se abrió de golpe, David y John saltaron al interior, hacia
la oscuridad, y las armas resonaron y lanzaron fogonazos. El tableteo agudo de
un M-16 en el interior. Steve y Rebecca, agachados y disparando, dentro y fuera
otra vez, sus cuerpos borrosos por la velocidad y sus Berettas danzando como
extraños pájaros de metal negro.
Todo ocurrió tan rápido que le pareció que tardaba una eternidad
en terminar. Karen frunció el entrecejo, preguntándose cómo era posible
aquello… y entonces vio aparecer los rostros de David y de John, de nuevo bajo
la luz de la luna, y se dio cuenta de que se alegraba de verlos, aunque sus
caras tuvieran ese aspecto tan raro y distorsionado, y sus alargados cuerpos se
movieran con tanta rapidez…
¿Qué me está ocurriendo?
Karen sacudió la cabeza, pero el zumbido pareció aumentar de
volumen e intensidad… y tuvo miedo de nuevo, miedo de que David y John y Steve
y Rebecca la dejaran atrás. La dejarían atrás y no tendría nadie con quien, con
quien… desahogarse, y aquello sería malo.
David apareció de repente delante de ella y se quedó mirándola
con aquellos grandes ojos como cerezas oscuras.
—Karen, ¿estás bien?
Karen se sintió de nuevo feliz al ver su rostro redondo y el
suave sonido de su voz, y supo que tenía que decirle la verdad. Encontró la
fuerza para hacerlo con un tremendo esfuerzo, para decir lo que tenía que
decir. Su voz salió de su cuerpo estremecido por el picor uniforme, y le sonó
tan extraña y ajena como el viento.
—Me estoy poniendo peor —dijo—. No pienso con claridad, David.
No me abandones.
Sintió las tibias, las cálidas manos de John y de Rebecca
tocándola, guiándola hacia la oscuridad de la puerta abierta. Su cuerpo
funcionaba, pero su mente estaba confundida por el tembloroso zumbido. Quería
decirles algunas cosas, cosas que bailaban a través de la nube de su mente como
destellos de bonitas pinturas, pero el edificio al que la llevaban era oscuro y
caliente, y había un cuerpo tirado en el suelo sosteniendo un arma. Pudo ver su
cara. No era extraña; estaba pálida, blanca y arrugada, con una textura que
zumbaba y ondulaba. Era una cara que tenía sentido.
—Aquí está la puerta —dijo Steve, levantando la mirada y
sonriendo, blancos, dientes blancos—. Uno-tres-cinco.
Había un teclado al lado de un agujero abierto y unas escaleras
que se dirigían hacia abajo, y los dientes de Steve desaparecieron, su liso
rostro se arrugó.
—Karen…
—Debemos darnos prisa.
—Aguanta, nena, aguanta, llegaremos enseguida.
Karen les dejó que la ayudasen, preguntándose porqué sus caras
parecían tan raras, preguntándose porque olían tan fuerte y tan bien.
Capítulo 14
Athens había fallado. El Dr. Griffith miró fijamente a la
parpadeante luz blanca de la puerta, maldiciendo a Athens, maldiciendo a Lyle
Ammon, maldiciendo su suerte. No le había dicho a Athens como volver dentro, lo
cual significaba que los intrusos habían terminado con él. Ammon les había
dejado o enviado un mensaje, tanto daba, lo importante era que venían y él
debía asumir que tenían la llave. Había arrancado las señales semanas atrás,
pero tal vez ellos tenían indicaciones, tal vez le habían encontrado y…
No te dejes llevar por el pánico, nada de pánico. Estás
preparado para esto, tan solo continúa, siguiente plan. Primero dividir, doble
efecto, menos fuego, un cebo para más tarde… y la oportunidad de comprobar lo
bien que Alan puede actuar.
Griffith se volvió hacia el Dr. Kinneson y habló con rapidez,
dando sus instrucciones claras y sencillas, la ruta lo más fácil posible.
Griffith ya había calculado las preguntas que ellos probablemente harían,
aunque sabía que esa sería una posibilidad para que obtuviesen más información.
Le había dado a Alan unas pocas frases con las que contestar, después le había
entregado una pequeña pistola semiautomática que sacó del escritorio de la Dra.
Chin. Vigiló que Alan se la metiera debajo de la bata de laboratorio para
asegurarse de que estuviera bien oculta. El cargador estaba vacío, pero no
creía que eso fuera posible de adivinar, no si se apuntaba con el percutor
levantado. También le entregó a Alan su llave. Era un riesgo, pero todo el plan
era un riesgo. Con el destino del mundo en sus manos, estaba dispuesto a asumir
cualquier riesgo.
Una vez que Alan se marchó, Griffith se sentó y se dispuso a
esperar una cantidad razonable de tiempo. Su mirada se desviaba a menudo hacia
los seis contenedores de acero inoxidable, con una impaciencia irresistible.
Sus planes no fallarían: la rectitud de su trabajo sobreviviría a la invasión.
Si atrapaban a Alan, todavía le quedaban los Ma7 y todavía le quedaba Louis, y
sus jeringuillas y su escondite, con los mandos del compartimiento estanco al
alcance de la mano.
Y más allá de todo eso, estaba el amanecer, a la espera. El
doctor Griffith sonrió, lleno de sueños.
Karen todavía podía andar y aún parecía entender parte de lo que
le decían, pero las pocas palabras que había logrado articular no parecían
tener relación con nada. Había dicho «caliente» dos veces mientras bajaban por
las escaleras, y «no quiero», con un gesto de miedo en su pálida e inquieta
cara, mientras caminaban por el ancho túnel situado más allá del pie de las
escaleras. Rebecca se sintió aterrorizada por la posibilidad de que, aunque
encontraran un modo de revertir la carga vírica, fuese demasiado tarde.
Todo había ocurrido tan deprisa, de forma tan repentina, que
apenas llegaba a comprenderlo. Habían encontrado a un hombre esperándolos en la
oscuridad del interior del faro. Era una trampa, como David había intuido. En
cuanto entraron, el individuo había comenzado a disparar con un rifle de
asalto, ametrallando la puerta desde las sombras debajo de la escalera de
caracol metálica, todo había acabado en pocos segundos gracias al plan de
David. John y ella vigilaban al atacante caído mientras Steve descubría la
puerta de acceso e introducía el código de acceso. Bajo la luz de la linterna
de John se habían dado cuenta de que el hombre también estaba infectado: su
pálida piel blanca estaba despellejándose en jirones y cubierta por extrañas
cicatrices. Sin embargo, su aspecto era ligeramente distinto del de las
víctimas de las Triescuadras. Parecía menos podrido, y sus ojos abiertos de par
en par mostraban una expresión un poco más humana… pero David había llegado en
ese momento con Karen y el foco de interés de Rebecca se había visto desplazado
de forma cruel.
Decidió que había sido la caminata cuesta arriba por la colina.
Aunque aquello no debería haber representado diferencia alguna, no encontraba
otra explicación para que el proceso de amplificación se hubiese acelerado
tanto. De algún modo, el virus-T había respondido a los cambios fisiológicos
del aumento de latidos y presión arterial de su cuerpo…, pero mientras ayudaban
a entrar a su confundida y tambaleante compañera, Rebecca descubrió que ya no
le importaba cómo había ocurrido aquello. Lo único que quería era llegar al
laboratorio para intentar salvar lo que quedaba de la cordura de Karen Driver.
El túnel bajo el faro, excavado en la piedra pizarra del risco,
llevaba de regreso hacia las instalaciones a lo largo de un recorrido curvado y
sinuoso. Unas lámparas como las utilizadas en las minas colgaban a lo largo de
sus paredes, lanzando extrañas sombras mientras avanzaban, silenciosos y un
poco atemorizados. Entre John y Steve llevaban a Karen. Rebecca iba en último
lugar, con una horrible sensación de haber vivido ya aquello mientras
caminaban. La situación le recordaba muchísimo su recorrido por los túneles que
había bajo la mansión Spencer. De la roca emanaba el mismo frío húmedo, y
sentía la misma impresión de estar caminando hacia un peligro desconocido,
exhausta y con miedo de estropearlo todo… y de no ser capaz de impedir un
desastre.
El desastre ya ha ocurrido —pensó con desesperación mientras
veía a Karen luchando por seguir caminando—. La estamos perdiendo. En otra
hora, o probablemente en menos, estará demasiado ida para hacerla volver.
De hecho, John y Steve no deberían estar tocándola. Ella podría
morder a cualquiera de los dos con un simple giro de cabeza antes de que
ninguno de ellos pudiera reaccionar. Incluso aquella idea le provocó una pena
indescriptible y un fuerte y doloroso sentimiento de pérdida.
El túnel giró a la izquierda, y Rebecca se dio cuenta de que debían
estar muy cerca del océano. Las paredes de roca parecían temblar por el impacto
sordo de las olas, y todo el lugar olía a humedad y a pescado. Algunas partes
del suelo parecían demasiado suaves y lisas como para haber sido talladas por
la mano del hombre. Rebecca se preguntó si el túnel se abriría más adelante, si
quizás aquella zona había estado inundada por el océano antes…
—Me cago en la leche —dijo David con un susurro enfurecido—.
Mierda.
Rebecca levantó la vista. Cuando vio lo que tenían delante,
perdió toda esperanza de salvar a Karen.
Nunca llegaremos a tiempo al laboratorio, no lo encontraremos.
El túnel se abría, a pocas decenas de metros de donde se
encontraba David, que se había parado. Se ampliaba de forma considerable, de
hecho, estaba unido a cinco túneles más pequeños, y cada uno se desviaba
ligeramente en una dirección distinta.
—¿Cuál se dirige hacia el sudoeste? —preguntó John con voz
ansiosa. Karen estaba apoyada contra él, con la cabeza completamente inclinada
hacia adelante.
La voz de David resonó furiosa, y sus palabras llenas de
frustración elevaron el tono hasta resonar en el eco del túnel, y se dirigieron
hacia los cinco túneles para luego regresar y llenar la caverna con su voz.
—¡No lo sé! Creí que ya íbamos en dirección sudoeste, pero
ninguno de esos túneles sigue en línea recta, y tampoco ninguno de ellos sigue
en dirección este.
Se adentraron en la caverna y, sin saber qué hacer, se quedaron
mirando los túneles, iluminados con lámparas en las paredes que desaparecían
más allá de sus esquinas y giros. Era obvio que habían sido tallados por la
acción del agua, y quizás antaño habían estado conectados con las cuevas
costeras que David había pretendido encontrar en un principio. Los túneles eran
más estrechos que el que acababan de recorrer, pero lo bastante anchos para que
pasara una persona sin demasiados problemas y de unos tres metros de altura. No
había forma alguna de saber cuál era el que llevaba al laboratorio…
Ni siquiera si alguno de ellos lleva al laboratorio. Ni siquiera
estamos seguros de que el laboratorio esté aquí abajo…
—Si ninguno de los túneles lleva al este, tendremos que escoger
el que parezca con mayor seguridad que lleva hacia el sudoeste —sugirió Steve
en voz baja—. Además, lo único que hay al este es el mar.
Karen murmuró algo ininteligible, y Rebecca dio un paso hacia
ella, muy preocupada, para ver cómo se encontraba. Aunque John y Steve la
sostenían, Karen no parecía tener problemas para mantenerse de pie por sí sola.
Rebecca le tocó la sudorosa frente, y los enrojecidos ojos de
mirada extraviada de Karen se fijaron en ella, con las pupilas completamente
dilatadas.
—Karen, ¿cómo estás? —preguntó Rebecca en voz baja.
Ella parpadeó con lentitud.
—Tengo sed —contestó con un susurro. Su voz era apenas un
barboteo líquido.
Todavía está lúcida, gracias a Dios…
Rebecca le tocó con suavidad la garganta, y notó con los dedos
su pulso acelerado y agitado. Sin duda alguna, era más rápido que antes, cuando
habían entrado en el faro. Fuese lo que fuese lo que le estaba haciendo el
virus, el cuerpo de Karen no tardaría mucho tiempo más en sucumbir.
Rebecca se giró, sintiéndose inútil y desesperada, y queriendo
gritar que alguien hiciera algo…
Entonces oyó unos pasos. El eco procedía de uno de los túneles.
Desenfundó su Beretta, y con el rabillo del ojo vio que John y David hacían lo
mismo, mientras Steve sostenía a Karen.
¿Por cuál? ¿Por dónde viene? ¿Griffith? ¿Es Griffith?
El ruido parecía llegar desde todos lados a la vez, rebotando en
las paredes de la caverna… y en ese mismo instante, Rebecca lo vio aparecer por
la boca del segundo túnel empezando por la derecha: una figura tambaleante, una
bata de laboratorio rota y polvorienta…
Momentos después, el individuo los vio, y Rebecca vio con
claridad, a pesar de los más de quince metros que los separaban, la expresión
de sorpresa y de alegría casi histérica que asomó a su rostro. El hombre corrió
hacia ellos, con su pelo castaño despeinado, los ojos brillantes y los labios
temblorosos. No empuñaba ningún tipo de arma, pero Rebecca no dejó de apuntarlo
con su pistola.
—¡Oh, gracias Dios, gracias Dios! ¡Tienen que ayudarme! Es el
doctor Thurman, se ha vuelto loco. ¡Tenemos que salir de aquí!
Salió trastabillando del túnel y casi se abalanzó sobre David,
sin hacer caso de las pistolas que lo estaban apuntando mientras hablaba.
—Tenemos que irnos. Todavía queda un bote que podemos utilizar.
Tenemos que salir de aquí antes de que nos mate…
David lanzó una rápida mirada a su espalda, y vio que Rebecca y
John todavía lo cubrían. Guardó su Beretta en la funda de su cadera y avanzó
hacia el tipo, tomándolo del brazo.
—Tranquilo, tranquilo. ¿Quién es usted? ¿Trabaja aquí?
—Alan Kinneson —dijo el individuo con un jadeo—. Thurman me ha
tenido encerrado en el laboratorio, pero oyó que venían y he logrado escaparme.
¡Pero está loco! ¡Tienen que ayudarme a llegar hasta el bote! Allí hay una
radio, y podemos pedir ayuda.
¡El laboratorio!
—¿Por dónde se va al laboratorio? —inquirió David con rapidez.
Kinneson no pareció escucharlo, demasiado aterrorizado por lo
que pudiera hacerle el tal Thurman.
—¡La radio está en el bote! ¡Podemos pedir ayuda y luego salir
de aquí!
—El laboratorio —le repitió David—. Escúcheme. ¿Viene de allí?
Kinneson se giró y señaló al túnel que estaba al lado de la
abertura por la que había aparecido, el túnel que estaba justo en el medio de
los demás.
—El laboratorio está por ahí… —dijo, y volvió a señalar al túnel
por el que había llegado—… y el bote está por ahí. Estas cavernas son como un
laberinto.
Aunque parecía haberse calmado un poco mientras señalaba los
túneles, parecía tan histérico como antes cuando se giró para mirarlos de
nuevo. Parecía tener treinta y tantos años a primera vista, pero David se fijó
en las profundas líneas que tenía en los lados de los ojos y en la comisura de
los labios y se dio cuenta de que debía de ser mucho mayor. Quienquiera que
fuese, y fuese cual fuese su edad, estaba atenazado por un pánico enloquecido.
—¡La radio está en el bote! ¡Podemos pedir ayuda y luego salir
de aquí!
Los pensamientos de David corrieron a la misma velocidad que los
latidos de su corazón. Ése era el momento, ésa era su oportunidad…
Llegamos al laboratorio, obligamos a ese tal Thurman a que nos
dé el remedio contra esto y salimos pitando de este lugar antes de que nadie
más resulte herido…
Se giró para mirar a los demás y vio la misma expresión de
esperanza que él tenía en sus rostros. John y Steve asintieron con rapidez.
Rebecca no parecía tan entusiasmada. Hizo un gesto con la cabeza para indicarle
que se separara de Kinneson para que no pudiera oírles hablar.
—Discúlpenos un momento —dijo David, con una cortesía y una
amabilidad que no sentía. Kinneson era uno de los nombres que aparecía en la
lista de Trent.
—¡Tenemos que darnos prisa! —dijo el hombre balbuceando, pero no
siguió a David cuando éste retrocedió unos cuantos pasos hacia el resto del
equipo. Los cuatro se agruparon para hablar, con Karen apoyada en el brazo de
Steve.
El tono de voz de Rebecca era apresurado y preocupado.
—David, no podemos llevar a Karen al laboratorio si Griffith… si
Thurman está allí. ¿Qué pasará si tenemos que luchar?
John asintió y le echó una ojeada al científico de mirada
enloquecida.
—Y no creo que debamos dejar a este tipo solo. Lo más probable
es que salga zumbando con nuestro único medio de salir de aquí.
David frunció el entrecejo mientras pensaba con rapidez. Steve
era el mejor tirador, pero John era mucho más fuerte. Si tenían que obligar a
Thurman a que les entregara el remedio para la enfermedad de Karen, John lo
intimidaría mucho más.
—Nos dividiremos. Steve, llévate a Karen contigo hasta el bote,
y vigila a Kinneson. Nosotros iremos hacia el laboratorio, tomaremos lo que
necesitamos y nos reuniremos con vosotros allí. ¿De acuerdo?
Todos asintieron, y David se giró para hablar con Kinneson.
—Tenemos que llegar al laboratorio, pero nuestra amiga Karen no
se encuentra demasiado bien. Nos gustaría que la llevara a ella y a su escolta
hasta el bote y que nos esperara allí con ellos.
Los ojos de Kinneson parecieron quedarse sin expresión por un
instante. Aquella mirada vacía y en blanco llegó y desapareció con tanta
rapidez que David ni siquiera estuvo seguro de haberla visto.
—Tenemos que darnos prisa —contestó con rapidez; luego se dio la
vuelta y comenzó a dirigirse de nuevo hacia el túnel por el que había
aparecido, caminando con paso vivo.
David se sintió preocupado de repente mientras observaba cómo se
alejaba velozmente Kinneson, con su sucia bata de laboratorio ondeando a su
espalda.
Ni siquiera nos ha preguntado quiénes somos.
Mientras Steve entraba en la boca del túnel llevando a Karen con
él, David le tocó en el brazo y le habló en voz baja.
—Vigílalo bien, Steve. Estaremos con vosotros en cuanto podamos.
Steve asintió y se dispuso a seguir al extraño doctor Kinneson,
con Karen tambaleándose a su lado.
John y Rebecca ya estaban al lado de la entrada del túnel
situado en medio, con las armas todavía en la mano. La caverna se estremeció al
mismo tiempo que se oyó un rugido ahogado en el exterior.
Los tres entraron en el túnel sin necesidad de intercambiar ni
una sola palabra, recorriéndolo con un trote cansado pero decidido, preparados
para enfrentarse al monstruo humano causante de todas las tragedias en la
Ensenada de Calibán.
Steve dobló la primera esquina, con Karen agarrada de su hombro
con una mano fría y sudorosa, y vio que el investigador estaba doblando otra
esquina, a unos cien metros de distancia ya. Steve divisó la ondeante bata y un
tacón de zapato, y la figura desapareció, con el sonido de los pasos
alejándose.
Estupendo. Perdidos en un maldito laberinto de cuevas submarinas
porque el doctor Caligari tiene un horario que cumplir…
Karen dejó escapar un suave quejido y Steve sintió que el
estómago se le encogía un poco más; su miedo a perderse ocupó el segundo lugar
de la lista de sus preocupaciones después de la que sentía por Karen. Cada vez
se apoyaba más en él, y comenzaba a arrastrar los pies por el suelo de pizarra.
David, John, Rebecca… por favor, daos prisa. Por favor, no
dejéis que Karen se ponga peor…
Tiró de ella con toda la rapidez que pudo, preocupado por la
idea de alcanzar a Kinneson, preocupado porque los demás se encontrasen en
peligro, preocupado por la mujer enferma que colgaba a su lado. Excepto por su
encuentro con Rebecca, había sido el peor día de su vida. Sólo llevaba un año y
medio en los STARS, y aunque se había visto metido en situaciones apuradas con
anterioridad, ninguna se acercaba ni de lejos a lo que había experimentado en
las pocas horas que habían pasado desde que su lancha había volcado.
Monstruos marinos, zombis con armas… y ahora Karen. La
inteligente y seria Karen que está perdiendo la cabeza y, quizá, convirtiéndose
en una de esas cosas. Estamos tan cerca de salir de aquí, y puede ser tan tarde
de todas maneras…
Steve se dio cuenta de que ya no oía los pasos de Kinneson
cuando llegaron a la siguiente esquina. La dobló a trompicones mientras pensaba
que quizá debería gritarle para que los esperara, para que no se adelantara
demasiado… y se detuvo en seco, sintiendo que el alma se le desplomaba a los
pies. Kinneson estaba a menos de dos metros de ellos, apuntándolos con una
pistola del calibre 32. Sus ojos y su cara estaban faltos de toda señal de
emoción, como si fuera un maniquí. Avanzó un par de pasos y apretó el cañón de
la pistola contra la boca de su estómago, con fuerza, y luego retrocedió al
mismo tiempo que le sacaba su Beretta de la funda. El doctor sin expresión en
los ojos se apartó a un lado, con las dos armas en la mano, y le indicó a Steve
que avanzara por delante de él.
Vigílalo bien, Steve…
Steve agarró a Karen por el costado mientras se apresuraba a
pensar en algún modo de detenerlo, de razonar con Kinneson. Su cuerpo se tensó,
preparado para saltar mientras su mente le decía que obedeciera, que no era
necesario que le dispararan…
¿Qué le ocurrirá a Karen?
—Vendrás al laboratorio —dijo Kinneson con una voz sin ninguna
clase de inflexión— o te mataré.
Era la misma voz sin expresión que tendría una computadora, pero
procedente del rostro inmisericorde de un humano que, de repente, no parecía
humano, que no parecía humano en absoluto.
—Sabemos lo que habéis hecho aquí —contestó Steve con
desprecio—. Lo sabemos todo sobre vuestras malditas Triescuadras, sobre el
virus-T y si quieres salir de esta sin…
—Vendrás al laboratorio o te mataré.
Steve sintió que su cuerpo se estremecía de forma involuntaria.
El tono de voz de Kinneson no había variado en absoluto, y su mirada permanecía
tan fija y carente de emoción como su voz. Steve se dio cuenta en ese momento
de las delgadas líneas que le salían de los bordes de sus fríos ojos castaños y
de las comisuras de sus labios sin expresión.
Oh, Dios mío…
—Vendrás al laboratorio o te mataré —repitió, y esta vez, alzó
las dos armas, y las mantuvo a escasos centímetros de la colgante cabeza de
Karen.
Steve sabía que se estaba muriendo, sabía que existían muchas
probabilidades de que la perdiera a causa del virus y que se convirtiera en una
criatura enloquecida antes de que acabara la noche…
Pero tengo que protegerla todo el tiempo que pueda. Si la
sacrifico para salvarme y luego resulta que existía una mínima posibilidad de
salvarla…
Steve no lo haría, no podía hacerlo. Aunque ello significara
perder su propia vida.
Agarró con fuerza a Karen y comenzó a andar por delante de aquel
ser.
Ya había pasado más que tiempo suficiente. Si los intrusos
habían hecho lo que él había supuesto que harían, ya se habrían dividido, y
algunos de ellos se dirigían hacia las jaulas y el resto acompañaría al buen
doctor hacia el laboratorio. Y si Alan había fallado, al menos los habría
retrasado el tiempo suficiente para mantenerlos en terreno abierto. De
cualquier manera, ya era el momento.
Griffith pulsó el botón del panel conectado a las jaulas de los
Ma7. Pensó en lo divertido que habría sido poder ver las caras que pondrían al
ver aquellas criaturas. La luz roja se convirtió en una luz verde, lo que
significaba que las puertas de las jaulas ya estaban abiertas de par en par.
Bueno, no le importaba perdérselo, siempre que murieran.
Capítulo 15
El serpenteante túnel parecía no tener fin. Cada vez que
doblaban una esquina, Rebecca esperaba ver una puerta cerrada, con una ranura
electrónica a su lado donde poder introducir la tarjeta de apertura que llevaba
David. A medida que las esquinas continuaban sucediéndose, que las luces
iluminaban otro tramo de túnel, cada uno tan vacío y tan carente de detalles
como el anterior, dejó de desear que apareciera la puerta. Una señal sería
suficiente, una flecha pintada en la pared, una marca de tiza… cualquier
indicación que borrara sus sospechas de que los habían mandado en una dirección
equivocada.
¿Nos ha mentido un científico de Umbrella? Eso es imposible de
creer…
Dejó a un lado el sarcasmo y tuvo que reconocer que Kinneson se
había comportado de manera extraña, pero que, desde luego, parecía estar
aterrorizado hasta llegar a la histeria. ¿Sería posible que, confundido por ese
pánico, se hubiera equivocado de túnel al darles las indicaciones? ¿O
simplemente era que el laboratorio estaba mejor escondido de lo que ellos
pensaban?
¿O nos ha enviado a una búsqueda sin sentido, hacia alguna cueva
sin salida… o peor aun, hacia una trampa? Hacia un lugar peligroso, pensado
para retrasarnos mientras él…
Mientras él le hacía algo a Karen y a Steve. Aquel pensamiento
la atemorizó aún más que la idea de estar dirigiéndose hacia una trampa. Karen
estaba gravemente enferma, no podría defenderse por sí sola, y Steve…
No, Steve está bien. Podría acabar con Kinneson con una mano
atada a la espalda y en un segundo…
Si no fuera porque Karen está con él. Una Karen muy enferma, que
se esforzaba por mantenerse de pie.
Su anterior trote se había convertido en un paso rápido. Tanto
David como John jadeaban por el tremendo esfuerzo, y sus agotados rostros
estaban contraídos por el cansancio. David levantó una mano para indicar a los
otros dos que se detuvieran.
—No creo que sea por aquí —dijo entre jadeos—. Ya deberíamos
haber llegado a estas alturas. Y el trozo de papel que había junto con la
tarjeta decía sudoeste, este. No estoy seguro, pero creo que después de la
última esquina nos estamos dirigiendo hacia el oeste.
John asintió con la cabeza, con su corto cabello empapado y
brillando por el sudor.
—No sé en qué dirección vamos, pero lo que sí sé es que ese tal
Kinneson está lleno de mierda. El tío trabaja para Umbrella, por amor de Dios.
—Estoy de acuerdo con él —convino Rebecca respirando
profundamente—. Creo que deberíamos regresar. Tenemos que llegar al laboratorio
enseguida. No creo que…
¡CLAAANK!
Se quedaron inmóviles, mirándose los unos a los otros. En algún
punto por delante de aquel túnel interminable, algo pesado fabricado con metal
se había movido.
—¿El laboratorio? —dijo Rebecca esperanzada—. Puede que…
Un extraño ruido la interrumpió, y las palabras se le quedaron
en la garganta cuando el ruido aumentó de volumen. Era un grito como jamás
había oído antes: era la mezcla de un largo ladrido de perro con un gemido
agudísimo, todo ello unido al llanto desesperado de un bebé recién nacido. Era
un ruido terrible y solitario, que subía y bajaba a lo largo del túnel y que
por fin se convirtió en un feroz aullido lastimero… al que se le unieron muchos
otros.
De repente, sintió que no quería ver a la criatura capaz de
lanzar aquel sonido, en el mismo momento en que David comenzaba a retroceder,
con la piel de la cara pálida y los ojos abiertos de par en par.
—¡Corred! —dijo con un grito mientras apuntaba con su pistola
hacia el pasillo vacío que se abría delante de ellos. Esperó hasta que los dos
pasaran a su lado para darse la vuelta y comenzar a correr detrás de ellos.
Rebecca sintió de repente una oleada de energía increíble cuando
una nueva descarga de adrenalina llegó a sus arterias y la hizo correr a toda
velocidad por el sombrío túnel para escapar de los crecientes aullidos de
aquellas criaturas que los seguían. John estaba justo delante de ella, y sus
musculosos brazos y piernas se movían de forma acompasada pero a un ritmo
infernal, y oía el ruido de las botas de David a su espalda.
Los aullidos aumentaban de volumen, y Rebecca pudo sentir la
piedra vibrar bajo sus pies: eran las zancadas de las patas de las bestias que
corrían en su persecución. … no vamos a lograrlo…
Fin el mismo instante que su mente se dio cuenta de que aquellas
criaturas los alcanzarían en muy poco tiempo, oyó a David gritar.
—En la siguiente esquina…
Cuando llegaron al final del tramo, donde el túnel giraba de
nuevo, Rebecca se dio la vuelta en redondo y levantó la sudorosa mano con la
que empuñaba su Beretta, apuntando hacia la última esquina que habían doblado.
John y David se situaron cada uno a un costado, jadeando pero con sus pistolas
de calibre nueve milímetros apuntando a su lado. Eran veinte metros de pasillo
despejado, pero repleto por el eco de los aullidos de sus perseguidores, a los
que todavía no habían visto.
Cuando apareció el primero de ellos, los tres comenzaron a
disparar, y los proyectiles se estrellaron contra una criatura. Al principio,
Rebecca pensó que se trataba de una leona, luego creyó que era un lagarto
gigante y, por fin, un perro. Sólo pudo distinguir una visión fragmentada de
aquel ser imposible, y su mente sólo captó las partes que pudo admitir. Las
pupilas parecidas a las de los gatos, la gigantesca cabeza de serpiente, con
una inmensa mandíbula repleta de dientes afilados. Un cuerpo rechoncho y de
pecho amplio de color arenoso, con unas patas delanteras gruesas y unos cuartos
traseros musculosos que la impulsaban hacia adelante a grandes saltos y a una
velocidad increíble…
Y mientras los proyectiles explosivos atravesaban su extraña
piel reptilesca, apareció otra criatura detrás de la primera…
Las primeras balas lanzaron de espaldas el grueso cuerpo de la
criatura más cercana y la hicieron saltar sobre sus patas con garras, a la vez
que unos surtidores de sangre aguada manchaban las paredes del túnel…
Y entonces cómo, después de sacudir la cabeza, comenzó a
aullar otra vez con su grito lastimero y se lanzó de nuevo
contra ellos.
Oh, mierda…
Rebecca apretó de nuevo el gatillo, cuatro, cinco, seis veces,
mientras su mente le gritaba al mismo tiempo tanto como aquellos dos
monstruosos animales que corrían hacia ellos, siete, ocho, nueve, diez veces…
El primero caía y se quedaba en el suelo, pero todavía quedaba
el segundo, seguido de un tercero, que también recorría el túnel a toda
velocidad, y la Beretta sólo tenía quince balas…
Vamos a morir…
David retrocedió de un salto, detrás de la rugiente línea de
tiro. Un cargador vacío cayó al suelo, y un segundo después, estaba de nuevo a
su lado, apuntando y apretando el gatillo, con la Beretta disparando de forma
fluida en su experta mano.
Rebecca contó su último cartucho y retrocedió a trompicones,
rezando para poder recargar su arma con la misma rapidez que David…
Levantó por fin los ojos para ver cómo el tercer animal caía de
espaldas, con su amplio pecho lanzando varios chorros de sangre. Se desplomó
sobre el charco de fluido rojizo que él mismo había creado y se quedó allí,
inmóvil.
No se movió absolutamente nada más en el túnel, pero quedaban al
menos otras dos criaturas al otro lado de la esquina. Sus aullidos lastimeros
continuaron subiendo y bajando de volumen a lo largo del túnel, pero no se
acercaron y permanecieron fuera de la vista, como si comprendieran lo que les
había ocurrido a sus compañeros y fueran lo bastante listas para no cargar de
frente contra la muerte que les esperaba.
—Retroceded —susurró David con voz ronca.
Sin dejar de apuntar contra la esquina, comenzaron a andar hacia
atrás, con los gritos de las feroces bestias pasando por encima de ellos como
si fueran olas del mar.
Griffith se apartó con rapidez de la puerta cuando oyó el ruido
de la llave en la cerradura. No quería estar demasiado cerca de quienquiera que
hubiese traído Alan. Ya tenía a Thurman preparado cerca de él, por si acaso
había algún problema, pero cuando vio al joven y a su pasiva compañera entrar
en el laboratorio, no creyó que hubiera ningún contratiempo.
¿Qué le pasa? ¿Unas cuantas copas de más? ¿Una herida grave que
no es visible a simple vista?
Griffith sonrió, a la espera de que el joven hablara o la mujer
se moviera, lleno de buen humor y con un talante cordial. Hacía tanto tiempo
que no hablaba con nadie sin tener que darle instrucciones… Además, el hecho de
que sus planes se estuvieran cumpliendo lo hacía sentirse contento. Alan cerró
la puerta a su espalda y se quedó de pie, sin expresión alguna en el rostro,
pero apuntando con sus dos armas a la extraña pareja.
El joven miró alrededor con sus ojos oscuros abiertos de par en
par, y su mirada se detuvo en la puerta del compartimiento estanco, con una
expresión parecida al asombro. La cabeza de la mujer seguía colgando sobre su
pecho. La piel del joven tenía un tono oscuro natural. Probablemente era
hispano, o quizás su origen era hindú. No era demasiado alto, pero se lo veía
bastante robusto. Sí, serviría muy bien… y puesto que quizás era el que había
matado al doctor Athens, aquello tendría algo de justicia poética.
La inquisitiva mirada del joven se posó por fin en Griffith, al
mismo tiempo curiosa y sin miedo, un miedo que Griffith pensó que debería
sentir.
Bueno, nos ocuparemos de eso…
—¿Dónde estamos? —preguntó en voz baja.
—Estás en el laboratorio de investigación química,
aproximadamente a unos veinte metros por debajo de la superficie de la Ensenada
de Calibán —le respondió Griffith—. Es interesante, ¿verdad? Esos inteligentes
diseñadores incluso lo construyeron en el interior de los restos de un barco
naufragado… ¿o construyeron los restos del barco naufragado alrededor del
laboratorio? Siempre me olvido, tendrás que…
—¿Eres Thurman?
¡Qué modales!
Griffith sonrió de nuevo, meneando la cabeza.
—No. Esa criatura gorda y de aspecto lamentable que está a tu
izquierda es el doctor Thurman. Yo soy Nicolas Griffith. ¿Y tú eres…?
Antes de que el joven pudiera responder, la mujer levantó su
cabeza, y su rostro blanco de ojos rojos escrutó a su alrededor con mirada
hambrienta.
¡Está infectada!
—Thurman, agarra a la mujer y manténla inmóvil —ordenó Griffith
con rapidez. No podía permitir que dañara el excelente espécimen que Alan había
logrado capturar…
Pero cuando Thurman agarró a la muchacha, el joven se resistió y
empujó a Louis con un rápido movimiento de manos, con un gesto de valor en el
rostro.
Griffith sintió una oleada de disgusto y enfado.
—Alan, ¡golpéalo!
El doctor Kinneson levantó la mano con rapidez y golpeó con
fuerza la parte posterior del cráneo del joven, que dejó de luchar el tiempo
suficiente para que Thurman tirara de la mujer para alejarla de ellos dos.
—Ya es tarde —dijo Griffith con voz confiada, preguntándose por
qué demonios querría nadie permanecer unido a uno de ésos—. Mírala, ¿no te das
cuenta de que ya no es humana? Es una de esas marionetas de Birkin, uno de esos
seres patéticos alterados para tener siempre hambre. Un zombi. Una unidad de
Triescuadra sin entrenamiento.
Mientras Griffith hablaba, se produjeron una serie de hechos
increíbles para el joven. La mujer se dio la vuelta sobre sí misma a pesar de
que Thurman la tenía agarrada… y con un rápido movimiento, estiró el cuello y
le mordió la cara a Louis. Tiró con la cabeza, se llevó entre los dientes un
trozo de su mejilla y comenzó a masticar con entusiasmo.
—¡Karen! Oh, Dios mío. ¡Karen, no!
Aunque su voz sonó evidentemente emocionada, el joven no se
movió ni trató de impedirlo. Tampoco lo hizo Louis. El doctor se quedó de pie
tan tranquilo, con la sangre corriendo por su cara, observando cómo la víctima
del virus-T masticaba un pedazo de su cara. Griffith miraba encantado.
—Fíjate en eso —dijo en voz baja—. Ni un gesto de dolor, ni una
muestra de emoción… ¡Louis, sonríe!
Thurman sonrió mientras la mujer acercaba de nuevo la cabeza y
lograba morderle su protuberante labio inferior. Arrancó el labio con un sonido
desgarrado y húmedo, y la sonrisa de Thurman se hizo aún más amplia. La sangre
saltó al suelo. La mujer siguió masticando. Increíble. Absolutamente
maravilloso.
El joven estaba temblando, y su rostro moreno se había vuelto
pálido. No parecía apreciar qué era lo que merecía verse, y Griffith se dio
cuenta de que probablemente nunca lo haría: sin duda, la mujer había sido amiga
suya. Mucha suerte. Es como echarle flores a un cerdo…
—Alan, agarra al joven, y sosténlo con fuerza.
El joven ni siquiera forcejeó, demasiado absorto en el aparente
horror que estaba experimentando. La muchacha arrancó otro trozo de carne, y la
sonrisa de Thurman se estremeció, probablemente debido al traumatismo sufrido
por algún músculo.
Por mucho que a Griffith le apeteciera seguir mirando, tenía
trabajo que hacer. Tal vez los otros amigos del joven lograran abatir a los Ma7
y, si lo lograban, lo más probable es que fueran en busca de su amigo.
Pero para entonces, será mi amigo…
Griffith se acercó a una mesa y recogió una jeringuilla llena.
Golpeó con un dedo en uno de sus lados y se dio la vuelta hacia su silencioso
invitado, preguntándose si debía revelarle su brillante plan para atrapar a sus
amigos. ¿No era eso lo que siempre hacían los «villanos» en las películas»?
Sólo lo pensó durante un momento, y decidió que era mejor no hacerlo. Siempre
lo había considerado una estupidez, y, desde luego, él no era ningún villano.
Eran ellos los que habían invadido su santuario y amenazado sus planes para
crear una paz mundial. Estaba claro quiénes eran los malvados.
El joven hispano todavía estaba mirando la terrible escena, con
la boca literalmente abierta, mientras Karen empezaba a tragarse la nariz de
Thurman, causando heridas todavía más graves en su cara. Tendría que acabar con
ella antes de que los brazos de Louis cedieran, pero eso le daba bastante
tiempo todavía.
Avanzó con rapidez y clavó la aguja en el musculoso brazo del
joven, apretando el émbolo de la jeringuilla.
Sólo en ese momento forcejeó un poco, clavando sus pasmados ojos
en Griffith y retorciendo el cuerpo. Uno de los brazos de Alan pareció ceder un
poco, pero tenía bien agarrado al forcejeante hispano.
Griffith le sonrió a la cara mientras meneaba la cabeza.
—Relájate —le dijo con un tono de voz tranquilizador—. En unos
minutos, no sentirás nada de nada.
Lenta, muy lentamente, retrocedieron hacia la cueva donde
comenzaba el túnel en el que se encontraban. Las criaturas reptilescas los
habían seguido, pero habían procurado mantenerse fuera de la vista mientras
lanzaban sus lastimeros aullidos. John no dejaba de pensar en Karen y en Steve,
guiados hasta Dios sabía dónde por el doctor de Umbrella, y deseó con
desesperación que aquellos monstruos cargaran contra ellos. Sentía cómo pasaba
el tiempo, y era posible que los minutos perdidos ya le hubieran costado a
Karen su única oportunidad de curarse, minutos durante los cuales Steve podía
estar luchando por su vida…
¡Vamos, cabrones estúpidos! Estamos aquí mismo. ¡Comida gratis!
¡Vamos!
Habían intentado gritar para atraerlos, habían disparado y
habían pateado el suelo para simular que salían corriendo, pero las criaturas
no picaron el cebo. David había intentado una vez engañarlos: los tres echaron
a correr y se detuvieron en la siguiente esquina… y cuando los grandes reptiles
asomaron cautelosamente el cuerpo por el túnel para seguir detrás de ellos,
salieron de la esquina y comenzaron a disparar. John logró acertar una vez en
el pecho de una de las criaturas, y habían confirmado que sólo quedaban dos de
aquellas bestias imitantes, pero ambas habían logrado ponerse a cubierto de
nuevo antes de que las hiriesen de gravedad, y no habían vuelto a caer en aquel
truco.
—Cabrones astutos —dijo John con un gruñido por vigésima vez,
retrocediendo de espaldas con toda la rapidez que podía—. ¿A qué demonios están
esperando?
Ni Rebecca ni David contestaron, puesto que ya lo habían
discutido mientras seguían retrocediendo: estaban esperando a que los tres se
dieran media vuelta.
Después de lo que les pareció una eternidad en cámara lenta, de
retroceder paso a paso por él túnel, oyeron por encima de los aullidos de las
bestias el distante pero familiar sonido de la cavernosa estancia de roca por
la que habían entrado: el ruido apagado de las olas y el estremecimiento de las
paredes.
Gracias a Dios, gracias Dios. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Quince,
quizás veinte minutos?
—Cuando salgamos del túnel, poneos a cada lado —les indicó David
con voz tensa—. Voy a darme la vuelta y a echar a correr para atraerlos…
Rebecca sacudió la cabeza con un gesto negativo, con su juvenil
rostro contraído por la preocupación.
—Eres mejor tirador que yo, y yo puedo correr mucho más rápido
que tú. Yo debería servir de cebo.
Casi habían llegado a la caverna principal. John miró a David y
vio que dudaba en tomar la decisión… pero, por fin, asintió suspirando.
—Muy bien. Corre todo lo rápido que puedas, y regresa hacia las
escaleras del faro. Nos encargaremos de ellos en cuanto estén demasiado lejos
de la esquina como para darse la vuelta.
Rebecca dejó escapar una bocanada de aire.
—Entendido. Sólo dime cuándo.
John sintió el cambio en el aire a su espalda, y los soplos de
la brisa que corría por el interior de la caverna le tocaron con suavidad la
nuca. Dio otro paso hacia atrás y un momento después se halló en el espacio
abierto.
Dio un rápido paso lateral y se quedó de pie al lado de la
esquina, justo entre la boca del túnel del que habían salido y el túnel de al
lado. Vio que David también se colocaba en posición, mientras Rebecca se
quedaba completamente inmóvil en mitad de la entrada del túnel…
—¡Ahora!
Rebecca se dio la vuelta y comenzó a correr, alejándose a gran
velocidad. John notó la tensión en su propio cuerpo. Sostenía la Beretta al
lado de su cara, mientras oía los aullidos que aumentaban de volumen, las patas
pesadas que se aproximaban…
—¡Ahora! —gritó David, y ambos asomaron al mismo tiempo sus
cuerpos a la vez que comenzaban a disparar.
¡Bam, bam, bam, bam, bam, bam!
Los aullantes monstruos estaban a menos de seis metros, y los
proyectiles explosivos abrieron unos enormes agujeros carmesíes en sus
pellejos, y los trozos de hueso y la sangre se alzaron como grandes surtidores.
Los aullidos desaparecieron bajo el tronar de los disparos, y
ninguno de los dos seres reptilescos logró llegar hasta la entrada del túnel.
Los dos extraños cuerpos quedaron inmóviles, como dos montones de carne en el
suelo.
Rebecca apareció de regreso, al trote, en cuanto dejaron de
disparar. Sus mejillas estaban encendidas y sus ojos brillaban por la prisa.
—Vámonos —dijo David.
Los tres comenzaron inmediatamente a correr por el túnel donde
había desaparecido Kinneson. El tiempo que habían perdido le daba alas a sus
pies.
John dejó por fin que el miedo se apoderara de él y abandonó la
rabia frustrante que había estado sintiendo a lo largo de su retirada paso a
paso.
Karen, no te mueras. Por favor, que no le haya pasado nada. Ni a
ella ni a López…
El túnel giró y bajó ligeramente; los tres doblaron la esquina,
con el terror que sentían por la suerte de sus compañeros impulsándolos a
correr aún más. John se juró que si los dos estaban bien, que si Karen todavía
estaba a tiempo de salvarse, si todos salían con vida de aquel lugar, daría
todo lo que tenía.
Mi coche, mi casa, mi dinero, no me acostaré con ninguna otra
mujer hasta que me case. Renegaré de mis malos actos anteriores y caminaré por
el sendero de la virtud y…
No era suficiente, y no se imaginaba por que nadie querría
aceptarlo, pero lo sacrificaría todo, costase lo que costase.
El túnel giró de nuevo, sin dejar de inclinarse hacia abajo.
Doblaron la siguiente esquina… y vieron un doble par de puertas, con un pequeño
pasillo entre la puerta exterior y el interior, y una gigantesca y apenas
iluminada estancia al otro lado. Steve se encontraba apoyado en el quicio de la
puerta interior, con la Beretta en la mano y el rostro pálido y sin expresión.
—¡Steve! ¿Qué ha…? —comenzó a decir David, pero la falta de
expresión, el terrible vacío que vieron en la cara de Steve, hizo que todos se
detuvieran en seco. Aunque su mente se negaba a aceptarlo, John sintió que su
corazón se llenaba con una terrible y dolorosa sensación de pérdida.
—Karen ha muerto —dijo Steve en voz baja, y luego se giró y
entró en la estancia.
Capítulo 16
Oh, no… Rebecca sintió una enorme oleada de tristeza en su
interior mientras observaba la espalda de Steve, con John y David en silencio a
su lado. El vacío pasmado que habían visto en el rostro de Steve antes de que
se diera la vuelta les anunció lo que había pasado.
Pobre Karen. Y pobre Steve. Debe de haber sido terrible para él
verla…
Habían encontrado el laboratorio demasiado tarde. Rebecca bajó
la vista y se fijó en la ranura para tarjetas cerca de la puerta de acceso
cuando entró en el pasillo que unía ambos juegos de puertas.
Sintió con una horrible emoción la futilidad y el sin sentido en
que se había convertido aquella misión. Habían llegado allí para obtener
información, y sólo habían encontrado una prueba tras otra, sólo habían logrado
que Karen cayera enferma… y que atacara a Steve justo cuando habían llegado al
único lugar donde podían haber tenido alguna oportunidad de curarla…
Pero ¿y Kinneson? ¿Y Thurman?
Atravesó la segunda puerta con el entrecejo fruncido. El
laboratorio era enorme y estaba lleno de equipos, con las mesas atestadas con
enormes pilas de papeles. Sin embargo, fue la compuerta abierta justo enfrente
de ellos lo primero que le llamó la atención, y su mirada se fijó de inmediato
en la gruesa hoja de plexiglás o de cristal reforzado que ocupaba parte de la
puerta de metal.
Era un compartimiento estanco, con la puerta interior abierta,
tras la segunda puerta, más allá de una reja metálica, pudo ver las oscuras
aguas del mar: el laboratorio se encontraba bajo el océano.
Lo segundo en lo que se fijó fue la sangre, en el grueso rastro
de color carmesí que salpicaba el suelo de cemento formando pequeños charcos y
regueros, pero que finalmente se convertía en una larga mancha provocada por el
arrastre de un cuerpo, lo primero que pensó fue que Steve debía de haber
llevado el cuerpo de Karen… ¡Tanta sangre! Dios, no, Karen no…
Steve había entrado en el compartimiento estanco y se había dado
la vuelta. Parecía estar esperando que ellos cruzaran la habitación. Rebecca
comenzó a andar en su dirección, con un nudo en la garganta por las lágrimas y
por la pena que sentía. John y David estaban justo a su espalda, de pie y en
silencio, mirando alrededor, registrando con la vista la vacía estancia…
Entonces, detrás de ellos, la puerta que daba al pasillo se
cerró de golpe.
Se dieron la vuelta en redondo y vieron a Kinneson de pie,
apuntándolos con una pequeña pistola del calibre 32 y sin mostrar expresión
alguna en el rostro.
—Soltad las armas.
La voz tranquila y autoritaria que había sonado era la de Steve.
Rebecca se dio la vuelta de nuevo, sintiéndose confundida… y vio
que Steve los apuntaba con su Beretta, con un rostro tan inexpresivo como el de
Kinneson. Ahora que estaba lo bastante cerca del compartimiento estanco, pudo
ver el cuerpo en el suelo. Era el de Karen, cuyo pálido rostro estaba cubierto
de sangre. En el lugar donde debería estar su ojo izquierdo sólo se veía un
agujero negro rezumante de fluidos corporales.
Oh, Dios mío, ¿qué está ocurriendo?
David dio un paso hacia Steve, con la Beretta apuntando al suelo
y con la voz repleta de asombro, incredulidad y confusión.
—Steve, ¿qué estás haciendo? ¿Qué ha pasado?
—Soltad las armas —repitió Steve. Su voz no mostraba señal
alguna de emoción.
¿Qué le has hecho?
John lanzó un grito, se giró y disparó contra Kinneson. El
proyectil atravesó limpiamente su sien izquierda, y Kinneson se derrumbó en el
suelo como una marioneta sin cuerdas que la sostuvieran…
¡Bam!
El segundo proyectil salió de la pistola de Steve, y acertó a
John un poco más arriba de la zona de los riñones. La sangre comenzó a salir a
borbotones del agujero, y Rebecca vio en el rostro de John la incredulidad
mientras trastabillaba cuando intentaba dar media vuelta al mismo tiempo que la
sangre comenzaba a salirle entre los labios.
John también cayó a plomo en el suelo de cemento y se estremeció
una vez más antes de quedar completamente inmóvil. Todo había ocurrido en unos
pocos segundos.
—Soltad las armas —volvió a decir Steve con voz tranquila.
Apuntó con su arma a Rebecca.
La muchacha no pudo hacer absolutamente nada durante unos
momentos. Simplemente se quedó mirando a Steve con una expresión de profundo
horror mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, totalmente incapaz de
comprender lo que había pasado.
—Suéltala —dijo David en voz baja, y dejó que la suya cayera al
suelo con un tableteo metálico.
Rebecca también dejó caer su Beretta.
—Retroceded —ordenó Steve sin dejar de apuntar al pecho de
Rebecca.
—Haz lo que dice —dijo David con la voz sólo un poco temblorosa.
Retrocedieron lentamente, mientras Rebecca era incapaz de
apartar la vista de los ojos de Steve, del rostro juvenil y atractivo que tanto
le había atraído. Ahora, ya no era más que una máscara, que llevaba puesta…
Un zombi.
Dejaron de retroceder al tropezar con una mesa, y miraron
inmóviles cómo Steve avanzaba para recoger sus armas del suelo. La mente de
Rebecca estaba pasmada por algo más que el horror y la sensación de pérdida. Un
zombi que podía caminar y hablar como una persona. Como Kinneson. Como Steve.
¿Cómo?¿Cuándo ha ocurrido?
Justo en el momento que Steve comenzaba a retroceder, una
agradable voz masculina sonó a sus espaldas, procedente de una esquina del
laboratorio, desde detrás de una mesa.
—Bueno, ¿ya hemos acabado? Dios mío, menuda tragedia griega…
A aquella voz le siguió un cuerpo. Un individuo delgado y de
pelo gris se puso de pie y rodeó la mesa, moviéndose con aspecto tranquilo
hasta situarse al lado de Steve. Tendría unos cincuenta y pocos años y llevaba
el pelo lo bastante largo como para que las puntas le rozaran el cuello de la
bata de laboratorio que llevaba puesta. En su rostro brillaba una sonrisa
espléndida.
—Repetiré las instrucciones que le he dado para que nuestros
invitados las oigan —dijo el individuo con un tono de voz alegre—. Si
cualquiera de los dos efectúa un movimiento brusco, dispárales.
Rebecca supo inmediatamente quién era, supo que no había estado
equivocada, después de todo.
—El doctor Griffith —dijo en voz baja.
Griffith arqueó una ceja, ligeramente divertido al parecer.
—¡Ya veo que mi reputación me precede! ¿Cómo lo ha sabido?
—He oído hablar de usted —repuso con voz fría—. Y
también de Nicolas Dunne.
La sonrisa del hombre se congeló por un instante, pero se
ensanchó de nuevo.
—Todo eso forma parte del pasado —respondió como restándole
importancia al mismo tiempo que agitaba una mano en el aire—. Y me temo que
nunca tendrá la ocasión de contarle a nadie sobre el placer de nuestro
encuentro.
La sonrisa de Griffith desapareció por completo, y su mirada
azul adquirió de repente una expresión gélida.
—Ya me habéis retrasado bastante. Estoy cansado de este juego,
así que creo que voy a hacer que este agradable joven os mate…
Su rostro se iluminó de repente, y Rebecca vio la locura brillar
en sus ojos, el absoluto alejamiento de la cordura.
—Ahora que lo pienso mejor, ¿por qué ensuciarlo todo aún más?
Steve, si eres tan amable, por favor, dile a nuestros amigos que entren en el
compartimiento estanco.
—Entrad en el compartimiento estanco —dijo con voz tranquila.
Rebecca comenzó a hablar con rapidez antes de que David pudiera
dar ni siquiera un paso, con un tono de voz serio y profesional.
—¿Ha sido el virus-T? ¿Lo ha utilizado como plataforma para
desarrollar sea lo que sea el nuevo agente infeccioso? Sé que ha sido el
responsable del aceleramiento del tiempo de amplificación, pero esto es algo
completamente nuevo, esto es algo que ni siquiera Umbrella conoce. Es un
mutágeno con una membrana de fusión instantánea, ¿a que sí?
Los ojos de Griffith se abrieron de par en par.
—Espera, Steve… ¿Qué es lo que sabes acerca de la membrana de
fusión, jovencita?
—Sé que la ha perfeccionado. Sé que ha logrado crear un virión
de fusión rápida que al parecer es capaz de infectar el tejido cerebral en
menos de una hora…
—En menos de diez minutos —la corrigió Griffith.
Toda su actitud cambió, y pasó de ser un sonriente hombre mayor
a convertirse en un fanático: entrecerró los ojos, que adquirieron un brillo
intenso, y apretó los labios contra los dientes.
—¡Esos estúpidos animales con su ridículo virus-T! Puede que
Birkin tenga algo de cerebro, pero los otros no son más que unos idiotas.
¡Juegan a la guerra mientras yo he creado un milagro!
Se dio la vuelta y señaló con un gesto los relucientes depósitos
de oxígeno que había al lado de la entrada del laboratorio.
—¿Sabes qué es eso? ¿Sabes lo que he logrado sintetizar? ¡La
paz! ¡La paz y la libertad de no tener que escoger para toda la humanidad!
David sintió que su corazón se ponía a palpitar a toda
velocidad, y todo su cuerpo comenzó a exudar un sudor frío. Griffith comenzó a
caminar de un lado a otro delante de ellos, con los ojos brillando por su genio
enloquecido.
—¡Existe suficiente material de mi cepa, de mi creación, como
para infectar a miles de millones de personas en menos de veinticuatro horas!
He logrado encontrar la respuesta, la respuesta a la penosa y egoísta especie
en la que se ha convertido la raza humana. Cuando le entregue mi regalo al
viento, el mundo será libre de nuevo, renacerá otra vez, un lugar simple y
bello para todas las criaturas, grandes y pequeñas, ¡y sólo sobrevivirán
gracias al instinto!
—Está loco —dijo David con un susurro, incluso a sabiendas de
que Nicolas Griffith podía matarlos, de que iba a matarlos, pero fue incapaz de
contenerse—. ¡Está completamente majara!
Y por eso ha muerto mi equipo, por eso han muerto todas esas
personas. Quiere convertir a todo el mundo en seres como Kinneson. Como Steve.
Griffith se giró hacia él con un gruñido y lanzando escupitajos
por la comisura de los labios.
—¡Y tú estás muerto! No estarás aquí cuando mi milagro bendiga
la Tierra. Yo, yo… te privo de mi regalo, ¡a los dos! Cuando el sol salga mañana
por la mañana, habrá paz, ¡y ninguno de los dos conoceréis ni un solo segundo
de ella!
Se dio media vuelta y los señaló mientras hablaba a Steve.
—¡Mételos en el compartimiento estanco! ¡Ahora mismo!
Steve levantó de nuevo su Beretta y la utilizó para indicarles
con un gesto que atravesaran la puerta estanca y entraran en el compartimiento,
donde el cuerpo de Karen yacía ensangrentado y sin vida en el suelo.
Está demasiado lejos, no podré alcanzar el arma a tiempo…
—¡Steve, ahora! ¡Mátalos ahora mismo si no entran!
David y Rebecca entraron en el compartimiento estanco. David
sintió el cuerpo frío y tenso. Tenía que hacer algo o el mundo se vería
infectado por el sueño de aquel psicópata maníaco…
Steve cerró la puerta.
Estaban atrapados.
Capítulo 17
Griffith estaba furioso, temblaba de ira mientras la puerta del
compartimiento estanco se cerraba con un gran golpe. ¿Es que no podían ver, es
que no entendían, es que no se daban cuenta de otra cosa que no fueran sus
miserables y estúpidas vidas?
Se quedó mirando al joven Steve, y la rabia amenazó con
desbordar sus sentidos, amenazó con hacerlo enloquecer, con hacerle vomitar,
con hacerle matar…
—¡Pon esa pistola en tu fea cara y aprieta el gatillo! ¡Muere,
muere, muere! ¡Mátate!
Steve alzó su arma.
Rebecca gritó, golpeando inúltimente con sus puños la gruesa
puerta de metal.
No, no, no, no, no…
¡Baammm!
El tronar del disparo cortó sus gritos. El cuerpo de Steve cayó
contra la base de la compuerta y quedó misericordiosamente fuera de la vista.
Ya estaba muerto, ya estaba muerto. Ya no era Steve…
—Jesús… —susurró David, y Rebecca levantó la vista, directamente
a los ojos engreídos y petulantes de Griffith a través de la ventana…
Y Griffith sonrió de repente, con una sonrisa triunfal, repleta
de orgullo y de desprecio maligno. Los sentimientos de pérdida, tristeza y
terror desaparecieron al ver aquella sonrisa. Rebecca se quedó mirando aquellos
ojos y se dio cuenta de que jamás antes había odiado realmente a una persona.
Cabronazo asqueroso, hijo de…
Les había contado su plan, pero en ese momento la idea era
demasiado grande para entenderla de golpe, era una tragedia tan inmensa que su
mente no podía ni abarcarla ni asimilarla. Lo único en lo que podía pensar era
en que había matado a Karen y a John, que había matado a Steve… y quería
destruirlo más que nada en el mundo, quería verlo perder, quería verlo sufrir y
sentir dolor y…
Si no hacemos nada, llevará a cabo su locura. Tenemos que
detenerlo, detenerlo antes de que se ponga a bailar en la mayor tumba de toda
la historia del mundo.
Griffith se aproximó a un panel de control situado al lado de la
compuerta y comenzó a apretar botones sin dejar de sonreír. Oyeron el ruido de
algo metálico y pesado que se movía por debajo del suelo de rejilla… y empezó a
entrar agua gorgoteando, procedente de las negras profundidades de la ensenada.
El compartimiento estanco era apenas lo bastante ancho para que ella y David no
tuvieran que estar de pie sobre el ensangrentado y retorcido cadáver de Karen.
El agua ya comenzaba a ponerse roja, y la espuma formada por el paso a través
de un conducto estrecho empezó a cubrir las manos de dedos blancos de su
compañera y sus propios tobillos.
Nos queda un minuto de tiempo, quizás algo menos…
Todavía podía ver el laboratorio, y allí estaba Griffith,
apoyado de espaldas sobre una mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho en
un gesto de satisfacción, observándolos. Por detrás de él, se veía una escena
macabra repleta de muerte. Kinneson, John y los relucientes cilindros llenos
hasta los topes con el producto del malvado ingenio de Griffith.
¡Tenemos que hacer algo!
Rebecca se giró con un gesto de desesperación hacia David,
rezando por que tuviera algún plan genial y brillante… y lo único que vio fue
resignación y tristeza en sus ojos mientras miraba el cuerpo tendido de Karen,
con los hombros hundidos por la derrota.
—David…
El levantó la vista y la miró con desesperación.
—Lo siento —susurró débilmente—. Todo ha sido culpa mía…
Las manos de Karen ya estaban flotando sobre el agua, y unos
cuantos mechones de su pelo corto tapaban como un halo su deshecha cara.
Rebecca empezó a dar tirones de la puerta, sin resultado, y sintió su peso
inamovible, sellado por los mandos de Griffith. El agua fría comenzó a empapar
la tela de sus pantalones y sintió su gélido tacto por encima de los tobillos.
El olor a sal y a sangre y la oscuridad la atemorizaban tanto como el murmullo
desesperado de David.
—Si no hubiese sido tan egoísta… Rebecca, lo siento tanto…
tienes que creerme, de veras, yo nunca quise…
Aterrorizada y al borde de la histeria, Rebecca lo agarró por
los hombros y le gritó.
—Vale, de acuerdo, eres un gilipollas, ¡pero si Griffith logra
soltar su virus, van a morir millones de personas!
Por un segundo creyó que no la había oído y sintió cómo el nivel
del agua seguía subiendo. Ya le llegaba a las pantorrillas, y su corazón latió
con más fuerza aún… y en ese momento, los ojos de David perdieron el brillo de
la desesperación y su mirada adquirió firmeza. Echó un rápido vistazo
alrededor, al estrecho compartimiento, y ella advirtió que su mente comenzaba a
trazar planes, que tomaba en cuenta todos los pequeños detalles del lugar:
acero, compuertas estancas, una malla metálica sobre la puerta que daba al
exterior, como si fuera una jaula para mantener alejados a los tiburones, de
unos sesenta centímetros de ancho, y por último, el agua burbujeante que ya les
llegaba a las rodillas, y que había levantado el torso y los brazos de Karen,
que flotaban libremente…
—Las puertas son de acero, la ventana tiene unos cinco
centímetros de ancho y es de plexiglás… cuando la puerta exterior se abra,
todavía quedará la rejilla…
Él la miró a los ojos, con los suyos llenos de rabia, disculpa y
asombro… Meneó la cabeza con un gesto negativo de derrota.
Ella dejó los brazos a los costados, y su cuerpo empezó a
temblar por el frío mientras sus pensamientos se hundían en la más profunda y
negra desesperación. David se acercó a ella medio vadeando y la abrazó con
fuerza.
—Has tenido la mala suerte de conocerme —dijo con voz suave al
mismo tiempo que le frotaba los brazos en cuanto a ella comenzaron a
castañetearle los dientes. El agua ya le llegaba a las caderas, y la mano sin
vida de Karen le rozó la pierna al pasar…
Suerte. Karen.
Rebecca sintió que su corazón se detenía en mitad de un latido.
David la tenía abrazada con fuerza, deseando un millón de cosas,
a sabiendas de que ya era demasiado tarde para ellos dos. Miró hacia el
laboratorio y vio a Griffith que todavía los miraba sin dejar de sonreír.
Apartó la mirada y sintió un odio vacío e inútil mientras las frías aguas le
llegaban a la cintura.
Maldito cabrón asesino.
El cuerpo de Rebecca se tensó de repente. Apartó a David y
agarró el cuerpo de Karen. Sus dedos comenzaron a rebuscar frenéticamente en el
chaleco de su compañera muerta. Rebecca se echó a reír de repente, una breve
muestra de alegría histérica…
Ha perdido el juicio…
Entonces le lanzó un objeto redondo y oscuro que había sacado de
uno de los bolsillos del chaleco de Karen. Al verlo, David sintió que una
oleada de pura sorpresa le recorría todo su cuerpo.
—La llevaba encima para que le diera suerte —explicó con rapidez
Rebecca entre dientes castañeteantes—. Está cargada.
David se llevó la granada a la espalda mientras sus pensamientos
se perseguían unos a otros y calculaba cómo sacarle el mayor partido a aquel
objeto y las posibilidades que tenían. El agua le llegaba un poco más arriba de
la cintura, y a Rebecca a su pecho jadeante.
La puerta exterior se abre por la presión, tiro de la anilla y
nos metemos en la jaula y mantenemos la compuerta cerrada…
Lo más seguro es que murieran, pero si al menos arrancaban la
puerta interna de cuajo, no se irían solos al otro barrio.
Griffith observaba con actitud ausente cómo subía el agua y cómo
los dos supervivientes protagonizaban todos los momentos clásicos de un
melodrama. Sus pensamientos ya estaban centrados en el cercano amanecer y en el
problema de llevar los pesados depósitos escaleras arriba. Supuso que aquello
le serviría de lección: perder el control de esa manera no servía de nada.
La pareja estaba dando todo un espectáculo. La chica estaba
furiosa con la apatía del hombre. Luego siguió la rápida y desesperada búsqueda
para encontrar un modo de escapar, el abrazo final y, por último, el pánico: la
chica abrazó el cadáver lleno de virus-T de su compañera al mismo tiempo que el
otro individuo trataba de hablar con ella, con el entrecejo fruncido y
preocupado por su cordura mientras el agua seguía subiendo.
Es triste, muy triste. Nunca deberían haber venido, nunca
deberían haber intentado detenerme…
En ese instante, el hombre la estaba abrazando, en un patético
intento por retrasar lo inevitable. El agua ya llegaba a la altura de la
ventana. En cuanto estuvieran muertos, abriría la jaula para entregarle una
golosina a los Leviatanes antes de dejarlos libres de nuevo, libres para nadar
por un océano sin humanos y vivir el resto de sus días en paz.
La tierra y el océano serán uno solo —murmuró su mente en tono
soñador—. Espejos de sencillez, instinto…
El cuerpo de la infectada pasó lentamente por delante de la
ventana, y vio que los dos invasores se habían acercado a la otra puerta, en un
intento por retener al máximo el poco aire que les quedaba. Era una pareja
decidida, aunque un poco estúpida. De repente, se le ocurrió que no se había
preocupado por saber quiénes eran ni quién los había enviado…
Ya no importa, ¿verdad?
El compartimiento estaba lleno de agua. Una luz del panel de
control indicó que la puerta exterior se había abierto. Se había acabado…, pero
ellos empezaron a patalear para salir al exterior, y algo pequeño pasó por
delante de la ventana justo cuando cerraron la puerta al pasar…
Griffith frunció el entrecejo y…
¡Baaammmmm!
Sólo tuvo tiempo de sentir incredulidad antes de que la
compuerta se estrellara contra su cuerpo y el rugiente torrente de líquido
helado le quitara el aliento.
Capítulo 18
Cuando la granada explotó, todo ocurrió tan deprisa que a
Rebecca no le dio tiempo a pensar en nada. Sólo tuvo sensaciones, una tras
otra, y el terror fue el que predominó.
Una luz brillante y un movimiento explosivo cuando la puerta
salió disparada hacia fuera, una sensación de resistencia contra su espalda que
desapareció en un instante y luego los pulmones que gritaban pidiendo oxígeno,
con un millón de burbujas como balas y, por último, una presión increíble,
imposible, que parecía continuar sin final posible, todo en tonos de negro y
frío. Más rápido, más rápido, movimiento y un extraño y ahogado sonido.
Unas sombras oscuras se movieron por encima de su mente
consciente, tapándolo todo con crecientes manchas de inconsciencia, mientras su
pecho estallaba hacia dentro y sus pulmones se devoraban a sí mismos. Braceó y
pataleó, pataleó y pataleó mientras sus piernas comenzaban a debilitarse y las
manchas oscuras se la tragaban…
Y luego el aire, el dulce aire, el maravilloso aire que le
acariciaba su moribundo rostro. Aspiró de forma convulsiva, con grandes jadeos
ansiosos, sin pensar en nada todavía. Su cuerpo pensó por ella y siguió
absorbiendo vida con glotonería. La espuma y la picazón provocada por la sal,
las olas que la acunaban, un zumbido agudo y elevado…
¡Baaam!
Una enorme onda de presión la lanzó hacia adelante y le metió
agua a raudales por las fosas de la nariz cuando una lluvia de agua de mar
provocada por la explosión comenzó a caer sobre ella.
Rebecca boqueó de nuevo en busca de aire, mareada, hasta que su
mente conectó de nuevo con su cuerpo.
¡David! ¿Qué…?
—¡Rebecca!
Un grito ahogado procedente de algún punto de la oscuridad llena
de zumbidos. El sonido era mucho más claro ya, era como…
¡Baaam!
Otra enorme ola, otro torrente de agua lanzado por encima de
ella, en un intento por ahogarla ya que Griffith no había sido capaz de
conseguirlo, y mientras la lluvia de gotas caía sobre ella, vio luz… poderosos
rayos que atravesaban la oscuridad y agitada superficie de la ensenada.
Una lancha. El poderoso rugido de un motor fueraborda que se
dirigía hacia ella por encima del oleaje.
—¡Rebecca!
El grito desesperado de David, a su izquierda.
¡Baaam!
Esta vez pudo ver la explosión y distinguió la enorme columna de
agua recortada contra el rayo de luz que la buscaba antes de que la ola llena
de restos la lanzara de espaldas, cegándola con una feroz bofetada de espuma.
Logró aspirar una bocanada de aire antes de que el enorme surtidor de agua se
desplomara sobre ella, cayendo con un rugido repiqueteante sobre las olas.
Cargas de profundidad. Están lanzando cargas de profundidad.
Pero ¿quién? ¿Umbrella?
La lancha estaba a menos de treinta metros de ella cuando el
motor se apagó de repente y los focos de luz comenzaron a recorrer el agua. Oyó
un chapoteo cerca de ella…
Y uno de los cegadores rayos de luz apuntó a David y ella
descubrió su rostro agotado y chorreante a poca distancia de donde se
encontraba…
Oyó la voz de un hombre, procedente de la lancha, que ahora se
aproximaba lentamente hacia ellos.
—¡Soy el capitán Blake, de los STARS de Filadelfia!
¡Identifíquese!
¿Los STARS?
Blake continuó hablando, y su voz adquirió volumen a medida que
la lancha se acercaba.
—¡El agua no es segura! ¡Vamos a sacarle!
David respondió por fin, con una voz rota por el cansancio.
—Trapp, David Trapp, de los STARS de Exeter, y Rebecca Chambers…
Cuando Blake habló de nuevo, dijo las palabras más maravillosas
que Rebecca había oído en toda su vida.
—¡Burton nos envía para ayudarlos! ¡Aguanten!
Barry. ¡Oh, gracias! ¡Dios, Barry!
A pesar de su agotamiento, de su cansancio espiritual después de
una larga noche de pánico, castigada por los sentimientos de pena y terror,
Rebecca tuvo fuerza suficiente para sonreír.
Fue justo en ese instante cuando percibió un gruñido ahogado a
su espalda.
Sólo había oscuridad, teñida de rojo y con el eco del dolor. En
aquella oscuridad, no había reposo ni paz: estaba solo y trabado en feroz
combate, una lucha sin cuartel para encontrar el final de aquella ausencia de
luz. Sabía que encontrar el final con rapidez era importante, pero todo un
laberinto de imágenes extrañas y en cierto modo terroríficas le impedían el
paso e insistían en que no hacía falta darse prisa. Un fantasma, un soldado,
una rabia. La melodiosa voz y alegre risa de una mujer que había conocido y que
nunca más vería… y los terribles ojos muertos que le habían arrancado la luz
después de una explosión de fuego y de sonido. Unos ojos que conocía pero que
tenía miedo de recordar…
El laberinto lo llamaba, lo atraía para que lo explorara con
mayor profundidad y que abandonara su búsqueda del final de la oscuridad, le
decía que eso sólo le proporcionaría mayor dolor… y casi había decidido dejar
de luchar y que las sombras lo agarraran cuando la luz lo encontró a él con una
onda expansiva y un trueno ensordecedor.
Un instante después, fue lanzado a través de una negrura líquida
y helada, y recuperó la conciencia debido al dolor… y fue el dolor el que le
hizo concentrarse a lo largo de aquel terrible y aullante viaje, el que lo
empujó a combatir la oscuridad. Su conciencia dio vueltas y vueltas mientras el
aire se le quedaba cuajado en los pulmones y el frío atenuaba el dolor… pero,
momentos después, pudo respirar, y el desgarrado trozo de madera al que estaba
agarrado le dijo que sí, que por fin había luz. No estaba muerto, aunque casi
deseaba estarlo: apenas podía respirar, y el dolor que sentía en la espalda era
insoportable… pero entonces oyó la voz de David entre el ruido del frío oleaje
y sintió que, después de todo, merecía la pena estar vivo.
Intentó gritar, pero lo único que salió de su garganta fue un
gruñido ahogado, un quejido de dolor y agotamiento. Vio un rayo de luz y un
resplandor que lo cegó… y luego la oscuridad de nuevo, pero esta vez tuvo un
momento de conciencia serena que le permitió comprender lo que ocurría. Dolor y
movimiento, una sensación de ingravidez y luego algo duro que se apretaba
contra su mejilla. Frío y luego más movimiento, el sonido de la tela rasgada y
del papel rompiéndose. Voces excitadas dando órdenes, y otra vez, el aullido de
la carne desgarrada. Cuando recuperó la conciencia de nuevo y vio una sombra
con un chaleco de los STARS inclinada sobre él, con un botiquín de emergencia
en una mano y una jeringuilla en la otra.
Espero que esa jeringuilla sea de morfina —intentó decir, pero,
una vez más, lo único que su boca pudo emitir fue un gruñido ahogado.
Un segundo después, otras dos sombras, pero esta vez pálidas, se
inclinaron sobre él mientras la otra sombra seguía trabajando sobre él con
manos tibias y suaves. Las sombras borrosas eran David y Rebecca, con grandes
ojeras, el pelo empapado y unas expresiones de cansancio y pena.
—Vas a ponerte bien, John —dijo David en voz baja y
tranquilizadora—. Sólo tienes que descansar. Ya se acabó todo.
Un creciente calor comenzó a extenderse por todo su cuerpo, una
tibieza maravillosa y adormecedora que expulsó el rugido de dolor hacia un
lugar lejano y muy distante. Justo cuando aquella oscuridad amistosa llegaba
para llevárselo consigo, miró a David a los ojos y logró susurrar algo que de
repente quiso expresar más que nada en el mundo, que le costó un gran esfuerzo,
pero que tenía que decir a pesar de todo.
—Tenéis el aspecto de haber sido tragados por un coyote y luego
cagados colina abajo —murmuró—. De verdad…
El dulce sonido de la risa siguió a John hacia la curativa
oscuridad.
El médico de edad madura de los STARS se había llevado a John a
la pequeña cabina de la lancha, que tenía unos diez metros, y sólo salió para
decirles que todo parecía ir bien. John tenía dos costillas rotas, un fuerte
traumatismo y un pulmón perforado, pero lo habían vendado y su estado era
estable. Estaba descansando cómodamente mientras llegaba el helicóptero de
rescate médico al que habían llamado por radio. El médico estaba bastante
seguro de que John se recuperaría por completo y sin secuelas. David lloró al
oír aquello, pero no se sintió en absoluto avergonzado.
Se quedaron sentados en la parte trasera de la lancha,
arrebujados bajo una rasposa manta de lana, mientras Blake y el resto del
equipo continuaban lanzando cargas de profundidad, recorriendo con facilidad la
ensenada arriba y abajo. El equipo de Pennsylvania ya había acabado con cuatro
de las gigantescas criaturas antes de ver el surtidor de aire procedente del
laboratorio y, al parecer, ya no quedaba ninguna de aquellas aberraciones.
David tenía un brazo alrededor de Rebecca, y la chica se había
recostado sobre su pecho mientras el cielo negro se transformaba poco a poco
hasta adquirir un color azul profundo que luego continuó aclarándose. Ninguno
de los dos dijo una palabra, demasiado cansados para hacer otra cosa que ver al
equipo trabajar soltando cargas y comprobando los resultados, arriba y abajo
una y otra vez. Blake había prometido enviar unos buceadores para recuperar los
recipientes metálicos de Griffith en cuanto las aguas de la ensenada estuviesen
despejadas y John hubiera sido trasladado, y ya había dos trajes de buceo sobre
la cubierta. Un joven miembro del equipo Alfa, y cuyo nombre David había
olvidado, los estaba preparando para la inmersión con una intensidad concentrada.
A David le recordó un poco a Steve…
Por alguna razón, el recuerdo de Steve no le produjo el tipo de
dolor que esperaba. Le dolía, le dolía muchísimo… Karen había muerto, Steve
había muerto… pero cuando pensó en lo que habían logrado impedir, en lo que
habían participado…
No ha sido en balde. Hemos logrado detener a Griffith, hemos
impedido que mate a millones de personas inocentes. Dios, qué orgullosos
estarían…
El dolor era malo, pero el sentimiento de culpabilidad no era
tan devastador como temía que fuese. Sabía que su responsabilidad por sus
muertes sería algo con lo que tendría que vivir en el futuro, pero pensó que
tenía posibilidades de vivir con ello sin que le remordiera continuamente la
conciencia. No podía estar seguro, por completo, pero estaba convencido de que
las lágrimas que había derramado por la recuperación de John lo llevaban en el
buen camino para ello.
Los cansados pensamientos de David se centraron entonces en
Umbrella y en la función que había cumplido dentro de la locura de Griffith.
Aunque estaba seguro de que no habían planeado que su investigador principal
enloqueciera de ese modo, sus directivos habían creado las circunstancias
apropiadas para que aquello pudiera pasar: su completo desprecio por el valor
de la vida humana sólo podía animar a alguien como Griffith. Además, sin la
ayuda de Umbrella, el científico jamás hubiera tenido acceso al virus-T…
Algún día y en un futuro cercano, responderán por lo que han
hecho. Quizás hoy no, ni mañana… pero pronto.
Quizá Trent los ayudaría de nuevo. Quizá Barry, Jill y Chris
descubrirían más secretos en Raccoon City. Quizás…
Rebecca se acurrucó más contra él y sintió su cálido aliento
incluso a través de las ropas todavía húmedas. David dejó que aquellos
pensamientos se desvanecieran, y se conformó con permanecer sentado sin pensar
en nada. Estaba muy, muy cansado.
Blake declaró que las aguas eran seguras cuando los primeros
rayos del sol aparecieron por encima del horizonte, pero ni Rebecca ni David lo
oyeron: ambos se habían quedado dormidos bajo la penumbra del nuevo día.
Epílogo
La sala de reuniones era un ejemplo perfecto de elegancia sobria
y sin pretensiones. Había tres hombres sentados ante la mesa de roble de
aspecto oficial, y un cuarto individuo de pie al lado de la ventana, mirando
hacia fuera con semblante pensativo. El hombre junto a la ventana podía
observar a los demás por el reflejo en el cristal, aunque dudaba mucho que los
otros advirtieran su cuidadoso escrutinio: a pesar de que en el terreno de la
política eran muy avispados, eran bastante torpes para percatarse de lo que
pasaba a su alrededor más inmediato físicamente.
Tras escuchar la conferencia por teléfono, el hombre que siempre
vestía de color azul habló en primer lugar, directamente al hombre de edad más
avanzada, que tenía un gran mostacho que mostraba un cuidado muy esmerado.
—¿Tenemos que discutir las posibles ramificaciones de este
asunto? —preguntó Azul.
Mostacho suspiró.
—Creo que el informe ya las describe bastante bien —repuso con
tono descortés.
El bebedor de té entró en la conversación, dejando la taza en la
mesa con un leve chasquido. El líquido humeante se elevó por los bordes,
distorsionando el logotipo de la empresa que adornaba el lateral.
—No creo que sea buena idea subestimar la magnitud de esta…
dificultad —dijo Té—. Sobre todo si tenemos el actual factor de inestabilidad
en el desarrollo…
Azul asintió.
—Estoy de acuerdo. Las situaciones como ésta siempre encuentran
el modo de salirse de madre. Primero, el laboratorio secundario en Raccoon
City, ahora en la Ensenada…
Mostacho lo interrumpió con una mirada furiosa. Azul,
completamente avergonzado, se aclaró la garganta. Su cara se mantuvo ruborizada
mientras intentaba recuperarse.
—Es decir, creo que debemos efectuar una investigación
exhaustiva en relación con estos asuntos. ¿No opina lo mismo, señor Trent?
El hombre de pie delante de la ventana se dio media vuelta,
preguntándose cómo demonios habían logrado aquellas personas llegar a los
puestos que ocupaban. No sonrió, sabiendo lo mucho que les preocupaba el hecho
de que no lo hiciera.
—Me temo que tendré que insistir en ello —contestó Trent con
frialdad.
Azul asintió con rapidez.
—Por supuesto, tómese todo el tiempo que necesite. No hay prisa,
¿verdad, caballeros?
Trent se giró sin decir ni una sola palabra más y salió de la
habitación. Su aspecto externo era todo lo intimidatorio y preciso que él
pretendía que fuera, que ellos querían que fuese.
Se preguntó en su interior cuánto tiempo más podría continuar el
juego.
FIN DEL VOLUMEN 2

