Libro N°. 3143. Resident Evil - Vol.1 - La Conspiracion Umbrella. S.D. Perry.
© Libro N°. 3143. Resident Evil - Vol.1 - La Conspiracion Umbrella. S.D. Perry. Colección E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Resident Evil - Vol.1 - La Conspiracion Umbrella. S.D. Perry
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RESIDENT EVIL - Vol.1 - LA CONSPIRACION UMBRELLA
S.D. Perry
Los
sucesos malvados
proceden de causas malvadas.
Aristófanes
Prólogo
Latham Weekly, 2 de junio, 1998
EXTRAÑOS ASESINATOS EN RACCOON CITY
RACCOON CITY — Ayer, a última hora del día, en un solar
abandonado que se encontraba no demasiado alejado de su casa, fue descubierto
el cuerpo mutilado de Anna Mitaki, de cuarenta y dos años, al noroeste de
Raccoon City. Es la cuarta víctima de los supuestos «asesinos caníbales» que se
ha encontrado en el distrito de Victory Lake o cerca de éste en lo que va de
mes. El cuerpo de Mitaki mostraba signos de haber sido mordido, al igual que
los demás cadáveres encontrados hasta la fecha, según informes del forense. Al
parecer, los mordiscos fueron producidos por mandíbulas humanas. Irons, el jefe
de policía, proporcionó una breve nota de prensa poco después de que una pareja
de corredores encontrase el cadáver de Mitaki hacia las nueve de la noche de
ayer. Irons insistió en que el departamento de policía de Raccoon City «está
trabajando denodadamente para capturar a los culpables de unos crímenes tan
horribles», y que ya estaba consultando con las autoridades sobre la
posibilidad de tomar medidas aún más extremas de protección para los ciudadanos
de Raccoon City. Además de las muertes causadas por estos asesinos caníbales,
otras tres personas han muerto en el bosque de Raccoon en las últimas semanas,
aunque debido a ataques de animales, lo que eleva el total de víctimas de
muertes misteriosas a siete...
Raccoon Times, 22 de junio, 1998
¡HORROR EN RACCOON! APARECEN MÁS VÍCTIMAS
RACCOON CITY — Los cuerpos de dos jóvenes fueron encontrados a
primera hora de la mañana en Victory Park. Deanne Rusch y Christopher Smith son
la octava y la novena víctimas de la ola de violencia que tiene aterrorizada a
la ciudad desde mediados de mayo de este año. Los padres de ambas víctimas, de
19 años de edad, avisaron de su desaparición la noche del sábado, y los cuerpos
fueron descubiertos por los agentes de policía en la orilla oeste del lago
Victory aproximadamente hacia las dos de la madrugada del domingo. Aunque el
departamento de policía todavía no ha hecho ninguna declaración oficial, los
testigos del descubrimiento de los cuerpos afirman que los cadáveres de ambos
jóvenes mostraban heridas muy similares a las descubiertas en las víctimas anteriores.
Todavía no se ha confirmado si los atacantes eran animales o seres humanos.
Según amigos de la pareja de jóvenes, ambos habían estado hablando sobre la
posibilidad de «rastrear» los supuestos perros salvajes que recientemente se
habían divisado en el bosque del parque, y habían planeado violar el toque de
queda impuesto en la ciudad para poder ver una de las criaturas nocturnas. El
alcalde Harris dará una rueda de prensa esta tarde, y se espera que anuncie
alguna novedad sobre esta ola de asesinatos, como, por ejemplo, un cumplimiento
más estricto del toque de queda...
Cityside, 21 de julio, 1998
STARS, LA ESCUADRA DE TÁCTICAS ESPECIALES Y RESCATES , LLEGA A
RACCOON CITY PARA SALVARLA
RACCOON CITY — Finalmente, tras la desaparición de tres
excursionistas en el bosque de Raccoon a principios de esta semana, los
miembros del consejo municipal han decretado el bloqueo de la carretera rural
número 6, en las laderas de los montes Arklay. El jefe de policía, Brian Irons,
anunció ayer que los STARS participarán en las tareas de búsqueda de los
excursionistas y que trabajarán de forma conjunta con el departamento de
policía de Raccoon hasta que se ponga fin a la oleada de crímenes y
desapariciones que está azotando a nuestra comunidad. El jefe Irons, un antiguo
miembro de los equipos STARS, declaró hoy (en una entrevista telefónica en
exclusiva para Cityside) que «ha llegado el momento de utilizar las habilidades
de estos hombres y mujeres en la seguridad de nuestra ciudad. Ya hemos sufrido
nueve asesinatos brutales en menos de dos meses, y cinco desapariciones
conocidas hasta la fecha, y todos estos hechos han ocurrido muy cerca del
bosque de Raccoon. Esto nos lleva a creer que es bastante probable que los
autores de estos crímenes se oculten en algún lugar próximo al distrito de
Victory Lake. Los miembros de los STARS tienen la experiencia necesaria para
encontrarlos». Cuando le preguntamos al jefe Irons el motivo de la tardanza de
la inclusión del equipo de los STARS en la investigación respondió que dicho
equipo había estado asesorando a la policía desde el comienzo de la oleada de
asesinatos y que sería un «refuerzo bienvenido» al equipo de investigación
ahora que se dedicaría a tiempo completo.
La STARS, organización de carácter privado fundada en Nueva York
en 1967 por un grupo de antiguos oficiales del ejército y miembros retirados de
la CIA y el FBI, se creó originariamente como una medida directa contra
organizaciones terroristas de carácter religioso. Bajo la dirección de Marco
Palmieri, un ex jefe de la Agencia Nacional de Seguridad y Defensa (NSDA), el
grupo creció rápidamente para incluir entre sus actividades y servicios desde
la negociación y rescate de secuestrados hasta la infiltración informática,
pasando por el control de desórdenes públicos. Cada una de las ramas de los
STARS trabaja de forma coordinada con los departamentos de policía locales, y
está preparada para actuar como un equipo autónomo e independiente. El equipo
de los STARS de Raccoon City se formó en 1972 gracias a los esfuerzos
monetarios de numerosos hombres de negocios locales, y hoy en día se encuentra
bajo el mando del capitán Wesker, que fue ascendido hace seis meses...
Capítulo 1
Jill ya llegaba tarde a la reunión cuando, sin quererlo, metió
sus llaves dentro de la taza de café que estaba tomando mientras se acercaba a
la puerta. Oyó un leve tintineo apagado cuando llegaron al fondo de la taza. Se
paró en seco, mirando incrédula la taza humeante y, en ese preciso instante, el
fajo de papeles que llevaba bajo el otro brazo se le cayó. Los documentos, los
clips y las notas amarillas autoadhesivas acabaron desparramados por el suelo.
—Oh, mierda.
Echó un vistazo a su reloj y se dio la vuelta hacia la cocina,
con la taza aún en la mano. Wesker había convocado la reunión a las 19.00 horas
en punto, lo que significaba que le quedaban nueve minutos para recorrer los
diez minutos de trayecto en coche, encontrar aparcamiento y poner su trasero en
una de las sillas. La primera reunión oficial desde que los STARS habían
entrado de lleno en el caso... Demonios, de hecho, su primera reunión oficial
desde que había sido transferida a Raccoon City y, para colmo, iba a llegar
tarde. La primera vez en años que me preocupa llegar puntual y la fastidio
justo antes de salir de casa... Se acercó corriendo al fregadero, sintiéndose a
la vez tensa y enfadada consigo misma por no estar lista antes. Era el caso, el
puñetero caso. Había recogido las copias de su memorándum después del desayuno
y había pasado todo el día revisando los informes, en busca de algún dato que
los policías hubiesen pasado por alto, sintiéndose más y más frustrada a medida
que pasaba el día y no lograba encontrar nada nuevo. Vació la taza y recogió
las llaves húmedas y tibias del fondo del fregadero. Las secó contra la tela de
sus vaqueros mientras se dirigía apresuradamente hacia la puerta. Se agachó
para recoger los informes... y se detuvo, mirando fijamente la fotografía que
había acabado encima del montón. Pobres chicas, pobres niñas...
Lentamente cogió la fotografía, aun a sabiendas de que no tenía
tiempo, pero incapaz de separar la vista de las imágenes de sus rostros
cubiertos de manchas de sangre. Sintió cómo se intensificaban los nudos de
angustia que habían ido creciendo a lo largo del día, y durante unos instantes,
lo único que pudo hacer fue respirar mientras se quedaba mirando fijamente la
fotografía de la escena del crimen. Becky y Priscilla McGee, de nueve y siete
años. Había pasado de largo aquella fotografía, diciéndose que no había nada
nuevo que ver, que no necesitaba mirarla...
Pero eso no es cierto, ¿verdad? Puedes seguir engañándote, o
puedes admitirlo: ahora todo es distinto. Todo es diferente desde el día en que
ellas murieron. Jill se hallaba sometida a una gran tensión cuando llegó a
Raccoon City por primera vez. No se sentía muy segura acerca de la idea del
traslado, ni siquiera estaba muy segura de querer seguir perteneciendo al
equipo de STARS. Era muy buena en su trabajo, pero sólo había aceptado el
empleo por la insistencia de Dick. Después de ser encarcelado, él había comenzado
a presionarla para que trabajara en otra cosa. Había tardado bastante tiempo,
pero su padre era muy persistente, y le había repetido una y otra vez que ya
había bastante con un Valentine entre rejas, aunque también admitió que se
había equivocado al educarla como lo hizo. Ella no tenía muchas opciones de
trabajo con sus habilidades y su pasado, pero los STARS, al menos, apreciaban
sus capacidades y no les importaban dónde ni cómo las había aprendido. El
salario era bastante bueno, existía cierto grado de riesgo del que ella había
acabado disfrutando... Si reflexionaba sobre ello, el cambio de carrera había
sido sorprendentemente fácil. Aquello hacía feliz a Dick, y a ella le daba la
oportunidad de ver cómo vivía el resto de la gente. Sin embargo, el cambio de
vida había resultado más duro de lo que ella había pensado al principio. Se
había sentido realmente sola por primera vez desde que Dick ingresó en prisión,
y trabajar para la ley le había empezado a parecer un chiste irónico: ella, la
hija de Dick Valentine, trabajando para la verdad, la justicia y el estilo de
vida estadounidense. Su ascenso a miembro del equipo Alfa, una pequeña y
agradable casa en las afueras... Todo aquello era una locura, y había estado
pensando muy seriamente en salir pitando de la ciudad, abandonarlo todo y
volver a convertirse en lo que había sido... Hasta que aquellas dos chiquillas
que vivían al otro lado de la calle aparecieron en su puerta y le preguntaron
con lágrimas en los ojos si de verdad era policía. Sus padres estaban en el
trabajo, y ellas no podían encontrar a su perro... Becky con su uniforme verde
de la escuela, la pequeña Pris con su mono enterizo. Las dos llorando,
tímidas... El cachorro estaba dando vueltas por el jardín de un vecino a un par
de casas de distancia. No había sido difícil encontrarlo, y ella había logrado
con la misma facilidad dos amiguitas. Las hermanas se habían acostumbrado
inmediatamente a Jill, y siempre aparecían después de clase para llevarle
desastrados ramos de flores. Jugaban en su patio durante los fines de semana
mientras cantaban incansablemente las canciones que habían aprendido en las
películas o en los dibujos animados. No es que las niñas hubiesen acabado
milagrosamente con la soledad de Jill pero, al menos, la idea de marcharse se
había quedado en la trastienda de su mente durante una temporada. Por primera
vez en los veintitrés años de su vida, había comenzado a sentirse parte de la
comunidad en la que vivía y trabajaba, y el cambio había sido tan sutil y
gradual que apenas se dio cuenta de él. Seis semanas antes, Becky y Pris se
habían alejado del lugar donde celebraban una merienda campestre familiar en
Victory Park... y se habían convertido en las dos primeras víctimas de los
psicópatas que habían aterrorizado a la ciudad desde entonces. La fotografía
tembló ligeramente en su mano y no le dijo nada nuevo. Becky estaba tumbada de
espaldas, con los ojos abiertos y vacíos mirando fijamente el cielo, con un
enorme agujero desgarrado en su abdomen. Pris estaba a su lado, con los brazos
extendidos y sus delgadas extremidades desgarradas. Ambas chicas habían sido
destripadas y habían muerto a causa de la brutal agresión que habían sufrido,
antes de desangrarse. Si habían tenido tiempo de gritar, nadie las había
oído... ¡Ya basta! ¡Han muerto, pero tú puedes hacer algo para compensarlo!
Jill metió precipitadamente los papeles en la carpeta y salió de
su casa. Inspiró profundamente varias veces el tibio aire de la tarde. El aroma
del césped recién cortado inundaba todo el vecindario. Un perro ladraba en
algún lugar de la calle, un poco más abajo, mezclado con el sonido de la risa
de los niños. Se apresuró a llegar hasta el pequeño y abollado automóvil gris
que estaba aparcado delante de su casa y se obligó en silencio a no mirar hacia
la casa de los McGee mientras ponía en marcha el coche y se alejaba del lugar.
Jill atravesó las amplias calles del vecindario de las afueras con la
ventanilla bajada y pisando a fondo el acelerador, pero siempre atenta a los
posibles niños o mascotas que estuviesen jugando en la calle. Tampoco es que
hubiera demasiados por los alrededores. Desde que habían comenzado los
asesinatos, la gente mantenía a sus hijos y animales dentro de sus casas, aun a
plena luz del día. El pequeño automóvil se sacudió cuando aceleró por el carril
que daba a la autopista 22.
La brisa seca y cálida azotaba su largo cabello y lo mantenía
alejado del rostro. Se sentía bien, como si se estuviese despertando de un mal
sueño. Recorrió a buena velocidad la carretera bajo el sol de la tarde, que
arrojaba la larga sombra de los árboles sobre el asfalto.
Ya fuese por pura causalidad o por capricho del destino, lo que
estaba ocurriendo en Raccoon City la había afectado. No podía seguir actuando
como si simplemente fuese una ladrona hastiada que intentaba mantenerse fuera
de la cárcel y que procuraba comportarse bien para tener contento a su padre.
Ni tampoco pensar que lo que estaban a punto de hacer los STARS era una misión
más. Era importante. A ella le importaba que aquellas niñas estuviesen muertas
y que sus asesinos todavía estuviesen libres para cometer otro crimen. Los
extremos de las hojas de los informes sobre las víctimas aleteaban en el
asiento del acompañante. Quizás eran nueve fantasmas inquietos, y Becky y
Priscilla McGee estaban entre ellos. Puso su mano derecha sobre la hoja
superior, y detuvo aquel movimiento suave. Luego juró en silencio que no
importaba lo que le costase, ella encontraría a los responsables. No importaba
lo que ella había sido en el pasado. No importaba lo que sería en el futuro.
Había cambiado... y no descansaría hasta que los asesinos de aquellas inocentes
niñas hubieran sido castigados por sus crímenes.
—¡Hola, Chris!
Chris le dio la espalda a la máquina de refrescos y vio a
Forester Speyer cruzando la sala vacía a grandes zancadas, con una ancha
sonrisa en su rostro moreno y juvenil. En realidad, Forest era unos cuantos
años mayor que Chris, pero tenía todo el aspecto de un adolescente rebelde:
pelo largo, una chaqueta vaquera llena de tachones metálicos y el tatuaje de
una calavera fumando un cigarrillo en su hombro izquierdo. También era un
mecánico excelente, y uno de los mejores tiradores en acción que jamás había visto
Chris.
—Eh, Forest. ¿Qué tal?
Chris sacó una lata de refresco de la máquina y echó un vistazo
a su reloj. Todavía disponía de un par de minutos antes de la reunión. Sonrió
con aire cansado cuando Forest se detuvo delante de él, con sus ojos azules
chispeantes. Forest también llevaba parte de su equipo: chaleco, cinturón de
combate y una pequeña mochila.
—Wesker le ha dado permiso a Marini para comenzar la búsqueda.
El equipo Bravo va a entrar en acción.
Aunque estaba excitado, el acento de Alabama de Forest convertía
su conversación en un monótono canturreo. Dejó caer el equipo que llevaba en
una de las sillas para invitados, todo ello sin dejar de sonreír por un
instante. Chris lo miró ceñudo.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo. En cuanto ponga en marcha unos cuantos minutos el
helicóptero —Forest se colocó el chaleco de Kevlar sobre la camiseta mientras
hablaba—. Mientras los del equipo Alfa os quedáis tomando nota, ¡nosotros vamos
a dedicarnos a patearles el trasero a unos cuantos caníbales! Hay que reconocer
que tenemos una enorme confianza en nosotros mismos.
—Sí, bueno... Oye, tú por si acaso, vigila tu trasero, ¿de
acuerdo? Creo que en todo esto hay algo más que unos simples chiflados asesinos
escondidos en el bosque.
—Tú sabrás.
Forest se echó el pelo hacia atrás y recogió su cinturón.
Obviamente, estaba concentrado en la misión y en nada más. Chris pensó en
hacerle algún otro comentario, pero decidió que era mejor no hacerlo. A pesar
de su aire de valentón, Forest era todo un profesional. No hacía falta que le
dijera que tuviera cuidado. ¿Estás seguro, Chris? ¿Crees que Billy fue
suficientemente cuidadoso? Chris suspiró para sus adentros y palmeó suavemente
la espalda de Forest antes de dirigirse a la sala de operaciones. Atravesó la
pequeña sala de espera y pasó por la sala de entrada mientras se preguntaba
sorprendido por qué Wesker enviaba por separado a ambos equipos. Aunque lo
habitual era que el equipo menos experimentado de los STARS efectuara el
reconocimiento inicial, la verdad es que aquella operación no tenía nada de
habitual.
El gran número de víctimas ya por sí solo era más que suficiente
para iniciar una investigación más exhaustiva. Eso por no hablar del hecho de
que existían indicios más que suficientes como para pensar que los crímenes
mostraban signos de organización, lo que debería haber elevado el asunto al
nivel A1 y, sin embargo, Wesker todavía parecía considerarlo algo así como una
especie de operación de entrenamiento. Nadie más lo ve. No conocían a Billy...
Chris volvió a recordar la conversación a altas horas de la
noche que había mantenido la semana previa con su amigo de la infancia. No
había oído nada de Billy desde hacía tiempo, pero sabía que había logrado un
puesto como investigador en la compañía farmacéutica Umbrella, el principal
responsable de la prosperidad de Raccoon City. Billy nunca había sido un tipo
asustadizo, y el desesperado terror de su voz lo había despabilado por completo
y le había causado una profunda preocupación. Billy había balbuceado que su
vida estaba en peligro, que todos ellos estaban en peligro de muerte. Le había
rogado a Chris que se encontrara con él en un restaurante de la carretera
situado en las afueras de la ciudad... y no había aparecido jamás. Nadie había
sabido nada de él desde aquel día. Chris le había dado vueltas en la cabeza una
y otra vez a todo aquello a lo largo de las insomnes noches desde la
desaparición de Billy. Había intentado convencerse de que no había relación
alguna entre los crímenes ocurridos en Raccoon City y la desaparición de
Billy... y, sin embargo, no pudo librarse de la sensación de que había algo más
que lo que estaba ocurriendo a simple vista, y que Billy sabía qué era. La
policía había registrado la casa de Billy, pero no había descubierto ningún
indicio de delito. Pero el instinto de Chris le gritaba que su amigo estaba
muerto, y que lo había asesinado alguien que no quería que contara lo que
sabía. Y al parecer, yo soy el único que le cree. A Irons le importa una mierda
mi teoría, y los de mi equipo creen que me ha afectado demasiado la muerte de
mi viejo amigo. Dejó sus pensamientos a un lado mientras daba la vuelta a una
esquina. Los tacones de sus botas lanzaban un eco sordo por las paredes del
pasillo de la segunda planta. Tenía que concentrarse, centrar su mente en lo
que podía hacer para descubrir la razón de la desaparición de Billy, pero
estaba exhausto. Apenas había logrado dormir, y había sufrido un estado de
ansiedad casi continua desde la llamada de Billy. Quizás estaba perdiendo el sentido
de la perspectiva, quizá su objetividad se había visto mermada por los
recientes acontecimientos... Se obligó a sí mismo a no pensar en nada concreto
mientras se acercaba a la oficina de los STARS, decidido a mantener la cabeza
despejada para la reunión. La luz procedente de los tubos fluorescentes del
techo aumentaba en exceso la luminosidad procedente de los brillantes rayos del
sol de la tarde que inundaban el estrecho pasillo. El edificio de la policía de
Raccoon City tenía una estructura arquitectónica clásica, aunque poco
convencional. Había mucho ladrillo y mucha madera, además de numerosas ventanas
para que entrara la luz del sol. El edificio había sido la alcaldía de Raccoon
City cuando él era un niño. Hacía diez años, cuando aumentó la población, lo
habían convertido en la biblioteca municipal, y cuatro años antes acabaron
convirtiéndolo en una comisaría de policía. Parecía que siempre se estaba
llevando algún tipo de renovación... La puerta de la oficina de los STARS
estaba abierta, y hasta él llegó el sonido de unas voces masculinas. Chris se
detuvo un instante, indeciso sobre si seguir adelante o no al oír la voz del
jefe de policía Irons. «Llámame Brian» Irons era un político egoísta y ególatra
disfrazado de policía. Era un secreto a voces que tenía las manos metidas en
más de un pastel. Se había visto implicado en el escándalo sobre la cesión y
venta de terrenos en el distrito de Cider, allá por 1994, y aunque no había
podido demostrarse nada en los tribunales, cualquiera que lo conociera en
persona no tendría ninguna clase de duda sobre su culpabilidad.
Chris meneó la cabeza mientras percibía la melosa voz de Irons.
Parecía increíble que durante una temporada dirigiera la sección de los STARS
en Raccoon City, aunque sólo fuera como un chupatintas. Era más difícil de
creer que el hecho de que acabaría algún día como alcalde de aquella ciudad.
Bueno, la verdad es que tampoco ayuda mucho que te odie a muerte, ¿verdad,
Redfield? Bueno, de acuerdo. A Chris no le gustaba andar besando culos, y Irons
no sabía mantener otro tipo de relaciones con sus subordinados. Por lo menos,
Irons no era un incompetente absoluto, ya que había recibido entrenamiento
militar. Chris puso su mejor cara de circunstancias y entró en la pequeña y
atestada estancia que servía como centro de operaciones y oficina. Barry y
Joseph estaban sentados en la mesa común. Hablaban en voz baja mientras
revisaban una caja llena de papeles. Brad Vickers, el piloto del equipo Alfa,
bebía café al mismo tiempo que mantenía la mirada fija en la pantalla del
ordenador, con una expresión amargada en el rostro. Al otro lado de la estancia
se encontraba el capitán Wesker, recostado sobre su silla, con una sonrisa fija
en su cara mientras escuchaba al jefe Irons. El policía apoyaba su corpulento
cuerpo sobre el escritorio de Wesker, a la vez que se acariciaba el bigote con
los dedos de una mano.
—Así que le dije: «Vas a escribir lo que te digo, Bertolucci, y
te va a gustar, ¡O no vas a recibir ni un solo comunicado de prensa más de esta
oficina!», y va el tipo y me dice...
—¡Chris! —dijo Wesker interrumpiendo a Irons al mismo tiempo que
se echaba hacia delante en su silla—. Me alegro de que hayas llegado. Parece
que por fin vamos a dejar de perder el tiempo.
Irons le lanzó una mirada furibunda, pero Chris mantuvo la misma
expresión en su rostro. Wesker tampoco pareció darle demasiada importancia al
enfado de Irons, ni mostró ningún esfuerzo superior al de ser simplemente
educado con él. Y, por el brillo de su mirada, tampoco parecía importarle mucho
que Irons lo supiera.
Chris atravesó la oficina y se quedó en pie al lado del
escritorio que compartía con Ken Sullivan, uno de los miembros del equipo
Bravo. Puesto que en la mayoría de las ocasiones ambos equipos trabajaban en
turnos diferentes, tampoco necesitaban demasiado espacio. Dejó la lata de
refresco sin abrir encima de la mesa y se giró para mirar a Wesker.
—¿Vas a enviar el equipo Bravo? El capitán le devolvió la
mirada, impertérrito y con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Es el procedimiento habitual, Chris.
Chris se sentó con el entrecejo fruncido.
—Sí, ya lo sé, pero con todo lo que habíamos hablado durante la
última semana, pensé que quizás...
Irons lo interrumpió.
—Yo di la orden, Redfield. Sé que piensas que existe algún tipo
de trama secreta en todo esto, pero yo no veo ninguna razón para cambiar el
sistema habitual.
Cretino santurrón... Chris se obligó a sí mismo a mostrarle una
sonrisa, a sabiendas de que aquello irritaría a Irons.
—Por supuesto, señor. No tiene por qué darme explicaciones.
Irons se quedó mirándolo unos instantes, entrecerrando los ojos,
pero finalmente dejó pasar el comentario y se giró hacia Wesker.
—Espero un informe en cuanto regrese el equipo Bravo. Y ahora,
si me disculpa, capitán...
Wesker se limitó a asentir.
—Jefe.
Irons pasó al lado de Chris y salió de la estancia. Había pasado
menos de un minuto desde su marcha cuando Barry comenzó el choteo.
—¿Creéis que el jefe Irons ha logrado cagar hoy? Lo digo porque
quizá debería poner cada uno algo de dinero para comprarle unos cuantos
laxantes estas Navidades.
Joseph y Brad soltaron unas cuantas carcajadas, pero Chris no
logró unirse a la alegría general. Un tipo como Irons era un chiste con patas,
pero su manejo de la investigación no era nada divertido. Debería haber llamado
a los STARS desde el mismísimo comienzo, y no limitarse a permitirles ser un
apoyo. Volvió a mirar a Wesker. Era difícil adivinar lo que pensaba un hombre
que mostraba siempre la misma expresión. Había llegado procedente de Nueva York
unos cuantos meses atrás, y había tomado el mando de los STARS de Raccoon City.
En todo aquel tiempo, Chris no había logrado adivinar apenas nada sobre su
carácter. El nuevo capitán parecía ser todo lo que su reputación había
prometido: tranquilo, profesional y eficaz. Sin embargo, mantenía las
distancias con el resto del equipo, como si a veces tuviera la cabeza en otro
sitio y no en lo que se estaba hablando...
Wesker suspiró y se puso en pie.
—Lo siento, Chris. Sé que querías que el plan fuese de otra
manera, sin embargo Irons no hizo demasiado caso a tus... sospechas.
Chris asintió lentamente. Es posible que Wesker hubiera
efectuado algunas sugerencias, pero el único con la capacidad para subir el
nivel de gravedad de una misión era Irons.
—No es culpa tuya.
Barry se acercó hasta ellos rascándose su pelirroja barba con
los dedos de una mano enorme. Barry Burton sólo medía un metro ochenta, pero
tenía la robustez de un camión. Su única pasión, aparte de su familia y de su
colección de armas, era el levantamiento de pesas, y los resultados de su
afición eran claramente visibles.
—No te preocupes, Chris. Marini nos llamará en el mismo instante
que haya el mínimo problema. Irons sólo está tratando de molestarte.
Chris asintió de nuevo, pero seguía sin gustarle ni un pelo. Por
todos los... Enrico Marini y Forest Speyer eran los únicos soldados de verdad
en el equipo Bravo. Ken Sullivan era un buen explorador y un excelente químico,
pero, a pesar del entrenamiento que había recibido en los STARS, era incapaz de
acertarle a la pared de un granero. Richard Aiken era un experto de primera
clase en comunicaciones, pero también carecía de experiencia de campo. Para
rematar el equipo Bravo, estaba Rebecca Chambers, quien sólo llevaba tres
semanas con los STARS, y era, supuestamente, una especie de genio de la
medicina. Chris había hablado con ella un par de veces, y desde luego parecía
muy inteligente, pero sólo era una adolescente. No es suficiente. Puede que ni
siquiera todos nosotros al mismo tiempo fuéramos suficientes en esta misión.
Abrió su lata de refresco, pero no bebió. Se quedó pensativo, preguntándose
contra qué se iban a enfrentar los STARS, recordando la desesperada súplica en
la voz de Billy, y sus palabras resonaron una vez más en su mente.
«¡Van a matarme, Chris! ¡Van a matar a todo aquel que sepa algo!
Nos vemos en la cafetería de Emmy, ahora mismo. Te lo contaré todo...»
Exhausto, Chris se quedó mirando al vacío, pensando que era el
único que sabía que aquellos asesinatos sólo eran la punta del iceberg.
Barry se quedó en pie al lado del escritorio de Chris durante un
minuto mientras pensaba en algo más que decir, pero su compañero no tenía
aspecto de querer conversar. Barry se encogió de hombros y regresó a la mesa
donde él y Joseph estaban revisando los informes. Chris era un buen tipo, pero
a veces se tomaba las cosas demasiado a pecho. Se le pasaría en cuanto fuese su
turno para ponerse en acción. ¡Demonios, qué calor hacía! El sudor le corría en
lo que le parecían interminables ríos por su amplia espalda, pegándole la
camiseta que llevaba puesta. El aire acondicionado estaba estropeado, para
variar, y aun con la puerta abierta de par en par, la pequeña oficina de los
STARS resultaba insoportablemente calurosa.
—¿Ha habido suerte?
Joseph levantó la vista de la pila de papeles que estaba
revisando y lo miró con una sonrisa tristona en su rostro delgado.
—¿Estás de guasa? Te aseguro que es como si alguien hubiera
ocultado esos malditos papeles a propósito.
Barry suspiró y recogió un puñado de informes.
—Quizá Jill los ha encontrado. Todavía estaba aquí cuando me fui
ayer por la noche. Seguía revisando las declaraciones de los testigos por
centésima vez...
—Bueno, y a todo esto, ¿puede saberse qué demonios es lo que
estáis buscando? —preguntó Brad.
Barry y Joseph miraron al mismo tiempo a Brad, que todavía
estaba sentado delante del ordenador con los auriculares puestos. En pocos
minutos estaría supervisando el vuelo del equipo Bravo sobre el distrito del
bosque, pero en aquel momento tenía toda la pinta de estar muy aburrido. Fue
Joseph el que contestó.
—Bueno, Barry dice que existen planos de las distintas plantas
de la vieja residencia Spencer, algo así como un resumen arquitectónico que
apareció cuando se construyó el edificio principal... —Se calló por un momento
y luego le sonrió a Brad—. Aunque a mí me parece que el bueno de Barry se está
quedando senil. Dicen que lo primero que se pierde es la memoria.
Barry lanzó un bufido amistoso.
—El bueno de Barry sería capaz de patearte el trasero durante
toda una semana a pesar de su edad, pequeñín.
Joseph se quedó mirándolo con seriedad fingida.
—Sí, de acuerdo, pero ¿te acordarías después de haberlo hecho?
Barry soltó una pequeña risa mientras meneaba la cabeza. Sólo
tenía treinta y ocho años, pero llevaba quince en el equipo de Raccoon City, lo
que lo convertía en el miembro más veterano. Soportaba numerosas bromas sobre
su edad, sobre todo por parte de Joseph. Brad levantó una ceja.
—¿La residencia Spencer? ¿Qué demonios puede haber en un almacén
así?
—Chicos, tendríais que aprender un poco de historia —reprendió
Barry—. Fue diseñada por el gran y único George Trevor, justo antes de
desaparecer de la faz de la tierra. Era aquel famoso arquitecto que construyó
todos aquellos rascacielos en Washington capital. De hecho, se rumorea que
puede que la desaparición de Trevor fuese la razón por la que Spencer cerró la
mansión. Se dice que Trevor se volvió loco durante la construcción del lugar, y
que cuando acabó, se perdió y vagabundeó por los salones y por los pasillos
hasta que murió de hambre.
Brad lanzó un bufido de desprecio, pero se removió inquieto en
su silla.
—Menudo montón de mierda. Nunca he oído algo igual.
Joseph le guiñó un ojo a Barry.
—No, de veras. Es cierto. Ahora su torturado espíritu vaga por
la mansión todas las noches, pálido y enjuto, y he oído decir que a veces se le
oye hablar, y que dice algo así como: «Traedme a Vickers... Traedme a Brad
Vickers».
Brad se ruborizó lentamente.
—Sí, sí. Ja, ja. Eres todo un humorista, Frost.
Barry sonrió mientras volvía a menear la cabeza, pero se
preguntó de nuevo cómo era posible que Brad hubiese llegado hasta el equipo
Alfa. Era, sin duda, el mejor pirata informático que había ingresado en las
filas de los STARS, y era bastante buen piloto, pero no tanto cuando se
encontraba sometido a una fuerte tensión. Joseph solía llamarlo «Brad, el
gallina» cuando no estaba presente, y aunque generalmente los miembros de los
STARS solían apoyarse los unos a los otros, en este caso nadie discutía la valoración
personal de Joseph.
—¿Y por eso Spencer cerró la mansión? —preguntó Brad a Barry,
con las mejillas todavía encendidas.
Barry se encogió de hombros.
—Lo dudo mucho. Se supone que iba a ser una especie de casa de
invitados para los ejecutivos más importantes de Umbrella. La verdad es que
Trevor realmente desapareció justo cuando terminaron las obras de construcción,
pero Spencer ya estaba loco desde mucho antes. Decidió trasladar las oficinas
principales de Umbrella a Europa, no recuerdo exactamente dónde, y se limitó a
cerrar la mansión. Probablemente un par de millones de dólares se fue
directamente a la basura.
Joseph lanzó un bufido de desprecio.
—Y qué. Como si Umbrella fuese a sufrir mucho por algo así.
Aquello era cierto. Es posible que Spencer estuviese
completamente majara, pero disponía del dinero y de los conocimientos
financieros suficientes para contratar a la gente adecuada. Umbrella era una de
las mayores compañías farmacéuticas y de investigación médica de todo el mundo.
Ni siquiera treinta años antes, la pérdida de un par de millones de dólares
habría supuesto un gran descalabro para su propietario.
—De todos modos —continuó diciendo Joseph—, la gente de Umbrella
le dijo a Irons que había enviado a un equipo para comprobar el lugar, y que
todo estaba orden y que nadie había penetrado en su interior.
—Entonces, ¿por qué buscáis los planos? —preguntó Brad.
Fue Chris quien respondió, lo que le provocó un respingo a Barry
por el sobresalto. Se había levantado para acercarse a ellos, y su juvenil
rostro mostraba un rictus de intensidad que parecía casi algo obsesivo.
—Porque es el único lugar del bosque que no ha sido
inspeccionado en persona por la policía y porque se encuentra prácticamente en
el centro geográfico de todas las escenas de los crímenes. Y porque no siempre
puedes fiarte de lo que te dice la gente.
Brad frunció el entrecejo.
—Pero si los de Umbrella dicen que ya han enviado a los suyos...
Sea cual fuese la respuesta que tenía preparada Chris, fue
interrumpida por la suave voz de Wesker, que se alzó desde el centro de la
habitación.
—Muy bien, gente. Puesto que parece que la señorita Valentine no
tiene previsto reunirse con nosotros, ¿por qué no empezamos ya?
Barry se acercó a su mesa. Empezó a preocuparse por Chris por
primera vez desde que todo aquel asunto había comenzado. Lo había reclutado
para los STARS hacía ya unos cuantos años gracias a un encuentro casual en una
armería de la localidad. Chris había demostrado ser una incorporación valiosa
al equipo, un joven inteligente y planificador, además de un tirador de primera
y un piloto muy capacitado. Pero ahora...
Barry miró con cariño la fotografía de Kathy y de sus hijas que
tenía sobre la mesa. La obsesión que sentía Chris por resolver los crímenes de
Raccoon City era más que comprensible, sobre todo después de que su amigo
desapareciera sin dejar rastro. Ninguno de los habitantes de la ciudad quería
que se produjera otro crimen semejante. Barry tenía una familia, y estaba tan
decidido como cualquier otro miembro del equipo a acabar con los asesinos, pero
las sospechas de Chris habían llegado demasiado lejos. ¿Qué quería decir con
eso de «no siempre puedes fiarte de lo que te dice la gente»? O bien que
Umbrella mentía, o bien que el jefe Irons estaba... Aquello era ridículo. La
fábrica y los edificios administrativos de Umbrella situados en las afueras de
Raccoon City proporcionaban tres cuartas partes de los empleos de la ciudad.
Sería contraproducente para ellos mentir. Además, la integridad de Umbrella era
tan sólida como la de cualquier otra gran corporación. Es posible que
participara en casos de espionaje industrial, pero el robo de secretos médicos
estaba muy lejos de ser un asesinato. Y, en cuanto al jefe Irons, puede que
fuese un gordo y escurridizo aprendiz de politicucho, pero no era del tipo de
funcionarios que se arriesgaba más allá de aceptar fondos ilegales para sus
campañas. Por dios santo, el tipo quería llegar a ser alcalde. La mirada de
Barry se quedó clavada en la foto de su familia unos instantes más, antes de
que diera la vuelta al la silla para situarse de frente a la mesa de Wesker. De
repente; se dio cuenta de que quería con todas sus fuerzas que Chris estuviera
equivocado.
Fuera lo que fuese que estaba pasando en Raccoon City, aquella
clase de feroz brutalidad no podía ser planeada. Y eso significaba que... Barry
no sabía qué significaba. Suspiró y esperó a que comenzara la reunión.
Capítulo 2
Jill se quedó muy aliviada cuando oyó la voz de Wesker mientras
se acercaba al trote a la puerta abierta de la oficina de los STARS. Había
visto uno de los helicópteros del equipo despegar desde el helipuerto justo
cuando llegaba, y estaba convencida de que se habían marchado sin ella. Los
miembros de los STARS eran bastante informales en algunos aspectos, pero no
había sitio para los que no lograban mantener el ritmo, y ella deseaba más que
nada permanecer en aquella misión.
—La policía de Raccoon City ya ha establecido un perímetro de
búsqueda que incluye los sectores uno, cuatro, siete y nueve. Nosotros vamos a
ocuparnos de las zonas centrales, y el equipo Bravo se colocará aquí...
Al menos no llegaba demasiado tarde. Wesker siempre comenzaba
las reuniones del mismo modo: una puesta al día de la información, la
exposición de teorías y luego seguían las preguntas y respuestas. Jill inspiró
profundamente y entró en la oficina. Wesker estaba señalando un punto del mapa
pegado en la pared frontal de la estancia, que estaba cubierto de pequeños
alfileres de colores que indicaban la localización exacta donde se habían
descubierto los cadáveres. Apenas cambió el tono de voz cuando Jill entró en la
oficina y se dirigió rápidamente a su mesa. Se sentía como si hubiese regresado
al curso básico de entrenamiento y hubiera llegado tarde a clase. Chris
Redfield le dirigió una media sonrisa mientras se sentaba, y ella respondió a
su saludo con un asentimiento de cabeza antes de centrar su atención en Wesker.
No conocía mucho a los demás miembros del equipo de STARS en Raccoon City, pero
Chris se había esforzado por hacerla sentir bienvenida desde el mismo instante
de su llegada.
—…después de sobrevolar las demás zonas centrales. En cuanto
recibamos sus informes, tendremos más idea de dónde concentrar nuestros
esfuerzos.
—¿Y qué pasa con la mansión Spencer? —preguntó Chris—. Está
prácticamente en el centro de las escenas de los crímenes. Si comenzamos allí,
podremos llevar a cabo una búsqueda más exhaustiva...
—Si la información que recibimos del equipo Bravo señala en esa
dirección, no te quepa la menor duda de que empezaremos la búsqueda por allí.
No veo razón alguna de momento para considerarla una prioridad.
En el rostro de Chris asomó un gesto de incredulidad.
—Pero sólo tenemos la palabra de Umbrella con respecto a la
seguridad de ese lugar...
Wesker apoyó los brazos en el escritorio, pero los fuertes
rasgos de su rostro permanecieron inalterables.
—Chris, todos queremos llegar al fondo de esta cuestión, pero
tenemos que trabajar en equipo, y el mejor método para cumplir esta misión es
llevar a cabo una búsqueda minuciosa de esos excursionistas extraviados antes
de empezar a sacar conclusiones definitivas. Bravo efectuará un reconocimiento
aéreo y realizaremos esta misión siguiendo las reglas habituales.
Chris frunció el entrecejo, pero no dijo nada más. Jill resistió
la tentación de poner los ojos en blanco tras el discursito de Wesker.
Técnicamente estaba haciendo lo correcto, pero estaba siendo demasiado
políticamente correcto, tal como quería el jefe de policía Irons. Éste había
repetido una y otra vez a lo largo de la ola de crímenes que él estaba al mando
de la investigación y era él quien daba las órdenes. A Jill no le hubiera
importado demasiado si no fuese porque Wesker se había presentado a sí mismo
como una persona que pensaba por su cuenta, una persona alejada del entramado
político. Ella se había unido a los STARS porque no podía soportar todo aquel
politiqueo que rodeaba a las supuestas fuerzas del orden, y la obvia sumisión
de Wesker hacia el jefe Irons era bastante irritante.
De acuerdo, pero no olvides que estuviste a punto de acabar en
la cárcel si no hubieras cambiado de «ocupación»...
—Jill, veo que has logrado encontrar tiempo suficiente para
reunirte con nosotros. Ilumínanos con tus brillantes ideas. ¿Qué nos traes?
Jill miró directamente a los ojos de Wesker y le sostuvo la
mirada. Intentó mantener la misma apariencia de tranquilidad que él desprendía.
—Me temo que nada nuevo. El único punto en común obvio es la
localización...
Bajó la mirada a las notas que tenía sobre el montón de informes
colocados encima de su escritorio, y les echó un vistazo para consultarlas.
—Esto, las muestras de tejido tomadas de debajo del cuerpo de
Becky McGee y de debajo de las uñas de Chris Smith coinciden exactamente. Nos
informaron ayer... y Tonya Lipton, la tercera víctima, había estado paseando
por las colinas, en el sector... Sí, en el sector 7-B...
Levantó la vista de nuevo para mirar a Wesker y se atrevió a
decir lo que pensaba.
—Mi teoría es que existe un posible culto ritual oculto en las
montañas, compuesto por entre cuatro y siete miembros, con perros guardianes
entrenados para atacar a los intrusos que entren en su territorio.
—Extrapola —le dijo Wesker mientras cruzaba los brazos y se
mantenía a la espera.
Al menos, nadie se había reído. Jill se atrevió un poco más,
ampliando el tema.
—El canibalismo y los desmembramientos sugieren un
comportamiento ritual, lo mismo que los restos de carne descompuesta
encontrados sobre algunas de las víctimas. Puede ser que los atacantes llevasen
consigo parte de sus anteriores victimas, y que nos sean desconocidas. Tenemos
muestras de tejidos y de saliva de cuatro atacantes humanos distintos, aunque
las declaraciones de los testigos visuales indican la presencia de diez o
incluso once personas. Todas las víctimas muertas por animales fueron descubiertas
o se descubrió que habían sido atacadas en la misma zona, lo que sugiere que
entraron en algún tipo de zona prohibida. Las muestras de saliva parecen
indicar que se trata de perros, aunque existen ciertas discrepancias...
Se calló sin terminar la frase. El rostro de Wesker no mostró
indicio alguno de lo que estaba pensando, pero asintió con lentitud.
—No está mal. No está nada mal. ¿Pruebas en contra?
Jill lanzó un suspiro. Odiaba tener que echar abajo su propia
teoría, pero era parte de su trabajo, y, para ser sinceros, la parte que más
animaba a pensar de una manera clara y racional. Los instructores de los STARS
entrenaban a la gente para que no se sometiera a un único modo de pensar para
llegar hasta la verdad. Echó un nuevo vistazo a sus notas.
—Es muy improbable que un culto de semejantes dimensiones se
mueva mucho, y los asesinatos comenzaron hace muy poco tiempo como para que sea
algo local. La policía de Raccoon City habría detectado algunos signos hace
tiempo, algún tipo de empeoramiento en los crímenes antes de llegar a esto.
Además, el grado de violencia post-mortem indica que se trata de atacantes
desorganizados, y habitualmente actúan en solitario.
Joseph Frost, el especialista en vehículos y mecánica del equipo
Alfa, habló desde el fondo de la habitación.
—Lo cierto es que la parte que se refiere a los ataques de los
animales encaja, como si protegieran su territorio o algo así.
Wesker tomó un rotulador de su mesa y se levantó para dirigirse
hacia la pizarra de plástico que tenía cerca de su escritorio, hablando
mientras andaba.
—Estoy de acuerdo.
Escribió territorialidad en la pizarra y luego se giró para
mirarla de nuevo.
—¿Algo más?
Jill negó con la cabeza, pero se sintió mejor por haber
contribuido en algo. Sabía que la idea de un culto era una teoría frágil, pero
no se le había ocurrido nada mejor. Desde luego, a la policía no se le había
ocurrido nada en absoluto. Wesker centró su atención en Brad Vickers, quien
sugirió que quizás era una nueva forma de terrorismo, y que en poco tiempo
empezarían a conocer las reivindicaciones. Wesker escribió terrorismo en la
pizarra, pero no parecía muy entusiasmado por la idea. Ninguno de los demás
miembros del equipo parecía apoyarla tampoco. Brad se concentró rápidamente de
nuevo en los auriculares para comprobar la situación del vuelo de
reconocimiento del equipo Bravo. Ni Joseph ni Barry expresaron teoría alguna, y
lo que pensaba Chris acerca de los asesinatos ya era conocido por todos los
presentes, aunque su teoría era algo vaga y confusa: estaba convencido de que
se trataba de un ataque organizado en el que, en cierto modo, estaba implicado
algún tipo de influencias externas. Wesker le preguntó si tenía algo nuevo que
añadir (Jill se dio cuenta de que Wesker había hecho hincapié en la palabra
nuevo), pero Chris meneó la cabeza, con aspecto de sentirse ligeramente
deprimido.
Wesker tapó la punta del rotulador que había utilizado y se
sentó a su mesa. Se quedó mirando pensativo la superficie de la pizarra.
—Es un comienzo —dijo finalmente—. Sé que ya habéis leído los
informes de la policía y del forense y que habéis oído las declaraciones de los
testigos oculares...
—Aquí Vickers. Adelante.
La voz de Brad, procedente del fondo de la habitación,
interrumpió a Wesker cuando el piloto del equipo Alfa comenzó a hablar. El
capitán bajó su tono de voz y continuó hablando.
—Llegados a este punto, no sabemos a qué nos enfrentamos, y sé
que todos nosotros tenemos ciertas... preocupaciones sobre el modo en que el
departamento de policía de Raccoon City se ha hecho cargo de la situación. Pero
ahora ya formamos parte de la investigación del caso, así que yo...
—¿Qué?
Jill se giró al oír el tono de voz más alto de Brad, al igual
que los demás miembros presentes en la reunión. Se había puesto en pie y
parecía estar muy nervioso. Apretaba con fuerza uno de los auriculares contra
su oído.
—Equipo Bravo. Informe. Repito, equipo Bravo.¡Informe!
Wesker se puso en pie de un salto.
—¡Vickers, pásalo al altavoz!
Brad pulsó un botón y el sonido chasqueante de la estática
resonó por toda la habitación. Jill se esforzó por percibir la voz humana en
medio de todos aquellos chasquidos, pero no pudo distinguir ningún sonido
coherente durante varios segundos. Justo entonces...
—¿... me recibís?... fallo, vamos a tener que...
El resto fue ahogado por un estallido de nuevos zumbidos y
chasquidos. Parecía la voz de Enrico Marini, el jefe del equipo Bravo. Jill
comenzó a mordisquearse el labio inferior e intercambió una mirada llena de
preocupación con Chris. La voz de Enrico había sonado... histérica. Todos
permanecieron en silencio escuchando durante unos cuantos segundos más, pero
sólo oyeron el sonido de una comunicación abierta.
—¿Posición? —dijo repentinamente Wesker.
La cara de Brad estaba completamente pálida.
—Están en el sector, eeeh, en el sector veintidós, al final del
área e... pero hemos perdido la señal. El localizador no transmite.
Jill se sintió aturdida, y vio que el mismo sentimiento se
reflejaba en los rostros de los demás miembros del equipo. El localizador del
helicóptero se había diseñado para que funcionara sin importar las condiciones
atmosféricas reinantes. Lo único que podía impedir su funcionamiento era algo
grave, como un fallo total del sistema o un daño grave. Como, por ejemplo, si
se estrellaba el helicóptero.
Chris sintió que se le formaba un nudo en el estómago cuando
reconoció las coordenadas en las que se encontraba el helicóptero. La mansión
Spencer. Marini había dicho algo acerca de un fallo, así que tenía que ser una
coincidencia, pero él tenía la sensación de que no era así. Los Bravos estaban
metidos en problemas, y justo encima de la vieja residencia de Umbrella. Todo
aquello pasó por su cabeza en una décima de segundo e inmediatamente se puso en
pie, listo para entrar en acción. Pasara lo que pasara, los STARS cuidaban los
unos de los otros.
Wesker ya se había puesto en movimiento. Comenzó a hablarle al
equipo mientras sacaba las llaves del bolsillo y se dirigía al armario de las
armas.
—Joseph, ponte en la radio e intenta contactar con ellos.
Vickers, pon en marcha el helicóptero y pide permiso para despegar. Quiero que
salgamos de aquí en cinco minutos.
El capitán abrió la cerradura del armario al mismo tiempo que
Brad le entregaba los auriculares a Joseph y salía a la carrera de la
habitación. Las puertas de metal reforzado se abrieron de par en par y dejaron
a la vista un arsenal de rifles y pistolas colocadas encima de cajas de
municiones. Wesker se giró hacia ellos, con el rostro tan tranquilo como
siempre, pero con la voz llena de energía y de autoridad.
—Barry, Chris. Quiero que llevéis las armas al helicóptero, que
las carguéis y que las aseguréis. Jill, ve por los chalecos y las mochilas y
reúnete con todos nosotros en el tejado.
Sacó una llave de su llavero y se la arrojó.
—Voy a llamar a Irons para asegurarme de que nos envía apoyo
—continuó diciendo Wesker. Luego lanzó un rápido bufido—. Cinco minutos o
menos, gente. Vamos allá.
Jill salió de la habitación para dirigirse a los vestuarios y
Barry agarró una de las bolsas de lona del fondo del armario mientras asentía
con la cabeza en dirección a Chris. Éste recogió otra bolsa y comenzó a
llenarla de cajas de munición, cargadores y cartuchos de escopeta, mientras
Barry iba llenando su bolsa con armas que antes comprobaba una por una. Joseph
continuó intentando entrar en contacto con el equipo Bravo, pero sin éxito.
Chris se volvió a preguntar si era simplemente coincidencia la cercanía del
equipo Bravo a la residencia Spencer en su última comunicación. ¿Estaban
relacionados ambos hechos? y si era así, ¿cuál era la relación?
Billy trabajaba para Umbrella, y la corporación es la
propietaria de la mansión...
—¿Jefe? Soy Wesker. Acabamos de perder contacto con el equipo
Bravo. Nos dirigimos hacia el lugar del último contacto.
Chris sintió el súbito impulso de la adrenalina en sus arterias
y comenzó a trabajar con mayor rapidez. Se había dado cuenta de que cada
segundo contaba, que podía significar la diferencia entre la vida y la muerte
para sus camaradas y amigos. Era poco probable que se hubiese producido un
accidente grave. El equipo Bravo volaba a baja altura y Forest era un buen
piloto, pero... ¿qué ocurriría cuando estuvieran en el suelo? Wesker le
comunicó con rapidez a Irons la información de la que disponían hasta entonces,
y después colgó, para dirigirse hacia donde se encontraban los demás.
—Voy a asegurarme de que nuestro helicóptero se encuentra en
condiciones de vuelo. Joseph, sigue intentándolo durante un minuto más y luego
pásale las comunicaciones a la gente de la centralita. Ayuda a estos dos a
llevar el equipo arriba. Os veré en el tejado.
Wesker se despidió de ellos con un gesto de la cabeza y se
marchó a paso ligero. Sus pisadas resonaron con fuerza por el pasillo.
—Es bueno —dijo Barry en voz baja, y a Chris no le quedó más
remedio que estar de acuerdo con él. Era tranquilizador comprobar que su nuevo
capitán no perdía los nervios. Chris no tenía muy claros sus sentimientos
personales hacia él, pero su respeto por las cualidades de mando de Wesker
crecía a cada momento.
—Adelante, equipo Bravo. ¿Me recibes? Cambio. Repito...
Joseph continuó pacientemente, con una voz repleta de tensión,
pero sus llamadas se perdían en mitad de la estática que resonaba en la
habitación. Wesker atravesó a paso vivo la sala de espera de la segunda planta,
y en el camino saludó a un par de policías uniformados que estaban tomando un
refresco al lado de la máquina automática. La puerta que daba al pasillo que
finalmente lo llevaría al tejado estaba abierta de par en par, y una ligera
brisa húmeda refrescaba el pegajoso calor del interior del edificio. Todavía
era de día, pero no tardaría mucho en hacerse de noche. Tenía la esperanza de
que aquello no complicara aún más la situación, aunque supuso que probablemente
lo haría... Wesker torció a la izquierda y empezó a bajar la escalera que
conducía al helipuerto mientras revisaba mentalmente de forma sistemática la
lista... comenzar procedimiento de emergencia, armamento, demás equipo,
informar... Ya sabía que todo estaba en orden, pero volvió a repasar la lista
de todas maneras. No convenía confiarse, y las suposiciones eran el primer paso
hacia el error. Le gustaba pensar en sí mismo como un hombre preciso, que tenía
en cuenta todas las posibilidades y que decidía el mejor curso de acción
después de sopesar cuidadosamente todos los factores. Ser jefe consistía
simplemente en tener el control. Pero para cerrar este caso... Se quitó de la
cabeza aquella idea antes de que llegara más lejos. Sabía lo que tenía que
hacer, y todavía quedaba tiempo de sobra. Ahora tenía que concentrarse sólo en
traer de regreso a los miembros del equipo Bravo, sanos y salvos. Wesker abrió
la puerta que daba finalmente al exterior y salió a la brillante luz del
atardecer. El creciente zumbido de los motores del helicóptero y el olor a
combustible asaltaron sus sentidos. El aire en el pequeño helipuerto del tejado
era más fresco que en el interior del edificio. Estaba parcialmente bajo la
sombra de una vieja torre de almacenamiento de agua, vacío excepto por el
helicóptero gris metalizado del equipo Alfa. Se preguntó por primera vez qué le
habría sucedido al equipo Bravo. Había ordenado que el novato y Joseph
revisaran ambos aparatos el día anterior, y estaban en perfectas condiciones.
Dejó a un lado aquella línea de pensamiento mientras se
encaminaba hacia el helicóptero, con su ya alargada sombra siguiéndole pegada a
los talones. No importaba el porqué. Al menos, ya no importaba el motivo. Lo
realmente importante era lo que seguía a continuación. Espera lo inesperado era
el lema de los STARS, aunque lo que realmente significaba era estar preparado
para cualquier cosa. No esperes nada. Ése era el lema de Albert Wesker. Quizás
era menos pegadizo, pero era infinitamente más útil. Era una garantía
prácticamente infalible de que nada te sorprendería jamás en la vida. Entró en
la cabina del piloto y recibió una bienvenida por parte de Vickers en forma de
temblorosa señal del pulgar hacia arriba. El tipo estaba completamente pálido
por el miedo, y por un instante Wesker pensó en dejarlo atrás. Chris podía
pilotar, y Vickers tenía fama de venirse abajo en situaciones tensas. Lo último
que necesitaba era que uno de los suyos se quedara paralizado por el miedo si
se presentaban problemas. Sin embargo, pensó en los Bravo desaparecidos y
decidió que era mejor que los acompañara. Al fin y al cabo, sería una misión de
rescate.
Lo peor que podía hacer Vickers era vomitar encima de sí mismo
si el accidente del helicóptero de los Bravo había sido muy grave, y Wesker
podría soportar algo así. Abrió la puerta de carga lateral y efectuó una rápida
revisión del equipo colocado en las paredes del aparato. Bengalas de
emergencia, raciones de campaña... Abrió la tapa de las pesadas cajas situadas
detrás de los asientos y comprobó los suministros médicos básicos mientras
asentía. Estaban todo lo preparados que se podía estar...
Wesker sonrió de repente al preguntarse qué estaría haciendo
Irons en aquel preciso instante.
Estará cagándose en los pantalones, seguro.
Wesker lanzó una pequeña carcajada mientras saltaba al asfalto
recalentado por el sol. Se imaginó claramente a Irons con sus gordas mejillas
rojas por la indignación y con la mierda corriéndole pantalones abajo. A Irons
le gustaba pensar que podía tener bajo su control absolutamente todo lo que lo
rodeaba, incluidas las personas, y se enfurecía cuando no era el caso, lo que
lo convertía en un perfecto idiota. Por desgracia para todos ellos, era un
idiota con cierto poder en Raccoon City. Wesker había investigado un poco sobre
el jefe de policía antes de ocupar su nuevo puesto dentro de los STARS. Se
había enterado de unos cuantos asuntos que no dejaban muy bien parado a Irons.
No tenía intención alguna de utilizar aquella información, pero si Irons
intentaba una vez más fastidiar la operación, Wesker no tendría el menor
remordimiento en dejar filtrar aquella información a la prensa... O al menos en
decirle que tenía conocimiento de ciertos «asuntillos». Desde luego, aquello lo
mantendría alejado de la operación. Barry Burton apareció con la bolsa de
municiones al hombro, y sus enormes bíceps se tensaron cuando se cambió la
bolsa de hombro y se encaminó hacia el helicóptero. Chris y Joseph lo seguían
de cerca. Chris cargaba con las armas de cinto, y Joseph llevaba al hombro un
RPG en su funda, uno de aquellos lanzagranadas de tipo compacto. Wesker volvió
a quedar sorprendido por la fuerza bruta de Burton cuando el miembro Alfa subió
al helicóptero y dejó la bolsa en el suelo con facilidad, como si en realidad
no pesara más de treinta kilos. Barry era bastante inteligente, pero, dentro de
los STARS, el tener músculos era toda una ventaja. El resto de la escuadra
estaba en buena forma, pero, comparados con Barry, los demás miembros del
equipo eran unos palillos. Wesker volvió a centrar su atención en la puerta que
daba acceso al helipuerto a la espera de que apareciera Jill mientras los demás
colocaban en su sitio el equipo que habían llevado. Echó un vistazo a su reloj
y frunció el entrecejo. Hacía menos de cinco minutos que habían perdido el
contacto con el equipo Bravo, de modo que habían reaccionado en un tiempo
excelente, así que... ¿dónde demonios estaba Valentine? No había tenido mucho
contacto con ella desde su llegada a Raccoon City, pero su expediente era todo
un historial. Tenía unas excelentes recomendaciones por parte de todos aquellos
con los que había trabajado, y su último capitán la alababa diciendo que era
notablemente inteligente y que se mantenía «increíblemente» tranquila en las
situaciones de tensión. Era normal, teniendo en cuenta su vida pasada. Su padre
era Dick Valentine, el mejor ladrón de guante blanco de hacía un par de
décadas. Él se había encargado personalmente de entrenarla y formarla para que
siguiera sus pasos, y a ella le había ido bastante bien hasta que finalmente
encarcelaron a su padre...
Sea una chica prodigio o no, podría comprarse un reloj en
condiciones. Le ordenó en silencio que se diera prisa para meter su trasero en
el helicóptero y le indicó a Vickers que comenzara a hacer girar los rotores
del aparato.
Había llegado el momento de descubrir lo mal que estaban las
cosas.
Capítulo 3
Jill se giró hacia la puerta de entrada del silencioso y poco
iluminado vestuario de los STARS, con dos abultadas bolsas de lona colgando de
los brazos. Las dejó un momento en el suelo para recogerse el pelo y meterlo en
una boina negra que se puso. La verdad es que hacía demasiado calor para
ponérsela, pero era su gorro de la suerte. Echó un vistazo a su reloj antes de
levantar las bolsas, satisfecha de haber empacado todo en menos de tres
minutos. Había recorrido los armarios de todos los miembros del equipo Alfa
recogiendo los cinturones de servicio, los guantes sin dedos, los chalecos de
Kevlar y las pequeñas mochilas de combate. Advirtió que los armarios reflejaban
la personalidad de su propietario. El de Barry estaba cubierto con fotografías
de su familia, además de otra procedente de una revista de armas en la que se
veía una de las escasas Luger que todavía existían, puesta sobre un tapete de
terciopelo rojo. Chris tenía fotografías de sus compañeros de las fuerzas
aéreas, y las estanterías de su armario eran el típico caos juvenil: camisetas
arrugadas, papeles sueltos e incluso un yoyó de los que brillan en la
oscuridad, pero con la cuerda rota. Brad Vickers tenía un montón de libros de
auto ayuda para superar los problemas de carácter, y Joseph, un calendario de
los hermanos Marx. Sólo el armario de Wesker carecía de cualquier clase de
detalle personal. En cierto modo, aquello no la sorprendió en absoluto. El
capitán le parecía demasiado tenso con respecto a su comportamiento como para
darle mucho valor sentimental a cualquier objeto. Su propio armario era una
mezcolanza de novelas baratas de segunda mano de crímenes verdaderos, junto con
un cepillo de dientes, hilo dental y pastillas refrescantes del aliento de
menta, además de tres gorros. En la puerta del armario tenía puesto un pequeño
espejo y una vieja fotografía arrugada en la que aparecían ella y su padre. La
habían hecho cuando era pequeña, un día que había ido con su padre a la playa
en pleno verano. Mientras recogía su equipo decidió que reorganizaría su
armario en cuanto tuviera un poco de tiempo libre. Cualquiera que echara un
vistazo a su interior pensaría que era alguna clase de fanática del cuidado de
los dientes. Jill se agachó ligeramente para cerrar la puerta con llave
mientras sostenía las dos bolsas sobre una rodilla. Había logrado cerrarla
cuando oyó un carraspeo deliberado detrás de ella. Sorprendida, Jill dejó caer
las bolsas y se dio media vuelta buscando con la mirada la persona que había
carraspeado, mientras su mente revisaba instintivamente la situación. La puerta
de entrada al vestuario estaba cerrada con llave cuando ella llegó. La pequeña
habitación tenía tres hileras de armarios y estaba a oscuras y en silencio
hasta que ella entró. Había otra puerta al otro lado de la estancia, pero nadie
había entrado desde que ella estaba allí... lo que significa que ya había
alguien dentro cuando yo llegué, oculto justo en la sombra tras la última
hilera de bancos. ¿Un poli echándose una siestecita? Era poco probable. El
comedor del departamento disponía de un par de camastros en su parte trasera, y
eran mucho más cómodos que la estrecha superficie de un banco de metal sobre el
frío cemento. Quizás es alguien que esta pasando un «buen rato» con una de esas
revistas —pensó con un gruñido su mente—. Bueno, ¿y qué importa? Tienes poco
tiempo. ¡Mueve el trasero! Muy bien. Jill recogió las bolsas y se dio la vuelta
para marcharse.
—La señorita Valentine, ¿verdad? —dijo una voz en tono bajo. Una
sombra se separó de la parte trasera de la habitación y avanzó un paso. Era un
hombre alto con una voz melodiosa. Tenía unos cuarenta y pocos años, su pelo
era oscuro y su complexión delgada. Sus ojos tenían una mirada intensa. Iba
vestido con una gabardina, a pesar del calor, de buena calidad.
Jill se preparó para actuar con rapidez si era necesario. No
había reconocido al extraño.
—Sí, así es —asintió precavida. El hombre avanzó hacia ella, y
una sonrisa iluminó su rostro.
—Tengo algo para usted —dijo con voz suave y tranquilizadora.
Jill entrecerró los ojos y adoptó inmediatamente una postura
defensiva, apoyando el peso de su cuerpo en la punta de los pies.
—Quieto, capullo. No sé quién puñetas te crees que eres o lo que
te crees que yo quiero, pero estamos en una comisaría de policía...
Dejó lentamente de hablar mientras el extraño meneaba la cabeza
y sonreía aun más, al mismo tiempo que sus ojos oscuros chispeaban divertidos.
—Se equivoca con respecto a mis intenciones, señorita Valentine.
Por favor, disculpe mis modales. Me llamo Trent y soy... un amigo de los STARS.
Jill se fijó atentamente en la postura del individuo y se relajó
un poco. Lo miró fijamente a los ojos por si detectaba el menor indicio de
movimiento. No es que se sintiera amenazada por él, no exactamente... Pero
¿cómo sabía mi nombre?
—¿Qué quiere?
Trent ensanchó aún más su sonrisa.
—Ah, vaya, directa al grano. Pero claro, anda bastante corta de
tiempo...
Metió la mano lentamente en su gabardina y sacó lo que parecía
ser un teléfono móvil.
—Aunque la verdad es que lo importante no es lo que yo quiero,
sino lo que yo creo que debería tener.
Jill miró breve y rápidamente al objeto que el extraño individuo
sostenía en la mano y frunció el entrecejo.
—¿Eso? —le preguntó.
—Sí. He reunido unos cuantos documentos que serán muy
interesantes para usted. Yo diría que muy interesantes.
Le acercó la mano que sostenía el artefacto mientras hablaba.
Ella extendió la mano con sigilo y, al hacerlo, se dio cuenta de
que en realidad era un lector de minidiscos, un ordenador de bolsillo muy caro
y sofisticado. Trent disponía de una buena financiación, quienquiera que fuese.
Él negó con la cabeza.
—Eso no es importante, al menos, no en este momento, aunque sí
puedo decirle que hay mucha gente importante observando con detenimiento
Raccoon City en este preciso instante.
—¿Ah, sí? ¿Y esa gente, también son «amigos» de los STARS, señor
Trent?
Trent lanzó una pequeña risa en voz baja.
—Tantas preguntas y tan poco tiempo. Lea los informes. Y, si yo
fuera usted, no le mencionaría a nadie esta pequeña conversación. La verdad es
que podría tener consecuencias bastante graves.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta trasera de la
habitación, pero se giró hacia Jill cuando agarró el pomo. Los rasgos del
curtido rostro de Trent perdieron todo resto de humor, y su mirada se volvió
más intensa y penetrante.
—Sólo una cosa más, señorita Valentine, y esto es algo vital. No
se lo tome a la ligera: no puede fiarse de todo el mundo, y no todos son lo que
aparentan ser... ni siquiera las personas que conoce. Si quiere permanecer con
vida, haría bien en recordarlo.
Trent abrió la puerta y salió sin volver a hablar, y así, tan
tranquilamente, se marchó y desapareció sin más.
Jill se quedó mirando la puerta abierta, y su mente divagó en
mil direcciones a la vez. Se sentía la protagonista de una de aquellas viejas
películas melodramáticas de espías que acaba de encontrarse con un misterioso
extraño. Era de risa, y sin embargo... y sin embargo acaba de entregarte un
aparato que cuesta varios miles de dólares sin vacilar ni un instante y encima
te ha dicho que vigiles tu espalda. ¿Crees que este tipo está de broma? No
sabía qué pensar, y tampoco tenía tiempo para pararse a pensar. A esas alturas,
era bastante probable que el equipo estuviese reunido y esperándola mientras se
preguntaban dónde demonios estaría. Jill se colgó al hombro las pesadas bolsas
y salió corriendo por la otra puerta. Ya habían cargado y asegurado las armas y
Wesker estaba comenzando a impacientarse. Aunque sus ojos estaban ocultos por
las oscuras gafas de sol de aviador, Chris se dio cuenta por su postura y por
la forma en que el capitán mantenía la cabeza inclinada hacia la puerta de
salida del edificio. El helicóptero estaba preparado y en marcha, con las palas
de los rotores azotando el húmedo y tibio aire de la tarde y lanzándolo en
oleadas hacia el estrecho compartimiento donde se encontraban. La puerta estaba
abierta, por lo que el sonido del motor ahogaba cualquier intento de mantener
una conversación. No quedaba otra cosa que hacer más que esperar. Vamos, Jill.
No nos retrases mas...
En el mismo momento en que Chris dirigía sus pensamientos hacia
Jill, ésta apareció en la puerta y comenzó a recorrer a la carrera los metros
que la separaban del helicóptero. Estaba claro que llevaba todo el equipo de
los Alfa en las bolsas y un gesto de disculpa en el rostro. Wesker se bajó de
un salto para ayudarla y agarró una de las bolsas mientras ella subía a bordo.
Wesker subió inmediatamente detrás de la joven y cerró las dobles puertas del
helicóptero. El rugido de la turbina del motor quedó reducido inmediatamente a
un apagado zumbido.
—¿Algún problema, Jill?
La voz de Wesker no parecía mostrar enfado, pero el tono era lo
bastante seco como para sugerir que tampoco estaba muy satisfecho. Jill negó
con la cabeza.
—Una de las cerraduras estaba atascada. Las he pasado canutas
para que funcionara la llave de una vez.
El capitán se quedó mirando fijamente a Jill. Era evidente que
estaba decidiendo si iba a hacerle pasar un mal rato o no, pero finalmente se
encogió de hombros.
—Llamaré a los de mantenimiento cuando regresemos. Reparte el
equipo.
Recogió unos auriculares y se los puso mientras se sentaba al
lado de Brad. Jill comenzó a repartir los chalecos antibalas al mismo tiempo
que el helicóptero se elevaba, lentamente al principio. El edificio de la
comisaría de Raccoon City se quedó abajo y atrás cuando Brad colocó al aparato
para volar en dirección noroeste. Chris se sentó en cuclillas al lado de Jill
cuando terminó de colocarse el chaleco y la ayudó a distribuir los guantes y
los cinturones mientras sobrevolaban la ciudad en dirección a los montes
Arklay. Las concurridas calles del centro de la ciudad dieron paso a la
tranquilidad del extrarradio urbano, con avenidas más amplias y casas apacibles
situadas en mitad de rectángulos de hierba y rodeadas de vallas blancas. La luz
del atardecer bañaba aquella comunidad creciente pero aislada y difuminaba los
bordes de aquel cuadro bucólico dándole un aire onírico e irreal. Los minutos
pasaron en silencio mientras los miembros del grupo Alfa se terminaban de
equipar y se preparaban mentalmente, cada uno de ellos perdido en sus propios
pensamientos. Con un poco de suerte, el helicóptero del equipo Bravo sólo
habría sufrido una ligera avería mecánica. Con seguridad Forest habría posado
el aparato en uno de los numerosos claros que salpicaban el bosque, y
probablemente estaría de grasa hasta los codos mientras maldecía en voz alta e
intentaba arreglar el motor y esperaba que aparecieran los del equipo Alfa.
Marini no comenzaría la búsqueda si el aparato no estaba en funcionamiento. La
alternativa a aquello... Chris frunció el entrecejo en un gesto de disgusto. No
quería considerar ninguna de las otras alternativas. Ya había visto con
anterioridad las consecuencias de un helicóptero estrellado a toda velocidad
cuando todavía era miembro de la fuerza aérea. Un error del piloto había
provocado la caída a plomo de un Bell Huey que transportaba a once hombres y
mujeres en una misión de entrenamiento. Para cuando llegó el equipo de rescate,
sólo quedaban huesos rotos y medio carbonizados en mitad de los restos chamuscados
del aparato. El pegajoso y dulzón hedor de la carne quemada se entremezclaban
con la peste del combustible ardiendo. Incluso la superficie del suelo había
ardido, y esa imagen lo había perseguido en sueños durante los meses
siguientes: el suelo en llamas, el fuego químico que devoraba la mismísima
tierra bajo sus pies... Se produjo un pequeño salto al cambiar de altura cuando
Brad ajustó el grado de inclinación del rotor, y aquello lo hizo regresar de
sus desagradables recuerdos. Los abruptos límites exteriores del bosque de
Raccoon pasaron velozmente bajo ellos, y los indicadores de color naranja de
las barricadas de la policía destacaban frente al apagado color verde de los
árboles. El atardecer llegaba a su fin, y el bosque empezaba a llenarse de
sombras.
—Tiempo estimado de llegada... tres minutos —anunció Brad.
Chris miró alrededor, a sus compañeros, y advirtió sus
expresiones ceñudas y silenciosas. Joseph se había atado un pañuelo alrededor
de la cabeza y estaba concentrado en volverse a atar las botas. Barry pasaba un
trapo por encima de su arma preferida, un revólver Colt Python, mientras miraba
fijamente por la ventana del helicóptero. Se giró para mirar a Jill y se
sorprendió al ver que era ella la que lo estaba mirando fijamente y con
expresión pensativa. Estaba sentada en el mismo banco que él, y le sonrió por
un instante, casi de forma nerviosa cuando vio que él la había pillado observándolo.
Se desabrochó repentinamente el arnés de seguridad y se sentó a su lado. Él
pudo oler el ligero aroma de su piel, y el limpio olor a jabón.
—Chris... lo que has estado diciendo acerca de unos factores
externos en este caso...
Hablaba en voz tan baja que él tuvo que inclinarse sobre ella
para poder oírla por encima del zumbido del motor. Jill lanzó una rápida mirada
alrededor, como si quisiera asegurarse de que ninguno de los otros escuchaba su
conversación, y luego se giró de nuevo hacia él, con una mirada cuidadosamente
neutral.
—Creo que tenías razón —continuó diciendo en voz baja—, y
comienzo a creer que no es buena idea hablar sobre ello en voz alta.
Chris sintió que la garganta se le resecaba repentinamente.
—¿Ha ocurrido algo?
Jill negó con la cabeza, y sus bellos rasgos no revelaron
emoción alguna.
—No, sólo que he estado pensando que sería mejor que tuvieses
cuidado con lo que dices. Puede que no todos los que te escuchan estén en
nuestro mismo bando...
Chris la miró ceñudo. No estaba muy seguro de lo que ella quería
decir exactamente.
—Las únicas personas con las que he hablado son las del
equipo...
La mirada de ella continuó mostrándose imperturbable, y él se
dio cuenta de repente de lo que la joven estaba intentando decirle.
¡Jesús, y yo que pensaba que estaba un poco paranoico!
—Jill, conozco a esta gente, y aunque no los conociera, los de
la central de STARS tienen perfiles psicológicos de todos y cada uno de los
miembros, además de informes sobre su vida personal y su historial particular.
No existe modo alguno de que eso ocurriera.
Ella dejó escapar un profundo suspiro.
—Mira, olvida lo que te he dicho. Tú sólo... sólo ten cuidado,
¿de acuerdo? Eso es todo.
—¡Muy bien, gente! Espabilad. Estamos llegando al sector
veintidós, así que podrían estar en cualquier parte.
Jill lanzó una última mirada de advertencia a Chris después de
la interrupción de Wesker antes de levantarse y colocarse al lado de una de las
ventanas. Chris la imitó, mientras Joseph y Barry se situaban en el otro
costado del helicóptero para comenzar la búsqueda visual desde el otro lado.
Chris se dedicó a escrutar el terreno que corría por debajo de ellos, cada vez
más oscuro en la sombría luz del atardecer, a través de la pequeña ventana de
forma automática, mientras su mente funcionaba a toda velocidad sopesando lo
que le había dicho Jill. En teoría, debería estar agradecido de no ser el único
que sospechaba algún tipo de encubrimiento, pero ¿por qué no se lo había dicho
antes? Además, eso de advertirle sobre sus propios compañeros de STARS, la
verdad... Sabe algo. Debía saber algo nuevo; ésa era la única explicación
razonable y con sentido. Decidió que hablaría de nuevo con ella en cuanto
hubieran recogido a los miembros del equipo Bravo. Intentaría convencerla de
que lo mejor sería hablar con Wesker. Si los dos insistían, al capitán no le
quedaría más remedio que ceder finalmente. Se quedó mirando al aparentemente
interminable mar de árboles que el helicóptero sobrevolaba a baja altura y se
obligó a concentrarse en la búsqueda. La mansión Spencer tenía que estar
bastante cerca, aunque no podía distinguirla en la creciente oscuridad
reinante. Las ideas acerca de Billy, de Umbrella y de las extrañas advertencias
de Jill hacía un momento comenzaron a dar vueltas en su cabeza, aprovechando su
cansancio en un intento por romperle la concentración, pero él se resistió. Aún
estaba preocupado por los miembros del equipo Bravo, aunque a medida que
pasaban por encima de más y más árboles se iba convenciendo de que no estaban
realmente metidos en problemas. Probablemente no sería nada grave más allá de
un cable fundido. Forest había apagado todos los sistemas para efectuar una
reparación... Fue justo entonces cuando lo vio, a poco menos de dos kilómetros,
en el mismo instante en que Jill señalaba hacia el lugar y abría la boca.
Entonces su preocupación se convirtió en un temor indefinible.
—¡Chris, mira!
Una espesa columna de humo negro atravesaba los últimos rayos de
sol del día y manchaba el cielo como un anuncio de muerte. Oh, no... Barry
apretó la mandíbula mientras observaba la columna de humo que se elevaba por
encima de los árboles, y se sintió enfermo.
—¡Capitán, a las dos en punto! —exclamó Chris, y el aparato
comenzó a virar inmediatamente en dirección a la negra mancha en el cielo que
sólo podía significar una cosa: el helicóptero de los Bravo se había
estrellado.
Wesker regresó al compartimiento de carga, con las gafas de sol
todavía puestas. Miró por la ventana y habló en voz baja, con tono tranquilo.
—No supongamos lo peor. Existe la posibilidad de que se
declarase un fuego después de que aterrizaran o de que encendieran el fuego a
propósito, para hacer una señal que indicase dónde se encontraban exactamente.
Barry deseó que pudieran creerle, pero incluso Wesker sabía la
verdad. Si el helicóptero había aterrizado por un fallo en los sistemas, era
poco probable que se hubiese iniciado un incendio, y si los del equipo Bravo
hubiesen querido hacer una señal, hubiesen utilizado las bengalas luminosas.
Además, la madera no provoca ese tipo de humo...
—Pero sea lo que fuere que haya pasado, no lo sabremos hasta que
lleguemos allí. Y ahora, si me prestáis atención, por favor...
Barry se separó de la ventana y vio que los demás hacían lo
mismo. Chris, Joseph y Jill tenían la misma mirada, la misma que supuso tendría
él: estaban conmocionados. Era cierto que los miembros de los STARS a veces
resultaban heridos durante las misiones. Al fin y al cabo, era parte del
trabajo, pero los accidentes como aquél... La única señal de inquietud de
Wesker era su boca: la tenía tan apretada que formaba una línea recta en su tez
morena.
—Muy bien. Escuchadme con atención. Tenemos a nuestra gente ahí
abajo, en un ambiente probablemente hostil. Os quiero a todos armados, y quiero
un despliegue organizado, la dispersión habitual en cuanto nos posemos. Barry,
tú irás en cabeza.
Barry asintió y recuperó la compostura. Wesker tenía razón. No
era el momento de dejarse llevar por los sentimientos.
—Brad va a dejarnos lo más cerca posible del lugar indicado, en
lo que parece ser un pequeño claro a unos cincuenta metros aproximadamente al
sur de las últimas coordenadas. Permanecerá en el helicóptero y lo mantendrá en
marcha por si surgen problemas. ¿Alguna pregunta?
Nadie dijo nada, y Wesker asintió.
—Bien. Barry, entréganos la artillería. Dejaremos el resto del
equipo a bordo y regresaremos a buscarlo si es necesario.
El capitán entró de nuevo en la cabina del piloto para hablar
con Brad, mientras Jill, Joseph y Chris se giraban hacia Barry. Este último era
el especialista en armas, de modo que comprobaba a fondo el armamento de cada
uno de los miembros del equipo de los STARS y lo mantenía en perfectas
condiciones. Barry se acercó al pequeño armario colgado de una de las paredes
del compartimiento de carga del helicóptero y abrió la tapa, dejando a la vista
seis pistolas Beretta de 9 mm colgadas de una pequeña barra metálica,
completamente limpias y con el punto de mira revisado el día anterior. Cada una
de las armas poseía un cargador con una capacidad de quince balas semiblindadas
y de punta hueca. Eran buenas armas, pero Barry prefería su Colt Python, cuyos
proyectiles tenían una potencia de impacto superior.
Distribuyó rápidamente las armas y entregó tres cargadores a
cada uno de ellos.
—Espero que no las necesitemos —dijo Joseph mientras se guardaba
uno de los cargadores.
Barry asintió para mostrar que estaba de acuerdo con él.
Pertenecía a la Asociación Nacional del Rifle , pero eso no significaba que
fuese un idiota dispuesto a apretar el gatillo a la menor oportunidad.
Simplemente le gustaban las armas de fuego. Wesker se colocó a su lado de
nuevo, y los cinco se colocaron al lado de las compuertas del helicóptero, a la
espera de que Brad se posara en el suelo. Las palas del rotor del helicóptero
removieron la negra columna de humo que ascendía mientras se acercaban, lo que
creó una especie de neblina negra que se fundió con las oscuras sombras del
crepúsculo. Aquello imposibilitó por completo cualquier ocasión de divisar
desde el aire al aparato estrellado. Brad sobrevoló durante unos instantes
aquel punto y luego se dirigió a una pequeña zona herbosa, donde posó el
helicóptero. La hierba alta se agitó con fuerza azotada por el viento provocado
por las palas del rotor. Barry ya tenía la mano puesta en el tirador de la
compuerta antes incluso de que los patines del aparato tocaran el suelo, listo
para saltar a tierra.
Una cálida mano se posó repentinamente sobre su hombro. Barry se
giró y vio a Chris mirándolo con intensidad.
—Estamos justo detrás de ti —le dijo Chris, y Barry se limitó a
asentir.
No estaba preocupado por sí mismo, no con los miembros del
equipo Alfa apoyándolo. Lo único que le inquietaba era la situación del equipo
Bravo. Enrico Marini era un buen amigo suyo. La esposa de Marini había cuidado
de sus hijas más veces de las que Barry se podía acordar, y también era muy
amiga de Kathy. La sola idea de que hubiera muerto debido a un estúpido fallo
mecánico... Aguanta, compañero ya llegamos...
Barry tiró del abridor de la compuerta con una mano mientras con
la otra empuñaba su Colt Python, y saltó al oscuro y húmedo crepúsculo del
bosque de Raccoon, preparado para cualquier cosa.
Capítulo 4
Se desplegaron y comenzaron a dirigirse hacia el norte, con
Wesker y Chris situados detrás y a la izquierda de Barry, y Joseph y Jill a su
derecha. Justo enfrente de ellos había un pequeño grupo de árboles, y Jill
percibió el combustible ardiendo y los jirones de humo que atravesaban el
follaje a medida que las aspas del helicóptero de los Alfa descendían de
velocidad. Atravesaron a paso rápido la zona boscosa, donde la visibilidad
disminuía notablemente bajo las ramas de los árboles. El tibio aroma de la tierra
y de las agujas de pino estaba prácticamente oculto por el hedor de gasolina
incendiada que aumentaba a cada paso. Bajo la escasa luz que se filtraba, Jill
vio que más adelante se abría otro claro de hierba bastante alta.
—¡Ya lo veo! ¡Ahí delante!
Jill sintió que su corazón le daba un vuelco cuando oyó el grito
de Barry, y todos comenzaron a correr un instante después, deseosos de reunirse
con el compañero que iba en cabeza. Salió del bosquecillo de árboles con Joseph
a su derecha. Barry ya estaba al lado del helicóptero estrellado, con Chris y
Wesker a su espalda. Todavía salía humo del aparato, pero iba disminuyendo. Si
se había producido fuego, ya se había apagado. Ella y Joseph alcanzaron al
resto del equipo y se quedaron mirando. Nadie dijo absolutamente nada mientras
observaban la escena. El largo y ahusado fuselaje del helicóptero estaba
intacto, sin un solo arañazo visible. El patín de aterrizaje de babor parecía
algo doblado, pero aparte de eso y de la cada vez más débil columna de humo procedente
del rotor, no parecía tener ningún problema. Las compuertas estaban abiertas, y
la linterna de Wesker reveló una cabina y un compartimiento de carga
completamente intactos. Por lo que se veía, la mayor parte del equipo de los
Bravo todavía estaba en el interior del helicóptero. ¿Dónde demonios están? No
tenía el menor sentido. Sólo habían pasado quince minutos desde la última
transmisión. Si alguien hubiese resultado herido, se habrían quedado allí
esperando, y si habían decidido marcharse, ¿por qué iban a dejar su equipo
atrás? Wesker le entregó su linterna a Joseph e hizo un gesto con la cabeza en
dirección a la cabina.
—Compruébala a fondo. Los demás desplegaos en busca de alguna
pista: huellas, casquillos, señales de lucha... Si encontráis cualquier
indicio, avisadme inmediatamente. Y permaneced alerta.
Jill se demoró unos instantes más mirando el humeante
helicóptero y preguntándose qué había ocurrido. Enrico había dicho algo sobre
un fallo. De acuerdo, los Bravo se habían posado. ¿Qué había ocurrido después?
¿Qué les había hecho abandonar su mejor oportunidad de ser encontrados y dejar
atrás su equipo de emergencia, sus armas más potentes... Jill descubrió con la
mirada un par de chalecos antibala tirados en un rincón y meneó la cabeza,
asombrada ante esa nueva muestra de acciones al parecer completamente
irracionales. Se dio la vuelta para unirse a la búsqueda mientras Joseph
entraba en la cabina del piloto. Él parecía tan confundido como ella. Esperó
para oír el informe de Joseph mientras éste le devolvía la linterna a Wesker,
encogiéndose de hombros de forma nerviosa.
—No sé qué ha podido ocurrir. El patín doblado sugiere un
aterrizaje forzoso, pero excepto el sistema eléctrico, todo lo demás parece
encontrarse en perfecto estado.
Wesker suspiró y luego levantó la voz para que los demás
pudiesen oírlo con claridad.
—¡Desplegaos en círculo! ¡Separación, tres metros, y aumentadla
a medida que vayáis avanzando!
Jill caminó hasta colocarse entre Chris y Barry. Todos
comenzaron registrar con la mirada el suelo bajo sus pies, mientras aumentaban
el perímetro del círculo, uno hacia el este y el otro hacia el noroeste del
helicóptero caído. Wesker entró en la cabina del piloto mientras la registraba
con la linterna, y Joseph se dirigió hacia el oeste.
Las hojas secas crujieron ruidosamente bajo sus pies mientras
avanzaban, era el único sonido que se oía en el cálido y húmedo aire aparte del
distante zumbido del motor del helicóptero del equipo Alfa. Con la punta de sus
botas, Jill fue registrando entre la alta hierba, echando a un lado la espesa
capa verde que cubría el suelo. En poco rato no habría luz para ver nada.
Tendrían que sacar las linternas que los del equipo Bravo habían dejado
atrás...
Jill se detuvo de repente y se quedó a la escucha. Los suaves
pasos de los demás compañeros, el chasquido de las hojas secas al partirse, el
distante ronroneo del motor de su helicóptero... y ni un solo sonido más. Ni el
canto de un pájaro, ni siquiera el zumbido de los insectos. Absolutamente nada.
Estaban en mitad del verano. ¿Dónde estaban los animales, los insectos? El
silencio del bosque no era natural. Los únicos sonidos audibles eran los
provocados por los humanos. Jill sintió miedo por primera vez desde que se
posaron en tierra. Estaba a punto de gritar para avisar a los demás de aquello
cuando Joseph gritó desde el otro extremo del claro, a sus espaldas. Su voz
resonó tensa y aguda.
—¡Eh! ¡Por aquí!
Jill se dio la vuelta y comenzó a recorrer al trote la distancia
que los separaba, y vio que Chris y Barry hacían lo mismo. Wesker todavía
estaba en el helicóptero y cuando oyó el grito de Joseph sacó inmediatamente la
pistola, que luego mantuvo apuntada hacia arriba, y también comenzó a correr
hacia Joseph. Jill distinguió a duras penas la oscura silueta en la penumbra de
los últimos momentos del crepúsculo. Estaba en cuclillas cerca de unos árboles situados
a unos treinta metros del helicóptero. De repente, se sintió invadida por una
sensación de desastre inminente y desenfundó instintivamente su arma al mismo
tiempo que aceleraba el ritmo de su carrera. Joseph se puso en pie sosteniendo
algo en su mano y lanzó un grito de terror antes de dejarlo caer, con los ojos
completamente abiertos por el horror. La mente de Jill se negó por un instante
a creer lo que había visto en la mano de Joseph. Una pistola de los STARS, una
Beretta...
Jill corrió a mayor velocidad aún y se puso a la par de Wesker.
Y la mano que todavía la empuñaba, arrancada a la altura de la
muñeca. Se oyó un gruñido bronco y gutural a la espalda de Joseph, procedente
de la oscuridad de los árboles. El sonido de un animal que gruñía... Al que se
unió el agudo aullido de otro animal...y de repente varias siluetas oscuras
saltaron desde el bosque y se abalanzaron sobre Joseph, derribándolo.
—¡Joseph!
El grito de Jill retumbó en los oídos de Chris, quien se detuvo
inmediatamente y desenfundó su arma. Intentó tener una línea de tiro clara
contra las bestias que estaban atacando a Joseph, pero lo que el delgado rayo
de luz de la linterna de Wesker iluminó era una escena de pesadilla. El cuerpo
de Joseph apenas se veía, completamente tapado por tres animales que estaban
desgarrándole la carne con grandes mordiscos con unas enormes fauces goteantes
de saliva. Tenían el tamaño y la forma de un perro, aproximadamente de un
pastor alemán, pero ahí terminaba la similitud, porque parecían no tener pelo,
ni siquiera piel. Bajo la luz de la linterna de Wesker se distinguían los rojos
músculos y los blancos tendones mientras las criaturas destrozaban entre
rugidos a Joseph con un frenesí de sangre. Joseph lanzó otro grito, un sonido
líquido y gorgoteante, mientras se debatía débilmente en un intento por salir
de debajo de sus salvajes atacantes. La sangre salía a borbotones de sus
múltiples heridas. Había sido el grito de un hombre agonizante. No había tiempo
que perder: Chris apuntó y abrió fuego. Tres proyectiles impactaron contra el
costado de uno de los perros, mientras un cuarto disparo pasó por encima de él.
La bestia sólo lanzó un agudo gañido antes de derrumbarse, respirando
pesadamente. Los otros dos animales continuaron con sus ataques sin hacer el
menor caso de los disparos. Chris observó con horror cómo una de aquellas
bestias infernales se lanzaba directamente a la garganta de Joseph y se la
arrancaba de cuajo, dejando a la vista la palpitante carne llena de sangre y el
hueso blanquecino. Todos los STARS abrieron fuego al mismo tiempo y lanzaron
una lluvia de proyectiles explosivos contra los asesinos de Joseph. El aire se
llenó de surtidores de sangre roja, pero las bestias siguieron intentando
arrancarle trozos de carne al todavía tembloroso cadáver mientras las balas
acribillaban sus extraños cuerpos. Finalmente, cayeron lanzando una serie de
gruñidos broncos y aullidos lastimeros... y no volvieron a levantarse de nuevo.
—¡Alto el fuego!
Chris apartó el dedo del gatillo, pero continuó apuntando con su
pistola a las caídas criaturas, decidido a acribillar a la primera de ellas que
levantara una sola pata. Dos de ellas continuaban respirando mientras gruñían
suavemente entre respiraciones entrecortadas. La tercera estaba tumbada sin
vida al lado del cuerpo destrozado de Joseph. ¡Deberían estar muertas!
¡Deberían haber caído con los primeros disparos! ¿Qué son? Wesker dio un único
paso hacia la escena de la matanza...
El cálido aire alrededor de ellos se llenó con el eco de broncos
aullidos y de los sonidos de furia depredadora que resonaron mientras se
acercaban al equipo de los STARS procedentes de todas direcciones.
—¡Al helicóptero, ahora mismo! —gritó Wesker.
Chris empezó a correr, con Barry y Jill por delante de él, con
Wesker protegiendo la retaguardia. Los cuatro atravesaron a la carrera el
bosque a oscuras, y las invisibles ramas les golpearon el rostro y los brazos
mientras los aullidos aumentaban de volumen y de ritmo. Wesker se giró y
disparó a ciegas hacia los árboles que habían dejado atrás, mientras los demás
corrían tropezando hacia el helicóptero que los esperaba, y cuyas aspas ya
estaban comenzando a girar. Chris sintió que el alivio lo embargaba. Seguro que
Brad había oído los disparos. Todavía tenían una oportunidad...
Chris percibió con mayor claridad el ruido de las criaturas que
los perseguían, el roce seco de unos cuerpos musculosos que arrastraban las
hojas y apenas se preocupaban por esquivar los árboles. También distinguió el
rostro pálido y con los ojos abiertos de par en par de Brad a través del
cristal frontal de la cabina del helicóptero. La luz verde del panel de mando
iluminaba con un resplandor enfermizo su cara desencajada por el miedo. Estaba
gritando algo, pero el rugido de los motores impedía oír su voz, y el viento de
las aspas había convertido el claro del bosque en un ondulante mar de hierba.
Diez metros más. Ya casi estamos...
De repente, el motor del helicóptero aceleró y el aparato saltó
al aire, elevándose precipitadamente. Chris pudo distinguir un último atisbo
del rostro de Brad; la única emoción que reflejaba era terror en su estado
puro, el pánico incontrolable que lo dominaba mientras pulsaba botones y tiraba
desesperadamente de la palanca de mando.
—¡No! ¡No te vayas! —gritó Chris, pero los patines del
helicóptero ya estaban fuera de su alcance. El aparato se lanzó hacia adelante
y hacia arriba, alejándose de ellos a través de la oscuridad. Iban a morir.
¡Maldito seas, Vickers!
Wesker se giró y disparó de nuevo, y su esfuerzo se vio
recompensado por el aullido lastimero lanzado por uno de sus perseguidores.
Había al menos otros cuatro detrás de ellos y se acercaban rápidamente.
—¡Continuad! —gritó mientras intentaba apuntar al mismo tiempo
que ellos corrían tropezando. Los penetrantes aullidos de los perros mutantes
los hacían correr cada vez más deprisa. El sonido del helicóptero se desvanecía
a lo lejos. El cobarde de Vickers se lo llevaba y huía a costa del resto del
equipo. Wesker disparó de nuevo. El proyectil pasó muy lejos de su objetivo, y
otra silueta sombría se unió a la manada que los perseguía. Los perros eran
increíblemente veloces. No tenían ninguna oportunidad de escapar, a menos
que... ¡La mansión!
—¡Girad a la derecha, a la una en punto! —aulló Wesker con la
esperanza de que su sentido de la orientación permaneciera intacto. No podrían
dejar atrás a sus perseguidores, pero quizá pudieran mantenerlos alejados el
tiempo suficiente para ponerse a cubierto. Se dio media vuelta y disparó el
último cartucho del cargador.
—¡Vacío!
Sacó el cargador vacío y manoteó en busca de uno nuevo en su
cinturón mientras Barry y Chris se encargaban de cubrirlo, disparando por cada
uno de sus lados contra la jauría que se aproximaba. Wesker metió un cargador
lleno con una palmada, al tiempo que llegaban al borde del claro lleno de
matojos y se metían de nuevo en otro grupo de árboles. Trastabillaron y
esquivaron los árboles mientras tropezaban debido al terreno desigual, y los
perros asesinos se acercaban cada vez más. Los pulmones le dolían por el ansia
de oxígeno, y Wesker sintió que podía oler el hedor de la fétida carne
descompuesta de las bestias a medida que acortaban las distancias, y de algún
modo encontró fuerzas para correr más deprisa. Ya deberíamos estar allí.
Tenemos que estar cerca...
Chris fue el primero en verla a través de las sombras de los
árboles: una enorme monstruosidad iluminada por la luz de la luna que acababa
de salir.
—¡Allí! ¡Corred hacia esa casa!
Por su aspecto exterior parecía abandonada. Las desgastadas
maderas y piedras de la gigantesca mansión parecían estar a punto de
desmoronarse. No se distinguían las dimensiones reales de la casa, oculta por
las sombras de los setos que habían crecido demasiado y que la aislaban del
bosque que la rodeaba. Un enorme porche frontal con unas puertas dobles era su
única oportunidad de escapar. Wesker oyó el sonido de unas mandíbulas
chasqueantes a su espalda, y se giró de un brinco para disparar intuitivamente
al origen de aquel ruido mientras corría hacia la parte delantera de la
mansión.
Percibió un aullido gorgoteante y a continuación la criatura se
desplomó al suelo. Los aullidos de sus compañeros aumentaron de intensidad, en
un frenesí provocado por la emoción de la caza. Jill fue la primera en llegar a
la puerta, y se abalanzó con el hombro por delante contra la pesada madera
mientras agarraba uno de los pomos con la mano. Sorprendentemente, se abrió de
par en par, y una brillante luz iluminó los peldaños de piedra que llevaban al
porche. Se dio la vuelta y comenzó a disparar para cubrir a los tres hombres
boqueantes por falta de aliento que se dirigían hacia la puerta. Se lanzaron
hacia la puerta de la mansión, y Jill fue la última en entrar. Barry empujó con
su considerable peso la puerta y la mantuvo cerrada frente a los aullidos que
estaban a pocos metros. Se desplomó contra ella, con la cara roja y sudorosa,
mientras Chris manoteaba el cerrojo del pasador y finalmente lograba hacerla
correr para cerrar por completo la puerta.
Lo habían conseguido. Los perros aullaron en el exterior y se
dedicaron inútilmente a arañar la pesada puerta de hoja doble. Wesker inhaló
una profunda bocanada del fresco y tranquilo aire que llenaba la habitación y
luego lo soltó rápidamente. Como él ya sabía, la mansión Spencer no estaba
abandonada en absoluto, y ahora que estaban allí, todos sus cuidadosos planes
se habían ido al traste. Wesker maldijo en silencio a Brad Vickers de nuevo y
se preguntó si estaban más a salvo en el interior que en el exterior...
Capítulo 5
Jill echó un vistazo alrededor mientras recuperaba el aliento y
se sintió como el personaje de una pesadilla que acababa de convertirse en un
enorme sueño fantástico. Unos monstruos aullantes y salvajes, la repentina y
terrible muerte de Joseph, una terrorífica huida a través del bosque... y ahora
aquello. Conque desierta, ¿eh?
Era un palacio, pura y simplemente, lo que su padre habría
llamado un golpe perfecto. La estancia en la que habían entrado era el ejemplo
ideal de lujo. Era enorme, probablemente más grande que toda la casa de Jill.
Estaba recubierta por mármol gris, y la pieza central era una amplia escalera
cubierta por una moqueta, que llevaba hasta una balaustrada en la segunda
planta. Unas columnas de mármol arqueadas rodeaban aquel espléndido salón y
soportaban el peso de la balaustrada de madera oscura y de aspecto pesado de la
planta superior. Unos candelabros alargados arrojaban rayos de luz a lo largo
de las paredes de color crema con rebordes de cuero, que contrastaban con el
color ocre oscuro de la moqueta del suelo. En pocas palabras: era un escenario
impresionante.
—¿Qué es esto? —murmuró Barry.
Nadie le respondió. Jill respiró profundamente y llegó a la
conclusión de que no le gustaba. Notaba una sensación de... discordancia en
aquella enorme sala, una atmósfera vagamente opresiva. Se sentía acechada, por
algo o por alguien, aunque no podía decir qué. Bueno, es muchísimo mejor que
ser devorada por un perro mutante, eso sí que tengo que reconocerlo. A aquel
pensamiento le siguió otro inmediatamente. ¡Pobre Joseph!
No había habido tiempo para lamentar su muerte, y tampoco tenían
tiempo en aquel momento, pero sin duda lo echarían de menos. Se dirigió hacia
la enorme escalera con la pistola en la mano, y el sonido de sus pasos sonó
amortiguado por la gruesa alfombra que llevaba hasta ella desde la puerta
delantera. Vio una antigua máquina de escribir sobre una pequeña mesa situada a
la derecha de las escaleras, con una hoja en blanco colocada en su interior
preparada para escribir en ella. Era una pieza de decoración bastante extraña,
pero, aparte de ella, la enorme sala estaba vacía. Se dio la vuelta para
encararse con los demás y se preguntó qué estarían pensando sobre ese lugar.
Tanto Barry como Chris parecían indecisos, con sus rostros enrojecidos por el
esfuerzo y sudando a mares mientras registraban con la vista la inmensa
entrada. Wesker estaba agachado delante de la puerta examinándola
detenidamente.
Se puso en pie, con las gafas de sol todavía puestas y con el
mismo aspecto tranquilo de siempre.
—La madera alrededor del pestillo está astillada. Alguien forzó
esta puerta antes de que llegáramos nosotros.
El rostro de Chris se iluminó por una oleada de esperanza.
—Quizá fueron los del equipo Bravo, ¿no?
—Es lo que yo pienso —asintió Wesker—. La ayuda ya estará en
camino, eso suponiendo que nuestro «amigo» Vickers se decida a llamar
pidiéndola.
Su voz rezumaba sarcasmo, y Jill sintió que su propia furia
crecía. Brad la había cagado a base de bien, y aquello casi les había costado
la vida. No había excusa alguna para lo que había hecho. Wesker continuó
hablando mientras atravesaba la estancia hacia una de las dos puertas que había
en su extremo occidental. Tiró del pomo, pero ninguna de ellas se abrió.
—No es nada seguro salir ahí afuera. Será mejor que echemos un
vistazo por aquí hasta que llegue la caballería. Es obvio que alguien ha
mantenido este lugar en condiciones habitables, aunque por qué y durante cuánto
tiempo...
Su voz fue disminuyendo de volumen hasta desaparecer.
—¿Cómo andamos de munición?
Jill sacó el cargador de su Beretta y contó las balas: tres.
Tenía otros dos cargadores, pero completos, lo que daba un total de treinta y
tres balas. A Chris sólo le quedaban veintidós, y a Wesker diecisiete. Barry
tenía dos cilindros de recarga rápida para su Colt, además de unos cuantos
proyectiles sueltos en una cartuchera al cinto, con un total de diecinueve
balas. Jill pensó en todo lo que se había quedado en el helicóptero y sintió
otra oleada de rabia contra Brad. Cajas de munición, linternas, radios
portátiles, escopetas. Eso por no mencionar el equipo médico. Aquella Beretta
que Joseph había encontrado en el claro, con los pálidos dedos de la mano
arrancada todavía empuñando la pistola... uno de los STARS podía estar muerto o
moribundo, y ellos, gracias a Brad, ni siquiera tenían una venda que ofrecerle
si lo encontraban.
¡Pum! Fue el sonido de algo pesado que se había deslizado hasta
el suelo. Todos se dieron la vuelta al unísono hacia la única puerta que se
abría en la pared oriental. Jill recordó repentinamente todas las películas de
terror que había visto: una casa extraña, un sonido extraño... Su cuerpo se
estremeció involuntariamente, y decidió que le patearía su estrecho culo a Brad
Vickers en cuanto saliera de allí.
—Chris, comprueba ese sonido y regresa para informar lo antes
posible —ordenó Wesker—. Te esperaremos aquí por si la policía de Raccoon City
llama a la puerta. Si te encuentras metido en un problema, dispara y te
encontraremos.
Chris asintió y comenzó a dirigirse hacia la puerta. Sus pisadas
resonaron fuertemente contra el suelo de mármol. Jill sintió aquella sensación
de premonición recorrerle todo el cuerpo de nuevo.
—¿Chris?
Él se dio la vuelta justo cuando puso la mano en el picaporte, y
Jill se dio cuenta de que nada de lo que pudiera decirle tendría sentido. Todo
estaba ocurriendo con tal rapidez, la situación era tan terrible que no sabía
por dónde comenzar... y él es un profesional entrenado, lo mismo que tú.
Empieza a comportarte como tal.
—Ten cuidado —dijo finalmente. No era exactamente lo que quería
decir, pero tendría que ser suficiente. Chris le lanzó una sonrisa de medio
lado cómplice, luego levantó su Beretta y cruzó el umbral. Jill oyó el tictac
de un reloj y, a continuación, él desapareció después de cerrar la puerta tras
de sí. Barry la miró a los ojos y le sonrió, con una mirada con la que quería
decirle: no te preocupes. Sin embargo, Jill no pudo quitarse de encima la
sensación de que Chris ya no regresaría.
Chris registró con la vista la habitación y se percató de la
exquisita elegancia del lugar. También se dio cuenta de que estaba solo.
Quienquiera que hubiera provocado aquel ruido no estaba allí. El solemne tictac
de un reloj carillón resonaba en el fresco aire de la habitación, y sus ecos
rebotaban en los azulejos negros y blancos. Era un enorme salón comedor, de la
clase que sólo había visto en películas sobre gente muy rica. Al igual que la
sala de entrada, aquella estancia tenía un techo increíblemente alto y una
balaustrada en su segunda planta, pero además estaba decorada con piezas de
arte que parecían de valor y disponía de una chimenea en el extremo más alejado
con un escudo de armas y unas espadas cruzadas encima de la abertura. No
parecía haber forma alguna de subir a la segunda planta de aquella habitación,
excepto quizás una puerta cerrada a la derecha de la chimenea... Chris bajó su
arma y comenzó a acercarse a la puerta, impresionado todavía por la evidente
riqueza desplegada en la «abandonada» mansión en la que habían entrado los
STARS.
Las paredes de estuco de color beige de la sala comedor tenían
unos rebordes de madera pulida de color rojo, y en el centro se extendía una
larga mesa de madera que ocupaba toda la estancia. La mesa disponía de espacio
para al menos veinte personas, aunque sólo estaba puesta para un puñado de
gente. A juzgar por la capa de polvo que cubría todo, no se había servido nada
en aquel lugar desde hacía varias semanas. Pero se supone que no ha habido
nadie en esta casa desde hace treinta años, ¡así que aún menos puede haber una
cena de gala!
Spencer mandó cerrar este lugar antes de que nadie se alojase
aquí... Chris sacudió la cabeza. Era obvio que alguien había rehabilitado el
lugar hacía ya bastante tiempo... así que, ¿cómo era posible que todo el mundo
en Raccoon City creyese que la mansión Spencer no era más que un montón de
ruinas en mitad del bosque? Y lo que era aún más importante: ¿por qué Umbrella
le había mentido al jefe Irons sobre el estado real de la propiedad?
Asesinatos, desapariciones, Umbrella, Jill…
Era una sensación frustrante. Notaba que tenía buena parte de
las respuestas, pero no estaba seguro sobre qué preguntas hacer. Llegó hasta la
puerta y le dio la vuelta al pomo lentamente mientras escuchaba con atención
para intentar percibir cualquier ruido al otro lado de ella. No oía nada aparte
del tictac del viejo reloj carillón. Estaba apoyado contra la pared, y cada
movimiento de su péndulo reverberaba con un sonido hueco, amplificado por la
cavernosa estancia.
La puerta se abrió y ante él apareció un estrecho pasillo que se
dirigía a derecha e izquierda, iluminado únicamente por unas cuantas lámparas
de estilo antiguo colgadas de la pared. Chris echó un rápido vistazo en ambas
direcciones. A la derecha se abrían quizás unos diez metros de otra sala de
entrada, con una puerta al final, y otras dos puertas justo delante de él. La
sala de entrada doblaba abruptamente a la izquierda de donde él se encontraba,
ensanchándose. Vio un rastro de gotas marrones en aquel lugar.
Arrugó la nariz al mismo tiempo que el entrecejo. En el aire
había un vago olor, un ligero aroma a algo desagradable, a algo familiar. Se
quedó en el umbral de la puerta mientras intentaba concretar el recuerdo de
aquel olor. Un verano, cuando él todavía era un chaval, se le había salido la
cadena de la bicicleta mientras daba un paseo con sus amigos. Había acabado en
una zanja a un metro de distancia aproximadamente de los restos de un
atropello: el cadáver reseco de lo que parecía haber sido una marmota. El paso
del tiempo y el calor del verano habían disipado parte del hedor, aunque lo que
quedaba era suficientemente asqueroso para hacerle vomitar todo su almuerzo,
para mayor diversión de sus amigos, sobre el cadáver. Luego había respirado
profundamente... y había vuelto a vomitar. Todavía recordaba la peste de la
podredumbre reseca recalentada por el sol. Olía a una mezcla de leche agria y
bilis, el mismo olor que impregnaba aquel pasillo, como si fuera un mal sueño.
Fuuump.
El sonido procedía de detrás de la primera puerta de la derecha.
Era un ruido suave y deslizante, como el de un puño rozando la pared. Había
alguien al otro lado.
Chris se dirigió lentamente hacia la sala de entrada y se acercó
con precaución a la puerta, sin dar la espalda a la zona que no había
explorado. El ruido se detuvo mientras se acercaba, y Chris advirtió que la
puerta no estaba realmente cerrada. Qué mejor momento.
La puerta se abrió completamente con un ligero golpe a una
pequeña estancia en penumbra que tenía las paredes cubiertas de papel verde
moteado. Un hombre de anchas espaldas se encontraba a poco más de seis metros
de donde él estaba, medio oculto en las sombras y de espaldas a Chris. Se dio
la vuelta lentamente, arrastrando los pies con la misma actitud que alguien
borracho o enfermo, y el olor que Chris había notado antes le llegó desde el
hombre en apestosas oleadas. Las ropas del extraño estaban hechas jirones y
manchadas, y la parte posterior de su cabeza mostraba unos cuantos mechones
sueltos de cabello. Debe estar enfermo. Es posible incluso que esté
moribundo... Fuera lo que fuera lo que le pasase, a Chris no le gustaba un
pelo: todos sus instintos le gritaban que actuara. Atravesó la puerta y apuntó
la Beretta al pecho del individuo.
—¡Quieto! ¡No se mueva!
El hombre terminó de darse la vuelta y se dirigió hacia Chris,
arrastrando los pies hasta situarse a la luz. El rostro del individuo, de
aquello, tenía la blanca palidez de un cadáver, rota sólo por el manchurrón de
sangre que rodeaba sus labios putrefactos. Unos jirones de piel seca colgaban
de sus hundidas mejillas, y los oscuros pozos de los ojos de la criatura
brillaban hambrientos mientras extendía sus esqueléticas manos hacia él...
Chris disparó tres tiros que se estrellaron contra el pecho de
la criatura provocando finos surtidores de sangre. Aquello se desplomó al suelo
con un pequeño grito ahogado. Chris retrocedió a trompicones, y los
pensamientos en su cabeza marcharon a la misma velocidad que su corazón
palpitante, que le martilleaba en el pecho. Golpeó la puerta con el hombro y
apenas se dio cuenta de que se cerró con un suave chasquido detrás de él
mientras seguía mirando atónito al apestoso cuerpo que se había derrumbado en el
suelo. ¡Está muerto, esa maldita cosa es uno de esos malditos muertos andantes!
Todos los ataques caníbales de Raccoon City se habían producido
cerca del bosque. Había visto suficientes películas en el canal nocturno como
para saber de qué se trataba, pero aun así no podía creérselo. Un zombi. No,
no, de ninguna manera, eso era sólo ficción... Quizás era algún tipo de
enfermedad que se manifestaba por los mismos signos. Tenía que contárselo a los
demás. Se dio la vuelta e intentó abrir la puerta, pero la pesada hoja de
madera no se movió. Se habría cerrado al tropezar con ella... Oyó un sonido
detrás de él, como de algo húmedo moviéndose. Se dio la vuelta de nuevo, y los
ojos se le abrieron como platos al ver que la criatura se movía
espasmódicamente clavando las uñas en el suelo de madera, arrastrándose hacia
él con silenciosa determinación. Chris se dio cuenta de que aquello estaba
babeando, y fue la visión de los pegajosos espumarajos de color rosa
acumulándose en charcos en el suelo lo que finalmente lo hizo actuar. Disparó
de nuevo, dos tiros en dirección al descompuesto rostro levantado de la
criatura.
En su cráneo aparecieron dos agujeros negros que dejaron salir
dos pequeños riachuelos de líquido y tejido carnoso en descomposición hacia su
mandíbula inferior. La criatura putrefacta se desplomó finalmente con un largo
suspiro en un creciente charco de sangre. Chris no se atrevió a esperar que
continuara tumbada. Le dio otro inútil tirón al pomo de la puerta y después
pasó cuidadosamente al lado del cuerpo para seguir avanzando por el pasillo.
Movió el picaporte de la puerta situada a su izquierda, pero estaba cerrada con
llave. Había un pequeño grabado en el panel metálico del picaporte, algo
parecido a una espada. Almacenó aquella información junto al resto de sus
confusos pensamientos mientras continuaba avanzando con la Beretta en la mano,
empuñándola con fuerza. Había un entrante a su derecha, con una puerta, pero
hizo caso omiso de aquella abertura. Lo que quería era encontrar un modo de
llegar de nuevo a la sala de entrada principal. Lo más probable era que los
demás hubiesen oído sus disparos, pero tenía que suponer que habría otras
criaturas como las que había matado. Era posible que los demás miembros del
equipo ya estuviesen ocupados en salvar sus propias vidas. Divisó una puerta en
el extremo de la sala, a la izquierda donde el pasillo giraba. Chris se
apresuró en llegar a ella. El pútrido hedor de la criatura... Es un zombi.
Llámalo por su nombre.
Sintió deseos de vomitar. Se dio cuenta de que el hedor
empeoraba a medida que se acercaba a la puerta y se intensificaba con cada paso
que daba. Oyó el suave gemido justo en el momento que tocaba el pomo de la
puerta, mientras su mente le decía que sólo le quedaban dos balas en el arma.
Sintió un movimiento en las sombras a su derecha. Tengo que recargar, tengo que
encontrar un lugar seguro... Chris abrió de un tirón la puerta y se dio de
bruces con los brazos extendidos de otra criatura tambaleante que lo esperaba
al otro lado, con los dedos despellejados y engarfiados que se lanzaron sobre
su garganta.
Tres disparos. Segundos después, dos más. Los sonidos llegaban
débilmente pero con claridad hasta la palaciega sala de entrada.
—¡Chris!
—Jill, ¿por qué no...? —comenzó a decir Wesker, pero Barry lo
interrumpió y no lo dejó terminar la frase.
—Yo también voy —dijo mientras comenzaba a andar hacia la puerta
situada en la pared oriental.
Chris no desperdiciaría munición de esa manera a menos que no le
quedase más remedio. Estaba claro que la necesitaba. Wesker cedió y asintió
lentamente.
—Id. Os esperaré aquí.
Barry abrió la puerta, con Jill pegada a su espalda. Entraron en
una enorme sala comedor, no tan ancha como la sala de entrada, pero
probablemente tan larga como ella. En el otro extremo había otra puerta, más
allá de un gran reloj carillón cuyo tictac resonaba en el aire polvoriento y
frío de la estancia. Barry se encaminó al trote hacia ella, con el revólver
empuñado en una mano, tenso y preocupado. ¡Dios, vaya tocada de pelotas de
misión! A menudo, los equipos de STARS eran enviados a misiones peligrosas en
las que las circunstancias eran poco habituales, pero ésta era la primera vez
desde que había comenzado como un novato en la que Barry sentía que la misión
había quedado completamente fuera de control. Joseph estaba muerto, Vickers el
gallina los había dejado abandonados para que fueran devorados por unos perros
infernales, y ahora Chris estaba metido en problemas. Wesker no debería haberle
enviado a solas. Jill fue la primera en llegar a la puerta. Tocó el picaporte
con sus delgados dedos y miró a su compañero. Barry asintió y ella la abrió,
agachándose en el mismo movimiento y colocándose abajo y a la izquierda. Barry
ocupó el otro lado, y entre ambos recorrieron todo el pasillo con sus armas.
—¿Chris? —dijo Jill en voz baja, pero no hubo respuesta. Barry
lanzó un bufido después de olisquear el aire. Algo olía a fruta podrida.
—Comprobaré las puertas —dijo.
Jill se limitó a asentir y se movió hacia la izquierda,
manteniéndose alerta y concentrada. Barry se dirigió hacia la primera de las
puertas, sintiéndose bien por tener a Jill a su espalda. Había pensado que
tenía un poco de mal genio cuando la conoció después de ser trasladada, pero
había demostrado ser una luchadora inteligente y capacitada, un miembro
bienvenido al equipo Alfa...
Jill dejó escapar un agudo grito de sorpresa y Barry se giró en
redondo. El hedor a podredumbre había inundado de repente toda la estancia.
Jill estaba retrocediendo de espaldas de una abertura en el extremo del
pasillo, y su arma apuntaba contra algo que Barry no llegaba a ver.
—¡Alto!
Su voz sonó aguda y temblorosa, y la expresión de su rostro
mostró horror... Entonces disparó una, dos veces, mientras seguía retrocediendo
hacia Barry, y su respiración se volvió más rápida y entrecortada.
—¡Quítate, ponte a la izquierda!
Barry alzó su Colt cuando ella se quitó de la línea de tiro, y
en ese momento apareció en su campo de visión un hombre de elevada estatura.
Los brazos de la silueta estaban levantados en alto como si fuera un sonámbulo,
y los dedos de sus manos estaban curvados como si fueran garras. Barry vio el
rostro de la criatura y no lo dudó ni un momento. Disparó uno de los pesados
proyectiles de su revólver, y la bala rebanó la parte superior de su cráneo
color ceniza con un estallido. La sangre comenzó a bajar por los extraños y
horribles rasgos de aquel ser hasta tapar los ojos, que se habían vuelto hacia
arriba. Cayó hacia adelante y se derrumbó boca arriba a los pies de Jill. Barry
corrió a situarse junto a ella.
—¿Pero qué... —comenzó a decir, y entonces vio lo que había en
la moqueta del pasillo que se abría delante de ellos, tendido en una pequeña
zona de espera que señalaba el final del pasillo…
Barry pensó por un momento que se trataba de Chris... hasta que
vio la insignia del equipo Bravo de los STARS en el chaleco, y sintió una clase
diferente de horror cuando se esforzó por reconocer los rasgos de su cara. El
Bravo había sido decapitado, y la cabeza se encontraba a menos de un metro del
cuerpo, con el rostro completamente tapado por una máscara de sangre. Oh,
leches. Es Kenneth. Kenneth Sullivan, uno de los mejores exploradores que jamás
había conocido Barry y, además, un tipo realmente estupendo. En su pecho tenía
un agujero irregular y profundo, y de aquella sangrienta abertura salían restos
de carne parcialmente devorada y vísceras. Le faltaba la mano izquierda, y su
arma no estaba a la vista por allí cerca, así que Barry dedujo que la mano con
el arma que Joseph había encontrado en el bosque debía de ser la suya...
Barry desvió la mirada, completamente asqueado. Ken había sido
un hombre tranquilo y amable, que sabía un montón sobre química. Tenía un hijo
adolescente que vivía con su ex mujer en algún lugar de California. Barry pensó
en sus propias hijas, Moira y Poly, y sintió miedo por ellas. No es que le
asustara la muerte, pero la idea de que quizá tendrían que crecer sin un
padre...
Jill se acuclilló al lado del destrozado cuerpo de Ken y
registró rápidamente su cinturón. Le dirigió una mirada culpable a Barry, pero
éste asintió. Necesitaban la munición, y estaba claro que a Ken ya no le hacía
falta. Encontró dos cargadores de proyectiles de nueve milímetros y se los
metió en el bolsillo de su costado. Barry se dio la vuelta y se quedó mirando
al asesino de Ken con una mezcla de asco y curiosidad. No tenía la menor duda
de que se trataba de uno de los asesinos caníbales que habían estado atacando a
los habitantes de Raccoon City. Tenía una costra seca de sangre alrededor de la
boca y sus uñas estaban repletas de una capa de restos también sangrientos. La
camiseta que llevaba puesta también estaba cubierta de manchas de sangre seca.
Lo que le extrañaba era... lo muerto que parecía. En una ocasión Barry había
realizado una misión de rescate encubierta en Ecuador. Unos guerrilleros
rebeldes habían capturado a un grupo de campesinos y los mantenían como
rehenes. Varios de ellos habían muerto al comenzar el conflicto. Los STARS
habían capturado a los rebeldes, y Barry se había acercado con uno de los
supervivientes para reconocer a los que estaban muertos. Las cuatro víctimas
habían muerto debido a los disparos y sus cuerpos habían sido arrojados a la
parte trasera de la cabaña de madera que los rebeldes habían utilizado como
refugio. Después de tres semanas bajo el tórrido sol de aquella parte de
Sudamérica, la piel de sus caras se había levantado en jirones, y la carne
había comenzado a separarse de los tendones y también de los huesos. Todavía
recordaba con total claridad aquellos rostros, y volvió a verlos cuando miró la
criatura del suelo. Era el rostro de la muerte. Además, huele igual que un
matadero en un día caluroso. A alguien se le olvidó decirle a este tipo que los
muertos no caminan por ahí dando vueltas. Advirtió la misma confusión asqueada
reflejada en el rostro de Jill, las mismas preguntas, por el momento, sin
respuestas. Tenían que encontrar a Chris para reagruparse con él y con Wesker.
Retrocedieron juntos por el corredor y comprobaron las tres puertas, sacudiendo
y tirando de los pomos y empujándolas con el hombro. Todas estaban bien
cerradas.
Pero Chris ha tenido que pasar por una de ellas. No puede haber
ido a ningún otro sitio...
Aquello no tenía sentido, y aparte de echar abajo las puertas,
no había nada más que pudiera hacerse.
—Deberíamos informar a Wesker sobre la situación —dijo Jill, y
Barry asintió.
Si por casualidad habían encontrado la guarida de los asesinos,
iban a necesitar un plan de ataque. Atravesaron de nuevo la sala comedor a la
carrera, y el aire rancio del lugar fue un alivio refrescante después del hedor
a sangre y corrupción del pasillo. Llegaron a la puerta que daba a la sala de
entrada principal y la cruzaron a paso ligero. Jill se preguntó qué conclusión
sacaría el capitán de todo aquello.
Era realmente...
Barry se detuvo en seco y registró con la mirada la elegante
sala vacía. Se sentía como el tonto de un chiste que no tenía la menor gracia.
Wesker había desaparecido.
Capítulo 6
—¡Wesker! —La potente voz de Barry resonó multiplicándose por el
eco de la estancia—. ¡Capitán Wesker!
Se dirigió al trote hacia una hilera de arcos que había en la
parte trasera de la estancia mientras le gritaba a Jill.
—¡No salgas de la sala!
Jill se dirigió hacia las escaleras, sintiéndose casi mareada.
Primero Chris, y ahora el capitán. No habían estado fuera ni
cinco minutos, y él había dicho que no se movería. ¿Por qué se habría marchado?
Miró alrededor en busca de signos de lucha, de un cartucho de bala, de una
mancha de sangre, pero no había ninguna señal que indicara qué había ocurrido.
Barry apareció al otro lado de la gigantesca escalera, meneando
la cabeza mientras caminaba lentamente de regreso hacia ella. Jill se mordió el
labio inferior al tiempo que fruncía el entrecejo.
—¿Crees que Wesker se ha encontrado con una de esas... cosas?
—preguntó.
Barry lanzó un profundo suspiro.
—No creo que fuese la policía de Raccoon City la que apareciera
y se lo llevara así de golpe. Además, si hubiese estado metido en problemas,
habríamos oído disparos...
—No necesariamente. Puede que le hayan tendido una emboscada o
que lo hayan arrastrado lejos de aquí.
Se quedaron en silencio unos momentos, pensando. Jill todavía
estaba un poco afectada por el enfrentamiento cara a cara con el cadáver
andante, pero pensaba que al menos había aceptado los hechos con bastante
facilidad: los bosques que rodeaban Raccoon City estaban infestados de zombis.
Después de toda una vida leyendo malas novelas sobre asesinos en serie, ¿tan
difícil es aceptar la idea de un zombi caníbal? En cierto modo, no lo era, ni
tampoco el hecho de los perros asesinos ni la mansión mantenida en buen estado
en secreto. No se podía negar su existencia. La pregunta era: ¿por qué? ¿Tenía
la mansión algo que ver con los asesinatos, o simplemente los zombis habían
entrado a saco al igual que habían hecho con el bosque de Raccoon? ¿Fue esa
criatura lo último que vieron Becky y Pris? Rechazó aquella idea de forma casi
violenta: pensar en las niñas en ese momento sería un error muy grave.
—¿Qué hacemos? ¿Damos una vuelta en su busca o nos quedamos aquí
esperándolo? —preguntó por fin Jill en voz alta.
—Vamos a echar un vistazo. Ken logró llegar hasta aquí. Es
posible que los demás Bravo estén en algún lugar de la casa. Es muy fácil
perderse aquí. Chris...
Barry dejó de hablar y medio sonrió, aunque Jill advirtió una
sombra de preocupación en su mirada.
—Chris y Wesker se han... perdido —continuó diciendo—, pero los encontraremos.
Va a hacer falta algo más que un par de tíos tiesos andando para causarles un
problema a alguno de ellos.
Se metió la mano en uno de los bolsillos de su chaleco, sacó
algo que tenía envuelto en un pañuelo y se lo entregó. Ella sintió las pequeñas
formas metálicas a través de la tela y supo inmediatamente qué era.
—Te devuelvo las que me diste para que practicase durante el
último mes —le dijo—. Supongo que tú sabrás utilizarlas mejor.
Jill asintió, y se metió las ganzúas en el bolsillo de la
cadera. Barry se había sentido interesado por su antigua «profesión», y ella le
había prestado unos cuantos elementos de su antiguo arsenal de herramientas,
que incluía varias ganzúas y unas cuantas palanquetas. Quizá podrían ser
útiles. El pequeño bulto que le había dado Barry se quedó encima de algo duro y
de formas redondeadas... ¡El ordenador de Trent! Con toda aquella agitación, se
había olvidado por completo del extraño encuentro en los vestuarios. Abrió la
boca para decírselo a Barry, pero la cerró inmediatamente cuando recordó el
enigmático aviso de Trent. «Si yo fuera usted, no le mencionarla a nadie esta
pequeña conversación.» Que le dieran. De todas maneras, había estado a punto de
decírselo a Chris... ¿y dónde está Chris ahora? ¿Quién dice que las «terribles
consecuencias» de las que te advirtió Trent no han ocurrido ya? Jill se dio
cuenta de lo que estaba pensando y tuvo que hacer un esfuerzo por no reírse de
sí misma. Lo que había ocurrido con Trent probablemente no tenía nada que ver
con el embrollo en que estaban metidos, y no importaba si podía confiar o no en
Barry: de lo que estaba segura era de que no confiaba en Trent. De todas
maneras, decidió no contarle nada a Barry, al menos hasta que supiera qué
contenía el pequeño ordenador.
—Creo que deberíamos dividirnos —dijo Barry—. Sé que es
peligroso, pero tenemos que cubrir mucho terreno. Si alguno de los dos se
encuentra con alguien, nos reuniremos aquí. Utilizaremos esta sala como base.
Barry se frotó la barbilla con una mano mientras clavaba una
dura mirada en los ojos de Jill.
—¿Estás preparada, Jill? Podríamos buscar juntos si no...
—No, tienes razón, Barry —admitió ella—. Yo me encargo del ala
oeste.
A diferencia de los policías, los miembros de los STARS rara vez
actuaban por parejas. Eran entrenados para que vigilasen sus propias espaldas
cuando actuaban de forma independiente en situaciones peligrosas. Barry se
limitó a asentir en silencio.
—Muy bien. Yo regresaré por donde hemos venido e intentaré
«convencer» a alguna de esas puertas para que se abra. Mantente siempre ojo
avizor en busca de una vía de retirada, ahorra munición... y ten cuidado.
—Tú también.
Barry sonrió al tiempo que levantaba su Colt Python.
—No te preocupes por mí.
No quedó nada más por decir. Jill se dirigió en línea recta
hacia las puertas de la pared oeste que Wesker había dejado sin abrir con
anterioridad. Barry, a sus espaldas, se apresuró a entrar en el salón comedor.
Oyó cómo abría y luego cerraba la puerta. Estaba sola… y no pasa nada. Las
puertas pintadas de azul se abrieron suavemente, sin ofrecer resistencia, y
dejaron al descubierto una habitación pequeña y envuelta en sombras, también
pintada con diferentes tonos de azul. Estaba tan vacía y silenciosa como la
sala principal. Unas pequeñas lámparas iluminaban débilmente las pinturas
enmarcadas y colgadas de las oscuras paredes. En el centro de la habitación
había una gran estatua de una mujer sosteniendo una urna sobre un hombro. Jill
cerró la puerta tras de sí y esperó hasta que sus ojos se acostumbraron a la
penumbra; entonces vio las dos puertas que se encontraban justo enfrente de la
puerta por la que ella había entrado. La que se encontraba a la izquierda
estaba abierta, aunque había un pequeño cofre justo delante de ella, lo que
impedía el paso. Era poco probable que Wesker hubiera pasado por allí. Se
dirigió hacia la que se encontraba a la derecha e intentó abrirla: cerrada con
llave. Suspiró y extendió la mano hacia el paquete de ganzúas, pero dudó por un
instante al sentir el peso del ordenador de bolsillo. Veamos qué es lo que el
señor Trent cree que es tan importante... Lo sacó y lo estudió durante unos
momentos. Luego pulsó un botón, y una pantalla del tamaño de una carta se
encendió; después de pulsar unas cuantas veces más, aparecieron varias líneas
escritas en el pequeño monitor. Las leyó y reconoció unos cuantos nombres y
fechas que habían aparecido en las noticias de los periódicos locales.
Aparentemente, Trent había recopilado todos los artículos que había encontrado
sobre los asesinatos y las desapariciones en Raccoon City, además de los
artículos sobre los STARS. Aquí no hay nada nuevo...
Jill fue pasando página tras página del monitor, preguntándose
adónde quería llegar el tal Trent. Encontró una lista de nombres después de
todos los artículos. WILLIAM BIRKIN, STEVE KELLER, MICHAEL DEES, JOHN HOWE,
MARTIN CRACKHORN, HENRY SARTON, ELLEN SMITH, BILL RABBITSON. Jill frunció el
entrecejo. Ninguno de los nombres le resultaba familiar, excepto... ¿El amigo
de Chris no se llamaba Bill Rabbitson, el que trabajaba para Umbrella? No
estaba segura. Tendría que preguntárselo a Chris... Eso suponiendo que lo
encontremos. Aquello era una pérdida de tiempo. Tenía que comenzar a buscar a
los demás STARS. Pulsó el botón de avance para llegar hasta el final del
archivo y apareció una imagen: unas pequeñas líneas dispuestas en formas
geométricas. Había cuadrados y largos rectángulos, con pequeñas marcas que
comunicaban las distintas cajas vacías. Debajo del dibujo había una línea de
texto, con un mensaje tan enigmático como cabría esperar de alguien como el
señor Trent: LLAVES DE CABALLERO; OJOS DE TIGRE; CUATRO HERÁLDICAS (PUERTA DE
LA NUEVA VIDA); ESTE-ÁGUILA/OESTE-LOBO. Vaya, cuan esclarecedor. Esto lo
explica todo, ¿verdad? Se dio cuenta de que el dibujo era una especie de mapa.
Parecía el plano de una planta de edificio. La zona más amplia ocupaba el centro,
y otra zona un poco más pequeña se hallaba a la izquierda... Jill sintió que el
corazón le daba un salto. Se quedó mirando fijamente la pequeña pantalla
mientras se preguntaba cómo demonios lo había sabido Trent. Era la primera
planta de la mansión. Pulsó de nuevo el botón de avance y en la pantalla
apareció lo que sólo podía ser la segunda planta de la mansión. Las formas
correspondían a las del primer mapa. No había nada después del segundo mapa,
pero aquello era más que suficiente. Por lo que a ella correspondía, no le
quedaba la menor duda de que la mansión Spencer era el origen de la ola de
terror que azotaba a Raccoon City... lo que significaba que las respuestas se
encontraban en algún lugar del edificio, a la espera de ser descubiertas.
El zombi gruñó cuando Chris le disparó dos veces a quemarropa en
el estómago. El sonido de impacto de los proyectiles fue absorbido por su carne
rancia, y el cadáver andante cayó sobre él al tiempo que expelía una bocanada
de aire apestoso sobre su rostro. Chris lo alejó de un empujón mientras se le
formaba un nudo en la garganta por las arcadas. Sus manos y el cañón de su arma
estaban llenos de fluidos viscosos que goteaban. La criatura se derrumbó en el
suelo, con sus extremidades moviéndose todavía de forma espasmódica. Chris
retrocedió al mismo tiempo que limpiaba el cañón de su arma en su chaleco
antibalas mientras intentaba por todos los medios no vomitar. El zombi de la
sala había sido un cuerpo reseco, encogido y lleno de pellejos, pero éste
estaba... fresco; si ésa era la palabra adecuada. Necrótico, repleto de pus,
húmedo...
Tragó saliva con dificultad, y el ansia por vomitar poco a poco
pasó. No es que tuviera un estómago delicado, pero aquel olor... ¡Dios!
Recupérate. Puede que haya mas por ahí...
La sala en la que había entrado estaba compuesta completamente
por maderas oscuras y se hallaba en silencio. Por unos instantes, sólo percibió
el sonido del latido de la sangre en sus oídos. Bajó la vista al cuerpo que
yacía a sus pies y se preguntó qué era, qué había sido. Había sentido su
aliento cálido y apestoso en su propio rostro. No era un cadáver reanimado,
aunque lo pareciese. Decidió que aquello no tenía importancia. A todos los
efectos pertinentes, era un zombi. Había intentado morderlo, y criaturas como
aquélla ya habían devorado una parte de la población de Raccoon City. Tenía que
encontrar un camino de regreso hacia el resto del grupo, y tenían que salir de
allí todos juntos para conseguir ayuda. No disponían de la potencia de fuego
suficiente para hacer frente a aquella situación ellos solos. Sacó el cargador
vacío de la pringosa arma y lo sustituyó por otro lleno. Sintió que se le
encogía el pecho por la tensión: sólo le quedaban quince balas. Tenía un
cuchillo Bowie pero la idea de enfrentarse a un zombi sólo con un cuchillo no
le atraía en absoluto. A su derecha había una puerta de aspecto sencillo. Chris
tiró del pomo, pero estaba cerrada con llave. Se quedó mirando el cerrojo, y no
le sorprendió ver que en él había un pequeño grabado con la forma de lo que
parecía ser una armadura. Espada, armadura... Desde luego, aquello estaba
relacionado de alguna manera. Avanzó a lo largo de la amplia sala, atento al
menor ruido y realizando frecuentes inspiraciones profundas por la nariz. Los
restos de podredumbre que le cubrían el chaleco y las manos hacían difícil
detectar la presencia de algún otro mediante el olfato, ya que el olor lo
cubría por completo, pero podía ser la única oportunidad de evitar otro
encuentro tan cercano.
La sala se abría a la izquierda y Chris dobló la esquina con
rapidez, mientras cubría toda la zona, recubierta de madera, con su Beretta.
Una columna de apoyo obstaculizaba ligeramente su línea de visión, pero pudo
discernir claramente la espalda de un hombre justo detrás de ella. Sus hombros
caídos y sus ropas manchadas y andrajosas indicaban que era otra de aquellas
criaturas. Chris se dirigió ligeramente hacia la derecha para poder disparar
con mayor precisión. El zombi estaba a unos trece o catorce metros de él, pero
no quería desperdiciar sus últimos proyectiles. La criatura comenzó a girar
arrastrando los pies cuando oyó el ruido de las botas de Chris sobre el duro
suelo de madera. Se movía con tal lentitud que Chris dudó, al ver el modo en
que avanzaba. Éste parecía haber sido sumergido en una delgada capa de baba. La
débil luz se reflejaba en su brillante piel mientras se balanceaba torpemente
hacia Chris. El ser levantó lentamente los brazos mientras su cabeza sin pelo
colgaba de su mecido cuello sobre uno de sus hombros. Avanzó en silencio, con
el único sonido del arrastrar de sus pies. Chris retrocedió un paso hacia la
izquierda, y el zombi cambió la dirección de su marcha, girando hacia él
ansiosamente, acortando la distancia que los separaba con su lento andar.
Igual que en las películas: peligrosos pero torpes. Y fáciles de
dejar atrás a la carrera...
Tenía que ahorrar munición por si llegaba a darse el caso de que
quedara acorralado. Vio unas escaleras al final de la estancia, y Chris respiró
profundamente preparándose para echar a correr. Dio otro paso atrás para
disponer de espacio suficiente... Oyó un suave quejido a su espalda. Una nueva
oleada de hedor rancio invadió su olfato. Se giró, aunque sabía qué encontraría
aun antes de verlo. El zombi estaba a pocos metros de él y se aproximaba
lentamente, mientras trozos de sus podridas entrañas salían por su destrozado
abdomen. No lo había matado, no había esperado lo suficiente para asegurarse, y
su estupidez estaba a punto de costarle la vida.
¡Oh, mierda! Chris salió corriendo por el pasillo y esquivó a
ambos mientras se maldecía a sí mismo por su torpeza. Pasó al lado de la gruesa
columna y, casi había llegado a las escaleras cuando se detuvo en seco al darse
cuenta de lo que le esperaba en su extremo superior. Sólo captó fugazmente a la
descarnada criatura antes de darse la vuelta para hacerles frente a los
atacantes que se tambaleaban hambrientos en su dirección.
Un suspiro gorgoteante y el arrastrar de unos pasos procedentes
de las sombras bajo la escalera le indicaron la presencia de otro zombi. Estaba
atrapado, no podría matarlos a todos de ninguna manera...
¡Una puerta!
Estaba a un lado de las escaleras. Su madera oscura se confundía
tanto con las sombras que era difícil verla. Chris corrió hacia ella y agarró
el pomo, rezando para que estuviera abierta mientras las criaturas cerraban el
círculo alrededor de él. Si estaba cerrada con llave, era hombre muerto.
Rebecca Chambers jamás había tenido tanto miedo en sus dieciocho
años. Había oído durante lo que le parecía una eternidad los suaves ruidos de
carnes putrefactas rozándose con la madera de la puerta, todo ello mientras
intentaba desesperadamente idear un plan para escapar y su miedo crecía y
crecía. La puerta no tenía cerradura, y había perdido su pistola en la
aterrorizada carrera que los había llevado hasta la casa. En la pequeña
habitación de almacenaje, aunque bien provista de materiales químicos y
montones de papeles, no había encontrado otra cosa para defenderse que un bote
de repelente para insectos medio vacío. Sostenía aquel objeto con fuerza en la
mano, apostada detrás de la puerta de la pequeña habitación. Si los monstruos
descubrían finalmente cómo utilizar el pomo de la puerta había decidido
rociarle las caras con el insecticida y luego echar a correr.
Quizá comiencen a reírse con tanta fuerza que tendré una
oportunidad de escapar. Repelente para bichos, qué gran arma…
Había oído ruidos que le parecieron disparos en algún lugar
cercano, pero no se habían repetido. Tenía la esperanza de que fuera uno de los
miembros de su equipo, pero a medida que los segundos pasaban, perdió aquella
esperanza. Comenzó a pensar seriamente en que era la única superviviente justo
cuando la puerta se abrió de golpe y una figura boqueante entró en la
habitación.
Rebecca no dudó ni por un instante. Dio un paso adelante y
apretó el botón del aparato, lanzando una nube de rocío químico contra el
rostro del supuesto atacante al mismo tiempo que se preparaba para echar a
correr y...
—¡Aaaarghh!
La figura gritó y retrocedió de un salto hacia la puerta,
cerrándola de golpe. Se cubrió los ojos y empezó a toser. No era un monstruo:
acababa de dejar fuera de combate a uno de los miembros del equipo Alfa. ¡Oh
no! Rebecca se puso inmediatamente a rebuscar en su equipo médico de
emergencia, y su inmensa sensación de alivio por ver a otro miembro de los
STARS pugnaba con la enorme vergüenza que sentía en aquel instante.
Manoteó en busca de un trapo limpio y una pequeña botella
rociadora de agua mientras se acercaba a él.
—Mantén los ojos cerrados. No te los frotes con las manos.
El Alfa dejó caer las manos y Rebecca pudo verle el rostro
enrojecido. Lo reconoció instantáneamente: era Chris Redfield, no sólo el tipo
más atractivo del equipo de los STARS, sino además su superior. Sintió cómo se
le enrojecía la cara y por un momento se alegró de que no pudiera verla. Bien
hecho, Rebecca. Así se hace para lograr dar la mejor impresión posible en tu
primera misión. Pierdes tu pistola, te pierdes, y para colmo dejas ciego a un
compañero...
Lo condujo hasta un pequeño catre que había en una esquina de la
habitación y lo hizo sentarse, dejándose llevar por el entrenamiento que había
recibido.
—Echa la cabeza hacia atrás. Esto te va a escocer un poquito,
pero sólo es agua, ¿de acuerdo?
Le aplicó el trapo húmedo en los ojos, muy aliviada de no
haberle rociado la cara con algo peor.
—¿Qué era eso que me echaste? —preguntó Chris mientras
parpadeaba rápidamente. Las lágrimas y el agua corrían por su cara, pero no
parecía haber sufrido nada grave en la vista.
—Ehh, insecticida. Han arrancado la etiqueta, pero probablemente
su principal compuesto activo es permefrina, un irritante, pero el efecto no
debería durar demasiado. Perdí mi pistola, y cuando entraste pensé que eras uno
de esos monstruos, aunque si todavía no se han imaginado cómo funciona un pomo
de puerta, supongo que probablemente no...
Se dio cuenta de que estaba balbuceando y hablando de forma
incontrolada, de modo que se calló inmediatamente y terminó de remojar los ojos
antes de dar un paso atrás. Chris se enjugó la cara y la miró con unos ojos
inyectados en sangre.
—Rebecca... Chambers, ¿verdad?
Ella asintió cabizbaja.
—Sí. Mira, lo siento mucho...
—No te preocupes —interrumpió él, y le sonrió—. La verdad es que
como arma no está nada mal.
Se puso en pie y echó un vistazo alrededor. Frunció el entrecejo
al ver mejor la pequeña habitación. Tampoco es que hubiera mucho que ver: un
baúl abierto lleno de papeles, una estantería repleta de botellas con productos
químicos pero sin etiqueta de ninguna clase, un pequeño camastro y una mesilla
de escritorio. Estaba claro que Rebecca lo había registrado en busca de un arma
contra aquellas criaturas.
—¿Qué ha pasado con el resto de tu equipo? —le preguntó.
Rebecca meneó la cabeza.
—No lo sé. Algo le ocurrió al helicóptero y tuvimos que
posarnos. Nos atacaron unos animales, una especie de perros y Enrico nos dijo
que corriéramos para ponernos a cubierto.
Se encogió de hombros y, de repente, se sintió como si tuviera
doce años.
—Yo... di vueltas por el bosque y acabé delante de la puerta
principal de este sitio. Creo que otro de los de mi equipo la echó abajo,
porque estaba abierta cuando llegué a ella...
Bajó la voz hasta callarse, y apartó los ojos de la intensa
mirada de Chris. De todas maneras, el resto era probablemente bastante obvio:
había perdido su arma, se había perdido y había acabado en aquel lugar. En
resumen: una actuación bastante penosa.
—Eh —dijo él en voz baja—. No podías haber hecho nada más.
Enrico te ordenó echar a correr, y tú echaste a correr. Te limitaste a obedecer
sus órdenes. Esas criaturas de ahí eran... los zombis, están por todos lados.
Yo también me he perdido, y los demás miembros del equipo Alfa puede estar en
cualquier lugar. Hazme caso, si has logrado llegar sana y salva hasta aquí...
Uno de los monstruos del exterior lanzó un aullido grave y
lastimero, y Chris dejó de hablar inmediatamente, y su rostro adquirió una
expresión grave. Rebecca se estremeció.
—¿Qué hacemos ahora?
—Vamos a buscar a los demás y a intentar descubrir una manera de
salir de aquí. —Lanzó un suspiro mientras miraba la pistola—. El caso es que tú
no tienes arma, y yo casi no tengo munición...
Rebecca abrió los ojos de alegría y metió la mano en un bolsillo
de su pantalón de combate. Sacó dos cargadores completos y se los entregó,
encantada de poder hacer algo útil por él.
—¡Ah! También he encontrado esto en la mesa —Sacó de su bolsillo
una llave plateada con el grabado de una espada. No sabía qué puerta abriría,
pero pensé que podía ser útil.
Chris se quedó mirando pensativamente la llave y luego se la
metió en uno de sus propios bolsillos. Se acercó hasta el baúl abierto y miró
los montones de papeles. Se agachó para empezar a rebuscar entre ellos y
frunció el entrecejo.
—Tú estudiaste bioquímica, ¿verdad? ¿Le has echado un vistazo a
todo esto?
Rebecca se acercó hasta él.
—Apenas. He estado muy ocupada vigilando la puerta.
Él levantó el brazo y le entregó una de las hojas de papel.
Rebecca la leyó rápidamente. Era una lista de neurotransmisores acompañada de
unos indicadores de nivel.
—Química cerebral —dijo ella en voz alta—. Pero estas cifras
deben estar equivocadas. La serotonina y la noradrenalina son demasiado
bajas... Y fíjate en esto: la dopamina esta fuera de la tabla. Este tipo es un
perturbado de los grandes...
Advirtió la incrédula mirada en la cara de Chris y se limitó a
esbozar una sonrisa. Era una licenciada universitaria de dieciocho años, así
que estaba acostumbrada a miradas como aquélla. Los STARS la habían reclutado
inmediatamente después de la graduación, y le habían prometido un equipo de
investigadores y un laboratorio propio para estudiar biología molecular, su
auténtica pasión. Bueno, eso suponiendo que superase el entrenamiento básico y
adquiriera un poco de experiencia de campo. Nadie más había mostrado interés en
contratar a una chica como ella... Oyó el sonido del choque de un cuerpo contra
la puerta: su sonrisa desapareció. Desde luego, estaba adquiriendo experiencia.
Chris sacó de nuevo la llave con la espada grabada y miró fijamente a Rebecca.
—He pasado por delante de una puerta que tenía grabada una
espada en su cerradura, justo encima del agujero de una llave. Voy a comprobar
si esta llave la abre y a ver si lleva hasta la sala principal de entrada.
Quiero que te quedes aquí y que leas todos esos informes. Quizás encuentres
algo de utilidad.
La inquietud que sintió al oírlo debió de reflejarse en su cara,
porque él bajó la voz y sonrió ligeramente para darle ánimos….
—Tengo mucha munición, gracias a ti, y no tardaré en volver.
Ella asintió mientras se esforzaba por relajarse. Estaba
atemorizada, pero mostrarle el miedo que sentía no iba a ayudar en nada a
Chris. Probablemente también él estaba bastante atemorizado. Se dirigió hacia
la puerta mientras seguía hablando.
—La policía de Raccoon City llegará en cualquier momento, así
que, si no vuelvo, quédate aquí esperando.
Alzó su arma con una mano y con la otra agarró el pomo de la
puerta.
—Prepárate. En cuanto salga de aquí, coloca el baúl delante de
la puerta. Te daré un grito en cuanto vuelva.
Rebecca volvió a asentir, y Chris abrió la puerta tras lanzarle
una última y rápida sonrisa. Antes de salir, miró a ambos lados, y Rebecca
cerró la puerta pegando la cabeza a ella. Se quedó escuchando unos instantes.
Durante unos cuantos segundos no oyó nada, y después sintió una descarga de
cinco o seis disparos. Luego todo quedó en silencio de nuevo. Tardó unos
cuantos minutos en mover finalmente el baúl para bloquear la puerta; lo apoyó
en la parte de las bisagras, para poder quitarlo de en medio con facilidad. Se
arrodilló delante de él mientras intentaba aclarar sus pensamientos. Comenzó a
revisar los papeles, procurando no sentirse tan joven e insegura como se sentía
en aquel momento. Suspiró. Finalmente, sacó un fajo de hojas y empezó a leer.
Capítulo 7
Abrir la cerradura fue cosa de niños. Era un mecanismo simple de
tres piezas en línea. Jill podría haberla abierto con un par de clips para
papeles. Según el mapa del ordenador de Trent, la puerta daba a un amplio
pasillo... Allí estaba. Echó otro vistazo a la pantalla del pequeño ordenador y
lo guardó de nuevo, pensativa. Al parecer, existía una ruta de salida hacia la
parte de atrás de la casa, que atravesaba varios pasillos y salas, situada más
allá de una serie de habitaciones. Podría buscar a Wesker y a los demás por el
camino y, quizás, asegurar la ruta de escape al mismo tiempo. Entró en el
pasillo con la Beretta completamente cargada. Era un muestrario de rarezas. El
pasillo en sí no le llamó la atención: la moqueta y el papel de las paredes
eran de color marrón y beige, y las amplias ventanas sólo mostraban la
oscuridad que reinaba en el exterior. Sin embargo, las cajas de los muestrarios
alineadas a lo largo de la pared interior... En total había tres, y encima de
cada una, una pequeña lámpara iluminaba su interior, mostrando una amplia
variedad de huesos humanos blanqueados colocados en estanterías, mezclados con
otros objetos oscuros más pequeños. Jill recorrió el pasillo deteniéndose un
momento ante cada una de las cajas para mirar aquel extraño espectáculo. Allí
había cráneos, huesos de brazos y piernas, manos y pies. Correspondían al menos
a tres esqueletos completos, y junto a los huesos se veían plumas, cuentas,
cintas de cuero retorcidas... Jill cogió una de las cintas de cuero en su mano,
pero la dejó enseguida de nuevo en su sitio y se frotó los dedos en los
pantalones. No estaba segura, pero le pareció que aquello tenía el mismo tacto
que tendría una piel humana curtida, rígida y al mismo tiempo ligeramente
grasienta... ¡Cliiiang! La ventana situada a sus espaldas se partió en mil
pedazos; una silueta ágil y musculosa saltó al pasillo gruñendo y arqueando las
mandíbulas. Era uno de los perros mutantes asesinos, con los ojos tan rojos
como su goteante cuerpo. Se deslizó directamente hacia ella, y sus dientes
relucieron con el mismo brillo peligroso que el cristal de la destrozada
ventana que todavía estaba cayendo al suelo.
Jill se metió entre dos de las cajas y abrió fuego. El ángulo de
disparo fue demasiado bajo, y la bala se estrelló contra el suelo de madera,
haciendo saltar astillas que no detuvieron al perro, que se abalanzó de un
salto contra ella lanzando un ronco gruñido. La golpeó en las piernas y la
aplastó dolorosamente contra la pared, abriendo las mandíbulas para arrancarle
la carne. El olor de la carne descompuesta la envolvió mientras disparaba una y
otra vez, apenas consciente de que estaba gimiendo de miedo y asco, un sonido
tan gutural y primitivo como los de los feroces y a la vez moribundos aullidos
procedentes de aquella abominación perruna. La quinta bala, disparada
directamente contra el pecho del animal, lo lanzó hacia atrás. La criatura se
derrumbó en el suelo con un quejido lastimoso casi de cachorro mientras los
borbotones de sangre manchaban la alfombra. Jill mantuvo la pistola apuntando
contra la forma inmóvil en el suelo mientras aspiraba grandes bocanadas de
aire. Las patas del perro se estremecieron de repente, y sus grandes garras
desgarraron la húmeda y roja alfombra antes de quedarse definitivamente
inmóviles. Jill se relajó al reconocer aquel movimiento como un espasmo de
muerte: la vida había abandonado aquel cuerpo. Ella tenía varios morados, pero
el perro estaba definitivamente muerto. Se quitó el flequillo de delante de los
ojos y se agachó al lado de la criatura. Se fijó en especial en la extraña y
visible musculatura y en sus enormes fauces. La carrera hacia la casa había
sido demasiado confusa, y además prácticamente en la oscuridad, como para ver
realmente bien el aspecto de los seres que habían matado a Joseph. Sin embargo,
a la luz del pasillo, la primera impresión que había tenido no cambió en
absoluto: parecía un perro despellejado. Se puso en pie y se alejó, vigilando
atentamente las ventanas del pasillo. Era obvio que no ofrecían protección
alguna frente a los peligros procedentes del exterior. El pasillo giraba
bruscamente a la izquierda, y Jill se apresuró a llegar allí, pasando a la
carrera al lado de los demás muestrarios macabros que decoraban toda la pared
interior de aquel pasillo. La puerta que había al extremo del pasillo no estaba
cerrada con llave. Daba entrada a otro pasillo, menos iluminado que el
anterior, pero también menos tétrico. El neutro papel de pared de color verde
grisáceo sólo estaba cubierto por pinturas de escenas campestres y paisajes
rurales. No había nada asqueroso o siniestro en aquel lugar. La primera puerta
a la derecha sí estaba cerrada con llave, en la placa de la cerradura vio que
había grabada una armadura. Jill recordó algo que había leído en el ordenador
de bolsillo, algo relativo a unas llaves de caballero, pero pensó que era mejor
dejarlo a un lado por el momento. Según el mapa de Trent, al otro lado había
una habitación que no llevaba a ningún lado. Además, si Wesker había pasado por
allí, se supone que no iba a dejar puertas cerradas con llave a su espalda...
Bien, también supusiste que Chris no desaparecería. No supongas nada en
absoluto en un lugar como éste. La siguiente puerta que intentó abrir daba a un
pequeño cuarto de baño con una decoración antigua, con detalles como un
ventilador de techo y una bañera con cuatro patas. No se veían señales de que
alguien lo hubiera utilizado recientemente. Se quedó allí en pie por un
momento, en la pequeña habitación de olor rancio, respirando profundamente y
sintiendo los efectos posteriores de la descarga de adrenalina del pasillo.
Mientras crecía había aprendido a disfrutar de la sensación de peligro, de la
emoción de entrar y salir de sitios desconocidos solo con la ayuda de un puñado
de utensilios y su propio ingenio para mantenerse a salvo. Aquella sensación se
había ido desvaneciendo desde que había ingresado en los STARS, perdida en la
rutina diaria de reuniones de información y entrenamiento con armas; ahora
había regresado, inesperada pero bienvenida. No podía engañarse a sí misma
sobre la pura alegría que a menudo sentía después de enfrentarse a la muerte y
salir ilesa. Se sentía... bien. Se sentía viva.
Bueno, no comencemos la fiesta todavía —le recordó su mente
sarcásticamente—. ¿O has olvidado que a los STARS se los están comiendo vivos
en este agujero infernal? Jill retrocedió hasta el silencioso pasillo y dobló
otra esquina, preguntándose si Barry habría encontrado a Chris y si uno de los
dos se habría encontrado con alguno de los Bravo. Sentía que disponía de una
ventaja al tener aquel mapa, y decidió que en cuanto tuviera asegurada la ruta
de escape, volvería a la sala principal y esperaría a Barry. Entre los dos
podrían efectuar una búsqueda más minuciosa y rápida con el mapa de Trent. El
pasillo acababa en dos puertas situadas una enfrente de otra. La que ella
buscaba era la que estaba a su derecha. Probó a abrirla y se vio recompensada
por el clic del pomo que hacía girar el pestillo. Entró en una sala oscura y
vio a uno de los zombis. Era una silueta pálida y ominosa situada a unos tres
metros de la puerta. La criatura comenzó a dirigirse hacia ella mientras
levantaba el arma, emitiendo unos suaves quejidos de hambre con sus podridos
labios. Uno de los brazos colgaba flácido en su costado, y aunque su hombro era
un manojo de huesos asquerosos, su puño putrefacto se abría y se cerraba por el
ansia mientras extendía el otro brazo hacia ella. La cabeza, apunta a la
cabeza... El ruido de los disparos resonó con estrépito en la fría penumbra. El
primero le voló la oreja derecha, pero el segundo y el tercero abrieron dos
agujeros justo encima de las cejas. Unos oscuros fluidos comenzaron a bajar por
su reseco rostro, hasta que la criatura cayó de rodillas, y sus vacíos e
incansables ojos se pusieron en blanco al volverse hacia arriba. Oyó un sonido
apagado de pasos arrastrándose en las sombras de la parte posterior de la
habitación, justo hacia donde ella pretendía ir. Jill apuntó con su arma a la
oscuridad y esperó a que aquello se acercara, con el cuerpo cargado de tensión.
¿Cuantas de estas criaturas hay por aquí? Disparó en cuanto el zombi asomó al
doblar la esquina. La Beretta saltó ligeramente en sus sudorosas manos. El
segundo disparo atravesó el ojo del podrido cuerpo, que se desplomó
inmediatamente al suelo de madera oscura y pulida. La viscosa y pegajosa
sustancia que componía su ojo descendió por su esquelético rostro. Jill se
quedó a la espera, pero aparte de los crecientes charcos de sangre que se
extendían por el suelo alrededor de las criaturas muertas, no se movió nada
más. Respiró por la boca para evitar lo peor de aquel hedor, y se apresuró a
llegar al otro lado de la estancia para luego doblar a la derecha y entrar en
un estrecho y corto pasillo que daba a una oxidada puerta de metal. La abrió y
un soplo de aire fresco la inundó, un olor tibio y limpio después del frío
hedor parecido al de un depósito de cadáveres. Jill sonrió al percibir el ruido
de las cigarras y el zumbido de los grillos en el aire nocturno. Había llegado
al final de su pequeña excursión, y aunque todavía no estaba fuera, los sonidos
y olores del bosque renovaron su sensación de misión cumplida. Ya tenemos un
camino seguro, en la parte trasera de este lugar. Podemos dirigirnos hacia el
norte, llegar hasta una de las carreteras locales y parar a alguien para que
nos lleve hasta las barricadas de la policía. Salió a un sendero cubierto,
compuesto por piedras verdes de mosaico rodeadas de unas altas paredes de
cemento. En el techo del pasillo se abrían unos pequeños agujeros por donde
circulaba el leve aroma de los pinos. La hiedra bajaba por las aberturas como
un recordatorio del mundo exterior. Recorrió apresuradamente el pasaje en
penumbra mientras recordaba que había visto en el mapa que al otro lado, al
fondo y a la derecha, había una pequeña habitación, probablemente una cabaña de
almacén... Dobló la esquina y se detuvo en seco ante otra puerta de metal de
aspecto sólido. Su sonrisa se desvaneció cuando extendió instintivamente la
mano hacia el pomo y se dio cuenta de que el agujero de la cerradura estaba
taponado. Se agachó e inspeccionó el pequeño agujero con una de las ganzúas,
pero quedó desilusionada: alguien lo había rellenado de material sellador. A la
izquierda de la puerta había una especie de diagrama incrustado en el cemento y
fabricado con cobre. Eran cuatro depresiones hexagonales talladas sobre la
placa lisa de metal, y cada uno de los agujeros del tamaño de un puño estaba
conectado con los demás por una delgada línea. Jill entrecerró los ojos para
poder leer las palabras grabadas en la placa de metal, deseando tener una
linterna mientras se esforzaba por descifrar las palabras. Limpió con la mano
la delgada capa de polvo de las letras grabadas y lo intentó de nuevo. CUANDO
EL SOL... SE PONGA EN EL OESTE Y LA LUNA SE ELEVE POR EL ESTE, LAS ESTRELLAS
COMENZARÁN A BRILLAR EN EL CIELO... Y EL VIENTO SOPLARÁ HACIA EL SUELO.
ENTONCES LA PUERTA DE LA NUEVA VIDA SE ABRIRÁ. Jill parpadeó. Cuatro
agujeros... ¡La lista de Trent! Cuatro símbolos heráldicos, y algo acerca de
una puerta de la nueva vida. Es un mecanismo de combinación para abrir la
cerradura de la puerta. Coloca los cuatro símbolos heráldicos en su sitio y entonces
la puerta se abre... El problema es que aún tengo que encontrar los cuatro
símbolos heráldicos.
Jill probó a empujar la puerta y sintió que su esperanza se
desvanecía: la puerta ni siquiera se movió dentro de su quicio. No se movió en
absoluto. Tendrían que descubrir otro modo de salir de allí, a menos que
encontrasen los símbolos heráldicos, lo que en un sitio como aquél podría
llevar años. Un solitario aullido resonó en la lejanía, y los aullidos de los
demás perros cercanos a la mansión se unieron en un coro demoníaco. Los
extraños sonidos ululantes rasgaron el tranquilo silencio del bosque. Había
docenas de ellos allí afuera, y Jill se dio cuenta de que la idea de escapar
por la puerta trasera quizá no era tan buena después de todo. Disponía de
cantidad limitada de munición, y sin duda habría más criaturas de pesadilla
deambulando por los pasillos, hambrientas, arrastrando los pies en un silencio
carente de inteligencia mientras buscaban su siguiente festín macabro... Lanzó
un profundo suspiro y comenzó a regresar hacia la casa, temiendo volver a oler
aquel hedor a muerte frío y apestoso incluso antes de entrar e intentando al
mismo tiempo prepararse mentalmente para enfrentarse a los peligros que
parecían acechar en todos y cada uno de los rincones. Los STARS estaban
atrapados.
Chris sabía que tenía que aprovechar al máximo la poca munición
de la que disponía, así que, en cuanto dejó atrás a Rebecca, cruzó a toda
velocidad el oscuro pasillo, con sus botas resonando pesadamente en el suelo de
madera. Todavía quedaban tres de ellos, agrupados muy cerca de las escaleras.
Los esquivó con facilidad y continuó su carrera hasta cruzar la estancia y
doblar una esquina. Se colocó en la típica postura de tirador en cuanto llegó a
la puerta que daba acceso a la otra sala: bien apoyado en las piernas, una mano
sosteniendo a la otra y el dedo en el gatillo. Los zombis aparecieron uno por
uno, doblando la esquina, gruñendo y tambaleándose torpemente. Chris apuntó con
cuidado, mantuvo la respiración pausada, se concentró… Apretó el gatillo y envió
dos proyectiles a través de la gangrenosa nariz de la primera criatura. Disparó
un tercer proyectil justo en el centro de la frente del segundo zombi. Los
fluidos cerebrales y el tejido blando salpicaron la pared de madera que había
detrás de ellos cuando los proyectiles atravesaron sus cabezas. Acertó sus
disparos contra el tercer zombi cuando los otros dos todavía no habían
terminado de caer al suelo. Se oyeron dos nuevas explosiones apagadas y el
entrecejo de la criatura se hundió hacia el interior de su cabeza, para luego
desplomarse como el saco de huesos que era. Chris bajó su Beretta mientras
sentía una oleada de orgullo. Era un tirador de primera clase, incluso tenía un
par de premios que lo demostraban, pero siempre era agradable comprobar lo que era
capaz de hacer si disponía del tiempo suficiente para apuntar. Su puntería al
disparar mientras desenfundaba no era tan buena. Ésa era la especialidad de
Barry. Extendió la mano hacia el pomo de la puerta, espoleado por el recuerdo
de todo lo que estaba en juego. Supuso que cada uno de los miembros del equipo
Alfa sería capaz de cuidar de sí mismo, y que tenían las mismas oportunidades
de sobrevivir que él, pero ésta era la primera operación de Rebecca, y ella ni
siquiera tenía un arma. Tenía que sacarla de aquel lugar. Regresó a la estancia
de suave luz y papel de pared verde y echó un vistazo en ambas direcciones. Más
allá, el pasillo estaba envuelto en la oscuridad, por lo que no tenía modo
alguno de saber si no había peligro allí.
A su derecha estaba la puerta con la espada grabada en la placa
de la cerradura, y el primer zombi contra el que había disparado, tendido en el
suelo en una posición grotesca y sin vida. Chris se sintió agradecido al ver
que la figura no se había movido en absoluto. Al parecer, los tiros en la
cabeza eran realmente la mejor manera de cargarse a un zombi, justo lo mismo
que ocurría en las películas. Chris se dirigió hacia la puerta en cuestión,
mientras apuntaba con su pistola a la derecha, luego a la izquierda y de nuevo
a la derecha: ya había tenido suficientes sorpresas por un día. Tras comprobar
que no había nadie en la pequeña abertura que había enfrente de la puerta; sacó
la pequeña llave y la introdujo en la cerradura. Giró sin problemas. Chris
entró en un pequeño dormitorio, sólo un poco mejor iluminado que el pasillo,
puesto que únicamente había una pequeña lámpara en el escritorio de una
esquina. No había peligro a la vista, a no ser que estuviera oculto debajo del
pequeño camastro... o en el estrecho armario situado frente a él. Se estremeció
y cerró la puerta tras de sí. Aquéllos eran los primeros temores de cualquier
niño, y también habían sido los suyos: monstruos en el armario y seres que se
ocultaban bajo la cama, a la espera de algún niño imprudente al que agarrar por
el tobillo... Oye, ¿cuantos años tienes ahora? Chris se quitó de la mente
aquellos temores producidos por los nervios y se avergonzó de sus desvaríos
imaginativos. Recorrió lentamente en círculos la habitación, mientras buscaba
con la vista cualquier objeto que pudiera ser útil. No había ninguna otra
puerta ni nada semejante que llevara de regreso a la sala principal, pero quizá
podría encontrar un arma mejor para Rebecca que el bote de insecticida. Aparte
de una mesa de madera de roble y una estantería con libros, en la habitación
sólo había una pequeña cama sin tender y una mesa escritorio. Le echó un rápido
vistazo a los libros, luego pasó de los pies de la cama a la mesa escritorio.
Había un cuaderno al lado de la lámpara, y aunque el escritorio estaba cubierto
por una capa de polvo era evidente que alguien había utilizado el diario hacía
relativamente poco tiempo. Chris lo tomó intrigado y lo abrió por las últimas
páginas.
Quizás encontraba una pista sobre lo que estaba ocurriendo. Se
sentó en el borde de la cama y comenzó a leer.
9 de mayo, 1998: he jugado al póker esta noche con Scout y Alias
de Seguridad, y con Steve de Investigación. Steve ha ganado una pasta, pero
creo que hacía trampas. Cabrón.
Chris sonrió ligeramente al leer aquello. Pasó a la siguiente
anotación y la sonrisa se le heló en los labios, y su corazón perdió un latido.
10 de Mayo, 1998: uno de los jefazos me ha encargado que me
ocupe de un nuevo experimento. Tiene todo el aspecto de un gorila despellejado.
Las instrucciones sobre su alimentación especifican que se le den animales
vivos. Cuando le metí en la jaula un cerdo, pareció que la criatura se ponía a
jugar con él..., le arrancó las extremidades una por una y lo despanzurró antes
de ponerse realmente a comer.
¿Experimento? ¿Podría ser que el que escribiera aquello se
refiriese a los zombis? Chris continuó leyendo, animado por el descubrimiento.
Era obvio que el diario pertenecía a alguien que trabajaba allí, lo que
significaba que el encubrimiento de los casos iba más allá de lo que él mismo
imaginaba.
11 de Mayo, 1998: Scott me despertó alrededor de las cinco de la
mañana. Me acojonó vivo. Llevaba puesto uno de esos trajes protectores que
parecen un traje espacial. Me entregó otro igual y me ordenó que me lo pusiera.
Me dijo que se había producido un accidente en el laboratorio subterráneo.
Sabía que pasaría algo así. Esos capullos de investigación jamás descansan, ni
siquiera de noche.
12 de Mayo, 1998: he llevado el maldito traje espacial desde
ayer. La piel se me está poniendo rasposa y me pica todo el cuerpo. Los
puñeteros perros me han mirado de una forma muy rara hoy, así que he decidido
no darles de comer. Que se jodan.
13 de Mayo, 1998: he ido a la enfermería porque tengo la espalda
hinchada y me pica mucho. Me han puesto un gran vendaje y me han dicho que ya
no hace falta que lleve el traje protector. Sólo quiero dormir.
14 de Mayo, 1998: encontré otra pústula en el pie esta mañana.
Acabé arrastrando el pie todo el camino hasta la jaula de los perros. Habían
estado tranquilos todo el día, lo que es bastante raro. Entonces, me di cuenta
de que algunos de ellos se habían escapado. Si alguien lo descubre, me costará
la cabeza.
15 de Mayo, 1998: mi primer día libre después de mucho tiempo y
me siento hecho una mierda. Decidí ir a visitar a Nancy de todas maneras, pero
los guardias me detuvieron cuando intenté salir de la mansión. Me dijeron que
la compañía ha ordenado que nadie abandone el lugar. Ni siquiera puedo llamar
por teléfono. ¡Han arrancado todos los cables! ¿Qué clase de situación de
mierda es ésta?
16 de mayo, 1998: se rumorea que uno de los investigadores
intentó escapar ayer por la noche y fue acribillado a balazos. Siento calor en
todo el cuerpo, además de picores, y me paso todo el tiempo sudando. Me he
rascado un bulto del brazo y se ha desprendido todo un trozo de carne podrida.
No he vomitado hasta que me he dado cuenta de que el olor me daba hambre…
La escritura comenzaba a ser temblorosa. Chris dio vuelta a la
página y apenas pudo entender las últimas líneas, ya que las palabras estaban
colocadas casi al azar por toda la página.
19 de Mayo, 1998: no fiebre, pero pica. Hambre… comida de
perros. Pica, pica. Scott cara fea, pero mate. Sabroso.
4 / / PICA. SABROSO.
Las demás páginas estaban en blanco. Chris se puso en pie y se
metió el diario en el chaleco mientras sus pensamientos corrían a toda
velocidad. Por fin algunas de las piezas de aquel rompecabezas comenzaban a
encajar: investigaciones secretas en una residencia secreta, un accidente en un
laboratorio escondido, un virus o algún otro tipo de infección que escapó de
todo control y que transformó a la gente que trabajaba allí, convirtiéndolos en
muertos vivientes devoradores de carne... Y algunos de ellos lograron escapar.
Los asesinatos y las desapariciones en Raccoon City comenzaron a finales de
mayo, coincidiendo con los efectos del «accidente». La cronología de los hechos
coincidía. Pero ¿qué clase de experimentos estaban efectuando exactamente
aquellos investigadores, y cuál era la implicación real de Umbrella en ellos?
¿Cuan implicado estaba Billy? No quería pensar en ello, pero mientras intentaba
olvidarse de aquel pensamiento, se le ocurrió otro: ¿qué pasaría si la zona
todavía era contagiosa? Se apresuró a abrir la puerta, repentinamente ansioso
por informar a Rebecca de lo que había descubierto. Gracias a su entrenamiento,
ella sería capaz de imaginar lo que había quedado suelto por toda la mansión
procedente del laboratorio secreto. Chris tragó saliva con dificultad. Puede
que en ese mismo instante, tanto él como los restantes STARS estuviesen
infectados.
Capítulo 8
Después de que Jill y Barry se hubieran marchado cada uno por su
lado, Wesker permaneció agazapado y pensativo detrás de la balaustrada de la
sala principal. Sabía que la cuestión del tiempo era esencial, pero quería
delimitar unas cuantas posibilidades antes de comenzar a actuar. Ya había
cometido unos cuantos errores, y no quería cometer ninguno más. Los Alfas del
grupo Raccoon eran miembros bastante inteligentes, por lo que su margen de
error era realmente estrecho. Había recibido sus órdenes hacía ya un par de
días, pero no había esperado encontrarse en condiciones de llevarlas a cabo tan
pronto. El aterrizaje forzoso del helicóptero del equipo Bravo había sido pura
casualidad, lo mismo que el repentino ataque de cobardía de Brad Vickers. Aun
así, tendría que haber estado más preparado. Verse sorprendido así, con los
pantalones bajados, era tan... tan poco profesional.
Suspiró y dejó aquellos pensamientos a un lado. Ya habría tiempo
más tarde para recriminarse sus errores. No había esperado acabar allí, pero
allí estaba, y cabrearse consigo mismo por la falta de previsión no iba a
cambiar nada. Además, todavía quedaba mucho por hacer. Conocía los terrenos de
la propiedad bastante bien, y el de los laboratorios como la palma de su propia
mano, pero solo había estado en el interior de la mansión unas cuantas veces y
no había vuelto a pasar por allí desde que había sido «oficialmente»
transferido a Raccoon City. El lugar era un laberinto, diseñado por un
arquitecto por encargo de un loco. Spencer estaba mal de la chaveta, de eso no
había duda, y había ordenado construir la casa con infinidad de pequeños
mecanismos con trampa, con un montón de estupideces de «espías» tan populares
en los últimos años sesenta. Todas esas estupideces de espía van a multiplicar
por dos la dificultad real de la misión. Llaves ocultas; túneles secretos... Es
igual que si estuviese atrapado en una película de espionaje, incluidos los
científicos locos y el reloj que hace tictac con la cuenta atrás… Su plan
inicial había consistido en llevar tanto al equipo Alfa como al equipo Bravo al
interior de los terrenos de la mansión Spencer para pasar luego a la mansión
propiamente dicha y limpiar la zona antes de bajar a los laboratorios
inferiores y acabar allí con el asunto. Tenía las llaves maestras y todos los
códigos, por supuesto. Los habían enviado junto con las órdenes, y todo ello
abriría la inmensa mayoría de las puertas de la mansión. El problema consistía
en que no existía una llave para la puerta que llevaba al jardín, ya que tenía
una cerradura de rompecabezas, y en aquellos momentos era la única vía de
entrada a los laboratorios, aparte de caminar un buen rato por el bosque. Que
es algo que no pienso hacer. Los perros se lanzarían encima de mí antes de que
diera dos pasos, y si los 121 han logrado escapar… Wesker se estremeció al
recordar el incidente con uno de los guardias novatos. Se había acercado
demasiado a una de sus jaulas, de eso hacía ya un año más o menos. El chico
había muerto antes incluso de que le diera tiempo a abrir la boca para pedir
auxilio. Wesker no tenía la menor intención de salir de nuevo al exterior sin
un ejército que le respaldara. El último contacto con la mansión se había
producido seis semanas antes. Había sido una llamada histérica de Michael Dees
a uno de los ejecutivos superiores de las oficinas principales de White
Umbrella. El médico había aislado la mansión ocultando las cuatro piezas del
rompecabezas en un inútil intento de impedir que los portadores del virus
entraran en la casa. Para entonces, todos estaban infectados y sufrían una
especie de manía paranoica, uno más de los encantadores efectos secundarios del
virus. Sólo Dios sabía los mecanismos ocultos y las trampas que los
investigadores de los laboratorios habían fastidiado mientras perdían
lentamente la razón… Dees no había sido una excepción, aunque había logrado
mantener la cordura durante más tiempo que sus compañeros. Tenía que ver algo
con el metabolismo individual de cada persona, eso le habían dicho a Wesker. La
compañía ya había decidido efectuar una limpieza completa, aunque le habían
asegurado al balbuceante científico que la ayuda ya se encontraba en camino.
Wesker se había reído con ganas a costa de aquello. Los chicos de la gerencia
no iban a arriesgarse de modo alguno a que la infección se propagase. Se habían
quedado muy quietecitos durante dos meses permitiendo que Raccoon City sufriera
las consecuencias mientras el virus perdía gradualmente su potencia, y después
lo habían enviado a él para que solucionara aquel follón, que era bastante
considerable en aquel momento. El capitán pasó sus dedos inconscientemente por
la suave alfombra mientras intentaba recordar los detalles de la reunión
durante la que le habían informado sobre la llamada de Dees. Le gustase o no,
tendría que encargarse de todo aquella misma noche. Tendría que recoger todas
las pruebas y llegar hasta el laboratorio, y eso implicaba encontrar las piezas
de la cerradura de rompecabezas. El habla de Dees había sido prácticamente
incoherente, y contaba cosas sobre cuervos asesinos y arañas gigantes, pero
había insistido una y otra vez en que las llaves heráldicas para la cerradura
de rompecabezas «estaban ocultas donde sólo Spencer podría encontrarlas», y
aquello sí tenía sentido. Todos los que trabajaban en la casa conocían la
atracción de Spencer por los mecanismos secretos. Por desgracia para él, Wesker
no se había preocupado por conocer nada sobre la mansión, ya que nunca pensó
que necesitaría la información. Recordaba alguno de los escondrijos más
pintorescos: le vino a la memoria la estatua del tigre con los ojos de distinto
color, lo mismo que la habitación llena de armaduras con el gas y la habitación
secreta en la biblioteca... Pero no tengo tiempo de pasar por todos esos
sitios...
Wesker sonrió de repente y se levantó, sorprendido de no haber
pensado antes en ello. ¿Quién decía que tenía que pasar él mismo? Había dejado
a un lado a los STARS para trazar un nuevo plan y buscar las cuatro piezas
heráldicas, pero no había razón alguna por la que él tuviera que hacerlo todo.
Chris no era viable, era demasiado lanzado y temerario, y a Jill todavía no la
conocía lo suficiente. Sin embargo, Barry... Barry Burton era un hombre de
familia, y tanto Jill como Chris confiaban en él.
Y mientras ellos se dedican a pasearse por la casa, yo puedo
poner en marcha el mecanismo de autodestrucción y salir pitando de aquí. Misión
cumplida. Wesker, todavía sonriendo, se dirigió a la puerta que llevaba a la
balaustrada de la sala comedor, y se sintió sorprendido al descubrir que estaba
deseando comenzar aquella pequeña aventura. Era su oportunidad de poner a
prueba sus habilidades frente a los restantes miembros del equipo y frente a
los involuntarios sujetos infectados que sin duda todavía estaban rondando por
el lugar, por no mencionar el viejo Spencer en persona. Y si lograba salir
adelante, sería un hombre muy rico. Puede que incluso aquella misión fuera
divertida.
Capítulo 9
¡AAk!
Jill apuntó rápidamente hacia el lugar de donde procedía el
lastimero grito, que resonó por toda la estancia al tiempo que la puerta se
cerraba detrás de ella. Fue entonces cuando vio qué había lanzado aquel grito,
y se tranquilizó. Pero sonriendo con nerviosismo.
¿Qué demonios están haciendo aquí?
Todavía estaba en la parte trasera de la casa, y había decidido
echar un vistazo a algunas de las demás estancias antes de comenzar a regresar
a la sala principal. La primera puerta que había probado a abrir estaba cerrada
con llave. Se había fijado que en la placa de la cerradura había grabado el
casco de una armadura. Sus ganzúas no habían servido de nada. La cerradura era
de un tipo que jamás había visto antes, así que decidió probar suerte en la
puerta que estaba enfrente, al otro lado de la estancia. Se había abierto con
facilidad, y había entrado preparada para enfrentarse a cualquier situación...
aunque lo que menos se esperaba era ver una bandada de cuervos, posados a lo
largo de la barra de apoyo de las lámparas que iluminaban la estancia y que cubría
toda la longitud del techo de la habitación. Otro de los grandes pájaros lanzó
un graznido lastimoso y Jill se estremeció al oírlo. Había al menos una docena
de ellos, limpiándose las plumas con el pico y vigilándola con ojos brillantes
como cuentas de vidrio mientras ella registraba rápidamente la habitación en
busca de alguna posible amenaza: no apareció ninguna.
La cámara en la que había entrado tenía forma de «U», y su
temperatura era quizás un poco más baja que la del resto de la casa. No había
ningún mueble en ella. Era una sala de exposiciones, y en su pared interior
sólo se veían retratos y paisajes. El gastado suelo de madera estaba salpicado
de plumas negras aquí y allá entre los montones de restos secos de las
deposiciones de los cuervos. Jill se preguntó de nuevo cómo habrían logrado
entrar los cuervos en aquel lugar y cuánto tiempo llevarían allí. Desde luego,
su aspecto tenía algo extraño. Parecían mucho más grandes que los cuervos
normales, y la observaban con una intensidad que tenía algo de... que era casi
antinatural. Jill volvió a estremecerse y se dio la vuelta hacia la puerta. No
había nada importante en aquella estancia, y los pájaros la estaban
atemorizando. Ya era hora de largarse.
Echó un vistazo a los cuadros, en su mayoría retratos, mientras
se dirigía a la salida, y se fijó en que había interruptores debajo de los
grandes marcos. Supuso que eran para iluminar mejor los cuadros, aunque no
tenía muy claro por qué alguien se había molestado en instalar una galería de
exposición tan completa para unos cuadros tan mediocres. Un bebé, un hombre
joven... No es que fueran malos, pero tampoco nada del otro mundo. Se detuvo
cuando tocó el frío metal del pomo de la puerta y frunció el entrecejo. Había
un pequeño panel de control situado a la altura de los ojos y a la derecha de
la puerta, con un cartelito que indicaba «luces». Pulsó uno de los botones y la
luz de la habitación disminuyó cuando una de las lámparas se apagó. Varios de
los cuervos graznaron su desacuerdo y aletearon. Jill volvió a encender la luz
mientras pensaba. Si éstos son los interruptores de las luces, entonces, ¿para
qué son los botones que hay debajo de los cuadros? Quizás había algo más en la
habitación de lo que ella pensaba. Se dirigió al primer cuadro que había cerca
de la puerta. Era una gran pintura que representaba a varios ángeles volando al
lado de nubes atravesadas por rayos de sol. El título era «De la cuna a la
tumba». No había ningún interruptor debajo del cuadro, así que Jill se dirigió
al siguiente. Éste era el retrato de un hombre de edad madura, con los rasgos
de la cara hundidos por el agotamiento, en pie cerca de una chimenea decorada.
Por el corte del traje y por el peinado calculó que había sido pintado a
finales de los años cuarenta o a principios de los cincuenta. Debajo del cuadro
había un simple botón de encendido-apagado, sin indicación alguna. Jill movió
de izquierda a derecha y se produjo un chasquido eléctrico... Los cuervos
situados detrás de ella explotaron en un estallido de movimiento chirriante,
alzándose todos a la vez de la barra que les servía como percha. Lo único que
oyó fue el batir de sus alas negras y la súbita y enloquecida ferocidad de sus
graznidos mientras se abalanzaban sobre ella. Jill echó a correr. La puerta
parecía encontrarse a un millón de kilómetros, y Jill sintió que su corazón le
saldría por la boca. El primero de los cuervos la alcanzó en el instante en que
agarraba el pomo de la puerta con una mano. Sus garras le arañaron la suave
piel de la nuca, y sintió un agudo dolor detrás de la oreja derecha. Jill
manoteó contra las plumas que le azotaban las mejillas, lanzando gritos
mientras los feroces graznidos la rodeaban. Palmeó el aire a su espalda y se
vio recompensada por un súbito graznido de sorpresa. El pájaro se alejó de
ella, dejándola tranquila por un momento.
Demasiados, tengo que salir, salir, SALIR... Abrió de golpe la
puerta y cayó de bruces en el pasillo. Le dio una patada a la puerta para
cerrarla en cuanto estuvo en el suelo. Permaneció allí tendida por unos
instantes, mientras recuperaba el aliento y disfrutaba del frío silencio del
pasillo a pesar del hedor a zombi. Ninguno de los cuervos había logrado salir.
Cuando su ritmo cardíaco volvió más o menos a la normalidad, se sentó y se tocó
cuidadosamente la herida que tenía detrás de la oreja. Sus dedos tocaron
humedad, pero no parecía demasiado grave. La sangre ya se estaba coagulando:
había tenido suerte. Pensó en lo que podría haber ocurrido si hubiese tropezado
y se hubiese caído al suelo...
¿Por qué la había atacado? ¿Qué le había ocurrido al pulsar el
botón del cuadro?
Recordó el chasquido eléctrico que sonó cuando lo pulsó, el
sonido de una chispa... ¡La barra de apoyo! Sintió a regañadientes una oleada
de admiración hacia quien quiera que hubiese diseñado aquella trampa tan
sencilla.
Evidentemente, al pulsar el interruptor había enviado una
corriente eléctrica a la barra de apoyo de metal donde estaban posados los
cuervos. Nunca había oído hablar de cuervos entrenados para atacar, pero no se
le ocurría ninguna otra explicación... lo que significaba que alguien se había
tomado muchas molestias para mantener en secreto lo que quiera que hubiese
oculto en aquella habitación. Y para obtener la respuesta a aquel enigma,
tendría que entrar de nuevo. Puedo quedarme en la puerta e ir eliminándolos uno
por uno.
No le atraía demasiado la idea. No se fiaba mucho de su puntería
y, desde luego, malgastaría mucha munición. Sólo los tontos aceptan lo obvio y
no piensan más. Utiliza el cerebro, Jill. Esbozó una sonrisa. Era la voz de su
padre recordándole el entrenamiento que había tenido antes de ingresar en los
STARS. Uno de sus primeros recuerdos era haberse escondido en los matorrales en
las afueras de una vieja casa de Massachussets que su padre había alquilado
para ellos. Se dedicaron a estudiar las oscuras y vacías ventanas mientras él
le explicaba cómo «evaluar una posibilidad». Él lo había convertido en un
juego, y durante los siguientes diez años le enseñó todos los trucos sobre cómo
entrar en una casa, desde cómo reciclar paneles de cristal enteros sin dañarlos
en absoluto hasta subir por unas escaleras sin que crujiera la madera. Y
también le enseñó, una y otra vez, que cualquier acertijo tiene más de una
respuesta.
Matar a los pájaros era demasiado obvio. Cerró los ojos y se
concentró.
Botones y retratos... un niño pequeño, un bebé, un hombre joven,
un hombre maduro...
«De la cuna a la tumba.» De la cuna a la tumba. Cuando por fin
se le ocurrió la solución, casi se sintió avergonzada por su sencillez y por no
haber pensado en ella antes. Se puso en pie y se sacudió el polvo,
preguntándose cuánto tardarían los cuervos en regresar a su percha. No debería
tener ningún problema en resolver el enigma en cuanto ellos se posasen. Abrió
un poco la puerta y escuchó el susurrante batir de alas mientras se prometía a
sí misma que la siguiente vez tendría más cuidado. Pulsar el botón equivocado
en aquella casa podía ser letal.
—¿Rebecca? Déjame entrar. Soy Chris.
Oyó el ruido de algo pesado que era arrastrado, y la puerta del
pequeño almacén se abrió un poco. Rebecca se apartó y se apresuró a entrar, al
mismo tiempo que se sacaba el diario del chaleco.
—He encontrado este diario en una de las habitaciones —le
anunció—. Parece que se ha estado llevando a cabo una serie de investigaciones.
No sé de qué clase, pero...
—Virología —lo interrumpió Rebecca, y levantó sonriendo un fajo
de papeles—. Tenías razón sobre lo de hacer algo útil aquí.
Chris cogió el fajo de papeles de su mano y le echó un vistazo a
la primera página. Aquello estaba escrito en un lenguaje incomprensible para
él, compuesto de números y letras.
—¿Qué demonios es todo esto? DH5A—MCR...
—Estás mirando una tabla de cepas —repuso Rebecca con
satisfacción—. Ésa se refiere a un huésped para generar bibliotecas genómicas
que contienen citosina metilada, o residuos de adenina, depende.
Chris levantó una ceja y le sonrió.
—Oye, supongamos que no tengo ni idea de lo que estás hablando y
probemos de nuevo. ¿Qué es lo que has encontrado?
Rebecca se sonrojó ligeramente y tomó de nuevo los papeles en su
mano.
—Lo siento. Básicamente, lo que hay es mucho, eeh, material
sobre infecciones virales.
Chris se limitó a asentir.
—De acuerdo, eso lo entiendo. Un virus...
Pasó rápidamente las páginas del diario, contando los días que
habían transcurrido desde la primera mención del accidente en el laboratorio.
—El once de mayo se produjo un escape o contagio procedente de
un laboratorio de este lugar. A los ocho o nueve días, el que había escrito
esto se convirtió en una de esas criaturas de ahí fuera.
Los ojos de Rebecca se abrieron de par en par.
—¿Dice cuándo aparecieron los primeros síntomas?
—Al parecer... a las veinticuatro horas. Él comenzó a quejarse
de picores en la piel, y de hinchazones y pústulas a las cuarenta y ocho horas.
Rebecca palideció.
—Vaya, eso es... Bueno.
Chris asintió.
—Si, eso es exactamente lo que yo pienso. ¿Hay alguna forma de
averiguar si nosotros estamos infectados?
—No sin disponer de más información. Todo eso —Rebecca señaló al
baúl lleno de papeles— es bastante viejo, desde hace diez años o más, y no se
especifica nada sobre su aplicación. Aunque la verdad, un virus de esa clase y
que se transmite por el aire a esa velocidad y con esa toxicidad... Si todavía
fuera viable, todo Raccoon City estaría infectado a estas alturas. No puedo
estar completamente segura, pero la verdad es que no creo que siga siendo
contagioso.
Chris se sintió aliviado por sí mismo y por los demás miembros
del equipo de los STARS, pero el hecho de que todos aquellos «zombis» en
realidad fuesen víctimas de una enfermedad... era deprimente, aunque fuese un
desastre provocado por ellos mismos.
—Tenemos que encontrar a los demás —dijo finalmente—. Si uno de
ellos llega a los laboratorios sin saber lo que hay allí...
Rebecca pareció alarmada ante la idea, pero asintió con
tranquilidad y se dirigió rápidamente hacia la puerta. Chris pensó que con un
poco de entrenamiento y experiencia sería un miembro de primera clase de los
STARS. Era obvio que era una experta en química, y que incluso sin un arma
estaba dispuesta a abandonar la relativa seguridad de aquel pequeño almacén
para ayudar al resto del equipo. Recorrieron rápidamente la oscura estancia de
madera, con Rebecca pegada a su lado. Chris comprobó su Beretta cuando llegaron
a la puerta que daba al primer pasillo y luego se volvió hacia Rebecca.
—Quédate a mi lado. La puerta a la que quiero llegar está al
final y a la derecha. Probablemente tendré que disparar contra la cerradura, y
estoy bastante seguro de que habrá uno o dos zombis deambulando por ahí, así
que necesito que vigiles mi espalda.
—Sí, señor —dijo ella en voz baja, y Chris sonrió a pesar de la
situación. Él era técnicamente su superior, pero resultaba un poco raro que lo
dijera en voz alta. Abrió la puerta y entró apuntando la pistola hacia las
sombras que tenía delante de él y luego hacia su derecha. No se movió
absolutamente nada.
—Adelante —susurró.
Recorrieron al trote el pasillo, saltando por encima de la
criatura tendida en el suelo en mitad de su camino. Rebecca se dio la vuelta
para vigilar el espacio abierto a sus espaldas mientras Chris tironeaba del
pomo de la puerta, esperando en vano que la cerradura se hubiera abierto sola.
No hubo suerte. Retrocedió alejándose de la puerta. Apuntó cuidadosamente.
Disparar contra la cerradura de una puerta no era tan fácil ni tan seguro como
parecía en las películas: una bala rebotada en el metal a una distancia tan
corta podía matar al tirador...
—¡Chris!
Miró por encima de su hombro y vio una figura tambaleante al
otro extremo de la estancia, que avanzaba lentamente hacia ellos. A pesar de la
escasa luz, Chris vio que le faltaba un brazo. El penetrante y peculiar hedor
de la podredumbre llegó hasta ellos mientras el zombi gemía tambaleándose en su
dirección. Chris se giró de nuevo hacia la puerta y disparó dos veces contra la
cerradura. La madera saltó en pedazos, y la caja metálica de la cerradura quedó
al descubierto detrás de una lluvia de astillas. Tiró de nuevo del pomo y esta
vez la cerradura cedió, y Chris pudo abrir la puerta. Se giró y agarró por el
brazo a Rebecca, empujándola hacia la otra habitación mientras apuntaba con su
Beretta al otro lado de la estancia. La criatura la había recorrido a medias,
pero se había detenido al llegar a la altura del zombi sin vida que Chris había
matado antes. Mientras Chris miraba horrorizado y asqueado, el zombi de un solo
brazo se agachó, se puso de rodillas y metió la mano que le quedaba en el
interior del aplastado cráneo del otro. Gimió de nuevo, lanzando un sonido
gorgoteante y húmedo, y se llevó un puñado de materia gris goteante a sus
ansiosos labios. La leche... Chris se estremeció de la cabeza a los pies
involuntariamente, y se apresuró a reunirse con Rebecca, cerrando la puerta
para dejar atrás la asquerosa escena. Rebecca estaba pálida, pero parecía
mantener la compostura, y Chris se quedó admirado de nuevo de su valentía. Era
joven pero resistente, más resistente de lo que él mismo había sido a los dieciocho
años. Recorrió la sala de un vistazo e inmediatamente se dio cuenta de los
cambios. A la derecha, a unos seis metros, vio el cadáver de una de las
criaturas, con la parte superior de su cabeza completamente despedazada. Se
hallaba boca arriba, y los agujeros de los ojos estaban llenos de sangre. A la
izquierda se encontraban las dos puertas que Chris no había Intentado abrir
cuando llegó por primera vez a aquel lugar. La del extremo de la sala estaba
abierta de par en par, pero sólo se veían sombras oscuras.
Al menos uno de los STARS ha pasado por aquí, probablemente en
mi búsqueda...
—Sígueme —dijo en voz baja a su acompañante, y se dirigió hacia
la puerta abierta, agarrando con firmeza la Beretta en su mano. Quería regresar
a la sala principal con Rebecca, pero la idea de que uno de sus compañeros
hubiera pasado por aquella puerta hacía que mereciese la pena echar un vistazo.
Rebecca se detuvo un momento al pasar junto a la puerta cerrada
de la derecha.
—Al lado de la puerta hay un dibujo de una espada —susurró.
Él mantuvo la atención fija en la oscuridad que había más allá
del umbral de la puerta, pero cuando ella habló se dio cuenta de que existían
muchas maneras de perderse. No creía que el resto del grupo se hubiera quedado
allí esperándolo, pero la orden que había recibido era muy específica: regresar
para informar. No debería estar llevando a una novata desarmada hacia una zona
desconocida sin al menos explorar el terreno antes. Chris suspiró y bajó su
arma.
—Regresemos a la sala principal —le dijo a Rebecca—. Podemos
volver más tarde para registrar esta zona.
Ella asintió y recorrieron juntos el salón comedor. Chris
mantenía la loca esperanza de que, contra toda lógica, hubiera alguien allí
esperándolos.
Barry apuntó su Colt hacia la criatura que se arrastraba hacia
él y disparó. El pesado proyectil esparció el semi podrido cráneo de aquel ser
justo cuando le tocaba la bota. Unas pequeñas gotas le salpicaron la cara
mientras el zombi se movía espasmódicamente y moría definitivamente. Barry se
limpió el rostro con el dorso de la mano, sin intentar contener el enorme gesto
de asco. Los pequeños azulejos blancos de la pared de la cocina se llevaron la
peor parte de las salpicaduras, y unos pequeños regueros de sangre comenzaron a
bajar hasta llegar al gastado linóleo marrón del suelo y a formar charquitos
allí. Era realmente asqueroso. Barry bajó el revólver y sintió de nuevo el
dolor del brazo izquierdo. La puerta de arriba había estado sólidamente
cerrada, y los morados así lo demostraban. Bajó la mirada al zombi que tenía a
los pies y se dio cuenta de que iba a tener que volver para romper otra. Si no
había estado bastante seguro hasta ese momento, ya lo estaba: Chris no había
ido por allí. Si lo hubiese hecho, aquella criatura no habría estado en condiciones
de atacarlo. Así que, ¿dónde demonios estás, Chris?
De las tres puertas cerradas con llave, Barry había escogido la
del extremo de la estancia sólo por puro instinto. Había acabado en un oscuro y
silencioso pasillo que lo había llevado más allá de un ascensor hasta un
estrecho tramo de escaleras. La blanca cocina del fondo parecía haber estado
desierta. Las estanterías tenían casi un dedo de polvo y las paredes estaban
repletas de manchas de corrosión. No había señal de uso reciente, no había
señal de Chris y la única puerta al lado del lavadero estaba cerrada con llave.
Estaba a punto de irse cuando se fijó en las marcas en el polvo del suelo.
Barry las había seguido y... Suspiró profundamente y pasó por encima del
apestoso monstruo; echando un vistazo final antes de dirigirse a la puerta
número dos. Había unas cuantas cajas apiladas y el mismo hueco de ascensor de
estilo antiguo, también vacío. No se preocupó por pulsar el botón de llamada
porque el del piso de arriba tampoco había funcionado. Además, a juzgar por las
manchas de óxido, nadie lo había utilizado en bastante tiempo. Se dio la vuelta
para regresar por el mismo camino por el que había llegado, preguntándose cómo
le iría a Jill. Cuanto antes salieran de allí, mejor. A Barry nunca le había
asqueado tanto un lugar como aquella mansión. Era fría, era peligrosa y además
olía igual que un refrigerador de carne que llevara semanas desenchufado.
Generalmente, no era del tipo de personas que se asusta con facilidad o que
deja que se le desboque la imaginación, pero la verdad es que esperaba ver un
tipo con sábana blanca y arrastrando cadenas cada vez que doblaba una
esquina... Oyó un repiqueteo metálico resonar en la lejanía. Barry se giró en
redondo con un nudo de miedo en el estómago. Apuntó al azar una y otra vez su
arma contra el aire, con los ojos abiertos de par en par y con la boca seca.
Oyó otro repiqueteo metálico, seguido de un zumbido mecánico que sólo podía ser
producido por un motor. Barry inspiró profundamente y dejó salir el aire poco a
poco mientras recuperaba el control de sí mismo. No era un espíritu, después de
todo: sólo era alguien que utilizaba el ascensor. ¿Pero quién? Chris y Wesker
han desaparecido, y Jill está en la otra ala... Se quedó quieto donde estaba y
bajó un poco su revólver mientras esperaba. No creía que los zombis fueran lo
bastante listos como para darle a los botones, y mucho menos abrir la anticuada
puerta, pero no quería correr el menor riesgo. Estaba a unos seis metros de la
puerta, eso suponiendo que se parara en aquella planta, y tendría una línea de
tiro clara contra quienquiera que saliese del ascensor y apareciese en la
esquina. Tuvo un rayo de esperanza en aquellos momentos de confusión: quizá
fuera uno de los miembros del equipo Bravo, o alguien que vivía allí y que
quizá podría explicarle que estaba ocurriendo... El ascensor se detuvo en la
cocina con un sonoro chasquido metálico. Se oyó un chirrido de hierro sobre
hierro y el sonido de unos pasos... y apareció el capitán Wesker, con sus
siempre presentes gafas de sol colocadas sobre sus cejas. Barry bajó el revólver
mientras sonreía por la oleada de alivio que le recorrió el cuerpo. Wesker se
paró en seco y contestó a su sonrisa con otra.
—¡Barry! Justo la persona que estaba buscando —le dijo con tono
alegre.
—¡Dios, qué susto me ha dado! Al oír que subía el ascensor creí
que iba a darme un ataque al corazón... —La voz de Barry fue bajando hasta
desaparecer, lo mismo que su sonrisa—. Capitán —dijo lentamente—, ¿dónde se
había metido? Cuando regresamos, ya no estaba, se había marchado.
La sonrisa de Wesker se hizo aún más amplia.
—Siento haberlo hecho. Tenía ciertos asuntos que atender... Ya
sabes, las obligaciones del cuerpo.
Barry sonrió de nuevo, pero se quedó sorprendido por la
confesión. Estaban allí, atrapados en mitad de un territorio hostil, ¿y el tipo
se marchaba a echar una meada? Wesker levantó la mano y se puso las gafas de
sol sobre los ojos, rompiendo así el contacto visual. Barry se sintió de
repente un poco nervioso. La sonrisa de Wesker se había hecho aún más amplia,
si eso era posible, hasta el punto de que parecía estar mostrando toda su
dentadura.
—Barry, necesito que me ayudes. ¿Has oído hablar de White
Umbrella?
Barry meneó la cabeza en un gesto negativo, sintiéndose cada vez
más incómodo a cada segundo que pasaba.
—White Umbrella es una sección de la compañía Umbrella, una
sección muy importante. Están especializados en... lo que podríamos llamar
investigaciones biológicas. La residencia Spencer alberga las instalaciones de
investigación, y hace poco tiempo se produjo un accidente.
Wesker despejó con la mano parte de la mesa central de la cocina
y se apoyó tranquilamente contra ella. Su tono de voz se convirtió en algo
parecido a una conversación consigo mismo.
—Este departamento de Umbrella mantiene ciertas relaciones con
los STARS, y no hace mucho tiempo me pidieron que los... ayudara a manejar esta
situación. La verdad es que es una situación muy delicada, sabes, y debemos ser
muy discretos: White Umbrella no quiere que se filtre ningún rumor de su
participación en todo este asunto. Verás, se supone que lo que yo debo hacer es
bajar hasta los laboratorios que hay aquí y destruir ciertas pruebas
inculpatorias, una serie de pruebas que demuestran que White Umbrella es la
responsable del accidente que ha causado tantos problemas últimamente en
Raccoon City. El problema es que no tengo la llave que lleva a esos
laboratorios. Bueno, en realidad son varias llaves. Y ahí es donde entras tú.
Necesito que me ayudes a encontrar esas llaves.
Barry se quedó mirándolo fijamente por unos instantes, incapaz
de hablar mientras su mente daba vueltas sin parar. Un accidente, un
laboratorio donde se realizaban experimentos biológicos... y perros asesinos y
zombis sueltos por los bosques... Levantó su revólver y lo apuntó al sonriente
rostro de Wesker, pasmado y furioso.
—¿Estás loco? ¿Crees que voy a ayudarte a destruir pruebas?
¡Zumbado hijo de puta!
Wesker meneó lentamente la cabeza, comportándose como si la
actitud de Barry fuese la de un niño chico.
—Ay, Barry, no lo entiendes. No puedes elegir. Verás, unos
cuantos de mis amigos de White Umbrella están ahí mismo justo delante de tu
casa, vigilando a tu mujer y a tus hijas. Si no me ayudas, matarán a tu
familia.
Barry sintió cómo la sangre se retiraba de su rostro. Amartilló
su Colt mientras sentía un repentino y feroz odio hacia Wesker, un odio que le
recorría todas y cada una de las fibras de su ser.
—Antes de que aprietes el gatillo, deberías saber que si no me
pongo en contacto con mis amigos dentro de poco, tienen órdenes de seguir
adelante con el plan y matarlas de todas maneras.
Aquellas palabras atravesaron la neblina roja que empañaba la
mirada de Barry, y sus manos se empaparon de sudor por el súbito miedo. ¡Kathy,
las niñas!
—Te estás tirando un farol — susurró, y la sonrisa de Wesker
desapareció por fin. Su rostro volvió a adquirir la misma expresión
indescifrable que solía tener.
—No lo estoy haciendo —repuso con frialdad—. Ponme a prueba.
Siempre podrás disculparte con ellas delante de sus lápidas.
Ninguno de los dos se movió por unos instantes, y el silencio
era casi palpable. Barry desmontó finalmente el percutor de su revólver y bajó
el arma, al mismo tiempo que se hundían sus hombros. No podía arriesgarse. No
lo haría. Para él, su familia lo era todo. Wesker asintió y metió la mano en
uno de sus bolsillos. De repente, comenzó a comportarse de una manera
profesional como si no hubiese pasado nada. Sacó un puñado de llaves unidas por
un aro.
—Hay cuatro placas de cobre en algún lugar de la casa. Tienen el
tamaño de una taza de café, y en cada una hay un grabado en uno de los lados el
sol, la luna, las estrellas y el viento. Al otro lado de la mansión, en la
parte trasera de la casa, hay una puerta donde encajan las cuatro placas.
—Wesker sacó una llave del anillo y la puso en la mesa, deslizándola en
dirección a Barry—. Esta llave debería abrir todas las puertas de la otra ala
de la mansión. Al menos las puertas más importantes. Encuentra esos grabados,
entrégamelos, y tu mujer y tus hijas estarán completamente a salvo.
Barry extendió la mano y cogió las llaves con los dedos
entumecidos por el miedo, sintiéndose débil y más atemorizado como nunca en su
vida.
—Chris y Jill...
—Querrán ayudarte sin duda en tu búsqueda. Si ves a alguno de
ellos, diles que la puerta trasera que has descubierto podría ser la salida.
Estoy seguro de que estarán más que encantados de cooperar con su amigo de
fiar, el viejo Barry. De hecho, deberías abrir todas las puertas que puedas
para facilitar el trabajo y para que la búsqueda sea más exhaustiva.
Wesker sonrió de nuevo de forma amistosa, algo que desmentían
sus palabras.
—Por supuesto, siempre puedes contarles a tus compañeros que me
has visto, aunque eso complicaría la situación. Si me encuentro metido en una
situación del tipo, digamos, un tiro por la espalda, bueno... Ya he dicho
suficiente antes, ¿verdad? Será mejor que no le contemos esto a nadie.
La llave tenía grabada una pequeña silueta que representa la
placa pectoral de una armadura medieval. Barry se la metió en el bolsillo.
—¿Dónde estarás?
—Ohh, no te preocupes, estaré por los alrededores. Me pondré en
contacto contigo cuando sea el momento adecuado.
Barry miró de forma suplicante a Wesker y fue incapaz de lograr
que la voz no le temblara por el miedo que sentía.
—Les dirás que te estoy ayudando, ¿verdad? ¿No te olvidarás de
informar?
Wesker se dio la vuelta y comenzó a andar hacia la puerta del
ascensor mientras le contestaba por encima del hombro.
—Confía en mí, Barry. Haz lo que te he dicho, y no tendrás nada
por que preocuparte.
Se oyó el chasquido de la puerta metálica del ascensor abrirse y
cerrarse, y Wesker desapareció. Barry se quedó allí unos momentos, mirando el
espacio vacío donde había estado Wesker mientras intentaba encontrar una forma
de eludir aquella amenaza. No la había, y tampoco había duda alguna entre qué
prefería, si su honor o su familia: podía vivir sin honor. Apretó la mandíbula
y regresó a las escaleras, decidido a hacer lo que fuese necesario para salvar
a Kathy y a las niñas. Aunque cuando todo aquello acabara, cuando estuviera
seguro de que no corrían peligro... No tendrás sitio donde esconderte, capitán.
Barry apretó sus gigantescos puños. Los nudillos se le pusieron blancos, y se
prometió a sí mismo que Wesker pagaría por lo que estaba haciendo. Con intereses.
Capítulo 10
Jill metió el pesado símbolo heráldico de cobre con las
estrellas grabadas en su lugar dentro del diagrama. Justo encima de los otras
tres aberturas. Encajó en su sitio con un ligero chasquido metálico y se quedó
pegado a la superficie metálica. Uno menos... Dio un paso atrás para alejarse
de la cerradura rompecabezas y sonrió. Los cuervos la habían vigilado
atentamente en la sala de pinturas, sin moverse de su sitio, graznando de vez
en cuando mientras ella resolvía el sencillo acertijo. Había seis retratos en
total, de la cuna a la tumba, desde un recién nacido, hasta un anciano de
mirada bastante inquietante. Supuso que todos eran de lord Spencer, aunque
jamás había visto un retrato suyo... La última pintura era una escena
mortuoria, con un hombre de tez pálida tendido en una cama de su casa rodeado
de los suyos. Al pulsar el botón de aquel cuadro, el retrato había caído al
suelo empujado por cuatro pivotes metálicos, uno en cada esquina. Detrás había
encontrado una pequeña abertura alineada de terciopelo y en su interior se
encontraba la placa de cobre. Había abandonado la sala sin sufrir el menor
contratiempo, aunque no estaba muy segura de que los cuervos se sintieran
satisfechos por ello. Aspiró profundamente el fresco aroma del agradable aire
nocturno antes de regresar a la mansión. Sacó el pequeño ordenador de Trent
mientras caminaba. Estudió el mapa digital para decidir qué camino seguir tras
pasar cuidadosamente por encima del cuerpo tirado en la sala. Al parecer, lo
mejor sería volver por el mismo camino por el que había ido. Pasó de nuevo por
las puertas dobles que comunicaban el corredor con la sala donde estaban
expuestos los cuadros de los paisajes. Según el mapa, la puerta que estaba
justo enfrente de ella la llevaría a una pequeña habitación cuadrada que
llevaba a otra mayor. Completamente tensa, agarró el pomo de la puerta y la
abrió de golpe, agachándose y apuntando con su Beretta hacia el interior al
mismo tiempo. La pequeña habitación era completamente cuadrada, y además estaba
completamente vacía. Jill se puso en pie, y por unos instantes se quedó
admirando la sencilla elegancia de la habitación mientras la atravesaba para
dirigirse a la puerta de la derecha. Tenía un techo elevado y las paredes eran
de mármol de color crema salpicado con motas doradas: era precioso. Y caro, por
quedarse corto. Sintió una vaga nostalgia por los días pasados con su padre,
con sus planes grandiosos y sus esperanzas de dar el golpe definitivo. Eso era
lo que podía comprarse si uno tenía dinero de verdad... Se preparó de nuevo
mientras agarraba el ondulante tirador de frío metal de la siguiente puerta. La
abrió y efectuó un rápido recorrido con la pistola por la estancia. Se
tranquilizó, estaba completamente sola. A la derecha había una chimenea con
molduras, debajo de un tapiz rojo y dorado. Sobre una alfombra de diseño
oriental y color naranja oscuro había un sofá bajo y de estilo moderno y una
mesa de café ovalada, y en la pared posterior, una escopeta semiautomática
montada sobre un par de ganchos, brillando bajo la luz de un par de lámparas de
estilo antiguo que había encima de ella. Jill sonrió y cruzó deprisa la
habitación sin poder creer la suerte que había tenido. Por favor, que esté
cargada. Por favor, que esté cargada...
Reconoció el arma cuando se colocó delante de ella. No era
precisamente una experta en armamento, pero la escopeta era del mismo tipo que
la que utilizaban los STARS: una Remington M870, con cargador de cinco
disparos. Enfundó la Beretta y tomó la escopeta con las dos manos, todavía
sonriente... Pero la sonrisa desapareció cuando ambos ganchos saltaron hacia
arriba al ser liberados del peso de la escopeta, al mismo tiempo que sonaba un
ruido pesado detrás de la pared, como de algo metálico que cambiase de posición.
Jill no tenía ni idea de qué era todo aquello, pero no le gustó ni un pelo. Se
dio la vuelta rápidamente y registró la habitación con la vista en busca de
algún posible movimiento, pero la estancia estaba tan tranquila como cuando
entró. No aparecieron pájaros chillando, ni saltaron alarmas acústicas o
luminosas, y ninguno de los cuadros se cayó de la pared. No se trataba de
trampa alguna. Más aliviada, comprobó el estado del arma. Descubrió que estaba
completamente cargada y que alguien se había ocupado de mantenerla en buen
estado, ya que el cañón estaba limpio y olía ligeramente a aceite y a líquido
limpiador. En esos momentos era el mejor olor que se le ocurría. El peso del
arma en sus brazos era reconfortante: era el peso del poder. Buscó por el resto
de la habitación y quedó decepcionada por no encontrar más proyectiles. De
todas maneras, la escopeta era un hallazgo magnífico. Los chalecos de los STARS
disponían de un bolsillo posterior donde podía colocarse una escopeta o un
rifle, y aunque ella no era una tiradora experta a la hora de desenfundar por
encima del hombro, al menos le permitiría tener las manos libres. No había nada
más de interés en la habitación, de modo que Jill se dirigió hacia la puerta,
ansiosa por regresar a la sala principal y compartir con Barry todo lo que
había descubierto. Había registrado todas las habitaciones que había podido
abrir en la primera planta de aquella ala de la mansión. Si él había logrado lo
mismo, podrían iniciar el registro de la segunda planta en busca de los
miembros del equipo Bravo y de sus propios compañeros de equipo. Y después, con
suerte, saldremos pintando de este matadero. Cerró la puerta tras de sí y
caminó sobre el suelo de azulejos de la elegante habitación de mármol, mientras
mantenía la esperanza de que Barry hubiese encontrado a Chris y a Wesker.
Seguro que no han venido por aquí, pensó mientras le daba la vuelta al pomo y
empujaba la puerta. Estaba cerrada con llave. Jill frunció el entrecejo
mientras tironeaba infructuosamente. Se movió un poco, pero no giró en
absoluto. Echó un vistazo al hueco entre el marco y la puerta, repentinamente
un poco nerviosa.
Allí estaba, al lado de la manivela de la puerta: una gruesa
placa de acero que indicaba que el cerrojo estaba echado, y uno muy sólido:
toda la zona estaba reforzada con metal. Pero sólo hay una cerradura, y es para
este pomo... ¡Clic! ¡Clic! ¡Clic!.
Sobre ella cayó una ligera lluvia de polvo al mismo tiempo que
en la estancia resonaba el sonido de mecanismos al ponerse en movimiento, el
chasquido profundo y rítmico del metal girando desde detrás de las paredes de
piedra. ¿Qué dem...? Jill miró hacia arriba, sorprendida, y sintió que el
estomago se le encogía mientras el mismo aire se le atragantaba. El elevado
techo que minutos antes había admirado estaba moviéndose, y el mármol de las
esquinas se reducía a polvo por empujar la roca contra la roca. Estaba bajando.
Regresó inmediatamente a la habitación donde había encontrado la escopeta.
Intentó hacer girar la manivela... y descubrió que estaba tan cerrada como el
pomo de la otra puerta.
¡Mierda! ¡Mal! ¡Muy mal!
Jill corrió hacia la otra puerta de nuevo mientras sentía que el
pánico se apoderaba de su cuerpo y mantenía la mirada fija en el techo que
bajaba. Recorría entre seis y nueve centímetros por segundo, así que tardaría
menos de un minuto en llegar al suelo. Levantó la escopeta y apuntó hacia la
puerta que daba al hall, intentando no pensar cuántos disparos harían falta
para echar abajo una cerradura reforzada. Era la única salida que tenía, las
ganzúas no servirían en una cerradura como aquélla... El primer disparó se
estrelló contra la puerta y una lluvia de astillas saltó en todas direcciones,
dejando al descubierto lo que ella se temía: la placa de metal que sostenía la
barra de acero se extendía hasta la mitad de la puerta. Su mente se apresuró a
buscar una solución, pero no encontró ninguna. No disponía de la munición
necesaria para abrirse paso a través de la puerta, y la Beretta estaba cargada
con proyectiles de punta hueca que se aplastarían en cuanto impactaran.
Quizás pueda debilitarla para derribarla luego... Disparó de
nuevo, y esta vez apuntó contra el propio marco de la puerta. El rugiente
disparo destrozó la madera y agujereó el mármol, pero no fue suficiente ni por
asomo. El techo continuó su chirriante descenso. Ya estaba a menos de tres
metros de ella: iba a morir aplastada por completo. Dios, no permitas que muera
de esta manera...
—¿Jill? ¿Eres tú?
Una voz resonó apagada en el lado del pasillo. Jill sintió que
la esperanza volvía a recorrer inesperadamente su cuerpo al oír aquella voz.
¡Barry!
—¡Socorro! ¡Barry, échala abajo ahora mismo, deprisa! —gritó
Jill con voz aguda y temblorosa.
—¡Retrocede!
Jill dio un paso atrás al mismo tiempo que oyó cómo la puerta
recibía un tremendo impacto. La madera se estremeció, pero resistió el golpe. A
Jill se le escapó un pequeño grito de frustración. Su mirada recorrió el
espacio que había entre la puerta y el techo. Otro fuerte impacto, y la puerta
volvió a estremecerse. El techo ya estaba a metro y medio de su cabeza.
Vamos, VAMOS.
El sonido del impacto del tercer golpe fue seguido por el
crujido de la madera rompiéndose y astillándose. La puerta se abrió de par en
par, y la silueta de Barry se recortó en el umbral. Tenía la cara completamente
enrojecida y sudorosa pero ya estaba extendiendo una mano hacia ella. Jill se
lanzó hacia adelante y él la agarró por la muñeca, levantándole literalmente
los pies del suelo y arrastrándolos por el aire hasta el pasillo. Ambos cayeron
al suelo mientras a su espalda la puerta era aplastada sobre sus goznes. La
madera y el metal chirriaron a medida que el techo continuaba bajando
suavemente. La puerta se partió con una serie de crujidos y chasquidos agudos.
El techo llegó hasta el suelo con un último y resonante impacto que pareció una
explosión apagada. La casa quedó finalmente de nuevo en silencio, como una
tumba. Jill y Barry se pusieron en pie, y ella no dejó de mirar el umbral de la
puerta mientras lo hacía. Todo el espacio que antes ocupaba la habitación
estaba tapado por el sólido bloque de piedra que había constituido el techo.
Eran al menos un par de toneladas de roca.
—¿Estás bien? —preguntó Barry.
Jill no contestó por unos instantes. Miró la escopeta que
todavía sostenía en sus temblorosas manos y recordó lo confiada que se había
sentido de que no había ninguna trampa. Por primera, vez se preguntó cómo iban
a lograr salir de aquel lugar infernal.
Se quedaron en pie en la sala vacía. Chris se dedicó a pasear
arriba y abajo pisando la alfombra que estaba situada justo delante de las
escaleras, pero Rebecca prefirió quedarse apoyada en el pasamano, aunque se
notaba su nerviosismo. La enorme sala de entrada seguía tan fría y ominosa como
la primera vez que Chris la había visto. Las mudas paredes no revelaban ninguno
de sus secretos, y los STARS habían desaparecido, sin dejar ninguna pista sobre
dónde habían ido o por qué. Se oyó un profundo sonido retumbante procedente de
algún lugar de la mansión, como si alguien estuviese cerrando una gigantesca
puerta. Ambos inclinaron ligeramente la cabeza y permanecieron a la escucha,
pero el ruido no se repitió, es mas, ni siquiera estaba seguro de la dirección
desde la que había llegado.
Estupendo. Es genial. Zombis, científicos locos, y ahora ruidos
extraños en la noche. Incomparable.
Le sonrió a Rebecca, con la esperanza de que pareciera menos
nervioso de lo que realmente estaba.
—Bueno, no han dejado mensaje. Supongo que eso nos deja pasar al
plan B.
—¿Cuál es el plan B?
Chris lanzó un profundo suspiro.
—Que me cuelguen si lo sé, pero podemos empezar por echarle un
vistazo a la habitación con el signo de la espada grabado. Quizá consigamos
algo más de información mientras esperamos a que el equipo se reagrupe, algo
así como un mapa o una cosa parecida.
Rebecca asintió, y ambos atravesaron de nuevo el salón comedor,
con Chris a la cabeza. No le gustaba la idea de exponerla a más peligros, pero
tampoco quería dejarla a solas, al menos no en la sala principal: ya no le
parecía nada segura. Algo pequeño y duro crujió bajo la bota de Chris cuando
pasaron al lado del gran reloj carillón que seguía marcando el paso del tiempo
con su monótono tictac. Se agachó y recogió del suelo un trozo gris oscuro de
escayola pintada. Cerca había otros dos o tres trozos similares.
—¿Te fijaste si estaban estos trozos cuando pasamos antes por
aquí? —preguntó a Rebecca.
Ella negó con la cabeza, y Chris bajó la vista para buscar más
trozos. Él tampoco recordaba haberlos visto antes. Al otro lado de la mesa
vieron una pila de fragmentos rotos. Se apresuraron a dar la vuelta alrededor
del extremo de la inmensa mesa, más allá de la chimenea de recargada
decoración, y se detuvieron delante del montón de fragmentos. Chris revolvió
los trozos con la punta de la bota. Por las formas y los ángulos de las piezas
dedujo que habían pertenecido a una estatua. Fuese lo que fuese, ahora no era
más que basura.
—¿Es importante? —quiso saber Rebecca.
Chris se encogió de hombros.
—Puede que sí, puede que no. De todas maneras, merece la pena
que echemos un vistazo. En una situación como ésta, nunca se sabe lo que puede
terminar sirviendo como pista.
El resonante tictac del viejo reloj los siguió hasta la puerta
del salón, hasta el hedor a podredumbre que llenaba el estrecho pasillo. Chris
sacó la llave con el grabado de la espada de su bolsillo mientras se
acercaban... Se detuvo en seco. Desenfundó rápidamente su Beretta y se acercó a
Rebecca. La puerta al otro extremo del salón estaba cerrada: cuando habían
salido de allí, estaba abierta. No se sentía observado, ni percibía ningún
movimiento en el salón, pero alguien tenía que haber pasado por ahí mientras
estaban en la sala de entrada. Aquel pensamiento lo desconcertó y le reafirmó
su creencia de que allí estaban sucediendo acontecimientos secretos. La
criatura muerta que estaba a su izquierda continuaba en la misma posición
inerte que antes, con los ojos llenos de sangre mirando sin ver al techo, y
Chris se preguntó de nuevo quién la habría matado. Sabía que debería registrar
el cadáver y explorar la zona, pero no quería marchar por su cuenta hasta que
encontrara un lugar seguro para Rebecca.
—Vamos —le susurró.
Se dirigieron de nuevo hacia la puerta cerrada con llave, y
Chris le entregó la llave a Rebecca para que ella la abriera mientras él
vigilaba el salón a sus espaldas. La cerradura de la puerta de madera de
intrincada decoración funcionó con un suave chasquido metálico, y Rebecca le
dio un ligero empujón para abrirla. Chris advirtió que la habitación era segura
incluso antes de terminar de efectuar una rápida comprobación y de indicarle a
Rebecca que podía pasar. Estaba montada como un antiguo bar de copas, con un
gran piano de cola que dominaba la pista al otro extremo de la barra, que
incluía taburetes fijos en toda su longitud. Quizá fuera la suave luz o los
apagados colores lo que le daba aquel aire de quieta tranquilidad. Fuese cual
fuese la razón, Chris decidió que era la estancia más agradable que había
encontrado hasta ese momento… y quizás sea el sitio adecuado para que me espere
Rebecca mientras intento encontrar a los demás... Rebecca se sentó en el borde
del polvoriento asiento del gran piano negro mientras Chris efectuaba una
exploración más exhaustiva del lugar. Además del piano, sólo había un par de
macetas con plantas, una pequeña mesa y un pequeño hueco detrás de donde estaba
situado el piano, con un par de estanterías de madera situadas en su interior.
La única entrada era por la que ellos habían pasado. Era el sitio ideal para
que Rebecca permaneciese oculta y a salvo.
Enfundó su arma y se puso al lado de ella en el piano e intentó
escoger con cuidado sus palabras. No quería asustarla con la idea de que
tendría que quedarse de nuevo a solas. Ella le sonrió dubitativa, lo que la
hizo parecer aún más joven de lo que era en realidad, y sus mechones rojizos
reforzaron la impresión de que solo era una chiquilla... Una chiquilla que
tardó en licenciarse en la universidad menos tiempo del que tardaste tú en
sacarte el título de piloto, así que no te pongas en plan superior con ella,
porque seguramente es mucho mas lista que tú. Chris suspiró en su fuero interno
y le devolvió la sonrisa.
—¿Qué te parecería quedarte un rato aquí a solas mientras yo le
echo otro vistazo a la casa? —le preguntó.
Su sonrisa desapareció un poco, pero aguantó la mirada.
—Es lógico —contestó—. No tengo un arma, y si te ves metido en
problemas, yo sólo sería un estorbo... —Su sonrisa se hizo más ancha de nuevo y
añadió—: aunque si te patea el trasero un teorema matemático, no me vengas
llorando.
Chris soltó una carcajada, tanto por la errónea apreciación que
había tenido sobre ella como por el propio chiste. Estaba claro que no debía
subestimarla. Se dirigió hacia la puerta y tras poner la mano en el pomo, se
detuvo.
—Regresaré lo antes que pueda —dijo—. Echa la llave en cuanto
salga y no te vayas de paseo, ¿de acuerdo?
Rebecca asintió, y él regresó al salón, cerrando la puerta
inmediatamente después de salir. Esperó hasta oír que ella echaba el cerrojo, y
luego desenfundó su Beretta, y el último resto de su sonrisa desapareció en
cuanto comenzó a andar con paso vivo y se alejó en dirección al pasillo. Cuanto
más se acercaba a la criatura putrefacta, peor era el olor. Realizó unas
pequeñas inspiraciones mientras se acercaba al cuerpo, pero pasó de largo para
comprobar la extensión del pasillo antes de comenzar a examinar los agujeros de
bala pero se detuvo en seco. No pudo evitar quedarse mirando el segundo cadáver
que estaba tendido delante de una pequeña abertura en la pared, sin cabeza y
completamente cubierto de sangre. Chris estudió detenidamente las facciones sin
vida de la cabeza que estaba un poco más lejos y llegó a la conclusión de que
se trataba de Kenneth Sullivan. Sintió una oleada de furia, y una renovada
ansia de venganza le recorrió el cuerpo ante la imagen del cadáver del miembro
del equipo Bravo. Esto no está bien. Joseph, Ken, Billy también
probablemente... ¿Cuántos más han muerto? ¿Cuántos más tendrán que sufrir a
causa de un estúpido accidente? Se dio finalmente la vuelta y se dirigió con
paso decidido hacia la puerta que llevaba de regreso al salón comedor.
Comenzaría de nuevo desde la sala principal de entrada y comprobaría todos y
cada uno de los lugares por los que podrían haber pasado los demás STARS y
mataría a todas y cada una de las criaturas con las que se cruzase por el
camino. Sus camaradas no habrían muerto en vano. Chris se encargaría de eso,
aunque fuese lo último que hiciese en la vida.
Rebecca cerró la puerta inmediatamente después de que Chris
saliera, deseándole en silencio buena suerte antes de regresar al polvoriento
piano y sentarse delante de él. Sabía que él se sentía responsable de ella, y
se preguntó cómo podía haber sido tan estúpida como para soltar su arma. Si al
menos tuviese un arma, él no tendría que preocuparse tanto. Puede que no tenga
experiencia, pero he superado el entrenamiento básico, lo mismo que los
demás... Pasó un dedo por encima de las teclas cubiertas de polvo, sintiéndose
completamente inútil. Debería haberse llevado consigo unos cuantos de los
archivos que había encontrado en el pequeño almacén. No sabía si podría obtener
mucha más información de ellos, pero al menos tendría algo para leer. No era
muy buena en eso de quedarse quietecita y sentada, y no tener nada que hacer
empeoraba la situación.
Podrías practicar un poco, se dijo, y sonrió al pensarlo
mientras bajaba la vista hacia las teclas. No, gracias. Había padecido cuatro
largos años de interminables lecciones de piano antes de que su madre
finalmente le permitiera dejarlas. Se puso en pie y echó un vistazo a la
desierta habitación en busca de algo con que entretenerse. Se acercó hasta la
barra del bar y pasó la mitad del cuerpo por encima de ella, pero sólo vio unas
cuantas estanterías de vasos y un puñado de servilletas, todo ello cubierto por
otra fina capa de polvo. También había unas cuantas botellas de diversas
bebidas alcohólicas, aunque la mayoría de ellas estaban vacías, y algunas
botellas de vino de aspecto caro y sin abrir, justo detrás de la barra...
Rebecca desechó el pensamiento en el mismo instante que se le
ocurrió. No era una gran bebedora, y se le ocurrió pensar que aquél no era el
mejor momento para comenzar. Suspiró y se dio la vuelta para registrar con la
vista el resto de la habitación. No había mucho más que ver aparte del piano.
En la pared a su izquierda tenía el pequeño retrato de una mujer, a una altura
bastante regular con un marco oscuro; cerca del piano había una planta con
grandes hojas que se estaba secando lentamente en el suelo; una mesa que
sobresalía de una pared con un vaso de martini volcado encima de ella. Si tenía
en cuenta de todo lo que disponía para entretenerse, el piano comenzaba a
parecerle bastante interesante... Pasó de largo junto al piano y se dedicó a
curiosear en la pequeña abertura de la pared que tenía a su derecha. Había dos
estanterías para libros vacías a un lado. Nada interesante... Frunció el
entrecejo y se acercó a las estanterías. La mas pequeña, que además era la más
exterior, estaba vacía, pero la que estaba detrás de ella...
Colocó ambas manos en los extremos de la pieza y la empujó, lo
que hizo que la estantería exterior se deslizase hacia adelante. No pesaba
mucho, por lo que la desplazó con facilidad, dejando un rastro en el polvo del
suelo de madera. Rebecca registró las estanterías ocultas y se llevó una
decepción: una vieja corneta mellada, un plato de cristal para dulces, un par
de jarrones de baratija... y una partitura musical para piano de pie sobre un
pequeño atril reposahojas. Le echó un vistazo al nombre de la pieza musical y
sintió una repentina oleada de nostalgia por la época en que solía tocar piano:
era la sonata número 14 «Claro de Luna», una de sus piezas favoritas. Recogió
las amarillentas hojas mientras recordaba las horas que había pasado intentando
aprender a tocarla cuando tenía diez u once años. De hecho, había sido
precisamente aquella pieza musical la que finalmente la había convencido de que
el piano no era lo suyo. Era una composición precisa y delicada, y ella la
había destrozado bastante cada vez que había intentado interpretarla. Regresó
con las hojas a la esquina donde estaba el piano y se quedó mirándolo
pensativamente. Tampoco es que tuviera algo mejor que hacer... Además, es
posible que otro de los miembros del equipo oiga cómo toco y venga a llamar a
la puerta para averiguar la procedencia de un ruido tan horrible. Limpió de
polvo el asiento mientras sonreía y se sentó, dejando las hojas abiertas en el
pequeño atril del piano. Sus dedos adoptaron la posición correcta de forma casi
automática mientras leía las primeras notas, como si nunca hubiera abandonado
las clases. Era una sensación reconfortante, un cambio bienvenido a los
horrores de la mansión. Comenzó a tocar lenta y dubitativamente. En cuanto las
primeras notas melancólicas se alzaron en el aire, ella sintió que se relajaba,
y dejó que la tensión y el miedo desaparecieran. No es que tocara demasiado
bien, ya que su tempo estaba tan desencaminado como siempre, pero al menos
pulsaba las notas apropiadas, y la fuerza de la melodía compensaba de sobra la
falta de calidad de la artista. Si las teclas no estuviesen tan duras... Algo
se movió a su espalda... Rebecca se levantó de un salto, tirando el asiento al
suelo mientras se daba la vuelta y buscaba desesperadamente con la vista a su
atacante. Lo que vio en realidad fue tan inesperado que se quedó inmóvil por la
sorpresa durante unos cuantos segundos, incapaz de comprender lo que le estaban
diciendo sus sentidos... La pared se está moviendo...
Mientras las últimas notas seguían aún resonando el aire, el
panel de casi un metro de la pared de su derecha se movió hacia arriba, hacia
el techo, donde se detuvo suavemente con un ligero rugido. Rebecca no se movió
durante unos cuantos segundos, a la espera de que ocurriera algo horrible, pero
los segundos transcurrieron en silencio, y nada más se movía. La habitación
volvía a estar tan silenciosa y aparentemente segura como momentos antes. Una
partitura oculta, unas teclas extrañamente duras... ¿Como si estuviesen
conectadas a alguna clase de mecanismo?
La estrecha abertura dejó al descubierto una cámara oculta del
tamaño de un pequeño armario empotrado, tan poco iluminada como el resto de la
habitación. Estaba vacía, con excepción de un busto y un pedestal.
Avanzó hacia la abertura y se detuvo de repente al pensar en
trampas letales y en dardos envenenados. ¿Qué pasaría si seguía avanzando y
disparaba algún tipo de gigantesca trampa? ¿Qué ocurriría si la puerta se
cerrase por completo, ella se quedara allí atrapada y Chris no regresase? ¿Qué
pasaría si fuese el único miembro de los STARS que no lograra ni una mierda en
esta misión? Vamos, demuestra que tienes lo que hay que tener. Rebecca inspiró
y se preparó para las posibles consecuencias mientras entraba y miraba
alrededor con cautela. Si había alguna amenaza allí, ella era incapaz de verla.
Las sencillas paredes de estuco eran de color café con leche, bordeadas con
unos marcos de madera oscura. La luz de la pequeña cámara procedía de una
ventana que daba a un pequeño invernadero a su derecha, con un puñado de
plantas secas y muertas detrás de los sucios cristales. Se acercó un poco más
al pedestal que había al fondo de la cámara y se dio cuenta de que el busto de
piedra en su parte superior era de Beethoven. Reconoció el ceño y la expresión
seria del compositor de la sonata «Claro de Luna». El pedestal lucía un grueso
emblema dorado con la forma de un escudo de armas, del tamaño de un plato.
Rebecca se agachó para ver mejor el emblema. Parecía sólido y grueso, y su
diseño le recordó vagamente a un símbolo real hecho de un oro algo más pálido.
Le sonaba familiar, había visto aquel dibujo en algún otro lugar de la casa...
¡En el salón comedor, encima de la chimenea!
Exacto, eso era, sólo que la pieza que estaba encima de la
chimenea era de madera, de eso estaba segura. Se había fijado en ella mientras
Chris investigaba los restos de la estatua rota. Tocó el emblema por pura
curiosidad y pasó los dedos por los bordes. Luego puso las dos manos en los
bordes ligeramente resaltados y tiró de ellos. El pesado emblema salió con
facilidad, como si no debiera estar allí, y la puerta detrás de ella se cerró,
dejándola allí encerrada.
Volvió a colocar sin dudar el emblema en su sitio y aquella
sección de pared se alzó de nuevo, deslizándose suavemente de nuevo hacia
arriba. Se quedó mirando aliviada el pesado emblema dorado mientras pensaba.
Alguien había montado todo aquello para mantener oculto el emblema de metal,
así que tenía que ser importante pero ¿cómo se suponía que alguien iba a poder
retirarlo? ¿Y el que estaba encima de la chimenea también dejaba al descubierto
un pasaje secreto? o... ¿y si el que está encima de la chimenea tiene el mismo
tamaño? No podía estar completamente segura, pero sabía instintivamente que era
la respuesta correcta. Si los intercambiaba de lugar en aquella cámara,
utilizando el emblema de madera para mantener la puerta secreta abierta y luego
colocar el de metal encima de la chimenea... Rebecca regresó a la habitación.
Chris le había dicho que se estuviera allí quieta, pero no estaría fuera más de
un minuto o dos a lo sumo. Quizás así tendría algo que enseñarle cuando
regresase, una auténtica contribución para resolver los secretos de la mansión
y una prueba de que, después de todo, no era tan inútil.
Capítulo 11
Barry y Jill estaban en pie junto a la puerta de salida, en el
sendero cubierto, respirando el limpio aire nocturno. Más allá de las altas
paredes, los grillos entonaban su incesante e interminable canción, un
tranquilizador recordatorio de que todavía existía un mundo en sus cabales allí
fuera. El encuentro tan cercano con la muerte había dejado a Jill un poco
mareada y con el estómago ligeramente revuelto. Barry la había llevado con
suavidad del hombro hasta el exterior, con la sugerencia de que el aire fresco
la haría sentir mejor. No había encontrado ni a Chris ni a Wesker, aunque al
parecer estaba bastante seguro de que seguían con vida. Le contó lo ocurrido
rápidamente, volviendo a trazar mentalmente el recorrido que había seguido.
Jill seguía apoyada en la pared todavía aspirando grandes bocanadas del tibio
aire nocturno.
—Y entonces oí los disparos y me acerqué corriendo —concluyó
Barry, acariciándose de forma distraída su corta barba. Le sonrió a Jill,
aunque de un modo un tanto dubitativo—. Tuviste suerte. Un par de segundos más
y habrías sido un relleno de bocadillo de Jill.
Ella le devolvió la sonrisa y asintió agradecida, pero se dio
cuenta de que él parecía algo... tenso, y que su humor era un poco artificial.
Pensó que era raro. No creía que Barry fuera de los que se ponen nerviosos ante
el peligro.
¿Te extraña? Estamos atrapados aquí dentro, no encontramos al
resto del equipo, y toda esta mansión está en contra de nosotros. No es que sea
precisamente una situación relajante.
—Espero poder devolverte el favor si alguna vez te metes en
problemas —contestó ella con voz suave—. De verdad. Me has salvado la vida.
Barry desvió la mirada y se sonrojó un poco.
—Me alegro de haber podido ayudarte —dijo con voz ronca—. Sólo
ten un poco más de cuidado. Este lugar es peligroso.
Ella asintió de nuevo, pensando en lo cerca que había estado de
la muerte. Se estremeció ligeramente, y luego se obligó a dejar a un lado
aquellos pensamientos: tenían que concentrarse en encontrar a Chris y a Wesker.
—¿De verdad crees que todavía están vivos?
—Sí. Además de los casquillos de bala, había todo un rastro de
esas malditas criaturas en la otra ala, todas con un tiro amplio en la cabeza.
Tiene que ser Chris, aunque yo también tuve que esparcir los sesos de unos
cuantos allá arriba, así que supongo que se habrá refugiado en algún sitio...
Barry señaló con la barbilla el diagrama de cobre de la pared.
—Entonces, ¿el diagrama ese de las estrellas ya estaba ahí?
Jill frunció el entrecejo, sorprendida por el repentino cambio
de tema. Era extraño, porque Chris era uno de los amigos más íntimos de Barry.
—No, lo encontré en otra habitación con trampa. Este lugar
parece estar repleto de ellas. De hecho, creo que deberíamos continuar buscando
a Chris y a Wesker juntos. No tenemos ni idea de lo que pueden haber
encontrado, ni de lo que podría pasarnos a cualquiera de nosotros dos.
Barry hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No sé... Quiero decir que tienes razón, que deberíamos tener
cuidado, pero hay muchas habitaciones, y nuestra principal prioridad debería
ser asegurarnos una ruta de escape. Si nos dividimos, podremos intentar
encontrar con mayor rapidez los demás emblemas y buscar a Chris al mismo
tiempo. Y a Wesker.
Aunque su actitud no cambió en absoluto, Jill tuvo la repentina
sensación de que Barry no se sentía cómodo. Se había girado para observar con
mayor detenimiento el símbolo heráldico de cobre, pero a ella casi le pareció
que estaba intentando no mirarla a los ojos.
—Además —continuó diciendo—, ahora ya sabemos a qué nos
enfrentamos, y mientras utilicemos el sentido común, no tendremos problemas de
ningún tipo.
—Barry, ¿te encuentras bien? Pareces... cansado.
No era la palabra apropiada, pero fue la única que se le ocurrió
en aquel momento. Él lanzó un gran suspiro y finalmente se giró para mirarla a
los ojos. Parecía realmente cansado. Bajo los ojos tenía unos círculos oscuros,
y también tenía los hombros hundidos.
—No, estoy bien. Sólo es que estoy muy preocupado por Chris,
¿sabes?
Jill asintió, pero continuó teniendo la sensación de que había
algo más. Desde que la había arrancado de aquella trampa, Barry parecía actuar
de una forma inusitadamente deprimida, incluso nerviosa. ¿Estás paranoica? Eh,
estás hablando de Barry Burton, la espina dorsal de los STARS de Raccoon City,
por no mencionar el hecho de que es el hombre que acaba de salvarte la vida.
¿Qué podría estar ocultando? Jill sabía que probablemente se estaba pasando con
sus sospechas, pero de todas maneras decidió no decir nada sobre el
miniordenador de Trent. No se sentía tentada de confiar en nadie después de
todo lo que le había pasado. Además, por el modo en que Barry hablaba, parecía
que ya conocía la disposición de la mayoría de las habitaciones de la mansión,
así que tampoco es que necesitara su ayuda... Muy bien, tú sigue así. Lo
siguiente será pensar que el capitán Wesker ha organizado todo este embrollo.
Jill bufó despectivamente en su interior y se puso en pie separándose
lentamente de la pared. Seguida por Barry, comenzó a caminar de regreso al
interior de la mansión. Esa última idea sí que había sido bastante paranoica.
Se detuvieron al llegar a la puerta, y Jill aprovechó para inhalar unas cuantas
bocanadas más del suave aire para intentar sanar sus nervios. Barry había
desenfundado mientras tanto su Colt Python y estaba recargando las cámaras
vacías con expresión ceñuda.
—Creo que volveré al ala este para ver si encuentro algún rastro
de Chris —dijo—. ¿Por qué no pruebas arriba y comienzas a buscar los demás
símbolos? De ese modo podremos registrar todas las habitaciones y luego
regresar a la sala principal.
Jill asintió y Barry abrió la puerta. Las oxidadas bisagras
chirriaron como una protesta, y una oleada de aire frío los rodeó. Jill suspiró
intentando prepararse para enfrentarse de nuevo a un laberinto de estancias
sombrías y heladas, a otra serie de puertas sin abrir y a los secretos que se
ocultaban tras ellas.
—Lo harás bien —dijo Barry en voz baja mientras le ponía una
tibia mano encima del hombro y la empujaba con suavidad hacia el interior de la
mansión. En cuanto la puerta se cerró tras de ellos, levantó una mano con un
saludo informal y le sonrió—. Buena suerte —dijo, y antes de que ella pudiera
responderle, se dio la vuelta y se marchó con paso apresurado, con el arma en
la mano. Pasó a través de las puertas dobles del extremo de la estancia con
otro crujido de metal viejo y desapareció.
Jill se quedó mirando cómo se marchaba, sola de nuevo en el frío
y apestoso silencio del estrecho pasillo. No era su imaginación: Barry le
ocultaba algo, pero ¿era algo por lo que debía preocuparse o es que sólo estaba
intentando protegerla?
Quizás es que ha encontrado a Chris o a Wesker muertos y no ha
querido decírmelo... No era un pensamiento agradable, pero al menos explica el
extraño comportamiento de Barry. Era obvio que deseaba salir lo antes posible
de la casa, y que quería que ella permaneciese en el ala oeste. Y el modo en
que había examinado el rompecabezas de la puerta, como si estuviese más
preocupado por la posible vía de salida que por el paradero de Chris o de
Wesker. Miró las dos figuras tendidas en el suelo y las pegajosas manchas de
sangre que las rodeaban y que se estaban secando. Quizá se estaba esforzando
demasiado en buscar unos motivos que no existían. Quizá, lo mismo que ella,
Barry estaba atemorizado, y le angustiaba la sensación de que la muerte podía
llegar en cualquier momento. Quizá debería dejar de pensar en todo esto y
comenzar a cumplir mi parte de la misión. Encontremos o no a los demás Barry
tiene razón en algo: debemos salir de aquí. Tenemos que regresar a la ciudad
para contarle a la gente lo que está pasando aquí. Jill enderezó los hombros y
se dirigió hacia la puerta que llevaba a las escaleras mientras desenfundaba su
arma. Si había logrado llegar de una pieza hasta entonces, podría llegar un
poco más lejos para intentar desentrañar el misterio que le había costado la
vida a tantas personas. O morir en el intento, le susurró su mente.
Forest Speyer estaba muerto. El alegre chaval sureño con sus
ropas callejeras y su sonrisa fácil ya no estaba entre ellos. Ese Forest se
había marchado dejando atrás un impostor ensangrentado y sin vida medio apoyado
en la pared. Chris se quedó mirando hacia abajo, al cuerpo del impostor, y los
distantes sonidos de la noche se perdieron debido a un repentino golpe de
viento que hizo retemblar los aleros y gimió a lo largo del patio de la segunda
planta. Era un sonido fantasmal, pero Forest no podía oírlo. Forest no oiría
nada nunca más. Chris se agachó al lado del cuerpo inerte y le quitó
cuidadosamente la pistola Beretta de los dedos fríos. Se dijo a sí mismo que no
miraría, pero mientras extendía la mano hacia el cinturón de Forest no pudo
evitar fijar la mirada en la terrible vacuidad de las órbitas de los ojos del
miembro del equipo Bravo.
Jesús, ¿qué ha pasado? ¿Qué te ha pasado, compañero?
El cuerpo de Forest estaba completamente cubierto de heridas, la
mayoría de unos dos o tres centímetros de largo, de forma irregular y rodeadas
de carne ensangrentada. Parecía que lo hubiesen apuñalado un centenar de veces
con un cuchillo sin punta, y cada puñalada había arrancado un trozo de carne y
piel. Parte de su caja torácica estaba parcialmente a la vista, y se veían
trazos blancos bajo la rojez de la carne. Su mirada sin ojos era el horror
final. Parecía que su asesino no se había conformado con quitarle la vida, sino
que también quiso quitarle el alma... En el cinturón de Forest había tres
cargadores completos para la Beretta. Chris se metió los cargadores en un
bolsillo y se levantó rápidamente, apartando la vista del cuerpo mutilado. Miró
hacia el bosque mientras respiraba profundamente. Sus pensamientos eran
confusos. Intentaba encontrar una explicación y, sin embargo, era incapaz de
captar ni un solo hecho coherente. Había decidido que revisaría todas las
puertas para comprobar cuáles estaban cerradas sin llave y, cuando vio la
ensangrentada huella de una mano en la pequeña sala de arriba y oyó los
lastimeros graznidos de unos pájaros, había entrado a la carga, dispuesto a
impartir justicia. Cuervos. Sonaba como una bandada de cuervos... o un asesinato
en realidad. Manada de perros, gatitos juguetones, asesinato de cuervos...
Parpadeó, y su agotada mente se concentró en aquellos pensamientos
aparentemente triviales. Chris se agachó al lado del destrozado cuerpo de
Forest frunciendo el entrecejo, y observó más de cerca las heridas tan
irregulares. Entre las heridas más profundas había otras, docenas de pequeños
rasguños y rasponazos más regulares que formaban líneas... Garras. Patas con
uñas. En el mismo instante en que ese pensamiento se formó en su mente,
percibió el batir de unas alas. Se giró lentamente, teniendo todavía en una
mano que se había quedado repentinamente fría la Beretta de Forest. Un esbelto
pero monstruoso pájaro estaba posado en el pasamanos de la escalera, a menos de
un metro de él, y lo miraba con unos brillantes ojos negros. Sus suaves plumas
brillaban de forma apagada en su hinchado cuerpo y un trozo de algo rojo y
húmedo le colgaba del pico. El pájaro inclinó la cabeza hacia un lado, soltó un
penetrante graznido, y el colgajo de carne de Forest cayó sobre el pasamanos.
Graznidos de respuesta llegaron procedentes de todos lados e inundaron el aire
nocturno cuando los compañeros de bandada del cuervo alzaron el vuelo. El
susurrante batir de unas alas de extraordinario tamaño resonó en toda la
estancia cuando docenas de oscuras siluetas confusas se dejaron caer desde los
aleros del tejado, graznando y con las garras abiertas. Chris echó a correr,
con el recuerdo de la imagen de las sangrantes órbitas de los ojos de Forest
inundándole la mente mientras se apresuraba a escapar. Entró a tropezones en
otra pequeña estancia y cerró la puerta de golpe tras de sí, cortando de golpe
los graznidos de los pájaros atacantes. Sintió la adrenalina recorrer sus venas
en cálidas y repentinas oleadas. Respiró profundamente una y otra vez, y unos
momentos después sintió que las pulsaciones de su corazón disminuían, que
recuperaban un ritmo un poco más normal. Los graznidos de los cuervos fueron
perdiéndose en la distancia, arrastrados por las suaves ráfagas del gimiente
viento nocturno. Jesús, mira que puedo llegar a ser idiota. Estúpido, estúpido.
Había llegado dispuesto a combatir, deseoso de vengar la muerte del otro
miembro de los STARS, y se había quedado pasmado por lo que había descubierto. Si
no se hubiese quedado tan sorprendido por la muerte de Forest, probablemente se
habría dado cuenta de la relación entre el tipo de heridas que había sufrido su
compañero y los pájaros, incluso quizá se habría dado cuenta del creciente
número de pajarracos reunidos, que lo observaban desde las sombras, a la espera
de su siguiente víctima. Se dirigió hacia la puerta que llevaba a la sala
principal, furioso consigo mismo por meterse en una situación para la que no
estaba preparado. No podía permitirse seguir cometiendo errores, no podía dejar
que su atención se desviase de lo que tenía delante. Aquello no era un juego,
donde podría pulsar el botón de «volver a empezar». Fallaba y lo mataban. Allí
la muerte era real, había gente muriendo, sus amigos estaban muriendo...
Si no espabilas y comienzas a tener más cuidado, vas a reunirte
con ellos donde quiera que estén, y te convertirás en otro cadáver destrozado y
sin vida tirado en algún frío pasillo, otra víctima más de la locura de esta
casa... Chris acalló aquel murmullo torturador e inspiró profundamente mientras
retrocedía hasta la galería de la entrada, cerrando la puerta al pasar.
Autoflagelarse era tan poco útil como cargar a ciegas en un ambiente peligroso
y extraño en busca de venganza. Tenía que concentrarse en lo que era
importante: en encontrar a los demás miembros del equipo Alfa. En Rebecca... Se
dirigió hacia las escaleras mientras se metía la pistola de Forest en el
cinturón. Al menos Rebecca podría defenderse ella sola...
—Chris.
Dio un súbito respingo, sobresaltado, y miró hacia abajo, donde
vio a la joven al pie de las anchas escaleras, sonriéndole de oreja a oreja.
Bajó al trote las escaleras y se alegró de verla a pesar suyo.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Va todo bien?
Rebecca levantó en alto una llave plateada cuando él llegó a su
altura, sin dejar de sonreír.
—He encontrado algo que quizá te sea útil.
Chris cogió la llave y advirtió que tenía grabada la imagen de
un pequeño escudo antes de guardársela en el chaleco. Rebecca resplandecía de
alegría, y sus ojos brillaban emocionados.
—Me puse a tocar el piano después de que te marchaste, y se
abrió una puerta secreta en la pared. Había un emblema de oro en su interior, y
lo cambié por el que había en el salón comedor, y entonces se movió el reloj
carillón y la llave estaba atrás del reloj.
Dejó de hablar de repente; y su sonrisa desapareció mientras lo
miraba a la cara.
—Lo siento... Sé que me dijiste que no saliera de allí, pero
pensé que te alcanzaría antes de que te alejases demasiado...
—Está bien, no te preocupes —la interrumpió él con una sonrisa
forzada—. Sólo estoy sorprendido de verte aquí. Mira te he traído un arma mejor
que el repelente para insectos.
Le entregó la Beretta junto con un par de cargadores. Rebecca
tomó la pistola en su mano y se quedó mirándola en forma pensativa. Cuando
levantó la vista de nuevo hacia su rostro, su mirada era seria e intensa.
—¿De quién era?
Chris pensó mentirle, pero sabía que ella no le creería. De
repente se dio cuenta por qué se sentía tan protector hacia ella, por qué
deseaba evitar que supiera la triste y nauseabunda verdad. Claire.
Eso era: le recordaba a su hermana pequeña, desde su sarcasmo y
su ingenio hasta su aspecto de muchacha traviesa, pasando por el modo en que se
peinaba.
—Escucha —dijo ella en voz baja—. Sé que te sientes responsable
de mí, y tengo que admitir que soy completamente novata en este tipo de
situaciones, pero soy un miembro de este equipo, y al ocultarme los hechos
podrías hacer que me mataran, así que, ¿quién era?
Chris se quedó mirándola durante unos instantes antes de
suspirar y aceptarlo: ella tenía razón.
—Forest. Lo encontré en el exterior. Lo habían picoteado unos
cuervos inmensos hasta matarlo. Kenneth también está muerto.
Por sus ojos pasó una sombra de angustia, pero, sólo fue un
instante, porque asintió con firmeza y no apartó la mirada de sus ojos.
—Bueno. ¿Qué hacemos ahora?
Chris no pudo evitar sonreír ligeramente, e intentó recordar si
él había sido así de arrojado cuando era más joven.
Señaló con un gesto las escaleras, esperando que no estuviese a
punto de cometer otro error.
—Supongo que tendremos que probar con otra puerta.
Wesker no captó gran cosa de la conversación que habían
mantenido Barry y Jill, pero después del ahogado «Buena suerte» de Barry, oyó
una puerta abrirse y cerrarse y; momentos después, el ruido de unas botas sobre
el suelo de madera, seguido de otra puerta que se cerraba. La estancia contigua
había quedado vacía, y los dos miembros de su equipo habían entrado para
continuar con la búsqueda de los restantes emblemas de cobre. Me parece que he
escogido la habitación adecuada para esperar. Había utilizado la llave con el
grabado del yelmo para encerrarse en un pequeño estudio cerca de la puerta
trasera: el lugar perfecto para vigilar los progresos del equipo. No sólo
podría oírlos ir y venir, sino que además dispondría de ventaja a la hora de
encaminarse hacia los laboratorios. Sostuvo en alto el pesado emblema que
representaba el viento y lo puso bajo la luz de la lámpara de la mesa
escritorio. Sonrió. La verdad es que había sido demasiado fácil. Al pasar junto
a la estatua de escayola después de hablar con Barry, recordó que tenía un
compartimiento secreto en algún punto en su interior. En lugar de perder un
tiempo valioso buscando aquel compartimiento, se limitó a empujar aquel
horrible objeto por la balaustrada del salón comedor. No había encontrado uno
de los emblemas en su interior, pero el brillo de la joya azul entre los
fragmentos había sido un mejor hallazgo. En una habitación al otro lado del
salón comedor había una estatua de un tigre que tenía un ojo rojo y otro azul.
Se trataba de uno de los pocos mecanismos que recordaba de una visita anterior.
Una rápida revisión de la estatua del tigre había confirmado sus sospechas: le
faltaban ambos ojos. Cuando colocó la brillante piedra azul en el agujero
apropiado, la estatua giró hacia un lado dejando al descubierto el emblema. Y
con algo tan simple se encontraba un paso más cerca de completar la misión.
Cuando los otros tres símbolos heráldicos estén colocados en su lugar, esperaré
a que salgan en busca de éste y lo pondré yo para poder salir. Pensó en salir a
comprobar el diagrama, pero decidió que era mejor no hacerlo. La casa era
grande, pero no era tan grande, y no había necesidad de arriesgarse a que lo
vieran. Además, probablemente todavía no habían logrado encontrar ninguno de
los demás emblemas. Ya se la había jugado al bajar por las escaleras para
recoger la joya, cuando casi se había topado de frente con Chris Redfield.
Chris había encontrado a la novata, y probablemente los dos estaban dando
vueltas en busca de «pistas». Además, esta habitación es realmente cómoda.
Quizá me eche una siesta mientras espero que los demás cumplan con su
obligación. Se reclinó sobre el respaldo de la silla, muy complacido consigo
mismo por todo lo que había conseguido hasta aquel momento. Lo que podía
haberse convertido en un desastre estaba resultando ser una operación
estupenda, gracias a que había pensado con rapidez. Ya había encontrado uno de
las emblemas heráldicos, tenía a Barry y a Jill trabajando para él... y había
tenido la suerte de encontrarse con Ellen Smith mientras registraba la
biblioteca... Uy, borra eso. Se trata de la doctora Ellen Smith, si no le
importa... Se había acercado a la biblioteca después de recoger el emblema del
viento para comprobar el estado de la pequeña habitación que daba al helipuerto
de la mansión, y cuya entrada estaba oculta detrás de una estantería. Un rápido
registro que no había revelado nada útil, y estaba a punto de registrar la
habitación oculta cuando la doctora Smith se había dirigido tambaleante hacia
él. Había intentado salir con ella desde que lo habían trasladado a Raccoon
City, atraído por sus largas piernas y por su pelo rubio platino. Siempre le
habían gustado las mujeres rubias, sobre todo las listas. Ella no sólo lo había
rechazado una y otra vez, sino que además ni siquiera había intentado ser
amable al hacerlo. Cuando él la tuteó y la llamó Ellen, ella le informó con
frialdad que era su superior, además de médico y que debía dirigirse a ella
como tal. La reina de hielo, de todas todas. Si no hubiera sido tan condenadamente
atractiva, él no le habría hecho caso. Pero vaya, doctora Ellen, su belleza se
ha marchitado...
Wesker cerró los ojos, sonriendo, y recordó la experiencia.
Habían sido unos deshilachados mechones de pelo los que lo habían ayudado a
identificarla cuando apareció por detrás de una estantería, gimiendo y
trastabillando para alcanzarlo. Sus piernas seguían siendo largas, pero habían
perdido gran parte de su atractivo, por no mencionar también buena parte de su
piel.
—Qué perfume tan encantador lleva hoy, doctora Smith —había
dicho él.
Luego le había metido dos disparos en la cabeza y ella se había
derrumbado con un estallido de fragmentos de huesos y salpicaduras de sangre.
Wesker no se consideraba un hombre frívolo, pero apretar el gatillo para
dispararle a aquella zorra altanera había sido algo maravillosamente
gratificante, no, algo profundamente gratificante. Como la guinda de un pastel
de chocolate: una pequeña recompensa por tenerlo todo bajo control. Quizá si
tengo suerte es posible que me encuentre con ese gilipollas de Sarton en los
laboratorios. Wesker se levantó tras unos instantes y se desperezó. Se dio la
vuelta para echar un vistazo a algunos de los libros que estaban en la
estantería situada a su espalda. Estaba deseoso de ponerse en movimiento, pero
era bastante probable que los STARS tardaran algún tiempo en encontrar las
piezas del rompecabezas, y no podía hacer absolutamente nada para acelerar el
proceso. Más le valía entretenerse con algo... Frunció el entrecejo cuando
intentó comprender algunos de los títulos de los libros que había allí. Uno de
los libros se llamaba «Fagémidos: vectores de complementación alfa». En el
siguiente se leía «Bibliotecas de ADN y condiciones electroforéticas». Textos
de bioquímica y revistas de medicina. Estupendo. Quizá debería, después de
todo, echarse una siesta. El mero hecho de leer los títulos ya le estaba dando
sueño. Su mirada se posó en un tomo de aspecto pesado que estaba solo en una de
las estanterías inferiores, encuadernado con un delicado cuero rojo. Lo tomó en
sus manos, contento de entender el título, aunque fuera algo tan estúpido como
«Águila del este, lobo del oeste»... Un momento. Eso es lo mismo que está
escrito en la fuente... Wesker se quedó mirando el lomo del libro y sintió que
su buen humor iba desapareciendo gradualmente. No podía ser: Era posible que
los investigadores hubieran enloquecido pero sin duda no estarían tan chalados
como para cerrar por completo los laboratorios. No había razón alguna para
ello. Abrió el libro de forma casi frenética, rezando para que estuviera
equivocado. Dejó escapar un gemido de furia incontrolable al ver lo que había
metido en el hueco interior del falso libro: un medallón de bronce con un
águila grabada en una de sus caras. Era parte de una llave para otra de las
enloquecidas cerraduras de Spencer. Era la conclusión de un chiste cruel. Tenía
que encontrar los emblemas para poder salir de la casa. Una vez en el patio
tendría que atravesar un retorcido laberinto de túneles que acababan en una
sección oculta del jardín. Allí estaba la vieja fuente de piedra que señalaba
la entrada a los laboratorios subterráneos. La fuente era una de las
caprichosas invenciones de Spencer, una maravilla de la ingeniería que podía
abrirse o cerrarse para ocultar las instalaciones inferiores... eso suponiendo
que se dispusiera de las llaves: dos medallones fabricados con bronce, uno
grabado con la imagen de un águila y el otro con la de un lobo. El hecho de
haber encontrado el medallón con la imagen del águila grabada en él significaba
que la puerta estaba cerrada, y eso significaba que el medallón del lobo podía
estar en cualquier lugar, absolutamente en cualquier lugar de aquella casa, y
que sus probabilidades de ser el primero en entrar en los laboratorios habían
quedado reducidas prácticamente a cero. Incapaz de controlar su furia y su
rabia, agarró el medallón y arrojó el libro contra la lámpara de la mesa,
derribándola con un crujido y un chasquido y sumiendo la habitación en una
repentina oscuridad. Ya no tenía sentido guardar el emblema del viento: su plan
perfecto se había ido al garete. Tendría que abandonar su ventaja y mantener la
esperanza de que uno de los otros encontrara por casualidad el medallón del
lobo, escondido en algún punto de aquella enorme propiedad. Completamente
enfurecido, Wesker se quedó de pie en mitad de la oscuridad, con los puños
apretados, intentando no gritar de rabia.
Capítulo 12
Jill oyó un ruido parecido al de un cristal rompiéndose y se
quedó completamente inmóvil, a la escucha. Los sonidos se propagaban de forma
extraña en la mansión: los largos pasillos y la curiosa distribución de las
estancias hacían difícil saber de dónde procedían los ruidos. Eso si llegas a
oírlos. Suspiró y echó un vistazo alrededor, a la tranquila habitación repleta
de libros situada arriba de las escaleras. Ya había comprobado las otras tres
habitaciones a lo largo de la balaustrada superior y no había encontrado nada
de interés: un dormitorio algo espartano con dos camastros, una oficina y un
cuarto de estudio sin acabar con una puerta cerrada con llave y una chimenea en
su interior. Los únicos interruptores que había encontrado eran los de la luz,
aunque se había quedado muy intrigada por un botón negro de aspecto bastante
siniestro situado en la pared de la oficina... hasta que lo pulsó y se dio
cuenta de que había logrado descubrir el sistema de vaciado de una pecera vacía
que había en una esquina de la estancia. Había encontrado más munición para la
escopeta. Pensó que debería estar agradecida por ello. Era una docena de
proyectiles que había encontrado en una caja de metal debajo de uno de los
camastros del dormitorio. Sin embargo, si en alguna de las estancias había un
emblema escondido, ella no lo encontró. Jill sacó el ordenador de Trent y echó
un vistazo al mapa, situándose en el extremo superior de las escaleras. Más
allá de la segunda puerta de la habitación de espera había un amplio pasillo en
forma de «u» que daba de nuevo a la balaustrada del salón frontal. El pasillo
también daba a otras dos habitaciones, una que era un callejón sin salida, y
otra que atravesaba bastantes más. Guardó el aparato y desenfundó su Beretta,
deteniéndose un momento para aclarar su mente antes de entrar en el pasillo. No
le fue fácil. Sus pensamientos eran bastante confusos, divididos como estaban
entre intentar adivinar qué había ocurrido en aquella casa para que aparecieran
esos monstruos y sus preocupaciones por su equipo. Tendrías que haber mirado
con mayor detenimiento aquellos papeles... La oficina era muy sencilla, con
sólo una mesa escritorio y una estantería de libros, pero también había en ella
una hilera de percheros al lado de la puerta con batas de laboratorio colgadas.
Los papeles, que estaban esparcidos por encima de la mesa, contenían listas de
números y letras en su mayor parte. Sabía lo suficiente de química para darse
cuenta de que aquello era química, así que ni siquiera intentó leerlos o descifrarlos.
Sin embargo, desde que había encontrado los papeles, había comenzado a pensar
que los zombis eran resultado de un accidente de laboratorio. La mansión estaba
en unas condiciones demasiado buenas como para que fuera un particular el que
suministrara el dinero para ello, y el hecho de que todo aquello se hubiera
mantenido en secreto durante tanto tiempo sugería que era una tapadera. Calculó
que la capa de polvo correspondía a un par de meses, lo que coincidía con el
comienzo de los primeros ataques contra Raccoon City. Si los que habitaban
aquella casa habían estado llevando a cabo alguna clase de experimento y algo
había salido mal...
¿Algo que transformaba a la gente en comedores de carne humana?
Creo que te estás pasando un poquillo...
Sin embargo, de nuevo, era la teoría que tenía más sentido,
aunque mantenía su mente abierta a otras posibilidades.
Por lo que se refería a las preocupaciones sobre su equipo,
Barry se estaba comportando de una forma rara, y Chris y Wesker seguían
desaparecidos. En ese sentido no se habían producido cambios... y no los habrá
si tú no te pones en marcha.
Jill dejó a un lado sus preocupaciones y entró en el pasillo.
Se dio cuenta del olor antes incluso de ver al zombi más allá
del corredor, tirado en el suelo. Los pequeños apliques de la pared iluminaban
de forma irregular el cuerpo, los reflejos que despedían eran rojizos, y teñían
todo el pasillo con un resplandor de color carmesí oscuro. Apuntó su arma hacia
el cuerpo inmóvil y oyó una puerta cerrarse en algún lugar cercano.
¿Barry?
Él le había dicho que registraría el otro lado de la mansión,
pero quizás había encontrado algo y había regresado para buscarla... o tal vez
se iba encontrar por fin con algún miembro del equipo.
Sonrió ante aquella idea y se apresuró a recorrer el lóbrego
pasillo, deseosa de ver otro rostro familiar. Justo en el momento que doblaba
la esquina, una nueva oleada de hedor y podredumbre la rodeó... Entonces la
criatura caída a sus pies le agarró uno de los tobillos, inmovilizándole el pie
con una fuerza sorprendente.
Jill agitó los brazos en el aire sorprendida en un intento por
mantener el equilibrio y no gritar de asco al ver al zombi que acercaba su cara
a la bota. Sus esqueléticos y despellejados dedos arañaron débilmente el grueso
cuero del calzado para procurar tirarla... Jill levantó instintivamente la otra
bota y le dio un pisotón en la nuca. La suela resbaló encima del cráneo con un
asqueroso sonido húmedo. Un gran jirón de piel se quedó pegado a la suela de la
bota y dejó al descubierto el blanco hueso pero la criatura hizo caso omiso y
siguió agarrándola.
El segundo y el tercer pisotón golpearon la base del cráneo y,
finalmente, al cuarto, Jill sintió y oyó el chasquido del hueso al romperse
cuando las vértebras se partieron bajo el impacto de la bota.
Las pálidas manos retemblaron por un instante, y el zombi se
quedó inmóvil sobre la polvorienta moqueta con un goteo líquido procedente de
su garganta. Jill pasó por encima del cuerpo definitivamente inmóvil y dobló
corriendo la esquina mientras tragaba saliva con dificultad. Estaba convencida
de que las criaturas que recorrían la casa también eran víctimas en cierto
modo, como lo habían sido Becky y Pris, y liberarlos de su maldición era un
acto casi oneroso, pero también eran una amenaza, por no mencionar el hecho de
que eran una fuente ambulante de infecciones. Tendría que ser más cuidadosa.
A su derecha tenía una pesada puerta de madera con unas
incrustaciones de metal en forma de volutas. En la placa de la herradura había
grabada una armadura, pero al igual que las demás puertas que había encontrado
hasta entonces en el piso superior, no estaba cerrada con llave. No había nadie
en el interior de la iluminada habitación, pero ella se sintió de repente menos
dispuesta a continuar la búsqueda de quienquiera que estuviese en aquella zona.
Dos de las paredes de la gran estancia estaban cubiertas por una serie de
armaduras completas, ocho a cada lado, y una pequeña vitrina en la pared
trasera, eso sin contar un gran botón rojo situado en mitad del suelo de
mosaico gris.
¿Otra trampa? Quizás es un rompecabezas... Intrigada, entró en
la estancia y se dirigió hacia la vitrina. Los silenciosos guardias sin vida de
las paredes parecían vigilar cada uno de sus movimientos. En el suelo había un
par de agujeros con rejilla bastante misteriosos, uno a cada lado del botón
rojo. Quizás eran tomas de ventilación. Su corazón se aceleró ligeramente. De
repente, estuvo segura de que había encontrado otra de las trampas de la
mansión. Una rápida inspección ocular de la vitrina hizo que se decidiera. No
había forma alguna de abrirla: el cristal era de una sola pieza. Pero algo
brillaba en un pequeño hueco al fondo, con un brillo que parecía cobre
batido... y claro, se supone que debo apretar ese botón, pensando que abrirá la
vitrina... y después, ¿qué?
Se imaginó una escena bastante vívida: los huecos de ventilación
cerrándose mientras la puerta quedaba sellada. Una lenta muerte por asfixia en
una tumba sin aire. O quizá la estancia se llenaría de agua o con algún tipo de
gas venenoso. Miró alrededor frunciendo el entrecejo mientras se preguntaba si
debía intentar bloquear la puerta para que no se cerrase o si habría un botón
oculto en una de las armaduras que estaban vacías...
Cualquier acertijo tiene más de una respuesta, Jill, no lo
olvides.
Sonrió de repente. ¿Por qué tenía que pulsar el botón? Se agachó
al lado de la vitrina y agarró con firmeza el cañón de su pistola. Con un
simple golpe enérgico, el cristal se rompió con un chasquido, y unas finas
líneas de telaraña surgieron del punto de impacto. Utilizó de nuevo la
empuñadura del arma para abrir un agujero y metió cuidadosamente la mano en el
interior.
A continuación tomó el emblema hexagonal de cobre con un arcaico
grabado de un sol sonriente. Ella respondió a la sonrisa que aparecía en el
grabado, complacida por la solución que había encontrado. Al parecer, algunas
de las triquiñuelas de la casa podían sortearse de un modo distinto al
planeado, siempre que no hiciera caso de las reglas del juego limpio. Aun así,
prefirió regresar rápidamente a la puerta, no quería cantar victoria hasta que
hubiera salido de la soleada estancia.
Salió de nuevo al pasillo de luz rojiza y se quedó allí por un
momento, con el emblema en la mano mientras sopesaba las distintas opciones de
las que disponía. Podía continuar buscando a quienquiera que fuese el que
rondaba por aquella zona y había cerrado la puerta que había oído, o podía
regresar a la puerta con la cerradura de rompecabezas y colocar cada emblema en
su sitio. Sin embargo, por mucho que deseara encontrar al resto del equipo,
Barry tenía razón: lo primero era salir de aquel lugar. Si alguno de los demás
miembros del equipo estaba vivo, sin duda estaría buscando un modo de salir de
la mansión. Su pensativa mirada se posó en la fétida criatura que había matado,
y se detuvo durante unos instantes en el charco de oscuro fluido que crecía
lentamente alrededor de la cabeza del zombi. Entonces, de repente, se dio
cuenta de que quería salir de la casa desesperadamente, quería escapar cuanto
antes del aire viciado y del hedor de las pestilentes criaturas que acechaban
entre las polvorientas y frías estancias de aquel sitio, quería salir lo antes
que fuera humanamente posible. Jill tomó una decisión y se apresuró a regresar
por donde había llegado, sosteniendo con fuerza el emblema en su mano. Ya había
descubierto dos de las piezas del rompecabezas que necesitaban los STARS para
escapar de la mansión. No sabía hacia qué escaparían, pero cualquier cosa sería
mejor que lo que dejarían atrás...
—¡Richard!
Rebecca se puso inmediatamente de rodillas al lado del miembro
del equipo Bravo y le puso los dedos de una mano temblorosa en la garganta para
comprobar si todavía estaba vivo.
Chris permaneció mirando en silencio el cuerpo desangrado. Ya
sabía que ella no sentiría latido alguno bajo sus dedos; la tremenda herida en
el hombro derecho de Richard estaba secándose y de aquel destrozo en la carne
ya no quedaba sangre. Estaba muerto.
Observó cómo la delgada mano de Rebecca se retiraba del cuerpo
de Richard y se acercaba a los velados ojos del miembro del equipo Bravo para
cerrarlos. Los hombros de su compañera se hundieron, y Chris sintió por un
momento que se desmayaba al pensar en Richard: el experto en comunicaciones
había sido un tipo encantador, una buena persona, y sólo tenía treinta y tres
años... Miró alrededor, registrando con la vista la vacía habitación en busca
de alguna pista sobre la causa de la muerte de Richard. La estancia en la que
habían entrado estaba un poco más allá de la balaustrada de la segunda planta,
y sin ningún tipo de decoración. Excepto Richard, allí no había nada más...
Chris frunció el entrecejo y caminó unos cuantos pasos hacia la
segunda entrada de la habitación. Se agachó y echó un vistazo más detenido al
suelo de baldosas oscuras. Allí había una mancha de sangre seca, con la
imprenta de la bota de Richard marcada, y estaba a mitad de camino entre el
cuerpo de su compañero y la sencilla puerta de madera que se encontraba a tres
metros de él. Se quedó mirando pensativo a la puerta, y apretó con fuerza la
culata de su pistola.
Sea lo que fuere lo que ha matado a Richard, está al otro lado
de la puerta, y quizás esté esperando a más víctimas...
—Chris, échale un vistazo a esto.
Rebecca, todavía arrodillada al lado de Richard, tenía la mirada
fija en el destrozado hombro derecho del cadáver. Chris se arrodilló junto a
ella, sin estar seguro de que era lo que debía mirar. La herida tenía los
bordes desiguales, y la carne estaba descolorida por el traumatismo. Sin
embargo, era cierto que había algo raro: la herida no parecía muy profunda...
—¿Ves esas líneas de color púrpura que salen de los cortes? ¿Y
la forma en que el músculo ha sido perforado aquí y aquí? —Rebecca señaló dos
agujeros separados unos quince centímetros. La carne alrededor de cada uno de
los agujeros tenía un color rojo con aspecto de infección. Se sentó en
cuclillas y levantó la vista para mirar a Chris—. Creo que ha muerto
envenenado. Me parece que es una mordedura de serpiente.
Chris se quedó mirándola, ligeramente perplejo.
—¿Qué serpiente tiene ese tamaño?
Ella meneó la cabeza mientras se ponía de pie.
—Ni idea. Quizás ha sido otra criatura, pero lo que está claro
es que esa herida no era suficiente para matarlo. Le habría llevado horas
desangrarse por esa herida. Estoy bastante segura de que ha muerto envenenando.
Chris la miró con un nuevo respeto. Tenía buena vista de los
detalles y se estaba comportando estupendamente, teniendo en cuenta la
situación general. Registró rápidamente el cuerpo de Richard y encontró otro
cargador completo y un aparato de radio portátil. Le entregó ambos objetos a
Rebecca y se metió la Beretta de Richard en el cinturón.
Miró de nuevo a la puerta y luego a Rebecca.
—Sea lo que fuere lo que lo ha matado, puede que esté detrás de
esa puerta...
—Entonces habrá que tener cuidado —respondió ella y, sin decir
otra palabra, se encaminó hacia la puerta y se quedó de pie al lado del umbral,
esperándolo.
Tengo que dejar de pensar en ella como si se tratase de una
niña. Ha sobrevivido al resto de su equipo, y no necesita que ande sintiéndome
superior a ella o diciéndole que se quede a mi espalda. Se acercó hasta la
puerta y le hizo un gesto de asentimiento. Ella giró el pomo y abrió la puerta,
y ambos alzaron las armas y cubrieron el pasillo en toda su extensión mientras
cruzaban el umbral.
Justo delante de ellos vieron unas escaleras de madera que
conducían a otra puerta cerrada. A la izquierda, un ramal del pasillo daba a
otra puerta. En las paredes al lado de las escaleras había largas manchas de
sangre, y Chris tuvo la absoluta certeza de que lo que había matado a Richard
estaba detrás de aquella puerta.
Le señaló con un gesto el ramal a Rebecca y después habló con
voz baja.
—Encárgate de esa habitación. Si te encuentras en problemas,
regresa aquí y espérame. Regresa de todas maneras en cinco minutos para ver si
todo va bien.
Rebecca asintió y avanzó por el estrecho pasillo. Chris esperó
que ella entrara en la nueva habitación antes de subir las escaleras mientras
sentía que el corazón le palpitaba con fuerza bajo las costillas.
La puerta estaba cerrada con llave, pero Chris se percató de que
en la placa de la cerradura había grabado un pequeño escudo. Rebecca estaba
resultando ser más útil de lo que en principio se había imaginado. Sacó la
llave que le había entregado un rato antes y abrió la gran puerta, comprobando
su Beretta antes de entrar en la estancia.
Era un gran ático, tan sencillo y falto de adornos que
contrastaba con el resto de la mansión, tan decorada. Unas vigas de apoyo de
madera iban desde el suelo hasta el inclinado techo, y aparte de unas cuantas
cajas y barriles puestos al lado de las paredes, el lugar estaba completamente
vacío.
Chris continuó adentrándose en la estancia, manteniendo la
guardia alta mientras la registraba. Al otro lado de la amplia estancia había
un muro parcial, de unos tres metros por dos metros, bastante separado de la
pared posterior del ático, que le recordó el establo de un caballo. Era la
única zona oculta a la vista. Chris se acercó hasta allí lentamente, los pasos
de sus botas sobre el suelo de madera lanzaron ecos huecos al frío aire.
Se pegó a la pared y asomó la Beretta al mismo tiempo que la
cabeza, con el corazón casi desbocado.
No vio ninguna serpiente cuando miró por encima del muro, pero
sí un agujero de contornos desiguales cerca de la unión entre las dos paredes,
a unos treinta centímetros de altura y con unos sesenta de diámetro. Chris
husmeó el aire: olía a algo acre y extraño, como el olor almizcleño de un
animal salvaje. Frunció el entrecejo y comenzó a alejarse...
De pronto se detuvo e inclinó el cuerpo para mirar mejor. Había
un trozo de metal redondeado cerca del agujero, como una moneda del tamaño de
un puño pequeño. Tenía algo grabado, como una luna en cuarto creciente o
menguante... Chris rodeó el pequeño muro y entró en el recinto rodeado,
vigilando atentamente el agujero mientras se agachaba recogía el disco de
metal. Era una pieza hexagonal de cobre con una luna grabada, una bonita
muestra de artesanía...
Oyó un ruido suave y siseante, como de algo grande que se
arrastrase, proveniente del agujero.
Chris retrocedió de un salto y apuntó hacia el agujero mientras
se movía. Continuó retrocediendo hasta que su espalda chocó con la pared del
ático, y comenzó a girarse para salir de allí...
Entonces un cilindro oscuro salió disparado del agujero a una
velocidad del rayo. Era tan grande como un plato e impactó contra la pared a
escasos centímetros de la pierna derecha de Chris. La madera saltó hecha
astillas por el golpe...
¡Mierda! ¡Eso es una serpiente! Chris trastabilló al mismo
tiempo que la serpiente retrocedía para atacar de nuevo y a la vez sacaba el
resto de su cuerpo del agujero. Alzó su parte delantera y levantó su cabeza
hasta la altura del pecho de Chris. Abrió la boca y dejó al descubierto unos
enormes colmillos goteantes.
Chris corrió hacia el centro de la habitación y allí se dio
media vuelta. Apuntó de nuevo y disparó contra la gran cabeza en forma de
diamante del animal. La serpiente soltó un extraño grito siseante cuando el
proyectil atravesó un lado de las tremendas fauces, abriendo un agujero en su
estirada piel.
Se dejó caer al suelo de nuevo y se abalanzó contra él como un
látigo, con un solo empuje de su largo y musculoso cuerpo, de al menos seis
metros de largo. Chris disparó otra vez y un trozo de carne escamosa se
desprendió de la espalda de la serpiente, salpicando el suelo de sangre negra.
El animal volvió a alzarse delante de Chris con un siseo
rugiente, y su cabeza quedó a escasos centímetros de la cara de él, con la
sangre saliendo a borbotones del agujero de la boca... A los ojos. Apunta a los
ojos.
Chris apretó el gatillo y la serpiente le cayó encima, tirándolo
al suelo con las tremendas convulsiones de su cuerpo. La cola azotó una de las
vigas de apoyo con tal fuerza que la agrietó. Chris luchó por liberar sus
brazos aprisionados para poder herirla gravemente antes de que lo matara...
El pesado y frío cuerpo se quedó fláccido de repente,
desplomándose inerte al suelo.
—¡Chris! —gritó Rebecca cuando entró corriendo en la habitación,
y se detuvo en seco cuando vio el monstruoso reptil—. Vaya...
Chris se esforzó por apoyar una de sus botas en una de las vigas
de apoyo y, después de empujar con fuerza, logró salir de debajo del grueso
cadáver. Rebecca se agachó para tirar de él y ayudarlo, con los ojos abiertos
de par en par por la sorpresa y la incredulidad.
Se quedaron mirando la herida que había logrado matar finalmente
a la criatura: el negro y rezumante agujero que había sido su ojo, atravesado y
machacado por un proyectil de nueve milímetros.
—¿Estás bien? —preguntó ella en voz baja.
Chris se limitó a asentir. Quizá tenía unos cuantos morados,
pero ¿qué importaba? Había estado literalmente a escasos centímetros de una
muerte segura, y todo por agacharse a recoger…
Levantó la mano que sostenía el emblema de cobre y tuvo que
tirar de sus agarrotados dedos para separarlos del metal.
Lo había mantenido agarrado durante el enfrentamiento contra la
serpiente sin siquiera darse cuenta y, al mirarlo de nuevo, tuvo la sensación
de que era algo importante...
¿Quizá porque has estado a punto de convertirte en comida para
serpientes por recogerlo del suelo?
Rebecca lo tomó en su mano y recorrió con el dedo el grabado de
la luna.
—¿Has encontrado algo? —preguntó Chris.
Ella meneó la cabeza.
—Nada importante. Una mesa, un par de estanterías. ¿Para qué
sirve esto?
Chris se encogió de hombros y volvió la vista hacia el
sangriento agujero que había sido el ojo derecho de la serpiente. Se estremeció
involuntariamente al pensar lo que podía haber ocurrido si hubiese fallado
aquel último disparo...
—Quizá lo descubramos por el camino —respondió finalmente en voz
baja—. Vamos, salgamos de aquí.
Rebecca le devolvió el emblema y salieron apresuradamente del
ático. Mientras cerraba la puerta tras de sí, Chris se dio cuenta de repente
que, aunque nunca antes le había preocupado, a partir de aquel momento odiaba
profundamente a las serpientes.
Barry subió con pasos lentos y pesados las escaleras de la ala
principal. El nudo en el estómago provocado por el miedo crecía a cada paso.
Había registrado todas y cada una de las habitaciones del ala oriental que
había podido abrir y no había encontrado absolutamente nada. Las mismas
imágenes horribles se repetían una y otra vez su mente mientras recorría
lentamente la escalera: Kathy, Moira y Poly Anne, aterrorizadas y sufriendo en
su propia casa a manos de un puñado de extraños. Kathy conocía la combinación
del armario blindado del sótano donde guardaban las armas, pero las
probabilidades de que llegara hasta él sin que alguien... Barry llegó al primer
rellano y aspiró aire con una inspiración temblorosa y profunda. Kathy ni
siquiera pensaría en correr hacia donde estaban las armas si oía que alguien
rompía las ventanas o la puerta. Su prioridad sería llegar hasta donde se
encontrasen las niñas, para asegurarse de que estaban bien.
Si no encuentro esos emblemas, nada irá bien. No había ninguna
radio ni teléfono en toda la mansión. Si Wesker no lograba llegar hasta los
laboratorios, ¿cómo podría estar en contacto con la gente de White Umbrella
para avisarle que retirara a los asesinos?
Barry llegó hasta la puerta del último rellano, que llevaba al
ala occidental. Su única esperanza era que Jill o Wesker hubiesen logrado
encontrar los otros tres símbolos heráldicos que faltaban. No sabía dónde
estaba metido Wesker aunque no tenía dudas de que aquel cabrón aparecería en
poco tiempo, pero Jill probablemente continuaría buscando el piso superior.
Podrían repartirse las habitaciones que ella no hubiera registrado y al menos
eliminar las zonas menos probables. Si no lograban encontrar ninguno de los
emblemas, él tendría que volver al ala oriental y empezaría a destrozar el
mobiliario...
Abrió la puerta que llevaba al pasillo rojo... y casi se dio de
bruces con Chris Redfield y Rebecca Chambers mientras entraban en la puerta a
su derecha. El rostro de Chris se iluminó con una enorme sonrisa.
—¡Barry! —El joven dio un paso adelante y lo abrazó con fuerza.
Luego retrocedió sin dejar de sonreír—. ¡Jesús, me alegro de verte! Empezaba a
pensar que Rebecca y yo éramos los únicos que quedábamos vivos. ¿Dónde están
Jill y Wesker?
Barry logró esbozar una sonrisa mientras se esforzaba por
inventar una respuesta aceptable y casi se sintió enfermo por los
remordimientos. Mentirle a Jill había sido relativamente fácil, pero conocía a
Chris desde hace años... Kathy y las niñas, muertas...
—Jill y yo salimos en tu búsqueda, pero todas las puertas de
aquella sala estaban cerradas, y el capitán había desaparecido para cuando
regresamos a la entrada. Os hemos estado buscando a los dos e intentado
encontrar una forma de salir de aquí desde entonces...
Barry pudo sonreír de una forma más natural.
—Yo también me alegro mucho de verte, de veros a los dos.
Al menos, eso es verdad.
—¿Así que Wesker simplemente desapareció? —preguntó Chris.
Barry asintió, sintiéndose incómodo de nuevo.
—Sí. y hemos encontrado a Ken. Uno de esos bichos de dos patas
lo ha matado.
Chris suspiró.
—Sí, lo he visto. Forest y Richard también están muertos
Barry sintió una oleada de tristeza y tragó saliva con
dificultad. De repente notó que el odio que sentía por Wesker aumentaba todavía
más. Las personas para las que trabajaba el capitán habían provocado todo
aquello, y ahora había que ocultarlo todo para evitar la responsabilidad de sus
acciones… y me guste o no, yo voy a ayudarles a hacerlo.
Barry respiró profundamente y congeló una imagen de su mujer y
sus hijas en su mente.
—Jill encontró una especie de puerta trasera, que cree puede ser
una salida. El problema es que tiene algo así como una cerradura rompecabezas y
necesitamos encontrar las piezas para abrirla. Son cuatro emblemas de
metal-cobre. Jill ya ha encontrado uno, y creemos que los demás están
escondidos en distintos sitios de la mansión...
Dejó de hablar al ver la sonrisa de Chris mientras éste se metía
la mano en un bolsillo del chaleco.
—¿Algo parecido a esto?
Barry se quedó mirando al emblema que Chris había sacado, y
sintió que el corazón se le aceleraba.
—¡Sí, es uno de ellos! ¿Dónde lo has encontrado?
Rebecca comenzó a hablar, sonriendo con timidez.
—Tuvo que enfrentarse a una serpiente gigante para conseguirlo,
una serpiente realmente gigante. Creo que ha podido estar afectada por el
accidente, mediante un virus transgénico aunque los de ese tipo son muy raros.
Barry extendió la mano con toda la naturalidad que pudo hacia el
símbolo heráldico mientras fruncía el entrecejo.
—¿Un accidente?
Chris asintió.
—Sí. Hemos encontrado información que sugiere que existen
ciertas instalaciones científicas en este lugar, y que en lo que estaban
trabajando se salió de madre: un virus.
—Uno que al parecer puede afectar a mamíferos y reptiles —añadió
Rebecca—. No sólo diferentes especies, sino diferentes familias.
Ha afectado a la mía, desde luego, pensó Barry con amargura.
Frunció el entrecejo aún más, simulando estar pensativo y preocupado, cuando en
realidad lo que intentaba era encontrar una excusa para irse solo. El capitán
no se le acercaría a menos que estuviese a solas, y Barry estaba desesperado
por colocar la pieza de cobre en su sitio, por demostrar que estaba cooperando
y que había convencido al resto del equipo para que lo ayudara a buscar. Sentía
cómo se le iban escapando los segundos y el metal comenzaba a calentarse bajo
sus sudorosos dedos.
—Tenemos que meter en el ajo a los federales —dijo finalmente—.
Ya sabéis, una investigación completa con apoyo militar, toda la zona en
cuarentena...
Chris y Rebecca estaban asintiendo con la cabeza, y Barry sintió
de nuevo un ataque casi incontrolable de remordimientos. Dios, si no fueran tan
confiados...
—Pero para ello tenemos que encontrar los demás emblemas
—continuó Barry—. Puede que Jill haya descubierto otro de ellos, quizás incluso
ha encontrado los dos que faltan...
Dios lo quiera...
—¿Sabes dónde está? —preguntó Chris.
Barry asintió mientras pensaba a toda velocidad.
—Creo que sí, pero este lugar es una especie de laberinto así
que, ¿por qué no nos esperáis en la sala principal por la que entramos mientras
voy a buscarla? De ese modo podremos organizar la búsqueda y realizar un
registro más exhaustivo —Sonrió, con la esperanza de que su voz sonara más
convincente de lo que realmente se sentía—. Aunque, si no regreso pronto,
seguid buscando más emblemas como éste para colocarlos en la puerta trasera que
se encuentra al final del pasillo del ala oeste, en la primera planta.
Chris se quedó mirándolo por un momento y Barry adivinó todas
las preguntas que se estaban formando en su mente, preguntas que Barry no
podría contestar: ¿Por qué debemos separarnos? ¿Qué tal si además buscamos al
capitán que también ha desaparecido? ¿Cómo podemos estar seguros de que esa
puerta trasera es una vía de escape y nos llevará al exterior?
Por favor, por favor, haz lo que te pido...
—Muy bien —aceptó finalmente Chris a regañadientes—.
Esperaremos, pero si ella no está donde tú crees, regresa con nosotros. Tenemos
más oportunidades de salir con vida de aquí si nos mantenemos juntos.
Barry sólo asintió; dio media vuelta y se marchó al trote por el
oscuro pasillo antes de que Chris tuviera ocasión de decir nada más. Había
visto la duda en los ojos de Chris, había oído la incertidumbre en su voz. Al
oír sus últimas palabras, Barry había sentido el impulso desesperado de
advertirle sobre el capitán Wesker y su traición. Marcharse había sido la única
manera de impedirse a sí mismo decir algo de lo que podría arrepentirse, algo
que podría matar a su familia. En cuanto oyó que se cerraba la puerta que daba
al balcón, aumentó el ritmo de su carrera y dobló las esquinas a toda
velocidad. Había un zombi muerto cerca de la puerta que llegaba a las
escaleras, y Barry se limitó a saltar por encima. El hedor del cadáver quedó
atrás cuando atravesó el pasillo. Saltó los escalones de la escalera trasera de
tres en tres mientras su conciencia le machacaba de forma constante e
inmisericorde, recordándole sin cesar su traición.
Barry, eres un mentiroso. Utilizas a tus amigos del mismo modo
que Wesker te utiliza a ti: juegas con su confianza en ti. podrías haberles
dicho lo que está pasando realmente para que te ayudaran a detenerlo... Barry
se sacudió aquellos pensamientos de la cabeza cuando llegó a la puerta de metal
que daba al camino cubierto y la abrió de golpe. No podía arriesgarse, no lo
haría. ¿Qué pasaría cuando Wesker estuviese cerca de ellos y lo oyera? Wesker
tenía a la familia de Barry para chantajearlo, pero cuando Chris y los otros
supieran la verdad, ¿qué le impediría a Wesker matarlos para que no hablaran?
Si ayudaba a Wesker a destruir las pruebas, los STARS no podrían demostrar
nada, y el capitán podría dejarlos marchar sin mayor problema a todos...
Barry se acercó hasta el diagrama situado junto a la puerta
trasera y se paró en seco, mirándolo fijamente. Una enorme sensación de alivio
le inundó el cuerpo, una oleada de tranquilidad y calma. Tres de los cuatro
huecos del diagrama estaban tapados por sus correspondientes emblemas: el sol,
el viento y las estrellas. Se había acabado.
¡El capitán ya puede llegar hasta los laboratorios y llamar a
los suyos. Ya no nos necesita más! Puedo regresar y mantener al resto del
equipo ocupado mientras él hace lo que tenga que hacer. La policía de Raccoon
City aparecerá más tarde o más temprano y podré olvidar todo lo sucedido...
Estaba tan emocionado que no oyó los pasos apagados sobre el
suelo de piedra, a su espalda. No se dio cuenta de que no estaba solo hasta que
la suave voz de Wesker sonó a su lado.
—¿Por qué no acaba el rompecabezas, señor Burton?
Barry dio un respingo sobresaltado. Miró fijamente a Wesker,
odiando su cara satisfecha medio oculta por las gafas de sol. El capitán indicó
con un gesto de su cabeza el emblema de cobre que Barry sostenía en la mano.
—Sí, de acuerdo —murmuró Barry en tono sombrío y colocó la
última pieza del rompecabezas en su lugar.
Se oyó un profundo chasquido metálico procedente del interior de
la puerta, cliiiing, y Wesker pasó a su lado, abriendo de un empujón la puerta
y dejando a la vista un pequeño y desvencijado almacén de herramientas. Barry
asomó la cabeza y vio la salida en la pared de enfrente. No había ningún
diagrama a su lado, no había más enloquecedores rompecabezas que resolver.
Kathy y las niñas estaban a salvo.
Wesker se inclinó en una reverencia burlona y le indicó a Barry
que pasara al interior, siempre sonriendo.
—No hay mucho tiempo, Barry, y todavía tenemos mucho por hacer.
Barry lo miró con una expresión confundida.
—¿Qué quieres decir? Ya puedes llegar al laboratorio...
—Bueno, ha habido un pequeño cambio de planes. Verás, resulta
que necesito que me encuentres otra cosa, tengo una ligera idea de dónde está,
pero hay una serie de peligros... has realizado un trabajo tan bueno hasta el
momento que quiero que vengas conmigo de nuevo...
La sonrisa de Wesker se transformó en una mueca parecida a la
boca de un tiburón, un frío e implacable recordatorio para Barry de lo que se
encontraba en juego.
—De hecho, me temo que debo insistir en que vengas.
Después de un momento que pareció durar una eternidad, Barry
asintió cabizbajo.
Capítulo 13
Mi queridísima Alma:
«Estoy sentado aquí, intentando pensar por dónde empezar, en
cómo explicar en pocas palabras todo lo que ha ocurrido en mi vida desde la
última vez que hablamos, y ya he fallado en mi propósito. Espero que cuando
recibas esta carta te encuentres sana y salva y que perdones los rodeos que doy
al escribir, pero no es fácil contarte esto. Incluso mientras te escribo, noto
cómo las ideas más simples se me escapan de la mente debido a los sentimientos
de desesperación y confusión, pero tengo que contarte lo que ha pasado y lo que
tengo en el corazón antes de descansar. Ten paciencia y acepta lo que voy a
contarte como la verdad que es. El relato completo de lo ocurrido llevaría
horas de escritura, y me queda poco tiempo, así que éstos son los hechos: el
mes pasado se produjo un accidente en el laboratorio, y el virus que estábamos
estudiando escapó de nuestro control. Todos mis colegas que resultaron
infectados han muerto o pronto morirán, y la naturaleza de la enfermedad es tal
que los que todavía viven han perdido la cordura. El virus le roba a la víctima
su humanidad, y la enfermedad la obliga a buscar y a destruir toda vida que
encuentre. Puedo oírlos mientras te escribo esto, amontonados contra la puerta
que he cerrado con llave, lo mismo que animales hambrientos y sin inteligencia,
aullando como almas perdidas. No existen palabras suficientes ni con la
necesaria profundidad para describir la vergüenza y la pena que siento al
pensar que soy responsable en parte de su enfermedad. Creo que ahora ya no
sienten nada, ni miedo, ni dolor, pero el hecho de que no puedan sentir el
horror de lo que se han convertido no me libera de mi terrible culpa. Esta
pesadilla que me rodea también es obra mía.
A pesar de la culpabilidad que arde en mi corazón y que me
perseguiría durante toda la vida, intentaré sobrevivir aunque sólo fuera para
verte otra vez, sin embargo, todos mis esfuerzos sólo han servido para retrasar
lo inevitable: estoy infectado y no existe cura alguna para lo que vendrá a
continuación. La única solución es acabar con mi vida antes de que pierda lo
que me diferencia de ellos: mi amor por ti. Por favor, comprende lo que hago.
Quiero que sepas que lo siento mucho.»
MARTIN CRACKHORN
Jill suspiró y dejó el arrugado trozo de papel encima de la mesa
con suavidad. Las criaturas eran víctimas de su propia investigación. Al
parecer, había adivinado lo que había sucedido en la mansión, aunque leer
aquella carta impedía que se sintiera muy orgullosa de sus dotes de deducción.
Había colocado el emblema del sol, y había decidido que la oficina de la planta
superior merecía un registro más exhaustivo. Después de rebuscar un poco, había
encontrado el testamento de Crackhorn metido en uno de los cajones.
Crackhorn, Martín Crackhorn. Era uno de los nombres de la lista
de Trent... Jill frunció el entrecejo y regresó a la puerta de la oficina
caminando con lentitud. Por alguna extraña razón que no lograba a comprender,
Trent quería que los STARS descubrieran lo que había ocurrido en la mansión
antes que nadie. Sin embargo, era obvio que él ya sabía bastante, así que ¿por
qué no decírselo directamente a los STARS? y además, ¿qué ganaba Trent
diciéndoles lo poco que había dicho? Atravesó el pequeño vestíbulo de la
oficina y salió de nuevo a la sala, todavía con el entrecejo fruncido. Barry
había estado actuando de una forma bastante rara poco antes, y ella necesitaba
saber la razón. Quizá le respondiera con franqueza si le hacía una pregunta
directa... O quizá no. De todas maneras, al menos me dará una respuesta.
Jill se detuvo en el rellano de las escaleras posteriores e
inspiró profundamente... y se dio cuenta de que algo había cambiado. Miró
alrededor con incertidumbre, mientras intentaba descubrir con exactitud lo que
le estaban diciendo sus sentidos.
Hace menos frío. Sólo un poco menos de frío, pero desde luego la
temperatura ha subido. Y el aire no huele tanto a estancado... Como si alguien
hubiese abierto una ventana o quizás una puerta.
Jill se dio la vuelta y comenzó a bajar las escaleras al trote,
repentinamente ansiosa por echarle un vistazo a la cerradura del diagrama.
Cuando llegó al final de las escaleras vio que la puerta que comunicaba una
sala con la otra estaba abierta de par en par. Oyó a lo lejos el sonido de los
grillos, y sintió el cálido aire nocturno soplar hacia ella a través de la fría
hedionda de la mansión. Se apresuró a llegar hasta el oscuro pasillo y dobló a
la derecha mientras intentaba no hacerse ilusiones. Dobló de nuevo a la derecha
y vio que la puerta que llevaba hasta el sendero abierto también estaba abierta
de par en par. Quizá lo único que ocurre es eso, que las dos puertas estaban
abiertas. No significa que el rompecabezas esté resuelto. Jill comenzó a correr,
sintiendo la limpia tibieza del aire veraniego sobre su piel mientras daba la
vuelta a una esquina del sendero... Dejó escapar una corta y triunfante
carcajada cuando vio los cuatro emblemas colocados en su sitio al lado de la
puerta abierta. Una cálida brisa atravesaba la estancia que el rompecabezas
había abierto, un pequeño almacén para las herramientas de jardinería. La
puerta de metal que había al otro lado del almacén también estaba abierta, y
Jill vio la luz de los rayos de la luna brillando sobre una pared de ladrillo
que había más allá de la puerta de oxidadas bisagras. Barry había tenido razón:
la puerta llevaba al exterior. Ahora podrían buscar ayuda, podrían encontrar un
camino seguro por el que salir del bosque o, al menos, hacer una señal de fuego
a la policía que...
Pero si Barry ha encontrado los símbolos heráldicos que
faltaban, entonces, ¿por qué no ha venido a buscarme? La sonrisa de Jill se
desvaneció cuando entró en el cobertizo, mientras miraba con desgana las
polvorientas cajas y barriles que se alineaban a lo largo de las grises paredes
de piedra. Barry sabía dónde se encontraba, él mismo le había sugerido que se
encargara de registrar la segunda planta del ala oeste... Quizá no ha sido
Barry quien ha abierto la puerta.
Cierto, podía haber sido Wesker o Chris, o tal vez incluso uno
de los miembros del equipo Bravo. Si era así, lo mejor que podía hacer era
regresar en busca de Barry. Mejor, incluso, investigaré la zona un poco, sólo
para asegurarme de que vale la pena el esfuerzo. Era una forma de racionalizar
un sentimiento, porque la idea de regresar a la mansión ahora que tenía una
posible vía de escape delante de ella no era tan atrayente. Desenfundó su
Beretta y se encaminó hacia la puerta exterior. Había tomado una decisión. De
lo primero que se dio cuenta fue del ruido del agua corriendo, que se oía por
encima de los demás suaves ruidos nocturnos del bosque. Sonaba como una pequeña
catarata. Lo segundo y lo tercero fueron los cuerpos de dos perros que estaban
tirados en mitad del sendero pedregoso. Los había abatido a disparos. Sin duda,
alguno de los STARS ha pasado por aquí. Jill entró en un gran patio que estaba
rodeado por unos elevados muros, con unos gruesos setos a cada lado. Unas nubes
oscuras se cernían ominosas a poca altura. Al otro lado de aquel espacio
abierto vio una puerta de hierro, a continuación de un plantío de arbustos, y a
su izquierda divisó un sendero que se veía envuelto en las sombras que
proyectaban los altos muros de ladrillo de cuatro metros. El suave murmullo de
la catarata parecía provenir de aquella dirección, aunque el sendero acababa
abruptamente en otra puerta de metal de poco más de un metro. ¿Quizás unas
escaleras que bajan?
Jill dudó unos instantes. Miró la vieja y oxidada puerta de
metal que se encontraba delante de ella, y después a los retorcidos cuerpos de
los perros mutantes. Ambos estaban más cerca de la puerta que del sendero, y
suponiendo que ambos hubieran muerto mientras atacaban, el que había disparado
debía encaminarse en aquella dirección... De repente oyó un fuerte ruido de
agua salpicando en todas direcciones, y aquello tomó la decisión por ella. Jill
se giró y corrió por el sendero iluminado por la luna, con la esperanza de
descubrir lo que había provocado aquel sonido. Llegó al final del sendero de
piedra y se asomó por encima de la puerta. Retrocedió, sorprendida por el
repentino vado que se abría a sus pies. No había escalera alguna: la puerta
daba a una pequeña plataforma de ascensor y a un enorme patio a unos seis
metros por debajo de ella. El sonido del chapoteo procedía de su derecha, y
Jill bajó la mirada justo a tiempo para ver una silueta oscura que atravesaba
una catarata, y desaparecía tras la cortina de agua que dejaba por la pared
oeste. ¿Qué demonios...? Se quedó mirando la pequeña cascada y parpadeó, sin
sentirse segura de lo que había visto. Quizá los ojos le estaban jugando una
mala pasada. El chapoteo había cesado en cuanto la persona había desaparecido,
y estaba bastante segura de que no tenía alucinaciones auditivas... lo que
significaba que la cascada ocultaba un pasaje secreto. Estupendo. Eso es
justamente lo que le falta a este lugar. Dios sabe que no me bastaba con lo que
he encontrado dentro de la casa. Los mandos para el ascensor, en el que sólo
cabía una persona, se encontraban en una barra de metal al lado de la puerta
oxidada. La plataforma se encontraba en el suelo del patio inferior, así que
Jill apretó el botón de encendido, pero no ocurrió nada. Tendría que bajar por
otro método y perder tiempo mientras el tipo de la silueta misteriosa se
alejaba. A no ser que...
Jill observó detenidamente el estrecho hueco del ascensor, un
rectángulo de poco más de un metro de longitud del lado encarado hacia el patio
abierto. Tener que subir por allí sería una cabronada, pero ¿y bajar? Pan
comido. Podría descender en un minuto o poco más. Sólo tendría que utilizar la
espalda como punto de apoyo e ir bajando poco a poco con las piernas. Un
inquietante pensamiento la asaltó mientras se sacaba la escopeta de la funda de
la espalda y se preparaba para comenzar el descenso: si la persona que había
atravesado la cascada era uno de los miembros del equipo STARS, ¿cómo sabía que
existía un pasaje secreto en aquel lugar? Buena pregunta, y no una en la que
quisiera detenerse mucho rato. Jill empuñó con fuerza la escopeta, abrió la
puerta que daba al hueco del ascensor y comenzó a bajar lentamente por él.
Le habían dado a Barry quince minutos de margen antes de
dirigirse hacia el ala oeste y encontrar abierta la puerta trasera. Se quedaron
allí en pie, mirando la placa de cobre y los distintos emblemas grabados. Chris
se fijó especialmente en el emblema con el grabado de la luna en cuarto
creciente que Barry se había llevado consigo. Se sentía algo confuso y muy
preocupado. Barry era una de las personas más francas y honestas que jamás
había conocido. Si él había dicho que iba en busca de Jill y que volvería junto
a ellos, eso es exactamente lo que pretendía hacer. Pero no había regresado, y
si se había metido en problemas, ¿cómo es que el emblema habla acabado colocado
en su sitio correspondiente? No le gustaba ninguna de las explicaciones a las
que había llegado su mente lógica: alguien se lo podría haber arrebatado... él
podría haberlo colocado en su sitio y luego haber resultado herido... Las
posibilidades parecían infinitas, y alguna de ellas era demasiado
esperanzadora. Suspiró, le dio la espalda al diagrama y miró a Rebecca.
—Sea lo que fuere lo que le ha pasado a Barry, deberíamos seguir
adelante. Puede que éste sea el único camino de salida de la mansión y sus
alrededores.
Rebecca sonrió levemente.
—A mí me parece bien. Es que me siento bien por la idea de salir
por fin de aquí, ¿sabes?
—Sí, te entiendo —contestó él con fervor.
No se había dado cuenta de que se había acostumbrado al frío y
opresivo ambiente de la mansión hasta que salieron al exterior. La diferencia
era realmente increíble.
Atravesaron el pequeño almacén de herramientas y se detuvieron
en la puerta trasera. Ambos respiraban de forma rápida y agitada. Rebecca
comprobó su Beretta por lo que le pareció a Chris que era la centésima vez
desde que salieron de la sala principal y volvió a morderse el labio inferior.
Chris se dio cuenta de lo tensa que estaba su compañera e intentó pensar en
algo que la ayudara a relajarse, cualquier cosa que le sirviera si se veían
obligados a entrar en una situación de combate. El entrenamiento de los STARS
cubría todas las situaciones básicas, pero disparar con una pistola de juguete
contra una pantalla de vídeo gigante era muy distinto a enfrentarse en un
combate real.
Sonrió de repente al recordar las sabias palabras que le habían
dicho en su primera operación, un enfrentamiento contra un grupo de
enloquecidos miembros de una secta religiosa en la parte interior septentrional
del estado de Nueva York. Estaba aterrorizado, y había hecho todo lo
humanamente posible por que no se le notara. La capitana de la misión era una
mujer extremadamente bajita y muy dura de roer, una experta en explosivos
llamada Kaylor. Lo había llevado aparte, lo había mirado de arriba abajo y le había
dado el mejor consejo que jamás había recibido.
—Hijo, pase lo que pase, cuando comience el tiroteo, intenta no
mearte en los pantalones, ¿de acuerdo?
Aquello lo sorprendió tanto que lo sacó del estado de
nerviosismo en el que se encontraba. Lo que le había dicho era tan chocante que
se había visto obligado a olvidar su miedo para aceptar que le había dicho algo
tan fuera de lo normal.
—¿De qué te ríes? —le preguntó intrigada Rebecca.
Chris sacudió la cabeza y su sonrisa desapareció. No creía que
aquello funcionara con Rebecca, y además, los peligros a los que se enfrentaban
en aquel momento no respondían a sus disparos.
—Es largo de contar. Vámonos.
Se adentraron en la oscuridad y la tranquilidad de la noche,
sólo interrumpida por el chirrido de los grillos. Estaban en una especie de
patio interior, con unos altos muros de piedra a cada lado y con un sendero que
se dirigía hacia la izquierda.
Chris podía percibir el sonido de agua corriendo cerca de allí y
el lastimero aullido de un coyote, un sonido solitario y lejano.
Y hablando de perros...
Había un par de ellos tendidos en el suelo del sendero de
piedra, y la luz de la luna se reflejaba en sus húmedos y fibrosos cuerpos.
Chris se acercó a uno de ellos, se agachó a su lado y le tocó el
costado. Retiró con rapidez la mano y en su cara se dibujó un gesto de asco: el
cuerpo del perro mutante estaba tibio y pegajoso, como si le hubieran metido en
una bañera llena de mocos.
Se puso en pie mientras se limpiaba la mano en la pernera de sus
pantalones.
—No lleva mucho tiempo muerto —dijo en voz baja—. Calculo que
hace menos de una hora que lo mataron.
Más allá de unos setos herbosos que se levantaban delante de
ellos había una puerta de hierro de aspecto oxidado. Chris le indicó con un
gesto a Rebecca el lugar, y ambos se dirigieron hacia allí. El ruido del agua
aumentó hasta convertirse en un rugido apagado. Chris tiró de la puerta, que se
abrió sobre unas bisagras oxidadas y ruidosas y dejó al descubierto un enorme
depósito de agua cortado directamente en la piedra, del tamaño de un par de
piscinas grandes puestas juntas. Unas sombras oscuras y profundas caían a cada
lado, provocadas por el aparentemente sólido muro de árboles y lujuriosa
vegetación que amenazaba con atravesar la valla que rodeaba el depósito.
Avanzaron hasta detenerse en el borde de la enorme piscina. Al parecer, se
encontraba en el lento proceso de ser vaciada. El rugido apagado lo causaba el
estrecho flujo de agua que salía por el extremo oriental a través de una
pequeña compuerta. No había un sendero que rodeara el depósito, pero Chris
divisó una pasarela que cruzaba por el centro de la propia superficie normal
del agua, a unos dos metros de distancia por debajo de ella. Vio también unas
escaleras metálicas a ambos lados de la pasarela, y era obvio que el propio
sendero por el que caminaban había estado sumergido hasta hacía poco, porque
las piedras oscuras estaban salpicadas aquí y allá por algas goteantes. Chris
observó detenidamente todo el conjunto durante unos instantes, y se preguntó
cómo podía cruzarlo nadie cuando estaba completamente lleno de agua. Otro
misterio que añadir a la creciente lista de sucesos inexplicables. Bajaron sin
decir nada y se apresuraron a cruzar el sendero de la pasarela. Las botas
chirriaban con un sonido húmedo al pisar las piedras mojadas. Chris subió
deprisa por la segunda escalera y, en cuanto estuvo arriba, extendió la mano
para ayudar a subir a Rebecca. El sendero, oscurecido por la sombra de los
árboles, estaba cubierto de ramas y agujas de pino y parecía recorrer el borde
oriental del depósito, pasando por encima de la compuerta abierta. Comenzaron a
andar hacia la catarata artificial, y sólo habían recorrido unos cuantos metros
cuando comenzó a llover. Plop, plop, plop.
Chris frunció el entrecejo, y una voz interior le indicó que no
se debería poder oír las gotas de lluvia por encima del rugir del agua que se
vaciaba. Miró hacia arriba... Vio que una rama retorcida caía desde el follaje
de los árboles que se asomaban por encima de la verja, una rama que cayó sobre
las piedras y comenzó a deslizarse suavemente... Eso no es una rama... Entonces
vio que había una docena en el suelo, arrastrándose por encima de las piedras
negras, retorciéndose y siseando mientras caían desde los árboles. Rebecca y él
estaban rodeados de serpientes.
—Oh, mierda...
Sorprendida, Rebecca se giró hacia Chris al oírlo maldecir, y
entonces sintió que el terror atravesaba su cuerpo de la cabeza a los pies y su
corazón se encogía al ver el sendero a espaldas de Chris. El suelo parecía
haber cobrado vida, y unas sombras negras se retorcían hacia sus pies y caían
desde arriba como una lluvia viviente. Rebecca comenzó a levantar su pistola,
pero se dio cuenta de que eran demasiadas justo en el momento en que Chris la
agarraba del brazo.
—¡Corre! —le gritó.
Comenzaron a correr tambaleándose y Rebecca gritó de forma
involuntaria e incontrolada en el momento en que el cuerpo grueso que se
retorcía le cayó encima del hombro. Sintió el frío tacto de las escamas de la
criatura sobre su brazo mientras la serpiente caía hacia el suelo y se golpeaba
con las piedras del camino. Siguieron corriendo por el sendero zigzagueante
bajo las sombras, con las suelas de las botas aplastando carne gomosa en
movimiento que casi les hacía perder el equilibrio. Las serpientes se abalanzaban
sobre ellos intentando morderles las botas. Por fin llegaron a la compuerta de
metal, y el agua negra y espumosa corrió bajo sus pies y el sonido de sus botas
sobre el metal se apagó debido al rugir del agua. Las piedras situadas por
delante de ellos estaban más despejadas de serpientes, pero el sendero también
desaparecía bruscamente, y una plataforma de ascensor marcaba su final. No
quedaba otro sitio hacia el que ir. Se apretujaron en la pequeña plataforma y
Rebecca manoteó los mandos mientras respiraba en boqueadas aterrorizadas. Chris
se giró y disparó repetidas veces. El chasquido del arma resonó por encima del
rugir de las turbulentas aguas al mismo tiempo que Rebecca encontraba por fin
el botón que ponía en funcionamiento el ascensor y lo apretaba. La plataforma
se estremeció y comenzó a descender, bajando pegada a la gran pared rocosa
hacia otro patio enorme y vacío que se encontraba a sus pies. Rebecca se dio la
vuelta y alzó su arma para ayudar a Chris... Se quedó con la boca abierta, incapaz
de hacer nada, frente a la tremenda y desagradable escena. Tenían que ser
cientos de serpientes, porque el sendero estaba prácticamente oculto por las
viscosas criaturas que se retorcían y siseaban mientras se abalanzaban unas
contra otras en un frenesí de mordiscos. Para cuando logró salir de su estupor,
la visión había desaparecido después de subir más allá del nivel de sus ojos.
El ascensor pareció tardar una eternidad, y ambos mantuvieron la mirada
enfocada hacia arriba, hacia el borde del sendero que acababan de dejar atrás
mientras contenían la respiración y esperaban que empezaran a caerles una
lluvia de cuerpos. Ambos saltaron de la plataforma del ascensor cuando éste se
encontraba a pocos metros del suelo, y se alejaron a toda velocidad, aunque a
trompicones, a lo largo de la pared rocosa. Se dejaron caer de espaldas sobre
la fría piedra, jadeantes. Rebecca echó un vistazo al patio interior al que
habían llegado entre dos bocanadas de aire, y dejó que el suave sonido de la
cascada la tranquilizara un poco. Era un espacio abierto enorme, compuesto por
piedras y ladrillos, y cuyos colores estaban difuminados por la escasa luz. El
agua procedente del depósito que habían dejado atrás y arriba caía sobre dos
piscinas cercanas, y enfrente de ellos había una única puerta, y ni una sola
serpiente. Tomó una última bocanada de aire y la dejó escapar lentamente
después. Luego se giró hacia Chris.
—¿Te han mordido? —preguntó preocupada.
Él negó con la cabeza.
—¿Y a ti?
—No, tampoco. Aunque si he de serte sincera, preferiría no
volver por ahí. La verdad es que me gustan más los gatos.
Chris se quedó mirándola por unos momentos antes de sonreír y
alejarse de la pared de piedra.
—Es curioso. Yo creí que te irían más las ratas de laboratorio.
La...
Bip-bip. ¡La radio! Rebecca manoteó para desenganchar el aparato
de su cinturón, dejando repentinamente en el olvido el tema de las serpientes.
Era el sonido que había estado esperando escuchar desde que encontraron el
cuerpo de Richard. Alguien intentaba comunicarse con ellos, quizás una patrulla
de rescate. Levantó el aparato para que ambos pudieran oír la comunicación. La
estática chasqueó a través de pequeño altavoz junto al chillido de una débil
señal.
—... oy Brad!... equipo Alfa... recibís? Si... escuchar esto...
La voz desapareció para ser sustituida por completo por la
estática. Rebecca pulsó el botón de comunicación y habló rápidamente.
—¿Brad? ¡Brad, adelante!
Ambos permanecieron a la escucha durante unos instantes más,
pero no lograron oír nada más.
—Debe de haber salido del radio de alcance de este aparato —dijo
Chris.
Suspiró y se internó en el patio mientras miraba hacia el cielo
oscuro y nublado. Rebecca volvió a colocarse la silenciosa radio en el
cinturón, pero se sentía más llena de esperanza que en ningún otro momento de
la noche. El piloto estaba en algún lugar, allí fuera, sobrevolando en círculos
la zona para encontrarlos. Ahora que ya habían salido de la mansión, podrían
oírle con mayor claridad. Eso suponiendo que regrese. Rebecca hizo caso omiso
de aquel pensamiento y caminó hasta colocarse al lado de Chris, quien había
visto otra pequeña plataforma elevadora, oculta tras un repliegue más allá de
la cascada. Una rápida comprobación les mostró que no disponían de la energía
necesaria en la batería como para funcionar. Chris se dio la vuelta hacia la
puerta mientras metía un nuevo cargador en su Beretta.
—¿Vemos qué hay detrás de la puerta número uno?
Era una pregunta retórica, porque a menos que quisieran cruzar
por el medio de todas aquellas serpientes, era su única opción. Aun así,
Rebecca sonrió y asintió con la cabeza, queriendo demostrarle que estaba
preparada y dispuesta... y deseando al mismo tiempo que, si pasaba algo,
realmente lo estuviera.
Capítulo 14
Jill se quedó de pie al borde de un gran pozo en mitad del
húmedo túnel, mirando impotente la puerta que se hallaba al otro lado. La boca
del pozo era demasiado ancha para llegar de un salto al otro lado, y no había
forma alguna de bajar por un lado y luego subir por el otro. Al menos, ella no
veía modo de hacerlo; tendría que regresar y probar a entrar por la puerta que
estaba cerca de la escalera. Su suspiro de frustración se convirtió en un
estremecimiento. La fría humedad que emanaba de las paredes de piedra ya habría
sido bastante mala sin que ella encima estuviera completamente empapada. Menudo
pasadizo secreto: para utilizarlo, tienes que pillar una neumonía. Un reflejo
metálico llamó su atención cuando se dio la vuelta, con los pies haciendo
chasquear el agua que tenía metida en las botas. Se agachó para ver mejor
mientras se quitaba un mechón de pelo mojado que le tapaba los ojos. Era una
pequeña placa de metal incrustada en una piedra, con un agujero de seis lados
del tamaño aproximado de una moneda en el centro. Volvió a mirar a la puerta y
se quedó pensativa.
Quizá pone en funcionamiento un puente o baja unas escaleras...
No importaba, ya que no disponía del elemento necesario para ello; era un
callejón sin salida. Además, era poco probable que quienquiera que fuese la
persona que había visto metiéndose debajo de la cascada hubiera logrado cruzar.
Jill volvió a recorrer el tortuoso pasaje hacia la entrada del túnel, todavía
sorprendida por lo que había encontrado detrás la cortina de agua. Al parecer,
existía todo un complejo entramado de túneles debajo de la propiedad Spencer.
Las paredes del túnel eran desiguales y rugosas, y de tanto en tanto salían
unos trozos de piedra caliza de ellas, pero en extraños ángulos. Sin embargo,
la enorme cantidad de trabajo necesaria para crear aquel camino subterráneo era
pasmosa. Finalmente, llegó hasta la puerta de metal que había cerca de la
escalera y tuvo que esforzarse por reprimir el castañeteo de los dientes cuando
una fría corriente procedente del patio superior recorrió su cuerpo. El ruido
de la cascada le llegaba extrañamente apagado. El continuo y rítmico golpeteo
de las gotas de agua que caían sobre el suelo de piedra sonaba mucho más
fuerte, dando una atmósfera medieval a los túneles... Abrió la puerta... y se
quedó helada, sintiendo una intensa mezcla de emociones cuando vio a Barry
Burton darse la vuelta para encararse con ella, con su revólver apuntándole al
pecho. Ganó la emoción de la sorpresa.
—¿Barry?
Él bajó rápidamente su arma, con el mismo aspecto de sorpresa
que ella, y con el mismo aspecto empapado. Su camiseta colgaba chorreando de
sus anchos hombros, y su corto pelo estaba pegado al cráneo.
—¡Jill! ¿Cómo has llegado hasta aquí?
—Por lo visto, del mismo modo que tú, pero ¿cómo sabías...?
Él levantó la mano, indicándole con el gesto que se callara.
—Escucha.
Ambos guardaron un intenso silencio. Jill miró arriba y abajo el
pasillo de piedra, y no logró oír nada de lo que fuera que Barry hubiera oído.
Había una puerta de metal a cada lado, semiocultas en la sombra provocada por
la escasa luz.
—Creí oír algo —dijo finalmente Barry—. Voces...
Antes de que ella pudiera formularle ninguna pregunta, se dio la
vuelta y la miró con una sonrisa insegura.
—Mira, siento no haberte esperado, pero oí a alguien caminando
por el jardín y decidí salir a mirar quién era. Encontré este lugar por
casualidad. Tropecé y caí dentro... Es igual. Me alegro de verte aquí. Vamos a
echar un vistazo por los alrededores a ver qué encontramos.
Jill asintió, pero decidió mantener vigilado a Barry durante un
tiempo. Quizás ella estaba paranoica, pero a pesar de lo que había dicho, Barry
no parecía realmente muy contento de verla...
Espera y observa, le susurró su mente. De momento, era lo único
que podía hacer. Barry encabezó la marcha hacia la puerta que se hallaba a la
derecha, con el Colt en alto. Tiró del pomo de la puerta, y ante sus ojos
apareció otro túnel envuelto en sombras. A pocos pasos a la derecha había otra
puerta de metal, más allá, el pasillo estaba completamente a oscuras. Barry le
señaló con un gesto a Jill la puerta y ella asintió. Barry la abrió y los dos
entraron en otro silencioso corredor. Jill suspiró para sus adentros mientras
observaba detenidamente las paredes, deseando tener un trozo de tiza con ella.
El túnel en el que se encontraban parecía idéntico a todos los que habían
visto, aunque éste giraba a la izquierda al final. Ya se sentía perdida, así
que esperaba que no hubiese muchos más giros y esquinas...
—¿Hola? ¿Quién anda por ahí?
Una voz grave y familiar resonó procedente de algún punto por
delante de ellos, y las palabras rebotaron por el eco del lugar.
—¿Enrico? —dijo Jill.
—¿Jill? ¿Eres tú?
Emocionada, Jill recorrió a la carrera los últimos metros que la
separaban de la esquina, con Barry pegado a sus talones. El jefe del equipo
Bravo todavía estaba vivo, y de algún modo había acabado allí abajo... Dobló la
esquina y lo vio sentado con la espalda apoyada en la pared. El túnel se
ensanchaba y acababa en un pequeño gabinete, por supuesto, también envuelto en
sombras.
—¡Quieta! ¡No te muevas!
Jill se detuvo en seco, mirando fijamente la Beretta con la que
Enrico la apuntaba. Estaba herido, y el reguero de sangre que le salía de la
pierna había formado un charco en el suelo.
—¿Estás con alguien, Jill?
Tenía los ojos negros entrecerrados con una expresión de
sospecha, pero el cañón de su arma no osciló ni un milímetro.
—Barry también está aquí... Enrico, ¿qué ha pasado? ¿De qué va
todo esto?
Enrico se quedó mirándolos en cuanto Barry dobló cautelosamente
la esquina, y durante un largo momento su mirada fue del uno al otro llena de
nerviosismo... Por fin se derrumbó y bajó el arma mientras se desplomaba de
nuevo sobre la pared. Barry y Jill se apresuraron a acercarse y se agacharon al
lado del Bravo herido.
—Lo siento —dijo Enrico con voz débil—. Tenía que asegurarme...
Al parecer, defenderse de aquel modo le había hecho gastar sus
últimas energías. Jill le tomó de las manos con suavidad, alarmada por la
palidez de su rostro. La sangre continuaba saliendo de la herida, y ya tenía la
pernera de los pantalones completamente empapada.
—Todo esto ha sido un montaje, una trampa —dijo de forma
entrecortada mientras la miraba con ojos temblorosos—. Me perdí y trepé por la
valla... Vi los túneles... encontré el papel... Umbrella lo sabía desde el
principio...
Barry parecía asustado, y su rostro estaba casi tan blanco como
el de Enrico.
—Aguanta, Enrico. Te sacaremos de aquí, sólo tienes que quedarte
tumbado...
Enrico sacudió negativamente la cabeza sin dejar de mirar a
Jill.
—Hay un traidor en los STARS —susurró—. Él me dijo...
¡Bang! ¡Bang!
El cuerpo de Enrico casi saltó en el aire cuando dos agujeros
aparecieron de repente en su pecho. La sangre comenzó a salir en grandes
borbotones y, a pesar del resonante eco de los disparos, pudieron oír el ruido
de unos pies lanzados a la carrera por el pasillo que estaba a sus espaldas.
Barry se puso en pie de un salto y echó a correr, doblando la esquina mientras
Jill apretaba impotente la cada vez menos temblorosa mano de Enrico. Su cuerpo
se derrumbó definitivamente, muerto antes ni siquiera de llegar al frío suelo
de piedra. La mente de Jill se llenó de preguntas mientras el eco de los pasos
lanzados en la persecución de Barry se alejaban y el silencio volvía a reinar
en las profundas sombras.
¿Qué papel había encontrado Enrico? Cuando el miembro del equipo
Bravo había pronunciado la palabra «traidor», ella había pensado inmediatamente
en Barry, ya que actuaba de forma muy rara, pero él había estado justo a su
lado cuando alguien había disparado dos veces contra Enrico. ¿Quién lo ha
hecho? ¿De quién hablaba Trent? ¿A quién ha visto Enrico? Jill sostuvo la mano
de Enrico sintiéndose perdida y sola y esperó a que Barry regresase.
Rebecca estaba registrando un viejo baúl que había apoyado en
una de las paredes de la habitación en la que habían entrado, revolviendo
ceñuda montones de papel mientras Chris registraba el resto de la estancia. Los
únicos elementos de mobiliario eran un camastro con las sábanas revueltas, una
mesa escritorio y un antiguo y enorme mueble estantería. Después del frío y
extraño esplendor de la mansión Chris se sintió en cierto modo absurdamente
agradecido por el ambiente más sencillo y normal. Habían llegado hasta una casa
situada al final de un largo y tortuoso camino procedente del patio, un lugar
mucho más pequeño e infinitamente menos intimidatorio que la mansión. La sala
en la que habían entrado estaba construida con madera muy simple y sin decorar,
lo mismo que los dos dormitorios que habían descubierto justo al salir del
silencioso pasillo. Chris supuso que habían encontrado la casa de algunos de
los empleados de la mansión. Se había fijado en el polvo del suelo de la sala
de entrada en el que no se veía ni una sola huella, y se dio cuenta con
resignada calma que ninguno de los otros miembros de los STARS había pasado por
allí. Ni él ni Rebecca tenían modo alguno de regresar, por lo que la única
opción que les quedaba era intentar encontrar otra puerta trasera y salir en
busca de ayuda. A Chris no le gustaba la idea, pero no les quedaba más remedio.
Después de un breve registro por encima de las estanterías, Chris se dirigió
hacia la desgastada mesa escritorio de madera y tiró del primer cajón. Estaba cerrado
con llave. Se agachó y recorrió con los dedos el fondo del cajón, sonriendo
cuando tocó con la punta un grueso trozo de cinta adhesiva.
¿Es que la gente ya no ve películas? La llave siempre está
pegada debajo del cajón. Tiró de la cinta adhesiva y una pequeña llave plateada
cayó en su mano. Sin dejar de sonreír, abrió la cerradura y tiró del cajón. Lo
único que había dentro era un mazo de cartas, unos cuantos bolígrafos y
lápices, algunas gomillas, un arrugado paquete de cigarrillos... en su mayor
parte, cachivaches varios, del tipo que siempre se acumula en los cajones de un
escritorio. ¡Premio!
Chris levantó el grupo de llaves por el llavero de cuero,
sintiéndose muy satisfecho consigo mismo. Si encontrar la salida resultaba así
de fácil, estarían en Raccoon City en muy poco tiempo.
—Parece que hemos encontrado algo —dijo en voz baja con el
llavero en la mano.
El cuero tenía grabada a fuego la palabra «Alias» por un lado, y
por el otro tenía escrito a bolígrafo el número 345. Chris no tenía ni idea de
la posible importancia del número, pero recordó el mote por el diario que había
encontrado en la mansión.
Gracias, señor Alias.
Si se suponía que las llaves pertenecían a aquel lugar, estaban
mucho más cerca de salir de la propiedad Spencer.
Rebecca todavía estaba sentada al lado del baúl, rodeada de
papeles, sobres e incluso unas cuantas fotografías que también había sacado.
Parecía totalmente concentrada en lo que fuese que estuviese leyendo, y cuando
Chris se acercó a ella levantó la mirada con unos ojos llenos de preocupación.
—¿Has encontrado algo? —preguntó Chris.
Rebecca levantó la hoja de papel que estaba leyendo.
—Un par de cosas. Escucha esto: «Han pasado cuatro días desde el
accidente, y la Planta 42 sigue creciendo y mutando a un ritmo increíble...»
—Pasó de largo unas cuantas páginas hablando mientras lo hacía—. Llama a esa
criatura Planta 42 y dice que la raíz se encuentra en el sótano... aquí está:
«Poco después del accidente, uno de los miembros infectados del personal de
investigación se volvió muy violento y partió el depósito de agua del sótano,
lo que inundó toda la sección. Creemos que algunos residuos de los elementos
químicos utilizados en las pruebas del virus T han contaminado el agua y han
contribuido a las tremendas mutaciones de la Planta 42. Ya se ha descubierto un
número de brotes en otras partes de edificio, pero en este momento, la planta
principal cuelga del techo de la gran sala de conferencias de la primera
planta. Hemos llegado a la conclusión de que la Planta 42 ha logrado
desarrollar cierta sensibilidad al movimiento alrededor y se ha convertido en
un ser carnívoro. Cuando se aproxima un humano, utiliza sus lianas tentaculares
y prensiles para inmovilizar a la víctima, mientras otros miembros adaptados
para atacar se pegan a la piel como si fueran sanguijuelas y extraen ingentes
cantidades de sangre. Varios miembros del personal han caído víctimas de la
planta». Esto tiene fecha del veintiuno de mayo, y está firmado por Henry
Sarton.
Chris meneó la cabeza incrédulo, preguntándose de nuevo cómo
alguien podía inventar un virus como ése. Parecía infectar todo lo que tocaba y
contagiaba la locura, transformando al ser infectado en un carnívoro letal,
siempre deseoso de sangre.
Dios, y ahora una planta devoradora de hombres.
Chris se estremeció, y de repente se sintió doblemente aliviado
de poder salir de allí tan pronto.
—Así que también infecta a las plantas —dijo—. Cuando realicemos
nuestro informe, tendremos que...
—Es que eso no es todo —interrumpió ella mientras le entregaba
con expresión preocupada una fotografía. Era una imagen borrosa de un hombre de
mediana edad vestido con una bata de laboratorio. Estaba en pie delante de una
sencilla puerta de madera. Chris la reconoció: era la misma puerta por la que
habían entrado unos escasos diez minutos antes, era la entrada a aquel
edificio.
Le dio la vuelta a la fotografía y leyó en voz alta la pequeña
anotación escrita.
—H. Sarton, enero de 1998. Punto 42.
Se quedó mirando fijamente a Rebecca, comprendiendo al fin su
mirada temerosa. Estaban en el punto 42. La planta carnívora estaba allí.
Wesker se quedó de pie en la oscuridad del túnel sin luz. Su
irritación fue en aumento mientras oía a Barry recorrer a la carrera los
pasillos. Jill no se quedaría esperando eternamente, y el enfurecido señor
Burton no parecía darse cuenta de que el asesino de Enrico simplemente se había
metido en las sombras de la vuelta de la esquina, el lugar más obvio donde
esconderse. Vamos, vamos...
Había comenzado a pensar que las cosas iban bien desde que
salieron de la casa. Había recordado la habitación subterránea cerca de la
entrada a los laboratorios, y estaba casi seguro de que la medalla del lobo
estaría allí. Además, los túneles estaban despejados. Había esperado encontrar
fuera a los MA2, pero al parecer nadie había trasteado con los mecanismos de
paso desde el accidente. Se habían separado para buscar la palanca que hacía
funcionar los mecanismos de paso, y había estado a plena vista, colocado al
lado del mismísimo mecanismo que ponía en funcionamiento. Toda habría salido a
la perfección... si el maldito Enrico Marini no hubiese pasado por allí y
hubiese encontrado un papel muy importante que se le había caído
accidentalmente a Wesker: su hoja de órdenes, directamente enviadas desde las
oficinas centrales de Umbrella. y para complicarlo todo, Jill había aparecido
en los túneles antes de que Wesker pudiera acabar con el problema. Wesker
suspiró para sus adentros. Si no era una cosa, era la otra. La verdad era que
ese asunto se había convertido en un enorme dolor de cabeza desde el principio.
Al menos, la seguridad de los departamentos inferiores no había sido activada,
aunque no había tenido forma alguna de estar seguro hasta que llegaron a los
túneles, y al haber llevado a Barry como seguro ante las posibles medidas de
seguridad, ahora tenía que cargar con las consecuencias. Si la suma de dinero
que le pagaban no fuese tan buena... Sonrió. ¿A quién quería engañar? La suma
era estupenda.
Barry apareció después de lo que a Wesker le parecieron años,
blandiendo su revólver a ciegas. El cuerpo de Wesker se tensó y esperó hasta
que llegara al cuarto del generador. Ahora venía la parte peligrosa: Enrico
había sido amigo íntimo de Barry. Justo cuando Barry entró en el cuarto, Wesker
salió de las sombras y se puso a su espalda, clavándole el cañón de su pistola
en los riñones. Comenzó a hablar al mismo tiempo en tono bajo y rápido.
—Sé que quieres matarme, Barry, pero quiero que pienses lo que
estás a punto de hacer. Si yo muero, toda tu familia muere, y ahora mismo, me
parece que Jill también va a tener que morir... pero tú puedes impedirlo.
Puedes detener todas estas muertes.
Barry había dejado de moverse inmediatamente al sentir la punta
del arma clavada en su espalda, pero Wesker advirtió la rabia apenas contenida
de su voz, el odio en su estado puro.
—Has matado a Enrico —dijo con un gruñido casi animal.
Wesker apretó aún más el cañón de su arma.
—Sí, pero no me quedó más remedio. Enrico había encontrado una
información que no debería saber, así que sabía demasiado y si le hubiera dicho
a Jill todo lo que sabía sobre Umbrella, también habría tenido que matarla a
ella.
—Vas a matarla de todas maneras. Vas a matarnos a todos...
Wesker suspiró, y dejó que una nota de desesperación y súplica
se filtrara en su voz.
—¡Eso no es cierto! ¿No lo entiendes? ¡Sólo quiero llegar al
laboratorio y eliminar las pruebas antes que nadie más las encuentre! En cuanto
destruya ese material, ya no habrá razón alguna para que nadie más resulte
herido. Simplemente... nos iremos.
Barry se quedó en silencio, y a Wesker no le cupo duda alguna de
que el hombretón quería creerle, quería desesperanzadamente creer que la
situación era así de simple. Wesker le dejó dudar por unos momentos antes de
presionarlo de nuevo.
—Lo único que quiero que hagas es que mantengas ocupada a Jill,
que la mantengas a ella y a cualquier otro alejados de los laboratorios, al
menos durante un tiempo. Le estarás salvando la vida, y te juro que en cuanto
consiga lo que quiero, tú y tu familia no volveréis a oír de mí en toda vuestra
vida.
Esperó, y cuando Barry finalmente habló, Wesker supo que lo
tenía en el bote.
—¿Dónde están los laboratorios?
¡Buen chico! Wesker bajó su arma y mantuvo la expresión de su
rostro completamente neutra por si acaso Barry tenía una buena visión nocturna
y le veía la cara. Sacó un papel doblado de uno de los bolsillos de su chaleco
y se lo puso en la mano a Barry. Era un mapa de los túneles del primer nivel de
las instalaciones del subsuelo.
—Si por alguna razón no puedes mantenerla alejada de los
laboratorios, al menos manténla a tu lado. Hay muchas puertas con cerraduras en
el exterior por esa zona, y si la cosa se pone fea, puedes encerrarla hasta que
todo esto haya acabado. Lo digo en serio, Barry: nadie más tiene por qué
resultar herido. Todo depende de ti.
Wesker dio un rápido paso atrás y recogió la palanca con la
punta de seis lados que había dejado al lado del generador. Se quedó observando
a Barry durante unos cuantos segundos más, y vio cómo los hombros del
grandullón se hundían y su cabeza se inclinaba de forma sumisa. Satisfecho,
Wesker se dio media vuelta y salió de la estancia. En el muy poco probable caso
de que cualquiera de los STARS llegara hasta los laboratorios, el señor Burton
se encargaría de neutralizarlo para que no causara más problemas. Se apresuró a
regresar a la entrada del túnel, felicitándose en silencio por volver a tener
la situación bajo control mientras se acercaba al mecanismo del primer pasaje.
Tenía que darse prisa. Había «olvidado» mencionarle unos cuantos detalles a
Barry, como, por ejemplo, el destacamento experimental de seguridad que dejaría
libre en los túneles en cuando abriera aquel mecanismo por primera vez. Lo
siento, Barry, tengo tantas cosas en la cabeza... Sería interesante ver cómo su
equipo se comportaba frente a los 121, los Cazadores. Ver cómo se enfrentaban
la agilidad y la fuerza de los STARS contra aquellas criaturas iba a ser todo
un espectáculo. Por desgracia, él se lo perdería. Era mucha mala suerte, porque
los Cazadores llevaban encerrados mucho, mucho tiempo, y tendrían muchísima,
pero muchísima hambre.
Capítulo 15
Barry tardaba mucho tiempo en volver, demasiado. Jill no tenía
ni idea de la extensión total de aquellos túneles y, por lo que había visto,
todos tenían el mismo aspecto. Era perfectamente posible que Barry se hubiese
perdido mientras intentaba encontrar el camino de regreso. O quizás había
encontrado al asesino, y al no tener apoyo alguno... Puede que no regrese
nunca. En cualquier caso, quedarse allí parada no le serviría de nada. Se puso
en pie, miró por última vez la pálida cara de Enrico y le deseó la paz en
silencio antes de alejarse.
¿Qué es lo que encontró que hizo que lo mataran? ¿Quién fue?
Enrico sólo había logrado decir que el traidor era un hombre, pero eso no
aclaraba gran cosa. Excepto ella y la novata, todos los demás miembros del
equipo STARS de Raccoon City eran hombres. Podía eliminar a Chris, ya que él
mismo estaba convencido de que pasaba algo raro desde el principio, y tampoco
era Barry, que había estado justo a su lado en el momento que habían disparado
contra Enrico. Brad Vickers no era el tipo de persona dispuesta a correr
ninguna clase de riesgo, y Joseph y Kenneth estaban muertos, así que...
Eso sólo deja a Richard Aiken, a Forest Speyer y a Albert
Wesker. Ninguno de ellos le sonaba como posible traidor, pero al menos tenía
que considerar la posibilidad. Enrico estaba muerto, y ella no tenía ya ninguna
duda de que Umbrella había comprado a uno de los miembros de STARS. Se agachó
para atarse mejor las empapadas botas cuando llegó a la puerta. Tenía que estar
preparada, porque quienquiera que fuese el que había matado a Enrico, podía
matarlos tanto a ella como a Barry, y puesto que no lo había hecho, Jill
suponía que simplemente no quería matar a nadie más que no andaría a la
búsqueda de nuevos objetivos. Si se suponía que dicho individuo todavía se
encontraba en aquel complejo subterráneo, ella tendría que ser todo lo
silenciosa que fuese posible, si quería encontrarlo, porque los túneles eran
excelentes conductores de sonido y amplificaban hasta el menor susurro. Abrió
la puerta de metal y se quedó a la escucha. Luego se internó en el silencioso
túnel, pegada a la pared. El corredor que se abría delante de ella carecía de
luces. Prefirió retroceder por donde había llegado, la oscuridad era perfecta
para una emboscada. No quería descubrir que estaba equivocada con respecto a
las intenciones del atacante recibiendo un balazo en la cabeza. A través de las
frías y ominosas paredes de piedra resonó un rugido bajo y reverberante, como
el ruido de algo grande moviéndose pesadamente. Jill utilizó el sonido
instintivamente para cubrirse y corrió varios pasos para alcanzar la siguiente
puerta de metal justo cuando el rugido dejó de sonar. Se deslizó hasta el
pasillo en el que se había topado con Barry y cerró suavemente la puerta tras
de sí.
¿Qué demonios era eso? ¡Parecía que se estaba moviendo toda una
pared! Se estremeció al recordar el techo que bajaba sin cesar en aquella
habitación donde se había visto atrapada. Quizá los túneles también estaban
llenos de trampas.
Tendría que vigilar cada paso que daba. La idea de quedar
completamente aplastada bajo toneladas de roca por algún extraño mecanismo
subterráneo... ¿Cómo el que había al lado del pozo, con el agujero hexagonal?
Asintió lentamente para sí misma y decidió que tendría que ir a echar otro
vistazo a las puertas a las que no había podido acceder antes. Quizás el
asesino poseía la herramienta necesaria para abrirlas, y el sonido que había
oído antes era el mecanismo de apertura en funcionamiento. Podía equivocarse,
pero no perdía nada por echar un vistazo... Y, al menos, no me perderé.
Extendió la mano para abrir la puerta por la que había llegado allí y se detuvo
de repente, con la cabeza inclinada hacia un lado para escuchar mejor el
extraño ruido que llegaba procedente del túnel a su espalda. Era... ¿una
bisagra oxidada?
¿Alguna clase de pájaro? Era un sonido bastante fuerte, fuese lo
que fuese. Tump. Tump. Tump. Ese sonido sí que lo reconocía. Pasos, e iban en
su dirección; o bien era Barry o bien era alguien con su complexión física.
Eran unos pasos pesados, lentos, pero demasiado separados entre sí,
demasiado... deliberados. ¡Sal de aquí ahora mismo! Jill agarró la manivela
metálica de la puerta y la abrió. Salió corriendo hacia el siguiente túnel, sin
importarle ya el ruido que hacía. Aunque a veces no los interpretaba bien, sus
instintos jamás le fallaban, y en aquel momento le estaban diciendo que no
debía estar allí cuando quienquiera o lo quequiera que fuese que estaba
provocando aquel ruido llegara hasta aquel lugar. Continuó corriendo por el
pasillo de piedra, alejándose de la escalera que llevaba de regreso al patio
exterior, y, llegado el momento, decidió que era mejor aminorar la marcha.
Respiró profundamente. No podía seguir corriendo de esa manera hacia adelante,
era muy posible que hubiera más peligros aparte del que se encontraba a su
espalda. La puerta se abrió detrás de ella.
Jill se giró y alzó su arma... y se quedó mirando horrorizada la
criatura que estaba allí. Era enorme, con una silueta humana... pero allí
acababa el parecido. Estaba desnuda y carecía de sexo. Todo su cuerpo musculoso
estaba cubierto por una piel parecida a la de los anfibios y de un color verde
oscuro. Estaba tan inclinado sobre su espalda que sus brazos increíblemente
largos casi tocaban el suelo, y tanto las manos como los pies acababan en unas
garras de aspecto muy afilado. Sus ojos, pequeños y de un color claro luminoso,
resaltaban en su liso cráneo reptilesco. La extraña criatura giró la cabeza y
fijó su mirada en ella. Su amplia mandíbula inferior bajó... y soltó un
chillido agudo como jamás había oído Jill antes, un grito que llenó su mente de
un terror letal. Jill disparó, y tres proyectiles se incrustaron en el pecho de
la criatura, lanzándola hacia atrás. El ser trastabilló y se desplomó contra la
pared del túnel... Lanzando otro feroz aullido se abalanzó hacia ella,
impulsándose sobre sus poderosas piernas y con las garras extendidas hacia
adelante, dispuestas a agarrar y desgarrar su carne.
Disparó una y otra vez mientras la criatura corría hacia ella, y
los proyectiles arrancaron trozos de carne e hiciera saltar al aire chorros de
sangre... Finalmente, la criatura se desplomó a un par de metros de ella, sin
dejar de chillar y lanzando zarpazos con una de las garras en un intento por
agarrarle las piernas. Un olor animal llegó hasta su nariz, un olor que hablaba
de lugares oscuros y rabia salvaje. Dios, ¿por qué no muere? Jill apuntó la
Beretta hacia la parte posterior del cráneo y vació el cargador. Continuó
disparando mientras la carne verdosa se abría y los huesos saltaban astillados,
aun cuando las balas perforaron la masa pulposa y sonrosada de su cerebro.
Clic. Clic. Clic. No había más balas. Bajó el arma mientras todo el cuerpo le
temblaba. Se había acabado, la criatura estaba muerta, pero había sido
necesario casi un cargador completo, quince proyectiles de nueve milímetros, y
los últimos siete u ocho a quemarropa. Sacó el cargador vacío sin dejar de
mirar al monstruo caído y metió un nuevo cargador en la Beretta antes de
enfundarla. Sacó la escopeta Remington de la funda a su espalda y se sintió
reconfortada por su peso y solidez. ¿En qué demonios estaban trabajando aquí?
Parecía que los investigadores de Umbrella habían desarrollado algo más que un
virus. Algo igual de letal, pero con garras... y puede que haya más como éste.
Jamás había tenido un pensamiento tan horrible. Jill agarró con fuerza la
escopeta, se dio la vuelta y comenzó a correr.
Chris y Rebecca recorrieron un largo pasillo de madera, mirando
alrededor a cada paso que daban. De cada grieta y agujero de las esquinas entre
la pared y el techo salía lo que parecía hiedra seca y muerta. Era una
extensión de color hueso que recorría las planchas de madera como si fuese un
gigantesco hongo. Parecía inofensivo, pero después de lo que Rebecca le había
leído acerca de la Planta 42, Chris se mantuvo alerta y preparado para salir
corriendo. Después de revisar todos los papeles del baúl, Rebecca había
encontrado un informe sobre una clase de pesticida que al parecer podía
fabricarse en el Punto 42, y que ellos denominaban Impacto-V. Se había llevado
el informe consigo, aunque Chris dudaba que llegara a ser útil. Lo único que
quería era encontrar la salida y, si podían esquivar aquella planta asesina,
mucho mejor. La sala delantera había estado libre de cualquier ramificación de
la planta, aunque Chris no habría dicho que era zona segura. Además de los dos
dormitorios al lado de la puerta delantera, habían encontrado una habitación de
descanso bastante ominosa. Chris había echado un vistazo en su interior, y
todas las alarmas internas habían saltado en su cabeza, aunque no había
descubierto por qué. No había ningún peligro visible. Lo único que había en la
estancia era la barra de un bar y un par de mesas. Sin embargo, a pesar de la
aparente calma del lugar, Chris había cerrado rápidamente la puerta y ambos
habían pasado de largo. Su instinto era razón más que suficiente para alejarse
de allí. Se detuvieron delante de la única puerta que había en el largo y
sinuoso pasillo, sin dejar de mirar de forma nerviosa la hiedra seca que había
cerca del tejado. Chris tiró del pomo; la puerta se abrió. Una bocanada de aire
húmedo y caliente surgió de la estancia mal iluminada, con un fuerte aroma
tropical, sólo que tenía una ligera nota desagradable, como si fuera el hedor
de la fruta podrida. Chris puso instintivamente a Rebecca detrás de él al ver
las paredes de la habitación. Estaban completamente cubiertas del mismo tipo de
excrecencia vegetal que habían encontrado en el pasillo, sólo que en este caso,
aquella especie de hiedra mostraba un aspecto vivo e hinchado, con un verde
parecido al de la bilis. Del interior de la habitación surgió un ligero susurro
como una leve sensación de movimiento, y Chris se dio cuenta de que procedía de
la propia planta de aspecto enfermizo. Las paredes temblaban con un extraño
efecto óptico mientras las lianas no dejaban de crecer y extenderse.
Rebecca intentó pasar al lado de Chris para entrar y éste
extendió el brazo para detenerla.
—¿Qué? ¿Estás loca? ¡Creí que habías dicho que esa cosa chupaba
la sangre!
Ella negó con la cabeza sin dejar de mirar las temblorosas
paredes llenas de vida.
—Ésta no es la Planta 42, al menos, no la parte de la que
hablaba el informe. La Planta 42 tiene que ser mucho más grande y debe tener
mucha mayor movilidad. Nunca he estudiado mucha fitobiología, pero según lo que
dice el informe debemos buscar una angiosperma con follaje móvil... —Se detuvo
y sonrió nerviosa—. Lo siento. Piensa en una gran planta bulbosa con lianas de
tres a seis metros retorciéndose.
Chris sonrió.
—Estupendo. Gracias por tranquilizarme.
Entraron en la gran habitación, procurando no caminar demasiado
cerca de las siseantes paredes. Había otras tres puertas aparte de la que
habían utilizado para entrar. Una estaba justo frente a la entrada, y las otras
estaban enfrente la una de la otra a su izquierda, donde la habitación se
ensanchaba. Chris se dirigió hacia la puerta situada frente a la entrada,
seguido de Rebecca, ya que probablemente era la que los llevaría al exterior de
aquel edificio. La puerta no estaba cerrada con llave, y Chris comenzó a
empujarla para abrirla... ¡BAM! La puerta se cerró con un fuerte golpe, lo que
hizo que ambos dieran un salto atrás al mismo tiempo que levantaban las armas.
A continuación oyeron una serie de golpes fuertes y deslizantes, como si
alguien al otro lado le estuviese dando patadas a las paredes... pero los
golpes sonaban por todos lados: por arriba del marco de la puerta, a ambos
lados y por todos los rincones de la habitación contigua.
—Dijiste un montón de lianas, ¿verdad? —preguntó Chris a
Rebecca.
Ella asintió.
—Creo que acabamos de encontrar a la Planta 42.
Se quedaron escuchando durante unos momentos, y Chris pensó en
la fuerza y el peso necesarios para mantener cerrada una puerta de semejante
modo. Sin duda, es más grande y más móvil y quizás está bloqueando la única
salida de este lugar. Estupendo. Retrocedieron y regresaron a la zona abierta.
Se quedaron mirando a las otras dos puertas. La que estaba a su derecha tenía
el número 002 encima del marco. Chris sacó el llavero que había encontrado en
el cajón y rebuscó entre las distintas llaves hasta encontrar la que tenía ese
número. Abrió la puerta y entró, con Rebecca pegada a su espalda. A la
izquierda había una puerta más pequeña que daba a un lavabo, silencioso y
polvoriento. La habitación era un dormitorio, con un camastro, una mesa
escritorio y un par de estanterías. No había nada de interés.
Oyeron otra serie de golpes fuertes y apagados procedentes del
otro lado de la pared más alejada y retrocedieron deprisa hacia la húmeda
habitación de paredes siseantes. Chris luchó contra la creciente certidumbre de
que tendrían que enfrentarse a la planta si querían salir de allí. No
necesariamente. Puede que haya otro modo de salir de aquí. Tal como estaban
saliendo las cosas, no lo creía posible. Desde los tambaleantes zombis que
acechaban en el edificio principal hasta la carrera bajo la lluvia de serpientes
cayendo de los árboles, todas y cada una de las partes que había en la
residencia Spencer parecían diseñadas para que nadie la abandonara. Chris dejó
a un lado los pensamientos negativos mientras se aproximaban a la última puerta
de la sombría estancia, pero aquellas ideas regresaron inmediatamente cuando
vio un pequeño teclado verde adosado a un lado del marco de la puerta. Probó a
abrir la puerta, pero el pomo sólo se movió unos milímetros. Era otro callejón
sin salida.
—Es una cerradura de seguridad —dijo suspirando— No hay forma de
entrar si no sabes el código secreto.
Rebecca frunció el entrecejo mientras observaba detenidamente
las pequeñas luces rojas encendidas encima de los botones numerados.
—Podemos ir probando hasta pulsar la combinación correcta...
Chris negó con la cabeza.
—¿Sabes las probabilidades que tenemos de dar por casualidad con
la secuencia de números correcta...? —Se detuvo. Se quedó mirándola fijamente.
A continuación rebuscó en su bolsillo el llavero que había encontrado en la
mesa de la entrada—. Prueba con tres, cuatro, cinco —dijo, observando con
atención a Rebecca mientras ella pulsaba obedientemente los números que le
había indicado.
Vamos, señor Alias, no nos falles... El conjunto de luces rojas
parpadeó y después se apagó una por una. Cuando la última lucecita roja se
apagó, oyeron un clic procedente del interior de la puerta. Chris sonrió de
oreja a oreja y empujó la puerta para abrirla... y sintió que la moral se le
venía al suelo cuando miró el interior de la pequeña habitación. Estaba llena
de anaqueles polvorientos repletos de pequeñas botellas y redomas, además de un
fregadero oxidado. No era la salida que esperaba encontrar.
—No, eso hubiese sido demasiado fácil. Dios sabe que no podemos
tenerlo tan fácil...
Rebecca entró a paso ligero en la habitación. Se acercó a uno de
los anaqueles y observó detenidamente las distintas botellas, murmurando sus
nombres mientras las miraba.
—Hiosciamina, anhídrido, dieldrina...
Se giró hacia él; ahora era ella la que sonreía de oreja a
oreja.
—¡Chris, podemos matar la planta! Ese veneno, el Impacto-V es
una fitotoxina, y puedo mezclarla aquí. Si podemos llegar al sótano y encontrar
la raíz de la planta...
Chris le devolvió la sonrisa.
—Entonces podremos destruirla sin tener que luchar contra esa
condenada criatura. ¡Rebecca, eres un genio! ¿Cuánto tiempo necesitas?
—Diez, quince minutos como mucho.
—Los tienes. Quédate aquí. Volveré lo antes posible.
Rebecca empezó a bajar botellas de los anaqueles al mismo tiempo
que Chris cerraba la puerta y comenzaba a recorrer al trote el camino que lo
llevaría hasta el pasillo que se encontraba más allá de las susurrantes paredes
de color verde oscuro. Iban a derrotar a aquel lugar y, en cuanto lograran
salir de allí, Umbrella se las iba a pagar todas juntas.
Barry estaba de pie al lado del frío cuerpo de Enrico, con el
mapa de Wesker arrugado en el puño. Jill ya no estaba para cuando había
regresado al lugar, pero en lugar de ponerse a buscarla, se había quedado allí
paralizado, incapaz siquiera de apartar la vista del cadáver de su amigo
asesinado. Es culpa mía. Si no hubiese ayudado a Wesker a salir de la casa,
todavía estarías vivo... Barry se quedó mirando con tristeza el rostro de
Enrico. Se sentía tan lleno de vergüenza y culpabilidad que ya no sabía qué hacer.
Sí sabía que debía encontrar a Jill, que debía mantenerla alejada de Wesker,
mantener a su familia a salvo... pero aun así, no podía alejarse del cadáver.
Su mayor deseo en ese momento era poder explicarle a Enrico lo que había
ocurrido, hacerle entender por qué la situación había llegado a ese punto.
Tiene a Kathy y a las niñas, Enrico... ¿Qué otra cosa podía
hacer? ¿Qué otra cosa puedo hacer si no obedecer sus órdenes? El miembro del
equipo Bravo se quedó mirándolo con unos ojos fijos y ligeramente velados, unos
ojos que ya no veían. No mostraban acusación alguna, ni comprensión, ni nada de
nada. Incluso si Barry continuaba ayudando al capitán y todo lo demás salía
como se suponía, aun así Enrico Marini continuaría muerto, y Barry no sabía
cómo podría vivir sabiendo que él era el responsable de aquello...
El eco de unos disparos resonó en los túneles. De muchos
disparos... ¡Jill! Barry giró la cabeza de repente. Su mano se dirigió
inmediatamente a desenfundar su arma. Aquellos disparos lo hicieron ponerse en
movimiento cuando la rabia le recorrió el cuerpo. Sólo cabía una explicación:
Wesker había encontrado a Jill. Barry comenzó a correr, abrumado por la idea de
que otro de los miembros de STARS muriera a manos del traidor, al mismo tiempo
furioso por haber creído las mentiras del capitán...
La puerta que se encontraba justo delante de él se abrió de
golpe, estampándose contra la pared, y Barry se detuvo en seco. Todos los
pensamientos que tenía sobre Wesker, Enrico y Jill desaparecieron de repente al
ver la figura encorvada que tenía delante. Su mente no podía comprender lo que
veía, sus asombrados ojos le suministraban retazos de información al cerebro,
información que no tenía sentido. Piel verde. Ojos penetrantes de color
naranja. Garras. Aquello aulló, un grito horrible y agudo, y Barry dejó de
pensar automáticamente. Apuntó y apretó el gatillo, y el aullido se convirtió
en un gemido gorgoteante cuando el pesado proyectil destrozó la garganta de
aquel ser y lo arrojó al suelo. La criatura agitó salvajemente los brazos
mientras la sangre manaba a grandes borbotones del todavía humeante agujero.
Barry oyó varios crujidos como el de huesos al romperse, y vio más sangre que
salía a borbotones de los puños de la bestia cuando sus largas y gruesas garras
se partieron contra la pared de roca. Barry se quedó mudo mientras observaba a
la criatura que continuaba moviéndose violenta y espasmódicamente, respirando a
través de la burbujeante herida como si todavía estuviese intentando aullar.
Aquel disparo tendría que haberle arrancado el cuello, separándoselo de la
cabeza, pero tardó otro minuto largo en morir. Sus frenéticos movimientos
fueron reduciéndose de forma gradual a medida que la sangre salía a chorros y
la debilitaba. Finalmente, dejó de moverse, y al fijarse en el enorme charco
que se extendía a sus pies, Barry se dio cuenta de que se había desangrado
hasta morir y que no había perdido la conciencia en ningún momento. ¿Qué es lo
que acabo de matar? ¿Qué cojo...? Otro aullido muy semejante al lanzado por la
criatura que acababa de matar resonó en el túnel exterior, y el húmedo aire se
vio inundado de horror cuando a él se añadieron un segundo, y después un
tercero. Aquellos gritos animales se elevaron de tono hasta convertirse en algo
furioso y antinatural, los aullidos de unas criaturas que no deberían existir
sobre la faz de la tierra. Barry metió unos dedos temblorosos en la bolsa
colgada del cinturón donde guardaba la munición y sacó unas cuantas balas para
recargar el revólver mientras rezaba con la esperanza de disponer suficientes
proyectiles... y para que los disparos que había oído no fuesen la última
resistencia de Jill.
Capítulo 16
Podría haber pasado por una araña si alguna especie de araña
tuviese aquel enorme tamaño. No podía ser otra cosa, por lo que se deducía de
la gruesa capa de telaraña que cubría toda la habitación, desde el suelo hasta
el techo. Jill se quedó mirando las curvadas y todavía temblorosas patas de
aquella abominación y sintió que se le ponía la carne de gallina. La criatura
que la había atacado en la entrada del patio había sido tan terrorífica, pero
tan inverosímil al mismo tiempo, que no había podido relacionarla con nada que
ella conociera. Las arañas, sin embargo... Ya las odiaba antes de encontrarse
con aquélla. Odiaba sus cuerpos oscuros y peludos, odiaba sus delgadas y
veloces patas. La criatura que tenía delante era la madre de todas las arañas,
y aun muerta, la atemorizaba. Pero no lleva mucho tiempo muerta...
Se obligó a mirar el cuerpo y los charcos de fluido verde que
salían de los agujeros en su cuerpo redondeado y peludo. Le habían disparado
numerosas veces, y por el líquido que todavía brotaba de sus heridas, dedujo
que no llevaba más de diez minutos muerta, quizá menos. Se estremeció y avanzó
hacia la doble puerta de metal que daba al exterior de aquella estancia llena
de telarañas. Las suaves tiras de aquella sustancia pegajosa se agarraban a sus
botas y la obligaban a esforzarse para avanzar. Caminó de forma lenta y
deliberada, decidida a no caerse. La sola idea de quedar cubierta de tela de
araña, de tener todo el cuerpo... Se estremeció de nuevo de los pies a la
cabeza y tragó saliva. Piensa en cualquier otra cosa, en lo que sea...
Al menos sabía que se encontraba en el buen camino, y cerca de
quienquiera que fuese el responsable de poner en marcha el mecanismo del túnel.
Un buen truco. Al llegar a la zona donde había visto el agujero, pensó que se
había perdido. El enorme pozo había desaparecido, y en su lugar sólo se veía
piedra pulida. Levantó la vista y divisó los bordes irregulares del pozo por
encima de su cabeza. Toda la sección central del túnel había dado la vuelta y
había girado igual que una gigantesca rueda mediante algún milagro de
ingeniería.
Las puertas la habían llevado hasta otro túnel vacío y recto. En
un extremo había un enorme peñasco, y más allá, la habitación que estaba a
punto de abandonar... Jill agarró el pomo de una de las puertas y la abrió.
Cruzó el umbral para encontrarse en otro pasillo sombrío. Apoyó el cuerpo en la
puerta y respiró profundamente, resistiendo a duras penas la necesidad de
sacudirse las ropas. Puedo despedazar a tiros a zombis y monstruos a mansalva,
y ahora veo una araña y pierdo la cabeza... El corto y vacío túnel iba de
izquierda a derecha por delante de ella, con una puerta a cada extremo, pero la
puerta que tenía a la izquierda se encontraba en la misma pared donde estaba la
puerta por la que acababa de salir, y que llevaba de regreso al patio. Jill
decidió acercarse a la puerta de la derecha, con la esperanza de que su sentido
de la orientación todavía permaneciera intacto. La puerta de metal se abrió con
un crujido y, en cuanto entró, notó el cambio en el ambiente. El túnel se
dividía delante de ella. A la derecha había otro pasillo de paredes rocosas que
se hundía en las sombras, pero a la izquierda vio un pequeño ascensor, igual
que los que había encontrado en el patio. Una brisa cálida y suave la recorrió
de arriba abajo, y el dulce aroma del patio le pareció un sueño olvidado. Jill
sonrió y comenzó a acercarse al ascensor. Se dio cuenta de que la plataforma
del ascensor estaba arriba. Era bastante probable que todavía estuviese tras la
pista del asesino de Enrico... Pero tal vez no. Quizá fue por el otro pasillo y
estoy a punto de perder su rastro. Jill dudó y se quedó mirando con ganas el
hueco del ascensor. Se dio la vuelta finalmente con un suspiro, tenía que echar
al menos un vistazo en la otra dirección. Entró en el pasillo que se encontraba
justo delante de ella, y la temperatura descendió rápidamente hasta el familiar
desagradable frescor del resto del lugar. El túnel se extendía varios metros a
su derecha y acababa en un extremo sin salida. A su izquierda, otro peñasco
enorme y redondeado como el que había visto con anterioridad marcaba el final
del otro extremo, a unos treinta metros de distancia, y había algo pequeño
justo delante de él, algo que despedía un ligero reflejo azul. Jill frunció el
entrecejo y avanzó hacia la roca gigante, intentando distinguir qué era el
objeto azul. En la mitad del pasillo había un pequeño ramal a la izquierda, y
reconoció la placa de metal que había a su lado. Era del mismo tipo de
mecanismo que había movido el pozo. Entró en el pequeño ramal y examinó con
atención las gastadas piedras de su entrada. A la derecha se abría una pequeña
puerta, y Jill se dio cuenta de que el pasillo y la habitación podían
esconderse mediante un mecanismo y que las paredes giraban para tapar la
entrada. Demonios, deben de haber tardado años en montar todo esto y pensar que
yo estaba impresionada con la casa... Abrió la puerta y echó un vistazo en su
interior. Sólo era una habitación cuadrada de mediano tamaño, y la única
decoración era un pedestal con la estatua de un pájaro. No tenia otra salida, y
Jill sintió una repentina sensación de alivio cuando se dio cuenta de lo que
aquello implicaba. Ya podía salir de los túneles subterráneos: el asesino ya se
había marchado. Salió sonriendo al pasillo de nuevo y comenzó a acercarse a la
piedra gigante, aún curiosa por saber qué era aquel objeto azul.
Se dio cuenta de que era un libro encuadernado con cuero teñido
de color azul. Lo habían arrojado descuidadamente al lado de la piedra, y
estaba abierto y boca abajo. Se colgó la Remington al hombro y se agachó para
recogerlo. Era en realidad una caja-libro. Su padre le había hablado de
aquellos objetos, aunque ella no había visto ninguno con anterioridad. Las
páginas estaban recortadas detrás de la cubierta, y allí se escondían los
objetos de valor, aunque éste ya estaba vacío... Le dio la vuelta y recorrió
con un dedo las doradas letras del título, Águila del Este, Lobo del Oeste,
mientras se encaminaba hacia el ascensor. No parecía un título interesante,
aunque el libro estaba muy bien encuadernado... Clic.
Se detuvo en seco cuando la pequeña piedra bajo su pie izquierdo
se hundió ligerísimamente... y en ese preciso instante se dio cuenta de que el
pasillo estaba algo inclinado en la dirección que ella estaba caminando. Oh,
no. Detrás de ella oyó un profundo sonido rugiente de roca rozando contra roca.
Jill dejó caer el libro y empezó a correr para ponerse a
cubierto, con los brazos y las piernas lanzados a toda velocidad mientras el
rugido aumentaba y el peñasco liberado tomaba velocidad. La oscura abertura del
pequeño ramal parecía estar a kilómetros de distancia... No voy a llegar, voy a
morir...
Casi pudo sentir las toneladas de piedra abalanzándose sobre
ella. Quería mirar, sentía la necesidad de mirar, pero sabía que las décimas de
segundo que ello supondría representaban la diferencia entre la vida y la
muerte. Se lanzó en una desesperada explosión final de velocidad hacia la
abertura, arrojándose al suelo y metiendo las piernas... justo cuando la enorme
roca pasó de largo sin alcanzarla por escasos centímetros. Mientras aspiraba la
siguiente angustiosa bocanada de aire, el peñasco impactó contra el otro
extremo del pasillo con un sonido estremecedor que estremeció todo el túnel y
la sacudió hasta los huesos. Lo único que pudo hacer por unos instantes fue
quedarse encogida sobre el frío suelo mientras se esforzaba por no vomitar.
Cuando logró superar aquella sensación, se puso lentamente de pie y se sacudió
el polvo que la cubría. Tenía las palmas de las manos completamente arañadas y
las rodillas llenas de cardenales a causa de la caída de cabeza al suelo, pero
pensó que, desde luego, si lo comparaba con ser aplastada por una piedra
gigante, había tomado la decisión correcta. Jill descolgó la Remington y se
dirigió de nuevo hacia el ascensor, deseosa de dejar atrás aquel complejo
subterráneo. Cruzó los dedos para que, fuese lo que fuese lo siguiente que
tuviera que enfrentar, fuese algo de sangre caliente y que no hubiera arañas.
El sótano estaba completamente inundado. Chris permaneció al
comienzo de la corta rampa que llevaba a las puertas del sótano, mirando el
reflejo de su cara sin sonrisa que se dibujaba en la ondulante agua. Parecía
fría. Y profunda. Después de dejar atrás a Rebecca, había seguido por la sala y
había descubierto la habitación 003 en un extremo. La escalera que llevaba
hasta el sótano estaba discretamente oculta detrás de una estantería en el
ordenado dormitorio. Había bajado hasta el helado pasillo de cemento iluminado
cae bombillas fluorescentes que, además de luz, despedían un continuo zumbido,
lo que representaba un cambio brusco con respecto a la sencilla decoración de
madera de las estancias superiores. Al menos, he descubierto el sótano... Al
parecer, matar la Planta 42 era la única vía de escape. No había visto ninguna
otra salida del lugar, lo que significaba que tenía que encontrarse al otro
lado de la habitación que ocupaba la planta. O era eso, o no había una puerta
trasera, idea que lo dejó bastante inquieto. No le parecía posible, pero
tampoco se lo parecía una planta carnívora como aquélla. Y no lo descubrirás
hasta que acabes con esto. Chris suspiró y entró en el agua. Estaba fría y
desprendía un desagradable olor químico. Cruzó vadeando hasta que llegó a la
puerta. El agua, que en un principio le había llegado a las rodillas, continuó
subiendo hasta detenerse a la altura de la mitad del muslo. Se estremeció y
empujó la puerta para entrar. El sótano estaba dominado por un elemento: un
enorme tanque de cristal en el centro de la estancia que se extendía desde el
suelo hasta el techo, y que mostraba un gran agujero irregular en el fondo del
lado derecho. Chris no era demasiado bueno para juzgar el volumen de las
botellas, pero calculó que para llenar toda aquella zona de agua, el tanque
debía tener una capacidad de bastantes miles de litros de agua. ¿Qué demonios
estaban estudiando aquí para necesitar tanta agua? ¿Olas de maremotos? No
importaba. Hacía frío y quería encontrar cuanto antes lo que necesitaba para
poder regresar a terreno seco. Se dirigió lentamente hacia su izquierda,
luchando contra la resistencia y el empuje de las suaves olas. Aquello era
totalmente irreal: vadear una estancia de cemento completamente iluminada.
Aunque, cuando lo pensó mejor, supuso que no era más extraño que todo lo que le
había pasado desde que el helicóptero del equipo Alfa se había posado en
tierra. Todo lo relativo a la propiedad Spencer tenía cierto aire onírico, como
si existiese en su propia realidad lejos de las reglas del resto del mundo...
Di más bien un aire de pesadilla. Plantas asesinas, serpiente gigantes, muertos
vivientes. Lo único que falta es un platillo volador o, quizás, un
dinosaurio... Oyó un suave chapoteo a su espalda y miró por encima del hombro...
y lo que vio fue una gruesa aleta triangular alzarse sobre la superficie del
agua a unos diez metros de él, que comenzó a avanzar en su dirección, seguida
por debajo por una borrosa silueta gris. El pánico se apoderó de él, un pánico
tan absoluto que borró cualquier pensamiento racional. Dio un paso gigantesco
para echar a correr...
Se dio cuenta de que no podía correr cuando se cayó de bruces en
la fría agua repleta de productos químicos y luego salió escupiendo agua
contaminada por la nariz y por la boca, mientras deseaba fervientemente que
Rebecca tuviese razón y el virus hubiera perdido toda su potencia. Giró
rápidamente la cabeza, con los ojos irritados, y buscó con la vista la aleta...
Entonces se dio cuenta de que la distancia entre ellos había quedado reducida a
la mitad. Ahora podía distinguirlo con mayor claridad: era un tiburón; su
cuerpo, de unos seis metros de largo, surcaba con facilidad el agua, con su
larga cola impulsándolo hacia adelante... y con unos ojos negros y sin
expresión mirándolo por encima de su eterna sonrisa dentada. Las balas mojadas
no suelen disparar...
Chris trastabilló hacia atrás, a sabiendas de que no tenía
ninguna oportunidad de correr más que aquel bicho y de dejarlo atrás. Levantó
los brazos para equilibrarse mejor y se puso de lado. Logró dar unos cuantos
pasos más antes de que el tiburón se le echara encima... Saltó hacia un lado,
esquivando al animal, y dio enérgicas palmadas en el agua lanzando espumas por
todos lados. El tiburón pasó de largo, y su cuerpo suave y pesado le rozó la
pierna. Chris se apresuró en cuanto terminó de pasar, manoteando desesperado en
el agua para intentar seguirlo y mantenerse detrás de él mientras doblaba la
esquina en la inundada habitación. Si conseguía mantenerse suficientemente
cerca, no podría girar para morderlo... Sólo que el tiburón dispondría en pocos
segundos de espacio más que suficiente para maniobrar. Divisó dos puertas
delante de él, a la izquierda, pero el gigantesco pez ya lo estaba dejando
atrás y se dirigía hacia la siguiente esquina para girar y abalanzarse de nuevo
sobre él. Chris inspiró profundamente y se sumergió, sabiendo que era una
locura pero que no tenía otra opción mejor. Braceó desesperadamente hacia la
primera puerta después de impulsarse con una patada contra el suelo de cemento
hacia adelante. Llegó a la puerta al mismo tiempo que el tiburón daba la vuelta
y comenzaba a nadar en su dirección. Agarró medio ahogado el pomo de la
puerta... que estaba cerrada con llave. Mierda mierda mierda...
Chris metió la mano en su chaleco y rebuscó en uno de los
bolsillos las llaves del tal Alias mientras la aleta se acercaba cada vez más y
veía con mayor claridad los dientes de la feroz sonrisa...
Metió la llave en la cerradura, la única llave para la que no
había encontrado cerradura, y al mismo tiempo le dio un empujón con el hombro a
la puerta. El tiburón se encontraba ya a escasos metros de él. La puerta se
abrió de golpe y Chris cayó al otro lado, cayendo y pataleando frenéticamente a
la vez. Una de sus botas impactó de lleno contra el morro del tiburón,
desviándolo de la abertura. Se levantó de un salto y lanzó todo el peso de su
cuerpo contra la puerta, que se cerró lentamente con un chapoteo suave. Se
desplomó de espaldas contra la puerta, mientras se enjugaba con la manga los
ojos llorosos por la picazón. El oleaje provocado por su paso fue decreciendo
gradualmente al mismo tiempo que él recuperaba el aliento y su visión se
aclaraba. Estaba a salvo, por el momento. Desenfundó su Beretta y sacó el
cargador chorreante, preguntándose cómo demonios lograría llegar de nuevo
arriba. Miró alrededor en la pequeña habitación en la que se encontraba, pero
no vio nada que pudiera utilizar como arma. Una de las paredes estaba cubierta
de botones e interruptores. Se acercó hasta ella dando grandes zancadas sobre
el agua. Se había sentido atraído por una luz roja parpadeante. Me parece que
he encontrado una sala de control. Genial. Quizá pueda apagar todas las luces y
hacer que el tiburón se ponga a dormir. Al lado de la luz intermitente había
una palanca, Chris leyó el desgastado texto que había debajo y sintió cómo
crecía su incredulidad. Sistema de vaciado de emergencia. Tiene que ser una
broma. ¿Por qué nadie bajó esta palanca en el mismo instante en que se rompió
el tanque?
La respuesta se le ocurrió inmediatamente: las personas que
trabajaban allí eran científicos, de modo que no iban a perder la ocasión de
estudiar su magnífica Planta 42 vaciando de agua aquel lago artificial. Chris
agarró la palanca y tiró hacia abajo. Oyó un sonido metálico y deslizante al
otro lado de la puerta, y el nivel de agua comenzó a descender inmediatamente.
Un minuto después, los últimos restos desaparecían por debajo de la puerta, y
un ruido burbujeante sonó en la dirección del tanque roto. Regresó hacia la
puerta y la abrió con cuidado... y oyó los frenéticos golpes de un pez muy
grande que intentaba nadar a través del aire. Chris sonrió, pensando que quizá
debería sentir lástima por aquella criatura indefensa... pero en realidad
esperaba que sufriera una muerte lenta y agonizante.
Wesker había abatido a cuatro de los trabajadores de Umbrella
que estaban infectados por el virus y muertos en vida durante su trayecto hasta
la sala de ordenadores del nivel tres. No había reconocido a ninguno de los
cuatro, aunque estaba bastante seguro de que el segundo que había matado era
Steve Keller, uno de los integrantes del equipo de investigaciones especiales.
Steve siempre llevaba puestos unos zapatos de cuero de tipo mocasín, y la
criatura reseca que lo había atacado en las escaleras llevaba puestos unos
zapatos de su marca preferida. Al parecer, los efectos causados por el vertido
del virus al aire habían sido peores en los laboratorios y, aunque ensuciaban
menos, eran más inquietantes. Las criaturas que recorrían las habitaciones y
los pasillos estaban completamente deshidratadas, con sus miembros
completamente enjutos, fibrosos, y con los ojos igual que uvas pasas. Wesker
había esquivado a varios de ellos, pero los que tuvo que matar definitivamente
apenas habían sangrado. Se sentó delante del ordenador en una habitación fría y
estéril. Esperó a que el sistema se encendiera mientras por primera vez en todo
el día se sentía realmente con el control de la situación. Antes había tenido
buenos momentos, por supuesto: el modo en que había manejado a Barry, cómo
había encontrado la medalla del lobo en los túneles. Incluso dispararle a Ellen
Smith en la cara le había proporcionado una momentánea sensación de
cumplimiento, de que dominaba los acontecimientos. Sin embargo, habían salido
mal tantas cosas a lo largo del camino que no había podido disfrutar de ninguno
de sus éxitos.
Pero ahora ya estoy aquí. Si los STARS no están muertos ya,
pronto lo estarán. Y si no sufro una enorme disminución de mi habilidad, habré
salido de aquí dentro de media hora, con la misión cumplida... Todavía existían
unos cuantos peligros, pero Wesker podría enfrentarse a ellos. Sin duda, los
monos mutantes, los MA2, estaban sueltos por el cuarto del generador, pero no
era difícil esquivarlos, siempre que uno no dejara de correr. Él lo sabía bien:
había ayudado a desarrollar el diseño. Y también quedaba el premio gordo, el
Tirano a la espera en su urna de cristal, un nivel más abajo, dormido, en el
dulce sueño de los condenados... Del que sin duda jamás podrá despertar. Qué
desperdicio. Tanto poder, y sin embargo los de White deciden que se trata de un
fracaso... Un ligero pitido musical le indicó que el sistema estaba activado y
preparado. Wesker sacó una pequeña libreta de su chaleco y la abrió por la
lista de códigos, aunque ya los sabía de memoria. John Howe había puesto en
marcha el sistema ya hacía meses, utilizando su nombre y el de su novia, Ada,
como claves de acceso. Wesker introdujo la primera de las contraseñas, la que
le permitiría abrir todas las puertas de los laboratorios, y sintió un
repentino y vago optimismo por la emoción del día. Acabaría todo tan pronto, y
no habría nadie que fuera testigo de sus logros, que compartiera los recuerdos
de todo lo ocurrido. Y, al pensarlo, se dio cuenta de que era una lástima que
ninguno de los miembros de los STARS pudiera estar con él. Lo único mejor que un
final grandioso era un final grandioso con público.
Capítulo 17
Jill había tomado el ascensor hasta lo que parecía ser otra
parte del jardín o del patio, aunque la zona estaba bastante aislada por estar
completamente rodeada por árboles. Lo había adivinado por unas cuantas plantas
que crecían sin cuidado alguno y por los tranquilizadores ruidos del bosque
provenientes del otro lado del vallado metálico. En aquel lugar no había nada
más que ver que una puerta oxidada, encajada en una pared cubierta de hiedra, y
que había sido soldada, y un gran pozo abierto. Por su interior bajaba una
escalera en espiral que llevaba hasta otro pequeño ascensor. En el que subí,
pero ¿dónde demonios estoy ahora?
El ascensor la había llevado hasta un lugar completamente
distinto a cualquier otro de los que había registrado en la propiedad Spencer.
Carecía del olor fétido y extraño que flotaba en el aire de la mansión, y
también de la penumbra goteante de los subterráneos. Era como si ella hubiese
pasado de la ambientación de una novela de terror gótica a una instalación
militar, al desolado paraíso de un utilitariano.
Se encontraba en una gran estancia de cemento reforzado con
acero, con las paredes pintadas del típico color naranja sucio de las
instalaciones industriales. Unos conductos y tuberías de metal cubrían el techo
y la parte superior de las paredes, y la estancia tenía el muy apropiado nombre
de «XD-RSI», que estaba pintado a lo largo del cemento con letras negras de
varios metros de alto. Jill había perdido completamente la orientación con
respecto a la mansión.
Aunque hace tanto frío como en el resto del lugar, al menos sé
que voy en el buen camino... En uno de los laterales de la estancia vio una
puerta de metal de aspecto sólido, cerrada a cal y canto. El letrero que había
a su izquierda indicaba que sólo podía abrirse en caso de emergencia de primera
clase. Supuso que la señal S1 que había en la pared significaba «sótano nivel
1». Su teoría se vio confirmada cuando divisó una escalerilla metálica
atornillada a la pared que bajaba a través de un estrecho agujero en el suelo
de cemento. Lo normal es que a la S1 le siguiera S2.
Dadas las alternativas, me parece que es ahí hacia donde debo
dirigirme, porque mi otra opción es regresar a través de los túneles
subterráneos. Echó un vistazo por el agujero, y sólo vio un rectángulo de
cemento al otro lado. Suspiró y comenzó a descender tras enfundar la Remington.
Se giró en cuanto llegó al último peldaño, desenfundando
rápidamente la escopeta. Se hallaba en una estancia mucho más pequeña, pero del
mismo aspecto industrial que la anterior: unos tubos fluorescentes insertados
en el techo, una puerta gris de metal y unas paredes de cemento, lo mismo que
el suelo. Atravesó el lugar a paso rápido, mientras comenzaba a sentirse
esperanzada de que no encontraría más trampas o más criaturas. Hasta ese
momento, lo más peligroso que había visto en los niveles del sótano era el
ambiente gris y depresivo. Abrió la puerta y su esperanza se desvaneció cuando
el seco y polvoriento olor a carne muerta y podrida le asaltó el olfato. Entró
en una pasarela de cemento que llevaba hasta el comienzo de unas escaleras, con
una barandilla de metal que rodeaba todo el camino. En el extremo superior de
las escaleras vio un zombi derrumbado en el suelo. Estaba tan reseco que
parecía una criatura momificada. Mantuvo en alto la escopeta, preparada para
cualquier cosa, y se acercó lentamente a las escaleras. Advirtió que en el
punto donde la barandilla se acababa se abría un ramal a la izquierda. Echó un
rápido vistazo desde la esquina y comprobó que la zona estaba despejada. Dobló
la esquina sin dejar de vigilar al cuerpo reseco y atravesó el corto pasillo
hasta llegar a una puerta situada a su izquierda. Un cartel colocado a un lado
de la puerta indicaba «Sala de datos visuales». La puerta no estaba cerrada con
llave. La abrió y se encontró en una habitación gris con una larga mesa de
conferencias en el centro, con un proyector de diapositivas enfrente de una
pantalla portátil al otro extremo de la estancia. Jill vio un aparato de
teléfono en la pared de la derecha y hacia allí se dirigió, a sabiendas de que
era esperar demasiado de su suerte, pero tenía que comprobarlo de todas
maneras. No era un teléfono, sino un sistema de comunicación interna que
parecía no funcionar. Suspiró y pasó de largo al lado de una columna
decorativa. Rodeó la mesa, mirando sin interés al proyector de diapositivas vacío.
Dejó que su mirada vagabundease por el lugar, en busca de algo de interés, y se
detuvo en un cuadrado de metal sin marcas de ninguna clase que había en la
pared, aproximadamente del tamaño de una hoja de papel. Jill se acercó para
mirarlo con mayor detenimiento. Había una pequeña barra en el extremo superior
del cuadrado. La tocó suavemente y el panel de metal se deslizó hacia abajo,
dejando al descubierto un gran botón de color rojo. Miró alrededor la tranquila
habitación, intentando imaginar cuál sería la trampa esa vez. Y entonces se dio
cuenta de que ya no habría trampa alguna. La mansión, los túneles... Todo
estaba preparado para mantener a la gente alejada de este lugar, para impedir
que llegaran hasta estos niveles inferiores. Todas estas habitaciones son
demasiado insulsas como para ser otra cosa que un lugar de trabajo. De forma
instintiva supo que aquel pensamiento era completamente lógico. Ésa era una
sala de reuniones, un sitio donde beber café malo y discutir con los colegas de
profesión. Nada iba a atacarla si apretaba aquel botón. Jill lo apretó, y la
columna ornamental situada detrás de ella se deslizó hacia un lado con un suave
zumbido metálico. Detrás del sitio donde había estado la columna aparecieron
varias estanterías repletas de documentos... y también algo brillante que
relucía bajo la tenue luz de la estancia. Se acercó apresuradamente y recogió
una llave metálica, con un rayo grabado en su parte más ancha. Se la metió en
uno de los bolsillos y se dedicó a revisar los papeles de las estanterías.
Todos tenían estampado el logotipo de Umbrella, y aunque la mayoría de los
informes eran demasiado gruesos para ponerse a leerlos, el título de uno de
ellos le dijo a Jill lo que necesitaba saber, lo que ya había estado
sospechando. «Umbrella/Informe de las armas biológicas/ Investigación y
desarrollo». Jill puso de nuevo el informe en su sitio mientras asentía con
lentitud. Por fin había encontrado las auténticas instalaciones de
investigación. Supo al instante que el traidor de los STARS estaría en algún
lugar de aquellas estancias. Iba a tener que ser muy, muy prudente. Jill lanzó
un vistazo final alrededor y decidió que lo mejor era buscar la cerradura a la
que pertenecía la llave que había encontrado. Ya era hora de colocar las
últimas piezas del rompecabezas que había organizado Umbrella y por el que los
miembros de los STARS se habían sacrificado para intentar resolverlo.
La retorcida y gruesa raíz de la Planta 42 ocupaba una gran
esquina de la habitación del sótano, y su mayor parte colgaba en forma de
delgadas extremidades de aspecto animal que casi tocaban el suelo. Unas cuantas
de aquellas extremidades parecidas a grandes gusanos se retorcían de un lado a
otro, chocando entre sí mientras se movían hacia adelante y hacia atrás como si
buscaran el suministro de agua que Chris había cortado.
—Dios, es asqueroso —dijo Rebecca en voz alta.
Chris se limitó a asentir. Aparte de la sala de control hacia la
que había escapado del tiburón, sólo había otras dos estancias en aquel sótano.
Una de ellas estaba llena de cajas con municiones para todo tipo de armas, y
aunque la mayoría de los proyectiles estaban inservibles por estar empapados,
habían descubierto una caja de balas de nueve milímetros en lo alto de una
estantería, lo que había evitado que se quedaran sin munición. La otra
habitación era muy sencilla; sólo tenía una mesa de madera, un camastro... y la
enorme raíz de la planta carnívora que vivía escaleras arriba.
—Sí —dijo finalmente Chris—. Bueno, ¿cómo lo hacemos?
Rebecca sostuvo en alto una pequeña botella llena de un líquido
de color púrpura y lo removió ligeramente, sin dejar de mirar los tentáculos
que todavía se movían.
—Bueno, tú te echas hacia atrás y no respiras muy fuerte. Esto
incluye un par de toxinas que ninguno de los dos queremos tragar, y el líquido
se convertirá en gas en cuanto impacte contra las células infectadas.
Chris volvió a asentir.
—¿Cómo sabremos si está funcionando?
Rebecca sonrió.
—Si el informe sobre esta sustancia es correcto, lo sabremos.
Mira.
Destapó la botella y se acercó a la retorcida rama. Luego le dio
la vuelta a la botella y salpicó los temblorosos tentáculos con el líquido. Una
nubecilla de un humo rojizo surgió rápidamente de la raíz mientras Rebecca
vaciaba la botella y retrocedía inmediatamente unos pasos. Oyeron un sonido
chasqueante y silbante, como el de la madera mojada recién arrojada sobre una
hoguera y que empieza a quemarse. Escasos segundos después, las retorcidas
fibras comenzaron a romperse y a desmoronarse hacia el suelo, donde se
deshicieron en polvo. Los gruesos nudos del centro de la raíz comenzaron a
retorcerse y a secarse, encogiéndose sobre sí mismos. Chris se quedó mirando
pasmado mientras la gigantesca y atemorizadora raíz se convertía en una
goteante bola de musgo de un tamaño no mayor que el de la pelota de un niño y
se quedaba allí colgada, completamente muerta. Todo el proceso no había durado
más allá de quince segundos. Rebecca señaló con un gesto de la barbilla hacia
la puerta y ambos salieron mientras Chris meneaba, incrédulo, la cabeza.
—Dios, ¿qué has puesto en ese mejunje?
—Fíate de lo que te digo: no quieras saberlo. ¿Estás listo para
salir de aquí?
Chris sonrió de oreja a oreja.
—Vamos allá.
Ambos comenzaron a correr al trote hacia las puertas del sótano,
recorriendo rápidamente el frío pasillo hacia la escalera que llevaba arriba.
Chris ya estaba pensando en unos cuantos planes de escape para cuando salieran
de aquel edificio. La cuestión dependería mucho de hacia dónde llevara la
salida. Si acababan saliendo al bosque, lo mejor sería dirigirse a la carretera
más cercana y encender una hoguera, y luego esperar a que llegara la ayuda...
Aunque quizá tengamos suerte y lleguemos al aparcamiento de este puñetero
lugar. Podríamos hacerle el puente a un coche y salir de aquí pitando. Quizás
así lograríamos que Irons hiciera algo útil por una vez, como, por ejemplo,
llamar a los refuerzos... Llegaron al pasillo de madera y se encaminaron hacia
la estancia donde estaba la planta. Cruzaron a grandes zancadas la habitación
verde de lianas siseantes y finalmente se detuvieron delante de la puerta
ocupada por la Planta 42. Chris respiró profundamente y asintió en dirección a
Rebecca. Ambos desenfundaron sus armas y Chris abrió la puerta, deseoso de
saber qué había más allá de la planta experimental.
Entraron en una enorme habitación, cuyo húmedo ambiente estaba
cargado con el olor a vegetación podrida. Fuera cual fuera el aspecto que tenía
antes, el monstruo que había sido la Planta 42 ahora no era más que un gran y
humeante lago de una viscosidad púrpura en el centro de la estancia. Unas
lianas hinchadas del tamaño de mangueras antiincendios se extendían fláccidas a
lo largo del suelo, como una masa lívida y Chris registró la habitación con la
vista en busca de la puerta de salida, y lo único que vio fue una chimenea en
una de las paredes, una silla rota en una esquina... y una puerta que
aparentemente llevaba de vuelta al dormitorio que ya habían registrado. Era un
pasadizo secreto que no habían descubierto, y que llevaba hasta la mismísima
estancia en la que se encontraban.
La entrada debe de estar escondida detrás de la estantería de
libros...
No había salida del lugar. Matar a la planta había sido una
pérdida de tiempo. No bloqueaba el paso a ningún lugar. Rebecca parecía tan
desilusionada como él. Tenía los hombros hundidos y sus ojos de expresión
sombría registraban las paredes desnudas de la estancia.
—Lo siento, Rebecca.
Ambos recorrieron lentamente la habitación. Chris miraba la
planta muerta mientras caminaba e intentaba decidir qué hacer. Rebecca se
acercó a la chimenea y se agachó a su lado para examinada, removiendo las
ennegrecidas cenizas. No la haría regresar a la mansión. Ninguno de ellos
estaba preparado para aquello. Además, eran demasiadas serpientes incluso con
la munición adicional que habían conseguido. Podían esperar en el patio a que
Brad sobrevolara el lugar de nuevo, esta vez más cerca, y hasta que estuviera
al alcance del pequeño aparato de radio que llevaban...
—Chris, he encontrado algo.
Se dio la vuelta y vio que Rebecca sacaba un par de hojas de
papel de entre las cenizas. Tenían los bordes quemados, pero aparte de eso
parecían estar en buen estado. Cruzó la estancia y se inclinó para mirar por
encima de su hombro... y sintió que su corazón comenzaba a palpitarle con
fuerza cuando leyó las primeras palabras de la hoja que sostenía Rebecca.
PROCEDIMIENTOS DE SEGURIDAD
SÓTANO, NIVEL UNO
Helipuerto: uso exclusivo de los ejecutivos. Esta restricción no
será aplicable si se produce una emergencia. Las personas no autorizadas que
entren en el helipuerto serán abatidas sin previo aviso.
Ascensor: el ascensor queda sin funcionamiento durante las
emergencias.
SÓTANO, NIVEL DOS
Sala de datos visuales: únicamente pueden utilizarla los
miembros de la Sección de Investigación Especial. Los restantes accesos a la
Sala de datos visuales debe ser autorizado por Keith Arving, directivo de sala.
SÓTANO, NIVEL TRES
Prisión: la Sección Sanitaria controla el uso de la prisión. Un
ayudante de investigación (E. Smith, S. Ross, A. Wesker) debe estar presente si
se autoriza el uso del virus.
Cuarto de generadores: acceso limitado a los supervisores
generales. Esta restricción no es aplicable a los ayudantes de investigación
con autorización especial.
SÓTANO, NIVEL CUATRO Con respecto a los progresos del «Tirano»
tras el uso del Virus-T...
El resto del papel estaba quemado y no podían leerse las
palabras.
—A. Wesker —dijo Chris en voz baja—. Capitán.
Maldito sea Wesker... Barry le había dicho que Wesker había
desaparecido inmediatamente después de que los demás miembros del equipo Alfa
se dividieran para buscarlo, y fue Wesker el que nos condujo inmediatamente
aquí cuando los perros nos atacaron. El jefe competente, eficaz, inescrutable
Wesker, y que ahora resulta que trabaja para Umbrella...
Rebecca pasó a la segunda página y Chris se agachó aún más,
deseoso de observar con atención los pequeños carteles que había debajo de las
líneas y los recuadros del papel.
MANSIÓN. PATIO. CASA DE GUARDIA. SÓTANO. LABORATORIOS
Incluso había una brújula dibujada cerca del diagrama de la
mansión, que mostraba algo que no habían descubierto: una entrada secreta a las
instalaciones subterráneas, oculta tras la cascada. Rebecca se puso de pie y
miró a Chris con ojos inseguros.
—¿El capitán Wesker está metido en todo esto?
Chris asintió lentamente.
—Y si todavía está aquí lo más seguro es que se encuentre allí
abajo, en esos laboratorios, quizá con el resto del equipo. Si Umbrella lo ha
enviado aquí, sólo Dios sabe lo que está tramando.
Tenían que encontrarlo, tenían que advertir a los supervivientes
del equipo de los STARS que Wesker los había traicionado a todos.
Ya estaba todo hecho. Wesker entró en el ascensor que lo
llevaría de regreso al nivel tres, repasando la lista mientras bajaba la puerta
exterior y deslizaba la puerta interior hasta cerrarla. Muestras recogidas,
archivos borrados, energía conectada, soporte vital del Tirano desconectado...
Era una auténtica pena lo del Tirano. A pesar de su aspecto tan horrible,
aquella criatura era una maravilla de la ingeniería quirúrgica, química y
genética. Se había quedado durante un largo rato delante de la enorme vitrina
de cristal, observándolo pasmado y en silencio antes de desconectar a
regañadientes el sistema de soporte vital. Mientras los tubos de fluidos se
vaciaban, se había imaginado el espectáculo que habría sido verlo en acción una
vez que los investigadores hubieran acabado su trabajo.
Se hubiera convertido en el soldado definitivo, una bella
criatura en el campo de batalla..., que ahora tenía que ser destruida porque
algún técnico idiota había apretado el botón equivocado. Aquel error le había
costado a Umbrella millones de dólares y había matado a todos los
investigadores que lo habían creado. Pulsó el botón de subida y el ascensor
cobró vida con un zumbido, llevándolo de vuelta hacia el último paso de su
misión: activar el sistema de autodestrucción que se encontraba en la parte trasera
del cuarto de generadores. Se daría sí mismo quince minutos para asegurarse de
que se encontraba fuera del radio de acción de la explosión: bajaría por la
escalera del helipuerto, tomaría la carretera trasera hacia la ciudad... y
luego, bum, se acabó la instalación secreta de Umbrella. Bueno, al menos en el
bosque de Raccoon... En cuanto regresara a la ciudad, empacaría sus objetos y
se dirigiría hacia al aeropuerto privado de Umbrella. Desde allí efectuaría
todas las llamadas necesarias para que sus contactos en White Umbrella supieran
lo que había ocurrido. Tenían a un equipo de «limpieza» preparado para rastrear
todo el bosque y eliminar a los especímenes supervivientes... y también
estarían ansiosos por ponerles las manos encima a las muestras de tejidos que
había recogido. Dos de cada uno de los especímenes, excepto del Tirano. Con
todos los científicos encargados del proyecto Tirano muertos, los jefazos de
Umbrella habían decidido anular aquella línea de investigación de forma
indefinida. Wesker pensaba que era un error pero, al fin y al cabo, a él no le
pagaban por pensar.
Wesker abrió las puertas en cuanto el ascensor se detuvo. Salió
y dejó a un lado el maletín con las muestras mientras desenfundaba su Beretta.
Recorrió mentalmente el sinuoso trayecto a través de del cuarto de generadores.
Tendría que correr otra vez por la zona donde se encontraban los MA2 para
llegar hasta el sistema de activado. Ya lo había logrado antes para conectar el
sistema de encendido de los ascensores, pero se habían mostrado mucho más
activos de lo que él se esperaba. En lugar de debilitarlos, el hambre los había
llevado a nuevas cotas de ferocidad. Había tenido suerte de atravesar el lugar
sin un solo rasguño...
Wesker se detuvo en seco cuando oyó un zumbido hidráulico
procedente del otro lado de la estancia. Unos pasos resonaron sobre el suelo de
cemento, luego dudaron, y finalmente se dirigieron hacia el cuarto de
generadores, al otro extremo del pasillo. Wesker asomó un poco la cabeza por la
esquina y miró, justo a tiempo para ver desaparecer a Jill Valentine a través
de las puertas metálicas, que lanzaron un siseo mecánico por todo el lugar
antes de cerrarse. ¿Cómo ha logrado atravesar la zona con los Cazadores?
¡Jesús!
Al parecer, la había subestimado... y, además, había llegado
sola. Si era tan buena, era posible que los MA1 no la matasen, y acababa de
bloquearle la única ruta de acceso hasta el sistema de activado de la
autodestrucción. No podría enfrentarse a la vez a las criaturas que rondaban
las pasarelas entrelazadas entre sí como un laberinto y al mismo tiempo impedir
que ella siguiera fisgoneando...
Completamente frustrado, Wesker recogió la maleta de muestras y
cruzó a paso rápido la estancia, de regreso a las puertas hidráulicas que
llevaban al pasillo principal del nivel tres. Si Valentine lograba salir de
allí, tendría que pegarle un tiro. Eso sólo retrasaría sus planes unos cuantos
minutos, pero, aun así, era un hecho inesperado. El juego había llegado
demasiado lejos como para permitir más sorpresas. Las sorpresas lo cabreaban,
le daban la sensación de que no tenía las cosas bajo control. Yo tengo el
control ¡Aquí no ocurre nada que yo no pueda manejar! Este es mi juego, y yo
pongo las reglas. Lograré cumplir mi misión sin mas interferencias por parte de
esa pequeña zorra ladrona... Wesker se acercó al acecho hasta el pasillo
principal y vio que Jill había logrado eliminar a unos cuantos más de los
resecos investigadores y técnicos que deambulaban por los laboratorios
subterráneos. Dos de ellos estaban justo al lado de la puerta. Tenían los
cráneos reventados y convertidos en fragmentos polvorientos por lo que parecían
ser impactos de proyectiles de posta. Rabioso, le dio a uno de ellos una patada
en las costillas, que se partieron con un crujido seco bajo la punta de su
bota... A ese crujido le siguió el sonido de unas pesadas botas que bajaban por
las escaleras metálicas que daban al nivel dos, y su pesado taconeo resonó por
toda la estancia. Justo después, Wesker oyó una voz bronca pero titubeante.
—¿Jill?
Barry Burton, vivito y coleando...
Wesker alzó lentamente su arma, dispuesto a disparar contra
Barry en cuanto apareciera a la vista, pero la bajó inmediatamente, pensativo.
Después de un momento, una feroz sonrisa comenzó a extenderse lentamente por su
rostro.
Capítulo 18
Jill entró lentamente en la siseante y humeante dependencia,
donde un denso olor a grasa impregnaba el pegajoso aire caliente. Era una
especie de cuarto de calderas, aunque bastante grande. El pesado ruido de
maquinaria industrial resonaba por todos lados. El lugar estaba repleto de
sinuosas pasarelas, y unas enormes turbinas giraban sin cesar, generando
energía con un zumbido continuo al mismo tiempo que unas tuberías ocultas
arrojaban vapor de forma regular e intermitente.
Avanzó lentamente en aquel lugar escasamente iluminado, mirando
hacia abajo desde una de las pasarelas con elevadores. Desde donde estaba, pudo
ver que todo aquel gran centro de producción de energía, era un laberinto de
caminos y pasarelas que se retorcían entre enormes grupos de maquinaria.
Éste es el origen de toda la energía que consume este complejo.
Eso explica que hayan logrado mantenerlo en secreto durante tanto tiempo.
Tenían su propia ciudad aquí dentro, completamente autónoma. Probablemente
también hacían que les trajeran la comida desde fuera de Raccoon City...
Entró en una estrecha pasarela que se abría a su derecha, y
registró insegura con la vista el camino, a la espera de encontrarse con más de
los extraños y pálidos zombis con los que se había topado en la zona S3. La
zona parecía despejada, pero con todo aquel ruido y movimiento creado por las
turbinas...
Algo le rasgó el hombro izquierdo, un tajo violento y repentino
que le abrió el chaleco y le arañó la piel.
Jill se giró y disparó en el mismo movimiento, y el tronar de la
escopeta ahogó los demás sonidos. La descarga sólo impactó contra el metal, y
las postas del proyectil rebotaron a lo largo de la pasarela vacía. Detrás de
ella no había nada.
¿De dónde...? Una garra parecida a la hoja de una espada curva
partió el aire delante de ella. Había bajado desde arriba...
Jill retrocedió un par de pasos y levantó la vista hacia la
malla metálica del techo... y entonces vio una oscura silueta que correteaba
por la parrilla metálica a una velocidad increíble. En cada una de sus
extremidades divisó unas garras curvadas de aspecto afilado. Atisbó unas
gruesas púas alrededor de su rostro mutante y aplanado, y en ese mismo instante
aquel ser se dio media vuelta y echó a correr hacia las ruidosas sombras del
cuarto de generadores.
Al final de la pasarela había una puerta, y Jill comenzó a
correr hacia ella, con el corazón palpitándole a toda velocidad y el agudo
zumbido de los generadores taladrándole los oídos. Estaba a dos metros de la
puerta cuando vio otra sombra delante de ella. Levantó la escopeta y enderezó
el cuerpo...
¡Hay más!
Eran dos las criaturas que se habían situado por encima y por
delante de ella. Eran seres achaparrados con grandes garras curvadas de aspecto
inquietante en lugar de manos. Una de las criaturas se descolgó agarrándose por
las patas del techo para intentar alcanzarla con las garras de una mano. Jill
disparó y el ser mutante aulló cuando la descarga le acertó de lleno en el
pecho. Cayó al suelo esparciendo la sangre que le salía a borbotones de la
tremenda herida.
Se dio la vuelta y comenzó a correr hacia la entrada mientras
percibía el suave chasquido de las garras correteando por la malla metálica.
Otra de las aberrantes criaturas parecidas a un mono mutante se descolgó
delante de ella, pero Jill se agachó en lugar de detenerse, temerosa de parar
su carrera. El extraño brazo de la criatura silbó justo a su lado, a menos de
un centímetro de su oreja. Las puertas de metal estaban delante de ella. Jill
se abalanzó contra ellas con el hombro por delante a la vez que bajaba la
manivela de una de ellas, y entró a tropezones en la fría tranquilidad del
pasillo. La puerta se cerró cortando el frenético aullido de una de las
criaturas, que resonó por encima del traquetear de la maquinaria en
funcionamiento.
Se dejó caer de espaldas a la puerta, boqueando en busca de
aire... y vio a Barry Burton de pie en mitad del silencioso pasillo.
Él se aproximó corriendo hacia ella, con una expresión de
profunda preocupación en su barbudo rostro.
—¡Jill! ¿Estás bien?
Ella se alejó de la puerta, sorprendida.
—Dios, Barry, ¿dónde te habías metido? Pensé que te habías
perdido en los túneles.
Barry asintió ceñudo.
—Eso es lo que me pasó, y me encontré con algunos problemas para
salir.
Jill vio las salpicaduras de sangre en sus ropas, los rasguños y
desgarrones en su camisa, y se dio cuenta de que se había encontrado con
algunas más de aquellas pesadillas de color verde. Tenía el mismo aspecto que
si hubiera ido a la guerra... y hablando de heridas...
Jill se llevó la mano al hombro. La retiró con los dedos
ensangrentados, pero la herida, aunque dolorosa, sólo era superficial.
Sobreviviría.
—Barry, tenemos que salir de aquí. He encontrado unos cuantos
archivos arriba que son una prueba de lo que estaba pasando aquí. Enrico tenía
razón: Umbrella está metida en todo esto y uno de los STARS lo sabía. Es
demasiado peligroso seguir registrando este lugar. Tenemos que pillar esos
informes y regresar a la mansión para esperar a la policía de Raccoon...
—Pero si creo que he encontrado el laboratorio principal —la
interrumpió Barry—. Hay un ascensor al bajar las escaleras, al final de la
sala. He visto ordenadores y todo ese tipo de cosas. Si podemos acceder a sus
archivos informáticos, entonces sí que los pillaremos.
No parecía muy emocionado por el descubrimiento, pero Jill
apenas se dio cuenta. Con toda la información que podían obtener de las bases
de datos de Umbrella, como nombres, fechas, material de investigación...
Podríamos descubrirlo todo y presentárselo a la policía en un
lindo y jugoso paquete envuelto con una cinta...
Jill asintió sonriendo.
—Muéstrame el camino.
Los túneles habían resultado un frío y triste laberinto, pero el
mapa les había permitido atravesarlos con rapidez. Rebecca y Chris habían
llegado al primer nivel de los sótanos; estaban empapados y tiritando, además
de bastante impresionados por las criaturas que se habían encontrado por el
camino. Los científicos de Umbrella habían sido repugnantemente creativos a la
hora de crear sus terribles monstruos. Chris intentó abrir la puerta que
llevaba al helipuerto, pero estaba firmemente cerrada. La señal de emergencia
que había a su lado implicaba que sólo podría abrirse con el sistema de alarma
activado. Había esperado poder hacer salir a Rebecca con la radio para pedir
ayuda, mientras él se dedicaba a buscar a los demás por las instalaciones. Miró
hacia abajo por las estrechas escaleras y suspiró mientras se daba la vuelta
hacia ella.
—Quiero que te quedes aquí. Si te quedas cerca del ascensor,
podrás captar la señal de radio de Brad desde el exterior. Dile dónde estamos y
lo que ha ocurrido. Si no vuelvo en veinte minutos, regresa al patio y espera
allí hasta que llegue alguien en nuestra ayuda.
Rebecca se sonrojó y negó con la cabeza.
—¡Pero yo quiero ir contigo! Puedo cuidar de mí misma, y si
encuentras el laboratorio, me necesitarás para saber qué hay que buscar...
—No. Por lo que sabemos, Wesker ya ha matado a los demás
miembros de STARS , y está buscándonos para rematar su trabajo. Si somos los
últimos, no podemos arriesgarnos a que nos pille a los dos en una emboscada.
Alguno de nosotros tiene que sobrevivir para contar a la gente lo que está
haciendo Umbrella. Lo siento, pero es la única manera. —Le sonrió y le puso una
mano en el hombro— Ya sé que puedes cuidar de ti misma. Esto no tiene nada que
ver con tu capacidad como agente, ¿de acuerdo? Veinte minutos. Sólo quiero ver
si alguien más ha logrado permanecer con vida.
Rebecca abrió la boca como si fuera a seguir protestando, pero
la cerró y se limitó a asentir en silencio.
—De acuerdo, me quedaré. Veinte minutos.
Chris se dio la vuelta y comenzó a bajar por la escalera,
esperando poder cumplir su promesa de regresar. El capitán había logrado
engañarlos a todos, actuando como si fuera un jefe preocupado durante semanas
mientras la gente de Raccoon City moría y él sabía los motivos. Aquel tipo era
un psicópata.
Al parecer, Umbrella había creado más de un tipo de monstruo.
Era hora de descubrir cuánto daño había causado.
Barry no pudo mirar a Jill mientras tomaban el ascensor que los
llevaría a S4. Wesker los estaría esperando allí; y Jill descubriría que
durante todo aquel tiempo había estado ayudando al capitán. Había matado a
otras tres de las criaturas más feroces y violentas en los túneles antes de
llegar al laboratorio... sólo para encontrarse con Wesker, quien había
insistido en que atrajera con engaños a Jill hasta S4 y que lo ayudara a
encerrarla. El sonriente cabrón le había recordado a Barry la situación en que
se encontraba su familia y le había prometido de nuevo que sería lo último que
le pediría hacer y que después de encerrar a Jill llamaría a los suyos para que
se retiraran y dejaran en paz a su mujer y sus hijas...
Sólo que eso es lo que ha dicho todas y cada una de las veces.
«Encuentra los símbolos heráldicos y te podrás ir. Ayúdame en los túneles y te
podrás ir. Traiciona a tu amiga...»
—Barry, ¿estás bien?
Él se giró hacia ella justo cuando el ascensor se detuvo, y miró
con expresión triste directamente a los preocupados ojos de Jill.
—Llevo preocupada por ti desde que llegamos a la mansión —dijo
mientras le ponía una mano en el brazo—. Incluso llegué a pensar... Bueno, no
importa lo que pensé. ¿Algo va mal?
Él abrió la puerta interior y luego levantó la exterior para
tener una excusa para desviar la vista.
—Yo... Sí, algo va mal —repuso en voz baja—. Pero ahora no es el
momento. Vamos a acabar con esto.
Jill frunció el entrecejo pero asintió, aunque sin dejar de mostrar
un semblante preocupado.
—Muy bien. Cuando esto acabe, podremos hablar.
—No querrás hablarme cuando todo esto acabe...
Barry entró en el corto pasillo y Jill lo siguió, con las botas
de ambos resonando sobre la rejilla metálica del suelo. Un poco más adelante la
pasarela giraba a la izquierda, y Barry se detuvo un momento fingiendo
comprobar su arma, por lo que Jill se colocó delante de él en el camino.
Doblaron la esquina y Jill se detuvo en seco, mirando fijamente
el cañón de la Beretta de Wesker, que le apuntaba directamente a la cara. Les
sonrió a ambos, y aunque las gafas de sol le tapaban los ojos, estaba claro que
la sonrisa era burlona y satisfecha.
—Hola, Jill. Qué detalle por tu parte pasar por aquí —le dijo—.
Buen trabajo, Barry. Quítale las armas.
Ella se giró y fijó su asombrada mirada en él, mientras Barry le
arrancaba con rapidez la escopeta de las manos y luego le desenfundaba la
Beretta, con el rostro completamente enrojecido.
—Ahora regresa a S1 y espérame allí al lado de la salida. Subiré
dentro de un par de minutos.
Barry se quedó mirándolo.
—Pero me dijiste que sólo ibas a encerrarla...
—Oh, no te preocupes. No pienso hacerle daño. Te lo prometo.
Ahora márchate.
Jill lo miró, y en su rostro se mezclaron una expresión de
asombro, de miedo y de ira.
—¿Barry?
—Lo siento, Jill.
Barry se dio la vuelta, derrotado y avergonzado, por no
mencionar el temor por lo que le pudiera pasar a Jill. Wesker le había dado su
palabra, pero las promesas del capitán no significaban nada. Probablemente la
mataría en cuanto oyese cerrarse las puertas del ascensor...
Pero ¿y si no subo al ascensor? Quizá todavía pueda hacer algo
para salvarle la vida...
Barry se acercó corriendo al ascensor, abrió las puertas... y
luego las cerró de golpe.
Apretó el botón que lo haría subir a S3 sin pasajero. Luego
regresó silenciosamente hacia la esquina y se quedó escuchando.
—No puedo decir que esté muy sorprendida, pero ¿cómo has logrado
que Barry te ayude?
Wesker lanzó una carcajada.
—El viejo Barry tiene problemas en casa. Le dije que Umbrella
tenía un equipo vigilando su casa, preparado para matar a su familia. Estuvo
más que encantado de ayudarme.
Barry cerró los puños y apretó la mandíbula, completamente
enfurecido.
—Eres un cabrón, ¿lo sabías? —le dijo Jill.
—Quizá, pero voy a ser un cabrón muy rico cuando todo esto
acabe. Umbrella me paga mucho dinero por solucionar este pequeño problema y por
eliminar a unos cuantos de esos fisgones de STARS al mismo tiempo.
—¿Por qué va a querer Umbrella eliminar a los STARS?
—Oh, no quiere eliminados a todos. Tiene grandes planes para
algunos de nosotros, al menos para los que queremos sacar beneficios. Sois
vosotros, los buenazos, a los que no quiere. Todos esos buenos ciudadanos, con
una ética y toda esa mierda feliz. La manera en que Redfield ha andado
proclamando a voces su teoría de la conspiración... ¿Crees que Umbrella no se
iba a dar cuenta? Eso tiene que acabar. Todo este lugar está preparado para
saltar en pedazos en caso de accidente... y desde luego, el derrame del virus-T
puede considerarse un accidente. En cuanto todos estéis muertos y las
instalaciones hayan quedado destruidas, nadie podrá saber la verdad.
El muy hijo de puta, nos iba a matar a todos...
—Pero ya basta de hablar de Umbrella. Te he hecho traer hasta aquí
para realizar yo mismo un pequeño experimento. Quiero ver cómo el miembro más
ágil de nuestro equipo se enfrenta al milagro de la ciencia moderna. Si eres
tan amable de cruzar esa puerta...
Barry se aplastó contra la pared cuando Wesker dio un paso atrás
y parte de su hombro quedó a la vista. Puso la mano en su Colt y lo desenfundó
con lentitud.
—No puedo creer que estés haciendo esto —dijo Jill—. Vendernos
para proteger a un puñado de ejecutivos chantajistas sin ética ni moral...
—¿Chantajistas? Ah, te refieres a lo de Barry. Umbrella no se
dedica a hacer chantajes. Pueden permitirse comprar a quien quieran. Me inventé
lo de su familia para que hiciera todo lo que yo...
Barry golpeó el cráneo de Wesker con la culata de su revólver y
con toda la fuerza que pudo. Wesker se desplomó como un saco de patatas.
Capítulo 19
Jill se quedó mirando pasmada cómo Wesker dejaba de hablar de
repente y caía al suelo en redondo... hasta que Barry apareció doblando la
esquina con el Colt en la mano y se quedó mirando al cuerpo del capitán con los
ojos llenos de odio furibundo.
Ella se agachó rápidamente al lado de Wesker y le quitó la
pistola que todavía empuñaba en la mano inerte, metiéndosela en su propio
cinturón. Barry se giró para mirarla, esta vez con los ojos llenos de
arrepentimiento y pidiendo disculpas.
—Jill, lo siento mucho. No debí creerle en ningún momento.
Ella se quedó mirándolo por un momento, pensando en las hijas de
Barry. Moira tenía la edad de Becky McGee...
—No importa —dijo por fin—. Has vuelto, y eso es lo que importa.
Barry le devolvió sus armas y ambos miraron de nuevo el cuerpo
tendido de Wesker. Todavía respiraba, pero estaba inconsciente. Estaba claro no
se iba a recuperar en bastante tiempo.
—Supongo que no llevarás unas esposas encima, ¿verdad? —preguntó
Barry en voz alta.
Jill negó con la cabeza.
—Quizá podamos echar un vistazo en el laboratorio y encontremos
algo. Tiene que haber un cable o algo similar que podamos utilizar para atarlo.
Además, siento curiosidad por saber qué es ese «milagro de la ciencia moderna»
al que se refería.
Se dio media vuelta y apretó el botón que abría la puerta
hidráulica, fijándose al mismo tiempo en la señal de peligro de contaminación
biológica que había a un lado de ella. La puerta se abrió deslizándose a un
lado y los dos entraron en el laboratorio. Por todos los...
Era una cámara enorme, con un techo altísimo, repleta de
pantallas de ordenador y de cables que serpenteaban por el suelo y que
terminaban en una serie de grandes tubos de cristal. Había ocho tubos en total,
situados en el centro de la estancia, y cada uno de ellos tenía el tamaño
suficiente como para contener a una persona adulta. Todos estaban vacíos.
Barry se agachó y recogió un puñado de cables con una mano,
mientras con la otra rebuscaba un cuchillo en su bolsillo. Mientras tanto, Jill
caminó hacia la parte trasera del lugar, mirando el equipo médico y técnico...
y de repente se detuvo. Sintió cómo se le abrían los ojos de par en par y la
mandíbula le caía. Apoyado en la pared posterior había un tubo mucho más grande
que los demás, de al menos dos metros y medio de altura, enganchado y conectado
con un cable a su propia pantalla de ordenador. La criatura que se encontraba
en su interior tocaba ambos extremos del tubo y era, sencillamente, monstruosa.
—Jill, ya tengo los cables. Voy a...
Barry se detuvo a su lado, y sus palabras se desvanecieron
cuando vio aquella abominación. Ambos comenzaron a acercarse sin decir ni una
palabra, incapaces de resistir el impulso de ver aquello más de cerca.
Era un ser de gran estatura y de proporciones físicas correctas,
al menos por lo que se refería al ancho y musculoso torso y a sus piernas.
Aquellas partes parecían humanas. Sin embargo, uno de los brazos había sido
transformado en un puñado de garras enormes, mientras que el otro brazo parecía
normal, aunque increíblemente grande. En el sitio donde debía encontrarse su
corazón había una especie de tumor grueso y lleno de sangre, y Jill se dio
cuenta de que aquella masa bulbosa era el corazón de la criatura. Palpitaba
ligeramente, extendiéndose y contrayéndose con latidos lentos y rítmicos.
Se paró delante del tubo de cristal, pasmada por aquella
abominación. Podía ver líneas de cicatrices en sus extremidades, cicatrices
causadas por operaciones quirúrgicas. No tenía órganos sexuales: estaba claro
que se los habían extirpado. Miró su cara y vio que también habían quitado
parte de la carne del rostro. Los labios habían desaparecido, y parecía sonreír
continuamente a: través del rasgado tejido de su cara, donde podían verse todos
los dientes.
—Tirano —dijo Barry en voz baja.
Jill lo miró, y vio que observaba ceñudo la pantalla del
ordenador que estaba conectado al tubo de cristal mediante numerosos cables.
Jill miró de nuevo al Tirano y se sintió asaltada por una mezcla
de pena y asco. Fuese lo que fuese en aquel momento, antes había sido un
hombre, y Umbrella lo había convertido en un horror de pesadilla.
—No podemos dejar esto así —dijo en voz baja, y Barry asintió.
Se reunió con él delante de la pantalla del ordenador y estudió
con detenimiento las decenas de botones e interruptores. Tenía que haber algo
que acabara con la vida de aquello. Era lo menos que se merecía. Había una
hilera de seis interruptores rojos en la parte baja de los controles. Barry
pulsó uno de ellos. No pareció ocurrir nada. Él la miró, y ella se encogió de
hombros, asintiendo con la cabeza para indicarle que continuara. Barry utilizó
el dorso de la mano para pulsarlos todos a la vez.
Se oyó un repentino golpe sordo...
Ambos se giraron en redondo, justo a tiempo para ver cómo el
Tirano retiraba el brazo y luego golpeaba de nuevo el cristal del tubo. Unas
grietas aparecieron en el lugar del impacto, aunque el cristal parecía tener un
grosor de varios centímetros...
—Aaaah... ¡Mierda!
Barry agarró a Jill por el brazo mientras la criatura retiraba
sus ensangrentados nudillos del cristal para golpearlo por tercera vez.
—¡Corre!
Ambos comenzaron a correr, y Jill deseó con todas sus fuerzas
que hubieran dejado tranquila a aquella bestia mientras el pánico invadía todo
su cuerpo. Barry aplastó con su mano el botón de apertura de la puerta, que se
deslizó hacia un lado justo en el mismo momento que detrás de ellos se oía el
ruido del cristal que finalmente se rompía.
Cruzaron atropelladamente la puerta, completamente
aterrorizados, y mientras Barry pulsaba de nuevo el botón de la puerta... se
dieron cuenta de que Wesker había desaparecido.
Wesker caminó trastabillando hacia el cuarto de generadores, con
la cabeza latiéndole y sintiendo las piernas como algo lejano y débil. Notaba
que iba a vomitar en cualquier momento.
Maldito Barry... Se habían llevado su pistola. Había recuperado
el sentido mientras ellos entraban en el laboratorio, y había aprovechado para
arrastrarse hasta el ascensor, maldiciéndolos a ambos, maldiciendo a Umbrella
por crear tal follón y maldiciéndose a sí mismo por no haber matado simplemente
a todos los STARS cuando había tenido la ocasión.
Esto no ha acabado todavía. Aún tengo el control. Éste es mi
juego... La maleta con las muestras se había quedado en el laboratorio, y
probablemente aquellos idiotas ya la estaban destruyendo. Y también al Tirano.
Aquella magnífica criatura, indefensa sin sus inyecciones de adrenalina,
muerta. Dispararían contra su dormido corazón y moriría sin haber probado jamás
el sabor del combate.
Wesker llegó hasta la puerta del cuarto de generadores y se
apoyó en ella mientras intentaba recuperar el aliento. La sangre le golpeaba en
los oídos. Sacudió la cabeza para intentar aclarar la extraña niebla que le
cubría los ojos y que se había asentado en su cerebro. Ya no tenía las muestras
de tejidos, pero todavía podía cumplir la misión. Era importante, era muy
importante que cumpliera la misión. Se trataba de control, y el control era su
especialidad.
Sistema de autodestrucción... cuidado con los monos... Los MA1,
tenía que tener cuidado con los MA1. Wesker abrió la puerta y se lanzó
adelante. El suelo parecía muy lejano y muy cercano a la vez. Las máquinas le
siseaban, y chirriaban y bufaban en el aire caliente y aceitoso. Su mano
encontró la barandilla y la utilizó para impulsarse hacia la parte trasera del
cuarto de generadores, intentando correr pero descubriendo que sus piernas no
estaban interesadas en obedecerle.
Una garra salió disparada desde arriba y le arrancó un trozo de
cuero cabelludo. Sintió un líquido tibio correr por su nuca y bajar hasta la
espalda. Siguió avanzando a tropezones, pero el dolor que sentía en la cabeza
se hizo mucho más agudo e intenso. Se llevaron mi pistola, los estúpidos,
estúpidos majaderos se llevaron mi pistola... Llegó a la puerta y, en el
momento que logró abrirla, algo pesado lo golpeó en la espalda y lo tiró de
bruces hacia la siguiente habitación. Cayó sobre el frío suelo de metal y un
aullido penetrante desgarró el aire junto a su oído. Unas gruesas garras
perforaron la piel de su espalda. Wesker manoteó para librarse del ser
sonriente y aullante que intentaba matarlo. Golpeó a la criatura con toda la
fuerza que pudo, clavándole el canto de la mano en la garganta. El mono se
retiró de un salto y trepó de nuevo al techo. Wesker se puso de pie y avanzó
trastabillando, con nuevas oleadas de dolor y náusea recorriendo su cuerpo. El
aire estaba demasiado caliente, las turbinas resonaban demasiado altas e
insistentes en su frenesí giratorio... pero al fin pudo ver la puerta, la
puerta que llevaba al lugar donde podría dar cumplimiento a su misión.
Todos los STARS muertos, despedazados en el aire mientras yo
escapo, mientras huyo convertido en un hombre rico... Abrió la puerta de golpe
y se acercó a la pequeña pantalla brillante que estaba en la parte trasera de
la estancia. Allí había más tranquilidad, hacía más fresco. Las enormes
máquinas que llenaban el lugar zumbaban suavemente, y su propósito era
completamente diferente a las que había fuera. Las máquinas de aquel lugar lo
ayudarían a recuperar el control. El ruido procedente de la puerta abierta a su
espalda le pareció muy lejano cuando llegó hasta la pantalla. Sintió los dedos
adormecidos mientras comenzaba a tocar las teclas. Encontró las teclas que
necesitaba, y el código se desparramó en letras verdes por la pantalla después
de sólo unos cuantos errores. Una voz sensual y tranquila le informó de que la
cuenta atrás comenzaría en treinta segundos. Todavía aturdido, intentó recordar
cómo se ponía en marcha el reloj. El sistema de auto destrucción se podría en
marcha automáticamente en cinco minutos, pero él tenía que reprogramarlo, tenía
que conseguir tiempo para volver a orientarse y poder llegar al exterior...
Algo chilló detrás de él. Wesker se dio la vuelta, confuso, y vio a cuatro de
los monos mutantes que corrían hacia él y se abalanzaban con sus garras
abiertas. Un dolor terrible subió desde sus piernas y se desplomó, cayendo al
duro suelo de metal. Esto no puede estar ocurriendo.
Una de las criaturas se puso sobre su pecho de un salto y, de
repente, Wesker apenas pudo respirar, ni siquiera pudo alzar sus débiles brazos
para echarlo a un lado. Otro le desgarró la pierna izquierda, arrancando un
grueso trozo de carne con su garra. La tercera y la cuarta criatura aullaron de
alegría alrededor de él como niños malvados y siniestros, levantando las garras
mientras saltaban sobre sus patas rechonchas.
Sintió los ojos cubiertos de sangre y el mundo comenzó a dar
vueltas, y los aullidos y los siseos aumentaron hasta un nivel ensordecedor, y
ardiente calor y su mente...
Ha llegado el Tirano.
Wesker pudo sentir su presencia, la presencia vasta y poderosa
de algo que lo rodeaba. Sonrió a pesar del dolor que sentía y buscó la
presencia a través de la roja neblina de su reducida visión, deseando más que
nada en el mundo ver cómo causaba una matanza entre sus atacantes en una
maravilla de movimientos perfectos... pero sólo pudo distinguir una inmensa
sombra que parecía cubrirlo por entero, incluso pasar a través de él, y sólo
pudo imaginarse que el magnífico y poderoso guerrero se agachaba para alejarlo
de sus torturadores...
Yo tengo el control. Quiero veeeeer... La oscuridad le arrebató
todas sus esperanzas, y Wesker no volvió a pensar en nada más.
—STARS Equipo Alfa, equipo Bravo, ¡cualquiera! ¡Si no podéis
responder, intentad hacerme una señal! Me estoy quedando sin combustible. ¿Me
recibís? ¡Aquí Brad! Repito, STARS Equipo Alfa, equipo Bravo...
Rebecca apretó el botón de comunicaciones y habló con rapidez.
—¡Brad! ¡Hay un helipuerto al lado de la mansión Spencer!
¡Tienes que llegar al helipuerto! ¡Brad, adelante!
Rebecca oyó un agudo pitido de la estática y algo parecido a la
palabra «recibido», pero no oyó el resto.
¿Qué había dicho? «¿Recibido?» o «¿Me has recibido?
No tenía forma de saberlo. Frustrada y preocupada, Rebecca
agarró con fuerza el aparato de radio, con la esperanza de que Brad la hubiera
oído.
De repente, el agudo clamor de una alarma resonó en la
silenciosa estancia a través de algún altavoz oculto en el techo. Rebecca dio
un salto por la sorpresa y miró alrededor confundida por completo. Oyó un leve
zumbido procedente del interior de la puerta que llevaba al helipuerto y se
acercó apresuradamente a ella. Agarró el pomo y lo hizo girar. Esta vez, la
puerta se abrió.
Una fría voz femenina comenzó a hablar de forma lenta y clara,
audible incluso por encima de la barahúnda causada por la estridente alarma.
—El sistema de autodestrucción ha sido activado. Todo el
personal debe evacuar la zona inmediatamente o comenzar el proceso de
desactivación. Disponen de cinco minutos. El sistema de autodestrucción ha sido
activado...
Rebecca se quedó de pie en mitad del umbral de la puerta abierta
mientras el mensaje se repetía, vigilando el hueco de la escalera al tiempo que
sentía que su sangre corría cada vez más deprisa y esperaba que Chris
apareciera, procedente de los niveles inferiores.
Se había marchado hacía muy pocos minutos, pero ya se les había
acabado el tiempo.
Capítulo 20
Jill y Barry corrieron desde el ascensor de vuelta hacia la sala
principal de S3 y la fría voz electrónica les informó que disponían de cuatro
minutos y medio. Llegaron al pasillo a toda velocidad, doblando la esquina como
posesos y... vieron a Chris Redfield a mitad de camino de las escaleras
metálicas.
—¡Chris! —gritó Jill.
Él se dio la vuelta como un rayo, y su rostro se iluminó de
alegría al verlos correr hacia él.
—¡Deprisa! —les gritó—. ¡Hay un helipuerto en S1! ¡Gracias a
Dios!
Chris los esperó hasta que llegaron al pie de las escaleras y
luego echó a correr de nuevo, atravesando a la carrera la pasarela y
sosteniendo la trampilla que daba acceso a las escaleras de mano. Jill y Barry
llegaron hasta el extremo superior de las escaleras y atravesaron también a la
carrera la pasarela mientras la voz electrónica les informaba de que disponían
de cuatro minutos y quince segundos a partir de aquel momento para salir de
allí.
Barry fue el primero en subir por la escalera, y Jill la
siguiente, con Chris pegada a su espalda. Salieron a S1, y lo primero que Jill
vio fue a Rebecca Chambers de pie en la puerta de emergencia, con su juvenil
rostro congestionado por la preocupación. Chris la hizo pasar por la puerta y
los cuatro se apresuraron a recorrer todo lo rápidamente que pudieron un
sinuoso pasillo de cemento. Jill rezó con fervor pidiendo que les diera tiempo
para salir de aquel lugar. Espero que te achicharres aquí, Wesker.
Al final del pasillo encontraron un gran ascensor. Barry abrió
con violencia la puerta y la sostuvo mientras los demás entraban; en cuanto lo
hicieron, saltó al interior. La fría voz femenina les informó de que les
quedaban cuatro minutos justos. El ascensor pareció subir a paso de tortuga y
Jill echó un vistazo a su reloj, con su corazón acelerado mientras pasaban los
segundos. No vamos a lograrlo. No saldremos a tiempo... El ascensor se detuvo
con un suave zumbido, y esta vez fue Chris quien abrió la puerta de un fuerte
tirón. El fresco aire del amanecer les inundó los rostros... junto al dulce y
maravilloso sonido de un helicóptero sobrevolando.
—¡Me oyó! —gritó Rebecca, y Jill sonrió, sintiendo una repentina
oleada de cariño por la novata.
El helipuerto era enorme, y el amplio espacio estaba rodeado por
unos altos muros. Una circunferencia de color amarillo pintada sobre el asfalto
negro le mostraba a Brad dónde debía aterrizar. Barry y Chris agitaron
frenéticamente los brazos, indicándole al piloto que se diera prisa mientras
Jill miraba de nuevo su reloj. Les quedaban poco más de tres minutos y medio.
Tiempo más que de sobra...
¡BAAAMMMM! Jill se dio la vuelta en redondo y vio numerosos
trozos de cemento y asfalto volar por los aires y luego caer como lluvia sobre
la esquina noroccidental de la zona de aterrizaje. Una gigantesca garra salió
del agujero y se apoyó en el irregular reborde... y la pálida y enorme figura
del Tirano salió de un salto, aterrizando en la superficie del helipuerto. Se
levantó ágilmente de su posición agazapada... y comenzó a avanzar hacia ellos.
¿Qué demonios es eso? Debía de medir al menos unos dos metros y medio, y
algunas partes de su gigantesco cuerpo estaban deformadas y mutiladas. Su
sonriente rostro estaba concentrado en ellos, incluso mientras se ponía de pie.
Avanzó hacia ellos a paso lento, abriendo y cerrando la garra de su brazo
izquierdo.
No tenemos tiempo, Brad no puede aterrizar...
Chris apuntó contra el bulto oscuro en forma de tumor que
aquella criatura tenía en el pecho y disparó, apretando el gatillo cinco veces
en rápida sucesión. Tres de los proyectiles impactaron en su objetivo, y los
otros dos se quedaron a escasos centímetros del palpitante órgano rojo... y la
criatura ni siquiera aflojó el paso.
—¡Dispersaos! —gritó Barry.
Los STARS se separaron. Jill tiró de Rebecca hacia la esquina
más alejada de la enorme bestia y Chris se alejó corriendo hacia la pared sur.
Barry se quedó en el sitio y apuntó su Colt contra el monstruo que se le
acercaba. Tres proyectiles del calibre 357 atravesaron su abdomen, y el eco de
los rugidos de los disparos rebotó procedente de las altas paredes de cemento.
De repente, la criatura aceleró su marcha y comenzó a correr hacia Barry,
echando hacia atrás su gigantesca garra...
Barry se echó a un lado justo cuando aquella criatura llegó a su
altura corriendo semiagachada y levantando la garra como si estuviera arrojando
un bolo en una bolera.
Las uñas de la garra abrieron varios surcos en el asfalto, como
si éste tuviera la consistencia del agua. El monstruo se detuvo en cuanto pasó
de largo, y se giró de forma casi indiferente para ver a Barry ponerse de pie
trastabillando y disparar de nuevo. La bala le arrancó un buen trozo de carne
del hombro derecho. Un grueso reguero de sangre comenzó a correrle pecho abajo
para terminar reuniéndose con los goteantes agujeros del estómago. El
helicóptero de los STARS continuó sobrevolando el lugar, incapaz de aterrizar,
y la inmensa criatura no daba señal alguna de que fuera a detenerse ni de que
ni siquiera sintiese dolor por las terribles heridas. Comenzó a correr de nuevo
y dejó caer su enorme e inhumana mano mientras se abalanzaba contra Barry...
justo cuando el percutor del revólver golpeaba un casquillo vacío.
Barry se echó de nuevo a un lado, pero esta vez el monstruo giró
con él y la garra le rozó el costado y lo lanzó de bruces contra el suelo.
¡Barry!
Chris echó a correr hacia la criatura, disparando contra su
espalda mientras se agachaba sobre el caído miembro del equipo Alfa. Barry
retrocedió de espaldas, tumbado como estaba, con los ojos abiertos de par en
par y su chaleco hecho jirones...
La criatura debió de sentir finalmente los pinchazos causados
por las balas, porque se dio la vuelta y fijó su mirada sin expresión en Chris.
Barry logró ponerse en pie a trompicones y se alejó cojeando. ¡No tenemos
tiempo! Chris vació el cargador y los últimos proyectiles le dieron de lleno en
la cara. Trozos de dientes y de carne volaron por los aires procedentes de la
boca sin labios del monstruo, cayendo en el asfalto en fragmentos blancos y
rojos. La criatura no pareció darse cuenta de ello mientras echaba a correr de
nuevo, esta vez hacia él, a una velocidad increíble.
Tanto Jill como Rebecca comenzaron a disparar y a gritar para
distraer su atención y alejarlo de Chris, pero el monstruo ya se había fijado
una presa y corría hacia ella al mismo tiempo que echaba hacia atrás su
garra...
Espera...
Se echó a un lado en el último instante posible y el monstruo
pasó a su lado a toda velocidad, con su garra abriendo una herida enorme en el
asfalto justo donde él había estado menos de un segundo antes.
Chris corrió y se dio cuenta de repente de que los segundos
seguían pasando y que no podrían matarlo a tiempo.
Barry sintió cómo corría la sangre por su muslo. El brutal
zarpazo del Tirano le había cortado en profundidad la carne. El dolor era
soportable; la idea de que iban a morir no lo era.
Moriremos por la explosión si esto no nos hace pedazos antes...
El Tirano fijó su atención en Rebecca y en Jill cuando ambas
comenzaron a disparar de nuevo contra el aparentemente invulnerable monstruo.
Comenzó a andar de nuevo con su paso tranquilo hacia ellas, sin hacer caso de
los nuevos y sangrientos agujeros que aparecían en su cuerpo. Las descargas de
la escopeta de Jill le alcanzaron en las piernas y en el pecho, y las balas de
nueve milímetros disparadas por Rebecca acribillaron su cuerpo... pero no dejó
de andar.
El viento azotó el rostro de Barry al mismo tiempo que el rugir
de las palas del rotor del helicóptero aumentó de volumen. Oyó un grito
procedente de arriba.
—¡Allá va!
Barry miró hacia arriba, hacia el helicóptero, que se encontraba
a sólo cinco metros del suelo, y vio cómo un objeto oscuro y de aspecto pesado
salía volando de la compuerta lateral abierta del aparato y se estrellaba
contra el asfalto con un sonoro golpe.
Chris era el que estaba más cerca, y corrió hacia el objeto. El
Tirano casi había llegado a la altura de Jill y de Rebecca. Las dos se
separaron y cada una echó a correr en una dirección diferente. La criatura se
dirigió sin dudarlo hacia Jill mientras la seguía con su extraña y penetrante
mirada.
—¡Jill, hacia aquí! —gritó Chris.
Barry se dio la vuelta y vio que Chris tenía sobre el hombro el
pesado lanzagranadas.
¡Sí!
Jill giró y comenzó a correr hacia Chris, con el Tirano muy
cerca de ella.
—¡Fuera!
Ella saltó hacia un lado y rodó por el suelo al mismo tiempo que
Chris disparaba. El tremendo siseo del cohete al salir casi quedó ahogado por
el tronar de las aspas del helicóptero.
No se produjo ninguna explosión. La granada impactó de lleno en
el pecho del Tirano... y en una deflagración de luz incendiaria y de sonido
ensordecedor, voló al monstruo en un millón de trozos humeantes.
Brad hizo bajar el helicóptero mientras los destrozados restos
de carne y hueso caían sobre los cuatro miembros de los STARS, que se
apresuraron a acercarse al aparato.
Los patines del helicóptero todavía no habían tocado el suelo
cuando Jill ya se había lanzado de cabeza hacia la compuerta abierta, y Chris,
Barry y Rebecca la siguieron inmediatamente después.
—¡Vámonos, Brad, vámonos! —gritó Jill.
El aparato se alzó en el aire y se alejó a toda velocidad.
Capítulo 21
La tranquila voz femenina solo fue percibida por unos oídos
inhumanos.
—Tienen cinco segundos, cuatro, tres, dos, uno. Sistema de
autodestrucción activado.
El circuito que recorría toda la residencia Spencer a todo lo
largo y ancho se activó.
Con un rugido y un trueno, seguidos de una avalancha de
movimiento, toda la residencia Spencer saltó en mil pedazos. Los artefactos
explosivos estallaron simultáneamente en el sótano de la mansión, detrás del
enorme estanque, debajo de una chimenea normal y corriente y en la casa de
guardia y en el tercer nivel de los laboratorios subterráneos. Las paredes de
mármoles se derrumbaron sobre los suelos , que se desintegraron en el interior
de la mansión. Las rocas se partieron en mil pedazos y el cemento se convirtió
en un fino polvillo ennegrecido. Unas enormes bolas de fuego anaranjado se
alzaron bajo el sol del amanecer y pudieron ser vistas a kilómetros de
distancia entre los breves segundos de su brillante vida.
Mientras la potente onda sonora provocada por la explosión
recorría el bosque y moría mientras se alejaba, los restos del lugar comenzaron
a arder.
Epílogo
Los cuatro permanecían en silencio mientras Brad pilotaba el
helicóptero de regreso a la ciudad. Aunque él tenía un millón de preguntas que
hacerles, había algo en su silencio que no invitaba a comenzar una
conversación. Chris y Jill miraban por la ventana de la compuerta el fuego que
se extendía por toda la zona de la mansión Spencer, con una expresión ceñuda en
sus rostros. Barry estaba apoyado de espaldas en la pared que separaba la
cabina del compartimiento de carga, mirándose las manos como su nunca las
hubiera visto antes. La chica nueva iba de un lado curándoles las heridas, pero
sin decir tampoco ni una sola palabra.
Brad mantuvo la boca cerrada. Todavía se sentía una mierda por
haber salido huyendo. Las había pasado canutas desde entonces. Había
sobrevolado la zona en círculos mientras veía como la aguja del indicador del
combustible bajaba sin parar. Había sido una completa pesadilla, y tenía que
echar una meada más que nada en el mundo.
Y aquel monstruo...
Se estremeció de los pies a la cabeza. Fuera lo que fuese, se
alegraba mucho de que estuviera muerto. Había tenido que utilizar todo su valor
para no salir volando en el mismo momento en que le puso la vista encima, y por
lo que a él se refería, merecía un poco de respeto por lograr lanzar el
lanzagranadas por la compuerta abierta.
Miró hacia atrás de nuevo, al silencioso cuarteto, preguntándose
si debía contarles lo de la misteriosa llamada que había recibido por radio.
Justo instantes después de que la novata gritara algo sobre un helipuerto a
través de la estática, una señal muy firme y poderosa le llegó, y una voz
masculina le dio con toda tranquilidad las coordenadas precisas del lugar. El
tipo había estado escuchando la conversación, lo que ya era muy extraño de por
sí, pero el hecho de que conociera la localización exacta del helipuerto era
algo que atemorizaba muchísimo a Brad. Frunció el entrecejo intentando recordar
el nombre de aquel hombre misterioso. ¿Thad? ¿Terrence?
Trent. Eso es, dijo que su nombre era Trent.
Brad decidió que se lo contaría a sus compañeros otro día. Por
el momento, lo único que quería era regresar a casa.
FIN DEL VOLUMEN 1

