Libro N°. 3132. Realidad. Pérez Galdós, Benito.
© Libro N°. 3132. Realidad. Pérez Galdós, Benito. Colección
E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © Realidad. Benito Pérez Galdós
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
REALIDAD
Benito Pérez Galdós
DRAMATIS
PERSONAE
FEDERICO VIERA.
OROZCO.
JOAQUÍN VIERA, padre de Federico.
CORNELIO MALIBRÁN.
MANOLO INFANTE.
VILLALONGA.
EL MARQUÉS DE CÍCERO.
EL CONDE DE MONTE CÁRMENES.
CALDERÓN DE LA BARCA.
AGUADO.
EL SEÑOR DE PEZ.
EL EXMINISTRO.
TRUJILLO.
EL OFICIAL DE ARTILLERÍA.
DON CARLOS DE CISNEROS.
SANTANITA.
LA SOMBRA DE OROZCO.
AUGUSTA, mujer de Orozco.
LEONOR (La Peri).
CLOTILDE VIERA, hermana de Federico.
LA VIUDA DE CALVO.
TERESA TRUJILLO.
FELIPA, criada de Augusta.
CLAUDIA, criada de Federico.
BÁRBARA, su hermana.
La acción es contemporánea, y pasa en Madrid. [5]
Jornada primera
La representa tres habitaciones de la casa de Orozco; gran salón
en el centro y dos salas laterales, las tres piezas comunicadas entre sí y
decoradas con elegancia y riqueza. Por la puerta del fondo del salón en entran
los personajes que vienen del exterior. La sala de la derecha, en la cual se
ven las mesas de tresillo, comunica por el fondo con el comedor y billar de la
casa; la de la izquierda con gabinetes y dormitorios. Es de noche. El salón y
sala de la derecha están profusamente alumbrados. En la sala de la izquierda,
decorada a estilo japonés, sólo hay dos lámparas, ambas con grandes pantallas.
Escena primera
Sucesivamente, conforme lo indica el diálogo, entran por la
puerta del fondo del salón central VILLALONGA, EL MARQUÉS DE CÍCERO, AGUADO,
CISNEROS, EL CONDE DE MONTE CÁRMENES.
VILLALONGA.- (con displicencia.) ¡Maldito tiempo! Vamos, que ni
esto es invierno, ni esto es Madrid, ni esto es nada. ¡Por vida de...! ¿Cuándo
se han visto aquí, en la última decena de Enero, estas noches tibias, este aire
húmedo y templado, este cielo benigno...? Otros años, en los días que corren de
cátreda a cátreda, como dicen los paletos, el tiempo suele [6] ser tan duro,
tan destemplado y variable que cae la gente como moscas. Pero llevamos un
invierno... ¡ay, qué invierno pastelero! Con esta temperatura de estufa, los
viejos y gastados se agarran a la pícara existencia, y como no se les dé
estrignina (1)... ¡Vaya, que desdicha como esta!...
EL MARQUÉS DE CÍCERO.- (entrando.) Buenas noches. ¿Qué dice el
amigo Villalonga?
VILLALONGA.- (con hastío.) Que no se muere nadie, y que así no
se puede vivir.
CÍCERO.- No lo entiendo.
VILLALONGA.- Considere usted, querido Marqués, que suspiro por
la senaduría vitalicia, como término y descanso de una vida de ansiedades... en
fin, usted me entiende. Somos cincuenta candidatos. El Presidente, agobiado de
compromisos, no puede disponer, hoy por hoy, más que de once vacantes. Si el
condenado Enero se portara como teníamos derecho a esperar de su formalidad,
nos traería esos vientecillos de rechupete, esos cambios bruscos que son la
gala de Madrid. Lo que yo le he dicho hoy al Presidente: «¿Pero dónde están
aquellas heladitas, [7] que de una barredura, ras, se llevaban a seis o siete
carcamales, de esos que no aciertan ya ni a ponerse los pantalones?». Él
convenía conmigo en que el tiempo se nos ha puesto en contra. ¡Once vacantes,
por junto! Nada, amigo Marqués, con tres o cuatro más, podría el Presidente
lanzarse a la combinación, y de seguro entraría yo en ella...
CÍCERO.- (riendo.) Es gracioso... Pero, hijo mío, todos hemos de
vivir...
VILLALONGA.- Calle usted, calle usted por Dios. Yo no hago más
que leer la prensa, a ver si anuncia algún ciclón muy gordo. Y lo anuncia,
claro que lo anuncia; pero el ciclón no viene. Créame usted, hay que quitarle
al Guadarrama su reputación; tenemos que destituirle y mandarle a donde fue el
padre Padilla. ¡Pero si es un dolor, querido Marqués; si podría yo designarlo a
usted cuatro o cinco Matusalenes, que están como la fruta muy madura, esperando
un vientecillo, un soplo ligero para caerse...!
CÍCERO.- Y caerán, día más día menos. ¿Y a mí se me cuenta
también en el número de los maduritos?
VILLALONGA.- (abrazándole.) ¡A usted no... caramba! Está usted
hecho un [8] roble... Que seamos compañeros, y por muchos años, es lo que
deseo.
AGUADO, alias el CATÓN ULTRAMARINO.- (entrando muy erguido y
fachendoso.) Felices, señores y milores. Poca gente todavía... ¡Qué tarde comen
en esta casa! ¿Han visto ustedes los periódicos de la noche?
CÍCERO.- Aquí me traigo El Correo.
VILLALONGA.- Y yo El Resumen.
AGUADO.- ¿Se han enterado ya de ese nuevo escándalo? ¡Otra
falsificación de billetes del Banco Español! Si lo vengo anunciando, si ya
están hartos de oírmelo decir. De la pillería que allá mandaron hace tres
meses, amigo Villalonga, no podía esperarse otra cosa. (Con énfasis.) Esto
indigna, esto subleva, esto abochorna.
CÍCERO.- Tiene razón. ¡Pobre país!
VILLALONGA.- (a Aguado.) Ínclito Aguado, calma, calma...
filosofía.
AGUADO.- Pero ¿usted no se indigna? [9]
VILLALONGA.- Hombre, ¿de qué? No me gusta hacer mala sangre y
malas tripas... Luego, la hidalga nación, maldito si agradece que nos
indignemos en su defensa.
AGUADO.- Yo sostengo que ni esto es país, ni esto es patria, ni
esto es gobierno, ni aquí hay vergüenza ya. Pues digo: lo mismo que ese otro
gatuperio, el crimencito de la calle del Baño; la curia vendida, y un personaje
gordo metido de patitas en ese fregado indecente.
CÍCERO.- Poco a poco. ¿Hemos de admitir todos los chismes que
corren por ahí? Señor de Aguado, no nos confundamos con el vulgo; respetemos
las reputaciones.
AGUADO.- Que empiecen ellas por hacerse respetables. Señor
Marqués, usted es un ángel, y no ha tenido, como yo, la desgracia de ver de
cerca la podredumbre política y administrativa. Por supuesto, lo de ahora es ya
el acabose. Al paso que vamos, llegará día en que, cuando pase un hombre
honrado por la calle, se alquilen balcones para verle. ¿Es esto cierto o no?
Hay momentos en que hasta llego a dudar si seré yo persona decente, y sospecho
si estaré también contaminado... [10]
VILLALONGA.- Y por fin, ¿cuándo vuelve usted a Cuba?
CISNEROS.- (que entra despacio, sonriendo, las manos a la
espalda.) ¿Que cuándo vuelve a Cuba? Toma, cuando le manden. Él está ya con la
espuerta al hombro.
AGUADO.- ¿Don Carlos, ya viene usted con la suya llena de
chinitas? Bien saben todos que no quiero ir, a menos que no me den las
facultades que...
CISNEROS.- Eso es lo que usted quiere, facultades...
facultades... venga de ahí. Por mí que se las den.
AGUADO.- Facultades, o poderes para limpiar de orugas aquella
administración.
VILLALONGA.- Somos ahora muy Catones, ¿verdad?
AGUADO.- Díganoslo usted al revés: Tacones. Un Tacón es lo que
hace falta allí.
CISNEROS.- Y como Tacón quiere usted que le manden. ¡Pobre isla!
Todos dicen que van de Tacón, y [11] de lo que van es de zapatilla. Perdone
usted, Aguadito de mi alma, y ya sabe que no le quiero mal; pero siempre que
oigo tronar muy recio contra la inmoralidad, instintivamente me llevo la mano
al bolsillo. Yo no censuro a nadie; es más, deseo que usted vuelva allá, para
que esté contento y se le siente la bilis. Vamos, que si el hombre se viera
otra vez en aquella bendita Aduana, ¡ay qué gusto, morena!, pues en aquella
Aduana de Dios, con las manos bien arremangadas, pues...
AGUADO.- A este D. Carlos hay que dejarle.
CISNEROS.- ¿Pero esta gente no va a concluir de comer en toda la
noche? Hasta luego, señores.
Se interna en la casa por la sala de la derecha.
VILLALONGA.- Es la peor lengua de España, y la intención más
aviesa del mundo.
CÍCERO.- Pesimista incorregible; pero en el fondo buena persona.
AGUADO.- Como que todo eso es jarabe de pico.
VILLALONGA.- La postura pesimista es muy socorrida y de [12] muy
buen aire cuando se tienen cuarenta mil duros de renta para matar el gusanillo.
Sosteniendo que todo es malo, y no casándose con nadie, no se compromete uno, y
vive en la comodidad de su egoísmo, contemplando las fatigas de los que luchan
por la existencia. Los pesimistas sistemáticos, como los optimistas furibundos,
son por lo común personas que tienen amasado el pan de la vida, y adoptan esas
actitudes para que no les molesten los que están con las manos en la masa. Y si
no que lo diga Monte Cármenes, que aquí viene.
EL CONDE DE MONTE CÁRMENES.- (que entra risueño, alargando las
manos.) Aquí está ya todo lo bueno. ¿Qué hay?, ¿qué pasa?, ¿qué me cuentan
ustedes?
CÍCERO.- Pues apenas hay tela. Escándalos, inmoralidad en
Ultramar y en la Península, pero mucha, muchísima inmoralidad; nuevos datos
horripilantes del crimen de la calle del Baño, y por último, crisis. ¿Le parece
poco? Como no pida usted el diluvio universal.
MONTE CÁRMENES.- (con expresión de dicha.) Suceda lo que suceda,
todo va bien, pero muy bien.
AGUADO.- Es una delicia la falsificación de billetes. [13]
MONTE CÁRMENES.- Yo sostengo que lo que llamamos falsificación
es una idea relativa.
VILLALONGA.- Y los falsificadores unos honrados... relativos.
CÍCERO.- (con alarma cómica.) ¡Que hay crisis, Conde!
MONTE CÁRMENES.- Mejor. Conviene que todos coman.
AGUADO.- ¿Ha oído usted que en el infundio del crimen están
metidos dos ministros?
MONTE CÁRMENES.- Ya saldrán. ¡Cuando digo que todo va como una
seda...! Nada, no hay quien me rinda. Yo soy un hombre que, al levantarse por
la mañana, hace el firme propósito de encontrarlo todo muy bien, perfectamente
bien.
VILLALONGA.- También yo lo haría si tuviera esa bicoca de renta
que usted tiene. Pondría en el oratorio de mi casa la imagen de Pangloss, y le
rezaría al acostarme y al levantarme. Querido Conde, usted y Cisneros son los
seres más felices que conozco. Prescinden de la realidad, y [14] ven el mundo
conforme a su deseo. ¡Ay!, los que tienen que ganarse la condenada rosca, los
que corren afanados tras una posición o un honor equivalente a tantas o cuantas
raciones para la familia, no pueden menos de mirarle la cara a la realidad, y
ver si la trae fea o bonita para ajustar a ella sus acciones.
Entran en el salón el Exministro, el señor de Pez (de levita),
el señor de Trujillo (de frac), anciano y valetudinario, apoyado en el brazo de
su hijo, el cual viste uniforme de artillería.
Escena II
Los mismos. Aparece AUGUSTA en la sala de la derecha, dando el
brazo a MALIBRÁN.
MALIBRÁN.- Aunque usted me riña, aunque me mande apalear y me
arroje de su casa, persistiré... Soy la terquedad personificada, y me crezco al
castigo. Y bien podrá suceder que la desesperación me lleve al suicidio, a la
locura... ¡Qué responsabilidad para usted!
AUGUSTA.- (riendo.) ¡Para mí! ¡Ay, qué gracioso! ¿Yo qué culpa
tengo de que usted se haya vuelto tonto?... ¿Pero de veras se va usted a matar?
MALIBRÁN.- No bromee usted con una pasión verdadera. [15]
AUGUSTA.- Pero diga usted: ¿es volcánica o no es volcánica?
Vamos, nunca creí que a persona de tan buen gusto se le ocurriera que por lo
trágico me había de impresionar. Me fastidian las tragedias.
MALIBRÁN.- ¿Cuáles?, ¿las representadas?
AUGUSTA.- Y las reales. Eso de matarse, sea por amor, sea por
otra causa, me parece sumamente cursi... Además, me le figuro a usted
refractario a la extravagancia, aun a esa, por ser todo corrección, formas
exquisitas y arte de la vida. ¡Pasiones usted, pasiones hondas! No lo creeré
aunque me lo diga ante notario... ¡Ah!, qué hipócritas nos hizo Dios, amigo
Malibrán... Con esa mónita ha hecho usted su carrera, y ha engañado a mucha
gente; pero lo que es a mí...
MALIBRÁN.- ¡Ay, Dios mío! Casi me agrada que usted me injurie. A
falta de otro sentimiento, venga esa bendita enemistad. La prefiero a la
indiferencia.
Pasan al salón central, donde Augusta es rodeada por Villalonga,
Cícero, Monte Cármenes, Aguado, el exministro, el señor de Pez y los Trujillos.
Malibrán se aparta de este grupo. [16]
AUGUSTA.- (al exministro.) ¿Qué tal? ¿Tenemos crisis al fin?
Diga usted que sí, para que esta gente se alegre.
EXMINISTRO.- Por mí que la haya. Un vendaje a la situación no
vendría mal. (Con malicia.) ¿Verdad, Jacinto?
VILLALONGA.- Sobre todo si te ponen a ti de esparadrapo.
PEZ.- (coleando y nervioso.) No hay crisis más que en la mente
de los que la desean. ¡Pues no faltaba más sino que se cambiara de política
porque Fulanito está mal humorado, o porque hay otros a quienes la tranquilidad
del país les coge sin dinero!
AUGUSTA.- Así me gusta a mí la gente, o ser ministerial de
coraje o no serlo.
VILLALONGA.- Exactamente como yo.
AUGUSTA.- (a Trujillo.) Bien venidos los Trujillos. ¿Y Teresa?
OFICIAL DE ARTILLERÍA.- No la espere usted tan pronto. No saldrá
de casa hasta que acabe de leer la prensa. [17]
TRUJILLO.- Mi mujer está fanatizada con el crimen. Hoy me atreví
a poner en duda las tendencias Saraístas, y por poco me pega.
AUGUSTA.- Pues conmigo no sé cómo saldrá, porque yo me he
propuesto hacer subir el papel Cuadradista.
OFICIAL.- Por Dios, que no lo sepa mamá.
AUGUSTA.- ¿Pero viene esta noche?
OFICIAL.- Sí, en cuanto despache los periódicos.
VILLALONGA.- Eso se llama empaparse en la opinión.
AUGUSTA.- Justamente... Villalonga, ya me ha contado Tomás que
está usted furioso contra la temperatura suave. ¡Cuánto nos hemos reído!
VILLALONGA.- Amiga mía, vivo bajo la influencia de un sino
fatal. Usted es mi mala estrella.
AUGUSTA.- ¡Yo! (riendo). [18]
VILLALONGA.- Sí, y tenemos que reñir de veras... Ríase de mi
superstición; pero lo cierto es que siempre que la veo a usted y le hablo, buen
tiempo.
AUGUSTA.- Ya sabía yo eso. El Padre Eterno me ha dado vara alta
para dirigir las estaciones. ¿No lo había usted notado? Y para castigar a los
deseosos del mal ajeno, he dispuesto que no hiele, para que se fastidie usted y
no pueda ser senador vitalicio. Tampoco mi marido lo será, por la misma razón.
VILLALONGA.- Pues acabe usted de una vez, y dé las órdenes para
que caiga un rayo y nos parta a los dos.
AUGUSTA.- Todo se andará. (A Monte Cármenes.) ¿Qué tal? ¿Vamos
bien?
MONTE CÁRMENES.- Perfectamente bien, y sobre tantas dichas, la
de verla a usted tan guapa. ¿Y Tomás?
AUGUSTA.- En el billar, fumando. Me dijo que le espera a usted
para echar unas carambolas. Señores fumadores, señores carambolistas, mi marido
y Pepe Calderón están solos allá. Ea, señor [19] Catón pasado por agua, usted
que es una de nuestras primeras chimeneas, al billar.
TRUJILLO.- Yo también; tengo que hablar con Tomás,
AUGUSTA.- (a Monte Cármenes.) Usted, Conde, el primer taco de
Madrid, allá también. Distráiganme a Tomás, que no está bien de salud. (Al
exministro.) Cuidado con el oficialete, que se jacta de darle a usted codillo
cuantas veces quiera.
EXMINISTRO.- Lo veremos esta noche. Señor oficial, todo el que sea
tresillista que me siga (Dirígense a la sala de juego.)
Aguado, Monte Cármenes y Trujillo padre pasan por la sala de
juego para entrar en el billar, a punto que sale Cisneros. Óyese el chasquido
de las bolas de marfil.
CISNEROS.- ¡Malditos carambolistas, cómo le marean a uno!... ¿Y
los fumadores? ¡Qué atmósfera, qué aburrimiento! Busquemos quien me haga la
partida. (A Malibrán, que ha vuelto a aproximarse al grupo principal.) ¡Eh!...
diplomático de chanfaina, ¿la echamos o no la echamos?
MALIBRÁN.- Amigo D. Carlos, lo siento mucho; pero [20] tengo que
retirarme pronto. Trabajamos ahora por las noches en el Ministerio... un asunto
urgentísimo.
AUGUSTA.- Sí, corra, corra allá, no se vaya a alterar el
equilibrio europeo... Me parece a mí que entre él y ese pillo Bismark están
tramando algo. ¡Buen par!
MALIBRÁN.- ¡Ay qué mala, qué burlona!
VILLALONGA.- Esos trabajos nocturnos en Estado, me figuro lo que
son, unas juerguecitas muy disolutas en donde yo me sé.
AUGUSTA.- Claro, y a eso llaman el arbitraje de España en la
cuestión entre Nicaragua y... qué sé yo qué. Todo lo arreglan estos con cañitas
de manzanilla.
MALIBRÁN.- ¿Y por qué no?
CISNEROS.- (cogiendo por el brazo a Malibrán y llevándosele.)
Ande usted, perdido.
MALIBRÁN.- Don Carlos, a sus órdenes. Pero hasta las once y
media nada más. Sin broma, tenemos [21] que trabajar en el Ministerio. Busque
usted quien nos haga el pie.
AUGUSTA.- (dirigiéndose a la sala japonesa, seguida de
Villalonga y Cícero.) ¿Qué es eso de las francachelas de Malibrán?
VILLALONGA.- Él se lo contará a usted. No es corto de genio.
Pertenece a la escuela moderna de la sinceridad.
MALIBRÁN.- (aparte, en el salón, mientras Cisneros trata de
reclutar otro tresillita.) Esta condenada... hasta se permite ponerme en
solfa... ¡a mí! No se rinde, no. ¿Si acertará Infante, que la tiene por la
virtud más incorruptible y la fortaleza más inexpugnable...? Eso lo veremos...
¡Y ahora tengo que aguantar las latas de este buen señor, y dejarme ganar cinco
o seis duros, adorando la peana por el santo! Lo peor es que en toda esta
quincena, en los almuercitos del papá, nunca he podido cogerla sola. ¡Siempre
allí el tontín de Infante, o Federico Viera! Y la única vez que faltaban
convidados, hizo el vejete castellano la gracia de no quedarse dormido, como de
costumbre. A este tío quisiera yo darlo un disgusto, por ejemplo, probándole
que el Greco que ha adquirido ahora no es tal Greco, sino un Mayno de los
peores, [22] y el que supone Valdés Leal un Antolínez el Malo.
CISNEROS.- Ea... ya tenemos tercero, el amigo Pez. (Pasan a la
sala de la derecha y juegan. Trujillo, padre e hijo, y el exministro hacen otra
partida en la mesa próxima.)
Escena III
Los mismos. MANOLO INFANTE entra en el salón y lo recorre,
observando con precaución. Atisba por la puerta de la izquierda.
INFANTE.- Está en la sala japonesa con Cícero, Villalonga y no
sé quién más. Malibrán ha comido aquí hoy. ¿Se habrá marchado ya?
Probablemente; es de los invitados esta noche por la Peri... (Mirando por la
puerta que da a la sala de juego.) ¡Ah!, no; está haciéndole la partida a
Cisneros, y dejándose ganar. ¡Cómo le adula fingiendo creer que son de grandes
maestros las tablas viejas y podridas que el otro compra en el Rastro, y
soportando sus tresillos!... Por allí suena la voz de Villalonga diciendo graciosos
disparates... Y Orozco ¿dónde andará? Oigo el chasquido de las bolas... Huyamos
por esta noche de los carambolistas. A Federico no le veo ni le oigo; pero no
ha de tardar. Observaremos... [23]
MONTE CÁRMENES.- (que sale del billar y atraviesa la sala de
juego y el salón.) Dios le guarde.
INFANTE.- A la orden, mi conde.
MONTE CÁRMENES.- ¿Qué ha habido esta tarde?
INFANTE.- Nada; una sesión aburridísima. El consabido chubasco
de preguntas rurales, hasta las cinco, y en la orden del día la insufrible lata
de Petróleos en bruto. ¿No fue usted?
MONTE CÁRMENES.- No. Me revienta el tema de estos días en
aquellos pasillos. Tanto hablar de inmoralidad le revuelve a uno los humores. Y
luego que si hay crisis, que si no debe haberla, que si vira, que si torna...
Esto divierte un día, dos; pero luego marea. Y eso que yo gasto la gran
pachorra: a cada cual le doy por su gusto, y al que me dice que no podemos
vivir sin crisis, le contesto que me parece bien, y al otro lo mismo, y siempre
bien, siempre en el mejor de los mandos posibles.
INFANTE.- Es verdad. [24]
MONTE CÁRMENES.- Vamos a ver qué hay por aquí. (Entran ambos en
la sala japonesa.)
AUGUSTA.- (a Infante.) Manolo, dichosos los ojos... Hoy hemos
hablado muy mal de ti... ¿Por qué no viniste a comer?
INFANTE.- ¡Desdichado de mí!, he tenido que comer con una
comisión de mi distrito que viene a gestionar la rebaja del cupo de consumos.
Me gustaría que probaras un convite de estos, para que vieras lo resalado que
es.
AUGUSTA.- Gracias, me lo figuro. ¡Y has tenido que aguantar...
pobre ángel!
INFANTE.- Y oírles, y agasajarles, y fingir que estoy muy
indignado con el Ministro, y prometer, dándome un golpe de pecho... así, que si
el Ministro no me complace, le pondré verde con una preguntita sobre la corta
de pinos en Rebollar. Y añade a esto los chismes de aldea que he tenido que
oír. Al fin pude zafarme de ellos, diciendo que me había citado el Director de
Obras Públicas para ponernos de acuerdo sobre el emplazamiento de la estación
del ferrocarril en construcción, y con esto les di el esquinazo, [25] y se
fueron tan ternes a ver una funcioncita en Lara.
AUGUSTA.- ¡Pobres baturros, cómo te diviertes con su inocencia!
Pues mira, eso es una gran inmoralidad. (Entra Aguado bruscamente.) ¡Ay!, me ha
asustado usted. En cuanto se habla de inmoralidad se nos presenta este hombre
como caído del cielo.
AGUADO.- Señora, no caigo del cielo, sino que entro en él, pues
entro donde usted está.
AUGUSTA.- ¡Ave María Purísima! ¡Cuánta finura! ¡Qué metafórico
está el tiempo!
AGUADO.- Yo no las gasto menos.
AUGUSTA.- Hablaban aquí de política, y decían que esto está muy
perdido.
AGUADO.- (a Infante.) ¿Qué ha habido esta tarde en esa leonera?
INFANTE.- Pues nada. No se puede ir allí, porque ha salido una
plaga de honrados... vamos, es cosa de mandarles a la cárcel... por honrados,
precisamente [26] por honrados del género inaguantable. ¡Dichosa moralidad!
AUGUSTA.- Muy bien dicho. Y usted (a Aguado), ¿no sale a
defender la clase?
AGUADO.- ¿Qué clase?
AUGUSTA.- La de los honrados, hombre.
INFANTE.- Esto no va con él. Me he referido a la clase
peninsular, y respeto la ultramarina o de la Vuelta Abajo, pues de ésa nada
tengo que decir.
AGUADO.- Este es un ministerial de la clase de Isidros, o del
montón anónimo. Todo lo encuentran bien, y cuando se les habla del cáncer de la
inmoralidad, alzan los hombros y se quedan tan frescos.
AUGUSTA.- Tiene razón Aguado: lo mismo les da a estos el país
que la carabina de Ambrosio... No se ría usted, Conde, que contra usted voy;
usted no tiene patriotismo, usted no se indigna, como debiera indignarse, y esa
sonrisita, esa santa pachorra es un insulto a la moral. [27]
MONTE CÁRMENES.- Si fuera una necesidad que yo me indiznase, me
indiznaría. Pero si otros lo hacen, y lo hacen muy bien, ¿a qué cuento viene
que yo me enfurruñe y haga malas digestiones? Máxime cuando veo que todo se
arregla al fin, y que los más severos hoy son mañana los más condescendientes.
AGUADO.- O en otros términos, que todos son lo mismo, y vamos
tirando. Hoy por ti y mañana por mí.
CÍCERO.- (con buena fe.) No es malo que se hable tanto de
nuestros vicios, porque así los corregiremos.
AUGUSTA.- ¡Ay, Marqués, no sea usted cándido! Eso de la
moralidad es cuestión de moda. De tiempo en tiempo, sin que se sepa de dónde
sale, viene una de estas rachas de opinión, uno de estos temas de interés
contagioso en que todo el mundo tiene algo que decir. ¡Moralidad, moralidad! Se
habla mucho durante una temporadita, y después seguimos tan pillos como antes.
La humanidad siempre igual a sí misma. Ninguna época es mejor que otra. Cuando
más, varía un poco la forma o el estilo de la maldad; [28] pero lo de dentro,
crean ustedes que poco o nada varía.
VILLALONGA.- ¡Eh! ¿Se explica la niña? ¡Qué talentazo!
AGUADO.- (con hinchazón.) Perdóneme usted, señora. No me compare
esta época con otras. Yo recuerdo... por ejemplo, cuando fui a Cuba la primera
vez...
AUGUSTA.- (con viveza.) Cuando usted fue a Cuba la primera vez,
vendían la carne humana, y usted, creyendo que no hacía nada malo, afanaba
algunas hilachas de aquella carne... No, no le censuro; era cosa corriente...
AGUADO.- Perdone usted...
AUGUSTA.- Está usted perdonado; pero déjeme acabar... Pues en
aquel tiempo se defraudaba tanto como ahora, o quizás más, mucho más. Cierto
que usted fue siempre de los puros, en eso estamos... Si lo sabemos, si es
artículo de fe: no se apure. Yo reconozco que usted se enfurece ahora con
muchísima razón, y que si quiere volver allá es para corregir todas aquellas
infamias, que antes no corrigió.
AGUADO.- Permítame... [29]
AUGUSTA.- ¡Día feliz el día en que usted vuelva!
INFANTE.- Se extirpará de raíz el cáncer.
MONTE CÁRMENES.- Y aquello será la delicia del mundo.
VILLALONGA.- (mandando callar.) Dejarla, dejarla.
AUGUSTA.- Pues haría muy mal el señor de Aguado en meterse a
cirujano de cánceres. Dirían de él los horrores que ahora dicen de los otros.
AGUADO.- Pero como yo desprecio la calumnia...
AUGUSTA.- Justo es despreciarla. En fin, yo reconozco, todos
reconocemos que usted hace allí mucha falta; y si yo fuera Ministro del
Cáncer... digo, de Ultramar, ahora mismo extendía la credencial.
AGUADO.- Gracias... estimando.
AUGUSTA.- Y usted me mandaría, por el primer correo, [30]
cigarros para mi marido, y para mí cascarilla, de esa tan buena que usan allí
las señoras.
AGUADO.- ¡Quia! Usted no la necesita... con ese cutis.
AUGUSTA.- O dulces, piñas, guayaba.
AGUADO.- Si es usted más dulce que todas las jaleas del mundo.
AUGUSTA.- En fin, váyase usted pronto a ver si arreglando
aquello, no se vuelve a mentar la dichosa inmoralidad. Ya empalaga. Me gusta
más oír hablar del crimen famoso, que al menos interesa por sus lances
dramáticos y sus misterios de folletín.
AGUADO.- Eso a mí no me divierte. Mientras ustedes desmenuzan el
crimen, voy a echar un vistazo a los tresillistas. (Pasa al salón.)
VILLALONGA.- ¡Adelante con el crimen!... En el Casino he oído
novedades estupendas.
AUGUSTA.- ¿Qué se dice?... ¿A ver? [31]
Escena IV
Los mismos; FEDERICO VIERA.
INFANTE.- (aparte, retirándose del grupo.)¡Qué hermosa está, qué
simpática y qué mona es esta maldita, y cómo me fascina y enloquece!... ¡Ah!,
paréceme que oigo la voz de Federico en el salón. (Entra en el salón Federico
Viera, y habla con Aguado.) Él es, sí. Observaré la cara que pone mi prima
cuando él entre. ¿Por qué mis sospechas, sin fundamento formal, sobreviven a
todas las razones y se rebelan contra las pruebas en contrario? Acechando
rostros y palabras espero sorprender algún indicio, y coger la punta del hilo
por donde se saque el ovillo de la realidad. Este bendito Marqués de Cícero me
servirá de garita para ponerme de centinela. (Llevándole hacia la consola que
está junto a la puerta.) Querido Marqués, el domingo sentí mucho no ir a pasar
el día en las Charcas.
CÍCERO.- Pues acertó usted quedándose, porque el día, que
amaneció hermosísimo, se nos puso infernal. Tomás no fue tampoco, ni Malibrán;
sólo estuvimos Villalonga y yo; pero Jacinto, viendo el mal cariz, se metió en
la casa. Yo, siempre impertérrito, me corrí hacia el puesto con el guarda,
porque me daba la corazonada [32] de que habían de venir las perdices. Lo que
venía, hijo de mi alma, era el chubasco número uno. Pero yo... impertérrito con
mi capote de monte. El macho que llevamos es un macho que no nos lo merecemos,
ni se lo merecen ellas las muy correntonas; ¡venga agua!, y el macho
impertérrito, cantando que se las pelaba, chíquili. Por fin, ¿creerá usted que
parecieron por allí las muy...?
INFANTE.- (aparentando atender al Marqués, y contestándole con
cabezadas.) Yo... ¡oh!, yo no creo... (Aparte.) Ya se acerca. Disimulo, y mucho
ojo a la cara de esa hipócrita. Que no se me escape ni la inflexión más ligera.
AUGUSTA.- (para sí, fingiendo prestar atención a lo que dice
Villalonga.) Ahí está ya. Cara mía, ojos míos, haceos de piedra. Que ninguna
suspicacia, ninguna curiosidad os sorprendan en un descuido de expresión. Ese
pillo de Manolo me está observando... A buena parte viene. El corazón me salta
en el pecho; pero la cara, bien prevenida, se mantiene firme; y aquí no pasa
nada. Indiferencia afectuosa... distracción... no le siento entrar. (Entra
Federico.)
INFANTE.- (para sí.) No repara en él... [33]
FEDERICO.- (saludando.) Aunque usted no quiera... Augusta...
AUGUSTA.- (fingiéndose sorprendida, y sin ninguna emoción
visible.) ¡Ah!... parece que entra usted como los ladrones. ¡Cuánto tiempo...!
¿Ha estado usted malo?
FEDERICO.- Un poquillo.
AUGUSTA.- Pues no se le conoce en la cara. Me alegro de verle.
¿Nos trae usted noticias nuevas del crimen?
INFANTE.- (para sí.) Pues señor, cualquiera les descubre a
estos. ¿Tocaré yo el violón a toda orquesta? ¿Correré tras un fantasma?
FEDERICO.- (sentándose.) Traigo noticias... para chuparse los
dedos. Esta tarde se dice que la muerta no es quien se creía, sino otra
persona. ¿Qué tal? ¡Equivocarse en la identificación! Esta si que es gorda.
AUGUSTA.- ¿Pues quién era?
FEDERICO.- Una señora recién venida de Cuba, y cuyo nombre nadie
sabe. [34]
AUGUSTA.- Vamos, eso es ya delirar.
VILLALONGA.- Ganas de aumentar la confusión. No, sobre la
persona de la víctima no puede caber duda. Estas bolas las hacen correr los
curiales con la idea de desorientar al público, a fin de que no se fije en los
verdaderos asesinos.
AUGUSTA.- (convencida.) Para mí, el matador es Segundo Cuadrado,
ese pillo a quien algunos quieren hacer pasar por santo, porque ayuda a misa y
se reza tres o cuatro rosarios al día. Creo además que es instrumento de
personas muy altas.
FEDERICO.- He oído que algunos vecinos vieron entrar en la casa,
horas antes del crimen, a un cura.
AUGUSTA.- ¡También un cura!
FEDERICO.- Por las trazas debía de ser alguien disfrazado de
sacerdote, quizás una mujer.
MONTE CÁRMENES.- La madrastra... Si digo que...
FEDERICO.- ¿Por qué no? [35]
CÍCERO.- Eso no puede ser.
INFANTE.- Es un disparate.
MONTE CÁRMENES.- (aburrido.) Ea, señores, es mucho crimen para
mí. Volveré cuando hayan ustedes pescado la verdad, y la trinquen bien para que
no se escape. (Vase.)
AUGUSTA.- Pues ustedes dirán lo que quieran; pero a mí, la
madrastra, esa doña Sara, me parece una buena persona. Manolo, ¿tú qué piensas?
INFANTE.- Que es un crimen adocenado, y que ni hay madrastra, ni
intoxicación, ni alto personaje, ni influencia, sino la vulgarísima tragedia
del sirviente que roba, y al verse sorprendido mata; ni más ni menos.
FEDERICO.- Vamos, tú eres sensato, y te atienes a la versión de
rúbrica, que nos presenta los hechos como arregladitos a un patrón de
conveniencias curiales. Hasta el crimen debe ser correcto, y los asesinos han
de tener su poquito de ministerialismo.
AUGUSTA.- Muy bien dicho. [36]
INFANTE.- No es eso. Pero me parece ridículo mezclar en asuntos
tan bajos a personas respetables. Hasta han dicho que el criaducho, ese
Segundo, es hijo natural de...
FEDERICO.- ¿Quién podrá afirmarlo ni negarlo? Si los misterios
de la conciencia individual rara vez se descubren a la mirada humana, también
la sociedad tiene escondrijos y profundidades que nunca se ven, así como en el
interior de las masas rocosas hay cavernas donde jamás ha entrado un rayo de
luz. Pero de repente ocurre un cataclismo, una convulsión del terreno, un
derrumbamiento, y la roca se parte, descubriendo el hueco que nadie hasta
entonces había visto... En cuestión de enigmas sociales, yo no afirmo nada de
lo que la malicia supone; pero tampoco lo niego sistemáticamente.
AUGUSTA.- Yo no soy sistemática; pero me inclino comúnmente a
admitir lo extraordinario, porque de este modo me parece que interpreto mejor
la realidad, que es la gran inventora, la artista siempre fecunda y original
siempre. Suelo rechazar todo lo que me presentan ajustado a patrón, todo lo que
solemos llamar razonable para ocultar la simpleza que encierra. ¡Ay!, los [37]
que se empeñan en amanerar la vida no lo pueden conseguir. Ella no se deja ¿qué
se ha de dejar? Este Manolo, empapado en esa tontería del ministerialismo, no
quiere ver más que la corteza oficial o pública de las cosas. Es la mejor
manera de acertar una vez y engañarse noventa y nueve. Nadie me quita de la
cabeza que en ese crimen hay algo extraordinario y anormal. Sería ridículo y
hasta deshonroso para la humanidad que los delitos fuesen siempre a gusto de
los jueces. Admito lo del personaje influyente que protege al asesino; me
inclino a creer que el móvil fue amor y no robo, y en cuanto a la madrastra,
esa doña...
VILLALONGA.- Cuidado con defender a la madrastra, que aquí está
Teresa Trujillo, y según parece, va a negar el saludo a los que no opinen como
ella.
AUGUSTA.- Es furibunda madras... trista; dificilillo es de
pronunciar, pero no hay más remedio que admitir la palabreja.
Escena V
Los mismos; TERESA TRUJILLO, de edad madura, vivaracha, el pelo
pintado de rubio.
AUGUSTA.- Las trae acabaditas de coger. [38]
TERESA.- Vengo a buscarlas. (Saludando a todos.) Manolito,
buenas noches. Jacinto, Federico, Marqués... de fijo ustedes saben algo nuevo.
Hoy me he leído una arroba de prensa. ¡Qué buena viene! Por supuesto, al que
sostenga que no fue la madrastra, le diré que ha tomado dinero de los
Cuadradistas.
AUGUSTA.- Pues yo la defiendo, y de mí no creerá usted que me he
vendido.
TERESA.- Pero estás influida por estos, que en su afán de sacar
del pantano al juez, hacen la causa del Cuadradismo, sosteniendo que el criado
mojó. ¡Qué infamia! ¡Pobre Segundo, un muchacho honrado y decente, devoto de la
Virgen!... Yo no puedo ver esto con paciencia. Te juro que si a esa bribona no
la llevan al palo... va a haber aquí un cataclismo.
INFANTE.- ¡Qué la han de llevar, señora, si doña Sara es una
santa, devotísima de San José!
TERESA.- Quite allá el muy tonto... Usted es de los que trabajan
porque triunfe la farsa. Ya se ve; defiende al gobierno, que tiene interés en
echar [39] tierra... Una horca en la Puerta del Sol, para ir colgando en ella
ministros y pájaros gordos, es lo que hace falta.
AUGUSTA.- ¡Hija, por Dios...!
TERESA.- O la guillotina. Aquí no hay justicia ni vergüenza. Es
cosa probada que los que andan en el ajo le han asegurado la vida a ese bendito
Segundo para que declare en forma que no comprometa a doña Sara. Esto es un
espanto. Yo puedo asegurar a ustedes una cosa, y es que unas amigas mías la
vieron un día en la Palma comprando cintas para sombreros...
VILLALONGA.- ¿Y qué?
TERESA.- Si no me ha dejado usted concluir. Iba con ella un
hombre de barba rubia.
INFANTE.- ¿Y qué?
TERESA.- ¡Y qué!... ¡Y qué! (Exaltándose.) Ese sujeto es el
hombre con barba postiza que los vecinos vieron bajar, momentos antes del
crimen.
FEDERICO.- ¡Si el que bajó iba vestido de cura! [40]
INFANTE.- De anchas caderas, bajito él, pecho abultado... Era la
propia doña Sara disfrazada de sacerdote.
TERESA.- No echemos la cosa a barato, amiguitos, que esto es muy
serio.
AUGUSTA.- Pongámonos en lo razonable.
TERESA.- Eso es, en lo razonable.
FEDERICO.- (a Augusta, vivamente.) ¿Pero no decía usted que es
enemiga de lo razonable, porque lo razonable es el amaneramiento de los hechos?
AUGUSTA.- Sí; pero hay que distinguir...
FEDERICO.- No, no crea usted que voy a condenar sus ideas.
Convengo en que la realidad es fecunda y original, en que la verdad artificiosa
que resulta de las conveniencias políticas y sociales nos engaña. Pero no nos
lancemos por sistema a lo novelesco; ni por huir de un amaneramiento, caigamos
en otro, amiga mía. Usted tiene viva imaginación, y lo dramático y
extraordinario [41] la seduce, la fascina. La vida, por desgracia, ofrece
bastantes peripecias, lances y sorpresas terribles, y es tontería echarnos a
buscar el interés febriscitante (2), cuando quizás lo tenemos latente a nuestro
lado, aguardando una ocasión cualquiera para saltarnos a la cara.
AUGUSTA.- En eso estamos conformes. Pero yo no busco el interés
febriscitante. Es que, sin darme cuenta de ello, todo lo vulgar me parece
falso: tan alta idea tengo de la realidad... como artista; ni más ni menos.
VILLALONGA.- (aplaudiendo.) Admirable paradoja. ¡Qué maravilloso
talento!
Todos aplauden.
AUGUSTA.- (soltando la risa.) Gracias, amado pueblo.
FEDERICO.- Tiene usted toda la sal de Dios.
AUGUSTA.- (para sí.) ¡Qué zalamerito viene esta noche! ¡Ah!,
grandísimo pillo, tú me la pagarás. No sabes tú la culebra que tengo enroscada
aquí. Deja que yo te coja...
TERESA.- No entiendo de estas zarandajas. Yo sigo [42] siempre
el criterio del pueblo. ¿Es esto lo que llaman ustedes vulgo? Pues sea: no me
negarán que el pueblo tiene un instinto...
VILLALONGA.- Sí; pero es profundamente sugestivo y fascinable.
Los milagros ¿qué son más que fenómenos de hipnotismo? Todas las religiones,
incluso la cristiana, se fundan en eso.
TERESA.- (amoscándose.) ¡Eh!, cuidado: no me toquen a la
religión. De las falsas hablen ustedes lo que gusten; pero de la verdadera...
INFANTE.- Y usted, ¿cómo siendo tan absolutista...?
TERESA.- (irritada.) Sí, señor, muy absolutista, muy católica,
apostólica, romana, y al mismo tiempo muy popular, muy populachera. ¿Qué, no lo
entiende usted, angelito?
MONTE CÁRMENES.- (asomándose a la puerta.) ¿No ha concluido
todavía el crimen?
AUGUSTA.- Sí, sí; basta ya. Tilín, tilín; se suspende esta
discusión. Orden del día...
Entra Monte Cármenes. La conversación se generaliza y se deslíe,
subdividiéndose. [43]
Escena VI
OROZCO, CALDERÓN y AGUADO aparecen en la sala de la derecha. En
una de las mesas de esta, continúan jugando al tresillo CISNEROS, MALIBRÁN y
PEZ. En otra juegan el EXMINISTRO y los TRUJILLOS padre e hijo.
OROZCO.- (a Aguado.) No es exacto, repito, y buen tonto sería yo
si tal hiciese.
AGUADO.- Pues a mí me han dicho que, a no ser por usted, el
Correccional de jóvenes delincuentes no se habría construido nunca.
OROZCO.- Habladurías. He contribuido a esta obra benéfica en la
misma medida que los demás iniciadores, y desempeño el cargo de tesorero de la
Junta.
AGUADO.- Ahí es donde cae usted, amigo mío. ¡Si todo se sabe! La
Junta no recauda lo bastante para continuar con método las obras. Llega un
sábado y faltan fondos para pagar los jornales de la semana. Pero no hay que
apurarse: el buen Orozco tira del talonario, y...
OROZCO.- (risueño y calmoso.) Pues estaría yo lucido. No, esas
generosidades [44] caen ya dentro del fuero de la tontería, y francamente, yo
aspiro a que se tenga mejor idea de mí. El atribuirle a uno méritos que no
posee, y que, por lo disparatados, no deben lisonjear a nadie, constituye una
especie de calumnia, sí señor, una calumnia de benevolencia, que si no se
cuenta entre los pecados, no debe contarse tampoco entre las virtudes.
AGUADO.- ¿De modo que, según ese criterio, yo soy un
calumniador... al revés? Pues me corregiré, pierda usted cuidado; diré que es
usted un pillo, un hombre sin conciencia; diré más; diré que el tesorerito este
se da sus mañas para distraer cantidades del fondo del Correccional, y
aplicarlas a sus vicios.
OROZCO.- Basta; no tanto. (Con jovialidad.) Pues mire usted, si
se dijera eso, alguien lo creería más fácilmente que lo otro, siendo ambas
cosas falsas.
AGUADO.- No crea usted que la opinión pública se deja extraviar
tan fácilmente por los difamadores. Ya ve usted las atrocidades que han dicho
de mí. Que si me traje media isla de Cuba en los bolsillos; que si vendía los
blancos como antes se vendían los morenos; mil tonterías. Pues si al principio
se formó contra mí una atmósfera [45] tan densa que se podía mascar, no tardó
en disiparla con mi desprecio, y al fin la opinión me hizo justicia.
CALDERÓN.- ¿Qué duda tiene? (Con ironía.) La reputación de usted
es como el sol, que disipa las nieblas, y resplandeciendo en el zenit de la
fama...
OROZCO.- No te metas a hacer figuras, Pepe, que armas unos
líos... Por supuesto, yo desconfío siempre de la voz pública, así cuando
vitupera como cuando alaba, y creo que rarísima vez acierta.
AGUADO.- Pues aguantar el chubasco, señor mío. De usted se dicen
horrores: que costea solo o casi solo las obras del Correccional para chicos;
que le comen un codo las Hermanitas de la Paciencia; que viste todo el Hospicio
dos veces al año, y qué sé yo...
OROZCO.- Más vale que les dé por ahí. Yo también pienso echarme
a panegirista de los amigos, diré que el señor de Aguado fundará un asilo para
cesantes de Ultramar.
AGUADO.- ¿Yo? Que los parta un rayo. Eso sí que no lo creerá
bicho viviente. Para que me asilen [46] estoy yo, no para asilar a nadie.
Desnudo fui y desnudo vine.
CISNEROS.- (terminando una jugada.) Ea... entregarse... No puede
usted conmigo.
MALIBRÁN.- (paga, disimulando cortésmente su mal humor.) Ahí
va... D. Carlos, he tenido el honor de que me gane usted seis duros.
CISNEROS.- El honor de jugar conmigo se paga caro.
MALIBRÁN.- Pero con gusto. (Aparte.) Maldita sea tu estampa,
pícaro viejo. (Alto.) D. Carlos, dispénseme y deme de alta: tengo que
marcharme. Calderón me sustituirá en el papel de víctima. (Se levanta; Calderón
ocupa su sitio.)
CALDERÓN.- No, lo que es a mí no me trastea D. Carlos. Prepárese
usted, que le voy a abrasar vivo.
CISNEROS.- (barajando.) Este Calderón es de cuidado; pero no
puede conmigo. ¿Tienes dinero? Si no lo tienes, dile al benéfico Orozco que te
llene los bolsillos, porque ahora la entregas. (Juegan.)
MALIBRÁN.- (a Orozco.) ¡Ah, qué cabeza...! ¿Pues no me iba sin
decirle [47] a usted lo que más presente tenía...? Aquel muchacho que usted me
recomendó... ¿No se acuerda? Ya le hemos metido en un viceconsulado de Asia.
OROZCO.- Bien... Pues francamente, yo tampoco me acordaba. Ha
hecho usted una buena obra: Ese joven es hijo de una pobre viuda...
MALIBRÁN.- No tiene que agradecerme su colocación... Yo lo he
hecho por usted.
OROZCO.- ¡Por mí!... Si apenas le conozco. Me lo recomendó...
(Haciendo memoria.) Pues no me acuerdo, ni hace al caso. Ello es que hay tanta
miseria en este mundo, que se llega a perder la cuenta de los desfavorecidos de
la suerte que pordiosean en una u otra forma.
AGUADO.- Es verdad; el desequilibrio entre las necesidades y las
posiciones es tal, que el sablazo ha venido a ser continuo y denso, como una
granizada; y no cae sólo sobre la cabeza del rico, sino también sobre los que vivimos
con modesto pasar. Sablazos en la calle y en la casa, por la mañana y por la
tarde, en pleno día y a la melancólica hora del crepúsculo; sablazos [48] de
dinero, de recomendaciones, de influencias. Aseguro a usted que comemos de
milagro.
OROZCO.- (distraído.) De milagro...
AGUADO.- Admiro la paciencia de usted y su longanimidad. (Siguen
hablando. Malibrán pasa al salón y se encuentra con Villalonga, que ha salido
de la sala japonesa.)
VILLALONGA.- ¿Te vas ya?
MALIBRÁN.- Sí, voy a despedirme de la ingrata.
VILLALONGA.- ¿Y cómo va eso?
MALIBRÁN.- Desastrosamente. No he adelantado ni un solo palmo de
terreno. Me confirmo cada día más en la certeza de lo que hablábamos anoche.
VILLALONGA.- ¿Crees que hay moros por la costa?
MALIBRÁN.- Como creo en Dios. Y esa morisma hace tiempo que
piratea. Nada, Augusta tiene su enredito. Y ten por cierto que tiro de la manta
y se lo descubro. [49]
VILLALONGA.- (con sorna.) Sí; véngate. A estas virtudes
enfatuadas hay que arrancarles la aureola. ¡Cuidado si será tonta esa mujer!,
no quererte a ti, tan buena figura, tan sacadito de cuello, entendidito en
pintura, familiarizado con la política extranjera, y muy fuerte en todo lo que
sea triples alianzas. Por supuesto, yo creo que te idolatra y lo disimula;
también ella tiene sus puntas de diplomática.
MALIBRÁN.- No te burles. Y que está enamorada no ofrece ya duda
para mí. ¡Ah!, tengo yo un olfato...! He rastreado mil síntomas infalibles.
Cualquier día se me escapa a mí una pieza de esta clase.
VILLALONGA.- Grandísimo adúltero, de quien está prendada es de
ti.
MALIBRÁN.- No, no.
VILLALONGA.- ¿En quién te fijas, pues?
MALIBRÁN.- Qué sé yo. En Calderón, la ostra de la casa, en el
artillerito ese, en Federico Viera, en Manolo Infante. [50]
VILLALONGA.- El más verosímil me parece Infante. Ese las mata
callando.
MALIBRÁN.- Pues no sé qué te diga. Déjame proseguir mis
estudios, y mis... diligencias. Ahora... (bajando la voz) la estoy acechando en
sus salidas de casa, y créelo, le deshago el tapadijo; créelo como esta es
noche.
VILLALONGA.- Estás trastornado, Cornelio.
MALIBRÁN.- Chico, cuestión de amor propio. Todas las pasiones
son eso y nada más que eso. Llámalo el diablo. Tal como están hoy las
sociedades, con las religiones abatidas y la moral llena de distingos, el amor
propio nos gobierna. ¿Ves a Orozco, a quien todos llaman la mejor persona del
mundo? Pues es que se ha impuesto ese papel, y lo sostiene por algo que se
asemeja a la vanidad del artista. Si estuviéramos en época en que la santidad
fuera moda, ese se haría canonizar por pintarla, y extremaría sus actos
benéficos hasta el sacrificio y la mortificación, todo por orgullo, por el
culto del arrastrado Yo. Ley primaria del mundo es el amor propio. Todos
hacemos un altar donde nos ponemos a [51] nosotros mismos, y nos adoramos con
un dogma cualquiera. Mi dogma es vencer en empeños amorosos.
VILLALONGA.- Vencerás. Así tuviera yo tan seguros el cielo y mi
canonjía del Senado. Por cierto que el empeño de meter a Orozco en la
combinación me ha hecho bajar un puesto en la lista.
MALIBRÁN.- Tontería. ¡Si Tomás no lo desea!
VILLALONGA.- No te fíes de apariencias. Ya sabes que tengo a
nuestro amigo por un poquitín hipócrita. Esa modestia, esos ascos al bombo son
afectados. Cada cual se busca su toque o manera en la sociedad, y el toque de
ese es decir «no quiero, no quiero», para que se lo den todo, y tres más.
MALIBRÁN.- Puede que tengas razón... En fin, es muy tarde, y yo
me voy.
VILLALONGA.- ¿A casa de Leonor?
MALIBRÁN.- Después. Sobre la una. Abur. (Entra en la sala
japonesa, se despide y sale de la casa.) [52]
Escena VII
Los mismos, menos MALIBRÁN.
OROZCO.- (pasando con Aguado al salón.) Apuesto a que todavía
están apurando el tema del crimen.
MONTE CÁRMENES.- (que sale de la sala japonesa.) ¡Crimen y
siempre crimen! Augusta quiso entrar en la orden del día; pero Teresa se rebeló
contra la presidencia, y ahora está haciendo una excursión
patibulario-comparativa al campo de la historia, analizando la vida y milagros
de la Bernaola, Vicenta Sobrino, y otras tales.
OROZCO.- Mi mujer se pirra por los crímenes, y Teresa es capaz
de traerse el verdugo en el bolsillo. Yo que el Gobierno, crearía con ellas y
otras damas la policía judicial que tanta falta nos hace. ¿Verdad,
Villalonga?... Venga usted para acá. Parece que está usted de puntas conmigo.
Le prevengo que no he dado paso alguno para entrar en la combinación. Es cosa
de los amigos de usted. Yo lo agradezco, sin solicitarlo, y lo aceptaré si me
lo dan, así como me quedaré tan fresco si me lo niegan.
VILLALONGA.- (para sí.) ¡Valiente jesuitón estás tú! (Alto.)
Para mí [53] es cuestión de amor propio, y ¿a qué negarlo?, de conveniencia.
Necesito el cargo para bandearme. Estoy cansado de luchar; tengo, como cada
hijo de vecino, mi serie de lamentables equivocaciones. Llámelo usted mala
cabeza, vértigo político, llámelo usted temperamento anárquico, si le parece
mejor. Pero ya voy para viejo, y solicito esa posición para formalizarme y
adquirir los hábitos de consecuencia que no tengo. ¿Soy sincero?
OROZCO.- Sí. Sólo por su sinceridad merece usted la breva. Yo
siento mucho que, sin comerlo ni beberlo, hayamos venido a ser rivales.
VILLALONGA.- Rivales no. En este caso, hay que hacer justicia al
mérito, y quitarle el sombrero. La posición, la riqueza de usted justificarían
mi preterición, si no hubiera otros motivos.
EL EXMINISTRO.- (que ha salido poco antes con ambos Trujillos de
la sala de juego, y ha oído lo dicho últimamente por Villalonga, le coge por la
solapa y con desentono le dice:) Pero ven acá, impertinente, ¿para qué quieres
tú la senaduría vitalicia? ¿Crees que eso se puede cambiar por una Dirección?
¿Crees que eso se da a la gente insegura y a los veletas como tú? [54]
VILLALONGA.- ¿Y para qué querías tú la cartera, grande hombre
pequeñísimo?
EXMINISTRO.- ¡Yo!, ¡si yo no la quería...!
VILLALONGA.- Que no... ¡angelito! Como que si no te la dan te
mueres. ¡Cuántas veces, en días de crisis me dijiste: «Jacinto, por Dios, ¿le
has hablado al Presidente? ¿Crees tú que iré yo ahora?»! Y al fin fuiste. Y te
ayudamos los amigos, jaleándote hasta tres meses después, y dándote un bombo
fenomenal. Conque prudencia; que yo no me muerdo la lengua, y en historia
contemporánea no me gana nadie.
EXMINISTRO.- Ni en hablar más de la cuenta tampoco. Siempre
disolvente, a donde quiera que vas. Parece mentira que teniendo tanto talento,
te hayas empeñado en probar tu inutilidad.
VILLALONGA.- Pues te diré que... (Conteniéndose.) En fin, no
quiero enfadarme.
EXMINISTRO.- Aunque te enfadaras...
OROZCO.- Vaya, señores, envainen los aceros. [55]
AGUADO.- (apartando a Orozco del grupo.) Deje usted a los
compadres que se peleen. Buen par de chanchulleros están los dos. Y Jacinto
hace bien en tomarle el pelo al otro. Me ha contado que le tuvo hace quince
años en la redacción del Fanal, trabajando de tijera. Explíqueme usted estas
elevaciones. ¡Qué país! (Villalonga y el exministro siguen disputando con
viveza, pero sin faltar a la cortesía.)
OROZCO.- Jacinto es muy listo y vale mucho; pero su inconstancia
la pierde. Habría sido ya Ministro, si no tuviera la desgracia de encontrarse
mal donde quiera que está.
TRUJILLO padre.- (con displicencia.) Todos lo mismo. Unos por
consecuentes, otros por inconsecuentes, ¡bueno tienen el país, bueno!
VILLALONGA.- (disputando con el exministro.) No hay quien te
baraje. Los hombres de talento, cuando dan en desbarrar...
EXMINISTRO.- ¡Si quien desbarra eres tú! ¡Lo repito; parece
mentira que teniendo tantísimo talento...!
VILLALONGA.- No te haces cargo de nada... Pero escucha. [56]
EXMINISTRO.- Permíteme, bruto...
TERESA TRUJILLO.- (que sale de la sala japonesa y busca a su
hijo.) ¿En dónde está mi artillero? ¡Ah! (Cogiéndole del brazo.) Ven acá, hijo
de mi alma. Vámonos, sácame de aquí.
OROZCO.- ¿Pero se va usted? No lo consiento.
TERESA.- ¡Ay, Tomás, tiene usted su casa infestada de
Cuadradismo! Aquí no puede estar una persona que se interesa por la justicia.
OROZCO.- Pues yo creí que usted había convertido a mi mujer a la
sana doctrina Saraísta.
TERESA.- (picada.) ¡Quia!, siempre ha de llevarme la contraria.
Si siguiéramos disputando, acabaríamos por reñir, como este par de tontos. (Por
el exministro y Villalonga.)
INFANTE.- (que sale con el Marqués de Cícero de la sala
Japonesa.) ¿Qué rebullicio es este? Lo de siempre, discutiendo sobre cuál ha
hecho más tonterías. [57]
MONTE CÁRMENES.- Diciéndoles que hay crisis, puede que se pongan
de acuerdo.
INFANTE.- (interviniendo en la disputa.) Señores, cese la
discordia. El Ministerio está de cuerpo presente.
Los disputadores no se aplacan; Infante y Monte Cármenes se
ingieren en la discusión, y Orozco, Cícero, Teresa Trujillo, su esposo y su
hijo les contemplan sonriendo. En la sala de la izquierda se quedan solos
Augusta y Federico.
AUGUSTA.- (en pie, airada.) Al fin se ha ido Manolo, el
centinela de vista, y podemos hablar un instante. Tengo que decirte que te
estás portando indignamente.
FEDERICO.- Yo, ¿por qué? (Va a la puerta, atisba y retrocede.)
También yo deseaba que estuviéramos solos, para poder decirte...
AUGUSTA.- No quiero saber nada. ¡Seis días sin verme!
FEDERICO.- Por culpa tuya.
AUGUSTA.- No; tuya, mil, veces tuya... No sé qué tienes [58] en
esos ojos... la traición, la mentira y el cinismo. (Muy agitada.) Ya me estoy
acostumbrando a la idea de que te vas de mí, atraído por personas indignas, que
no quiero ni debo nombrar.
FEDERICO.- No digas disparates. ¿Te espero mañana?
AUGUSTA.- No, repito que no. (Mirando al salón con recelo.) No
vuelvo más; no me mereces.
FEDERICO.- Que no te merezco ya lo sé; ¡pero tiene uno tantas
cosas que no merece! ¡Dios es tan bueno!... ¿Irás?
AUGUSTA.- No quiero. Bien claro te lo digo.
FEDERICO.- ¡Y yo que tenía que contarte tantas cosas!
AUGUSTA.- (con viva curiosidad.) ¿Qué cosas? Cuéntamelas ahora.
FEDERICO.- Ahora no puede ser. Te espero allá, ¿sí o no?
AUGUSTA.- He dicho que no voy. (Aturdida.) Lo pensaré... No, no,
y mil veces no. Si fuera, iría para [59] injuriarte, para decirte que te me
estás haciendo aborrecible.
FEDERICO.- Pues para eso. Vas, y allí, muy tranquilamente, nos
tiraremos los trastos a la cabeza.
AUGUSTA.- Cállate... Pueden oír... (Con miedo.) Te escribiré dos
letras... No, no te escribo ni media letra; no me da la gana.
FEDERICO.- Pero...
AUGUSTA.- Basta... cállate... salgamos. (Aparece en la puerta
del salón.)
OROZCO.- (a su mujer.) Si tú no calmas a estos energúmenos, no
sé qué ya a pasar aquí. Siéntate al piano, que la música a las fieras
domestica.
OFICIAL DE ARTILLERÍA.- (a Augusta.) Es gracioso: los cuatro son
ministeriales, y vea usted cómo están. Música, música, (Augusta se sienta al
piano y preludia.)
AGUADO.- (aparte.) Música tenemos. Tocará seguramente esas cosas
que a mí me aburren. De buena gana me plantaría en la calle. ¡Beethoven,
Chopín! [60] Os cambio por una de aquellas habaneritas... Pero si lo digo, me
llamarán vulgo. Fingiré que estoy en éxtasis.
INFANTE.- (corriendo hacia el piano.) Augusta, por amor de Dios,
la sonata 14, el clair de lune...
EXMINISTRO.- Música, arte. Parta un rayo a la política.
VILLALONGA.- Tiene la palabra el Sr. de Beethoven.
Todos ríen, se alegran, y algunos se sientan para disfrutar de
la buena música.
AUGUSTA.- (para sí, tocando.) ¡Para tocatas estoy yo! Dios tenga
piedad de mí.
Escena VIII
Alcoba en casa de Orozco. Dos camas, una a cada lado de la
estancia.
OROZCO, sentado, meditabundo. AUGUSTA que entra, vestida aún de
sociedad.
OROZCO.- (para sí.) Ya deseaba que se fueran. Me siento esta
noche más fatigado que nunca.
AUGUSTA.- (para sí.) Gracias a Dios que me he quedado sola.
¡Tener [61] que sonreír y tocar el piano para que los demás se diviertan...!
OROZCO.- (alto.) La música me pone triste esta noche. ¿A qué lo
atribuyes tú?
AUGUSTA.- (absorta, no contesta si no después de una pausa.)
Perdona: estaba distraída.
OROZCO.- Te digo que la música me ha puesto triste...
AUGUSTA.- ¿Tú triste?... ¿por qué?... ¡Ah!, la pícara
imaginación. Es que de algún tiempo a esta parte cavilas demasiado, y te fijas
más de lo conveniente en asuntos que por tu posición debieras mirar con calma.
Ahí tienes por qué te desvelas tan a menudo. Cuando no se duerme bien, querido,
toda la máquina anda mal, y el espíritu más valiente se desmaya.
OROZCO.- De veras que duermo mal, y no sé a qué atribuirlo. Ello
debe de ser contagioso, porque tú también, al menos anoche, estuviste muy
despabilada.
AUGUSTA.- Es que cuando te siento despierto, yo no [62] puedo
dormir... No creas, a mí no me importa. Resisto perfectamente el insomnio. Este
cerebro mío no trabaja ordinariamente lo que el tuyo. A ti te pasa lo que a
muchos que, hallándose dotados de grandes energías, no saben en qué emplearlas,
por haberse encontrado resueltos los principales problemas de la vida. No hay
ningún asunto grave, de tu propio interés, que ocupe tu ánimo, y para llenar
este vacío buscas fuera mil extrañas cosas, y te las apropias, y les das un
calor que no debieran tener para ti.
OROZCO.- (aparte, ensimismado.) ¡Qué lejos de mí, pero qué
lejos, veo a mi mujer!
AUGUSTA.- Ya te afanas porque los muchachos delincuentes tengan
un asilo en que se les corrija; ya te interesas por las niñas abandonadas, como
si fueran tuyas. O bien das en proteger a ingratos, en salvar de la miseria a
los que se han arruinado por informales o tramposos... No, yo no te censuro que
seas caritativo y ayudes al prójimo. Pero todo tiene su límite, hasta la
bondad. Para todo hay una medida en lo humano.
OROZCO.- Vida mía, me juzgas mejor de lo que soy. Mira tú, si
cavilo a ratos, es porque recelo no [63] cumplir bien los deberes que me impone
mi posición. Algunas noches he dormido mal porque la conciencia intranquila y
como quisquillosa me turbaba el sueño...
AUGUSTA.- (sorprendida.) ¡Tú... con la conciencia intranquila...
tú!... el hombre mejor del mundo. ¡Alabado sea Dios!... (persignándose.) Tomás,
tú no sabes lo que te dices.
OROZCO.- En esto de la conciencia, hija mía, cada triunfo que se
alcanza trae nuevos anhelos de alcanzar más. Cuando uno se deja entumecer por
el egoísmo, la conciencia se atrofia, como órgano sin uso, y hasta llegamos a
cometer mil iniquidades sin advertirlo. Pero cuando nos aficionamos, por esta o
la otra causa, a la contemplación de la idea moral y a recrearnos en ella,
¡ay!... entonces, Augusta, mientras más horizontes se ven, más nos gusta
avanzar para reconocer, descubrir y conquistar espacios nuevos.
AUGUSTA.- (para sí.) Ya tenemos en planta la idea fija de estas
últimas noches...
OROZCO.- Mi mayor satisfacción sería que mi mujer comprendiera
esto... Creo que al fin lo entenderás. [64]
AUGUSTA.- (acaricíandole.) Mira, hijito, acuéstate y procura
dormirte. Si la conciencia te quita el sueño a ti, a ti, que eres tan bueno,
¿quién, dímelo, quién dormirá en este mundo?
OROZCO.- Los muertos y los egoístas, que vienen a ser lo mismo.
(Con jovialidad.) Oye, Augustilla, esta noche deseo el descanso, y me propongo
arrojar de mi cerebro toda idea que no sea la de mi propio bien. Ea, durmamos.
(Se dispone a acostarse.)
La doncella aparece en la puerta, y Augusta pasa con ella a otra
habitación para cambiar de ropa.
OROZCO.- (solo, acostándose.) Sí, es preciso descansar,
transigir con este mecanismo brutal y tonto en que estamos metidos. Aquí, solo
dentro del círculo de mis pensamientos, apartado del mundo, ante el cual
represento el papel que me señalan, restablezco mi personalidad, me gozo en mí
mismo, examino mis ideas, y me recreo en este sistema... lo llamaré
religioso... en este sistema que me he formado, sin auxilio de nadie, sin abrir
un libro, indagando en mi conciencia los fundamentos del bien y del mal... ¡Qué
placer descubrir la fuente eterna, aunque no podamos beber en ella sino algunas
gotas que nos salpican [65] a la cara! Hay en el mundo más de cuatro necios que
me creen fanatizado por las prácticas de esta o la otra religión positiva. Su
error me encubre. No les sacaré de él... Una sola idea me aflige, y es que mi
mujer está aún distante, pero muy distante de mí. Miro para atrás, y apenas la
distingo. Cada noche, al quedarnos solos en este dulce retiro, libres de la
estolidez humana, arrojo a su entendimiento algunas ideas... hoy esta, mañana
aquella, como el novio que tira chinitas al balcón de su amada para llamar la
atención. No las recibe mal; pero no se halla todavía en estado de
asimilárselas. Creo que al fin se enterará. Es buena, y su corazón está
preparado para limpiarse de egoísmo... ¡limpieza en extremo difícil!... ¡vaya
si es difícil!... (Se adormece.)
AUGUSTA.- (entrando de puntillas, en traje de noche.) Dormido
ya; pero esto no es más que el primer sueño, breve y profundo, que lo dura
apenas media hora. Y yo ¿por qué me acuesto si sé que no he de dormir? ¡Habla
de conciencia intranquila!... Este bienaventurado no sabe lo que es vivir con
los pies sobre la tierra. Él tiene alas. (Se sienta junto a su lecho, y apoya
el brazo en él y la frente en la mano.) Si mi fe religiosa fuera más viva... me
consolaría. Pero mis creencias están como techo de casa vieja, llenas de
goteras. De esto tiene la culpa el trato [66] social, lo que una piensa, y lo
que oye, y lo que ve... Por ese lado no hay esperanza. (Mirando a su marido que
duerme.) Si Dios se ocupa de nuestras pequeñeces, sabrá que quiero tiernamente
a este hombre, que su salud me interesa más que la mía; sabrá también que esta
unión no satisface mi alma, que otro cariño me salió al paso y lo tomé, porque
me llena la vida hasta los bordes. Esto ha venido a ser esencial en mí. Mi
conciencia es voluble, y suele regirse por las impresiones que recibo y por los
movimientos del ánimo. Cuando estoy contenta y satisfecha, y los celos no me
punzan, mi conciencia se relaja, se hace la tonta, y me dice que mi falta no es
falta, sino ley del espíritu y de la naturaleza. Pero cuando mi pasión se
alborota con las contrariedades, y el alma se me revuelve, y se enturbia con
sus propias heces que suben, pierdo la tranquilidad y me tengo por mala, por
indigna de perdón... ¿Qué es lo que siento esta noche? Inquietud, temor de no
ser amada. El despecho y la ira se me vuelven remordimientos. Casi casi me dan
impulsos de abrir el alma delante de mi marido, y contarle todo lo que me pasa.
¿Y para qué? ¿Para renegar de mi error y prometer la enmienda? No, no tendré
fuerzas para enmendarme, ni hipocresía para hacer promesa tan imposible de
cumplir. Me confesaría, simplemente por el consuelo de vaciar un secreto que
ahoga... (Irguiendo la cabeza.) [67] ¡Dios mío, qué disparates pienso! Paréceme
que tengo fiebre. A estas horas, el insomnio y las cavilaciones nos llevan a
una verdadera locura. ¡Confesarme a Tomás! No me comprendería, como yo no
comprendo las sutilezas de su conciencia, que por querer adelgazarse tanto, se
quiebra; incurriría en las vulgaridades de la moral gruesa y común, de esa que
parece que se compra por kilos. ¡Ay!, digan lo que quieran, estamos gobernados
por leyes estúpidas... hechas para regularizar lo irregularizable, para
contener en distancias muy medidas el vuelo de las almas... porque yo también
tengo plumas. (Hace con las manos movimientos de aleteo.) ¡Vaya que se me
ocurren unas cosas cuando cavilo a estas horas!... Sí, ardo en calentura; como
que dudo a veces si estoy despierta o estoy soñando... y hasta me parece que un
diablillo gracioso me sopla al oído lo que he de pensar... Despierta estoy, y
discurro claramente que la sociedad y sus leyes son obra de la tontería.
(Accionando como si hablara con alguien.) Y lo digo y lo sostengo: si no nos
encontrásemos atados por estos nudos del convencionalismo, yo podría tener un
gran consuelo. Ante la razón grande, hablo de la grandísima, de la que anda por
allá arriba sin que nadie la pueda coger, ¿qué inconveniente habría en que este
hombre, que miro como hermano de mi alma, este hombre de entendimiento [68]
superior, de gran corazón, todo nobleza, supiera lo que me está pasando, y que
lo oyera de mi (3) propia boca?... Esto que parece absurdo... ¿por qué lo es?,
mejor dicho, ¿por qué lo parece? No; lo absurdo no es esto que pienso, sino lo
otro, todo el armatoste social... (Sonriendo.) ¿Por qué me río?... No me río:
es rabia; es que mi sabiduría, esta ciencia que me entra por las noches, me
hace reír... de rabia.
OROZCO.- (para sí, despertando súbitamente, y volviéndose.)
Tengo la cabeza tan despejada como a las doce del día. Y francamente, no veo la
necesidad de dormir toda la noche. Después de un breve letargo reparador, no
hace falta más. En vez de embrutecernos en el sueño, ¡cuánto mejor es meditar
sobre los graves problemas que nos rodean, examinar nuestras acciones del día
pasado, preparar las del siguiente!... (Pausa.) Lo que más me enoja es que me
aplaudan, como si fuera yo un cómico. Quiero que mis actos sean tan secretos
que nadie los penetre; más aún, quiero que resulten con apariencias de maldad,
para que el mundo los censure y los ridiculice. Pero esto es difícil, muy
difícil. El maldito tiene un gran olfato para rastrear la verdad, y no es fácil
engañarle... Porque el bien no es tal bien, si no se le disfraza, para que vaya
por la calle bien enmascaradito. Y lo [69] peor es que no puede uno evitar que
los favorecidos salgan por ahí con mucho bombo y mucho cascabel, pregonando el
bien que uno les hace, mientras yo... no sé qué daría porque me formaran una
reputación de tacaño y cruel. Nada me molesta tanto como la gratitud, y las
manifestaciones de ella... Verdad que hay muchos ingratos, y esto ya es un
consuelo... (Pausa.) También me gusta cavilar sobre los términos precisos de
este orden de creencias que yo he encontrado en mi propio pensamiento y en mi
corazón; obra mía es todo, y la primera necesidad que experimento es recatarla
del mundo. Aquí no cabe propaganda, ni yo he de hacerla más que con mi mujer.
Sólo a una persona tiernamente amada comunicaré esta creencia honda, que
proporciona al alma tan grandes consuelos... Sólo a mi pobrecita Augusta...
(reparando en su esposa sentada junto al lecho.) Augustilla, hija mía, ¿qué
haces que no duermes?
AUGUSTA.- Ya estaba acostándome, cuando me pareció notarte
inquieto. ¿Te sientes mal?
OROZCO.- No, hija de mi alma. Estoy muy bien; he dormido un
rato, y no necesito descansar más. Déjame que medite sobre cosas que te iré
comunicando [70] en forma tal que puedas comprenderlas.
AUGUSTA.- (para sí.) Vuelta a lo de anoche... (Alto.) No pienses
en eso. Eres bueno, y por ser mejor te estás dando muy malos ratos. Es hasta un
rasgo de soberbia el pretender salirse de la imperfección humana.
OROZCO.- Desconoces los verdaderos grados del bien. Tu
inteligencia es grande; pero no ve la verdad. No me extraña eso. Yo te
iniciaré. Eres la persona que más quiero en el mundo, y es preciso que vengas
tras de mí, ya que no conmigo. Según mis creencias, la primera de mis
obligaciones es proporcionarte todos los placeres lícitos, rodearte de las
comodidades y encantos que nuestra fortuna nos permite. Hoy por hoy, no cuadra
a mis ideas el cambiar de vida. Me conviene que continúe este lazo que al mundo
nos une, y aparentar que, lejos de haber en mí perfecciones, soy lo mismo que
los demás.
AUGUSTA.- (para sí, confusa.) ¿Estoy segura de entender lo que
me dice? (Alto.) Eso me agrada; pues si tuvieras tú vocación de anacoreta, yo
no creo tenerla nunca.
OROZCO.- (algo excitado.) No, no es eso. En el mundo, en plena
sociedad [71] activa, es donde se debe luchar por el bien. Nada de ascetismo:
los que se van a un páramo no tienen ningún mérito en ser puros. Sigamos
aquí... Cabalmente esa es la dificultad: realizar cuanto me piden mis creencias
en medio de este tráfago, y en el torbellino de maldades que nos envuelve.
Jamás te apartaré del medio social en que vives. La regeneración no puede ser
eficaz sino dentro de ese medio. Nada de privaciones materiales, nada de vida
de cartujo; eso es de caracteres mediocres.
AUGUSTA.- (para sí.) Pues lo que ahora dice me parece muy
razonable. (Alto.) Todo eso está muy bien; pero vale más que lo dejes para
mañana, y que duermas ya y descanses.
OROZCO.- ¡Si no tengo sueño, ni me hace falta dormir!
(Inquieto.) Mejor será que me levante y me pasee por el gabinete.
AUGUSTA.- (corriendo a él y deteniéndole.) No, no hagas tal. Te
lo prohíbo.
OROZCO.- Bueno, pues yo no puedo consentir que estés desvelada
por acompañarme. Ya que no tienes nada en qué pensar, porque tu conciencia no
chista, recógete y duérmete. No me levantaré, [72] para que no estés inquieta
por mí. Acuéstate, y si no te entra sueño, hablaremos un poco de cama a cama.
(Augusta se acuesta.)
OROZCO.- ¿Sabes en lo que pienso ahora? En la carta que he
recibido hoy de Joaquín Viera, el padre de Federico.
AUGUSTA.- (con viveza.) ¿Sí?... ¿y qué es?
OROZCO.- Pues me dice que llegará aquí del 26 al 28, y que viene
a tratar conmigo de un asunto de intereses.
AUGUSTA.- Sablazo seguro. Por amor de Dios, Tomás, ponte en
guardia.
OROZCO.- No caigo en qué podrá ser. Dejémosle venir.
AUGUSTA.- ¡Qué trasto ese Joaquín...! No se parece nada a su
hijo, que aunque mala cabeza y desordenado, tiene un fondo de caballerosidad
que...
OROZCO.- Es verdad. El papá es tal, que no tiene el diablo por
dónde desecharle. [73]
AUGUSTA.- Y abusa de tu bondad siempre que quiere. Mucho
cuidado, Tomás; ponle mala cara cuando le recibas. Recuerda que Joaquín, hace
dos años, después de explotarte indignamente, dijo de ti horrores.
OROZCO.- Debemos perdonar las ofensas.
AUGUSTA.- ¿Crees tú que toda ofensa se debe perdonar?
OROZCO.- Todas, en absoluto, y sin reserva de ninguna clase.
AUGUSTA.- ¿Estás dispuesto tú a perdonar toda ofensa que se te
haga?
OROZCO.- Sin género alguno de duda. Me agravias sólo con
dudarlo. Pues qué, ¿no tienes tú en tu alma la misma decisión?
AUGUSTA.- (vacilante.) No sé. Eso no puede asegurarse sino
frente a los hechos. La resistencia moral, como el grado de tensión de una
cuerda, no se conoce hasta que se prueba... Pero me parece que hemos hablado
bastante, hijito. Ahora, a dormir. [74]
OROZCO.- A dormir tú, yo no.
AUGUSTA.- Los dos... (Para sí.) ¡Ay, cuánto me molesta este
diálogo!... Quiero estar sola, y pensar lo que a mí me dé la gana, sin tener
que llevar a cuestas el pensamiento ajeno... Fingiré que duermo, para que se
calle.
OROZCO.- Como si lo viera, Joaquín me presentará algún antiguo y
olvidado crédito... ¡Pero si por mi cuenta no hay ninguno que no esté
satisfecho...! (Suspirando) ¡Ay!, esa maldita Humanitaria ha dejado tras sí un
rastro vergonzoso. Yo no soy responsable; pero disfruto del capital que se
amasó con aquel negocio, en que trabajaron juntos mi padre (que Dios perdone) y
este Joaquín Viera, que es de la piel del diablo. No juzgo lo que hicieron.
Después Joaquín se arruina, se va al extranjero y se dedica al chantage y a mil
trapisondas. ¡Quién sabe si se descolgará ahora con algún enredo...! ¿No crees
tú que...? (Observando a su mujer que no chista.) Vaya... se ha dormido.
¡Pobrecilla!
AUGUSTA.- (para sí.) Me cree dormida. De este modo me rodeo de
soledad, me meto en mí. (Atendiendo sin mirar.) [75] Parece que discute consigo
mismo en voz baja. Yo pensaré en silencio. Los dos padecimos con el insomnio;
pero por ¡cuán distintos motivos! A mí me desasosiega el pecado y a él la
perfección... No le siento ahora; no sé qué daría porque se durmiese
profundamente. También yo... empiezo a notar, así, cierta torpeza, como si las
ideas se me cuajaran... (Pausa.) Pero no se calma la inquietud que siento en mi
corazón, este temor, esta ira, los celos. Se calmaría quizás si lo contase a
alguien. Consuelo del espíritu turbado es la confesión; pero la confesión
religiosa no acaba de satisfacerme. A un cura tendría yo que prometerle la
enmienda, y esto no puede ser. Le engañaría si la prometiera; sería estafar la
absolución, que es lo que hacen la mayor parte de los penitentes, figurándose
de buena fe que están arrepentidos y creyendo que no reincidirán. Como no me
gusta engañar, empiezo por no engañarme a mí misma. El que a mí me confiese ha
de ser un sacerdote extraordinario, ideal, superior a cuantos hombres andan por
el mundo, de un saber tan grande y de una sensibilidad tan fina para tomar el
pulso a las pasiones, que pueda yo mostrarle con sinceridad hasta los últimos
dobleces de la conciencia... (Agitándose en el lecho.) ¿Pero yo estoy dormida o
despierta? Porque esto que pienso no es un despropósito de los que solemos
soñar... esto que se me ocurre indica talento... [76] vaya si lo indica... Pues
sí, ese confesor que me hace falta, ya lo siento venir. Parece que lo traigo yo
misma con la fuerza de mi pensamiento... (Aparece la Sombra de Orozco, sentada
junto al lecho. Es una forma indeterminada, cuyo ropaje no se percibe:
distínguense claramente la cara y las manos.) Aquí está ya. Lo que yo me
figuraba: su rostro es el mismo de mi marido; sus ojos, que me miran con tanto
cariño y dulzura, revelan el saber total y la piedad eterna... (Le mira
fijamente.) ¿Y qué?... (Pausa.) No dice nada. No hace más que clavarme su
mirada, que me penetra hasta lo más hondo. No, no mentiré, no te ocultaré nada.
Confesor, no me causas miedo, sino confianza... (Agitándose más.) Ya, ya sé qué
es lo primero que debo decir: cuándo empezó mi infidelidad y la razón de ella.
¡La razón de ella! ¿Yo qué sé? Esas cosas no tienen razón. Le traté algún
tiempo, ya casada, sin sospechar que le quería con amor. No caí en la cuenta de
que estaba prendada de él sino cuando me declaró que se había prendado de mí.
Tres días de ansiedades y de lucha precedieron a uno memorable para mí. ¡Vaya
un diita, Señor! No me acuerdo bien de lo que sentí aquel día. La vida se me
completó. Le amé locamente, y cuando me fui enterando de sus desgracias, de las
cadenas ocultas que arrastra el pobrecito, le quise más, le adoré. Declaro que
hay dentro de mí, allá en una de las cuevas más escondidas del alma, una [77]
tendencia a enamorarme de lo que no es común ni regular. Las personas más
allegadas a mí ignoran esta querencia mía, porque la educación me ha enseñado a
disimularla. Pues sí, tengo antipatía al orden pacífico del vivir, a la
corrección, a esto mismo que llamamos comodidades. Esto de hacer un día y otro
las mismas cosas, el tenerlo todo previsto, el encontrar todo a punto, me
entristece, me fatiga. Bendito sea lo repentino, porque a ello debemos los
pocos goces de la existencia. ¿Hemos nacido acaso para este tedio inmenso de la
buena posición, teniendo tasados los afectos como las rentas? No, para algo nos
habéis dado la facultad de imaginar y de sentir, por algo somos un alma que ama
los espacios libres y quiere dar un paseíto por ellos. Este compás social, esta
prohibición estúpida del más allá no me hace a mí maldita gracia. Y lo peor es
que la educación puritana y meticulosa nos amolda a esta vida, desfigurándonos,
lo mismo que el corsé nos desfigura el cuerpo. De este modo aprendemos la
hipocresía, y buscamos compensación al fastidio, trayendo a nuestra vida algún
elemento secreto, algo que no esté a la vista ni aun de los más próximos. Tener
un secreto, burlar a la sociedad, que en todo quiere entrometerse, es un recreo
esencial de nuestras almas con corsé, oprimidas, fajadas... Sin misterio, el
alma se encanija. Aborrezco esa vida, que no vacilo en llamar pública, [78] o
si se quiere, legal, muy santa y muy buena para quien se pueda amoldar a ella,
pero que no es para mí... Que me quite Dios las ideas que me andan por dentro
del cráneo, que me quite los nervios, y me volveré la burguesa más pánfila de
la clase... (Se agita de nuevo y contempla con estupor la Sombra.) Veo que me
miras con ojos benévolos. No podía ser de otra manera. Declaro todo lo que
siento, y me someto al fallo tuyo... ¿Soy pecadora o qué soy? No me dices nada.
¿Por qué callas? ¿Te asombras de que no me disculpe? No siento en mí la
disculpa. Creo que al principio intenté sofocar el amor hacia un hombre que no
es mi marido. Pero pronto me convencí de que era inútil intentarlo. Me
encantaban la persona y sus palabras, el sonido de su voz, su carácter noble,
su susceptibilidad, sus desgracias, la pobreza disimulada con tanta gallardía;
y no puedo dejar de amarlo, ni en rigor, aquí dentro de mí, me avergüenzo de
ello. ¿Qué tienes que objetarme? Dirás que estoy unida por la ley a ese amigo
sin par, a ese hombre extraordinariamente bueno y amable. Yo reconozco sus
méritos y virtudes, yo le admiro. Tú que me oyes, ¿eres él o has tomado su
rostro para inspirarme más respeto? Porque si eres él mismo, y vienes a oírme
en confesión, te traerás la razón grande, el metro elástico para medirme, habrás
dejado fuera de aquí las reglas chiquitas, hechas a gusto [79] del medidor...
Dime al fin el juicio que te merezco; háblame, para que yo no crea que es mi
propio pensamiento quien te pone delante de mí. (Sofocada.) ¡Dios mío, el
talento que saco en estas horas de insomnio me hace padecer! (A la Sombra.)
¿Qué piensas de mí? ¿No me dices una palabra consoladora? Cuando entraste, me
mirabas con indulgencia, y ahora... (La Sombra principia a desvanecerse.) ¿Te
vas?, aguarda... En verdad, que no puedo asegurar que estoy despierta ni que
estoy dormida... ¿Crees que no he sido bastante sincera? No te vayas, no... (La
Sombra desaparece.) ¡Disparates como los que yo pienso! (Llevándose la mano a
los ojos.) ¡Pero si yo no dormía! Despierta estaba, y qué sé yo... puedo jurar
que le he visto ahí... una persona, un sacerdote, un ser extraño, con la cara y
los ojos de... ¡Qué desatinos engendra la fiebre!... Sí, en mi juicio estoy.
(Golpeándose el cráneo.) No tengo duda. Mi marido duerme tranquilamente. Y yo
imaginaba confesarme con él!... ¡Vaya, que es de lo más absurdo!... En el fondo
no deja de tener cierta gracia... (Se incorpora.) ¡Qué suplicio el de estar en
la cama sin sueño!...
Pausa larga. Permanece un rato con las ideas obscurecidas,
murmurando frases deshilvanadas. Restrégase los ojos. Por fin se aclara su
juicio, y se reconoce en la realidad.
Difícil es que pueda precisar si he dormido [80] o no... Lo que
es ahora bien despabilada estoy... ¡Ay, amor mío, cuánto me haces sufrir!
Quiero verte, quiero dolerme de tus agravios, y que me pidas perdón y
desvanezcas este enojo que siento contra ti. No puedo soportar tu amistad con
esa mujer indigna. No te vale decirme que las visitas son inocentes. ¿Qué
objeto tienen entonces? No escucho tus explicaciones, no las admito. Esta noche
me has parecido amable, como pesaroso de ofenderme y con deseos de desagraviarme.
¿De veras quieres que nos veamos mañana en nuestro asilo? ¡Y yo, tonta,
respondí que no! ¡Tenemos a veces unos arranques de dignidad tan ridículos!...
(Pausa.) Nada, mañana le escribo en cuanto me levante; le diré: «Aunque tú no
lo mereces, grandísimo pillo, necesito oír tus descargos; y acudiré a la hora
de costumbre. Si tardas te araño». No, no, esto es humillante. Debo fingirme
muy incomodada, ¡uy, qué genio tengo!, y con pocas ganas de perdonar. Él es el
que debe humillarse. Coquetearemos. Le diré: «Amigo mío, es preciso que esto
concluya, y vale más que tratemos, serenamente y sin atufarnos, de nuestra
separación definitiva». Esto, esto; magnífico. ¡Qué feliz idea! Quisiera tener
aquí lápiz y papel para apuntarla, no sea que se me olvide de aquí a mañana...
¡Señor, qué ansiedad, y cómo se estiran las horas de la noche! Me dan ganas de
saltar de la cama volando, y escribir la esquela [81] antes que se me escape
del cerebro aquella idea felicísima. No; aguantareme aquí. Tomás no duerme. Se
sorprendería de verme levantada. ¡Ay, qué tumulto dentro de mí! Esa Peri, esa
Peri; no la puedo ver. He de obligarle a que me prometa no poner más los pies
en su casa. No, no le escribo lo que pensé. Más fuerte, más fuerte, y unos
morros así... Le diré: «Imposible perdonarte tus visitas a esa mujerzuela.
Entre tú y yo no puede haber ya ni siquiera amistad, si no me juras...». Sí,
que jure, que jure, que se fastidie... Esto es lo que he de escribirle... ¡Ah!,
se me ocurre ahora otra idea estupenda. Una carta llena de ternura es lo mejor,
pues si me muestro arisca y exigente, puede que se incomode. ¡Es tan orgulloso!
Nada, nada, mucha suavidad, quejas dulces... «Eres un ingrato, y correspondes
mal al inmenso cariño que te tengo. No debiera verte más; pero soy débil, y mi
debilidad te necesita. No me faltes esta tarde, si no quieres que me muera».
Esto escribiré... ¡lástima no tener lápiz!... porque si no lo apunto, de fijo
que se me olvida... Estoy llorando, y no había notado que lloro... (Pausa.) Me
parece que Tomás descansa. Su respiración indica sueño... (Poniendo atención.)
Sí, duerme. Me levantaré. Las sábanas son de fuego... Me levanto, voy al
gabinete, y endilgo esa carta, antes que se me borre la idea... No, esperaré, a
que sea más tarde, a que apunte el [82] día, que ya no puede tardar. Y nada de
ternura, nada de mimos. Hay que tratarle a la baqueta. Pero ¿y si se crece al
castigo? No, no se crecerá... Lo que hay es que no puedo seguir acostada.
Arriba, pues. En mi gabinete escribiré. Hora tremenda es esta para el cerebro.
Creo que me vuelvo loca si sigo así. (Salta del lecho, se pone la bata, mete
los pies en las pantuflas, y de puntillas recorre la alcoba.) ¡Ah! Gracias a
Dios, me siento más serena. En cuanto salí de las abrasadas sábanas, soy más
dueña de mí. Las ideas se me aclaran. No, no escribo ahora. Tengo la seguridad
de que lo que escribiese hoy me parecería mal mañana, y rompería la carta. Al
medio día le pondré cuatro líneas, muy secas, citándole... ¡Qué frío hace!
Cuatro palabras, y luego, charlando cara a cara, le diré muchas cosas, pero
muchas cosas... (Después de dar algunos pasos, detiénese junto al lecho de
Orozco, y contempla a éste dormido.) Mañana romperé la regularidad enervante de
esta vida, mañana probaré lo misterioso y secreto, que arroja algunos granos de
sal sobre la insipidez de lo legal y público. El corazón apasionado se alimenta
de la flor de lo desconocido. Envidio a los que, al abrir los ojos, dicen:
«¿Qué me pasará hoy?, ¿qué comeré hoy?...». Hombre santo y ejemplar, tus luchas
son como una comedia que compones y representas tú mismo en el teatro de tu
conciencia para conllevar el [83] fastidio del puritanismo. El bien y el mal,
esos dos guerreros que nunca acaban de batirse, ni de vencerse el uno al otro,
ni de matarse, no cruzan sus espadas en tu espíritu. En ti no hay más que
fantasmas, ideas representativas, figuras vestidas de vicios y virtudes, que se
mueven con cuerdas. Si eso es la santidad, no sé yo si debo desearla. Duerme...
(Volviéndose hacia un cuadro de la Virgen, Murillo auténtico.) Pero, lo que yo
digo, los santos deben estar en el Cielo. La tierra dejárnosla a nosotros los
pecadores, los imperfectos, los que sufrimos, los que gozamos, los que sabemos
paladear la alegría y el dolor. (Contemplando otra vez a Orozco.) Los puros,
que se vayan al otro mundo. Nos están usurpando en este un sitio que nos
pertenece. (Principia a amanecer.) [84] [85]
Jornada segunda
Escena primera
Antesala de un círculo de recreo. Sucesivamente cambia en escalera,
en calle y en café, según se indica.
FEDERICO VIERA, MANOLO INFANTE.
FEDERICO.- (que sale por el fondo.) ¡Maldita sea mi suerte!
¡Necio de mí! Debí prever este desastre, pues cuando nos amenaza un día de
prueba, la noche que le precede es siempre una noche de perros. Las desdichas,
como las venturas, no vienen nunca solas: vienen en parejas, como la Guardia
civil. Si mañana (debo decir hoy, porque son las dos) ha de ser para mí un día
tremendo, ¿cómo no calculé que esta noche no podía ganar? Las vísperas de los
días malos son... peores. (Un lacayo le pone el abrigo.)
INFANTE.- (que entra por la derecha, como viniendo de la calle.)
¡Hola... Federico el Grande... qué oportunidad!...
FEDERICO.- Infantillo, ¿venías a buscarme? [86]
INFANTE.- Justamente, a eso vengo... Salía de mi honrado Círculo
de Ingenieros, y dije: «voy a subir un momento allá, a ver si está ese perdío y
le arranco al nefando tapete, para llevármele a tomar chocolate, y echar un
párrafo con él».
FEDERICO.- ¡Cuánto te hubiera agradecido que me arrancaras al
nefando tapete!... ¡Noche más infame!... Vámonos, vámonos. (Bajan la escalera.)
¿Tenías que decirme algo concreto, o simplemente charlar?
INFANTE.- Nada concreto.
FEDERICO.- ¿De veras? Tú eres muy ladino, y con esa apariencia
de bon enfant, tienes tus trapacerías, y en la conversación un gancho invisible
para extraer las ideas.
INFANTE.- Me juzgas a mí por ti mismo. Indeliberadamente,
atribuimos a los demás nuestras propias cualidades.
FEDERICO.- En este caso, el listo eres tú... y yo también un
poco, porque adivino de qué quieres hablarme. [87]
INFANTE.- Mejor; así no necesitaré exordio. Cuando nos atormenta
una idea fija, nos arrimamos a las personas que pueden darle pábulo. Es una
necesidad del alma. Sí... confieso que te busco para charlar, pero siempre con
ánimo de que la conversación recaiga en lo de siempre, en mi prima.
FEDERICO.- Creí que con lo que te dije hace dos días quedabas
convencido y satisfecho.
INFANTE.- Lo estoy por lo que a ti se refiere. Te he borrado de
la lista de sospechosos; pero puedes volver a ella cuando menos lo pienses. Te
absuelvo libremente, pero quedas sujeto a las resultas del proceso... Y en
cuanto a ella, ¡qué bien defiende su enigma! Mas yo he jurado ante la laguna
Estigia descifrárselo, y se lo descifraré. Estas noches he puesto varias
trampas. Hubo momentos en que creí ver caer en ellas a Malibrán, a ti, al
oficialito de artillería, al propio Calderón de la Barca... Pero no cayó nadie.
Todos los indicios son tan vagos, que nada racional puedo fundar en ellos.
Calle.
FEDERICO.- ¡Qué noche tan clara y serena! Se ensancha [88] el
alma mirando el cielo estrellado, y espaciándose por ese azul inmenso. Las
noches de Madrid son mejores y más bellas que los días, y en mi opinión, toda
la vida, la política, los negocios, el comercio y la poca industria que hay,
debiera hacerse de noche.
INFANTE.- A eso vamos.
FEDERICO.- ¡Mira ese cielo; pero míralo, hombre! ¡Observa qué
templado ambiente!
INFANTE.- Sí, sí; pero no varíes la conversación. Oye una cosa.
Dice Schopenhauer que cuando sufrimos un fuerte dolor físico, si nos ponemos a
analizarlo, aplicando a él todo nuestro espíritu con insistencia, el dolor se
alivia.
FEDERICO.- ¿Te has consolado así? Vaya, menos mal.
INFANTE.- Déjame concluir. Verás cómo hago mi análisis. Empiezo
por preguntarme: «¿pero estoy yo realmente enamorado? ¿Esto que siento es lo
que llaman amor? ¿Hállome dispuesto al sacrificio, a la abnegación, a
posponerlo todo al objeto amado?». ¡Ay!, me temo que si tocaran a sacrificarse
mucho, yo, francamente... vamos, que [89] no. De lo cual deduzco que lo que
siento es una pasión de amor propio, la pasión de las sociedades refinadas,
como dice Malibrán. Lo que tomamos por amor no es más que el afán de vencer y
de halagar nuestro orgullo. Te confieso que quiero a esa mujer como se quiere
lo que llega a constituir un gran empeño de nuestra vida, lo que representa un
triunfo, una gloria, el colmo de nuestros afanes. He dado con el vocablo: no
debo decir que amo a mi prima, sino que la ambiciono.
FEDERICO.- Lo comprendo; pero como en mí se ha extinguido hace
bastante tiempo toda ambición, no siento bien lo que me dices. Vamos, tú corres
detrás de ella como otros detrás de un acta, de una gran cruz o de una cartera.
INFANTE.- No es enteramente lo mismo; pero en fin; hay alguna
semejanza.
FEDERICO.- Pasión de vanidad, o si quieres, pasión de gloria.
Vencer, ganar una batalla, descubrir un territorio, inventar una máquina.
INFANTE.- Algo así, algo así... Y en suma, lo que me trae a mal
traer es la rivalidad, sentimiento [90] profundamente humano, la envidia (demos
a las cosas su nombre), el temor de que la batalla que yo debía ganar la tenga
ya ganada otro, que otro inventor haya descubierto lo que yo inventar quise. Y
persigo a mi rival con ensañamiento. Si eres tú el que busco, dímelo por Dios;
si sabes algo de otro, dímelo también.
FEDERICO.- (fríamente.) Pues sí sé... Vaya si lo sé... y
contando con tu discreción, voy a decírtelo.
INFANTE.- Bendita sea tu boca, si no te sales con alguna
extravagancia.
FEDERICO.- Pues sí, Augusta está enamorada... de su marido.
INFANTE.- ¡Ay, qué pillín! Como si no supiéramos con cuánta
sandunga (4) concilian ellas sus deberes con sus caprichos. Estiman a sus
maridos, los respetan, hasta les aman; pero luego hacen en la trastienda de su
alma unas distinciones jesuíticas, que son lo que hay que ver.
FEDERICO.- Eso no reza con nuestra amiga, que tiene a su marido
un cariño firme y leal. [91]
INFANTE.- Te diré... Razonemos. A mí me parece que Augusta
estima a su marido, y le quiere, y no le pondrá en ridículo por nada del mundo.
No hay miedo de que dé escándalos, y si tiene, como pienso, algún drama íntimo
de estos imposibles de evitar en las altas clases sociales, uno de estos...
llámalos errores, llámalos derivaciones espiritualistas, o materialidades que
nacen de la excitación de la vida elegante, en fin, dales el nombre que
quieras... pues digo, que si se sale de la vía legal, ha de ser con sensatez y
buenas formas, guardándole a su marido todo el respeto, y hasta el cariño...
que... Mira tú, para aclarar esto, sería preciso que antes fijáramos todas las
categorías y formas del amor, las cuales son tantas que no se cuentan nunca, y
cada día encontramos una categoría y una forma nuevas.
FEDERICO.- ¡Cuánto sabe este chico, Dios!... Pues yo no admito
esas filosofías de estira y afloja, y me atengo a la idea de que Augusta es
honrada.
INFANTE.- Es que la honestidad también tiene sus categorías.
FEDERICO.- No, no las tiene. Veo, Infantillo, que siendo [92] yo
un mala cabeza, como dicen, y tú uno de los niños más formalitos de estos
tiempos, estoy menos corrompido que tú. Pues te digo otra cosa: tus
pretensiones son una mala acción y una deslealtad.
INFANTE.- Si pones la cuestión en el terreno de la moral del
Amigo de los Niños...
FEDERICO.- Que es la única. Si yo me viera en tu caso, me haría
infeliz la idea de agraviar y deshonrar a un hombre tan bondadoso, tan digno de
respeto y amistad. Dime, ¿eres tú de los que ven en Orozco un hipócrita, un
egoistón lleno de camándulas?
INFANTE.- No, yo no creo eso: le tengo por persona
estimabilísima. Pero te diré... Yo no hago la sociedad. La pícara está formada
ya. Si ahora me dijeran a mí: «Infante: ahí tiene usted el caos. Fabrique usted
la sociedad como cree que debe ser, bien ajustadita a los principios eternos»,
cuenta que lo arreglaría a gusto tuyo, a gusto de todos los sensatos y
escrupulosos. Pero como me la encuentro hecha, y vieja ya, con multitud de
repliegues y arrugas; como la moral existe, y es otro vejestorio entrado en siglos,
con sus reservas, sus distingos, sus ondulaciones, [93] yo no he de ponerme en
ridículo, haciéndome el apóstol de la línea recta. Juraría que piensas lo mismo
que yo; pero por afán de originalidad, te las das ahora de Catón inflexible.
FEDERICO.- Cree de mí lo que quieras. Aquí donde me ves, tan
desquiciado, tengo yo mis preferencias por la línea recta. Me dirás que no la
sigo; pero en estos tiempos, hasta el conocerla sin andar por ella viene a ser
un mérito. Soy bastante testarudo, y poseo pocas ideas morales, pero firmes y
claras. Aborrezco las interpretaciones farisaicas. Bien sé que no tengo
autoridad. Lo que es autoridad, maldita la que hay acá; por eso te digo lo que
los curas dicen: «Haz lo que te predico y no lo que yo hago...». ¡Pero si
hallarás por ahí mil mujeres a quienes puedes aplicarte...! Busca otra, que las
hay con maridos tontos o merecedores de que se les burle. Pero a esa déjala...
déjala.
INFANTE.- ¿Crees en conciencia, no en conciencia estrecha, sino
en conciencia amplia, la única que podemos tener... ¿crees en conciencia
amplia, que es villanía engañar sin escándalo a Orozco?
FEDERICO.- En conciencia de todos tamaños lo creo. [94] Dejemos
la moral alta, y vengamos a la rastrera. Hasta la moral menuda te lo prohíbe.
INFANTE.- ¿Lo crees tú? He dicho sin escándalo.
FEDERICO.- Con escándalo o sin él, será una indignidad.
INFANTE.- En ti se comprendería esto, porque tienes obligaciones
de cierta clase con Orozco. Pero yo no las tengo. Conmigo es un amigo de
tantos. Le debo las atenciones usuales y corrientes en sociedad; pero nada más.
Tú no estás en ese caso. A ti te quiere mucho; tiene por ti verdadera
debilidad. ¿Sabes lo que me dijo ayer? Te lo repito textualmente: «Es preciso
que entre todos hagamos un esfuerzo para regularizar la vida de ese pobre
Federico, arrancándole sus hábitos viciosos. Es un excelente corazón, y un
carácter hidalgo debajo de su capa de libertino con embozos de bohemio».
FEDERICO.- ¿Eso dijo? (Con sequedad y soberbia.) ¡Pero qué
empeño de reformarme! Estos amigos reformadores y redentoristas me fastidian.
¿Por qué no me dejan como soy?
INFANTE.- Hombre, agradece la intención. [95]
FEDERICO.- Sí, la agradezco.
INFANTE.- Por lo demás, ya sabemos que a ti no te baraja nadie.
FEDERICO.- (con ira disimulada.) Pues no vacilo en decir que si
yo estuviese, como tú, prendado de Augusta, y no supiera contenerme en una
actitud completamente platónica, sería un hombre indigno... Si te parece,
entraremos en la chocolatería. Luego daremos otro paseo hasta mi casa.
Chocolatería.
(Toman asiento, y son servidos por un mozo.)
INFANTE.- ¿De modo que tu consejo es que desista?
FEDERICO.- (ensimismado.) Sí; el honor lo pide así.
INFANTE.- ¡El honor! Ahí tienes otra cosa que no se ha definido
bien todavía, y que tiene muchos arrumacos. ¿Y si yo te probara que el honor,
precisamente, me manda no desistir? [96]
FEDERICO.- Dirías un disparate.
INFANTE.- Sobre esto hemos de hablar mucho. ¿Quieres que me pase
mañana por tu casa?
FEDERICO.- (con amargura fría, dando fuerte palmada sobre la
mesa.) Calla por Dios; mañana será para mí un día nefasto, con dificultades de
tal magnitud que no veo cómo saldré de ellas. Mi sistema, ante estos tremendos
compromisos, consiste en la ausencia de toda previsión. En el momento crítico,
discurro lo que debo hacer, y lo hago. Obro por inspiración, y la inspiración y
el cálculo no son compatibles. En presencia del enemigo que me acosa, siento en
mí algo del genio militar, y me descuelgo súbitamente con una combinación
ingeniosa y salvadora.
INFANTE.- ¡Tremenda vida! ¿Por qué no eres franco con los
amigos? ¿Por qué no aceptas...?
FEDERICO.- (interrumpiéndole.) Porque me quedaría sin amigos.
Déjame a mí. Yo me bandeo solo. (Tratando de arrojar de su mente las penosas
ideas que le abruman.) No hablemos de eso. Tengo por sistema no apurarme por
nada. Te digo que no hablemos de eso. [97]
INFANTE.- ¿Y si yo insistiera en hablar y en pedirte que me
confiaras tus afanes, y en ayudarte a vencerlos?...
FEDERICO.- Te lo agradecería; pero francamente, no quiero perder
tu amistad.
INFANTE.- ¡Perderla!
FEDERICO.- Sí, perderla. Déjame a mí. Los favores de cierta
clase se pagan con el aborrecimiento. ¿Recuerdas aquel verso: inglés te
aborrecí, héroe te admiro?... Pues viene que ni de molde. Querido Infantillo,
tú no sabes de la misa la media. Cuando uno tiene la fatalidad de ser
insolvente, si quiere conservar a los amigos, lo primero que debe hacer es no
deberles nada. Inglés te aborrezco. Yo no puedo evitar que se apodere de mí una
aversión insana hacia toda persona decente que viene en mi auxilio... En fin,
no quiero tocar este punto. No lo toques tú tampoco, y déjame. Lo único que te
diré es que no vayas mañana a casa. Estaré fuera casi todo el día.
INFANTE.- (para sí.) ¡Qué hombre este! El orgullo le acabará.
[98]
FEDERICO.- Ahora, vámonos pian pianino a dar otro paseo.
Calle.
Siguen paseando y charlando. Llegan a la calle de Lope de Vega.
INFANTE.- ¡Qué noche tan serena y deliciosa!... Te acompañaré
hasta tu casa.
FEDERICO.- Esta es la hora de las confidencias, la hora de la
amistad. Me estaría yo charlando contigo, de calle en calle, hasta el día. No
tengo sueño ni ganas de acostarme.
INFANTE.- Dios quiera que mañana salgas bien de tus conflictos.
FEDERICO.- Saldremos, sí. Hay fe en la Providencia. Como si yo
no tuviera hoy bastantes pesadumbres sobre mi alma, me ha caído una que...
Vamos, te la cuento.
INFANTE.- Gracias a Dios que me confías algo.
FEDERICO.- Y la cosa es grave. (Avanzan hacia el extremo [99] de
la calle.) Sigamos hablando hasta el Prado, y luego volveremos. Esta es mi
casa. (Señalando a la derecha.)
INFANTE.- Noticia fresca. Como no digas más...
FEDERICO.- Quedamos en que esta es mi casa. Bueno. Mira ahora la
de enfrente.
INFANTE.- La miro, y no veo en ella nada de particular.
FEDERICO.- Fíjate en la planta baja... en la tienda...
INFANTE.- Veo un rótulo de Ultramarinos que dice: Santana.
Géneros del Reino y extranjeros.
FEDERICO.- Perfectamente. Más arriba, verás dos ventanas que
corresponden al entresuelo de la derecha. Ahí tiene su escritorio ese animal.
INFANTE.- Todo lo veo, menos la relación que eso pueda tener
contigo.
FEDERICO.- Te lo diré. En el escritorio trabaja un chiquillo
[100] como de veinte años, un hortera que le hace guiños a mi hermana.
INFANTE.- ¡Ah!, ya...
FEDERICO.- Y no es eso lo peor, sino que la muy tonta se deja
querer de semejante mequetrefe. Lo descubrí ayer, y me volé... Escena terrible
en mi casa. Tengo que hacer un escarmiento con esas lagartonas que me sirven, y
plantarlas en la calle.
INFANTE.- Cuestión delicada es esa para resolverla ab irato.
Considera que tu hermana no vive en la esfera social que le corresponde. Está
en la edad crítica del amor... No ve a nadie... Ha visto a ese chico...
FEDERICO.- (irritándose.) Cállate. No puedo soportarlo... ¡Mi
hermana dejándose impresionar por un tipo de esos...! Tú conoces mis ideas. Soy
un botarate, un vicioso... pero hay en mi alma un fondo de dignidad que nada
puede destruir. Llámalo soberbia, si te parece mejor. No me resigno a que ese
vil hortera haya puesto los ojos en Clotilde. Soporto menos que ella guste de
vérselos encima. Te aseguro que habrá la de San Quintín en mi casa. A mi
hermanita la meteré en un convento de Arrepentidas, y al danzante ese, como
[101] yo lo coja a mano, como le sorprenda en la escalera de mi casa... tengo
sospechas de que hay aproximaciones... como le sorprenda, te juro que no le
quedarán ganas de volver.
INFANTE.- Moderación. Esas ideas son del siglo XVII, clavaditas.
Comprendo que no te agrade la elección de tu hermana; pero fíjate en las
circunstancias. ¿Acaso la has puesto tú en condiciones de elegir?
FEDERICO.- (nervioso.) No me vengas a mí con esa clase de
reflexiones. La tapadera de las circunstancias sirve para encubrir los ultrajes
al honor. Que mis ideas son anticuadas en este particular, lo sé, lo sé; pero
son así, y no admito otras. Aunque me llames extravagante, te diré que no me
cabe en la cabeza la igualdad. Yo no soy de esta época, lo confieso; no encajo,
no ajusto bien en ella. Ya sabes mi repugnancia a admitir ciertas ideas hoy
dominantes. Eso que en lenguaje político se llama pueblo, yo lo detesto, qué
quieres que te diga, y no creo que con la gente de baja extracción vayan las
sociedades a nada grande, hermoso ni bueno. Soy aristócrata hasta la médula...
no lo puedo remediar... Eso de la democracia me ataca los nervios. Gracias que
no es verdad, ni hay tal democracia, pues si la hubiera... ¡Dios nos asista!
[102]
INFANTE.- Tú podrás pensar lo que gustes; pero como los hechos
se sobreponen a las ideas, si tu hermanita se empeña en democratizarse, se
democratizará... a despecho de tu aristocracia.
FEDERICO.- Prefiero verla muerta.
INFANTE.- Piénsalo bien... esas cosas se dicen pronto... pero
luego, la realidad... (Aproxímase a la puerta de la casa.)
FEDERICO.- ¿Dónde estará ahora ese maldito sereno? Quizás
durmiendo la mona en el hueco de alguna puerta. (Suena la cerradura, y observan
que la puerta se abre por dentro.) ¡Ah!, escucha, mira. Alguien sale...
Escena II
Los mismos, SANTANITA.
Ábrese la puerta y aparece Santanita, el cual, al ver a los dos
amigos, retrocede asustado y como si quisiera volver a meterse en el portal.
FEDERICO.- (con súbita ira.) ¡Rayos y demonios!... ¡Eh!...
¿Quién es usted? (Echándole mano al pescuezo.) [103]
SANTANITA.- (con terror suplicante.) ¡Ay!, ¡ay!... por Dios, D.
Federico, no me mate usted.
FEDERICO.- Badulaque, mequetrefe, tú vienes de mi casa. (Le
sujeta con nerviosa energía. Infante interviene en ademán pacífico.)
INFANTE.- ¡Por Dios... Calma...! ¡Qué atrocidad! (Tratando de
calmar a su amigo.)
FEDERICO.- Si no fuera quien soy, le ahogaría... ¡Miserable!
¿Qué hacías en esta casa?
SANTANITA.- ¡Señor, óigame usted...! (Anonadado y trémulo.) Subí
sin más objeto qua hablarle... por el ventanillo... nada más. Yo se lo juro...
y puede usted comprobarlo arriba.
INFANTE.- Basta... Retírese usted.
FEDERICO.- (soltándole.) Sí... que se vaya... La escena es
repugnante. (Mirando a Santanita con desprecio.) ¡Qué ignominia! Si en vez de
ser un bicho, fuera un hombre, acabaría con él, puesto que no hay tribunales
que castiguen estas infamias. [104]
INFANTE.- Concluyamos. (A Santanita.) ¿Todavía está usted aquí?
FEDERICO.- Ya has oído, muñeco, que no me rebajo a castigarte.
Otra cosa será si llego a cogerte en mi casa.
INFANTE.- Largo... Se acabó la cuestión.
SANTANITA.- (recogiendo su sombrero, que en la refriega se le ha
caído.) Don Federico, usted abusa de su posición. No es caballero todo el que
lo parece, ni para serlo basta llevar sombrero de copa. Puesto que usted se
pone en ese terreno, a él iremos todos. (Se aleja.)
FEDERICO.- (sin poder contenerse.) ¡Pues no se atreve...!, ¡ni
me provoca...!
INFANTE.- (sujetándole.) Déjale, por Dios. Ya ves que huye.
SANTANITA.- (desde lejos.) Don Federico, usted se empeña en
luchar con la corriente, imponiendo a todo el mundo su quijotismo, y usted se
fastidiará. (Vase, calle abajo.) [105]
Escena III
FEDERICO, INFANTE.
INFANTE.- Pero hombre, ¿estás en ti? Si le maltrataras
gravemente, ¿no sabes que podría costarte la torta un pan?
FEDERICO.- Iré a la cárcel... ¡Qué vergüenza, qué leyes! Si esto
se llevara a la justicia, a mí me condenarían, y a ellos les casaban. ¡Y a esto
llaman organismo social! La ley protege la deshonra, y el Estado es el
amparador de los criminales. (Entra en el portal.)
INFANTE.- No me despido. En la calle te he librado de hacer un
disparate, y ahora entro contigo para impedirte hacer otro en tu casa.
FEDERICO.- A esa chiquilla sin seso y de condición villana, le
enseñaré yo el respeto que debe a su nombre. ¡Qué falta de pudor! ¡Qué vileza!
INFANTE.- ¡Ay, amigo mío (ambos encienden cerillas y suben), no
echas de ver que se han quedado muy atrás los tiempos calderonianos!
FEDERICO.- Sí, y también echo de ver la gran diferencia [106] en
favor de aquellos. ¿Pero tú crees que si en nuestra edad se usara el ceñir
espada, se me escapa ese tipo asqueroso? Le atravieso en el acto.
INFANTE.- Más vale que no usemos armas.
FEDERICO.- (llega a su habitación y llama.) Verás, verás como
ahora resulta que nadie ha visto nada, que todo es figuración mía y ganas de
reñir. Estas canallas de mujeres me la han de pagar.
Escena IV
Los mismos, CLAUDIA.
CLAUDIA.- (abriendo la puerta.) Buenas noches.
FEDERICO.- Oye, ¿qué hacia en casa ese sinvergüenza que acaba de
salir?
CLAUDIA.- (soñolienta.)¿Quién? ¿Está usted loco? Bah; ya viene
con sus remontazones. Aquí no ha entrado nadie.
FEDERICO.- Tú y tu hermana sois unas grandísimas alcahuetas...
¿Y la señorita?
CLAUDIA.- Acostada y durmiendo. [107]
FEDERICO.- Pasa, Infante. (Entran en la sala.)
INFANTE.- Mira, deja el asunto para mañana. Ya debes suponer que
te han de negar todo. Ten calma, soporta el hecho, y búscale solución de la
manera más práctica.
FEDERICO.- ¡Qué tonto eres! (A Claudia.) Mañana os ponéis en la
calle con toda vuestra indigna parentela, y mi hermana irá a las
Arrepentidas... ¡Qué bajeza de espíritu y de sentimientos!... No quiero
verla... Que no se ponga delante de mí. No podría contenerme...
INFANTE.- (sentándose.) Eso me parece muy bien: no hables con
nadie esta noche. Aplaza la cuestión para otro día.
FEDERICO.- (a Claudia, con vivo enojo.) Esta casa es una
sentina, y vosotras alimañas inmundas.
INFANTE.- Bien, desahógate...
FEDERICO.- (a Claudia.) Quítate de mi presencia... Vete... con
mil pares de demonios.
CLAUDIA.- (para sí.) Ya se le pasará el enfado... Este señorito
fantasioso cree que estamos en tiempos como [108] los de esas comedias en que
salen las cómicas con manto, y los cómicos con aquellas espadas tan largas, y
hablando en consonante. ¡Válgate Dios con la quijotería!
FEDERICO.- (paseándose.) ¡Esto es horrible! ¡Qué bochorno! ¡Aquí
tienes tu dichosa idea de igualdad, que todo lo encanalla! Ese pelandruscas se
río de mí en mis barbas, ultraja un nombre respetable, y tengo las manos atadas
contra él.
INFANTE.- Has hecho bien en aplazar la función. Y ahora puedo
irme tranquilo.
FEDERICO.- Retírate si quieres. (Recogiendo tres cartas que hay
en el velador.) ¿Tres cartas? ¿Apostamos a que en ellas vienen nuevas
calamidades? Nada, que sigue la mala. (Abre una.) ¿Lo ves?... Una desgracia, un
golpe en la nuca... Mi padre me anuncia que llega pasado mañana... ¿Y a qué
viene?... Es mi padre y no puedo decir contra él ninguna palabra ofensiva. (Con
ira.) Te juro, amigo Infante, que soy el hombre más digno de lástima que hay
bajo el sol. No puedo echar de mí esta susceptibilidad delicadísima, y a donde
quiera que me vuelvo no encuentro sino agudas puntas que me la hieren y me la
chafan. ¡Este hombre...! (Estruja la carta y la [109] arroja al suelo.) Si no
fuera mi padre, creo que le... ¿Pero a qué vendrá a Madrid? Me lo figuro, y la
rabia me ahoga. ¿Por qué no se estará allá, en su libre América, olvidado y
olvidándonos? No me bastaba con el sofoco que me ha dado Clotilde, sino que
también este azote había de caer sobre mí.
INFANTE.- Lee las demás cartas. La suerte suele darnos
sorpresas... Quizás en alguna de ellas encuentres un bien inesperado.
FEDERICO.- (examinando otra carta.) Sí... para bienes
inesperados está el tiempo. Conozco la letra. Es de Torquemada... (La abre.)
Maldita sea tu alma... (Lee.) «Pongo en su conocimiento que si mañana a las
doce...».
INFANTE.- Lo que es por ese lado... Entérate de la otra.
¿Conoces también la letra del sobre?
FEDERICO.- (que sonríe examinando el sobre.) Pues mira, estos
garabatos me producen una dulce impresión entre tantas desventuras. Es de una
mujer... ¿Para qué hacer misterios? Es de La Peri... ¡Pobrecilla!... (Lee para
sí.) Nada, me convida a almorzar. Tiene que hablarme... Sí; el día es a
propósito para almuercitos...
INFANTE.- Yo me retiro... No olvides mis consejos. [110] Siento
dejarte tan preocupado y caviloso. ¿Acaso, en medio de las agitaciones de esta
noche, has visto un rayo de luz, un indicio de salvación?
FEDERICO.- (después de una pausa.) ¡Quién sabe! Tal vez sí. (Se
dan las manos cariñosamente.)
INFANTE.- Pues buenas noches... digo, buenos días. Pronto
amanecerá.
FEDERICO.- Adiós. (Vase Infante. Federico pasa a la alcoba.)
Escena V
Gabinete lujoso en casa de la Peri. Es de día.
FEDERICO, LEONOR.
FEDERICO.- (entrando precedido de una criada.) Pásale recado en
seguida. Si hay alguien y tengo que hacer antesala, me marcho, porque no estoy
de humor de plantones.
CRIADA.- No hay nadie; digo, sí, está ese, que es lo mismo que
decir nadie. Pero al momento se va... (Poniendo atención.) ¿Oye usted? Ya
sale... como siempre, metiendo mucho ruido. [111]
FEDERICO.- Pues anda, dile a tu ama que estoy aquí, y que si no
sale pronto me colaré adentro.
CRIADA.- Siéntese usted un ratito. Leonor sabe que es usted,
porque me dijo: «corre a abrir, que debe de ser ese...». Ahora saldrá. (Vase.)
FEDERICO.- Aquí todos somos eses. ¡Bueno, bueno, bueno!
LEONOR.- (que sale presurosa, muy maja, con bata negra de seda,
adornada de lazos rosa-té, la cara recién empolvada, el pelo recogido con
horquillas de concha.) Niño, buenos días. Hay que echarte memoriales para
verte. (Poniéndole la mano en la cabeza.) ¿Cómo estás? ¿A ver esa carátula?
Palidez tenemos, y ojeritas... ¡Ay, ay! Habrás dormido mal... ¡Pobrecito de mi
alma!
FEDERICO.- (estrechándole la mano.) Yo, así así. ¿Y tú, cómo estás?
(Se sientan juntos. Leonor le pasa la mano por el pelo.)
LEONOR.- ¿Recibiste mi papel?
FEDERICO.- Sí, esta madrugada, al llegar a casa. Te agradezco
mucho la buena voluntad. [112]
LEONOR- El agradecimiento está demás. Pues oye: supe ayer por
Torquemada lo que te pasa, y la que te tenían armada para hoy ese pillo y su
compinche Bailón. Me entraron ganas de echar un capote por ti, como tú lo has
echado por mí, cuando me he visto en la cuna de la fiera.
FEDERICO.- Conozco tu buen corazón y tus desplantes de
generosidad. Puesto que entre los dos hay confianza, hablemos. Nunca siento
ante ti el embarazo que estas materias me producen ante otras personas con
quienes tengo amistad.
LEONOR.- Es que yo soy tu amiga de... de la entraña, y los demás
lo son de aquí. (Tocándose la punta de la lengua.) Estoy contenta; esta mañana
te eché las cartas, y en ellas vi que saldrías bien del soponcio.
FEDERICO.- ¡Qué célebre! (Riendo.) ¿Y qué te dijeron los naipes?
LEONOR.- Primero salió disgusto grande... ya sabes, el siete de
espadas, en un corto camino, cuerpo y pensamiento de un hombre moreno. La cosa
era bien clara... [113]
FEDERICO.- (burlándose.) Clarísima; ya lo creo.
LEONOR.- No lo tomes a broma. Pues rezados los tres
padre-nuestros con muchísima devoción, y encendida la lamparilla a San Antonio,
volví a echar lo que ha de venir, y ¿qué creerás que salió? Pues recelo por la
mañana, el caballo de bastos, que eres tú, la mujer de buen color, y por fin,
el as de oros. ¿No sabes lo que significa el as de oros?
FEDERICO.- (impaciente.) Signifique lo que quiera, vamos al
grano, Leonorilla. No hay tiempo que perder, y es preciso plantear la cuestión
lisa y crudamente. ¿Tienes dinero?
LEONOR.- ¡Dinero...! (Mirándose las uñas.) Lo que es dinero, muy
poco tengo disponible; pero se puede agenciar de aquí a la noche.
FEDERICO.- Imposible esperar de aquí a la noche.
LEONOR.- Tienes razón. Salió el dos de bastos, que quiere decir
corto camino... Bueno; pues para no cansar, empeñaré todas mis alhajas, o las
que sean menester. ¿Qué quiere decir la sota [114] de copas junto al as de oros
sino que la mujer de buen color llevará a Peñaranda sus joyas? ¿Te parece bien?
FEDERICO.- Paréceme atroz, y lo acepto por la terrible ley de la
necesidad, con pena, pero sin rubor. Pásmate, como se pasmaría el mundo si lo
supiera. ¡Qué extrañas relaciones estas! No somos amantes: lo fuimos. Somos tan
sólo amigos; pero esta amistad nuestra es un fenómeno psicológico... ¿Sabes lo
que es psicológico? Pues quiere decir del alma, un fenómeno...
LEONOR.- Mira, (con ademán de pegarle) no me llames a mí
fenómeno, ni tampoco a nuestra amistad...
FEDERICO.- Quiero decir que esto nadie lo entiende más que
nosotros. Por nada del mundo acepto yo, de un amigo de mi clase, ciertos
favores. ¿Por qué los acepto de ti, sin que mi decoro se sienta herido? No
puedo explicármelo claramente. ¿Qué significa esta fraternidad que entre
nosotros existe? ¿Se funda quizás en nuestra degradación? Yo degradado, tú
también, nos entendemos en secreto... Quizás si tus auxilios se hicieran
públicos, yo los rechazaría con horror. Pero es el caso que de otras personas,
bien seguro estoy de ello, no los recibiría ni aun [115] ocultándolos con el
mayor sigilo. Mi orgullo tiene esta debilidad contigo, quizás porque entre tú y
yo hay un parentesco espiritual, algo de común, que no es honroso sin duda, la
desgracia, Leonor, el envilecimiento... Esto me confunde.
LEONOR.- (sin entender estas psicologías.) No, tonto; es que nos
sale de dentro el ser amigos.
FEDERICO.- Amistad es esta que Dios debiera tener en cuenta. En
ella se funda algo, que, si no es virtud, se le parece; en ella puede haber
abnegaciones y hasta sacrificios. No es por alabarme; pero conviene recordar
que yo también supe ayudarte en trances críticos de tu vida, como tú me ayudas
ahora. Me compadeces, como yo te he compadecido. Pues aunque seamos un par de
pícaros tú y yo, este sentimiento que uno a otro nos inspiramos, ¿no es de la
mejor ley?
LEONOR.- Yo no sé lo que me pasa contigo. Bueno debe de ser
esto, porque yo, aunque corra mis temporales de amor, siempre tiro hacia ti
como la cabra al monte. Cuando pasan muchos días sin verte, estoy intranquila,
y si oigo decir que estás enfermo, me pongo de mal temple. Me enamoro de este y
del otro, me chapuzo, [116] me emborracho; pero no me importa engañar al que
más me entusiasma y encajarle una mentira. Pues no teniendo amores contigo,
como no los tengo, primero me corto la lengua que decirte una falsedad. Esto sí
que es rarísimo. No sé... pero como vivo sin familia, me parece que tú eres
para mí algo como hermano, como padre... y si tú dices: «Leonorilla, tal cosa
te conviene», lo hago con los ojos cerrados. ¿Consiste en que tú sólo me hablas
con verdad? Por esto debe de ser. Eres el perdis más caballero que hay bajo el
sol.
FEDERICO.- Y tú la perdida más señora que hay bajo la luna. Te
profeso un cariño fraternal. ¡Caso extraño! En cuestión de amores, tú vas por
tu lado, yo por el mío. Después de rodar cada cual por distinta órbita, venimos
a juntarnos en este punto inexplicable de nuestra confianza, que es para mi
alma un gran consuelo. (Para sí.) ¿Será verdad lo que estoy diciendo, o me
engaño y me ilusiono con palabras artificiosas? ¿Será que me he connaturalizado
con la degradación, como los seres que viven en una sentina, y no pueden
respirar si se les saca del aire corrupto? Es triste que haya venido a
encontrar el único afecto reposado y noble en el trato de esta mujer
envilecida. [117]
LEONOR.- (que le ha observado cariñosamente, tratando de
penetrar el objeto de su meditación.) ¿En qué piensas, monín?
FEDERICO.- En cosas que a mí me pasan.
LEONOR.- ¿Amores? ¡Ah!, pizpireto, no me lo niegues. Como entre
tú y yo no hay lío, puedes contarme tus penitas. Dime. ¿A qué señora trasteas,
pillo? Porque señora ha de ser, y de las buenas.
FEDERICO.- Pues... algo hay. Pero la confianza contigo tiene su
excepción, y lo que es el nombre no hay para qué sacarlo a relucir.
LEONOR.- Bueno; guárdate el nombre. No le vaya a dar el aire.
¿La quieres mucho?
FEDERICO.- Te diré... Me gusta. Es mujer hermosa, apasionada, y
tan buena por todos estilos, que no me la merezco. Pero...
LEONOR.- Ese pero es muy salado. Di que no te entusiasma.
FEDERICO.- No es eso; despierta en mí ilusión grandísima; [118]
mas no sé qué barrera, no sé qué zanja la separa de mí... Sería mi felicidad si
entre ella y yo se estableciese, como entre nosotros, esta confianza, esta
sinceridad, este abandono de los secretos penosos de la vida... Mi alma se
divide... la parte que tengo aquí me hacía falta llevarla allá para completar
lo otro.
LEONOR.- (tirándole del pelo.) ¿Y piensas llevarla, canallita?
FEDERICO.- Es que no puedo. Estas cosas son fatales, superiores
a nuestra voluntad. Así es que faltando allá un ligamento esencial y necesario,
aquello tiene que concluirse.
LEONOR.- ¡Qué cosas!
FEDERICO.- Ya ves que te hablo de mis amores. Cuéntame ahora los
tuyos. ¿Sigues con el Marqués de La Cerda? ¿No te has cansado ya del pollo
malagueño?
LEONOR.- Chico, el Marqués está cada día más chocho por mí; sólo
que de algún tiempo a esta parte se me ha vuelto muy cicatero, y hace muchos
números. En cuanto al pollo, verás. He estado apasionadísima, chochísima
durante unos meses. No podía vivir sin él. Ya me voy enfriando, [119] porque me
ha hecho dos o tres judiadas buenas. ¡Y cómo me tira el dinero el muy tuno!
¡Pero paso por todo, porque es tan guapo, tan zalamero!... Hace dos días
tuvimos una bronca un poco más fuerte que las de tanda. Le tiré una bota a la
cabeza y le hice sangre en la frente. Después no tenía yo consuelo. Ayer y
anoche estuvimos de monos; pero al fin tocamos a reconciliación.
FEDERICO.- ¡Qué vida, chica! ¡Qué misterio en los afectos
humanos! Y hay tontos que quieren reducirlos a reglas, y encasillarlos como las
muestras de una tienda.
LEONOR.- Sí que es raro lo que le pasa a una. Mírame chiflada
por ese gitano, y sin maldita confianza en él; no le fiaría el valor de una
peseta, ni nada tocante a las cosas formales.
FEDERICO.- Pues a mí me pasan hoy, además de lo que te he dicho,
cosas muy desagradables. Si tuviéramos tiempo te las contaría.
LEONOR.- Sí que hay tiempo. Son las diez y media. Yo me visto
volando, y arreglo eso en lo que se persigna un cura loco. Cuenta. [120]
FEDERICO.- Pues he descubierto que mi hermana me ha salido
enamoriscada de un muchacho de Ultramarinos. Créelo: esto me produce el mismo
efecto que si me dieran de bofetadas en mitad de la calle. ¿Y qué voy a hacer
yo ahora? No lo sé. Me acostumbraré a la idea de que se ha muerto mi hermana.
LEONOR.- ¡Vaya un disparate, niño! Si la pobrecita le tiene ley
a ese facha, déjales que se casen. Guárdate el orgullo para otras cosas. Puede
que sea más feliz con él que con cualquier fantoche de esos que andan por ahí.
Yo tuve un novio barbero. ¡Ay, mi Lucas! Se llamaba Lucas... Si me hubiera
casado con él, en vez de escaparme de casa de mis tíos con el tenientillo de
infantería que me perdió, hoy sería yo una mujer honrada; mira tú, tendría la
mar de chiquillos y... Pero no nos descuidemos. Ya me parece hora de ocuparnos
de nuestros negocios. Saldré a eso, y luego almorzaremos juntos... Vamos a ver;
¿quedamos en que empeño las alhajas? Si se pudiera aguardar a mañana, yo le
pediría a mi Marqués de La Cerda esa cantidad, amenazándole con sacarle los ojos
si no vomitaba.
FEDERICO.- No... eso no. Malo es lo de las alhajas; pero lo
prefiero. [121]
LEONOR.- Pues manos a la obra. Por una casualidad, tuve noticia
de este apurillo tuyo. Fui a ver a Torquemada, para pagarle mil reales que le
debía mi pollancón maldecido, y me dijo aquel esperpento que ya no te da más
prórrogas, que si hoy no le pagas te echa al juez. Por él supe también la
cantidad. Dime, si yo no te hubiera llamado hoy, ¿habrías venido tú a contarme
tu compromiso, y a pedirme que echara el resto por sacarte?
FEDERICO.- (después de vacilar.) Creo que sí.
LEONOR.- ¡Viva la confianza! Ahora a la calle, Leonor. Voy a
echarme una falda... Al momento estoy lista. (Vase saltando.)
FEDERICO.- (solo.) ¡Qué criatura, qué arranques! Lo mismo
absorbe una fortuna que la regala. Ha arruinado a tres ricachos, y a mí me
comió lo que heredé de mi madre. ¡Pero qué simpático desorden!
LEONOR.- (que entra en traje de calle, con mantilla y manguito.)
Ya estoy. No te muevas de aquí. Yo te lo arreglaré todo. Torquemada está a dos
pasos, calle de Tudescos... Me parece que llevo bastante... [122] género.
(Mostrando varios estuches envueltos en un pañuelo.) Llevo los tres solitarios,
el collar de perlas, los pendientes, la mariposa de brillantes... Con esto creo
poder llegar a las trece mil pesetas. Si no es bastante, Valentín me dará lo
que falte, prometiendo llevarle alguna alhaja más.
FEDERICO.- Haz lo que quieras. Te pintas sola para estas cosas.
Aquí te aguardo.
LEONOR.- Si viene el Marqués, no me le entretengas, a ver si se
larga. Dices que no me has visto, que cuando llegaste, ya había salido yo. Si
le hablas del crimen ese, te advierto que es Cuadradista rabioso, y que quiere
ahorcar a todo el género humano, menos a la madrastra. Dale por ahí mucho
jabón. Si cuando yo venga, está él aquí, salúdame como si no me hubieras visto
hoy. Ya buscaré un pretexto para escaparnos, dejándolo en el chiquero.
Escena VI
FEDERICO, solo, paseándose.
¿Esto qué es? ¿Es la mayor de las degradaciones, o acaso hay en
esta amistad algo de bien moral, tan legítimo como lo más legítimo que en el
mundo existe? ¿Es cierto que acepto estos [123] auxilios en reciprocidad de
otros prestados por mí, y es cierto que no encuentro en ellos nada de
vergonzoso? Escudriño en mi conciencia llena de susceptibilidades, y ningún
remordimiento descubro por tales actos. Busco y revuelvo más, y mi orgullo no
parece por ninguna parte. Anda huido por los rincones y escondrijos del alma.
¿Será que el tal orgullo es ley tiránica ante la sociedad, y todo licencia y
anarquía para las acciones desconocidas de la gente? Entonces, el culto de la
dignidad será, ni más ni menos, el arte de no dejar traslucir nuestro
rebajamiento... Hay en mí dos hombres, el Federico Viera que todo el mundo
conoce, y el amigo de La Peri. ¿Cuál es el verdadero y cuál el falsificado? Me
marea esta duda, y no sé qué pensar de mí. (Pausa. Trata de ordenar sus ideas.)
¿En qué consiste que cuando me agobia un pesar, lo primero que se me ocurre es
venir a contárselo a esta mujer? Para todos es ella el vicio, el embuste y la
dilapidación; para mí es como un apoyo moral... Me espanto de decirlo. ¿Acaso
le tengo amor? No, no es eso, porque sus amantes no me infunden celos. Amistad
es, sí, y de las más atractivas. ¡Enigma tremendo! ¿Por qué me inspira esta
mujer una confianza, que no siento por ninguna otra?... (Herido por un
recuerdo.) ¡Ah!, ya no me acordaba. Esta tarde, entrevista con Augusta. Parece
que la idea de la cita ha brotado en mi mente con un [124] ligero chispazo de
disgusto. ¿Qué significa esto? ¿La quiero, sí o no? No puedo dudar que me
interesa, y no obstante, desearía que ella se cansase y me propusiese el
rompimiento... Pero no lo hará. Mujer soñadora y altanera, tiene entusiasmo, la
exaltación temeraria de las almas de complexión robusta. Bien sabe Dios que no
quisiera lastimarla. Me gusta, me ilusiona, me embriaga a ratos; pero no me
inspira la dulce familiaridad con que estoy ligado a esta bribona de Leonorilla.
La otra pertenece a la sociedad, y ante ella, por una serie de actos
maquinales, me revisto de mi orgullo, me lo pongo (haciendo ademán de
vestirse), como me pondría el frac. Soy su amante, su amigo no. Por nada del
mundo le confiaría los abrumadores aprietos en que me veo una semana sí y la
otra también. Por nada del mundo admitiría de ella lo que admito de esta
pobrecilla y despreciada Peri. La quise y la seduje por estímulos obscuros de
la imaginación y de los sentidos, y por ella he faltado a la consideración que
debo a un amigo. ¿No es esto más villano que empeñar las alhajas de La Peri
para pagar mis deudas? (Con rabia.) Y sin embargo, el mundo no lo ve así. Por
lo que aquí ha pasado hoy, algunos quizás dejarían de saludarme, por lo otro me
envidiarían... (Agitadísimo.) Lo indudable para mí es que con unas y otras
cosas, la vida se me va haciendo muy pesada, y me cuesta ya trabajo [125]
cargar con ella. No hay en mi existencia un rato de tranquilidad, y a donde
quiera que me vuelvo, doy con mi cara en un poste. Y para acabar de anonadarme,
viene mi padre, como llovido, a turbar más mis ideas, y a ponerme en el
disparadero. Porque, no tengo duda, el objeto de este viaje es un bien
combinado ataque al bolsillo de Orozco. ¡Esto me faltaba! (Pateando.) Luego la
casquivana de Clotilde... No, no soporto tanta mengua. No puedo más; mi
resistencia se acabará pronto. (Se sienta. Larguísima pausa.) Ya, ya sé la
cantinela de Augusta esta tarde. Me parece que la oigo: que desea regenerarme;
que debo pensar en vivir de un modo regular; el estribillo de la última tarde
que nos vimos. Y para eso me ofrecerá sus riquezas. ¡Qué oprobio!, ¡aceptar tal
cosa, vivir y vivir bien con la fortuna del hombre a quien ultrajo! Esto no lo
haré yo jamás. Prefiero mil veces pedir públicamente, delante de todos mis
amigos, cinco duros a La Peri, y tomarlos sabiendo que ella los sustrae del
bolsillo de sus amantes; prefiero esto a recibir de la mujer de Orozco esos
medios de vida honrada que me ofrece. ¡Vaya una honradez! Antes me ganaría yo
la vida con los oficios más vergonzosos, en esta casa o en otra cualquiera,
envileciéndome, pero sin engañar a nadie... (Vuelve a pasear.) ¡Cuánto tarda
Leonor! Si no viene pronto, creo que enloqueceré. No puedo estar solo. Necesito
[126] compañía constante. ¿Pero a quién descubrirme totalmente? ¿Cómo contarle
a la otra lo que hoy he hecho? ¿Cómo decirle: «tengo una amiga del alma, una
socia moral que hace los mayores desatinos por librarme de las uñas de mis
acreedores?». En cuanto yo le refiriera esto, ¡buena se pondría! ¡Qué escenita
de celos y recriminaciones! No, entre Augusta y yo, las dulzuras inefables de
la confianza no pueden existir. A Leonor si le confío lo que es de cierto
orden, mis deudas, mis apuros. Ella lo siente, lo comprende, y me conforta y me
da la mano cuando voy a hundirme. ¡Compañerismo misterioso! Pero si le
declarara mis relaciones con Augusta, la repugnancia con que miro sus ofertas,
y la inquietud inmensa que me produce el ultraje a Orozco, de seguro no lo
comprendería, ni sabría consolarme. De modo que a una y a otra he de ocultarles
algo; con ninguna puedo tener la comunicación plena y total, consuelo del
alma... Mi vida ha venido a dividirse en dos esferas irreconciliables. Tengo
que seguir en esta incertidumbre, partiendo el alma sin poder darla entera a
nadie, y ni amiga ni amigo encuentro que me ayuden a soportar todo el peso de
tristeza que llevo sobre mí. Adelante con él; iré hasta donde pueda... Me
parece que ya viene Leonor, este diablillo de bondad. [127]
Escena VII
FEDERICO, LEONOR.
LEONOR.- (entrando presurosa.) Hecho todo. Dame un abrazo... en
premio de mi virtud.
FEDERICO.- Ahí va. (La abraza y la besa.) Tu virtud, sí. No
creas que has dicho una broma.
LEONOR.- Basta de matemáticas, o sea de agradecimiento. No dirás
que he tardado mucho. Fui a casa de ese puerco de Torquemada, y desde la puerta
me volví... Se me ocurrió que era imprudencia retirar yo misma los pagarás.
Podría contarlo el muy tuno, y tus amigos creerían horrores de ti; que yo te
pago las trampas.
FEDERICO.- Has tenido una feliz idea. No había yo pensado en
eso. De modo que...
LEONOR.- Te traigo los santos cuartos para que tú mismo vayas a
casa de ese judío. Échate pronto a la calle, y a ver dónde nos reunimos luego
para almorzar juntos...
FEDERICO.- (tomando el dinero.) Donde tú quieras. Estoy a tus
órdenes. [128]
LEONOR.- ¡Ah! ¿No ha venido el Marqués, ni ningún otro de esos
cataplasmas?
FEDERICO.- No ha venido nadie.
LEONOR.- De buena lata te has librado. Mira, chiquío, conviene
que tomemos soleta antes que se nos plante aquí algún punto fuerte.
FEDERICO.- Sí; ¿te parece que almorcemos en un sitio reservado,
en un bodegoncito, donde nos sirvan cordero u otro plato español de los que a
ti tanto te gustan?
LEONOR.- ¡Ah, pillastre!, te avergüenzas de que te vean conmigo,
y buscas un sitio solitario para esconderte. Bien, iremos a casa de Botín, el
de la Cava.
FEDERICO.- No; es que...
LEONOR.- Te veo, besugo... Tu señora, quien quiera que sea,
estará celosa, y puede que te ande buscando las vueltas.
FEDERICO.- No es eso, tonta. Pero no nos detengamos. [129]
LEONOR.- A la calle. (Cantando.) ¡Españoles, venid! Nos
separaremos en el portal, y luego, fíjate bien, te espero en la Plaza Mayor. No
me des plantón.
En la escalera.
FEDERICO.- ¡Quita!, ¡pues no faltaba más...!
LEONOR.- ¡Ah!, me olvidaba de contarte... ¿Sabes a quién me
encontré ahora? Al abuelo Cisneros. ¡Qué terne está! Me paró y me dijo que
fuese a verle. Mira tú, a ese tío marrullero le sacaría yo de buena gana diez
mil realetes para dártelos a ti... No seas tonto y no pongas esa cara. ¡Vaya!,
¿lo que ya hice una vez, por qué no repetirlo ahora?
FEDERICO.- (contrariado.) Por Dios, Leonor; que se te quite eso
de la cabeza.
LEONOR.- ¿Escrupulitos tenemos? ¡Qué tonto te me has vuelto,
chico! Déjame a mí, que entiendo el tinglado del mundo mejor que tú. ¿Para qué
quiere tanto dinero ese viejo chinche, más malo que la sarna? Nosotras somos
las repartidoras de la riqueza, y niveladoras de las fortunas [130] mal
distribuidas. No, no te rías. Cisneritos me tiene que pagar la última que me
hizo, cuando me prometió el tapiz, y luego se llamó Andana. Se la guardo, sí,
porque es la única persona que me ha engañado en este mundo. Déjale venir,
tonto, y como yo le dé unos cuantos pases, el tapiz es mío, y luego lo
empeñamos si nos hace falta dinero, o lo vendemos si te conviniere...
FEDERICO.- (con hondo disgusto.) Leonorilla, no me mezcles a mí
en esas historias...
LEONOR.- ¡Ay, qué guasa! El diablo harto de carne...
FEDERICO.- No es que me meta a fraile, sino que... Cállate,
cállate.
LEONOR.- ¿Pues sabes lo que se me ocurre en este momento? Que
yo, preparando con tiempo una combinación, podría agenciarte, en el golfo que
jugamos en casa por las noches, alguna cantidad gorda.
FEDERICO.- (apartándose de ella.) ¡Qué ignominia! Me causa
horror tu proposición. [131]
LEONOR.- (con calma bonachona.) Pero qué, ¿tu tranquilidad no
vale una trampa?...
FEDERICO.- (aterrado.) Ni en broma me lo digas... ¡Si esto lo
oyera alguien! ¡Si esto se supiera...!
LEONOR.- ¡Pero como nadie lo ha de saber!... El honor y el
deshonor dependen de que las cosas se sepan o no se sepan. De forma y manera
que si lo que debe quedar secreto, quedara siempre, esas palabrillas, honor y
deshonor, habría que suprimirlas de la conversación.
FEDERICO.- Filosófica estás... (Llegan al portal.) Bueno; no nos
entretengamos charlando.
LEONOR.- ¡Eh, niño!, no vayas a distraerte y a darme un
esquinazo. Porque tú las gastas así.
FEDERICO.- Descuida. Seré puntual. (Se separan en la calle.)
[132]
Escena VIII
Dos habitaciones comunicadas, pequeñas, puestas con dudosa
elegancia. En la de la derecha, sofá, butacas, un secreter, velador con tapete,
un entredós con lámpara de bronce, cortinas de seda, chimenea encendida, sobre
la cual hay un gran espejo. En la de la izquierda, tocador con colgadura, una
silla larga, banquetas de pelouche, armario de luna, lavabo. En el fondo de
este gabinete la puerta que comunica con una alcoba. Es de día.
AUGUSTA, FELIPA.
AUGUSTA.- (en la sala de la derecha, en pie, mirando su reloj.)
Las cuatro y veinticinco. Me retrasé con aquella visita... ¡Qué ansiedad! Yo
creí encontrarle aquí. Hoy estaba más obligado que nunca a la puntualidad...
FELIPA.- (entrando con una bata.) ¿No se pone la señorita la
bata?
AUGUSTA.- No... Pero sí; tienes razón, me la pondré. (Pasa a la
otra estancia. Se quita el abrigo y el sombrero.) Hace mucho calor aquí. No
eches ya más leña en esa chimenea, que parece el infierno. (Para sí.) Pero es
tontería pedirle puntualidad. ¡Cuánto me hace padecer! (Ayúdala Felipa a
quitarse el vestido y a ponerse la bata. Después la descalza, poniéndole
chinelas de raso, negras.) Ya estoy cómoda. Ahora, sólo falta que venga a las
tantas. No, lo que es hoy no se lo perdonaría. (Alto.) Por Dios, Felipa, ten
cuidado con [133] la puerta, para abrir en cuanto sientas el coche. Otra cosa:
a eso de las seis, te vas a casa de la tía Serafina, y preguntas cómo sigue, y
qué personas han estado allí. Me harás ahora una naranjada bien cargadita de
azúcar. (Vase Felipa. Augusta se acerca al balcón, y mira a la calle, al través
del visillo.) ¿Pero por qué tardará tanto este hombre, el primer desocupado de
Madrid?... ¡Pobrecillo!, sabe Dios si esos demonios de ingleses le habrán
armado hoy alguna trampa de la cual no pueda escapar. ¡Ah!, otro coche por
Santa Engracia. Él es... Me lo dice el corazón. (Atenta al ruido del carruaje.
Pausa.) No, no será este. ¡Qué tristeza! No dobla la esquina... Sigue para
arriba... (Se pasea por la habitación.) ¡Qué rato tan triste este de la espera,
de la incertidumbre, del temor de que no venga! (Vuelve al balcón, y levanta un
poco el visillo.) Por la calle solitaria no pasa un alma... El pregón del
aguador, que va con el burro cargado de botijos, me suena como un de profundis.
Pues el machacar de los herreros que hay más abajo, me late en las sienes como
mi propia sangre. ¡Ah!, otro coche. ¿Será...? No; por el ruido debe de ser un
carromato, de estos de siete mulas, que están pasando media hora. ¡Qué pesadez,
qué monotonía y qué sobresalto! (Se echa en una butaca, la cabeza hacia atrás.)
Esperaremos así. El corazón me dice que el primer coche que se sienta en el
Paseo será el [134] suyo. ¡Qué silencio ahora!... Otra vez ruido de ruedas;
pero lejano, por la Ronda... Si me durmiera, se me haría menos sensible el
plantón... Pero lo que yo digo, ¿qué quehaceres tendrá este hombre para...?
(Aguzando el oído.) ¡Ahora, ahora! (Levántase.) Si no es este, me entrará la
desesperación. Se acerca. ¡Ay!, no sé qué tiene el coche en que viene él, que
hace siempre más ruido que los demás. ¡Ah!, gracias a Dios, se para en la
esquina... Vamos, ya estoy contenta. Ya sube... Esa Felipa, ¡cómo tarda en
abrir!... ¡Felipa!
Escena IX
AUGUSTA, FEDERICO.
FEDERICO.- (entrando en la sala.) Perdóname, hija de mi alma, si
he tardado un poco.
AUGUSTA.- ¿Cómo un poco? Hace media hora que estoy aquí. Ya
pensé que no venías. Y como yo me pongo siempre en lo peor, creí que esta
tardanza era... la del humo...
FEDERICO.- ¡Pero qué calor hace aquí! (Quítase gabán y
sombrero.) ¿Con que la del humo?... ¡Qué bromas tiene mi nena! (Se sientan
ambos en el sofá.)
AUGUSTA.- Quita allá, embustero, farsante. No me engatusas [135]
ya. A fe que estoy contenta hoy. Ha sido una debilidad darte esta cita, después
de las perrerías que me haces.
FEDERICO.- ¿Pero qué perrerías ni qué...? ¡Cuidado con tus
cavilaciones! No, gata salada, no hay ningún motivo para que te enojes con tu
perdis. Tengo en ese punto la conciencia tan tranquila, que anoche, cuando me
pusiste de vuelta y media, me decía: «Ya se amansará. La reconciliación ha de
venir, pues nada ocurre en que fundarse pueda un agravio». Esta mañana, al
recibir tu carta, me dije: «paces tenemos».
AUGUSTA.- No hay que hablar de paces todavía. Antes conteste
usted a mis preguntas.
FEDERICO.- ¿Me tratas de usted? Cuando yo digo que paces
tenemos.
AUGUSTA.- Será con su cuenta y razón. Empiezo a preguntar.
Primero: ¿por qué has tardado tanto hoy?
FEDERICO.- ¡Dale!... Cosas mías; asuntos que no pueden
interesarte.
AUGUSTA.- ¿Cómo no han de interesarme tus asuntos? [136] ¡Qué
herejías echas por esa boca! Si el amor tuviera su Inquisición, serías tú
condenado a la hoguera por las atrocidades que dices contra el dogma... Yo no
debí escribirte hoy. Repito que ha sido una flaqueza mía. Anoche no dormí,
pensando en tus traiciones!...
FEDERICO.- (riendo.) Pero sepamos cuáles son mis traiciones. No
me he enterado de ellas todavía.
AUGUSTA.- Hazte ahora el tonto. Esa mujer indigna, a cuya casa
vas con tanta frecuencia...
FEDERICO.- (interrumpiéndola.) Te lo habrá dicho Malibrán, que
se dedica a desacreditarme.
AUGUSTA.- Quien me lo dijo, añadió que ese trasto de La Peri
tiene gran influjo sobre ti.
FEDERICO.- (con frialdad, y un poco distraído.) ¡Qué disparate!
AUGUSTA.- Nada es disparate. El disparate no existe. Los hechos
pueden ser o no ser; pero no es la mejor manera de negarlos el decir que son
absurdos. Convénceme, pues, de otra manera.
FEDERICO.- ¿Cómo? [137]
AUGUSTA.- Demostrándome que me quieres. Si me lo pruebas, se
aplacarán mis celos, pues queriéndome a mí, no podrás querer a otra.
FEDERICO.- (abrazándola con cariño, pero receloso.) ¡Pues si eso
te lo tengo probado ya hasta la saciedad!... Vida mía, no pienses en
infidelidades que sólo están en tu imaginación, o en la malicia de amigos que
me quieren mal.
AUGUSTA.- (dejándose abrazar, y correspondiéndole con cariñosas
ternezas.) Soy débil, y me entrego a tus engaños, para asegurar siquiera la
dicha del momento presente. Te confesaré con franqueza una cosa, y es que esta
mañana, después de una noche de martirio y de cavilaciones que me pusieron
demente, se me despejó la cabeza y se me aclararon las ideas. Me dio por
argumentar en favor tuyo. Verás lo que dije: «¡Si no puede ser, si no cabe en
cabeza humana que, habiéndole yo sacrificado mi honor, y queriéndole como le
quiero, me sustituya con una mujer de esa clase y de esa vida!». Pero al pensar
esto, no las tenía todas conmigo, porque los llamados disparates me parecen a
mí lo más natural y verosímil. De todos modos, habías ganado en mi alma el
terreno que por la noche perdiste, y me ablandé, chico, te tuve lástima, tuve
lástima de ti y de [138] mí, y te cité para hoy, diciéndome: «¡Qué demonio!, si
estoy rabiando por verle y porque me haga fiestas, ¿a qué tanta gazmoñería?».
FEDERICO.- (besándola.) Sí, vale más que nos veamos, y que
hablemos como buenos amigos.
AUGUSTA.- Y ahora siguen las preguntas.
FEDERICO.- ¡Ay! Déjalas para otro día. Convéncete de que no te
engaño. ¿Quieres que te hable con completa sinceridad? Pues La Peri es amiga
mía... La conozco hace tres o cuatro años. Ya sabes que tuvimos nuestro
devaneo. Pues aquello no dejó rastro alguno; sólo queda una amistad, así...
(Con embarazo.) así, ¿cómo te la explicaría yo? Ella me consulta alguna vez sus
asuntos... Charlamos; yo, si se me ocurre, le doy un buen consejo, y...
¿Quieres más franqueza?... Pues alguna que otra vez voy a su casa. No... no
frunzas el ceño. ¡Pero, hija mía, si le hablo delante de su amante! El que te
haya dicho otra cosa ha mentido, créemelo. Yo te juro, chiquilla, que amor no
hay entre ella y yo... amistad sí, una amistad... yo no sé cómo hacértela
comprender.
AUGUSTA.- (seria.) No te canses, que no la entenderé nunca.
[139] Comprendo que te enamores de una mujer perdida, prefiriéndola a mí. El
amor no tiene lógica, ni entiende de clases. Pero la amistad no es tan
independiente, señor mío; está más ligada con las condiciones sociales, con la
decencia y la opinión. ¿No te parece a ti que la amistad formal con una mujer
de esas es degradante para un caballero? ¿Y no se te ocurre que la gente la
interprete mal, y suponga en ti ignominias que no existen, sin duda; pero que
parecen la consecuencia natural de tu trato con personas de tal estofa?
FEDERICO.- (con acritud y ligeramente turbado.) ¡Ignominias!
¡Qué absurdo! ¿Acaso se habrá atrevido alguien a calumniarme...?
AUGUSTA.- No, no he oído nada... Era una deducción que yo hacía
de esas amistades confesadas por ti.
FEDERICO.- (impaciente.) ¡Qué tontería invertir estas cortas
horas en divagar sobre hechos imaginarios, querida mía! Tú tienes la culpa, con
tus celos y tus cavilaciones. Y en último caso, si yo te quiero a ti sola, si
por más que rebusque tu suspicacia, no podrá encontrar un dato en contra, ¿qué
te importa lo demás?
AUGUSTA.- (con cariño.) ¿Pues no ha de importarme? Cuando se ama
[140] de veras, gusta mucho absorber toda la vida de la persona amada. Tú no me
ofreces más que la flor de la vida, y eso no me satisface: yo quiero también
las hojas, el tronco, las raíces... ¿Qué te parece la figurilla?
FEDERICO.- Buena, buena.
AUGUSTA.- ¿El amor es acaso una ilusión pasajera? No, si es de
ley, ha de completarse con la compañía y el apoyo moral recíproco, con la
confianza absoluta, sin ningún secreto que la merme, y con la comunidad de
penas y de alegrías... Una queja he tenido siempre de ti, y es que nunca has
querido confiarme secretos penosos que te oprimen el corazón. Yo sé que hay
esos secretos, yo sé que padeces callandito por la falsa idea que tienes de la
dignidad. ¿Para qué sirve el amor si no sirve para que los amantes se consulten
y se apoyen en sus desgracias? Dices que me quieres. Pues pruébamelo... ¿Cómo?
Clavando en mi corazón parte de las espinas que tienes clavadas en el tuyo. ¡Si
no puedes negar que las tienes, si todo el mundo lo sabe! ¡Ay!, algunas de esas
espinas, verás que pronto me las sacudo yo.
FEDERICO.- (para sí.) Corazón inmenso, no merezco poseerte.
(Alto, abrazándola.) ¡Qué buena eres, qué talento tienes, vida mía, y qué
indigno soy de ti! [141]
AUGUSTA.- ¡Embustero!... Si me quieres de verdad, confíate a mí.
Ya sé los argumentos que te haces a ti mismo para no confiarte. ¿Crees que no
tengo penetración, que no sé leer en tu alma? Pues sí que leo, y lo vas a ver.
Tú piensas que, en ley de decoro, un caballero pobre no puede confiar a una
señora casada y rica, con quien tiene relaciones, ciertas contrariedades de su
vida. Temes parecer indelicado, innoble. ¡Qué tontería! El verdadero amor debe
ahogar el orgullo y acabar con él, como el pez grande se come al chico. Yo
aspiro a vencer tu orgullo y a devorarlo, avivando el amor y dándole, tontín,
las grandes tragaderas. Pero ayúdame tú. Para animarte, te diré una cosa: Yo te
quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay en ti, por lo que
padeces en silencio, y por las amarguras que pasas sin chistar. (Con veleidad
graciosa.) Pues oye; se me ocurre una transacción: que gastes con todos esa
delicadeza, y la suprimas para mí. Es mi enemiga, mi rival y tengo celos de
ella. Le clavaría las uñas. Para que lo sepas todo, tu vida angustiosa, tu
pobreza, sí, empleemos la palabra terrible, han sido un incentivo más del amor
que te tengo. (Sonriendo.) Si fueras capitalista, yo no te habría querido. Si
fueras un hombre metódico, que llevaras [142] tus cuentas por partida doble,
créelo, me serías antipático.
FEDERICO.- (soltando la risa.) ¡Monísima! Me haces mucha gracia.
AUGUSTA.- Yo soy así: estoy cansada de la regularidad. Me
ilusiona el desorden.
FEDERICO.- (con viveza.) ¡Ah! Ya te cogí. ¡Contradicción! Si
eres como dices, ¿a qué ese empeño de poner orden en mí?
AUGUSTA.- (confundida.) Pues si hay contradicción que la haya.
No retiro nada de lo dicho. Ea, hablemos claro. Yo deseo ser, además de tu
amante, tu consejera y tu administradora. No quiero que pases tantas agonías.
Dame tu confianza; destruye esta muralla que hay entre nosotros.
FEDERICO.- (con seriedad.) Augusta, vida mía, lo que ignoras de
mí se revela a tu imaginación soñadora como algo interesante, novelesco,
dramático, y no es eso; es de lo más prosaico y vulgar. ¿Y si yo te dijera que
derribando esta muralla de la China perdería quizás tu estimación?
AUGUSTA.- No, no; la pobreza no deshonra a nadie. [143]
Comprendo, aunque nunca las he pasado, las humillaciones que trae la falta de
dinero; pero eso se remedia fácilmente, querido mío.
FEDERICO.- Yo no merezco el interés que te tomas por mí. ¿Pero
no es mejor que dejemos en la sombra y detrás de nosotros toda esa realidad
fastidiosa, que al fin, al fin, puede que diera al traste con el amor mismo?
Eso que ignoras te seduce porque es misterio. Si dejara de serlo, lo mirarías
quizás con repugnancia.
AUGUSTA.- Es cierto que me atrae el misterio, lo desconocido. Lo
claro y patente me aburre.
FEDERICO.- Vuelvo a señalarte la contradicción. Si eres así,
¿cómo se te antoja penetrar en mi vida íntima, para que yo también te aburra?
AUGUSTA.- No, no es eso... ¿Me dejas explicarme?
FEDERICO.- Sí, estoy encantado oyéndote.
AUGUSTA.- Pues verás. Tú me conoces bien; tengo, no sé si por
dicha mía o por desgracia, una imaginación exaltada. El peligro mismo me atrae,
[144] y aun eso que llaman disparate me seduce también. Eso de que siempre han
de pasar las cosas con arreglo a pliego de condiciones, como si la vida fuera
una continua subasta, me carga.
FEDERICO.- Veo en ti algunas de las ideas de tu padre.
AUGUSTA.- Mi padre tiene mucho talento, y se anticipa a su
época.
FEDERICO.- También tú.
AUGUSTA.- Yo apetezco lo extraño, eso que con desprecio llaman
novelesco los tontos, juzgando las novelas más sorprendentes que la realidad.
¿Por qué me enamoraste tú, grandísimo tunante? Porque eres una realidad no muy
clara, porque no veo tu vida cortada por el patrón de este puritanismo inglés
que aborrezco, porque llevas en ti el gustillo ese del disparate, que a mí me
sabe tan bien.
FEDERICO.- Y ahora pretendes destruir todo ese encanto que,
según dices, tengo, y cortarme a patrón y ponerme la marca ordinaria. Si me
amas por absurdo, ¿a qué combates mi desequilibrio, que según tú, es una cosa
tan bonita?
AUGUSTA.- Ven acá, tonto, mamarracho; es que te quiero [145]
locamente: a nadie he querido ni quiero sino a ti, y este amor primero y último
hace una revolución en mi naturaleza y en toda mi alma. ¿Que desmiento mi
carácter? ¿Que me contradigo? Bueno. Deseo hacerte burgués, vulgarizarte. ¿Que
destruyo ese encanto, esa poesía, llamémosla así, de tu pobreza disfrazada?
Mejor; por eso no dejaré de quererte. Es el gran paso, que yo no he dado hasta
ahora, en el proceso, o como quiera que eso se llame, de los afectos; el paso
del periodo soñador al periodo práctico, del noviazgo al matrimonio; la gran
crisis del amor; el tránsito de la época legendaria a la época clásica. ¿Qué
tal? Esto se llama erudición. Tontín, ¿no me comprendes? Es que me transformo,
es que aspiro a fundir la ilusión con la razón, a hacerte feliz en todos los
terrenos, a establecer tu vida junto a la mía en condiciones de estabilidad.
¿No lo entiendes, grandísimo gaznápiro? (Le da muchos besos.)
FEDERICO.- Lo entiendo... en principio lo entiendo. Pero veo que
no cuentas con la realidad. Esa aspiración tuya es un sueño. Olvidas que estás
ya casada.
AUGUSTA.- Es cierto. Con esa idea me traes a la vida real. Iba
yo por los espacios imaginarios, como las brujas que vuelan montadas en una
escoba. [146] Pero, en fin; el que no podamos hacer vida normal no estorba para
que yo intente mejorar tu existencia, y librarte de ciertos suplicios. ¿Te lo
digo más claro? Pues guardando las formas y respetando lo que debo respetar,
quiero que participes de los bienes materiales que yo disfruto. La desigualdad
entre mi bienestar y tu malestar me mortifica. Hay que repetirlo cien veces: es
preciso que nos volvamos muy prosaicos, muy caseros. (Sonriendo.) Sin duda esto
es efecto de la edad. Ya voy siendo vieja.
FEDERICO.- (con exaltada pasión.) ¡Vieja tú! Eres la juventud
eterna, la gracia infinita, y la tentación del mundo entero.
AUGUSTA.- (riendo y abandonándose.) ¡Borrico!
Intermedio largo.
Escena X
La misma decoración.
Los mismos personajes. FEDERICO en el gabinete, reclinado en la
silla larga. AUGUSTA dentro de la alcoba. No se la ve al principio de la
escena. Es de noche. La lámpara está encendida.
FEDERICO.- (mirando su reloj.) Yo creí que era más tarde: las
siete menos diez. [147]
AUGUSTA.- (desde la alcoba.) ¿Qué? ¿Deseas que corra el tiempo?
¿Tienes prisa de que me vaya?
FEDERICO.- Al contrario; cuento los minutos, y si pudiera,
pondría por delante los que ya están a la espalda.
AUGUSTA.- Esta noche podré estar hasta las ocho menos cuarto
pero ya sabes que no has de entretenerme cuando llegue la hora de marcharme.
Llegando a casa a las ocho, ocho y quince, no hay temor. Resultará que he
pagado la tarde en casa de la tía Serafina. Para saber lo que debo decir, he
mandado a Felipa a que se entere de lo que ha ocurrido esta tarde allá.
FEDERICO.- ¿Y si tu marido ha ido a ver a la enferma?
AUGUSTA.- Casi nunca va.
FEDERICO.- No te fíes, no te fíes.
AUGUSTA.- (apareciendo en la puerta de la alcoba.) Veo que eres
tú más receloso que yo.
FEDERICO.- Pues digo, si pudiera realizarse lo que antes me
proponías, todas las precauciones serían [148] inútiles, y el disimulo
absolutamente imposible.
AUGUSTA.- No es imposible... Monín, déjate guiar por esta loca.
(Acercándose a él.) Lo dicho, dicho. Acábese el romanticismo, y empiece la
época positiva, positivista o como quieras llamarla. Es menester, amigo de mi
alma, que nos pongamos en prosa. Yo pienso mucho en ello, y se me ocurren mil
planes.
FEDERICO.- Cuéntamelos. Me gusta oírte divagar con tanto donaire
sobre lo imaginario y lo imposible, y admiro en ti la voluntad más
independiente que existe en el mundo.
AUGUSTA.- (sentándose junto a Federico en una banqueta, y
reclinando su cabeza sobre el pecho de él.) Te contaré una cosa interesante.
Esta mañana me dijo el Santo: «Tengo un proyecto para modificar la vida de ese
pobre Federico y librarle de la plaga de sus acreedores».
FEDERICO.- (agitado.) Por Dios, no me hables de eso. No sabes el
daño que me causas.
AUGUSTA.- (vivamente.) Considera que, si algo hacemos por ti, no
es él quien lo hace sino yo. [149]
FEDERICO.- No puedo considerar tal cosa. Querida mía, si me
amas, impide por cuantos medios estén a tu alcance los favores de ese hombre, a
quien yo por mil motivos debería reverenciar... (con mucha inquietud) de un
hombre a quien tú y yo ofendemos gravemente. (Augusta da un suspiro y cierra
los ojos.)
AUGUSTA.- (después de una pausa.) ¿Sabes que me dormiría yo
aquí, tan ricamente? Siento el latido de tu corazón, ¡pum pum!, y el
chiqui-chiqui de tu reloj. Con ambos arrullos y el sueño que tengo, me quedaría
como piedra en un pozo. ¡Ay, qué gusto, si el tiempo maldito no me aguijonara
(5) el pensamiento, para mantenerme en vela!
FEDERICO.- (para sí, meditabundo.) Alma ambiciosa de lo
desconocido, de lo ilegislado, no puedo seguirte en tu vuelo. En ti no hay idea
moral, al menos la idea mía, elemental y rutinaria, la que a mí me argumenta
sin descanso. Hay entre tú y yo algo inconciliable, irreductible, y la tremenda
muralla se alza cuando menos lo pienso. La belleza, la gracia de esta mujer me
trastornan. Por ese lazo nos unimos. De la conciencia de ambos parte lo que
eternamente nos separa. ¿Cómo decírselo sin ofenderla? [150]
AUGUSTA.- (suspira otra vez y levanta la cabeza.) Habíamos
convenido en no hablar nunca de mi falta, o lo que sea. Legalmente no tengo
disculpa. ¿Pero no habíamos hecho nosotros, en la embriaguez primera, un
código, de estos que hacen todos los amantes, unas Tablas muy monas, en que
derogábamos toda la legislación que anda por esos mundos?
FEDERICO.- (para sí.) Su valor es tan grande como su pasión.
Defiende sus faltas como si fueran méritos. ¡Con qué brío se lanza por ese
camino de vértigo y de sofismas! Mis ideas son claras; pero sin duda alcanzan
poco. Me gustaría deslumbrarme como ella, y poder seguirla hasta los abismos
del disparate, que sin duda están llenos de flores.
AUGUSTA.- Pero no necesitas decirme nada para que yo respete al
hombre cuyo nombre llevo, para que le profese un cariño fraternal. Él se merece
más: yo le doy lo que puedo. La equidad es letra muerta en cosas de amor.
FEDERICO.- (con sequedad.) Está bien. Pero no me hables a mí de
favores de ese hombre, porque no puedo admitirlos.
AUGUSTA.- ¿Ni míos tampoco los admites? [151]
FEDERICO.- Tampoco.
AUGUSTA.- De modo que la pared vuelve a alzarse, y tú la haces
más fuerte y más gruesa, recordando que somos pecadores. ¡Qué moral está el
tiempo, querido mío!
FEDERICO.- Te diré... Si he sacado a relucir la cuestión moral,
no ha sido por petulancia ni por gazmoñería. Me propuse no ocuparme de ella;
pero desde el momento en que me hablas de generosidades de tu marido hacia mí,
y de sus proyectos de favorecerme, la cuestión moral se me impone, y plantea un
dilema que tanto tú como yo debemos mirar con la mayor seriedad.
AUGUSTA.- (inquieta y mal humorada.) Ya, ya veo venir el
sermoncito. El otro día apuntaste algo... sí, y ya me esperaba yo hoy un
chubasco de moral. ¿Es verdadera virtud, o simplemente falta de valor?...
Bueno, déjame a mí el pecado entero, y coge para ti los escrúpulos. No me
importa; tengo fuerzas para cargar toda la culpa, con tal de verte contento,
tranquilo, y hecho un varón santo. Tú no me quieres, y por no quererme, me das
la leccioncita de buena conducta. Yo estoy enamorada, y por eso no podré quizás
entenderla. Te contaré [152] todo lo que pasa en mi interior, y luego, vengan
sermones. (Se dan las manos.) Yo siento a veces en mi conciencia (6) tumultos
de reprobación, pero en seguida salen, por aquí y por allá, mil ideas que me
absuelven. Conforme a la ley, yo no debiera quererte. La religión manda que
combata y ahogue este loco amor. Y las fuerzas para combatirlo y ahogarlo,
¿dónde están? Yo no las tengo, ni me parece que las tendré nunca. Es como si al
que carece de vigor muscular le mandan que levante un peso de tantos quintales.
Reconozco como nadie el mérito de mi marido, y en cuanto a su bondad, sólo yo,
que a su lado vivo, sé bien toda la extensión de ella. Me (7) inspira un cariño
acendrado y puro, una gran admiración; pero Dios ha establecido la diferencia
entre el amor que debemos a la divinidad, a la perfección moral, y el amor
terreno, el que tenemos a nuestro igual, al semejante a nosotros por el pecado
y la impureza. Yo reverencio a Tomás, le rezaría, ¿sabes?... pero te amo a ti.
Me casé sin saber lo que es amor, y no lo supe hasta que tú no me lo enseñaste.
Todavía no me he convencido de que esto sea una cosa muy mala, rematadamente
mala. Qué quieres; soy muy torpe, y quizás de condición perversa. Lo que sí te
digo es que cuando me sermonees, no necesitas hacer el panegírico de la persona
que conozco mejor que tú y mejor que nadie. Bien sé que no hay otro [153] que
se le asemeje, aunque... te diré una cosa que hasta ahora no he querido
decirte.
FEDERICO.- (para sí.) ¿Qué será ello?
AUGUSTA.- Pues de algún tiempo a esta parte, noto en la bondad
de mi marido cierta exaltación de mal agüero, algo así como... vamos, que la
virtud ha llegado a ser en él una manía, un tic.
FEDERICO.- (irónicamente.) ¡Qué salida! Eso lo dices por
rebajarle a tus propios ojos, por disminuir la inmensa diferencia de talla que
entre él y nosotros hay.
AUGUSTA.- No; no me juzgues así. Lo digo porque es verdad. Como
quiera que sea, la exageración no destruye lo extraordinario, lo excepcional de
su bondad. (Dando un gran suspiro.) Él es un santo, y yo te quiero a ti. Ahí
tienes las dos verdades capitales. No creas que trato de buscar entre ellas una
componenda hipócrita. Dejo los hechos como están. Tú eres cobarde y huyes. Yo
soy valiente, y me quedo delante de estas dos verdades, mirándolas cara a cara.
FEDERICO.- (para sí.) Me abruma con su admirable tesón. [154]
AUGUSTA.- (después de una pausa.) No tienes nada que
contestarme, o necesitas pensar mucho tus argumentos. ¡Ay qué sesudo se me ha
vuelto mi borriquito, y qué gran moralizador!
FEDERICO.- Vamos a cuentas, vida mía. ¿No has dicho que estamos
en la gran crisis, que salimos del periodo soñador para entrar en el práctico?
¿No quieres tú regularizarme?
AUGUSTA.- ¡Ah, pillo, y te vengas ahora, proponiéndome a mí la
regularidad! ¡Ingrato! Quita allá. (Le rechaza cariñosamente.)
FEDERICO.- No, alma mía. Te expongo esta idea, como una mirada
al porvenir. Supón tú que, por unas u otras causas, esto no pudiera continuar
sin escándalo. No habría más remedio entonces que sacrificar nuestras
relaciones.
AUGUSTA.- Por mí nunca las sacrificaría.
FEDERICO.- No lo digas tan pronto. Eso no se puede afirmar tan
de ligero. Yo te quiero demasiado para llevarte al escándalo y a la deshonra. A
ti te corresponde, como mujer, la pasión irreflexiva; [155] a mí la serenidad.
Si hablo de esto, si suscito la grave cuestión moral, tú has tenido la culpa,
hablándome de favores que piensa hacerme tu marido, de protecciones que sólo se
dispensan a un hijo, a un hermano. Eso pone la cuestión en el terreno de lo
insoluble. Si no le impides que esos propósitos se manifiesten, te dejo... no
puedo tolerar situación tan degradante, tan vergonzosa. ¿No lo comprendes? ¿Es
posible que no lo comprendas?
AUGUSTA.- (con exaltación.) No; debo de ser tonta. Siento rabia
de que te empeñes en hacérmelo comprender. Para mí la situación es otra. Tú me
perteneces, yo te amo más que a mi vida, y quiero que participes de los bienes
materiales que yo poseo. Soy rica. ¿Cómo he de soportar que vivas en la miseria
y que te veas sujeto a mil humillaciones? Yo quiero compartir contigo mi
bienestar, a la faz del mundo, si es preciso. No me avergüenzo de ello.
FEDERICO.- ¿Y pretendes que no me avergüence yo?
AUGUSTA.- ¡Debilidad, tontería! ¡Si otros lo hacen...!
FEDERICO.- (exaltándose también.) Pues si insistes en eso, he de
hablarte con claridad, como no lo he hecho nunca. Hace tiempo [156] que yo
siento una pena, un sobresalto... más claro, ¡un remordimiento por el ultraje
que infiero al hombre más generoso, más digno que existe en el mundo...!
Quisiera que fueses siempre mía; pero las cosas de la vida ¿van por ventura al
compás de nuestros deseos?... ¿Ya no hay ley, ya no hay principio alguno que
deba ser respetado? Todo tiene su límite, y yo sería un miserable si no te
dijese ahora que intentes, que lo intentes siquiera, consagrar a tu marido
todos los afectos de tu corazón. Ya sé que el amor es extravagante. Ya. sé que
cabe en lo humano, mejor dicho, que es muy humano no amar a un hombre de
grandes cualidades, y prendarse de un cualquiera. Pues bien: protestando de que
me gustas hoy lo mismo que ayer, tengo el valor de incitarte a que me
sacrifiques, a que entres en la ley, a que vuelvas los ojos a aquel hombre tan
superior a mí... superior a mí hasta físicamente, para colmo de lo absurdo.
AUGUSTA.- (con rabia.) ¡Qué manera tan suavecita de decirme que
no me quieres ya! Ningún hombre enamorado sugiere a su querida la idea de
volver al deber. Dímelo, háblame claro, porque esa moralidad tuya de última
hora es ridícula y hasta poco delicada.
FEDERICO.- No, porque yo, al proponerte con honrada [157]
convicción lo que te propongo, estoy dispuesto, si no lo aceptas, a ir contigo
hasta donde quieras, menos a la ignominia de recibir beneficios materiales de
tu marido.
AUGUSTA.- Está bien. (Llorando.)
FEDERICO.- (con súbito arranque.) Me rebelo a ti con absoluta
ingenuidad. Te diré que me creo bastante indigno, y no quiero serlo más.
AUGUSTA.- ¡Indigno tú! Recurres al argumento de sensación para
apartarme de ti. No, no, tú no eres indigno.
FEDERICO.- (amargamente.) No sabes lo que dices; no me conoces.
Por algo te oculto las miserias de mi vida. Si conocieras ciertos oprobios que
hay en mí, quizás no tendría yo que hacerte ningún argumento para que me
dejaras y volvieras a la ley.
AUGUSTA.- (arrojándose a él.) ¡No, dejarte, nunca! Porque si
fueras el último de los bandidos, te querría lo mismo que te quiero.
FEDERICO.- (con cierto desvarío.) Yo no te merezco. Regenérate
huyendo de [158] mí, y entregando los tesoros de tu alma al hombre más digno de
poseerlos.
AUGUSTA.- (con exaltación sublime.) No me da la gana. Cuéntame
tus cosas. Unámonos resueltamente en todas las esferas de la vida. Todo lo mío
es tuyo.
FEDERICO.- Eso jamás.
AUGUSTA.- Arreglaremos nuestras entrevistas con un misterio tal,
con un arte tan soberano, que sólo Dios pueda saberlas.
FEDERICO.- No puede ser. Orozco las descubrirá; ya verás como
las descubre. Y cuando pienso en esto, la terrible muralla se levanta entre
nosotros más fuerte, más alta que nunca.
AUGUSTA.- (estrechándole en sus brazos.) Pues yo la destruyo, yo
la hago pedazos, la rompo con mil y mil besos. Y si tú eres un presidiario, yo
seré una presidiaria; si tú eres un pillo, yo seré una bribona; seré lo que tú
quieras que sea, menos...
FEDERICO.- (para sí, confuso.) Nada puedo contra este corazón
monstruoso. Las ideas morales se estrellan en él, como migas de pan arrojadas
contra el blindaje de un acorazado... [159]
AUGUSTA.- ¿Qué piensas?
FEDERICO.- (con pasión.) Pienso que no hay nada mejor que
condenarse contigo. (Para sí.) ¡Y qué hermosa la muy...! Toda la legalidad del
mundo no vale lo que sus ojos.
AUGUSTA.- ¿No me quieres ya?
FEDERICO.- ¿Y tú a mí?
AUGUSTA.- ¡Borricote! [160] [161]
Jornada tercera
Escena primera
Sala en casa de Federico.
CLAUDIA, BÁRBARA, la primera con un chiquillo en brazos, la
segunda con manto, como si entrara de la calle.
BÁRBARA.- Cuéntame, mujer. Es particular que todos los lances
gordos han de ocurrir siempre en los días que yo estoy fuera.
CLAUDIA.- Pst... chitito... Habla bajo... Federo no duerme,
aunque está en la cama. Además, ha venido el papá.
BÁRBARA.- ¡El señor!
CLAUDIA.- Anoche entró por esa puerta. La semana pasada, cuando
empezamos a ver en el cielo la estrella con rabo, me dijo Pepe: «Alguna
desgracia vendrá sobre el universo mundo». Y ya ves cómo no se equivocó. Pepe
tiene mucho talento, y también anunció lo de Clotilde. «Esa niña -me decía- os
va a dar un disgusto». [162]
BÁRBARA.- Francamente, no la creí capaz de una resolución tan
fuerte. Cuéntame... ¡Pobre niña! Ni pensé que la apretaran tanto las ganas de
marido. ¿Es cierto que no está ya en la casa?
CLAUDIA.- Chist... (Vigilando las puertas.) Pues voló. ¡Valiente
chasco nos ha dado! Yo tampoco la creí con alma para arrancarse así. Federo,
rabioso, te echa a ti la culpa.
BÁRBARA.- ¡A mí! En el nombre del Padre...
CLAUDIA.- Dice que tú le has dado alas, y que cuando el
chiquillo ese empezó a hacerle garatusas, con la pluma en la oreja, desde el
entresuelo de enfrente, tú y yo debimos cerrar los balcones y no permitir a la
niña que se asomase. Claro, quería que fuéramos verdugas de la infeliz
señorita.
BÁRBARA.- Verdugos se dice... Es un egoísta, un tirano, y no se
hace cargo de que Clotilde, por vivir aquí sin trato con sus iguales, no había
de librarse de la regla de amor. Llegada la edad en que el corazón hace
cosquillas, las mujeres necesitamos querer y que nos quieran, y si no se [163]
presentan duques, apencamos con lo que sale, aunque sea un suda-tinta. No sé
para qué quiere el señorito el talento que tiene, si no le sirve para hacerse
cargo de una cosa tan sencilla.
CLAUDIA.- Eso no tiene vuelta de hoja. Pero no lo entiende. Ayer
nos ha puesto a ti y a mí que no había por donde cogernos... Que si tú le
traías las cartas a Clotilde; que si... ¡Josús!
BÁRBARA.- Pues no me pesa... ea. ¿A quién, como no fuera de
bronce, no se le partiría el alma viendo las miradas de pólvora que se echaban
los pobrecitos de balcón a balcón? Era una contracaridad dejarles consumirse
sin el consuelo de un papelito. Francamente, yo no he nacido para ver padecer a
nadie. Traje la primer carta... y la segunda y la tercera. Por cierto que tiene
una letra preciosa, y que pone la pluma con muchísima sal.
CLAUDIA.- Pues de mí dice que merezco la horca y el presidio y
hasta el infierno, porque le abrí la puerta al otro para que entrase a ver de
cerca a su novia... Que se ponga en mi caso. Los chicos, con el carteo y las
miradas, estaban tan babosos, que no se les podía aguantar. Ella ni dormir, ni
comer, ni hacer cosa ninguna al derecho. [164] Intenté quitarle de la cabeza su
locura, y me puse ronca de tanto predicarle. Pues como si hablara con esta
mesa. «Clotilde, mira que tu hermano no consiente esto... mira que...».
Mientras más le chillaba, peor. Cosa perdida. ¿Qué íbamos ganando con cerrarle
la puerta al jovencito ese?
BÁRBARA.- Nada; que no pudiendo entrar por la puerta entrase por
la ventana. Un hombre ciego de amor es temible. Hasta pudo suceder que pegase
fuego a la casa para poder entrar disfrazado de bombero. Se han dado casos.
CLAUDIA.- Esa misma cuenta echeme yo. Pero a Federo no le entran
razones, y lo que es yo bien tranquila tengo la conciencia, porque si abrí...
(Suena el timbre de la puerta.) Llaman. Debe de ser alguna fiera. Aguarda un
momento. (Sale.)
BÁRBARA.- (sola.) ¡Ay!, qué egoístas son estos hombres. Todo lo
bueno ha de ser para ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos,
hambres de amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer
encuentran, y a nosotras, si un hombre nos mira o le miramos, ya nos cae encima
la deshonra, y empieza el run run de si lo eres o no lo eres... ¿Pues qué
quería ese tonto? [165] ¿Que mientras él se daba la gran vida su hermana se
pudriera en casa como una monja? No, la chiquilla, aunque parece tan para poco,
tiene el moño muy tieso, y ha demostrado que sabe dejar bien puesto nuestro
pabellón. ¡Ay bello sexo! ¡Qué falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo
para darle el quiebro a la tiranía!
CLAUDIA.- (entrando.) Lo que dije: era un inglés... el de las
alfombras. Le he dado el jabón que usamos aquí... ¡Qué tronitis en esta casa!
Pues te decía que si abrí la puerta a ese mocoso ha sido con la mejor intención
del mundo, y si se vieron algunos ratitos fue delante de mí. Otra cosa no
hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar?, que cuando yo me distraía o daba una
vuelta a la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba con mucho ojo,
y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía cara muy dura,
diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan agradecido... «Doña
Claudia -me decía- cuando nos casemos, usted será nuestra segunda madre».
BÁRBARA.- ¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo
que es un primer amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer
amor, y todos los que gasta son segundos? Yo [166] me acuerdo de cuando me
emperré por Valeriano el cochero, que me dio palabra de casarse conmigo... ¡Qué
amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso. Cuéntame lo de la
fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la besuquina, y con verse las
caras de cerca... es cosa que marea... y que resolvieron morir o casarse.
CLAUDIA.- Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas,
pues delante de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza
el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí a Clotilde levantada. Como suele
velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona, según después comprendí,
estaba recogiendo y empaquetando en dos o tres líos sus vestidos y la poca ropa
blanca que tiene. Por la mañana temprano, la sentí andando con pisadas de gato
por los pasillos, y me alarmé. Díjele a Pepe que aquellos andares me olían a
escapatoria, y Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!».
Levanteme; pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula.
Echábame yo la enagua, cuando la sentí descorriendo el cerrojo con mucho cuidado,
como lo descorren los rateros. Salí al pasillo... y ya iba ella echando chispas
por las escaleras abajo. Se llevó la ropa en tres paquetes grandes. [167]
BÁRBARA.- ¿Y cómo sabes que fue en tres?
CLAUDIA.- Porque me lo dijo la portera que vio salir a
Santanita, primero con un paquete, luego con dos, y después con Clotilde:
total, cuatro paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé
pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez». Sobre la mesa del comedor
dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero este no se enteró de la fuga
hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé, hija! Nada, que me echó a
llorar, y de la medrana que sentí, se me fijó un dolor de clavo en la sien,
¡ay!, que no se me ha quitado todavía. No te quiero decir cómo se puso el
hombre al leer la carta. Tuvo que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de
la fuerza de los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí,
la emprendió contigo, y a esta quiero a esta no quiero, nos zarandeó bien. Pues
nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la calle, porque éramos
unas... alcahuetas etcétera...
BÁRBARA.- (riendo.) ¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa a
nosotras, debiéndonos, como nos debe, tres mil y pico de reales. [168]
CLAUDIA.- Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que
puede vivir sin nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como
el aire.
BÁRBARA.- No encontraría otras que le soportaran. Es un niño
mimoso, y seríamos tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no
le pase esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente,
si me dice pitos, le contesto flautas. No tengo la paciencia que tú para
aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise venir en todo el día,
porque temo a mi dignidad, que no se anda en chiquitas; y hoy me marcharé antes
de que su señoría se levante.
CLAUDIA.- Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito
Infante pasó ayer con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas
verdades como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la
llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (Enumerando por los dedos.)
Que él era el causante de todo por tener a su hermana abandonada y fuera de su
alimento...
BÁRBARA.- De su elemento diría. [169]
CLAUDIA.- Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo,
y que a alguien había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión
etcétera... Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba
a partido, y dijo que jamás haría a Santanita el honor de mirarle. ¡Anda!
BÁRBARA.- ¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al
fin tendrá que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día,
acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este señorito tan
orgulloso irá a pedirle a su cuñado un pedazo de pan. Los muy soberbios acaban
siempre a los pies de los humildes.
CLAUDIA.- (con incredulidad.) Me parece a mí que eso no lo
veremos. Primero se muere él de hambre en un rincón, que rebajarse. No es como
su papá, no...
BÁRBARA.- ¿Y cuándo dices que llegó el señor?
CLAUDIA.- Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que
oigo llamar a la puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro
con D. Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura. No sé
por qué [170] me da miedo ese hombre, que es amable y la trata a una como a
señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra pobrecita ama, y sus
zalamerías me ponen carne de gallina.
BÁRBARA.- ¡Ay, qué hombre! Créete que no viene a nada bueno. ¿Y
qué hablaron hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me
sentaré, que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos. Mi
Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que bastantes
plantones me ha dado él a mí en esta vida.
CLAUDIA.- Pues cuando le vio entrar, quedose más blanco que el
papel. Se abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo, más lista que él,
arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando no verla, y
el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia. ¿Crees tú que el padre se
remontó, echando los pies por alto? No, hija; lo tomó con calma, con mucha
calma. Yo me hacía cruces, oyéndole decir que si los chicos se quieren, no hay
razón ninguna para oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya
clases, porque eso de las clases es un maricronismo.
BÁRBARA.- Ana... cronismo me parece que se dice; pero [171] no
estoy segura... Pues ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento,
¡vaya si lo tiene!
CLAUDIA.- Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no
lleva en la cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para
gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras; Federo sin una
mota, viéndolas venir, y comido de deudas. (Suena la campanilla.) ¡Ay!, llaman
otra vez. Espérame un momento. (Sale.)
BÁRBARA.- (sola, abanicándose.) Bien merecido le está a ese
botarate lo que le pasa; pero muy bien requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de
haber clases, cuando la realidad ha dispuesto que no las haiga! ¡Cabeza más
dura! Y que no las hay, no las hay, aunque lo pida el Sursum corda. Lo que dice
mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada». Ese tonto de
Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque y que Clotilde sea su
esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas las noches para ir a comer a las
casas grandes... Y la niña hecha un pingo, sin tratar con personas finas. Eso
es, como dijo el otro, abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas
otra vez a jugar con abismos. O hay igualdad o no hay igualdad. Santanita vale
tanto como tú o más que tú, porque sabe la partida [172] doble, y tú no
entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.
CLAUDIA.- (entrando.) Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué
decirles. Pero al fin este lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como
te decía, el padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver a
Clotilde mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones, le
contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera muerto».
BÁRBARA.- ¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto a Clotilde?
CLAUDIA.- (en voz muy baja.) Sí que la he visto. Cállate la
boca. Cuidado cómo te das por entendida. Anoche di un salto a casa de la viuda
de Calvo, donde está depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan
acartonadita que parece de caoba. Según dicen, es muy sabia, pero muy sabia, y
más antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por ver a
la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno, y que le dará el
consentimiento. No pude hablar con ella más que dos palabras, porque la de
Calvo estaba presente, y me ponía una jeta que daba escalofríos. Pero, en fin,
allá le soplé lo que más importaba. El papá debe de estar allá. Salió muy [173]
temprano... serían las ocho... y dijo que vendría a almorzar. Anoche estuvo
Federo hasta las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que
trae siempre entre manos. Hombre de más enreditis no creo que exista, y lo
mismo se aplica a las altas que a las bajas.
BÁRBARA.- ¿Qué es eso de altas y bajas? Todas somos iguales. El
arrastrar terciopelos o ajustarse una mala saya de tartán no significa
diferencia más que en lo de fuera. Como no salgan diferencias en el honor,
créete que en los trapos no la hay... ¿Y dices que escribió muchas cartitas?
¡Valiente trapacero! ¡A quién engañará ahora!
CLAUDIA.- Vete a saber.
BÁRBARA.- Si se acostó tarde, no se levantará en todo el día, y
podrá estar aquí. Francamente, temo encararme con él.
CLAUDIA.- Pues mira, hija, me parece que... (Acércase a la
puerta del foro y aplica el oído.) ¿Sabes que me parece que anda ya por ahí?
BÁRBARA.- (levantándose azorada.) ¡Ay, hija, no me lo digas!
CLAUDIA.- Bien puedes echar a correr. Levantado está. [174]
Escena II
Las mismas, FEDERICO, que entra por el foro.
BÁRBARA.- (tratando de escapar por la derecha.) Por aquí me
escabullo.
FEDERICO.- ¡Eh!... ¿Quién es esa que huye de mí? Bárbara.
CLAUDIA.- Quédate, mujer, que no te comerá.
BÁRBARA.- (medrosa y turbada.) Mi marido me espera.
FEDERICO.- Tu conciencia no te permite ponerte delante de mí.
BÁRBARA.- ¿Mi conciencia? Yo no tengo culpa de nada.
(Temblando.) Bastante le dije a la niña que no hiciera locuras.
FEDERICO.- ¡Valiente hipócrita estás tú! Entre las dos me habéis
jugado una partida serrana. Debiera poneros en la calle, después de daros una
mano de azotes.
CLAUDIA.- ¡Pues no dice que nosotras...! ¡Josús!, ¡no me
incomode... después que...! [175]
FEDERICO.- Silencio. Ya sé que me aborrecéis. ¡Bien merecido lo
tengo por lo bien que me he portado con vosotras!
BÁRBARA.- ¡Aborrecerle! Eso sí que no, aunque usted no nos puede
ver.
FEDERICO.- ¿Cómo está Vicente?
BÁRBARA.- Mejor; pero no puede seguir en la ambulancia. Es
preciso que le asciendan, llevándole a la central. Usted puede hacerlo.
FEDERICO.- ¡Yo!
BÁRBARA.- Sí, usted. Pero no se interesa nada por quien bien le
sirve. Que vivamos o que nos muramos, lo mismo le da.
FEDERICO.- (con desvío.) ¡Así reventarais!... Efectos de
contagio. Hablando con ellas, me siento también grosero.
BÁRBARA.- (para sí.) Está de buenas. Aquí que no peco. (Alto.)
Asciéndame usted a mi marido. [176]
FEDERICO.- ¡Que te le ascienda yo!
BÁRBARA.- Si usted quiere, bien podrá hacerlo; pero lo dicho, no
nos hace caso, y es todo ingratituz. Con que me le empuja, ¿sí o no? Basta con
que le pida una recomendación al Sr. de Orozco, que es tan amigo del director
de Correos.
FEDERICO.- (con desabrimiento.) ¿Y qué tengo yo que ver con el
Sr. de Orozco?
BÁRBARA.- Toma; que son ustedes uña y carne.
FEDERICO.- Vete al diablo, y déjame en paz. (A Claudia.) ¿Quién
ha venido hoy?
CLAUDIA.- Los del jubileo de todos los días. Inglesitis.
FEDERICO.- ¿Ninguno se ha roto la crisma al subir o al bajar?
CLAUDIA.- Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto
calcular las respuestas que debo darles.
FEDERICO.- ¿Y papá ha salido? [177]
CLAUDIA.- Sí, señor; pero viene a almorzar.
FEDERICO.- Pues vete a la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese
chiquillo. (Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea.) Ven
acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y puro, que no se
permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (El chiquillo suelta la risa.)
Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto consuela.
CLAUDIA.- (al chiquillo.) Sol del mundo, soberano pontífice,
regente del reino... no le beses, que es muy malo. Pégale, pégale.
FEDERICO.- (besando al niño.) Me quiere más que a ti. Lo que él
dice ahora con esos gruñiditos es que desea estar solo conmigo, y que os
larguéis pronto.
CLAUDIA.- Gloria patri, ¿verdad que no?
BÁRBARA.- (para sí.) Acariciando al niño, nos engatusa este
perro, y hace de nosotras lo que quiere.
CLAUDIA.- (para sí.) Es un buenazo. ¡Lástima que no tenga
dinero! Es lo único que le falta. [178]
FEDERICO.- ¿Qué rezongáis allí? A la cocina, tarascas, dejarme
en paz con mi amigo Fefé.
BÁRBARA.- (para sí.) Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin
embargo, ni él puede vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus
rasguños. (Vanse las dos.)
Escena III
FEDERICO, con el chiquillo en brazos, después JOAQUÍN VIERA.
FEDERICO.- ¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha
concluido de anonadarme. (Se pasea.) ¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda
la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese cursi
maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible? Tú estás en lo
cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra manera... (Confuso.) Y en
verdad que no puedo entender por qué causa me es insoportable este vilipendio,
mientras que acepto otros y los llevo conmigo, acustumbrándome a su peso, como
al peso de la ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad ¿será función social
antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de la ignominia
que se hace [179] pública, y apechugar con la que permanece secreta...?
VIERA.- (entrando por la izquierda.) Bien por los hombres
madrugadores. ¡Levantado a las doce del día! Yo pensé que almorzaría solo, y
almorzaremos juntos. All right. (Se en un sofá.) ¡Pero, chico, qué cambiado
está nuestro viejo Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño
con botas de charol. He salido a dar una vuelta, y el plum-plum de las
caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el olor de la
creosota me daban la impresión de Londres o París.
FEDERICO.- Sí; ha cambiado algo Por fuera en los últimos
tiempos. Pero por dentro está como tú lo dejaste.
VIERA.- Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas
trazas, que se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad muy
mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de esos que hay en las
catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién sale, siendo su padre más feo que
su madre, que es cuanto hay que decir...? No, (observando al chiquillo.) no
puede ser obra de Pepe. (Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha.)
¡Ah, Claudia, [180] Claudia, veo que siguen los descuidos...! (A Federico que
se pasea meditabundo.) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo que hacer.
Y te advierto que mi primera diligencia es ir a ver a Clotilde. No, no te
enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la intolerancia caballeresca.
Cada uno obra según su carácter y el medio en que respira. ¡Vivimos en
atmósfera tan distinta!, yo en un país democrático y rico, donde los apellidos
y las posiciones aparentes no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la
exterioridad lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de
riqueza. Nunca aspiré a que mi hija se casara con un noble, con un millonario.
Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país, me ilusionaba con verla
esposa de un capitancito de artillería o ingenieros, o con un abogadillo de
chispa, que andando el tiempo se hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que
hacías veces de padre, te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué
pasó? Que dejaste a la niña entregada a sí misma, y la pobre tuvo que elegir entre
lo que veía. Si en vez del capitancito de artillería nos ha resultado un chico
de mostrador... es sensible; pero ya no tiene remedio. Claro que no me gusta;
pero yo no forcejeo con la realidad. ¿Qué?, ¿hemos de abandonar a la pobre
niña? ¿Estamos en el caso de hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven
ese saldrá [181] listo y trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que
consiste en traer legalmente a las arcas propias el dinero que anda por las
ajenas? ¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el
tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez decorosa y
tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas. Aceptemos la realidad, y
dentro de ella, saquemos el mejor partido posible de los hechos que no dependen
de nuestra iniciativa.
FEDERICO.- No me decido a conceder que tengas razón, ni afirmaré
que no la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de
temperamento. Ciertas ideas me dominan a mí, antes que yo pueda ni aun siquiera
formar el propósito de dominarlas.
VIERA.- Ya hablaremos de eso más despacio.
FEDERICO.- (para sí.) Ha perdido toda idea del decoro de su
nombre. (Se sienta, y pone al niño sobre sus rodillas. Entra Bárbara y da una
carta a Viera.)
VIERA.- (examinando el sobre.) Es de Tomás. Conozco su letra
jesuítica. (La abre.) Me cita para las tres. Eso sí: no es de los que huyen el
bulto. [182]
FEDERICO.- (mal humorado.) Bárbara, llévate este chiquillo, que
molesta.
BÁRBARA.- (aparte.) Tan pronto se entusiasma con las criaturas
como se cansa de ellas. ¡Ay!, de todo se cansa. (Tratando de coger al
chiquillo, que grita, patalea y se resiste a pasar a sus manos.)
FEDERICO.- Fefé, no seas malo. Vete con tía Bárbara.
VIERA.- Prefiere estar con nosotros. El angelito gusta de la
sociedad. Ea, dámele acá. (Le toma en brazos.) Conmigo. ¡Qué bien! Mira qué
contento. Tú eres de casta de señores. Bárbara, puedes marcharte y que nos den
pronto de almorzar. Dispongo de poco tiempo, y hay mucho que hacer esta tarde.
(Sale Bárbara.)
FEDERICO.- ¿Qué ocupaciones son esas, di? Por Dios, yo te
suplicaría... yo te agradecería mucho que dejases en paz a Orozco. Es un hombre
excelente.
VIERA.- (zarandeando al niño y haciéndole cabalgar sobre sus
rodillas.) No niego su excelencia; pero que me la pruebe pagando lo que debe...
Anda, caballo... agárrate, valiente. [183]
FEDERICO.- ¿Pero qué crédito es ese? Sin ofenderte, yo dudo
mucho que sea un crédito real y efectivo.
VIERA.- (con socarronería.) Buena idea tienes de mí. Aquí no
entendéis de negocios, y rendís homenajes demasiado serviles a la delicadeza,
madre del no comer y amparadora de la insolvencia. Los negocios son negocios, y
se tratan con la crudeza que enseñan los números, lo cual nada quita a las
efusiones de la amistad.
FEDERICO.- (inquieto.) Cuéntame, ¿qué diantre de negocio es ese?
VIERA.- Una deuda.
FEDERICO.- Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto
alguna póliza olvidada y prescrita de la Humanitaria...
VIERA.- Eres más inocente que este niño que galopa en mis
rodillas, y se cree que monta a caballo. ¿Me juzgas tú a mí capaz de
presentarme a Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?
FEDERICO.- (con embarazo.) Es que... me causa pena recordarlo;
pero [184] debo decirte que, en otras ocasiones, Tomás te ha dado dinero por
conmiseración, y por evitarse disgustos. Los hombres de orden temen a los
pleiteantes enredosos y sin ningún derecho, más que a los que de buena fe
reclaman su propiedad.
VIERA.- En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni
aun en este país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí a
sostener un derecho claro y terminante, no a poner una trampa de derechos
ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de paso, que tienes
de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no hay más que bondad y
mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el extremo de dejarse explotar?
¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de carácter, se esconden todas las
marrullerías de un ingenio vividor. Posee el arte de hacerse pasar por generoso
cuando se ve en el caso de transigir con el derecho ajeno.
FEDERICO.- Me parece que le conoces más por referencias del
vulgo que por propia observación. Tomás no es así.
VIERA.- Lo he conocido niño, lo vi crecer y hacerse hombre. Sa
padre y yo éramos como hermanos. [185] ¡Ah! Pepe Orozco, grande hombre para los
negocios, sin entrañas, duro, y económico en su vida interior hasta la
sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme a mí, que he
visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación a otra... gran
enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha, y le ha sido fácil sentar
plaza de virtuoso, de varón justo y magnánimo. (Con sarcasmo.) El otro trabajó
como un negro, sacrificó a las ganancias su reputación, para que ahora este se
haga pasar por santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse
un huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues si
existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la injusticia.
FEDERICO.- (tristemente.) Estás desvariando, y no te puedo
seguir.
VIERA.- Te has pasado al enemigo. Mírame cara a cara.
(Observándole con suspicacia.) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese
interés por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales,
de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión que
convida martes y jueves.
FEDERICO.- Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos
de la infancia. [186]
VIERA.- ¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda a su mujer?
¿Cobras a tanto la frase, a tanto la anécdota y el chascarrillo?
FEDERICO.- (conteniendo su ira.) No me hables de ese modo... No
puedo tolerarlo.
VIERA.- (riendo.) ¡Cándido! Déjame a mí, déjame, que si le saco
a tu anfitrión este platito de lentejas, realizaré un acto de justicia, por dos
razones: primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque
sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver a la masa, al despojado
imponente, a quien representamos en este instante nosotros, los desfavorecidos
de la fortuna.
FEDERICO.- Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz
lo que quieras, y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas.
Nada pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros ni
la confianza natural entre hijo y padre.
VIERA.- Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba
pagarte tus deudas, si salía bien de este negocio... quiero decir, siempre que
tus deudas se limitaran a una cifra razonable. [187]
FEDERICO.- Cuídate de las tuyas. (Para sí.) Dios mío, ¡qué
hombre! No hace ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo
más delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer a un padre sin
atropellar las leyes de la Naturaleza!
VIERA.- No te pareces a mí más que en la figura. Eres un
sonámbulo, un cata-humos, y te pasas la vida mirando a las estrellas, viendo la
fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te ocurra oprimir
la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de tus relaciones, de tu
buen parecer, de tu arte social, que no debe servirnos sólo para divertir a los
ricos, como los bufones antiguos divertían a los reyes, sino para compartir con
ellos el imperio del mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el
ingenio, y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse a la parte, como el
galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?».
FEDERICO.- (para sí.) No le contesto, porque perderé la
serenidad.
CLAUDIA.- (entrando.) Señores... almuerzitis. (Cogiendo al chico
de los brazos de Joaquín.) Ven con tu madre, rey de [188] los cielos y la
tierra, ángel de amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.
VIERA.- Lo que es este no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser
de tu marido.
CLAUDIA.- (soltando la risa.) ¡Qué cosas tiene el señor! Por
estas cruces le juro que es de Pepe.
VIERA.- Vamos, que estás tú buena pieza... A la mesa. Tengo
sobre mi cuerpo toda el hambre española. (Vase.)
FEDERICO.- (abrumado.) ¡Que este hombre sea mi padre! ¡Ay!, me
dio su rostro, me puso el sello de su casta, para que ni un momento pueda dejar
de avergonzarme de ser su hijo.
Escena IV
Comedor en casa de Orozco.
AUGUSTA, OROZCO, INFANTE, MALIBRÁN y VILLALONGA, sentados a la
mesa, almorzando.
OROZCO.- ¿Pues qué quería ese terco de Federico? ¿Que viviendo
Clotilde como vivía, fuese a pedir su mano un Hohenzollern o un Hapsburgo?
Anoche le vi tan excitado, que no quise contradecirle [189] por no aumentar su
pena. Tuve con él la consideración de apoyar débilmente sus quejas; pero ahora
que no está presente, declaro que no tiene razón.
AUGUSTA.- Creo lo mismo. Mil veces le hablé de su hermana,
augurándole lo que ha pasado. Mal que nos pese, somos arrollados por... la ola
democrática. ¿Qué tal la figura? Lo que hay es que nos gusta más verla reventar
en la cabeza del vecino que en la propia.
MALIBRÁN.- Como figura del género balneario, no está mal. Eso lo
aprendió usted este verano en Arcachón... Pues volviendo a Federico, opino que
es un desequilibrado de marca mayor, aristócrata por las ideas y los gustos,
sin los medios materiales de que toda idea necesita disponer para manifestarse
dignamente. Absolutista por temperamento, reniega de verse gobernado por el
parecer de la multitud, y su orgullo tropieza a cada instante con las
garrulerías de la igualdad. Es una contradicción viva, una antítesis...
AUGUSTA.- ¡Jesús de mi vida, qué sabios venimos hoy!
MALIBRÁN.- Quiero decir que por efecto de esa radical
contradicción entre la época y el hombre, todos [190] los actos de este
resultarán incongruentes, no dará un paso que no sea un tropezón, y será al fin
envuelto por la ola de que antes nos hablaba usted, ya que no se decide a
sortearla, como hacemos los demás.
INFANTE.- Pues yo, sin meterme en filosofías, voy a dar noticias
concretas. Esta mañana se presentó en mi casa el trovador de Clotilde.
AUGUSTA.- (con viveza.) ¿Y cómo es?
OROZCO.- Según me han dicho, atrevidillo, y no peca de corto.
INFANTE.- Simpático; pero muy simpático, y parece despejadísimo.
En cuatro palabras me ha contado su historia. Es huérfano, tiene veintitrés
arios, y desde los dieciséis se bandea solo. Es sobrino de un tal Santana,
tendero en la calle de Lope de Vega, y de otro en la Plaza Mayor, que le llaman
Jáuregui, y de otro cuyo nombre y señas no recuerdo. En fin, que cuenta media
docena de tíos, detallistas de comestibles. Sabe al dedillo la partida doble, y
escribe cartas comerciales en francés; tiene título de perito mercantil, y se
ganó un premio de Economía política. [191]
AUGUSTA.- (con animación.) ¡Ángel de Dios!... Señores, es
preciso que le protejamos entre todos.
INFANTE.- El tío Santana le ocupaba en llevar la contabilidad y
la correspondencia; y en medio de esta prosaica tarea nacieron los castos
amores con la hermana de Federico. Pero ¡vean ustedes qué desgracia!, casi en
los mismos días en que los tórtolos se lanzaban de cabeza en lo ideal, el tío
Santana, por la paralización de los negocios y la necesidad de economías,
despidió al chico, que a la sazón vive al amparo de su tío Jáuregui, sin
sueldo. ¡Ah!, otro detalle. Nunca ha servido en el mostrador, que repugna a sus
hábitos y a su educación; pero está decidido a todo, hasta a fregar copas en
una taberna, con tal de ganarse el pan para mantener a la elegida de su
corazón.
AUGUSTA.- Decididamente, le, hemos de proteger.
MALIBRÁN.- ¿Le encuentra usted chiste a la historia?
AUGUSTA.- La encuentro hasta poética. Por lo que veo, el
verdadero amor, el principio activo que gobierna el mundo, no existe ya más que
en la [192] clase de dependientes de comercio. No podemos abandonar a ese
joven. ¿Verdad, Tomás? (Orozco sonríe sin decir nada.)
INFANTE.- Contome también cómo nacieron y se formalizaron sus
amores. Durante un mes, no hacían más que mirarse, mirarse, hechos un par de
bobos. Por fin, movido de un instinto irresistible, escribía con letras gordas
en un pliego abierto, al modo de cartel, frases de ternura, y desde su balcón
se las mostraba a la niña, que al principio huía ruborizada, soltaba la risa
después, y últimamente ponía una cara muy triste cuando él no estaba.
AUGUSTA.- ¿Y cómo, no estando en el balcón, sabía él que la
chiquilla ponía la cara triste?
INFANTE.- Esa misma pregunta le hice yo, y me contestó ¡miren si
es pillo!, que entornaba las maderas de modo que pareciese no estar allí, y por
un agujerito observaba en la cara de la niña el efecto de su fingida ausencia.
VILLALONGA.- ¿Sabe o no sabe el pájaro ese?
AUGUSTA.- Hay que casarles, aunque no sea sino para [193]
premiar esa manera primitiva y pura de hacerse el amor. Eso es de lo que no se
ve ya.
INFANTE.- Luego vinieron las cartitas, de que fueron
conductores, por dicha de ambos, las criadas de Federico, hasta que una noche
logró Santana colarse en la casa.
MALIBRÁN.- (vivamente.) Sí; hay que casarles: en eso estamos
conformes, Augusta, aunque no por las razones que usted alega, sino por otras
de un orden muy diferente.
AUGUSTA.- Cállese usted, mal pensado. ¿Qué hay en estos amores
que no sea la misma inocencia? ¡Bah, que entraba de noche en la casa! ¿Y qué?
VILLALONGA.- Nada, nada, que entraba a tomarle las medidas del
cuerpo, para encargar el traje de boda.
AUGUSTA.- (conteniendo la risa.) Cállese usted también,
groserote: no dice más que disparates.
INFANTE.- Y por fin, después de referirme su historia, me
suplicó que le consiguiera un destinito de oficial quinto, para poder casarse.
[194]
OROZCO.- ¿Y qué hace usted que no lo pide al momento?
AUGUSTA.- Yo que tú, volvía loco a todo el Ministerio hasta
obtener la plaza.
INFANTE.- En estas alturas, es más difícil sacar una plaza de
oficial quinto que una Dirección general. Pero algo haré, porque el chico ese
me ha entrado por el ojo derecho. «Pida usted informes a mis tíos acerca de mi
honradez -decía- y como no se los den buenos, me dejo cortar la cabeza». No
quiere el destino más que como ayuda en los primeros tiempos, hasta que pueda
tomar rumbos mejores. Y vean ustedes si el nene es activo y sabe apreciar el
valor del tiempo. Por las mañanas emplea dos horitas en llevar las cuentas de
una tienda de huevos de la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un
establecimiento de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres o cuatro
horas escribiendo al dictado en casa de un notario. Con esto reúne el
pobrecillo sus treinta duretes al mes, que le saben a gloria, por el trabajo
que le cuesta ganarlos; mas para casarse le hace falta otro tanto, o por lo
menos la mitad. Ha echado bien la cuenta, y es de los que no gastan un real sin
saber de dónde ha de [195] salir. ¿Qué tal? ¿Es este, sí o no, un hombre
predestinado a capitalista?
VILLALONGA.- (dando una palmada en la mesa.) Acuérdense todos
los presentes de lo que digo. Si vivimos, a ese monigote le hemos de ver con
más dinero que nosotros.
OROZCO.- Pues tiene, tiene, sí señor, la fibra económica.
AUGUSTA.- ¡Cuando digo que es preciso darle la mano!
INFANTE.- Aunque no quieran ustedes, tendrán que protegerle,
porque es de los que se meten por el ojo de una aguja, y sabiendo que aquí hay
buenos corazones, no tardará en llamar a esta puerta. Por si no cuaja lo de
oficial quinto, quiere entrar de tenedor de libros en una casa de Banca. De
ello me habló también, rogándome... ya ven ustedes como no pierde ripio... que
intercediera con el Sr. de Orozco para que este le recomendara a Trujillo y
Ruiz Ochoa, en cuyo escritorio hay, según parece, una vacante de tenedor.
OROZCO.- Sí que la hay; pero no seré yo quien le recomiende...
[196]
AUGUSTA.- (con gracejo.) Tomás de mi vida, no te me hagas el
feroz tirano.
OROZCO.- ¡Pero hija de mi alma, si ya he recomendado a tres... a
tres!
INFANTE.- Yo, no sólo prometí hablar con interés al amigo
Orozco, sino que invité a Santana a que viniera a verle...
OROZCO.- Ángel de Dios, ¿le parece a usted que no tengo ya
bastantes jaquecas?
INFANTE.- Es que yo quiero que conozca usted a este rey de las
hormigas.
OROZCO.- ¿Para qué, si no puedo hacer nada por él? Dígale usted
que no se moleste.
INFANTE.- Ya será tarde; porque, o mucho me engaño, o ese es de
los que obran rápidamente, y detestan el mañana. Hoy le tendrá usted aquí.
OROZCO.- (benévolamente.) Mi casa es un hospicio, y no puedo
verme libre de postulantes, que me marean pidiéndome lo que darles no puedo:
este una credencial, [197] el otro una fianza, aquél dinero para salir de un
apuro, el de más allá ropas usadas; y no falta quien me pida billetes de
teatro, o una recomendación para obtener la cruz de Beneficencia. La suerte mía
es que cantando se vienen y cantando se van.
MALIBRÁN.- Amigo mío, aunque usted se empeñe en desacreditarse,
no lo conseguirá.
AUGUSTA.- (a su marido.) Hijo, en este caso, has de desmentir tu
fiereza, tu crueldad y tu tacañería, recibiendo bien al pobre Santana, y
procurándole el destino en casa de Trujillo. Lo necesita para casarse. De ti
depende la ventura de esa familia en ciernes. ¡Casarse así, con todas las
ilusiones del amor, y con esas ansias de trabajar, previendo los hijitos que
habrá de mantener! Estos son los seres verdaderamente providenciales, los que
aumentan la raza humana, los que hacen poderosas y ricas a las naciones. Verán
ustedes cómo Clotilde se carga de familia en pocos años, y cómo ese marido
modelo gana para mantener el pico a toda la prole.
INFANTE.- ¡Vaya que tiene un gancho ese joven! Me decía: «Si no
consigo la plaza de tenedor de libros o la de oficial quinto, me pasaré las
mañanas [198] vendiendo tomates o pimientos en cualquier plazuela. Trescientas
sesenta y cinco mañanas dan mucho de sí».
VILLALONGA.- (con vehemencia.) ¿Ese... ese?... Le hemos de ver
firmando letras de cambio por miles de miles.
AUGUSTA.- (con entusiasmo.) Amparémosle entre todos. Juremos ampararle.
Es el hombre del porvenir, y todos los presentes están en el deber de prestar
apoyo al que les da esta lección de arte de la vida.
VILLALONGA.- Acepto la lección, y admiro a ese tipo, por lo
mismo que es el reverso de mi medalla, mi revés moral.
OROZCO.- Ese es de los que no necesitan ayuda de nadie. Su
propio instinto y su acometividad social le abrirán camino.
MALIBRÁN.- Protejámosle, lo que quiere decir que le proteja
Orozco en nombre de todos. Usted lo favorece, y él nos lo agradecerá a los
demás.
Sirven el café.
UN CRIADO.- Un joven está ahí, que pregunta por el señor. [199]
TODOS.- Él, él es.
INFANTE.- ¿Delgadito, mal color, ojos negros, el pelo al rape,
gabán muy viejo?
CRIADO.- El mismo.
OROZCO.- (un poco molesto.) ¡Que todos los moscones de Madrid
han de caer sobre mí!
AUGUSTA.- (al criado.) Dile que pase al despacho. El señor le
recibirá... (A su marido.) Ea, fastídiate, corazón de granito.
OROZCO.- (fingiendo buen humor.) Como recibirle, sí... ¡Pobre
tonto! No es cosa de ponerle en la calle. Pero se irá como ha venido. (Por
Infante.) Este, este métome-en-todo es quien me ha echado el mochuelo.
INFANTE.- Yo no. Recuerdo muy bien que le dije: «Vaya usted
mañana»; pero ese es de los que no padecen la enfermedad española del mañana;
profesa la teoría de que mañana quiere decir hoy.
VILLALONGA.- ¡Hoy! Dichoso el que sabe agarrarse al hoy [200]
antes que pase, porque ese llegará primero que los demás.
MALIBRÁN.- Y encontrando los mejores sitios desocupados, se
apoderará de ellos.
AUGUSTA.- No le dejes ir sin esperanzas. Hazlo por mí, por todos
los presentes, que tomamos al gran Santanita, al futuro millonario, bajo
nuestra alta protección.
OROZCO.- (sonriendo.) Esperanzas sí; todas las que quiera, pero
realidades no podrá sacar de mí. Me sacudiré la mosca... No sé qué se
figuran... Francamente, es cosa de traer a casa una pareja de Orden Público. Yo
aseguro a ustedes que este impertinente no volverá más por aquí. (Toma el café
de un sorbo y sale.)
Escena V
Los mismos, menos OROZCO.
AUGUSTA.- ¿Pero ustedes se han creído que le va a echar a cajas
destempladas?
MALIBRÁN.- ¡Cómo he de creer yo tal cosa! Felicitemos a nuestro
protegido, porque le está cayendo el maná. [201]
AUGUSTA.- Si Tomás dice que no hace nada por él, no le lleven
ustedes la contraria. Finjan, más bien, creer que le ha echado por la escalera
abajo. I promesi sposi están de enhorabuena. No les faltará pan para sus
hijitos, y seguramente tendrán uno cada año, porque estos matrimonios
ilusionados, que se afanan por el nido antes de tenerlo, son horriblemente
fecundos.
MALIBRÁN.- Lo que a mí se me ocurre, señora mía, es que con
estas filantropías van ustedes a perder a uno de los amigos más leales y
consecuentes. Federico, cegado por la soberbia, dirá: «El amigo de mis enemigos
es mi enemigo».
AUGUSTA.- Una cosa es decirlo y otra... ¡Ay!, ante la soberanía
de los hechos, no hay orgullo que no se rinda tarde o temprano... Esta es mi
opinión. Y por mi parte he de hacer los imposibles por que Federico se
reconcilie con su hermana. No es mal sermón el que le espera esta noche, si
parece por aquí.
VILLALONGA.- No le reducirá usted con sermones. Está fuera de
sí. Anoche creí que me pegaba, porque se me antojó disculpar a Clotilde. [202]
MALIBRÁN.- Corazón fiero, orgullo indomable, ideas anticuadas y
consistentes, de esas que desafían con su firmeza el empuje de la opinión
vulgar; ideas macizas, que serían muy buenas en una época de acción y de
unidad; pero que se vuelven ineficaces y hasta ridículas en una época de
inestabilidad, de polémicas y de dudas.
AUGUSTA.- ¡Cuando digo que estamos hoy muy sabios!...
MALIBRÁN.- No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los
desengaños, que me han obligado a estudiar la vida. Compadézcame usted en vez
de zaherirme por lo que sé. Y sé más, (con fineza de dicción y de intención)
mucho más de lo que usted cree.
AUGUSTA.- No, si yo no he puesto límites ni fronteras a su
sabiduría. Es que, francamente, me pareció que había examinado usted con buena
crítica las ideas de Federico.
MALIBRÁN.- De quien nada ofensivo dije. Conste. No hay motivo,
pues, para que usted se altere.
AUGUSTA.- (ligeramente desconcertada.) ¡Yo!... ¡Alterarme yo!
[203]
MALIBRÁN.- Un poquitín, aun antes de que yo completara mi
juicio. Me faltaba añadir que de su mismo orgullo, de su susceptibilidad
extrema y de la pugna entre sus ideas y sus medios sociales, nacen los hábitos
de envilecimiento que a pesar suyo le dominan, y que son su desgracia
irremediable y su problema insoluble.
AUGUSTA.- (devorando su ira.) Todas esas cosas, ¿por qué no se
las cuenta usted a él?
INFANTE.- (con sequedad.) Habla usted de hábitos de
envilecimiento, y me parece que no se ha fijado usted en la significación de la
palabra. De otro modo, haría mal en sostenerla. Yo afirmo que Federico es un
caballero.
MALIBRÁN.- (rectificando.) No lo he dudado nunca... Esos
hábitos, que todo el mundo conoce, deben de ser calificados quizás de un modo
más suave, tratándose de un amigo. Emplearemos otra palabra.
AUGUSTA.- Mejor sería no haberla pronunciado.
MALIBRÁN.- No fue mi intención ofenderle.
INFANTE.- (para sí.) Decididamente, el italiano este es de una
[204] blandura fenomenal. No entra, no entra, por más que se le pongan picas
hasta el hueso.
AUGUSTA.- Vamos, usted quiso decir que Federico no es caballero.
INFANTE.- (para sí.) ¡Qué bien me le capea esta!... pero no
entra... Cada vez más huido.
MALIBRÁN.- Perdone usted, amiga mía. Jamás califico yo
acerbamente a una persona con quien me une amistad. (Para sí.) ¿Quieres una
estocada? Pues allá va. (Alto.) Lo que yo quise decir es que caballerosidad y
necesidad rara vez se llevan bien. ¡Ay de aquel en quien estos dos estímulos se
reúnen! En público son muy difíciles de conciliar, y sólo en la esfera privada
pueden algunos armonizarlos. En el misterio, en los escondites que labran el
miedo y la prudencia, se hacen cosas que, a la clara luz del día, son
condenadas con cierto énfasis. Hay dos esferas o mundos en la sociedad: el
visible y el invisible, y rara es la persona que no desempeña un papel distinto
en cada uno de ellos. Todos tenemos nuestros dos mundos, todos labramos nuestra
esfera oculta, donde desmentimos el carácter y las virtudes que nos informan en
la vida oficial y descubierta. [205]
AUGUSTA.- (vivamente.) Perdone usted, Malibrán; todos no: la
tendrá usted; pero eso de todos es un poco fuerte. (Para sí, con ira
disimulada.) ¿No habría quien le parara los pies a este majadero?...
MALIBRÁN.- (para sí.) Vuelve por otra. (Se levanta.)
AUGUSTA.- Pero qué, ¿nos deja usted ya?
MALIBRÁN.- Ya debiera estar en el Ministerio.
AUGUSTA.- No me acordaba... (Irónicamente.) Es tan grata su
compañía, y nos adormece de tal modo el encanto de su conversación, que
olvidamos lo necesaria que es su presencia en el Ministerio para que marchen
bien los asuntos exteriores.
MALIBRÁN.- (para sí.) Búrlate todo lo que quieras. Ya me la
pagarás.
AUGUSTA.- (estrechándole la mano.) Váyase usted prontito. No le
retengo, no quiero tener la responsabilidad de una catástrofe europea.
MALIBRÁN.- Tema usted las domésticas, no las internacionales.
[206] Y cuando se dispare el primer cañonazo, avise usted a los buenos amigos.
¿Llamar, eh?
VILLALONGA.- Dos toques y repique. (Dándole la mano.) Adiós,
diplomático. Memorias al Marqués de Salisbury.
MALIBRÁN.- De tu parte. Adiós, Infante. (Vase.)
Escena VI
Los mismos, OROZCO.
OROZCO.- (entrando, con semblante risueño.) Vamos, le
despaché... Se va el pobrecillo muy descorazonado. Pero yo ¿qué le he de hacer?
Pues sólo faltaba que...
AUGUSTA.- (con gracejo.) Eso es: fuertecillo. ¡Qué genio vas
echando, hijo de mi alma!
OROZCO.- Lo siento; pero no he podido darle ni esperanzas
siquiera.
AUGUSTA.- Sí, te lo conozco en la cara.
VILLALONGA.- Su cara revela satisfacción.
INFANTE.- La satisfacción de las malas acciones. [207]
OROZCO.- Ni buenas ni malas.
AUGUSTA.- (en voz baja a Infante.) ¿Pero tú le crees?
INFANTE.- ¿Qué le hemos de creer? Para mí Santanita se ha puesto
las botas.
VILLALONGA.- Permítame usted, amigo Orozco, que no dé crédito a
su modestia. Lo mismo nos dijo usted el otro día, cuando vino a importunarle
aquel vejete arruinado de la Plaza Mayor, y después supimos que a la calladita
le puso usted una tienda nueva, un comercio de gorras.
OROZCO.- (excitado.) ¿Quién ha dicho eso? ¡Es calumnia!
VILLALONGA.- ¡Calumnia!
OROZCO.- (dominándose y riendo.) El que tal diga falta a la
verdad. ¿Con que de gorras, eh? Tiene gracia.
AUGUSTA.- (hace señas a Villalonga para que se calle.) ¡Eh!,
chitón, indiscreto.
INFANTE.- Son voces que hace correr la maledicencia. [208]
AUGUSTA.- No se hable más de eso. En resumidas cuentas, puesto
que tú no quieres proteger al rey de las hormigas, le echaremos nosotros un
cable.
OROZCO.- ¡Bueno estoy yo para protecciones! ¿Quién me defenderá
a mí de la fiera que me amenaza hoy, y que no tardará en presentarse?
INFANTE.- Ya sé quién es. Joaquín Viera, el papá de Federico,
que llegó anoche.
VILLALONGA.- ¡Demonio! Cuidado con ese, que es el primer sable
de América... y de Europa.
INFANTE.- ¿Quiere usted que le recibamos Villalonga y yo, y le
paremos la estocada?
AUGUSTA.- (con viveza.) Eso sería lo mejor. Si, sí, Tomás, que
le reciban estos y le pongan las peras a cuarto.
OROZCO.- No puede ser. A ese maestro de maestros, no le sabe
parar nadie más que yo. Dejádmele a mí.
AUGUSTA.- Hijo de mi vida, tiemblo por ti; temo a tu bondad, a
tu miedo al escándalo. [209]
OROZCO.- ¡Quia! Que escandalice todo lo que quiera. No sé qué
lío se traerá. Ya lo veremos.
AUGUSTA.- Estoy en ascuas. No tendré tranquilidad hasta que no
le vea salir de casa. ¿A qué hora viene?
OROZCO.- A las tres. (Hablan aparte Orozco y Villalonga.)
AUGUSTA.- Faltan diez minutos. Siento escalofríos.
INFANTE.- ¿Te pones mala?
AUGUSTA.- Creo que sí, y si la visita se prolonga, quizás... Me
bullen en la cabeza presentimientos de no sé qué desdicha.
INFANTE.- Si no sales a paseo, te acompañaré en casa.
AUGUSTA.- No, no salgo. Pero no me acompañes; te aburrirías.
Tengo muy mal humor esta tarde.
INFANTE.- Yo lo tengo pésimo. Si dos negaciones afirman, [210]
de dos displicencias puede salir un rato de agradable entretenimiento.
AUGUSTA.- No; de dos displicencias que se funden, sale de seguro
la hora negra, la hora de la contradicción y del tirarse los trastos a la
cabeza. Hoy es un día en que me peleo yo con el lucero del alba, a poco que me
exciten. Querido Manolo, si aprecias mi amistad, echa a correr y no aportes por
acá hasta la noche.
INFANTE.- Se me figura que Malibrán te ha puesto de mal humor.
AUGUSTA.- (fingiendo tranquilidad.) A mí, no. Estoy acostumbrada
a sus tonterías, y la oigo como si leyera los chascarrillos de la sección amena
de un periódico.
INFANTE.- Mucho cuidado con él.
AUGUSTA.- Ya lo tengo... ¡ah!, vaya si lo tengo. Con que,
Infantito de mi vida, ¿me quieres hacer un favor? Te lo agradeceré mucho.
INFANTE.- Pide por esa boca. [211]
AUGUSTA.- (con zalamería.) Que te marches, y perdona la
grosería. Quiero estar sola con mi marido.
INFANTE.- El egoísmo matrimonial es tal vez el más respetable.
Me sacrifico, hija, me sacrifico a tu deseo, y te ofrezco mi ausencia como el
más fino de los homenajes. (Le estrecha la mano.)
AUGUSTA.- Oye, Infantito mío: para que tu fineza sea colmada, y
yo tenga algo que añadir a la gratitud que te debo, llévate a Villalonga.
INFANTE.- Si no quiere irse por su pie, me le llevaré a cuestas.
AUGUSTA.- Gracias. Vales un imperio.
INFANTE.- (a Villalonga.) Eso es, entreténgase usted charlando,
y la comisión de reforma del catastro sin poderse reunir por falta de vocales.
VILLALONGA.- Tiene usted razón. Vamos allá. (A Augusta.)
Patrona, ¿será usted tan buena que me deje marchar?
AUGUSTA.- No debiera hacerlo. Por mi gusto le pondría [212] a
usted habitación en esta casa, y no le permitiría salir sino para dar un corto
paseíto higiénico... Pero como se trata del catastro, que es una cosa muy
buena, no quiero que me llamen rémora, no debo ser obstáculo a los progresos de
la administración, y le doy a usted permiso para que se largue con viento
fresco, cuanto más pronto mejor. (Villalonga e Infante se despiden de Augusta.
Un criado entra y habla en voz baja con Orozco.)
AUGUSTA.- Ya está ahí. Tenemos el cometa en casa. Tomás, por
Dios, mucho pulso. Contente. Pon frenos y más frenos a tu bondad. Trátale como
merece. (Para sí.) ¡Dios mío, qué intranquila estoy, y qué extraños, qué
indefinibles temores me acechan en las revueltas de mi conciencia!
Escena VII
Despacho en casa de Orozco.
OROZCO, JOAQUÍN VIERA.
VIERA.- (abrazándole con efusión.) ¡Tomás de mi alma...!
OROZCO.- Joaquín.
VIERA.- ¿De salud bien? ¿Y tu mujer?¡Siempre tan guapa, tan buena...!
Lástima que no tengáis [213] hijos. La felicidad parece que no es completa en
el matrimonio, cuando no hay familia menuda que lo alegre, lo adorne y lo
santifique. Pero aún puede ser que... Sois muy jóvenes... ¡Qué placer me causa
verte! Te conocí niño, después mozo, hombre por fin; y las afecciones primeras
se renuevan en el alma cuando envejecemos. Tu padre y yo, más que amigos,
fuimos hermanos, y a ti te he mirado siempre como hijo. Abrázame otra vez. Sé
que no me tienes gran afecto; mas no por eso te retiro el mío, y me sirve de
consuelo el corresponder a tu tibieza con el ardor de mi cariño. Yo soy así.
OROZCO.- Gracias. ¿Y qué es de la vida de usted...?
VIERA.- Hijo mío, mi vida es la continua privación de los bienes
que apetece mi alma. Nada más conforme a mi carácter que la estabilidad. Pues
heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones extranjeras, sin
oír la voz de un ser amado, sin ver el rostro de una persona de mi sangre y de
mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás! Tres grandes atractivos tiene la existencia
para un hombre de mi temple y mis inclinaciones: la familia en primer término;
después la tierra, o sea la propiedad; después los libros, o sea el estudio y
la contemplación de la Naturaleza. (Con ternura y acento firme.) Mi [214] ideal
de vida sería este: mis hijos conmigo; debajo de mis pies, un triste pedazo de
suelo que cultivar, sin ambición, ni envidioso ni envidiado; y como solaz,
media docena de libros buenos. Créelo, estos son los únicos bienes apetecibles
y además las únicas amistades fecundas y verdaderas: la familia, manantial de
goces infinitos, la tierra que te devuelve generosa los cuidados que pones en
ella, y el libro sano y ameno, que te deleita, te calma y te instruye. Pues
nada de esto me concede Dios a mí. Sin duda me priva de lo que más amo, para
concedérmelo en otro mundo mejor.
OROZCO.- Si los hechos correspondieran a las intenciones o a las
palabras, no dudo que tendría usted todo eso que desea.
VIERA.- ¡Los hechos, los hechos! ¿Sabes tú lo que has dicho?
¡Los hechos! Eres feliz; heredaste una gran fortuna; te viste encarrilado desde
la niñez en la vida regular, y andas aún con la velocidad que te imprimieron.
Todo lo encuentras llano, fácil... Los hechos son para ti una serie de
movimientos maquinales, instintivos. Para los que se impulsan a sí propios, los
hechos son el movimiento externo, los encontronazos, las sinuosidades del
camino, pues de los obstáculos mismos hay que valerse para dar un [215] paso.
Mis hechos, Tomás querido, no son míos, y es injusticia juzgar estas cosas
aisladamente. Aprécialas en conjunto, abarca de una mirada el mecanismo social,
y fíjate en la posición que tenemos en él los desheredados de la fortuna. Es
preciso que todos vivamos, Tomás: no se ha hecho el mundo sólo para que lo
disfruten los capitalistas. Has visto en mí acciones que te desagradan. ¿Pero
tú, talento superior, alma elevada, aplicas a todos los casos la moral cominera
y menuda? No, hijo mío, a ti te corresponde medir con la gran regla. Lo harías
sin trabajo, si te hubieras formado en la adversidad; pero tu talento debe
suplir la experiencia, que te falta. No me juzgues, por Dios, con el criterio
del vulgo necio. Tú no eres vulgo, Tomás, ni la serás nunca, aunque vivas en la
atmósfera creada por él.
OROZCO.- (con benevolencia.) ¡Lástima que ese gran ingenio no se
emplee mejor! Suele ofrecernos la humanidad este contraste, y es que la gente
ordenada se cae de sosa, y los traviesos y desarreglados tienen toda la sal de
Dios. Sin duda, la vida aventurera, de arbitrios sutiles y de combinaciones muy
calculadas, fomenta en los hombres el donaire. No sé si Dios tendrá dispuesto
que la bohemia y los caracteres picarescos desaparezcan al fin con la
aplicación completa de la disciplina moral. [216] Si así fuera, ¡qué lástima!,
porque lo picaresco parece un elemento indispensable en el organismo humano.
VIERA.- Sí, sí; es preciso que haya de todo, querido, y cree que
el mundo no ha de variar gran cosa en sus aspectos generales, por mucho que lo
pulimente el saber de los hombres, y eso que los periódicos llaman conquistas
de la civilización. La diversidad de medios de vivir ha de corresponder siempre
a la variedad y muchedumbre de caracteres y de móviles. (Con agudeza.) Si la
moral de los catecismos llegara a imperar en absoluto, y se acabaran la bohemia
y la raza picaresca, como tú has dicho, el mundo sería insoportable de
insulsez. En tal caso, la humanidad, harta de sí misma, se suicidaría, no por
individuos, sino por naciones; emplearíanse cantidades enormes de dinamita para
volar continentes enteros; nos aborreceríamos por pueblos y por castas; nos cargaríamos
tanto, que nuestras guerras serían mil veces más feroces que las de los tiempos
primitivos.
OROZCO.- (riendo.) Original, graciosísimo. Pero no perdamos
tiempo, Joaquín, y sepamos el objeto de su visita y de su viaje que, según
parece, son uno mismo. [217]
VIERA.- (con emoción, estrechándole las manos.) Mucho me duele
que todas mis aproximaciones a ti tengan siempre un objeto... poco grato, al
menos en apariencia. No puedes figurarte la pena que esto me causa.
OROZCO.- (con serenidad.) No se apure usted, y vea cuán
tranquilo estoy. Si he de ser franco, sus arranques de sensibilidad no me
conmueven. Los miro como un medio de insinuación, lo mismo que sus alardes de
ingenio.
VIERA.- (bajando los ojos.) ¡Oh!, no, te lo juro. Cree que
siento en este instante una pena...
OROZCO.- ¿Por qué?
VIERA.- Por lo desagradable del asunto que aquí me trae... Pero
no creas; también yo, con auxilio de mi razón, sé rehacerme y quitar a la pena
o todo fundamento lógico, poniendo el acto este en su verdadero terreno. Vamos
a ver, si yo te asegurase que el asunto que aquí me trae, me parece, cuando
pienso mucho en él, que envuelve un vivo interés hacia ti, ¿qué dirías?
OROZCO.- (riendo.) Pues diría que me parece una cosa muy [218]
rara, y que sería preciso que me lo probara usted para creerlo.
VIERA.- Te lo probaré si tú me ayudas con tu buen juicio y tu
manera amplia de ver las cosas. El criterio vulgar diría que yo vengo a
molestarte. Si tú no fueras quien eres, lo creerías así. Siendo Tomás Orozco,
no lo puedes creer.
OROZCO.- Para que yo forme juicio, lo principal es que sepa
claramente de qué se trata.
VIERA.- Paciencia, amigo mío, paciencia. Eres un hombre
superior. Si yo no lo supiera por mi observación directa, lo sabría por la fama
de que gozas. (Enfáticamente.) Inteligencia clara, puntos de vista elevados,
conocimiento de la realidad, ideas tolerantes; además, gran corazón, abierto
siempre a la indulgencia y a la piedad, honradez a toda prueba, sentimiento
vivo del decoro y de la posición; aptitud grande para ver lo íntimo de las
cosas...
OROZCO.- (interrumpiéndole.) Basta, basta de incienso.
VIERA.- Concluyo... ya sé que el incienso te asfixia. [219] Lo
empleo como argumento para decirte que siendo tú quien eres, la conciencia más
pura que hay bajo el sol, no has de tolerar nada contrario a la ley, ni has de
convertir en provecho tuyo la propiedad ajena; en suma, que has de tener a gala
y orgullo el devolver a sus verdaderos poseedores lo que ilegítimamente, por
olvido o negligencia, no por malicia, está en tu poder.
OROZCO.- (agriamente.) ¿Y qué es eso que no me pertenece, y que
yo retengo en mi poder? Sepámoslo.
VIERA.- (con la mano sobre el pecho.) ¿Dudas de mi palabra?
OROZCO.- ¿Pues no he de dudar?
VIERA.- Pues mi palabra sola te ha de convencer, sin necesidad
de apelar a la prueba legal. Quiero darme el gusto de que te persuadas por lo
que yo te diga, porque tus dudas acerca de mi lealtad me lastiman
profundamente. Escúchame. ¿Te acuerdas de las obligaciones de Proctor y Barry?
OROZCO.- (reconcentrando sus ideas.) Sí que me acuerdo. Todas
fueron canceladas, parte hace diez años, parte hace cinco. Sobre esto no tengo
duda. [220]
VIERA.- Todas menos una, Tomás; aguza la memoria. No se diga que
estoy más enterado de tus asuntos que tú mismo.
OROZCO.- Menos una, es cierto, que había sido reservada por el
viejo Proctor para su hija mayor, la cual tenía, además, una póliza de seguro
en la Humanitaria. Y la obligación esa, que no se presentó en tiempo oportuno,
se liquidó después, al liquidar la póliza... Espere usted, a ver si recuerdo
bien. (Confuso.) ¡Ah!, la liquidamos cuando murió la hija de Proctor, allá
en...
VIERA.- En Bombay. Pero no fue como tú dices, Tomás de mi vida;
haz memoria... no fue así. Liquidasteis la póliza; pero la obligación, que era
de las de ocho mil libras, quedó pendiente, por no encontrarse el documento
original. Se hizo una información, que no resultó clara, y el asunto quedó en
tal estado. Los Proctor murieron todos en una serie de catástrofes y desgracias
de familia. ¿No lo recuerdas? Wigham, afectado de locura, se tiró al mar en la
travesía de Boulogne a Folkstone; Guillermo, falleció de la disentería en Nueva
Zelanda; Isaac, pereció en un naufragio...
OROZCO.- Sí, todo lo recuerdo, y la hermana murió a [221]
consecuencia de haberse tragado un huesecillo de ave.
VIERA.- Sólo queda Benjamín, que ha recogido a los hijos de
Adelaida Proctor.
OROZCO.- ¿Y ese Benjamín es el que descubrió la obligación
trasconejada?
VIERA.- Cierto.
OROZCO.- Comprendido. A ver... Venga. (Con impaciencia.) Quiero
ver qué trazas tiene ese documento.
VIERA.- (flemático.) Aguárdate un poco. Deseo prevenir todas tus
suspicacias. Como no podrás dudar de la autenticidad del documento, me vas a
decir que ha prescripto; pero yo te probaré que no.
OROZCO.- Seguramente ha prescripto. No habiéndose presentado en
el arreglo de 1874...
VIERA.- Veo que tu memoria es flaca, querido Tomás, y que
además, por querer contradecirme, incurres en graves errores, de los cuales tu
clara inteligencia saldrá sin esfuerzo, a poco que yo [222] te ilumine.
Recuerda el caso aquel, bastante parecido a este, en que creíamos todos que la
obligación del Banco de Navarra había prescripto, y el Tribunal Supremo declaró
que el plazo de prescripción de estas obligaciones no podía depender de los
plazos de arreglo que fijaran los liquidadores de la Humanitaria. Es esto
cierto, ¿sí o no?
OROZCO.- (meditabundo.) Cierto es; pero enséñeme usted...
VIERA.- (sacando un papel.) Ahí está. Examínalo con la
prolijidad que quieras. (Mientras Orozco examina con profunda atención el
documento presentado por Viera, este se levanta, y con las manos en los
bolsillos se pasea por la habitación, hablando para sí.) A ver por qué registro
sales ahora, jesuitón, cuákero de mil demonios. Estás cogido. La red es
hermosa, y admirablemente tejida con hilos legales; y por más que la busques no
encontrarás malla rota para escabullirte. (En alta voz.) ¿Qué piensas de eso? ¿Cabe
en ti la sospecha o el recelo de que la obligación pueda ser falsa?
OROZCO.- No; es legítima.
VIERA.- Luego, yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme
tu estimación, porque... dilo [223] con franqueza... cuando te anuncié mi
visita, pensaste que yo te armaba alguna trampa como esas que se estudian en
los presidios, y que se llaman entierros.
OROZCO.- No pensé eso, aunque sí una cosa semejante.
VIERA.- (suspirando.) Estoy en desgracia contigo. Con todo,
acabarás por reconocer que este acto entraña un profundo interés hacia ti.
(Orozco hace un gesto de asombro.) No, no hay que asustarse de lo que digo, ni
tratarme como a un loco que trastorna el sentido de los conceptos. Con la mayor
entereza y sinceridad del mundo, digo y repito que este paso que doy, más debe
ser por ti agradecido que vituperado. Tomás, te estoy haciendo un notable
servicio en la ocasión presente. (Con gravedad suma.) Este viaje mío, y la
presentación del documento que acredita una deuda sagrada, son prueba clarísima
de amistad y de la parte que tienes en mis afectos, porque obrando así, te
ahorro mil disgustos, y te facilito la solución de lo que podía ocasionarte un
grave conflicto.
OROZCO.- (irónicamente.) Gracias, gracias... Me enternece tamaña
bondad. No le creí a usted tan magnánimo, amigo Viera.
VIERA.- (con afectada resignación.) Júzgame como se te antoje.
[224]
OROZCO.- ¿Cuánto tiempo ha empleado usted en Londres, preparando
este negocio? Y para lanzarse a perseguir la obligación perdida, ¿vino usted de
New-York a Inglaterra hace tres meses? ¿Por cuánto la ha vendido Benjamín
Proctor?
VIERA.- (secamente.) No la he comprado. Tengo poderes del
poseedor para gestionar el pago... ¿quieres verlos?... y para proponerte un
arreglo que te facilite la cancelación.
OROZCO.- La deuda es legal: yo no lo niego; pero surge la duda
de que esta obligación esté comprendida en el arreglo que se hizo en 1874. La
cuestión no resulta tan clara como usted supone. Es, por lo menos, discutible
el derecho de Benjamín Proctor a realizar este crédito.
VIERA.- Él lo juzga clarísimo, y quería, desde luego, ponerte en
un aprieto, planteando la cuestión jurídica. Yo, que te conozco y sé tu horror
a la curia y al papel sellado, quise prestarte un servicio, y propuse a
Benjamín intentar directamente un arreglo amistoso. Discutimos el caso, hícele
ver las dificultades y dispendios de un pleito en España, le ponderé tu
carácter conciliador, [225] inclinado siempre a la justicia, y por fin convino
en contentarse con la mitad, cuarenta mil libras, al contado... Te juro, amigo
de mi alma, que he puesto de mi parte, en este asunto, una desinteresada
adhesión a tu persona y una defensa leal de tus intereses, pues la comisión que
me da Proctor, en caso de éxito, apenas me basta para los gastos de viaje.
Ahora resuelve tú. (Se sienta.)
OROZCO.- (levantándose, entrega la obligación a Viera.) Tome
usted su papel.
VIERA.- ¿Qué decides?
OROZCO.- (con frialdad y aplomo.) Decido... no pagar.
VIERA.- ¿No reconoces la legalidad de la deuda?
OROZCO.- La reconozco; pero la declaro prescripta.
VIERA.- (desconcertado.) Reflexiona, Tomás; no te arrebates...
Piensa en la sentencia aquella del Supremo. Benjamín pleiteará, y te verás
metido en un lío espantoso, y perderás con costas.
OROZCO.- (paseándose y mirando al suelo.) Lo veremos. La
cuestión es muy problemática, [226] pues podremos sostener que la sentencia del
Supremo sólo comprendía las obligaciones de la serie D.
VIERA.- (clavándole la mirada.) Eso no puede sostenerse, Tomás;
eso es absurdo. Reconoce la lealtad de la intención con que me presento a ti, y
confórmate con el arreglo que te propongo.
OROZCO.- No quiero. (Plantándose ante él, y resistiendo con fría
tranquilidad la penetrante mirada de Viera.) Y voy a explicarle a usted la
razón de esta resistencia que, según veo, le sorprende tanto. Es que me he
cansado del papel de hombre recto y juicioso, que la opinión pública se ha
empeñado en hacerme representar. He visto que la rectitud, practicada tan en
absoluto, me trae más males que bienes. Y resulta una cosa, amigo Viera: antes
que los atenienses se aburran de oír llamar justo a Arístides, el mismo
Arístides se ha cansado de serlo, y quiere igualarse a los demás. Yo había dado
en la manía de no ir con el vulgo, y ahora caigo en la cuenta de que se va
mejor por el camino que traza la muchedumbre. ¿Qué tal? Esta salida ha
desconcertado al amigo Viera, al ingenioso arbitrista, al aventurero sagaz.
(Con cruel humorismo.) ¡Ah!, usted no contaba con esta, ¿verdad?, dígalo con
franqueza; usted fiaba en la decantada [227] severidad de mis principios, en
esa fama que me han dado algunos tontos, la cual ha venido a cargarme tanto,
pero tanto, que me propongo no perdonar ocasión de desmentirla.
VIEIRA.- (para sí, confuso y atortolado.) ¿Pero este hombre se
está burlando de mí, o qué es esto? (Alto.) Juraría que tu cerebro no está en
perfecto estado de equilibrio.
OROZCO.- (volviendo a pasear sin agitación, a ratos deteniéndose
ante el otro.) Con el pensamiento me será muy fácil transportarme al ánimo del
astuto Viera, y reproducir la serie de juicios que han determinado este acto.
Vamos a ver: usted entendió que el amigo Orozco era un ardiente puritano, capaz
de dejarse desollar vivo antes que retener un maravedí que no le perteneciese,
y se dijo: «Este es el hombre que me conviene a mí. Compro la obligación por
una bicoca, y de fijo no vacilarán en dármela, porque la cuestión es compleja y
obscura, y los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me
presento con mis papeles en regla; el hombre se asusta; la conciencia se
sobrepone en él al interés; su inflexible noción del derecho hace mi negocio;
cobro a toca-teja, y hasta otra». ¿Es este, sí o no, el verídico proceso de la
intención y las ideas de usted? [228]
VIERA.- (redoblando su astucia.) Te veo ciegamente entregado a
tu imaginación, querido Tomás, y cuanto has dicho es una fantasía loca. En mí
no hubo ni hay más intento que el de servirte y ahorrarte penas y dinero.
OROZCO.- Pues ahora resulta que el virtuoso y rígido, el hombre
de conciencia intachable no existe más que en la infundada creencia de los
tontos que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los que
le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse en el justo
medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo brutal de otros que no
quiere dejarse explotar, sosteniendo el derecho estricto y la moral pura en
cuestiones de intereses; que defiende su peculio, hasta donde pueda, con el
criterio de la mayoría de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta
también que al trapisonda que me escucha le ha salido el tiro por la culata, y
que por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.
VIERA.- (tragando saliva.) Tú harás lo que gustes, y podrás
sostener, en lo referente a pago de deudas, ese criterio tan distinto de tus
ideas de toda la vida, y que no es, por más que digas, el criterio de la
mayoría de los hombres de negocios. Yo he cumplido [229] contigo. Fracasadas
mis gestiones conciliadoras, te entenderás con Benjamín Proctor, que
inmediatamente entablará la acción contra ti.
OROZCO.- (resueltamente.) Ese señor hará lo que le acomode, y yo
también, y si quiere pleitear, que pleitee, pues el asunto no es claro ni mucho
menos.
Escena VIII
Los mismos, AUGUSTA, que entreabre cautelosamente la puerta del
foro y permanece indecisa escuchando, sin atreverse a entrar.
AUGUSTA.- (para sí.) Mi marido alza la voz. No puedo vencer mi
curiosidad. ¿Entraré? No me atrevo. Parece que el cometa lleva la peor parte, y
que no se sale con la suya. Su cara revela contrariedad, la rabia del reptil
que se siente pisado.
VIERA.- (con sofocada ira.) ¡Ay! Mi situación es sumamente
penosa, pues si tú no fueras quien eres, un amigo de toda la vida, casi un hijo
para mí, yo te diría lo que pienso acerca de esa singular manera de entender el
derecho, y de apreciar la oportunidad para el pago de deudas sagradas.
OROZCO.- Es lo que me faltaba, que usted me diese lecciones de
conducta. [230]
VIERA.- Me vería obligado a dártelas si no cayeras pronto en la
cuenta del daño que te haces a ti mismo. Yo espero que serás razonable, Tomás,
y que no consentirás que yo vaya ahora a Benjamín Proctor y le diga: «aquel
hombre a quien creíamos la conciencia más pura del mundo es un negociante
vulgar, que se aprovecha de las obscuridades de la ley, y se apoya en los
embrollos de la curia para no pagar. E a él hay más astucia que virtud, y tiene
todas las marrullerías de un tendero insolvente o de un zurupeto intrigante». Y
a pesar mío, habré de ayudar a tu acreedor a apretarte las clavijas, porque no
puedo negarme a poner al servicio de la justicia mi conocimiento de la curia
española y de cómo se llevan aquí los negocios de cierta clase.
OROZCO.- Muy bien. Póngase usted al servicio de Benjamín, y
ármeme todas las trampas curialescas que quiera. Todavía, si se me antoja, seré
yo capaz de cancelar la obligación por una cantidad doble de lo que dio usted
por ella...
VIERA.- ¿Ya vienes con miserias? Tomás, me ofendes con
proposición tan humillante. Me equivoqué al suponerte prendas extraordinarias;
no quisiera equivocarme también, teniéndote por generoso y viendo la mezquindad
con que le [231] regateas a este infeliz un pedazo de pan. Nada, no hay arreglo
posible. Pleitearemos; tú lo has querido. Si sobre quedar por los suelos y
echar al arroyo tu fama, tienes que pagar el total de la obligación, y de
añadidura las costas, no me culpes a mí, que me propuse hacerte un favor, y
evitar el desdoro de tu nombre.
OROZCO.- Gracias... En pago de esa abnegación, ¿sabe usted a lo
que me hallo dispuesto? Pues muy sencillo. Si usted insiste en aburrirme y en
amenazarme, yo, el hombre comedido, el puritano, la conciencia recta y pura, no
tendré empacho de tomarme la justicia por mi cuenta, (parándose ante él y
accionando sin afectación y con flemática tranquilidad.) ni de romperle a usted
el bautismo, así, muy sencillamente, a lo santo, sin escándalo y como quien no
hace nada.
AUGUSTA.- (para sí, con alegría.) Bien, muy bien.
VIERA.- (levantándose, demudado.) Tomás. No puedo tolerar eso...
No lo admito sino como broma... una broma de mal género.
AUGUSTA.- (que avanza decidida, presentándose.) Y si hace falta
otro guapo, aquí está.
VIERA.- (inclinándose con afectada etiqueta.) Augusta, señora
mía... ¡Qué a tiempo llega [232] usted, como enviada por el Cielo, para
librarme de esta fiera que tiene usted por esposo...
AUGUSTA.- Aquí la fiera no es él...
VIERA.- (con servilismo, y como queriendo echarlo a broma.) Hija
mía, si hasta se ha permitido amenazarme de palabra y de obra. ¡Qué bromas
gasta este modelo de ciudadanos y espejo de maridos! No sabe usted bien cómo se
ha puesto. ¡Caramba! Todo por una mala interpretación de mis rectas
intenciones... Por Dios... Sea usted juez de esta contienda, Augusta, usted,
que es un ángel.
AUGUSTA.- ¿Juez yo? No he pensado entrar nunca en la
magistratura.
VIERA.- ¡Ay! Horrible tortura es para mí verme mal juzgado por
personas a quienes tanto quiero; por personas que son en mi ánimo lo primero
del mundo, la crema, el cogollito de la humanidad. (Aturdido y descompuesto.)
Augusta, ¿quiere usted que la entere del asunto que me trae aquí? Apuesto mi
cabeza a que lo ha de juzgar con más serenidad que su digno esposo, el cual ha
sido hoy muy cruel con el compañero y socio de su padre... ¿Le parece a usted
que merezco yo, el primer amigo de la casa, ser tratado como un...? No, Tomás,
no es propio de ti ensañarte [233] con el débil. Tu misma superioridad te
obligaba a la benevolencia.
OROZCO.- Evitemos discusiones. (Con desagrado.) Todo lo que cabe
decir sobre esto, dicho está ya por una parte y otra. Se me ha hecho una
proposición, y yo no he querido admitirla.
VIERA.- Augusta, intervenga usted con su buen juicio, con su
templanza, con su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres.
Si en ninguno de los dos encuentro la consideración que creo merecer, si ambos
me rechazan con la misma dureza, sólo me resta decirles que aunque los dos se
empeñen en ello, no conseguirán tener en mí un enemigo. Amigo soy y amigo seré
siempre, y pruebas he de darles de mi cariño, superior a todas las injusticias
y desdenes. Yo tendré mis defectos; no quiero hacer mi apología; pero nadie
conoció en mí la ingratitud. Yo no puedo olvidar que debo mil atenciones a esta
pareja feliz; no puedo olvidar tampoco que mi hijo, que mi querido hijo, es
mirado en esta casa como un miembro de la familia...
AUGUSTA.- (para sí, con sobresalto.) ¿A dónde irá a parar este
tunante?
VIERA.- Los favores que el hijo merece desagravian [234] al
padre... y me consuelo del mal trato, viendo que en él se deposita la confianza
que a mí se me niega.
AUGUSTA.- No habiendo semejanza en la conducta, no puede haberla
en... lo demás.
OROZCO.- Tiene razón.
VIERA.- Augusta siempre la tiene. Es la pura discreción, y yo
acepto los juicios que se digne formar de mí. Tomás, no debe ser implacable con
los débiles el hombre que ha recibido de la Providencia tantos beneficios. Yo
quisiera saber si hay algún bien de los concedidos a la humanidad que tú no
disfrutes. Y el mayor de todos, el que remata y compendia todas tus felicidades
es esta perla, este galardón del Cielo, esta mujer incomparable que más parece
sobrenatural que humana.
AUGUSTA.- Basta de flores... No me gustan fuera de tiempo.
VIERA.- Lo supongo. Si no fuera usted modesta, no sería lo que
es. (Con refinada habilidad.) Tomás, la presencia de este ángel suaviza las
asperezas entre tú y yo. No me lo niegues. Te has humanizado desde que ella
entró. [235]
OROZCO.- ¡Válganos Dios! Si no es eso... Mi mujer, siempre que
usted me hace alguna visita, teme que yo le reciba con demasiada benevolencia.
VIERA.- ¿Es cierto eso, Augusta?
AUGUSTA.- Ciertísimo.
VIERA.- No me doy por vencido. ¡De este modo, ingrata, paga
usted los elogios que lo hice, y los piropos que le eché!... ¡Ay, qué mala se
va usted volviendo! Tomás, Tomás, ten cuidado con ella.
AUGUSTA.- (para sí.) No puedo resistir el cinismo de este
hombre.
VIERA.- Paciencia. He caído en esta casa con mala suerte.
Recibís como a enemigo al que viene con bandera de paz... (Para sí.) Si no
recojo velas estoy perdido. (Alto.) Tomás, ¿quieres que aplacemos para otro (8)
día la cuestión que ha dado motivo a estas diferencias, y no pensemos más que
en renovar nuestra antigua amistad, en gozar de ella, como de un bien
inapreciable? Yo tengo debilidad por ti, Tomás, yo te quiero como a mi hijo...
[236]
OROZCO.- La comparación no resulta, porque es dudoso que usted
quiera bien a sus hijos.
VIERA.- (aparte.) Este cuákero maldito me tapa todas las
brechas... (Alto.) ¡Si me niegas hasta los sentimientos primordiales del
hombre, entonces...! (Con pena.) Amigo mío, quizás sin mala intención, me estás
agraviando, sí, con verdadera saña. Tú no sabes lo que es amor de hijos, porque
no los tienes. En tu hogar falta la alegría, que es fuente de la piedad y de la
indulgencia. Augusta, ¿por qué no ha dado usted familia menuda a este hombre?
Amiga mía, yo quería encontrar a usted un defecto, y al fin he dado con él. Si
en este hogar hubiera hijos, el pobre amigo menesteroso no sería recibido tan
mal.
AUGUSTA.- Si doy o no doy hijos a mi marido, eso no es cuenta de
usted.
VIERA.- ¡Quién sabe si se los dará todavía! Yo espero que sí.
Hago votos porque así sea.
AUGUSTA.- (para sí.) Su sarcasmo me envenena la sangre. (Alto.)
Me parece que esta conversación es bastante impertinente. [237]
VIERA.- (para sí, con rabia.) ¡Grandísima tal, hállome atado de
pies y manos ante ti, por desconocer los enredos que de fijo tienes!
OROZCO.- Demos por terminado este asunto, y que esta conferencia
sea la primera y la última. Yo escribiré a usted, y le haré una proposición. Si
la acepta, bien, y si no, tiene el camino libre para proceder como quiera.
VIERA.- All right... He tenido la desgracia de encontrar aquí
los corazones abroquelados contra mi cariño. El uno con su desconfianza y la
otra con su huraña virtud, no han sabido comprender el celo y la abnegación con
que les sirvo. (Afectado dignidad.) Está bien; por eso no dejaré yo de ser
quien soy. Mi conducta no variará. Soy incapaz de venganza, y aunque sintiera
estímulos de maldad, no los dirigiría nunca contra personas para mí tan caras,
contra personas que considero buenas, deplorando su obcecación. Tomás, no te
molestará más este amigo, a quien no quieres comprender. Aguardo en mi casa,
hasta mañana, la proposición que te dignes hacerme. Quédate con Dios... (Da la
mano a Orozco. Este se la estrecha con frialdad.) ¡Qué triste me voy... y qué
daño me has hecho! (Con emoción muy bien fingida.) Dios te lo perdone. Y usted,
[238] Augusta, sea feliz, ignore siempre cuánto me duelen sus palabras
incisivas y desdeñosas, y siga siendo compañera de este buen hombre, siga
siendo ornamento de la sociedad y orgullo de su familia y de sus amigos. Dios
quiera que pueda apreciar algún día que este infeliz no merece ser recibido tan
mal. Adiós. (Retírase afectando profunda aflicción. Para sí, en la puerta.)
¡Negocio destripado...! ¡Maldita sea mi suerte, y mala peste os devore, cuákero
indecente y virtud relamida! Si buen punto es él, buena punta es ella...
Volveré. (Sale.)
Escena IX
AUGUSTA, OROZCO.
OROZCO.- ¿Has visto qué farsante, qué monstruo de astucia?
AUGUSTA.- (recostándose en un sillón.) Deja, deja que me reponga
del terror que me causa. No lo puedo remediar.
OROZCO.- ¿Terror por qué? A mí me causa risa. Es un histrión
perfecto; pero yo le calo la intención, la máscara que usa se transparenta a
mis ojos, y veo la cara del truhán verdadero bajo las muecas del falso amigo.
AUGUSTA.- ¡Qué hombre! Cuéntame. ¿Qué te proponía? [239] Yo
rabiaba de curiosidad, y abrí un poco la puerta. Pero no pude enterarme bien...
Creí entender algo de una obligación olvidada.
OROZCO.- De las que llamamos Proctor y Barry.
AUGUSTA.- ¿Pero es legítima? Porque ese pillo sería capaz de
falsificar la escritura como falsifica los sentimientos.
OROZCO.- (pensativo.) Es legítima. No creas que me pesa su
descubrimiento. Puesto que la obligación existía, vale más que se presente de
una vez. Tengo la seguridad de que no hay ninguna otra. Respecto a si ha
prescripto o no, puede haber dudas, y de fijo un abogado travieso, con el sin
fin de leyes y disposiciones que rigen sobre la materia, encontraría
fundamentos legales en qué apoyar la no cancelación.
AUGUSTA.- Yo temí que tu bondad te llevara a transigir; recelé
que tus escrúpulos de conciencia pudieran más que el sentido práctico de la
justicia. Pero he visto con gusto que por esta vez has puesto a un lado tus
filosofías, y que te resistes a pagar una deuda prescripta.
OROZCO.- (después de una pausa.) Hija mía, estás en un error. No
has penetrado mi pensamiento. [240]
AUGUSTA.- (alarmada.) Pues ¿entonces...?
OROZCO.- Aunque, contando con el dédalo de nuestras leyes,
pudiera sostenerse la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el
crédito ese como deuda sagrada, debe pagarse.
AUGUSTA.- Dios mío, ten piedad de mi pobre marido, que ha
perdido la razón.
OROZCO.- No digas disparates, ni juzgues tan de ligero lo que no
has comprendido bien todavía. Voy a explicarte mi pensamiento, y el plan que he
concebido...
AUGUSTA.- Tomás de mi alma, ¿serás capaz de dejarte coger en las
malvadas redes de ese miserable? ¿Serás capaz de dejarte conmover por su
refinada astucia y por su adulación infame?
OROZCO.- No te acalores antes de enterarte bien...
AUGUSTA.- Es que te veo al borde del abismo de tu bondad, de esa
bondad que es una desdicha, créelo, un pecado, una sugestión Satánica...
OROZCO.- Ten calma, mujer. [241]
AUGUSTA.- (levantándose.) No puedo tenerla. Tu filantropía ha
venido a ser una verdadera demencia. ¡Tomás, Tomás!
OROZCO.- Si no te callas y me oyes, no nos entenderemos.
AUGUSTA.- (disparada.) Imposible que nos entendamos, si no te
curas de esa manía de la bondad y de la indulgencia... Consulta el caso con
papá, con Manolo Infante, con todos nuestros amigos, y verás como todos me dan
la razón, verás como te aconsejan no reconocer la validez de ese papelote que
te ha presentado el monstruo. Esas deudas fiambres, obscuras y antediluvianas
no se reconocen nunca, Tomás. Sólo los inocentes, los dejados de la mano de
Dios, incurren en la tontería de hacer de ellas un caso de conciencia. (Con
sarcástico acento.) En una palabra, que quieren darte un timo, y tú, como esos
que creen en la paparrucha del dinero enterrado, aceptas el negocio.
OROZCO.- Estás graciosa, vida mía, y te oigo con muchísimo
placer. Pero todo te lo dices tú, y así no ha discusión posible.
AUGUSTA.- Pues habla... explícate. [242]
OROZCO.- Ante todo, no apoyes tu idea con el argumento de que
debo hacer tal cosa porque la hacen los demás. Hija de mi alma, sería
insoportable este plantón de la vida terrestre, si no se permitiera uno, de vez
en cuando, la humorada de hacer algo diferente de las acciones comunes y
vulgares. El papel de comparsa no me ha gustado nunca. Tampoco debes ponerme
delante de los ojos, como un emblema de sabiduría, la opinión de tu padre, de
Manolo Infante, y de otros amigos. Sin ser vanidoso, me precio de entender
estas cosas mejor que ellos.
AUGUSTA.- Pues si esas opiniones no valen, valga la mía, y la
mía es que no pagues a ese pillo.
OROZCO.- (sereno y sonriente.) Pero si yo no te he dicho que
pagaré a ese pillo, ni a ningún pillo.
AUGUSTA.- Has dicho que la deuda es sagrada...
OROZCO.- Y lo repito. Y añado que esa obligación pendiente pesa
sobre mi conciencia, y que no estaré tranquilo hasta que de ella no me
descargue.
AUGUSTA.- ¡La conciencia! Grandes y bellas cosas ha [243] hecho
la humanidad en su nombre; pero también, también hay que poner tonterías muy
gordas en el haber de los espíritus menguados, de esos que adoran la letra de
la ley... Explícate. ¿Quieres decir que alivias tu conciencia pagando...?
OROZCO.- Pagando, sí; pero no he dicho que a Viera.
AUGUSTA.- Eso sí que no lo entiendo. ¿Es o no Viera poseedor
legítimo de la obligación?
OROZCO.- Lo es. Antes que él entrase a verme, ya sabía yo a qué
venía, porque hoy recibí carta de Horacio Miller, en la cual me dice que Viera
compró esta obligación por un quince por ciento de su valor nominal. Lo supo
por confidencia del propio Benjamín.
AUGUSTA.- ¡Ah!... ¿Y piensas, para evitar disgustos, recogerla
de manos de Viera por el mismo quince por ciento y un poquito más, como
comisión? Falta que él quiera; pero en estos términos, sólo en estos términos
admito la idea de pagar. ¿Es esto lo que piensas tú?... Dímelo pronto.
OROZCO.- No es eso. Pienso pagar íntegramente el valor nominal.
[244]
AUGUSTA.- ¡Íntegramente! (Consternada.) ¡Ay!, hijo de mi vida,
yo voy a buscar un médico. Tú estás malo de la cabeza... Por Dios, no hagas tal
disparate. (Con ternura.) Ya ves; nunca hemos reñido. Todos tus actos han sido
aprobados y aplaudidos por mí. Verdad que siempre fueron buenos; pero aunque no
lo hubiesen sido, el cariño que te tengo me los habría hecho ver como la misma
perfección. Este acto de ahora resulta de tal modo contrario a lo que yo
entiendo por bondad, que me veo en el caso de reprobártelo con todas mis
fuerzas. Y muy a pesar mío, sintiendo mucho disgustarte, me enfadaré contigo,
disputaré, chillaré, no te dejaré vivir; y ya no habrá en nuestra vida común la
paz de que hemos gozado durante ocho años; y todo será discordia, rozamientos,
tú por un lado, yo por otro, siempre de puntas...
OROZCO.- ¡Quién sabe! Puede que no.
AUGUSTA.- Me haré insoportable. Tendrás en mí un censor agrio,
displicente, quisquilloso... En fin, Tomás, que me tendrás que preferir a tu
conciencia con tal de no ver tu casa convertida en una jaula de leones.
OROZCO.- (sonriendo.) Sentiré mucho que te me insubordines; pero
[245] si lo haces, lo llevaré con paciencia. He meditado bien la solución de
este asunto, y puedes tener la seguridad de que será un hecho.
AUGUSTA.- ¿Contra mi voluntad?
OROZCO.- (cariñosamente.) De acuerdo con ella, porque he de
convencerte, y en vez de tener en ti una censora impertinente, tendré un apoyo
decidido. Ven acá. Siéntate aquí. (Se sientan ambos.) ¿Hay mayor gloria, hay
dicha mayor que poder realizar un acto, en el cual resplandezca ese ideal de
justicia que rara vez se nos ofrece en el mundo en condiciones fácilmente
practicables? Hablo con una persona que sabe elevarse sobre las ideas y las
pasiones del vulgo, y me parece que seré comprendido. Si no, peor para ti.
AUGUSTA.- Hasta ahora, no entiendo ni pizca.
OROZCO.- Esta aparición del cometa Viera es un hecho feliz,
dispuesto para la rectificación de uno de esos errores o anomalías de la
existencia humana, que nos hacen dudar de la Providencia. Vemos cosas en el
mundo, que parecen organizadas por el mal y para el mal; injusticias que por su
enormidad repugnan a la razón y al sentimiento; los perversos imponiéndose a
los honrados, [246] y obligándoles a dejar de serlo; los de condición benigna
incapacitados de obrar bien, por las influencias que les rodean. No desconocerás
el poder y la importancia de los bienes materiales, en el orden de la vida. Las
materialidades mal repartidas, como por desgracia lo están, trastornan y
aniquilan el bien espiritual; y así, cuando se consigue rectificar, siquiera
sea mínimamente, esta calamitosa distribución del bienestar positivo, se presta
a la humanidad un servicio inmenso.
AUGUSTA.- (para sí.) No estoy segura de comprender a dónde va a
parar con esto. ¿Tiene algún sentido lo que dice, o es una sinrazón, una
efervescencia del talento descompuesto? (Alto.) Querido, lo que dices
significa, si no soy tonta, que en el mundo hay muchos que carecen de lo que a
otros les sobra. Eso ya lo sabíamos, y es cosa resuelta que no está en manos
humanas el remediar ciertas desigualdades.
OROZCO.- A veces falla esa regla pesimista, y es lástima no
intentar el remedio cuando de ello hay ocasión. Examinemos el caso este
concretamente y con la pura lógica. Después vendrá su aplicación a la práctica.
Fíjate bien: la suma que representa la obligación de Benjamín Proctor es una
cantidad negativa en nuestra riqueza, un [247] menos tanto. Esa cantidad debió
ser abonada íntegra por mí, y no lo ha sido. Luego la retengo indebidamente en
mi poder, no me pertenece... Esto es claro como el agua.
AUGUSTA.- En absoluto sí.
OROZCO.- Ya llegaremos a lo relativo. Sígueme ahora y calla.
Conste que, en principio, esa suma no me pertenece. La razón es razón, y la
lógica, lógica, y los números, números.
AUGUSTA.- Pero...
OROZCO.- Cállate. Que Benjamín Proctor haya vendido su deuda a
Joaquín Viera, eso no es cuenta mía. El valor legal del crédito no crece ni
mengua por los contratos a que da lugar, ni por las condiciones morales del
poseedor. Que este sea un modelo de honradez o un pícaro redomado, no da ni
quita la más mínima cifra al valor numérico de la deuda. Nada podrás objetar a
esto. Por consiguiente, la cantidad representada por la obligación no es mía en
este instante, sino de Joaquín Viera.
AUGUSTA.- (rebelde a la lógica.) Pero, hijo mío, en la vida, en
esta vida humana tan compleja, ¿se puede razonar de ese [248] modo? ¿Se han
tratado así los negocios alguna vez? Los escritorios de las casas de banca y de
comercio, ¿están poblados de ángeles, o son hombres los que en ellos trabajan?
OROZCO.- Yo sé lo que son, tonta. Déjame concluir. Quedamos en
que soy deudor de Joaquín Viera, que este es mi inglés neto, y que no hay
lógica divina ni humana que me libre del deber de darle lo suyo. Cierto que yo
podría, sin escandalizar al mundo, defenderme del pago amparándome en la ley,
mejor dicho, haciéndome el perdidizo en la selva intrincada de nuestras leyes.
Estas, y más aún la curia, con sus tramitaciones y diligencias inacabables y el
embrollo que de ellas resulta, me favorecerían, bien para no pagar, bien para
hacer un arreglo que redujese el desembolso a una mínima cantidad. Esto se hace
siempre. Alegando mil razones jurídicas y veinte mil argumentos de sofistería
forense, conseguiríamos no pagar o pagar muy poco. De seguro que Joaquín llevaría
la peor parte en una contienda ante los tribunales, y no sabría salir, como yo,
del bosque espesísimo de nuestro enjuiciamiento civil. Pero yo, en conciencia,
no puedo ni debo aminorar mis obligaciones pleiteando. Prefiero pagar
íntegramente a pagar un poco al acreedor y un mucho a la curia. Dejo a un lado
el amo [249] propio, reconozco el crédito, y lo que no es mío no debe estar en
mi poder.
AUGUSTA.- Volvemos a lo mismo, a que caes en las redes del
monstruo ese, y le regalas... (con irritación) porque esto es regalar, Tomás,
esto es proteger a los caballeros de industria.
OROZCO.- No, vida mía, porque yo no pagaré al caballero de
industria sino poco más, muy poco más de lo que él ha dado a Benjamín Proctor.
AUGUSTA.- Entonces no pagas íntegramente.
OROZCO.- Sí, pagaré íntegramente; pero no a Joaquín.
AUGUSTA.- (confusa.) No te entiendo. ¿Pues no dices que es el
único poseedor legítimo?
OROZCO.- Sí, hija mía. Pero aquí entra lo relativo; aquí cesa de
funcionar la letra de la ley moral, y entra en funciones el espíritu, ¿No hemos
convenido en que Joaquín es un monstruo? Entro las muchas responsabilidades que
tiene ante Dios y los hombres, la más notoria es la perversa educación que a
sus hijos dio, el abandono en que los ha tenido, faltos de medios de
subsistencia. Esta penuria ha motivado [250] lentamente en Federico ciertos
hábitos de mal género, el desorden y angustias humillantes de su vida; en
Clotilde, su indecorosa manera de buscar marido. El enmendar la obra de Joaquín
Viera ¿no es por ventura un acto de alta justicia, de esa justicia que antes
llamó relativa, y que viene a resultar absoluta, de lo más absoluto que podemos
concebir? (Augusta no dice nada. Su estupefacción la hace enmudecer.)
¿Comprendes ahora mi pensamiento, tonta? Yo propondré al monstruo pagarle el
veinticinco por ciento de su crédito, y tengo la seguridad de que acepta. Gana
un diez por ciento, si es que llegó a dar el quince, que yo lo dudo. La
aspereza con que le recibí le habrá quitado toda esperanza de mejor arreglo, y
no se lanza él a los azares de un pleito obscuro y de éxito dudoso. Como hombre
muy necesitado, que vive siempre al día, es de los que prefieren pájaro en mano
a ciento volando. Le conozco bien, y estoy segurísimo de que aceptará. Pues
bien, con el resto, hasta el total del importe de la obligación, constituiré un
fondo que asegure a Federico y a Clotilde una renta decorosa, poniéndolo a su
nombre en títulos intransferibles. Federico podrá vivir de este modo en modesta
holgura, y si es hombre capaz de apreciar los beneficios de la vida ordenada,
no dudo que su nueva situación bastará a corregirle de ciertos resabios. He
pensado también que la distribución [251] no debe, en justicia, hacerse por
partes iguales, porque Federico tiene deudas y Clotilde no. Además, el que será
marido de esta dispone de otros medios de vivir, que a su cuñado le faltan, por
lo cual juzgo equitativo asignar a Federico dos partes y una a Clotilde.
Detalle es este discutible, y que podrá modificarse con los reparos que pongas
a mi plan, del cual has dicho tantas perrerías antes de conocerlo.
AUGUSTA.- (en un rapto de entusiasmo.) Tomás, hay que rendirse a
tu bondad y a tu entendimiento, que ya me parecen sobrenaturales... ¡Qué
hombre! ¡Qué gloria para mí tenerte...! (Le abraza con efusión.) Debo adorarte
de rodillas... ¡Qué grande eres!
OROZCO.- ¿Apruebas mi plan?
AUGUSTA.- ¿Cómo no? (Llora.) ¿Ves? Se me saltan las lágrimas de
alegría... de admiración... (Para sí, conteniéndose.) ¡Dios mío... me estoy
vendiendo... qué indiscreta soy! (Alto.) Pero no... Si tu increíble generosidad
me entusiasma, como rasgo de exaltada simpatía humana, con la fría razón, como
esposa tuya, debo decir que me parece un acto de... de hermosa locura... un
disparate que raya en lo sublime. (Confundida.) En fin; todo lo que quieras.
Nunca me opondré a tu voluntad [252] en cosas de esta naturaleza. Cuanto
imagines será acertado y merecerá mi aprobación.
OROZCO.- Ahora sólo falta que el tontín de Federico, con su
carácter susceptible y vidrioso, nos suscite dificultades. Todo podría ser. Hay
que salirle al encuentro. Háblale tú. Preséntale la cuestión con tacto y
diplomacia.
AUGUSTA.- ¿Yo...? (Cortada.)
OROZCO.- Y te encargo expresamente que procures alejar de su
ánimo toda idea de gratitud.
AUGUSTA.- ¡Por María Santísima, Tomás! ¿Cómo pretendes que no
agradezca...? ¿Quieres que sea tan monstruo como su padre?
OROZCO.- No es eso. Que agradezca en su fuero interno todo
cuanto le plazca; pero que no lo manifieste a nadie, y menos a mí. Me gustaría
que no viese en esto una generosidad mía, sino un caso legal. Persuádase de que
el donativo le viene de su padre, no por voluntad de este, sino por una
combinación que los favorecidos no deben examinar ni discutir... En fin, que no
puedo descender a estos pormenores. Fácilmente, concibo una idea, y la
convierto en hecho [253] con poderosa voluntad; pero en la aplicación flaqueo...
lo reconozco. (Con inquietud.) Encárgate tú de estas menudencias de la
realidad. Hazle ver que esto no es donación, que es más bien una triquiñuela
encaminada a fines de justicia... (Nota que Augusta, profundamente pensativa,
no presta atención a sus palabras.) ¿Te enteras de lo que digo? ¿En qué estás
pensando?
AUGUSTA.- (turbada.) Nada... pensaba... Si... te escucho...
Justo, una triquiñuela... Perfectamente. Estamos conformes.
OROZCO.- Mis pretensiones van más lejos aún. Yo aspiro a que
Federico y Clotilde se reconcilien, a que vivan juntos los dos, es decir los
tres, y que Santanita y Federico se miren como lo que deben ser, como hermanos.
AUGUSTA.- Paréceme mucho pretender, Tomás.
OROZCO.- Te advierto que Santana es una gran capacidad para la
administración. Yo que Federico, me entregaría a él en cuerpo y alma para el
gobierno de mi casa y de mis intereses. Conviene indicarle esto para que se
vaya acostumbrando a la idea de las paces con sus hermanos. [254]
AUGUSTA.- (dando un gran suspiro.) ¡Ay, nobles ideas; pero qué
inmateriales, querido! Son como formas vaporosas que parecen figuras.
Intentamos cogerlas, y se nos desvanecen entre los dedos.
OROZCO.- Sutil estás.
AUGUSTA.- ¿Quién no lo estará oyéndote? Inspiración contagiosa.
Tu pensamiento brilla demasiado para que en mí no se refleje algo de su luz. Mi
desgracia es que no puedo seguirte a esas esferas del bien supremo. Veo la
realidad mejor y más de cerca que tú, porque soy peor que tú, claro está, y
porque vivo más próxima al suelo. Tu proyecto de reconciliar a Federico con
Santanita, y de que vivan juntos y confundan sus intereses, me parece un
delirio.
OROZCO.- Soluciones que en principio nos parecen irrealizables,
en la práctica y por suave gradación llegan a ser posibles y aun fáciles. Sé
que Federico, al pronto, se sublevará; pero hay que empezar por manifestarle
este proyecto y sugerirle la reconciliación. Abordemos la delicada empresa...
(Con una idea repentina.) Convendría enterarle por escrito...
AUGUSTA.- (vivamente.) ¡Ah!, sí, yo le escribiré... Es mejor;
así se [255] expresan las ideas con claridad y se dice lo que conviene. Déjalo
de mi cuenta. (Turbada y desanimándose.) Pero no... no sé... ¡Ah! Tomás, yo
dudo mucho que ese hombre...
OROZCO.- La rutina se rebela contra el bien, harto lo sé, como
el niño que se resiste a tomar las medicinas. Pero es nuestro deber mandarle
que las tome. Se me figura que dando a todos los medios de vivir bien y de ser
felices, es imposible que ellos se obstinen en amarrarse a la desgracia. El
bienestar lleva en sí mismo una fuerza persuasiva incontrastable. Yo tengo fe,
y nadie me quita este placer íntimo, este regocijo de conciencia, por haber
intentado corregir, con medios prácticos, una grave anomalía social. Créelo,
hija mía, el único goce efectivo es este. Lo demás es miseria, pequeñez,
satisfacción de antojos pueriles... (Se sienta junto a la chimenea, y
contemplando el fuego, cae en profunda meditación.)
AUGUSTA.- (para sí, observándole con fijeza y temor.) Inquietud
vivísima llena mi alma. No sé qué siento; no sé qué temo. ¿Esto que veo es
grandeza de alma en su grado mayor, o ebullición intelectual producida por un
desquiciamiento del cerebro? ¿Serás tú la perfección humana, y no podré yo
comprenderte por ser, como soy, tan imperfecta? (Con exaltación.) Impulsos
[256] siento de adorarte, como adoramos a los seres sobrenaturales; y de
rodillas ante ti, como si estuvieras en un altar, te diría que nada hay entre
tú y yo que nos una, nada que humanamente nos ligue, nada más que el lazo del
culto que te debo y que te tributaré. Soy poco para ti en el orden espiritual,
porque soy simplemente una mujer. Eres mucho para mí porque has dejado de ser
un hombre.
Pone la mano sobre la cabeza de Orozco, el cual, profundamente
abstraído, parece no darse cuenta de la proximidad de su esposa. [257]
Jornada cuarta
Escena primera
Vestíbulo del teatro Real.
MALIBRÁN.- (paseándose de largo a largo, abstraído. Saluda a
algunas de las personas que entran, dirigiéndose a la puerta central de butacas
o a la escalera de palcos.) ¡Cuánto tarda! Si no vendrá... (Mira su reloj.) No
son más que las nueve y media. Rabio por darle a entender con un par de
reticencias buenas, pero buenas, de las que yo echo... cuando me pisan... que
le he descubierto la madriguera. ¡Caramba! ¡No me ha costado pocos plantones,
ni han sido breves los ratos de espionaje! Y yo me pregunto: ¿qué sentimiento
me impulsa a obrar así? ¿Será el despecho? ¿Y qué quiere decir despecho? No;
muéveme la suprema ley de amor propio, reguladora de todo el vivir humano...
Esa tonta me desairó; no supo apreciarme en lo que valgo, y debo hacerle
comprender que no se juega impunemente con una persona como esta que aquí se
pasea. Lo mejor es que, sin habérmelo propuesto, realizo un acto de justicia, y
heme aquí persiguiendo el crimen, desenmascarándolo, y poniéndoselo delante
[258] a quien debe y puede castigarlo. Porque yo no pararé hasta no abrir los
ojos a ese Orozco bendito, que para todo tiene vista de lince y sólo para las
desviaciones de su mujer padece de cataratas. ¡Yo se las batiré, como hay
Dios!... (Frunciendo el ceño.) ¿Pero qué vocecilla impertinente se permite
susurrar dentro de mí que esta es una empresa de perfidia y traición? ¡Bah!
Resabios de la moral infantil, de todo ese estúpido fárrago de instrucción
primaria, que le meten a uno en el cuerpo antes de poder distinguir
racionalmente el mal del bien. No; seamos justos con nosotros mismos: en lo que
traigo entre manos, veamos un propósito de reparación y de alta moralidad...
¡Cuidado si es torpe la conducta de esa mujer! Si al menos faltase conmigo a
sus deberes, conmigo, que descuello sobre el vulgo por la superioridad y la
extensión de mis talentos, por mi figura... (Parándose brevemente ante un
espejo, al dar la vuelta.) Sobre esto no cabe duda. Yo sostengo que una de las
cosas más relativas que hay en el mundo es la moral del amor y del matrimonio.
Las faltas de más grave apariencia dejan de serlo, o se atenúan, cuando ponen
de manifiesto el buen gusto de la culpable. ¡Pero caerse del lado de ese vulgar
y trapacero, de ese zángano de ese ignorantón de Federico...! ¡Qué ignominia!
El grado de responsabilidad de la mujer que se desvía, depende de la buena o
mala mano [259] que tenga para elegir. ¡Gallarda interpretación de la ley, que
sólo podemos hacer los que gastamos filosofías muy finas y muy hondas! Me
atrevería yo a desarrollar esta tesis y a convencer a la humanidad del alto
sentido que encierra... (Parándose otra vez ante el espejo.) Para eso se
necesita talento, y tú le tienes... (Sigue paseando.) ¡Qué guapo soy! Y sobre
ser tan guapo, llevo estampada en esta cara la sutileza y finura de mi crítica
moral y social. Y a modales, ¿quién me gana? ¡Caracoles, qué modales y qué
distinción! Yo mismo, con estas rutinas cursis de la modestia, no me doy cuenta
de mis atractivos personales sino por los efectos que causo en el mujerío. ¡Ay!
Esta tontuela de Augusta me pagará su necedad... La he cogido, ¡pero qué bien!,
en su propia trampa. ¡Y cuidado si tomaron precauciones los muy zorros!
¡Escondrijitos a mí! No, conmigo no os valdría el ocultaros en el centro de la
tierra... ¡Vaya que tiene suerte ese botarate de Federico! A lo que él va, ya
lo sé yo: a buscar quien le pague las trampas. Ya estoy viendo las partidas que
la señora le carga en cuenta a su marido por el capítulo de alfileres... No
están malos alfileres, bribona, los que tú gastas... ¡Qué obcecación de
mujer!... ¡Simpleza mayor que no quererme a mí! Lo que yo digo: es estúpida, de
lo más estúpido, de lo más negado que Dios ha echado al mundo. Sólo tiene aquel
barnicillo (9) de cultura, graciosa y chispeante... [260] ¿Pero qué puede
esperarse de una mujer que dice que le gusta el barroquismo, de una mujer que
aborrece el arte ojival, que detesta a los místicos y a los dramaturgos, y pone
en solfa a Rafael y a Racine...?
Escena II
El mismo; CISNEROS, VILLALONGA.
CISNEROS.- (por Malibrán.) Aquí le tiene usted. Con esa carita
de santi boniti barati, es el más desorejado galopín que anda por estas
tierras.
VILLALONGA.- Y el corruptor de las personas graves y sesudas
como yo. Este fue el que me arrastró a la juerga de anoche, de que le hablaba a
usted hace un momento.
MALIBRÁN.- No, D. Carlos, él fue mi Mefistófeles. Yo estoy en mi
oficina tan tranquilo, y se aparece allí este genio del mal, y me saca por los
cabellos para llevarme a lugares nefandos. No hay defensa contra él, y esas
canas que gasta le sirven para engañar más fácilmente a los jóvenes inexpertos
como yo.
CISNEROS.- Buen par de tomos están los dos, el uno con sus
honradas canas y el otro con sus cuernecitos [261] o sortijillas sobre la
frente... (Observando el pelo de Malibrán.) Y a mí no me la da usted, Cornelio;
usted se tiñe el pelo y la barba.
MALIBRÁN.- (bromeando.) Ya lo creo. Con la tinta del tintero.
Vaya, no sea usted envidioso, Carlitos, y resígnese a su vejez caduca,
Villalonga y yo somos pollos tiernos todavía, aunque usted no quiera.
CISNEROS.- Sí, ya sé que anoche os habéis puesto como pellejos
en casa de La Peri.
MALIBRÁN.- ¿Quién se lo ha contado a usted?
CISNEROS.- Este felpudo. Por supuesto, no me digáis a mí que os
divertís los muchachos o viejos verdes de esta generación. Ya no hay alegría,
ya no existe el dulce humor, ni el delirio de bacanal de otros tiempos. Desde
que ha cundido esto que llaman ilustración, los muchachos, ya sean jóvenes
absolutos, ya jóvenes relativos como vosotros, no saben divertirse. Se ha
perdido la norma del escándalo gracioso y de los desatinos con donaire...
VILLALONGA.- ¡Vamos, que si hubiera usted venido con nosotros
anoche...! [262]
CISNEROS.- ¿Yo? Me divertí en mi tiempo más de lo que quise, y
con una intensidad de alegría de que no podéis tener idea. Porque ya no hay
buen humor; es más, yo sostengo que ya no hay mujeres.
VILLALONGA.- (con malicia.) Pues mire usted, este nos refirió
anoche cosas, que prueban que las hay.
CISNEROS.- Hola, hola...
MALIBRÁN.- No fue nada, D. Carlos; bromas de este bigardón.
VILLALONGA.- Bien sabe usted que es un gran investigador de
Bellas Artes, punto fuerte en pintura antigua. Pues ahora se ha dedicado a
descubrir cuadros vivos.
CISNEROS.- ¡Ah, pillo!
VILLALONGA.- Y tiene un ojo de perito, que vale cualquier cosa.
Aquí donde usted le ve, con su diplomacia y su... equilibrio europeo, tiene la
intención de un Veragua; y como le dé por los descubrimientos, crea usted que
hemos de ver cosas muy buenas.
CISNEROS.- (con buena sombra.) Hablad con claridad, hijos míos,
que el lenguaje [263] enigmático ya sabéis que no se ha hecho para mí. Me gusta
expresar las ideas directamente, y detesto los rodeos y parábolas. ¿De qué
nefando contubernio se trata? Decídmelo; ya sabéis que lo admitiré, porque en
su propia naturaleza lleva el hecho la verosimilitud. Y si me apuráis, no sólo
lo admito, sino que lo disculpo, porque de menos nos hizo Dios. Somos frágil
barro.
VILLALONGA.- ¡Y tan frágil...! Que le cuente a usted Cornelio...
MALIBRÁN.- (con socarronería.) Nada, D. Carlos, es que descubrí
un cuadro de los muchos que hay ocultos y perdidos. Y no es de autor anónimo,
¡caracoles!... asunto erótico... Las figuras no las conoce usted...
CISNEROS.- Como si las conociera. ¿Y qué? Sois los mayores
mentecatos que me he echado a la cara. ¿Creéis que yo me asusto de vuestros
descubrimientos? ¿Qué podría resultar?, ¿que fueran personas conocidas, amigas
mías o de mi familia?
MALIBRÁN.- (vivamente.) No, no lo son.
CISNEROS.- Pues entonces... (Restregándose las manos.) Contar,
contar. Vengan ratas. [264]
VILLALONGA.- Muy sencillo, este dio en buscarle las vueltas a la
mujer de un amigo nuestro, que tiene fama de virtud arisca, la mujer, se
entiende.
CISNEROS.- ¿Mujer de un amigo nuestro...?
MALIBRÁN.- ¡Si aunque se vuelva loco no lo ha de acertar
usted...!
Entran de la calle Orozco y Augusta.
Escena III
Los mismos; OROZCO, AUGUSTA.
CISNEROS.- ¡Qué horas de venir!
AUGUSTA.- ¿En qué acto están?
MALIBRÁN.- Han empezado el segundo.
OROZCO.- Hemos comido tarde... Día para mí de ocupaciones
fastidiosas... No me dejan vivir. Son como las moscas, que si uno se las
sacude, se irritan y vuelven con más coraje.
CISNEROS.- No se puede ser modelo de nada en estos tiempos. Como
den en llamarle a uno modelo [265] de cualquier cosa, aunque sea de ciudadanos,
ya se puede encomendar a Dios. ¡Ah!, y a propósito. Yo decía: «le tengo que
contar una cosa a Tomás» y no acertaba con lo que era. Ya me acuerdo. ¿Sabes
que estuvo Joaquín Viera a despedirse de mí?
OROZCO.- ¿Sí? Pues por casa no ha parecido.
Augusta toma el brazo de Malibrán para subir al palco. A su
lado, Villalonga. Detrás, a bastante distancia, suben Cisneros y Orozco.
CISNEROS.- Está furioso contra ti. Dice que le recibiste como a
un perro.
OROZCO.- Como se merecía. (Con satisfacción.) Y hablará
perrerías de nosotros.
CISNEROS.- Lo que no puedes figurarte. Que eres un ingrato, un
egoísta sin entrañas, y no sabes comprender la abnegación con que mira por tus
intereses.
OROZCO.- No creo que exista tunante más gracioso.
CISNEROS.- Dice que por no chocar, y por darte una prueba más de
benevolencia, acepta la proposición denigrante que le hiciste. [266]
OROZCO.- Denigrante... eso es. Así la llama en la esquela que me
escribió cerrando el trato. ¿Pues qué quería? He sido con él generoso hasta la
esplendidez.
CISNEROS.- Habías de oírle. ¡Qué lengua! Ya sabes que yo no me
espanto de nada. Pues tuve que suplicarle mudara de conversación. En fin, que
se marcha mañana.
OROZCO.- Ya lleva cuerda para algún tiempo. No tiene motivos de
queja, pues por una obligación prescripta le he dado casi el doble de lo que
pagó por ella... ¿Y habló con usted algo de su hija Clotilde? Porque tengo
curiosidad de saber...
CISNEROS.- ¡Ah!, sí... Pues contentísimo. Es hombre de una
llaneza patriarcal. Ni asomos de los escrúpulos de su hijo. Por él, si la niña
quiere casarse con el verdugo, que se case. En medio de su extravagancia, tiene
rasgos de ingenio donosísimos. Asegura que en la determinación de Clotilde
influye el instinto de renovación de la raza española, repugnando los
entronques aristocráticos y similares, y prefiriendo el cruce con las razas
inferiores, que son las más sanas. [267]
OROZCO.- Tiene chiste.
CISNEROS.- Vamos, que me reí un rato con él; y al fin volvió a
vomitar denuestos contra ti, llamándote jesuitón, cuákero, chupador de la
sangre del pobre, rico avariento, y qué sé yo qué.
OROZCO.- Bien, bien, bien.
Augusta y Malibrán entran en el palco. Villalonga, Orozco y
Cisneros se detienen en el pasillo, donde aparece el conde de Monte Cármenes.
Escena IV
OROZCO, CISNEROS, VILLALONGA, MONTE CÁRMENES.
MONTE CÁRMENES.- Aquí estoy esperando a que se acabe el dúo. No
puedo resistir al tenor, con ese braceo como si estuviera cogiendo moscas, y
esa voz que parece la de un gato cuando le pisan la cola.
VILLALONGA.- ¿Y cómo no dice usted bien, perfectamente bien?
MONTE CÁRMENES.- Yo no juzgo al tenor, y si lo he juzgado, me
desdigo. No me gustan juicios temerarios. Sólo que no me divierto oyéndole, y
mientras él se [268] gana el pan pegando gritos, yo salgo a fumar un cigarro.
OROZCO.- ¿Y Pepita?
MONTE CÁRMENES.- Más animada. En nuestro palco está. Pase usted
a verla y se lo agradeceré, que allí tenemos a nuestro pobre Cícero dándole
matraca. Entre él y ese tenor de la clase de grillos, me hacen la vida infeliz
las noches de ópera.
CISNEROS.- Dígame, Conde, ¿fue usted también de los que anoche
se subieron a la parra en casa de La Peri?
MONTE CÁRMENES.- ¡Yo! D. Carlos, no me confunda con usted mismo.
Yo no voy a esos sitios execrables y pecaminosos.
OROZCO.- Si anduvo usted en malos pasos, ¿por qué negarlo ahora?
Nosotros no se lo hemos de decir a Pepita.
CISNEROS.- ¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me
asegurara bajo su palabra que no estuvo.
VILLALONGA.- No, el Conde no va sino cuando no hay nadie... como
usted. [269]
MONTE CÁRMENES.- (mascando el cigarro.) ¿Yo?... ¡Buenos estamos
D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos cortado la coleta.
CISNEROS.- Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley
de Dios, no significa que se corte nada.
OROZCO.- ¿Entramos o no?
MONTE CÁRMENES.- Me parece que ha concluido el dúo. (Tira el
cigarro.) Voy al palco de mi primo. (Se aleja, y retrocede llamando a Orozco.)
¡Ah! Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir a las Charcas?
OROZCO.- El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta,
domingo y lunes, la Candelaria. ¿Se anima usted?
MONTE CÁRMENES.- Es posible. (Se dirige hacia el extremo del
pasillo curvo. Orozco, Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte
Cármenes.)
Escena V
Interior del palco de Orozco.
AUGUSTA en el antepecho, MALIBRÁN detrás. En el antepalco, la
SEÑORA DE TRUJILLO leyendo La Correspondencia.
AUGUSTA.- Ya, ya sé... me lo ha dicho Aguado, que es, [270] como
usted sabe, el denunciador de todas las inmoralidades. Es usted un libertino,
un escandalizador, está usted dando malos ejemplos.
MALIBRÁN.- Efectos de la murria y la desesperación. Deseo
aturdirme. Quiérame usted, y seré un modelo de templanza y virtud.
AUGUSTA.- ¿Que le quiera yo? (Con displicencia.) No sea usted
mamarracho.
MALIBRÁN.- Pues acabaré por perderme... De seguro me pierdo.
AUGUSTA.- ¿No está todavía bastante perdido?
MALIBRÁN.- Por usted... Pensaba contarle mis aventuras, para que
se vaya persuadiendo de que corro al abismo, y se compadezca y me salve.
AUGUSTA.- ¡Que le salve yo!...
MALIBRÁN.- Pero no quiero escandalizar a mi virtuosa amiga,
refiriéndole mis maldades... (Para sí.) ¡Caray, que no acierto a deslizar entre
las flores la flecha envenenada! Veremos si por este otro lado... ¡Ah!, sí.
(Alto.) Nosotros los perdidos sabemos respetar la susceptibilidad de las almas
[271] puras, a cuyo oído no debe llegar jamás una frase maliciosa. (Para sí.)
Allá va la punta, salga como saliere. (Alto.) Es usted una criatura angelical,
encanto, y desesperación de los hombres imperfectos y frágiles que tenemos la
desgracia de adorarla.
AUGUSTA.- ¡Ave María Purísima, hasta cursi se está volviendo
este hombre!
MALIBRÁN.- Pertenece usted a la escuela de su marido, que,
fingiéndose insensible a las desdichas humanas, realiza en secreto las obras de
caridad más admirables.
AUGUSTA.- (con cierto temor.) ¿Qué...?
MALIBRÁN.- (aguzando su ingenio.) Nada, amiga mía; que no le
valen a usted sus disimulos ni sus artimañas de modestia para asegurarse la
indiferencia pública. La admiración, como la envidia, engendra la curiosidad, y
la curiosidad acecha la virtud para descubrirla y sacarla de las tinieblas. Hay
espionajes que los mismos ángeles no desdeñarían, porque tienden a indagar los
pasos más silenciosos de la virtud, para denunciarlos al agradecimiento de la
humanidad; y este espionaje santo la sigue a usted hasta descubrir las guaridas
[272] apartadas y excéntricas, a donde va secretamente en busca de miserias que
aliviar y lástimas que socorrer, cumpliendo la obra misericordiosa de consolar
al triste.
AUGUSTA.- (para sí, turbada, mirando con los gemelos a la
escena.) Maldito seas tú y toda tu casta.
MALIBRÁN.- (para sí.) Sacúdete la banderilla, tontaina...
(Alto.) ¿Qué dice usted?
AUGUSTA.- No he dicho nada. Pensaba que está el diplomático esta
noche más tonto que de costumbre, o como dicen en la ópera, che dall'usato, piu
noioso voi siete; pero no me determiné a decírselo.
MALIBRÁN.- Sí, estoy yo muy tonto... (Para sí.) Vamos, que si me
apuras te suelto el nombre de la calle, el numerito y hasta el piso... (Alto.)
Admirable cosa es la modestia, y adorno lindísimo de la verdadera virtud. Pero
no le vale, no le vale... no puede usted evitar nuestros homenajes.
AUGUSTA.- (que mira a los palcos para disimular su ira, y crispa
los dedos, oprimiendo los gemelos. Para sí.) Ya te daría yo a ti homenajes, y
te estrellaría en la cara los gemelos. [273]
MALIBRÁN.- Es natural que mi ilustre amiga se enoje conmigo
porque le descubro las perfecciones.
AUGUSTA.- ¿Enojarme yo? ¿Piensa usted que escucho sus bobadas?
(Sonriendo sin espontaneidad, y queriendo dar a su despecho un acento de
broma.) ¡Antipático!
Se adelanta la señora de Trujillo.
MALIBRÁN.- Se habrá enterado usted de que el papel Cuadradista
está muy en baja.
TERESA.- Y tan en baja... que ya no lo quiere nadie ni regalado.
¿Ha leído usted la declaración del cura de San Lorenzo, según el cual, Cuadrado
confesaba una semana sí y otra no?
AUGUSTA.- (con hastío.) ¡Ay, Teresa!, ya el crimen apesta.
TERESA.- Pues para mí no perderá su interés hasta que no vaya al
palo esa tarasca... Pero dejémoslo ahora. ¿Sabes que el tenor este parece el
sereno de mi calle? Tenemos un empresario que también debería ir al palo. ¡Qué
adefesios nos trae! ¡Quién oyó esta ópera por la Lagrange, Fraschini y aquel
Varessi...! (A Malibrán.) ¿Alcanzó usted a Varessi? [274]
MALIBRÁN.- Le oí en Italia. ¡Qué pedazo de barítono!
TERESA.- (llamando la atención de Augusta.) Dime, ¿qué
promontorio es aquel que se trae en la cabeza la de Barragán?
AUGUSTA.- (sin dejar de mirar con los gemelos.) Estoy
estudiándolo y no puedo entenderlo. Es un tocado Directorio, de una
exageración... ¡Qué mamarracho!
MALIBRÁN.- No quieren comprender que estos prendidos Directorio
y Primer Imperio, hoy tan en boga, exigen un corte de busto muy airoso, y las
que no tienen arte para saber adaptarse las modas, se ponen hechas unos
esperpentos.
AUGUSTA.- Cierto. Y algunas, con tanto plumacho, vienen hechas
unos milicianos nacionales. (Dando los gemelos a la de Trujillo.) Teresa, por
Dios, mire usted el escote que se ha traído la de Tellería. ¡Qué escandalosa!
TERESA.- (mirando.) ¡En el nombre del Padre...! No le falta más
que la manzana en la mano. (Suenan grandes aplausos.) ¡Pero qué tontos!...
¿cómo aplauden estas borricadas?
MALIBRÁN.- La claque está insoportable. [275]
TERESA.- Pero si son los de butacas los que alborotan.
AUGUSTA.- Es que la alabarda de abajo es la peor.
Entra Monte Cármenes, que saluda a las dos señoras. Trábase
conversación entre Teresa Trujillo y los caballeros.
AUGUSTA.- (para sí, dirigiendo los gemelos a una parte y otra.)
Miro y remiro, y no le veo arriba ni abajo. ¡Qué inquieta estoy! En el palco de
los gorriones no está... ni tampoco en el de San Bernardino... ni en butacas.
¡Si no vendrá, después de habérmelo prometido tan formalmente! Quiero ponerle
en guardia contra el espionaje de este arrastrado Malibrán, que parece nos
sigue los pasos, y que si no nos ha visto aún... digo, yo creo que no nos ha
visto... nos verá el mejor día. (Alto, tomando parte en la conversación
general.) ¡Enteramente un fiasco; y cuidado si anunciaban a este tenor como
estrella del arte! (Para sí.) ¿Será aquel? (Mirando.) No, no es. No creo que
deje de venir. ¡Ay!, no vivo hasta no saber lo que piensa de la proposición de
Tomás. ¿Cómo tomará la idea de reconciliarse con Clotilde? Hice bien en
decírselo por escrito, meditando muy bien la forma, y pensando bien los
conceptos. La carta era un modelo de sagacidad diplomática. ¿Aceptará? Dios
quiera que [276] no se alborote... ¡Ah!, allí está... en el palco de San
Bernardino. Me ha visto. (Mirando a otro lado.) Ahora no vendrá. Veremos si en
el tercer entreacto... Nunca como esta noche he deseado verle y hablarle.
¿Saldrá por el registro de la dignidad? Mucho me lo temo... ¡Ay, gracias a Dios
que empieza el acto! (Entra Aguado y la saluda. Se entabla animada conversación
sobre puntos diferentes. Al llegar al entreacto tercero, sólo están en el palco
Aguado y el marqués de Cícero, que hablan con Teresa Trujillo. Augusta pasa al
antepalco.)
Escena VI
AUGUSTA, en el antepalco, FEDERICO.
AUGUSTA.- Nunca, como esta noche, he deseado verte...
FEDERICO.- Ni nunca nos hemos visto en sitio menos a propósito
para hablar de cosas graves. (Atisbando por un lado de la cortina.) ¿Quién está
ahí?
AUGUSTA.- Cícero, que duerme, y Aguado que habla con Teresa de
la moralidad. Siéntate...
FEDERICO.- ¿Nos darán tiempo para decir cuatro palabras?
AUGUSTA.- Sí, sí... y también ocho. (Impaciente.) Di, [277] ¿qué
te pareció mi carta? ¿Qué efecto te ha hecho?
FEDERICO.- Ya puedes suponerlo.
AUGUSTA.- (con ansiedad.) ¿Qué dices respecto al punto
principal? ¿Aceptas? ¿Qué? ¿No te parece bien?... Por Dios, no me lo digas; no
me des el disgustazo de... (Federico, en pie, fijos los ojos en el suelo,
deniega suavemente con la cabeza.) ¡Qué ideas tan estrambóticas! ¿Pero qué mal
hay en esto? Dímelo.
FEDERICO.- Pero ven aca, ¿cómo ha podido ocurrírsete el absurdo
de que yo lo acepte... mediando...?
AUGUSTA.- ¡Qué aflicción me causas...! ¡Qué ingrato eres!
FEDERICO.- Por Dios, no llames a esto ingratitud...
(Preocupadísimo.) Yo te explicaré... ¿Has reflexionado tú en la gravedad de lo
que me pides? Respecto al otro punto que tratas en tu carta, o sea mi
reconciliación con Clotilde, te contesto que accedo a hacerle una visita.
AUGUSTA.- ¿De veras? (Con alegría.) ¿Me lo prometes?
FEDERICO.- Prometido. Mañana mismo iré a casa de la [278] señora
de Calvo. Haremos paces con Clotilde; pero con él, con ese pelagatos no
transigiré nunca.
AUGUSTA.- Todo es empezar...
FEDERICO.- Con ella sí. Ya ves cómo te complazco cuando me pides
cosas razonables.
AUGUSTA.- Bueno... Eh, cuidadito; que vayas... (Para sí.) Lo que
importa es restablecer en él los vínculos de familia, única manera de
domesticarle. Lo demás vendrá por sus pasos contados. (Alto.) Quedamos en que
visitarás a tu hermanita. ¿Qué sabes tú lo que harás después? El tiempo y la
derivación natural de los hechos te marcarán la conducta. Y no hablemos más
ahora de asuntos tan difíciles de tratar no estando solos. (Observa, levantando
un poco la cortina, a los que están en el palco.) Otra cosa tengo que decirte,
aprovechando este corto ratito. Malibrán nos sigue los pasos. Parece mentira
que haya seres tan viles, que se dediquen al espionaje por el infame placer de
ver que no son buenos los que lo parecen.
FEDERICO.- ¿Te ha dicho algo?
AUGUSTA.- Indicaciones breves; pero bastante intencionadas [279]
y maliciosas. Cree, hijo mío, que nos ha descubierto.
FEDERICO.- Lo dudo mucho... Tendrá sospechas.
AUGUSTA.- ¡Ay!, no; me parece que son más que sospechas.
FEDERICO.- En ese caso... (Alarmados ambos, miran con recelo al
palco, y atienden a las voces que se sienten en el pasillo.)
AUGUSTA.- Calla... No podemos hablar aquí. ¡Qué angustia,
teniendo tanto que decir! Espérame allá...
FEDERICO.- ¿Cuándo?
AUGUSTA.- El sábado... pasado mañana. Te pondré dos letras el
mismo día, temprano. Si es el sábado, estaré hasta más tarde y cenaremos
juntos.
FEDERICO.- ¿No puedes decidirlo desde ahora?
AUGUSTA.- (bajando más la voz.) No... Depende de que él vaya a
las Charcas. Te escribiré... Ahora, chitón. Entra a saludar a Teresa. (Pasa
Federico al palco. Agitado sale, a punto que entran Orozco y Villalonga.) [280]
Escena VII
Gabinete en casa de la Peri. Es de día.
FEDERICO, LEONOR.
FEDERICO.- Buenos días, Leonorilla.
LEONOR.- Bonyú, mon ti cherí... ¿Qué te creías tú, que yo no sé
francés? El marqués me lo está enseñando. Ya sé porción de frases, y con ellas
y con decir a todo pagardón, pagardón, podré entenderme con el franchute que
sepa más.
FEDERICO.- (sin prestarle atención.) Bien.
LEONOR.- Pero qué ¿tienes mal humor?
FEDERICO.- De mil diablos.
LEONOR.- Ya... La condenada sota, ¿verdad? ¡Cuando te digo yo
que no te fíes de esa...! Es más mala que el cólera.
FEDERICO.- Pues no, no se ha portado mal. (Saca un puñado de
billetes.) Mira.
LEONOR.- (cruzando las manos y dando un grito de alegría.)
¡Billetes! ¡Ay qué calorcito me corre por [281] todo el cuerpo! Déjame que los
toque. Me muero por ellos.
FEDERICO.- Son para ti. Hace dos noches que me sopla un poco la
musa. Es una racha que pasará pronto. Por eso, antes que venga la mala, quiero
cumplir contigo. Toma esos ocho mil realetes, y ve reuniendo para sacar tus
alhajas.
LEONOR.- (echando la zarpa a los billetes.) Ay, hijo de mi alma,
¡qué bueno eres! Dame acá. Me hace una falta atroz. ¿Y tú cómo estás de trampas
y trópicos?
FEDERICO.- Absolutamente desahuciado. No tengo salvación. Los
compromisos son tales, y se van enredando de tal manera, que pronto daré el
barquinazo gordo.
LEONOR.- Ganarás, mico.
FEDERICO.- Gane o pierda, no puedo salir a flote. Me ahogo sin
remedio. No veo ni aun probabilidades de evitar la insolvencia y la deshonra.
LEONOR.- (con alma.) No te apures. Confía en Dios. Puede que te
caiga alguna herencia.
FEDERICO.- ¡Herencias a mí! [282]
LEONOR.- ¿Sabes que se me ha ocurrido un gran negocio, que
podríamos emprender los dos? ¿No aciertas lo que es? Pues te lo diré: consiste
en poner tres o cuatro casas de citas de muchísimo lujo, pero de un lujo...
asiático, todas ellas combinadas con una timba tremenda, y de muchísimo lujo
también, como esas que hay en Badén y en Montecarlo... Te explicaré la
combinación... Es cosa de ganar millones.
FEDERICO.- (displicente.) No, no me expliques nada. No sé cómo
se te ocurren tales disparates.
LEONOR.- Pues, hijo, yo tengo que inventar algún negocio. Debo
más que el Gobierno, y ese condenado pollo va a dar con mis pobrecitos huesos
en un hospicio. Cuentas de sastre, cuentas de café, cuentas de la Taurina, y
cuentas de la santísima carandona de su madre. Todo lo tengo que pagar yo, y ya
me voy cansando, como hay Dios.
FEDERICO.- (tirándole suavemente de una oreja.) Eso le pasa a
esta pájara por no hacer caso de mí. Bien te dije que ese pollo era una
calamidad. ¿Por qué no te fiaste de mí en eso, como en todo?
LEONOR.- Chico, porque cuando tocan a enamorarse [283] pierde
una el sentido. Eso del amor es capítulo aparte, y los consejos y la amistad
son para otras cosas. Ya sabes que me dio muy fuerte, que me cegué por él, y me
puse como los mismos hornos. Pero ya me voy enfriando, y conozco que es un
grandísimo lipendi... Otro más carantoñero y de más figuras no lo hay. Ahora
está conmigo hecho un merengue. Como que necesita cuartos. Pues dice que soy yo
otra como la Traviatta, y que él me va a redimir y a volverme honrada... ¡qué
risa! Parece que ahora va a venir su padre, para quitarle de mí y llevársele, y
él pretende que, cuando su papá venga a verme, haga yo el papel de tísica
arrepentida, tosiendo con sentimiento, y pintándome ojeras... vamos, como la
Traviatta, para que el buen señor se ablande y nos eche su santa bendición...
¡qué risa! Con estas farsas, ello es que me está dejando por puertas. (Federico
vuelve a mostrarse triste y caviloso, sin prestar atención a su amiga.) ¿Pero
qué ocurre hoy? ¿Qué te pasa?
FEDERICO.- Ya debes figurarte que no estaré para ponerme a tocar
las castañuelas. Tú sabes bien lo que me sucede. Tengo una hermana que es mi
desesperación, mi vergüenza; tengo un padre que me abochorna siempre que viene
a Madrid.
LEONOR.- Anoche contaron aquí que vino a cobrarle [284] a Orozco
unas cuentas que debía. ¿Sabes?, cosas allá muy gordas, de ingleses... pero de
Inglaterra; y que el otro fue más listo que él y le engañó, recogiéndole el
papel por un pedazo de pan. Ese Orozco se pierde de vista, y gasta unas como
caretas de hombría de bien, con las cuales emboba a la gente.
FEDERICO.- (caviloso.) No creas nada de eso. Es un desatino.
LEONOR.- ¿Pero a ti qué te importa que sea Orozco el engañado o
que lo sea tu padre? Allá ellos. Y en cuanto a lo de tu hermanita, yo la
dejaría casarse con el Nuncio si le gustaba, digo, con el monago de la
Nunciatura... (Tirándole suavemente de la oreja.) También tú, con tanto pesquis
como tienes, necesitas que te enseñe a vivir una tonta como yo. ¡Haces y
piensas cada simpleza...! El casarse, hijo mío, debe ser una cosa muy liberal;
quiero decir que la mujer debe escoger a quien le entre por el ojo derecho, y
nada más. Ya no estamos en los días de la Inquisición... no sé si me explico.
Anoche dijeron aquí que tú eres un hombre del tiempo en que había Inquisición,
y cadenas, y despotismo, y otras cosas muy malas...
FEDERICO.- (sonriendo con tristeza.) Tiene gracia. [285]
LEONOR.- Pero a mí no me la pegas tú. La causa de que estés
ahora tan cabistivo y pensibajo, no es ni lo de tu padre ni lo de tu hermana.
Es otra cosa. Si yo te calo muy bien, si yo te entiendo. Tú guardas un secreto,
que no quieres confiarme, y haces mal, porque yo, que soy una pública, tengo
corazón, y no me faltan entendederas para decirte esto y lo otro que te pudiera
consolar. Sé lo que son penas, y en lo tocante a penas de amor, no hay quien me
baraje a mí. Podía poner cátedra de esto en la Universidad, y saldría yo, con
mi birrete color de rosa y mi toga de batista, a explicar a los chicos el
tratado de las fatigas de amor con todos sus pelos y señales.
FEDERICO.- ¡Qué mona! Figúrate si eres salada, que me haces reír
hoy a mí.
LEONOR.- (poniéndose en la cabeza, ladeado, el hongo de
Federico.) Con que, o hay confianza o no hay confianza entre este par de
peines. ¿No te cuento yo a ti hasta mis pensamientos más íntimos? ¿Por qué no
has de hacer tú lo mismo con esta pájara? A ver, desembucha. Tú tienes amores,
y amores muy por lo alto. Mira que si no te explicas, saco las cartas y te
descubro todo el enredo. [286]
FEDERICO.- Cierto que entre nosotros debiera existir una
confianza sin límites. Mi decoro no padece nada en mis tratos contigo, que no
son nada buenos. ¡Excepción inexplicable! Yo tan meticuloso, fuera de aquí, en
cuestiones de dignidad, en tu casa soy tu propia imagen. No lo entiendo, pero
es así. Sin embargo, te soy franco, hay cosas mías, secretos si quieres, que
dejo siempre de la puerta afuera, cuando entro a visitarte.
LEONOR.- (impaciente.) ¿Cantas o no cantas? Un hombre como tú no
pone esos morros sino por una pasión fuerte. Yo sé lo que es apasionarse, irse
del seguro. Lo pruebo todos los semestres.
FEDERICO.- Seguramente, si yo fuera contigo menos reservado en
eso que deseas saber, no me comprenderías. Es difícil que esto lo entienda
nadie, Leonorilla. Las cosas que me andan a mí por dentro, en mi conciencia y
en todo mi espíritu, son de tal calidad que sólo Dios y yo las entendemos.
LEONOR.- Y yo también porque soy diosa. ¡Vaya!, así me lo llamó
bien clarito ese poeta, ese Bardal, en los versos que me hizo la otra noche.
Con que, claréate. [287]
FEDERICO.- Bueno, pues concediéndote yo que hay algo de lo que
sospechas, a ver si entiendes la explicación que voy a darte, sin nombrar
personas. Esos amores no me satisfacen, y más bien son para mí un motivo de
pena. ¿Por qué?, dirás tú. Porque se relacionan con ciertos estados de mi
espíritu, y de tal relación viene a resultar que son amores incompletos y
superficiales. ¿Me explico bien? La facultad imaginativa lleva la mejor parte,
y el corazón se queda vacío, porque no hay confianza, ni la puede haber entre
esa mujer y yo. La confianza consiste en entregar toda nuestra existencia al
conocimiento de la persona querida, y a esa persona no puedo yo revelarle
ciertas fealdades y humillaciones de mi vida angustiosa. Me quiere con locura,
para mayor desgracia mía, y yo no puedo corresponderle. Hay momentos en que
hasta se me figura que la aborrezco, porque nuestra alma tiende a odiar a las
personas ante quienes no podemos descubrirnos sin que el amor propio se
lastime. Ya ves que te confío mis secretos más delicados; te lo confío todo
menos el nombre.
LEONOR.- (para sí, con malicia.) ¡Como si yo no lo supiera,
mico! (Alto, amenazándole con la mano.) Te voy a matar.
FEDERICO.- Ese amor no me satisface, porque mi corazón [288] no
se ha entregado a él, porque para completarlo me sería preciso añadirle la
confianza, este compañerismo que contigo tengo, tan dulce, tan práctico. No, no
te envanezcas: el sentimiento inexplicable que nos une a ti y a mí tampoco es
completo. Le falta algo, la imaginación, que está allá.
LEONOR.- (satisfecha.) El corazón por mi cuenta, ¿verdad?
FEDERICO.- Gran parte de él, créelo. No puedo completarme aquí ni completarme
allá. La mitad de mi ser en cada lado. ¿Lo entiendes? (Leonor, meditabunda,
hace signos afirmativos con la cabeza.) Si estas dos mitades se pudieran juntar
y fundir, ¡qué bueno sería! ¡Si yo pudiera llevarme allá la confianza con sus
envilecimientos y todo...! ¡Si yo pudiera traerme aquí el recreo de la
imaginación y de los sentidos...!
LEONOR.- (reflexionando.) De todo esto, lo que saco en
consecuencia es que somos los nacidos una cosa muy rara. Hombres y mujeres
somos guitarras, que no sabemos cómo se templan ni cómo no... De lo que resulta
que esto de las pasiones es un fandango pastelero. (Coge las cartas y empieza a
barajarlas.) Ahora voy a adivinarte los pensamientos. (Sonriendo.) Estoy
inspirada. Ojo a la diosa. Se me ha puesto entre ceja y ceja que el santísimo
[289] naipe me va a decir el nombre de tu adorado tormento.
FEDERICO.- ¿A que no?
LEONOR.- Y me dirá también si saldrás con suerte del corto
camino en que te has metido.
FEDERICO.- (con cierto interés.) Veremos. Tan trastornado estoy,
que hasta me voy volviendo supersticioso.
LEONOR.- (poniendo los naipes sobre el sofá, en grupos, y
haciendo sobre ellos, con mucha gracia, signos estrambóticos.) ¡Ah!, mira; en
las tres vueltas sale siempre encima la mujer de buen color. ¡Ay, Dios mío, lo
que veo aquí! ¿Sabes lo que quiere decir el seis de copas?, pues significa
Santo Domingo... y en seguida el siete del mismo palo. ¡Jesús, Madrecita mía de
las Angustias!... Y en seguida el ocho, que declara camino cansado, como si
dijéramos, una cuesta. (Con solemnidad.) La mujer por quien penas, camaraíta,
vive en la cuesta de Santo Domingo, número 7, y es casada.
FEDERICO.- (tirando las cartas con displicencia.) Ea, deja esas
tonterías... (Levántase inquietísimo.) ¿Quién te lo ha dicho?
LEONOR.- (con naturalidad.) ¡Pero hijo mío, si lo saben hasta
los perros! [290]
FEDERICO.- No, no. Si lo sabe alguien, será de poco tiempo acá.
Verdad que estas noticias cunden con rapidez eléctrica.
LEONOR.- (muy cariñosa.) No te enfurruñes; no hay motivo para
ponerse así. Esas cosas se saben siempre, miquito. Siéntate a mi lado, y te
contaré algo que debes saber. Anoche hablaron aquí largamente de la de Orozco y
de ti.
FEDERICO.- ¿Quién?
LEONOR.- Amigos tuyos. (Mirándose las uñas.) Ya sabes que en eso
de hablar, no hay amigo para amigo. Se sueltan mil borricadas, sin intención de
ofender. ¿Te lo cuento? ¿Me prometes no enfadarte? Es de clavo pasado que,
tratándose de señora rica y de amante pobre, lo primero que se diga es que ella
le paga a él las trampas.
FEDERICO.- No, no dirían tal atrocidad. (Paseándose agitado.)
¿Qué amigo mío es capaz de suponer...? Como no sea Malibrán...
LEONOR.- El mismo...
FEDERICO.- ¿Y tú te callaste...? [291]
LEONOR.- Buena soy yo para callarme, tratándose de tu honor, que
es lo mismito que el mío...
FEDERICO.- (deteniéndose ante ella.) Tu honor lo mismo que el
mío... es decir, el mío como el tuyo...
LEONOR.- He dicho una sandez. No hagas caso... Ahora caigo...
(suspirando.) en que yo no tengo honor. Quise decir... Pero tú ya me entiendes.
FEDERICO.- Sí, comprendido.
LEONOR.- Pues te defendí diciendo que tú no eras capaz de tomar
dinero de ninguna mujer... (Bajando la voz.) Que nosotros tengamos acá nuestros
cambalaches, es cosa que nadie sabe, que a nadie le importa, y que entre
nosotros se queda. Claro, de ti para mí, lo ganamos como podemos, y nos
ayudamos. No es deshonra, digan lo que quieran... ¡Pero arrimarte tú a una
casada rica para que te mantenga...!, eso no lo puede decir quien te conozca.
FEDERICO.- Sin embargo, los que mejor me conocen lo dirán. ¡Le
parece a uno fácil exceptuarse de la lógica vulgar de la vida, y es tan
difícil, pero tan difícil...! (Con abatimiento, sentándose.) Leonorilla, estoy
dejado de la mano de Dios. [292]
LEONOR.- No hagas caso de esas tonterías...
FEDERICO.- Que no pararon seguramente en lo que me has contado.
Malibrán debió de decir algo más.
LEONOR.- Sí; pero te advierto que se le fue un poco la mano en
la bebida, y no hay que tomar al pie de la letra lo que habló. ¿Te lo cuento?
Sí, más vale que lo sepas, para que estés prevenido. Pues dijo que se había
propuesto averiguar dónde os veis tú y esa señora; que estuvo muchos días
trabajándolo como un polizonte, y que por fin... os ha descubierto el nido.
FEDERICO.- Bonita ocupación la de ese tonto... ¿Y dónde,
dónde...?, a ver... ¿dónde dijo que...?
LEONOR.- Se lo calló muy bien callado, por más que le mareamos
para que nos lo dijera.
FEDERICO.- Es que no lo sabe...
LEONOR.- ¡Ay!, no te hagas ilusiones. Lo sabe. Se le conoce en
la manera de decirlo.
FEDERICO.- Pues que lo sepa. Mejor. Estas cosas se saben
siempre. [293]
LEONOR.- Mira, niño, ándate con tiento, porque es fácil que te
veas envuelto en una cuestión muy mala. Yo estoy inquieta, y temo que haya
lance.
FEDERICO.- ¿Con ese zángano perverso de Malibrán? Puede.
LEONOR.- Me parece que la bronca del siglo va a ser con Orozco.
Dijo Malibrán que el buen señor tiene los ojos cerrados, y que él se los va a
abrir.
FEDERICO.- Pues que se los abra... Mejor...
LEONOR.- No; no digas tal. El que no quiere ver, que no vea.
FEDERICO.- (exaltado.) ¿Pues qué piensas tú? Si siento vivos
deseos de abrírselos yo mismo...
LEONOR.- ¿Qué dices?... Chico, tú no tienes la cabeza buena.
¿Tú? ¿De manera que tú mismo acusarás a la que te quiere tanto?
FEDERICO.- Tienes razón... Tú conservas el sentido claro de las
cosas, y yo lo he perdido completamente. Siento y pienso y digo los mayores
[294] despropósitos... Leonorilla, estoy desquiciado por dentro. Me desplomo;
verás cómo me hundo. LEONOR.- (humorísticamente.) Pues avisa, mico, para que no
me cojas debajo...
FEDERICO.- (con ternura.) Tú eres la única persona que veo con
gusto a mi lado en esta ruina de mi espíritu. Cuantas personas trato más o
menos íntimamente se me revisten de antipatía en esta desgana que me aniquila;
todas, incluso ella, y lo digo porque es verdad, sintiéndolo mucho, pues no se
lo merece la infeliz. Entre tantas caras que me ponen mal ceño, sólo la tuya
resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo que no se
entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más consuela. Las cosas
muy resabidas y muy estudiadas hastían el alma. Las que se nos presentan en
términos vagos, confundiendo nuestra razón, son las que nos confortan y nos
alientan.
LEONOR.- (fingiendo comprender.) Es verdad, verdad. Yo me
intereso por ti, y por ayudarte y sacarte de un apuro, soy capaz de
comprometerme. Pídeme lo que quieras. Mándame que haga trampas en el juego, y
las haré.
FEDERICO.- No, eso no. ¡Quita allá! [295]
LEONOR.- Pues las he hecho, para que lo sepas. Tu tranquilidad
vale más que un poco de moral de timba, tratándose de estos bobalicones que
vienen aquí a divertirse conmigo. En un día de gran ahogo, y antes que verte
padecer por cochinos mil reales, le doy yo el pego al lucero del alba.
FEDERICO.- (enojado.) Cállate. Me lastimas profundamente.
LEONOR.- Déjate proteger, mico. ¿No me das tú parte de lo que
ganas?
FEDERICO.- Sí; pero yo no hago trampas.
LEONOR.- Cada uno es cada uno. Yo no soy tú; yo soy pública,
aunque para ti sea muy particular.
FEDERICO.- (echándose a reír.) Chica, como quiera que seas, me
envanezco de tu amistad. Es lo único que me queda en este mundo. (La abraza.)
¡Lástima que no puedas salvarme! Yo no tengo remedio ya. (Con profunda
tristeza, levantándose.) Soy hombre al agua.
LEONOR.- Pero ven acá. ¿Tan mal andas? ¿Temes no poder seguir
viviendo como vives? ¿No podríamos arreglar que tuvieras un tanto fijo...?
[296]
FEDERICO.- (sombrío.) No hay posibilidad de que cambie mi manera
de vivir.
LEONOR.- (con agudeza.) Se me ocurre una idea. ¿Te la digo? Pero
no has de enfadarte. Pues... allá voy... Me parece una atrocidad que pases
tantas amarguras teniendo esa amiga tan ricachona.
FEDERICO.- (espantado.) ¡Leonor! ¡También tú...!
LEONOR.- No, monín; si yo no digo que tú le pidas... Digo que de
ella debiera salir el ofrecerte una cantidad gorda, para que de una vez...
FEDERICO.- (irritado.) Quita, quita. Déjame en paz.
LEONOR.- Anda... tonto... Fuera escrúpulos y bobadas...
(Remedándole.) ¡El honor... la diznidaz!... ¿Qué importa que...? Vamos, que
buenos miles podría darte; y algo me había de tocar a mí.
FEDERICO.- (excitadísimo.) Me voy, me voy por no oírte.
LEONOR.- (alarmada.) Chico, no te me pongas así. Tú tienes
alguna mala idea y no quieres decírmela. [297]
FEDERICO.- (tomando su sombrero.) Me voy. Déjame. LEONOR.- No me
gusta verte salir de estampía.
FEDERICO.- Se me había olvidado que he prometido visitar hoy a
mi hermana, visita que no significa reconciliación ni mucho menos. (Con enojo.)
¿Pues no pretenden también que yo dé el nombre de hermano a ese?... ¡Estúpida
exigencia!
LEONOR.- Vamos, perdona a tu hermanilla. Te estás
atormentando... ¡Qué manías tienes tan tontas!... ¡Pobre niña! Haz las paces...
y a vivir.
FEDERICO.- ¡Tú también!... Vuelvo. (Retírase muy agitado.)
LEONOR.- (alarmada, viéndole salir y sin atreverse a seguirle.)
¡Pobre mico, no me gusta su cariz!... Su cabeza está llena de nubarrones. Diera
yo algo por poder despejársela. [298]
Escena VIII
Sala en casa de la Viuda de Calvo.
LA VIUDA DE CALVO, señora de edad avanzadísima, pero bien
conservada, vestida de negro, con espejuelos, gorro a la francesa. Sale por la
derecha apoyándose en un bastón; CLOTILDE, que está junto al balcón de la
izquierda, mirando a la calle.
VIUDA DE CALVO.- ¿Qué haces ahí?
CLOTILDE.- ¿No ha concluido Santana de conferenciar con ese
señor?
VIUDA DE CALVO.- Aún tienen para un ratito. ¿Qué miras? ¿A quién
esperas?
CLOTILDE.- A mi hermano, que prometió venir a verme. No puedo
apartar de la calle mis ojos, esperando verle, entre los que pasan.
VIUDA DE CALVO.- (separándola del balcón.) No te aflijas,
chiquilla, ni te impacientes, que ya parecerá, si es cierto que ha manifestado
propósitos y deseos de verte.
CLOTILDE.- Díjome Bárbara que vendría por la tarde, y la tarde
se acaba. [299]
VIUDA DE CALVO.- ¿Tan pronto? ¿Cómo se ha de concluir el día
antes de las cuatro de la tarde?
CLOTILDE.- (señalando al balcón.) Ya lo ve usted, es casi de
noche. El sol se pone.
VIUDA DE CALVO.- ¡Qué se ha de poner, bobilla! No te empeñes en
acelerar la carrera del sol, que bastante de prisa andan los días, sobre todo
para los que ya los vemos pasar sin ninguna ilusión. Tu hermano vendrá, si no
de tarde, de noche, o cuando quiera venir.
CLOTILDE.- ¡Ay! ¡Cuánto deseo verle! Siete días hace que de él
me separé, y me parecen siete años. ¡Pobre hermano mío! Cuando salí de su casa,
la fiebre de la resolución que tomé no me dejaba presentir la pena de esta
ausencia. Federico tiene sus defectos, como todos; pero su corazón es noble. En
los últimos días que pasé con él, sus defectos se abultaban a mis ojos, y sus
cualidades disminuían. Pues ahora me pasa lo contrario: las cualidades crecen y
los defectos me parecen insignificantes.
VIUDA DE CALVO.- Es caballeroso, inteligente, simpático y de
buen natural; pero has de convenir conmigo en que no sirve para criar hermanas.
Descuellan [300] en él estímulos de altanera dignidad, instintos de nobleza que
lucirían bien en una posición opulenta, como piedras preciosas montadas en oro;
pero que se despegan del cobre dorado de la penuria vergonzante en que se
empeña en ponerlos. ¡Ay, hija de mi alma! La realidad, con sus lecciones
dolorosas, me ha enseñado a mí lo que es decadencia. Ideas de vanagloria tuve
yo también, y con ellas posición muy distinta de la que tengo ahora. Pero caí,
y me encontré con que las tales ideas, y el puntillo de honor y todo lo demás,
eran de muy mal ver sobre las ruinas que me rodeaban. Aprendí a ver mayores
extensiones de mundo; la necesidad me hizo viajar por regiones bajas, que son
las más interesantes y las que más vida encierran, y descubrí que el reino de
la humanidad tiene muchas más provincias y comarcas de las que yo creía. Por
eso abracé tu causa, sin asustarme del escándalo que dabas, ni de tu desigual
elección, ni del camino torcido que escogías para llegar al matrimonio. Cuando
se miran las cosas desde arriba, se ve la grandeza de los móviles humanos, y no
se distingue la pequeñez microscópica de los trámites sociales. Os protegí y os
protegeré mientras pueda, sin hacer caso de los furores de tu hermano, ni de
los asombros de lo que llaman opinión, asombros que no vienen a ser más que un
movimiento de curiosidad, detrás del cual está la indiferencia. [301]
CLOTILDE.- ¡Ay, cuánto sabe usted, señora! (Con entusiasmo.)
Habla lo mismito que un libro.
VIUDA DE CALVO.- Los años, hija mía, son mis libros, el tiempo
mi biblioteca, y mi estudio el vivir... (Suena un timbre: se sienten pasos.)
Pero alguien ha entrado... Si será al fin el caballero de los imposibles.
(Clotilde corre a la puerta del fondo.)
Escena IX
Las mismas; FEDERICO.
VIUDA DE CALVO.- (viéndole entrar.) ¿No lo dije?
CLOTILDE.- ¡Hermanito...! (Abrazándole.) ¡Gracias a Dios!
FEDERICO.- ¡Ingrata! (Saluda a la señora de Calvo.)
VIUDA DE CALVO.- Desde que la niña supo que usted vendría, la
ansiedad y el contento no la han dejado vivir. Los siete días de ausencia se le
antojaban siglos, impaciente por ver a su hermano y oír de él palabras de
concordia y perdón.
CLOTILDE.- (que besa las manos de Federico, llorando.) ¿No es
verdad que me perdonas, que olvidas, la pena que te di? [302]
FEDERICO.- No soy rencoroso. Te perdono el mal que me hiciste,
emancipándote de mí, y huyendo de mi lado sin consultarme tu inclinación. Si me
hubieras pedido consejo, yo te habría quitado de la cabeza ese error
deplorable.
CLOTILDE.- ¿Aún insistes en que es error? Yo no te consulté,
persuadida de que me habías de decir nones. Era cuestión grave. Me sentía sola
en el mundo, y creí que estaba en mi derecho eligiendo por mí misma al que
había de ser mi marido.
FEDERICO.- Creíste mal. Pero no he de volver ya sobre lo que no
tiene remedio. El error está cometido, y yo, aunque te perdono, no vario de
modo de pensar respecto al fondo de él. Lo hecho, hecho está. Me someto a la
realidad, pero dentro de la medida que me marca mi criterio. Te perdono; te
miraré siempre como hermana; pero no me pidas más de lo que humanamente puedo
darte.
CLOTILDE.- (con tristeza.) Eso quiere decir que transiges
conmigo; pero no con el que va a ser mi esposo.
FEDERICO.- Así es.
CLOTILDE.- (a la señora de Calvo.) ¿Le parece a usted...? ¡Qué
crueldad, qué orgullo! [303]
VIUDA DE CALVO.- (festivamente.) Hija mía, él es así; pero
pierde cuidado, que se modificará.
CLOTILDE.- ¿Cuándo?
VIUDA DE CALVO.- Cuando tenga mis años. Si tan largo me lo
fías... Sr. de Viera, es usted un chiquillo, y piensa y obra como tal.
FEDERICO.- ¡Qué quiere usted, señora! No podemos ser de otra
manera que como somos. Perdóneme la perogrullada.
VIUDA DE CALVO.- No tema el caballero de los imposibles que yo
me ponga a sermonearle. No acostumbro predicar a quien no quiere oír. Lo único
que le diré, para que vaya abriendo los ojos, es que Clotildita ha demostrado
buen tino en la elección de marido, porque Santana, sin ser un Gutibamba ni un
Mucibarrena, es mozo de muy buen natural y de gran talento para cultivar la
ciencia del vivir. Hoy por hoy, no tiene sobre qué caerse muerto; pero
acuérdese usted de lo que le dice esta vieja: llegará día en que el caballero
de los melindres, abandonado de todo el mundo, y sin tener donde guarecerse,
llame a la puerta de su hermana, pidiendo un asilo y un pedazo de pan. Y su
cuñado, que es un [304] alma de Dios, aunque no vista elegante, se lo dará. Y
usted tan... agradecido.
FEDERICO.- No dudo de que posea usted el don de la profecía,
señora. Lo que ha dicho podrá suceder... (Para sí.) Parece propiamente una
bruja esta buena señora.
VIUDA DE CALVO.- Vamos, no se enfade porque le diga la buena
ventura. Sr. de Viera, leo en su pensamiento. En este instante está usted
diciendo para sí: «Parece una bruja esta buena señora».
FEDERICO.- ¡Oh!, no, no he pensado tal cosa. Usted habla como la
experiencia, yo contesto como la terquedad y las preocupaciones. ¿Qué culpa
tengo de no convencerme? Están mis ideas muy remachadas, y no hay quien me las
arranque. No nos traslademos al siglo que viene; estamos donde estamos, y en
este momento, yo no quiero ni oír hablar de la persona que me ha quitado el
cariño de mi hermana, tomándose una mujer que no merece ni se merecerá nunca,
aunque llegue a reunir los millones de Rostchild (10).
CLOTILDE.- (enojada.) Pues sí que me merece. Vale más que yo,
mucho más. [305]
FEDERICO.- No disputemos sobre eso. Se puede discutir todo,
menos sobre las simpatías y antipatías personales. Lo que pertenece al orden de
los sentimientos, sea cariño, sea rencor, es sagrado. Dejémoslo como está.
VIUDA DE CALVO.- Es cierto. Los odios están erizados de picos, y
por mucho que las palabras froten sobre ellos no los suavizarán. Las palabras
son blandas, los odios son duros. Las asperezas de la vida, ayudadas del
tiempo, sí que liman bien. Déjale, déjale. Si no quiere hacer las paces con tu
futuro, que no las haga. Por de pronto las ha hecho contigo, y esto ya es algo.
CLOTILDE.- ¿Serás tan ingrato, tan duro, tan orgulloso, que no
asistas a mi boda?
FEDERICO.- No asistiré. No puede uno desmentirse a sí mismo en
tan breve tiempo. Sostengo que no es decoroso para mí ni para él que yo asista.
VIUDA DE CALVO.- (irónicamente.) Tiene razón. En ley de
caballería, no se olvidan de hecho las ofensas tan pronto como se dice. Que no
se vean. Vale más que no se vean... no vaya a resultar que se coman. [306]
CLOTILDE.- (animosa.) Pues yo digo que se han de ver. Que
quieras que no, has de darle la mano.
FEDERICO.- (para sí.) Me despediré... (Saludando a la viuda de
Calvo.) Señora mía...
CLOTILDE.- (cogiéndole de una mano.) No, no te dejo ir. Un
momentito... En seguida sale. Está en ese gabinete con el señor de Orozco.
FEDERICO.- ¡Con Tomás!
CLOTILDE.- ¿A qué viene ese espanto? Con Orozco, sí, con tu
amigo, un señor muy bueno, que nos protege, y no nos abandonará nunca.
FEDERICO.- (desasosegado.) Adiós.
CLOTILDE.- (tirándole del brazo.) Que no te vas, digo.
VIUDA DE CALVO.- Más vale que le dejes. Le molesta sin duda ver
a los que le dan una leccioncita de tolerancia.
FEDERICO.- Es la verdad, y como me molesta me voy. [307]
Escena X
Los mismos; OROZCO, SANTANITA, que salen por la derecha.
OROZCO.- ¡Tanto bueno por aquí!
FEDERICO.- (cohibido.) Lo bueno estaba antes de venir yo: lo
bueno eres tú.
OROZCO.- (queriendo hacerse el insignificante.) El amigo Santana
y yo tratábamos de un asunto... menudencias, nada en suma. Me gusta verte aquí.
Eso me prueba que corren vientos conciliadores.
CLOTILDE.- Paces, D. Tomás, paces tenemos. Pero la fiera no está
aún domesticada, y es preciso pasarle la mano por el lomo un poquito más.
OROZCO.- (festivamente.) Cese la ruin discordia. Que esto sea
como el tableau con que acaban las comedias. Reconciliación, tolerancia, y lo
pasado pasado. Haya aquello de ¡hermano mío!, y abrácense todos, y caiga el
telón sobre un final de buenos propósitos.
FEDERICO.- (con escepticismo.) Pues si en las comedias el telón
volviera a levantarse, se vería que los buenos propósitos eran conversación.
[308]
CLOTILDE.- (aparte a Federico.) Da la mano a mi Luis. Mira, el
pobrecillo está asustado, y no se atreve a dirigirte la palabra. Háblale tú.
FEDERICO.- ¿Que le hable yo?... ¡Tonta!
OROZCO.- (observando a Federico y a Santanita.) ¿Qué pasa? ¡Ah!,
que no se doblan esos rígidos caracteres. Uno y otro se encariñan con su
agravio, y no quieren echarlo de sí. ¡Bonita cosa guardáis! Sois un par de
majaderos. Sí, defended vuestros rencores, como si fueran un hallazgo precioso,
que alguien os disputa.
VIUDA DE CALVO.- Señor de Orozco, usted que es tan cristiano, y
posee, como nadie, el arte de mover los corazones, ponga en paz a estos
desdichados, pues de fijo, a usted le harán más caso que a nosotras. Yo por
vieja, con un pie en la sepultura, y esta por niña, acabada de nacer, carecemos
de autoridad.
OROZCO.- (con fingido egoísmo.) Señora mía, nunca me ha gustado
ser redentor de nadie, ni quiero meterme en libros de caballería. Además,
conviene respetar las disensiones de familia, que en algo se fundan, cuando
existen. Cada uno tiene bastante con sus propios afanes. ¿A qué afanarse por el
mal ajeno? [309]
FEDERICO.- (para sí.) ¡Hipócrita!
OROZCO.- Fijaos bien en este principio: lo que cada cual no haga
por sí mismo no debe esperarlo de los demás. Con que, jóvenes inflexibles y
caballerescos, si no simpatizáis, buen provecho os haga. No seré yo el que se
desviva por zurciros las voluntades. Si esperáis a que yo os reconcilie,
medrados estáis.
FEDERICO.- (para sí.) ¡Farsante! (Alto, a la viuda de Calvo.)
¿Lo ve usted?
VIUDA DE CALVO.- De los dichos a las acciones hay a veces mayor
distancia que entre lo fingido y lo real.
CLOTILDE.- Pues yo insisto en que des la mano a Luis. ¿Te irás
sin darme ese gusto?
FEDERICO.- (secamente.) Todo lo que yo podía hacer por ti, ya lo
he hecho.
OROZCO.- (burlándose.) Eso es: carácter, firmeza, tesón. No se
empeñe usted, Clotilde, en abatir esa fortaleza inexpugnable. Que no le da la
mano, que no se la da... [310]
SANTANITA.- (queriendo aparecer sereno.) Pero es preciso hacer
constar que yo no he deseado que me la dé. Conste esto.
OROZCO.- Sí, hombre, constará todo lo que usted quiera.
Tratándose de tonterías por una y otra parte, hay aquí mucho que apuntar, para
enseñanza de las generaciones futuras.
SANTANITA.- Y conste también que nada absolutamente tenemos que
agradecer Clotilde y yo a las personas que más debieran mirar por ella, ya que
no por mí...
OROZCO.- Vamos, también eso constará, si se empeñan en ello.
SANTANITA.- Y que toda nuestra gratitud, toda nuestra
consideración, y nuestro cariño son para usted, que se ha conducido con
nosotros como un padre.
OROZCO.- (riendo.) ¡Ave María Purísima! ¡Que exageración, qué
tontería, qué final de comedia cursi!
SANTANITA.- (con efusión.) Y nosotros le reverenciaremos como
hijos amantes y sumisos, porque nos ha dado medios de vivir honradamente y de
combatir la miseria. [311] La felicidad que llevábamos, como en germen, en
nosotros mismos, usted nos la hace patente y efectiva.
OROZCO.- (llevándose las manos a la cabeza.) ¿Yo? Pues no me
había enterado... ¡Qué manera de delirar!... No deis importancia a lo que no la
tiene.
FEDERICO.- (para sí.) ¡Hipócrita! Ya te cayó que hacer. ¿No
querías ingratitud? Pues estos, con su gratitud impertinente, te dan taza y
media.
OROZCO.- (muy contrariado.) No, no cantéis victoria, ni me
atribuyáis vuestra felicidad. La plaza en casa de Trujillo, al mismo Trujillo
la debéis... casi, casi a disgusto mío, que la había pedido para otro.
VIUDA DE CALVO.- No le creáis, no le creáis. Su modestia es tal
que no parece de este mundo.
OROZCO.- (ligeramente incómodo.) Repito que no he sido yo...
vamos. ¿Cómo lo diré? (A Santanita.) Lo que hemos hablado hace un momento, no
lo considere usted como efectivo. Vaya, que el niño se entusiasma por
adelantado. No es más que un proyecto, una hipótesis, que tampoco me pertenece.
Sólo soy intermediario, y lo que vaya a poder de los hijos de Viera, no saldrá
seguramente de mi bolsillo. [312]
VIUDA DE CALVO.- No le creáis... que este las gasta así. (Con
efusión.) Si os ha prometido algo que aumente vuestro bienestar, creed que os
lo dará, y no le hagáis maldito caso si os dice que no es él quien da. ¡Otro
más marrullero no existe bajo el sol, que alumbra tantas maravillas de Dios! Le
conozco y a mí no me trastea. Os pondrá mala cara siempre que os encaje algún
beneficio, y procurará haceros creer que lo debéis a otro.
FEDERICO.- (para sí.) Toma ingratitud.
OROZCO.- (a la viuda de Calvo.) Señora, usted me está faltando.
VIUDA DE CALVO.- Sí, le falto a usted, me le subo a las barbas,
no le permito echárselas de hombre malo, y le arranco la careta. Conmigo,
(enarbolando el palo) no le valen a usted sus maquinaciones infernales.
CLOTILDE.- (colgándose de un brazo de Orozco.) Es nuestro padre,
nuestro verdadero padre, y le debemos gratitud eterna, y un cariño sin fin.
OROZCO.- (sacudiéndose.) Niña, por Dios, esto ya parece burla.
[313]
SANTANITA.- (intentando besar la mano a Orozco, el cual la
retira.) Nuestro padre será, aunque se enoje, y diga lo que dijere, como tal le
tendremos.
OROZCO.- (sofocado.) Basta, moscones, basta. Os juro que sois
los mayores tontos que he visto en mi vida.
VIUDA DE CALVO.- Sí, adoradle, que bien se lo merece. No toméis
en serio sus farándulas. Es el santo más pillo y más embustero que hay en la
tierra.
OROZCO.- Me voy... No puedo resistir esto.
VIUDA DE CALVO.- Pues mal que le pese, le diremos que es un
santo, y se lo haremos confesar... Duro en él; besadle las manos, (Clotilde y
Santanita hacen esfuerzos por besarle las manos; pero él no se deja) y si se
resiste, le amarraremos, y con este palo... (renqueando hacia él, con el bastón
levantado) le convenceré de que es un farsante... y una mala persona... así...
toma, toma. (Le toca en los hombros suavemente con la punta del palo.)
OROZCO.- (cogiendo del brazo a Federico.) Vámonos de aquí.
Parece que están todos locos en esta casa... ¡Almas de cántaro...!
VIUDA DE CALVO.- (corre tras ellos, tambaleándose.) Adiós,
adiós. [314]
Escena XI
Calle.
OROZCO, FEDERICO.
OROZCO.- ¿Has visto qué gente más fastidiosa?
FEDERICO.- Fastidiosos por agradecidos.
OROZCO.- Quita allá. No es para tanto. Cuando las acciones
comunes se consideran actos dignos de alabanza, es que el nivel moral desciende
hasta lo increíble. Y ahora que estamos solos, hablaremos. Tenía yo ganas de
que echásemos un párrafo.
FEDERICO.- (sombrío.) Y yo también.
OROZCO.- Por cierto que... y perdona que me entrometa en tus
asuntos... creo que debiste contemporizar con ese pobrecillo Luis, tu futuro
cuñado. Ya no puedes impedir el parentesco. La sociedad sanciona los
matrimonios desiguales en cuanto se convence de que no puede impedirlos. ¿Por
qué has de ser tú menos que la colectividad?
FEDERICO.- (con ardor.) ¿Otra vez el mismo asunto? Soy un
anticuado, [315] y no admito en la intimidad de mi familia a personas de esa
clase, de esos hábitos y de esos procedimientos amorosos, los cuales acusan una
extracción villana y grosera. Y no tengo más que decir.
OROZCO.- Bueno; no es preciso acalorarse. Hártate de
aborrecer... saborea las hieles del alma. Hay personas a quienes gusta el dolor
propio con tal de producir el ajeno. No te arriendo la ganancia. Has hablado de
extracción villana, tontería impropia de ti.
FEDERICO.- Pues que lo sea; mejor. Tontería constitutiva, contra
la cual no puedo nada, como nada podemos contra nuestro temperamento.
OROZCO.- No insisto en ello. Entiéndete con tus errores. Te
estás labrando tu infelicidad.
FEDERICO.- ¿Y qué?
OROZCO.- No conceptúo la infelicidad terrestre como un mal
absoluto; pero debemos evitarla.
FEDERICO.- (muy displicente.) Pues a mí se me antoja no luchar
contra ella. ¿Qué quieres? Será porque me he convencido de que me ha de vencer.
[316]
OROZCO. Pesimista estás. La vida es un beneficio y no una carga.
FEDERICO.- Para mí no vale esa regla... ni otras.
OROZCO.- Porque no quieres hacerla valer... Pero, en fin, no
divaguemos, y vamos a lo concreto. ¿Adivinas el asunto de que quiero hablarte?
FEDERICO.- (para sí.) ¡Dios mío, ahora es ella! (Alto.) Sí, me
lo figuro.
OROZCO.- Augusta se encargó de tantear el terreno. Yo no quise
hacerlo. Me asustaban esos relinchos que da tu falsa dignidad salvaje, y
recalco la figura, porque verdaderamente es como un caballo sin desbravar...
Adelante: mi mujer me ha dicho que no aceptas.
FEDERICO.- Es cierto.
OROZCO.- Dame una razón.
FEDERICO.- (después de vacilar.) Porque no puedo, porque es
absolutamente imposible que acepte.
OROZCO.- Pero eso no es razón... Dame una, siquiera sea del
tamaño de una lenteja. [317]
FEDERICO.- Las tengo del tamaño de calabazas.
OROZCO.- Pues vengan. Porque no comprendo yo delicadezas
extremadas hasta la sinrazón. Eso ya es ingratitud y orgullo satánico.
FEDERICO.- ¡Orgullo satánico! Es que yo sostengo que Lucifer no
fue malo al rebelarse... era un ángel muy delicado.
OROZCO.- Pase como chascarrillo. Tratemos la cuestión
formalmente. ¿Qué agravio recibe tu decoro con adoptar una manera de vivir que
te libre de amarguras, y te asegure la paz moral para toda la vida? Empieza por
considerar que lo que se te ofrece no es mío, es de tu padre.
FEDERICO.- Imposible considerarlo así. Las cosas son lo que son.
OROZCO.- Bueno, pues sea de quien sea. Explícame por qué te
humillan los favores de un amigo.
FEDERICO.- (turbado.) No es que me humille; es que... (Para sí.)
Este hombre me está asesinando.
OROZCO.- ¿Qué orgullo es ese?¡Qué casta de dignidad [318] tan
incomprensible! ¿Te rebaja el beneficio otorgado por un amigo, por un compañero
de la infancia, y no te envilecen otras cosas? ¿Cómo entiendes tú el honor? Tus
arbitrios angustiosos y degradantes de buscarte la vida no te sonrojan, y te
sonroja lo que te propongo.
FEDERICO.- Es que mis arbitrios degradantes son hábitos, y ya no
puedo vivir sin ellos. Tomás, Tomás, me duele mucho decírtelo; pero te lo diré.
Soy vicioso. La idea de una vida sosa y correcta, con el bienestar acompasado
de un modesto rentista, me horroriza. No quiero esa vida, no la quiero. El
veneno se ha adaptado a mi naturaleza, y no puedo existir sin él.
OROZCO.- Palabrería ingeniosa. Tú no sientes lo que dices. Me
engañas, y yo, al menos, merezco de ti la sinceridad. ¿Cómo pretendes hacerme
creer a mí que prefieres esa vida de sobresaltos a...?
FEDERICO.- (interrumpiéndole.) Créelo, sí. Me carga la
tranquilidad. No sé cómo explicártelo. Los conflictos diarios, las angustias,
el no respirar, el no vivir, la excitante lucha, me producen placer insano. ¿No
lo comprendes? Soy como el borracho incorregible, que se siente envenenado por
el alcohol, y lo apetece con todas las energías de su naturaleza. [319] Yo
apetezco el mal, el picor terrible de las dificultades pecuniarias, las
emociones del azar, con sus desmayos hondos y sus alegrías delirantes.
OROZCO.- Nada de eso pertenece a la realidad. O es desvarío de
enfermo, o una manera hábil de argumentar. Otras razones te mueven a despreciar
lo que te ofrezco. Dímelas, y quizás me sea fácil rebatirlas. Imposible que
dejes de comprender las ventajas de la vida decente y sosegada. ¿Sabes cuál es
mi aspiración y la de Augusta, que en esto, como en todo, está de acuerdo
conmigo? Pues que te entiendas con tus hermanos, y viváis juntos. Por eso te
escribió mi mujer suplicándote que visitaras a Clotilde. Accediste, y pensamos
que tu aquiescencia en este punto era señal de ceder también en el otro. Te
propusimos el vivir con tu familia, calculando que de este modo os luciría más
el pequeño capital que debéis a las travesuras de Joaquín. Porque a él, fíjate
bien, a él en primer término debéis agradecerlo más que a mí.
FEDERICO.- ¡No nombres a mi padre, por Dios! ¿Qué tiene él que
ver con esto?
OROZCO.- Sí, porque él, inconscientemente, nos ha [320]
proporcionado los medios para esta combinación feliz.
FEDERICO.- (espontaneándose.) Tuya, tuya y sólo tuya es esta
idea, que tiene una cara divina y un reverso diabólico. Todo lo hermoso de ella
te pertenece; bien lo sé. Conmigo no te valen tus farsas de modestia; conmigo
no te sirve el desprenderte de tu corona sublime. Te conozco y sé apreciarte en
lo que vales. Desgracia mía es no poder corresponder a tanta... no sé cómo
llamarlo. Tomás, despréciame, no hagas caso de mí. Yo no merezco ni que me
mires, siquiera.
OROZCO.- No te escapes por ese registro de los elogios, para
aturdirme y apartar la cuestión de sus verdaderos términos. Por reducirte y
ablandarte, soy capaz hasta de transigir con lo que más detesto, que es la
vanidad, y llenarme de ella, y atribuirme virtudes y méritos, con tal que
accedas a nuestra pretensión. ¿Te conviene este trato? Dime que aceptas, y yo
diré que soy tu protector si así te acomoda. Por el contrario, ¿te molesta mi
protección?, ¿tu orgullo se subleva contra lo que crees humillante? Pues me
anularé. Nada habrá en mí que te recuerde la situación de favorecido. Es más:
si quieres mostrarte ingrato conmigo, mejor, tanto mejor. [321] Si te da por
mostrarte olvidadizo, no creas que eso me incomoda: al contrario...
FEDERICO.- (con viva emoción.) Tomás, si te digo que te tengo
por sobrenatural, no expreso todo lo que siento. Cállate y déjame; no puedo
oírte...
OROZCO.- (deteniéndose en un portal.) Piensa en lo que te he
dicho. Yo me quedo aquí.
FEDERICO.- (deseando escapar.) Pues adiós... Sí; pensaré...
OROZCO.- Adiós. (Entra en una casa. Federico sigue.)
Escena XII
FEDERICO, solo, vagando por las calles, en estado de vivísima
agitación.
¡Ay, qué descanso!... ¡Libre de ese hombre! Huiré y me esconderé
donde no pueda oír su voz, donde su mirada noble y profunda no me anonade.
Imposible vivir así... Si otra vez me habla, mi sinceridad se desbordará, y le
diré la verdadera causa de mi... ¡Enorme y absurda pretensión que yo acepte tal
cosa! Me moriré cien veces antes. (Reflexionando.) ¿Pero a qué revelarle yo los
motivos de mi rebeldía, si él ha de saberlos pronto? Yo confiaba ¡menguado de
mí!, en que este secreto no se descubriría fácilmente, [322] y ahora resulta
que no tardarán en conocerlo todos nuestros amigos, medio Madrid, y él... ¡Pero
qué hombre, santo Dios! ¿Por qué le hiciste de tan rara perfección, para
ponérmele delante en la más crítica hora de mi vida? ¿Por qué no es un malvado,
un egoísta sin entrañas, un envidioso, un falso al menos, siquiera un hombre
vulgar, de estos que se encuentran a centenares, a millares más bien?... No, no
iré esta noche a ninguna parte donde pueda verle. No comeré en su casa. Me
acosa su presencia; su voz me persigue; me espanta la idea de que si hoy
consigo evitarle, no lo conseguiré mañana. ¡Tal suplicio, un día y otro, y al
fin...! Porque lo ha de saber. (Inquietísimo.) ¿No valdría más que yo se lo
dijera? «Amigo mío, estoy imposibilitado para aceptar tus beneficios, porque te
he robado a tu mujer». ¡Qué locura! Esto sería denunciarla cobardemente. Vale
más esperar a pie firme a que algún malicioso le revele la terrible y afrentosa
verdad. Sucederá entonces lo que es de rúbrica: el hombre ofendido me exigirá
reparación; se la daré con la estúpida forma del duelo, y... ¡Cuán grotesca es
la sociedad! Debiéramos todos pintarnos la cara con albayalde como los clowns,
o colgarnos cascabeles de las orejas como los antiguos bufones, pues somos unos
grandes mamarrachos...! (Fijándose en un transeúnte que pasa.) Es Villalonga.
Me meteré en este portal para que no [323] me vea. Quiero estar solo. No me
agrada más conversación que la mía, y sólo estoy a gusto conmigo, como con un
ser amado que se despide... Porque yo me marcho; yo no puedo vivir así. La
vida, tal como la voy arrastrando ahora, es imposible. Recibir mi salvación del
hombre a quien he ultrajado, imposible también. ¡Oh, quién fuera uno de estos
de conciencia ancha, que sólo miran su provecho! ¿Por qué hay en mi alma esta
antipatía contra la protección, y esta invencible repugnancia de la generosidad
ajena? Ciertos agradecimientos le sumergen a uno en la inferioridad servil, y
le subordinan y le rebajan. No sé por qué, me inclino a detestar a los que quieren
ampararme. (Reparando en alguna persona.) ¿No es aquel Infantillo? Aquí me
escondo. No quiero ver a nadie. La voz de un amigo me molesta, como si todo el
que a mí se acerca viniera con intenciones de protegerme. Es Infante, sí. Y
entra en el Casino. Yo pensaba comer hoy allí; pero comeré en otra parte. ¿En
dónde? Lo mismo da. ¡Lo que puede la rutina de sentarse a la mesa a determinada
hora! ¡Si no tengo apetito...! ¡Si hasta me repugna la idea de alimentarme...!
(Aturdido.) Iré a casa, y Claudia me dará algo de lo que ellas tienen para sí.
Ahora me entran ganas... Vamos, comería yo esta noche una cosa muy salada, muy
salada... no sé qué... y muy agria, muy agria... y después tomaría café [324]
bien cargadito... (Entrando en un coche: al cochero.) Lope de Vega, 57
triplicado.
Escena XIII
Salones en casa de San Salomó.
FEDERICO, después LA SOMBRA DE OROZCO.
FEDERICO.- Aquí me refugio esta noche. No sé a dónde ir. En esta
casa no es probable que encuentre al Santo, cuya sublimidad pesa sobre mí, como
un peñasco que se me ha puesto sobre los hombros. Casi nunca viene aquí... No
sé qué hay en mi cabeza esta noche; no puedo precisar bien lo que veo, ni estoy
seguro de reconocer a las personas que a mi lado pasan. ¿No es aquel Monte
Cármenes? Creo que sí; pero no lo juraría. Y aquella ¿no es Victoria Trujillo?
Tampoco puedo responder de que sea. ¿He saludado a alguien al entrar? No lo
aseguro. Me parece que sí, me parece que no. Daré una vuelta por los salones.
¡Cuánta gente!, nadie me mira. ¡Qué placer no ser advertido! Me apartaré a un
sitio solitario, y me distraeré viendo caras de personas, a quienes no se les
ha ocurrido protegerme... ¡Oh, maldito de mí! (Con súbito terror.) ¿No es aquel
Orozco? Y me ha visto. Desde lejos me descubre, y me clava sus ojos que
despiden lumbre. Viene hacia mí. Ya no me escapo. Que me coge, que me coge.
[325]
La Sombra de Orozco, con perfecta apariencia humana y vestida de
etiqueta, avanza hacia Federico, y le coge del brazo.
FEDERICO.- Ya, ya te veo...
LA SOMBRA.- Parece que huyes de mí.
FEDERICO.- ¿Yo?, no lo creas. Tanto gusto en verte. Siempre
mucho gusto en verte, muchísimo.
LA SOMBRA.- Apártate aquí; charlaremos. (Le lleva a un gabinete
próximo.)
FEDERICO.- (irónicamente.) Es lo que deseo, charlar contigo,
para que me aconsejes, para que me ilumines. Eres el alma más grande que
conozco.
LA SOMBRA.- ¿Has reflexionado en lo que te dije?
FEDERICO.- ¡Ya lo creo! Desde que nos vimos esta tarde no ha
hecho tu amigo otra cosa que reflexionar. Como que con tantas reflexiones, no
he tenido tiempo de comer. No ha entrado en mi cuerpo esta noche más que un
puñado de sal, una taza de café, y después dos copas de coñac, digo, tres.
[326]
LA SOMBRA.- La sal aviva las ideas, y el café las ennoblece.
FEDERICO.- Pues sí, he reflexionado, y... me confirmo en lo que
hace poco te dije. No hay arreglo: déjame en la indigencia y en la degradación.
El bienestar me rebajaría a mis propios ojos; necesito privaciones y
padecimientos para regenerarme. Además, temo mucho que la flor de la gratitud
no quiera nacer en mi huerto, y que al encontrarme favorecido, no pueda amar a
mi favorecedor. Vale más que busque en la penuria y en el sufrimiento los
estímulos que mi alma necesita para purificarse. Quiero ser pobre, Tomás,
pobre. Dirás tú: «¡qué gusto tan raro!» y yo respondo que más sabe el loco en
su casa que el cuerdo en la ajena. Añadiré una idea que quizás te sorprenda.
Aunque nos hemos tratado desde la infancia, apenas me conoces, y bajo estas
apariencias insustanciales, escondo una austeridad (11) de principios, que a mí
mismo me asusta cuando atentamente la considero. ¡No faltaría más si no que
pretendieras tú monopolizar la práctica de una moral rígida!
LA SOMBRA.- (con benevolencia.) ¿Yo? ¿Qué había yo de
monopolizar nada, hombre? Tranquilízate, y ten toda la rigidez de principios
que gustes, sin temor a mi competencia. [327] Eso me parece muy bien, pero muy
bien. (Dándole palmadas en el hombro.) Pero, si me lo permites, he de rogarte
me digas qué principios, de esos tan severos que tú profesas, son los que te
impiden entenderte conmigo.
FEDERICO.- (lleno de confusión.) Es que con mis principios, y
como complemento de ellos, se enlaza un desprecio absoluto de los bienes
materiales.
LA SOMBRA.- (sonriendo.) Vocación de penitente y de anacoreta.
FEDERICO.- Tampoco es eso. He parece que no estás tú hoy tan
lúcido como otras veces. Si acertaré a explicarme. Profeso la teoría de que si
somos siempre y en todo caso autores de nuestro propio mal, también debemos ser
autores de nuestro bien, y debérnoslo todo a nosotros mismos.
LA SOMBRA.- (con acento ligeramente burlón.) ¿Piensas trabajar?
FEDERICO.- ¿Por qué no? ¿Me crees incapacitado para el trabajo?
LA SOMBRA.- No por cierto. Pero no acabo de comprender tus
principios. Seamos formales, y hablemos con absoluta sinceridad. [328]
FEDERICO.- (palideciendo y temblando.) Eso es... Sinceridad es
lo que nos hace falta.
LA SOMBRA.- Me vas a explicar un enigma que observo en ti. ¿Cómo
es que la aceptación de un favor mío subleva tus austeros principios, y no los
contraria tu trato infame con persona de tan bajo nivel moral como La Peri?
FEDERICO.- (aterrado.) ¡Yo! ¿Qué dices? ¿De dónde has sacado
eso? ¿Por dónde lo sabes? Es absurdo y no tiene fundamento alguno.
LA SOMBRA.- De esa pájara aceptas tú auxilios que te envilecen a
ti tanto como a ella, pues ya sabes que Leonor, cuando estás ahogado y no halla
modos hábiles de socorrerte, se va del seguro y hace trampas en el juego... le
sustrae a su marqués billetes, escamoteándole la cartera que lleva en el
bolsillo... y por fin, imagina planes industriales asociada contigo,
establecimientos de infame comercio, timbas a estilo de Montecarlo...
FEDERICO.- (dando diente con diente.) Eso no es verdad. Lo dice,
sí, lo dice, pero ten por cierto que no lo hace. Es que da bromas, como tú,
fingiendo codicia y maldad. Te propones humillarme con esas historias, y no lo
conseguirás, no lo conseguirás. Que La Peri y [329] yo nos auxiliemos
recíprocamente, nada tiene que ver con mis principios. Tú, como la generalidad
de las personas, no ves más que la moral de relación. La absoluta, la moral
fina, no la ves: eres muy miope. (Con grandísima zozobra.) Y otra cosa, Tomás:
¿Qué idea te has formado tú de Leonor? La idea vulgar, la idea de los cortos de
vista, que no ven más que el bulto de las cosas. La Peri es una señora... para
mí al menos... Y pongo mi cabeza a que no ha sido ella quien te ha contado eso.
Es en este punto la discreción personificada. ¿Acaso lo has pensado, lo has
discurrido tú, sin que te lo dijera nadie? (La Sombra contesta afirmativamente
con la cabeza.) No, no has formado idea exacta de mis relaciones con Leonor...
Sería preciso que yo te las explicase... y lo haría si ahora mi cabeza no
propendiese a embarullar las ideas. No lo veo claro yo tampoco, no lo veo muy
claro; pero te diré que Leonor es mi amiga, la única persona en el mundo con
quien tengo verdadera amistad, y esa confianza, Tomás, esa flor humilde y
casera, que no nace sino en el terreno de la comunidad de sentimientos. Entre
Leonor y yo hay un lazo moral, que será, visto desde fuera, muy feo, pero que
por dentro es de lo más puro, créelo, de lo más puro que puede existir. (Inquietísimo,
observando expresión de incredulidad y burla en el rostro de La Sombra.) ¿Pero
no lo entiendes? [330]
LA SOMBRA.- (festivamente.) Eso no lo entiende nadie.
FEDERICO.- ¡Nadie! ¿Y si yo te dijera que, existiendo entre los
dos esa leal confianza, no tengo amores con ella? Los amores van por otro lado
¡ay!, amores sin raíces, como los que contraemos con las mujeres de vida
ligera, para distraernos y engañar las penas, amores de imaginación, que
producen ratos deliciosos; pero que dejan el corazón vacío y el alma sedienta.
Tampoco entiendes esto, ¿verdad?
LA SOMBRA.- Eso sí.
FEDERICO.- Te estoy contando lo que no debes saber; pero la
culpa es tuya. ¿Para qué excitas mi sinceridad? Queda siempre en pie el
misterio inexplicable para ti: ¿por que no acepto tu donativo? Pues
sencillamente porque no me da la gana. ¿Lo quieres más claro? (Acalorado y
descompuesto.) Y si te empeñas en que riñamos, reñiremos. Por mí no ha de
quedar. Prepárate, y elige la forma de reñir que más te agrade y en que veas
más probabilidad de vencerme. Porque tú debes triunfar, y yo debo sucumbir.
LA SOMBRA.- (flemáticamente.) No veo por qué razón ha de haber
en esto vencedores ni vencidos. Tú eres dueño de tu [331] voluntad y de tu
porvenir. No me siento ofendido por tu afición a la pobreza, ni por tus
simpatías hacia La Peri. Buen provecho te hagan.
FEDERICO.- Lo que yo sé es que así no puedo vivir.
LA SOMBRA.- (con afecto.) Explícate mejor; no tengas para mí
secretos.
FEDERICO.- (doloridamente.) No te canses, Tomás. Yo no puedo
declararme a ti. Pero lo que mi lengua no acierta a decirte, cien lenguas del
mundo te lo dirán. Francamente, no me importa nada que me mates.
LA SOMBRA.- ¿Matarte? Si tu vida es un suplicio, quitártela es
hacerte un bien, y como tú no quieres aceptar de mí favor alguno, te dejará
vivo y pobre. (Riendo.) ¿No es ese tu gusto?
FEDERICO.- (aturdido.) Sí, sí. Y ahora... te hablaré con
franqueza. ¡Cuánto te agradecería que te marchases! Tu presencia me mortifica
horriblemente, y si no he huido de ti, es porque no puedo moverme. Yo no sé lo
que tengo.
LA SOMBRA.- (levantándose.) No deseo más que complacerte.
FEDERICO.- ¿No te gusta a ti la ingratitud? Pues en mí [332]
tienes lo que más puede agradarte. ¿Estás contento de mí?
LA SOMBRA.- No, porque la ingratitud que a mí me entusiasma es
la de los que reciben un beneficio mío, y tú lo rechazas.
FEDERICO.- Pues hazme el beneficio inmenso de no ocuparte de mí.
No me mires, no me hables.
LA SOMBRA.- (sonriendo.) ¡Ingrato! Si no deseo más que tu
bien...
FEDERICO.- (suplicante.) Por Cristo, olvídate de mí.
LA SOMBRA.- Yo te digo a ti que no me olvides. (Con humorismo.)
Soy algo pesado, ¿verdad? Vaya, descansa de mí un momento... Pero nos veremos
otra vez. (Estrechándole la mano.) Sabes cuanto se te estima... (La Sombra se
aleja. Federico sale del salón.)
Escena XIV
Calle.
FEDERICO.- (solo, andando muy a prisa.) ¡Cómo está mi cabeza!
¿Pues no me entra la duda más espantosa que jamás agitó mi espíritu? ¿He
hablado yo con Orozco en casa de San Salomó, o es ficción y superchería de mi
[333] mente? No puedo asegurar nada. Yo le he visto, yo he hablado con él... La
realidad del hecho, en mí la siento; pero este fenómeno interno ¿es lo que
vulgarmente llamamos realidad? Lo que yo he dicho cien veces: no hay bastantes
palabras para expresar las ideas, y deben inventarse muchas, pero muchas más.
Que yo le vi y le hablé, no es dudoso para mí, y me parece que le oigo todavía.
Pero un sentimiento vago de las cosas exteriores me dice que aquel encuentro es
obra de mis propias ideas... (Escudriñando en su espíritu.) ¿Pero es cierto que
hablamos Orozco y yo en esa casa? ¿Estuve yo realmente en ella? Vamos a ver:
concretemos. (Parándose.) ¿En dónde has estado desde las diez?... No acierto a
precisarlo. Sea lo que quiera, realidad por realidad, lo mismo da una que
otra... Despéjate, cabeza. ¿A dónde iré, para calmar mi afán? ¿Cómo pasaré las
horas de esta triste noche, que no se acaba nunca? Cien veces he mirado el
reloj sin enterarme... Mirémoslo con la atención debida: las once y media.
¡Temprano, siempre temprano! (Vuelve a andar presuroso.) Necesito desahogar mi
corazón, confiando mis inquietudes a alguien. ¿Pero a quién? Se las contaría yo
a Leonorilla; pero no es hora de ir allá. De noche, no puedo, no sé ver en ella
a mi amiga querida. A estas horas, encontraré la casa toda llena de... hombres.
¡Desgracia inmensa para mí, que la única persona [334] a quien declararme puedo
no me sirve para el caso si no cuando no parece lo que es!... ¿Iré a que me
consuele la otra, Augusta? Tampoco es ocasión. Esta por ser honrada de noche,
aquella por no serlo, ambas me cierran sus puertas en las horas de mayor
soledad y tristeza. Además, Augusta es la persona a quien menos puedo
confiarme, porque ella, ella me ha lanzado a esta lucha, a este vértigo...
¡Pobre mujer! Alucinada por el amor, has perdido de vista la ley de la
dignidad, o al menos, desconoces en absoluto la dignidad del varón. ¡Ay, tus
palabras, tan gratas para mí en otro tiempo, ahora serán como instrumentos de
suplicio! Me embriagarás con tus avasalladoras seducciones; disiparás durante
un rato grande o chico las tinieblas de mi vida; pero no derramarás en mi
corazón ese bálsamo de ternura y consuelo, que es la única medicina de este mal
espantoso de la conciencia... ¡A estas horas, ya la malicia se cebará en la
verdad descubierta por Malibrán, y mientras Orozco cree y dice que La Peri me
ayuda a vivir, nuestros amigos dirán que Augusta me mantiene y me paga las
trampas! Esto me subleva. (Con desesperación.) Romperé con ella; rechazaré las
ofertas de Tomás, y después, que me devoren la miseria y la usura... (Pausa.)
¿Iré a pedir consuelos a mi hermana? No, porque me encontraría con ese facha
innoble, a quien detesto. Sólo de verle, se me [335] crispan las manos, y
siento anhelos de destrozar a alguien. No, allá no iré por nada de este mundo.
Ya no tengo hermana, ya no tengo familia; estoy solo, y la compañera que me
hace falta, ni puede dármela la amistad ni dármela puede el amor... Vagaré por
las calles hasta que sea hora de entrar en mi casa... Pero el tiempo no avanza.
¡Demonio, siempre las once y media! Me canso ya de este paseo febril.
(Detiénese indeciso y fatigado.) ¿En dónde me metería yo para reposarme y
distraerme un rato? No iré a ningún sitio donde pueda encontrarme con el Santo,
pues su sola presencia me causa las agonías de la muerte. ¡Ah, qué idea feliz!
Me refugiaré en un teatro. ¿En cuál? En este, que es del género picante. No me
reiré porque no puedo reírme; pero mis ideas se desviarán un rato de la fijeza
congestiva que me atormenta. (Párase a la puerta de un teatro; toma localidad y
entra.) Están en el entreacto; pero pronto empezará la función, que ojalá sea
una pieza muy disparatada, muy absurda, muy cínica... (Dirígese al pasillo de
butacas.) [336]
Escena XV
Teatro.
FEDERICO, OROZCO, que se le presenta de improviso al dar los
primeros pasos en el patio. Un poco más lejos, el MARQUÉS DE CÍCERO y el CONDE
DE MONTE CÁRMENES.
FEDERICO.- (para sí, estremeciéndose al verle.) ¡Orozco! Esto parece
cosa del Infierno.
OROZCO.- Hola, sonámbulo... ¿Qué es eso?, ¿te asombras de verme
aquí?
FEDERICO.- No esperaba...
OROZCO.- Ese chiflado (señalando a Monte Cármenes, que mira con
gemelos hacia los palcos) se empeñó en que entráramos aquí. Y la verdad, nos
hemos divertido. Me gusta mucho el género cómico, aun con toques tan chillones
y picantes como los que aquí se usan. ¿Y tú...? Tienes mala cara, chico; estás
pálido...
FEDERICO.- (trémulo.) No me siento bien esta noche.
OROZCO.- ¿Qué tienes?
FEDERICO.- Aquí, en el corazón... no sé qué. No es dolor, [337]
no es punzada. Es una extraña sensación, que al anochecer empezó a molestarme,
y que se acentuó terriblemente al entrar aquí.
OROZCO.- ¿Te duele...?
FEDERICO.- Exactamente dolor, no, no... Es más bien un estímulo,
como ganas instintivas de meter los dedos por aquí; aquí, no sé si en el
corazón o un poco más abajo. Lo que más me mortifica es la idea... sí, no te
rías, la idea de que me aliviaré introduciendo los dedos hasta tocar la parte
dolorida, mejor dicho, la parte afectada.
OROZCO.- (sonriendo.) Te diré lo que se dice siempre en tales
casos: eso es nervioso. Poco mal y bien quejado. Quizás falta de sueño, quizás
un poco de dispepsia. Sanarás cuando tu ánimo se tranquilice. Federico, haz
caso de mí, regulariza tu vida, para lo cual te basta dejarte querer, y verás
cómo desaparece esa molestia, que no es más que una acción refleja, partiendo
del cerebro. Corta de raíz tus malos hábitos, y verás qué bien te va.
FEDERICO.- (con tristeza.) ¡Qué pronto se dice eso, Tomás!
OROZCO.- Tonto, tú no has pensado en ello; no te has [338] hecho
cargo todavía del bien que te espera... A nuestra edad, pasados los treinta y
cinco, un vivir metódico y sin sobresaltos es el único vivir posible... Y no me
vengas con que la ociosidad te aburrirá, y que necesitas un poco de movimiento.
Yo te daré ocupación; yo me encargo de que no te aburras, y con algo que ganes,
y algo que recibirás de Joaquín (porque hemos convenido en que esto es de tu
padre), vivirás como un príncipe. Tú créeme y déjate llevar. Confíate a mí;
verás cómo te arreglo tu aurea mediocritas. Luego la tranquilidad de la
conciencia... ¿Sabes tú lo que eso vale?
FEDERICO.- (para sí.) Insisto en que este que me habla no es el
Orozco de carne y hueso. Hállome en el vértice de una gran alucinación, y lo
que veo y oigo es hechura de mi propia idea.
OROZCO.- Entrégate a mí sin temor, a mí, que te quiero de veras,
y miro por tu bien...
FEDERICO.- (para sí, trastornado.) Basta. No puedo soportar
esto. (Alto.) Adiós, Tomás; me siento mal y tengo que retirarme.
OROZCO.- Cuídate, métete en tu casa. ¡Detestable costumbre esta
de hacer de la noche día! Yo, no creas, tampoco me siento bien. No sé qué me
[339] pasa. Pero con un par de días de campo me repondré.
FEDERICO.- ¿Te vas a las Charcas?
OROZCO.- Pasaré allí los dos días de fiesta.
FEDERICO.- ¿Vas solo?
OROZCO.- Estoy reclutando gente. Nuestro buen Cícero, el moderno
Nemrod, no puede ir. Hasta ahora, sólo cuento con Malibrán.
FEDERICO.- ¡Ah! ¿Vas con Malibrán?...
OROZCO.- ¿Quieres agregarte?
FEDERICO.- No, gracias. Abur, abur. (Sale presuroso del teatro.)
Escena XVI
Gabinete en casa de Federico. Es de noche.
FEDERICO, BÁRBARA; después LA SOMBRA DE OROZCO.
FEDERICO.- (echado en el sofá, junto al velador, en el cual hay
una lámpara.) Gracias a Dios que me encuentro solo. ¿Qué mejor refugio que mi
propia casa? Creí no poder [340] llegar a ella; de tal modo se me trastornó la
cabeza en aquella correría por las calles. El cansancio me abruma; pero lo que
es sueño, no siento maldito. Apetezco el dormir como el mayor bien imaginable;
pero la manera de lograrlo es lo que no se me alcanza... Y sigue molestándome
la sensacioncita en el corazón, aquí... donde debe estar el vértice de esa
condenada máquina. Aguantaremos... La cabeza es la que anda peor. ¡Cuidado que
la alucinación de esta noche...! ¡Figurarme que vi a Orozco en el teatro, y que
le hablé! ¡Si me parece que oyéndole estoy aún! Ha sido un fenómeno subjetivo,
determinado por cierta idea diabólica que me escarba en la mente... la idea de
transigir, de dejarme querer... ¡Oh, tentación insana! Degradarme, pero
vivir... Porque... razón tiene Orozco, ¡qué bien estaría yo si...! ¡Idea
maldita, que hace vacilar mi dignidad, y trastorna mi conciencia! No, Tomás; no
insistas, no me tientes. Si me estimas como dices, no me envilezcas más de lo
que ya lo estoy.
BÁRBARA.- (entrando de puntillas.) ¿Se le ofrece algo? Claudia
no puede levantarse: está con un dolor en la cadera. Me rogó que me quedase
aquí esta noche, por si el señorito volvía malo.
FEDERICO.- Nada se me ofrece. Puedes acostarte. [341]
BÁRBARA.- (para sí.) Esa cabeza no anda bien. ¡Qué hombres
estos! Comidos de vicios, no se hartan nunca de gozar, y cuando no pueden
tenerse, vienen a que una les cuide. Las de fuera para la diversión y el
jaleíto, las de casa para atenderles cuando están malos... (Contemplándole.) ¡Y
qué guapín, qué simpático! Como todos los pillos.
FEDERICO.- ¿Qué haces ahí, fantochona?
BÁRBARA.- Ya me voy... Estaré con cuidado por si usted llama.
(Detiénese en la puerta, y desde ella le observa.) ¡Qué desmejorado y qué
alicaído!... Esas bribonas le consumen. Si las cogiera yo... Pero él es el
primer causante de su malestar. ¡Ay, qué hombres estos! Son como las veletas.
Hoy apuntan para aquí, mañana para allá.
La Sombra de Orozco aparece sentada frente a Federico. Este la
contempla un rato sin pestañear. Después habla.
FEDERICO.- Dispensa, Tomás, no te había visto. Me adormecí un
poco. ¡Cuánto te agradezco que vengas a visitarme! ¡Si vieras qué malo estoy!
LA SOMBRA.- No te acobardes. Mal de imaginación, desasosiego del
espíritu y nada más. Tranquilízate, [342] hazte dueño de tu voluntad, y te
sentirás bien.
FEDERICO.- Lo que anda peor es la cabeza, que a veces se me
trastorna de una manera... Figúrate que esta noche me aluciné hasta el punto de
verte y hablar contigo en un teatro... Tan claras fueron las falsas
percepciones de mis sentidos, que aún me cuesta trabajo diferenciarlas de las
percepciones reales... He pensado en lo que hablamos en casa de San Salomó. No
puede ser, Tomás, no puede ser. Te lo agradezco infinito.
LA SOMBRA.- ¡Es lástima; porque estarías tan bien...!
FEDERICO.- (acometido de nerviosa risa.) Como estar bien, ya lo creo.
Si otra cosa he dicho... no hagas caso... charla, sofistería. ¡Ay, no sabes
cuánto apetezco la tranquilidad, aunque mi vida resulte de las más modestas,
trabajar algo, tener seguros el hoy y el mañana, y luego una familia en cuyo
seno encontrar el amor y la paz!
LA SOMBRA.- Todo eso y mucho más podrás tener.
FEDERICO.- ¿Pero cómo pretendes tú que lo acepte de ti,
habiéndote burlado como te burlé, habiendo pervertido a lo que más amas en el
mundo, que es tu mujer? [343]
LA SOMBRA.- (con frialdad suma, sin accionar.) Empequeñeces el
asunto subordinando su resolución a las fragilidades de una mujer. Elevémonos
sobre las ideas comunes y secundarias. Vivamos en las ideas primordiales y en
los grandes sentimientos de fraternidad; y cuando hayas acostumbrado tu
espíritu a esta luz superior, comprenderás que el amor material queda en la
categoría de instinto, y es enteramente libre.
FEDERICO.- Por Dios que te explicas bien, y me consuelas con tus
explicaciones. Pero oye: ese disparate, también se me había ocurrido a mí.
LA SOMBRA.- Has dicho que me habías ofendido quitándome mi
mujer. ¿Qué quiere decir eso? Augusta no es mía. Considera que en esta esfera
de las ideas puras a donde nos hemos subido, los seres todos gozan de omnímoda
libertad. Nadie es de nadie. La propiedad es un concepto que se refiere a las
cosas; pero a nada más... Los términos mío y tuyo no rezan con las personas.
Nadie pertenece a nadie, y Augusta, como todo ser, dueña es de sí misma. (Con
ligera inflexión humorística en su acento.) Hemos convenido tú y yo en que se
quedaron allá abajo, en las capas donde el vulgo rastrea, todos esos
convencionalismos pueriles, y los aparatos legales que [344] arma la sociedad
por el gusto ridículo de dificultarse su propia vida.
FEDERICO.- ¡Ah, Tomás, toda esa argumentación ya ha pasado por
mi cerebro, que hierve! Tú me estás engañando; tú me estás echando cloroformo
en la conciencia para luego arrancármela sin que yo lo note, y envilecerme. No,
no me dejo adormecer por ti. Estoy bien despabilado.
BÁRBARA.- (observándole desde la puerta.) Pobrecito. ¡Qué
agitación la suya! Parece que delira, y que sueña, pero con los ojos abiertos.
Si se dejara arrullar por mí, yo le tranquilizaría.
LA SOMBRA.- (inclinándose hacia él en ademán cariñoso.) No te
engaño... Deseo tu bien, y que reformes tu vida. Te daré asimismo una ocupación
para que no estés ocioso.
FEDERICO.- (riendo desentonadamente.) Me darás un estanco, y
tendré por colega al marido de Claudia.
LA SOMBRA.- (riendo también.) No es eso. Badulaque, tú y yo
podemos emprender un trabajo común, que nos distraiga, y al mismo tiempo nos
sostenga el espíritu a constante altura sobre las miserias humanas. [345]
FEDERICO.- Nos haremos pastores, marchándonos a una región
distante y sosegada, donde impere la verdad absoluta.
LA SOMBRA.- Eso es.
FEDERICO.- ¿Y dónde se toma billete para ese viaje? Porque yo
estoy dispuesto a irme ahora mismo contigo.
LA SOMBRA.- (con acento revelador.) Para trasladarse a esa
región de paz y de justicia no se toma billete. Todos los humanos tenemos bajo
el corazón, aquí, en semejante parte... (Se toca el pecho en la parte inferior
del costado izquierdo.)
FEDERICO.- Sí... justamente donde yo siento ese estímulo
indefinible.
LA SOMBRA.- Pues ahí tenemos un lóbulo, una concreción... Tócate
y verás. Es algo semejante al botón de un timbre eléctrico. Nada, te lo
aprietas con un poco de coraje, y te trasladas en un abrir y cerrar de ojos.
FEDERICO.- (riendo.) ¿Me traslado... suavemente... sin que me
pase nada en el camino? [346]
LA SOMBRA.- Sin sentirlo.
FEDERICO.- ¡Excelente idea! Porque aquí los dos vivimos
deshonrados, yo por haber seducido a la que el mundo llama tu mujer, y tú por
ser ley que se deshonre el que pierde a su compañera, aunque ella sola sea
responsable de la falta. ¡Caramba! Se ven cosas en este mundo que si uno las
contara en el otro, no las creerían.
LA SOMBRA.- (con humorismo.) Es cierto; tú y yo hemos perdido lo
que aquí se llama el honor, una especie de cédula o cartilla, sin la cual no se
puede vivir en estos barrios, que alumbran el sol y la luna. Tontería insigne
es la tal cédula; pero como la piden a cada paso que das, ello es que, no
teniéndola, no podemos vivir. Debemos, pues, largarnos pronto. (Se levanta.)
FEDERICO.- Yo estoy listo. Ve tú por delante. (Oprimiéndose el
costado izquierdo.) Tomás, Tomás, yo aprieto, yo oprimo el condenado botón, y
no siento que me traslade a ninguna parte. Sigo aquí... Espera.
LA SOMBRA.- (dando vueltas por la habitación.) No te apures. Lo
mismo da hoy que mañana. Aprieta más fuerte; todo lo fuerte que puedas. [347]
FEDERICO.- ¿Te has ido tú? No te veo.
LA SOMBRA.- (desde lejos.) Estoy aún aquí.
FEDERICO.- (removiéndose inquieto en el sofá.) Tomás, cualquiera
diría que deliramos tú y yo... Sea lo que quiera, conste que yo no acepto ni
puedo aceptar tu donativo. Mi dignidad lo rechaza.
LA SOMBRA.- (volviendo hacia él, rápidamente.) Imbécil, ya no
evitas eso que los puritanos llamamos deshonra, pues todos nuestros amigos
dicen que Augusta te paga las trampas y te da para tus gastos. Ya no te libras
de esa opinión, ni adelantas nada con delicadezas de última hora. Tu ignominia
no crece ni mengua porque aceptes o dejes de aceptar.
FEDERICO.- (llevándose las manos a la cabeza.) No me lo digas,
que me vuelves loco de pena.
LA SOMBRA.- (remedando su movimiento.) ¡Pobre hombre! Vives de
ideas circunstanciales y de artificios jurídicos.
FEDERICO.- Siento una ansiedad que me anonada. Yo quiero
morirme. Espérate. ¡Pero si por más que oprimo el botón, y me introduzco los
dedos hasta [348] el alma no puedo dar el salto! Aguárdate; no me dejes en esta
soledad.
LA SOMBRA.- (con naturalidad.) Pero qué, ¿crees tú que yo no
tengo nada que hacer? Mi mujer me aguarda.
FEDERICO.- (burlándose.) ¡Tu mujer! Pero si tú apenas haces ya
vida marital con ella. Lo sé, tonto, lo sé... Tu perfección moral te ha elevado
sobre las miserias del mundo fisiológico. ¡Mérito grande! Pero Augusta no
entiende de esas perfecciones: me lo ha dicho. Es humana, y no le hace maldita
gracia parecerse a los serafines.
LA SOMBRA.- ¡Simple, confundes a Augusta con La Peri!
FEDERICO.- Yo no tengo líos con La Peri, fuera del trato de
amistad y de las relaciones económicas. Leonor para mí rivaliza en pureza con
los arcángeles.
LA SOMBRA.- (gravemente.) Cuestión de apreciación. Todas son
ángeles cuando no están en contacto con nosotros, que las humanizamos y las
corrompemos... Y no me detengas más. Abur.
FEDERICO.- No te vayas. Tu compañía, que antes me era tan
desagradable ahora me gusta. [349]
LA SOMBRA.- No puedo entretenerme. ¿No ves que viene el día? Me
voy con la noche. (Desaparece.)
FEDERICO.- (fijándose en la claridad que entra por el balcón.)
Pues es verdad. ¡Amanece, y yo sin acostarme! ¡Oh, qué luz tan viva! ¡Si yo
dormir pudiera...! Tomás, Tomás, ¿tú no duermes? (Cierra los ojos, apretando
los párpados.)
BÁRBARA.- (arropándole.) ¡Pobrecito! Le atormenta su propio
pensar. ¡Cómo castañetea los dientes!... ¡Ay, bueno le han puesto esas
bribonas! Todo por la manía de que hay clases, pues si se persuadiera de que se
acabaron las tales clases y de que todas somos lo mismo, se arreglaría de otra
manera, y la felicidad reinaría en su casa. Señorito, ¿quiere una taza de
té?... Nada, no responde. Inmóvil y frío. Le daré friegas... (Se las da.)
¡Señorito!
FEDERICO.- ¡Ay!, me lastimas. ¿Se fue Tomás?... No le vi salir.
(Abriendo los ojos y mirándola estupefacto.) ¡Ah! Bárbara. Eres un ángel...
digo, precisamente un ángel, lo que se llama un ángel, no; pero...
BÁRBARA.- (para sí.) ¡Qué simpático, qué mono! [350]
FEDERICO.- Pero sí una hembra mestiza; hermosa y espiritual
mula, nacida de la yegua humana y del asno divino. Dime, ¿quién me salvará a
mí? ¿Dónde encontraré yo la compañera de mi vida, la que reúna en un solo
sentimiento el amor y la confianza, la ilusión y la amistad?
BÁRBARA.- Pues eso... en cualquiera de las que pertenecen al
bello sexo, lo podría encontrar. ¡Somos tantas...! Pero olvide sus
preocupaciones, y tire el orgullo por la ventana. ¿Quiere que le acueste?
FEDERICO.- Sí... sálvame tú... líbrame de esta opresión. Quiero
decir que me desabroches el chaleco y me quites las botas.
Bárbara le sirve de ayuda de cámara. [351]
Jornada quinta
Escena primera
La misma decoración de la escena VIII de la Segunda Jornada. En
el gabinete de la izquierda, mesa puesta con dos cubiertos. Anochece. Luz
artificial.
FEDERICO, que entra cabizbajo y sombrío; FELIPA, tras él,
esperando órdenes.
FELIPA.- (para sí.) ¡Virgen de Atocha, qué cara se trae hoy este
señorito! Ni un reo en capilla la tiene peor. ¿Qué mosca le habrá picado?...
¡Ya; que apuntó mal anoche, y como las cartas no tienen entrañas...! ¡Lástima
de hombre, entregado a un vicio tan feo...!
FEDERICO.- (para sí.) Vengo prevenido. Si ese trasto nos acecha
esta noche a la salida, le dejo seco. (Alto.) Dime, Felipa...
FELIPA.- Señorito.
FEDERICO.- ¿Has notado tú que, por la tarde o al anochecer,
mientras estamos aquí la señorita y yo, ronde la casa alguna persona
sospechosa, quiero decir, algún quídam que curiosee o esté a la mira de quién
entra y sale? [352]
FELIPA.- ¡Ah!, no señor, no he visto nada; ni creo que...
FEDERICO.- ¿Ni te ha dicho nada la portera? Yo me figuro que el
que fisgonea vendrá muy embozadito, y se situará en la esquina, o junto a la
valla de la casa en construcción.
FELIPA.- Por esta calle, que no es más que un deseo de calle, no
pasa alma viviente, como no sean los tíos que viven en los muladares, y esos...
¡pobrecitos!, ya quisieran ellos embozarse, y lo harían si tuvieran en qué.
FEDERICO.- Con todo, conviene estar alerta. Mira, esta noche,
luego que venga la señorita, sales, y con disimulo te fijas en toda persona que
veas, sobre todo si esa persona se para en la esquina o en el portal próximo.
Procura observarle la cara, y me avisas. Verás qué pronto le despacho yo.
FELIPA.- Saldré por precisión, pues faltan algunas cosas
todavía. La señorita dispuso que cenaran ustedes aquí.
FEDERICO.- ¡Ah!, sí, no me acordaba. [353]
FELIPA.- He traído algo de casa de Lhardy, y lo demás lo hemos
arreglado entre mi hermana y yo. La mesa está puesta en el gabinete. Allí tiene
usted la chimenea encendida. (Vase.)
FEDERICO.- (para sí, distraído.) Como yo descubra que nos
vigilan, quien quiera que sea no quedará con ganas de vigilancia. (Pasa al
gabinete. Saca del bolsillo del gabán un revólver, y lo oculta detrás del reloj
de la chimenea. Se quita gabán y sombrero.) No tardará... Cogería yo a ese
Malibrán y le ahogaría, así... como a un pájaro... (Apretando los puños.) No
nos hagamos ilusiones. Orozco no puede ignorar mucho tiempo su afrenta...
Quizás la sepa ya... ¡y ella impávida!... Me parece que ya está ahí. (Entra
Augusta y se abrazan.)
Escena II
FEDERICO. AUGUSTA.
AUGUSTA.- Perdis mío del alma... ¡Qué carita tienes tan, tan...
no sé cómo! ¿Has dormido mal anoche? ¿Por qué no fuiste a comer a casa? ¡Qué
sola estuve, y qué triste! Pero ya tocan a olvidar penas pasadas. ¡Qué consuelo
verte!... ¡Ah!, ¿sabes?... No sé por dónde empezar... Tantas cosas tengo que
decirte, que las palabras se me [354] enredan en la lengua. Lo primero: sabrás
que Tomás fue a las Charcas.
FEDERICO.- ¿Solo?
AUGUSTA.- Con Malibrán.
FEDERICO.- ¡Y tú tan tranquila!
AUGUSTA.- ¡Oh!, no, no estoy tranquila ni mucho menos. ¿Crees tú
que...? ¡Ay! Por tu vida, no me asustes. Esta noche quiero ser feliz, o hacerme
la ilusión de que lo soy. La dicha pasa tan pronto, que debemos andar muy
listos, y cogerla y gozarla antes de que vengan las complicaciones. Y aún
espero yo que las venceremos. ¿No lo crees tú así? Dime que las venceremos;
confórtame, anímame.
FEDERICO.- (sombrío.) Ten por seguro que nuestro secreto no
puede defenderse ya.
AUGUSTA.- ¡Ay, qué pesimista! Yo rabiando por hacer aquí un
paréntesis, un refugio, un mundo aparte, y tú empeñado en traer a este
rinconcito los afanes de allá. Aislémonos; cortemos la comunicación con el
mundo, querido.
FEDERICO.- No es posible cortar la comunicación, cuando nos
amenazan graves sucesos. [355]
AUGUSTA.- ¡Ay, qué miedo! Bueno, hijo mío, si quieres que llore,
lloraré; ¡yo que venía dispuesta a reírme y hacerte reír! Y no creas, traigo
muy pensados mis argumentos. Hoy me propongo convencerte, y para ello no habrá
monería que yo no emplee.
FEDERICO.- (tedioso.) Convencerme... ¿de qué?
AUGUSTA.- De que debes someterte a mi voluntad, grandísimo
pillo. (Acariciándole.) ¿Qué tienes tú que hacer más que vivir exclusivamente
para mí? Yo soy para ti el mundo entero, y agradarme y tenerme contenta es tu
único fin. Si me dices que no, te arranco todo el pelo, y te dejo más calvo que
la ocasión... pintada.
FEDERICO.- (abatido.) Palabras muy bonitas, pero inoportunas. Tú
no te has hecho cargo del peligro que nos acecha. Mi opinión es que tu marido
sabe ya esto. El viaje a las Charcas es capcioso, una ausencia figurada para
sorprendernos aquí.
AUGUSTA.- (ocultando la cara en el pecho de su amigo.) ¡Oh, qué
espanto! De sólo pensarlo, paréceme que pierdo el sentido... (Rehaciéndose.)
Pero no puede ser. No me metas miedo. ¡Cuánto me haces sufrir! No nos
sorprenderá. [356]
FEDERICO.- Por mí no me importa. Estoy dispuesto a todo. A quien
quiera que entre por esa puerta, le suelto seis tiros.
AUGUSTA.- (temblando.) ¡Ay, qué horror! Por la Virgen Santísima,
no hables de tiros, ni de que aquí va a entrar alma viviente. Tú estás
alucinado, nervioso. Sueñas con peligros que no existen, y ves fantasmas en tus
propios dedos. ¿Qué te pasa?
FEDERICO.- (levantándose como con necesidad de expansión.) ¡Ay,
Augusta! Yo no puedo vivir así; yo tengo sobre mi alma un peso insoportable.
Déjame explayarme contigo, y no te asustes si digo algún despropósito... algo
que no ha de serte grato. Se ha complicado esto de tal modo, que es preciso
echar una víctima al monstruo, al problema, y la víctima, o mucho me engaño, o
seré yo.
AUGUSTA.- ¡Por Dios, querido mío, no hables de víctimas! Es
hasta de mal gusto... En todo caso, la víctima sería yo, como la más culpable:
tú eres hombre, eres libre. Yo soy mujer casada, y falto a mis deberes.
FEDERICO.- Tú no. Por alborotada que esté tu conciencia, no hay
en ella las luchas que agitan la mía. [357] Yo no puedo acabar en bien. Lo
menos malo que me podrá pasar es que perezca. Por desgracia mía, quizás la
víctima que presiento será Tomás. (Con desvarío.) Porque, tenlo por cierto, si
me insulta, creo que le mato. El derecho suyo a injuriarme, y la justicia con
que lo haría, si lo hiciera, me son insoportables.
AUGUSTA.- (horrorizada.) ¡No hables así, por Cristo! Me pones
enferma. ¿Pero qué ideas traes hoy, querido mío?
FEDERICO.- Tú, contéstame a lo que te pregunto: Si yo matara a
tu marido, bien en duelo, bien en defensa propia, ¿qué harías?
AUGUSTA.- (cubriéndose el rostro con las manos.) Cállate, que me
vuelves loca. ¿Y si él te matase a ti? Esa es otra. ¡Jesús de mi vida! No
quiero pensarlo. ¡Pesadilla horrenda!
FEDERICO.- ¿Y si te matara a ti? Según la justicia vulgar, eso
sería lo más derecho.
AUGUSTA.- (con aflicción.) ¿A mí? ¿Por qué? ¿Porque te quiero?
¡Oh!, no... no es motivo suficiente. La idea de morir me horroriza. El
sentimiento místico no cabe en mí. Quiero vivir ¡ay!, y gozar de la vida que
Dios me dio. Me son antipáticas las ideas trágicas y las emociones lúgubres:
las proscribo de [358] mi cerebro y de mi corazón, como algo que no es de buen
tono. Cállate, si quieres que yo no me arrepienta de haber venido a pasar este
rato contigo.
FEDERICO.- (caviloso, con idea fija.) Pues de los tres, tenlo
por seguro, alguno ha de caer.
AUGUSTA.- Por Dios, basta ya de cosas lúgubres. Yo quiero vivir
y que vivan todos: que viva él, tan bueno, tan humano; que vivas tú, perdulario
mío, porque te quiero y me haces falta. Tu existencia me es tan necesaria como
la mía propia. Que viva yo; también soy de Dios, y aunque mala, no me resigno a
morirme... ¡Ay, la vida me gusta!
FEDERICO.- (con gran desaliento.) También a mí me gustaba cuando
te enamoré y me correspondiste. Pero ya me pesa, me hastía... ¿No lo
comprendes? ¿Te parece un vislumbre de romanticismo trasnochado? Esto de que el
vivir le cargue a uno se ha hecho algo cursi; mas no deja de ser verdad en
ciertos casos. Figúrate tú: cuando las dificultades de la vida se complican de
modo que no ves solución por ninguna parte; cuando, por más que te devanes los
sesos, no encuentras sino negaciones; cuando nada se afirma en tu alma; cuando
las ideas que has venerado siempre se vuelven [359] contra ti, la existencia es
un cerco que te oprime y te ahoga.
AUGUSTA.- Alma mía, estás trastornado de tanto cavilar en
pamplinas. ¿Has pasado malas noches? ¿Estás enfermo? Cuéntame. Descansa en mí.
Reposa tu cabecita sobre mi hombro, y échame para acá, una por una, esas
terribles penas. Verás cómo resulta que todas ellas son unas grandes necedades.
¿Tienes o no confianza con tu dama?
FEDERICO.- (para sí.) Si le digo que no, me comprenderá menos.
Más vale callar. (Recuesta la cabeza sobre el hombro de su amada, y cierra los
ojos.)
AUGUSTA.- Serénate. Yo te refrescaré las ideas, que están
irritadas y ardientes, de tantas vueltas como les has dado en el cerebro. No
hay cosa peor que no tener un amigo a quien contarle todo lo que nos pasa. Tú
te empeñas en ser reservadito con tu dama, y ahí tienes, ahí tienes el
resultado. (Pausa.) ¿Por qué callas? ¿Misterios tenemos, y conmigo? No salgas
ahora con la evasiva de que estás así por el asunto de tu hermana. No es para
tanto.
FEDERICO.- Mucha parte tiene en mi abatimiento. [360]
AUGUSTA.- ¡Oh, no!, hay algo más. Un pajarito que a mí me lo
cuenta todo, me lo ha dicho así.
FEDERICO.- Mis cosas no están al alcance de los pajaritos
cuenteros.
AUGUSTA.- Yo te digo que sí lo están. Además, yo no necesito que
las aves me traigan secretos al oído, para saber los tuyos. La ciencia sola del
amor me da suficiente penetración para comprender que tus afanes de estos días,
y tu tristeza de reo en capilla, obedecen a... (Con arranque.) ¿Pero a qué
vienen esas delicadezas y esos tapujos, tratándose de mí, que soy tu amiga del
alma...
FEDERICO.- (para sí.) Mi amiga no, mi amiga no.
AUGUSTA.- ...y estoy en la obligación de compartir tus penas?
Sean comunes nuestros bienes y nuestros males, como es común la
responsabilidad. Juntos vamos por el camino de la vida, y resulta monstruoso
que mientras yo no carezco de nada, vivas tú como vives. No, no lo eches a
broma: tú estás mal, muy mal, y sin duda has llegado a una situación
insostenible, ahogadísima, de naufragio irremediable... (Federico deniega
enérgicamente con la cabeza.) Por Dios, no [361] me atormentes; no me prives
del mayor placer de mi vida, goce del alma tan puro, que no cabe mayor pureza;
no me quites esta ilusión, que me compensa de los malos ratos que paso por ti,
la ilusión de favorecerte... Y no diré favorecerte, porque te molesta la
palabra. Si la idea de protección te humilla, diré... lo que quieras. Yo pongo
los hechos: pon tú las palabras. Considera que no te doy nada, sino que tomas
lo tuyo, porque lo mío es tuyo... Di una cosa: si tú fueras rico y yo pobre,
¿no me darías todo lo que yo necesitase?
FEDERICO.- Es diferente. Yo quisiera, vida mía, que no hablaras
de estas cosas. No sé cómo responderte sin lastimarte. Tu bondad me confunde.
Si te contesto que nada necesito, que mi situación es buena, creerás que
miento, y que sobrepongo mi orgullo a mi necesidad, por no rebajarme... ¿crees
eso?
AUGUSTA.- (impaciente.) Palabrería, chico, palabrería. Estamos
haciendo frases estúpidamente, cuando lo que importa es hablar con claridad.
Por mucho que disimules conmigo tu mala situación, no te vale. ¡Ni que fuéramos
criaturas...! Ea, confianza, pues sin confianza no hay amor. Fuera caretas,
perdis mío. Oye la palabra de Dios que sale de mis labios. (Con secreteo
cariñoso.) ¡Tengo [362] una hucha... más rica!... En previsión de tus ahogos,
que también son míos, vengo llenándola tiempo ha... Si quieres que no riñamos,
di a todo que sí, y déjate guiar, muñeco.
FEDERICO.- (soriendo con tristeza.) Cuando me ahogue, te
avisaré. Sigue engordando la hucha. Por ahora, floto perfectamente.
AUGUSTA.- ¡Qué has de flotar, mico, qué has de flotar si llevas
al pescuezo una piedra muy gorda!... (Echándole los brazos al cuello.) ¿Ves?,
aquí tienes la piedra: ahógate, ahoguémonos juntos, y despertaremos, como dicen
los amantes suicidas, en un mundo mejor... Eh, ¿qué suspiro tan grande es ese?
¿Qué tienes tú dentro de ese pecho que no quiere salir?
FEDERICO.- (sin aliento, oprimiéndose el costado.) Nada, es cosa
puramente física, un dolor aquí. No, no es dolor, una opresión; tampoco es
opresión; un estímulo, no sé qué...
AUGUSTA.- Pobretín. ¿Dónde? ¿Aquí? (Le frota suavemente el
costado izquierdo.) ¿Se pasó ya...?
FEDERICO.- No se pasa, no. Sensación más rara no creo que
exista. Me gustaría poder meterme los dedos por aquí, hasta tocarme el corazón.
[363]
AUGUSTA.- ¡Mimoso, aprensivo...! Pero estamos hechos aquí un par
de tontos, olvidando la cenita que he mandado preparar. Tengo hambre. ¿Y tú?
FEDERICO.- ¿Yo? Pues mira que sí. Mi desgana se ha convertido
súbitamente en un apetito brutal.
AUGUSTA.- (riendo.) ¡Vaya con tus enfermedades...! ¡Bobalicón,
cuánto te quiero, qué loca estoy por ti! Ea, cenemos, y después se hablará otra
vez de lo mismo. (Pasan al gabinete y se sientan a la mesa. Les sirve Felipa.)
FEDERICO.- ¿Sabes que me siento ahora muy bien? Se me despeja la
cabeza. ¡Ay, hija mía, no te he contado...! ¡Terribles horas las de anoche! No
puedes figurártelo. Tuve alucinaciones; vi a tu marido, como te estoy viendo
ahora a ti... ¡Fenómeno extraño y por demás espantoso! Pues todavía tengo mis
dudas de si fue realidad o ficción de mi mente lo que vieron mis ojos, y
escucharon mis oídos...
AUGUSTA.- Eso no es más que debilidad. ¡Pobrecito mío, si ni
siquiera tienes quien te cuide! Paso muy malos ratos pensando en lo mal que te
tratan esas criaduchas. ¿Por qué no fuiste a comer con nosotros anoche...?
[364]
FEDERICO.- Porque... (Confuso.) porque tuve compromiso de comer
en otra parte.
AUGUSTA.- ¡Qué bien estamos aquí! ¡Qué soledad tan deliciosa,
qué mundo este, aparte y pequeñito, pero grande por el sentimiento!
FEDERICO.- (distraído.) Hermoso es esto, sí.
AUGUSTA.- Y ese corazoncito, ¿cómo anda?
FEDERICO.- Calmado. ¡Qué bien me siento ahora! El amor evapora
las penas, aunque de una manera fugaz.
AUGUSTA.- (con calor.) Fugaz no, mil veces no.
FEDERICO.- (bebiendo fuerte.) Embriaguez pasajera de los
sentidos; pero aun así, buena es, ayuda a vivir...
AUGUSTA.- ¿Qué es eso de embriaguez pasajera, chiquillo tonto?
FEDERICO.- Ni sé lo que digo.
AUGUSTA.- ¿Me tomas a mí por una de esas, a quienes se adora
durante media noche? [365]
FEDERICO.- (para sí.) Si le dijera que sí, concluiríamos mal.
(Alto.) No, vida mía; quiero decir que esta excitación, si durara, sería
penosa.
AUGUSTA.- Déjala que dure. ¡Ay, quieres acortar los pocos
instantes deliciosos de la vida! Olvidemos lo de fuera, y revolvámonos libres y
gozosos dentro del mundo que encierran estas cuatro paredes. El otro universo
se queda allá, navegando en el piélago inmenso de su insipidez.
FEDERICO.- (ligeramente excitado.) Quédese allá, y divirtámonos
nosotros en este, mientras nos dure. Aceptemos el engaño, y alarguémoslo todo
lo posible.
AUGUSTA.- Perdis, loco, botarate, ¿me quieres mucho? Dime que no
amas ni puedes amar a nadie más a que mí. Siéntome ahora penetrada de un
egoísmo brutal, y quiero alimentarlo, oyéndote repetir que me adoras a mí sola,
a mí sola, sin desviación alguna chica ni grande en tus afectos.
FEDERICO.- (maquinalmente.) A ti sola, a ti sola. (Beben
champagne.)
AUGUSTA.- (chocando las copas.) Pertenézcame todo lo que te
constituye; la persona visible y el espíritu, que no se palpa [366] y se
siente; las miradas y el alma; el carácter y la figura; las cualidades y los
defectos, que adoro por igual; y hasta la ropa, hasta la ropa, todo ha de ser
para mí. Quisiera vivir contigo en un rincón del mundo, y cuidarte, y coserte
un botón si se te caía, y arreglarte la ropita... y aunque fuéramos pobres, no
me importaría nada. Esto de ser rica, y hacer un día y otro las mismas cosas,
aburre... Pero no; vale más que tengamos dinero tú y yo, y que nos demos la
gran vida. (Con exaltación.) ¿De veras que me quieres a mí sola, y que no
tienes mirada ni pensamiento para ninguna otra mujer? ¿Verdad que esa Peri no
es querida tuya, ni le haces maldito caso?... Tu amiga, tu Peri soy yo y nadie
más que yo.
FEDERICO.- (delirante.) Eres mi Peri, y mi no sé qué, y yo soy
tu perdis y tu chulo, y tu qué sé yo qué... Cuando me prendan por estafador,
¿irás tú a llevarme la comida a la cárcel, chavala mía?
AUGUSTA.- Sí; me pongo mi mantón, y allá me voy. Luego, cuando
te suelten, nos iremos del bracete por esas calles, y entraremos en las
tabernas, siempre juntitos, a beber unas copas... ¡Ay, qué feliz soy esta
noche!
FEDERICO.- Y yo más que tú. Esta embriaguez nerviosa [367]
renueva y entona la vida. Aceptémosla con júbilo: vivamos.
Pausa muy larga.
AUGUSTA.- ¿Duermes, vida?
FEDERICO.- No; despierto estoy.
AUGUSTA.- ¿Te sientes mal?
FEDERICO.- (inquieto.) Siento aquello... lo indefinible de que
te hablé antes. (Se levanta y pasea por la habitación.) ¡Triste de mí, con qué
furia me acometen mis ideas, estos centinelas incansables que me vigilan, que
me cercan de día y de noche! Pasó la efervescencia nerviosa, se apagó la
ilusión de momento, y ya estamos otra vez en el suplicio de la rueda obscura.
AUGUSTA.- ¿Qué hablas ahí?
FEDERICO.- No digo nada.
AUGUSTA.- Cuéntame lo que piensas.
FEDERICO.- (secamente.) No es bueno para ti que intervengas en
mis asuntos. Contra mi voluntad, por efecto de no sé qué fatales emergencias de
la vida, una muralla [368] se levanta entre tu persona y la mía. El amor la
destruye a veces... no es que la derribe; es que la transparenta. El amor cree
haberla destruido porque se ve... nos vemos las caras de una parte a otra; pero
no podemos juntarnos: la muralla es dura como el diamante.
AUGUSTA.- (recelosa.) ¿Qué chifladuras estás rumiando ahí? Chico
mío, hemos convenido en que no tienes ya por qué darle a las cavilaciones.
(Echándolo a broma.) Estás como quieres, tonto, gandul. Recuerda que eres mi
chulo, y que te llevo la comida a la cárcel.
FEDERICO.- (nervioso y afectado.) Esa broma es de muy mal gusto.
AUGUSTA.- No te lo parecía antes... (Con seriedad.) En
resolución, no te permito poner esa cara de deudor insolvente. Ya no tienes
quien te ahogue. La confianza ha establecido la mancomunidad de nuestros
bienes. Con lo que he guardado para ti, cátate resuelto el problema del
momento, ¿sabes? Y luego, tu desconcertada administración se regularizará con
aquel ingenioso arbitrio que discurrió Tomás, después de la entrevista con tu
padre.
FEDERICO.- Fácilmente, con tu jarabe de pico, arreglas [369] tú
todas las cosas, aun aquellas que no tienen arreglo.
AUGUSTA.- (enérgicamente.) No; no puedo creer que persistas en
la simpleza de rechazar eso. Si lo haces, es que no me quieres, ni estimas en
nada mi felicidad. No me cabe en la cabeza tal obstinación, ni esa clase de
orgullo tan tonto y tan... finchado.
FEDERICO.- ¡Ay, querida mía!... (Con aflicción.) Mucho siento
tener que decírtelo: tu sentido de la dignidad es muy incompleto; tus ideas
morales no se ajustan a la razón.
AUGUSTA.- ¿Qué significa eso? ¡Ah, las ideítas morales! Nos las
encontramos en el camino al volver de la excursión del amor; a la ida, hijo de
mi alma, las ideas esas andarán por allí, pero no las vemos. Eres un ingrato,
pues aun considerando que no es bueno lo que te propongo, debes aceptarlo y
comulgar conmigo en esta maldad... Dilo de una vez. (Alborotándose.) ¿Es que no
me quieres; y tomas eso por pretexto para separarte de mí?
FEDERICO.- No, tonta, no. (Con cariño.) Pero ven acá, sé
razonable sin dejar de ser apasionada. ¿Cómo quieres tú que yo reciba tal
beneficio de aquellas manos que...? [370]
AUGUSTA.- Hazte cuenta que no lo recibes de aquellas sino de
estas.
FEDERICO.- No puedo hacer esas cuentas galanas. Y aunque las
haga, la monstruosidad no desaparece.
AUGUSTA.- ¡Fantasmón, esclavo de la letra y de la forma!
Sacrificas tu felicidad y la mía al respeto social, a esa paparrucha del qué
dirán, a la opinión de cuatro estúpidos, que censuran lo que ellos harían si
pudieran.
FEDERICO.- Prescindo de la opinión, si gustas, y no veo frente a
nosotros más que a tu marido sólo. Sin que yo me precie de austero, mi
conciencia no puede soportar la contradicción horrible de ultrajarle
gravemente, y recibir de él limosnas de tal magnitud. ¿Es posible que no lo
comprendas así? ¿Cabe en tu mente aberración semejante?
AUGUSTA.- (ligeramente desconcertada.) Yo no pienso ni siento
más sino que tú padeces, y que por este medio no padecerás.
FEDERICO.- Pero hay otra razón más poderosa que las razones de
honor. ¿Crees que tu marido va a ignorar mucho tiempo esto? [371]
AUGUSTA.- No, verás como no.
FEDERICO.- ¡Inocente! ¿A qué crees tú que ha ido Malibrán a las
Charcas?
AUGUSTA.- (pensativa.) ¡Si sucediera lo que temes...! No, no
sucederá: el corazón me dice que Tomás no sabrá nada, y el corazón no me engaña
nunca a mí.
FEDERICO.- Y aún no sabemos si el viajecito al monte será
simulado, con el piadoso objeto de sorprendernos. (Mirando con recelo a las
puertas cerradas.)
AUGUSTA.- (con pavor, agarrándose a él.) Por tu salvación, no me
asustes. ¡Sorprendernos! ¿Te has propuesto martirizarme esta noche?
(Rehaciéndose.) No, no puede ser. Peligros que sólo están en tu imaginación.
Esos viajes fingidos y esas sorpresas por escotillón sólo ocurren en los
dramas.
FEDERICO.- Y también en la vida.
AUGUSTA.- (con gravedad.) Oye tú: voy a revelarte un secreto. Me
determino a ello... por ser cosa importante, que tal vez modifique tus ideas y
te quite ese sobresalto. [372]
FEDERICO.- ¿Qué es?
AUGUSTA.- Algo que te indiqué otras veces como sospecha; pero
que ya es evidencia.
FEDERICO.- ¿Referente a mí?
AUGUSTA.- Referente a Tomás. La observación atenta de estos
últimos días me lo ha comprobado. Ese afán de prodigar y repartir beneficios,
ocultándolos como si fueran faltas; ese horror al agradecimiento; ese anhelo de
una falsa reputación de egoísmo, vienen a ser... ¡Ay!, no te lo quería decir,
porque me causa inmensa pena, y... Pues bien, eso que parece una exaltación de
bondad, no es sino locura, hijo mío, locura que no se manifiesta aún ante el
mundo, pero que en la intimidad de la vida doméstica resulta bastante clara
para que yo la comprenda y la deplore. No lo dudes, Tomás tiene un principio de
parálisis general. Con sana razón, no puede existir virtud semejante... ¿Y qué
más? (Bajando la voz.) El mismo caso sobre que estamos disputando, la sutil combinación
para darte a ti lo que, según él, corresponde legalmente a tu padre, ¿no es
obra de un cerebro enfermo? ¿Qué persona medianamente sensata ha podido
discurrir cosa semejante? Dar por válida, en conciencia, una [373] deuda que
los tribunales no acertarían a poner en claro; reconocer como acreedor a tu
padre, que adquirió el crédito por una bicoca; darle a él parte mínima, y lo
demás a ti y a tu hermana... eso que, presentado así, en pocas palabras,
resulta hermoso y hasta sublime, es, no lo dudes, ebullición de la mente,
atacada del delirio humanitario.
FEDERICO.- ¡Ay, la pícara idea moderna, contra la cual yo estoy
a matar! A todo el que piensa o hace algo extraordinario, le llaman loco. Es
que esta innoble sociedad sin religión, sin ningún principio, no comprendo nada
grande. El genio poético y la inspiración, locura; locura las acciones
maravillosas; locos los criminales, para dejarles impunes; locos los grandes
hombres, para empequeñecerles. ¿Pretenden sin duda establecer un nivel de
tontería y vulgaridad, del cual no rebase nadie? No, yo protesto contra esa
idea. ¡Orozco demente! ¡Oh, Dios de justicia! ¿Y por qué? ¡Porque imaginó aquel
plan admirable en beneficio mío y de mi hermana! Idea encantadora original y
atrevida; idea tan alta que no se puede uno elevar hasta ella y hacerse digno
del que la concibió, sino no aceptándola. Sí, rechazarla es merecerla, querida
mía, y aceptarla es una indignidad... Créelo, si aquí hay locos, somos
nosotros, tú y yo, que estamos discutiendo una cosa tan clara y sencilla. [374]
AUGUSTA.- (contrariada.) Lo claro y sencillo es que no tienes
sentido común... o en ti no hay más que orgullo, soberbia, hinchazón,
caballería andante y ganas de hacer el paladín.
FEDERICO.- Ni comprendo yo cómo podría ser amado un hombre capaz
de envilecerse hasta ese punto. Yo mujer... ¡quita allá!, sentiría asco del
hombre que, en un caso semejante, no procediera como yo procedo.
AUGUSTA.- (retirándose de la mesa y arrojándose en un sofá.)
Será que estoy imposibilitada de verlo así por mi ceguera, porque todas las
potencias del alma me las tiene secuestradas el amor. (Con arrogancia.) No me
pesa ser así: ni me concibo de otra manera. Pudo asustarme esta falta mía
cuando a ella me vi lanzada; pero una vez en el camino, las cuestas y aun los
despeñaderos no me asustan. Todas las consecuencias que pudieran sobrevenir, yo
las soporto. A veces me doy a imaginarlas muy terribles, y créelo, las miro sin
pestañear. Queriéndote yo, y queriéndome tú, para nada me faltan alientos.
Paréceme que no hay ningún interés superior al de tu tranquilidad, y que la
logres por mi mediación será mi mayor dicha. [375]
FEDERICO.- (agitado y hosco.) No puede ser, repito que no puede
ser.
AUGUSTA.- (con súbita energía.) Pues lo será, quiéraslo o no.
¿Se ha de hacer siempre lo que a ti se te antoje?
FEDERICO.- En cosas que a mí sólo atañen, sí. ¡Pues no faltaba
más...!
AUGUSTA.- (con exaltación.) Tienes el deber de complacerme, de
sacrificarme tu orgullo, a mí, a mí, que me he deshonrado por quererte...
Vengamos a cuentas. ¿No puedes tú deshonrarte un poco por mí?
FEDERICO.- Augusta, mi sacrificio, en ese caso, sería superior
al tuyo.
AUGUSTA.- Egoísta.
FEDERICO.- Egoísta tú...
AUGUSTA.- (levantándose poseída de furor.) Pues tiene que ser,
porque yo te lo mando... Necio, si ya no puedes evitarlo. Estás cogido. Te lo
diré, para que te sometas a los hechos consumados. Esta mañana, han estado en
casa dos de tus acreedores. Les citó mi marido para tratar con ellos de la
manera de recoger tus pagarés. [376]
FEDERICO.- (con menosprecio.) ¡Mujer!... Déjame en paz. Usas un
argumento capcioso para doblegarme.
AUGUSTA.- Te doblegarás, aunque no quieras. Lo hecho, hecho
está, y que patalee tu ridículo orgullo. Y si te obstinas en luchar con
nosotros, te aborrezco, te abandono a tu suerte... (Nerviosa y trémula coge una
copa de champagne, como con intención de beber; pero de improviso la estrella
contra la pared próxima.) ¡Maldita sea yo mil veces!
FEDERICO.- Estás loca, loca... y yo también.
AUGUSTA.- (rompiendo a llorar.) ¡Dios mío, qué desgracia querer
a este hombre, quererle así... y no poder yo arrancarle de mi alma, como debo y
como él se merece!
FEDERICO.- (aproximándose a ella.) Aborréceme de una vez. Y así
quedaremos francos para hacer cada cual nuestra santa voluntad.
AUGUSTA.- (con vivísima expresión en la voz y gesto.) No sé
aborrecer... pero sabré arrancarte de mi corazón, y arrojarte a la
indiferencia. Estúpido, tú te lo pierdes. Consúmete en la miseria; vive como
los tramposos, sin familia, sin hogar casi, acechando la suerte, perseguido de
acreedores, sin saber por qué calle pasar, porque [377] en todas temes que
salga una fiera con las garras afiladas; anda, sigue, corre, diviértete;
devánate los sesos calculando cómo aplacar a este usurero, cómo entretener al
otro, cómo engañarles a todos; pásate la vida aparentando bienestar y alegría,
de casa en casa, y en realidad más pobre y más angustiado que los infelices
harapientos que piden limosna por las calles.
FEDERICO.- (que se sienta al otro extremo de la mesa, volviendo
la espalda a Augusta.) Sí, ese es mi destino. Qué quieres; viviré así...
mientras viva.
AUGUSTA.- Buen provecho. Imposible hacer carrera de ti. Esto me
desilusiona de una manera horrible. Hemos concluido. Ya era tiempo... Por culpa
tuya es... Esta noche nos despedimos para siempre.
FEDERICO.- Concluiremos, sí... Yo lo deseo.
AUGUSTA.- ¡Lo deseas! (Conteniendo su furor.) Ya lo conocía
yo... Pues mira; yo también lo deseaba. No me decidía por lástima de ti.
FEDERICO.- Y yo también vacilaba, por la misma razón. [378]
AUGUSTA.- Pues mejor... (Rabiosa.) Esto se acabó. Ya era tiempo.
FEDERICO.- (para sí, apoyando la cabeza en las manos.) ¡Nada me
queda ya, ni esto siquiera! Hasta el recreo de la imaginación se me acaba. Ya,
ni aun podré engañar las soledades de mi vida llamando a la mujer seductora y
diciéndole: «vente a pasar un rato conmigo». Romperemos.
AUGUSTA.- (altanera y sarcástica.) Tenía que ser. Somos
incompatibles. Tu quijotismo no se aviene con mi llaneza... Puede que te lo
sufran esas mujerzuelas con quienes tratas, las Peris y otros tipos semejantes,
porque esas, por su misma inferioridad, hasta pueden socorrerte sin herir tu
soberbia...
FEDERICO.- (llena de champagne una copa y la bebe.) ¡Dios mío,
qué mal me siento! (Pausa. Augusta le contempla sin chistar.)
Escena III (12)
LOS MISMOS; LA SOMBRA DE OROZCO, que entra por la puerta de la
derecha, y se sienta a la mesa frente a Federico. Viste traje de cazador con
capote de monte. Augusta no le ve.
FEDERICO.- (mirándola con estupor.) ¿Ya estás aquí?... Te
esperaba. [379]
LA SOMBRA.- (tiritando.) ¡Hace un frío en aquel monte!... (Se
sirve y bebe.) Parece que te causo miedo. No temas; soy tu amigo. Desde la
calle se oyen las voces que das, maltratando a esa pobrecita Peri.
(Contemplando a Augusta con lástima.) ¿Ves cómo lloriquea? Eres un bruto, y no
te mereces tal joya.
FEDERICO.- (con ironía delirante.) ¡Valiente joya!... Reñíamos
porque se empeña en deshonrarme.
LA SOMBRA.- ¡Deshonrarte a ti, el Amadís de la delicadeza y de
la dignidad! Sobreponte a las hablillas del vulgo. Estoy contento de ti, porque
has apechugado con mi favor. Así se cumple con los amigos y con la humanidad.
FEDERICO.- Tu protección me abruma.
AUGUSTA.- ¡Pues con dejarla...! Hemos concluido.
LA SOMBRA.- Ya no puedes volverte atrás, porque dijiste que la
aceptabas.
FEDERICO.- Yo no he dicho eso.
AUGUSTA.- Pues lo digo yo. [380]
LA SOMBRA.- Ya sabe todo el mundo que accedes, y se te alaba
justamente por tu condescendencia. Con lo que yo te doy, y lo que te ofrece
Augusta para tus gastos mensuales, y algo que te supla también esa... (mirando
a Augusta) La Peri, tienes para vivir como un príncipe. Nadie te censurará; al
contrario, dirán: «¡qué listo es!». De mí sí que oirás horrores. Pero mejor,
eso me gusta.
FEDERICO.- (furioso.) Repito que no acepto. Antes moriré cien
veces.
AUGUSTA.- Bueno, bueno. No soy sorda. Te daré recibo si es
preciso.
LA SOMBRA.- Aceptas, sí, porque ya no puedes evitarlo. Lo hecho,
hecho está, y que patalee tu ridículo orgullo. (Con atroz firmeza.) Tu papel en
la sociedad te hace sucumbir a mi deseo. Y tu aceptación realiza un ideal de
justicia suprema, pues con ella te pones al nivel de tu bajeza. Estás en
carácter. Tu deslealtad necesitaba un estigma, algo exterior que la
patentizase, y mi dádiva te lo graba en la frente. Si tuvieras conciencia,
diría que es un castigo; pero no hay castigo en quien carece de sensibilidad.
[381]
FEDERICO.- (arrebatado y fuera de sí.) ¡Maldita sea tu alma!
(Coge una copa y se la tira, apuntando a la cabeza. La copa se hace mil pedazos
en el respaldo de la silla frontera, y el champagne salpica al rostro de
Augusta.)
AUGUSTA.- (limpiándose la cara.) Eso es, las pobres copas lo
pagan. ¡Qué culpa tendrán ellas de tu tontería!... No creas: tus violencias no
me inquietan nada.
LA SOMBRA.- La pobre Peri se escandaliza de tus arrebatos. Mira
cómo se limpia la carita. Quiere quitarse hasta el último átomo de vergüenza.
No frotes más, hija, que ya no queda nada.
AUGUSTA.- ...pero nada.
FEDERICO.- (despejándose un poco, se pasa la mano por los ojos.)
No; esto no es, esto no puede ser real... (A Augusta.) Leonor, ¿tú le ves?
AUGUSTA.- (sorprendida.) ¿A quién?
FEDERICO.- Está ahí...
LA SOMBRA.- (desvaneciéndose.) Esa tonta dirá que no me ve; pero
viéndome está. [382]
AUGUSTA.- (con ira.) ¿Qué nombre me has dado?
LA SOMBRA.- (con risita impertinente.) El suyo... ¿Pues cómo
quiere que la llamen?
FEDERICO.- (desesperado.) ¿Estoy yo loco, o qué es esto, razón
mía?
LA SOMBRA.- (que se acerca a Federico y le toca en el hombro.)
Haz las paces con ella, sométete a su tirana voluntad. Tiene más talento que
tú... Desecha esa idea que te acosa días ha.
FEDERICO.- No quiero.
LA SOMBRA.- Deséchala. ¿A qué te atosigas con tal idea si te
falta valor para realizarla?
FEDERICO.- ¡Mal rayo! ¡Cara de Judas!, no me falta valor.
LA SOMBRA.- Tu destino es encenegarte en la deshonra. No sabes
ni sabrás nunca morir. ¿Por qué vuelves la cara? ¿Es que no quieres verme? Si
ya me voy... Mírame, mírame salir. (Abre la puerta y sale tranquilamente.)
Escena IV
FEDERICO, AUGUSTA.
FEDERICO.- (dejándose caer en un sillón.) ¡Ay de mí! [383]
AUGUSTA.- (corriendo hacia él, amorosa.) ¿Qué tienes?
FEDERICO.- ¡Amiga de mi vida, si vieras qué mal me siento! Esta
ansiedad, este... esto que rebulle aquí... (oprimiéndose el costado izquierdo)
sensación que no tiene nombre... prurito de meterme la mano hasta muy adentro,
y separar algo que me estorba, que me impide pensar y sentir.
AUGUSTA.- No os nada... Estás nervioso. Te has excitado
tontamente. Perdóname si te he dicho algunas cosillas desagradables. En cambio
tú, extraviado sin duda por la bebida, me diste un nombre que es una injuria.
FEDERICO.- (como volviendo en sí.) ¿Yo... yo...?
AUGUSTA.- Sí, tú... Me has llamado Leonor.
FEDERICO.- (mirándola con extravío.) ¿Y qué...? Amiga mía, haz
el favor de darme un vaso de agua. (Augusta se dirige al aparador, y mientras
echa agua en una copa, Federico se acerca a la chimenea y coge el revólver.) No
más padecer. (Se dispara un tiro en el costado izquierdo.)
AUGUSTA.- ¡Ay! (Paralizada de terror.) [384]
FEDERICO.- (cayendo en un sillón, desvanecido.) Nada, nada... Ya
estoy bien.
Escena V
Los mismos, FELIPA.
AUGUSTA.- (horrorizada, las manos en la cabeza.) ¿Qué es
esto?... Federico... Felipa.
FELIPA.- (sin aliento.) ¡Jesús...! (Ambas se arrojan sobre él.)
AUGUSTA.- ¿Qué has hecho... vida mía?... (Palpándole y buscando
la herida.) ¡Ah!, no será nada...
FELIPA.- No veo sangre... (Se mancha de sangre la mano.) ¡Ah!,
sí... mire usted. Por aquí, en este costado.
AUGUSTA.- (consternada.) Amor mío, ¿qué has hecho? Estás
herido... Pero no, no será de gravedad. Respiras, vives... ¡Mírame, por Dios...
mírame y háblame!
FEDERICO.- (tratando de apartarla de sí.) Déjame... No ha sido
nada. Me siento bien ahora. (Con rápido movimiento recoge del suelo el
revólver.)
AUGUSTA.- ¿Qué quieres, qué buscas? Dame acá. (Las dos tratan de
quitarle el arma. Entáblase violentísima [385] lucha, en la cual Federico
desarrolla considerable fuerza muscular. Consigue desasirse de ellas.)
FEDERICO.- Déjame, o te mato.
AUGUSTA.- (que ha caído al suelo, se pone de rodillas, y le
interpela llorando.) ¿Qué haces? ¿Estás loco? Amor mío, cálmate... Te has
herido... pero sanarás; es cosa ligera... sé razonable, no escandalices...
vendrá gente. ¡Qué deshonra!... Oye... te quiero mucho: haré todo lo que tú
mandes... Tu voluntad es mi voluntad. ¡Pero no te mates, por Cristo
crucificado, no te mates!... Me moriré de pena.
FEDERICO.- (con entereza, dominándose.) Sé lo que debo hacer.
Voy a lo que voy, y pido a Dios que me perdone.
FELIPA.- Llamaré a los vecinos.
AUGUSTA.- No, aguarda... calla. Federico, por Dios, apiádate de
mí... Oye, sosiégate, hijo de mi alma; traeremos un médico, un médico
discreto... te curará, y luego nos vamos... tranquilamente...
FEDERICO.- (con sequedad.) Vete a tu casa... y pronto. (Da
varias vueltas atontado, como buscando la salida, y por fin pasa al otro
gabinete.) Al que se me ponga por delante, [386] le dejo seco... (Sale
precipitadamente, sin sombrero. Las dos mujeres, aterrorizadas, no se atreven a
detenerle.)
AUGUSTA.- (corriendo detrás por el pasillo.) Se mata, se mata de
seguro... ¡Dios tenga piedad de él y de mí!...
FELIPA.- (corriendo detrás de su señora.) Va disparado: no le
podemos seguir. (Baja la escalera.)
Escena VI
Calle obscura. Casas a la derecha: a la izquierda; vallas de
madera y solares abiertos; en el fondo un declive del terreno.
AUGUSTA.- No veo nada. ¿Por dónde va?
FELIPA.- (señalando al fondo.) Por allí... Parece que se cae...
Señorito, por Dios, no sea loco. (Ambas tratan de seguirle.)
AUGUSTA.- (avanzando decidida en la obscuridad.) No le abandono,
suceda lo que quiera... Alma mía, ¿dónde estás? Aguarda. Tengo que hablarte...
escucha...
FEDERICO.- (cuya voz se oye muy lejana.) Leonorilla, no me
sigas. Procura ser buena. Yo... así. (Suena el tiro. Las dos mujeres se
detienen espantadas.)
AUGUSTA.- Me muero... ¡Jesús, ampárame! [387]
FELIPA.- (avanzando, se inclina y palpa el terreno.) ¡Por aquí
está!... (Tocando el cuerpo exánime.) ¡Qué miedo!... (Para sí.) Más muerto que
mi abuelo... ¡Eh!, ¿qué es esto?... la condenada pistola. (Recoge el revólver.)
AUGUSTA.- (da algunos pasos despavorida, y cae de rodillas.) Yo
también...
FELIPA.- Señorita, ¿dónde está usted? No veo. (Buscándola.
Recuerda que lleva en su mano el revólver.) ¿Y qué hago yo con este chisme? No
se me vaya a disparar. (Lo arroja por detrás de una empalizada próxima.)
Señorita, deme la mano... (Encontrándola, la levanta del suelo con vigoroso
esfuerzo, tirándole de los brazos.) Vámonos de aquí... pronto... Puede venir
gente.
AUGUSTA.- Que venga. No me importa.
FELIPA.- ¡No me comprometa, por Dios!... Vámonos. (Tirando de
ella.) Si ya no tiene remedio... Que no nos cojan aquí.
AUGUSTA.- (atolondrada, insensible.) ¿A dónde me llevas?
FELIPA.- Por aquí... vamos... pronto... (Quitándose una toquilla
que lleva sobre los hombros.) Póngase [388] esto por la cabeza. Así... (se la
pone) para no llamar la atención. Ahora... serenidad. Cogeremos un coche, y a
mi casa.
AUGUSTA.- Lo que quieras. Me dejo llevar. No tengo voluntad...
no tengo alma. (Huyen por la izquierda.)
Escena VII
Salones en casa de Orozco. La misma decoración de la primera
jornada. Es de noche.
MALIBRÁN, VILLALONGA, en la sala de la derecha.
VILLALONGA.- Da gracias a Dios, amigo Cornelio, por haberte
librado de la desagradabilísima operación de batir las cataratas a nuestro buen
Orozco. Ni comprendo yo cómo se puede acometer a sangre fría tal empresa
quirúrgica. Llegarse a un hombre, a un amigo, y decirle a boca de jarro: «mira,
Fulano, yo sé que tu mujer, etc... y te ofrezco medios de comprobación material
cuando gustes», es cosa fuerte, pero tan fuerte, que si yo me hallara en el
triste caso de ser operado así, cree que mi primer impulso habría de ser
romperle los ojos al... oculista.
MALIBRÁN.- La verdad es que se me hacía dificilísimo el primer
pinchazo. En la mañana del domingo, hallándonos los dos en el solitario monte,
vi [389] la ocasión propicia y quise lanzarme, pero no hallé manera de abordar
el peligroso tema. Toca por aquí, escarba por allá, y nada. Mi conocimiento de
las mil emboscadas de la conversación resultaba inútil. Luchaban en mí el deber
de conciencia mandándome hablar, y la gravedad del asunto poniéndome cien
mordazas.
VILLALONGA.- No veo tan claro, francamente, lo del deber de
conciencia. La mía no me ha inducido nunca a ilustrar a mis amigos sobre puntos
tan delicados.
MALIBRÁN.- Cada cual ve las cosas a su manera. No soy gazmoño en
asuntos de moral conyugal. Tengo acá mis ideas... quizás un poco extravagantes;
y para metértelas en la cabeza, necesitaría explanar con alguna extensión mi
teoría de que el grado de culpabilidad adulterina depende de la elección de
cómplice, resultando una escala que va desde lo disculpable, por no decir
plausible, hasta lo que merece la mayor execración. Pero no me parece oportuno
ahora...
VILLALONGA.- No; déjalo para otra vez.
MALIBRÁN.- Sea lo que quiera, me alegro mucho de que el Acaso,
el socorrido Fatum me librara del compromiso [390] fastidioso de tener que
cantar. Y se me quitó un peso de encima cuando llegó el telegrama de Calderón
anunciando a Tomás la inesperada tragedia. Los dos nos quedamos, al leer el
parte, como quien ve visiones, y celebré para mi sayo que la divina Providencia
se encargase de la misión difícil que yo me había impuesto (Bajando la voz.)
Porque tengo para mí que, en presencia de este hecho elocuentísimo, Orozco no
puede permitirse seguir ignorando... ¿Qué te parece? Desde que se conoció la
catástrofe en Madrid, el nombre de Augusta figura en todas las versiones que
corren de boca en boca.
VILLALONGA.- No sé, no sé... (Meditabundo.) ¿Y tú que piensas de
esta desgracia?
MALIBRÁN.- Para mí, el pobre Viera se hallaba en una situación
ahogadísima, en declarada, irremediable bancarrota. Enormes deudas de juego, de
esas que no admiten prórroga (13), le abrumaban. Augusta le había auxiliado
hasta ahora en la medida razonable; pero las exigencias de él llegaron a ser
tales, que la pobre mujer no quiso o no pudo satisfacerlas. De esta resistencia
de Augusta, y de las tremendas razones con que Federico apoyaba sus demandas de
dinero, hubo de resultar un vivo altercado, amenazas, demasías [391] de
lenguaje, qué sé yo... Federico, en un rapto de furia y desesperación, harto de
padecer, viéndose sin honra, insolvente, comido de acreedores, rechazado de sus
amigos, liquidó con la vida. En rigor era la única liquidación posible.
VILLALONGA.- Es verosímil.
MALIBRÁN.- Tan verosímil, que yo me represento la escena como si
la estuviera viendo, y escuchara la voz de ambos personajes.
VILLALONGA.- Pero hay algo que no está claro, ni creo que lo
esté nunca. No tengo yo por seguro que la pobre Augusta se hallara presente en
el acto del suicidio.
MALIBRÁN.- Para mí es indudable que sí.
VILLALONGA.- ¡Pobre mujer! Cree que me inspira lástima, y que
daría yo cualquier cosa porque su nombre no figurara en este misterioso asunto.
MALIBRÁN.- Déjala, déjala que pague su error. Estas damas que
presumen de inteligentes son atroces en sus deslices. Escogen siempre lo
peorcito, y luego se llaman desgraciadas y se encomiendan [392] a la Virgen. El
mejor auxilio que les puede dar el Espíritu Santo es sugerirles una buena
elección.
VILLALONGA.- (con seriedad.) Amigo Malibrán, como amigos de la
casa, debemos desear que se corte el escándalo y se eche tierra al asunto. No
sé si Orozco se dará por entendido ante el público del descarrilamiento de su
mujer. Es probable que la discordia conyugal, consecuencia segura de este mal
paso, quede en las sombras de la vida íntima. Orozco es muy circunspecto, muy
metido en su concha, y sabe tragarse en silencio la cicuta. Se me figura, por
algo que he olfateado esta tarde, que Cisneros intriga subterráneamente a fin
de ahogar el escándalo. A nosotros, amigos leales de la familia, nos
corresponde coadyuvar a esta obra benéfica del gran castellano viejo.
Desmintamos las especies terroríficas que circulan por ahí; defendamos el honor
de esta casa, y saquemos a la pobre Augusta del pantano en que ha caído.
MALIBRÁN.- ¡Diantre! (Caviloso.) Pues si ella lo agradeciera...
VILLALONGA.- Claro que lo agradecerá. La infeliz es una bendita.
Ha padecido una alucinación... ¡Ah!, el mal de la época, la diátesis de
nuestros tiempos [393] de refinamiento social. Amigo mío, la vida esta de
recepciones, galantería, sibaritismo, comidas, y el charlar ingenioso y pérfido
entre los dos sexos, es un excitante desmoralizador. No hay familia posible con
semejante vida. Perdona que esté tan filósofo, yo, el último de los
desmoralizados, pero también el primero de los alumnos de la gran profesora, la
experiencia.
MALIBRÁN.- Sí yo contara con la gratitud de Augusta, sería el
primero en llevar mi espuerta de tierra al montón que ha de cubrir el
escándalo. Pero dudo que...
VILLALONGA.- (poniéndose serio.) No seas idiota. Y en último
caso, el agravio que la opinión infiere a nuestro amigo Orozco, lo hago yo mío;
vamos, que me meto a paladín, sí señor. Cuidado, pues, Malibrancito: ten
juicio, pues bien pudiera suceder que yo me amoscara... Todo está en que me dé
por ahí.
MALIBRÁN.- ¿Pero tú qué tienes que ver...?
VILLALONGA.- Tengo y no tengo... En fin, que me carga tu
intervención, tu espionaje y tu lamentable oficiosidad en este asunto.
MALIBRÁN.- (con mal humor.) Ea, déjame a mí... (Cediendo.) Pero,
en fin, ¿qué es lo que tú quieres? [394]
VILLALONGA.- Que hagas propaganda sensata. Aquí no ha pasado
nada. Nuestra conducta ha de corresponder a los agasajos de esta excelente
familia. Augusta se merece un sin fin de homenajes, ¡y Orozco es tan bueno, tan
generoso...! Te diré: yo le debo el grandísimo favor de haberme cedido su
puesto en la combinación de senadores. ¡Caray, si no es por él, me quedo
también ahora en la calle, muerto de risa!
MALIBRÁN.- ¡Ah, mameluco, that is the question! Ya veo la clave
de tu sensatez.
VILLALONGA.- Este pastelero mundo es una cadena, un collar, un
toisón de oro, en el cual las personas, remachadas con las ideas, somos los
eslabones, y no podemos escoger la relación o argolla que nos une al eslabón
vecino. ¿Qué tal? ¿Estoy yo filosófico esta noche? Mentecato, ¿tú qué te
creías?... Y punto en boca que viene aquí el grande hombre.
Escena VIII
Los mismos; OROZCO, CALDERÓN, que salen del billar. Al propio
tiempo, van entrando en el salón del centro los amigos de la casa que se
indicarán después.
OROZCO.- (dando la mano a Malibrán y a Villalonga.) Está mejor;
pero aún no se le ha pasado la [395] tremenda jaqueca de ayer. Este majadero
(por Calderón) le espetó de golpe la noticia... como si se tratara de cualquier
suceso insignificante.
CALDERÓN.- La verdad, yo no creí... Tan afectado estaba, que no
supe lo que me hacía.
VILLALONGA.- ¡Pero qué bruto eres, Pepe!
OROZCO.- La pobre Augusta salía tranquilamente para ir a misa,
después de haber pasado una mala noche al lado de su tía enferma, cuando
recibió el jicarazo. Se afectó, como es natural, tratándose de un amigo a quien
queríamos tanto, y más por lo repentino y desastroso del caso.
MALIBRÁN.- ¿Y no tendremos el gusto de verla esta noche?
OROZCO.- Esta noche no. Aunque ha pasado la fuerza de la
cefalalgia, le molestan el ruido y la claridad.
MALIBRÁN.- (para sí.) ¡El ruido y la luz! Eso precisamente es lo
que la mata.
OROZCO.- Voy a saludar a esa gente. (Para sí.) ¡Curioso estudio
el de esta noche, el examen de las [396] caras de los que entran aquí! En todas
veo cierto temor, y como el deseo de sorprender en la mía alguna emoción
desusada. Pero lo que es en ésta... ¡aviados están! Mi cara es de mármol.
(Dirígese al salón donde han entrado Teresa Trujillo, Aguado, Monte Cármenes,
el exministro, el Sr. de Pez. En la sala de tresillo quedan Villalonga,
Malibrán y Calderón.)
VILLALONGA.- (a Calderón.) Ven acá, tagarote. ¿Sabe tu pariente
los disparates que corren por Madrid acerca del suceso de la noche del 1.º?
CALDERÓN.- Todo lo sabe. Se lo he dicho yo. ¡Cuánta infamia, y
qué sociedad tan nauseabunda!
MALIBRÁN.- Sí, muy nauseabunda.
CALDERÓN.- Tomás me llamó esta tarde y me rogó que le enterara
de lo que se dice por ahí. No me anduve en chiquitas. Sé cuánto le agrada la
verdad, y a la buena de Dios le informé de todo, empezando por las versiones
necias, y acabando por las horripilantes. Vale más que lo sepa, y que entienda
que algunos de sus amigos no merecen serlo. ¿Pero has visto, Villalonga, qué
tonta es esta humanidad? [397]
VILLALONGA.- Sí, hijo mío, es más tonta que tú, que es cuanto
hay que decir.
Escena IX
Los mismos; CISNEROS, que aparece en la sala japonesa, viniendo
del interior de la casa.
CISNEROS.- (para sí.) ¡Pobrecita mía, cuánto padece! ¡Verse
calumniada, zarandeada por tanto imbécil!... Esto es un horror... (Con rabia.)
¡Bendito sea Nerón! Comprendo su deseo de que la humanidad no tuviese más que
una sola cabeza para cortarla... Hasta los periodiquillos se atreven a deslizar
malévolas alusiones a esta casa. Ya os daría yo una buena mano de azotes si
pudiera. ¡Habrase visto otra! ¡Reticencias contra mi hija...! Estoy que trino.
(Atraviesa el salón sin saludar a nadie, y entra en la sala de tresillo.)
VILLALONGA.- Aquí está D. Carlos. ¡Qué fea vitola trae! D.
Carlos, ¿qué nos cuenta?... ¿Qué se dice?
CISNEROS.- (sofocando su rabieta.) Se dice... pues se dice que
este es un país de idiotas.
VILLALONGA.- Eso ya lo sabía yo. Detesto a mi patria, la hidalga
nación del garbanzo, de Recaredo y de [398] la gramática parda. ¡Pues si yo
pudiera metamorfosearme en inglés o en alemán...!
CISNEROS.- Como no te metamorfosees tú en el moro de los
dátiles. Este es un país liliputiense. Dan ganas de andar sobre él así... (pisa
fuerte) destruyéndolo a pisotones, como a las hormigas. Les juro a ustedes que
esta noche dormiría yo muy tranquilo si tuviera ocasión de dar un par de
linternazos a alguien.
VILLALONGA.- Pues déselos usted a Malibrán que dice...
CISNEROS.- (con viveza, apretando los puños.) ¿Qué dice?
MALIBRÁN.- Pues que la tabla que ha comprado usted anteayer como
de Memling, no es ni siquiera flamenca. La tengo por una imitación francesa de
las peores.
CISNEROS.- Váyase usted al cardo con sus tablas. Entiende usted
de pintura lo que yo de empollar mosquitos. Lo que hacía falta aquí, créanlo,
era un Nerón. ¡Qué hombre tan simpático, y qué buena persona! Ya podían echarle
periódicos a ese.
CALDERÓN.- ¡Fuertecillo está usted, D. Carlos! [399]
VILLALONGA.- Desengaños amorosos. ¿Lo digo?
CISNEROS.- ¿Qué?
VILLALONGA.- Lo diré: entre barbianes no debe haber misterios.
Pues esta tarde le han visto a usted salir de la gruta de Calipso, o sea de la
casa de Leonor.
CISNEROS.- Toma. ¿Y qué?
VILLALONGA.- Es que creíamos que usted no sirve ya ni para
novilladas de invierno, y que ya no sabe ni marcar una banderilla.
CISNEROS.- ¡Monigotes!... Generación menguada y raquítica: los
viejos toreamos mejor que vosotros. Preguntádselo a cualquier res. No servís
para nada, y con estas canas os dejo yo tamañitos siempre que queráis.
MALIBRÁN.- ¡Buen punto está usted! ¡Con su carga de años,
visititas a La Peri...!
CISNEROS.- Porque se puede. Fastidiarse... Ea, fantoches,
vuestra conversación me revienta. [400]
CALDERÓN.- ¿No quiere echar una partidita?
CISNEROS.- No estoy de humor de juegos. No tengo tranquilidad,
no puedo estarme quieto; necesito moverme, correr, ir de aquí para allá,
empujar al que se me ponga delante, y si alguien se desmanda, ¡por vida de la
tía Cotilla! le... le pulverizo. (Sale de estampía por la puerta del billar.)
CALDERÓN.- ¡Es mucho D. Carlos...!
MALIBRÁN.- Se me figura que he calado el objeto de sus visitas a
La Peri.
VILLALONGA. Y yo también. (Pasan al salón, formando grupos que
entablan animados coloquios.)
OROZCO.- (a Calderón.) Nada más divertido esta noche que el
examen de caras, Pepe. La de Teresa Trujillo deliciosa, incomparable. Expresa
curiosidad febril y el arrobamiento artístico del que asiste a una función
dramática con buenos actores. Me ha mirado con impertinencia, me ha leído en la
frente y en los ojos, con tanto interés como si fuera yo un folletín
espeluznante. ¿Pues y la carátula de Aguado? Es un puro resplandor de júbilo,
como faz vergonzosa que se consuela [401] con la vergüenza ajena. El rostro
abesugado del buen Pez, radiante de cordura y ministerialismo. Parece descargar
todo el peso de su severidad contra la opinión pública, diciéndole: «tus
historias son ridículas y despreciables». Pues ¿y el palmito de Monte Cármenes?
La imposibilidad de soltar ahora el todo va bien le da una contracción
violenta, que le desfigura, y le hace parecer otro hombre. La cara del
exministro, entre benévola y disgustada, con vislumbres de protección, como si
dijera: «si yo fuese poder, no pasarían estas cosas». Te aseguro que me he
divertido delante de este museo de la opinión expectante y muda. ¡Oh! ¡Si
hablaran...! ¡Cuánto daría yo por oírles!
CALDERÓN.- Si tú has gozado con el estudio de caras, ellos se
habrán divertido fotografiándote la tuya.
OROZCO.- No, porque en ésta nada pueden notar que no adviertan
todos los días. La cara mía que expresa y siente ¡ay!, es la que mira para
adentro. (Llegan más personas.) Parece que esta noche carga el gentío que es un
primor. Naturalmente, el crimen misterioso despierta inmenso interés: el
público necesita emociones, contemplar rostros de víctimas, o de criminales, o
de testigos; examinar el lugar de la catástrofe; ver [402] los sitios por donde
vaga el ánima del interfecto, olfatear la sangre, tocar los objetos que llevan
impresa la huella del delito... (Con amargura.) En suma, el drama está en mi
casa, y tengo esta noche un lleno completo. (Dirígese a saludar a los que
llegan.)
CALDERÓN.- (para sí.) Hombre sin igual es este. Todo lo sabe, y
parece que lo ignora todo.
Escena X
Tocador de Augusta. Es de noche.
AUGUSTA, doliente, recostada en un sofá; FELIPA, en pie, delante
de ella.
AUGUSTA.- ¡Gracias a Dios que vienes a tranquilizarme!
FELIPA.- Dos veces estuve aquí esta mañana; pero la señorita
dormía y no quise molestarla.
AUGUSTA.- ¡Dormir! No he descansado desde aquel momento
terrible... No sé si esto es dormir o no; ignoro si mis impresiones son
fingidas o reales; estoy como idiota, Felipa, y el temor que llena mi alma no
me permite ordenar los recuerdos ni apreciar lo sucedido. Ni aun puedo formar
juicio de mis acciones desde aquel instante ni de cómo vine aquí. Cuéntame lo
que ha pasado [403] después. Estoy en ascuas. ¿Qué hiciste? ¿Se ha descubierto?
Dímelo todo, sin ocultarme cosa alguna, por terrible que sea.
FELIPA.- (bajando la voz.) Tranquilícese la señorita. No se ha
descubierto ni se descubrirá nada. En cuanto dejé a la señorita aquí, después
de lavarle las manchas de barro, y una muy chiquita de sangre que había en la
manga, me volví allá. ¡Nos habíamos olvidado del sombrero, el sombrero del
pobre...!
AUGUSTA.- (dando un gran suspiro.) ¡Ay!
FELIPA.- Afortunadamente, en cuanto entré, lo vi sobre una
silla.
AUGUSTA.- ¿Lo tiraste a la calle?
FELIPA.- Bajé, y asegurándome de que no había nadie, le tiré
junto a la valla. Después corrí en busca de mi hermana, y entre las dos
lavoteamos las manchas de sangre de la alfombra, muy poquita cosa... Examinamos
con remuchísimo cuidado la escalera, temiendo encontrar en ella gotas de
sangre; pero no hallamos... ni esto. Los vecinos del principal, únicos que hay
en la casa, como si estuviesen en Babia. No se enteraron de cosa ninguna.
Verdad que el [404] tiro retumbó muy poco. Lo habrían oído los vecinos si
hubieran estado encima; pero, claro, al otro piso no llegó la bulla. Los
porteros sordos, mudos y ciegos: de ellos respondo, y no hay nada que temer. Ya
les pueden echar jueces. Les he prometido que la señorita les librará de
quintas al hijo.
AUGUSTA.- ¿Uno, un hijo sólo?... Les libraré más: todos los que
tengan.
FELIPA.- Uno tan sólo. Con esto y la gratificación, tan
contentos los pobres. Son unas almas de Dios.
AUGUSTA.- ¡Ay!, habla más bajo... Tengo un miedo horrible...
Mira si hay alguien en el gabinete.
FELIPA.- (que se asoma al gabinete y vuelve.) Ni una mosca.
Podemos hablar sin recelo. Esta mañana, fui y ¿qué hice? Llevé allá a mi
hermana con toda su chiquillería, y atesté de muebles la sala, y ya está Rafael
trabajando. Quitamos primero la alfombra, desmontamos la cama, me llevé las
botas, el sombrero y vestido de la señorita... saqué del pupitre los papeles,
cartas a medio escribir, cigarros de él; en fin, todo lo que había me lo llevé
a mi casa...
AUGUSTA.- Mejor sería que lo quemaras todo... [405]
FELIPA.- Lo que pudiera comprometer, ceniza es ya. De la casa,
tan cierto como Dios es mi padre, no sacará el juez ni tanto así de luz. Por
donde puede flaquear la trama es por el lado de doña Serafina, quiero decir,
que si van y averiguan que la señorita no estuvo aquella noche...
AUGUSTA.- (secreteando.) Ya está prevenida Ramona, y bien
recompensada. Esta mañana vino a verme. Confío en que no me faltará. Si la
curia hiciera alguna tontería, corriéndose en las averiguaciones, mi padre lo
arreglará. Hablamos esta noche: no cree nada malo de mí; pero esto de que los
periódicos me lancen chinitas le subleva. Es amigote del juez, y quedó en
hablarle mañana mismo.
FELIPA.- (casi entre dientes.) Todo irá como en las propias
manos del Silencio, y aquí el que más mira menos ve.
AUGUSTA.- ¡Ay, Felipa, qué buena eres! Lo que has hecho por mí,
de ningún modo podré recompensarlo. Me serviste fielmente hasta que te casaste.
Cierto que te he protegido; pero mis beneficios son muy cortos en comparación
de la lealtad y la adhesión con que me los estás pagando. [406]
FELIPA.- No hablemos de eso, Por usted me dejaría yo matar, si
fuera preciso.
AUGUSTA.- (conmovida.) No merezco tanta abnegación... Déjame que
llore. ¡Ay de mí! Todavía no acierto a dominar la situación en que me
encuentro. A ti, que me has ayudado a ocultar mi falta, a ti que sabes la
verdad de esta deshonra sin necesidad de que yo te la explique, puedo decirte a
boca llena que me reconozco mala, muy mala; pero que considero el castigo
desproporcionado a la culpa. Esto no puede ser castigo, porque si fuera
castigo, no resultaría tan terrible. No merezco tanto, no. ¡Verle morir así, sin
que en su agonía tuviera para mí una palabra de ternura...!, ¿no te acuerdas?,
parecía que me despreciaba... ¡a mí que le he querido tanto, que estaba
dispuesta a sacrificarle mi posición, mi honor...! El desdén con que me trató
después de atentar a su vida por primera vez, me ha destrozado el alma,
dejándome una herida que no se cerrará nunca. Recordarás que me dio un nombre
ofensivo, ultrajante, el apodo de esa mujerzuela...
FELIPA.- El trastorno, la ofuscación... Si no supo lo que hacía,
menos había de saber lo que hablaba. [407]
AUGUSTA.- Pero la proximidad de la muerte, aun muriendo por la
propia mano, aviva en el alma los sentimientos dominantes en ella. ¿Por qué no
me dijo una palabra cariñosa, que yo pudiera recordar después como consuelo?
FELIPA.- No olvide usted que dijo: «Sé lo que debo hacer, y pido
a Dios que me perdone».
AUGUSTA.- Eso es, perdón a Dios, y a mí que me partiera un rayo.
¿Por qué no me había de pedir perdón también a mí, aunque no fuera sino por
este rastro de deshonra que tras sí deja? ¿Sabes? Hay quien dice que le maté
yo. ¡Qué infamia tan estúpida!... Yo estoy muerta de pena y desconsuelo; de
pena por él, porque le amé, quizás más de lo que se merecía; desconsolada
porque no lo volveré a ver, porque murió queriéndome poco o nada, dejándome
afligida y celosa... sí, celosa... ¡Si yo pudiera olvidar esta terrible
pesadilla...! ¿Crees tú que el tiempo me hará perder la memoria? No, no hay
tiempo bastante largo para borrar esto. No sé qué será de mí.
FELIPA.- (con agudeza.) El tiempo es muy bueno; trabaja sin que
se sienta, y del fin de unas cosas hace el principio de otras. [408]
AUGUSTA.- Cada hora que pasa me siento más acongojada, y padezco
más. Aquella noche, cuando me dejaste aquí, la misma turbación, el terror
mismo, me daban cierta energía. Creí salir del paso haciéndome la valiente. Por
la mañana me vestí para ir a misa, y cuando Pepe me dio la noticia, me asusté
como si fuera una novedad para mí. Hízome el efecto de ver traducida a la
realidad una cosa soñada. Desde aquel momento, perdí el valor y me descompuse.
Postrada en este sofá, pasé un día horrible, y tuve que dominar ante mi marido
mi pena inmensa, aparentando otra pena muy distinta y menor. Fingir lo pequeño
para ocultar lo grande es trabajo de prueba. Más fácilmente fingimos los
sentimientos muy vivos que los ligeros y superficiales. Figúrate tú que, cuando
se te ha muerto un hijo, te hubieras visto obligada a aparentar que sólo
llorabas al gato de la casa.
FELIPA.- ¡Ay, no me lo diga! Reviento yo antes que hacer tal
comedia.
AUGUSTA.- Pues considera si sufriré. Por eso te digo que el
castigo es desproporcionado a la falta. ¡Luego, de la situación esta se derivan
tantos suplicios diferentes! La presencia de mi marido despierta en mí
sentimientos tan extraños, que [409] me pongo a morir cuando entra aquí y me
habla. A veces me figuro que no hay entre los dos nada de común, y su serenidad
ni me lastima ni me inquieta; a veces paréceme que le admiro todo lo que
admirarse puede, y me pondría de rodillas delante de él para adorarle, como a
un ser que no participa de nuestras miserias.
FELIPA.- (advirtiendo que Augusta tiene una mano envuelta en un
pañuelo.) ¿Qué es esto?
AUGUSTA.- La magulladura que me hice en la muñeca, cuando
forcejeamos para quitarle aquel maldito revólver. No la noté hasta la mañana
siguiente.
FELIPA.- A mí también me dejó en este brazo un cardenal que me
duele bastante.
AUGUSTA.- He dicho que me quemé lacrando una carta. Pero aunque
nadie lo ha puesto en duda, se me antoja que llevo aquí un espantoso dato para
los que me creen asesina.
FELIPA.- El miedo, el miedo hace ver visiones. No seamos tontas.
D. Tomás se creerá lo del lacre.
AUGUSTA.- (con profunda tristeza.) ¡Ay! ¡Si vieras tú qué
recelosa estoy de que [410] lo sabe todo, aunque aparenta ignorarlo! Tengo mil
motivos para conocer su penetración que, en ciertos casos, supera a cuanto se
puede decir. No obstante, su tranquilidad que me hace dudar... «Si lo sabe, me
pregunto yo, ¿por qué no me lo dice? Su calma ¿es la expresión más refinada del
desprecio que le merezco, o significa una situación de espíritu muy
diferente?». Anoche me pasó lo que no me ha pasado nunca: tener pesadillas
horribles, una tras otra, y no poder discernir después lo real de lo soñado.
Creí que Federico estaba aquí, y vi reproducida la terrible escena, lo mismo,
Felipa, lo mismo que la vimos tú y yo. De que esto fue imaginario no tengo
duda. Pero después... y aquí entran mis dudas, porque el recuerdo que ha
quedado en mí, aunque turbio y calenturiento, es vivísimo en las imágenes. Pues
oye. Me levanté... fui al despacho de Tomás y llamé a la puerta. Él dijo desde
dentro: «¿quién es?» y yo respondí: «soy La Peri». Abrió, entré, y sentándome a
su lado, confesé sin omitir nada. ¡Qué atrocidad! Pues he pasado todo el día de
hoy revolviendo en mi cabeza aquel acto, y trabajando por poner en claro si fue
real o no. Tengo los sesos derretidos de tanto cavilar. Me parece que estoy
viendo a Tomás cuando yo le contaba aquellos horrores. Ponía una cara de
conmiseración que me lastimaba enormemente, y yo le decía: «Soy La Peri; no
vayas a creer que [411] soy tu mujer»; y luego, vuelta a contarle cómo y por
qué se mató Federico. Lo que me atormenta y me confunde es la duda de si este
delirio sólo tuvo realidad dentro de mi cerebro, o si, en efecto, yo me levanté
de mi cama, y fui al despacho de Tomás, y él me abrió, y hablamos, y...
FELIPA.- Señorita, ¡por los clavos de Cristo!, eso no se hace
nunca sino en sueños.
AUGUSTA.- Pero en el trastorno en que yo estuve anoche,
trastorno de los sentidos y del alma toda, no sé... ¿No sabes tú que hay
personas que dormidas andan y hablan, y repiten lo que les ha pasado
recientemente?
FELIPA.- Sí, y a esos llaman sonámbulos.
AUGUSTA.- Yo no me he tenido nunca por sonámbula. ¡Oh, no,
imposible que este recuerdo amarguísimo sea recuerdo de un acto real! ¿Verdad
que no? La impresión del hecho que llevo en mí es de pesadilla, de esas que a
veces se quedan dentro de nosotros tan bien estampadas como los hechos
positivos. Pero... todo podría ser. Anoche deliraba yo como un tifoideo, y
tenía fiebre muy alta. Yo cerraba los ojos, y al abrirlos, de tiempo en tiempo,
Tomás junto a mí, mirándome [412] sin pestañear. Sus miradas me penetraban
hasta el fondo del alma. No puedo asegurarte si le veía despierta o le veía
dormida. ¿Hablé yo? ¿Me levanté y anduve? Conservo una idea vaga de haber
sentido sus pasos alejándose hacia el despacho, a no sé qué hora de la noche.
También ha quedado en mí una obscura reminiscencia de lo que me atormentó la
idea de ser yo La Peri, ese trasto, y de los esfuerzos que hice para no ser
ella, sino quien soy. ¡Lucha espantosa entre un nombre y mi conciencia!... Pero
nada puedo afirmar con certeza. No sé qué daría por disipar esta duda horrible,
cerciorándome de que no hablé, de que no me vendí. (Pasándose la mano por la
frente.) ¡Cómo está esta cabeza!
FELIPA.- (atisbando a la puerta.) Me parece que el señor viene.
(Se levanta.)
Escena XI
Las mismas; OROZCO.
OROZCO.- (a su mujer.) Querida, aunque no es tarde, harías bien
en irte a descansar. ¿Por qué no te acuestas?
AUGUSTA.- Espero a tener sueño. ¡He dormido tanto en este
sofá!...
OROZCO.- La conversación no te conviene. (Tomándole [413] el
pulso.) Ni pizca de fiebre; pero la charla puede hacerte daño, y has picoteado
bastante esta noche; primero con tu papá, después con Manolo Infante, ahora con
Felipa.
AUGUSTA.- Hablar me distrae. Di, ¿se han ido todos ya?
OROZCO.- Todos. Como no estabas tú, la reunión, cansada de su
propia insipidez, se ha disuelto temprano. Y ahora nos quedaremos solos, porque
esta se marchará también. Felipa, retírate, que algo tendrás que hacer en tu
casa.
FELIPA.- (para sí, turbada.) Parece que me echa. Sabe más que
Merlín el señor este... Imposible que deje de... (Alto.) Con permiso...
AUGUSTA.- Felipa, quedamos en que mañana recogerás en casa de
Sobrino veinticuatro varas, que con las diez y media que tienes...
FELIPA.- (oficiosamente.) Ocho y poco más, señorita... Pues
hacen treinta y dos.
AUGUSTA.- Eso es; pero antes de cortar, me traes la batista para
verla, porque si no es igual a la otra, la devolveremos. [414]
FELIPA.- Bueno. ¿Me manda algo más?
AUGUSTA.- Que te des mucha prisa. ¡Ah! Y que no me olvides los
visillos...
FELIPA.- Estamos en ellos. Buenas noches. Que ustedes descansen.
(Vase.)
OROZCO.- Si no tienes sueño, pasa a mi despacho y hablaremos un
ratito.
AUGUSTA.- Sí que pasaré. ¿Piensas velar?
OROZCO.- Es posible.
AUGUSTA.- (recelosa.) ¿Tienes que hacer? ¡Qué afán de calentarte
los cascos en cosas que no nos importan!
OROZCO.- Si nos importan o no, lo veremos... Allí te aguardo.
AUGUSTA.- Iré. (Se incorpora.) [415]
Escena XII
Despacho de Orozco.
AUGUSTA, envuelta en su cachemira, se acomoda en una butaca,
junto a la chimenea muy cargada de lumbre; OROZCO, junto a la mesa, en la cual
hay una lámpara encendida.
OROZCO.- ¿Qué... tienes frío?
AUGUSTA.- Un poco; pero ya voy entrando en calor. (Para sí.) No
sé por qué tiemblo. Su mirada me desconcierta.
OROZCO.- No es tarde. Si te encuentras bien, hablaremos un poco
de asuntos que a entrambos nos interesan.
AUGUSTA.- ¿Asuntos...? Tú siempre discurriendo empresas o
aventuras humanitarias...
OROZCO.- (interrumpiéndola.) No es eso...
AUGUSTA.- Vale más que te acuestes y descanses.
OROZCO.- (acercándose a ella.) Descansaría si pudiera. Pero por
mucho dominio que uno tenga sobre sí propio, por grande que sea nuestra energía
para disciplinar las [416] ideas, hay ocasiones, querida, en que las ideas
ahogan la necesidad de reposo, y el sueño es imposible.
AUGUSTA.- (para sí, con espanto.) Llegó el momento de las
explicaciones. Estoy perdida. ¿Lo sabe o desea saberlo? (Mirándole fijamente a
los ojos.) ¿Quién podrá descifrar el jeroglífico de ese rostro de mármol?
OROZCO.- (para sí, mirándola a su vez con atención profunda.)
¿Será capaz de confesar? Me temo que no.
AUGUSTA.- (para sí.) No nos acobardemos. Me adelantaré
gallardamente a sus preguntas. (Alto.) ¿Por qué me miras así? ¿Es que quieres
decirme algo y no te atreves?
OROZCO.- Te observo temerosa, y esperaré a que te tranquilices.
AUGUSTA.- ¡Temerosa yo! (Para sí.) Fingiré un valor que no
tengo... Hasta para confesar lo necesitaría, pues si me rindo, conviéneme
hacerlo con dignidad.
OROZCO.- Ya sé que eres valiente. No necesitas demostrármelo con
palabras. Yo también lo soy, más que tú, mucho más, pues tengo ánimo suficiente
[417] para poner la verdad por encima de los afectos grandes y chicos, para
reducir a la insignificancia las pasiones, cuando contradicen el sentimiento
universal.
AUGUSTA.- (para sí.) Desvaría. El delirio humanitario se ha
apoderado de él. Esto me envalentona. Veámosle venir.
OROZCO.- Yo había pensado educarte en estas ideas, iniciarte en
un sistema de vida que empieza siendo espiritual y difícil, y acaba por ser
fácil y práctico. Ahora no sé si debo insistir en mi propósito. Se me figura
que no ha de gustarte esta creencia mía, adquirida en la soledad a fuerza de
meditaciones y de magnas luchas.
AUGUSTA.- (para sí.) ¡Ay, Dios mío, cómo se evapora el
pensamiento de este hombre! Si me hablase en lenguaje humano, que moviera mi
corazón y mi conciencia, me impresionaría; pero estas cosas tan etéreas no se
han hecho para mí, amasada en barro pecador. (Alto.) Ya sé que eres un hombre
sin segundo, al menos entre los que yo conozco. Has cultivado, a la calladita y
sin que nadie se entere, la vida interior; has conseguido lo que parece
imposible en la flaqueza humana, a saber: no tener pasiones, subirte a las
alturas de tu conciencia eminente, y mirar desde allí [418] los (14) actos de
tus semejantes, como el ir y venir de las hormigas; aislarte y no permitir que
te afecte ninguna maldad, por muy próxima que la tengas. ¿Es esto así? ¿Te he
comprendido bien? (Orozco hace signos afirmativos con la cabeza.) ¿Y quieres
que yo te acompañe en esa purificación? ¡Ay!, bien quisiera; pero no sé si
podré. Soy muy terrestre; peso mucho, y cuando quiero remontarme, caigo y me
estrello.
OROZCO.- La gravedad se disminuye limpiando el corazón de malos
deseos, y el pensamiento de toda inclinación mala.
AUGUSTA.- ¡Ay!, yo limpio, limpio; pero se vuelven a ensuciar
cuando menos lo pienso.
OROZCO.- Yo te enseñaré la manera de triunfar, si te confías a
mí; pero por entero; confianza ciega, absoluta. Revélame todo lo que sientes, y
después que yo lo sepa... hablaremos.
AUGUSTA.- (para sí.) ¡Confesar!, esto me aterra. Si él fuera más
hombre y menos santo, tal vez...
OROZCO.- ¿No contestas a lo que te digo? Descúbreme tu interior;
pero con efusión completa. [419]
AUGUSTA.- Lo sabe, y quiere arrancarme la confesión. ¿Cómo lo
habrá sabido? ¿Se lo dije yo? Esta duda me vuelve loca. Tomemos la ofensiva.
(Alto.) ¿Qué quieres que te descubra? ¿Sospechas de mí? Empieza por decirme en
qué se funda tu suspicacia, y yo veré lo que debo contestarte.
OROZCO.- (con determinación.) Inútiles y ridículos escarceos.
Vale más que hablemos con claridad. Desde que apareció muerto Federico, tu
nombra anda en lenguas de la gente. No necesito añadir más. Lo que haya de
verdad en esto, tú me lo has de decir. Si es falso, desmiéntelo; si no lo es,
que yo lo sepa por ti misma. Esta ocasión es solemne, y en ella he de saber
quién eres y lo que vales.
AUGUSTA.- (turbada.) ¿Pero tú... crees...?
OROZCO.- Yo no creo ni dejo de creer nada. Espero a que tú
hables.
AUGUSTA.- (para sí.) ¡Confesar!... ¡Antes morir!... ¡Siento un
pavor...! (Alto.) Pues te diré: extraño mucho que des asentimiento a esas
infamias.
OROZCO.- (flemáticamente.) Luego es falso lo que se dice. [420]
AUGUSTA.- ¿Y lo dudas?
OROZCO.- No afirmo ni niego. Aplazo mi juicio, porque te veo
cohibida por el temor, y te incito a sosegarte y reflexionar. Tiemblas. Tu cara
es como la de un muerto.
AUGUSTA.- Estoy enferma.
OROZCO.- Enferma de susto. Tranquilízate: tómate el tiempo que
quieras para pensarlo: es temprano. Estamos solos, y nadie nos molesta. Mira,
yo me siento en esta butaca a leer un poco, y en tanto, tú recoges tu
conciencia, y decides, delante de ella, lo que debes responderme. (Se sienta
junto a la en que está la luz, toma un libro y lee.)
AUGUSTA.- (para sí, la cabeza inclinada sobre el pecho, y
arrebujada en su abrigo.) Lo sabe... Ese lenguaje claramente lo indica. ¡Qué
actitud tan extraña la suya! Por grande que sea la serenidad de espíritu de un
hombre, no la comprendo en grado tal. Imposible que su cerebro no sufra alguna
alteración honda. La humanidad, ni aun en los ejemplares más perfectos, puede
ser así... Y no obstante, ¿qué hay en esa actitud, que me causa una especie de
alivio, y me inspira confianza? Todo [421] esto ¿será para oírme y perdonarme?
Y pregunto yo: «¿Ese perdón vale? El perdón de quien no siente, ¿es tal perdón?
¿Puede un alma consolarse con semejante indulgencia, venida de quien no
participa de nuestras debilidades?». ¡Oh!, no; su santidad me hiela. Yo no
confieso, no confesaré... ¡Y si tras esa mansedumbre rebulle el propósito de
imponerme un castigo severo...! ¡Si en su sistema, para mí no bien
comprensible, entra también el trámite de matarme...! ¡Ay, siento escalofrío
mortal!... ¡No, no confieso!
OROZCO.- (apartando la vista del libro.) ¿Piensas, Augusta, o es
que te has quedado dormida?
AUGUSTA.- No duermo, no. Pensaba en esa tontería que me has
dicho, en tu sospecha. ¿Quién te la sugirió? ¿Te habló alguien?
OROZCO.- Curiosidad por curiosidad, creo que la mía debe llevar
la preferencia. Habla tú primero.
AUGUSTA.- Sin duda, algún amigo nuestro, de los que te tienen
envidia y mala voluntad, o amiga mía chismosa y visionaria, te ha...
(Impaciente.) ¿Por qué medio adquiriste esas ideas?
OROZCO.- (con ligera inflexión festiva.) Por adivinación. [422]
AUGUSTA.- No creo en las adivinaciones. (Para sí.) Virgen Santa,
mis temores se confirman... Anoche, en aquel delirio estúpido, canté... ¡Si lo
tengo bien presente...! ¡Si no se me ha borrado del cerebro la impresión de lo
que hice y dije...! ¡Miserable de mí, vendida neciamente! Si ahora me obstino
en negar... (Alto, tragando saliva.) Explícame ese misterio de las
adivinaciones.
OROZCO.- Tú lo has dicho: misterio es de nuestra alma. Pero, en
este caso, el poder mío revelador ha tenido auxiliares.
AUGUSTA.- ¿Alguien me acusó?
OROZCO.- Quizás.
AUGUSTA.- (para sí.) ¡Dios mío, sácame de esta incertidumbre, y
separa en mi espíritu las acciones reales de las fingidas por el cerebro
enfermo. (Rehaciéndose.) ¡Oh, no es posible que yo hablara; no puede ser! Me
estoy atormentando con un recelo pueril, hijo del miedo. Ánimo... y no
confesar.
OROZCO.- (para sí, fingiendo leer.) Esto sí que es difícil de
extirpar. El desgarrón de este sentimiento, que me arranco para echarlo en el
pozo de las miserias humanas, [423] ¡cómo me duele! Al tirar, me llevo la mitad
del alma, y temo que mi serenidad claudique. Si salgo triunfante de esta
prueba, ya no temeré nada; dominaré el mundo, y nada terrestre me dominará.
¡Pero cómo me duele esta amputación! (Mirando furtivamente a su mujer.) Era el
encanto de mi vida. Inferior a mí por su inconsistencia moral, su amor me daba
horas felices, su compañía me era grata, y la idea de igualarla a mí,
purificándola, me enorgullecía. La pierdo. Quizás será un bien esta viudez que
me espera; quizás este lazo me ataba demasiado a las bajezas carnales... Me
convendrá seguramente perder el único afecto que me ligaba al mundo. ¿Y si no
lo perdiera...? Si con un acto de hermosa contrición se eleva hasta mí...
(Volviendo a fijar los ojos en el libro.) ¡Ah!, no tiene alma para nada grande.
Si me confiesa la verdad, toda la verdad, la perdono y procuraré regenerarla.
AUGUSTA.- (para sí, sofocada y limpiándose el sudor de la
frente.) No sé qué siento en mí... un prurito irresistible de referir cuanto me
ha pasado, mi falta, mi pena inconsolable... ¡Pero si ya se lo revelé...! Sí;
no tengo duda. Paréceme que viéndome estoy en el acto inconsciente de anoche;
oigo mis propias palabras; me retumban aquí, como si ahora mismo las
pronunciara. Todo lo canté [424] bien claro... Y si lo sabe, ¿a qué me lo
pregunta? ¿A qué humillarme con una segunda confesión?
OROZCO.- ¿Has pensado, Augusta?
AUGUSTA.- No, no pienso. Todo está pensado ya. (Para sí, con
tenacidad.) No confieso, no puedo, no quiero. Me fata valor. Siento en mi alma
la expansión religiosa; pero el dogma frío y teórico de este hombre no me
entra. Prefiero arrodillarme en el confesonario de cualquier iglesia... Y si
despierta niego, después de haberme delirando, ¿qué pensará de mí? Nadie es
responsable de lo que dice en sueños... Pero los delirios suelen ser el espejo
turbio y movible de la vida real... ¡Qué combate dentro de mí! No sé qué hacer
ni por dónde escurrirme.
OROZCO.- ¿Has examinado tu conciencia, Augusta?
AUGUSTA.- (sacando fuerzas de flaqueza.) Déjame en paz. Mi
conciencia no tiene nada que examinar.
OROZCO.- ¿Está tranquila? ¿No te acusa de ninguna acción
contraria al honor, a las leyes divinas y humanas? [425]
AUGUSTA.- (para sí.) Me confieso a Dios, que ve mi pensamiento;
a ti no...
OROZCO.- ¿Qué dices?
AUGUSTA.- No he dicho nada. (Para sí, con brutal entereza.) Me
arriesgo a todo... Salga lo que saliere, negare...
OROZCO.- ¿Insistes en llamar disparatado y absurdo el rumor de
que presenciaste la muerte violenta de Federico?
AUGUSTA.- (para sí, desconcertada.) ¿Poseerá alguna prueba
material?
OROZCO.- ¿Callas?
AUGUSTA.- (enfrenándose.) No, no callo... Es que me asombro de
que creas semejante desatino. (Para sí.) Si tiene pruebas, que las tenga. Ya no
me vuelvo atrás.
OROZCO.- ¿De modo que lo niegas?
AUGUSTA.- Lo niego terminantemente.
OROZCO.- ¿Y lo juras? [426]
AUGUSTA.- ¿A qué viene eso de jurar?... Si es preciso... lo juro
también.
OROZCO.- (para sí.) Me engaña miserablemente. Peor para ella.
Desgraciada, quédate en tu miseria y en tu pequeñez.
AUGUSTA.- No es propio de ti dar crédito a las invenciones de la
gente maliciosa.
OROZCO.- (gravemente.) Yo no anticipo juicio alguno. Me atengo a
lo que tú declares.
AUGUSTA.- (para sí, recelosa.) ¿Me crees? ¿Crees lo que digo?
OROZCO.- Sí... (Se aparta de ella, y pasea por la habitación,
mirando al suelo. Para sí.) Me he quedado solo, solo como el que vive en un
desierto.
AUGUSTA.- (para sí.) No me ha creído... ¡Y yo noto un vacío en
mi alma...! Me siento divorciada, sola, como si viviera en un páramo.
OROZCO.- (para sí.) Mi mujer ha muerto. Soy libre. Ningún
cuidado me inquieta ya, sino es el de mi propia disciplina interior, hasta
llegar a no sentir [427] nada, nada más que la claridad del bien absoluto en mi
conciencia.
AUGUSTA.- (para sí.) He mentido... Su virtud no me convence ni
despierta emoción en mí. ¡Divorciados para siempre...! Si viera en él la
expresión humana del dolor por la ofensa que le hice, yo no mentiría, y después
de confesada la verdad, le pediría perdón. Ningún rayo celeste parte de su alma
para penetrar en la mía. No hay simpatía espiritual. Su perfección, si lo es,
no hace vibrar ningún sentimiento de los que viven en mí.
OROZCO.- (para sí.) ¡Pero qué solo estoy! Murió el encanto de mi
vida. ¿Flaqueará mi ánimo en esta crisis tremenda? La conmoción interior es
grande. ¿Conseguiré dominarla, o me dejaré arrastrar de este impulso maligno
que en mí nace, o más bien resucita, porque es resabio de mis dominadas
pasiones de hombre? (Detiénese detrás de Augusta contemplándola. Ella no le
ve.) ¿Por qué no te impongo el castigo que mereces, malvada mujer? ¿Por qué no
te...? (Apretando los puños.)
AUGUSTA.- (para sí, sobresaltada y recelosa, al sentirle parado
detrás de ella.) ¿Qué hace? No me atrevo a moverme, ni a mirar siquiera para
atrás. ¡Dios me ampare! [428]
OROZCO.- (para sí, venciéndose con supremo esfuerzo.) No, no te
iguales a lo más miserable y rastrero de la humanidad. Déjala...
AUGUSTA.- (volviéndose aterrada.) ¿Qué? ¿Qué hay?
OROZCO.- Nada, no he dicho nada. (Para sí, paseando de nuevo.)
No, los brutales instintos no destruirán, en un instante de flaqueza, la
serenidad que adquirí a fuerza de mutilar y mutilar pasiones y afectos
miserables. Elévate, alma, otra vez, y mira de lejos estas bastardías
liliputienses. Nada existe más innoble que los bramidos del macho celoso por la
infidelidad de su hembra.
AUGUSTA.- (para sí.) Si en él viera yo el noble egoísmo del león
que se enfurece y lucha por defender su hembra... me sería fácil humillarme y
pedirle perdón.
OROZCO.- (para sí.) Ánimo, y adelante. Volvamos a esta vida
externa, cuya estupidez me es necesaria, como la esterilidad glacial del yermo
en que habito. Vivamos en esta aridez pedregosa, como si nada hubiera ocurrido.
Despierto de un sueño en que sentí reverdecer mis amortiguadas pasiones, y
vuelvo a mi rutina de fórmulas comunes, dentro de la cual fabrico, a solas
conmigo, mi deliciosa [429] vida espiritual. (Alto y con resolución.) Augusta.
AUGUSTA.- ¿Qué?
OROZCO.- ¿Pero no te acuestas, hija? Es muy tarde.
AUGUSTA.- (para sí.) El mismo acento de siempre. (Alto.) Sí, me
acostaré. ¿Y tú?
OROZCO.- Yo también. Oye una cosa: mañana, recuérdame que hay
que comprar el regalo para Victoria Trujillo, cuya boda es el jueves.
AUGUSTA.- Es verdad. ¿Qué le compraremos?
OROZCO.- Lo que tú quieras. Tienes mejor gusto que yo para
elegir cachivaches. ¡Ah! Otra cosa: si mañana estás bien, hemos de visitar a
Clotilde Viera.
AUGUSTA.- ¡Ah!, sí... Mañana estaré bien, y saldré; saldremos.
OROZCO.- Daremos una vuelta en coche por el Retiro y la
Castellana. Te llevaré que veas los cuadros que ha comprado últimamente tu
papá. [430]
AUGUSTA.- Bueno... (Para sí.) Como si tal cosa. El mismo hombre,
el mismo, inalterable, marmóreo, glacial. ¿Qué significa esto? (Alto.)
Francamente, no tengo muchas ganas de ver los cuadros que ha comprado papá,
pues me dijo Malibrán que eran cosa de muertos, y santos en oración, flacos,
sucios y amarillos. Todo eso me es antipático.
OROZCO.- Por cierto que ayer estuve a punto de comprarte una
imitación de Watteau muy linda... Pastorcitos, elegantes marquesas con cayado,
mucho lazo en la frente y hombros, zapatito de raso, y luego amorcillos jugando
con las ovejas.
AUGUSTA.- ¡Ay, eso me encanta! ¿Por qué no me lo trajiste?
OROZCO.- Pensé consultar contigo la compra antes de hacerla;
pero como estuviste mala, no quise molestarte.
AUGUSTA.- (que se levanta y tira del cordón de la campanilla.)
Pues no dudes que te agradezco de todas veras regalito tan de mi gusto.
(Mirándole fijamente y con alarma.) ¿Qué significa esta indiferencia, grave y
hermosa, que raya en lo sobrenatural? Esto no es grandeza de alma. Esto es...
[431]
OROZCO.- (para sí.) Expláyate, hombre, expláyate en el páramo de
la vida externa. Eso conforta.
AUGUSTA.- Una nueva pena, una nueva inquietud. Será preciso
consultar con los mejores especialistas en perturbaciones cerebrales. (La
criada aparece en la puerta. Augusta se retira con ella.)
Escena última
OROZCO, solo.
¡Dominada la pavorosa crisis!... Pero andan por dentro de mí los
girones de la tempestad, y necesito dispersarlos, no sea que se junten y
condensen de nuevo, y me pongan otra vez al borde del abismo de la tontería...
Fuera locurillas impropias de mí. Los celos, ¡qué estupidez! Las veleidades,
antojos o pasiones de una mujer, ¡qué necedad raquítica! ¿Es decoroso para el
espíritu de un hombre afanarse por esto? No: elevar tales menudencias al foro
de la conciencia universal es lo mismo que si, al ver una hormiga, dos hormigas
o cuatro o cien, llevando a rastras un grano de cebada, fuéramos a dar parte a
la Guardia civil y al juez de primera instancia. No: conservemos nuestra calma
frente a estas agitaciones microscópicas, para despreciarlas más hondamente. Figúrate
que no existen para ti; muéstrate indiferente, [432] y no hagas a la sociedad y
a la opinión el inmerecido honor de darles a entender que te inquietas por
ellas. Que nadie advierta en ti el menor cuidado, la menor pena por lo que ha
ocurrido en tu casa. Para tus amigos serás el mismo de siempre. Que te juzgue
cada cual como quiera, y tú sé para ti mismo lo que debes ser en ti,
compenetrándote con el bien absoluto. (Asómase a una ventana que da al patio de
la casa.) ¡Hermosa noche, tibia y serena, de las que ponen a Villalonga fuera
de sí! ¡Cómo lucen las estrellas! ¡Qué diría esa inmensidad de mundos si fuesen
a contarle que aquí, en el nuestro, un gusanillo insignificante llamado mujer
quiso a un hombre en vez de querer a otro! Si el espacio infinito se pudiera
reír, cómo se reiría de las bobadas que aquí nos revuelven y trastornan!...
Pero para reírse de ellas era menester que las supiera, y el saberlas sólo le
deshonraría. (Abre los cristales y apoya los codos en el antepecho. En la pared
opuesta del patio rectangular se ven las ventanas de la escalera de la casa.)
Da gusto respirar el aire libre: su frescura despeja la cabeza y sutiliza la
imaginación... (Pausa.) Siéntome otra vez asaltado de la idea que ha sido mi
suplicio ayer y hoy, la maldita representación del trágico suceso, y la manía
de reconstruirlo con elementos lógicos. ¿Qué pasó, cómo fue, qué móviles lo
determinaron? Me había propuesto expeler y dispersar estos [433] pensamientos;
pero no es fácil. Se apoderan de mi mente con despótico empuje, y tal es su
fuerza plasmadora, que no dudo puedan convertirse en imágenes perceptibles, a
poco que yo lo estimulara. (Agitado.) Debo recogerme y procurar el reposo.
(Cierra la ventana y se retira. Discurre por varias habitaciones de la casa,
las unas obscuras, alumbradas las otras. Largo intermedio, al fin del cual
vuelve a encontrarse Orozco, por efecto de una traslación inconsciente, en la
ventana que da al patio.) ¿Cómo es esto? ¿Todavía luz en la escalera? Y parece
que entra alguien y sube. (Fijándose en las ventanas de en frente.) Sí, una
persona sube con paso lento, como fatigada. ¡Ya! Será Juan, que se retira
después de haber cerrado el portal y apagado las luces. ¡Pero si el gas está
encendido aún...! El tal sigue subiendo... y es persona a quien creo conocer...
aunque no puedo asegurar quién sea. Juan se ha dormido, ¡qué posma!, y deja
entrar a todo el que llega. (Llamando.) ¡Juan!... No me oye... Iré a ver qué
intruso es este. (Se aparta de la ventana, atraviesa el despacho, luego el
billar, y sale a la sala de tresillo.) ¿Pero qué es esto? ¿El salón también
encendido? (Sorprendido de ver luces en todas las estancias.) Vamos que...
Saldremos por aquí a la antesala y a la escalera, a ver quién... a estas
horas... (Asómase a la puerta de la antesala, y retrocede después de una breve
inspección.) Nadie, nadie. Era mi idea, [434] queriendo convertirse en imagen.
(Atraviesa el salón y la sala japonesa, pasa al gabinete próximo, que comunica
con el tocador y la alcoba conyugal, y al entrar en esta, siente pasos detrás
de sí, vuélvese y ve una imagen subjetiva, representación fidelísima de persona
viviente. La imagen viste de frac. Semblante triste y afectuoso.)
OROZCO.- (levantando el cortinón de la puerta que da a la
alcoba.) ¡Ah! ¿Eres tú? Acabáramos... Yo decía: «¿pero quién sube a estas
horas?». ¿Estaba Juan dormido cuando entraste?
LA IMAGEN.- Sí; todos duermen a estas horas; tú también.
OROZCO.- Yo no. ¿No me ves en pie?
LA IMAGEN.- ¡Qué has de estar en pie, hombre! Por cierto que
tienes una postura molestísima. ¿Negarás que te duelen el brazo derecho y el
cuello?
OROZCO.- Sí que me duelen.
LA IMAGEN.- Ponte de otra manera y respirarás más fácilmente.
¿Por qué no duermes tranquilo? ¡Pobre cerebro, atormentado noche y día por las
fórmulas algebraicas de la conciencia universal! Si [435] no te calentarás los
cascos dormido y despierto, no vendría yo a molestarte.
OROZCO.- No me molestas. Pasa aquí. (Entran en la alcoba.)
LA IMAGEN.- Se me ocurrió venir porque pensabas en mí más de lo que
yo merezco, reproduciendo en tu mente mi persona y mis actos con una fuerza tal
que hacías vibrar mis inertes huesos. En medio de tus extraordinarias
perfecciones, tuviste flaquezas impropias de un hombre de tu altura moral;
reconstruiste, al par de la terrible escena de mi muerte, las escenas amorosas
que la precedieron.
OROZCO.- (con tristeza.) Es verdad: ayer y hoy, a pesar de mis
esfuerzos por encastillarme en un vivir superior, no he podido menos de ser a
ratos tan hombre como cualquiera. Pensé mucho en ti y en ella. Y tú me dirás:
«¿cómo has llegado a conocer la verdad de mi desastrosa muerte?». Te contestaré
que he pasado rápidamente de la presunción a la certidumbre.
LA IMAGEN.- ¿Te lo ha dicho esa?
OROZCO.- Anoche, calenturienta y trastornada, articuló delante
de mí palabras ininteligibles. Pero [436] no vendió su secreto. Esta noche,
despierta y en posesión de su juicio, no ha tenido grandeza de alma, para
confesarme la verdad. La muy tonta se ha perdido mi perdón, que es bastante
perder, y la probabilidad de regenerarse.
LA IMAGEN.- (acercándose al lecho de Augusta y contemplándola
dormida.) Duerme, como tú, intranquila, y también me trae a su lado.
OROZCO.- ¿Pero la ves a ella? Yo creí que me veías a mí solo,
como hechura mía que eres. Y te equivocas al pensar que duermo. Ni siquiera
estoy en el lecho: me veo en pie, como tú, vestido; aún no me he quitado el
frac. Acércate acá. ¿Qué haces ahí mirando a mi mujer? ¿No la has visto
bastante? Es una falta de atención que me dejes con la palabra en la boca,
habiendo venido a visitarme... Pero qué, ¿te vas? (Se pasa la mano por los
ojos.)
LA IMAGEN.- No; aquí me tienes. Te toco para que no dudes de mi
presencia.
OROZCO.- (cogiéndole una mano.) No he concluido de contarte cómo
se determinó en mí el conocimiento de esa triste verdad. El rumor público
acerca de la culpabilidad de Augusta fue principio y fundamento de [437] mis
presunciones. Oí todas las hablillas, y de su variedad y garrulería saqué la
certidumbre de que esa desdichada te amó, y de que tú la amaste. Completaron mi
conocimiento diversos accidentes; las visitas de Felipa, algo que advertí en la
cara de esta, la turbación de Augusta, la rozadura de su mano, y un no sé qué,
un misterioso sentido testifical notado en la luz de sus ojos, en el eco de su
voz, y hasta en el calor de su aliento. Ahora, respecto a tu muerte, nada
concreto sé. No puedo decir que poseo la verdad; pero tengo una idea,
interpretación propiamente mía, hija de mi perspicacia y de mi estudio de la
conciencia universal e individual. Esta interpretación atrevida no concuerda
con ninguna de las versiones vulgares, patrocinadas por los comentaristas del
ruidoso y sangriento caso; es mía exclusivamente y voy a comunicártela. (La
Imagen se sienta al borde del lecho en que yace Orozco, y se inclina sobre
este.) Pero no peses tanto sobre mí. Me sofocas, me oprimes, no me dejas
respirar... Oye lo que pienso de tu muerte... ¡Ay!, por Dios, no te apoyes en
mi pecho. La más grande montaña del mundo no pesa lo que tú... Pues mi opinión
es que moriste por estímulos del honor y de la conciencia; te arrancaste la
vida porque se te hizo imposible, colocada entre mi generosidad y mi deshonra.
Has tenido flaquezas, has cometido faltas enormes; pero la estrella del [438]
bien resplandece en tu alma. Eres de los míos. Tu muerte es un signo de
grandeza moral. Te admiro, y quiero que seas mi amigo en esta región de paz en
que nos encontramos. Abracémonos. (Se abrazan.)
Madrid, Julio de 1889.
FIN

