Libro N°. 3131. Razas Del Futuro. Van Vogt, Alfred E.
© Libro N°. 3131. Razas
Del Futuro. Van Vogt, Alfred E.. Colección E.O. Septiembre 24 de 2016.
Título original: © The Mixed Men
Versión Original: © Razas Del Futuro. Alfred E. Van Vogt
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
RAZAS DEL FUTURO
Alfred E. Van Vogt
Lady Gloria Laurr, gran Capitana de la astronave Constelación,
dirige con mano segura a su nave en una fabulosa exploración de los ámbitos más
remotos de la Galaxia, donde la poderosa nave cósmica de la Tierra entra en
contacto con especies y razas inimaginables. En esta novela, "RAZAS DEL
FUTURO", el extraordinario A. E. Van Vogt nos lleva de la mano por
espacios remotísimos y nos hace penetrar en un futuro que se encuentra a miles
de años de nosotros. Pero con la Galaxia no basta, y, vencido el problema del viaje
interestelar e intergaláctico, saltamos a otros Universos-isla, donde los
terrestres corren portentosas aventuras.
PROLOGO
La nave de Tierra pasó tan velozmente por delante del Sol sin
planetas Gisser, que los timbres de alarma de la estación meteorológica del
aerolito no tuvieron tiempo de reaccionar. La gran nave era ya visible como una
raya de luz en la pantalla de observación cuando Watcher se dio cuenta de ello.
Los timbres de alarma debieron ser accionados también en la nave porque el
brillante punto movedizo moderó visiblemente su velocidad y, frenando,
describió un ancho círculo. Ahora iba alejándose lentamente, tratando sin duda
de localizar el pequeño objeto que había afectado sus pantallas de energía.
Al entrar dentro del campo visual apareció vasto en el
resplandor del lejano sol blanco-amarillento, mayor de todo lo hasta entonces
visto por los Cincuenta Soles. Parecía una nave infernal que saliese del remoto
espacio, un monstruo de un mundo semimítico, reconocible —si bien un nuevo
modelo— por las descripciones de los libros de historia como una nave de guerra
de la Imperial Tierra. Las advertencias de la historia de lo que podía ocurrir
algún día habían sido horrendas... y allí estaba.
Watcher sabía su deber. Aquello era una advertencia, la desde
tanto tiempo temida advertencia, que mandar a los Cincuenta Soles por radio
subespacial no dirigida; y tenía que asegurarse de que no quedase en la
estación indicación alguna. Mientras los motores atómicos sobrecargados se
disolvían, la maciza construcción que había sido una estación meteorológica se
descomponía en sus elementos constructivos.
Watcher no hizo el menor intento por salvarse. Su cerebro, a
sabiendas, no debía ser influenciado. Sintió un breve y cegador espasmo
doloroso en el momento en que la energía lo redujo a átomos.
Lady Gloria Laurr, Gran Capitán de la nave espacial
Constelación, no se tomó la molestia de acompañar la expedición que aterrizó en
el aerolito. Pero la siguió con concentrado interés a través de la astroplaca.
Desde el primer momento en que los rayos detectores mostraron una figura humana
en la estación meteorológica —una estación meteorológica allá fuera— comprendió
la extraordinaria importancia del descubrimiento. Su mente saltó en el acto a
las diversas posibilidades.
Estaciones meteorológicas significan viajes interestelares.
Seres humanos significan origen Tierra. Imaginó cómo podía haber ocurrido; una
expedición realizada desde largo tiempo; debía ser desde hacía largo tiempo,
porque hoy tenían naves interestelares y esto significaba considerables
poblaciones de muchos planetas. «Su majestad —pensó— estaría complacida».
También ella lo estaba. En un arranque de generosidad llamó a la
sala de energía.
—Tu rápida operación de incluir todo el aerolito en una esfera
de energía protectora será recompensada, Capitán Glone —dijo con calor.
El hombre cuya imagen aparecía en la astroplaca se inclinó.
—Gracias, noble dama. Creo que hemos salvado los componentes
atómicos y electrónicos de toda la estación. Desgraciadamente, debido a la
interferencia con la energía atómica de la estación, tengo entendido que el
Departamento Fotográfico no consiguió obtener claras imágenes.
—El hombre será suficiente —dijo la mujer sonriendo—, y esto es
una matriz para lo cual no necesitamos imágenes. —Cortó la comunicación,
siempre sonriendo, y volvió su mirada a la escena del aerolito.
Mientras contemplaba la energía y la materia absorberse en su
radiante glotonería, pensó: «Ha habido varias tormentas en el mapa de esta
estación meteorológica». Las había visto en el rayo escrutador; y una de las
tormentas había sido considerable. Su gran nave no podía arriesgarse a avanzar
muy rápidamente mientras la localización de la tormenta fuese dudosa.
Por la rápida visión que de él había tenido en el rayo detector,
le había parecido un hombre joven y bello. De fuerte voluntad, valiente. Tenía
que ser interesante, de una cierta forma incivilizada. En primer lugar, desde
luego, tendría que ser condicionado, desprovisto de toda información relevante.
Aun así, un error podía crear la necesidad de empezar una larga y laboriosa
investigación que malgastaría decenios en aquellas cortas distancias de pocos
años luz, en las cuales una nave no podía ganar velocidad, ni se atrevía a
mantener ésta una vez alcanzada, sin una exacta información del tiempo.
Vio que los hombres abandonaban el aerolito. Cortó decididamente
el comunicador interior, hizo un ajuste y pasó a través de un transmisor de
materia a una sala de recepción situada a media milla de allí.
El oficial de guardia se levantó y saludó. Fruncía el ceño.
—Acabo de recibir las copias del Departamento Fotográfico. La
sombra del resplandor de la energía es particularmente desoladora. Creo que
deberíamos intentar primero reconstruir el edificio y su contenido, dejando el
hombre para lo último.
Pareció darse cuenta de su disconformidad, porque añadió
rápidamente:
—Después de todo, cae dentro de la matriz humana común. Su
reconstrucción, aun cuando básicamente más difícil, entra dentro de la misma
categoría que su paso a través del transmisor, del puente de mando a aquí. En
ambos casos hay disolución de elementos que tienen que volver a su constitución
original.
—Pero, ¿por qué dejarlo para lo último?
—Hay razones técnicas relacionadas con la gran complejidad de
los objetos inanimados. La materia orgánica, como sabes, es poco más que un
compuesto de hidrocarbonado fácilmente reconstruible.
—Muy bien. —No estaba tan segura como él de que un hombre y su
cerebro, con los conocimientos que había establecido aquel mapa, fuese menos
importante que el mapa en sí. Pero si se podían conseguir ambas cosas...
Asintió con decisión—: Muy bien. Sigue.
Vio el edificio adquirir forma en el gran receptor. Finalmente
se deslizó sobre alas de anti-gravedad y fue depositado en el centro de un
enorme suelo de metal. El técnico bajó del cuarto de controles moviendo la
cabeza. La llevó a ella, con media docena más que habían llegado, a través de
la reconstruida estación meteorológica, señalándoles sus defectos.
—En el mapa aparecen marcados sólo veintisiete soles —dijo—.
Esto es ridículamente bajo, aun suponiendo que esta gente estén solo
organizados para una limitada área de espacio. Además, fíjate en cuántas
tormentas hay marcadas, algunas considerablemente más allá del área de soles
reconstituidos y... —Se detuvo, la mirada fija en el suelo oscuro, detrás de
una máquina que se hallaba a veinte pies.
Los ojos de la mujer siguieron los suyos. Un hombre yacía allí,
retorciéndose.
—Creía —dijo ella frunciendo el ceño— que el hombre tenía que
ser dejado para lo último.
—Mi ayudante debió entenderlo mal —dijo el científico
excusándose.
—No importa —cortó ella en seco—. Que lo manden en el acto a la
Clínica Psicológica y dile a la Teniente Neslor que estaré allí dentro de poco.
—En el acto, noble señora.
—¡Espera! Presenta mis respetos al primer meteorólogo y ruégale
que venga aquí a examinar este mapa y aconsejarme con sus descubrimientos.
Dio media vuelta, mirando al grupo que la rodeaba, mostrando sus
perfectos y blancos dientes al sonreír:
—¡Por el espacio! ¡Por fin tenemos acción, después de diez
aburridos años de observaciones! Vamos a hacer salir a esta gente que juega al
escondite en un santiamén.
La excitación ardía en su interior como una fuerza vigorizadora.
Para Watcher lo más extraño era que antes de despertar sabía ya
por qué estaba vivo todavía. Pero no hacía mucho. Sentía la aproximación de la
conciencia. Instintivamente comenzó a hacer los ejercicios Dellian del
predespertar: musculares, nerviosos y mentales. En medio del curioso y rítmico
sistema, su cerebro se detuvo en una espantosa pausa.
¿Volver a la conciencia...? ¡Él!
Fue en aquel momento, cuando su cerebro amenazaba estallar bajo
la impresión, que tuvo conocimiento de cómo había sido hecho. Permaneció
inmóvil, pensativo. Miró a la bella muchacha que inclinaba una silla hacia su
cama. Tenía un hermoso rostro ovalado y un aspecto sumamente distinguido pese a
ser tan joven. Le estaba observando con unos ojos grises y brillantes. Bajo
esta mirada fija, la mente de Watcher fue serenándose. Finalmente la idea
acudió a él.
—He sido acondicionado para fácil despertar. ¿Qué más han
descubierto? —La idea pareció irse desarrollando hasta que sintió que hinchaba
su cerebro—. ¿Qué más?
Vio que la mujer lo miraba con una sonrisa casi de humorismo.
Era para él como un tónico. Aumentó incluso su calma cuando la mujer dijo:
—No te alarmes. Es decir, no te alarmes demasiado. ¿Cómo te
llamas?
Watcher abrió los labios, los volvió a cerrar y movió
tristemente la cabeza. Sentía el impulso de explicarle que incluso contestar
una pregunta hubiera sido quebrantar la servidumbre de inercia mental Dellian y
daría como resultado la revelación de una valiosa información. Pero la
información hubiera constituido una especie distinta de derrota. La suprimió y
de nuevo movió la cabeza.
Vio que la muchacha fruncía el ceño.
—¿No quieres contestar una sencilla pregunta como ésta? —dijo—.
No creo que tu nombre pueda hacerte ningún daño.
«Su nombre —pensaba Watcher—; después sería de qué planeta era,
dónde estaba este planeta en relación con el sol de Gisser, qué sabía de las
tormentas...». Y así sucesivamente. No tendría fin. Cada día que pudiese
ocultar a aquella gente las informaciones que deseaban daría a los Cincuenta
Soles más tiempo para organizarse contra las más poderosas máquinas que jamás
habían volado por aquella parte del espacio.
Sus pensamientos se moderarían. La mujer seguía sentada a su
lado, mirándolo con unos ojos que se habían vuelto de acero. Su voz adquirió
una resonancia metálica al decir:
—Seas quien seas debes saber una cosa. Que estás a bordo de la
Nave de Guerra Imperial Constelación, Gran Capitán Laurr a tu servicio. Debes
saber también que es nuestro inquebrantable deseo que nos prepares una órbita
que lleve nuestra nave con seguridad a nuestro principal planeta.
Con voz vibrante prosiguió:
—Es mi creencia que sabes ya que Tierra no reconoce gobiernos
separados. El Espacio es indivisible. El Universo no tiene que ser una zona de
incontables pueblos soberanos querellándose y luchando por el poder. Esta es la
ley. Los que se alzan contra ella, son réprobos sujetos a cualquier castigo que
pueda serles aplicado según los casos. Teme la advertencia.
Sin esperar una respuesta, volvió la cabeza.
—Teniente Neslor —dijo volviéndose hacia el muro que Watcher
tenía delante—, ¿has hecho algún progreso?
—Sí, noble señora —contestó una voz de mujer—. He planteado una
integral basada en los estudios de Muir-Grayson sobre pueblos coloniales que
han sido aislados de la rama principal de la vida galáctica. No hay precedente
histórico de un aislamiento tan largo como parece haberse obtenido aquí, de
manera que he decidido partir de la base de que han pasado del período estático
y han hecho algún progreso por cuenta propia. Creo que empezamos muy
simplemente, sin embargo. Algunas respuestas forzadas abrirán su cerebro a
ulteriores presiones; y entre tanto podemos sacar conclusiones valiosas por la
rapidez con que ajusta su resistencia a la máquina cerebral. ¿Continúo?
La mujer, tumbada en la chaise longue, asintió. De la pared
frente a Watcher brotó un destello de luz. Trató de esquivarlo, pero por
primera vez se dio cuenta de que algo lo sujetaba a la cama. Ni cuerda, ni
cadena, ni nada visible. Pero algo palpable, como un caucho acerado.
Antes de que pudiese pensar nada más, la luz estaba en sus ojos,
en su mente; era una sensación furiosa, vibradora y deslumbrante. Voces que
parecían brotar a través de ella, voces que parecían bailar y cantar y hablaban
a su cerebro, voces que decían:
—Una pregunta sencilla como ésta... desde luego, la
contestaré... desde luego, desde luego, desde luego... Me llamo Gisser Watcher.
Nací en el planeta Kaider III, de padres Dellian. Hay setenta planetas
habitados, cincuenta soles, treinta billones de habitantes, cuatrocientas
tormentas importantes, la mayor a latitud 473. El gobierno central reside en el
glorioso planeta Cassidor VII...
Con el terrorífico horror de lo que estaba haciendo, Watcher
sujetó su furiosa mente en un nudo Dellian y detuvo la devastadora explosión de
revelaciones. Sabía que no volvería jamás a ser cogido de aquella forma,
pero... era demasiado tarde, pensó, de mucho demasiado tarde...
La mujer no estaba tan segura de ello. Salió de la habitación y
volvió donde la Teniente Neslor, mujer de media edad, estaba clasificando sus
descubrimientos en bobinas de recepción.
La psicóloga levantó la vista del trabajo y con voz sorprendida
dijo:
—Noble dama, su resistencia durante el momento de detención
registró un equivalente de IQ 800. Ahora bien, es absolutamente imposible,
particularmente porque empezó a hablar a un punto de presión equivalente a IQ
176, lo cual concuerda con su aspecto general, y que, como sabes, es normal.
Debe tener un sistema de entrenamiento mental inferior a su resistencia. Y me
parece que encuentro el indicio en su referencia a su ascendencia Dellian. Su
grafía aumentó el cuadrado de intensidad cuando usó esta palabra. La cosa es
seria y puede ocasionar un gran retraso... a menos que estemos dispuestos a
destrozar su cerebro.
El Capitán movió la cabeza y solamente dijo:
—Comunícame los próximos acontecimientos.
En camino hacia el transmisor se detuvo para comprobar la
posición. Sus labios esbozaron una tenue sonrisa al ver en el reflector la
sombra de una nave girando alrededor de la más brillante sombra de un sol.
Ganando tiempo, pensó, sintiendo un escalofrío de premonición. ¿Era posible que
un hombre solo pudiese apoderarse de una nave suficientemente fuerte para
conquistar toda la Galaxia?
El meteorólogo de la nave, Teniente Cannos, se levantó al verla
acercarse a él en la sala receptora de comunicaciones, donde estaba todavía la
estación meteorológica de los Cincuenta Soles. Tenía el cabello gris y era muy
viejo, recordó ella, muy viejo. Mientras se acercaba a él iba pensando: «Había
una lenta pulsación de la vida de estos hombres que observaban las grandes
tormentas del espacio. Tenían que tener un sentido de futilidad en todo
aquello, una sensación de perpetuidad. Las tormentas que necesitaban un siglo
para alcanzar su plena madurez, estas tormentas y los hombres que las
catalogaban tenían que adquirir una especie de afinidad de espíritu». En su voz
había también una entonación de lenta ceremoniosidad, mientras se inclinaba con
respeto y decía:
—Gran Capitán, muy Honorable Gloria Cecily, Lady Laurr de la
Noble Laurr, me siento honrado con tu presencia.
Gloria Cecily se inclinó ante el cumplido y se volvió hacia él y
le expuso la situación. Cannos la escuchó, frunciendo el ceño, y dijo:
—La latitud que nos dio de la tormenta es de una cantidad
insignificante. Esta gente increíble, ha construido un sistema de relación
solar en la Gran Nebulosa de Magallanes, en la cual el centro es un punto
arbitrario sin relación reconocible en el centro magnético de toda la Nebulosa.
Probablemente han descubierto algún sol, lo han llamado centro y edificado toda
su geografía espacial en torno a él.
El anciano se alejó súbitamente de ella y la precedió hacia la
estación meteorológica, en el borde del pozo sobre el cual pendía el mapa
meteorológico reconstruido.
—Este mapa es absolutamente inútil para nosotros —dijo
sucintamente.
—¿Cómo?
Vio que él la estaba mirando, con sus ojos azules de porcelana,
pensativos.
—Dime, ¿qué idea tienes sobre este mapa?
La mujer permaneció silenciosa, sin querer pronunciarse ante una
actitud tan netamente definida. Después frunció el ceño y dijo:
—Mi impresión es muy aproximada a como la has descrito. Tienen
un sistema propio y lo único que tenemos que hacer es descubrir la clave.
Nuestros principales problemas, a mi juicio —prosiguió más confidencialmente—,
estribarán en determinar qué dirección tendremos que seguir en la inmediata
vecindad de esta estación meteorológica que hemos encontrado. Si seguimos una
dirección equivocada, se producirá una demora vejatoria, y, debido a ella, el
principal obstáculo será que no osaremos ir más lejos por temor a una posible
tormenta.
Lo miró interrogativamente al terminar y vio que él movía la
cabeza gravemente.
—Temo —dijo— que no sea tan sencillo como esto. Estas brillantes
réplicas puntiformes de soles parecen del tamaño de guisantes debido a la
distorsión, pero examinados a través de un metróscopo muestran sólo algunas
moléculas de diámetro. Si ésta es su proporción a los soles, representan...
Gloria Cecily había aprendido a ocultar sus sentimientos ante
sus subordinados en momentos críticos. Permanecía, pues, interiormente agitada,
exteriormente fría, pero, en general, calma. Finalmente dijo:
—¿Quieres decir que cada uno de estos soles, sus soles, están
enterrados entre miles de otros soles?
—Peor que esto. Me atrevería a decir que tienen sólo un sistema
habitado entre diez mil. No debemos olvidar que la Gran Nebulosa de Magallanes
es un Universo de unos cincuenta millones de estrellas. Es mucho sol. Si
quieres —terminó el buen hombre tranquilamente—, prepararé órbitas
comprendiendo velocidades máximas de diez días luz por un minuto a las
estrellas más cercanas. Podemos tener suerte.
—Una probabilidad en diez mil —respondió ella mirándolo
iracunda—. Tendríamos que visitar un mínimo de dos mil quinientos soles si estábamos
de suerte, de treinta y cinco a cincuenta mil si no lo estábamos. No, no...
—añadió con una mueca que torció sus bellos labios—: no vamos a pasar
quinientos años buscando una aguja en un pajar. Tengo más confianza en la
psicología que en el azar. Tenemos al hombre que entiende los mapas, y aunque
se necesite tiempo, al final hablará.
Empezó a andar para retirarse, pero de nuevo se detuvo.
—¿Y qué hay del edificio? —preguntó—. ¿Has sacado algunas
conclusiones de su estructura?
—Es del tipo usado en la Galaxia hace unos cincuenta mil años
—asintió.
—¿Ninguna mejoría, cambio...?
—Ninguna que yo pueda ver. Un observador que hace todo el
trabajo, sencillo, primitivo.
Gloria Cecily quedó pensativa, moviendo la cabeza, como tratando
de alejar de sí una neblina.
—Parece extraño. Es de creer que después de cincuenta mil años
hayan añadido algo. Las colonias suelen ser estáticas, pero no de esta forma
estática.
Tres horas después estaban examinando los partes rutinarios
cuando su astroplaca sonó dos veces, suavemente. Dos mensajes...
El primero era del Centro Psicológico, una sola pregunta:
«¿Tenemos permiso para destrozar la mentalidad del prisionero?»
—¡No! —gritó el Gran Capitán Laurr.
La segunda pregunta le hizo mirar a través del cuadro de
órbitas. El cuadro estaba lleno de fórmulas. ¡Aquel agotado anciano
desobedeciendo sus órdenes de no preparar ninguna órbita! Sonriendo amargamente
se acercó y estudió los cálculos y finalmente mandó una orden a la sala central
de motores. Vio la gran nave sumergirse en la noche. Después de todo, pensó,
hay una cosa que se llama jugar dos juegos a la vez. El contrapunto era más
viejo en las relaciones humanas que en la música.
El primer día miró hacia el planeta exterior de un sol
blanco-azulado. Flotaba en la oscuridad bajo la nave, masa sin aire, de roca y
metal, abrupto y terrible como cualquier aerolito, mundo de cañones del
primoevo y montañas jamás acariciadas por las suaves brisas de la vida. Los
rayos detectores sólo mostraban rocas, interminables rocas, ni un sólo indicio
de movimiento presente ni pretérito.
Había además otros tres planetas, uno de ellos mundo cálido y
verde, donde los vientos susurraban a través de las selvas vírgenes y los
animales se esparcían por los llanos. Ni una casa a la vista, ni una sola forma
erecta de un ser humano. Acercándose al comunicador interior de la nave, la
mujer dijo fríamente:
—¿Hasta qué profundidad pueden penetrar exactamente sus rayos
detectores en el suelo?
—Cien pies.
—¿Hay algún metal que pueda asimilar cien pies de tierra?
—Varios, noble señora.
Contrariada, cortó la comunicación. Aquel día el Centro
Psicológico no llamó.
El segundo día, un gigantesco sol rojo apareció al alcance de su
impaciente mirada. Noventa y cuatro planetas describían sus grandes órbitas en
torno a su macizo generador. Dos eran habituales, pero una vez más se veía la
profusión del desierto y animales usualmente encontrados sólo en planetas jamás
tocados por la mano y el metal de la civilización.
El jefe del Departamento Zoológico notificó el hecho con voz
precisa.
—El porcentaje de animales es paralelo en los mundos no
habitados por seres inteligentes.
—¿No se te ha ocurrido pensar —soltó ella— que puede haber una
política deliberada en la conservación de una vida animal abundante y leyes
prohibiendo el cultivo del suelo ni tan sólo por placer?
No esperaba, ni recibió, contestación alguna. Y una vez más el
jefe psicológico Teniente Neslor no dijo ni una sola palabra.
El tercer sol estaba muy lejano. Reguló la velocidad a veinte
días luz por minuto y recibió una fuerte sacudida al penetrar la nave en una
pequeña tormenta. Debió ser pequeña, porque la vibración del metal cesó apenas
había comenzado.
—Se ha hablado de regresar a la Galaxia y pedir que sea mandada
una expedición a descubrir estos granujas ocultos —dijo Gloria Cecily a los
treinta Capitanes reunidos en la sala de oficiales—. Una de las más plañideras
memorias que han llegado a mis oídos sugiere que, después de todo, estábamos en
camino de regreso cuando hicimos nuestro descubrimiento, y que nuestros diez
años en las nubes nos dan derecho a un descanso.
Sus ojos grises lanzaban chispas; su voz tomó una entonación
helada.
—Podéis estar seguros de que los que apoyan este derrotismo no
son los que tendrían que dar personalmente parte del fracaso al gobierno de Su
Majestad. Por consiguiente, permitidme asegurar a los débiles de corazón y a
los que sienten la nostalgia del hogar, que permaneceremos otros diez años en
el espacio si es necesario. Decid a la oficialidad y tripulación que obren en
consecuencia. Nada más.
De regreso al puente de mando vio que seguía sin haber llamada
del Centro Psicológico. Marcó el número con un resto de cólera y ardiente
impaciencia. Pero se dominó al aparecer en la placa el intenso e inteligente
rostro de la Teniente Neslor.
—¿Qué ocurre, Teniente? —preguntó Gloria Cecily—. Estoy ansiosa
esperando noticias del prisionero.
—Nada que comunicar —fue la respuesta.
—¡Nada! —exclamó ella con un tono de sorpresa en su voz dura.
—He pedido dos veces —dijo la psicóloga —permiso para destrozar
su mente. Supongo que sabes que no aconsejaría tomar a la ligera una medida de
tal trascendencia.
—¡Oh...! —Lo sabía, desde luego, pero el temor de la censura de
Tierra, la necesidad de tener que justificar cualquier acción amoral contra
cualquier individuo, habían hecho de la negativa una respuesta automática.
Ahora... Pero antes de que pudiese hablar, su interlocutora continuó:
—He hecho alguna tentativa de acondicionarlo mientras dormía,
insistiendo en la inutilidad de resistir a Tierra cuando el descubrimiento
eventual es seguro. Pero no ha hecho más que convencerlo de que sus primeras
revelaciones no nos han sido de ninguna utilidad.
—¿Quieres decir en serio, Teniente, que no tienes otro plan que
la violencia? —preguntó el jefe—. ¿Nada más?
En la placa visual la cabeza del Teniente hizo un gesto
negativo.
—Un IQ 800 de resistencia en un cerebro IQ 167 es algo nuevo, en
mi experiencia —dijo sencillamente.
—No logro comprenderlo —dijo la otra.—. Tengo la impresión de
que hemos omitido algún dato vital. La cosa es así, penetramos en una estación
meteorológica de un sistema de cincuenta millones de soles en la cual hay un
ser humano que, contrariamente a todas las leyes de la propia conservación, se
mata en el acto para evitar caer en nuestras manos.
»La estación meteorológica en sí es de un viejo modelo galáctico
que no revela el menor adelanto desde hace cincuenta mil años; y, sin embargo,
el considerable tiempo transcurrido, el calibre de los cerebros afectados
sugieren que los cambios obvios deberían haber sido hechos.
»Y el nombre del ser humano, Watcher , es típico del antiguo
método pre-espacial de Tierra, de poner los nombres según la profesión. Es
posible que incluso el sol, desde donde vigila, sea un servicio heredado de la
familia. Hay algo... deprimente, en todo esto que...
Hizo una pausa, frunciendo el ceño.
—¿Qué plan es el tuyo? —Un instante después bajó la cabeza—.
Ya... muy bien, tráelo a una de las camas del puente principal. Y olvida el
plan de hacer que una de tus forzudas muchachas se maquille pareciéndose a mí.
Haré todo lo que sea necesario. Mañana. Perfectamente.
Se sentó, contemplando fríamente la imagen del prisionero en la
placa de visión. Watcher estaba tendido en la cama con los ojos cerrados, pero
con una curiosa tensión en el rostro. Parecía, pensó, un hombre que acababa de
descubrir por primera vez desde hacía cuatro días que los invisibles lazos de
energía que lo habían mantenido sujeto acababan de aflojarse.
Detrás de Gloria Laurr, la psicóloga susurró:
—Se siente todavía suspicaz, y seguirá probablemente así hasta
que tranquilices parcialmente su cerebro. Sus reacciones generales irán
concentrándose más y más en un solo plan. Cada minuto que pase aumentará su
convicción de que sólo tiene un medio de destruir la nave, y que tiene que
mostrarse decididamente implacable, despreciando todo riesgo. Durante las
últimas diez horas lo he estado acondicionando a una resistencia a nosotros de
una forma muy sutil. Verás...
Watcher estaba sentado en la cama. Sacó una pierna de bajo las
sábanas y se puso de pie. Fue un movimiento que representó un gran esfuerzo.
Permaneció un momento de pie con su alta figura, vestido en un pijama gris. Sin
duda, había planeado todos sus movimientos por anticipado, porque, después de
una rápida mirada a la puerta, se dirigió hacia una hilera de cajones hundidos
en la pared; trató de abrirlos y finalmente los abrió de un tirón sin aparente
esfuerzo, haciendo saltar las cerraduras. La profunda aspiración que hizo no
fue más que el eco de la del Teniente Neslor.
—¡Válgame el Cielo! —dijo finalmente la psicólogo—. No me pidas
que te explique cómo puede romper estas cerraduras de metal. La fuerza debe ser
un subproducto de este entrenamiento Dellian. Noble dama...
—¿Y bien? —preguntó ella impaciente.
—¿Crees, en estas circunstancias..., que debes representar este
papel personal en su sumisión? Su fuerza es indudablemente tal que puede
destrozar el cuerpo de cualquiera de a bordo...
Fue interrumpida por un gesto de impaciencia.
—No puedo exponer a nadie a que corra este riesgo —dijo la
Honorable Gloria Cecily—. Tomaré una píldora antidolor. Dime cuando sea el
momento de verlo.
Watcher sintió frío al entrar en la sala instrumental de esa
cubierta principal. Había encontrado sus ropas en un cajón cerrado. No sabía
que estuviesen allá, pero los cajones habían excitado su curiosidad. Hizo los
movimientos preliminares de extraenergía Dellian y los cajones se abrieron ante
su fuerza colosal.
Deteniéndose en el umbral, dirigió su mirada hacia la gran
habitación abovedada. Y después de un momento de profunda sospecha de que él y
sus semejantes estuviesen perdidos, sintió otra oleada de esperanza. Estaba
libre.
Aquella gente no podía tener ni la más remota sospecha de la
verdad. El gran genio Joseph M. Dell tenía que ser un hombre de Tierra
olvidado.
«La muerte... —pensó con ferocidad—, la muerte para todos ellos,
como han inferido la muerte una vez y volverán a hacerlo...».
Estaba examinando los cuadros de mandos y controles cuando de
reojo vio a la mujer salir del muro más cercano. Watcher levantó la vista y,
con una alegría salvaje, pensó: «¡El jefe!». Había cañones protegiéndola,
naturalmente, pero ellos no sabían que durante todos aquellos días había estado
preguntándose frenéticamente cómo podía forzar el uso de las armas.
Seguramente en el espacio no podían estar preparados para reunir
de nuevo sus elementos componentes. El mismo acto de haberlo liberado mostraba
intenciones psicológicas. Antes de que pudiese hablar, la mujer le dijo
sonriendo:
—En realidad no tendría que dejarte examinar estos controles;
pero contigo hemos decidido una táctica nueva. Libertad de la nave... una
oportunidad para conocer la tripulación. Queremos convencerte... convencerte...
Algo de la frialdad y la forma implacable que había en él debió
impresionar a Gloria Cecily. Vaciló, demostró una visible contrariedad, sonrió
forzadamente y en tono persuasivo dijo:
—Quisiéramos que te dieses cuenta de que no somos ogros.
Quisiéramos que abandonases tu idea de que queremos mal a los tuyos. Debes
saber, ahora que hemos encontrado que existes, que los descubrimientos son una
mera cuestión de tiempo. Tierra no es cruel, ni dominadora, por lo menos no lo
es ya. Sólo se exige un mínimo de sumisión, y esto sólo a la idea de la
indivisibilidad del espacio. Se exige también que las leyes criminales sean
uniformes y se mantenga un tipo mínimo de salario obrero alto. Las guerras de
todas clases están prohibidas. Aparte de esto, cada planeta o grupo de planetas
puede tener su propia forma de gobierno, comerciar con quien quiera y vivir su
propia vida. No creo que haya en todo esto nada suficientemente terrible que
justifique tu curioso intento de suicidio cuando descubrimos la estación
meteorológica.
«Tendría —iba pensando Watcher mientras la escuchaba— que
romperle la cabeza primero. El mejor método de hacerlo sería agarrarla por los
pies y aplastar su cuerpo contra la pared metálica o el suelo. Los huesos se
quebrarían en el acto y así se conseguirían dos propósitos vitales. Primero,
sería una eficaz y saludable advertencia a los demás oficiales de la nave. Y
precipitaría sobre él el fuego mortal de su guardia. En estos confines se
darían cuenta demasiado tarde de que sólo el fuego podía detenerlo».
Dio un paso hacia ella y comenzó a hacer los movimientos
musculares y nerviosos necesarios para imbuir en su cuerpo Dellian un grado de
sobrehumana capacidad.
—Has declarado antes —seguía diciendo Gloria Cecily— que tu
pueblo ha habitado cincuenta soles de este espacio. ¿Por qué sólo cincuenta? En
doce mil o más años una población de doce mil billones no estaría fuera de las
posibilidades.
Dio otro paso. Y otro. Entonces se dio cuenta de que tenía que
hablar si no quería despertar sospechas mientras iba acercándose pulgada a
pulgada a ella. Más cerca...
—Unos dos tercios de nuestros matrimonios no tienen hijos
—dijo.—. Es una desgracia, pero en nuestra especie existen dos tipos y cuando
una unión se realiza sin impedimento...
Estaba ya casi lo suficientemente cerca y le oyó decir:
—¿Quieres decir que se ha producido una mutación y que los dos
no se asimilan...?
No tuvo necesidad de contestar. Estaba a diez pies de ella y,
como un tigre, se lanzó, franqueando la distancia.
El primer destello de fuego alcanzó su cuerpo demasiado bajo
para ser fatal, pero le produjo una ardiente náusea y una terrible pesadez. Oyó
al Gran Capitán gritar:
—¡Teniente Neslor...! ¿Qué estás haciendo?
Entonces la agarró a ella. Sus dedos sujetaron el brazo
defensivo cuando el segundo golpe lo alcanzó en las costillas y llenó su boca
de sangre espumosa. A pesar de toda su voluntad sintió sus manos resbalar del
cuerpo de la mujer. ¡Oh, cuánto hubiera deseado arrastrarla con él al reino de
la muerte!
De nuevo Gloría Cecily gritó:
—¡Teniente Neslor! ¿Estás loca? ¡Cesa el fuego!
Poco antes de que el tercer disparo lo alcanzase con
indescriptible violencia pensó, con una terrible sensación sardónica:
«Todavía no sospechaba. Pero alguien sospechó; alguien que en el
momento decisivo había adivinado la verdad. Demasiado tarde —siguió pensando—,
demasiado tarde, idiotas... Seguid adelante y buscad. Han sido advertidos, han
tenido tiempo de esconderse más eficazmente. Y los Cincuenta Soles están
diseminados... diseminados entre millones de estrellas, entre...».
La muerte detuvo su pensamiento. La mujer se levantó
laboriosamente del suelo tratando de recobrar sus sentidos. Se dio vagamente
cuenta de que la Teniente Neslor venía a través de un transmisor, se detenía
delante del cuerpo de Gisser Watcher y se acercaba corriendo a ella.
—¿Estás herida, querida? Era tan difícil disparar a través de
una astroplaca...
—¡Estás loca! —dijo Gloria Cecily jadeante—. ¿No comprendes que
un cuerpo no puede ser reconstituido una vez que el fuego ha devorado los
órganos vitales? Es el único método definitivo. Tendremos que regresar sin...
—Se detuvo. Vio que la psicóloga la estaba mirando.
—Su intención de agredir era inconfundible —dijo la Teniente
Neslor—, y según mis gráficos era demasiado pronto. No ha sido adaptado nunca a
la psicología humana. Y en el último momento posible me acordé de Joseph Dell y
la destrucción de los superhombres Dellian hace quince mil años. Es fantástico
pensar que algunos de ellos escaparon y establecieron una civilización en esta
remota parte del espacio... Ya lo ves ahora... Dellian; Joseph M. Dell, el
inventor del robot Dellian perfecto.
Capítulo I
El altavoz de la calle cobró vida. La voz de un hombre dijo con
resonancia:
—¡Atención, ciudadanos de los planetas de los Cincuenta Soles!
Aquí la nave de Tierra Constelación. Dentro de pocos momentos la Muy Honorable
Gloria Cecily, Lady Laurr, Gran Capitán de la Constelación, hará una
declaración.
Maltby, que caminaba en dirección a un vehículo aéreo, se detuvo
al oír la voz. Vio que los demás transeúntes se detenían también.
Lant era un planeta nuevo para él; su capital era una ciudad
rural deliciosa, después, de la superpoblada Cassidor, donde las Naves del
Espacio de los Cincuenta Soles tenían su base principal. Su nave había
aterrizado el día anterior, obedeciendo las órdenes generales de que todas las
naves de guerra tenían que buscar inmediatamente refugio en el planeta habitado
más cercano.
Era una orden de urgencia que implicaba pánico y peligro. Por lo
que había oído decir en las cantinas de oficiales, la orden tenía algo que ver
con la nave de Tierra, cuya emisión estaba ahora siendo transmitida por el
sistema general de alarma.
Por la radio, la voz del hombre seguía diciendo
impresionantemente:
—Y aquí tenemos a Lady Laurr...
La voz argentina, clara y firme de una mujer comenzó:
—¡Habitantes de los Cincuenta Soles, sabemos que estáis aquí...!
»Durante muchos años mi nave Constelación ha estado levantando
el mapa de la Gran Nebulosa de Magallanes. Casualmente tropezamos con una de
vuestras grandes estaciones meteorológicas y capturamos a su operador. Antes de
que consiguiese matarse, nos enteramos de que en algún lugar de esta nebulosa
de cien millones de estrellas hay cincuenta sistemas solares habitados, con un
total de setenta planetas ocupados por seres humanos vivientes.
»Es nuestra intención encontraros, pese a que os pueda parecer a
primera vista imposible conseguirlo. Localizar cincuenta soles esparcidos entre
cien millones de estrellas parece difícil desde un punto de vista puramente
mecánico. Pero hemos encontrado una solución al problema que no es más que
parcialmente mecánica.
»Escuchad bien ahora, pueblo de los Cincuenta Soles. Sabemos
quiénes sois. Sabemos que sois (así llamados) robots Dellian y no-Dellian; no
verdaderos robots, sino humanoides de carne y hueso. Y, leyendo nuestros libros
de historia, hemos encontrado los alocados alborotos y carnicerías de hace
quince mil años que os atemorizan y os hacen abandonar la Galaxia principal y
buscar refugio lejos de la civilización humana.
»Quince mil años es mucho tiempo. Los hombres han cambiado.
Incidentes desagradables como los que vuestros antepasados experimentaron no
son posibles ya. Porque tenéis que volver al redil. Tenéis que uniros a la
Unión Galáctica de Tierra, someteros a un cierto número mínimo de
prescripciones y establecer puertos comerciales interestelares.
»Debido a las razones especiales que podáis tener para
ocultaros, se os concede una semana sideral para revelar la situación de
vuestros planetas. Durante este tiempo no emprenderemos acción alguna.
Transcurrido este plazo, por cada día sideral que transcurra sin que se haya
establecido contacto habrá una sanción.
»De una cosa podéis estar seguros. Os encontraremos. ¡Y pronto!
El locutor permaneció silencioso, como si quisiera dejar que el
significado de sus palabras surtiese efecto. Cerca de Maltby un hombre dijo:
—Sólo una nave. ¿Qué podemos temer? Destruyámosla antes de que
pueda regresar a la Galaxia y comunicar nuestra presencia.
—¿Dice la verdad o está haciendo un «bluf»? —preguntó una mujer
inquieta—. ¿Creerá realmente que puede localizarnos?
—Es imposible —dijo otro hombre—. Es el eterno problema de la
aguja en un pajar, pero en peor.
Maltby no dijo nada, pero estaba dispuesto a asentir. Le parecía
que el Gran Capitán Laurr, de la nave de Tierra, estaba rondando por la mayor
oscuridad que jamás había ocultado una civilización.
En la radio, la Muy Honorable Gloria Cecily seguía diciendo:
—Por el caso en que no calculaseis el tiempo de la misma forma
que nosotros, os diré que el día sideral tiene veinte horas de cien minutos
cada una. Hay cien segundos en un minuto y en este segundo la luz recorre
100.000 millas exactamente. Nuestro día es ligeramente más largo que el antiguo
día normal, en el cual el minuto tenía sesenta segundos y la velocidad de la
luz era de 186.300 millas por segundo, aproximadamente.
»Haced, pues, vuestros cálculos de acuerdo con estos datos.
Dentro de una semana a partir de hoy volveré a llamar».
Hubo una pausa. Entonces la voz de un hombre, no la del que
había presentado a la mujer, dijo:
—¡Ciudadanos de los Cincuenta Soles, habéis oído el mensaje
transmitido! Fue pronunciado hace una hora y ha sido retransmitido en emisión
diferida de acuerdo con las instrucciones del Consejo de los Cincuenta Soles
con nuestro deseo de que la población esté al corriente de todo desarrollo de
este peligro, el más grave que jamás nos ha amenazado! Seguid vuestras
ocupaciones cotidianas y tened la completa seguridad de que cuanto es posible
hacer será hecho. Ulteriores informaciones serán retransmitidas a medida que se
reciban.
»Esto es todo por ahora.
Maltby subió al vehículo aéreo, que se detuvo obedeciendo a su
señal. En el momento en que se sentaba en el asiento vacante, una mujer se
acercó y se sentó a su lado. Maltby sintió una extraña sensación en su mente.
Abrió un poco los ojos, pero no dio ninguna otra prueba de que hubiese sentido
la penetración de la mente investigadora de la mujer.
—¿Has oído la radio? —dijo la mujer al cabo de un momento.
—Sí.
—¿Qué piensas de ello?
—Parece muy categórico.
—¿Has observado que nos ha clasificado a todos los habitantes de
los Cincuenta Soles en robots Dellian y no-Dellian?
A Maltby no le sorprendió que se hubiese fijado también. La
gente de Tierra no sabía que había un tercer grupo en los Cincuenta Soles: el
Hombre Mixto. Desde miles de años después de la emigración un matrimonio
Dellian y no-Dellian no había producido nunca hijos. Finalmente, por lo que era
conocido por «sistema de presión fría», la procreación era posible. El
resultado eran los llamados Hombres Mixtos, con dos mentalidades: fuerza física
Dellian y facultad generadora no-Dellian. Las dos mentes, debidamente coordenadas,
podían dominar cualquier persona que tuviese sólo una mente.
Maltby era un hombre Mixto. Lo mismo que la mujer que se había
sentado a su lado, como él había reconocido en el acto por la forma como
estimuló su cerebro. La diferencia entre ellos era que él ocupaba una posición
legal en Lant y otros planetas de los Cincuenta Soles y ella no. Si era
descubierta podía ser condenada a prisión o muerte.
—Hemos estado siguiéndote para ponernos en contacto contigo,
desde que nuestro Cuartel General oyó este mensaje hará cosa de una hora .—dijo
ella—. ¿Qué crees que debemos hacer?
Maltby vacilaba. Era un poco duro para él aceptar su papel de
jefe hereditario de los Hombres Mixtos, siendo al mismo tiempo Capitán de la
Flota del Espacio de los Cincuenta Soles. Hacía veinte años, los Hombres Mixtos
habían tratado de apoderarse del control de los Cincuenta Soles. El intento
había terminado en un desastroso fracaso, como resultado del cual habían sido
declarados fuera de la ley. Maltby, entonces un chiquillo, fue capturado por
una patrulla Dellian. La flota lo educó. Era un experimento. Era cosa
reconocida que el problema de los Hombres Mixtos tenía que ser resuelto. Se
hizo el prolongado esfuerzo de inculcarle la lealtad a los Cincuenta Soles como
un todo; y hasta un considerable punto, fue un éxito. Lo que sus profesores
ignoraban era que tenían en su poder al jefe nominal de los Hombres Mixtos.
Aquello había creado un conflicto en la mente de Maltby; un
conflicto que todavía no había resuelto. Lentamente dijo:
—De momento, mi impresión es que tenemos que seguir
automáticamente con el grupo. Obremos abiertamente con los Dellian y los
no-Dellian. Después de todo, también nosotros pertenecemos a los Cincuenta
Soles.
—Se ha hablado ya de la posibilidad de sacar algún beneficio de
abandonar la localización de uno de los planetas —dijo la mujer.
De momento, a pesar de su entrenamiento ambivalente, aquello
chocó un poco a Maltby. Y, sin embargo, veía claramente lo que quería decir: La
situación estaba saturada de dinámicas potencialidades. Tristemente pensó:
«Temo no ser temperamentalmente apto para la intriga». Se calmó, más pensativo,
más dispuesto a discutir el problema objetivamente. «Si Tierra localiza esta
civilización y reconoce su gobierno, no será posible ningún cambio. Cualquier
plan para alterar la situación en nuestro favor...».
La mujer —era una rubia esbelta— sonrió, con cierto destello de
ferocidad en sus ojos azules.
—Si los abandonamos —dijo—, podemos imponer la condición de que
a partir de entonces tendremos un estatuto igual. Eso es todo lo que queremos,
básicamente.
—¿Sí? .—Maltby no era de esta opinión y no estaba contento—. Me
parece recordar que la guerra que sostenemos tenía otro propósito.
—Pero... —dijo ella recelosa—, ¿quién tiene mejor derecho a la
posición dominadora? Somos fisiológicamente superiores a los Dellian y
no-Dellian. Por lo que sabemos, podemos ser la única super-raza de la Galaxia.
—Se interrumpió en seco—. Hay otra posibilidad más grande. Esta gente de Tierra
no ha visto nunca Hombres Mixtos. Si tenemos la ventaja de la sorpresa, si
podemos meter suficiente gente de la nuestra en su nave, podemos capturar armas
nuevas y decisivas. ¿Comprendes?
Maltby comprendía muchas cosas, incluso que todo aquello
comportaba una gran cantidad de profundas reflexiones.
—Querida —dijo—, somos un grupo pequeño. Nuestra revolución
contra el gobierno de los Cincuenta Soles fracasó, pese a la sorpresa inicial.
Es posible que podamos llegar a realizar todas estas cosas, si nos dan tiempo.
Pero nuestras ideas son mayores que nuestro número.
—Hunston opina que el momento de actuar es durante una crisis.
—¡Hunston! —exclamó Maltby involuntariamente.
Y permaneció silencioso.
Al lado del exuberante y exigente Hunston, Maltby se sentía
apagado. Su impopular misión era mantener a raya las ardientes pasiones de la
gente joven indisciplinada. A través de sus adeptos, la mayoría gente de edad,
amigos de su difunto padre, sólo podía invocar cautela. Había resultado una
tarea no agradecida. Hunston era un subjefe de los Hombres Mixtos. Su programa
dinástico de acción actual impresionaba a la gente joven, para la cual el
desastre de la generación anterior era una mera leyenda. Su actitud era:
«Entonces hubo errores. Nosotros no los cometeremos».
Maltby, por su parte, no sentía deseos de dominación sobre la
población de los Cincuenta Soles. Durante años enteros se había hecho la
pregunta; «¿Cómo podría encauzar las ambiciones de los Hombres Mixtos hacia
canales menos bélicos?». Hasta ahora, no había encontrado solución. Lentamente,
con firmeza decía: «Cuando el grupo está amenazado, los rangos tienen que
apretarse. Queramos o no, pertenecemos a los Cincuenta Soles. Acaso fuese
aconsejable traicionar esta civilización entregándola a Tierra, pero esto es
una cosa que nosotros no podemos decidir una hora después de que la oportunidad
se presente. Advertid a las ciudades ocultas que quiero tres días de discusión
y opinión libre. El cuarto día habrá un plebiscito en el cual el lema será
«¿Traición o no traición? «Nada más».
Por el rabillo del ojo vio que la muchacha estaba contrariada.
Su rostro se ensombreció; toda su actitud delataba una cólera reprimida.
—Amigo mío —dijo—, ¿supongo que no se te ocurrirá pensar en ir
contra la mayoría?
Por su cambio de expresión, Maltby pudo ver que acababa de
despertar el viejo conflicto democrático en su mente. Era su gran influencia
sobre aquella gente, el hecho de que el Consejo de Hombres Mixtos, de los
cuales era el cabecilla, apelaba en todas las situaciones importantes
directamente a este grupo. El tiempo había demostrado que los plebiscitos
despertaban los instintos conservadores de un pueblo. Individuos que durante
meses enteros habían hablado violentamente de los enérgicos pasos que era necesario
dar, se volvían cautelosos cuando se enfrentaban ante una votación
plebiscitaria. Más de una peligrosa tormenta política se había ahogado en la
urna de votación.
La muchacha, que había permanecido silenciosa, dijo lentamente:
—En el plazo de algunos días otro grupo puede haber decidido
hacer traición, y habremos perdido la ventaja. Hunston cree que en momentos de
crisis un gobierno tiene que actuar sin demora. Más tarde puede preguntar al
pueblo si cree que su actuación fue acertada.
A esto, por lo menos, Maltby tuvo una respuesta adecuada.
—El destino de toda una civilización está en juego. ¿Puede un
hombre, o un grupo de hombres, comprometer primero algunos centenares de miles
de hombres de su pueblo y a través de ellos, dieciséis billones de ciudadanos
de los Cincuenta Soles? Creo que no. Pero aquí es donde me apeo. Suerte.
Se levantó y saltó al suelo. No miró hacia atrás mientras se
dirigía hacia la barrera de acero, detrás de la cual había una de las diversas
pequeñas bases que las Fuerzas Militares de los Cincuenta Soles mantenían en el
planeta Lant.
El guardia de la puerta examinó su documentación frunciendo el
ceño, y en tono severo dijo:
—Capitán, tengo órdenes de escoltarle hasta el edificio del
Capitolio, donde los jefes del gobierno están en conferencia con los
Comandantes Militares. ¿Quiere seguirme voluntariamente?
Sin la menor vacilación, Maltby contestó:
—Desde luego.
Un minuto después cruzaba por encima de la ciudad en un vehículo
aéreo militar.
Hasta ahora —reconocía— no era una situación sin salida. Dentro
de un instante podría concentrar sus dos mentalidades en una determinada forma
y controlar primero su guardia y segundo el piloto del aparato.
Decidió no hacer ninguna de las dos cosas. Le parecía que una
conferencia con los dirigentes del gobierno no envolvía un peligro inmediato
para el Capitán Peter Maltby. Al contrario, podía esperar aprender algo.
El pequeño vehículo aterrizó en un patio situado entre dos
edificios cubiertos de hiedra: Maltby fue llevado a través de un ancho corredor
brillantemente iluminado y lo hicieron entrar en una estancia donde un grupo de
hombres estaban reunidos en torno a una mesa. Su llegada debía haber sido
anunciada, porque ninguno de ellos hablaba cuando entró. Maltby dirigió una
rápida mirada a los rostros vueltos hacia él. A dos de ellos, los conocía
personalmente. Ambos usaban el uniforme de oficiales de la Flota. Ambos lo
saludaron con un movimiento de la cabeza, al que respondió de igual forma.
A todos los demás, incluyendo cuatro de ellos de uniforme, no
los había visto nunca personalmente, pero reconoció a varios jefes
gubernamentales y algunos funcionarios. Era fácil distinguir los Dellian de los
que no lo eran. Los primeros eran, sin excepción, bellos, bien formados,
fuertes. Los segundos variaban mucho. Presidiendo la mesa, frente a la puerta
había un no-Dellian regordete que se levantó. Maltby reconoció en él por las
fotografías que había visto a Andrew Craig, un ministro del gobierno local.
—Señores —comenzó Craig—, no nos mostremos evasivos con el
Capitán Maltby. Capitán —prosiguió dirigiéndose a él—, acabamos de sostener
unas conversaciones relacionadas con la amenaza de la llamada nave de Tierra,
cuyo Comandante femenino acaba de hacer por radio una declaración que
probablemente has oído.
—En efecto —dijo Maltby, bajando la cabeza.
—Bien. La situación es la siguiente. Hemos decidido no revelar
nuestra posición a este intruso, sean cuales sean los ofrecimientos hechos. Ha
habido quien ha objetado que ahora que Tierra ha llegado a la Gran Nebulosa de
Magallanes nuestro descubrimiento es inevitable tarde o temprano. Pero el
factor intervalo de tiempo puede ser de miles de años. Nuestra actitud es,
pues, la de mantenernos unidos y rechazar todo contacto. Durante el próximo
decenio —y será necesario este lapso de tiempo— podemos mandar expediciones a
la Galaxia principal y ver qué ocurre exactamente en ella. Hecho esto, podemos
tomar decisiones definitivas acerca de establecer o no contacto. Como verás, me
parece una decisión sensata.
Hizo una pausa, a la expectativa, y miró a Maltby. En su actitud
había una sombra de ansiedad. En tono pausado y lento, Maltby dijo:
—Es indudablemente una decisión sensata.
Se oyó perfectamente un suspiro de alivio exhalado por varios de
los asistentes.
—Sin embargo —continuó Maltby—, ¿estáis seguros de que ningún
grupo o planeta revelará nuestra posición a la nave de Tierra? Muchos planetas
tienen en ello intereses individuales...
—De esto —dijo el hombre regordete—, nos damos perfecta cuenta.
Lo cual es el motivo por el que has sido invitado a esta reunión.
Maltby no estaba muy seguro de que fuese precisamente una
invitación pero no hizo ningún comentario. El orador prosiguió:
—Acabamos de recibir comunicaciones de los gobiernos de los
Cincuenta Soles. Todos ellos están conformes en que debemos seguir ocultos.
Pero todos ellos se dan perfecta cuenta también de que, a menos que obtengamos
el consentimiento de los Hombres Mixtos de no sacar ventaja de su condición,
nuestra unidad hubiera sido realizada en vano.
Desde hacía unos minutos Maltby había adivinado lo que iba a
suceder. Y había reconocido la situación como una crisis en las relaciones
entre los Hombres Mixtos y los habitantes de los Cincuenta Soles. Era también,
lo veía claramente, un momento crítico personal para él.
—Señores —dijo—, tengo la vaga idea de que me vais a pedir que
establezca contacto con otros Hombres Mixtos. Como Capitán de la Flota de los
Cincuenta Soles, cualquier contacto de este género me colocaría en una
situación extraordinariamente difícil.
El Vicealmirante Dreehan, Comandante de la Nave de Guerra
Atmion, del que Maltby era ayudante astrógrafo y jefe del servicio de
meteorología, tomó la palabra:
—Capitán, tienes derecho a obrar libremente ante cualquier
proposición que se te haga aquí. No temas que la anomalía de tu posición no sea
tenida en cuenta.
—Desearía que se me diese esto por escrito y se tomase nota
—dijo Maltby.
Craig hizo un signo a las estenógrafas.
—¡Tomad nota, por favor!
—Sigue —dijo Maltby.
—Como has supuesto muy bien —prosiguió Craig—, deseamos que
transmitas nuestras proposiciones al... —hizo una pausa, vacilando, con visible
reluctancia a emplear una palabra que daba una aureola de legitimidad a un
grupo ilegal—, al Consejo gobernante de los Hombres Mixtos. Tienes, según
estamos informados, la oportunidad de establecer este contacto.
—Hace años —reconoció Maltby— informé a mi Comandante de que
había sido abordado por emisarios de los Hombres Mixtos y que en cada planeta
de los Cincuenta Soles existían facilidades permanentes de enlace. En aquellos
momentos decidimos no dar el menos indicio de la existencia de estas agencias,
ya que sin la menor duda se hubieran ocultado de una forma mucho más eficaz, es
decir, que no me hubieran advertido de su futura localización. —En realidad, la
decisión de informar a las Fuerzas Armadas de los Cincuenta Soles de la
existencia de estas agencias había sido tomada por el plebiscito de los Hombres
Mixtos. Había la impresión de que se podía sospechar ese contacto y por
consiguiente tenía que ser admitido. Era, además, admitido que los Cincuenta
Soles no molestarían a las agencias, salvo en caso de peligro. Pero aquí estaba
ya el peligro.
—Francamente —dijo el hombre gordo—, tenemos la convicción de
que los Hombres Mixtos van a considerar esta situación como susceptible de
reforzar su ventajosa posición. —Se refería a un chantaje político y era un
significativo comentario a la situación que no lo hubiese dicho—. Estoy
autorizado —prosiguió— a ofrecer derechos de ciudadanía limitados, accesos a
determinados planetas, eventualmente derechos a vivir en ciertas ciudades; con
el problema total de los derechos legales y políticos a ser examinados cada
diez años, y la seguridad de que cada vez, dependiendo del comportamiento
durante el decenio, les serían adjudicados nuevos privilegios.
Hizo una pausa, y Maltby se dio cuenta de que todos lo estaban
mirando con una intensa expectación. Un político Dellian rompió el silencio:
—¿Qué crees de esto?
Maltby suspiró; antes de la llegada de la nave de Tierra hubiera
sido una oferta ventajosa. Era la vieja historia de la concesión hecha bajo
presión en un momento en que los que la hacen no tienen ya el control de la
situación. Así lo dijo, no agresivamente, pero con cierto insinuante candor.
Incluso mientras iba hablando, pensaba en las condiciones, y le parecían
honradas y aceptables. Sabiendo lo que sabía de las ambiciones de determinados
grupos de Hombres Mixtos, le parecía que más amplias concesiones serían tan
peligrosas para ellos como para sus pacíficos vecinos. En vista del pasado,
tenía que haber restricciones y un período de prueba. Por consiguiente, se
sentía inclinado a apoyar la proposición, reconociendo, sin embargo, que sería
difícil, dadas las circunstancias, llevarla a cabo. Expuso este punto de vista
pausadamente y terminó:
—Tendremos que limitarnos a esperar y ver.
Un breve silencio siguió a sus palabras, que fue roto por un
no-Dellian de ancho rostro, que con voz dura dijo:
—Mi opinión es que estamos perdiendo el tiempo en este cobarde
mangoneo. A pesar de que los Cincuenta Soles hayan estado en paz durante mucho
tiempo, tenemos todavía más de cien Naves de Guerra en servicio, sin contar una
Escuadrilla de naves de menor tonelaje. Ahí fuera, en algún lugar del espacio,
hay una nave de Tierra, pues bien... ¡mandemos nuestra Flota y destruyámosla!
De esta forma aniquilaremos todo ser humano que conoce nuestra existencia. Diez
mil años pueden eventualmente transcurrir antes de que vuelvan a descubrirnos.
—Esto está discutido ya —dijo el Vicealmirante Dreehan—. La
razón por la cual no es aconsejable es muy sencilla. Los habitantes de Tierra
pueden poseer nuevas armas que nos derrotarían. No podemos correr este riesgo.
—Me tienen sin cuidado todas las armas que una nave pueda poseer
—dijo el otro ampulosamente—. Si nuestra flota cumple con su deber, todos
nuestros problemas quedarán resueltos mediante una acción única decisiva.
—Este es el último recurso —dijo Craig secamente mirando de
nuevo a Maltby—. Puedes decir a los Hombres Mixtos que si rehúsan nuestro
ofrecimiento tenemos una Flota dispuesta a actuar contra el intruso. En otras
palabras, si prosiguen en su camino de traición, no tiene que reportarles
necesariamente ningún beneficio. Puedes retirarte, Capitán.
Capítulo II
A bordo de la Nave de Guerra de Tierra Constelación, el Gran
Capitán, la Muy Honorable Gloria Cecily, Lady Laurr, estaba sentada a su mesa,
en el puente de mando, contemplando el espacio y reflexionando sobre la
situación.
Frente a ella había un ventanal de diversos planos regulado a
plena transparencia. Más allá, todo era oscuridad, con alguna que otra
estrella. La ampliación estaba a cero, de manera que sólo algunas de ellas eran
visibles, con algún destello ocasional de luz que indicaba la densidad estelar
en esta dirección. El resplandor más intenso y borroso estaba a su izquierda.
La Galaxia principal de la cual Tierra era uno de los planetas del sistema, era
un grano de arena en el desierto cósmico.
La muchacha apenas se daba cuenta de ello. Durante años enteros
las variaciones de esta fantástica escena habían formado parte de su vida.
Sonreía, una sonrisa de decisión, y apretó un botón. El rostro de un hombre
apareció en la placa que tenía delante. Sin preámbulos, dijo:
—Acabo de enterarme, Capitán, de que hay descontento ante
nuestra decisión de permanecer en la Gran Nebulosa de Magallanes en busca de la
civilización de los Cincuenta Soles.
El Capitán caviló, y cautelosamente, dijo:
—Excelencia, he oído, en efecto, decir que tu decisión de hacer
esta búsqueda no ha recibido una aprobación general.
El cambio que acababa de hacer de «nuestra decisión» por «tu
decisión», no pasó inadvertido a Gloria Cecily.
—Naturalmente —prosiguió el Capitán—, no puedo hablar en nombre
de todos los miembros de la tripulación, puesto que son treinta mil.
—Naturalmente —dijo ella, con cierta ironía en el tono de voz.
El oficial no pareció haberla oído.
—Me parece, excelencia, que sería una buena idea pasar este
punto a votación.
—¡Absurdo! Todos votarían por regresar a sus casas. Al cabo de
diez años en el espacio se ponen todos como gelatina. Tienen poco cerebro y
ningún interés. Capitán... —añadió con voz suave, pero con brillo en los ojos—
percibo en su tono y actitud una especie de asentimiento emotivo al infantil
instinto de este grupo. Recuerde que la ley más antigua del vuelo espacial es
de que alguien tiene que tener la voluntad de seguir adelante. Los oficiales
son elegidos con el mayor cuidado para que no cedan a este ciego deseo de
regresar. Ha quedado establecido que la gente que se precipita ciegamente hacia
su planeta, a sus casas, tiene una satisfacción emotiva momentánea, pero al
poco tiempo, poseída por la inquietud, se inscribe para otro largo viaje.
Estamos demasiado lejos de nuestra Galaxia para ceder a esta juvenil falta de
disciplina.
—Estoy acostumbrado a estos argumentos —dijo el oficial con
calma.
—Celebro saberlo —respondió ella con acidez. Y cortó la
comunicación.
Después llamó al Departamento de Astrografía. Le contestó un
joven oficial.
—Quiero una serie de órbitas establecidas de forma que nos
lleven a través de la Gran Nebulosa de Magallanes en el tiempo más breve
posible —le dijo—. Antes de que la hayamos atravesado, necesito haber pasado a
menos de quinientos años luz de cada estrella del sistema.
Un poco de color se desvaneció del rostro del muchacho.
—Excelencia —dijo jadeante—, ésta es la orden más extraordinaria
que hemos recibido jamás. Esta nebulosa tiene seis mil años luz de diámetro.
¿En qué velocidad piensa, teniendo en cuenta que no tenemos conocimiento de la
localización de las tormentas aquí?
La reacción del oficial la desconcertó un poco, a pesar suyo.
Por un instante, sintió la duda. Tuvo por un segundo la noción abstracta del
volumen de espacio que tenían proyectado atravesar.
Pero la duda pasó. De nuevo se puso rígida.
—Tengo entendido —dijo— que la densidad de las áreas de tormenta
en este sistema nos limitará a un año luz cada treinta minutos aproximadamente.
Dígale a su jefe —prosiguió después de una súbita pausa—, que me avise una vez
que estén terminadas estas órbitas.
—Bien, excelencia —dijo el oficial con voz apagada.
Gloria cortó la comunicación, se echó atrás y manipuló un
conmutador que modificó la visión de la superficie reflectora. Contempló su
imagen. Vio el rostro bello y gracioso de una mujer de treinta y cinco años. La
imagen sonreía tenuemente, irónicamente, delatando la satisfacción que sentía
por los dos pasos que había dado. La palabra se extendería. La gente empezaría
a darse cuenta de lo que proyectaba. Primero habría desesperación; después
sería aceptado. No lo lamentaba. Había tomado esta decisión porque daba por
descontado que el gobierno de los Cincuenta Soles no revelaría la situación ni
de uno solo de sus planetas.
Almorzó sola en el puente, profundamente excitada. Una lucha por
el control del destino de la nave era inminente; y sabía que debía estar
preparada para cualquier eventualidad. Tres llamadas llegaron a ella antes de
que terminase de comer. Había conectado una señal automática de «ocupado», de
manera que las ignoró. La señal «ocupado» quería decir: «Estoy aquí, pero no me
molestéis si no es urgente». Cada vez la llamada cesó a los pocos segundos.
Después de comer se echó un rato para dormir y pensar.
Finalmente se levantó, se dirigió a un transmisor de materia, hizo los ajustes
necesarios y pasó a través hasta la Sección Psicológica, situada a media milla.
La Teniente Neslor, jefe psicólogo, salió de la habitación
contigua y la saludó afectuosamente. El Gran Capitán le expuso sucintamente sus
problemas. La Teniente movió la cabeza y dijo:
—Ya suponía que vendrías a verme; si me permites un instante,
voy a pasar el paciente a mi ayudante y hablaremos.
Cuando regresó, Lady Laurr había experimentado una cierta
curiosidad.
—¿Cuántos pacientes tienes aquí?
Los ojos grises de la anciana psicóloga la miraron
pensativamente.
—Mi personal practica unas ochocientas horas de psicoterapia a
la semana.
—Con tus facilidades, me parece tremendo.
—Ha ido en aumento desde hace algunos años —asintió la Teniente
Neslor.
Lady Gloria se encogió de hombros y se disponía abandonar el
tema, cuando se le ocurrió otra idea.
—¿Cuál es la causa...? ¿Añoranza? —preguntó.
—Creo que podrías llamarlo así. Tenemos varios nombres técnicos
para denominarlo. —Hizo una pausa y prosiguió—: Y no seas demasiado severa. Es
una vida muy dura para gente cuyo trabajo es mera rutina. Por grande que sea la
nave, con cada año que pasa sus facilidades son menos satisfactorias para el
individuo.
La Muy Honorable Lady Laurr abrió los labios para decir que su
trabajo era mera rutina también. Pero se dio cuenta a tiempo de que la
observación hubiera sonado a falso, incluso a condescendencia. Sin embargo,
movió la cabeza.
—No lo entiendo. A bordo de esta nave hay de todo. Número igual
de hombres y mujeres, incesante actividad, comida abundante y más diversiones
de las que una persona puede desear en toda su vida. Puedes pasear bajo los
árboles siguiendo la corriente de un arroyo. Puedes casarte y divorciarte, si
bien, desde luego, no están autorizados los hijos. Hay muchachos y muchachas
solteras alegres. Cada cual tiene su habitación, sabe que su sueldo se acumula
y que al final del viaje podrá retirarse. —Frunció el ceño—. Y ahora mismo, con
el descubrimiento de la civilización de los Cincuenta Soles, el viaje tendrá un
nuevo estímulo.
La anciana Teniente sonrió.
—Gloria, querida, me parece que no estás muy brillante. Es un
estímulo para ti y para mí debido a nuestras posiciones especiales.
Personalmente, estoy esperando ver en qué forma piensa y actúa esta gente. He
leído sobre la historia de los llamados robots Dellian y no-Dellian y me
encuentro ante un nuevo mundo de descubrimientos; pero al cocinero que hace la
comida le tienen sin cuidado.
—Pues temo que no tendrá más remedio que resignarse —dijo Gloria
Cecily con la determinación impresa en el rostro—. Y ahora vamos al asunto.
Tenemos un problema de doble cariz: primero, conservar el control de la nave;
después, encontrar los Cincuenta Soles. Por este orden.
Su conversación duró hasta bien avanzada la hora de dormir.
Finalmente Lady Laurr regresó a su habitación, adyacente al puente, convencida
de que ambos problemas eran, como ya había sospechado, predominantemente
psicológicos.
La semana de gracia transcurrió sin acontecimientos.
A la hora precisa en que expiraba, el Gran Capitán reunió en
Consejo a los Capitanes de las diferentes divisiones de su gigantesca nave. Y
con sus primeras palabras llegó hasta el corazón de la tensión emotiva que,
como había adivinado, embargaba tanto a los oficiales como a los hombres.
—Tal como yo veo las cosas, señoras y caballeros, tenemos que
permanecer en el espacio hasta que hayamos encontrado esta civilización, aunque
esto representase permanecer diez años más.
Los Capitanes miraron a sus vecinos y se agitaron nerviosos.
Había treinta de ellos, de los cuales todos menos cuatro eran hombres.
La Muy Honorable Gloria Cecily Laurr, prosiguió:
—Tomando esto en consideración y aceptando el hecho de que esta
estrategia de largo curso está en orden, ¿tiene alguno de vosotros un plan de
procedimiento?
El Capitán Wayless, jefe del personal de vuelo, dijo:
—Personalmente, soy contrario al proyecto de continuar esta
investigación.
Gloria Cecily entornó los ojos. Por la expresión de todos los
demás dedujo que la aclaración de Wayless era más generalizada de lo que ella
imaginara. En el mismo tono pausado que él, dijo:
—Capitán, hay procedimientos para actuar en contra de un oficial
del mando de la nave. ¿Por qué no seguir uno de ellos?
—Muy bien —dijo Wayless, palideciendo—. Invoco la cláusula 492
del Reglamento, excelencia.
A pesar suyo, la pronta aceptación de su reto impresionó a
Gloria Cecily. Conocía la cláusula, pues era una limitación de su autoridad.
Nadie hubiera sido capaz de conocer todos los reglamentos que regulaban las
minucias del control personal. Pero sabía que cada cual se sabía los
reglamentos que lo afectaban. Cuando se trataba de derechos personales todo el
mundo era su propio abogado, incluso ella misma.
Pero ahora permanecía sentada, con el rostro pálido, mientras el
Capitán Wayless leía la cláusula con voz resonante:
«Limitación... circunstancias justifican el Concejo de los
Capitanes... una mayoría... dos tercios... Objeto original del viaje...».
Allí estaba todo, como recordaba muy bien, invocado contra ella
ahora por primera vez. La Constelación había sido expedida con el objeto de
levantar un mapa. La tarea había sido llevada a cabo. Al insistir en un cambio
de propósito, había hecho caer sus decisiones dentro del peso de las
restricciones reglamentarias.
Esperó a que Wayless hubiese dejado el libro. Entonces dijo, en
tono suave y pausado:
—Procedamos a la votación.
Hubo veintiún votos contra ella y cinco a favor. Cuatro
oficiales se abstuvieron. El Capitán Dorothy Sturdevant, que presidía el grupo
femenino de oficiales, dijo:
—Gloria, tenía que ser así. Llevamos mucho tiempo fuera. Deja
que otros encuentren esta civilización.
El Gran Capitán golpeaba con su lápiz la reluciente superficie
de la mesa, con un gesto de impaciencia. Pero cuando habló su voz era mesurada.
—El artículo 492 me da derecho discrecional de obrar como lo
juzgue conveniente durante un período que varía entre el cinco y el diez por
ciento de la duración total del viaje, a condición de que este poder
discrecional no exceda de seis meses. Decreto por consiguiente que
permaneceremos seis meses más en la Gran Nebulosa de Magallanes. Y ahora, vamos
a examinar los medios de localizar uno de los planetas de los Cincuenta Soles.
He aquí mi idea.
Fríamente, procedía a exponerla.
Capítulo III
Maltby estaba leyendo en su camarote de la Nave de Guerra
Atmion, cuando sonó el timbre de alarma.
—¡Todo el mundo a su puesto!
No hubo aullido de sirenas, de manera que no se trataba de un
alerta de batalla. Dejó su libro, se puso la chaqueta y se dirigió hacia la
sala de instrumentos y astrografía. Varios oficiales, incluyendo al oficial
ejecutivo de astrografía de la nave estaban ya allí cuando él llegó. Lo
saludaron, más bien fríamente, pero la cosa era usual. Se sentó a su mesa y
sacó del bolsillo el instrumento de su oficio; una regla de cálculo, con una
conexión de radio que conectaba con el cerebro mecánico más cercano, en este
caso el de la nave.
Estaba sacando papel y lápiz del bolsillo, cuando sintió que la
nave se movía bajo sus pies. Simultáneamente un altavoz entró en
funcionamiento, y la inconfundible voz del Vicealmirante Dreehan dijo:
—Este mensaje va dirigido sólo a los oficiales. Como sabéis,
hace poco más de una semana establecimos contacto con la nave de Tierra
Constelación, que nos dio un ultimátum cuyo plazo máximo ha expirado hace cinco
horas. Hasta ahora, los diversos gobiernos de nuestro pueblo han indicado que
no se ha recibido nuevo mensaje alguno. Sin embargo, ha sido recibido un
segundo ultimátum hace tres horas conteniendo una inesperada amenaza. Es de
temer que el público se alarmase indebidamente si la naturaleza de la amenaza
fuera conocida. La actitud del gobierno será, por consiguiente, la de que no se
ha recibido este segundo mensaje. Pero para vuestra información personal, el
ultimátum es el siguiente.
Hubo una pausa, después de la cual una voz firme, profunda y
resonante de hombre, dijo:
—Su Excelencia la Muy Honorable Lady Gloria Cecily Laurr, Gran
Capitán de la nave Constelación, va a dirigir un segundo mensaje al pueblo de
los Cincuenta Soles».
Otra pausa. Y entonces, en lugar de la voz del Gran Capitán
Laurr, se oyó de nuevo la del Vicealmirante Dreehan:
—He sido solicitado para llamar vuestra atención sobre esta
imponente lista de títulos. Al parecer, una mujer de la llamada noble cuna
asume el mando de la nave enemiga. Que una mujer pueda asumir este mando puede
parecer muy democrático, indicando una igualdad de sexos. Pero, ¿cómo ha
conseguido su nombramiento? ¿Por rango? Por otra parte, la mera existencia de
los rangos es una clara indicación del género de gobierno totalitario que
existe en la principal Galaxia.
Maltby no estaba de acuerdo con este análisis. Los títulos eran
palabras que tenían un significado de acuerdo con la costumbre. En los
Cincuenta Soles habían habido eras totalitarias en las que los dirigentes se
daban la denominación de «Servidor Jefe». Había habido «Presidentes» cuyo
capricho podía representar la muerte de un individuo. «Secretarios» que
controlaban absolutamente los gobiernos, todos ellos individuos inmensamente
peligrosos, rangos cuyos nominales cubrían una mortífera realidad. Más aún, el
deseo de un símbolo verbal de supremacía se filtraba a través de todo esfuerzo
personal en todos los tipos de sistemas políticos. Incluso mientras hablaba, el
«Vicealmirante» Dreehan ejercía su rango. Al escuchar la transmisión privada de
este ultimátum, el «Capitán» Maltby recibía el privilegio especial de rango y
posición. El «jefe» de un negocio, el «dueño» de una propiedad, el «técnico» en
un determinado ramo, todos, cada cual a su manera, tenían un rango. Todos ellos
daban a su poseedor una satisfacción emotiva similar a la posición obtenible en
cualquier grado. En los Cincuenta Soles gozaba de gran popularidad el desprecio
de reyes y príncipes de toda la historia. Esta actitud, al no tener en cuenta
las circunstancias, era tan infantil como lo opuesto; la inculcada adoración de
los dirigentes. Los Hombres Mixtos, en su desesperada posición, habían nombrado
con reluctancia un jefe hereditario para evitar la amarga rivalidad de los
ambiciosos. Su plan había recibido un fuerte golpe cuando su «heredero» fue
capturado. Pero la resultante lucha por el poder los había decidido a reafirmar
el «statu quo». Maltby tenía vagamente la sensación de que jamás un hombre se
había sentido menos gobernante hereditario. Pero incluso mientras ejercía a
desgana su rango, reconocía cuan necesario había sido. Y cuan gravemente pesaba
sobre él la obligación de obrar decisivamente en un momento de crisis. Sus
divagaciones cesaron, porque su «Excelencia» seguía diciendo:
—Nosotros, que representamos la civilización de Tierra,
reconocemos con profundo sentimiento el carácter recalcitrante del gobierno de
los Cincuenta Soles. Podemos declarar de la forma más solemne que el pueblo ha
sido descarriado. El advenimiento del poder de Tierra a la Gran Nebulosa de
Magallanes beneficiará a todos los grupos e individuos de todos los planetas.
Tierra tiene mucho que ofrecer. Tierra garantiza al individuo los derechos
básicos amparados por la ley, garantiza las libertades básicas y la propiedad
económica a los grupos y exige a todos los gobiernos la elección por votación
libre y secreta.
»Tierra no permite un estado soberano separado en ninguna parte
del Universo.
»Un poderío militar separado de este género puede llegar hasta
el corazón de la Galaxia, en planetas densamente poblados. Ha ocurrido ya.
Podéis imaginar lo que hicimos con los gobiernos que patrocinaron semejante
proyecto. No podéis escaparos. Si por un azar no consiguiésemos ahora
localizaros con una sola nave, dentro de pocos años diez mil naves estarían
buscándoos. Desde nuestro punto de vista, es más seguro destruir una
civilización entera que dejarla subsistir como un cáncer de la gran cultura de
la cual brotó.
»Sin embargo, no creemos fracasar. A partir de ahora, mi gran
Nave de Guerra Constelación seguirá un derrotero netamente establecido a través
de la Gran Nebulosa de Magallanes. Necesitaremos varios años para recorrer
quinientos años luz de cada sol del sistema. Y mientras avancemos, dirigiremos
bombas de rayos cósmicos al azar contra los planetas y la mayoría de las
estrellas de una determinada área del espacio.
»Comprendiendo que una tal amenaza puede causaros el temor de
confiaros a nosotros, he indicado por qué hemos adoptado esta reconocidamente
implacable actitud. Todavía no es tarde para que os reveléis. En cualquier
momento el gobierno de un planeta puede radiar su consentimiento a identificar
la situación de los Cincuenta Soles. El primer planeta que haga tal cosa será
en adelante, y por todo el futuro, la capital de los Cincuenta Soles. El primer
individuo o grupo que nos dé la situación de su planeta recibirá un billón de
dólares platino, válidos en toda la Galaxia, o si preferís, el equivalente de
la suma en vuestra moneda.
»No temáis. Mi nave puede protegerse contra el poderío
organizado de las Fuerzas Militares de los Cincuenta Soles. Os haré radiar por
nuestro astrógrafo las cifras que os permitirán seguir nuestro derrotero a
través de la Nebulosa.
El mensaje terminó bruscamente. El Vicealmirante Dreehan tomó la
palabra y dijo:
—Voy a dar ahora estas cifras al Departamento de Astrografía, ya
que es nuestra intención seguir la nave Constelación y observar los resultados
de su anunciado programa. Se me ha rogado que llame vuestra atención también
sobre otra implicación de las declaraciones que acaba de hacernos Lady Laurr.
Su tono, actitud y conceptos parecen indicar que manda una nave de gran porte.
No imaginéis, por favor —añadió el Vicealmirante precipitadamente—, que
llegamos a ninguna conclusión. Pero examinad algunas de sus declaraciones. Dice
que la nave Constelación «dirigirá» bombas de rayos cósmicos a la mayoría de
los planetas de la Nebulosa. Supongamos, reduciendo estas palabras al sentido
común, que se refiere a una bomba por cada cien planetas. Esto requeriría
todavía varios millones de bombas. Pero nuestras propias manufacturas no pueden
construir más que una bomba de rayos cósmicos cada cuatro días. Por lo menos,
una factoría de este género requeriría una milla cuadrada de superficie. Ha
declarado también que su sola nave puede proteger a los traidores contra las
Fuerzas Militares de los Cincuenta Soles. En este momento tenemos más de cien
naves de guerra en servicio, sin contar los cuatrocientos cruceros y mil naves
de menos porte. Consideremos también el propósito original de la Constelación
en la Gran Nebulosa de Magallanes. Era, según propia confesión, el
establecimiento de un mapa estelar. Nuestras naves del servicio cartográfico
son unidades anticuadas de escaso porte. Parece difícil creer que la Tierra
dedique una de sus mayores y más perfectas naves a una tarea puramente
rutinaria. —El Vicealmirante hizo una pausa—. Quisiera —prosiguió— que todos
los oficiales me comunicasen sus impresiones personales sobre tales
declaraciones. Y ahora eso es todo para la mayoría de vosotros. Comunicaré al
Departamento de Astrografía y Meteorología las cifras suministradas por la nave
Constelación.
Se necesitaron exactamente cinco horas de minucioso y continuo
trabajo para orientar el mapa procurado por la Constelación hacia el mapa
estelar establecido del Sistema de los Cincuenta Soles. En aquel momento se
calculó que la Atmion estaba a unos 1.400 años luz de la nave de Tierra.
La distancia no tenía importancia. Conocían la localización de
todas las tormentas de la Gran Nebulosa de Magallanes. Y así trazaban
fácilmente una órbita que permitía una velocidad aproximada de medio año luz
por minuto.
El prolongado esfuerzo había cansado a Maltby. En cuanto su
parte de trabajo hubo terminado se retiró a su camarote y se durmió.
Lo despertó el timbre de alarma. Conectó rápidamente la placa
visual que daba al puente de mando. El hecho de que la imagen apareciese
inmediatamente indicaba que se permitía a los oficiales seguir los
acontecimientos. Vio en la placa que estaba enfocada, a plena ampliación, en un
lejano punto luminoso. La luz se movía y la placa seguía ajustándose a él,
tratando de mantenerlo cerca del centro.
—Según nuestros calculadores automáticos —dijo una voz—, la nave
Constelación está ahora a un tercio de año luz de distancia aproximadamente.
Maltby frunció el ceño ante esta declaración, porque no estaba
correctamente expresada. El locutor quería decir que las dos naves estaban cada
una de ellas dentro de los campos de alta resonancia de la otra, fenómeno
secundario de la radio subespacial, que constituía una especie de eco ahogado
de una onda de baja resonancia virtualmente ilimitada. Era imposible decir a
qué distancia estaba la nave de Tierra, excepto que no podía ser superior a un
tercio de año luz. Podía ser sólo a unos cuantos centenares de millas, si bien
era dudoso. Había dispositivos de radar para la detención a corta distancia de
objetos en el espacio.
—Hemos reducido nuestra velocidad a diez días luz por minuto
—prosiguió la voz—. En vista de que vamos siguiendo el derrotero radiado por la
nave de Tierra y no la hemos perdido, podemos suponer que igualamos su
velocidad.
Tampoco esta afirmación era exacta. Era posible aproximarse,
pero no igualar la rapidez de una nave viajando a más velocidad que la luz. El
error aparecía claramente en cuanto las dos naves perdiesen el contacto de sus
dos campos de alta resonancia.
En el momento en que se le ocurría esto, la luz de la placa se
apagó. Maltby esperó y finalmente el anunciador dijo, contrariado:
—No os alarméis, por favor. Me dicen que el contacto será
probablemente restablecido.
Transcurrió una hora y la luz no reapareció. Hacía ya tiempo que
Maltby había dejado de prestar a la placa otra atención que la esporádica. Su
mente estaba pensando en lo que Dreehan había dicho acerca de las dimensiones
de la nave Constelación.
Comprendía que el Vicealmirante había expuesto la situación
claramente. Era un problema cargado de peligrosas posibilidades. Le parecía
imposible que ninguna nave pudiese tener las dimensiones que el Gran Capitán
Laurr había insinuado. Y, por consiguiente, una parte de la prueba residiría en
el número de bombas que lanzase.
Durante los seis días que siguieron la nave Atmion entró en el
campo de alta resonancia de la nave de Tierra. Cada vez mantuvo el contacto
tanto tiempo como pudo, y después, habiendo comprobado el derrotero de la nave
enemiga, examinó los planetas de los soles más cercanos. Sólo una vez
encontraron vestigios de destrucción. Y la bomba debió haber sido mal dirigida,
porque alcanzó un cometa exterior normalmente demasiado frío y remoto de su sol
para soportar vida.
Ahora no estaba ya frío, sino que era un hirviente infierno de
energía nuclear que había abrasado la corteza rocosa, penetrando en el mismo
corazón metálico. Un sol en miniatura ardía allá. Su vista no alarmó a nadie a
bordo del Atmion. La probabilidad de que una de las cien bombas alcanzase un
planeta habitado era tan matemáticamente cercana a cero que la diferencia no
contaba.
Fue el sexto día de la búsqueda cuando la placa de visión de
Maltby volvió a iluminarse y la imagen del Vicealmirante Dreehan apareció.
—Capitán Maltby —dijo—, ¿quieres pasar por mi despacho?
—Sí, Señor.
Maltby fue en el acto. El ayudante de servicio lo reconoció
enseguida y lo hizo entrar. Maltby encontró al Vicealmirante sentado en una
silla examinando al parecer un radiograma. El Vicealmirante dejó el papel a un
lado e indicó con un gesto a Maltby que se sentase.
—Capitán, ¿cuál es tu posición entre los Hombres Mixtos?
¡Conque por fin había ido directamente a la cuestión básica...!
Maltby no estaba asustado. Miró al Vicealmirante y dejó que una
expresión de perplejidad apareciese en su rostro. Dreehan era un hombre de
media edad, Dellian, con un bello físico y un agradable aspecto. Maltby
contestó:
—No podría decirte exactamente qué concepto tienen de mí.
Algunos me consideran como un traidor, me parece. Cada vez que alguno de ellos
se pone en contacto conmigo, lo cual no dejo nunca de poner en conocimiento de
mis jefes, insisto en que diga a sus superiores que recomiendo una política de
conciliación e integridad.
Dreehan pareció quedar pensativo y finalmente dijo:
—¿Qué piensan los Hombres Mixtos de este asunto?
—No estoy seguro de ello. Mi contacto es demasiado vago.
—Sin embargo, tendrás una idea.
—Tal como lo tengo entendido —dijo Maltby—, un grupo,
minoritario cree que la nave de Tierra acabará tarde o temprano por localizar
los Cincuenta Soles, de manera, dicen, que sería ventajoso aprovechar la actual
situación. La mayoría, que está cansada de vivir escondida, ha votado
definitivamente seguir con el resto de los Cincuenta Soles.
—¿Qué porcentaje?
—Exactamente cuatro por uno —respondió Maltby sin vacilación.
Dreehan pareció vacilar. Después dijo:
—¿Existe alguna posibilidad de que la minoría disidente obre
unilateralmente?
—Pueden quererlo —respondió Maltby rápidamente—, pero no pueden.
Así me lo han asegurado.
—¿Por qué?
—No tienen ningún meteorólogo espacial experimentado entre
ellos.
También esto era mentira. El problema era más profundo que toda
la ciencia poseída por cada grupo. El hecho era que Hunston quería alcanzar el
control de los Hombres Mixtos por medios legales. Mientras creyese poderlo
conseguir, no tomaría la ley en sus propias manos; así los Consejeros de Maltby
se lo habían informado. Sobre esta información basaba ahora esta telaraña de
verdades y falsedades.
Dreehan parecía reflexionar sobre sus palabras. Finalmente,
dijo:
—Los Gobiernos de los Cincuenta Soles están alarmados por la
naturaleza del segundo ultimátum, que ya has oído, por el hecho de ofrecer una
oportunidad a los Hombres Mixtos. Pueden traicionarnos y conseguir ventajas tan
grandes como las que hubieran tenido si hubiese ganado la guerra la generación
anterior.
A esto Maltby no podía argumentar nada, salvo repetir una
variación de su precedente mentira.
—Me parece que la victoria de cuatro a uno de los que prefieren
seguir con los Cincuenta Soles marca claramente la tendencia general.
De nuevo hubo un silencio. Y Maltby adivinó lo que en realidad
había detrás de aquella conferencia. Era imposible que basasen sus esperanzas
en las seguridades que pudiese darles el Capitán Peter Maltby. Dreehan se
aclaró la voz.
—Capitán, he oído hablar mucho de la doble mentalidad de los
Hombres Mixtos, sin haber conseguido jamás una clara explicación de cómo
funciona y qué hace. ¿Puedes ilustrarme?
—Es realmente sin importancia —dijo Maltby mintiendo
tranquilamente por tercera vez—. Me parece que el gran terror que inspiraba
durante la guerra tenía una estrecha relación con la ferocidad con que fueron
libradas las últimas batallas. Ya sabes cómo es un cerebro normal...
innumerables células, cada una de ellas separadamente conectable a las
adyacentes. Bajo este concepto, el cerebro de los Hombres Mixtos no es
diferente del tuyo. Baja a otro nivel y encontrarás en cada célula del cerebro
del Hombre Mixto una serie de moléculas de proteína, aparejadas. Las vuestras
no son aparejadas; las de ellos, sí.
—¿Y qué efecto produce esto?
—El Hombre Mixto tiene la facultad Dellian de resistir el paro
de su cerebro y la potencialidad no-Dellian para la obra creativa.
—¿Es eso todo?
—Es todo lo que yo sé —musitó Maltby.
—¿Y qué hay de la hipnosis devastadora que se supone tienen? No
hay un claro informe de cómo funciona.
—Tengo entendido que emplean dispositivos hipnóticos —dijo
Maltby—, lo cual es muy diferente. Causa el vago terror de lo desconocido.
Dreehan pareció haber tomado una decisión. Cogió el radiograma y
lo tendió a Maltby.
—Esto es para ti —dijo—. Si viene en clave, no hemos sido
capaces de descifrarlo —añadió francamente.
Venía en clave, desde luego, Maltby lo vio a la primera mirada.
Y a esto era a lo que había ido desde el principio el Vicealmirante.
Capitán Peter Maltby.
A bordo de la nave Atmion.
El Gobierno de los Hombres Mixtos desea darte las gracias por tu
actuación como mediador en las negociaciones con el Gobierno de los Cincuenta
Soles. Ten la seguridad de que se llegará a un completo acuerdo y que los
Hombres Mixtos, como grupo, están deseosos de obtener los privilegios que les
han sido ofrecidos.
No había firma, lo cual significaba que la llamada pidiendo
ayuda había sido transmitida por radio subespacial y captada directamente por
la Atmion.
Tenía que fingir, desde luego, no saber una palabra de todo
aquello... hasta que hubiese decidido qué partido tomar. En tono intrigado,
dijo:
—Veo que no hay firma. ¿Ha sido omitida a propósito?
El Vicealmirante Dreehan parecía decepcionado.
—Tu suposición vale la mía.
Durante un instante, Maltby sintió compasión por él. Ni Dellian
ni no-Dellian resolverían jamás la clave de aquel mensaje. Resolver su secreto
dependía de tener dos mentes entrenadas a asociarse, y este entrenamiento era
tan básico en la educación de los Hombres Mixtos que Maltby había recibido su
plena dosis antes de ser capturado hacía más de veinte años.
El fondo esencial del mensaje era que el grupo de la minoría
había anunciado su intención de ponerse en contacto con la nave Constelación,
empezando una campaña que duró toda una semana buscando apoyo a la acción. El
Comité Ejecutivo advertía que sólo aquellos que lo apoyasen obtendrían algún
beneficio de su traición.
Hubiera tenido que ir allá en persona. ¿Cómo? Sus ojos se
agrandaron un poco al darse cuenta de que sólo tenía un método de transporte
disponible: aquella nave. Súbitamente comprendió lo que tenía que hacer.
Comenzó a poner en tensión sus músculos a la manera Dellian. Sentía ya la
excitación eléctrica de este estímulo. En un instante sus dos mentes habían
adquirido la fuerza suficiente.
Sintió la proximidad de otra mente. Esperó a que la sensación
pareciese formar parte de su propio cuerpo y pensó: «¡Vacío!». Durante un
momento mantuvo el pensamiento consciente apartado de su cerebro. Después se
levantó. El Vicealmirante Dreehan se levantó también de una forma absolutamente
idéntica, con los mismos movimientos, como si sus músculos estuvieran
controlados por el cerebro de Maltby. Como así era. Se acercó al cuadro
instrumental, tocó un interruptor.
—Dame el cuarto de máquinas —dijo.
Y bajo la dirección y la voz de Maltby que le dictaba sus
acciones, dio al Atmion las órdenes oportunas para tomar un derrotero que lo
llevaría a la oculta capital de los Hombres Mixtos.
Capítulo IV
El Gran Capitán Laurr leyó el acta de «Anulación» y permaneció
unos minutos sentada con los puños cerrados, colérica. Después, dominándose,
llamó al Capitán Wayless. El rostro del oficial se endureció al ver quién lo
llamaba.
—Acabo de leer tu documento con las veinticuatro firmas —dijo
ella plañideramente.
—Es legal, creo —respondió él en tono ceremonioso.
—De esto estoy segura... —respondió ella. Hizo una pausa y
añadió—: Capitán, ¿por qué esta desesperada resolución de regresar
inmediatamente? La vida es algo más que legalidad. Estamos metidos en una gran
aventura. No dudo que te debe quedar algo de este sentimiento.
—Gran Capitán —dijo él fría y respetuosamente—, siento por ti
admiración y afecto. Tienes una capacidad administrativa tremenda, pero tienes
una marcada tendencia a inculcar tus propias ideas y te asombra y ofende que
los demás tengan una opinión diferente a la tuya. Tienes con tanta frecuencia
razón, que pierdes de vista que alguna vez puedes estar equivocada. Por esto
una gran nave como ésta lleva treinta Capitanes para aconsejarte y, en casos de
urgencia, o eventualmente en cualquier caso, pueden, de acuerdo con los
reglamentos, prescindir de tus disposiciones. Créeme, todos te queremos. Pero
conocemos nuestros deberes para con la demás gente de a bordo.
—Pero ahora te equivocas. Podemos poner esta civilización al
descubierto —dijo ella—. Capitán —añadió después de haber vacilado—, ¿no
quisieras seguir a mi lado por una vez?
Era como una súplica personal y en el acto se arrepintió de
haberla hecho. La petición pareció calmar los nervios del Capitán. Se echó a
reír, trató de dominarse, pero se rió de nuevo,
—¡Perdóname...! —dijo finalmente—. Perdóname...
—¿Qué es lo que te ha hecho tanta gracia? —preguntó ella
secamente.
—La frase «por una vez» —dijo él ya sereno—. ¿Es que no
recuerdas habernos pedido ya otras veces que apoyásemos tus planes?
—Quizás un par de veces... —dijo ella cautelosa, tratando de
recordar.
—No las he contado —dijo el Capitán Wayless—. Pero haciendo un
cálculo global aproximado, diría que nos has pedido nuestro apoyo de una
opinión personal tuya, o has hecho uso de tus facultades reglamentarias para
dar fuerza a tus ideas no menos de cien veces durante este viaje. Ahora, por
una sola vez, la legalidad es usada contra ti. Y te ofende amargamente.
—No estoy ofendida. Estoy... —Se calló—. ¡Oh...!, veo que es
inútil hablar contigo. Por una razón que ignoro, imaginas que seis meses son
toda una eternidad.
—No es una cuestión de tiempo. Es una cuestión de propósito. Tú
crees, sin la menor prueba, que puedes descubrir Cincuenta Soles diseminados
entre cien millones de ellos. Una nave de este volumen no acepta una
probabilidad contra dos millones. Si no eres capaz de comprender esto, nos
veremos por una vez en la necesidad de desobedecerte, independientemente del
afecto que podamos sentir por ti.
Lady Laurr vaciló. Los acontecimientos se ponían contra ella.
Vio la necesidad de exponer más cautelosamente sus razones.
—Capitán —dijo lentamente—, no se trata aquí de un problema
mecánico. Si dependiésemos únicamente de la suerte, tu razonamiento sería
exacto. Nuestras esperanzas tienen que ser basadas en la psicología.
—Los que hemos firmado el acta de «Anulación» no lo hemos hecho
a la ligera —dijo él lentamente—. Discutimos el aspecto psicológico.
—¿Y en qué basasteis la decisión de rechazarlo? ¿En la
ignorancia?
Era una observación violenta, y vio que el Capitán se irritaba.
Con voz pausada, éste prosiguió:
—Lady Laurr, hemos observado algunas veces con contrariedad, tu
tendencia a confiar casi exclusivamente en el consejo dado por la Teniente
Neslor. Las reuniones que tienes con ella son siempre privadas. Lo que se dice
en ellas no trasciende nunca al público, salvo que de repente tomas una
determinación basada en lo que te ha aconsejado.
Esta imagen le impresionó un poco. A la defensiva, dijo:
—Confieso que no lo había considerado nunca así. Me limito a
consultar al jefe del Departamento de Psicología de esta nave.
—Si el consejo de la Teniente Neslor es tan valioso —prosiguió
el Capitán Wayless—, tendría que ser elevada al rango de Capitán y dársele la
autorización de exponer sus ideas delante de los demás Capitanes. —Se encogió
de hombros y sin duda debió leer el pensamiento de su interlocutora, porque
antes de que ella pudiese decir nada, prosiguió—: Y por favor, no digas que vas
a hacer inmediatamente el nombramiento. Para esta promoción se necesita un mes,
aun en el caso en que nadie tenga ninguna objeción que hacer; y el nuevo
Capitán pasa dos meses sin voz ni voto aprendiendo los procedimientos en una
reunión del Consejo.
—¿Y no permitirías esta demora de tres meses? —preguntó Lady
Laurr malhumorada.
—No.
—¿No aceptarías pasar por alto el procedimiento ordinario para
hacer este nombramiento?
—En un caso de urgencia, sí. Pero esto es sólo el empeño tuyo de
encontrar una civilización, que puede ser buscada, y eventualmente encontrada
por una expedición mandada con este propósito.
—¿Entonces insistes en la «Anulación»?
—Sí.
—Muy bien. Convocaré un plebiscito para dentro de quince días.
Si me es contrario y nada ocurre hasta entonces, emprenderemos el regreso.
Y con un gesto, cortó la comunicación.
Analizó su situación tal como estaba establecida, bajo dos
aspectos. En uno de ellos, había la lucha contra el Capitán Wayless y su
mayoría de cuatro quintos, que la había permitido obligarla a reunir un
plebiscito. Por otro lado, había la batalla que estaba librando para obligar a
los habitantes de los Cincuenta Soles a mostrarse a la luz. En ambos terrenos
no había hecho más que empezar la lucha. Llamó a «Comunicaciones». El Capitán
Gorson contestó:
—¿Estamos todavía en contacto con esta nave de los Cincuenta
Soles que nos está observando? —preguntó Lady Laurr.
—No. Te comuniqué cuándo perdimos el contacto. No ha vuelto a
ser establecido. Probablemente nos conectarán mañana cuando radiemos para
comunicar nuestra posición.
—Avísame.
—Desde luego.
Cortó la comunicación y llamó a «Armamento». Le contestó un
subordinado pero esperó hasta que pudo hablar con el oficial de Servicio.
—¿Cuántas bombas has soltado? —preguntó.
—Siete en total.
—¿Todas al azar?
—Es el procedimiento más sencillo, Lady Laurr. Las
probabilidades nos protegen contra el peligro de alcanzar un planeta
susceptible de tener vida.
Gloria Cecily asintió pero se sentó frunciendo el ceño.
Finalmente, comprendiendo la necesidad de restablecer la situación, dijo:
—Intelectualmente, estoy de acuerdo. Emocionalmente... Un simple
error, Capitán, y tú y yo podemos ser condenados a muerte si la cosa llega a
ser sabida.
—Conozco bien la ley, excelencia —dijo él melancólicamente—. Es
uno de los inconvenientes de estar al frente de «Armamento». —Vaciló un
instante y añadió—: Mi impresión es que has hecho una amenaza muy peligrosa,
peligrosa para nosotros, quiero decir. La gente no debe ser sometida a tales
presiones.
—¡Asumo la responsabilidad! —exclamó ella secamente.
Y cortó la comunicación. Se levantó y anduvo arriba y abajo.
¡Dos semanas! Parecía imposible que pudiese ocurrir nada, entonces... En dos
semanas, tal como ella lo había planeado, la presión sobre los Dellian y
no-Dellian apenas habría empezado.
Pensar en ellos le recordó algo. Se dirigió al transmisor de
materia, hizo las manipulaciones necesarias y pasó a través hasta la biblioteca
centralmente situada a poco más de un tercio de milla de sus alojamientos.
Se encontró en el despacho particular de la bibliotecaria jefe
que estaba sentada, sin verla, escribiendo. Instantáneamente, Lady Laurr, le
dijo:
—Jane, ¿tienes los informes del levantamiento Dellian de...?
La bibliotecaria tuvo un sobresalto, se medio levantó de la
silla y volvió a sentarse. Suspiró.
—Gloria. Tú serás mi muerte. ¿No podrías decir algo antes de
irrumpir de esta manera?
—Perdona —dijo Gloria arrepentida—. Estaba impaciente. Pero si
tienes...
—Sí, lo tengo. Si hubieses podido esperar diez minutos más te lo
hubiera mandado de la forma ordinaria. ¿Has comido ya?
—¿Comido? ¡No, desde luego, no!
—Me encanta cómo lo dices. Y conociéndote como te conozco, sé lo
que quieres decir. Bien, pues vas a venir a comer conmigo. Y no hay discusión
que valga de Dellians y no-Dellians hasta que hayamos comido.
—Es imposible, Jane. No puedo perder este tiempo ahora...
La bibliotecaria se había puesto de pie. Salió de detrás de su
tarima y cogió a Lady Laurr firmemente por el brazo.
—¡Conque no puedes...! Bien, pues escucha esto. No tendrás de mí
la menor información hasta que hayas comido. Y ve con tus derechos e invoca los
reglamentos si quieres, y verás si me importa. Y ahora vamos.
Gloria se resistió durante algunos segundos, después pensó: «¡Es
el maldito factor humano éste! ¡Es imposible conseguir que el pueblo
comprenda!». Esta tensión cesó también y tuvo súbitamente la visión de su
imagen, ceñuda e inquieta, como si el destino del universo pesase sobre sus
hombros. Lentamente, se fue calmando.
—Gracias, Jane —dijo—. Me encantará comer algo y tomar un vaso
de vino.
Pero no olvidaba que tenía razón; que, aunque pudiese descansar
durante una hora, la realidad subsistía. Los Cincuenta Soles tenían que ser
descubiertos, por una simple razón que ahora iba madurando en su cerebro con
todas sus mortales potencialidades.
Después de comer, empezaron a discurrir sobre la civilización de
los Cincuenta Soles al suave son de una música de fondo. El resumen histórico
dado por la bibliotecaria, fue extraordinariamente simple y conciso.
«Hacía unos quince mil años, Josep M. Dell había ideado una
primitiva variación del transmisor de materia. La máquina requería una síntesis
mecánica de un cierto tipo de tejido, particularmente de glándulas endocrinas
que no podían ser netamente descubiertas. Pudiendo un ser humano entrar por un
extremo y emerger un instante después a mil millas o más de allí, no se observó
inmediatamente que en el individuo que usaba este método de teletransporte se
producían cambios extremadamente sutiles.
No era que faltase nada, pese a que los Dellian fueron siempre
en lo sucesivo lentos en la obra creativa. Pero bajo ciertos respectos parecía
haberse añadido algo.
Los Dellian resultaron ser menos sujetos a la tensión nerviosa.
Su fuerza física excedía en mucho a todo lo soñado por los seres humanos.
Podían llegar a un esfuerzo sobrehumano por un curioso proceso de progreso
interno de tensión muscular.
Naturalmente —la bibliotecaria puso cierta ironía al tocar este
punto—, eran llamados robots por los seres humanos más atemorizados. El nombre
no turbó a los Dellian, pero despertó en los seres humanos un odio de tal
intensidad que no fue inmediatamente observado por las autoridades de la
Tierra.
Fue el período en que las multitudes recorrían las calles
linchando a los Dellian. Algunos humanos amigos de los Dellian persuadieron al
Gobierno de dejarlos emigrar. Hasta ahora, nadie había sabido dónde se habían
refugiado».
Una vez que el relato hubo terminado, la Muy Honorable Gloria
Cecily permaneció un rato pensativa. Finalmente dijo:
—No me has sido realmente de gran utilidad. Todo esto lo sabía
salvo, quizás, un par de detalles secundarios.
Se dio cuenta de que los ojos azules y penetrantes de la
bibliotecaria la estaban mirando profundamente.
—Gloria... ¿detrás de qué andas? Cuando hablas así tratas
generalmente de demostrar alguna teoría tuya personal.
La observación dio en el blanco. Lady Laurr vio en el acto que
podía ser peligroso reconocerlo. Los que trataban de amoldar los hechos a sus
teorías personales no eran considerados científicos. Se había mostrado con
mucha frecuencia severa con oficiales que emitían vagas opiniones. Lentamente,
dijo:
—Quiero simplemente recoger todas las informaciones que pueda.
Es obvio que cuando una mutación como la Dellian lleva ciento cincuenta siglos
de existencia, pueden haber ocurrido todas las eventualidades. Mi actitud es
simplemente que no podemos descuidar el más mínimo detalle que podamos obtener.
La bibliotecaria asintió. Observándola, Lady Laurr decidió que
la explicación había sido satisfactoria y que el momentáneo recelo había
desaparecido de la mente de su interlocutora.
Se levantó. No podía correr el riesgo de ulteriores
revelaciones. La segunda objeción podía no ser tan fácil de eludir. Se despidió
distraídamente y regresó a su departamento. A los pocos minutos llamó a
«Biología» y como primera pregunta, dijo:
—Doctor, te he mandado ya previamente informaciones acerca de
los pueblos Dellian y no-Dellian de los Cincuenta Soles. En tu opinión, ¿sería
posible que un Dellian y un no-Dellian, casados, tuviesen hijos?
El biólogo era un hombre de pensamiento lento que arrastraba las
palabras al hablar.
—La historia dice que no —respondió.
—¿Y qué dices tú?
—Yo podría conseguirlo.
—Esto es lo que quería oírte decir —exclamó Lady Laurr
triunfante.
El estímulo que le produjo la información no se desvaneció hasta
que se metió en cama horas más tarde. Apagó la luz y permaneció algún tiempo
mirando hacia el espacio.
La gran noche no había apenas cambiado. Los puntos luminosos
estaban diferentemente ordenados, pero sin un dispositivo de aumento, no tenía
la prueba visual de encontrarse en la Gran Nebulosa de Magallanes. No más allá
de un centenar de estrellas aparecían como separadas unidades. De vez en cuando
aparecían leves focos de luz que indicaban la presencia de centenares de miles,
quizás millones, de estrellas.
Obedeciendo a un impulso se acercó a la placa ampliadora y la
accionó al máximo. ¡Esplendor!
Un billón de estrellas parecían mirarla. Vio el cercano brillo
de innumerables estrellas de la Nebulosa y la vasta espiral de la Galaxia
principal impregnada ahora con más puntos luminosos de los que sería jamás
posible contar. Y lo que podía ver no era más que un mero punto de la
constitución cósmica de las cosas. ¿De dónde venía todo aquello? Decenas de
millares de generaciones de seres humanos habían vivido y muerto, y de ello no
había siquiera el principio de una respuesta satisfactoria.
Redujo el ampliador a cero y volvió el universo al nivel de sus
sentidos. Abriendo mucho los ojos, pensó: «Supongamos que hayan producido una
raza, mezcla de Dellian y no-Dellian. ¿En qué sentido puede esto afectarme, en
el plazo de dos semanas?».
No podía imaginarlo. Durmió intranquila.
La mañana... Mientras tomaba su frugal desayuno se le ocurrió
pensar que sólo quedaban trece días. La idea le impresionó profundamente. Se
levantó melancólicamente de la mesa pensando que vivía en un mundo de sueño. Si
no actuaba de una forma positiva, toda la empresa a la que había consagrado la
gran nave, se hundiría. Se dirigió decididamente al puente de mando y llamó la
comunicación.
—Capitán —le dijo al oficial que le contestó—, ¿estamos en
contacto de alta resonancia con la nave de Cincuenta Soles que nos está
siguiendo?
—No, Lady Laurr.
Era decepcionante. Ahora que había tomado su decisión toda
demora era irritante. Vacilando, finalmente, tuvo que someterse a la realidad y
dijo:
—En el momento en que quede establecido el contacto llame a
«Armamento».
—Muy bien, Lady Laurr.
Cortó la comunicación y llamó a «Armamento». El oficial de
rostro altivo que mandaba el departamento tragó saliva mientras ella le
explicaba su proyecto. Finalmente protestó:
—Pero... Lady Laurr... esto revelará nuestra mayor arma. Supón
que...
—¡No supongo nada! —dijo con instantánea furia—. En este estado
de cosas no tenemos nada que perder. No hemos conseguido engañar a la Flota de
los Cincuenta Soles. Te doy la orden de capturar esta nave. Todos sus oficiales
de navegación recibirán, probablemente, orden de suicidarse, pero salvaremos el
escollo.
El oficial frunció el ceño pensativo y asintió:
—El peligro estriba en que alguien fuera del campo lo descubra y
lo analice. Pero si crees que debemos correr este riesgo...
La Muy Honorable Gloria volvió a sus quehaceres, pero una parte
de su mente no se apartó un instante de la orden que acababa de dar. Al ver que
no recibía ninguna llamada empezó a ponerse nerviosa y de nuevo conectó con
«Comunicaciones». La nave de los Cincuenta Soles no estaba a su alcance.
Pasó un día, después otro. Y seguían sin contacto.
El cuarto día el Gran Capitán de la nave Constelación era una
persona muy difícil de tratar. Y aquel día transcurrió también sin incidentes.
Capítulo V
—¡Planeta a la vista! —dijo el Vicealmirante Dreehan.
Maltby, que había estado dando cabezadas, se levantó de un salto
y se acercó a los controles.
Bajo sus órdenes la nave pasó rápidamente de diez mil millas de
velocidad a mil, y después a menos de cien. Por el ampliador examinó el
terreno; y aunque no los había visto nunca, su memoria evocó los mapas
fotográficos que le habían enseñado en el pasado.
Rápidamente la Atmion se dirigió hacia la entrada más ancha de
la cueva que llevaba a la oculta capital de los Hombres Mixtos. Como precaución
final, se aseguró que los oficiales jóvenes no pudiesen ver lo que ocurría en
sus placas de visión y metió osadamente la nave por la abertura.
Vigilaba intensamente. Había radiado a los dirigentes que lo
sostenían, su llegada. Ellos contestaron que todo estaría a punto. Pero podía
ocurrir algún percance, y allí, en la entrada, la nave estaba a la merced de
las defensas de tierra.
La oscuridad de la cueva los envolvía. Permanecía con los dedos
en el interruptor del reflector, contemplando la noche a su alrededor.
Súbitamente, una luz brilló, lejos, muy bajo. Maltby esperó a cerciorarse de
que no se apagaría y puso el contacto.
En el acto el reflector brilló iluminando la cueva, del techo al
suelo, y la distancia hacia delante. La nave siguió avanzando y bajando
paulatinamente. Una hora pasó; y, sin embargo, no había aún indicación alguna
de que el final del viaje estuviese cercano.
La cueva ondulaba y se retorcía hacia un lado, hacia arriba,
hacia abajo... Varias veces tuvo la impresión de que volvían a recorrer el
camino por donde habían venido. Hubiera podido mantener el derrotero por medio
del gráfico automático, pero ya antes de que la Atmion se acercase al planeta,
le habían pedido ya que lo hiciese. Se decía que no había ser viviente que
supiese con exactitud dónde, bajo la corteza del planeta, estaba situada la
capital. Otras ciudades de Hombres Mixtos en otros planetas estaban igualmente
ocultas.
Pasaron doce horas. Dos veces Maltby había entregado el control
al Vicealmirante para poder dormir. Ahora estaba nuevamente de guardia mientras
era el oficial quien dormía apaciblemente en la hamaca de la esquina.
¡Treinta horas! Físicamente extenuado y sorprendido, Maltby
despertó a Dreehan y se acostó. Apenas había cerrado los ojos cuando el oficial
dijo:
—Edificios a la vista, Capitán.
Luces... Maltby pegó un salto a los controles; y pocos minutos
después dirigía la nave por encima de una ciudad de unos ochenta mil
habitantes. Había oído decir que jamás una nave de aquellas dimensiones se
había aventurado por las cuevas y por consiguiente en aquel momento debía ser
objeto de curiosidad para todos los grupos e individuos. Conectó una radio
ordinaria y movió la aguja hasta que oyó una voz. Oyó:
«...y Peter Maltby, nuestro dirigente hereditario, se ha hecho
temporalmente cargo de la Nave de Guerra Atmion a fin de poder discutir
personalmente con aquellos que...».
Maltby cerró. Se iba sabiendo que estaba allí. Buscó en la placa
visual la residencia de Hunston en la ciudad que tenía a sus pies. Reconoció el
edificio por la descripción que había sido radiada y detuvo la Atmion
exactamente encima de él.
Enfocó la pantalla de energía al centro de la calle, un bloque
más allá. Entonces, rápidamente, instaló otras pantallas hasta que el área
estuvo completamente bloqueada. La gente podía entrar en el área de las
pantallas sin darse cuenta de que se metían en una trampa, pero no podía salir
de ella. Invisible desde el exterior, la pantalla tenía un tinte purpúreo vista
desde dentro. Daba, a cualquiera que tocase desde la sección interna, una
fuerte descarga eléctrica.
Puesto que Hunston vivía en su Cuartel General, parecía lógico
que no pudiese escapar. Maltby no se engañaba diciéndose que su acción sería
definitiva. Era una lucha por el control político que podía ser influenciada
por la fuerza, pero no ser resuelta únicamente sobre esta base. En esta lucha,
su propio método de llegada había dado a sus enemigos un poderoso argumento
contra él. «Mirad —debían indudablemente decir—, un Hombre Mixto solo, ha sido
capaz de traer hasta aquí una nave de guerra; prueba de su superioridad».
Aquello era una cosa trascendental para un pueblo cuya ambición había sido
ahogada durante un cuarto de siglo.
En la placa visual vio acercarse algunas naves de escaso porte.
Se puso en contacto con ellas por radio, vio que los que se hallaban a bordo
eran jefes políticos que lo apoyaban y vio a sus oficiales de control darles
personalmente entrada por la compuerta de aire. Minutos después estrechaba las
manos de hombres a quienes no había visto nunca personalmente.
Las discusiones tácticas y estratégicas comenzaron en el acto.
Varios de los hombres que vinieron a bordo eran de opinión de que Hunston debía
ser ejecutado. Una mayoría creía que debía ser encarcelado. Maltby escuchaba
inquieto a los dos grupos, dándose cuenta de que aquellos hombres eran los
mejores jueces. Por otra parte, su misma cercanía al peligro les había
producido cierta inquietud. Era incluso posible que él, que había asistido a la
escena desde lejos, pudiese adoptar una actitud más imparcial y, por
consiguiente, más adecuada. Era una mera suposición, y no le dio un excesivo
peso. Sin embargo, había empezado a considerarse en el papel de arbitro,
cuando, súbitamente, los dos grupos comenzaron a interrogarlo.
—¿Podemos estar seguros de que los Cincuenta Soles se mantendrán
firmes en su negativa a establecer contacto con la nave de Tierra?
—¿Has podido observar algún signo de debilidad en los que has
visto y oído?
—¿Por qué fue el segundo ultimátum ocultado al público?
—¿Es la nave Atmion la única afectada a la persecución de la
Constelación?
—¿Hay acaso algún otro propósito secreto detrás de esta
persecución?
—¿Cuál sería nuestra posición si, súbitamente, los Cincuenta
Soles revelaran su situación?
Por un momento, Maltby se sintió aturdido. Y después, cuando se
dio cuenta de que las preguntas seguían un método, y que detrás de ellos había
una falsa deducción, levantó la mano y dijo:
—Señores, me parece que partís del punto de vista de que, si los
demás Gobiernos cambiasen de opinión, podríamos seguir avanzando y ganar
ventaja. No es así. Nuestra posición es que nos mantendremos sólidamente al
lado de los Cincuenta Soles, cualquiera que fuese su decisión. Obramos en grupo
como un todo. No maniobramos en busca de otra especial ventaja, que la que
dentro de los límites nos ha sido ofrecida. —En un tono más personal y menos
severo, terminó—: Veo claramente que habéis sido sometidos todos a una enorme
presión. Creedme, me hago cargo de vuestra posición, como grupo y como
individuos. Pero tenemos que mantener nuestra integridad. En estos momentos
críticos no podemos ser oportunistas.
Los hombres se miraron. Algunos, particularmente los más
jóvenes, parecían descontentos, como si se les pidiese tragar una píldora
amarga. Pero al final estuvieron de acuerdo en apoyar el plan en el futuro.
Entonces vino la pregunta crucial.
—¿Y qué hacemos con Hunston?
—Me gustaría hablar con él —dijo Maltby fríamente.
Collings, el más viejo amigo personal del padre de Maltby,
estudió fijamente su rostro durante algunos segundos y se dirigió a la sala de
la radio. Cuando regresó estaba pálido.
—Se niega a venir aquí. Dice que si quieres hablar con él puedes
ir tú. Peter, esto es un ultraje...
—Dile que iré —dijo Maltby con calma.
Sonrió viendo los rostros duros.
—Señores —dijo en tono animado— este hombre está jugando en
nuestras manos. Comunícale que iré a verlo en nombre de la amistad, en este momento
sumamente crítico. No seas demasiado explícito, pero pon una sombra de duda en
tu declaración, indicando que podría ser víctima de violencia... Desde luego
—terminó en tono de cosa descontada—, nada ocurrirá estando esta nave flotando
aquí en posición dominante. Sin embargo, si no estuviese de regreso dentro de
una hora y media tratad de poneros en contacto conmigo. Después paso a paso,
empezando con amenazas, alcanzad el punto donde empezaréis a disparar.
A pesar de su confianza, experimentaba una curiosa sensación de
vacío y soledad cuando la lancha de la nave se posó sobre el techo del Cuartel
General de Hunston.
Hunston era un hombre de media edad, alto, de aspecto sardónico.
Al entrar Maltby en su despacho, se levantó, avanzó a su encuentro y le
estrechó la mano. En tono pausado, de timbre agradable, dijo:
—Quería apartarte de estas gallinas mojadas que mandan el
cotarro allá. No es mi intención cometer un delito de lesa Majestad. Quería
hablar contigo. Creo poderte convencer.
Hizo la tentativa en una voz pausada, baja y estudiada, pero
llena de vida. Sus argumentos eran los de siempre referentes a la básica
superioridad de los Hombres Mixtos. Estaba visiblemente convencido de sus
principios y, al final, Maltby no pudo eludir la convicción de que el principal
defecto de aquel hombre era la falta de información general y específica acerca
del mundo exterior. Había vivido demasiado tiempo en el cerrado ambiente de las
ciudades de los Hombres Mixtos, pensando, y pensando durante demasiados años
sin referencias acerca de más amplias realidades. Pese a su brillantez, Hunston
tenía una mentalidad provinciana.
El jefe rebelde completó su monólogo e hizo una pregunta:
—¿Crees que los Cincuenta Soles conseguirán permanecer ocultos a
la civilización de Tierra?
—No —respondió sinceramente Maltby—. Creo que un descubrimiento
eventual es inevitable.
—¿Y sin embargo apoyas su inútil intento de permanecer ocultos?
—Apoyo la unidad al enfrentarnos con la situación. Creo que es
prudente andarse con cautela al aceptar el contacto. Es incluso posible que
podamos impedir el descubrimiento durante cien años; quizá más.
Hunston permanecía silencioso. En su bello rostro había un
cierto desprecio. Finalmente, dijo:
—Veo que tenemos puntos de vista opuestos.
Contemplando fijamente a Hunston, Maltby dijo con lentitud:
—Quizá nuestras intenciones, a la larga, son las mismas. Quizá
seguimos diferentes caminos para llegar a la misma meta.
El rostro de Hunston se iluminó; sus ojos se agrandaron
ligeramente.
—Excelencia... si pudiese creer esto. —Pero se interrumpió y sus
ojos se entornaron—. Quisiera saber tu opinión acerca del futuro papel de los
Hombres Mixtos en la civilización.
—Dándoles la oportunidad y usando medios legales —dijo Maltby
tranquilamente—, gravitarán inevitablemente hacia las posiciones de alto mando.
Sin sacar desleal ventaja de su facultad de controlar las mentalidades de los
demás, dominarán primero los Cincuenta Soles y después toda la Galaxia. Si en
algún momento de su ascensión al poder hacen uso de la fuerza, serán destruidos
hasta el último ser viviente.
—¿Y cuánto tiempo crees que se necesitaría para esto? —preguntó
Hunston brillándole los ojos.
—Podría empezar durante el curso de tu vida y de la mía. Se
necesitarían mil años por lo menos, dependiendo de la rapidez con que los
Dellian y los humanos se casen entre ellos, ya que ahora, estando los hijos
prohibidos en estos matrimonios, como sabes...
Hunston movió la cabeza con un gesto irónico. Después dijo:
—He sido mal informado respecto a tu actitud. Eres de los
nuestros.
—¡No! —dijo Maltby con firmeza—. ¡Por favor, no confundas una
actitud a la larga, con una inmediata! En este caso hay la misma diferencia que
entre la vida y la muerte. Sólo mencionar que esperamos al final conquistar el
dominio asustaría a gente que ha sido preparada por su gobierno para dar
jornadas de una cautelosa amistad. Si mostramos nuestra unidad acerca de este
objeto, podemos conseguir un principio. Si somos oportunistas, esta pequeña
raza de superhombres de la cual tú y yo somos miembros será tarde o temprano
destruida.
Hunston se había puesto de pie.
—Excelencia, acepto este punto de vista. Seguiremos juntos.
Esperaremos los acontecimientos.
Era una inesperada victoria para él, que había venido dispuesto
a hacer uso de la fuerza. Sin embargo, pese a su creencia de que Hunston era
sincero, no tenía intención de creerlo sólo bajo palabra. El hombre podía
cambiar de manera de pensar en cuanto hubiese desaparecido la amenaza del
Atmion. Así se lo dijo francamente, y terminó:
—En estas circunstancias me veré obligado a rogarte que te
sometas a seis meses de reclusión en algún lugar donde no puedas estar en
contacto con tus partidarios. Una especie de casa de detención. Puedes llevarte
a tu mujer. Serás objeto de toda clase de atenciones, y quedarás en libertad
inmediatamente que establezcamos contacto entre la nave de Tierra y los
Cincuenta Soles. Tu situación será más la de un rehén que la de un prisionero.
Te doy veinticuatro horas para reflexionar.
Nadie hizo ninguna tentativa de detenerlo cuando regresó a su
lancha auxiliar y con ella a la nave de guerra.
Hunston se rindió al cabo de las veinticuatro horas. Exigió una
condición: las bases de su detención tenían que ser radiadas.
Y así los Cincuenta Soles quedaron libres de una inmediata
localización, pues era evidente que una nave sola no podía encontrar, sin
ayuda, ni un solo planeta de una tan bien oculta civilización.
Maltby estaba convencido de ello. Quedaba el problema del
inevitable descubrimiento cuando otras naves viniesen de la Galaxia dentro de
unos cuantos años. Cosa curiosa, ahora que el principal peligro había
desaparecido, esto comenzaba a preocuparlo. Mientras dirigía la Nave de Guerra
Atmion de los Cincuenta Soles a su recorrido original, Maltby estaba
reflexionando sobre lo que podía hacer para asegurar más firmemente la
seguridad de los habitantes de la Gran Nebulosa de Magallanes.
Le parecía que alguien tenía que descubrir cuan grande era el
peligro. La mera idea de cómo esto tendría que ser llevado a cabo lo hacía
temblar; y sin embargo, con cada hora que transcurría, se sentía más decidido,
más convencido de que él con su buena voluntad, era la única persona que reunía
condiciones para hacerlo.
Seguía todavía pensando en la forma cómo dejaría que su nave
fuese capturada cuando sonaron los timbres de alarma.
«Lady Laurr, hemos establecido contacto de alta resonancia con
una nave de este sistema».
«¡Apoderaos de ella!»
Capítulo VI
De cómo ocurrió la cosa, Maltby no tenía una idea clara. Durante
las primeras fases de la captura, sólo ansiaba ser capturado. Cuando los rayos
tractores hicieron presa sobre el Atmion era ya tarde para analizar en qué
forma la nave invasora había maniobrado para penetrar en el campo de rayos
tractores.
Algo había ocurrido; una sensación física de ser absorbido por
un remolino; una tensión y una contorsión de su cuerpo perfectamente
perceptibles, como si la materia básica de que estaba compuesto estuviese
sujeta a una tensión. Fuese lo que fuese, cesó abruptamente en cuanto los
tractores hicieron presa y la nave de los Cincuenta Soles fue arrastrada hacia
las remotas oscuridades donde la otra nave permanecía inmóvil, oculta todavía
por la distancia.
Maltby contemplaba ansiosamente los instrumentos que podían
darle alguna estimación del tamaño de la otra nave. Mientras pasaban los
minutos, empezó a darse cuenta de que era muy probable que consiguiese ver la
nave enemiga. Era de noche, incluso los soles más cercanos no eran más que
diminutos puntos de luz. Las características de cualquier cuerpo que se
encontrase allá fuera, sólo podrían determinarse después de un período de
tiempo. Una cosa tan pequeña como una nave era igual a una mota de polvo perdida
en la inconcebible oscuridad.
Sus dudas fueron confirmadas. Cuando la Atmion estaba todavía a
varios minutos de luz de su captor, un agudo dolor retorció sus músculos. Tuvo
tiempo de suponer: rayos paralizadores. Y un segundo después se estaba
retorciendo en el suelo del cuarto de controles, mientras la oscuridad se iba
cerrando en torno a él.
Se despertó agitado, tenso, cansado, convencido de que era
necesario dominar la situación fuese la que fuese. Supuso que debía haber
manera de controlar su mente y obligarla a dar informaciones. Podía incluso
suponer que su poderosa doble mentalidad podía ser dominada, una vez sus
potencialidades fuesen sospechadas.
Abrió los ojos levemente relajando los músculos de sus párpados.
Fue como si hubiese hecho una señal. De algún sitio cercano a él en un extraño
pero comprensible inglés, la voz de un hombre dijo:
—Muy bien; pasadla por la compuerta.
Maltby cerró los ojos, pero no antes de haber reconocido que
estaba todavía en la Atmion. Y que, aparentemente, el proceso de meter la nave
de guerra de los Cincuenta Soles dentro de la máquina capturadora, estaba en
curso. El hecho de que yaciese todavía en el sitio del cuarto de controles
donde había caído parecía indicar que los oficiales y tripulación de la Atmion
no habían sido interrogados todavía.
Una oleada de excitación recorrió su cuerpo. ¿Iba a ser la cosa
tan sencilla como eso? ¿Era posible que lo único que tuviese que hacer fuese
obrar cautelosamente con su doble mentalidad y tomar el control de cualquier
ser humano con el que estableciese contacto? ¿Y ganar así el control de la
tripulación de la nave? ¿Iba a ser posible todo esto?
Lo era. Ocurrió.
Maltby fue conducido con los otros por un largo corredor.
Miembros armados, masculinos y femeninos, de la tripulación de la nave de
Tierra cubrían los dos lados de la columna de cautivos.
Era una ilusión. Los verdaderos prisioneros eran los oficiales
que conducían a los cautivos. En el momento oportuno, el Comandante —hombre
robusto de unos cuarenta años— dio pausadamente, al grupo principal de
cautivos, la orden de continuar siguiendo el corredor. Pero Maltby y los demás
oficiales de Astrografía y Meteorología fueron llevados por un corredor lateral
a una gran habitación a la que daban media docena de dormitorios.
En un tono de cosa sin importancia, el oficial de Tierra, dijo:
—Aquí estaréis bien. Os traeremos uniformes adecuados y podéis
circular por la nave a vuestro antojo, con tal de que no habléis demasiado con
nuestra gente. A bordo se hablan una gran cantidad de dialectos pero ninguno
parecido al vuestro. No queremos que seáis observados, de manera que... ¡tened
cuidado!
Maltby no estaba preocupado. Su problema, tal como él lo veía,
era familiarizarse con la nave y sus costumbres. Era obvio que se trataba de
una nave de considerables dimensiones y de que a bordo había más gente de la
que un solo hombre es capaz de controlar directamente. Sospechaba que había
también trampas dispuestas para los intrusos. Pero éste era un riesgo que había
que correr.
Una vez que tuviese una visión general de la nave y sus
departamentos, exploraría rápidamente sus desconocidos peligros.
Una vez los «capturadores» se hubieron marchado, se reunió con
los demás oficiales de Astrografía para hacer una exploración de la cocina.
Como había medio supuesto, había varias clases de comida. Los humanoides
Dellian y no-Dellian habían traído animales domesticados desde hacía milenios,
y ahora en aquellos profundos frigoríficos había solomillos de buey, chuletas
de cerdo y de cordero y una enorme variedad de volatería de origen terrestre,
cada trozo conservado en un envoltorio transparente.
Comieron hasta saciarse, y Maltby estudió seriamente con ellos
el misterio de por qué eran tratados como en realidad lo eran. Se daba perfecta
cuenta de que había hecho una cosa muy peligrosa. Había cerca de él cerebros
penetrantes, y si uno de ellos establecía relación entre lo ocurrido y el miedo
que los habitantes de los Cincuenta Soles tenían de los Hombres Mixtos, su
informe podía asustar a sus superiores más de lo que los había asustado la nave
de Tierra. Sintió un cierto alivio cuando el oficial que él controlaba regresó
con una provisión de uniformes.
El problema del control, frente a los hombres de los Cincuenta
Soles, era delicado. Comportaba la «esclava» creencia de que estaba haciendo lo
que hacía por una razón nacional. La razón que el hombre había aceptado era que
obraba bajo la orden de conseguir la buena voluntad de los más valiosos
oficiales de la nave capturada. Tenía la impresión, además de que sería
imprudente comunicar esta información directamente a sus subordinados y que no
tenía que discutirlo con sus camaradas oficiales de la nave.
Como resultado, estaba dispuesto a facilitar las instrucciones
que permitirían a Maltby y a sus compañeros circular de una forma limitada por
la nave Constelación, pero no a darles demasiadas informaciones acerca de la
nave en sí. Mientras los demás estuvieron presentes, Maltby aceptó la
limitación. Pero fue él quien acompañó al oficial cuando éste, sintiendo su
trabajo terminado, finalmente se marchó. Con gran disgusto por parte de Maltby,
el hombre le resultó invulnerable cuando quiso ganar su control y saber
informes sobre la nave. Estaba dispuesto a hacerlo, pero no podía comunicar
estos datos. Algo —acaso hipnótico por naturaleza— se lo impedía. Al final
Maltby vio claramente que lo que quería saber tenía que conseguirlo por boca de
más altos oficiales, que tuviesen libertad de acción. Los oficiales de bajo
rango evidentemente no la tenían y el método empleado para impedírselo era de
una naturaleza que no tenía tiempo de descubrir y dominar.
Supongo que las autoridades de a bordo debían haber descubierto
ya que los astrógrafos y meteorólogos de la Atmion habían desaparecido. Alguien
se preocuparía de esto de la forma seca y autoritaria de las mentalidades
militares. Si tan sólo tuviese la oportunidad de hablar con la mujer que asumía
el mando supremo de esta nave de Tierra... Pero esto, por sí sólo, hacía ya
necesario dar otros pasos esenciales. ¿Huir?
Pese a que era esencial no perder tiempo, necesitaba sin embargo
dos horas más para ganar el control de los oficiales que tenían a su cargo los
cautivos de los Cincuenta Soles y de la Atmion; controlarlos de forma que, a
una señal dada, coordinasen sus acciones y les preparasen una fuga. En cada
caso era necesario producir una orden alucinatoria procedente de un superior
con el fin de obtener la aquiescencia automática del subordinado. Por cautela,
Maltby dio también la explicación de que la Atmion tenía que ser liberada en un
amistoso gesto y devuelta al Gobierno de los Cincuenta Soles.
Hecho esto, sugirió a un alto oficial que el Gran Capitán
insistía en verlo. De cómo saldría la cosa, Maltby no tenía más que una vaga
idea.
La Teniente Neslor llegó al puente de mando y se desplomó sobre
una silla.
—Aquí pasa algo —suspiró.
El Gran Capitán abandonó por un instante lo que estaba haciendo
de cara al cuadro de controles y se volvió hacia el oficial, pensativa.
Finalmente, se encogió de hombros con un gesto de irritación y con cierto
timbre de cólera en la voz, dijo:
—Algunos de estos habitantes de los Cincuenta Soles deben de
saber seguramente dónde están sus planetas.
—No hemos encontrado ningún oficial de Astrografía a bordo —dijo
la oficial psicólogo moviendo la cabeza—. A los demás prisioneros les sorprende
tanto como a nosotros.
—No lo entiendo... —dijo Lady Laurr frunciendo el ceño.
—Son cinco —añadió la Teniente Neslor—. Todos fueron vistos
pocos minutos antes de que capturásemos la Atmion. Ahora han desaparecido.
—¡Que se registre la nave! —gritó Gloria Cecily—. ¡Que toquen
alerta general!—. Hizo el gesto de volverse hacia el cuadro instrumental de
abordo y se detuvo. Pensativa, miró a la psicóloga—. Veo que no te parece el
método adecuado.
—Hemos hecho ya una experiencia con un Dellian —respondió ésta.
Lady Gloria se estremeció ligeramente. El recuerdo de Gisser
Watcher, el hombre que había sido capturado en la estación del aerolito, no
estaba todavía completamente borrado en su espíritu. Finalmente, dijo:
—¿Qué propones?
—¡Espera! Cualquiera que haya sido el método empleado para huir
de nuestro control de energía tienen que haber seguido un plan. Me gustaría
saber dónde tratan de ir, qué quieren averiguar.
—Comprendo... —fue el único comentario del Gran Capitán, mirando
al parecer a lo lejos.
—Naturalmente —dijo la Teniente Neslor—, necesitas ser
protegida. Me encargo personalmente de la misión.
—No concibo imaginar cómo un intruso recién llegado a esa nave
pueda esperar encontrar mis apartamentos —dijo Lady Laurr, encogiéndose de
hombros—. ¿Es esto todo lo que se te ocurre proponer? —añadió—. ¿Sólo esperar y
ver qué ocurre?
—Eso es todo.
—Para mí no es bastante, querida —dijo la muchacha—. Supongo que
mis primeras órdenes acerca de las precauciones a tomar están en vigencia
todavía. —Se volvió rápidamente hacia el cuadro de controles. Un momento
después aparecía un rostro en la placa de visión—. ¡Ah, Capitán! —dijo Gloria—.
¿Qué está haciendo su Policía en este momento?
—Buscando y vigilando.
—¿Con éxito?
—La nave está completamente a salvo de explosiones accidentales.
Las bombas están dispuestas, con observadores controlando las entradas clave.
No hay sorpresa posible.
—Bien —dijo Lady Laurr—. Sigue adelante. —Cortó la comunicación
y bostezó—. Me parece que es hora de dormir. Ya te veré querida.
—Estoy casi segura de que puedes dormir tranquilamente —dijo la
Teniente Neslor.
Salió. La muchacha pasó todavía media hora dictando notas a los
diversos departamentos, ajustando cada una de ellas a la hora en que debían ser
comunicadas. Finalmente se desnudó y se fue a la cama. Se quedó dormida casi en
el acto.
Se despertó con una curiosa sensación de malestar. Salvo el
constante y tenue resplandor del cuadro de controles, el puente estaba a
oscuras, pero al cabo de un instante pensó, sorprendida:
—En esta habitación hay alguien.
Permanecía absolutamente inmóvil, saboreando la amenaza,
recordando lo que había dicho la Teniente Neslor. Le parecía increíble que
alguien no familiarizado con la monstruosa nave la hubiese localizado tan
rápidamente. Sus ojos se habían acostumbrado ya a la oscuridad, y en aquella
penumbra podía distinguir la silueta de un hombre, de pie, a corta distancia de
su cama.
Sin duda estuvo esperando a que ella lo descubriese, y debió
darse cuenta de que ella estaba despierta, porque dijo:
—No enciendas la luz. Y ten mucho cuidado.
Su voz era suave, casi amable; y sin embargo la convenció de que
el intruso era un hombre sumamente peligroso. Su orden la retuvo en cama y su
mano donde estaba, debajo de las sábanas, inmóvil. Le produjo incluso la
primera angustiosa sensación de miedo, la idea de que antes de que pudiese
llegar a ella algún auxilio, podía morir. Su única esperanza era que la
Teniente Neslor estuviese despierta y vigilando.
—No te ocurrirá nada si haces exactamente lo que te diré —dijo
de nuevo el intruso.
—¿Quién eres? —dijo ella en un tono que revelaba su deseo de
saber.
Maltby no contestó. Había descubierto, una silla y se sentó en
ella, pero la situación no le hacía feliz. A bordo de una nave de guerra había
demasiados dispositivos mecánicos para que se sintiese seguro de lo que estaba
haciendo. Podía ser vencido, incluso destruido, sin previo aviso. Imaginaba que
aquella escena podía estar siendo observada en aquellos mismos momentos desde
un lugar remoto que era incapaz de controlar.
—Lady Laurr —dijo lentamente—, no te ocurrirá nada si no haces
ningún gesto hostil. Estoy aquí con la esperanza de tener respuesta a algunas
preguntas. Para tranquilizarte, te diré que soy uno de los astrógrafos de la
nave de guerra Atmion. No entraré en detalles de cómo escapamos a vuestras
redes, pero estoy aquí hablándote de esta forma debido a tu propaganda. Tenías
razón al suponer que existían diferencias de opinión entre los habitantes de
los Cincuenta Soles. Algunos creen que debíamos aceptar tus garantías. Otros
tienen miedo. Naturalmente, los temerosos, siendo mayoría, han ganado. Siempre
parece más seguro esperar y conservar las esperanzas.
Hizo una pausa y pensó en sus palabras con su oído mental; y,
pese a que hubiera podido quizás expresarse mejor, por lo menos así se lo
parecía a él, en esencia le parecían justas. Si las gentes de aquella nave
podían jamás ser persuadidos de creer algo de lo que pudiese ser dicho en aquel
momento, sería porque él y los demás como él no estaban decididos todavía.
Maltby continuó, en el mismo tono cauteloso y sin precipitaciones:
—Represento un grupo que ocupa una posición única en este
asunto. Sólo los astrógrafos y meteorólogos de los diversos planetas y naves
están en condiciones de comunicar la posición de los mundos habitados. Hay
probablemente decenas de miles de presuntos traidores dispuestos a traicionar a
su pueblo por un beneficio personal, pero no constan entre el personal técnico
y disciplinado del Gobierno o de las Fuerzas. Estoy seguro de que comprenderás
muy bien lo que esto significa.
De nuevo se calló, para dar tiempo a Lady Laurr de entenderlo. A
medida que Maltby había ido hablando, Gloria fue tranquilizándose. Sus palabras
parecían lógicas, sus intenciones extrañas, pero no increíbles. Lo que la
preocupaba parecía insignificante, en comparación. ¿Cómo había conseguido
localizar su apartamento? Alguien menos familiarizado que ella con lo
intrincado de las comunicaciones de la nave, hubiera aceptado la realidad de su
presencia, sin pensar más en ello, pero ella sabía las leyes del azar que
estaban afectadas. Era como si hubiese llegado a una ciudad desconocida de
treinta mil habitantes y, sin previa información, hubiese llamado a la puerta
de la persona a quien quería ver. Movió la cabeza con perplejidad, no
encontrando explicación. Quería, sin embargo, que él continuase hablando. Sus
palabras la habían tranquilizado ya en cuanto a su seguridad y cada momento que
pasaba le daba una mayor certidumbre de que la Teniente Neslor estaba a la
expectativa. Podía incluso enterarse de algo.
—Necesitamos algunas informaciones —prosiguió Maltby—. La
decisión que tratas de imponernos es de una especie que todos deseamos aplazar.
Para nosotros, sería mucho más sencillo que regresases a la Galaxia mandando
nuevas naves aquí, y otras más tarde. Entonces habrá tiempo de amoldarnos a lo
inevitable y nadie tendría que encontrarse en la poco envidiable situación de
tener que traicionar a su pueblo.
Gloria asintió en la oscuridad. Lo comprendía. Preguntó:
—¿Qué preguntas quieres que te conteste?
—¿Cuánto tiempo lleváis en la Gran Nebulosa de Magallanes?
—Diez años.
—¿Cuánto más pensáis permanecer en ella?
—Esta información no está disponible —dijo Lady Laurr con voz
firme. Tuvo la sensación de que su aserto era verdad en cuanto a ella hacía
referencia. El plebiscito no tenía que celebrarse hasta dentro de dos días.
—Te aconsejo formalmente contestar mis preguntas —dijo Maltby.
—¿Qué me ocurrirá si no las contesto?
Su mano, mientras hablaba, se había ido insensiblemente
acercando a un instrumento de a bordo situado en el borde de la cama y alcanzó
su meta. Triunfante, apretó el botón y lo soltó inmediatamente. En la
oscuridad, Maltby dijo:
—He decidido hacer esto. He pensado que te sentirías más en
seguridad.
Su calma la desconcertó, pero se preguntaba si sabía realmente
lo que había hecho. Fríamente, explicó que había accionado una batería de lo
que era conocido por luces sensitivas. A partir de aquel momento, Maltby sería
observado por una serie de ojos electrónicos. Cualquier tentativa por su parte
de hacer uso de un arma de energía sería contrarrestada por fuerzas opuestas.
Le impedía también a ella hacer uso de ningún arma, pero le pareció inútil
mencionarlo.
—No tengo la menor intención de usar un arma de energía —dijo
Maltby—. Pero quisiera que me contestases más preguntas.
—Puedo hacerlo —dijo ella humildemente; pero empezaba a
irritarse contra la Teniente Neslor. Con toda seguridad una acción estaba
indicada.
—¿Cuáles son las características de esta nave? —preguntó Maltby.
—Mil quinientos pies de longitud, con un complemento de tres mil
oficiales y rangos subalternos.
—Es bastante grande —dijo Maltby impresionado, pero
preguntándose hasta dónde exageraba.
Lady Laurr no hizo ningún comentario. La verdadera longitud era
diez veces lo que había declarado. Pero no era tanto el tamaño lo que contaba
como la calidad de lo que contenía en su interior. Estaba casi segura de que su
interrogador no había empezado siquiera a comprender lo tremendo del potencial
defensivo y ofensivo de la nave que mandaba. Sólo algunos altos oficiales
comprendían la naturaleza de algunas de las fuerzas que podían ser puestas en
acción. En aquel momento, estos oficiales tenían que estar bajo una constante
vigilancia por parte de unos observadores de control remoto.
—Me intriga la forma cómo hemos sido capturados —dijo Maltby—.
¿Puedes explicármelo?
—¿Conque finalmente había venido a eso...? —Lady Laurr elevó la
voz—. ¡Teniente Neslor!
—A sus órdenes, noble dama. —La respuesta vino inmediatamente en
medio de la oscuridad.
—¿No crees que esta comedia ha durado ya bastante?
—Sí, en efecto. ¿Lo mato?
—¡No! Ahora quiero que sea él quien me conteste algunas
preguntas.
Maltby captó el control de la mente de Gloria, mientras se
dirigía precipitadamente hacia el transmisor. Detrás de él...
—¡No dispares! —dijo Gloria con intensa voz—. ¡Déjalo marchar!
Nunca analizó seriamente esta orden ni el impulso que la había
inducido a darla. La explicación que se dio fue que puesto que el intruso no la
había amenazado y siendo uno de los tan deseados astrógrafos, aniquilarlo sólo
para evitar que pudiese huir a otra parte de la nave hubiera sido un acto
irracional.
Como resultado, Maltby salió libremente del puente y pudo dar la
señal que libertó a la Atmion. Mientras la nave de los Cincuenta Soles huía por
el espacio, los oficiales de la nave de Tierra comenzaron a olvidar la parte
que habían tomado en su fuga.
Mentalmente, Maltby no había llegado más allá. Entrar en la nave
enemiga y volver a salir de ella... le había parecido una aventura suficiente
de por sí. Lo que había sabido no era totalmente satisfactorio, pero sabía que
estaba luchando con una gran nave. Era una nave que tendría que andarse con
cierta cautela para entendérselas con una Flota, pero no dudaba que poseía
armas capaces de destruir varias naves de los Cincuenta Soles a la vez.
Lo que le preocupaba era pensar en qué forma reaccionarían los
oficiales y la tripulación de la Atmion en general ante el incidente. Le
parecía demasiado complejo para que nadie pudiese calcularlo. Y en cuanto a lo
que ocurría a bordo de la Constelación..., era más difícil de prever todavía.
Todas las reacciones no se manifiestan inmediatamente. Maltby se enteró de que
el Vicealmirante Dreehan mandó un informe al Gobierno de los Cincuenta Soles.
Pero durante dos días no ocurrió nada. El tercero, la emisión cotidiana de la
Constelación demostró que había alterado considerablemente su derrotero. La
razón de este cambio era oscura.
El cuarto día, la placa visual de Maltby se iluminó con la
imagen del Vicealmirante Dreehan. El alto oficial dijo gravemente:
—Esta es una comunicación dirigida a todos los rangos. Acabo de
recibir el siguiente mensaje del Cuartel General de nuestra Flota... Lentamente
leyó.
«Por esta comunicación se declara que un estado de guerra existe
entre los pueblos de los Cincuenta Soles y la nave de Tierra Constelación. La
Flota se situará en el camino del enemigo librando batalla. Las naves
incapacitadas y en peligro de captura destruirán sus mapas estelares; y se
ruega a todos los oficiales de Astrografía y Meteorología a bordo de dichas
naves que se suiciden patrióticamente. La política declarada por el Gobierno
soberano de los Cincuenta Soles es que el invasor debe ser destruido».
Maltby escuchó, pálido y tenso, mientras Dreehan proseguía en un
tono menos ceremonioso.
—Tengo informaciones privadas de que el Gobierno ha llegado a la
conclusión de que la nave Constelación nos ha liberado porque no se ha atrevido
a desencadenar la cólera de nuestro pueblo. Por éste y otros datos, los
dirigentes han decidido que la nave de Tierra puede ser destruida por un ataque
determinado. Si seguimos fielmente las instrucciones que hemos recibido, ni aun
la captura de naves nuestras individuales daría al enemigo ninguna ventaja. He
nombrado ya los ejecutores de todos los oficiales astrógrafos y meteorólogos
para el caso en que no actuasen según su deber en el momento crucial. Se os
ruega, pues, toméis nota de ello.
El Capitán Peter Maltby, jefe meteorólogo y astrógrafo auxiliar,
tomó nota con profundo malestar, de que estaba comprometido. Había establecido
una política de unidad con el pueblo de los Cincuenta Soles. Estaba fuera del
caso que él, por razones personales, abandonase ahora precipitadamente su
actitud.
Su única esperanza era que los lobos del espacio —como eran con
frecuencia llamadas las naves de guerra— consiguiesen por una rápida y enérgica
acción, terminar pronto con la nave solitaria de Tierra.
Pero tropezaron con un tigre.
Capítulo VII
Gloria perdió el plebiscito por un desolador nueve a diez.
Malhumorada, dio orden a la nave de cambiar de rumo y dirigirse a Tierra.
Un poco más tarde de aquel «día», el servicio de comunicaciones
la llamó.
—¿Debemos seguir radiando nuestro derrotero?
Por lo menos tenía el control de esto.
—Indiscutiblemente —dijo con sequedad.
La tarde siguiente despertó de la siesta al oír los timbres de
alarma.
—¡Miles de naves a proa! —comunicó el Capitán Jefe de
Operaciones.
—¡Moderad la marcha para la acción! —ordenó—. ¡Zafarrancho de
combate!
Inmediatamente reunió en Consejo a los Capitanes, mientras la
nave avanzaba a menos de mil millas por segundo.
—Bien, señoras y caballeros —dijo con no disimulado deleite—,
desearía tener la autorización de librar combate contra un Gobierno reclamado
recalcitrante que está demostrando en estos momentos que es capaz de adoptar la
actitud más hostil contra la civilización de Tierra.
—Gloria —dijo una de las mujeres—, no tienes necesidad de
explicarte. Esta es una de las veces en que tienes razón.
La votación de la batalla fue unánime. Después se hizo una
pregunta.
—¿Vamos a destruirlos o a capturarlos?
—Capturarlos.
—¿Todos?
—¡Todos!
Cuando la Flota de los Cincuenta Soles y la nave de Tierra
estuvieron a unos cuatrocientos millones de millas de distancia, la
Constelación extendió un campo magnético que cubría una vasta sección del
espacio.
Era un universo en miniatura, intensamente curvado. Naves que
seguían un rumbo aparentemente recto se encontraban girando y volviendo a su
posición original. Los intentos de salir de la trampa alcanzando velocidades
superiores a la de la luz, resultaron infructuosos. Un chorro de torpedos
dirigidos al centro del campo de energía se apartaban de su curso y tenían que
ser estallados en el espacio para evitar que dañasen a sus propias naves.
Se comprobó que era imposible comunicar con ninguno de los
planetas de los Cincuenta Soles. La radio subespacial estaba muda como un
muerto. Al final de unas cuatro horas la Constelación estableció una serie de
rayos tractores. Una tras otra, inexorablemente, las naves eran atraídas hacia
la gigantesca Nave de Guerra.
En aquel momento fue cuando se dictaron órdenes categóricas y
conminatorias ordenando a todos los oficiales de los Servicios de Meteorología
y Astrografía suicidarse en el acto.
A bordo del Atmion, Maltby fue uno de los del grupo que, pálido,
estrechó la mano del Vicealmirante Dreehan; inmediatamente después, en
presencia de este alto oficial, se llevó el arma destructora a la sien. Pero en
el último instante vaciló:
—Puedo conseguir su control ahora mismo, en este instante, y
salvar mi vida...
Se decía con rabia que todo aquel asunto era fútil e
innecesario. El descubrimiento de los Cincuenta Soles había sido inevitable en
el sentido de que tenía que ocurrir tarde o temprano, independientemente de lo
que él hiciese ahora. Y entonces pensó: «Esto es lo que he andado buscando
entre los Hombres Mixtos. Tenemos que formar un solo todo con el grupo, hasta
la muerte, si es necesario».
Su breve vacilación terminó. Tocó el activador de su arma.
Mientras la primera de las naves capturada era conducida por un
equipo de técnicos, la entusiasta muchacha que se encontraba en el puente de la
mayor nave que había entrado jamás en la Gran Nebulosa de Magallanes se enteró
de los suicidios. La compasión se apoderó de ella.
—¡Revivirlos a todos! —ordenó—. No hay necesidad de que muera
nadie.
—Algunos de ellos están en muy mal estado —le contestaron—. Usan
armas de explosión.
Frunció el ceño. Aquello representaba una enorme cantidad de
trabajo supletorio.
—¡Los locos! ¡Casi se merecen la muerte! —hizo una pausa—. ¡Usad
medios extra! Si es necesario poned todas las naves en el transmisor de materia
con especial énfasis en la síntesis de los órganos y tejidos lesionados.
Durante mucho tiempo del destinado al sueño permaneció sentada
recibiendo noticias. Varios de los astrógrafos revividos fueron llevados a su
presencia y con la ayuda de la Teniente Neslor, del Departamento de Psicología,
los interrogó.
Antes de que se retirase a dormir, una civilización perdida
había sido encontrada.
Capítulo VIII
A través de millas y años, los gases fueron filtrándose. Era
materia desperdiciada de miles de soles, difusas miasmas de apagadas
explosiones, infernales fuegos extinguidos, de cien millones de abrasadores
fragmentos de soles, informes... inútiles.
Pero era el principio.
En medio de la gran oscuridad los gases subsistían. En ellos
había calcio, sodio, hidrógeno; la mayoría de los elementos, y la velocidad de
la corriente variaba por encima de veinte millas por segundo.
Había un período de tiempo en que la gravitación realizaba su
función. La masa incoada se convertía en masas. Grandes burbujas de gas tomaron
formas parecidas en áreas separadas y avanzaron adelante, adelante...
Llegaron finalmente donde mil ardientes soles hacía mucho tiempo
habían «cruzado la calle» de la principal corriente de soles terrenales. Habían
cruzado, dejando sus excrementos de gases.
El primer estallido aceleró los vastos mundos de gas. El halo de
electrones terrenales se lanzó como espoleados caballos profundizando en el
halo positrónico de contraterreno de igualmente violenta reacción.
Instantáneamente los positrones y electrones orbitales más ligeros se elevaron
en un estallido de dura reacción.
La tormenta estaba en curso.
Las franjas de las capas de núcleos arrastraban ahora
aterradoras y descompasadas cargas negativas y repelían los electrones, pero
tendían a atraer núcleos atómicos terrenales. A su vez, los núcleos terrenales
franjeados atraían los extraterrenales.
La anulación de cargas resultante fue violenta más allá de toda
concepción. Las dos masas oponentes se mezclaban y confundían en un cataclismo
de ajuste parcial. Habían ido avanzando en diferentes direcciones.
Progresivamente se iban convirtiendo en un vertiginoso y complicado remolino.
La nueva dirección, incierta al principio, fue fijándose;
después, en un frente de nueve años luz, a una elevada fracción de su
velocidad; la tormenta se alejó rugiendo hacia su destino.
Los soles quedaron sumergidos durante medio siglo, quedando
atrás con un martilleo de rayos cósmicos para demostrar que habían sido centros
de una —por otra parte indivisible— impalpable devastación atómica.
Durante el curso de sus cuatrocientos noventa años siderales, la
tormenta intersectó la órbita de una Nova en el momento de la explosión.
¡Empezó a moverse!
En el mapa tridimensional del Departamento Meteorológico del
planeta Kaider III la tormenta estaba coloreada de anaranjado. Lo cual quería
decir que era la mayor de las cuatrocientas tormentas que hacían destrozos por
la región de los Cincuenta Soles de la Gran Nebulosa de Magallanes.
Aparecía como una mancha desnivelada situada en la Latitud 473,
Longitud 22, Centro 190 parsecs. Pero éste era un síntoma de medición especial
de los Cincuenta Soles que no tenía relación con el centro magnético de la
Nebulosa de Magallanes como un todo.
El informe referente a Nova no había sido registrado todavía en
el mapa. Cuando se hiciese, el color de la tormenta sería cambiado para
convertirse en un rojo violento.
Se habían detenido contemplando el mapa. Maltby estaba frente al
gran ventanal con los consejeros contemplando la nave de Tierra.
En la distancia, la máquina no era apenas más que un oscuro
rasgo. Pero su presencia parecía ejercer una mortal fascinación sobre los más
viejos.
Maltby estaba frío, decidido, pero también sardónico. Era
curioso, esta gente... esta gente de los Cincuenta Soles en esta hora de
peligro lo llamaban a él...
Apartó su mirada de la nave, fijó sus ojos en el obeso y
sudoroso Presidente del Gobierno de Kaider III y, haciendo un esfuerzo mental,
obligó al hombre a mirarlo. El consejero, inconsciente de la compulsión,
consciente sólo de que éste había vuelto, dijo:
—¿Entiendes tus instrucciones, Capitán Maltby?
—Sí —asintió Maltby.
Había algo más. Aceptaba su actitud, su propósito, como parte y
porción de su creencia de que sólo una plena colaboración podía capacitar a los
Hombres Mixtos para ocupar con seguridad su sitio en la cultura de la cual
habían brotado. A aquella hora tardía, la resistencia de los Cincuenta Soles
era una esperanza abandonada. Y, sin embargo, no era de su incumbencia, como
oficial, discutir su lógica.
La breve respuesta debió evocar una viva imagen. El ancho rostro
se arrugó como una gelatina y lanzó un nuevo chorro de sudor.
—Capitán Maltby —dijo—, no debes fracasar. Han pedido un
astrónomo para llevarlos a Cassidor VII, donde reside el Gobierno local. No
tienen que llegar allí. Debes llevarlos a la gran tormenta en 473. Te hemos
designado para realizar esto por nuestra cuenta porque posees la doble
mentalidad de los Hombres Mixtos. Lamentamos no haber apreciado en lo que valen
tus servicios en el pasado. Pero tendrás que reconocer que, después de las
Guerras de los Hombres Mixtos, era natural que anduviésemos cautelosos...
Maltby cortó en seco la falsa explicación.
—Olvídalo —dijo—. Los Hombres Mixtos están tan profundamente
complicados, tal como lo veo yo, como los Dellian y no-Dellian. Te aseguro que
haré cuanto esté en mi mano por destrozar esta nave.
—¡Ten cuidado! —insistió el Presidente inquieto—. Podría
destruirnos a nosotros, nuestro planeta, nuestro Sol, en un solo minuto. No
habíamos soñado jamás que Tierra pudiese avanzar tanto sobre nosotros y fuese
capaz de producir una máquina devastadora de esta potencia. Después de todo,
los no-Dellian y, desde luego, los Hombres Mixtos que hay entre nosotros son
capaces de trabajo de investigación; los primeros llevan miles de años
trabajando febrilmente. Y por fin, recuerda que no se te pide que te suicides.
La nave de guerra es invencible. La forma como sobrevivirá a una verdadera
tormenta no nos ha sido dicha. Pero será así. Lo que ocurre, sin embargo, es
que todo el mundo a bordo queda inconsciente. Nuestras flotas combinadas, que,
como sabes, han sido puestas en acción esperarán para atacar la nave el momento
en que tú nos lo aconsejes. ¿Está eso claro?
Había sido claro ya la primera vez que se lo habían explicado,
pero estos no-Dellian tenían el hábito de repetir las cosas, como si las ideas
se fuesen formando de una forma vaga en sus mentes. En el momento en que Maltby
cerraba la puerta de la gran sala una vez que hubo salido, uno de los
consejeros dijo a su vecino:
—¿Se le ha dicho que la tormenta había destrozado Nova?
El hombre obeso lo oyó. Movió la cabeza. Sus ojos brillaban
mientras decía lentamente:
—No. Después de todo, es uno de los Hombres Mixtos. Hasta aquí,
podemos tener confianza en él, cualesquiera que sean sus antecedentes.
Capítulo IX
Toda la mañana habían llegado comunicados. Algunos revelaban un
avance, otros no. Pero su básico humor quedaba intacto a pesar de los fracasos.
La gran realidad era que su buena suerte subsistía. La información que deseaba
era recibida; la población de Kaider III, constaba de dos billones, cien
millones; dos quintos Dellian, tres quintos no-Dellian. Los primeros eran los
llamados robots.
Los Dellian eran, física y mentalmente, del tipo más alto pero
carecían de facultad creadora. Los no-Dellian dominaban en los laboratorios de
investigación. Los otros cuarenta y nueve soles cuyos planetas estaban
habitados se llamaban, por orden alfabético, Assora, Atmion, Bresp, Buracao,
Cassidor, Corrab... Estaban situados en: 1, Assora; Latitud 931, Longitud 27,
Centro 201 parsecs; 2, Atmion...
Así, siguió, siguió... Poco antes de mediodía observó, no sin un
cierto humorismo, que no recibía todavía nada de meteorología ni nada referente
a las tormentas. Hizo la debida conexión y transmitió sus palabras: «¿Qué pasa,
Teniente Cannos? Tus ayudantes han estado haciendo impresos duplicados de
varios mapas de Kaider. ¿No llegas a ninguna parte?».
El viejo meteorólogo movió negativamente la cabeza.
—Recordarás, noble dama, que cuando capturamos aquel robot en el
espacio tuvo tiempo de mandar una advertencia. Inmediatamente, de cada uno de
los planetas de los Cincuenta Soles, se destruyeron todos los mapas, las naves
mercantes del espacio fueron despojadas de las radios susceptibles de
comunicaciones subespaciales y recibimos orden de trasladarse a un planeta
determinado y permanecer allá hasta nueva orden. Si no recuerdo mal, todo esto
fue hecho antes de que se comprendiese claramente que su Flota no tenía
probabilidad alguna contra nosotros. Ahora van a procurarnos un meteorólogo,
pero tendremos que basarnos en nuestro detector de mentiras para saber si nos
está diciendo o no la verdad.
—Comprendo. No temas; no se atreverán a oponerse a nosotros
abiertamente. No cabe duda de que están elaborando un plan contra nosotros,
pero no puede prevalecer ahora que podemos pasar a la acción para reforzar
nuestra inalterable intención. Quien quiera que nos manden tiene que decirnos
la verdad. Házmelo saber cuando venga.
Llegó la hora del almuerzo, pero comió sobre su mesa, observando
las imágenes que iban apareciendo en el astro-foto, escuchando el murmullo de
las voces, recopilando los hechos, la visión general, en su cerebro.
—No hay duda, Capitán Turgess —comentó una vez con rabia—, de
que nos han mentido en vasta escala. Pero dejemos esto. Podemos usar
comprobantes psicológicos para comprobar todos los detalles esenciales. En
adelante es primordial que quites los temores de todo aquel a quien consideres
necesario interrogar. Tenemos que convencer a esta gente de que Tierra los
aceptará en una base de igualdad sin evasivas ni prejuicios de ninguna clase
debidos a su origen robótico. —Se mordió el labio—. Esto es una palabra fea, la
peor clase de propaganda. Tenemos que eliminarla de nuestros pensamientos.
—Temo que no sea posible —dijo el oficial encogiéndose de
hombros.
Lady Laurr se quedó mirándolo, entornando los ojos y lo
interrumpió secamente. Un momento después estaba hablando por el transmisor
general.
—La palabra robot no debe ser utilizada por ninguno de nosotros
bajo la pena de una multa...
Cortando, puso la señal de «Ocupado» en su receptor de recambio
y llamó al Departamento de Psicología. El rostro de la Teniente Neslor apareció
en la pantalla.
—Acabo de oír tus órdenes, noble dama —dijo—. Temo sin embargo
que estemos actuando con los más profundos instintos del animal humano: el odio
o el temor del extraño, del prójimo. Excelencia, descendemos de un remoto
linaje de antepasados que, en sus tiempos, se sintieron superiores a los otros
a causa de alguna ligera pigmentación de la piel. Se ha citado incluso que el
color de los ojos ha influenciado a los egoístas en sus decisiones históricas.
Hemos navegado por aguas muy profundas y sería la coronación de nuestros éxitos
navegar por ellas de forma satisfactoria.
En la voz de la psicólogo había un tono de entusiasmo, y el gran
Capitán experimentó un sincero arrebato de placer. Era una de las cosas que más
apreciaba en ella. La Teniente Neslor era una mujer eufórica, la clase de
personas que se enfrentan con los obstáculos, fuera de los reconocidos como
imposibles, con un arranque juvenil, un deseo de vencer. Sonreía todavía cuando
cortó la comunicación.
La fuerte excitación cedió. Examinaba fríamente su problema. Era
su problema. El suyo. Todos los oficiales y aristócratas tenían poderes con
carte blanche, y se esperaba de ellos que resolverían las dificultades que
pudiesen presentarse y que afectasen a todos los grupos del sistema planetario.
Un minuto después, marcó de nuevo el número del meteorólogo.
—Teniente Cannos, cuando llegue el oficial meteorólogo de los
Cincuenta Soles te ruego emplees la siguiente táctica...
Maltby despidió con un gesto al conductor de su vehículo. El
coche se apartó del bordillo de la acera y Maltby se quedó mirando con el ceño
fruncido la barrera de llamas de energía que cerraba todo avance por la calle.
Finalmente dirigió una nueva mirada a la nave de Tierra.
Ahora que había avanzado ya tantas millas en dirección a ella,
la nave se encontraba exactamente encima de él. Era una especie de torpedo de
una altura tremenda, larga, negra, que casi se perdía en la neblina de la
distancia. Pero por alta que estuviese era todavía visible más grande que todo
lo demás que se veía desde los Cincuenta Soles, increíble creación metálica de
un mundo tan alejado que se había casi hundido en la nebulosidad de un mito.
Allí estaba la realidad. Allí estarían las pruebas, pensó,
pruebas penetrantes antes de que aceptasen cualquier órbita que él planease. No
era que dudase de la capacidad de su doble mente para dominar cualquier
situación de este género, pero era conveniente recordar que el espantoso hueco
de los años que separaban la ciencia de Tierra de la de los Cincuenta Soles,
había demostrado ya tan desagradables sorpresas. Maltby tuvo como un
estremecimiento y concentró toda su atención en la calle que tenía delante.
Una cortina de llamas en forma de abanico se elevaba hacia el
cielo desde las máquinas que ocupaban el centro de la calle. Las llamaradas
eran de un color rosa pálido y completamente transparentes. Parecían
electrónicas, mortales. Detrás de ellas se veían hombres con rutilantes
uniformes. Una patrulla parecía ir avanzando por delante de los edificios. Unos
dos bloques más abajo de la avenida, una segunda cortina de llamas cerraba el
paso también.
No parecía haber la menor intención de guardar los lados. Los
hombres, que veía allí, parecían tranquilos, confiados. Se oían conversaciones
en voz alta, risas y, como había observado ya previamente cuando estuvo a bordo
de la Constelación, no había hombres altos. Al avanzar Maltby por la calle, dos
lindas muchachas de uniforme bajaron los escalones del más próximo de los
edificios requisados. Uno de los guardias de la llama les dijo algo. Se oyó el
doble trino de una risa argentina. Siempre riendo, siguieron avanzando calle
abajo.
Fue sumamente interesante. Los habitantes de aquellos lejanos
lugares, de aquellos tremendos y maravillosos países situados más allá de los
vastos horizontes de los Cincuenta Soles tenían un algo peculiar. Sentía frío,
después calor, después miró hacia la fantasmagórica nave; y de nuevo sintió
frío. Una nave, pensó, pero tan grande, tan poderosa, que la Flota de treinta
billones de almas había sido impotente contra ella. Eran...
Se dio cuenta de que uno de los guardias lujosamente ataviados
lo estaba mirando. El hombre habló por su radio de pulsera y al cabo de un
momento, un segundo guardia interrumpió su conversación con un tercer oficial y
se acercó a él. Miró a través de la barrera de llamas a Maltby.
—¿Deseas algo? ¿O sólo estás mirando? —Su tono era amable, casi
gentil, culto. El conjunto tenía una naturalidad, una especie de indiferencia
que era agradable. Después de todo, pensó Maltby, no tenía miedo de aquella
gente. Su plan de destrucción de la nave estaba basado en la creencia
fundamental de que los robots eran indestructibles en el sentido de que nadie
podía aniquilarlos completamente.
Tranquilamente, Maltby explicó su presencia allí.
—¡Ah, sí! —respondió el hombre—. Te estábamos esperando. Tengo
que llevarte inmediatamente al Departamento Meteorológico de la nave. Espera un
momento...
La bandera de llamas se apagó y Maltby fue llevado a uno de los
edificios. En el interior había un largo corredor y el transmisor que lo
proyectó al interior de la nave debía estar enfocado en alguna parte de él.
Porque súbitamente se encontró en una gran habitación. Varios mapas flotaban
sobre media docena de pozos de antigravedad. Las paredes irradiaban luz por
millones de diminutos puntos. Y por todas partes había mesas de líneas curvas
cuyas superficies estaban tenuemente iluminadas.
Al guía de Maltby no se le veía por ninguna parte, pero un
hombre ya de edad y buen aspecto se dirigió a él y le tendió la mano.
—Mi nombre es Cannos, meteorólogo de la nave. Si quieres
sentarte estableceremos una órbita y la nave podrá zarpar dentro de una hora.
El Gran Capitán tiene interés en poder salir cuanto antes.
Maltby asintió con indiferencia. Pero estaba atento, receloso.
Permanecía inmóvil buscando a su alrededor con la segunda mente —la mente
Dellian— indicios de presiones de energía que delatarían el secreto intento de
vigilar o controlar su mente.
Pero no observó nada parecido. Sonrió, escéptico. ¿Con qué tan
fácil iba a ser, entonces? ¡El infierno, fue!
Capítulo X
Mientras ella se sentaba, Maltby se sintió súbitamente lleno de
vida. El entusiasmo de la existencia ardía en él como una llama. Reconoció
aquella excitación que precede a la batalla y se alegró de poder hacer algo en
pro.
Durante su largo servicio en la Flota de los Cincuenta Soles se
había enfrentado con el recelo y la hostilidad porque era un Hombre Mixto.
Ahora, se encontraba ante una hostilidad mucho más básica, aunque velada, y un
recelo que tenía que ser como un fuego abrasador. Pero esta vez podía luchar.
Podía mirar a aquel hombre voluble, amistoso y al parecer dotado, cara a
cara...
¿Amistoso...?
—Algunas veces me hace sonreír —iba diciendo el hombre— pensar
en los aspectos no científicos de la órbita que tenemos que establecer ahora.
Por ejemplo, ¿cuál es la demora horaria registrada aquí por la tormenta?
Maltby no podía evitar una sonrisa. ¿Conque el Teniente Cannos
quería saber algunas cosas, eh? Para hacerle justicia, había que reconocer que
no era un torpe comienzo. La verdad era que la única manera de hacer una
pregunta era... pues hacerla.
—¡Oh, tres, cuatro meses! —dijo Maltby—. Nada anormal. Cada
meteorólogo del espacio necesita aproximadamente este tiempo para comprobar los
límites de una tormenta; determina su área, la comunica, y ajustamos nuestros
mapas. Afortunadamente... —hizo avanzar su segunda mente al primer plano al
disponerse a decir la gran mentira básica— no hay tormenta de importancia entre
Kaidor y los soles de Cassidor.
Siguió escurriéndose por entre mentiras como una anguila por las
rocas resbaladizas.
—Sin embargo, varios soles impiden un movimiento en línea recta.
De manera que si me quieres señalar alguna de sus órbitas de veinticinco a cien
años luz, haré una de las mejores.
En el acto se dio cuenta de que no se deslizaría de este punto
esencial tan fácilmente como creía.
—¿No hay tormentas intermedias? —dijo el anciano avanzando los
labios. Las bellas líneas de su largo rostro parecían profundizarse. Parecía
sinceramente atónito, y no cabía la menor duda de que no había esperado aquella
categórica y neta declaración—. ¡Hum! No hay tormentas... ¿Esto simplifica
mucho las cosas, verdad?
Hizo un prolongado silencio y continuó:
—Comprendes, lo más importante entre dos... —vaciló sobre la
palabra y, por fin, dijo— dos personas que han sido criadas en diferentes
culturas, bajo diferentes standards científicos, es que estén seguros de que
están discutiendo un tema desde un punto de vista común. El espacio es tan
grande... Incluso este Sistema Estelar relativamente pequeño, la Gran Nebulosa
de Magallanes, es tan vasto que desafía nuestra razón. Hemos pasado diez años
en la Constelación estudiándolo y ahora estamos en condiciones de decir
categóricamente que comprende doscientos sesenta billones cúbicos de años luz y
contiene cien millones de soles. Hemos localizado el centro magnético de la
Nebulosa, fijado nuestra línea cero, desde el centro de la gran estrella S.
Doradus; y ahora, supongo, debe haber gente lo suficientemente imbécil para
creer que tenemos todo el sistema archivado en nuestro cerebro.
Maltby permanecía silencioso, porque también él se consideraba
un imbécil. Aquello era una advertencia. Le estaban diciendo con palabras
inconfundibles que estaban en condiciones de comprobar cualquier órbita que él
les diese con respecto a los soles intervinientes.
Quería decir mucho más. Demostraba que Tierra estaba a punto de
extender su tremenda expansión a la Gran Nebulosa de Magallanes. Destruyendo
aquella nave ahora procuraba a los Cincuenta Soles una serie de años preciosos
durante los cuales se tendría que decidir qué tenían intención de hacer.
Pero esto sería todo. Otras naves vendrían; la inexorable
presión de las estupendas poblaciones de la Galaxia principal estallarían más
lejos, incluso en el espacio. Siempre bajo un cuidadoso control, guiados por
poderosas huestes de invencibles naves de guerra, los grandes mercantes se
extenderían por la Nebulosa, y cada planeta de cada región conocería el
vasallaje de Tierra. La Imperial Tierra no reconocía naciones separadas de
ninguna especie. Dellians, no-Dellians y Hombres Mixtos, serán necesitados cada
día, cada hora; y es una suerte para ellos que no basase su esperanza de
destruir aquella nave en una órbita que terminaría en el interior de un sol.
Su exploración les había situado magníficamente todos los soles.
Pero no podían saber las tormentas. Ni en diez años ni en cien, una sola nave
podía localizar todas las tormentas posibles en una área que abarcaba dos mil
quinientos años luz de anchura. A menos que sus psicólogos pudiesen descubrir
las condiciones especiales de su cerebro, podía llevar a cabo lo que el
Gobierno de los Cincuenta Soles anhelaba. Maltby no dudaba de esta posibilidad.
Se dio cuenta de que el Teniente Cannos estaba manipulando los controles de la
tabla de órbitas.
Los trazos de luz de la superficie oscilaban y temblaban.
Después se fijaban como las bolas de un juego de azar. Maltby eligió seis que
penetraban profundamente en la gran tormenta. Diez minutos después sintió la
ligera vibración en cuanto la nave empezó a avanzar. Se levantó, frunciendo el
ceño. Era curioso que obrasen sin la menor comprobación de su...
—Por aquí —dijo el anciano.
Maltby reflexionó rápidamente. No podía ser todo. De un momento
a otro empezarían con él y...
Sus pensamientos cesaron.
Estaba en el espacio. Lejos, muy lejos, el planeta Kaider III se
iba alejando. A un lado brillaba el enorme casco oscuro de la nave de guerra; y
en todos los demás lados, arriba, abajo, se veían estrellas en el espacio
oscuro. Pese a su fuerza de voluntad, la impresión fue indeciblemente violenta.
Su activa mente se estremeció. Se tambaleaba físicamente; y
hubiera caído como una criatura cegada de no ser porque, en el movimiento que
hizo al tratar de mantenerse de pie, reconoció que estaba de pie.
Todo su ser se tranquilizó. Instintivamente despertó su segunda
mentalidad y la hizo avanzar. Situó sus más mecánicas y precisas cualidades, su
fuerza Dellian, entre su otro yo y cualquier cosa que los seres humanos
pudiesen hacer contra él.
En medio de la neblina de la oscuridad y el resplandor de las
estrellas, una voz femenina, clara y resonante, dijo:
—Bien, Teniente, ¿ha dado la sorpresa algún fruto psicológico?
Un segundo después vino la respuesta, una voz más profunda y
oscura:
—Al cabo de tres segundos, noble dama, su resistencia saltó a IQ
900. Lo cual quiere decir que nos han mandado un Dellian. Excelencia, creía que
habías especificado claramente que su representante no fuese un Dellian.
Rápidamente, en medio de la noche que lo rodeaba, Maltby dijo:
—Te equivocas completamente. No soy Dellian. Y te aseguro que
bajaré mi resistencia a cero si lo deseas. He reaccionado instintivamente ante
la sorpresa, como es natural.
Se oyó un chasquido. La ilusión de las estrellas y el espacio se
desvaneció de la existencia. Maltby vio lo que había empezado a sospechar: que
estaba, que había estado siempre, en la sala de meteorología. Cerca de él
estaba el anciano, con su tenue sonrisa en su rostro arrugado. Sobre una tarima
elevada, en parte oculta tras el gran cuadro instrumental de a bordo, estaba
sentada una mujer joven, bellísima. Con voz pausada y ceremoniosa, el anciano
dijo:
—Te hallas en presencia del Gran Capitán, la Muy Honorable
Gloria Cecily, Lady Laurr de la noble Casa Laurr. Pórtate en consecuencia.
Maltby se inclinó pero no dijo nada. El Gran Capitán lo miró
frunciendo el ceño, impresionada por su apariencia. Alto, cuerpo de aspecto
magnífico, fuerte, un rostro extraordinariamente inteligente. En un solo
destello Gloria vio todas las características del humano de primera clase... y
del robot.
Aquel pueblo podía ser más peligroso de lo que ella había
creído. Con una viveza inusitada en ella, dijo:
—Como ya sabes, tenemos que interrogarte. Preferiríamos que no
lo consideraras como una ofensa. Nos has dicho que Cassidor VI, el principal
planeta de los Cincuenta Soles está a dos mil quinientos años luz de aquí.
Naturalmente, emplearíamos muchos años, siguiendo nuestro camino a través de un
tan inmenso hueco de espacio lleno de estrellas no consignadas en los mapas.
Pero nos has dado una lección de órbitas. Tenemos que cerciorarnos de que estas
órbitas son reales, ofrecidas sin engaño ni ánimo de dañar. Con este fin
tenemos qué pedirte que abras tu mente y contestes nuestras preguntas bajo la
más estricta vigilancia psicológica.
—Tengo orden de colaborar con vosotros en todos los terrenos
—respondió Maltby.
Se había preguntado cuáles serían sus sensaciones ahora que la
hora de la decisión pesaba sobre él. Pero no sentía nada anormal. Su cuerpo
estaba un poco más rígido, pero sus mentalidades... retiró su yo al fondo y
dejó que su mente Dellian se enfrentase con todas las preguntas que le iba a
hacer. Su mentalidad Dellian, que había deliberadamente mantenido aparte de sus
pensamientos; aquella curiosa mente que no tenía voluntad propia pero que, por
remoto control, reaccionaba con toda la energía de un IQ de 191.
Algunas veces se maravillaba él mismo de aquella segunda mente
que poseía. No tenía facultad creadora, pero su memoria era como de máquina, y
su resistencia a la presión exterior, como la psicólogo había tan hábilmente
analizado, superior a 900. Para ser exactos, equivalente a un IQ 917.
—¿Cuál es tu nombre?
Así era como empezaba. Su nombre, cualidad..., lo respondió todo
pausadamente, sin vacilación. Una vez que hubo terminado, cuando hubo jurado la
verdad de todas sus palabras referentes a la tormenta, hubo un momento de
tétrico silencio. Y entonces, una mujer de media edad entró por el muro más
cercano a él. Lo hizo suavemente; sus dedos eran acariciadores como los de un
enamorado. Pero cuando levantó la vista, dijo secamente:
—No eres Dellian ni no-Dellian. Y la estructura molecular de tu
cerebro y de tu cuerpo es de lo más curioso que he visto jamás. Todas las
moléculas son gemelas. Vi una composición similar una vez en una estructura
artificial electrónica cuando se hizo una tentativa de compensar una estructura
inestable. El paralelo no es exacto, pero... tengo que recordar cuál fue el
resultado final de aquel experimento. —Hizo una pausa—. ¿Qué explicación das?
¿Qué eres?
Maltby suspiró. Había decidido decir sólo una mentira esencial.
No era que tuviese importancia, en cuanto a su doble cerebro hacía referencia,
pero las falsedades producían ligeras variantes en la presión arterial, creaban
espasmos neutrales y perturbaban la integración muscular. No podía correr el
riesgo de una mentira innecesaria.
—Soy un Hombre Mixto —explicó. Describió brevemente cómo el
cruce entre Dellians y no-Dellian, durante tanto tiempo imposible, había
finalmente sido conseguido, haría unos cien años. El empleo del frío y la
presión...
—Un momento —dijo la psicóloga. Desapareció. Cuando de nuevo
apareció a través de la pared transmisora estaba pensativa.
—Parece que dice la verdad —reconoció, contrariada.
—¿Cómo es esto? —saltó Gloria Cecily.—. Desde que tropezamos con
el primer ciudadano de los Cincuenta Soles, el Departamento de Psicología ha
calificado todas las declaraciones que publica. Creía que Psicología era la
única ciencia perfecta. O dice la verdad o no la dice.
La mujer psicólogo parecía contrariada. Miró duramente a Maltby,
pareció perpleja ante su fría mirada y finalmente, volviéndose hacia su
superior jerárquica, dijo:
—Es esta estructura molecular doble de su cerebro. Aparte de
esto, no veo razón para que no ordenes plena aceleración.
Interiormente, Gloria iba pensando: «Ahí está la cosa. Por fin
ha habido productos de un matrimonio entre Dellian y no-Dellian».
No tenía una idea muy clara de lo que podía significar. Con una
tenue sonrisa disimulada, en voz alta, dijo:
—Comeré con el Capitán Maltby. Estoy segura de que estará
dispuesto a colaborar en cualquier ulterior estudio que prepares para entonces.
De momento encarga que alguien lo acompañe a un departamento conveniente.
Se volvió y habló delante de un comunicador.
—Motores centrales, mantenerse a medio año luz por minuto en la
siguiente órbita...
Maltby escuchaba, calculando. Medio año luz por minuto.
Necesitarían bastante tiempo para alcanzar esta velocidad pero... en ocho horas
chocarían contra la tormenta.
Dentro de ocho horas estaría cenando con el Gran Capitán...
¡Ocho horas!
Una vez que se hubo marchado, Lady Laurr miró a su compañera sin
contemplaciones.
—Bien, ¿qué te parece?
—Me cuesta creer que se atreviesen a engañarnos en este estado
de cosas —dijo la psicóloga con la rabia retenida en su voz.
—Tienen un sistema verdaderamente intrincado —dijo Gloria Cecily
lentamente—. Los únicos mapas de real valor están en los planetas. Los hombres
que saben cómo interpretarlos están en las naves. Por el uso de la clave dada
por gente que no puede interpretarla, los astrógrafos hacen sus cálculos. La
única manera de saber si el Capitán Maltby dice la verdad es por medio de tests
psicológicos. Como siempre, especulo sobre tu saber. Indudablemente, se planea
algo, pero no podemos dejarnos paralizar por el miedo. Debemos partir de la
base de que de todas las trampas en que caigamos, conseguiremos salir por el
mero uso de la energía mecánica. Vigila a este hombre. Tenemos que descubrir
todavía cómo se nos escapó la Atmion.
—Haré lo que pueda —dijo la psicólogo secamente.
Capítulo XI
La nueva gran tormenta consistió en un pleno desbordamiento de
Nova contraterrenal chocando con gases terrenales enfurecidos.
La explosión del gigantesco sol añadió peso al difuso y
enloquecedor fenómeno. Y añadió algo mucho más mortífero. ¡Velocidad! El
tumulto del ultrafuego saltó de pico a pico de velocidad. Las rápidas ráfagas
de la tormenta ardían y bailaban con una furia absolutamente infernal. La
secuencia de la acción alcanzó una rapidez casi superior a lo que puede
soportar la materia; Primero corrió la luz de Nova, lanzando con sus destellos
la advertencia a más de ciento ochenta y seis mil millas por segundo a todos
aquellos que sabían que irradiaba desde el margen de una tormenta interestelar.
Pero el avance luminoso de la advertencia fue anulado por la
colosal velocidad de la tormenta. Durante semanas y meses corrió a través de la
vasta noche a una velocidad que dejaba infinitamente atrás la de la luz.
Los platos de la comida habían sido retirados. Maltby estaba
pensando: Dentro de media hora... media hora...
Estaba preguntándose con un cierto temblor qué le ocurre a una
nave súbitamente enfrentada con miles de gravedades de desaceleración. En voz
alta dijo:
—¿El día? Lo he pasado en la biblioteca. Estaba interesado por
la historia reciente de la colonización estelar de Tierra. Tengo curiosidad por
saber qué se ha hecho con grupos como el de los Hombres Mixtos. Ya os he
contado que, después de la guerra en que fueron derrotados, debido en gran
parte a que eran muy pocos, los Hombres Mixtos se ocultaron en los Cincuenta
Soles. Yo fui uno de los chiquillos capturados que...
Hubo una interrupción; un grito que partió de una de las
paredes.
—¡Noble dama, lo he resuelto!
Transcurrió un momento antes de que Maltby reconociese la voz
ronca de la psicóloga. Había casi olvidado que lo estaba estudiando. Sus
siguientes palabras lo helaron:
—¡Dos mentes! He pensando en ello hace un momento y he montado
un dispositivo gemelo de observación. Entre tanto, detén la nave. ¡Enseguida!
La sombría mirada de Maltby chocó con los fríos y acerados ojos
de Gloria Cecily. Sin vacilación concentró sus dos mentes en ella y la obligó a
decir:
—No digas tonterías, Teniente. Una persona no puede tener dos
cerebros. ¡Explícate más claro!
La esperanza era la demora. Tenían diez minutos durante los
cuales podían salvarse. Tenía que desperdiciar hasta el último segundo de este
tiempo, resistir todos sus esfuerzos, tratar de ganar el control de la situación.
Si tan sólo su hipnotismo especial de tres dimensiones funcionase por los
comunicadores...
Pero no fue así. Líneas de luz brotaron de las paredes cruzando
locamente su cuerpo, manteniéndolo en su silla como otros tantos cables
irrompibles. A pesar de estar atado de pies y manos por la palpable energía, un
segundo complejo de fuerzas se formó delante de su rostro, cortó su presión
mental sobre el Gran Capitán y, finalmente, cubrió su cabeza como una oscura
capucha.
Fue dominado con la misma rapidez que si una docena de hombres
hubiesen hecho uso de todas sus fuerzas sobre su cuerpo. «Demasiado tarde».
Esta nave necesitará por lo menos una hora para reducir la marcha a una
velocidad segura; y a esta velocidad no se puede virar a tiempo para evitar la
más grande tormenta de esta parte del Universo. Esto no era estrictamente
verdad. Había todavía tiempo y espacio para apartarse a uno de los lados y
evitar la tormenta que avanzaba. La imposibilidad estribaba en virar hacia la
cola de la tormenta o uno de sus dos abultados flancos.
Este pensamiento fue interrumpido por el primer grito penetrante
de la muchacha; un grito agudo y vibrante.
—¡Motores centrales! ¡Reducid velocidad! ¡Urgencia!
Se produjo una sacudida que estremeció las paredes y una presión
retorció sus músculos. Maltby hizo un esfuerzo para mirar hacia el Gran
Capitán. Sonreía, era una máscara helada y sonriente; con los dientes cerrados
dijo:
—Teniente Neslor, emplea todos los medios, físicos o los que
sean, pero hazlo hablar.
—La clave es su segunda mente —dijo la voz de la psicóloga—. No
es Dellian. Tiene sólo una resistencia normal. Lo someteré a la más fuerte
concentración jamás enfocada a un cerebro humano usando dos puntos básicos:
sexual y lógico. Tendré que hacer uso de ti, noble dama, como objeto de sus
afectos.
—¡Pronto! —dijo la muchacha con una voz dura como una barra de
metal.
Maltby se sentía como en medio de una bruma, mental y física. En
el fondo de su mente había la comprensión de que era una entidad, y que
irresistibles máquinas estaban tratando de moldear sus pensamientos. Resistió.
La resistencia era tan fuerte como su vida, tan intensa como todos los billones
y cuatrillones de impulsos que habían formado su ser eran capaces de crearla.
Pero la idea exterior, la presión, se hacía más fuerte. Era una
tontería por su parte resistir a Tierra, cuando aquella adorable mujer de
Tierra lo amaba, lo amaba, lo amaba... ¡Cuan gloriosa era la civilización de
Tierra y de toda la Galaxia! ¡Trescientos billones de habitantes! Sólo el
primer contacto rejuvenecería los Cincuenta Soles... ¡Cuán adorable es... he de
salvarla! Lo es todo para mí. Como de una gran distancia comenzó a oír su
propia voz explicando lo que había que hacer, en qué forma tenía que virar la
nave, en qué dirección, cuánto tiempo tenían. Trató de detenerse, pero
inexorablemente su voz siguió hablando, articulando palabras que representaban
la segunda derrota de los Cincuenta Soles.
La niebla comenzó a desvanecerse. La terrible presión sobre su
cerebro se aclaró. El aterrador caudal de sus palabras cesó de brotar de sus
labios. Se incorporó temblando, consciente de que las cuerdas de energía y la
capucha habían sido retiradas de su cuerpo. Oyó al Gran Capitán decir en un
comunicador:
—Orientándonos hacia 0100 evitaremos la tormenta de siete
semanas luz. Reconozco que es una curva extraordinariamente cerrada, pero me
parece que podemos abatir lo suficiente la deriva.
Dio media vuelta y se quedó mirando a Maltby.
—Prepárate. A medio año luz por minuto un viraje, incluso de un
grado, deja a algunos sin sentido.
—A mí, no —dijo Maltby, tendiendo sus músculos Dellian.
Gloria se desvaneció tres veces durante los cuatro minutos que
permaneció mirándola, sentado, pero cada vez reaccionó a los pocos segundos.
—Nosotros, los seres humanos —dijo con indiferencia—, somos unos
infelices. Pero por lo menos sabemos cómo soportarlo.
Los terribles minutos se prolongaban. Y se prolongaban. Maltby
comenzó a sentir los efectos de aquel viraje infinitesimal. Finalmente, pensó:
¿Cómo puede esta gente esperar jamás sobrevivir al golpe directo contra una
tormenta?
Súbitamente terminó; la voz de un hombre, dijo:
—Hemos seguido las instrucciones indicadas, noble dama, y
estamos ya fuera de pel...
Hubo una interrupción seguida de un grito:
—¡Capitán, la luz de un sol Nova acaba de relucir en la
dirección de la tormenta!
Capítulo XII
Durante los minutos que transcurrieron antes de que ocurriese el
desastre, la Nave de Guerra Constelación brilló como una inmensa y reluciente
joya. La advertidora brillantez de Nova provocó un indescriptible clamor de
alarma por las ciento veinte cubiertas. De un extremo a otro las luces
centellearon. Se encendieron hilera tras hilera a través de sus cuatrocientos
pies de eslora con el duro centellear de una piedra tallada. Bajo el reflejo de
aquellas luces, la negra montaña que constituía su casco parecía el fabuloso
planeta de Cassidor, su destino, visto en la noche desde la lejana oscuridad,
sembrado de ciudades de un brillo diamantino.
Silenciosa como un fantasma, grande y maravillosa por encima de
toda imaginación, gloriosa en su poderío, la gran nave se deslizaba a través de
la oscuridad siguiendo el curso del tiempo y el espacio que formaba su fijado
derrotero.
Ni aun cuando penetró en la tormenta había nada a la vista. El
espacio que tenía delante estaba hueco como el vacío. Tan tenues eran los gases
que constituían la tormenta que la nave no se hubiera dado siquiera cuenta de
su presencia si hubiese avanzado a velocidades atómicas. La desintegración de
la materia tenía que ser muy violenta en aquella tormenta y la única fuente de
los rayos cósmicos, la más potente energía del Universo conocido. Pero el
inmenso peligro del cataclismo que amenazaba la nave era el resultado directo
de su fantasmagórica velocidad.
Chocar contra la masa gaseosa a una velocidad de medio año luz
por minuto equivalía a penetrar en un interminable muro sólido. Todas las
placas de la gran nave se estremecían mientras la desaceleración iba afectando
su gigantesca fuerza. En algunos segundos había recorrido toda la gama de los
complicados sistemas que sus delineantes habían establecido como una unidad.
Comenzó a quebrarse.
Y, sin embargo, todo se desarrollaba dentro de los límites de
los planos originales establecidos por la genial firma de ingeniería que la
había construido. El límite de la resistencia alcanzado, la nave se disolvía en
sus novecientas secciones separadas.
Estas secciones tenían una forma de agujas alargadas de
cuatrocientos pies de longitud y cuarenta de ancho; formas astilladas corrían
sinuosas hábilmente por entre los gases, dejando que su presión resbalase por
sus pulidos flancos. Pero no era suficiente. El metal gruñía bajo la tortura de
la desaceleración. En las cámaras, hombres y mujeres yacían en el borde mismo
de la conciencia, sufriendo una agonía que parecía estar más allá de la
resistencia. Centenares de secciones escoraban en el espacio evitándose unas a
otras por medio de pantallas automáticas.
Y, sin embargo, a pesar de la horrenda velocidad mantenida, la
masa de gases no estaba franqueada; años luz de su espesor tenían que ser
cubiertos todavía.
Una vez más fueron alcanzados los límites de la resistencia. La
acción final era química, ejercida directamente sobre los treinta mil cuerpos
humanos, aquellos cuerpos para cuyo único bienestar había sido construido aquel
maravilloso artefacto, los pobres, frágiles, cuerpos humanos que a través de
todas las edades han seguido muriendo en condiciones normales bajo presiones de
algo menos de quince gravedades.
La pronta reacción de los automáticos al frenar cada una de las
secciones y meter a cada persona en las cámaras de desaceleración de cada
sección, esta acción salvadora, fue abruptamente aumentada mientras la cámara
de desaceleración era invadida por un tipo especial de gas.
El gas era húmedo y pegajoso. Se pegaba fuertemente a las ropas
de los humanos, empapándolos hasta la piel y a través de la piel, a cada una de
las partes del cuerpo.
El sueño vino suavemente y como un maravilloso descanso. La
sangre se volvió inmune al choque; los músculos, que un minuto antes habían
sido estirados dolorosamente, se aflojaron; el cerebro impregnado de sustancias
químicas creadoras de vida que lo aliviaban de todas las carencias. Permanecían
imperturbados, incluso por los sueños.
Todos se sintieron enormemente flexibles a las presiones de
gravitación, a las cien, a las ciento cincuenta gravedades de desaceleración; y
sin embargo, la fuerza de la vida seguía aferrándose.
El gran corazón del Universo latía. La tormenta rugía a través
de su inescapable arteria, creando la irradiación de la vida, purgando las
tinieblas de sus ponzoñas, y finalmente las diminutas naves en sus separados
derroteros rompieron sus lazos.
Comenzaron a juntarse, a buscarse uno a otro, como si entre
ellos existiese una irresistible pasión que exigía una intimidad de unión.
Automáticamente fueron situándose en sus primitivas posiciones; la nave del
espacio Constelación comenzó a adquirir nuevamente forma, pero había huecos.
Algunos segmentos se habían perdido.
El tercer día, el Gran Capitán Auxiliar Rutgers llamó a los
Capitanes sobrevivientes al puente delantero donde había instalado
provisionalmente su Cuartel General. Después de la Conferencia se publicó un
comunicado a la tripulación:
«A las 008 horas de esta mañana se ha recibido un comunicado del
Gran Capitán, la Muy Honorable Gloria Cecily, Lady Laurr de la Noble Casa de
Laurr, IC, CM, GKR. Ha sido arrastrada a un planeta de un sol blanco-amarillo.
Su nave se estrelló al aterrizar y es irreparable. Habiendo sido establecidas
todas las comunicaciones con ella por radio subespacial no dirigido, y siendo
absolutamente imposible localizar un tipo tan ordinario de sol entre tantos
millones de ellos, los Capitanes en sesión lamentan tener que participar que el
nombre de la Noble Dama debe ser añadido a la larga lista de las víctimas de
los accidentes navales; la lista de aquellos que han dejado para siempre de
atender a sus deberes activos.
Las luces del Almirantazgo arderán en color azul hasta nueva
orden.
Capítulo XIII
Maltby la vio de espaldas, al acercarse a ella. Vaciló, puso
tensa su mente, y mantuvo a Gloria al lado de la sección de la nave que había
sido el puente principal de la Constelación.
La larga forma metálica estaba medio enterrada en el suelo
pantanoso, con el extremo inferior hundido profundamente en las aguas negras y
amarillentas del fangoso río. Se detuvo a pocos pasos de la alta y esbelta
muchacha y, siempre sin que ella se diese cuenta de su presencia, examinó los
alrededores de lo que tenía que ser su vida. La fina lluvia que había obstruido
su exploración iba retirándose hacia el amarillento borde del valle, en
dirección «oeste». Mientras estaba mirando, un pequeño y amarillento sol
apareció por detrás de una sombría cortina de nubes, y parecía mirarlo
brillantemente. A su pie había una extensión de selva que brillaba extrañamente
con unas tonalidades pardas y amarillas. Por todas partes se veía aquel pardo
intenso, aquel amarillo casi líquido.
Maltby lanzó un suspiro y dedicó su atención a la muchacha,
concentrándose en que no lo viese mientras dando la vuelta se situaba delante
de ella. Había dedicado ambos pensamientos a la Muy Honorable Gloria Cecily
durante su paseo. Básicamente, el problema de un hombre y una mujer que estaban
destinados a vivir el resto de su vida juntos, solos en un remoto planeta, era
muy sencillo. Particularmente habiendo sido uno de ellos acondicionado para
estar enamorado del otro. Hizo una mueca. Podía juzgar del origen artificial de
este amor, pero esto no alteró en nada su profundidad.
La máquina condicionadora lo había alcanzado en pleno corazón.
Desgraciadamente, no la había afectado a ella en absoluto y dos días de vivir
juntos le habían hecho ver claramente la triste realidad. La Muy Noble y Muy
Honorable Lady Gloria Cecily Laurr no tenía ni la más remota intención de
rendirse a las naturales exigencias de la situación. Era ya hora de que se
percatase de ello, no porque fuese necesaria una rápida y ni siquiera deseable
solución, sino porque tenía que darse cuenta de que el problema existía. Avanzó
unos pasos y la tomó en sus brazos.
Era una muchacha alta y graciosa; se adaptaba perfectamente a su
brazo como si perteneciese a él; y al devolverle ella el beso bajo los efectos
del control que él tenía de su mente, su delicia tuvo un efecto que sobrepasó a
sus intenciones. Había decidido liberar su voluntad en medio del beso.
Pero no lo hizo.
Cuando finalmente la soltó, la soltó de una forma meramente
física. Su mente estaba todavía enteramente bajo su dominio. Al lado de una de
las puertas había una silla de metal. Maltby se acercó a ella, se sentó y miró
al Gran Capitán. Se sentía emocionado. La llama del deseo que había brotado en
él era el elocuente tributo al acondicionamiento a que había sido sometido.
Pero había sobrepasado considerablemente su previo análisis de la intensidad de
sus sentimientos. Había creído conservar el pleno control de sí mismo y no era
así. De una u otra forma, el aspecto sardónico, la indiferencia, la objetividad
que él había descontado como nota clave de su reacción, no era la que él había
previsto. La máquina adaptadora había hecho el trabajo a conciencia.
Amaba a aquella mujer con tal violencia que el mero tacto de
ella era suficiente para desconectar su voluntad de las operaciones que tenían
que seguir inmediatamente. Su corazón fue tranquilizándose a medida que la
estudiaba con una ficción de indiferencia. Era adorable, de una forma bella; si
bien casi todas las mujeres robot de la raza Dellian eran más bellas que ella.
Sus labios, aunque de un grosor medio, tenían un leve algo cruel; y en sus ojos
había una firmeza de emociones que no se rendirían fácilmente a la necesidad de
luchar por la vida en un planeta ignorado. Era algo sobre lo que tenía que
reflexionar. Hasta entonces...
Maltby suspiró y la liberó de la sujeción hipnótica
tridimensional que sus dos mentalidades le habían impuesto. Había tomado la
precaución de alejarla de él, de momento. La miró con curiosidad mientras
permanecía detrás de él, de momento completamente inmóvil. Después ella se
dirigió a un pequeño grupo de árboles que había encima de un terreno húmedo y
pantanoso, de gran vegetación. Subió a la elevación y dirigió una mirada hacia
el sitio de donde había venido pocos segundos antes. Era evidente que lo buscaba.
Finalmente se movió haciendo sombra con sus manos delante de los ojos contra la
luz del amarillento sol que se iba poniendo; bajó el montículo y lo vio.
Se detuvo; los ojos entornados. Avanzó lentamente y con uno
extraña expresión en su voz, dijo:
—Has venido muy silenciosamente. Debes haber dado la vuelta por
el oeste.
—No —dijo él deliberadamente—. No me he movido del este.
Gloria pareció reflexionar sobre sus palabras sin apartar su
mirada de él, frunciendo ligeramente el ceño. Finalmente apretó los labios;
tenía una ligera herida que debió hacerle daño, porque hizo una mueca. Después,
dijo:
—¿Qué has descubierto? ¿Has encontrado algún...?
Se detuvo. En aquel momento debió darse cuenta de la herida de
su labio. Mientras sus dedos tocaban el punto dolorido sus ojos cobraron vida
bajo la violencia de la comprensión. Antes de que pudiese hablar, él dijo:
—Sí, tienes razón.
Gloria permaneció mirándolo; la tensión de sus nervios refrenaba
la cólera. Finalmente se calmó y con una voz dura, dijo:
—Si lo intentas nuevamente consideraré justificado matarte.
Maltby movió la cabeza, sin sonreír:
—¿Y pasar el resto de tu vida sola, aquí? ¡Te has vuelto loca!
Vio inmediatamente que su cólera básica era demasiado grande
para una lógica de esta índole. Rápidamente, añadió:
—Por otra parte, tendrías que matarme de espaldas. No cabe la
menor duda de que serías capaz de hacerlo por razones de deber. Pero no por
motivos personales.
Con gran asombro vio lágrimas en sus ojos. Lágrimas de cólera,
indudablemente. ¡Pero lágrimas!
Avanzó, rápida, se detuvo delante de él y le abofeteó.
—¡Robot! —dijo con un sollozo.
Él se quedó mirándola tristemente; después se rió y con un leve
deje de ironía dijo:
—Sí, recuerdo exactamente; la dama que en estos momentos está
hablando es la misma que dirigió una emocionante alocución por radio a todos
los planetas de los Cincuenta Soles, jurando que dentro de mil quinientos años
el pueblo de Tierra habría olvidado todos sus prejuicios contra los robots. ¿Es
posible —terminó— que el problema, al ser analizado de más cerca, resulte más
difícil?
No hubo respuesta. La Honorable Gloria Cecily pasó por delante
de él y desapareció en el interior de la nave. A los pocos minutos volvió a
salir con una expresión serena y Maltby vio que había borrado todo rastro de
lágrimas. Su voz se había calmado también al preguntar:
—¿Qué descubriste cuando fuiste a explorar? He demorado mi
llamada a la nave hasta que regresases.
—Creía que te habían pedido que llamases a la hora 010 —dijo
Maltby.
Gloria se encogió de hombros; había un timbre de intensa
arrogancia en su voz al contestar:
—Reciben todas mis llamadas cuando las hago. ¿Has encontrado
algún indicio de vida inteligente?
Por un breve instante Maltby se permitió experimentar una ligera
pena por un ser humano que tenía que recibir tantas impresiones como las que
esperaban al Gran Capitán Laurr. Finalmente, dijo:
—Casi todo tierra pantanosa y selva muy antigua. Algunos de los
árboles son inmensos; hay también algunos animales interesantes y un ser de
cuatro patas y dos brazos que me ha mirado a distancia. Llevaba como un
venablo, pero estaba demasiado lejos de mí para poderlo hipnotizar. Debe haber
un poblado por las cercanías. Quizá en el margen del valle. Mi idea es cortar
la nave en pequeñas fracciones durante los próximos meses y transportarlas a
regiones más secas. A mi juicio las informaciones que podemos transmitir a los
científicos de la nave son las siguientes: «Estamos en un planeta de un Sol
tipo G. El Sol debe ser mayor que los corrientes del tipo blanco-amarillo y
tener una temperatura superficial más alta. Debe ser más grande y más caliente
porque, si bien está lejos, es lo suficientemente caliente para mantener el
hemisferio norte de su planeta en condiciones semitropicales. El Sol estaba
bastante al norte a mediodía, pero ahora se va inclinando hacia el sur. A
primera vista diría que el planeta debe tener una declinación de cuarenta
grados, lo cual quiere decir que se avecina un invierno riguroso, si bien esto
no concuerda con la edad y el tipo de la vegetación».
Lady Laurr estaba frunciendo el ceño.
—La cosa no me parece muy halagüeña —dijo—. Pero, desde luego,
no soy más que un elemento ejecutivo.
—Y yo no soy más que un meteorólogo.
—Exacto. Veamos. Quizá mi astrofísico pueda sacar algo en limpio
de ello.
—¿Tu astrofísico? —pensó Maltby. Pero no lo preguntó en voz
alta. Siguió a Gloria al segmento de la nave y cerró la puerta.
Mientras se sentaba delante de la astroplaca, Gloria examinó el
interior del puente con una sonrisa de contrariedad. El imponente brillo del
cuadro instrumental que ocupaba enteramente una de las paredes tenía cierta
ironía, ahora. Toda la maquinaria que había controlado estaba ahora en el
lejano espacio. Un día había dominado toda la Gran Nebulosa de Magallanes;
ahora, incluso su arma de bolsillo era un instrumento de mayor eficacia. Se dio
cuenta de que Lady Laurr lo estaba mirando.
—No lo entiendo —dijo—. No contestan.
—Quizá tenían sus buenas razones para querer que llamases a la
hora 010 —dijo Maltby sin poder eliminar del todo el tono sarcástico de su voz.
Gloria hizo un movimiento de exasperación con sus músculos
faciales pero no respondió. Maltby siguió diciendo, en tono jocoso:
—Después de todo no importa. No hacen más que seguir la habitual
rutina; la cuestión es no dejar rincón de posible salvamento sin explorar. No
quiero ni imaginar el milagro que sería para todos que nos encontrasen.
Gloria no pareció haberlo oído. Frunció el ceño. Y dijo:
—¿De qué depende el que no hayamos oído nunca las radiaciones de
los Cincuenta Soles? Tenía intención de preguntártelo ya. Ni una sola vez
durante los diez años pasados en la Nebulosa hemos captado el menor indicio de
radio.
—Todas las radios operan en una red de longitud de onda
sumamente complicada —dijo Maltby encogiéndose de hombros—. Cambian cada
veintena de segundos. Tus instrumentos registrarían un click cada diez minutos
y...
Fue interrumpido por una voz que salió del astroplaca. Un rostro
de hombre apareció. El Capitán Interino Rutgers.
—¡Ah, eres Capitán! —dijo ella—. ¿Qué te ha detenido?
—Estábamos desembarcando nuestras fuerzas en Cassidor VII
—respondió él—: Como sabes, los reglamentos exigen que el Gran Capitán...
—¡Oh, sí! ¿Está libre ahora?
—No. He aprovechado este momento para ver si todo va bien para
ti, y te pondré con el Capitán Planston.
—¿Cómo va el desembarco?
—Perfectamente. Hemos establecido contacto con el Gobierno.
Parece que dimiten. Pero ahora tengo que dejarte. Adiós, Noble Dama.
Su rostro se desvaneció. La placa quedó vacía. Fue el saludo más
breve que se pudiese recibir. Pero Maltby, sumido en su melancolía, apenas se
dio cuenta de ello.
De manera que todo había terminado... Sus desesperados proyectos
sobre los dirigentes de los Cincuenta Soles, su tentativa de destrucción de la
gran nave, todo resultaba fútil ante un invencible enemigo. Por un momento se
sintió muy cerca de la derrota con todas sus consecuencias. Finalmente llegó a
la conclusión de que la lucha no tenía ya importancia en su vida. Pero esta
conclusión estuvo a punto de quitarle su mal humor.
Vio que la Muy Honorable Gloria Cecily tenía una expresión de
contrariedad en su bello rostro; y no cabía la menor duda de que no se
sentía... desconectada de los grandes acontecimientos que ocurrían en el
espacio. Como tampoco le habían pasado por alto las implicaciones de la
reciente conversación.
La astroplaca se iluminó de nuevo y otro rostro apareció en
ella, un rostro que Maltby no había visto nunca. Era un hombre de edad de
recias mandíbulas que con una voz imponente, dijo:
—Excelencia, tengo el privilegio de esperar que encontraremos
algo que nos permitirá salvarla. No hay que abandonar nunca las esperanzas,
digo yo, hasta que han clavado el último clavo de nuestro féretro.
Se echó a reír, y Gloria Cecily dijo:
—El Capitán Maltby le dará las informaciones que posee, y podrás
quizá darle algún consejo, Capitán Planston. Ni él ni yo, desgraciadamente
somos astrofísicos.
—No se puede ser técnico en todo —dijo el Capitán Planston—.
Eh... Capitán; Maltby... ¿Qué sabes?
Maltby le dio brevemente las informaciones y esperó a que el
otro le diese instrucciones. No fue mucho:
—Busca la longitud de las estaciones. Interésate por ese efecto
amarillo de la luz del Sol y el castaño oscuro. Toma las siguientes
fotografías: usando film ortosensible y con tres tintes, un rojo sensible, un
azul y un amarillo. Toma los datos espectrales... Lo que quiero comprobar es si
tenéis un Sol azul fuerte, con el ultravioleta anulado por la pesada atmósfera;
en este caso todo el calor y la luz aparecen en la banda amarilla. No te doy
grandes esperanzas, fíjate bien, la Gran Nebulosa está llena de soles azules;
hay quinientos mil más brillantes que Sirio.
Hubo una breve pausa y el Capitán Planston terminó:
—Finalmente, procúrate esta información acerca de las estaciones
por los indígenas. Pon gran interés en ello. Adiós.
Capítulo XIV
El indígena era cauteloso. Seguía retirándose elusivamente a la
selva; y sus cuatro piernas le daban una superioridad de rapidez de la cual
parecía darse cuenta. Porque seguía volviéndose a acercar, tentador. Gloria lo
observaba con curiosidad, después, exasperada.
—¿Quizá si nos separásemos y lo acosase hacia ti?... —preguntó.
Vio que Maltby movía negativamente la cabeza, frunciendo el
ceño. Su voz sonaba seca, tensa, al decir:
—Nos está llevando a una emboscada. Conecta la sensibilidad de
tu casco y ten a punto tu arma. No te apresures en disparar, pero no vaciles en
un momento crítico. Un venablo puede hacer una mala herida; y no tenemos
grandes facilidades para salir del paso en una situación como esta.
Sus órdenes causaron a Gloria una momentánea irritación. Por lo
visto Maltby no debía darse cuenta de que ella estaba tan al corriente como él
de la posición en que se encontraban. La Muy Honorable Gloria suspiró. Si
tenían que quedarse en este planeta sería necesario llegar a otros arreglos
psicológicos más importantes y no... tan sólo hizo una mueca al pensarlo, por
su cuenta.
—¡Fíjate! —dijo rápidamente Maltby, a su lado—. El barranco se
divide en dos brazos. Ayer llegué hasta allí y los dos brazos vuelven a
juntarse unos doscientos metros. El ha tomado el brazo izquierdo. Yo tomaré el
derecho. Tú no te muevas de aquí, déjalo que venga a ver qué ocurre, después
hazlo seguir adelante.
Maltby desapareció como una sombra por un sombrío sendero que
ondulaba bajo un espeso follaje. Se hizo el silencio.
Gloria esperó. Un instante después se sintió sola en un mundo
negro y amarillo que había estado desierto desde que el tiempo empezó: esto es
lo que Maltby había querido decir ayer cuando le dijo que no se atrevería a
matarlo, pensó. Se quedaría sola. Y era verdad. Sola en un planeta, sin nombre,
de un sol mediocre. Una mujer sola despertando cada mañana en una nave
averiada, descansando en una tierra pantanosa, amarillenta...
La imagen era sombría. No cabía la menor duda de que el problema
de los Hombres Mixtos, los Dellian y los seres humanos tenía que ser solventado
aquí y fuera de aquí.
Un ruido la sacó de sus abstracciones. Mientras vigilaba,
concentrando su atención, vio súbitamente una especie de cabeza de gato asomar
cautelosamente por unos matorrales, a unos cien metros del claro. Era una
cabeza interesante. Su ferocidad no era la más insignificante de sus
fascinadoras cualidades. El cuerpo amarillento era invisible entre la maleza,
pero lo había visto suficientemente antes para reconocer que pertenecía al tipo
CC de la casi universal familia de los centauros. Su cuerpo, entre su cuarto
delantero y trasero, estaba perfectamente proporcionado.
El animal la estaba mirando y el asombro se pintaba en sus
grandes ojos negros relucientes. Torcía la cabeza a uno y otro lado, buscando
sin duda a Maltby. Gloria preparó su arma y avanzó. En el acto el ser
desapareció. Por medio de su receptor de sensibilidad pudo oírlo correr,
aumentando la distancia. Súbitamente moderó su carrera y no se oyó ya ruido
alguno.
«Lo ha captado», pensó.
Gloria estaba impresionada. Estos hombres de doble cerebro,
pensaba, eran osados y capaces. Sería verdadera lástima que los prejuicios les
impidiesen ser absorbidos por la civilización galáctica de la Imperial Tierra.
Pocos minutos después lo vio utilizar el sistema bloque de comunicación con
aquel ser. Maltby levantó la mirada y la vio. Hizo un movimiento de cabeza,
como intrigado.
—Dice que siempre ha hecho este calor y que lleva mil
trescientas lunas viviendo. Y que una luna es cuarenta soles, cuarenta días.
Quiere que subamos un poco más por este valle, pero me parece demasiado
arriesgado. Nuestra actitud tiene que ser hacer un cauteloso gesto amistoso
y...
Se detuvo en seco. Antes de que pudiese darse cuenta de que
ocurría algo, Gloria sintió captada su mente, sus músculos galvanizados. Fue
arrojada a un lado y hacia delante con tal rapidez que el golpe de dar en
tierra la dejó casi sin sentidos.
Desde el suelo, aturdida, vio el venablo rasgar el aire hacia
donde ella había estado. Trató de avanzar reptando, libre ya de sus actos y
levantó su arma en dirección a donde había venido el venablo. Vio un segundo
centauro huir velozmente por una pendiente desnuda. Su dedo apretó el control
y...
—¡No! —gritó Maltby, en voz baja—. Era un explorador que los
otros han mandado a ver qué pasaba. Ha hecho su trabajo. Todo ha terminado.
Gloria bajó la mano y se dio cuenta contrariada de que estaba
temblando. Abrió los labios y dijo:
—Gracias por haberme salvado la vida. —Y los volvió a cerrar.
Porque sus palabras hubieran sido vacilantes: Y porque... ¡Salvado su vida! Su
mente rozaba los bordes del vacío cuando pensaba en ello. Era increíble que
hasta entonces no hubiese estado nunca en peligro por culpa de un individuo
personal. Una vez más su nave penetró en los bordes exteriores de un sol; y
había el cataclismo de la tormenta que acababa de pasar, pero todo aquello eran
amenazas impersonales que hubo de afrontar con pericia técnica y el duro
entrenamiento del servicio. Esto era diferente.
Mientras regresaba al segmento de la nave trató de sondear el
significado de esta diferencia. Finalmente le pareció comprenderla.
—Espectro sin características —dijo Maltby a través de la
astroplaca dando cuenta de sus descubrimientos—. Ninguna línea negra; dos de
las bandas amarillentas tan intensas que me han dañado los ojos. Como has
insinuado, aparentemente lo que tenemos aquí es un sol azul cuya intensa
radiación violeta es anulada por la atmósfera. Sin embargo —terminó— este
fenómeno único está confiado a nuestro planeta, como derivación de la espesa
atmósfera. ¿Alguna pregunta?
—¡No! —dijo el astrofísico, al parecer pensativo—. Y no puedo
dar ninguna otra instrucción. Tendré que examinar este material. ¿Quieres
pedirle a Lady Laurr que venga? Me gustaría hablar con ella en privado, si me
haces el favor.
—Desde luego.
Una vez que Gloria hubo venido, Maltby salió y se quedó
contemplando la luna que salía. La oscuridad —lo había observado ya la noche
anterior— traía un vago resplandor violeta. ¡Explícalo ahora!
Una temperatura de ochenta grados en un planeta que, siendo el
diámetro regular del sol el que era, hubiera debido ser menos ciento ochenta
grados, si el color del sol hubiese sido real. Un sol azul de cinco mil...
Interesante, pero... Aquel «No más instrucciones» del Capitán Planston tenía un
significado...
Involuntariamente, se estremeció. Y un momento después trató de
imaginarse a sí mismo sentado allí, dentro de un año, de diez años, de veinte
años... contemplando la luna.
Gloria había abierto la puerta y lo estaba mirando mientras él
permanecía sentado. Levantó la vista. El haz de luz blanca que salía del
interior de la nave iluminó la curiosa expresión de su rostro dándole una
extraña palidez que contrastaba con aquella tonalidad amarilla que había
predominado durante todo el día.
—No recibiremos más llamadas por astrorradio —dijo. Y dando
media vuelta volvió a entrar en la nave.
Maltby bajó la cabeza, impresionado. Aquel súbito corte de toda
comunicación con la humanidad era duro y brutal, pero los reglamentos vigentes
en estas situaciones eran precisos. Los que se extraviaban tenían que saber con
absoluta claridad, sin falsas esperanzas y sin las falaces ilusiones que
producían las comunicaciones radiofónicas, que estaban definitivamente
perdidos. No podían contar más que consigo mismos.
Bien, así sería. Un hecho era un hecho y había que enfrentarse
valientemente con él. En uno de los libros que había leído en la nave había un
capítulo dedicado a los extraviados. En él se afirmaba que durante el
transcurso de la historia se habían extraviado novecientos millones de seres
humanos en planetas no descubiertos. La mayoría de estos planetas habían sido
eventualmente encontrados; y en no menos de diez mil de ellos se habían
descubierto grandes núcleos de poblaciones descendientes de los primitivos
extraviados. La ley prescribía que un extraviado, fuese del sexo que fuese, no
podía sustraerse a la obligación de contribuir a estos aumentos de población,
sin tener en cuenta cuál hubiese sido su anterior rango social. Los extraviados
tenían que olvidar toda clase de consideraciones de orden sensitivo e
individualista y considerarse como instrumentos de expansión de la raza. Había
castigos, naturalmente inaplicables si el rescate no tenía lugar, pero
implacablemente aplicados si los recalcitrantes eran descubiertos.
Era concebible que los tribunales quizá considerasen que en el
caso de un ser humano y un... bueno, un robot, el caso era especial. Media hora
debía haber transcurrido desde que estaba sentado allí; finalmente se levantó,
dándose cuenta que tenía hambre. Había olvidado completamente cenar. Tenía una
sensación de contrariedad. No era aquélla la noche indicada para ejercer
presión sobre ella. Tarde o temprano Gloria se daría cuenta de que tenía que
desempeñar su parte en la tarea de cocinar.
Pero no esta noche.
Entró precipitadamente y se dirigió hacia la parte que ocupaba
la cocina en cada segmento de la nave. En el corredor, se detuvo. Un chorro de
luz salía por la puerta de la cocina. Alguien estaba silbando una canción algo
disonante, pero alegremente; un olor de legumbres cocidas y de carne caliente
llegó a su olfato.
Maltby casi saltó hacia la puerta.
—Iba precisamente a salir a llamarte —dijo Gloria Cecily.
La cena fue silenciosa y despachada rápidamente. Metieron los
platos en el elevador automático y fueron a sentarse al gran salón. Finalmente,
Maltby vio que Gloria lo estaba estudiando con una sonrisa de curiosidad.
—¿Hay alguna posibilidad —dijo súbitamente— de que un Hombre
Mixto y una mujer humana puedan tener hijos?
—Francamente —confesó Maltby—, lo dudo.
Se sumió en la descripción del proceso de presión y frío que
modeló el protoplasma origen del primer hombre Mixto. Una vez que hubo
terminado, vio que ella seguía mirándolo con la misma expresión de interés en
los ojos. En un tono extraño, dijo:
—Hoy, después de que el indígena me arrojase su venablo, me ha
ocurrido una cosa muy extraña. He comprendido —pareció de momento encontrar
difícil hablar— ...he comprendido que había resuelto, hasta donde me afectaba
personalmente, el problema robot. Naturalmente —terminó lentamente— no me
hubiera rehusado en ninguna de las circunstancias. Pero siempre es agradable
saber que me gustas... —sonrió— sin reservas.
Capítulo XV
Un sol azul que parecía amarillo. Maltby estaba sentado la
mañana siguiente pensando en esto, intrigado. Medio esperaba la visita de los
indígenas y por lo tanto estaba decidido a no separarse de la nave aquel día.
Veía los claros del valle, los senderos de la selva, pero...
Recordó que había una ley que gobernaba el paso de la luz a
otras bandas de onda, el amarillo, por ejemplo. Muy complicada, desde luego,
pero en vista de que todos los instrumentos del puente de mando eran controles
de otros instrumentos, no de las máquinas directamente, tenía que basarse en
las matemáticas si alguna vez quería contemplar la clase de sol que había allá.
La mayor parte del calor venía probablemente de los rayos ultravioleta. Pero
esto era imposible de comprobar. De manera que era mejor dejarlo de lado y
atenerse al amarillo.
Entró en la nave. No se veía a Gloria por ninguna parte, pero la
puerta de su camarote estaba cerrada. Cogió un libro de notas, volvió a su
sillón y comenzó a calcular. Una hora después miró el resultado: un billón
trescientos mil millones de millas. Aproximadamente un quinto de un año luz. Se
rió brevemente. Ahí estaba. Tenía que encontrar datos más precisos, o...
Se quedó pensativo. En un súbito destello de comprensión, la
estupenda verdad apareció ante sus ojos. Lanzando un grito, se puso de pie. Se
disponía a echar a correr hacia la puerta cuando una sombra negra y alargada
pasó sobre él. La sombra era tan vasta, obscureciendo súbitamente todo el
valle, que involuntariamente Maltby se detuvo y levantó la cabeza.
La nave Constelación flotaba muy baja sobre el salvaje planeta
pardo y amarillo, destacando ya una lancha auxiliar que relucía con un tono
plateado amarillento mientras iba describiendo círculos bajo la luz del sol y
perdiendo altura. Maltby sólo estuvo un instante con Gloria Cecily antes de que
la lancha aterrizase.
—Y pensar... —dijo— que acababa precisamente de descubrir la
verdad...
Se dio cuenta de que ella no lo escuchaba. Su mirada parecía
perdida a lo lejos. Maltby prosiguió:
—Por lo demás, lo mejor, imagino, es volverse a meter en la
cámara de acondicionamiento y...
Siempre sin mirarlo, ella cortó sus palabras en seco.
—No seas ridículo. No tienes por qué imaginar que me siento
molesta porque me besaste. Te recibiré en mis habitaciones más tarde.
Un baño, ropas limpias; por fin Maltby pasó a través de un
transmisor y se encontró en el Departamento de Astrofísica. Su primera
comprensión de la tremenda verdad, aun cuando en conjunto aproximada, carecía
de hechos detallados.
—¡Ah, Maltby! —exclamó el jefe del departamento avanzando hacia
él con la mano tendida—. Has descubierto un sol allí..., lo sospechamos desde
tu primera descripción del amarillo y el negro. Pero, naturalmente, no podíamos
dar pábulo a tus esperanzas. Prohibido, ya sabes... La inclinación axial, la
aparente duración de un verano en el cual los árboles de gran tamaño de la
selva se desarrollan sin formar anillos concéntricos... todo muy significativo.
El espectro sin características con su completa carencia de franjas oscuras...
casi conclusivo. La prueba final fue que el film ortosensible tenía un exceso
de exposición, mientras los sensibles al azul y rojo eran cortos de exposición.
Este tipo estelar es tan inmensamente caliente que prácticamente toda su radiación
de energía está en el ultravisible. Una radiación secundaria —una especie de
fluorescencia en la misma atmósfera de la estrella— produce el amarillo visible
cuando una minúscula partícula de la sorprendente radiación ultravioleta es
transformada en ondas de mayor longitud por los átomos de helio. Una especie de
lámpara fluorescente, pero en una escala que es más que ordinariamente cósmica
en su violencia. La radiación total que alcanza el planeta era naturalmente
tremenda; la superficie de radiación, después de pasar a través de millas de
ozono absorbente, vapor de agua, bióxido de carbono y otros gases, era muy
diferente. No es de extrañar que los indígenas dijesen que hacía siempre calor.
El verano dura cuatro mil años, La radiación normal de la estrella tipo —el
tipo de radiación, el eon-dentro y eon-fuera— es aproximadamente igual a una
Nova a plena saturación en su máximo de catastrófica violencia. Tiene un
período de algunas horas, y es equivalente a unos cien millones de soles
ordinarios aproximadamente. A la mayor de todas las estrellas la llamamos Nova
O; y no hay más que una en toda la Gran Nebulosa de Magallanes, la gran y
gloriosa S-Doradus. Cuando te pedí que llamases al Gran Capitán y le dije que
de cien millones de soles había encontrado...
Fue en este punto cuando Maltby lo interrumpió.
—Un momento —dijo—, ¿dices que le dijiste a Lady Laurr
anoche...?
—¿Era de noche aquí? —preguntó el Capitán Planston interesado—.
Vaya, vaya... A propósito, casi lo olvido, estos asuntos de casamiento o no
casamiento no son importantes ya para mí, que soy un hombre viejo. Pero
felicidades.
La conversación era demasiado rápida para Maltby. Sus mentes
estaban analizando todavía la primera declaración. Esto lo había sabido
siempre. Fijó su atención, titubeando, en sus últimas palabras.
—¿Felicidades? —repitió.
—Era verdaderamente hora de que tuviese marido —chilló el
Capitán—. Ha sido siempre una mujer de carrera, ya lo sabes. Por otra parte,
esto tendrá un efecto vivificador sobre los otros... robots, perdóname. Te
aseguro que la palabra no quiere decir nada para mí. En todo caso, la misma
Lady Laurr ha dado la noticia hace pocos minutos, de manera que baja y ven a
verme otra vez. —Y se alejó con un gesto de su gruesa mano.
Maltby se dirigió al transmisor más cercano. Seguramente Gloria
estaría esperándolo ya.
No quedaría decepcionada.
Capítulo XVI
El globo tenía una luminosidad pálida y unos tres pies de
diámetro. Colgaba en el aire en el centro aproximado de la estancia y el arco
más bajo estaba a la altura de la barbilla de Maltby. Frunciendo el ceño, su
doble mentalidad en tensión, saltó de la cama, se puso las zapatillas y se
acercó a la forma luminosa. Al pasar por su lado, se desvaneció.
Se echó rápidamente atrás y volvió a aparecer. Maltby hizo una
mueca de extrañeza. Era como había supuesto una proyección lanzada desde el
subespacio a su cama, pero sin existencia real en la habitación. Por
consiguiente no podía ser vista desde atrás. Su expresión ceñuda se profundizó
al aumentar su extrañeza. Si no fuese porque sabía que no poseían aquel
comunicador, hubiera supuesto que estaba a punto de ser advertido de que había
llegado el momento de la acción.
Esperaba fervientemente que no. Estaba tan lejos como siempre de
tomar una decisión. Y, sin embargo, ¿quién podía si no estar tratando de
comunicar con él? Sintió el impulso de apretar el botón que conectaría el
centro de control de la gran nave con lo que estaba ocurriendo en su
habitación. No era conveniente que Gloria pudiese pensar que estaba en
comunicación secreta con extraños. Si alguna vez despertaba sus sospechas, ni
el hecho de que estuviese casado con ella lo salvaría de ver sus dos mentalidades
investigadas por la psicóloga de la nave, la Teniente Neslor.
Sin embargo, tenía otras preocupaciones que su matrimonio. Se
sentó en la cama, miró fijamente a la cosa y dijo:
—Voy a hacer una suposición acerca de tu identidad. ¿Qué
quieres?
Una voz muy fuerte, confiada, habló a través del globo:
—¿Crees saber quién llama a pesar del medio inusitado?
Maltby reconoció la voz. Sus ojos se entornaron, tragó con
dificultad; después recobró el control de sí mismo. Se dijo que podían haber
otros auditores que podrían sacar consecuencias de su inmediato reconocimiento
de la voz. A su intención fue que dijo:
—La lógica es relativamente simple. Soy un Hombre Mixto a bordo
de la Nave de Guerra Constelación que está cruzando por la zona de los
Cincuenta Soles de la Gran Nebulosa de Magallanes. ¿Quién puede tratar de
ponerse en contacto conmigo sino los «Ocultos» de mi propia raza?
—Sabes esto —dijo la voz con intención—. ¿Y no has hecho nunca
intento alguno de traicionarnos?
Maltby permaneció silencioso. Dudaba que aquella observación
fuese de su agrado. Como sus propias palabras, reconoció que aquéllas iban
dirigidas también a posibles auditores. Pero no era un acto amistoso llamar la
atención de estos auditores sobre el hecho de que guardaba la conversación para
él. Con mayor intensidad que nunca se le ocurrió pensar que no debía echar en
olvido su posición política, tanto allí, en la nave, como fuera de ella. Miró
el objeto luminoso y decidió que era mejor revelar abiertamente la identidad
del visitante. Secamente, dijo:
—¿Quién eres?
—¡Hunston!
—¡Oh! —exclamó Maltby. Su sorpresa no era totalmente simulada.
Había una diferencia entre un reconocimiento interno de una voz y tener este
reconocimiento verbalmente comprobado. Las implicaciones de la identidad eran
bastante profundas.
Hunston había sido liberado una vez que la Constelación hubo
localizado los Cincuenta Soles. Desde entonces, Maltby, debido a su situación,
no había tenido virtualmente comunicación con el mundo exterior. Suavemente,
Maltby repitió su primera pregunta.
—¿Qué quieres?
—Tu apoyo diplomático.
—¿Mi... qué? —preguntó Maltby.
La voz adoptó un tono resonante y orgulloso.
—De acuerdo con nuestra creencia, que con toda seguridad
compartes, de que los Hombres Mixtos tienen derecho a una parte igual en el
Gobierno de los Cincuenta Soles, independientemente de su corto número, he
ordenado hoy que se proceda al control de todos los planetas de este sistema.
En este momento, los Ejércitos de los Hombres Mixtos, apoyados por la mayor
concentración de armas conocida en la Galaxia, están procediendo a operaciones
de desembarco y conseguirán en breve el control. Tú... —la voz hizo una pausa;
lentamente añadió:— ¿Me sigues, Capitán Maltby?
La pregunta fue como el silencio que sigue al estallido del
trueno. Lentamente, Maltby fue saliendo de la fuerte impresión de las noticias.
Se puso de pie y volvió a sentarse. Finalmente, acudió a él la conciencia de
que pese a que el mundo había cambiado la habitación seguía allá. La
habitación, el globo luminoso y él.
La cólera brotó en él como una llamarada de fuego. Con furia mal
retenida gritó:
—¡Has dado esta orden...! —Se retuvo. Su mente trataba de
comprender analizando el significado de esta información. Finalmente, con la
triste realidad de que en su situación no podía discutir el asunto, dijo—:
Estás pendiente de la aceptación de un hecho consumado. Lo que sé de la
inalterable política de la Imperial Tierra me convence de que tus esperanzas
son vanas.
—Al contrario —respondió el otro vivamente—. Sólo el Gran
Capitán Lady Laurr tiene que ser convencida. Tiene plena autoridad para obrar
como lo juzgue conveniente. Y es tu esposa.
Más tranquilo ya, Maltby vacilaba. Era interesante ver que
Hunston, después de haber obrado por iniciativa propia, buscaba ahora su apoyo.
Pero no demasiado interesante, sin embargo. Lo que en realidad mantenía a
Maltby silencioso era el haberse dado súbitamente cuenta que había sabido
siempre que algo de este género ocurriría; lo había sabido desde el preciso
instante en que se había propagado la noticia de que la nave de guerra de
Tierra había descubierto la civilización de los Cincuenta Soles hacía algunos
meses ya. Durante diez años, cinco años, un año incluso, el sello de la
aprobación de Tierra pesaría para siempre jamás sobre el sistema democrático de
los Cincuenta Soles, tal como era. Y las leyes de este Gobierno excluían
expresamente a los Hombres Mixtos de toda participación. En aquel momento,
dentro de un mes, un cambio sería aún teóricamente posible. Después...
Veía claramente que había sido demasiado lento en tomar una
decisión. Las pasiones de los otros hombres se habían convertido en ideas de
acción y finalmente en las mismas acciones. De uno u otro modo tenía que
abandonar la nave y averiguar qué ocurría. De momento, sin embargo, cautela era
la palabra indicada.
—No soy contrario a exponer tus argumentos a mi esposa —dijo
Maltby—. Pero algunas de tus declaraciones no me impresionan en lo más mínimo.
Has dicho, «la mayor concentración de armas conocida en la Galaxia». Reconozco
que este método de utilización de la radio subespacial es nuevo para mí, pero
tu declaración, en conjunto, no tiene sentido. Es totalmente imposible que
conozcas la cantidad de armas poseídas incluso por esta nave porque, a pesar de
todas mis oportunidades, yo lo ignoro. Es una lógica suposición, sin embargo,
creer que ninguna nave puede llevar a bordo algunas de las grandes armas que
Tierra puede suministrar en breve plazo a cualquier lugar explorado del
Universo. No puedes, aislados como hemos estado todos, ni tan sólo suponer qué
clase de armas son éstas, y menos aún declarar con absoluta certeza que las
tuyas son las mejores. Por consiguiente, mi pregunta relacionada con esto es:
¿Por qué formulas siquiera esta velada amenaza? De todos tus argumentos, es el
que tiene menos probabilidades de despertar nuestro entusiasmo por tu causa.
¿Bien?
En el puente de mando, la Muy Honorable Gloria Cecily se apartó
de la placa de visión que le revelaba la habitación de Maltby. Su bello rostro
estaba contorsionado por la reflexión. Dirigiéndose a su compañera, dijo
lentamente:
—¿Qué sacas en claro de todo esto, Teniente Neslor?
—Creo, noble dama —respondió la psicóloga marcando las palabras—
que éste es el momento de que hablamos cuando por primera vez me preguntaste
cuáles serían los efectos psicológicos de tu matrimonio con Peter Maltby.
El Gran Capitán miró a su subordinada atónita.
—¿Estás loca? Su reacción ha sido correcta en todos los
detalles. Me ha dado extensamente su opinión sobre la situación de los
Cincuenta Soles y cada una de sus palabras concuerda...
La radio interior de la nave lanzó un zumbido. La cabeza y los
hombros de un hombre aparecieron en la pantalla.
—Draydon, Comandante de Comunicaciones, al habla —dijo—.
Haciendo referencia a tu pregunta acerca de la onda de radio dirigida ahora a
la habitación de tu marido, un dispositivo similar fue inventado en la Galaxia
principal hace unos ciento noventa años. La intención era instalarlo en todas
las nuevas naves de guerra y en las naves antiguas tipo crucero, pero estábamos
ya en camino antes de que la producción en masa comenzase.
»En este campo por lo menos, por consiguiente, los Hombres
Mixtos han igualado las invenciones de los genios creadores humanos, si bien es
difícil saber cómo un tan corto número de ellos pueden producir tanto. La misma
exigüidad de su número hace altamente probable que no se den cuenta de que
nuestros descubridores comunicarán instantáneamente la presencia de su
manifestación de energía. Es totalmente imposible que hayan descubierto todos
los subproductos de su invención. ¿Alguna otra pregunta, noble dama?
—Sí, ¿cómo funciona?
—Por energía. Pura e inadulterada energía. Las ultraondas son
dirigidas a un cono, a un vasto sector de espacio donde la nave que tiene que
recibirla se supone situada. Todos los motores de la nave emisora son
conectados con el rayo. Creo que, experimentalmente, se establecieron contactos
tan remotos como tres mil quinientos años luz.
—Bien, pero —dijo Gloria Cecily con impaciencia—, ¿cuál es el
principio? ¿Cómo, por ejemplo, descubrirán la Constelación entre otras cien
naves?
—Como sabes —dijo la respuesta—, nuestra nave emite
constantemente rayos de identificación de una longitud de onda especial. Los
rayos ultra son adaptados a esta longitud de onda y cuando establecen el
contacto reaccionan literalmente al instante. Inmediatamente, todos los rayos
enfocan el centro de la fuente de las ondas de identificación y permanece
enfocada cualquiera que sea la velocidad o el cambio de dirección.
Naturalmente, una vez que la onda transmisora está enfocada, la transmisión de
la imagen y la voz es sencillo.
—Comprendo —dijo Gloria, al parecer pensativa—. Gracias.
Cerró el contacto y volvió a la imagen de la escena de la
habitación de Maltby.
—Muy bien —estaba diciendo su marido—, expondré tus argumentos a
mi esposa.
La respuesta del globo de luz fue su desaparición. Gloria se
sentó, fría. Toda la conversación había sido grabada en un hilo, de manera que
la parte que había perdido podría oírla después. Se volvió lentamente hacia la
Teniente Neslor y le expresó la idea que no había abandonado su mente por un
solo instante.
—¿Qué motivos tienes para decir lo que has dicho un momento
antes de que fuésemos interrumpidas?
—Lo que ha ocurrido aquí es básico de todo el problema de los
Cincuenta Soles. Es demasiado importante emitir cualquier interferencia. Tu
marido debe ser sacado de esta nave, y tú debes permitir ser acondicionada
fuera del amor hacia él hasta que este asunto quede definitivamente resuelto.
¿Lo comprendes verdad?
—¡No! —dijo Lady Laurr obstinadamente—. No lo comprendo. ¿En qué
basas tu opinión?
—Hay varios puntos importantes —dijo la psicólogo—. Uno de ellos
es el hecho de que te hayas casado con él. No te hubieras casado nunca con un
hombre ordinario, Gloria.
—Naturalmente —respondió con orgullo el Gran Capitán—. Tú misma
has afirmado que su doble IQ, ambos, son superiores al mío.
La Teniente Neslor se echó a reír irónicamente.
—¿Y desde cuándo el IQ tiene importancia para ti? Si esto fuese
una razón para reconocer la igualdad, las nobles y reales familias de la
Galaxia estarían desde hace mucho tiempo saturadas de profesores sabios. No,
no, Capitán, en una persona nacida en alto rango hay un sentido instintivo de
la grandeza que no tiene nada que ver con la inteligencia o la capacidad.
Nosotros, los menos afortunados mortales, podemos considerar que es injusto,
pero no podemos hacer nada. Cuando Su Excelencia entra en la habitación, puede
sernos desagradable, podemos ignorarlo, odiarlo, pero no nos es nunca
indiferente. Al Capitán Maltby le ocurre lo mismo. Puedes no haberte dado
cuenta de ello cuando te casaste con él, pero inconscientemente era así.
—Pero no es más que un Capitán de la Flota de los Cincuenta
Soles —protestó Gloria Cecily— y era huérfano, educado por el Estado.
—Sabes muy bien quién es, no cometas errores —dijo la Teniente
Neslor fríamente—. Lo único que siento es que te casaste con él tan
rápidamente, impidiéndome hacer un examen detallado de sus dos mentalidades.
Siento mucha curiosidad por su historia.
—Me lo ha contado todo.
—Noble dama —dijo la psicóloga lentamente—, examina lo que estás
diciendo. Estamos tratando con un hombre cuyo más bajo IQ es más de 170. Cada
palabra que dices acerca de él delata tu inclinación hacia el hombre que amas.
No pongas en duda —añadió la Teniente Neslor—, tu básica fe en él. Por lo que
he podido ver es un hombre capaz y honrado. Pero tus decisiones finales
referentes a los Cincuenta Soles tienen que ser tomadas sin ser afectadas por
tu vida emotiva. ¿Lo ves ahora?
Hubo una larga pausa seguida del más imperceptible gesto de
asentimiento.
—Transbórdale en Atmion —dijo Gloria Cecily con voz casi
imperceptible—. Tenemos que regresar a Cassidor.
Capítulo XVII
Maltby permanecía de pie en el suelo viendo la nave Constelación
desvanecerse en la neblina azulada del cielo. Después dio media vuelta y tomó
un coche hasta el más próximo hotel. Desde allí hizo la primera llamada. Al
cabo de una hora llegó una mujer joven que lo saludó secamente al encontrarse
en su presencia. Pero mientras él permanecía mirándola, una parte de su
hostilidad desapareció en ella. Avanzó un paso, hizo una genuflexión y le besó
la mano.
—Puedes levantarte —dijo Maltby.
La muchacha se levantó y se retiró, mirándolo con una curiosa
mirada, medio irónica, medio de reto.
También Maltby se sentía sardónico. La decisión de las
generaciones anteriores de Hombres Mixtos de que el gobierno hereditario era la
única solución práctica de gobierno entre tantos hombres tan inmensamente
dotados había flaqueado un poco cuando Peter Maltby, el hijo del último activo
jefe de Gobierno fue capturado por los Dellian en la misma batalla que había
sido causa de la muerte de su padre. Después de largas deliberaciones, los
gobernantes subalternos habían decidido reafirmarlo en sus derechos. Habían
incluso empezado a creer que podía ser beneficioso para los Hombres Mixtos que
su jefe se educase y creciese entre la población de los Cincuenta Soles.
Particularmente ahora que la buena conducta suya y de los demás capturados, hoy
ya muchachos crecidos, podía ser un motivo de ganar la buena opinión de los
habitantes de los Cincuenta Soles. Algunos de los demás dirigentes llegaban a
considerarlo incluso como la única esperanza de la raza. Era interesante saber
que, a pesar de la acción de Hunston, una mujer reconocía parcialmente su
status.
—Mi situación es ésta —dijo Maltby—. Llevo un traje que, estoy
convencido, está amoldado a un detector de la Constelación. Necesito que lo
lleve alguien en mi lugar mientras yo voy a la ciudad oculta.
—Creo que puede arreglarse —dijo la muchacha—. La nave llegará
mañana a media noche al punto de cita. ¿Puedes estar allí?
—Estaré.
—¿Algo más? —preguntó la muchacha después de una leve
vacilación.
—Sí. ¿Quién apoya a Hunston?
—Los hombres jóvenes —respondió ella decidida.
—¿Y las mujeres jóvenes?
—¿Yo estoy aquí, no? —dijo ella sonriéndole.
—Sí, pero sólo con medio corazón.
—El otro medio —dijo la muchacha, esta vez sin sonreír— está con
un hombre joven que lucha con las fuerzas de Hunston.
—¿Por qué no está todo tu corazón allí?
—Porque no creo en abandonar un sistema de gobierno a la primera
crisis. Elegimos el sistema hereditario por un período definido. Nosotras, las
mujeres, no aprobamos estas aventuras impulsivas llevadas por aventureros como
Hunston, si bien reconocemos que es una crisis.
—Morirán muchos antes de que todo haya terminado —dijo Maltby
gravemente—. Espero que tu compañero no figure entre ellos.
—Gracias —dijo la muchacha. Y salió.
Existían nueve planetas sin nombre con nueve ciudades ocultas
donde vivían los Hombres Mixtos. Como los planetas, las ciudades no tenían
nombre. Se hacía referencia a ellas con un muy sutil acento en el artículo de
la frase «la ciudad». ¡La! En todos los casos las ciudades eran subterráneas,
tres de ellas bajo grandes mares procelosos, dos bajo cordilleras de montañas,
las otras cuatro... nadie lo sabía.
En un solo día Maltby había descubierto que nadie lo sabía. Las
salidas estaban alejadas de las ciudades, los túneles que llevaban a ellas
seguían una trayectoria tan tortuosa que las mayores naves del espacio tenían
que avanzar a velocidades muy reducidas para tomar las curvas... La nave que
vino a buscar a Maltby llevaba sólo diez minutos de retraso. Era maniobrada
casi exclusivamente por mujeres, pero iban a bordo hombres de edad también,
incluyendo tres de los consejeros de su difunto padre, Johnson, Saunders y
Collings. Este último actuaba como locutor.
—No estoy muy seguro, señor —dijo—, de que sea conveniente que
vengas a la ciudad. Reina una cierta hostilidad, incluso entre las mujeres.
Temen por sus hijos, maridos y prometidos, pero son leales con ellos. Todas las
acciones de Hunston y los otros han sido secretas. No teníamos idea de lo que
ocurría. No hay manera de procurarse informaciones en la ciudad oculta.
—No esperaba tampoco que la hubiese —respondió Maltby—. Quiero
hacer un discurso exponiendo la situación general tal como yo la veo.
Más tarde, cuando Maltby se enfrentó con su auditorio, no hubo
aplausos. Las veinte mil personas reunidas en el auditorium lo escucharon en
medio de un silencio que parecía aumentar la tensión a medida que iba
describiendo algunas de las armas de la nave Constelación.
Cuando describió la política de la Imperial Tierra con respecto
a colonias perdidas como las de los Cincuenta Soles, su desaprobación fue más
que evidente, pero él terminó con firme determinación:
—A menos que los Hombres Mixtos consigan llegar a algún acuerdo
con Tierra o descubran algún medio de atenuar su poderío, todas las
preliminares victorias son fútiles, sin sentido y destinadas a un inevitable
desastre. No hay en los Cincuenta Soles un poderío suficientemente fuerte para
derrotar la Constelación, sin hablar de todos los demás navíos que Tierra puede
mandar en un caso de urgencia. Por consiguiente...
Fue interrumpido. Por todos los ámbitos de la sala, las voces se
elevaron al unísono:
—Es un espía de Tierra por cuenta de su mujer. ¡No ha sido jamás
de los nuestros!
Maltby sonrió tristemente. De manera que los amigos de Hunston
habían decidido que sus tranquilizadores argumentos podían dar resultado y ésta
era su respuesta... Esperó a que las mecanizadas interrupciones terminasen.
Pero los minutos pasaban y el tumulto iba aumentando en lugar de disminuir. El
público no era de los que aprueba el escándalo como forma lógica de discusión.
Maltby vio a varias mujeres arrancar los altavoces que podían agarrar, pero
como la mayoría estaban en el techo, no era una solución definitiva. La
confusión aumentaba.
Hunston y sus secuaces tenían que saber, pensaba Maltby, que
estaban irritando a sus partidarios. ¿Cómo osaba correr aquel riesgo? Sólo una
respuesta parecía razonable. Trataban de ganar tiempo. Llevaban algo oculto en
su manga colectiva, algo gordo, que sobrepasaría toda irritación y toda
oposición.
Alguien le tiraba de la manga. Se volvió y vio que era Collings.
El buen hombre parecía inquieto.
—No me gusta esto —dijo dominando con su voz el alboroto—. Si
pueden llegar hasta donde han llegado son capaces de asesinarte. Quizás sea
mejor que regreses inmediatamente a Atmion o Cassidor, donde prefieras ir.
—Tiene que ser Atmion —dijo Maltby finalmente, al parecer
pensativo—. No quisiera que la gente de la Constelación sospechase que he
estado divagando. En cierto modo no tengo ya compromiso alguno aquí, pero pensé
que un contacto sería útil.
Sonrió tristemente, porque sus palabras delataban su decepción.
Verdad era que Gloria había sido acondicionada ajena al amor hacia él, pero él
seguía acondicionado y enamorado de ella. Por grande que fuese su esfuerzo no
podía alejar de su mente esta triste realidad.
—Ya sabes cómo ponerte en contacto conmigo si ocurre algo —dijo.
Tampoco esto era halagüeño. Tenía el absoluto convencimiento de
que Hunston haría todo lo posible porque ninguna información llegase a sus
manos en la ciudad oculta del planeta sin nombre. La forma como conseguiría
algunas informaciones era otro asunto.
Súbitamente se sintió completamente abandonado. Como un paria,
abandonó la tribuna. El barullo fue desvaneciéndose detrás de él.
Pasaron días; y lo que intrigaba a Maltby era no saber
absolutamente nada de la Constelación. Durante todo un mes, hora tras hora,
anduvo errante y sin rumbo de ciudad en ciudad; y la única noticia que llegó a
sus oídos fue el éxito de los Hombres Mixtos. Eran noticias sensacionales. Por
todas partes los conquistadores se habían apoderado de la radio; y llegaban
brillantes relatos de cómo los habitantes de los Cincuenta Soles habían
aclamado frenéticamente sus nuevos gobernantes como dirigentes de su lucha contra
la Imperial Tierra. Contra los humanos cuyos antepasados, mil quinientos años
antes habían asesinado todos los robots que pudieron encontrar, obligando a los
sobrevivientes a huir a su remota nube de estrellas.
Una y otra vez el tema se repetía. Ningún «robot», la frase
estaba gastada, podía tener confianza en un ser humano después de lo ocurrido
en el pasado. Los Hombres Mixtos salvarían al mundo «robot» de los seres
humanos indignos de confianza y sus naves de guerra.
Una intranquilizadora y fría nota de triunfo figuraba en el
relato cada vez que la nave de guerra era mencionada. Maltby fruncía el ceño al
darse cuenta de ello, y no por primera vez, mientras estaba comiendo en un
restaurante al aire libre el día que hacía treinta y uno de su estancia allí.
Una suave pero vibrante música llegaba a sus oídos brotando del
sistema anunciador público. Estaba casi literalmente sobre su cabeza, pero
estaba demasiado concentrado en sus ideas para darse cuenta de los ruidos
exteriores.
Una cuestión dominaba sus ideas. ¿Qué le habría ocurrido a la
Constelación? ¿Dónde podía estar?
Gloria había dicho: «Pasaremos inmediatamente a la acción.
Tierra no reconoce un gobierno de minorías. Los Hombres Libres recibirán
privilegios democráticos e igualdad, no dominación. Esto es definitivo».
Era también, Maltby se daba cuenta, razonable, si los seres
humanos habían realmente desechado sus prejuicios contra los llamados robots.
Era un Sí con mayúscula; y su rápido desembarco de la nave demostraba
claramente que era un problema que estaba muy lejos de estar terminado.
Sus pensamientos cesaron al callar la música con una nota aguda
final. El breve silencio fue roto por la inconfundible voz de Hunston.
—A todos los habitantes de los Cincuenta Soles hago esta
trascendental comunicación: La nave de Tierra ha cesado de ser un peligro. Ha
sido capturada gracias a una hábil estratagema de los Hombres Mixtos, y está en
Cassidor, donde somete sus múltiples secretos a los técnicos de los Hombres
Mixtos. Pueblo de los Cincuenta Soles, los días de inquietud e incertidumbre
han terminado. Vuestros asuntos serán en lo sucesivo administrados por vuestros
semejantes y amigos, los Hombres Mixtos. Como su jefe y vuestro jefe, dedicaré
en adelante los treinta billones de habitantes de nuestros diversos planetas a
la tarea de preparar futuras visitas de la principal Galaxia, y a asegurarnos
que jamás nave alguna volverá a aventurarse por la Gran Nebulosa de Magallanes
que ahora solemnemente declaro ser nuestro espacio vital, sagrado e inviolable
para siempre jamás.
»Pero esto es para el futuro. De momento, nosotros, habitantes
de los Cincuenta Soles, hemos resuelto el más espantoso peligro de nuestra
historia. Tres días de festividades son proclamados. Decreto música, fiestas y
risas.
Al principio parecía que no hubiese nada que pensar. Maltby
siguió una avenida con árboles y flores y bellas mansiones; después, al cabo de
un rato, su imaginación trató de formar la imagen de una invencible nave de
guerra capturada con todos los hombres a bordo... si es que estaban todavía con
vida. ¿Cómo había sido posible? ¡Por todos los hombres del espacio...! ¿Cómo?
Los Hombres Mixtos, con sus dobles mentalidades y fuerza
hipnótica, si conseguían subir a bordo en suficiente número para apoderarse del
control mental de los oficiales, hubieran podido hacerlo.
Pero, ¿quién hubiera sido suficientemente loco para dejar entrar
en la nave al primer grupo? Hasta hacía un mes la Constelación tenía por lo
menos dos dispositivos protectores contra un desastroso final de su largo
viaje. El primero era la sagaz psicóloga de a bordo, la Teniente Neslor, que
entraría sin la menor vacilación en el cerebro de toda persona que llegase a
bordo. La segunda salvaguardia era el Capitán Peter Maltby, cuyo doble cerebro
reconocería inmediatamente la presencia de otro Hombre Mixto.
Pero Maltby no estaba a bordo, sino paseando por aquella
tranquila y magnífica avenida, consumiéndose de desfallecimiento y ansiedad.
Estaba allí porque... Suspiró con una súbita e inmensa comprensión. Entonces
por esto se le había aparecido el globo de luz y que Hunston había sido tan
plausible. Las palabras de aquel hombre no habían tenido nada que ver con sus
intenciones. Todo había sido hecho con el objeto de sacar de a bordo el único
hombre que hubiera presentido en el acto la proximidad de un Hombre Mixto. Era
difícil saber qué hubiera hecho si lo hubiese descubierto. Delatar mandando a
un semejante a la muerte por el amor de una mujer de otra raza era casi
inimaginable. Y, sin embargo, no podía dejar que ella fuese capturada. Quizás
su actitud hubiera sido advertir a los que estaban en peligro para que se
marchasen. La decisión, impuesta sobre él en el momento decisivo del ataque,
hubiera dado la medida de la capacidad lógica de su cerebro.
Ahora no tenía importancia ya. Los hechos se habían desarrollado
casualmente sin intervención de su parte. No podía cambiar la forma esencial de
los mismos. La toma política del gobierno de los Cincuenta Soles, la captura de
una poderosa nave de guerra, todo estaba fuera del alcance de un hombre al cual
los hechos habían quitado la razón y que podía ahora encontrar la muerte sin
que nadie, ni tan sólo sus antiguos secuaces, se preocupasen sobremanera por
él. No tendría utilidad ninguna establecer contacto con la ciudad oculta a la
hora del triunfo de Hunston.
Quedaba el hecho de que tenía que hacer algo. Si la nave
Constelación había sido capturada, también lo había sido la Muy Honorable
Gloria Cecily. Y Lady Laurr de la Noble Casa de Laurr era, además de todos sus
grandes títulos, Mrs. Peter Maltby. Esta era la realidad. De este hecho partía
el primer propósito puramente personal de su solitaria vida.
Capítulo XVIII
La Base Naval se extendía delante de él. Maltby se detuvo en una
avenida lateral a unos cien pies de la entrada principal de los oficiales y
encendió indiferentemente un cigarrillo. Fumar era esencialmente un hábito
no-Dellian; y no lo había tenido nunca. Pero un hombre que quería trasladarse
del planeta IV del Sol de Atmion a Cassidor VII sin tomar una línea regular,
necesitaba una flexibilidad en las acciones insignificantes para salvar
momentos como aquél.
Encendió el cigarrillo mientras su mirada se fijaba en la puerta
y en el oficial que estaba de guardia allí. Se dirigió hacia él con el paso de
la persona que tiene la conciencia completamente tranquila. Se detuvo, echando
humo, mientras el hombre, un Dellian, examinaba su documentación perfectamente
en orden. La indiferencia era una máscara. Sudando mentalmente, pensaba: «Tenía
que ser un Dellian. Con un hombre como él, salvo en determinadas condiciones de
sorpresa, el hipnotismo sería imposible». El oficial rompió el silencio:
—Detente allí en la otra puerta, Capitán, tengo que hablar
contigo.
La mente primitiva de Maltby se estremeció, pero la segunda
adquirió la fuerza del acero súbitamente sometido a tensión. ¿Lo habían
descubierto? En el momento de operar con sus dos mentes, vaciló. ¡Espera!, se
advirtió. Tienes tiempo suficiente de obrar si intenta dar la alarma. Tenía que
llevar hasta el límite su teoría de que Hunston no había tenido tiempo de
cerrarle todas las puertas.
Miró fijamente el rostro del hombre. La típica mente bella
expresión de un Dellian era típicamente impasible. Si estaba descubierto era ya
tarde para emplear su forma especial de hipnotismo.
En voz baja, sin preámbulos, el Dellian dijo:
—Tengo órdenes de encontrarte, Capitán.
Se detuvo mirando con curiosidad a Maltby, que hizo un cauteloso
intento con sus dos cerebros, se encontró ante una barrera infranqueable y se
retiró, derrotado, pero no sorprendido. Hasta ahora no había nada amenazador.
Miró fijamente al hombre.
—¿Sí? —preguntó cauteloso.
—Si te dejo entrar y ocurriese algo, que desapareciese una nave,
por ejemplo, sería el responsable. Pero si no entras y te vas, nadie sabrá que
has venido aquí. ¿Sencillo, eh? —añadió sonriendo.
—Gracias —dijo Maltby mirando al hombre melancólicamente—. Pero,
¿qué idea es ésta?
—No estamos decididos.
—¿Sobre qué?
—Sobre los Hombres Mixtos. El asunto este de apoderarse del
Gobierno está muy bien. Pero la Flota de los Cincuenta Soles no presta
juramento ni reniega de él en diez minutos. Por otra parte, no estamos muy
seguros de que este ofrecimiento de Tierra no sea conveniente.
—¿Y por qué me dices esto? Después de todo, físicamente soy un
Hombre Mixto.
El hombre sonrió.
—Se ha discutido ya mucho sobre ti, Capitán. No hemos olvidado
que fuiste uno de los nuestros durante quince años. Aunque no te dieses cuenta
te sometimos a muchas pruebas durante aquel tiempo.
—Me di cuenta —dijo Maltby ensombreciéndose su rostro ante el
recuerdo—. Tuve la impresión de que debí fracasar en los tests.
—No es así.
Hubo un silencio. Pero Maltby se sentía excitado. Había estado
tan intensamente absorbido en sus preocupaciones que la reacción del pueblo de
los Cincuenta Soles ante el cataclismo del cambio político le había escasamente
afectado. Pensando bien en ello, había observado entre la población civil la
misma incertidumbre que el oficial le estaba expresando.
No parecía haber gran duda: los Hombres Mixtos se habían
apoderado del poder en el momento psicológico oportuno. Pero la victoria no era
definitiva. Había todavía la oportunidad para el propósito de los demás.
—Quiero ir a Cassidor para saber qué ha sido de mi esposa —dijo
Maltby simplemente—. ¿Cómo puedo conseguirlo?
—¿El Gran Capitán de la Constelación es realmente tu esposa? ¿No
era propaganda?
—Es realmente mi esposa —asintió Maltby.
—¿Y se casó contigo sabiendo que eras un robot?
—Pasé semanas enteras en la biblioteca de la nave leyendo la
versión de Tierra de la hecatombe de los robots que ocurrió hace mil quinientos
años. Su explicación es que fue debida a una breve resurrección en las masas
del pueblo de los viejos prejuicios de raza que, como sabes, estaban basadas en
el terror de los forasteros y, desde luego, una pura antipatía elemental. Los
Dellian eran unos seres tan soberbiamente bellos, y con sus curiosas facultades
físicas y morales parecían tan superiores a los hombres nacidos naturalmente
que, de un salto, el temor se convirtió en pánico, y la carnicería empezó.
—¿Y los no-Dellian? —preguntó el oficial—. ¿Quién hizo posible
su huida y no obstante se sabe tan poco de él?
—Este es el punto crucial del problema —dijo Maltby con una
sonrisa—. Escucha...
Una vez que hubo terminado su explicación el oficial dijo, sin
entonación en su voz:
—¿Y la gente de la Constelación sabía todo esto?
—Yo se lo dije. Tenían intención de hacer una proclama poco
antes de regresar a Tierra.
Hubo un silencio. Finalmente, el Dellian, dijo:
—¿Qué piensas del asunto este de la toma del Gobierno por los
Hombres Mixtos y la organización de la guerra?
—No lo he decidido.
—Lo mismo que nosotros.
—Lo que me inquieta —añadió Maltby—, es que tienen que haber
otras naves de Tierra en camino hacia aquí, y algunas de ellas por lo menos no
serán capturadas por estratagema.
—Sí —dijo el Dellian—, hemos pensado ya en ello.
Reinó un silencio que se prolongó esta vez antes de que Maltby
hiciese su pregunta.
—¿Hay aquí algún medio de que pudiese ir a Cassidor?
El Dellian permaneció con los ojos cerrados, cavilando.
Finalmente suspiró:
—Va a salir una nave dentro de dos horas. Dudo que el Capitán
Terda Laird se oponga a tu presencia a bordo. Si quieres seguirme, Capitán...
Maltby franqueó la puerta y entró en las profundas sombras de
los lejanos hangares. Sentía una especie de alivio y se encontró en el espacio
antes de podérselo explicar. Su opresora sensación de encontrarse solo en un
Universo poblado de extraños había desaparecido.
Capítulo XIX
La oscuridad que se veía a través de las portillas era
apaciguadora para su cerebro creador. Permanecía contemplando aquel pozo de
tinta con algunos puntos relucientes que eran estrellas. Nostálgicos recuerdos
de todas las horas que había pasado de aquella forma cuando era meteorólogo de
la Flota de los Cincuenta Soles acudieron a él. Entonces las había encontrado
enemistosas, separadas de aquellos robots, Dellian y no-Dellian, por un
infranqueable recelo.
La verdad era, quizás, que se había criado tan adusto, que nadie
osaba franquear el abismo que lo separaba de los demás. Ahora sabía que el
recelo había ido palideciendo lentamente hasta casi desvanecerse. En cierto
modo, aquello hacía el problema de los Cincuenta Soles uno otra vez. Un camino
diferente hacia el rescate de Gloria estaba indicado, pensó. Pocas horas antes
de aterrizar mandó su tarjeta al Capitán Laird y le pidió una entrevista.
El Comandante era un no-Dellian, delgado, de cabello gris y muy
digno. Y estuvo de acuerdo con todas las palabras, todos los detalles del plan
de Maltby.
—Todo este asunto —dijo—, fue tramado hace muchas semanas, poco
después de que los Hombres Mixtos se apoderasen del poder. Al estimar el número
total de naves de guerra disponibles en la Imperial Tierra, llegamos a una
cifra que era casi inimaginable, tan grande era. No me sorprendería —prosiguió
el Capitán animadamente—, que Tierra pudiese destacar una nave por cada hombre,
mujer o criatura de los Cincuenta Soles, sin por esto debilitar
perceptiblemente la defensa de toda la Galaxia. Nosotros, los pertenecientes a
la Flota, hemos estado esperando ansiosamente que Hunston hiciese una
declaración pública o privada, sobre este punto. Que no lo haya hecho es
alarmante, particularmente habiendo una cierta lógica en el argumento de que la
primera penetración de un nuevo sistema como el de la Gran Nebulosa de
Magallanes sería emprendida por órdenes del Consejo Ejecutivo Central.
—Es una misión Imperial que obra bajo directivas del Consejo del
Emperador —dijo Maltby.
—¡Locura! —murmuró el Capitán—. Nuestros nuevos dirigentes están
locos.
Se enderezó moviendo la cabeza, como para aclarar la confusión
de sus ideas. Con voz resonante, continuó:
—Capitán Maltby, creo poderte garantizar el pleno apoyo de la
Flota en tus esfuerzos por rescatar a tu esposa si... si vive aún.
Mientras iba cayendo por la oscuridad horas después, Maltby
trataba de atenuar con los reconfortantes efectos de la promesa las siniestras
palabras del final. Una vez, su viejo espíritu sardónico brotó como una
llamarada y pensó, irónicamente; parecía increíble que sólo hubiesen
transcurrido algunos meses desde que las circunstancias obligaron a la
psicóloga de la nave Constelación a crear en su cerebro aquel profundo afecto
de Maltby por Gloria. El afecto que, desde entonces, había sido la pasión directora
de su vida.
Ella, por otra parte, se había enamorado de él naturalmente. Lo
cual era una de las razones por las cuales su mutuo afecto era tan precioso
para él.
El planeta que veía abajo era más brillante, mayor. Era un
cuarto creciente confortablemente establecido en el espacio, con la parte
oscura mostrando las plateadas luces de miles de ciudades. Allí, era donde se
dirigían hacia la reluciente parte oscura. Aterrizó en una arboleda, y estaba
enterrando su traje del espacio al pie de un árbol cuidadosamente marcado,
cuando la total oscuridad lo impresionó.
Maltby sintió que se caía. Dio en el suelo con un fuerte golpe,
dándose perfecta cuenta de que su conciencia iba esfumándose en su mente.
Se despertó, sorprendido; y miró a su alrededor. Todo seguía
oscuro. Dos de las tres lunas de Cassidor estaban bastante altas sobre el
horizonte y no era siquiera visible cuando aterrizó. Su luz se desparramaba
suavemente sobre el leve resplandor.
Era el mismo grupo de árboles. Trató de mover las manos y se
movieron. No estaba atado. Se sentó. Después se levantó: estaba solo.
No había más ruido que el leve susurrar del viento por entre los
árboles. Permanecía con los ojos muy abiertos, receloso. Súbitamente recordó
haber oído hablar de una inconsciencia como la que acababa de tener después de
una larga caída a través del espacio. Los Dellian no estaban afectados por ella
y hasta entonces había creído a los Hombres Mixtos inmunes también. Pero no lo
eran. De esto no cabía duda. Se encogió de hombros y lo olvidó. Necesitó unos
diez minutos para llegar a la primera parada aérea. Diez minutos después estaba
en el centro aéreo. Ahora sabía el camino. Se detuvo delante de una de las
cuarenta entradas y poniendo en juego su doble cerebro se convenció de que no
había Hombres Mixtos entre las masas humanas que se dirigían hacia los diversos
escaladores. En el menor de los casos era una mínima satisfacción. Mínima
porque sabía que Hunston no podía malgastar hombres para un trabajo de patrulla
complicado. El jefe de los Hombres Mixtos podía hablar tan ampulosamente como
quisiera de sus Ejércitos. Pero —Maltby esbozó una sonrisa siniestra— no
existían tales Fuerzas.
El golpe de estado que había dado a Hunston el poder fue un acto
de osadía más arriesgado de lo que parecía a primera vista. Debió ser llevado a
cabo con menos de cien mil hombres, y el peligro para Peter Maltby estaría en
el punto de desembarco en la grandiosa ciudad de Della, capital de los
Cincuenta Soles.
Acababa de tomar su billete y se dirigía hacia el cuarto
escalador cuando una mujer le tocó el brazo. Con un solo destello, Maltby captó
su pensamiento, después en el mismo instante, lo soltó. Se encontró cara a cara
con la Teniente Neslor, psicóloga de la nave Constelación.
Maltby dejó su taza y miró fijamente a la psicóloga.
—Francamente —dijo— no me interesa ninguno de los planes que
pueda tener para recuperar la nave. Me encuentro en una situación que no me
permite adoptar conscientemente posiciones extremas. —Hizo una pausa y la miró
con curiosidad, pero sin una verdadera idea determinada. La vida emotiva de
aquella mujer de media edad algunas veces le había intrigado. En el pasado se
había preguntado si no habría usado sobre sí misma máquinas para acondicionarse
contra todo sentimiento humano. El recuerdo de esta idea acudió ahora a su
cerebro. Se desvaneció. Era informaciones lo que quería, no nuevos datos de su
carácter. Más firmemente todavía, añadió—: A mi juicio, tú eres la responsable
de la ignominiosa captura de la Constelación, primero porque fuiste tú, en tu
científica sabiduría, quien me hizo expulsar a mí, una fuerza protectora, de la
nave; y segundo porque tenías el deber de explorar las mentes de todos los que
eran autorizados a subir a bordo. Todavía no he logrado comprender cómo
fracasaste.
La mujer permanecía silenciosa. Delgada y de sienes grises,
bella con cierta madurez, seguía saboreando su bebida. Finalmente fijó los ojos
en él y dijo:
—No voy a darte explicación alguna. La derrota habla por sí
misma. —Se detuvo, y estalló—: Crees que tu noble dama va a caer en tus brazos
llena de gratitud cuando la rescates. Pero olvidas que ha sido acondicionada
fuera del amor respecto a ti y que para ella sólo cuenta la nave.
—Sobre esto correré mi suerte; y la correré solo. Y si alguna
vez volvemos a estar bajo el peso de las leyes de Tierra, ejerceré mis derechos
legales.
La Teniente Neslor entornó los ojos.
—¡Ah —dijo—, sabes de esto...! Has pasado mucho tiempo en la
biblioteca, ¿verdad?
—No creo que haya nadie a bordo de la Constelación que entienda
más que yo en leyes de Tierra —dijo tranquilamente.
—¿Y no quieres escuchar siquiera mi plan de utilizar los mil
sobrevivientes para ayudar a rescatar la nave?
—Ya te he dicho que no puedo tomar parte en empresas
importantes.
La Teniente Neslor se levantó.
—¿Pero vas a tratar de rescatar a Lady Gloria?
—Sí.
Dio media vuelta sin una palabra más y se marchó. Maltby la
siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido por una puerta alejada.
Capítulo XX
El Gran Capitán, la Muy Honorable Gloria Cecily, Lady Laurr de
la Noble Casa de Laurr, estaba sentada bajo dosel en su trono de recepción y
escuchaba seriamente el relato de la psicóloga. Sólo cuando hubo terminado, la
palidez de Gloria Cecily delató su agotamiento. Su voz, sin embargo, era
vibrante cuando dijo:
—¿Entonces, definitivamente, no sospecha la verdad? ¿No sabe que
la Constelación no ha sido jamás capturada? ¿No se ha dado cuenta de que fuiste
tú quien lo sumió en la inconsciencia cuando aterrizó en el bosquecillo?
—¡Oh, sospechaba...!—dijo la Teniente Neslor—. Pero... ¡cómo
podía ni sospechar toda la verdad! En vista de nuestro silencio, ¿cómo podía
sospechar que la triunfante declaración de Hunston no era sino una parte de la
implacablemente mortal partida que estamos jugando en nuestro intento de
destruirnos mutuamente? El solo hecho de que Hunston ha conseguido una nave de
Tierra imposibilita a quien sea para conocer la verdad.
La noble dama asintió, sonriendo. Permaneció algún tiempo
inmóvil, la reflexión pintada en sus altivos ojos, los labios separados y
brillando sus blancos dientes. No había sido aquélla su expresión cuando por
primera vez se enteró de que los Hombres Mixtos tenían también una nave de
Tierra, y un maravilloso modelo, además, una nave cuyo proyecto había estado
durante muchos años en estudio. En aquel momento, todos los recuerdos de
aquella nave maravillosa a la que en los sectores navales se daba el nombre de
Relámpago, acudían a su mente. Sus novecientos billones de fragmentos separados
habían entrado en la producción en masa hacía setenta y cinco años, con la
esperanza de que la primera nave estaría terminada al final de setenta años
más. Eran muy pocas las naves de este género que estaban en servicio todavía,
pero el caso era que una de ellas había sido robada.
¿Cuáles eran las intenciones de Hunston? ¿Cómo pensaba solventar
el hecho de que la Imperial Tierra tuviese más naves de guerra que hombres,
mujeres y chiquillos había en los Cincuenta Soles? Lentamente dijo:
—Es indudable que los Hombres Mixtos mandaron una nave a la
Galaxia principal en el momento que oyeron hablar de nosotros; y, desde luego,
si entran en ella un número suficiente nada puede detenerlos. —Más
animadamente, prosiguió—: Celebro que el Capitán Maltby no te preguntase cómo
tú y mil supervivientes más pudisteis escapar cuando Hunston hizo la supuesta
presa de la Constelación. No me sorprende que no quisiera tomar parte activa en
tu inocente plan de recuperar la nave. Lo importante es que, con tu inocente
estratagema, te has enterado de lo que queríamos saber; que su amor hacia mí lo
lleva a un intento de penetrar en la nave de Hunston. Cuando el indicador que
tenemos conectado hacia él desde que nos dejó en Atmion indique que está en el
interior de la nave, actuaremos. Quedará muy sorprendido —añadió riéndose—
cuando se dé cuenta del terreno que pisa.
—Puede ser muerto —dijo la Teniente Neslor.
Hubo un silencio, durante el cual la sonrisa perduró en el bello
rostro de Lady Laurr.
—No olvides que tu actual antagonismo contra él está
influenciado por tu comprensión de cuan profundamente te habías entregado con
anterioridad a un afecto emotivo hacia él —dijo apresuradamente la Teniente
Neslor.
—Es posible que tu acondicionamiento hubiese sido excesivamente
entusiasta —reconoció el Gran Capitán—. Cualquiera que sea la razón, no deseo
ser de otra forma que la que soy. Puedes por consiguiente considerar lo que te
diré como una orden: En ninguna circunstancia quiero volver a ser acondicionada
en la forma anterior. El divorcio entre el Capitán Maltby y yo, ahora que ha
sido ya pronunciado, es definitivo. ¿Está esto claro?
—Sí, noble dama.
Allí había naves, naves, naves, más naves de las que Maltby
había visto jamás en las Bases Navales de Cassidor. La Flota de los Cincuenta
Soles estaba sin duda siendo desmovilizada con tanta rapidez como los Hombres
Mixtos podían conseguir.
Las naves se extendían en hileras hacia el norte, el este, el
sur, hasta donde alcanzaba la vista. Yacían sobre sus chasis formando hileras
geométricas. De vez en cuando los hangares de superficie y los talleres de
reparaciones rompían el mesurado ritmo de aquellas extensiones. Pero la mayor
parte de las veces las construcciones eran subterráneas o, mejor dicho, bajo
grandes chapas de metal ocultas por una capa de aleación de acero transparente
finamente acanalado.
La nave de Tierra estaba a unas cuatro millas de la entrada
occidental. La distancia no parecía producir un efecto de disminución en su
tamaño. Se elevaba colosal en el horizonte, dominando las naves más pequeñas y
el planeta, en las secciones de la ciudad que se extendía más allá de él. Nada
de Cassidor, nada en el Sistema de los Cincuenta Soles, podía soñar en
acercarse a aquella nave en cuanto a tamaño y aparente aspecto de fuerza.
Incluso en aquel momento parecía increíble que aquella inmensa
arma, aquel artefacto que era capaz de destruir planetas enteros, hubiese
podido caer intacta en manos de los Hombres Mixtos, capturada por una
estratagema. Y, sin embargo, el mismo método que había usado para librar la
Atmion era la prueba de que podía hacerlo. Haciendo un esfuerzo, Maltby arrancó
su mente a la fútil contemplación y se alejó. Se sentía, frío, tranquilo y
decidido. El oficial de la puerta era un no-Dellian de rostro agradable que lo
acompañó diciéndole:
—Hay un transmisor de materia electrónica enfocado desde la nave
a la puerta de este edificio. —Avanzó un centenar de metros hacia dentro y a un
lado y añadió—: Esto te llevará dentro de la nave. Ahora métete este aparato de
alarma en el bolsillo.
Maltby aceptó el diminuto instrumento, intrigado. Era una
combinación ordinaria con un tubo emisor y receptor y un botón para activar la
señal.
—¿Para qué es esto?
—¿Vas en busca del Gran Capitán, no?
Maltby asintió, pero tenía una idea detrás de la cabeza; y no se
atrevía a hablar. Esperó.
—En cuanto puedas —prosiguió el hombre—, haz todos los esfuerzos
posibles para alcanzar el cuadro de controles y anular los chorros de energía,
conexiones de fuerza, pantallas automáticas y todo lo demás. Entonces aprieta
la señal.
Maltby sentía una especie de sensación de vacío interior. Le
parecía estar caminando por el borde de un abismo.
—Pero... ¿qué idea es ésta? —preguntó.
—Se ha tomado la decisión —respondió el oficial con calma,
fríamente— de tratar de apoderarnos de algunos transmisores y estamos
dispuestos a mandar cien mil hombres a bordo en el espacio de una hora
procedentes de los centros de concentración. Cualquiera que sea el resultado,
en la confusión del ataque las probabilidades de fuga con tu esposa aumentan
considerablemente.
Paró en seco.
—¿Has entendido tus instrucciones? —añadió con violencia.
¡Instrucciones! Conque así era. Era miembro de la Flota de los
Cincuenta Soles y daban por descontado que tenía que recibir órdenes sin
discusión. Pero no era así, desde luego. Como jefe hereditario de los Hombres
Mixtos que había jurado fidelidad a los Cincuenta Soles y esposo de la
representante de la Imperial Tierra, su lealtad era un problema de básica
ética.
A Maltby se le ocurrió la torturada idea de que ahora sólo
faltaba un ataque de los sobrevivientes de la Constelación. Capitaneada por la
Teniente Neslor, su llegada sería el perfeccionamiento de una situación para un
hombre cuyo cerebro andaba dando vueltas y más vueltas, acelerando la velocidad
a cada instante. Necesitaba tiempo para pensar, para decidir. Y,
afortunadamente, tendría tiempo disponible. Esta decisión no tenía por qué
tomarla entonces y allí. Se llevaría el aparato de alarma y lo haría funcionar
o no, según su decisión del momento. Se metió el instrumento en el bolsillo y
tranquilamente dijo:
—Sí, he entendido tus instrucciones.
Dos minutos más tarde estaba en el interior de la nave.
Capítulo XXI
El almacén donde Maltby se encontró estaba desierto. Lo
agradable del caso lo impresionó. Le parecía casi demasiado bueno para que
fuese verdad. Su mirada recorrió la estancia. No recordaba haber estado nunca
allí mientras residía en la Constelación. Pero en aquellos días no había tenido
motivo alguno para andar rondando por la imponente nave. Ni, por otra parte,
había tenido tiempo.
Se dirigió apresuradamente hacia el transmisor interno y estaba
a punto de apretar el contacto que lo llevaría inmediatamente al puente de
mando del Gran Capitán, cuando en el último instante vaciló.
Había hecho bien, desde luego, en obrar osadamente. Toda la
historia de la ciencia guerrera demostraba que la osadía y el arrojo pesaban
considerablemente en la balanza de la victoria. Pero en realidad no la había
empleado. Conscientemente, dejó que su segundo cerebro, el Dellian, avanzase.
Permaneció inmóvil, examinando mentalmente sus acciones desde el momento en que
Hunston había proyectado el globo de luz dentro de su habitación, todo el viaje
a Cassidor, la conversación que había tenido con la Teniente Neslor y el súbito
anuncio del ataque a la nave de los Cincuenta Soles.
Recordando todo esto se le ocurrió pensar que la característica
dominante de todo aquello era la complicación. La parte Dellian de su cerebro,
con su iniciativa lógica, encontraba en general poca dificultad en coordinar
hechos aparentemente no relacionados en la forma innata que hubiese en ellos.
Y, sin embargo, ahora era lento en resolver estos detalles. Tardó un momento en
comprender el porqué. Cada uno de ellos era un compuesto de diversos hechos
menores, algunos de ellos susceptibles de ser resueltos por deducción, pero
otros, que se encontraban indiscutiblemente allá, se negaban a salir de la
neblina que los envolvía. No había tiempo ahora para pensar en todo esto: había
decidido entrar en el camarote del Gran Capitán y sólo había un camino para
hacerlo. Con un brusco movimiento apretó el botón. Se encontró en una
habitación brillantemente iluminada. A unos doce pies del transmisor había un
hombre de alta estatura con la mirada fija en el instrumento. En sus manos
llevaba un arma extraña.
Hasta que el desconocido tomó la palabra, Maltby no reconoció a
Hunston. Con voz vibrante, el jefe de los Hombres Mixtos dijo:
—Bienvenido, Capitán Maltby. Te estaba esperando.
Por una vez, la osadía había fallado, Maltby estuvo tentado de
sacar también el arma de su funda. Estuvo tentado, pero eso fue todo. Primero,
porque miró hacia el cuadro de controles la sección que mandaba las defensas
automáticas del interior de la nave. Una sola luz brillaba allí. Movió
lentamente la mano. La luz centelleó, demostrando conocer su intención. Decidió
no sacar el arma. La posibilidad de que aquella luz hubiese estado encendida
desaconsejaba formalmente entrar en el puente arma en mano.
Maltby suspiró y prestó toda su atención a su compañero. Hacía
varios meses que no había visto a Hunston. Como todos los hombres de sangre
Dellian, como el propio Maltby, era un tipo soberbiamente proporcionado. Su
madre debía haber sido rubia y su padre moreno porque su cabello era de aquel
color claro castaño que suele resultar de esta unión. Sus ojos eran de un gris
azulado. Cuando su primer encuentro, Hunston era más delgado y tenía un cierto
aspecto maduro a pesar de su confianza y personalidad. Todo esto había
desaparecido ahora. Parecía fuerte y orgulloso; en todo su ser llevaba la
autoridad sobre los hombros. Sin preámbulos, dijo:
—En resumen, los hechos son los siguientes: Esta nave no es la
Constelación. Mi afirmación a este respecto fue una maniobra política.
Capturamos esta nave en un astillero de la principal Galaxia. Una segunda nave
de guerra, actualmente a punto de ser capturada, no tardará en llegar aquí.
Cuando haya llegado, destinaremos la Constelación a un ataque por sorpresa.
El cambio de posición de Maltby de rescatador a víctima fue tan
rápido como eso. Un instante antes era un hombre lleno de decisión dispuesto a
afrontar cualquier peligro; un instante después no era más que un infeliz; su
determinación no tenía la menor importancia.
—Pero... —dijo.
Fue un sonido, no una reacción. Una palabra que expresaba el
vacío, una declaración sin significado que precedía la tormenta mental de la
cual brotaba la incomprensión. Antes de que pudiese hablar, Hunston dijo:
—Alguien nos ha advertido que venías. Supimos que fue tu esposa.
Suponemos, además, que detrás de cada gesto que hace hay un propósito hostil.
De acuerdo con ello, nos preparamos para el caso de peligro. En el interior de
esta nave hay diez mil Hombres Mixtos. Si tu llegada aquí tiene que ser la
señal del ataque, tendrá que ser muy bien organizado para que nos sorprenda.
Una vez más, demasiados hechos. Pero al cabo de un momento
Maltby pensó en los hombres de la Flota de los Cincuenta Soles esperando para
entrar en la nave y flaqueó. Abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla
cuando su mente Dellian proyectó en la primaria la imagen de su encuentro con
la Teniente Neslor. La capacidad lógica de esta segunda mente estaba en un
plano que no tenía paralelo humano. Había una deslumbrante relación entre el
encuentro con la psicóloga y el vacío que se había apoderado de él en el
momento de su aterrizaje en Cassidor. Instantáneamente, aquel maravilloso
cerebro secundario examinó mil posibilidades, y como finalmente tenía datos
suficientes, encontró en el acto la respuesta.
¡El traje que llevaba! Debió haber sido puesto en estado de
inconsciencia a fin de sustituirlo por el que había llevado. Cada minuto, cada
segundo, debía ser activado. Sudando, Maltby tuvo la horrenda visión titánica
del choque. Diez mil Hombres Mixtos contra la mayoría de la tripulación de la
Constelación, contra cien mil hombres de la nota de los Cincuenta Soles.
Si por lo menos este último grupo esperase su señal, podía
salvarlo no dándola. Se daba perfecta cuenta de que tenía que decir algo, pero
primero tenía que averiguar si el traje había sido sometidos a energía.
Se llevó la mano a la espalda y la empujó cautelosamente en su
espalda. La mano entró cuatro pulgadas, seis pulgadas y todavía solo había el
vacío. Lentamente, Maltby retiró su brazo.
El traje estaba activado, no había duda.
—Nuestro plan es destruir primero la nave Constelación y después
Tierra —iba diciendo Hunston.
—¿Có... mo?
Se quedó mirándolo. Tuvo la súbita sensación de no haber oído
bien. Repitió resonando fuerte su voz en sus oídos.
—¿Destruir... Tierra?
—Es el único plan lógico —asintió Hunston fríamente—. Si el
único planeta en el que los hombres conocen la expedición de la Constelación a
la Nebulosa Menor de Magallanes es destruido, tendremos tiempo de extender y
desarrollar nuestra civilización; y eventualmente, dentro de unos centenares de
años de crianza intensiva de Hombres Mixtos tendremos una población suficiente
para conseguir el control de toda la Galaxia.
—Pero —protestó Maltby—, Tierra es el centro de toda la Galaxia.
Todo el Gobierno está allí, el símbolo Imperial. Es la cabeza de los planetas
de 300 millones de soles. Es... —Se detuvo. El terror que sentía era tanto más
grande cuanto no era personal—. ¡Estás loco! —gritó con ferocidad—. ¡No puedes
hacer una cosa como ésta! ¡Desorganizaría toda la Galaxia!
—Exactamente —asintió Hunston con satisfacción—. Tendremos
definitivamente el tiempo que necesitamos. Aunque alguien más conociese la
expedición de la Constelación, nadie lo relacionaría con la catástrofe y no se
mandaría ninguna otra expedición.
Hizo una pausa y continuó:
—Como ves, he sido muy franco contigo. Y no puedes haber dejado
de ver que todo nuestro plan depende de si podemos o no ante todo destruir la
Constelación. En esto —terminó tranquilamente— esperamos, naturalmente, el
apoyo del jefe hereditario de los Hombres Mixtos.
Capítulo XXII
En la gran habitación reinaba el silencio. Los aparatos del
cuadro instrumental de a bordo permanecían impasibles a excepción de la luz que
brillaba como una tenue baliza en la profundidad de su tubo. A la mente de
Maltby acudió una idea. No tenía más que una relación indirecta en lo que
Hunston acababa de decir y no era nada nuevo. Trató de eludirla, pero cada vez
se aferraba con mayor fuerza a su cerebro. Era la convicción de que se vería
todavía obligado a adoptar una actitud en esta lucha de tres poderosos grupos.
¡No podía permitir que Tierra fuese destruida!
Haciendo un terrible esfuerzo, alejó la idea de su mente y miró
a Hunston. El hombre lo miraba con una fuerza concentrada en sus ojos que
súbitamente lo asustó. Abrió los labios para hacer un irónico comentario sobre
el usurpador que tenía el cinismo de pedir ayuda al hombre a quien trataba de
suplantar.
Pero Hunston habló primero:
—Maltby... ¿dónde está el peligro? ¿Cuál es su plan al hacerte
venir aquí? Debes saberlo ya...
Maltby lo había ya casi olvidado. Una vez más estuvo a punto de
hablar. Pero también se abstuvo. Otra idea se formaba en lo profundo de su
mente.
Llevaba varios meses allá y en su más detallado concepto había
ahora la idea de que la solución requería un hombre capaz de convencer tres
grupos, incluso de controlar tres grupos hostiles a una hora determinada, y
obligarlos a doblegarse a su voluntad, hacia el proyecto ridículo e
impracticable.
Ahora, en una especie de salto mortal, veía cómo era posible.
¡Pero pronto, pronto...! En cualquier instante el traje que llevaba podía ser
usado.
—¡Es esta habitación! —dijo violentamente—. ¡Si valoras, en algo
tu vida, sal de esta habitación inmediatamente!
Hunston se quedo mirándolo con el brillo en los ojos.
—¿Esta habitación es el punto peligroso por que tu estás en
ella? —preguntó con tono interesado.
—Sí —dijo Maltby avanzando los brazos y levantando la cabeza de
forma que la energía del arma de Hunston no pudiese alcanzarlo. Su cuerpo se
puso tenso para dar el salto adelante.
En lugar de disparar Hunston frunció el ceño.
—Aquí ocurre algo extraño —dijo—. Naturalmente no te dejaré al
mando de la sala de control de esta nave. De acuerdo con esto, me estás
prácticamente pidiendo que te mate. Es obvio que tu eres el peligro, debes
morir. Demasiado obvio... —añadió amargamente—. Las defensas automáticas están
anuladas, pero puedes usar un arma también. ¿Es esto lo que estás esperando?
Lo era. Maltby solo dijo unas palabras.
—Sal de esta habitación. ¡Sal... loco!
Hunston no se movió, pero un poco de color se había desvanecido
de sus mejillas.
—El único peligro que se nos ha ocurrido —dijo—, es que de una u
otra forma hubiesen conseguido instalar un transmisor de la Constelación a
bordo. —Miró fijamente a Maltby—. No hemos sido capaces todavía de descubrir
cómo funcionan estos transmisores, pero lo que sabemos es esto: no hay relación
alguna entre los transmisores de una nave y los de otra. Están acoplados de
forma diferente. No hay manipulación posible capaz de cambiarlos una vez
instalados. Pero tú puedes haber tenido la oportunidad de saber el secreto de
la operación. Dímelo.
Dímelo... Ahora veía claramente que tendría que atacar pese a la
defensa. Aquello sólo requería músculos, que necesitaban una sorpresa
fraccional. Empezar a explicarlo podía ser el truco.
¡Pero qué curiosa ironía que Hunston y sus técnicos hubiesen
adivinado la exacta naturaleza del peligro! Y no obstante, Hunston, ahora, de
pie delante del hombre que llevaba un traje en el cual había transmisores
delante y detrás, no lo sospechaba.
—Los transmisores funcionan de una forma muy parecida a la que
se empleó para hacer los primeros robots —dijo Maltby—, si bien usan
componentes originales. Los constructores de robots tomaron una imagen
electrónica de un ser humano y construyeron un duplicado exacto con materia
orgánica. Algo no estaba bien, desde luego, porque los Dellian no fueron nunca
duplicados de seres humanos originales y habían incluso diferencias físicas. De
estas diferencias nació el odio que dio eventualmente como resultado la matanza
de «robots» hace mil quinientos años.
»Pero dejemos esto. Estos transmisores de materia reducen el
cuerpo a un chorro electrónico y reconstruyen el cuerpo con la ayuda de un
proceso de restauración de tejidos. El proceso ha llegado a ser tan sencillo
como encender una luz y...
Fue en aquel momento cuando Maltby desencadenó su ataque. El
horrible temor de que Hunston apuntase a sus pies, brazo o cabeza cesó. Porque
en el último momento el hombre vaciló y como cien millones de hombres delante
de él, estuvo perdido. El arma disparó en el momento en que Maltby lo agarraba
por la muñeca. Pero la llamarada dio inofensiva en el suelo invulnerable. Y el
arma cayó, fuera de la lucha.
—¡Granuja! —jadeaba Hunston—. ¡Sabías que no mataría al jefe
hereditario de los Hombres Mixtos! ¡Traidor...!
Maltby no sabía nada de todo aquello. Y no perdió tiempo en
reflexionar. La voz de Hunston se desvaneció porque Maltby le tenía la cabeza
sujeta como en un tornillo y la empujaba hacia su pecho. La sorpresa de su
gesto debió ser desconcertadora. Durante un momento vital Hunston dejó de
luchar. Durante este momento, Maltby lo metió por el transmisor como si lo
hubiese metido en su propio cuerpo.
Mientras desaparecía el último pie, estremeciéndose Maltby
arrancaba los cierres de su traje. Hizo un paquete con él y las superficies del
transmisor fueron desvaneciéndose una tras otra.
Frenéticamente, salió de su traje y dirigiéndose al cuadro de
controles ajustó los mandos para que accionasen por él y manejó algunos otros
dispositivos que conocía. Poco después la nave era suya.
Quedaba sólo la necesidad de comunicar a los tres grupos su
decisión. Y quedaba también... Gloria.
Capítulo XXIII
La reunión tuvo lugar el décimo día en presencia de los
Capitanes reunidos a bordo de la Constelación. Debió haber preliminares cambios
de impresiones, porque cuando Maltby entró estaban ya todos sentados con los
rostros compungidos y la mirada fija. Al mirar a Gloria, Maltby adivinó que a
última hora había hecho un esfuerzo por evitar la conferencia, pero había
fracasado.
Maltby se sentó en el sitio indicado por uno de los oficiales y
esperó a ser llamado. Sentía una cierta nerviosidad, pero no era desgraciado.
Esperaba que tendría que emplear argumentos muy convincentes para ganar, pero
el precio valía todos los esfuerzos que había hecho hasta entonces y los que le
quedaban por hacer.
Miró de reojo hacia el precio, y apartó la mirada en el acto en
cuanto la de ella se fijó en la suya frente a frente, con intermitentes chispas
y heladas miradas que parecían saltar de unos ojos a otros. Se levantó y se
acercó a él.
—Capitán Maltby —dijo en voz baja—, te ruego que no fuerces esta
decisión.
—Excelencia —dijo Maltby—, tienes para mí tanto atractivo cuando
estás enojada que cuando eres... condescendiente.
—Esta es una observación vulgar que no le perdonaré nunca —dijo
con calor.
—Siento que me juzgues vulgar —respondió él—. Este no ha sido
siempre tu sentimiento, como puedes recordar.
Un leve rubor tiñó sus delicadas mejillas.
—No tengo deseos de recordar lo que ahora me parece desagradable
—dijo secamente—. Si fueses un caballero no forzarías esta decisión.
—Espero —dijo Maltby— que seguirás considerándome un caballero
en el sentido aceptado de la palabra. Pero no veo qué tiene que ver esto con
nuestro mutuo afecto que sentimos el uno por el otro.
—Ningún caballero trataría de forzar un afecto cuando no es
recíproco.
—Mi único deseo es restaurar el afecto que ha sido alterado por
la fuerza.
Gloria lo miraba con los puños cerrados, casi como si intentase
agredirlo.
—¡Maldito abogado del espacio! —exclamó—. ¡Ojalá... ojalá no te
hubiese dejado entrar nunca en la biblioteca!
—Gloria, querida... —dijo Maltby sonriendo, en tono de
confidencia—. Creo que eres también una deliciosa abogado del espacio. Voy a
hacer una apuesta contigo.
—No me gusta jugar.
Aquella era una declaración tan ultrajante después de todo lo
ocurrido, que Maltby quedó momentáneamente enmudecido por su extravagancia.
Después volvió a sonreír, más calmado.
—Querida —dijo—, el hecho es que posees el conocimiento que te
puede hacer ganar este caso. Mi apuesta es que, básicamente, quieres que gane
yo, de manera que no recordarás el argumento esencial que podría hacerte ganar.
—No existe tal argumento. Ambos conocemos la ley; y me estás
deliberadamente atormentando con esta conversación. —Súbitamente las lágrimas
aparecieron en sus ojos—. ¡Por favor, Peter —suplicó—, deja esto! Déjame seguir
libre...
Maltby vaciló, impresionado por la intensidad de su súplica.
Pero no tenía intención de ceder. Aquella mujer se había entregado
voluntariamente a él sin reservas de ninguna clase, en el planeta de S.
Doradus. Si después de haber sido liberada del deseo psicológico artificial,
ella seguía no queriéndolo, era libre.
—Querida...—dijo—, ¿de qué tienes miedo... de ti misma?
Recuerda, la elección será tuya, después. Ahora mismo, crees que vas a elegirme
y de momento te horroriza la idea. Una vez que estés libre de la presión
psicológica artificial puedes considerar desear que el matrimonio continúe.
—¡Jamás! ¿No comprendes que se conservaría el recuerdo de este
período, el recuerdo de haber sido obligada? ¿No lo comprendes?
Súbitamente lo comprendió. De repente vio que había estado
analizando aquel asunto bajo el punto de vista del hombre. Las mujeres eran
diferentes. Tenían que sentir la necesidad de un compañero de matrimonio sin la
menor sombra de coacción. Aquello era un punto de vista decepcionante para él,
porque había puesto en ello toda su pasión. Y, sin embargo, no conseguía
decidirse a decir las palabras que la hubieran liberado.
Sentado allá, sus pensamientos vagaban hacia lo ocurrido durante
los últimos diez días. Habían sido grandes días para él. Porque billones de
personas habían llegado a un acuerdo sobre bases propuestas por él. Los más
rápidos en aceptar fueron los Dellian y los no-Dellian. Cuando se radió la
noticia de que la nave Constelación no había sido capturada y que Tierra seguía
ofreciendo sus garantías originales con leves modificaciones, el Gobierno de
los Cincuenta Soles publicó su asentimiento.
Maltby había quedado un poco decepcionado por la reacción ante
lo que consideraba noticias sensacionales. La información —que había obtenido
en la biblioteca de la nave— de que los no-Dellian NO ERAN humanoides ni robots
por extensión de la palabra, sino descendientes de seres humanos que habían
ayudado a los humanoides originales a escapar, no pareció surtir efecto. Sólo
les cupo preguntarse si no había demasiado otras cosas que retenían la atención
del público. Era razonable esperar que a la larga se produjese la reacción. Los
no-Dellian sentirían una inmensa afinidad con los demás seres humanos. Los
Dellian, comprendiendo que había habido seres humanos que en tiempos remotos se
habían fingido no-humanos por el interés de subsiguientes generaciones, podían
perfectamente considerar que éstos son gente digna de consideración.
El problema de los Hombres Mixtos había sido un poco difícil de
resolver. Con su voluble dirigente Hunston prisionero, la gran mayoría pareció
aceptar la derrota y adoptar la solución Maltby. En sus manifestaciones a las
Ciudades Ocultas fue muy categórico. Habiendo elegido la guerra, podían
considerarse afortunados de haberse concedido un status de igualdad con el
Gobierno de los Cincuenta Soles. Todas las naves de la Galaxia serían
advertidas contra su táctica y durante muchos años se exigiría a los Hombres
Mixtos usar signos distintivos. Sin embargo, se permitiría a los Dellian
casarse con no-Dellian y no se aplicaría a la pareja la prohibición de tener
descendencia por este sistema de presión fría. Siendo invariablemente el
resultado de estas uniones, Hombres Mixtos, se produciría durante un período de
muchas generaciones un considerable aumento de Hombres Mixtos. Si esto
significaba que la mutación iría gradualmente dominando por un legal y natural
desarrollo, Tierra estaba completamente dispuesta a aceptar la situación. Las
leyes que gobernaban estas posibilidades eran liberales y previsoras.
Fundamentalmente, sólo la agresión estaba prohibida.
Recordando todas estas cosas, Maltby sonreía tristemente. Todos
los problemas estaban resueltos menos el suyo. Allí estaba, indeciso, cuando
fue convocada la reunión.
Tres horas más tarde, después de una breve discusión entre los
jueces, el Capitán Rutgers leyó la decisión. Había sido precipitadamente
redactada y el oficial la leyó con voz sonora:
«La ley relativa a la reintegración de la artificialidad
impuesta por presión psicológica no afecta al Capitán Peter Maltby, que no era
ciudadano de la Imperial Tierra en el momento en que fue condicionado. Pero
afecta a Lady Gloria Cecily Laurr, ciudadana nata.
»En vista de que el Capitán Maltby —prosiguió— ha sido nombrado
agente permanente de los Cincuenta Soles en Tierra y de que éste es, el último
viaje de Lady Gloria por el espacio en una nave de guerra, no existen barreras
geográficas para la continuación de matrimonio.
Por consiguiente —terminó—, queda acordado que se someta a Lady
Gloria al necesario tratamiento que le devolverá su anterior afecto amoroso por
su marido.
Maltby dirigió una rápida mirada a Gloria; vio que tenía
lágrimas en los ojos y se levantó.
—Excelencias—dijo—, quisiera hacer una petición.
El Capitán Rutgers le indicó con un gesto que tenía la palabra.
Maltby permaneció un instante silencioso. Después, tragando saliva, dijo:
—Quisiera liberar a mi esposa de la necesidad de someterse a
este tratamiento con una condición.
—¿Cuál es esta condición? —preguntó una de las mujeres oficiales
rápidamente.
—La condición —dijo Maltby— es que, en un lugar de mi elección,
me conceda cuarenta y ocho horas para volverla a conquistar. Si a la expiración
de este plazo sigue en la misma disposición de espíritu negativo, pediré que la
ejecución de esta sentencia sea pospuesta indefinidamente.
La mujer miró a su superiora.
—Me parece bastante justo, Gloria.
—¡Es ridículo! —exclamó el Gran Capitán de la nave Constelación,
subiendo de color.
Esta vez fue Maltby quien se acercó a ella. Se inclinó, y en voz
baja dijo:
—Gloria, ésta es tu segunda oportunidad. Al fin y al cabo, no
aceptase la primera, como predije.
—No hubo tal primera. La decisión a que se había llegado era
inevitable y lo sabías —evitó mirarlo directamente o así se lo parecía.
—Es la ley básica del matrimonio, más antigua que el viaje por
el espacio, tan antigua cómo la historia humana.
Ahora no evitaba su mirada. Sus ojos estaban fijos en él, con un
velo de comprensión en ellos.
—Sí, desde luego... —dijo—. ¿Cómo he podido olvidarlo?
Se puso medio de pie, como si quisiera ofrecerle el argumento.
Lentamente, volvió a sentarse.
—¿Qué te hace creer que no podremos tener hijos? —dijo.
—Ningún matrimonio entre un ser humano y un Hombre Mixto ha
producido jamás hijos sin ayuda artificial.
—Pero con el sistema de presión fría...
—Nadie puede ser obligado a emplearlo —dijo Maltby.
Pacientemente prosiguió—: Gloria, no puedes dejar de reconocer que esta
posibilidad estaba a tu alcance en cualquier momento hasta que fue proclamada
la decisión. Es la más antigua, y durante algunos períodos de la historia la
única razón permanente de ruptura de matrimonio. Nadie la discute. Es
definitiva. Y, sin embargo, estás aquí luchando, tratando de anular nuestro
matrimonio y no piensas en ella. Considero esto como una completa
reivindicación de mi creencia de que básicamente quieres y necesitas estar
casada conmigo. Lo único que pido es una ocasión de estar solos los dos, y
tengo derecho a pedirlo...
—Estas cuarenta y ocho horas que quieres pasar conmigo donde...
Se detuvo; sus ojos se agrandaron. Respiraba jadeante.
—¡Oh, es ridículo! Me niego a tomar parte en esta inocente
comedia romántica. Además, S. Doradus está demasiado lejos...
Maltby vio de soslayo que la Teniente Neslor había entrado en la
habitación. Le dirigió una mirada interrogadora y vio que sus ojos buscaban los
suyos. Hizo un ligero gesto bajando la cabeza. Ante lo cual Maltby volvió a
levantar la mirada hacia Gloria. No se sentía avergonzado por el trato que
había hecho con la psicóloga para la aplicación del tratamiento una vez
pronunciada la sentencia. Aquella mujer joven, apasionada, necesitaba el
sentimiento de un afecto natural, lo necesitaba, quizá más que nadie en la
nave. Era un hecho del que la psicóloga se había dado tanta cuenta como él; y
su cooperación había estado siempre disponible. Sabiendo que había sido ya
acondicionada suprimiendo su aversión hacia él, si bien necesitaría algún
tiempo para surtir efecto, dijo:
—El planeta S. Doradus al que fuimos a parar está sólo a
dieciocho horas de aquí. Podemos ir en una lancha auxiliar, y luego reunimos
con la Constelación sin interferir en sus movimientos.
—¿Qué esperas que haga allí? —dijo ella con ironía—. ¿Qué caiga
en tus brazos?
—Sí —dijo él con voz pausada—. Esto mismo.
FIN
Índice dinámico
PROLOGO 2
Capítulo I 12
Capítulo II 19
Capítulo III 23
Capítulo IV 30
Capítulo V 36
Capítulo VI 41
Capítulo VII 48
Capítulo VIII 50
Capítulo IX 52
Capítulo X 55
Capítulo XI 59
Capítulo XII 62
Capítulo XIII 64
Capítulo XIV 68
Capítulo XV 71
Capítulo XVI 73
Capítulo XVII 77
Capítulo XVIII 81
Capítulo XIX 83
Capítulo XX 86
Capítulo XXI 89
Capítulo XXII 92
Capítulo XXIII 94
Índice
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