Libro N°. 3125. Puerta Al Verano. Heinlein, Robert.
© Libro N°. 3125. Puerta Al Verano. Heinlein, Robert. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © The Door Into Summer
Versión Original: © Puerta Al Verano. Robert Heinlein
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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PUERTA AL VERANO
Robert Heinlein
EDISAN, S.A.
Título original: The Door Into Summer, publicado por Ne~
America
Traducción de F. Hernández
© 1957 by Robert A. Heinlein
© 1986, Ediciones Martínez Roca S.A.
© Por la presente edición Editorial EDISAN, S.A.
Capitán Hava 21, 28020 Madrid.
Telfs: 4597562 - 4597751
Télex: 49416. Pubí. E Avisar Edisan
ISBN: del Tomo: 84-86472-74-1
ISBN: obra completa: 84-86472-72-5
Depósito Legal: M. 13.163-1987
Impreso en España/Printed in Spain
por Grafur, S.A.
C~/ Igarsa, Naves E-F
Paracuellos del Jarama - Madrid
Encuadernación: Huertas, S.L.
Fuenlabrada (Madód)
Impreso en abril de 1987
Edición para América: agosto de 1987
Para
A. P. y Phyllis, Mick y A rnette,
A elurophiles todos.
PUERTA AL VERANO
1
Un invierno, poco antes de la Guerra de Seis Semanas, mi gato -
Petronio el Arbitro- y yo vivimos en una vieja granja de Connecticut. Dudo de
que la granja siga allí, ya que se hallaba situada cerca del área de tiro
cercana a Manhattan, y esas construcciones de viejo armazón arden como papel de
seda. Pero aunque siguiera en pie no sería utilizable como vivienda, debido a
los derribos. Pero a Pet y a mí nos gustaba. La falta de agua corriente hacía
que el alquiler fuese bajo, y lo que antes había sido el comedor tenía una
buena luz del norte para mi mesa de diseño.
El inconveniente residía en que el lugar tenía once puertas que
daban al exterior. Doce, si contamos la de Pet. Yo siempre procuraba una puerta
para Pet - en este caso un tablero ajustado a la ventana de un dormitorio que
no se utilizaba, y en el cual había cortado una gatera justo para que pasaran
los bigotes de Pet -. He pasado gran parte de mi vida abriendo puertas para
gatos... Una vez calculé que, desde el comienzo de la civilización, se han
empleado de esta manera novecientos setenta y ocho siglos. Puedo enseñaros los
cálculos.
Pet solía utilizar su propia puerta salvo cuando conseguía que
yo le abriese una de las que utilizaban las personas, lo cual era de su
preferencia. Sin embargo, nunca utilizaba su puerta cuando había nieve en el
suelo.
Cuando Pet era muy pequeño, todo pelusa y ronroneos, ya había
adquirido una sencilla filosofía: yo me ocupaba de la vivienda, del
racionamiento y del tiempo, y él se ocupaba de todo lo demás; pero me hacía
especialmente responsable del tiempo.
Los inviernos de Connecticut sólo son adecuados para las
tarjetas de Navidad; aquel invierno, Pet observaba regularmente su propia
puerta, negándose a salir debido a aquella desagradable sustancia blanca que
había en el exterior (no era ningún tonto), y luego me hostigaba para que
abriese una ~e las puertas para personas. Estaba convencido de que al menos una
debía conducir a un tiempo de verano. Eso significaba que en cada ocasión tenía
que ir con él a cada una de las once puertas, mantenerla abierta hasta que sé
convenciera de que también allí era invierno, y luego pasar a la puerta
siguiente mientras sus críticas a mi mala administración crecían en acritud con
cada decepción.
Luego permanecía en el interior hasta que la presión hidráulica
materialmente le obligaba a salir. Cuando regresaba, el hielo de sus patas
resonaba como zuecos sobre el suelo de madera, y me miraba y se negaba a
ronronear hasta que se lo había arrancado todo..., después de lo cual me
perdonaba hasta la próxima ocasión.
Pero nunca abandonó su búsqueda de la Puerta al Verano.
Y el 3 de diciembre yo también la estaba buscando.
Mi pesquisa era casi tan desesperada como lo había sido la de
aquel invierno en Connecticut. La poca nieve que había en el sur de California
la guardaban en las montañas para los esquiadores, no en Los Ángeles, donde
probablemente tampoco hubiera podido pasar a través de la contaminación. Pero
el tiempo invernal estaba en mi corazón.
No me encontraba enfermo (aparte de una resaca acumulativa), aún
me faltaban unos cuantos días para llegar a los treinta años, y estaba lejos de
no tener dinero. La policía no me buscaba, ni tampoco ningún marido, ni ninguna
citación judicial. No había nada en mí que una leve amnesia no hubiera podido
curar. Pero en mi corazón había invierno y estaba buscando una puerta que diese
al verano.
Si les parezco un hombre que padece un caso agudo de
autocompasión, están en lo cierto. Sobre el planeta debía haber dos mil
millones de hombres en peor estado y, no obstante, yo estaba buscando la Puerta
al Verano.
La mayoría de las puertas que he comprobado últimamente han sido
basculantes, como las que tenía frente a mi: SANS SOUCI Bar-Grill, anunciaba el
letrero. Entré, escogí un compartimento hacia el medio, puse cuidadosamente
sobre el asiento el maletín que llevaba, me instalé junto a él, y esperé al
camarero.
El maletín dijo:
-¿Uaaarrr?
-Estate quieto, Pet -dije.
-¡Miauuu!
-Tonterías, acabas de ir. Cállate, que viene el camarero.
Pet se calló. Yo levanté la mirada al acercarse el camarero y le
dije:
-Un whisky doble, un vaso de agua corriente y una ginger ale.
El camarero se quedó perplejo:
-¿Ginger ale, señor? ¿Con whisky?
-¿La tiene o no la tiene?
-Sí, claro que sí, pero...
-Pues tráigala. No voy a beberla; sólo quiero reírme de ella. Y
traiga también un platillo.
-Como usted diga, señor. –Dio
lustre al tablero de la mesa-. ¿Y un pequeño bistec, señor? ¿O
un escalope, que están muy bien hoy?
-Mire, amigo, le daré propina por los escalopes si me promete
que no me los servirá. Lo único que necesito es lo que he pedido... Y no se
olvide del platillo.
Se calló y se marchó. De nuevo dije a Pet que se calmara, que
había desembarcado la Infantería de Marina. El camarero regresó, satisfecho su
orgullo al traer la ginger ale sobre el platillo. Hice que la abriera mientras
yo mezclaba el whisky con el agua.
-¿Desea otro vaso para la ginger ale, señor?
-Soy un buen cowboy; la bebo directamente de la botella.
Se calló y dejó que pagase y le diese propina, sin olvidar la
correspondiente a los escalopes. Cuando se hubo ido puse un poco de ginger ale
en el platillo, y golpeé el maletín:
-La sopa está servida, Pet.
El maletín no estaba cerrado; nunca lo cerraba cuando él estaba
dentro. Lo acabó de abrir con sus patas, sacó la cabeza y miró rápidamente
alrededor, luego alzó su pecho y colocó las garras sobre el borde de la mesa.
Yo levanté mi vaso y nos miramos el uno al otro:
-Brindemos por la raza femenina, Pet... ¡Encuéntralas y
olvídalas!
Pet asintió; aquello estaba de acuerdo con su filosofía. Inclinó
gentilmente la cabeza y comenzó a sorber su ginger ale.
-Si es que puedes, claro está -añadí, bebiendo un trago largo.
- Pet no respondió. Olvidar una hembra no suponía ningún
esfuerzo para él; era un tipo nacido para soltero.
Frente de mí, y a través de la ventana del bar, había un anuncio
luminoso que variaba constantemente. Primero se podía leer: TRABAJE MIENTRAS
DUERME. Y luego: Y DISIPE SUS PREOCUPACIONES DURANTE EL SUEÑO. Después, en
letras de doble tamaño, resplandecientes:
COMPAÑÍA DE SEGUROS MUTUOS
Leí varias veces los tres anuncios sin pensar en ellos. Sabía
tanto, o tan poco, sobre la animación interrumpida, como todo el mundo.
Cuando fue anunciada por vez primera había leído un artículo
divulgativo al respecto, y dos o tres veces por semana me llegaba en el correo
de la mañana propaganda de una compañía de seguros, generalmente la tiraba a la
papelera sin ni siquiera mirarla, pues no creía que me pudiera interesar más
que la de lápices para labios.
En primer lugar, hasta hacía poco, no hubiera podido pagar un
sueño en frío: era demasiado caro; en segundo lugar, ¿por qué un hombre a quien
interesaba su trabajo, que ganaba dinero y esperaba ganar más, estaba enamorado
y a punto de casarse, iba a querer suicidarse?
Si un hombre padecía una enfermedad incurable, o en todo caso
esperaba morirse, pero creía que los doctores de una generación su siguiente
serían capaces de curarle, y podía permitirse pagar el sueño frío mientras la
ciencia médica buscaba solución a su caso, entonces el sueño frío era una
decisión lógica. O si su ambición consistía en hacer un viaje a Marte y pensaba
que suprimiendo una generación de su película personal podría conseguir un
billete para el viaje, me figuro que entonces también era lógico... Se había
publicado la historia de una pareja de buena sociedad que se casó y se fue
directamente de la alcaldía al santuario del sueño de la Compañía de Seguros
del Mundo Occidental, dejando instrucciones para que no se les despertara hasta
que pudieran pasar su luna de miel en un transatlántico interplanetario...,
aunque yo sospeché que se trataba de una propaganda organizada por la compañía
de seguros, y que habían salido por la puerta trasera con nombres falsos. Eso
de pasar la noche de bodas tan en frío, como un pescado congelado, no me parece
a mí que sea muy creíble.
Además, había también la incitación directamente financiera,
aquella sobre la cual las compañías hacían más hincapié: «Trabaje él mientras
duerme». Estáte quieto y deja que lo que hayas ahorrado se convierta en una
fortuna. Si tienes cincuenta y cinco años y tu caja de pensiones te paga
doscientos al mes, ¿por qué no dejar que vayan pasando los años, despertar
todavía a los cincuenta y cinco, y dejar que te paguen mil por mes? Y eso por
no mencionar lo que supondría despertarse en un mundo nuevo y mejor, que
probablemente te ofrezca una vida más larga y más sana durante la cual
disfrutar de tus mil al mes. Este último argumento era el que realmente
utilizaban a fondo las compañías, todas las cuales probaban, con número
indiscutibles, que su selección de acciones acumulaba dinero con más rapidez
que las otras. «¡Trabaje mientras duerme!»
Eso nunca me había atraído. No tenía cincuenta y cinco años, no
quería retirarme, y no veía nada malo en mi época.
Es decir hasta hace poco. Ahora estaba retirado, tanto si me
gustaba como sino (no me gustaba): en vez de estar en mi luna de miel me
encontraba en un bar de segunda clase; en vez de mujer tenía un gato con muchas
cicatrices y un gusto morboso por la ginger ale; y en cuanto a lo de gustarme
mi época la hubiese cambiado por un cajón de botellas de ginebra, y las hubiese
roto una tras otra.
Pero no estaba arruinado.
Metí la mano en mi americana, saqué un sobre y lo abrí, había en
él dos cosas. Una era un cheque certificado, por una cantidad superior a la que
nunca había tenido; la otra era un certificado de acciones en Muchacha de
Servicio. Los dos documentos empezaban a estar un poco arrugados, pues los
había llevado encima desde que me los entregaron.
¿Y por qué no?
¿Por qué no esconderme y dejar que mis preocupaciones se
desvanecieran durante el sueño? Siempre sería mejor que alistarse en la Legión
Extranjera, menos sucio que el suicidio, y me disociaría por completo de las
personas y de los acontecimientos que me habían amargado la vida. Así que, ¿por
qué no?
No me interesaba excesivamente la posibilidad de enriquecerme.
Claro que había leído Cuando el dormido despierte - de H. G. Wells, no sólo
cuando las compañías de seguros comenzaron a regalar ejemplares, sino antes,
cuando no era más que una novela clásica; sabía de lo que eran capaces el
interés compuesto y la plusvalía de las acciones. Pero no estaba seguro de
disponer de suficiente dinero para comprar el Sueño Largo y al mismo tiempo
efectuar un depósito lo bastante importante para que mi interés valiera la
pena. El otro argumento me atraía más: meterme en la cama y despertar en un
mundo diferente. Quizás en un mundo mucho mejor, según las compañias de seguros
querían hacernos creer..., o quizá peor, aunque, desde luego, diferente.
Sin embargo, podía tener la seguridad de una diferencia
importante: podía dormir lo suficiente para tener la certeza de que sería un
mundo sin Belle Darkin, y sin Miles Gentry; pero sobre todo sin ha Belle. Si
Belle estaba muerta y enterrada, podría olvidarla y olvidar lo me de lo que me
había hecho, en vez de amargarme pensando en que sólo se encontraba a unos
cuantos kilómetros de distancia.
Veamos, ¿cuánto tiempo sería necesario para eso?
Belle tenía veintitrés años, o así. Bueno, de todos modos
tendría menos de treinta. Si yo dormía setenta años, ella estaría muerta y
enterrada. Digamos setenta y cinco, para estar seguros.
Luego recordé los progresos de la geriatría: se hablaba de los
ciento veinte años como una duración «normal». Quizá tuviese que dormir cien
años. No tenía la seguridad de que ninguna compañía de seguros llegase a
ofrecer tanto.
Luego me vino una idea levemente diabólica, inspirada por el
calorcillo del whisky. No hacía falta dormir hasta que Belle hubiese muerto:
era más de lo necesario -y una venganza adecuada contra una hembra - ser joven
cuando ella fuese vieja. Lo bastante para fastidiaría; algo así como unos
treinta años.
Sentí una pata, suave como un copo de nieve, sobre mi brazo:
-¡Msss.! -anunció Pet.
- Tragón - le dije, y le serví otro platillo de ginger ale. Me
dio las gracias con una cortés espera, y luego comenzó a lamerlo.
Pero había interrumpido mí placentera y perversa meditación.
¿Qué diablos iba yo a hacer con Pet?
No se puede regalar un gato lo mismo que se regala un perro; no
lo soportan. A veces continúan en la casa, pero no en el caso de Pet; para él
yo era la única cosa estable en un mundo cambiante desde que lo habían separado
de su madre, hacía nueve años... Incluso había conseguido conservarlo junto a
mí en el Ejército, y eso sí que era difícil.
Él disfrutaba de buena salud, y probablemente continuaría así a
pesar de que era una masa de cicatrices. Si conseguía corregir cierta tendencia
a atacar con la derecha, seguiría ganando batallas y engendrando gatitos
durante otros cinco años por lo menos.
Podía pagar para que lo mantuvieran en un hogar hasta que
muriese (¡ni pensarlo!), o hacer que le dieran cloroformo (igualmente
inimaginable), o abandonarlo... A eso es a lo que uno se ve reducido en el caso
de un gato: o bien se sigue cumpliendo con la obligación que se ha asumido, o
bien se abandona al desgraciado, se le deja en estado salvaje y se destruye su
fe en la justicia eterna.
Del mismo modo que Belle había destruido mi fe.
Así pues, amigo Danny, vale más que lo olvides. Tu vida puede
haberse agriado tanto como unos pepinillos, pero eso no te libera en lo más
mínimo de cumplir tu obligación con este gato malcriado.
Apenas llegué a esa verdad filosófica, Pet estornudó: las
burbujas se le habían subido a la nariz:
- Gesundheit! -dije- y acostúmbrate a no beberlo tan rápido.
Pet no me hizo caso. En conjunto, sus modales eran mejores que
los míos, y él lo sabía. Nuestro camarero había estado dando vueltas alrededor
de la caja hablando con el cajero. Era la hora de poco trabajo después del
almuerzo, y los otros clientes estaban en el bar. El camarero alzó la mirada
cuando dije Gesundheit! y habló con el cajero. Los dos miraron hacia nosotros,
el cajero levantó la portezuela del bar y se aproximó.
- Policías, Pet -dije en voz baja.
Miró alrededor y se escondió en el maletín y yo junté los bordes
del cierre. El cajero se acercó y se inclinó sobre mi mesa, mirando rápidamente
a los dos asientos.
-Lo siento, amigo -dijo tranquilamente-, pero tendrá que sacar
ese gato.
-¿Qué gato?
-Ese al que estaba dando de comer en este platillo.
-No veo ningún gato.
Esta vez se inclinó y miró bajo la mesa.
-Lo tiene usted en ese maletín -dijo acusadoramente.
-¿Maletín? ¿Gato? -dije perplejo-. Amigo mio, supongo que estará
usted empleando una figura retórica...
-¿Qué? No utilice usted palabras raras. Tiene un gato en ese
maletín. Ábralo.
-¿Tiene un mandato judicial?
-¿Cómo? No diga tonterías.
-Es usted quien dice tonterías al pedirme que le enseñe el
interior de mi maletín sin un mandato judicial. Enmienda cuarta. Además, hace
ya años que terminó la guerra. Y ahora que nos hemos puesto de acuerdo, haga el
favor de decir al camarero que traiga lo mismo. O tráigamelo usted...
Se entristeció.
-Amigo, no se trata de nada personal, pero tengo que pensar en
la licencia. «Ni perros ni gatos», lo dice en la pared. Nuestro objetivo es
mantener un establecimiento en condiciones higiénicas.
-Pues han fracasado. -Levanté mi vaso-. ¿Ve usted las marcas de
lápiz de labios? Debería vigilar a su lavaplatos, en vez de dedicarse a
registrar a sus clientes.
-No veo ninguna marca...
-Porque la he limpiado casi del todo. Pero llevémoslo al
Departamento de Sanidad y que revisen la cuenta de bacterias.
-¿Tiene usted insignia? -suspiró.
-No.
-Pues estamos a la par. Yo no registro su maletín y usted no me
lleva al Departamento de Sanidad. Y, si desea usted otra bebida, vaya al bar y
que le sirvan... a cuenta de la casa. Pero no aquí. -Se volvió e indicó el
camino.
Me encogí de hombros.
-En todo caso, ya nos marchábamos.
Cuando pasé por delante de la caja, el cajero levantó la mirada.
-¿No estará molesto, verdad?
-No. Pero tenía la intención de traer más tarde a mi caballo
para que echara un trago; ahora ya no lo haré.
-Como quiera. Las ordenanzas no dicen nada acerca de caballos.
Pero... otra cosa: ¿ese gato verdaderamente bebe ginger ale?
-Cuarta enmienda, ¿recuerda?
-No quiero ver al animal, sólo saberlo.
-Pues bien -adrnití-, le gusta más con un poco de angostura,
pero lo bebe sin ella si no tiene más remedio.
-Le estropeará los riñones. Mire eso, amigo...
-¿Qué debo mirar?
-Echese hacia atrás, de manera que su cabeza quede cerca de la
mía. Ahora mire al techo, sobre cada uno de los compartimentos... A los espejos
de los decorados. Se que allí había un gato porque lo vi.
Me incliné hacia atrás y miré: el techo estaba decorado con
muchos espejos; entonces vi que algunos de ellos estaban orientados de manera
que permitían que el cajero los utilizase como periscopios sin moverse de su
sitio.
-Necesitamos eso -dijo, como excusándose-. Le escandalizaría
saber lo que pasa en esos compartimentos... Si no les tuviésemos vigilados...
El mundo está perdido.
-Amén, amigo. -Y me marché.
Una vez hube salido, abrí el maletín y lo llevé colgado de un
asa. Pet sacó la cabeza.
-Ya has oído lo que ha dicho ese hombre, Pet. «El mundo está
perdido.» Más que perdido cuando dos amigos no pueden echar un trago juntos sin
que les espíen. Esto lo prueba.
-¿Ahorrra? -preguntó Pet.
-Puesto que lo dices... Y si vamos a hacerlo no hay motivo para
demorarlo.
-¡Ahorrra! -respondió Pet, enfáticamente.
-Hay unanimidad. Está aquí mismo, al otro lado de la calle.
La recepcionista de la Compañía de Seguros Mutuos era un buen
ejemplo del diseño funcional. A pesar de sus formas aerodinámicas, exhibía por
el frente espacios para el radar y todo cuanto se necesitaba para su misión
fundamental. Me tranquilicé pensando que para cuando yo saliese ella seria ya
una marmota, y le dije que quería ver a un vendedor.
-Siéntese, por favor. Veré si alguno de nuestros ejecutivos para
clientes está libre. -Antes de que pudiera sentarme, añadió-: Nuestro señor
Powell le verá. Por aquí, por favor.
Nuestro señor Powell ocupaba un despacho que me hizo pensar que
a Seguros Mutuos no le iban mal las cosas. Me dió un húmedo apretón, me hizo
sentar, me ofreció un cigarrillo e intentó coger mi maletín, pero yo me aferré
a él.
-Y bien señor, ¿en qué podemos servirle?
-Deseo el Largo Sueño.
Arqueó las cejas, y sus modales se hicieron más respetuosos. Sin
duda Seguros Mutuos no volvería la espalda a siete billetes, pero el Largo
Sueño les permitía meter mano a todos los intereses del cliente.
-Una decisión muy acertada -dijo con reverencia-. Es lo que yo
querría hacer si pudiera. Pero las responsabilidades familiares... ¿sabe?
-Extendió la mano y cogió un formulario-. Los clientes para el sueño suelen
tener prisa. Permítame que le ahorre tiempo y molestias llenando esto en su
nombre... Haremos lo necesario para que el examen físico se haga de inmediato.
-Un momento.
-¿Qué?
-Una pregunta. ¿Están ustedes en condiciones de organizar sueño
frío para un gato?
Pareció sorprendido, y luego molesto:
-¿Está bromeando? Abrí el cierre del maletín y Pet sacó la
cabeza.
-Le presento a mi compañero. Le ruego que conteste a mi
pregunta. Si la respuesta es «no», entonces me dirigiré a la Obligación del
Valle Central. Sus oficinas están en este mismo edificio, ¿verdad?
Esta vez se horrorizó:
-Señor... ¡Oh! No entendí bien su nombre...
-Dan Davis.
-Señor Davis, cuando alguien entra por nuestra puerta está bajo
la benevolente protección de la Mutua de Seguros. No podría permitir que usted
se fuera a Valle Central.
-¿Y de qué manera piensa impedírmelo? ¿Judo?
-¡Por favor! -Echó una ojeada alrededor con aire preocupado-.
Nuestra compañía es ética.
-¿Quiere decir que Valle Central no lo es?
-No dije eso; fue usted, señor Davis, no deje que le influya...
-No lo conseguiría.
-....pero examine usted el contrato de cada una de las
compañías. Consulte con un abogado o, mejor aún, con un asesor oficial.
Averigüe lo que le ofrecemos, y actualmente entregamos, y compárelo con lo que
Valle Central pretende ofrecer. -Miró nuevamente a su alrededor y se inclinó
hacia mí-. No debería decirlo, y confío en que usted no lo repetirá, pero ellos
ni siquiera utilizan las tablas oficiales.
-Quizá tratan mejor al cliente.
-¿Cómo? Mi querido señor Davis, nosotros distribuimos todos los
beneficios sobrantes. Nuestros estatutos nos lo imponen... Mientras que Valle
Central es una compañía por acciones.
-Quizá debiera comprar algunas de las suyas... Mire señor
Powell, estamos perdiendo el tiempo. ¿Seguros Mutuos aceptará a mi compañero
aquí presente o no? Si es que no, entonces llevamos aquí demasiado rato.
-¿Quiere decir que está dispuesto a pagar para conservar viva a
esa criatura en hipotermia?
-Quiero decir que deseo que los dos tomemos el Largo Sueño. Y no
le llame usted «criatura»; su nombre es Petronius.
-Usted perdone. Expresaré mi pregunta de otro modo: ¿Está usted
dispuesto a pagar dos cuotas de custodia, para mantener a ustedes dos, a usted
y a... bueno a Petronius, en nuestro santuario?
- Si, pero no dos cuotas corrientes; algo extra sí. Pueden
ustedes meternos a los dos en el mismo ataúd... Honestamente no pueden cargar
lo mismo por Pet que por un hombre.
-Esto es muy poco corriente...
- Desde luego. Pero ya discutiremos el precio luego... o lo
discutiré con Valle Central. De momento, lo que necesito saber es si ustedes
pueden hacerlo.
- Bueno... -Tamborileó sobre su mesa-. Un momento. -Cogió el
teléfono y dijo-: Opal, póngame con el doctor Berquist.
No oí el resto de la conversación, pues colocó la protección
para conversación secreta. Pero, al cabo de un rato, dejó el teléfono y sonrió
como si se le hubiese muerto un tío rico:
-¡Buenas noticias, señor! De momento había olvidado el hecho de
que los primeros experimentos que tuvieron éxito, se efectuaron con gatos. Las
técnicas y factores críticos para gatos han sido establecidos en su totalidad.
Incluso hay un gato en el Laboratorio de Investigaciones Navales de Annapolis
que, desde hace más de veinte años, se encuentra vivo en hipotermia.
-Yo creía que el LIN había sido destruido cuando se apoderaron
de Washington.
-Solamente los edificios de superficie, señor, pero no las
cámaras profundas. Lo cual es un tributo a la perfección de la técnica; el
animal permaneció sin cuidados, excepto los de la maquinaria automática,
durante más de dos años... Y, sin embargo, vive aún, sin alterarse ni
envejecer. Lo mismo que usted vivirá, cualquier período de tiempo que decida
encomendarse a nuestra compañía, señor.
Creí que iba a santiguarse.
-Está bien, está bien. Ahora discutamos el precio.
Rabia que tener el cuenta cuatro factores: primero cómo pagar
por nuestros cuidados mientras estábamos hibernando; segundo, cuánto tiempo
quería yo que durmiésemos; tercero, cómo quena invertir mi dinero mientras
estaba en la nevera, y, finalmente, que ocurriría si estiraba la pata y no me
despertaba más.
Finalmente me decidí por el año 2000, que era un número redondo
y solamente a treinta años de distancia. Me temía que si lo prolongaba más me
encontraría por completo fuera de contacto. Los cambios durante los últimos
treinta años (mi vida) habían sido suficientes para que se le saliesen a uno
los ojos de la cara - dos grandes guerras y una docena de pequeñas, el
hundimiento del comunismo, el Gran Pánico, los satélites artificiales, el paso
a la energía atómica...
Quizás el año 2000 me pareciese muy confuso. Pero, si no saltaba
hasta allí, Belle no habría tenido tiempo de adquirir un elegante conjunto de
arrugas.
A la hora de considerar cómo invertir mi dinero no tomé en
consideración los valores del Estado ni otras inversiones conservadoras;
nuestro sistema fiscal lleva consigo la inflación. Decidí quedarme con mis
acciones de Muchacha de Servicio e invertir el efectivo en otras acciones
ordinarias, poniendo especial atención en ciertas tendencias que creía subirían
de valor. Era forzoso que el automatismo aumentase. Escogí también una firma de
abonos de San Francisco que había experimentado con levaduras y algas
comestibles: cada vez había más gente, y los filetes no iban a bajar de precio.
Le dije que pusiera el saldo del dinero en el fondo administrado por la compañía.
Pero la verdadera dificultad consistía en saber qué hacer si me
moría durante la hibernación. La compañía aseguraba que las probabilidades eran
de más de siete a diez de que viviría los treinta años de sueño frío... y la
compañía estaba dispuesta a apostar en cualquiera de los dos sentidos. Pero las
apuestas no eran recíprocas, ni tampoco esperaba que lo fuesen: en todo sistema
de apuestas honesto hay una comisión para la casa. Solamente los jugadores
deshonestos pretenden que la víctima tiene más probabilidades. La más antigua y
más respetable firma de seguros del mundo, Lloyd's de Londres, no lo disimula:
los asociados de Lloyd's aceptan apostar en cualquiera de los sentidos. Pero no
había que esperar mejores condiciones que en las carreras: alguien debía pagar
los trajes a medida del señor Powell.
Decidí que todo lo que tenía fuese a parar al fondo administrado
por la compañía en caso de fallecimiento, lo cual hizo que el señor Powell
intentara besarme, y me hiciese reflexionar sobre cuán optimistas eran aquellas
siete de diez probabilidades. Pero me aferré a ello porque me convertía en
heredero (si vivía) de todos los demás con la misma opción (si morían), especie
de ruleta rusa en la que los supervivientes recogían las fichas... mientras la
compañía, como de costumbre, se quedaba con el porcentaje de la casa.
Elegí todas la alternativas que proporcionaban el mayor
rendimiento posible, sin solución si me equivocaba. El señor Powell me adoraba,
de la misma manera que un croupier adora al ingenuo que juega siempre al cero.
Cuando terminamos de disponer mis intereses, quise mostrarme razonable con lo
de Pet: fijamos el pago de un 15 por 100 de la cuota humana por la hibernación
de Pet, y redactamos para él un contrato por separado
Sólo quedaba el consentimiento del tribunal y el examen físico.
El examen no me preocupaba: una vez permitido que la compañía
apostase a que me moría, me aceptarían aunque estuviese en la última fase de la
Peste Negra. Pero sospechaba que conseguir que lo aprobase un juez sería más
difícil, pero era necesario, ya que un cliente en sueño frío estaba legalmente
en custodia, vivo pero impotente.
No tenía por qué haberme preocupado. Nuestro señor Powell hizo
redactar, por cuadruplicado, catorce documentos diferentes, y fui firmando
hasta que noté calambres en los dedos. Un mensajero salió corriendo con ellos
mientras yo pasaba mi examen físico: ni siquiera llegué a ver al juez.
El examen físico consistió en la fatigosa rutina de costumbre,
salvo por una cosa. Hacia el final el doctor que me estaba examinando me miró
severamente y dijo:
- Muchacho, ¿desde cuando estás empinando el codo?
-¿El codo?
- El codo.
-¿Qué le hace pensar eso, doctor? Estoy tan sobrio como usted.
«El cielo está enladrillado. ¿Quién lo desenladrillará...?»
- Deje eso y contésteme.
- Pues... desde hace un par de semanas.
-¿Bebedor compulsivo? ¿Cuántas veces lo ha precisado en el
pasado?
-Pues, la verdad es que ninguna. Verá usted... -Comencé a
explicarle lo que Belle y Miles me habían hecho, y por qué me sentía como me
sentía.
Me enseñó la palma de la mano:
-Por favor. Tengo mis propios problemas y no soy un psiquiatra.
En realidad, lo único que me interesa es averiguar si su corazón puede soportar
que lo pongan a cuatro grados centígrados. En general, me tiene sin cuidado que
haya gente tan chiflada que quiera meterse en un agujero y cerrarlo tras ella.
Sencillamente, pienso que así habrá un idiota menos en la superficie. Pero
cierto residuo de conciencia profesional me impide autorizar que ningún hombre,
por desdichado ejemplar que sea, se meta en uno de esos ataúdes con su cerebro
empapado en alcohol. Vuélvase.
-¿Cómo?
-Vuélvase. Voy a darle una inyección en la nalga izquierda.
-Me volví y me la dió. Mientras me estaba frotando, me dijo-: Y
ahora empápese de esto: dentro de veinte minutos estará más sobrio de lo que ha
estado desde hace un mes. Entonces, si le queda algo de sentido común, lo cual
dudo, puede revisar su posición y decidir si quiere evadirse de sus
dificultades... o enfrentarse a ellas como un hombre.
Me empapé.
-Eso es todo. Ya puede vestirse. Voy a firmar sus papeles, pero
le advierto que puedo poner el veto en el último momento. No más alcohol para
usted. En absoluto. Una cena ligera y nada de desayuno. Vuelva mañana a las
doce para el último examen.
Dio media vuelta y salió sin despedirse siquiera. Me vestí y me
marché de allí muy molesto. Powell tenía todos mis papeles a punto. Cuando los
cogí, me dijo:
-Puede dejarlos aquí, si quiere, y recogerlos mañana al
mediodía... Es decir, la copia que irá con usted a los sótanos.
-¿Y qué se hará de las otras?
-Nosotros guardamos una, luego, después de que usted haya sido
depositado, enviamos otra a los tribunales, y otra a los Archivos de Carísbad.
¡Ah! ¿Le advirtió el médico acerca del régimen?
-Desde luego -respondí, y miré fijamente los papeles para
ocultar mi desagrado.
Powell alargó la mano intentando cogerlos.
-Se los guardaré esta noche.
Los retiré de su alcance:
-Puedo guardarlos yo mismo. Puede que quiera modificar algunas
de las disposiciones que he elegido.
-¡Oh! Es algo tarde para eso, mi querido señor Davis.
-No se apresure. Si hago algún cambio vendré temprano.
Abrí el maletín y metí los papeles en uno de los compartimentos
junto a Pet. Otras veces ya había guardado allí papeles de valor. Si bien no
era un sitio tan seguro como los Archivos de Carísbad, estaban más seguros de
lo que podía parecer. Una vez un ladrón intentó robar algo de aquel mismo
compartimento y a esas horas aún debe de llevar cicatrices de los dientes y las
garras de Pet.
2
Mi automóvil estaba aparcado en la Plaza de Pershing, donde lo
había dejado temprano aquel día. Puse dinero en el contador del aparcamiento,
coloqué el chisme en la arteria Oeste, saqué a Pet, lo puse en el asiento, y me
relajé.
Mejor dicho, intenté relajarme. La circulación en Los Ángeles
era demasiado rápida y demasiado criminal para que me sintiera verdaderamente
feliz con el control automático. Hubiera querido volver a diseñar toda su
instalación, pues no era verdaderamente uno de esos modernos «Falle Sin Temor».
Cuando llegamos al Oeste de la Avenida Occidental y pude volver
al control manual, estaba nervioso y tenía ganas de echar un trago.
- Allí hay un oasis, Pet.
-¿Rrrrect?
- Delante mismo.
Pero mientras buscaba un sitio donde aparcar -Los Ángeles no
corría peligro de invasión: los invasores nunca encontrarían aparcamiento- me
acordé de la orden del médico de no tomar alcohol.
De modo que le dije enfáticamente qué podía hacer con sus
órdenes.
Luego me pregunté si él sería capaz de averiguar, casi un día
más tarde, si yo había bebido o no. Creía recordar cierto artículo
especializado, pero no me había interesado tanto como para echarle más que una
ojeada.
¡Maldita sea! Era capaz de prohibirme el sueño frío. Sería mejor
que me calmase y dejara de lado la bebida.
-¿Ahorrra? -preguntó Pet.
-Luego. De momento tenemos que encontrar un restaurante para
automóviles.
De pronto me di cuenta de que en realidad no quería beber;
necesitaba comida y una noche de sueño. El doctor tenía razón: estaba más
sobrio y me sentía mejor de lo que me había sentido desde hacia semanas. Aquel
pinchazo en el trasero no había sido quizás más que B1, pero, en tal caso, era
de propulsión a chorro. Así que buscamos restaurante, pedí pollo asado para mí
y un bistec ruso y un poco de leche para Pet, al que saqué a dar una vuelta
mientras preparaban la comida. Pet y yo comíamos a menudo en los restaurantes
porque así no tenía que meterlo de contrabando.
Media hora más tarde saqué al coche del círculo de mayor
tránsito, lo paré, encendí un cigarrillo, rasqué a Pet bajo la barbilla, y
pensé...
Dan, querido, el doctor tenía razón: pretendías deslizarte por
el cuello de una botella, lo cual está bien para el tamaño de tu cabeza, pero
era demasiado estrecho para tus hombros. Ahora estás sobrio, te has llenado la
barriga de comida, y estás descansando cómodamente por vez primera desde hace
días. Te sientes mejor... ¿Y qué más? ¿Tenía razón el doctor sobre lo demás?
¿Eres un niño mal criado? ¿Te falta valor para enfrentarte con un contratiempo?
¿Es el espíritu de aventura? ¿O sencillamente te escondes de ti mismo, como una
de la Sección Octava que intenta volver a meterse en el seno de su madre?
Pero si quiero hacerlo, me respondí. El año 2000... ¡Muchacho!
Está bien, de acuerdo. Pero, ¿es necesario escaparse sin antes
ajustar cuentas por aquí?
Bueno, bueno..., pero ¿cómo ajustarlas? No quiero otra vez a
Belle, después de lo que me ha hecho. ¿Y qué otra cosa puedo hacer?
¿Demandarles? No seas idiota, no tienes pruebas... Además, nadie gana un pleito
sino los abogados.
Pet me miró.
Miré su cabeza llena de cicatrices. Pet no demandaría a nadie:
si no le gustaban los bigotes de otro gato, sencillamente le invitaba a salir y
a pelear como un gato.
-Creo que tienes razón, Pet. Voy a ir en busca de Miles, le
arrancaré un brazo y le daré con él en la cabeza hasta que hable. Luego
podremos tomar el Largo Sueño. Pero tenemos que saber qué es exactamente lo que
nos hicieron y de quién fue la idea.
Detrás de la parada había una cabina telefónica. Llamé a Miles,
le encontré en casa, le dije que se quedara allí, que iba a visitarle.
Mi padre me llamó Daniel Boone Davis, lo cual fue su manera de
declararse en favor de la libertad personal y de la confianza en si mismo. Nací
en 1940, año en que todo el mundo andaba diciendo que el individuo estaba en
sus últimas y que el futuro pertenecía al hombre de la masa. Papá se negó a
creerlo: ponerme aquel nombre fue una nota de desafío. El murió durante un
lavado de cerebro en Corea del Norte, intentando probar su tesis hasta el fin.
Cuando tuvo lugar la Guerra de las Seis Semanas yo poseía un
título de ingeniería mecánica y estaba en el Ejército. No había utilizado mi
título para intentar conseguir un mando, pues lo que papá si me había legado
era un deseo arrollador de ir por cuenta propia, sin dar órdenes, sin recibir
órdenes, sin atenerme a horarios: lo único que quería era servir lo estipulado
y marcharme. Cuando la Guerra Fría entró en ebullición, era sargento técnico en
el Centro de Armamentos de Sandia, en Nuevo México, y me dedicaba a rellenar
bombas atómicas y a pensar en lo que iba a hacer cuando terminara mi plazo. El
día que Sandia desapareció yo estaba en Dallas, para recibir una nueva partida
de Schrecklichkeit. La caída de aquello fue hacia Oklahoma City, de modo que viví
para recibir mi paga de soldado.
Pet sobrevivió por la misma razón. Yo tenía un compañero. Miles
Gentry, un veterano que había sido llamado para el servicio. Se había casado
con una viuda que tenía una hija, pero su mujer había muerto por la época en
que lo llamaron de nuevo. Vivía fuera del puesto con una familia en
Alburquerque, para que su hijastra Federica tuviese un hogar. La pequeña Ricky
(nunca la llamábamos «Federica») se cuidaba de Pet. Gracias a Bubastis, diosa
de los gatos, Miles, Ricky y Pet estaban fuera aquel espantoso fin de semana.
Ricky se había llevado consigo a Pet porque yo no podía llevármelo a Dallas.
A mí me sorprendió tanto como a los demás cuando resultó que
teníamos divisiones almacenadas en Thule y en otros lugares que nadie había
sospechado. Desde los años 30 se había sabido que era posible enfriar el cuerpo
humano, retardándolo, hasta casi cero. Pero hasta la Guerra de Seis Semanas
había sido un truco de laboratorio, o una terapia de última Instancia. Hay que
reconocer esto a la investigación militar: si es posible hacer algo con dinero
y con hombres. lo consiguen. Emiten otros mil millones, contratan a otros mil
científicos e ingenieros. y entonces, de alguna manera increíblemente tortuosa
e ineficiente, aparecen las respuestas. Estasis, sueño frío, invernada,
hipotermia, metabolistno reducido, llámenlo como quieran, los equipos de
investigación de medicina logística habían encontrado la manera de almacenar
gente como leña, y de utilizarlos cuando los necesitaban. Primeramente se droga
al sujeto, luego se le hipnotiza, después se le enfría y se le mantiene a
precisamente cuatro grados centígrados, es decir, a la densidad máxima del agua
sin cristales de hielo. Si se le necesita urgentemente se le puede reavivar con
diatermia y mando posthipnótico en diez minutos (en Nome lo hicieron en siete),
pero tal velocidad tiende a envejecer los tejidos y a hacer que desde entonces
en adelante sea un poco estúpido. Si no hay prisa es mejor un mínimo de un par
de horas. El método rápido es lo que los soldados profesionales llaman «un
riesgo calculado».
En conjunto, aquello fue un riesgo con el que el enemigo no
había contado, de modo que cuando la guerra terminó me despidieron pagándome,
en vez de liquidarme o de enviarme a un campamento de esclavos. Y Miles y yo
comenzamos juntos un negocio hacia la época en que las compañías de seguros
comenzaban a vender el sueño frío.
Fuimos al Desierto de Mojave, instalamos una pequeña fábrica en
un edificio sobrante de las Fuerzas Aéreas, y comenzamos a fabricar la Muchacha
de Servicio, a base de mi ingeniería y de la experiencia de Miles en leyes y en
negocios. Sí, yo inventé la Muchacha de Servicio y todos sus parientes -Willie
Ventanas y los demás- a pesar de que ahora no encuentren ustedes en ellos mi
nombre. Mientras estaba en el servicio militar había pensado mucho sobre lo que
puede hacer un ingeniero. ¿Trabajar para Standard, DuPont o General Motors?
Treinta años después le dan a uno un banquete de despedida y una pensión. No le
ha faltado a uno ninguna comida, se han hecho muchos viajes en los aviones de
la compañía, pero nunca se ha sido su propio dueño. El otro gran mercado para
ingenieros es el servicio del Estado, con buena paga inicial, buenas pensiones,
pocas preocupaciones, treinta días de vacaciones anuales, beneficios generosos.
Pero yo acababa de disfrutar de una larga vacación estatal y quería ser mi
propio jefe.
¿Qué había que fuera lo suficientemente pequeño para un
ingeniero y que no requiriera seis millones de horas-hombre antes de que
apareciese el primer modelo en el mercado? Ingeniería de taller de bicicletas
con cacahuetes por capital, del modo como Ford y los hermanos Wright habían
comenzado: se decía que aquellos días habían terminado para siempre; yo no lo
creía.
El automatismo florecía: plantas de ingeniería química que
solamente requerían dos observadores de instrumentos y un vigilante, máquinas
que imprimían billetes en una ciudad y marcaban el espacio «vendido» en otras
ciudades distintas, topos de acero que extraían carbón mientras los muchachos
del sindicato de mineros los contemplaban. Así fue que mientras estaba al pago
del tío Sam me empapé de toda la electrónica, uniones y cibernética que
permitía una categoría «Q».
¿Cuál fue la última cosa que se hizo automática? Respuesta: la
casa de cualquier señora. No intenté diseñar una casa científicamente lógica;
no era lo que querían las mujeres: sencillamente deseaban una caverna mejor
tapizada. Pero las amas de casa seguían quejándose del Problema Doméstico mucho
después de que los criados hubiesen seguido el camino de los mastodontes. Rara
vez me había encontrado con una ama de casa que no tuviese algo de ama de
esclavos; parecía como si realmente creyesen que tenía forzosamente que haber
robustas muchachas campesinas que agradeciesen la oportunidad de fregar suelos
catorce horas diarias y comer restos de la mesa por un sueldo que un aprendiz
de lampista despreciaría.
Por eso fue que llamamos Muchacha de Servicio a aquel monstruo:
evocaba el recuerdo de la muchacha emigrante semiesclava a quien la abuela
abroncaba. Fundamentalmente no era sino un aspirador mejor, y teníamos la
intención de venderlo a un precio competitivo de las escobas de succión
ordinarias.
Lo que la Muchacha de Servicio hacía (el primer modelo, no el
robot seminteligente en que lo transformé) era limpiar suelos; toda clase de
suelos, todo el día y sin vigilancia. Y nunca existió un suelo que no
necesitase ser limpiado.
Barría, o fregaba, o limpiaba aspirando, o pulía, consultando
cintas en su memoria idiota pala decidir qué era lo que tenía que hacer. Todo
lo que fuese mayor que un perdigón BB lo recogía y lo colocaba sobre una
bandeja en la superficie superior, para que alguien más inteligente decidiese
si había que conservarlo o tirarlo. Se pasaba todo el día buscando suciedad,
moviéndose infatigablemente según curvas que no dejaban nada por barrer,
pasando de largo sobre los pisos limpios, en su incansable búsqueda por los
sucios. Se marchaba de las habitaciones donde hubiese gente, lo mismo que una
doncella bien educada, a menos de que la señora de la casa lo alcanzase e
hiciese accionar un interruptor para indicar a la pobre infeliz que era bien
recibida. Hacia la hora de comer se iba a su puesto y se tragaba una carga
rápida -eso antes de que le instalásemos la carga permanente.
No había mucha diferencia entre la Muchacha de Servicio, Marca
Uno, y un aspirador doméstico. Pero la diferencia -que podía limpiar sin
vigilancia- fue suficiente; se vendió.
Me apropié del esquema básico de las «Tortugas Eléctricas»
descritas en el Scientific American hacia fines de 105 anos cuarenta, saqué un
circuito de memoria del cerebro de un proyectil dirigido (eso es lo que tienen
de bueno los trastos ultrasecretos; que no los patentan) y tomé los artificios
de limpieza del conjunto de una docena de otros aparatos, incluso de un pulidor
de suelos que se utilizaba en los hospitales del ejército, de un suministrador
de bebidas no alcohólicas, de aquellas «manos» que utilizan en las plantas
atómicas para manipular todo lo que es «caliente». No había en realidad nada
nuevo en ello; era solamente la manera de juntarlo. La «chispa de genio»
requerida por nuestras leyes consistía en encontrar un buen abogado de
patentes.
El verdadero genio se requería para la ingeniería de producción;
era posible construir todo aquel trasto con partes standard pedidas por medio
del Catálogo de S'veet, salvo por dos letras tridimensionales y un circuito
impreso. El circuito lo obteníamos por subcontrato; las levas las construí yo
mismo en el cobertizo que llamábamos nuestra «fábrica», utilizando herramientas
automáticas procedentes de excedentes de guerra. Al principio Miles y yo éramos
toda la línea de montaje, desde el principio al fin. El modelo piloto costó
4.317,09 dólares. Los primeros cien aparatos costaron justo por encima de 39
dólares cada uno y se los entregamos a una casa de ventas de Los Ángeles a 60
dólares y ellos los revendían por 85 dólares. Tuvimos que dejárselos en consignación
para poderlos sacar todos, puesto que no podíamos impulsar las ventas, y casi
morimos de hambre antes de empezar a recibir el importe de las ventas. Luego
Life dedicó dos páginas a las Muchachas de Servicio... y desde entonces el
único problema fue tener bastante personal para montar el monstruo.
Belle Darkin se nos unió poco después de aquello. Miles y yo
habíamos estado escribiendo cartas con una Underwood de 1908; la contratamos
como mecanógrafa y tenedora de libros, y alquilamos una máquina eléctrica con
tipo de letra alto, jefe ejecutivo y cinta carbónica, y yo diseñé un membrete
para las cartas. Todos los beneficios los invertíamos en el negocio y Pet y yo
dormíamos en el taller mientras Miles y Ricky ocupaban un cobertizo próximo.
Nos asociamos en defensa propia. Para asociarse son necesarios tres; dimos a
Belle parte de las acciones y la nombramos secretaria-tesorera. Miles era
presidente y gerente general; yo era jefe técnico y presidente del consejo de
administración con un 51 por 100 de las acciones.
Quiero explicar la razón por la cual me quedé con el control. No
es que fuese un tragón; sencillamente quería ser mi propio jefe. Miles
trabajaba como una mula; debe hacerse justicia. Pero más del 60 por 100 de los
ahorros que habían servido para lanzarnos eran míos y el 100 por 100 de la
inventiva y de la ingeniería eran míos. Miles no pudo nunca haber construido la
Muchacha de Servicio, mientras que yo la podía haber construido con cualquiera
de entre una docena de compañeros, o posiblemente sin ninguno -si bien quizás
hubiese fallado al intentar hacer dinero con ella; Miles era hombre de
negocios, mientras que yo no lo soy.
Pero quería tener la seguridad de que conservaba el control del
taller, y concedí a Miles una libertad igual en lo referente a la parte
comercial... demasiada libertad, según pude ver luego.
La Muchacha de Servicio, Marca Uno, se vendía como pan bendito,
y yo estuve ocupado durante algún tiempo mejorándola e instalando una verdadera
línea de montaje, y poniendo al frente de ella un jefe de taller, y luego me
dediqué alegremente a idear nuevos artefactos para el hogar. Era asombroso lo
poco que se había pensado en el trabajo doméstico, a pesar de que constituye
por lo menos el 50 por 100 de todo el trabajo del mundo. Las revistas para
mujeres hablan de «ahorro de trabajo en el hogar» y de «cocinas funcionales»,
pero no es más que cháchara; sus bonitos diseños no mostraban más que unas
combinaciones de trabajo y vida que esencialmente no eran mejores que los de
los tiempos de Shakespeare; la revolución del caballo al avión a chorro no
había alcanzado el hogar.
Seguí aferrado a mi convicción de que las amas de casa eran
reaccionarias. Nada de «máquinas para vivir» -sino solamente artificios para
sustituir la extinguida especie de doncellas de servicio, es decir, para
cocinar, limpiar y cuidar a los niños.
Empecé a pensar en las ventanas sucias y en aquella marca
alrededor del baño que tan difícil es de limpiar, pues hay que doblarse por el
medio para alcanzarla. Resultó que cierto artificio electrostático podía hacer
saltar la suciedad de cualquier superficie silícea pulimentada, de los
cristales de las ventanas, de los baños, de las palanganas -de cualquier cosa
semejante. Aquello fue Willie Ventanas, y era extraño que nadie hubiese pensado
en él antes. Lo aguanté hasta que pude rebajar su precio a un nivel que la
gente no podía rehusar. ¿Se acuerdan de lo que costaba la hora de limpieza de
ventanas?
Contuve la producción de Willie mucho más tiempo de lo que le
convenía a Miles. Quería venderlo tan pronto como fuese lo bastante barato,
pero yo insistí además en otra cosa: Willie tenía que ser fácil de reparar. El
gran inconveniente de la mayoría de los aparatos domésticos es que cuanto
mejores eran y más cosas hacían, con más facilidad se estropeaban, precisamente
en el momento en que más falta hacían; y luego necesitaban un experto a cinco
dólares por hora para hacerlas funcionar de nuevo. Luego volvía a suceder lo
mismo a la semana siguiente, si es que no ocurría al lavaplatos, luego al
acondicionador de aire... y generalmente el sábado por la tarde en medio de una
tormenta de nieve.
Lo que yo quería era que mis aparatos funcionasen y siguiesen
funcionando, y no causasen úlceras a sus propietarios.
Pero todos los aparatos se estropeaban incluso los míos. Hasta
que llegue el gran día en que todos los artefactos sean diseñados sin partes
móviles, las máquinas continuarán averiándose.
Pero la investigación militar verdaderamente consigue
resultados, y los militares habían ya resuelto este problema. No se puede
perder una batalla, perder miles o millones de vidas, quizás incluso la misma
guerra, solamente porque un aparato del tamaño de tu dedo pulgar se estropea.
Con fines militares se utilizaron una serie de recursos: «fallo con seguridad»,
circuitos de reserva, «dígamelo tres veces», y lo demás. Pero uno de los que
utilizaron y que era viable para utensilios domésticos era el basado en el
principio del componente enchufable.
Se trata de una idea sencillamente morónica; nada de reparar,
sino de sustituir. Quería hacer que todas las partes de Willie Ventanas que
podían averiarse fuesen unidades enchufables, y luego incluir un juego de
recambios con cada Willie. Algunos de los componentes se tirarían, pero el
mismo Willie nunca estaría fuera de uso más tiempo del necesario para enchufar
la parte de recambio.
Miles y yo nos peleamos por primera vez. Yo afirmaba que la
decisión acerca de cuándo se debía pasar del modelo piloto a la producción
correspondía al ingeniero; él afirmaba que se trataba de una decisión
comercial. Si no hubiese retenido mi control Willie hubiese salido al mercado
sujeto a apendicitis aguda de manera tan irritante como todos los demás
artefactos para «ahorrar trabajo», enfermizos y a medio desarrollar.
Belle Darkin calmó la tormenta. Si hubiese presionado quizás
hubiese permitido que Miles empezase a vender, pues yo estaba tan embobado con
Belle como pueda llegar a estarlo cualquier hombre.
Belle no solamente era una perfecta secretaria y gerente de
oficina, sino que tenía características personales que hubiesen deleitado a
Praxiteles, y una fragancia que me afectaba de la misma manera que el olor a
gata afecta a Pet. Con lo escasas que estaban las oficinistas de primer orden,
cuando una de las mejores se prestaba a trabajar para una compañía de juguete,
a un sueldo por debajo de lo corriente, realmente uno debía preguntarse «¿por
qué?» Pero ni siquiera le preguntamos dónde había estado trabajando antes, tan
contentos estábamos de que nos salvara de la inundación de papeles que había
producido la puesta en el mercado de la Muchacha de Servicio.
Más tarde yo hubiese rechazado con indignación cualquier
sugerencia de investigar el pasado de Belle, pues para entonces las dimensiones
de su busto habían ya afectado seriamente mi juicio. Me permitió que le
explicase lo solitaria que había sido mi vida hasta que había aparecido ella, y
ella respondió con suavidad que tendría que conocerme mejor, pero que se sentía
inclinada a pensar lo mismo.
Poco después de haber suavizado la disputa entre Miles y yo,
consintió en compartir mis fortunas:
-Dan, querido, tienes lo necesario para llegar a ser un gran
hombre... y creo que yo soy el tipo de mujer que puede ayudarte a serlo.
-¡Desde luego que lo eres!
-¡Calla, querido! Pero no voy a casarme contigo precisamente
ahora y cargarte de chiquillos y crearte toda clase de preocupaciones. Primero
voy a trabajar contigo y a establecer el negocio. Luego nos casaremos.
Yo objeté, pero se mostró firme:
-No, querido. Tú y yo iremos muy lejos. La Muchacha de Servicio
será un nombre tan grande como General Electric. Pero cuando me case quiero
olvidarme de los negocios y dedicarme exclusivamente a hacerte feliz, y primero
tengo que dedicarme a tu bienestar y tu futuro. Ten confianza en mí, amor mío.
La tuve. No permitió que le comprase el costoso anillo de
prometida que quería comprarle; en lugar de ello le transferí parte de mis
acciones personales como regalo de compromiso. Continué votando por ellas,
naturalmente. Cuando pienso en aquello, no estoy seguro de quién fue el que
pensó en tal regalo.
Después de aquello trabajé aún más que antes, pensando en
papeleras que se vaciarían solas, y en un artefacto para guardar los platos en
su sitio después de terminar el lavado. Todo el mundo se sentía feliz... Es
decir, todo el mundo menos Pet y Ricky. Pet no hacía caso de Belle, lo mismo
que de cualquier otra cosa que no le gustaba y que no podía alterar, pero Ricky
se sentía verdaderamente desgraciada.
La culpa era mía. Ricky había sido «mi chica» desde que tenía
seis años, allá en Sandia, con sus lazos en el cabello y sus grandes ojos
solemnes. Yo iba a «casarme con ella» cuando fuese mayor, y los dos juntos
cuidaríamos de Pet. Yo me figuraba que estábamos jugando y quizá si fuese un
juego, y que Ricky solamente lo tomaba en serio por lo que se refería a su
eventual plena custodia de nuestro gato. Pero ¿quien puede saber lo que pasa
por la cabeza de un niño?
No Soy un sentimental con los niños. La mayor parte son como
monstruos que no se civilizan hasta que crecen, y a veces ni entonces.
Pero la pequeña Federica me recordaba a mi propia hermana a
aquella edad y, además, quería a Pet y lo trataba bien. Creo que yo le gustaba
porque nunca le hablaba solemnemente (cuando yo era pequeño me molestaba que lo
hicieran conmigo) y además me tomaba en serio sus actividades de Exploradora.
No podía uno quejarse de Ricky; era de una reposada dignidad y ni alborotaba,
ni chillaba, ni se subía las faldas. Eramos amigos, compartiendo la
responsabilidad de Pet y por lo que a mí se refería, aquello de ser «mi chica»
no era sino un juego algo mundano.
Dejé de jugarlo el día que mi hermana y mi madre murieron en un
bombardeo. No fue una decisión consciente, sencillamente no me sentía con ganas
de bromas y nunca lo volví a empezar. Ricky tenía entonces siete años; tenía
diez cuando Belle se nos unió, y probablemente unos once cuando Belle y yo nos
prometimos, odiaba a Belle con una intensidad de la que creo que solamente yo
me daba cuenta, puesto que sólo se manifestaba en una falta de ganas de
hablarle -Belle le llamaba «timidez», y creo que Miles también lo creía así.
Pero yo sabia la verdad y traté de hacer variar de actitud a
Ricky. ¿Han tratado ustedes alguna vez de hablar con un subadolescente de algo
de lo cual el niño no quiere hablar? Les será más satisfactorio gritar en el
Cañón de los Ecos. Yo me decía que aquello pasaría cuando Ricky se diese cuenta
de lo adorable que era Belle.
Pet era otra cosa, y si no hubiese estado enamorado lo hubiese
interpretado como una señal clara de que Belle y yo no nos entenderíamos nunca.
A Belle «le gustaba» mi gato. ¡Oh! ¡Desde luego, desde luego! Adoraba a los
gatos y le encantaba mi incipiente calva y admiraba mi elección de
restaurantes, y le gustaba todo lo que tenía que ver conmigo.
Pero el gusto por los gatos es algo difícil de asimilar frente a
una persona aficionada a ellos. Hay gentes de gatos, y hay otros, probablemente
más que una mayoría, que «no pueden soportar un gato inofensivo y necesario».
Si lo intentan sea por cortesía o por cualquier otra razón, se nota porque no
comprenden cómo se debe tratar a los gatos; y el protocolo de los gatos es más
rígido que el de la diplomacia.
Se basa en el respeto de sí mismo y en el mutuo respeto, y tiene
el mismo matiz que la «dignidad del hombre», que solamente puede ofenderse a
riesgo de la vida.
Los gatos no tienen sentido del humor, sus egos son
terriblemente hinchados, y son muy susceptibles. Si alguien me preguntase por
qué valía la pena que nadie perdiese el tiempo ocupándose de ellos, me vería
forzado a responder que no hay ninguna razón lógica. Preferiría explicar a
alguien a quien no gusten los quesos fermentados por qué «debería gustarle» el
Limburger. No obstante, simpatizo con aquel mandarín que se cortó una manga
llena de inestimables bordados porque sobre ella estaba durmiendo un gatito.
Belle intentaba demostrar que Pet «le gustaba» tratándolo como
si fuese un perro..., de modo que recibió un arañazo. Luego, como era un gato
razonable, se fue, y no volvió en mucho tiempo; y fue mejor así, pues le
hubiese pegado, y a Pet yo no le he pegado nunca. Pegar a un gato es peor que
inútil, la única manera de disciplinar a un gato es por medio de paciencia,
nunca a fuerza de golpes.
De modo que puse yodo en las heridas de Belle, y luego traté de
explicarle en qué se había equivocado.
-Siento que haya ocurrido, ¡lo siento muchísimo! Pero volverá a
suceder si vuelves a hacer aquello.
-¡Pero si solamente le estaba acariciando!
-Pues, sí... pero no le acariciabas como a un gato, sino como a
un perro. No debes nunca dar palmaditas a un gato, sino pasarle la mano por
encima. No debes hacer movimientos repentinos cuando estés al alcance de sus
garras. No debes nunca tocarle sin darle la oportunidad de que vea lo que estás
haciendo... y tienes siempre que procurar que sea algo que le guste. Si no
tiene ganas de que le acaricien, lo soportará un poco por cortesía, pues los
gatos son muy corteses, pero es posible darse cuenta de que lo está
sencillamente soportando, y hay que pararse antes de que se acabe la paciencia.
-Vacilé un momento-. ¿No te gustan los gatos, verdad?
-¿Cómo? ¡Pues claro que sí, qué tontería! -Pero añadió-: La
verdad es que no los he tratado mucho. Es una gata muy susceptible, ¿verdad?
-Gato. Pet es un gato macho. No, la verdad es que no es
susceptible, puesto que siempre ha sido bien tratado. Pero tienes que aprender
a tratarlos. Ah, no tienes nunca que reírte de ellos.
-¿Cómo? ¿Qué razón puede haber?
-No es porque no sean divertidos; son muy cómicos. Pero no
tienen sentido del humor y les ofende. Oh, un gato no te arañará porque te
rías; lo único que hará es marcharse y te será difícil volver a hacerte amigo
de él. No es que eso sea importante. Mucho más importante es saber cómo se
tiene que levantar a un gato. Cuando Pet vuelva te enseñaré cómo debe hacerse.
Pero Pet no volvió entonces, y nunca se lo enseñé. Belle no
volvió a tocarlo después de aquello. Le hablaba y se portaba como si le
gustase, pero se mantenía a distancia, y lo mismo hacía Pet. Me olvidé de ello;
no iba a permitir que una cosa tan trivial me hiciese dudar de la mujer que
para mí representaba más que ninguna otra cosa en la vida.
Pero la cuestión de Pet casi llegó a tina crisis algo más tarde.
Belle y yo estábamos discutiendo dónde íbamos a vivir. Todavía no quería fijar
el día de la boda, pero pasábamos mucho tiempo con esos detalles. Yo quería un
pequeño rancho cerca de la planta; ella prefería un piso en la ciudad hasta que
pudiésemos permitirnos una finca en Bel-Air.
-Querida -le dije-, no es práctico; tengo que estar cerca de la
planta. Y además, ¿se te ha ocurrido a ti alguna vez cuidar de un gato macho en
un piso?
-¡Oh, eso! Mira, cariño, me alegro de que lo hayas mencionado.
He estado estudiando gatos, de verdad... liaremos que lo modifiquen; entonces
será mucho más afectuoso y estará feliz en un piso.
La miré fijamente, incapaz de creer mis oídos. ¿Convertir al
viejo guerrero en un eunuco? ¿Transformarle en una decoración hogareña?
-Belle, no sabes lo que estás diciendo...
Me reprendió con el familiar «Mamá tiene razón», utilizando los
argumentos corrientes de la gente que cree que los gatos son una propiedad...,
que no le harían daño, que en realidad era por su propio bien, que sabía lo
mucho que yo le apreciaba y que nunca se le ocurriría privarme de él, y que era
en realidad algo muy sencillo e inofensivo, y lo mejor para todos.
La interrumpí:
~Y por qué no lo organizas para los dos?
-¿El qué, cariño?
-Yo también. Sería mucho más dócil y me quedaría por las noches
en casa, y nunca discutiría contigo. Corno tú has dicho, no hace daño, y me
sentiría probablemente mucho más feliz.
Se sofocó.
-Te pones absurdo.
-Lo mismo que tú.
No volvió nunca más a hablar de ello. Belle nunca dejaba que una
diferencia de opinión degenerase en una pelea; se callaba y esperaba su
momento. Pero tampoco lo dejaba nunca correr. En cierto sentido había en ella
mucho de gato..., y es posible que ésa fuese la razón por la cual yo no podía
resistirla.
Me alegré de dejar correr el asunto. Estaba ocupado hasta la
coronilla con Frank Flexible. Willie y la Muchacha de Servicio forzosamente nos
iban a hacer ganar mucho dinero, pero yo tenía la obsesión de un autómata
perfecto para todos los trabajos domésticos, un sirviente para todo. Está bien,
llámenlo un robot, a pesar de que se abusa de esta palabra y de que yo no tenía
intención de construir un hombre mecánico.
Lo que quería era un aparato que hiciese todo el trabajo de la
casa: limpiar y guisar, naturalmente, pero al mismo tiempo también trabajos
difíciles, como cambiar los pañales de un niño, o la cinta de una máquina de
escribir. En lugar de tener una cuadra de Muchachas de Servicio Nani Niñeras,
Harry Botones y Gus Jardinero quería que un matrimonio pudiese comprar una
máquina por el precio de, bueno, digamos de un buen automóvil, la cual fuese el
equivalente del sirviente chino sobre el que se leen historias, pero al cual
nadie de mi generación había llegado a ver.
Si conseguía hacerlo, seria la Segunda Proclamación de
Emancipación, que liberaría a las mujeres de su esclavitud atávica. Quería
abolir el antiguo dicho de que «el trabajo de la mujer no se termina nunca». El
trabajo doméstico es una pesadilla innecesaria y monótona; en mi capacidad de
ingeniero me ofendía.
Para que el problema entrase dentro de las posibilidades de un
solo ingeniero, casi todo el Frank Flexible tenía que consistir en partes
standard y no debía incluir ningún principio nuevo. La investigación
fundamental no es trabajo para un solo hombre; tenía que ser un desarrollo de
lo ya conocido, o no podía ser.
Afortunadamente había ya mucho hecho en ingeniería y yo no había
perdido el tiempo mientras esperaba mi licencia «Q». Lo que requería no era tan
complicado como lo que se espera que haga un proyectil dirigido.
¿Y qué era lo que quería que hiciese Frank Flexible? Respuesta:
todo el trabajo que un ser humano hace por la casa. No tenía que jugar a las
cartas, hacer el amor, comer, o dormir, pero sí tenía que limpiar después de
una partida de cartas, guisar, hacer camas y cuidar de niños; por lo menos
tenía que vigilar la respiración de un niño y llamar a alguien si se alteraba.
Decidí que no tendría que contestar al teléfono, puesto que A.T.T. ya alquilaba
un aparato que lo hacía. Tampoco era necesario que atendiese la puerta, ya que
la mayor parte de las casas nuevas estaban provistas de contestadores.
Pero para que hiciese la multitud de cosas que yo quería que
hiciese, necesitaba manos, ojos, oídos y un cerebro... un cerebro lo bastante
bueno.
Las manos podía encargárselas a las compañías de equipos de
ingeniería atómica que suministraban las de la Muchacha de Servicio, si bien en
este caso iba a requerir las mejores, con servos de largo alcance y con el
delicado retorno que se necesita para manipulaciones para pesar isótopos
radiactivos. Las mismas compañías podían suministrar ojos; si bien podrían ser
más sencillos, puesto que Frank no tendría que ver y manipular desde detrás de
metros de espesor de una coraza de hormigón, como ocurre en las plantas de
reactores.
Los oídos podía comprarlos a cualquiera de entre una docena de
firmas de TV -si bien tendría probablemente que idear un diseño para controlar
sus manos por sonido, vista, y retorno de tacto, de la misma manera que pueden
ser controladas las manos humanas.
Pero con transistores y circuitos impresos es posible hacer
muchas cosas.
Frank no tendría que usar escaleras de mano. Haría que su cuello
se estirase como el de un avestruz y que sus brazos se alargasen como unas
tenacillas. ¿Debería hacerlo de manera que pudiese subir y bajar escaleras?
Pues bien, había una silla de ruedas mecánica que podía hacerlo.
Podría probablemente comprar una de ellas y utilizarla como armazón, limitando
así el modelo piloto a un espacio no mayor que una silla de ruedas y no más
pesado que lo que tal silla puede llevar. Eso me daría un juego de parámetros.
Conectaría su potencia y su dirección con el cerebro de Frank.
El cerebro era la verdadera dificultad. Es posible construir un
artefacto unido como un esqueleto humano o incluso mucho mejor. Es posible
proporcionarle un sistema de retorno lo bastante bueno para que clave clavos,
friegue suelos, rompa huevos -o no los rompa-. Pero a menos de que entre las
orejas contenga una sustancia como la que tiene un hombre, no es hombre, ni tan
sólo un cadáver.
Afortunadamente no necesitaba un cerebro humano: solamente
quería un morón dócil, capaz principalmente de trabajos domésticos de
repetición.
Aquí es donde entraban en juego las válvulas de memoria Thorsen.
Gracias a las válvulas Thorsen habíamos provisto de pensamiento a los
1jroyectiles intercontinentales, y los sistemas de control de tránsito en
sitios como Los Ángeles utilizan una de sus formas idiotas. No es necesario
entrar en la teoría de una válvula electrónica que incluso los Laboratorios
Bell no acaban de comprender bien, sino que la cuestión es que se puede
conectar una válvula Thorsen a un circuito de control, hacer que la máquina efectúe
una operación por medio de control manual, y el tubo «recordará» lo que hizo y
puede a su vez dirigir aquella operación sin vigilancia humana una segunda vez,
o un número indefinido de veces. Para herramientas mecánicas automáticas basta
con eso; para los proyectiles dirigidos y para Frank Flexible se añaden
circuitos que dan «juicio» a la máquina. En realidad no se trata de juicio (yo
opino que una máquina nunca puede tener juicio); el circuito lateral es un
circuito especial cuyo programa dice: «busca tal y cual entre los límites tales
y cuales; cuando lo encuentres ejecuta tus instrucciones básicas». La
instrucción básica puede ser tan complicada como sea posible comprimir en una
válvula de memoria Thorsen -¡limite que es en verdad muy amplio!- y se puede
establecer el programa de tal manera que vuestros circuitos de «juicio» (que
son en realidad conductores morónicos) pueden interrumpir las instrucciones
básicas todas las veces que el ciclo no corresponda a lo originalmente impreso
en la válvula Thorsen.
Eso significa que solamente es necesario hacer que Frank
Flexible quite la mesa, rasque los platos y los cargue en el lavaplatos
solamente una vez, pues a partir de aquel momento se las podrá entender con
cuantos platos sucios se encuentre. Mejor aún, se le podría meter en la cabeza
una válvula Thorsen copiada electrónicamente y podría manipular platos sucios
desde la primera vez que los tuviese a su alcance... sin nunca romper ni uno.
Póngase otra válvula «memorizada» a su lado y podrá cambiar de
ropa a un bebé mojado desde la primera vez, sin nunca, nunca, clavarle un
alfiler.
La cuadrada cabeza de Frank podía fácilmente contener un
centenar de válvulas de Thorsen, cada una de ellas con una «memoria» de una
tarea doméstica diferente. Luego instalemos un circuito de protección alrededor
de todos los circuitos de «juicio», circuito que le requiera que se esté quieto
y pida ayuda Si se llega a encontrar con algo que no esté comprendido en sus
instrucciones -de esta manera se evitará gastar bebés y platos.
Así fue que construí a Frank sobre la armazón de una silla de
ruedas mecánica. Parecía un perchero haciendo el amor a un pulpo. ¡Pero hay que
ver lo bien que limpiaba la plata!
Miles contempló al primer Frank, observó cómo preparaba un
martini y lo servía, y luego iba dando vueltas vaciando ceniceros (sin tocar
los que estaban limpios) vio cómo abría una ventana y la dejaba sujeta abierta,
luego iba a mi librería y ordenaba los libros que en ella había. Miles probó su
martini y dijo:
-Demasiado vermut.
-Es así como me gustan a mí. Pero podemos decirle que prepare el
tuyo de una manera y el mío de otra; le quedan aún muchas válvulas en blanco.
Es flexible.
Miles tomó otro sorbo:
-¿Cuándo estará a punto para entrar en producción?
-Pues me gustaría entretenerme con él otros diez años. -Y antes
de que pudiese protestar añadí-: Pero quizá sea posible producir un modelo
limitado antes de cinco.
-¡Tonterías! Te daremos toda la ayuda necesaria y tendremos a
punto un Modelo T dentro de seis meses.
-Ni hablar. Ésta es mi magnus Opus. No voy a soltarla hasta que
sea una obra de arte... aproximadamente un tercio de su tamaño actual, y con
todas sus partes sustituibles por sencillo enchufe, salvo los Thorsen, y tan
flexible que no solamente pueda sacar a paseo el gato y lavar al crío, sino que
incluso pueda jugar al pingpong si el comprador está dispuesto a pagar el costo
del programa extra.
Me quedé mirándole; Frank estaba tranquilamente sacando el polvo
a mi mesa y dejando todos los papeles exactamente donde los había encontrado.
-Pero no sería muy divertido jugar al ping-pong con él; nunca
fallaría. No; me figuro que podríamos enseñarle a fallar al azar. Sí...
podríamos hacerlo. Y lo haremos. Será una buena exhibición para la venta.
-Un año, Dan, y ni un día más. Voy a tomar a alguien de Lowy
para que te ayude.
-Miles, ¿cuándo vas a darte por enterado de que soy yo quien
manda en la parte de ingeniería? Cuando te lo entregue, te pertenece..., pero
ni una fracción de segundo antes.
Miles contestó:
-Aún le sobra mucho vermut.
Con la ayuda de los mecánicos del taller continué trabajando
hasta que conseguí que Frank se pareciera menos a un triple choque de
automóviles y m~ a algo de lo que uno se siente inclinado a alabar delante de
los vecinos. Mientras tanto, fui resolviendo una serie de pegas de sus
circuitos de control. Incluso le enseñé a acariciar a Pet y a rascarle bajo la
barbilla de tal manera que a Pet le gustase, y pueden creer que eso es algo que
requiere un retorno tan exacto como cualquier operación en un laboratorio de
atomística. Miles no me apresuró, si bien venia de vez en cuando a observar los
adelantos. Hacía de noche la mayor parte de mi trabajo, al volver después de
cenar con Belle y de dejarla en su casa. Luego dormía la mayor parte del día,
me retrasaba al llegar por la tarde, firmaba los papeles que Belle me tenía
preparados, veía lo que habían hecho en el taller durante el día, volvía otra
vez a sacar a Belle a cenar. No intentaba hacer gran cosa antes de eso, porque
el trabajo de creación le hace a uno oler como una cabra. Después de una noche
de trabajo intenso en el laboratorio sólo Pet podía soportarme.
Un día, precisamente cuando acabábamos de cenar, Belle me dijo:
-¿Vuelves al taller, cariño?
-Desde luego; ¿por qué?
-Bien, porque Miles va a reunirse con nosotros allí.
-¿Cómo?
-Quiere celebrar una junta de accionistas.
-¿Una junta de accionistas? ¿Para qué?
-No será larga. La verdad es, cariño, que en estos últimos
tiempos no te has preocupado mucho de la parte comercial de la compañía. Miles
quiere atar algunos cabos sueltos y concretar ciertas políticas.
-Me he dedicado intensamente a la ingeniería. ¿Qué otra cosa
crees que tengo que hacer para la compañía?
-Nada, querido. Miles dice que no será largo.
-Pero ¿qué ocurre? ¿Es que Jack no es capaz de manejar la línea
de montaje?
-Miles no dijo de qué se trataba.
Miles nos estaba esperando en la planta y me dio la mano como si
no nos hubiésemos visto desde hacía un mes. Dije:
-¿Miles, de qué se trata?
-Trae el programa, ¿quieres? -le dijo a Belle.
Eso solo debería haber bastado para hacerme comprender que Belle
había mentido al decirme que Miles no le había dicho de qué se trataba. Pero no
se me ocurrió... Diablos, ¡me fiaba de Belle!... y mi atención fue requerida
por otra cosa, pues Belle se dirigió a la caja, hizo girar el botón y la abrió.
Dije:
-Y de paso, cariño, anoche intenté abrirla, y no lo pude
conseguir. ¿Has cambiado la combinación?
Estaba manipulando papeles, y no se volvió:
-¿No te lo dije? La patrulla me pidió que la modificase, después
de aquella alarma de robos que hubo la semana pasada.
-Ah... Pues me tendrás que dar los números, o de lo contrario a
lo mejor una de estas noches tendré que llamaros por teléfono a una hora
absurda.
-Desde luego.
Cerró la caja y puso una carpeta sobre la mesa que utilizábamos
para las conferencias.
Miles carraspeó:
-Empecemos.
-Está bien -contesté-. Querida, puesto que se trata de una
reunión oficial, puedes empezar a tomar notas... Bueno... Miércoles, dieciocho
de diciembre, 21 horas veinte minutos, presentes todos los accionistas... Pon
nuestros nombres. Bajo la presidencia de D. B. Davis, presidente del consejo de
administración. ¿Queda algún asunto pendiente?
No quedaba ninguno.
-Bien, Miles; es cosa tuya. ¿Algún asunto nuevo?
Miles carraspeó:
-Deseo revisar la política de la compañía, presentar un programa
para el futuro, y hacer que el consejo considere una propuesta de financiación.
-¿Financiación? No digas tonterías. Tenemos excedente en
efectivo, y cada mes nos va mejor. ¿Qué ocurre, Miles? ¿Es que no estás
contento con lo que sacas? Podríamos aumentarlo.
-Con el nuevo programa pronto no nos quedaría efectivo sobrante.
Necesitamos una estructura financiera más amplia.
-¿Qué nuevo programa?
-Por favor, Dan. Me he tomado el trabajo de escribirlo
detalladamente. Deja que Belle nos lo lea.
-Bueno... Está bien.
A semejanza de todos los abogados, a Miles le gustaban las
palabras polisilábicas. Miles quería tres cosas: a) Quitarme Frank
Flexible, entregárselo a un equipo de ingenieros productores, y
sacarlo al mercado sin más demora; b)... Pero yo le interrumpí ahí:
-¡No!
-Espera un momento, Dan. Como presidente y gerente general tengo
sin duda derecho a exponer ordenadamente mis ideas. ahórrate tus comentarios y
deja que Belle acabe de leer.
-Bueno... está bien; pero la respuesta sigue siendo que no.
El punto b) trataba en realidad de que dejásemos de ser una
empresa de un caballo. Teníamos algo muy grande, tan grande como lo había sido
el automóvil, y habíamos entrado en el asunto al principio; por lo tanto
teníamos que ampliarnos en seguida y montar una organización para la venta y
distribución en el país y en el extranjero, con una producción correspondiente.
Empecé a tamborilear sobre la mesa. Podía verme jefe de
ingenieros de una empresa semejante. Probablemente ni siquiera me dejarían
tener un tablero de dibujo, y si agarraba una lámpara soldadora el sindicato se
declararía en huelga. Tanto valdría que me hubiese quedado en el ejército y que
hubiese intentado llegar a general.
Pero no interrumpí. El punto c) decía que no era posible hacer
tal cosa a base de céntimos; se necesitarían millones. Empresas Mannix estaban
dispuestas a aportar el capital, lo cual en realidad significaba que
venderíamos cuerpo y alma y Frank Flexible a Mannix, y que nos convertiríamos
en una corporación afiliada. Miles se quedaría de gerente de división y yo como
ingeniero jefe de investigaciones, pero los días de libertad habrían terminado:
los dos estaríamos a sueldo.
-¿Es eso todo? -dije.
-Pues sí... Discutámoslo y pongámoslo a votación.
-Debería haber ahí algo que nos concediese el derecho a
sentarnos por la noche a la puerta de la cabaña y cantar canciones
espirituales.
-No se trata de un chiste, Dan. Así tiene que ser.
-No me burlaba. Un esclavo necesita ciertas libertades para que
esté tranquilo. Bueno, ¿me toca a mí, ahora?
-Di lo que quieras.
Hice una contrapropuesta, que hacía algún tiempo había ido
formándose en mi cabeza. Quería que abandonásemos la producción. Jake Smith,
nuestro jefe del taller de producción, era una persona competente; no obstante,
continuamente me tenía que alejar de mi cálido centro creador para resolver
dificultades de producción, lo cual era algo así como ser sacado de un lecho
caliente para ser sumergido en un baño helado. Esa era la verdadera razón por
la cual había estado haciendo tanto trabajo nocturno y me había mantenido
alejado del taller durante el día. Ahora que estábamos montando más edificios
con excedentes de guerra, y se estaba pensando en un turno de noche, veía
llegar el momento cuando me faltaría paz y tranquilidad para crear, aun cuando
rechazásemos ese desagradable plan de ponernos a la altura de General Motors y
de Consolidated. Desde luego, yo no era un par de gemelos, y no podía ser al
mismo tiempo gerente de producción e inventor.
De modo que propuse que en vez de ampliarnos nos redujésemos:
otorgar licencias para Muchacha de Servicio y Willie Ventanas, y dejar que
otros los construyesen y los vendiesen, mientras nosotros cobrábamos nuestro
porcentaje. Cuando Frank Flexible estuviese a punto también lo otorgaríamos
bajo licencia. Si Mannix quería las licencias y pagaba más que los demás,
¡magnifico! Entre tanto adoptaríamos el nombre de Corporación de
Investigaciones Davis y Gentry, y la mantendríamos limitada a nosotros tres, con
un mecánico o dos para ayudarme con los nuevos modelos. Miles y Belle podrían
limitarse a contar el dinero a medida que iba entrando.
Miles movió lentamente la cabeza:
-No, Dan. Admito que otorgar licencias nos produciría algo de
dinero, pero no tanto, ni mucho menos, como ganaríamos si lo hiciésemos
nosotros mismos.
-Pero Miles, la cuestión es que no lo haríamos nosotros. Sería
vender nuestra alma a los de Mannix. En cuanto a dinero, ¿cuánto quieres?
Solamente se puede utilizar un yate o nadar en una sola piscina en un momento
dado... y antes de terminar el año puedes tener ambas cosas, si es que las
quieres.
-No las quiero.
-Pues, ¿qué es lo que quieres?
Alzó la vista:
-Dan, tu quieres inventar cosas. Este plan te deja que lo hagas,
con todas las facilidades y toda la ayuda y todo el dinero del mundo. Yo, lo
que quiero es dirigir un gran negocio. Una empresa verdaderamente grande. Tengo
talento para ello. -Lanzó una mirada a Belle-. No tengo ganas de pasarme aquí
la vida en medio del Desierto de Mojave, como gerente comercial de un inventor
solitario.
Me quedé mirándole:
-No hablabas así en Sandia. ¿Quieres salirte, Pappy? Belle y yo,
lamentaremos mucho que te vayas... pero si eso es lo que deseas, supongo que
podría hipotecar esto, o buscar alguna otra solución, y comprar tu parte. No
quisiera que nadie se sintiese atado.
Yo estaba verdaderamente asombrado, pero si Miles se sentía
inquieto, no tenía derecho a sujetarle.
-No, no quiero irme. Lo que quiero es que crezcamos. Ya has oído
mi propuesta. ~s una propuesta en serio para decidir por parte de la
corporación Así lo propongo
Me imagino que debí poner cara de asombro.
-¿Te empeñas en hacerlo en serio? Bueno, Belle, mi voto es «no».
Anótalo. Pero no voy a presentar mi contrapropuesta esta noche. Quiero que te
sientas contento, Miles.
Miles dijo con testarudez:
-Hagámoslo en regla. Llama por los nombres, Belle.
-Está bien, señor. Miles Gentry, vota por las acciones,
números... -Leyó los números de las series-. ¿Qué dice usted?
-En favor.
Belle lo anotó en el libro.
-Daniel D. Davis, vota por las acciones... -Nuevamente leyó una
serie (le números; ni siquiera la escuché-. ¿Qué dice usted?
-En contra.
Y esto cierra la cuestión. Lo siento, Miles.
-Belle S. Darkin prosiguió-, vota por las acciones... Y volvió a
recitar números-. Voto en favor.
La boca se me abrió de golpe; luego conseguí cerrarla y decir:
-Pcro, chiquilla, ¡no puedes hacer eso! Es verdad que esas
acciones son tuyas, pero sabes perfectamente que...
-Anuncia el resultado- gruñó Miles.
-Los votos en favor ganan. La propuesta es aceptada.
- Hágalo constar.
- Sí, señor.
Los siguientes minutos fueron confusos. Primero le grité; luego
razoné con ella, después rugí que lo que había hecho no era decente... que era
cierto que le había puesto las acciones a su nombre, pero ella sabía también
como yo que era siempre yo el que votaba, que nunca había tenido intención de
abandonar el control de la compañía, que no era sino un regalo de compromiso,
pura y sencillamente. Diablos, si hasta había pagado el impuesto a la renta el
mes de abril anterior. Si era capaz de hacer una cosa así cuando estábamos
prometidos, ¿qué iba a ocurrir en nuestro matrimonio?
Me miró de frente, y su cara me pareció completamente
desconocida:
-Dan Davis, si después de lo que me has dicho te figuras que
podemos seguir estando prometidos, es que aún eres más estúpido de lo que
siempre había supuesto.
-Se volvió hacia Gentry-. ¿Querrás acompañarme a casa, Miles?
-Sin duda, cariño.
Comencé a decir algo, luego me callé y salí de allí sin
sombrero. Hice bien en marcharme, pues de lo contrario hubiera probablemente
matado a Miles, puesto que no podía tocar a Belle.
Naturalmente, no dormí. A eso de las cuatro de la madrugada me
levanté, hice llamadas telefónicas, accedí a pagar más de lo que valía, y a las
cinco y media estaba delante de la planta con un camión. Me dirigí a la verja
de entrada con la intención de abrirla y de hacer entrar el camión hasta el
andén de carga, a fin de poder sacar a Frank Flexible por la puerta trasera:
Frank pesaba ciento ochenta kilos.
En la verja de entrada había un nuevo candado. Pasé por encima,
cortándome con el alambre de espinos. Una vez estuviese dentro, la verja no me
molestaría, ya que en el taller había cien herramientas capaces de
entendérselas con un candado.
Pero la cerradura de la puerta delantera también había sido
cambiada.
Estaba contemplándola, pensando si sería más fácil romper una
ventana con uno de los hierros para los neumáticos o bien sacar el crick del
camión y meterlo entre el marco de la puerta y el plomo, cuando alguien gritó:
¡Eh, ahí! ¡Manos arriba!
No levanté las manos, pero sí me volví. Un hombre de mediana
edad me estaba apuntando con un armatoste lo bastante grande para bombardear
una ciudad:
-¿Quién diablos es usted?
-¿Y usted, quién es?
-Soy Dan Davis, ingeniero jefe de este lugar.
-¡Ah! -se tranquilizó un poco, pero siguió apuntándome con su
mortero de campaña-. Si, responde usted a la descripción. Pero si lleva usted
algo que le identifique, valdrá más que me lo enseñe.
-¿Y por qué? Le he preguntado quién es usted.
-¿Yo? No soy nadie a quien usted conozca. Me llamo Joe Todd, y
trabajo para la Compañía de Protección y Patrulla del Desierto. Licencia particular.
Debería usted saber quiénes somos; ustedes han sido clientes nuestros desde
hace meses, para la patrulla de noche. Pero esta noche estoy aquí cumpliendo un
servicio de guardia especial.
-¿De veras? Entonces, si le han dado a usted una llave de este
lugar, utilícela. Quiero entrar. Y deje de una vez de apuntarme con ese
arcabuz.
Siguió apuntándome con él:
-No podría hacer eso, aunque quisiera, señor Davis. En primer
lugar, no tengo llave. En segundo lugar, me han dado órdenes especiales
respecto a usted. No puedo dejarle entrar; le abriré la verja para que salga.
-Desde luego quiero que abra la verja, pero voy a entrar.
Miré alrededor en busca de una piedra con que romper una
ventana.
-Por favor, señor Davis.
¿Qué?
-Lamentaría mucho que usted insistiese. De veras que lo
sentiría. Porque no podría arriesgarme a tirar a las piernas; no tengo buena
puntería. Tendría que tirar a la barriga. Este trasto está cargado con balines
de punta blanda; lo que sucedería seria bastante desagradable.
Supongo que fue eso lo que me hizo variar de opinión, a pesar de
que me gustaría pensar que fue otra cosa, a saber, que cuando volví a mirar a
través de la ventana vi que Frank Flexible no estaba donde le había dejado.
Mientras me abría la puerta de la verja para que saliese, Todd
me entregó un sobre:
-Me dijeron que le entregase esto si aparecía usted por aquí. Lo
leí en la cabina del camión. Decía:
18 noviembre, 1970
Querido señor Davis:
Durante la reunión ordinaria del consejo de dirección, celebrado
en el día de hoy, se acordó por votación dar por terminadas todas sus
relaciones con la corporación (aparte su calidad de accionista), según lo
previsto en el párrafo tercero de su contrato. Se le requiere para que se
mantenga fuera del recinto de la compañía. Sus documentos personales y los
artículos de su propiedad le serán enviados por medio seguro.
El consejo desea agradecerle a usted los servicios y lamenta que
las diferencias de opinión en cuestiones de política le hayan obligado a la
presente determinación.
Le saluda atentamente,
Miles Gentry
Presidente del Consejo y Gerente General, por B. S. Darkin,
Tesorero-Secretario.
Lo tuve que leer dos veces antes de recordar que con la
corporación nunca había tenido ningún contrato por el cual se pudiese invocar
ni el párrafo tercero ni ningún otro párrafo.
Más tarde, aquel mismo día, un mensajero entregó un paquete
certificado en el hotel donde guardaba mi ropa interior limpia. Contenía mi
sombrero, mi pluma de escribir, mi otra regla de cálculo, una serie de libros y
correspondencia personal, así como una serie de documentos. Pero no incluía mis
notas y diseños sobre Frank Flexible.
Algunos de los documentos eran muy interesantes; mi «contrato»,
por ejemplo. Efectivamente, el párrafo tercero permitía que me despidiesen sin
previo aviso, con solamente entregarme tres meses de sueldo. Pero el párrafo
siete era aún más interesante. Era el último grado de la sumisión a la
esclavitud, en virtud de la cual el empleado se compromete a no aceptar ninguna
ocupación competitiva durante cinco años, a base de establecer que sus patronos
le pagasen en efectivo la opción a sus servicios, corno derecho de tanteo a sus
servicios; es decir, podía volver a ir a trabajar siempre que quisiese, sin más
que ir, sombrero en mano, y pedirles un empleo a Miles y Belle; quizá fuese por
eso que me devolvían el sombrero.
Pero durante cinco largos años no podía trabajar en artículos
domésticos sin antes pedirles permiso. Antes me hubiese dejado degollar.
Había copias de todas las patentes, debidamente cedidas por mi a
Muchacha de Servicio, Inc., referentes a la Muchacha de Servicio y Willie
Ventanas y un par de cosas más de menor importancia. (Frank Flexible, corno es
natural, no había sido nunca patentado: bueno, entonces no creía que lo hubiese
sido; más tarde me enteré de la verdad).
Pero yo nunca había cedido ninguna patente, ni tan siquiera
había cedido licencia oficial a Muchacha de Servicio Inc., para que las
utilizase; la corporación era criatura mía, y no parecía que fuese necesario
apresurarse mucho.
Los últimos tres documentos eran un certificado de mis acciones
(las que no había dado a Belle), un cheque certificado y una carta que
explicaba cada una de las partidas del cheque-salario «acumulado» menos
desembolsos de la cuenta particular, tres meses de salario como plus en lugar
de previo aviso, compensación para invocar el «párrafo séptimo»... y una
bonificación de mil dólares para expresar su apreciación «por los servicios
prestados». Esto último si que era amable de su parte.
Mientras estaba leyendo aquella extraordinaria colección me fui
dando cuenta de que quizá no había sido demasiado inteligente al firmar todo lo
que Belle me había puesto enfrente. No había duda alguna de que las firmas eran
mías.
Me tranquilicé lo suficiente para hablar del asunto al día
siguiente con un abogado, un abogado muy inteligente y muy ansioso para ganar
dinero, uno a quien no le importaba patear, arañar ni morder en la lucha. Al
principio se mostraba ansioso por aceptar a base de una comisión sobre las
ganancias. Pero una vez hubo terminado de mirar mis papeles y de escuchar los
detalles, se echó hacia atrás en un sillón, cruzó los dedos sobre su tripa y
puso cara de mal humor.
-Dan, te voy a dar un consejo que no te va a costar nada.
-¿Y bien?
-No hagas nada; no tienes ninguna posibilidad.
-Pero dijiste...
-Ya sé lo que dije. Te han estafado. ¿Pero cómo vas a
demostrarlo? Fueron demasiado listos para robarte tus acciones o dejarte sin un
céntimo. Te han tratado exactamente como hubiese sido razonable esperar si todo
hubiese estado en regla y te hubieses marchado, o te hubiesen despedido según
ellos dicen por diferencias de opinión en la política. Te han dado todo lo que
te correspondía y un millar más para demostrar que no te guardan rencor.
- ¡ Pero yo nunca tuve un contrato! ¡ Y nunca firmé aquellas
patentes!
-Estos documentos así lo dicen. Admites que son tus firmas.
¿Puedes probar lo que dices por otros testigos?
Lo pensé. Evidentemente, no. Ni siquiera Jake Smith sabía nada
de lo que ocurría en la oficina de delante. Los únicos testigos que tenía
eran... Miles y Belle.
-Y sobre la cesión de aquellas acciones -prosiguió-, ahí está la
única posibilidad de deshacer el atasco. Si tú...
-Pero ésa es la única transacción entre todas que es legítima. L
hice donación de las acciones a ella.
-Sí, pero, ¿por qué? Dices que se las diste como regalo de
compromiso en espera de matrimonio, y que ella lo sabía cuando aceptó, puedes
obligarla a que se case contigo o a que las devuelva McNulty c. Rhodes.
Entonces volverás a recuperar el control podrás echarles a ellos. ¿Puedes
probarlo?
-La cuestión es que no me casaría con ella ahora.
-Eso es cuestión tuya. Pero vayamos por partes. ¿Tienes algo
testigo o evidencia, cartas o lo que sea, que tiendan a demostrar que las
aceptó, entendiendo que se las cedías en su calidad de futura esposa?
Lo pensé. Sin duda, tenía testigos... los mismos dos de
siempre< Miles y Belle...
-¿Lo ves? Sin otra cosa más que tu palabra frente a la de ello
dos, más un montón de evidencia escrita no solamente no sacaría nada, si no que
quizás acabases en una fábrica de Napoleones bajo< un diagnóstico de
paranoia Mi consejo es que te busques trabajo en algo diferente... o todo lo
más que sigas adelante y te saltes si contrato de esclavitud montando un
negocio en competencia. M gustaría ver aquella fraseología en prueba, siempre
que no fuese y( quien tuviese que luchar contra ella. Pero no les acuses de
conspiración. Ganarían ellos y se acabarían por quedar con lo que te han
dejado. -Y se levantó.
Solamente acepté parte de su consejo. En la planta baja de mismo
edificio había un bar: entré y tomé un par de copas o una docena...
Tuve el tiempo preciso para ir recordando todo eso mientras
conducía el coche en busca de Miles. Cuando e1npezamos a gana dinero, él se
había ido con Ricky a un bonito apartamento de Sal Francisco Valley para
escapar del calor atroz de Mojave, y había comenzado a ir y venir por el Slot
de las Fuerzas Aéreas. Ricky no estaba entonces allí, y me alegraba recordar
que estaba en el Lago Big Bear, en un campamento de Exploradoras; no tenía
ganas de que estuviera presente en una bronca entre su padrastro y yo.
Estaba en medio de una masa de coches, cruzando el túnel de
Sepúlveda, cuando se me ocurrió que valdría más que me sacase de encima el
certificado de mis acciones de Muchacha de Servicio antes de ir a ver a Miles.
No esperaba violencia (a menos que yo lo iniciase), pero de todos modos parecía
una buena idea... Como un gato a quien le han cogido una vez el rabo en la
puerta, me sentía permanentemente suspicaz.
¿Dejarlo en el coche? Supongamos que me detenían por agresión;
no sería muy inteligente que me lo encontrasen en el coche cuando se lo
llevasen a remolque y lo sellasen.
Podía dirigírmelo a mí mismo por correo, pero en los últimos
tiempos había hecho' dirigir mi correspondencia a Lista de Correos, mientras
iba de un hotel a otro, con tanta frecuencia como descubrían que tenía un gato.
Más valdría que se lo dirigiese a alguien en quien pudiese
confiar.
Pero la lista era para eso cortísima.
Y entonces recordé a alguien en quien sí podía confiar: Ricky.
Puede parecer que mi deseo era que me apaleasen de nuevo al
decidirme a confiar en una hembra después de haber sido desplumado por otra.
Pero los casos no eran comparables. Había conocido a Ricky a la mitad de su
vida y si es que alguna vez ha existido un ser humano verdaderamente honrado,
éste era Ricky... Y Pet era de la misma opinión. Además, las características de
Ricky no eran como para perturbar el juicio de nadie: su feminidad estaba
solamente en su cara, no había aún afectado a su figura.
Cuando conseguí salir del atasco del túnel de Sepúlveda me
aparté de la carretera principal y me metí en un drugstore; compré sellos, un
sobre grande y uno pequeño, y papel de escribir. Y le escribí:
Querida Rikki-tikki-tavi:
Espero verte pronto, pero hasta entonces, quiero que me guardes
este pequeño sobre. Es un secreto, solamente entre tú y yo.
Me detuve y pensé. Diablos... si algo me ocurría a mi, aunque
solamente fuese un accidente de carretera o cualquier otra cosa que paralice la
respiración... mientras Ricky tenía eso en su poder, acabaría por ir a parar a
Miles y Belle. A menos de que dispusiese las cosas para evitarlo. Mientras
estaba pensando en ello me di cuenta de que había llegado subconscientemente a
una decisión respecto a aquello del sueño frío; no lo iba a tomar. El volver a
estar sobrio, y el discurso del doctor, me había enderezado la columna
vertebral; no iba a escaparme, sino que me iba a quedar y pelear, y el
certificado de mis acciones era mi mejor arma. Me daba el derecho de examinar
los libros: me autorizaba a meter las narices en todos los asuntos de la
compañía. Si intentaban otra vez sencillamente negarme la entrada por medio de
un vigilante armado podía volver con un abogado, un policía y una orden del
juzgado.
Con aquello podía también llevarles al juzgado. Es posible que
no ganase, pero podía armar revuelo y quizá conseguir que los de Mannix se
asustasen y no comprasen. Quizá fuese mejor no enviárselo a Ricky.
No; si me ocurría algo quería que todo fuese para ella. Ricky y
Pet eran toda mi «familia». Seguí escribiendo:
Si, por el motivo que fuera no te viese durante un año, deberás
entender que algo me habrá ocurrido. En tal caso, cuida de Pet, si es que
puedes encontrarle.. y, sin decir nada a nadie, lleva el sobre que te incluyo a
una sucursal del Banco de América, entrégaselo al encargado de depósitos, y
dile que lo abra.
Cariño y besos,
TÍO DANNY
Después cogí otra hoja de papel y escribí:
«3 Diciembre 1970, Los Angeles, California. -En pago de un dólar
recibido y de otras diversas consideraciones de importancia, adjudico [ahí
redacté una lista de la descripción legal y numeración de mis acciones de
Muchacha de Servicio, Inc.] al Banco de América, en depósito para Federica
Virginia Gentry, para que a su vez le sean adjudicadas a ella al cumplir los
veintiún años»
Lo firmé. La intención quedaba clara, y era lo mejor que podía
hacer sobre el mostrador de un drusgstore, con un altavoz que bramaba en mis
oídos. Debía garantizar que Ricky recibiese las acciones si me ocurría algo a
mí, asegurándome de que Miles y Belle no se las podrían arrebatar.
Pero, si todo iba bien, cuando volviera a ver a Ricky le pediría
sencillamente que me devolviese el sobre. Al no utilizar el formulario para la
adjudicación impreso al dorso del certificado, evitaba todos los trámites
necesarios para que un menor de edad volviese a readjudicarme las acciones: me
bastaría con destruir la hoja de papel separada.
En el sobre más pequeño puse el certificado de las acciones,
junto con la nota que las adjudicaba. Lo cerré, y coloqué ese sobre y la carta
para Ricky en el sobre mayor. Lo dirigí a Ricky, en el campamento de
Exploradoras, le puse el sello y lo eché en el buzón del dragstore. Vi que
sería recogido al cabo de unos cuarenta minutos y volví a subir al automóvil
realmente aliviado... no porque hubiese puesto a salvo las acciones, sino
porque había resuelto mis problemas más importantes.
Bueno, quizá no los había resuelto, pero había decidido
enfrentarme a ellos en vez de escaparme y jugar a Rip Van Winkle... o de
volverlos a disimular mediante etanol de diversos aromas. Claro que quería ver
el año 2000, pero con estarme quieto lo vería... a la edad de sesenta años, lo
bastante joven aún para guiñar el ojo a las muchachas. No había prisa. Saltar
de una siesta al siglo siguiente probablemente tampoco sería satisfactorio para
un hombre normal; seria algo así como ver el final de una película sin haber
visto lo que ocurría antes. Lo que había que hacer con los próximos treinta
años era disfrutarlos a medida que iban pasando. Así cuando llegara el año 2000
lo comprendería.
Entre tanto, me las iba a entender con Miles y Belle. Quizá no
ganara, pero con seguridad les haría lamentar haber tomado parte en una pelea;
como las veces en que Pet había vuelto a casa sangrando.
-¡Tendrías que ver al otro!
No esperaba gran cosa de la entrevista de aquella noche. Lo
único que supondría era una declaración oficial de guerra. Tenía intención de
estropearle el sueño a Miles..., y él podría telefonear a Belle y estropear el
de ella.
3
Yo iba silbando cuando llegué a casa de Miles. Había dejado de
preocuparme aquella preciosa pareja... En los últimos quince kilómetros había
planeado de memoria un par de artefactos completamente nuevos, cada uno de los
cuales podría hacerme rico. Uno consistía en una máquina de dibujar que podía
ser accionada como una máquina de escribir. Calculé que por lo menos debía de
haber cincuenta mil ingenieros inclinados sobre los tableros de dibujo en los
Estados Unidos y que odiaban el trabajo porque afecta a los riñones y daña la
vista. No se trata de que no les guste diseñar, que si les gusta, pero
físicamente es un trabajo demasiado duro.
Aquel aparato les permitiría permanecer sentados en un sillón
mientras apretaban pulsadores y veían cómo la imagen se iba formando sobre un
tablero, encima de la máquina. Oprimirían tres palancas al mismo tiempo y
aparecería una línea horizontal precisa mente allá donde la quisieran;
oprimirían dos palancas y luego otras dos y se dibujaría una línea con la
inclinación exacta.
Y, por una pequeña cantidad extra, podría proporcionar un
segundo caballete, dejar que el arquitecto dibujara isométricamente (la única
manera fácil de dibujar), y consiguiera que apareciese w segundo dibujo en
perfecta perspectiva sin que tuviera necesidad de comprobar. Incluso podría
disponer el artefacto de manera q~ levantase planos y elevaciones partiendo del
isométrico.
Lo mejor de todo era que podía hacerse casi por completo
mediante piezas standard, la mayor parte de las cuales podían adquirirse en las
tiendas de radio y de fotografía. Salvo, naturalmente, el tablero de control,
el cual tenía la seguridad de que podía armarlo partiendo de una máquina de
escribir eléctrica a la cual sacara las tripas y luego conectando las palancas
para que hiciesen funcionar aquellos otros circuitos. Un mes para hacer el
modelo original, seis semanas más para suprimir pegas...
Pero dejé de lado aquello relegándolo al fondo de mi memoria,
pues tenía la seguridad de que podría hacerlo y de que habría un mercado para
ello. Lo que verdaderamente me encantaba era haber ideado la manera de superar
en flexibilidad al pobre Frank Flexible. Sabia más acerca de Frank de lo que
ninguna otra persona pudiese llegar a averiguar, aunque lo estudiaran durante
un año. Lo que no podrían saber, lo que ni siquiera mis notas indicaban, era
que por cada elección que yo había hecho había por lo menos otra posibilidad
que también podría funcionar -y que mis elecciones habían sido restringidas por
el hecho de que pensaba en él como sirviente doméstico. Para empezar, podía
prescindir de la restricción de que tenía que vivir en el sillón de ruedas
mecánico. Partiendo de ahí, podría hacer cualquier cosa, salvo que necesitaría
los tubos de memoria Thorsen, y Miles no podía impedirme usarlos; estaban en el
mercado a disposición de cualquiera que quisiera diseñar una serie cibernética.
La máquina de diseñar podía esperar; me ocuparía del autómata
para todo uso, capaz de ser programado para todo lo que un hombre es capaz de
hacer, siempre y cuando no requiera verdadero discernimiento humano.
No; montaría primero la máquina de diseñar y la utilizaría para
el proyecto de Pet Proteico.
-¿Qué te parece, Pet? Vamos a dar tu nombre al primer verdadero
robot del mundo.
~¿Mrrrarrr?
-No seas suspicaz. Es un honor. Partiendo de Frank podría
diseñar a Pet completamente con mi máquina de dibujar, refinarlo de veras, y
además deprisa. Sería un fenómeno, una amenaza diabólica que desplazaría a
Frank antes incluso de que lo pusiesen en producción. Si tenía un poco de
suerte les haría quebrar y tendrían que venirme a pedir por favor que volviese
a ellos. ¿Es que querían matar la gallina de los huevos de oro?
Había luces en casa de Miles y su auto estaba junto a la acera.
Dejé el mío frente al suyo, y dije a Pet:
-Vale más que te quedes aquí, amigo, y protejas el coche. Grita
«alto» tres veces y luego tira a matar.
-¡Nooooo!
-Si entras tendrás que quedarte en el saco.
-¿Perro?
-No discutas. Si quieres entrar métete en el maletín.
Pet se metió en el maletín.
Miles me hizo entrar. Ninguno de los dos ofreció la mano. Me
condujo a la sala de estar y me indicó con la mano un sillón.
Belle estaba allí. No esperaba encontrarla, pero supongo que no
debía haberme sorprendido. La miré y me reí.
-¡Qué casualidad encontrarte aquí! ¿No me digas que has venido
desde Mojave solamente para tener el gusto de hablarme? ¡Ah! La verdad que soy
una fiera cuando me meto con las chicas... tendríais que verme cuando me pongo
los sombreros de las señoras en las fiestas de amigos...
Belle frunció el ceño.
-No te hagas el gracioso, Dan. Si tienes algo que decir, dilo y
márchate.
-No te hagas el gracioso,
-No me apresures. Me encuentro cómodo aquí... Mi ex socio... Mi
ex novia... Lo único que nos falta es mi antiguo negocio.
Miles dijo con ánimo tranquilizador:
-Mira, Dan, no te lo tomes así. Lo hicimos por tu propio bien...
y puedes volver a trabajar con nosotros siempre que quiera Me alegraré de
tenerte.
-¿Por mi propio bien? Es lo que le dijeron al ladrón de caballos
cuando le ahorcaban. En cuanto a eso de volver... ¿qué tienes quieres decir,
Belle? ¿Puedo volver?
Se mordió el labio.
-Si Miles lo dice, naturalmente.
-Parece que fue ayer cuando decías: «Si Dan lo dice,
naturalmente. » Pero todo cambia; así es la vida. Y no voy a volver chiquillos;
no tenéis por qué poneros nerviosos. Solamente he venido para averiguar algunas
cosas.
Miles miró a Belle, que fue quien respondió:
-¿Como por ejemplo...?
-Pues, en primer lugar, ¿quién de vosotros dos ideó la estafa ¿O
la proyectasteis los dos juntos?
-Esa palabra es muy fea, Dan -dijo Miles, lentamente-. No me
gusta.
-Bueno, bueno. Vamos, no nos andemos con finuras. Si la palabra
es fea, el hecho lo es diez veces más. Me refiero a los d falsificar un
contrato de esclavo, falsificar adjudicaciones de patentes... Eso es un delito
federal, Miles; creo que te dejan ver el sol l~ miércoles alternos. No estoy
seguro, pero sin duda el FBI me podría informar. Mañana -añadí, viéndole que acusaba
el golpe.
-Dan, ¿vas a ser lo suficiente necio para armar jaleo sobre todo
esto?
-¿Jaleo? Pienso atacaros por todos los lados, por lo civil y por
lo criminal. Estaréis tan ocupados que no tendréis tiempo ni de rascaros..., a
menos de que aceptéis hacer una cosa. Pero no he citado aún vuestro tercer
pecadillo: robo de mis notas y diseños de Frank Flexible... y el modelo a
escala también, si bien podéis hacer me pagar por los materiales, puesto que se
los cargué a la compañía.
-¿Robo...? ¡Tonterías! -interrumpió Belle-. Tú trabajabas para
la compañía.
-¿De veras? La mayor parte del trabajo lo hice de noche. Y nunca
fui un empleado, Belle, como bien sabéis los dos. Lo único que hice fue cobrar
cantidades para ir viviendo, a cuenta de los beneficios obtenidos por mis
acciones. ¿Qué dirán los de Mannix cuando presente una querella criminal,
alegando que las cosas que les interesaba comprar, Muchacha de Servicio, Willie
y Frank, nunca pertenecieron a la compañía, sino que me fueron robados?
Tonterías -repitió tenazmente Belle-. Trabajabas para la
compañía. Tenias un contrato.
Me eché hacia atrás en el sillón y me reí.
-Mirad, chiquillos, no hace falta que mintáis ahora: podéis
ahorrároslo para el juicio. Aquí no estamos más que nosotros. Lo que
verdaderamente quisiera saber es esto: ¿quién lo ideó? Sé cómo se hizo. Belle,
tú me4raías papeles para la firma. Cuando había que firmar más de una copia,
juntabas las demás copias a la primera... Para comodidad mía, naturalmente:
siempre has sido la perfecta secretaria. Y todo lo que veía de las copias de
debajo era el lugar donde firmar. Ahora sé que me metiste algunas bromas entre
aquellos papeles tan bien ordenados; de modo que sé que fuiste tú quien llevó a
cabo la parte mecánica de la estafa. Miles no pudo haberlo hecho; Miles ni
siquiera sabe escribir muy bien a máquina... Pero ¿quién redactó aquellos
documentos que me hiciste firmar así? ¿Tú? No lo creo... a menos que hayas
tenido una educación en leyes que nunca mencionaste. ¿Qué me dices, Miles? ¿Es
que una sencilla mecanógrafa podría redactar aquella maravillosa cláusula siete
de un modo tan perfecto? ¿O fue necesario un abogado? Me refiero a ti.
Hacia ya rato que el cigarrillo de Miles se había apagado. Se lo
quitó de la boca, lo miró y dijo cautelosamente:
-Mi querido amigo Dan: si te figuras que puedes hacernos caer en
la trampa de admitir algo, es que estás chiflado.
-Oh, ¡vamos!, estamos solos. Los dos sois culpables, sea como
sea. Pero me gustaría creer que esta Dalila se dirigió a ti con el asunto ya
terminado y a punto de entrega, y que luego te tentó en un momento de
debilidad. Pero sé que no es cierto. A menos que Belle sea también un abogado,
los dos andáis en ello, cómplices antes y después. Tú lo redactaste; ella lo
escribió a máquina y me engañó para que lo firmase. ¿Cierto?
-¡No contestes, Miles!
-Claro que no voy a contestar -asintió Miles-. Quizás lleve una
grabadora escondida en ese maletín.
-Debería haberla llevado -asentí-. Pero no la llevo. -Abrí la
parte superior del maletín y Pet sacó la cabeza-. ¿Te vas enterando de todo,
Pet? Cuidado con lo que decís, amigos. Pet tiene una memoria de elefante. No,
no traje una grabadora... sigo siendo el tonto de Dan Davis, que nunca piensa
por adelantado. Voy dando tropezones, fiándome de mis amigos... como me fié de
vosotros dos. ¿Es Belle un abogado, Miles? ¿O fuiste tú mismo quien se sentó a
sangre fría y planeó la manera de acogotarme y robarme hacer que todo pareciese
legal?
-¡Miles! -intervino Belle-. Con lo hábil que es, puede haber
hecho una grabadora del tamaño de un paquete de cigarrillos. Quizá no la lleve
en el maletín, sino encima.
-Excelente idea, Belle. La próxima vez traeré una conmigo
-Me doy perfecta cuenta de ello, querida -respondió Miles-Y, si
la lleva, estás hablando demasiado. Ten cuidado con lo q~ dices.
Belle respondió con una palabra que ignoraba que usase. Levanté
las cejas:
-¿Os ladráis el uno al otro? ¿Los ladrones se pelean y~
La paciencia de Miles se iba agotando, de lo cual me alegra,
-Cuidado con lo que dices, Dan... -amenazó-, si es que quieres
conservar la salud.
-Eh, eh... Soy más joven que tú, y he pasado mi curso de judo
más recientemente que tú. Además, tú no pegarías un tiro a u hombre; lo que
harías sería enredarle con algún documento falso:
Dije «ladrones» y quiero decir «ladrones». Ladrones y
embustero< los dos. -Me volví hacia Belle-: Mi padre me enseñó a no llamar
nunca embustera a una señora, cara de bombón, pero tú no eres una señora...
Eres una ladrona... y una vagabunda.
Belle se sofocó y me lanzó una mirada en la que se
desvaneció< toda su belleza dejando al descubierto todo lo que en ella había
de un animal de presa:
-¡Miles! -dijo con voz aguda-. ¿Vas a quedarte ahí sentado y
permitir...?
-¡Estate quieta! -ordenó Miles-. Su grosería es deliberada,
Quiere que nos excitemos y digamos cosas de las que después tengamos que
arrepentimos. Y eso es lo que ya casi estás haciendo. de modo que, estate
quieta.
Belle se calló, pero su cara siguió manteniendo su expresión
feroz. Miles se volvió hacia mí.
-Dan, me figuro que soy siempre persona práctica. Intenté
hacerte ver las cosas claras antes de que te marchases de la compañía. Al hacer
el arreglo traté que fuera de tal manera que tomases k inevitable con
elegancia.
-Quieres decir que me dejase violar sin protesta.
-Como quieras. Todavía deseo llegar a un arreglo amistoso. No te
sería posible ganar ninguna clase de proceso legal, pero como abogado sé que
siempre vale más evitarlo que ganar, si es posible.
Dijiste hace un momento que había una cosa que yo podía hacer y
que te satisfaría. Dime de qué se trata; quizá podamos entendernos.
-Oh... iba a hablar de eso. Tú no puedes hacerlo, pero quizá te
sea posible arreglarlo. Es sencillo. Haz que Belle me vuelva a adjudicar las
acciones que le transferí como regalo de compromiso.
-¡No! -dijo Belle.
-Te he dicho que te calles -ordenó Miles.
Yo miré a Belle y dije:
-¿Y por qué no, mi ex querida? He pedido consejo sobre este
punto, según decís los abogados, y, puesto que fueron entregadas en
consideración del hecho de que prometiste casarte conmigo, tienes la obligación
no solamente moral sino también legal de devolverlas. No fue una «dádiva
libre», según creo que se dice, sino algo entregado en virtud de algo que
esperaba, y que habíamos acordado, pero que nunca recibí, a saber, tu
relativamente encantadora persona. De manera que, ¿qué me dices de aflojar la
pasta? ¿O es que has cambiado nuevamente de opinión y estás dispuesta a casarte
conmigo?
Me respondió exactamente dónde y cómo podía esperar casarme con
ella.
Miles dijo entonces con aire de cansancio:
-Belle, no haces sino empeorar las cosas. ¿No comprendes que
está tratando de enfurecernos? -Se volvió hacia mí-: Dan, si eso es para lo que
has venido, vale más que te vayas. Si las cosas hubiesen sido como dices,
tendrías cierta razón. Pero no fueron así. Adjudicaste esas acciones a Belle
por valor recibido.
-¿Cómo? ¿Qué valor? ¿Dónde está el cheque que lo pruebe?
-No es necesario que mediara un cheque. Fue por servicios a la
compañía, más allá de su obligación.
Me quedé mirándole:
-¡Vaya maravilla! Mira, Miles, amigo mío, si fue por servicios a
la compañía, y no a mi personalmente, entonces tú debes haber estado enterado
de ello, y debiste haberte precipitado a pagarle la misma cantidad... Al fin y
al cabo nos dividíamos los beneficios por la mitad, incluso si hubiese... o si
me hubiese figurado que había conservado el control. ¡No me digas que diste a
Belle un paquete de acciones del mismo tamaño!
Entonces vi cómo se miraban el uno al otro, y tuve una repentina
inspiración:
-¡Quizá sí se lo diste! Apostaría a que fue mi encanto quien te
obligó a hacerlo, o de lo contrario no hubiese jugado. ¿Es eso cierto? De ser
así, ya puedes tener la seguridad de que registró transferencia
inmediatamente... y las fechas demostrarán que transferí mis acciones
precisamente en la fecha en que nos prometimos. ¡Diablos, si hasta apareció la
noticia del compromiso en Desert Heraid! Mientras, tú le transferías tus
acciones para q~ hiciese la jugada y me dejase plantado. ¡Y de todo esto había
constancia! Quizá sí que un juez me crea, ¿verdad Miles? ¿Qué parece?
¡Los había deshecho! ¡Los había deshecho! Por la expresión d sus
caras me di cuenta de que por casualidad había ido a dar con 1 única
circunstancia que no podrían nunca explicar, y que yo n debía haber sabido
nunca. Seguí arremetiendo... y volví a dar en blanco al azar. ¿Al azar? No;
pura lógica.
-¿Y cuántas acciones, Belle? ¿Tanto como me sacaste a
Sencillamente por haberte «prometido»? Hiciste más por él, así que has debido
sacarle más. -Me detuve de repente-. La verdad ~ que me pareció raro que Belle
hubiese venido desde tan lejos sola mente para hablarme, teniendo en cuenta lo
que le molestaba viaje. Quizá no has venido desde tan lejos; quizá ya estabas
aquí ¿Es que estáis ya juntos? ¿O debería quizá decir «prometidos»? C ¿estáis
ya casados? -Lo pensé-. Apostaría a que lo estáis, Miles. No eres tan iluso
como yo; me apostaría hasta la última camisa que nunca, nunca le habrías
adjudicado acciones a Belle solamente bajo promesa de matrimonio. Pero es
posible que lo hicieses como regalo de boda, siempre y cuando recuperases el
control de votos No te molestes en contestar; mañana empezaré a desenterrar lo
hechos. También deben constar.
Miles miró a Belle y dijo:
-No pierdas el tiempo. Te presento a la señora Gentry.
-¿De veras? Os felicito a los dos. Os merecéis el uno al otro. ~
ahora, volvamos a lo de mis acciones. Puesto que la señora Gentry evidentemente
no se puede casar conmigo...
-No seas necio, Dan. Ya he refutado tu ridícula teoría. ~ cierto
que transferí ciertas acciones a Belle, de la misma manera q~ lo hiciste tú. Y
por la misma razón: servicios a la compañía. Como tú mismo dices, estas cosas
constan. Belle y yo nos casamos haa sólo una semana... pero encontrarás que las
acciones fueron registradas a su nombre hace ya bastante tiempo, si es que te
tomas l~ molestia de investigarlo. No puedes establecer relación entre las dos
cosas. No; recibió acciones de los dos por su gran servicio a la compañía.
Luego, después de que la hubieses abandonado y de que hubiese dejado el empleo
en la compañía, nos casamos.
Aquello era un contratiempo. Miles era demasiado inteligente
para decir una mentira que pudiera ser comprobada tan fácilmente. Pero había
algo en ello que no era cierto, algo más de lo que ya había descubierto.
-¿Cuándo y dónde os casasteis?
-En el juzgado de Santa Bárbara, el jueves pasado. Y no es cosa
que te importe.
-Quizá no. ¿Cuándo transferiste las acciones?
-No lo sé exactamente. Búscalo, si es que quieres saberlo.
La verdad era que no parecía posible que hubiese entregado
acciones a Belle antes de haberla comprometido. Ese fue el farol que me tiré:
no encajaba en su carácter:
-Se me ocurre una cosa, Miles. Si encargase el trabajo a un
detective, ¿no encontraría quizá que vosotros dos os casasteis en otra ocasión
algo antes que esta última? ¿Quizá en Yuma? ¿O en Las Vegas? ¿O a lo mejor os
encontrasteis en Reno aquella vez que los dos fuisteis hacia el norte para
aquel asunto de impuestos? Quién sabe si consta un matrimonio así, y podría ser
que la fecha de la transferencia de las acciones y las fechas en que mis
patentes fueron adjudicadas a la compañía formasen una bonita combinación de
números. ¿Verdad?
Miles no se hundió: ni siquiera miró a Belle. En cuanto a Belle,
el odio reflejado en su cara no podía haber ido en aumento siquiera con una
certera puñalada a ciegas. No obstante, aquello parecía encajar en los hechos,
y decidí continuar jugando fuerte hasta el final.
-Dan, he tenido paciencia contigo -dijo Miles, sencillamente-;
he tratado de mostrarme conciliatorio, y lo único que he conseguido son
insultos. De manera que me parece que ya es hora de que te vayas. De lo
contrario, voy a echarte... ¡a ti y a tu piojoso gato!
-¡Olé! -contesté-. Es la primera nota de hombría que has cantado
esta noche. Pero no llames «piojoso» a Pet. Entiende lo que dices, y a lo mejor
te arranca un bocado. Está bien, ex compañero, me marcharé... pero quisiera
hacer un pequeño discurso de despedida, muy corto. Probablemente será la última
palabra que nunca te dirija. ¿De acuerdo?
-Bueno... está bien. Que sea corto.
-Miles, quiero hablarte -se apresuró a decir Belle.
Él le hizo un gesto sin mirarla, indicándole que estuviese
quieta.
-Empieza, y sé breve.
-Probablemente no te gustará oir esto, Belle. Propongo que vayas
- dije, volviéndome hacia ella.
Naturalmente, se quedó. Yo había querido tener la seguridad que
se iba a quedar. Volví a mirarle a él:
-Miles, no estoy demasiado furioso contigo. Lo que un hombre
puede llegar a hacer por una ladrona, no tiene límites. Si Sansón Marco Antonio
fueron vulnerables, ¿qué derecho tengo a suponer que tú ibas a resultar inmune?
En realidad, en lugar de estar dado debería agradecértelo. Y me figuro que,
hasta cierto punto, estoy. Desde luego lo siento por ti. -Miré entonces hacia
Belle. Ahora ya es tuya, y es problema tuyo... y todo lo que me costado es algo
de dinero y, temporalmente, mi tranquilidad. ¿Pe. cuánto te costará a ti? Me
engañó, incluso consiguió persuadirte a ti, amigo en quien confiaba, para que
me engañases... ¿C empezará a aliarse con algún otro y comenzará a engañarte
¿La semana que viene? Con la misma seguridad con que un vuelve a su vómito...
-¡Miles! -chilló Belle.
- ¡ Sal de aquí! -dijo Miles, amenazador.
Comprendí que lo decía de veras. Me levanté.
-Precisamente nos íbamos. Lo siento por ti, amigo. Al principio
los dos cometimos una equivocación y la falta fue tanto como mía. Pero ahora tú
la tienes que pagar solo. Y es una verdadera lástima, porque fue un error
inocente.
Su curiosidad pudo más:
-¿Qué quieres decir?
-Deberíamos habernos preguntado por qué una mujer tan elegante,
hermosa y competente, estaba dispuesta a trabajar para nosotros por un sueldo
de mecanógrafa. Si hubiésemos tomado huellas digitales, como se hace en las
grandes compañías, y hubiésemos llevado a cabo una inspección rutinaria, quizá
no la hubiésemos tomado... y tú y yo seríamos aún socios.
¡Había dado en el clavo otra vez! Miles miró de repente a mujer,
y ella adoptó una actitud de... Bueno, yo diría que de acorralada, si no fuese
porque las ratas no tienen una forma la de Belle.
No fui capaz de dejar las cosas como estaban, que ya estaba
bien; me sentí impulsado a seguir hurgando. Me dirigí a
-¿Y bien, Belle? Si me llevase ese vaso que has dejado a tu e
hiciese investigar las huellas que hay en él, ¿qué encontré?.¿Fotografías en
las oficinas de correos? ¿Bigamia? ¿Quizás algo de casarse con idiotas para
sacarles el dinero? ¿Es Miles legalmente tu marido? -Me incliné hacia delante y
cogí el vaso.
Belle me lo arrancó de la mano.
Miles me lanzó un grito.
Finalmente había confiado demasiado en mi suerte. Había sido
estúpido al meterme en la jaula de unas fieras sin llevar armas, y luego
olvidar el primer principio del domador de fieras: les volví la espalda.
Miles gritó y me volví hacia él. Belle cogió su bolsa... y
recuerdo haber pensado entonces que tardaba mucho en sacar un cigarrillo.
Luego sentí el pinchazo de la aguja.
Recuerdo haber pensado sólo una cosa mientras mis piernas cedían
y me hundía sobre la alfombra: una inmensa sorpresa de que Belle me hiciese
algo así.
En el fondo aún había confiado en ella.
4
Nunca llegué a estar del todo inconsciente.
Cuando la droga me hizo efecto, me quedé mareado y confuso y fue
más rápido que el de la morfina. Pero eso fue todo. Miles gritó algo a Belle y
me agarró por el pecho mientras se me doblaban las rodillas. Cuando me hubo
arrastrado hasta una silla, incluso el mareo se me pasó.
Sin embargo, aunque estaba despierto, parte de mí permanecía
muerta. Ahora sé qué fue lo que usaron conmigo: la droga de los «zombies»; la
respuesta del Tío Sam al lavado de cerebro. Que yo sepa, nunca llegamos a
utilizarla con ningún prisionero, pero los chicos la inventaron en el curso de
la investigación del lavado de cerebro, y allá estaba: ilegal pero muy eficaz;
la misma substancia que se utiliza en el psicoanálisis de un día, pero creo que
se necesita un permiso del juzgado para que pueda utilizarla incluso un
psiquiatra.
Quién sabe dónde Belle la había encontrado. Pero, por otra
parte, sólo Dios sabe con qué otros tipos estaba asociada.
Pero entonces yo no pensaba en eso; no pensaba en nada.
Sencillamente, permanecía allí, tan pasivo como una mosca muerto oyendo lo que
se decía, viendo todo lo que ocurría frente a mis ojos; pero, aunque la misma
Lady Godiva hubiese pasado por allí sin su caballo, no hubiese desplazado mi
mirada ni un milímetro,
A menos que me lo hubiesen mandado.
Pet salió de su maletín, trotó hasta llegar a mi lado y preguntó
qué era lo que ocurría. Al ver que no respondía, empezó a frotarme los tobillos
pidiendo una explicación. Cuando vio que seguía sin responder, se subió a mis
rodillas, me colocó sus patas delanteras sobre el pecho, me miró fijamente a la
cara, y dijo que quería saber qué pasaba, enseguida y sin más tonterías.
Yo no respondí y él empezó a maullar.
Eso hizo que Miles y Belle le dedicaran su atención. Cuando
Miles me hubo depositado sobre la silla se volvió hacia Belle y dijo
amargamente:
-Ya lo has hecho... ¿Es que te has vuelto loca?
Belle respondió:
-No pierdas la cabeza, Gordito. Vamos a liquidarlo de una vez
para todas.
-¿Qué? ¿Te figuras que te voy a ayudar en un asesinato...?
-¡Cállate!. Eso sería lo lógico..., pero te falta valor.
Afortunadamente, no es necesario con lo que lleva dentro.
-¿Qué quieres decir?
-Ahora es nuestro criado. Hará lo que le mandemos. Ya no nos
molestará más.
-Pero, por Dios, Belle, no puedes tenerlo drogado
indefinidamente. Cuando salga de esto...
-Deja de hablar como un abogado. Yo sé lo que puede hacer esta
droga. Cuando vuelva en sí hará lo que yo le haya dicho que haga. Le diré que
nunca nos persiga legalmente, y no lo hará nunca. Le diré que deje de meter las
narices en nuestro negocio y nos dejará en paz. Le diré que vaya a Tombuctú y
se irá allí. Le diré que se olvide de todo esto y se olvidará... y sin embargo
lo hará.
Yo la escuchaba, entendiendo lo que decía, pero sin estar en
absoluto interesado. Si alguien hubiese gritado que la casa estaba ardiendo
también lo hubiese entendido, pero tampoco me hubiese interesado.
-No lo creo.
-¿No? -Le miró de un modo extraño-. Pues deberías creerlo.
¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
Déjalo correr. Este producto funciona bien. Pero primero tenemos
que...
Fue entonces cuando Pet empezó a maullar. No se oye maullar a un
gato a menudo; a veces no se le oye en toda su vida. No lo hacen cuando pelean,
por mucho que les lastimen, y nunca lo hacen por contrariedad. Un gato
solamente maúlla cuando está completamente fuera de sí, cuando la situación le
resulta insoportable, pero fuera de su comprensión, y no le queda ya ningún
otro recurso.
Le recuerda a uno algo fantasmagórico. Y, además, resulta
difícil de soportar: lo hacen en una frecuencia que ataca a los nervios.
Miles se volvió y dijo:
-¡Maldito gato! Tendremos que echarlo.
-Mátalo -dijo Belle.
-¿Qué? Siempre has sido demasiado radical, Belle. Dan armaría
más jaleo por este miserable animal que si le hubiésemos dejado completamente
desnudo. Vamos...
Se volvió y cogió el maletín de Pet.
-¡Seré yo quien lo mate! -dijo Belle, con acento salvaje-. Hace
meses que tengo ganas de matar a ese maldito.
Se volvió alrededor en busca de alguna arma, y la encontró: el
atizador de la chimenea; se precipitó hacia él, y lo agarró.
Miles cogió a Pet e intentó meterlo en el maletín.
«Intentó» es la palabra exacta. Pet no desea que le coja nadie,
salvo yo mismo o Ricky, y ni siquiera yo le cogería cuando estaba maullando,
sin antes tomar muchas precauciones; un gato emotivamente perturbado es tan
detonante como el fulminato de mercurio. Pero, aunque no hubiese estado
perturbado, Pet ciertamente no hubiese permitido que le agarrasen por la piel
del cogote.
Pet le alcanzó con las garras en el antebrazo y los dientes en
la parte carnosa del pulgar. Miles gritó, y le dejó caer.
Belle lanzó un chillido agudo:
-¡Apártate, Gordito! -y disparó un golpe con el atizador.
Las intenciones de Belle eran lo suficientemente claras, y
además de fuerza tenía el arma. Pero no tenía habilidad en el manejo del arma,
mientras que Pet sí la tenía en el de las suyas. Esquivó el golpe escapándose
por debajo de la trayectoria del hierro e hincó sus cuatro garras en la
muchacha, dos en cada pierna.
Belle lanzó un aullido y soltó el atizador.
No vi mucho de lo que siguió. Todavía estaba mirando hacia
delante y podía ver la mayor parte de la sala de estar, pero no podía ver nada
fuera de aquel ángulo, porque nadie me decía que mirara en otra dirección. De
modo que seguí el resto de lo que ocurrió principalmente por el sonido, salvo
una vez en que pasaron a través de mi zona visual, dos personas a la caza de un
gato y luego, con rapidez increíble, dos personas perseguidas por un gato.
Prescindiendo de esta breve escena, me daba cuenta de la batalla por los ruidos
de las caídas, carreras, gritos, maldiciones y chillidos.
Pero no creo que llegaran nunca ni a tocarle.
Lo peor que me ocurrió a mi aquella noche fue que en la hora de
mayor gloria de Pet, su mayor batalla y su mayor victoria, no solamente no vi
los detalles, sino que estaba completamente incapaz de apreciarlos. Vi y oí,
pero carecía de sentimientos sobre todo aquello; en su supremo Momento de
Verdad, yo estaba insensible.
Lo recuerdo ahora y me despierta una emoción que no pude
entonces sentir. Pero no es lo mismo; me lo han robado para siempre más, como a
un narcotizado en su luna de miel.
Las caídas y las maldiciones cesaron repentinamente, y pronto
Miles y Belle volvieron a la sala de estar. Belle dijo con voz entrecortada:
-¿Quién dejó abierta aquella maldita persiana?
-Tú. Cállate y no hables más. Ya se ha ido.
Miles tenía sangre en la cara además de las manos; se tocó las
nuevas heridas de la cara, con lo cual no las mejoró. Se debía haber caído en
un momento dado, pues así lo parecía por el estado de su ropa, y su americana
estaba abierta por la espalda.
-No pienso callarme. ¿Tienes una pistola en la casa?
-¿Qué?
-Voy a matar a ese maldito gato.
Belle aún estaba peor que Miles: había tenido más piel expuesta
al ataque de Pet; piernas, brazos y hombros descubiertos. Era evidente que no
iba a llevar vestidos con tirantes durante una temporada larga, y a menos de
que se cuidara, lo probable era que le quedaran cicatrices. Parecía una arpía
después de un combate de lucha libre con sus hermanos.
-¡Siéntate! ordenó Miles.
La chica respondió brevemente, y por implicación negativamente:
-Voy a matar a ese gato.
-Entonces no te sientes. Ve a lavarte. Te ayudaré a ponerte yodo
y lo demás, y tú me podrás ayudar a mí. Pero olvídate del gato. Hemos tenido
suerte de librarnos de él.
Belle respondió con cierta incoherencia, pero Miles la entendió.
-Y lo mismo para ti -respondió él-. Mira, Belle, si tuviese un
arma, y no es que diga que la tengo, y tú salieras y empezaras a disparar,
tanto si te cargabas al gato como si no, tendrías aquí a la policía antes de
diez minutos, hurgándolo todo y haciendo preguntas. ¿Quieres que suceda eso
mientras le tenemos a él entre manos?
-E hizo un gesto con el pulgar en dirección hacia mi-. Y si esta
noche sales de casa sin un arma, aquella fiera probablemente te matará a ti.
-Frunció el ceño aún más profundamente:
-Debería haber leyes que prohibiesen tener animales de esa
especie. Es un peligro público. Escúchale.
Todos podíamos oír a Pet que merodeaba alrededor de la casa.
Entonces no maullaba; lanzaba su grito de guerra, invitándoles a escoger sus
armas y a salir, de uno en uno o todos a la vez.
Belle escuchó y se estremeció.
-No te preocupes dijo Miles-; no puede entrar. No sólo he puesto
el cerrojo a la persiana que te dejaste abierta, sino que he cerrado la puerta.
-¡No fui yo quien la dejó abierta!
-Como quieras.
Miles siguió su ronda comprobando que los cerrojos de las
ventanas estaban echados. Luego Belle salió de la habitación, y él después.
Cuando estuvieron fuera, Pet se calló. No sé cuánto tiempo estuvieron fuera; el
tiempo no significaba nada para mí.
Belle fue la primera en volver. Su maquillaje y su peinado eran
perfectos; se había puesto un vestido de mangas largas y de cuello alto, y se
había cambiado las desgarradas medias. Salvo por las tiras de esparadrapo en su
cara, no se veían otras señales de la batalla. Si no hubiese sido por la
expresión de su cara, la habría considerado, en distintas circunstancias, como
una visión deliciosa.
Vino directamente hacia mí y me dijo que me levantase. Me
registró rápida y expertamente, sin olvidarse del bolsillo del reloj, de los
bolsillos de la camisa y de aquel bolsillo diagonal de la parte interior de la
americana del que carecen la mayor parte de los trajes. El botín no fue mucho:
mi cartera con una pequeña cantidad en efectivo, tarjetas de identidad, permiso
de conducir, llaves, un inhalador nasal contra la huminiebla, otras cosas sin
importancia, y el sobre que contenía el cheque certificado que ella misma había
comprado y me había enviado. Le dio la vuelta, leyó el endose que yo había
escrito, y pareció perpleja.
-¿Qué es eso, Dan? ¿Te has comprado un seguro?
-No.
Se lo hubiese contado todo, pero lo único que sabía hacer era
responder a la última pregunta.
Arrugó el ceño y dejó el cheque con el resto del contenido de
los bolsillos. Entonces se apercibió del maletín de Pet, y por lo vi, recordó
el bolsillo interior que utilizaba como cartera, pues levan el maletín y abrió
el bolsillo.
Encontró el juego en cuadruplicado de la docena y media
formularios que habla firmado para la Compañía de Seguros Mutuos. Se sentó y
comenzó a leerlos. Yo me quedé donde me habían dejado, como un maniquí de
sastre a la espera de que lo guardase Entonces entró Miles, en bata y
zapatillas, y con una cantidad bastante apreciable de gasa i esparadrapo.
Parecía un boxeador de cuarta categoría cuyo entrenador hubiese permitido que
le diese una paliza. Llevaba una venda sobre el cuero cabelludo, de delante a atrás
de su calva cabeza; Pet le debía haber dado cuando estaba en el suelo.
Belle alzó la vista, le hizo un gesto en silencio, y le indicó
con mano el montón de papeles que acababa de revisar. Él se sentó comenzó a
leer. La alcanzó en la lectura y terminó el último leyendo por encima del
hombro de la muchacha.
Belle dijo:
-Eso hace que las cosas varíen.
-Más que eso. La orden de depósito es para el cuatro de
diciembre; es decir, mañana. ¡Belle, aquí está que arde! ¡Tenemos que sacarlo
de aquí! -Miró al reloj-. Por la mañana le estarán buscando.
-Miles, a ti siempre te entra miedo cuando las cosas se ponen á
presión. Esto es una suerte, quizá la mejor suerte que podía tocarnos-.
-¿Qué quieres decir?
-Esa sopa para zombies, a pesar de ser muy buena, tiene ~ fallo.
Supongamos que se la das a uno y que le cargas de todo lo que quieres que haga.
Está bien; lo hace. Hace lo que le has mandado porque no tiene más remedio.
Pero, ¿sabes algo acerca del hipnotismo?
-No mucho.
-¿Es que sabes algo que no sea derecho, Gordito? Careces por
completo de curiosidad. Un dominio posthipnótico se reduce a eso, puede estar
en oposición, en realidad es casi seguro que está CII oposición, a lo que el
sujeto realmente quiere hacer. Eventualmente puede hacerle ir a parar a manos
de un psiquiatra. Y si el psiquiatra es medio bueno, lo más probable es que al
final descubra lo que Ocurre. Cabe la posibilidad de que Dan acabe por ir a uno
de ellos y que le liberen de las órdenes que yo pueda darle. De ser así, podría
dar mucho trabajo.
-¡Maldita sea! Me dijiste que la droga era completamente segura.
-Por favor, Gordito; en esta vida siempre hay que arriesgarse.
Eso es lo que le da aliciente. Déjame pensar.
Al cabo de un momento, dijo:
-Lo más sencillo y más seguro es dejarle que cumpla su intención
de dar el salto del sueño para el que está preparado. No podría molestarnos
menos si estuviese muerto, y no hace falta que nos arriesguemos. En vez de
tener que darle una serie de órdenes complicadas y luego confiar en que no se
libere de ellas, basta con mandarle que prosiga con su intención de tomar el
sueño frío y sacarle de aquí... O sacarle de aquí y ponerle sobrio. -Se volvió
hacia mí-. Dan, ¿cuándo vas a tomar el sueño?
-No lo voy a tomar.
-¿Cómo? ¿Qué es eso? -E hizo un ademán hacia los papeles que
había sacado de mi maletín.
-Documentos para sueño frío. Contratos con la Compañía de
Seguros Mutuos.
-Está chiflado -comentó Miles.
-Hum... claro que lo está. Me olvido de que no pueden
verdaderamente pensar cuando están bajo la influencia de la droga. Pueden oír y
hablar y contestar preguntas... pero han de ser precisamente preguntas
adecuadas. No pueden pensar. -Se acercó y me miró detenidamente a los ojos-.
Dan, quiero que me cuentes todo lo de este contrato de sueño frío. Comienza por
el principio y explícamelo detalladamente. Aquí tienes todos los documentos
necesarios para hacerlo; según parece, los firmaste precisamente hoy. Ahora
dices que no lo quieres hacer. Cuéntamelo todo, porque quiero saber por qué lo
ibas a hacer y ahora no.
Así que se lo dije. Preguntándomelo de aquella manera me era
posible contestar. Tardé mucho tiempo pues hice exactamente lo que me había
dicho: comencé desde el principio y con todo detalle.
-¿De modo que te sentaste en aquel restaurante y decidiste no
hacerlo? ¿Decidiste venir aquí y crearnos dificultades?
-Sí.
Estaba a punto de proseguir, hablarles de mi viaje de venida,
explicarles lo que había dicho a Pet y lo que él me había contestado, decirles
cómo fue que me detuve en un drugstore y dispuse mis acciones de Muchacha de
Servicio, cómo luego llegué hasta la casa de Miles, cómo Pet no quiso esperar
en el coche, cómo...
Pero no me dio la oportunidad de hacerlo.
-Has vuelto a cambiar de intención, Dan -dijo-. La verdad es que
quieres tomar el sueño frío. ¿Me comprendes? ¿Qué vas hacer?
-Voy a tomar el sueño frío. Quiero tomar...
Comencé a tambalearme. Había estado tieso como un palo dé
bandera durante más de una hora, sin mover ni un músculo, puesto que nadie me
había dicho que lo hiciese. Comencé a caerme hacia ella.
Belle saltó hacia atrás y dijo con brusquedad:
-Siéntate.
De modo que me senté. Belle se volvió hacia Miles:
-Así es como se hace. Continuaré metiéndoselo en la cabeza hasta
asegurarme de que no se puede equivocar.
Miles miró el reloj.
-Dijo que el doctor quería que estuviese allí a mediodía,
-Hay tiempo de sobra. Aunque será mejor que le llevemos allá
nosotros mismos, para estar seguros... Pero no... ¡maldita sea!
-¿Qué ocurre?
-No hay tiempo. Le di una dosis suficiente para un caballo,
porque quería que le hiciese efecto antes de que él se pudiese volver contra
mí. A mediodía estará lo bastante sobrio como para convencer a la mayoría de
las personas, pero no a un médico.
-Quizá sea solamente superficial. Su examen físico está aquí y
ha sido ya firmado.
-Ya oíste lo que le dijo el médico. Lo comprobará para ver si ha
bebido algo. Eso significa que le probará los reflejos y medirá su tiempo de
reacción y le mirará a los ojos y... Oh, precisamente todo lo que no queremos
que haga. Lo que no podemos arriesgarnos a que un doctor haga. Miles, no es
posible.
-¿Y al día siguiente? Llamar y decirles que ha habido una
pequeña demora...
-Cállate y déjame pensar.
Enseguida comenzó a mirar los documentos que yo había llevado
conmigo. Luego salió de la habitación, volvió inmediatamente con una lupa de
joyero que se puso al ojo derecho como si fuese un monóculo, y procedió a
examinar con el mayor cuidado cada uno de los papeles. Miles preguntó qué era
lo que estaba haciendo, pero ella hizo caso omiso de la pregunta.
Al cabo de unos momentos se quitó la lupa del ojo y dijo:
-Es una suerte que todos deban usar los mismos formularios
oficiales. Gordito, dame el listín telefónico de páginas amarillas.
-¿Para qué?
Dámelo, dámelo. Quiero comprobar la redacción exacta del nombre
de una firma... Oh, ya lo sé, pero quiero estar segura.
Rezongando, Miles se lo fue a buscar. Belle lo ojeó y dijo:
-Sí; «Compañía de Seguros Master»... y hay espacio suficiente en
cada uno de ellos. Me hubiese gustado más que hubiese sido «Motors» en lugar de
«Master»; eso acabaría de facilitar las cosas. Pero no tengo ninguna conexión
con «Seguros Motors» y, además, ni siquiera estoy segura de que se ocupen de
hibernación. -Alzó la vista-: Gordito, vas a tener que llevarme en seguida a la
planta.
-¿Y eso?
-A menos que se te ocurra otro procedimiento más rápido para
hacerte con una máquina eléctrica de escribir, de ese tipo de letra y cinta de
carbón. No; ve tú solo y tráemela; tengo que telefonear.
Miles frunció el ceño:
-Comienzo a comprender lo que intentas. Pero, Belle, es una
locura. Es fantásticamente peligroso.
Belle se rió:
-Eso es lo que te figuras. Incluso antes de que nos asociásemos
ya te dije que tenía buenas relaciones. ¿Es que tú solo hubieses podido
concertar aquel acuerdo con Mannix?
-Bueno... No lo sé.
-Yo silo sé. Y quizá no sabes que Seguros Master es parte del
grupo Mannix.
-Pues no; no lo sabía. No veo qué diferencia puede haber.
-Significa que mis relaciones todavía me van a servir. Mira,
Gordito, la firma para la cual yo trabajaba ayudaba a las Empresas Mannix en lo
referente a pérdidas por impuestos... hasta que mi jefe se fue del país. ¿Cómo
te figuras que fue, que pudimos sacar tanto sin poder garantizar que el amigo
Danny iba incluido en el arreglo? Sé todo lo que hay que saber de Mannix. Y
ahora date prisa. Tráeme la máquina de escribir y te permitiré que observes
cómo trabaja una artista. Ten cuidado con el gato.
Miles gruñó, pero empezó a marcharse; luego regresó:
-Belle. . ¿Es que Dan no aparcó su coche frente a la casa?
-¿Por qué?
-Su coche no está ahora allí. -Parecía preocupado.
-Bueno, probablemente lo habrá aparcado a la vuelta esquina. No
tiene importancia. Ve a buscar la máquina de escribir ¡Date prisa!
Miles volvió a salir. Podía haberles dicho dónde había aparcado
pero como no me lo preguntaron, ni siquiera pensé en ello, no pensaba en nada.
Belle se fue a otra parte de la casa y me dejó solo. A eso
amanecer Miles volvió, con cara de cansancio y acarreando una pesada máquina de
escribir. Luego volví a quedarme solo.
Cuando Belle volvió me dijo:
-Allí tienes un documento en el que dices á la compañía seguros
que custodien tus acciones de Muchacha de Servicio, en realidad no es eso lo
que quieres hacer; lo que quieres es dármela a mí.
No respondí. Pareció enojarse y dijo:
-Lo expondremos de esta manera: quieres dármelas, tú ya que
quieres dármelas. ¿Lo sabes, verdad?
-Sí. Quiero dártelas.
-Bien. Quieres dármelas. Me las tienes que dar. No te sentir
feliz hasta que me las hayas dado. ¿Dónde están? ¿Están en coche?
-No.
-Entonces, ¿dónde están?
-Las he enviado por correo.
-¿Qué? -empezó a chillar-. ¿Cuándo las pusiste al correo?. ¿A
quién se las has enviado? ¿Por qué lo hiciste?
Si me hubiese hecho la segunda pregunta en último término,
hubiese contestado. Pero contesté la última pregunta, que era único que era
capaz de hacer.
-Las adjudiqué.
Miles entró:
-¿Dónde las puso?
-Dice que las echó al correo... porque las ha adjudicado... Vale
más que busques su coche y lo registres. Quizá sólo se figure que ha echado al
correo. Evidentemente las tenía en la compañía <1C seguros.
-¡Adjudicado! -repitió Miles-. ¡Dios Santo! ¿A quién?
-Se lo preguntaré; Dan, ¿a quién has adjudicado tus acciones?
-Al Banco de América.
No me preguntó la razón, pues de lo contrario le hubiese
explicado lo de Ricky.
Belle no hizo sino encogerse de hombros y suspirar:
-No hay más que hablar, Gordito. Podemos olvidarnos de las
acciones. No las podremos sacar fácilmente de un banco. -De repente se
enderezó-: A menos que no las haya realmente echado al correo. Si no lo ha
hecho borraré la adjudicación del dorso tan bien que parecerá que haya pasado
por la lavandería. Y luego me las adjudicará nuevamente... a mi.
-A nosotros -corrigió Miles.
-Eso es sólo un detalle. Ve en busca de su coche.
Miles volvió al cabo de un rato y anuncio:
-No está en ningún sitio a seis manzanas de aquí. He ido dando
vueltas por todas las calles y callejuelas. Debe de haber venido en taxi.
-Ya le oíste decir que había venido en su coche.
-Pues ahí fuera no está. Pregúntale cuándo y dónde echó al
correo las acciones.
Belle me lo preguntó y se lo dije:
-Precisamente antes de venir aquí. Las eché al correo en el
buzón de la esquina de los Bulevares Sepúlveda y Ventura.
-¿Crees que miente? -preguntó Miles.
-No puede mentir en el estado en que está. Y habla con demasiada
precisión para que pueda haberse confundido. Olvídate de eso, Miles. Quizá
cuando ya esté en depósito resulte que su adjudicación no es válida porque ya
nos lo había vendido a nosotros... Por lo menos haré que firme algunas hojas en
blanco y lo intentaré.
Efectivamente, intentó obtener mi firma y yo, por mi parte,
traté de complacerla. Pero, tal como me encontraba, no podía escribir lo
suficientemente bien como para satisfacerla. Por fin me arrancó una hoja de la
mano y dijo con rabia:
-¡Me das asco! Puedo firmar por ti mejor que tú. -Luego se
inclinó sobre mí y me dijo lentamente-: Me gustaría haber matado tu gato.
No volvieron a molestarme hasta más tarde aquel mismo día. Belle
entró y dijo:
-Querido Danny, te voy a dar un pinchazo y te vas a encontrar
mucho mejor. Podrás levantarte y moverte y obrar como siempre has obrado. No
estarás enfadado con nadie, especialmente con Miles y conmigo. Somos tus
mejores amigos. ¿Verdad que lo somos?
¿Quiénes son tus mejores amigos?
-Vosotros. Tú y Miles.
-Pero yo soy más que eso. Soy tu hermana. Dilo.
-Eres mi hermana.
-Bien; ahora vamos a dar una vuelta, y luego tú dormirás rato.
Has estado enfermo, pero cuando te despiertes te encontraras bien. ¿Me
comprendes?
-Si.
-¿Quién soy yo?
-Eres mi mejor amigo. Eres mi hermana.
-Buen chico. Arremángate.
No me di cuenta de la inyección, pero me dolió al sacar la Me
enderecé sobre el sillón y dije:
-Hermanita... vaya pinchazo. ¿Qué era?
-Algo para hacer que te sientas mejor. Has estado
-Sí, estoy enfermo. ¿Dónde está Miles?
-Vendrá dentro de un momento. Ahora dame tu otro Súbete la
manga.
-¿Para qué? ~pregunté, pero me subí la manga y dejé pinchase
otra vez. Di un salto.
Belle sonrió:
-¿No te ha hecho verdaderamente daño, verdad?
-¿Cómo? No, no me ha hecho daño. ¿Para qué es?
-Te hará dormir por el camino. Cuando lleguemos despertarás.
-Está bien. Me gustaría dormir. Tengo ganas de dormir un rato.
-Me sentí perplejo y miré alrededor-. ¿Dónde está ~ iba a dormirse conmigo.
-¿Pet? -respondió Belle-. Pero, querido, ¿no te acuerdas?.
Enviaste a Pet a Ricky para que lo cuidase.
-¡Es verdad!
Sonreí aliviado. Había enviado a Pet a Ricky; recordaba echado
al correo. Me alegraba. Ricky quería a Pet y le cuidaría mientras yo estuviese
dormido.
Me llevaron en coche al Santuario Consolidado de Sawt de los que
eran utilizados por muchas de las pequeñas compañías de seguros que carecen de
uno propio. Dormí todo el camino, desperté inmediatamente cuando Belle me
habló. Miles se quedó en el coche y ella me acompañó, haciéndome entrar. La
muchacha que estaba en la recepción levantó la mirada y dijo:
-¿Davis?
-Sí -asintió Belle-. Soy su hermana. ¿Está aquí el representante
de Seguros Master?
-Le encontrarán ustedes en la Sala de Tratamientos número Nueve.
Están a punto y les esperan. Puede usted entregar los documentos al hombre de
Master. -Me miró con interés-. ¿Ha pasado su examen físico?
-Desde luego aseguró Belle-. Mi hermano es un caso de terapia
diferida, ¿sabe? Está bajo la influencia de un sedante... para el dolor.
La recepcionista murmuró con simpatía:
-Pues, apresúrense. Por aquella puerta, y luego a la izquierda.
En la Sala número Nueve había un hombre en traje de calle y otro en bata
blanca, y una mujer con uniforme de enfermera. Me ayudaron a desnudarme y me
trataron como si fuese un chiquillo idiota, mientras Belle explicaba nuevamente
que estaba bajo la influencia de un sedante a causa del dolor. Cuando me
hubieron desnudado y colocado sobre la mesa el hombre de la bata blanca me hizo
masaje en el estómago hundiendo profundamente sus dedos.
-No habrá dificultades -anunció-. Está vacío.
-No ha comido ni bebido nada desde ayer tarde -confirmó Belle.
-Magnífico. A veces llegan aquí embutidos como ocas. Hay gente
que no tiene sentido común.
-Así es, en efecto.
-Bien, muchacho; aprieta los puños mientras clavo esta aguja. Lo
hice así y empecé a ver las cosas verdaderamente turbias. De pronto recordé
algo e intenté sentarme.
-¿Dónde está Pet? Quiero ver a Pet. Belle me cogió la cabeza y
me besó:
-Tranquilo, tranquilo... Pet no pudo venir, ¿no te acuerdas? Pet
tuvo que quedarse con Ricky. -Yo me calmé y la chica se dirigió con voz suave a
los otros-: Nuestro hermano Pet tiene una niña enferma en casa...
Me deslicé hacia el sueño.
Pronto sentí frío, pero no podía moverme para taparme con las
sábanas.
Yo me quejaba al camarero por el aire acondicionado: demasiado
fuerte e íbamos a coger un resfriado.
-No importa -me aseguraba-. No lo sentirá cuando esté mido.
Sueño.. Sueño.. Sopa de la noche, bellos sueños.- T cara de Belle.
-¿Y con una bebida caliente? -Quería saber.
- ¡ Tonterías! -respondía el doctor-. El sueño es demasiado
bueno para ése... ¡Echadle!
Intenté hacer cuña con mis pies en la barra de latón para
impedírselo. Pero aquel bar no tenía barra de latón, lo cual resultaba extraño,
y yo estaba tumbado de espaldas, lo cual parecía aún mas extraño, a menos de
que hubiesen instalado servicio de cama para gente sin pies. Yo no tenía pies,
de modo que ¿cómo iba a poder engancharlos en una barra de latón? Y tampoco
tenía manos:
-¡Mira, mamá, sin manos! -Pet se sentó sobre mi pecho y gemía.
Había vuelto al entrenamiento básico... básico avanzado, de ser,
pues estaba en Camp Hale, en uno de aquellos estúpidos ejercicios en los cuales
te meten nieve por el cogote para hacerte hombre. Tenía que ascender a la mayor
montaña de Colorado, era toda de hielo, y yo no tenía pies. No obstante, sobre
los hombros llevaba el mayor bulto que jamás alguien haya visto; recuerdo que
trataban de averiguar si podían utilizarse soldados en lugar mulas, y me habían
elegido a mi porque era sustituible. No habría conseguido si la pequeña Ricky
no hubiese estado detrás mí empujando.
El sargento instructor se volvió: tenía una cara como la de
Belle y estaba lívido de rabia:
-¡Vamos, tú! No puedo permitirme el lujo de esperarte. Lo mismo
me da que llegues como que no..., pero no podrás dormir hasta que llegues...
Sin pies no podía continuar avanzando, y me caí en la nieve, que
estaba caliente como el hielo. Me quedé dormido mientras la pequeña Ricky
lloraba implorándome que no lo hiciese. Pero no tenia más remedio que dormir.
Me desperté en la cama con Belle. Me estaba sacudiendo mientras
decía:
¡Despierta, Dan! No puedo esperarte treinta años; una mujer
tiene que pensar en su futuro.
Intenté levantarme y entregarle los sacos de oro que tenía
debajo de la cama, pero ya se había ido... Además, una Muchacha de Servicio
había ya recogido todo el oro y lo había puesto en la bandeja superior, y se
había marchado de la habitación. Intenté correr tras ella, pero no tenía pies,
no tenía cuerpo, según comprendí entonces. El mundo consistía en sargentos
instructores y mucho trabajo... de modo que, ¿qué importancia tenía dónde y
cómo se trabajase? Dejó que me volviesen a poner los arneses y empecé de nuevo
a escalar la helada montaña. Era muy blanca y redondeada, y con tal de que
consiguiera ascender a la rosada cumbre me dejarían dormir, que era lo que yo
necesitaba. Pero no lo conseguí nunca: no tenía manos, ni pies, ni nada...
Había fuego en la montaña del bosque. La nieve no se fundía,
pero mientras tanto proseguía mi lucha podía sentir cómo el fuego me alcanzaba
en oleadas. El sargento estaba inclinado sobre mí:
-Despierta... despierta... despierta.
Apenas acababa de despertarme y ya quería que volviera a
dormirme. De lo que ocurrió luego durante un rato, no estoy seguro. Parte del
tiempo estaba sobre una mesa que vibraba debajo de mi, y había luces e
instrumentos como serpientes, y mucha gente. Pero cuando estaba completamente
despierto me encontraba en la cama de un hospital y me sentía bien, salvo por
aquella lánguida sensación, como si flotara a medias, que se siente después de
un baño turco. Volvía a tener manos y pies, pero nadie me hablaba, y cada vez
que quería hacer una pregunta una enfermera me metía algo en la boca. Me hacían
mucho masaje.
Y luego, una mañana, me sentí perfectamente y me levanté tan
pronto como hube despertado. Me sentía un poco mareado, pero eso era todo.
Sabía quién era, sabía cómo había llegado allí, y sabía que todo lo demás
habían sido sueños.
Sabía quién me había metido allí. Si mientras estaba bajo la
influencia de las drogas Belle me había ordenado que olvidase sus andanzas, las
órdenes no habían calado en mí o bien treinta años de sueño frío había
desvanecido el efecto hipnótico. No recordaba con claridad algunos detalles,
pero sabía cómo se las habían arreglado para llevarme allí.
No estaba excesivamente enojado por ello. Cierto que todo había
ocurrido solamente «ayer», puesto que ayer es el día que precede a un sueño del
día de hoy; aunque aquel sueño había sido de años... No se puede definir
exactamente la sensación, puesto por completo subjetiva, pero, mientras mi
memoria era clara los a los acontecimientos de «ayer», mis sentimientos
respecto aquellos acontecimientos eran como los que se tienen para remotas.
¿Habéis visto por la televisión esas imágenes de un jugador proyectadas como
espectros sobre otras imágenes del conjunto del campo de juego? Pues era algo
así. Mi recuerdo consciente era cercano, pero mi reacción emotiva era como algo
muy distante en el tiempo y en el espacio.
Mi intención de ir en busca de Miles y de Belle y de hacerla
picadillo era firme, pero no tenía prisa. Lo mismo valdría pan el año próximo;
de momento, lo que verdaderamente me apetecía era verle la cara al año 2000.
Pero, ¿dónde estaba Pet? Debía haber estado por allí... a que el
pobre infeliz no hubiese sobrevivido al Sueño.
Entonces -y sólo entonces- recordé que mis cuidadosos para traer
a Pet conmigo habían fracasado.
Saqué a Belle y Miles de mi compartimento de «Esperar» y coloqué
en el de «Urgente». Habían intentado matar a mi gato, ¿no?
Habían hecho algo peor que matar a Pet: le habían echado calle y
le habían convertido en salvaje... para que terminase sus merodeando por
miserables callejuelas en busca de migajas, mientras sus costillas se
adelgazaban y su dulce carácter se iba deformando y se hacía desconfiado hacia
los animales de dos patas.
Le habían dejado morir -pues sin duda estaba muerto a estas
horas-, le habían dejado morir pensando que yo le había abandonado.
Me lo iban a pagar... si es que aún estaban vivos. ¡Oh, deseaba
que estuvieran vivos ! ¡Lo indecible!
Me encontré de pie junto a la cama, aguantándome a la barra para
no caer, vestido solamente con mi pijama. Miré en derredor en busca de alguna
manera de llamar a alguien. Las habitaciones de los hospitales no habían
variado mucho. No había ventana y no ver de dónde venia la luz; la cama era
alta y delgada, tal como recordaba que siempre habían sido las camas de
hospital, mostraba señales de haber sido dispuesta de manera que sirviese para
algo más que para dormir en ella -entre otras cosas parecía tener un sistema de
tuberías por debajo, algo que sospeché era un orinal mecánico, y la mesa de
noche era parte de la misma estructura de la cama. Pero, si bien en
circunstancias normales hubiese estado muy interesado en todo aquello, en aquel
momento lo único que quería era encontrar aquella cosa en forma de pera que
sirviese para llamar a la enfermera: quería mi ropa.
No encontré el interruptor, la pera, pero en cambio descubrí en
qué se había convertido: en un interruptor a presión al lado de aquella mesa
que no era del todo una mesa. Al tratar de alcanzarlo lo golpeé, y en una
región transparente frente adonde mi cabeza hubiese estado, si yo hubiera
estado en la cama, se encendió el letrero que decía: LLAMADA AL SERVICIO. Casi
inmediatamente desapareció, siendo sustituido por UN MOMENTO, POR FAVOR.
Muy pronto se corrió silenciosamente la puerta y entró la
enfermera. Las enfermeras no habían variado mucho. Aquélla era de bastante buen
ver, y tenía los conocidos modales de un sargento instructor, llevaba un
elegante gorrito blanco sobre su cabello corto de color orquídea, e iba vestida
con un uniforme blanco. El uniforme era de un corte extraño que la tapaba por
un lado y la destapaba por otro de una manera diferente a la de la moda de
1970-pero los vestidos de las mujeres, incluso los uniformes de trabajo, lo
estaban haciendo siempre. Hubiese sido siempre una enfermera, en cualquier año,
nada más que por sus modales inconfundibles.
-¡Vuélvase a la cama!
-¿Dónde está mi ropa?
-Vuélvase a la cama. ¡En seguida!
Respondí tratando de ser razonable:
-Mire enfermera; soy un ciudadano libre, mayor de edad, y no soy
un criminal. No tengo por qué volverme a esa cama, y no lo voy a hacer. Y ahora
me va usted a decir dónde está mi ropa, ¿o es que voy a tener que salir tal
como estoy a buscarla?
Me miró, luego se volvió de repente y salió; la puerta se
escondió a su paso.
Pero no se escondió cuando quise pasar yo. Estaba aún intentando
descubrir el mecanismo, con la seguridad de que si un ingeniero Podía idearlo,
Otro ingeniero podría descubrirlo, cuando se volvió a abrir y entró un hombre.
-Buenos días -dijo-. Soy el doctor Albrecht.
Su traje me pareció una especie de cruce entre un domingo Harlem
y un picnic, pero sus modales decididos y sus cansados o tenían un aspecto
francamente profesional: le creí.
-Buenos días, doctor. Quisiera que me entregasen mi r~
Entró justo lo suficiente para dejar que la puerta se cerrase t
él, luego rebuscó por sus ropas y extrajo de ellas un paquete de cigarrillos.
Sacó uno, lo sacudió al aire, lo colocó en su boa aspiró: el cigarrillo se
encendió. Me ofreció la cajetilla:
-¿Quiere uno?
-Oh, no, gracias.
-Puede hacerlo; no le hará daño.
Meneé la cabeza. Siempre había trabajado con un cigarrillo
encendido a mi lado; el progreso de uno de mis trabajos podía juzgado por los
desbordantes ceniceros y las quemaduras en tableros de dibujo. Pero ahora me
sentía algo mareado a la vista del humo, y me pregunté si durante mis años de
sueño no había abandonado mi hábito de fumador.
-Gracias de todos modos.
-Está bien, señor Davis. Hace seis años que estoy aquí. Soy
especialista en hipnología, resurrección y demás asuntos semejantes Aquí y en
otros lugares he ayudado a ocho mil setenta y ti pacientes a volver de la
hipotermia a la vida normal. Usted es número ocho mil setenta y cuatro. Les he
visto hacer toda clase cosas raras al volver en sí; raras para los profanos,
pero no para t Algunos de ellos quieren volverse a dormir enseguida y me gritan
cuando trato de mantenerles despiertos. Algunos consiguen verdaderamente
volverse a dormir y tenemos que llevarlos a otra clase institución. Otros
empiezan a llorar interminablemente cuando dan cuenta de que ha sido un billete
de ida solamente y de que demasiado tarde para regresar a su punto de partida,
al año del que salieron. Y algunos, como usted, piden su ropa y quieren salir
corriendo a la calle.
-Bueno. ¿Y por qué no? ¿Es que estoy prisionero?
-No. Podemos darle su ropa. Me imagino que la encontra pasada de
moda, pero eso es problema suyo. No obstante, mientras la envío a buscar, ¿le
importaría a usted decirme qué hay que sea de una urgencia tan terrible que
necesita usted atenderlo precisamente en este instante... después de que ha
esperado treinta años? ~ es el tiempo que usted ha estado a baja temperatura:
treinta años. ¿Es verdaderamente tan urgente? ¿O podría esperar hasta un más
tarde, hoy mismo? ¿O incluso hasta mañana?
Me estaba ya precipitando a decir que sí era urgente, cuando me
detuve algo avergonzado:
-Quizá no sea tan urgente.
-Entonces, y como un favor para mí, ¿Quiere usted volverse a
meter en la cama, permitirme que le examine, desayunar, y quizás hablar conmigo
antes de empezar a galopar en todas direcciones? Incluso tal vez pueda
indicarle a usted la dirección en que debe galopar.
-Bueno, está bien, doctor. Lamento haberle causado molestias.
Volví a trepar a la cama. Se estaba bien en ella; de repente me
sentía cansado y conmocionado.
-Ninguna molestia. Debería usted ver algunos de los casos que se
nos presentan. Tenemos que bajarles del techo. -Arregló las cubiertas alrededor
de mis hombros, y se inclinó sobre la mesa que formaba parte de la cama-. Aquí,
el doctor Albrecht en el diecisiete. Envien un ayudante con el desayuno...
minuta cuatro menos.
Se volvió hacia mí y dijo:
-Vuélvase y levántese la chaqueta. Quiero examinarle las
costillas. Mientras le veo puede ir haciendo preguntas, si es que lo desea.
Mientras me hurgaba las costillas intenté pensar. Supongo que lo
que utilizaba era un estetoscopio, pero aquello más bien parecía un aparato en
miniatura para sordos. Pero había una cosa que no había variado; el micrófono
que apretó contra mí era tan duro y tan frío como siempre.
¿Qué es lo que uno pregunta al cabo de treinta años? ¿Han
llegado ya a las estrellas? ¿Quién está ahora preparando «La Guerra para acabar
con las Guerras»? ¿Salen los niños de tubos de ensayo?
-Doctor, ¿hay todavía máquinas para vender confites en las
antesalas de los cines?
-La última vez que estuve las había. Pero no dispongo de mucho
tiempo para ir al cine. Y de paso sea dicho, ahora no se les llama «cines»,
sino «agarres».
-¿Por qué?
-Pruébelo. Ya verá por qué. Pero asegúrese de atarse bien al
cinturón del asiento; hay momentos en que anulan todo el teatro. Mire, señor
Davis; nos encontramos cada día con el mismo problema, de modo que hemos
adoptado una rutina. Tenemos vocabularios de adaptación para cada año de
entrada, así como sumarios culturales e históricos. Es verdaderamente
necesario, pues la desorientación puede ser extrema, por más que hagamos para
aliviar el impacto.
-Sí, supongo que así debe ser.
-Segurisimo. Especialmente en un período extremo como el de
usted. Treinta anos.
-¿Son treinta años el máximo?
-Sí y no. Treinta y cinco años es el máximo que hemos
experimentado, puesto que el primer cliente que fue puesto a subtemperatura lo
fue en diciembre de año 1965. Usted es el Durmiente de más tiempo que yo haya
despertado. Pero tenemos aquí clientes con contratos de hasta un siglo y medio.
No deberían nunca haberle aceptado a usted por treinta anos; entonces no sabían
lo bastante. Le arriesgaron mucho la vida. Ha tenido suerte.
-¿De veras?
-De veras. Dé la vuelta. -siguió examinándome y añadió-:
Pero con lo que ahora hemos aprendido estaría dispuesto a
preparar a un hombre para un salto de mil años, si es que hubiese alguna manera
de financiarlo... Le mantendría durante un año a la temperatura a que usted
estaba para comprobar, y luego le haría descender a doscientos bajo cero en un
milisegundo. Creo que viviría. Probemos ahora sus reflejos.
Aquel descenso de temperatura no me hacia gracia.
El doctor Albrecht prosiguió:
-Siéntese y cruce las rodillas. La cuestión del idioma no le
parecerá difícil. Naturalmente, he tenido buen cuidado de utilizar el
vocabulario de 1970; tengo la pretensión de poder hablar en cualquiera de los
lenguajes de entrada de mis clientes; los he estudiado en hipnosis. Pero usted
podrá hablar el idioma contemporáneo perfectamente dentro de una semana; en
realidad solamente se trata de nuevas palabras.
Pensé decirle que por lo menos había utilizado cuatro veces
palabras que no se utilizaban en 1970, o por lo menos no se utilizaban en aquel
sentido, pero decidí que no seria cortés decírselo.
-Eso es todo de momento -dijo finalmente-. Y de paso, la señora
Schultz ha estado tratando de entrar en contacto con usted.
-¿Quién?
-¿No la conoce? Insistió diciendo que era una antigua amiga de
usted.
-Schultz -repetí yo-. Me imagino que he conocido a varias
señoras Schultz en mi vida, pero la única que recuerdo con exactitud fue mi
maestra de cuarto grado. Pero debe haber muerto ya.
-Quizá tomó el Sueño. Bueno, puede usted aceptar el mensaje
cuando le parezca bien. Voy a firmar su libertad. Pero si es usted listo de
veras se quedará aquí algunos días estudiando reorientación. Le volveré a ver
más tarde. ¡Hasta la vista!, como decían en su tiempo. Aquí viene el asistente
con el desayuno.
Pensé que era mejor médico que lingüista. Pero dejé de pensar en
eso en cuanto vi al asistente, que entró rodando cuidadosamente y evitando
chocar con el doctor Albrecht, quien salió sin desviarse y sin preocuparse por
su parte de evitar el encuentro.
Se acercó, ajustó la mesa de cama, la hizo oscilar hacia mi, y
sobre ella dispuso mi desayuno con gran meticulosidad.
-¿Quiere que le sirva el café?
-Sí, por favor.
Realmente no quería que me lo sirviesen, pues hubiera preferido
que se hubiese conservado caliente hasta haber terminado lo demás. Pero quería
ver cómo lo servía. Pues estaba deliciosamente asombrado..., era Frank
Flexible.
No el modelo primitivo y deslavazado que Miles y Belle me habían
robado, naturalmente. Éste se parecía al primer Frank de la misma manera que un
rápido a turbinas se parece a los primeros coches sin caballos. Pero uno
reconoce su propio trabajo. Rabia fijado la idea original y lo presente
representaba la necesaria evolucion... era el bisnieto de Frank, perfeccionado,
elegantizado, más eficiente... pero de la misma sangre.
-¿Desea algo más?
-Espera un momento.
Al parecer no debía haber dicho eso, pues el autómata rebuscó en
su interior y sacó una hoja de plástico rígida que me entregó. La hoja
permaneció atada a él por medio de una delgada cadena de acero. La miré y en
ella vi impreso lo siguiente:
CÓDIGO VOCAL -Castor Servicial Modelo XVII-¡ADVERTENCIA
IMPORTANTE! Este autómata servicial NO comprende el lenguaje humano. Como es
una máquina no comprende absolutamente nada. Pero para conveniencia de ustedes
ha sido diseñado de modo que responda a una lista de órdenes habladas. No hará
caso de ninguna otra cosa que se diga en presencia suya, o bien (cuando alguna
frase se induzca de modo incompleto o de tal modo que se cree un circuito de
dilema) ofrecerá esta hoja de instrucciones. Le rogamos la lea cuidadosamente.
Gracias.
Corporación de Autoingenieria Aladino, fabricantes de CASTOR
SERVICIAL, DAN DIBUJANTE, BILL CONSTRUCTOR, PULGAR VERDE y CHACHA. Diseñadores
y Consultantes en Problemas de Automatismo.
¡A su Servicio!
Este lema aparecía en su marca que representaba a Aladino
frotando su lámpara, y a un genio que aparecía.
Bajo aquello había una lista de órdenes sencillas: PARA, ANDA,
SI, NO, MÁS DESPACIO, MÁS DE PRISA, VEN AQUÍ, BUSCA UNA ENFERMERA, etcétera.
Luego había una lista de tareas corrientes en hospitales, tales como masajes de
espalda, y otras de las que nunca había oído hablar. La lista se cerraba
abruptamente con la sentencia: «Las rutinas 87 a 242 solamente pueden ser
dispuestas por miembros del personal del hospital, por lo cual no se consigna
aquí la lista de las restantes frases».
Yo no había provisto al primer Frank Flexible de un código
vocal; había que oprimir botones en su tablero de control. No fue porque no
hubiese pensado en ello, sino porque el analizador y la central telefónica
necesarias hubiesen pesado, abultado y costado más que todo el resto de Frank
el Viejo, neto. Pensé que tendría que estudiar algunas cosas de miniaturización
y simplificación antes de estar en condiciones de ejercer de ingeniero allí.
Pero estaba impaciente por empezar, pues por Castor Servicial podía ver que iba
a ser más divertido que nunca; muchas posibilidades nuevas. La ingeniería es el
arte de lo práctico y depende más del estado general del arte que del ingeniero
individualmente. Cuando llegan los tiempos del ferrocarril se pueden hacer
ferrocarriles... pero no antes. Fíjense en el pobre profesor Langley,
desesperándose con su máquina voladora que debió volar -aportó ingenio
suficiente para ello, pero había llegado justamente unos cuantos años demasiado
pronto para disfrutar de los beneficios del arte colateral que necesitaba y del
que no pudo disponer-. O tomen al gran Leonardo da Vinci, tan lejos de su
tiempo que sus más brillantes ideas eran por completo imposibles de construir.
Iba a ser divertido aquí - quiero decir, «ahora».
Devolví la hoja de instrucciones, salté de la cama y busqué la
placa de datos. Casi había esperado ver Muchacha de Servicio al pie de la nota,
y me preguntaba si Aladino sería una incorporación filial del grupo Mannix. La
placa de datos no indicaba mucho más que el modelo, el número de serie,
fábrica, y demás, pero en cambio daba una lista de patentes, unas cuarenta -y
la primera, según vi con mucho interés, estaba fechada 1970.. casi con
seguridad basada en mis dibujos y modelo originales.
Encontré sobre la mesa un lápiz y un bloque de apuntes y anoté
el número de aquella primera patente, si bien mi interés era puramente
intelectual. Incluso si me la habían robado (y estaba seguro de que me había
sido robada), había expirado en 1987-a menos de que hubiesen modificado las
leyes de patentes- y solamente serian válidas las concedidas después de 1983.
Pero quería saberlo.
Sobre el autómata se encendió una luz:
-Me llaman. ¿Puedo irme?
-¿Cómo? Claro. Ve corriendo. -Comenzó a sacar la lista de
frases, y entonces dije apresuradamente-: ¡Vete!
-Gracias. Adiós. -Y pasó junto a mi.
-Gracias a ti.
-Ha sido un placer.
Quien quiera que fuese que había dictado las respuestas del
artefacto, tenía una agradable voz abaritonada.
Me metí en la cama y me comí el desayuno que había dejado
enfriar... con la diferencia de que resultó que no se había enfriado. El
desayuno cuatro-menos era suficiente para un pájaro de tamaño mediano, pero
encontré que era suficiente, a pesar de que me había sentido muy hambriento.
Supongo que se me debía haber encogido el estómago. No fue sino después de
haber terminado que recordé que aquel era el primer alimento que tomaba desde
hacia una generación. Me di cuenta entonces por qué habían incluido una minuta
- lo que habría creído ser bacon era en realidad «tiras de levadura a la
parrilla, estilo campesino».
Pero a pesar de mi ayuno de treinta años, no estaba pensando en
comida; con el desayuno me habían enviado un periódico; el Times del Gran Los
Ángeles, del miércoles 13 de diciembre de 2000.
La forma de los periódicos no había cambiado mucho. Aquel era de
tamaño pequeño, el papel era satinado en lugar de mate, y las ilustraciones
eran o bien en color, o en blanco y negro estereoscópicas. No pude entender
cómo funcionaban estas últimas. Desde que yo era pequeño había habido
fotografías estéreo que se podían ver con unos visores; de niño me habían
fascinado las que sé utilizaban para anunciar alimentos helados, allá hacia los
años cincuenta. Pero aquéllas habían requerido un plástico transparente
bastante grueso para una red de pequeños prismas: éstas estaban sencillamente
impresas en papel delgado. No obstante, tenían profundidad.
Lo dejé correr y miré el resto del periódico: Castor Servicial
lo había dispuesto sobre un soporte para la lectura, y al principio pareci6
como silo único que iba a leer era la primera página, pues no sabía encontrar
cómo se abría aquel demonio de cosa. Parecía que las hojas se habían congelado.
Por fin toqué accidentalmente la esquina inferior de la derecha,
la cual se arrolló y se quitó de delante... alguna especie de fenómeno de carga
superficial que se accionaba desde aquel punto. Las otras páginas se fueron
apartando limpiamente una tras otra a medida que iba tocando aquel punto.
Por lo menos la mitad del periódico era tan familiar que casi me
hizo sentir nostalgia: «Horóscopo del Día, Alcalde inaugura Nuevo Embalse, Las
Restricciones de Seguridad están Minando la Libertad de la Prensa, dice N. Y.
Solon, Doble Victoria de los Gigantes, El Calor Desacostumbrado hace Peligrar
los Deportes de Invierno, Pakistán advierte a la India», etcétera, hasta la
saciedad. Todo eso me resultaba comprensible.
Algunas de las otras noticias eran nuevas, pero se explicaban
por sí mismas: COMUNICACIÓN CON LA LUNA INTERRUMPIDA POR GEMINIDOS. -La
estación de las veinticuatro horas sufre dos perforaciones; no hay desgracias
personales; CUATRO BLANCOS LINCHADOS EN LA CIUDAD DE EL CABO. -Se pide la
intervención de la ONU; LAS MADRES ADOPTIVAS SE ORGANIZAN EN DEMANDA DE MAYOR
PAGA. - Piden que se declare fuera de la Ley a las aficionadas; PLANTADOR DE
MISSISSIPI ACUSADO BAJO LA LEY ANTIZOMBIE- Su defensa:
«Esos muchachos no están drogados, sino que son sencillamente
estúpidos».
Estaba seguro de que sabía lo que esto último significaba.. por
experiencia.
Pero algunas de las noticias me resultaban completamente
incomprensibles. Las «wogglies» seguían extendiéndose y se habían evacuado tres
ciudades francesas más; el Rey estaba considerando la posibilidad de
espolvorear el área. ¿El Rey? Claro está que de la política francesa se podía
esperar cualquier cosa, pero ¿qué era aquella «Poudre Sanitaire» que pensaban
utilizar contra las «wogglies»? -fuesen éstas lo que fuesen-. ¿Quizá
radiactiva? Confiaba en que escogerían un día de calma... de preferencia el treinta
de febrero. Una vez había yo sufrido una dosis excesiva de radiación, debido a
un error de un idiota de técnico de la WAC en Sandia. No había llegado al punto
de vómitos sin billete de retorno, pero no recomendaría a nadie una dieta de
curies.
La división de Laguna Beach de Los Ángeles había sido equipada
con Leycoils, y el jefe de la división advertía a todos los Teddies para que
saliesen de la ciudad: «Mis hombres tienen órdenes de actuar primero e
investigar después. Hay que terminar con esto».
Eso sólo son ejemplos. Había muchas otras noticias que empezaban
bien, pero que luego acababan en lo que para mi era una jerga incomprensible.
Comenzaba a lanzar vistazos a las estadísticas vitales cuando mi
mirada se fijó en algunos subtítulos nuevos. Había los ya conocidos de antiguo,
de los nacimientos, muertes, matrimonios y divorcios, pero ahora había además
«depósitos» y «retiradas», clasificados por Santuarios. Miré el «Sawtelle Cons.
Sanct» y encontré allí mi nombre, lo cual me dio una cálida sensación de
«pertenencia al lugar».
Pero lo más interesante del periódico eran los anuncios. Uno de
los personales me llamó la atención: «Viuda atractiva todavía joven con deseos
de viajar desea encontrar caballero de las mismas aficiones. Objeto: contrato
de matrimonio para dos años». Pero fueron los anuncios comerciales lo que me
absorbió.
La Muchacha de Servicio, así como sus hermanas, y sus tías
podían verse por todas partes, y aún utilizaban la marca de fábrica - una
muchacha morena con una escoba- que yo había dibujado originalmente para
nuestro membrete. Sentí un ligero pesar de haber tenido tanta prisa en
desprenderme de mis acciones de Muchacha de Servicio, Inc.: parecía que
valdrían más que todo el resto de mi cartera. No, no era eso exacto: si
entonces las hubiese conservado junto a mi, aquel par de ladrones se hubiesen
apoderado de ellas y hubiesen falsificado una adjudicación a su nombre. En
cambio, Ricky lo tenía ahora; y si había enriquecido a Ricky, pues bien, no le
podía haber sucedido a persona más simpática.
Me propuse encontrar en seguida a Ricky; lo primero de todo. Era
lo único que me quedaba del mundo que había conocido y representaba mucho para
mi. ¡Querida Ricky! Si hubiese tenido diez años más no hubiese ni tan sólo
mirado a Belle... y no me hubiese cogido los dedos.
Veamos... ¿qué edad debería tener ahora? Cuarenta, cuarenta y
uno. No era fácil pensar que Ricky tenía cuarenta y un años. Pero en fin, eso
no sería mucha edad para una mujer en estos días - ni siquiera tampoco en
aquellos días. A una distancia de diez metros y beberíamos en memoria del
querido y divertido dieciocho.
Si era rica le permitiría que me invitase a una copa y
beberíamos en memoria del querido y divertido difunto Pet.
Y si algo había ido mal y era pobre a pesar de las acciones que
le había adjudicado, entonces... entonces me casaría con ella... Sí, de veras.
No importaba que tuviese diez años o así más que yo; en vista de mi historia y
de mi obstinación de hacer tonterías, necesitaba alguien mayor que yo que me
impidiese hacerlas, y Ricky era precisamente la chica que serviría para eso.
Había llevado la casa de Miles, y al mismo Miles, con una seria eficiencia de
niña pequeña cuando tenia menos de diez años; a los cuarenta sería exactamente
lo mismo, pero suavizada.
Por vez primera desde que me había despertado me sentía
realmente confortado, y ya no perdido en un país extraño. Ricky era la solución
de todo.
Pero luego una voz en mi interior me dijo:
- Estúpido, no puedes casarte con Ricky porque una muchacha tan
dulce como la que iba a ser deberá hacer ya por lo menos veinte años que está
casada. Tendrá cuatro críos... quizás un hijo más alto que tú... y
evidentemente un marido a quien no le divertirá tu papel de buen viejo tío
Danny.
La escuché y me quedé con la boca abierta. Y dije con voz débil:
- Está bien, está bien.
Se me ha vuelto a escapar el tren. Pero a pesar de eso voy a
buscarla. Lo peor que pueden hacer es pegarme un tiro. Y, al fin y al cabo, es
la única persona que, aparte de mí, comprendía a Pet.
Volví otra página, entristecido de repente ante la idea de haber
perdido a Pet y a Ricky. Al cabo de un rato me quedé dormido sobre el periódico
y dormí hasta que Castor Servicial o su hermano gemelo me trajo el almuerzo.
Mientras dormía soñé que Ricky me tenía sobre su falda y me
decía:
-Todo está arreglado, Danny. Encontré a Pet y ahora nos vamos a
quedar los dos. ¿No es verdad, Pet?
-Fsmmi...
Los vocabularios adicionales no fueron difíciles; necesité mucho
más tiempo con los sumarios históricos. En treinta años pueden pasar muchas
cosas, pero ¿para qué hablar de ellas si todo el mundo las conoce mejor que yo?
No me sorprendió enterarme de que la Gran República de Asia nos estaba
desplazando del comercio con Sudamérica; desde el tratado de Formosa era algo
que se podía prever. Tampoco me sorprendió encontrar a la India más balcanizada
que nunca. La idea de que Inglaterra era una provincia de Canadá me hizo
reflexionar un momento. ¿Quién era el rabo, y quién el perro? Leí rápidamente
lo del pánico del 87; el oro es un maravilloso material para ciertos usos de
ingeniería; no podía considerar una tragedia el hecho de que ahora era barato y
había dejado de ser una base para el dinero, prescindiendo de cuantos perdieron
hasta la camisa en el cambio.
Dejé de leer y pensé en las cosas que se podían hacer con oro
barato, con su elevada densidad, buena conductividad, ductilidad extrema... y
dejé de pensar cuando me di cuenta de que primeramente tendría que leer la
bibliografía técnica. En atómica solamente, seria inapreciable. La manera en
que podía ser trabajado, mucho mejor que cualquier otro metal, si se le podía
utilizar para miniaturizar, y me detuve nuevamente, moralmente cierto de que
Castor Servicial tenía la cabeza atiborrada de oro. Tendría que apresurarme
para averiguar qué habían estado haciendo los muchachos de los «cuartos de
atrás» mientras yo había estado ausente.
El Sawtelle Sanctuary no disponía de medios que me permitiesen
estudiar ingeniería, de modo que le dije al doctor Albrecht que estaba ya
dispuesto a salir. Se encogió de hombros, me dijo que era un idiota, y lo
aprobó. Pero me quedé aún otra noche: descubrí que estaba agotado sólo con
permanecer echado contemplando cómo desfilaban las palabras en un explorador de
libros.
Al día siguiente, después del desayuno, me trajeron ropa
moderna... y me tuvieron que ayudar a vestir. No es que fuesen muy extrañas en
sí mismas (si bien nunca había llevado pantalones de color cereza con extremos
acampanados), pero no conseguí utilizar los cierres sin previa instrucción. Me
imagino que mi abuelo hubiese tenido la misma dificultad con los cierres
cremallera, si no hubiesen sido introducidos progresivamente. Se trataba,
naturalmente, de las costuras de cierre Juntafuerte -llegué a creer que tendría
que contratar un muchacho para que me ayudase a ir al lavabo, antes de que me
hubiera entrado en la cabeza que la adherencia sensible a la presión estaba
polarizada axialmente.
Luego casi perdí los pantalones cuando traté de aflojar la
cintura. Nadie se rió de mí.
El doctor Albrecht preguntó:
-¿Qué va usted a hacer?
-¿Yo? Primeramente voy a buscar un mapa de la ciudad. Luego voy
a buscar un lugar donde dormir. Después no voy a hacer nada durante un tiempo,
salvo lectura profesional... quizá durante un año. Doctor, soy un ingeniero
atrasado, y no quiero continuar siéndolo.
-Bueno. Pues... buena suerte. No dude en llamarme si le puedo
ayudar.
Le ofrecí la mano:
-Gracias, doctor. Ha sido usted espléndido conmigo, aunque quizá
no debería hablar de eso hasta que haya consultado la oficina de cuentas de mi
compañía de seguros y vea exactamente de qué dispongo. Pero mi intención es no
dejarlo solamente en palabras. Las gracias por lo que usted ha hecho por mí
deben tener una forma más substancial. ¿Me comprende?
Meneó la cabeza:
-Le agradezco su intención. Pero mis honorarios están cubiertos
por mi contrato con el santuario.
-Pero...
-No. No puedo aceptarlo, de modo que le ruego no lo discutamos.
-Me dio la mano y añadió-: Adiós. Si se queda en esta pendiente, le llevará a
usted a las oficinas principales. -Dudó un momento-: Si al principio las cosas
le resultan un poco cansadas, tiene usted derecho a cuatro días más de
recuperación y reorientación sin carga adicional, según el contrato de custodia.
Está pagado, y tanto vale que lo use usted. Puede usted entrar y salir cuando
le plazca.
Sonreí ampliamente:
-Gracias, doctor. Pero ya puede usted asegurar que no pienso
volver, salvo para saludarle a usted algún día.
Me bajé y al llegar a la oficina principal le dije quién era a
la recepcionista que estaba allí. Me entregó un sobre, el cual vi era una nueva
llamada telefónica de la señora Schultz. Aún no la había llamado porque no
sabía quién era, y el santuario no permitía ni llamadas telefónicas ni visitas
a clientes revividos hasta que ellos mismos las permitían. No hice sino
lanzarle una ojeada y meterlo en mi blusa, mientras pensaba que quizás había
cometido un error al hacer a Frank Flexible demasiado flexible. Antes las
recepcionistas eran muchachas bonitas y no máquinas.
La recepcionista dijo:
-Por aquí, por favor. Nuestro tesorero desea verle.
Pues bien, yo también tenía ganas de verle, de modo que seguí la
indicación. Me preguntaba cuánto dinero habría ganado y me felicitaba por haber
escogido valores corrientes en vez de jugar sobre «seguro». Sin duda mis
acciones habrían bajado durante el pánico del 87, pero ahora deberían haber
vuelto a subir -en realidad sabía que un par de ellas valían ahora mucho
dinero; había estado leyendo la sección financiera del Times. Todavia llevaba
conmigo el periódico, pues me imaginaba que me iba a interesar hacer otras
consultas.
El tesorero era un ser humano, a pesar de que realmente parecía
un tesorero. Me estrechó rápidamente la mano:
-¿Cómo está usted, señor Davis? Soy el señor Doughty. Siéntese,
por favor.
Yo repliqué:
-¿Cómo está, señor Dougty? Probablemente no le entenderé mucho.
Dígame solamente lo siguiente: ¿Es que mi compañía de seguros liquida sus
contratos a través de esta oficina? ¿O bien debo ir a su oficina principal?
- Por favor, siéntese. Tengo que explicarle algunas cosas.
Me senté. Su ayudante de oficina (otra vez el bueno de Frank) le
alcanzó una carpeta, y el señor Doughty dijo:
-Estos son los contratos originales. ¿Le gustaría verlos?
Tenía verdaderas ganas de verlos, pues desde que me había
despertado por completo me había estado preguntando si Belle habría encontrado
la manera de dar un mordisco a aquel cheque certificado. Un cheque certificado
es mucho más difícil de alterar que un cheque personal, pero Belle era una
chica muy lista.
Me tranquilizó mucho ver que había dejado inalterados mis
depósitos salvo naturalmente por el contrato colateral referente a Pet, que
faltaba, así como el que se refería a mis acciones de Muchacha de Servicio. Me
imagino que los habría quemado para evitarse preguntas. Examiné con cuidado la
docena o más de lugares donde había cambiado Compañía de Seguros Mutuos
convirtiéndolo en Compañía de Seguros Master de California.
Sin duda ninguna, aquella muchacha era una verdadera artista. Me
imagino que un criminólogo científico armado de un microscopio y de un estéreo
comparador y de ensayos químicos, y así sucesivamente, podría haber demostrado
que todos aquellos documentos habían sido alterados, pero yo no lo hubiese
podido probar. Me preguntaba cómo se las habría arreglado con el dorso del
cheque certificado, puesto que los cheques certificados son siempre sobre un
papel garantizado indeleble. Pues lo más probable seria que no hubiese
intentado borrarlo: lo que una persona puede idear otra puede resolver... y
Belle era ciertamente muy ingeniosa.
El señor Dougthy carraspeó. Yo levanté la mirada
-¿Saldamos mi cuenta aquí?
-Sí.
-Entonces lo preguntaré con una palabra: ¿Cuánto?
-Pues... señor Davis, antes de que entremos en esta cuestión,
deseo invitarle a que ponga toda su atención en un documento adicional... y en
una circunstancia. Aquí está el contrato entre este santuario y la Compañía de
Seguros Master de California, respecto a su hipotermia, custodia y
revivificación. Observará usted que la totalidad se paga por adelantado. Esto
es tanto para protegernos a nosotros, como para protegerle a usted, puesto que
garantiza su bienestar mientras está incapacitado. Esos fondos, su totalidad,
se ponen en pica en la división del tribunal supremo que entiende en estas
cuestiones, y se nos van pagando trimestralmente a medida que las debitamos.
-Bien. Parece un sistema racional.
-Lo es. Protege a los incapacitados. Ahora bien, debe usted
comprender con toda claridad que este santuario es una corporación distinta de
su compañía de seguros; el contrato de custodia con nosotros era un contrato
completamente independiente del de la administración de su patrimonio.
-Señor Doughty. ¿Adónde va usted a parar?
-¿Tiene usted otros valores además de los que confió a la
Compañía de Seguros Master?
Lo pensé bien. Había tenido un auto en otros tiempos... pero
Dios sabe lo que había sido de él. Al principio del jaleo había cerrado mi
cuenta corriente en Mojave, y en aquel atareado día en que terminé en casa de
Miles -y en la sopa- había comenzado con quizá treinta o cuarenta dólares en
efectivo. Libros , ropas, regla de cálculo -nunca había almacenado trastos-
todo aquello había desaparecido.
-Ni tan sólo un billete de autobús, señor Doughty.
-Entonces... lamento mucho tenérselo que decir, pero no tiene
usted propiedad de ninguna clase.
Me mantuve quieto mientras mi cabeza daba vueltas y finalmente
aterrizaba violentamente.
-¿Qué quiere usted decir? ¡Si algunas de las acciones que
adquirí están muy bien! Lo sé; aquí lo dice. -Y le mostré mi ejemplar del
Times.
Meneó la cabeza:
-Lo lamento, señor Davis, pero no es propietario de ninguna
clase de acciones. Seguros Master quebró.
Me alegré de que me hubiese hecho sentar; me sentía débil:
-¿Cómo ocurrió? ¿Fué durante el Pánico?
-No, no. Fue parte del hundimiento del Grupo Mannix... pero,
naturalmente, usted no sabe nada de esto. Sucedió después del Pánico. Pero
Seguros Master no se hubiese perdido sino hubiese sido sistemáticamente
pillada... destripada, «ordeñada» es la expresión vulgar. Si hubiese sido una
sindicatura corriente, algo hubiera podido salvarse. Pero no lo era. Cuando por
fin se descubrió ya no quedaba nada más de la compañía sino una cáscara
hueca... y los hombres culpables estaban fuera del alcance de la extradición.
Ah, si le ha de consolar en algo saberlo, le diré que bajo las leyes actuales
aquello no hubiese podido suceder.
No, no me consolaba, y además no lo creía. Mi padre acostumbraba
a decir que cuanto más complicada era la ley más oportunidades tenía el
estafador.
Pero también decía que una persona prudente debía estar
preparada a abandonar el equipaje en cualquier momento. Yo me preguntaba
cuántas veces tendría que hacerlo para merecer el calificativo de «prudente»:
-Ah, señor Doughty. Solamente por curiosidad: ¿qué tal le fue a
Seguros Mutuos?
-¿La Compañía de Seguros Mutuos? Una firma muy buena. Desde
luego, recibieron un buen palo durante el Pánico, lo mismo que todo el mundo.
Pero capearon el temporal. ¿Quizá tiene usted una póliza con ellos?
-No.
No ofrecí ninguna explicación; no hubiese servido de nada. No
podía dirigirme a Seguros Mutuos, no había llegado nunca a cumplimentar mi
contrato con ellos. Tampoco podía demandar a Seguros Master, ya que de nada
sirve demandar a un cadáver.
Podia demandar a Belle y a Miles si es que todavía andaban por
ahí, pero, ¿para qué hacer el tonto? No tenía absolutamente ninguna prueba.
Y además, no quería demandar a Belle. Valdría más tatuaría de
pies a cabeza con la inscripción «Cancelada»... utilizando una aguja
despuntada. Luego me referiría a lo que había hecho con Pet. Aún no había
pensado el castigo adecuado para eso.
Recordé entonces de repente que era el grupo Mannix a quien
Belle y Miles habían estado a punto de vender Muchacha de Servicio Inc., cuando
me dieron la patada.
- Señor Doughty - dije-, ¿está usted seguro de que los de Mannix
no tienen activo ninguno? ¿No son propietarios de Muchacha de Servicio?
-¿Muchacha de Servicio? ¿Quiere usted decir la firma que se
dedica a aparatos automáticos domésticos?
-Si; naturalmente.
-No me parece apenas posible. La verdad es que no es posible en
absoluto, puesto que el imperio Mannix, como tal, ya no existe. Naturalmente,
no puedo afirmar que no haya habido nunca relación entre los de Mannix y la
Corporación de Muchacha de Servicio. Pero aun siendo así, no creo que haya sido
gran cosa, pues de lo contrario me figuro que me hubiese enterado.
Dejé correr el asunto. Si Belle y Miles habían sido cogidos en
el hundimiento de Mannix, tanto mejor. Pero, por otra parte, si Mannix había
poseído y ordeñado a Muchacha de Servicio Inc., había perjudicado tanto a Ricky
como a ellos. Y no quería que Ricky saliese perjudicada, cualesquiera que
fuesen las demás consecuencias.
-Bueno, gracias por habérmelo dicho por etapas, señor Doughty.
Es hora de que me marche.
-No se vaya todavía, señor Davis... aquí, en esta institución,
sentimos una responsabilidad para con los nuestros que va más allá de la
sencilla letra del contrato. Ya puede usted suponer que su caso no es el
primero que se presenta. Nuestro consejo de administración ha puesto un pequeño
fondo discrecional a mi disposición para aliviar casos como el presente...
-Nada de limosnas, señor Doughty. De todos modos se lo
agradezco.
-No se trata de limosnas, señor Davis. Se trata de un préstamo.
Un préstamo personal, podríamos decir. Y créame que nuestras pérdidas en tales
préstamos han sido despreciables... y no queremos que salga usted de aquí con
los bolsillos vacíos...
Volví a pensarlo. No tenía ni tan sólo lo suficiente para un
corte de cabello. Por otra parte, pedir prestado dinero es algo así como tratar
de nadar con un ladrillo en cada mano... y un pequeño préstamo es más difícil
de devolver que un millón.
Señor Doughty -dije lentamente-. El señor Albrecht me dijo que
tenía derecho a cuatro días más de mantenimiento aquí.
-Creo que es cierto, tendría que consultar su ficha. A pesar de
que de todos modos no echamos a la gente aunque haya expirado su contrato, si
no están preparados.
-Me lo figuro. Pero, dígame ¿qué precio tiene la habitación que
ocupaba, como habitación de hospital y pensión?
-¿Cómo? Nuestras habitaciones no se alquilan de esa forma. No
somos un hospital; no hacemos sino mantener una enfermería para la recuperación
de nuestros clientes.
-Sin duda. Pero lo debe tener usted calculado, aunque no sea más
que por razones de contabilidad.
-Mmm... pues si y no. No hacemos nuestros cálculos a base de
eso. Hay que tener en cuenta la depreciación, los gastos generales,
mantenimiento, reservas, cocina de régimen, personal y demás. Me figuro que
seria posible hacer una estimación.
-No se preocupe. ¿A cuánto ascendería una habitación y pensión
semejantes en un hospital?
-Es algo un poco fuera de mi ocupación... pero, en fin, me
figuro que podríamos decir que alrededor de unos cien dólares por día.
-Me quedaban cuatro días. ¿Quiere usted prestarme cuatrocientos
dólares?
No respondió, sino que habló en un código numérico a su
asistente mecánico. Luego, ocho billetes de cincuenta dólares pasaron a mi
mano.
-Gracias -dije sinceramente mientras me los embolsaba-. Haré
todo lo que pueda para que eso no se quede en los libros demasiado tiempo. ¿Al
seis por ciento? ¿O está escaso el dinero?
El señor Doughty meneó la cabeza:
-No se trata de un préstamo. En vista de la forma en que lo
planteó usted, lo he cargado al tiempo que no ha utilizado.
-¿Cómo? Mire, señor Doughty, no tuve la intención de forzarle.
Naturalmente, voy a...
-Por favor. Cuando usted dijo a mi asistente que le entregase
esa cantidad le ordené la cargase en cuenta. ¿Quiere usted que nuestros
censores de cuentas tengan dolores de cabeza por unos miserables cuatrocientos
dólares? Estaba dispuesto a prestarle mucho más.
-Bueno; no puedo discutirlo ahora. Dígame, señor Doughty ¿cuánto
dinero representa eso? ¿Cuál es el nivel actual de precios?
-Pues... es una pregunta muy compleja.
-Déme una idea. ¿Qué cuesta comer?
-La comida es bastante razonable. Por diez dólares se puede
conseguir un almuerzo muy satisfactorio... si procura elegir restaurantes de
precios moderados.
Le di las gracias y salí de allí realmente confortado. El señor
Doughty me rercordaba a un pagador del Ejército. Hay dos clases distintas de
pagadores: una te enseña el lugar donde el libro dice que no puedes cobrar lo
que te corresponde; la otra rebusca en el libro hasta que encuentra un párrafo
que te concede lo que necesitas aunque no te corresponda.
Dougthy pertenecía a la segunda clase.
El santuario estaba frente a Los Caminos de Wilshire. Delante
había unos bancos y unos macizos de arbustos y flores. Me senté en uno de los
bancos para reflexionar y decidir si iba hacia el este o hacia el oeste.
Doughty había aparentado indiferencia pero la verdad es que estaba bastante
quebrantado, a pesar de que en mis pantalones tenía para las comidas de una
semana.
Pero el sol calentaba, y el zumbido de Los Caminos era
agradable. Yo era joven (al menos biológicamente) y tenía un par de manos y mi
cerebro. Me puse a silbar Hallelujah, Im a bum y abrí el Times por la página de
«demandas de personal».
Resistí el impulso de examinar la de «Profesionales Ingenieros»
y me dirigí directamente a la de «Varios».
Esa clasificación era muy breve; tanto que por poco no la
encuentro.
6
Conseguí un empleo al segundo día, viernes, 15 de diciembre.
Tuve también un pequeño choque con la ley y diversos líos con las nuevas modas
de hacer las cosas, decirlas y reaccionar ante ellas. Descubrí que la
«reorientación» mediante un libro es algo así como leer sobre sexo: no es lo
mismo
Me figuro que habría tenido menos dificultades si me hubiesen
depositado en Omsk, en Santiago o en Yakarta. Cuando se va a una ciudad
desconocida de un país desconocido ya se sabe que las costumbres van a ser
diferentes, pero en el Gran Los Ángeles confiaba en que las cosas no hubiesen
cambiado, a pesar de que podía ver que sí habían cambiado. Claro está que
treinta años no son nada; todo el mundo puede encajar ese cambio, y mucho más
en el curso de una vida. Pero tenerlo que encajar de golpe, es diferente.
Así, por ejemplo, una palabra que utilicé con toda inocencia.
Una dama que estaba presente se ofendió, y solamente el hecho de que yo era un
durmiente -cosa que me apresuré a explicar- evitó que su marido me largase una
bofetada. No voy a utilizar aquí la palabra en cuestión... aunque si: voy a
usarla, ¿por qué no? La utilizo para explicar algo. Podéis tener la seguridad
de que la palabra tenía un uso discreto cuando yo era niño, y nadie la escribía
con tiza por las paredes cuando yo era muchacho.
La palabra era «manía»
Había otras palabras, que todavía no utilizo correctamente a no
ser que me detenga a pensarlo. No son palabras tabú precisamente, sino palabras
que han cambiado de sentido. Así, por ejemplo, «huésped», cuyo significado
entonces no tenía nada que ver con el coeficiente' de natalidad.
Pero me las arreglé. El empleo que encontré consistía en
aplastar nuevas limusinas terrestres para poder enviarlas a Pittsburgh como
chatarra. Cadillacs, Chryslers, Eisenhowers, Lincolhs... toda clase de grandes
y potentes vehículos que no habían recorrido ni un solo kilómetro. Los conducía
hasta las fauces y luego crac, crac, crac: chatarra para los altos hornos.
Al principio me molestaba hacerlo, ya que tenía que acudir al
trabajo por Los Caminos y ni siquiera disponía de un saltagravedad. Dije lo que
me parecía, y por poco pierdo mi empleo... hasta que el encargado recordó que
era un durmiente y que realmente no lo comprendía.
-Se trata de una cuestión de sencilla economía, hijo mío. Son
vehículos excedentes que el gobierno ha aceptado en garantía a cambio de
préstamos para mantener los precios. Ahora tienen dos años y ya nunca podrán
ser vendidos... De modo que el gobierno los desguaza y los vende como chatarra
a la industria del acero. No es posible hacer funcionar un alto horno solamente
con mineral de hierro; también es necesario tener chatarra. Eso debes saberlo
aunque seas un durmiente. En realidad, con la actual escasez de mineral de
buena calidad, la demanda de chatarra es cada día mayor. La industria del acero
necesita estos coches.
-Pero ¿para qué construirlos, si no pueden ser vendidos? Parece
una pérdida inútil.
-Solamente lo parece. ¿Quieres que la gente se quede sin empleo?
¿Quieres que descienda el nivel de vida?
-¿Y por qué no los envían al extranjero? Me parece a mí que SE
podría obtener más por ellos en el mercado libre extranjero que como chatarra.
-¿Y arruinar el mercado de exportación? Además, si comenzásemos
el dumping de automóviles en el extranjero Pospondríamos a malas con todo el
mundo: con Japón, Francia, Alemania, Asía Grande... Con todo el mundo. ¿Qué te
propones? ¿Armar una guerra? -Suspiró, y prosiguió en un tono paternal-: Ve a
l~ Biblioteca pública y saca algunos libros. No tienes derecho a opina sobre
estas cosas hasta que sepas algo de ellas.
De modo que me callé. No le dije que pasaba todo mi tiempo libre
en la biblioteca pública o en la biblioteca de la UCLA. Había evitado admitir
que era, o que había sido, un ingeniero. Pretender que era ahora un ingeniero
hubiese sido algo así como dirigirse a Du Pont y decirles: «Caballeros, soy un
alquimista ¿necesitan ustedes mis servicios?».
Volví a plantear la cuestión solamente otra vez más, porque
observé que muy pocos de los coches para el mantenimiento de precios estaban
verdaderamente a punto de circular. El trabajo era basto y con frecuencia
carecían de partes esenciales, tales como instrumentos indicadores o de
acondicionadores de aire. Pero cuando un día pude observar por la manera como
los dientes de la máquina de aplastar mordían uno de los coches, que incluso
les faltaba el motor, volví a hablar del asunto.
El jefe de turno me miró asombrado.
-¡Vaya, muchacho! ¿No esperarás realmente que se esmeren con
coches que no son sino excedentes? Estos coches ya iban apoyados por préstamos
para control de precios antes de salir de la línea de montaje.
Esta vez me callé, y me quedé callado. Más valdría que me
dedicase exclusivamente a la ingeniería; la economía era demasiado esotérica
para mi.
Pero tenía tiempo de sobras para pensar. El empleo que tenía no
era verdaderamente un empleo para mi; todo el trabajo lo hacía Frank Flexible
en sus diversos disfraces. Frank y sus hermano~ hacían funcionar la prensa,
llevaban los autos a su sitio, desplazaban la chatarra, contaban y pesaban las
cargas; mi trabajo consistía en estar de pie en una pequeña plataforma (no me
permitían que me sentase), asido de un interruptor que podía detener toda la
operación si algo funcionaba mal. Nunca nada falló, pero pronto descubrí que se
esperaba de mí que descubriese por lo menos un fallo en los autómatas a cada
turno, que detuviese el proceso, y que enviase a buscar un equipo de socorro.
Bueno, el caso era que me pagaban veinte dólares diarios, lo
cual me permitía seguir comiendo. Lo primero es lo primero.
Descontada la seguridad social, la cuota al gremio, el impuesto
a la renta, el impuesto de defensa, el plan médico y la mutua del bienestar, me
quedaban unos dieciséis dólares para llevarme a casa. Doughty se había
equivocado al decir que una comida costaba diez dólares; era posible conseguir
una comida muy decente por tres si no se insistía en pedir verdadera carne, y
yo desafío a cualquiera a que me diga si un bistec ruso había empezado su vida
en un tanque o al aire libre. Y con las historias que circulaban sobre la carne
del mercado negro que podía causar envenenamiento por radiación, me sentía
perfectamente feliz con sustitutos.
Dónde vivir había sido un problema. Como Los Ángeles no había
disfrutado de la limpieza instantánea de barracas del plan de Guerra de Seis
Semanas, habían ido a parar allí un número asombroso de refugiados (supongo que
yo era uno de ellos, si bien entonces no se me había ocurrido pensarlo) y al
parecer ninguno de ellos había vuelto nunca a su casa, ni siquiera de entre
aquellos a quienes les quedaba casa adonde volver. La ciudad -si es que se
puede llamar ciudad al Gran Los Ángeles, que es más bien un estado de cosas-
había estado ahogada cuando yo me fui a dormir; ahora estaba llena a rebosar.
Quizá fue un error suprimir la huminiebla; allá por los 60 algunos se marchaban
cada año debido a la sinusitis.
Ahora por lo visto nunca se iba nadie.
El día que había salido del santuario me preocupaban varias
cosas, principalmente: 1, encontrar un empleo; 2, encontrar sitio donde dormir;
3, ponerme al día en ingeniería; 4, encontrar a Ricky; 5, volver a la
ingeniería -por mi cuenta, si es que resultaba humanamente posible-; 6,
encontrar a Belle y a Miles y ajustaríes las cuentas- sin por ello ir a la
cárcel-, y 7, varias otras cosas, tales como investigar la patente original de
Castor Servicial y comprobar mi presunción de que en realidad era Frank
Flexible (no es que ahora fuese eso importante, sino sencilla curiosidad), y
examinar la historia corporativa de Muchacha de Servicio, Inc., etcétera.
He indicado lo precedente en orden de prioridad, pues había ya
comprobado hacía años (gracias a casi haber perdido mi primer año de
ingeniería) que si no se utilizan prioridades, cuando cesa la música uno se
encuentra de pie. Naturalmente, algunas de aquellas prioridades iban juntas;
tenía la esperanza de buscar a Ricky, así como a Belle y Cía., al mismo tiempo
que empollaba ingeniería. Pero lo primero es lo primero, y lo segundo, lo
segundo; encontrar un empleo venía antes que buscar un saco, porque los dólares
son la llave para todo lo demás... cuando no se tienen.
Después de haber sido rechazado seis veces en la ciudad, había
ido tras un anuncio al Distrito de San Bernardino, pero llegué allí diez
minutos demasiado tarde; debía haber alquilado un cuarto enseguida, pero en
cambio lo que hice fue volver a la ciudad, con la intención de encontrar una
habitación, de levantarme muy temprano y de ser el primero en la cola para
algún empleo que apareciese en la primera edición.
¿Cómo pude haberlo sabido? Dejé mi nombre en cuatro listas para
casas de cuartos, y acabé en el parque. Allá me quedé, paseando para conservar
el calor, hasta casi medianoche y luego lo dejé correr. Los inviernos del Gran
Los Angeles son solamente subtropicales si se acentúa lo de «sub». Me refugié
en una estación de los Caminos de Wilshire... y hacia las dos de la madrugada
me cazaron en una redada con el resto de los vagabundos.
Las cárceles han mejorado. Aquélla era caliente, y me parece que
exigían a las cucarachas que se enjugasen los pies.
Me acusaron de barraquear. El Juez era un joven que ni siquiera
levantó la vista de su periódico, sino que dijo solamente:
-¿Todos ellos por vez primera?
-Sí, señor juez.
-Treinta días, o bien bajo palabra a una compañía de trabajo.
Los siguientes.
Comenzaron a hacernos salir, pero yo no me movía.
-Un momento, juez.
-¿Cómo? ¿Tiene algo que decir? ¿Culpable o inocente?
-Pues, la verdad es que no lo sé, pues ignoro qué es lo que he
hecho. Verá usted...
-¿Quiere usted un defensor público? Si es así, le pueden
encerrar hasta que haya uno que pueda ocuparse de su caso. Me parece que en
este caso van con seis días de retraso... pero es su derecho.
-Pues sigo sin saberlo. Quizá lo que quiero es palabra con una
compañía de trabajo, a pesar de que no sé lo que es. Lo que realmente deseo es
consejo del Tribunal, si el Tribunal está de acuerdo.
El juez dijo al alguacil:
-Saque a los demás. -Y se volvió nuevamente hacia mí-. Hable,
pero le advierto que no le va a gustar mi consejo. He estado en este sitio
desde hace tiempo, el suficiente para haber oído todas las historias
fantásticas posibles y para haber adquirido un profundo desprecio para la
mayoría.
-Sí, señor. Pero la mía no es fantástica; puede ser comprobada
fácilmente. Verá usted, acabo de salir ayer del Sueño Largo y...
Pero la verdad es que puso cara de desprecio.
-¿De modo que uno de ésos? Con frecuencia me he preguntado qué
era lo que les permitía pensar a nuestros abuelos que tenían derecho a legarnos
su purria. La última cosa que se necesita en esta ciudad es más gente...
especialmente de los que no podían desenvolverse en su propio tiempo. Me
gustaría poderle enviar de una patada de vuelta al año que sea de donde vino,
con un mensaje para todos los demás de que el futuro en que están pensando no
está, repito, no está, alfombrado de oro. -Suspiró-. Pero estoy seguro de que
no serviría de nada. Bueno, ¿qué espera usted que haga? ¿Darle otra
oportunidad? ¿Para que vuelva a aparecer por aquí dentro de una semana?
-Señor juez, no me parece probable. Tengo suficiente dinero para
vivir hasta que encuentre un empleo, y...
-¿Cómo? Si tiene dinero, ¿por qué está barraqueando?
-Señor juez, ni siquiera sé lo que significa esa palabra.
Esa vez permitió que me explicara. Cuando llegué a la forma en
que me había estafado la Compañía de seguros Master su actitud cambió
radicalmente.
-¡Aquellos cerdos! A mi madre la estafaron después de haberles
estado pagando cuotas durante veinte años. ¿Por qué no me lo dijo al principio?
-Sacó una tarjeta, escribió algo en ella, y dijo-:
Lléveselo a la oficina de empleos de la Autoridad de Excedentes
y Recuperación. Si no consigue un empleo, vuelva a verme esta tarde. Pero no
barraquee más. No sólo engendra crimen y vicio sino que corre el terrible
peligro de encontrarse con un recluta de zombíes.
Y así fue cómo conseguí el empleo de aplastar automóviles
totalmente nuevos. Pero sigo creyendo que no cometí un error de lógica al
dedicarme en primer lugar en buscar empleo. Un hombre que tiene un buen saldo
en el banco se encuentra como en su casa en todas partes: la policía le deja en
paz.
También encontré una habitación decente, adecuada a mi
presupuesto, en una parte del Oeste de Los Angeles que aún no había entrado en
el Nuevo Plan. Creo que antes había servido de guardarropa.
No querría que nadie piense que no me gustaba el año 2000,
comparado con 1970. Me gustaba, así como me gustó el 2001 cuando apareció unas
dos semanas después de que me hubieran despertado. A pesar de ciertos espasmos
de añoranza casi insoportables, me pareció que el Gran Los Ángeles a la entrada
del Tercer Milenio era sin duda el lugar más maravilloso que había visto en mi
vida. Era agitado y limpio y muy estimulante, a pesar de que estuviera
excesivamente lleno de gente... E incluso eso era algo con lo que se estaban
enfrentando a escala gigantesca. Las nuevas partes de la ciudad
correspondientes al Nuevo Plan eran como para alegrar el corazón de cualquier
ingeniero. Si el gobierno de la ciudad hubiese tenido autoridad soberana para
impedir la inmigración durante diez años, hubiesen conseguido vencer el
problema de la vivienda. Pero como carecían de tal autoridad, tenían que hacer
lo que mejor podían con los enjambres que venían a través de las Sierras -y lo
que mejor podían era especular más allá de lo imaginable, e incluso los
fracasos eran colosales.
Valía la pena dormir treinta años solamente para despertar en un
tiempo donde no existía el resfriado común, y a nadie le goteaba la nariz. Para
mi eso era más importante que la colonia experimental en Venus.
Dos cosas fueron las que más me importaron, una de ellas grande
y la otra pequeña. La grande era, naturalmente, la Grave-Cero. Allá en 1970 ya
me había enterado de las investigaciones sobre gravedad del Babson Institute,
pero no había creído que condujeran a nada, como en efecto ocurrió; la teoría
básica del campo fue desarrollada en la Universidad de Edimburgo. Pero en la
escuela me habían enseñado que la gravitación era algo sobre lo cual nadie
podía hacer nada, puesto que era inherente a la estructura misma del espacio.
De modo que lo que hicieron fue, naturalmente, alterar la
estructura del espacio. Desde luego que solamente de una manera local y
transitoria, pero eso era lo único que se necesitaba para desplazar un objeto
pesado. Debe siempre permanecer en relación de campo con la Madre Tierra, de
modo que no sirve para naves especiales
-por lo menos en 2001-; ya he dejado de hacer profecías. Me
enteré que para levantar algo seguía siendo necesario consumir potencia a fin
de superar el potencial gravitatorio, y al revés, para hacer descender algo era
necesario disponer de un acumulador de potencia para almacenar todos aquellos
kilográmetros, pues de lo contrario algo haría ¡Fffff.. ¡pam! Pero para
transportar algo horizontalmente, por ejemplo de San Francisco al Gran Los
Angeles, bastaba con levantarlo, luego hacerlo flotar, sin ninguna energía,
como un patinador sobre el hielo.
¡ Magnífico!
Intenté estudiar la teoría de aquello, pero sus matemáticas
empiezan donde el cálculo de tensores termina: no es cosa para mi. Un ingeniero
no acostumbra a ser físico matemático, y no tiene necesidad de serlo; tiene
sencillamente que aprender la esencia de una cosa para saber qué es lo que
podrá hacer en la práctica -tiene que saber los parámetros de trabajo-. Eso
podía aprenderlo yo.
La «cosa pequeña» que he mencionado eran los cambios en el
estilo de los vestidos de las chicas que los materiales Juntafuerte hicieron
posibles. No me asombró ver la piel y nada más en las playas; era algo que se
veía venir en 1970. Pero las cosas extrañas que las damas eran capaces de hacer
con Juntafuertes me dejaban boquiabierto.
Mi abuelo había nacido en 1890 y supongo que algunas de las
cosas que podían verse en 1970 le hubiesen afectado de la misma manera.
Pero aquel nuevo mundo rápido me gustaba y me hubiese sentido
feliz en él si no me hubiese hallado tan solitario la mayor parte del tiempo.
Me encontraba desplazado. Había ocasiones (generalmente en medio de la noche)
en que lo hubiese cambiado todo por un apaleado gato, o por la posibilidad de
pasar una tarde llevando a la pequeña Ricky al Zoo... o por la compañía que
Miles y yo habíamos compartido cuando todo lo que teníamos era trabajo y
esperanzas.
Era todavía a principios de 2001 y no me había puesto aún ni a
medias al corriente, cuando comencé a sentirme impaciente por dejar mi seguro
empleo y volver a mi tablero de dibujo. Había tantas cosas que eran posibles
con el arte actual y que habían sido imposibles en 1970; quería empezar a
trabajar y diseñar una docena de ellas.
Por ejemplo, había supuesto que ya habría secretarios
automáticos; me refiero a una máquina a la que se pudiera dictar una carta
comercial y que la escribiese con ortografía, puntuación y formato perfectos,
sin que interviniese en ella una sola persona. Pero no los había. Era cierto
que alguien había inventado una máquina que podía escribir, pero solamente era
adecuada para un idioma fonético como el Esperanto, y no servia de nada con un
idioma como el inglés que no lo es.
La gente no está dispuesta a abandonar lo que el inglés tiene de
ilógico para satisfacer la conveniencia de un inventor. Mahoma tiene que ir a
la montaña.
Puesto que una estudiante de bachillerato puede arreglárselas
con la absurda ortografía del inglés, y generalmente escribe la palabra exacta,
¿no habría manera de enseñárselo a hacer a una máquina?
«Imposible» era la respuesta corriente. Se creía que eran
necesarios un discernimiento y una comprensión humanas.
Pero un invento es precisamente algo «imposible» hasta el
momento de la invención, es por eso que los gobiernos conceden patentes.
Dados los tubos de memoria y con la miniaturización ahora
posible, había tenido razón sobre la importancia del oro como material para
ingeniería, con esas dos cosas debería ser fácil comprimir unos cien mil
sonidos en unos decímetros cúbicos... En otras palabras, ordenar por su sonido
todas las palabras del Diccionario de Webster. Pero eso no sería necesario: con
diez mil palabras habría bastante. No haría ninguna falta incluir palabras muy
complicadas que se podrían dictar por letras cuando fuese necesario. De modo
que disponemos la máquina a fin de que pueda admitir esos dictados. Aplicamos
el código de sonido a la puntuación... así como para varios formatos
diferentes.. .y para buscar direcciones en un fichero... y para el número de
copias... y dejamos por lo menos mil códigos en blanco para el vocabulario
especial utilizado en un negocio o profesión determinados; de tal manera que el
mismo cliente pueda incluir esas palabras, es decir, dictar de una vez por
todas hasta las más complicadas palabras.
Todo aquello era sencillo. No había que hacer sino unir
dispositivos ya que se encontraban en el mercado y armonizarlos formando un
modelo susceptible de producción.
La verdadera dificultad eran los homónimos, es decir, palabras
que se pronuncian de la misma manera pero que tienen distinto significado.
¿Tendría la Biblioteca Pública un diccionario de homónimos
ingleses? Sí que lo tenía... de modo que comencé a contar los pares de
homónimos inevitables, y a intentar calcular cuántos de entre ellos podrían
resolverse por medio de la teoría de información de la estadística de
contextos, y cuántos requerirían una codificación especial.
Empecé a ponerme nervioso ante los fracasos. No solamente estaba
perdiendo treinta horas semanales en un trabajo completamente inútil, sino que
era imposible efectuar un verdadero trabajo de ingeniería en una biblioteca
pública. Necesitaba una sala de dibujo, un taller donde poder solucionar
problemas prácticos, catálogos de la industria, revistas profesionales,
máquinas de calcular y todo lo demás.
Decidí que tendría que conseguir un empleo que, por lo menos,
fuese subprofesional. No era lo bastante necio para figurarme que volvía a ser
ingeniero; todavía había mucho que no había absorbido, varias veces había
pensado en las maneras de hacer alguna cosa, utilizando algo nuevo que acababa
de aprender, y me había encontrado en la biblioteca con que alguien había ya
resuelto aquel mismo problema mejor, y de modo más sencillo, económico y
elegante que mi primer intento, y eso hacía ya diez o quince años.
Necesitaba ingresar en una oficina de ingeniería y dejar que
todas aquellas cosas se me fuesen metiendo por los poros. Tenía esperanzas de
conseguir un empleo como auxiliar diseñador.
Sabía que ahora utilizaban máquinas de dibujar semiautomáticas;
había visto fotografías de ellas, si bien nunca había tenido una en las manos.
Pero tenía la impresión de que sería capaz de aprender a utilizar una en veinte
minutos si se me presentaba la oportunidad, pues se parecían a una idea que yo
había tenido una vez: una máquina que estaba en la misma relación respecto al
antiguo sistema del tablero de dibujo que la máquina de escribir a la escritura
a mano. Lo había resuelto todo en la cabeza, es decir, la manera de poner
líneas o curvas sobre el tablero con sólo apretar una tecla.
No obstante, en este caso estaba tan seguro de que no me habían
robado la idea, como de que sí me la habían robado en el caso de Frank
Flexible, puesto que mi máquina de dibujar no había existido nunca salvo en mi
cabeza. Algún otro había tenido la misma idea y la había desarrollado
lógicamente de la misma manera. Cuando llega la hora del ferrocarril todo el
mundo empieza a hacer ferrocarriles.
La casa Aladino, los mismos que hacían el Castor Servicial,
fabricaba una de las mejores máquinas de dibujar, la Dan Dibujante. Eché mano a
mis ahorros, me compré un traje mejor y una cartera de segunda mano, la llené
de periódicos y me presenté en los salones de venta de Aladino con la intención
de «comprar» una. Pedí una demostración.
Y entonces, cuando me acerqué a un modelo de Dan Dibujante,
experimenté una sensación muy perturbadora. Déja' vu, según dicen los
psicólogos: «Ya he estado aquí antes». Aquel maldito trasto había sido
desarrollado exactamente de la misma manera en que yo lo hubiese desarrollado
si hubiese tenido tiempo para hacerlo... en lugar de haber sido forzado a tomar
el Largo Sueño.
No me pregunten exactamente qué es lo que sentía. Uno conoce su
propio estilo de trabajo. Un crítico de arte dirá que un cuadro es de Rubens o
de Rembrandt por las pinceladas, por la manera de tratar las luces, la elección
del pigmento, una docena de cosas. La ingeniería no es una ciencia, es un arte,
y siempre hay la posibilidad de numerosas elecciones en la resolución de un
problema de ingeniería. Un diseñador ingeniero «firma» su trabajo por medio de
aquellas elecciones de la misma manera que un pintor firma el suyo.
Dan Dibujante olía tanto a mi propia técnica que me sentí
verdaderamente perturbado. Comencé a preguntarme si habría realmente algo de
cierto en la telepatía.
Tuve el cuidado de anotar el número de su primera patente. Tal
como me sentía no me sorprendió ver que la fecha de la primera era 1970. Decidí
enterarme de quién era el que lo había inventado. Quizás hubiese sido alguno de
mis propios profesores, de quien había yo adquirido algo de mi estilo. O quizá
fuese de algún ingeniero con quien yo hubiese trabajado.
A lo mejor el inventor vivía aún. De ser así, le iría a ver un
día... iría a conocer al hombre cuya mente funcionaba igual que la mía.
Pero conseguí reponerme y dejé que el vendedor me explicase el
funcionamiento. Apenas si hubiese tenido necesidad de molestarse; Dan Dibujante
y yo habíamos sido hechos el uno para el otro. M cabo de diez minutos podía
hacerlo funcionar mejor que él . Finalmente, y con pesar, dejé de hacer bonitos
dibujos, pedí la lista de precios, pregunté sobre descuentos, arreglos para el
servicio y demás, y luego me fui diciéndole al vendedor que ya le llamaría,
precisamente cuando estaba ya dispuesto a poner mi firma en el lugar apropiado.
Fue un truco poco elegante, pero todo lo que le costó fue una hora de su
trabajo.
De allí me fui a la fábrica de Muchacha de Servicio y solicité
un empleo.
Sabía que Miles y Belle no estaban ya con Muchacha de Servicio,
Inc. En el tiempo que me había sobrado después de mi empleo y de la imperiosa
necesidad de ponerme al día en ingeniería, había estado buscando a Belle y a
Miles, y en especial a Ricky. Sabía que ninguno de los tres estaba en la lista
de teléfonos del Gran Los Ángeles, ni tampoco en ningún otro lugar de los
Estados Unidos, pues había pagado para que hiciesen una «investigación» en la
oficina nacional de Cleveland. Había tenido que pagar por cuatro, puesto que
hice que buscasen a Belle bajo «Gentry» y «Darkin».
La misma suerte tuve con el Registro de Votantes del Condado de
Los Angeles.
Muchacha de Servicio, Inc., en una carta del decimoséptimo
presidente encargado de cuestiones necias admitió prudentemente que hacía
treinta años habían tenido personal con aquel nombre, pero que ahora no podían
hacer nada por mí.
Buscar una pista que lleva treinta años enfriándose no es
empresa para un aficionado con poco tiempo disponible y menos dinero aún. No
tenía sus huellas digitales, o de lo contrario hubiese probado el F.B.I.
Ignoraba sus números de seguridad social. Mi país nunca había sucumbido a la
necesidad del estado policial, de modo que no había ninguna oficina que con
seguridad tuviese una ficha de todos los ciudadanos, y aunque tal oficina
hubiese existido, yo no estaba en situación de utilizarla.
Quizás alguna agencia de detectives espléndidamente
subvencionada podía haberse dedicado a explorar los ficheros de impuestos, de
periódicos, y Dios sabe qué más, y hubiese acabado por encontrarles. Pero no
disponía con qué subvencionar espléndidamente, y por otra parte carecía del
talento y del tiempo para hacerlo yo mismo.
Finalmente, acabé por abandonar a Belle y a Miles, pero me
prometí a mí mismo que, tan pronto como me fuese posible, encargaría a unos
profesionales que buscasen a Ricky. Ya había averiguado que no poseía acciones
de Muchacha de Servicio, y había escrito al Banco de América para averiguar si
tenían o habían tenido algún depósito a su nombre. Recibí como respuesta una
carta circular informándome que esas cuestiones eran confidenciales, de modo
que había vuelto a escribir, diciendo que yo era Durmiente y que ella era mi
único pariente en vida. Esta vez recibí una cortés carta, firmada por uno de
los altos empleados de depósitos diciendo que lo lamentaba, que no era posible
transmitir información sobre los beneficiarios de depósitos ni siquiera a una
persona en circunstancias excepcionales, como era yo, pero que se creía
justificado en darme la información negativa de que el Banco nunca había
tenido, a través de ninguna de sus sucursales, ningún depósito a nombre de
Federica Virginia Gentry.
Eso parecía dejar aclarada por lo menos una cosa: sea como
fuese, aquellos pajarracos habían conseguido arrebatarle las acciones a la
pequeña Ricky. Tal como había redactado mi adjudicación de las acciones,
debería haber tenido que pasar por el Banco de América, pero no había pasado.
¡Pobre Ricky! Nos habían robado a los dos.
Intenté aún otra cosa más. El archivo del Superintendente de
Instrucción de Mojave si que tenía información acerca de una estudiante llamada
Federica Virginia Gentry. . pero tal alumno había sido transferido en 1971,
perdiéndose allí la pista.
Por lo menos era un consuelo saber que alguien admitía que Ricky
había como mínimo, existido. Pero podía haber ido a parar a cualquiera de los
millares de escuelas públicas de los Estados Unidos. ¿Cuánto se tardaría en
escribir a cada una de ellas? Y, aun suponiendo que accedieran a ello, ¿podrían
sus archivos contestar a mi pregunta?
Entre doscientos cincuenta millones de personas, una muchachita
puede perderse de vista como un guijarro en el océano.
Pero el fracaso de mi búsqueda me dejó en libertad para buscar
empleo en Muchacha de Servicio Inc., ahora que Miles y Belle no lo dirigían.
Podía haber probado cualquiera entre un centenar de firmas de autómatas, pero
Muchacha de Servicio y Aladino eran las más importantes, tan importantes en su
campo como Ford y General Motors lo habían sido en los buenos tiempos de los
automóviles terrestres. Escogí Muchacha de Servicio en parte por razones
sentimentales; quería ver en qué se había convertido mi antigua propiedad.
El lunes, 5 de marzo de 2001, fui a su oficina de personal, me
puse en la cola de auxiliares intelectuales, llené una docena de formularios
que no tenían nada que ver con ingeniería y uno que sí que tenía que ver... y
me dijeron «no nos llame, ya le llamaremos nosotros».
Me quedé por allí y conseguí envalentonarme lo bastante para
dirigirme a su subalterno, quien levantó la vista del formulario que tenía algo
que ver con la ingeniería y me dijo que mi título no quería decir nada, puesto
que había un intervalo de treinta años durante el cual no había utilizado mi
talento.
Le hice observar que era un Durmiente.
-Eso es aún peor. En todo caso, no tomamos a nadie de más de
cuarenta y cinco años.
-Pero yo no tengo cuarenta y cinco; tengo treinta.
-Usted nació en 1940; lo siento.
-¿Y qué debo hacer? ¿Pegarme un tiro?
Se encogió de hombros:
-Si yo fuese usted, solicitaría mi pensión de retiro.
Me marché apresuradamente, sin darle ningún consejo. Luego
caminé un kilómetro dando vueltas frente a la entrada, y entré de nuevo. El
gerente general se llamaba Curtis. Pregunté por él.
Pasé a través de las dos primeras capas diciendo sencillamente
que tenía que verle. Muchacha de Servicio, Inc., no utilizaba sus propios
autómatas como recepcionistas; las usaba de carne y hueso. Finalmente, llegué a
un punto que estaba a unos ocho pisos de altura y, según me pareció, a unas dos
puertas del jefe, y allí me encontré con una del tipo minucioso que insistió en
saber qué es lo que quería.
Miré en derredor. Era una oficina más bien grande, donde había
unas cuarenta personas de verdad, y además muchas máquinas. La muchacha dijo
muy secamente:
-¿Bueno? Diga qué desea, y hablaré con la secretaria de
citaciones del señor Curtis.
Entonces yo le dije en voz alta, asegurándome que todos lo
oirían:
-¡Quiero saber qué piensa hacer con mi mujer!
Sesenta segundos después me encontraba en su oficina particular.
Y levantó la vista:
-¿Bueno? ¿Qué son esas tonterías?
Se necesitó media hora y además algunos antiguos documentos para
convencerle de que yo no estaba casado, y de que era el fundador de la casa.
Después de eso, las cosas mejoraron mientras tomábamos unas copas y fumábamos
unos cigarros, y me presentó al jefe de ventas y al ingeniero-jefe y a otros
jefes.
-Creíamos que usted había muerto -me dijo Curtis-. En realidad,
así lo dice la historia oficial de la Compañía.
-Se trata solamente de un rumor; debe ser algún otro D.B. Davis.
El jefe de ventas, Jack Galloway, dijo de repente:
-¿Qué hace usted ahora, señor Davis?
- No hago gran cosa. He estado, bueno... en el negocio de
automóviles. Pero voy a dimitir. ¿Por qué?
-¿Por qué? ¿Es que no es obvio? - Se volvió al ingeniero jefe,
el señor McBee -. ¿Ha oído, Mac? Todos ustedes, los ingenieros, son lo mismo;
no son capaces de ver un aspecto comercial aunque se les ponga delante de las
narices «¿Por qué?». Señor Davis, pues porque usted tiene un gran valor de
propaganda, ¡por eso! Porque usted representa lo romántico. «El Fundador de la
Firma Regresa de la Sepultura para Visitar al Hijo de su Cerebro. El Inventor
del Primer Servidor Robot Contempla los Frutos de su Ingenio.»
Yo me apresuré a decir:
-Un momento, por favor... No soy ni un modelo anunciante ni una
estrella codiciosa. Me gusta conservar mi vida privada. No vine aquí para eso.
Vine en busca de un empleo... como ingeniero.
El señor McBee arqueó las cejas, pero no dijo nada.
Discutimos durante un rato. Galloway intentó convencerme de que
se lo debía a la firma que había fundado. McBee dijo poco, pero era evidente
que no creía que fuese a servir en su departamento; en un momento dado me
preguntó qué sabía acerca del diseño de circuitos macizos. Tuve que admitir que
lo único que sabía de ellos era a través de la lectura de algunas publicaciones
no clasificadas.
Finalmente, Curtis propuso un acuerdo de compromiso:
-Señor Davis, es evidente que usted ocupa una posición muy
especial. Puede decirse que usted fundó, no solamente esta firma, sino toda la
industria. No obstante y según ha dicho el señor McBee, la industria ha
adelantado desde el año en que usted entró en el Gran Sueño. Supongamos que le
ponemos en nuestra plantilla con el título de «Ingeniero Investigador Emérito».
Vacilé un poco:
-¿Qué querría decir?
-Lo que usted quisiese. Pero debo decirle con franqueza que
confiaríamos en que usted colaborase con el señor Galloway. No solamente
fabricamos estos trastos, sino que tenemos que venderlos.
-Ah... ¿y tendría alguna oportunidad de hacer ingeniería?
-Depende de usted. Tendría usted facilidades para hacerlo, y
podría hacer lo que quisiese.
-¿Facilidades para uso del taller?
Curtis miró a McBee... El ingeniero jefe respondió:
-Sin duda, sin duda... dentro de ciertos límites, naturalmente.
Galloway dijo entonces alegremente:
-De acuerdo, pues. ¿Me excusa, B.J.? No se vaya, señor Davis,
vamos a hacer una foto de usted con el primer modelo de Muchachas de Servicio.
Así lo hizo.
Me alegré de verla: el primer modelo que yo había montado con
mis propias manos y el sudor de mi frente. Quise ver si todavía funcionaba,
pero McBee no me dejó ponerla en marcha. Pienso que no estaba convencido de que
supiera hacerla funcionar.
Durante todo marzo y abril lo pasé muy bien en Muchacha de
Servicio. Disponía de todas las herramientas profesionales que pudiera desear,
revistas técnicas, los catálogos comerciales indispensables, una biblioteca
práctica, un Dan Dibujante (Muchacha de Servicio no construía máquinas de
dibujar, de modo que utilizaban la mejor del mercado, que era la de Aladino), y
la charla con los de mi profesión... ¡Música para mis oídos!
Hice especial amistad con Chuck Freudenberg, Ingeniero Segundo
Jefe de componentes. En mi opinión, Chuck era el único ingeniero verdadero que
había allí. Los demás no eran sino mecánicos demasiado educados, incluido
McBee... El ingeniero jefe parecía una prueba de que se necesitaba más que un
titulo y un acento escocés para hacer a un ingeniero. Cuando llegamos a
conocernos mejor, Chuck admitió que ésa era tambien su opinion.
-En realidad, a Mac no le gusta nada nuevo; prefiere hacer las
cosas de la misma manera que las hacía su abuelito a orillas del Clyde.
-¿Y qué hace en este empleo?
Freudenberg ignoraba los detalles, pero al parecer la firma
actual había sido una compañía manufacturera que no había hecho sino contratar
las patentes (mis patentes) a Muchacha de Servicio, Inc. Luego, hacia veinte
años, había habido una de aquellas fusiones para ahorrar impuestos, a
consecuencia de la cual Muchacha de Servicio había cambiado sus acciones por
acciones de la firma manufacturera, y la nueva firma adoptó el nombre de la que
yo había fundado. Chuck creía que McBee había sido contratado en aquella época:
-Creo que tiene participación -dijo.
Chuck y yo acostumbrábamos a pasar largas horas por las noches
enfrente de nuestras cervezas discutiendo ingeniería, lo que la compañía
necesitaba, y esto, lo otro y lo de más allá. Al principio su interés por mí se
debió a que yo había sido un Durmiente. Me había podido percatar de que había
demasiados que tenían un malsano interés en los Durmientes (como si fueran
fenómenos) y en general evitaba hacérselo saber a las gentes. Pero a Chuck le
fascinaba este salto en el tiempo, y su interés era real por saber cómo era el
mundo antes de haber nacido él, según una persona que lo recordaba como si
literalmente «fuese ayer»
En compensación estaba dispuesto a criticar los nuevos
dispositivos que siempre bullían en mi cabeza, y me rectificaba cuando yo (cosa
que ocurría con frecuencia) comenzaba a esbozar algo que ya era viejo... en
2001. Bajo su amistosa tutela me estaba convirtiendo en un ingeniero moderno,
poniéndome al día rápidamente.
Pero cuando una tarde de abril le esbocé mi idea del
autosecretario, me dijo lentamente:
-Dan, ¿has estado trabajando en eso en el tiempo de la compañía?
-¿Qué? Pues, la verdad es que no. ¿Por qué?
-¿Qué dice tu contrato?
-¿Cómo? No tengo contrato. Curtis me puso en la nómina, y
Galloway me hizo fotografías y me envió a un escritor para que me hiciese
preguntas estúpidas; nada más.
-Hum... camarada, si yo fuese tú no seguiría con eso hasta estar
seguro del terreno que piso.
-No me había preocupado desde este punto de vista.
-Déjalo una temporada. Ya sabes cómo está la compañía. Gana
dinero y hemos producido algunos buenos productos. Pero los únicos artículos
que hemos puesto en el mercado desde hace cinco años han sido adquiridos por
licencias. No puedo hacer que McBee me apruebe nada; en cambio, a ti te es
posible pasar por encima de McBee y llevar eso al gran jefe. De modo que no lo
hagas... a menos que estés dispuesto a regalárselo a la compañía por el importe
de tu salario.
Seguí su consejo. Continué diseñando, pero quemé todos los
dibujos que me parecieron buenos; una vez los tenía en la cabeza ya no me eran
necesarios. No me sentí culpable por ello; no me habían contratado como
ingeniero, sino que me pagaban para que sirviese a Galloway de maniquí para su
escaparate. Cuando mi valor de anuncio se hubiese agotado, me darían un mes de
paga y un voto de gracias y me soltarían.
Pero para entonces ya volvería a ser un verdadero ingeniero
capaz de abrir mi propia oficina. Si Chuck estaba dispuesto a arriesgarse me lo
llevaría conmigo.
En vez de entregar mi historia a los diarios, Jack Galloway se
decidió a hacerlo lentamente a través de las revistas; quería que Lije le
dedicase un gran artículo, combinado con el que habían publicado hacía ya un
tercio de siglo sobre el primer modelo de producción de Muchacha de Servicio.
Lije no mordió el anzuelo, pero sí consiguió colocarlo durante aquella
primavera en otros varios sitios, unido a anuncios de propaganda.
Tuve la intención de dejarme crecer la barba. Pero luego pensé
que nadie me reconocería, y que no me hubiese importado aunque hubiese ocurrido
lo contrario.
Recibí cierta cantidad de correo de chiflados, incluso una carta
de un hombre que me prometía que iba a arder eternamente en el infierno por
haber contravenido el plan de Dios para mi vida. La tiré a la papelera,
pensando que si realmente Dios se hubiese opuesto a lo que me había ocurrido,
nunca hubiera permitido que el sueño frío fuese posible. Por lo demás, no me
molestaron.
Pero sí recibí una llamada telefónica, el jueves, 3 de mayo de
2001:
-La señora Schultz al aparato, señor. ¿Acepta la comunicación?
¿Schultz? Había prometido a Doughty, la última vez que había
hablado con él, que me ocuparía de aquel asunto. Pero lo había ido dejando
porque no deseaba hacerlo; tenía casi la seguridad de que se trataba de una de
aquellas chifladas que se dedicaban a perseguir a los Durmientes y hacerles
preguntas de tipo personal.
Pero Doughty me había dicho que desde que yo había salido, en
diciembre, aquella mujer me había llamado varias veces. Siguiendo la política
del Santuario, se habían negado a darle mi dirección, accediendo sólo a
transmitir los mensajes.
-Pase la comunicación.
-¿Es usted Danny Davis?
El teléfono de mi oficina no tenía pantalla, así que no podía
verme.
-Al habla. ¿Es usted Schultz?
-Oh... Danny, querido, ¡cuánto me alegro de oír tu voz!
De momento no respondí.
-¿Es que no me reconoces? -prosiguió la voz.
Claro que la reconocí: era Belle Gentry.
7
Quedamos citados.
Mi primer impulso fue enviarla al infierno y cortar la
comunicación. Hacía tiempo que me había dado cuenta de que la venganza es algo
infantil; la venganza no iba a devolverme a Pet, y una venganza adecuada sin
duda me hubiese llevado a la cárcel. Apenas había pensado en Belle y Miles
desde que había dejado de buscarles.
Pero sin duda Belle sabía dónde estaba Ricky. De modo que
concerté una cita.
Belle quería que la llevara a cenar, pero yo no lo deseaba. No
es que sea muy estricto en cuestiones de etiqueta, pero cenar es algo que sólo
se hace con amigos. La vería, pero no tenía intención de beber con ella. Le
pedí su dirección y le dije que iría aquella noche, a las ocho.
Se trataba de un piso económico, en una parte de la ciudad (La
Brea Inferior) no convertida aún por el Nuevo Plan. Antes de llamar a la puerta
ya sabia yo que no había conservado lo que me había robado; de lo contrario no
hubiera vivido allí.
Cuando la vi comprendí que la venganza llegaría demasiado tarde;
ella misma y los años lo habían hecho por mí.
Según la edad que ella siempre había admitido, Belle tendría por
lo menos cincuenta y tres años, aunque probablemente estaba más próxima a los
sesenta. Entre la geriatría y la endocrinologia una mujer que se cuidara podía
continuar aparentando treinta durante por lo menos otros treinta, y muchas
mujeres lo conseguían. Había estrellas que se jactaban de ser abuelas y
continuaban desempeñando papeles de ingenuas.
Belle no se había cuidado.
Era gorda, chillona y felina. Resultaba evidente que aún
consideraba que su punto fuerte era su cuerpo, pues iba vestida con un negligé
de Juntafuerte que, al mismo tiempo que enseñaba demasiado de su persona,
mostraba también que era una hembra, mamífera, sobrealimentada y falta de
ejercicio.
Ella no se daba cuenta de eso. Aquel cerebro antes tan agudo
ahora estaba algo turbio; lo único que le quedaba eran sus pretensiones y su
avasalladora confianza en sí misma. Se lanzó sobre mí dando chillidos de
alegría y casi llegó a besarme antes de que consiguiera desprenderme de ella.
La empujé hacia atrás, sujetándole las muñecas.
-Cálmate, Belle.
-Pero, querido... ¡Estoy tan contenta, tan entusiasmada de
verte!
-Ya me lo figuro. -Había ido allí resuelto a no perder la
calma..., solamente a averiguar lo que quería saber, y marcharme; pero ya me
iba pareciendo difícil-. ¿Te acuerdas de la última vez que me viste? Drogado
hasta las narices, para que pudieseis meterme en el sueño frío.
Pareció perpleja y ofendida.
-¡Pero, querido! Lo hicimos por tu propio bien. ¡Estabas muy
enfermo!
Creo que hasta lo creía así.
-Está bien, está bien. ¿Dónde está Miles? ¿Eres la señora
Schultz ahora?
Sus ojos se dilataron.
-¿No lo sabias?
-Saber ¿qué?
-Pobre Miles... Pobre querido Miles. Vivió menos de dos años,
querido Danny, después de que tú nos dejaras. -Su expresión se alteró-. ¡El
sinvergüenza me engañó!
-Mala suerte.
Me preguntaba cómo habría muerto. ¿Se cayó o le empujaron? ¿Sopa
de arsénico? Decidí ceñirme a lo principal antes de que Belle se saliera de los
carriles.
-¿Qué ha sido de Ricky?
-¿Ricky?
-La niña de Miles, Federica.
-Oh... Aquella horrible criatura... ¿Cómo quieres que lo sepa?
Se fue a vivir con su abuela.
-¿Dónde? ¿Y cómo se llamaba su abuela?
-¿Dónde? Tucson, o Yuma, o uno de esos lugares aburridos; quizá
fuera Indio... Pero, querido, no tengo ganas de hablar de aquella criatura
imposible... Prefiero que hablemos de nosotros.
-En seguida. ¿Cómo se llamaba su abuela?
-Querido Danny, te estás poniendo muy pesado. ¿Cómo quieres que
me acuerde de una cosa así?
-¿Cómo se llamaba?
-Oh... Hanalon... o Haney... o Heinz. O quizá fuese Hinckley.
Pero no seas plomo, cariño. Vamos a echar un trago. Bebamos por nuestra feliz
reunión.
Meneé la cabeza:
-No bebo.
Eso era casi cierto. Después de haber descubierto que la bebida
era un amigo en quien no se podía confiar en caso de crisis, generalmente me
limitaba a una cerveza con Chuck Freudenberg.
-Qué aburrido, cariño. Supongo que no te importa si yo bebo.
-Se lo estaba ya sirviendo, ginebra pura, el amigo de las chicas
solitarias. Pero antes de bebérselo cogió una botella de plástico y se sirvió
dos cápsulas sobre la palma de la mano -. ¿Quieres una?
Reconocí la envoltura de la cápsula; era euforión. Se decía que
no era tóxico y no formaba hábito, pero las opiniones diferían. Había una
campaña para incluirla en la misma clase de la morfina y los barbitúricos.
-Gracias; ahora soy feliz.
-Qué bien.
Se tomó las dos cápsulas, haciéndolas pasar con ginebra. Pensé
que si quería averiguar algo tenía que apresurarme; dentro de poco no habría
sino estúpidas risas.
La cogí del brazo y la senté en el sofá, y luego también me
senté yo.
-Belle, cuéntame algo de ti. Ponme al corriente. ¿Cómo os
entendisteis, Miles y tú con los Mannix?
-¿Eh? No nos entendimos. -De repente se inflamó-. ¡Fue culpa
tuya!
-¿Cómo? ¿Culpa mía? ¡Si ni siquiera estaba allí!
-Claro que fue culpa tuya. Aquel monstruo que construiste
partiendo de una silla de ruedas... aquello era precisamente lo que querían. Y
desapareció.
-¿Desapareció? ¿Dónde estaba?
Me miró fijamente con ojos suspicaces y porcinos.
-Tú deberías saberlo. Fuiste tú quien se lo llevó.
-¿Yo? Belle, estás loca. Yo no podía haberme llevado nada.
Estaba helado como un carámbano, en sueño frío. ¿Dónde estaba? ¿Y cuándo
desapareció?
Aquello coincidía con mis sospechas de que alguien se debía
haber llevado a Frank Flexible, si es que Belle y Miles no habían hecho uso de
él. Pero de entre todos los miles de millones de seres del globo, yo era
precisamente quien sin duda no se lo había llevado. No había visto a Frank
desde aquella calamitosa noche en que me habían derrotado en votación.
Cuéntamelo, Belle ¿Dónde estaba? ¿Y qué os hizo creer que era yo
quien se lo había llevado?
-Tenias que ser tú. Nadie más sabía que era importante. ¡Aquel
montón de chatarra! Ya le había dicho a Miles de no ponerlo en el garaje.
-Pero aunque alguien se lo hubiese llevado, dudo de que lo
hubiesen podido hacer funcionar. Vosotros seguiais teniendo todas las notas,
instrucciones y dibujos.
-No; tampoco las teníamos. Miles, el muy idiota, las había
metido dentro de él la noche que tuvimos que desplazarlo para protegerlo.
No hice comentario alguno sobre la palabra «proteger». Pero
estaba a punto de decir que no podía haber metido varios kilos de papel dentro
de Frank Flexible, estaba ya relleno como un pavo, cuando recordé que había
construido un estante provisional a través de la parte baja de la silla de
ruedas, para guardar las herramientas mientras trabajaba en él. Alguien que
tuviese prisa bien podía haber metido mis notas de trabajo en aquel espacio.
No importaba. El crimen, o los crímenes habían sido cometidos
hacía treinta años. Quería averiguar cómo Muchacha de Servicio, Inc., se les
había escapado de las manos.
-Después de haber fracasado los tratos con el grupo Mannix, ¿qué
hicisteis con la compañía?
- Continuarla, como es natural. Luego, cuando Jake nos dejó,
Miles dijo que teníamos que cerrar. Miles era débil... y aquel
Jake Smith nunca me acabó de gustar. Rastrero. Siempre preguntando por qué te
habías ido... ¡Como si lo hubiésemos podido evitar!
Debería haber encontrado a un buen capataz y seguir trabajando.
La compañía hubiese valido más. Pero Miles insistió.
-¿Y entonces qué ocurrió?
-Pues que entonces cedimos las licencias a Geary Manufacturing,
claro está. Eso ya lo sabes; ahora trabajas allí.
En efecto, ya lo sabía; el nombre completo de la corporación de
Muchacha de Servicio era ahora Aparatos Muchacha de Servicio y Geary
Manufacturing Inc., si bien los distintivos solamente decían Muchacha de
Servicio. Me pareció que ya había averiguado todo lo que aquella vieja y fofa
ruina me podía decir.
Pero sentía curiosidad respecto a otro punto.
-¿Tú vendiste tus acciones después que hubisteis cedido las
licencias a Geary?
-¿Cómo? ¿Qué te ha hecho creer eso? -Su expresión se alteró y
comenzó a gimotear, rebuscando torpemente un pañuelo, y luego abandonando la
búsqueda y dejando correr las lágrimas -: ¡Me engañó! ¡ Me engañó! Aquel puerco
estafador me engañó... me echó de allí. -Hizo unos pucheros y añadió pensativa
-: Todos me engañasteis... y tú fuiste el peor de todos, querido Danny. Después
que fui tan buena para contigo. -Y comenzó nuevamente a berrear.
Pensé que el euforión no valía lo que costaba, por poco que
fuese. O quizá le divertía llorar.
-¿Cómo te engañó, Belle?
-¿Qué? Si tú ya lo sabes. Se lo dejó todo a aquel piojoso crío
suyo... después de todo lo que me había prometido... después de que la cuidé
cuando se hizo tanto daño. Y ni siquiera era su hija. Eso lo prueba.
Era la primera buena noticia que había tenido durante toda la
noche. Por lo visto Ricky había sido bien tratada en algo, aunque antes le
hubiesen quitado mis acciones. De modo que volví al asunto principal:
-Belle, ¿cómo se llamaba la abuela de Ricky? ¿Y dónde vivían?
-¿Dónde vivían, quiénes?
-La abuela de Ricky.
-¿Quién es Ricky?
-La hija de Miles. Trata de recordarlo, Belle. Es importante.
Aquello la disparó. Me señaló con el dedo y chilló:
-Te conozco. Tú estabas enamorado de ella; eso es lo que pasa.
Aquella cochina criatura... ella y su horrible gato.
Sentí un acceso de furia al mencionar a Pet. Pero intenté
reprimirlo. No hice sino agarrarla por los hombros y sacudirla un poco.
-Vamos, Belle. Solamente quiero saber una cosa. ¿Dónde vivían?
¿Cómo dirigía las cartas Miles cuando les escribía?
Me dio unas patadas.
-¡No quiero ni hablarte! Te has portado abominablemente desde
que entraste aquí. -Luego pareció tranquilizarse casi instantáneamente y dijo
con calma-.
-No lo sé. El nombre de la abuela era Haneker, o algo así.
Solamente la vi una vez en el juicio, cuando vinieron por lo del testamento.
-¿Cuándo ocurrió eso?
- Después de morir Miles, naturalmente.
- ¿Cuándo murió Miles, Belle?
Se alteró otra vez.
-Quieres saber demasiado. Eres tan malo como los jueces...
preguntas, preguntas, preguntas... -Luego se levantó, y dijo con tono
implorante-: Olvidémoslo todo, y seamos sencillamente nosotros. Ahora ya sólo
quedamos tú y yo, querido... y aún tenemos nuestras vidas por delante. Una
mujer no es vieja a los treinta y nueve... Schultzie decía que yo era la cosa
más joven que nunca había visto; y aquel viejo carnero había visto muchas,
puedes creerlo... Seriamos tan felices. Nosotros...
No pude soportarlo más.
-Tengo que irme, Belle.
-¿Cómo, cariño? Si es temprano... y tenemos toda la noche por
delante. Me figuraba...
-No me importa lo que te hayas figurado. Ahora tengo que irme.
-Oh, cariño, ¡qué lástima! ¿Cuándo volveré a verte? ¿Mañana?
Estoy ocupadísima, pero anularé mis compromisos...
-No te volveré a ver, Belle. -Y me fui.
Y nunca más volví a verla.
Tan pronto como llegué a casa tomé un baño caliente, y me froté
bien. Luego me senté y traté de hacer el balance de lo que había averiguado, si
es que había averiguado algo. Belle parecía creer que el apellido de la abuela
de Ricky comenzaba con «H», si es que las divagaciones de Belle tenían algún
significado, lo cual era muy dudoso y que habían vivido en una de las ciudades
del desierto de Arizona, o quizás en California. Bueno, quizá los
investigadores profesionales pudieran deducir algo de todo aquello.
O quizá no pudieran deducir nada. En todo caso, sería lento y
caro; tendría que esperar hasta que pudiera permitírmelo.
¿Sabia algo más que tuviera importancia?
Miles había muerto (según decía Belle) hacia 1972. Si había
muerto en este condado, debería encontrar la fecha sólo con buscarla un par de
horas, luego debería ser posible encontrar la pista de su testamento... si es
que lo había, como Belle parecía haber querido indicar. A través del testamento
podría averiguar dónde había vivido entonces Ricky, si es que los tribunales
conservaban tales datos (yo no lo sabía). Si es que en definitiva ganaba algo
con reducir el lapso de tiempo a veintiocho años y localizar la ciudad en que
había vivido entonces. Todo ello suponiendo que tuviera sentido ir en busca de
una mujer que debería tener cuarenta y un años y casi con seguridad estaría
casada y con hijos.
La ruina de lo que en un tiempo había sido Belle Darkin me había
turbado: empezaba a darme cuenta de lo que podían representar treinta años. No
porque temiera que una Ricky ya mayor pudiera no ser buena y amable... pero,
¿se acordaría de mi? Oh, no creía que se hubiese olvidado por completo de mí,
pero ¿no en probable que yo fuese para ella sencillamente una persona sin
facciones, aquel a quien llamaba «Tío Danny» y que tenía un hermoso gato?
¿Quizá no estaría yo viviendo en una fantasía del pasado, lo
mismo que Belle?
Pero, al fin y al cabo, intentar buscarla no podía hacer daño a
nadie. Por lo menos podríamos enviarnos tarjetas de Navidad todos los años. Su
marido no tendría nada que objetar al respecto.
8
La mañana siguiente era viernes, 4 de mayo. En vez de ir a la
oficina fui a la Sala de Archivos del condado. Estaban haciendo reformas, por
lo que me dijeron que volviera al cabo de un mes. Así que me fui a la oficina
del Times, donde cogí tortícolis a consecuencia de usar un microexplorador.
Pero lo que pude averiguar fue que si Miles había fallecido entre los doce y
los treinta y seis meses después de que me hubiera metido en la heladera, no
había muerto en el Condado de Los Ángeles, si las noticias necrológicas eran
correctas.
Claro que no había ninguna ley que le obligara a morirse en el
Condado de Los Ángeles. Uno puede morirse en cualquier parte. Todavía no han
logrado reglamentar eso.
Probablemente en Sacramento hubiera archivos del estado; pensé
que tendría que ir a investigar algún día. Di las gracias al bibliotecario del
Times, me fui a almorzar, y finalmente volví a Muchacha de Servicio.
Había dos llamadas telefónicas y una nota, todo ello de Belle.
De la nota leí hasta «Queridísimo Dan», la rompí y advertí a recepción que no
aceptaran llamadas para mí de parte de la señora Schulz. De allí me fui al
departamento de contabilidad y pregunté al contable si había alguna forma de
comprobar la antigua propiedad de acciones retiradas de la circulación. Dijo
que lo intentaría, y le di, de memoria, los números de las acciones de Muchacha
de Servicio que me habían pertenecido originalmente. Para ello no fue necesario
ningún alarde de memoria; al principio habíamos emitido exactamente mil
acciones, de las cuales había conservado las primeras quinientas diez, y el
«regalo de compromiso» a Belle procedía del principio.
Regresé a mi madriguera y encontré que McBee me estaba
esperando.
-¿Dónde ha estado? -preguntó.
-Por ahí. ¿Por qué?
-Eso no es contestación suficiente. El señor Galloway ha estado
hoy aquí dos veces preguntando por usted. Me vi obligado a decirle que no sabía
dónde estaba.
-¡Qué tontería! Si Galloway me necesita, acabará por
encontrarme. Si emplease en tratar de vender su mercancía anunciando sus
verdaderos méritos la mitad del tiempo que se pasa pensando en algo nuevo, la
casa se beneficiaría más.
Galloway empezaba a molestarme. Estaba encargado de las ventas,
pero a mí me parecía que en realidad se ocupaba más de hacer propaganda de la
agencia anunciadora que se encargaba de nuestros intereses. Pero soy persona de
prejuicios; lo único que a mí me interesa es la ingeniería. Todo lo demás me
parece puro papeleo, generalidades.
Conocía el motivo por el cual me buscaba Galloway, y la verdad
era que me había estado haciendo el remolón. Quería vestirme en traje del 1900
y sacar fotografías. Le había dicho que podía hacerme todas las fotografías que
quisiese en trajes del 1970, pero que 1900 era doce años antes de haber nacido
mi padre. Contestó que nadie se daría cuenta de la diferencia, y le mandé a
paseo.
Esas gentes que se dedican a fantasear para engañar al público
se imaginan que nadie más que ellos sabe leer ni escribir.
-Su actitud no es correcta, señor Davis -dijo McBee.
-¿De veras? Lo siento.
-Su situación es algo rara. Está usted a cargo de mi
departamento, pero tengo que prestarle a usted a los departamentos de ventas y
de propaganda cuando le necesitan. Desde ahora en adelante valdrá más que
utilice el reloj para registrar su entrada, como todos los demás... y valdrá
más que me comunique cuando salga de la oficina durante las horas de trabajo.
Haga el favor de tenerlo ~ cuenta.
Conté lentamente hasta diez.
-Mac, ¿usted utiliza el reloj registrador?
-¿Eh? Naturalmente que no. Soy el ingeniero jefe.
-Desde luego. Así lo dice encima de la puerta. Pero fijese, Mác
en que yo era ingeniero jefe de este lugar antes de que usted hubiera empezado
a afeitarse. ¿Es que ha creído usted en serio que voy inclinarme ante un reloj
registrador?
Mac se sofocó.
-Es posible que no. Pero lo que puedo decirle es esto: si no
hace, no cobrará su paga.
-¿De veras? No fue usted quien me contrató, de modo que puede
despedirme.
-Mmmm... ya lo veremos. Por lo menos puedo transferirle mi
departamento al de propaganda, al que usted pertenece. Si que usted pertenece a
alguna parte. -Echó una ojeada a mi máquina de dibujar-. Y evidentemente usted
aquí no produce nada. No me interesa tener ocupada más tiempo esa máquina tan
cara. -Hizo una rápida inclinación de cabeza y dijo-: Buenas tardes.
Salí tras él. Un Chico oficinista entró rodando y colocó en 1
cesta un gran sobre, pero no esperé a ver lo que era, sino que b~ furioso al
café-bar de los empleados. Lo mismo que muchos otros cabezotas, Mac se figuraba
que el trabajo creador podía ser efectuado por la masa. No era sorprendente que
la firma no hubiera producido nada nuevo desde hacía años.
Bueno, que se vaya al diablo. Tampoco yo había tenido la
intención de quedarme mucho tiempo más.
Más o menos una hora más tarde regresé y encontré un sobre d
correo interno de la oficina en mi cesta. Lo abrí, pensando que Mac habría
decidido sacudírseme de encima enseguida.
Pero era del servicio de contaduría, y decía:
Querido señor Davis:
Referencia: acciones sobre las que nos ha consultado
Los dividendos correspondientes al paquete mayor fueron abonados
desde el primer trimestre de 1971 al segundo trimestre de 1980 a cargo de las
acciones primitivas, a un depósito mantenido a favor de un interesado llamado
Heinecke. Nuestra reorganización se produjo en 1980, y el resumen de q
disponemos es algo confuso, pero parece ser que las acciones equivalentes
(después de la reorganización) fueron vendidas al Grupo de Seguros Cosmopolita,
quienes las conservan aún. Por lo que se refiere al paquete de acciones menor,
estaba a nombre (según usted presumía) de Belle D. Gentry hasta 1972, fecha en
que fue atribuido a Corporación Financiera Sierra, quienes lo fragmentaron y lo
vendieron separadamente. La historia subsiguiente exacta de cada una de las
acciones y de su equivalente después de la reorganización podría ser trazada,
pero para ello se necesitaría más tiempo.
Si este departamento puede serle útil en alguna otra cosa, le
rogamos se dirija a nosotros sin ningún reparo.
Y. E. Reuther, Contable.
Llamé a Reuther, le di las gracias y le dije que aquello era
todo cuanto necesitaba. Sabia entonces que mi adjudicación a Ricky no había
sido nunca efectiva. Puesto que la transferencia de mis acciones que figuraba
en el archivo era evidentemente fraudulenta, aquello me olía a Belle, y los
terceros podían haber sido o bien sus hombres de paja o quizás una persona
ficticia; probablemente ya entonces estaba proyectando estafar a Miles.
Por lo visto, después de la muerte de Miles se había vendido la
partida pequeña. Pero no me importaba lo que hubiese podido ocurrir con ninguna
de las acciones una vez habían salido del control de Belle. Me había olvidado
de pedir a Reuther que me siguiese la pista del paquete de Miles... podría
conducirnos a Ricky, aunque ya no lo tuviese en su poder. Pero era ya la tarde
del viernes; se lo pediría el lunes. Lo que de momento me interesaba hacer era
abrir aquel gran sobre que me esperaba, pues había visto el membrete.
A principios de marzo había escrito a la oficina de patentes
sobre las patentes originales de Castor Servicial y de Dan Dibujante. Mi
convicción de que el primitivo Castor Servicial no era sino otro nombre de
Frank Flexible había quedado algo quebrantada después de mi primera y
perturbadora experiencia con Dan Dibujante. Se me había ocurrido la posibilidad
de que el mismo genio desconocido que había concebido a Dan Dibujante de una
manera tan semejante a la que yo había imaginado, podía también haber desarrollado
un equivalente paralelo de Frank Flexible. Esa teoría venía apoyada por el
hecho de que ambas patentes habían sido sacadas el mismo año y ambas patentes
estaban en manos de (o habían estado hasta que expiraron) la misma compañía,
Aladino.
Pero quería saberlo. Y si aquel inventor vivía aún, quería
conocerlo. Me podría enseñar algunas cosas.
Primeramente había escrito a la oficina de patentes de donde
recibí como respuesta un impreso diciendo que todos los archivos de las
patentes que habían expirado se conservaban en los Archivos Nacionales de las
Cavernas de Carísbad. Así pues escribí a los Archivos, quienes respondieron con
una lista de precios. De modo que escribí por tercera vez remitiendo un giro
postal (se ruega no envíen cheques personales) solicitando copias de todo el
mecanismo de las dos patentes: descripciones, títulos, dibujos, historias.
Aquel grueso sobre parecía ser la respuesta.
La de encima era la de 4.307.909, la patente básica de Castor
Servicial. Me puse a mirar los dibujos, dejando de lado momentáneamente tanto
los títulos como las descripciones. Los títulos carecen de importancia, salvo
ante los tribunales; la idea principal al redactar los títulos justificativos
al solicitar una patente consiste en reclamar todo el universo en los términos
más amplios posibles, ya que luego los examinadores de patentes reducen las
pretensiones de uno; para eso están los abogados de patentes. Las descripciones
tienen que ser exactas, pero a mí me es más rápido ver dibujos que leer.
Tengo que admitir que no se parecía mucho a Frank Flexible. Era
mejor que Frank Flexible; podía hacer más cosas, y algunas de las conexiones
eran más sencillas. La noción fundamental era la misma -pero eso era forzoso,
puesto que una máquina controlada por medio de los tubos de Thorsen y anterior
a Castor Servicial tenía que estar basada en los mismos principios que yo había
utilizado en Frank Flexible.
Casi podía imaginarme a mí mismo desarrollando un artefacto de
aquel tipo... algo así como la segunda etapa de un modelo de Frank. Una vez
había pensado en ello -un Frank sin las limitaciones domésticas de Frank.
Por fin llegué a lo de mirar el nombre del inventor en la
relación de títulos y hojas de descripciones.
Lo reconocí sin dificultad. Era D. B. Davis.
Me quedé mirándolo durante un rato mientras silbaba «El Tiempo
en Mis Manos», lentamente y desafinando. De modo que Belle había mentido una
vez más. Me pregunté si habría algo de cierto en todo aquel torrente de
palabras que me había lanzado. Sin duda, Belle era una embustera patológica,
pero yo había leído en algún lugar que los embusteros patológicos acostumbran a
seguir un plan, comenzando por la verdad y embelleciéndola, más bien que
gozarse en una fantasía absoluta. Era evidente que mi modelo Frank no había
sido nunca «robado», sino que lo habían pasado a algún otro ingeniero para que
lo afinase, y luego habían solicitado la patente en mi nombre.
No obstante, el convenio de Mannix nunca se había llegado a
concretar; eso era cierto, puesto que ya sabía por la historia de la compañía
misma. Pero Belle había dicho que la imposibilidad de presentar Frank Flexible
era lo que había hecho fracasar el convenio.
¿Sería que Miles se había apropiado de Frank haciendo creer a
Belle que había sido robado? O, mejor dicho, vuelto a robar.
En tal caso... dejé de intentar adivinar, pues me pareció algo
imposible, más imposible aún que mi búsqueda de Ricky. Quizá tendría que
aceptar un empleo en Aladino para poder llegar a averiguar dónde había
adquirido la patente básica y quién se había beneficiado con la transacción.
Probablemente no valía la pena puesto que la patente había expirado, Miles
había muerto, y Belle, si es que había ganado algo con ello, hacía ya tiempo
que lo había perdido. Me había satisfecho acerca del único punto que me importaba,
lo que había querido demostrar; es decir, que el inventor original era yo
mismo. Mi orgullo profesional estaba a salvo, ¿y quién se preocupa por el
dinero, cuando el problema de las tres comidas diarias está resuelto? Yo no,
desde luego.
De modo que me volví a la patente 4.307.910, Dan Dibujante.
Los diseños eran una verdadera delicia. Ni yo mismo lo hubiese
podido proyectar mejor; aquel individuo verdaderamente sabía lo que se hacía.
Admiré la economía de las conexiones y la ingeniosa manera en que se habían
utilizado los circuitos para reducir las partes móviles a un mínimo. Las partes
móviles son algo así como el apéndice vermicular; una fuente de perturbaciones
que deben ser suprimidas en cuanto es posible.
Incluso había utilizado una máquina de escribir eléctrica para
el armazón del teclado, atribuyéndolo en el dibujo a una serie de patentes de
IBM. Aquello si que era ingenioso, verdadera ingeniería: no inventar nunca nada
que se pueda comprar en el mercado corriente.
Quise saber quién había sido aquel chico tan cabezota: miré los
papeles.
Era D. B. Davis.
Al cabo de un rato telefoneé al doctor Albrecht. Fueron a
buscarle y le dijeron quién era yo, puesto que el teléfono de mi oficina no
tenía visual.
-Reconocí su voz -respondió-. Hola, muchacho; ¿cómo le v en su
nuevo empleo?
-No del todo mal. Todavía no me han ofrecido parte en c negocio.
-Deles tiempo. Por lo demás, ¿está contento? ¿Encuentra que
encaja?
-Sin duda. Si hubiese sabido qué gran sitio es éste ahora,
hubiese tomado el Sueño antes. No me podrían convencer para que volviese a
1970.
-¡Vamos, vamos! Recuerdo aquel año bastante bien. Era entonces
un muchacho en una granja de Nebraska. Cazaba y pescaba. M< divertía. Más de
lo que me divierto ahora.
-Bueno; a cada cual lo suyo. A mí me gusta ahora. Pero mire
Doctor; no le llamé solamente para hablar filosofías; tengo UE pequeño
problema.
-Pues veámoslo; será un descanso; la mayor parte de la gente
tienen grandes problemas.
-Doctor: ¿es posible que el Gran Sueño cause amnesia?
Vaciló antes de responder.
-Es concebible. No puedo decir que haya visto nunca un case como
tal. Quiero decir, independientemente de otras cosas.
-¿Cuáles son las cosas que ocasionan amnesia?
-Muchas cosas. La más corriente es, probablemente, el propio
deseo subconsciente del paciente. Se olvida de una serie de acontecimientos, o
los modifica a su manera, porque los hechos le resultan insoportables. Eso es
una amnesia funcional cruda. Luego hay la amnesia debida al antiguo método del
golpe en la cabeza, amnesia debida a un trauma. También puede tratarse de
amnesia debida a sugestión... bajo la acción de drogas o de hipnosis. ¿Qué le
ocurre amigo? ¿Es que no encuentra su talonario de cheques?
-No se trata de eso. Al contrario, me parece que me voy
desenvolviendo muy bien ahora. Pero no acabo de recordar algunas cosas que
ocurrieron antes de que tomase el Sueño... y eso me preocupa.
-Mmmm, ¿alguna posibilidad de las causas que he citado?
- Sí - dije lentamente -. Sí, todas ellas, salvo quizá la del
golpe en la cabeza, y aun eso pudo haber ocurrido cuando estaba borracho.
-Me olvidé de citar -dijo secamente-, la amnesia temporal más
corriente... correr una cortina bajo la influencia del alcohol. Chico, ¿por qué
no viene a verme y hablaremos de todo eso con detalle? Si no consigo averiguar
qué es lo que ocurre, ya sabe que no soy psiquiatra, puedo ponerle en manos de
un hipnoanalista que le pelará la memoria lo mismo que si fuese una cebolla, y
le dirá por qué llegó usted tarde a la escuela el 4 de febrero del año de su
segundo grado. Pero es bastante caro, de modo que ¿por qué no me da primero una
oportunidad?
-La verdad doctor, ya le he molestado bastante; y le molesta
tanto aceptar dinero...
-Chico, mi gente siempre me interesa: no tengo otra familia.
Le dejé diciendo que si no lo había solucionado, le llamaría a
principios de semana. En todo caso, querría pensar yo mismo sobre ello.
La mayor parte de las luces se habían apagado, salvo en mi
oficina; una Muchacha de Servicio, del tipo de la mujer de hacer faenas, entró,
registró que la habitación estaba todavía ocupada y salió rodando
silenciosamente. Yo seguí allí sentado.
Al cabo de un rato Chuck Freudenberg metió la cabeza y dijo:
-Creía que te habías ido hace rato. Despierta y acaba tu sueño
en casa.
Levanté la mirada.
-Chuck, tengo una idea estupenda. Comprémonos un barril de
cerveza y dos pajas.
Lo pensó unos instantes:
-Bueno, es viernes... y siempre me gusta que me duela la cabeza
los lunes; así sé qué día de la semana es.
-Aprobado, y por lo tanto ordenado. Espera un segundo mientras
meto algunas cosas en esta cartera.
Bebimos unas cuantas cervezas, luego comimos algo, después
bebimos otras cervezas en un sitio donde la música era buena, de allí nos
fuimos a otro sitio donde no había música y donde los compartimentos tenían
paredes revestidas de material amortiguador de sonido, y donde no le molestaban
a uno mientras pidiese alguna cosa aproximadamente cada hora. Hablamos y le
enseñé las copias de las patentes.
Chuck examinó el prototipo del Castor Servicial.
-Bonito trabajo, Dan. Me siento orgulloso de ti, muchacho. Me
gustaría tener tu autógrafo.
-Pero fíjate en éste. -Y le di los documentos de la patente de
la máquina de diseñar.
-En cierto sentido éste es aún mejor. Dan ¿te das cuenta de que
probablemente has tenido más influencia en el estado actual del arte de la que...
bueno, de la que Edison tuvo en su época? Eso ya lo sabes, ¿verdad, muchacho?
- Déjalo correr, Chuck; eso es serio. - Señalé abruptamente e
montón de fotóstatos -. Está bien. De modo que soy el autor d uno de ellos;
pero no puedo serlo del otro. No lo hice yo... a menos de que me haya armado un
completo lío sobre mi vida antes de que tomase el Sueño. A no ser que padezca
amnesia.
-Has estado diciendo esto durante los últimos veinte minutos
Pero no me parece que tengas ningún circuito abierto. No estás más loco de lo
que es corriente en un ingeniero.
Di un puñetazo en la mesa haciendo bailar los vasos.
-¡Es preciso que lo sepa!
-Cálmate ¿Qué piensas hacer?
-¿Cómo? -Lo pensé-. Voy a pagar a un psiquiatra para que me lo
extraiga.
Chuck suspiró:
-Ya me imaginaba que dirías eso. Mira, Dan; supongamos que pagas
a ese mecánico del cerebro para que lo haga y que te dice que no hay nada que
funcione mal, que tu memoria está bien, y que todas tus conexiones están en
buen estado. ¿Entonces, qué?
-Es imposible.
-Eso es lo que dijeron a Colón. Ni siquiera has mencionado la
explicación más probable.
-¿Cuál?
Sin responderme hizo una seña al camarero y le pidió que trajese
la guía de teléfonos de todo el distrito. Yo dije:
-¿Qué ocurre? ¿Vas a pedir que me vengan a buscar con la
vagoneta?
-Aún no. -Rebuscó por el enorme libro, se detuvo y dijo-: Dan,
mira eso.
Miré. Tenía su dedo en los «Davis». Había columnas enteras de
Davis. Pero allá donde tenía el dedo había una docena de «D. B. Davis», desde
»Dabney» a «Duncan».
Había tres «Daniel B. Davis». Uno de ellos era yo.
- Eso es entre siete millones de personas - prosiguió diciendo
-. ¿Quieres que probemos suerte entre doscientos cincuenta millones?
-Eso no prueba nada -dije débilmente.
-No -asintió-, no lo prueba. Desde luego estoy de acuerdo en que
sería una coincidencia que dos ingenieros de talento semejante estuviesen
trabajando sobre la misma cosa al mismo tiempo, y que diese la casualidad de
que su nombre y sus iniciales fuesen los mismos. Por las leyes estadísticas
podríamos calcular exactamente cuán improbable es que tal cosa ocurra. Pero las
gentes se olvidan, especialmente las que deberían saberlo, como tú, de que
mientras que las leyes estadísticas indican precisamente lo improbable que es
que se presente determinada coincidencia, también indican con igual precisión
que tales coincidencias se presentan en efecto. Me parece que aquí nos
encontramos con una de ellas. Prefiero mucho más eso que la teoría de que mi
compañero de cervezas ha descarrilado. No se encuentran con facilidad buenos
compañeros de cervezas.
-¿Qué crees que debería hacer?
-Lo primero, no malgastar tu tiempo y tu dinero en un psiquiatra
hasta que hayas intentado lo segundo. Lo segundo es averiguar el primer nombre
de ese «Daniel B. Davis» que presentó esta patente. Debe haber alguna manera
fácil de hacerlo. Lo más probable es que su primer nombre sea «Dexter» o quizá
«Doroty». Pero no te alarmes si es «Daniel», porque el nombre de enmedio puede
ser «Berzowski» y tener un número de seguridad social diferente del tuyo. Y lo
tercero que hay que hacer, y que en realidad es lo primero, es olvidarlo por
ahora y pedir otra ronda.
Así lo hicimos y hablamos de otras cosas, especialmente de
mujeres. Chuck tenía una teoría de que las mujeres eran muy semejantes a las
máquinas, pero por completo impredecibles lógicamente. Para probar su teoría
dibujó con cerveza unos esquemas sobre la mesa.
Algo más tarde dije de repente:
-Si realmente existiese el viajar por el tiempo, yo ya sé lo que
haría.
-¿Eh? ¿De qué estás hablando?
-Me refiero a mi problema. Mira, Chuck, llegué hasta aquí,
llegué hasta «ahora», quiero decir, gracias a una especie de viaje por el
tiempo primitivo. Pero la dificultad es que no puedo regresar. Todas las cosas
que me preocupan sucedieron hace treinta años. Volvería y averiguaría la
verdad... si existiese algo semejante al verdadero viaje por el tiempo.
Chuck se quedó mirándome:
-¡Pues sí que existe!
-¿Qué?
Se calmó instantáneamente:
-No debía haber dicho eso.
Respondí:
-Quizá no, pero ya lo has dicho. Y ahora valdrá más que me
expliques lo que has querido decir antes de que te vacíe este vaso e la cabeza.
- Olvídate, Dan. Me escurrí.
-¡Habla!
-Eso es precisamente lo que no puedo hacer. -Miró en rededor. No
había nadie cerca de nosotros-. Está clasificado.
-¿Clasificado, el viajar por el tiempo? Pero... ¿y por que?.
-¡Hombre! ¿Es que no has trabajado nunca para el Gobierno Si
pudiesen clasificarían hasta el sexo. No es necesario que exista una razón; se
trata de una política. Pero está clasificado, y yo estoy ligado por ello. De
modo que déjalo correr.
-Mira... Deja de decir tonterías, Chuck; eso es muy importan
para mí. Terriblemente importante -dije-. Me lo puedes decir mi. Yo tenía una
categoría «Q». Y nunca me la suspendieron. L único que ocurre es que ya no
estoy con el Gobierno.
-¿Qué es la categoría «Q»?
Se lo expliqué y acabó por asentir:
- Quieres decir, una situación «Alfa». Debes haber sido algo
serio, muchacho; yo solamente llegué a ser «Beta».
- Entonces, ¿por qué no me lo puedes decir?
-¿Eh? Ya lo sabes. Prescindiendo de tu categoría, no esta
calificado con la requerida «Necesidad de Saberlo».
-¡Cómo que no! «Necesidad de Saberlo» es precisamente lo que más
tengo.
Pero no quería variar de criterio, hasta que dije, molesto.
-No creo que exista tal cosa. Creo que lo que te ocurrió fue que
te tragaste un eructo.
Me miró solemnemente durante un momento, y luego dijo
-Danny.
-¿Eh?
-Te lo voy a decir. Pero recuerda tu categoría «Alfa» chico. Ti
lo voy a decir porque no puede hacer ningún daño, y quiero que ti des cuenta de
que no te serviría de nada en tu problema. Es e~ realidad viajar por el tiempo,
pero no es práctico. No puede utilizarlo.
-¿Por qué no?
-Déjame hablar ¿quieres? Nunca acabaron de perfeccionarlo, no es
ni tan sólo teóricamente posible que lo consigan nunca. No tiene ningún valor
práctico, ni siquiera para investigación. Se trata sencillamente de un producto
secundario de Gravicero, y es por eso que lo clasificaron.
-Pero, ¡diablos!, la Gravicero está desclasificada...
-¿Y eso qué tiene que ver? Si lo otro fuese comercial, quizá sí
que lo soltasen. Pero cállate.
Me temo que no me callé, pero valdrá más que esto lo cuente como
si efectivamente me hubiese callado. Durante el último año de Chuck en la
Universidad de Colorado, es decir, de Boulder, había ganado dinero
suplementario como ayudante de laboratorio. Tenían un gran laboratorio
criogénico y al principio había trabajado allí. Pero la universidad disfrutaba
de un suculento contrato de defensa relacionado con la teoría de Edimburgo
sobre el campo, y habían construido un gran laboratorio nuevo de física en las
montañas de los alrededores de la ciudad. A Chuck lo destinaron allí, bajo el
profesor Twitchell, el doctor Hubert Twitchell, al que poco le faltó para
obtener el Premio Nobel, y que se lo tomó tan mal.
Twitchell pensó que si polarizaba alrededor de otro eje podría
invertir el campo gravitatorio en lugar de solamente nivelarlo, pero no ocurrió
nada. Luego conectó lo que había hecho en dirección inversa, hacia el contador,
y se quedó asombrado de los resultados. Naturalmente, nunca me los enseñó. Puso
dos dólares de plata en la jaula de ensayos, todavía usaban dinero sólido por
allí en aquellos tiempos, después de hacérmelos marcar. Oprimió el botón del
solenoide, y desaparecieron.
-Pues bien, eso no es gran cosa -prosiguió Chuck-. Lo que debía
haber hecho entonces era hacerlos volver a aparecer bajo la nariz de uno de los
niños que se prestan a subir al escenario. Pero él pareció satisfecho con el
resultado, y yo también lo estuve; me pagaban por horas.
»Una semana después desapareció una de aquellas ruedas de carro.
Solamente una. Pero antes, una tarde, mientras estaba limpiando el laboratorio
después de que él se hubiese ido a su casa, apareció un conejo de indias en la
jaula. No pertenecía al laboratorio de biología. Contaron los suyos y vieron
que no les faltaba ninguno, si bien siempre es difícil asegurarlo cuando se
trata de conejos de indias, de modo que me lo llevé a casa y me lo quedé.
»Después de aquel dólar de plata solitario volvió, Twitchell se
puso tan frenético que dejó de afeitarse. La vez siguiente utilizó dos conejos
de indias del laboratorio de biología. Uno de ellos me pareció un antiguo
conocido, pero no lo vi mucho rato, porque el profesor oprimió el botón y los
dos desaparecieron.
»Cuando uno de ellos volvió al cabo de diez días, el que no se
parecía al mío, Twitchell tuvo la seguridad de que había dado en el clavo.
Entonces vino el Comandante en jefe Presidente del departamento de defensa, un
coronel del tipo de los de butaca, que a su vi había sido profesor de botánica.
Un tipo muy militar... a Twitchel no le gustaba nada. El coronel me hizo jurar
el secreto más absoluto, mucho más solemne que el juramento correspondiente a
nuestra «categoría». Parecía creer que había encontrado lo más sensacional en
logística militar desde que Cesar inventó el papel carbónico. Su idea era que
sería posible enviar divisiones hacia delante hacia atrás a una batalla que ya
estuviese perdida, o a punto perderla, y ganarla. El enemigo nunca se daría cuenta
de qué era que había ocurrido. Estaba completamente loco, como es natural, y no
consiguió nunca la estrella que perseguía. Pero la clasificación de
«Críticamente Secreto» que te dio ha quedado desde entonces, subsiste, según
creo, hasta la fecha. Nunca he leído nada sobre ello.
-Quizá tenga alguna utilidad militar -argúí-, me parece, fuese
posible disponer la manera de llevar una división de soldados cada vez. No;
espera un momento. Ya veo la objeción; se necesitarían dos divisiones, una para
ir hacia delante, y la otra para ir hacia atrás. Se perdería por completo una
división... Me imagino q~ sería más práctico tener una división en el lugar y
al tiempo oportuno desde un principio.
-Tienes razón, pero tus argumentos son erróneos. No es necesario
utilizar dos divisiones, ni dos conejos de indias, ni dos cosas nada. Lo único
que tienes que hacer es equilibrar las masas. Podría utilizar una división y un
montón de piedras que pesase lo mismo Es una cuestión de acción y reacción,
corolario de la Tercera Ley c Newton. -Y comenzó de nuevo a dibujar con las
chorreaduras de cerveza-. MV igual a mv... la fórmula básica de las naves
cohete La fórmula análoga para el viaje por el tiempo es MT igual a mt.
-Sigo sin ver la objeción. Las piedras son baratas.
-Usa la cabeza, Danny. En el caso de una nave cohete es posible
apuntarla. ¿Pero en qué dirección está la semana pasada? Apunta hacia allá...
inténtalo. No tienes ni la más remota idea de cuál de las masas va hacia
delante y cuál hacia atrás. No hay manera d orientar los dispositivos.
Me callé. Hubiese sido algo embarazoso para un general esperar
una división de tropas de choque de refresco y no recibir sino un cargamento de
gravilla. No es sorprendente que el viejo profesor no llegase a general de
brigada. Pero Chuck seguía hablando:
-Se tratan las dos masas como si fuesen las placas de un
condensador, llevándolas al mismo potencial temporal. Luego se la descarga
según una curva amortiguadora que es efectivamente vertical. ¡Y ya está! Una de
ellas se dirige hacia la mitad del año que viene, mientras que la otra es
historia. Pero nunca sabes cuál de las dos será. Pero eso no es lo peor; lo
peor es que no puedes volver.
-¿Eh? ¿Quién quiere volver?
-Bueno, ¿y de qué sirve como investigación si no puedes
regresar? En cualquier dirección que vayas, no te sirve de nada, y no hay
manera de que vuelvas a entrar en contacto con el punto de partida. No hay
equipos... y créeme que se necesitan equipos y potencia. Utilizamos la potencia
de los reactores de Arco. Y es caro... eso es otro inconveniente.
-Sería posible regresar -observé- por medio del sueño frío.
-¿Eh? Si es que ibas hacia el pasado. Pero a lo mejor ibas en la
otra dirección; nunca se sabe. Si es que solamente ibas muy poco hacia el
pasado, de modo que allá conociesen el sueño frío... no a un tiempo anterior a
la guerra. Pero ¿para qué serviría eso? Si quieres saber algo sobre 1980, por
ejemplo, se lo preguntas a alguien, o lo buscas en los periódicos. Ahora bien,
si hubiese alguna manera de fotografiar la Crucifixión... pero no la hay. No es
posible. No solamente no podrías volver, sino que no hay bastante potencia en
el Globo. También interviene una ley según la inversa del cuadrado.
-No obstante, no faltaría quién lo intentase sólo por diversión.
¿Lo probó alguien?
Chuck volvió a mirar en derredor:
-Ya he hablado demasiado.
-Un poco más no hará ningún daño.
-Creo que tres personas lo probaron. Uno de ellos era un
instructor. Yo estaba en el laboratorio cuando entraron Twitchell y aquel
pájaro, Leo Vincent; Twitchell me dijo que podía irme a casa. Pero me quedé
fuera. Al cabo de un rato Twitchell salió pero Vincent no. Que yo sepa, aún
está allá. Desde luego, después de aquello no volvió a enseñar en Boulder.
-¿Y los Otros dos?
-Estudiantes. Entraron los tres, pero solamente Twitchell salió.
Pero uno de ellos estaba en clase al día siguiente, mientras el otro estuvo
ausente una semana. Calcúlalo tú mismo.
-¿No te sentiste tentado nunca?
-¿Yo? ¿Es que tengo cara de tonto? Twitchell sugirió casi que
era mi deber, en interés de la ciencia, prestarse como voluntario. Le dije que
no, que buenas... pero en cambio me complacería en apretar el interruptor en su
lugar. Pero no aceptó mi oferta.
-Yo me arriesgaría. Podría indagar lo que me está preocupando...
y luego volver por medio del sueño frío. Valdría la pena.
Chuck suspiró profundamente:
-No más cerveza para ti, amigo mío; estás borracho. No me has
estado escuchando. Primero -y comenzó a hacer marcas sobre la mesa-, no tienes
manera de saber que irías hacia atrás; lo mismo podría suceder que fueses hacia
delante.
-Me arriesgaría. Me gusta ahora mucho más de lo que me gustaba
antes; quizá me gustaría más aún dentro de treinta años.
-Bueno. Pues entonces vuelve a tomar el Sueño Frío; es más
seguro. O bien quédate tranquilamente sentado y espera a que llegue, que es lo
que voy a hacer yo. Segundo: incluso si fueses hacia atrás podrías equivocarte
y fallar 1970 por un margen considerable. Por lo que sé, Twitchell no hacia
sino disparar al azar; no creo que aquello estuviese calibrado. Aunque,
naturalmente, yo no era sino el lacayo. Tercero: aquel laboratorio estaba en un
bosque de pinos y fue construido en 1980. Supongamos que sales diez años antes
de que se construyese y que apareces en medio de un pino amarillo... Sería una
buena explosión, ¿verdad? Algo así como una bomba de cobalto... Lo único es que
tú no te enterarías.
-Pero... la verdad es que no veo por qué tendrías que aparecer
en ningún lugar cercano al laboratorio. ¿Por qué no en el lugar del espacio
externo correspondiente adonde el laboratorio estaba...? Quiero decir ¿dónde se
encontraba cuando...? Mejor dicho...
-No quieres decir nada. Sigues en la línea universal en que
estabas. No te preocupes por las matemáticas; recuerda solamente lo que hizo en
la práctica el conejo de indias. Pero si volvieses antes de la construcción del
laboratorio, quizá sí que acabases en la copa de un pino. Cuarto; ¿cómo podrías
regresar al ahora, incluso con el sueño frío, incluso si fueses en la dirección
adecuada, si llegases en el momento exacto y lo sobrevivieses todo?
-¿Cómo? Si lo hice una vez, bien podré hacerlo dos.
-Sin duda. Pero, ¿qué te propones utilizar como dinero?
Abrí la boca y volví a cerrarla. Aquello si que me hizo sentir
tonto. Antes había tenido el dinero necesario, pero ahora no lo tenía. Incluso
lo que había ahorrado (que no era ni con mucho suficiente) no lo podía llevar
conmigo; la verdad es que aunque robase un banco (arte del cual no sabía nada)
y me llevase conmigo un millón de la mejor calidad, no lo podría gastar en
1970. Lo único que conseguiría seria acabar en la cárcel por tratar de pasar
moneda falsa. Habían incluso cambiado la forma, por no citar los números de las
series, las fechas, los colores y los dibujos.
-Quizá tendré que ahorrarlo.
-Buen chico. Y mientras lo estás ahorrando, probablemente
acabarías aquí y ahora otra vez, sin poner nada por tu parte... pero al menos
con tu cabello y todos tus dientes.
-Bueno, bueno. Pero volvamos a nuestro último punto. ¿Ocurrió
alguna vez una explosión en aquel lugar donde estaba el laboratorio?
-No; creo que no.
-Pues entonces no acabaría en la copa de un pino... porque no
fue así. ¿Me entiendes?
-Desde luego; voy muy por delante de ti. Es Otra vez la vieja
paradoja del tiempo, pero no me convence. He pensado mucho sobre la teoría del
tiempo, probablemente más que tú. No hubo ninguna explosión, y tú no vas a
acabar en la copa de un pino, por la sencilla razón de que no vas a dar el
salto. ¿Me entiendes?
-Pero supongamos que si que lo doy...
-No lo darás. Y la razón es mi quinto punto. Es definitivo, de
manera que escúchame bien. No estás a punto de dar ningún salto de esa especie
porque todo ello está clasificado, y no puedes hacerlo. No te lo permitirán. De
modo que, olvidémoslo, Danny. Ha sido una velada intelectual muy interesante, y
sin duda los del FBI estarán buscándome mañana por la mañana. Bebámonos otra
ronda, y si el lunes por la mañana todavía estoy fuera de la cárcel llamaré al
ingeniero jefe de Aladino y le preguntaré el nombre propio de aquel otro «D. B.
Davis», y quién es o quién era. Quizás incluso esté trabajando allí, y de ser
así, nos iremos a almorzar juntos y hablaremos de nuestras cosas. Tengo ganas
de que conozcas a Springer, el jefe de Aladino; es buen muchacho. Y olvídate de
esta tontería del viaje por el tiempo; nunca conseguirán allanar todas las
dificultades. Nunca debí haberlo mencionado... y si alguna vez dices que te he
hablado de ello, te miraré a la cara y te llamaré embustero. Quizás algún día
vuelva a necesitar mi categoría clasificada.
Nos bebimos otra cerveza. Cuando llegué a casa, y después de
ducharme y de eliminar de mi sistema parte de la cerveza, me di cuenta de que
tenía razón. Viajar por el tiempo no era más solución de mis dificultades que
el cortarse la cabeza para curarse una jaqueca. Y más importante aún, Chuck
averiguaría por el señor Springer lo que yo deseaba saber, sencillamente,
frente a unas costillas y una ensalada, sin esfuerzo, gasto ni riesgo. Y el año
en que estaba viviendo me gustaba.
Al meterme en la cama extendí la mano y cogí el montón de
diarios de la semana. Ahora que era un ciudadano substancial, el Times me
llegaba cada mañana por tubo. No lo leía mucho, porque cuando tenía la cabeza
saturada de algún problema de ingeniería, que era lo que acostumbraba a
suceder, las necesidades diarias que uno encontraba en las noticias no hacían
sino perturbarme, bien aburriéndome o, peor aún, por ser lo bastante
interesante, distrayéndome de mi propio trabajo.
No obstante, nunca tiraba un diario sin antes haber por lo menos
echado una ojeada a los titulares y revisado las columnas de estadísticas
vitales, esto último no por los nacimientos, muertes y matrimonios, sino
sencillamente por las «salidas», gentes que salían del sueño frío. Tenía la
intuición de que algún día vería el nombre de alguien a quien había conocido
antes, y entonces le iría a saludar y ver si podía serle útil en algo. Claro
está que las posibilidades eran escasas, pero continuaba haciéndolo y me
producía una sensación de satisfacción.
Creo que de un modo subconsciente pensaba en todos los demás
Durmientes como en «parientes» míos, algo así como cualquiera que haya hecho el
servicio militar con uno es un compañero, por lo menos lo bastante para
ofrecerle una bebida.
No había gran cosa en los diarios, excepto sobre la nave que aún
faltaba entre aquí y Marte, y eso no era precisamente una noticia sino
precisamente una triste falta de noticias. Tampoco encontré ningún antiguo
amigo entre los Durmientes recientemente despertados. De modo que me acosté y
esperé que se apagase la luz.
A eso de las tres de la madrugada me senté de repente,
completamente despierto. Se encendió la luz, haciéndome parpadear. Acababa de
tener un sueño muy extraño, no del todo una pesadilla, pero casi, el haber
dejado de encontrar a la pequeña Ricky en las estadísticas vitales.
Sabía que no había sido así. Pero a pesar de ello cuando eché
una ojeada y vi que aún estaba allí toda la pila de los diarios de la semana,
me sentí aliviado.
Los volví a arrastrar hasta la cama y comencé a leer de nuevo
las estadísticas vitales. Esta vez leí todas las categorías; nacimientos,
muertes, matrimonios, divorcios, adopciones, cambios de nombre, depósitos y
salidas, pues se me ocurrió que quizá mientras miraba la columna bajo el único
encabezamiento en que estaba interesado, mi vista había captado el nombre de
Ricky sin percibirlo conscientemente; a lo mejor Ricky se había casado o tenido
un niño, o algo así.
Casi se me escapó lo que debió ser la causa de mi perturbador
sueño. Estaba en el Times del 2 de mayo de 2001, entre las salidas del martes
publicadas en el diario del miércoles: «Santuario de Riverside... F. V.
Heinecke».
Heinecke era el nombre de la abuela de Ricky... lo sabia...
estaba seguro de ello. No sabía cómo era que lo sabía. Pero tenía la sensación
de que había estado metido en mi cabeza y de que no había salido a la
superficie hasta que lo había vuelto a leer. Probablemente lo había visto o se
lo había oído a Ricky o a Miles, o incluso era posible que hubiera conocido a
la buena señora en Sandia. Sea como fuere, el caso era que al leer aquel nombre
en el Times había encajado en una olvidada información almacenada en mi
cerebro, y era entonces cuando lo había sabido.
Pero me faltaba aún probarlo. Tenía que asegurarme de que «F. V.
Heinecke» quería decir realmente «Federica Virginia Heinecke».
Estaba temblando de excitación, ansia y miedo. A pesar de las
nuevas costumbres ya bien establecidas, intenté cerrar mis ropas con cremallera
en lugar de juntar los bordes, y me armé un lío al vestirme. Pero pocos minutos
más tarde estaba ya en la entrada, donde se encontraba el teléfono, ya que en
mi habitación no había aparato, pues de lo contrario lo hubiese utilizado; lo
que tenía era sencillamente una extensión del teléfono de la casa. Y luego tuve
que volver corriendo porque descubrí que me había olvidado mi tarjeta de
crédito telefónico; la verdad es que estaba desatinado.
Cuando ya la tuve conmigo, temblaba de tal manera que apenas si
pude meterla por la hendidura. Pero lo conseguí al fin y marqué «Servicio».
-¿Qué circuito desea?
-Ah... quiero el Santuario de Riverside. Está en el distrito de
Riverside.
-Busco... tengo... circuito libre. Estamos llamando.
La pantalla se encendió al fin y un hombre me miró malhumorado.
-Se ha debido equivocar de línea. Aquí es el Santuario
Riverside, y estamos cerrados por toda la noche.
Dije:
-No corte, por favor. Si es el Santuario Riverside, es
precisamente lo que busco.
-Bueno, ¿qué desea a estas horas?
-Tienen ustedes ahí a un cliente, F. V. Heinecke, una salida
reciente. Deseo saber...
El hombre meneó la cabeza.
-No damos información por teléfono acerca de nuestros clientes.
Y desde luego en absoluto a medianoche. Valdrá más que llame después de las
diez, o mejor aún que venga.
-Ya iré, ya iré. Pero quiero saber solamente una cosa. ¿Qué
significan las iniciales F. V.?
-Ya le he dicho...
-¿Quiere hacer el favor de escucharme? No es que me esté
entremetiendo; yo también soy un durmiente. De Sawtelle. He salido hace poco.
De modo que ya conozco todo eso de la «relación confidencial» y lo que es
correcto. Pero ustedes ya han publicado en el diario el nombre de este cliente.
Usted y yo sabemos que los santuarios siempre dan a los diarios el nombre
completo de los clientes depositados y salidos... pero los diarios los reducen
a las iniciales para ahorrar espacio, ¿no es cierto?
Lo pensó un momento.
-Podría ser así.
-Entonces, ¿qué hay de malo en decirme qué significan las
iniciales F. V.?
Todavía vaciló unos instantes.
-Supongo que ninguno, si eso es todo lo que desea. Es todo
cuanto voy a decirle. Aguarde.
Salió de la pantalla, estuvo ausente un rato, que a mí me
pareció una hora, y regresó con una tarjeta en la mano.
-Hay poca luz -dijo mirándola-. Francisca, no Federica. Federica
Virginia.
Mis oídos zumbaron y casi me desmayé.
-¡Gracias a Dios!
-¿Se encuentra bien?
-Sí, gracias. Gracias, de todo corazón. Sí. Me encuentro bien.
-Bueno. Imagino que no hay nada malo en decirle otra cosa más.
Quizá le ahorre un viaje. Ella ya se ha ido.
9
Pude haber ahorrado tiempo tomando un taxi para ir a Riverside,
pero me perjudicaba la falta de efectivo. Yo vivía en West Hollywood; el banco
más cercano que permaneciese abierto toda la noche estaba en la ciudad, en el
Gran Círculo de los Caminos. De modo que primero fui a la ciudad en los Caminos
y al banco en busca de dinero. Una ventaja que hasta entonces no había
apreciado era el sistema de talonario de cheques universal; con una sola
central cibernética de banco para toda la ciudad y un código radiactivo en mi
talonario de cheques conseguí efectivo tan rápidamente como lo hubiera podido
obtener de mi propio banco frente a Muchacha de Servicio, Inc.
Luego tomé el exprés para Riverside. Cuando llegué al Santuario,
estaba amaneciendo.
Allí no había nadie más que el técnico nocturno con quien había
estado hablando y su mujer, que era la enfermera de noche. Pienso que no causé
buena impresión. No me había afeitado, tenía los ojos fuera de las órbitas
probablemente me olía el aliento, y no había preparado una serie de mentiras
plausibles.
No obstante, la señora Larrigan, la enfermera de noche, se
mostró dispuesta a colaborar. Sacó una fotografía del archivador y dijo:
-¿Es ésta su prima, señor Davis?
Era Ricky. No había duda alguna. ¡Era Ricky! Oh, no la Ricky que
yo había conocido tiempo atrás pues allí no había una niña, sino una joven
madura de unos veinte años o algo más, con el peinado de una persona mayor y
una cara muy bonita. Estaba sonriendo.
Sus ojos no habían cambiado, y aquella expresión de duendecillo
en su rostro que la había hecho tan deliciosa cuando era niña, seguía estando
allí. Era la misma cara madura, llena, hermosa, pero inconfundible.
La estéreo se nubló: mis ojos habían conseguido llenarla de
lágrimas..,
-Sí -conseguí articular-. Sí, es Ricky.
-Nancy, no debiste habérselo mostrado -dijo preocupado el señor
Larrigan.
-Vamos a ver, Hank, ¿qué hay de malo en enseñar una fotografía?
-Ya conoces el reglamento. -Se volvió hacia mí-. Señor; ya le
dije por teléfono que no proporcionamos información sobre los clientes. Vuelva
a las diez, que es cuando se abre la oficina de la administración.
-O bien podría usted volver a las ocho -añadió su mujer-. El
doctor Bernstein estará entonces aquí.
-Mira, Nancy, haz el favor de estarte quieta. Si desea
información, la persona a quien tiene que ver es el director. Bernstein tampoco
tiene por qué contestar preguntas. Además, ni siquiera fue dienta del doctor
Bernstein.
-Hank, eres demasiado quisquilloso. Vosotros los hombres hacéis
reglamentos solamente por el gusto de hacerlos. Si tiene prisa por verla,
podría estar en Brawley a las ocho. -Se volvió hacia mi-: Vuelva usted a las
ocho; es lo mejor. De todos modos ni mi esposo ni yo podemos decirle a usted
nada.
-¿Qué es esto de Brawley? ¿Es que fue a Brawley?
Si su marido no hubiese estado allí creo que me hubiese dicho
más. Pero vaciló y él la miró con severidad. La mujer respondió:
-Vaya usted a ver al doctor Bernstein. Si no ha desayunado aún
hay un sitio que está muy bien un poco más abajo, en esta misma calle.
Fui a aquel sitio que «estaba muy bien» (realmente lo estaba),
comí y utilicé el lavabo y me compré un tubo de Sacabarba de una máquina y una
camisa de otra máquina y tiré la que había estado llevando. Cuando volví estaba
bastante respetable.
Pero Larrigan ya debía haber hablado de mi al doctor Bernstein.
Era un hombre muy inflexible:
-Señor Davis, usted dice que también ha sido un Durmiente. Sin
duda debe usted saber que hay criminales que se dedican a explotar la
credulidad y la falta de orientación de los Durmientes recién despertados. La
mayoría de los Durmientes tienen capitales considerables, todos ellos se
encuentran desorientados en el mundo en que se encuentran, y generalmente están
solos y un poco asustados, una combinación perfecta para los que abusan de la
confianza ajena.
-¡Pero si lo único que quiero es saber adónde fue! Soy su primo.
Pero yo tomé el sueño antes que ella, de modo que no sabía que ella también lo
iba a hacer.
-Generalmente dicen que son parientes. -Me miró detenidamente-.
¿No le he visto a usted antes?
-Lo dudo mucho. A menos de que se haya cruzado conmigo en los
Caminos yendo a la ciudad, todo el mundo se figura que me ha visto antes; tengo
una de las Doce Caras Standard, tan difícil de identificar como un cacahuete en
un saco lleno. Doctor, ¿y si telefonease al doctor Albrecht del Santuario de
Sawtelle?
El doctor Bernstein asumió un aire judicial:
-Vuelva y vea al director. El podrá llamar al Santuario
Sawtelíe... o a la policía, según le parezca mejor.
De modo que me marché. Entonces cometí un error. En lugar de
volver y quizá seguir exactamente la información que necesitaba (con la ayuda
de Albrecht que respondiese de mi), alquilé un taxi y me fui directamente a
Brawley.
Tardé tres días en encontrar trazas de Ricky en Brawley. Sí,
había vivido allí, lo mismo que su abuela; y eso lo averigüé pronto. Pero la
abuela había muerto hacía veinte años y Ricky había tomado el Sueño. Brawley
solamente tiene cien mil habitaciones, en lugar de los siete millones del Gran
Los Ángeles; los archivos de hacía veinte anos no fueron difíciles de
encontrar. Era la pista de hacía menos de una semana la que presentaba
dificultades.
Parte de la dificultad era que estaba con alguien: había estado
buscando una muchacha que viajaba sola. Cuando descubrí que había un hombre con
ella pensé con ansiedad en los estafadores que acechan a los Durmientes, sobre
los que había estado hablando Bernstein, y me afané más que nunca.
Seguí una falsa pista hasta Calexico, luego volví a Brawley,
comencé de nuevo, volví a cogerla, y la seguí hasta Yuma.
En Yuma abandoné la persecución, pues Ricky se había casado. Lo
vi allí en el registro de la oficina del condado. Me asombró tanto que lo dejé
todo y salí corriendo hacia Denver, deteniéndome tan sólo para escribir una
postal a Chuck diciéndole que vaciara mi escritorio y que pusiera todos los
chismes en mi habitación.
En Denver me detuve sólo el tiempo necesario para visitar una
casa de artículos dentales. No había estado en Denver desde que se había
convertido en la capital -después de la Guerra de Seis Semanas, Miles y yo nos
habíamos ido directamente a California-, y aquel sitio me dejó estupefacto. ¡Si
ni siquiera pude encontrar la Avenida Colfax! Tenía entendido que todo lo
esencial para el Gobierno había sido enterrado en las Rockies. Si eso era
cierto, entonces todavía debían quedar muchas cosas no esenciales en la
superficie. Aquel sitio me pareció aún más congestionado que el Gran Los
Ángeles.
En la casa de suministros dentales compré diez kilogramos d<
oro, isótopo 197, en forma de alambre número catorce. Pagué por él 86,10
dólares por kilogramo, lo cual era manifiestamente excesivo, puesto que el oro
de calidad para la ingeniería se vendía alrededor de 70 dólares por kilogramo,
y aquella transacción lesionó mortalmente mi único billete de mil dólares. Pero
el oro de ingenie ría viene en aleaciones que no se encuentran nunca en la
naturaleza o bien con isótopos 196 y 198, o bien ambas cosas a la vez, según su
aplicación. Para mi objeto necesitaba oro puro, que no pudiese ser distinguido
del oro obtenido por refinación de mineral natural y no quería oro que me
pudiese quemar los calzoncillos si me 1< acercaba demasiado; la excesiva
dosis que recibí en Sandia me había inculcado un saludable respeto al
envenenamiento por radiación
Me arrollé el alambre alrededor de la cintura y me fui a Boulder
Diez kilogramos es aproximadamente el peso de un maletín lleno para un fin de
semana, y esa cantidad de oro abulta casi lo mismo que un litro de leche. Pero
en forma de alambre parecía abultar más que si hubiese estado compacto; no
puedo recomendarlo como cinturón. Pero en forma de lingotes hubiese sido aún
más difícil di transportar, y de aquella manera lo tenía siempre encima de mi
El doctor Twitchell vivía todavía allí, si bien ya no trabajaba;
en profesor emérito y pasaba la mayor parte de las horas en que estaba'
despierto en el bar del club de la Facultad. Tardé cuatro días en poderle
encontrar en otro bar, ya que el club de la Facultad estaba cerrado para
extraños como yo. Pero cuando le encontré resultó fácil invitarle a tomar algo.
Era un personaje trágico, en el sentido clásico griego, era u'
gran hombre, verdaderamente un muy gran hombre, deshecho. Debía haber estado
ahí arriba como Einstein, Bohr y Newton; pero, en vez de eso, solamente algunos
especialistas en la teoría del campo conocían verdaderamente la magnitud de su
obra. Y entonces, cuan do le conocí, su brillante inteligencia estaba agriada
por la desilusión, nublada por la edad y empapada de alcohol. Era algo as como
visitar las ruinas de lo que había sido un magnífico templo después de que se
hubiese hundido el techo, la mitad de las columnas estuviesen rotas y la maleza
lo hubiese cubierto todo.
No obstante, aun así tenía más talento del que yo he tenido en
el mejor de los casos. Soy lo suficientemente inteligente para apreciar al
verdadero genio cuando me encuentro con él.
La primera vez que le vi alzó la vista, me miró fijamente y
dijo:
-Otra vez usted.
-¿Perdón?
-Usted había sido uno de mis estudiantes, ¿verdad?
-Pues, no, señor; nunca tuve ese honor. -En general, cuando
alguien me dice que ya me ha visto antes, no hago ningún caso, pero esta vez
decidí explotarlo si era posible-. Quizás estaba usted pensando en mi primo,
doctor, de la promoción del 86. Estudió un tiempo con usted.
-Es posible ¿cuál fue su sujeto principal?
-Tuvo que dejarlo sin haber alcanzado un título, señor. Pero era
un gran admirador de usted. Nunca dejaba pasar la oportunidad de decir que
había estudiado con usted.
No se puede ser un enemigo diciéndole a una madre que su hijo es
hermoso. El doctor Twitchell me hizo sentar y pronto permitió que le invitase a
una copa. La mayor debilidad de aquella gloriosa ruina era su vanidad. Yo había
empleado parte de los cuatro días transcurridos antes de que consiguiese hacer
amistad con él en aprenderme de memoria todo lo que sobre él había en la
biblioteca de la universidad, de modo que sabía los trabajos que había escrito,
dónde los había presentado, qué títulos profesionales y honoríficos tenía y qué
libros había escrito. Había intentado leer uno de estos últimos, pero me había
perdido ya al llegar a la página nueve, si bien conseguí adquirir allí algo de
la jerga.
Le hice saber que yo también era un seguidor de las ciencias; en
aquel preciso momento estaba investigando para escribir un libro:
Genios Olvidados.
-¿De qué va a tratar?
Admití con cierto reparo que me parecía adecuado comenzar el
libro con una relación popular de su vida y sus trabajos... siempre y cuando
estuviese dispuesto a abandonar un poco su bien conocida costumbre de evadir
toda publicidad. Naturalmente, tendría que obtener de él mismo buena parte del
material que necesitaba.
Dijo que pensaba que era necedad y que no haría tal cosa. Pero
le hice observar que tenía ciertos deberes para con la posterioridad y accedió
a reconsiderarlo. Al día siguiente sencillamente dio por sentado que yo iba a
escribir su biografía, no solamente un capítulo sino todo un libro. A partir de
aquel momento habló y habló y habló, y yo fui tomando notas... verdaderas
notas. No intenté engañarle haciendo trampas, pues a veces me pedía que le
leyese lo que había escrito.
Pero no habló para nada del viaje por el tiempo.
Por fin, dije:
-Doctor, ¿no es cierto que de no haber sido por cierto coronel
que estuvo destinado aquí no le hubiese sido a usted difícil conseguir el
Premio Nobel?
Durante tres minutos estuvo echando maldiciones con magnífico
estilo:
-¿Quién le habló a usted de eso?
-Ah, doctor, cuando estaba haciendo investigaciones para el
Departamento de Defensa... ¿ya lo he mencionado, verdad?
-No.
-Pues bien, cuando estaba allí, oí toda esa historia de boca de
un joven, Ph. D., que trabajaba en otra sección. Había leído el informe, y dijo
que era evidente que usted sería el hombre más famoso de la física
contemporánea... si le hubiesen permitido publicar su trabajo.
-Hum... Eso es cierto.
-Pero deduje que estaba clasificado... por orden de ese coronel,
ah... coronel Plushbottom.
-Thrushbotham, Thrushbotham... amigo. Un gordo, fatuo,
flatulento, besapiés, necio, incapaz de encontrar su propio sombrero aunque lo
tuviese clavado en la cabeza. Y así debería haber sido.
-Parece una lástima muy grande.
-¿Qué es una gran lástima, señor mío? ¿Que Thrushbotham fuese un
mentecato? Eso era culpa de la naturaleza, no mía.
- Parece una lástima que el mundo sea privado de esa historia.
Tengo entendido que no le permiten a usted hablar de ella.
-¿Quién se lo ha dicho? ¡Yo hablo de lo que me da la gana!
- Eso fue lo que yo entendí, señor... según mi amigo del
Departamento de Defensa.
- Hum...
Eso fue todo lo que le saqué aquella noche. Le costó una semana
decidirse a enseñarme su laboratorio.
La mayor parte del edificio era entonces utilizada por otros
investigadores, pero su laboratorio del tiempo era cosa a la que no había
renunciado nunca, si bien entonces no lo usaba; se amparaba en su caridad de
clasificado y se negaba a que nadie más lo tocase, y tampoco había permitido
que desmontasen los aparatos. Cuando me hizo entrar, aquel lugar olía como una
cripta que no hubiese sido abierta desde hacía años.
Había bebido lo suficiente para que no le importase nada, pero
no demasiado para no estar equilibrado. Su capacidad de bebida era
considerable. Me dio una conferencia sobre las matemáticas de la teoría del
tiempo y del desplazamiento temporal (no lo llamaba «viaje por el tiempo»),
pero me advirtió que no tomase notas. No hubiese servido de nada que las
hubiese tomado, pues acostumbraba a comenzar un párrafo con un «Es por lo tanto
evidente...» y proseguir hablando de materias que podían haber sido obvias para
él y para Dios, pero para nadie más.
Cuando se hubo sosegado algo, dije:
-Por lo que me dijo mi amigo deduje que lo único que no había
usted conseguido fue calibrarlo. Que no le era a usted posible conocer
exactamente la magnitud exacta del desplazamiento temporal.
-¿Cómo? ¡Estupideces! Joven... si no se puede medir, no es
ciencia: -Murmuró unos instantes como una caldereta y prosiguió-: Mire, se lo
voy a enseñar.
Se volvió y comenzó a hacer ajustes. Todo lo que se veía de su
instalación era lo que él llamaba la «plataforma del locus temporal»: una
sencilla plataforma con una jaula en derredor, y un tablero de control que
podría haber servido para unas plantas de presión o para una cámara de bajas
presiones. Estoy casi seguro de que hubiese podido averiguar cómo manejar los
controles si me hubiese dejado solo para examinarlos, pero había advertido con
dureza que me mantuviese alejado de ellos. Podía ver un registrador de Brown de
ocho puntos, con interruptores muy macizos operados con solenoides, y una
docena más de componentes igualmente familiares, pero que no significaban nada
sin los diagramas del circuito.
-¿Tiene cambio en el bolsillo? -me preguntó.
Metí la mano en mi bolsillo y saqué un puñado de monedas. Les
echó una ojeada y escogió dos piezas de cinco dólares, nuevas de cuño. Aquellos
hexágonos de plástico verde que acababan de ser puestos en circulación aquel
año. Me habría gustado más que hubiese escogido piezas de dos y medio, pues no
andaba muy bien de fondos.
-¿Tiene usted un cuchillo?
-Sí, señor.
-Grabe sus iniciales en una de ellas.
Así lo hice. Entonces me las hizo poner en el escenario, una
junto a otra:
-Observe el instante exacto. He calibrado el desplazamiento para
exactamente una semana, más o menos seis segundos.
Miré mi reloj. El doctor Twitchell dijo:
-Cinco... cuatro... tres... dos... uno... ¡ahora!
Alcé la vista de mi reloj. Las monedas habían desaparecido. tuve
que pretender que los ojos se me salían de la cabeza. Chuck había hablado de
una demostración semejante, pero verla en re dad era otra cosa.
El doctor Twitchell dijo animadamente:
-Volveremos dentro de una semana a contar desde esta noche
esperaremos que reaparezca una de ellas. En cuanto a la otra ¿usted mismo las
vio a las dos en la plataforma? ¿Usted mismo puso allí?
-Sí, señor.
-¿Dónde estaba yo?
-Junto al tablero de control, señor.
Había estado a por lo menos cinco metros de la parte II próxima
de la jaula y no se había acercado a ella desde entonces.
-Muy bien. Venga aquí. -Así lo hice; él se metió la mano su
bolsillo-. Aquí tiene una de sus piezas. Tendrá la otra dentro una semana. -Y
me entregó una moneda verde de cinco dólar sobre ella estaban grabadas mis
iniciales.
No dije nada porque la verdad es que no puedo hablar muy bien
cuando la mandíbula me cuelga. Prosiguió.
-Sus observaciones de la semana pasada me perturbaron. ~ fue que
visité este lugar el miércoles, algo que no había hecho des hacía... bueno, más
de un año. Encontré esta moneda en la plataforma, de modo que supe que había
estado usando... que iba a usar nuevamente la instalación. Hasta esta noche no
me decidí a hace funcionar para usted.
Miré la moneda, y la toqué:
-¿Esto estaba en su bolsillo cuando vinimos aquí esta noche?.
-Desde luego.
-¿Pero cómo podía haber estado en su bolsillo y en el mío mismo
tiempo?
-¡Vaya por Dios! ¿Es que no tiene ojos para ver, ni cerebro para
pensar? ¿No puede usted absorber un sencillo hecho solamente porque se
encuentra fuera de su monótona experiencia? Usted trajo aquí esta noche, y lo
enviamos a la semana pasada. Usted vio. Hace unos días lo encontré aquí, y me
lo metí en el bolsillo. Lo traje conmigo esta noche. La misma moneda... o, para
ser exacto un segmento posterior de su estructura del espacio-tiempo, usa<
una semana más, un poco más gastado... pero lo que el vulgo llamaría la «misma»
moneda. Si bien no es en realidad más idéntica de lo que un bebé es idéntico al
hombre en que aquel bebé se convierte. Más viejo.
Le miré:
Doctor... hágame retroceder una semana... Me miró con enojo:
- ¡ímposible!
¿Por qué no? ¿Es que eso no funciona con personas?
-¿Cómo? ¡Pues claro que funciona con personas!
-Entonces, ¿por qué no hacerlo? No tengo miedo. Imagínese qué
cosa más maravillosa sería para el libro... que yo pudiese testificar por
experiencia propia que el desplazamiento en el tiempo de Twitchell es una
realidad.
-Ya puede usted informar por experiencia propia. Usted lo vio.
-Sí -admití lentamente-, pero no lo creerán. Esa historia de las
monedas... y lo vi y lo admito. Pero cualquiera que no haga más que leer una
descripción de ello deducirá que soy muy crédulo, y que usted se burló de mí
gracias a un sencillo juego de manos.
-Maldita sea...
-Eso es lo que los demás dirán. No serían capaces de creer que
yo verdaderamente vi lo que describí. Pero si usted me enviase al pasado,
solamente una semana, entonces podría informar por experiencia propia...
-Siéntese y escúcheme. -El se sentó, pero no había sitio
bastante para que yo pudiese sentarme, de lo cual él no pareció darse cuenta-.
Hace tiempo experimenté con seres humanos y es por esa razón que resolví no
volverlo a hacer nunca más.
-¿Por qué? ¿Es que los mató?
-¿Cómo? No diga tonterías. -Me miró fijamente y añadió-:
Esto no debe ponerlo en su libro.
-Como usted diga, señor.
-Ciertos pequeños experimentos demostraron que los sujetos vivos
podían efectuar desplazamientos temporales sin sufrir daños. Había confiado en
un colega, un joven que enseñaba dibujo y otras asignaturas en la escuela de
arquitectura. Era en realidad más bien un ingeniero que un científico, pero a
mí me gustaba: era de viva inteligencia. Ese joven, no puede hacer ningún daño
decirle su nombre: Leonardo Vincent, estaba loco por probarlo... por probarlo
en serio; quería sufrir un desplazamiento de gran alcance, de quinientos años.
Fui débil y se lo permití.
-¿Y entonces qué ocurrió?
-¿Cómo puedo saberlo? ¡Quinientos años, amigo mio! No viviré
para saberlo.
-¿Pero usted cree que está a quinientos años en el futuro?
-O en el pasado. Quizás haya ido a parar al siglo quince; o al
veinticinco. La probabilidad es exactamente la misma. Hay una indeterminación;
ecuaciones simétricas. A veces se me ha ocurrido... pero no, es solamente una
semejanza de nombres.
No le pregunté lo que quería decir porque yo también me di
cuenta de repente y se me pusieron los pelos de punta. Lo desplacé de mi mente;
tenía otros problemas. Además, no podía ser sino una casualidad, no era posible
que un hombre fuese de Colorado a Italia; no en el siglo XV.
-Pero resolví que no iba a ser tanteado otra vez. No era
ciencia; no añadía nada a los datos conocidos. Si era desplazado hacia delante,
bueno. Pero si era desplazado hacia atrás... entonces probablemente enviaba a
mi amigo a ser asesinado por los salvajes. O a ser comido por las fieras.
O incluso, quizá, pensé yo, a convertirse en un «Gran Dios
Blanco» Me guardé esa idea para mi.
-Pero conmigo no necesitaría usted utilizar un desplazamiento
tan largo.
-No hablemos más del asunto, por favor. Pierde usted
completamente el tiempo.
-Como usted quiera, doctor. -Pero no lo podía dejar correr-. Ah,
¿me permite hacer una sugerencia?
-Bueno. Hable.
-Podríamos obtener casi el mismo resultado sencillamente por
medio de un ensayo.
-¿Qué quiere usted decir?
-Un ensayo en vacío, haciéndolo todo exactamente como si
intentase usted desplazar un sujeto vivo; yo me prestaré a desempeñar el papel.
Haremos todo exactamente lo mismo como si usted tuviese intención de
desplazarme, hasta el punto en que usted apriete el botón. Entonces me haré
cargo del proceso... que es lo que hasta ahora no he conseguido.
Gruñó un poco, pero la verdad es que tenía ganas de enseñar su
juguete. Me pesó, y puso aparte pesos metálicos que igualaban exactamente mis
setenta y seis kilos.
-Estas son las mismas balanzas que utilicé con el pobre Vincent.
-Entre los dos las colocamos a un lado de la plataforma.
-¿Qué ajuste temporal vamos a hacer? Se trata del experimento de
usted.
-Ah... ¿usted dijo que se podría calibrar exactamente?
-Así lo dije, señor mío. ¿Es que lo duda?
-Oh, no, no... Bueno, veamos, hoy es el día 24 de mayo;
supongamos que... ¿qué le parecería treinta y un años, tres semanas, un día,
siete horas, trece minutos y veinticinco segundos?
-Una broma bien poco graciosa, señor. Cuando dije «exactamente»
quise decir «con exactitud mayor que una parte de cien mil». No he tenido la
oportunidad de calibrar a una parte en novecientos millones.
-Ah... Se ve, doctor, lo importante que es para mí un ensayo
exacto, puesto que sé tan poco de todo esto. Bueno, digamos treinta y un años y
tres semanas. ¿O eso es todavía demasiado preciso?
-En modo alguno. El error máximo no deberá exceder a dos horas.
-Efectuó algunos ajustes-. Puede usted colocarse en su lugar en la plataforma.
-¿Es esto todo?
-Sí. Todo menos la energía. En realidad no me sería posible
efectuar este desplazamiento con la línea de voltaje que utilicé para aquellas
monedas. Pero puesto que no vamos a hacerlo en realidad, esto no importa.
Me sentí decepcionado.
-¿Entonces usted no dispone de lo que es realmente necesario
para producir tal desplazamiento? ¿Hablaba usted en teoría?
-Maldita sea, señor. No hablaba en teoría.
-¿Pero si carece usted de energía...?
-Puedo obtener la energía si es que insiste. Espere.
Se fue a un rincón del laboratorio y cogió un teléfono. Debieron
haberlo instalado cuando el laboratorio era nuevo; no había visto uno como
aquél desde que me había despertado. Siguió una animada conversación con el
superintendente nocturno de la central energética de la universidad. El doctor
Twitchell no tenía necesidad de utilizar un lenguaje indecente; podía
prescindir por completo de ello, y ser más incisivo que la mayoría de los
verdaderos artistas pueden serlo utilizando palabras más expresivas.
-No me interesan lo más mínimo sus opiniones, señor mío. Lea sus
instrucciones. Tengo derecho a toda clase de facilidades siempre que las
solicite. ¿O es que no sabe usted leer? ¿Quiere usted que nos entrevistemos con
el presidente mañana por la mañana a las diez, para que se las lea? ¡Ah! ¿De
modo que sí que sabe usted leer? ¿Y sabe usted escribir también? ¿O hemos ya
agotado sus aptitudes? Entonces escriba: Toda la potencia de emergencia a
través de las barras del Laboratorio Conmemorativo Thornton exactamente dentro
de ocho minutos. Repítalo.
Colgó el teléfono:
-¡Vaya gente!
Se dirigió al cuadro de control, efectuó diversas alteraciones y
esperó. Pronto, incluso desde donde estaba yo, de pie en el interior de la
jaula, pude ver las largas agujas de tres instrumentos dé medida que se
desplazaban a través de sus esferas, y una luz roja que aparecía sobre la parte
alta del cuadro.
-Energía -dijo.
-¿Y ahora qué sucede?
-Nada.
-Es lo que suponía.
-¿Qué quiere decir?
-Lo que dije. Que no iba a pasar nada.
-Me temo que no le comprendo. Confío en que sea así. Lo que
quiero decir es que nada iba a pasar, a menos que cerrara el interruptor
piloto. Si lo hiciese, usted sería desplazado exactamente treinta y un años y
tres semanas.
-Y yo sigo diciendo que no sucedería nada.
-Me parece, señor mío, que trata usted de ofenderme
deliberadamente -dijo, un tanto hosco.
-Llámelo como quiera, doctor. Vine aquí a investigar un notable
rumor; pues bien, ya lo he investigado. He visto un tablero de control con unas
bonitas luces, que parece una especie de escenario para un científico loco en
un táctil espectacular. He visto un juego de manos realizado con dos monedas.
Y, de paso, no se trata de un juego de manos puesto que usted mismo escogió las
monedas y me indicó la manera de marcarías; cualquier mago de salón pudo
haberlo hecho mejor. He oído muchas palabras, pero las palabras cuestan poco.
Lo que usted pretende haber descubierto es imposible. Y, de paso, allá en el
departamento ya lo saben. No es que eliminaran su informe; lo que hicieron fue
sencillamente archivarlo entre los de los chiflados. De vez en cuando lo sacan y
lo hacen circular, para reírse un rato...
Pensé que en aquel mismo instante el pobre viejo iba a sufrir un
ataque de apoplejía. Pero no tenía más remedio que estimularle mediante el
único reflejo que le quedaba: su vanidad.
Váyase de aquí, señor. ¡Váyase o le daré de bofetadas! Le
castigaré con mis propias manos.
Con la furia que le dominaba quizá lo hubiera conseguido a pesar
de su edad, su peso y su estado físico. Pero respondí:
-No me asustas, abuelo. Y ese botón de pacotilla tampoco me
asusta. Apriétalo si te atreves.
Me miró y miró al botón, pero siguió sin decidirse. Me reí con
sarcasmo.
-Es un embolado, como me dijeron. Twitch, eres un pomposo
farsante, con una camisa rellena. El Coronel Thrushbotham tenía razón.
Aquello le decidió.
10
Incluso en el mismo instante en que pulsó el botón intenté
gritarle para que no lo hiciese. Pero ya era demasiado tarde: estaba cayendo.
Mi último pensamiento fue de terror; no quería hacerlo. Lo había echado todo a
perder y había atormentado casi mortalmente a un pobre hombre que no me había
hecho daño alguno; ni siquiera sabía en qué dirección iba. Y, peor aún, tampoco
sabía si llegaría.
Sentí un golpe, pero no creí haber caído de más de un metro y
medio, no estaba preparado para el golpe. Me sentí algo mareado y me hundí como
un trapo.
-¿De dónde diablos ha salido usted? -oí que decían. Era un
hombre de unos cuarenta años, calvo, pero delgado y con buena figura. Estaba de
pie ante mi, con los puños apoyados en las caderas. Tenía un aire competente y
astuto, y el aspecto de su cara no era desagradable, salvo que en aquel momento
me estaba mirando con enojo.
Me senté en el suelo y descubrí que estaba sobre gravilla de
granito y agujas de pino. Junto al hombre había una mujer: una mujer bonita, de
aspecto agradable, algo más joven que él. Me miraba con los ojos muy abiertos,
pero no decía nada.
-¿Dónde estoy? -pregunté tontamente.
Lo mismo podía haber preguntado: ¿Cuándo estoy?, pero eso
hubiese parecido todavía más absurdo, y además no se me ocurrió Con sólo
mirarles me di cuenta de cuándo no estaba. Tenía la seguridad de que no era en
1970. Ni tampoco seguía siendo 2001 en 2001 dejaban aquello para playas
solamente. De manera que debía haberme desplazado en sentido opuesto...
Porque ninguno de los dos llevaba encima más que una lisa capa
de bronceado. Ni siquiera Juntafuerte. Pero parecía que les bastaba. Desde
luego no se sentían embarazados por ello.
-Vamos por partes -objetó-. Le he preguntado cómo llegó hasta
aquí. Y en todo caso ¿qué está usted haciendo aquí? Esto ~ propiedad
particular; ha infringido usted los límites. ¿Y qué hace usted en este disfraz
de Carnaval?
No me pareció que mis ropas estuviesen nada mal, especialmente
en vista de la manera en que ellos estaban vestidos. Pero no respondí. Otros
tiempos, otras costumbres. Me di cuenta de que iba a tener dificultades.
La mujer tocó al hombre del brazo:
-No, John -dijo con gentileza-. Me parece que está herido. El
hombre la miró, luego se volvió hacia mi:
-¿Está usted herido?
Intenté levantarme y lo conseguí.
-No creo. Unos rasguños quizás. Ah, ¿qué día es hoy?
-¿Cómo?... Pues es el primer domingo de mayo. Creo que es el
tres de mayo. ¿Es cierto Jenny?
-Si, cariño.
-Mire -dije apresuradamente-. He recibido un terrible golpe en
la cabeza. Estoy confuso. ¿Qué fecha es? La fecha completa.
-¿Qué?
Debía haberme callado hasta que lo hubiese podido averiguar por
medio de algo así como un calendario o un diario. Pero necesitaba saberlo en
seguida. No podía esperar.
-¿Qué año?
- Pues sí que te han dado, amigo. Estamos en 1970.
Me di cuenta de que estaba nuevamente mirando mis ropas. Mi
alivio fue mayor de lo que podía soportar. Lo había conseguido. ¡Lo había
conseguido! No era demasiado tarde.
- Gracias – dije -. Muchísimas gracias.
Parecía como si aquel hombre aún siguiese teniendo ganas de
llamar a las reservas, de modo que añadí nerviosamente:
- Padezco de ataques repentinos de amnesia. Una vez perdí...
cinco años completos.
- Me imagino que eso debería ser muy desagradable - dijo
lentamente -. ¿Se siente usted lo bastante bien para responder a mis preguntas?
- No le acoses, cariño - dijo la mujer con suavidad -. Parece
una buena persona. Creo que sencillamente se ha equivocado.
- Ya lo veremos. ¿Bueno?
- Me encuentro bien ahora... Pero por un momento me sentí
bastante confuso.
- Está bien. ¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Y por qué va usted vestido
de esta manera?
- Si quiere que le diga la verdad, no estoy seguro de cómo
llegué hasta aquí. Y desde luego no sé dónde estoy. Estos ataques me dan de repente.
Y en cuanto a la manera de ir vestido... me figuro que podría usted llamarlo
una excentricidad personal. Algo así como la manera en que usted precisamente
va vestido... o no vestido.
Se miró a si mismo y sonrío.
-¡Ah, sí! Me doy perfecta cuenta de que la manera en que mi
mujer y yo vamos vestidos... o no vestidos... debería ser explicada, si las
circunstancias fueran diferentes. Pero preferimos que sean los que nos invaden
los que se expliquen. La verdad es que usted no encaja aquí; ni vestido de esa
manera ni de ninguna otra. En cambio, nosotros sí encajamos tal como vamos.
Estos terrenos pertenecen al Club Solar de Denver.
John y Jenny Sutton pertenecían a esas gentes sofisticadas que
no se escandalizan por nada, capaces de invitar a un terremoto a tomar el té.
Era evidente que a John no le satisfacían mis turbias
explicaciones y que quería volver a interrogarme, pero Jenny se lo impidió. Me
aferré a mi historia de los «ataques de mareo» y dije que lo último que
recordaba era ayer por la tarde, y que había estado en Denver, en el New Brown
Palace. Por fin dijo:
-Bueno, pues es bastante interesante, hasta apasionante, y me
figuro que alguien que vaya a Boulder podrá dejarle allí, y podía tomar un
autobús hasta Denver. -Me volvió a mirar-. Pero si le llevo conmigo a la caseta
del club, la gente sentirá mucha, muchísima curiosidad.
Me miré. Me había sentido vagamente incómodo por el hecho de que
yo iba vestido y ellos no; quiero decir que me parecía que era yo quien estaba
en falta y no ellos.
- John... ¿Sería más sencillo si yo también me quitara la ropa?.
La idea no me turbaba; nunca había estado en uno de aquello
campamentos de nudistas; no veía su objeto. Pero Chuck y yo habíamos pasado un
par de fines de semana en Santa Bárbara y uno en Laguna Beach, y en las playas
lo único que verdaderamente queda bien es la piel.
- Desde luego - asintió John.
-Cariño -dijo Jenny -, podría ser nuestro invitado.
-Pues... sí. Mira, querida, lo mejor que puedes hacer es volver
a la caseta. Mézclate con la gente y procura que se enteren de que estamos
esperando a un invitado de... ¿De dónde será, Dan
-Pues... de California; Los Ángeles. La verdad es que soy de
allí
Casi dije «Gran Los Ángeles», y me di cuenta de que tendría que
ir con cuidado con lo que decía. El «cine» ya no era los «táctiles»
-De Los Angeles. Eso y «Danny» es todo lo que hace falta; no
utilizamos los apellidos, a menos de que se ofrezcan. De modo que amor mío,
hazlo correr, como si fuera algo que ya sabía todo e mundo. Y dentro de media
hora nos vas a buscar a la entrada. Pero en lugar de ir allí vienes aquí. Y
tráeme mi maletín.
-¿Para qué el maletín, querido?
-Para esconder este disfraz. Es demasiado llamativo, incluso
para alguien tan excéntrico como Danny dice que es.
Me levanté y me fui en seguida detrás de unos arbustos a
desnudarme, puesto que una vez que se hubiese ido Jenny no hubiese tenido ya
razón para sentir el pudor del vestido. Me era necesario hacerlo; no podía
desnudarme y mostrar que llevaba veinte mil dólares en oro, al precio estándar
de 1970 (sesenta dólares por onza) arrollados alrededor de mi cintura. No tardé
mucho, pues con aquel oro me había hecho un cinturón, el lugar de un sencillo
aro, y la primera vez que tuve dificultades con éste fue al sacármelo y
ponérmelo para bañarme.
Cuando me hube quitado mis ropas envolví en ellas el oro e hice
lo posible por pretender que todo aquello pesaba solamente lo que deberían
haber pesado las ropas. John Sutton echó una ojeada al paquete, pero no dijo
nada. Me ofreció un cigarrillo; los llevaba sujetos al tobillo. Eran una marca
que ya creía que no iba a ver nunca más.
Lo agité, pero no se encendió. Luego dejé que me lo encendiese.
-Y ahora -dijo reposadamente-, que estamos solos, ¿hay algo que
quieras decirme? Si tengo que responder por ti en el club, tengo que tener la
seguridad, por lo menos, de que no crearás dificultades.
-John, no voy a crear dificultades. Es lo último que deseo.
-Hum... probablemente. Así pues, ¿solamente «ataques de mareo»?
Lo pensé. Era una situación imposible. Aquel hombre tenía
derecho a saberlo. Pero era evidente que no creería la verdad... por lo menos,
yo en su lugar no la hubiese creído. Pero sería peor si me creía; se armaría
precisamente el jaleo que yo quería evitar. Me imagino que si hubiese sido un
verdadero, honrado y legítimo viajero del tiempo, ocupado en investigación
científica, hubiese buscado la publicidad, proporcionando pruebas
indiscutibles, e invitando a los científicos a que efectuasen ensayos.
Pero no lo era; era un ciudadano particular y algo turbio,
ocupado en un asunto sobre el cual no quería llamar la atención. No hacía sino
buscar mi Puerta al Verano lo más discretamente posible.
-John... si te lo dijese no lo creerías.
-Hum... quizá. Pero en fin, vi caer a un hombre del espacio
vacío... a pesar de lo cual no dio con suficiente fuerza en el suelo como para
hacerse daño. Lleva unas ropas extrañas. Parece no saber dónde está, ni qué día
es. Danny, he leído a Charles Fort, lo mismo que la mayoría de las personas.
Pero nunca había esperado encontrarme con un caso. Y ahora que me lo he
encontrado espero que la explicación sea tan sencilla como la de un juego de
manos. ¿Así pues?
- John, algo que dijiste antes, la manera en que expresaste una
cosa, me hace pensar que eres abogado.
-Sí, lo soy. ¿Por qué?
-¿Puedo hacerte una comunicación privada?
-Hum... ¿es que pides que te acepte como cliente?
-Si es que quieres expresarlo así, pues si. Es probable que
necesite consejo.
-Venga, pues. Privado.
-De acuerdo. Vengo del futuro. Viajé por el tiempo.
No dijo nada durante unos instantes. Estábamos echados al sol.
Yo lo hacía para mantenerme caliente; en mayo, Colorado es soleado pero fresco.
John Sutton parecía estar acostumbrado, y no hacía sino pasar el rato,
mordiendo una aguja de pino.
-Tienes razón -respondió-. No lo creo. Dejémoslo en lo de
«ataques de mareo».
-Ya te dije que no lo creerías.
Suspiró:
-Digamos que no quiero creerlo. No quiero creer en fantasmas ni
en la reencarnación y en nada de toda esa magia ESP. Me gustan las cosas
sencillas que puedo comprender. Me parece que a la mayoría de la gente le
ocurre lo mismo. De modo que mi primer consejo es que lo sigas considerando una
comunicación privada. ~ lo hagas correr.
-Eso es lo que me conviene.
Dio la vuelta.
-Pero me parece que seria una buena idea quemar esas ropas Ya
encontraré algo que te puedas poner. ¿Arderán?
-Pues no muy fácilmente. Se fundirán.
-Valdrá más que te vuelvas a poner los zapatos. Aquí
acostumbramos a llevarlos, y ésos servirán. Si alguien te hace pregunta sobre
ellos, di que han sido hechos a medida y que son ortopédicos
-Es precisamente lo que son.
-Está bien. -Empezó a desenvolver mis ropas antes de que pudiese
detenerle-. ¡ Qué diablos!
Era demasiado tarde, de manera que dejé que lo destapase
-Danny -dijo con voz extraña-, ¿es lo que parece?
-¿Qué es lo que parece?
-Oro.
-Sí.
-¿De dónde lo sacaste?
-Lo compré.
Lo tocó, probó la suavidad de aquella sustancia, sensual como la
masilla, y lo sopesó.
-¡Diablos, Danny!... Escúchame con atención. Voy a hacerte una
pregunta, y ten muchísimo cuidado en la manera de contestar la. Porque a mí no
me sirve un cliente que no me diga la verdad Lo dejo. Y no me hago cómplice de
un crimen. ¿Adquiriste legal mente esta sustancia?
-Si.
-¿Acaso no has oído hablar de la Ley de Reserva del Oro de 1968?
-He oído hablar de ella. Lo he adquirido legalmente, y tengo IE
intención de venderlo a la Casa de la Moneda en Denver, a cambio de dólares.
-¿Acaso tienes licencia de joyero?
-No, John. Sencillamente, he dicho la verdad, tanto si me crees
como si no. Allá de donde vengo lo compré en la tienda, tan
legalmente como lo es respirar. Ahora quiero convertirlo en dólares, en cuanto
me sea posible. Sé que conservarlo es contrario a la ley. ¿Qué pueden hacerme
silo pongo sobre el mostrador de la Casa de la Moneda y les digo que lo pesen?
-Nada, a la larga..., si te aferras a lo de los «ataques de
mareo». Pero entre tanto te pueden molestar de lo lindo. -Lo miró-. Será mejor
que lo ensucies un poco.
-¿Enterrarlo?
-No hace falta ir tan lejos. Pero, si lo que me dices es cierto,
encontraste este oro en las montañas; es allí donde los mineros acostumbran a
encontrar oro...
-Bueno... como tú digas. No me importan algunas mentiras
inocentes, puesto que en todo caso me pertenece legítimamente.
-Pero, ¿es que es una mentira? ¿en qué fecha viste por primera
vez este oro? ¿Cuándo entró en tu posesión por vez primera?
Intenté pensarlo. Fue el mismo día que salí de Yuma, o sea, un
día de mayo de 2001. Hacía unas dos semanas...
-Pues, ya que lo preguntas así, John... La fecha en que vi por
vez primera este oro fue... hoy, tres de mayo de 1970.
Asintió con la cabeza.
-De modo que lo encontraste en las montañas...
Como los Suttons se quedaban hasta el lunes por la mañana, yo
también me quedé. Los demás miembros del club eran corteses, pero notablemente
discretos en lo que respecta a los asuntos personales de uno, mucho más que
ningún otro grupo en el que yo hubiese estado antes. Desde entonces me he
enterado de que eso es costumbre corriente de los clubs de piel, pero entonces
hizo que me pareciesen las gentes más discretas y más corteses que nunca haya
conocido.
John y Jenny tenían su propia cabina, y yo dormí en una litera
en el dormitorio de la caseta del club. Hacía un fresco excesivo. A la mañana
siguiente, John me dio una camisa y un par de pantalones azules. Envolvimos mis
propias ropas alrededor del oro y las pusimos dentro de una bolsa en la caja de
su coche, que era un Jaguar Imperator, lo cual era suficiente para indicar que
no se trataba de un insignificante abogado. Yo ya me había dado cuenta de eso
por sus modales.
Me quedé con ellos por la noche, y el martes ya tenía algo de
dinero. Nunca volví a ver aquel oro, pero en el curso de las siguientes semanas
John me entregó su valor exacto como lingote en 1' Casa de la Moneda, menos la
comisión corriente de los comprado res de oro autorizados. Sé que no se
entendió directamente con I¡ Casa de la Moneda, pues siempre me entregaba
talones de lo compradores de oro. Nunca dedujo nada por sus servicios, ni ~
prestó a darme detalles.
No me importaba. En cuanto volví a tener dinero comencé actuar.
Aquel primer martes, 5 de mayo de 1970, Jenny me acompañó, y alquilé un pequeño
ático en el viejo distrito comercial. L amueblé con una mesa de dibujo, otra de
trabajo, una litera di ejército y bien poca cosa más; ya tenía 120, 240, gas,
agua corriente y un retrete que se atrancaba con facilidad. No necesitaba más,
tenía que vigilar cada uno de mis céntimos.
Tener que dibujar por medio del viejo método del compás y d la T
resultaba aburrido y lento, y no tenía ni un minuto que perder de manera que
construí a Dan Dibujante antes de volver a montar a Frank Flexible. Con la
diferencia de que esta vez Frank Flexíble se convirtió en Pet Proteico, el
autómata para todo uso, conectado de tal manera que podría hacer casi todo lo
que un hombre puede hacer, siempre y cuando se instruyese adecuadamente a sus
tubo Thorsen. Sabía que Pet Proteico no quedaría así, sino que en sus
descendientes se desarrollarían una multitud de dispositivos especializados,
pero quería establecer mis derechos de la manera más amplia posible.
Para las patentes no se necesitan modelos que funcionen, sino
sencillamente dibujos y descripciones. Pero yo necesitaba buenos modelos,
modelos que funcionasen perfectamente y que cualquiera pudiese maniobrar,
puesto que esos modelos tendrían que venderse a si mismos, demostrar lo
prácticos que eran y que habían sido diseñados con una economía tan evidente en
su eventual producción en ingeniería, que no solamente funcionaban, sino que
representarían una buena inversión; la oficina de patentes está atiborrada de
cosas que funcionan, pero que carecen de valor comercial.
El trabajo avanzaba lenta y rápidamente al mismo tiempo:
rápidamente porque sabía con exactitud lo que hacía, y lentamente porque
carecía de taller adecuado y de ayuda. Por fin, y con gran pesar, eché mano de
mi preciosa reserva en efectivo para alquilar algunas herramientas, y a partir
de entonces las cosas fueron mejor. Trabajaba desde el desayuno hasta quedar
agotado, siete días por semana, salvo por cosa así como un fin de semana por
mes con John y Jenny en el club del trasero-al-aire cercano a Boulder. A
principios de septiembre tenía ya los dos modelos en funcionamiento
satisfactorio y estaba a punto de comenzar con los dibujos y las descripciones.
Diseñé, y encargué la fabricación de bonitas placas de cobertura para ambos, e
hice que me cromasen las partes externas movibles; ésos fueron los únicos
trabajos que di a hacer fuera y me dolió gastar el dinero, pero me pareció
necesario. Desde luego, había utilizado en todo lo posible los componentes
estándar que podían conseguirse; de otro modo no hubiese podido construir los
modelos, ni hubiesen sido comerciales al ser terminados. Pero no me gustaba
gastarme el dinero en embelecamientos hechos por encargo.
No tuve tiempo de salir, y fue mejor así. Una vez, cuando estaba
comprando un servomotor, me encontré con un tipo a quien había conocido en
California. Me habló, y le contesté antes de haberlo pensado.
-¡Hola, Dan! ¡Danny Davis! ¡Qué casualidad encontrarte aquí!
Creía que estabas en Mojave.
Nos dimos la mano.
-Es solamente un breve viaje de negocios. Vuelvo dentro de pocos
días.
-Yo vuelvo esta tarde. Llamaré a Miles y le diré que te he
visto.
Puse cara de preocupado, y la verdad es que lo estaba.
-Por favor, no hagas eso.
-¿Por qué no? ¿Es que Miles y tú no sois ya aquellos amigos
entrañables de siempre?
-Pues... mira, Mort, Miles no sabe que estoy aquí. Debería estar
en Alburquerque en asuntos de la Compañía. Pero en vez de ir allí me vine aquí
en avión para un asunto estrictamente personal. ¿Comprendes? No tiene nada que
ver con la Compañía. Y no tengo ganas de discutirlo con Miles.
Puso cara de enterado.
-¿Cosa de mujeres?
-Pues... sí.
-¿Casada?
-Algo así.
Me dio un codazo en las costillas y guiñó el ojo.
-Comprendo. El viejo Miles es un puritano, ¿verdad? bueno, esta
vez te haré de pantalla, y otra vez lo podrás hacer tú por mi. ¿Está buena?
Lo que sí estaría bueno seria darte en la cabeza, asqueroso
sinvergüenza... Mort era uno de esos vendedores a comisión que se pasan más
tiempo intentando seducir camareras que cuidándose de sus clientes, y, además,
los géneros que llevaba eran siempre de la peor especie.
Pero le invité a una copa y le llené los oídos de fantástica¡
historias sobre la «mujer casada» que había inventado, mientras ¿1 se jactaba
de una serie de proezas sin duda igualmente ficticias, Luego me lo quité de
delante.
En otra ocasión intenté invitar a una copa al doctor Twitchefl1
pero fracasé.
Me había sentado junto a él en el mostrador del restaurante de
un drugstore en la calle Champa, cuando vi su cara reflejada en el espejo. Mi
primer impulso fue meterme debajo del mostrador a esconderme.
Pero luego me vi a mí mismo en el espejo y me di cuenta de que1
de entre todas las personas que vivían en 1970, él era de quien menos tenía que
preocuparme. No podía suceder nada malo, por. que nada había... quiero decir
«nada habría». No... Por fin desistí de ponerlo en palabras, y me di cuenta de
que si el viajar por e tiempo llegaba a extenderse, a la gramática inglesa
tendría que añadirse toda una serie de nuevos tiempos para describir
situaciones reflexivas conjugaciones que harían que los tiempos literarios
franceses y los tiempos latinos pareciesen sencillos.
Pero de todos modos, pasado o futuro, o lo que fuese, Twitcheli
no tenía por qué preocuparme ahora. Podía estar tranquilo.
Estudié su cara en el espejo, preguntándome si sería solamente
un parecido casual. Pero no lo era. Twitchell no tenía una cara tan corriente
como la mía; sus rasgos eran severos, confiados, algo arrogantes y elegantes, y
se hubiesen encontrado en Zeus como en su casa. Solamente recordaba aquella
cara en ruinas, pero no habla duda; me retorcí por dentro cuando pensé en el
viejo y en lo m~ que le había tratado. Me preguntaba cómo le podría compensar
Twitchell se dio cuenta de que le estaba mirando.
-¿Ocurre algo?
-No... Ah, usted es el doctor Twitchell, ¿verdad? ¿De la
Universidad?
-Sí, Universidad de Denver. ¿Nos conocemos?
Por poco hago una plancha, pues me había olvidado de que aquel
año enseñaba en la Universidad de la ciudad. Recordar en dos direcciones es
difícil.
-No, doctor, pero le he oído en alguna de sus conferencias.
Podría decir que soy uno de sus admiradores.
Su boca se curvó en una media sonrisa, que no acabó de formarse.
Por aquello, y por otros detalles me di cuenta de que no había adquirido aún el
voraz deseo de ser adulado; a aquella edad estaba seguro de si mismo y
solamente necesitaba su propia aprobación.
-¿Está usted seguro de que no me ha confundido?
-Oh, no..., usted es el doctor Hubert Twitchell. .. el gran
físico.
-Digamos sencillamente que soy un físico. O que procuro serlo -
dijo desmañadamente.
Charlamos durante un rato, e intenté quedarme con él cuando hubo
acabado su bocadillo. Le dije que seria para mí un honor si me permitía que le
invitase a una copa. Pero él meneó la cabeza:
- Apenas bebo, y desde luego nunca después que ha anochecido. De
todos modos, muchas gracias. Me he alegrado de conocerle. Si va usted por la
Universidad, venga a verme algún día al laboratorio.
Le dije que lo haría.
Pero no cometí muchos errores en 1970 (la segunda vez que llegué
allí) porque lo comprendía, y, además, la mayor parte de los que podrían
haberme reconocido estaban en California. Tomé la resolución de que si me
encontraba con alguna otra cara conocida haría ver que no sabía quiénes eran, y
pasaría de largo; no me arriesgaría.
Pero hay cosas de poca importancia que también pueden ocasionar
dificultades. Como aquella vez en que me enredé con un cierre cremallera,
sencillamente porque me había acostumbrado a los cierres Juntafuerte, tanto más
cómodos y seguros. Había otras muchas cosas por el estilo que eché mucho de
menos después de haberme acostumbrado en solamente seis meses a aceptarlas como
cosa natural. Y afeitarme... ¡tener que volver a afeitarse! Una vez incluso me
resfrié. Aquel horrendo espectro del pasado se debió a haberme olvidado de que
las ropas pueden llegar a empaparse bajo la lluvia. Me hubiese gustado que esos
preciosos estetas que se ríen del progreso y que hablan de la superior belleza
del pasado pudiesen haber estado conmigo: platos que dejan que la comida se
enfríe, camisas que hay que lavar en la colada, espejos de los cuartos de baño
que se empañan con el vapor, precisamente cuando se necesitan, narices que
gotean, suciedad por el suelo y suciedad en los pulmones; me había acostumbrado
a una vida mejor y 1970 fue una sucesión de pequeñas frustraciones hasta que
volví a adaptarme.
Pero un perro se acostumbra a sus pulgas, y lo mismo me ocurrió
a mi. Denver en 1970 era un lugar muy extraño, con un delicioso sabor pasado de
moda; llegó a gustarme mucho. No era nada parecido al estilizado laberinto que
el Nuevo Plan había sido (o seria) cuando había llegado (o llegaría) desde
Yuma; tenía todavía menos de dos millones de habitantes, había aún autobuses y
otros vehículos por las calles, todavía había calles; no me fue difícil
encontrar la Avenida Colfax.
Denver estaba todavía acostumbrándose a ser la sede del gobierno
nacional, y el papel no le acababa de satisfacer, lo mismo que un muchacho en
su primer traje de etiqueta. Su espíritu suspiraba todavía por las botas de
altos tacones y su sabor del oeste, a pesar de que sabía que tenía que crecer y
ser una metrópoli internacional, con embajadas y espías y restaurantes famosos
para gourmets. Por todas partes en la ciudad estaban construyendo viviendas
para alojar a burócratas, intermediarios, mecanógrafas y lacayos; los edificios
se alzaban con tanta rapidez que en cada uno de ellos se corría el peligro de
encerrar una vaca entre sus paredes. A pesar de todo1 la ciudad solamente se
había extendido unos cuantos kilómetros más allá de Aurora por el Este, hasta
Henderson por el Norte, y Littleton por el Sur; había todavía campo abierto
antes de llegar á la Academia del Aire. Y hacia el Oeste, naturalmente, la
ciudad se extendía hasta el campo y las oficinas federales estaban perforando
túneles en las montañas.
Me gustaba Denver durante la expansión federal. No obstante,
tenía unas ganas desesperadas de volver a mi propio tiempo.
Siempre se trataba de pequeñeces. Me había hecho arreglar
completamente los dientes poco después de haber entrado a trabajar en Muchacha
de Servicio, en cuanto pude permitírmelo. No creía que nunca más fuera a tener
que ver a un dentista. No obstante, en 1970 no tenía píldoras anticaries, de
modo que se me produjo un agujero en un diente, y, además, doloroso, pues de lo
contrario no hubiese hecho caso. De modo que fui a un dentista. La verdad era
que me había olvidado de lo que él vería cuando me mirase la boca. Parpadeó,
hizo girar su espejo, y dijo:
-¡Por todos los...! ¿Quién era su dentista?
-¿Ka hu hank?
Quitó las manos de mi boca.
-¿Quién lo hizo? ¿Y cómo?
-¡Ah! ¿Quiere usted decir mis dientes? Es un trabajo
experimental que están haciendo en... India.
-¿Cómo lo hacen?
-¿Y cómo quiere que lo sepa?
-Hummm... espere un momento. Tengo que hacer unas cuantas fotos
de eso. -Y comenzó a manipular su aparato de rayos X.
-Ah, no... -objeté yo-. No haga más que limpiar esa bicúspide,
llenarla de cualquier cosa y dejarme salir de aquí.
-Pero...
-Lo siento, doctor, pero tengo muchísima prisa.
Hizo lo que le indicaba, deteniéndose de vez en cuando para
mirarme los dientes. Pagué al contado y no dejé mi nombre. Me imagino que
podría haberle dejado hacer las fotos; pero escabullirme se me había convertido
en un reflejo. No podía haber perjudicado a nadie dejárselas hacer. Ni tampoco
hubiese servido de nada, pues los rayos X no le hubiesen mostrado cómo se
llevaba a cabo la regeneración, ni tampoco se lo hubiese podido explicar yo.
No hay tiempo como el pasado para hacer cosas. Mientras estaba
sudando dieciséis horas al día con Dan Dibujante y Pet Proteico, con mi mano
izquierda estaba haciendo otra cosa. Anónimamente y a través de la oficina
legal de John, contraté a una agencia de detectives con sucursales nacionales
para que esclareciese el pasado de Belle. Les di su dirección y su número de
matrícula y modelo de su coche (puesto que los volantes son sitios adecuados
donde encontrar huellas digitales) y sugerí que quizá se había casado algunas
veces y que es posible que tuviese una historia criminal. Tuve que limitar
mucho mi presupuesto; no me fue posible contratar el tipo de información de que
a veces se oye hablar. Cuando al cabo de diez días no hube percibido
contestación, me despedí de mi dinero. Pero unos cuantos días después llegó un
grueso sobre a la oficina de John.
BeIle había sido una muchacha muy atareada. Nacida seis años
antes de lo que afirmaba, se había casado dos veces antes de los dieciocho. Una
de las veces no contaba, porque el hombre ya tenía esposa; si se había
divorciado del segundo, era algo que la agencia no había averiguado.
Desde entonces, al parecer se había casado cuatro veces, si bien
una de ellas era dudosa; quizás era el timo de la «viuda de guerra» con ayuda
de un hombre que había muerto y que no podía objetar. La habían divorciado una
vez (culpable) y uno de sus maridos había muerto. Podía todavía estar «casada»
con los demás.
Su historial policiaco era largo e interesante, pero solamente
había sido condenada una vez, en Nebraska, y puesta en libertad condicional.
Todo había sido averiguado mediante sus huellas digitales, ya que había
desaparecido durante su libertad condicional,
había cambiado su nombre y adquirido un número nuevo de
seguridad social.
La agencia preguntaba si debían notificarlo a las autoridades de
Nebraska.
Les dije que no se preocuparan: hacía nueve años que habla
desaparecido y la condena había sido sólo por servir de gancho en los juegos
prohibidos. No sé lo que habría hecho yo si hubiese sido por traficar en
drogas. Las decisiones excesivamente sopesadas tienen sus complicaciones.
Me atrasé con los dibujos y me encontré en octubre sin darme
cuenta.
Tenía las descripciones a medio redactar, puesto que debían
encajar con los dibujos, y no había hecho nada acerca de las reivindicaciones.
Peor aún, no había hecho nada para organizar la transacción de manera que fuese
válida; no podía hacerlo hasta tener el trabajo completado. Tampoco había
tenido tiempo de establecer contactos. Comencé a pensar que había cometido un
error al no pedir al doctor Twitchell que ajustase los controles para por lG
menos treinta y dos años en lugar de treinta y un año y unas miserables tres
semanas; había estimado en menos el tiempo que necesitaba y estimado en más mi
capacidad.
No había enseñado mis juguetes a mis amigos, los Sutton, porque
quisiera ocultárselos, sino porque no quería mucha cháchara y consejos inútiles
antes de terminarlos. Había quedado en ir con ellos al campamento del club el
último sábado de septiembre. Como estaba atrasado con mi trabajo, había estado
trabajando hasta tarde la noche anterior y luego el ruido del despertador me
había despertado temprano para tener tiempo de afeitarme y estar a punto de
salir cuando llegasen. Paré aquel sadístico aparato y di gracias a Dios de que
en 2001 se habían librado de tales horrendos artefactos; luego, medio mareado,
bajé a la tienda de la esquina para llamarles y decirles que no podía ir, que
tenía trabajo.
-Danny, estás trabajando demasiado. Un fin de semana en el campo
te haría bien -respondió Jenny.
-No puedo evitarlo, Jenny. No me queda otro remedio. Lo siento.
John se entrometió en la conversación.
-¿Qué son esas tonterías?
-Tengo que trabajar John. Tengo que hacerlo por fuerza. Saluda a
los amigos de mi parte.
Volví a casa, quemé unas tostadas y vulcanicé unos huevos, y
volví a mi trabajo con Dan Dibujante.
Una hora más tarde estaban llamando mis amigos.
Ninguno de nosotros fue a la montaña aquel fin de semana. En vez
de eso les estuve demostrando mis aparatos. A Jenny no le impresionó mucho Dan
Dibujante (no es cosa para mujeres, a menos de que también sean ingenieros>,
pero abrió un palmo los ojos ante Pet Proteico. A ella le ayudaba en la casa
una Muchacha de Servicio Tipo II, y podía darse cuenta de cuánto más podía
hacer aquella otra máquina.
Pero John pudo apreciar la importancia de Dan Dibujante. Cuando
le enseñé cómo podía escribir mi firma, identificable con la mía propia,
solamente con oprimir teclas, confieso que había estado ensayando; sus cejas se
quedaron clavadas en lo alto.
-Amigo, vas a dejar a miles de dibujantes cesantes.
-No. La escasez de ingenieros es cada día mayor en este país;
este aparato sencillamente contribuirá a suplir la deficiencia. Dentro de una
generación verás este aparato en todas las oficinas de arquitectura y de
ingenieros de la nación. Sin él se encontrarán tan perdidos como lo estaría un
mecánico de hoy sin las herramientas.
-Hablas como silo supieras.
-Lo sé.
John examinó a Pet Proteico -le había encargado que limpiase mi
mesa de trabajo- y luego a Dan Dibujante.
-Danny... a veces creo que quizá sí que decías la verdad, aquel
día en que nos encontramos por vez primera.
Me encogí de hombros:
-Llámalo clarividencia... pero el caso es que sí que lo sé.
Tengo la seguridad de ello. ¿Es que tiene alguna importancia?
-Posiblemente, no. ¿Qué planes tienes para esas cosas?
Fruncí el ceño.
-Ahí está la dificultad, John. Soy un buen ingeniero y un
mecánico aceptable, cuando me veo obligado a serlo, pero no soy
-hombre de negocios; ya lo he demostrado. ¿Te has ocupado alguna
vez de las leyes patentes?
-Ya te he dicho antes que eso es trabajo para un especialista.
--¿Conoces a alguno que sea honrado, y además agudo como una
navaja? He llegado al punto en que necesito uno. También tengo que establecer
una corporación para manejar el negocio. Y ocuparme de la financiación. Pero no
tengo mucho tiempo; tengo una prisa verdaderamente terrible.
-¿Por qué?
-Vuelvo al lugar de donde vine.
John se sentó y no habló durante un buen rato. Por fin dije
-Pues, dentro de nueve semanas. Nueve semanas a partir de
próximo jueves, para ser exacto.
Miró a las dos máquinas y luego volvió a mirarme:
-Más valdrá que revises tu programa. Yo diría que más bien ti
quedan nueve meses de trabajo. Incluso para entonces no estaría en producción;
si tienes suerte, estarás justo a punto de empezar moverte.
-John, ¡no me es posible!
-Desde luego que no te es posible.
-Quiero decir que no puedo alterar mi programa. Ahora, eso está
fuera de mi alcance.
Hundí la cara entre las manos. Estaba muerto de cansancio,
después de haber dormido menos de cinco horas, desde hacía días. Tal como
entonces me encontraba, estaba dispuesto a creer que había algo de razón en eso
de la «fatalidad», se podía luchar contra ella, pero nunca vencerla.
Alcé la vista.
-¿Quieres tú ocuparte?
-¿Cómo? ¿De qué parte?
-De todo. Yo ya he hecho todo lo que sé hacer.
-Es un encargo muy importante, Dan. Podría robarte el placer. Lo
sabes, ¿verdad? Y es posible que esto sea una mina de oro.
-Sé que lo será.
-Entonces, ¿por qué fiarte de mí? Te valdría más conservarme de
abogado, pagándome por la consulta.
Intenté pensar, mientras la cabeza me dolía. Otra vez, antes,
había tomado un socio; pero, la verdad es que por muchas veces que se te quemen
los dedos, no tienes más remedio que fiarte de la gente. De lo contrario te
conviertes en un ermitaño que habita en una cueva, y que duerme con un ojo
abierto. No había manera alguna de estar seguro; solamente estar vivo era ya
algo terriblemente peligroso... fatal, al fin.
-Bueno. John, ya sabes mi respuesta a eso. Tú te fiaste de mi
una vez. Ahora vuelvo a necesitar tu ayuda. ¿Quieres ayudarme?
-Claro que te ayudará -dijo Jenny con suavidad-, a pesar de que
no he oído de qué estabais hablando. Danny, ¿puede lavar los platos? todos los
platos que tienes están sucios.
~ ¿Cómo, Jenny? Pues sí, supongo que puede hacerlo. Sí, claro
que sí.
Entonces dile que lo haga, por favor. Quiero verlo.
-Oh... nunca le he programado para que lo haga. Lo haré si
quieres. Pero se tardará varias horas en hacerlo bien. Claro está que después
ya será siempre capaz de hacerlo. Pero la primera vez... Verás, el lavado de
platos incluye una serie de elecciones alternativas. Es un trabajo de
«discernimiento», no es un trabajo rutinario relativamente sencillo como el
poner ladrillos o conducir un camión.
-¡Cuánto me alegro de encontrar por lo menos un hombre que
entiende lo que es el trabajo doméstico! ¿Oíste lo que dijo, querido? Pero no
te entretengas en enseñarlo ahora, Danny. Yo misma lo haré. -Miró alrededor-.
Danny, has estado viviendo como un cerdo, y eso es decir poco.
La sencilla verdad era que no se me había ocurrido que Pet
Proteico pudiese trabajar para mí. Había estado preocupado planteando la manera
de que trabajase para otros en tareas comerciales, y enseñándoselas a hacer,
mientras que yo por mi parte me había contentado con barrer la porquería hacia
los rincones, o sencillamente, sin preocuparme por ella. Entonces comencé a
enseñarle las tareas domésticas que Frank Flexible había aprendido: tenía
capacidad más que suficiente ya que había instalado en él tres veces más tubos
Thorsen que en Frank.
Tuve tiempo para hacerlo puesto que John se hizo cargo de lo
demás.
Jenny escribió a máquina las descripciones; John contrató un
abogado de patentes para que me ayudase en lo de las reivindicaciones. No sé si
John le pagó al contado o le dio participación; nunca le pregunté. Se lo dejé
todo a él, incluso lo que deberían ser nuestras partes; eso no solamente me
dejó en libertad para mi propio trabajo, sino que me imaginé que si le dejaba
esas cosas a él no se podría nunca ver tentado de la manera que lo fue Miles. Y
la verdad era que no me importaba; el dinero como tal no es importante. O bien
John y Jenny era lo que creía que eran, o más valdría que fuese en busca de
aquella cueva y me hiciese ermitaño.
Solamente insistí en dos cosas.
-John, creo que deberíamos llamar a la compañía Corporación de
Autoingeniería Aladino.
-Suena un poco a fantasía. ¿Por qué no Davis y Sutton?
-Tiene que ser de aquel modo, John.
-¿Sí? ¿Es tu clarividencia que te lo indica?
-Bien pudiera ser. Usaremos un dibujo de Aladino frotando ~
lámpara como marca de fábrica, con el genio saliendo de la lámpara. Yo haré un
dibujo esquemático. Y otra cosa: valdrá más que la casa central esté en Los
Angeles.
-¿Cómo? Eso es ir ya demasiado lejos. Es decir, si es que si
esperas que yo me ocupe de ello. ¿Qué tiene de malo Denver.
-Denver no tiene nada malo; es una bonita ciudad. Pero no sitio
donde instalar la fábrica. Podrías escoger aquí un buen sitio y encontrarte una
buena mañana al despertar con que el recinto federal se ha extendido por encima
de ti, y que te quedas sin poder trabajar hasta que has podido volver a
establecerte en otro sitio. Por lo además, la mano de obra escasea, las
materias primas vienen por tierra, los materiales de construcción son todos
carecimos. Mientras que en Los Ángeles hay una cantera inagotable de mano de
obra especializada, y cada vez hay más... Los Ángeles es un puerto de mar, Los
Ángeles es...
-¿Y la huminiebla? No vale la pena.
- Pronto habrán vencido la huminiebla... ¿Y es que no te has
dado cuenta de que Denver se va haciendo la suya propia?
- Espera un momento, Dan. Has dicho claramente que yo tendré que
ocuparme de este asunto mientras tú te vas por tu cuenta ~ algún asunto
particular. Está bien, lo he aceptado. Pero bien debería tener cierta elección
en las condiciones de trabajo.
-Es necesario, John.
-Dan, nadie que esté en sus cabales y que viva en Colorado se
iría a vivir a California. Estuve destinado allí durante la guerra; y sé lo que
es. Fíjate en Jenny; es natural de California, de lo cual esta secretamente
avergonzada. No la podrías convencer para que volviese. Aquí tenemos inviernos,
estaciones cambiantes, un aire fino de montaña, magníficas...
- Oh, no me arriesgaría a decir que nunca más volvería allí. -
dijo Jenny, alzando la vista.
-¿Cómo, querida?
Jenny había estado tejiendo calladamente; nunca decía nada a
menos de que realmente tuviese algo que decir. Pero entonces dejó su labor;
señal segura.
- Si nos trasladáramos allí, querido, podríamos hacernos del
Oakdale Club; tienen natación todo el año. Precisamente estaba pensando en eso
el otro día, cuando vi hielo en la piscina de Boulder.
Me quedé hasta la tarde del 2 de diciembre de 1970, hasta el
último minuto posible. Me vi obligado a pedir prestados tres mil dólares a
John, los precios que había tenido que pagar por componentes eran escandalosos,
pero le ofrecí valores en hipoteca. Me dejó firmar, luego lo rasgó y lo tiró a
la papelera.
Págame cuando vuelvas.
- Serán treinta años, John.
¿Tanto tiempo?
Reflexioné unos instantes. John nunca me había invitado a que le
contara toda la historia desde aquella tarde, seis meses antes, en que me había
dicho con franqueza que no creía la parte esencial, pero que de todos modos
respondería de mí ante el club.
Le dije que creía que había llegado la hora de contárselo.
-¿Despertamos a Jenny? tiene derecho a oírlo.
- Pues... no. Déjala dormir hasta que estés a punto de
marcharte. Jenny es una persona poco complicada, Dan. No le importa quién seas
ni de dónde vengas mientras le caigas simpático. Si me parece buena idea, se lo
haré saber luego.
- Como quieras.
Dejó que se lo explicase todo, deteniéndome solamente para
llenar los vasos. El mío con ginger ale; tenía mis razones para no tomar
alcohol. Cuando llegué al punto de mi aterrizaje sobre una ladera de boulder,
terminé diciendo:
- Y ésa es la historia. Aunque me confundí por un momento, luego
estuve mirando el perfil y no creo que mi caída fuera desde una altura mayor de
medio metro. Si hubiesen, quiero decir «si fueran a» excavar más profundamente
el solar para el laboratorio, habría sido enterrado. vivo. Probablemente
también os hubiese matado a vosotros dos. No sé lo que ocurre exactamente
cuando una forma de onda plana se convierte en una masa en un punto donde ya
hay otra masa.
John siguió fumando.
-¿Y bien? – dije -. ¿Qué opinas?
- Danny, me has contado muchas cosas acerca de lo que será Los
Ángeles, quiero decir el «Gran Los Angeles». Cuando vea hasta qué punto has
acertado, te daré mi parecer.
- Es exacto. Salvo por los posibles pequeños errores de memoria.
- Bueno... la verdad es que me hiciste que pareciera lógico.
Pero, entre tanto, creo que eres el chiflado más simpático que he conocido; lo
cual no te perjudica como ingeniero, ni como amigo.
- Te aprecio, amigo. Como regalo de Navidad te compraré una
camisa de fuerza.
- Haz lo que quieras.
- No me queda otro remedio. La alternativa sería que soy y quien
está loco de remate, y eso sería un problema muy grave para Jenny. - Miró el
reloj -. Más vale que la despertemos; me arranca ría la piel si te dejara
marchar sin despedirte de ella.
- No se me ocurriría una cosa así.
Me llevaron con su coche al Aeropuerto Internacional de Denver y
Jenny me dio un beso de despedida a la entrada. Cogí el jet de la once para Los
Angeles.
11
La tarde siguiente, 3 de diciembre de 1970, hice que un taxista
me dejase a una manzana de la casa de Miles con suficiente antelación, pues no
sabía exactamente a qué hora había llegado allí por primera vez.
Al acercarme a la casa había anochecido ya, pero sólo vi si
automóvil junto a la acera, así que retrocedí unos cien metros, hasta un punto
desde donde pudiera vigilar aquella porción de acera, aguardé.
Tras fumar unos cigarrillos vi cómo se detenía allí otro
automóvil, y cómo se apagaban sus luces. Esperé otros dos minutos, y me
apresuré a caminar hacia él. Era mi propio coche.
Yo no tenía la llave, pero eso no ofrecía dificultades: con
frecuencia me ocurría que, al estar abstraído en algún problema de ingeniería,
me olvidaba las llaves. Desde hacia tiempo había adquirido la costumbre de
guardar otra copia en el maletero. La saqué me metí en el coche. Lo había
dejado en una suave pendiente, di modo que, sin encender las luces ni poner en
marcha el motor, deje que se deslizase hasta la esquina. Allí di la vuelta y
puse en marcha el motor, pero sin encender las luces. Volví a dejarlo en la
callejuela de la parte trasera de la casa de Miles, frente a la cual se
encontraba su garaje.
El garaje estaba cerrado.
Miré a través de una sucia ventana y descubrí una forma cubierta
con una sábana. Por su contorno me di cuenta de que se trataba de mi viejo
amigo Frank Flexible.
Las puertas de los garajes no han sido construidas para resistir
a un hombre decidido, armado con un hierro para neumáticos; por lo menos en la
California de 1970. Sólo tardé unos segundos. Dividir a Frank en piezas
transportables y meterlo en mi coche fue algo que llevó mucho más tiempo. Pero
primero comprobé que los dibujos y las notas estaban donde había sospechado que
estarían, y efectivamente, allí estaban, de modo que las saqué y las tiré al
interior del coche, y después me ocupé del propio Frank. Nadie mejor que yo
sabía cómo había sido montado, y facilitó enormemente las cosas el hecho de que
no importaba si lo averiaba; a pesar de todo, tuve trabajo para casi una hora.
Acababa de guardar la última pieza, el armazón del sillón de
ruedas, en la maleta del coche, y había bajado la tapa todo lo posible, cuando
oí que Pet empezaba a maullar. Maldije el tiempo que había tardado en
desmenuzar a Frank, y me apresuré a dar la vuelta al garaje y entrar en el
patio trasero. Entonces comenzó el jaleo.
Me había prometido a mí mismo que iba a disfrutar de cada
segundo del triunfo de Pet. Pero no lo pude ver. La puerta trasera estaba
abierta, pero, si bien podía oir ruido de carreras, golpes, caídas, el terrible
grito de guerra de Pet, y los chillidos de Belle, nunca tuvieron la delicadeza
de presentarse ante mi campo de visión. De modo que me acerqué a la puerta de
persianas, esperando ver algo de la carnicería.
¡ Pero aquella maldita persiana estaba cerrada! Era lo único que
no había seguido el programa. Metí frenéticamente la mano en mi bolsillo, me
rompí una uña intentando abrir el cortaplumas, y con él conseguí abrirla justo
a tiempo para apartarme de en medio en el mismo instante en que Pet chocaba
contra la persiana como un motociclista de circo que salta a través de una
barrera.
Me caí sobre un rosal. No sé si Belle y Miles intentaron
seguirle. Lo dudo; en su lugar no me hubiese arriesgado. Pero estaba demasiado
ocupado desenredándome para poderlo ver.
Una vez me hube levantado me quedé detrás de los matorrales y di
la vuelta hacia un lado de la casa; quería apartarme de aquella puerta abierta
y de la luz que salía de ella. Luego se trataba solamente de esperar a que Pet
se tranquilizase. Lo que es entonces no lo iba a tocar, y desde luego no le iba
a levantar.
Pero cada vez que pasaba junto a mí, intentando encontrar una
entrada y lanzando su desafío, le llamaba en voz baja:
-Pet, ven aquí Pet. Cálmate, chico. Todo va bien.
Sabía que yo estaba allí y por dos veces me miró, por lo demás
no me hizo ningún caso. Los gatos, cada cosa a su tiempo; en aquel momento le
ocupaban negocios urgentes y no tenía tiempo de hace cariños a su papá. Pero yo
sabia que se me acercaría en cuanto si emoción se hubiese calmado.
Mientras estaba allí acurrucado esperando, oí correr el agua en
sus cuartos de baño, y adiviné que habían ido a lavarse, dejándome en la sala
de estar. Se me ocurrió entonces una idea horrible: ¿qué sucedería si entraba y
cortaba el cuello de mi propio cuerpo indefenso? Pero me contuve; mi curiosidad
no llegaba a tanto y e suicidio es un experimento demasiado definitivo, incluso
cuando la circunstancias son, desde un punto de vista matemático, intrigantes
Pero nunca lo he acabado de resolver.
Además, por ninguna razón quería entrar. A lo mejor me
encontraba con Miles -y no quería comunicación ninguna con un muerto.
Pet finalmente se detuvo frente a mí, a un metro de distancia
-¿Mrrrourr? - dijo, queriendo decir-: Volvamos y echémoslo a la
calle. Tú les das por arriba y yo por abajo.
- No muchacho. La función ha terminado.
-¡Auuu, mauuu!...
- Es hora de irse a casa, Pet. Ven con Danny.
Se sentó y empezó a lavarse. Cuando alzó la vista yo extendí los
brazos y saltó a ellos.
-¿Miauuu? (¿Dónde diablos estabas tú cuando empezó el jaleo?)
Le llevé al coche y le dejé en el sitio del conductor, que era
todo lo que quedaba libre. Olfateó la chatarra que había en su lugar de
costumbre y miró en derredor disgustado.
- Tendrás que sentarte encima de mí -dije- No seas exigente.
Encendí las luces del coche y emprendimos la marcha por la
calle. Luego volví hacia el Este y me encaminé hacia Big Bear y el Campamento
de las Muchachas Exploradoras. Durante los diez primeros minutos tiré lo
suficiente de Frank como para permitir que Pet volviese a su lugar de
costumbre, lo cual nos iba mejor a los dos. Unos cuantos kilómetros más tarde,
cuando hube despejado el suelo, me detuve y metí las notas y los dibujos en un
desguace de la carretera. El armazón de la silla de ruedas no me lo quité de
encima hasta que llegamos a las montañas, donde lo tiré a un arroyo profundo,
produciendo un bonito efecto sonoro.
A eso de las tres de la madrugada me detuve en un parque
automóvil al lado de la carretera, un poco más allá del desvío para el
campamento de Muchachas Exploradoras, y pagué excesivamente por una cabina. Pet
casi se puso a discutir, sacando la cabeza y haciendo comentarios cuando salió
el dueño.
-¿A qué hora - le pregunté- llega el correo de la mañana de Los
Ángeles?
- El helicóptero llega a las siete trece, puntualmente.
- Magnifico. Hará el favor de llamarme a las siete, ¿verdad?
- Si es usted capaz de dormir hasta las siete, es que es usted
más hombre que yo. Pero lo anotaré.
A las ocho Pet y yo ya habíamos desayunado, y yo me había
duchado y afeitado. Miré a Pet a la luz del día y llegué a la conclusión de que
había salido de la batalla ileso, salvo quizá con uno o dos rasguños.
Registramos nuestra salida y avancé por la carretera particular del campamento.
El camión del Tío Sam apareció justamente por delante de nosotros; llegué a la
conclusión de que aquel día estaba de suerte.
Nunca había visto tantas niñas juntas. Se revolvían como gatitos
y en sus uniformes verdes parecían todas iguales. Aquéllas frente a quienes
pasaba querían mirar a Pet, pero la mayoría no hicieron sino lanzar una mirada
un poco vergonzosa y no se acercaron. Me dirigí a una cabina que llevaba la
indicación de «Cuartel General», donde hablé a otra exploradora que sin lugar a
dudas no era una niña.
Tenía razón para sospechar de mi; hombres desconocidos que piden
permiso para visitar a niñas pequeñas que se están precisamente convirtiendo en
muchachas mayores deben parecer siempre sospechosos.
Expliqué que era el tío de la niña, de nombre Daniel B. Davis, y
que tenía para ella un mensaje que afectaba a la familia. Me respondió que los
visitantes que no fuesen padres eran solamente permitidos cuando iban
acompañados de los padres y las horas de visita no eran sino a partir de las
cuatro.
- No quiero visitar a Federica, pero tengo que darle este
mensaje. Es un caso de urgencia.
- En tal caso, puede usted escribirlo, y yo se lo daré en cuanto
termine los juegos de rítmica.
Puse cara de preocupación (y estaba en realidad preocupado) y
dije:
- No quiero hacer eso. Será mucho más prudente que se lo diga
personalmente a la niña.
-¿Desgracia de familia?
- No precisamente. Dificultades en la familia, eso sí. Lo siento
señora, pero no tengo libertad para decírselo a nadie más. Se refiere a la
madre de mi sobrina.
Se estaba ablandando, pero seguía sin decidirse. Entonces Pe
intervino en la discusión. Lo había estado llevando en mis brazos su trasero
apoyado en el izquierdo, y aguantando su pecho con la mano derecha; no había
querido dejarlo en el automóvil y sabía que Ricky lo habría querido ver. Pet
tolera que le lleven así durante un rato, pero ya se estaba aburriendo.
-¿Krruarr?
La señora le miró y dijo:
- Éste sí que es un chico guapo. Tengo uno en casa que podría
haber salido de la misma camada.
Entonces dije con solemnidad:
- Es el gato de Federica. Tuve que traerle conmigo porque...
pues, porque era necesario. No había nadie para cuidarse de él.
- ¡Pobrecito!
Le acarició debajo de la barbilla tal como debe hacerse,
afortunadamente, y Pet lo aceptó, también afortunadamente, estirando el cuello,
cerrando los ojos, y poniendo cara de indecorosamente complacido. A veces se
porta muy mal con los extraños, si no le son simpáticos.
El guardián de la juventud me hizo sentar junto a una mesa bajo
los árboles, en el exterior del cuartel general. Era lo bastante lejos como
para permitir una visita privada, pero todavía bajo su vigilante mirada. Le di
las gracias y esperé.
No vi llegar a Ricky. De repente oí un grito:
-¡Tío Danny! -Y luego otro al volverme- ¡Oh, has traído a Pet...
es maravilloso!
Pet soltó un prolongado bl¡¡rtt y saltó de mis brazos a los
suyos. La chica lo cogió, lo acomodó en la posición que a él más le gusta, y
ellos dos prescindieron de mí durante unos cuantos segundos mientras cambiaban
los saludos del protocolo gatuno. Luego Ricky alzó la mirada y dijo brevemente:
- Tío Danny, me alegro mucho de que hayas venido.
No la besé; no la toqué en absoluto. Nunca me ha gustado sobar a
los niños y Ricky era de la clase de niñas que solamente lo soportan cuando no
tienen más remedio. Nuestra relación original, cuando tenía seis años, se había
basado en un decente respeto mutuo por la individualidad y la dignidad personal
de cada uno de nosotros dos.
Pero si que la miré. Rodillas huesudas, delgada, en crecimiento
rápido, no llena todavía, no era tan bonita como había sido cuando era pequeña.
Los pantalones cortos y la camisa deportiva que llevaba, junto a las quemaduras
del sol, arañazos, golpes, y una cantidad de porquería comprensible, no
contribuían a su atractivo femenino. Era un esquema en palillos de la mujer en
que se convertiría, con su desgarbo de potro suavizado únicamente por sus
enormes y solemnes ojos y la belleza alada de sus finas facciones tiznadas.
Estaba adorable.
Yo dije:
- Y yo me alegro mucho de haber venido, Ricky.
Mientras trataba de sostener a Pet con un brazo, con la otra
mano empezó a rebuscar en un repleto bolsillo de sus pantalones cortos.
- Y al mismo tiempo estoy sorprendida. En este mismo momento
acabo de recibir una carta tuya, me han tenido ocupada desde que llegó y ni
siquiera he tenido tiempo de abrirla. ¿Dice que ibas a venir hoy?
La sacó arrugada por haber estado metida en un bolsillo
demasiado pequeño.
- No, no dice eso, Ricky. Dice que me marcho. Pero después de
haberla echado al correo decidí venir a despedirme personalmente.
Se quedó sorprendida y bajó los ojos.
-¿Te vas?
- Sí. Te lo explicaré, Ricky, pero es largo. Sentémonos y te lo
contaré todo.
Nos sentamos a los extremos de la mesa, bajo las sombras, y
empecé a hablar. Pet se quedó echado sobre la mesa, entre nosotros dos,
parecido a un león de biblioteca, con su pata delantera sobre la arrugada
carta, cantando en voz baja, como abejas sobre el trébol, mientras que al mismo
tiempo contraía los ojos de satisfacción.
Me alegré mucho de enterarme que Ricky ya sabia que Miles se
había casado con Belle; no me hubiera gustado habérselo tenido que decir. Alzó
la vista, volvió en seguida a bajar los ojos, y dijo sin expresión ninguna:
- Sí, ya lo sé. Papá me escribió sobre eso.
- Ah; comprendo.
De repente se puso seria y no pareció ya una niña.
- No voy a volver allá, Danny. No quiero volver.
- Pero... mira, Rikki-tikki-tavi; ya comprendo lo que sientes.
Lo que es yo desde luego no quiero que vuelvas allá, yo mismo te sacaría de
allí si pudiese. Pero ¿cómo lo vas a evitar? Es tu padre y tú solamente tienes
once años.
- No tengo por qué volver. No es mi verdadero padre. Y mi abuela
viene a buscarme.
-¿Cómo? ¿Cuándo viene?
- Mañana. Tiene que venir en coche desde Brawley. Le escribí
preguntándole si podía ir a vivir con ella porque no quería vivir con papá,
ahora que la otra estaba allí. - Consiguió poner más desprecio en esas palabras
de lo que un adulto hubiese podido conseguí con un insulto -. Mi abuela
contestó que no tenía que vivir allí 5 no quería, porque Miles nunca me había
adoptado, y era ella e tutor - Levantó ansiosamente la mirada -. ¿Es cierto,
verdad? ¿No me pueden obligar?
Me sentí inmensamente aliviado. Lo único que no había podido
resolver, el problema que me había preocupado durante meses, era cómo evitar
que Ricky estuviese expuesta a la ponzoñosa influencia de Belle durante...
bueno, durante años; parecía seguro que debería ser durante un par de años.
- Si nunca te adoptó, Ricky, estoy seguro de que tu abuela lo
conseguirá si las dos os empeñáis. - Pero entonces me ensombree y me mordí el
labio.- Pero quizá tendréis dificultades mañana. Es posible que objeten a
dejarte salir con ella.
-¿Y cómo pueden impedírmelo? Me meteré en el coche y me
marcharé.
- No es tan sencillo como eso, Ricky. Estas personas que dirigen
el campamento tienen que seguir ciertas reglas. Tu padre, quiero decir Miles,
te confió a ellas y no estarán dispuestas a entregarte a nadie más que a él.
Ricky sacó fuera el labio inferior.
- No iré. Me voy con mi abuela.
- Sí, quizá pueda decirte cómo lograrás conseguirlo más
fácilmente. Si fuese tú, no les diría que me voy del campamento; les diría
sencillamente que tu abuela quiere llevarte de paseo, y luego no vuelves.
Su inquietud se desvaneció en parte.
- Está bien.
- Ah... no hagas tu equipaje ni nada, pues se imaginarían lo que
ibas a hacer. No intentes sacar más ropas que las que lleves puestas entonces.
Pon en tus bolsillos tu dinero y lo que realmente quieras sacar. ¿Supongo que
no debes tener aquí gran cosa que realmente te importe perder, verdad?
- Me imagino que no. - Pero se quedó pensativa -. Tengo un traje
de baño completamente nuevo.
¿Cómo explicar a una niña que hay veces en que es preciso
abandonar el equipaje? No es posible, son capaces de volver a un edificio en
llamas para salvar una muñeca y un elefante de juguete.
- Pues... Ricky, haz que tu abuela les diga que te lleva a
Arrowhead para que te bañes con ella... y quizá te lleve a cenar allí, pero que
volverá contigo antes de la hora de acostarse. Así te podrás llevar tu traje de
baño y una toalla. Pero nada más. ¿Crees que tu abuela dirá esa mentira por ti?
- Me imagino que sí. Sí, estoy segura. Dice que la gente tiene
que decir mentirijillas inofensivas, pues de lo contrario no se podrían
soportar los unos a los otros. Pero dice que las mentiras son para ser
utilizadas sin abusar.
- Parece ser persona sensata. ¿Lo harás así?
- Lo haré exactamente así, Danny.
Bien. - Cogí la arrugada carta -. Ricky, te dije que tenía que
marcharme. Tengo que irme por mucho tiempo.
-¿Cuánto?
- Treinta años.
Sus ojos se abrieron aún más, si es que era posible.
A los once años, treinta no es mucho tiempo; es para siempre.
Añadí:
- Lo siento Ricky, pero no tengo más remedio.
-¿Por qué?
Eso no pude contestarlo. La verdad era increíble, y una mentira
no era posible.
- Ricky, es demasiado difícil de explicar. Pero tengo que
hacerlo; no me queda otro remedio. - Vacilé y luego añadí -: Voy a tomar el
Sueño Largo. El sueño frío, ya sabes lo que quiero decir.
Lo sabía. Los niños se adaptan a las nuevas ideas con más
facilidad que los adultos; el sueño frío era uno de los temas favoritos de las
historias de dibujos. Pareció horrorizarse y protestó:
- Pero, Danny, ¡no te volveré a ver nunca más!
- Sí que me volverás a ver. Es mucho tiempo, pero te volveré a
ver. Y a Pet también. Porque Pet se viene conmigo; también va tomar el sueño
frío.
Echó una mirada a Pet, y pareció más desconsolada que nunca.
- Pero... Danny, ¿por qué Pet y tú no os venís a Brawley a vivir
con nosotras? Eso seria mucho mejor. A mi abuela le gustaría Pet. Y también le
gustarás tú, dice que es mucho mejor que haya u hombre en la casa.
- Ricky... querida Ricky... no tengo más remedio... Por favor no
me atormentes. - Y empecé a abrir el sobre.
Pareció enfadada, y su barbilla comenzó a temblar.
-¡Me parece que ella tiene algo que ver con todo esto!
-¿Cómo? Si te refieres a Belle, te equivocas. Por lo menos no es
del todo exacto.
-¿No va a tomar el sueño frío contigo?
Me estremecí.
-¡Dios mío, no! ¡Me escaparía a kilómetros de distancia par no
verla!
Ricky pareció ablandarse algo:
- Sabes, estaba tan furiosa contigo a causa de ella. Verdadera
mente indignada.
- Lo siento, Ricky. Lo siento de veras. Tú tenias razón, y yo
estaba equivocado. Pero no tiene nada que ver con esto. He terminado con ella
para siempre jamás, amén. Y ahora veamos esto
- Le enseñé el certificado por todo lo que poseía de Muchacha de
Servicio, Inc-. ¿Sabes lo que es esto?
- No.
Se lo expliqué:
- Te lo doy a ti, Ricky. Porque voy a estar ausente tanto tiempo
que quiero que lo tengas tú.
Cogí el papel en que se lo había adjudicado a ella, lo rasgué, y
me metí los pedazos en el bolsillo; no podía arriesgarme a hacerlo de aquella
manera, seria demasiado fácil para Belle arrancar una hoja aparte, y no
habíamos acabado con nuestras dificultades. Di la vuelta al certificado y
estudié la fórmula estándar de adjudicación, intentando determinar cómo iba a
llenar los espacios en blanco allí previstos. Finalmente conseguí hacer entrar
una adjudicación al Banco de América en depósito para...
- Ricky, ¿cuál es tu nombre completo?
- Federica Virginia. Federica Virginia Gentry; ya lo sabes.
-¿Es realmente Gentry? Creí que habías dicho que Miles no te
había llegado a adoptar nunca.
-¡Oh! Me he llamado Ricky Gentry desde que puedo recordar. Pero
si te refieres a mi verdadero nombre... es el mismo de mi abuela... el mismo de
mi verdadero papá: Heinicke. Pero nunca nadie me llama así.
- Ahora sí que te llamarán así.
Y escribí Federica Virginia Heinicke y añadí: «Para serle
readjudicado a ella a sus veintiún cumpleaños», mientras que al mismo tiempo
sentía que me corría un escalofrío por la columna vertebral; en todo caso, mi
adjudicación primitiva quizás hubiese sido nula.
Comencé a firmarlo, y en aquel momento me di cuenta de que
nuestro perro vigilante sacaba la cabeza de la oficina. Miré mi reloj, y vi que
habíamos estado hablando durante una hora. Se me escapaban los minutos.
- ¡ Señora!
-¿Sí?
-¿Hay por casualidad algún notario por las cercanías? ¿O tengo
que ir al pueblo en busca de uno?
- Yo misma soy notario. ¿Qué desea?
- Oh, bien. ¡Maravilloso! ¿Tiene usted su sello?
- No voy nunca a ninguna parte sin él.
Y así fue que firmé mientras ella lo miraba, e incluso fue más
lejos de lo que esperaba (después de que Ricky hubo asegurado que me conocía y
de que Pet hubiese testimoniado con su silencio mi respetabilidad como miembro
de la fraternidad de amigos de los gatos) y utilizó la fórmula completa: «...a
quien conozco personalmente como Daniel D. Davis...». Cuando hubo puesto su
sello sobre mi firma y la suya, suspiré aliviado. ¡Me gustaría ver cómo se las
arreglaba Belle para retorcer eso!
La señora lo miró con curiosidad, pero no dijo nada.
Y yo dije solamente:
- Las tragedias no se pueden borrar, pero esto servirá de
alivio. La educación de la muchacha, sabe.
Se negó a aceptar pago alguno y retornó a su oficina. Yo me
volví a Ricky y dije:
- Da esto a tu abuela. Dile que lo lleve a una sucursal del
Banco de América en Brawley. Ellos harán todo lo demás. - Y lo puse delante de
ella.
Ricky no lo tocó:
- Esto vale mucho dinero, ¿verdad?
- Bastante. Y valdrá más.
- No lo quiero.
- Pero Ricky; yo quiero que lo tengas tú.
- No lo quiero. No lo tomaré. - Sus ojos se llenaron de
lágrimas, y se le quebró la voz -. Te vas para siempre y... y yo no te importo
nada.- Lloriqueó -. Lo mismo que cuando te prometiste con ella
Cuando te sería tan fácil traer a Pet y venirte a vivir con la
abuela y conmigo. ¡No quiero tu dinero!
- Ricky, escúchame: Es demasiado tarde. No podría ya volvérmelo
a quedar, aunque quisiese. Ya es tuyo.
- No importa. Jamás lo tocaré. - Extendió la mano y acarició a
Pet. Pet no se iría, dejándome... pero tú le obligas. Ni siquiera tendré a Pet.
-¡Ricky! ¡Riikki-tikki-tavi! ¿Quieres volvernos a ver, a Pet...
y a mí?
Casi no podía oírla:
- Pues claro que si. Pero no os veré mas.
- Pues sí que puedes volvernos a ver.
-¿Eh? ¿Cómo? Dijiste que ibas a tomar el Sueño Largo... treinta
años, dijiste.
- Y así es. No tengo más remedio. Pero Ricky, voy a decirte que
es lo que puedes hacer. Sé buena chica, ve a vivir con tu abuela, ve a la
escuela y deja que se vaya acumulando este dinero. Cuando tengas veintiún años,
si todavía tienes ganas de vernos tendrás suficiente dinero para tomar el Sueño
Largo. Cuando te despiertes estaré allí esperándote. Pet y yo, los dos,
estaremos esperándote. Esto es una promesa solemne.
Su expresión se alteró, pero no sonrió. Lo pensó largo rato, y
luego dijo:
-¿De verdad que estarás allí?
- Sí. Pero tenemos que fijar una fecha. Si lo haces hazlo
exactamente como te voy a decir. Entiéndete con la Compañía de Seguros
Cosmopolita y asegúrate de que tomas el Sueño en el Santuario Riverside, de
Riverside . . y asegúrate muchísimo de que tienen órdenes de despertarte el día
primero de mayo de 2001. Aquel día estaré allí esperándote. Si quieres que esté
allí cuando abras los ojos tienes que hacerlo constar, pues de lo contrario no
me permitirán que pase de la sala de espera. Conozco ese sanatorio; son muy
estrictos. - Saqué un sobre que había preparado antes de salir de Denver -. No
es necesario que recuerdes esto: está todo escrito aquí. Guárdatelo, y el día
que cumplas los veintiún años puedes decidirte. Pero puedes tener la seguridad
de que Pet y yo estaremos allí esperándote tanto si te presentas como si no.
Y puse las instrucciones sobre el certificado de las acciones.
Pensé que la había convencido pero no tocó ninguna de las dos
cosas. Las miró y al cabo de un instante dijo:
-¿Danny?
-¿Si, Ricky?
No quería levantar la mirada y su voz era tan baja que apenas la
podía oír. Pero sí la oí.
- Si me presento, ¿te casarás conmigo?
Mis oídos me zumbaron y las luces parpadearon. Pero respondí con
seguridad y con voz mucho más fuerte que la suya:
- Sí, Ricky. Eso es lo que quiero. Es por lo que estoy haciendo
todo esto.
Aún tenía otra cosa que dejarle: un sobre preparado con la
inscripción «Para ser abierto en caso de fallecimiento de Miles Gentry». No se
lo expliqué a Ricky; sólo le dije que lo guardara. Contenía pruebas de la
abigarrada carrera matrimonial y demás de Belle. En manos de un abogado, sabía
que una demanda sobre el testamento de Miles no pudiera siquiera discutirse.
Luego le di mi anillo de clase del Técnico (era todo lo que
tenía, y le dije que era para ella): estábamos prometidos.
- Es demasiado grande para ti, pero puedes guardarlo. Tendré
otro para cuando despiertes.
Lo sujetó con fuerza en su puño.
- No querré a ningún otro.
- Bueno. Ahora es mejor que te despidas de Pet, Ricky. Debo
marcharme; no tengo ni un minuto que perder.
Abrazó a Pet y me lo devolvió, me miró fijamente a pesar de que
las lágrimas le corrían por la nariz dejando unas marcas claras.
- Adiós, Danny.
- No me digas «adiós», Ricky, sino «hasta luego». Te estaremos
esperando.
Eran las diez menos cuarto cuando regresé al pueblo. Un
helicopterobús salía para el centro de la ciudad dentro de veinticinco minutos,
de modo que fui en busca del único almacén de automóviles usados y realicé una
de las transacciones más rápidas de la historia, vendiendo mi coche por la
mitad de su valor a cambio de dinero en efectivo. Me quedó solamente tiempo
para meter a Pet de contrabando en el autobús (no quieren a que gatos que se
marean en el aire) y llegamos a la oficina de Powell poco después de las once.
Powell estaba muy molesto porque yo había anulado mis
disposiciones para que la Compañía de Seguros Mutuos administrase mi
patrimonio, y se mostraba particularmente dispuesto a sermoneame por haber
perdido mis papeles.
- No resulta muy fácil pedir al mismo Juez que apruebe su
depósito dos veces durante las veinticuatro horas. Es de lo más irregular.
Le enseñé unos billetes, dinero resplandeciente, con unos
números muy bonitos.
- Déjese de broncas Sargento. ¿Quiere usted mi asunto o no? es
que no, dígalo, y se lo llevaré a Valle Central. Porque yo quiero ir hoy.
Siguió furioso, pero accedió. Luego gruñó sobre lo de añadir
seis meses al período de sueño frío y no quería garantizar una fecha exacta
para el despertar.
- Los contratos generalmente se extienden por «más o menos de un
mes», a fin de tener en cuenta posibles incidentes administrativos.
- Pues este contrato no. Este contrato dice 27 de abril de 2001.
Lo que no me importa es si pone arriba Mutuos o Valle Central. Señor Powell, yo
compro y usted vende. Si usted no vende lo que quiero comprar, me iré donde me
lo vendan.
Modificó el contrato y ambos pusimos nuestras firmas.
A las doce en punto estaba de vuelta para mi examen final ante ~
el médico. Me miró.
-¿Ha permanecido sobrio?
- Sobrio como un juez.
- Eso no es una recomendación banal. Ya veremos. - Me examinó
casi con tanto cuidado como lo había hecho «ayer». Por fin dejó su martillo de
goma y dijo -: Me sorprende. Está usted en mucho mejor estado que ayer. Es algo
sorprendente...
- Doctor, no lo sabe usted bien.
Cogí a Pet y lo tranquilicé mientras le daban el primer sedante.
Luego me tumbé y les dejé que se ocuparan de mí. Imagino que podía haber
esperado otro día, o incluso más, pero la verdad es que estaba desesperadamente
impaciente por regresar al 200l.
A eso de las cuatro de la tarde, con la cabeza de Pet
descansando sobre mi pecho, y sintiéndome muy feliz, me deslicé de nuevo hacia
el sueño.
12
En esta ocasión mis sueños fueron más agradables. El único
desagradable que recuerdo no fue muy malo, sencillamente frustrante. Era un
sueño frío, en el que me encontraba perdido por pasillos que se ramificaban,
probando todas las puertas que encontraba, pensando que la siguiente sería la
Puerta al Verano, donde Ricky me estaría esperando al otro lado. Pet entorpecía
mi marcha «siguiéndome» por delante, con esa exasperante costumbre que tienen
los gatos de pasar y pasar entre las piernas de quienes tienen la seguridad de
que no les van a pisar o dar una patada.
A cada nueva puerta Pet pasaba por entre mis piernas, miraba,
descubría que afuera todavía era invierno, y daba la vuelta, casi
atropellándome.
Pero ninguno de los dos abandonó su convencimiento de que la
puerta siguiente sería la que buscábamos.
Esta vez me desperté con facilidad, sin sentirme desorientado.
La verdad era que el médico se sintió algo molesto de que lo único que yo
quisiera fuese el desayuno, el Times del Gran Los Angeles, y nada de charla. No
creí que valiera la pena decirle que aquella era mi segunda vez. No me hubiese
creído.
Había una nota aguardándome, fechada una semana antes: era de
John.
Querido Dan, Está bien, me rindo. ¿Cómo te las arreglaste?
Contra los deseos de Jenny accedo a tu demanda de no irte a
esperar. Ella te envía su cariño, y confía en que no tardarás mucho en venir a
vernos... He intentado explicarle que esperas estar ocupado durante algún
tiempo. Los dos estamos bien, aunque yo tengo cierta tendencia a andar en
ocasiones en que antes corría. Jenny es aún más hermosa de lo que era antes.
Hasta la vista, amigo,
JOHN
Posdata: Si lo que incluyo no es suficiente, llámame por
teléfono; hay mucho en el mismo sitio. Creo que no nos ha ido mal.
Pensé en llamar a John, para saludarle y plantearle una idea
colosal que se me había ocurrido mientras dormía: un dispositivo para que el
baño dejara de ser una tarea para convertirse en un placer sibarítico. Pero por
fin decidí no hacerlo; tenía que pensar en otras cosas. De modo que hice unos
apuntes mientras la idea aún estaba fresca, y me dormí un rato, con la cabeza
de Pet metida en mi sobaco. Me gustaría poderle curar esa costumbre: resulta
halagador, pero muy pesado.
El lunes, 30 de abril, salí y fui a Riverside, donde tomé un
cuarto en la vieja Posada de la Misión. Como era de esperar, pusieron reparos a
que llevase un gato a mi cuarto, y un botones automático no se deja ablandar
por las propinas, lo cual no es una ventaja. Pero el ayudante de la gerencia se
mostró más flexible; estaba dispuesto a escuchar razones, siempre que fueran
crujientes. No dormí bien, estaba demasiado excitado.
La mañana siguiente, a las diez, me presenté al director del
Santuario de Riverside.
- Doctor Rumsey, me llamo Daniel B. Davis. ¿Tienen ustedes aquí
en depósito a un cliente llamado Federica Heinicke?
- Me imagino que puede usted identificarse.
Le enseñé un permiso de conducir emitido en Denver, y mi
certificado del Santuario de Forest Lawn. Los miró y luego me miró a mí.
- Creo que debe salir hoy. - Pregunté con ansiedad -: ¿Por
casualidad hay alguna cláusula que me permita estar presente? No me refiero a
la rutina del proceso, sino en el último momento, cuando esté a punto para el
estimulante final y vuelta a la conciencia.
- Las instrucciones de la cliente no dicen que le despertemos
hoy - dijo seriamente.
-¿No? - Me sentí decepcionado y ofendido.
- No. Sus deseos son exactamente los siguientes: En lugar de ser
despertada irremisiblemente hoy, deseaba que no se la despertase hasta que
usted se presentase. - Me miró de arriba abajo y se sonrió -: Debe usted tener
un corazón de oro. Lo que es por su hermosura no me lo podría explicar.
Suspiré:
- Gracias, doctor.
- Puede usted esperar en el salón de entrada, o volver. No lo
necesitamos hasta dentro de un par de horas.
Volví a la entrada, saqué a Pet, y me lo llevé de paseo. Le
había dejado allí en su nuevo maletín de viaje, que no le gustaba demasiado, a
pesar de que lo había comprado tan parecido como me fue posible, y de haber
instalado en él la noche antes una ventanilla de una sola dirección. Es
probable que todavía no oliese bien.
Pasamos por delante de «el sitio que estaba muy bien», pero no
tenía hambre a pesar de que no había podido desayunar mucho: Pet se había
comido los huevos y había hecho ascos a la levadura de cerveza. A las once y
media estaba de vuelta en el santuario. Por fin me dejaron que entrase a verla.
Todo lo que podía ver era su cara; su cuerpo estaba cubierto.
Pero era mi Ricky, que había crecido hasta hacerse mujer, y que parecía un
ángel dormido.
- Está bajo instrucción poshipnótica - dijo en voz baja el
doctor Rumsey -. Si quiere usted quedarse aquí, la despertaré. Pero me parece
que valdrá más que haga salir al gato.
- No, doctor.
Comenzó a hablar, pero se encogió de hombros y se volvió a su
paciente:
- Despierta, Federica. Despierta. Ahora tienes que despertarte.
Ricky parpadeó y abrió los ojos. Miró en derredor durante unos
instantes, luego nos vio y se sonrió soñolienta.
- Danny... y Pet.
Alzó los dos brazos y pude ver que en su pulgar izquierdo
llevaba mi anillo del Técnico.
Pet hizo un ruidito, saltó sobre la cama, y comenzó a
precipitarse una y otra vez sobre ella en un verdadero éxtasis de bienvenida.
El doctor Rumsey quería que Ricky se quedara allí aquella noche,
pero ella no quiso ni oír hablar de ello. Así pues, envié a buscar un taxi y
nos fuimos a Brawley. Su abuela había muerto en 1980, y sus demás relaciones
sociales habían desaparecido por puro desgaste, pero allí había dejado algunas
cosas, principalmente libros. Di instrucciones para que los enviasen a Aladino,
dirigidos a John Sutton. Ricky estaba un poco deslumbrada por las alteraciones
de su población natal, y no soltaba mi brazo, pero nunca sucumbió a aquella
terrible nostalgia que es el gran peligro del Sueño. Lo único que quería era
salir de Brawley lo antes posible.
Alquilé otro taxi y nos fuimos a Yuma. Allí firmé con letra
elegante el libro oficial del condado utilizando mi nombre completo «Daniel
Boone Davis» para que no hubiese duda acerca de qué D. Davis era el que había
firmado esa magnus Opus. Unos minutos más tarde estaba de pie, con su manita en
la mía, casi ahogado de emoción.
- Yo, Daniel, te tomo, Federica... hasta que la muerte nos
separe.
Pet fue mi padrino. Los testigos los proporcionó el mismo
juzgado.
Salimos en seguida de Yuma y nos fuimos a un rancho cerca de
Tucson, donde tuvimos una cabina alejada de la caseta principal, equipada con
nuestro propio Castor Servicial para que nos fuese a buscar las cosas, de modo
que no teníamos necesidad de ver a nadie. Pet libró una descomunal batalla con
el gato que hasta entonces había sido el amo del rancho, después de lo cual
tuvimos que tenerle encerrado, o vigilarle. Ese fue el único inconveniente que
recuerdo. A Ricky le gustaba el matrimonio como si fuese algo que hubiese
inventado ella, y yo, pues bien, yo tenía a Ricky.
No queda mucho más que contar. Gracias al voto del paquete de
acciones de Muchacha de Servicio propiedad de Ricky, que seguía siendo mayor,
hice que McBee ascendiera a Ingeniero Investigador Emérito, y nombré a Chuck
Ingeniero Jefe. John es el jefe de Aladino, pero me está amenazando siempre con
retirarse, una amenaza vana. El y Jenny dominan la compañía, puesto que tuvo la
precaución de emitir acciones preferentes y obligaciones antes que perder el
dominio. Yo no estoy en el consejo de ninguna de las dos corporaciones; no las
dirijo, y compiten entre sí. La competencia es una buena idea, Darwin tenía
buena opinión de ella.
Yo no soy sino la Compañía de Ingeniería Davis, una sala de
dibujo, un pequeño taller y un viejo maquinista que cree que estoy loco, pero
que sigue mis dibujos con una tolerancia exacta. Cuando terminamos algo, lo
entrego bajo licencia.
Recuperé mis notas sobre Twitchell. Luego le escribí y le dije
que había ido y vuelto por medio del sueño frío... y me excusaba abyectamente
por haber «dudado» de él. Le pregunté si deseaba ver el manuscrito cuando lo
hubiese terminado. No me contestó nunca, de modo que me imagino que está aún
furioso conmigo.
Pero de veras lo estoy escribiendo, y lo pondré a la venta en
todas las librerías de importancia, incluso si me veo obligado a publicarlo por
mi cuenta. Es lo menos que le debo. Le debo mucho más; le debo a Ricky. Y le
debo a Pet. Lo voy a titular Genio Olvidado.
Jenny y John parecen como si fuesen a durar eternamente. Gracias
a la geriatría, al aire libre, al sol, al ejercicio, y a no preocuparse nunca,
Jenny está más bonita que nunca a los... bueno me imagino que son sesenta y
tres. John cree que no soy «más que adivino» y no quiere examinar la evidencia.
Y bien, ¿cómo fue que lo hice? Intenté explicárselo a Ricky, pero se alteró
tanto cuando le dije que mientras estábamos de luna de miel yo también estaba
en Boulder, y que mientras la estaba visitando en el campamento de Muchachas
Exploradoras también estaba yaciendo drogado en el Valle de San Fernando...
Palideció. De modo que dije:
- Consideremos en hipótesis. Cuando piensas en ello desde un
punto de vista matemático todo aparece perfectamente lógico. Supongamos que
tomamos un conejillo de indias, blanco con manchas castañas. Lo ponemos en una
jaula de tiempo y lo lanzamos a una semana hacia atrás. Pero una semana antes
ya lo habíamos encontrado allí, de modo que entonces lo habíamos puesto en una
conejera consigo mismo. Tenemos por lo tanto dos conejos de indias... aunque en
realidad no es más que un conejillo, puesto que uno de ellos es el otro, una
semana más viejo. De modo que cuando cogimos a uno de ellos y lo lanzamos una
semana atrás y...
-¡Espera un momento! ¿Cuál de los dos?
-¿Cuál? Nunca hubo más que uno. Como es natural cogiste el que
tenía una semana menos, porque hay que tener en cuenta que...
- Dijiste que no había más que uno. Luego dijiste que había dos.
Luego dijiste que los dos eran uno. Pero ibas a coger uno de los dos... cuando
no había más que uno.
- Estoy intentando explicarte cómo es posible que dos sean
solamente uno. Si tomas el más joven...
-¿Y cómo puedes saber cuál de los dos es más joven cuando los
dos parecen iguales?
Pues bien, podrías cortar el rabo del que vas a enviar atrás.
Entonces cuando volviese podrías...
-¡Pero qué crueldad, Danny! Y además, los conejos de indias no
tienen rabo.
Se figuraba que probaba algo. No debía nunca haber intentado
explicárselo.
Pero Ricky no es persona que se preocupe de cosas que carecen de
importancia. Como vio que yo me disgustaba, me dijo dulcemente:
- Ven aquí, cariño. - Y me enmarañó el poco pelo que me quedaba
y me besó -. Solamente necesito uno como tú. Dos sería más de lo que podría
manejar. Dime una cosa, ¿estás contento de haber esperado a que creciera?
Hice todo lo que pude para convencerla de que sí lo estaba.
Pero la explicación que intenté proporcionar no lo explica todo.
Hay una cosa de la que no me di cuenta, a pesar de que era yo mismo quien iba
en el tiovivo y de que contaba las vueltas. ¿Por qué no vi la reseña de mi
propia salida? Quiero decir la segunda, la de abril 2001, no la de diciembre
2000. Debería haberla visto; estaba allí, y tenía por costumbre revisar
aquellas listas. Me desperté (por segunda vez) el viernes 27 de abril de 2001;
debería haber estado en el Times de la mañana siguiente. Pero no lo vi. Después
lo he buscado y allí está: «D. 15. Davis», en el Times del sábado, 28 de abril
de 2001.
Desde un punto de vista filosófico, una sola línea de tinta
puede originar un nuevo universo con la misma certidumbre como ocurriría si
llegase a faltar el continente de Europa. ¿Es correcta la antigua idea de las
«corrientes de tiempo ramificados» y de los «universos múltiples»? ¿Me encontré
de un salto en un universo distinto, distinto porque había interferido con su
estructura? ¿A pesar de que me encontré allí a Ricky y Pet? ¿Existe otro
universo en algún sitio (o en algún tiempo) donde Pet maulló hasta desaparecer
y luego salió a arreglárselas por sí solo, abandonado? ¿Y en el cual Ricky
nunca consiguió huir con su abuela y tuvo que sufrir la ira vengadora de Belle?
Una línea de letra impresa no es suficiente. Probablemente
aquella noche me dormí y se me escapó leer mi propio nombre; luego, a la mañana
siguiente, tiré el diario por la caída, pensando que había acabado con él. La
verdad es que soy distraído, especialmente cuando estoy pensando en algún
trabajo.
¿Pero qué hubiese hecho si efectivamente lo hubiese visto? ¿Ir ~
allí, encontrarme conmigo mismo, y volverme loco, furioso? No; pues si en
efecto lo hubiese visto, no hubiera hecho las cosas que hice después, «después»
para mí, que condujeron a ello. Por lo tanto, nunca pudo haber sucedido así. El
control es del tipo de retorno negativo, e incluye un «seguro de fracaso»,
puesto que la existencia misma de aquella línea de letra impresa dependía de
que yo no la viese; la aparente posibilidad de que hubiese podido verla es una
de las «no posibles» excluidas de la estructura fundamental del circuito.
Hay una divinidad que forma nuestros fines, por más que nosotros
tratemos de moldeamos a nuestro antojo. » Libre albedrío y predestinación en
una sentencia, y ambas cosas ciertas. Hay solamente un mundo real, con un
pasado y un futuro. «Como fue en un principio, ahora y siempre, por siempre
más, amén. » Solamente uno... pero lo bastante grande y lo bastante complicado
para poder incluir el libre albedrío y el viaje por el tiempo y todo lo demás
en sus uniones y sus retornos y circuitos de protección. Se te permite hacer lo
que quieras dentro de las reglas... pero vuelves a tu propia puerta.
No soy la única persona que haya viajado por el tiempo. Fort dio
una lista de demasiados casos que no pueden ser explicados de otra manera, y lo
mismo Ambrose Bierce. Y hubo aquellas dos damas de los jardines del Trianón. Y
tengo el presentimiento de que también el doctor Twitchell cerró aquel
interruptor más veces de las que quiso admitir... sin decir nada de otros que
pudieron haberlo aprendido en el pasado o en el futuro. Pero dudo que tenga
grandes consecuencias. En mi caso solamente lo saben tres personas, y dos de
ellas no lo creen. No se puede hacer mucho si se viaja por el tiempo. Como dijo
Fort, solamente se hacen ferrocarriles cuando ha llegado la hora de los
ferrocarriles.
Pero no me es posible sacarme a Leonard Vincent de la cabeza.
¿Fue Leonardo da Vinci? ¿Se las arregló para pasar a través del continente y
regresó con Colón? La enciclopedia dice que su vida fue de tal manera, pero a
lo mejor la había revisado. Yo sé como son esas cosas: he tenido que hacerlo un
poco yo mismo. En la Italia del siglo XV no tenían números de seguridad social,
cartas de identidad ni huellas digitales: podía haberlo conseguido.
Pero pensando en él, apartado de todo aquello a que estaba
acostumbrado, consciente del vuelo, de la potencia, de un millón de cosas más,
intentando desesperadamente representarlas para que pudiesen hacerlas; pero
condenado al fracaso sencillamente porque no es posible hacer las cosas que
hacemos hoy sin siglos de arte anterior en los cuales basarnos.
Fue más fácil para Tántalo.
He estado pensando en lo que podría hacerse con el viaje por el
tiempo, si fuese desclasificado, haciendo pequeños saltos, montando maquinaria
para regresar, llevándose consigo los componentes. Pero algún día saltaría uno
una vez en exceso, y no podría regresar porque no era la hora del
«ferrocarril». Algo muy sencillo, como una aleación especial, te haría
fracasar. Y es verdaderamente un riesgo espantoso no saber en qué dirección se
va. Imaginemos que sería ir a parar a la corte de Enrique VIII con un cargamento
de cajas subflexoras destinadas al siglo XXV. Más valdría quedarse encalmado en
las latitudes de calma chicha.
No; no se debe nunca poner en el mercado un aparato hasta que se
han superado todas las dificultades.
Pero no me preocupan las «paradojas» ni «determinar
anacronismos»: si un ingeniero del siglo XIII soluciona en realidad las
dificultades y consigue instalar estaciones de transferencia y comercio, será
porque el Arquitecto lía diseñado así el universo. Nos dio ojos, dos manos, un
cerebro; cualquier cosa que hagamos con ellos no puede ser una «paradoja». No
necesita entremetidos que «impongan» sus leyes; se imponen por sí mismas. No
existen los milagros, y la palabra «anacronismo» no es sino un vacío semántico.
~
Pero la filosofía no me preocupa a mi más de lo que preocupa a
Pet. Este mundo me gusta, sea cual fuere la verdad acerca de él.
He encontrado mi Puerta al Verano, y no volvería a viajar por el tiempo por
miedo a equivocarme de estación. Quizá mi hijo viaje, pero en tal caso le
instaré para que vaya hacia delante, y no hacia - atrás. «Atrás» es para casos
de apuro; el futuro es mejor que el pasado; a pesar de los lloraduelos, los
románticos y los antiintelectuales, el mundo se hace cada vez mejor porque la
mente humana, aplicándose, lo mejora. Con manos... con herramientas... con
intuición, ciencia e ingeniería.
La mayor parte de ésos que quitan importancia a todo son
incapaces de clavar un clavo y de utilizar la regla de cálculo. Me gustaría
invitarles a la jaula del doctor Twitchell y devolverlos al siglo XII y
dejarles que lo disfrutasen.
Pero no estoy furioso con nadie, y me gusta el ahora. Salvo que
Pet se está haciendo viejo y engordando algo, y que no se siente inclinado a
elegir oponentes más jóvenes; muy pronto tendrá que tomar el Sueño Demasiado
largo. Deseo de todo corazón que su pequeña alma valiente encuentre su Puerta
al Verano, donde abunden los campos de calentamiento y las gatas sean
complacientes, y los competidores robot estén diseñados de modo que peleen
furiosamente pero pierdan siempre, y las gentes tengan regazos y manos -cariñosas
contra los cuales rascarse, pero nunca pies que den patadas.
Ricky también está engordando, pero es por una razón temporal y
más feliz. No ha hecho sino embellecerla todavía más, y su dulce y eterno ¡sí!
no ha variado; aunque no le resulta cómodo.
He estado trabajando con dispositivos que le faciliten las
cosas. No resulta muy cómodo ser mujer; se debería hacer algo, y estoy
convencido de que pueden hacerse algunas cosas. Hay la cuestión del agacharse,
y también los dolores de espalda -estoy trabajando en ello, y le he construido
una cama hidráulica que pienso patentar. También debería ser más fácil entrar y
salir de una bañera. Pero no he resuelto eso todavía...
Para el viejo Pet he construido un «Cuarto de baño gatuno»
automático, que se llena por si solo, sanitario e inodoro, para uso durante el
mal tiempo. No obstante, Pet, como es un gato de verdad, prefiere salir afuera,
y no ha abandonado nunca su convicción de que si pruebas todas las puertas, por
fuerza tiene que haber una que sea la Puerta al Verano.
Y la verdad es que creo que tiene razón.
FIN
De
Obras Estelares de la Ciencia Ficcion
Serie
Andrómeda
Editorial
Edisan, S. A. 1987

