Libro N°. 3124. Psicópata. Kellerman, Jonathan.
© Libro N°. 3124. Psicópata. Kellerman, Jonathan. Colección
E.O. Septiembre 17 de 2016.
Título original: © Psicópata. Jonathan Kellerman
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Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PSICÓPATA
Jonathan Kellerman
Mi
especial agradecimiento al doctor Michael Austerlitz
1
Las calles en las que han tenido lugar asesinatos no suelen ser
agradables. Aquélla lo era.
Sombreada por frondosos olmos, estaba aun paso de la
universidad, flanqueada por amplias haciendas y residencias coloniales
californianas, rodeadas de praderas tan inmaculadas como tapetes de billar
nuevos.
Olmos gigantes. Hope Devane había muerto desangrada bajo uno de
ellos, a una manzana de su casa, en la esquina suroccidental.
Contemplé de nuevo el lugar, apenas iluminado por una desganada
luna. La tranquilidad de la noche sólo era alterada por los grillos y por el
paso de algún coche de suave motor.
Los residentes regresaban a sus casas. Hacía ya meses que los
curiosos no se detenían a mirar.
Milo encendió un purito y echó el humo por la ventanilla.
Bajé mi propia ventanilla y continué observando el olmo.
Un retorcido tronco, grueso como un mojón de carretera,
sustentaba veinte metros de opaco follaje. Las recias ramas, algunas tan
pesadas que rozaban el suelo, parecían recubiertas de escarcha bajo la luna.
Habían pasado cinco años desde que el ayuntamiento hizo podar
los árboles por última vez. Déficit presupuestario. La hipótesis era que el
asesino se había ocultado entre las sombras, aunque el único rastro de
presencia humana que se había encontrado eran unas huellas de bicicleta a
escasa distancia.
Tres meses más tarde, apenas quedaba más que la hipótesis.
En la manzana, además del Ford sin identificación policial de
Milo, había otros dos coches, ambos Mercedes, ambos con permisos de
estacionamiento en los parabrisas.
Con posterioridad al asesinato, el ayuntamiento se había
comprometido a hacer podar los árboles; pero aún no lo había hecho.
Milo me había hablado de ello con cierta indignación,
maldiciendo a los políticos, pero quejándose en realidad de un caso que se
había enfriado.
—Un par de artículos de prensa, y luego nada.
—La actualidad es como las hamburguesas —dije—. Rápida,
grasienta y fácil de olvidar.
—Creía que los cínicos éramos nosotros.
—Deformación profesional: trato de sintonizar con mis pacientes.
Eso le hizo lanzar una risa breve. Luego, frunció el entrecejo,
se retiró el cabello de la frente y exhaló el humo formando aros.
Movió un poco el coche calle arriba, y luego estacionó de nuevo.
—Esa era la casa de la mujer. —Señalaba una de las residencias
coloniales, pequeña pero bien conservada. Fachada blanca, cuatro columnas,
postigos oscuros y relucientes apliques engarzados en una bonita puerta. Tres
peldaños por encima de la acera, un sendero de losas que recorría el césped.
Una puerta de hierro bloqueaba la rampa de acceso.
Bajo las pálidas cortinas de dos de las ventanas del piso de
arriba brillaba una luz ambarina.
—¿Hay alguien en casa? —pregunté.
—El Volvo que hay en la rampa es el del tipo.
Una ranchera color claro.
—Ese siempre está en casa —dijo Milo—. En cuanto regresa, no
vuelve a salir.
—¿Continúa de luto?
Él se encogió de hombros.
—Ella conducía un pequeño Mustang rojo. Era mucho más joven que
él.
—¿Cuánto?
—Quince años.
—¿Por qué te interesa el marido?
—Por la forma en que actúa cuando hablo con él.
—¿Nervioso?
—Poco colaborador. Paz y Fellows pensaban lo mismo, aunque tal
vez eso no sea muy significativo.
Milo no tenía en gran estima a los primeros detectives que se
ocuparon del caso, aunque, probablemente, lo que más le exasperaba eran los
obstáculos burocráticos.
—Bueno, normalmente el primer sospechoso es el marido, ¿no?
—dije—. Aunque acuchillarla en la calle no parece el procedimiento típico.
—Cierto. —Se frotó los ojos—. Volarle la cabeza en el dormitorio
hubiera sido más marital. Pero sucede. —Hizo girar el cigarro entre los dedos—.
Dándole tiempo al tiempo, todo sucede.
—¿Dónde estaban exactamente las huellas de bicicleta?
—Al norte del cadáver, pero no creo que signifiquen gran cosa.
Según los del laboratorio, podían llevar allí entre uno y diez días. Un
chiquillo del vecindario, un estudiante, un aficionado al ciclismo, cualquiera.
Y cuando interrogué a los vecinos, nadie mencionó nada
acerca de algún ciclista sospechoso.
—¿Qué significa ciclista sospechoso?
—Alguien que no encaje.
—¿Alguien de color?
—Quien sea.
—Resulta sorprendente que en un barrio tan tranquilo nadie viese
ni oyera nada a las once de la noche —dije.
—El forense dice que, probablemente, ella no gritó. No había
heridas defensivas, no intentó protegerse, así que puede que no ofreciera
resistencia.
—Cierto. —Yo conocía los resultados de la autopsia. Me había
leído todo el expediente, empezando por el informe inicial de Paz y Fellows y
acabando con el monótono dictamen del patólogo y con la colección de fotos de
la autopsia. ¿Cuántas fotos como aquéllas no habría visto yo a lo largo de los
años? Pero el hábito no hacía que la cosa resultara más fácil.
—La herida en el corazón impidió que hubiera gritos, ¿no?
—pregunté.
—El forense opina que la cuchillada pudo causar una ruptura
cardíaca, provocándole a la mujer un shock instantáneo.
Chasqueó suavemente los gruesos dedos, y luego se pasó una mano
por el rostro, como lavándose sin agua. Su perfil era tosco, similar al de una
morsa, tenía la piel picada y expresión de fatiga.
Mientras él daba nuevas bocanadas a su cigarro, volví a pensar
en las fotos anteriores a la autopsia. El cuerpo de Hope Devane, blanco y
gélido, bajo las luces de la mesa de operaciones del forense. Tres profundas
heridas color púrpura retratadas en primer plano: una en el pecho, otra en la
ingle y la última por encima del riñón izquierdo.
La reconstrucción de los hechos realizada por el forense era que
a la mujer la atacaron por sorpresa y la liquidaron rápidamente con un golpe
que le partió el corazón. Luego, le asestaron otro por encima de la vagina y,
por último, la acuchillaron en la espalda mientras yacía de bruces sobre la
acera.
—Es raro que un marido haga algo así —dije—. Ya sé que has visto
cosas peores; pero resulta excesivamente calculado.
—Bueno, en este caso el marido es un intelectual, ¿no? Un
pensador. —Los jirones de humo que salían del coche se disolvían inmediatamente
al entrar en contacto con el aire nocturno—. Lo cierto es, Alex, que deseo que
el culpable resulte ser Seacrest. Porque si no es él, esto es una puñetera
pesadilla logística.
—Demasiados sospechosos.
—Y que lo digas —replicó él, convencido—. Hay infinidad de
personas que tenían motivos para odiarla.
2
Un libro de autoayuda cambió la vida de Hope Devane.
Lobos y ovejas no fue lo primero que publicó. Una monografía
sobre sicología y tres docenas de artículos en revistas la habían hecho titular
de una cátedra a los treinta y ocho años, dos antes de su muerte.
Tal posición académica le dio seguridad laboral y la libertad
para irrumpir en la escena pública con un libro que no agradó a sus compañeros
de claustro.
Lobos y ovejas permaneció un mes en la lista de bestsellers,
convirtiendo a su autora en una figura habitual en los medios de comunicación y
haciéndole ganar más dinero del que habría acumulado en diez años trabajando
como profesora.
Estaba bien dotada para conseguir la atención del público. Rubia
y atractiva, daba bien en la pequeña pantalla. Eso, unido a una voz suave y
bien modulada que por radio resultaba firme y persuasiva, hizo que no tuviera
la menor dificultad para conseguir entrevistas de promoción para su libro. Y
aprovechaba al máximo cada una de sus apariciones. Pese al subtítulo de Lobos y
ovejas, que rezaba Por qué es inevitable que los hombres hagan daño a las
mujeres, y qué pueden hacer las mujeres para evitarlo, y a su tono
condenatorio, su imagen pública era la de una mujer inteligente, segura de sí
misma y agradable que no gustaba de exhibirse, pero que, cuando estaba en
público, sabía comportarse con elegancia.
Yo sabía todo aquello; pero ignoraba totalmente qué clase de
persona había sido.
Milo me había dejado tres cajas de pruebas procedentes del
Departamento de Policía de Los Angeles para que las revisara: el currículum de
la mujer, cintas de audio y vídeo, algunos recortes de prensa y el libro. Paz y
Fellows habían entregado todo aquel material sin haberlo estudiado ni total ni
parcialmente.
La noche anterior, Milo me comentó que había heredado el caso.
Lo hizo sentado frente a Robin y a mí a la mesa del restaurante marinero de
Santa Mónica. La barra se encontraba atestada de gente, pero la mayor parte de
los reservados estaban vacíos, y nos habíamos acomodado en un rincón, lejos de
los deportes en pantalla gigante y de las asustadas personas que trataban de
trabar relación con extraños. A mitad de la cena, Robin se levantó para ir al
servicio de señoras y Milo dijo:
—Adivina cuál ha sido mi regalo de Navidad.
—Para Navidad falta mucho.
—Quizá por eso la cosa no es ningún regalo. Se trata de un caso
viejo, con tres meses a la espalda: el de Hope Devane.
—¿Por qué te lo han encargado?
—Porque es un caso muerto.
—¿El nuevo teniente?
Él mojó un langostino en salsa y se lo llevó entero a la boca.
Lo masticó meticulosamente. No dejaba de mirar a su alrededor, aunque no había
nada que ver.
Nuevo teniente, vieja canción.
Milo era el único detective reconocidamente gay del Departamento
de Policía de Los Angeles, y nunca terminarían de aceptarlo. Los veintitrés
años que duró su ascenso al grado de detective tercero estuvieron salpicados de
humillaciones, sabotaje, períodos de benigno olvido y episodios próximos a la
violencia. Su historial de casos resueltos era excelente, y en ocasiones eso
servía para mantener la hostilidad bajo control. Su calidad de vida dependía de
la actitud que tenía el jefe que le tocaba en cada momento. El nuevo teniente
estaba preocupado y nervioso, pero el conflictivo departamento posdisturbios le
estaba complicando mucho la vida y no estaba prestando demasiada atención a
Milo.
—¿Te confió el caso porque le aparece que es poco probable que
lo resuelvas?
Él sonrió, como paladeando un chiste privado.
—Es que, además —dijo—, sospecha que Devane era lesbiana. «Eso,
ejem, ejem, debe de ser terreno más o menos conocido para usted, Sturgis.»
Otro langostino desapareció. El carnoso rostro de Milo
permaneció estático mientras su dueño plegaba y desplegaba la servilleta.
Llevaba una horrible corbata marrón y ocre que no pegaba ni con cola con su
chaqueta gris verdoso. Su negro pelo, moteado ya de blanco, estaba cortado casi
a cero en los lados, pero en la parte alta llevaba el cabello largo, y las
patillas eran grandes y canosas.
—¿Existe algún indicio de que Hope Devane fuera gay? —pregunté.
—Qué va. Pero decía cosas desagradables de los hombres, así que
ergo, ipso facto.
Robín volvió a la mesa. Se había retocado el pelo y se había
vuelto a poner pintalabios. El vestido azul marino realzaba el bronceado de su
tez, y la seda acentuaba cada uno de sus movimientos. Habíamos pasado algún
tiempo en una isla del Pacífico, y su aceitunada piel aún conservaba el
recuerdo del sol.
Yo había matado a un hombre allí. Fue un caso claro de defensa
propia, y no sólo salvé mi vida sino también la de Robin. A veces, aún tengo
pesadillas.
—Estáis muy serios —dijo Robin, sentándose a la mesa. Nuestras
rodillas se tocaron.
—Hago mis deberes —dijo Milo—. Como sé que Alex se lo pasó muy
bien en el colegio, le permito que me ayude.
—Acaban de encomendarle el caso de Hope Devane —expliqué.
—Creía que habían dado el asunto por irresoluble.
—Y así había sido.
—Qué espantoso.
Algo en su voz me hizo mirarla.
—¿Más espantoso que otro asesinato cualquiera? —pregunté.
—En cierto modo, sí, Alex. Un buen vecindario como ése, y de
pronto una mujer sale a dar un paseo cerca de su casa y alguien la asalta y la
acuchilla.
Cubrí su mano con la mía, pero ella no pareció darse cuenta.
—Lo primero que pensé —dijo—, fue que la mataron a causa de sus
ideas. Lo cual sería terrorismo. Pero aunque sólo fuera un chiflado que la
escogió al azar, en cierto modo seguiría siendo terrorismo. En esta ciudad, las
libertades personales han descendido otro peldaño.
Nuestras rodillas se separaron. Sus dedos eran como delicados
carámbanos.
—Bueno —siguió Robin—, al menos tú lo estás investigando, Milo.
¿Has descubierto algo nuevo?
—Aún no —replicó él—. En situaciones así, lo mejor es partir de
cero. Esperemos que las cosas vayan bien.
Aun en las ocasiones más propicias, a Milo le costaba mostrarse
optimista. En su boca, aquellas palabras sonaron huecas, a mal teatro.
—Se me ocurrió que tal vez a Alex le fuera posible ayudarme. A
fin de cuentas la doctora Devane también era sicóloga.
—¿La conocías, Alex?
Negué con la cabeza.
Se aproximó el camarero.
—¿Más vino?
—Sí —dije—. Otra botella.
A la mañana siguiente, Milo me llevó las cajas de pruebas y en
seguida se fue. Sobre las cajas estaba el currículum académico de la asesinada.
Su nombre completo era Hope Alice Devane. Padre: Andre. Madre:
Charlotte. Ambos fallecidos.
Bajo ESTADO CIVIL, había escrito a máquina CASADA, pero sin
añadir el nombre de Philip Seacrest.
HIJOS: NINGUNO.
Había nacido en California, en una población que no me sonaba de
nada llamada Gigginsville. Probablemente, el lugar estaba en el centro del
estado, ya que se graduó como alumna más distinguida en el instituto secundario
de Bakersfield. Luego, se matriculó con una beca Regent en la Universidad de
Berkeley. Acumuló matrículas de honor en todas las asignaturas, fue Pi Beta
Kappa, se graduó summa cum laude en sicología, y luego continuó en Berkeley
hasta obtener el doctorado.
Publicó sus dos primeras tesinas como estudiante graduada y se
trasladó a Los Ángeles para adquirir capacitación clínica; el internado y los
estudios de posgrado los realizó en el otro extremo de la ciudad, en el
departamento de siquiatría del Hospital General del Condado. Luego la nombraron
lectora de estudios femeninos en la universidad, y al año siguiente la
trasladaron al departamento de sicología en calidad de profesora auxiliar.
Seguían diez páginas en las que se detallaban las sociedades a
las que Devane estaba afiliada, sus publicaciones doctorales, los trabajos
publicados y las conferencias. Su primer tema de investigación fue las
diferencias de calificaciones entre chicos y chicas en los exámenes de
matemática, y más adelante pasó a dedicarse a estudiar los roles sexuales y los
métodos de crianza infantil, y, de nuevo, volvió a los roles sexuales para
estudiar en qué forma afectaban al autocontrol.
Había publicado un promedio de cinco artículos anuales en
prestigiosas publicaciones científicas, lo cual era algo que daba alas a
cualquier carrera docente. Sin embargo, el currículum no me pareció fuera de lo
común en nada hasta que llegué al final de la sección de bibliografía. Allí, un
subencabezado con el título de «Publicaciones diversas y trabajos en los medios
de comunicación», me permitió intuir cuáles habían sido sus actividades durante
el año que precedió a su muerte.
Lobos y ovejas, junto con sus traducciones a idiomas
extranjeros, seguido de docenas de entrevistas en radio, televisión y prensa, y
apariciones en los programas vespertinos de debate.
Programas con títulos como «¡Al contraataque!», «Huyendo del
animal de presa», «La nueva esclavitud», «La conspiración de la testosterona».
La sección final era «Actividades universitarias y
departamentales», y en ella las cosas volvían a su polvorienta solemnidad
académica.
Como profesora auxiliar, figuró en cuatro comités: Programación
y asignación de alojamientos, Orientación para estudiantes graduados y
Seguridad animal-sujeto. Todos ellos eran trabajos fatigosos que yo conocía
bien. Luego, seis meses antes de su muerte, la nombraron directora de
Comportamiento interpersonal, algo de lo que yo nunca había oído hablar.
¿Estaría aquello relacionado con el acoso sexual? ¿Abusos a las
estudiantes por parte de miembros de la facultad? Aquello era algo que,
potencialmente, podía suscitar suspicacias. Hice una marca junto a la nota y
pasé a ocuparme de Lobos y ovejas.
La sobrecubierta del libro era de color rojo mate con letras de
oro en relieve y un pequeño gráfico entre el nombre de la autora y el título
donde se veían las siluetas de los animales a los que aludía el libro.
La boca del lobo estaba llena de colmillos y el animal tenía las
garras tendidas hacia la minúscula oveja. En la contraportada estaba la foto en
color de Hope Devane. La mujer tenía un rostro ovalado de facciones suaves,
llevaba un vestido beige de cachemir, lucía una sarta de perlas, y estaba
sentada muy erguida en un sillón de cuero marrón tras el cual había estantes
con libros ligeramente desenfocados. Sostenía una pluma Mont Blanc entre los
dedos y tenía a mano un tintero de plata.
Dedos largos, uñas pintadas de color rosa. Cabello rubio color
miel echado para atrás. Ligeros toques de colorete en las mejillas. Ojos color
castaño claro, grandes y directos, amables sin ser débiles. Una sonrisa
confiada, quizá irónica, en los nacarados labios.
Las páginas tenían los bordes arrugados, y Milo había resaltado
en amarillo ciertos párrafos y hecho abundantes anotaciones en los márgenes.
Leí el libro, recorrí tres kilómetros en coche, por Beverly Glen, hasta la
universidad, donde estuve un rato entretenido con los ordenadores de la
biblioteca Biomed.
Obtuve resultados interesantes. Regresé a casa y miré los vídeos
de los programas de debate.
Cuatro programas, cuatro ruidosas y frívolas audiencias, un
cuarteto de suntuosos y sensibleros anfitriones totalmente intercambiables.
«El show de Yolanda Michaels»: ¿Qué es una auténtica mujer?
Hope Devane tolerando la machacona retórica de una mujer
antifeminista que predicaba las virtudes de los estudios bíblicos y de los
cosméticos, y recomendaba esperar al marido en la puerta llevando por toda ropa
un impermeable transparente.
«¡Sid, en vivo!»: ¿Prisioneros del sexo?
Hope Devane debatiendo con un antropólogo y especialista en
hormigas convencido de que todas las diferencias sexuales eran innatas e
imposibles de modificar y de que lo que deberían hacer hombres y mujeres era
aprender a convivir. Hope trataba de ser razonable, pero el resultado final
resultaba más bien frívolo.
«El show de Gina Sydney Jerome»
Hope Devane en una mesa redonda con otros tres autores: una
lingüista que desdeñaba la sicología y recomendaba que hombres y mujeres
aprendieran a interpretar correctamente el lenguaje; un periodista neoyorquino
especializado en cuestiones femeninas que no tenía nada que decir, pero que lo
decía con abundancia de polisílabos; y un hombre con aspecto de macho que
aseguraba haber sido un marido maltratado y había plasmado su trágica
experiencia en trescientas páginas.
La vieja canción habitual...
«En vivo con Morry Mayhew»: ¿Cuál de los sexos es el débil?
Hope Devane debatiendo con un tipo que se daba a sí mismo el
título de jefe de una organización de derechos del hombre de la que yo nunca
había oído hablar y que se cebó en Hope con misógina furia.
Aquel vídeo era distinto: el nivel de hostilidad alcanzaba cotas
muy altas. Rebobiné y lo pasé de nuevo.
El misógino se llamaba Karl Neese. Alrededor de treinta años, delgado
y de apariencia liberal con su traje negro y su corte de pelo a la moda, pero
neandertaloide en sus opiniones, acaparando el uso de la palabra y repartiendo
insultos sin cesar. Sicodrama a la parmesana.
Hope Devane, el objeto de las iras del hombre, mantuvo la
corrección y en ningún momento lo interrumpió ni alzó la voz, ni siquiera
cuando los comentarios de Neese provocaron los aplausos de los cretinos
repartidos entre el público.
MAYHEW. Muy bien, señor Neese, ahora preguntemos a la doctora...
NEESE. ¿Doctora? No le veo el estetoscopio.
MAYHEW. La doctora es sicóloga...
NEESE. O sea que su familia ha tenido el dinero suficiente para
pagarle unos estudios absolutamente inútiles.
MAYHEW. (Conteniendo una sonrisa.) Muy bien, doctora Devane, si
ahora tiene usted la bondad de explicarnos...
NEESE. Explíquenos por qué las feministas no nos dejan de
machacar con sus problemas, bla-bla-bla-bla, y, sin embargo, encuentran
perfecto abortar porque los niños son un engorro...
MAYHEW. ... los motivos por los que, según usted, las mujeres
son víctimas de hombres sin escrúpulos...
NEESE. Porque les gustan los hombres sin escrúpulos, los malos
tipos, el peligro, las emociones. Y no aprenden, sino que vuelven a por más.
Las mujeres dicen que les gustan los hombres decentes; pero intenten ustedes
conquistar a una mujer siendo decentes. Decente significa débil, y débil
significa primo. ¡Y para los primos no hay mimos!
(Risas, aplausos.)
DEVANE. Puede que en lo que dice tenga usted algo de razón.
NEESE. (Con expresión lasciva.) Pues sí, muñeca, claro que sí.
DEVANE. A veces caemos en pautas de conducta peligrosas. Supongo
que el quid de la cuestión radica en lo que aprendemos en la infancia.
NEESE. ¿Tú me enseñas lo tuyo y yo te enseño lo mío?
MAYHEW. (Sonriendo.) Vamos, Karl. ¿A qué lecciones se refiere,
doctora?
DEVANE. A los modelos de los que aprendemos. A los
comportamientos que se nos enseña a emular...
Veinte minutos de pullas y burlas de Neese y de equilibrados
razonamientos de Hope. Cada vez que él conseguía entusiasmar al público, ella
esperaba a que las cosas se calmaran y luego ofrecía breves y precisas réplicas
exentas de alusiones personales. Hope se ceñía estrictamente a lo que
consideraba su papel. Al final del programa, la gente escuchaba lo que ella
tenía que decir y Neese parecía frustrado.
Miré de nuevo la grabación, concentrándome en Hope y en su
eficacísima forma de actuar. Miraba directamente a los ojos, produciendo una
sensación de intimidad, y hablando con un aplomo que hacía que lo obvio
pareciese profundo.
Carisma. Sosegado carisma.
Si el medio era el mensaje, Hope era una brillante mensajera, y
no pude evitar preguntarme qué cimas no habría alcanzado de haber vivido lo
suficiente.
Cuando terminó el programa, la cámara tomó un primer plano del
rostro de Neese. Su sardónica sonrisa se había esfumado.
Serio. ¿Furioso?
Era una idea disparatada; pero... ¿se habría dejado aquel hombre
llevar por la ira?
¿Y por qué no? El caso estaba paralizado, y Milo me había dicho
que especulase a mi aire. Anoté el nombre de Neese y luego cogí el informe del
homicidio.
Palabras, fotos. Siempre fotos...
Eran cerca de las cinco cuando llamé a Milo a la oficina de
detectives del oeste de Los Angeles y le dije que lo había revisado todo,
incluido el libro.
—Qué rapidez.
—Es de lectura fácil, la mujer tenía un excelente estilo. Muy
fluido. Como si se encontrase sentada junto al lector, compartiendo con él su
sabiduría.
—¿Y qué piensas del contenido?
—Gran parte de lo que dice es indiscutible. Defiende tus
derechos, cuida de ti misma, define tus metas con realismo de modo que puedas
alcanzar el éxito y mejorar tu autoestima. Pero en lo tocante a cuestiones más
radicales, no aporta hechos que respalden sus tesis. Todas las referencias a la
testosterona y a la sicopatía sádica están bastante sacadas de quicio.
—Todos los hombres son asesinos sexuales.
—Todos los hombres tienen el potencial necesario para
convertirse en asesinos sexuales, e incluso el sexo consentido es parcialmente
una violación, ya que el pene está construido como una arma y la penetración
implica invasión y pérdida de control por parte de la mujer.
—El control la obsesionaba, ¿no?
—Sí, ése es su leitmotiv. Fui a la biblioteca y les eché un
vistazo a los estudios que ella cita en su libro. No dicen lo que según ella
dicen. Sacó los datos de su contexto, informando de modo selectivo y
manipulando los hechos. Pero a no ser que uno se tome la molestia de examinar
con cuidado cada una de las fuentes, la manipulación apenas es perceptible. Y,
dejando aparte su talento para escribir, comprendo que el libro se vendiera tan
bien. Tenía una clientela segura, porque las mujeres casi siempre son las
víctimas. Ya escuchaste a Robin anoche. Cuando volvimos a casa, me contó que
ese asesinato la había mantenido muchas noches en vela porque ella se
identificaba con Hope. No se me hubiera ocurrido nunca que Robin hubiese
dedicado al asunto ni un solo momento de reflexión.
—¿Qué te parecieron las cintas de vídeo?
—En ellas Hope también está impecable. Ni siquiera perdió la
calma cuando en el programa de Mayhew le pusieron delante a ese cretino. ¿Lo
recuerdas?
—¿Un idiota flaco vestido de negro? Realmente la puso a parir,
¿no?
—Pero ella lo manejó a las mil maravillas y en ningún momento se
dejó avasallar. Para mí, al final la vencedora indiscutible fue ella, y el tal
Neese parecía furioso. ¿Y si el tipo le guardó rencor por la humillación?
Silencio.
—Supongo que bromeas.
—Me dijiste que utilizase la imaginación. Esos programas son
como barriles de pólvora. Tratan temas muy delicados y los asistentes acaban
con los nervios de punta. Eso es exactamente lo que, como sicólogo, me dijeron
que debía evitar. Siempre he pensado que, en programas así, sólo era cuestión
de tiempo que se produjeran actos violentos.
—Hmm... Muy bien, investigaré al tipo. ¿Cómo se llama?
—Karl Neese.
Él repitió el nombre.
—Estaría bueno que... Bueno, ¿tienes algo más que decirme acerca
de Hope?
—Pues no, de momento, nada más. ¿Y tú qué cuentas?
—Nada. Me da la sensación de que el marido oculta algo, y tus
colegas de la universidad no me han sido de la menor ayuda. Lo único que hacen
es citarme estadísticas según las cuales si un caso tarda demasiado en ser
resuelto, más vale olvidarlo. Además, me tratan como si yo fuera un patán.
Cuando conversan conmigo hablan verdaderamente despacio.
—¿Esnobismo de clase?
—Quizá hice mal presentándome ante ellos restregando los
nudillos contra el suelo al tiempo que pelaba un plátano.
Me eché a reír.
—Bueno, a fin de cuentas posees un máster. ¿Por qué no
mencionaste ese hecho durante la conversación?
—Sí, claro, eso hubiera impresionado muchísimo a un montón de
tipos con títulos de doctor. ¿Qué me dices de las heridas? ¿Crees que la
cuchillada en la ingle tiene implicaciones sexuales?
—Si fue intencionada, no cabe duda de que revela una clara
hostilidad sexual.
—Pues claro que fue intencionada. Las tres heridas eran limpias,
no fruto del error o la precipitación. La alcanzó exactamente donde quería
alcanzarla: corazón, ingle, espalda.
—Dicho así, la cosa parece orquestada —dije—. Una secuencia de
heridas premeditada.
—¿A qué te refieres?
—Acuchillarla primero en el corazón podría ser un detalle
enfermizamente romántico. Romperle el corazón a alguien, quizá como venganza.
Aunque supongo que el asesino se decidió por el corazón para matarla
rápidamente. Pero, para conseguir eso, ¿no habría sido más eficaz degollarla?
—Desde luego. El corazón no es un blanco fácil, puede uno pegar
en una costilla y fallar totalmente el blanco. La mayor parte de las muertes
rápidas por arma blanca son degüellos. ¿Qué me dices de las otras heridas?
—La ingle —dije, recordando la compostura de Hope y sus
impecables ropas. Hasta el último cabello en su sitio. La dejaron desangrándose
en la calle—. La herida de la ingle podría ser una extensión de la del corazón:
el amor deteriorado, el elemento sexual... En tal caso, la herida de la espalda
sería el golpe de gracia: la puñalada por detrás. El símbolo de la traición.
—Para herirla en la espalda —dijo él—, el asesino tuvo que
entretenerse en darle la vuelta y colocarla de bruces. Por eso me interesa lo
que dices de que la cosa parece orquestada. Imagina que te encuentras en la
calle y acabas de matar a alguien. ¿Te entretienes en hacer una cosa así? A mí
me parece un crimen pasional llevado a cabo con toda premeditación.
—Furia fría —dije—. Intimidad criminal... ¿alguien a quien ella
conocía?
—Ése es justamente el motivo de mi interés por el esposo de la
víctima.
—Sin embargo, para alguien como ella la intimidad podía
significar algo totalmente distinto. Su libro la hizo aparecer frente a
millones de personas. Pudo desencadenar la ira de cualquiera. Incluso la ira
delirante. Alguien a quien no le gustó su modo de firmar un libro, alguien que
la vio en televisión y estableció con ella una relación patológica. La fama es
como desnudarse en un teatro a oscuras, Milo. Nunca se sabe quién está entre el
público.
Mi amigo guardó silencio por unos momentos.
—Vaya, gracias por hacer que mi lista de sospechosos aumente
hasta el infinito... Hay algo que los periódicos no llegaron a publicar. Hope
acostumbraba a dar un paseo de entre treinta y sesenta minutos cada noche, más
o menos a la misma hora. Entre diez y media y once. Normalmente, paseaba con su
perra, una rottweiler, pero ese día el animal tuvo graves problemas de
estómago, y se pasó la noche en la clínica veterinaria. Muy casual, ¿no te
parece?
—¿Crees que lo envenenaron?
—Esta mañana llamé al veterinario y me dijo que nunca llegó a
examinar a fondo a la perra, porque a la mañana siguiente ya había mejorado;
pero sus síntomas eran de haber ingerido algo en mal estado. Sin embargo,
añadió que los perros se pasan el tiempo comiendo
porquerías.
—¿Tenía la rottweiler esa costumbre?
—Que él supiera, no. Y ahora ya es demasiado tarde para realizar
análisis. Esa es otra de las cosas que Paz y Fellows no se molestaron en
indagar.
—El hecho de que envenenaran a la perra significaría que alguien
estuvo vigilando a Hope Devane durante algún tiempo, tomando nota de sus
hábitos —dije.
—O quizá fuera alguien que ya la conocía. Un marido encajaría
perfectamente en esa orquestación de amor y sexo. Un marido traicionado.
—¿Es ése el caso?
—No lo sé; pero supongamos que sí. Y si Seacrest era más
inteligente y frío que el cornudo normal, ¿qué mejor modo para apartar de él
las sospechas que hacer que la cosa pareciera un crimen callejero?
—Pero hablamos de un profesor de historia de mediana edad, sin
el más mínimo antecedente de agresividad doméstica. Cero violencia, punto.
—Siempre hay una primera vez —dijo Milo.
—¿Tienes alguna idea de qué tal encajaba el tipo la fama de su
esposa?
—No. Ya te he dicho que ese hombre no se muestra nada
colaborador.
—Lo de la fama pudo ser un punto conflictivo en su matrimonio.
Seacrest era más viejo que ella, y posiblemente, antes de la publicación del
libro, tenía un peso específico académico mayor que el de su esposa. Y quizá no
le sentara bien que se hablase de él en televisión. Aunque en las grabaciones
pude advertir que ella hablaba de su marido con afecto.
—Sí —dijo mi amigo—. «Philip está en sintonía con las
necesidades femeninas, pero es la excepción de la regla.» Un poco perdonavidas,
¿no te parece?
—Otra cosa —dije—. Que yo sepa, las feministas no han protestado
por su muerte, ni por el hecho de que el asesinato no se haya resuelto. Quizá
se deba a que Hope no estaba afiliada a ningún grupo feminista. Al menos, yo no
vi ese dato en su currículum.
—Es cierto —asintió Milo—. ¿Sería que le gustaba ir por libre?
—Formaba parte de comités y de sociedades académicas. Pero no
tenía la menor actividad política. Pese al tono del libro. Y, hablando del
currículum, hubo algo que me llamó la atención: dirigió algo llamado Comité de
Comportamiento interpersonal. Por el nombre, podría estar relacionado con el
acoso sexual. Quizá se ocupara de recibir quejas de estudiantes contra miembros
del claustro. Lo cual podría constituir otra fuente de polémicas. ¿Y si puso en
peligro la carrera de alguien?
—Comportamiento interpersonal. En eso no me fijé.
—Sólo era una nota al final del currículum.
—Gracias por advertirlo. Sí, parece interesante. ¿Me harás el
favor de indagar acerca de ello en el campus? El jefe de departamento no ha
contestado a mis llamadas desde la primera vez que hablé con él.
—¿Ed Gabelle?
—El mismo. ¿Qué tal tipo es?
—Un político —dije—. Sí, claro que preguntaré.
—Gracias. Ahora te voy a decir lo que a mí me desconcierta de la
profesora Devane. El contraste entre lo que escribía y su comportamiento en
televisión. En su libro venía a decir que los varones eran basura, y daba la
sensación de odiar a muerte a todos los hombres. Pero en las grabaciones da la
sensación de ser una mujer a la que le agradaba el sexo contrario. Sin duda,
pensaba que los hombres debíamos pulirnos en ciertos aspectos, y quizá nos
mirase con cierta condescendencia. Pero, en conjunto, su actitud era cordial,
Alex. Parecía cómoda con los hombres, y más que cómoda. A mí me parecía el tipo
de mujer con el que se puede beber un par de cervezas.
—Más bien un par de cócteles de champán —dije.
—Vale, de acuerdo. Y no en cualquier bar de mala muerte, sino en
la cafetería del hotel Bel Air. Pero el contraste sigue siendo sorprendente. Al
menos, para mí.
—Bueno, supongo que con el currículum ocurre lo mismo. La
primera parte es la lógica en una personalidad académica, y la segunda parecía
corresponder a una estrella de los medios. Como si en Hope Devane hubiera dos
personas distintas.
—Y otra cosa: quizá yo no sea el mejor juez, pero para mí, en
televisión resultaba sumamente atractiva. Miraba a la cámara y sonreía de forma
muy seductora, cruzaba las piernas enseñando un poco de muslo. Parecía decir
mucho sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
—Tal vez fueran pautas de sicólogo. Utilizamos los silencios
para conseguir que los pacientes se sinceren con nosotros.
—Pues Hope sabía hacerlo muy bien.
—Bueno, ¿y qué pasa si era atractiva?
—Aunque no entiendo nada de sicología, me pregunto si era de las
que se meten en asuntos peligrosos...
—Quizá a lo que en realidad te refieras sea a la
compartimentación. A que tal vez separase las diversas facetas de su vida, como
si las metiese en compartimentos estancos.
—Quizá en compartimentos estancos secretos —dijo él—. Y los
secretos pueden resultar peligrosos. Además, también es posible que nos
enfrentemos a un simple chiflado, a un fulano que la vio por la tele y Dios le
ordenó que la matase. O quizá se trate de un sicópata que se dedica a asaltar
rubias en el Westside, y Hope, simplemente, estuvo en el lugar inoportuno en el
momento inadecuado. Dios no lo quiera... Bueno, gracias por tu tiempo, Alex. Si
se te ocurre algo más,voy a quedarme aquí trabajando hasta tarde.
—Hablaré con Ed Gabelle sobre ese Comité de Comportamiento, y si
la cosa se pone interesante, te llamo.
—La cosa ya es interesante —dijo él. Y luego lanzó una
maldición.
3
Ed Gabelle era un fisiosicólogo con una gran mata de cabello
canoso, boca pequeña y una voz aguda y cantarina que en ocasiones parecía
decantarse hacia el acento inglés. Su especialidad era producir lesiones en las
neuronas de las cucarachas para observar los resultados. Alguien me había
comentado que, últimamente, intentaba conseguir alguna subvención para realizar
estudios sobre el consumo abusivo de drogas.
Poco después de la hora del almuerzo lo encontré saliendo del
club de la facultad. Vestía pantalones vaqueros, camisa a juego y una llamativa
corbata amarilla de cachemir.
Me saludó con las habituales frases de cortesía y se quedó muy
desconcertado cuando le expliqué lo que deseaba.
—¿La policía, Alex? —dijo en tono lastimero—. ¿Por qué?
—He trabajado otras veces para ellos.
—¿Ah, sí? Bueno, pues lo lamento, pero no te voy a resultar de
mucha ayuda. No es un asunto que corresponda al departamento.
—¿Y qué clase de asunto es?
—Bueno... digamos que Hope era una individualista. Ya sabes a
qué me refiero. Su libro y todo eso.
—¿No cayó bien en el departamento?
—No, no me refería a eso. Hope era brillante, y estoy seguro de
que con su libro ganó buen dinero; pero no era muy dada a... relacionarse.
—No disponía de tiempo para sus colegas.
—Exacto.
—¿Y qué me dices de los estudiantes?
—¿Estudiantes? —Lo dijo como si la palabra fuese un vocablo
extranjero—. Sí, supongo que algunos tenía. Bueno,encantado de verte, Alex.
—¿Pretendes decirme que el comité era un proyecto única y
exclusivamente suyo?
Se humedeció los labios.
—¿De qué iba el asunto, Ed? —insistí.
—Pues la verdad es que en eso no puedo entrar. Y, de todas
maneras, es un asunto cerrado.
—No, ya no. Un asesinato lo cambia todo.
—¿Tú crees? —Gabelle echó a andar.
—Al menos, dime...
—Lo único que puedo decirte —replicó, con voz más aguda que de
costumbre— es que no puedo contarte nada. Tendrás que hablar con alguien de más
arriba.
—¿Como quién?
—Como el decano de los estudiantes.
Cuando le expliqué a la secretaria del decano lo que pretendía,
la mujer se cerró como una ostra y dijo que ya me llamaría. Colgó sin siquiera
pedir mi número. Telefoneé de nuevo a Milo para comentárselo, y él me dijo:
—Así que se están tapando unos a otros. Me gusta. Bueno, yo me
ocuparé personalmente del decano. Gracias por leer ese currículum tan
atentamente.
—Para eso me pagan.
Él se echó a reír y, luego, recuperando la seriedad, dijo:
—Parece evidente que Hope estaba molestando a alguien con su
comité. Por cierto: tengo el teléfono de la ayudante de producción del programa
de Mayhew. ¿Te importa hablar con ella, y así yo me puedo concentrar en el
claustro de profesores?
—Claro, yo me ocupo —dije.
—Se llama Suzette Band. A ver qué averiguas.
Tardaron cinco minutos en localizar a Suzette Band, pero cuando
la mujer se puso al fin al teléfono, su tono era amable y curioso.
—Así que es usted de la policía. Qué emocionante.
Aunque hacerse pasar por un agente de la ley es un delito grave,
me resultó más fácil cometerlo que explicarle cuál era mi cometido exacto.
—¿Recuerda usted una invitada que tuvieron el año pasado, la
profesora Hope Devane?
—Oh... Sí, claro que sí, fue terrible. ¿Detuvieron al fin a su
asesino?
—No.
—Pues, cuando lo hagan, comuníquenoslo, por favor. Nos gustaría
hacer un programa de seguimiento. Hablo en serio.
No me cupo la menor duda de que así era.
—Haré lo posible, señorita Band. Mientras, quizá pueda usted
sernos de ayuda. Cuando entrevistaron a la profesora Devane, había otro
invitado, un hombre llamado Karl Neese.
—Sí, ¿qué pasa con él?
—Desearíamos hablar con él.
—Pues... No sé... Espero que no hable usted en serio. —Se echó a
reír—. Es un disparate, aunque... Sí, comprendo su interés; pero... no pierdan
el tiempo con Karl.
—¿Por qué?
Una larga pausa, tras la cual...
—¿Está usted grabando nuestra conversación?
—No.
Silencio.
—¿Señorita Band?
—¿Seguro que no está usted grabando?
—Seguro. ¿Qué pasa?
—Bueno... La persona con la que realmente debe usted hablar es
Eileen Prietsch, la productora; pero está de viaje. Le diré que lo llame
cuando...
—¿Para qué perder el tiempo, si Karl es alguien de quien no hay
motivo para preocuparse?
—Realmente es así. Lo que ocurre es que... Karl, en el programa
es...
—¿Un invitado profesional?
—Yo no he dicho eso.
—Entonces, ¿por qué no debemos preocuparnos por él?
—Escuche... En realidad, yo no debería contarle nada de todo
esto, pero no quiero que le dé a este asunto más importancia de la debida ni
que desacredite por ello el programa. Bastantes problemas tenemos ya con los
metomentodo de Washington, que no hacen sino buscar chivos expiatorios. Nuestro
propósito es llevar a cabo un servicio público de buena fe.
—¿Y Karl formaba parte de ese servicio público? Escuché un
suspiro al otro extremo del hilo.
—Muy bien —seguí—. Así que le pagaron para que le buscara las
cosquillas a la profesora.
—Yo no lo diría así.
—Pero el tipo es un actor, ¿no? Si consulto la guía de actores o
de agentes, lo localizaré de todos modos.
—Mire —dijo ella, alzando la voz. Luego suspiró de nuevo—. Sí,
es un actor. Pero tengo entendido que en el programa no dijo nada que no fuera
su sincera opinión.
—Entonces, ¿por qué no voy a preocuparme por él? Tuvo un
enfrentamiento bastante desagradable con la profesora Devane.
—Pero eso fue porque... Vaya, es usted de lo más insistente...
Muy bien: para serle sincera, Karl es un profesional. Pero también es muy buen
tipo. Lo habíamos usado en otras ocasiones, y para otros programas. Utilizamos
a gente como él para dar mayor interés a los coloquios. Sobre todo cuando
tenemos invitados académicos, que suelen ser bastante aburridos. Todos los
programas lo hacen. Y algunos, incluso, ponen actores entre el público, cosa
que nosotros jamás hacemos.
—¿Pretende usted decirme que él no sentía hostilidad hacia la
profesora Devane?
—Claro que no la sentía, es un hombre sumamente amable. Incluso
creo que el año pasado lo tuvimos en el programa dedicado a la gente de bien.
Ya sabe: los que son demasiado decentes para triunfar y todo eso. Es un
excelente profesional. Muy adaptable. Tiene uno de esos rostros que se olvidan
con facilidad.
—O sea que el público no recuerda haberlo visto antes.
—A los que son como Karl les ponemos barba o peluca. De todas
maneras, el público tampoco es demasiado observador.
—El caso es que me sigue interesando hablar con él. ¿Tiene su
número a mano?
Una nueva pausa.
—Escuche, le propongo un trato.
—¿Tengo que elegir entre el dinero y lo que hay detrás de la
cortina número tres?
—Muy gracioso —dijo ella, pero a su voz había regresado la
cordialidad—. Éste es el trato: si usted promete llamarme en cuanto den con el
asesino para que nosotros seamos los primeros en hacer el seguimiento de la
noticia, yo le daré el teléfono de Karl. ¿De acuerdo?
Simulé reflexionar sobre la oferta.
—De acuerdo —dije al fin.
—Espléndido... Oiga, y quizá pueda usted venir al programa. El
as de los detectives y todo eso. ¿Es usted fotogénico?
—Los focos hacen que se me enrojezcan los ojos, pero mis
colmillos conservan el color blanco.
—Ja, ja, muy gracioso. Probablemente, sería usted un invitado
fantástico. En el programa hemos tenido policías, pero todos actúan de forma
muy envarada.
—¿Como los profesores?
—Como los profesores. La mayoría de la gente resulta aburrida si
no se la ayuda. Salvo que tenga una historia importante que contar.
—Vi una grabación del programa de la profesora Devane —dije—. Me
pareció que lo hacía muy bien.
—Pues sí, tiene usted razón. Era una mujer con mucha clase y
sabía ganarse al público. Lo que le sucedió fue realmente terrible. Podría
haberse convertido en una invitada habitual.
El número de teléfono de Karl Neese correspondía al Valle, pero
el mensaje de su contestador decía que, si la llamada era para un papel, el
hombre estaba localizable en el trabajo. La boutique masculina de Bo Bancroft,
en el Robertson Boulevard.
Miré la dirección. Estaba entre Beverly y la Tercera, junto a
Designer Row. A aquellas horas, sería un trayecto de veinte minutos.
La tienda era minúscula, estaba llena de espejos, de
antigüedades brasileñas adornadas con rosas e imágenes religiosas, y percheros
atestados de trajes de tres mil dólares. El equipo de sonido reproducía música
ambiental. Había dos personas trabajando, ambas vestidas de negro: tras la
registradora, una muchacha rubia de ojos aburridos, y tras el mostrador Neese
se dedicaba a doblar suéters de cachemir.
Desde que apareció en el programa, el actor se había dejado el
pelo más largo y, además, ahora llevaba barba. En persona parecía más joven.
Pálido y con expresión de ansiedad. Sus dedos eran muy largos y muy blancos.
Me presenté y le expliqué el motivo de mi visita. Él terminó de
doblar ropa y se volvió lentamente.
—Supongo que está usted de broma.
—Ojalá lo estuviera, señor Neese.
—¿Sabe una cosa? Cuando me enteré de lo que había sucedido,
pensé que tal vez alguien me llamara.
—¿Por qué?
—Por lo desagradables que se pusieron las cosas en el programa.
—¿Más desagradables de lo debido?
—No, qué va. Para eso me pagan. «Sal y pórtate como un perfecto
cabrón.» —Se echó a reír—. Un alarde de dirección artística, ¿no?
—¿Qué más le dijeron?
—Me dieron el libro de esa mujer, para que lo leyera y supiese
de qué iba el asunto. Luego, debía meterme al máximo con la profesora. La
verdad es que no fue una mala actuación. Hace seis meses aparecí en Xavier!,
haciéndome pasar por un padre incestuoso carente de todo remordimiento. Me
pusieron una barba barata, unas gafas de sol y una camisa que en la vida real
ni muerto me pondría; pero, pese a todo, me preocupaba que algún idiota me
reconociese por la calle y me diera un guantazo.
—¿Realiza usted este tipo de trabajos con frecuencia?
—Con menos frecuencia de la que me gustaría.
Pagan quinientos o seiscientos dólares por actuación, pero al
cabo del año no salen muchas bicocas como ésa. —Meneó la cabeza—. No diré que
me parezca absurdo que haya venido usted a averiguar si soy o no el lobo feroz,
pero la verdad es que no lo soy. La noche en que la profesora Devane fue
asesinada, yo estaba haciendo café-teatro en Costa Mesa. El hombre de La
Mancha. Me vieron cuatrocientos jubilados. —Sonrió—. Al menos, difusamente.
Pero, qué demonios, quizá alguno de ellos incluso estuviera sobrio. Aquí tiene
el número del productor.
Me dio un número con el prefijo 714, y luego dijo:
—Fue una lástima.
—¿El qué?
—Que la mataran. Esa mujer no me gustaba, pero era lista, y supo
responder como es debido a todas las barbaridades que le solté. Es sorprendente
la cantidad de personas que no son capaces de expresarse aunque sepan de qué va
la cosa.
—¿Ella sabía que el programa estaba apañado?
—Claro. No es que ensayáramos, pero nos pusieron juntos antes de
empezar el programa. En la sala de espera, le dije que me proponía lanzarme a
degüello contra ella, y ella me dijo que le parecía muy bien.
—Entonces, ¿por qué dice usted que la profesora no le gustaba?
—Porque trató de comerme la moral. Poco antes de que empezara el
programa. Se mostró amistosa conmigo mientras estuvimos en maquillaje y la
productora estaba presente. Pero en cuanto nos quedamos solos, ella se me
acercó y, hablándome al oído casi seductoramente, me dijo que había conocido a
muchísimos actores, y que todos ellos estaban sicológicamente jodidos.
«Incómodos con sus identidades», dijo. «Representan papeles para sentir que
controlan la situación.» —Rió entre dientes—. Todo lo cual es cierto, pero...
¿quién demonios quiere oírlo?
—¿Cree que intentaba intimidarlo?
—Estaba claro como el agua que trataba de intimidarme. Y, total,
¿para qué? Aquello no era más que una farsa. Como los combates de lucha libre
que pasan por televisión. Yo era el malo y ella la buena. Los dos sabíamos que
yo terminaría mordiendo el polvo. Entonces, ¿para qué tratar de comerme la
moral?
Representar papeles para creer que se controla la situación.
Pequeñas cajas.
Quizá Hope se hubiera visto a sí misma como una actriz.
Cuando regresé a casa, llamé al productor de la función de Costa
Mesa. Su ayudante examinó los libros y verificó que, efectivamente, Karl Neese
estaba en escena la noche del asesinato.
—Sí, El hombre de La Mancha fue una de nuestras obras de más
éxito —me dijo la mujer—. Se vendieron
muchísimas entradas.
—¿Sigue en cartel?
—Qué va. En California, todo es pasajero.
Milo llamó a las cinco menos diez.
—¿Tienes proteínas en casa?
—Seguro que algo encuentro.
—Pues comienza a buscar. Noto en la nariz el olor de la caza y
estoy hambriento.
Parecía eufórico.
—¿Sacaste algo de la visita al decano? —pregunté.
—Si me das de comer, te cuento. Estaré ahí en media hora.
Proteínas no faltaban. Robin y yo habíamos hecho la compra hacía
poco, y en la nueva nevera cabía el doble que en la vieja.
Preparé a mi amigo un bocadillo de carne. La blanca cocina
parecía inmensa. Demasiado grande. Demasiado blanca. Aún no había terminado de
acostumbrarme a la casa nueva.
La anterior tenía ciento setenta metros cuadrados y era toda
maderos viejos, cristales coloreados y caprichosos ángulos. La construyó,
usando materiales de desecho y madera reciclada, un artista húngaro que, tras
arruinarse en Los Angeles, regresó a Budapest a vender automóviles rusos.
Yo la había comprado años atrás, seducido por su emplazamiento.
La casa estaba en las estribaciones de las colinas situadas al norte de Beverly
Glen, y la separaba de los vecinos una amplia franja de terrenos comunales
arbolados.El lugar era tan solitario que en mis paseos encontraba más coyotes
que personas.
La soledad del lugar resultó perfecta para el sicópata que una
seca noche de verano incendió la casa. «Esto era como una tea», fue el dictamen
del jefe de bomberos.
Robin y yo decidimos volver a construir. Tras un par de intentos
fallidos con contratistas que no sabían lo que era la seriedad, ella decidió
ocuparse de supervisar la construcción. La nueva casa medía doscientos cuarenta
metros cuadrados, era de estuco blanco, tenía tejas de cerámica grises, suelos
y escaleras de madera blanqueada, barandillas de latón, tragaluces, y tantas
ventanas como permitían las normas de conservación energética. En la parte
posterior de la propiedad se encontraba el taller donde Robin trabajaba feliz y
contenta todas las mañanas en compañía de Spike, nuestro bulldog francés.
Varios viejos árboles habían sido inmolados, pero hicimos plantar eucaliptos,
pinos canarios y secuoyas, construimos un jardín japonés y un estanque lleno de
pequeñas carpas.
A Robin le encantaba el lugar, y los escasos invitados que
habíamos tenido dijeron que había quedado espléndido. «Tres chic, pero de todas
maneras me gusta», había dicho Milo. Yo asentí, sonreí y recordé el olor
ligeramente mohoso de la vieja madera por las mañanas, los maltrechos marcos de
puertas y ventanas, los crujidos del suelo de tarima...
Añadí pepinillo al emparedado de Milo, volví a guardar la
bandeja en la enorme nevera, preparé café y repasé las notas de mi último
trabajo para el juzgado de familia. Se trataba de una disputa por la custodia
de dos hijos adoptivos de tres y cinco años. El padre y la madre eran
ingenieros. La madre se había largado a un rancho para turistas en Idaho, y el
padre estaba furioso y no se encontraba en condiciones de ocuparse de los
pequeños.
Los niños estaban sumamente bien educados, y sus dibujos
parecían indicar que estaban encajando bien la situación. El primer juez del
caso era un hombre muy capaz, pero el idiota que se ocupaba de él ahora apenas
se molestaba en leer los informes. A los abogados de ambas partes les indignaba
que yo no estuviera de acuerdo ni con unos ni con otros. Últimamente, Robin y
yo estábamos dándole vueltas a la posibilidad de tener hijos.
Estaba haciendo los últimos retoques en la versión final de mi
informe cuando sonó el timbre.
Fui a la puerta, atisbé por la mirilla, vi el amplio rostro de
Milo, y abrí. Su coche policial sin identificación externa estaba estacionado
de mala manera detrás de la camioneta de Robin. En la parte trasera se escuchó
el zumbido de una sierra mecánica, y luego los ladridos de protesta de Spike,
al que no le gustaba nada el polvo de serrín.
—Calla, chucho —dijo Milo. Y luego, tras consultar su Timex—:
Cinco minutos he tardado desde el campus. ¿Qué te parece?
—Que deberías dar mejor ejemplo.
Sonriendo, se limpió los pies en el felpudo y entró en la casa.
La nueva alfombra persa era mullida, tenía un brillo plateado y me gustaba
bastante. Mis cuadros y objetos de arte no habían sobrevivido al incendio, y
las paredes estaban tan desnudas como un cuaderno nuevecito.
En la casa nueva como en la vieja, la cocina atraía a Milo como
un imán. Mientras iba hacia ella, un tragaluz lo iluminó desde arriba, dándole
aspecto de muñeco de nieve gigante.
Para cuando me reuní con él, Milo ya había sacado el emparedado
y un cartón de leche y estaba sentado a la mesa. Se comió el emparedado en tres
bocados.
—¿Otro? —pregunté.
—No, gracias... Bueno, sí, por qué no. —Se llevó el cartón a los
labios, lo vació, y luego se palmeó la tripa. Llevaba un mes reduciendo su
consumo de alcohol y había bajado algo de peso, quizá hasta los ciento diez
kilos. La mayor parte del peso la llevaba en la tripa y en el rostro. Las
largas piernas, que lo hacían llegar al metro noventa, no eran particularmente
delgadas; pero, por contraste, lo parecían.
Llevaba un blazer verde pálido, camisa blanca y corbata negra,
pantalones marrones y botas camperas de cuero. Se había afeitado apurando,
salvo por una pequeña zona gris detrás de la oreja izquierda, y su abotargado
rostro parecía toscamente modelado en arcilla. Tenía los pelos de punta a causa
de la estática.
Mientras le preparaba su segundo emparedado, comenzó a sacar
papeles de su portafolios.
—Mi botín: la lista de enemigos potenciales. —Se limpió los
labios con el dorso de la mano.
Le llevé la comida.
—Delicioso —dijo, comiendo a dos carrillos—. ¿Dónde consigues la
carne?
—En el supermercado.
—¿Ahora eres tú quién se ocupa de la compra? Chico, podrías
presentar tu candidatura a la presidencia del país. ¿O tú y tu costilla se
turnan?
—Mi costilla —repetí—. A ver si te atreves a decirle a Robin en
la cara que es «mi costilla».
Él se echó a reír.
—La verdad es que este caso me ha hecho reflexionar. Yo pensaba
que a mí no me afectaba la cosa del machismo, pero la verdad es que todos
tenemos nuestros cromosomas y fuimos educados como pequeños salvajes, ¿no te
parece? Bueno, lo del decano fue de lo más divertido. El tipo se mostró amable
y nervioso cuando al fin accedió a recibirme. Y no creas que conseguir verlo
fue fácil. Tuve que enseñar la placa y hacer referencia a lo que podría decir
la prensa sobre el Comité de Comportamiento. En cuanto mencioné eso me
franquearon el paso al sanctasanctórum y el decano me ofreció café y me
estrechó cordialísimamente la mano. Me dijo que no había por qué sacar el
comité a colación, ya que fue «una insignificancia», «provisional» y «de breve
duración». Me dijo que el comité se desmanteló debido a «consideraciones
constitucionales y de libertad de expresión».
Sacó un sobre del portafolios.
—Tuve la suerte de que el decano dio por hecho que yo sabía más
de lo que realmente sabía. Así que voy y me echo un farol, le digo que en el
campus me han contado versiones distintas de la historia. Él dice que no, que
se trata de un asunto muerto. Yo le contesto que la profesora Devane también
está muerta. ¿Por qué no me lo cuenta usted todo desde el principio?, le digo.
Y él me lo cuenta.
Mi amigo agitó el vacío cartón.
—¿Tienes más leche?
Le serví más, bebió y se secó los labios.
—Tenías razón al pensar que se trataba de un caso de acoso
sexual. Pero no entre estudiantes y miembros de la facultad, sino entre
estudiantes y estudiantes. Todo fue idea de la profesora Devane. Vieron tres
casos, todos ellos de muchachas que habían asistido a las clases de Hope sobre
roles sexuales, y le expusieron sus quejas ante ella. En vez de usarlos canales
oficiales, la profesora Devane decidió tirar por la calle de en medio. Envió
notificaciones a las demandantes y a los demandados y organizó un pequeño
tribunal.
—¿Los estudiantes ignoraban que el comité no era oficial?
—Así es, según el decano. Todo de lo más ético, ¿no te parece?
—Jesús —dije—. Supongo que, más que consideraciones
constitucionales y de libertad de expresión, fueron consideraciones económicas:
el temor a una demanda judicial.
—Él no lo admitió, pero a esa misma conclusión llegué yo. Luego,
el decano me aseguró que el comité no tuvo nada que ver con el asesinato, pero
cuando le pregunté por qué no, él no supo responder. Luego me dijo que sería un
gravísimo error dar publicidad al asunto, ya que hacerlo podía suponerle
problemas al Departamento de Policía. Todos los participantes (acusadoras y
acusados por igual), habían exigido la más estricta confidencialidad, y podían
decidir demandarnos. Como no me achiqué ante eso, él amenazó con llamar al jefe
de policía. Yo me quedé allí sentado, sonriendo. Él descolgó el teléfono y
volvió a colgarlo, comenzó a suplicar. Yo le dije que comprendía su posición,
que no era mi propósito crear problemas, y que si me entregaba voluntariamente
todos los informes, yo actuaría con la máxima discreción. —Agitando el sobre
que había sacado de su cartera, mi amigo dijo—: Hope grabó las transcripciones
de las tres
vistas.
—¿Por qué?
—¿Quién sabe? Quizá estuviera preparando otro libro. Por cierto:
el decano dijo que Hope se puso furiosa cuando llegó la orden de desbaratar el
comité. Dijo que era una intolerable restricción de la libertad de cátedra.
Luego apareció Lobos y ovejas, y la profesora no volvió a tocar el tema.
—Quizá pretendiese utilizar el material de esas vistas en la
gira de promoción publicitaria del libro.
—El decano también tenía esa sospecha e incluso, según me dijo,
le advirtió que si hacía una cosa así se colocaría en una situación ilegal
sumamente delicada. Según los abogados de la universidad, dado que ella no
había recibido aprobación oficial para el proyecto, a efectos legales, cuando
presidió el comité no lo hizo en calidad de miembro de la facultad, sino como
sicóloga independiente. Así que si divulgaba información, estaría violando la
norma de confidencialidad entre médico y paciente, lo cual podría costarle la
licencia. Ella respondió amenazando con contratar a sus propios abogados, pero
por lo visto cambió de idea, porque hasta ahí llegó la cosa.
—Es sorprendente que nada de todo eso saliera a relucir a raíz
del asesinato.
—Todos estaban interesados en que la cuestión no trascendiera:
la administración y los estudiantes. Sobre todo los estudiantes. —Me entregó el
sobre—. Léelo cuando puedas y después me cuentas qué te parece. Esto del comité
es algo a lo que no puedo cerrar los ojos, aunque mi sospechoso favorito sigue
siendo Seacrest, el marido. Y ahora, aún más, ya que he tenido oportunidad de
ver las declaraciones de renta de Hope.
—¿Se enriqueció con el libro?
Él asintió con la cabeza.
—Pero incluso antes de eso, la mujer tenía unas actividades
extracurriculares de lo más interesante. ¿Has oído hablar de Red Barone?
Negué con la cabeza.
—Es un abogado de postín. Se dedica a defender casos de
pornografía y censura, y tiene entre sus clientes tanto a gángsteres como a
gente del mundo porno, aunque entre unos y otros no hay tanta diferencia. El
año pasado, el tipo pagó a Hope cuarenta mil dólares en concepto de honorarios
profesionales, y el año anterior, veintiocho mil.
—¿Informes para casos de incapacidad legal?
—Debió de ser algo por ese estilo. Barone tiene oficinas aquí,
en Century City, y también en San Francisco; pero no me devuelve las llamadas.
—Dio otro trago de leche y continuó—: El otro cliente que utilizó los servicios
de Hope como consultora fue un médico de Beverly Hills llamado Mike Cruvic. En
el listín figura como tocoginecólogo experto en fertilidad. ¿Se te ocurre algún
motivo por el que un experto en fertilidad le pague a una sicóloga treinta y
seis grandes al año dos años seguidos?
—Quizá Hope evaluase a los candidatos a tratamientos de
fertilidad —sugerí.
—¿Es ése el procedimiento normal?
—Esos tratamientos pueden resultar muy duros. Un médico
responsable desearía conocer por anticipado qué pacientes pueden soportarlos. O
bien aconsejar a los que tuvieran dificultades para superarlos.
—¿Y por qué no se limitaba a mandarle los pacientes a la
doctora? —preguntó Milo—. ¿Por qué le pagaba directamente y de su propio
bolsillo?
—Buena pregunta —reconocí.
—Cuando llamé a la consulta de Cruvic, su enfermera me dijo que
estaba realizando servicios comunales en una clínica femenina. Lo cual puede
significar abortos, otra causa potencial de resquemores si es que Hope también
andaba metida en eso. La cuestión de los abortos no ha causado grandes
violencias en Los Angeles, pero con el tiempo todo llega. Y el cretino que
salió con ella en televisión, Neese, sacó la cuestión a relucir, dijo que ella
era una de esas feministas radicales descuartizadoras de fetos. Quién sabe,
quizá algún espectador chiflado se enfureció.
—El propio Neese no fue —dije, y le expliqué que había
confirmado la coartada del hombre.
—Uno menos —dijo Milo—. Así que el tipo creyó que Hope quería
comerle la moral.
—Esas fueron sus palabras. Según su versión, ella trató de
manipularlo.
—Bueno, tal vez Hope trató de manipular a la persona indebida...
¿Crees que merece la pena investigar el asunto de los abortos?
—La verdad es que no —dije—. Hope no era portaestandarte del
movimiento de libre elección, y un asesino impulsado por motivos políticos
habría hecho algún tipo de declaración pública a fin de defender su causa.
—Ya... Pero lo que sigue interesándome es saber qué servicios
prestó Hope a Cruvic y Barone. Estamos hablando de cien mil dólares en dos
años. Aunque, después del éxito del libro, poca falta le hacía ese dinero.
—Sacó de su portafolios fotocopias de los papeles de la renta—. Su última
declaración de impuestos. Ingresos brutos, seiscientos ochenta mil dólares,
procedentes en su mayoría de anticipos, derechos de autor y conferencias.
Después de impuestos, le quedó casi medio millón limpio, y todo ello se encuentra
en una cuenta del Merrill Lynch, registrada conjuntamente a nombre de ella y de
Seacrest. Deudas, muy pocas. El Mustang lo tenía desde antes, y Seacrest heredó
de sus padres la casa en que vivían. Quinientos grandes. A un marido pueden
entrarle ganas de quedarse con una suma así, sobre todo si existen
desavenencias en el matrimonio.
—¿Cuánto tiempo llevaban casados?
—Diez años.
—¿Cómo se conocieron?
—Según Seacrest, en la piscina de la universidad.
—¿El había estado casado antes?
—No. Según les dijo a Paz y Fellows, Seacrest había sido un
solterón a ultranza. Aparte del medio millón, ese hombre va a recibir bastante
más dinero. La agente literaria de Hope no me quiso dar cifras, pero aseguró
que en el próximo año espera cifras sustanciosas en concepto de liquidación de
derechos. Antes del asesinato, el libro se estaba vendiendo muy bien, y los
editores estaban a punto de hacerle una oferta para que escribiese una segunda
parte. Hace unos años Hope y Seacrest establecieron un fideicomiso matrimonial
para eludir los impuestos catastrales, así que Seacrest se quedará con todo. El
año pasado, el tipo tuvo unos ingresos de sesenta y cuatro mil dólares,
procedentes en su totalidad de su sueldo universitario. Tiene un Volvo de ocho
años, y ha conseguido ahorrar algo para el plan de pensiones de su facultad. Y,
aparte de eso, está la casa. También ha escrito algunos libros, pero apenas
sacó nada de ellos. Supongo que las serias disertaciones sobre la época
medieval no pueden competir con elpene-como-arma-letal.
—La proporción de ingresos era como de diez a uno.
—Un motivo más para sentir celos. ¿Y si, justo en el momento en
que había conseguido el éxito, ella tenía intención de abandonarlo por otro? En
tal caso, a la cuestión del dinero se uniría la cuestión de los celos. Además,
¿quién estaba en mejor posición que Seacrest para conocer los hábitos de Hope y
para envenenar al perro? Había algo en lo que esa mujer estaba en lo cierto:
son más las mujeres que sucumben a manos de sus allegados que las que pierden
la vida a manos de delincuentes.
—Seacrest se pasó un montón de años arreglándoselas con unos
ingresos módicos —dije—. ¿Qué ocurre? ¿Acaso últimamente se ha convertido en un
gran vividor?
—Qué va, al contrario. En su vida no ha habido ni un solo
cambio. Todos los días va de casa al trabajo y del trabajo a casa. Los fines de
semana no sale. Dice que se entretiene leyendo y viendo la tele. Ni siquiera
alquila vídeos. Pero si ella le fue infiel... Es imposible saber cómo
reaccionaría ante una traición un antiguo solterón. No olvides la herida en el
corazón. Seacrest tiene cincuenta y cinco años, Alex. Quizá sufrió la crisis de
la media edad. Y, como te digo, sospecho que el tipo nos oculta algo.
—¿Por qué?
—No se me ocurre ningún motivo concreto, ése es el problema.
Seacrest responde a las preguntas, pero no aporta voluntariamente la menor
información. Jamás llamó a Fellows y Paz para preguntarles cómo iban sus
investigaciones. Cuando me asignaron el caso, lo primero que hice fue
telefonearle y me dio la sensación de que el tipo creía que aquello era una
pérdida de su precioso tiempo. Se mostró como distraído.
—Quizá siguiera afectado por la muerte de su esposa.
—No, era más bien como si tuviera cosas más importantes de las
que ocuparse. Si alguien a quien quisieras fuera cosido a cuchilladas, ¿cómo
reaccionarías? Aunque será mejor que lo veas por ti mismo. Esta noche, a última
hora, pienso hacerle una visita. No es mi propósito abusar de un amigo. Si
dispones de tiempo para trabajar en el caso, puedo llegar incluso a... —Tomó
aire antes de seguir—: ... a pagarte. —Del bolsillo de la chaqueta sacó un
documento doblado—. Una sorpresa de tío Milo.
Placa de identificación policial, y un contrato de consultor por
triplicado, con mi nombre escrito en la línea de puntos. El departamento estaba
dispuesto a contratarme por nomás de cincuenta horas, a menos de una cuarta
parte de lo que yo cobraba en mi consulta privada. La letra menuda limitaba las
responsabilidades del Departamento de Policía de Los Angeles. Si yo resbalaba
en una piel de plátano o me pegaban un tiro, ellos lo sentirían mucho, pero se
lavarían las manos.
—Ya sé que es una miseria —dijo Milo—, pero para lo que el
departamento acostumbra, es como la vitrina principal de «El precio justo».
—¿Cómo conseguiste que aprobaran mi contratación?
—Mentí. Le dije al jefe que las feministas radicales y las
lesbianas marimachos estaban muy descontentas por lo poco que progresaban las
investigaciones. Si no lográbamos dar la sensación de que estábamos
esforzándonos al máximo, corríamos el riesgo de terminar ante la Comisión
Policial. Le dije que a las feministas y a las marimachos les encantaban los
loqueros, y que interpretarían el hecho de que contratáramos tus servicios como
una muestra de sensibilización hacia sus problemas.
—Muy original.
—También le pedí un ordenador nuevo; pero tú salías más barato.
¿Trato hecho?
—Cincuenta horas —dije—. ¿Alimentarte está incluido en el trato?
—¿Tú qué crees?
Mi amigo fue a la nevera y sacó de ella un pedazo de pastel de
chocolate.
—Aunque tú sospeches de Seacrest —dije—, yo sigo creyendo que
debes considerar la posibilidad de que el asesino sea un desconocido, un
perturbado.
—¿Por qué?
—La distribución de las heridas parece cosa de un demente. De
alguien que siente un enorme odio hacia las mujeres. Y, por la forma en que
organizó el comité, sabemos que Hope era de armas tomar. ¿Quién sabe a cuántos
ofendió, tanto en la vida real como desde la pequeña pantalla? ¿Averiguaste si
se habían cometido
otros asesinatos con heridas similares?
—He repasado tres años de homicidios con arma blanca en Westside
y no hay nada que encaje. Mañana probaré en la división de Wilshire, y veré si
encuentro a alguien que recuerde algo significativo. También he enviado
teletipos a otras jurisdicciones, pero eso también lo hicieron Paz y Fellows, y
no consiguieron el menor resultado. ¿Bueno, qué, te animas a ir a conocer a
Seacrest esta noche? Naturalmente, si tu mujercita y tú no tenéis planes... Y,
por cierto, voy atrás a saludarla a ella y al chucho, para demostrar que trato
por igual a todos los sexos y a todas las especies.
4
Cruzando el jardín en dirección al taller, Milo se detuvo para
mirar los peces del estanque, y luego siguió caminando con paso lento. Tenía la
espalda encorvada y los brazos le colgaban a los lados. Me pregunté cuándo
habría dormido por última vez.
Robin, junto a su banco de trabajo, estaba dando forma a los
costados de palisandro de una guitarra plana. Los nuevos suelos de arce estaban
impolutos salvo por el montón devirutas de madera que había en un rincón.
Spike, que había estado durmiendo a los pies de Robin, alzó la vista y ladeó la
gran cabezota.
Milo le hizo una mueca de burlona hostilidad. Spike se acercó
para que mi amigo lo acariciara.
Robin alzó un dedo y continuó su trabajo de sujetar los costados
de la guitarra a un molde por medio de abrazaderas. Repartidos por el taller
había una docena de instrumentos a medio reparar, pero el proyecto que Robin
estaba realizando no tenía nada que ver con el trabajo. El incendio había
destruido mi vieja guitarra Martin junto con una preciosa guitarra de concierto
que Robin había construido para mí hacía años. Compré otra Martin a Mandolin
Brothers, en Staten Island. Hacer una réplica de la guitarra de concierto había
sido una de las decisiones del año nuevo de Robin.
Robin colocó en su lugar la última abrazadera, se limpió las
manos y, poniéndose de puntillas, besó a Milo en la mejilla y luego me besó a
mí. Bajo el delantal, llevaba una camiseta negra y unos vaqueros, y se cubría
la cabeza con un pañuelo rojo. Del cuello le colgaban unas gafas de seguridad y
una mascarilla, ambas recubiertas de polvo.
Spike comenzó a aullar y se puso boca arriba. Yo me arrodillé y
le rasqué la tripa y él resopló de gusto. El bulldog francés es una versión en
miniatura del bulldog inglés, sólo que con orejas puntiagudas y enhiestas, una
complexión más atlética, y delirios de canina grandeza. La mejor forma de
describir el aspecto físico de Spike es diciendo que parecía un boston terrier
sometido a una dieta de esteroides; pero, en cuanto a personalidad, se parecía
más a un chimpancé que a un perro. Spike irrumpió un día en nuestras vidas y se
quedó. No tardó en decidir que a Robin merecía la pena conocerla mejor,
mientras que a mí, no. Cuando a nuestro perro le molesta algo, simula estar
ahogándose. Milo aparenta no sentir más que desdén hacia él, pero
invariablemente le lleva golosinas.
Ahora, mi amigo sacó una bolsa para emparedado de un bolsillo.
Hígado deshidratado.
—Llegó la hora del canapé, cara de torta.
Spike permaneció inmóvil, Milo le tiró una galleta, y el perro
la atrapó en el aire, la masticó y se la tragó. Los dos quedaron mirándose con
fijeza. Milo se frotó la cara. Spike ladró. Milo rezongó y le dio más hígado.
—Lárgate a hacer la digestión.
Spike golpeó con la cabeza los pies de Milo. Mi amigo puso los
ojos en blanco y, refunfuñando, se inclinó a acariciarlo.
Nuevos ladridos y arrumacos, y más galletas. Al fin Milo mostró
al perro la vacía bolsa. Spike se acercó, la olisqueó, sacudió la cabeza y lo
puso todo perdido de salpicaduras de baba.
—Basta ya —dijo Robin—. Estás haciendo aumentar la humedad
relativa del aire.
Spike la miró con sus grandes ojos pardos. Aquélla era su
expresión de genio perturbado, a lo Orson Welles.
—Quieto —ordenó Robin con grave autoridad. El perro obedeció y
ella dijo—: Muy bien, bonito. —Pasándome el brazo por la cintura, preguntó—:
¿Qué hay de nuevo, Milo?
No sólo eran buenos modales. La noche anterior, Robin y yo
seguimos hablando del asesinato.
—No gran cosa —dijo mi amigo—. Esta noche voy a necesitar a
Alex. Espero que puedas prescindir de él.
—Ya sabes que para mí, Alex es imprescindible. Procura
devolvérmelo de una pieza.
—De una pieza, engrasado, lavado y encerado.
Una vez mi amigo se hubo marchado, me puse a leer las
transcripciones del Comité de Comportamiento.
Los documentos llevaban marcado CONFIDENCIAL en rojo
en cada una de las páginas, e iban precedidos de un aviso de los
abogados de la universidad donde se indicaba que quien publicase el contenido
de aquella documentación sería objeto de una demanda civil. A continuación
figuraba la atribución de culpas. Según la asesoría jurídica, la única
responsable era la profesora Hope Devane.
Pero otras dos personas hicieron de jueces junto a ella: una
profesora adjunta de química, llamada Julia Steinberger, y un estudiante
graduado de sicología, llamado Casey Locking.
Pasé página. El procedimiento me sorprendió. Eran careos
directos entre acusadora y acusado. ¿Había pretendidoHope trasladar a la
universidad las técnicas de los programas de televisión de debate?
Primer caso.
Deborah Brittain tenía diecinueve años, estudiaba segundo de
francés, y acusaba a Patrick Allan Huang, un estudiante de segundo de
ingeniería de dieciocho años, de seguirla en la biblioteca de la universidad y
de dirigirle comentarios «lascivos y sugerentes». Huang negaba todo interés
sexual hacia Brittain y afirmaba que ella «se le insinuó» al pedirle ayuda para
manejar los ordenadores de búsqueda de la biblioteca y al decirle repetidamente
que era inteligentísimo.
Brittain reconocía haberle pedido ayuda a Huang, ya que el
muchacho «tenía aspecto de saber de ordenadores», y lo había felicitado por su
habilidad «por mera cortesía. ¿Es que una chica no puede mostrarse amable sin
que la acosen?».
PROFESORA DEVANE. ¿Qué responde usted a eso, señor Huang?
SEÑOR HUANG. Respondo que Deborah es una racista, que dio por
hecho que un tipo, por el simple hecho de ser asiático, tenía que dominar la
informática. Además, se aprovechó de mí. Fue ella la que abusó de mí, y no al
revés. Se mostró tan cordial y simpática que, claro, la invité a salir. Me dijo
que no, yo me negué a seguir siendo su esclavo y ella se cabreó y me denunció.
Es el colmo. Yo no vine a la universidad para esto.
DEVANE. ¿Para qué vino usted a la universidad?
HUANG. Para estudiar ingeniería.
DEVANE. No todo lo importante se aprende en las aulas.
HUANG. Lo único que quiero es estudiar y ocuparme de mis
asuntos, ¿está bien? Aquí sólo hay un problema: esa chica es una racista.
BRITTAIN. ¡Es mentira! Él mismo se ofreció a ayudarme. Lo único
que necesité fue un poco de guía al principio, porque no conocía el programa, y
en seguida aprendí a arreglármelas a la perfección por mí misma. Pero él, en
cuanto me veía, se me acercaba. Me propuso reiteradamente que saliéramos y
nunca aceptó un no por respuesta. ¡Tengo derecho a decir que no! ¿Por qué debo
soportar acosos? Llegó un momento en que casi no me atrevía a ir a la
biblioteca. Pero tenía que escribir un trabajo sobre Moliére... Y, además, ¿qué
demonios hacía Huang allí? Los libros de ingeniería están en la biblioteca de
ingeniería. Evidentemente, él frecuenta el lugar para ligarse chicas.
Todo era un mero «él dijo, ella dijo», sin testigos. Devane
hacía todas las preguntas y ella hizo la recapitulación final, señalando que,
cuando Deborah Brittain acudió a ella «sufría un gran estrés».
Defendió el derecho de Brittain a estudiar donde quisiera y sin
acosos, le aconsejó cortésmente que tuviera cuidado con los estereotipos
raciales que pudieran «herir susceptibilidades, aunque no digo que fuera eso lo
que ocurrió en este caso, señorita Brittain».
Luego sermoneó a Patrick Huang, diciéndole que debía respetar
los derechos de las mujeres. Huang dijo que todo eso se lo sabía de memoria.
Devane sugirió que, de todos modos, reflexionara sobre el asunto, y le previno
de que si volvía a haber quejas contra él, se exponía a la suspensión e incluso
a una posible expulsión. No se tomaron medidas disciplinarias.
Segundo caso.
Una estudiante de inglés de primer curso llamada Cynthia
Vespucci había asistido a una fiesta prenavideña en la fraternidad Xi Pi Omega,
donde conoció a un estudiante de primer curso de empresariales llamado Kenneth
Storm, hijo. Reconociéndolo como a un compañero de la secundaria, bailó con él,
«porque, aunque la mayoría de los otros chicos estaban borrachos y haciendo el
salvaje, él, aquella noche, se comportó como un perfecto caballero».
Vespucci y Storm comenzaron a salir. No hubo entre ellos nada
sexual hasta su cuarta cita, cuando, según Vespucci, Storm la llevó en coche
hasta un remoto punto de Bel Air, a cinco kilómetros del campus, y exigió tener
relaciones sexuales con ella. Al negarse, Storm la agarró por el brazo. Ella
notó que el aliento le olía a alcohol, logró separarse, y le dijo que la dejara
conducir. El, entonces, la obligó a bajarse del coche y luego tiró el bolso por
la ventanilla, rompiéndole la correa y diseminando por el suelo su contenido,
parte del cual, incluido el dinero suelto, cayó por una alcantarilla. Storm se
fue en el coche, dejando a Vespucci abandonada. Ella trató de meterse en alguno
de los colegios mayores, pero todos estaban cerrados y nadie respondió a sus
llamadas. La muchacha tuvo que volver a pie a su residencia, echando a perder
un parde zapatos, y «sintiendo un pánico increíble».
Llegado su turno de responder a las acusaciones, Kenneth Storm
se negó a hacerlo, afirmando:
—Todo eso son cuentos.
Ante la insistencia de la profesora Devane, el joven preguntó:
—¿Qué demonios espera que diga?
En ese momento, en el diálogo intervino el estudiante graduado,
Casey Locking:
—Escucha, amigo, aunque soy hombre, no siento el menor respeto
hacia los que maltratan a las mujeres. Si lo que ella dice es cierto, tienes
mucho que aprender, y más vale que lo aprendas cuando aún eres joven. Si estás
en desacuerdo, habla. Pero si optas por no defenderte, luego no te quejes.
Storm respondió con una «sarta de improperios».
En ese momento, sorprendentemente, Cynthia Vespucci pareció
cambiar de opinión.
—Bueno, de acuerdo, no volvamos a vernos y terminemos con esto
de una vez. (Sollozos.)
DEVANE. Tome un pañuelo, señorita Vespucci.
VESPUCCI. Estoy bien, pero dejemos esto.
DEVANE. ¿Está segura, señorita Vespucci?
VESPUCCI. No sé.
DEVANE. Cuando acudió a mí, se encontraba usted sumamente
trastornada.
VESPUCCI. Ya. (Comenzando a llorar.) Pero ahora quiero que lo
dejemos. ¿De acuerdo? Por favor...
DEVANE. Desde luego. Su bienestar es lo único que nos preocupa.
Sin embargo, no olvide que ha puesto usted en marcha un proceso...
STORM. ¡Esto es increíble! ¡La chica está diciendo que acabemos
de una vez! ¿Qué pretenden, darme la patada en el culo? Pues vale, hagan lo que
les dé la gana, me importa una mierda este sitio y esta...
LOCKING. Cálmate, hombre...
STORM. ¡No, cálmate tú, gilipollas! Todo esto es una puñetera
mierda, y yo me largo.
LOCKING. Escucha, te estoy advir...
STORM. ¿De qué me estás advirtiendo, gilipollas? Tú y tu cochina
universidad me importáis una mierda. ¡Que le den por culo a este sitio! ¡Y a ti
también! ¡Y a ti, Cindy! ¿Cómo has podido hacerme esto? Lo primero que voy a
hacer en cuanto salga de aquí es llamar a tu
madre y... VESPUCCI. ¡No, Kenny, por favor! Lo siento mucho, de
veras, Kenny, pero no... STEINBERGER. ¿Qué pasa con la madre de la
señorita, señor Storm? STORM. Que se lo cuente ella misma.
STEINBERGER. ¿Cindy? STORM. Todo esto es una majadería, historia
antigua... LOCKING. Señoras profesoras, creo que, antes de
seguir, deberíamos obligar a este tipo a... STEINBERGER. ¿Ocurre entre ustedes
algo que usted
no nos ha mencionado, Cindy? VESPUCCI. (Sollozando.) La culpa es
mía. STORM. ¡Esa es la puta ver...! LOCKING. ¡Ojo con lo que dices! STORM. ¡Que
te den por...! STEINBERGER. Por favor, señor Storm.
Escucharemos lo que tenga que decir, pero permita que
la joven hable, ¿de acuerdo? Gracias. ¿Cindy? VESPUCCI. Es culpa
mía. DEVANE. ¿El qué, Cindy? VESPUCCI. Yo... bueno, estaba furiosa con él... Y
quizá, en parte, fuera también por lo de mi madre. DEVANE. ¿Le
hizo el señor Storm algo a su madre? STORM. Sí, claro, soy un violador.
Cuéntaselo, Cindy,
anda. Vamos, ¿qué te pasa, se te comió la lengua el gato?
Convocarme aquí con esa carta... ¡Pensé que me habían suspendido! ¡Todo esto es
una mier...!
VESPUCCI. ¡Basta! ¡Por favor!
STORM. Pues cuéntales lo que ocurrió. O lo haces tú,
o lo hago yo. DEVANE. ¿Qué tiene que contarnos? VESPUCCI. Es una
estupidez. STORM. ¡Pues sí, claro que lo es! Su madre y mi
padre tuvieron un... Estuvieron saliendo un tiempo. Hasta que mi
padre decidió que no quería saber nada más de ella porque era demasiado de
izquierdas. Esa mujer es incapaz de retener a un hombre, y probablemente Cindy
le echó la culpa a mi padre. Así que, cuando me vio en la fiesta, decidió
desquitarse conmigo.
VESPUCCI. ¡No, no es cierto! ¡Fuiste tú quien me abordó! Bailé
contigo porque te comportabas como un caballero...
STORM. ¡Cuentos! Tú llevabas un vestidito con el que ibas
enseñándolo to...
DEVANE. Un momento. ¿Al decir que era de izquierdas, se refiere
a que era políticamente de izquierdas?
STORM. ¿A qué me voy a referir si no? Feminismo radical. Su
madre es una extremista. Odia a los hombres y eso fue lo que le enseñó a hacer
a Cindy. Ella quería tenderme una trampa para...
VESPUCCI. No fue así, Kenny. Tú te portaste como un caballero, y
no como...
STORM. ¿Y no como mi padre? ¡No te tolero que digas ni una
palabra contra él!
VESPUCCI. No me refería a tu padre, me refería a los otros
chicos del...
STORM. Ya.
VESPUCCI. Kenny...
STORM. ¡A la mierda con todo esto!
STEINBERGER. Kenny... ¿aprueba su padre ese tipo de léxico?
STORM. De acuerdo. Lo siento. Estoy supercabreado, eso es todo.
Esto es totalmente injusto. Como mi padre y su madre tuvieron problemas, ella
va y me tiende una trampa.
VESPUCCI. ¡No fue así! ¡Te lo juro!
STORM. Ya. Te fijaste en mí por mi cara bonita.
DEVANE. No divaguemos. Con independencia de cuál fuera el motivo
por el que ustedes se conocieron, señor Storm, usted salió con la señorita
Vespucci. Y ella asegura que trató usted de obligarla a mantener relaciones
sexuales.
STORM. ¡Y una mier...! ¡No, nada de eso! Claro que le pedí que
hiciéramos el amor, ¿por qué no iba a hacerlo? Habíamos salido juntos un montón
de veces. Pero jamás la toqué sin su permiso, ¿o no, Cindy? Le pregunté si le
apetecía que lo hiciésemos. ¿Es eso un delito?
DEVANE. Echarla del coche por rechazarlo a usted, sí fue un
delito.
STORM. Pero es que resulta que yo no la eché. Ella se puso
histérica, se bajó del coche, tropezó y se cayó. Yo traté de detenerla, y ésa
fue la única vez en que la agarré por el brazo.
DEVANE. No es eso lo que ella dice. ¿Verdad, señorita Vespucci?
VESPUCCI. Dejémoslo.
DEVANE. Cindy, la verdad es que no...
VESPUCCI. Por favor.
DEVANE. Hablemos de ese bolso, Cindy. ¿Es cierto que él lo tiró
fuera del coche?
STORM. ¡No, nada de eso! Cuando ella se apeó, se lo devolví
porque era suyo y...
DEVANE. ¿Se lo devolvió, o lo tiró?
STORM. ¡Se lo tiré a ella! Maldita la falta que me hacía a mí un
bolso. Jesús. Ella no quiso cogerlo, y el bolso cayó al suelo.
VESPUCCI. ¡Pero luego te dije que quería subir otra vez al
coche, y tú te fuiste!
STORM. No te oí.
VESPUCCI. No estabas tan lejos.
STORM. Te lo repito, Cindy: no te oí. Ya te había pedido una
docena de veces que volvieras dentro, y tú te negaste, así que me largué. Ésa
es la puñetera verdad, Cindy. Me tendiste una trampa, tú lo sabes, yo lo sé, y
ahora tu madre también lo sabrá.
DEVANE. Nada de amenazas.
STORM. ¿Ah, no? Y lo que están haciendo conmigo, ¿qué es? Que le
den por culo a este sitio...
VESPUCCI. Lo siento, lo siento... Lo siento muchísimo, profesora
Devane, pero quiero terminar con esto. ¡Ahora mismo! ¡Por favor!
STEINBERGER. Quizá sea mejor que...
DEVANE. Cindy, ahora se encuentra usted sometida a una gran
presión. No es el momento adecuado para tomar decisiones que pueden ser graves.
VESPUCCI. No me importa. Basta ya, por favor. Se acabó, me voy.
(Sale.)
STORM. (Ríe.) ¿Y ahora, qué?
DEVANE. ¿Desea añadir algo, señor Storm?
STORM. Sí, quiero decirle algo a usted: ¡Que le den por culo,
señora! ¡Y a ti también, payaso! Y si no te gusta lo que digo, salgamos a la
calle y arreglemos cuentas.
LOCKING. No tienes ni idea de con quién te estás metiendo.
STORM. Pues sal a la calle, empollón. Sal y veámonos las
caras... Bah, que les den por culo a ustedes, que le den por culo a la
universidad y que le den por culo a todas sus gilipolleces izquierdosas. Voy a
telefonear a mi padre. El se dedica al negocio inmobiliario y conoce a un
montón de abogados. Se las hará pasar putas a todos ustedes.
Una nota de los abogados de la universidad indicaba que el señor
Kenneth Storm, ex alumno y miembro distinguido de la Cámara de Comercio se
había puesto efectivamente en contacto con un abogado, Pierre Bateman, el cual,
cuatro semanas más tarde, envió una carta de queja a la universidad, exigiendo
la inmediata liquidación del Comité de Comportamiento, una disculpa por
escrito, y cien mil dólares para Kenneth Storm, hijo. El joven había abandonado
el campus y solicitado el traslado a la Universidad de Palms, en Redlands. Los
abogados de la universidad señalaban que las notas del joven durante el primer
trimestre habían sido todo suspensos y que se encontraba académicamente a
prueba. Las notas de su segundo trimestre no eran mejores, y estaba a punto de
suspender. No obstante, se consideró preferible ceder y llegar a un acuerdo.
Los Storm decidieron olvidar el asunto a cambio de que a Kenneth, hijo, se le
pagasen durante tres años y medio los gastos de matrícula en la Universidad de
Palms. Además, se recomendaba la disolución del comité.
Hasta el momento, en los dos casos había habido hostilidad, pero
el nivel de odio del segundo casi chamuscaba el papel.
Resultaba indiscutible que Kenneth Storm, hijo, era un chico con
mal genio, aunque debía tenerse en cuenta que el incidente se produjo en unos
momentos particularmente difíciles de sus estudios universitarios.
¿Quedaría el chico descontento por el acuerdo alcanzado?
Paz y Fellows ni siquiera llegaron a enterarse de la existencia
del comité. Supuse que Milo sí habría hojeado al menos las transcripciones, y,
sin embargo, continuaba apostando por Philip Seacrest como principal
sospechoso.
Debido al dinero y a lo poco colaborador que se estaba mostrando
el viudo.
Pero era evidente que Storm odiaba a Hope.
¿Hasta qué extremos era capaz de llevar su rencor un muchacho de
diecinueve años?
Huellas de bicicleta en la acera.
Los estudiantes solían ir en bicicleta al campus.
Anoté «K. Storm, hijo» y eché mano a la tercera transcripción,
que tuvo lugar una semana después del catastrófico enfrentamiento entre
Vespucci y Storm y tres semanas antes de que el abogado de Kenneth Storm
escribiese la carta que puso fin al comité.
Tercer caso.
En esta sesión, el tribunal estaba formado únicamente por Devane
y Casey Locking. ¿Se habría cansado la profesora Steinberger de las tácticas
inquisitoriales de Hope? Según leía, me fui dando cuenta de que aquél era el
más serio de los tres casos.
Una estudiante de segundo año de sicología llamada Tessa Ann
Bowlby acusaba a un estudiante graduado en artes escénicas llamado Reed
Muscadine de haberla violado durante una cita. Los dos coincidían en varios
puntos iniciales: se encontraron en el comedor de la unión de estudiantes
durante un almuerzo, y únicamente salieron aquella noche. Fueron a ver la
película Speed en el cine Village, y, luego, cenaron en Pinocchio, un
restaurante italiano de Westwood Village. Después, fueron al apartamento de
Muscadine en la zona de MidWilshire a beber vino y oír música. Se besaron y
desnudaron parcialmente. En este punto, ambas historias divergían. Bowlby
aseguraba que ella no quiso que la cosa fuera a más, pero Muscadine se colocó
sobre ella y la penetró a la fuerza. Muscadine aseguraba que la cosa se hizo de
mutuo acuerdo.
BOWLBY. (Llorando, temblorosa.) Yo...
DEVANE. Diga, querida...
BOWLBY. (Cruza los brazos sobre el pecho, solloza.)
DEVANE. ¿Tiene usted algo que añadir, señor Muscadine?
MUSCADINE. Sólo quiero decir que todo esto me parece kafkiano.
DEVANE. ¿En qué sentido, señor?
MUSCADINE. En el sentido de que de pronto me veo bajo sospecha
sin justificación ni aviso. Tessa, si lo que ocurrió te causó algún perjuicio,
lo siento. Pero creo que te enfrentas a tus sentimientos de modo inadecuado.
Quizá ahora hayas cambiado de idea, pero lo que ocurrió entonces era,
evidentemente, lo que ambos queríamos. Tú nunca dijiste lo contrario.
BOWLBY. ¡Te pedí que parases!
MUSCADINE. No, realmente no fue así, Tessa.
BOWLBY. ¡Te lo pedí! ¡Te lo supliqué!
MUSCADINE. Ya le hemos dado muchas vueltas a esto, Tessa. Tú
piensas que dijiste que no, y yo sé que no escuché nada que se pareciese
siquiera a una objeción. Es evidente que si la hubiera escuchado, me habría
detenido.
DEVANE. ¿Por qué es evidente?
MUSCADINE. Porque yo no fuerzo a las mujeres a estar conmigo. Es
algo que, aparte de repugnarme, me resulta totalmente innecesario.
DEVANE. ¿Por qué dice eso?
MUSCADINE. Porque soy capaz de conseguir mujeres sin recurrir a
violarlas.
DEVANE. ¿Conseguir mujeres?
MUSCADINE. Dispense por la torpeza de la expresión, estoy un
poco alterado por todo esto. Las mujeres y yo nos llevamos bien. Me resulta
fácil conseguir compañía sin necesidad de recurrir a la coacción. Por eso este
asunto es totalmente...
LOCKING. Estudia usted artes escénicas, ¿no?
MUSCADINE. Sí.
LOCKING. ¿Qué especialidad?
MUSCADINE. Actuación.
LOCKING. Supongo que se le da bien disimular sus sentimientos.
MUSCADINE. ¿Qué pretende decir con eso?
LOCKING. ¿Usted qué cree?
MUSCADINE. Miren: vine aquí decidido a mostrarme calmado y
razonable, pero con estas preguntas tan personales me lo están poniendo muy
difícil.
DEVANE. Este es un asunto personal.
MUSCADINE. Lo sé, pero ya le he dicho...
LOCKING. ¿Tiene usted problemas para controlarse?
MUSCADINE. No. Jamás. ¿Por qué?
LOCKING. Parece usted furioso.
MUSCADINE. (Ríe.) Qué va, estoy bien. Quizá un poco mortificado.
LOCKING. ¿Por qué?
MUSCADINE. Por este proceso. Por estar aquí. ¿Que si estoy algo
furioso? Pues claro. ¿Usted no lo estaría? Y, en realidad, eso es cuanto tengo
que decir.
DEVANE. ¿Llegó la cópula a su clímax?
MUSCADINE. Para mí, sí. Y pensé que tú también estabas pasándolo
bien, Tessa.
BOWLBY. (Llora.)
MUSCADINE. Evidentemente, me equivoqué.
DEVANE. ¿Usó usted condón?
MUSCADINE. Pues no. La cosa fue... espontánea. Impetuosa. Todo
fue sobre ruedas... o al menos eso me pareció. No fue premeditado. Simplemente,
ocurrió.
DEVANE. ¿Se ha hecho usted alguna vez la prueba del sida?
MUSCADINE. No; pero estoy seguro de que...
DEVANE. ¿Estaría dispuesto a hacérsela?
MUSCADINE. ¿Por qué?
DEVANE. Para tranquilidad de Tessa. Y de usted mismo.
MUSCADINE. Vamos, por favor...
DEVANE. Las mujeres y usted se llevan bien. Usted ha conseguido
muchas mujeres.
MUSCADINE. Eso no hace al caso.
DEVANE. ¿Por qué?
MUSCADINE. Es una intrusión en mi intimidad.
DEVANE. La violación también lo es.
MUSCADINE. Jamás he violado a nadie.
DEVANE. Entonces, ¿por qué le pone tan nervioso un simple
análisis de sangre?
MUSCADINE. Yo... Tendré que pensarlo.
DEVANE. ¿Tiene usted algún motivo para poner reparos?
MUSCADINE. No, pero...
DEVANE. Pero, ¿qué?
MUSCADINE. No sé.
DEVANE. Éstos son los hechos. Realizó usted el acto sexual sin
protección con una mujer que asegura que usted la violó. Lo menos que puede
hacer es...
MUSCADINE. Todo esto me parece exagerado, absurdo. Lo de tener
relaciones sexuales y luego estar obligado a demostrar que uno está sano... Me
he acostado con montones de mujeres y ninguna de ellas me lo pidió.
DEVANE. Esa es exactamente la cuestión, señor Muscadine. A todos
los efectos, es como si la señorita Bowlby se hubiera acostado con cada una de
esas otras mujeres. Quizá nunca se conozcan los detalles exactos de lo que
ocurrió aquella noche, pero es evidente que la señorita Bowlby padece un
auténtico trauma.
MUSCADINE. No por mi culpa.
BOWLBY. ¡Tú me violaste!
MUSCADINE. No fue así, Tessa. Lo siento. Has tergiversado todo
este asunto...
BOWLBY. ¡Basta! ¡Por favor! (Llora.)
MUSCADINE. Tessa, ojalá hubiera algún modo de deshacer lo hecho,
de veras. No era necesario que hiciéramos el amor. Podríamos...
DEVANE. No diga más, por favor. Gracias. ¿Se encuentra usted
bien, Tessa? Casey, dele un pañuelo... Gracias. Como decía, señor Muscadine,
tal vez los detalles exactos no lleguen a conocerse nunca, ya que no hubo
testigos. Pero es evidente que la señorita Bowlby está traumatizada, y tiene
derecho a un poco de tranquilidad. Dados los antecedentes sexuales de usted,
ella —y este comité también— se sentiría mucho mejor si se hiciera usted un
análisis y éste arrojase resultados negativos.
MUSCADINE. ¿Es verdad eso, Tessa? ¿Tessa...?
BOWLBY. ¡Tú mismo dices que te has acostado con muchas mujeres!
MUSCADINE. Vaya. Pasamos de Kafka a Drácula. Ahora me van a
sacar mis fluidos corporales. Muy bien, no tengo nada que ocultar. ¿Deberé
pagar yo la prueba del sida?
DEVANE. No. Se lo harán gratuitamente en la clínica de
estudiantes. Aquí mismo tengo una autorización para ello.
MUSCADINE. Pero es que... Bueno, muy bien. No tengo nada que
ocultar, pero ella también tendría que hacerse un análisis.
BOWLBY. Ya lo hice. Inmediatamente después de que la cosa
sucediera. Hasta ahora, soy negativa.
MUSCADINE. Y seguirás siéndolo. Al menos, por lo que a mí
respecta. Escucha, Tessa, lamento enormemente que todo esto te haya trastornado
tanto; pero yo... Bah, olvídalo. Muy bien, de acuerdo. Me haré el análisis
mañana mismo. ¿Están satisfechos? Si es lo único que debo hacer...
DEVANE. También debería reflexionar seriamente acerca del tema
de la violación.
MUSCADINE. No me hace falta.
DEVANE. A veces no nos damos cuenta de...
MUSCADINE. Ya le he dicho que... Bueno, de acuerdo. Reflexionaré
sobre ello. ¿Puedo irme ya?
DEVANE. Firme esos formularios, acuda a la clínica de
estudiantes y le harán el análisis en menos de veinticuatro horas.
MUSCADINE. Está bien, está bien. Menuda experiencia...
Afortunadamente, soy actor.
DEVANE. ¿Por qué dice eso?
MUSCADINE. Los actores lo aprovechan todo. Quizá algún día pueda
hacer uso de esto.
DEVANE. Espero que no lo haga. Como ya le dijimos al principio,
todo lo que aquí se dice es confidencial.
MUSCADINE. Ah... Sí, claro. Más vale que así sea.
DEVANE. A lo que me refiero es a que no puede usted hacer uso de
nada de todo esto. Eso forma parte del acuerdo.
MUSCADINE. No me refería a hacer uso de ello directamente, sino
de modo subconsciente. Da igual... Adiós, Tessa. Será mejor que en lo sucesivo
mantengamos las distancias. Un mundo entero de distancia.
5
Aquella noche, en el coche, mientras iba con Milo a visitar a
Philip Seacrest, murmuré:
—Kenneth Storm.
—Fea escena, ¿no?
—¿Sabes si Storm llegó a hacer el traslado de matrícula a la
Universidad de Palms?
—No, no lo sé. ¿Por qué?
—¿Y si no lo aceptaron? ¿Y si se matriculó pero lo suspendieron?
Sólo le quedarían malos recuerdos del asunto, y culparía de ello al comité. Y
eso supondría que los otros dos miembros del comité también están en peligro.
Aunque vengarse de todos los miembros podría hacer que el motivo resultase
demasiado evidente. Si yo necesitase una víctima para mi venganza, escogería
sin duda a la persona responsable del comité.
Milo asintió con la cabeza.
—Y ésa, sin duda, fue Hope. Y su lugarteniente era el estudiante
graduado, Locking. Está claro que la apoyaba al ciento por ciento. El tercer
miembro, la profesora Steinberger, no dijo gran cosa, y en la tercera sesión ni
siquiera estuvo presente.
—Tal vez se desilusionó —dije—. Probablemente Casey Locking no
pudo darse ese lujo. El muchacho estudia sicología y no me sorprendería que
Hope fuera su supervisora o algo parecido.
—La tercera sesión fue la única en la que la chica aseguró haber
sido violada. ¿Por qué crees que Hope le pidió a ese estudiante de arte
dramático, Muscadine, que se hiciera la prueba del sida?
—Quizá estuviera convencida de que él la había violado, se daba
cuenta de que no existían pruebas para una causa criminal y decidió hacer lo
que estuviera en su mano por la víctima. La muchacha, Tessa, también se hizo el
análisis, así que no cabe duda de que estaba preocupada.
—Es raro —dijo Milo—. Menuda historia. Y la prensa nunca se
enteró del asunto. —Se detuvo ante un semáforo en rojo en el cruce con Sunset y
se quedó mirando al tráfico.
—Pero Seacrest sigue gustándote más como sospechoso que Kenneth
Storm.
—Es posible que tengas razón. Quinientos mil dólares son un gran
motivo. Y Seacrest posee la inteligencia suficiente, y además tuvo oportunidad
de envenenar a la perra. Admito que, de los tres estudiantes, Storm es el más
sospechoso, pero sólo tiene diecinueve años y, a juzgar por su expediente
académico, no es ninguna lumbrera. ¿Te parece que la orquestada distribución de
heridas puede ser cosa de un malhablado muchacho con malas pulgas? Cincuenta
cuchilladas serían más propias de él. O le hubiera destrozado la cabeza.
Además, Storm encontró la forma de desahogar su ira. Se vengó por mediación del
abogado de papá.
—Por eso pregunté si sigue en la universidad. Quizá ni el
desahogo ni la venganza le resultaran satisfactorios. Y no olvides las huellas
de bicicleta.
—Un muchacho con una de esas bicis de diez marchas.
El semáforo se puso en verde y Milo giró hacia el este, condujo
lentamente hasta que el tráfico se hizo menos denso, y luego dobló a la
derecha, hacia el sur del bulevar. Estábamos cerca de la calle del crimen.
Teniendo en cuenta las enormes distancias de Los Angeles, Hope había sido mi
vecina. Probablemente, a Robin también se le había ocurrido aquella idea.
Cruzamos la fría, oscura y exclusiva zona de Holmby Hills,
pasando ante altos muros y viejos árboles. Pequeños y hostiles letreros nos
recordaban la existencia en la zona de vigilantes armados. Seguimos hacia el
sur y, al entrar en la parte residencial de Westwood, las grandes mansiones se
convirtieron en chalets.
—Seguiré investigando a Storm hijo —dijo Milo—. Y no sólo a él:
a los tres que formaban el comité. Muchas personas que consideran que lo del
comité ya es agua pasada van a agarrar un buen cabreo.
Permanecimos un rato en el coche estacionado bajo un gran olmo,
hablando del asesinato y de otras cosas, hasta que nos hundimos en la frialdad
del silencio. Tras las cortinas de las ventanas, iluminadas por una luz
ambarina, no se percibía movimiento alguno. Ni la más leve señal de vida.
—¿Listo para conocer al viudo?
—Me fascina la idea.
—Sí, Seacrest es fascinante.
Cuando nos disponíamos a apeamos, unos faros nos iluminaron y un
coche se detuvo frente a la casa Devane/Seacrest, se metió por la rampa de
acceso y estacionó detrás del Volvo.
Mustang rojo.
—Ya ves —dije—. Resulta que el viudo sí sale de casa. Ha ido a
dar una vuelta en el coche deportivo.
—En el coche deportivo de su esposa. —Milo, con los labios
fruncidos, miraba fijamente a través del parabrisas.
Los faros se apagaron y un hombre se apeó del Mustang rojo y fue
hasta la puerta principal.
—No es el viudo. Seacrest es más alto.
El hombre llamó al timbre. Estaba demasiado oscuro para percibir
los detalles, pero el recién llegado era bajo —menos de uno setenta— y llevaba
una especie de largo gabán. Permanecía de espaldas a nosotros, con las manos en
los bolsillos.
En el piso bajo de la casa se encendió una luz y la puerta se
abrió parcialmente. El visitante pasó al interior.
—¿Un amigo? —pregunté—. ¿Alguien a quien Seacrest le prestó el
coche?
—Bueno, si es tan hospitalario, digo yo que nos recibirá bien.
Seacrest tardó bastante más en responder a nuestro timbrazo. Al
fin, al otro lado de la puerta sonó un:
—¿Quién es?
—El detective Sturgis, profesor.
De nuevo la puerta se abrió parcialmente. Philip Seacrest era,
sin duda, más alto que el tipo del gabán. Se acercaba al metro noventa de Milo,
aunque pesaba treinta kilos menos. Era estrecho de hombros y su rostro, enjuto
y cuadrado, parecía macilento a causa de la hirsuta barba gris. Su nariz era
pequeña y ancha, y quizá se la hubiera roto alguna vez. Su cabello, gris y
revuelto, lo llevaba largo por encima de las orejas y era escaso en la parte de
la coronilla. Llevaba una camisa a cuadros grises y verdes, pantalones grises
que en tiempo fueron costosos y que ahora tenían brillos en las rodillas, y
zapatillas de fieltro de estar por casa.
Un detalle incongruente: en el antebrazo izquierdo tenía tatuada
una pequeña ancla azul pálido toscamente realizada. Probablemente, era un
recuerdo de la Marina. Yo sabía que el tipo tenía cincuenta y cinco años, pero
parecía mayor. Quizá fuera por su reciente viudez. O por unos genes de mala
calidad. O por tener que ir todos los días al mismo sitio a hacer las mismas
cosas sin el menor interés.
—Detective. —El hombre se apoyó en el quicio de la puerta. Voz
queda, poco más que un susurro. Si las clases las daba así, en las filas de
atrás no debían de enterarse de nada.
Tras él alcancé a ver muebles viejos y feos, papel de pared con
motivos florales, un reloj de pie en el hueco de la angosta escalera. Una
pequeña araña de bronce. Percibí el poco apetitoso olor de comida cocinada en
microondas.
En la pared de frente a la puerta, la convexa lente de un espejo
colonial nos miraba como un gigantesco ojo.
El conductor del Mustang brillaba por su ausencia. —Profesor
—dijo Milo. Los ojos de Seacrest eran grandes, pardos y bastante
más oscuros que los de su difunta esposa. Su mirada era
débil, casi infantil. —¿En qué puedo servirle, señor Sturgis?
—¿Interrumpimos algo? El hecho de que mi amigo hablase en plural hizo que
Seacrest se fijase en mí, aunque no por mucho tiempo. —No.
—¿Podemos pasar? Seacrest vaciló por un instante. —Sí, claro. —Lo dijo en voz
más alta. ¿Para advertir
a su otro visitante? Permaneció en el umbral unos segundos y
luego se hizo a un lado. Eludía nuestras miradas. Yo ya estaba advirtiendo
en él la evasiva actitud que había hecho recelar a Milo. Luego
nos miró. Pero no con afecto. En ocasiones los policías y los familiares de las
víctimas sintonizan bien, pero aquél no era el caso. Muy al
contrario. La frialdad se masticaba. Quizá se debiera a que a Seacrest no le
gustaban las visitas por sorpresa. O tal vez fuera porque desde el principio lo
habían
tratado como a un sospechoso. Quizá se lo mereciera. Permaneció
en el recibidor, humedeciéndose los
labios y tocándose la nuez. Luego miró por encima del hombro,
hacia la escalera. ¿Estaría arriba el tipo de baja estatura?
Milo se le aproximó y Seacrest retrocedió un paso que lo acercó
más al espejo convexo. El hombre se convirtió en un borrón grisáceo en el
plateado cristal.
—Bueno, ¿qué puedo hacer por usted? —repitió.
—Venimos en visita de rutina —dijo Milo.
—¿Han descubierto algo nuevo?
—Me temo que no.
Seacrest asintió con la cabeza, como si la descorazonadora
noticia fuera de esperar.
Estudié la casa. El recibidor era modesto. Tenía el suelo
recubierto de baldosas de vinilo que simulaban mármol blanco. La escalera tenía
una alfombra de desvaído color verde.
Sala de estar a la derecha, comedor a la izquierda. Más muebles
que no tenían bastantes años ni suficiente calidad para ser antigüedades.
Seacrest había heredado la casa de sus padres. Probablemente, aquéllos eran los
objetos entre los que había crecido. Sobre la moqueta marrón había unas
alfombras que no hacían juego. Más allá de las escaleras se veía una pequeña
habitación llena de libros y con paneles de pino en las paredes. En los suelos
también había libros. Un sofá con tapicería a cuadros. El reloj de pie estaba
parado y su péndulo colgaba inmóvil.
En el segundo piso sonaron pasos.
—Uno de los estudiantes de Hope —dijo Seacrest, acariciándose la
barba—. Ha venido a recoger unos papeles del trabajo de investigación que
estaba haciendo con Hope. Al fin reuní ánimos para ordenar las cosas de mi
esposa que la policía revolvió, y volví a ponerlo todo en su lugar. Los dos
primeros detectives pusieron el estudio patas arriba... Un momentito.
Subió hasta la mitad de las escaleras.
—¿Te falta mucho? —preguntó en voz alta—. Ha venido la policía.
—¿Unos papeles de trabajo? —preguntó Milo—. ¿Eran del chico?
—Trabajaban juntos. Eso es lo normal después del doctorado.
—¿Cuántos alumnos tenía su esposa? —pregunté.
—Creo que no muchos.
—¿A causa del libro? —quiso saber Milo.
—¿Perdón?
—No disponía de tiempo.
—Supongo que no. Pero también se debía a que Hope era muy
particular. —Seacrest miró hacia la escalera—. Todo continúa revuelto. Muchas
veces, Hope parecía actuar de modo... casi caótico. Lo cual no quiere decir que
no tuviese la cabeza bien organizada. La tenía. Excepcionalmente. Era uno de
sus múltiples talentos. Quizá fuera por eso.
—¿El qué, profesor?
Seacrest indicó las escaleras como si señalase una pizarra.
—Lo que quiero decir es que siempre me pregunté si el motivo de
que pudiera trabajar en medio del desorden era que por dentro estaba tan
maravillosamente organizada que no necesitaba orden externo. Incluso en su
época de estudiante, trabajaba con la radio y la televisión puestas. Eso era
algo que a mí no me cabía en la cabeza. Yo necesito silencio absoluto. —Lanzó
un suspiro—. Ella tenía mucho más talento que yo. —Sus ojos se humedecieron.
—Pues esta noche no parece que disfrute usted de demasiada
soledad —dijo Milo.
Seacrest trató de sonreír, pero los labios no terminaron de
responderle y su sonrisa resultó mecánica, ambigua.
—Así que no hay nada nuevo —dijo—. Ojalá a mí se me hubiera
ocurrido alguna idea; pero no. La locura es la locura. Algo profundamente
banal.
—Ya bajo —dijo una voz desde arriba.
En las escaleras apareció el visitante, con una caja de cartón
entre las manos.
El hombre representaba veintitantos años. Tenía el pelo largo y
liso y echado para atrás. Su rostro era tan anguloso que, por comparación, el
de James Dean resultaba mofletudo. Tenía los labios gruesos, las mejillas
hundidas, la piel tersa y las cejas negras y muy pobladas. El largo gabán era
en realidad una trinchera negra de cuero, y bajo ella asomaban las perneras de
unos vaqueros. Botas negras de suela gruesa y grandes hebillas cromadas.
El muchacho parpadeó. Largas pestañas oscuras sobre ojos azul
intenso. El piso de arriba era la zona de dormitorios. Se me ocurrió que
Seacrest tal vez le hubiese hablado para ponerlo sobre aviso de nuestra
presencia, y me pregunté si el chico habría ido a recoger algo más que material
de trabajo.
Conducir el coche de Hope era todo un privilegio para
concedérselo a un antiguo estudiante de su esposa. Pero si se trataba de un
nuevo amigo...
Miré a Milo, que permanecía impasible.
El joven llegó al pie de las escaleras sosteniendo la caja ante
sí como si fuera a hacer entrega de una ofrenda. En un costado había claramente
escrito con rotulador: ESTUDIO AUTOCONTROL, CAJA 4, PRELIM. Bajó la caja. Sus
entreabiertas tapas dejaron ver el contenido: hojas impresas de ordenador.
Sus manos eran largas y finas. En el índice derecho llevaba un
gran anillo de plata con una calavera en cuyas cuencas relucían unos cristales
rojos. Era el tipo de objeto que puede encontrarse en cualquier tenderete de
Hollywood Boulevard.
—Hola, soy Casey Locking. —Su voz era suave y fluida, tranquila,
como la del locutor de un programa de radio nocturno.
Milo se identificó.
Locking dijo:
—Tras el asesinato, ya me interrogaron los otros dos detectives.
Milo apretó la mandíbula. En el informe de Paz y Fellows no se
hacía mención de ello.
—¿Lograron ustedes averiguar algo? —preguntó Locking.
—Todavía no.
—Ella era una gran maestra y una extraordinaria persona.
Seacrest lanzó un suspiro.
—Dispense, profesor —dijo Locking.
—Su nombre me suena —dijo Milo—. Ah, sí. Formó usted parte del
Comité de Comportamiento, ¿no?
Las negras y pobladas cejas de Locking se fruncieron hasta
formar una sola línea.
—Sí, en efecto.
Seacrest los miró con súbito interés.
Locking tiró de una de las solapas de su trinchera, y por el
hueco asomó el blanco algodón de una camiseta.
—¿No pensará usted que el comité tuvo algo que ver con... lo
sucedido?
—¿A usted no le parece posible?
Locking movió nerviosamente los dedos.
—¡Cristo!, nunca me lo había planteado.
—¿Por qué no?
—Supongo que... bueno, a mí todos aquellos tipos me parecían
unos perfectos cobardes.
—Yo diría que el asesinato de la profesora Devane fue un acto
muy cobarde.
Traté de estudiar a Seacrest sin que él lo advirtiera. El hombre
seguía con la mirada en el suelo y los brazos a los costados.
—Sí, supongo que es verdad —dijo Locking—. Usted es el
detective, claro; pero... No sé si lo sabe; pero el decano tomó oficialmente la
decisión de declarar confidencial todo lo referente al comité, así que no puedo
hablar acerca de ello.
—Las cosas han cambiado —dijo Milo.
—Sí, claro, supongo que sí. Pero en realidad, no tengo nada que
añadir. —Locking recogió la caja—. Buena suerte.
Milo se acercó al muchacho. La estatura y el volumen de mi amigo
suelen hacer que la gente retroceda ante él. Locking no lo hizo.
—Así que trabajaba usted con la profesora Devane.
—Sí, ella era la tutora de mi tesis. Parte del trabajo lo
hacíamos juntos.
—¿Ha encontrado ya un nuevo tutor?
—No, aún no.
—¿La profesora Devane supervisaba a otros estudiantes?
—Aparte de mí, sólo a otro.
—¿Cómo se llama el otro?
—Mary Ann Gonsalvez. Lleva un año en Inglaterra. —Locking se
volvió hacia el dueño de la casa—. El coche está bien, profesor Seacrest. Lo
único que necesitaba era un cambio de aceite y un filtro de aire nuevo. He
dejado las llaves arriba.
—Gracias, Casey.
Locking fue hasta la puerta, soltó una mano para abrirla,
manteniendo la caja apretada contra el pecho. Milo comentó:
—Bonito anillo.
Locking se detuvo y lanzó una profunda y sonora risa abdominal.
—Ah, sí. Es bastante hortera, ¿no? Me lo regalaron. En realidad
no sé por qué lo llevo.
6
Una vez que Locking hubo salido, Milo cerró la puerta. —El
muchacho ha sido muy amable al ocuparse de su coche, profesor.
—Fue un intercambio de favores —dijo Seacrest—. Yo le busqué el
material de trabajo y él se ocupó del coche. ¿Algo más, señor Sturgis?
—No, sólo quería saber si había recordado usted algo. Y también
deseaba presentarle al doctor Delaware. Es nuestro sicólogo consultor.
Los ojos del hombre se fruncieron.
—¿Ah, sí?
—Dadas las circunstancias que concurren en este caso, y dada la
profesión de su esposa, pensé que tal vez
La regalé. Era la perra de Hope. ¿Hilde? —
el doctor Delaware pudiera ayudarnos.
—Sí, supongo que es buena idea.
—Por cierto: ¿dónde está la perra?
—¿Perdón?
—Su rottweiler.
—¿Usted no es aficionado a los animales?
Seacrest seguía sin quitarme ojo.
—La verdad es que me siento fatigado. Aún no he recuperado las
energías. No me era posible atender a Hilde como es debido. Y, además, no deseo
nada que me recuerde cómo eran antes las cosas.
—¿A quién se la regaló?
—A una organización llamada Rescate Rottweiler.
—¿Qué tal perra era Hilde?
—Buena, un poco traviesa.
—¿Era una perra de defensa?
—Probablemente, sí, aunque no fue ése el motivo de que Hope la
comprara. Quería compañía en sus paseos. Seacrest se pasó una mano por los
ojos.
—¿Usted no salía a caminar con ella? —preguntó Milo.
—No, yo no soy aficionado al ejercicio. A Hope le encantaba la
actividad física, y Hilde era una perra muy activa. Siempre estaba pendiente de
Hope. Por eso el hecho de que Hilde no estuviera allí fue tan terriblemente...
irónico.
Se frotó la barba. Volvía a tener los ojos muy abiertos. Y
relucientes, como si fueran incandescentes tizones.
—Tras la muerte de Hope —siguió—, la perra estaba muy
desazonada. Y yo me sentía demasiado abatido para atenderla.
—¿Quién se ocupaba de Hilde durante las giras de promoción de la
profesora Devane?
—Yo, pero Hope nunca se ausentaba por mucho tiempo. Pasaba fuera
dos o tres días, regresaba, pasaba dos o tres días aquí, y vuelta a empezar.
—¿Sufría Hilde del estómago?
—No. —Seacrest apartó la vista de mí como de mala gana—. Los dos
primeros detectives sospechaban que el asesino la había envenenado. Si a mí se
me hubiera ocurrido la posibilidad, hubiera mandado que le hicieran análisis.
Aunque supongo que eso no habría valido de gran cosa.
—¿Por qué?
—Digamos que alguien le dio algo. ¿De qué serviría saberlo, si
ignoramos quién fue? —Seacrest volvió de nuevo la vista hacia mí—. Así que es
usted sicólogo de la policía —dijo—. Ese es un puesto que Hope nunca habría
aceptado.
—¿Por qué? —preguntó Milo.
—Recelaba de la autoridad. Yo soy de otra generación.
—¿No le hacía gracia la policía? —quiso saber Milo.
—Consideraba que toda organización gubernamental es
intrínsecamente ineficaz.
—Y usted no estaba de acuerdo.
—Yo siento un gran respeto hacia el imperio de la ley —dijo
Seacrest—. Quizá se deba a que soy historiador.
—¿Se dedica a la historia criminal?
—No exactamente. Mi principal especialidad es el período
medieval, pero también me interesa la historia isabelina. Hay algo respecto a
esa época que me llama la atención. Durante el período isabelino, gran cantidad
de delitos estaban castigados con la pena capital. Ahorcaban hasta a los
carteristas. Luego, almas más benévolas se salieron con la suya, y se eliminó
la soga para las faltas menos graves. ¿Saben ustedes lo que sucedió?
—Aumentó la delincuencia —dijo Milo.
—Sobresaliente, detective.
—¿Es usted partidario de la pena de muerte, profesor?
Seacrest se tocó la barba.
—Ya no sé de qué soy partidario. Perder a mi esposa ha
modificado todas mis convicciones... ¿Qué hará usted, exactamente, para
contribuir al esclarecimiento del asesinato de Hope, doctor Delaware?
—Analizaré todo el expediente del caso —dije—. Quizá hable con
los colegas de su esposa. ¿Por cuál cree que debería comenzar?
Él meneó la cabeza.
—Hope y yo llevábamos vidas profesionales
separadas. —¿No conoce usted a nadie que ella frecuentase? —No,
profesionalmente, no. —¿Amistades? —La verdad es que no las teníamos. Comprendo
que
resulta difícil de creer, pero los dos llevábamos vidas muy
aisladas. El trabajo, nuestros libros, Hilde... Tratábamos de proteger nuestra
intimidad.
—Después de la publicación del libro, eso debió de serles
difícil. —Para Hope sí lo fue; pero a mí me mantuvo
apartado del brillo de las candilejas. Aislamiento. Pequeñas
cajas... —Profesor —dijo Milo—, ¿le suena el nombre de Red
Barone? Él negó lentamente con la cabeza. —¿Y el de Mike Cruvic?
—Tampoco. ¿Quiénes son? —Personas con las que su esposa trabajaba. —Bueno, ya
ve. No sé nada de eso. —Así que totalmente separados, ¿no? —dijo Milo. —Era el
mejor arreglo. —Seacrest se volvió hacia
mí—. Estoy seguro de lo que le dirán los colegas de
Hope cuando hable usted con ellos. —¿Qué me dirán, profesor?
—Que era brillante, pero demasiado individualista.
Una investigadora y una profesora de primera. —Cerró las manos—.
Caballeros, dispénsenme por decirlo, pero
no creo que este enfoque les lleve a ningún sitio.
—¿A qué enfoque se refiere? —preguntó Milo.
—A lo de investigar la carrera académica de Hope. Lo que la mató
no fue eso, sino el libro. Participar en lo que recibe el risible nombre de
mundo real. Mi esposa tuvo el valor de ser polémica, y la polémica excitó a
algún maldito esquizofrénico o lo que fuese. Dios bendito... —Se frotó la
frente y, con la vista en el suelo, siguió—: Me quedo con la torre de marfil,
detective. La realidad no me interesa.
Milo preguntó si podíamos ver el estudio de Hope.
—Como quieran. ¿Les importa que me quede aquí tomándome un té?
—Como guste.
—El estudio está arriba. Suban las escaleras y es la primera
habitación a la izquierda. Miren donde quieran.
En el piso alto había tres pequeños dormitorios y un baño
dispuestos en torno a un rellano central. La habitación de la izquierda estaba
llena de estanterías atestadas de revistas y libros, hasta el punto de que las
tablas se combaban a causa del peso. Las dos ventanas estaban protegidas por
persianas venecianas. Los muebles más parecían sembrados que colocados: dos
butacas que no hacían juego, un escritorio y una mesa de trabajo con PC,
impresora, módem, y manuales de software. El Libro de estilo de la Asociación
de Sicología Norteamericana, diccionario, libro de sinónimos.
Junto al ordenador había varias copias de un artículo que Hope
Devane había escrito el año anterior para La Gaceta de Sicología Personal y
Social. Coautor: Casey Locking. «El autocontrol como función de la identidad
sexual.»
Leí el sumario. No existían diferencias significativas entre
hombres y mujeres en cuanto a la capacidad de controlar el hábito de morderse
las uñas por medio de técnicas behavioristas. No se había encontrado relación
alguna entre el éxito obtenido y las opiniones de los sujetos sobre los roles
sexuales y la igualdad entre sexos. En Lobos y ovejas, Hope afirmaba que a las
mujeres les costaba menos dejar los malos hábitos porque los estrógenos
ejercían una función «supresora sobre las compulsiones». La única excepción: la
ingestión compulsiva y excesiva de comida, y eso era debido a que la presión
social creaba en las mujeres un problema de imagen corporal.
El artículo decía justamente lo contrario. Estudié la sección de
debate del final. Hope y Locking atribuían aquellos resultados al hecho de que
la muestra estudiada era excesivamente reducida.
Mientras Milo abría cajones y leía los lomos de los volúmenes de
las librerías, yo inspeccioné el resto de la habitación. La mitad del suelo
estaba cubierta de periódicos y libros desperdigados. Una colcha de lana roja
estaba descuidadamente tirada sobre una caja idéntica a la que Locking se había
llevado, rotulada con las mismas letras claras y bien dibujadas.
Cinco cajas cerradas enviadas por el editor de Hope Devane,
marcadas LOBOS Y OVEJAS, EJEMPLARES AUTOR, estaban arrinconadas, y varios
paquetes sin abrir de papel de ordenador.
La caja de debajo de la colcha contenía más trabajos publicados
de Hope. Locking era coautor de dos de ellos. A la otra estudiante, Mary Ann
Gonsalvez, no se la mencionaba.
¿El favorito de la maestra?
A juzgar por las transcripciones del Comité de Comportamiento,
el chico y Hope eran almas afines.
¿Más que eso?
Locking era joven, brillante, atractivo, con el aire de los
modelos que salían en los anuncios de ropa interior. Hombre joven, mujer mayor.
Primero había pensado si habría algo entre Locking y Seacrest, y
ahora estaba especulando sobre un posible romance heterosexual.
¿Obsesionado por el sexo, Delaware?
Pero en la distribución de las heridas había un morboso elemento
ritual, como si alguien hubiese impuesto una durísima penitencia a una
pecadora.
Corazón, vagina. Cuchillada en la espalda.
El fuego de la pasión reforzado por el gélido cálculo. Seacrest
parecía ser un tipo frío.
¿Estarían sus manos manchadas de sangre?
Milo husmeó un poco más y al fin dijo:
—¿Encontraste algo?
Le mencioné la discrepancia entre el artículo sobre el
autocontrol y el libro de la profesora Devane.
—Como tú dijiste, Hope sabía cómo manipular los datos. —Milo
salió de la habitación, cruzó el descansillo y entró en el despacho de
Seacrest. Yo lo seguí.
La estancia también estaba llena de libros y caprichosamente
amueblada, pero en ella reinaba el más estricto de los órdenes.
Luego, el dormitorio de Seacrest. Ahora que lo tenía todo para
sí, el historiador mantenía su habitación impecablemente arreglada. Gran cama
de bronce, un cobertor floreado tan bien remetido que parecía pintado sobre el
colchón.
Bajamos a la otra planta y no vimos a Seacrest. Milo lo llamó:
—Profesor...
Seacrest entró en el comedor procedente de la cocina, llevando
en la mano una taza por cuyo borde asomaba el hilo y la etiqueta de una bolsa
de té. La taza estaba adornada con la reproducción de un escudo universitario.
—¿Desean ver algo más?
—¿Dónde están los expedientes profesionales de la doctora
Devane? Los historiales de sus pacientes y cosas por el estilo.
—Supongo que lo que no esté aquí, se encontrará en su oficina
del campus.
—La registré y no encontré los historiales.
—Pues no sé qué decirle.
—¿Tenía su esposa una oficina privada?
—No.
—¿Atendía aquí a sus pacientes?
—No.
—Pero... ¿tenía pacientes?
—Nunca hablaba de su trabajo.
—No pregunto nada específico, profesor. Sólo si tenía pacientes.
—Si los tenía, nunca lo mencionó. No hablábamos de esas cosas.
Sólo de... arte, cultura y cosas así.
Seacrest se tocó el tatuaje.
—¿Marina? —preguntó Milo.
—Servicio de Guardacostas. —Seacrest sonrió—. Un momento de
debilidad.
—¿Dónde hizo usted el servicio?
—En isla Catalina. Debo admitir que fueron casi unas vacaciones.
—O sea que es usted californiano.
—Me crié aquí mismo. En esta casa. Soy un ratón de campus. Mi
padre era profesor de química.
—¿Y el padre de Hope?
—Los padres de Hope ya fallecieron. Lo mismo que los míos. Ni
ella ni yo tuvimos hermanos. Supongo que yo soy cuanto queda de ambas familias.
Adiviné lo que Milo estaba pensando: «Único heredero.»
—¿A qué se dedicaba el padre de su esposa?
—Era marino. Marino mercante. Murió cuando Hope era muy pequeña.
Ella no hablaba mucho de él.
—¿Y su madre?
—Trabajaba en un restaurante. —Seacrest se encaminó hacia la
puerta—. Como ya les dije a los otros detectives, la madre también ha
fallecido, y Hope no tenía más familia.
Milo comentó:
—Debió de resultarles difícil.
—¿El qué?
—Mantener separadas sus vidas profesionales. Mantenerse
separados, en general.
Seacrest se humedeció los labios.
—En absoluto. Más bien al contrario.
—¿Les era fácil?
—Desde luego. Nos respetábamos mutuamente. —Abrió la puerta y
tendió un brazo al exterior.
—Hace calor —dijo—. La noche que la mataron fue mucho más fría.
Milo condujo el coche por Wilshire Boulevard, pasando por entre
el corredor de lujosos edificios de apartamentos con que Los Angeles pretendía
hacerle la competencia a la neoyorquina Park Avenue.
—¿Diagnóstico? —preguntó mi amigo.
—No es un dechado de cordialidad, pero tiene motivos para
sentirse abatido. Tal vez oculte algo, o quizá no sepa gran cosa. En resumidas
cuentas: nada de particular.
—¿Qué me dices del tal Locking?
—El anillo de la calavera era mono. Primero me pregunté si
habría algo entre él y Seacrest, y luego si habría algo entre él y Hope.
—¿Entre Locking y Seacrest? ¿Por qué?
—Lo de que el chico condujera el Mustang resultaba algo
sumamente personal, aunque lo que dijo Seacrest acerca del intercambio de
favores puede justificarlo. Además, antes de dejarnos pasar, me pareció como si
Seacrest estuviera haciendo tiempo y, una vez dentro, llamó en voz alta al
muchacho para decirle que había llegado la policía. Lo cual pudo ser una forma
de ponerlo sobre aviso, quizá de darle tiempo para vestirse. Todo lo cual no
son más que conjeturas.
—De acuerdo. ¿Por qué crees que pudo haber algo entre Locking y
Hope?
—Tú mismo te has estado preguntando si ella tendría algún asunto
con alguien. La mayor parte de las relaciones extramatrimoniales comienzan en
el trabajo, y Locking trabajaba con ella. Y, estando casada con alguien como
Seacrest, quizá a Hope le apeteciera un poco de movimiento, aunque sólo fuera
por variar.
—Cuero negro y un anillo con una calavera —murmuró Milo
tamborileando los dedos sobre el volante.
Mi amigo enfiló Westwood Village. Como tantas otras cosas en Los
Angeles, aquel vecindario se había degradado intelectualmente.
Las librerías de mi época universitaria habían dado paso a
salones de videojuegos, hamburgueserías y pizzerías.
—Lo que me pareció interesante —siguió Milo— fue que Seacrest
sugiriese que el libro podía ser la causa del asesinato, y que éste no tuvo
nada que ver con las actividades académicas de su esposa. Lo cual lo distancia
a él del crimen. Sé de casos de asesinos que han hecho justamente eso: dar
pistas falsas. De ese modo, dan la sensación de ayudar a la policía cuando lo
que hacen en realidad es tratar de despistarla. Y lo de la perra. ¿Quién mejor
que Seacrest para darle un buen filete sazonado con sabe Dios qué? Y ahora se
ha librado del animal.
—Se ha librado de un recuerdo.
Milo hizo un ruido desagradable con la boca y se soltó la
corbata.
—Locking y Hope, Locking y Seacrest. Creo que utilizaré algunos
de mis contactos homosexuales. Quizá el teniente tuviera razón y yo sea el tipo
perfecto para el caso.
—Me pregunto por qué Locking tardó tanto en ir a recoger sus
papeles. Hope lleva tres meses muerta. Eso es muchísimo tiempo cuando se
trabaja en una tesis. Pero, como Locking no ha encontrado nuevo tutor, quizá le
esté costando asimilar la muerte de Hope. Quizá porque la relación entre ellos
no era sólo la de profesora y alumno. O quizá el muchacho sea un poco holgazán
y no tenga prisa por acabar los estudios. En la universidad hay gente así.
Aunque su enfrentamiento con Kenneth Storm no tuvo nada de indolente.
—¿Qué te parece que Hope incluyera en el comité a su estudiante
favorito?
—En favor de la eficacia, la profesora deseaba tener amigos
entre el jurado. Seacrest dice que Hope desconfiaba de las organizaciones, y
tenemos claros indicios de que Hope no era jugadora de equipo.
—Por eso me interesa tanto conocer a la gente con la que
trabajaba. El abogado Barone me está dando esquinazo, pero el doctor Cruvic me
dejó un mensaje diciéndome que me recibiría mañana a las diez y media. ¿Qué tal
si me acompañas y le haces el sicoanálisis sobre la marcha?
—Está bien.
—No era jugadora de equipo —murmuró mi amigo—. Una rebelde con
un doctorando. A veces, las rebeldes terminan mal.
7
Al día siguiente desayuné con Milo en una cafetería de Beverly
Hills, y luego nos dirigimos a la consulta del doctor Cruvic en Civic Center
Drive.
Interesante ubicación para la consulta privada de un médico. La
mayor parte de las consultas médicas de Beverly Hills se encuentran en los
elegantes edificios neofederales de North Bedford, Roxbury y Camden, así como
en las grandes torres de Wilshire.
Civic Center marcaba el límite norte del pequeño distrito
industrial de la ciudad, unas cuantas manzanas de edificios de anónimo aspecto
que corrían paralelas al bulevar de Santa Mónica, aunque quedaban ocultas a los
ojos de los automovilistas por altos setos y zonas de eucaliptos. Vías de tren
en desuso atravesaban diagonalmente la calle. Al otro lado de los raíles había
un complejo de oficinas de granito rosa, el edificio de cristal deslustrado de
una compañía de discos, el centro municipal neo-retro-post-lo-que-fuera que
albergaba el Ayuntamiento de Beverly Hills, la biblioteca, y los departamentos
de policía y bomberos.
El desarrollo aún no había llegado al otro lado de los carriles,
donde el edificio de estuco rosa de Cruvic se alzaba entre un surtido de
pequeñas estructuras, entre miserables y pintorescas, de una o dos plantas de
la época de la primera guerra mundial. Los vecinos inmediatos a la consulta
eran un salón de belleza, un servicio de contestación telefónica y un anónimo
edificio con plataforma para carga y descarga. El edificio rosa carecía de
ventanas en la parte delantera, donde sólo había una inmensa puerta de madera y
hierro de las que pueden verse en España, Italia y Grecia, que conducía a los
patios interiores. Un timbre de metal negro tenía encima una placa de bronce
deslustrado, tan diminuta que era como si quisiera pasar inadvertida y que
anunciaba: M. CRUVIC, DOCTOR EN MEDICINA.
Milo apretó el timbre y quedamos a la espera. Salvo por el rumor
del tráfico en Santa Mónica, en la calle reinaba un lánguido silencio. Las
ventanas del salón de belleza tenían maceteros con geranios. En todos los años
que yo llevaba en Los Angeles, nunca había tenido motivo para visitar aquella
zona.
Milo se dio cuenta de lo que yo estaba pensando.
—Parece que son muchos a los que les gusta la intimidad.
Frotándose el labio superior con los dientes inferiores, apretó
de nuevo el timbre.
La contestación fue un zumbido eléctrico y el chasquido del
cerrojo al descorrerse. Mi amigo empujó la pesada puerta y entramos.
Nos encontramos en un despejado patio con losas en el suelo y
donde se veían tiestos con Platanus, plantas de lino y azaleas. Una pequeña
mesa de hierro y dos sillas. Sobre la mesa, un cenicero con dos colillas
manchadas de lápiz de labios. El edificio interior tenía dos plantas, rejas en
las ventanas y balcones de hierro forjado. Dos puertas. La derecha se abrió y
en ella apareció una mujer que vestía uniforme azul claro.
—Por aquí. —Voz grave. Señalaba hacia la izquierda.
La mujer tenía alrededor de cincuenta años, y era una esbelta
morena de amplios pechos, tez bronceada y piernas de bailarina. La piel del
rostro parecía artificialmente lisa, como estirada.
—¿Detective Sturgis? Soy Anna, pase. —Sonrió durante un segundo,
señaló hacia la izquierda y abrió la puerta—. El doctor Cruvic los recibirá
ahora mismo. ¿Quieren café? Tenemos una máquina exprés.
—No, gracias.
Nos llevó por un corto y bien iluminado corredor. Puertas de
madera oscura, todas ellas cerradas, y una mullida alfombra color tabaco que
amortiguaba el sonido de nuestros pasos. Las blancas paredes parecían recién
pintadas. La mujer abrió la cuarta puerta y nos franqueó el paso.
La habitación era pequeña y tenía el techo bajo. Sobre una
alfombra negra había dos sillones de tapicería beige de algodón, un diván a
juego y una mesita auxiliar de cromo y cristal. Por un par de altas ventanas se
veían los muros de ladrillo del edificio del salón de belleza. No había
escritorio, ni libros, ni teléfono.
—La consulta del doctor Cruvic está en la otra parte del
edificio, pero el doctor prefiere que permanezcan ustedes aquí para no
perturbar a los pacientes. ¿Seguro que no quieren café? ¿O té?
Milo volvió a rechazar el ofrecimiento con una sonrisa.
—Bueno, entonces pónganse cómodos. El doctor los atenderá en
seguida.
—Bonito edificio —dijo Milo—. Y antiguo. Debe de ser agradable
disponer de un lugar como éste en Beverly Hills.
—Sí, está muy bien —dijo ella—. Creo que antes lo usaban como
establo. Por aquí, en los viejos tiempos, se disputaban carreras de caballos.
Creo que Mary Pickford tenía sus cuadras en esta zona, o quizá fuese otra de
las grandes estrellas del cine mudo.
Yo pregunté:
—¿Opera el doctor Cruvic aquí mismo o lo hace en Cedars o
Century City?
Con fría expresión, la mujer replicó:
—Casi todos nuestros pacientes son de ambulatorio. Ha sido un
placer conocerlos.
Salió, cerrando tras ella. Milo aguardó unos momentos y luego
abrió la puerta y salió. En cuatro zancadas llegó hasta el extremo del pasillo
y a una puerta marcada AL ALA OESTE. Trató de hacer girar el picaporte.
Cerrada. Al volver a la habitación, trató de abrir las otras puertas. Todas
cerradas.
—No sé si será que estoy un poco paranoico porque no me gustan
nada las consultas de los médicos, pero me pareció que a la enfermera no le
hizo la menor gracia que le preguntases dónde hace el doctor sus operaciones.
—Sí que puso mala cara —dije—. Lamento haber sometido su
estirado facial a esa tensión.
—Sí, puede que le hayan hecho un arreglo en la cara. Pensé que
se estaba reponiendo de una insolación, pero con esos pechos, es muy probable
que tengas razón... Por cierto: ¿querías café? No era mi intención convertirme
en portavoz de la clase.
—No; esta habitación me pone más nervioso que diez tazas de
café.
Milo se echó a reír.
—Cálida y acogedora, ¿eh? ¿Realizarías aquí tus sesiones de
terapia?
—Yo hago terapia donde sea, pero si es posible, prefiero sitios
menos inhóspitos.
—Quizá ésta fuera la consulta de Hope.
—¿Por qué lo dices?
—Porque esto está separado del ala oeste. Recuerda: no hay que
perturbar a los pacientes. En el caso, claro está, de que la profesora Devane
trabajara aquí. Lo cual no resulta del todo descabellado: Cruvic le pagaba casi
cuarenta mil dólares, y no hemos encontrado historiales de pacientes en ninguna
otra parte.
Se abrió la puerta y entró un hombre por ella.
Amplísimos hombros, metro sesenta y cinco de estatura, cejas
marcadamente fruncidas.
Aparentaba unos cuarenta años y llevaba el poblado y canoso
cabello cortado casi a cepillo. Tenía las orejas pequeñas y muy pegadas a la
cabeza. Los ojos eran oscuros, penetrantes y rasgados, casi orientales.
Su rostro era redondo, de altos y sonrosados pómulos, nariz
recta de anchas aletas, y mentón fuerte, cubierto, ya tan de mañana, por una
sombra de barba.
Vestía chaqueta blanca cruzada sobre camisa azul. Corbata negra
de crepé de seda adornada con volutas de color escarlata y dorado. Las perneras
de los impecables pantalones negros caían sobre unos finos zapatos bicolores de
cuero negro y gamuza gris. Tendió la mano, dejando ver el puño de la camisa,
abrochado con un gemelo de oro con forma de barril. La muñeca era gruesa y
estaba cubierta de vello negro.
—Mike Cruvic. —Hizo un movimiento afirmativo con la cabeza, como
si hubiéramos alcanzado un consenso. Aún inmóvil, el hombre parecía lleno de
energía nerviosa.
—Doctor —dijo Milo. Cambiaron un apretón y luego Cruvic me
tendió la mano. Dedos firmes, pero palma blanda. Uñas lustradas.
—Gracias por atendernos.
—Encantado de hacerlo, aunque la verdad es que no se me ocurre
de qué modo puedo ayudarles a encontrar al asesino de Hope. —Meneó la cabeza—.
¿Qué tal si nos sentamos? Tuve la mala ocurrencia de correr con unas zapatillas
nuevas y tengo una ampolla en el talón. No sé cómo hago esas tonterías. —Se
golpeó en la frente con los nudillos tres veces y se dejó caer en el diván—. La
verdad es que jamás se me ocurrió que tendría que hablar con la policía de un
asesinato. Y del asesinato de Hope, menos aún.
Se metió un índice por entre el zapato y el pie, y se frotó al
tiempo que hacía una mueca. Sus amplios hombros eran reales y no producto de
unas hombreras. Su complexión era perfecta, y tenía el estómago como una tabla
de lavar. Me lo imaginé al amanecer en el gimnasio de su casa, saltando,
pedaleando y haciendo flexiones. Uno de esos madrugadores que se levantan con
ganas de noquear el día en sólo dos asaltos.
—¿Bueno, qué desean saber? —preguntó, una vez hubo dejado de
hurgarse el zapato.
—Según nuestros informes, el año pasado le pagó usted a la
doctora Devane treinta y seis mil dólares —dijo Milo—. ¿Realizó la profesora
trabajos para usted?
Cruvic se pasó la palma de la mano sobre las puntas del cabello
cortado a cepillo.
—No he echado la cuenta, pero debe de ser una cifra así.
Utilizaba a la doctora Devane como consultora profesional.
—¿Consultora profesional de qué, doctor?
Cruvic se pasó un dedo por el amplio y pálido labio superior.
—A ver cómo se lo explico con claridad y sin ser indiscreto para
con mis pacientes... ¿Está usted al tanto de lo que hacemos aquí?
—Obstetricia, ginecología y fertilidad.
De un bolsillo interior de la chaqueta blanca, Cruvic sacó una
tarjeta profesional. Milo le echó un vistazo y luego me la tendió.
MIKE A. CRUVIC
DOCTOR EN MEDICINA, FACOG1
CONSULTA LIMITADA A PROBLEMAS DE FERTILIDAD
—Antes era tocoginecólogo, pero en los últimos años he limitado
mis actividades al terreno de la fertilidad.
—¿Fue por el horario? —preguntó Milo.
—¿Cómo?
—A los niños se les ocurre venir al mundo a las horas más
intempestivas.
Cruvic se echó a reír.
—No, eso nunca fue problema, yo no necesito dormir mucho. El
motivo es que me gusta el trabajo de fertilidad. Aquí viene gente que no tiene
absolutamente ningún motivo médico para ser estéril. Y no tener hijos
1Fellow of the American College of Obstetricians and
Gvnaecologists. Miembro del Colegio Norteamericano de Obstetricia y
Ginecología.
los destroza. Hay que analizar cada caso, encontrar la solución
adecuada...
—Sonrió ampliamente—. Supongo que me considero a mí mismo algo
así como un detective. —Consultó su reloj.
—¿Qué cometido cumplía la profesora Devane en todo eso?
—Recurría a Hope en caso de duda.
—¿De duda respecto a qué?
—Respecto a la madurez sicológica de los pacientes. —Cruvic
arrugó la frente y los cortos y canosos cabellos se inclinaron hacia abajo—.
Los tratamientos de fertilidad son un proceso agotador, tanto física como
sicológicamente. Y a veces no obtenemos el más mínimo resultado. Siempre que
hablo con un posible paciente, lo primero que hago es advertirle de ese riesgo;
pero no todos son capaces de encajar el fracaso. Con pacientes así, lo mejor es
renunciar al tratamiento. A veces, yo mismo me doy cuenta de cuáles son los
casos inadecuados. Cuando no estoy seguro, recurro a expertos.
—¿Utiliza a otros sicólogos, además de a la profesora Devane?
—En el pasado, los utilicé. Y algunos pacientes tienen sus
propios doctores. Pero en cuanto la conocí, Hope se convirtió en mi consultora
favorita.
El hombre apoyó las manos en las rodillas.
—Era extraordinaria —siguió—. Sumamente perspicaz. Una gran juez
de las personas. Y trataba admirablemente a los pacientes. Y es que, a
diferencia de otros sicólogos y siquiatras, ella no ganaba nada reteniendo a
los pacientes en inacabables tratamientos.
—¿Y por qué no?
—Le sobraba trabajo.
—¿Por su libro?
—El libro, las clases. —Juntó sonoramente las manos—. Rápida, al
grano y aplicando la menor cantidad posible de terapia, así era ella. Como un
cirujano, que es mi segunda gran vocación.
Las carnosas mejillas habían adquirido un tono casi escarlata y
los ojos parecían distantes.
Cruvic se echó hacia adelante y se frotó un poco más el pie.
—Fue una gran pérdida para la profesión. Hay montones de
sicólogos que están más locos que sus pacientes; pero Hope no. Hope sabía
hablar a la gente de forma que todos la entendieran. Era fantástica.
—¿Cuántos casos le envió usted?
—Nunca llevé la cuenta.
—¿Hubo algún paciente que no quedase satisfecho con ella?
—No, ninguno... Vamos, no hablará usted en serio. No, no, no,
detective, totalmente imposible. Aquí tratamos con personas civilizadas, no con
sicópatas.
Milo se encogió de hombros y sonrió.
—Dispense, pero tenía que preguntárselo... Dígame una cosa: ¿me
equivoco, o ahora hay más problemas de infertilidad que antes?
—No, no se equivoca. La cosa se debe en parte a que la gente
tiene los hijos más tarde. Para una mujer, la edad ideal de concebir es desde
la adolescencia hasta los veintitantos años. Retrase esa fecha diez o quince
años, y se encuentra con el útero envejecido y con las posibilidades de
fecundación sumamente disminuidas.
Se puso una mano sobre cada rodilla y sus pantalones se tensaron
sobre unos muslos gruesos y musculosos.
—Nunca le diría esto a los pacientes, porque ellos ya tienen
bastantes angustias personales, pero parte del problema radica también en los
excesos de promiscuidad que hubo en los años setenta. Reiteradas infecciones
subclínicas, endometriosis... Todo va dejando sus cicatrices internas. Para eso
utilizaba a Hope entre otras cosas: para que ayudara a mis pacientes a
enfrentarse a sus angustias y a sus complejos de culpa.
—¿Por qué le pagaba a ella directamente en vez de cobrar ella
sus propios honorarios?
Cruvic echó hacia atrás la cabeza. Las manos dejaron las
rodillas y fueron a posarse en el cojín del diván.
—Por los seguros —dijo Cruvic—. Lo intentamos de los dos modos y
resultó que era más fácil recuperar el pago de una consulta ginecológica que el
de un tratamiento de sicoterapia.
Otra palmadita al corto cabello.
—Según mi contable, todo está dentro de la más estricta
legalidad. Ahora, si me disculpan...
—¿La doctora también se llevaba bien con los maridos? —pregunté.
—¿Y por qué iba a llevarse mal con ellos?
—Sus opiniones sobre los hombres eran bastante polémicas.
—¿A qué se refiere?
—Al libro.
—Ah, ya. Bueno, aquí nunca se mostró polémica en ningún sentido.
Todos estábamos encantados con ella... Naturalmente, yo no soy nadie para
decirle cómo debe enfocar usted la investigación; pero creo que se equivoca de
medio a medio. El asesinato de Hope no tuvo nada que ver con el trabajo que
hacía para mí.
—Estoy seguro de que tiene usted razón —dijo Milo—. ¿Cómo la
conoció?
—En otra clínica.
—¿Dónde?
—En una clínica de beneficencia de Santa Mónica.
—¿Cuál?
—El Centro Femenino de Salud. Una institución con la que
colaboro desde hace tiempo. Una vez al año, celebran una fiesta para reunir
fondos. Hope y yo coincidimos en ella, y trabamos conversación.
Se puso en pie. Tenía la corbata un poco torcida y se la
enderezó.
—Si me disculpan, ahí fuera tengo unas damas que desean ser
mamás.
—Claro. Muchas gracias, doctor. —Milo también se puso en pie.
Bloqueando la puerta—. Otra cosa. ¿Guardaba aquí la profesora Devane los
historiales de sus pacientes?
—Ella no llevaba historiales propios, sino que tomaba notas en
los míos. Eso nos permitía comunicarnos con mayor facilidad. Guardo bien mis
papeles, así que su confidencialidad estaba garantizada.
—Pero ella recibía aquí a los pacientes.
—Sí.
—¿En esta sala, por casualidad?
—Sí, es posible —dijo Cruvic—, pero no estoy seguro, porque de
asignar las consultas no me ocupo yo, sino la encargada de personal.
—Pero la doctora Devane trabajaba en esta ala —dijo Milo—. Por
discreción.
—En efecto.
—Este es un sitio de lo más discreto, desde luego. Me refiero a
su emplazamiento. Lejos de las zonas concurridas.
Los grandes hombros de Cruvic subieron y bajaron.
—A nosotros nos gusta.
Trató de pasar junto a Milo.
Al tiempo que simulaba hacerse a un lado, Milo sacó su cuaderno.
—¿Hace usted trabajos de fertilidad para ese centro femenino?
Cruvic tomó aire y se obligó a sonreír.
—La fertilidad no es un tema que suela preocupar a los pobres.
En el centro, contribuyo con mi tiempo a atender los diversos problemas de las
mujeres.
—¿Abortos incluidos?
—Con el debido respeto, no creo que eso venga a cuento.
Milo sonrió.
—Probablemente, tiene usted razón.
—Le supongo al corriente de que no puedo hablar de los casos de los
que me ocupo. Hasta las pobres tienen derecho a que se respete su...
—Dispense, doctor. No le preguntaba por casos específicos. Sólo
quería enterarme más o menos de lo que hace usted allí.
—¿Y por qué tiene que mencionar los abortos? ¿Con qué intención
lo ha hecho, teniente?
—El aborto, aunque esté legalizado, es un tema polémico. Y
ciertas personas defienden sus opiniones respecto a él incluso con violencia.
Así que, si usted realiza abortos, y si la profesora Devane también estaba
metida en ello, tal vez eso arroje una nueva luz sobre nuestra investigación.
—Por Dios —dijo Cruvic—. Lo mismo que Hope, yo apoyo el derecho
de la mujer a elegir, pero si alguien quisiera tomar represalias, lo haría
contra el responsable directo de las operaciones. —Se golpeó el pecho—. Y aquí
estoy, vivo y coleando.
—Sí, claro —dijo Milo—. Hágase cargo: esa pregunta también era
obligada.
—Me hago cargo —dijo Cruvic, ceñudo—. Comprendo que mi opinión
no vale gran cosa, pero creo que a Hope la asesinó un sicópata. Un tipo que
odia a las mujeres, y que sólo la eligió porque era famosa. Un chiflado. No un
paciente de aquí ni del Centro Femenino.
—No diga eso, doctor. Valoramos mucho su opinión. Eso es
justamente lo que nos hace falta. Opiniones de personas que la conocieron.
Cruvic enrojeció y se tocó la corbata.
—Sólo la conocía profesionalmente. Pero creo que su muerte es un
claro indicio de lo mal que andan ciertas cosas en nuestra sociedad.
—¿A qué se refiere?
—Al éxito y a los enfermizos resquemores que suscita. Adulamos a
las personas de talento, las encumbramos, y luego nos divertimos derribándolas
de sus pedestales. ¿Por qué? Porque nos sentimos amenazados por su éxito.
Sus mejillas tenían un tono escarlata vivo.
Rodeó a Milo, se detuvo en el umbral y se volvió a mirarnos.
—Los perdedores castigan a los triunfadores, caballeros. Si eso
sigue así, todos saldremos perdiendo.
Buena suerte.
—Por si recuerda usted algo... —dijo Milo, tendiéndole una
tarjeta. La versión seria de la tarjeta, no la que los detectives se pasan
entre ellos y que dice: ROBO-HOMICIDIOS: NUESTRA JORNADA COMIENZA CUANDO LA DE
USTEDES TERMINA.
Cruvic se la guardó en un bolsillo. Luego echó a andar pasillo
abajo, abrió la puerta que daba al ala oeste, y desapareció por ella.
—¿Alguna hipótesis? —preguntó Milo.
—Bueno —dije—, se sonrojó al decir que sólo la conocía
profesionalmente, así que tal vez hubiera algo más entre ellos.
Y también se puso un poco nervioso cuando habló de los pagos,
así que también ahí puede haber gato encerrado. Tal vez se llevara parte de los
honorarios de Hope, tal vez le cobrase comisiones, tal vez facturase como
consultas ginecológicas las que en realidad eran sicológicas para obtener un
reembolso más rápido de las compañías de seguros... Lo que sea. La mención de
los abortos lo alteró mucho, así que probablemente los realiza en el centro. Y
puede que también aquí, para quienes pueden pagar altos precios. En tal caso, a
Cruvic no le gustaría que la cosa se supiera, y no sólo porque el aborto sea un
tema polémico, sino también porque a un paciente sometido a un tratamiento de
fertilidad puede resultarle incómodo encontrarse bajo el cuidado de alguien que
también se dedica a destruir fetos. Pero Cruvic tuvo razón al decir que el
blanco lógico de cualquier represalia hubiera sido él mismo. Y yo insisto en lo
que dije de que un asesino con motivaciones políticas habría hecho público
algún tipo de manifiesto.
Cuando llegamos a la puerta de salida, Milo dijo:
—Si se estaban acostando juntos, lo de la consultoría podría
haber sido un modo discreto de pasarle fondos a una amante.
—Ella no necesitaba esos cuarenta mil. El año pasado ganó
seiscientos de los grandes.
—Se conocieron antes de que se publicara el libro. Quizá
estuvieran enredados desde hacía años. Y Seacrest se enteró. Ya sé que es un
poco cogido por los pelos, pero recuerda las heridas en el corazón, los
genitales y la espalda. Una traición. ¿No te parece que Cruvic se apasionó
excesivamente al hablar de ella?
—Sí; pero puede que el tipo sea así, apasionado.
—Pues nuestro apasionado doctor dijo lo mismo que Seacrest: «La
cosa no tuvo nada que ver conmigo.»
—Nadie quiere verse implicado en un asesinato —dije.
Milo frunció el ceño y abrió la puerta que daba al patio. La
enfermera Anna estaba sentada a la mesa de jardín, fumando y leyendo el
periódico. Alzó la vista y nos saludó con la mano.
Milo también le entregó a ella una tarjeta. La mujer meneó la
cabeza.
—Sólo veía a la doctora Devane cuando ella venía aquí a
trabajar.
—¿Y cada cuándo era eso?
—No tenía días fijos. De vez en cuando.
—¿Tenía ella su propia llave?
—Sí.
—¿Y siempre pasaba consulta en la sala en la que estábamos
nosotros?
Anna asintió con la cabeza.
—¿Era simpática? —preguntó Milo.
Una brevísima pausa.
—Sí.
—¿Tiene algo que decimos acerca de la doctora Devane?
—No —contestó Anna—. ¿Qué les iba a decir?
Milo se encogió de hombros.
Ella hizo lo mismo, aplastó el cigarrillo, recogió su periódico
y se puso en pie.
—Se terminó el descanso. Vuelta al trabajo. Buenos días.
Anna regresó al edificio mientras nosotros recorríamos el
sendero de losas. Cuando abrimos la gran puerta que conducía a la calle, ella
aún nos observaba.
8
Milo metió la llave en el contacto, pero no la hizo girar.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Hay algo en Cruvic... —Puso el coche en marcha—. Quizá llevo
demasiado tiempo en este trabajo. ¿Sabes lo que vi esta mañana en la comisaría?
Un recién nacido muerto a mordiscos por unos perros. La madre, una muchacha
soltera de diecisiete años, estaba hecha un mar de lágrimas y decía que había
sido un accidente. Luego los detectives averiguaron que los perros estaban en
el patio del vecino, detrás de una cerca de dos metros y medio. Resulta que
mamaíta mató al niño y luego lo echó a los perros para destruir las pruebas.
—Cristo.
—Sin duda ahora la chica se hará la víctima, aparecerá en
televisión, escribirá un libro. —Sonrió torcidamente—. No creo que se me pueda
criticar por tener una visión bastante negra del mundo.
Metió la mano bajo el asiento, sacó un teléfono móvil y marcó un
número.
—Aquí Sturgis. ¿Algo nuevo? Bueno, espero.
—Mister Autopista de la Información —dije, tratando de no pensar
en la imagen del bebé descuartizado—. ¿Desde cuándo facilita teléfonos móviles
el departamento?
—La idea del departamento de una autopista de la información son
dos latas de tomate extragrandes y un gran ovillo de cordel. El aparato me lo
ha dejado Rick, él tiene uno nuevo que es una maravilla de la tecnología. No me
gusta hablar por la radio del departamento sin disponer de una banda segura, y
los teléfonos de pago son una lata. Pero también lo es solicitar reembolsos por
los canales oficiales, así que las llamadas se las apunto a Blue.
Investigaciones Blue era su trabajo extra: tareas de vigilancia
a horas intempestivas, casi todas referidas a fraudes de seguros. Mi amigo
detestaba aquel empleo y últimamente había estado rechazando los trabajos que
le ofrecían.
—Si lo que te preocupa son los reembolsos, quizá debas
facturarlos como consultas ginecológicas —dije.
Él lanzó una breve risa.
—Sí —dijo al teléfono—. Ya, ya... ¿dónde? Bien, ya sé. Gracias.
Mi amigo enfiló Civic Center en dirección oeste.
—Cindy Vespucci —la chica a la que Kenny Storm echó del coche—
acaba de contestar a mi llamada. Dentro de un cuarto de hora estará almorzando
en el Ready Burger de Westwood. Está dispuesta a hablar si nos pasamos por allí
antes de su siguiente clase.
El restaurante se encontraba en Broxton, en el borde occidental
del Village, donde las calles son angostas; caminando se llega antes que en
coche. Un letrero amarillo de plástico, una empañada vidriera, dos mesas cojas
en la acera, una de ellas ocupada por dos muchachas que bebían coca-colas con
cañitas de plástico. Ninguna de las dos nos hizo caso, y entramos en el local.
Otras tres mesas, paredes amarillas de azulejos, también empañadas. El suelo de
ladrillos estaba salpicado de pedazos de lechuga y de envoltorios de pajas. El
olor a carne frita lo llenaba todo. Un cuarteto de empleados asiáticos de
velocísimas manos cortaban, repartían, envolvían y tocaban arpegios en la caja
registradora. Una pequeña cola, formada principalmente por estudiantes, iba desde
la puerta hasta el mostrador.
Milo estudió las mesas de dentro. Los comensales que se fijaron
en él no lo hicieron por mucho tiempo. Y lo mismo ocurrió con los muchachos de
la cola.
Salimos de nuevo a la calle y Milo miró la hora. Una de las
muchachas dejó su vaso en la mesa y preguntó:
—¿Agente Sturgis?
—Sí, señorita.
—Soy Cindy.
Aunque era una universitaria de primer curso, parecía una
estudiante de escuela superior de segundo. No mediría mucho más de metro y
medio, pesaría cuarenta y dos o cuarenta y tres kilos, y era más bien bonita,
con cierto aspecto de ninfa. Cabello largo y rubio, ojos azules como el cielo,
nariz respingona y boquita de piñón. Inmediatamente me sentí protector y me
pregunté si alguna vez tendría una hija.
Llevaba una sudadera gris de la universidad, pantalones negros
ceñidos y zapatillas de deporte blancas. Junto a su silla había una bolsa con
libros. Se mordía las uñas. La muchacha que estaba con ella también era bonita
y rubia, un poco llenita. La mesa estaba llena de grasientos papeles y de
sobrecitos de ketchup y mostaza.
Milo le tendió la mano y Cindy tragó saliva y se la estrechó. La
expresión de su rostro se hizo menos resuelta. Mi amigo se inclinó sobre ella
y, con voz suave, dijo:
—Encantado de conocerte, Cindy. Te agradezco mucho que hayas
aceptado hablar con nosotros.
—No tiene importancia. —La muchacha miró a su amiga y le dirigió
una inclinación. La chica llenita nos dirigió una mirada y, luego, se puso en
pie y se echó el bolso al hombro.
—¿Cin?
—Estoy bien, Deb. Nos vemos a las dos.
Deb asintió con la cabeza y echó a andar calle arriba. Antes de
cruzar la calzada y entrar en una tienda de discos, se volvió un par de veces a
mirarnos.
Cindy preguntó:
—¿Quieren que hablemos aquí?
—Como prefieras.
—Pues... Seguro que alguien quiere usar la mesa.
¿Qué tal si caminamos?
—De acuerdo.
Agarró su bolsa de libros, se echó el pelo para atrás y sonrió
tan forzadamente que, haciéndolo, debió de quemar unas cuantas calorías.
Milo le devolvió la sonrisa. Cindy volvió la vista hacia mí.
—Este es Alex Delaware.
—Hola. —Me tendió la mano. La estreché y recibí el débil apretón
de unos dedos gélidos y casi infantiles.
Los tres nos dirigimos hacia la izquierda de la manzana. Al otro
lado de la calle había una gran extensión asfaltada: uno de los
estacionamientos universitarios situados fuera del campus y atendidos por
pequeños microbuses. Un autobús azul con el motor al ralentí estaba detenido
cerca de la entrada. Había miles de puestos, todos ellos ocupados.
Milo propuso.
—¿Paseamos por aquí? Esto parece bastante tranquilo. Cindy, tras
pensárselo, asintió con la cabeza. Tenía los labios crispados y las manos
fuertemente entrelazadas.
Entrando en el estacionamiento, la joven dijo:
—Cuando era pequeña, a la escuela vino un policía y nos dijo que
no debíamos salir corriendo por entre los coches estacionados.
—Buen consejo —dijo Milo—. Miremos bien a los dos lados.
La risa de Cindy fue algo forzada.
Tras caminar un rato, Milo comentó:
—Supongo que sabes por qué nos interesa hablar
contigo, Cindy.
—Claro. Por lo de la profesora Devane. Ella era... Lamento de
veras lo que le sucedió, pero no tuvo nada que ver ni con Kenny ni conmigo.
—Estoy seguro de que así es, pero debemos
comprobarlo todo. De pronto, los ojos de la muchacha se
animaron. —Habla usted como en las películas de la tele. —Sí, sólo que esto es
la realidad. Cindy miró a Milo y luego a mí. —Nunca había conocido a un
auténtico detective. —Somos fantásticos. Estamos a mitad de camino
entre el Pulitzer y el Nobel. La joven lo miró con fruncido
ceño. —Es usted gracioso. ¿Qué quiere que le diga de la
profesora Devane? —Háblanos de tu experiencia ante el Comité de
Comportamiento interpersonal. La fina boca se torció. Milo dijo:
—Supongo que te es difícil hablar de ello; pero... —No, no tan difícil. Ya no.
Es agua pasada. Kenny y
yo hemos arreglado nuestras diferencias. Seguimos caminando.
Unos pasos más tarde, la muchacha siguió:
—En realidad, estamos saliendo juntos.
Milo enarcó las cejas.
—Quizá a usted le parezca raro, pero a nosotros nos va bien.
Supongo que entre los dos existía algún tipo de... no sé, de química. Puede que
eso fuera lo que causó nuestras diferencias iniciales. De todas maneras, ya
está todo arreglado.
—Así que Kenny sabe que estás hablando con nosotros.
—Claro. En realidad, fue él... —La muchacha se interrumpió.
—¿Él te pidió que lo hicieras?
—No, no. Pero como yo estoy aquí en la ciudad, y él se ha ido a
San Diego, pensamos que yo podía aclarar las cosas por los dos.
—Muy bien —dijo Milo—. ¿Qué hay que aclarar? Cindy se cambió al
otro hombro la bolsa de libros.
—En realidad, nada. —Su voz se había hecho más aguda—. Al poner
la queja cometí un error. No debí armar tanto lío; pero había complicaciones.
Entre Kenny y yo... es una larga historia que, a decir verdad, no hace al caso.
—¿Lo de tu madre y su padre? —apunté.
Ella me miró.
—Así que eso también salió a relucir.
—Las sesiones se transcribieron —explicó Milo.
—Vaya. Fantástico. —La muchacha parecía a punto de llorar—.
Pensaba que todo había sido confidencial.
—Un asesinato hace que las cosas cambien, Cindy. Pero nos
esforzamos por evitar que nuestras averiguaciones trasciendan.
Ella suspiró y meneó la cabeza.
—¿Hasta qué punto se aireará lo nuestro?
—Si no guarda relación con la muerte de la profesora Devane,
esperamos que no haya que mencionarlo siquiera.
—No tuvo nada que ver. Al menos, lo mío y lo de Kenny no lo
tuvo. —Se golpeó el pecho—. ¡Dios, pero qué idiota fui dejándome llevar!
—Leyendo lo transcrito, da la sensación de que tu queja contra
Kenny podía estar justificada —dije.
—Bueno, pues no era así. Ya les he dicho que se trata de algo
complicado. Sí, a causa de nuestros padres. No es que mamá me pidiera que... la
defendiese. Simplemente, hubo ciertas cosas que interpreté mal. Eso es todo. No
es que Kenny se portara impecablemente, pero no es ningún salvaje. Pudimos
haber arreglado nuestras diferencias. La prueba es que lo hemos hecho.
Volvió a cambiarse la bolsa de hombro.
Milo dijo:
—Me ofrecería a llevártela, pero, probablemente, eso no sea
políticamente correcto.
Ella pareció ir a decir algo, pero cambió de lado y, mirando
sesgadamente a mi amigo, le entregó la bolsa, que entre las manazas de Milo
parecía una fiambrera.
Irguiendo los hombros, Cindy se volvió para mirar hacia el
Village mientras continuábamos paseando por entre los coches estacionados.
—¿Vamos a tardar mucho?
—No, no mucho. ¿Qué tal se llevan tu madre y el padre de Kenny?
—Bien.
—¿Han vuelto a salir?
—¡No! Sólo son amigos. Gracias a Dios. Eso resultaría...
incestuoso. Ahí radicó gran parte del problema inicial. Kenny y yo no nos dimos
cuenta de lo complicadas que eran las cosas. Además, su madre murió hace un año
y él aún no se ha repuesto.
—¿Qué me dices de que te echara del coche?
Cindy se detuvo.
—Por favor, detective: si hubiera sido víctima de acoso o malos
tratos, me habría dado cuenta.
Milo no respondió.
Ella siguió:
—Aquella noche, él... Fue una estupidez. Dije que quería
bajarme, él me abrió la portezuela y al salir tropecé y caí. Se rió, pero con
cara de funeral.
—Me sentí como una perfecta idiota. Debemos tratar de
comunicamos mejor, eso es todo. Y la demostración la tiene ante sus ojos: nos
va muy bien.
—Eres buena estudiante, ¿no, Cindy?
La muchacha se sonrojó.
—Hago lo que puedo.
—¿Promedio de sobresaliente?
—Hasta ahora, pero sólo llevamos dos trimestres.
—Kenny no es un gran estudiante, ¿verdad?
—¡Es inteligentísimo! —Se humedeció los labios—. Lo único que le
ocurre es que necesita una motivación.
—Motivación.
—Exacto. La gente se mueve a ritmos distintos. Yo siempre he
tenido claro lo que deseo ser.
—¿Qué deseas ser?
—Sicóloga o abogada. Quiero trabajar por los derechos de los
niños.
—Bueno —dijo Milo—, no nos vendría mal tener a más gente
ocupándose de eso.
Seguimos caminando por entre los vehículos. Uno de los coches
abandonó su puesto, conducido por una muchacha no mucho mayor que Cindy.
Esperamos a que se alejase.
—Así que Kenny está en San Diego —dijo Milo—. Creí que se
encontraba en la Universidad de Palms, en Redlands. Ella negó con la cabeza.
—Al final decidió que no.
—¿Por qué?
—Necesita serenarse.
—O sea que Kenny no está siguiendo sus estudios en San Diego.
—Todavía no. Está trabajando en prácticas en una empresa
inmobiliaria de La Jolla. Amigos de su padre. Por ahora parece contento. Es
buen vendedor. Sabe convencer a la gente.
—Seguro que sí.
Cindy se detuvo de nuevo y miró vivamente a mi amigo.
—¡A mí no me convenció de nada, si es eso lo que sugiere! ¡No
soy ninguna estúpida, y nunca aceptaría una relación que no estuviese basada en
la igualdad!
—¿Qué entiendes por igualdad, Cindy?
—Equilibrio. Juego limpio emocional.
—De acuerdoe. Lamento si te he ofendido. —Mi amigo se rascó la
barbilla. Habíamos llegado al extremo del estacionamiento. Tras la cerca
crecían altos árboles que eran agitados por la suave brisa.
Cindy dijo:
—Las cosas, entre Kenny y yo, van bien. Sólo he accedido a
hablar con usted porque deseaba comportarme como es debido. El asesinato de la
profesora Devane fue horrible, pero realmente está usted perdiendo el tiempo
conmigo. La profesora no constituía una parte significativa de mi vida. Ni de
la de Kenny. El sólo la vio en esa ocasión y yo sólo asistí a su clase un par
de veces antes de presentar la queja. Era una mujer agradable, pero yo nunca,
ni al principio, las tuve todas conmigo. En cuanto entré en aquella sala, me di
cuenta de que había cometido un error.
—¿Por qué?
—Por la forma como estaba montado: los tres sentados a aquella
larga mesa. Grabadora, bolígrafos y papel. Tenía un aire... inquisitorial. Nada
que ver con lo que la profesora Devane me había dado a entender... Mire, lo
siento, ya sé que ella está muerta, y le aseguro que yo la admiraba muchísimo,
pero la verdad es que actuó de modo engañoso.
—¿A qué te refieres?
—Por lo que ella dijo, yo esperaba que fuese una especie de
sesión conjunta. Todo el mundo manifestaría sus sentimientos e intentaría sacar
una conclusión. Una especie de grupo de debate. En cuanto vi aquella mesa, me
di cuenta que las cosas iban mal. Kenny dijo que deberían haber puesto velas
negras, y tenía razón. Lo que deseaban era someter a juicio a los varones.
—¿A qué clases de la profesora Devane asististe?
—Roles sexuales y desarrollo personal. Ni siquiera estaba
matriculada, pero unas amigas de la fraternidad asistían a aquellas clases y no
dejaban de decirle a todo el mundo lo fantásticas que eran. Que estaban
aprendiendo todos los secretos sobre la diferenciación sexual y el
comportamiento humano. Todos los secretos sobre los hombres. Como los martes
tenía un hueco en mi horario, decidí asistir.
—¿Era la profesora Devane buena maestra?
—Fantástica. Amenísima. Daba su clase en el Morton Hall 100, una
sala inmensa con capacidad para más de seiscientas personas. Pero tuve la
sensación de que me hablaba a mí directamente. Lo cual es muy raro, puede
creerme, en especial en las clases de primer año; en ellas, muchos de los
miembros de la facultad prácticamente sestean.
—A todo le ponía su toque personal —dije—. Eso fue lo que hizo
en televisión.
—Exacto. Y dominaba su materia. Era una conferenciante
excepcional.
—¿Y fuiste a sus clases dos o tres veces? —dijo Milo.
—Sí.
—¿Cómo fue lo de presentar la queja contra Kenny?
—La cosa... el incidente... fue un lunes por la noche, y el
martes, cuando llegué al aula, seguía muy trastornada. —Se humedeció los labios
con la punta de la lengua—. La profesora Devane estaba hablando sobre la
violencia doméstica y yo comencé a tener la sensación de que había sido víctima
de ella. Fue una de esas tonterías que una hace cuando se encuentra bajo
fuertes tensiones. Acudí a verla después de clase, y le dije que tenía un
problema. Me llevó a su oficina, me escuchó y me preparó un té. Me eché a
llorar y ella me dio un pañuelo. Luego, cuando me calmé, me dijo que tal vez
tuviera la solución para mi problema. Fue entonces cuando me habló del comité.
—¿Qué te dijo?
—Que era algo nuevo y de gran importancia para la defensa de los
derechos de la mujer en el campus. Me dijo que yo podía desempeñar un papel muy
significativo en la batalla contra la indefensión femenina.
Cindy miró la bolsa de libros.
—Yo tenía mis dudas, pero ella mostraba tanto interés... Déme la
bolsa, yo la llevaré.
—No te preocupes —dijo Milo—. ¿Piensas que la profesora Devane
te engañó?
—No, no creo que fuera un engaño premeditado. Quizá simplemente
oí lo que quise oír porque estaba muy trastornada.
—Yo creo que tenías buenas razones para estarlo, Cindy —dije—.
Volver caminando al campus sola y de noche debió de darte bastante miedo.
—Mucho. Se escuchan tantas historias...
—¿Sobre asesinatos?
Ella asintió con la cabeza.
—De sicópatas que merodean por las colinas... Mire lo que le
sucedió a la profesora Devane.
Milo preguntó:
—¿Crees que la mató un sicópata?
—No sé, pero una compañera de fraternidad que trabaja en el
periódico estudiantil fue a hacer unos trabajos de documentación en la
comisaría de policía del campus. Le dijeron que hay montones de violaciones
consumadas y frustradas que nunca aparecen en las noticias. Y allí me
encontraba yo, en la más completa oscuridad. Tuve que regresar casi a tientas.
—No debió de tener ninguna gracia.
—Ninguna en absoluto. —De pronto se echó a llorar y se cubrió la
cara con las manos.
Milo se cambió la bolsa de una mano a la otra, como si fuera una
pelota.
—Lo siento —dijo la muchacha secándose los ojos con los dedos.
—No hay nada que sentir —replicó él.
—Pues crea que yo siento muchísimas cosas. Quizá incluso estar
hablando con usted. Porque, total... ¿para qué? La vida universitaria ya es
bastante complicada sin toda esta mier... sin todos estos líos. —Se secó de
nuevo los ojos—. Disculpe mi léxico. Nunca pensé que fueran a asesinar a una
conocida mía.
Milo sacó de un bolsillo un pequeño paquete de plástico y le entregó
a Cindy un pañuelo de celulosa. ¿Acaso mi amigo esperaba las lágrimas?
Ella lo tomó y se secó con él. Luego, tras mirar a su alrededor,
dijo:
—¿Puedo irme ya? A las dos tengo una clase en el campus norte, y
dejé la bici en Gayley.
—Sólo otro par de preguntas. ¿Qué piensas de los demás miembros
del comité?
—¿A qué se refiere?
—¿También ellos se mostraron inquisitoriales?
—Él, sí... El tipo, el estudiante graduado... No recuerdo cómo
se llama.
—Casey Locking.
—Sí, supongo que sí. Él lo tenía claro. Se sabía bien su papel.
—¿Qué papel?
—El de Mister Feminista. Probablemente, quería hacerle la pelota
a la profesora Devane. Me pareció uno de esos tipos que intentan demostrar lo
poco machistas que son desacreditando a los demás hombres.
De pronto la muchacha sonrió.
—¿Qué pasa, Cindy?
—Lo más gracioso es que cuando él y Kenny se acaloraron, la
pelea fue típicamente masculina, y perdone. Locking trataba de no ser sexista,
pero su estilo seguía siendo de macho: hostil, agresivo, competitivo. Quizá
ciertas cosas no se puedan cambiar. Quizá deberíamos aprender a aceptarnos tal
como somos.
—Siempre y cuando el fuerte no machaque al débil —dijo Milo.
—Sí, claro. Nadie tiene vocación de víctima.
—La profesora Devane fue una víctima.
Cindy miró fijamente a mi amigo. Bajo uno de sus ojos seguía
habiendo una huella húmeda.
—Lo sé. Es terrible. Pero... ¿qué puedo hacer?
—Justo lo que haces, Cindy. ¿Qué me dices de la otra mujer del
comité, la profesora Steinberger?
—Se portó bien. En realidad, no dijo mucho. Estaba muy claro que
aquél era el circo de la profesora Devane. Me dio la sensación de que, de algún
modo, la profesora Devane se tomaba la cosa a título personal.
—¿Por qué lo dices?
—Porque luego, cuando dije que deseaba olvidar el asunto, ella
me dijo que no debía retractarme, que ella me apoyaría en todo y hasta el
final. Y cuando dije que no, la profesora Devane se mostró fría, distante. Como
si yo le hubiese fallado. Yo me sentía horrorosamente mal, y lo único que
deseaba era salir de allí y volver a ser la de siempre.
—¿Tuviste algún contacto con ella después de eso?
—La profesora me llamó en una ocasión a la fraternidad. Fue muy
amable, sólo quería saber qué tal me iba. También se ofreció a mandarme una
lista de libros que podían venirme bien.
—¿Libros feministas?
—Supongo. No le hice mucho caso. Más o menos, la corté.
—¿Porque no confiabas en ella?
—Usaba muy buenas palabras, pero yo ya había tenido suficiente.
—¿Y Kenny?
—¿Qué pasa con él?
—¿La profesora Devane también lo llamó?
—Que yo sepa, no. Mejor dicho: estoy segura de que no lo hizo,
porque él me lo habría comentado. Kenny... —La muchacha se interrumpió.
—Kenny, ¿qué?
—Nada.
—¿Qué ibas a decir?
—Nada. Simplemente, que Kenny no mencionó que ella lo hubiese
llamado.
—¿Ibas a decir que Kenny la odiaba?
Cindy apartó la mirada.
—Supongo que, si ha leído usted las transcripciones, eso no le
sorprenderá mucho. No, a Kenny esa mujer no le gustaba nada. Dijo que era
una... que era una manipuladora. Y una feminista radical. Kenny, políticamente,
es más bien conservador. Y no lo culpo por sentirse maltratado. Antes de lo del
comité, ya estaba teniendo serios problemas en la universidad, e incluso se
había planteado pedir el traslado. El comité fue la última gota.
—¿Culpaba a la profesora Devane de que él tuviera que cambiar de
universidad?
—No, estaba harto de todo.
—¿De la vida en general? —pregunté—. ¿O de algo específico?
Ella alzó la vista, alarmada.
—Comprendo a qué se refiere; pero es ridículo. Kenny no le hizo
nada. Él no es de ésos. Además, la noche en que la profesora Devane fue
asesinada, él ni siquiera estaba en Los Angeles. Kenny reside ahora en San
Diego y sólo viene aquí los fines de semana, para verme. Está esforzándose por
poner su vida en orden... Sólo tiene diecinueve años.
—¿Viene todas las semanas? —preguntó Milo.
—No, casi todas. Además, a ella la mataron un lunes, y Kenny los
lunes no viene por la ciudad.
Milo la miró y sonrió.
—Parece que has estudiado a fondo su horario.
—Sólo se me ocurrió hacerlo después de que usted me llamó. Nos
llevamos una gran sorpresa, y luego supusimos que se había enterado usted de lo
del comité y nos llevamos las manos a la cabeza. Usted ya conoce el sistema.
Las cosas se embarullan y hay gente que sale malparada. Quiero decir que es
absurdo que se nos relacione con lo sucedido. Básicamente, seguimos siendo
niños. La última vez que tuve algo que ver con la policía fue cuando un agente
vino a clase y nos previno sobre los coches estacionados. —La muchacha, tras
una pausa, sonrió y siguió—: Ese policía tenía un loro. Un loro parlanchín.
Decía cosas como «¡Alto, está usted arrestado!» y «Tiene derecho a permanecer
en silencio». Creo que el policía llamaba al animal Agente Squawk o algo así.
Deme la bolsa, ya la cojo yo.
Milo se la entregó.
—Necesito olvidarme de todo esto, detective Sturgis. Debo
concentrarme en mis estudios, porque mi madre hace muchos sacrificios por mí.
Por eso no fui a una universidad privada. Así que, por favor...
—No te preocupes, Cindy. Gracias por atenderme. —Mi amigo
entregó una tarjeta a la muchacha.
—Robos-homicidios —dijo, estremeciéndose—. ¿Para qué me da esto?
—Por si recuerdas algo.
—No hay nada que recordar, créame. —Puso cara de angustia y
pensé que iba a echarse a llorar de nuevo.
Pero al fin dijo—: Gracias. —Y, tras ello, se alejó.
—Pobrecilla —dijo Milo—. De lo que le dan a uno ganas es de
ponerle delante un tazón de leche y unas galletas y de decirle que su príncipe
azul no tardará en aparecer, y que será un tipo sin antecedentes policiales.
—Me parece que ella cree haber encontrado ya a su príncipe azul.
Mi amigo meneó la cabeza.
—Esa muchacha tiene complejo de culpabilidad, ¿no te parece?
—Pues sí. Se culpa por lo ocurrido entre ella y Kenny Storm, y
se culpa también por presentar la queja.
—Storm —dijo Milo—. Una chica brillante como Cindy encaprichada
del último de la clase. ¿A qué lo atribuyes? ¿Baja autoestima?
—¿Te interesa más Storm ahora que antes?
—¿Por qué?
—Su carrera académica no ha ido bien. Lo cual significa que
nunca llegó a recibir la asignación de la universidad. Lo cual significa que el
muchacho podría sentirse furioso y lleno de rencor.
—Y tal vez ella esté dispuesta a mentir para favorecerlo. Quizá,
pese a lo que Cindy dijo, el muchacho se quedó un fin de semana en la ciudad.
—Pudo coger prestada la bicicleta de Cindy —apunté—.O quizá él
tenga su propia bici.
—Ni él ni su padre han devuelto las llamadas que les hice... Así
que ahora el chico trabaja en una inmobiliaria de La Jolla. No creo que nos
resulte difícil averiguar el nombre de la compañía, ver si su coartada encaja.
—Alzando la vista al cielo, mi amigo dijo—: La pequeña Cindy. Parece una
chiquilla de catorce años, pero habla como una adulta. En fin... La muchacha
que arrojó a su bebé a los perros también parecía adorable.
9
Abandonamos en coche el Village, bordeando la parte oriental del
campus y atravesando Sorority Row. Se veía a estudiantes haciendo footing,
caminando y paseando ociosamente. Las espinosas puntas de los cactus del Jardín
Botánico asomaban por encima de la verja, como una medida de seguridad
suplementaria.
Comenté:
—Parece ir tomando cuerpo una cierta imagen de Hope. Brillante,
carismática, hábil en el trato personal. Pero capaz de alterar las normas
cuando le convenía y, por lo que ha contado Cindy, capaz también de cambiar de
bando con rapidez. Eso es coherente con las pequeñas cajas.
Unos novios risueños cogidos de la mano, más o menos de la edad
de Kenny y Cindy, cruzaron la calle ante nosotros enfrascados en ellos mismos.
Milo tuvo que dar un frenazo. Ellos siguieron caminando, como si nada.
—Ah, el amor —dije.
—El amor, o demasiados años martirizándose los oídos con el
walkman y los video-juegos. Bueno, te dejaré en tu casa.
—¿Por qué no me dejas aquí mismo e intento ver a la profesora
Steinberger?
—¿La que apenas abrió la boca?
—A veces las personas que más callan son las que más tienen que
decir.
—Muy bien. —Detuvo el coche en las proximidades de una parada de
autobús, en cuyo banco estaban sentadas dos mujeres hispanas con uniformes de
criadas que nos miraron fijamente antes de seguir su charla.
—¿Luego volverás andando a tu casa?
—Claro, sólo son tres kilómetros.
—Eso es un maratón... Escucha, si dispones de tiempo y te
apetece, quisiera que hablaras con los demás estudiantes que tuvieron que ver
con el comité. Quizá tú no los asustes como yo asusté a Cindy.
—Yo creo que con ella llevaste la cosa muy bien.
Él frunció el ceño.
—Quizá debí venir con un loro. ¿Te animas a interrogar a los
estudiantes?
—¿Cómo los localizo?
Mi amigo se volvió hacia el asiento trasero, agarró su maletín y
se lo puso sobre las piernas. Sacó una hoja de papel, y me la entregó.
Eran fotocopias de varias fichas estudiantiles con fotos y de
los horarios de clases. Las reproducciones eran oscuras y emborronadas, y
convertían a Cindy Vespucci en morena. Kenneth Storm era mofletudo, tenía el
cabello corto y un rictus de tristeza en la boca, y eso era cuanto se podía
decir acerca de él.
Doblé la hoja y me la guardé.
—¿Cómo me recomiendas que me presente?
Tras breve reflexión, mi amigo replicó:
—Creo que será mejor que les cuentes la verdad. Diles cualquier
cosa que los anime a hablar. Probablemente, contigo se entenderán mejor, porque
tú eres profesor y todo eso.
—Quizá no —dije—. Recuerda que son los profesores quienes los
suspenden.
La alta y blanca torre de sicología se encontraba en el borde
exterior del sector de ciencias —quizá esto fuese algo más que un mero
accidente arquitectónico— y el cubo de ladrillos que albergaba la Facultad de
Química era el edificio contiguo.
Hacía mucho que yo no entraba en el pabellón de química. La
última vez fue sólo para seguir un curso de sicopatología avanzada en una clase
que no era la mía; en mis tiempos estudiantiles, sicología era una de las
carreras más populares de la universidad, y las aulas rebosaban de jóvenes
tratando de comprenderse a ellos mismos. Veinte años más tarde, el miedo al
futuro era el factor dominante, y empresariales la carrera más buscada.
El edificio de química seguía impregnado del acre olor del ácido
acético, y las paredes seguían siendo de color verde dentífrico, aunque quizá
estuvieran algo más sucias que en mi época. No se veía a nadie, pero escuché
ruidos tras una puerta en la que se leía: LABORATORIO.
En el directorio aparecían dos Steinberger, Gerald y Julia,
ambos con despachos en el tercer piso. Subí por las escaleras y localicé el de
Julia.
La puerta se encontraba abierta. La profesora estaba sentada a
su escritorio, corrigiendo exámenes con una emisora que emitía rock suave
sintonizada en el aparato de radio. Era una mujer de aspecto agradable, como de
treinta años. Vestía suéter negro, camisa blanca y pantalones grises de lana.
En torno al cuello llevaba un collar de ámbar y plata antigua que parecía
árabe. Tenía los hombros cuadrados, rostro serio, barbilla puntiaguda, y la
boca serena pintada de rosa. El reluciente cabello castaño le llegaba hasta los
hombros y el flequillo le caía justo por encima de las elegantes cejas. Tenía
los ojos grises, claros y serenos. Eran hermosos y la hacían parecer hermosa.
Anotó algo en un papel y lo dejó a un lado.
—¿Qué desea?
Le expliqué quién era, intentando sin éxito que mi presencia
allí resultara lógica, y añadí que deseaba hablar de Hope Devane.
—Ah. —Intrigada—. ¿Me permite ver su identificación? —Voz
agradable. Acento de Chicago.
Le mostré la placa. Ella estudió mi nombre durante un buen
momento.
—Por favor —dijo, devolviéndome la placa. Luego señaló una
silla.
Aunque atestado, el despacho olía a bien aireado. Los muebles
metálicos grises de la universidad resultaban un poco tristes, pero los
animaban los colgantes batik que pendían de las paredes y las muñecas de
artesanía popular repartidas entre los libros de la biblioteca. La radio estaba
colocada en la repisa de la ventana, tras el escritorio, junto a un tiesto con
una planta. Alguien cantaba las alabanzas a la libertad que sólo el amor
depara.
Los exámenes formaban un montón bastante alto. El que la mujer
acababa de dejar a un lado estaba lleno de pequeñas marcas y de signos de
interrogación en rojo. Lo había calificado con notable. Al advertir que yo lo
miraba, ella lo cubrió con un cuaderno y apartó el montón en el momento en que
sonaba el teléfono.
—Hola —dijo—. Pues no, aún no. —Me echó una mirada—. En quince
minutos me reúno contigo. —Una bonita sonrisa y un leve rubor—. Yo, también.
La mujer colgó, se apartó del escritorio y reposó las manos
sobre el regazo.
—Era mi marido, que está abajo. Solemos almorzar juntos.
—Si éste es un mal momento...
—No, no. Él también tiene cosas que hacer y no creo que esto nos
lleve mucho tiempo. Bueno, explíquemelo otra vez, porque sigo intrigada.
Pertenece usted a la facultad, pero trabaja con el Departamento de Policía en
el esclarecimiento del asesinato de Hope, ¿no?
—Pertenezco a la Facultad de Medicina del otro extremo de la
ciudad. He realizado algunos trabajos forenses y de vez en cuando la policía
recurre a mí como consultor. El asesinato de Hope Devane es lo que ellos llaman
un «caso no resuelto». No existen pistas y el nuevo detective que se ocupa del
caso ha decidido partir de cero. La verdad es que han recurrido a mí porque ya
no saben qué hacer.
—Así que pertenece usted a la otra facultad. —Sonrió—. ¿Es usted
el enemigo?
—Me doctoré aquí, así que el mío es más bien un caso de
lealtades divididas.
—¿Y cómo se las arregla en los partidos de fútbol?
—No les presto atención.
Ella se echó a reír.
—Yo tampoco. Desde que llegamos aquí, Gerry, mi esposo, se ha
convertido en un fanático del fútbol. Antes trabajábamos para la Universidad de
Chicago que, puede creerme, no es exactamente el paraíso de los deportistas. De
todas maneras, me alegro de que la policía siga investigando el asesinato de
Hope. Pensé que habían tirado la toalla.
—¿Por qué?
—Porque a la semana del asesinato los medios dejaron de
mencionarlo. ¿Es cierto que cuanto más se tarda en resolver un caso menos
posibilidades hay de éxito?
—Sí, suele ser así.
—¿Cómo se llama el nuevo detective?
Se lo dije y ella anotó el nombre.
—¿Significa algo el hecho de que el detective Sturgis haya
decidido no venir personalmente?
—Eso se debe a una mezcla de estrategia y de falta de tiempo
—expliqué—. El trabaja en el caso sin ayudantes, y hasta ahora no ha tenido
suerte con los miembros de la facultad a los que ha interrogado.
—¿Por qué?
—Lo tratan como si fuese un neandertal.
—¿Lo es?
—En absoluto.
—Bueno —dijo ella—, supongo que como grupo, tendemos a
mostrarnos intolerantes. Aunque, en realidad no formamos un grupo. Lo único que
la mayoría de nosotros tenemos en común es la paciencia para soportar
veintitantos años dando clase. Hope y yo somos excelentes ejemplos de ello, así
que no veo cómo voy a poder ayudarlo.
—Ella la conocía a usted lo bastante como para pedirle que
formara parte del Comité de Comportamiento interpersonal.
Dejó la pluma sobre el escritorio.
—El comité. Imaginaba que se trataba de eso. La verdad es que
cuando me pidió que colaborase en el proyecto habíamos hablado unas cuantas
veces, pero distábamos de ser amigas. ¿Qué sabe la policía acerca del comité?
—Está al corriente de su historia y del hecho de que fue
disuelto. Conoce también las transcripciones de los tres casos que se vieron.
Me di cuenta de que usted no participó en el tercero.
—Eso se debió a que dimití —dijo ella—. Ahora es evidente que la
cosa fue un error desde el principio, pero yo tardé un tiempo en darme cuenta.
—Un error, ¿en qué sentido?
—Creo que las intenciones de Hope eran buenas, pero... se pasó.
Yo pensaba que el comité serviría para resolver conflictos, no para crearlos.
—¿Le expuso usted su preocupación a la profesora Devane?
Ella crispó los labios y alzó la vista al techo.
—No. Hope era una persona muy compleja.
—¿Cree que no le habría hecho caso?
—Pues no lo sé. La verdad es que... no quiero hablar mal de los
muertos. Digamos simplemente que Hope era muy obstinada.
—¿Obsesiva?
—En lo referente a los malos tratos a las mujeres, desde luego.
Lo cual, a mí, me parece muy bien.
Alzó la pluma y se golpeó una rodilla con ella.
—A veces la pasión deforma las cosas. Hasta tal punto, y esto
pertenece más al terreno de usted que al mío, que muchas veces me pregunté si
Hope no tendría una historia personal de malos tratos que le hacía perder la
ecuanimidad académica.
«La que apenas habló.»
—¿Lo sospechaba debido a la pasión con que la profesora Devane
se tomaba los casos?
Ella se removió en la butaca, se mordió el labio inferior e hizo
un gesto de asentimiento. Luego se puso un índice contra la suave mejilla.
—Debo admitir que no me resulta cómodo sugerir eso, ya que no es
mi intención trivializar la actitud de Hope ni reducirla a un asunto de
venganza personal. Yo soy fisioquímica, lo cual no puede estar más lejos del
sicoanálisis.
Echó el sillón para atrás, de modo que su cabeza quedó a sólo
centímetros de los estantes. Junto a su oído izquierdo colgaban la piernas de
una muñeca de trapo. La profesora la cogió, se la puso en el regazo, y comenzó
a juguetear con su cabellera de estambre.
—Quiero que sepa que tenía una excelente opinión de ella. Era
una mujer brillante y que se tomaba muy en serio sus ideales. Lo cual es menos
frecuente de lo que debiera... Como probablemente la cosa seguirá saliendo a
relucir, quizá deba explicarle cómo llegué a formar parte del comité.
—Sí, se lo agradeceré.
La profesora Steinberger tomó aliento y acarició la muñeca.
—La primera carrera que empecé fue la de medicina, y durante mi
primer año trabajé como voluntaria en un refugio para mujeres maltratadas del
South Side de Chicago. Lo hice para conseguir buenas calificaciones en la
facultad y también porque mi padre y mi madre son médicos y liberales de la
vieja escuela, y ellos me inculcaron que ayudar a los demás es una de las cosas
más nobles de la vida. Pensaba que estaba al tanto de todo lo que ocurría, pero
el refugio me abrió los ojos a un mundo nuevo y horrible. Sinceramente: me
sentí aterrada. Ése fue uno de los motivos de mi cambio de carrera.
Separó con los dedos los cabellos de la muñeca.
—Las mujeres con las que trabajé, las que habían superado la
fase de temor y de autoengaño y eran conscientes de lo que tratábamos de hacer
con ellas, tenían la misma expresión que yo veía a veces en el rostro de Hope.
Una mezcla de dolor y rabia que casi parecía ferocidad. En el caso de Hope era
algo que estaba en completa discrepancia con su actitud habitual.
—¿Qué actitud?
—Fría y sosegada. Muy fría y muy sosegada.
—Controlada.
—Muchísimo. Era una líder, y poseía una gran fuerza personal.
Pero cuando hablábamos de los malos tratos, aparecía esa expresión en sus ojos.
No siempre, pero con la suficiente frecuencia como para hacerme recordar a las
mujeres del refugio. —Sonrió casi con timidez—. Quizá esté exagerando
—reconoció.
—¿Le pidió a usted que formara parte del comité debido a su
experiencia en el refugio?
Ella movió afirmativamente la cabeza.
—Nos conocimos en un té de la facultad, en una de esas
antipáticas reuniones de principios del curso académico en las que se supone
que todos traban conocimiento con todos. Mientras Gerry hablaba de fútbol con
unos hombres, Hope se acercó a mí. Ella también estaba sola.
—¿Su marido no la acompañaba?
—No. Me dijo que él nunca iba a fiestas. Ella, desde luego, no
me conocía de nada, porque nosotros acabábamos de llegar. Yo, aunque ignoraba
su identidad, ya me había fijado en ella debido a su aspecto. Costoso vestido
de alta costura, buenas joyas, excelente maquillaje. Se parecía a ciertas
mujeres de Lake Forest que yo conocía, ricas herederas todas ellas. No se ve a
mucha gente así en el campus. Comenzamos a charlar, y le hablé del refugio.
Jugueteó con la muñeca y la cabeza de ésta cayó hacia adelante.
—Lo más curioso es que, durante años, no había hablado de
aquello con nadie. Ni siquiera con mi marido. —Una sonrisa—. Como ya se habrá
dado usted cuenta, no me cuesta demasiado trabajo hablar. Pero allí estaba yo,
en una fiesta, con una mujer que era prácticamente una desconocida, conversando
de cosas horrendas que ya casi había olvidado. Incluso tuve que retirarme a un
rincón para secarme los ojos. Viéndolo en retrospectiva, creo que Hope me
indujo a recordar lo del refugio.
—¿Cómo?
—Sabía escuchar. Creo que los sicólogos lo llaman «escucha
activa», ¿no? —Sonrió de nuevo—. Usted mismo está empleando ahora esa técnica.
Eso es algo que también aprendí en el refugio. Supongo que cualquiera puede
aprender los rudimentos, pero los auténticos virtuosos escasean.
—Y Hope lo era.
Ella se rió.
—Ahí lo tiene, vuelve usted a hacerlo, me devuelve las
preguntas. Es algo que funciona incluso cuando el interrogado sabe lo que está
ocurriendo, ¿no?
Sonreí, me froté el mentón y, con voz teatral, dije:
—Con usted parece que resulta eficaz, ¿no?
Rió de nuevo, se puso en pie y fue a cerrar la puerta. Tenía
buena figura, era más alta de lo que me había parecido: metro setenta o metro
setenta y dos, y sus piernas eran larguísimas.
—Sí —dijo, sentándose de nuevo y cruzándolas—. Hope dominaba el
arte de escuchar. Tenía el don de... acercarse. No sólo emocionalmente, sino
también en el sentido literal de la palabra. Aunque sin parecer entrometida.
Hacía que una se sintiera la persona más importante del mundo.
—Carisma y pasión.
—Sí. Como una buena predicadora.
Descruzó las piernas.
—Esto debe de resultarle extraño —dijo—. Primero le digo que
apenas la traté y luego hablo de ella como si la conociese a fondo. Pero cuanto
le he dicho no son más que sensaciones. Hope y yo nunca llegamos a intimar,
aunque al principio pensé que ella deseaba una amiga.
—¿Por qué?
—Al día siguiente del té, me llamó para decirme que le había
encantado conocerme y me propuso tomar café con ella en el club de la facultad.
La invitación produjo en mí sentimientos encontrados. Hope me agradaba, pero no
quería hablar de nuevo sobre el refugio. Pese a todo, acepté. Decidida a
mantener la boca cerrada. —La muñeca se estremeció entre sus manos—.
Increíblemente, terminé hablando otra vez del refugio. De los peores casos que
había visto: mujeres que habían sido bestial e incomprensiblemente maltratadas.
Fue entonces cuando detecté por primera vez la expresión de ferocidad en los
ojos de Hope.
Miró la muñeca y volvió a dejarla en el estante. —No creo que
esto le sirva a usted de nada —dijo.
—Quién sabe, tal vez sí.
—¿Cómo?
—Son cosas que ilustran la personalidad de la profesora Devane
—dije—. En estos momentos, poco más tenemos.
—Parece usted dar por hecho que la personalidad de Hope tuvo
algo que ver con el asesinato.
—¿Usted no lo cree?
—No tengo ni idea. Cuando me enteré de que la habían matado, lo
primero que supuse fue que sus opiniones políticas habían hecho enfurecer a
algún sicópata.
—¿Un desconocido?
Me miró fijamente.
—No pensará usted de veras que ese crimen tuvo algo que ver con
el comité.
—Aún no disponemos de información suficiente para afirmar nada,
pero... ¿le parece imposible que así sea?
—Para mí resulta tremendamente improbable. Eran simples
chiquillos.
—Las cosas se pusieron muy desagradables. En especial con el
chico Storm.
—Sí, ése tenía mal genio. Y era muy malhablado. Pero las
transcripciones pueden inducir a error, hacerle parecer peor que lo que era.
—¿En qué sentido?
Tras meditar un momento, añadió:
—Me pareció... que su ladrido era peor que su mordedura. Uno de
esos muchachos alborotadores que cuando se enfadan sueltan todo lo que llevan
dentro. Y, por lo que leí en los periódicos, parece que el asesinato fue una
especie de emboscada. No me imagino a un muchacho planeando algo así. Pero...
yo no tengo hijos, así que mi opinión no debe de valer gran cosa.
—¿Qué le dijo Hope en concreto para convencerla de que formara
parte del comité?
—Me aseguró que no me ocuparía mucho tiempo. Dijo que, de
momento, era algo provisional, pero que sin duda se convertiría en permanente.
Además, me dijo que tenía el pleno respaldo de la administración. Lo cual,
naturalmente, no era cierto aunque, por como Hope lo dijo, parecía que la
administración le hubiera pedido que lo organizase. Me explicó que nos
concentraríamos en infracciones que no justificaban un juicio criminal y que
nuestra meta sería la detección temprana: lo que ella llamaba prevención primaria.
—¿Detectar los problemas a tiempo?
—Detectar los problemas a tiempo para evitar cosas como las que
yo había visto en el refugio. —Meneó la cabeza—. Hope siempre sabía qué teclas
le convenía tocar.
—O sea que la engañó.
—Pues sí —dijo ella, triste—. Supongo que pensó que actuando a
las claras no conseguiría nada. Y puede que tuviese razón. Desde luego, a mí no
me gusta sentarme a juzgar a la gente.
—Por lo que pude ver en las transcripciones, el otro miembro del
tribunal, Casey Locking, no tenía el menor reparo en hacer de juez.
—Sí el chico era muy... fogoso. O sería más exacto decir
doctrinario. En realidad, no lo critico por ello. ¿Hasta qué punto puede ser
sincero un muchacho cuando colabora con su supervisora de estudios? El poder es
el poder.
—¿Explicó Hope por qué había nombrado al chico?
—No. Lo que sí me dijo es que uno de los miembros tendría que
ser varón. Para no dar la sensación de que se trataba de una contienda entre
sexos.
—¿Cómo reaccionó ella cuando usted dimitió?
—De ninguna manera.
—¿No dijo nada?
—Nada. La llamé a su despacho y le dejé un mensaje en el
contestador, explicándole que me resultaba incómodo continuar, y dándole las
gracias por haber pensado en mí. Nunca devolvió la llamada. Nunca volvimos a
hablar. Supuse que estaba molesta conmigo... Y ahora la estamos sometiendo a
juicio. Eso me perturba. Porque, hiciera Hope lo que hiciera, creo que sus
intenciones eran buenas, y lo que le sucedió fue una atrocidad. —Se levantó y
me condujo a la puerta—. Lo siento: no puedo seguir hablando de esto. —Hizo
girar la manija y la puerta se abrió. Los ojos grises estaban fruncidos a causa
de la tensión.
—Gracias por atenderme —dije—. Y lamento haberle hecho recordar
cosas desagradables.
—Quizá no me haya venido mal hablar de ello... Todo este asunto
es repugnante. Qué pérdida tan terrible. No es que una vida valga más que otra;
pero... Hope era admirable. Tenía auténtico coraje. Y era especialmente
admirable si acierto en mi sospecha de que había sido víctima de malos tratos,
pues eso significaría que había logrado reponerse a ellos y reunir la fortaleza
suficiente para ayudar a los demás. —De nuevo se mordió el labio—. Era fuerte.
La última persona de la que uno sospecharía que era una víctima.
10
Eran las dos de la tarde cuando salí de nuevo a la calle.
Medité sobre el modo en que Hope, removiendo viejos recuerdos,
había conseguido que a Julia Steinberger se le saltaran las lágrimas en el té
de la facultad.
Hope sabía escuchar. Cindy Vespucci también lo había dicho.
¿Era capaz de comunicarse bien con las mujeres pero no con los
hombres?
Lo más probable era que su ejecutor fuese un hombre. De pronto
me di cuenta de que así pensaba yo en el asesinato: como en una ejecución.
¿Qué hombre?
¿Un sufrido esposo que había llegado a su límite? ¿Un perturbado
desconocido?
¿O alguien que ocupase un punto intermedio en esa escala de
intimidad?
Crucé la plaza, fui a sentarme a una mesa de piedra y estudié
los horarios de clases que Milo me había dado.
A no ser que hubieran hecho novillos, Patrick Huang estaba en
plena clase de termodinámica, Deborah Brittain se encontraría dando
matemáticas, y Reed Muscadine, el estudiante graduado de arte escénico, estaría
participando en algo llamado Seminario de Actuación 201B a un kilómetro de
distancia, en MacManus Hall, en el extremo norte del campus. Pero la clase de
sicología de la percepción que Tessa Bowlby estaba tomando en la torre de
sicología terminaría dentro de un cuarto de hora.
Estudié la foto de la joven que había acusado a Reed Muscadine
de violarla durante una cita. Cabello oscuro muy corto y rostro fino de
mandíbula algo débil. Aun teniendo en cuenta la baja calidad de la fotocopia,
su aspecto era de desánimo.
Los cansados ojos parecían pertenecer a alguien mucho mayor.
Pero su expresión no era debida al incidente con Muscadine. La
foto fue tomada al comienzo del año escolar, hacía meses. Me tomé un rápido
café de máquina y regresé a la torre de sicología para averiguar si la vida le
había dado a la muchacha otro golpe bajo.
La clase terminó cinco minutos antes de la hora y los
estudiantes salieron al pasillo como el agua de una presa. No me fue difícil
localizar a Tessa. La muchacha se dirigió sola hacia la salida, cargando con
una bolsa de tela vaquera atestada de libros. Se detuvo en seco cuando dije:
—¿Señorita Bowlby?
Dejó caer el brazo y todo el peso de la bolsa le cayó sobre el
hombro. Pese a la barbilla débil y a unos cuantos granos, era una muchacha
atractiva, de piel muy blanca y enormes ojos azules. Llevaba el pelo teñido de
color negro ala de cuervo y desigualmente cortado, ya fuera por descuido o con
toda intención. La punta y las aletas de la nariz estaban enrojecidas, como si
estuviese resfriada o sufriera de alergia. Llevaba un holgado suéter ranglán
con una manga recogida a medias, viejos y ceñidos vaqueros negros rotos por la
rodilla, y botas de cuero con gruesas suelas.
Se pegó a la pared para dejar pasar a sus condiscípulos. Le
mostré mi identificación y, cuando comencé a presentarme, alzó una mano como
para protegerse.
—No, por favor. —Lo dijo con voz ronca y en tono de súplica. Su
mirada buscó el letrero que indicaba la salida.
—Señorita Bowlby...
—¡No! —dijo más alto—. ¡Déjeme en paz! ¡No tengo nada que decir!
Corrió hacia la salida. Yo me quedé inmóvil un momento y luego
la seguí a distancia y la vi salir por las puertas principales de la torre,
corriendo, casi dando trompicones.
Bajó la escalinata principal hacia la fuente que había frente a
la torre. La fuente estaba seca y la riada de estudiantes convergía en las
cercanías del sucio agujero para diseminarse luego de forma radial por todo el
campus.
La muchacha corría torpemente, obstaculizada por la pesada
bolsa. Una delgada y frágil figura, tan flaca que las nalgas no lograban llenar
los ceñidos vaqueros.
¿Drogas? ¿Estrés? ¿Anorexia?
Mientras me lo preguntaba, Tessa se unió a la multitud de
estudiantes y se perdió entre ellos.
La ansiedad —o, mejor dicho, el pánico— de la muchacha me hizo
sentir deseos de hablar con el hombre al que Tessa había acusado.
Recordé los detalles de la queja: cine, luego cena, apasionados
besos y caricias. Tessa aseguraba que él la penetró a la fuerza; Muscadine, que
fue sexo consentido.
Algo que jamás podría probarse, ni en un sentido ni en otro.
Él se había hecho la prueba del sida, a la cual ella ya se había
sometido.
Los resultados fueron negativos. Hasta el momento. Pero ahora la
muchacha estaba espectralmente pálida, flaca, fatigada.
La enfermedad tardaba tiempo en incubarse. Quizá la suerte de
Tessa hubiera cambiado.
Eso podía justificar el pánico... pero la chica seguía
asistiendo a clase.
Quizá Hope Devane hubiera sido su apoyo. Ahora, habiendo muerto
Hope y encontrándose su propia salud en tela de juicio, tal vez la muchacha se
estuviera derrumbando.
Los análisis se habían hecho en la clínica de estudiantes.
Conseguir los resultados sin un mandamiento judicial resultaría imposible.
Echarle un buen vistazo a Muscadine parecía ahora más importante
que nunca; pero el seminario de actuación era un curso de periodicidad semanal,
duraba cuatro horas, y sólo iba por la mitad.
Mientras tanto, probaría con los otros. Patrick Huang saldría de
clase en treinta minutos, y Deborah Brittain poco después. La clase de Huang se
encontraba cerca, en el edificio de ingeniería. Cuando me disponía
a echar a andar, una grave voz a mi espalda dijo: —¿Husmeando
por el campus, detective? Casey Locking se encontraba varios peldaños por
encima de donde yo estaba, y parecía divertido. Su largo cabello estaba recién
lavado, y llevaba el mismo conjunto de trinchera de cuero con una camiseta
negra debajo, vaqueros y botas de motorista. El anillo de la calavera
continuaba en su dedo, pese a que el muchacho había dicho que pensaba librarse
de él.
Reluciendo al sol, la cabeza de la muerte sonreía ampliamente,
como dotada de vida.
La mano del anillo sostenía un cigarrillo. La otra, un maletín
de cuero verde oliva, con las iniciales CDL sobre el cierre.
—No soy detective —dije. Eso le hizo parpadear, pero el resto de
sus facciones permaneció impasible. Subí hasta su nivel y le mostré mi placa de
consultor. Él la estudió, frunciendo los labios. Así que
Seacrest no le había dicho nada. ¿Significaba aquello que no existía demasiada
intimidad entre ellos? —¿Doctor en qué? —En sicología. —Vaya.
—Sacudió la ceniza de su cigarrillo—.
¿Trabaja para la policía? —A veces actúo como consultor.
—¿Cuál es exactamente su cometido?
—Eso depende del caso.
—¿Analiza las circunstancias del crimen?
—Todo tipo de cosas.
Mi ambigüedad no pareció molestarle.
—Qué interesante. ¿Le encomendaron la investigación del
asesinato de Hope porque ella era sicóloga o porque consideran que el caso
tiene implicaciones sicológicas?
—Por ambos motivos.
—Así que sicólogo de la policía. —Locking aspiró una larga
bocanada y retuvo el humo—. Es curiosa la cantidad de salidas profesionales que
no le mencionan a uno en la facultad. ¿Cuánto tiempo lleva usted trabajando
para la policía?
—Varios años.
De los orificios de su nariz emanaron blancos vapores.
—En el campus sólo se habla de la vida académica. Miden el éxito
por el número de estudiantes que consiguen puestos fijos en la enseñanza. Tales
puestos están desapareciendo; pero siguen preparándonos para ellos. Aquí todo
el mundo vive de espaldas a la realidad, pero supongo que ésa es justamente la
tradición universitaria. ¿Cree que el asesinato de Hope llegará a resolverse?
—No sé. ¿Usted qué piensa?
—No parece muy probable —dijo Locking—. Lo cual es una
vergüenza. ¿Sigue el detective grandote
ocupándose del caso?
—Sí.
Locking volvió a fumar y se rascó el labio superior.
—Sicólogo policial. Debe de ser un trabajo interesante. Ocuparse
de los grandes temas: el delito, la depravación, la naturaleza de la maldad.
Desde el asesinato, he pensado mucho en la maldad.
—¿Y ha llegado a alguna conclusión interesante?
Él negó con la cabeza.
—A los estudiantes no se nos permite sacar conclusiones.
—¿Ha encontrado usted ya nuevo tutor?
—Aún no. Necesito a alguien que no me haga comenzar desde cero
ni me cargue con tareas absurdas. En eso Hope era estupenda. Si hacías tu
trabajo, te trababa como a un adulto.
—Cuando hacía falta. —Aplastó el cigarrillo—. Hope conocía la
diferencia entre el bien y el mal. Era una maravillosa persona y quienquiera
que acabase con ella merece sufrir una muerte espantosamente lenta,
inmensamente sangrienta e inconcebiblemente dolorosa.
Las comisuras de sus labios se volvieron hacia arriba, pero en
esta ocasión el producto final no mereció el nombre de sonrisa. Dejó en el
suelo su maletín y, echando mano bajo la trinchera, sacó un paquete duro
¿Laissez-faire? —
de Marlboro.
—Pero es muy improbable que eso ocurra, ¿no? Porque, si de algún
modo consiguen atrapar al culpable, siempre habrá tecnicismos y escapatorias
legales. Probablemente, algún colega nuestro dirá que el muy capullo era
víctima de una sicosis o de algún extraño desorden de conducta desconocido
hasta el momento. Por eso me gusta lo que usted hace. Se encuentra usted en el
bando adecuado. Mi campo de investigaciones es el autocontrol. Cosas sin
importancia: experimentos con ratones y cosas por el estilo. Pero quizá llegue
el día en que pueda establecer una relación entre mis investigaciones y el
mundo real.
—¿Autocontrol y detección del crimen?
—¿Por qué no? El autocontrol forma parte de la civilización. Es
su componente integral. Los bebés son bonitos, simpáticos y amorales. Y, desde
luego, no resulta difícil enseñarles a ser inmorales, ¿no cree? —Hizo pistola
con la mano libre—. Todo el mundo se escandaliza de que niños de doce años
anden blandiendo Uzis, pero eso no es más que lode Fagin y los golfillos de la
calle, sólo que añadiéndole una buena dosis de tecnología.
—Falta de autocontrol —dije.
—Ese es el problema de nuestra sociedad. Si se suprimen los
mecanismos de control externo y el proceso de internización, de desarrollo de
la conciencia, ¿qué queda? Millones de salvajes dando rienda suelta a sus
impulsos. Como el tipo mierda que mató a Hope. ¡Fue un acto tan asquerosamente
estúpido...!
Sacó un encendedor y prendió otro cigarrillo. Las manos le
temblaban un poco y las metió en los bolsillos de la trinchera.
—Le garantizo que, si pudiera, estudiaría la vida real, pero eso
supondría pasarme en la universidad el resto de mi vida, lo cual terminaría
anulándome. Hope sabía guiarme. Me decía que no tratase de conseguir el Premio
Nobel, que me pusiera metas alcanzables y viviera mi vida.
Inhaló una profunda bocanada.
—Encontrar otro tutor no será fácil. Se me considera el fascista
del departamento porque no soporto las blandenguerías y porque creo en el poder
de la disciplina.
—Y eso a Hope le parecía bien.
—Hope era fantástica, una mezcla de tutora y madrina: firme,
honrada, y lo bastante segura de sí misma como para dejar que uno siguiera su
propio camino, siempre y cuando hubiese demostrado no ser un perfecto cretino.
Lo miraba todo con ojos nuevos y se negaba a ser o hacer lo que todos esperaban
que fuese
o hiciera. Por eso la mataron. —¿La mataron? ¿Quiénes? —Ellos.
Él. Algún babeante sicópata, algún salvaje
que no sabe qué hacer con su vida. —¿Se le ocurre a usted qué
motivo específico pudo tener el culpable?
Locking volvió la vista hacia las puertas de cristal de la
torre.
—He meditado mucho sobre ello y lo único que he conseguido ha
sido calentarme la cabeza. Al fin llegué a la conclusión de que seguir dándole
vueltas al asunto es un desperdicio de energías, porque carezco de datos y lo
único que tengo son mis sentimientos. Mi abatimiento. Ese es el motivo de que
me haya costado tanto reanudar mi trabajo de investigación y de que hasta
anoche no me decidiera a seguir con él. Pero ha llegado el momento de ponerse
otra vez en marcha. Eso hubiera deseado Hope. Ella no admitía excusas.
—¿A quién se le ocurrió el intercambio de favores? —quise
saber—. Ya sabe: los apuntes de su trabajo de investigación a cambio de que
usted se ocupara del Mustang.
Locking me miró fijo.
—Llamé a Phil, me dijo que estaba teniendo problemas para
arrancar el coche, y me ofrecí a ayudarlo.
—¿Lo conocía usted de antes?
—Sólo por mi trabajo con Hope. En realidad, Phil es un hombre
muy poco sociable... Bueno, ha sido un placer charlar con usted.
Recogió el maletín y comenzó a subir las escaleras. Le pregunté:
—¿Cuál es su opinión acerca del Comité de Comportamiento
interpersonal?
Locking se detuvo y sonrió.
—Otra vez eso. ¿Mi opinión? Fue una excelente iniciativa a la
que no se le dieron suficientes atribuciones.
—Hay quien opina que el comité fue un error.
—Hay quien considera que la anarquía es sinónimo de calidad de
vida.
—Así que, en su opinión, las sesiones hubieran debido continuar.
—Claro, pero eso era totalmente impensable. El padre de ese niño
rico acabó con el comité porque este lugar se sustenta en los mismos pilares
que cualquier otro sistema político: dinero y poder. Si la muchacha a la que el
chico acosó hubiera sido hija de un pez gordo, en estos momentos el comité
seguiría viento en popa.
Fumó el cigarrillo hasta el filtro, lo miró y lo arrojó lejos de
sí.
—Lo importante es que las mujeres siempre serán más débiles
físicamente que el hombre, y su seguridad no puede quedar a expensas de la
buena voluntad de cualquier tarado provisto de pene. La única forma de fomentar
la igualdad es por medio de normas y sanciones.
—Disciplina.
—Pues sí. —Se alisó la solapa de la trinchera—. Me está usted
interrogando sobre el comité porque cree que tuvo algo que ver con la muerte de
Hope. Piensa que alguno de esos niñatos de mierda decidió vengarse de
ella. Pero, como dije, todos ellos eran unos cobardes.
—Los cobardes también asesinan.
—Pero yo formé parte del comité y, como puede ver, no me ha
pasado nada.
La misma lógica que había aplicado Cruvic respecto a la
posibilidad de que el asesinato hubiera tenido algo que ver con el movimiento
antiaborto.
—Permítame preguntarle otra cosa —dije—. ¿Mencionó alguna vez
Hope que ella hubiera sido víctima de abusos o malos tratos?
La mano del muchacho se crispó en torno a la solapa de piel.
—No. ¿Por qué?
—A veces, el trabajo de las personas está influido por sus
experiencias personales.
Las negras cejas se fruncieron y los ojos relucieron fríamente.
—¿Pretende usted convertir en mera sicopatología todo lo que
Hope hizo?
—Pretendo averiguar cuanto pueda acerca de ella. ¿Alguna vez le
habló de su pasado?
Locking abrió la mano y dejó caer los brazos muy lentamente.
Luego los alzó de nuevo con rapidez, casi como en un movimiento de artes
marciales, y los cruzó sobre el pecho en actitud defensiva.
—Hope hablaba de su trabajo. Eso es todo. Lo que logré deducir
sobre su personalidad, lo saqué de nuestras charlas profesionales.
—¿Y qué dedujo usted?
—Que Hope era extraordinariamente inteligente, consagrada a su
trabajo y que sentía un enorme interés por lo que estaba haciendo. Por eso
buscó mi colaboración. Porque la concentración es mi fuerte. Una vez que
muerdo, difícilmente suelto. —Sonrió, y la sonrisa fue una exhibición de
blanquísimo esmalte—. Hope valoraba como es debido el hecho de que yo fuera
capaz de dar el paso hacia adelante y manifestar a las claras mis auténticos
sentimientos, de decir que no me parece tolerable que la gente haga lo que le
venga en gana. Por estos contornos, decir eso sigue siendo una herejía.
—¿Qué puede decirme de la otra estudiante, Mary Ann Gonsalvez?
—¿Qué pasa con ella?
—¿La concentración también es su fuerte?
—Lo ignoro. Apenas nos conocíamos. Ha sido un placer hablar con
usted, pero ahora debo ir a realizar un experimento. Si alguna vez encuentran a
ese tipo de mierda que la mató, condénenlo, senténcienlo a muerte, e invítenme
a ir a San Quintín para hundirle la hipodérmica en la vena.
Hizo un vago ademán de despedida, subió el resto de los peldaños
de la escalinata, y empujó una de las pesadas puertas de cristal. Ésta, al
abrirse, reflejó por un momento al muchacho, cuya delicada boca estaba
crispada en un gesto que resultaba difícil de interpretar.
11
Como Cruvic, Locking se había apasionado al hablar de Hope. Cosa
que, pese a sus húmedos ojos, al viudo no le había ocurrido.
¿Buscaría Hope en otra parte la pasión de la que su esposo
carecía?
Amor, sexo, cuchillada en la espalda.
Seacrest no tenía antecedentes de comportamiento violento, pero
eso era algo frecuente en los uxoricidas, que, como Seacrest, solían ser tipos
de mediana edad.
En cuanto a lo de no tomar ninguna represalia contra el amante,
eso también era habitual: los maridos celosos vengaban la afrenta en sus
esposas y dejaban en paz al amante, a no ser que éste se interpusiera en su
camino.
Pero... si Locking hubiera sido amante de Hope, ¿habría seguido
Seacrest teniendo contacto con él?
Recordé la forma en que los dos hombres se trataron. La actitud
de ambos no había sido hostil, pero sí formal.
Y de pronto reparé en una discrepancia. La noche anterior,
Locking había llamado a Seacrest profesor.
Hoy le había llamado Phil.
¿Tendría alguna importancia algo de todo aquello?
Me tomé otro café con sabor a cartón y lo bebí camino del
edificio de ingeniería, preguntándome qué sorpresas me depararía una charla con
Patrick Huang.
Huang pareció nervioso al verme aparecer, pero no puso reparos
cuando le propuse que diéramos un paseo.
Nos acomodamos en un banco del extremo oeste de la plaza y le
ofrecí un café.
—No gracias, ya tengo bastante cafeína en el cuerpo. No-Doz.
Exámenes.
Simuló que la mano le temblaba y frunció el ceño.
El muchacho medía cerca de metro ochenta, era fornido, tenía el
rostro cuadrado y llevaba el largo pelo con raya en medio. Vestía una arrugada
camiseta con la inscripción STONE TEMPLE PILOTS, pantalones cortos y zapatillas
playeras de goma. Sostenía bajo el brazo un par de libros, ambos de
termodinámica.
—Le agradezco que hable usted conmigo, Patrick. Él bajó la vista
al banco donde estábamos sentados.
—Suponía que, tarde o temprano, alguien vendría a hablar
conmigo.
—¿Por qué?
—Después de lo que pasó con la profesora Devane, era lógico que
lo del comité saliera a relucir. Me sorprende que hayan tardado ustedes tanto.
—Se removió, inquieto—. ¿Han enviado a un sicólogo porque creen que estoy
chiflado?
—No. Yo trabajo a veces para la policía y pensaron que en este
caso podía resultarles útil.
Meditó unos momentos sobre mis palabras y dijo:
—¿Le importa que vaya a por una hamburguesa?
—En absoluto.
Dejó sus libros junto a mí, se dirigió a uno de los bares y
volvió con un envoltorio de papel de cera, una caja de patatas fritas bajo una
capa de ketchup y un refresco de naranja tamaño grande.
—Un tío mío es sicólogo —dijo, sentándose junto a mí—. Robert
Chan. Trabaja para el Departamento de Prisiones.
—No lo conozco —dije.
—Mi padre es abogado —dijo Huang, deshaciendo el envoltorio. El
papel estaba traslúcido a causa de la grasa, y por los costados de la
hamburguesa caía el queso derretido. Dio un buen bocado, masticó y tragó—. A mi
padre le cabreó muchísimo que yo no le dijera nada del comité. En su momento,
la cosa me pareció un chiste sin gracia así que, ¿para qué remover el asunto?
Pero en cuanto me enteré del asesinato de la profesora Devane, me dije: adiós,
me jodí. —Alzó la vista al cielo.
—¿Tiene usted problemas con su padre?
—El es muy tradicional. Le preocupa el buen nombre de la familia
y todo eso. —Dio un gran bocado a la hamburguesa y lo masticó estoicamente, con
la vista en el otro extremo de la plaza—. Y no es que yo hiciera nada malo
—siguió—. Cuanto dije en mi declaración es cierto. Esa muchacha es una racista.
Nunca la acosé, y ella se quiso aprovechar de mí. Pero mi padre...
Huang lanzó un silbido y meneó la cabeza.
—Después de meterme un buen rapapolvo y de reducir el límite de
mi tarjeta de crédito por seis meses, me dijo que me fuera preparando, porque
probablemente la policía iba a investigar a todos los que tuvieron alguna
relación con la profesora Devane. Como vi que pasaba el tiempo y nadie venía a
verme, pensé que me había librado. —Volvió a mirar en torno y luego fijó de
nuevo la vista en mí.
»Como ve, en eso también me equivocaba —dijo—. De todas maneras,
la cosa no es grave, porque la noche en que asesinaron a la profesora yo estaba
en una fiesta familiar. Mis abuelos celebraban sus bodas de oro. Fuimos toda la
familia a celebrarlo en el restaurante Lawry, de La Ciénaga. No me moví de allí
desde las ocho hasta después de las once y media. Estuve todo el rato sentadito
al lado de papá, como Hijo Número Uno, y rodeado por un centenar de familiares.
Incluso tengo pruebas documentales de ello: mi primo sacó fotos. Montones de
fotos. ¿Qué le parece la sorpresa?
Me miró con sonrisa retadora y no dije nada.
—¿Quiere? —preguntó, señalando las patatas fritas.
—No, gracias —repliqué.
Se llevó la paja a los labios y se llenó la boca de naranjada.
—Si quiere ver las fotos, le diré a mi padre que se las envíe.
No crea: las tiene guardadas en la caja fuerte de su oficina. —Se echó a reír—.
¿Puedo irme ya?
—¿No tiene nada que decir sobre la profesora Devane?
—No.
—¿Y del comité?
—Lo que le he dicho: que fue un chiste sin gracia.
—¿Por qué?
—Me refiero a lo de hacer comparecer a la gente como si aquello
fuera un tribunal popular. La palabra de uno contra la palabra del otro. No sé
a cuántos chicos más molestaron, pero si sus casos fueron tan estúpidos como el
mío, tiene que haber muchos estudiantes cabreados. Quizá uno de ellos se cargó
a la profesora Devane.
—Pero usted tiene coartada.
Dejó el vaso sobre el banco con un fuerte golpe que hizo que
parte del refresco cayera sobre la piedra.
—Sí, gracias a Dios, porque después de la sesión del comité
estuve varias semanas cabreadísimo con ella. Pero ya sabe usted cómo somos los
chinitos: lo nuestro son los ordenadores, no la violencia.
No dije nada.
—De todas maneras, por lo que a mí respecta, ese asunto ya es
agua pasada. Me encuentro constantemente a la chica esa en el campus, y lo que
hago es apartar la mirada y seguir mi camino. Y eso mismo hice con la profesora
Devane. Decidí olvidarme de ella y dedicarme a mis cosas.
—¿Cree que abusaron de usted? —quise saber.
—Sí, pero parte de la culpa fue mía. Antes de comparecer ante el
comité, debí preguntarle a mi padre. Él me dijo que la profesora no estaba
autorizada a hacer nada de lo que hizo.
—¿Por qué decidió usted comparecer?
—¿Qué habría hecho usted si le hubiesen enviado una carta
escrita en papel oficial de la universidad? ¿Cuántos otros tipos comparecieron
en las sesiones?
—Lo siento —dije—, pero a ellos tampoco les hablo de usted.
Huang recogió sus libros y se levantó.
—No tengo nada que añadir. Probablemente, me ganaré una buena
reprimenda por haber hablado con usted sin consultar antes con mi padre. Si
quiere las fotos, póngase en contacto con él. Allan D. Huang, de la firma
Curtis, Ballou, Semple y Huang. —Añadió una dirección en Seventh Street,
situada en el centro de la ciudad, y un número telefónico. Yo anoté una y otro.
—¿Alguna otra cosa, Patrick?
—¿Respecto al comité?
—Respecto al comité, a la profesora Devane, a Deborah Brittain,
a lo que sea.
—¿Qué quiere que le diga? Devane era dura como el acero. Se le
daba bien hacer malabarismos con las palabras. Y su filosofía estaba clarísima:
todos los
hombres son basura.
—¿Qué me dices de los otros jueces?
—Estuvieron allí sentados, como pasmarotes. La estrella era la
profesora Devane, y lo que allí pasó fue un show, como uno de esos programas de
televisión en los que sacan a actuar a gente del público para que se ponga en
ridículo. Sólo que en el comité la cosa iba de veras.
Cerró la mano libre.
—Esa mujer llegó al extremo de preguntarme si había ido a la
universidad con el fin de tener mujeres a las que acosar. Y todo por haber ayudado
a aquella chica. Bonita cabronada, ¿no? Bueno, adiós, me voy a mis cosas.
La clase de matemáticas de Deborah Brittain había terminado
hacía rato y, según su horario, no tenía otras actividades en todo el día. La
muchacha vivía lejos, en Sherman Oaks, así que fui caminando hasta la parte
norte del campus, en busca de Reed Muscadine.
MacManus Hall era un anónimo edificio de color rosa con
auditorios en la planta baja. El Seminario de Actuación 201B, que ya se
encontraba en su tercio final, se desarrollaba en el teatro Wiley de la parte
trasera. Las puertas dobles de madera ocre estaban abiertas y entré. Ninguna
luz. Unas cincuenta hileras de butacas enfrentadas a un escenario bañado en luz
azul.
Una vez mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, distinguí a
una docena de personas repartidas por el patio de butacas. Ninguna de ellas se
volvió mientras yo caminaba hacia la parte delantera.
En el escenario había dos personas sentadas frente a frente en
incómodas sillas de madera, con las manos sobre las rodillas y mirándose a los
ojos.
Me senté en una butaca de pasillo de la tercera fila y contemplé
el espectáculo. La pareja del escenario no se movió, la poco nutrida audiencia
siguió inerte, y en el teatro sólo se escuchó el silencio.
Pasaron dos minutos y siguió sin ocurrir nada. Cinco minutos,
seis... ¿Hipnosis de grupo?
O quizá fuera que, como apenas había trabajo para los actores,
la universidad los estaba enseñando a hacer de maniquíes de escaparate.
Pasaron otros cinco minutos antes de que un hombre sentado en la
primera fila se pusiera en pie y chasqueara los dedos. Rollizo y calvo, gafas
pequeñas, suéter negro de cuello alto, deformados pantalones verdes de pana.
Las dos personas del escenario se levantaron e hicieron mutis
cada una por su lado. Salió otra pareja. Dos mujeres. Se sentaron.
Se colocaron en posición.
Otra vez nada.
Mis ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad y oteé el
patio de butacas, tratando de adivinar cuál de aquellos jóvenes era Muscadine.
No me decidí por nadie. Miré mi reloj. Faltaba una hora para que aquello
terminase, y la estancia en el Paraíso del estatismo me estaba dando sueño.
Caminé sigilosamente hasta la primera fila y me senté junto al
calvo que había chasqueado los dedos.
Él me dirigió una mirada de soslayo y luego se desentendió de
mí. Desde más cerca, pude darme cuenta de que tenía una pequeña mancha de barba
debajo del labio inferior, lo que los antiguos llamaban mosca.
Saqué mi placa del Departamento de Policía de Los Ángeles, y la
giré de forma que la luz del escenario la alcanzase. El calvo me miró de nuevo.
—Busco a Reed Muscadine —susurré.
Él volvió de nuevo la vista hacia el escenario, donde las dos
mujeres continuaban haciendo de paralíticas. Me guardé la placa y crucé las
piernas.
El calvo se volvió de nuevo hacia mí para dirigirme una mirada
de irritación.
Le sonreí.
Se levantó y señaló con un pulgar hacia el fondo del teatro, y
yo me puse en pie.
Pero el calvo, en vez de echar a andar, se quedó allí plantado,
con los brazos en jarra, mirándome.
Varios miembros del público miraron también hacia mí. El calvo
chasqueó los dedos y los curiosos volvieron la vista al frente.
Él volvió a señalar con el pulgar.
Me levanté y salí. Para mi sorpresa, él me siguió, y una vez en
el vestíbulo se puso a mi altura.
—Soy el profesor Dirkhoff. ¿Qué demonios pasa? —Su escaso
cabello era pelirrojo y estaba tachonado de canas. Torció el gesto y los vellos
de la mosca se echaron hacia adelante como pequeñas bayonetas.
—Busco a...
—Ya sé a quién busca. ¿Por qué?
Sin darme tiempo a responder, añadió:
—¿Y bien? —Su tono era casi exageradamente teatral.
—Deseo hablar con él respecto al asesinato de la profesora...
—¿Eso? ¿Y qué tiene que ver Reed con eso? —Una mano voló hacia
su rostro, y los nudillos quedaron reposando en la barbilla, socráticamente.
—Estamos interrogando a los estudiantes que conocieron a la
profesora Devane, y Muscadine es uno de ellos.
—Los habrá a centenares —dijo el calvo—. Qué manera de perder el
tiempo. Además, eso no le da derecho a irrumpir aquí sin aviso previo.
—Lamento haberles interrumpido. Esperaré a que termine la clase.
—Perderá el tiempo. Reed se ha ido.
—Está bien, gracias. —Di media vuelta y comencé a alejarme.
Apenas hube dado tres pasos, él me llamó:
—Escuche: Muscadine no sólo se ha ido de la clase, sino también
de la universidad. Se marchó hace un mes, lo cual me tiene absolutamente
indignado. Nuestro programa de interpretación es extremadamente selectivo, y
esperamos que nuestros estudiantes lo concluyan pase lo que pase.
—¿Qué ocurrió con Muscadine?
El calvo me dio la espalda y se dirigió a las puertas dobles.
Puso una mano sobre la rubia madera y sonrió desdeñosamente.
—Le salió un trabajo.
—¿Qué clase de trabajo?
Un largo y hondo suspiro.
—En una de esas telenovelas. Ese muchacho está cometiendo un
inmenso error.
—¿Por que?
—Porque tiene talento, pero necesita foguearse. Pronto estará
conduciendo un Porsche y preguntándose por qué se siente tan vacío. Como todo
el mundo en esta ciudad.
12
En el frigorífico de casa encontré una nota que decía: «Te
propongo cenar aquí. Fui a por provisiones con el chucho. Regreso a las seis.»
A las cinco y media llamó Milo. Yo saqué las notas y me dispuse
a hacerle un informe de mis entrevistas del día, pero él me interrumpió:
—Recibí una respuesta al teletipo que envié. El Departamento de
Homicidios de Las Vegas tiene un caso no resuelto que encaja con el nuestro:
una prostituta de lujo de veintitrés años fue hallada muerta en un oscuro
callejón cerca de su apartamento. Acuchillada en el corazón, la ingle y la
espalda, por ese orden. Debajo de un árbol, nada menos. Ocurrió un mes antes
que lo de Hope. Creen que se trata de un crimen sexual. En esa ciudad las
chicas de vida airada caen como moscas. Esta, además de prostituta, era
bailarina y el año pasado actuó en un espectáculo topless en el casino Palm
Princess. Pero últimamente se dedicaba a hacer la carrera por libre.
Doscientos, trescientos dólares el polvo.
—¿Y cómo es que la encontraron en la calle?
—La teoría oficial es que se tropezó con un mal cliente y que el
tipo la mató, o yendo hacia la casa de ella, o regresando. Quizá ella lo
acompañó a su coche y él la sorprendió con el cuchillo. O quizá el hombre no
quedó contento, o no se pusieron de acuerdo en el precio y él se cabreó.
—¿Alguna semejanza física con Hope?
—Por la foto que me enviaron por fax, no parece. Lo único, que
ambas eran atractivas. La verdad es que esa chica, se llamaba Mandy Wright, era
una auténtica belleza. Pero era morena y tenía veintitrés años. Mucho más joven
que Hope. Evidentemente, no era profesora. Pero, dada la distribución de las
heridas, podemos encontramos frente a un sicópata viajero, así que pienso que
lo mejor es que me concentre en averiguar si ha habido en el país otros
homicidios que encajen en la misma pauta. Pese a todas las polémicas que
suscitó, quizá la querida profesora fuera víctima de un chiflado anónimo. Esta
noche pienso ir a Las Vegas, a jugar con la policía de allí a «tú me enseñas lo
tuyo y yo te enseño lo mío». —Carraspeó—. Bueno, ¿qué estabas diciendo?
Antes de que yo pudiera contestar, en la puerta apareció Robin,
con una bolsa de compras y la correa de Spike. Llegaba acalorada y sonriente.
Dejó la bolsa y me besó.
Yo formé con los labios la palabra «Milo».
—Un beso de mi parte. —Robin salió de la cocina para cambiarse
de ropa.
Transmití el beso a mi amigo y luego se lo conté todo: mis
conversaciones con Julia Steinberger y Casey Locking, el pánico de Tessa
Bowlby, la ira y la supuesta coartada de Patrick Huang, y la noticia de que
Reed Muscadine había conseguido trabajo y abandonado la universidad.
—En resumidas cuentas: Hope dejó una honda huella en todos
—finalicé—. Aunque, si nos enfrentamos a un asesino en serie viajero, eso ya no
tiene la más mínima importancia.
—¿La chica Bowlby parecía realmente asustada?
—Petrificada. Además, estaba pálida, flaca y macilenta, así que
tal vez la prueba del sida de Muscadine haya dado positiva, y quizá él dejó la
universidad porque está enfermo. O tal vez fuera simplemente porque consiguió
trabajo como actor. Pero, ¿qué importa ya eso?
—No arrojes todavía la toalla. Quizá lo de Mandy Wright cambie
las cosas, pero, de momento, aún no descarto nada ni a nadie. El hecho de que
el asesino parezca un sicópata no significa que fuera un desconocido. Quizá
Hope y Mandy se tropezaron con el mismo sicópata.
—¿Una puta de lujo y una profesora?
—Se trata de una profesora bastante fuera de lo común —dijo
Milo—. Sigo queriendo hablar con Kenny Storm y voy a verificar la coartada del
chico Huang. Y, si no tienes inconveniente, te agradecería que hablaras con las
otras dos chicas. Otra cosa: antes de recibir la llamada de Las Vegas estuve
estudiando los casos más recientes del abogado Barone, y el nombre de Hope no
aparece en ninguno de ellos. Entonces, ¿por qué le pagó ese dineral?
—¿Por algo que Barone no quería que se hiciera público?
—Esa es la única respuesta que se me ocurre. Ahora bien: Barone
defiende a muchos pornógrafos, a la mayoría desde su bufete de San Francisco, y
la pornografía es algo en lo que una prostituta de lujo como Mandy pudo haberse
metido. Lo que no imagino es qué puede pintar Hope en ese contexto.
—Quizá Barone la utilizó para alguno de los casos que defendía.
Tal vez pensó que su cliente se beneficiaría del dictamen de una profesora
universitaria
o de una feminista. —Pero ¿por qué no queda la más mínima
constancia de ello?
—Tal vez Barone la contrató para que hiciera un informe y luego
no quedó satisfecho con el resultado. Es algo que a mí me ha ocurrido a veces.
—Es posible. Sea como sea, voy a llamar por décima vez a nuestro
buen jurisconsulto. Y me gustaría saber más sobre el doctor Cruvic. El asunto
de la consultoría, de todo ese montón de dólares, es interesante.
Robin regresó a la cocina y puso agua a calentar. Yo dije:
—Hablando de Cruvic, puedo echarle un vistazo a ese Centro
Femenino de Salud de Santa Mónica. ¿Tienes la dirección?
—Lo siento, pero no. Bueno, gracias, Alex. Salgo para el
aeropuerto de Burbank. —Buen viaje. Quizá tengas oportunidad de jugar en algún
casino. —¿En tiempo pagado por los contribuyentes? Tchttcht. Además, los
juegos de azar no son lo mismo.
Depender de la suerte me asusta.
Cuando colgué el teléfono, Robin estaba picando cebollas,
tomates y apio, y en el fuego cocía una olla con espaguetis.
—¿Jugar en algún casino? —me preguntó.
—Milo se va a Las Vegas. Allí hubo un asesinato que encaja con
el de Hope.
Le conté los detalles. El cuchillo dejó de picar.
—Si se trata de un chiflado, podría haber otros asesinatos —dijo
ella.
—Milo está haciendo indagaciones en todo el país.
—Qué horror —murmuró Robin—. Respecto a ese Centro Femenino de
Salud que has mencionado, creo recordar que Holly Bondurant colaboraba con un
sitio de esos de Santa Mónica. Lo sé porque dio allí un recital benéfico hace
unos años, y yo le preparé su guitarra de doce cuerdas. ¿Qué relación existe
entre el centro y el asesinato?
—Probablemente ninguna, pero Milo se interesó en esa clínica
porque Hope conoció allí a un ginecólogo de Beverly Hills llamado Cruvic y
terminó haciendo de consultora para él, asesorando y aconsejando a los
pacientes sometidos a tratamientos de fertilidad. Fuimos a ver a ese médico
esta mañana y Milo sospechó que tal vez hubiera habido algo entre Cruvic y
Hope.
—¿Por qué?
—Por la pasión con que el tipo habló de Hope. Y me da la
sensación de que la profesora Devane no disfrutaba de demasiada pasión en su
matrimonio, así que Milo sospechó lo evidente. Como es tan concienzudo, pese al
asesinato de Las Vegas, quiere aclararlo bien todo.
Ella dejó el cuchillo, fue hasta el teléfono y marcó un número.
—¿Holly? Soy Robin Castagna. Hola. Sí, mucho. Estupendo, muy
bien. ¿Y tú? ¿Qué tal Joaquín? Ya debe de tener... Catorce años, ¿dices? No
puede ser... Escucha, Holly, no sé si podrás ayudarme, pero...
Una vez hubo colgado, dijo:
—Te espera mañana a las nueve de la mañana en el café Caimán.
—Gracias.
—Es lo menos que puedo hacer por ti.
Más tarde, durante la cena, Robin apenas tocó el contenido de su
plato y ni siquiera probó el vino.
—¿Qué te ocurre? —quise saber.
—No lo sé. Ninguno de los otros casos en que te has visto
implicado me había afectado tanto como éste.
—Se trata de un asunto especialmente cruel. Una mujer tan
brillante muerta de un modo tan absurdo...
—Quizá sea por eso. O tal vez, simplemente, estoy harta de ver
que asesinan a mujeres, única y exclusivamente por el hecho de ser mujeres.
Tendió la mano a través de la mesa, agarró la mía y me la apretó
con fuerza.
—Es un agobio muy grande, Alex. Me refiero a lo de que una tenga
que andar mirando constantemente por encima del hombro, que te digan que es tu
responsabilidad estar en todo momento alerta y vigilante. Ya sé que las
víctimas más habituales de la violencia son los hombres, pero también son ellos
casi siempre los agresores. Supongo que, hoy en día, no hay nadie que esté a
salvo. La humanidad se está dividiendo en cazadores y presas... ¿Qué sucede?
¿Acaso hemos vuelto a la selva?
—No estoy muy seguro de que alguna vez saliéramos de ella
—dije—. La verdad es que me preocupo mucho por ti. Sobre todo, cuando sales
sola por la noche. No te digo nada porque comprendo que sabes cuidar de ti
misma y no creo que te agrade que te recomiende prudencia.
Ella tomó su copa de vino, la estudió y bebió.
—No le conté a Holly en qué trabajas, sólo que eras mi novio, un
sicólogo, que quería saber cosas sobre el centro. Ella es muy años sesenta, y
quizá la palabra «policía» no le hubiera hecho gracia.
—Me las arreglaré con ella. —Le toqué la mano—. Me gusta ser tu
novio.
—A mí también me gusta ser tu novia.
Dirigiendo una mirada a su intacto plato, dijo: —Pondré esto en
la nevera. Quizá por la noche te apetezca picar algo.
Yo comencé a recoger y ella me puso una mano en el hombro.
—¿Qué tal si vamos con Spike a dar una vuelta por el cañón? Aún
hay luz de día.
13
El café Caimán estaba situado en la planta baja de un viejo
edificio de Broadway, en el centro de Santa Mónica, a diez calles de la playa.
Los ladrillos de la fachada estaban pintados de color verde ciénaga, y había un
reclamo con un saurio enroscado en torno a un letrero negro que anunciaba:
CAFÉ EXPRÉS. MENÚ DEL DÍA.
En el interior, las paredes eran del mismo color verdoso, y
había cuatro mesas cubiertas con hules amarillos y un mostrador donde se
despachaban pasteles y comida para llevar. En los estantes de detrás había
bolsas de café y té para vender. Un gordo de cabeza cuadrada daba vueltas a las
alubias de un puchero con la concentración de un pianista absorto en su
recital. De los altavoces del techo salía música reggae a volumen moderado.
La noche anterior había escuchado el último LP de Holly
Bondurant, Polícromo. Aunque el álbum databa de hacía quince años, reconocí a
la mujer inmediatamente.
En la foto de la funda del disco, su cabello era pelirrojo y le
llegaba hasta la cintura, casi ocultando un bello rostro celta. Ahora el pelo
era corto y entre rubio y gris, y ella había engordado como quince kilos. Pero
su rostro seguía terso y juvenil.
Llevaba un maxivestido de terciopelo rojo, chaquetilla negra,
botas de cordones y un collar de ónice. Una boina de terciopelo negro reposaba
sobre una silla contigua.
—¿Alex? —Holly sonrió, permaneció sentada, me tendió la mano y
luego miró la mediada taza que tenía delante—. Dispensa que haya empezado sin
ti, pero necesitaba imperiosamente un café. ¿Te apetece?
—Sí, por favor.
Ella le hizo una seña al gordo. Éste llenó una taza y nos la
acercó a la mesa.
—¿Alguna otra cosa, Holly?
—¿Quieres comer algo, Alex? Los muffins son excelentes.
—Me comeré uno.
—¿Qué nos recomiendas tú, Jake?
—Los pasteles de arándanos —dijo el gordo, como de mala gana—. Y
los de naranja. Los de chocolate con chips tampoco están mal.
—Pues tráeme un surtido, por favor. —Holly se volvió hacia mí—.
Me alegró tener noticias de Robin al cabo de tantos años. Ella cuidaba de todos
mis instrumentos.
Tenía la voz melodiosa y los ojos le relucían al sonreír.
Hablaba con todos los músculos del rostro, como lo hacen las actrices y los que
viven de la adulación pública.
—Ya me lo contó.
—Supongo que sigue dedicándose a construir y reparar
instrumentos de cuerda, ¿no?
—Muy activamente.
Jake trajo mi café y la bandeja de pasteles y volvió a sus
alubias.
Holly tomó un pastel de arándanos y le dio un mordisco.
—Así que eres sicólogo.
Asentí con la cabeza.
—En el centro siempre hay lugar para los sicólogos.
Financieramente, corren malos tiempos, y cada vez tenemos menos voluntarios. Te
agradezco tu interés.
—La verdad es que no pretendo trabajar como voluntario.
—¿Ah, no? —preguntó, dejando el pastel.
—De vez en cuando la policía pide mi colaboración. En estos
momentos investigo un caso de asesinato. El de Hope Devane.
Ella se echó para atrás y, aunque daba la sensación de que sus
ojos carecían de la capacidad de endurecerse, en ellos apareció una expresión
dolida, como si creyera que habían abusado de su buena fe.
—La policía —dijo.
—Lo lamento —dije—. No era mi intención inducirte a error. Pero
el caso sigue sin resolverse y me han pedido que averigüe lo que pueda sobre
ella. Sabemos que trabajaba como voluntaria en el centro.
Holly no dijo nada. Desde el otro extremo del local, Jake captó
la tensión e interrumpió su tarea.
Estudió la dorada superficie del pastel. Le dio vueltas.
Dirigió una sonrisa a Jake y éste volvió al trabajo.
—¿Qué sabes acerca del centro? —preguntó Holly.
—No mucho.
—Se estableció para que las mujeres sin recursos tuvieran acceso
a los cuidados sanitarios básicos: consulta prenatal, nutrición, exámenes de
mama y pruebas Papanicolau, planificación familiar... Ya sabes. En tiempos
formaba parte del sistema de rotación de la Facultad de Medicina, pero eso
terminó hace mucho, y ahora tenemos que depender de los voluntarios. Yo di
algunos conciertos para ellos, los ayudé a conseguir ayuda.
—¿Material clínico?
—Material clínico, donativos... Creen que sigo siendo una
persona con contactos. A veces sí consigo cosas. La semana pasada me enteré de
que un tipo estaba redecorando su oficina, y conseguí parte de sus antiguos
muebles.
La mujer miró hacia el mostrador de los pasteles.
Jake preguntó:
—¿Todo en orden?
Ella le dirigió una sonrisa y se volvió de nuevo hacia mí.
—Coincidí con Hope un par de veces; pero la verdad es que ella
no estaba realmente implicada en el proyecto, aunque todas esperábamos que
llegara a estarlo. La vi por primera vez en la fiesta para recaudar fondos del
año pasado. Tuvimos una función benéfica en el teatro Aero y luego hubo un
cóctel en Le Surph. Ella pagó una invitación de quinientos dólares que le daba
derecho a disponer de toda una mesa, pero como nos dijo que no tenía con quién
ir, la pusimos en la presidencia. Por sus credenciales. Nos pareció que una
persona como ella podía venimos bien. E impresionó a todo el mundo muy
gratamente con su inteligencia y su dinamismo. Poco después alguien la
recomendó para el consejo de gobierno, y votamos por ella. Pero en realidad
apenas se ocupó del centro. —Se pasó los dedos por el cabello y los movió sobre
la mesa—. A lo que voy es a que lo ocurrido con esa mujer me parece horroroso;
pero la relación que Hope tuvo con el centro fue muy escasa, y me preocupa la
mala publicidad.
—Pues tranquila —dije—. Sólo trato de conseguir información
general. Intento comprender a Hope Devane lo mejor posible. ¿Por qué crees que
no se implicó más en el centro?
Holly tardó largo rato en responder.
—La verdad es que no era... ¿Cómo puedo expresarlo...? En la
fiesta para reunir fondos, parecía llena de ideas. Habló de conseguir la
colaboración de otros sicólogos y estudiantes graduados de la universidad para
montar un programa voluntario de salud mental. Sus cualificaciones eran
impecables, y la persona que la recomendaba aseguraba que Hope era fantástica.
Apareció en la siguiente reunión del consejo de gobierno, estuvo yendo por la
clínica unas semanas, trató a algunas pacientes. Y luego ya no vino más.
Publicaron su libro y supongo que estaba muy ocupada con él. Ninguno de los
programas que propuso llegó a hacerse realidad.
Masticó un nuevo bocado de pastel, lentamente, como sin sacarle
gusto.
—Así que la profesora estaba muy ocupada —dije.
—Mira, no me gusta juzgar a nadie, y menos a personas que ya han
muerto.
—¿Quién les recomendó a Hope Devane? ¿El doctor Cruvic?
—¿Lo conoces?
—Lo he visto una vez.
—Sí, fue él quien la recomendó. Un motivo más para que nos
tomáramos a Hope en serio. El doctor Cruvic es uno de los miembros del consejo
de gobierno más activos. Realmente, él no nos regatea ni tiempo ni esfuerzos.
—¿O sea que Cruvic y Hope se conocían de antes de la fiesta para
recaudar fondos?
—Claro. Él la llevó... Robin me comentó que eras guitarrista.
—Bueno, toco algo.
—Según ella, eres muy bueno.
—Robin es parte interesada.
Se limpió los labios con una servilleta.
—Yo ya no toco casi nunca. Después de dar a luz, mi hijo me
pareció lo único importante... Respecto a todas esas preguntas que me has hecho
acerca del doctor Cruvic... ¿Sospecha la policía de él?
—No —dije—. No hay ningún sospechoso claro. ¿Hay algo sobre
Cruvic que yo deba saber?
—Se ha portado muy bien con el centro —dijo Holly, pero su voz
era opaca.
—Y él fue quien llevó a la fiesta a Hope.
—¿Estás preguntando si había algo entre ellos?
—¿Lo había?
—Lo ignoro. Además, ¿qué importa? A Hope la mataron por sus
opiniones, ¿no?
—¿Eso piensan en el centro?
—Eso pienso yo. ¿Qué otro motivo iba a haber? Se atrevió a
hablar, y la enmudecieron. —Holly me miró fijamente—. La verdad es que
sospechas de Cruvic, ¿no?
—dijo.
—No —repliqué—. Pero hay que investigar a todos los que tuvieron
relación con Hope.
—Investigar. Ni que fueras de la CIA.
—Es una indagación policial como tantas otras. Comprendo el
valor que Cruvic tiene para el centro, pero si existe algo que yo deba saber...
Meneó la cabeza.
—La relación entre ambos... Me siento como una traidora...
pero... teniendo en cuenta lo que le sucedió... —Cerró los ojos y aspiró varias
veces profundamente, como haciendo un ejercicio de yoga. Abrió los ojos,
acarició el pastelito y luego cogió su boina y le pasó el dedo por el borde—.
Esto te lo cuento porque creo mi deber hacerlo, aunque al mismo tiempo me hace
sentir mal.
Asentí con la cabeza.
Volvió a tomar aliento.
—En una ocasión, tras la reunión del consejo de gobierno, los vi
a los dos. Era ya de noche, y yo estaba midiendo unas habitaciones para
amueblarlas. Pensaba que ya todos se habían ido. Pero cuando llegué al
estacionamiento, el coche del doctor seguía allí, en el extremo más alejado. Es
fácil distinguirlo, porque conduce un Bentley. Él y Hope estaban junto al
automóvil, charlando. El coche de Hope, un pequeño deportivo rojo, se
encontraba estacionado junto al Bentley. No estaban haciendo nada físico, pero
se encontraban frente a frente, muy cerca, casi pegados. Como a punto de
besarse, o como si acabaran de hacerlo. Al oírme, se volvieron, sobresaltados.
Luego ella corrió a su coche y se alejó. Mike se quedó unos momentos, con una
pierna doblada. Como para que yo me diera cuenta de que estaba tranquilo y
relajado. Luego me saludó con la mano y se montó en el Bentley. —Holly hizo una
mueca—. No es gran cosa, ¿verdad? Y, por favor, si hablas con Mike, o con
cualquier otra persona, te ruego que no menciones mi nombre, ¿de acuerdo?
—De acuerdo —dije—. Cuando Hope dejó de ir por el centro, ¿hubo
críticas hacia Mike por haberla recomendado?
—Si las hubo, yo no me enteré. Como te dije, Mike es nuestro
médico voluntario más activo.
—¿Con qué frecuencia atiende a pacientes en el centro?
—Yo no me ocupo de la cuestión de horarios, pero sé que lleva
años yendo por allí.
—¿Su consulta es de obstetricia y ginecología?
Ella pareció crisparse.
—Sí, supongo.
—¿Abortos?
—Ya te he dicho que no lo sé. —Su voz se había hecho seca—. Y si
los hace, ¿qué?
—A veces, ante el aborto la gente reacciona de modo violento.
—Pero el asesinado no fue Mike, sino Hope. La verdad es que no
quiero seguir hablando de esto. —Se puso en pie—. De veras que no.
—No te preocupes. Lamento haberte molestado.
—No importa —dijo ella—. Pero, por favor, te suplico que no
saques a relucir el tema del aborto. Hasta ahora no hemos tenido problemas,
pero los tendremos si la prensa comienza a ocuparse de esto.
—No te preocupes —dije.
Ella se echó a reír.
—Chico, en buen lío me has metido. Cuando Robin me llamó, pensé
que querías presentarte voluntario, así que le hablé de ti a la directora, y te
concerté una cita con ella para dentro de media hora. Ahora tengo que llamarla
para decirle que no.
—Me interesa hablar con ella.
—Y yo no puedo impedirte que lo hagas, ¿verdad?
—Yo no soy el enemigo, Holly.
Ella me dirigió una pensativa mirada y al fin dijo:
—Aguarda.
Se dirigió al fondo del restaurante, torció a la derecha y
desapareció. Jake terminó de darles vueltas a las alubias y procedió a
concentrarse en mirarme fijamente, cosa que estuvo haciendo hasta que Holly
regresó.
—No está muy contenta, pero ha accedido a verte unos momentos.
Se llama Marge Showalsky. Te aconsejo que no esperes averiguar gran cosa sobre
Hope. —Gracias —dije—. Y lo siento. De veras. —Olvídalo —replicó
ella—. Estoy segura de que no
eres el enemigo. Me fío del gusto de Robin.
14
La zona de Olympic que albergaba el Centro Femenino de Salud era
una de esas mescolanzas típicas de Los Ángeles: fábricas, depósitos de
chatarra, almacenes, una moderna escuela preparatoria que, rodeándose de una
barrera de maceteros con Ficus, trataba de simular que se encontraba en una
mejor situación.
La clínica se encontraba en un edificio de una sola planta y su
fachada era de sucios ladrillos. Estaba situada junto a un estacionamiento
rodeado de postes de hierro y gruesas cadenas. La puerta principal estaba
cerrada. Llamé al timbre, di mi nombre y al cabo de un momento me abrieron.
En la sala de espera había tres mujeres y ninguna de ellas alzó
la vista. Al fondo había unas puertas batientes de madera con pequeñas
ventanillas. Las paredes estaban cubiertas de carteles de información sobre el
sida, sobre los exámenes de mama, métodos de nutrición, y grupos de apoyo para
mujeres en situaciones críticas. En un rincón había un televisor sintonizado
con el Discovery Channel. Animales persiguiéndose entre sí.
Se abrió una puerta y por ella asomó una mujer de unos sesenta
años, gruesa y con gafas. Su cabello era corto, canoso y rizado y el rostro
redondo y sonrosado. Su expresión no tenía nada de alegre. Las gafas eran
cuadradas, de montura metálica. Llevaba un suéter verde oscuro, vaqueros y
mocasines.
—¿Doctor Delaware? Soy Marge —anunció, con voz sonora—. En estos
momentos estoy ocupada. Aguarde un minuto.
La puerta se cerró y las mujeres de la sala de espera alzaron la
vista.
La más próxima a mí era una muchacha negra de unos dieciocho
años. Sus enormes ojos tenían una expresión dolida, y sus labios estaban
fuertemente crispados. Llevaba el uniforme de un restaurante de comida rápida,
y tenía entre las manos un libro de bolsillo de Danielle Steel. Frente a ella
se encontraban las que parecían ser una madre y una hija; ambas rubias, la hija
de quince o dieciséis años, la madre de cuarenta y tantos, con las raíces del
cabello negras, grandes ojeras. Demacrada en cuerpo y espíritu.
Quizá la hija tuviera algo que ver con ello. Me miró
directamente a los ojos, me hizo un guiño y se relamió los labios.
La chica, evidentemente retrasada, tenía el rostro anormalmente
enjuto, la nariz torcida, las orejas situadas a un nivel más bajo del normal, y
el cuello corto. El color de su cabello parecía natural, salvo por las puntas,
que estaban teñidas de un tono rosa encendido. Llevaba el cabello largo,
exageradamente cardado y echado para atrás. Sus pantalones cortos apenas le
cubrían las descarnadas caderas, y un top negro dejaba al descubierto unos
brazos como espaguetis, parte del liso abdomen y unos mínimos hombros. Llevaba
tres pendientes en una oreja y cuatro en la otra. Lucía también un aro metálico
en la nariz y la piel de las inmediaciones a la perforación aún estaba
inflamada. Calzaba altas botas negras que le llegaban hasta la mitad de la
pantorrilla.
Me hizo un nuevo guiño. Cruzó malévola y furtivamente las
piernas. Su madre se dio cuenta y agitó la revista que estaba leyendo. La
muchacha me dirigió una amplia e insinuante sonrisa. Los dientes eran grandes y
desiguales. Movió los dedos en saludo. Sus pulgares eran más cortos de lo
normal.
La muchacha debía de padecer algún tipo de malformación
genética. Nada con nombre oficial. Lo que en mi época de interno llamábamos
simplemente síndrome anómalo.
Volvió a mover las piernas. Su madre le dio un codazo y ella se
quedó quieta, enfurruñada y con la vista en el suelo.
La muchacha negra lo había visto todo. Ahora volvió a su libro
frotándose el abdomen con una mano, como si le doliese.
La puerta se abrió de nuevo. Marge Showalsky me hizo seña de que
pasara y me condujo por un pasillo al que daban varios consultorios.
—Tiene usted suerte. Hoy es un día tranquilo.
El despacho de la mujer era grande y sombrío, con manchas de
humedad en el techo. Muebles desparejados y estanterías que no parecían a
prueba de terremotos. Por entre las hojas de la persiana se veía el asfalto del
aparcamiento de al lado.
Se acomodó tras un escritorio que no era mucho más ancho que sus
hombros y frente al cual había dos sillas plegables. Me senté en una de ellas.
—Esto era una fábrica de material electrónico. Transistores o
algo así. Creía que nunca nos libraríamos del olor a metal.
En la pared, tras ella, había dos grandes carteles feministas.
—Así que trabaja usted con la policía. ¿Me puede decir qué hace?
Se lo expliqué a grandes rasgos.
Marge se encajó las gafas y sonrió irónicamente.
—Parece usted un experto en evasivas —dijo—. Y la verdad es que
yo tampoco puedo decirle gran cosa. A las mujeres que acuden aquí, lo único que
les queda es su intimidad.
—La única persona que me interesa es Hope Devane.
La mujer sonrió de nuevo.
—¿Cree que no estoy al corriente de quién es usted? Es el
alienista que trabaja con Sturgis. De todas maneras, me anticiparé a sus
preguntas y le daré las respuestas: sí, aquí efectuamos abortos cuando
disponemos de un médico dispuesto a realizarlos. No, no pienso decirle cuáles
son esos médicos. Y, por último, Hope Devane apenas tenía relación con
nosotros, así que estoy segura de que su asesinato no tiene nada que ver con
esta clínica.
—O sea que apenas tenía relación con ustedes —dije—. Lo
contrario que el doctor Cruvic.
Soltó una risa capaz de corroer el metal. Abrió un cajón, sacó
de él una pipa de madera de brezo y frotó la boquilla.
—Mike Cruvic es un médico con excelentes credenciales que ha
decidido dedicar parte de su tiempo a ayudar a las mujeres necesitadas. ¿Cree
que hay muchos como él haciendo cola para colaborar con nosotros? Este lugar
sobrevive de milagro. La mayor parte del personal son enfermeras que nos
dedican su tiempo libre. Nuestro teléfono lo atiende un contestador, y tratamos
de atender las urgencias. Quizá el mes que viene tengamos un buzón de voz: «Si
se está usted muriendo, apriete el uno.»
Se puso la pipa en la boca y la mordió con tal fuerza que la
cazoleta se inclinó hacia arriba.
—Aprietos económicos —dije.
—Estamos totalmente estrangulados. —Marge alzó un puño—. Hace
unos años, disponíamos de subsidios del gobierno, de personal en nómina, y de
un magnífico programa de inmunización y prevención. Luego el gobierno comenzó a
hablar de reforma sanitaria, llegaron de Washington unos cretinos hablando de
responsabilidad contable y cosas así, y la situación se fue poniendo cada vez
más fea. —Se quitó la pipa de la boca y apuntándola como si fuera un
periscopio, siguió—: Bueno, ¿y qué tal le va como colaborador de Milo Sturgis?
Sólo he accedido a verlo para hacerle esa pregunta.
—¿Conoce usted al detective Sturgis?
—Conozco su fama. Y también la de usted: el sicoanalista
«hétero» que siempre va con Sturgis. Su amigo, doctor, es un personaje
legendario.
—¿En la comunidad gay?
—No, en el Club de Campo de Los Angeles. ¿Qué cree? —En sus ojos
relució un brillo malévolo—. ¿Sabe? Hay quien piensa que es usted un homosexual
oculto, y que si fuera un profesional de veras competente, se daría cuenta de
que está enamorado de Sturgis.
Sonreí.
—Vaya, si tenemos a un Giocondo. —Sonrió desde detrás de su
pipa. Aquella mujer tenía un extraño parecido con Theodore Roosevelt—. Dígame
una cosa: ¿por qué su amigo se niega a implicarse?
—¿En qué?
—En la política sexual. Debería utilizar de un modo constructivo
su buena imagen.
—Le aconsejo que le pregunte usted misma al detective Sturgis
por qué no lo hace.
—Vaya, parece que puse el dedo en la llaga. Sturgis debería
implicarse. Un policía gay que logró superar todas las barreras, que plantó
cara al departamento... ¿Cuándo fue?¿Hace cinco años o así, no? Le rompió la
mandíbula a un teniente porque lo llamó marica. —Masticó la boquilla de la
pipa, satisfecha—. En ciertos bares, aún se habla de eso.
—Esa es una versión nueva —dije.
—¿Conoce usted otra?
—Mi amigo le rompió la mandíbula el teniente porque el teniente
puso en peligro la vida de mi amigo.
—Bueno, supongo que ésa también es una buena razón —dijo ella—.
Pero... ¿por qué esa falta de conciencia social? Nunca acepta invitaciones para
participar en marchas ni en actos para recaudar fondos, jamás se ha afiliado a
ningún movimiento ni asociación. Y a ese novio médico que tiene le ocurre tres
cuartos de lo mismo. Dos tipos como ellos podrían hacer mucho bien.
—Tal vez crean que ya lo hacen.
Marge me miró de arriba abajo.
—¿Es usted bisexual?
—No.
—Entonces, ¿qué tienen que ver el uno con el otro?
—Somos amigos.
—Nada más que amigos, ¿eh? —La mujer se echó a reír.
—¿Como Hope y Cruvic?
Su risa se cortó.
—Comprendo que desee usted mantener la discreción —dije—. Pero
en un caso como éste, hay que investigarlo todo.
—Entonces consiga un mandamiento judicial. Además, ¿qué más da
que estuvieran echando tres polvos diarios encima de este mismo escritorio? Y
no digo que lo hicieran. ¿A quién le importa? El caso es que Mike no la mató.
Que se acostara o no con ella es indiferente. A Hope Devane la asesinaron
porque se hizo famosa y algún maldito cerdo se cabreó por ello.
—¿Se le ocurre quién puede ser ese cerdo?
—Hay demasiados sueltos para contarlos. Lo repito: la doctora
Devane apenas trabajó para nosotros. Lamento enormemente la muerte de cualquier
mujer, pero no puedo decirle nada concreto acerca de Hope Devane.
Se puso en pie no sin esfuerzo y rodeó el escritorio camino de
la puerta.
—Salude de mi parte a su legendario amigo. Y dígale que, por
mucho que se esfuerce en contentar a sus jefes, ellos siempre lo considerarán
un simple maricón.
Las dos muchachas habían desaparecido de la sala de espera, en
la que sólo estaba la madre de la rubia retrasada. La mujer alzó la vista de su
lectura cuando yo pasé. Tenía entre las manos la revista Prevention.
Estaba a punto de montarme en mi Seville cuando la vi correr
hacia mí con trote cansino. Baja y menuda, tenía la cintura alta y la espalda
encorvada. Su labio inferior era fino, y el superior casi inexistente. Llevaba
vaqueros azul claro, blusa blanca y zapatillas de lona color carne.
—La enfermera me dijo que era usted siquiatra.
—Sicólogo.
—De pronto se me ocurrió que...
Le dirigí una sonrisa.
—¿Sí?
Se acercó más, con cautela, como quien se aproxima a un perro
desconocido.
—Soy el doctor Delaware —dije, tendiéndole la mano.
Ella se volvió hacia la clínica. En el cielo sonó un rugido y
ella respingó. Una Cessna en vuelo bajo, que probablemente acababa de despegar
del aerodromo privado de Santa Mónica. La mujer observó cómo la avioneta se
alejaba en dirección al océano. Al cesar el ruido, ella dijo:
—Me preguntaba si... ¿Trabaja usted por casualidad en la
clínica?
—No.
—Oh. —Desilusión—. Bueno, perdone la molestia. Se volvió,
dispuesta a irse.
—¿Puedo ayudarle en algo? —pregunté.
Ella se detuvo. Se retorció las manos.
—No, déjelo, disculpe.
—¿Está segura? —le pregunté, tocándola en el hombro con gran
suavidad—. ¿Le ocurre algo malo?
—Simplemente, pensé que tal vez en la clínica hubieran
conseguido al fin a un sicólogo.
—¿Para su hija?
Seguía retorciéndose las manos.
—¿Problemas de adolescencia? —quise saber.
Asintió con la cabeza.
—Se llama Chenise —dijo, insegura, como si fuera a deletrearle
el nombre ante algún funcionario—. Tiene dieciséis años.
Se llevó la mano al bolsillo de la camisa y en seguida la
retiró.
—Constantemente olvido que he dejado de fumar... Sí, son
problemas de adolescencia. Me vuelve loca. Siempre ha sido así. Yo... ya no sé
qué hacer con ella... La he llevado a un millón de clínicas, e incluso al
hospital del condado. Siempre la atiende algún estudiante que no tiene ni idea
de nada. La última vez, terminó sentada en las piernas del tipo y él no supo
qué hacer. En los colegios se lavan las manos. Ha tomado todo tipo de
medicaciones desde niña, y ahora está... El doctor Cruvic, el médico de aquí,
el que la operó, dijo que convenía que a Chenise la viera un sicólogo, y
consiguió que viniera uno, una mujer. De veras buena: en seguida comprendió de
qué pie cojeaba mi hija. Ya le digo: era muy lista, y por eso a Chenise no le
gustaba hablar con ella. Pero yo la obligaba. Luego... —bajó la voz—... le
ocurrió algo terrible. A la sicóloga, quiero decir. —Meneó la cabeza—. No
quiero ni contárselo... Bueno, tengo que volver, probablemente ya habrán
terminado de examinar a Chenise.
—La sicóloga que el doctor Cruvic consiguió para ella, ¿se
llamaba Devane?
—Sí —dijo ella, sin apenas aliento—. La doctora Devane. ¿Está
usted enterado de lo que le sucedió?
—En realidad, ése es el motivo de que haya venido por aquí,
señora...
—Farney, Mary Farney. —Tenía los ojos muy abiertos, que eran del
mismo color que los de su hija. Bonitos. En tiempos, ella también debió serlo.
Ahora tenía el agobiado aspecto de alguien condenado a no poder olvidar ninguno
de sus errores—. No... No entiendo lo que quiere usted decir.
—Soy sicólogo y a veces colaboro con la policía, señora Farney.
En estos momentos trabajo en el caso de la doctora Devane. ¿Sabe usted...?
Los ojos azules reflejaron terror.
—¿La policía sospecha que el asesinato está relacionado con este
lugar?
—No. Simplemente, tratamos de hablar con todos los que
conocieron a la doctora.
—Bueno, realmente, yo no la conocía. Ya le he dicho que sólo
habló con Chenise unas cuantas veces. A mí me gustaba, porque siempre que quise
hablarle me atendió bien y sin prisas, comprendía las cosas de Chenise... Pero
eso es todo. Tengo que volver.
—¿Y el doctor Cruvic?
—¿Qué pasa con él?
—¿También comprendía a Chenise?
—Sí, claro, es muy bueno... Llevo sin verlo desde...
Desde hace tiempo. —¿Desde la operación? —No tenía por qué
volverla a ver. Ella está bien. —¿Quién está atendiendo hoy a Chenise?
—Maribel... La enfermera. Me tengo que ir. —¿Le importaría darme su dirección y
su teléfono? —¿Para qué? —Por si la policía quiere hablar con usted. —Ni
hablar, olvídelo, no quiero líos. Le tendí una de mis tarjetas. —¿Para qué me
da eso? —Por si recuerda algo. —No voy a recordar nada —dijo, pero se guardó la
tarjeta en el bolso. —Gracias. Y si necesita usted que atiendan
a Chenise, yo puedo conseguirle a alguien. —No, ¿para qué? Esa niña se encierra
en sí misma. No hay quien saque partido de ella.
Me alejé en mi coche.
Cirugía. Dada la promiscuidad de Chenise Farney, no era difícil
imaginar qué tipo de cirugía.
Cruvic y Hope juntos en un asunto de abortos.
¿Pidió Cruvic la ayuda de una sicóloga porque le preocupaba la
muchacha? ¿O por otra razón?
Adolescente promiscua de reducida inteligencia. Una menor, por
debajo de la edad de consentimiento. ¿Y que quizá fuera demasiado obtusa hasta
para dar consentimiento asesorado? ¿Deseaba Cruvic cubrirse las espaldas?
Cruvic y Hope...
Holly Bondurant pensaba que entre los dos había algo, y la furia
con que Marge Showalsky lo desmintió parecía confirmar tal posibilidad.
Me daba cuenta de que Cruvic nos había mentido al darnos a
entender que conoció a Hope en la fiesta para recaudar fondos. Holly estaba
segura de que los dos se conocían de antes.
Lo cual parecía confirmar la corazonada de Milo. La relación
entre ambos era más que profesional.
Pero, teniendo en cuenta el asesinato de Mandy Wright, ¿qué
importancia tenía todo eso? Aparentemente, en el caso de Las Vegas el homicida
era un desconocido.
Un sicópata que seguía suelto, al acecho, vigilando, haciendo
planes. Ansioso de ejecutar una sonata de cuchillo bajo la protección de
grandes y umbrosos árboles.
Pasando por Overland, me fijé en una pequeña cafetería y detuve
el coche ante ella. Compré un periódico de la mañana, y lo leí, mientras me
tomaba una hamburguesa y una coca-cola. Luego saqué la lista de los estudiantes
que habían pasado por el Comité de Comportamiento.
Ya puesto, ¿por qué no terminar el trabajo?
Había tres que aún no habían sido interrogados. O, en realidad,
cuatro, ya que el encuentro con la aterrada Tessa Bowlby no contaba como
entrevista.
Llamé al número de Deborah Brittain en Sherman Oaks. Una máquina
me dijo que aguardara la señal, pero no le hice caso.
Reed Muscadine había abandonado la universidad, así que su
horario de clases carecía de importancia.
Lo llamé. Su contestador dijo: «Hola, soy Reed. O no estoy en
casa o estoy haciendo ejercicio y no puedo parar. Pero ardo en deseos de hablar
contigo, sobre todo si vas a ofrecerme mi gran oportunidad, uf, uf, uf... Así
que te suplico de rodillas que dejes tu nombre y tu número. Los actores en paro
también necesitan amor.»
Amable, suave, bien modulada. La clásica voz consciente de lo
bien que sonaba.
Si era seropositivo, ese hecho no había alterado su humor ni su
deseo de estar en forma. O bien no había cambiado el mensaje del contestador.
¿Actor en paro? ¿Acaso no había conseguido trabajo en una
telenovela?
¿Habría surgido algún problema con el papel?
Muscadine vivía en Fourth Street. Con un poco de suerte, yo
llegaría cuando él hubiese acabado sus ejercicios y me enteraría de cómo estaba
de salud y de cuáles eran sus sentimientos hacia Hope Devane y hacia el Comité
de Comportamiento.
Y con mucha suerte, quizá lograse averiguar qué tenía tan
asustada a Tessa Bowlby.
15
Muscadine vivía en una cabaña de estuco con pretensiones de
castillo: dos torretas, una enorme sobre la puerta principal y otra mucho más
reducida, en la esquina derecha. Una vieja cubierta con un ancho sombrero de
paja estaba frente a la casa, inclinada, arrancando malas hierbas. Una vez
apagado el Seville, ella ya se había enderezado y me aguardaba con los brazos
en jarra. Llevaba pantalones de lona de jardinero, con almohadillas de goma en
las rodillas. La mujer tenía la piel curtida y en sus ojos había recelo.
—Hola, busco a Reed Muscadine.
—Vive en la parte de atrás. —Dicho esto, hizo una mueca, como si
lamentase haberme dado aquella información—. ¿Quién es usted?
Me bajé del coche y le mostré mi identificación policial.
—¿Doctor?
—Soy sicólogo. Trabajo para la policía. —Miré hacia el fondo de
la rampa de acceso. Sobre el garaje había un apartamento al que se llegaba por
medio de unas empinadas escaleras.
—No está en casa —dijo ella—. Soy la señora Green, la
propietaria del edificio. ¿Qué sucede?
—Queremos interrogar al señor Muscadine respecto a un asesinato.
No como sospechoso, sino como persona que conocía a la víctima.
—¿Quién es la víctima?
—Una profesora universitaria.
—¿Y él la conocía?
Asentí con la cabeza.
—Llevo cuarenta y cuatro años viviendo aquí, y hasta hace poco
nunca había conocido a una víctima —dijo ella—. Ahora no puede una salir a la
calle sin ponerse nerviosa. El sobrino de una amiga mía, que es policía en
Glendale, le dice a su tía que la policía no puede hacer nada por ella hasta
que la hieran o la maten. Le recomienda que se compre una pistola y la lleve
siempre, y si la sorprenden con ella, la cosa no tiene más importancia que una
multa de tráfico. Así que eso es lo que he hecho. Y también tengo a Sammy.
La señora Green lanzó dos silbidos, en la parte trasera del
edificio se escuchó un sonido, y doblando la esquina apareció un gran perrazo
de negro y triste rostro. Por su malencarada expresión, parecía primo de Spike.
Pero aquel animal pesaba como mínimo cincuenta kilos y, a juzgar por su mirada,
no parecía andarse con bromas.
La señora Green alzó una mano y el perro se detuvo.
—¿Mastiff? —pregunté.
—Bullmastiff. La única raza que se ha adiestrado específicamente
para atacar a las personas. En Inglaterra los adiestraban contra los cazadores
furtivos. Vente para acá, preciosidad.
El perro olfateó, bajó la cabeza y se acercó a paso lento. Sus
enormes miembros se movían con ágil armonía. Por las comisuras de sus labios
caían gotas de baba. Sus ojos eran pequeños, casi negros, y no se apartaban de
mi rostro.
—¿Qué hay, Sam, bonito? —dije. Las que tienen auténtico instinto
protector son las hembras... Ven, bonita. La perra se acercó, inspeccionó mis
rodillas y miró
a la señora Green.
—Anda, dale un beso —dijo la mujer.
Una gran boca me rozó la mano.
—Es simpática —dije.
—Es simpática con los simpáticos. Con los
Samantha. —
antipáticos... —Lanzó una risa tan seca como su cutis.
La perra se frotó contra sus piernas y ella la acarició.
—¿Sabe cuándo volverá Reed?
—No. Es actor.
—¿Tiene un horario irregular?
—En estos momentos es horario nocturno, y estará trabajando de
camarero en el Valle.
«¿De las telenovelas a eso?» Comenté:
—¿No consigue trabajo como actor?
—La culpa no es suya —dijo la señora Green—. Es una carrera muy
dura, créame. Yo lo sé muy bien. Hace una eternidad, trabajé para el cine, casi
siempre como extra, aunque tuve una frase en Noche tras noche, una película de
Mae West. Un clásico. A la West pretendían hacerla pasar por una lagarta sin
seso, pero era más lista que todos ellos. Yo debí comprar terrenos para
edificar cuando ella lo hizo. En vez de eso, me casé.
Se sacudió los pantalones y palmeó la gran cabezota de la perra.
—Así que han matado a una profesora. ¿Está usted interrogando a
todos sus estudiantes?
—Tratamos de ser concienzudos.
—Bueno, pues ya le digo: Reed es un buen chico. Paga el alquiler
con bastante puntualidad, y cuando no puede hacerlo, siempre me avisa antes. Yo
soy paciente con él porque el chico es grande y fuerte y mañoso, y cuando se
estropea algo, él lo arregla. Y se lleva muy bien con Sammy, así que cuando voy
a visitar a mi hermana en Palm Springs, tengo quien la cuide. A decir verdad,
Reed me recuerda a mi marido. Stan era tramoyista cinematográfico. ¿Sabe lo que
es?
—Los que trasladan los decorados.
—Y no sólo los decorados: todo. Stan era puro músculo. Trabajó
como especialista hasta que se rompió la clavícula en una película de Keaton.
Mi hija también está en el negocio, es lectora de guiones para una productora.
Así que siento una especial debilidad por cualquiera que sea lo bastante
romántico como para dedicarse al cine. Por eso, cuando le alquilé el
apartamento a Reed, sólo le pedí un mes de fianza. Normalmente, pido dos. Y el
chico ha sido un buen inquilino. Incluso cuando se lesionó, no se quedó
holgazaneando mucho tiempo.
—¿Se lesionó?
—En la espalda levantando pesas... Fue hace unos meses. Vaya,
ahí lo tiene, podrá usted hablar con él personalmente.
Un maltratado Volkswagen amarillo se detuvo en la rampa de
acceso. Los tapacubos estaban llenos de óxido. Ningún Porsche, de momento.
El hombre que se apeó era mayor de lo que me esperaba —unos
treinta años—, y enorme. Metro noventa y cinco, muy bronceado. Ojos color gris
pálido. Llevaba la densa cabellera echada para atrás, y el pelo le llegaba
hasta bien por debajo de los hombros. Sus facciones eran fuertes, viriles,
perfectas para la cámara.
En el mentón tenía un hoyuelo del calibre del de Kirk Douglas.
Llevaba una gruesa sudadera gris con las mangas recortadas para dejar al
descubierto unos musculosos bíceps, pantalones negros muy cortos, y sandalias
sin calcetines. Traté de imaginármelo con Tessa Bowlby.
Me dirigió una rápida mirada. Los ojos grises eran curiosos e
inteligentes. Tarzán con un buen coeficiente intelectual. Sonriendo
cordialmente, tendió a la señora Green la bolsa de papel que llevaba en una
mano.
—¿Qué tal, Maidie? Hola, Sammy. —Acarició a la bullmastiff y me
miró de nuevo. El cuello del animal se llenó de pliegues cuando alzó la cabeza
para mirarlo. Los negros ojos se habían suavizado. Una gran lengua sonrosada
lamió la mano de Reed.
—Este señor trabaja para la policía, Reed, aunque él no es
policía, sino sicólogo, mira tú. Ha venido a hablarte de no sé qué profesora
asesinada.
Muscadine enarcó las pobladas cejas.
—¿Una profesora mía?
—Hope Devane —dije.
—Oh... La fruta es fresca, Maidie, recogida hoy mismo.
—¿De dónde la has sacado? ¿De ese sitio de comida dietética?
—¿De dónde si no?
—Alimentos orgánicos —dijo desdeñosamente la señora Green—.
¿Nunca te has parado a pensar en que si he vivido tantos años puede que sea
gracias a que todos los aditivos que he tomado en mi vida me conservan como si
yo fuese un pepinillo en vinagre? —Miró el contenido de la bolsa—. ¿Melocotones
fuera de temporada? Deben de haberte costado una fortuna.
—Sólo te compré dos —dijo Muscadine—. Eran muy baratos, y mira
qué color tienen. —Se volvió hacia mí—. Así que sicólogo.
—Trabajo con la policía.
—No comprendo.
—Investigo las actividades del comité de la profesora Devane.
—Ah, ya. ¿Quiere subir?
—Devane —dijo la señora Green, rascándose la nariz—. Ese nombre
me suena de algo.
—La asesinaron en Westwood —dijo Muscadine—. Fue hace...
¿Cuánto? ¿Tres meses?
Asentí con la cabeza.
—Ah, sí, la que había escrito un libro —dijo la señora Green—.
¿Era profesora tuya, Reed?
—Más o menos —dijo Muscadine, mirándome.
—Una profesora. —La mujer meneó la cabeza—. En un vecindario
como ése. Qué mundo... Gracias por la fruta, Reed.
—No tiene importancia, Maidie.
Muscadine y yo comenzamos a andar hacia la casa. La señora Green
dijo:
—Pero no quiero que vuelvas a gastarte tanto dinero. Para
derrochar, espera a ser estrella.
Cuando llegamos a la escalera, Muscadine dijo:
—¿Sabe qué edad tiene esa mujer?
—¿Ochenta años?
—El mes que viene cumplirá noventa. Quizá me conviniera comenzar
a comer cosas con aditivos. —Subió los peldaños de tres en tres y, cuando yo
llegué arriba, él ya estaba abriendo la puerta.
El apartamento constaba de una sola habitación, con una cocina
del tamaño de un armario, y un baño en la parte de atrás.
Dos de las paredes estaban cubiertas de espejos, y las otras
estaban pintadas de blanco. Una enorme máquina de ejercicio cromada ocupaba el
centro, flanqueada por una tabla de abdominales, una barra de pesas y, contra
la pared, un montón de discos ordenados por pesos. Un gran ventanal doble con
primorosos visillos de encaje daba a una huerta donde crecían naranjos. Frente
al ventanal había una rampa y una escalera eléctricas, para hacer ejercicio,
una bicicleta estática y una máquina de esquí. Uno de los rincones lo ocupaba
un canapé con colchón matrimonial y dos almohadas.
Las sábanas eran negras. Imaginé a Tessa y Muscadine
forcejeando.
Los únicos muebles convencionales eran una barata mesilla de
noche de madera y una cómoda. De un perchero de aluminio con ruedas colgaban
camisas ordenadas por colores, pantalones, vaqueros y chaquetas de deporte.
Muscadine no tenía mucha ropa, pero la que tenía parecía buena. En el suelo,
bajo las ropas, había dos pares de zapatillas de lona, unos mocasines marrones,
zapatos negros de vestir y unas botas vaqueras de color gris.
En la resquebrajada repisa de la cocina no había más que una
batidora y un pequeño hornillo. La nevera era minúscula. En su puerta, un
cartel rezaba: SÉ POSITIVO... PERO APRENDE A PRONUNCIAR. Bajo la repisa había
dos taburetes de acero y plástico. Muscadine los sacó y dijo:
—Dispense. No recibo muchas visitas.
Los dos nos sentamos.
—Le agradezco que no se extendiera hablando sobre el comité
delante de Maidie. Ella se muestra comprensiva cuando me retraso en el
alquiler, y en estos momentos necesito toda su comprensión.
Mirando los aparatos de gimnasia, comenté:
—Tiene usted un buen equipo.
—Trabajé un tiempo en un gimnasio que quebró. Lo conseguí todo a
muy buen precio.
—¿Era usted instructor personal?
—Más bien impersonal. Era uno de esos gimnasios para ricos,
prácticamente una estafa. Ya sé que parece raro tener tantos aparatos en un
sitio de este tamaño; pero la verdad es que me resulta más barato que pagar las
mensualidades de un gimnasio, y en estos momentos mi cuerpo es mi único
capital.
En la habitación hacía calor, pero la piel de Muscadine estaba
seca, pese a la gruesa sudadera. El hombre se pasó una mano por el cabello y se
echó a reír.
—Creo que eso no ha sonado del todo bien. A lo que voy es a que,
por mucho intelectualismo que le quieras echar al trabajo de actor, lo que
cuenta en la industria es la primera impresión que produces, y cuando se llega
a cierta edad, hay que esforzarse al máximo.
—¿Qué edad es ésa?
—Depende de la persona. Yo tengo treinta y un años, y hasta ahora
el físico aguanta.
—La primera impresión —dije—. ¿Hay que deshacer camas para
conseguir trabajo?
—Bueno, eso sigue sucediendo, pero yo me refiero a otra cosa.
Por mucho que practique el método de actuación de Stanislawsky, si mi cuerpo se
echa a perder, lo mismo ocurre con mis posibilidades de conseguir trabajo.
—Señaló con un pulgar hacia abajo.
—¿Cuánto tiempo lleva usted en la profesión?
—Un par de años. Estudié contabilidad y trabajé en una empresa
como contable durante nueve años. Al fin, me harté de números y volví a la
universidad para estudiar bellas artes. ¿Quiere beber algo?
—No gracias.
—Yo, sí. —Abrió la nevera y cogió una de las dos docenas de
botellas de agua mineral que había en el interior, y que tenían como única
compañía un pomelo.
Muscadine abrió el tapón con dos dedos y dio un largo trago.
—¿Por qué abandonó usted los estudios? —quise saber.
—Vaya, las noticias vuelan. ¿Quién se lo dijo?
—El profesor Dirkhoff.
—El bueno del profesor Dirkhoff. La vieja reinona en su trono.
Está muy cabreado conmigo. En su opinión, debería pasarme otros dos años
aprendiendo a desarrollar mis recursos ocultos.
Dobló un brazo y abrió y cerró los dedos de la mano.
—Quizá debí llevar a Dirkhoff ante el Comité de Comportamiento.
Eso hubiera dejado patidifusa a la Devane.
—¿Por qué?
—La víctima no era una mujer. Y es que en eso consistía el
comité: en enfrentar a hombres contra mujeres. En cuanto puse el pie en aquella
sala, la profesora Devane comenzó a atacarme. —Se encogió de hombros y engulló
el resto del contenido de la botella—. ¿Está usted interrogando a todos los que
tuvieron relación con el comité? —preguntó.
—Sí.
—Me dijeron que las actas de las sesiones eran confidenciales,
pero cuando se produjo el asesinato supuse que dejarían de serlo. Dígame una
cosa: ¿qué pinta un sicólogo en el caso? Por cierto, ¿cómo se llama usted?
Le mostré mi identificación. El le echó un vistazo y luego me
miró.
—Sigo sin entender qué pinta usted en este asunto.
—La policía me ha pedido que hable con las personas que
conocieron a la profesora Devane, que hiciera un análisis de su personalidad.
—¿Que la analizase a ella? Qué interesante. Siempre pensé que el
que la mató era un chiflado, quizá alguien que leyó su libro. Tengo entendido
que en él manifestaba una considerable hostilidad hacia los hombres.
—¿En persona también se mostraba hostil? —pregunté.
—Pues sí. Me quedé estupefacto cuando me acusaron de violación.
Cuando me citaron para que compareciese. Aunque quizá fue lo mejor que pudo
ocurrir. Aquella experiencia fue lo que terminó con mis dudas respecto a seguir
los estudios, y lo que me impulsó a probar otras posibilidades. ¿Ha tenido
oportunidad de hablar con la chica que me acusó?
—Ayer lo hice —dije—. Parece atemorizada.
Él enarcó las cejas.
—¿Por qué?
—Eso es lo que quería preguntarle a usted.
—¿Cree usted que...? No, por Dios, me he mantenido lejos de
ella. Esa muchacha es conflictiva, y yo preferiría que viviéramos en planetas
distintos.
—Conflictiva, ¿en qué sentido?
—Tiene graves problemas. Una noche con ella fue más que
suficiente.
Cogió otra botella.
—Aunque parezca absurdo, a veces pienso que fue precisamente eso
lo que inicialmente me hizo sentir interés por ella. Su impredecibilidad. Es
muy distinta a las chicas con las que suelo salir.
—¿Qué clase de chicas son ésas?
—Normales. Y, si le soy sincero, bastante mejor parecidas que
Tessa. Por lo general, me gustan las muchachas que se cuidan. Las atletas.
—¿Tessa no se cuida?
—Usted mismo la ha visto. Es una chica triste.
—Así que piensa que lo que la atrajo de ella fue su
impredecibilidad.
—Eso y... no sé, me dio la sensación de que podía ser
interesante. —Se encogió de hombros—. La verdad es, que no sé qué diablos me
pasó. Aún estoy tratando de entenderlo... ¿Le contó Tessa cómo nos conocimos?
—¿Por qué no me da usted su versión?
—Nos conocimos como suele conocerse la gente en el campus. Al
principio, todo fue de lo más normal. Estábamos en la unión de estudiantes,
estudiando, almorzando. Nuestras miradas se cruzaron y... ¡buril! Sus ojos eran
apasionados, muy expresivos. Y, a su modo, esa chica es realmente atractiva.
Fuera lo que fuese, el caso es que algo hizo clic entre nosotros. —Meneó la
cabeza y el negro cabello se agitó para quedar luego en su lugar.
»Quizá fue una simple reacción bioquímica. He leído que existen
ciertas sustancias que influyen sobre la atracción sexual. Feromonas. Quizá ese
día nos encontrásemos químicamente en armonía, ¿quién sabe? El caso es que se
trató de algo mutuo al mil por ciento. Cada vez que yo volvía los ojos en su
dirección, la veía a ella mirándome. Al fin, me levanté, fui a sentarme junto a
Tessa, y ella, inmediatamente, se movió en el banco y su cadera quedó pegada a
la mía. Al cabo de dos minutos, la invité a salir y ella me dijo que sí, como
si llevara meses esperando que se lo propusiera. Esa noche la pasé a buscar por
su residencia. Fuimos al cine, a cenar, charlamos... Pero, evidentemente,
hicimos todo aquello por cubrir las apariencias, por hacer que la cosa pareciera
cortés y civilizada. Pero los dos íbamos a lo mismo. Y ella fue la que propuso
que viniéramos aquí. A mí la idea no me apetecía mucho, porque esto no es
exactamente la mansión Playboy, pero ella me dijo que en su residencia no
tendríamos intimidad. La traje aquí, le preparé una copa, me metí en el baño, y
cuando salí, ella estaba en esa cama. —Muscadine señalaba hacia el rincón—.
Llevaba una combinación corta negra, y se había quitado los panties, que
estaban en el suelo, hechos un rebujo. Al verme aparecer, sonrió y separó las
piernas. Todo fue rapidísimo. —Juntó fuertemente ambas manos—. Como una
colisión. Y los dos nos corrimos. Ella, antes que yo. Luego, de pronto, se
apartó de mí y se echó a llorar. Traté de abrazarla y ella me empujó. Después
el llanto arreció, y se fue poniendo más y más histérica. Comenzó a gritar. Lo
único que faltaba era que la señora Green se despertara y viniera a ver qué
ocurría, trayéndose quizá a Sammy. A la perra no le gustan los extraños. Así
que le tapé la boca con la mano. No lo hice violentamente, sólo pretendía que
se calmase. Y ella va y me muerde. Entonces me puse en pie y me aparté de la
cama. Estaba completamente perplejo. Hacía un momento habíamos hecho el amor,
y, de pronto, parecía querer matarme. Me dije que era un idiota por haber
buscado un ligue fácil. Y no parecía que ella fuera a calmarse. Al fin, lanzó
un sollozo más fuerte que los otros, gateó por el suelo en busca de los
panties, logró ponérselos y salió como una exhalación del apartamento y comenzó
a bajar la escalera. Yo la seguí. Quería que me dijera qué le pasaba, pero ella
no estaba dispuesta a hablar. Siguió camino de la calle. Y de pronto Sammy se
puso a ladrar, y en la habitación de la señora Green se encendió la luz.
—¿Llegó a salir su casera?
—No, porque todo fue muy rápido. Al llegar a la calle, Tessa
echó a andar en dirección norte. Yo le dije que ya era muy tarde, y que la
llevaría a casa, y ella me mandó a la mierda y dijo que prefería caminar. Lo
cual era una chifladura, ya que el campus se encuentra a ocho o diez kilómetros
de distancia. Traté de persuadirla, pero cada vez que le decía algo, me
amenazaba con ponerse a gritar, así que al final la dejé por imposible. —Lanzó
un profundo suspiro—. Fue algo auténticamente demencial. Me pasé varios días
intentando comprender lo sucedido, y lo único que se me ocurrió fue que tal vez
a Tessa la habían violado o molestado con anterioridad y mezcló sus recuerdos
con la realidad de lo que había sucedido entre nosotros. Luego, un mes más
tarde, recibí la notificación de que debía comparecer ante el comité. Fue como
si me pegaran un puñetazo aquí. —Se apretó el estómago—. Más tarde me enteré de
que no estaba obligado a comparecer. Pero no era eso lo que parecía dar a
entender la notificación.
—¿Qué tal le sentó verse obligado a hacerse el análisis del
sida?
—¿También está al corriente de eso?
—Hay transcripciones de lo que se dijo ante el comité.
—¿Transcripciones? Vaya por Dios. ¿Van a hacerse públicas?
—No, a no ser que se demuestre que tienen alguna relación con el
asesinato.
Muscadine se frotó la frente.
—Jesús... En la industria se dice que la mala publicidad no
existe, que lo importante es que hablen de uno. Pero eso sólo les ocurre a los
que ya han conseguido el éxito. Yo soy un don nadie. Lo último que necesito es
que la gente piense que soy un violador o que estoy infectado.
—¿Resultó usted ser seronegativo?
—¡Pues claro! ¿Acaso tengo aspecto de enfermo?
—¿Qué tal su espalda?
—¿Mi espalda?
—La señora Green me comentó que se había usted lesionado.
—Ah, eso. La culpa fue mía. Una mañana estaba nervioso y me puse
a hacer ejercicios en la tabla de abdominales. Puse demasiada energía en ello y
sentí como si un cuchillo me atravesara. Tardé una hora en poder volver a
levantarme. Los dolores me duraron un mes, y la señora Green se ocupó de hacer
la compra por mí. Por eso le traigo alguna golosina siempre que puedo. De vez
en cuando aún noto alguna punzada, pero aparte de eso me siento bien. Y en la
prueba del sida di totalmente negativo.
Repetí mi pregunta acerca de cómo le sentó verse obligado a
hacerse la prueba.
—¿Que cómo me sentó? Me pareció una intrusión en mi intimidad.
¿Cómo hubiera reaccionado usted? Creo que dije que todo aquello me parecía
kafkiano. ¿Trataron igual a todos los que comparecieron ante el comité?
—No estoy autorizado para decírselo.
Tras mirarme fijo por unos momentos, Muscadine dijo:
—Bueno, da lo mismo. El caso es que ésa fue toda mi relación con
la profesora Devane. ¿Cree que la prensa aireará el asunto?
—Supongo que todo depende de quién resulte ser el asesino.
Él quedó unos momentos pensativo y al fin preguntó:
—¿Le parece posible que lo del comité tenga alguna relación con
el asesinato?
—¿Le sorprendería que así fuera?
—Pues claro. Fue muy desagradable, pero al fin se quedó
prácticamente en nada. No creo que alguien pueda matar por algo así. Además, no
me imagino a mí mismo matando a alguien por ningún motivo. —Sonrió—. Salvo,
quizá, por un buen papel. Es broma. —Ahogó un bostezo y siguió—: Dispense. Si
no quiere usted nada más, me gustaría echarme una siesta. A las seis empiezo a
trabajar.
—¿Dónde?
—En el restaurante Delvecchio, en Tarzana. —Hizo una inclinación
y burlonamente dijo—: «¿Cómo desea el señor el filete? ¿Poco hecho?» Pero
así... ¿cómo me motivo?
—El profesor Dirkhoff dijo que había conseguido usted trabajo
como actor.
El atractivo rostro se ensombreció.
—Ay...
—¿Le duele algo?
—El fracaso. Sí, lo que le dije al profesor era cierto, cierto
al estilo Hollywood, y ése fue el motivo de que dejara los estudios. Pero los
hubiera dejado en cualquier caso. Las clases eran demasiado teóricas. Una
pérdida de tiempo y esfuerzos.
—¿Qué quiere decir con lo de que era cierto al estilo Hollywood?
—Un emparedado de aire con pan imaginario.
—¿El trabajo no llegó a concretarse?
—Se quedó en puras palabras. Cometí la ingenuidad de ser
optimista porque hice una prueba excelente y mi agente me dijo que la cosa
estaba hecha.
—¿Qué sucedió?
—Le dieron el papel a otro.
—¿Por qué?
—No tengo ni idea. Nunca dan explicaciones.
—¿Qué telenovela era?
—No sé. La hacía una productora independiente para la televisión
por cable.
—¿Llegó a iniciarse la producción?
—De momento, no era más que un simple proyecto. Ni siquiera
tenía título. Trataba de espías, diplomáticos, embajadas extranjeras... La
directora de reparto me dijo que mi personaje era una especie de James Bond.
Tenía que llevar un parche sobre el ojo y me llevaba de calle a todas las
mujeres. Luego me dio un pellizco en el culo y me dijo: «Estás buenísimo,
cariño.» ¿Dónde están los
comités de comportamiento cuando uno los necesita?
16
A las siete, Milo llegó a casa procedente del aeropuerto. Su
aspecto era desaliñado.
—¿Dónde están las zapatillas blancas? —pregunté. Él se miró las
arañadas botas de campo.
—Decidí ir con indumentaria formal. —Se sentó a la mesa de la
cocina y sacó de su portafolios una foto veinte por treinta.
Era un retrato de promoción de medio cuerpo de una joven
sumamente atractiva, con largo y sedoso cabello oscuro, sonrosadas mejillas,
labios sensuales ligeramente separados y atónitos ojos almendrados del color
del café exprés.
Llevaba un vestido blanco sin tirantes adornado con lentejuelas
blancas, y estaba inclinada hacia adelante, dejando ver un gran escote. En tomo
al cuello lucía una gran gargantilla también de brillantes. Demasiados quilates
para ser auténticos. Se había utilizado un ventilador para que el cabello
ondease ligeramente. Su sonrisa era a un tiempo invitadora y burlona.
Debajo del retrato se leía:
AMANDA WRIGHT
ACTRIZ Y BAILARINA
REPRESENTANTE: ONYX ASSOCIATES
—¿Sus agentes? —pregunté.
—Según la policía de Las Vegas, se trata de una ya extinta
empresa entre elegante y sórdida especializada en facilitar atracciones topless
a los casinos. Mandy no tenía antecedentes delictivos, lo cual no es raro en
las profesionales de postín que se materializan en torn a los jugadores
gananciosos. Otros datos vitales: estaba soltera, le gustaban las fiestas,
consumía hierba, píldoras y coca. Su último novio fue un crupier de blackjack
llamado Ted Barnaby, también cocainómano, que se trasladó a Reno poco después
del asesinato. La policía de Las Vegas lo interrogó al día siguiente y él se
mostró cooperador y tenía coartada: estuvo trabajando toda aquella noche, y su
jefe de turno lo confirmó. Además, el hombre parecía sumamente afectado por la
muerte de Mandy.
—Pero se fue de la ciudad.
—Eso no resulta sospechoso, porque la gente de los casinos nunca
para mucho en un sitio. Anoche, un detective me condujo al lugar del crimen.
Una tranquila zona residencial de clase media. La calle no estaba tan arbolada
como la de Hope, pero frente al edificio de Mandy crecía un enorme eucalipto, y
bajo él fue asesinada. Tanto los de Las Vegas como yo estamos haciendo
indagaciones en todo el país y no han aparecido otras muertes que encajen con
esa pauta, pero hay mucho terreno por cubrir.
—¿Existe constancia de que Mandy hubiera vivido en Los Ángeles?
—De momento, no. Llevaba tres años en el mismo apartamento
alquilado. Nació y creció en Hawai, donde tampoco tenía antecedentes
policiales. No me sorprendería que hubiese venido a Los Ángeles en más de una
ocasión, pero los movimientos de sus tarjetas de crédito no lo indican, aunque
sí indican que realizó otros viajes.
—¿Adónde?
Milo volvió a echar mano de su portafolios y sacó una gruesa
carpeta negra que abrió y colocó junto a la foto. Mi amigo se humedeció el
pulgar y fue pasando páginas hasta encontrar el resumen de dos años de
movimientos de una Visa y una MasterCard reducidos a letra pequeña. Tres
estadillos por página.
Las cuentas mensuales de Mandy Wright oscilaban entre los
quinientos dólares y los cuatro mil. Gran cantidad de retrasos en el pago y de
cobros de intereses. Un par de impagos. En ambas ocasiones le retiraron la
tarjeta y ella cambió de compañía.
Recorrí con el dedo la pormenorizada relación de compras. Casi
todo eran ropa, cosméticos, joyas y restaurantes. Los gastos de viaje estaban
rodeados por un círculo. Una docena de vuelos: dos viajes a Aspen y Park City,
Utah; seis a Honolulú; uno a Nueva York y otro a Nueva Orleans.
—Una dama cosmopolita —comenté—. ¿Viajes de trabajo?
—Los que hizo a Hawai tal vez fueran personales, porque tenía un
hermano allí, pero sí, lo demás pudo ser trabajo. A los centros de esquí fue en
invierno... trabajaría en ellos como conejita de nieve. A Nueva Orleans fue
durante los carnavales, una gran época para las prostitutas. Nueva York puede
ser cualquier cosa en cualquier época del año.
—Pero a Los Angeles no vino —dije—. Las Vegas-Los Angeles es un
trayecto que las prostitutas hacen con bastante frecuencia. ¿No te parece
extraño que fuera en avión a todas partes menos aquí?
—Quizá no le gustase el smog —replicó Milo—. Quizá viniera en
coche. Pero tienes razón: muchas chicas hacen la ruta del desierto
regularmente. El año pasado tuvimos varios casos de mujeres casadas del
Westside que se ganaban un dinerito de bolsillo haciendo mamadas en los moteles
y volvían a casa a tiempo para servir la cena. Así que tal vez Mandy tenía un
cliente fijo en Los Angeles que no quería que quedase constancia de los viajes
de ella. —Golpeó la foto con un dedo—. No sería raro que hubiera algún tipo
rico que, a espaldas de su esposa, pagase a una mujer con este aspecto para que
viniera regularmente a hacerle discretas visitas.
Milo cogió una cerveza y yo examiné el resto de la carpeta,
comenzando con el resumen del interrogatorio de Ted Barnaby. Un solo párrafo,
escrito por un detective llamado A. Holzer, que había hablado con el novio de
Mandy antes de que éste se fuera a Reno. Barnaby mostró: «Lágrimas y otros
indicios de dolor. El sujeto asegura no conocer ningún motivo para el
homicidio. Dice estar al corriente de que la víctima ‘‘trabajaba a veces como
callgirl. Ese es el motivo de que no viviéramos juntos. Ella necesitaba su
propio apartamento’’. El sujeto afirma también que no le gustaba que la víctima
se dedicase a la prostitución y que, en el pasado, había discutido con ella al
respecto, pero al fin llegó a aceptar la situación. ‘‘Hay que admitir a la
gente según es.’’ Su coartada es sólida, y está confirmada por Franklin A.
Varese, jefe de turno en el casino, y por dos de sus compañeros de trabajo, los
crupieres Sandra Boething y Luis Maldonado.»
A continuación, la autopsia y los informes del laboratorio.
Las pruebas toxicológicas pusieron de manifiesto la presencia de
una moderada cantidad de cocaína en la sangre de Mandy Wright la noche del
asesinato.
El asesinato había sido a medianoche. Hope fue acuchillada poco
después de las 23.00.
Pasé página.
Las heridas estaban descritas casi palabra por palabra como en
el expediente de Hope.
El golpe inicial al corazón había colapsado el órgano, y la
muerte se produjo a causa de la hemorragia y el shock. Con anterioridad a eso,
el sistema cardiovascular de Mandy Wright se encontraba en excelente forma, con
las arterias limpias y sin obstrucciones. Ninguna enfermedad venérea, sida
incluido. Ningún indicio de dolencias ni infecciones graves, excepción hecha de
leves erosiones endonasales producidas probablemente por el consumo excesivo de
cocaína.
En el párrafo final se mencionaba una significativa expansión
del esfínter anal y unos rasguños fibroides en el recto, lo cual era indicio de
un historial de sexo anal, pero en las últimas veinticuatro horas no había
existido actividad sexual vaginal. El examen post mórtem de la región pélvica
no reveló tumores ni otras patologías; sin embargo, se percibían cambios
atribuibles a una pasada preñez.
Aquello me hizo pensar. Y el último párrafo, también:
«Las trompas de Falopio han sido ligadas; por el grado de
atrofia, la operación debió de realizarse hace uno o dos años.»
—¿Esterilizada? ¿Se sabe si tuvo algún hijo?
Milo negó con la cabeza.
—Había estado preñada con anterioridad —dije—. Lo cual significa
que abortó, aunque tal vez fuera un aborto natural. Lo cual pudo ser antes de
la ligadura o al mismo tiempo. Es una especulación muy aventurada; pero el
doctor Cruvic está especializado en ese tipo de cirugía. ¿Y si él era el
contacto de Mandy en Los Angeles?
Milo dejó la cerveza.
—No parece muy verosímil. Hay montones de tocólogos.
—Digo lo que me viene a la cabeza. Si quieres me callo.
—No, no: sigue.
—Cruvic tiene dinero —dije—. Conduce un Bentley. Las ropas que
lleva no son precisamente de hipermercado. Encaja con el tipo de hombre que
podría hacer venir desde LasVegas a una amiguita pagándole el billete de avión
en efectivo.
—¿Primero es su médico, y ahora es su compañero de juergas?
—Podría ser lo uno y lo otro. Quizá por eso se ocupó
personalmente del ligado, en vez de dejar que lo hiciera un médico de Las
Vegas. Qué demonios, quizá Cruvic fuera incluso el padre de su hijo. ¿Quién
estaría en mejor posición que un ginecólogo para salir de un apuro de ese tipo?
Ya lo hemos cogido al menos en una mentira: la de que no conocía a Hope antes
de la fiesta para recaudar fondos. ¿Por qué iba a tratar de desorientarnos?
Probablemente, porque acertaste con tu corazonada: la relación entre Hope y
Cruvic fue más que una simple amistad. Y tengo otras pruebas de ello.
Le conté lo que Holly Bondurant había visto en el aparcamiento,
y el enorme, exagerado énfasis con que Marge Showalsky desmintió la posibilidad
de que hubiera nada entre Hope y Cruvic.
—Luego tenemos lo de que Cruvic pagase directamente los
servicios de Hope. Eso no huele bien. Además, hoy me he enterado de algo que
indica que el tipo también se saltaba otras barreras éticas.
Repetí mi conversación con Mary Farney.
—Operó a una menor que era deficiente mental a sabiendas de que
ella, probablemente, no podía dar su consentimiento, ni siquiera asesorada.
Quizá utilizó a Hope para cubrirse las espaldas. Quizá anduvieran metidos en
otros asuntos turbios.
—¿Por ejemplo?
—¿Quién sabe? Chanchullos económicos. O también es posible que
hicieran algo de veras feo, como extraerle óvulos a una paciente sometida a
tratamiento de fertilidad para vendérselos a otra.
—¿Y dónde encajaría Mandy en eso?
—Aunque quizá sea descabellado, tal vez la chica, siendo joven y
saludable, fuera donante de óvulos. Y se enteró de algo que no debía. O trató
de hacer chantaje a Cruvic. O quizá Cruvic sea de los que primero aman y luego
matan. Qué demonios, podría seguir todo el día, pero a lo que voy es a que mi
instinto me dice que merece la pena investigar al doctor Cruvic, pese a que
todo haga pensar que el asesinato de Mandy tenga motivaciones sexuales.
Milo se levantó y comenzó a pasear por la cocina.
—Los dos reparamos en lo excitado que estaba Cruvic —dijo mi
amigo—. Trató de convencemos de que sus nervios eran debidos al ejercicio, pero
la causante quizá fuera la cocaína, y ésa podría ser su relación con Mandy. Sin
embargo, cuando le hicieron la autopsia a Hope no encontraron coca en su
organismo, y no hay nada que indique que fuera consumidora. Con lo cual vuelvo
al punto de partida: si Hope tenía un lío con Cruvic, o con Locking, o con
cualquier otro, tal vez Seacrest se enteró y decidió que ya había llevado
bastantes cuernos.
—¿Pero qué conexión podría existir entre Seacrest y Mandy
Wright?
Siguiendo con sus paseos, Milo replicó:
—Los tipos llamativos no son los únicos que tienen líos con
jovencitas. A un pacífico profesor de mediana edad también puede apetecerle
divertirse. Y un pacífico profesor de mediana edad tendría excelentes motivos
para pagar en efectivo a su amiguita. Tal vez la amiguita se dio cuenta de lo
vulnerable que era el profesor y decidió extorsionarlo, y quizá el profesor
decidió solucionar de modo tajante el problema: corazón, vagina, espalda. Y,
hecho esto con éxito, ¿por qué no hacer lo mismo con la esposa que estaba
convirtiéndose en una fuente de molestias?
—Una teoría muy imaginativa —dije.
—Tú eres una gran inspiración.
—Muy bien, ya que nos hemos metido a guionistas, ¿qué tal esto?
Un trío. Cruvic, Hope y Mandy. O Seacrest, Hope y Mandy. O algún desconocido,
Hope y Mandy. Hacía venir en avión a una callgirl para salpimentar una relación
que ya estaba en las últimas. Luego, por el motivo que sea, el tipo decide
acabar con el asunto. Definitivamente, se libra de Mandy primero porque
asesinar a una callgirl a quinientos kilómetros de distancia no llamará la
atención en Los Ángeles. Pero Hope es harina de otro costal. Es una profesional
de éxito, inteligente, y reside en Los Angeles. Así que el tipo se lo toma con
paciencia y decide esperar el momento oportuno. Luego la propia Hope lo ayuda
al hacerse famosa con su libro. Lo cual representa la tapadera perfecta: el
asesino fue un chiflado que actuó a impulsos de la polémica suscitada por Hope.
Milo reflexionó sobre mis palabras.
—Pero si Mandy y Hope se conocían, el asesinato de Mandy hubiera
puesto sobre aviso a Hope.
—Si ya se habían separado, ¿cómo iba Hope a enterarse del
asesinato de Mandy? ¿Sabes si la muerte de Mandy fue aireada por la prensa?
Mi amigo negó con la cabeza.
—Sólo apareció una pequeña nota en el Sun de ese mismo día. Sin
embargo, si Hope hubiera participado en un trío con Mandy, ¿no sería lógico que
se hubiese enterado de la muerte de la chica?
—Muy bien —dije—. Digamos que sabía que Mandy había sido
asesinada, pero no creyó que eso tuviera relación con ella. Constantemente se
producen asesinatos de prostitutas.
Milo dio un sorbo a su agua y miró por la ventana de la cocina.
El sol, pequeño y cálido, cubría de plata las copas de los pinos, dándoles una
apariencia tan brillante como la del vestido de Mandy Wright.
—Todo eso son especulaciones muy bonitas —dijo al fin—. Pero,
aunque sólo fuera por cambiar, resultaría agradable disponer de algún hecho.
—Al menos —dije—, puedo investigar las credenciales de Cruvic, a
ver si descubro algo raro.
—Hazlo. Mi siguiente paso es una charla con Kenny Storm. Quiero
dejar zanjado todo lo referente al comité. También pediré a la policía de Las
Vegas que averigüe si Mandy tenía seguro médico. Quizá quede constancia de su
esterilización, y logremos averiguar quién la intervino. Barnaby, el novio, tal
vez estuviera enterado de cómo fue la cosa, así que pediré que también lo
interroguen. ¿Ocurrió algo más durante mi ausencia?
—Hablé con Reed Muscadine. Como Kenny, él también abandonó la
universidad, aunque por otros motivos. Creyó haber encontrado trabajo en una
telenovela, pero luego la cosa no salió. Negó haber violado a Tessa Bowlby, y
repitió la misma historia que contó ante el comité.
—¿Verosímil?
—Más o menos; pero hay que tener en cuenta que estamos hablando
de un actor, así que tomemos su
declaración en lo que valga.
—¿Y cuánto crees que vale?
—No sé qué decirte. Tessa parecía sumamente traumatizada. Me
gustaría saber qué la reconcome. Quizá vuelva a charlar con ella.
—¿Qué pinta tiene el tal Muscadine?
—Alto, fuerte y musculoso. Cuida mucho su forma física. Tiene la
casa convertida en un gimnasio.
—¿El tipo de hombre capaz de inmovilizar a una mujer mientras le
asesta una cuchillada en el corazón?
—Pues sí. Podría haber dominado a Tessa con sólo dos dedos. Pero
durante el interrogatorio parecía muy calmado, así que, una de dos: o es
inocente, o se había preparado bien su papel en previsión de que alguien lo
interrogaría. Su casera lo aprecia, dice que no crea problemas. El asegura que
es seronegativo y, aunque mintiese, aún no muestra ningún síntoma de la
enfermedad. Tessa, por otra parte, tiene muy mal aspecto. Pero, después de lo
de Mandy, ¿qué importancia puede tener ya lo del comité?
—Excelente pregunta; pero quiero terminar con ese asunto. He
visto muchas meteduras de pata que, en su momento, parecieron perfectamente
lógicas. Ya sólo queda por interrogar a una estudiante, ¿no?
—Deborah Brittain. Intentaré localizarla mañana.
Milo volvió a guardar la carpeta en el portafolios.
—Gracias por tus teorías —dijo—. Es preferible tener hipótesis a
no tener nada.
Lo acompañé hasta la puerta.
—¿Adónde te vas ahora?
—A casa a ducharme. Luego hablaré con unos cuantos colegas.
Quizá descubra que ha habido otras muchachas bonitas que han recibido tres
cuchilladas debajo de grandes árboles, y entonces podré disfrutar a mis anchas
de la sensación de encontrarme total y completamente desorientado.
No dejaba de darle vueltas en la cabeza al hecho de que Cruvic
hubiese mentido al decir que, antes de la fiesta para recaudar fondos, él no
conocía a Hope, y a las siete de la tarde, mientras Robin trabajaba en su
taller, me fui en coche hasta Civic Center.
¿Esperando qué? ¿La oportunidad de echarle un vistazo al Bentley
cuando Cruvic saliera de su consulta? ¿Ver algún rostro bonito en la ventanilla
de junto al conductor?
Inútil. La rosada fachada del edificio carecía de ventanas y era
imposible saber si había alguien dentro.
Aquel tipo de arquitectura no resultaba exactamente acogedor.
Vuelta a la misma pregunta: ¿por qué motivo instaló Cruvic su consulta allí,
tan lejos del resto de los médicos de Beverly Hills?
La mera discreción profesional no era respuesta suficiente. Los
siquiatras y sicólogos logran mantener la confidencialidad de sus pacientes
trabajando en
edificios de oficinas convencionales.
¿Tenía Cruvic algo que ocultar?
Todas las calles de Beverly Hills disponen de callejones que
discurren paralelos, lo cual forma parte de una planificación urbana que trata
de mantener lejos de la vista del público la carga y descarga de mercancías y
la recogida de basura. Hice un giro en U y regresé al cruce más próximo —con
Foothill Drive—, donde torcí a la derecha y me metí por la pista de asfalto que
discurría por la parte posterior de los edificios. Fachadas traseras, andenes
de carga, contenedores de basura. Al fin, un alto muro color rosa.
Tres plazas de estacionamiento, todas vacías. La entrada
posterior del edificio era una vieja puerta de garaje de madera, oscura y
entrecruzada por tablones. Un enorme cierre asegurado por un gran candado.
Aquello se parecía más a la entrada a un almacén que a la de la consulta
privada de un médico.
El hecho de que no hubiera coches significaba que Cruvic había
terminado su jornada allí. ¿Estaría tal vez ocupándose de su trabajo voluntario
en la clínica?
Volví a dar media vuelta, tomé por la pequeña Santa Mónica hasta
Century City, y luego enfilé la Avenida de las Estrellas hacia el sur, hasta
Olympic Boulevard West. Veinte minutos más y estaba en Santa Mónica. Para
entonces ya había oscurecido por completo.
En el Centro Femenino de Salud se veían unas cuantas luces, y,
en el estacionamiento contiguo, había más de una docena de coches aparcados.
Casi todos eran modelos compactos, con la excepción de un reluciente Bentley
Turbo plateado que permanecía cerca de la puerta principal del edificio.
La cadena de la rampa de acceso a la clínica estaba alzada y
cerrada con un candado, y un vigilante uniformado patrullaba lentamente. Pese a
la escasa luz, pude ver la pistolera que llevaba a la cintura. Al advertir mi
presencia, el hombre aceleró el paso. Me alejé en mi automóvil antes de que
tuviéramos oportunidad de vemos las caras.
17
Tenía que atar cabos sueltos.
A la mañana siguiente llamé al departamento de sicología y
conseguí el número de Mary Ann Gonsalvez. Debido a la diferencia horaria, en
Londres eran las
17.00. No obtuve respuesta y no había contestador.
Preparé café y una tostada y comí sin paladear, pensando en lo
que había visto la noche anterior en la clínica femenina. El vigilante armado,
el estacionamiento cerrado con cadena.
El doctor Cruvic debía de estar todavía operando. ¿A pacientes
como Chenise Farney?
Quince coches. Aun descontando los del personal, aquello
significaba diez intervenciones o más. Y, probablemente, cuando yo me pasé por
la clínica, Cruvic llevaba ya horas trabajando, operando a una paciente tras
otra.
¿Idealismo o negocio?
El negocio podía ser excelente si el hombre utilizaba las
instalaciones de la clínica sin pagar por ellas y cobraba luego al estado. Y
los de la clínica se sentirían felices de contar con un voluntario que
atendiese a su menesterosa clientela.
Mujeres pobres significaba MediCal, atención médica estatal. Los
fondos para abortos siempre estaban sujetos a fluctuaciones políticas, y yo no
sabía si MediCal pagaba aquel tipo de intervenciones.
Llamé a la oficina de MediCal en Los Ángeles y allí me
remitieron a un número 900 de Sacramento, donde estuve aguardando diez minutos
y luego me cortaron. Probé de nuevo, soporté otra espera, conseguí comunicación
y me transfirieron a otro número 900. Más esperas, dos funcionarios que parecía
que estaban sonados, y, por fin, se puso alguien coherente que admitió que,
efectivamente, MediCal reembolsaba los gastos de abortos y ligaduras de
trompas; pero que, para conseguir acceso a tales subvenciones hacían falta
ciertas claves y códigos de procedimiento.
Telefoneé a la facultad médica del otro extremo de la ciudad y
me aproveché de mi condición de miembro del claustro universitario para
conseguir que me pusiesen con el departamento de administración del Hospital
Femenino. La funcionaria encargada me dijo que debía hablar con el departamento
de contabilidad, y de allí me remitieron al departamento de contabilidad de
MediCal. Al fin, alguien cuyo tono parecía implicar que yo debería haber estado
al corriente de aquello sin necesidad de preguntar, me informó de que, en
efecto, los abortos eran reembolsables por el estado a razón de novecientos
dólares por intervención, cifra que no incluía costes de hospital, anestesia,
ni otros gastos.
Colgué.
Novecientos por intervención. Y si a uno se le daba bien hacer
malabarismos con las cuentas, como parecía ser el caso de Cruvic, podía añadir
cosas como gastos de personal auxiliar, quirófano, medicinas y anestesia,
aumentando considerablemente con ello el reembolso a percibir.
Veinte abortos a la semana suponían unos ingresos anuales de
casi un millón.
Bonita forma de complementar los ingresos obtenidos como experto
en fertilidad.
Implantar fetos a las ricas, extraérselos a las pobres.
Naturalmente, existían riesgos. Algún fanático antiabortista
podría reaccionar violentamente. Y si los periódicos se enteraban del asunto,
la publicidad sería pésima: «Experto en fertilidad de Beverly Hills dirige
clínica de abortos nocturna.» Los antiabortistas pondrían en la picota a Cruvic
como asesino de bebés, y los liberales se rasgarían las vestiduras por aquel
ejemplo de desigualdad de clases.
Y, con independencia de su ideología política, aquella
publicidad espantaría a los pacientes que deseaban someterse a tratamiento de
fertilidad. Y, también, les desagradaría el hecho de que, pese a lo que
aseguraba su tarjeta profesional, su médico no limitase su actividad
profesional a facilitar los embarazos.
Pero, estando aquellas cantidades de dinero en juego,
probablemente Cruvic pensó que merecía la pena correr el riesgo.
Un edificio médico apartado.
El estacionamiento de la clínica cerrado con cadenas, un
vigilante armado.
¿Se volvió Cruvic codicioso y quiso ganar aún más? ¿Hinchó las
cuentas? ¿Manipuló los libros?
¿Fue Hope cómplice del fraude?
Pero Cruvic sólo le había pagado treinta y seis mil al año, una
cantidad ridícula tratándose de un negocio de un millón de dólares.
Quizá los treinta y seis grandes fueran sólo la parte que ella
declaraba a Hacienda, y hubo otros pagos en efectivo.
O quizá Hope se negó a colaborar en el fraude y, al enterarse de
la verdad, o renunció, o amenazó con denunciar a Cruvic.
¿Y la mataron a causa de ello?
¿Y dónde encajaba Mary Wright? Hasta el momento, su única
relación con la obstetricia era un aborto y una ligadura de trompas.
Desvarías, Delaware.
Lo más probable era que Mary y Hope hubieran sido asesinadas por
un sicópata desconocido, y que Cruvic, pese a su comportamiento mercenario y a
su ética poco escrupulosa, no tuviese nada que ver con ello.
Sin embargo, yo le había prometido a Milo investigar las
credenciales de Cruvic. Deborah Brittain estaría en clase durante las
siguientes horas, y la aterrada Tessa Bowlby tenía el día libre. Lo cierto era
que la muchacha disponía de montones de días libres, ya que sólo estaba
matriculada en dos asignaturas cuyas clases se impartían los martes y los
miércoles.
Una carga académica reducida.
¿Tendría Tessa dificultades para soportar el peso de los
estudios?
Probaría otra vez con ella; pero había que hacerlo en orden.
Primero llamé al Consejo Médico Estatal y averigüé que no había
habido ninguna denuncia por negligencia profesional contra el doctor Mike
Cruvic. Su licencia médica no corría riesgo.
Sí: probablemente mis teorías eran desvaríos.
Me vestí y me dirigí en coche a la universidad.
En la Biblioteca Biomédica, busqué a Cruvic en el
Directorio de Especialistas Médicos.
Estudios secundarios en Berkeley, el alma máter de Hope, otro
posible vínculo. Además, los dos eran de la misma edad y se habían graduado en
la misma promoción.
¿Serían viejos amigos? Seguí leyendo. Cursó estudios de medicina
en la Universidad de San Francisco. De nuevo había vuelto a estudiar en la
misma ciudad que Hope.
Luego, ella se trasladó a Los Angeles para realizar las
prácticas clínicas, y él se fue a Seattle para efectuar su internado como
cirujano en la Universidad de Washington.
Hasta el momento, todo era de lo más normal.
Pero luego la cosa se puso interesante.
Cruvic sólo completó un año de residencia en la Universidad de
Washington. Luego, consiguió permiso para ausentarse y pasó un año en el
Instituto Brooke-Hastings de Corte Madera, California.
Después, en vez de regresar a Washington, cambió de
especialidad. De cirugía a obstetricia y ginecología, y se inscribió como
residente de primer año en el Centro Médico Fidelity de Carson, California.
Completó la residencia y obtuvo su título de especialista en obstetricia y
ginecología.
No se citaba ningún tipo de estudios de posgrado en fertilidad.
Aquello no era ilegal. Una titulación universitaria y una
licencia estatal permitían a cualquier doctor realizar casi cualquier tipo de
trabajo médico. Sin embargo, resultaba sorprendente e indicaba una cierta
irresponsabilidad por parte del interesado, ya que las técnicas de fertilidad
eran sumamente complejas.
¿Dónde las habría aprendido Cruvic?
¿Durante el año que pasó en el Instituto Brooke-Hastings? No,
porque por entonces no era más que un residente de primer año, y ninguna
institución que se respetase lo hubiera aceptado en un curso de capacitación
tan avanzado.
¿Autodidacta?
¿Optó por acortar camino de forma osada y peligrosa? ¿Era aquél
el auténtico motivo de que tuviera su consulta lejos de los demás médicos de
Beverly Hills?
De ser así, ¿quién le enviaba los pacientes?
¿Otros que también se saltaban las reglas?
Pero quizá la respuesta fuera mucho más simple: había recibido
la capacitación adecuada, pero, accidentalmente, el dato no fue incluido en su
currículum.
Sin embargo, lo lógico hubiera sido que él se apresurase a
corregir el error. Y el directorio se actualizaba cada año.
¿Estaría practicando las técnicas de fertilidad sin tener la
capacitación necesaria?
¿Acortando camino?
¿Aceptando casos de los que nadie quería ocuparse? Actividades
fronterizas con la ilegalidad...
¿Se sentiría Hope atraída por la osadía de Cruvic? Alguien tan
distinto al aburrido y rutinario Seacrest. Un viejo Volvo contra un
resplandeciente Bentley. Actividades fronterizas con la ilegalidad...
¿Habría surgido algún problema grave?
Ahora Hope estaba muerta y Cruvic, como él mismo había señalado,
seguía vivito y coleando y dedicado a hacer sabe Dios qué cosas.
Pero... ¿y Mandy Wright?
¿Qué tenían en común la profesora universitaria y la prostituta
de lujo, aparte de haber sufrido ambas una muerte horrible?
Nada encajaba con nada.
Seguí insistiendo, y busqué el nombre de Cruvic en todoslos
bancos de datos científicos y médicos disponibles en la biblioteca. No se hacía
mención de publicaciones, así que el año que mi hombre pasó en Brooke-Hastings
no lo dedicó a la investigación.
Además, el nombre de aquel instituto tampoco aparecía por
ninguna parte.
Cuando terminé, me sentía lleno de recelos y sospechas, pero no
podía hacer nada más, y ya era hora de ir en busca de Deborah Brittain.
La vi salir de Monroe Hall y dirigirse al aparcamiento de
bicicletas.
La foto de su ficha no daba indicación de su estatura.
Medía más de metro ochenta, era delgada, aunque de esqueleto
grande, con cabello rubio sucio y pómulos marcados. Vestía un polo blanco con
el escudo de la universidad, pantalones cortos azul marino, calcetines blancos
y zapatillas de goma. A la espalda llevaba una mochila roja de ciclista.
Su bicicleta de carreras se encontraba junto a una docena de
otras similares, amarrada a unas barras en la parte posterior del rojo edificio
de ladrillos. La observé ponerse una banda elástica en la frente y luego quitar
la cadena de seguridad. Mientras sacaba la bicicleta, me planté ante ella y me
presenté.
—¿Qué desea?
En sus azules ojos, la preocupación dio paso a la alarma. Le
mostré mi identificación.
—¿La profesora Devane? —preguntó, con voz ronca—. Sí que han
tardado ustedes. —Crispó las manos en torno al manillar—. Dentro de media hora
tengo entrenamiento de voleibol, pero quiero hablar con usted. Paseemos.
Empujó la bicicleta acera adelante. Para seguir a su altura,
tuve que aumentar la longitud de mis zancadas.
—En primer lugar, quiero decirle que la profesora Devane era una
gran mujer. De veras. Una persona maravillosa. Al tarado que la mató deberían
condenarlo
a muerte, pero naturalmente no lo harán.
—¿Y eso?
—Aunque lo atrapen y lo condenen, la sentencia nunca se
cumplirá.
Me miró sin dejar de caminar.
—¿Quiere que le hable de Huang? —preguntó.
—Quiero enterarme de todo lo que usted me pueda contar.
—¿Piensan que Huang lo hizo?
—No. Simplemente, hablamos con todos los que tuvieron relación
con el Comité de Comportamiento.
—¿Así que creen que el comité tuvo algo que ver con el
asesinato?
—No sabemos mucho y punto, señorita Brittain.
—Bueno, ya sé que hay quien ha estado echando pestes del comité,
pero en mi opinión fue una excelente idea. A mí me salvó la vida. No
literalmente, claro; pero Huang me estuvo amargando la existencia hasta que la
profesora Devane puso fin a la cuestión.
De pronto se detuvo. Tenía los ojos húmedos y la banda elástica
se le había bajado. Se la subió y comenzamos a andar de nuevo.
—Huang siempre me seguía hasta la biblioteca. Yo me volvía a
recoger un libro, y allí me lo encontraba a él. Mirándome, sonriendo. Sonrisas
insinuantes, ¿comprende?
Asentí con la cabeza.
—¿Eso fue antes o después de haberla invitado a salir?
—Después. El muy cretino. Evidentemente, era su forma de
vengarse de mí. Tres veces me pidió que saliéramos y tres veces me negué. A la
tercera se abandona, ¿no? Pero él no se resignaba. Fuera adonde fuera, en
cuanto me volvía lo veía a él, con los ojos fijos en mí. La cosa estaba
comenzando a sacarme de quicio.
—¿Eso ocurría en cualquier lugar del campus?
—No: sólo en la biblioteca —dijo ella—. Era como si la
considerase su terreno de caza. Probablemente, iba allí para ligar, porque otra
razón no había. Él estudia para ingeniero, y en ingeniería tienen su propia
biblioteca. —Se pasó el dorso de la mano por la frente—. No estoy paranoica y
siempre he sido capaz de cuidar de mí misma. Pero aquello era horrible. No
lograba concentrarme. La universidad ya es bastante difícil sin esos
atosigamientos. ¿Por qué tenía que soportarlos? Pero, si no es por la profesora
Devane, creo que no habría tenido valor para hacer nada. —Se mordió los labios
y, con los ojos llenos de lágrimas, dijo—: ¡Ha sido una pérdida tan horrorosa,
tan injusta!
La muchacha empujó la bicicleta más deprisa. Yo le pregunté:
—¿Dejó Huang de molestarla?
—Sí. Así que Dios bendiga a la profesora Devane y al infierno
con los de administración por acobardarse.
—¿Ante quién se acobardaron?
—Tengo entendido que hubo un ex alumno rico que los obligó a
desmantelar el comité. —Echó el mentón hacia adelante—. ¿Huang es peligroso?
—Hasta ahora, no tenemos motivo para creer que lo sea.
Deborah rió, insegura.
—Bueno, eso tranquiliza mucho.
—¿Sigue usted preocupada por él?
—No, después de lo del comité, ya no lo estaba. Cuando, yendo
por el campus, me cruzaba con él, me sentía poderosa, fuera de su alcance. Pero
luego me puse a pensar si el asesinato de la profesora Devane estaría
relacionado de algún modo con el comité, y la simple idea me descompuso.
Caminamos unos momentos en silencio y luego Deborah siguió:
—Cuando comienzo a inquietarme, recuerdo algo que la profesora
Devane me dijo: los acosadores son cobardes que carecen de seguridad en ellos
mismos, por eso andan por ahí hostigando a mujeres. La clave está en hacerles
frente, en demostrarles que una es más fuerte que ellos. Y eso es exactamente
lo que hago cuando me tropiezo con Huang. Pero... mire lo que le pasó a la
profesora.
La bicicleta se detuvo tan bruscamente que a la muchacha le
costó mantenerla en equilibrio.
—El asesinato de la profesora me enfurece. Tengo que encontrar
un modo de asimilarlo. ¿Hay alguna posibilidad de que Huang sea el culpable?
—Su coartada parece excelente.
—Así que al menos se tomaron a Huang lo bastante en serio como
para investigarlo. Bien. Que se entere de lo que supone encontrarse controlado.
Pero, si no sospecha de él, ¿por qué me interroga?
—Trato de conseguir toda la información posible sobre la
profesora Devane. Sus relaciones, sus actividades, las personas que podían
sentir rencor hacia ella.
—Bueno, ella y yo no éramos íntimas. Sólo hablamos un par de
veces, antes de la sesión del comité y después, cuando ella me aconsejó sobre
el modo en que debía comportarme. Fue extraordinariamente amable y comprensiva.
Como si, realmente, supiera lo que era aquello.
—¿El qué? ¿El acoso?
—Como si realmente supiera lo que significaba ser una víctima.
—¿Le dijo ella si había pasado por una experiencia similar?
—No, nada de eso. Era simple empatía, auténtica empatía, no una
simulación. —Meneó la cabeza—. Era una mujer asombrosa. Nunca la olvidaré.
La residencia de Tessa Bowlby se encontraba en uno de los
edificios cuadrados de seis pisos situados en el extremo noroeste de los
amplios terrenos de la universidad. Un gran cartel de madera sostenido por
postes decía: RESIDENCIA DE ESTUDIANTES. PROHIBIDO APARCAR SALVO A VEHÍCULOS
AUTORIZADOS. En los alrededores, todo eran praderas y cocoteros. Un poco más
allá se encontraba el centro recreativo de estuco, color crema y con cristales
ahumados donde años atrás se conocieron Philip Seacrest y Hope Devane.
Aparqué en una zona de carga contigua al edificio, entré en el
vestíbulo y fui hasta el mostrador de recepción. Una negra de veintitantos años
estaba marcando un libro con un grueso rotulador rosa del mismo tono que los
labios de la joven. A sus espaldas había una centralita. Una de las luces
parpadeó y se escuchó un pitido. Cuando se volvió para contestar la llamada, me
vio. Su libro estaba lleno de letra menuda y de gráficos. Logré leer el título,
aunque el libro estaba invertido. Fundamentos de economía.
Tras atender la llamada, la joven se volvió hacia mí.
—¿Qué desea?
—Tessa Bowlby, por favor.
Sacó unos folios grapados. Una lista mecanografiada de nombres.
La «B» comenzaba en la segunda página y pasaba a la tercera. La recepcionista
revisó la lista dos veces antes de menear la cabeza.
—Lo siento, no hay nadie con ese nombre.
—Quizá Tessa sea un apodo.
Ella me miró de arriba abajo y volvió a consultar la lista.
—No hay ninguna Bowlby. Pruebe en otra residencia.
Probé en todas ellas. Con idéntico resultado.
Quizá Tessa hubiera decidido mudarse a vivir fuera del campus.
Los estudiantes cambiaban de domicilio frecuentemente. Pero, sumada al miedo
que percibí en sus ojos y a su reducida carga de trabajo académico, la
desaparición casi equivalía a una fuga.
En la última residencia, llamé a Milo por un teléfono público
con la esperanza de que él tuviera la dirección particular de la chica Bowlby.
Además, quería hablar a mi amigo de las lagunas en la carrera académica de
Cruvic. Milo no estaba, y su teléfono móvil tampoco respondió. Quizá hubiera
encontrado un tercer cadáver con tres cuchilladas o cualquier otra cosa que
haría inútiles mis esfuerzos deductivos.
Me fui de la universidad en el Seville, y me detuve en la
primera gasolinera que encontré en Westwood Village. La cabina telefónica de
aluminio se encontraba en pésimo estado, pero, debajo del teléfono, aún colgaba
una guía telefónica de Westside, sin tapas y con muchas de las hojas
desgarradas o arrancadas. Pero la página en que aparecían los Bowlby seguía
allí.
Sólo había dos:
Bowlby, T. J., Venice, sin dirección.
Bowlby, Walter E., en Mississippi Avenue, West Los Angeles.
Los Ángeles es una mescolanza de urbanizaciones residenciales y,
existiendo en el condado una docena de listines telefónicos, era poco probable
que ninguno de los dos Bowlby estuviera relacionado con Tessa. Pero, como no
tenía otra cosa, decidí ir a visitarlos, comenzando con Walter, debido a que
Mississippi Avenue se encontraba cerca.
Muy cerca. Entre Santa Mónica Boulevard y Olympic, a cosa de
kilómetro y medio de la universidad, en un distrito de pequeñas casas
construidas después de la guerra, donde también había algunos proyectos
urbanísticos de mayor envergadura.
En el vecindario era día de recogida de basura. Desbordantes
cubos y corpulentas bolsas constituían una especie de homenaje al consumo. Las
ardillas se removían nerviosas por entre los desperdicios. Por la noche, sus
primas, las ratas, las sustituirían. Años atrás, los electores californianos
votaron la reducción de los abusivos impuestos catastrales y los políticos se
vengaron eliminando el control de roedores y otros servicios. Como el de poda
de árboles. Sin embargo, para otras cosas sí parecía haber dinero. El año
anterior, observé cómo, después de una tormenta, un equipo municipal de trece
hombres tardó cuatro días completos en cortar y retirar un pino caído.
Walter Bowlby vivía en un bungalow color pardo con techo negro
de tablas. El césped estaba recortado tan corto como el pelo de un recluta de
los marines, y su color tiraba más a gris que a verde. El amplio porche
delantero albergaba tiestos con plantas, un sillón de aluminio y una pequeña
bicicleta azul con ruedecitas de aprendizaje. En la rampa de acceso estaba
estacionado un viejo Ford Galaxie marrón. Caminé hasta la puerta por un pasillo
de cemento. Una pequeña placa esmaltada, de las que se consiguen en las ferias
o en los parques de atracciones, anunciaba: ¡LOS BOWLBY! Llamé primero al
timbre y luego con los nudillos, pero no obtuve respuesta.
Volví al Seville dispuesto a marcharme y entonces apareció por
Olympic una furgoneta azul y blanca que, entre humos y traqueteos, se detuvo tras
el Ford. La puerta del conductor se abrió.
Del vehículo se apeó un hombre de cuarenta y tantos años, con
bigote negro y piernas arqueadas. Llevaba un polo de nailon blanco con una
franja verde horizontal que a Milo le hubiese gustado. Completaban su
indumentaria unos pantalones color banco desvaído y unos zapatos de trabajo
negros. Tenía los brazos gruesos y bronceados, pero era de cuerpo menudo. Una
incipiente tripa abombaba la franja verde del polo, y por el bolsillo de la
camisa asomaba una cajetilla de cigarrillos. Permaneció jugueteando con las
llaves del coche, con la vista en el césped. Luego, se tocó los cigarrillos,
como para cerciorarse de que seguían allí. El hombre se volvió en el momento en
que Tessa Bowlby se apeaba por la portezuela delantera izquierda.
La muchacha parecía llevar el oscuro y holgado suéter y los
ceñidos vaqueros que ya le había visto en la torre de sicología, y su aspecto
era aún más demacrado. Dando la espalda al del bigote, abrió la portezuela
trasera de la furgoneta, para que saliera una mujer de agradable aspecto y
cabello entrecano vestida con top rojo y vaqueros. La mujer parecía fatigada.
Pelo canoso pero rostro juvenil. En los brazos llevaba a un niño moreno como de
cuatro años.
El pequeño parecía dormido, pero de pronto comenzó a removerse y
a agitar las piernas. La mujer canosa estuvo a punto de perder el equilibrio.
Tessa la sostuvo y dijo algo. El del bigote había sacado un cigarrillo y
permaneció inmóvil, viendo cómo la mujer entregaba el niño a Tessa.
En los labios de la muchacha apareció una sonrisa tan dulce y
tan súbita que me produjo un doloroso escalofrío, como cuando uno come helado
demasiado deprisa.
Abrazó estrechamente al pequeño, que reía y continuaba
removiéndose. Aunque Tessa parecía demasiado frágil para aguantar su peso,
separó los pies y logró sostenerlo, haciéndole cosquillas y riendo. El
chiquillo siguió agitando los pies unos momentos y luego se quedó quieto. Ella
lo abrazó mejor, cruzó el césped y llegó con él hasta el porche.
Los cuatro subieron el tramo de peldaños y el hombre metió una
llave en la cerradura de la puerta. El niño comenzó a agitarse de nuevo y Tessa
lo dejó en el suelo. El chiquillo corrió directamente a la bicicleta azul,
trató de montar y estuvo a punto de caerse. Tessa lo colocó sobre el sillín, lo
sostuvo y luego lo levantó y volvió a dejarlo en el suelo. El intentó
encaramarse a la barandilla del porche y se echó a reír cuando Tessa corrió a
cogerlo de la mano.
El hombre y la mujer entraron en la casa, dejando la puerta
abierta. El niño hacía equilibrios sobre la barandilla, sin soltarse de la mano
de Tessa. De pronto saltó y ella lo atrapó. El pequeño se le escurrió pierna
abajo y corrió hacia la puerta. Tessa se dio la vuelta y fue entonces cuando me
vio.
La misma expresión de pánico.
Miró cómo el niño entraba en la casa. Se tocó la mejilla,
permaneció un segundo indecisa, y luego desapareció también en el interior del
bungalow.
El del bigote salió de la casa instantes después. Como yo no
tenía nada que ocultar, me quedé donde estaba.
Caminó hacia mí, con los gruesos brazos oscilando. A cosa de
tres metros de distancia se detuvo e inspeccionó el Seville desde el radiador
hasta la cola. Luego rodeó la parte delantera del coche, hasta quedar frente a
mi ventanilla.
—Soy Walt Bowlby. Dice mi hija que es usted de la policía.
En su voz no había recelo ni hostilidad, sólo la débil esperanza
de que no fuera cierto. Su tez, vista de cerca, estaba muy curtida. Una fina
cadena de oro le rodeaba el cuello, y por entre los eslabones asomaban los
vellos del pecho.
Le mostré mi identificación.
—Soy consultor de la policía, señor Bowlby.
—¿Un consultor? ¿Hay algún problema?
—He venido a hablar con Tessa.
—¿Podría explicarme por qué motivo?
—En las proximidades del campus asesinaron a una profesora de
Tessa. Estamos interrogando a todos los que conocieron a la víctima.
El hombre dejó caer los hombros.
—La profesora. Tessa no sabe nada sobre ese asunto y... bueno,
está un poco... trastornada.
—¿Por el asesinato?
Se volvió a tocar el bolsillo del tabaco, sacó un paquete blando
de Salem y luego se palpó los bolsillos buscando con qué encender.
Saqué una carterita de fósforos de la guantera y le di fuego.
—Gracias —dijo Bowlby—. No es exactamente por lo de la
profesora. Tessa... —Volvió la vista hacia la casa—. ¿Le importa que monte?
—En absoluto.
Rodeó la parte trasera del automóvil y se acomodó en el asiento
contiguo al mío. Tocó el cuero de la tapicería.
—Tiene usted el coche muy bien conservado. Siempre me gustó este
modelo. ¿Del setenta y ocho?
—Nueve.
Bowlby asintió, dio una calada y expulsó el humo por la
ventanilla.
—La General Motors lo fabricó sobre el chasis de un Chevy Two.
Hubo mucha gente que lo consideró un error, pero la verdad es que el coche
salió bien. ¿Es propiedad de la ciudad, producto de algún embargo?
—No, es mío.
—¿Lo tiene desde hace mucho?
—Unos cuantos años.
De nuevo asintió con la cabeza. Con la mirada en el suelo del
coche, dijo:
—Tessa tuvo un problema. No sé si está usted al corriente de
ello.
Como no sabía si Tessa le había hablado de la violación,
pregunté:
—¿Un problema que la profesora Devane le ayudó a resolver?
—Sí. Tessa es... muy brillante. Su coeficiente intelectual es
casi de genio. Cuando nos dijo que deseaba dejar la universidad, le preguntamos
por qué, pero ella no quiso darnos explicaciones, sólo dijo que quería volver a
casa. Eso a mi esposa y a mí nos sorprendió, porque era ella la que se había
empeñado en vivir por su cuenta. Al fin se echó a llorar y nos habló de...
bueno, ya sabe. La agresión de que fue objeto. Y también nos contó que la
profesora hizo comparecer al tipo ante una especie de tribunal. Y luego la
asesinaron. Al principio, la historia nos pareció tan absurda que no supimos
qué creer. Luego vimos la noticia del asesinato.
—¿Qué les pareció absurdo, el asesinato o la violación?
Bowlby aspiró una profunda bocanada y la retuvo largo tiempo en
los pulmones.
—A decir verdad, todo.
Sacó el brazo por la ventanilla y sacudió la ceniza de su
cigarrillo.
—Bueno, no sé cómo decir esto... Quiero muchísimo a mi hija y
ella... bueno, es una muchacha muy inteligente. Siempre lo ha sido, desde niña;
pero... es distinta. Le entran esas... no sé, depresiones. Toda su vida ha sido
así, de humor muy cambiante. Y tiende a encerrarse en su pequeño mundo... Tiene
una imaginación fantástica. A veces... —Meneó la cabeza y siguió fumando. El
cigarrillo estaba consumido casi hasta el filtro—. A veces la imaginación se le
desboca.
—¿Había acusado a otros de violarla, señor Bowlby?
El suspiró, dio otra bocanada, miró la colilla y la apretó entre
los dedos. Abrí el cenicero y Bowlby la tiró en él.
—Gracias. ¿Le importa que encienda otro?
—Adelante.
—Es un feo hábito del que todos los días me quito. —Lanzó una
risa.
Sonreí y repetí la pregunta.
Bowlby dijo:
—Antes vivíamos en Temple City. Probablemente, la policía de
allí aún guarda los expedientes del caso. Aunque puede que no, porque el chico
era un menor, y tengo entendido que, tratándose de menores, no guardan los
expedientes.
—¿De cuándo me habla?
—Tessa está a punto de cumplir los veinte, y por entonces tenía
doce, así que fue hace ocho años. El muchacho... Conocíamos a su familia, yo
trabajaba con su padre en la Ford, cuando la fábrica de Montebello aún estaba
abierta... El chico era algo mayor que mi hija. Trece años, creo. Las dos
familias estábamos muy unidas. Fuimos de acampada al parque nacional de
Yosemite: Supuestamente, la cosa ocurrió en una tienda de campaña. Tessa y el
chico se quedaron allí mientras los demás nos íbamos a ver a los osos. La
cuestión es que Tessa no dijo nada hasta que regresamos a casa. Tres o cuatro
días más tarde. La policía de Temple City dijo que, en realidad, el asunto
correspondía a la jurisdicción de los rangers del parque, pero de todas maneras
interrogaron al muchacho. Luego, me dijeron que, en su opinión, el chico era
inocente; pero que, si queríamos, podíamos hacer una denuncia formal. También
dijeron que convenía que a Tessa la viera un siquiatra.
Aspiró golosamente de su segundo cigarrillo y luego expulsó el
humo muy despacio. Tenía los dientes sucios y muy espaciados. En los gruesos y
musculosos brazos resaltaban las venas. Las puntas de sus uñas estaban negras
como el carbón.
—Mi hija... Bueno, es muy lista, pese a sus problemas, y en la
escuela sacó excelentes notas. Todo sobresalientes. Y, ya le digo, tiene una
gran imaginación... Nosotros esperábamos que... Tcht. La verdad es que
preferiría que no hablase usted con ella. Es una muchacha espléndida, pero...
tan delicada. Criarla fue como caminar por la cuerda floja. Uno de sus médicos
nos lo dijo. Y nos dijo también que Tessa es muy frágil. No se me ocurre de qué
le serviría a usted hablar con ella.
—Así que no termina usted de dar crédito a ninguna de las dos
historias.
Bowlby meneó la cabeza.
—Honestamente, no sé qué creer. El chico lo negó todo
tajantemente y, que yo sepa, nunca se metió en problemas. El año pasado se
alistó en la Marina y le fue muy bien. Se casó y tuvo un hijo.
Bowlby parecía anonadado. Recordé lo que había dicho Reed
Muscadine acerca de Tessa: «Tiene graves problemas.»
—¿Ha acusado su hija a otras personas, señor Bowlby?
Otra larguísima pausa. Se quitó algo de los dientes y lo tiró
por la ventanilla.
—Como probablemente se enterará usted de todas maneras, quizá
sea mejor que se lo cuente.
Fue a fumar, pero en vez de ello lanzó un ahogado gemido que me
sorprendió. Alzó una mano y se protegió con ella los ojos.
—Me acusó a mí —dijo, con voz temblorosa—. Dos años más tarde,
cuando tenía catorce. Por entonces ya la habíamos llevado a un siquiatra,
porque no dejaba de amenazar con hacerse daño, y se negaba a comer... Ya ha
visto lo flaca que es. Tuvo esa enfermedad, anorexia. Cuando se miraba al
espejo se veía gorda, y no dejaba de hacer ejercicio para adelgazar. Empezó a
los catorce años, y se quedó en veintitrés kilos. El siquiatra la mandó
hospitalizar, y la alimentaron por vía intravenosa. Además, le pusieron un consejero
para que hablase con él, y fue entonces cuando, según ella, le vino el
recuerdo. —Se quitó la mano de la frente. Tenía los ojos húmedos, pero su
mirada era firme.
»Según ella, la cosa ocurrió cuando era pequeña, cuando tenía
dos o tres años. —Meneó la cabeza—. No era cierto, se lo juro. Todos me
creyeron a mí: los del hospital, la policía y mi esposa. Pero, según la ley,
estaban obligados a investigar, y yo tuve que pasar por aquel calvario. Un
auténtico infierno. De nuevo intervino la policía de Temple City. Un detective
llamado Gunderson. Muy buen tipo, quizá siga en el cuerpo. En resumidas
cuentas, al final todo resultó ser cosa de la imaginación de Tessa, que otra
vez se le había desbocado. Cuando era pequeñita, en cuanto veía algo en la
televisión, quería imitarlo. ¿Comprende? Quería volar como Supergirl y cosas
así. Así que supongo que vio algo en una película y se convenció de que a ella
le había ocurrido lo mismo. —Se pasó una mano por el bigote y siguió:
»Antes de casarme, yo fui un muchacho problemático, y pasé algún
tiempo en un reformatorio por robar. Pero luego acepté mis responsabilidades,
aprendí mecánica... Le digo todo esto para que se dé cuenta de que soy de los
que van por lo derecho. ¿Entiende a qué me refiero?
—Sí.
—Lo que pasa es que, con Tessa, no hay manera de saber lo que va
a hacer. Cuando la investigación concluyó, reconoció que estaba equivocada,
dijo que se sentía culpable y que quería matarse. Su madre y yo le dijimos que
no se lo tomara así, que nosotros seguíamos queriéndola. Para empeorar las
cosas, la cobertura del seguro hospitalario se terminó y tuvimos que traerla de
nuevo a casa cuando aún no había terminado de reponerse. En el hospital nos
dijeron que no le quitáramos ojo. Y eso hicimos. En ningún momento la perdimos
de vista. Luego nos sometimos a terapia familiar en una clínica del condado, y
la cosa pareció hacer efecto. Creímos que Tessa ya se había repuesto por
completo. Para que vea lo inteligente que es mi hija, durante todo ese tiempo
siguió sacando excelentes notas, y aprobó el ingreso en la universidad.
Pensábamos que todo iba bien. Luego, este mismo año, nos dijo que quería volver
a casa. Y después se vino abajo y nos contó lo de la violación. Un tipo había
abusado de ella durante una cita. Yo le dije que la creía; pero... —Aplastó el
segundo cigarrillo en el cenicero.
»Si hubiese tenido la seguridad de que lo que contaba mi hija
era cierto, yo mismo hubiera ido a por el chico. Pero ella me había acusado a
mí mismo falsamente. Y lo mismo hizo con aquel pobre chiquillo. ¿Qué iba yo a
pensar? Además, en su momento no dijo nada. Sólo habló después de conversar con
esa profesora. Y luego asesinan a la profesora. Al enterarme, me asusté.
—¿En qué sentido se asustó?
—Bueno, yo soy un tipo sin estudios, y pensaba que la
universidad era un lugar seguro. Y de pronto me di cuenta de que no era así.
—¿Le habló Tessa de la profesora Devane?
—Sólo dijo que le caía bien. Porque la profesora la creyó. Tessa
pensaba que nadie volvería a dar crédito a sus palabras. Luego habló de lo que
había dicho acerca de mí, y se echó a llorar como una Magdalena. Dijo que no
quería que todos la tomasen por una mentirosa. Yo le dije que no, que lo
pasado, pasado, y que si ella me aseguraba que lo que decía era cierto, yo la
creía. Le propuse que fuéramos a la policía y denunciáramos al tipo. Pero
entonces ella sufrió un auténtico ataque de pánico y dijo que no, que nadie la
creería, que era una pérdida de tiempo, que no habría pruebas, y que, de todas
maneras, nadie hacía caso de las chicas que aseguraban haber sido violadas
durante una cita.
—Nadie, salvo la profesora Devane.
—Sí, exacto. Creo que ése fue el único motivo por el que nos lo
mencionó: habían matado a la profesora y ella estaba asustada. Yo le pregunté
si creía que el asesino era el mismo muchacho que la había... agredido. Pero
Tessa no me contestó, se limitó a repetir que la profesora la había creído, la
trató bien, y ahora estaba muerta, que la vida era un asco, que los buenos
morían jóvenes... Cosas así. Luego dijo que había cambiado de idea respecto a
lo de regresar a casa, y que pensaba volver a la residencia. Y se fue. Nosotros
se lo permitimos, pero al día siguiente la llamamos y no contestó. Así que nos
acercamos a verla y la encontramos tumbada en la cama, con la mirada en el
techo y rodeada de varias bandejas de comida que no había tocado. Ya la
habíamos visto otras veces así, con la mirada perdida en el techo. Fue cuando
dejó de tomar su medicina.
—¿Qué medicina?
—Primero fue Nardil, luego Tofranil, después Prozac. Ahora está
tomando otra cosa, algo así como Sinequan. Cuando se medica, está bastante
bien. Incluso con todos sus problemas, sigue sacando un promedio de notable, lo
cual, para mí, es verdaderamente asombroso. Si estuviera tranquila, sólo
sacaría sobresalientes. Es una muchacha muy lista, siempre lo ha sido. Quizá
demasiado lista. No sé... —Separó las manos, con las palmas hacia arriba.
—Así que la encontraron en la cama —dije—. Negándose a comer.
—La sacamos de la residencia y me la traje a casa. De todas
maneras, sólo se había matriculado de dos asignaturas, porque el médico no
quería que estuviera sometida a presiones. Le propusimos que abandonara los
estudios durante un trimestre. Para volver a la universidad siempre habría
tiempo. Ella dijo que no, que quería seguir yendo a clase. Y su médico dijo que
aquello era bueno, porque indicaba que Tessa estaba motivada. Así que le
dejamos que hiciese lo que quisiera. —Bowlby se volvió hacia mí—. Y, bueno, se
matriculó, pero no hace nada. Ni lee, ni estudia, ni nada.
—¿Sigue yendo a clase?
—A veces. Mi esposa se encarga de llevarla y recogerla. A veces
Tessa se queda durmiendo y no va. Nosotros no estamos contentos, pero... ¿qué
podemos hacer? No podemos vigilarla las veinticuatro horas del día. Hasta el
siquiatra lo dice.
—O sea que sigue yendo al siquiatra.
—No regularmente, pero continuamos llamándolo, porque es un
hombre muy amable, que siguió atendiéndola después de que el dinero del seguro
médico se terminó. El doctor Emerson, de Glendale. Si quiere, puede usted
hablar con él. Albert Emerson. —Me dio un número telefónico que yo anoté.
—¿Diagnosticó el doctor a Tessa?
—Dijo que sufría de depresión, y que utilizaba la imaginación
como escudo protector.
Bowlby se frotó los ojos y lanzó un suspiro.
—Muchos problemas —dije.
—Sí, nunca faltan. Pero mi hijo pequeño es un niño fantástico.
—¿Cuántos años tiene?
—Cumplirá cuatro el mes que viene. Está muy crecido para su
edad.
—¿Tiene otros hijos?
—No, sólo dos. Con todo el trabajo que nos daba Tess, no
sabíamos si debíamos tener más. Además, mi esposa tiene un hermano retrasado
que se encuentra internado en una institución. Así que temíamos que pudiera
existir algún problema hereditario. —Sonriendo, añadió—: El pequeño vino por
sorpresa.
—¿Fue una sorpresa agradable? —pregunté.
—Sí, claro. Robbie es estupendo, y juega al béisbol de
maravilla. Estar con él es lo único que le hace feliz a Tess. Yo le dejo que lo
cuide, pero no dejo de vigilarla.
—¿Por qué?
—Por sus cambios de humor. El pequeño es feliz, y deseo que siga
siéndolo. Cuando dieron la noticia de lo que le había ocurrido a la profesora,
Tess comenzó a llorar a gritos, y Robbie se asustó. Para calmar a mi hija le
dije que se controlara, porque estaba asustando a su hermanito. Después de eso
no volvió a haber problemas. Después de eso, ni siquiera quiso hablar del
asesinato. De momento, parece que se encuentra bien. Pero yo, por si acaso, no
le quito ojo.
18
Conseguí de Bowlby permiso escrito para hablar con el doctor
Albert Emerson y regresé a casa. La camioneta de Robin no estaba, y en la
cocina encontré una nota de ella diciendo que había salido a realizar una
reparación de emergencia para un cantante country de Simi Valley y que volvería
a las siete o las ocho.
Llamé al siquiatra esperando que me respondiera un contestador
automático o una recepcionista, pero él mismo contestó a la llamada, con voz
dinámica y juvenil... La voz de alguien listo para la aventura.
Me presenté.
—Delaware... Su apellido me suena. Intervino usted en el asunto
Jones, ¿no?
—En efecto —dije, sorprendido. Se trataba de un caso en el que
el acusado era rico y que se resolvió mediante un pacto entre la fiscalía y la
defensa. Los periódicos no habían hecho mención de nada de ello.
—La defensa me llamó —dijo Emerson—. Fue cuando estaban tratando
de decidir dónde internaban a aquel cabrón. Querían que yo testificase en su
favor, que le consiguiera una cama con colchón de plumas. Le dije al abogado
que se equivocaba de número. Mi esposa es fiscal de distrito auxiliar, y mis
simpatías tienden a estar del lado de la ley. ¿Permanecerá Jones mucho tiempo
encerrado?
—Esperemos que sí —dije.
—Sí, cuando hay dinero de por medio, nunca se sabe. Bueno, ¿en
qué puedo servirlo?
—Estoy trabajando con la policía en otro caso. El de una
profesora de sicología que fue asesinada hace unos meses.
—Lo recuerdo —dijo Emerson—. Ocurrió cerca de la universidad.
¿Le gustan los casos criminales?
—Me gustan los casos resueltos.
—Comprendo. ¿Cuál es mi relación con su caso?
—Tessa Bowlby. Ella conocía a la víctima. Acusó a un estudiante
de haberla violado durante una cita y lo llevó ante un Comité de Comportamiento
sexual presidido por la profesora Devane. Estamos interrogando a todos los
estudiantes que tuvieron que ver con el comité, pero Tessa no quiere hablar y,
debido a los problemas que tiene esa muchacha, no me ha parecido bien insistir.
—Un Comité de Comportamiento sexual —dijo él, y por su tono pude
darme cuenta de que Tessa no le había mencionado el asunto. Walter Bowlby había
dicho que la relación de Tessa con Emerson fue sólo ocasional.
—Llevo algún tiempo sin ver a Tessa. Y con eso, ya estoy
hablando de más.
—Tengo una autorización firmada por el señor Bowlby.
—Tessa es mayor de dieciocho años, así que una autorización
paterna no sirve para mucho. ¿Qué sospecha la policía? ¿Que alguno de los
convocados ante el comité se enfureció y tomó venganza?
—A falta de pruebas, las teorías abundan —dije—. La policía está
investigando todas las posibilidades concebibles.
—Un Comité de Comportamiento —repitió Emerson—.Y dice usted que
Tessa presentó una queja ante él.
—Sí.
—Vaya... La cosa no apareció en los periódicos, ¿verdad?
—No.
—¿Hubo hostilidad durante las sesiones?
—No fueron agradables —repliqué—. Pero el comité no duró mucho,
porque las autoridades universitarias decidieron ponerle fin.
—Y, luego, alguien puso fin a la vida de la profesora Devane.
Muy extraño. Lamento no poder ayudarle,
pero... la verdad es que no tengo casi nada que decir.
—¿Ni sobre Tessa ni sobre su padre?
—Sobre ninguno de los dos —dijo—. Y yo en su lugar no le
dedicaría mucho tiempo a esta cuestión. Ahora, si me disculpa, tengo un
paciente en la sala de espera, así que terminemos nuestra charla mientras
nuestra ética profesional continúa intacta.
Y, de momento, eso era todo en cuanto al comité de la profesora
Devane.
Volví a ocuparme del doctor Cruvic y de las curiosas lagunas en
su formación médica.
El instituto donde pasó un año tras marcharse de Washington
—Brooke-Hastings, en Corte Madera— se encontraba en las proximidades de San
Francisco. Cruvic había vuelto al norte de California, su territorio habitual.
Llamé a información de Corte Madera para conseguir el número del
instituto. Nada. Y tampoco conseguí nada en San Francisco, Berkeley, Oakland,
Palo Alto ni en ninguna población en un radio de ciento cincuenta kilómetros.
El siguiente signo de interrogación: el hospital donde Cruvic
reanudó sus estudios de especialización, esta vez en obstetricia y ginecología.
El Centro Médico Fidelity, en Carson.
El teléfono tampoco aparecía por ninguna parte. ¿Sería Cruvic un
impostor total?
Pero en la Universidad de Berkeley me informaron de que el
hombre era un distinguido miembro de la asociación de ex alumnos. Y lo mismo me
dijeron en la Facultad de Medicina de la Universidad de San Francisco.
Así que las cosas raras comenzaron una vez el hombre obtuvo el
diploma de doctor en medicina.
Estaba reflexionando sobre ello cuando llamó Milo.
—Hasta ahora, no ha aparecido ningún otro asesinato que encaje
en la pauta. Los de Las Vegas intentan localizar a Ted Barnaby, el novio de
Mandy, para ver si él puede arrojar alguna luz sobre el historial médico de la
chica o sobre cualquier otra cosa. Hasta ahora no han logrado dar con él.
Rastrearon su pista hasta Tahoe, y luego nada.
—El circuito de los casinos —dije.
—Sí. Lo que resulta interesante es que en Las Vegas conocen a
Cruvic. El tipo va a la ciudad varias veces al año, y tiene fama de jugar
fuerte.
—La clase de hombre hacia el que Mandy se inclinaba.
—Nadie recuerda haberlos visto juntos, pero he enviado la foto a
la brigada contra el vicio de Los Ángeles, por si la chica tiene antecedentes
allí, y esta noche pienso visitar unos cuantos clubes, los locales de Strip que
frecuentan las prostitutas de lujo.
—Casinos, clubes... Mala vida te das.
—Si el delito nunca duerme, ¿por qué iba a hacerlo yo? Además,
esta mañana recibí un paquete de la Federal Express enviado por los abogados
del padre de Patrick Huang. Dentro estaban las pruebas de la coartada del
chico. Fotos, menús, declaraciones notariales del maître, camareros, ayudantes
de comedor y familiares.
—No hay nada como tener un padre abogado —dije—. De todas
maneras, me alegra saberlo, porque Deborah Brittain sigue sintiéndose nerviosa
respecto a Huang.
—¿Por qué?
—La experiencia la dejó muy perturbada, aunque la chica admite
que Huang no ha vuelto a molestarla. Deborah adoraba a Hope, dice que Hope
cambió realmente su vida. También localicé a Tessa Bowlby y averigüé algo
bastante interesante.
Relaté a mi amigo mis charlas con Walter Bowlby y con el doctor
Emerson.
—Graves problemas sicológicos —dijo Milo—. ¿Crees que el padre
es sincero al decir que su hija lo acusó falsamente?
—¿Y yo qué sé? El doctor Emerson me dio a entender que no
sacaría nada investigando el asunto. Emerson parece un tipo inteligente, pero
Tessa no acude con regularidad a su consulta, y ni siquiera le había mencionado
su relación con Hope. Y tampoco le dijo nada del comité. El señor Bowlby me
pareció sincero. Me dio el nombre del detective de Temple City que investigó la
denuncia. Un tal Gundarson.
—Lo llamaré —dijo Milo—. Falsas acusaciones... O sea que
Muscadine puede estar diciendo la verdad.
—Aunque no la diga, no se me ocurre qué relación puede tener él
con Mandy Wright.
—Lo cual nos deja sólo a monsieur Kenny Storm, hijo, al que veré
mañana por la tarde en la oficina de su padre. ¿Quieres acompañarme y ver qué
tal anda el equilibrio mental del muchacho?
—Claro. Además, me he enterado de unas cuantas cosas acerca del
doctor Cruvic.
Comencé contándole lo de los coches en el estacionamiento de la
clínica a última hora de la noche y lo del vigilante armado. Múltiples abortos
en horas extra, a novecientos dólares por aborto.
—De algún modo hay que pagar el Bentley —dijo Milo.
—Aguarda, que hay más. La tarjeta profesional de Cruvic pone
«consulta limitada a problemas de fertilidad», pero carece de capacitación
formal sobre fertilidad, y en su currículum existen otras irregularidades.
Abandonó su internado de cirujano en la Universidad de Washington al cabo de
sólo un año, pasó un tiempo en un lugar llamado Instituto Brooke-Hastings, y
luego cambió de especialidad, pasando a obstetricia y ginecología, en un
hospital de Carson, el Centro Médico Fidelity. No logro localizar ninguno de
los dos sitios.
—¿Crees que es un farsante?
—Su certificado de estudios secundarios y su título de médico
son reales, y no hay constancia de ninguna demanda contra él. No hay que
descartar la posibilidad de que tanto Brooke-Hastings como Fidelity hayan
cerrado. Pero pasar de un prestigioso hospital universitario a unos oscuros
centros médicos privados resulta raro. Así que, probablemente, no se fue debido
a un cambio en sus intereses profesionales. Quizá lo echaron por conducta
indebida, se replanteó las cosas, y luego buscó que lo admitieran como interno
en otra especialidad y en un lugar de menos categoría. Pero quizá no haya
dejado los malos hábitos. Lo de hacerse pasar por experto en fertilidad, desde
luego resulta sospechoso.
—Interesante —dijo Milo—. Indiscutiblemente, la cosa comienza
adquirir un cierto tufillo. Y Hope le servía de consultora. ¿Habría algún
desacuerdo entre ellos por motivos económicos?
—Quizá ése sea el motivo de que Seacrest se muestre tan evasivo.
En vez de una infidelidad, quizá se tratase de un asunto de dinero. Eso
justificaría que hiciese tanto hincapié en el hecho de que él no se metía para
nada en las actividades profesionales de Hope.
—Quizá sí. Tal vez su intención fuera distanciarse.
—¿Quieres que vuelva a hablar con él?
—¿De profesor a profesor? Sí, claro que sí... Aunque al doctor
Cruvic es al único al que hemos atrapado en una mentira.
—¿Te gusta más Cruvic como sospechoso?
—Digamos que siento una incipiente pero muy marcada simpatía
hacia él. Si logro relacionarlo de algún modo con Mandy, creo que la simpatía
se convertirá en loco amor.
Eran las siete y diez y Robin aún no había vuelto. Las
reparaciones de urgencia podían ser complicadas. Telefoneé alestudio de
grabación del cantante country y Robin me dijo:
—Lo siento, cariño, pero tengo para rato. Al menos, para otro
par de horas.
—¿Cenaste?
—No, antes quiero terminar. Pero no te molestes demasiado. Me
conformo con algo normal y corriente.
Ella se echó a reír.
—Claro, busca un buen ganso.
Me quedé allí un rato, bebiendo café y reflexionando. La pizza
era normal y corriente.
Y en Beverly Hills había un pequeño y magnífico local donde aún
creían que el lugar de los gansos estaba
?Foie gras ¿—
en el agua, y no sobre una tostada.
De camino, me pasaría otra vez por Civic Center Drive.
Esta vez miré primero en el callejón. De nuevo las tres plazas
de aparcamiento de detrás del edificio rosa estaban vacías. De nuevo no había
luces.
En la parte delantera, la calle estaba silenciosa y oscura,
salvo por los muy espaciados faroles y por los faros de algún que otro coche en
movimiento. La gente se había retirado ya a sus casas a pasar la noche.
Estacioné a cincuenta metros de la entrada del edificio rosa, y me mantuve
alerta imaginando las cosas que un médico sin escrúpulos podía hacerle a un
paciente.
Los finos zapatos de Cruvic, cubiertos de sangre...
Mi exaltada imaginación. De pequeño, siempre tuve problemas a
causa de ella con mis maestros.
Unos faros se acercaron. Un coche patrulla de Beverly Hills
hacía la ronda desde la comisaría situada al otro lado de las vías del tren.
A los policías de Beverly Hills les ponía nerviosa la gente
sentada en vehículos estacionados sin causa aparente. Pero el coche pasó de
largo.
De pronto, me sentí como un idiota. Aunque Cruvic apareciera,
¿qué podría decirle?
«Hola, sólo quería que me aclarase usted un par de cosas: ¿qué
es exactamente el Instituto BrookeHastings, y qué hizo usted en él? Ah, por
cierto... ¿se puede saber dónde se especializó usted en fertilidad?»
Puse en marcha el motor del Seville y estaba a punto de encender
los faros cuando un ruido a mi espalda me llamó la atención.
El cierre acanalado de la puerta del edificio contiguo al de
Cruvic estaba ascendiendo y dejó ver un coche con las luces ya prendidas.
No era un Bentley, sino un pequeño sedán oscuro. Salió a la
calle y torció a la derecha. Dentro, dos personas. Conducía la enfermera Anna,
la del lifting facial y los cigarrillos manchados de lápiz de labios. Junto a
ella, un hombre.
Así que el edificio contiguo también formaba parte de la
organización de Cruvic.
Anna enfiló Foothill Drive, redujo marcha y giró a la derecha.
Puse el coche en marcha y la seguí.
Anna giró otras dos veces a la derecha, en Burton Way y en
Rexford Drive, dando un largo rodeo que la condujo a los llanos del norte de
Beverly Hills, pasando ante mansiones de más de un millón de dólares. Luego,
subió por Sunset y cruzó en dirección a Coldwater Canyon. Iba camino del Valle.
Quizá se tratara de algo tan poco truculento como de una trabajadora regresando
a casa con su marido o con su novio.
Dos coches se interpusieron entre el de Anna y el mío. La hora
punta de salida de la ciudad ya había pasado, pero el tráfico en dirección al
Valle seguía siendo intenso, obligándonos a ir a poco más de treinta por hora.
Logré no perder de vista al pequeño sedán y cuando éste se detuvo ante un
semáforo en rojo en Cherokee Drive, me eché un poco a la derecha para ver
mejor. El coche era un Toyota, más bien nuevo. Dentro, dos cabezas, ninguna de
las cuales se movía.
Anna se inclinó hacia la derecha y una ambarina pavesa apareció
en el interior del coche, como una luciérnaga en vuelo. Se desplazó hacia la
izquierda hasta que la mano de Anna asomó por la ventanilla y dejó caer el
cigarrillo. Sobre el asfalto relucieron las pequeñas chispas. El hombre sentado
junto a la conductora seguía sin moverse. O era más bien bajo, o estaba
apoltronado en el asiento.
Cruvic no era ningún gigante. ¿Le habría pedido a su enfermera
que lo acercara a casa? ¿O sería la relación entre ambos más que laboral?
Ojo con tu imaginación, Delaware. Y eso que yo ni siquiera veía
telenovelas.
El semáforo cambió a verde. El Toyota se puso en movimiento y
tomó velocidad en dirección a las montañas de Santa Mónica. No hubo nuevas
paradas hasta Mulholland Drive, punto en el que casi todo el tráfico seguía
bajando en dirección sur hacia Studio City. Pero el Toyota tomó rumbo este en
Mulholland, y yo seguí tras él.
Mantuve la distancia entre mi coche y el de ella. Anna aceleró.
Tomaba las curvas con la seguridad de alguien que conocía el camino. Años
atrás, Mulholland era zona verde desde Woodland Hills hasta Hollywood,
kilómetros y kilómetros de espacio abierto, con una fantástica vista de las
luces de la ciudad. Ahora, las casas impedían casi por completo ver el paisaje.
No tenía ningún coche detrás. Apagué los faros. Mulholland Drive
estaba cada vez más oscura y silenciosa, y la calle se hizo más angosta. El
Toyota siguió doblando curvas durante otros tres o cuatro kilómetros y luego se
detuvo bruscamente.
Yo iba bastante por detrás, pero tuve que frenar en seco,
logrando evitar que los neumáticos chirriaran y derrapando sólo ligeramente. El
Toyota seguía en el centro de la calle, con las luces de freno encendidas. Me
arrimé a la derecha de la calle y, manteniendo el Seville en ralentí, me quedé
mirando.
Un coche llegaba de frente.
Cuando pasó, el Toyota cruzó diagonalmente Mulholland, se metió
por una rampa de acceso y se detuvo en una amplia explanada de hormigón frente
a una gran puerta de hierro.
Dos lucecitas en sendos pilares de ladrillos. Todo lo demás era
follaje y oscuridad.
La portezuela derecha del Toyota se abrió y se bajó el hombre,
que fue brevemente iluminado por la luz interior del coche. Pero me daba la
espalda y no pude distinguir sus facciones.
Caminó hasta la puerta y tocó uno de los pilares de ladrillos,
sin duda oprimiendo un botón.
Mientras la puerta comenzaba a abrirse, puse el coche en
movimiento.
El Toyota dio marcha atrás y enderezó. Yo esperé a que se
alejara.
La puerta estaba abierta, y el hombre la cruzó. Aún con las
luces apagadas, pasé ante el tipo, que sin duda me tomaría por un simple
conductor distraído. Como yo había esperado, el hombre se volvió a mirar.
Durante una fracción de segundo tuve oportunidad de verlo
iluminado por las luces de los pilares.
Un rostro que yo conocía.
Anguloso, inteligente. Labios gruesos. Pelo largo echado para
atrás. Mejillas hundidas, cejas muy pobladas. James Dean en versión actual.
Aunque bajo, no era Cruvic.
Casey Locking, el estudiante favorito de Hope.
Se rascó la oreja.
De no haber sabido que el muchacho llevaba el anillo de la
calavera, no me habría fijado en él, relucía débilmente en la blanca y delicada
mano de Locking.
Aceleré en dirección al cruce con Mulholland. Hope y Cruvic.
El estudiante de Hope con la enfermera de Cruvic. ¿Vivía Locking
tras la gran puerta de hierro?
Bonita residencia para un estudiante. ¿Padres en buena posición?
¿O sería la casa de Cruvic, y el chico iba a hablar con él?
Paré, hice un giro en u con maniobra y enfilé de nuevo hacia la
casa. Me detuve lejos de la puerta, me cercioré de que ya no había nadie en las
inmediaciones y luego avancé lentamente. La dirección estaba inscrita con
pequeños números blancos en el pilar de la izquierda. Me la aprendí de memoria.
¿Qué tenía que ver un estudiante graduado de sicología con la
fertilidad o los abortos?
¿Habría reemplazado a Hope en el cargo de consultor? ¿Una red de
corrupción lo bastante amplia como para englobar a Hope y a Mandy Wright?
¿O se trataría quizá de algo tan inocuo como una tesina sobre
embarazos no deseados o sobre los efectos sicológicos de la esterilidad?
Pero Locking nunca mencionó nada parecido, y Hope nunca había
escrito sobre tales temas.
Además, una cuestión académica así no justificaba que la
enfermera de Cruvic llevara en su automóvil a Locking.
Todo aquello carecía de sentido.
Cuando detuve el coche frente a mi casa, Robin y Spike estaban
subiendo las escaleras de la entrada. Me había olvidado de ir a por la pizza.
Robin me dirigió un saludo y el perro giró y se cuadró, con la
cabeza alta y las patas en el suelo, como si estuviera posando en una
exposición canina. Su actitud fue de recelo hasta que me escuchó decir «Hola».
Entonces, comenzó a tirar de la correa. Robin lo soltó y Spike se acercó a
hacerme caricias.
Mientras le acariciaba la cabeza, no dejó de lanzar ahogados
gemidos ni de frotarse contra mí. Al fin, se sacudió y fue conmigo hacia Robin.
La alcé en brazos y la besé intensa y prolongadamente.
—Vaya —dijo Robin—. Será el perfume que me he puesto esta
mañana.
—No es el perfume, sino mi imperecedero amor —dije. La besé de
nuevo y luego ella abrió la puerta y entramos—. ¿Qué tal te fue el trabajo de
reparación? —quise saber.
Ella se echó a reír e inclinó la cabeza hacia adelante,
flexionando el cuello y sacudiendo el rizado cabello.
—Logré salvar casi todos los instrumentos. Pobre Montana. Y,
encima, esta noche aún me queda trabajo. Prometí arreglar la guitarra de doble
mástil de Eno Burke. La necesita mañana para una grabación.
—Supongo que bromeas.
—Ojalá. Al menos, me pagan triple.
Le froté los hombros.
—¿Tienes para toda la noche?
—Espero que no. Antes de ponerme, quiero dormir un rato.
—¿ Te preparo café?
—No, gracias, me he pasado el día atiborrándome de cafeína. Lo
siento, Alex. ¿Planeabas algo especial?
—Yo siempre estoy abierto a cualquier proposición. Ella apretó
la espalda contra mi pecho.
—¿Qué tal una siestecita juntos? Puedes contarme un cuento para
que me duerma.
Aquella misma noche, más tarde, me puse la bata y me senté a la
mesa de mi despacho para repasar la correspondencia. Facturas, farsantes
tratando de venderme cosas, y el cheque que me debía hacía tiempo un abogado
que coleccionaba Ferraris.
No dejaba de pensar en Locking y la enfermera Anna... Debía
controlar mi imaginación.
No me había sido posible localizar a Milo en ninguna parte. De
pronto recordé que aquella noche estaba visitandolos clubes de Strip.
Codeándose con gente de postín.
Pensar en ello hizo que mis labios se curvaran en una sonrisa.
Llamé a mi servicio de contestación telefónica.
La profesora Julia Steinberger había llamado poco después de que
yo saliera en dirección a Beverly Hills.
Había dejado un teléfono del campus y otro de Hancock Park.
Su marido contestó al segundo timbrazo y dijo:
—Mi esposa no está en casa, y probablemente tarde en regresar.
¿Por qué no la llama mañana a su despacho?
Cordial, pero fatigado.
Dejé mi nombre, me puse una camiseta y un chándal, y fui a por
Spike, que dormía como siempre en la cocina. Le pregunté si le apetecía hacer
un poco de ejercicio. Él hizo caso omiso de mí, pero cuando cogí su correa se
levantó de un salto y me siguió hasta la puerta.
En el exterior, escuché a Robin, trajinando.
Spike y yo dimos un largo paseo hasta Beverly Glen, y nos
metimos por oscuras calles laterales en las que la fragancia a laurel era casi
sofocante.
De vez en cuando me detenía para que Spike olisquease, mirase en
torno o gruñera a invisibles presencias.
19
A las nueve de la mañana llamé al despacho de Julia Steinberger,
pero ella no estaba, y en el departamento de química me dijeron que se
encontraba dando clase en un seminario para graduados hasta el mediodía.
Yo tenía otras cosas que hacer en el campus.
En la oficina de sicología, había tres secretarias sentadas ante
ordenadores, pero el escritorio de la recepcionista estaba vacío. Sobre la
repisa del mostrador se amontonaba el correo, y varios estudiantes se agrupaban
frente al tablón de avisos, mirando los anuncios de empleos.
—Dispense —dije.
La mecanógrafa más próxima alzó la vista de su trabajo. Joven,
bonita, pelirroja.
Le mostré mi identificación de la Facultad de Medicina del otro
extremo de la ciudad y dije:
—Probablemente, esto me convierte en persona non grata, pero tal
vez tenga usted la amabilidad de ayudarme.
—Vaya —dijo ella, sonriendo y aún oprimiendo teclas—. ¿Traición,
doctor? Bueno, yo no soy aficionada al fútbol, así que me da igual. ¿En qué
puedo servirle?
—Busco a un estudiante graduado llamado Casey Locking.
—Tiene un despacho en el sótano, pero apenas viene por aquí.
Realiza casi todo su trabajo en casa.
Fue hasta la parte de atrás de la oficina y volvió con las manos
vacías.
—Qué raro. La carpeta de su expediente no aparece. Aguarde.
Tecleó y en la pantalla de su ordenador apareció una lista de
nombres.
—Aquí está. Despacho Ese-cinco-tres-tres-uno, puede utilizar el
teléfono del mostrador.
Lo hice, sin obtener respuesta. De todos modos, bajé por las
escaleras. La mayor parte de las salas del sótano eran laboratorios. La de
Locking estaba marcada con una ficha de cartulina. Nadie contestó a mi llamada.
Volví arriba y le dije a la pelirroja:
—No está. Es una lástima. Solicitó un empleo y yo venía con
intención de concertar una cita con él.
—¿Quiere el número de su domicilio?
—No me vendría mal.
La muchacha anotó algo en un papel. Ya en el vestíbulo, lo leí.
Era un número 213 con prefijo 858. Hollywood Hills, cerca de La Ciénaga. No era
la casa de Mulholland.
Así que el chico había ido a Mulholland a ver a alguien.
Probablemente, a Cruvic.
Su expediente había desaparecido. Utilicé uno de los teléfonos
públicos del vestíbulo para llamar al número que me había dado la pelirroja. Al
otro lado del hilo, la fluida voz de Locking respondió:
—No hay nadie en casa. Deja mensaje u olvídame.
Colgué y salí del edificio.
Había llegado el momento de hacer una visita al departamento de
historia.
Hays Hall era uno de los edificios más antiguos de la
universidad, y se encontraba junto a la Biblioteca Palmer. Como ésta, era de
piedra caliza amarilla, y estaba igualmente manchada por la contaminación. El
despacho de Seacrest se encontraba en el piso alto, y había que subir tres
tramos de escalera para llegar a él. Un largo y resonante corredor con puertas
de caoba tallada. La puerta de Seacrest se encontraba abierta, pero él no
estaba dentro.
El despacho era amplio, frío, con las paredes pintadas de verde,
el techo en forma de cúpula, ventanas emplomadas que necesitaban una buena
limpieza, descoloridas cortinas de terciopelo castaño pendientes de aros de
latón, librerías empotradas, una vieja alfombra persa que en tiempos fue roja y
ahora era rosada.
Un feo escritorio victoriano de más de dos metros y, tras él, un
sillón ortopédico tapizado con tela negra. Delante de la mesa, tres maltrechas
butacas de cuero rojo, una de ellas remendada con cinta aislante. El escritorio
estaba tan ordenado como el despacho de su casa: sobre el tablero, un montón de
exámenes ordenadamente apilados, dos urnas neolíticas, y una máquina de
escribir manual marca Royal. Sobre un papel secante de color verde, medio
emparedado de ensalada de huevo y una lata de Sprite Light sin abrir. Ni una
mancha, ni una miga.
Entró Seacrest, secándose las manos con una toalla de papel.
Llevaba un suéter gris de cuello de pico sobre una camisa marrón a cuadros y
una corbata de punto. Los puños del suéter estaban desgastados. Los ojos de
Seacrest parecían nublados. Pasó junto a mí, se sentó tras el escritorio y fijó
la vista en el emparedado.
—Buenos días —saludé.
Él cogió el emparedado y le dio un bocado.
—¿En qué puedo servirlo?
—Si dispone de tiempo, me gustaría hacerle unas preguntas.
—¿Respecto a qué?
—Respecto a su relación con su esposa.
Dejó el emparedado. No me había invitado a tomar asiento y yo
continuaba de pie.
—Mi relación con mi esposa —repitió con voz suave.
—No deseo entrometerme...
—Pero supongo que lo va a hacer, porque para eso le paga la
policía.
Arrancó un pedazo de corteza de pan y lo masticó lentamente.
—Bonito trabajo —dijo.
—¿Perdón?
—¿Cuál es el motivo de su intromisión?
—Si éste es mal momento, profesor...
—Déjese de tonterías. —Se echó para atrás en el sillón—. ¿Sabe
una cosa? Hasta la visita nocturna que me hicieron Sturgis y usted, no me di
cuenta de que me consideraban sospechoso. ¿A qué fueron, por cierto?
¿Intentaban pillarme por sorpresa? ¿Esperaban que yo mismo me
incriminase de algún modo? ¿Dice que si éste es mal momento? Siempre es mal
momento. —Meneó la cabeza y siguió—: Esta cochina ciudad. Todos quieren
escribir su gran reportaje sensacionalista. Dígale a Sturgis que lleva
demasiado tiempo viviendo en Los Angeles, y debería aprender a investigar como
es debido. —Su rostro había enrojecido vivamente.
»Supongo que sus sospechas no deberían sorprenderme. Sin duda,
existe algún estúpido manual policial según cuyos dictados el marido siempre es
sospechoso. Y los dos payasos que se ocuparon antes que ustedes de la
investigación se mostraron hostiles hacia mí desde el principio. ¿Pero para qué
lo metieron a usted en el asunto? ¿Creía realmente Sturgis que iba a dejarme
impresionar por su agudeza sicológica? —Meneó la cabeza y de nuevo la emprendió
a feroces bocados con el emparedado.
»Y no es que me importe en absoluto que sospechen de mí
—siguió—. No tengo nada que ocultar, así que pueden ustedes husmear todo lo que
les dé la gana. En cuanto a mi relación con mi esposa, ninguno de los dos
éramos personas fáciles, así que el hecho de que siguiéramos juntos debería
significar algo para ustedes. Además, ¿qué motivos podía tener yo para hacerle
daño a Hope? ¿Dinero? Sí, es cierto que Hope ganó una fortuna el año pasado,
pero el dinero no significa nada para mí. Cuando se establezca la testamentaría,
quizá lo done todo para obras de caridad. Y si no me cree, aguarde y lo verá.
¿Qué otro motivo pude tener? —Se echó a reír—. No, Delaware, mi vida no ha
mejorado en absoluto desde la muerte de Hope. Incluso cuando ella seguía entre
nosotros, yo era bastante misántropo. Perderla, me ha dejado totalmente solo, y
ésa es una situación que no me hace nada feliz. Ahora, tenga la bondad de
dejarme comer en paz.
Mientras me dirigía hacia la puerta, él dijo:
—Lástima que Sturgis tenga tan poca imaginación. Si se atiene al
manual, lo único que conseguirá es desaprovechar las escasas posibilidades que
tiene de descubrir la verdad.
—No es usted optimista.
—¿Acaso me ha dado la policía algún motivo para serlo? Quizá me
conviniese contratar a un abogado. Aunque no se me ocurre a quién podría
recurrir. —Lanzó una risa sonora—. Ni siquiera tengo abogado. Y no por falta de
oportunidades. Alguien debió de dar mi número de teléfono al club de
picapleitos, o quizá esos cabrones olfateen la desgracia. Inmediatamente
después del asesinato, estuve recibiendo varias llamadas todos los días, hasta
que al fin dejaron de molestarme; pero aún ahora, siempre hay alguno que lo
intenta.
—¿Qué quieren de usted?
—Que demande al ayuntamiento por no podar los árboles. —Una
nueva risa, tan sonora como la anterior—. Como si el aseo urbano fuese el
problema.
—¿Cuál es entonces?
—El total derrumbamiento de cualquier tipo de orden. Lástima que
yo no sea codicioso. Podría escribir un libro que se vendiese bien. ¿A que
resultaría fantástico? El afligido viudo metido en la ronda de los programas de
debate, siguiendo las huellas de Hope.
—A Hope se le daba muy bien.
—A Hope se le daba bien todo. ¿No lo comprende? Era una mujer
excepcional.
Asentí con la cabeza.
—En realidad —siguió Seacrest—, ella despreciaba el juego de la
publicidad, pero sabía que era útil.
—¿Ella misma se lo dijo?
—Sí, Delaware. Hope era mi esposa. Confiaba en mí.
Abrió el bote de refresco y miró el interior del orificio.
—Cristo bendito, no sé por qué pierdo el tiempo hablando.
¿Imagina usted siquiera lo que supuso para mí vivir bajo el mismo techo con una
persona como ella? Fue como vivir con una obra maestra prestada, un Renoir o un
Degas. Aunque uno sepa que nunca llegará a ser su dueño, y que ni siquiera
podrá comprenderla del todo, se siente inmensamente agradecido a la suerte.
—Una obra maestra prestada... ¿por quién? —quise saber.
—Por Dios, por el destino... elija la superstición que más le
plazca. —Dio un sorbo de refresco y dejó el bote—. Supongo que ahora se está
preguntando si me sentía celoso. La respuesta es no. Me sentía abrumado; pero
abrumado de agradecimiento y felicidad. Ya sé cuál es la siguiente duda que
acude a su sicoanalítico cerebro: ¿qué vio ella en él? Y la respuesta es que, a
veces, yo también me lo pregunto. Y ahora, Hope ha desaparecido... Y esos
policías cretinos amigos suyos piensan que soy el culpable... ¿Está usted
versado en historia, doctor Delaware?
—No la he estudiado formalmente desde que dejé la universidad,
pero trato de aprender del pasado.
—Me parece admirable... ¿Se ha parado alguna vez a pensar qué es
realmente la historia? Una relación de fracasos, iniquidades, errores de
juicio, fallos de carácter, sangrientas crueldades, trágicos tropiezos. Los
seres humanos son tan abyectos... El mayor argumento en favor del ateísmo es la
repulsiva naturaleza de esos jirones de carne llenos de debilidades creados
supuestamente a imagen y semejanza de Dios. O quizá sí exista un ser supremo, y
sea tan cretino e incompetente como sus criaturas. ¿A que sería fantástico? Y
ahora, tenga la bondad de dejarme en paz.
20
Cuando salí del edificio, resultó un alivio volver al
sol.
Tal vez su calidez disipara la amargura que se había metido
dentro de mí en el despacho de Seacrest.
¿El dolor y la ira habían sido auténticos, o una simulación para
evitar que yo siguiera insistiendo?
Ante la pregunta de cómo se llevaban Hope y él, Seacresten
ningún momento dijo que bien, se limitó a afirmar que ninguno de los dos eran
personas fáciles, y que el hecho de que hubieran seguido juntos significaba
algo.
Luego admitió que sentía celos, aunque los convirtió en
agradecimiento.
Vivir con una obra maestra..., eso era algo que podía llegar a
ser agobiante.
Recordé lo rápidamente que Seacrest había enrojecido. Tenía la
mecha corta.
La gente que tiene graves problemas para controlar su
temperamento suele traicionarse fisiológicamente.
«Pueden ustedes husmear todo lo que les dé la gana.»
¿Lo dijo porque era inocente o fueron las palabras de un
sicópata retándonos a atraparlo si podíamos?
Mi cita en el despacho de Kenneth Storm, padre, en Pasadena no
era hasta la una. Julia Steinberger terminaría su clase en veinte minutos.
Desde la biblioteca, llamé de nuevo al teléfono de Casey
Locking. Me respondió la misma grabación.
En Inglaterra ya habría anochecido, pero aún era una hora
adecuada para llamar a la otra estudiante de Hope, Mary Ann Gonsalvez.
De nuevo, el teléfono sonó y sonó, sin que nadie lo contestara.
Debía volver al mundo de la verdadera ciencia.
Julia Steinberger iba camino de su despacho en compañía de dos
estudiantes graduados. Al verme, frunció el entrecejo y les dijo:
—¿Me permiten unos minutos, muchachos? Luego pasaré por el
laboratorio.
Los dos estudiantes se alejaron y Julia abrió la puerta de su
despacho. La mujer llevaba un vestido negro con falda por la rodilla y un
collar de ónice negro. Parecía preocupada. Cuando la puerta se cerró a nuestras
espaldas, ella siguió de pie.
—No sé si lo que voy a hacer está bien dijo—, pero la primera
vez que vino usted por aquí hubo algo que no le conté. Probablemente, no tenga
importancia... Todo esto me resulta de lo más desagradable.
—¿Algo referente a Hope? —quise saber.
—Sí. ¿Recuerda que le dije que me daba la sensación de que Hope
había sido víctima de malos tratos?
—La mirada de ferocidad.
—Exacto. Tenía esa mirada. Pero... bueno, hubo algo más. Fue el
año pasado, en el club de la facultad. No en el té de bienvenida, en otra
ocasión, después de una conferencia, no recuerdo quién la daba.
Fue hasta el escritorio y apoyó las palmas de las manos en el
tablero. Miró la muñeca con la que había jugueteado durante la primera
entrevista, pero no la tocó.
—Charlamos un rato, y luego Hope se puso a charlar con otros
invitados y Gerry y yo hicimos lo mismo. Después, quizá una hora más tarde, ya
al final de la velada, entré en el servicio de señoras y estaba Hope en él,
ante el espejo. Antes de entrar en el aseo propiamente dicho, hay un pequeño
vestíbulo, también con espejos, y está dispuesto de modo que, al pasar, se
puede ver el interior del baño. El suelo está enmoquetado, así que
probablemente Hope no me oyó. —Julia bajó los ojos—. Hope estaba examinándose
los brazos. El escote de su vestido dejaba los hombros al aire, pero las mangas
le llegaban al codo. Yo ya me había fijado en su ropa, porque era muy elegante
y supuse que habría costado una fortuna. Hope se había dejado al descubierto
uno de los hombros y se estaba mirando la parte superior del brazo. En sus ojos
había una mirada extraña, casi hipnótica, y su expresión era ausente. En el
brazo tenía un hematoma. Un gran hematoma. Negro y azul. Justo aquí. —Se tocó
uno de los bíceps—. En realidad, eran varias marcas. Puntos. Huellas de dedos.
Como si la hubiesen apretado con gran fuerza. Hope tenía la piel muy blanca,
bellísima, así que el contraste era marcadísimo. Como si tuviera el brazo
tatuado. Y las magulladuras parecían recientes. Aún no habían tomado el típico
color verde púrpura. —Conteniendo apenas las lágrimas, Julia volvió a la
puerta—. Eso es todo —dijo.
—¿Cómo reaccionó Hope al verla entrar a usted?
—Se bajó la manga, enfocó la mirada y dijo «Hola, Julia», como
si no pasara nada. Luego comenzó a retocarse el maquillaje y a charlar. Habló
de lo distintas que serían las cosas si a los hombres se les forzase a tener
siempre un aspecto impecable. Yo estuve de acuerdo con ella, y las dos hicimos
como si no hubiese ocurrido nada. ¿Qué iba a hacer yo? ¿Preguntarle quién le
había causado los hematomas? —Abrió la puerta—. Quizá no fuera nada. Quizá
tuviese la piel delicada y le salieran morados con facilidad... pero cuando me
pidió que formara parte del comité, me sentí obligada a aceptar.
Oscuros moretones sobre la blanca piel.
La súbita ira de Seacrest.
Volví al Seville y enfilé la 405 Norte.
Aunque Pasadena suele estar saturada de smog, aquel día el aire
se encontraba limpio y los edificios de oficinas de Cordova Street parecían
resplandecientes, como una pintura de Richard Estes.
Inversiones y Bienes Raíces Storm ocupaba un edificio
neocolonial de una sola planta rodeado por resplandecientes parterres de flores
y árboles de jacaranda aún en flor. El estacionamiento adjunto se encontraba
magníficamente cuidado. Aparqué junto al coche sin identificación policial de
Milo en el momento en que mi amigo se apeaba de él. Milo llevaba su portafolios
y un magnetófono y vestía traje gris, camisa blanca y corbata roja y azul.
—Llevas un atuendo muy conservador —dije, bajando la vista a sus
botas de campo y tratando de no sonreír.
—En el mundo de los negocios, hay que vestir como un negociante.
Por cierto: visité un par de bares de Sunset Strip que quizá Mandy Wright
frecuentó.
—¿Quizá?
—No obtuve una identificación segura; pero sí probable. A esos
sitios no van más que mujeres de largos cabellos y cuerpos perfectos. Una chica
fea hubiera llamado más la atención. O sea que tuve suerte encontrando a dos
camareros que hace un año ya trabajaban allí. Ninguno de ellos está dispuesto a
jurar que conocía a la chica, sólo dijeron que su rostro les resultaba
familiar.
—¿Iba por allí por trabajo o por pasar el rato?
—En esa profesión, ¿cuál es la diferencia? Y si Mandy iba por
allí en busca de clientes, los de los bares no lo admitirían, porque correrían
el riesgo de que se les retirase la licencia para vender licores. Lo que me
hace pensar que podemos encontrarnos ante una pista significativa es el hecho
de que los dos locales se hallen a sólo una manzana de distancia el uno del
otro, así que tal vez Mandy estuviera efectivamente haciendo la carrera. El
Club None y The Pit. Lo malo es que ninguno de los camareros recuerda haberla
visto en compañía de nadie.
—Pero eso sitúa a Mandy en Los Ángeles.
Milo cruzó los dedos.
—Otra cosa. Hablé con Gunderson, el detective de Temple City que
se ocupó de la denuncia de Tessa contra su padre. Ahora Gunderson es subjefe, y
apenas recuerda el caso, pero sacó el expediente y dijo que, según sus notas,
nunca se tomaron en serio la denuncia de la chica. Pensaban que Tessa no estaba
del todo bien de la cabeza. Gunderson recordaba vagamente al padre como a un
tipo decente que confesó tener antecedentes juveniles no estando obligado a
ello, y que se mostró muy franco en todo cuanto dijo. Así que cada vez parece
más probable que Muscadine diga la verdad y ya no tengamos que preocuparnos más
por ese maldito comité. ¿Listo para enfrentarte al viejo Storm?
—Sí, pero... He descubierto indicios de que Hope fue víctima de
malos tratos. —Le resumí lo que me había contado la profesora Steinberger, y
luego conté mi breve conversación con Seacrest.
—Moretones y mal genio —comentó mi amigo, frunciendo el
entrecejo—. ¿Qué fue exactamente lo que lo alteró?
—Estaba molesto desde el principio, y enrojeció cuando le pedí
que me hablara de su relación con Hope.
—Bien. Quizá estemos comenzando a ponerlo nervioso. Quizá yo
deba trabajarlo un poco más... Resultaría muy interesante que él la hubiera
maltratado durante años y luego Hope hubiese escrito un libro explicando a las
mujeres cómo defenderse de los malos tratos.
—No sería la primera vez —dije.
—¿Qué quieres decir?
—Que no sería la primera vez que el cómo tiene más importancia
que el qué. Pequeños esquemas. Pero si Hope y Seacrest tenían problemas, el
libro y la notoriedad que su publicación dio a Hope tal vez hicieran que la
insatisfacción de ella cristalizase y tomara la decisión de romper con su
marido. Quizá, en ese sentido, la fama fue, en efecto, su sentencia de muerte.
Pero lo que no se me ocurre es qué relación puede tener todo eso con Mandy
Wright. Ah, otra complicación: anoche volví a pasar frente a la consulta de
Cruvic. El no estaba, pero la enfermera Anna, sí. Acompañada por Casey Locking.
Le conté lo de la casa de Mulholland, y Milo tomó nota de la
dirección.
—Mierda —dijo—. Tan contento que estaba yo con mis bonitas
teorías... De acuerdo, averiguaré quién es el dueño de la casa. Mientras, vamos
a amargarle un poco la vida al muchacho malhablado.
Cruzamos una amplia y tranquila zona de recepción para llegar al
despacho de Kenneth Storm, padre. Pasamos ante un par de secretarias que al
vernos alzaron por un momento la vista de sus teclados. Como sonido de fondo,
se oía un programa radiofónico de debate.
Los Storm constituían un buen ejemplo de herencia genética. Los
dos tenían cuello de toro, amplios hombros, pelo rubio rojizo cortado al
cepillo, y ojos pequeños y recelosos con tendencia a clavarse en lo que
miraban.
Storm padre era un cincuentón con el descuidado aspecto de un
delantero de fútbol americano dado a la molicie. Llevaba un blazer azul marino
con botones dorados y un distintivo masónico prendido de la solapa. La chaqueta
del hijo era verde oscuro, con botones tan brillantes como los del padre.
Los dos se encontraban acomodados tras el escritorio de madera
amarillenta y forma de canoa del padre. El tablero estaba totalmente despejado
salvo por una figura en bronce que representaba un cowboy, y por una escribanía
de ónice verde. El despacho era mucha habitación para tan poco mueble. Las
paredes estaban forradas de roble y el suelo se encontraba cubierto por una
moqueta color beige. En las paredes había gran cantidad de diplomas y
testimonios honoríficos que daban fe de la notoriedad del padre en el terreno
de los seguros y los bienes raíces. La estancia olía a humo de cigarro, aunque
no se veía ningún cenicero.
En pie frente al escritorio había un tipo corpulento, de nariz
aguileña y cabellos grises, vestido con un traje de tres piezas gris marengo,
camisa azul claro con gemelos y corbata color rosa intenso. Se presentó como
Pierre Bateman, abogado de Storm. Me sonó su nombre, pues era él quien había
firmado la carta de queja por lo del Comité de Comportamiento. Antes de que
tuviéramos oportunidad de sentamos, Bateman comenzó a recitar con voz grave y
monótona las condiciones en que debía realizarse el interrogatorio. Kenneth
Storm, hijo, bostezó, se rascó la oreja y metió y sacó por un ojal la punta del
índice. Su padre mantenía la vista clavada en el tablero del escritorio.
—Además —dijo Bateman—, en cuanto a los temas que se van a
tratar...
—¿Es usted abogado criminalista, señor Bateman?
—Soy el abogado del señor Storm. Me ocupo de todos sus negocios.
—¿Considera que esto es un asunto de negocios?
Bateman mostró los dientes.
—¿Me permite continuar, detective?
—¿Ha contratado el señor Storm, hijo, sus servicios
profesionales?
—No creo que eso tenga importancia.
—La tiene si pretende usted establecer normas para la
entrevista.
Bateman acarició uno de sus gemelos de zafiros y miró al
muchacho.
—¿Deseas nombrarme tu abogado, Kenny?
El chico puso los ojos en blanco. El padre se golpeó una manga
con un índice.
—Sí, claro.
Bateman siguió:
—Perfecto. Respecto al interrogatorio, detective, se abstendrá
usted de...
Milo dejó el magnetófono sobre el escritorio.
—Dispense, pero me opongo —dijo Bateman.
—¿A qué?
—A que grabe usted la conversación. Esto no es ni un testimonio
judicial ni una declaración en regla, y mi cliente no ha sido acusado
oficialmente de nada...
—Entonces, ¿por qué actúa usted como si lo hubiera sido?
—Detective —insistió Bateman—, le ruego que me deje seguir
hablando, porque...
Milo lo interrumpió con un ruidoso suspiro. Cogió el grabador y
lo examinó.
—Señor Bateman, hemos venido aquí por cortesía, hemos alterado
varias veces nuestro horario por cortesía, y por cortesía hemos permitido que
el padre de su cliente esté delante pese a la circunstancia de que el muchacho
ya es mayor de edad. No hemos venido a hablar de un delito juvenil. El muchacho
nos interesa porque tuvo un enfrentamiento sumamente hostil con una mujer que
posteriormente fue asesinada a puñaladas.
El hijo rezongó algo y el padre le dirigió una penetrante
mirada.
—Detective —dijo Bateman—, sin duda...
—Abogado —dijo Milo, acercándose al otro unos pasos—. Aunque su
representado no es sospechoso de momento, tantas condiciones y tantos
circunloquios lo que consiguen es dar la sensación de que el chico tiene algo
que ocultar. Si quiere usted seguir pavoneándose, allá usted. Pero si al final
hablamos, la conversación quedará grabada, y en cuanto a las preguntas, haré
las que me dé la gana. De lo contrario, los citaré en la Comisaría Oeste de Los
Angeles y tendrán ustedes que enfrentarse al ambiente y a la prensa.
El hijo volvió a rezongar entre dientes.
—Ken —dijo el padre, en tono reprensor.
El muchacho puso de nuevo los ojos en blanco y se tocó una
espinilla que tenía en el cuello. Sus manos eran grandes, fuertes y lampiñas.
Milo dijo:
—Lamento tener que molestarte, muchacho. Aunque supongo que,
habiendo dejado los estudios, tendrás tiempo de sobra.
El chico alzó la mandíbula y los tendones del cuello se le
marcaron. El padre volvió a tocarse el gemelo.
Bateman dijo:
caballeros. Sayonara, —
—Ha sido un bonito discurso, detective. Ahora, permítame seguir
con las estipulaciones.
Milo recogió el magnetófono y se dirigió hacia la puerta.
Estábamos cruzando la zona de recepción cuando Bateman llamó:
—Detective...
Seguimos caminando y el abogado tuvo que apretar el paso para
ponerse a nuestra altura. La zona de recepción había quedado en silencio. Las
dos secretarias no nos quitaban ojo. El locutor radiofónico estaba pontificando
acerca de lo que cobraban los deportistas profesionales. El lugar olía a
enjuague bucal.
—Eso ha sido un exabrupto, detective —susurró melodramáticamente
Bateman—. Kenny es un chiquillo.
—Tiene diecinueve años y tamaño más que suficiente para hacer
mucho daño, señor Bateman. Espere nuestra llamada.
Milo abrió la puerta y Bateman nos siguió hasta el
estacionamiento.
—El señor Storm está muy bien considerado en esta comunidad,
detective, y Kenny es un buen muchacho.
—Me alegra mucho oírlo.
—Habiendo problemas como los de las bandas y el de la gran
delincuencia, parece que la policía debería ocuparse de cosas mejores que...
—¿Que atosigar a respetables ciudadanos? —dijo Milo—. ¿Y qué le
vamos a hacer, si somos así de estúpidos? —Llegamos junto al coche de Milo.
—Aguarden un minuto. —La tensa voz de Bateman reflejaba más
nerviosismo que indignación.
Milo sacó las llaves.
—Escuche, detective, estoy aquí para que ellos se sientan
protegidos. Kenny es buen muchacho, se lo digo de veras. Lo conozco desde hace
años.
—Para que se sientan protegidos, ¿de qué?
—Ultimamente, tanto el padre como el hijo han estado sometidos a
muchas y muy graves tensiones.
Milo abrió la portezuela del coche y metió en él sus cosas.
Bateman se le acercó más y bajó la voz.
—Supongo que eso a usted no le importará mucho, pero Ken, el
padre, tiene problemas financieros. Bastante graves. El mercado inmobiliario.
Milo se irguió pero no dijo nada.
—Son momentos difíciles para padre e hijo —siguió Bateman—.
Primero murió la esposa de Ken, súbitamente, a causa de un aneurisma. Y ahora
esto. Ken forjó su empresa partiendo de cero. Construyó este edificio hace
veinte años, y ahora están a punto de embargarlo. Y ni siquiera el embargo
resolverá todos sus problemas, ya que los acreedores son muchos, demasiados. O
sea que ése es el motivo de que todo lo que tenga que ver con la ley lo ponga
nervioso. Yo, además de su abogado, soy su amigo, y me siento en la obligación
de protegerlo cuanto me sea posible.
—No hemos venido aquí a hablar de cuestiones inmobiliarias.
El abogado asintió con la cabeza.
—La verdad es que apenas sé nada sobre leyes criminales, y le
advertí de ello a Ken. Pero él y yo fuimos juntos al colegio, y él se empeñó en
que yo estuviera presente.
—¿O sea que el padre piensa que el muchacho necesita consejo
legal?
—No, no... Lo único que desea es evitar que el sistema abuse de
ellos. A decir verdad, Kenny no es ningún genio y tiene bastante mal carácter.
A Ken le pasa lo mismo. Y el padre de Ken era igual, si vamos a eso. Toda la
familia tiene malas pulgas.
Bateman sonrió, pero Milo no le devolvió la sonrisa.
—¿Kenny es hijo único?
—No, tiene una hermana que estudia en Stanford Med.
—La hermana lista.
—Cheryl es una lumbrera.
—¿Qué tal se llevan Kenny y ella?
—Bien. Pero Kenny nunca ha estado a la altura de Cheryl, y todo
el mundo se da cuenta de ello. A lo que voy, detective, es que, teniendo en
cuenta los temperamentos de mis representados, y añadiendo a ello las múltiples
tensiones a que están sometidos, existe la muy probable posibilidad de que
tanto uno como otro se acaloren y terminen estallando, y produciendo una pésima
impresión.
—¿Cuál?
—La de que Kenny es capaz de cometer actos violentos. Y no lo
es, puede creerme. En la escuela secundaria, jugó al fútbol con mi hijo. Tenía
la velocidad y la fuerza necesarias, pero dejó el equipo porque le faltaba
agresividad.
—Lo que quiere decir es que el chico no tiene instinto asesino,
¿no?
Bateman dirigió a mi amigo una mirada de reproche.
—Además, Kenny me ha asegurado que la noche del asesinato él estaba
en San Diego.
—¿Confirma alguien eso?
—No, pero ya le he dicho que Kenny no es ningún Einstein.
—¿Y...?
—Por lo que leí sobre el crimen, saqué la conclusión de que
había sido premeditado. El asesino acechó a la mujer, no dejó pruebas
materiales... Eso no es propio de Kenny. El puede perder los estribos y soltar
de todo por la boca. Quizá incluso pueda dar algún puñetazo. Pero en seguida se
calma.
—Tiene inteligencia suficiente para cursar estudios
universitarios —comenté.
—Entró en la universidad de auténtico milagro —dijo Bateman—.
Créame. Ken buscó y consiguió que lo recomendaran varios distinguidos ex
alumnos y le pusieron tutores al chico, y, con todo eso, Kenny tuvo que pasar
cuatro veces por el test de aptitud escolar. Luego, aunque se mató a estudiar,
no fue capaz de dar la talla. Y la misma historia se repitió en la Universidad
de Palms. Y ahora esto. La cosa no ha podido producirse en peor momento. El
muchacho tiene la autoestima por los suelos. Por eso lo que dijo usted sobre el
mucho tiempo libre de que Kenny dispone resultó cruel. Que la policía lo
interrogue a uno no tiene nada de agradable. Sinceramente, detective, el chico
está muy asustado.
—Pues no lo parecía.
—Disimula; pero créame: no le llega la camisa al cuerpo.
Milo sonrió al fin.
—Aprecia usted al chico, ¿verdad?
—Pues sí, detective.
La sonrisa se hizo más amplia.
—Pues yo no, señor Bateman. Ese muchacho no ha hecho nada por
ganarse mi simpatía.
—Detec...
—Tengo entre manos un asesinato brutal sin resolver en el que se
mezclan todo tipo de connotaciones violentas. Lo que veo es que su cliente es
un muchacho fuerte y agresivo con muy mal carácter, que no ha hecho más que
tratar de darnos esquinazo, y que cuando al final accede a vernos lo hace en
presencia de su padre y de un abogado que se dedica a enmendar cada sílaba que
sale de mi boca. ¿Qué pretende usted?
¿Que le sirva mis preguntas en bandeja, adornadas con perejil?
Bateman mostró de nuevo los dientes. Su mirada era firme, pero
su expresión corporal hablaba de derrota.
—Claro que no, detective, claro que no. Lo único que intento
es... Bueno, probemos de nuevo. Pregunte lo que quiera y grabe lo que le dé la
gana, pero yo tomaré nota detallada de cuanto se diga. Y, por favor, trate de
recordar que se trata realmente de un buen chico.
Cuando volvimos al despacho, ambos Storm fumaban cigarros y
sobre el escritorio había aparecido un cenicero.
—¿Panameños? —preguntó Milo.
Ken asintió y exhaló humo suficiente para ocultar sus rasgos
faciales. Kenny hizo una mueca que tal vez pretendía ser una sonrisa.
Milo puso en marcha el magnetófono, recitó la fecha y el lugar,
su número de placa, y citó el nombre de Kenny como el del sujeto de una
«entrevista personal con referencia al caso policial uno-ocho-siete, caso
forense numero nueve-cuatro barra siete-siete-seiscinco, profesora Hope
Devane».
Al escuchar su nombre, Kenny se puso muy serio. Aspiróuna
bocanada y contuvo una tos.
Bateman y yo nos sentamos, pero Milo siguió de pie.
—Buenas tardes, Kenny.
Gruñido.
—¿Conoces el motivo de que estemos aquí?
Gruñido.
—¿Cuántas veces viste a la profesora Devane?
Gruñido.
—Tienes que responder.
—Una vez.
—¿Cuándo?
—En el comité.
—¿En la audiencia del Comité de Comportamiento
interpersonal presidido por la profesora Devane? Gruñido. —¿Qué
quieres decir? —Que sí. —He leído las transcripciones de esa audiencia, hijo.
Parece que las cosas se pusieron desagradables. Gruñido. —¿Cómo?
—Esa mujer era una hija de puta. El padre se quitó el cigarro de entre los
labios. —Ken. —Qué demonios, las cosas como son —dijo el chico. —Así que la
profesora no te caía bien. —No ponga palabras en su boca —ordenó el padre. Milo
le dirigió una mirada. —Muy bien, respetaremos tus palabras textuales.
Crees que la profesora era una hija de puta. El padre frunció
los labios y Bateman le pidió calma con un gesto. Milo repitió la pregunta.
El chico se encogió de hombros.
—Esa mujer era lo que era.
—¿El qué?
—Una jodida hija de puta.
—¡Ken!
—Le ruego que deje de interrumpir, señor Storm —dijo Milo.
—¡Se trata de mi hijo, maldita sea, y tengo derecho a...!
—Déjalo, Ken —recomendó Bateman—. No pasa nada.
—Ya —dijo el padre—. No pasa nada, todo va sobre ruedas.
—Abogado —dijo Milo.
Bateman se levantó, fue junto a Ken y le puso una mano en el
hombro. Ken se la sacudió y fumó furiosamente.
—¿Por qué dices que era una hija de puta, Kenny? —preguntó Milo.
—Por lo que hizo.
—Procura ser más concreto.
—Por la trampa que me tendió.
—¿Qué trampa?
—En la carta me decía que sólo íbamos a discutir el asunto.
—Ante el comité.
—Sí. Esa mujer estaba empeñada en conseguir que Cindy dijera que
yo era una especie de violador, lo cual es una perfecta imbecilidad. —Miró de
reojo a su padre—. No fue más que una pelotera estúpida entre Cindy y yo.
Luego, ella me llamó.
—¿Te refieres a la profesora Devane?
—Sí.
—¿Cuándo te llamó?
—Después.
—¿Después de la audiencia?
—Sí.
—Después, ¿cuándo?
—Al día siguiente. Por la noche. Yo me encontraba en la
fraternidad Omega.
—¿Para qué te llamó?
—Para atosigarme.
—¿A qué te refieres, hijo?
—Estaba cabreada porque su jueguecito le había salido mal.
—¿Por qué dices que trató de atosigarte?
—Me dijo que, aunque Cindy no quisiera acusarme, yo tenía
problemas... problemas para reprimir mis impulsos o una mierda así. Dijo que,
si no me controlaba, ella misma se ocuparía de que recibiese mi merecido.
—¿Te amenazó?
El chico se removió en el asiento, miró su cigarro y lo dejó en
el cenicero. Su padre no le quitaba ojo.
—No lo dijo tan a las claras. Fueron más bien insinuaciones.
—¿Qué clase de insinuaciones?
—No recuerdo las palabras exactas. Me vino a decir que me
estaría vigilando, y que ella tenía el control de todo.
—¿Utilizó la palabra «control»? —pregunté.
—No... Bueno, no sé. Pero más que lo que dijo fue cómo lo dijo.
«Ojo con lo que haces.» O algo por el estilo. Esa mujer era una radical.
—¿Radical? —preguntó Milo.
—Izquierdosa.
—¿Habló contigo de sus tendencias políticas?
El chico sonrió.
—No, pero era evidente. Pertenecía a ese feminismo radical que
trata de establecer un nuevo orden, ¿comprende a qué me refiero?
—No del todo, hijo.
—Socialismo. Control central. —Una mirada a su padre—. El
comunismo murió en Rusia, pero hay gente que sigue empeñada en convertir a
Norteamérica en un país totalitario.
—Ya —dijo Milo—. Así que crees que la profesora Devane formaba
parte de una conspiración de izquierdas.
Kenny se echó a reír.
—No, no soy un fanático de ultraderecha. Sólo digo que existen
ciertas personas a las que les gusta controlar las cosas, establecer normas
para todo el mundo... Como lo de que Playboy es una revista obscena y odiosa
que habría que prohibir. Acción afirmativa para todos.
—Y la profesora Devane pertenecía a esa clase de personas.
Kenny se encogió de hombros.
—Lo parecía.
—Y dijo que te iba a vigilar.
—Algo por el estilo.
—¿Te explicó cómo pensaba vigilarte?
—No, no le di oportunidad.
—¿Y eso?
—La mandé a la mierda, colgué y volví a jugar al billar. Como de
todas maneras pensaba largarme, ¿qué demonios me importaba lo que esa hija de
puta me dijese?
—¿Pensabas dejar la universidad?
—Sí. Ese sitio es una cagada, una puta pérdida de tiempo. En la
universidad no se aprende a llevar un negocio. —Otra mirada de reojo a su
padre. Este, con la cabeza envuelta en una nube de humo, miraba los diplomas
enmarcados.
Milo dijo:
—Así que pensabas que la profesora era una hija de puta y que
trataba de amenazarte. ¿Te asustó su amenaza?
—Qué va. Ya le digo que todo aquello eran gilipolleces, y yo ya
tenía pensado largarme.
—¿Pensaste en tomar alguna acción contra ella?
—¿Qué clase de acción?
—La que fuera.
El padre se volvió hacia Bateman.
—¿Puede hacer preguntas tan genéricas, Pierre?
—¿Le importa formular de otro modo la pregunta, detective?
—preguntó Bateman.
—Sí me importa —dijo Milo—. ¿Pensaste en tomar alguna acción
contra la profesora Devane, Kenny?
La mirada del chico fue de su padre a Bateman. Milo golpeó el
suelo con el pie.
—¿Papá?
El padre miró a Kenny con desagrado.
Milo insistió:
—¿Tengo que repetir la pregunta?
Bateman dijo:
—Adelante, Kenny.
—Nosotros... mi padre y yo, hablamos de demandarla.
—Demandarla —repitió Milo.
—Por hostigarme.
—Eso fue justamente lo que hizo esa mujer —dijo el padre—. Fue
un completo atropello.
—Le hubiera estado bien —dijo el chico—. Pero no llegamos a
hacer nada.
—¿Por qué no?
Para aquello no hubo respuesta.
—¿Porque la asesinaron? —preguntó Milo.
—No, porque mi padre tuvo ciertos... Se tuvo que ocupar de cosas
de la empresa.
—Muy bien, hablamos de demandarla —dijo Ken, en tono vivo—. ¿Y
qué? Salvo que me haya perdido alguna noticia de última hora, creo que éste
sigue siendo un país libre.
Milo mantenía la vista fija en el chico.
—¿Pensaste alguna vez en tomar otro tipo de represalia contra la
profesora Devane, Kenny?
—¿Como cuál?
—Cualquiera.
—¿Como cuál?
—Como agredirla físicamente.
—Qué va. Además, de haber querido golpear a alguien, no hubiera
sido a ella, sino al mamón de su compinche. Yo nunca pegaría a una mujer.
—¿De qué mamón hablas?
—Del maricón ese que siempre andaba con ella, el tipo que la
agarró conmigo, no recuerdo su nombre.
—¿Consideraste la posibilidad de agredirlo a él físicamente?
Bateman dijo:
—Detective, eso no es...
Kenny dijo:
—No, no lo consideré; pero de haber pensado en sacudira alguien,
él habría sido el elegido. No dejó de meterse conmigo, como si tratase de ser
aún más feminista que la profesora.
—O sea que, de haber hecho algo contra alguien, habría sido
contra el muchacho, no contra la profesora Devane.
El padre intervino:
—Mi hijo en ningún momento ha dicho que quisiera agredir a
nadie.
—Exacto —dijo el chico—. A él le hubiera sacudido de buena gana.
Pero ella era una mujer. Soy de los que abren las puertas a las damas.
—Las puertas y las portezuelas de los coches —dijo Milo—. Eso
hiciste con Cindy, ¿no?
El chico cuadró los hombros.
Milo le echó un vistazo al magnetófono.
—Muy bien. Ahora cuéntanos dónde estabas la noche del asesinato.
—En La Jolla. —La respuesta fue rápida.
—¿Qué hacías allí?
—Es donde vivo y donde trabajo.
—¿Dónde trabajas?
—En la Inmobiliaria Excalibur, en el programa de prácticas.
Aunque eso pasó a la historia, porque el negocio inmobiliario anda por los
suelos.
—Así que lo dejaste.
—Sí.
—¿Y qué estás haciendo ahora?
—Reflexionar.
—Reflexionar, ¿sobre qué?
—Sobre las opciones que se me presentan.
—Comprendo —dijo Milo—. Pero el día del asesinato seguías en el
programa de prácticas de la Inmobiliaria Excalibur, ¿no?
—Sí —dijo el chico—. Pero concretamente ese día estaba con unos
amigos en la playa. —Chasqueó los dedos—. Corey Vellinger, Mark Drummond, Brian
Baskins.
—¿Amigos de La Jolla?
—No, de aquí. De la fraternidad Omega. Vinieron a visitarme.
—¿Cuánto tiempo pasaste con ellos?
—Desde las diez hasta las cinco. Luego ellos volvieron a Los
Angeles.
—¿Qué hiciste a las cinco?
—Paseé un rato en coche, alquilé una película en un Blockbuster,
y creo que luego fui a la tienda Wherehouse a por unos CD.
—¿Compraste alguno?
—No. Sólo miré.
—¿Te dieron recibo de la película que alquilaste?
—No.
—¿Pagaste con tarjeta de crédito?
—No. Había rebasado el límite de mi tarjeta, así que les dejé un
depósito y pagué en efectivo.
—¿Qué alquilaste?
—Terminator Dos.
—¿Luego te fuiste a casa a verla?
—Primero cené.
—¿Dónde?
—En el Burger King.
—¿Te vio alguien allí?
—No. Sólo paré a recoger la hamburguesa.
—¿Dónde te la comiste?
—En casa.
—¿Un apartamento?
—Sí.
—¿Dónde?
—Motel Coral, cerca de Torrey Pines.
—¿Te vio alguien allí?
—No creo, pero puede.
—¿Puede?
—No conozco a nadie, es un cuchitril que él alquiló para que yo
me alojase mientras me encontraba en el programa.
—¿Quién es él?
—Mi padre.
El mayor de los Storm fumaba con la vista en la pared.
—Era un sitio que se alquilaba por meses —dijo.
—Así que volviste a tu habitación con la película y la cena. ¿A
qué hora fue eso?
—A las seis o las siete.
—¿Qué hiciste luego?
—Ver la tele.
—¿Qué viste?
—La MTV, creo.
—¿Qué pasaban?
Kenny se echó a reír.
—Yo qué sé, vídeos musicales y mierdas de ésas.
—¿Volviste a salir aquella noche?
—No.
—Una velada tranquila, ¿no?
—Sí. En la playa me había quemado y no me sentía del todo bien.
—Sonreía, aunque en sus últimas palabras hubo un matiz de inseguridad.
—¿Hiciste algo aquella noche, aparte de ver la tele? —preguntó
Milo.
Una pausa.
—No.
—¿Nada en absoluto?
—Realmente, no.
—¿Realmente, no?
El chico miró a su padre.
—¿Kenny? —dijo Milo.
—Prácticamente, eso fue todo.
—¿Prácticamente?
El padre se volvió hacia el chico frunciendo el entrecejo.
—¿Prácticamente? —repitió Milo.
Kenny se tocó la espinilla del cuello.
—No te hurgues —dijo el padre.
—¿Qué más hiciste esa noche? —preguntó Milo.
La respuesta del chico fue casi inaudible.
—Beber cerveza.
—¿Te tomaste una cerveza?
—Sí.
—¿Sólo una?
—Un par.
—¿Cuántas?
Nueva mirada a papá.
—Un par.
—¿O sea dos? —quiso saber Milo.
—Tal vez tres.
—¿O cuatro?
—Quizá.
—¿Te emborrachaste, hijo?
—No. —Ahora los pequeños ojos se removían inquietos.
—¿Consumiste algo, aparte de la cerveza?
—¡No!
—Cuatro cervezas —dijo Milo—. ¿No sería un paquete de seis?
—No. Sobraron dos.
—Así que seguro que fueron cuatro.
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Quizá por la mañana me bebí otra.
El padre miró al chico y meneó lentamente la cabeza.
—Desayuno de campeones —dijo Milo.
Kenny no respondió.
—Cenaste, viste la tele y luego cuatro cervezas. ¿A qué hora te
bebiste la cuarta?
—No sé, a eso de las ocho, digo yo.
Lo cual dejaba tiempo suficiente para el trayecto de dos horas
hasta Los Angeles, y luego una hora para acechar a su víctima. Pero la perra se
había puesto mala a primera hora de la noche.
—Y luego, ¿qué?
—Luego, nada.
—¿Te dormiste a las ocho?
—No. Seguí mirando la tele.
—¿Estuviste viendo televisión toda la noche?
—Más o menos.
—Te convendría que alguien te hubiera visto, hijo.
—La habitación es pequeña —dijo Kenny, como si eso lo explicase
todo.
—¿Llamaste por teléfono?
—Pues... no.
—¿Seguro que no?
—No... no recuerdo.
—Podemos examinar tus recibos telefónicos.
El chico miró a Bateman.
Bateman dijo:
—Eso tendremos que discutirlo.
—Discuta lo que quiera —dijo Milo—, pero sin coartada y después
del enfrentamiento que Kenny tuvo con la profesora Devane, obtendré un
mandamiento judicial con toda facilidad.
El chico se irguió en su asiento y luego dejó caer los hombros y
murmuró:
—Este... ¿podemos hablar usted y yo en privado?
—¿Por qué, Kenny? —quiso saber el padre.
—Desde luego —dijo Milo.
—Ni hablar —dijo el padre—. ¿Pierre?
—Kenny —dijo el abogado—, si hay algo que quieras... El chico se
puso en pie y agitando los puños gritó:
—¡Quiero que se respete mi intimidad!
—Precisamente yo estoy aquí para protegerla, y...
—¡Me refiero a la auténtica intimidad, no a zarandajas legales!
—¡Ken! —exclamó el padre.
—¡Hablamos de un asesinato, papá, pueden hacer lo que les dé la
gana!
—¡Cállate!
—No pido tanto, papá. Sólo un poco de jodido respeto a mi jodida
intimidad.
Bateman dijo:
—Kenny: es evidente que tú y yo tenemos que...
—¡No! —exclamó el chico—. ¡No voy a decir que la maté ni ninguna
chifladura así! Lo único que hice fue llamar por teléfono, ¿de acuerdo? Sólo
fue una puta llamada telefónica sin la más puta importancia, pero la policía
terminará enterándose de que la hice, así que lo único que quiero es hablar a
solas con la policía.
Silencio.
Al fin, el padre preguntó:
—¿Qué hiciste? ¿Llamar a una puta?
El chico palideció, se sentó pesadamente y se tapó el
rostro con las manos. —Espléndido —dijo el padre—. Te felicito
por tu sensatez, Kenny. El muchacho comenzó a sollozar. Entrecortadamente,
dijo: —Lo... único... que... te... pedía... era... que...
respetases... mi... intimidad. El padre aplastó su cigarro. —Con
la de enfermedades que hay... Jesús... —¡Por eso no quería decirte nada!
—Magnífico —dijo el padre—. Estarás orgulloso. Kenny bajó las manos. Le
temblaban los labios. El
padre dijo: —Si tanto te preocupaba lo que yo pensase, ¿por qué
lo hiciste? —¡Usé un condón! El padre meneó la cabeza. Milo
dijo: —Lo que hagas en tu tiempo libre no me preocupa,
Kenny. En realidad, la cosa podría ayudarte. ¿A quién
llamaste exactamente? —A un servicio. —¿Nombre? —No lo recuerdo.
—Voz baja, insegura. —¿Lo habías usado con anterioridad? Silencio. El padre
apartó la vista del chico. —¿Kenny? —insistió Milo.
—Una vez.
—¿Antes de esa noche?
El chico asintió con la cabeza.
—¿Y no recuerdas el nombre?
—Acompañantes Starr. Con dos erres.
—¿De qué conocías ese servicio?
—Lo busqué en la guía de teléfonos. En las páginas amarillas.
—¿Cómo se llamaba la chica?
—No sé... Hailey, creo.
—¿Crees?
—Lo que hicimos no fue precisamente charlar.
—¿Las dos veces fue con Hailey?
—No, sólo la segunda.
—Descríbela.
—Mexicana, bajita, cabello negro largo. De cara, no estaba mal.
Buen cuer... Aspecto agradable.
—¿Edad?
—Unos veinticinco años.
—¿Cuánto cobró?
—Cincuenta dólares.
—¿Pagaste en efectivo?
—Sí.
—¿A qué hora llamaste a Acompañantes Starr?
—A eso de las diez.
—¿Y a qué hora llegó Hailey?
—A las diez y media o las once.
—¿Cuánto tiempo se quedó?
—Media hora. Quizá más. Después... estuvo un rato viendo la tele
conmigo, y nos tomamos las dos cervezas que quedaban.
—¿Y luego?
—Luego se marchó y yo me dormí. Al día siguiente puse la radio y
estaban hablando de ella... de la profesora Devane. Decían que alguien la había
liquidado y yo pensé... jo, mientras a ella se la estaban cargando, yo
estaba... —Miró a su padre y se enderezó en el asiento—. En el momento en que a
ella la mataron, yo estaba pasándomelo en grande. Grotesco pero también... fue
como una especie de venganza, no sé si me entiende.
—Por Dios —exclamó el padre—. Terminemos de una vez.
—O sea que no tengo nada que temer, ¿no? —preguntó el chico a
Milo—. Dispongo de coartada. A ella la mataron a media noche y yo estaba... con
Hailey, así que no pude ser yo, ¿verdad? —Suspiró profundamente—. Me alegro de
que esto haya terminado. ¿Qué te parece, papá? Resulta que no maté a nadie. ¿No
te alegras?
—Estoy muy contento —dijo el padre.
—Acompañantes Starr —dijo Milo.
—Búsquelo en la guía. Si quiere, me someteré al jodido detector
de mentiras.
—¡Cierra la boca! —le ordenó su padre—. ¡Basta de palabrotas!
—Se volvió rápidamente hacia Milo—. ¿Ya está contento? ¿Le parece que ya le ha
sacado bastante sangre a la piedra? ¿Por qué no nos dejan en paz y se van a
detener a algún delincuente verdadero?
Milo miró al muchacho.
—¿Qué me cuentas de Mandy Wright?
El chico pareció auténticamente desconcertado.
—¿De quién?
—¡Cristo bendito, déjelo en paz de una vez! —exclamó el padre.
—Ken —dijo Bateman.
—Ken —repitió el padre, como si el sonido de su propio nombre le
desagradase. Señalando hacia la puerta dijo—: Largo. Los dos. Esta sigue siendo
mi oficina, así que respeten mi intimidad.
21
Cuando regresamos al coche de Milo dije:
—¿Crees que el chico ha dicho la verdad?
—Lo de la puta es el tipo de cosa que haría un chico atolondrado
y solitario. Y, probablemente, no tiene suficiente inteligencia para actuar con
premeditación. Si encontramos a la tal Hailey, si ella confirma la coartada del
chico, y si no sospecho que el padre la haya pagado, tendremos que borrar otro
nombre de la lista de sospechosos.
—Hablando de nombres, pareció que el de Mandy no le sonaba
realmente de nada.
Milo sacó un punto y lo miró. Las copas de las palmeras se
mecían bajo el impulso de la cálida brisa procedente de los montes San Gabriel.
—Así que ya podemos ir olvidándonos del comité. Probablemente, a
Hope la mataron por algo relacionado con su vida privada. Lo de las
magulladuras en el brazo me devuelve a Seacrest. O a Cruvic, porque
probablemente él andaba tonteando con ella. Lo malo es que no puedo acercarme a
ninguno de los dos... Además, no me es posible imaginar con claridad a Hope.
Todo son opiniones extremas: o la retratan como a la gran salvadora del sexo
femenino, o como a una manipuladora que odiaba a todos los hombres. No sabemos
nada acerca de su... personalidad íntima.
—Lo malo es que su único familiar es Seacrest —dije—. No
disponemos de nadie que nos hable de su evolución como persona, de su niñez, de
cómo se mostraba fuera del ámbito profesional.
—Lo único que sé de su infancia es que la pasó en esa ciudad
agrícola, Higginsville. Padres muertos, ningún hermano. Y si tiene otros
parientes, deben de ser muy lejanos, porque ninguno de ellos salió a relucir
después del asesinato.
Mi amigo se metió en el coche.
—Sin embargo —dije—, el hecho de que no haya familia no quiere
decir que no existan antecedentes familiares. Podría acercarme por Higginsville
a hacer preguntas. En una población pequeña, es posible que alguien recuerde a
Hope.
—Claro —dijo Milo, sin mucho entusiasmo—. Llamaré a la policía
local y les avisaré de que vas para que te permitan acceder a los expedientes.
¿Cuándo quieres ir?
—No hay razón para que no sea mañana.
Mi amigo hizo un gesto de asentimiento.
—Lleva ropa ligera, porque ésas son calurosas tierras de
labrantío. Tengo entendido que por allí se cultivan alcachofas o algo por el
estilo.
Aquella noche, Robin y yo cenamos fuera. Llegadas las ocho, ella
estaba a remojo en la bañera y yo me encontraba tumbado en el sofá de mi
despacho, releyendo las transcripciones del Comité de Comportamiento. Contra su
costumbre, Spike había optado por quedarse conmigo, atraído quizá por los
efluvios del filete que yo había cenado. El perro tenía su gran cabezota
reposada en mis piernas y estaba roncando. El sonido resultaba adormecedor, y
mis oscuras especulaciones comenzaban a difuminarse ante mis ojos.
No me estaba enterando de nada que no supiera ya y tenía cada
vez más sueño. Decidí que había llegado el momento de suspender el trabajo.
En el instante justo en que iba a dejar las transcripciones sonó
el teléfono. Spike se incorporó sobresaltado y, ladrando, corrió hacia el
aparato que había perturbado su sueño.
—Doctor, soy Joyce, del servicio de contestación de llamadas.
Tengo al teléfono a una señora que parece bastante alterada. Dice llamarse Mary
Farney. ¿La conoce?
La mujer del centro femenino de Santa Mónica. La atribulada
madre de Chenise.
—Pásemela, por favor.
Una destemplada voz saludó:
—¿Hola?
—Soy el doctor Delaware. ¿En qué puedo servirla, señora Farney?
—Usted me dio su tarjeta... Fue en el centro. Dijo que yo
podía... Es usted el que trabaja para la policía, ¿no?
—Sí. ¿Qué le ocurre, señora Farney?
—Yo... Yo sé quién lo hizo.
—¿Quién hizo qué?
—Quién mató a la profesora Devane.
Aquello me espabiló por completo.
—¿Quién fue?
—Darrell. Y ahora va a matar al doctor Cruvic, o quizá ya lo
haya hecho, no lo sé, quizá debí llamar a la policía, pero...usted...
—¿Darrell, qué?
—Darrell... Jesús, ¿cómo puedo haber olvidado su apellido... Es
el último... novio de Chenise. Ah, sí: Darrell Ballitser. Él fue quien lo hizo,
estoy segura.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque odiaba con toda su alma a la doctora Devane. Y también
al doctor Cruvic. Por lo que hicieron.
—¿Por el aborto de Chenise?
—Esta noche Darrell vino y estaba furioso, fuera de sí,
gritando. Como si hubiese tomado alguna droga. Se llevó a Chenise. ¡Dijo que
iban a por él!
—¿A por el doctor Cruvic?
—Sí, y tiene a Cheni...
—¿Iba hacia la clínica?
—No, no: dijo que ya había ido a buscarlo a la clínica y que
todo estaba cerrado, lo cual lo puso aún más furioso.
—¿Adónde fue, señora Farney?
—A la otra consulta del doctor Cruvic. En Beverly Hills. Traté
de impedirle que se llevase a Chenise, pero él me empujó... Creo que tiene un
cuchillo, porque me pareció vérselo. Pero Chenise no...
Puse su llamada en espera, llamé al número de la policía, dije a
la telefonista que el problema estaba en Beverly Hills y me pusieron con la
comisaría correspondiente.
—¿Civic Center Drive? —preguntó la telefonista de Beverly
Hills—. Eso nos pilla muy cerca. Podríamos ir hasta allí andando.
—Pues más vale que corran —dije.
Colgué e intenté localizar a Milo en su casa. Contestador. Llamé
a la comisaría primero y a su teléfono móvil después, y lo localicé en este
último.
—Acabo de salir del Club None —dijo mi amigo—, y a que no
sabes...
—Emergencia —dije, y procedí a contarle lo de Darrell
Ballitser—. La señora Farney dice que el tipo detestaba a Hope y Cruvic por lo
del aborto de Chenise. Probablemente, el hijo de Chenise era de Ballitser.
—¿Los de la policía de Beverly Hills van ya camino de allí?
—Sí.
—Vale, yo también voy... Mira tú qué cosas. Tantas teorías, y al
final va a resultar que es un simple muchacho perturbado.
—La mujer me dijo que Ballitser ya había salido de la clínica,
pero tal vez sea conveniente que, de todas maneras, pongas también sobre aviso
a la policía de Santa Mónica. Cruvic suele trabajar en esa zona por las noches,
y es posible que vaya camino de allí.
—Lo haré. Mientras tanto, consigue el teléfono y la dirección de
esa mujer, y averigua todo lo que puedas mientras a ella le duren las ganas de
colaborar.
—De acuerdo —dije; pero cuando traté de recuperar la llamada, la
señora Farney ya había colgado.
Llamé a mi servicio telefónico de contestación por si Mary
Farney había dejando un número. No lo había hecho. En la guía del oeste de Los
Angeles sólo había un Farney, y la primera inicial era M. La dirección
correspondía a Brooks Avenue, en Venice. La cosa parecía prometedora, pero
cuando llamé no obtuve respuesta. La señora Farney, o me había telefoneado
desde otro lugar, o se había marchado.
Copié el número, me puse ropa de calle, entré en el baño, donde
Robin seguía a remojo, y le dije que me marchaba y por qué.
—Cuidado, cariño.
—Tranquila —dije, y me incliné para besarla en la mejilla—. El
sitio está pegadito a la comisaría.
La policía de Beverly Hills había enviado tres coches patrulla
al lugar, que se encontraba a sólo dos manzanas de la comisaría. Desde Santa
Mónica Boulevard pude ver la luces giratorias de los vehículos policiales. El
acceso occidental a Civic Center Drive estaba bloqueado por una barrera
policial, y en el extremo este, cerca de Foothill, un agente uniformado me hizo
señas de que me volviese. Cuando me disponía a hacerlo apareció Milo de entre
las sombras, y le dijo al hombre que me dejara pasar.
Estacioné a veinte metros del edificio de Cruvic. Antes de que
me apeara, un vehículo se detuvo junto al mío. Era una unidad móvil de una de
las emisoras locales y de ella bajó una nerviosa rubia platino que, más que
apearse de una furgoneta, pareció como si se estuviera lanzando en paracaídas
desde un avión en vuelo. La mujer se detuvo, miró a su alrededor e hizo señas a
un técnico de sonido y a un cámara. Permanecí en el Seville mientras ellos tres
corrían hacia el edificio de Cruvic. La reportera no dejaba de gesticular. Al
ver a Milo se detuvieron de nuevo.
Mi amigo movió negativamente la cabeza y les hizo seña de que
siguieran adelante. Luego se acercó a donde yo estaba. Llevaba el mismo traje
gris de la entrevista en el despacho de Kenneth Storm, aunque había sustituido
la camisa y la corbata por una camiseta gris. Aquélla era, en su opinión, la
indumentaria adecuada para ir a un bar de copas de Los Angeles. Las luces rojas
del coche patrulla más cercano lo hacían sonrojar intermitentemente, y en sus
ojos brillaba la intranquilidad.
—¿Qué sucede? —pregunté.
—El sospechoso está detenido.
—Vaya rapidez.
—El terrible Darrell ha resultado ser un chico más bien
esquelético y con malos reflejos. Sorprendió a Cruvic cuando salía del garaje
contiguo al edificio, metió un cuchillo por la ventanilla y le ordenó que
saliera. Cruvic le dio una patada a la puerta, hizo caer a Darrell, le quitó el
cuchillo, y se disponía a darle una buena tunda cuando apareció la policía de
Beverly Hills.
—¿Y Chenise?
—Si te refieres a una rubia menudita con blusa roja, estaba en
la acera, llorando a moco tendido, y se la llevaron a la comisaría al mismo
tiempo que a Darrell. Les dije a los de Beverly Hills que el chico es uno de
los sospechosos en la investigación del caso Devane, y que actuaran con
discreción, pero es evidente que alguien se ha ido de la lengua. Me dicen que
podré hablar con Darrell en cuanto terminen de empapelarlo. ¿Qué hay de la
madre?
—Cortó la comunicación. Probablemente, vive en Venice.
Apareció otra unidad móvil. Y otra más.
—Buitres en busca de carnaza —dijo Milo—. Vente, vamos a ver qué
tal le va a nuestro héroe.
La puerta corredera del garaje estaba abierta, y el Bentley
Turbo plateado se había detenido a medio salir. La portezuela del conductor se
encontraba abierta, y la luz interior iluminaba el cuero negro de los asientos,
los cromados tiradores y la bruñida madera.
Pero el conductor no estaba. Cruvic se encontraba cerca, vestido
con un traje negro y un suéter de cuello alto del mismo color, hablando con un
agente al tiempo que se frotaba los nudillos. Un coche patrulla dio marcha
atrás y giró a la izquierda, rodeando el estacionamiento municipal.
El policía sonrió a Cruvic. Este le devolvió la sonrisa y señaló
hacia el Bentley. El agente corrió hasta el gran coche, se montó, lo condujo
hasta la esquina y lo dejó con el motor al ralentí. Cuando regresó junto a
Cruvic, el doctor le dio la mano, y luego estrechó la de un segundo policía.
Todo eran sonrisas de camaradería masculina. Luego Cruvic se fijó en los de la
prensa y dijo algo a los policías.
Mientras los agentes mantenían a raya a los portadores de
micrófonos, Cruvic corrió hacia el Bentley. Milo y yo llegamos al coche en el
momento en que el médico ponía la mano en el tirador.
—Buenas noches, doctor —saludó Milo.
Cruvic se volvió vivamente, como dispuesto a defenderse de
nuevo. El suéter negro se ceñía como una segunda piel al amplio tórax.
Frotándose otra vez los nudillos, Cruvic dijo:
—Vaya, ¿cómo le va, detective Sturgis?
—Noche movidita, ¿no? Cruvic se miró la mano y sonrió.
—¿Se hizo daño? —preguntó Milo.
—Un poco, pero la cosa se remedia con hielo y unos
antiinflamatorios. Menos mal que para mañana no tengo prevista ninguna
operación.
Cruvic montó en el Bentley, y Milo se situó entre la abierta
portezuela y el coche.
—Bonito automóvil.
Cruvic se encogió de hombros.
—Tiene cuatro años. Es un poco delicado, pero, en conjunto, no
va mal.
—¿Puedo hablar con usted un momento?
—¿Sobre qué? Ya presté declaración ante la policía de Beverly
Hills.
—Lo sé, doctor, pero, si a usted no le importa...
—Me importa. —Amplia sonrisa—. Tuve un día muy pesado, y esto ha
sido la guinda. —Se miró la mano y luego la metió en el bolsillo—. Debo ponerme
hielo antes de que se hinche.
—Escuche...
Meneando la cabeza, Cruvic dijo:
—Lo siento. Tengo que pensar en mi mano.
Hizo girar la dorada llave de ignición y el Bentley se puso
silenciosamente en marcha. De los múltiples altavoces del coche comenzó a
brotar música country. El cantante era Travis Tritt. Cruvic subió el volumen
aún más y puso el coche en ralentí.
Milo siguió donde estaba. Un equipo de televisión venía hacia
nosotros.
Cruvic alzó el pie del freno y el coche se puso en movimiento.
La portezuela comenzó a cerrarse contra la espalda de Milo. Mi amigo se retiró
rápidamente y Cruvic cerró.
—¿Cuándo podrá hablar conmigo?
Los oblicuos ojos de Cruvic se fruncieron.
—Llámeme mañana.
El Bentley se puso en marcha con gran majestuosidad mientras la
policía le abría paso
deferentemente.
22
Darrell Ballitser era sin duda esquelético. Metro setenta y ocho
y cincuenta y tres kilos, según el agente que le había hecho la ficha.
Diecinueve años, nacido en Hawaiian Gardens. Su actual dirección era un
hotelucho de los barrios bajos.
Se encontraba sentado en la sala de interrogatorios de la
comisaría de Beverly Hills, con un vaso de papel lleno de refresco de naranja
en la mano. Tenía el rostro largo y enjuto, y la rasurada cabeza adornada por
pequeños bultos. Una barba y un bigote rubios eran poco más que pelusilla. Los
enrojecidos ojos, que fluctuaban entre la dureza y el miedo, tenían la vista
perdida.
Un tatuaje azul con el logotipo de la Harley Davidson marcaba el
punto en que la nuca se unía a la espalda. Otra inscripción magenta en el
bíceps derecho proclamaba ¡FIESTA! En los dedos de la mano derecha llevaba la
inscripción VIVIR, y MORIR en los de la izquierda. En el cuello tenía escrito
con letras góticas azules y rojas la palabra CHENISE. Llevaba una holgada y
sucia camisa blanca y unos vaqueros no mucho más limpios sujetos por una ancha
correa de cuero negro.
Dos pendientes en una oreja y tres en la otra. Un aro en la
nariz. La naturaleza había aportado una decoración adicional en forma de
fuertes manchas de acné repartidas aleatoriamente por rostro, espalda y
hombros. Gracias a Cruvic, Darrell tenía además un ojo negro, un labio partido
y magulladuras en la barbilla y la mandíbula.
Se mecía en su silla, moviéndose todo lo que le permitían las
esposas, que estaban sujetas a una mesa atornillada al suelo. Al principio no
lo esposaron, pero él gritó, se debatió y trató de atacar a Milo.
Mi amigo permanecía sentado frente al muchacho. Su actitud era
plácida, casi aburrida. Ballitser bebió el resto del refresco de naranja. Era
su tercer vaso. Había engullido además dos donuts recubiertos de azúcar que le
llevó una menuda detective morena llamada Angela Boatwright. El chico los
masticó trabajosamente, y cada vez que tragaba, la nuez de Adán, que tenía el
tamaño de una ciruela, le subía y bajaba en el cuello.
Boatwright parecía simpática y hubiera sido más bonita de haber
tomado algo menos el sol. Tenía aspecto de surfista, tenues pecas, ojos claros,
cuerpo de corredora y manos grandes. Llevaba un conjunto de vestido pantalón
azul oscuro, y zapatos sin tacón con medias. En presencia de Ballitser, parecía
más preocupada que desdeñosa, como si fuera la sufrida hermana mayor del chico,
pero cuando él no podía oírla, la detective se refería al muchacho como a «ese
patético mequetrefe».
Ahora la mujer estaba bebiendo café sentada tras el cristal
monorreflejo, abriendo y cerrando las manos. El papeleo de Ballitser había
llevado casi una hora. Me sorprendía la facilidad con que Boatwright y su
compañero, un tipo calvo llamado Hoppey, habían cedido el control del
interrogatorio a Milo. Quizá ella me leyó los pensamientos, porque cuando
entramos en la sala de observación, me dijo:
—Lo hemos fichado por intento de agresión, pero la acusación de
asesinato tiene precedentes. Menos mal que ese médico fue rápido de reflejos.
En una mesa imitación de madera que había entre ella y yo había
una copia impresa del historial delictivo de Ballitser. En él apenas había
nada, excepto la anotación de unos antecedentes juveniles ya cancelados, y
veinte multas de estacionamiento sin pagar.
—Desventajas del oficio —había explicado Milo—. Cuando trabaja,
Darrell hace de mensajero.
—¿En coche o en bici? —quise saber.
—En coche y en bici. —Sonrió cansadamente y comprendí lo que
pensaba: «Más tiempo perdido en estupideces.» Ahora mi amigo le dijo al
muchacho:
—Te voy a conseguir un abogado, Darrell, lo hayas pedido o no.
Ballitser arrugó el vaso de papel y lo tiró al suelo.
—¿Deseas que llame algún abogado en particular?
—Mierda.
Milo se puso en pie.
—Mierda.
—¿Mierda sí, o mierda no?
—Mierda no.
—¿Mierda significa que no quieres abogado?
—No, mierda, no lo quiero. —Ballitser se tocó la dolorida
mandíbula.
—Parece que la aspirina aún no te ha hecho efecto, ¿no? No hubo
respuesta.
—¿Dandi?
—Mierda.
Angela Boatwright se desperezó.
—Bonito concierto de una sola nota —dijo.
Milo entró en la sala de observación.
—¿De cuántos abogados de oficio disponéis?
—Todos ellos están ocupados —dijo Boatwright—. Llevamos algún
tiempo recurriendo a abogados privados, profesionales compasivos de Wilshire
Boulevard que trabajan pro bono. Veré si encuentro alguno.
Al cabo de otro par de refrescos de naranja, de una hamburguesa
con patatas fritas y de dos visitas al baño, apareció un ceñudo abogado llamado
Lennard Kasanjian, con un maletín de piel de avestruz excesivamente pequeño
para contener gran cosa. El tipo llevaba el negro cabello largo y cepillado
hacia atrás, lucía barba de cinco días y usaba minúsculas gafas. Sus ojos eran
oscuros y resignados. Vestía un traje de gabardina color verde oscuro, camisa
beige, corbata marrón y oro pintada a mano y mocasines marrones de cuero.
Cuando el abogado se acercó, Boatwright sonrió y dijo en voz
baja.
—Lo saqué del restaurante Le Dome.
—Hola, Angela —dijo Kasanjian, con una amplia sonrisa—. ¿Esta
noche es usted quien manda? ¿Cómo es que...?
—Buenas noches, señor Kasanjian —dijo ella, en tono seco, y la
sonrisa del abogado se desvaneció. Boatwright siguió—: Lo pondré en
antecedentes sobre su cliente.
El tipo escuchó atentamente las explicaciones de la detective y
al fin dijo:
—Parece que la cosa está bastante clara.
—Para usted, puede.
—Señor Ballitser... —dijo Kasanjian, dejando su maletín sobre la
mesa.
El chico cerró la mano libre y, de un puñetazo, tiró el maletín
al suelo.
Kasanjian lo recogió y se quitó una mota de polvo de la solapa.
Sonrió, pero sus ojos reflejaban furia.
—Señor Ballit...
—¡Mierda!
Milo dijo:
—Muy bien, trasladémoslo a la central y consigamos un mandamiento
para registrar su domicilio.
Kasanjian bajó la vista al expediente del chico.
—¿Has oído... Darrell?
Ballitser se meció en la silla, con la vista en el techo.
—Van a llevarte a la cárcel del condado, Darrell. Mañana por la
mañana iré a verte. No hables con nadie hasta entonces.
Nada.
Luego:
—Mierda.
Kasanjian meneó la cabeza y se puso en pie. Él y Milo se
dirigieron a la puerta.
Ballitser dijo:
¡Lacapado! —
El abogado y mi amigo se volvieron hacia él. —¿Cómo has dicho,
muchacho? —preguntó Kasanjian. Silencio.
¿Qué es eso? ¿Un apellido? ¿Lacapado? —
—¡Mierda! —dijo el chico, lanzando goterones de saliva y
pateando fuertemente.
—Calma, Darrell —dijo Kasanjian.
Ballitser golpeó la mesa con el puño.
Sus ojos buscaron la puerta. Su torso se estremeció y crispó.
Bajo la maltrecha piel se definían todos los músculos, como en una lámina
anatómica.
—¡Mierda! ¡Lacapado!
Kasanjian parpadeó.
—¿Qué quieres decir, muchacho?
¡Por eso lo hice! ¡Lacapado! ¡Mierda! ¡Lacapado! —
Kasanjian estaba demudado.
—Intenta calmarte, Darrell —le dijo al chico. Luego, volviéndose
hacia Milo—: Es evidente que necesita atención psiquiátrica, detective.
Solicito formalmente que le pongan a mi...
¡Lacapado! ¡Lacapado! —
Ballitser retorció el cuerpo, se golpeó el pecho, pateó la silla
y la emprendió a puñetazos con la mesa.
—¿Lo que dices tiene algo que ver con tus motivos para atacar al
doctor Cruvic?
—¡Mierda, sí!
—Lacapado —repitió Kasanjian.
—¡Sí! ¡Eso ha hecho ese cabrón! —El chico se echó a llorar, y
luego se arañó las mejillas con la mano libre. Milo lo agarró, tratando de
inmovilizarlo. El magullado rostro del chico era una agónica máscara.
—¿Fue algo que hizo Cruvic? —preguntó Milo con voz suave.
—¡Sí!
—¿Algo que le hizo a Chenise?
—¡Síiiii! ¡Lacapado! Como a una jodida perra. ¡Guau, guau!
Ballitser se aferró a la mesa, jadeante.
—Chenise —dijo el desconcertado Milo.
Ballitser torció el cuello con tanta fuerza que fue un milagro
que no se lo luxara. Alzó la mano, en gesto más
suplicante que agresivo. Milo se acercó más. —Cuéntamelo, hijo.
Los ojos del muchacho se llenaron de lágrimas. —No pasa nada, cuéntamelo, hijo.
El esquelético cuerpo de Darrell se estremeció. —¿Qué hizo Cruvic, hijo?
Darrell alzó una mano y la agitó. Con ojos
desorbitados, dijo: —¡La ha capado! ¡Ese hijo de puta capó a mi
chica!
23
Veinte minutos más tarde, tras conferenciar con su cliente,
Kasanjian salió con una amplia sonrisa en los labios.
—Bueno, ya tengo la circunstancia atenuante. Angela Boatwright
llegó desde la sala de detectives con una taza de café en las manos.
—Muchas gracias por el cliente que me consiguió, Angie —dijo el
abogado—. Lo que más me gustó fue dejar plantada a mi amiga a mitad de la cita.
—Cualquier cosa por ayudar a un amigo.
Los dos cambiaron sonrisas como dardos.
Milo preguntó:
—¿Dónde está Chenise?
—Al fondo del pasillo.
—¿Hay noticias de su madre?
—Todavía no —dijo Boatwright—. ¿Qué ocurre?
—Su heroico médico se dedica a esterilizar a la gente sin
permiso —dijo Kasanjian.
—¿Cómo?
—Hace siete meses, el doctor Cruvic le practicó un aborto a la
señorita Chenise Farney. El padre de la criatura era mi cliente. Pero mi
cliente no estaba al tanto de lo que iban a hacerle a la muchacha, ni lo
consultaron, pese al hecho de que la señorita Farney es menor, lo cual deja a
mi cliente como único padre adulto.
—¿Adulto? Lo dirá en broma —comentó Boatwright.
—Para empeorar las cosas —siguió Kasanjian—, el doctor Cruvic no
se conformó con el aborto. Esterilizó a la chica sin decírselo. Le ligó las
trompas. Ella era una menor, y como tal no podía dar su consentimiento. Y otra
cosa, amigos: según me ha informado el señor Ballitser, la doctora Devane, que
asesoraba a Chenise, en ningún momento le dijo que iban a esterilizarla. Por
consiguiente, resulta claro que hubo una confabulación. Lo cual significa que
su héroe, detective, no es ningún santo, y su nada escrupulosa conducta
profesional fue, evidentemente, un factor muy significativo en lo ocurrido esta
noche. Por otra parte, si ustedes sospechan que el señor Ballitser tuvo algo
que ver con el asesinato de la doctora Devane, debo insistir en que presenten
pruebas inmediatamente o que pongan al muchacho en li...
Milo lo interrumpió con un ademán y se volvió hacia Boatwright.
—Hablemos con la chica.
—Sí, será lo mejor —dijo Kasanjian.
—Lo siento —dijo Milo—. Se trata de un asunto policial y no
puede usted estar presente.
Kasanjian abrió y cerró la boca, se abotonó la chaqueta del
traje y dijo:
—Esa muchacha puede ser..
—Esta noche, no, Len —lo interrumpió Boatwright, apartándose un
mechón del rostro. Dio la sensación de que no era la primera vez que le decía
aquello al abogado.
La detective puso los brazos en jarra y chasqueó la lengua. El
abogado recogió su maletín.
—Como ustedes quieran. Pero si se les ocurre acusar a Ballitser,
aunque sólo sea de intento de agresión, conseguiré el testimonio de la muchacha
en un dos por tres.
Kasanjian se disponía a irse, y Boatwright le preguntó:
—¿De veras piensa quedarse con el caso?
—¿Y por qué no?
Boatwright se encogió de hombros.
—Me alegra verlo al fin comprometido con un
cliente.
Al cabo de diez minutos de hablar con Chenise, Milo dijo:
—Aún no lo tengo claro, cariño. ¿Sabías o no lo que el doctor
Cruvic se proponía hacerte?
La aturdida muchacha meneó la cabeza. Llevaba unos ceñidos
vaqueros negros, una blusa roja con encaje, pesadas botas negras con las suelas
rojas, y utilizaba un gran pañuelo rojo a modo de cinturón. Iba muy maquillada,
como cuando la vi en la sala de espera, pero los toques de color rosa encendido
de su cabello habían sido sustituidos por una gran mecha negra en el centro que
convertía su peinado en el negativo de la cabeza de una mofeta. La muchacha
parecía ofuscada, y la coquetería de que había hecho gala en la sala de espera
brillaba por su ausencia. Se había pasado casi todo el tiempo llorando, sin
articular más que murmullos y monosílabos.
—¿Lo sabía Darrell? —preguntó Milo.
La pregunta consiguió que la muchacha alzara la cabeza.
—¿Dónde está Darrell?
—Camino de la cárcel, Chenise. Se ha metido en un buen lío.
A ella le temblaron los labios y se rascó nerviosamente el
brazo.
Milo estaba sentado junto a la chica, echado hacia adelante, con
una mano en el respaldo de la silla de Chenise y la otra sobre la mesa. Se
acercó un poco más a la joven, y ella retrocedió instintivamente.
—Chenise —dijo mi amigo, con voz suave—. No digo que tú estés en
un lío. Sólo Darrell. Hasta ahora.
Ninguna reacción.
—Quizá tú puedas ayudarnos y ayudar también a Darrell.
Más lágrimas.
Angela Boatwright se acercó y puso una mano sobre el huesudo
hombro de Chenise.
—¿Quieres que te traiga algo, cariño?
Chenise abrió la boca y pareció reflexionar sobre la oferta. Sus
grandes dientes eran color caramelo, y tenía los labios cortados y resecos.
Se rascó la mejilla con el corto pulgar, y luego la franja negra
del pelo, y luego otra vez el brazo.
—¿Algo de comer, Chenise? —preguntó Boatwright—. ¿Un refresco?
—¿Un dulce? —aventuró la muchacha, con voz insegura.
—Claro. ¿De cuáles te gustan?
—Pues... un Mound.
—Muy bien. Y si no tenemos de esa marca, ¿de cuál?
—Pues... Crunch.
—Te gusta el chocolate, ¿eh? —Boatwright le dirigió una sonrisa
y la chica asintió. Una nueva palmadita en la espalda y la detective dijo—:
Ahora vuelvo, cariño.
Cuando se cerró la puerta, Chenise se retiró más de Milo. Su
pequeño tamaño hacía que mi amigo pareciera inmenso. Milo me dirigió una mirada
y tomé la palabra.
—Así que Darrell y tú se conocieron en una clase —dije.
Ella asintió con la cabeza.
—¿Asistían los dos a esa clase?
Ahora la cabeza dijo que no.
—¿Tú sí pero él no?
Asentimiento.
—Pero se conocieron allí.
—Sí.
—¿Dónde estaba Darrell?
—Se fue.
—¿Dejó la clase?
Asentimiento.
—¿Terminó el curso?
Asentimiento.
—Se graduó —dijo la chica.
—¿Él se graduó pero tú seguiste en la clase? Asentimiento.
—¿Recuerdas dónde daban esa clase, Chenise?
—Sí.
—¿Dónde?
—North Bower.
—¿Eso es una calle?
Negativa.
—Una academia. En la parte de atrás.
—En la parte de atrás de la academia North Bower —dije—. ¿Qué
tipo de clase era?
La pregunta pareció confundirla.
—¿Qué cosas aprendías en esa clase?
—A dar cambio.
—¿A dar cambio?
Asentimiento.
—¿Qué quieres decir?
—A dar cambio de un dólar.
—¿A calcular el cambio que tenías que dar?
Asentimiento.
—¿Alguna otra cosa? —pregunté.
—Sí.
—¿Como qué?
Encogimiento de hombros.
—A fregar. —Se tocó tras una oreja y un pequeño pendiente en
forma de rayo se meció de delante atrás—. Comida.
—Comida —repetí.
Enfático asentimiento.
—¿Te enseñaban a preparar comida?
—A comprar comida saludable.
—¿Se llamaba la clase QCB?
—¡Sí! —Amplia sonrisa.
—Quehaceres Cotidianos Básicos —expliqué a Milo. Era un programa
estatal para educar a los retrasados que se había suspendido hacía seis meses.
Chenise dijo:
—«Queremos Comportarnos Bien.» También la llamaban así.
Las pestañas cubiertas de rímel aletearon, la muchacha se tocó
el estómago, apretó las rodillas, y luego las separó ligeramente.
—Así que Darrell terminó el curso de QCB —dije.
—Sí.
—¿Y ustedes se conocieron en esa escuela?
Asentimiento.
—Él tiene un trabajo. —Lo dijo con orgullo.
—De mensajero, ¿no?
—Tenía una habitación.
—¿Su propia habitación?
—Sí. —Me hizo un guiño y se humedeció los labios—. Se emancipó.
Aquello requirió una breve reflexión.
—¿Darrell estaba emancipado?
Asentimiento.
—¿Darrell era un menor emancipado?
A Chenise el significado de mi pregunta se le escapó por
completo.
—Emancipado —repetí.
Ella frunció los ojos.
—Él le pegó.
—¿Quién?
—Lee. El novio de su madre.
—¿El novio de la madre de Darrell?
—Sí.
—¿El novio de su madre le pegó? —pregunté, inseguro de si la
muchacha se refería a una paliza o a abusos sexuales.
—Sí.
—¿Cómo?
—Con una correa.
—¿Por eso Darrell se escapó y se emancipó?
Asentimiento.
—¿Cuándo?
—No sé.
—Debió de ser hace tiempo, porque ahora Darrell tiene diecinueve
años.
Se encogió de hombros y se humedeció los labios. Regresó
Boatwright con una barra de Crunch.
—Aquí tienes, cariño.
La muchacha cogió la chocolatina con inseguros dedos, le quitó
la envoltura de un extremo y mordió suavemente.
—Despacio —dijo.
Boatwright preguntó:
—¿Cómo?
—Si no te quieres atragantar, despacio debes masticar —recitó
Chenise.
—Buen consejo —dije—. ¿Te enseñaron eso en QCB?
—Llega a tu hora, la servilleta sobre las piernas... tu sonrisa
es tu... —Frunció el ceño—. Tu... ¿manera?
—¿Bandera? —sugerí.
—¡Sí!
—¿Algo más?
—Sí. —Nuevo guiño.
—¿Qué?
—El sexo seguro es la vida.
Esto último lo dijo con voz más grave y firme.
Se echó a reír tontamente.
—¿Qué pasa, Chenise?
La risa se hizo más fuerte. Luego, una sugerente sonrisa. Las
pestañas hicieron horas extra.
—Sexo... seguro —dijo, incapaz de contener la risa.
—¿Qué significa sexo seguro? —pregunté.
Risita.
—Condones. A Darrell no le gustan. —Puso los ojos en blanco.
—¿No?
—Es un chico malo. —Movió reprensivamente un índice.
Se rió más. Se tocó el estómago.
—¿Cuándo te enteraste de que estabas embarazada? —quise saber.
Ella se puso seria. Se encogió de hombros y chupó la
chocolatina.
Repetí la pregunta.
—No me vino la regla. Luego se me revolvieron las
tripas.—Risita—. Mamá dijo: «¡Mierda, no!»
Risita.
—Así que te llevó a ver al doctor Cruvic.
Asentimiento.
—¿Te explicó por qué?
Silencio. De pronto, bajó la cabeza y volvió a
acariciarse el estómago. Me incliné hacia ella y, con voz suave,
pregunté: —¿Qué te dijo tu madre sobre el doctor Cruvic,
Chenise? Silencio. —¿Te dijo algo? Ella asintió lentamente con
la cabeza. —¿Qué te dijo? —Ya lo sabes —dijo ella. Le sonreí. —¿Por qué no me
lo dices, Chenise? —Pero si ya lo sabes. —No lo sé, de veras. Se encogió de
hombros. —Aborto. —¿Te dijo que el doctor Cruvic te haría un aborto? —Sí.
—¿Hablaste con el doctor Cruvic antes del aborto? —Sí. —¿Hablaste con alguna
otra persona antes del
aborto? Asentimiento. —¿Con quién? —Con ella. —¿Quién es ella?
—La doctora Vane.
—¿La doctora Devane?
—Sí.
—¿Qué te dijo la doctora Devane?
—Que era lo mejor para mí.
—¿Tú estuviste de acuerdo?
No obtuve respuesta.
—¿Pensabas que el aborto era lo mejor que...?
—Lo tuve que pensar —dijo con voz clara. Su mirada también era
clara. Purificada por la ira.
—¿Tuviste que pensar que el aborto era lo mejor para ti?
Enfático asentimiento.
—¿Por qué, Chenise?
—Mamá lo dijo.
—¿Tu mamá dijo que tú...?
—«¡No puedes criarlo, estúpida y, desde luego, yo no voy a
cuidar de tu bastardo!»
La muchacha me miró retadoramente. Luego bajó la cabeza y
comenzó a juguetear con la envoltura de la chocolatina. Volvió a llevarse la
mano a la barriga. Aquello me recordó algo... La muchacha negra de la sala de
espera de la clínica hizo exactamente el mismo movimiento.
—Así que sabías que te iban a practicar un aborto.
No obtuve respuesta.
—Chenise...
—¿Sí?
—¿Sabías que el doctor Cruvic se proponía hacerte otra
operación?
Silencio. Luego la muchacha negó levemente con la cabeza.
—¿Te hizo otra operación?
No hubo respuesta. Apartó la chocolatina y ésta se cayó de la
mesa. Milo la recogió y la hizo girar entre los gruesos dedos. Angela
Boatwright, desde su rincón, no perdía detalle.
—¿Chenise? —dije.
La chica acarició los encajes de la blusa. Tiró de ellos hacia
arriba y hacia abajo. Deslizó la mano bajo la tela y volvió a acariciarse la
barriga.
—¿Te hizo algo más el doctor Cruvic, Chenise?
Silencio.
—¿Te explicó la doctora Devane que el doctor Cruvic te iba a
hacer otra cosa?
Silencio.
—¿Te pidió la doctora Devane que firmases algo?
Asentimiento. Chenise se humedeció los labios y luego se los
secó con el dorso de la mano. Se removió en la silla, retorciendo incómodamente
el cuerpo.
—Chenise...
—Me ligó. —Emitió un tenue gruñido, y movió la cabeza como al
compás de una música.
—Te ligó —dije.
Ella tosió y sorbió por la nariz.
—¿Qué significa eso de que te ligó, Chenise?
—Me capó. Como a una perra.
—¿Quién te dijo eso, Chenise?
Pareció a punto de contestar, pero de pronto apretó los labios.
La mano continuó frotando el abdomen, describiendo rápidos círculos sobre el
ombligo. De vez en cuando se detenía, pellizcaba la piel y continuaba.
Cambió de posición. Se enderezó. Luego se encorvó. Siguió
frotándose el abdomen.
Frotándose el ombligo... el punto de entrada para la ligadura de
trompas.
—Cuando despertaste después del aborto, ¿tenías un esparadrapo
en alguna parte del cuerpo?
La mano se detuvo. Los pequeños dedos apretaron la blanca piel
sobre el estómago. La blusa se le subió, dejando ver el principio de las
costillas.
De pronto, la otra mano palmeó contra el pubis, cubriéndolo.
—Aquí —dijo, arqueando la pelvis—. Y aquí. —Se levantó, echó
para atrás la espalda y mostró el ombligo—. Hmm. Hmm... —gruñó, apretando los
dos lugares y mostrándolos de nuevo—. Me molestó mucho. ¡Estuve todo el día
tirándome pedos!
—¿Cuándo te enteraste de que el doctor Cruvic, aparte del
aborto, te había hecho otra cosa?
—Más tarde.
—¿Cuánto tiempo más tarde?
Encogimiento de hombros.
—¿Quién te lo dijo?
—Mamá.
—¿Qué te dijo?
—«Ya puedes joder todo lo que quieras, no importa, te
arreglamos, te ligamos las trompas, no habrá bastardos.»
El rímel se le había corrido y en los ojos de Chenise refulgía
la ira.
—¡Me caparon!
Me miró fijo, luego miró a Milo y luego a Angela Boatwright. Se
sentó, cogió la chocolatina y comenzó a comer.
Cuando el dulce hubo desaparecido, miró con pesar el envoltorio.
—¿Otra chocolatina, cariño? —preguntó Boatwright.
—Esposabilidad —dijo la chica.
—¿Responsabilidad? —sugerí.
—Para los bebés.
—¿Los bebés son una gran responsabilidad?
Asentimiento.
—¿Quién te lo dijo?
—Mamá. Y ella.
—¿Quién es ella?
—La doctora Vane.
—¿Qué significa responsabilidad, Chenise?
Ella torció la boca.
—Llegar a tiempo.
—¿Algo más?
Ella reflexionó.
—Lavarse, pedir las cosas por favor. —Amplia sonrisa—. Sexo
seguro. —A Boatwright—: ¿Tienes un Mars?
—Miraré —dijo Boatwright, y volvió a salir.
Yo dije:
—Así que tu mamá y la doctora Devane te hablaron de la
responsabilidad.
—No.
—¿No te dijeron nada?
—Antes, no.
—¿Quieres decir antes de la operación?
—Sí.
—¿Entonces, de qué te hablaron?
—Del aborto. Me dieron una pluma.
—Una pluma. ¿Para firmar algo?
Asentimiento.
—¿Qué firmaste?
—Así. —Simuló escribir en el aire—. Sé hacerlo. —No le quitaba
ojo a mi bolígrafo.
Se lo tendí, junto con una hoja de papel. Chenise se mordió la
lengua, se inclinó y rasgueó afanosamente una serie de garabatos
indescifrables.
Fue a guardarse el bolígrafo, se cortó, lanzó una risita y me lo
devolvió.
—Puedes guardártelo —dije.
Ella lo miró y negó con la cabeza. Recuperé mi bolígrafo.
—Así que escribiste tu nombre para la doctora Devane.
—Sí.
—Antes de la operación.
—Sí.
—Pero ella no te habló de la responsabilidad hasta después de la
operación.
—No.
Volvió a bajar las manos a las zonas operadas.
—No —repitió, entre dientes—. Me caparon. ¡Como a una perra!
Dolores, y gases, y retortijones. ¡Estuve todo el día tirándome pedos!
A las once telefoneé a Robin para decirle que estaba bien y que
volvería tarde a casa.
Me comentó que lo había oído.
—Lo han dado en las noticias. Ya lo están relacionando con Hope.
Se lo dije a Milo y a Boatwright. Él lanzó una maldición y ella
dijo:
—Probablemente habrá sido el idiota de Kasanjian. Quiere
convertirse en una estrella de la Televisión Judicial para así conseguir casos
importantes.
Mary Farney apareció poco después de media noche, ataviada con
un vestido corto de rayón amarillo, medias negras y unos escarpines dorados de
tacón alto y sin talón. Su pálido maquillaje estaba cuarteado, llevaba sombra
de ojos color marrón y el aliento le olía a licor y a pastillas de menta. Habló
con voz tan estrangulada que me pareció ver unas manos en torno a su cuello.
Preguntó:
—¿Cómo está Chenise?
—Bien —dijo Milo frunciendo el entrecejo—. Llevamos un buen rato
buscándola, señora.
—Estaba asustada y me fui a casa de unos amigos.
Estudié su indumentaria. ¿Ataviada para las cámaras y la
celebridad?
—¿Dónde está mi hija? Quiero verla.
—Dentro de un momento, señora Farney.
—¿Se metió Chenise en algún lío?
—De momento, no la hemos acusado de nada.
—¿Quiere decir eso que tal vez la acusen? —Agarró a Milo por una
manga—. No, no, no pueden hacer eso... Ella es... ¡Ella no entiende nada!
—Tengo que hacerle unas preguntas, señora.
—Ya he contado... —Se tapó la boca con una mano.
—¿Qué ha contado y a quién?
—A una gente... Fuera, en la calle.
—¿Frente a la comisaría? ¿Ha hablado con los reporteros?
—Había unos cuantos.
Milo forzó una sonrisa.
—¿Qué les dijo, señora Farney?
—Que Darrell es un asesino. Que mató a la doctora Devane.
Boatwright puso los ojos en blanco.
—¡Lo es! ¡Tenía un cuchillo!
—Muy bien —dijo Milo—. Entremos en algún sitio y hablemos.
—¿De qué?
—De Chenise, señora.
—¿Qué pasa con ella?
—Entremos en esa habitación.
La señora Farney permanecía sentada en el borde de la silla, y
miraba con desagrado la escasamente amueblada estancia.
—¿Café? —ofreció Milo.
—No, y no entiendo por qué tengo que estar aquí. No he hecho
nada.
—Sólo unas preguntas, señora. Chenise dice que la llevaron con
el doctor Cruvic para practicarle un aborto, y que él le hizo además una
ligadura de trompas sin decirle nada.
—¡Ah, no, no se le ocurra acusarme! La chica miente. Como
embustera, no tiene nada que envidiarle a nadie.
—¿Fue esterilizada, o no?
—¡Pues claro! ¡Pero ella lo sabía perfectamente! Yo se lo
expliqué todo, y todos los demás también.
—¿Todos los demás, señora?
—Los médicos. Las enfermeras. Todos.
—Los médicos —repitió Milo—. ¿Se refiere al doctor Cruvic y a la
doctora Devane?
—Claro.
—El doctor Cruvic realizó la operación. ¿Qué hizo la doctora
Devane?
—Hablar con ella. Aconsejarla. ¡Para que comprendiera! Chenise
sólo dice lo que dice para sacar del apuro a ese cabrón...
—¿Hizo la doctora Devane algo más, aparte de hablar con Chenise?
—¿A qué se refiere?
—¿Realizó algún tipo de examen físico?
Una vacilación.
—No. ¿Para qué iba a hacerlo?
—¿Está usted segura?
—Yo... yo no estuve todo el tiempo en la sala.
—¿Quién vio a Chenise después de la operación?
—Pues... probablemente el doctor Cruvic y su enfermera, supongo.
—¿Supone?
—Era de noche. Me paso el día trabajando. La recogí a última
hora. Estaba vomitando, aún aturdida. Me puso el coche perdido.
—Muy bien —dijo Milo, echándose para atrás en el asiento—. Eso
ocurrió en el Centro Femenino de Salud de Santa Mónica.
—Pues claro.
—¿Quién les remitió a esa clínica?
Ella se removió en la silla y se tocó una pestaña.
—Nadie. Todo el mundo sabe lo que hacen allí.
—¿Abortos y esterilizaciones?
—Sí, ¿y qué?
—¿Sabía Chenise lo que le iban a hacer?
—Pues claro.
—Según ella, nadie se lo advirtió.
—Mentira. Esa chica tiene problemas de atención. Se pasa la mitad
del tiempo como en otro mundo. —Me lanzó una mirada—. Problemas de atención.
Aparte de todo lo demás. ¿A qué vienen tantos aspavientos? La esterilización es
una operación que no tiene la menor importancia. Al día siguiente ya estaba en
pie.
—Dijo que tuvo retortijones —intervino Boatwright.
—¿Y qué? ¿Es eso un drama? ¿No tiene usted misma retortijones
todos los meses? Tuvo retortijones y gases, estuvo... con flatulencias todo el
día. Le pareció divertidísimo. Los soltaba fuertes y rotundos. Chenise no se
preocupó en absoluto hasta que apareció el chico. ¡Ese estúpido punky!
¡Queriendo ser padre! ¡Sí! Le dijo que la habían capado. Él muy idiota. Ella ni
siquiera sabía lo que significaba esa palabra. Les aseguro que no hubo el menor
drama. Bum, bum. Los gases se deben a que te meten aire aquí —se tocó la región
púbica—, para poder ver lo que hay dentro, y luego operan a través del ombligo
y, zas, listo. Ya les digo: al día siguiente ya estaba paseando tan campante.
Angela Boatwright comentó:
—Por lo que dice, parece que conoce usted a otras mujeres que se
han sometido a esa operación.
Mary Farney la miró, primero a la defensiva y después con
exasperación.
—¿Y qué?
Boatwright se encogió de hombros.
—De acuerdo —dijo Mary—. Yo también me hice un ligado,
¿satisfecha? El doctor Cruvic me dijo que, con mi constitución, era peligroso
que tuviera otro hijo. ¿Le parece bien, señorita? ¿Tengo su permiso?
—Claro —dijo Boatwright.
Mary Farney agitó un índice en dirección a la detective.
—¿Usted qué sabe? Cuando nació Chenise y nos notificaron que no
era normal, el padre me abandonó inmediatamente. ¿Tiene usted hijos?
—No, señora —dijo Boatwright.
En los labios de Mary apareció una sonrisa de condescendencia.
—Lo de que la chica no sabía lo que le iban a hacer es un
cuento. Ella firmó el consentimiento. La culpa de todo la tiene ese gilipollas,
que le llenó la cabeza de estupideces, la convenció de que podían jugar a mamás
y papás. ¡Como si él fuera el padre de la criatura para empezar!
—¿No lo era? —preguntó Milo.
—¿Quién sabe? Esa es la cuestión. Y aunque fuera el padre, ¿qué?
Su capacidad de lectura es la de un niño de primaria. Con suerte. ¿Creen que un
tipo así podía
ocuparse de Chenise y el niño?
—¿Chenise sabe leer? —pregunté.
—Algo.
—¿Cuál es su nivel?
Pausa.
—El resultado que tengo es de la última vez que la evaluaron
hace ya mucho.
—Pero puso su firma en el consentimiento —dijo Milo. —Le dije lo
que ponía y ella lo firmó.
—Ah.
Mary puso los brazos en jarra.
—¿Tiene usted hijos?
Mi amigo negó con la cabeza.
—Nadie tiene hijos —dijo ella—. Yo debo de ser la única que está
lo bastante loca. ¿Y usted?
—Yo tampoco —dije.
Respondió con una risa.
—¿Les importa que fume? —Sin esperar respuesta, sacó del bolso
una cajetilla de Virginia Slims y encendió uno.
—¿Cuándo fue la última vez que evaluaron el coeficiente
intelectual de Chenise? —quise saber.
—Sabe Dios. Sería en el colegio, digo yo.
—¿No está segura?
—¿Acaso cree que me cuentan todo lo que hacen? Se dedican a
emborronar papeles, a llenar expedientes así de grandes. —Separó las manos,
marcando sesenta centímetros.
—¿Cuál fue el último coeficiente intelectual de Chenise?
—pregunté.
—¿Qué pasa, cree que no tiene inteligencia suficiente para
entender? Pues yo soy su madre, y permítame que le diga que entiende
perfectamente. Cuando le doy cinco dólares para salir y ella me pide diez,
entiende muy bien. Cuando vuelve tarde a casa y se inventa excusas, entiende
muy bien. Cuando Darrell
o cualquier otro vagabundo le pide que lo espere en la puerta y
ella está en la puerta mucho antes de la hora, entiende muy bien. Sólo tiene
dificultades de comprensión para ciertas cosas. ¿Comprende?
—¿Qué cosas? —preguntó Boatwright.
—Limpiar su habitación. Conservar puestas las bragas. —Su risa
fue brutal—. La chica es como un imán. Desde que tenía once años, los chicos no
dejan de merodear en torno a Chenise. Ella camina con esos contoneos, les guiña
un ojo...Durante años y años se lo he repetido hasta la saciedad, le he dicho
cómo se acaba siguiendo por ese camino. Pero ella lo que hace es sonreír y
luego se saca una teta y me la enseña. Como diciéndome: mira lo que tengo, soy
una mujer. Y al final consiguió su propósito y demostró que lo era.
Nadie dijo nada.
—Quiero a mi hija, ¿está bien? Antes de que le viniera el
período, Chenise era un encanto. Después, ya sólo viví para preocuparme. Por el
sida y esas cosas.
Ahora tengo una preocupación menos. —Otra risa—. ¿Saben lo que
les digo? Pues que a Chenise quizá le vendría bien que la acusaran ustedes de
algo. Quizá como mejor esté sea encerrada. Porque yo, desde luego, no puedo
evitar que ande por ahí acostándose con todo el mundo. ¿Y quién me ayudará a mí
cuando se me presente con el sida?
Más silencio.
—¿Creen que Chenise es capaz de criar a un hijo? La protegí del
mejor modo que se me ocurrió, y ella lo comprendió perfectamente. ¿Saben lo que
me dijo una vez? Estábamos sentadas en el coche, en una hamburguesería. Ella me
miró con una de sus sonrisas y yo comprendí que algo malo pasaba. Le pregunto:
«¿Qué pasa, Chenise?» Y ella contesta: «Me gusta cuando los hombres sudan,
mamá.» Yo le digo: «¿Ah, sí?» Y ella me suelta: «Me gusta cuando sudan entre
las piernas.» Yo casi me atraganto, Chenise tenía trece años. Y luego me
pregunta: «¿Sabes por qué me gusta, mamá?» Yo le pregunté por qué, y ella tomó
aliento y con una gran sonrisa me dijo: «Me gusta porque sabe rico.»
24
Poco después de la una de la madrugada, Chenise
fue confiada a la nada entusiasta custodia de su madre. Una
furgoneta del sheriff había acudido para llevarse a Darrell Ballitser a la
cárcel del condado.
En la comisaría de Beverly Hills, Milo, Boatwright y yo
contemplamos la repetición de las noticias de las once por el canal de Beverly
Hills. La nerviosa rubia platino leyó el boletín con una afectada sonrisa en
los labios.
Plano de Cruvic subiéndose en su Bentley. En síntesis: «Médico
de Beverly Hills rechaza el ataque de un skinhead enloquecido. La furia del
agresor fue motivada por la esterilización no autorizada de su novia. La
policía investiga la posible relación entre el ataque y el asesinato aún no
resuelto de la sicóloga feminista Hope Devane. Ahora, otras noticias locales.»
Milo apagó el aparato.
—Más vale que te ocupes de conseguir el mandamiento antes de que
los buitres de la prensa comiencen a revolotear en torno al tugurio donde vive
Darrell —dijo mi amigo a Boatwright.
—Ahora mismo —replicó ella—. ¿Crees que Ballitser se cargó a
Devane?
—Él admite que atacó a Cruvic, pero niega haber hecho nada
contra Devane.
—Es posible que eso sea porque lo de Cruvic fue asalto
frustrado, y lo de Devane homicidio. Por otra parte, el chico es repartidor y
suele ir en bicicleta.
—Ya —asintió Milo—. Investigaré lo de la bici, registraré su
habitación y quizá me entere de algo. Gracias de nuevo.
—De nada —dijo ella—. Aparte de algunos niñatos ricos que se
cargan a escopetazos a sus padres, por aquí no tenemos muchas distracciones.
Civic Center Drive volvía a encontrarse vacío, y la puerta de
acero del garaje estaba perfectamente cerrada. Milo parecía fatigado, pero
caminaba deprisa. Yo comenté:
—Aun a riesgo de parecer reiterativo, ¿qué relación podía haber
entre Darrell y Mandy Wright?
—Eso mismo me pregunto yo. Y en cuanto a coeficiente
intelectual, comparado con Darrell, Kenny Storm es Einstein, así que no espero
que esto nos conduzca a ninguna parte. Y lo que iba a decirte, acerca del Club
None: a una camarera que trabajaba allí también la asesinaron. Cuatro días
antes de que mataran a Mandy en Las Vegas.
—¿Fue acuchillada del mismo modo?
—No. La estrangularon. En el callejón, a las cuatro de la
madrugada, después del cierre. La chica se llamaba Kathy DiNapoli. La dejaron
detrás de un contenedor de basura, con las piernas separadas, la blusa rasgada
y las bragas bajadas. Pero no hubo penetración sexual. Quizá fue un intento de
violación, y al tipo lo interrumpieron, o no se le levantó. O quizá alguien
trató de hacer que pareciese un crimen sexual. Ya sé que el modus operandi es
distinto y que en esa parte de Sunset son frecuentes los homicidios; pero...
¿dos en cuatro días? El camarero no supo decirme si Kathy atendió a Mandy, pero
la chica estaba de turno la noche que él creyó ver a Mandy.
—O sea que es posible que a Kathy la eliminasen porque vio a
Mandy con alguien. Pero el hecho de que a ella la asesinaran indica que el
asesino tenía pensadas todas sus acciones con bastante anticipación.
—Exacto —asintió Milo—. Un planificador.
—Lo cual descarta a Darrell.
Mi amigo se echó a reír.
—El Club None, desde luego, no es sitio para Darrell. Allí sólo
va gente con muy buena pinta, mucho pelo y muchos dientes. Por otra parte, con
lo que tengo hasta el momento, en la fiscalía de distrito se reirían de mí si
intentase meter a DiNapoli en el paquete. Y, en cuanto a Darrell, el chico
tiene un motivo y, además, trató de agredir a Cruvic con un cuchillo.
—¿La misma clase de cuchillo que usaron con Hope y Mandy?
—Parecía de tipo y tamaño similares: grande, con mango de cuerno
y hoja bien afilada, pero hay muchísimos así. Veremos qué dice el departamento
forense. Con suerte, los de la división central ya estarán en el cuchitril del
Darrell. Quizá allí encuentren algo que nos sea útil.
—¿Te sigue interesando que yo vaya a Higginsville? —pregunté.
—Claro, ¿por qué no? El asunto de la esterilización es otra de
las pequeñas cajas, y me gustaría averiguar por qué Hope era una ardiente
defensora de los derechos de la mujer en público, pero en privado estaba
dispuesta a ayudar a Cruvic a realizar una esterilización no autorizada. ¿Tú
qué crees? ¿Estaba Chenise enterada de lo que le iban a hacer?
—Quizá lo comprendiera difusamente... si es que le dijeron algo.
Sin embargo, dada su inteligencia, un consentimiento firmado por ella tendría
muy poco valor. Incluso el hecho de que le hicieran firmar el consentimiento no
deja de ser una marrullería, porque la chica es analfabeta.
—Gracias, mamá.
—Aunque todo sucediera así —dije—, ¿podemos criticara la señora
Farney por haber permitido la esterilización? Ése es un tema muy interesante
para que discutan sobre él en los programas de debate. Como ella misma dijo,
nosotros no tenemos hijos, y ella es la que tiene que soportar las
consecuencias de la promiscuidad de Chenise. Indiscutiblemente, Cruvic y Hope
debieron haber actuado de modo más escrupuloso; pero tenían poderosas razones
para hacer lo que hicieron. Novecientos dólares por el aborto, otros novecientos
por la ligadura, aparte de los honorarios de Hope y otras prebendas.
—Más de dos mil dólares por una hora de trabajo. No está mal.
—Y, probablemente, Cruvic realizó otras intervenciones aquella
misma noche.
—Quizá los dos fueran socios y Hope se llevara en realidad una
tajada de los beneficios mayor de lo que pensábamos... por ayudar a su socio a
intervenir a menores. Teniendo en cuenta el dineral que ganó con su libro, no
le hubiera costado mucho enmascarar tales ingresos.
—Y tal vez Mandy estuviera relacionada de algún modo con ese
tinglado —dije—. Quizá Cruvic fuera su médico y se hiciesen amigos. Quizá ella
le llevó otras pacientes... prostitutas de lujo, coristas... Eso supondría un
montón de abortos potenciales.
—Y un montón no menor de enemigos potenciales. ¿Qué motivo
podría existir para asesinar a Mandy?
—O se enteró de algo que no debía, o le creó problemas a
alguien.
—Pero volvemos a lo de siempre: ¿por qué ella y Hope murieron y
Cruvic está en estos momentos en su casa, aplicándose hielo en la mano?
No obtuve respuesta.
—Con independencia de los detalles específicos —seguí—, tenemos
pruebas concretas de que Cruvic se estaba saltando las normas. Quizá ése fue el
motivo de que lo echaran de la Universidad de Washington. Es posible que allí
hiciera cosas que pusieran a alguien furioso.
—¿Cosas como qué?
—Quizá le hizo alguna faena a alguien. A alguien más inteligente
que Darrell. Cruvic y Hope actuaban juntos. Y, de algún modo, Mandy formó parte
de lo ocurrido.
—Pero volvemos a lo mismo: ellas están muertas, mientras que
él... Dime una cosa: ¿te dio la sensación esta noche de que estaba asustado?
—No, pero quizá se sienta muy seguro de sí mismo. Demasiado,
para su propio bien. O, realmente, no se da cuenta de que anda suelto alguien
aguardando el momento para acabar con él, para cobrarse el primer premio.
—¿Un asesino paciente?
—Si estás en lo cierto respecto a Kathy DiNapoli —dije—, tiene
que ser un asesino con mucha paciencia.
Se pellizcó los labios con el pulgar y el índice.
—¿Qué pasa? —quise saber.
—El cariz que está tomando esto. Esperas, acechos, planes a
largo plazo. Esas heridas. Toda una puñetera coreografía.
25
—¿Alcachofas? —dijo el empleado de la gasolinera—.
Eso será en Castroville, lejísimos, cerca de Monterey.
El tipo tenía las piernas arqueadas, una gran tripa y una calva
más que incipiente. Lucía una trenza color castaño y sus dientes eran de la
misma tonalidad. Riendo, dijo de nuevo «Alcachofas», terminó de limpiar el
parabrisas y se embolsó el billete de veinte dólares que yo le tendía.
Me había apartado de la Ruta 5 para llenar el depósito un poco
más allá de Grapevine, donde el tráfico se congestiona súbitamente y, cuando
hay niebla, los accidentes que afectan a cincuenta coches son el pan nuestro de
cada día. Aquella mañana hacía calor y el cielo estaba manchado por la calina,
pero la visibilidad era perfecta.
Volví a la carretera y seguí en dirección norte. Según el mapa,
Higginsville se encontraba al oeste de Bakersfield y al sur del lago Buena
Vista. A ciento sesenta kilómetros de Los Angeles y a diez grados más de
temperatura. El terreno era llano, y los verdes campos de labranza estaban
protegidos del viento por altos árboles. Fresas, brócoli, alfalfa y lechugas,
todo ello esforzándose en crecer en el aire saturado de humos de gasolina.
Tras girar en una carretera de dos pistas, llegué a unos
terrenos altos punteados por minúsculos ranchos y por pequeños puestos de venta
situados al borde de la carretera que en aquellos momentos se encontraban
cerrados. Después, la carretera descendía de nuevo y me encontré con un cartel
coronado por un emblema del Rotary Club y que rezaba HIGGINSVILLE, 1234
HABITANTES. Las letras estaban casi borradas, y el metálico limón que había en
la punta del poste parecía corroído por los elementos.
Pasé ante un pequeño robledal y crucé el cenagoso cauce de un
arroyo. Luego, un pequeño estacionamiento vacío y un establo semiderruido en
cuyo tejado una cuarteada inscripción anunciaba ROPAS DEL OESTE. Tras un solar
vacío comenzaba la calle mayor, llamada Lemon Boulevard, formada por dos
manzanas de edificios de un solo piso: un almacén de abastos que era también el
café del pueblo, una tienda de baratijas, un bar y el local de una iglesia
evangelista.
Aquella mañana, cuando habló conmigo por teléfono, Milo me dijo
que el representante local de la ley era un sheriff apellidado Botula. La
oficina del sheriff se encontraba al final de la calle y frente a ella estaba
estacionado un viejo coche patrulla Ford de color verde.
En el interior de la oficina, sentada tras un alto mostrador
donde había una centralita telefónica estática, una bonita rubia algo entrada
en carnes y que parecía demasiado joven para votar leía atentamente. Tras ella,
un muchacho hispano de oscura tez que vestía uniforme color caqui estaba
sentado a un escritorio metálico. También él tenía un libro frente a sí. El
chico no parecía mucho mayor que la muchacha.
Al oír la campanilla de la puerta, los dos alzaron la vista.
Cuando el muchacho se puso en pie vi que medía más de metro ochenta. Su cutis
era color nuez moscada y carecía totalmente de arrugas. La boca era grande,
azteca. Tenía el cabello largo y fino, bien recortado y peinado. Su mirada era
penetrante, observadora.
—¿Doctor Delaware? Soy el sheriff Botula. —Se acercó al
mostrador, abrió una pequeña puerta batiente y tendió hacia mí una mano cordial
y firme—. Esta es Judy, nuestra alguacil, contable y mensajera.
La joven le dirigió una mirada como diciéndole
supongo-que-bromeas, y él, sonriendo, aclaró:
—Judy también es mi esposa.
—Judy Botula. —La joven cerró el libro y se nos acercó. Leí el
título de la cubierta. Técnicas policíacas básicas de inspección y registro.
Botula dijo:
—Pase. En previsión de su llegada, hemos hecho unas pequeñas
investigaciones preliminares. Bueno, quien las ha hecho ha sido Judy.
Judy Botula dijo:
—Nada del otro mundo.
El sheriff aclaró:
—Somos nuevos aquí, y aún nos estamos aclimatando. Rodeé el
mostrador y me senté en una silla junto al escritorio.
—¿Desde cuándo están en el pueblo?
—Desde hace dos meses —dijo Botula—. Los dos trabajamos media
jornada. Compartimos el puesto.
Había una escoba apoyada contra la pared y él la colocó tras un
archivero. Las paredes estaban limpias y desnudas, sin los habituales boletines
y carteles de «Se busca», y el suelo parecía impoluto, aunque con bastantes
arañazos.
Judy acercó su silla y se acomodó. La joven era casi tan alta
como su marido, tenía amplios hombros y rotundo pecho. Sus kilos de más estaban
equitativamente repartidos entre músculos y grasa. Vestía una blusa blanca de
punto, vaqueros y zapatillas deportivas, y llevaba su placa en el cinturón.
Tenía ojos muy azules, serios y solemnes.
—Los dos completamos el programa de justicia criminal en la Universidad
Estatal de Fresno —dijo Judy—. Queríamos ingresar en la academia del FBI, pero
ahora el acceso se ha puesto muy difícil, así que pensamos que un año de
experiencia no nos perjudicaría. Aunque la verdad es que por estos contornos no
ocurre nada excitante.
—La vida es fácil y aburre —dijo su marido.
—Y que lo digas.
Botula sonrió.
—Así nos queda tiempo para estudiar. Respecto al caso de
asesinato que lo trae por aquí... Tuvimos noticia del asunto cuando sucedió, y
luego, hoy mismo, volvieron a mencionarlo las noticias. Hubo algo... una
detención.
—Probablemente se trate de una pista falsa —dije.
—Ya, eso dijo el detective Sturgis... Un sicólogo trabajando con
los de homicidios... ¿Eso es corriente en Los Angeles?
—No. A veces trabajo con el detective Sturgis, eso es todo.
—La sicología me interesa mucho, y una vez estemos en la
academia del FBI en Quantico, intentaré entrar en la unidad de Ciencias del
Comportamiento. ¿Alguna vez le ha hecho el perfil a un asesino en serie?
—No —dije.
El chico asintió, como si yo hubiera dicho «sí».
—Bueno, dígame qué le trae por aquí exactamente.
—Trato de averiguar todo lo posible acerca de la doctora Devane.
—¿Porque ella también era sicóloga?
—Principalmente, porque apenas sabemos nada de ella.
—Sí, claro... Bueno, le explico la situación. Después de hablar
con el detective Sturgis, nos planteamos cuál era el mejor sistema de descubrir
algo y decidimos que lo mejor sería: A, buscar en los archivos municipales; B,
buscar en losregistros escolares, y C, entrevistar a los más viejos del pueblo.
Pero resulta que todos los archivos fueron embalados y enviados a Sacramento
hace diez años, y aún no hemos sido capaces de localizarlos. Y las escuelas
fueron clausuradas más o menos por la misma época.
—¿Qué fue lo que ocurrió hace diez años?
—Este sitio murió —dijo Judy—. Supongo que ya se habrá dado
usted cuenta. Aquí el cultivo principal eran los limones. Había unos cuantos
residentes, pero la mayoría eran trabajadores eventuales y las tiendas eran
propiedad de las compañías de productos cítricos. Hace diez años, una gran
helada acabó con los limoneros, y lo poco que quedó se lo cargó no sé qué
plaga. Los trabajadores eventuales se marcharon, los campos se cerraron, y en
vez de plantar de nuevo, las compañías compraron tierra en otras partes. Como
los residentes dependían de la población ocasional, unos cuantos se fueron con
ellos. Parece ser que algunos intentaron poner en marcha iniciativas
turísticas: puestos de fruta y cosas de ésas, pero no tuvieron el más mínimo
éxito. Esto se encuentra excesivamente apartado de la carretera general.
—Según un letrero que vi, el pueblo tiene mil doscientos
habitantes.
—No tiene: tenía —dijo Judy—. Ese letrero es una antigüedad.
Según nuestros cálculos, aquí no habrá más de trescientas personas, y buena
parte de ellas son visitantes ocasionales que vienen los veranos a pescar en el
lago. Todos los que viven aquí de modo permanente tienen trabajos en otras
poblaciones, excepción hecha de las mujeres que llevan las tiendas de Lemon
Boulevard. Casi todo es gente mayor, así que por aquí no se ven muchos niños, y
los pocos que hay van a Ford City a estudiar primaria y grado medio, luego
pasan a la secundaria de Bakersfield. O sea que aquí no tenemos escuelas.
Hope había cursado sus estudios de secundaria en Bakersfield,
así que ya entonces el pueblo debía de ser muy poca cosa.
—En cuanto a los veteranos de la época en que la doctora Devane
era niña, la mayor parte parecen haber muerto, pero logramos encontrar a una
señora que quizá le dio clase a la profesora Devane cuando aquí había escuela.
Al menos, tiene edad suficiente para ello.
—¿Quizá le dio clase? —dije.
Botula explicó:
—No es una persona fácil de interrogar. —El hombre se llevó un
dedo a la sien—. Quizá a usted le ayude el hecho de ser sicólogo.
Judy intervino.
—Nosotros podríamos acompañarlo; pero lo más probable es que
nuestra presencia resultase contraproducente.
—¿Tuvieron ustedes problemas con esa señora?
—Fuimos a verla ayer —dijo Botula—. No fue una entrevista productiva.
—Eso es decirlo muy suavemente. —Judy frunció el entrecejo y
regresó a la centralita, en la que no había parpadeado ni una luz desde mi
llegada.
Botula salió conmigo de la oficina.
—Judy cree que el motivo de la hostilidad de la señora fueron
los prejuicios raciales. Nuestro matrimonio.
—¿Usted no está de acuerdo?
Él alzó la vista al sol y se puso unas gafas.
—No sé por qué la gente hace lo que hace. El caso es que la
señora se llama Elsa Campos, y vive al principio de Blossom Lane. Gire a la
izquierda en la primera esquina.
Mi sorprendida expresión le hizo sonreír.
—Cuando mencioné los prejuicios raciales, creyó usted que la
señora era de ascendencia inglesa, ¿a que sí?
—Efectivamente.
—Ya —dijo él—. Es lógico. Pero la gente es como es. La dirección
es Blossom Lane número ocho, pero no le hará falta. Cuando llegue, ya se dará
cuenta.
Blossom Lane carecía de aceras, y sólo había dos polvorientas
franjas a los lados del maltratado camino. Junto a la cuneta crecían unos
cuantos limoneros que parecían enanos junto a los gigantescos eucaliptos. La
jardinería urbana brillaba también por su ausencia.
El lado norte de la calle estaba ocupado por casas; el lado sur,
por resecos campos. Los números del uno al siete correspondían a cabañas más o
menos desmanteladas. La casa de Elsa Campos era mayor, un bungalow de dos pisos
de madera de secuoya, con un porche cerrado flanqueado por dos inmensos cedros.
La tierra de los alrededores estaba reseca y cuarteada, y no había indicios de
que recibiera el menor cuidado. Una cerca de alambre de más de dos metros
rodeaba la pequeña finca. El cartel de CUIDADO CON LOS PERROS resultaba
redundante, pues al otro lado de la cerca una jauría de no menos de veinte
canes ladraba, aullaba y saltaba.
Terriers, spaniels, un esbelto doberman rojo, mestizos de todos
los tamaños, clases y colores, y un inmenso animal negro con aspecto de oso que
permanecía más atrás olisqueando el suelo.
El estrépito era ensordecedor, pero ninguno de los perros
parecía fiero. Muy al contrario, las colas se agitaban al viento, las lenguas
asomaban por las bocas, y los perros de menor tamaño saltaban alegremente y
arañaban la cerca.
Me apeé del Seville. El estrépito se hizo más fuerte y algunos
perros comenzaron a correr agitadamente en círculos.
Eran al menos dos docenas. Todos parecían cuidados y sanos. Pero
con tantos animales, la higiene tenía límites, y percibí el olor del lugar
mucho antes de llegar a la cerca.
No había timbre ni cerradura, sólo una simple aldaba. Los perros
continuaban ladrando y saltando y algunos hociqueaban la cerca. Distinguí
montones de excrementos en el terreno, pero el suelo estaba limpio en un radio
de tres metros en torno a la casa, y en la zona despejada aún se veían las
huellas del rastrillo.
Tendí la mano, palma abajo, a uno de los spaniels, y él me la
lamió. Luego la lengua de un mestizo de retriever asomó por la cerca y me babeó
los nudillos. El doberman se acercó y, tras mirarme fijo, volvió a alejarse.
Otros perros comenzaron a competir por un hueco para asomar la lengua, y la
cerca se estremeció. Pero el gran animal negro siguió donde estaba.
Estaba preguntándome si entraba o no cuando la puerta de tela
metálica del porche se abrió y en el umbral apareció una vieja vestida con
sudadera rosa y vaqueros y que sostenía una escoba entre las manos.
En cuanto la vieron, los perros dieron media vuelta y corrieron
hacia ella.
—Déjenme en paz —dijo la mujer, pero metió la mano en un
bolsillo y echó un puñado de algo en la parte limpia del suelo—. ¡Ahí tienen!
Los perros se dispersaron y comenzaron a olisquear
frenéticamente por el patio. La escena parecía sacada de una vieja película de
dibujos animados de la Warner Brothers. La vieja se volvió hacia mí y se acercó
a la puerta, arrastrando la escoba por el suelo.
—Hola —saludé.
—Hola. —Lo dijo como si me imitase. Frunció los párpados y me
inspeccionó atentamente. La mujer medía metro setenta y era muy flaca. Tenía el
pelo negro recogido en una trenza que le llegaba a la cintura y las mejillas
hundidas y resecas como el polvo. Las manos, aguileñas y bronceadaspor el sol,
tenían uñas gruesas y amarillentas. En la sudadera ponía RENO! Al extremo de
las flacas piernas, unas zapatillas blancas de deporte.
El gran perrazo negro se acercó con paso lento y contoneante.
Era tan peludo que los ojos apenas se le veían. La cabeza llegaba a la cintura
de la mujer, y la lengua era del tamaño de una bolsa de agua caliente.
—Nada de eso, Leopold —dijo la mujer, con voz cascada—. Ve con
los otros a buscar las golosinas.
El perro ladeó la cabeza como hace Spike y la miró con
melodramáticos ojos.
—Nada de eso. Busca.
La enorme cabezota se frotó contra el cinturón de la mujer. Lo
cual me hizo recordar algo: el bullmastiff de la señora Green. Aquélla era mi
semana de viejas y perrazos. De la peluda boca escapó un hondo gemido. Advertí
fuertes músculos bajo la negra piel.
La mujer miró hacia los otros perros, que seguían buscando lo
que ella les había tirado. Echó mano a un bolsillo de sus vaqueros y sacó otro
puñado de comida: fragmentos de galletas para perros.
—¡Busca! —dijo, al tiempo que los arrojaba. Los animales del
patio se arremolinaron, pero el gran perrazo negro siguió donde estaba. Tras
echar una subrepticia mirada a los otros, la mujer sacó una galleta entera y la
metió apresuradamente en la boca de la
bestia.
—Bueno, Leopold, ahora lárgate.
El perro negro masticó con evidente satisfacción y luego se
alejó lentamente.
—¿De qué raza es? Parece un perro de pastor.
—Es un bouvier des Flanders. Belga. ¿Entiende usted que alguien
pudiera abandonar a una preciosidad así?
—Debe de tener calor, con todo ese pelo.
Ella me miró con escepticismo.
—Son muy resistentes. Y tienen un gran instinto protector.
—Yo tengo un bulldog francés —dije—. Mucho más pequeño, pero con
la misma actitud ante la vida.
—¿Qué actitud?
—Soy una estrella. Aliméntenme.
Con impasible expresión, la vieja comentó:
—Bulldog francés. Pequeño y con orejas enormes, ¿no? Nunca he
tenido uno de esa raza. ¿Es su único perro?
Asentí con la cabeza.
—Pues yo tengo veintinueve, contando a los tres enfermos de
dentro de la casa.
—¿Recogidos?
—Pues sí. Algunos, de las perreras, los demás me los encontré
yendo en el coche. —Olfateó—. Qué hediondez, ya es hora de echar el líquido
desodorante: tiene un elemento químico que disuelve los excrementos. Bueno,
¿quién es usted y qué desea?
—Me han dicho que fue usted maestra en la escuela de este
pueblo, señora Campos.
—¿Quién se lo ha dicho?
—El sheriff Botula y su...
Ella hizo un desdeñoso gesto.
—Esos dos. ¿Qué más le contaron? ¿Que soy la loca del pueblo?
—Me dijeron simplemente que tal vez usted pudiera darme
información sobre una mujer que creció aquí. Lamentablemente, la asesinaron, y
la policía de Los Angeles me ha pedido que...
—¿La asesinaron? ¿De quién me habla?
—De Hope Devane.
Mis palabras hicieron que de su rostro desapareciese el color.
Miró en dirección a los perros y cuando se volvió de nuevo hacia mí, en su
expresión había una mezcla de inocencia hecha añicos y de pesimismo confirmado.
—¿Qué le ocurrió, y cuándo?
—Alguien la acuchilló frente a su casa hace tres meses.
—¿Dónde?
—En Los Ángeles.
—No podía ser en otro sitio. Dígame: ¿llegó a hacerse médico o
algo así?
—Era sicóloga.
—Bueno, viene a ser lo mismo.
—¿De niña ambicionaba estudiar medicina? —pregunté.
Ella apartó la mirada, y la fijó en el reseco y vacío campo del
otro lado de la calle. Se llevó ambas manos a las mejillas y se estiró la piel.
Por un momento, vi ante mí a una mujer más joven.
—Asesinada. Qué cosa tan increíble. ¿Tienen idea de quién lo
hizo?
—No. Hasta el momento, nos encontramos en un callejón sin
salida, y la policía quiere averiguar todo lo posible sobre la víctima.
—Por eso le pidieron a usted que viniera a verme.
—Exacto.
—Habla usted de la policía en tercera persona. ¿Significa eso
que no pertenece al cuerpo, o simplemente quiere decir que es usted pomposo?
—Yo también soy sicólogo, señora Campos. A veces actúo como
consultor de la policía.
—¿Tiene usted algún documento que lo demuestre?
Le mostré mi identificación.
Ella la estudió con gran atención unos momentos y luego me la
devolvió.
—Sólo quería cerciorarme de que no era usted periodista. Detesto
a los periodistas porque una vez hicieron un reportaje sobre mis perros donde
se me describía como a una chiflada. —La mujer se tocó la puntiaguda barbilla y
siguió—: La pequeña Hope. No voy a decir que recuerde a todos mis alumnos; pero
a ella no la he olvidado. Bueno, no se quede ahí. Pase.
Echó a andar hacia la casa, dejando que yo abriese la puerta por
mí mismo. El bouvier se encontraba en el fondo del patio, pero cuando alcé la
aldaba dio media vuelta y echó a correr hacia mí.
—No pasa nada, Lee —dijo Elsa Campos—. No te comas al señor.
Aún.
Siguiendo a mi anfitriona, crucé el porche y entré en una oscura
salita llena de muebles baratos y de cuencos para comida de perros. Las repisas
estaban llenas de objetos de cerámica y cristal, y olía a piel canina húmeda y
a antisépticos. Sobre la chimenea había un reloj de cuco que, más que de Suiza,
parecía proceder de Lake Arrowhead.
La estancia era pequeña y se encontraba a sólo tres pasos de la
cocina. La señora Campos me dijo que me sentara. Sobre una repisa había un
secador de pelo, varias botellas de champús caninos, un horno microondas y un
pequeño cajón de plástico. En el interior del cajón había algo menudo, blanco e
inmóvil. Encima había ampollas de cristal, jeringuillas con capuchón de
plástico y rollos de vendas.
—Hola —dijo Elsa Campos, inclinándose sobre el cajón. El
diminuto perro sacó la lengua y gimió. Ella lo acarició por unos momentos—. Se
llama Shih Tzu y tiene un año. Alguien le dio con un palo en la cabeza y le
dejó paralizados los cuartos traseros. Luego la tiró en un cubo de basura. Las
piernas se le infectaron. Cuando la recogí, no era más que un saco de huesos, y
en la perrera estaban a punto de gasearla. Nunca será normal, pero conseguiré
que se habitúe a vivir con los demás. Leopold me ayudará a conseguirlo. Él es
el alfa, el jefe de la jauría. Trata muy bien a los débiles.
—Espléndido —dije. Sin saber por qué, recordé el gran rostro de
Milo, sus negras cejas, sus brillantes ojos, la lentitud de sus movimientos.
—¿Le apetece beber algo?
—No, gracias. —Me senté en un sillón cubierto con una funda
gris. Los suaves cojines de plumas se cerraron en torno a mi cuerpo. A uno y
otro lado del reloj de cuco había desvaídas fotos de paisajes. Las cortinas
eran de felpilla marrón, y la lámpara imitaba una cornamenta de alce con
polvorientas bombillas en las puntas.
Elsa Campos sacó una cerveza de una vieja nevera Kelvinator.
—¿Piensa usted que tengo montado un zoo y teme contagiarse de
alguna enfermedad? —Destapó el bote y bebió un trago—. Pierda cuidado: éste es
un zoo limpio. No puedo evitar el mal olor, pero el hecho de que recoja
animales no significa que me guste vivir entre la mugre, ¿no cree?
—Desde luego.
—Pues cuénteselo a esos dos.
—¿A los Botula?
—A los Botula —repitió ella, en tono burlón—. El señor y la
señora Sherlock. —Se echó a reír—. En cuanto llegaron aquí, comenzaron a
pasearse con ese viejo coche que les da el condado, como si tuvieran algo que
hacer. Como en Patrulla de caminos, aunque probablemente es usted demasiado
joven y no recuerda esa serie.
—Sólo me interesan los hechos, señora —dije.
Su sonrisa duró lo que un parpadeo.
—¿Y de qué hechos pretende que le hable? ¿De que los matojos
crecieron otros cinco centímetros? ¿Piensa enviar muestras al FBI? —Dio otro
trago de cerveza—. Qué pareja. No paraban de ir de un lado a otro en el coche
patrulla. La primera vez que pasaron por aquí y vieron a mi jauría, detuvieron
el automóvil, se apearon y comenzaron a zarandear la cerca. Como es natural,
los perros se pusieron nerviosos. Por entonces tenía un golden retriever cojo
al que realmente le encantaba ladrar. Daba unas serenatas extraordinarias.
—Sonrió de nuevo—. Salí a ver cuál era el motivo de aquella algarabía y allí
estaban esos dos, contando cabezas y tomando notas. Luego ella me miró de
arriba abajo y él comenzó a recitarme las normas sanitarias referentes a la
tenencia de animales: para tener tantos como yo había que sacar una licencia de
perrera. Me eché a reír, di media vuelta y los dejé allí plantados. Desde
entonces, no he vuelto a tener contacto con esa parejita. Pronto se irán, como
pasó con los anteriores.
—¿Cuántos policías han pasado por aquí?
—He perdido la cuenta. Las autoridades del condado los envían
desde Fresno para que pasen un año en el limbo. La inactividad y la ausencia de
McDonald’s y de televisión por cable termina sacándolos de quicio y se largan
en cuanto pueden. —Rió de nuevo y luego se puso seria—. La generación de los
cincuenta canales. Cuando ellos se hagan con el poder, que Dios se apiade de
los animales y de los que no son animales.
Bajó la vista al interior del cajón de plástico.
—No te preocupes, bonita, que pronto correrás como las mejores.
—Meneó la cabeza y su trenza osciló—. ¿Comprende usted que alguien le haga daño
a un ser tan indefenso?
—No —dije—. Me resulta tan incomprensible como el asesinato.
Ella se enderezó y reposó la mano en la repisa. Dejó la cerveza
y cogió una de las ampollas. Tras leer la etiqueta, la dejó. Arrimó una silla
de mimbre, se sentó y plantó ambos talones sobre el suelo de linóleo.
—Hope, asesinada. ¿Sabe usted lo que hacían los griegos con los
portadores de malas noticias? —Se pasó un dedo por la garganta, en movimiento
de degüello.
—Espero que no sea usted griega —dije.
Ella sonrió.
—Por suerte para usted, no lo soy. Cuando en clase me tocaba
hablar de los griegos, no lo hacía del modo habitual. No decía que eran cultos
y nobles, ni que tenían una gran mitología, ni que iniciaron la tradición
olímpica. Los utilizaba para ilustrar el hecho de que se puede ser culto y
aparentemente noble y, pese a todo, cometer actos inmorales. Y es que los
griegos avasallaron a todos aquellos con los que entraron en contacto, lo mismo
que luego hicieron los romanos. En las escuelas ya no se enseña moral, sino
sólo a fornicar sin morirse. Lo cual es lógico, porque poco provecho puede
hacer uno por el mundo si está dos metros bajo tierra. Pero también deberían
enseñar otras cosas... ¿Qué espera usted que le cuente?
—Quizá en la historia de Hope haya algo que contribuya a aclarar
su muerte.
—¿Y por qué va a aclarar algo conocer su historia?
Sus ojos, agudos como los de un halcón, estaban fijos en los
míos.
—Existen indicios de que tal vez fue sometida a malos tratos
siendo ya adulta. Eso suele sucederles a las que de niña también fueron
maltratadas.
—¿Qué tipo de malos tratos sufrió?
—Físicos. Golpes, magulladuras.
—¿Estaba casada?
—Sí.
—¿Con quién?
—Con un profesor de historia bastante mayor que ella.
—¿Fue él quien la sometió a malos tratos?
—No sabemos.
—¿Sospechan que fue él quien la asesinó?
—No —dije.
—¿No, o todavía no?
—Es difícil decirlo. No hay pruebas contra él.
—Un profesor y una sicóloga —dijo Elsa Campos, cerrando los
ojos, como si tratara de imaginarlo.
—Hope también se dedicaba a la enseñanza —dije—. Alcanzó
bastante renombre como investigadora.
—¿Qué investigaba?
—La sicología femenina. Roles sexuales. Autocontrol.
La última palabra la hizo estremecerse. Me pregunté por qué.
—Comprendo... Cuénteme cómo la mataron exactamente.
Le resumí los detalles del asesinato, y le hablé del libro de
Hope y de la gira de promoción.
—Parece que era algo más que renombrada. Por lo visto, fue de
veras famosa.
—Durante el último año, sí.
Echó la cabeza ligeramente para atrás y entornó los párpados. Me
sentí como una mazorca de maíz bajo el escrutinio de un cuervo.
—¿Y qué relación tiene su infancia con todo eso? —quiso saber.
—Estamos investigando los cabos sueltos, y usted es uno de
ellos.
Ella me miró fijamente unos momentos más.
—Así que se hizo famosa. Eso es lo malo de no leer los
periódicos y de no mirar la caja tonta. Dejé de hacer ambas cosas hace años. Es
interesante.
—¿El qué?
—Lo de que Hope se hiciera famosa. Al principio de estar en mi
clase, era muy tímida. Ni siquiera le gustaba leer en voz alta. ¿Tiene usted
alguna foto de ella de adulta?
—No.
—Lástima, me hubiera encantado verla. ¿Era atractiva?
—Mucho. —Cuando le describí a Hope, los ojos de la señora Campos
se suavizaron.
—Era una niña preciosa... Me es imposible dejar de pensar en
ella como en una niña. Menudita y rubia. Tenía el cabello casi blanco, con
rizos en las puntas, y le llegaba por debajo de la cintura. Enormes ojos
castaños... Yo le enseñé a trenzarse el cabello, e incluso le regalé un libro
con diagramas de trenzas cuando se graduó.
—¿Cuando terminó el sexto grado?
Ella asintió, con aire ausente. El cuco salió del reloj y trinó
una sola vez.
—Es la hora de las medicinas —dijo, poniéndose en pie—. En el
dormitorio tengo a otros dos que están aún peor que Shih Tzu. Un collie que fue
atropellado por un camión en la Ruta 5, y un mestizo de beagle al que dejaron
semiasfixiado en un descampado.
Se dirigió a la cocina, llenó dos jeringuillas y desapareció por
la puerta trasera.
Permanecí a solas en la penumbrosa habitación hasta que mi
anfitriona regresó, con gesto adusto.
—¿Problemas? —pregunté.
—Sigo pensando en Hope. En todos estos años apenas me había
acordado de ella. Albergaba la esperanza de que estuviera bien. Pero ahora
tengo su rostro aquí. —Se señaló la frente—. Gracias por alegrarle el día a una
vieja.
—¿Albergaba usted la esperanza de que estuviera bien? ¿Tenía
algún motivo para pensar que estaba mal?
Ella se sentó y lanzó una risa.
—Se nota que es usted sicólogo —dijo.
Su vista vagó hasta el reloj y quedó clavada en él durante unos
momentos.
Yo comenté:
—No recuerda usted a todos sus alumnos, pero de Hope no se ha
olvidado. ¿Qué tenía ella de particular?
—Su inteligencia. Fui maestra durante cuarenta y ocho años, y
ella fue una de las alumnas más aventajadas que tuve. Quizá fue la más
inteligente. Comprendía las cosas al instante. Y, además, era muy trabajadora.
Los niños inteligentes no suelen serlo, como usted sin duda sabe. Se duermen en
los laureles, piensan que les van a servir el mundo en bandeja. Pero Hope era
muy aplicada. Y no porque en su casa le hicieran las cosas fáciles.
La piel que rodeaba los negros ojos se estremeció.
—¿No? —pregunté.
—No —replicó ella tajantemente—. No fue una
buena alumna gracias a su vida familiar, sino a pesar de su vida
familiar.
26
La señora Campos se puso en pie de nuevo.
—¿Seguro que no quiere beber nada?
—Si acaso, algo sin alcohol, gracias.
Abrió la puerta de la nevera y sacó del interior otra cerveza y
una lata de naranjada.
—¿Le vale esto?
—Desde luego.
Abrió ambas latas, se sentó e, inmediatamente, comenzó a golpear
el suelo con los pies. Luego enderezó el cojín del asiento, se echó la trenza
hacia adelante, la desanudó y comenzó a rehacerla.
—Hay algo que debe usted tener en cuenta —dijo—. En aquella
época, las cosas eran muy distintas. —Bajó la vista a sus pies y apartó un
cuenco de comida color rosa—. Hope vino con su madre cuando era muy niña. Al
padre nunca lo conocí. La madre me explicó que era marino y murió en el mar...
Ese profesor que se casó con ella... ¿por qué creen que la maltrataba?
—No tenemos la certeza de que lo hiciera. Únicamente lo
sospechamos.
—¿Y por qué lo sospechan?
—Porque los que infligen malos tratos suelen ser los maridos.
—¿Tiene ese hombre mal genio?
—No lo sé —mentí—. ¿Por qué?
—He tenido dos maridos y, aunque a ninguno de ellos lo
calificaría de brutal, ambos tenían caracteres muy fuertes, y hubo momentos en
que me dieron miedo. ¿Cuántos años le sacaba ese hombre a Hope?
—Quince. ¿Por qué lo pregunta?
Elsa Campos se llevó la lata de cerveza a los labios y dio un
largo trago.
—Siempre fue muy madura para su edad.
—¿De dónde eran Hope y su madre? —quise saber.
Ella meneó la cabeza y dio un trago aún más largo. Probé la naranjada,
que sabía a caramelo mezclado con disolvente de pintura. Traté de reunir saliva
para librarme del sabor, pero tenía la boca seca.
—La madre se llamaba Charlotte. Todos la llamaban Lottie. Ella y
la niña aparecieron un buen día con el grupo de trabajadores eventuales. Lottie
era agraciada, pero, por su aspecto, parecía okie . Aunque quizá sólo
Nombre que se aplica a los trabajadores agrícolas itinerantes,
en particular a los procedentes de Oklahoma. La familia Joad, protagonista de
Las uvas de fuera de ascendencia okie. ¿Sabe usted algo sobre los
okies?
Asentí con la cabeza.
—¿De dónde procede su familia? —preguntó la señora Campos.
—De Missouri.
Ella reflexionó sobre mi respuesta.
—Bueno, a mí me pareció que Lottie era okie pura. Bonita, como
ya le he dicho, pero flaca, casi esquelética. Hablaba con mucho acento y no
parecía tener una gran educación. Ya sé que ahora lo de okie es un término que
se considera despectivo, pero yo soy demasiado vieja para preocuparme por los
cambios del viento. Por entonces nadie se escandalizaba por usar la palabra
okie, así que los sigo llamando okies. Mi propia familia es californiana, pero
a mí me han llamado de todo, desde comedora de tacos hasta pelo grasiento, y no
me he muerto. ¿Sabe usted quiénes eran los californios?
—Los primeros colonos mexicanos.
—Los primeros colonos después de los indios. Antes de que los de
Nueva Inglaterra acudieran al oeste en busca de oro. En mí se mezclan las
ascendencias hispana y anglosajona, pero como no parezco exactamente el
prototipo de la mujer norteamericana, toda la vida me han llamado espalda
mojada y chicana.
la ira, era okie. En la actualidad, el término se considera
«políticamente incorrecto». (N. de la t.)
Aprendí a hacer oídos sordos y a ocuparme de mis
asuntos. Lottie Devane, la madre de Hope, era okie.
Otros dos tragos y acabó con la cerveza.
»Era una chica atractiva: esbelta, con buen busto y buenas
piernas. Pero tenía aspecto de haber corrido mucho y no por muy buenos caminos.
Se contoneaba al andar, como si bailase. Además, era rubia natural, aunque al
mes de estar aquí se tiñó el pelo de platino, como el de Hope. La madre tenía
el cabello del tono de la miel. Usaba sombra de ojos azul, pestañas postizas,
lápiz labial escarlata y vestidos muy ceñidos. Por entonces, todas las mujeres,
pudieran o no, querían parecerse a Marilyn Monroe.
Apartó la mirada y siguió:
—La historia de Lottie es que llegó con los trabajadores
eventuales, pero ella nunca salió a recoger limones. Pese a ello, se las apañó
para pagar el alquiler de una cabaña de dos habitaciones en Citrus Street. Eso
está a tres manzanas de distancia. Al lugar lo llamábamos la calle de las
mondas, porque los trabajadores se llevaban a casa la fruta que estaba
excesivamente madura y la utilizaban para hacer limonada, así que las aceras
estaban llenas de mondas de limón. La calle la formaban dos hileras de cabañas,
prácticamente chozas. Baños comunales. Ahí vivían Lottie y Hope. Sin embargo,
no tardaron mucho en conseguir una cabaña doble. Cuando Lottie no estaba de
viaje, solía quedarse en casa.
—¿Viajaba con frecuencia?
La señora Campos se encogió de hombros.
—Solía pasar días enteros fuera.
—¿Adónde iba?
—Como no tenía coche, hacía autostop. Probablemente, iba a
Bakersfield, y quizá incluso llegara a Fresno, porque volvía con cosas bonitas.
Más adelante, se compró un automóvil.
—¿Volvía con cosas bonitas?
La piel que rodeaba los negros ojos se tensó.
—Mi segundo marido trabajaba en el departamento de personal de
una de las compañías fruteras, y lo sabía todo acerca de todos. Me dijo que
cuando Lottie hacía autostop se ponía en el borde de la carretera y se subía la
falda hasta arriba... Ella y Hope vivieron aquí hasta que Hope cumplió catorce
años. Entonces, se mudaron a Bakersfield. Hope me explicó que se mudaban para
que ella pudiera asistir a una secundaria próxima a casa.
—Esa mujer estuvo muchos años pagando el alquiler sin necesidad
de ir al campo a recoger limones —dije.
—Ya le digo: Lottie tenía buenos andares.
—¿Hablamos de un amante fijo, o de clientes?
Ella me miró fijo:
—¿Por qué hoy en día todo tiene que decirse tan a las claras?
—Necesito información, no insinuaciones, señora Campos.
—Bueno, no entiendo de qué puede servirle este tipo de
información; pero sí: Lottie aceptaba dinero de hombres. No me pregunte cuánto,
porque no lo sé. Y tampoco sé si la cosa era por las claras, o bien ella les
sugería que le dejasen un regalito bajo la almohada. Yo no entraba ni salía en
eso, porque prefería ocuparme de mis propios asuntos. A veces Lottie se pasaba
varios días fuera y al regresar traía un montón de trajes nuevos. ¿Eran simples
viajes de compras, o algo más? Lo ignoro. Lo que sé es que también traía ropas
para Hope. Prendas caras. Le gustaba vestir bien a la niña. Otras chiquillas
andaban en vaqueros y camisetas; pero la pequeña Hope siempre llevaba vestidos
almidonados. Además, Hope era muy cuidadosa. Nunca se ensuciaba ni participaba
en juegos violentos. Acostumbraba a quedarse en la cabaña, leyendo y haciendo
prácticas de caligrafía. Aprendió a leer a los cinco años, y siempre le
encantaron los libros.
—¿Cree usted que Hope estaba al corriente de lo que hacía su
madre?
Ella se encogió de hombros y se cambió de mano la lata de
cerveza.
—¿Alguna vez Hope le habló de eso, señora Campos?
—Yo no era su sicóloga, sino sólo su maestra.
—Es más frecuente que los niños hablen con maestros que con
sicólogos.
Dejó la lata de cerveza y cruzó los brazos sobre el pecho.
—No, nunca me habló de ello, pero todos lo sabían y Hope no
tenía nada de estúpida. Siempre pensé que era la vergüenza lo que le impedía
hablar del tema.
—¿Volvió a verla después de que ella se mudase a Bakersfield?
Los brazos se crisparon sobre el pecho.
—Al año de marcharse, vino a verme. Había ganado un premio y
quería enseñármelo.
—¿Qué premio?
—Uno a los méritos escolares. Patrocinado por una compañía de
piensos. La entrega fue durante una gran ceremonia en la feria del condado de
Kern. Hope me mandó una invitación, pero yo estaba con la gripe y no pude
asistir. Ella vino a verme un par de días más tarde y me enseñó las fotos. Los
ganadores fueron ella y un estudiante varón. Los dos alumnos más aventajados.
Hope no hizo más que repetirme que quien se merecía el premio era yo, por
haberla enseñado tan bien. Se empeñó en regalarme el trofeo.
—Parecen sentimientos muy maduros para una adolescente.
—Ya le he dicho que siempre fue muy madura. La escuela tenía
sólo un aula, y estando la mayor parte de los chicos y chicas mayores
trabajando en los campos, me resultaba fácil dedicarle a Hope casi toda mi
atención. Aunque en realidad lo único que hice fue darle libros y más libros.
Ella era una lectora insaciable.
De pronto, la señora Campos se puso en pie y salió sin dar
explicaciones. Me acerqué al cajón de la maltrecha Shih Tzu y la acaricié con
la punta de un dedo. La perrita me miró con ojos suplicantes. Su respiración
era rápida.
—Hola, bonita —dije—. Ponte buena.
Las menudas orejas se pusieron de punta. Le acaricié suavemente
el sedoso pelo blanco.
—Mire —dijo Elsa Campos a mi espalda.
La vieja sostenía entre las manos un pequeño trofeo dorado. Una
copa de bronce sobre una pequeña base de nogal. El metal estaba oxidado y
sucio. Tomé el trofeo y leí lo escrito en la base:
EL PREMIO BROOKE-HASTINGS
A LA EXCELENCIA ACADÉMICA
CONCEDIDO A
HOPE ALICE DEVANE
ESTUDIANTE DE ÚLTIMO CURSO
—¿Brooke-Hastings? —pregunté.
—La compañía de piensos.
Le devolví el trofeo y ella lo dejó en una mesita. Volvimos a
tomar asiento.
—Insistió en que me lo quedase. Tras la muerte de mi segundo
marido, guardé en los armarios muchas cosas, entre ellas esto. No había vuelto
a recordarlo hasta ahora.
—¿Le contó Hope alguna otra cosa?
—Hablamos de qué universidad le convenía más, y de qué carrera
debía cursar. Le dije que la Universidad de Berkeley no tenía nada que envidiar
a las de la Ivy League3 y era bastante más barata. Nunca supe si me hizo caso o
no.
—Sí se lo hizo: se graduó en Berkeley —dije, y mis palabras
llevaron una sonrisa a sus labios.
—Yo por entonces ya había comenzado a recoger perros, y también
hablamos de eso. De las excelencias de la piedad. A ella le interesaban las
ciencias de la vida, y pensé que podría ser una buena doctora o veterinaria.
Sicóloga... Sí, eso también iba con su carácter. —La señora Campos comenzó a
juguetear con su trenza—. ¿Otra naranjada? —me ofreció.
—No, gracias —dije.
—Yo tampoco tomaré más cerveza, no vaya usted a pensar que soy
una borrachina... Como le decía, Hope era una muchacha muy cortés y educada, y
tenía un magnífico léxico. Esta ciudad era bastante salvaje, pero Hope nunca
llegó a formar parte de ella. Era como si sólo estuviera aquí de visita. En
cierto modo, con Lottie ocurría lo mismo... Pese a su...conducta, destacaba
entre la sordidez general. Hope también me contó lo que
3La Ivy League es una asociación atlética formada por las
universidades más antiguas y prestigiosas de Estados Unidos: Brown, Columbia,
Cornell, Dartmouth, Harvard, Pennsylvania, Princeton y Yale. (N. de la t.)
hacía Lottie en Bakersfield. Era bailarina. Supongo que ya sabe
a qué me refiero. Trabajaba en un antro llamado Blue Barn. Un sitio para
vaqueros. Antes, en las afueras de la ciudad, pasados los corrales de ganado y
las fábricas de fertilizantes, había un montón de tugurios. Country y sexo para
los chicos blancos, y mariachis y sexo para los mexicanos. Chicas que bailaban
y se sentaban en las piernas de los clientes... Mi segundo marido fue por allí
unas cuantas veces hasta que yo me enteré y le ajusté las cuentas.
—El Blue Barn —dije.
—No se moleste en buscarlo, porque cerró hace años. Era
propiedad de un gánster inmigrante que trataba en ganado de dudosa procedencia.
Abrió el club durante los años sesenta, cuando los hippies pusieron de moda
quitarse la ropa, y amasó una gran fortuna. Luego lo vendió todo y se fue a San
Francisco.
—¿Por qué?
—Probablemente, porque en San Francisco tenían aún más manga
ancha que aquí.
—¿De qué época estamos hablando?
Tras reflexionar unos momentos, Elsa Campos replicó:
—De los setenta. Tengo entendido que el tipo también hizo cine
porno.
—Estamos hablando del jefe de Lottie.
—Si a lo que ella hacía se le podía llamar trabajo, a lo que él
hacía también se le podía llamar ser jefe.
—Esa vida debió de resultarle muy dura a Hope.
—La pobre lloró al contármelo. Y no sólo por las cosas que
Lottie hacía para vivir, sino porque Hope estaba convencida de que su madre
sólo las hacía por ella. Como si, caso de no haber tenido una hija, Lottie
hubiera trabajado de secretaria o algo así. La verdad es que ciertas mujeres no
se molestan en aprender una profesión si ven el modo de salir adelante por
otros medios. La noche del día que llegó a Higginsville, Lottie ya salió a dar
un paseo llevando un traje rojo muy ceñido que era como un reclamo.
—¿Se fue a San Francisco con el dueño del club?
—Pues no lo sé; pero... ¿para qué iba a querer él llevársela,
habiendo tantas hippies jovencitas por todas partes? En aquellas fechas, Lottie
ya era demasiado mayor para la clase de negocios a que se dedicaba aquel tipo.
—¿Cómo se llamaba el jefe de Lottie?
—Kruvinski. Polaco, yugoslavo, checoslovaco o algo así. Al
parecer, durante la segunda guerra mundial, fue general en no sé qué ejército,
se trajo dinero de Europa, se instaló en California y comenzó a comprar
terrenos. ¿Por qué le interesa saber su nombre?
—Hope trabajaba con un doctor llamado Mike Cruvic.
—Pues parece que ha tropezado usted con una buena pista —dijo
ella, sonriendo—. El nombre de pila de Kruvinski también era Mike. Pero todo el
mundo lo llamaba Micky. Big Micky Kruvinski. Aunque, en realidad, más que
grande, era recio. De cuerpo, de cuello, de todo. En una visita que hice a
Bakersfield con mi segundo marido, nos lo encontramos desayunando en una
cafetería. Gran sonrisa, cordial apretón de manos... Me pareció un hombre
simpático. Pero Joe, mi marido, me dijo que no me fiara, que yo no tenía ni la
menor idea de las barbaridades de que era capaz aquel tipo. ¿Qué edad tiene el
doctor Cruvic?
—Más o menos, la de Hope.
—Entonces, tiene que ser el hijo. Big Micky sólo tuvo un hijo:
Little Micky. Él y Hope asistían a la misma clase en la secundaria de
Bakersfield. Precisamente, él fue el alumno varón que ganó el premio
Brooke-Hastings con Hope. Todos sospecharon un apaño, pero si el chico llegó a
ser médico, quizá fuera de veras inteligente.
—¿Por qué se sospechó que hubo apaño?
—Porque Big Micky era el propietario de la Compañía
Brooke-Hastings. Y del principal matadero de la ciudad, y de plantas
enlatadoras, y de máquinas expendedoras, y de una gasolinera, y de grandes
terrenos de labranza. Todo eso, además de los clubes. El hombre, simplemente,
no paraba de adquirir propiedades.
—¿Vive aún?
—No sé. Yo no me acerco por la ciudad. Me quedo aquí, ocupándome
de mis cosas.
Cogió el trofeo y lo golpeó con una uña. El chapado era de poca
calidad, y de él se desprendieron unos fragmentos dorados que cayeron
lentamente al suelo.
—Joe, mi marido, se fumaba cuatro paquetes diarios, así que
acabó sufriendo un enfisema. El día que Hope vino a verme, él estaba en el
dormitorio de atrás, bajo una tienda de oxígeno. Cuando ella se fue, yo fui a
enseñarle a mi marido el trofeo y el artículo, y él se echó a reír. Lanzó tales
carcajadas que estuvo a punto de desmayarse. Le pregunté dónde estaba la gracia
y él me dijo: «¿A que no sabes quién es el ganador masculino? ¡El hijo de Big
Micky!» Luego se rió un poco más y dijo: «Supongo que esa golfa trabajó horas
extra para echarle una mano a su hija.» Eso a mí me sentó fatal. Yo estaba tan
contenta de mi éxito como maestra, y va mi marido y me pincha el globo en las
narices. Pero no le dije nada, porque, ¿cómo iba a discutir con un hombre en
aquel estado? Además, sospechaba que debía de haber algo de verdad en sus
palabras, porque yo sabía cómo era Lottie y lo que hacía. Sin embargo, Hope era
brillante, y estoy segura de que se mereció el premio. ¿Qué especialidad médica
escogió Little Micky?
—Ginecología.
—Así que se dedica a tocar mujeres. De tal palo... ¿Y dice usted
que Hope trabajó con él? ¿Por qué?
—Él es especialista en fertilidad —dije—. Nos dijo que Hope
servía de consejera a los pacientes.
—Fertilidad. Qué risa.
—¿Por qué?
—El hijo de Big Micky trabajando por la vida. ¿Es un hombre
decente?
—No lo sé.
—Sería estupendo que lo fuera. Que tanto él como Hope hubieran
logrado elevarse por encima de sus orígenes. Está bien que el chico ayude a la
creación de vida en vez de terminar con ella como hacía su padre.
—¿Big Micky mató a alguien?
—Pues podría ser, pero a lo que me refiero es a cómo liquidó
espiritualmente a aquellas pobres muchachas. Las usó y punto. —Se apretó las
manos—. Y su comportamiento con los animales. Eso siempre es significativo. Su
matadero era un gran edificio gris con furgonetas sobre raíles que entraban y
salían. En un extremo concentraban a los animales, los metían en las furgonetas
mugiendo y gimiendo, y por el otro extremo salían despedazados y colgados de
ganchos. Yo lo vi personalmente porque Joe tuvo la amabilidad de llevarme por
allí una vez, al salir de un restaurante de la ciudad. Cosas así le parecían
divertidas. Acabábamos de cenar estupendamente, y no se le ocurrió llevarme a
mejor sitio. —Se humedeció los labios, como si tratara de librarse de un mal
sabor.
»Aunque ya era tarde, el matadero estaba funcionando a pleno
rendimiento. Se oía y se olía a un kilómetro de distancia. Yo me puse furiosa,
y le ordené a Joe que diera media vuelta. Él lo hizo, pero no sin antes
hablarme de Big Micky. Me contó que a ese tipo le gustaba ir por el matadero a
eso de media noche. Al parecer, se ponía un delantal de goma y unas botas y
luego empuñaba un bate de béisbol con clavos en la punta. Los trabajadores
paraban la línea, llevaban ante su jefe unas cuantas reses y cerdos, y lo
dejaban desfogarse con ellos durante el tiempo que le apetecía. —Elsa Campos se
estremeció.
»Según Joe, ésas eran las cosas que a Big Micky le divertían.
27
La señora Campos se acercó a echarle un nuevo vistazo a Shih
Tzu.
—Hope y Little Micky, al cabo de tantos años... El alumno y la
alumna más aventajados.
—Hope trabajaba como consultora para un abogado llamado Robert
Barone.
—Ese nombre no me suena.
—¿Y estos otros? ¿Casey Locking?
Ella negó con la cabeza.
—¿Amanda o Mandy Wright?
—No. ¿Quiénes son?
—Personas a las que Hope conocía.
—Siendo famosa, debió de conocer a mucha gente.
—Eso es parte del problema. Su libro fue muy polémico. Es muy
posible que a causa de él Hope fuera
asesinada por un desconocido.
—¿En qué sentido fue muy polémico?
Se lo expliqué.
—¿Y dice que se vendió muy bien?
—Sí.
—Me siento como una estúpida por no haberme enterado. —Se
inclinó y miró el interior del cajón de plástico. Yo pregunté:
—¿De qué más le habló Hope el día que vino a visitarla?
La respuesta de Elsa Campos a varias de las preguntas directas
que le hice había sido cambiar de tema. Esperé que volviera a hacerlo; pero en
vez de ello regresó junto a mí, se sentó, y me miró fijamente.
—Me dijo que Lottie la ataba.
Los labios le temblaban.
Yo permanecí impasible, y puse cara de siquiatra mientras el
corazón se me aceleraba.
—¿Cuándo? —quise saber—. ¿Por qué?
—Cuando era pequeña y su madre tenía que dejarla sola durante
largo rato. Y también cuando Lottie llevaba hombres a casa.
—¿Cómo la ataba?
—En su dormitorio. La amarraba a la cabecera de la cama. Como ya
le he dicho, la cabaña sólo tenía dos habitaciones. Una era el dormitorio de
Hope, la otra, el de Lottie. Lottie usaba una correa de perro y un candado de
bicicleta. La amarraba bien a la cabecera, y
luego la dejaba sola.
—¿Durante cuánto tiempo sucedió eso?
—Durante años. Entonces, yo no me enteré de nada, porque Hope
jamás se quejó. Fue una suerte que nunca hubiera un incendio en la cabaña.
Cuando ella me lo contó, me puse furiosa, pero ella no dejaba de decirme que no
tuvo importancia, que nunca sufrió malos tratos. Lottie siempre le dejaba
comida y bebida, juguetes, libros, una radio, un orinal. Más tarde, incluso un
televisor. Hablando de ello, Hope no parecía sentir rencor alguno. Insistió en
que no le daba importancia a la cosa, porque estaba segura de que Lottie lo
hizo todo por su bien.
—Entonces, ¿por qué lo mencionó?
—Me dijo que estaba preocupada por Lottie. Por las cosas que su
madre se veía obligada a hacer para ganarse la vida. Por las cosas que Lottie
permitía a los hombres que le hicieran.
—¿Lottie seguía llevando hombres a casa?
—A tipos que conocía en el Blue Barn y en sitios así. Hope los
llamaba los fijos. Por entonces, ella y Lottie ya se habían mudado a una
espaciosa casa de Bakersfield. El arreglo a que habían llegado consistía en
que, cuando Lottie estaba trabajando, colgaba del pomo exterior de la puerta de
su dormitorio uno de esos letreros de NO MOLESTAR, que usan en los hoteles.
Hope debía entrar por la puerta de la cocina y echarle un vistazo al tirador.
Si el cartel estaba puesto, se iba derecha a su cuarto y se
quedaba allí hasta que Lottie le decía que la costa estaba despejada.
—O sea que incluso entonces seguía confinada.
Elsa Campos asintió con la cabeza.
—A veces, incluso encerrada en su dormitorio, escuchaba lo que
sucedía en el de su madre. —Se frotó los ojos y añadió—: Y no me refiero sólo
al sexo, sino también a los gritos. A veces, Lottie salía señalada.
—¿Hematomas?
—Y rozaduras de cuerda en las muñecas y los tobillos. Lottie
trataba de ocultarlas con maquillaje, pero Hope se daba cuenta.
—O sea que a Lottie también la ataban.
—¿Se lo imagina? A eso me refería cuando le dije que fue buena
alumna a pesar de su vida familiar.
—¿Habló de ello Hope con su madre?
—Me dijo que no, como si la pregunta fuera ridícula. «Claro que
no, señora Campos. ¡Ella es mi madre!»
—Pero Hope no tuvo reparo en hablar abiertamente del tema.
—Sí... hasta que de pronto se interrumpió. Probablemente, lo que
en realidad quería era desahogarse, pero no fue capaz de hacerlo del todo.
Nunca la volví a ver. —Elsa Campos miró de nuevo hacia el reloj de cuco.
—¿Cuál fue su actitud cuando le contó todas esas cosas? —quise
saber.
—Sólo perdió la calma cuando lloró por Lottie. Le preocupaba que
a su madre le hiciera daño algún... cliente. Justificaba las acciones de Lottie
diciendo que no tenía instrucción ni sabía hacer ningún trabajo, y que sólo
trataba de ganar para las dos del mejor modo que conocía. ¿Qué podía decir yo a
eso? ¿Enfréntate a ello, muchacha, tu madre es una golfa? Me daba cuenta de que
todo aquello debía de resultar muy doloroso para ella. Pero... lo de ser una
prisionera en su propio domicilio... ¿Imagina usted lo que sería llevar a
amigos a una casa como aquélla? Intenté que me hablara de sus sentimientos,
pero ella contestó con evasivas.
—Pobrecilla.
—Desde luego; pero mirándola no se le notaba absolutamente nada
raro. Bonita, compuesta, cabello perfecto, el maquillaje justo. Y saltaba a la
vista que Lottie seguía comprándole buenas ropas. Blusa de seda, vestido de
lana, medias de nailon, zapatos de charol. Representaba veinte años. Toda una
damita. Y me repitió con especial insistencia que en Bakersfield sacaba un
promedio de sobresaliente. Todos los semestres, su nombre aparecía en el cuadro
de honor.
—Probablemente, las aulas eran el único lugar donde la pobre se
sentía libre —dije, dándome cuenta por primera vez del largo camino que Hope
había recorrido.
Triunfó sobre el temor, la vergüenza y el aislamiento sólo para
terminar muriendo en una oscura y solitaria calle. Se me hizo un nudo en la
garganta.
—Pero, pese a su magnífico aspecto, Hope seguía siendo una menor
en un ambiente hostil. Y yo era la única persona en la que ella confiaba. Pensé
en hacer algo, en denunciar los hechos, pero al fin me dije a mí misma que la
chica parecía haberse adaptado a la situación y resultaba absurdo trastornarla.
Además, por entonces las cosas eran distintas. ¿Qué habría pasado si yo hubiera
denunciado a Lottie y Hope lo hubiese negado todo? ¿O si nadie me hubiera hecho
caso? Recuerde que Lottie trabajaba para Big Micky, y él tenía excelentes
relaciones con las autoridades. Si Lottie le pedía que la sacase del apuro, mi
denuncia se quedaría en nada.
—¿Piensa usted que Big Micky era el chulo de Lottie? ¿O su
amante?
Los ojos le refulgieron, como si al fin le hubiera dado la
excusa que necesitaba para ponerse furiosa.
—Ya le he dicho que no conozco esos detalles.
—¿Dijo Hope algo acerca de Big Micky?
—No. Sólo habló de Lottie. Luego, ya le digo: se interrumpió y
cambió de tema. Me dio la sensación de que, para ella, la visita había sido una
especie de petición indirecta de ayuda a la única persona adulta en quien
confiaba. Y yo no estuve a la altura de las circunstancias... Pensando en
aquella pobre muchacha atada y en lo que yo podía haber hecho por remediar su
situación perdí muchas horas de sueño, doctor Delaware. Luego, ocupándome de
los pobres animales que tenía recogidos, me olvidé del asunto y no volví a
pensar en él hasta que usted apareció. —Otra mirada al reloj de cuco.
»Y esto es todo lo que sé —dijo. Se puso en pie y fue
rápidamente hasta la puerta. La abrió y salió al porche. Una oleada de ruidos
caninos la saludó. Para cuando llegué junto a ella, la señora Campos se
encontraba ya en el patio, rodeada por los perros. Leopold, el bouvier, me
observaba con aspecto inquietante.
Recordé a la rottweiler de Hope, probablemente envenenada,
incapaz de proteger a su ama.
Hope se transformó, pasando de prisionera a defensora de los
derechos femeninos.
Pero a ella nadie la defendió nunca.
Elsa Campos siguió hasta la puerta principal.
—Si averigua quién la asesinó, ¿encontrará usted tiempo para
decírmelo?
—Descuide.
—¿Habla en serio? No quiero esperar en vano.
—Se lo prometo.
—Lo que voy a hacer es salir por una vez de este poblacho. Iré a
la Biblioteca de Bakersfield a ver si encuentro el libro de Hope. La verdad es
que de estos contornos no ha salido mucha gente famosa.
La última palabra se le atragantó. De pronto, sus arrugadas
mejillas estaban cubiertas de lágrimas. Se las secó con la manga.
—Adiós —dijo—. No sé si darle las gracias o echarlo a patadas.
—Adiós. Gracias por dedicarme su tiempo.
Ya iba a irme y ella dijo.
—Cuando todo esto salga a relucir, me convertiré en la
insensible maestra que no denunció la situación.
—No tiene por qué salir a relucir.
—¿Ah, no? Pero usted está aquí porque cree que todo eso está
relacionado con el asesinato.
—Pero puede que al final resulte que no.
La señora Campos lanzó una breve y seca risa.
—¿Sabe usted cómo había asimilado ella el hecho de que su madre
la atase? Decía que eso la hizo más fuerte. La enseñó a concentrarse. Yo le
dije: «Por favor, chiquilla, una cosa es que no te quejes, y otra muy distinta
decir que ha sido por tu bien.» Ella se limitó a sonreír y me puso una mano en
el hombro. Como si la maestra fuera ella. Como si me compadeciese por no
comprender. Aún recuerdo sus palabras: «La verdad, señora Campos, es que no hay
para tanto. Fue una experiencia provechosa. De ella he sacado mi actual
autocontrol.»
28
Tardé veinticinco minutos en recorrer los cincuenta
kilómetros que me separaban de Bakersfield, y cuando llegué a mi
destino, comprendí que había perdido el tiempo.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuve por
allí? Al menos una década. La población conservaba parte de su sabor rural:
tiendas de ropa del oeste, bares vaqueros demasiado nuevos para ser los locales
de alterne descritos por Elsa Campos. Pero se había convertido en una ciudad
más. Estaba homogeneizada por las tiendas WalMart y los restaurantes de comida
rápida. El frío y limpio confort de las franquicias.
Hablé con varias personas y ninguna sabía nada de la compañía
Brooke-Hastings, pero cuando le mencioné los mataderos a un viejo que atendía
el mostrador de un Burger king, el tipo me miró con extrañeza y me dio unas
señas.
Correspondían a la parte norte de la ciudad, una zona que
lentamente estaba volviendo a la agricultura.
Se veían aún algunos tramos de raíles, fragmentados, como
juguetes rotos.
Lo mismo le ocurría al edificio, inmenso, gris y tan feo que se
hacía difícil creer que alguien lo hubiese diseñado. Huecos cuadrados donde
antes estuvieron las escasas ventanas. El techo había desaparecido.
Las blancas letras del reclamo de la Compañía Brooke-Hastings
estaban prácticamente borradas. Otros carteles: SALCHICHAS DE PURA CARNE DE
CERDO. GANADO
Y PIENSOS. CARNE DE PRIMERA.
Una alta alambrada de espinos rodeaba aquel cadáver de hormigón.
En todas direcciones se extendían hectáreas y hectáreas de
terrenos plantados de tomate y maíz.
Por entre las rectas filas de las plantaciones pululaban peones
afanados en la recolección.
Uno de ellos me miró y me dirigió una sonrisa.
Una mujer mexicana permanecía de rodillas, inmóvil. Pese al
calor, llevaba ropas de abrigo. Sus manos estaban cubiertas de polvo, hasta el
extremo de parecer modeladas en arcilla.
Había miedo en sus ojos cuando miró mi rostro, mis ropas, el
reluciente radiador del Seville.
Decidí emprender el regreso a Los Angeles.
«Autocontrol.»
Años más tarde, Hope lo redujo a una tesis académica.
La hija de una prostituta. Eso no habría sonado bien en el club
de la facultad. Si Seacrest estaba enterado, era lógico que hubiera tratado de
dar la menor importancia posible a la historia familiar de su esposa.
«El pequeño Micky y la pequeña Hope.»
El alumno y la alumna más aventajados.
La ceremonia de la feria del condado. Sonrisas, flashes,
banderines 4H , bandas de música. Casi me eraposible percibir el olor a
mazorcas de maíz y a estiércol de caballo.
Una niña cautiva. Una adolescente, estudiante ejemplar, que
todas las noches escuchaba desde su dormitorio los gritos de su madre. Que veía
las constantes magulladuras.
¿Percibiría Cruvic el olor a matadero que se desprendía de su
padre?
Él y ella, unidos por las buenas notas y las altas aspiraciones.
Él y ella, ansiosos de respetabilidad.
Él y ella, condiscípulos en la secundaria. Tal vez incluso
novios.
Colaboradores. En trabajos de fertilidad, abortos,
esterilizaciones.
«Control.»
Big Micky se trasladó a San Francisco. Clubes más depravados,
producción de pornografía... Robert Barone, el abogado, solía defender a
pornógrafos. Se
4Programa creado en 1926 por el Departamento de Agricultura de
Estados Unidos a fin de ayudar al pleno desarrollo como ciudadanos de los
jóvenes campesinos, instruyéndolos en agricultura, ganadería, carpintería,
servicios comunales, etcétera. Las cuatro haches del nombre hacen referencia al
cuádruple propósito del programa: mejorar la cabeza, el corazón, las manos y la
salud. (Head, Heart, Hands, Health.) (N. de la t.)
ocupaba de ello desde su bufete de San Francisco.
Hope también trabajaba para él como consultora. Fertilidad,
abortos. ¿Qué más?
¿Proyectos 4H para adultos? ¿Un nuevo giro a la cría de animales
domésticos?
Yo hice mi proyecto para el club 4H el verano del año que cumplí
los trece. Escogí la cría de conejillos de angora, porque son animales de
esquila y no se sacrifican. Mi maestra había sido la esposa de un granjero. Era
una mujer bonita, morena, seria, de manos ásperas. La señora Dehmers... Susan
Dehmers. Cuando empezamos, me aconsejó: «De todas maneras, no te encariñes con
ellos, Alexander, porque no seguirán contigo para siempre.»
Pensé en Big Micky y en su mazo. Comercialización y venta de
mujeres como si fueran carne.
Su hijo abandonó la residencia quirúrgica al cabo de sólo un
año, y consiguió permiso para pasar doce meses en el Instituto Brooke-Hastings.
Un pequeño chiste privado.
¿Le habría parecido gracioso a Hope?
Regresé poco después de las cinco. La casa estaba vacía y Robin
me había dejado una nota mecanografiada sobre la mesa del comedor.
Cariño:
Espero que te haya ido bien en tu viaje. En Saugus tienen una
excelente oferta de vieja madera de arce tirolesa, y además tengo que entregar
unos instrumentos en el estudio Hot-Sound de Hollywood. Spike y yo esperamos
regresar antes de las 10, pero puede que sea un poco más tarde.
Te dejo los números en los que voy a estar. Si no has cenado,
mira en la nevera. Te ha llamado Milo. Un beso.
En la nevera había un emparedado de pollo cortado en seis
segmentos. Masticando uno de ellos, llamé a Milo a la comisaría. Mi amigo
estaba hablando por otra línea y, mientras esperaba, me serví una cerveza.
Cuando Milo se puso, le anuncié:
—He averiguado por qué Hope le daba tanta importancia al
control.
Tras escuchar mis explicaciones, Milo murmuró:
—Nada como el amor materno... Escuchando a través de las
paredes... ¿Tú crees que su madre llegaría al extremo de implicarla con sus
clientes?
—Sabe Dios.
—Atarla por su bien. Jesús.
—Ella se convenció de que su madre lo hacía con la mejor
voluntad, Milo. De adulta, la historia se repitió.
—Atada y magullada... ¿Quién pudo hacerle las magulladuras?
¿Seacrest, Cruvic, algún novio...? Qué demonios, ¿por qué no Locking?
—¿Por qué no? —repliqué—. ¿Lograste hablar con Cruvic?
—No, ese hombre no hace más que darme esquinazo tras esquinazo.
Supuestamente, está muy ocupado. En Mulholland responde un contestador. La casa
es suya, pero de alquiler, no de propiedad. Y cuando llamé a su consulta,
nuestra amiga la enfermera Anna estuvo fría como el hielo y me dijo que hablara
con el abogado de Cruvic. ¿Adivinas quién es?
—Robert Barone.
—Bingo, el caballero acaba de ganarse un lavavajillas. ¿Cómo lo
sabías?
—Big Micky fue productor de espectáculos porno en San Francisco.
—De eso a padre de un respetable médico. ¿Cómo se escribe su
apellido?
Se lo dije.
—Veremos qué nos cuenta de él la policía de San Francisco.
Conseguí información sobre el hospital de Carson donde Cruvic hizo la
residencia. Pertenecía a una cadena privada de hospitales que tuvo problemas
financieros y fue vendida a una cadena mayor. Según me explicó el interventor,
Fidelity era uno de los centros menos rentables, y al final decidieron
cerrarlo. No logré que el tipo me dijera mucho, pero saqué la impresión de que
Fidelity no era exactamente la clínica Mayo. Así que tenías razón al decir que,
académicamente, el cambio supuso un descenso de categoría para Little Micky. Y
el muy cabrón no deja de esconderse.
—El incidente con Ballitser lo ha puesto ante las candilejas
—dije—, y hay demasiadas cosas que Cruvic desea evitar que se investiguen. Su
modo de practicar la medicina, su lamentable expediente académico, lo de que es
hijo de un gángsteres y, quizá, también, el asesino de Hope. ¿Descubriste algo
en la habitación de Darrell Ballitser?
—Droga. Metadona. Probablemente, eso era lo que había consumido
el chico. Pero absolutamente nada que lo relacionase con Hope, así que, a no
ser que confiese, Kasanjian logrará que lo pongan en libertad bajo fianza. Y si
Cruvic no presenta denuncia, no creo que al fiscal le interese iniciar un
juicio por intento de agresión. La verdad es que no me importa. Nunca creí que
Darrell fuera el asesino de Hope. En ese papel cada vez veo más a Herr Doktor
Cruvik. Eso justificaría plenamente la muerte de Hope y las evasivas del tipo.
Debió de ocurrir algo realmente grave de lo que nuestra querida profesora no
quiso saber nada. Cruvic temía que se fuese de la lengua y la liquidó.
—En cuanto a Mandy Wright —dije—, tal vez Cruvic la conoció a
través de los negocios de su padre.
—Muy cierto. El Club None es el tipo de local que frecuentaría
el hijo de un gángster. Y puede que Mandy sea el supositorio que consiga que
Barone se ensucie en los pantalones de su traje a medida. Resulta que nos
llamaron los de Las Vegas, benditos sean. Han localizado a Ted Barnaby, el
novio. Sigue trabajando como crupier de blackjack, pero no en Nevada, sino aquí
mismo, en Palm Springs, en uno de los casinos de la reserva india. Salgo para
allí en cuanto termine con unos papeles. Tiraré los dados y veré qué sale.
—¿Vas con alguien?
—¿No tienes planes para esta noche?
—Robin no volverá hasta tarde. ¿Pensabas quedarte a dormir?
—No, no hay por qué: ni juego al golf ni me gusta tomar el sol.
Rick se llevó el Explorer y me dejó el Porsche, lo cual significa hora y cuarto
de ida y otro tanto de vuelta, y... ¿quién demonios me va a poner a mí una
multa por exceso de velocidad?
29
Los doscientos kilómetros que separan Los Ángeles de Palm
Springs se recorren en su totalidad por una enorme autopista interestatal, la
número Diez.
El primer trozo del trazado atraviesa el centro de Los Angeles,
Boyle Heights y los suburbios orientales —Azusa, Claremont, Upland, Rancho
Cucamonga—, adentrándose luego en el condado de San Bernardino, donde el aire
fluctúa entre fragante y tóxico, dependiendo del viento y del capricho divino.
Desde la autopista se divisa un homogéneo panorama de centros comerciales,
avenidas, estacionamientos y viviendas ultramodernas. Después, cerca de
Fontana, campos de labranza y apartaderos ferroviarios. A partir de Yucaipa
desaparece casi todo el tráfico y el aire se vuelve seco y limpio. Desde los
cerezales de Beaumont, se inicia una llanura de tierra gris y rocas blancas.
Arboles de yuca y mezquite. A la derecha, los montes de San Bernardino,
coronados de nieve.
La despejada carretera constituye una tentación de correr en la
que casi todo el mundo cae. Durante las vacaciones de Semana Santa, bronceados
chicos embriagados de cerveza, marihuana y sueños de inmortalidad, circulan por
la autopista en camionetas o pequeños descapotables. Aunque corren como
exhalaciones, la mayor parte de ellos llega a Palm Springs, pero no faltan los
que se quedan al borde de la carretera, entre los restos de sus vehículos. La
policía de tráfico se mantiene alerta y vigilante, y hace lo posible para que
el número de muertos no rebase un límite aceptable.
A Milo sólo lo detuvieron una vez, ya de noche, poco antes del
paso de San Gorgonio. A partir de Riverside, habíamos ido a ciento cincuenta
por hora, sin que el Porsche lo notase apenas. El coche es un 928 blanco, tenía
cinco años e iba como una seda. El joven agente de la patrulla de caminos
contempló el Porsche con admiración y, luego, inspeccionó las credenciales de
Milo. Sólo parpadeó una vez, cuando mi amigo le dijo que estaba trabajando en
un caso de homicidio y que necesitaba atrapar por sorpresa a un testigo
importante.
El agente le devolvió los papeles al tiempo que prevenía a Milo
de que en la carretera había muchos locos y de que debía andarse con ojo.
Luego, se quedó mirándonos mientras nos alejábamos.
A las diez de la noche, y ya a velocidad moderada, entramos en
Palm Springs. Pasamos unas cuantas manzanas de viviendas baratas y llegamos a
las estribaciones del distrito comercial. A diferencia de Bakersfield, allí los
cambios eran casi imperceptibles. La misma mescolanza de tiendas de segunda
mano con aspiraciones a comercios de antigüedades, moteles, boutiques,
espantosas galerías de arte. El auténtico dinero estaba en Palm Desert y en
Rancho Mirage, en calles bautizadas en honor de Dinah Shore y Bob Hope.
—Está pendiente de Palm Grove Way —dijo Milo—. El Casino Sun
Palace.
—Esto no parece una reserva india.
—¿Qué esperabas, tipis y tótems? Los de aquí son los indios
afortunados. Los desterraron al desierto, pero de los terrenos de su reserva
brota un líquido negro y brillante, así que se hicieron ricos y aprendieron a
buscarles las vueltas a las leyes. Partiendo de la base de que constituyen una
nación, defendieron ante los tribunales su derecho a organizar juegos de azar.
El estado les concedió al fin bingos, pero se mantuvo inamovible en su
oposición a otros juegos inmorales.
—Pero luego el estado comenzó a organizar loterías —dije—, así
que el argumento perdió mucha de su consistencia.
—Exacto. En todo el estado, los indios han decidido aprovechar
la oportunidad. Hay un casino nuevo en Santa Inés. Las autoridades continúan
incordiando, eternizándose en la concesión de permisos, negándoles a los indios
el derecho de fabricar máquinas tragaperras y de importar de fuera del estado.
Lo cual es grave, ya que las tragaperras son el juego más productivo. Así que
meten de contrabando las máquinas en camiones de productos agrícolas y, una vez
están en la reserva, nadie puede tocarlas.
—No me diga que aprueba usted esas infracciones de la ley,
detective Sturgis.
—Hay leyes y leyes.
—Palm Grove —anuncié, señalando el siguiente cruce.
Milo giró a la derecha y se metió por otra calle comercial. Más
moteles, una lavandería, un gimnasio abandonado, restaurantes de comida rápida
atestados de gente atiborrándose de grasa y respirando el cálido aire nocturno.
Más allá, en las alturas, parpadeantes luces color turquesa y amarillo daban
forma al enorme sombrero vaquero que coronaba una torre de quince metros.
—Elegante, ¿no?
—Así que todo el centro de la ciudad es una reserva india —dije.
—No. La cosa varía, dependiendo del lugar. La clave es buscar
entre los títulos de propiedad hasta encontrar unos cuantos metros de tierra
que en uno u otro momento fuera propiedad de un indio. Luego, basta con
encontrar un socio capitalista. Bueno, ya llegamos.
Se metió en el enorme estacionamiento de tierra que rodeaba el
casino. Tras la torre del sombrero había un edificio de un solo piso
sorprendentemente pequeño, engalanado también con luces azules y amarillas y
unas enormes letras que anunciaban SUN PALACE con resplandecientes luces
naranja de neón rodeadas de rayos escarlata.
Entre la torre y el edificio, había una plataforma brillante
iluminada, y sobre ella un Chevrolet Camaro color púrpura nuevecito, con un
gran lazo rosa sobre la capota. En el parabrisas, un cartel anunciaba: ¡ESTE
COCHE SERÁ PARA EL QUE SAQUE CUATRO BLACKJACKS SEGUIDOS!
Otro cartel situado en la torre del sombrero prometía: ¡SERVICIO
DE APARCACOCHES!, pero, como no se veía a nadie, Milo estacionó en el primer
puesto vacío que encontró. Cuando nos apeábamos, vino hacia nosotros un fornido
muchacho de morena tez vestido con camisa blanca y pantalones negros.
—Oiga, yo se lo hubiese aparcado —dijo, tendiendo la mano.
Milo le mostró su placa.
—Y yo habría sido de los Beatles si mi apellido fuese McCartney.
El chico cerró la boca. Se nos quedó mirando por unos instantes
y luego corrió a abrir las portezuelas de un descomunal Cadillac color amarillo
que llegaba con un cargamento de bronceados optimistas otoñales.
Atravesamos las dobles puertas de cristal del casino y nos
cruzamos con un tipo que salía. Un hombre muy alto vestido de negro, a lo
Johnny Cash. Tras él iba una mujer de unos ciento ochenta kilos con traje
floreado y sandalias de playa. Ella parecía a punto de soltarle al hombre un
sermón y él se mantenía a prudente distancia.
Las puertas se cerraron a nuestra espalda, y nos envolvió el
ruido y el deslumbrante brillo de las luces fluorescentes. Nos encontrábamos en
una pequeña plataforma elevada con barandillas de latón, cubierta por una
moqueta industrial verdiazul de la que a caprichosos intervalos surgían
columnas de madera bruñida. A uno y otro lado, unos peldaños conducían a la
sala de juego. Esta era un amplio espacio de treinta por quince más o menos.
Más moqueta verdiazul y más columna. Techo con placas insonorizantes. Paredes
blancas, sin ventanas ni relojes.
A la derecha había una única mesa de stud poker: hombres
encorvados, con camisas a cuadros y cazadoras, gafas de lentes oscuros, rostros
paralizados.
Luego, fila tras fila de máquinas tragaperras, quizá hasta diez
docenas, dando vueltas, parpadeando, lanzando jingles y pareciendo más vivas
que los humanos que accionaban sus palancas. Las mesas de blackjack ocupaban el
lado izquierdo de la sala, y estaban tan juntas que uno, o se sentaba, o seguía
circulando. Los crupieres, ataviados con camisas de color rojo intenso con
blancas placas de identificación, permanecían espalda contra espalda, cantando
las cartas, recogiendo las fichas, sacando naipes del zapato.
Ruido de tragaperras, nicotina en el aire. La ventanilla para el
canje de fichas por dinero estaba en la parte trasera de la sala, pero nadie
quería hacer efectivas sus ganancias ahora tan temprana. Entre los jugadores se
veían jubilados, turistas japoneses, obreros de vacaciones, motociclistas,
indios y atildados jovencitos que pretendían dárselas de mundanos. Todos
demostrando que ganar era su costumbre, todos simulando que aquello era Las
Vegas. Chicas que lucían microvestidos blancos, con cuerpos perfectos y rostros
algo menos que perfectos, traían y llevaban bandejas con bebidas. Fornidos
hombres vestidos de blanco y negro como el aparcacoches patrullaban la sala,
escrutándolo todo y sin hacer nada por disimular el bulto de las enfundadas
pistolas bajo las chaquetas.
Desde un rincón de la plataforma, alguien pareció a punto de
avanzar hacia nosotros, pero cambió de idea. Era un hombre de cabello y bigote
grises, ataviado con traje gris marengo y corbata roja. El tipo tendría unos
cincuenta y cinco años. Rostro largo e inexpresivo y labios finísimos. Llevaba
un walkietalkie en una mano e hizo ver que ni siquiera nos miraba. Pero debió
de enviar algún tipo de señal, porque dos de los guardas armados se aproximaron
para detenerse luego junto a la plataforma. Uno era un indio, y otro un
pelirrojo con la cara llena de pecas. Ambos tenían brazos gruesos, amplios
hombros y firmes estómagos. En el cinturón del indio, escrito con letras rojas,
se leía: GARRETT.
Había un flujo constante de gente que entraba y salía del
edificio. Milo se aproximó a la barandilla de latón y el tipo del bigote gris
se le acercó. Garrett se volvió a mirar.
—¿Puedo servirles en algo, caballeros? —Voz grave e inexpresiva.
En la chapa de identificación se leía: LARRY GIOVANNE, GERENTE.
Milo le mostró disimuladamente su identificación.
—Busco a Ted Barnaby.
Giovanne no reaccionó. La placa regresó al bolsillo de Milo.
—Barnaby trabaja esta noche, ¿no?
—¿Se metió en algún lío?
—Sólo queremos hacerle unas preguntas.
—Es nuevo.
—El miércoles hizo dos semanas que comenzó a trabajar aquí —dijo
Milo.
Giovanne alzó la vista, escrutó el rostro de mi amigo y luego
bajó los ojos a la camisa verde que caía sobre los
pantalones marrones. Buscaba el bulto de la pistola.
—¿Seguro que no pasa nada malo? —preguntó.
—Nada en absoluto. ¿Dónde está Barnaby?
—¿Tiene usted autorización de la policía de la reserva?
—No.
—Entonces, técnicamente, ésta no es su jurisdicción.
Milo sonrió.
—Técnicamente, nada me impide deambular por la sala hasta que
encuentre a Barnaby, sentarme a su mesa, ponerme a jugar lo que se dice
despacio, derramar una y otra vez mi copa, hacer preguntas idiotas. Y nadie me
podrá impedir que lo siga cuando lo cambien de mesa.
Giovanne meneó la cabeza.
—¿Qué quiere de él?
—Su novia murió asesinada hace seis meses. No es que él sea
sospechoso, pero quiero hacerle unas preguntas.
—Nosotros también somos nuevos en el negocio —dijo Giovanne—.
Abrimos hace sólo tres meses y no queremos espantar a los clientes, no sé si me
entiende.
—Claro que le entiendo —dijo Milo—. Le propongo una cosa:
envíenos al chico cuando se tome su descanso, y yo no molestaré a nadie.
Giovanne se estiró los puños de la camisa y miró su reloj de
oro.
—A Barnaby le toca descansar dentro de una hora. Si no causa
usted problemas, le diré que se retire antes de tiempo.¿Le parece bien?
—Perfecto. Gracias.
—Aguarde cinco minutos. ¿Les apetece jugar?
Milo sonrió.
—No, esta noche no.
—Entonces, vayan fuera y esperen junto al Camaro. Yo les mandaré
al chico. ¿Algo de beber?
—No, gracias. ¿Han regalado ustedes muchos coches? —Hasta el
momento, tres. Cuando acabe con las preguntas, entre y pruebe suerte.
—Tal vez lo haga.
—¿Qué juego le gusta?
—Policías y ladrones —dijo Milo.
Una chica con microvestido nos llevó dos cervezas. Nos las
bebimos apoyados contra la fresca pared del casino, aguardando tras el Camaro
color púrpura, observando las entradas y salidas, oyendo de fondo el rumor de
la sala de juego. El terreno del estacionamiento parecía prolongarse
kilómetros, hasta fundirse con el cielo tachonado de estrellas. Se escuchaba el
distante rumor de una autopista, y a lo lejos se veían faros de coches, pero
casi todos los movimientos se producían en torno al casino.
Apenas habíamos vaciado nuestros vasos, cuando salió un hombre
alto y flaco con camisa roja. Miró a uno y otro lado. No dejaba de abrir y
cerrar los largos dedos.
Alrededor de treinta años, pelo rubio y poblado. Replanchados
pantalones negros y botas grises de cuero. Sus brazos eran delgados pero
musculosos. Una pulsera de plata y turquesas rodeaba una muñeca casi lampiña, y
una cadena de oro parecía constreñir un largo cuello dotado de una nuez
sumamente móvil. Aunque el chico era de facciones atractivas, su piel estaba
tan maltratada por el acné que, por comparación, la de Milo parecía una
maravilla de tersura. La luz hacía resaltar dos grandes espinillas, y también
permitía ver los furiosos latidos de su sien derecha. Bajo la oreja izquierda
llevaba una pequeña tirita redonda. Su cuello estaba surcado por profundas
cicatrices.
Milo dejó su vaso y salió de detrás del coche.
—Señor Barnaby.
Barnaby respingó y cerró los puños. Milo le puso la
identificación ante la cara y el chico retrocedió un paso.
Milo le tendió una mano y Barnaby la estrechó de mala gana, como
si tuviera las palmas húmedas. Milo hizo intención de apartarlo de la luz, pero
Barnaby se resistió. Luego vio que se aproximaba el aparcacoches y se dejó
llevar.
Ya detrás del Camaro púrpura, nos miró airadamente a los dos.
—¿Se puede saber a qué demonios viene todo esto? Han conseguido
que me echen.
—Mandy Wright.
Los ojos color avellana dejaron de moverse.
—¿Qué tiene que ver con eso la policía de Los
Ángeles? Milo apoyó un pie en el parachoques del Camaro.
—Cuidado —dijo Barnaby—. Es nuevo. —No pareces demasiado hecho polvo por la
muerte
de Mandy.
—Claro que estoy hecho polvo, pero... ¿qué quiere que haga al
cabo de tanto tiempo? ¿Y por qué tengo que perder mi trabajo?
—Hablaré con Giovanne.
—Muchas gracias. Mierda. ¿Por qué han tenido que
venir aquí? ¿Por qué no me llamaron a mi casa? —¿Por qué te ha
despedido Giovanne? —No me ha despedido, pero la mirada que me ha
echado ya me la conozco. Están tomando todo tipo de precauciones
para no tener problemas, y ustedes acaban de convertirme en un problema.
Se tocó la tirita, apretó e hizo una mueca. —Maldita sea. Acabo
de alquilar un apartamento en Cathedral City. Milo señaló hacia la entrada del
casino con un movimiento de cabeza.
—Esto no es exactamente el Caesar’s Palace, Ted. ¿Por qué te
fuiste de Las Vegas después del asesinato de Mandy?
—Pues... estaba jodido y no me apetecía ver a nadie.
—Así que te largaste.
—Sí.
—¿Adónde?
—A Reno.
—¿Y después?
—A Utah.
—¿Por qué Utah?
—Soy de allí.
—¿Mormón?
—En tiempos lo fui. Escuche, ya le dije a la policía de Las
Vegas todo lo que sé. Es decir: nada. Lo más probable es que a Mandy la matara
algún cliente. Nunca me gustó el trabajo que hacía, pero estaba loco por ella y
me aguanté. Ahora, ¿qué quiere que le diga? ¿Y por qué se interesa la policía
de Los Angeles en el caso?
—¿Por qué no volviste a Las Vegas, Ted?
—Me traía malos recuerdos.
—¿Fue el único motivo?
—Fue motivo suficiente. Recuerde que a mí me tocó identificar el
cuerpo. —Meneó la cabeza y se humedeció los labios.
—¿No sería que deseabas eludir a alguien?
—¿A alguien, como a quién?
—Como al asesino de Mandy.
—¿A un cliente? ¿Por qué iba a querer eludirlo?
—¿Cómo sabes que fue un cliente?
—No lo sé: lo supongo. Pero, ¿quién iba a ser? Las chicas de la
vida no dejan de meterse en líos, no necesito decírselo. Usted lo sabe. Riesgos
ocupacionales.
Se lo repetí hasta cansarme.
—¿La habían maltratado otras veces?
—A veces venía con alguna señal. Nada serio. Hasta que ocurrió
lo que ocurrió. —Se tocó de nuevo la tirita, y se frotó el picado cuello.
—¿Tienes idea de quién la había maltratado antes?
—No. Ella nunca mencionaba nombres. Eso formaba parte de nuestro
acuerdo.
—¿Qué acuerdo?
—Yo no la molestaba y ella me dedicaba su tiempo libre. —Sonrió
torcidamente—. Yo estaba mucho más por ella que ella por mí. ¿Ha visto usted
alguna foto suya? En vida, quiero decir.
—Sí —dijo Milo.
—Preciosa, ¿verdad?
—¿Vivían juntos?
—No, nunca. Eso intentaba decirle. Ella quería su propio
apartamento, su propio espacio.
—Su propio lugar de trabajo.
—Sí —dijo Barnaby, alzando la voz. Chasqueó los nudillos y luego
se miró tristemente los dedos—. Mandy era increíble. Mitad hawaiana, mitad
polinesia. Son las mujeres más bellas del mundo. Yo me volví totalmente loco
por ella. Al principio quise sacarla de la vida... Le dije: pequeña, hazte
crupier, con ese aspecto, ganarías una fortuna en propinas. Ella se echó a reír
y dijo que le gustaba ser su propio jefe. Le encantaba el dinero, comprar
cosas...
—¿Qué cosas?
—Ropa, joyas, coches. Se compraba un automóvil cada pocos meses,
luego lo vendía y se compraba otro. Tuvo un Corvette, un Firebird, un BMW... El
último fue un Ferrari descapotable. Lo consiguió en una de esas tiendas de las
afueras, donde los perdedores venden sus coches a cualquier precio. Paseaba en
él por el Strip. Yo le decía que nunca había conocido una chica a la que le
gustaran tanto los coches. Ella se echó a reír y me dijo: me atraen los motores
grandes, Teddy. Por eso me gustas tú. —Las manos comenzaron a moverse de
nuevo—. Y mire dónde terminó.
Frente al casino acababa de detenerse una furgoneta de la que se
apearon unos soldados con el pelo cortado a cepillo que se reían como
chiquillos. Barnaby enderezó la espalda y miró hacia las puertas de cristales.
—Eso es todo lo que sé, ¿está bien? Han venido a verme porque el
mismo cabrón se cargó a una chica en Los Angeles, ¿a que sí? La mató igual que
a Mandy.
Milo no respondió.
—Uno de esos asesinos en serie, ¿no? —dijo Barnaby—. Es lógico.
—¿Por qué es lógico?
—Porque siempre eligen como víctimas a prostitutas. —Frunció el
entrecejo—. Eso es lo que era Mandy, aunque ella se consideraba una actriz.
—¿Te decía que era actriz?
—Sí, medio en broma. —Barnaby bajó la vista al suelo, y se tocó
un zapato con la punta del otro.
—Explíquese.
—Me decía: simulo ser lo que el cliente busca, Teddy. Soy una
actriz.
—¿Trabajó en alguna película porno?
—Que yo sepa, no.
—¿No?
—¡No!
—¿Te especificó alguna vez qué tipo de simulaciones hacía?
—No.
—¿Ni tampoco te dijo para quién simulaba?
—Mis preguntas la cabreaban, así que dejé de hacerlas. Ya le
digo que ella mantenía las cosas separadas.
Un vínculo síquico entre la callgirl y el profesor. Milo me
dirigió una mirada.
—¿Ella tenía su casa y tú la tuya, Ted?
—Eso es.
—¿Dónde se veían?
—Normalmente, en mi casa.
—¿Nunca en la de ella?
—Sólo los martes. Era su día libre. —Se humedeció los labios—. Ahora
tengo otra novia. Ella no sabe nada de Mandy. —Flexionó los dedos—. Menuda
sorpresa se va a llevar la pobre.
—¿A qué se dedica tu novia?
—Su trabajo no tiene nada que ver con el de Mandy. —Las manos
volvían a ser puños—. Cajera, ¿vale? Trabaja en el Thrifty Drug. En cuanto a
aspecto, ni siquiera se acerca a Mandy, pero no me importa. Ella ahora reside
en Indio, y pensábamos irnos a vivir juntos en mi nuevo apartamento.
—¿Dónde se conocieron?
—Aquí. ¿Qué importa eso? En una fiesta.
—¿Dónde conociste a Mandy?
—En la sala de juegos del casino. Como yo era uno de los mejores
crupieres, me pusieron en la mesa de quinientos dólares, y ella solía andar por
allí. De vez en cuando, jugaba, pero yo sabía lo que buscaba.
—¿Qué buscaba?
—Atrapar a un ganador. Buscaba al tipo que tenía el montón de
fichas más grande, se acercaba a la mesa con un vestido muy escotado, se
inclinaba sobre él, le soplaba en la oreja... ya sabe.
—¿Y solía tener éxito?
—¿Usted qué cree?
—¿Tenía clientes fijos?
—No lo sé. ¿Puedo irme ya?
—En seguida, Ted —dijo Milo—. O sea que, en la relación de
ustedes, la que llevaba la voz cantante era ella.
—A mí no me importaba —dijo Barnaby—. Mandy era preciosa. Pero
aprendí la lección. Ya conoce el dicho: si quieres ser feliz, cásate con una
fea.
—¿Mandy y tú hablasteis de matrimonio?
—Pues sí. Una casa rodeada por una bonita cerca de troncos, dos
hijos y una puñetera ranchera. Ya se lo he dicho: le encantaba comprar cosas.
—Ropa, joyas y coches.
—Sí.
—Y cocaína.
Las manos de Barnaby volvieron a crisparse. Bajando la vista,
dijo:
—De eso no voy a hablar.
—¿Por qué no?
—Usted no tiene jurisdicción en la reserva. Sólo he accedido a
hablar con usted porque quería a Mandy. Si deseo largarme, tengo derecho a
hacerlo.
—Desde luego —dijo Milo—. Pero... ¿qué tal si me acerco a
Cathedral City y le hablo de tu pasado a la policía de allí?
—¿Qué pasado?
—Según la policía de Las Vegas, Mandy y tú eran grandes
consumidores y tú eras quien le conseguía la droga.
—Cuentos.
—Dicen que, después de la muerte de Mandy, tú comenzaste a
consumir cada vez más. Por eso nadie te quiso en Las Vegas.
El sudor daba al rostro de Barnaby el aspecto de un donut recién
glaseado. Se volvió, dándonos la espalda. Las cicatrices de su cuello
resaltaban como braille.
—¿Por qué me hace esto? —No te hago nada, Ted. Únicamente quiero
averiguar lo más posible acerca de Mandy. —¡Pero si ya le he
dicho todo lo que sé! —He hablado de la droga porque me interesa
conocer la clase de vida que hacía Mandy. —¿Qué clase de vida
cree que hacía? ¡Se acostaba con hombres por dinero! —Droga significa mala
gente, y la mala gente hace
daño a las personas. Barnaby no respondió. —¿Le debía dinero a
alguien? —preguntó Milo. —Nunca vi su libro de caja. —¿Se cabreó con ella
alguno de los tipos a los que
les comprabas droga? —Lo de que yo compraba droga lo dice usted.
—¿Había algún tipo peligroso cabreado con ella? —Que yo sepa, no. —¿Cambiaba
ella sexo por cocaína? —Que yo sepa, no. —Y supongo que tú nunca le organizaste
un
cambalachede ese tipo. —No soy ningún chulo. —No, simplemente
eras su distracción para las
horas libres.
—Mire —dijo Barnaby—, las cosas no eran así. Yo no tenía la
menor influencia sobre ella, Mandy era su propio jefe. Yo le gustaba porque
sabía escucharla. Soy buen oyente, ¿de acuerdo? Trabajando en los casinos,
uno no para de escuchar historias tristes.
—¿Qué problemas tenía Mandy?
—Que yo sepa, ninguno.
—Una chica feliz.
—Eso parecía.
—Y tú no tienes ni idea de quiénes eran sus clientes fijos.
—No.
—La noche que la mataron, ¿dijo Mandy a quién iba a ver?
Barnaby se frotó el cuello.
—Se lo digo y usted no lo entiende. Ella nunca me hablaba de sus
clientes.
—Le dijiste a la policía de Las Vegas que aquella noche
estuviste trabajando.
—No hacía falta que lo dijese. Me vieron montones de personas.
Ni siquiera me enteré de que la habían matado hasta el día siguiente, cuando la
llamé y se puso al teléfono un policía. Me pidieron que me acercara a la
comisaría. Cuando llegué, me pidieron que fuera al depósito de cadáveres a
identificarla.
—¿Trabajaba Mandy en algún sitio que no fuera su apartamento?
—Probablemente.
—¿Probablemente?
—Si se enrollaba con un jugador alojado en el casino, supongo
que subían a la habitación del tipo.
—¿Mandy hacía la calle?
—Qué va. Tenía demasiada categoría para eso.
—¿Se te ocurre algún motivo para que la asesinaran en la calle?
—Probablemente, acompañó a un cliente y al tipo le dio la
locura.
—¿Tenía Mandy la costumbre de acompañar a los clientes después
del... servicio?
—No tengo ni idea.
—¿Nunca fuiste a verla mientras trabajaba?
—¿Para qué? ¿Para que ella agarrase un cabreo monumental
conmigo?
—Así que siempre era ella la que llevaba la voz cantante.
—Mandy era la estrella, amigo. —Débil sonrisa—. Una vez que
estábamos... que ella estaba de buen humor, me dijo: «Ya sé que te jode lo que
hago, Teddy, pero intenta sobreponerte. En realidad, no es tan grave. Una
simple actuación.» Sí, dije, un día te van a dar un Oscar. Ella se echó a reír
y dijo: «Justo. Debería haber un Oscar para lo que hago: mejor actriz de
reparto con las piernas separadas.» A mí... la cosa me incomodaba muchísimo.
Pero a ella le parecía divertidísimo y se reía como loca.
—¿Cuándo se hizo esterilizar?
Barnaby dejó caer las manos.
—¿Cómo?
—¿Cuándo la esterilizaron? ¿Cuándo le ligaron las trompas?
—Antes de que nos conociéramos.
—¿Mucho antes?
—No sé.
—Pero Mandy te habló de ello, ¿no?
—Sólo me lo dijo porque yo me puse tonto y comencé a hablar de
lo mucho que me gustaban los niños, y de que sería estupendo que un día
tuviéramos una parejita. Ella se dio un buen hartón de reír. —Barnaby se
humedeció de nuevo los labios.
»Yo le pregunté dónde estaba la gracia. Ella me dijo: eres un
encanto, Teddy. Adelante, ve y hazle un par de ratas de alfombra a alguna buena
chica. Y paren una más por mí, porque a mí me arreglaron. Le pregunté qué
quería decir. Y ella dijo: me arreglaron, me operaron. Le pregunté cómo se le
había ocurrido hacer una cosa así. Ella me dijo que así se quitaba problemas y
no tenía que tomar píldoras que provocaban cáncer. Se echó a reír de nuevo y
dijo que ella consideraba la ligadura como un gasto de explotación, y añadió
que debería ser deducible de los impuestos. Le pareció un chiste buenísimo. A
mí no me hizo gracia, pero a Mandy, o la aceptabas tal como era o la dejabas.
Si le seguías la corriente y te reías de lo que ella se reía, todo iba bien.
—¿Y cuando no le seguías la corriente?
—Te daba con la puerta en las narices.
—Así que se hizo esterilizar antes de que la conocieras. Es
decir, hace más de un año.
—Yo la conocí año y medio antes de su muerte, y la cosa ya
estaba hecha.
—¿Te mencionó dónde la operaron?
Un levísimo titubeo.
—No.
—¿Nunca mencionó el nombre del médico?
—No.
—No, ¿qué, Ted?
—Mandy nunca mencionó su nombre.
—Pero te contó algo sobre él.
—No, pero yo lo vi.
—¿Dónde?
—En el casino.
—¿Cuándo?
—Cosa de un mes antes.
—¿Un mes antes de que la mataran?
—Sí.
—Cuenta.
—¿Por qué? ¿Acaso el tipo...?
Milo alzó una mano.
—Cuenta, Ted.
—Vale, vale. Una noche yo estaba trabajando y la vi haciendo su
ronda. Yendo de un lado a otro con un traje negro muy ceñido y escotado, con el
pelo arreglado, y con unos pendientes de diamantes falsos. —Cerró los ojos un
segundo, evocando la imagen, acariciándola. Luego los abrió y se estiró la
camisa—. Traté de llamar su atención, por si podíamos vernos más tarde. Ella
mostró una gran sonrisa, pero no iba dirigida a mí, sino a otro.
—Al médico —dijo Milo.
—Yo no sabía que el tipo era médico. Más tarde, ella me lo dijo.
Mandy pasó de largo frente a mí. El tipo estaba sentado a otra de las mesas de
quinientos dólares, y tenía un enorme montón de fichas ante sí. Ella lo saludó
a él y a otro tipo. Se abrazaron y besaron como si fueran viejos amigos. Él
recogió las fichas y los tres se fueron. Al día siguiente le dije: bonito caso
me hiciste. Ella contestó: no te enfades, es alguien a quien conozco de hace
mucho. Es el médico que me arregló. Estoy en deuda con él.
—¿Por qué estaba en deuda con él?
—Quizá le hizo la operación gratis, quién sabe.
—¿Un intercambio de favores?
Barnaby se encogió de hombros.
—¿Qué aspecto tenía el doctor? —quiso saber Milo.
—Nada especial. Treinta y cinco o cuarenta años. Más bien bajo,
pero muy ancho de hombros. Como una rata de gimnasio. Cabello corto, casi a
cepillo, ojos como de japonés. Buenas ropas: traje, corbata... todo impecable.
—¿Y el otro?
—¿Qué otro?
—Dijiste que había otro tipo.
—Ah, sí, pero era un viejo sin importancia. Parecía enfermo.
Tenía la piel amarilla e iba en silla de ruedas. El médico la empujaba. Quizá
fuera un paciente adinerado corriéndose la última juerga. Eso en Las Vegas es
frecuente verlo. Gente muy, pero muy jodida, parapléjicos, tipos con
respiración asistida, desgraciados que han perdido las dos piernas. Los llevan
en sillas de ruedas por el casino y ellos sostienen ante sí un plato lleno de
fichas. Ya le digo: una última juerga.
—¿Qué más te contó Mandy acerca de ellos?
—Del viejo no me dijo nada.
—¿Y del médico?
—Sólo que fue el que la arregló.
—Y que ella estaba en deuda con él.
—Sí. ¿Qué pasa con el tipo? ¿Es un sicópata o algo así?
—No —dijo Milo—. Es un héroe.
Barnaby pareció confuso.
Milo dijo:
—¿Recuerdas algo más?
—No.
—Muy bien, gracias.
—De nada.
—¿Tu domicilio actual es la dirección de Vista Chino?
—Sí.
—¿Cuál es la dirección del apartamento que acabas de alquilar?
—¿Para qué la quiere? Me van a poner de patitas en la calle, así
que ni siquiera podré instalarme.
—Por si acaso.
Barnaby recitó la calle y el número. Luego hundió las manos en
los bolsillos y comenzó a alejarse.
—¿Quieres que hable con Giovanne? —preguntó Milo.
—No servirá para nada.
—Como quieras.
Barnaby se detuvo.
—Bueno, si desea hablar con él, hágalo. Si usted también quiere
sentirse un héroe, yo no tengo inconveniente.
30
Jugamos cinco manos de blackjack, perdimos en todas, le dimos
las gracias al jefe de sala, volvimos a la autopista e iniciamos la carrera por
el desierto. La luna estaba baja en el cielo y la arena parecía nieve.
—Un viejo en silla de ruedas —dije—. ¿Sería Big Micky Kruvinski?
Milo acomodó mejor su corpachón en el asiento del Porsche y se
frotó el cuello.
—También podía tratarse, efectivamente, de un paciente rico
corriéndose una última juerguecita que luego sería pagada por MediCal como
tratamiento terapéutico. Sólo Dios sabe lo que Cruvic es capaz de hacer por un
dólar.
—Pero lo principal es que Cruvic conocía a Mandy.
—El muy cabrón. Hay que encontrar el modo de acceder a sus
historiales médicos. Barone es experto en levantar murallas de papel, y hasta
ahora lo único que hay contra Cruvic son meras sospechas. Nada que justifique
un mandamiento judicial.
—¿Le preguntaste a Barnaby por la cocaína porque crees que en
este asunto también puede haber drogas?
—Le pregunté porque sigue consumiendo. ¿No te fijaste en el
sudor, en sus ojos? Lo que dije sobre lo peligrosos que pueden ser los
traficantes fue en serio.
—¿Hope y cocaína? No hay pruebas de que la consumiera.
—Sobre Hope no hay pruebas de nada, punto.
—Quizá por medio de Casey Locking averigüemos algo —dije—. El
chico tiene algún tipo de relación con Cruvic. No dejo de recordar cuando
hablamos en el campus. Loeking es un fanático de la ley y el orden. El
comportamiento sicopático habitual: las reglas se han hecho para todo el mundo
menos para mí. Tal vez logre averiguar algo sobre él por medio de la otra
alumna de Hope, la que vive en Londres. Volveré a intentar localizarla.
Milo conducía el Porsche a casi ciento cincuenta por hora.
—Esto es muy raro, Alex. Este caso tenía al principio un nivel
muy alto: profesores, gente con altos coeficientes intelectuales... Y ahora
volvemos al terreno de costumbre: traficantes, camellos, prostitutas,
facinerosos.
—Las pequeñas cajas de Hope —dije.
Mi amigo reflexionó sobre mis palabras durante tres
o cuatro kilómetros y al fin dijo:
—Ya; pero... ¿en qué caja está encerrada la serpiente de cascabel?
Nos detuvimos a tomar café en una cafetería de Ontario y
regresamos a Los Angeles poco antes de las dos de la madrugada. En la mesa del
comedor había otra nota.
Decididamente, somos como barcos que se cruzan en la noche.
Despiértame si te apetece.
Tu corresponsal. R.
Pese a cuatro tazas de descafeinado, notaba la garganta seca a
causa del aire del desierto. Me serví una soda con hielo y me senté a la mesa
de la cocina a beberla. De pronto me di cuenta de que en Inglaterra era de día.
Fui a la biblioteca a buscar el número de Mary Ann Gonsalvez.
Esta vez me respondió una voz suave y curiosa. —Dígame.
Le expliqué quién era.
—Sí. Recibí sus mensajes. —Ninguna emoción.
—¿Dispones de tiempo para hablar de la profesora Devane?
—Sí, supongo. Qué horrible. ¿Saben ya quién lo hizo?
—No.
—Qué horrible —repitió—. Yo tardé una semana en enterarme. Lo
supe porque el departamento me lo notificó por fax. Me pareció imposible.
Pero... No se me ocurre cómo puedo ayudarlo.
—Intentamos averiguar lo más posible sobre la profesora Devane
—dije—. Saber qué clase de persona era. Conocer sus relaciones.
—¿Por eso está usted metido en el caso, doctor Delaware?
—Sí.
—Interesante... nuevos usos para nuestra profesión. Lamento no
haberle devuelto sus llamadas, pero la verdad es que no tenía nada que decir.
Para mí fue una excelente tutora.
A su última frase le faltó convicción.
—¿Para ti sí, pero para otros no? —quise saber.
—Lo que quiero decir es que su modo de hacer las cosas iba con
el mío. No se metía en nada, vivía su vida. A lo que sí me ayudó fue a
conseguir fondos para venirme a Inglaterra.
—¿Cómo que no se metía en nada?
—Me dejaba hacer las cosas a mi manera. Como soy más bien
compulsiva, la cosa funcionó.
—Autosuficiente.
Ella rió.
—Dicho así, suena mejor.
—O sea que alguien que necesitase una ayuda más activa podía
tener dificultades con la profesora Devane.
—Sí, supongo; pero no es más que una especulación.
—¿Qué me dices de Casey Locking? ¿También es autosuficiente?
—No conozco a Casey. —Había frialdad en su voz.
—¿Nada en absoluto?
—No lo conozco bien. Usted es ex alumno, doctor Delaware, sabe
cómo funciona el programa de posgrado: tres años de cursos, notas, y luego la
investigación de la tesis. Ciertos estudiantes saben lo que quieren, y en
seguida encuentran el consejero adecuado. Yo no lo hice. Entre mi trabajo, mi
hija y las clases, andaba muy corta de tiempo.
—¿Qué edad tiene tu hija?
—Tres años. Acabo de dejarla en la guardería. Aquí tienen
excelentes guarderías.
—¿Mejores que en Los Ángeles?
—Mejor que ninguna de las que encontré en Los Angeles. Quería
encontrar alguna que proporcionara algún tipo de enriquecimiento y no se
limitase a ser un almacén de chiquillos. El caso es que estaba apurada y
pendiente de terminar, así que no tuve mucho tiempo para relacionarme
socialmente, ni con Casey ni con nadie.
—¿Tuviste algún contacto con él?
—Mínimo. Seguíamos caminos distintos.
—¿En qué sentido?
—El trabajo clínico, que es lo que a mí me interesa, a él no le
atrae en absoluto.
—¿El prefiere la investigación pura?
—Supongo.
—Parece un muchacho un poco raro —dije.
—¿A qué se refiere?
—Al cuero negro.
—Sí —dijo ella—. Trata de proyectar una imagen.
—Así que, aunque erais los dos únicos alumnos de la profesora
Devane, teníais muy poco en común.
—Exacto.
—¿Sabes algo acerca de sus trabajos?
—Tratan del autocontrol. Estudios con animales, creo.
—¿La profesora Devane también lo dejaba a él a su aire?
—Bueno —dijo ella—, publicaron cosas juntos, así que debían de
tener más en común. ¿Por qué? ¿Está Casey... implicado de algún modo?
—¿Te sorprendería que lo estuviera?
—Claro que sí. La simple idea de que alguien que yo conozca, sea
quien sea, haya cometido un acto así me parece increíble. Doctor Delaware, debo
decirle que esta conversación me hace sentir incómoda. Ni siquiera estoy segura
de que sea usted quien dice ser.
—Si lo deseas, te puedo dar el teléfono del inspector de policía
asignado al caso.
—No, no importa. De todas maneras, no tengo nada más que decir.
—Pero hablar de Casey te incomoda.
Ella rió suave y burlonamente.
—¿Intenta sicoanalizarme, doctor Delaware?
—Pero, ¿tengo razón en lo que digo?
—No me gusta hablar de la gente. Detesto el chismorreo.
—O sea que no es porque se trate concretamente de Casey.
—Pues... Bueno, tengo ciertos sentimientos hacia él, pero no
creo que sean pertinentes.
—¿No te cae bien?
—Prefiero no contestar —dijo, en voz algo más alta.
—Escúchame —dije—. La profesora Devane fue brutalmente
asesinada. No hay pistas y no nos es posible saber qué cosas son las
relevantes.
—¿Quiere decir que sospechan de Casey?
—No. No oficialmente. Pero si notaste en él algo que te
preocupe, me gustaría saberlo. Si lo prefieres, puedo hacer que te llame el
propio detective Sturgis.
La verdad es que me preocupa que Casey se Tcht... —
entere de que he hablado a sus espaldas. No es que le tenga
miedo; pero... No me gustaría enfrentarme a su lado oscuro.
—¿Conoces ese lado oscuro?
—No; pero yo... lo he visto trabajar. No fui del todo sincera
cuando dije que creía que investigaba con animales. Sé que lo hacía porque una
noche yo estaba por casualidad en el sótano y pasé frente a la puerta de su
laboratorio. Yo había bajado para recoger unas notas en la sala de profesores.
Debían de ser como las once, y no había nadie. Escuché música, música heavy
metal, y vi que salía luz de una puerta entornada. Me acerqué a mirar y vi a
Casey, de espaldas a mí. Tenía jaulas con ratones, laberintos y equipo
sicofisiológico de todo tipo. La música estaba muy alta y le impidió oírme.
Tenía un ratón en la mano, entre los dedos. Le estaba apretando el cuello. El
pobre animal se debatía y chillaba, era evidente que Casey le estaba haciendo
daño. Luego Casey comenzó a moverse al ritmo de la música, sin soltar al ratón,
que no dejaba de agitar la cola... Fue un espectáculo horrible. Quise
intervenir, impedirle que siguiera; pero no lo hice. Estábamos solos allá abajo
y tuve miedo. Supongo que, desde entonces, Casey siempre me ha intimidado... El
cuero, su forma de comportarse. ¿Se ha fijado en el anillo que lleva?
—La calavera.
—De pésimo gusto. Infantil. Una vez Casey me vio mirándolo y me
dijo que Hope se lo había regalado. Lo cual me resulta difícil de creer.
—¿Por qué?
—Porque ella tenía muchísima clase. Lo que Casey pretendía era
darme envidia, hacer que me sintiera postergada... El caso es que lo del ratón
estuvo mucho tiempo preocupándome. Me decía a mí misma que debía informar a
alguien de lo ocurrido. A fin de cuentas, en el departamento hay normas para el
trato humano de los animales. Pero Hope era la consejera de Casey y me constaba
que sentía debilidad por él, así... Ya sé que lo que digo puede sonar a
envidia, pero la verdad es que él era su alumno favorito. Y si yo le creaba
problemas a Casey, Hope podría reaccionar mal. Fui cobarde, doctor Delaware,
pero mi meta es terminar los estudios, conseguir un trabajo y formar un buen
hogar para mi hija. Hope no se ocupaba de mí, y yo, simplemente, me acostumbré
a ello.
—¿Te sentiste desatendida por la profesora Devane?
—Pues la verdad es que hubo veces en que la necesité y no pude
hablar con ella, y eso me perjudicó. Como yo tenía un programa de trabajo tan
apretado, las demoras me hacían polvo. En una ocasión traté de decírselo. Ella
se mostró muy amable, pero lo cierto es que no me hizo el menor caso, así que
no volví a mencionárselo. Cuando la escogí, pensé que, siendo feminista,
resultaría ideal. Mi terreno de investigación son los roles sexuales
interculturales y la educación infantil. Pensé que el tema le interesaría, pero
resultó que no.
—Sin embargo, con Casey era otro cantar.
—Totalmente distinto. Hope siempre tenía tiempo para él. No me
interprete mal: en las ocasiones en que logré hablar con ella, se portó
estupendamente. Me fue de gran ayuda y siempre manifestó una inteligencia
admirable. Y, como le digo, me ayudó a conseguir el dinero para venirme aquí.
Pero lograr que me hiciera caso siempre me fue difícil, y a partir de la
aparición de su libro, me resultó por completo imposible. Para cuando salí
hacia Inglaterra, me sentía como una huérfana.
—¿Cómo sabes que a Casey le dedicaba más tiempo?
—Porque los vi muchas veces juntos, y además él me lo decía.
«Hope y yo estuvimos almorzando», «El otro día estuve en casa de Hope». Casi
cayéndosele la baba... ¡Cristo!, todo esto parecen chismorreos de criticona,
¿no?
—En época de graduación, los nervios están a flor de piel.
—Posiblemente. Hope incluso llevó a Casey a la televisión. Él me
contó que había estado en la sala Vips y había conocido a muchas celebridades.
Y con eso no quiero decir que Hope no tuviera derecho a trabajar con quien
quisiera.
—Así que Casey se divertía apretándole el cuello al ratón
—dije—. Parece que su interés por el control tiene manifestaciones bastante
desagradables.
—Sí. Decididamente, lo veo como un tipo muy dominante. Es una de
esas personas que sólo se meten en lo que pueden controlar. Pero es listo.
Brillante.
—¿Cómo lo sabes?
—Durante los tres primeros años de clase, siempre sacó
calificaciones muy altas, y recuerdo que alguien dijo que en Berkeley fue de
los primeros de la clase.
—Pero no le interesan las investigaciones clínicas.
—Nada en absoluto. Hablaba con desprecio de los trabajos
clínicos, decía que la sicología era una patraña, ya que no había establecido
bases científicas que le permitieran ayudar a la gente. Ese punto de vista
tiene gran aceptación entre muchos de los mandamases del departamento, así que
probablemente acabará siendo profesor. Qué demonios: con su talento y sus
ansias de dominio, acabará siendo catedrático.
—¿Un catedrático con cuero negro?
—Seguro que eso no es más que una fase pasajera —dijo ella—.
Quizá el año que viene lleve chaquetas de tweed con coderas de cuero.
Me quedé un rato pensando en Locking atormentando al ratón entre
sus dedos. El chico de la calavera.
Regalo de Hope.
Otro graduado de Berkeley.
La conexión de California del norte... Big Micky se mudó a San
Francisco, porque allí era posible llegar a mayores extremos.
¿Cuántos cabos tenía la conexión? ¿Hasta dónde llegaban sus
hilos?
Fui de puntillas hasta el dormitorio, decidido a no despertar a
Robin. Me deslicé entre las sábanas con cuidado de no mover el colchón.
Pero ella dijo:
—¿Cariño? —Y a continuación tendió los brazos hacia mí. Yo cerré
los míos en torno a ella.
31
A la mañana siguiente mi cabeza era como una mira telescópica en
el centro de cuya cruz estaba Casey Locking.
Comencé a telefonear a las nueve, aún en bata. No obtuve
respuesta ni en la casa ni en su despacho del campus. ¿Estaría en el sótano,
con sus ratones?
No disponía de las señas de su domicilio familiar porque su
expediente había desaparecido. ¿Lo habría retirado él mismo? ¿Ocultaba Locking
algo?
Llamé al teléfono del departamento de sicología y, con la voz
más solemne y autoritaria que me fue posible poner, le dije a la secretaria:
—Soy el doctor Delaware. Necesito localizar a un estudiante de
posgrado que está haciendo un trabajo de investigación. Casey Locking. Han
extraviado ustedes su expediente, y me dio usted el teléfono, pero necesito
también la dirección.
—Un momentito, doctor. —Un par de chasquidos más tarde—: Aquí
tengo una dirección: Londonderry Place, número 1391.
—¿Y su laboratorio? ¿Tiene alguna extensión?
—Un momento... No ninguna.
—Gracias. ¿Me dice el código postal de Londonderry Place?
—Ele, a, noventa, cero, sesenta y nueve.
Hollywood Hills, al norte de Sunset Strip. Bonita dirección para
un estudiante recién graduado. Le di las gracias a la secretaria y me vestí.
Enfilé Sunset y, tras cruzar Beverly Hills, llegué a West
Hollywood, pasando por entre agencias artísticas, bufetes de abogados de
postín, vitrinas llenas de Ferraris y Lamborghinis usados. Pasado el Roxy, la
House of Blues, el Snake Pit, y el lugar en el que, antes de que un incendio
terminase con él, se alzaba Gazzarri’s. En Holloway vi un letrero color magenta
y bronce que anunciaba: CLUB NONE.
Así que Locking vivía cerca del lugar donde Mandy hacía la
carrera, y donde tal vez conociera a su peor y último cliente.
Llegué a Sunset Plaza, con sus boutiques de modas para la gente
del cine y sus cafés con terrazas atestadas de aspirantes a actrices y de mal
afeitados buitres que aguardaban a que ellas se enriquecieran o reventaran. Si
alguna de las mujeres encontraba trabajo en el cine, lo más probable era que
fuese para actuar sin ropa. De uno u otro modo, los hombres harían de
espectadores.
Londonderry Place se encontraba algo más allá del último café,
junto a la cafetería de Ben Frank, en un tramo en cuesta situado por encima del
tráfico. Las casas eran de buen tamaño, y tenían menos ornamentos
arquitectónicos que una parada de autobús.
El edificio de Locking era de un solo piso, blanco, y no había
sufrido modificaciones desde que fue construido allá en los años cincuenta.
Como la zona era alta, la casa debía de tener buenas vistas sobre la ciudad,
pero sus ventanas eran más bien estrechas. Gran cantidad de matas y arbustos
crecían frente al portal, sobre el que se veía el distintivo de una compañía de
seguridad.
Subí por una rampa de acceso muy larga que seguía más allá de la
casa. Existía espacio para media docena de vehículos, pero sólo había uno
estacionado: un BMW 530i negro. A través de una abierta arcada de madera, vi
una piscina de azules aguas. Aunque el sitio no era exageradamente lujoso, el
alquiler no debía de bajar de los dos mil dólares al mes.
Subí las escaleras que conducían a la puerta. Por el buzón no
asomaba correspondencia, pero era demasiado temprano para que ya hubieran hecho
el reparto. El coche indicaba que Locking podía encontrarse en casa.
Toqué el timbre y esperé. Al otro lado de la puerta sonaba
música fuerte, resonante, de letra aullada.
Heavy metal. La banda sonora preferida por Locking para
martirizar ratones.
Llamé con los nudillos, volví a tocar el timbre, y seguí sin
obtener respuesta. Me separé de la entrada principal y miré hacia la calle. No
se veía a ningún vecino, cosa frecuente en Los Angeles.
Dejando atrás el BMW, caminé por la parte lateral de la casa.
Más ventanas diminutas.
La piscina era enorme, al estilo de los años cincuenta. Deforma
ovalada, ocupaba el noventa por cierto del patio posterior. Las sillas del
jardín estaban oxidadas. Cerca de ellas había una barbacoa de gas y una
manguera de jardín retorcida e inutilizada.
Allí detrás la estrepitosa música sonaba mucho más fuerte.
Un techo de fibra de vidrio arrojaba su sombra sobre unas
puertas correderas que habían quedado sin cerrar.
Me acerqué y miré el interior. La habitación parecía un estudio.
Mueble bar, espejos de pub con anuncios de cerveza, vasos colgando, grandes
ceniceros de plástico. La única luz era la de unos números verdes que brillaban
entre las sombras. Un gran equipo estéreo. El reproductor de CD estaba
funcionando. La música sonaba estruendosamente alta.
Tratando de hacer caso omiso de ella, puse la mano en el cristal
y escruté el interior de la sala. En un rincón, el panel de la alarma. Otra luz
verde: no estaba conectada.
La moqueta era de color gris y estaba sucia. Divanes de cuero
negro, mesas negras lacadas, una escultura de una mujer desnuda inclinada, en
actitud sumisa. En una de las paredes, una gran litografia con marco cromado
reproducía a una mujer de grandes pechos que llevaba ajustados pantalones de
cuero y una gorra de motorista caída sobre un ojo. Frente a ella, una chimenea
de granito gris. Ningún leño. Un par de sillas. Sobre una de ellas, el estuche
de un CD.
La estruendosa música seguía sonando.
No se veía ni rastro de Locking.
Abrí unos centímetros más las puertas correderas y asomé la
cabeza al interior.
—Hola...
En la moqueta, colillas y ceniza. Sobre una de las mesas, un
montón de revistas.
Avancé unos pasos y repetí:
—Hola...
Las revistas eran una mescolanza de publicaciones de sicología
que me eran familiares, y de otras publicaciones que, para entenderlas, no
hacía falta estar en posesión de un título universitario.
Portadas a todo color: rosados pezones, labios escarlata, vello
púbico rubio. El nacarino brillo del esperma recién eyaculado.
Bonita mezcla: el Journal of Clinical Practice y revistas
pornográficas.
¿Sería aquél el material de trabajo de Locking para su tesis?
Sobre otra mesa, una lata de refresco abierta, una botella de
Bacardí casi vacía, y un vaso lleno de un aguado líquido de color vagamente
ambarino. Los cubitos de hielo se habían deshecho. La bebida debió de servirse
hacía horas.
Un vaso. Al parecer, la fiesta había sido de un solo invitado.
Quizá Locking se hubiese atiborrado de ron con coca-cola y
estuviera sumido en un profundo estupor que le impedía oír el ruido.
Llamé de nuevo.
Ninguna respuesta.
Probé otra vez. La habitación apestaba a nicotina y a comida
preparada. Los grandes ceniceros negros de junto al mueble bar rebosaban de
colillas. En el borde de uno de los ceniceros, el logo de un casino de Las
Vegas, el lugar en el que había trabajado Ted Barnaby.
El estuche del CD que había sobre la silla era de un conjunto
llamado Sepultura.
Así, en español.
Sin duda, todo formaba parte de la imagen que Locking pretendía
proyectar.
Apagué la música.
Silencio. Ninguna protesta.
—Hola...
Nada.
Era mejor no seguir explorando. La mitad de los habitantes de
Los Angeles tiene armas y, por su relación con Cruvic y por la imagen de sí
mismo que le gustaba proyectar, Locking debía de ser uno de ellos. Si el chico
había conseguido dormir con todo aquel estruendo, despertarlo podía resultar
peligroso. Y, a fin de cuentas, yo estaba cometiendo allanamiento de morada.
Cuando me volví, dispuesto a marcharme, advertí que debajo de
uno de los ceniceros había algo.
Una foto Polaroid con un ángulo sujeto por un alfiler.
Alineada perfectamente con el borde de la repisa. Parecía puesta
allí para que se viera bien.
Era la foto de una mujer.
Desnuda hasta la cintura, con los brazos alzados sobre la
cabeza. Las muñecas atadas y sujetas al cabecero de madera. Los pequeños pechos
estaban levantados por la presión.
La pálida piel estirada sobre las delicadas costillas.
El rostro estaba cubierto por una capucha de cuero negro llena
de pequeñas cremalleras.
Dos cremalleras abiertas en la zona de la nariz. Una, cerrada,
sobre la boca.
Las cremalleras de los ojos también estaban abiertas. A través
de ellas se veía el brillo de unos ojos pardos. Más abajo, un par de manos
pellizcaban los erectos pezones.
Manos masculinas.
De dos hombres distintos.
La de la izquierda era velluda y estaba unida a un brazo
desnudo.
En el antebrazo, un tatuaje: una pequeña ancla.
La mano de la derecha era blanca y lampiña, y surgía de un puño
de punto negro.
Un anillo en la mano lampiña. Calavera de plata, ojos de cristal
rojo.
Me acerqué para mirar mejor la foto.
Y vi a Locking.
En el suelo, detrás del mueble bar.
Recostado contra un rincón, las piernas separadas, los brazos
exánimes. Una mano vuelta hacia dentro. Los dedos de la otra, totalmente
extendidos.
Uñas azules. Labios azules.
La calavera del anillo me sonreía.
Locking tenía la cabeza echada para atrás, de modo que el cuello
se encontraba arqueado hacia el techo. Pómulos en relieve, el largo cabello
revuelto.
Una bata de seda negra cubría apenas el flaco y blanco cuerpo.
Blanco salvo en los puntos en que unas lívidas manchas señalaban
los lugares en los que la sangre se había acumulado cuando Locking dejó de
respirar.
Boca entreabierta.
En vida había buscado parecer frío e imperturbable, pero había
abandonado este mundo con una expresión de enorme sorpresa.
En el centro de la despejada frente, un negro orificio rodeado
de sangre seca.
Salpicaduras color rojo oscuro sobre el rostro y el lampiño
pecho. También sobre la bata, convirtiendo el negro en marrón.
Sangre en la moqueta y en la pared, tras el cadáver. Sangre
también bajo el cuerpo.
Sangre a raudales. ¿Cómo era posible que no me hubiese fijado en
ella inmediatamente?
Los ojos estaban entornados, secos y opacos como los de un pez
caído sobre el muelle. Largas pestañas cubiertas de sangre seca.
Yo había visto la muerte muchas veces. La última, el hombre
había muerto a mis manos. Defensa propia. Escuchaba mi propia respiración.
De pronto, la habitación apestaba.
La postura de la cabeza de Locking me llamó la atención. Debería
estar caída.
Pero estaba vuelta hacia arriba, apoyada contra la pared, como
en actitud de plegaria.
¿Colocada así por alguien?
En torno al cadáver, más Polaroids.
Muchas más. Silueteando el cadáver.
La misma mujer, atada y enmascarada.
Primeros planos de los muslos, el pecho, el estómago y más
abajo.
Fotos de todo el cuerpo, largo, esbelto y pálido. La mujer
estaba tumbada sobre una blanca sábana, con las piernas separadas y los
tobillos atados a la madera de los pies de la cama. Las caderas levantadas,
como esperando que alguien la penetrase.
En unas fotos aparecía sola. En otras, sobre su cuerpo se veían
las dos manos.
Apretando, pellizcando, acariciando, sobando.
Primeros planos ginecológicos.
Una Polaroid con un primer plano del rostro, situada cerca de la
mano derecha de Locking.
En aquella foto, la mujer aparecía sin capucha. Cabello rubio
echado para atrás y recogido en la nuca. Un rostro encantador, distinguido.
La boca, abierta, expresaba temor o bien excitación sexual. O
ambas cosas. Los brillantes ojos pardos estaban muy abiertos. Fijos y distantes
al mismo tiempo.
Incluso en aquella situación, los sentimientos de Hope Devane
eran difíciles de descifrar.
Miré de nuevo hacia el cadáver de Locking.
En el suelo había otra cosa.
Una caja de cartón. Más fotos. Cientos de ellas.
En un costado, claramente escrito con rotulador: ESTUDIO
AUTOCONTROL, CAJA 4, PRELIM.
Cuando sacó la caja de la casa de Seacrest, Locking ni siquiera
se había molestado en cerrarla. Ocultó las fotos bajo una capa de hojas
impresas a ordenador.
Fue su modo de burlarse de la policía.
Y Seacrest estaba al corriente de todo. Efectivamente, había
puesto sobre aviso a Locking.
El ancla tatuada en el brazo. Compinches.
Un zumbido me hizo respingar.
Una reluciente mosca gris había entrado por la puerta. Voló en
círculos por la habitación, se posó en el bar, despegó de nuevo, inspeccionó un
cenicero, voló hacia mí. La espanté, y ella fue a posarse en uno de los espejos
de pub. Alzó de nuevo el vuelo, evolucionó sobre el cadáver de Locking, y
terminó aterrizando sobre el abdomen.
Tras una pausa, comenzó a escalar el rostro sin vida. Se detuvo
al fin junto al ensangrentado orificio. Se quedó allí, frotándose las patas
delanteras.
Fui en busca de un teléfono.
32
—No es ningún delito —repitió Philip Seacrest.
Por su tono, podría haber estado dando clase en un aula, pero
Milo no era ningún estudiante.
Una sala de interrogatorios de la Comisaría Oeste de Los
Angeles. Aunque había una cámara de vídeo grabando todo lo que ocurría, Milo no
dejaba de tomar notas. Yo estaba a solas en el cubículo de observación, con un
café frío y unas imágenes congeladas.
—No, no lo es, profesor.
—No aspiro a que usted lo comprenda, pero yo creo que la vida
privada de las personas es eso: privada.
Milo dejó de escribir.
—¿Cuándo comenzó la cosa, profesor?
—No sé.
—¿No?
—No fue idea mía... Yo no tenía esas inclinaciones.
—¿Quién las tenía?
—Hope. Casey. Nunca supe quién de los dos empezó.
—¿Cuándo comenzó usted a participar en esos juegos? —preguntó
Milo, tomando una de las Polaroid que había sobre la mesa y golpeándola con la
punta del índice.
Seacrest apartó la vista. Hacía unos momentos, mi amigo lo había
obligado a descubrirse el brazo. Sobre la piel, un ancla tatuada. Ahora el
hombre tenía bajada la manga de la camisa y su chaqueta estaba abrochada.
Se acarició la descuidada barba. Su primera reacción al ver las
fotos fue de sorpresa y shock. Luego, llorosa resignación, seguida por altivo
laconismo. Aunque no estaba arrestado, Milo le preguntó si quería que en el
interrogatorio estuviese presente un abogado. Seacrest rechazó secamente la
oferta, como si se sintiese insultado por ella. Según el interrogatorio
avanzaba, su actitud fue virando más y más hacia la indignación.
—¿Cuándo comenzó usted a participar, profesor?
—Más tarde.
—Más tarde, ¿cuándo?
—¿Cómo voy a saberlo, señor Sturgis? Ya le he dicho que no sé
cuándo comenzó la cosa.
—En términos absolutos, ¿cuándo comenzó usted a participar?
—Hace cosa de un año y medio.
—Y Locking llevaba más de tres años estudiando con su esposa,
¿no?
—Sí, creo que sí.
—O sea que tal vez la cosa empezó dos años antes de que usted
comenzara a tomar parte en ella.
Sonriendo torcidamente, Seacrest replicó:
—Sí, es posible.
—¿Cómo fue? —quiso saber Milo—. ¿Un buen día se presentaron los
dos ante usted y le dijeron: «Mira, de pronto nos ha dado por el sometimiento y
la disciplina? ¿Quieres participar en nuestros jueguecitos?»
Seacrest enrojeció, pero su voz permaneció inalterable.
—No creo que usted lo entienda.
—Probemos.
Seacrest meneó la cabeza y movió lateralmente el cuello. La
sonrisa de sus labios no se había desvanecido por completo.
—¿Algo le parece divertido, profesor?
—Traerme aquí es una perversidad. Mi esposa fue asesinada y
usted se preocupa por estas cosas.
De pronto Milo se echó hacia adelante y clavó la vista en los
ojos de Seacrest. Éste respingó, pero, inmediatamente, recuperó la compostura y
mantuvo la mirada de mi amigo.
—No sólo es una perversidad, sino también algo absurdo e
irrelevante.
—Sígame la corriente, profesor. ¿Cómo empezó su participación en
esos juegos?
—Pues... Tiene razón al llamarlos juegos, porque eso eran y nada
más. Sin embargo, no espero que se muestre usted tolerante con las...
divergencias.
Milo sonrió.
—¿Divergencias?
Seacrest no le hizo caso.
—Así que le propusieron divergir con ellos.
—No... Yo... Los sorprendí. Una tarde que tenía clase me sentí
indispuesto y me marché a casa.
—¿Y se los encontró a los dos?
—Sí, señor Sturgis.
—¿Dónde?
—En nuestra cama. —Seacrest sonrió—. En nuestro lecho
matrimonial.
—Debió de ser toda una sorpresa.
—Eso es decir muy poco.
—¿Cómo reaccionó usted?
Seacrest tardó unos momentos en responder.
—No hice nada.
—¿Nada?
—Exacto, señor Sturgis: nada.
—¿No se sintió furioso?
—Me ha preguntado cómo reaccioné, no cómo me sentí. Y la
respuesta es que no hice nada. Di media vuelta y salí de la habitación.
—¿Qué sintió?
Una nueva pausa.
—No sé qué decirle. Furia, no. La furia sólo hubiera empeorado
las cosas.
—¿Por qué?
—Porque Hope no reaccionaba bien ante los arranques
temperamentales.
—¿Qué quiere decir?
—No los toleraba. De haberme puesto nervioso, la cosa se habría
convertido en... en una confrontación.
—Los matrimonios se pelean, profesor. Y me parece que a usted no
le faltaban motivos para enfadarse.
—Gracias por su comprensión, señor Sturgis. Sin embargo, Hope y
yo jamás peleábamos. Era algo que no iba con su carácter ni con el mío.
—Entonces, ¿qué entiende usted por confrontación?
—Una guerra. De silencio. Interminable, frígida. Lapsos
interminables sin una sola palabra. El exilio sicológico. Aunque dijera
perdonar, Hope jamás olvidaba. Yo conocía el repertorio de sus emociones como
un director de orquesta conoce una partitura. Así que cuando los vi a los dos,
conservé la dignidad y, simplemente, hice mutis.
—Y luego, ¿qué?
—Luego... —Seacrest se frotó de nuevo la barba—. Alguien cerró
la puerta y supongo que... terminaron lo que estaban haciendo. Sin duda,
considera usted mi reacción despreciable. Cobarde. Abyecta. Sin duda, usted
cree que, en mi lugar, habría reaccionado de modo distinto. Sin duda, esta
noche usted volverá a su casa con su respetable esposa y sus amorosos hijos.
Probablemente, vive usted en algún lugar del Valle. Una bonita vida. Tranquila
y convencional.
Milo se echó para atrás en la silla y se apretó los labios con
un grueso dedo.
Con súbito cansancio, Seacrest se cubrió los ojos con ambas
manos, se acarició los párpados y luego las dejó resbalar por las mejillas para
posarse al fin sobre las piernas.
—La alternativa, señor Sturgis, era, o unirme a ellos, o...
—¿O qué?
—O perderla. Y ahora la he perdido de todos modos. Dejó caer los
hombros y comenzó sollozar.
Milo aguardó un buen rato antes de decir:
—¿Quiere algo de beber, profesor?
Seacrest negó con la cabeza. Luego alzó la vista y la fijó en
las Polaroid.
—¿Podemos acabar con esto? ¿No ha escuchado ya suficientes cosas
sobre el enfermizo y divergente mundo de los intelectuales?
—Unas preguntas más, por favor.
Seacrest lanzó un suspiro.
Milo preguntó:
—Al ver a su esposa con Locking, ¿no pensó usted que ya la había
perdido?
—Claro que no. Tampoco era la...
—¿La primera vez?
Seacrest encajó las mandíbulas.
—¿Profesor?
—Está ocurriendo exactamente lo que me temía. El buen nombre de
Hope será arrastrado por el fango. Me niego a ser cómplice de ello.
—¿Cómplice de qué?
—No quiero desenterrar cosas del pasado de mi esposa.
—¿Y si el pasado fue el causante de su asesinato?
—¿Tiene usted la certeza de que sea así?
—Habiendo muerto Locking, ¿qué cree usted?
No hubo respuesta.
—¿Con cuántos hombres más... jugó su esposa, profesor Seacrest?
—No lo sé.
—Pero sabe que hubo otros.
—No lo sé con certeza, pero ella tenía... los aparatos desde
hacía tiempo.
—Al decir aparatos se refiere usted a la máscara, las ligaduras
y las prendas de hule y cuero de la talla de su esposa que encontramos en casa
de Locking.
Seacrest asintió, abatido.
—¿Usaba su esposa algún otro... aparato?
—Que yo sepa, no.
—¿Nada de látigos?
Seacrest negó desdeñosamente.
—A Hope no le interesaba el dolor, sino...
—¿Qué?
—La contención.
—¿Autocontrol?
Seacrest no respondió.
Milo anotó algo.
—Así que ella tenía los aparatos desde hacía tiempo. ¿Cuánto
tiempo?
—Cinco o seis años.
—Desde tres años antes de conocer a Locking.
—Está usted muy bien de aritmética.
—¿Dónde guardaba su esposa los aparatos?
—En su cuarto.
—¿En qué lugar de su cuarto?
—En el armario, dentro de una caja. La encontré de modo
accidental, y nunca le dije nada a ella.
—¿Qué más había en la caja?
—Fotos.
—¿De ella?
Seacrest negó casi imperceptiblemente con la cabeza.
—Nuestras. Fotos que nos habíamos hecho. Ella me dijo que las
había tirado. Aparentemente, le gustaba mirarlas.
—¿Quién llevó las fotos y los aparatos a casa de Locking?
—Casey.
—¿Cuándo?
—La noche que usted estuvo en mi casa.
—Yo sólo lo vi sacar una caja.
—Volvió más tarde. Poco después de que asesinaran a Hope, yo ya
le había pedido que se lo llevase todo. Temía que ocurriera algo exactamente
como lo que ha ocurrido.
—¿Por qué Locking no se llevó esas cosas antes? Seacrest se
encogió de hombros.
—Dijo que iba a hacerlo, pero lo fue dejando.
—Volvía a jugar con usted —dijo Milo.
—Supongo que sí. Es un tipo más bien... calculador.
—No le resulta simpático.
—A Hope se lo resultaba, y eso era lo único importante.
—¿Los sentimientos de usted no lo eran?
Con escalofriante sonrisa, Seacrest replicó:
—No, no lo eran en absoluto, señor Sturgis.
—Ya que Locking no se decidía a llevarse los aparatos, ¿por qué
no los tiró usted?
—Eran de Hope.
—¿Y...?
—Yo... me consideré obligado a conservarlos.
Se humedeció los labios, apartó la mirada.
—Los aparatos eran de su esposa y, habiendo muerto ella, pasaron
a ser de usted. ¿Por qué, entonces, se los confió a Locking?
—Me pareció más seguro —dijo Seacrest—. Pensé que tal vez la
policía registrase la habitación de Hope.
—Si no entiendo mal —dijo Milo—, no deseaba usted enfangar el
nombre de Hope, pero conservó un par de centenares de fotos.
—Las escondí en mi despacho de la universidad —dijo él—. Aunque
fue una precaución innecesaria. Los dos primeros detectives ni siquiera se
molestaron en registrar la habitación de mi esposa. Y, en realidad, usted
tampoco lo hizo.
—Así que primero se los llevó usted a la universidad, y después
los devolvió a su casa.
—Exacto.
—Luego esperó a que Casey Locking fuera a recogerlos. Pero...
¿para qué le servían a usted las fotos?
Seacrest respingó.
—¿Para qué me iban a servir?
—Eso es lo que le pregunto. Lo único que sé es que las guardó en
vez de destruirlas. Lo cual parece indicar que las quería usted para algo.
Seacrest volvió a mover el cuello y luego abrió y cerró las
manos.
—Tenga en cuenta, señor Sturgis, que ésas eran las únicas fotos
que tenía de ella, excepción hecha de la que aparecía en la sobrecubierta de su
libro. Hope odiaba las cámaras. Odiaba que la retratasen.
—Salvo así —dijo Milo, señalando las Polaroid. Seacrest asintió.
—O sea que, para usted, eran recuerdos.
Seacrest encajó las mandíbulas.
—Y, sin embargo, dejó que Locking se las llevase.
—Yo... me guardé algunas.
—¿Dónde las tiene?
—En casa.
—¿Escogió sus fotos favoritas o simplemente metió la mano en la
caja y sacó unas cuantas al azar?
Seacrest se puso bruscamente en pie.
—Esto se acabó —dijo.
Milo se encogió de hombros.
—Muy bien. Tendré que conseguir la información por otros medios.
Preguntaré en los clubes de disciplina y sumisión, a ver si alguien conocía a
su esposa. Si así no consigo nada, acudiré a la prensa, a ver qué pasa.
Seacrest agitó un dedo en su dirección.
—¡Es usted...! —Sus manos se convirtieron en puños—. Me dijo que
si venía a hablar con usted, a cambio se mostraría discreto.
—Dije que me mostraría discreto si usted colaboraba.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo.
—¿Lo cree de veras?
Seacrest enrojeció vivamente, como ya le había visto hacer en su
despacho. Su respiración se aceleró, hasta que al fin el hombre cerró los ojos
y pareció concentrarse en devolverla a su ritmo normal.
—¿Qué más quiere? —preguntó al fin—. Ya le he dicho un montón de
veces que todo esto no tiene nada que ver con el asesinato de Hope.
—Eso opina usted, profesor.
—¡Yo la conocía! ¡Mejor que nadie! Ella no iba a clubes de
disciplina y sumisión. Nunca hubiera hecho algo tan...
—¿Plebeyo?
—Vulgar. Y deje de mirar las fotos cada vez que digo algo en
favor de mi esposa. Esas fotos eran privadas.
—Y los juegos también eran privados.
—¡Sí! —Seacrest avanzó hasta la mesa y de un manotazo tiró al
suelo casi todas las fotos. Luego se volvió hacia Milo y quedó mirándolo con
los brazos en jarra.
Milo le dirigió una breve mirada y anotó algo.
Una de las fotos había quedado cerca de los pies de Seacrest.
Éste la pisó y luego removió el pie.
—Privados —dijo Milo con voz suave—. Hope, Locking y usted.
—Exacto. No hicimos nada ilegal, ¡absolutamente nada! Ninguno de
los dos la mató.
Pensé que Milo iba a seguir por ese camino, pero en vez de ello,
dijo:
—¿Da usted por terminada esta entrevista, señor?
—Si me quedo, ¿me promete que no ensuciará el buen nombre de
Hope?
—No le prometo nada, profesor. Pero si coopera, haré todo lo
posible.
—La primera vez que nos vimos, me dijo usted que los dos
estábamos en el mismo bando. ¡Qué ironía!
—Demuéstreme que los dos queremos lo mismo, profesor.
—¿A qué se refiere?
—Yo pretendo detener al asesino de su esposa. ¿Qué pretende
usted?
Seacrest pareció a punto de incorporarse de nuevo. Se contuvo a
duras penas. Todo el cuerpo le temblaba.
—¡Si encontrase al asesino, lo mataría! Estoy sumamente bien
versado en instrumentos de tortura medievales, y le aseguro que sabría darle su
merecido.
—¿Lo pondría en la rueda?
—No puede usted ni imaginar lo que le haría. —Seacrest se puso
una mano en la muñeca, como para apaciguarse el pulso.
—¿Se le ocurre quién pudo matar a Locking?
—No.
—¿Ninguna teoría?
Seacrest meneó la cabeza.
—La verdad es que nunca conocí bien a Casey.
—Sólo eran compañeros de juegos.
—Exacto.
—La noche que fui por su casa, él le devolvió el coche de su
esposa.
—Sí.
—¿Locking le estaba echando una mano?
—Sí.
—¿Aunque usted no lo conocía apenas?
—Hope lo conocía.
—Así que el chico se merecía llevarse el coche.
—Sí. Yo le estaba agradecido.
—¿Por qué?
—Por el placer que le dio a Hope.
—Aquella noche Locking lo trató a usted de modo muy formal,
llamándolo profesor Seacrest. Intentó hacer ver que entre ustedes no existía
una relación personal.
—Y, realmente, no existía.
Milo tomó una de las fotos que seguían sobre la mesa y la
estudió detenidamente.
Seacrest dijo:
—La relación no era entre Casey y yo, señor Sturgis. Ambas
relaciones giraban en torno a Hope. Y todo lo demás también. Ella era el...
nexo.
—Un sol, dos lunas —dijo Milo.
Seacrest sonrió.
—Bien expresado. Sí: podría decirse que los dos estábamos en su
órbita.
—¿Quién más estaba en esa órbita?
—Que yo sepa, nadie más.
—No había otros juegos.
—Ella no me dijo que los hubiera.
—De haberlos habido, ¿se lo habría dicho ella?
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Hope actuaba abiertamente.
—¿En todo?
—Ya ha visto las fotos. ¿Qué más abiertamente se puede actuar?
—Seacrest hizo un gesto de desagrado.
Milo señaló la silla a Seacrest con un movimiento de mano.
—Prefiero seguir de pie, señor Sturgis.
Sonriendo, Milo se levantó, se puso de rodillas y comenzó a
recoger las fotos del suelo.
—Era un juego con tres participantes, y dos de ellos han muerto.
¿No se siente usted amenazado?
—Sí, supongo.
—¿Supone?
—No suelo pensar en mí mismo.
—¿No?
Seacrest meneó la cabeza.
—No le doy demasiado valor a mi propia vida.
—Eso parece muy deprimente, señor.
—Estoy deprimido. Mucho.
—Alguien podría pensar que tenía usted motivos para matarlos a
los dos.
—¿A qué motivos se refiere?
—A los celos.
—¿Entonces para qué iba a dejar las fotos cerca del cadáver de
Casey? ¿Para incriminarme?
Milo no contestó.
—Desperdicia usted su tiempo y el mío, señor Sturgis. Yo amé a
mi esposa de un modo en que pocas mujeres son amadas. Yo me rebajé en honor
suyo. Perderla a ella ha significado para mí perder la alegría. Apreciaba a
Casey porque él contribuyó a hacerla feliz. Aparte de eso, el chico no
significaba nada para mí.
—¿Cuál era su alegría?
—Hope. —Seacrest se alisó las solapas de la chaqueta—. Seamos
lógicos: Casey murió de un disparo y las pruebas que ustedes me han hecho
demuestran que yo no he disparado ningún arma recientemente. Lo cierto es que
no he tocado un arma desde que me licencié del ejército. Y a la hora en que
mataron a Casey, yo estaba en casa.
—Leyendo.
—¿Quiere que le diga el título del libro?
—¿Algo romántico?
—El pecado original.
—Interprételo usted como le plazca y, si necesita ayuda para
ello, pídasela a Delaware. ¿Puedo irme ya, señor Sturgis? Prometo no salir de
la ciudad. Si no me cree, hágame vigilar por la policía.
de Milton. El paraíso perdido, —
—¿No desea usted añadir nada?
—Nada.
—Muy bien —dijo Milo—. Como quiera.
Seacrest se dirigió con tembloroso paso a la puerta que conducía
a la sala de observación y, al tratar de abrirla, la encontró cerrada.
—Por ésa —dijo Milo, señalando la otra puerta. Seacrest se
irguió y tomó la dirección debida.
Milo amontonó la colección de fotos.
—Lo de haber estado leyendo en casa no es una gran coartada,
profesor.
—Nunca imaginé que fuese a necesitar una coartada.
—Hablaremos más adelante, profesor.
—Espero que no. —Seacrest fue hasta la puerta y al llegar a ella
se detuvo—. No espero que usted me crea, pero Hope en ningún momento fue
forzada ni oprimida. Muy al contrario. Fue ella quien estableció las normas, y
quien tuvo siempre el control de la situación. Le encantaba poder someterse sin
temor, y su placer era el mío. Admito que, al principio, me sentí repelido;
pero uno aprende. Hope me enseñó.
—Le enseñó, ¿a qué?
—A confiar. De eso se trataba, señor Sturgis. De la confianza
total. Piense usted en ello: ¿confiaría su esposa en usted del modo en que la
mía confió en mí?
Milo escondió una sonrisa con una de sus grandes manazas.
Seacrest siguió:
—Comprendo que es inútil pedirle que no muestre usted esas fotos
a nadie; pero, a pesar de todo, se lo pido.
—Ya se lo he dicho, profesor: si no tienen relación con el
asesinato, no hay motivo para hacerlas públicas.
—No la tienen. Formaban parte de su vida, no de su muerte.
33
—Sí: lo de la prueba de la parafina es cierto. Seacrest no ha
disparado ningún arma recientemente —dijo Milo—. Sin embargo, pudo contratar a
alguien para que disparase contra Locking. Quizá a alguien que conoció en el
ambiente sadomasoquista.
—Pero en lo que dice de las fotos tiene razón —dije—. Si las
hubiese destruido, nunca habrías sospechado de él. Así que tal vez la verdadera
causa de que se mostrase evasivo fuera los juegos de sumisión.
—Pero, ¿por qué conservó las fotos?
—Tal vez por el motivo que dijo. Eran recuerdos.
—¿Sentimentales o sexuales?
—Puede que sentimentales y sexuales.
—¿Te crees el rollo de que Hope era su dios, y él se postraba
ante su altar?
—Eso explicaría un matrimonio así —dije—. Ella estuvo tan
controlada de pequeña, que ansiaba tener a alguien dispuesto a renunciar
totalmente a su ego. Pese a lo que Hope le dijo a Elsa Campos, lo de que la
ataran y encerraran debió de ser aterrador. Una obsesión de la que deseaba
librarse. Y la pasividad de Seacrest lo convertía en la pareja ideal para ella.
Él les dijo a Paz y Fellows que durante años fue un solterón empedernido. Quizá
Seacrest fuera una luna buscando su sol.
—¿Así que Hope deseaba librarse de su obsesión, y trató de
conseguirlo haciendo que la volvieran a atar, que la manipulasen y magullaran?
—Escenificó de nuevo su infancia —dije—. Sólo que esta vez,
quien mandaba era ella.
—Con sus jueguecitos, los tres hubieran hecho un buen papel en
los programas de debate —dijo Milo.
—Por como hablas —dije—, más que un legendario detective de West
Hollywood pareces un policía burgués con una amante esposa y un estilo de vida
convencional.
Yo llevaba tiempo sin oír a Milo reír tan fuerte.
—Las armas que encontraste en casa de Locking eran artillería
muy pesada para un estudiante —seguí.
—Tres pistolas y un fusil —dijo él—. Todas estaban cargadas,
pero metidas en un armario. El chico pecaba de exceso de confianza.
—Y no te olvides del material pornográfico que tenía —dije—.
Locking era de San Francisco. La ciudad de Big Micky y el negocio de Big Micky.
¿De quién es la casa?
—Aún no lo sé, pero según un vecino, era alquilada. Antes que
Locking, hubo otros inquilinos.
—Resultaría interesante que el casero fuera también propietario
de la casa de Cruvic en Mulholland.
—Cruvic le paga el alquiler a una corporación cuya base está
aquí, en Los Angeles. Triad, o Triton, o algo así, pero aún no la hemos
relacionado con ninguna persona en concreto. Respecto a Big Micky, lo que he
logrado averiguar hasta el momento es que era una especie de magnate del sexo:
cines, locales con actuaciones en vivo, salones de masaje, servicios de
acompañantes... El tipo se retiró por graves problemas de salud. Lo tenía todo
fastidiado: el corazón, el hígado, los riñones. Hace relativamente poco, le
hicieron un par de trasplantes de riñón rechazados y Kruvinski quedó muy mal.
—En Las Vegas, Ted Barnaby vio a Cruvic con un viejo que tenía
la piel amarilla —dije—. Eso significa ictericia, o sea problemas de hígado.
¿Has averiguado si Mandy Wright trabajó alguna vez en San Francisco?
—Aún no. Pero hay otra conexión con el norte de California: la
madre de Hope murió allí. En el Centro Médico Stanford. Cáncer de mama. Sus
cuentas las pagó un tercero cuya identidad aún no hemos conseguido averiguar.
—La historia de siempre —dije.
—Una extraña mezcla de académicos y gángsteres. —Se rascó la
mandíbula—. Detesto este caso. Hay demasiada gente lista metida en él.
Milo me acompañó hasta el exterior de la comisaría. Cuando
llegamos a la acera de la calle Purdue, alguien llamó:
—¿Detective Sturgis?
Un gran Mercedes azul se encontraba estacionado en zona
prohibida al otro lado de la calle. En la parte posterior se veían dos antenas
de teléfono móvil. El automóvil tenía todo tipo de extras que debían de elevar
al doble su precio original.
El hombre sentado al volante tenía algo más de sesenta años.
Llevaba la cabeza afeitada y lucía un intenso bronceado que debía de ser parte
sol, parte lámpara. Grandes gafas negras, camisa blanca, corbata amarilla.
Cuando apagó el motor, en su muñeca brilló un reloj de oro. El hombre se apeó y
cruzó la calle con paso rápido. Metro ochenta y tres, flaco y ágil. Debía de
haberse sometido a unos cuantos liftings faciales, pero el tiempo había
aflojado las suturas y la piel de la barbilla le temblaba.
—Robert Barone —dijo, con voz velada. Extendió una bronceada
mano—. Creo que lleva usted algún tiempo tratando de localizarme, pero he
estado fuera de la ciudad.
—¿En San Francisco? —preguntó Milo, estrechando la tendida mano.
La sonrisa de Barone fue tan súbita como las malas noticias, y
tan cálida como un sorbete helado.
—Pues no: en Hawai. Un pequeño descanso entre caso y caso. —Las
gafas de sol se volvieron hacia mí—. ¿Y usted es el detective...?
—¿En qué puedo servirle, señor Barone? —preguntó Milo.
—Eso es justamente lo que yo iba a preguntarle, detective.
—¿Vino usted aquí en persona para ofrecer su servicios al
insignificante Departamento de Policía de Los Angeles?
—Según están las cosas —dijo Barone—, necesitan ustedes toda la
ayuda que puedan recibir. Hablando en serio: necesito hablar de cierto asunto.
De no haberlo encontrado a usted, me hubiese dirigido a su superior. —Aún
mirándome, Barone dijo—: No he oído su nombre.
—Holmes —dijo Milo—. Detective Holmes.
—¿Como Sherlock?
—No —dijo Milo—, como Sigmund. Bueno, ¿qué quiere el doctor
Cruvic? ¿Protección policial ahora que Darrell Ballitser ha aireado su nombre
por las ondas? ¿O acaso desea confesar algo?
Barone se puso serio. En su calva cabeza había manchas de vejez.
—¿Qué tal si entramos?
—Ha estacionado usted en zona prohibida, abogado.
Barone se echó a reír.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo de que me multen.
—Supongo que para eso le pagan —dijo Milo—, pero luego no me
eche la culpa. —Volviéndose hacia mí—: Hasta luego, Sig. Investiga lo que
desees respecto a los asuntos de los que estábamos hablando.
Se dirigió hacia la puerta principal de la comisaría. Barone lo
siguió a toda prisa.
Investigación. Sobre el clan Kruvinski/Cruvic.
El abogado de la familia había ido a la policía en persona
porque alguien estaba preocupado.
Little Micky seguía siendo el único que tuvo una relación
confirmada con Hope.
Fui en el coche hasta la biblioteca y busqué el nombre del padre
de Cruvic. Encontré quince menciones de Mike V. Kruvinski repartidas a lo largo
de veinte años, todas ellas en periódicos de San Francisco. Un par de fotos
mostraban a un hombre de cuello de toro, facciones brutales y ojos rasgados,
prueba indiscutible de su paternidad. Pero era más tosco que su hijo, una
escultura peor terminada.
Ni una sola mención en los periódicos de Bakersfield. ¿Porque la
ciudad y la época eran más tranquilas, o porque hubo sobornos?
La mayor parte de las noticias de San Francisco tenían que ver
con arrestos por obscenidad. El «empresario del sexo y presunto delincuente»
fue detenido docenas de veces durante los años setenta y principios de los
ochenta. Demasiada carne en los espectáculos, demasiado contacto entre
bailarinas y clientes, demasiado licor servido a menores de edad.
Recordé algo que Cruvic había dicho en su consulta de Beverly
Hills.
El aumento de los problemas de infertilidad debido a «los
excesos de promiscuidad que hubo en los años setenta». Hablaba por experiencia.
Los artículos mencionaban infinidad de arrestos, pero no decían
nada de condenas. Un montón de sobreseimientos antes del juicio.
También se había utilizado contra él la táctica que se empleaba
habitualmente contra los zares del crimen. Hubo una acusación de evasión de
impuestos de la que Kruvinski se escapó porque pudo demostrar que la mayor
parte de sus ingresos procedía de sus fincas agrícolas en el Central Valley,
varias de las cuales incluso habían conseguido subsidios federales. Sus
negocios de las calles O’Farrell y Polk terminaron cerrando pero,
aparentemente, no a causa de problemas legales.
Casi no había citas textuales del interesado. Cuando Kruvinski
quería comunicarse con la prensa, lo hacía a través de Robert Barone. Lo que sí
encontré fue una entrevista de hacía diez años, un elogioso reportaje firmado
por un periodista que parecía enorgullecerse de tener el pulso de San Francisco
metido en su bolsillo.
Había hablado con Kruvinski en su casa y el artículo explicaba
en parte la retirada del empresario pornográfico de los espectáculos en vivo.
—Nos pasamos al vídeo —dijo el antaño robusto empresario,
sentado en el salón de su lujosa casa de Sausalito, con amplias vistas sobre la
bahía—. Al público ya no le apetece ir a los teatros, ni soportar asedios
policiales.
Luego, con su habitual generosidad, y su peculiar sonrisa
eslava, tan amplia como el Embarcadero, Micky K. me ofreció un whisky, un
Chivas de veintiún años vertido, cómo no, de la genuina botella azul. Sin
embargo, él no pudo participar en la libación. Problemas de hígado. Problemas
de riñón. El trasplante del año pasado, el segundo, fue como un faro de
esperanza en la niebla, pero no lo aceptó.
Traté de rechazar la invitación, pero Micky no quiso ni oír
hablar de la abstinencia en nombre de la empatía. Un afectuoso «Querida» hizo
que apareciese la hermosa, esbelta y bronceada esposa de Micky, la antigua
actriz y modelo Brooke Hastings, que llegó procedente de la cocina, donde
estaba preparando exquisitas delicias culinarias. La señora K., resplandeciente
al sol de Sausalito, secó la frente a su marido y le susurró al oído amorosas
palabras de esposa.
—Su distracción favorita es observar a los leones marinos —me
confió, mientras vertía en mi vaso una generosa dosis del divino néctar que
destilan los hermanos Chivas—. Hace que les lleven pescado fresco todas las
mañanas. Adora a los animales. Y a todo lo orgánico y viviente. Eso fue lo que
me atrajo de él.
Luego, besó la coronilla del viejo de un modo que rebasaba con
mucho las imposiciones del deber matrimonial. El sonrió y miró por un ventanal
tan amplio como el escenario del teatro Love Palace. Su expresión era soñadora,
y quizá Micky estuviera soñando, quién es este humilde cronista para decir lo
contrario. La antigua señorita H. puso un brazo en torno a su esposo y él
siguió mirando. Mirando y soñando. Como en las películas. No como en las
películas que él produce, pero, a su modo, igualmente sensual. La señorita H.
cruzó las esculturales piernas y el que suscribe sorbió Chivas, notando en su
gaznate de esclavo de las linotipias la ardiente caricia de la lava escocesa.
En conjunto, no había sido un mal día en Xanadú. Esperemos que Micky disfrute
de muchos similares.
Brooke Hastings. Una actriz que usó como nombre artístico el de
la empresa de carnes y piensos de su marido. Una broma de Kruvinski. ¿Se habría
dado cuenta ella de con qué la estaba comparando su marido?
Quizá se tratara de una broma familiar, ya que el hijo utilizó
el mismo nombre para el instituto al que supuestamente asistió durante el año
entre residencias, el que siguió a su marcha de la Universidad de Washington.
Terminé de leer los demás artículos. Ninguna mención a la
primera esposa, al hijo médico, ni a ningún otro familiar. Terminaba con los
problemas de salud de Big Micky. Pathos suficiente para asfixiar a un adicto a
los programas de debate.
¿Dónde estaba ahora el viejo? ¿Se habría trasladado a Los
Angeles para que su retoño pudiera cuidar de él? ¿Se encontraría oculto tras
los altos muros de la mansión de Mulholland?
Pero la ausencia de funcionamiento renal significaba diálisis.
Equipo, sistemas de control.
«¿Una clínica particular?»
¿A eso iba la enfermera Anna la noche en que la vi en su coche
con Locking?
¿A hacer de enfermera privada de un paciente muy particular?
El hijo médico atendiendo al padre enfermo...
Pero el hijo era ginecólogo. ¿Estaría capacitado para tratar a
un paciente así?
Un ginecólogo que al principio quiso ser cirujano.
¿Por qué había abandonado el programa de residentes de la
Universidad de Washington?
¿Y qué había hecho durante el año?
Regresé a casa y llamé a Seattle.
El jefe del programa de cirugía para residentes se llamaba
Arnold Swenson, pero su secretaria me dijo que era nuevo en el puesto, ya que
sólo llevaba un año en él.
—¿Recuerda usted quién era el jefe de residentes hace catorce
años?
—No, porque por entonces yo tampoco estaba aquí. Un momentito
que pregunto.
Instantes más tarde, una voz femenina más madura:
—Soy Inga Blank, ¿en qué puedo servirlo?
Repetí la pregunta.
—Debía de ser el doctor John Burwasser.
—¿Sigue en activo?
—No, ya se retiró. ¿Puede usted aclararme a qué se deben estas
preguntas?
—Trabajo con el Departamento de Policía de Los Ángeles en un
caso de homicidio. Tratamos de conseguir información sobre uno de sus antiguos
residentes.
—¿Un caso de homicidio? —dijo ella, alarmada—. ¿De qué residente
se trata?
—Del doctor Mike Cruvic.
El silencio de la mujer valió por muchas palabras.
—¿Señora Blank?
—¿Qué ha hecho?
—Únicamente tratamos de averiguar lo más posible sobre él.
—Su paso por el programa fue muy breve.
—Sin embargo, usted lo recuerda.
Más silencio.
—No puedo darle el teléfono del doctor Burwasser, pero déjeme
usted el suyo y le daré al doctor su recado.
—Gracias. ¿Puede usted decirme algo respecto al doctor Cruvic?
—Lo lamento, pero no.
—Pero no le ha sorprendido que la policía se interese por él.
La escuché aclararse la garganta.
—Son muy pocas las cosas que me sorprenden.
Como no esperaba que me devolviesen la llamada y suponía que
Milo continuaba con Barone, me puse un chándal y me dispuse a sudar la
frustración.
El teléfono sonó en el momento en que estaba cerrando la puerta
a mi espalda. Volví corriendo al interior y descolgué antes de que mi servicio
de contestación respondiese.
—Doctor Delaware —dije.
—Soy el doctor Burwasser —dijo una voz seca y malhumorada—.
¿Usted quién es?
Comencé a explicarme.
—Me huele a cuento —dijo.
—Si lo desea, puedo pedirle al detective Sturgis que lo llame...
—No, no quiero perder el tiempo con esto. Cruvic estuvo con
nosotros menos de un año, hace catorce.
Y después de todo aquel tiempo, seguían recordando a Cruvic,
cuya estancia parecía haber sido breve pero memorable.
—¿Por qué se marchó? —quise saber.
—Eso no importa.
—Muy pronto importará. Era amigo de una mujer que fue asesinada,
y es un posible sospechoso. Cuanto más nos cueste conseguir la información, más
publicidad recibirán los hechos.
—¿Eso es una amenaza?
—En absoluto. Es un hecho, doctor Burwasser. ¿Hizo Cruvic algo
que pusiera en entredicho el programa de cirugía?
En vez de responder, el hombre dijo:
—En mi vida he visto muchas cosas, los asesinatos no me
impresionan.
—¿Qué hizo el doctor Cruvic?
—Aquí no asesinó a nadie.
—¿Asesinó a alguien en otra parte?
—No, claro que no. ¿Está usted grabando la conversación?
—No.
—No es que me importe, porque nada de lo que digo es
difamatorio, todo está en los expedientes.
—Exacto.
Se produjo un silencio.
—¿Qué hizo el doctor Cruvic, doctor Burwasser?
—Robó.
—¿A quién?
—Eso no voy a decírselo porque los muertos merecen el mayor
respeto.
Tardé unos momentos en asimilar el comentario.
—¿Robó a un cadáver?
—Lo intentó.
—¿Cuánto fue?
Burwasser lanzó una seca risa, como si necesitara aquel
desahogo.
—Es difícil decirlo. Los precios del mercado varían.
—¿Joyas?
—Casi. —Otra risa—. Joyas familiares. órganos. Sorprendimos a
ese cabroncete intentando extraer un corazón. El único problema era que el
donante no estaba del todo muerto.
—Jesús.
—No dramatice, ya le dije que no fue un asesinato. El paciente
se encontraba desahuciado: encefalograma plano. Estábamos a punto de
desconectar los aparatos y declararlo muerto, pero no conseguíamos localizar al
pariente más próximo.
—Pero el corazón aún latía.
—Pues claro que sí, de lo contrario, ¿para qué molestarse en
extraerlo? Era un corazón fuerte y en perfectas condiciones. Un joven con
lesiones en la cabeza. Un accidente de moto. Era un turista alemán. Ese idiota
hubiera podido causar un incidente internacional.
—¿Para quién trató de robar el órgano?
—No para quién: para qué. Para investigar. Nos convenció de que
le concediéramos un pequeño laboratorio, dijo que deseaba practicar resecciones
de vesícula biliar en perros para una tesis que estaba escribiendo.
—¿Y no era cierto? —pregunté.
—Bueno, trabajó en unos cuantos beagles, pero sólo lo hizo para
cubrir las apariencias. El muy idiota se imaginaba a sí mismo como un experto
en trasplantes, como un futuro Christian Barnard. Yo puse fin a esos delirios.
A pesar de las presiones.
—Las presiones, ¿de quién?
—De políticos californianos. —Pronunció con más desprecio la
última palabra que la penúltima.
—¿De San Francisco?
—Pues sí. Recibí montones de llamadas de tipos extraños. Por lo
visto, el padre de Cruvic era un pez gordo. Maldito lo que a mí me importó. Lo
que hizo merecía la expulsión, y lo expulsé.
—¿Cómo lo descubrieron?
—Una enfermera lo sorprendió con las manos en la masa. El muy
estúpido. En plena noche. Tenía una serie de instrumentos quirúrgicos junto a
la cama del paciente, e incluso había hecho la primera incisión. Sólo Dios sabe
cómo pensaba que iba a salirse con la suya... Bueno, y ya no digo más. Todo
esto me desagrada mucho. Si quiere más detalles, dele la lata a Swenson.
Robo de órganos.
Esterilización sin el adecuado consentimiento.
El alumno más aventajado.
Pretendió establecer sus propias normas, lo cual no era
sorprendente, pues había visto a su padre hacer cosas mucho peores.
¿Habría cometido años más tarde otros delitos quirúrgicos?
¿Qué papel habría desempeñado Hope en todo aquello? Pero de
nuevo la misma pregunta: ¿por qué habían asesinado a Hope y a Locking y dejado
en paz a Cruvic?
Sin embargo, Cruvic estaba metido hasta el cuello en el asunto.
Barone había aparecido en la comisaría porque Cruvic sabía que las cosas se le
estaban poniendo feas. «¿Asustado?»
Pero no de la policía... Asustado de lo que podía ocurrirle a
él. Porque la muerte de Locking le aclaró la de Hope. Le indicó quién y por
qué.
Pero, ¿por qué ahora, y no cuando mataron a Hope? ¿Y qué fue lo
que decidió a Cruvic a dar la cara?
El ataque de Darrell Ballitser. Las notas de prensa que lo
relacionaban con Hope.
¿Sería ése el primer indicio que el asesino había tenido de la
relación entre los dos?
Pero, ¿por qué, si de lo que se trataba era de una transgresión
de las normas de deontología quirúrgica?
Le di vueltas y más vueltas a la cuestión.
¿Y si el ataque de Ballitser había hecho que el asesino se
fijase en Cruvic?
Después, el asesino comenzó a vigilar a Cruvic... ¿Lo vio quizá
con Locking? ¿En Mulholland?
Aunque también podía ocurrir que yo estuviera totalmente errado,
y que Cruvic hubiese matado tanto a Hope como a Locking para que no se fueran
de la lengua.
Pero entonces, ¿por qué mandar a su abogado para que hablase con
Milo?
Cuantas más vueltas le daba, más me convencía de que Cruvic
estaba ahora amenazado y de que él mismo era consciente de ello.
Años y años saltándose las normas de la ética, hasta que al fin
ofendió a quien no debía.
Con la colaboración de Hope y Locking.
Faltas de ética... esterilización sin el debido
consentimiento... robo de órganos.
La casa de Mullholand.
Una clínica particular.
Algo en lo que Locking había estado también implicado...De
pronto lo comprendí.
Era muy simple.
Pero... ¿qué papel había desempeñado Mandy Wright? Una chica de alterne...
una trabajadora.
Días antes de su asesinato, Mandy había estado por los clubes de
Los Ángeles. Y antes de eso, se había visto con Cruvic y el padre de Cruvic en
Las Vegas. Salió del casino con los dos.
No con fines sexuales.
Fue otro tipo de servicio.
Mandy le había dicho a Barnaby que se trataba de una simple
actuación.
¿Qué comentó Milo respecto al Club None? Chicas con largos
cabellos y cuerpos perfectos.
Mandy encajaba en la descripción.
¿También su compañera?
La pobre camarera, Kathy DiNapoli. Asesinada simplemente porque
sirvió copas en el lugar menos oportuno y en el momento menos adecuado.
Cuerpos perfectos.
Contrataron a Mandy para que se ligase a alguien. A un tipo
especial de cliente.
Lenta, inexorablemente, como una serpiente despertando a causa
del calor, los hechos se fueron enlazando en mi cabeza.
La cadena que unía a Hope, Locking, Mandy y Kathy.
Una serpiente venenosa.
El programa «En vivo con Morry Mayhew», donde Hope apareció.
¿Cómo se llamaba la productora? Suzette Band.
Le había prometido llamarla si me enteraba de algo.
El viejo trueque: información a cambio de información. Pero,
antes, Suzette tendría que decirme algo más.
34
Siguiente parada: Mulholland Drive.
A la luz del día, el camino resultaba muy hermoso. La mansión
que se alzaba detrás de la cerca eléctrica era una moderna casa de ladrillo
rodeada de vivos colores: macizos de flores que, en la oscuridad, habían sido
invisibles.
Yo seguía llevando la camiseta con manchas de sudor, pero me
había quitado los shorts y puesto en su lugar unos vaqueros. Llevaba en la mano
la bolsa que me habían dado hacía una hora en una farmacia de Beverly Hills.
Para conseguir la bolsa, compré pasta dentífrica, hilo dental y vitamina C. El
Seville, estacionado junto al bordillo, era lo bastante vetusto como para que
lo tomaran por un vehículo de reparto. Al menos, eso suponía yo. En la mayor
parte de las ciudades de Norteamérica, yo hubiera resultado demasiado viejo
para ser un repartidor, pero Los Angeles estaba llena de fracasados.
Toqué el timbre y, al cabo de unos momentos, sonó una voz en el
intercomunicador.
—¿Sí?
—Vengo a hacer una entrega.
—Un momento.
Minutos más tarde se abrió la puerta principal y apareció un
hombre con camisa y vaqueros negros. Miró hacia mí y se acercó con bamboleante
paso.
Rondaba los cuarenta, era bajo y recio, el pelo comenzaba a
escasearle en la coronilla y lo llevaba recogido atrás en una cola pequeña.
Patillas aún más largas que las de Milo, piel grasienta que relucía al sol,
gafas metálicas, rostro rechoncho.
Expresión somnolienta, salvo por los porcinos ojos que no me
perdían de vista.
La camisa negra era de seda, demasiado grande, y el tipo la
llevaba con los faldones por fuera, manteniendo una mano ante sí, como si
protegiera algo. Los policías de paisano llevaban sus camisas por fuera para
disimular el arma oculta, y supuse que los gángsteres hacían tres cuartos de lo
mismo.
—¿Sí?
—Una entrega para el señor Kruvinski.Le tendí la bolsa de la
farmacia.
—¿Qué es esto?
—Medicinas, supongo.
—Al señor le trae las medicinas su médico.
Traté de aparentar indiferencia.
—A ver —dijo él.
Le entregué la bolsa y él sacó un pequeño frasco color ámbar
lleno de tabletas amarillas. El color era el adecuado, pero la forma no. Según
mi libro de referencia de productos farmacéuticos, el Imuran se presentaba en
tabletas dobles con ranura, y las de la botella no tenían ranura. Eran de
vitamina C. El de la camisa negra no reaccionó. Como yo esperaba, el tipo no
era demasiado observador.
La etiqueta era una obra de arte. Yo había despegado con vapor
la de un viejo frasco de penicilina, borré con típex todas las especificaciones
pero dejé el nombre y dirección de la farmacia, y las inscripciones DP., FECHA
Y RECETA DEL DOCTOR. Lo fotocopié, escribí a máquina los nombres nuevos, le
puse goma en la parte de atrás y lo pegué otra vez en el frasco. Un trabajo
bastante a conciencia, aunque aún no me veía preparado para falsificar billetes
de veinte dólares.
El de la camisa negra leyó la etiqueta y frunció los labios
cuando llegó a lo de RECETA DEL DOCTOR M. CRUVIC. A continuación figuraba el
número de colegiado auténtico de Cruvic, sacado del Anuario Médico.
El desconcierto arrugó la despejada frente.
—Pero si ya tenemos toda una caja llena de esta mier... ¿Quién
lo pidió?
Bingo.
Traté de hacerme el estúpido y de parecer desconcertado en vez
de eufórico.
—Ni idea. Yo voy adonde me dicen. ¿Quiere que lo devuelva?
El tipo volvió a meter el frasco en la bolsa y, con ella en la
mano, hizo intención de volver a la casa.
—Oiga —dije.
Él se detuvo y me miró por encima del hombro. Tenía unos hombros
enormes y hoyelos en los codos. Por entre los cabellos se veía el rosado cuero
cabelludo.
La cola de caballo era un simple pretexto para ocultar la
calvicie.
—¿Algún problema?
—Entrega contra reembolso —dije—. Tiene que pagarme. —Mantuve la
farsa para darle mayor realismo; pero ya había averiguado lo que quería.
Alzando la mano libre, hizo pistola con ella y la apuntó contra
mi rostro.
—Aguarda.
Lo hice. Hasta que entró en la casa y cerró tras de sí.
Entonces regresé corriendo al Seville. El coche se estaba
poniendo en movimiento cuando el tipo volvió a aparecer en la puerta principal.
Acompañado por Anna, la enfermera del lifting facial.
Los dos se quedaron allí plantados, perplejos, mientras yo me
alejaba con viento fresco.
35
Mucho de lo relacionado con la industria cinematográfica es
insípido, anodino, amorfo. El estudio de casting era así.
Se trataba de un anónimo edificio de una sola planta en el
Washington Boulevard de Culver City, y se encontraba situado entre un
restaurante marinero cubano y una lavandería china. El estuco era más claro en
los puntos en que se habían borrado los grafitti. Ninguna ventana, una
cuarteada puerta trasera.
Dentro, una sencilla sala de espera atestada de aspirantes a la
gloria de uno y otro sexo, todos con cuerpos perfectos, sentados en sillas
plegables, leyendo Variety, fantaseando con la fama, con la fortuna y con
rebanarle el pescuezo a algún cliente fastidioso del restaurante o la cafetería
en que muchos de ellos y ellas trabajaban en aquellos momentos.
La sala de pruebas era mucho mayor, pero lo único que contenía
era una mesa plegable y dos sillas bajo unos focos desnudos, y una pared
posterior cubierta por un espejo manchado por incontables huellas de moscas.
Me senté en un diminuto desván detrás del espejo, y quedé de
espectador.
Sentados tras la mesa, dos directores de casting: un tipo
grueso, desgarbado y carirredondo con problemas de piel y cabello grasiento,
con camisa hawaiana y mugrientos pantalones color caqui, y una mujer flaca de
ojos más bien bonitos, que lucía lo que evidentemente era una peluca negra, y
vestida con un chándal rojo.
Placas identificadoras frente a los dos. Brad Rabe y Paige
Bandura.
Dos botellas de agua mineral, un paquete de Winston y un
cenicero, pero no había nadie fumando.
—El siguiente —dijo Rabe.
Entró un aspirante. Audición número seis para el protagonista
masculino.
El hombre miró a Rabe y Bandura y sonrió con lo que
probablemente pretendía ser cordialidad.
Yo vi tensión, temor y desprecio.
¿Qué estaría pensando?
«¿Frick y Frack?
»¿Hansel y Gretel?
»¿Quiénes son ellos para juzgar?» Los dos vestían como patanes.
Típico. Llevaban ropas de pobre para demostrar que tenían poder, que su aspecto
daba igual.
El aspirante conocía a los de su clase, los conocía de sobra.
Esperar tres puñeteras horas en aquel zoológico para tener el
privilegio de ser juzgado por ojos que en ningún momento cambiaban de
expresión, de recibir sonrisas falsas y palabras de aliento más falsas aún.
La prueba.
—Muy bien —dijo Paige Bandura, mirando a su gordo compañero—.
¿Qué tal la escena de la página cuarenta y seis?
—De acuerdo. —El aspirante sonrió seductoramente y pasó las
páginas del guión—. ¿Desde «Pero, Celine, tú y yo...»?
—No, después de eso; desde: «¿Qué pretendes exactamente...?»
El aspirante asintió, tomó aliento, un miniejercicio de yoga que
a todos debía pasar inadvertido. Cerró los ojos, los abrió y, antes de alzar la
vista, echó un vistazo al guión. Quería demostrarles que era capaz de
aprenderse de memoria el diálogo instantáneamente.
—«¿Qué pretendes exactamente, Celine? Pensaba que lo nuestro era
ya algo más que una simple amistad.» ¿Digo también el diálogo de ella?
—No —dijo Paige—. Yo daré la réplica.
Una gran y cálida sonrisa. Quizá...
La mujer cogió el guión de encima de la mesa y leyó:
—«Es posible, Dirk. O quizá no. Pero lo importante es que en
estos momentos necesito un hombre, y tú puedes servirme.»
Voz fea y mal modulada. La segunda frase había resultado
prácticamente ininteligible.
Inevitablemente, los encargados de juzgar resultaban feos de uno
u otro modo. El aspirante detestaba la fealdad.
—«¿Ah, sí? dijo, suavizando el tono—. Pues yo creo que tus
sentimientos son otros, Celine. Creo que tú sientes lo mismo que yo. Aquí...»
—Se tocó el corazón.
—«¿De veras, Dirk?»
—«De veras, Celine.» —Sonrió de nuevo—. El guión dice que le
pongo una mano en el...
—No importa —dijo Paige. Sugerente sonrisa—. Saltémonos eso.
Bueno, ¿qué dice ahora Celine? «Pero, Dirk...»
—«Sé que tú también lo sientes, Celine. En lo más hondo de tu
ser. En el lugar donde nace el amor.»
Dejó caer los brazos para dar sensación de vulnerabilidad. Quedó
inmóvil. Esperando.
Paige le sonrió de nuevo y se volvió hacia el harapiento y gordo
Brad.
Brad miró al aspirante de arriba abajo. Se frotó el rostro.
Gruñó algo.
—No está mal —dijo al fin.
—Yo diría que ha sido excelente —opinó Paige. Brad replicó:
—Está bien, excelente. —Como de mala gana.
—Si quieren, puedo seguir —dijo el aspirante.
Los dos jueces cambiaron miradas.
—No, no hace falta —dijo Paige—. Lo ha hecho usted muy bien.
El aspirante sonrió. Como un muchacho. Las sonrisas juveniles
eran su especialidad.
Entre él y Paige se cruzó otra mirada.
—Sigamos —dijo ella—. Aclaremos ciertos puntos importantes. Se
trata de una telenovela bastante atrevida. Montones de escenas de amor muy
apasionadas. ¿Tiene usted inconveniente?
—Ninguno en absoluto —dijo el aspirante, pero un hueco se le
había abierto en la boca del estómago. Algo le estaba reconcomiendo. Sonríe.
¡Actúa!
—Hablamos de desnudos —dijo Brad—. Se pasará por cable, así que
no hay problemas de censura, aunque no haremos ni más ni menos que lo que hacen
en Policías de Nueva York. El caso es que habrá muchas tomas sin ropa. ¿Le
importa quitarse la camisa?
El aspirante no respondió. Sus pulsaciones habían subido a más
de 120. Pese a los ejercicios de respiración.
Estaba jodido, jodido, jodido... —¿Algún problema? —preguntó
Paige. Ella estaba de su parte. Quizá la cosa tuviera arreglo. —Nada importante
—dijo él—. Tengo una cicatriz.
Algunas personas la encuentran muy mascu... —Una cicatriz,
¿dónde? —preguntó Brad. —Es poca cosa... —¿Dónde? —En la espalda. Brad frunció
el entrecejo. El aspirante buscaba desesperadamente una salida.
Debía ganarse la buena voluntad de la átona Paige.
Actuar como si nada. Derramar encanto y aplomo. Se llevó la mano
a la espalda. —Está por debajo de la cintura, así que en los planos
parciales... —A ver —dijo Brad—. Quítese la camisa. El aspirante
buscó con la mirada el apoyo de Paige. Ella asintió con la cabeza. Soñolienta.
Perdiendo
interés. «¡Puta!» Se quitó la camisa por la cabeza. —Dese vuelta
y bájese los vaqueros para que la
veamos completa —dijo Brad. El aspirante lo hizo. Silencio.
Larguísimo silencio. El comprendió por qué.
Los dos jueces lo miraban. Impresionados.
El aspirante puso las manos en las caderas, intentando
distraerlos con una exhibición de los grandes y bien definidos músculos de los
hombros y la espalda. Flexionó los tríceps, los glúteos. Un bonito y apretado
culo del que controlaba cada músculo.
—¿Cómo se hizo eso? —preguntó Brad.
—Haciendo escalada. Me caí, me hice una herida y me dieron
puntos.
—No se los dieron muy bien —dijo Brad—. Menuda cicatriz.
El aspirante comprendió lo que su interlocutor pensaba. Lo que
ambos pensaban:
«Fea.»
Porque la cicatriz lo era. Rosada, arrugada, deforme. Fibrosis
queloide. Especialmente llamativa porque la piel de alrededor era suave y
bronceada. Perfecta.
Un caso severo de queloides debido, según los libros, a la
utilización de una técnica quirúrgica inadecuada o chapucera. Y también a la
genética. Los negros tenían gran propensión a formar queloides. En África se
consideraban un rasgo de belleza.
«¡Pero yo soy blanco!»
Tratamiento: inyecciones de cortisona directamente en la herida
en cuanto surge el problema. Ahora ya era demasiado tarde. La única esperanza,
una nueva operación quirúrgica cuyos resultados, además, serían altamente
dudosos. Y probablemente, él no podía permitírsela todavía. En más de un
sentido. Sería como abrir una lata de gusanos.
—Debió de ser una buena caída —dijo Brad. Claro desdén en su
voz.
Aquello fue el detonante de la ira.
Como abrir la válvula de una caldera de vapor.
Ira ardiente como la lava que surgía desde lo más hondo de las
entrañas y avanzaba pecho arriba. Como un ataque al corazón. Pero él había
pasado por noches de pánico y sudores fríos, y le constaba que su corazón
estaba en perfecta forma. Su corazón...
Sus manos querían cerrarse y él las obligó a permanecer
abiertas. Obligó al sudor a quedarse dentro.
Nadie hablaba.
El aspirante se mantenía de espaldas a los dos jueces, sabiendo
que en cuanto vieran el menor atisbo de su furia, las posibilidades de
conseguir el papel de bueno se habrían esfumado por completo.
Como si aún hubiera alguna posibilidad. Pero hay que intentarlo.
En este negocio, siempre hay que intentarlo.
—¿Qué montaña estaba escalando? —preguntó Paige, y el aspirante
se dio cuenta de que se burlaba de él.
«Muy bien, muñeca, gracias por todo. Chao.»
«No nos llame, nosotros lo llamaremos.»
—¿Qué importa eso? —preguntó. Terminó de ponerse de nuevo la
camisa y se volvió.
Estuvo a punto de caerse a causa de la sorpresa.
Porque Brad y Paige blandían sendas pistolas y mostraban sendas
placas.
—Más bien parece una cicatriz quirúrgica —dijo Brad—. Da la
sensación de que fue una operación seria. ¿No es en esa zona de la espalda
donde está uno de los riñones?
El aspirante no respondió.
Brad dijo:
—Y el Oscar es para... Bueno, ponga las manos a la espalda,
señor Muscadine, y no se mueva.
Sonriendo. Juzgándolo.
Parte de la furia debió de traslucirse, porque la sonrisa de
Brad se desvaneció y sus ojos verdes se hicieron aún más brillantes. Y más
fríos. El aspirante no sospechaba que pudiera existir un verde tan frío...
Retrocedió un paso.
—Calma, amigo —dijo el gordo Brad—. No empeoremos las cosas.
—Manos arriba, Reed —dijo Paige. Voz bronca, hostil. Ya no
estaba de su lado. Nunca lo estuvo.
Permaneció allí plantado. Los miró.
Miserables, patéticos especímenes.
El era corpulento y muy fuerte, probablemente conseguiría hacer
algún daño.
Aunque, a la larga, no serviría para nada.
Pero... qué demonios. Al menos, sacar algo en claro de aquella
tarde de mierda.
Se lanzó contra Paige.
Porque, realmente, no le gustaban las mujeres.
Trató de romperle la mandíbula de un puñetazo, pero sólo
consiguió abofetear el maldito rostro. Brad lo golpeó en la parte posterior de
la cabeza y el aspirante se derrumbó.
36
Después de que un par de agentes uniformados se llevaran a Reed
Muscadine, yo salí de detrás del sucio espejo.
Milo bebió un vaso de agua mineral y me mostró, orgulloso, su
camisa hawaiana.
—Elegante, ¿eh?
La detective Paige Bandura dijo:
—A mí me parece que te sienta de maravilla, Brad.
—¿De veras?
—Claro que sí. Estás fantástico.
—Así que fantástico. —Me miró—. ¿A ti qué te parece?
—Creo que deberías cambiar de trabajo. Harías un Dirk perfecto.
—Lo decía en serio, de veras me gusta la camisa —dijo Paige—.
Pareces un millonario excéntrico.
—Sonrió, se quitó la peluca negra, y sacudió sus rizos castaños
naturales—. ¿Me necesitas para algo más, Milo?
—No, gracias por todo.
—Ni lo menciones. Mi sueño siempre fue actuar. ¿Qué tal lo hice,
doctor?
—Estupendamente —dije.
—La última vez que actué fue en la secundaria. Los piratas de
Penzance. Quería el papel de Mabel, pero me dieron uno de pirata.
—Ha estado usted muy bien —mentí.
Mis palabras la hicieron sonreír, y se fue muy satisfecha.
—¿De qué se ocupa normalmente Paige? —le pregunté a Milo.
—De robos de coches. —Milo se sentó en la misma silla que había
ocupado cuando hizo de Brad.
Estábamos solos en la estancia. El vacío espacio olía a sudor
agrio.
—Buen trabajo, Sig —dijo mi amigo.
—Hubo suerte.
—Qué demonios, tú tenías una hipótesis, y yo siempre respeto tus
hipótesis.
«Una hipótesis.»
Respecto a lo que había en común entre Hope, Locking y Cruvic.
Tuve que regresar al punto de partida: el Comité de
Comportamiento.
Un caso en particular. Alguien a quien presionaron para que se
hiciera un análisis de sangre.
Yo lo había verificado:
Confirmé que Big Micky estaba tomando Imuran, la droga
antirrechazo más común. Lo cual significaba que ya no estaba con diálisis. Le
habían trasplantado otro riñón.
Después de eso, fui recordando más y más detalles. El día en que
hablé con él en su apartamento, las ropas de Reed Muscadine habían sido unos
pantalones cortos acordes con el calor del día y una gruesa sudadera totalmente
fuera de lugar. Con las mangas cortadas. Descubriendo los brazos, pero
ocultando el torso.
La señora Green, la casera, me dijo que Muscadine había estado
más de un mes con una lesión en la espalda.
El propio Muscadine me dijo: «Me puse a hacer ejercicios en la
tabla de abdominales. Puse demasiada energía en ello y sentí como si un
cuchillo me atravesara.»
¿Un acto fallido? ¿O estaba jugando conmigo? ¿Actuando?
Un buen actor. El estudiante favorito del profesor Dirkhoff.
Éste se sentía indignado por el hecho de que Muscadine hubiera dejado los
estudios para actuar en una telenovela.
Un trabajo que parecía seguro.
Pero Muscadine no consiguió el papel.
«Por mucho que practique el método de actuación de Stanislawsky,
si mi cuerpo se echa a perder, lo mismo ocurre con mis posibilidades de
conseguir trabajo.»
No recordaba el nombre de la telenovela. Difícil de creer. Los
actores en paro se fijaban hasta en el más mínimo de los detalles.
Pero me dijo lo suficiente para que la cosa resultara verosímil.
«Trataba de espías, diplomáticos, embajadas extranjeras.»
El dato fue suficiente para que Suzette Band identificara la
telenovela.
Zona diplomática. Suzette me consiguió el teléfono de la
directora de casting del programa, una tal Chloe Gold. La llamé haciéndome
pasar por el nuevo agente de Muscadine. Le pregunté si podían dar a Reed otra
posibilidad, ya que el chico tenía auténtico talento.
Ella miró el nombre en sus expedientes y dijo:
—No es posible, ya que lo rechazaron debido a factores físicos.
—¿Qué factores físicos?
—¿Siendo su agente usted no lo sabe?
—La verdad es que él y yo no hemos hablado demasiado...
—Pues pregúntele.
«Factores físicos.»
El análisis de sangre no buscaba sólo anticuerpos del sida. Lo
utilizaron para averiguar la compatibilidad de sus tejidos. Hope utilizó sus
contactos en la facultad, tuvo acceso a la muestra.
Encajaba.
No era una prueba concluyente, pero bastaba para formular una
hipótesis.
La auténtica clínica de Cruvic era la casa de Mulholland Drive.
«Honrarás a tu padre...»
Milo se bebió el resto del agua y miró en torno.
—Quizá debiéramos dar una fiesta para celebrarlo. Tal vez
incluso el departamento me reembolse lo que me gasté en el alquiler y en el
anuncio en Variety.
—¿Lo pagaste de tu bolsillo?
—El departamento no aprueba gastos extra basados en hipótesis, y
no me apetecía pasarme seis meses pendiente del papeleo. ¿Qué otra posibilidad
tenía? El puñetero juez se negó a extender un mandamiento para conseguir el
historial médico de Muscadine o para registrar su apartamento, porque al tipo
no le gustan las hipótesis. Lo cual significaba que si me acercaba a Muscadine
y le arrancaba la camisa la cosa sería registro ilegal y la cicatriz no podría
figurar entre las pruebas. Y mucho menos podía obligarlo a hacerse una
radiografía para ver si le faltaba un riñón.
—Y no era muy probable que el cirujano hubiera anotado la
operación en sus libros.
—Y como el cretino de Barone vino a contarme, el cretino del
cirujano está fuera del país. Y, de momento, teniendo que ocuparse de un
asesinato múltiple, encerrar a Cruvic por negligencia profesional no será la
primera prioridad de la fiscalía. Pero más adelante, cuando se sepa lo que
Cruvic ha hecho, no es probable que vuelva a trabajar en Beverly Hills ni en
ninguna otra parte.
—¿Qué posibilidades hay de que termine en la cárcel?
Mi amigo se encogió de hombros.
—La jubilación forzosa no será un gran castigo para él —seguí—.
Probablemente, no necesita el dinero. Aunque ser médico supone mucho para él
sicológicamente. Muchísimo. O sea que tal vez la cosa le duela.
—¿Por qué ser médico significa muchísimo para él?
—Le robó a Muscadine el riñón, pero luego lo cosió y lo dejó con
vida. Un error que resultó fatal para Hope, Mandy y Locking y que, si Muscadine
se hubiera llegado a enterar de quién lo operó, también lo habría sido para
Cruvic. Pero Cruvic se veía a sí mismo como un sanador, no como un asesino.
Estaba purgando su propia infancia, como trató de hacer Hope.
—Hope —dijo él, meneando la cabeza—. Ella fue una de las
artífices de la trampa que condujo a Muscadine al quirófano.
—La alumna y el alumno más aventajados colaborando en un plan
para salvar a Big Micky —dije—. Ella y Cruvic se conocían desde hacía mucho, y
había entre ellos un fuerte vínculo, porque Cruvic también sabía lo que era ser
un alumno ejemplar con un padre que vivía al margen de la ley. Lo que
significaba tener una vida secreta. Apuesto a que fue Big Micky quien pagó los
honorarios médicos de Lottie Devaneen Stanford... uno de los lugares en que el
viejo había conseguido un riñón. Y el dinero que Hope cobraba de Cruvic y
Barone como consultora probablemente salía en realidad de los bolsillos del
viejo Kruvinski. Antes de la aparición del libro, cuarenta grandes eran una
enorme suma para Hope.
—Pero llegó el momento de ajustar cuentas —dijo Milo—. Y Mandy
fue el cebo. ¿Dónde encaja Locking en todo esto?
—No lo sé, pero seguiré dándole vueltas al asunto.
—Otro alumno aventajado —dijo mi amigo—. ¿Crees que el Comité de
Comportamiento no fue más que una estratagema para encontrar un donante para el
viejo?
—No —dije—. Pienso que Hope creía en el comité. Pero,
probablemente, ella y Cruvic llevaban tiempo discutiendo sobre lo que podían
hacer por Big Micky. Por los médicos de Stanford sabemos que el viejo se
encontraba en lista de espera, pero era poco probable que consiguiera otro
riñón debido a que los dos fallos anteriores indicaban que el riesgo de rechazo
era excesivo, y lo mismo ocurría con su mala salud y con su avanzada edad.
Puede que Cruvic y Hope consideraran incluso la posibilidad de utilizar como donante
a alguna de las mujeres de la clínica. Le hacían un ligado de trompas y, de
propina, le sacaban algo extra. Quizá estuvieran esperando que apareciese la
muchacha adecuada, alguna que careciese totalmente de familia. Luego Hope se
dio de manos a boca con Muscadine, un hombre fuerte, saludable y sin parientes.
Además, ella lo tenía por un violador que iba a quedar impune, y ésa fue su
coartada moral. Analizaron la sangre, descartaron el sida y otras infecciones,
y realizaron una comparación de tejidos. Bingo. No fue un gran milagro. Cuantos
más factores de compatibilidad haya, mayor es la posibilidad de éxito, pero
frecuentemente los trasplantes de riñón se realizan basándose sólo en la
compatibilidad sanguínea. Tanto Kruvinski como Muscadine eran cero positivo, el
tipo más común.
—¡Cristo! —dijo Milo—. Por lo que sabemos, es posible que a
alguna pobre chica de la clínica le hicieran lo mismo, y que la cosa también
fallara. Cuando lleguemos al fondo de este asunto, es posible que aparezca todo
tipo de gente con cicatrices y dolores de espalda.
—Había un límite para la cantidad de intervenciones quirúrgicas
que el viejo podía soportar. Probablemente, ésta era su última oportunidad. Por
eso debían encontrar a un donante ideal.
—Muscadine...
—A quien la profesora Steinberger no llegó a conocer, porque
ella abandonó el comité antes de que se viera su caso.
—A Hope tampoco le caía bien el chico Storm; pero él tenía
familia.
—El peor tipo de familia: un padre rico más que dispuesto a
armar un escándalo. Y, pese a lo desagradable que era Kenny, su culpabilidad
resultaba mucho más dudosa. Quizá Hope siguiera conservando un cierto sentido
de la justicia.
—Quizá —Milo meneó la cabeza—. Tendió a Muscadine una trampa
para convertirlo en donante involuntario. Lo cultivó. ¡Cristo!, es uno de esos
mitos periodísticos convertido en realidad. Casi siento simpatía por el pobre
cabrón.
—La cosa sería traumática para cualquiera —dije—, pero para
alguien como Muscadine, para quien su cuerpo era su tesoro y su medio de vida,
lo fue mucho más. Cuando hablé con él en su apartamento, me dijo que lo del
análisis del sida le había parecido kafkiano. También dijo que cuando se
lesionó la espalda fue como si un cuchillo lo atravesara. Quizá estuviera
jugando conmigo. O tal vez sólo pretendiera desahogarse subrepticiamente.
—¿Terapia gratis?
—¿Por qué no? —pregunté—. A fin de cuentas, los actores aprenden
a aprovechar cualquier ocasión que se
les presente.
37
Big Micky lo parecía todo menos grande.
Estaba sentado frente a nosotros bajo un enorme roble. En el
arenoso terreno del árbol no crecía nada. El resto del patio estaba cubierto de
césped. En el centro, una enorme piscina de fondo negro con una cascada formada
por el agua que escupía un delfín de piedra. Había también estatuas en
pedestales, grandes parterres plantados con rojas azaleas, y otros enormes
árboles. A través del follaje se veía un amplio y neblinoso panorama de los
montes San Gabriel. El dinero lo compraba todo menos un aire limpio.
El viejo estaba tan encogido que su silla de ruedas parecía un
trono. Ni hombros ni cuello. La menuda cabeza parecía surgir directamente del
esternón. La piel era amarillo papiro, los pardos ojos eran opacos y estaban
rodeados por marchitas bolsas. La carnosa y enrojecida nariz le llegaba casi al
labio superior. Una dentadura postiza mal encajada le hacía mover
constantemente las mandíbulas. Sólo el cabello era juvenil: fuerte, poblado,
aún oscuro, con algunos toques de gris.
El mandamiento judicial de que Milo era portador hizo que se
abriera la puerta eléctrica de Mulholland, pero nadie salió a recibirnos. Mi
amigo sacó la pistola y mandó por delante a los agentes de uniforme. Cuando
llegamos a la puerta principal, ésta se abrió y apareció el hombre de la cola
de caballo al que yo le había dado el frasco de medicina. El tipo trató de
actuar como si nada.
Milo lo puso contra la pared, lo esposó, lo cacheó, le quitó la
automática y la cartera, e inspeccionó su licencia de conducir.
—Armand Jacszcyc, sí, es un nombre adecuado para ti. ¿Quién más
hay en la casa, Armand?
—Sólo el señor K. y una enfermera.
—¿Seguro?
—Sí —dijo Jacszcyc. Luego se fijó en mí y frunció el ceño.
Los agentes uniformados entraron en la casa. Minutos más tarde
regresó un sargento que anunció:
—No hay nadie más. Hemos encontrado armas a montones. Esto
parece un arsenal.
Apareció otro agente trayendo a la enfermera Anna, cuyo estirado
rostro estaba cubierto de sudor. El generoso pecho parecía agrandado por un
suéter de angora azul eléctrico.
La mujer permaneció con la mirada baja mientras se la llevaban.
—Muy bien —dijo Milo—. Que un par de agentes se queden conmigo
para registrar la casa en busca de drogas.
—Hasta ahora no hemos encontrado ni rastro —dijo el sargento.
—Pues que sigan mirando. Y arreste a este tipo por llevar un
arma oculta.
Se llevaron a Jacszcyc y pasamos al interior. El centro de la
casa era un espacio de veinte metros cubierto por paneles oscuros, de techo
reluciente y moqueta dorada. La gran estancia estaba llena de grupos de butacas
color verde y marrón, lámparas de cerámica con pantallas de pergamino, mesas de
madera tallada llenas de objetos de porcelana y cristal de los que se compran
en las tiendas de recuerdos. De las paredes colgaban mediocres cuadros
originales que eran prueba evidente de que no todos los pintores tienen
talento. La pared posterior estaba cubierta por unas cortinas color aceituna
que bloqueaban la entrada del sol e impedían que saliera el rancio olor a
vejez.
Desde el fondo de la pieza, una cascada voz preguntó:
—¿Qué pasa con esa agua, Armand?
Había una silla de ruedas junto a una falsa cómoda Luis XIV
sobre cuya parte delantera había tallada una imagen obscena. La repisa de
mármol estaba atestada de medicinas. No como el frasco que yo le había
entregado a Jacszcyc, sino grandes envases de plástico, muestras gratuitas de
compañías farmacéuticas.
—¡Armand!
—Ha tenido que marcharse —dijo Milo—. Y la enfermera Anna
tampoco está.
El viejo parpadeó, trató de moverse. Se puso verde a causa del
esfuerzo, y volvió a recostarse en la silla de ruedas.
—¿Quién demonios son ustedes?
—Policía. —Milo mostró su identificación. Aparecieron dos
agentes de uniforme, y mi amigo les dijo—: Por ahí. —Señalaba hacia la abierta
entrada de una gran cocina. La repisa estaba llena de botellas de agua, botes
de refresco, envases de comida para llevar, platos sucios y cacharros de
cocina.
—¿Qué puñetas hacen aquí estos cretinos? —En su acento sólo se
percibía un levísimo deje centroeuropeo—. Deme un vaso de agua, cretino.
Milo llenó un vaso y se lo tendió a Big Micky junto con la orden
de registro.
—¿Qué es eso?
—Una autorización judicial para buscar drogas en la casa.
Recibimos una denuncia anónima.
El viejo cogió el vaso pero hizo caso omiso del mandamiento.
Bebió. Apenas le era posible sostener el vaso, y el agua le
resbaló por la barbilla. Intentó dejar el vaso sobre la mesa, pero no rechistó
cuando Milo se lo quitó de entre las manos.
—Si busca drogas se equivoca de puerta, cretino. Pero maldito lo
que a mí me importa. Si quiere echar la casa abajo, hágalo. Es alquilada.
—Alquilada a usted mismo —dijo Milo—. Inmobiliaria Tríada. Ese
es un término médico. Interesante elección de nombre comercial. ¿Lo escogió su
hijo el médico?
El viejo unió las manos y cerró los ojos.
—Tríada —repitió Milo—. Nombre comercial del GrupoPenínsula,
nombre comercial de Northern Lights Investment. Northern Lights es filial de
Excalibur Properties, filial de Revelle Recreation, filial de Brooke-Hastings
Entertainment. Su vieja empresa de pornografía. Y, antes que eso, llamó igual a
su antigua industria de abonos y carne. Debía de gustarle mucho el nombre, ya
que también se lo dio a su esposa número dos y a la supuesta institución
benéfica que estableció en San Francisco. Rehabilitación para chicas de la
calle. ¿Cómo funcionaba la cosa? ¿Junior les curaba las infecciones venéreas,
les hacía los abortos y ayudaba a las más bonitas a meterse en el mundo del
espectáculo?
—¿Prefiere usted la Seguridad Social?
—¿Qué más hizo su hijo ese año? ¿Pulió sus técnicas quirúrgicas?
Las manos del viejo temblaron ligeramente.
—Adelante, cretino, termine el registro de una vez. Luego vaya a
decirle a su jefe que no ha encontrado nada. Y después de eso, que le den por
culo.
—Prefiero charlar.
—¿De qué?
—De Bakersfield. De San Francisco.
—Bonitas ciudades. Si quiere que le diga dónde comer, conozco
varios buenos restaurantes.
Milo se tocó la tripa.
—Lo que necesito no es exactamente comida.
—No —dijo el viejo—. Está usted hecho un cerdo. Le daré un
consejo: olvídese de la carne. Mire lo que me pasó a mí. —Alzó trabajosamente
una mano y se tocó la mandíbula, cuya colgante piel parecía de papel.
—¿Usted se atracó de carne? —preguntó Milo.
—Pues sí. Que no me dieran otra cosa. —Una purpúrea lengua
barrió los grisáceos labios—. Sólo comía lo mejor. Y no crea que me dejaba la
grasa. Ahora tengo atrancadas las arterias y todo lo demás y me veo obligado a
quedarme quieto aquí mientras cretinos como usted me dan la lata.
—Mala suerte —dijo Milo.
El viejo lanzó una risa.
—Le importa una mierda, ¿a que sí?
Milo sonrió.
—Bueno, dígame: ¿le resulta la vida más grata con el nuevo
riñón?
Los labios pasaron de grises a blancos.
—También quisiera hablar sobre su hijo —dijo Milo—. Sobre sus
súbitas vacaciones.
—Váyase a la mierda.
—También hemos conseguido un mandamiento para registrar la
oficina de su hijo en Beverly Hills.
Supuestamente, era una consulta médica. Pero lo único que allí
encontramos fueron cuartos enteros llenos de vídeos pornográficos listos para
el envío. —Nueva sonrisa—. Y un espléndido quirófano que debió de costar una
fortuna.
El viejo oprimió un botón del brazo de la silla, y ésta comenzó
a retroceder lentamente.
Milo detuvo la silla, cuyas ruedas, al girar en falso, rasparon
la moqueta.
—Aún no hemos terminado de hablar, señor Kruvinski.
—Denme un teléfono. Tengo derecho a hacer una llamada.
—¿Qué derecho? No está usted detenido.
—Suelte la silla.
—Claro. —Milo oprimió otro botón y dejó bloqueadas las ruedas.
—Se arrepentirá de esto, cerdo de mierda —dijo el viejo—.
Enséñeme ese mandamiento.
Milo le tendió de nuevo la orden judicial, y el viejo la
desplegó.
—Necesito mis gafas.
Milo no se movió.
—¡Deme las gafas!
—¿Me toma por Armand?
Maldiciendo y frunciendo los párpados, el viejo retiró el
mandamiento todo lo que le daba el brazo. Las manos le temblaban
perceptiblemente, hasta que, al fin, perdieron fuerza y el papel se le escurrió
de entre los
dedos y cayó al suelo.
Lo recogí e hice el gesto de devolvérselo.
Él meneó la cabeza.
—Son ustedes unos miserables. Carecen de sentido del honor.
—Sí, ya —dijo Milo—. El honor entre ladrones. Olvídeme.
—¿Se puede saber qué quiere?
—Hablar, sólo eso.
—¡Pues búsquese un siquiatra!
Milo me dirigió una sonrisa.
—Váyase a la mierda, payaso.
—Deje la hostilidad, Kruvinski. Quizá podamos ayudarnos el uno
al otro.
—En el infierno.
—Sí, puede que también allí. —Milo se inclinó sobre el viejo—.
Creía que los padrinos como usted valoraban la gratitud por encima de todo.
Tiene usted delante al tipo que le salvó la vida a Junior, su hijo.
Algo brilló en el fondo de los opacos ojos.
—Lamentablemente, no me fue posible salvar a Hope Devane. Ni a
su sobrino nieto, el pequeño Casey. Pero atrapé al tipo que los liquidó. Lo
detuve antes de que pudiera acabar con Junior.
Los opacos ojos estaban ahora muy abiertos y no parpadeaban.
—¿Quién fue? Deme un nombre.
Milo, suavemente, puso un dedo sobre los labios de Kruvinski.
—Eso no significa que vaya a olvidarme de las cosas que hizo
Junior. Sin duda el asesino las utilizará para su propia defensa. Lo más
probable es que el jurado simpatice con él. Sobre todo, un jurado formado por
idiotas de Los Angeles. O quizá ni siquiera haya un juicio, porque tal vez el
fiscal opte por una sentencia acordada. Lo cual significa que, tarde o
temprano, el asesino saldrá de prisión. ¿A quién cree usted que buscará
entonces? Lo cual significa que, a no ser que Junior se proponga prolongar indefinidamente
sus vacaciones, tendrá que pasarse la vida mirando por encima del hombro.
El viejo sonrió.
—No crea que me asusta.
—Claro que no —dijo Milo—. Usted es Don Corleone.
Silencio.
—Bueno, ¿qué pretende de mí?
—Necesito saber si Junior operó a alguien más en beneficio de
usted. Y cuál es la conexión entre Hope y su familia. ¿Por qué pagaba usted sus
gastos?
Silencio.
—La cosa se terminará sabiendo, y es preferible que la conozca
antes la acusación que la defensa.
—Sí —dijo el viejo—. Todos estamos en el mismo bando.—Intentó
escupir y sólo consiguió eructar.
—No lo quiera Dios —dijo Milo.
De la cocina llegaba un murmullo de conversación. Luego, fuertes
ruidos. Los agentes abriendo armarios y cajones.
—¡Silencio! —gritó el viejo, pero no consiguió nada con ello.
—Su gente se ha marchado —dijo Milo—. Menudos elementos. Armand
y la querida Anna, la antigua Storm Breeze. Su capacitación como enfermera
debió de conseguirla trabajando en aquella película que usted produjo,
Enfermera jefe. ¿Le enseñó Junior a cuidar a un paciente renal?
No hubo respuesta.
—Parece como si la realidad y la fantasía se mezclaran, ¿no,
señor K.? Como la consulta de Junior en Beverly Hills: muchos diplomas,
tarjetas profesionales y anuncios de tratamientos de fertilidad, pero ningún
paciente. Cualquier cosa con tal de que Junior se sienta importante, ¿verdad?
El viejo escupió.
Milo se estiró y miró en torno.
—Ese quirófano. Esas máquinas de diálisis. Toda una clínica para
un solo paciente. Al menos Junior se dio el gusto de practicar la medicina en
Santa Mónica. Porque cuando todo esto se sepa, sus posibilidades de volver a
ejercer como médico serán nulas. Eso, suponiendo que el asesino le permita
seguir con vida.
Kruvinski permaneció largo rato mudo.
—Sáqueme fuera —dijo al fin—. Bajo ese árbol.
Movió una engarfiada mano en dirección a las cortinas color
aceituna.
—¿Qué árbol? —preguntó Milo.
—Detrás de las cortinas, cretino. Abralas, sáqueme al aire
libre.
Una vez estuvo a la sombra del roble, Kruvinski pidió:
—Dígame el nombre.
—¿No sabe usted cómo se llama su donante?
—Ignoro de qué donante me habla.
—Lo pueden obligar a someterse a un reconocimiento médico.
—¿Aduciendo qué?
—Seguro que a la defensa se le ocurre algo.
—Me da lo mismo. —Reposó las engarfiadas manos sobre las
piernas. Las mandíbulas no dejaban de moverse.
—¿Cuántos riñones extirpó Junior para usted?
—Está usted chiflado.
—Muy bien, póngamelo difícil —dijo Milo—. Cuando comiencen a
aparecer otras víctimas, Junior se va a encontrar en graves aprietos, y el
asesino comenzará a parecer un héroe. Quizá a usted lo de Hope no le preocupe.
No es más que la hija de una buscona. Pero el pequeño Casey... Trate de
explicarle eso a la madre del chico, su hermana Sonia. La policía de San
Francisco me contó que había pagado usted la fianza de Casey cuando a él lo
acusaron de fabricar metadona en Berkeley. Limpió usted su expediente y, utilizando
los buenos servicios de Hope, consiguió que lo admitieran en la escuela para
graduados. Lo cual no fue tan difícil. Casey era un chico listo, de los
primeros de la clase. Igualito que Hope. Igualito que Junior. Pero mire cómo
han terminado los dos.
El viejo alzó la vista al cielo. Por entre las ramas del árbol
se filtraba una línea de luz, creando una blanca y radiante cicatriz en el
centro del demacrado rostro de Kruvinski.
—Cuando se sepa que Casey murió a causa de su relación con
Junior, ¿cómo se lo explicará usted a su hermana Sonia y a la madre de Casey,
su hija Cheryl? Ellas pusieron al pequeño bajo su custodia. ¿Cómo les explicará
que el chico, en vez de redactando su tesis, se encuentre ahora en la cámara
frigorífica del depósito de cadáveres?
El viejo miró hacia la piscina. El fondo negro hacía que la
superficie pareciera un espejo y no pudiera verse lo que había bajo el agua.
Diez años atrás se pusieron de moda los fondos negros. Hasta que comenzaron a
caerse niños sin que nadie se diera cuenta.
—Vínculos familiares —dijo Milo—. Pero Don Corleone cuidaba de
su gente.
—Mi hijo es... —comenzó el viejo—. Bah. Usted jamás tendrá un
hijo así.
—Eso espero.
Los opacos ojos se desorbitaron.
—¡Maldito cabrón! Se presenta usted aquí, creyendo que sabe
algo, cuando no sabe usted...
—Eso es lo malo —dijo Milo—. Hay muchas cosas que no sé.
—Cree que sabe algo —repitió el viejo—. Pues permítame que le
diga una cosa, cretino. —Sacudió el índice con un gesto de advertencia—. Hope
era muy buena persona. Y su mamá también. No se le ocurra insultar... faltarle
al respeto a personas que no conoce. ¡No sabe usted nada, así que cállese!
—¿También Hope era de la familia?
—Yo la hice de la familia. ¿Quién demonios cree que pagó sus
estudios? ¿Quién demonios cree que sacó a su madre de la calle y le dio empleo
como encargada de uno de los clubes, con un horario decente, un cheque todos
los meses y un puñetero plan de pensiones? ¿Quién cree que fue? ¿Algún jodido
asistente social?
Trabajosamente, volvió el índice para señalar su esmirriado
pecho.
—¡Toda mi vida he trabajado para ayudar a la gente! Y la madre
de Hope fue una de las personas que más ayudé. Cuando enfermó de cáncer, seguí
haciendo todo lo posible por ella. Y cuando murió, yo pagué el entierro.
—¿Por qué?
—¡Porque era buena persona!
—Ya.
—Y la chica también. ¿Cree que, de haber querido, no hubiese
podido colocar a una rubita así y con aquel cuerpo en cualquiera de mis clubes?
Pero no lo hice, porque me di cuenta de que era una chica fina. De que tenía
talento. Así que le dije a Lottie que la mantendríamos alejada de los clubes.
Que le daríamos estudios. Quise que estudiara medicina, como Mike. Los dos
hicieron juntos el proyecto científico, eran genios. Ella cambió de idea y
decidió que deseaba ser siquiatra. No me importó, porque venía a ser lo mismo.
La traté como si fuera mi propia hija.
—El alumno y la alumna más aventajados —dije.
El demacrado rostro se volvió hacia mí.
—Puede usted jurarlo, amigo. Mi hijo Mike era un auténtico
prodigio de inteligencia, debería usted tener un hijo como él. A los tres años
ya sabía leer, dejaba pasmada a la gente con las cosas que decía. ¿Y de dónde
cree que sacó el talento? De los genes. Todos los varones de mi familia
destacan por su inteligencia. Mi sobrino Casey se saltó dos cursos, y un
hermano suyo estudia física nuclear en el Tecnológico de Massachusetts. Cuando
llegué a este país, yo no tenía nada, y nadie me dio ni una mierda. Pero éste
es el mejor país del mundo, y si tienes cabeza y estás dispuesto a trabajar,
consigues todo lo que te propongas. A no ser que hagas como los negros y dejes
que todo te lo resuelva la Seguridad Social.
—¿Por qué considera a Hope parte de su familia? —preguntó Milo—.
¿Le gustaba su madre?
El viejo lo fulminó con la mirada.
—Sáquese la mierda de la cabeza. Si hubiese querido sexo, me
sobraban mujeres. ¿Quiere saber por qué hice lo que hice? Yo se lo cuento. Ella
ayudó a Mike. Las dos lo ayudaron. Lottie y Hope. Y, a partir de entonces...
—Cruzó ambos índices—. Las consideré como de la familia.
—¿Cómo lo ayudaron?
—Mike tuvo un accidente. Durante el picnic que yo organizaba
todos los años para los empleados: una gran barbacoa en mis terrenos de junto
al río Kern. Perritos calientes, salchichas, los mejores filetes de la zona.
—Sonrió—. Ya le he dicho que yo sólo comía de lo mejor.
Volvió a humedecerse los labios y su cabeza se inclinó como si
dormitara. La enderezó vivamente. Un estremecimiento recorrió su cuerpo. Traté
de imaginármelo, joven, sano y musculoso, en el matadero, a última hora de la
noche, blandiendo el mazo contra cerdos atados.
Con voz casi inaudible, Kruvinski siguió:
—Celebrábamos carreras... De sacos, de tres piernas... Yo había
contratado a una banda de música. Había banderas por todas partes. La mejor
fiesta de toda la puñetera ciudad. Mike tenía trece años. Se acercó al río, a
la parte donde la corriente era más viva. El chico era un gran nadador, formaba
parte del equipo del colegio. Pero se golpeó la cabeza contra algo, contra un
pedazo de madera o algo así, y se cayó en las aguas vivas. Únicamente Lottie y
Hope, que estaban charlando junto a la orilla, lo oyeron gritar. Las dos se
echaron al agua y lo rescataron. No les fue fácil, siendo mujeres. Estuvieron a
punto de ahogarse. Mike tragó mucha agua, pero le hicieron la respiración
artificial y le sacaron el agua. Cuando llegué, el chico estaba sano y salvo.
—Los opacos ojos se humedecieron.
»A partir de ese momento, Lottie fue la reina y Hope la
princesa. La pequeña era una rubita preciosa. Podría haberse convertido en
estrella de cine, pero yo decidí que era mejor que le sacase partido a su
privilegiado cerebro. Yo fundé el premio de ciencias. Y ellos se lo ganaron.
Mike sacaba un promedio de sobresaliente, nunca necesitó ayuda con los deberes,
practicaba el atletismo, la natación, el béisbol... Todo. Sacó una puntuación
de mil cuatrocientos en el test de aptitud escolar. Y eso es todo, polizonte.
Nada sucio. Los dos eran muy inteligentes.
—Hasta que Mike se metió en líos en Seattle.
En el rostro del viejo apareció por fin un color saludable. Los
labios enrojecieron ligeramente y en sus ojos apareció un lúcido brillo.
¿Serían los efectos salutíferos de la ira?
—¡Cretinos! Lo único que hizo fue tratar de utilizar un fiambre
con buen fin.
—Olvida un pequeño tecnicismo. El fiambre no estaba muerto.
—¿Pero qué dice? Al tipo no le funcionaba ya el cerebro. ¿Qué
esperaban? ¿Que se levantase y se pusiera a bailar el mambo? ¡Idioteces! Estaba
tan muerto como la verga de usted. Es algo que se hace todos los días. ¿Con qué
cree que practican los estudiantes de medicina? ¿Con sus puñeteras novias? ¡Con
fiambres, con eso practican! Los despedazan, y luego tiran a la basura la
mierda que no necesitan. Entonces, ¿qué delito cometió Mike? ¿El de no rellenar
los formularios adecuados? Gran tragedia. Se confabularon contra él. Le
tuvieron ojeriza desde el principio, porque era demasiado listo, les daba
lecciones, ponía de manifiesto sus errores. Yo quise ir a verlos y decirles que
se dejaran de mierdas, pero Mike dijo que no, que de todas maneras estaba harto
de ellos, que les dieran por culo.
—Y se marchó y pasó un año en el programa Brooke-Hastings.
—¡Era realmente un programa! ¿qué se cree? Aquellas chicas eran
drogadictas muertas de hambre. ¡Los pervertidos y los negros les daban por el
culo en los callejones! Nosotros las pulimos, les dimos asistencia médica...
¡Mike es un médico magnífico!
—Las curaron y las asearon. Luego los pervertidos siguieron
tirándoselas, sólo que pagando.
El viejo hizo otro infructuoso esfuerzo por escupir.
—No sea usted tan sabelotodo, cretino. Si nos dedicábamos a
abusar de ellas, ¿cómo es que las autoridades nunca nos acusaron de nada? No lo
hicieron porque sabían que estábamos quitándole una carga a la Seguridad
Social. A las chicas que tenían talento las animamos a convertirse en
bailarinas. ¿Y qué? A otras las hicimos estudiar. Debo de haber mandado a
quince o veinte chicas a la escuela de secretariado. ¿Qué coño ha hecho usted
en su vida por la sociedad?
—Nada —dijo Milo, haciendo una exagerada mueca—. No soy más que
un funcionario, una sanguijuela.
—Se ha descrito usted a la perfección.
—¿Por qué cambió Mike de cirugía a ginecología? —pregunté.
—Le gustaba traer niños al mundo. Ayudó en centenares de partos.
¿Cuántas vidas ha traído usted al mundo?
—Partos y abortos —dije—. Y esterilizaciones.
—¿Y qué? ¿No está usted de acuerdo en que las mujeres tienen el
derecho de elegir?
—¿Adónde fue Junior cuando terminó la residencia en el hospital
Fidelity? —quiso saber Milo.
—Volvió conmigo. Me ayudó en los negocios, cuidó de las chicas y
fue haciendo acopio de experiencia. Luego, cuando caí enfermo, se concentró en
atenderme. Yo traté de disuadirlo, le dije que debía vivir su propia vida, que
se olvidase de mí. Él me dijo: «Papá: a mí me quedan muchos años por delante.
Te voy a dedicar todo mi tiempo.» —Otra rápida mirada hacia la piscina—. A la
mierda —dijo el viejo. Suave, casi cordialmente—. A la mierda usted, a la
mierda su mandamiento judicial, a la mierda su vida entera. No tiene derecho a
entrar aquí bajo estúpidos pretextos para ponerse a insultar a mi familia.
—Bonita gratitud —dijo Milo.
—¿Qué gratitud? Me ha dicho que el asesino sigue vivo.
—Tuvo la suerte de sobrevivir a la carnicería que le hizo el
querido Junior.
—Mike es mucho mejor de lo que usted llegará a ser nun... Unos
pañales sucios de Mike tenían ya mucha más clase de la que usted tendrá en toda
su vida. Usted dice que mi hijo es un ladrón. Yo digo que una mierda. Los
expertos me operaron dos veces, me pusieron unos riñones que eran una basura.
Yo estaba pegado a la jodida máquina, me había quedado sin venas, me pasaba las
horas muertas oyéndome mear. Un buen día me duermo y cuando me despierto Mike
me dice que ya no volveré a necesitar la máquina.
—Así de simple.
—Sí, así de simple.
—¿Qué intervención tuvo Hope en eso?
—¿Quién le ha dicho que ella tuviera alguna intervención?
—¿Fue ella a visitarlo después de la operación?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
—¿Casey también?
—¿Por qué no?
—¿Qué tuvo que ver Casey con la operación?
—Mire, ya estoy más que harto de usted, así que váyase a tomar
por culo. —Agitó una mano hacia la salida.
—¿Dónde se ha escondido su hijo?
El viejo no respondió.
—¿En la vieja patria?
Nuevo silencio.
El viejo cerró los ojos.
Milo se puso en pie.
—Como guste —dijo—. Pero sigue teniendo usted un grave problema.
El viejo siguió con los ojos cerrados. Con una sonrisa, replicó:
—Los problemas se resuelven.
38
De regreso en casa, me pregunté cómo se resolvería el caso.
La fiscalía consideraba que la treta de la sesión de casting
había sido ingeniosa, aunque quizá inútil, porque lo único que demostraba era
que Muscadine tenía una cicatriz en la espalda. Las ruedas de una bicicleta
hallada en el garaje de Muscadine coincidían con las huellas que se encontraron
en la escena del crimen, pero se trataba de un tipo común de neumáticos. Lo de
que Muscadine hubiera atacado a Paige Bandura era una suerte, porque permitía
mantener detenido al sospechoso mientras se buscaban nuevas pruebas contra él.
¿Saldría impune tras cometer cuatro asesinatos?
Y también una violación. Porque cuanto más pensaba en el terror
y en el deterioro mental de Tessa Bowlby, más seguro me sentía de que Muscadine
le había hecho algo.
Antes, Tessa tenía a Hope.
Ahora, no tenía a nadie.
¿Habría retirado su denuncia en la audiencia porque Muscadine la
aterrorizó aún más?
El día anterior y hoy, yo mismo había llamado repetidamente a
casa de sus padres. Nadie contestó. También le dejé varios mensajes al doctor
Emerson. Este no podía hablar sobre su paciente, pero yo tenía que explicarle
unos cuantos hechos...
Sonó el teléfono.
—¿Doctor Delaware? Me llamo Ronald Oster y soy el defensor
público que representa a Reed Muscadine.
—¿En qué puedo servirlo?
—El señor Muscadine quiere hablar con usted.
—¿Por qué?
—El señor Muscadine sabe que fue usted consultor de la policía
en este caso y, en calidad de tal, ya lo interrogó a él. Considera que, como
sicólogo, usted puede contribuir a que el tribunal comprenda sus motivos.
—¿Desea usted que ayude a su cliente a alegar capacidad legal
atenuada?
Una pausa.
—No necesariamente, doctor.
—¿Busca usted algún tipo de excusa sicológica para lo que su
cliente hizo?
—Una excusa, no, doctor Delaware. Un motivo. La angustia mental
del señor Muscadine causada por lo que le hicieron es un elemento
significativo, ¿no le parece?
Así que Oster estaba enterado del robo del riñón. Milo había
dicho que la fiscalía estaba reteniendo aquella información, en espera de ver
cómo evolucionaba el caso y decidir qué cosas serían usadas como prueba y
debían ser comunicadas a la parte contraria.
Lo cual significaba que Muscadine le había hablado a su abogado
de la operación quirúrgica. Pero Muscadine seguía sin tener ni idea de quién
había sido el receptor del riñón, y si la fiscalía decidía no hacer uso de la
información, manteniendo al viejo fuera del caso, y si Oster no hacía las
preguntas adecuadas, era posible que los detalles de lo ocurrido nunca salieran
a relucir.
Pero el problema de la defensa podía volverse también contra la
fiscalía, porque si Muscadine no confesaba abiertamente, las pruebas materiales
de su culpabilidad brillaban por su ausencia: ni armas, ni testigos, ni pruebas
físicas.
¿Qué debía utilizarse y qué debía mantenerse oculto?
Leah Schwartz, la fiscal de distrito auxiliar, aún estaba
dándole vueltas al asunto, considerando la posibilidad de una sentencia pactada
o incluso de un sobreseimiento. Quedaban cuarenta y ocho horas para formular
acusaciones o poner a Muscadine en libertad bajo fianza.
¿Significaría aquella llamada que Oster no se daba cuenta de lo
débil que era la acusación contra su cliente?
—¿Hablará usted con él, doctor Delaware?
—Pues no, no creo.
—¿Por qué?
—Conflicto de intereses.
Él esperaba la respuesta, y en su réplica percibí una maliciosa
alegría.
—Muy bien, doctor Delaware, entonces le recomiendo que piense en
esto: si lo cito a usted en calidad de testigo experto, se le abonarán sus
honorarios. Si lo cito y usted no coopera, tendrá que testificar igual en el
juicio, pero como testigo normal, y no recibirá un solo centavo.
—¿Me está usted amenazando?
—No, sólo le estoy exponiendo todas las posibilidades. Por su
bien.
—Me encanta que haya alguien que se preocupe por mis intereses
—dije—. Buenos días.
Telefoneé a Milo y se lo conté. Él replicó:
—Es lógico. Leah me comentó que hoy salió a relucir tu nombre
mientras ella hablaba con Oster. Aparentemente, Muscadine le mencionó a su
abogado tu visita, y Oster trata de sacar el máximo partido de que un sicólogo
investigue a su cliente. Desea aducir eso como prueba de que desde un principio
la policía supo que Muscadine se encontraba bajo una fuerte tensión mental. Así
que ahora se propone utilizarte. Es una vieja táctica: usar como propio al
experto de la parte contraria. Si no puede hacer uso de tu testimonio en su
favor, te hará declarar y tratará de humillarte y de reducir tu utilidad para
la fiscalía.
—¿Se han formulado ya acusaciones contra Muscadine?
—No, pero ha habido un cierto progreso, porque esta mañana
encontramos en su apartamento un gran surtido de esteroides. Sin duda, si llega
el caso, la defensa también utilizará eso: la furia de su cliente fue inducida
por las drogas. Pero al menos, el hallazgo nos permite mantenerlo detenido por
más tiempo. Pese a ello, Leah sigue pensando en una sentencia pactada porque le
preocupa que el jurado simpatice con Muscadine a causa del calvario por el que
lo hicieron pasar.
—¿Y qué pasa con Kathy DiNapoli? —quise saber—. Si él la mató
sólo porque ella lo vio con Mandy Wright, la cosa no suscitará muchas simpatías
hacia él.
—Sí, pero no tenemos pruebas de lo de Kathy. Cuando le mencioné
su nombre a Muscadine, él se limitó a dirigirme una de sus sonrisas de actor y
eso fue todo.
—¿Cuál sería entonces la sentencia pactada?
—Homicidio sin premeditación y sólo por lo de Hope. Leah exigirá
que sea voluntario, Oster que sea involuntario, y a algún acuerdo llegarán.
—¿Si el caso es tan débil, por qué quiere Oster una sentencia
pactada?
—Puede que no la quiera. De momento, Leah mantiene oculta la
identidad de Big Micky, pero quizá la saque a relucir para asustar a Muscadine:
si sales libre, el crimen organizado acabará contigo. Espera que eso convencerá
a Muscadine de que acepte una sentencia reducida en una prisión federal y bajo
protección.
—Bonito desenlace para cuatro asesinatos a sangre fría —dije—.
Sin embargo, yo creo que el hecho de que Oster me haya llamado significa que
cree que el caso es más fuerte de lo que en realidad es. ¿O no?
—Es difícil decirlo. Oster es uno de esos abogados que se creen
Perry Mason, y se considera más listo de lo que en realidad es. Lo que
realmente preocupa a Leah es que Oster consiga el sobreseimiento por falta de
pruebas. Si lográsemos encontrar un arma, alguna prueba material... Pero hasta
ahora no hemos tenido suerte. Los únicos cuchillos que había en casa de
Muscadine servían para untar mantequilla, y no encontramos ningún arma de
fuego. El tipo ha sabido hacer las cosas.
—Un actor en paro... —dije. De pronto recordé algo—: Cuando
hablé con la señora Green, la casera de Muscadine, ella me dijo que guardaba en
su casa una pistola como protección. También me comentó que él cuidaba de su
perro cuando ella no estaba. Lo cual significa que Muscadine tenía acceso al
domicilio de su casera. ¿Y si en vez de comprar una pistola decidió tomarla
prestada?
—¿La tomó prestada y luego la devolvió?
—¿Por qué no? Sería lógico que no quisiera alarmar a la señora
Green. Y estoy seguro de que ella registró su arma en la policía, así que
aunque la pistola no aparezca, tú podrías aducir que Muscadine era el único que
tenía acceso a ella. Y quizá los de balística descubran que el proyectil que le
sacaron a Locking de la cabeza es compatible con el modelo del arma de la
señora Green. Tal vez no baste para condenarlo, pero sin duda debilitará la
defensa de su caso.
—Me parece bastante improbable, pero... ¿por qué no? Sí, le haré
una llamada a la señora Green.
Mi amigo tardó un cuarto de hora en volverme a llamar, y cuando
lo hizo había música en su voz.
—American Derringer, modelo uno, usa balas de fusil del
veintidós, que es exactamente el calibre de la bala que le sacaron a Locking de
la cabeza. La señora Green no la ha vuelto a disparar desde que tomó clases de
tiro hace dos años. Y, efectivamente, Muscadine tenía las llaves de la casa. La
señora fue corriendo a buscar la pistola y la encontró en el cajón de la cocina
donde la había dejado, pero le pareció que estaba más limpia que cuando ella la
dejó, lo cual la puso muy nerviosa. Le dije que no la tocara, y ella me aseguró
que no lo haría.
—Muscadine limpió el arma —dije—. Se pasó de listo.
—No echemos aún las campanas al vuelo; pero iré yo mismo a
recoger la pistola, y luego la llevaré a balística. Gracias, excelencia,
salaam, salaam.
—¿Qué hago respecto al abogado Oster?
—Síguele la corriente.
Dos horas más tarde, Milo me anunció:
—Según balística, el proyectil y la pistola encajan. La fiscal
auxiliar Schwartz quiere hablar contigo.
Yo conocía a Leah Schwartz de un caso anterior. Joven y lista,
tenía el cabello rubio y rizado, enormes ojos azules y, en ocasiones, una
lengua muy afilada. Cuando se puso al teléfono, parecía rebosante de energías.
—¿Cómo estás? Gracias por sacar a relucir lo de la pistola.
Respecto a Ronnie Oster, quizá deberías hablar con él. Sobre todo ahora, que ya
tenemos la veintidós.
—¿Por qué?
—Porque hasta ahora, Muscadine se ha negado a decir ni una
palabra sobre el crimen. Quizá tú consigas soltarle la lengua.
—Si lo hace, lo que diga será confidencial.
—No lo será si Oster te cita como testigo o te interroga. Según
los últimos cambios en la ley, en cuanto Oster saque a relucir el estado mental
de Muscadine, yo podré contrainterrogarte y sacar a colación cualquier cosa que
hayas descubierto.
—¿Y si Oster no me interroga?
—¿Por qué no iba a hacerlo?
—Porque no soy partidario de la responsabilidad disminuida, y no
declararé que Muscadine está loco.
—Oster está al corriente de eso, y quizá ése sea el motivo de
que hablase de angustia mental y no de responsabilidad disminuida. Y yo creo
que lo de la angustia mental es justo. Al pobre cabrón le arrancaron un pedazo.
Si tú hablas de angustia mental en tu testimonio, en el contrainterrogatorio
nos divertiremos mucho sacando a relucir todos los detalles. Otra cosa que
puedes hacer es redactar el informe si Oster no tiene la astucia de pedirte
específicamente que no lo hagas. Escríbelo en cuanto tengas oportunidad, porque
una vez esté escrito, existirá como prueba material. Si Oster te incluye en su
lista de testigos, o te utiliza en la audiencia preliminar, digamos que para
conseguir alojamiento especial para Muscadine en el pabellón siquiátrico, eso
probablemente nos dará derecho a utilizar tu informe.
—¿Probablemente?
—Habrá que discutirlo; pero creo que lo conseguiré.
—No sé qué decirte, Leah.
—No te pido que mientas. El tipo estaba realmente angustiado.
Pero no tanto como para justificar cuatro asesinatos. Y, según están las cosas,
sólo podemos mencionar al jurado dos de ellos: el de Devane y el de Locking. No
sé lo que piensas tú, pero a mí me descompone la posibilidad de que ni siquiera
nos sea posible mencionar a Mandy Wright ni a la chica DiNapoli. Tu
intervención puede ser crucial. Utiliza tus mañas terapéuticas, consigue que
Muscadine se abra. No te pido que te entrometas. Ellos te han invitado. Oster
incluso te ha presionado. Si logras que el chico hable, probablemente
conseguiré un mandamiento judicial para que le hagan una radiografía.
—¿Y qué ocurrirá en el caso de que Muscadine confiese, Oster me
pida que no ponga nada por escrito y luego no me llame a testificar?
—En ese caso nosotros no perdemos nada, tú te ganas un dinerito
como testigo experto, y veremos hasta dónde podemos llegar sólo con la
bicicleta y la pistola. Pero creo que puedes conseguir que él te utilice.
Examina a Muscadine y dile a Oster la verdad: su cliente ha
pasado por un infierno. Pero no llames en seguida a Oster para decirle que sí,
eso podría hacerle recelar. Aguarda un par de días, y no te muestres demasiado
bien dispuesto.
—O sea, que quieres utilizarme como si esto fuese una partida de
ajedrez y yo fuera un peón.
Se echó a reír.
—Piensa que todo es por el bien de la justicia.
39
El doctor Albert Emerson me devolvió la llamada aquella noche,
justo después de las nueve.
—Tessa ha tratado de suicidarse —dijo, con su juvenil voz—. La
he hecho internar setenta y dos horas en Flint Hills Cottages, ¿sabe dónde es?
—En La Cañada.
—Exacto. Su unidad de cuidado para adolescentes es una de las
mejores.
—¿Qué método utilizó la muchacha? —quise saber.
—Se cortó las venas.
—¿Iba en serio, o fue un simple grito de socorro?
—Muy en serio, casi se las serró. Afortunadamente, su padre
logró cortar la hemorragia.
Yo lo llamé porque Tessa me tenía
Tcht. —
preocupado.
—Y yo le he devuelto la llamada porque le agradezco su interés.
Y los padres de Tessa también. ¿Qué quería decirme?
—Creo que la chica dijo la verdad respecto a la violación.
Pienso que a Tessa le vendría bien escuchar eso de labios de alguien.
—Pero... ¿por qué ahora?
—No se lo puedo decir. Complicaciones legales.
—Ah —dijo él—. ¿El tipo violó a otra y lo
descubrieron? —Digamos que el testimonio de Tessa ha sido
refrendado. —Bueno. Lo averiguaré por mi esposa que, como le dije, trabaja en
la fiscalía.
—Quizá ella no sepa nada. Se trata de una situación realmente
delicada. En cuanto me sea posible darle una explicación, le prometo que lo
haré.
—De acuerdo. Un momento: el padre de Tessa
quiere hablarle. Momentos más tarde: —¿Doctor? Soy Walt Bowlby.
—Lamento lo de Tessa. —Muchas gracias. —La voz del hombre era de
confusión—. El doctor Emerson dice que se repondrá.
¿Qué puedo hacer por usted? —Sólo quería saber cómo estaba
Tessa. La voz se le quebró.
—La pobre está... Supongo que debí creerla cuando dijo lo de la
violación.
—No debe usted culparse...
—Lo más extraño es que Tessa parecía estar mejor, pasaba cada
vez más tiempo con Robbie, se divertía. Hasta que, de pronto, dejó de hacerlo.
No quiso jugar más con su hermano y ni siquiera estar con él. Comenzó a
quedarse el día entero encerrada en su cuarto. Ayer, entré a hablar con ella y
la encontré en el baño. Gracias a Dios... Bueno, el caso es que no lo llamé a
usted porque Tessa, hasta hoy, no volvió a mencionar a la profesora. Pensaba
telefonearle, pero hemos estado muy ocupados.
—¿Qué dijo hoy Tessa?
—Que la profesora era verdaderamente su amiga, porque fue la
única que la creyó. Que el muy cabrón la ató y la forzó, y que la única que
supo comprenderla fue la profesora.
—¿Muscadine la ató?
—Sí. Como se me cruce por delante ese cabrón, le corto las
pelotas.
—Señor Bowlby..
—Ya sé, ya sé... Mi esposa me dice que hablar así es una
estupidez, y comprendo que tiene razón. Pero sólo de pensar lo que le hizo ese
tipo a mi pequeña... Ojalá haya un infierno... Pero lo importante es que Tessa
está viva. Más adelante ya nos ocuparemos de las otras cosas. De todas maneras,
gracias por llamar, doctor.
—¿Les importa a ustedes que me acerque a hablar con Tessa?
—¿Para qué?
—Sólo para decirle que yo también la creo.
—No, no nos importa; pero tendrá usted que preguntárselo al
doctor Emerson.
—¿Sigue el doctor ahí?
—Está en el vestíbulo. ¿Quiere que vaya a buscarlo?
—Sí, por favor, si no es molestia.
—Ninguna molestia. Total, aquí no hago nada, sólo compañía.
Aquella noche llegué a Glendale a las diez y media y a La Cañada
unos minutos más tarde.
Flint Hills Cottages se encontraba en Verdugo Road, ya en las
colinas, en las afueras de una elegante urbanización residencial. El único
cartel indicador era un letrero situado en la puerta principal. Esta se
encontraba abierta y el hombre de la caseta de vigilancia llevaba chaqueta y
corbata y lucía en los labios una estereotipada sonrisa.
No había edificio central, sólo una serie de bungalós situados
al extremo de un camino de grava, bajo las copas de sicomoros y cedros
centenarios. La suave iluminación exterior y las buganvillas que trepaban por
los muros hacían que el lugar pareciera un apacible balneario.
Emerson me había dicho que Tessa se encontraba en la unidad C,
situada frente al estacionamiento, a la izquierda. La puerta principal estaba
cerrada, y tuve que aguardar un rato antes de que una enfermera acudiese a
abrirme.
—Soy el doctor Delaware y quiero ver a Tessa Bowlby.
Ella me miró recelosa.
—El doctor Emerson me espera.
—Venga, por favor.
La seguí a través de un vestíbulo de suaves tonos amarillos.
Moqueta nueva color chocolate, litografías en las paredes con motivos florales,
unos cuantos carteles de recitales de rock, siete puertas, todas ellas
cerradas. Al fondo, un despacho de enfermeras donde había un hombre sentado,
estudiando un historial médico.
Alzó la vista y se puso en pie.
—¿Doctor Delaware? Soy Al Emerson.
Tenía poco más de treinta años, el pelo largo y ondulado, y
barba poblada color castaño meticulosamente recortada. Chaqueta deportiva,
pantalones marrones de lana, camisa de algodón y corbata azul de punto. Su
apretón de manos fue breve y firme.
—Gracias, Gloria —dijo a la enfermera. Cuando ésta se fue, me
fijé en el historial que estaba estudiando Emerson. En él aparecía el nombre de
Tessa. El pabellón se encontraba en silencio.
—¿Qué tal sigue Tessa? —pregunté.
—Comienza a manifestar remordimientos, lo cual es buen síntoma.
—¿Sigue su padre acompañándola?
—No, el señor Bowlby se fue hace un rato. Estuvo con ella, pero
sólo unos minutos. Tessa está furiosa con él.
—¿Por no haberla creído?
—También por eso, pero el problema es más hondo.
—Suele serlo.
Él asintió con la cabeza.
—Los padres son buena gente. Bien intencionados, sinceros. Pero
simples. No estúpidos, sólo simples.
—Lo contrario que Tessa.
—Tessa es una muchacha sumamente compleja. Creativa,
imaginativa, con temperamento artístico. Le interesan los temas existenciales.
En el mejor de los casos, sería una muchacha difícil. Con una familia como la
que tiene... Es como dejar un Ferrari en manos de un par de mecánicos
perfectamente competentes de la Ford.
—Jugarretas del destino —dije—. Yo también he visto unas
cuantas. ¿Querrá Tessa hablar conmigo?
—Aún no se lo he preguntado. ¿Qué tal si lo averiguamos?
—¿Así, por las buenas? Las dos veces que traté de hacerlo, se
mostró sumamente alterada.
—Pero ahora tiene usted algo que decirle. Y mi esposa sabe lo
que está sucediendo, ha oído rumores de que hay un estudiante detenido por el
asesinato de la profesora Devane. Si es el que violó a Tessa, a ella le gustará
saber que su agresor se encuentra bajo custodia.
—No lo dudo, pero la fiscalía ha decidido no decir nada hasta
dentro de un par de días.
—Yo podría convencer a Tessa de que se quedara aquí durante más
de dos días. Ella misma me ha dicho que este lugar le gusta, la tranquiliza.
—¿Y si charlar conmigo la trastorna?
—Si eso ocurre, es mejor que sea aquí, donde yo puedo atenderla.
Si las cosas van mal y ella se altera, me quedaré con ella toda la noche,
atendiéndola. —Amplia sonrisa—. Es mi trabajo. Resulta más divertido que estar
en casa tomándose una cerveza y viendo la televisión, ¿no?
Me eché a reír.
El también rió. Luego, más serio:
—¿Quiere intentarlo?
—¿Será confidencial nuestra charla?
—Tessa no tiene teléfono y yo no soy exactamente un deslenguado.
—De acuerdo —dije.
—Espléndido —dijo él—. Vamos. Tessa está en la habitación tres.
No habían regateado esfuerzos para darle al cuarto un aspecto
acogedor. El empapelado de las paredes era blanco con ondas azul pálido; los
muebles, de madera auténtica; un gran ventanal; flores en un jarrón. Pero,
fijándose mejor, se advertía que las paredes estaban acolchadas bajo el papel,
que los muebles carecían de bordes agudos, las luces estaban empotradas en el
techo y unas barras de madera bloqueaban la ventana por fuera. El jarrón era de
plástico y estaba atornillado al mueble. Las flores eran azucenas auténticas.
Las azucenas pertenecen a la familia de las aráceas. No son tan tóxicas.
Tessa estaba sentada en la cama leyendo The Athlantic Monthly. A
su lado había otras revistas amontonadas. La muchacha llevaba una sudadera gris
de la universidad y unos pantalones cortos vaqueros. Las dos veces que yo la
había visto con anterioridad, iba vestida de negro. Tenía las piernas largas y
flacas, y casi tan blancas como las paredes. Bajo la manga izquierda asomaba el
triángulo de un vendaje.
Siguió leyendo como si nada.
Inclinada sobre su lectura era la imagen viva de la
vulnerabilidad. Muscadine debió de pensar que con ella podía permitirse
cualquier cosa.
—Hola otra vez —dijo Emerson.
Ella alzó la vista, me vio, y a su semblante volvió la misma
expresión de pánico.
—No pasa nada, Tessa —dijo Emerson, acercándose a la cama—. El
doctor Delaware es de toda confianza. Yo respondo por él.
A la muchacha le tembló el labio inferior.
Le dirigí una sonrisa.
Tessa clavó la mirada en su revista.
—¿Estás leyendo un artículo interesante?
No respondió. Su pecho subía y bajaba desacompasadamente.
Emerson se acercó a la muchacha y miró por encima de su hombro.
—Reforestación en el litoral Atlántico. —Leyó un poco más—. Dice
que los bosques están volviendo por sí mismos. No me digas que los ecologistas
comienzan a dar buenas noticias. Ya era hora.
Tessa se mordió el labio inferior.
—Vuelven los bosques porque la economía está en las últimas. A
medida que las industrias van cerrando, la gente abandona las pequeñas
poblaciones, y la naturaleza vuelve a su estado salvaje.
—Ah —dijo Emerson—. O sea que, en realidad, es una mala noticia,
¿no? O una mezcla de buena y mala. ¿Tú qué crees?
—Lo que creo es que no quiero hablar con él.
—¿Te importa que él te hable un rato?
—¿Sobre qué?
Emerson me miró.
—Sobre lo que te hizo Reed Muscadine —dije—. Sé que lo que
decías era cierto. Muscadine es un miserable y ahora está detenido.
Ella quedó boquiabierta.
—¿Por qué?
—Te impresionará saberlo, Tessa, pero te ibas a enterar tarde o
temprano. Muscadine es el principal sospechoso del asesinato de la profesora
Devane.
Sus ojos se desorbitaron.
—Oh... —Más que una palabra, fue un gemido animal—. Oh, oh,
oh...
Se puso bruscamente en pie, con las manos en la cabeza, cruzó de
tres zancadas la habitación, volvió junto a la cama y dijo:
—Dios mío... Dios mío, ¡Robbie!
—¿Qué pasa con Robbie? —preguntó Emerson.
—¿Dónde está?
—En casa con tus padres, Tessa.
—¿Cómo puedo estar segura?
—¿Por qué no iba a estar allí?
Temblorosa, tendió las manos al frente, con los dedos
engarfiados.
—¡Tengo que telefonear! —exclamó.
—¿Quieres que llame a tu madre y le pregunte si tu hermanito
está bien? —dijo Emerson.
—¡Quiero llamar yo misma! ¡Quiero hablar con él!
—Son casi las once, Tessa, y Robbie estará dormido.
—Tengo que hacerlo, necesito hacerlo... Por favor, doctor
Emerson, permítame que haga una llamada. Se lo ruego, se lo suplico...
—Sollozos—. ¡Por favor, déjeme hablar con mi hermanito Robbie!
—Como quieras, cariño. —Emerson trató de pasarle un brazo por
los hombros, pero ella se apartó. Observó con ojos nublados por la confusión
cómo el hombre abría la puerta y le franqueaba el paso.
En el despacho de enfermeras, Emerson consiguió una línea
exterior. Tessa marcó el número con nerviosos dedos.
—¿Mamá? ¿Dónde está Robbie? ¿Seguro? Ve a mirar... Por favor,
mamá. Por favor... ¡Déjate de preguntas y haz lo que te pido!
Se quedó a la espera, tirándose del pelo, parpadeando, meneando
los hombros, pellizcándose una mejilla, moviendo los pies.
Emerson la observaba, entre preocupado y fascinado.
—¿Estás segura? ¿Has comprobado si respiraba? ¿Cómo...? Hablo en
serio... Desde la sala de enfermeras. Él me dejó, lo tengo aquí al lado, sí...
No, no estoy cansada... Estaba leyendo. ¿Cómo? Pronto, muy pronto... ¿Seguro
que Robbie está bien...? Ya lo sé, mamá, tú no me mentirías... Lo siento, mamá,
perdona que te haya molestado... ¿Cómo? Sí, sí, gracias. Perdona la molestia,
pero cuídalo bien... Sí, yo también te quiero.
Colgó el teléfono. Suspiró. Ocultó el rostro entre las manos.
Alzó la vista.
—Volvamos.
De nuevo en el cuarto, dije:
—Robbie era el arma que Muscadine tenía contra ti.
Te amenazó con matar a tu hermano a no ser que tú, en
la audiencia, retirases la denuncia.
Tessa me miró con profundo respeto.
Asintió.
No hice la siguiente pregunta: «¿Por qué no se lo dijiste a la
policía?»
No lo pregunté porque conocía la respuesta: ella ya había
denunciado cosas a la policía, y quedó como mentirosa. «La palabra de Muscadine
contra la de ella.»
—Ahora ese hombre no puede hacerle nada a Robbie —dijo—. Ni a
nadie. —Me hubiese gustado tener la certeza de que mis palabras eran ciertas.
Personalmente, yo casi deseaba que Muscadine saliera libre para que Big Micky
le aplicara su propia justicia... Tal pensamiento me avergonzó.
Tessa volvía a sollozar.
Emerson la dejó tranquila. Le dio un pañuelo de celulosa y
después se apartó de la cama.
El dolor se reflejaba en los ojos de la muchacha. Los de Emerson
eran piadosos y firmes.
Al menos, Tessa parecía haber encontrado un médico que la
entendía.
Al fin los sollozos cedieron y dijo:
—Él mató a la profesora por mi culpa.
—No, nada de eso —dije—. La cosa no tuvo nada que ver contigo.
Fue algo que sucedió entre él y la profesora Devane.
—Me gustaría poder creerlo.
—Cuando los hechos se hagan públicos, me creerás.
—Robbie —dijo Tessa.
—Protegiste a Robbie —dije—. Y lo pagaste bien caro.
No respondió.
—¿Estaba la profesora Devane enterada de que ese muchacho te
había amenazado?
Tessa negó con la cabeza.
—No le dije nada... No me pareció bien... Ella me comprendía,
pero yo no quería... No quería meter a nadie en mis problemas.
—Pero lo que sí le dijiste fue que Muscadine te ató.
Un largo silencio tras el cual ella asintió lentamente con la
cabeza.
Luego la muchacha me desconcertó con una súbita y
resplandeciente sonrisa que también sorprendió a Emerson. Él comenzó a
retorcerse los pelos de la barba.
—¿Qué ocurre, Tessa? —preguntó.
—Bueno, ya soy una mártir —dijo—. Al fin.
Yendo en el coche por las tranquilas calles, imaginé cómo había
sucedido.
Muscadine debió de mostrarse encantador con ella, y seguro que
la trató bien, incluso deferentemente, hasta que llegaron a su casa.
Entonces se transformó.
La inmovilizó.
La ató.
Ella se lo había contado a Hope.
Hope la habría escuchado con gran atención, pues
era experta en hacerlo. Se debió de mostrar serena, comprensiva.
Pero para ella, aquello fue mucho más que una nueva afrenta contra las mujeres.
Las palabras de Tessa la hicieron odiar a Muscadine.
Debió de pensar mucho en él. Grande, fuerte. Saludable. Un
bonito y gran riñón, más que adecuado para
filtrar la basura del lastimoso cuerpo de un hombre que
la consideraba a ella como su familia. Bonito. Perfecto.
«Muscadine había atado a Tessa.» Hope sabía lo que la muchacha sintió. Aunque
nunca se lo dijo a Tessa. Hasta la empatía tiene límites.
40
Ronald Oster era demasiado joven para ser tan cínico.
Alrededor de veintiocho años, pelo rojo y crespo, montones de
pecas, tripa incipiente. Vestía un traje de tres piezas que le estaba una talla
pequeño.
Me encontré con él frente a la cárcel del condado, cerca de la
larga fila de mujeres que todas las mañanas esperaban para ver a los
prisioneros. Algunas de ellas nos miraron, pero Oster no les prestó la menor
atención. Mantenía la mirada fija en mí mientras se fumaba un British Oval.
—¿Qué le ha hecho cambiar de idea? —preguntó.
—Consulté a mi abogado y él me dijo que podía usted obligarme.
Y, puesto que parece que tendré que perder el tiempo, prefiero que me paguen
por ello.
Él seguía sin quitarme ojo.
—Hablando de lo cual —seguí—, mis honorarios son de trescientos
setenta y cinco dólares a la hora, contando el tiempo a partir del momento en
que salgo de mi casa. Le mandaré la factura y espero que la pague en el plazo
de treinta días. También espero que me mande usted un contrato a tal efecto
antes de tres días.
Le entregué mi tarjeta profesional.
—Así que es por el dinero —dijo él, metiéndose un pulgar en el
bolsillo del chaleco.
—Preferiría no hacerlo; pero si lo hago, desde luego no es por
simpatía hacia su cliente.
Oster apretó entre los dedos el ovalado cigarrillo.
—Deseo dejar algo bien claro, doctor. A partir de este momento,
usted, en este caso, trabaja sólo para mi cliente.
Cualquier cosa que el señor Muscadine le diga, así como
cualquier cosa que yo le diga respecto al señor Muscadine, queda amparada por
las normas de confidencialidad médica. Incluida esta conversación.
—Siempre y cuando hayamos llegado a un acuerdo.
—Hemos llegado. Sin embargo, en cuanto a abonar sus honorarios,
soy un funcionario público, y debo hacerlo todo a través de los canales
oficiales.
—Esfuércese al máximo. Y que quede clara una cosa. Si su cliente
me amenaza de algún modo, me acogeré a la ley Tarasoff y lo denunciaré
inmediatamente.
Eso no le gustó, pero logró sonreír.
—La ley Tarasoff se aplica a amenazas contra terceras partes.
—Nadie dice que no se pueda aplicar a un analista.
—Detecto hostilidad, doctor.
—Simple instinto de conservación.
—¿Por qué iba a amenazarlo mi cliente?
—Dicen que ya ha cometido varios asesinatos. Mi pregunta era
retórica, para cercioramos de que los dos conocemos las reglas.
—¿Siempre que trabaja para un abogado le dice las cosas tan a
las claras?
—No suelo trabajar para abogados.
—Tengo entendido que trabaja usted mucho en casos de custodia
infantil.
—Cuando lo hago, trabajo para el tribunal.
—Comprendo. Así que le tiene usted miedo al señor Muscadine.
¿Por qué?
—No temo de él nada específico, pero prefiero ser cauto.
Supongamos que en mi informe no llego a las conclusiones que a él le interesan.
El hecho de haber asesinado a toda esa gente tiende a indicar que el señor
Muscadine no encaja bien los fracasos.
—¿Fracaso? —Arrojó la colilla del cigarrillo lejos de
sí—. ¿Le llama fracaso a la pérdida de un órgano vital? Miré mi
reloj. Oster siguió: —Esencialmente, a ese hombre lo violaron, doctor
Delaware. —¿Cómo ocurrió la cosa, según él? —Prefiero que el
propio señor Muscadine se lo
cuente. Si es que al fin decido que usted hable con él. Aunque
no sea así, usted recibirá el contrato y un cheque por el tiempo que me ha
dedicado hoy.
—Lo cual significa que ya le pertenezco a usted y no
puedo cooperar voluntariamente con la policía. Oster sonrió.
—Muy bien —dije, tras consultar de nuevo mi
reloj—. Por lo que a mí respecta, cuanto menos tenga que ver con
este asunto, mucho mejor. De nuevo mi interlocutor introdujo un pulgar en el
chaleco. La cola de mujeres iba pasando ante nosotros. —Puede
que esto no dé resultado —dijo Oster. —Usted verá. —Me interesa su opinión
profesional porque yo
estoy convencido de que se trata de un caso claro de angustia
síquica idéntico al que pueden experimentar las esposas maltratadas. Pero,
teniendo en cuenta su historial con la policía, no estoy seguro de que pueda
usted mostrarse imparcial en el dictamen.
—Usted me da los datos y yo hago mi informe. Si busca a alguien
para utilizarlo como muñeco de ventrílocuo, lo lamento, pero no soy el hombre
indicado.
Oster miró mi tarjeta.
—Detecto una clara parcialidad en favor de la fiscalía.
—Lo que usted diga.
—¿Nunca apoya a la otra parte?
—Tengo mis propios criterios. Si quiere una puta, vaya a
Hollywood Boulevard y agite un billete de veinte.
Sus pecas se hicieron más intensas y la piel que había entre
ellas se puso roja. Al fin lanzó una sonora carcajada.
—Muy bien, eso me gusta. Es usted mi hombre. La tensión síquica
de ese muchacho es tan evidente, que hasta usted la verá. Y que una persona
como usted testifique en ese sentido, será tanto más impresionante. Un
consultor de la policía.
Tendió la mano y se la estreché. Algunas de las mujeres de la
cola nos miraron, e imaginé lo que pensaban.
—Entremos —dijo Oster—. Y no se preocupe: Reed no le hará ningún
daño.
41
—Terapia —dijo Muscadine con una sonrisa, al tiempo que se
atusaba el largo cabello—. Todo un lujo para un actor en paro.
—¿Alguna vez te han sicoanalizado? —pregunté.
—Lo único, los juegos mentales que se practican en las clases de
actuación. Sin embargo, quizá no me hubieran venido mal unas sesiones.
—¿Por qué lo dices?
—Tengo evidentes problemas emocionales. Eso es lo que debe usted
establecer, ¿no?
—Quiero saber lo más posible acerca de ti, Reed.
—Qué honor. —Sonrió y volvió a pasarse la mano por el pelo.
Vestía ropas de calle, camiseta y vaqueros, pero estaba tras un cristal. Los
días de detención no habían hecho mella en su aspecto, y seguía teniendo
músculos enormes y bien definidos. Probablemente, haría ejercicios en la celda.
El alguacil que permanecía en un rincón de la sala de visitas se
volvió hacia nosotros. Muscadine le sonrió también a él, y él se giró y le dio
la espalda.
—¿Qué tal te tratan? —quise saber.
—Bastante bien, hasta ahora. Naturalmente, soy un preso modelo.
No tengo por qué no serlo... ¿Le hablo de mi madre? Era una auténtica joya.
—Luego —dije—. Pero antes, háblame sobre tu amor a los animales.
y yo somos buenos amigos. Samantha —
La sonrisa desapareció de sus labios y volvió a aparecer, más
forzada. Me pareció escuchar a un director diciendo: «¡Más suelto, Reed, métete
en el personaje!»
—Bueno —dijo él, cruzando las piernas—, los animales tienen
debilidad por mí.
—Lo sé. Lo he comentado porque el día que te visité me di cuenta
de que te llevabas admirablemente con la bullmastiff de la señora Green.
—La señora Green dijo que Samantha no dejaba que nadie se
acercase a ella.
—Es cierto.
—Pero contigo era distinto.
—Yo vivía allí —dijo Muscadine—. Pertenecía a la casa. Pero sí,
tiene usted razón. Me comunico bien con los animales. Probablemente porque se
dan cuenta de que me siento a gusto con ellos.
—¿Tuviste animales de pequeño?
—No. Cosas de mi madre.
—¿Ella no te dejaba tenerlos?
Él afirmó con la cabeza.
—No quería ni oír hablar de ello. —Mostró los blancos dientes en
una mezcla de sonrisa y mueca—. Mamá era una mujer extremadamente limpia.
—¿Y cuando te fuiste de casa...? ¿Qué edad tenías, por cierto?
—Dieciocho años cuando me marché a la universidad.
—Volviste luego a tu casa.
—Ni hablar. Yo...
—¿Tuviste animales de compañía cuando comenzaste a vivir solo?
—Imposible. Vivía de alquiler y no estaba permitido. Luego mi
trabajo se interpuso.
—Tu trabajo de contable.
El asintió con la cabeza.
—Era uno de esos empleos de nueve a cinco. No me parecía justo
dejar a un animal solo todo el día. Y lo mismo me ocurrió cuando volví a la
universidad y me tomé en serio la carrera de actor. Lo que sí hice fue trabajar
durante un tiempo como cuidador de animales.
—¿De veras?
—Sí, sólo durante unos meses. Fue una de las muchas cosas que
hice para pagarme los estudios.
—Los actores en paro hacen de todo, ¿no?
—Sí, ya sé que soy un tópico...
—Yo también lo soy, supongo. Un sicólogo de Los Ángeles.
El rió entre dientes.
—Hacer de cuidador debió de aumentar tu dominio de los animales
—seguí.
—Pues sí. Se aprende a manejarlos, a hablar con ellos. La
comunicación con los animales es no verbal al noventa y nueve por ciento. Si te
sientes bien contigo mismo, ellos se sienten a gusto a tu lado. Y, trabajando
con ellos, aprendes a distinguirlos.
—¿A distinguir cuáles son fieros y cuáles pacíficos?
—Exacto.
—No verbal —dije—. Interesante. ¿Era la rottweiler de Hope
Devane una perra dificil?
Muscadine se miró los pies. Se atusó el cabello.
—¿Es imprescindible hablar de ello?
—¿Existe algún motivo para no hacerlo?
—No sé. Oster me ha dicho que se lo cuente a usted todo; pero él
no es más que un defensor público.
—¿No te cae bien?
—Parece buen tipo, pero...
—¿Desconfías de él?
—Me fío de él bastante más que del resto de los abogados que he
conocido. —Blanca, resplandeciente sonrisa—. Lo cual no es mucho decir. Pero
sí, parece más listo de lo que cabría esperar en un funcionario. Además, no
puedo elegir. Recuerde que soy un actor en paro.
Hice unas anotaciones y alcé de nuevo la vista hacia él.
—Volvamos con la rottweiler —dije—. ¿Qué hiciste con ella?
—Le di un pedazo de carne sazonado con tintura de opio.
—¿A través de las barras de la puerta principal? Él asintió con
la cabeza.
—¿Y ella se lo comió?
—Pues sí —dijo Muscadine—. Fue asombrosamente fácil. Yo había
pasado frente a la casa en coche y a pie cuando la perra estaba en el jardín, y
siempre me ladró. Pero debió de oler la carne, porque en cuanto me vio ir hacia
ella, se calló. Y para cuando llegué a la puerta, ya estaba sentada y con la
lengua fuera. Se comió la carne de un bocado.
—¿Eso ocurrió de día o de noche?
—De noche. A eso de las ocho.
—¿La noche que la profesora Devane fue asesinada? —Era mejor
usar la voz pasiva, no inquietarlo.
Él asintió con la cabeza.
—¿Había alguien en la casa? —quise saber.
—Estaban los dos. —Amplia sonrisa—. Fue todo de lo más simple.
La calle estaba oscura bajo las copas de los grandes árboles. No pasaba ni un
alma. Dejé la bicicleta apoyada en el árbol, fui hasta la puerta del jardín, le
di la carne a la perra y me marché.
Largo silencio.
Al fin dijo:
—No pudo ser más fácil.
Asentí con la cabeza.
—¿Volviste luego?
—Sí.
—¿Cuándo?
—A eso de las diez.
—Porque ésa era la hora en que la profesora Devane daba su
paseo.
La sonrisa desapareció.
—Caminaba entre las diez y media y las once y media. Siempre el
mismo recorrido. Sudadera negra una noche, sudadera gris la siguiente. Negra,
gris, negra, gris. Como una máquina. No estaba seguro de si saldría a caminar
sin la perra o preferiría dejarlo. Pero salió, y supongo que eso indica qué
clase de persona era. La pobre perra echando las tripas, y ella tan campante.
Si hubiese roto su rutina... ¿quién sabe? Quizá yo hubiese cambiado de idea.
—¿Lo crees de veras?
Él me miró fijo y luego sonrió más ampliamente que nunca.
—No. Tarde o temprano habría ocurrido.
—Estaba en el guión, ¿no?
Muscadine volvió a mirarse los pies.
—Sí, supongo que ésa es una buena forma de decirlo.
—Si no te importa, retrocedamos un poco, Reed.
—¿Hasta dónde?
—Hasta Mandy Wright.
—¿Mandy, qué?
Sonreí y crucé las piernas.
—¿Te molesta recordarla? ¿Más que recordar a Devane?
—No. —Exhaló—. ¿Qué quiere saber?
—Dime qué sucedió. Cuéntame cómo te tendió la trampa.
Hizo crujir los nudillos de forma tan sonora que el alguacil se
volvió hacia él. Se atusó el pelo, se pasó los dedos por entre los cabellos y
dejó que éstos cayeran sobre el atractivo rostro. Luego volvió a echárselos
para atrás.
El alguacil se volvió de nuevo y quedó mirando a la pared.
Muscadine dijo:
—Uf...
—¿Te resulta difícil hablar de ello?
—Sí. Ha puesto usted el dedo en la llaga. Lo más jodido de todo
fue la trampa que me tendieron. La maldita sesión del comité.
—El análisis de sangre.
—Exacto. Devane, por algún motivo, me detestaba. Debió de
decidir en aquel mismo momento arrancarme el riñón. Increíble, ¿no? Un mal
sueño... Me pasé meses viviendo como en una pesadilla.
—Háblame de ello.
—¿De la pesadilla?
—De todo. Empezando por Mandy.
—Mandy —dijo él—. El coño de alquiler. Me dijo que se llamaba
Desirée.
—¿La conocías de antes de encontrártela en el Club None?
—No, pero conocía a cientos como ella.
—¿Ah, sí?
—Mujeres de Los Ángeles —dijo él—. Como en la canción de los
Doors.
—¿Fue ella la que te ligó?
—Sí, supongo que sí, aunque en su momento pensé que era al
revés.
—¿Dónde se encontraron?
—En el Club None.
—¿Ibas por allí a menudo?
—Una o dos veces a la semana. Por aquella época, yo estaba
tomando clases de actuación en Brentwood y volvía a casa en coche por Sunset. A
veces me dejaba caer por allí y me tomaba una cerveza. Debían de estar
vigilándome. Acechándome. —Los ojos se le llenaron de lágrimas y ocultó el
rostro—. Mierda —dijo, por entre los gigantescos dedos—. Para ellos era una
presa... Me violaron...
—Macabro —dije.
—Repugnante —me corrigió él.
Alzó la vista.
Asentí con la cabeza.
—Fue una humillación —siguió—. Me degradaron. Ni a un perro lo
trataría yo así.
Esperé a que recuperase la compostura.
—Así que entraste en el Club None, viste a Mandy...
o Desirée, y...
—Ella estaba en la barra, nos miramos, me sonrió, se inclinó, me
mostró las tetas. Unas tetas magníficas. Me acerqué, me senté junto a ella, la
invité a una mesa. Le pagué una copa, me tomé otra cerveza, charlamos.
De pronto, ella me pone la mano en la rodilla y me invita a ir a
su casa. —Sonrisa—. Otras veces me habían ocurrido cosas así.
—¿Fuiste a su casa?
—No llegamos a ir. Debió de echarme algo en la cerveza, porque
lo último que recuerdo es que me monté en el coche y luego... ¡Dios, aún me
cuesta creer que me jodieran de aquel modo! —Los poderosos hombros se
estremecieron.
«¿Estaba actuando? Tal vez sí, tal vez no.»
—¿Qué pasó luego, Reed?
—Me desperté en un callejón cerca de mi casa con el maldito
dolor en la espalda y el hediondo olor a basura en las narices.
—¿Qué hora era?
—Las cuatro de la mañana, aún estaba oscuro. Escuchaba a las
ratas, olía la inmundicia... ¡me tiraron a la calle como si yo fuese basura!
Meneé la cabeza.
—Increíble.
—Kafka puro. Traté de levantarme y no pude. La espalda comenzaba
a dolerme endiabladamente. Un dolor sordo, pulsante, por encima del hueso de la
cadera. Y notaba una fuerte presión, enorme, como si alguien me estuviera
apretando. Me eché la mano a la espalda, toqué algo... gasas. Me habían
envuelto. Como a una momia. Luego comencé a notar un fuerte latido en el brazo.
Conseguí remangarme y vi un gran moretón...
la huella de una aguja hipodérmica. —Se tocó la parte anterior
del codo—. Estaba tan aturdido y confuso que pensé que también me habían
administrado algún tipo de droga, aunque no lograba imaginar por qué. Más tarde
me di cuenta de que era la anestesia. Estaba mareado, tenía náuseas, comencé a
vomitar y estuve un buen rato echando las tripas por la boca. Al fin, logré
ponerme en pie y, no sé cómo, llegué a mi apartamento. Una vez allí me desmayé.
Estuve todo el día inconsciente. Cuando desperté, la pesadilla continuaba. El
dolor era insoportable y me notaba febril. Fui en el coche hasta una clínica de
beneficencia. El médico me quitó el vendaje y puso una cara que jamás olvidaré.
Parecía preguntarse cómo era posible que yo anduviera por la calle en semejante
estado. Luego me lo dijo: «Te han operado, muchacho. ¿No lo recuerdas?» Yo me
quedé estupefacto, y él me puso un espejo para que viese los puntos. ¡Como un
puñetero balón de rugby! —Se tocó un poco más el cabello, se frotó los ojos,
sacudió la cabeza.
»No puede usted imaginar lo que sentí... Ni por asomo. La...
violación. Fritz Lang. Hitchcock. Un médico con pinta de hippy diciéndome que
me han operado y yo diciéndole qué va. Debió de tomarme por loco.
—Hitchcock —dije.
—Una de sus tramas clásicas: un inocente que se mete
involuntariamente en un infierno. Lo malo fue que, en mi caso, a la estrella no
le dijeron nada. A la
estrella la improvisaron sobre la marcha.
—Horrible —dije.
—Más que horrible... Como una película de hachazos. Luego
comencé a recordar. Desirée... Mandy. Nos subimos al coche, ella se me arrimó,
me besó. Me metió su lengua hasta la garganta. Luego, fundido a negro. Bum. —Se
tapó los ojos con la palma de una mano.
»El médico de la beneficencia trató de calmarme. Me dijo que
tenía fiebre y que era mejor que ingresase en un hospital.
—¿Te dijo el doctor a qué clase de operación te habían sometido?
—pregunté.
—Me preguntó si padecía alguna dolencia de riñón, y cuando le
dije que no y le pregunté de qué demonios me hablaba, él me hizo una
radiografía. Y me lo contó. Fue entonces cuando me dijo que debería ingresar en
un hospital.
—¿Lo hiciste?
—¿Con qué dinero? No tengo seguro.
—¿Y el hospital del condado?
—No. Ese sitio es un zoo... Además, yo no quería más documentos.
No quería ir a ninguna parte. Porque ya había comenzado a pensar.
—¿En vengarte?
—En recuperar mi dignidad. En aquellos momentos sólo pensaba en
Desirée... en Mandy. Pero comprendía que ella sólo fue el cebo.
—¿Sospechabas de la profesora Devane?
—No, todavía no. No sospechaba de nadie. Pero tomé la decisión
de averiguar quién había sido.
—¿Qué hiciste?
—Conseguí que en la clínica de beneficencia me recetaran unos
antibióticos y unos calmantes y me fui a casa.
—¿No temías que el médico informase de lo ocurrido?
—Dijo que no lo haría, y la gente de esa clínica es de fiar.
—Así que te fuiste a casa a reponerte. —Le contó a la señora
Green que se había lesionado la espalda—. ¿Y los puntos?
Muscadine hizo una mueca.
—Yo mismo me los quité.
—No debió de resultarte fácil.
—Me atiborré de calmantes, me apliqué Neosporin en toda la zona,
y utilicé un espejo. Vi las estrellas, pero no quería que nadie más se enterase
de lo ocurrido.
—Así que no viste a ningún otro médico.
—Nunca. Debí hacerlo, porque la cicatriz me quedó hecha una
mierda. Formé queloides. Un día, cuando tenga dinero, me la haré arreglar.
Volví a tomar nota.
—Sigue sin resultarme fácil hablar de ello —dijo Muscadine.
—Lo comprendo.
—Oster me preguntó si había sentido tensión síquica. Me costó un
esfuerzo no carcajearme en sus narices.
—Es lógico —dije—. ¿Cómo encontraste a Mandy?
—Unas semanas más tarde, cuando me hube recuperado lo suficiente
para caminar, volví al club y vi a la camarera que nos había atendido. —Se puso
las manos tras el cuello y lo flexionó hacia delante, hacia atrás y hacia los
lados—. Estoy rígido. Hago ejercicios todas las mañanas, pero debe de haber
humedad en las paredes. —Bajó las manos y se acercó más al cristal. Sonrió. Se
estiró de nuevo.
»Esperé a que terminase de trabajar. Ella tenía su coche
aparcado detrás, en el callejón. Justicia poética, ¿no le parece? Me había
convertido en el perfecto gato callejero. Miau, miau. —Arañó la separación de
vidrio.
El alguacil se volvió, miró el reloj de pared y dijo:
—Les quedan veinte minutos.
—Cuando terminó de trabajar, la chica salió al callejón —dije.
—Y yo la estaba esperando. —Amplia sonrisa—. Ser el cazador es
mucho mejor que ser el cazado... Le puse una mano en la boca y una rodilla en
la base de la espalda. Luego le retorcí el brazo a la espalda y ella quedó
inmovilizada. La arrastré detrás de un contenedor y le dije: voy a quitar la
mano, encanto, pero como hagas un puñetero ruido, te mato. Ella comenzó a
respirar deprisa... a hiperventilar. Yo le dije o te callas
o te rebano el jodido pescuezo. Pero no tenía ni cuchillo ni
nada. Luego le dije que sólo deseaba información sobre la chica que estuvo
conmigo hacía unas semanas. Desirée. Yo no conozco a ninguna Desirée, me dijo.
Quizá no sea su verdadero nombre, pero seguro que la recuerdas a ella lo mismo
que me recuerdas a mí, le dije. Había dejado una buena propina, como siempre
hago. Yo también trabajo de camarero. Ella siguió negándolo y yo le dije te voy
a refrescar la memoria: Desirée llevaba un vestido blanco muy ceñido, bebía un
Manhattan, y yo estaba bebiendo un Sam Adams. Por mi experiencia de camarero sé
que unas veces se acuerda uno más de la bebida que del cliente. La recuerdo,
pero no la conozco, me dijo ella. Así que le retuerzo un poco más el brazo y le
tapo la nariz y la boca, dejándola sin aire. Ella comienza a asfixiarse. yo la
suelto y le digo, vamos, encanto, no tienes por qué pasarlo mal por ella. Me
había fijado en que ella y Desirée se trataron amistosamente, como si se
conocieran. Ella sollozó, dijo que no, la asfixié un poco más y al fin me dijo
que en realidad la chica se llamaba Mandy y era de Las Vegas. Me juró y perjuró
que eso era todo lo que sabía. Yo le retorcí el brazo más, hasta casi
rompérselo, pero ella siguió gimiendo e insistiendo en que no sabía nada más.
Así que le doy las gracias, cierro las manos en torno a su cuello y aprieto.
—¿La mataste sólo porque era una testigo?
—Y porque formaba parte de lo ocurrido. En cierto sentido, todo
el puñetero club era cómplice. Debí volar con una bomba todo el puñetero
edificio. Quizá hubiera terminado haciéndolo.
—¿Qué te lo impidió?
—El hecho de estar aquí.
El alguacil volvió a mirar el reloj.
—Así que, como Mandy era de Las Vegas, allí te fuiste.
—Disponía de tiempo —dijo Muscadine—. Era lo único que me
sobraba. Había dejado los estudios para trabajar en Zona diplomática, pero al
final no me dieron el papel.
—Por culpa de la cicatriz.
—Fue el único motivo. Antes de ver la cicatriz, estaban locos
por mí. Era televisión por cable y yo sólo iba a cobrar el sueldo base, pero
para mí hubiera sido una fortuna. Incluso estaba pensando en mudarme, quizá a
una bonita casa junto a la playa.
Encajó las mandíbulas y crispó la boca.
—Así que te fuiste a Las Vegas —dije—. ¿Cómo hiciste el viaje?
—En autocar, y luego recorrí los principales casinos. Me dije
que una puta tan atractiva debía de buscar clientela en alguno de ellos. Y no
me equivoqué... ¿Sabe lo que resulta más asombroso de todo esto?
—¿Qué?
—Lo fácil que es.
—¿Encontrar a la gente?
—Encontrarla y... ajustarle las cuentas. Entiéndame: antes de
despachar a la chica del callejón, yo jamás había hecho nada ni siquiera
parecido. —Chasqueó los dedos—. He tenido que representar papeles más
difíciles.
—¿También lo de Mandy te resultó sencillo?
—Mucho más, porque mi motivación era aún mayor. Y ella me lo
hizo aún más fácil. Iba por ahí en un Ferrari descapotable. La putilla
ostentosa, queriendo que todos la vieran. La vi estacionar frente a un casino,
darle una gran propina al aparcacoches... La reina de Las Vegas. La seguí.
Estuve vigilándola dos días, averigüé dónde vivía, esperé a que volviera a casa
sola, y le di la sorpresa.
—¿Utilizaste el mismo método? ¿La mano en la boca y la rodilla
en la espalda?
—Si el método es bueno, ¿para qué inventar? Cometió la estupidez
de llevar las llaves en la mano, así que abrí la puerta y la metí en el
apartamento. De entrada, ella ya no tenía la cabeza muy clara, debía de haber
tomado alguna droga. Probablemente cocaína, porque tenía la nariz un poco
enrojecida. Le puse el cuchillo en la garganta y le dije que sino hablaba la
haría filetes como a un bacalao.
—Esta vez llevaste un cuchillo.
—Desde luego.
—Tenía que ser un cuchillo, ¿verdad?
—Sí, claro. —Se atusó el cabello.
—Porque...
—Por reciprocidad, por... sincronía. Como en esa canción de
Police. Ellos me cortan, yo los corto.
—Parece razonable —dije.
—Perfectamente razonable. Lo único que yo necesitaba era
recordar el dolor que sentía en la espalda cada vez que trataba de tocarme las
puntas de los pies o de hacer unas flexiones. O pensar en Zona diplomática, y
en lo que esa telenovela pudo significar para mí. —Frunció los ojos y,
acercándose más al cristal, dijo—: Dicen que sólo se necesita un riñón, que
puedo llegar a centenario. Pero tener un solo riñón me hace vulnerable. ¿Y si
sufro una infección y pierdo el que me queda?
—Así que decidiste llegado el momento que Mandy también se
sintiera vulnerable.
—Que lo sintiera, no: que lo fuera.
—Que lo fuera —repetí—. ¿Qué más?
—Se meó en las bragas... La puta reina de Las Vegas se meó en
las bragas. La até con unas cuerdas que había llevado, y comencé el
interrogatorio. Mandy me juró que cuanto sabía era que una profesora de
sicología de la universidad la había contratado para que me ligase y me echara
un narcótico en la bebida. Aseguró que no sabía por qué. Como si eso fuera una
excusa. Le pregunté qué profesora y ella trató de hacerse la ignorante. Le tapé
la boca y la nariz como había hecho con la camarera, y ella soltó el nombre.
Que yo ya sabía, porque sólo había una profesora de sicología que me odiase.
—¿Mandy conocía a Devane?
—Sí. Me dijo que Devane había utilizado sus servicios.
—¿Sus servicios sexuales?
—Ella dijo que eran simples juegos. Sumisión y disciplina.
Devane la había visto bailar en un antro de San Francisco y se la llevó a casa.
Morboso, ¿no? Una sicóloga con una sórdida vida secreta.
—¿Qué ocurrió luego?
—La desaté y le dije gracias por ser sincera conmigo, encanto.
Para desarmarla sicológicamente. Después la saqué de su casa y le dije que iba
soltarla; pero que debía mantener la boca cerrada. Ella pareció aliviadísima,
llegó incluso a darme las gracias, trató de besarme, de meterme la lengua. Eso
me recordó cómo me había besado en mi coche poco antes de que el mundo
desapareciera a mi alrededor. En la calle no había nadie, así que le sujeté la
mano para que no pudiera tocarme, y luego le clavé el cuchillo.
—¿Dónde?
—Primero en el corazón, porque al saquear mi cuerpo y al robarme
todo mi futuro me habían roto el corazón. Luego en el coño porque Mandy usó su
coño para atraparme. Luego la tumbé en el suelo, le di la vuelta y la acuchillé
en la espalda. Como ella había hecho conmigo. Justo sobre el riñón. —Se llevó
una mano a la espalda e hizo una mueca—. Antes no sabía la situación exacta del
riñón.
—¿Aún te duele? —pregunté.
—Sí, al sentarme —dijo. ¿Cuánto tiempo nos queda?
—Diez minutos. Así que, una vez te enteraste por Mandy del
nombre de Hope, decidiste que a ella también le ajustarías las cuentas.
—Pues claro.
—Y le diste los mismos golpes. Corazón, vagina, espalda.
—Desde luego —dijo Muscadine—. La única diferencia fue que Hope
trató de resistirse. A ella no le sirvió de nada, pero a mí me dejó hecho un
asco. Quería sacarle el nombre del jodido cirujano, pero temí que consiguiera
soltarse y gritase, así que, simplemente, la liquidé.
—¿Cuándo averiguaste la identidad del cirujano?
—No fue hasta la semana pasada, cuando aquel chico lo atacó y en
las noticias dijeron que el tipo conocía a Devane. Se me encendió la bombilla.
Sumé dos y dos. Así que comencé a vigilarlo también a él, y conseguí un premio
extra. El punky.
—Casey Locking.
—Mi otro juez. Nunca estuve seguro de si él formaba parte del
plan, pero sospechaba que sí, porque siempre andaba pegado a Devane. En cuanto
lo descubrí, el tipo estuvo listo. Conseguí su expediente en el departamento de
sicología, me enteré de la dirección de su domicilio. Ya sabía dónde vivía
Cruvic porque fue allí donde lo vi con el punky, en su casa de Mulholland. Así
que comencé a vigilar a Locking.
—Dejando a Cruvic para el final.
—Pues claro.
—Cuéntame lo de Locking.
—También fue fácil... facilísimo.
—Probablemente, más fácil que hacerlo sobre un escenario.
—Pues sí... ¿Qué estaba diciendo?
—Locking.
—Locking. Lo seguí hasta su casa, entré y disparé contra él.
—¿Por qué pistola en vez de cuchillo?
—Por tres razones —dijo, con evidente satisfacción—. A. La
policía estudia los modus operandi y no quería que fuera obvio que el mismo que
lo había liquidado a él había matado a las chicas. B. El cuchillo era para las
mujeres, no me parecía adecuado para un hombre. C. Ya me había deshecho del
cuchillo.
—¿Dónde?
—Lo tiré en el muelle de Santa Mónica.
—Podías haber comprado otro.
—Recuerde que soy un actor en paro —dijo, con una sonrisa.
—¿Qué me dices de las fotos que rodeaban el cuerpo de Locking?
—Otro regalo de la suerte. Me permitió mostrar al mundo cómo era
Devane... cómo eran todos. ¿Vio usted qué cosas...? Repugnante.
—Entonces, ¿cuál era tu plan? ¿Liquidar a Cruvic?
—A él y al hijo de puta que estaba usando mi riñón. Suponía que,
con el tiempo, terminaría enterándome de todo. Haría mis propias operaciones
quirúrgicas, recuperaría lo que era mío.
El alguacil dijo:
—Dos minutos.
Muscadine articuló con los labios «Vete a la mierda» a espaldas
del hombre y me dirigió una sonrisa.
—Bueno, ¿qué tal vamos?
—Bien —dije—. Agradezco tu sinceridad.
—Bah, era lo único que podía hacer. Y si quiere que le diga la verdad,
me alivia haberlo soltado todo.
Oster se encontraba en el exterior de la puerta principal de la
prisión. La cola de mujeres seguía siendo larga.
—¿Qué tal? —preguntó.
—¿Qué tal, qué?
—Le dije a Muscadine que cooperase.
—Lo hizo.
—¿Qué le parece?
—Horrible.
—Y que lo diga. ¿Es aplicable?
—¿El qué?
—¿Cree que el chico ha sufrido una severa presión mental?
—Claro que sí —dije, meneando la cabeza—. Por falta de angustia,
no ha sido.
—Espléndido —dijo Oster—. Espléndido. Tengo que irme, ya
hablaremos.
Entró rápidamente en la prisión.
En vez de volver a casa, fui a un restaurante de Sixth Street y
encargué un opíparo almuerzo: ensalada César, entrecot poco hecho, patatas
fritas, espinacas a la crema, y el mejor borgoña que servían por copas.
Mientras esperaba la comida, abrí el portafolios y saqué un
cuaderno amarillo.
Tras dar un sorbo al vino, comencé.
EVALUACIÓN SICOLÓGICA:
REED MUSCADINE
PRISIONERO N.º 46555532
REALIZADA POR: ALEXANDER DELAWARE
DOCTOR EN SICOLOGÍA
Estuve largo rato escribiendo.
FIN

