Libro N°. 3099. Perdida En Su Memoria. Higgins Clark, Mary.
© Libro N°. 3099. Perdida En Su Memoria. Higgins Clark, Mary. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © We'll meet again
Versión Original: © Perdida En Su Memoria. Mary Higgins Clark
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PERDIDA EN SU MEMORIA
Mary Higgins Clark
Para
Marilyn,
mi
hija primogénita,
con
amor
AGRADECIMIENTOS
«Érase
una vez» es la fórmula que emplean la mayoría de escritores para empezar una
historia. Es el principio de un viaje. Definimos a los personajes que hemos
perfilado en nuestra mente. Examinamos sus problemas. Contamos su historia. Y
durante el proceso necesitamos mucha ayuda.
Que
las estrellas iluminen a mis editores, Michael Korda y Chuck Adams, por su
guía, supervisión y estímulo. Un millón de gracias, chicos.
Gypsy
da Silva, supervisora de manuscritos, Carol Catt, preparadora de originales,
Barbara Raynor, correctora de pruebas, y las asistentes Carol Bowie y Rebecca
Head continúan superándose en su entrega de tiempo y generosidad. Dios os
bendiga y muchas gracias.
Un
tributo agradecido a mi publicista, Lisl Cade, siempre mi leal amiga,
admiradora y portavoz.
Loor
y gloria a mis agentes, Gene Winick y Sam Pinkus, por sus sabios consejos y
estímulos.
Profundas
gracias a mis amigos, que con tanta generosidad me han transmitido sus
conocimientos médicos, legales y técnicos: el doctor Richard Roukema,
psiquiatra, la doctora Ina Winick, psicóloga, el doctor Bennett Rothenberg,
cirujano plástico, Mickey Sherman, abogado criminalista, las escritoras Lindy
Washburn y Judith Kelman, la productora Leigh Ann Winick.
Muchísimas
gracias a mi familia por toda su ayuda y apoyo: los Clark, Marilyn, Warren y
Sharon, David, Carol y Pat; los Conheeney, John y Debby, Barbara, Trish, Nancy
y David. Chapeau para mis lectoras Agnes Newton, Irene Clark y Nadine Petry.
Y,
por supuesto, amor y ramos de flores para él, mi marido, John Conheeney, un
modelo de paciencia, solidaridad e ingenio.
Una
vez más, citaré con alegría a mi monje del siglo XV: «El libro está terminado.
Dejad que hable el escritor.»
PRÓLOGO
El
estado de Connecticut demostrará que Molly Carpenter Lasch mató
premeditadamente a su marido el doctor Gary Lasch; que mientras él estaba
sentado ante su escritorio, dándole la espalda, ella le rompió el cráneo con
una pesada escultura de bronce; que le dejó desangrándose hasta morir mientras
subía a su dormitorio y se quedaba dormida...
Los
periodistas sentados detrás de la acusada escribían frenéticamente redactando
el borrador de los artículos que deberían entregar antes de un par de horas, si
querían que llegaran antes del cierre de la edición. La veterana columnista del
Women's News Weekly empezó a escribir con su habitual prosa farragosa: «El
juicio de Molly Carpenter Lasch, acusada del asesinato de su marido, Gary, ha
empezado esta mañana en la añeja y digna sala del tribunal de la histórica
ciudad de Stamford, Connecticut.»
Medios
de comunicación de todo el país cubrían el juicio. El enviado del New York Post
estaba describiendo la apariencia de Molly, y hacía hincapié en el atavío que
había elegido para el primer día. Qué maravilla, pensó, una notable mezcla de
elegancia y seducción. No era una combinación que se viera con frecuencia,
sobre todo en la mesa de la defensa. Observó que estaba sentada con la espalda
recta, casi majestuosa. Alguien la calificaría de «desafiante», no cabía duda.
Sabía que tenía veintiséis años. Comprobó con sus propios ojos que era delgada.
Cabello rubio oscuro, largo hasta el cuello. Llevaba un vestido azul y
pendientes de oro pequeños. Estiró el cuello hasta comprobar que exhibía la
alianza matrimonial. Tomó buena nota del detalle.
Mientras
miraba, Molly Lasch se volvió y paseó la vista en derredor, como si buscara
rostros conocidos. Por un momento sus ojos se encontraron, y observó que los de
la acusada eran azules, y las pestañas, largas y oscuras.
El
reportero del Observer estaba anotando sus impresiones sobre la acusada y la
sesión. Como su revista era semanal, podía dedicar más tiempo a redactar su
artículo. «Molly Carpenter Lasch parecería más en su ambiente en un club de
campo que en una sala de tribunal», escribió. Miró a la familia de Gary Lasch,
sentada al otro lado del pasillo.
La
suegra de Molly, la viuda del legendario doctor Jonathan Lasch, estaba sentada
con su hermana y su hermano. Era una mujer delgada de más de sesenta años, con
una expresión rígida e inflexible. Era evidente que, si le concedieran la
oportunidad, administraría de buen grado la inyección letal a Molly, pensó el
reportero del Observer.
Se
volvió y miró alrededor. Los padres de Molly, una atractiva pareja cincuentona,
tenían un aspecto tenso, angustiado y dolorido. Anotó estas palabras en su
libreta.
A
las diez y media, la defensa empezó sus alegaciones.
—El
fiscal les acaba de decir que demostrará la culpabilidad de Molly Lasch más
allá de toda duda razonable. Damas y caballeros, les aseguro que las pruebas
demostrarán que Molly Lasch no es una asesina. De hecho, es tan víctima de esta
espantosa tragedia como su marido.
»Cuando
hayan escuchado todo lo referente a las pruebas de este caso, llegarán a la
conclusión de que Molly Carpenter Lasch regresó el pasado domingo por la noche,
8 de abril, de su casa de Cape Cod; de que encontró a su marido derrumbado
sobre su escritorio; de que le aplicó el boca a boca para intentar reanimarle,
oyó sus jadeos finales, y después, al comprender que había muerto, subió a su
dormitorio y, conmocionada por completo, cayó inconsciente sobre la cama.
Molly,
silenciosa y atenta, seguía sentada a la mesa de la defensa. Sólo son palabras,
pensó, no pueden hacerme daño. Era consciente de todos los ojos clavados en
ella, curiosos y críticos. Algunos de sus conocidos más íntimos habían salido a
su encuentro en el pasillo, besado su mejilla, apretado su mano. Una de ellas
era Jenna Whitehall, su mejor amiga desde los años de enseñanza secundaria en
la academia Cranden. Ahora trabajaba en un gabinete de abogados. Su marido Cal
era el presidente de la junta directiva del hospital Lasch y de la HMO que Gary
había fundado con el doctor Peter Black.
Los
dos se han portado de maravilla, pensó Molly. Como necesitaba huir de todo, se
había alojado con Jen en Nueva York algunas veces durante los últimos meses, y
le había sido de gran ayuda. Jenna y Cal todavía vivían en Greenwich, pero
durante la semana Jen solía pasar la noche en el apartamento que tenían cerca
de la plaza de las Naciones Unidas, en Manhattan.
Molly
también había visto en el pasillo al doctor Peter Black. Éste siempre la había
tratado muy bien, pero al igual que la madre de Gary, había preferido no
saludarla. La amistad entre Gary y él se remontaba a sus tiempos de la facultad
de medicina. Molly se preguntó si Peter estaría a la altura de Gary como
director del hospital y de la HMO. Poco después de la muerte de Gary, la junta
le había elegido director general, con Cal Whitehall como presidente.
Tomó
asiento, aturdida, cuando el juicio se inició. El fiscal empezó a llamar a los
testigos. A medida que entraban y salían, para Molly no eran más que caras y
voces borrosas. Después Edna Barry, la regordeta sesentona que había sido su
ama de llaves a tiempo parcial, subió al estrado.
—Llegué
a las ocho de la mañana, como de costumbre –declaró.
—¿El
lunes 9 de abril?
—Sí.
—¿Desde
cuándo trabajaba para Gary y Molly Lasch?
—Desde
hacía cuatro años. Pero había trabajado para la madre de Molly desde que ésta
era pequeña. Siempre fue muy buena conmigo.
Molly
captó la mirada de compasión que la señora Barry le dirigió. No quiere hacerme
daño, pensó, pero va a contar cómo me encontró, y sabe la impresión que
causará.
—Me
sorprendió que las luces de la casa estuvieran encendidas —decía la Señora
Barry—. La maleta de Molly estaba en el vestíbulo, y por eso supe que había
regresado de Cape Cod.
—Señora
Barry, por favor describa la distribución de la primera planta de la casa.
—El
vestíbulo es amplio, como un recibidor. Cuando daban fiestas multitudinarias,
servían cócteles allí antes de la cena. La sala de estar está justo al otro
lado del vestíbulo, encarada hacia la puerta principal. El comedor está a la
izquierda, y se llega mediante un amplio pasillo provisto de una barra de bar.
La cocina y el salón se encuentran también en esa ala, mientras que la
biblioteca y el estudio del doctor Lasch están situados a la derecha de la
entrada.
Llegué
a casa temprano, pensó Molly. No había mucho tráfico en la I-95, y realicé el
trayecto en menos tiempo del que había calculado. Sólo me había llevado una
bolsa de viaje, que dejé en el vestíbulo. Después, cerré la puerta con llave y
llamé a Gary. Fui al estudio a buscarle.
—Entré
en la cocina —dijo la señora Barry al fiscal—. Había copas de vino y una
bandeja con restos de queso y galletas sobre la encimera.
—¿Eso
le resultó extraño?
—Sí.
Molly siempre limpiaba la cocina cuando tenían invitados.
—¿Y
el doctor Lasch?
Edna
Barry sonrió con indulgencia.
—Bueno,
ya sabe cómo son los hombres. No solía recoger las cosas. —Hizo una pausa y
arrugó el entrecejo—. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo iba mal.
Pensé que Molly había venido y vuelto a marcharse.
—¿Por
qué?
Molly
advirtió que la señora Barry vacilaba cuando volvió a mirarla. A mamá siempre
le fastidió un poco que la señora Barry me llamara Molly y yo la llamara señora
Barry. Pero a mí me daba igual, pensó. Me conoce desde que era una niña.
—Molly
no estaba en casa cuando fui el viernes. El lunes anterior, cuando yo estaba
allí, se fue a Cape Cod. Parecía muy disgustada.
—¿En
qué sentido?
Fue
una pregunta inesperada y brusca. Molly percibió la hostilidad que el fiscal
sentía por ella, pero por algún motivo no la preocupó.
—Estaba
llorando mientras hacía la maleta, y me di cuenta de que estaba muy enfadada.
Molly es una persona muy tranquila. No se irrita con facilidad. En todos los
años que trabajé para ella, nunca la vi tan irritada. No paraba de decir:
«¿Cómo ha sido capaz? ¿Cómo ha sido capaz?» Le pregunté si podía ayudarla en
algo.
—¿Qué
dijo?
—Dijo:
«Puede matar a mi marido.»
—¿«Puede
matar a mi marido»?
—Sabía
que no lo decía en serio. Pensé que habrían discutido, y supuse que se marchaba
a Cape Cod hasta que el asunto se enfriara.
—¿Solía
tener esas reacciones, hacer las maletas y largarse?
—Bueno,
a Molly le gusta Cape Cod. Dice que le ayuda a aclarar las ideas. Pero esta vez
era diferente. Nunca la había visto marcharse así, tan disgustada.
Miró
a Molly con compasión.
—Muy
bien, señora Barry, volvamos a ese lunes por la mañana, 9 de abril. ¿Qué hizo
después de ver el estado de la cocina?
—Fui
a ver si el doctor Lasch estaba en el estudio. La puerta estaba cerrada. Llamé
con los nudillos pero nadie contestó. Giré el pomo, y noté que estaba un poco
pegajoso. Entonces abrí la puerta y le vi. —La voz de Edna Barry tembló—.
Estaba sentado en su silla y caído sobre el escritorio. Tenía la cabeza con
manchas de sangre seca. Todo su cuerpo estaba ensangrentado, así como la silla,
el escritorio y la alfombra. Comprendí al instante que estaba muerto.
Molly,
después de oír el testimonio del ama de llaves, pensó en aquel domingo por la
noche. Llegué a casa, entré, cerré con llave la puerta principal y fui al
estudio. Estaba segura de que encontraría a Gary allí. La puerta estaba
cerrada. La abrí... No recuerdo qué pasó después de eso.
—¿Qué
hizo entonces, señora Barry? —preguntó el fiscal.
—Llamé
a la policía. Después pensé en Molly, en que tal vez estaba herida. Corrí
escaleras arriba hacia su dormitorio. Cuando la vi sobre la cama, pensé que
también estaba muerta.
—¿Por
qué lo pensó?
—Porque
tenía la cara ensangrentada. Entonces abrió los ojos, sonrió y dijo «Hola,
señora Barry. Creo que he dormido demasiado.»
Levanté
la vista, pensó Molly, y caí en la cuenta de que seguía con la ropa puesta. Por
un momento pensé que había sufrido un accidente. Mi ropa estaba sucia, y notaba
las manos pegajosas. Me sentía atontada y desorientada, y me pregunté si estaba
en un hospital en lugar de en mi habitación. Me pregunté si Gary también habría
resultado herido. Entonces, oí que llamaban a la puerta de abajo. Era la
policía.
La
gente hablaba a su alrededor, pero las voces de los testigos sonaron borrosas
de nuevo. Molly era vagamente consciente de que los días transcurrían, de que
entraba y salía de la sala del tribunal, de ver gente subir y bajar del estrado
de los testigos.
Oyó
que prestaban declaración Cal, Peter Black y Jenna. Cal y Peter dijeron que el
domingo por la tarde habían llamado a Gary para anunciarle su visita, pues
sabían que algo iba mal.
Dijeron
que encontraron a Gary muy nervioso, pues sabía que Molly había averiguado que
mantenía relaciones con Annamarie Scalli.
Cal
dijo que Gary le había contado que Molly había pasado toda la semana en su casa
de Cape Cod, y que no quería hablar con él cuando la llamaba, que colgaba el
teléfono en cuanto oía su voz.
—¿Cómo
reaccionaron cuando el doctor Lasch confesó esta relación? —preguntó el fiscal.
Cal
dijo que los dos se quedaron muy preocupados, tanto por el matrimonio de sus
amigos como por los posibles perjuicios para el hospital si trascendía un
escándalo que implicara al doctor Lasch y a una joven enfermera. Gary les había
asegurado que no habría escándalo. Annamarie iba a abandonar la ciudad. Tenía
pensado entregar el bebé en adopción. El abogado de Gary le había ofrecido
setenta y cinco mil dólares de compensación a cambio de una declaración jurada
de que guardaría el secreto, y Annamarie la había firmado.
Annamarie
Scalli, pensó Molly, esa joven enfermera bonita, morena y de aspecto sexy.
Recordaba que la había conocido en el hospital. ¿Se había enamorado Gary de
ella, o se trataba sólo de la típica relación superficial que se le escapó de
las manos cuando Annamarie se quedó embarazada? Tantas preguntas sin respuesta.
¿Gary me amaba?, se preguntó. ¿O nuestra vida en común era una farsa? Meneó la
cabeza. No. Era demasiado doloroso pensar eso.
Entonces,
Jenna subió al estrado. Sé que prestar testimonio es doloroso para ella, pensó
Molly, pero el fiscal la había emplazado, y no tuvo otro remedio.
—Sí
—admitió Jenna, en voz baja y vacilante—, llamé a Molly a Cape Cod el día que
Gary murió. Me dijo que él mantenía relaciones con Annamarie y que ésta estaba
embarazada. Molly estaba destrozada.
Apenas
escuchaba lo que decían. El fiscal preguntó si Molly estaba furiosa. Jenna dijo
que Molly estaba herida. Jenna admitió por fin que Molly estaba muy enfadada
con Gary.
—Levántate,
Molly. El juez se va.
Philip
Matthews, su abogado, la ayudó a ponerse en pie y la acompañó mientras salían
de la sala del tribunal. Los flashes destellaron en su cara. La hizo abrirse
paso a toda prisa entre la multitud y la metió dentro de un coche que esperaba.
—Nos
encontraremos con tus padres en casa —dijo mientras se alejaban.
Sus
padres habían venido desde Florida para estar con ella. Querían que se
trasladara de la casa donde Gary había muerto, pero ella no podía hacerlo. Se
la había regalado su abuela, y la adoraba. A instancias de su padre, había
accedido a volver a decorar el estudio. Se desembarazaron de todos los muebles,
y la habitación se remodeló de arriba abajo. Habían quitado el revestimiento de
caoba, así como la colección de muebles y antiguos objetos artísticos
norteamericanos que Gary tanto apreciaba. Sus pinturas, esculturas, alfombras,
lámparas de aceite y el escritorio Wells Fargo, con su sofá y butacas de piel
marrón, habían sido sustituidos por un sofá de calicó, un confidente a juego y
mesas de roble descoloridas. Pese a todo, la puerta del estudio siempre permanecía
cerrada.
Una
de las piezas más valiosas de la colección, una escultura de 75 cm de altura
que representaba a un caballo con su jinete, un original de Remington en
bronce, continuaba en poder de la oficina del fiscal. Decían que la había
utilizado para golpear a Gary en la cabeza.
A
veces, cuando estaba segura de que sus padres dormían, Molly bajaba de
puntillas a la planta baja, se detenía ante la puerta del estudio y trataba de
de recordar los detalles del momento en que había encontrado muerto a Gary.
Por
más que se esforzaba, cuando pensaba en aquella noche, no recordaba haberle
dirigido la palabra, ni acercarse a él. No recordaba haber aferrado aquella
escultura por las patas delanteras del caballo y haberle golpeado con fuerza
suficiente para hundirle el cráneo. Pero decían que lo había hecho.
De
vuelta a casa, después de otro día en la sala del tribunal, advirtió una
preocupación creciente en el rostro de sus padres, y la ansiedad protectora con
que la abrazaban. Se quedó rígida entre sus brazos, retrocedió y les miró
inexpresivamente.
Sí,
una hermosa pareja. Todo el mundo decía lo mismo. Molly sabía que se parecía a
su madre Ann. Walter Carpenter, el padre, las superaba en estatura. Tenía el
pelo canoso. Antes era rubio. Lo llamaba su herencia vikinga. Su abuelo era
danés.
—Estoy
seguro de que a todos nos apetece una copa —dijo, mientras las precedía hacia
el bar.
Molly
y su madre tomaron una copa de vino. Philip pidió un martini. Mientras su padre
se lo preparaba, dijo:
—Philip,
¿ha sido muy perjudicial el testimonio de Black?
Molly
notó el tono forzado, demasiado animoso, de la respuesta de Philip Matthews.
—Creo
que podremos neutralizarlo cuando encuentre una fisura.
Philip
Matthews, el todopoderoso abogado defensor de treinta y ocho años, se había
convertido en una estrella de los medios. El padre de Molly había jurado que
conseguiría para su hija lo mejor que su dinero pudiera comprar, y Matthews lo
era, pese a su juventud. ¿Acaso no había conseguido la absolución para aquel
ejecutivo de la televisión cuya esposa había sido asesinada? Sí, pensó Molly,
pero no le habían encontrado cubierto de la sangre de la víctima.
Notó
que sus ideas se aclaraban un poco, aunque sabía que el efecto volvería a
reproducirse. Siempre sucedía. En aquel momento, sin embargo, comprendió lo que
todo el mundo presente en la sala del tribunal debía pensar, sobre todo el
jurado.
—¿El
juicio se prolongará mucho más? —preguntó.
—Unas
tres semanas —contestó Matthews.
—Y
después me declararán culpable —dijo—. ¿Crees que lo soy? Sé que todo el mundo
lo cree, porque estaba furiosa con él. —Exhaló un profundo suspiro—. La mayoría
cree que miento cuando digo que no recuerdo nada de lo sucedido, y unos pocos
creen que no recuerdo lo ocurrido aquella noche porque estoy loca.
Consciente
de que la estaban siguiendo, Molly caminó por el pasillo hasta el estudio y
abrió la puerta. Una sensación de irrealidad se apoderó de ella una vez más.
—Esa
semana en Cape Cod. Recuerdo que paseaba por la playa y pensaba que todo era
muy injusto. Que tras cinco años de matrimonio, perder el primer hijo y desear
otro con todas mis fuerzas, me quedé embarazada, pero aborté a los cuatro
meses. ¿Os acordáis? Vinisteis desde Florida, porque estabais preocupados por
mí. Luego, sólo un mes después de perder a mi hijo, descolgué el teléfono y oí
a Annamarie Scalli hablando con Gary, y comprendí que estaba embarazada de él.
Me sentí furiosa, y muy herida. Recuerdo haber pensado que al arrebatarme a mi
hijo Dios había castigado a la persona que menos lo merecía.
Ann
Carpenter abrazó a su hija. Esta vez, Molly no opuso resistencia.
—Estoy
asustada —susurró—. Muy asustada.
—Vamos
a la biblioteca —dijo Philip Matthews—. Creo que allí nos enfrentaremos mejor a
la realidad. Opino que deberíamos llegar a un acuerdo con el fiscal: una
declaración de culpabilidad a cambio de una reducción de la pena.
Molly
se puso de pie ante el juez e intentó concentrarse mientras el fiscal hablaba.
Philip Matthews le había dicho que el fiscal había accedido a regañadientes a
aceptar su declaración de culpabilidad, que significaba una sentencia de diez
años, porque el punto débil del caso era Annamarie Scalli, la amante embarazada
de Gary Lasch, que aún no había prestado declaración. Annamarie había dicho a
los investigadores que aquel domingo por la noche estaba en casa sola.
—El
fiscal sabe que intentaré desviar las sospechas hacia Annamarie —le había
explicado Matthews—. Ella también estaba furiosa y resentida con Gary.
Habríamos podido sembrar la duda en un jurado en desacuerdo pero si te
condenaran sería a cadena perpetua. De esta manera, saldrás en un plazo máximo
de cinco años.
Le
tocó el turno de pronunciar las palabras que todo el mundo esperaba.
—Su
señoría, si bien no recuerdo nada de lo sucedido aquella horrible noche,
reconozco que las pruebas de la acusación son contundentes y apuntan a mí como
culpable. Acepto que las pruebas han demostrado que asesiné a mi marido.
Es
una pesadilla, pensó Molly. No tardaré en despertar, y me encontraré en casa,
sana y salva.
Quince
minutos después de que el jurado le hubiera impuesto la sentencia de diez años,
la condujeron esposada hasta la furgoneta que la trasladaría a la prisión de
Niantic, el penal femenino del estado.
CINCO
AÑOS Y MEDIO DESPUÉS
1
Gus
Brandt, productor ejecutivo de la cadena por cable NAF, levantó la vista de su
escritorio. Sus oficinas se encontraban en el número 30 de la plaza
Rockefeller, en Manhattan. Fran Simmons, a la que acababa de contratar como
periodista investigadora para el telediario de las seis, y para colaborar con
regularidad en su nuevo programa Crímenes verdaderos, había entrado en su
despacho.
—Todo
el mundo lo sabe —dijo, muy exaltado—. Molly Carpenter Lasch ha obtenido la
libertad condicional. Saldrá la semana que viene.
—¡Ha
conseguido la condicional! —exclamó Fran—. Me alegro mucho.
—No
estaba seguro de que recordaras el caso. Hace seis años vivías en California.
¿Qué sabes al respecto?
—Todo.
No olvides que fui a la academia Cranden de Greenwich con Molly. Encargué que
me enviaran los periódicos locales durante todo el juicio.
—¿Fuiste
al colegio con ella? Eso es estupendo. Quiero todo su historial para la serie
lo antes posible.
—Claro,
Gus, pero no pienses que tengo enchufe con Molly —le advirtió Fran—. No la veo
desde el verano que nos graduamos, y eso fue hace catorce años. Cuando me
matriculé en la Universidad de California mi madre se mudó a Santa Bárbara, y
perdí el contacto con toda la gente de Greenwich.
En
realidad, existían muchos motivos para que su madre y ella se trasladaran a
California, alejándose de Connecticut lo máximo que su memoria podía permitir.
El día de la graduación de Fran, su padre las había llevado a ella y a su madre
a cenar para celebrarlo.
Al
final de la comida, brindó por el futuro de Fran, besó a ambas y después, con
la excusa de que se había dejado el billetero en el coche, fue al aparcamiento
y se descerrajó un tiro en la cabeza. Durante los días siguientes se esclareció
el motivo aparente de su suicidio. Una investigación determinó rápidamente que
se había apropiado mediante maniobras ilícitas de cuatrocientos mil dólares de
los fondos destinados a construir la biblioteca pública de Greenwich, que él
había aceptado presidir.
Gus
Brandt ya estaba enterado de la historia, por supuesto. La había sacado a
colación cuando fue a Los Angeles para ofrecerle el empleo en la cadena.
—Escucha,
son cosas del pasado. No hace falta que te escondas en California, y además,
unirte a nosotros es lo que más te conviene. Todo el mundo que trabaja en esta
profesión ha de trasladarse continuamente. Nuestro telediario de las seis está
arrasando entre las cadenas locales, y el programa Crímenes verdaderos se
encuentra entre los diez más vistos. Y para colmo, admítelo, echas de menos
Nueva York.
Fran
casi había esperado que citara el sobado chiste de que, fuera de Nueva York,
todo es Bridgeport, pero no había llegado tan lejos. Gus, con el pelo cano y
los hombros hundidos, aparentaba hasta el último segundo de sus cincuenta y
cinco años, y su semblante exhibía permanentemente la expresión de alguien que
ha perdido el último autobús en medio de una nevada.
No
obstante, la expresión era engañosa, y Fran lo sabía. De hecho, poseía una
mente penetrante, una reputación a prueba de bomba en el aspecto de crear
noticiarios, y un talante competitivo sin parangón en la industria. Fran, sin
pensarlo dos veces, había aceptado el empleo. Trabajar para Gus significaba el
ascenso rápido hacia la cumbre.
—¿Nunca
supiste nada de Molly después de la graduación? —preguntó Gus.
—Nada
de nada. Le escribí durante el juicio, ofreciéndole mi solidaridad y apoyo, y
recibí una carta muy formal de su abogado, en la cual afirmaba que, aparte de
agradecer mi preocupación, Molly no tenía la menor intención de mantener
correspondencia con nadie. Eso fue hace cinco años y medio.
—¿Cómo
era? Cuando era joven, quiero decir.
Fran
se remetió un mechón de pelo castaño claro detrás de la oreja, un gesto
inconsciente que delataba concentración. Una imagen destelló en su mente, y por
un instante vio a Molly a la edad de dieciséis años, en la academia Cranden.
—Molly
siempre fue especial —dijo al cabo—. Ya has visto sus fotos. Siempre fue una
belleza. Mientras que sus otras compañeras éramos torpes adolescentes, ella
siempre conseguía que los chicos se volvieran. Tenía unos ojos de un azul
increíble, casi iridiscentes, un tipo por el que las modelos matarían y un
cabello rubio deslumbrante. Sin embargo, lo que más me impresionaba de ella era
su serenidad. Recuerdo haber pensado que, si se encontraba con el Papa y la
reina de Inglaterra en la misma fiesta, sabría cómo dirigirse a cada uno de
ellos respetando el protocolo. Lo más divertido es que siempre sospeché que era
tímida. Pese a su notable compostura, había algo vacilante en su
comportamiento, como una especie de ave hermosa posada al final de una rama,
preparada para emprender el vuelo de un momento a otro.
Había
recorrido la sala como si se deslizara, pensó Fran, recordando la vez que la
había visto con un traje elegante. Aparentaba más estatura de su metro setenta
gracias a su porte.
—¿Erais
muy amigas? —preguntó Gus.
—Oh,
yo no estaba en su órbita. Molly pertenecía al grupo adinerado del club de
campo. Yo era una buena atleta y me concentraba más en los deportes que en las
actividades sociales. Te aseguro que mi teléfono nunca se recalentaba los
viernes por la noche.
—Como
diría mi madre, cuando creciste te hiciste muy guapa —dijo Gus.
Nunca
estuve a gusto en la academia, pensó Fran. Había muchas familias de clase media
en Greenwich, pero la clase media no era suficiente para papá. Siempre
intentaba congraciarse con la gente rica. Quería que me hiciera amiga de las
chicas adineradas, o de las que tenían buenos contactos.
—Dejando
aparte su apariencia, ¿cómo era Molly?
—Muy
cariñosa —dijo Fran—. Cuando mi padre se suicidó y se supo lo que había hecho,
la estafa y todo lo demás, evité a todo el mundo. Molly sabía que yo corría
cada día, y una mañana temprano me estaba esperando. Dijo que sólo quería
hacerme compañía un rato. Como su padre era uno de los principales
contribuyentes al fondo de la biblioteca, ya puedes imaginar lo que supuso para
mí su demostración de amistad
—No
debiste avergonzarte por lo que tu padre había hecho —repuso Gus.
Fran
repuso con tono crispado:
—No
estaba avergonzada. Sólo sentía pena por él, e irritación, supongo. ¿Por qué
pensaba que mi madre y yo necesitábamos cosas? Cuando murió, comprendimos que
debía de estar muy nervioso los días anteriores, porque iban a realizar una
auditoría de los libros mayores de la biblioteca, y él sabía lo que
descubrirían. —Hizo una pausa—. Se portó mal, por supuesto. Por apropiarse de
ese dinero y por pensar que lo necesitábamos. Además, era un hombre débil. Era
terriblemente inseguro, pero al mismo tiempo era un tío muy divertido.
—Como
el doctor Gary Lasch. También era un buen administrador. El hospital Lasch
tiene una reputación a prueba de bomba, y Remington Health Management no es
como tantas otras aseguradoras médicas de segunda fila que quiebran y dejan a
médicos y pacientes en la estacada. —Gus sonrió—. Conoces a Molly y fuiste al
colegio con ella, lo cual te proporciona más pistas. ¿Crees que era culpable?
—Sin
la menor duda —contestó Fran—. Las pruebas en su contra eran abrumadoras, y he
cubierto suficientes juicios por asesinato para saber que la gente más
impensable arruina su vida por perder el control en una fracción de segundo. De
todos modos, a menos que Molly hubiera cambiado drásticamente desde la última
vez que la vi, sería la última persona del mundo a la que imaginaría culpable
de un asesinato. Por ese mismo motivo, no obstante, puedo comprender que su
mente se bloqueara en ese preciso momento.
—Y
por eso este caso es tan importante para el programa —dijo Gus—. Ocúpate de él.
Cuando Molly Lasch salga de la prisión de Niantic la semana que viene, quiero
que formes parte del comité de recepción que le dará la bienvenida.
2
Una
semana después, con el cuello del chaquetón subido para protegerse la garganta,
las manos hundidas en los bolsillos y el pelo recogido bajo su gorra de esquiar
favorita, Fran esperaba entre el grupo de periodistas congregados ante la
puerta de la prisión, en aquel frío día de marzo. Su cámara, Ed Ahearn, la
acompañaba.
Como
de costumbre, todo el mundo se quejaba. Hoy, de la combinación del madrugón y
el tiempo: aguanieve, empujada por ráfagas de viento helado. Como era de
prever, también se repasó el caso que había acaparado los titulares de todo el
país cinco años y medio antes.
Fran
ya había grabado varios reportajes con la prisión como fondo. A primeras horas
de la mañana había emitido un reportaje en directo, y mientras la emisora
pasaba una grabación con su voz en off, había anunciado:
«Estamos
esperando ante las puertas de la prisión de Niantic, al norte de Connecticut,
situada a escasos kilómetros de la frontera con Rhode Island. Molly Carpenter
Lasch saldrá dentro de poco, después de haber pasado encarcelada cinco años y
medio, como consecuencia de haberse confesado culpable del asesinato de su
marido, Gary Lasch.»
Ahora,
mientras esperaba la aparición de Molly, escuchaba las opiniones de los demás.
Todo el mundo coincidía en que Molly era culpable, en que había tenido mucha
suerte por quedar en libertad después de sólo cinco años y medio, y en que no
engañaba a nadie cuando afirmaba que no podía recordar haberle roto la cabeza
al pobre tipo.
Fran
alertó a la sala de control cuando vio que un sedán azul oscuro salía por
detrás del edificio principal de la prisión.
—El
coche de Philip Matthews se dispone a salir —dijo. El abogado de Molly había
llegado media hora antes para recogerla.
Ahearn
giró la cámara.
Los
demás también se habían dado cuenta.
—Estamos
perdiendo el tiempo —comentó el reportero del Post—. Diez a uno a que cuando la
puerta se abra saldrán en estampida. ¡Eh, espera un momento!
Fran
habló en voz baja por el micrófono.
—El
coche que conduce a Molly Carpenter Lasch a la libertad acaba de iniciar su
viaje. —Después, miró asombrada la silueta delgada que caminaba al lado del
sedán—. Charley —dijo al presentador del telediario matinal—, Molly Lasch no va
en el coche, sino que camina a su lado. Apuesto a que va a hacer una
declaración.
Los
flashes destellaron y los micrófonos y las cámaras se aglutinaron cuando Molly
Carpenter Lasch llegó a la puerta, se detuvo y miró mientras se abría. Tenía la
expresión de una niña que ve por primera vez funcionar un juguete mecánico.
—Es
como si Molly no diera crédito a sus ojos —informó.
Cuando
Molly salió a la calle, se vio rodeada de inmediato. La ametrallaron a
preguntas. «¿Cómo se siente? ¿Pensaba que llegaría este día? ¿Irá a ver a la
familia de Gary? ¿Cree que algún día recordará lo que sucedió aquella noche?»
Al
igual que los demás, Fran alargó su micrófono, pero prefirió quedarse a un
lado. Estaba segura de que perdería toda oportunidad de conseguir una
entrevista con Molly si ésta la percibía como una enemiga en ese momento.
Molly
alzó una mano a modo de protesta.
—Concédanme
la oportunidad de hablar, por favor —pidió.
Está
pálida y delgada. Parece que hubiera estado enferma, pensó Fran. Está
diferente, y no es por los años transcurridos. Fran estudió su apariencia en
busca de pistas. El cabello, en otro tiempo dorado, era ahora tan oscuro como
las pestañas y las cejas de Molly. Más largo que en la escuela, sujeto con una
hebilla en la nuca. Su tez clara parecía ahora del color del alabastro. Los
labios que Fran recordaba, siempre a punto de sonreír, estaban tensos y
tristes, como si hiciera mucho tiempo que no sonreían.
Poco
a poco, las preguntas que la asediaban enmudecieron, hasta que se hizo el
silencio.
Philip
Matthews había bajado del coche y se puso a su lado.
—Molly,
no lo hagas. A la junta de libertad condicional no le gustará... —le advirtió,
pero ella no le hizo caso.
Fran
examinó con interés al abogado. El F. Lee Bailey de esta generación, pensó.
¿Cómo será? Matthews era de estatura mediana, cabello rubio, rostro delgado y
expresivo. La imagen de un tigre protegiendo a su cría pasó por su mente. Se
dio cuenta de que no la sorprendería que arrastrara por la fuerza a Molly al
interior del coche.
Molly
le interrumpió.
—No
tengo otra alternativa, Philip.
Miró
a las cámaras sin pestañar y habló con claridad a los micrófonos.
—Estoy
muy contenta de volver a casa. Con el fin de que me fuera concedida la libertad
condicional, tuve que confesarme culpable de la muerte de mi marido. He
admitido que las pruebas eran abrumadoras. Pero ahora les digo que, pese a las
pruebas, estoy convencida de que soy incapaz de acabar con la vida de otro ser
humano. Sé que mi inocencia quizá no se demostrará nunca, pero espero que
cuando me instale en casa y halle cierta serenidad en mi vida, tal vez recobre
la memoria de todo cuanto ocurrió aquella terrible noche. Hasta ese momento no
tendré paz ni seré capaz de iniciar una nueva vida.
Hizo
una pausa. Cuando volvió a hablar, su voz sonó aún más firme.
—Cuando
mi memoria sobre aquella noche empezó a regresar poco a poco, recordé haber
encontrado a Gary muerto en su estudio. Más tarde recuperé una impresión muy
nítida de aquella noche. Creo que había alguien más en casa cuando llegué, y
creo que esa persona mató a mi marido. No creo que esa persona sea producto de
mi imaginación, sino de carne y hueso, y la encontraré y la obligaré a pagar
por lo que hizo.
Sin
hacer caso de las preguntas que siguieron a la declaración, Molly dio media
vuelta y subió al coche. Matthews rodeó el automóvil a toda prisa y se sentó al
volante. Molly reclinó la cabeza en el asiento y cerró los ojos, mientras
Matthews, haciendo sonar el claxon, se abría paso poco a poco entre la nube de
periodistas y fotógrafos.
—Eso
ha sido todo, Charley —dijo Fran por el micrófono—. La declaración de Molly, un
grito de inocencia.
—Una
declaración sorprendente, Fran —replicó el presentador—. Seguiremos paso a paso
el desarrollo de los acontecimientos. Gracias.
—Bien,
Fran, estás fuera de onda —le anunció la sala de control.
—¿Cuál
es tu opinión sobre ese discurso, Fran? —preguntó Joe Hutnik, un veterano
periodista del Greenwich Time.
Antes
de que Fran pudiera contestar, intervino Paul Reilly, del Observer.
—Esa
tía no es tan idiota. Estará pensando en el contrato de su libro. A nadie le
gusta que un asesino obtenga beneficios a costa de su crimen, aunque sea legal,
y a las almas bondadosas les encantará creer que otra persona asesinó a Gary
Lasch, y que Molly también es una víctima.
Joe
Hutnik enarcó una ceja.
—Quizá,
pero en mi opinión, el siguiente tipo que se case con Molly Lasch no debería
darle la espalda si se enfada con él. ¿Tú qué crees, Fran?
Fran
entornó los ojos, irritada, y miró a los dos hombres.
—Sin
comentarios.
3
Mientras
se alejaban de la cárcel, Molly vio los letreros de la carretera. Abandonaron
por fin la Merritt Parkway por la salida de Lake Avenue. Todo me resulta
conocido, por supuesto, pero no recuerdo muy bien la ida hacia la cárcel,
pensó. Sólo recuerdo el peso de los grilletes, y que las esposas se hincaban en
mis muñecas. Fijó la vista al frente y sintió, más que vio, las miradas de
reojo de Philip Matthews.
Respondió
a su pregunta no formulada.
—Me
siento extraña —dijo—. No. «Vacía» es la palabra.
—Ya
te lo dije antes: fue un error conservar la casa, y peor volver a ella. También
es una equivocación no permitir a tus padres que vengan a vivir contigo.
Molly
continuó con la mirada fija en la lejanía. Los limpiaparabrisas eran incapaces
de eliminar la capa de aguanieve que se estaba formando sobre el cristal.
—He
hablado en serio a esos periodistas. Estoy convencida de que, ahora que esta
pesadilla ha terminado, vivir en casa de nuevo me ayudará a recobrar el
recuerdo de todos los detalles de aquella noche. Yo no maté a Gary. Es
imposible. Sé que los psiquiatras opinan que estoy negando los hechos, pero
estoy segura de que se equivocan. Pero aunque resultara que están en lo cierto,
encontraría una forma de sobrevivir. La ignorancia es lo peor.
—Molly,
supón que tu memoria es fidedigna, que encontraste a Gary herido y desangrado.
Que caíste en un estado de shock y que algún día recobrarás la memoria de
aquella noche. ¿Te das cuenta de que, si tienes razón y recuerdas, te
convertirás en una amenaza para la persona que le mató? ¿Y de que el asesino
puede considerarte ya una amenaza real, pues acabas de anunciar que cuando
vuelvas a casa tal vez recuerdes algo más sobre la otra persona que estaba allí
aquella noche?
Molly
guardó silencio unos momentos. ¿Por qué crees que he dicho a mis padres que se
quedaran en Florida?, pensó. Si estoy equivocada, nadie me molestará. Si estoy
en lo cierto, dejaré abierta la puerta de par en par para que el verdadero
asesino venga en mi busca.
Miró
a Matthews.
—Philip,
mi padre me llevó a cazar patos cuando yo era pequeña —dijo—. No me gustó ni un
ápice. Era muy temprano, hacía frío y llovía, y yo sólo deseaba estar en mi cama.
Pero aquella mañana aprendí algo. Un señuelo consigue resultados. Sé que, como
todo el mundo, crees que maté a Gary en un arranque de locura. No me lo
niegues. Te oí hablar con mi padre de que casi no tenías esperanzas de
conseguir la absolución sugiriendo que Annamarie Scalli era la culpable.
Dijiste que existían bastantes posibilidades de que el jurado me condenara por
homicidio con atenuantes, convencidos de que había matado a Gary en un arrebato
de ira, pero también dijiste que no había garantías de que no me condenaran por
asesinato en primer grado, y que lo mejor era confesar. Lo dijiste, ¿verdad?
—Sí
—reconoció Matthews.
—De
manera que, si maté a Gary, he tenido mucha suerte de salir con tanta
facilidad. Si tú y todo el mundo, incluyendo a mis padres, estáis en lo cierto,
no corro el menor peligro si proclamo mi convicción de que había otra persona
en casa la noche que Gary murió. Como tú no lo crees, tampoco crees que nadie
me perseguirá. ¿Correcto?
—Sí
—dijo el abogado a regañadientes.
—Entonces,
nadie ha de preocuparse por mí. Por otra parte, si tengo razón y asusto a
alguien, podría costarme la vida. Bien, lo creas o no, me gustaría que eso
sucediera. Porque si me encuentran asesinada, tal vez alguien abra una
investigación que no asuma automáticamente mi culpabilidad.
Philip
Matthews no contestó.
—Es
lógico, ¿verdad, Philip? —preguntó Molly, en un tono casi risueño—. Si muero,
tal vez alguien investigará con más rigor el asesinato de Gary y descubrirá al
verdadero culpable.
4
Es
estupendo volver a Nueva York, pensó Fran mientras miraba desde su despacho del
Rockefeller Center. La sombría mañana, acompañada de aguanieve, había dado paso
a una tarde fría y gris, pero aún así le gustaba lo que veía, le gustaba mirar
a los patinadores vestidos de alegres colores, algunos tan gráciles, otros tan
patosos que apenas podían tenerse en pie. La mezcla peculiar de los dotados y
los perseverantes, pensó. Después, desvió la vista hacia Saks y observó la
forma en que los escaparates de la tienda de la Quinta Avenida iluminaban la
penumbra de marzo.
Las
multitudes que a las cinco en punto salieron de los edificios de oficinas le
ratificaron que, al final del día, los neoyorquinos, como los habitantes de
todo el mundo, volvían corriendo a casa.
Yo
también puedo marcharme a casa, decidió, mientras cogía el chaquetón. Había
sido un día muy largo, y aún no había terminado. Tenía una emisión a las 18.40
para dar la última hora sobre la liberación de Molly Lasch. Después podría
marcharse a casa. Ya estaba enamorada de su apartamento de la Segunda Avenida
con la Cincuenta y seis, con sus vistas a los rascacielos del centro y al río
East. No obstante, volver a las cajas todavía sin abrir, sabiendo que tarde o
temprano debería aliviarlas de su contenido, era desalentador.
Al
menos su despacho estaba en orden, intentó consolarse. Los libros estaban
desempaquetados y a su alcance, en las estanterías de detrás del escritorio.
Las plantas alegraban la monotonía de los típicos muebles de oficina que le
habían destinado. Reproducciones de pintores impresionistas prestaban colorido
a las insípidas paredes beige.
Cuando
Ed Ahearn y ella habían llegado a la oficina aquella mañana, había ido a ver a
Gus Brandt.
—Dejaré
pasar una o dos semanas, y luego intentaré concertar una cita con Molly
—explicó tras comentar con él las inesperadas declaraciones de Molly Lasch a la
prensa.
Gus
había masticado vigorosamente el chicle de nicotina que no le proporcionaba el
menor alivio en su campaña personal antitabaco.
—¿Cuáles
son las probabilidades de que sea sincera contigo? —preguntó.
—No
lo sé. Me quedé a un lado cuando Molly hizo la declaración pero estoy
convencida de que me vio. No sé si me reconoció. Sería estupendo conseguir su
colaboración para el reportaje. De lo contrario tendré que hacerlo sin su
ayuda.
—¿Qué
opinas de esa declaración?
—En
directo, yo diría que Molly fue muy convincente cuando insinuó que había
alguien más en la casa aquella noche, pero creo que es una patraña. Algunas
personas la creerán, por supuesto, y tal vez su auténtica necesidad sea crear
esa sensación de duda. ¿Si hablará conmigo? Pues no lo sé.
Pero
albergo esperanzas, pensó Fran, recordando aquella conversación mientras corría
por el pasillo a la sala de maquillaje.
Cara,
la maquilladora, colocó una toalla alrededor de su cuello. Betts, la peluquera,
puso los ojos en blanco.
—Fran,
no me atormentes. ¿Has dormido esta noche con tu gorro de esquiar?
Fran
sonrió.
—No.
Sólo me lo he puesto esta mañana. Obrad un milagro entre ambas.
Mientras
Cara aplicaba base de maquillaje y Betts conectaba las tenacillas de rizar el
pelo, Fran cerró los ojos y pensó en su frase inicial: «Esta mañana, a las
siete y media, las puertas de la prisión de Niantic se abrieron, y Molly
Carpenter Lasch bajó por el camino de acceso para realizar una declaración
breve pero sorprendente a la prensa.»
Cara
y Betts trabajaron a la velocidad de la luz, y Fran estuvo preparada pocos
minutos después para hacer frente a la cámara.
—Como
nueva —confirmó mientras se examinaba en el espejo—. Lo habéis conseguido otra
vez.
—Fran,
todo está ahí. Lo único que pasa es que tu colorido es monocromático —explicó
Cara con tono paciente—. Es necesario destacarlo.
Destacarlo,
pensó Fran. Lo último que necesitaba. Siempre me destaqué. La niña más bajita
de la guardería. La chica más baja de octavo. El cacahuete. Había crecido de
sopetón durante su primer año en Cranden y conseguido un respetable metro
sesenta y dos.
Cara
le quitó la toalla.
—Estás
genial —anunció—. Déjales patidifusos.
Tom
Ryan, un veterano presentador, y Lee Manners, una ex mujer del tiempo muy
atractiva, eran los presentadores del telediario de la seis. Al final del
programa, mientras se quitaban los micros y se levantaban, Ryan comentó:
—Muy
bueno tu reportaje sobre Molly Lasch, Fran.
—Te
llaman, Fran. Cógela por la cuatro —indicó una voz desde la sala de control.
Para
sorpresa de Fran, era Molly Lasch.
—Fran,
creí reconocerte esta mañana en la prisión. Me alegro de que fueras tú. Gracias
por el reportaje que acabas de emitir. Al menos no lo das todo por sentado
sobre la muerte de Gary.
—Bien,
la verdad es que quiero creerte, Molly. —Fran se dio cuenta de que había
cruzado los dedos.
La
voz de Molly adquirió un timbre vacilante.
—Me
pregunto si te interesaría investigar la muerte de Gary. A cambio, permitiría
que tu cadena me dedicara un programa. Mi abogado me ha dicho que han llamado
casi todas las cadenas, pero preferiría ir con alguien a quien conozco y en
quien puedo confiar.
—No
te quepa duda de que me interesa mucho, Molly. De hecho, pensaba llamarte para
eso.
Acordaron
encontrarse a la mañana siguiente en casa de Molly, en Greenwich. Cuando Fran
colgó el auricular, miró a Tom Ryan con las cejas enarcadas.
—Reunión
de clase mañana —dijo—. Podría ser interesante.
5
La
sede central de la Remington Health Management Organization estaba emplazada en
los terrenos del hospital Lasch de Greenwich. El director general, el doctor
Peter Black, siempre llegaba a su despacho a las siete en punto de la mañana.
Afirmaba que esas dos horas de trabajo previas a la llegada del personal eran
las más productivas de la jornada.
Aquel
martes por la mañana, Black encendió la televisión y puso la cadena NAF, algo
inhabitual en él.
Su
secretaria, que llevaba años con él, le había dicho que Fran Simmons acababa de
entrar a trabajar para la cadena, y le había recordado quién era Fran. Aun así,
le había sorprendido que fuera Fran la reportera encargada de cubrir la
liberación de Molly. El suicidio del padre de Fran había ocurrido pocas semanas
después de que Black aceptara la oferta de Gary Lasch de entrar a trabajar en
el hospital, y durante meses el escándalo había sido la comidilla de la ciudad.
Dudaba de que cualquiera que hubiera vivido en Greenwich en aquella época lo
hubiera olvidado.
Peter
Black estaba mirando el telediario de aquella mañana porque quería ver a la
viuda de su antiguo socio.
Frecuentes
miradas a la pantalla para asegurarse de que no pasaba por alto el fragmento
que le interesaba le obligaron por fin a dejar la pluma y a ponerse las gafas
progresivas. Black tenía una espesa mata de pelo castaño oscuro, prematuramente
cano en las sienes, y grandes ojos grises, y exhibía un comportamiento cordial
que los miembros recién contratados de su personal encontraban estimulante...
hasta que cometían la grave equivocación de llevarle la contraria.
A
las 7.32 empezó a emitirse el acontecimiento que esperaba. Vio con sombría
mirada que Molly caminaba junto al coche de su abogado hasta la puerta de la
prisión. Cuando habló a los micrófonos, acercó más la silla al aparato y se
inclinó hacia adelante, concentrado en captar todos los matices de su voz y su
expresión.
En
cuanto la mujer empezó a hablar, subió el volumen del televisor, aunque podía
oír las palabras con absoluta claridad. Cuando terminó, se reclinó en la silla
y enlazó las manos. Un instante después, descolgó el auricular y marcó un
número.
—Residencia
de los señores Whitehall.
El
leve tono inglés de la doncella siempre irritaba a Black.
—Ponme
con el señor Whitehall, Rita.
No
dijo su nombre adrede, pero tampoco era necesario. La mujer conocía su voz. Oyó
que descolgaban el auricular.
Calvin
Whitehall no perdió el tiempo con saludos.
—La
he visto. Al menos, es consecuente sobre lo de que ella no mató a Gary.
—Eso
no es lo que me preocupa.
—Lo
sé. Tampoco me hace gracia que la Simmons se haya mezclado en el asunto. Si es
necesario, nos encargaremos de ello —dijo Whitehall, e hizo una pausa—. Nos
veremos a las diez.
Peter
Black colgó sin despedirse. La intuición de que algo empezaba a torcerse le
atormentó durante el resto del día, mientras asistía a una serie de reuniones
de alto nivel, concernientes a la propuesta de adquisición por Remington de
cuatro HMO más un trato que convertiría a Remington en uno de los gigantes del
lucrativo campo de las aseguradoras médicas.
6
Cuando
Philip Matthews y Molly llegaron a casa de ésta procedentes de la cárcel, el
abogado quiso entrar con ella, pero la mujer no se lo permitió.
—Por
favor, Philip, deja mi bolsa de mano delante de la puerta —le indicó. Y añadió
con ironía—: Conoces esa antigua frase de la Garbo, ¿verdad?, «Quiero estar
sola». Bien, ésa soy yo.
Se
la veía delgada y frágil, de pie en el porche de la hermosa casa que había
compartido con Gary Lasch. Durante los dos años transcurridos desde la
inevitable ruptura con su mujer, que ya había vuelto a casarse, Philip Matthews
había caído en la cuenta de que sus visitas a la prisión de Niantic eran más
frecuentes de lo que aconsejaba la práctica profesional.
—Molly,
¿has encargado a alguien que te hiciera la compra? —preguntó— ¿Tienes comida en
casa?
—La
señora Barry iba a ocuparse de eso.
—¡La
señora Barry! —Sabía que su voz había aumentado dos decibelios—. ¿Qué pinta en
todo esto?
—Va
a trabajar para mí otra vez —dijo Molly—. La pareja que cuidaba de la casa se
ha marchado. En cuanto supieron que iba a salir, mis padres se pusieron en
contacto con la señora Barry, que asumió la responsabilidad de adecentar la
casa y llenar la despensa. Vendrá tres días a la semana.
—¡Esa
mujer fue responsable en parte de que te metieran en la cárcel!
—No;
se limitó a decir la verdad.
Durante
el resto del día, incluso cuando negociaba con el fiscal el caso de su nuevo
cliente, un importante agente de bienes raíces acusado de homicidio por
conducción temeraria, Philip no pudo librarse de una sensación de inquietud por
el hecho de que Molly estuviera sola en casa.
A
las siete de la tarde, mientras cerraba su escritorio con llave y se debatía
entre llamar a Molly o no, su teléfono particular sonó. Su secretaria ya se
había marchado. Sonó varias veces antes que su curiosidad se impusiera a la
inclinación instintiva de dejar que el contestador automático se activase.
Era
Molly.
—Buenas
noticias, Philip. ¿Recuerdas que te hablé de Fran Simmons, que fue al colegio
conmigo, y que estaba en la puerta de la prisión esta mañana?
—Sí.
¿Te encuentras bien, Molly? ¿Necesitas algo?
—Estoy
bien, Philip. Fran Simmons vendrá a casa mañana. Desea iniciar una
investigación sobre el asesinato de Gary para un programa en el que trabaja,
Crímenes verdaderos. ¿No sería fantástico que, por algún milagro, me ayudara a
demostrar que había alguien más en casa aquella noche?
—Molly,
olvídalo. Por favor.
Siguió
un momento de silencio. Cuando Molly habló de nuevo, su tono de voz había
cambiado.
—Sabía
que no debía esperar que me comprendieras. De todos modos, da igual. Adiós.
Philip
Matthews sintió tanto como oyó el clic que resonó en su oído. Mientras colgaba,
recordó que, años atrás, un capitán de los Boinas Verdes había aceptado la
ayuda de un escritor convencido de que podía demostrar que era inocente del
asesinato de su mujer y sus hijos, pero el escritor se había revelado más tarde
como su principal acusador.
Caminó
hasta la ventana. Su despacho estaba situado en Battery Park, y dominaba la
Upper Bay y la estatua de la Libertad.
Molly,
si yo hubiera sido el fiscal encargado de tu caso, te habría condenado por
asesinato premeditado, se dijo. Si esa periodista empieza a investigar, te
destruirá. Lo único que descubrirá es que saliste bien librada.
Oh,
Dios, pensó, ¿por qué no admite que aquella noche estaba sometida a una
espantosa tensión y perdió los estribos?
7
A
Molly le costó creer que estaba por fin en casa, y le costó más todavía
asimilar que había estado ausente cinco años y medio. Al llegar había esperado
a que el coche de Philip desapareciera en la lejanía antes de abrir el bolso y
sacar las llaves de su casa.
La
puerta principal era de un magnífico caoba, con un panel lateral de vidrio
coloreado. Una vez en el interior, dejó caer la bolsa, cerró la puerta y, con
un gesto instintivo, se limpió las suelas de los zapatos en el felpudo.
Después, recorrió con parsimonia todas las habitaciones, pasó la mano sobre el
respaldo del sofá de la sala de estar, acarició el juego de té de su abuela, en
el comedor, mientras procuraba no pensar en el comedor del penal, en los toscos
platos, las comidas que le sabían a cenizas. Todo le resultaba familiar, pero
se sentía como una intrusa.
Se
entretuvo en la puerta del estudio, examinó el interior, aún sorprendida de que
no estuviera exactamente como Gary lo había conocido, con su revestimiento de
caoba, los muebles enormes y los objetos que había adquirido a base de tantos
esfuerzos. El sofá de calicó y el confidente se le antojaron fuera de lugar,
demasiado femeninos.
Después,
Molly convirtió en realidad el sueño que había acariciado durante cinco años y
medio. Subió a la habitación de matrimonio, se desnudó, buscó en el ropero el
albornoz que tanto le gustaba, entró en el cuarto de baño y abrió los grifos
del jacuzzi.
Se
arrebujó en el agua humeante y perfumada, mientras lomas de espuma se formaban
y aseaban su piel, hasta que se sintió purificada de nuevo. Emitió un suspiro
de alivio cuando la tensión empezó a liberar sus huesos y músculos. Luego,
cogió una toalla del toallero térmico y se envolvió en ella, disfrutando de su
tibieza.
Después
corrió las cortinas y se acostó. Cerró los ojos, acunada por el insistente
tamborileo del aguanieve contra las ventanas. Se durmió poco a poco, mientras
recordaba todas las noches en que se había prometido que este momento llegaría,
cuando se encontrara de nuevo en la intimidad de su habitación, bajo la colcha
de pluma, con la cabeza apoyada en la suave almohada.
Despertó
ya avanzada la tarde. Se puso la bata y las zapatillas, y bajó a la cocina.
Ahora, un poco de té y unas tostadas, pensó. Eso me mantendrá hasta la hora de
cenar.
Con
una taza de té humeante en la mano, cumplió la promesa de llamar a sus padres.
—Estoy
bien —dijo con firmeza—. Sí, me alegro mucho de volver a casa. No. La verdad es
que necesito estar sola un tiempo. No mucho, pero un poco sí.
Después
escuchó los mensajes del contestador automático. Jenna Whitehall, su mejor
amiga, la única persona aparte de sus padres y Philip a la que había permitido
visitarla en la cárcel, decía que quería pasar a verla aquella noche, sólo para
darle la bienvenida. Pedía que Molly la llamara si estaba de acuerdo.
No,
pensó Molly. Esta noche no. No quiero ver a nadie, ni siquiera a Jenna.
Puso
el telediario de las seis en la NAF, con la esperanza de ver a Fran Simmons.
Cuando el programa terminó, llamó al estudio, habló con Fran y pidió que la
convirtiera en protagonista de una investigación especial.
Después
llamó a Philip. Su evidente desaprobación era justo lo que esperaba de él, y
procuró que no la molestara.
Tras
hablar con el abogado, subió a su cuarto, se puso un jersey y unos pantalones,
y se calzó sus viejas zapatillas. Estuvo sentada unos minutos delante del
tocador, estudiando su reflejo en el espejo. Llevaba el pelo demasiado largo.
Necesitaba remodelarlo. ¿Y si se lo aclaraba un poco? Antes era rubio, pero se
había oscurecido con los años. Gary le gastaba la broma de que tenía el cabello
tan dorado que la mitad de las mujeres de la ciudad creía que se lo teñía.
Se
acercó al armario empotrado. Durante la siguiente hora se dedicó a examinar su
contenido, y apartó a un lado la ropa que nunca volvería a utilizar. Algunas
prendas la hicieron sonreír, como el vestido y la chaqueta oro pálido que se
había puesto para la fiesta de Nochevieja del último año en el club de campo, y
el traje de terciopelo negro que Gary había visto en el escaparate de Bergdorf
e insistido en que se probara.
Cuando
supo que iba a salir de la cárcel, había enviado a la señora Barry una lista de
la compra. A las ocho, Molly bajó y empezó a preparar la cena que anhelaba
desde hacía semanas: ensalada verde con aliño de aceto balsámico, pan italiano,
recalentado en el horno, salsa de tomate rallado muy ligera servida sobre
linguine cocidos al dente, una copa de Chianti Riservo.
Cuando
estuvo preparada, se sentó en la esquina reservada para los desayunos, un lugar
acogedor que dominaba el patio trasero. Comió con parsimonia, saboreó la pasta
especiada, el pan crujiente y la sabrosa ensalada, disfrutó del toque
aterciopelado del vino, mientras miraba el patio a oscuras, que ya anticipaba
la primavera, para la que faltaban pocas semanas.
Las
flores aún tardarán en brotar, pensó, pero todo florecerá pronto de nuevo. Otra
promesa que se había hecho: cavar en el jardín, tocar la tierra, tibia y
húmeda, contemplar los tulipanes con su popurrí de colores, plantar de nuevo
balsaminas junto a los bordes del sendero de baldosas.
Comió
sin prisas, agradecida por el silencio, tan diferente del ruido que reinaba en
la prisión y enturbiaba las mentes. Después de poner orden en la cocina, entró
en el estudio. Se quedó sentada en la oscuridad, abrazándose las rodillas. Se
esforzó por escuchar el sonido que le había sugerido la presencia de alguien
más en la casa aquella noche, el sonido, al mismo tiempo familiar y
desconocido, que había recorrido sus pesadillas durante casi seis años. Sólo
oyó el susurro del viento en el exterior y, más cerca, el tictac de un reloj.
8
Cuando
Fran salió del estudio, atravesó la ciudad hasta llegar al apartamento de
cuatro habitaciones que había alquilado en la Segunda Avenida con la Cincuenta
y seis. Le había sentado muy mal vender su piso de Los Angeles, pero ahora que
estaba aquí, se daba cuenta de que, tal como Gus había intuido, llevaba Nueva
York en la sangre.
Al
fin y al cabo, viví en Manhattan hasta los trece años, pensó, mientras subía
por Madison Avenue y pasaba ante Le Cirque 2000. Lanzó una mirada de admiración
hacia el patio iluminado que conducía a la entrada. Después, papá ganó un
montón de dinero en la bolsa y decidió ser un caballero rural.
Fue
entonces cuando se mudaron a Greenwich y compraron una casa a escasa distancia
de donde Molly vivía ahora. La casa se hallaba en un barrio muy exclusivo de
Lake Avenue. Resultó que no se la podían permitir, por supuesto, y a la casa
siguió un coche que no se podían permitir y ropas que no se podían permitir.
Tal vez a papá le entró el pánico, y por eso no volvió a ganar dinero en la
bolsa, pensó Fran.
Le
gustaba implicarse en los problemas de la ciudad y conocer a la gente. Creía
que las personas voluntariosas hacían amigos, y él lo era como la que más. Al
menos, hasta que «tomó prestadas» donaciones para el fondo de la biblioteca.
La
idea de vaciar las cajas que había enviado al Este la aterraba, pero había
parado de caer aguanieve y el frío era tonificante. Cuando introdujo la llave
en la cerradura de su apartamento, el 21E, estaba mucho más animada.
Al
menos, la sala de estar está en muy buen estado, se dijo mientras encendía la
luz y paseaba la vista por la alegre habitación, con su tresillo de terciopelo
verde musgo y su alfombra persa roja, marfil y verde.
La
visión de las estanterías casi vacías la impulsó a entrar en acción. Se puso un
jersey y unos pantalones viejos, y empezó a trabajar. Poner música animada en
el estéreo la ayudó a aliviar la monotonía de vaciar cajas y clasificar libros
y cintas. La caja que contenía los útiles de cocina fue la más fácil de
clasificar. Tampoco es que haya gran cosa, pensó con ironía. Eso demuestra lo
buena cocinera que soy.
A
las nueve menos cuarto suspiró un fervoroso amén y arrastró la última caja
vacía hasta el trastero. Hace falta mucho amor para convertir una casa en un
hogar, pensó con satisfacción mientras recorría el apartamento, que por fin
empezaba a parecer un hogar.
Fotos
enmarcadas de su madre, su padrastro, sus hermanastros y sus respectivas
familias conseguían que los sintiera más cercanos. Voy a echaros de menos,
chicos, pensó. Ir a Nueva York de visita era una cosa, pero mudarse a la ciudad
y saber que no les vería con mucha frecuencia era muy diferente. Su madre había
borrado Greenwich de su vida. Nunca decía que había vivido allí, y cuando
volvió a casarse, animó a Fran a adoptar el apellido de su padrastro.
Ni
hablar, pensó Fran.
Complacida
con sus logros, pensó en salir a cenar, pero después se conformó con un
bocadillo de queso. Se sentó a comer a la diminuta mesa de hierro forjado, ante
la ventana de la cocina, que ofrecía una espléndida vista del East River.
Molly
está pasando su primera noche en casa después de cinco años y medio en prisión,
pensó. Cuando la vea, le pediré una lista de personas con las que pueda hablar,
personas dispuestas a hablar conmigo de ella. Pero hay una serie de preguntas a
la que intentaré encontrar respuesta de paso, y no todas giran en torno a
Molly.
Algunas
de estas preguntas hacía mucho tiempo que la atormentaban. No se había
encontrado el menor documento sobre los cuatrocientos mil dólares que su padre
se había apropiado del fondo de la biblioteca. Teniendo en cuenta su historial
en la bolsa, todo el mundo supuso que los había perdido invirtiendo en valores
poco fiables, pero después de su muerte no se encontró ningún papel que lo
demostrara.
Tenía
dieciocho años cuando nos fuimos de Greenwich, pensó Fran. Eso fue hace catorce
años. Pero ahora he vuelto, y veré a un montón de personas que conocía, hablaré
con un montón de personas de Greenwich sobre Molly y Gary Lasch.
Se
levantó y cogió la cafetera. Mientras se servía una taza, pensó en su padre y
en el efecto que le causaba recibir un soplo. Recordó cuánto había ansiado ser
invitado a unirse al club de campo, a convertirse en uno de los hombres que
jugaban con regularidad en el campo de golf.
La
sospecha había empezado a germinar de manera espontánea. Como no se había
encontrado el menor registro del dinero que su padre había malversado, era
lógico que albergara dudas. ¿Cabía la posibilidad de que alguien de Greenwich,
alguien a quien su padre intentaba impresionar, le hubiera dado un soplo, y
después aceptado, pero no invertido, los cuatrocientos mil dólares que su padre
había «tomado prestados» de una forma tan imprudente del fondo de la
biblioteca?
9
¿Por
qué no llamas a Molly?
Jenna
Whitehall miró a su marido, sentado frente a ella al otro lado de la mesa.
Vestida con una cómoda camisa suelta de seda y pantalones negros de seda, su
aspecto era tremendamente atractivo, una impresión realzada por el cabello
castaño oscuro y los ojos color avellana. Había llegado a casa a las seis y
escuchado sus mensajes. No había ninguno de Molly.
—Cal
—dijo intentando disimular su irritación—, sabes que dejé un mensaje a Molly en
su contestador automático. Si quisiera compañía, ya me habría llamado. Está
claro que esta noche desea estar sola.
—Aún
no entiendo por qué ha querido volver a esa casa —dijo él—. ¿Cómo puede entrar
en ese estudio sin recordar aquella noche, sin pensar en que cogió la escultura
y le aplastó la cabeza al pobre Gary? A mí me pondría la carne de gallina.
—Cal,
ya te he pedido antes que no hables de eso. Molly es mi mejor amiga, y la
quiero. No recuerda nada sobre la muerte de Gary.
—Eso
dice ella.
—Y
yo la creo. Ahora que ha vuelto a casa, procuraré estar con ella siempre que
quiera. Y cuando no lo quiera, me esfumaré. ¿De acuerdo?
—Estás
muy atractiva cuando te enfadas e intentas disimularlo, Jen. Suéltalo. Te
sentirás mejor.
Calvin
Whitehall apartó la silla de la mesa y se acercó a su mujer. Era un hombre de
aspecto formidable, alto y corpulento, de unos cuarenta años y pelo rojo no muy
abundante. Las pobladas cejas que coronaban sus ojos de un azul pálido
intensificaban el aura de autoridad que emanaba de él, incluso en su casa.
No
había nada en la presencia o el porte de Cal que delatara sus comienzos
humildes. Había puesto mucha distancia entre él y la casa de madera para dos
familias de Elmira, Nueva York, donde se había criado.
Una
beca en Yale, así como su habilidad para imitar los modales y porte de sus
compañeros de mejor cuna, habían conducido a un ascenso espectacular en el
mundo de los negocios. Su chiste privado era que lo único útil recibido de sus
padres era un apellido que sonaba elegante.
Ahora,
instalado en una mansión de doce habitaciones de Greenwich, amueblada con gusto
exquisito, Cal saboreaba la vida con la que había soñado años antes en el
diminuto y espartano cuarto donde se había refugiado de sus padres, que pasaban
las noches bebiendo vino barato y peleando. Cuando las voces se alzaban en
exceso, o las discusiones degeneraban en violencia, los vecinos llamaban a la
policía. Cal aprendió a temer la sirena de la policía, el desprecio en los ojos
de los vecinos, las burlas de sus compañeros de clase, los comentarios que
circulaban acerca de sus impresentables padres.
Era
muy inteligente, lo suficiente para saber que su única forma de progresar era
la educación, y de hecho sus profesores pronto se dieron cuenta de que había
sido bendecido por una inteligencia casi propia de un genio. En su habitación
de suelo hundido y paredes desconchadas, con una sola bombilla colgando del
techo, había estudiado y leído con voracidad, y se concentró en aprender todo
lo posible sobre las posibilidades y el futuro de los ordenadores.
A
los veinticuatro años, tras obtener un máster en administración de empresas,
fue a trabajar a una empresa de informática muy competitiva. A los treinta
años, poco después de trasladarse a Greenwich, arrebató el control de la
empresa a su perplejo propietario. Fue su primera oportunidad de jugar al gato
y el ratón, de juguetear con su presa sabiendo desde el primer momento que iba
a ganar la partida. La satisfacción de la matanza aplacó la ira persistente
provocada por las palizas de su padre, la consiguiente necesidad de halagar a
una serie de patrones.
Años
después, vendió la empresa por una fortuna, y ahora dedicaba el tiempo a
controlar su miríada de empresas.
Su
matrimonio no había dado hijos, y lo agradecía en lugar de obsesionarse por esa
carencia, como le había sucedido a Molly Lasch. Jenna dedicaba todas sus
energías a la práctica de la abogacía en Manhattan. Ella también formaba parte
de su plan. El traslado a Greenwich. La elección de Jenna, una joven atractiva
e inteligente, de una buena familia de recursos limitados. Sabía muy bien que
la vida que podría proporcionar a Jenna constituiría un gran atractivo para
ella. Al igual que a él, la seducía el poder.
A
Cal también le gustaba jugar con ella. Le dedicó una sonrisa beatífica y
acarició su pelo.
—Lo
siento —dijo con aire contrito—. Creo que a Molly le habría gustado que fueras
a verla, aunque no te haya llamado. Es un gran cambio volver a esa casa tan
grande, y se sentirá muy sola. Tenía mucha compañía en la cárcel, aunque a ella
no le gustara.
Jenna
apartó la mano de su marido.
—Para.
Ya sabes que no me hace gracia que me manoseen el pelo. He de repasar un
informe para una reunión de mañana —anunció con brusquedad.
—Hay
que estar siempre preparado. Así son los buenos abogados. No me has preguntado
sobre mis reuniones de hoy.
Cal
era presidente de la junta del hospital Lasch y de Remington Health Management.
Con una sonrisa de satisfacción, añadió:
—Aún
no está atado del todo. American National Insurance desea esas HMO tanto como
nosotros, pero las conseguiremos. Y cuando lo hagamos, seremos la HMO más
importante del Este.
Jenna
lo miró con reticente admiración.
—Siempre
consigues lo que deseas, ¿verdad?
Él
asintió.
—Te
conseguí a ti, ¿no?
Jenna
apretó el botón situado debajo de la mesa para indicar a la doncella que ya
podía despejar la mesa.
—Sí
—musitó—, supongo que sí.
10
El
tráfico de la I-95 se parece cada vez más al de California, pensó Fran mientras
estiraba el cuello en busca de una oportunidad para cambiar de carril. Casi de
inmediato se arrepintió de no haber cogido la Merritt Parkway. El camión con
remolque que iba delante emitía un estruendo colosal, como si se estuviera
produciendo un bombardeo, pero iba a quince kilómetros por debajo del límite de
velocidad, lo cual convertía la experiencia de ir detrás de él en doblemente
irritante.
Durante
la noche el cielo se había despejado, pero, como había dicho el prudente hombre
del tiempo de la CBS, «hoy habrá nubes y claros, con posibilidad de algunos
chubascos».
Lo
cual abarcaba todas las situaciones posibles, decidió Fran, y entonces se dio
cuenta de que se estaba concentrando en el tiempo y la conducción porque estaba
nerviosa.
A
medida que cada giro de las ruedas la acercaba más a Greenwich y a su cita con
Molly Carpenter Lasch, notaba que sus pensamientos regresaban una y otra vez a
la noche en que su padre se había pegado un tiro. Sabía por qué. Para llegar a
casa de Molly tendría que pasar por delante de Barley Arms, el restaurante
donde las había llevado a ella y a su madre en la que resultó ser su última
cena.
Detalles
en los que no pensaba desde hacía años aparecieron en su mente, hechos
peculiares sin importancia que, por algún motivo, se adherían a su memoria.
Pensó en la corbata que llevaba su padre, fondo azul con un pequeño dibujo a
cuadros verde. Recordó que era muy cara, su madre lo había comentado cuando
llegó la factura: «¿Está tejida con hilo de oro, Frank? Es un precio
exorbitante por un trozo tan pequeño de tela.»
Llevó
por primera vez la corbata aquel último día, pensó Fran. Durante la cena, su
madre había dicho en broma que la guardara para el día de mi graduación. ¿Había
algo simbólico en el hecho de ponerse algo tan extravagantemente caro, cuando
sabía que iba a suicidarse por problemas de dinero?
Ya
faltaba poco para la salida de Greenwich. Fran abandonó la I-95, y se recordó
que la Merritt Parkway sería más directa. Después empezó a buscar las calles
laterales que, al cabo de tres kilómetros, la conducirían al barrio donde había
vivido cuatro años. Cayó en la cuenta de que temblaba, a pesar de la
calefacción del coche.
Cuatro
años formativos, se dijo. Muy formativos.
Cuando
pasó ante el Barley Arms, se negó a dirigir una sola mirada hacia el
aparcamiento, oculto en parte, donde su padre se había descerrajado un tiro en
el asiento posterior del coche familiar.
También
evitó la calle en la que había vivido aquellos cuatro años. Ya habrá tiempo
para eso, pensó. Pocos minutos después, se detuvo ante la casa de Molly, un
edificio de estuco marfileño de dos plantas, con postigos marrón oscuro.
Una
mujer regordeta de unos sesenta años, con una mata de cabello cano y risueños
ojillos, abrió la puerta casi antes de que el dedo de Fran pulsase el timbre.
Fran la reconoció gracias a los recortes que guardaba del juicio. Era Edna
Barry, el ama de llaves cuyo testimonio tanto había perjudicado a Molly. ¿Por
qué la habría vuelto a contratar?, se preguntó Fran, estupefacta.
Mientras
se estaba quitando el abrigo, sonaron pasos en la escalera. Un momento después,
Molly cruzó corriendo el vestíbulo para recibirla.
Se
estudiaron durante un momento. Molly vestía tejanos de algodón y una camisa
azul con las mangas subidas hasta los codos. Llevaba el pelo recogido en
vertical, sujeto de tal forma que algunos mechones caían alrededor de su cara.
Como Fran había observado en la prisión, parecía demasiado delgada, y finas
arrugas empezaban a circundar sus ojos.
Fran
se había puesto su atavío diurno favorito, un traje pantalón a rayas finas
cortado a su medida, y se sintió de repente engalanada en exceso. Luego se
recordó con brusquedad que, si quería hacer un buen trabajo, era preciso que se
diferenciara de aquella adolescente insegura de Cranden.
Molly
fue la primera en hablar.
—Fran,
tenía miedo de que cambiaras de opinión. Me sorprendió verte en la cárcel ayer,
y cuando te vi en el telediario de anoche me quedé muy impresionada. Fue
entonces cuando se me ocurrió esta loca idea de que tal vez podrías ayudarme.
—¿Por
qué iba a cambiar de opinión, Molly?
—He
visto el programa Crímenes verdaderos. Era muy popular en la prisión, y observé
que no tocan muchos casos cerrados. Pero mis temores eran infundados: estás
aquí. Empecemos. La señora Barry ha preparado café. ¿Una taza?
—Gracias.
Fran
siguió a Molly por un pasillo situado a la derecha. Consiguió echar un vistazo
a la sala de estar, y se fijó en los muebles, de gusto exquisito y aspecto
caro.
Molly
se detuvo ante la puerta del estudio.
—Esto
era el estudio de Gary. Aquí fue donde lo encontraron. Antes de que nos
sentemos me gustaría que vieras algo.
Entró
en el estudio y se detuvo junto al sofá.
—El
escritorio de Gary estaba aquí —explicó—, encarado hacia las ventanas delanteras,
lo cual significa que daba la espalda a la puerta. Dicen que yo entré, agarré
una escultura de la mesa auxiliar que estaba allí —volvió a señalar— y la
descargué sobre su cabeza.
—Y
accediste a declararte culpable porque tu abogado y tú pensasteis que el jurado
te condenaría —dijo en voz baja Fran.
—Fran,
quédate donde estaba el escritorio. Iré al vestíbulo. Abriré y cerraré la
puerta de la calle. Te llamaré. Después volveré aquí. Ten paciencia, por favor.
Fran
asintió y entró en el estudio. Se detuvo en el punto indicado por Molly.
El
pasillo no estaba alfombrado, y oyó alejarse a Molly, y un momento después que
la llamaba.
Lo
que quiere probar es que, si Gary hubiese estado vivo, la habría oído, pensó
Fran.
Molly
volvió.
—Me
oíste llamarte, ¿verdad Fran?
—Sí.
—Gary
me telefoneó a Cape Cod. Me rogó que le perdonara. No quise hablar con él en
aquel momento. Dije que le vería el domingo por la noche, a eso de las ocho.
Llegué un poco antes, pero aún así tenía que estar esperándome. ¿No crees que,
si hubiera podido, se habría levantado o al menos habría vuelto la cabeza al
oírme? Habría sido absurdo que no me hubiera hecho caso. El piso no estaba
alfombrado como ahora. Aunque no me hubiera oído llamarle, me habría oído sin
la menor duda en cuanto entré en la habitación. Y se habría vuelto. ¿Quién no
lo habría hecho?
—¿Qué
dijo tu abogado cuando le explicaste esto? —preguntó Fran.
—Que
tal vez Gary se había dormido sobre el escritorio. Philip llegó a sugerir que
la historia podía volverse contra mí, pues podían pensar que llegué a casa y me
enfurecí porque Gary no estuviera loco de impaciencia por recibirme.
Molly
se encogió de hombros.
—Bien,
eso es todo por mi parte. Ahora, dejaré que me hagas preguntas. ¿Nos quedamos
aquí, o te sentirás más cómoda en otra habitación?
—Creo
que eres tú quien debe decidirlo, Molly.
—En
ese caso, nos quedaremos aquí. En el lugar de los hechos. —Lo dijo con tono
inexpresivo, sin sonreír.
Se
sentaron en el sofá. Fran sacó la grabadora y la dejó sobre la mesa.
—Espero
que no te importe, pero he de grabarlo.
—Ya
me lo suponía.
—No
te olvides de esto, Molly. La única forma en que puedo perjudicarte cuando
hagamos este programa, será concluirlo con una frase como «Las pruebas
abrumadoras sugieren que, pese a las repetidas afirmaciones de Molly Lasch de
que no recuerda haber causado la muerte de su marido, no parece existir otra
explicación plausible».
Por
un instante, los ojos de Molly brillaron debido a las lágrimas.
—Eso
no sorprendería a nadie —dijo—. Es lo que todo el mundo cree.
—Pero
si hay otra respuesta, Molly, sólo podré ayudarte si eres totalmente sincera
conmigo. No me ocultes nada, aunque alguna pregunta te resulte incómoda.
Molly
asintió.
—Después
de cinco años y medio en la cárcel, sé muy bien lo que significa la falta de
intimidad. Si pude sobrevivir a eso, soportaré tus preguntas.
La
señora Barry trajo café. Fran adivinó, por su mueca, que la mujer no aprobaba
el hecho de que se hubieran quedado en aquella habitación. Intuía que el ama de
llaves intentaba proteger a Molly, pero sus declaraciones en el juicio la
habían perjudicado en gran manera. La señora Barry está en la lista de las
personas a las que he de interrogar, y en un puesto destacado, pensó Fran.
Durante
las dos horas siguientes, Molly contestó a las preguntas de Fran, en apariencia
sin vacilar. A partir de las respuestas, Fran averiguó que la muchacha a la que
había conocido superficialmente se había convertido en una mujer, y que poco
después de graduarse en la universidad se había enamorado de un apuesto médico
diez años mayor que ella, con el cual se había casado.
—Yo
trabajaba en Vogue —contó Molly—. Me encantaba el trabajo y empecé a ascender
deprisa. Después, cuando me quedé embarazada, sufrí un aborto. Pensé que tal
vez era culpa de los horarios tan apretados y de los trayectos de ida y vuelta
de casa a la ciudad, así que renuncié.
Hizo
una pausa.
—Deseaba
un hijo con todas mis fuerzas —continuó con voz triste. Intenté quedarme
embarazada durante cuatro años más, y cuando por fin lo conseguí, volví a
perderlo otra vez.
—Molly,
¿cómo era la relación con tu marido?
—En
otro tiempo la habría calificado de perfecta. Gary me prestó mucho apoyo cuando
tuve el segundo aborto. Siempre decía que le era de gran utilidad, que no
podría haber lanzado Remington Health Management sin mi ayuda.
—¿A
qué se refería?
—A
mis contactos, supongo. Los contactos de mi padre. Jenna Whitehall fue una gran
ayuda. Era Jenna Graham, supongo que la recordarás de Cranden.
—Me
acuerdo de Jenna. —Otro miembro de la gente guapa, pensó Fran—. Fue presidenta
de nuestra clase en el último año.
—Exacto.
Siempre fuimos muy buenas amigas. Jenna me presentó a Gary y Cal en una
recepción ofrecida en el club de campo. Más tarde, Cal se convirtió en socio de
Gary y Peter Black. Cal es un mago de las finanzas y consiguió que algunas
empresas importantes firmaran contratos con Remington. —Sonrió—. Mi padre
también significó una gran ayuda, por supuesto.
—Quiero
hablar con los Whitehall —dijo Fran—. ¿Me echarás una mano?
—Sí,
yo también quiero hablar con ellos.
Fran
vaciló.
—Molly,
hablemos de Annamarie Scalli. ¿Dónde está ahora?
—No
tengo ni idea. Según creo, el niño nació el verano posterior a la muerte de
Gary, y fue entregado en adopción.
—¿Sospechabas
que Gary mantenía relaciones con otra mujer?
—Jamás.
Siempre confié en él a pies juntillas. El día que lo descubrí, yo estaba arriba
y descolgué el teléfono para hacer una llamada. Gary estaba hablando, y cuando
ya iba a colgar, le oí decir: «Annamarie, te estás poniendo histérica. Yo me
ocuparé de ti, y si decides quedarte el niño, te apoyaré.»
—Por
su tono, ¿cómo dirías que estaba?
—Irritado
y nervioso. Al borde del pánico.
—¿Cómo
reaccionó Annamarie?
—Dijo
«¿Cómo he podido ser tan idiota?», y colgó.
—¿Qué
hiciste tú, Molly?
—Me
quedé estupefacta. Bajé la escalera corriendo. Gary estaba aquí, delante del
escritorio, a punto de irse al trabajo. Yo había conocido a Annamarie en el
hospital. Le interrogué sobre lo que acababa de escuchar. Admitió que se había
liado con ella, pero dijo que era una locura y que se arrepentía de todo
corazón. Estaba a punto de llorar, y me suplicó que le perdonara. Yo estaba
furiosa. Tuvo que irse al hospital. La última vez que le vi vivo fue cuando
cerré la puerta después de que saliera. Un espantoso recuerdo para el resto de
mi vida.
—Le
querías, ¿verdad? —preguntó Fran.
—Le
quería, confiaba en él y creía en él, o al menos eso me dije. Ahora ya no estoy
tan segura. A veces lo dudo. —Suspiró y meneó la cabeza—. En cualquier caso,
estoy segura de que la noche que volví de Cape Cod estaba mucho más herida y
triste que furiosa. —Una expresión de profunda tristeza apareció en sus ojos.
Cruzó los brazos y sollozó—. ¿Entiendes por qué he de demostrar que yo no le
maté.
Fran
se fue unos minutos más tarde. Todos sus instintos le decían que la reacción
precipitada de Molly era la clave de que deseara con tanto ahínco ser
exculpada. Quería a su marido, y hará lo posible por encontrar a alguien que le
diga que existe una posibilidad de que no le matara. Es probable que no lo
recuerde, pero sigo creyendo que ella lo hizo. Es una pérdida de tiempo y
dinero para la NAF-TV intentar suscitar serias dudas sobre su culpabilidad.
Se
lo diré a Gus, pensó, pero antes voy a averiguar todo lo que pueda sobre Gary
Lasch.
Guiada
por un impulso, se desvió antes de llegar a la Merritt Parkway para pasar por
delante del hospital Lasch, que había sustituido a la clínica privada fundada
por Jonathan Lasch, el padre de Gary. Allí condujeron a su padre después de que
se pegara un tiro, y allí había muerto, siete horas más tarde.
Se
quedó estupefacta al ver que el hospital era ahora el doble de extenso de lo
que recordaba. Había un semáforo delante de la entrada principal, que en ese
momento se puso en rojo. Mientras esperaba, examinó las instalaciones, observó
las alas añadidas al edificio principal, el nuevo pabellón erigido en el lado
derecho de la propiedad, el garaje elevado.
Buscó
con una punzada de dolor la ventana de la sala de espera del tercer piso, donde
había esperado noticias de su padre, si bien en el fondo sabía que no había
nada que hacer.
Éste
será un buen lugar para venir a hablar con gente, pensó Fran. El semáforo
cambió, y cinco minutos después se encontraba en el acceso a la Merritt
Parkway. Mientras conducía hacia el sur entre el veloz tráfico, reflexionó
sobre el hecho de que Gary Lasch hubiera conocido y seducido a Annamarie
Scalli, una joven enfermera del hospital, y que esa indiscreción le había
costado la vida.
Pero
¿fue ésa su única indiscreción?, se preguntó de repente.
Existían
posibilidades de que hubiera cometido un error monumental, al igual que su
padre, pero por lo demás era el ciudadano importante, excelente médico y devoto
protector de la salud que la gente conocía y recordaba.
Pero
quizá no, se dijo Fran cuando cruzó la frontera entre Connecticut y Nueva York.
Llevo en este oficio el tiempo suficiente para esperar lo inesperado.
11
Después
de acompañar a Fran Simmons a la puerta, Molly regresó al estudio. Edna Barry
se despidió de ella a la una y media.
—Molly,
a menos que quieras algo más, me marcho.
—Nada
más, gracias, señora Barry.
Edna
Barry siguió en la puerta, indecisa.
—Ojalá
me dejaras prepararte algo antes de irme.
—No
tengo hambre.
Molly
hablaba con voz apagada. Edna adivinó que había estado llorando. La culpa y el
miedo que habían atormentado a Edna cada hora de los últimos seis años se
intensificaron. Oh, Dios, suplicó. Compréndelo, por favor. No podía hacer otra
cosa.
En
la cocina, se puso la parka y se ciñó un pañuelo por debajo de la barbilla.
Cogió su llavero de la encimera, lo miró un momento, y se apoderó de él con un
gesto convulso.
Menos
de veinte minutos después estaba en su modesta casa de Glenville, estilo Cape
Cod. Wally, su hijo de treinta años, estaba mirando la televisión en la sala de
estar. No apartó los ojos de la pantalla cuando ella entró, pero al menos
parecía tranquilo. Algunos días, incluso con medicación, está muy nervioso,
pensó la mujer.
Como
aquel terrible domingo en que murió el doctor Lasch. Wally estaba muy enfadado
aquel día porque el doctor Lasch le había reprendido a principios de semana,
cuando fue a la casa, entró en el estudio y cogió la escultura de Remington.
Edna
Barry había omitido un detalle en su declaración de lo que había pasado aquel
lunes por la mañana. No había dicho a la policía que la llave de casa de los
Lasch no estaba en su llavero, donde debía estar, que se había visto obligada a
entrar con la llave que Molly guardaba escondida en el jardín, y que más tarde
había descubierto la llave desaparecida en el bolsillo de Wally.
Cuando
le preguntó al respecto, su hijo rompió a llorar y se metió a toda prisa en su
habitación, cerrando la puerta con estrépito.
—No
hables de eso, mamá —sollozó.
—Nunca
hemos de hablar de esto con nadie —le había dicho, y el chico se lo había
prometido. Y nunca lo había hecho.
Edna
siempre había intentado convencerse de que había sido una coincidencia. Al fin
y al cabo, había encontrado a Molly cubierta de sangre. Las huellas dactilares
de Molly estaban en la escultura.
Pero
¿y si Molly empezaba a recordar detalles de aquella noche?
¿Y
si era cierto que había visto a alguien en la casa?
¿Había
estado Wally allí? ¿Cómo saberlo?, se preguntó la señora Barry.
12
Peter
Black volvía a su casa de Old Church Road en coche por las calles a oscuras. En
otro tiempo había sido la cochera de una gran mansión. La había comprado
durante su segundo matrimonio, que, como el primero, había terminado al cabo de
pocos años. Su segunda esposa, no obstante, al contrario de la primera, tenía
un gusto exquisito, y después de que le abandonara, Black no había hecho ningún
esfuerzo por cambiar la decoración. La única alteración había consistido en
añadir un bar y abastecerlo con generosidad. Su segunda esposa era abstemia.
Peter
había conocido a su fallecido socio, Gary Lasch, en la facultad de medicina,
donde se habían hecho amigos. Fue después de la muerte del padre de Gary, el
doctor Jonathan Lasch, cuando Gary acudió a Peter con una propuesta.
—Las
compañías de seguros médicos constituyen la última palabra de la medicina
—dijo—. La clínica con fines no lucrativos de mi padre no puede continuar así.
La ampliaremos, obtendremos beneficios de ella y fundaremos nuestra propia HMO.
Gary,
distinguido con un apellido famoso en el mundo de la medicina, había sustituido
a su padre al frente de la clínica, que más tarde se convirtió en el hospital
Lasch. El tercer socio, Cal Whitehall, se sumó cuando juntos fundaron la
Remington Health Management Organization.
Ahora,
el estado estaba a punto de aprobar la adquisición por parte de Remington de
varias HMO más pequeñas. Todo iba bien, pero el acuerdo aún no estaba firmado.
Habían llegado al último paso en la cuerda floja. El único problema radicaba en
que la American National Insurance también estaba pugnando por adquirir las
empresas.
Pero
todo podía irse al traste, se recordó Peter mientras aparcaba delante de su
casa. No tenía intención de salir por la noche, pero hacía frío y le apetecía
una copa. Pedro, su cocinero y mayordomo desde tiempo inmemorial, que residía
en la casa, ya metería el coche en el garaje más tarde.
Peter
entró y fue a la biblioteca. La habitación siempre era acogedora, con el fuego
ardiendo y la televisión conectada en el canal de noticias. Pedro apareció al
instante y formuló la habitual pregunta nocturna:
—¿Lo
de siempre, señor?
Lo
de siempre era un whisky escocés con hielo, excepto cuando Peter pedía un
bourbon o un vodka.
El
primer escocés, que bebió con lentitud, paladeando cada sorbo, empezó a calmar
los nervios de Peter. Una pequeña bandeja de salmón ahumado aplacó la escasa
hambre que sentía. No le gustaba cenar hasta una hora después de haber llegado
a casa, como mínimo.
Se
llevó el segundo escocés a la ducha. Pasó con el resto de la copa al
dormitorio, se puso unos pantalones cómodos y una camisa de cachemira de manga
larga. Por fin, casi relajado, y con la preocupante sensación de que algo iba
mal un poco mitigada, bajó a la planta.
Peter
Black solía cenar con amigas. En su posición renovada de hombre soltero, le
llovían invitaciones de mujeres atractivas y socialmente deseables. Las noches
que pasaba en casa se llevaba un libro o una revista a la mesa. Esta noche hizo
una excepción. Mientras cenaba pez espada al horno y espárragos al vapor, y
bebía una copa de Saint Emilion, reflexionaba en silencio, pensando en las
reuniones futuras relativas a la fusión.
El
teléfono de la biblioteca no interrumpió sus pensamientos. Pedro se encargaría
de explicar a quien llamaba que Black le telefonearía más tarde. Por eso,
cuando Pedro entró en el comedor con el teléfono inalámbrico en la mano, Peter
enarcó las cejas, irritado.
Pedro
cubrió el auricular y susurró:
—Perdone,
doctor, pero pensé que preferiría contestar a esta llamada. Es la señora Molly
Lasch.
Peter
Black vació la copa de vino de un solo trago, sin saborearla, y cogió el
teléfono. Su mano temblaba.
13
Molly
había entregado a Fran una lista de las personas con las que tal vez desearía
empezar sus entrevistas. La primera de la lista era el socio de Gary, el doctor
Peter Black. «Nunca volvió a dirigirme la palabra después de la muerte de
Gary», le dijo. Después, Jenna Whitehall: «Te acordarás de ella de Cranden,
Fran.» El marido de Jenna, Cal: «Cuando necesitaron un crédito para lanzar
Remington, Cal se encargó de los trámites.» El abogado de Molly, Philip
Matthews: «Todo el mundo piensa que fue maravilloso porque me consiguió una
sentencia leve, y después luchó por la libertad condicional. Me gustaría más si
creyera que jamás dudó de mi culpabilidad.» Edna Barry: «Todo estaba en
perfecto orden cuando llegué a casa ayer. Fue casi como si no hubieran transcurrido
esos cinco años y medio.»
Fran
había pedido a Molly que hablara con todos ellos y les informara de que
llamaría. Pero cuando Edna Barry se despidió de ella antes de marcharse, Molly
no tuvo ganas de decírselo.
Por
fin, Molly había entrado en la cocina y echado un vistazo a la nevera. Vio que
la señora Barry había pasado por la charcutería. El pan de centeno con semillas
de alcaravea, el jamón de Virginia y el queso suizo que había pedido estaban
allí. Los sacó, preparó un bocadillo muy complacida, volvió a abrir la nevera y
encontró la mostaza picante que tanto le gustaba.
Y
unos encurtidos, pensó. Hace años que no me apetecía encurtidos. Sonrió, llevó
el plato a la mesa, se sirvió una taza de té y buscó el periódico local.
Se
encogió cuando vio una foto de sí misma en la portada. El titular rezaba:
«Molly Carpenter Lasch en libertad después de cinco años y medio de cárcel.» El
artículo repetía los detalles de la muerte de Gary, la confesión voluntaria y
su declaración de inocencia a las puertas de la prisión.
Más
difícil de leer fue la parte dedicada a los antecedentes de su familia. El
artículo incluía un perfil de sus abuelos, pilares de la sociedad de Greenwich
y Palm Beach, más una lista de sus logros y obras de caridad. También comentaba
la excelente carrera de su padre en los negocios, la distinguida historia del
padre de Gary en el campo de la medicina, y la modélica compañía de seguros
médicos que Gary había fundado con el doctor Peter Black.
Todos
buena gente, con una serie de logros impresionantes, pero todo convertido en
jugosos chismes por mi culpa, pensó Molly. Desganada, apartó el bocadillo. Como
ya le había ocurrido en otros momentos del día, la sensación de fatiga y sueño
era abrumadora. El psiquiatra de la prisión la había tratado de su depresión, y
aconsejado que fuera a ver al médico que la había atendido mientras esperaba el
juicio.
—Me
dijiste que el doctor Daniels te caía bien, Molly. Dijiste que te sentías a
gusto con él, porque te creyó cuando afirmaste que no recordabas nada sobre la
muerte de Gary. Recuerda que un cansancio extremo puede ser un síntoma de la
depresión.
Mientras
Molly se masajeaba la frente para intentar repeler un principio de dolor de
cabeza, recordó que el doctor Daniels le había caído muy bien, y por eso había
incluido su nombre en la lista entregada a Fran. Quizá trataría de concertar
una cita con él. Más importante aún, telefonearía y le diría que, si Fran
Simmons llamaba, tenía permiso para hablar de ella con toda libertad.
Molly
se levantó de la mesa, arrojó el resto del bocadillo a la basura y subió a su
dormitorio con el té. El timbre del teléfono estaba desconectado, pero decidió
escuchar el contestador automático, por si había mensajes.
Su
número de teléfono no constaba en el listín telefónico, de modo que muy pocas
personas lo sabían: sus padres, Philip Mathews y Jenna. Ésta había llamado dos
veces. «Molly, me da igual lo que digas, pasaré esta noche —anunciaba el
mensaje—: Iré con la cena a las ocho.»
Me
alegraré de verla, admitió Molly mientras volvía a subir la escalera. Ya en el
dormitorio, terminó el té, se quitó los zapatos, se tendió sobre la colcha y se
envolvió con ella. Cayó dormida al instante.
Tuvo
sueños interrumpidos. En ellos, estaba en la casa. Intentaba hablar con Gary,
pero él la rechazaba. Entonces, se oía un sonido... ¿Qué era? Si pudiera
reconocerlo, todo se aclararía. Ese sonido... ¿Qué era?
Despertó
a las seis y media, con lágrimas en los ojos. Tal vez sea una buena señal,
pensó. Por la mañana, cuando habló con Fran, fue la primera vez que lloró desde
la semana pasada en Cape Cod, casi seis años atrás, cuando no había hecho otra
cosa que llorar. En el momento en que averiguó que Gary estaba muerto, fue como
si algo en su interior se secara, adquiriera una aridez absoluta. Desde aquel
día, se había quedado sin lágrimas.
Bajó
de la cama a regañadientes, se mojó la cara, se cepilló el pelo, se puso un
jersey beige y unos calcetines cómodos. Después se adornó con unos pendientes y
un toque de maquillaje. Cuando Jenna la visitaba en la cárcel, la animaba a
llevar maquillaje en la sala de visitas. «Hay que esmerarse, Molly. Recuerda
nuestro lema.»
Encendió
la chimenea de gas del salón que había frente a la cocina. Las noches que
pasaban en casa, a Gary y ella les encantaba ver viejas películas juntos. Su
colección de clásicos aún ocupaba las estanterías.
Pensó
en las personas a las que debía llamar para que colaboraran con Fran Simmons.
Estaba indecisa sobre una. No quería llamar a Peter Black a su despacho, pero
quería que aceptara hablar con Fran, así que decidió llamarle a casa. Y en
lugar de aplazarlo, lo haría esta noche. No; lo haría ahora mismo.
Apenas
había pensado en Pedro durante casi seis años, pero en cuanto oyó su voz, la
asaltaron recuerdos de las cenas que Peter celebraba. Por lo general, eran
ellos seis: Jenna y Cal, Peter y su mujer o amante de turno, Gary y ella.
No
culpaba a Peter por no querer saber nada de ella. Sabía que ella actuaría de la
misma manera si alguien hacía daño a Jenna. Vieja amiga, mejor amiga. Era la
letanía que se dedicaban mutuamente.
Esperaba
oír que Peter no estaba en casa, y se quedó sorprendida cuando el hombre cogió
el teléfono. Molly dijo lo que debía decir, vacilante pero con rapidez.
—Mañana,
Fran Simmons, de la NAF-TV, llamará para concertar una cita contigo. Está
preparando un programa de Crímenes verdaderos sobre la muerte de Gary. Me da
igual lo que digas de mí, pero por favor recíbela, Peter. Fran dijo que sería
mejor contar con tu colaboración, te lo advierto, porque en caso contrario ya
encontraría una forma de conseguir información.
Esperó.
Tras una larga pausa, Peter Black dijo en voz baja:
—Pensaba
que tendrías la decencia de dejarnos en paz, Molly. —Su voz era tensa, aunque
arrastraba un poco las palabras—. ¿No crees que la reputación de Gary merece
algo mejor que sacar a la luz de nuevo la historia de Annamarie? Pagaste un
precio muy pequeño por lo que hiciste. Te lo advierto, tú serás la perjudicada
en última instancia si un programa de televisión barato reproduce tu crimen
ante una audiencia nacional...
El
clic del teléfono al colgarse quedó casi apagado por el timbre de la puerta.
Durante
las dos horas siguientes, Molly pensó que la vida casi volvía a ser normal.
Jenna no sólo había traído cena, sino una botella del mejor Montrachet de Cal.
Bebieron vino en el salón y cenaron en una mesita auxiliar de la misma
estancia. Jenna dominó la conversación, mientras explicaba los planes que había
hecho para su amiga. Molly iría a Nueva York, pasaría unos cuantos días en el
apartamento, iría de compras y al nuevo salón de belleza que Jenna había
descubierto, donde se sometería a un cambio de imagen total.
—Pelo,
cara, uñas, cuerpo, todo el lote —dijo Jenna en tono triunfal—. Voy a dedicar
mi tiempo libre a estar contigo. —Sonrió—. Dime la verdad. Estoy muy buena,
¿verdad?
—Eres
un anuncio ambulante para el régimen que sigas —admitió Molly—. Ya me apuntaré
a eso, pero de momento no.
Dejó
la copa sobre la mesa.
—Jen,
Fran Simmons ha venido hoy. Tal vez te acuerdes de ella. Fue a Cranden con
nosotras.
—Su
padre se pegó un tiro, ¿verdad? Era el tipo que se apropió del dinero de la
biblioteca.
—Exacto.
Ahora es una periodista de investigación, y trabaja para la NAF-TV. Va a hacer
un programa sobre la muerte de Gary para Crímenes verdaderos.
Jenna
Whitehall no intentó disimular su alarma.
—¡No,
Molly!
Ésta
se encogió de hombros.
—No
esperaba que lo comprendieras, y sé que tampoco comprenderás lo que voy a
decirte ahora, Jenna. He de ver a Annamarie Scalli. ¿Sabes dónde vive?
—¡Estás
loca, Molly! ¿Por qué quieres ver a esa mujer? Pensar que...
—Pensar
que si no hubiera coqueteado con mi marido, él seguiría vivo, ¿verdad? ¿Te
refieres a eso? Bien, de acuerdo, pero he de verla. ¿Aún vive en la ciudad?
—No
tengo ni idea. Según creo, aceptó las condiciones de Gary, se fue de la ciudad
y nadie ha sabido de ella desde entonces. La habrían llamado a testificar en el
juicio, pero no fue necesario después de la confesión voluntaria.
—Jen,
quiero que pidas a Cal que su gente la localice. Todos sabemos que Cal puede
conseguir cualquier cosa, o al menos ordenar a alguien que lo haga por él.
La
«omnipotencia» de Cal era un chiste privado entre ellas desde hacía tiempo. Sin
embargo, Jen no rió.
—No
me pidas eso —dijo con voz tensa.
Molly
creyó comprender los motivos de su reticencia.
—Has
de entender una cosa, Jenna. He pagado el precio de la muerte de Gary, tanto si
fui responsable como si no. Creo que, a estas alturas, me he ganado el derecho
a saber qué sucedió aquella noche, y por qué. He de comprender mis acciones y
reacciones. Tal vez después seré capaz de seguir adelante. He de reemprender
algo parecido a una vida normal.
Molly
se levantó, entró en la cocina y volvió con el periódico de la mañana.
—Quizá
lo hayas visto ya. Es la clase de basura que me perseguirá hasta el fin de mis
días.
—Lo
he leído. —Jenna apartó el periódico y cogió las manos de Molly—. Un hospital,
al igual que una persona, puede perder su reputación a causa de un escándalo.
Todas las habladurías sobre la muerte de Gary, incluyendo la revelación de su
lío con una joven enfermera, rematado todo ello por el juicio, perjudicaron
mucho al hospital. Está haciendo un buen trabajo por la comunidad, y Remington
Health Management está prosperando en un momento en que muchas otras HMO
padecen graves problemas. Por tu bien, y por el del hospital, deshazte de Fran
Simmons y dile que se olvide de encontrar a Annamarie Scalli.
Molly
meneó la cabeza.
—Piénsalo
bien —insistió Jenna—. Ya sabes que te apoyaré, hagas lo que hagas, pero antes
de nada piensa en el plan A.
—Vamos
a la ciudad y me someto a un cambio de imagen. Es eso, ¿verdad?
Jenna
sonrió.
—No
lo dudes. —Se levantó—. Bien, debo marcharme. Cal me estará echando de menos.
Caminaron
hasta la puerta de la calle cogidas del brazo. Jenna apoyó la mano sobre el
pomo, y vaciló.
—A
veces me gustaría que aún estuviéramos en Cranden, para empezar desde cero,
Moll. La vida era mucho más fácil entonces. Cal es diferente de ti y de mí. No
se ciñe a las mismas reglas. Las cosas y las personas que le causan pérdidas de
dinero se convierten en sus enemigos.
—¿Incluyéndome
a mí? —preguntó Molly.
—Temo
que sí. —Jenna abrió la puerta—. Te quiero, Molly. No te olvides de cerrar la
puerta con llave y conectar el sistema de alarma.
14
Tim
Mason, el locutor deportivo de la NAF-TV, que contaba treinta y seis años,
estaba de vacaciones cuando Fran debutó en la cadena. Criado en Greenwich,
había vivido una breve temporada en la ciudad después de la universidad,
mientras trabajaba durante un año como aprendiz en el Greenwich Time. Fue en
aquel período cuando comprendió que su vocación era el mundo de los deportes, y
consiguió un trabajo de periodista deportivo en un diario del estado de Nueva
York.
Al
año siguiente ya realizaba transmisiones para la cadena local, y la docena de
años posteriores le catapultaron hacia su objetivo, la sección deportiva de la
NAF. En la zona común a los tres estados, su programa nocturno de una hora ya
estaba causando estragos en los índices de audiencia de las tres cadenas más
importantes, y Tim Mason no tardó en labrarse la reputación de ser el mejor
comentador deportivo de las nuevas generaciones.
Tim,
larguirucho y de facciones irregulares, que le dotaban de un atractivo
infantil, afable y plácido por naturaleza, se convirtió en una personalidad de
primer orden cuando comentaba o criticaba acontecimientos deportivos, lo cual
creó un vínculo con fanáticos de los deportes de todas partes.
Cuando
se dejó caer por el despacho de Gus Brandt la tarde que volvió de vacaciones,
conoció a Fran Simmons. La periodista aún no se había quitado el abrigo, y
estaba informando a Gus sobre su entrevista de aquella mañana con Molly Lasch.
La
conozco, pensó Tim, pero ¿de que?
Su
prodigiosa memoria le proporcionó de inmediato los datos que buscaba. Tim había
empezado a trabajar en el Time de Greenwich el mismo verano que el padre de
Fran, Frank Simmons, enfrentado al escándalo de su desfalco, se había pegado un
tiro. Se decía de él en Greenwich que era un lameculos arribista, que utilizó
el dinero para intentar triplicarlo en la bolsa. De todos modos, el escándalo
amainó en cuanto la esposa y la hija de Simmons abandonaron la ciudad, muy poco
después del suicidio.
Mientras
miraba a la atractiva mujer en que se había convertido Fran, Tim pensó que ella
no le distinguiría de un socavón, como decía su madre, pero tuvo ganas de
averiguar qué clase de persona era ahora. Trabajar de periodista de
investigación en el caso de Molly Lasch, y en Greenwich, no era el trabajo que
él hubiera elegido, de haber estado en su lugar. Pero no lo estaba, por
supuesto, y no tenía ni idea de qué opinaba Fran sobre el suicidio de su padre.
Ese
canalla dejó a su mujer y a su hija en la estacada, pensó Tim. Se comportó como
un cobarde. Tim pensaba que su actitud habría sido la contraria. Habría sacado
a su mujer y a su hija de la ciudad, y luego se habría enfrentado a las
consecuencias de sus actos.
Había
cubierto el funeral para el Time, y recordaba haber visto a Fran y a su madre
salir de la iglesia después de la ceremonia. Fran era una niña entonces, de
ojos afligidos y cabello largo. Ahora, Fran Simmons era una mujer muy
atractiva, y descubrió que su apretón de manos era firme, su sonrisa cálida, y
le miraba sin pestañear a los ojos. Como no podía leer sus pensamientos,
ignoraba que estaba repasando en su mente el escándalo ocasionado por su padre,
pero mientras se estrechaban las manos, Tim se sintió tímido y desmañado.
Se
disculpó por la interrupción.
—Por
lo general, Gus está solo a estas horas, intentando decidir qué fallará en el
telediario.
Hizo
ademán de marcharse, pero Fran le detuvo.
—Gus
me ha dicho que tu familia vivía en Greenwich y que te criaste aquí. ¿Conocías
a los Lasch?
En
otras palabras, pensó Tim, está diciendo: sé que sabes quién soy y estás
enterado de lo de mi padre, de modo que ahórratelo.
—El
doctor Lasch, me refiero al padre de Gary, era nuestro médico de cabecera
—dijo—. Un hombre estupendo y un buen médico.
—¿Qué
me dices de Gary? —repuso Fran.
Los
ojos de Tim se endurecieron.
—Un
médico muy sacrificado —dijo con tono inexpresivo—. Hizo lo que pudo por mi
abuela, antes de que muriera en el hospital Lasch. Ocurrió pocas semanas antes
de que él muriera.
No
añadió que la enfermera encargada de atender a su abuela había sido Annamarie
Scalli.
Annamarie,
una joven muy atractiva, excelente enfermera y adorable adolescente, aunque
poco sofisticada, recordó. Su abuela la quería mucho. De hecho, Annamarie
estaba en la habitación cuando su abuela murió. Cuando llegué, pensó Tim, la
abuela ya había fallecido y Annamarie estaba llorando junto a su cama. ¿Cuántas
enfermeras reaccionarían así?, se preguntó.
—Voy
a ver qué novedades hay en mi sección —anunció—. Ya hablaremos más tarde, Gus.
Encantado de conocerte, Fran.
Salió
del despacho y se alejó por el pasillo. No consideró pertinente contar a Fran
lo mucho que había cambiado su opinión acerca de Gary Lasch después de que se
liara con Annamarie Scalli.
No
era más que una cría, pensó irritado Tim, y no muy diferente de Fran Simmons,
víctima del egoísmo de otra persona. Se había visto obligada a dejar su trabajo
y a marchar de la ciudad. El juicio despertó la atención de toda la nación, y
durante un tiempo fue pasto de todas las columnas de chismorreos.
Se
preguntó dónde estaría ahora Annamarie, y por un momento temió que la
investigación de Fran Simmons perjudicara la nueva vida que hubiera forjado.
15
Annamarie
Scalli recorrió a paso vivo la manzana en dirección a la modesta casa de
Yonkers donde comenzaba sus rondas diarias de atención domiciliaria a la
tercera edad. Después de más de cinco años de trabajar para el servicio social,
había hecho las paces con su vida, al menos hasta cierto punto. Ya no echaba de
menos su trabajo de enfermera en el hospital, que tanto le gustaba. Ya no
miraba cada día las fotografías del niño que había entregado en adopción.
Después de cinco años, había contraído el acuerdo con los padres adoptivos de
que ya no debían enviarle una foto anual. Habían transcurrido meses desde que
había recibido la última foto del niño que tanto se parecía a su padre, Gary
Lasch.
Ahora
utilizaba su apellido materno, Sangelo. Su cuerpo se había ensanchado, y ya
gastaba la misma talla de su madre y su hermana. El cabello oscuro que antes
resbalaba sobre sus hombros se había transformado en una aureola rizada
alrededor de su cara en forma de corazón. A los veintinueve años parecía lo que
era en realidad: competente, metódica, bondadosa. Nada en su apariencia
recordaba a la curvilínea «tercera en discordia» relacionada con el asesinato
del doctor Gary Lasch.
Dos
noches antes, Annamarie había visto el reportaje sobre las declaraciones de
Molly Lasch a los medios de comunicación. La visión, en segundo término, del
penal de Niantic le había provocado un malestar casi físico. Desde entonces
vivía atormentada por el recuerdo de aquel día, tres años antes, en que una
necesidad desesperada la había impulsado a pasar en coche por delante de la
prisión. Había intentado imaginarse en su interior. Ahí es donde debería estar,
susurró para sí mientras subía los agrietados peldaños de cemento que conducían
a la casa del señor Olsen. Sin embargo, cuando aquel día había pasado ante la
prisión, su valentía la había abandonado, y había vuelto directamente a su
pequeño apartamento de Yonkers. Era la única vez que había estado a punto de
llamar a aquel abogado paternal al que había atendido en el hospital Lasch,
para pedirle que la ayudara a entregarse al fiscal del estado.
Mientras
llamaba al timbre del señor Olsen, entraba con su llave y saludaba con un
risueño «Buenos días», Annamarie experimentó la ominosa sensación de que el
renovado interés por el asesinato de Lasch desembocaría de forma inevitable en
un renovado interés por localizarla. Y ella no deseaba que eso sucediera.
Tenía
miedo de que eso sucediera.
16
Calvin
Whitehall hizo caso omiso de la secretaria de Peter Black, pasó junto al
escritorio y abrió la puerta que daba acceso al lujoso despacho de Black.
Éste
levantó la vista de los informes que estaba leyendo.
—Llegas
pronto.
—No
—replicó Whitehall—. Jenna vio a Molly anoche.
—Molly
tuvo la desfachatez de telefonearme y advertirme que sería mejor que recibiera
a Fran Simmons, la periodista de la NAF. ¿Te ha hablado Jenna del programa de
Crímenes verdaderos que la Simmons está preparando sobre Gary?
Whitehall
asintió. Los dos hombres se miraron.
—Hay
algo peor —dijo Whitehall—. Molly parece decidida a localizar a Annamarie
Scalli.
Black
palideció.
—Entonces,
te sugiero que le des largas. Te toca a ti mover ficha. Y será mejor que lo
hagas con elegancia. No necesito recordarte lo que esto puede significar para
ambos.
Lanzó
sobre la mesa, irritado, los informes que había estado leyendo.
—Son
nuevas denuncias en potencia sobre mala praxis.
—Líbrate
de ellas.
—Ésa
es mi intención.
Cal
Whitehall observó el leve temblor en la mano de Peter Black, los capilares
rotos de sus mejillas y barbilla.
—Hemos
de detener a esa periodista —dijo, con desagrado en la voz—, y evitar que Molly
encuentre a Annamarie. Entretanto, será mejor que tomes una copa.
17
En
cuanto conoció a Tim Mason, Fran supo que estaba enterado de su historia. Será
mejor que me vaya acostumbrando, pensó. Veré esa reacción una y otra vez
mientras viva en Greenwich. Lo único que ha de hacer la gente es sumar dos y
dos. ¿Fran Simmons? Espera un momento. Simmons. La mirada inquisitiva. ¿De qué
me suena ese apellido? Ah, claro. Su padre fue el que...
No
durmió bien aquella noche, y se sentía deshecha cuando llegó a la oficina a la
mañana siguiente. Un inmediato recordatorio de sus sueños angustiantes la
esperaba sobre el escritorio: un mensaje de Molly Lasch, con el nombre del
psiquiatra que la había tratado durante el juicio: «He llamado al doctor
Daniels. Ahora está medio retirado, pero le gustará mucho verte. Su consulta
está en Greenwich Avenue.»
El
doctor Daniels; el abogado de Molly, Philip Matthews; el doctor Peter Black;
Calvin y Jenna Whitehall; Edna Barry, el ama de llaves que Molly había vuelto a
contratar... Ésas eran las personas a las que Molly sugería entrevistar para
iniciar la investigación, pero Fran tenía otras personas en mente. Annamarie
Scalli, por ejemplo.
Cogió
el mensaje de Molly y lo estudió. Empezaré con el doctor Daniels, decidió.
Molly
Lasch se había puesto en contacto con John Daniels, y éste esperaba la llamada
de Fran. Sugirió al instante que, si deseaba ir a su casa por la tarde, la
recibiría con mucho gusto. Aunque acababa de cumplir setenta y cinco años y
estaba medio retirado, no había abandonado por completo la práctica de su
profesión, pese a las protestas de su mujer. Había demasiadas personas que aún
dependían de él y su ayuda.
Creía
que una de las pocas a las que había fallado era Molly Carpenter Lasch. La
conocía desde pequeña, cuando a veces iba a cenar al club con sus padres. Había
sido una chica muy guapa, siempre educada y tranquila, más de lo que
correspondía a su edad. Nada en su carácter ni en la batería de tests a la que
la había sometido después de su detención sugería que fuera capaz del brote
violento que había ocasionado la muerte de Gary Lasch.
Su
recepcionista, Ruthie Roitenberg, llevaba con él veinticinco años, y con el
privilegio que le concedía tal longevidad en el empleo, no dudaba en emitir sus
opiniones con toda franqueza o comunicarle los chismorreos que llegaban a sus
oídos. Fue ella quien, después de saber que Fran Simmons aparecería a las dos,
dijo:
—Doctor,
¿sabe de quién es hija?
—¿Debo
saberlo?
—¿Recuerda
al hombre que robó el dinero del fondo de la biblioteca y que luego se suicidó?
Fran Simmons es su hija. Fue a la academia Cranden con Molly Carpenter.
John
Daniels disimuló su sorpresa. Recordaba a Frank Simmons demasiado bien. Él
mismo había donado diez mil dólares para el fondo de la biblioteca. Dinero
tirado, gracias a Frank Simmons.
—Molly
no me lo dijo. No debió considerarlo importante.
Su
leve reprimenda pasó desapercibida.
—Yo,
en su lugar, me habría cambiado el apellido —dijo Ruthie—. De hecho, creo que
Molly haría bien en cambiar el suyo, largarse de aquí y empezar de nuevo. Todo
el mundo piensa, doctor, que sería mucho mejor dejar de remover el asunto y
declarar públicamente lo mucho que lamenta haber matado a ese pobre hombre.
—¿Y
si hay otra explicación de su muerte?
—Doctor,
los que creen eso todavía esperan encontrar un regalo debajo de la almohada
cuando se les cae un diente.
Fran
no debía aparecer por la cadena hasta el telediario de la noche, de modo que
pasó la mañana en su despacho, confeccionando la lista de las entrevistas.
Después compró un bocadillo y un refresco para tomarlos en el coche y partió
hacia Greenwich a las doce y cuarto. Se fue con antelación suficiente a su cita
con el doctor Daniels para dar una vuelta por la ciudad y reconocer los lugares
que había conocido cuando vivía en la ciudad.
En
menos de una hora llegó a las afueras de Greenwich. Una ligera capa de nieve
había caído durante la noche, y los árboles, arbustos y jardines brillaban
tenuemente bajo el sol invernal.
Es
un lugar encantador, pensó Fran. No culpo a papá por querer integrarse en él.
Bridgeport, donde su padre se había criado, se hallaba a media hora más al
norte, pero había un mundo de diferencia entre el estilo de vida de ambas
localidades.
La
academia Cranden estaba en Round Hill Road. Pasó poco a poco por delante del
campus, admiró su antiguo edificio de piedra, recordó los años que había pasado
allí, pensó en las compañeras que había conocido mejor, y en las que había
conocido superficialmente. Una de ellas era Jenna Graham, ahora Whitehall.
Molly y ella siempre fueron íntimas, pensó Fran, aunque muy diferentes. Jenna
era más segura de sí misma, y Molly muy reservada.
Pensó
en Bobbitt Williams, asaltada por una oleada de ternura, que había estado en el
equipo de baloncesto con ella. ¿Será posible que aún viva por aquí?, se
preguntó Fran. Recordó que también estaba muy dotada para la música. Intentó
que tomara clases de piano con ella, pero yo era una negada. Dios eliminó el
talento musical de mis genes.
Mientras
giraba por Greenwich Avenue, Fran comprendió con una punzada de dolor que
deseaba llamar a alguna compañera de colegio, al menos a las que recordaba con
afecto, como Bobbitt. Mi madre y yo nunca hablamos de los cuatro años que pasé
aquí, pero existieron, y tal vez sea hora de que los asuma, pensó. Apreciaba a
muchas personas. Quizá sea terapéutico ver a algunas.
¿Quién
sabe?, pensó mientras echaba un vistazo a su agenda para comprobar la dirección
del doctor Daniels, puede que algún día venga a esta ciudad sin revivir la ira
y la vergüenza que he sentido desde el momento en que averigüé que mi padre era
un estafador.
John
Daniels pasó con Fran ante los ojos observadores de Ruthie y la invitó a entrar
en su despacho. Le gustó lo que vio en Fran Simmons, una joven equilibrada, de
hablar dulce, bien vestida en su estilo informal.
Debajo
del abrigo llevaba una chaqueta de tweed marrón y pantalones de color tostado.
Su cabello castaño claro, cuyo ondulado era natural, rozaba el cuello de la
chaqueta. El doctor Daniels la observó con atención mientras se sentaba en la
silla ante él. Era muy atractiva. Lo que de verdad le intrigaron fueron sus
ojos, de un tono gris azulado poco habitual. El azul se intensifica cuando está
contenta, pero vira a gris cuando se repliega. Meneó la cabeza, consciente de
que se estaba dejando llevar por sus fantasías.
Tuvo
que admitir que estaba examinando a Fran Simmons con tanto detenimiento debido
a lo que Ruthie le había contado acerca de su padre. Confió en que ella no se
hubiera dado cuenta.
—Doctor,
ya sabe que estoy preparando un programa sobre Molly Lasch y la muerte de su
marido —dijo Fran—. Tengo entendido que Molly le ha concedido permiso para
hablar sin cortapisas conmigo.
—Así
es.
—¿Fue
paciente de usted antes de la muerte de su marido?
—No.
Yo conocía a sus padres, sobre todo a través del club de campo. Se puede decir
que vi a Molly crecer desde que era una niña.
—¿Observó
algún comportamiento agresivo en ella?
—Nunca.
—¿La
cree cuando dice que es incapaz de recordar los detalles concernientes a la
muerte de su marido? Se lo preguntaré de otra manera. ¿Cree que no puede
recordar los detalles sobre la muerte de su marido, o sobre haberlo encontrado
agonizante o muerto?
—Creo
que Molly dice la verdad, tal como ella la conoce.
—¿Qué
quiere decir?
—Que
lo sucedido aquella noche fue tan doloroso que lo ocultó en su inconsciente.
¿Lo sacará a la luz alguna vez? No lo sé.
—Si
recobra la memoria de aquella noche, su sensación de que había alguien más en
la casa cuando regresó, ¿será un recuerdo preciso?
Daniels
se quitó las gafas y las limpió. Volvió a ponérselas, al tiempo que se daba
cuenta, por ridículo que pareciera, que había llegado a depender tanto de ellas
para hablar, que su ausencia le hacía sentir vulnerable.
—Molly
Lasch sufre amnesia disociativa. Esto supone lapsos de memoria relacionados con
acontecimientos sumamente estresantes y traumáticos. Es evidente que la muerte
de su marido, independientemente de las causas, entra en esa categoría.
»Algunas
personas que padecen este trauma responden bien a la hipnosis, y son capaces de
recuperar recuerdos significativos, y con frecuencia fidedignos, del
acontecimiento. Molly accedió a someterse a hipnosis antes del juicio, pero no
funcionó. Piénselo bien. Estaba emocionalmente destrozada por la muerte de su
marido, y aterrorizada por el juicio inminente, demasiado perturbada y frágil
para dejarse hipnotizar con facilidad.
—¿Tiene
alguna posibilidad de recuperar recuerdos precisos, doctor?
—Ojalá
estuviera en condiciones de afirmar que Molly cuenta con grandes posibilidades
de recobrar su memoria y limpiar su nombre. Para ser sincero, opino que, si
alguna vez cree recordar algo, no será fiable. Si Molly recobra alguna noción
de lo que sucedió aquella noche, es muy posible que esté desvirtuada por su
deseo de modificar los hechos, pero eso no significará que ocurrió de esa
forma. Ese fenómeno se conoce como «falsificación de la memoria retrospectiva».
Cuando
salió de casa de Daniels, Fran se quedó sentada en su coche unos minutos
mientras intentaba decidir qué hacer a continuación. Las oficinas del Greenwich
Time se encontraban a escasas manzanas de distancia. De pronto pensó en Joe
Hutnik. Trabajaba en el diario. Había cubierto la liberación de Molly. Había
insistido en que creía en su culpabilidad. ¿Habría cubierto también el juicio?,
se preguntó.
Parecía
un tipo legal, pensó Fran, y con mucha experiencia en la profesión.
¿Tal
vez demasiada?, susurró una voz en su interior. Quizá también había cubierto la
historia de su padre. ¿De veras quieres enfrentarte a eso?
El
sol se estaba apagando, oscurecido por nubes grises y espesas. Marzo, el mes
impredecible, pensó Fran, mientras continuaba pensando en su siguiente
movimiento. Qué demonios, decidió por fin, y sacó el móvil.
Quince
minutos después estaba estrechando la mano de Joe Hutnik. Se encontraba en su
cubículo, situado junto a la sala de redacción, llena de ordenadores, del
Greenwich Time. Hutnik, de unos cincuenta años, cejas pobladas y oscuras y ojos
inteligentes, indicó que tomara asiento en un sillón, cuya mitad estaba
atestada de libros.
—¿Qué
te trae a «la puerta de Nueva Inglaterra», como se conoce a nuestra hermosa
ciudad, Fran? —No esperó respuesta—. Déjame adivinar: Molly Lasch. Se dice que
estás preparando un programa sobre ella para Crímenes verdaderos.
—Los
rumores corren demasiado aprisa para mi gusto —dijo Fran—. Joe, ¿podemos
sincerarnos?
—Por
supuesto. Siempre que no me cueste un titular.
Fran
enarcó las cejas.
—Eres
de los míos. Pregunta: ¿cubriste el juicio de Molly?
—¿Y
quién no? Era una época que no abundaba en buenas noticias, y nos hizo un favor
a todos.
—Joe,
puedo obtener de Internet toda la información que necesite, pero por más
testimonios que hayas leído, es más fácil juzgar la verdad cuando consigues ver
el comportamiento de un testigo sometido a interrogatorio. Tú debes de estar
convencido de que Molly Lasch mató a su marido.
—Por
completo.
—Siguiente
pregunta. ¿Cuál era tu opinión sobre el doctor Gary Lasch?
Joe
Hutnik se reclinó en su silla y la hizo girar de un lado a otro mientras
meditaba la respuesta.
—Fran,
he vivido en Greenwich toda mi vida. Mi madre tiene setenta y seis años. Habla
de cuando mi hermana padeció pulmonía, hace cuarenta años. Tenía tres meses. En
aquellos tiempos los médicos venían a casa. Eran auténticos médicos de
cabecera. No era lógico envolver en mantas a tus críos enfermos y llevarles a
urgencias, ¿verdad?
Hutnik
enlazó las manos sobre el escritorio.
—Vivíamos
en lo alto de una bonita colina empinada. El doctor Lasch, Jonathan Lasch, o
sea el padre de Gary, no pudo subir en coche a la colina. Las ruedas
resbalaban. Salió del coche y subió hasta casa con la nieve hasta las rodillas.
Eso fue a las once de la noche. Le recuerdo de pie, inclinado sobre mi hermana.
La tenía iluminada con una luz potente, tendida sobre la mesa de la cocina. Se
quedó con ella tres horas. Le dio una inyección de penicilina doble, y no
regresó a casa hasta ver que respiraba sin dificultades y la fiebre había
bajado. Por la mañana, volvió de nuevo para examinarla.
—¿Gary
Lasch era esa clase de médico? —preguntó Fran.
Hutnik
pensó un momento antes de contestar.
—Hay
muchos médicos abnegados en Greenwich, y supongo que también en todas partes.
¿Era Gary Lasch uno de ellos? La verdad, no lo sé, Fran, pero por lo que he
oído, él y su socio, Peter Black, eran más propensos a considerar la medicina
un negocio que un servicio al prójimo.
—Da
la impresión de que les ha ido muy bien. El hospital Lasch ha duplicado su
tamaño desde la última vez que lo vi —comentó Fran, y confió en que su voz
sonara serena.
—Desde
que tu padre murió allí —se apresuró a decir Hutnik—. Escucha, llevo mucho
tiempo en este oficio. Conocía a tu padre. Era un hombre estupendo. No hace
falta que te diga que, como muchos ciudadanos, no me sentí nada complacido
cuando todas las donaciones desaparecieron de la noche a la mañana. Ese dinero
era para construir una biblioteca en uno de los barrios más humildes de la
ciudad, para que los chicos pudieran frecuentarla cuando quisieran.
Fran
se encogió de hombros y apartó la vista.
—Lo
siento —dijo Hutnik—. No tendría que haber removido el pasado. Ciñámonos a Gary
Lasch. Después de la muerte de su padre, trajo de Chicago a su compañero de
estudios, el Doctor Peter Black. Convirtieron la clínica Jonathan Lasch en el
hospital Lasch. Fundaron la Remington Health Management Organization, una de
las HMO que más han prosperado.
—¿Qué
opinas de las compañías de seguros médicos en general? —preguntó Fran.
—Lo
que casi todo el mundo. Son una mierda. Incluso las mejores, y Remington entra
en esa categoría, ponen a los médicos entre la espada y la pared. Casi todos
los médicos han de integrarse en una, o incluso varias, de esas compañías, lo
cual significa que sus diagnósticos están sujetos a revisión, y que no siempre
se respeta su dictamen de que el paciente ha de ser derivado a un especialista.
Además, los médicos tardan cierto tiempo en cobrar su sueldo, hasta el punto de
que muchos se encuentran en una posición económica difícil. Envían a los
pacientes a centros distantes, para evitar que repitan sus visitas. Y al mismo
tiempo que contamos con fármacos y tratamientos susceptibles de mejorar la
calidad de vida, los tíos que deciden si recibes un tratamiento son los mismos
que ganan dinero si no lo recibes. Un gran progreso, ¿no crees?
Joe
meneó la cabeza, indignado.
—Ahora
mismo, Remington Health Management, es decir, el director general Peter Black y
el presidente de la junta Cal Whitehall, nuestro magnate local, están
negociando con el estado el permiso para absorber cuatro HMO más pequeñas. Si
eso sucede, las acciones de la empresa subirán como la espuma. ¿Algún problema?
Pues no. Salvo que la American National Insurance también quiere absorber a las
HMO más pequeñas, y se habla de que tal vez lancen una opa hostil contra
Remington.
—¿Es
posible?
—¿Quién
sabe? No me parece probable. Remington Health Management y el hospital Lasch
gozan de buena fama. Han superado el escándalo del asesinato del doctor Gary
Lasch y de la revelación de que estaba tonteando con una joven enfermera, pero
estoy seguro de que a Black y Whitehall les hubiera gustado cerrar el trato
antes de que Molly Lasch volviera a la ciudad, insinuando que la historia del
asesinato del doctor era más complicada de lo que en principio parecía.
—¿Cómo
podría afectar eso a la fusión? —preguntó Fran.
Joe
se encogió de hombros.
—Cariño,
aunque te parezca raro, la sordidez está pasada de moda, al menos de momento.
El presidente de la American National es un ex secretario de Sanidad que ha
jurado reformar las compañías de seguros médicos. Remington aún lleva las de
ganar en la pugna, pero en este mundo enloquecido, cualquier granizada puede
echar a perder la cosecha. Y cualquier insinuación de escándalo puede dar al
traste con el trato.
18
No
puedo contar con nadie, fue lo primero que pensó Molly cuando despertó. Echó un
vistazo al reloj. Las seis y diez. No está mal, decidió. Se había acostado poco
después de que Jenna marchara, de modo que había dormido siete horas.
Muchas
noches dormía mal en la cárcel, cuando el sueño era como un pedazo de hielo
apretado entre sus ojos, y ella suplicaba que se derritiera y fundiera con su
cuerpo.
Se
estiró, y su brazo izquierdo tocó la almohada vacía de su lado. Nunca había
imaginado a Gary a su lado en la estrecha cama de la prisión, pero ahora era
consciente de su ausencia en cada momento, incluso después de tantos años. Era
como si todo ese período de tiempo hubiera sido un simple sueño. ¿Un sueño? No.
¡Una pesadilla!
Se
sentía totalmente unida a él. «Estamos unidos por la cadera», era su frase
favorita de aquellos tiempos. ¿Había alimentado una fantasía?
Entonces
hablaba con tono remilgado, pensó Molly. Era una estúpida. Se sentó, despierta
por completo. He de saber, pensó. ¿Cuánto tiempo duró su asunto con la
enfermera? ¿Cuánto tiempo fue una mentira mi vida con Gary?
Annamarie
Scalli era la única persona capaz de proporcionarle las respuestas.
A
las nueve, telefoneó al despacho de Fran Simmons y dejó el nombre del doctor
Daniels. A las once telefoneó a Philip Mathews. Había estado muy pocas veces en
su oficina, pero la visualizó sin dificultad. Desde su despacho del World Trade
Center se veía la estatua de la Libertad. Cuando había estado allí escuchando
su plan de defensa, se le había antojado incongruente: clientes en peligro de
ir a la cárcel, observando el símbolo de la libertad.
Molly
recordó que se lo había comentado a Philip, y éste había dicho que consideraba
la vista de la estatua un buen augurio. Cuando aceptaba un cliente, su objetivo
era lograr su libertad.
Era
muy posible que Philip tuviera la última dirección de Annamarie Scalli, porque
la habían citado para prestar testimonio en el juicio, razonó Molly. Al menos,
sería un punto de partida.
Philip
Matthews se estaba debatiendo entre telefonear o no a Molly, cuando su
secretaria le anunció su llamada. Se apresuró a descolgar. Desde el momento en
que había salido de la cárcel había consumido sus pensamientos. No le había
servido de ayuda asistir a una fiesta, dos noches antes, en que la diversión
principal consistía en que les dijeran la buenaventura a los invitados. No pudo
evitar seguir la corriente, si bien clasificaba todos los métodos de decir la
buenaventura (quiromancia, astrología, tarot, el tablero ouija) dentro de la
misma categoría: paparruchas.
Pero
la adivina le había intranquilizado. Había estudiado las cartas seleccionadas
por él, fruncido el entrecejo, vuelto a barajar, para que él escogiera otras, y
después había dicho: «Alguien muy cercano a usted, me parece que se trata de
una mujer, corre un grave peligro. ¿Sabe quién puede ser?»
Philip
intentó creer que la mujer se refería a una clienta acusada de homicidio por
conducción temeraria, que sin duda pasaría una temporada en la cárcel, pero su
instinto le dijo que la adivina estaba hablando de Molly.
Ahora,
Molly confirmó sus temores de que no tenía la menor intención de permitir que
sus padres fueran a Greenwich a vivir con ella.
—Aún
no, en cualquier caso —dijo Molly—. Philip, quiero que localices a Annamarie
Scalli. ¿Tienes su última dirección?
—Molly,
olvídalo, por favor. Todo ha terminado. Has de iniciar una nueva vida.
—Eso
intento. Y por eso quiero hablar con ella.
Philip
suspiró.
—Su
última dirección conocida era el apartamento donde vivía cuando Gary murió.
Adivinó
que estaba a punto de colgar, y deseaba retenerla un poco más.
—Molly,
voy a verte. Si no accedes a cenar conmigo, llamaré a tu puerta hasta que los
vecinos protesten.
A
Molly no le costó imaginarle en dicha tesitura. La misma intensidad que había
visto en el juicio, cuando estaba interrogando a un testigo, aparecía en su voz
ahora. Era un hombre decidido, acostumbrado a salirse con la suya. Pero aún no
quería verle.
—Philip,
necesito un poco más de tiempo para estar sola. Escucha, hoy es jueves. ¿Por
qué no vienes a cenar el domingo? No quiero salir. Prepararé algo.
El
abogado aceptó la invitación después de decidir que, de momento, debería
contentarse con eso.
19
Edna
Barry estaba rociando un pollo con su jugo. Era una de las cenas favoritas de
Wally, sobre todo cuando ella lo rellenaba. La verdad era que utilizaba un
relleno preparado con antelación, pero el secreto residía en añadir cebollas
salteadas, apio y el jugo del propio pollo.
La
invitadora fragancia impregnaba la casa, y el acto de cocinar calmaba a Edna.
Le recordó los años en que su marido Martin vivía y Wally era un niño normal y
alegre. Los médicos dijeron que la muerte de Martin no había provocado el
cambio en su hijo. Dijeron que la esquizofrenia era una enfermedad mental que
solía surgir en los años de adolescencia o a principios de la madurez.
Edna
no creyó que ésa fuera la respuesta.
—Wally
siempre ha añorado la compañía de su padre —decía a la gente.
En
ocasiones Wally hablaba de casarse y fundar una familia, pero Edna sabía que
eso no ocurriría nunca. La gente le esquivaba. Era demasiado quisquilloso y
perdía los estribos con facilidad.
Lo
que sería de Wally después de su muerte preocupaba a Edna, pero mientras ella
viviera cuidaría de él, de aquel hijo suyo al que la vida había tratado tan
mal. Le obligaría a tomar su medicina, aunque sabía que a veces la escupía.
Wally
había respondido tan bien al doctor Morrow... Ojalá siguiera vivo.
Cuando
Edna cerró la puerta del horno, pensó en Jack Morrow, el dinámico y joven
doctor que era tan bueno con pacientes como Wally. Practicaba la medicina
general, y tenía su consulta en la planta baja de su modesta casa, a sólo tres
manzanas de allí. Lo habían encontrado acribillado a balazos sólo dos semanas
antes de que el doctor Lasch muriera.
Las
circunstancias fueron muy diferentes, por supuesto. Habían forzado y vaciado el
botiquín del doctor Morrow. La policía aseguraba que era un crimen relacionado
con la droga. Habían interrogado a todos sus pacientes. Edna siempre se decía
que era curioso estar agradecida de que su hijo se hubiera roto el tobillo poco
antes. Le obligó a ponerse el yeso antes de que la policía fuera a hablar con
él.
Tan
sólo después de un día, ya sabía que no tendría que haber vuelto a trabajar
para Molly Lasch. Era demasiado peligroso. Siempre existía la posibilidad de
que Wally se las ingeniara para entrar en casa de Molly, como había hecho pocos
días antes de que el doctor Lasch muriera. Ella le dijo que esperara en la
cocina, pero él había entrado en el estudio del doctor Lasch y robado la
escultura de Remington.
¿Acabarían
algún día sus preocupaciones?, se preguntó Edna. Nunca, se contestó, mientras
suspiraba y ponía la mesa.
—Mamá,
Molly está en casa, ¿verdad?
Edna
levantó la vista. Wally estaba en la puerta, con las manos en los bolsillos, el
cabello oscuro caído sobre la frente.
—¿Por
qué quieres saberlo, Wally? —preguntó con brusquedad.
—Porque
quiero verla.
—No
debes volver a esa casa.
—Ella
me gusta, mamá. —Los ojos de Wally se entornaron, como si intentara recordar
algo. Con la mirada clavada en un punto situado por encima del hombro de Edna,
dijo—: Ella no me gritaba como el doctor Lasch, ¿verdad?
Edna
sintió un escalofrío. Wally no había sacado a colación el incidente en años,
desde que ella le había prohibido hablar del doctor Lasch o de la llave
encontrada en el bolsillo de Wally, al día siguiente del asesinato.
—Molly
es muy amable con todo el mundo —dijo con firmeza—. Bien, no volveremos a
hablar nunca más del doctor Lasch, ¿verdad?
—De
acuerdo, mamá. De todos modos, me alegro de que el doctor Lasch haya muerto. No
volverá a chillarme. —Hablaba con voz inexpresiva.
El
teléfono sonó. Edna, nerviosa, lo atendió. Cuando dijo hola su voz tembló de
angustia.
—Señora
Barry, espero no molestarla. Soy Fran Simmons. Nos conocimos ayer, en casa de
Molly Lasch.
—Sí,
lo recuerdo. —Edna Barry cayó en la cuenta de su tono brusco—. Claro que me
acuerdo —añadió con voz más relajada.
—Me
pregunto si podría pasarme a verla un momento el sábado.
—¿El
sábado?
Edna
Barry buscó una razón para negarse a ver a Fran.
—Sí.
A menos que el domingo o el lunes le vayan mejor.
¿Para
qué aplazarlo?, decidió. Estaba claro que no iba a poder disuadir a aquella
mujer.
—El
sábado me va bien —dijo, tirante.
—¿A
las once es demasiado temprano?
—No;
está bien.
—Estupendo.
Dígame su dirección, para asegurarme de que me han dado la correcta.
Cuando
Fran colgó el teléfono, pensó que esa mujer era un saco de nervios. Noté la
tensión en su voz. Ayer también estaba nerviosa, cuando fui a casa de Molly.
¿Por qué estará tan nerviosa?, se preguntó.
Edna
Barry era la persona que había encontrado el cadáver de Gary Lasch. ¿Era
posible que la decisión de Molly de volver a contratarla estuviera relacionada
con alguna vaga intuición que albergara acerca de su versión de los
acontecimientos?
Una
interesante perspectiva, pensó Fran, mientras, tras echar un vistazo a la
nevera, se ponía de nuevo el chaquetón con la idea de ir hasta P. J. Clarke y
comprar una hamburguesa.
Mientras
caminaba a paso vivo por la calle Cincuenta y seis, pensó en la interesante
posibilidad de que tal vez Molly no fuera la única que sufriera falsificación
de la memoria retrospectiva.
20
Jenna,
sé que eres una mujer inteligente, por consiguiente comprenderás que hablo en
serio cuando digo que Annamarie Scalli, a todos los efectos, ha desaparecido de
la faz de la tierra. Y aún en el caso de que pudiera localizarla, te aseguro
que Molly Lasch sería la última persona del mundo a la que informaría de su
paradero.
Las
manchas rojas en las mejillas de Calvin Whitehall eran una clara advertencia a
su mujer de su creciente impaciencia, pero Jenna no hizo caso.
—Cal,
¿por qué te opones a que Molly se ponga en contacto con esa mujer? Podría
ayudarla a cerrar su caso.
Estaban
tomando café y zumo en la sala de estar contigua a su dormitorio. Jenna estaba
a punto de irse a trabajar. Calvin dejó la taza de café en la mesa con
brusquedad.
—Molly
me importa un pimiento. Lo que hay que cerrar son las negociaciones en las que
llevo embarcado tres años, por el bien de los dos. —Respiró hondo—. Será mejor
que cojas tu tren. Ni siquiera Lou logrará llevarte a tiempo a la estación si
tardas más.
Jenna
se levantó.
—Creo
que esta noche dormiré en el apartamento.
—Como
quieras.
Se
miraron un momento. La expresión de Calvin Whitehall cambió, y sonrió.
—Cariño,
ojalá pudieras ver tu expresión. Apuesto a que si tuvieras esa escultura del
caballo y el vaquero en la mano, me harías lo mismo que Molly hizo a Gary. Las
chicas de la academia Cranden tienen sentimientos fuertes.
Jenna
palideció.
—Estás
muy preocupado por tus negociaciones, ¿verdad, Cal? Por lo general no eres tan
cruel.
—Por
lo general no suelo correr el riesgo de que un trato de miles de millones de
dólares se me escurra entre los dedos. Jen, parece que eres la única persona a
la que Molly hace caso. Convéncela de vaya a Nueva York contigo. Hazla entrar
en razón. Recuérdale que al tratar de convencer al mundo y a ella misma de que
no mató a Gary, no hace más que mancillar su recuerdo, y de paso perjudicarse a
sí misma.
Jenna,
sin contestar, se puso el abrigo y cogió el bolso. Mientras caminaba hacia la
escalera, su marido dijo:
—Un
trato de miles de millones de dólares, Jen. Admítelo, tú tampoco quieres que se
pierda.
Lou
Knox, el chófer y mayordomo de Cal desde tiempo inmemorial, bajó del coche en
cuanto vio que Jenna salía de la casa. Mantuvo la puerta abierta, la cerró
detrás de ella y corrió a sentarse al volante.
—Buenos
días, señora Whitehall. Parece que hoy vamos un poco justos. Bien, siempre
puedo llevarla en coche si pierde el tren.
—No.
Cal quiere el coche, y yo no quiero el tráfico —replicó con brusquedad Jenna.
A
veces las joviales observaciones de Lou la irritaban, pero qué remedio. Era
compañero de clase de Cal en la escuela secundaria a la que ambos habían
asistido, y Cal lo había traído con él cuando llegó a Greenwich, quince años
antes.
Jenna
era la única que conocía el origen de su relación. «Como es lógico, Lou
comprende que a nadie le interesa saber que cantábamos juntos el himno de la
escuela», solía decir Cal.
Había
que reconocer algo a Lou: se adaptaba a su estado de ánimo. Intuyó de inmediato
que ella no deseaba hablar y se apresuró a sintonizar su canal de música
clásica favorito, con el volumen bajo.
Lou
era de la edad de Cal, cuarenta y seis años, y si bien estaba en buena forma
física, Jenna siempre había sospechado que había algo enfermizo en él. Era
demasiado obsequioso para su gusto, demasiado ansioso por complacer. No
confiaba en él. Incluso ahora, durante el corto trayecto hasta la estación,
experimentó la sensación de que sus ojos la estudiaban por el espejo retrovisor
y analizaban su talante.
He
hecho lo que he podido, se dijo, pensando en la discusión con su marido. Cal no
ayudará a Molly a localizar a Annamarie Scalli. No obstante, en lugar de sentir
rabia, comprendió que, pese a sentir resentimiento por el tono que había
utilizado, empezaba a emerger su habitual admiración reticente por él.
Cal
era un hombre fuerte, y poseía el carisma que acompañaba al poder. Se había
hacho a sí mismo desde la primera empresa de ordenadores, a la que se refería
como la tienda de chucherías, y ahora era un hombre que imponía respeto. Al
contrario que los empresarios exhibicionistas que encabezaban los titulares, al
tiempo que ganaban y derrochaban fortunas, Cal prefería permanecer en la
sombra, aunque era conocido y respetado como una figura importante del mundo
financiero, y temido por cualquiera que se interpusiera en su camino.
El
poder: eso era lo que había atraído a Jenna desde el primer momento. También
era lo que continuaba subyugándola. Le gustaba trabajar en un prestigioso
bufete. Era algo que había conseguido por méritos propios. Si Cal no hubiera
irrumpido en su vida, habría disfrutado de una carrera triunfal, y esa certeza
le proporcionaba la sensación de tener su territorio privado. «La parcelita de
Jenna», como la llamaba Cal, pero ella sabía que la respetaba por eso.
Al
mismo tiempo, le encantaba ser la señora de Calvin Whitehall, con todo el
prestigio que se iba acumulando alrededor de ese apellido. Al contrario de
Molly, nunca había anhelado tener hijos, ni la elitista vida suburbana que su
madre y la madre de Molly siempre habían preferido.
Se
estaban acercando a la estación. Sonó el silbato del tren.
—Justo
a tiempo —dijo Lou mientras frenaba. Bajó y le abrió la puerta—. ¿La recojo
esta noche, señora Whitehall?
Jenna
vaciló.
—Sí
—dijo—. Llegaré a la hora habitual. Dígale a mi marido que me espere.
21
Buenos
días, doctor.
Peter
Black levantó la vista de su escritorio. La inseguridad que vio reflejada en el
rostro de su secretaria le advirtió que iba a decir algo desagradable. Como
persona, Louise Unger era tímida, pero como secretaria era de lo más eficiente.
Su timidez le irritaba, pero valoraba su eficacia. Sus ojos se desviaron hacia
el reloj de pared. Sólo eran las ocho y media. La mujer había llegado al
trabajo con antelación, como de costumbre.
Murmuró
un saludo y esperó.
—El
señor Whitehall acaba de llamar. Tenía que hacer otras llamadas, pero pidió que
mantuviera la línea libre. —Louise Unger vaciló—. Creo que está muy disgustado.
Hacía
mucho tiempo que Peter Black había aprendido a controlar sus músculos faciales
con el fin de disimular sus emociones.
—Gracias,
Louise —dijo, con una leve sonrisa—. El señor Whitehall casi siempre está
disgustado. Los dos lo sabemos, ¿verdad?
La
mujer asintió y sus ojillos brillaron.
—Sólo
quería prevenirle, doctor.
Para
ella, era una frase muy atrevida. Peter Black prefirió hacer caso omiso.
—Gracias,
Louise —dijo con amabilidad.
Sonó
el teléfono de su escritorio. Asintió, para indicar que la mujer contestara.
—Despacho
del doctor Black —dijo la secretaria, pero se interrumpió—. Doctor, es el señor
Whitehall.
Salió
a toda prisa y cerró la puerta.
Peter
Black sabía que no se podía demostrar debilidad ante Calvin Whitehall. Había
aprendido a hacer caso omiso de los comentarios acerca de su afición a la
bebida, y estaba convencido de que Whitehall se abstenía de tomar una copa de
vino para demostrar su fuerza de voluntad.
—¿Cómo
va el imperio, Cal? —dijo. Le gustaba hacer esa pregunta. Sabía que irritaba a
Whitehall.
—Iría
mucho mejor si Molly Lasch no fuera por ahí tocando los cojones.
Peter
Black sintió que el tono resonante de Calvin Whitehall hacía vibrar el
auricular. Cogió el teléfono con la mano izquierda y estiró los dedos de la
derecha, un truco para aliviar la tensión.
—Creo
que ya habíamos llegado a la conclusión de que estaba tocando los cojones
—contestó.
—Sí,
después de que Jenna la viera anteanoche. Molly quiere que localice a Annamarie
Scalli. Insiste en que debe verla, y no permitirá que nadie la disuada. Jenna
me dio la paliza al respecto esta mañana. Le dije que no tenía ni idea de dónde
estaba la Scalli.
—Ni
yo.
Black
sabía que su tono era sereno, y precisas sus palabras. Recordó el pánico
percibido en la voz de Gary Lasch «Annamarie, has de colaborar, por el bien del
hospital.»
En
aquel tiempo no sabía que estaba liada con Gary, pensó. ¿Qué pasaría si Molly
la localizara ahora?, se preguntó. ¿Qué pasaría si Annamarie decidiera decirle
lo que sabe? Tomó conciencia de que Cal continuaba hablando. ¿Qué le estaba
preguntando?
—¿...
hay alguien en el hospital que se haya puesto en contacto con ella?
—No
tengo ni idea.
Un
minuto después de haber colgado, el doctor Black habló por el intercomunicador.
—Retén
mis llamadas, Louise.
Apoyó
los codos en el escritorio y se apretó la frente con las manos.
La
cuerda floja se estaba deshilachando. ¿Cómo iba a impedir que se rompiera y le
precipitara al vacío?
22
Ella
no quería que te preocuparas, Billy.
Billy
Gallo miró a su padre, de pie al otro lado de la cama de su madre, en la unidad
de cuidados intensivos del hospital Lasch. Los ojos de Tony Gallo estaban
llenos de lágrimas. Su escaso cabello gris estaba despeinado, y la mano que
palmeaba el brazo de su mujer temblaba.
El
parentesco entre ambos hombres era inconfundible. Tenían rasgos muy similares:
ojos castaño oscuro, labios gruesos, mandíbula cuadrada.
Tony
Gallo, de sesenta y seis años, ex guardia jurado, ejercía como guardia de
tráfico en la localidad de Cos Cob, un elemento severo e inspirador de
confianza en el cruce de Willow con Pine, delante de la escuela. Su hijo Billy,
de treinta y cinco años, trombonista en la orquesta de la compañía ambulante
que representaba un musical de Broadway, había venido en avión desde Detroit.
—No
metas a mamá en esto —dijo Billy, irritado—. Tú no dejaste que me llamara,
¿verdad?
—Billy,
te fuiste a trabajar durante seis meses. No queríamos que perdieras el empleo.
—A
la mierda el empleo. Tendrías que haberme llamado. Les habría plantado cara.
Cuando le negaron el permiso para que fuera a un especialista, yo no habría
dejado que se salieran con la suya.
—Billy,
no lo entiendes. El doctor Kirkwood luchó para que la enviaran a un
especialista. Ahora han aprobado la operación. Se recuperará.
—No
la envió a un especialista lo bastante pronto.
Josephine
Gallo se removió. Oía discutir a su marido y su hijo, y tenía la vaga sensación
de que era por ella. Se sentía soñolienta e ingrávida. En algunos aspectos era
una bonita sensación, estar acostada y casi flotar, sin participar en la
discusión. Estaba cansada de suplicar a Tony que ayudara a Billy cuando se
quedaba sin trabajo. Billy era un músico excelente, y no estaba hecho para
trabajos de horario fijo. Tony no lo comprendía.
Siguió
oyendo sus voces airadas. No quería que discutieran más. Josephine recordaba el
dolor que la había despertado aquella mañana. Era el mismo dolor del que había
hablado al doctor Kirkwood, su médico de cabecera.
Continuaba
la discusión. Daba la impresión de que sus voces aumentaban de tono, y tuvo
ganas de decirles que pararan de una vez. Entonces, oyó un tañir de campanas en
la lejanía, unos pies que corrían. Y el dolor que la había despertado aquella
mañana regresó como un torrente. Intentó tocarles.
—Tony...
Billy...
Mientras
exhalaba su último suspiro, oyó sus voces, al unísono, perentorias, llenas de
miedo, teñidas de dolor: «Mamaaaá», «Josieee».
Después,
ya no oyó nada.
23
A
las doce menos cuarto, Fran entró en el vestíbulo del hospital Lasch. Rechazó
recuerdos del mismo lugar años antes, recuerdos de caminar vacilante, y del
brazo de su madre a su alrededor, y se obligó a parar y pasear la vista por el
lugar.
El
mostrador de recepción e información se hallaba al fondo, frente a la entrada.
Estupendo, pensó. No quería que un voluntario solícito o un guardia se
ofrecieran para ayudarla a localizar a un paciente. Si eso sucedía ya había
preparado una excusa: iba a recoger a una amiga que había ido a visitar a un
paciente.
Cualquier
paciente, pensó.
Examinó
la zona. Los muebles (sofás y sillas individuales) estaban forrados de
imitación piel, con brazos y patas de plástico en un acabado de arce falso.
Menos de la mitad de los asientos estaban ocupados. En un corredor situado a la
izquierda del mostrador de recepción se veía una flecha y una señal que
indicaba ASCENSORES. Entonces, Fran encontró lo que estaba buscando: la señal
al otro lado del mostrador de recepción, que decía CAFETERIA. Cuando se
encaminaba hacia ella, pasó ante el quiosco. El periódico semanal de la
comunidad estaba desplegado, y una foto de Molly en la puerta de la cárcel
aparecía en la primera página. Fran buscó dos monedas de veinticinco centavos
en el bolsillo.
Había
llegado a propósito antes de la hora de comer, y se paró un momento en la
entrada de la cafetería mientras miraba en torno para elegir el asiento más
conveniente. Había unas veinte mesas en el restaurante, y una barra con una
docena de taburetes. Las dos mujeres que había detrás de la barra, con
delantales a rayas color caramelo, eran voluntarias del hospital.
Había
cuatro personas sentadas a la barra. Otras diez estaban distribuidas por las
mesas. Tres hombres con batas blancas, obviamente médicos, estaban enfrascados
en una conversación junto a la ventana. Había una mesa pequeña a su lado. Por
un momento, Fran se debatió entre pedir o no pedir la mesa, mientras la jefa de
comedor, también con un delantal color caramelo, se acercaba a ella.
—Iré
a la barra —se apresuró a decir Fran.
Mientras
tomaba café quizá podría entablar conversación con alguna voluntaria. Las dos
mujeres aparentaban unos sesenta años. Tal vez alguna de las dos trabajaba ya
en el hospital seis años antes cuando Gary Lasch dirigía el hospital.
La
mujer que le sirvió el café y una rosquilla llevaba un rótulo con un rostro
sonriente que rezaba: «Hola, soy Susan Branagan.» Una mujer de rostro
agradable, cabello blanco y movimientos enérgicos, convencida sin duda de que
parte de su trabajo era animar a la gente.
—Nadie
diría que faltan dos semanas para la primavera —comentó a Fran.
Y
así concedió a Fran la oportunidad que buscaba.
—He
estado viviendo en California, y es difícil acostumbrarse de nuevo al clima de
la costa Este.
—¿Ha
venido a visitar a alguien?
—Espero
a una amiga que ha venido de visita. ¿Hace mucho tiempo que es voluntaria?
Susan
Branagan sonrió de oreja a oreja.
—Acabo
de recibir mi insignia conmemorativa de los diez años de servicios.
—Me
parece maravilloso que se haya ofrecido como voluntaria para trabajar aquí
—dijo Fran.
—Estaría
perdida si no viniera al hospital tres días a la semana. Soy viuda, y mis hijos
están casados y enredados en sus propias vidas. ¿Qué haría yo sola, pregunto?
Estaba
claro que era una pregunta retórica.
—Debe
de ser muy enriquecedor —dijo Fran.
Dejó
el periódico local sobre el mostrador, de forma que Susan Branagan pudiera ver
con claridad la foto de Molly y el titular que la encabezaba: LA VIUDA DEL
DOCTOR LASCH PROCLAMA SU INOCENCIA.
Ella
meneó la cabeza.
—Tal
vez no lo sepa, ya que es de California, pero el doctor Lasch era el jefe de
este hospital. Se armó un escándalo terrible cuando murió. Sólo tenía treinta y
seis años, y era un hombre muy apuesto.
—¿Qué
pasó? —preguntó Fran.
—Oh,
se enredó con una enfermera joven de aquí, y su mujer... bueno, creo que la
pobre mujer sufrió un acceso de locura temporal, o algo por el estilo. Afirmó
que no recordaba haberle matado, pero nadie lo cree, por supuesto. Fue una
tragedia y una gran pérdida. Y lo más triste es que la enfermera, Annamarie,
era una muchacha maravillosa. La última persona en el mundo a la que imaginaría
capaz de liarse con un hombre casado.
—Suele
pasar —comentó Fran.
—¿A
que es verdad? De todos modos, fue sorprendente, porque había un joven doctor,
un encanto de hombre, que la perseguía. Todos pensamos que el romance tendría
un final feliz, pero luego se decantó por el doctor Lasch. Dejó en la estacada
al pobre doctor Morrow, descanse en paz.
—No
se referirá al Jack Morrow ¿verdad?
—Ah,
¿le conocía?
—Le
vi una vez, hace años, cuando viví aquí una temporada.
Fran
pensó en el rostro amable del joven médico que había intentado consolarla
aquella terrible noche de catorce años antes, cuando su madre y ella habían
seguido a su padre agonizante al hospital.
—Lo
mataron a tiros en su consulta, dos semanas antes de que el doctor Lasch fuera
asesinado. Habían forzado su botiquín. —Susan Branagan suspiró al recordar
aquellos tiempos—. Dos médicos jóvenes, y ambos murieron de forma violenta. Sé
que las muertes no están relacionadas, pero me pareció una terrible
coincidencia.
¿Coincidencia?,
pensó Fran, y los dos estaban relacionados con Annamarie Scalli. ¿Existía la
casualidad en lo tocante al crimen?
24
Tres
noches en casa, pensó Molly. Tres mañanas despertando en mi cama, en mi
habitación.
Hoy
había despertado unos minutos antes de las siete, había bajado a la cocina,
preparado café, se lo había servido en su tazón favorito y regresado arriba,
con el café aromático y humeante. Ahuecó las almohadas, se metió en la cama de
nuevo y bebió poco a poco el café. Paseó la vista por la habitación, consciente
de un espacio que había dado por seguro durante los cinco años de su
matrimonio.
Durante
noches de insomnio en la cárcel había pensado en su habitación, pensado en sus
pies cuando tocaban la alfombra mullida de tonos marfil, pensado en el tacto de
la colcha de raso sobre su piel, pensado en su cabeza hundida en las suaves
almohadas, pensado en dejar las persianas subidas para poder ver el cielo
nocturno, algo que había hecho a menudo con su marido dormido al lado.
Mientras
bebía el café, Molly reflexionó sobre los meses, y después los años, de largas noches
en la cárcel. Cuando, muy lentamente, su mente empezó a recobrar la lucidez,
empezó a plantearse las preguntas que ahora casi la obsesionaban. Por ejemplo,
si Gary había sido capaz de engañarla de una forma tan bruta en su relación
íntima, ¿cabía la posibilidad de que hubiera sido deshonesto en otras parcelas
de su vida?
Iba
a tomar una ducha cuando se detuvo para mirar por la ventana. Era algo muy
simple, pero se lo habían negado durante cinco años y medio, y la libertad de
tal acto la asombraba. Era otro día nublado, y vio placas de hielo en el camino
de entrada. Aun así decidió ponerse el chándal y salir a correr.
Correr
en libertad, pensó mientras se vestía. Y yo estoy en libertad, para salir sin
pedir permiso, y sin esperar a que se abran las puertas. Experimentó un júbilo
repentino. Diez minutos después estaba corriendo por las viejas calles
familiares, que de repente se le antojaban desconocidas.
No
dejes que me encuentre con nadie conocido, por favor, rezó. No dejes que
alguien pase en coche y me reconozca. Pasó por la casa de Kathryn Busch, un
encantador edificio colonial asentado en la esquina de Lake Avenue. Recordó que
Kathryn estaba en la junta de la Sociedad Filarmónica y se había implicado
mucho en intentar formar un cuarteto de cámara local.
Como
Bobbitt Williams, pensó Molly, y vio en su mente el rostro de su antigua
compañera de colegio, que casi se había borrado de su memoria. Bobbitt iba a
clase con Jenna, Fran y conmigo, pero nunca nos tratamos mucho, y después se
mudó a Darien.
Mientras
Molly corría, su mente pareció recobrar la lucidez, y calles, casas y personas
adquirieron una mayor definición. Los Brown habían añadido un ala. Los Cates
habían vuelto a pintar la fachada. De pronto cayó en la cuenta de que era la
primera vez que salía sola desde el día, cinco años y medio antes, en que la
llevaron esposada hasta la furgoneta que iba a conducirla a la prisión de
Niantic.
El
viento era gélido pero vivificante, aire fresco y puro que agitaba su cabello y
henchía sus pulmones y cuerpo. Molly tuvo la sensación de que, milímetro a
milímetro, sus sentidos cobraban vida.
Ya
estaba empezando a cansarse y a quedarse sin resuello cuando, después de un
trayecto circular de tres kilómetros, subió corriendo por su camino de acceso.
Se dirigía hacia la puerta de la cocina, cuando un repentino impulso la llevó a
atajar por el jardín helado y recorrer casi toda la longitud de la casa, hasta
detenerse frente a la ventana de la habitación que había sido el estudio de
Gary. Se subió a la ventana, apartó los matorrales y miró al interior.
Por
un breve instante esperó ver el hermoso escritorio Wells Fargo de Gary, las
paredes chapadas de caoba, las librerías llenas de volúmenes de medicina, las
esculturas y cuadros que Gary había coleccionado con tanto entusiasmo. En
cambio, vio una habitación igual a las otras de la casa, demasiado grande para
una sola persona. De repente, los impersonales muebles y las mesas de roble
descolorido se le antojaron muy poco atractivos.
Yo
estaba en el umbral de la puerta, pensó, mirando hacia fuera.
Fue
un pensamiento errático que cruzó repentinamente su mente y se desvaneció con
la misma rapidez.
Consciente
de que alguien la podía ver mirando por la ventana de su propia casa, Molly
volvió sobre sus pasos y entró por la puerta de la cocina. Mientras se quitaba
las zapatillas, comprobó que le quedaba tiempo para otra taza de café y una
madalena, antes de que la señora Barry llegara.
La
señora Barry.
Wally.
¿Por
qué pienso de repente en él?, se preguntó Molly mientras subía la escalera,
esta vez para tomar su ducha.
Fran
la llamó a última hora de la tarde desde su despacho, donde estaba preparando
el telediario de la noche.
—Molly,
una pregunta rápida —dijo—. ¿Conocías al doctor Jack Morrow?
La
mente de Molly retrocedió una serie de años olvidados, hasta aquella mañana en
que una llamada telefónica interrumpió su desayuno. Comprendió que era una mala
noticia, porque Gary había palidecido mientras escuchaba en silencio. Después
de colgar, habló casi en un susurro: «Han encontrado a Jack Morrow muerto a
tiros en su consulta. Sucedió anoche.»
—Apenas
le conocía —dijo Molly a Fran—. Trabajaba en el hospital y nos habíamos
encontrado en algunas fiestas de Navidad y ese tipo de cosas. Gary y él
murieron asesinados con dos semanas de diferencia.
Consciente
de sus propias palabras, imaginó cómo le habría sonado la frase a Fran.
«Murieron asesinados». Algo que había ocurrido a los dos hombres, pero que no
tenían nada que ver con un acto que ella hubiera cometido. Al menos, nadie
podrá decir que estuve implicada en el asesinato de Jack Morrow, pensó. Gary y
yo estábamos en una fiesta aquella noche. Se lo dijo a Fran.
—Molly,
has de saber que no estaba insinuando que tuviste algo que ver en la muerte del
doctor Morrow —contestó Fran—. Te he hablado de él porque he descubierto algo
interesante. ¿Sabías que estaba enamorado de Annamarie Scalli?
—Pues
no.
—Cada
vez es más evidente que debo hablar con Annamarie. ¿Conoces a alguien que pueda
saber dónde encontrarla?
—Ya
le he pedido a Jenna que hable con Cal para que su gente intente localizarla,
pero Cal no quiso ni oír hablar de ello.
Hubo
un silencio antes de que Fran contestara.
—No
me dijiste que tú también intentabas localizar a Annamarie, Molly.
Molly
percibió el tono de sorpresa de Fran.
—Fran,
mi deseo de hablar en persona con Annamarie no tiene nada que ver con tu
investigación. Los cinco años y medio que pasé en la cárcel estaban
relacionados directamente con el hecho de que mi marido mantenía relaciones con
ella. Me parece extraño que alguien a quien no conozco en absoluto haya
influido hasta tal punto en mi vida. Hagamos un trato: si la localizo o consigo
una pista, te lo diré. Del mismo modo, si tú la encuentras, me lo dirás. ¿De
acuerdo?
—Tendré
que pensarlo —dijo Fran—. Te diré que voy a llamar a tu abogado para preguntar
por ella. Annamarie estaba en la lista de los testigos citados en tu juicio, y
por eso debería tener su última dirección en el expediente.
—Ya
he hablado de eso con Philip, y jura que no la tiene.
—De
todos modos lo intentaré, por si acaso. He de irme. —Hizo una pausa—. Ve con
cuidado, Molly.
—Es
curioso. Jenna me dijo lo mismo la otra noche.
Molly
colgó y pensó en lo que había dicho a Philip Matthews: si algo le ocurría, al
menos demostraría que alguien tenía motivos para temer la investigación de
Fran.
El
teléfono volvió a sonar. Intuyó que eran sus padres, desde Florida. Hablaron de
las trivialidades habituales, antes de que se abordara el tema de cómo le iba
«sola en esa casa». Tras asegurar que todo iba bien, preguntó:
—¿Qué
fue de todo lo que había en el escritorio de Gary después de su muerte?
—La
oficina del fiscal se lo llevó todo, salvo los muebles del estudio de Gary
—dijo su madre—. Después del juicio, guardé lo que devolvieron en cajas y las
subí al desván.
La
respuesta provocó que Molly abreviara la conversación lo máximo posible y
subiera disparada hacia el desván en cuanto colgó el teléfono. Allí encontró
las cajas de las que su madre había hablado, sobre los estantes. Apartó las que
contenían libros y esculturas, fotos y revistas, y buscó las que llevaban la
etiqueta ESCRITORIO. Sabía lo que estaba buscando: la agenda que Gary siempre
llevaba encima y el bloc de citas que guardaba en el cajón superior del
escritorio.
Tal
vez encuentre alguna anotación que ilumine otros aspectos de la vida de Gary,
pensó Molly.
Abrió
la primera caja con una sensación de temor, aterrada por lo que podría
descubrir, pero decidida a averiguar todo lo posible.
25
Hace
siete años nuestras vidas eran muy diferentes, pensó Barbara Colbert mientras
veía desfilar el paisaje familiar. Como cada semana, su chófer Dan la conducía
desde su apartamento en la Quinta Avenida hasta la residencia de cuidados
intensivos Natasha Colbert, situada en los terrenos del hospital Lasch en
Greenwich. Cuando llegaron a la residencia, permaneció sentada varios minutos,
armándose de valor, consciente de que durante la siguiente hora su corazón se
destrozaría, mientras sostuviera la mano de Natasha y dijera palabras que
Natasha probablemente no oiría ni comprendería.
Barbara
Colbert, una mujer de espalda recta y cabello blanco, adentrada en la
setentena, sabía que aparentaba haber envejecido veinte años durante los siete
transcurridos desde el accidente. La Biblia se refiere a los acontecimientos
cíclicos en términos de siete años de vacas gordas y siete años de vacas
flacas, pensó, mientras se abrochaba el último botón de su chaqueta de visón.
Los acontecimientos cíclicos implicaban que algo podía cambiar, pero sabía que
no había cambios posibles para Tasha, que cumplía su séptimo año de vida
vegetativa.
Tasha,
que nos deparó tanta dicha, pensó Barbara Colbert, desgarrada por el dolor.
Nuestro hermoso, inesperado regalo. Barbara tenía cuarenta y cinco años, y su
marido cincuenta, cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Con sus hijos
en la universidad, estaban convencidos de que ya habían cumplido el deber de
fundar una familia.
Cada
vez que llegaba este momento, cuando se armaba de valor para bajar del coche,
siempre acudía a ella el mismo recuerdo. En aquella época vivían en Greenwich.
Tasha, que acababa de llegar de la facultad de derecho, apareció en el comedor.
Iba vestida con el chándal, el cabello recogido en una coleta con sus ojos azul
oscuro cálidos, vivos e inteligentes. Sólo faltaba una semana para que
cumpliera veinticuatro años. «Hasta luego, tíos», dijo, y se fue. Fueron las
últimas palabras que la oyeron pronunciar.
Una
hora después recibieron la llamada que les precipitó hacia el hospital Lasch.
Les dijeron que había ocurrido un accidente, y que Tasha había sido conducida
al hospital. Barbara recordó el breve trayecto hasta el hospital y el terror
que sentía. Recordó la oración incoherente que había recitado una y otra vez:
«Por favor, Dios mío, por favor.»
Jonathan
Lasch había sido el médico de cabecera de la familia de Barbara cuando los
niños eran pequeños, de modo que encontró cierto consuelo en el hecho de saber
que Gary Lasch, el hijo de Jonathan, se ocuparía de Tasha. No obstante, en
cuanto le vio en la sala de urgencias, supo por su expresión que algo horrible
había sucedido.
Les
contó que, mientras corría, Tasha había caído y se había golpeado la cabeza con
el bordillo. La herida en sí no era seria, pero antes de llegar al hospital se
le había manifestado una arritmia cardíaca.
«Estamos
haciendo todo lo posible», prometió, pero pronto resultó evidente que no podían
hacer nada. Un ataque había bloqueado el bombeo de oxígeno al cerebro de Tasha,
y lo había destruido. Aparte de la capacidad de respirar sin ayuda, Tasha
estaba muerta en todos los sentidos.
Todo
el dinero del mundo, el clan periodístico más poderoso del país, y no pudimos
hacer nada por nuestra hija, pensó Bárbara, mientras indicaba a Dan que se
disponía a bajar del coche.
El
hombre, al observar la rigidez de sus movimientos, le pasó la mano por el
brazo.
—Puede
que haya un poco de hielo, señora Colbert —dijo—. Permítame que la ayude a
llegar hasta la puerta.
Después
de que su marido y ella se resignaran al hecho de que no existía la menor
esperanza de que Tasha se recuperara jamás, Gary Lasch había insistido en
instalarla en la futura unidad de cuidados intensivos que iba a construirse
junto al hospital.
Les
enseñó los planos del modesto edificio, y constituyó para ellos una dichosa
distracción convocar al arquitecto y hacer la donación que cambió y amplió por
completo la residencia, con todas las habitaciones bien iluminadas y
ventiladas, provistas de baño privado, cómodos muebles hogareños y equipo
médico de alta tecnología. Ahora, todos los residentes cuya vida había quedado
destrozada inexplicable e inesperadamente, como Tasha, recibían todos los
cuidados que el dinero y la sanidad podían proporcionar.
Habían
destinado a Tasha un apartamento especial de tres habitaciones, réplica exacta
de la suite de su casa. Una enfermera y una doncella la atendían a todas horas.
La música clásica que tanto amaba Tasha sonaba día y noche. Cada día la
trasladaban del dormitorio a la sala de estar, encarada hacia un jardín
privado.
Ejercicios
pasivos, tratamientos faciales, masajes, pedicuras y manicuras mantenían su
cuerpo hermoso y flexible. Lavaban y cepillaban a diario su cabello, aún de un
rojo llameante, que caía suelto alrededor de los hombros. Vestía con pijamas y
batas de seda. Las enfermeras habían recibido órdenes de hablar con ella, como
si comprendiera hasta la última palabra.
Barbara
pensó en los meses en que Charles y ella habían ido a ver a Tasha casi cada
día. Pero los meses no tardaron en convertirse en años. Agotados física y
emocionalmente, fueron reduciendo el número de visitas hasta dos a la semana.
Cuando Charles murió, siguió a regañadientes el consejo de sus hijos, dejó la
casa de Greenwich y se instaló en el apartamento de Nueva York. Ahora sólo
realizaba el trayecto una vez a la semana
Hoy,
como siempre, Barbara atravesó la zona de recepción y siguió el corredor que
conducía a la suite de su hija. Las enfermeras habían sentado a Tasha en el
sofá de la sala de estar. Barbara sabía que, bajo la colcha, había cinturones
que la sujetaban para evitar que cayera, una precaución contra los espasmos
involuntarios que sufrían en ocasiones los músculos de Tasha.
Barbara
estudió con un dolor harto conocido la serena expresión de Tasha. A veces
pensaba que podía detectar el movimiento de un ojo, o quizá oír un suspiro, y
acariciaba en su mente la insensata posibilidad de que aún existía alguna
esperanza.
Se
sentó al lado del sofá y cogió la mano de su hija. Durante una hora le estuvo
hablando de la familia.
—Amy
va a empezar la universidad, Tasha. Parece increíble, ¿verdad? Sólo tenía diez
años cuando sufriste el accidente. Se te parece mucho. Casi podría pasar por tu
hermana, no tan sólo tu sobrina. George hijo añora un poco su casa, pero por lo
demás le gusta mucho la escuela primaria.
Al
final de la hora, agotada pero en paz, Barbara besó a Tasha en la frente e
indicó a la enfermera que volviera a entrar en la sala.
Cuando
llegó a la zona de recepción, Peter Black la estaba esperando. Después del
asesinato de Gary Lasch, los Colbert habían discutido la posibilidad de
trasladar a Tasha a otro centro, pero el doctor Black les había convencido de
dejarla allí.
—¿Cómo
ha encontrado hoy a Tasha, señora Colbert?
—Como
siempre, doctor. Es lo mejor que se puede esperar, ¿no?
Barbara
sabía que sus sentimientos ambiguos hacia Peter Black eran irracionales. Gary
Lasch le había elegido como socio, y carecía de motivos para pensar que Tasha
estaba descuidada en algún aspecto. De todos modos, no le caía bien. Quizá
debido a su estrecha relación con Calvin Whitehall, a quien Charles había
definido de forma burlona como un «aspirante a señor feudal». Cuando iba a
Greenwich a cenar en el club con sus amigas, solía ver juntos a Black y
Whitehall.
Mientras
deseaba buenas noches a Peter Black y caminaba hacia la puerta, Barbara no
sabía que el médico la estaba mirando fijamente, ni que estaba recordando el
terrible momento en que su hija sufrió daños irreversibles, ni que también
estaba recordando las palabras que una traumatizada Annamarie Scalli había
gritado a Gary: «¡Esa chica llegó aquí con una simple contusión, pero entre los
dos la habéis destruido!»
26
Durante
casi seis años Philip Matthews había creído que, al conseguir una sentencia
leve para Molly Lasch, había llevado a cabo el mejor trabajo que un abogado defensor
podía hacer. Cinco años y medio por el asesinato de un médico con una esperanza
de vida de treinta y cinco años más era una ganga.
Como
Philip había dicho con frecuencia a Molly cuando la visitaba en la cárcel:
«Cuando salgas, olvidarás todo esto.»
Pero
ahora Molly había salido y estaba haciendo justo lo contrario. Era evidente que
ella no creía haber salido tan bien librada.
Philip
sabía que, más que cualquier otra cosa, deseaba proteger a Molly de la gente
que intentaría explotarla.
Como
esa Fran Simmons.
El
viernes, a última hora de la tarde, cuando estaba a punto de marcharse, su
secretaria anunció una llamada de la Simmons.
Philip
consideró la posibilidad de no atender la llamada, pero decidió que lo mejor
sería hablar con ella. No obstante, su saludo fue frío.
Fran
fue al grano.
—Señor
Matthews, usted tendrá una transcripción del juicio de Molly. Me gustaría
recibir una copia lo antes posible.
—Señorita
Simmons, tengo entendido que fue al colegio con Molly. Como vieja amiga, me
gustaría que pensara en la posibilidad de suspender el programa. Los dos
sabemos que sólo puede perjudicar a Molly.
—¿Podría
enviarme una copia de la transcripción el lunes, señor Matthews? —preguntó Fran
con tono crispado, y añadió—: Ha de saber que preparo este programa con la
total colaboración de Molly. De hecho, me embarqué en el proyecto a petición
suya.
Philip
decidió abordar el problema desde un ángulo diferente.
—No
hará falta que espere al lunes. Pediré que hagan una copia y se la entreguen
mañana, pero voy a rogarle que piense en algo. Creo que Molly es más frágil de
lo que cree la gente. Si durante el curso de sus investigaciones se convence de
su culpabilidad, le pido que cancele el programa. Molly no va a lograr la
reivindicación pública a que aspira. No la destruya con un veredicto de
culpabilidad sólo para lograr mayores niveles de audiencia, gracias a esa
caterva de subnormales que sólo desean ver a alguien destripado.
—Le
daré mi dirección para el mensajero —dijo Fran, casi escupiendo, con la
esperanza de aparentar tanta furia como sentía.
—Le
paso con mi secretaria. Adiós, señorita Simmons.
En
cuanto Fran colgó el teléfono, se levantó y caminó hacia la ventana. Tenía que
ir a maquillarse, pero antes necesitaba un momento para calmarse. Sin conocerle
en persona, ya detestaba a Philip Matthews, si bien reconocía que era
apasionadamente sincero en su deseo de proteger a Molly.
Se
preguntó de repente si alguien se había preocupado de pensar en otra
explicación para la muerte de Gary Lasch. Los padres y amigos de Molly, el
abogado, la policía de Greenwich, el fiscal que la había acusado, todos habían
partido de la base de su presunta culpabilidad.
Justo
lo que yo estoy haciendo ahora, pensó. Tal vez haya llegado el momento de
empezar desde un ángulo distinto.
Molly
Carpenter Lasch no mató a su marido, se dijo, y pensó qué tal sonaba y adónde
la conduciría.
27
El
viernes por la tarde, Annamarie Scalli volvió a casa después de atender a su
último paciente. El fin de semana se cernía ante ella, y ya sabía que iba a ser
difícil. Desde el martes por la mañana, cuando la liberación de Molly Lasch
había recibido tanta atención por parte de la televisión, la mitad de los
pacientes de Annamarie le había hablado del caso.
Sabía
que era pura casualidad, que ignoraban su relación con el caso. Sus pacientes
no podían salir de casa, y siempre veían los mismos programas, sobre todo
culebrones. Tener un crimen más o menos local como éste era algo nuevo y
diferente: una joven privilegiada que afirmaba no haber asesinado a su marido,
aunque había reconocido su culpabilidad para obtener una condena menor y había
pasado cierto tiempo en la cárcel por esa muerte.
Los
comentarios eran variados, desde la amargada señora O'Brien, quien sustentaba
la tesis de que el médico había recibido lo que todo marido infiel merecía,
hasta el señor Kunzman, convencido de que si Molly Lasch hubiera sido negra y
pobre le habrían caído veinte años.
Por
Gary Lasch no valía la pena pasar ni un día en la trena, pensó Annamarie,
mientras abría la puerta de su apartamento. Lástima que fui tan imbécil de no
darme cuenta a tiempo.
La
cocina era tan diminuta que, comparada con ella, la de un avión parecía
espaciosa, como solía decir ella, pero la había adecentado a base de pintar el
techo de un azul cielo y dibujar un enrejado con flores en las paredes. Como
resultado, el reducido espacio se convirtió en su jardín interior.
Esta
noche, sin embargo, no consiguió animarla. El hecho de tener que revivir
recuerdos dolorosos le hizo sentir deprimida y sola, y comprendió que debía
marcharse. Había un lugar que la ayudaría. Su hermana mayor, Lucy, vivía en
Buffalo, en la casa donde se habían criado. Annamarie no la visitaba con
frecuencia desde la muerte de su madre, pero esta semana haría el viaje.
Después de guardar los últimos comestibles, llamó por teléfono.
Tres
cuartos de hora más tarde tiró una bolsa de lana, que había llenado a toda
prisa, en el asiento trasero del coche y, más animada, encendió el motor. El
viaje era largo, pero no le importaba. Conducir le daría tiempo a pensar.
Dedicó casi todo ese tiempo a arrepentirse. Arrepentirse de no haber escuchado
a su madre. Arrepentirse de haber sido tan idiota. Despreciarse por su relación
con Gary Lasch. Si hubiera podido obligarse a amar a Jack Morrow... si se
hubiera dado cuenta del gran afecto que ya sentía por él...
Recordó
con renovada vergüenza la confianza y el amor que había visto en sus ojos.
Había engañado a Jack Morrow como a todo el mundo, y él ni sabía ni sospechaba
que estaba liada con Gary Lasch.
Pese
a que llegó pasada la medianoche, su hermana Lucy había oído el ruido del coche
y ya estaba abriendo la puerta. Annamarie cogió la bolsa con renovada alegría.
Un momento después estaba abrazando a su hermana, contenta de estar en un lugar
donde, al menos durante el fin de semana, podría olvidar los dolorosos
pensamientos de lo diferente que habría podido ser su vida.
28
El
sábado por la mañana, Edna Barry despertó nerviosa. Hoy vendría a verla la
periodista, y tenía que quitarse de encima a Wally mientras Fran Simmons
estuviera en casa. Llevaba de mal humor varios días, y desde que había visto a
Molly en la televisión no dejaba de decir que quería ir a verla. Anoche había
anunciado que no iría al club, como casi todos los sábados por la mañana. El
club, gestionado por el condado de Fairfield para pacientes externos como
Wally, era uno de sus lugares favoritos.
Le
pediré a Marta que le retenga en casa, pensó Edna. Marta Gustafson Jones había
sido su vecina durante treinta años. Se habían confortado en la enfermedad y la
viudez, y Marta quería a Wally. Era una de las pocas personas que podían
calmarle y manejarle cuando se enfadaba.
Cuando
el timbre de Edna sonó a las once de la mañana, Wally ya no estaba, y Edna
logró fingir un recibimiento cordial y hasta le ofreció café, que Fran aceptó.
—Sentémonos
en la cocina —sugirió mientras se desabrochaba el chaquetón.
—Como
guste.
Edna
estaba muy orgullosa de su inmaculada cocina, con su pequeño juego de muebles
para comedor nuevo de arce comprado en las rebajas.
Una
vez sentada a la mesa, Fran extrajo la grabadora del bolso y la dejó sobre la
mesa.
—Bien,
señora Barry, he venido porque quiero ayudar a Molly, y estoy segura de que
usted también. Por eso, con su permiso, he de grabar sus palabras. Tal vez
surja algo que sea de ayuda para Molly. Estoy segura de que cada vez está más
convencida de que ella no fue la responsable de la muerte de su marido. De
hecho, empieza a recordar cosas sobre aquella noche, y una de ellas es que
había alguien más en la casa cuando llegó a casa desde Cape Cod. Si fuera capaz
de demostrarlo, podría significar la revocación de su condena, o al menos la
reapertura de la investigación. Sería maravilloso, ¿verdad?
Edna
Barry estaba vertiendo agua en la cafetera.
—Sí,
por supuesto, ya lo creo —dijo—. Oh, Dios.
Fran
entornó los ojos cuando vio que la señora Barry había derramado agua sobre la
encimera. Su mano está temblando, pensó. Hay algo que la inquieta. Ya me fijé
el otro día en que estaba nerviosa, cuando la conocí en casa de Molly, y desde
luego estaba muy tensa cuando le pregunté por teléfono si podía venir hoy.
Cuando
el aroma del café empezó a impregnar la habitación, Fran intentó que Edna Barry
bajara la guardia.
—Fui
al colegio con Molly, a la academia Cranden —dijo—. ¿Se lo contó?
—Sí.
Edna
cogió tazas y platillos de la alacena y los puso sobre la mesa. Miró a Fran por
encima de las gafas antes de sentarse.
Está
pensando en el escándalo de la biblioteca, pensó Fran, y prosiguió la
entrevista.
—Tengo
entendido que usted la conoce desde antes de eso.
—Oh,
sí. Empecé a trabajar para sus padres cuando era pequeña. Después, ellos se
fueron a vivir a Florida cuando se casó, y entonces fui a trabajar para ella.
—Así
pues, conocía muy bien al doctor Lasch, ¿no?
Edna
Barry meditó la respuesta.
—Sí
y no. Yo iba tres mañanas a la semana. El doctor ya se había ido a trabajar
cuando yo llegaba, a las nueve, y muy pocas veces volvía antes de la una,
cuando yo me iba. Claro que si Molly daba una cena, lo cual sucedía con
bastante frecuencia, yo iba a servir y limpiar. Eran las únicas veces que les
veía juntos. Cuando estaba en casa, siempre era muy agradable.
Fran
observó que los labios de Edna Barry se tensaban en una delgada línea recta,
como si lo que pensaba mientras hablaba no fuera muy agradable.
—Cuando
les veía juntos, ¿pensaba que eran felices? —preguntó.
—Hasta
el día en que llegué y Molly estaba haciendo la maleta para irse a Cape Cod,
nunca presencié ni un asomo de discusión. Diré que, antes de ese día, me había
parecido que no sabía muy bien qué hacer con su tiempo. Hacía muchos trabajos
voluntarios en la ciudad, y sé que juega bien al golf, pero a veces me decía
que echaba de menos trabajar. También tuvo momentos malos, por supuesto. Estaba
muy ansiosa por tener descendencia, y desde que sufrió el último aborto parecía
diferente, muy silenciosa y reservada.
Nada
de lo que Edna Barry estaba diciendo era de gran ayuda para Molly, pensó Fran,
cuando media hora más tarde terminó su segunda taza de café. Sólo le quedaban
unas pocas preguntas, y hasta el momento la mujer no había sido muy afable.
—Señora
Barry, el sistema de alarma no estaba conectado cuando usted fue a trabajar
aquel lunes, ¿verdad?
—No,
no lo estaba.
—¿Comprobó
si había alguna puerta sin cerrar por la que un intruso hubiera podido entrar?
—No
había ninguna puerta sin cerrar. —La voz de Edna Barry sonó a la defensiva, y
sus pupilas se ensancharon.
He
tocado un punto sensible, pensó Fran, y hay algo que no quiere decirme.
—¿Cuántas
puertas hay en la casa?
—Cuatro
—contestó la mujer—. La delantera y la de la cocina, que se abrían con la misma
llave. Una puerta que comunicaba el salón con el patio, que sólo se abría desde
dentro. Y la puerta del sótano, que siempre estaba cerrada con llave y candado.
—¿Las
verificó todas?
—No;
pero la policía sí, señorita Simmons. ¿Por qué no habla con ellos?
—No
estoy poniendo en duda lo que me dice, señora Barry —dijo Fran con tono
conciliador.
—Aquel
viernes por la tarde —repuso Edna Barry, en apariencia apaciguada—, cuando me
fui, comprobé todas las puertas para asegurarme de que estaban cerradas con
llave. El doctor Lasch siempre entraba por la principal. La falleba no estaba
puesta aquel lunes por la mañana, lo cual significa que alguien utilizó la
puerta durante el fin de semana.
—¿La
falleba?
—Molly
siempre la ponía por la noche. La puerta de la cocina estaba cerrada con llave
cuando entré. Estoy segura.
Las
mejillas de Edna enrojecieron. Fran advirtió que la mujer estaba a punto de
llorar. ¿Tiene miedo porque piensa que fue descuidada y dejó la casa abierta?,
se preguntó.
—Gracias
por su ayuda, señora Barry, y por su hospitalidad. Ya le he robado bastante
tiempo, pero tal vez quiera hacerle unas preguntas más dentro de unos días, y
es posible que le pida que participe en el programa en calidad de invitada.
Fran
apagó la grabadora y se levantó. Cuando llegó a la puerta, lanzó una última
pregunta.
—Señora
Barry, asumamos la posibilidad de que había alguien más en la casa la noche en que
el doctor Lasch murió. ¿Sabe si han cambiado las cerraduras de alguna puerta?
—No
que yo sepa.
—Voy
a sugerir a Molly que las cambie. Tal vez exista el peligro de que se cuele un
intruso. ¿No cree?
Edna
Barry palideció.
—Señorita
Simmons —dijo—, si hubiera visto lo que vi yo cuando subí a su cuarto, Molly
tumbada en la cama y cubierta de sangre seca, sabría que ningún intruso entró
en la casa aquella noche. Deje de crear problemas a personas inocentes.
—¿A
qué personas inocentes estoy intentando crear problemas, señora Barry? Pensaba
que intentaba ayudar a una persona joven, alguien a quien usted conoce desde
hace años y afirma apreciar, para demostrar tal vez su inocencia en ese crimen.
La
mujer no dijo nada, y apretó los labios cuando abrió la puerta para que Fran
saliera.
—Volveremos
a hablar, señora Barry. Tengo la sensación de que aún he de formularle varias
preguntas que requieren una respuesta.
29
Como
Molly sospechó cuando el teléfono sonó el sábado por la tarde, era Jenna.
—Acabo
de hablar con Phil Matthews —dijo Jenna—. Tengo entendido que le has invitado a
cenar en tu casa. Lo apruebo.
—Señor,
ni se te ocurra pensar en esos términos —protestó Molly—. Si no le hubiera
dejado venir, habría aporreado mi puerta, y como aún no estoy preparada para ir
a un restaurante, me pareció lo más lógico.
—Bien,
hemos decidido que, invitados o no, pasaremos a tomar una copa. Cal tiene
muchas ganas de verte.
—No
estáis invitados —dijo Molly—, pero pasaos a las siete.
—Molly...
—dijo Jenna, pero vaciló.
—Dilo.
No pasa nada.
—Oh,
no se trata de nada dramático. Es que vuelves a parecer la de siempre... y me
encanta.
¿Quién
es «la de siempre»?, se preguntó Molly.
—No
hay nada como ventanas sin barrotes y una colcha de raso sobre la cama
—comentó—. Obran maravillas para el alma.
—Espera
a que te lleve a Manhattan para el cambio de imagen. ¿Qué haces hoy?
Molly
decidió que no estaba dispuesta a revelar, ni siquiera a Jenna, el hecho de que
iba a examinar la agenda y el bloc de citas de Gary, para buscar una pista día
a día. Se decantó por una verdad a medias.
—Como
voy a ser la anfitriona, aunque no me haga ninguna ilusión ese papel, he de
trabajar un poco en la cocina. Ha pasado mucho tiempo desde que hice algo
parecido.
Eso
era cierto. El resto de la verdad era que los blocs de citas de Gary, que se
remontaban a varios años antes de su muerte, estaban apilados sobre la mesa de
la cocina. Empezó a trabajar hacia atrás, empezando por la fecha de su muerte,
estudiando cada página, línea por línea.
Molly
recordó que la agenda de Gary siempre había sido apretada, y que siempre tomaba
notas para recordar algo. Ya había topado con varias de esas anotaciones, tales
como «17 h. Llamar a Molly al club».
Recordó
con una punzada de dolor que a veces la telefoneaba y preguntaba: «¿Por qué
anoté en mi agenda que he de llamarte ahora?»
A
las cinco y media, justo antes de poner la mesa para la cena de la noche, Molly
encontró la anotación que ansiaba. Era un número de teléfono que aparecía
varias veces en la última agenda de Gary. Llamó a información y averiguó que el
código de zona de ese número pertenecía a Buffalo.
Marcó
el número, y cuando una mujer contestó, Molly preguntó por Annamarie.
—Al
habla —dijo Annamarie Scalli.
30
Cuando
salió de casa de Edna Barry, Fran se embarcó en un peregrinaje a través de
Greenwich, un viaje más por el sendero de la memoria. Esta vez fue en coche
hasta el pub Stationhouse con la intención de comer allí. Veníamos a tomar algo
rápido antes de ir al cine, recordó con nostalgia.
Pavo
sobre una rebanada de pan de centeno era lo que pedía Fran. Era el plato
favorito de su madre. Paseó la vista por el comedor. No era probable que su
madre volviera a pisar Greenwich. Los recuerdos eran demasiado dolorosos. Aquel
verano, el chiste más popular era que, en lugar de una nueva biblioteca, la
ciudad contaba con una institución de préstamos diferente: la Caja de Ahorros
Simmons. Menudo chiste, pensó con amargura.
Había
considerado la posibilidad de pasar por delante de la casa donde habían vivido
cuatro años, pero se dio cuenta de que no tenía fuerzas. Hoy no, pensó Fran,
mientras pedía la cuenta.
Cuando
volvió a su apartamento de la ciudad, Fran vio que Philip Matthews había
cumplido su palabra. Un abultado paquete la esperaba en el mostrador del
vestíbulo. Lo abrió y comprobó que era la transcripción completa del juicio de
Molly Lasch.
Lo
miró con anhelo, ansiosa por empezar, pero sabía que debería esperar. Los
recados primero, se recordó. Tenía que ir a comprar comida, a la tintorería, y
finalmente a Bloomingdale, en busca de medias y afeites.
Eran
las cuatro y media cuando al fin pudo desentenderse de todo lo demás, preparar
una taza de té, sentarse en su butacón, apoyar los pies sobre la otomana y
abrir la transcripción.
El
texto no proporcionaba una lectura amena. El fiscal presentaba una
argumentación firme y escalofriante: «¿Existen pruebas de forcejeo? No. Herida
profunda en la cabeza del doctor Gary Lasch. El cráneo hundido. Fue golpeado
mientras estaba sentado ante su escritorio, de espaldas a su atacante,
totalmente indefenso. Las pruebas demostrarán que las huellas dactilares de
Molly Lasch, claras y ensangrentadas, estaban en la escultura, que la sangre de
Gary Lasch estaba en su cara, manos y ropa, que no había señales de que
hubieran entrado por la fuerza.»
No
había señales de que hubieran entrado por la fuerza, pensó Fran. Era evidente
que la policía había examinado las puertas. No dicen nada sobre que no
estuvieran cerradas con llave. ¿Se fijó en eso Philip Matthews?, se preguntó.
Subrayó ese fragmento del testimonio con un rotulador amarillo.
Molly
Lasch no mató a su marido. Empiezo a creer que podría ser verdad, pensó Fran.
Demos un paso más. Supongamos que otra persona mató a Gary Lasch y tuvo la
suerte de que, cuando Molly entró y encontró muerto a su marido, sufrió tal
impresión que, sin darse cuenta, hizo lo posible por acusarse. Manoseó el arma
homicida, tocó la cara y la cabeza de su marido, se manchó con su sangre.
Se
manchó con su sangre, pensó. Si Gary Lasch aún estaba vivo cuando Molly le
encontró, ¿es posible que le dijera algo?, se preguntó. Eso explicaría por qué
ella le tocó, por qué su boca y su cara estaban cubiertas de sangre. ¿Intentó
aplicarle el boca a boca cuando le encontró? ¿O lo había intentado después de
darse cuenta de lo que acababa de hacer? Si nos ceñimos a la idea de que es
inocente, alguien debe de estar ahora muy nervioso, comprendió Fran.
Así
pues, ¿Molly Lasch corría un grave peligro? Si Gary Lasch había estado solo en
la casa, una casa con las puertas cerradas con llave, tal como habían
demostrado las pruebas, y al parecer no había oído a su atacante entrar en el
estudio, lo mismo habría podido suceder a Molly, pensó.
Cogió
el teléfono. Pensará que estoy loca, pero voy a llamarla.
El
saludo de Molly sonó apresurado.
—Fran.
Parece que es la hora de la reunión —explicó—. Philip Matthews viene a cenar, y
Jenna y Cal insistieron en pasar a tomar una copa. Acaba de llamarme Peter
Black. No le hizo ninguna gracia el anuncio de que ibas a llamarle, pero ahora
se ha comportado como una persona civilizada. También pasará por aquí.
—En
ese caso, no te retendré, pero se me ha ocurrido una cosa. Por lo que me ha
dicho la señora Barry, las puertas conservan las mismas cerraduras de cuando
comprasteis la casa, ¿no?
—Exacto.
—Pues,
creo que cambiarlas sería una gran idea.
—No
lo había pensado.
—¿Cuántas
personas tienen un juego de llaves?
—No
es un juego. En realidad sólo hay una llave. La puerta principal y la de la
cocina tienen la misma cerradura. Las del patio y el sótano siempre están
cerradas por dentro. Sólo había cuatro llaves. La de Gary, la mía, la de la
señora Barry y la que estaba escondida en el jardín.
—¿Quién
sabía lo del jardín?
—Creo
que nadie. Era para emergencias y nunca llegó a utilizarse. Gary nunca olvidó
sus llaves, y yo tampoco. La señora Barry nunca olvida nada. Fran, tendrás que
perdonarme, pero he de colgar.
—Molly,
el lunes llama a un cerrajero. Por favor.
—Fran,
no corro peligro; a menos que...
—A
menos que hubieras tenido la mala suerte de llegar al escenario del crimen y
sumirte en estado de shock, y ahora alguien quizá tema lo que puedas recordar.
Fran
oyó la exclamación ahogada de Molly.
—Es
la primera vez en seis años que alguien insinúa que podría ser inocente —dijo
con un nudo en la garganta.
—¿Ahora
entiendes por qué quiero que cambies las cerraduras? Iremos juntas el lunes.
—Muy
bien. Quizá tenga noticias interesantes para ti —dijo Molly.
¿Qué
habrá querido decir?, se preguntó Fran mientras colgaba.
31
Tim
Matheson había planificado un último fin de semana de esquí en Stowe, Vermont,
pero una llamada de su primo Michael, que aún vivía en Greenwich, cambió sus
planes. La madre de Billy Gallo, un antiguo amigo común del colegio, había
muerto de un ataque al corazón, y Michael pensó que a Tim le gustaría asistir
al funeral.
Por
ese motivo Tim se encontraba el sábado por la noche en la Merritt Parkway,
conduciendo en dirección sur hacia Connecticut y pensando en los años de la
escuela secundaria, cuando Billy Gallo y él habían tocado juntos en una banda.
Billy ya era entonces un músico de pies a cabeza, pensó Tim. Recordó que habían
intentado formar su propio grupo en el último año, y que siempre habían
ensayado en casa de Billy.
La
señora Gallo, una mujer amable y hospitalaria, siempre les invitaba a cenar, y
no necesitaba esforzarse para convencerles. Su cocina les embriagaba con aroma
a pan horneado, ajo y salsa de tomate. Tim recordó que el señor Gallo llegaba a
casa del trabajo e iba derecho a la cocina, como temeroso de que su mujer no
estuviera allí. En cuanto la veía, sonreía de oreja a oreja y decía: «Josie, ya
has vuelto a abrir latas.»
Tim
pensó en sus padres con cierta melancolía, así como en los años anteriores al
divorcio, cuando se había alegrado de escapar de la creciente frialdad nacida
entre ellos.
El
señor Gallo nunca dejaba de pronunciar la frasecita, y la señora Gallo siempre
reía, como si fuera la primera vez que la oía. Era evidente que estaban locos
el uno por el otro. Sin embargo, el señor Gallo nunca se entendió con Billy.
Pensaba que perdía el tiempo con su afición a la música.
Mientras
Tim evocaba aquellos lejanos días, recordó otro funeral al que había asistido
en Greenwich. En aquella época ya trabajaba de reportero.
Pensó
en Fran Simmons, en su enorme dolor. Sus sollozos ahogados se habían oído
durante todo el funeral. Después, cuando introdujeron el ataúd en el coche
fúnebre, se había sentido como un voyeur, anotando observaciones para su
artículo mientras el cámara tomaba fotos.
Catorce
años habían cambiado a Fran Simmons. No sólo porque se había convertido en una
mujer adulta, sino por su fría profesionalidad, como una armadura invisible. La
percibió en cuanto se encontraron en el despacho de Gus. Tim se avergonzó al
darse cuenta de que, cuando les habían presentado, pensó en su padre y en que
había sido un estafador. ¿Por qué experimentaba la incómoda sensación de que le
debía una disculpa por ello?
Estaba
tan abismado en sus pensamientos que llegó a la salida de North Street antes de
darse cuenta, y estuvo a punto de pasar de largo. Tres minutos después estaba
en la funeraria.
El
lugar estaba lleno de amigos de la familia Gallo. Tim vio caras conocidas,
gente con la que había perdido contacto, algunas de las cuales se acercaron a
él cuando hacía cola para dar el pésame al señor Gallo y a Billy. La mayoría
hicieron comentarios elogiosos sobre sus reportajes, pero enseguida siguieron
comentarios sobre Fran Simmons, porque ahora trabajaba en el programa con él.
—Es
la Fran Simmons cuyo padre se pulió el capital de la biblioteca, ¿verdad?
—preguntó la hermana de la señora Gallo.
—Mi
tía cree que la vio en la cafetería del hospital Lasch —comentó alguien—. ¿Qué
demonios haría allí?
Hicieron
la pregunta a Tim cuando llegó frente a Billy Gallo, quien la oyó. Estrechó la
mano de Tim, con los ojos hinchados de tanto llorar.
—Si
Fran Simmons está investigando algo en el hospital, dile que averigüe por qué
dejan morir a los pacientes cuando no les toca —dijo con amargura.
Tony
Gallo tocó la manga de su hijo.
—Billy,
fue la voluntad de Dios.
—No,
papá, no lo fue. Mucha gente que sufre ataques de corazón se salva. —La voz de
Billy, agitada y tensa, aumentó de volumen. Señaló el ataúd de su madre—. Mamá
no debería estar allí, al menos hasta dentro de veinte años. Los médicos del
Lasch no se preocuparon de ella. La dejaron morir. —Estaba sollozando—. Tim,
Fran Simmons, tú y todos los reporteros de tu programa tenéis que investigar
esto. Tenéis que averiguar por qué esperaron tanto, por qué no la examinó un
especialista a tiempo.
Billy
Gallo se cubrió la cara con las manos y emitió un gemido ahogado, y se rindió a
las lágrimas que había contenido. Tim le aferró los hombros, hasta que los
sollozos de Billy se calmaron, y logró preguntar por fin con voz triste:
—Tim,
dime la verdad, ¿a que nunca probaste una salsa para pasta mejor que la de mi
madre?
32
No
sé por qué lo he permitido, pensó Molly mientras dejaba una bandeja con queso y
galletas sobre la mesa del salón. Ver a Cal y a Peter Black juntos, allí, la
trastornaba hasta extremos que no había imaginado. La serenidad, el consuelo
que experimentaba por estar en su casa se habían esfumado de repente. Era como
si hubieran violado su intimidad. Ver a los dos hombres allí le traía recuerdos
de las numerosas ocasiones en que se habían reunido con Gary en su estudio. Los
tres pasaban horas allí dentro. Los demás miembros de la junta de Remington
Health Management eran simples convidados de piedra.
Durante
los últimos días, la casa le había parecido diferente de como la recordaba. Era
como si los cinco años y medio pasados en la cárcel hubieran cambiado su
percepción de la vida.
Antes
de que Gary muriera, creía que era feliz, pensó Molly. Creía que aquella
desazón desgarradora era consecuencia de mi frustración por no tener hijos.
Ahora
sentía que aquel conocido abatimiento volvía a apoderarse de ella. Adivinó que
Jenna había notado su cambio de humor y estaba preocupada. Jenna la había
seguido hasta la cocina, insistido en cortar el queso en tacos, dispuesto las
galletas en la bandeja y doblado las servilletas.
Después
de ser tan brusco por teléfono, daba la impresión de que Peter Black se
esforzaba por ser agradable. Cuando entró, la besó en ambas mejillas y apretó
su mano. Su mensaje era claro: vamos a olvidar esta terrible tragedia.
¿De
veras?, se preguntó Molly. ¿Podemos lograr que algo como el asesinato, los años
de cárcel, desaparezcan como por ensalmo, como si no hubieran existido? No lo
creo, decidió mientras miraba a esos viejos amigos, si es que lo eran,
congregados en el salón.
Miró
a Peter Black. Parecía terriblemente incómodo. ¿Por qué había insistido en
venir?
El
único que parecía a gusto era Philip Matthews. Había sido el primero en llegar,
a las siete en punto, con una maceta de amarilis.
—Sé
que tienes muchas ganas de empezar un jardín —dijo—. Quizá encuentres un rincón
para una amarilis.
Los
capullos, enormes y de un rojo pálido, eran exquisitos.
—Ve
con cuidado —le advirtió ella—. La amarilis también recibe el nombre de lirio
belladona, y la belladona es un veneno.
La
alegría que había sentido ya no existía. Pensaba que incluso el aire estaba
envenenado. Cal Whitehall y Peter Black no constituían un comité de bienvenida,
eso quedó claro desde el principio. Sus intenciones eran muy diferentes. Eso
explica el nerviosismo de Jenna, decidió Molly. Era ella la que había forzado
el encuentro.
Molly
quiso decir a Jenna que no pasaba nada. Sabía que Cal siempre se salía con la
suya, y que si había tomado la decisión de venir, Jenna no había podido
impedírselo.
La
razón de su visita no tardó en surgir a la luz. Fue Cal quien abordó el tema.
—Molly,
ayer esa reportera de la tele, Fran Simmons, estuvo en la cafetería del
hospital haciendo preguntas. ¿Fue a instancia tuya?
—No,
yo no pedí a Fran que fuera allí —contestó Molly, al tiempo que se encogía de
hombros—, pero me parece bien.
—Oh,
Molly, por favor —murmuró Jenna—. ¿No te das cuenta de lo que te estás
haciendo?
—Sí,
Jen, ya lo creo —dijo Molly en voz baja, pero con firmeza.
Cal
dejó el vaso en la mesa con fuerza innecesaria y derramó algunas gotas.
Molly
resistió la tentación de pasar un paño al instante, como una forma de escapar a
aquella pesadilla. Miró a los dos hombres que habían sido socios de su marido.
Cal
se dio cuenta del resultado de su brusquedad, se puso en pie y murmuró:
—Iré
por un papel absorbente.
Buscó
en la cocina y localizó el portarrollos. Cuando volvió sobre sus pasos, sus
ojos se desviaron hacia la única anotación que había en el calendario de pared.
La examinó con atención.
Peter
Black tenía las mejillas coloradas. Estaba claro que no era su primera copa de
la noche.
—Molly,
ya sabes que hemos entablado negociaciones para adquirir otras compañías de
seguros médicos. Si insistes en permitir, y ya no digamos alentar, la grabación
de este programa, ¿podrías pedirle a Fran Simmons que espere a que la fusión se
haya producido?
De
modo que esto es lo que quieren, pensó Molly. Tienen miedo, de que, si abro
heridas, la infección pueda contagiarles.
—No
hay nada que ocultar, por supuesto —añadió Black con énfasis—, pero los rumores
y las habladurías han arruinado muchas negociaciones importantes.
Estaba
bebiendo whisky escocés, y Molly vio cómo vaciaba su vaso. Recordó que años
atrás era un bebedor compulsivo. Eso no había cambiado.
—Además,
Molly, haz el favor de desechar la idea de localizar a Annamarie Scalli
—suplicó Jen—. Si se entera de lo del programa sería capaz de vender su
historia a una de esas revistas sensacionalistas.
Molly
seguía sentada en silencio, mirando a las tres personas, y sentía que sus
temores y dudas pugnaban por salir a la plácida superficie que, de momento,
exhibía aquella noche.
—Creo
que el caso ya ha sido presentado —dijo con brusquedad Philip Matthews,
rompiendo así el embarazoso silencio—. ¿Por qué no suspendemos la sesión?
Peter
Black, Jenna y Cal se fueron pocos minutos después. Philip Matthews preguntó
después:
—Molly,
¿prefieres que dejemos la cena y me esfume?
Molly
asintió, a punto de llorar.
—Te
daré un vale, si quieres —logró balbucear.
—Descuida.
Molly
había elegido coq au vin con arroz integral. Cuando Philip se marchó, cubrió
los platos y los guardó en la nevera. Luego, comprobó las cerraduras y entró en
el estudio. Esa noche, tal vez porque Cal y Peter Black habían estado en la
casa, tenía la intensa sensación de que algo acechaba en los límites de su
mente consciente, y de que trataba de penetrar en ella.
¿Qué
era?, se preguntó. ¿Viejos recuerdos, temores que la hundirían más en la
depresión? ¿O proporcionaría respuestas, la ayudaría a escapar de la oscuridad
que la amenazaba? Tendría que comprobarlo.
No
encendió ninguna luz y se aovilló en el sofá, con las piernas dobladas bajo el
cuerpo.
¿Qué
pensarían Cal, Peter y Philip si sospecharan que mañana por la noche, a las
ocho, en un restaurante de carretera de Rowayton, se había citado con Annamarie
Scalli?
33
No
hay nada como un domingo por la mañana en Manhattan, decidió Fran cuando abrió
la puerta del apartamento a las siete y media y encontró el grueso Times
dominical esperándola. Preparó zumo, café y una madalena, se acomodó en su
butacón, plantó los pies sobre la otomana y hojeó la primera sección del
periódico. Pocos minutos después lo dejó, a sabiendas de que le interesaba muy
poco lo que había leído.
—Estoy
preocupada —dijo en voz alta, y luego se recordó que era una mala costumbre
hablar sola.
No
había dormido bien, y estaba segura de que su insomnio tenía relación con la
críptica declaración de Molly de que tal vez tendría noticias interesantes para
ella. ¿Qué clase de noticias podían ser «interesantes»?, se preguntó.
Si
Molly está llevando a cabo una especie de investigación privada, podría meterse
en problemas. Se levantó, se sirvió una segunda taza de café y volvió a la
butaca, esta vez para leer la transcripción del juicio de Molly.
Examinó
la transcripción durante la siguiente hora, línea por línea. Había el
testimonio de los primeros policías que llegaron al lugar de los hechos, así
como la del forense. A continuación constaba el testimonio de Peter Black y de
los Whitehall, en el que describían su último encuentro con Gary Lasch, pocas
horas antes de su muerte.
Había
sido muy difícil arrancar a Jenna algo negativo, pensó Fran mientras leía su
declaración.
FISCAL:
¿Habló con la acusada durante la semana anterior a la muerte de su marido,
mientras estaba en su casa o en Cape Cod?
JENNA:
Sí.
F.:
¿Cómo definiría su estado emocional?
J.:
Triste. Estaba muy triste.
F.:
¿Estaba furiosa con su marido, señora Whitehall?
J.:
Estaba disgustada.
F.:
No ha contestado a mi pregunta. ¿Estaba Molly Carpenter Lasch furiosa con su
marido?
J.:
Sí, yo diría que sí.
F.:
¿Expresó una gran furia hacia su marido?
J.:
¿Le importa repetir la pregunta?
F.:
Desde luego. ¿Su señoría querría ordenar a la testigo que conteste sin
ambigüedades?
JUEZ:
Se ordena a la testigo que conteste sin ambigüedades.
F.:
Señora Whitehall, durante sus conversaciones telefónicas con Molly Carpenter
Lasch en la semana anterior a la muerte de su marido, ¿expresó una gran cólera
hacia él?
J.:
Sí.
F.:
¿Conocía los motivos de que Molly Carpenter Lasch estuviera furiosa con su
marido?
J.:
Al principio no. Se lo pregunté, pero no me lo dijo. Lo hizo el domingo por la
tarde.
Cuando
leyó el testimonio de Calvin Whitehall, Fran decidió que, de manera
intencionada o no, había sido un testigo muy judicial. El fiscal del estado
debió ponerse a dar saltitos de alegría, pensó.
FISCAL:
Señor Whitehall, usted y el doctor Peter Black visitaron al doctor Gary Lasch
la tarde del domingo 18 de abril. ¿Correcto?
CALVIN
WHITEHALL: Sí, en efecto.
F.:
¿Cuál fue el propósito de su visita?
C.
W.: El doctor Black me había dicho que estaba muy preocupado por Gary. Lo había
visto muy atribulado durante toda la semana, de modo que decidimos ir a verle.
F.:
Cuando dice "decidimos", se refiere a...
C.
W.: Al doctor Peter Black y a mí.
F.:
¿Qué pasó cuando llegaron a su casa?
C.
W.: Fue sobre las cinco de la tarde. Gary nos condujo hasta el salón. Había
preparado una bandeja con queso y galletas, y abrió una botella de vino. Nos
sirvió una copa a cada uno y dijo: «Lamento decirlo, pero ha llegado el momento
de confesarlo.» Después, admitió que había mantenido relaciones con una
enfermera del hospital llamada Annamarie Scalli, y que ella estaba embarazada.
F.:
¿Estaba preocupado el doctor Lasch por la previsible reacción de ustedes?
C.
W.: Por supuesto. Esa enfermera tenía poco más de veinte años. Temíamos las
consecuencias. Una denuncia por acoso sexual, por ejemplo. Al fin y al cabo,
Gary era el director del hospital. El apellido Lasch, gracias a la herencia de
su padre, es un símbolo de integridad que, por supuesto, abarca al hospital y a
Remington Health Management. Nos preocupaba mucho la posibilidad de que un
escándalo alterara esa imagen.
Fran
continuó leyendo la transcripción del juicio durante otra hora. Cuando la dejó,
se frotó la frente, para mitigar el dolor de cabeza que se estaba gestando.
Da
la impresión de que Gary Lasch y Annamarie Scalli llevaron su relación muy en
secreto, pensó. Lo que se desprende de esto es la gran sorpresa de Molly, Peter
Black, los Whitehall y sus conocidos más íntimos cuando se enteraron.
Recordó
la expresión de estupor de Susan Branagan, la voluntaria de la cafetería del
hospital. Afirmó que todo el mundo había dado por sentado que Annamarie Scalli
estaba enamorada del simpático doctor Morrow.
Jack
Morrow, que había sido asesinado pocos días antes que Gary Lasch, se recordó
Fran.
Eran
las diez. Pensó en ir a correr, pero hoy no le apetecía. Miraré la cartelera,
pensó. Me atizaré una peli, como decía papá.
El
teléfono sonó justo cuando abría la sección de espectáculos del periódico, con
el fin de localizar la película adecuada, en el cine adecuado y a la hora
adecuada.
Era
Tim Mason.
—Sorpresa
—dijo—. Espero no molestarte. He llamado a Gus, y me ha dado tu número de
teléfono.
—En
absoluto. Si se trata de una entrevista sobre deportes, aunque he vivido en
California durante catorce años, los Yankees es mi equipo favorito. También
quiero que reconstruyan Ebbets Field. Y debo añadir que, entre los Giants y los
Jets, la cosa está difícil, pero si debo elegir ante un altar, me quedaría con
los Giants.
Mason
rió.
—Me
gustan las mujeres que saben tomar decisiones. De hecho, he llamado para saber
si no tenías nada mejor que hacer y accederías a tomar el brunch conmigo en
Neary's.
El
restaurante Neary's estaba justo en la esquina del apartamento de Fran, en la
calle Cincuenta y siete.
Fran
cayó en la cuenta de que no sólo estaba sorprendida, sino muy complacida por la
invitación. Cuando se conocieron, había lamentado leer en los ojos de Mason que
sabía quién era ella y quién había sido su padre, pero después se había dicho
que debía esperar tal reacción. No era culpa de Fran que él conociera los
antecedentes delictivos de su padre.
—Gracias.
Me gustaría mucho —contestó.
—¿A
mediodía?
—Fantástico.
—No
te vistas de largo, por favor.
—No
pensaba hacerlo. Día de descanso y todo eso.
Después
de colgar, Fran habló en voz alta por segunda vez aquella mañana.
—¿De
qué va este rollo? Apesta al tipo de cita pasado de moda.
Fran
llegó a Neary's y encontró a Tim Mason conversando con el camarero. Vestía un
niki, una chaqueta de pana verde oscuro y pantalones color tostado. Llevaba el
pelo desgreñado, y la chaqueta estaba fría cuando le tocó el brazo.
—Tengo
la sensación que has cogido un taxi —dijo cuando él se volvió.
—No
me gusta abrocharme el cinturón de seguridad —dijo Tim—. He venido a pie. Me
alegro de verte, Fran.
Sonrió.
Fran
calzaba botas hasta el tobillo de tacones bajos, y se dio cuenta de que se
sentía como en primer grado: bajita.
Un
sonriente Jimmy Neary les condujo hasta una de sus cuatro mesas rinconeras, lo
cual reveló a Fran que Tim Mason debía de ser un cliente habitual. Durante las
semanas transcurridas desde que se había instalado en Nueva York, había ido una
vez al local, con una pareja de su edificio de apartamentos. También les habían
dado una mesa rinconera, y ellos le habían explicado el significado de ese
gesto.
Mientras
tomaban un par de bloody-mary, Tim habló de sí mismo.
—Mis
padres se fueron de Greenwich cuando se divorciaron. Fue el año posterior a la
universidad, cuando yo ya trabajaba para el Greenwich Time. El director me
llamaba aprendiz de periodista, pero en realidad era el chico de los recados.
Fue la última vez que viví allí.
—¿Cuántos
años hace de eso? —preguntó Fran.
—Catorce.
Fran
efectuó unos rápidos cálculos mentales.
—Por
eso reconociste mi apellido cuando nos conocimos. Sabías lo de mi padre.
Tim
se encogió de hombros.
—Sí.
Esbozó
una sonrisa de disculpa.
La
camarera les entregó la carta, pero los dos pidieron huevos Benedict sin
consultarla. Cuando la camarera se alejó, Tim bebió un sorbo de su bloody-mary.
—No
me lo has pedido, pero voy a contarte la historia de mi vida, que te resultará
particularmente fascinante, pues es evidente que sabes de deportes.
No
somos muy diferentes, pensó Fran mientras escuchaba a Tim hablar de su primer
trabajo, la retransmisión de los juegos de las escuelas secundarias de una
pequeña ciudad en el norte del estado de Nueva York. Después, Fran le contó que
había hecho prácticas en una localidad cercana a San Diego, donde el
acontecimiento más emocionante era el pleno del ayuntamiento.
—Cuando
empiezas, aceptas el primer trabajo que cae —dijo, y él asintió.
Tim
también era hijo único, pero al contrario que ella no tenía hermanastros.
—Después
del divorcio, mi madre se trasladó a Bronxville —explicó—. Era la ciudad donde
tanto ella como mi padre se habían criado. Compró una casa en la ciudad. ¿Y
sabes qué? Mi padre compró una en la misma urbanización. Nunca se llevaron bien
cuando estuvieron casados, pero ahora salen a menudo, y en vacaciones vamos a
casa de él a tomar el aperitivo y a casa de ella a comer. Al principio me quedé
perplejo, pero parece que ese sistema les va de maravilla.
—Bueno,
me complace decir que mi madre es muy feliz, y con buenos motivos —dijo Fran—.
Se volvió a casar hace ocho años. Supuso que yo regresaría a Nueva York tarde o
temprano, y sugirió que adoptara el apellido de mi padrastro. Ya sabes la
publicidad que hubo por lo de mi padre.
Tim
asintió.
—Sí.
¿Estuviste tentada de hacerlo?
Fran
dobló y desdobló su servilleta.
—No,
nunca.
—¿Estás
segura de que es una decisión prudente llevar a cabo investigaciones para un
programa centrado en Greenwich?
—Es
probable que no, pero ¿por qué lo preguntas?
—Fran,
anoche asistí en Greenwich al funeral de una mujer que había conocido cuando
era adolescente. Murió de un ataque de corazón en el hospital Lasch. Su hijo es
amigo mío, y está furioso. Por lo visto, no hicieron todo lo posible por
salvarla, y él piensa que, aprovechando las circunstancias, deberías investigar
el tratamiento que reciben los pacientes en el hospital.
—¿Se
pudo hacer algo más por su madre?
—No
lo sé. Tal vez estaba loco de dolor, pero no me sorprendería que tuvieras
noticias de él. Se llama Billy Gallo.
—¿Y
por qué querría llamarme precisamente a mí?
—Porque
oyó que te habían visto en la cafetería del Lasch el viernes. Apuesto a que
toda la ciudad lo sabe ya.
Fran
meneó la cabeza, incrédula.
—No
sabía que había salido tanto en la tele para que la gente me reconociera. Lo
siento —Se encogió de hombros—. La verdad es que conseguí una información
interesante, hablando con una voluntaria en la cafetería. Supongo que se habría
cerrado en banda de haber sabido que era periodista.
—¿Tu
visita estaba relacionada con el programa que estás preparando sobre Molly
Lasch?
—Sí,
pero más que nada para reunir información básica —dijo, pero no quería ahondar
más en el tema—. Tim, ¿conoces a Joe Hutnik, del Greenwich Time?
—Sí.
Joe ya trabajaba allí cuando yo entré. Un buen tipo. ¿Por qué lo preguntas?
—Joe
no tiene muy buena opinión sobre las HMO en general, pero por lo visto cree que
Remington Health Management no es peor que las demás.
—Bien,
Billy Gallo no piensa lo mismo. —Advirtió preocupación en el rostro de Fran—.
Descuida. Es un tipo muy simpático, aunque ahora está muy disgustado.
Mientras
despejaban la mesa y servían el café, Fran paseó la vista alrededor. Casi todas
las mesas estaban ocupadas, y un murmullo risueño reinaba en el local. Tim
Mason es un chico muy agradable, pensó. Su amigo quizá me llame, o quizá no. El
auténtico mensaje de Tim es que la atención de Greenwich está centrada en mí, y
que los viejos chismes y chistes sobre la muerte de mi padre van a resucitar.
Fran
no captó la mirada compasiva de Tim, ni fue consciente de que la expresión de
sus ojos recordaban al periodista la imagen de la adolescente desolada por la
muerte de su padre.
34
Annamarie
Scalli había accedido a encontrarse con Molly a las ocho en un restaurante de
Rowayton, una ciudad situada a quince kilómetros al noreste de Greenwich. Ella
había sugerido el lugar y la hora.
—No
es elegante, y está muy tranquilo los domingos, sobre todo a esa hora —había
dicho—. Estoy segura de que no queremos toparnos con algún conocido.
A
las seis (demasiado pronto, y lo sabía) Molly estaba preparada para marcharse.
Se había cambiado dos veces de ropa, tras haberse sentido demasiado elegante
con el traje negro que se puso primero, y demasiado informal en tejanos. Por
fin, se decidió por pantalones azul oscuro y un jersey blanco de cuello cisne.
Se recogió el pelo en un moño, y recordó que a Gary le gustaba que lo llevara
de esa forma, sobre todo por los mechones que escapaban y caían sobre su cuello
y orejas. Decía que le daban un aspecto muy natural. «Siempre tienes un aspecto
perfecto, Molly —solía decirle—. Perfecta, elegante, refinada. Consigues que
unos tejanos y una sudadera parezcan un traje de noche.»
En
aquel tiempo, pensaba que se burlaba de ella. Ahora, ya no estaba tan segura.
Era lo que necesitaba averiguar. Los maridos hablan de sus esposas a sus
amiguitas, pensó. He de saber lo que Gary contó de mí a Annamarie Scalli.
Además quiero preguntarle qué hacía la noche en que Gary murió. Al fin y al
cabo, tenía muy buenos motivos para estar furiosa con él, igual que yo. Lo sé
por la forma en que habló con él por teléfono.
A
las siete, Molly decidió que ya era una hora razonable para salir hacia
Rowayton. Cogió el impermeable y ya se dirigía hacia la puerta cuando, de
pronto, volvió a su dormitorio, cogió una sencilla bufanda azul y unas grandes
gafas de sol Cartier, de un estilo que estaba de moda seis años antes. Bien, al
menos me proporcionarán la sensación de ir disfrazada, pensó.
En
otro tiempo, el garaje con capacidad para tres coches había albergado su BMW
descapotable, el Mercedes sedán de Gary, y la furgoneta negra que él había
comprado dos años antes de su muerte. Molly recordó su sorpresa cuando Gary
apareció un día con el vehículo.
—No
pescas, no cazas y no irías ni loco de camping. El maletero del Mercedes es
gigantesco, y en él caben sin problema tus palos de golf. ¿Para qué quieres la
furgoneta?
En
aquel momento no se le ocurrió que, para sus propósitos particulares, Gary
deseara un vehículo parecido a docenas de otras furgonetas de la zona.
Después
de la muerte de Gary, el primo de éste se encargó de vender los coches. Cuando
Molly fue a la cárcel, había pedido a sus padres que vendieran el suyo. En
cuanto le concedieron la libertad condicional, le compraron un coche nuevo para
celebrarlo, un sedán azul oscuro que ella había elegido en los folletos de
publicitarios que le enviaban.
Había
echado un vistazo al coche el primer día que llegó a casa, pero ahora subió en
él por primera vez, y disfrutó del olor a nuevo. Hacía casi seis años que no
conducía, y de repente se le antojó que la sensación de la llave de encendido
en su mano era muy liberadora.
La
última vez que había conducido fue el domingo que regresó de Cape Cod. Con las
manos en el volante, Molly reprodujo en su mente aquel trayecto. Agarraba el
volante con tanta fuerza que las manos me dolían, recordó mientras salía del
garaje en marcha atrás, y después utilizó el control remoto para cerrar la
puerta. Bajó poco a poco por el camino de acceso hasta salir a la calle. En
circunstancias normales habría guardado el coche en el garaje, pero recuerdo
que aquella noche paré delante de la casa y lo dejé allí. ¿Por qué lo hice?, se
preguntó, mientras se esforzaba por recordar. ¿Porque llevaba la maleta, y así
no tendría que cargar con ella tanto trecho?
No;
fue porque estaba desesperada por hablar con Gary. Iba a hacerle las mismas
preguntas que voy a formular a Annamarie Scalli ahora. Necesitaba saber qué
sentía por mí, por qué se ausentaba con tanta frecuencia, por qué, si no era
feliz en nuestro matrimonio, no se había sincerado conmigo, en lugar de dejarme
desperdiciar tanto tiempo y energías en intentar ser una buena esposa.
Molly
sintió que el resentimiento recorría su cuerpo. ¡Basta!, se dijo.
Annamarie
Scalli llegó al Sea Lamp Diner a las siete y veinte. Sabía que era
ridículamente temprano para su encuentro con Molly Lasch, pero deseaba ser la
primera en llegar. No asimiló la impresión de hablar en persona con Molly, de
que hubiera descubierto su paradero, hasta después de acceder a la cita.
Su
hermana Lucy se había opuesto con todas sus fuerzas al encuentro.
—Annamarie,
esa mujer estaba tan rabiosa contigo que mató a golpes a su marido —había
dicho—. ¿Qué te hace pensar que no te atacará? El mismo hecho de que quizá diga
la verdad cuando afirma que no recuerda haberle matado revela que es un caso
clínico. Y tú siempre has tenido miedo porque sabías demasiado sobre lo que
pasaba en el hospital. ¡No vayas!
Las
hermanas habían discutido toda la noche, pero Annamarie estaba decidida. Había
razonado que, como Molly Lasch la había localizado, sería mejor encontrarse con
ella en un restaurante que correr el riesgo de que se presentara en su casa de
Yonkers, o de que la acosara mientras intentaba cuidar de sus pacientes.
Una
vez en el restaurante, Annamarie se encaminó al reservado de un rincón, al
fondo de la larga y estrecha sala. Unas pocas personas estaban sentadas a la
barra, con expresión cabizbaja. Igual de hosca estaba la camarera, que se
molestó cuando Annamarie rechazó la mesa de la entrada en la que había
intentado acomodarla.
El
ambiente deprimente del restaurante no hizo más que aumentar la sensación de
abatimiento que la había embargado durante el largo trayecto desde Buffalo. La
fatiga se iba adueñando de su cuerpo. Estoy segura de que por eso me siento tan
deprimida, se dijo sin demasiada convicción, mientras bebía el café tibio que
la camarera le había servido con brusquedad.
Sabía
que el problema era debido en gran parte a la discusión sostenida con su
hermana. Aunque quería mucho a su hermana, Lucy no era tímida a la hora de
herirla donde más dolía, y su letanía de «ojalás» la había afectado al fin.
—Annamarie,
ojalá te hubieras casado con Jack Morrow. Como decía mamá, era uno de los
hombres más bondadosos que jamás han calzado zapatos de piel. Estaba loco por
ti. Y era médico, y muy bueno. ¿Recuerdas que la señora Monahan vino a vernos
aquel fin de semana que le trajiste aquí? Jack dijo que no le gustaba su color.
Si él no la hubiera convencido de hacerse aquellas pruebas y no hubieran
descubierto el tumor, hoy no estaría viva.
Annamarie
había dado la misma respuesta que repetía desde hacia casi seis años.
—Escucha,
Lucy, Jack sabía que no estaba enamorada de él. Tal vez en otras circunstancias
habría podido quererle. Tal vez la relación habría funcionado si las cosas
hubieran sido diferentes, pero no era así. Yo era muy joven y acababa de
obtener mi primer empleo. Empezaba a vivir. No estaba preparada para el
matrimonio. Jack lo comprendió.
Annamarie
recordó que, la semana anterior al asesinato de Jack, se había peleado con
Gary. Iba hacia el despacho de Gary, pero voces airadas la detuvieron en la
sala de recepción.
—El
doctor Morrow está reunido con el doctor Lasch —había susurrado la secretaria—.
Está muy disgustado. No se por qué, pero imagino que por lo de siempre: el
tratamiento previsto para un paciente ha sido rechazado.
Recuerdo
que en aquel momento me aterrorizó la posibilidad de que discutieran por mí,
pensó Annamarie. Huí antes de que Jack me viera allí. Estaba segura de que lo
había descubierto.
Pero
más tarde, cuando Jack la detuvo en el pasillo, no había dado muestras de estar
irritado con ella. En cambio, le preguntó si iría a ver a su madre pronto.
Cuando Annamarie contestó que pensaba ir dentro de dos fines de semana, dijo
que iba a fotocopiar un expediente muy importante, y le pidió que guardara la
copia en el desván de su madre.
Me
sentí tan aliviada de que no hubiera descubierto lo nuestro, y tan torturada
por lo que sabía del hospital, que ni siquiera tuve curiosidad por saber qué
contenía el expediente, pensó Annamarie. Dijo que me lo entregaría pronto, y me
hizo prometer que no se lo contaría a nadie. Pero no me lo dio nunca, y una
semana más tarde estaba muerto.
—¿Annamarie?
Sobresaltada,
levantó la vista. Estaba tan absorta en sus pensamientos que no había visto
entrar a Molly Lasch. Un vistazo a la otra mujer bastó para que se sintiera
gorda y falta de atractivo. Las gafas de sol no conseguían ocultar las
facciones exquisitas de Molly. Las manos que desanudaron el cinturón del abrigo
eran largas y esbeltas. Cuando se quitó el pañuelo de seda de la cabeza, su
cabello era más oscuro de lo que Annamarie recordaba, pero todavía bonito y
terso.
Molly
estudió a Annamarie mientras tomaba asiento frente a ella. No es como me
esperaba, pensó. La había visto en el hospital varias veces, y recordaba que
era muy bonita, con una figura provocativa y una masa de cabello oscuro. Pero
no había nada provocativo en aquella mujer vestida con sencillez. Llevaba el
pelo corto, y aunque su cara todavía era bonita, estaba un poco hinchada. Había
ganado varios kilos, pero sus ojos eran adorables, castaño intenso con pestañas
oscuras, si bien su expresión era de desdicha y miedo.
Me
tiene miedo, pensó Molly, sorprendida de causar ese efecto en alguien.
La
camarera se acercó, esta vez más cordial. Annamarie comprendió que Molly la
había impresionado.
—Un
té con limón, por favor —pidió ésta.
—Y
más café para mí, si no le importa —añadió Annamarie cuando la camarera se
volvía.
Molly
esperó a que estuvieran solas para hablar.
—Me
alegro de que accediera a reunirse conmigo. Sé que esto ha de resultarle tan
violento como a mí, pero prometo que no la retendré demasiado, y creo que podrá
ayudarme si es sincera conmigo.
Annamarie
asintió.
—¿Cuándo
empezó su relación con Gary?
—Un
año antes de que muriera. Un día, mi coche no se puso en marcha y él me llevó a
casa. Entró para tomar una taza de café. —Miró sin pestañear a Molly—. Sabía
que deseaba acostarse conmigo. Una mujer siempre se da cuenta de esas cosas,
¿verdad? —Hizo una pausa y se miró las manos—. La verdad es que me gustaba, y
se lo puse fácil.
Deseaba
acostarse con ella, pensó Molly. ¿Fue la primera? No, probablemente no. ¿La
décima? Nunca lo sabría.
—¿Había
mantenido relaciones con otras enfermeras?
—No
que yo sepa, pero sólo llevaba trabajando unos meses en el hospital cuando
empezó lo nuestro. Insistió en la necesidad de una discreción absoluta, lo cual
me iba bien. Procedo de una familia italiana muy católica, y a mi madre le
hubiera dado un ataque de llegar a saber que salía con un hombre casado.
»Señora
Lasch, quiero que sepa...
Annamarie
se interrumpió cuando la camarera regresó con el té y más café. Annamarie
observó que no dejaba con brusquedad la taza delante de Molly.
Cuando
la camarera se alejó, continuó.
—Señora
Lasch, quiero que sepa que lamento profundamente lo sucedido. Sé que destruí su
vida. Acabó con la vida del doctor Lasch. Renuncié a mi hijo porque deseaba que
empezara su vida con un padre y una madre que pudiesen proporcionarle un hogar
feliz. Tal vez algún día, cuando sea adulto, querrá verme. Confío en que usted
sea capaz de comprenderme, incluso de perdonarme. Puede que usted acabara con
la vida de su padre, pero mis actos desencadenaron esta tragedia.
—¿Sus
actos?
—Si
no me hubiera liado con el doctor Lasch, nada de esto habría sucedido. Si no le
hubiera telefoneado a casa, quizá usted nunca se habría enterado.
—¿Por
qué le llamó a casa?
—Bien,
para empezar, me dijo que usted y él estaban hablando de divorciarse, pero no
quería que usted supiera que había otra mujer de por medio. Dijo que le
complicaría el divorcio, y que usted se pondría celosa y vengativa.
¿Eso
decía mi marido a su amiguita de mí?, pensó Molly. ¿Dijo que estábamos hablando
de divorciarnos, que yo era celosa y vengativa? ¿Ése era el hombre por cuyo
asesinato fui a la cárcel?
—Dijo
que había sido una suerte que usted perdiese el niño. Dijo que un niño sólo
serviría para complicar la ruptura.
Molly
guardó un silencio estupefacto. Santo Dios, ¿era posible que Gary hubiera dicho
eso?, pensó. ¿Dijo que era una suerte que yo hubiera perdido el niño?
—Pero
cuando le dije que estaba embarazada, se asustó. Dijo que me deshiciera del
bebé. Dejó de verme y ni siquiera me saludaba en el hospital. Su abogado me
telefoneó y me ofreció un acuerdo, siempre que yo firmara una declaración
jurada de que no iba a divulgar los hechos. Llamé a su casa porque tenía que
hablar con él. Estaba desesperada. Quería hablar con él de si quería o no responsabilizarse
del niño. En aquel momento no era mi intención cederlo en adopción.
—Y
yo descolgué el otro teléfono y oí la conversación.
—Ya.
—¿Mi
marido habló alguna vez de mí con usted, Annamarie? Aparte de decir que
estábamos hablando de divorciarnos, claro.
—Sí.
—Cuénteme
qué le dijo, se lo ruego. He de saberlo.
—Ahora
comprendo que sólo me contó de usted lo que yo deseaba oír.
—De
todos modos, me gustaría saber qué fue.
Annamarie
vaciló y miró a los ojos a la mujer sentada frente a ella, una mujer a la que
primero había despreciado y después odiado, pero por la cual empezaba a sentir
compasión.
—La
consideraba una esposa aburrida.
Una
esposa aburrida, pensó Molly. Por un momento creyó estar otra vez en la cárcel,
cuando tomaba comida insípida, oía el ruido de las cerraduras y pasaba noche
tras noche en vela.
—Como
marido, y como médico, no valía el precio que usted pagó por matarle, señora
Lasch —musitó Annamarie.
—Annamarie,
usted cree que maté a mi marido, pero yo no estoy tan segura. La verdad es que
no sé qué pasó. No sé si, pese a mis esfuerzos, algún día recordaré todo lo
ocurrido aquella noche. Dígame, ¿dónde estaba usted aquel domingo por la noche?
—En
mi apartamento, haciendo la maleta.
—¿Había
alguien con usted?
Las
pupilas de Annamarie se dilataron.
—Señora
Lasch, pierde el tiempo si ha venido aquí con el propósito de insinuar que tuve
algo que ver con la muerte de su marido.
—¿Sabe
de alguien que tuviera motivos para matarle? —Molly percibió el sobresalto en
los ojos de la otra mujer—. Annamarie, usted teme algo. ¿Qué es?
—No
temo nada y no sé nada más. Escuche, debo marcharme.
Annamarie
se dispuso a levantarse.
Molly
la retuvo por la muñeca.
—Annamarie,
en esa época apenas tenía veinte años. Gary era un hombre sofisticado. Nos engañó
a las dos, y ambas teníamos motivos para estar furiosas, pero no creo que yo le
matara. Si tiene motivos para pensar que otra persona estaba resentida con él,
dígame quién es, se lo ruego. Al menos me concedería un punto de partida. ¿Se
peleó con alguien?
—Sí.
Con el doctor Jack Morrow.
—¿Morrow?
Pero si murió antes que Gary.
—Sí,
y antes de morir el doctor Morrow se comportaba de una manera extraña. Me pidió
que le guardara una copia de un expediente. Le asesinaron antes de que me la
entregara. —Annamarie liberó su mano—. Señora Lasch, ignoro si mató o no a su
marido, pero si no lo hizo, no debería ir por ahí haciendo preguntas.
Annamarie
casi tropezó con la camarera, que volvía por si querían algo más. Molly pidió
la cuenta y pagó a toda prisa. Cogió su abrigo, ansiosa por alcanzar a
Annamarie. Conque una esposa aburrida, pensó airada, mientras salía del
restaurante.
De
regreso a Greenwich, Molly repasó su breve conversación con Annamarie Scalli.
Sabe algo que no quiere decirme, pensó. Es como si tuviera miedo. Pero ¿de qué?
Aquella
noche, Molly miró con incredulidad la noticia de portada del telediario de la
CBS de las once, referente al cadáver recién descubierto de una mujer no
identificada que había sido apuñalada en su coche, en el aparcamiento del Sea
Lamp Diner de Rowayton.
35
Tom
Serrazzano, ayudante del fiscal del distrito, no había intervenido en el caso
de Molly Carpenter Lasch, pero siempre lo había lamentado. Para él, no cabía
duda de que la mujer era culpable, y debido a quién era había recibido el mejor
trato posible: sólo cinco años y medio por asesinar a su marido.
Tom
estaba en funciones cuando Molly fue juzgada, y se quedó anonadado cuando el
fiscal aceptó una condena leve a cambio de la confesión voluntaria. Creía que
todo fiscal digno de ese cargo habría continuado el juicio y buscado la condena
por asesinato en primer grado.
Le
molestaba en especial que los culpables tuvieran dinero y buenos contactos,
como Molly Carpenter Lasch.
Tom,
al que faltaba poco para cumplir los cincuenta, había dedicado toda su carrera
legal a la defensa de la ley. Después de hacer oposiciones a juez, había
entrado en la oficina del fiscal del distrito, y al cabo de cierto tiempo se
había ganado fama de fiscal duro.
El
lunes por la mañana, el asesinato de una joven, identificada al principio como
Annamarie Sangelo, vecina de Yonkers, adquirió un nuevo significado cuando la
investigación reveló que su verdadero nombre era Annamarie Scalli, la «otra
mujer» en el caso del doctor Gary Lasch.
La
declaración de la camarera del Sea Lamp Diner, sobre todo cuando describió a la
mujer con quien la Scalli se había citado, convenció a Serrazzano. Para él, ya
era un caso cerrado.
—Sólo
que esta vez no aceptaremos una confesión voluntaria —dijo a los detectives que
trabajaban en el caso.
36
Es
muy importante que sea precisa en todo lo que les diga, se repitió Molly una y
otra vez durante toda la noche.
Annamarie
salió del restaurante antes que yo. Pagué la cuenta. En el trayecto entre la
mesa y la puerta sólo podía oír la voz de Annamarie, diciendo que Gary se
alegraba de que hubiera perdido el niño, que me consideraba una esposa
aburrida. De pronto experimenté la sensación de que me faltaba el aire.
Había
muy pocos coches en el aparcamiento cuando salí del restaurante. Uno de ellos
era un jeep, que seguía allí cuando me fui. Vi marcharse un coche. Pensé que
era Annamarie, y la llamé. Recuerdo que quería preguntarle algo. Pero ¿qué?
¿Qué quería preguntarle?
La
camarera me describirá. Sabrán que era yo. Me harán preguntas. He de llamar a
Philip y explicarle lo que pasó.
Philip
cree que maté a Gary.
¿Lo
hice?
Santo
Dios, sé que no hice nada a Annamarie Scalli. ¿Lo creerán?. ¡No! ¡Otra vez no!
No puedo sufrir el mismo calvario por segunda vez.
Fran.
Fran me ayudará. Empieza a creer que no maté a Gary. Sé que me ayudará.
En
las noticias de las siete de la mañana dijeron que la víctima del asesinato de
Rowayton era Annamarie Sangelo, empleada del Visiting Nurse Service de Yonkers.
Aún no saben quién es, pensó Molly. Pero pronto lo averiguarán.
Se
obligó a esperar hasta las ocho para llamar a Fran, y se encogió cuando captó
preocupación e incredulidad en su voz.
—Molly,
¿me estás diciendo que te encontraste con Annamarie Scalli anoche, y que la han
asesinado?
—Sí.
—¿Has
llamado a Philip Matthews?
—Todavía
no. Dios mío, me dijo que no la viera.
Fran
revivió en un segundo la transcripción del juicio que había leído, incluido el
abrumador testimonio de Calvin Whitehall.
—Molly,
voy a llamar a Matthews ahora mismo. —Hizo una pausa, y luego añadió, con voz
más perentoria—: Escúchame bien. No contestes al teléfono. No abras la puerta.
No hables con nadie, ni siquiera con Jenna, hasta que Philip Matthews esté
contigo. Júralo.
—Fran,
¿crees que maté a Annamarie?
—No,
Molly, yo no, pero otras personas sí lo creerán. Ahora, siéntate y espera.
Llegaré lo antes posible.
Una
hora después, Fran llegó a casa de Molly. Ésta abrió la puerta antes de que su
amiga pudiera llamar.
Aparenta
estado de shock, pensó Fran. Por Dios, ¿es posible que sea culpable de dos
asesinatos? Molly tenía la tez cenicienta, tan blanca como la bata de felpilla
que parecía demasiado grande para su delgado cuerpo.
—Fran,
no lo soportaré otra vez. Antes prefiero suicidarme —susurró.
—Ni
se te ocurra —dijo Fran, mientras le estrechaba las manos. Las notó frías y
temblorosas—. Philip estaba en su despacho cuando le llamé. Viene hacia aquí.
Sube al baño, toma una ducha caliente y vístete. Oí por la radio del coche que
han identificado a Annamarie. No cabe duda de que la policía vendrá a hablar
contigo. No quiero que te vean con este aspecto.
Molly
asintió y, como una niña obediente, dio media vuelta y subió la escalera.
Fran
se quitó el chaquetón y miró con aprensión por la ventana. Sabía que en cuanto
circulara la noticia de que Molly se había encontrado con Annamarie Scalli en
el restaurante, los medios acudirían como una manada de lobos.
Aquí
viene el primero, pensó, cuando un coche rojo giró por la calle. Fran se sintió
aliviada cuando vio a Edna Barry detrás del volante. Fue a la cocina y observó
que no había señales de que Molly hubiera preparado café.
Sin
hacer caso de la hostilidad instantánea que apareció en la cara de la señora
Barry cuando entró, Fran dijo:
—Señora
Barry, ¿quiere hacer el favor de preparar café y lo que Molly acostumbre a
desayunar?
—¿Ha
pasado algo...?
El
timbre de la puerta principal la interrumpió.
—Yo
iré —dijo Fran. Dios mío, por favor, que sea Philip Mathews.
En
efecto, era Philip, pero su expresión preocupada la convenció todavía más de la
gravedad de la situación.
El
abogado fue al grano.
—Señorita
Simmons, agradezco que me llamara, y agradezco que haya advertido a Molly de
que no hablara con nadie. No obstante, esta situación no hace más que
beneficiar a usted y a su programa. Debo advertirle que no permitiré que
interrogue a Molly o esté presente cuando yo hable con ella.
Se
comporta igual que la semana pasada, cuando intentó impedir a Molly que hablara
con la prensa a las puertas de la prisión, pensó Fran. Tal vez crea que mató a
Gary Lasch, pero es la clase de abogado que Molly necesita. Si es preciso, se
batirá en duelo por ella. Era una idea consoladora.
—Señor
Matthews —dijo—, conozco lo suficiente la ley para saber que sus conversaciones
con Molly son privadas y las mías no. Creo que aún está convencido de que Molly
mató a su marido. Yo también lo creía al principio, pero durante los últimos
días me han entrado serias dudas. Al menos, hay un montón de preguntas que
exigen respuesta.
Matthews
continuó mirándola con frialdad.
—Quizá
piense que es un truco periodístico —dijo con brusquedad Fran— No lo es. Como
persona que quiere mucho a Molly y desea ayudarla, y que quiere averiguar la
verdad, por dolorosa que sea, sugiero que afronte el caso de Molly con
mentalidad abierta. De lo contrario, será mejor que desista.
Le
dio la espalda. Necesito una taza de café tanto como Molly, decidió.
Matthews
la siguió a la cocina.
—Escucha,
Fran... Te llamas Fran, ¿verdad? —preguntó—. Quiero decir, así te llaman tus
amigos, ¿verdad?
—Sí.
—Creo
que será mejor que nos tuteemos. Cuando hable con Molly no podrás estar
presente, pero sería útil que me informaras de todo lo que sabes.
El
antagonismo se había esfumado de su rostro. El tono protector con que pronunció
el nombre de Molly impresionó a Fran. Significa mucho más para él que una
simple cliente, decidió. Era un pensamiento tranquilizador.
—De
hecho, me gustaría comentar ciertas cosas contigo —dijo.
La
señora Barry había terminado de preparar la bandeja para Molly.
—Café,
zumo, y tostada o magdalena, como siempre —explicó.
Fran
y Matthews se sirvieron café. Fran esperó a que la señora Barry subiera la
escalera con la bandeja.
—¿Sabes
que toda la gente del hospital se llevó una sorpresa cuando se enteró de la
relación de Annamarie con Gary Lasch, porque pensaban que vivía un romance con
el doctor Jack Morrow, que también trabajaba en el hospital Lasch? ¿Y que Jack
Morrow fue asesinado en su consulta dos semanas antes de que Lasch muriera? ¿Lo
sabías?
—No.
—¿Llegaste
a conocer a Annamarie Scalli?
—No,
el caso se resolvió antes de que prestara declaración.
—¿Recuerdas
si se habló de algo referente a una llave de la casa que guardaban escondida en
el jardín?
Matthews
frunció el entrecejo.
—Tal
vez se comentara algo, pero no condujo a nada. Yo albergaba la sensación de
que, teniendo en cuenta las circunstancias del asesinato y que Molly tenía
manchas de sangre del doctor Lasch, la investigación de su muerte empezaba y
terminaba con ella.
»Fran,
sube a decirle a Molly que he de verla ahora mismo. Recuerdo que tiene una
salita de estar en su suite. Hablaré con ella antes de permitir que la policía
se le acerque. Ordenaré a la señora Barry que les haga esperar aquí abajo.
En
ese momento, una afectada señora Barry apareció en la cocina.
—Cuando
subí a su habitación hace un momento, con el desayuno, Molly estaba acostada,
vestida de pies a cabeza y con los ojos cerrados. —Hizo una pausa—. ¡Dios
santo, es igual que la última vez!
37
Peter
Black siempre empezaba el día echando un vistazo al mercado de valores
internacional en uno de los canales por cable de economía y finanzas. Luego,
tomaba un desayuno espartano, durante el cual exigía un silencio absoluto, y
más tarde escuchaba música clásica en la radio del coche mientras iba al
trabajo.
En
ocasiones, cuando llegaba al hospital, daba un breve paseo antes de dirigirse a
su despacho.
El
lunes por la mañana el sol se había ocultado. Durante la noche, la temperatura
había descendido siete grados, y Black decidió que un paseo de diez minutos le
despejaría la cabeza.
Había
sido un fin de semana difícil. La visita a Molly Lasch, el sábado por la noche,
había resultado otro fracaso, debido a la idea estúpida y mal concebida que se
había hecho Cal Whitehall de cómo conseguir la colaboración de la mujer.
Peter
Black frunció el entrecejo cuando vio el envoltorio de un chicle tirado al
borde del aparcamiento, y tomó nota mental de ordenar a su secretaria que
llamara al servicio de mantenimiento y criticara su inoperancia.
La
tozuda insistencia de Molly en aferrarse a la idea de su inocencia en la muerte
de Gary le enfurecía. «Yo no lo hice. El asesino escapó.» ¿A quién quería
engañar? De todos modos, sabía bien lo que Molly hacía. Era una estrategia:
repite una mentira, con énfasis, y a la larga se convertirá en verdad.
Todo
saldrá bien, se dijo. Las fusiones se llevarán a cabo. A fin de cuentas,
partían con ventaja sobre la competencia, y el proceso de absorción de las
demás HMO ya se había iniciado. Aquí es donde echamos de menos a Gary, pensó
Black. Yo no tengo paciencia para las interminables piruetas sociales y
agasajos necesarios para captar a ejecutivos clave de otras empresas. Cal puede
utilizar su influencia para conquistar a algunos, se dijo, pero la agresividad
de Cal no funciona con todo el mundo. Si no somos cautos, algunos podrían
fichar por otras compañías de seguros médicos.
Peter
Black arrugó la frente y, con las manos en los bolsillos, continuó su paseo
alrededor de la nueva ala del hospital, pensando en sus primeros tiempos en el
centro, y recordando con torva admiración la facilidad de Gary Lasch para
desenvolverse en cualquier acontecimiento social. Podía renunciar a su encanto
y, en caso necesario, a su comportamiento solícito para adoptar aquella
expresión preocupada que tan bien había perfeccionado.
Gary
sabía lo que hacía cuando se casó con Molly, reflexionó Black. Molly era la
perfecta anfitriona estilo Martha Stewart, con su aspecto, su dinero y los
contactos de su familia. La gente importante se sentía halagada cuando era
invitada a sus fiestas.
Todo
había funcionado a la perfección, como un mecanismo de relojería, pensó Peter
Black, hasta que Gary cometió la locura de liarse con Annamarie Scalli. De
todas las mujeres jóvenes y sexies del mundo, tenía que elegir a una enfermera
que también era lista.
Demasiado
lista.
Había
llegado a la entrada del edificio de ladrillo estilo colonial que albergaba las
oficinas de Remington Health Management. Pensó por un momento en proseguir su
paseo, pero después decidió entrar. El día acababa de empezar, y tarde o
temprano tendría que hacerle frente.
A
las diez recibió una llamada de una Jenna casi histérica.
—Peter,
¿te has enterado de la noticia? Una mujer que fue asesinada anoche en el
aparcamiento de un restaurante de Rowayton ha sido identificada como Annamarie
Scalli, y la policía está interrogando a Molly. En la radio acaban de decir que
se sospecha de ella.
—¿Annamarie
Scalli ha muerto? ¿Molly es sospechosa?
Peter
Black ametralló a Jenna con preguntas, a fin de obtener todos los detalles.
—Al
parecer, Molly se reunió con Annamarie en ese restaurante —dijo Jenna—. Si te
acuerdas, el sábado dijo que quería verla. La camarera declaró que Annamarie
fue la primera en salir del local, pero Molly la siguió menos de un minuto
después. Cuando el restaurante cerró, un poco más tarde, por lo visto alguien
reparó en un coche que llevaba en el aparcamiento bastante rato, y fueron a
echar un vistazo, porque han tenido problemas con adolescentes que aparcan allí
y beben. Y encontraron a Annamarie cosida a puñaladas.
Cuando
Peter Black colgó, se reclinó en la butaca con expresión pensativa. Un momento
después, sonrió y exhaló un gran suspiro, como si se hubiera librado de un gran
peso. Abrió un cajón del escritorio y extrajo una botella. Se sirvió un dedo de
whisky, y levantó el vaso para brindar.
—Gracias,
Molly —dijo en voz alta, y luego bebió.
38
El
lunes por la mañana, cuando Edna Barry llegó a su casa después de trabajar en
casa de Molly, su vecina y amiga íntima Marta se acercó presurosa antes de que
hubiera bajado del coche.
—Lo
han dicho en todas las emisoras —dijo Marta casi sin aliento—. La policía está
interrogando a Molly Lasch, y es sospechosa del asesinato de la enfermera.
—Entra
a tomar una taza de té conmigo —dijo Edna—. No puedes imaginar el día que he
tenido.
Sentadas
a la mesa de la cocina, mientras tomaban té y su tarta de café casera, Edna
explicó el susto que se había llevado al ver a Molly acostada vestida.
—Pensé
que el corazón me iba a fallar. Estaba dormida como un tronco, al igual que la
última vez. Cuando abrió los ojos parecía confusa, y luego sonrió. Sentí
escalofríos. Era como hace seis años. Casi esperé verla cubierta de sangre.
Explicó
que había bajado corriendo la escalera para decírselo a esa periodista, Fran
Simmons, que había aparecido en la casa a primera hora de la mañana, y al
abogado de Molly. Habían obligado a Molly a incorporarse, después la habían
conducido a su sala de estar, donde había tomado varias tazas de café.
—Al
cabo de un rato, las mejillas de Molly empezaron a tomar color, aunque sus ojos
no perdieron aquella mirada inexpresiva. Y después —se inclinó hacia Marta—,
Molly dijo: «Philip, yo no he matado a Annamarie Scalli, ¿verdad?»
—¡Oh!
—exclamó Marta, cuya boca formaba un círculo de asombro, con los ojos abiertos
de par en par detrás de sus gafas.
—Bueno,
te puedo decir que, en cuanto dijo eso, Fran Simmons me cogió del brazo y me
empujó escaleras abajo a la velocidad del rayo. No quería que pudiera informar
de nada a la policía.
Edna
no añadió que la pregunta de Molly la había liberado de una terrible sospecha.
Estaba claro que Molly era una perturbada. Nadie que no estuviera enfermo
mataría a dos personas sin siquiera recordarlo después. Todas sus
preocupaciones secretas acerca de Wally habían sido estériles.
A
salvo en su cocina, alejadas sus preocupaciones por Wally, describió los
acontecimientos de la mañana a su confidente.
—Apenas
habíamos bajado, cuando una pareja de detectives apareció en la puerta. Eran de
la oficina del fiscal. Fran Simmons les condujo al salón y les dijo que Molly
estaba reunida con su abogado, pero yo sabía que el pobre hombre estaba
intentando serenarla. No habrían podido sacarla en ese estado.
Su
boca formó una línea recta, en señal de desaprobación. Edna se sirvió una
segunda porción de tarta de café.
—Pasó
media hora antes de que el abogado de Molly bajara. Es el mismo que la defendió
en el juicio.
—¿Qué
pasó después? —preguntó Marta, ansiosa.
—Matthews,
el abogado, dijo que iba a hacer una declaración en nombre de su cliente. Dijo
que Molly se había reunido con Annamarie Scalli en el restaurante la noche
anterior, porque deseaba dar por concluida la terrible tragedia de la muerte de
su marido. Estuvieron juntas durante quince o veinte minutos. Annamarie Scalli
se fue del restaurante mientras Molly pagaba la cuenta. Molly fue directamente
a su coche y volvió a casa. Se enteró de la muerte de la señorita Scalli por
las noticias, y expresó sus condolencias a la familia. Aparte de eso, no sabía
nada más sobre lo sucedido.
—Edna,
¿viste a Molly después de eso?
—Bajó
en cuanto la policía se fue. Debía de estar escuchando desde el pasillo de
arriba.
—¿Cómo
se comportó?
Por
primera vez desde que se había iniciado la conversación, Edna mostró cierta
compasión por su patrona.
—Bueno,
Molly siempre es tranquila, pero esta mañana estaba diferente. Parecía no
enterarse de lo que estaba sucediendo. Igual que después de la muerte del
doctor Lasch, como si dudase de dónde estaba o de qué había pasado.
»Lo
primero que dijo a Matthews fue: «Creen que yo la maté, ¿verdad?» Entonces,
Fran Simmons me dijo que quería hablar conmigo en la cocina, una forma de no
dejarme oír lo que estaban planeando.
—¿No
sabes de qué hablaron? —preguntó Marta.
—No,
pero lo imagino. La policía quiere saber si Molly mató a esa enfermera.
—Mamá,
¿alguien quiere perjudicar a Molly?
Edna
y Marta, sobresaltadas, alzaron la vista y vieron a Wally en la puerta.
—No,
Wally, nada de eso —dijo Edna—. No te preocupes. Sólo le están haciendo algunas
preguntas.
—Quiero
verla. Siempre fue amable conmigo. El doctor Lasch me trataba mal.
—Bueno
Wally, no hablemos de eso —dijo Edna, nerviosa, con la esperanza de que Marta
no captara nada significativo en la ira que revelaba la voz de Wally, ni
reparara en su mueca de rabia.
Wally
se acercó a la encimera y les dio la espalda.
—Ayer
pasó a verme —susurró Marta—. Hablaba de que quería ir a ver a Molly Lasch. Tal
vez deberías acompañarle a saludarla. Eso le tranquilizaría.
Edna
ya no escuchaba. Toda su atención estaba concentrada en su hijo, que estaba
rebuscando algo en un bolsillo.
—¿Qué
haces, Wally? —preguntó con brusquedad.
Él
se volvió hacia ella y exhibió un llavero.
—Voy
a buscar la llave de Molly, mamá. Te prometo que esta vez la devolveré a su
sitio.
39
El
lunes por la tarde, la camarera Gladys Fluegel acompañó de muy buena gana al
detective Ed Green al palacio de justicia de Stamford, donde refirió lo que
había observado del encuentro entre Annamarie Scalli y Molly Carpenter Lasch.
Al
tiempo que Gladys intentaba disimular su placer por el trato deferencial que le
deparaban, Victor Packwell, otro hombre joven que se presentó como ayudante del
fiscal de distrito, salió a recibirles. Les guió hasta una habitación con una
mesa de conferencias, y preguntó a Gladys si le apetecía café, un refresco o
agua.
—Le
ruego que no se ponga nerviosa, señora Fluegel. Tal vez nos sea de gran ayuda
—la tranquilizó.
—Para
eso he venido —respondió ella con una sonrisa—. Un refresco. Light, por favor.
Gladys,
de cincuenta y ocho años, tenía la cara surcada de arrugas, el resultado de
cuarenta años de fumar un cigarrillo tras otro. Su cabello, de un rojo intenso,
mostraba raíces grises. Gracias a su afición a comprar por Internet, siempre
estaba endeudada. Nunca se había casado, nunca había tenido un novio formal, y
vivía con sus pendencieros padres ancianos.
A
medida que la treintena daba paso a la cuarentena, y ésta a la cincuentena,
casi sin darse cuenta la visión de la vida de Gladys se agrió. Daba la
impresión que las contingencias ya no albergaban posibilidades. Ya no estaba
segura de que, algún día fuera a sucederle algo maravilloso. Había esperado con
paciencia a que surgieran emociones en su vida, pero nunca había pasado. Hasta
ahora.
Le
gustaba mucho el oficio de camarera, pero con los años había llegado a ser
brusca e impaciente con los clientes, al menos en ocasiones. Le molestaba ver
parejas con las manos enlazadas sobre la mesa, o a padres que sacaban a sus
hijos a cenar por las noches porque había dejado pasar aquel tipo de vida.
A
medida que su actitud resentida se profundizaba, le había costado cierto número
de empleos, hasta que por fin se convirtió en un elemento decorativo más del
Sea Lamp, donde la comida era mediocre y la clientela escasa. Daba la impresión
de que el lugar encajaba con su personalidad.
El
domingo por la noche se había sentido particularmente irritada, debido al hecho
de que la otra camarera fija había llamado para decir que se encontraba
indispuesta, y Gladys se había visto obligada a sustituirla.
—Llegó
una mujer a eso de las siete y media —explicó a los detectives, disfrutando de
la sensación de importancia que le proporcionaba su atención solícita, por no
mencionar al funcionario que tomaba nota de cada una de sus palabras.
—Descríbala,
por favor, señora Fluegel. —Ed Green, el joven detective que la había
acompañado en coche a Stamford, se comportaba con extrema educación.
¿Sus
padres estarán divorciados?, se preguntó Gladys. En tal caso, no me importaría
conocer a su padre.
—¿Por
qué no me llama Gladys? Todo el mundo lo hace.
—Como
prefieras, Gladys.
Ella
sonrió y luego se llevó la mano a la boca como si intentase recordar.
—La
mujer que llegó antes... Vamos a ver... —Apretó los labios. No iba a decirles
que aquella mujer la había irritado porque había insistido en ocupar un
reservado del fondo—. Aparentaba unos treinta años, tenía el pelo corto y
oscuro, delgada. Me cuesta precisar más. Llevaba pantalones y una parka.
Comprendió
que sabían muy bien el aspecto de la mujer, y que se llamaba Annamarie Scalli,
pero también intuyó que, paso a paso, necesitaban precisar los hechos. Además,
su atención la tenía encantada.
Les
dijo que la señorita Scalli sólo había pedido café, ni siquiera una pasta o un
trozo de tarta, lo cual significaba que la propina no daría ni para chicles.
Sonrieron
al oír ese comentario, y ella lo interpretó como un estímulo.
—Después
entró esa mujer tan elegante, y al instante me di cuenta de que no sentían el
menor afecto la una por la otra.
El
detective Green alzó una foto.
—¿Es
esta la mujer que se reunió con Annamarie Scalli?
—¡La
misma!
—¿Puedes
describirnos su actitud, Gladys? Piénsalo bien. Podría ser muy importante.
—Las
dos estaban nerviosas —dijo la camarera, poniendo énfasis en sus palabras—.
Cuando llevé el té a la segunda dama, oí que la otra la llamaba señora Lasch.
No oí lo que hablaban, salvo fragmentos de conversación cuando les atendí y
cuando limpié una mesa cercana. —Se dio cuenta de que su información
decepcionaba a los detectives, de modo que se apresuró a añadir—: Pero había
pocos clientes, y como estaba limpiando y esas mujeres habían despertado mi
curiosidad, me senté en un taburete de la barra y las observé. Más tarde,
claro, me di cuenta de que había visto la foto de Molly Lasch en el periódico
de la semana pasada.
—¿Qué
sucedió entre Molly Lasch y Annamarie Scalli?
—Bueno,
la mujer de cabello oscuro, me refiero a Annamarie Scalli, empezó a ponerse
cada vez más nerviosa. Francamente, era como si tuviera miedo de Molly Lasch.
—¿Miedo,
Gladys?
—Sí,
miedo. No la miraba a la cara, y la verdad es que no la culpo. La rubia, me
refiero a la señora Lasch... bueno, créanme, tendrían que haber visto la cara
que puso mientras Annamarie Scalli hablaba. Fría como un iceberg. No le gustaba
nada lo que estaba oyendo.
»Después,
vi que la señorita Scalli se disponía a levantarse. Era evidente que deseaba
estar a mil kilómetros de allí. Me acerqué para ver si deseaban algo más, ya
saben, otra ronda.
—¿Dijo
algo? —preguntaron al unísono el detective Green y el ayudante del fiscal
Victor Packwell.
—Dejen
que se lo explique —respondió Gladys—. Annamarie Scalli se levantó y la señora
Lasch la agarró por la muñeca para impedir que se marchara. Entonces la
señorita Scalli se soltó y salió corriendo. Con las prisas, estuvo a punto de
derribarme.
—¿Qué
hizo la señora Lasch? —preguntó Packwell.
—No
pudo reaccionar con la misma rapidez. Le di la cuenta, un dólar treinta. Lanzó
cinco dólares sobre la mesa y salió corriendo tras la señorita Scalli.
—¿Parecía
enfadada? —preguntó Packwell.
Gladys
entornó los ojos, en un dramático esfuerzo por recordar y describir la
apariencia de Molly en aquel momento.
—Yo
diría que tenía una expresión extraña, como si le hubieran dado un puñetazo en
el estómago.
—¿Vio
a la señora Lasch subir a su coche?
Gladys
meneó la cabeza.
—No.
Cuando abrió la puerta que daba al aparcamiento, tuve la impresión de que
hablaba sola, y luego la oí gritar «Annamarie», y supuse que quería decirle
algo más.
—¿Sabes
si Annamarie Scalli la oyó?
Gladys
presintió que los detectives sufrirían una horrible decepción si no les daba
una respuesta contundente. Vaciló.
—Bueno,
estoy segura de que logró llamar su atención, porque la señora Lasch la llamó
de nuevo, y después gritó «Espere».
—¿Gritó
a Annamarie que esperara?
Fue
así, ¿verdad?, se preguntó Gladys. Imaginaba que la señora Lasch volvería por
el cambio, pero luego me di cuenta de que lo único que le interesaba era
alcanzar a la otra mujer.
Espere.
¿Gritó
eso Molly Lasch, o la pareja que acababa de entrar dijo en voz alta «Camarera»?
Gladys
vio la emoción en los rostros de los detectives. No quería que aquel momento
terminara. Era algo que siempre había esperado. Toda su vida. Por fin le tocaba
a ella. Miró de nuevo los rostros ansiosos.
—Lo
que quiero decir es que gritó dos veces el nombre de Annamarie, y cuando
después dijo «Espere», tuve la sensación de que había logrado atraer su
atención. Creí que Annamarie Scalli esperaría en el aparcamiento para hablar
con la señora Lasch. —Así debió de ser, más o menos, se dijo mientras los dos
hombres sonreían de oreja a oreja.
—Gladys,
eres de vital importancia para nosotros —repuso Victor Packwell, agradecido—.
Debo decirte que, en su momento te necesitaremos de nuevo para que prestes
declaración.
—Me
alegro de poder ayudar —aseguró Gladys.
Al
cabo de una hora, después de haber leído y firmado su declaración, Gladys
regresaba a Rowayton en el coche del detective Green. Lo único que empañaba su
felicidad era la respuesta de Green a su pregunta sobre el estado civil de su
padre.
Sus
padres acababan de celebrar su cuarenta aniversario de bodas.
Al
mismo tiempo, en el palacio de justicia de Stamford, el ayudante del fiscal Tom
Serrazzano comparecía ante un juez para solicitar una orden de registro de la
casa y el automóvil de Molly Carpenter Lasch.
—Señoría
—dijo Serrazzano—, tenemos probables motivos para creer que Molly Lasch asesinó
a Annamarie Scalli. Creemos que pueden encontrarse pruebas pertinentes sobre
este crimen en ambos lugares. Si hay manchas de sangre, cabellos o fibras en
sus ropas, o un arma en su coche, queremos encontrarlos antes de que esa mujer
se deshaga de ellos.
40
Mientras
regresaba a Nueva York desde Greenwich, Fran repasaba los acontecimientos de la
mañana.
La
prensa había llegado a casa de Molly justo cuando los detectives de la oficina
del fiscal se marchaban. Gus Brandt había pasado una cinta de archivo sobre la
liberación de Molly Lasch, mientras Fran emitía en directo por teléfono desde
casa de Molly.
Cuando
la Merritt Parkway se convirtió en la Hutchinson River Parkway, Fran reprodujo
su reportaje mentalmente:
«En
un giro insospechado de los acontecimientos, se ha confirmado que la mujer
encontrada anoche muerta a puñaladas en el aparcamiento del Sea Lamp Diner de
Rowayton, Connecticut, ha sido identificada como Annamarie Scalli. La señorita
Scalli fue la denominada «otra mujer» en el caso del asesinato del doctor Gary
Lasch, que ocupó los titulares hace seis años y también la semana pasada,
cuando Molly Carpenter Lasch, la esposa del doctor Lasch, salió de la cárcel
donde había estado recluida por el asesinato de su marido.
»Aunque
los detalles todavía son escasos, la policía ha señalado que la señora Lasch
fue vista anoche en el restaurante de Rowayton, junto con la víctima del
asesinato.
»En
una declaración preparada, el abogado de la señora Lasch, Philip Matthews,
explicó que su clienta había solicitado una entrevista con la señorita Scalli
para poner fin a un doloroso capítulo de su vida, y que ambas habían mantenido
una conversación sincera y franca. Annamarie Scalli fue la primera en marcharse
del restaurante, y Molly Lasch no volvió a verla. Expresa su pésame a la
familia Scalli.»
Después
de terminar la emisión, Fran había subido al coche con la intención de volver a
la ciudad, pero la señora Barry había salido de la casa para alcanzarla. Cuando
entró, un Philip Matthews de rostro sombrío y expresión desaprobadora había
pedido que le acompañara al estudio. Cuando entró, encontró a Molly sentada en
el sofá, con las manos enlazadas y los hombros caídos.
La
primera impresión de Fran fue que los tejanos y el jersey de punto de Molly
habían aumentado una talla, tan encogida se la veía.
—Molly
me ha asegurado que, en cuanto me vaya, te dirá todo lo que me ha contado —dijo
Matthews—. Como abogado suyo, sólo puedo aconsejarla. Por desgracia, no puedo
obligarla a que acepte mis consejos. Me doy cuenta de que Molly te considera su
amiga, Fran, y creo que la aprecias, pero la cuestión es que, si te citaran a
declarar, tal vez te verías obligada a contestar a preguntas que no querrías
responder. Es por ese motivo que le he aconsejado que no te explique los
acontecimientos de esta noche. Como ya he dicho, sólo puedo aconsejarla.
Fran
había advertido a Molly que lo que decía Philip era completamente cierto, pero
ella había insistido en que Fran supiera lo ocurrido.
—Anoche
me encontré con Annamarie. Hablamos durante quince o veinte minutos —dijo
Molly—. Se fue antes que yo, y volví a casa. No la vi en el aparcamiento. Un
coche se puso en marcha cuando salí del restaurante, y la llamé creyendo que
era ella. Sin embargo, la persona del coche o no me oyó o no quiso oírme.
Fran
preguntó si era posible que el conductor del coche fuera Annamarie, y sugirió
que tal vez había vuelto al aparcamiento después, pero Philip indicó que habían
encontrado a Annamarie en su jeep. Molly estaba segura de que el vehículo que
vio salir del aparcamiento era un sedán.
A
continuación, Fran preguntó a Molly de qué habían hablado ella y Annamarie.
Sobre la cuestión de la cita, Fran pensaba que Molly no se había sincerado del
todo. ¿Hay algo que no quiere que sepa?, pensó. Si es así, ¿de qué se trataba,
y por qué Molly se mostraba reservada? ¿Intentaba utilizarla de alguna manera?
Cuando
Fran entró en la Cross County Parkway, que la conduciría a la West Side Highway
de Manhattan, repasó otras preguntas sin respuesta concernientes a Molly Lasch,
por ejemplo: esta mañana, ¿por qué volvió Molly a acostarse después de ducharse
y vestirse?
Un
escalofrío recorrió la espina dorsal de Fran. ¿Tenía yo razón desde el primer
momento?, se preguntó. ¿Asesinó Molly a su marido? Tal vez la pregunta crucial
era: ¿quién es Molly, y qué clase de persona es?
Ésa
fue la misma pregunta que Gus Brandt lanzó a Fran cuando la periodista regresó
a su despacho.
—Fran,
parece que esto se va a convertir en un caso parecido al de O. J. Simpson, y tú
tienes enchufe con Molly Lasch. Si continúa cargándose gente, cuando llegue el
momento de emitir su programa necesitaremos dos episodios en lugar de uno para
contar toda la historia.
—¿Estás
convencido de que Molly apuñaló a Annamarie Scalli? —preguntó.
—Fran,
hemos echado un vistazo a las cintas del lugar de los hechos. La ventanilla del
conductor del jeep estaba abierta. Imagínalo. Scalli oyó que Lasch la llamaba y
bajó la ventanilla.
—Eso
debería significar que Molly acudió a la cita con todo planeado, incluido el
cuchillo —repuso Fran.
—Quizá
no encontró una escultura que cupiera en su bolso —dijo Gus, y se encogió de
hombros.
Fran
volvió a su despacho, reflexionando. Va a pasar lo mismo de la otra vez, pensó.
Aunque no encuentren la menor prueba que relacione a Molly con la muerte de
Annamarie Scalli dará igual. Ya ha sido juzgada culpable de un segundo
asesinato. Tan sólo ayer, pensaba que hace seis años nadie se molestó en buscar
otra explicación a la muerte de Gary Lasch. Lo mismo está pasando ahora.
—Edna
Barry —dijo en voz alta cuando entró en el despacho.
—¿Edna
Barry? ¿Qué pasa con ella?
Fran
se volvió, sobresaltada. Tim Mason estaba detrás de ella.
—Tim,
acabo de darme cuenta de algo. Esta mañana, el ama de llaves Edna Barry bajó
corriendo la escalera para decirnos a Philip Matthews y a mí que Molly había
vuelto a acostarse. Dijo: «Dios mío, es igual que la última vez.»
—¿Qué
quieres decir, Fran?
—Hay
algo que me ha estado torturando. Más que lo que Edna Barry dijo, fue la forma
como lo dijo. Como si se alegrara de encontrar a Molly de esa manera. ¿Por qué
habría de gustarle a esa mujer que Molly repitiera su reacción ante la muerte
de Gary Lasch?
41
Molly
no contesta al teléfono. Llévame a su casa, Lou.
Jenna,
irritada e impaciente por no haber podido escapar de su despacho debido a una
larga reunión celebrada durante la hora de comer, había cogido el tren de las
dos y diez a Greenwich donde Lou Knox la esperaba en la estación, siguiendo sus
instrucciones.
Lou
entornó los ojos mientras miraba por el retrovisor. Como era consciente de su
mal humor, sabía que no era el momento de llevar la contraria a Jenna, pero no
tenía elección.
—Señora
Whitehall, su marido quiere que vaya directamente a casa.
—Bien,
pues es una pena, Lou. Mi marido tendrá que esperar. Llévame a casa de Molly y
déjame allí. Si necesita el coche, ven a buscarme después, o llamaré a un taxi.
Estaban
en el cruce. Un giro a la derecha les conduciría a casa de Molly. Lou puso el
intermitente de la izquierda y obtuvo la reacción que sospechaba.
—Lou,
¿estás sordo?
—Señora
Whitehall —dijo Lou, con tono cortés—, ya sabe que no puedo contrariar al señor
Whitehall.
Sólo
tú puedes hacerlo, pensó.
Cuando
Jenna entró en casa, cerró la puerta con tal fuerza que todo el edificio se
estremeció. Encontró a su marido sentado ante el escritorio de su despacho del
segundo piso. Con lágrimas de indignación y voz temblorosa de furia por el
trato arrogante que había recibido, Jenna se acercó al escritorio y se apoyó
con las dos manos.
—¿Desde
cuándo albergas la absurda idea de que ese lacayo lameculos tuyo puede decirme
adónde puedo o no ir? —espetó a su marido.
Calvin
Whitehall le devolvió la mirada con ojos gélidos.
—Ese
«lacayo lameculos», como has llamado a Lou Knox, no tuvo otro remedio que
obedecer mis órdenes. De modo que la discusión es conmigo, querida, no con él.
Ojalá pudiera inspirar la misma devoción en todos mis colaboradores.
Jenna
intuyó que había ido demasiado lejos y suavizó el tono.
—Lo
siento, Cal, pero mi amiga más querida está sola. La madre de Molly me ha
llamado esta mañana. Se ha enterado de lo de Annamarie Scalli y me suplicó que
estuviera con Molly. No quiere que su hija lo sepa, pero el padre de Molly
sufrió un ataque leve la semana pasada, y los médicos le han prohibido viajar.
De lo contrario ya habrían acudido a su lado.
La
ira abandonó el rostro de Calvin Whitehall cuando se levantó y rodeó el
escritorio. Abrazó a su mujer y le musitó al oído:
—Parece
que no nos entendemos, ¿eh, Jenna? No quise que fueras a casa de Molly porque
recibí un soplo hace una hora. La oficina del fiscal ha conseguido una orden de
registro, y también embargarán su coche. Así que ya ves, no le habrías sido de
ninguna ayuda, y sería un desastre para la fusión si alguien tan importante
como la señora de Calvin Whitehall fuera relacionada públicamente con Molly
mientras prosiga la investigación. Más adelante dejaré que vayas a verla, por
supuesto. ¿De acuerdo?
—¡Una
orden de registro! ¿Por qué, Cal? —Se apartó de su marido y le miró.
—Por
el motivo de que las pruebas circunstanciales contra Molly por la muerte de esa
enfermera empiezan a ser abrumadoras. Mi fuente me ha dicho que están surgiendo
a la luz más datos. Al parecer, la camarera del restaurante de Rowayton ha
hablado con los fiscales y ha cargado las tintas sobre Molly. Además mi fuente
posee más información. Por ejemplo, el billetero de Annamarie Scalli fue
encontrado en el asiento, a su lado. Contenía varios cientos de dólares. Si el
motivo hubiera sido el robo, lo habrían cogido. —Atrajo a su mujer y volvió a
abrazarla—. Jen, tu amiga todavía es la chica que fue a la escuela contigo, la
hermana que nunca tuviste. La quieres, claro, pero has de comprender que algo
en su interior la ha impulsado a convertirse en una asesina.
El
teléfono sonó.
—Debe
de ser la llamada que estaba esperando —dijo Cal, mientras soltaba a Jenna y
palmeaba su hombro.
Jenna
sabía que, cuando Cal esperaba una llamada, era la señal de que debía dejarle
solo y cerrar la puerta al salir.
42
¡Esto
no está ocurriendo!, se dijo Molly. Es un mal sueño. No, no es un mal sueño,
sino una mala pesadilla. ¿Existe algo así, o «mala pesadilla» es como decir «se
repite de nuevo»?
Desde
aquella mañana, su mente había sido una confusión de pensamientos conflictivos
y momentos recordados a medias. Intentar concentrarse en la cuestión de la
redundancia gramatical se le antojaba el ejercicio más práctico del mundo.
Mientras reflexionaba sobre la «mala pesadilla», se sentó en el sofá del
estudio, con la espalda apoyada contra el brazo y las rodillas cogidas con las
manos y la barbilla apoyada en éstas.
Casi
una posición fetal, pensó. Aquí estoy, acurrucada de esta forma en mi propia
casa, mientras unos completos desconocidos la destripan y vuelven del revés.
Recordó que Jen y ella decían en broma «Adopta la posición fetal» siempre que
algo era demasiado insoportable.
Pero
eso había sido mucho tiempo antes, cuando una uña rota o un partido de tenis
perdido significaban una tragedia. De pronto, «insoportable» había adquirido un
nuevo significado.
Me
dijeron que esperara aquí, pensó. Supuse que, en cuanto saliera de la cárcel,
nunca más aceptaría órdenes que restringieran mis movimientos, nunca más. Hace
una semana aún estaba encerrada. Pero ahora estoy en casa. Y aun así no puedo
conseguir que estos hombres horribles se vayan.
Me
despertaré y todo habrá terminado, se dijo y cerró los ojos. Pero no le sirvió
de nada, por supuesto.
Los
abrió y miró alrededor. La policía había terminado de registrar la casa, había
levantado los almohadones del sofá y abierto todos los cajones de las mesillas
auxiliares, manoseado las cortinas de las ventanas por si había algo escondido
en los pliegues.
Se
dio cuenta de que dedicaban mucho tiempo a la cocina. Sin duda registraban cada
cajón y cada alacena. Había oído decir a alguien que debían coger todos los
cuchillos que encontraran.
Había
oído al investigador de más edad decir al más joven que requisara el vestido y
los zapatos que la camarera había descrito.
Sólo
podía esperar. Esperar a que la policía se marchara, y esperar a que la
normalidad, fuera lo que fuese, regresara a su vida.
Pero
no puedo quedarme sentada aquí, pensó Molly. He de salir. ¿A qué lugar puedo ir
donde la gente no me señale con el dedo, donde no hable de mí en susurros,
donde los medios de comunicación me dejen en paz?
El
doctor Daniels. He de hablar con él, decidió. Él me ayudará.
Eran
las cinco. ¿Estaría aún en su consulta? Es curioso, aún recuerdo su número,
pensó. Aunque han pasado casi seis años.
Cuando
el teléfono sonó, Ruthie Roitenberg estaba cerrando su escritorio, y el doctor
Daniels estaba a punto de ponerse el abrigo.
Se
miraron.
—¿Quiere
que conteste algún ayudante? —preguntó Ruthie—. El doctor McLean está de
guardia.
John
Daniels estaba cansado. Había tenido una sesión difícil con uno de sus
pacientes más conflictivos, y sentía cada día de sus setenta y cinco años sobre
las espaldas. Tenía ganas de irse a casa, y agradecía que hubieran cancelado la
cena a la que él y su esposa estaban invitados.
No
obstante, un instinto le dijo que debía contestar la llamada.
—Al
menos averigua quién es, Ruthie —dijo.
Vio
sorpresa en los ojos de Ruthie cuando contestó y formó con los labios las
palabras «Molly Lasch». Por un momento no supo qué hacer, y se quedó inmóvil
con el abrigo en las manos.
—Temo
que el doctor ya se ha marchado —dijo Ruthie—. Acaba de salir hacia el
ascensor. Veré si puedo alcanzarle.
Molly
Lasch. Daniels se acercó al escritorio y cogió el auricular.
—Me
he enterado de lo de Annamarie Scalli, Molly. ¿En qué puedo ayudarte?
Escuchó,
y media hora después Molly estaba en su consulta.
—Siento
haber tardado tanto, doctor. Fui a buscar mi coche, pero la policía me prohibió
cogerlo. Tuve que llamar un taxi.
El
tono de Molly expresaba perplejidad, como si ni siquiera ella creyera lo que
estaba diciendo. Sus ojos consiguieron que Daniels pensara en el tópico de un
ciervo deslumbrado por unos focos, aunque Molly estaba algo más que
sobresaltada. Casi parecía perturbada. Comprendió que estaba a punto de sumirse
en el mismo estado letárgico padecido después de la muerte de Gary Lasch.
—Será
mejor que te tiendas en el diván mientras hablamos, Molly —sugirió. La joven
estaba sentada frente a él, al otro lado del escritorio. Como ella no contestó,
se acercó y la cogió por el codo. Notó la rigidez de su cuerpo—. Ven, Molly
—dijo, mientras la ayudaba a incorporarse.
Ella
no opuso resistencia.
—Sé
que es muy tarde. Ha sido muy amable conmigo, doctor.
Sus
palabras le recordaron a la muchacha de exquisitos modales que había observado
en el club. Una chica de oro, pensó, el producto perfecto de una educación
excelente y una riqueza discreta. ¿Quién habría sospechado que un día sería
sospechosa de un segundo crimen, que la policía registraría su casa en busca de
pruebas acusadoras? Meneó la cabeza, entristecido.
Durante
la siguiente hora, Molly intentó explicar lo que necesitaba decir sobre
Annamarie.
—¿Qué
pasa, Molly? Dime lo que estás pensando.
—Ahora
me doy cuenta de que, cuando huí a Cape Cod aquel fin de semana, lo hice porque
estaba furiosa. Pero no estaba furiosa por haber descubierto lo de Annamarie.
La verdad, doctor, no estaba furiosa porque Gary mantuviera relaciones con otra
mujer, sino porque había perdido a mi hijo y ella estaba embarazada. Yo debería
haber tenido ese niño.
Daniels
esperó a que continuara, con el corazón en un puño.
—Doctor,
quería ver a Annamarie porque pensaba que, si yo no maté a Gary, tal vez ella
lo habría hecho. Sabía que ella estaba enfadada con él. Lo noté en su voz
cuando la oí hablar con Gary por teléfono.
—¿La
interrogaste al respecto cuando hablaste con ella anoche?
—Sí,
y la creí cuando dijo que no le mató. Sin embargo, me contó que Gary se había
alegrado cuando perdí al niño, que iba a pedirme el divorcio y que el niño lo
habría complicado todo.
—Los
hombres suelen decir a sus amantes que piensan pedir el divorcio. Casi nunca es
verdad.
—Lo
sé, y tal vez Gary le estaba mintiendo, pero no mintió cuando le dijo que
estaba contento por mi aborto.
—¿Annamarie
te lo dijo?
—Sí.
—¿Cómo
te sentiste?
—Eso
es lo que me asusta, doctor. Creo que en ese momento la odié hasta la última
gota de mi sangre, sólo por decir esas palabras.
Hasta
la última gota de mi sangre, pensó Daniels.
De
pronto, Molly empezó a hablar con rapidez.
—¿Sabe
lo que me pasó por la cabeza, doctor? Ese pasaje de la Biblia: «Raquel lloró a
sus hijos perdidos y no encontró consuelo.» Pensé en lo mucho que había llorado
a mi hijo. Había sentido que una vida se agitaba en mi interior, y después la
perdí. En aquel momento me convertí en Raquel, me quedé despojada de ira y el
dolor me invadió.
Molly
suspiró, y cuando continuó, toda emoción había desaparecido de su voz.
—Doctor,
Annamarie se fue antes que yo. Ya no estaba cuando salí al aparcamiento. Sólo
recuerdo que volví a casa y me acosté temprano.
—¿Sólo
recuerdas eso?
—Doctor,
la policía está registrando mi casa. Los detectives han intentado hablar
conmigo esta mañana. Philip me ordenó que no contara a nadie, ni siquiera a
Jen, lo que Annamarie Scalli me dijo. —Su voz expresó nerviosismo de nuevo—.
Doctor, ¿es como la última vez? ¿He hecho algo terrible y lo he bloqueado? Si
es así, y son capaces de demostrarlo, no permitiré que me encarcelen de nuevo.
Antes preferiría morir.
Otra
vez, pensó Daniels.
—Molly,
desde que volviste a casa, ¿has vuelto a sospechar que había alguien más la
noche que Gary murió? —La observó mientras la tensión abandonaba su cuerpo y
cierta esperanza alumbraba en sus ojos.
—Había
alguien más en casa aquella noche —afirmó—. Empiezo a estar segura.
Y yo
empiezo a estar seguro de que no había nadie, pensó Daniels con tristeza.
Unos
minutos más tarde, la llevó en coche a casa. El edificio estaba a oscuras.
Molly indicó que no había coches aparcados enfrente, ni señal de la policía.
Daniels no se marchó hasta que ella entró, y encendió las luces del recibidor.
—No
olvides tomar la pastilla esta noche —le advirtió—. Hablaremos mañana.
Daniels
esperó hasta oír la llave de la puerta, y después volvió lentamente hacia su
coche.
No
creía que hubiera llegado hasta el punto de autolesionarse. Pero si descubrían
pruebas que la acusaran de la muerte de Annamarie Scalli, sabía que Molly Lasch
tal vez elegiría otra forma de escapar de la realidad. Esta vez no habría
amnesia disociativa, sino muerte.
Volvió
a casa entristecido, para tomar una cena ya fría.
43
Cuando
Fran llegó al despacho el martes por la mañana, encontró un mensaje urgente de
Billy Gallo. Sólo decía que era amigo de Tim Mason, y que confiaba en que le
llamara por un asunto muy importante.
Cuando
lo hizo, Billy Gallo descolgó al primer timbrazo y no se anduvo por las ramas.
—Señora
Simmons, ayer enterraron a mi madre. Murió de un ataque de corazón, que podrían
y deberían haber evitado. Me han dicho que está preparando un reportaje sobre
el asesinato del doctor Gary Lasch, y quería pedirle que incluyera una
investigación sobre la supuesta compañía de seguros médicos que él fundó.
—Tim
me habló de su madre, y lamento mucho su fallecimiento —dijo Fran—, pero estoy
segura de que puede presentar una reclamación si cree que no la atendieron
debidamente.
—Señora
Simmons, estará enterada de las evasivas que te dan cuando intentas presentar
una reclamación —repuso Billy—. Escuche, soy músico y no puedo arriesgarme a
perder mi trabajo, que por desgracia es ahora un espectáculo en Detroit. He de
reintegrarme al espectáculo cuanto antes. Hablé con Roy Kirkwood, el médico de
cabecera de mi madre, y me dijo que había enviado una recomendación urgente de
realizar más pruebas. Pero la petición fue rechazada. Está convencido de que mi
madre habría podido recibir un tratamiento mucho mejor, pero ni siquiera le
dejaron intentarlo. Le ruego que hable con él, señora Simmons. Fui a su
consulta dispuesto a partirle la cabeza, y salí compadeciéndolo. El doctor
Kirkwood acaba de cumplir los sesenta, pero me dijo que va a cerrar su consulta
y solicitar la prejubilación. Y todo por culpa de Remington Health Management.
Partirle
la cabeza, pensó Fran, y se le ocurrió que existía la posibilidad entre un
millón de que un pariente de algún paciente hubiera deseado hacerle lo mismo a
Gary Lasch.
—Déme
la dirección y el teléfono del doctor Kirkwood —dijo—. Hablaré con él.
A
las once de la mañana, salía una vez más de la Merritt Parkway para ir a
Greenwich.
Molly
había accedido a comer con ella a la una, pero a pesar de los ruegos de Fran no
quiso salir de casa.
—No
puedo —se limitó a decir—. Me siento demasiado expuesta. Todo el mundo me
miraría. Sería espantoso. No me siento capaz.
Aceptó
la propuesta de Fran de comprar una quiche en la pastelería del pueblo y
comerla en casa.
—La
señora Barry no viene los martes —explicó—, y la policía ha incautado mi coche,
de modo que no puedo salir a comprar.
Hasta
el momento, pensó Fran, la única buena noticia es que la señora Barry no estará
presente cuando comamos. Por una vez, será estupendo hablar con Molly sin que
esa mujer entre y salga del comedor cada dos minutos.
Pero
tenía muchas ganas de ver a Edna Barry, y su primera parada cuando llegó a
Greenwich fue una visita inesperada a su casa.
Seré
franca con ella, decidió mientras buscaba la puerta de la Barry. Por algún
motivo que desconozco, Edna Barry es hostil a Molly y me tiene miedo. Tal vez
pueda descubrir cuál es el problema.
Los
planes mejor trazados de ratones y hombres, pensó mientras llamaba al timbre de
Edna Barry. No hubo respuesta, ni tampoco vio el Subaru de la mujer en el
camino de entrada.
Decepcionada,
meditó sobre el acierto de deslizar una nota por debajo de la puerta,
anunciando que había pasado porque era importante que hablaran. Un mensaje de
tales características molestaría a la señora Barry, lo cual le iba de perlas.
Su intención era crisparle los nervios.
Pero
¿y si la nota sólo servía para ponerla en guardia y provocar que se comportara
con más cautela todavía? No cabe duda de que oculta algo, y podría ser muy
importante. No debo correr el riesgo de asustarla.
Mientras
Fran reflexionaba, alguien llamó.
—Yuju.
Se
volvió y vio a una mujer de más de cincuenta años, con el pelo cardado y gafas
llamativas, que se acercaba corriendo por el jardín desde la casa de al lado.
—Edna
no tardará en volver —explicó la mujer, sin aliento—. Su hijo Wally estaba muy
nervioso, así que Edna le llevó al médico. Cuando Wally no toma su medicamento
se convierte en un problema. ¿Por qué no la espera en mi casa? Soy Marta Jones,
la vecina de Edna.
—Es
muy amable —dijo Fran—. La señora Barry no me esperaba, pero me gustaría hablar
con ella. —Y me gustaría hablar contigo, pensó—. Soy Fran Simmons.
Marta
Jones sugirió que esperaran en la sala de la televisión, que en otro tiempo
había formado parte del porche.
—Es
muy agradable y alegre, y así veremos a Edna cuando vuelva —explicó, mientras
servía tazas de café humeante recién preparado—. Me gusta más el café hecho en
cafeteras con filtro, a la antigua usanza —dijo—. No sabe igual que con las
máquinas actuales. —Se instaló en la butaca opuesta a Fran—. Es una pena que
Edna tuviera que llevar a Wally al médico hoy. Pero al menos no tuvo que pedir
permiso para ausentarse del trabajo. Trabaja para Molly Lasch tres días a la
semana: lunes, miércoles y viernes.
Fran
asintió y almacenó aquella información.
—Puede
que haya oído hablar de Molly Lasch —dijo Marta Jones—. Es la mujer que acaba
de salir de la cárcel, después de cumplir una condena por matar a su marido, y
ahora corre el rumor de que ha sido detenida por asesinar a la amante de su
marido. ¿Sabe algo de ella, señorita...? Lo siento, no recuerdo su apellido.
—Simmons,
Fran Simmons.
Captó
la mirada de Marta y supo lo que pasaba por su cabeza: Es esa periodista de la
tele, la hija del hombre que robó el dinero destinado a la biblioteca y luego
se suicidó. Fran hizo acopio de fuerzas, pero la expresión de Marta Jones
cambió a otra de compasión.
—No
voy a fingir que ignoro quién fue su padre —dijo en voz baja—. En aquel tiempo
lo sentí mucho por usted y su madre.
—Gracias.
—Y
ahora trabaja en la televisión, y está preparando un programa sobre Molly. De
modo que lo sabe todo sobre ella.
—Exacto.
—Bien,
tal vez Edna quiera escucharla. ¿Puedo llamarte Fran?
—Por
supuesto.
—Estuve
despierta toda la noche, pensando en si era peligroso para Edna trabajar para
Molly Lasch. Una cosa es que matara a su marido. Eso fue locura temporal, no me
cabe duda. Él la estaba engañando y todo lo demás. Pero si menos de una semana
después de salir de la cárcel apuñala a su amante, eso significa que está
desquiciada.
Fran
pensó en lo que Gus Brandt había dicho sobre Molly. La idea de que era una
asesina desquiciada estaba adquiriendo solidez.
—Voy
a decirte una cosa —continuó Marta—. No me gustaría estar sola durante horas en
una casa con esa clase de persona. Esta mañana, cuando hablé con Edna, cuando
iba al médico con Wally, dije: «Edna, ¿qué sería de Wally si Molly Lasch pierde
los pedales y te aplasta la cabeza o te mata a puñaladas? ¿Quién se ocuparía de
él?»
—¿Wally
precisa muchos cuidados?
—Mientras
toma el medicamento, todo va bien. Pero cuando no lo toma y se pone tozudo,
bueno, se convierte en una persona diferente, y a veces se descontrola un poco.
Ayer mismo cogió la llave de la casa de Molly Lasch del llavero de Edna. Quería
ir a verla. Edna lo obligó a devolverla, por supuesto.
—¿Cogió
la llave de la casa de Molly Lasch? —Fran intentó no subir la voz—. ¿Lo había
hecho antes?
—No
creo. Edna no le permite que vaya a la casa. El doctor Lasch era muy
quisquilloso con su colección de arte norteamericano. Al parecer, algunas
piezas eran muy valiosas. No obstante, sé que Wally entró una vez y cogió algo
que no debía, y Edna se puso muy nerviosa. Wally no rompió nada, pero era una
pieza valiosa, y por lo visto el doctor perdió los estribos y lo echó de su
casa. A Wally no le hizo ninguna gracia... Mira, aquí llega Edna.
Alcanzaron
a Edna Barry cuando estaba abriendo la puerta. La expresión afligida de Edna
cuando vio a Fran en compañía de Marta Jones confirmó a la periodista que
ocultaba algo.
—Entra,
Wally —dijo a su hijo.
Fran
apenas vislumbró a un hombre alto y apuesto de unos treinta años, antes de que
Edna le metiera a empujones en la casa y cerrara la puerta.
Cuando
se volvió hacia Fran, la ira tiñó sus mejillas y provocó que su voz temblara.
—Señorita
Simmons —dijo—, no sé para qué ha venido, pero he tenido una mañana muy
difícil. Ahora no puedo hablar con usted.
—Oh,
Edna —terció Marta Jones—, ¿Wally está más calmado?
—Wally
está perfectamente —replicó con brusquedad Edna, en un tono que revelaba miedo
y furia al mismo tiempo—. Marta, espero que no hayas contado a la señorita
Simmons habladurías sobre él.
—¿Cómo
puedes decir eso? Wally no tiene mejor amigo que yo.
Las
lágrimas afloraron en los ojos de Edna Barry.
—Lo
sé. Es que es tan difícil... Has de perdonarme. Te llamaré, Marta.
Por
un momento, Fran y Marta no se movieron de los peldaños, con la vista clavada
en la puerta que Edna acababa de cerrarles en las narices.
—Edna
no es una persona grosera —dijo en voz baja Marta—. Es que lo ha pasado muy
mal. Primero murió el padre de Wally y luego el doctor Morrow. Justo después,
el doctor Lasch fue asesinado, y...
—¿El
doctor Morrow? —la interrumpió Fran—. ¿Qué tenía que ver con Edna Barry?
—Era
el médico de cabecera de Wally, y lo llevaba de maravilla. Era un hombre
encantador. Si Wally se negaba a tomar su medicamento, o causaba problemas,
bastaba con que Edna llamara al doctor Morrow.
—Morrow
—dijo Fran—. ¿Está hablando del doctor Jack Morrow?
—Sí.
¿Le conocías?
—Sí.
Fran
pensó de nuevo en el hombre joven y afable que, catorce años antes, la había abrazado
cuando le comunicó la noticia de la muerte de su padre.
—Si
recuerdas, fue asesinado durante un robo sólo dos semanas antes de que el
doctor Lasch muriera —dijo Marta con tristeza.
—Supongo
que eso debió disgustar a Wally.
—No
lo puedes ni imaginar. Fue horroroso. Y creo que ocurrió justo después de que
el doctor Lasch le echara de su casa. Pobre Wally, la gente no lo comprende. No
tiene culpa de ser como es.
No,
pensó Fran, mientras daba las gracias a Marta Jones por su hospitalidad y subía
a su coche. Pero la gente no sólo no comprendía. Ni siquiera conocía la
gravedad de los problemas de Wally. ¿Cabía la posibilidad de que Edna
encubriera algo? ¿Permitió que Molly fuera condenada por un crimen que no
cometió?
¿Era
posible que hubiera sucedido de esa forma?
44
El
somnífero que el doctor Daniels prescribió a Molly fue muy eficaz. Lo tomó a
las diez de la noche y durmió hasta las ocho de la mañana. Fue un sueño
profundo y pesado, del cual despertó algo atontada pero como nueva.
Se
puso una bata y preparó café y zumo. Su intención era subirse el desayuno a la
cama, para luego analizar los acontecimientos, pero antes de llegar a la cocina
comprendió que, antes que nada, debía ocuparse del desorden reinante en toda la
casa.
Pese
a que se habían esforzado por devolverlo todo a su sitio, la policía había
cambiado la apariencia de la casa. Eran sutiles, pero Molly reconoció los
cambios. Todo cuanto habían tocado estaba desordenado, fuera de sitio,
alterado. La armonía de la casa, el recuerdo gratificante que había atesorado
de ella durante aquellos días y noches pasados en la cárcel, había
desaparecido, y debía ser restaurado.
Tras
una rápida ducha, se puso tejanos, zapatillas y una vieja sudadera y se dispuso
a trabajar. La tentación de llamar a la señora Barry para que le echara una
mano se desvaneció enseguida. Es mi casa, se dijo Molly. Yo la ordenaré.
Tal
vez haya perdido el control sobre mi vida, se desesperó mientras llenaba el
fregadero con agua caliente y jabón líquido, pero aún conservo la suficiente
entereza para poner manos a la obra.
No
es que la casa esté llena de manchas horrorosas, sólo huellas de dedos y así,
pensó mientras volvía a ordenar los platos y enderezaba las sartenes y ollas.
Que
la policía entrara a saco en mi casa fue como una inspección sorpresa en mi
celda, pensó. Recordó el sonido estridente de los pasos por el pasillo del
pabellón del presidio, la orden de retirarse contra la pared y ver cómo
destripaban su cama en busca de drogas.
No
se dio cuenta de que estaba sollozando hasta que se frotó la mejilla con el
dorso de la mano.
Hay
otro motivo para alegrarme de que la señora Barry tenga el día libre, pensó: no
he de disimular mis sentimientos. Puedo darles rienda suelta. El doctor Daniels
me daría una matrícula de honor.
Estaba
sacando brillo con cera a la mesa del vestíbulo, cuando Fran Simmons telefoneó
a las nueve y media.
¿Por
qué he accedido a comer con ella?, se preguntó Molly mientras colgaba. Pero
sabía el motivo. Pese a las advertencias de Philip, quería decir a Fran que,
por algún motivo, Annamarie Scalli había parecido asustada. Y no de mí, pensó.
No tenía miedo de mí, aunque estaba convencida de que maté a Gary.
Oh,
Dios mío, ¿por qué permites que me suceda esto?, preguntó en silencio mientras
se derrumbaba en una butaca.
Oyó
sus propios sollozos. Estoy tan sola, pensó, tan sola. Recordó lo que su madre
le había dicho por teléfono el día anterior: «Querida, si estás bien, no vale
la pena que vayamos todavía.»
Quería
oír a mamá decir que venían, pensó Molly. Les necesito ahora. Necesito que
alguien me ayude.
El
timbre de la puerta sonó a las diez y media. Caminó de puntillas hasta la
puerta y esperó. No voy a contestar, pensó. Sea quien sea, pensará que no estoy
en casa.
Entonces
oyó una voz.
—Abre,
Molly. Soy yo.
Molly
abrió con un sollozo de alivio, y un momento después rompió a llorar
desconsoladamente en brazos de Jenna.
—Mi
querida amiga, mi mejor amiga —dijo Jenna con lágrimas de pena en sus ojos—.
¿En qué puedo ayudarte?
Molly
consiguió lanzar una carcajada entre los sollozos.
—Haz
retroceder el reloj doce años —dijo—, y no me presentes a Gary Lasch. Aparte de
eso, no te separes de mí.
—¿Philip
aún no ha llegado?
—Dijo
que no sabía cuándo llegaría. Tenía que asistir a un juicio.
—Molly,
llámale. Cal recibió un soplo. Encontraron rastros de la sangre de Annamarie
Scalli en las botas que llevabas el domingo por la noche, y también en tu
coche. Lo siento. Cal se ha enterado de que el fiscal pedirá tu detención.
45
Después
de que Calvin Whitehall recibiera el soplo de que rastros de la sangre de
Annamarie Scalli habían sido encontrados en el zapato y en el coche de Molly
Lasch, fue de inmediato al despacho del doctor Peter Black.
—Algo
espectacular se está preparando —le anunció, y le observó—. No pareces muy
preocupado por ello.
—¿Debo
estar preocupado porque Annamarie Scalli, una liosa de mucho cuidado, ya no
exista? —repuso Peter con expresión relamida.
—Me
dijiste que no existía la menor prueba de nada, y que si ella hablaba, tiraría
piedras sobre su propio tejado.
—Sí
lo dije, y aún es cierto. No obstante, de pronto me siento muy agradecido con
Molly. Por sórdida que sea esta publicidad, no tiene nada que ver con nosotros,
el hospital o Remington Health Management.
Whitehall
reflexionó sobre aquello.
La
capacidad de Cal para sentarse muy tieso y muy callado cuando se estaba
concentrando siempre había intrigado a Peter. Era como si su poderoso cuerpo se
transformara en una roca.
Por
fin, Calvin Whitehall asintió.
—Tienes
toda la razón, Peter.
—¿Cómo
lo lleva Jenna?
—Jenna
está con Molly ahora.
—¿Es
eso prudente?
—Jenna
sabe que esta vez no toleraré fotografías de ella del brazo con Molly. En
cuanto finalice la fusión, podrá ayudar a Molly todo cuanto le plazca. Hasta
entonces ha de mantener cierta distancia.
—¿En
qué puede serle de ayuda, Cal? Si Molly va a juicio otra vez, ni siquiera ese
brillante abogado conseguirá el trato que pactó con el fiscal la otra vez.
—Lo
sé, pero has de comprender que Molly y Jenna son como hermanas. Admiro la
lealtad de Jenna, aunque de momento debo mantenerla a raya.
Black
consultó su reloj, impaciente.
—¿Cuándo
dijeron que llamarían?
—De
un momento a otro.
—Será
mejor así. Roy Kirkwood va a venir. Perdió una paciente el otro día y culpa al
sistema. El hijo de la paciente está hecho una furia.
—Kirkwood
no será demandado. Quiso realizar más pruebas. Podrá manejar al hijo de la
paciente.
—No
es una cuestión de dinero.
—Todo
es cuestión de dinero, Peter.
El
teléfono privado de Peter Black sonó. Descolgó, escuchó un momento, pulsó el
botón del altavoz y contestó:
—Cal
está aquí, y estamos preparados, doctor —dijo con tono respetuoso.
—Buenos
días, doctor. —La voz de Cal había perdido todo rastro de su habitual
arrogancia.
—Felicidades,
caballeros. Creo que hemos logrado otro avance significativo —dijo la voz al
otro extremo de la línea—. Si estoy en lo cierto, todos los demás logros
palidecerán en comparación.
46
Cuando
Fran llegó a casa de Molly a la una, se dio cuenta de que su amiga había estado
llorando. Tenía los ojos hinchados, y aunque se había puesto algo de
maquillaje, había rastros de manchones en ambas mejillas.
—Entra,
Fran. Philip llegó hace poco. Está en la cocina, contemplando cómo preparo una
ensalada.
Así
que Philip está aquí, pensó Fran. Me pregunto a qué vienen tantas prisas. Sea
lo que sea, no le gustará verme aquí. Mientras recorrían el pasillo hasta la
cocina, Molly dijo:
—Jenna
estuvo aquí esta mañana. Tuvo que marcharse hace unos minutos para ir a comer
con Cal, pero ¿sabes lo que hizo, Fran? Me ayudó a limpiar y ordenar la casa.
Tal vez la policía debería seguir un cursillo sobre cómo cumplir una orden de
registro sin dejar la casa hecha un desastre.
La
voz de Molly se quebró en varias ocasiones. Parece al borde de la histeria o de
un ataque de nervios, pensó Fran.
Era
evidente que Philip Matthews había llegado a la misma conclusión. Sus ojos
seguían a Molly mientras ella se movía por la habitación, sacaba la quiche de
la caja y la metía en el horno. Durante todo el rato, Molly siguió hablando con
la misma voz rápida y nerviosa.
—Al
parecer, encontraron rastros de sangre de Annamarie en las botas que llevaba el
domingo por la noche, Fran. Y un rastro de sangre en mi coche.
Fran
cambió una mirada apesadumbrada con Philip Matthews, segura de que su expresión
de preocupación reflejaba la suya como un espejo.
—¿Quién
sabe? Quizá sea mi última comida en casa durante una temporada. ¿No es verdad,
Philip?
—No,
no lo es —replicó él con voz tensa.
—Quieres
decir que cuando me detengan volveré a salir en libertad bajo fianza. Bueno es
estupendo tener dinero, ¿verdad? La gente afortunada como yo siempre puede
extender un cheque.
—Basta,
Molly —repuso con brusquedad Fran. Se acercó a su amiga y la cogió por los
hombros—. Inicié mi investigación creyendo que habías matado a tu marido
—dijo—. Después empecé a tener dudas. Pensé que la policía debería haber
investigado más en profundidad la muerte de Gary, haber considerado un par más
de posibilidades. De todos modos, admito que me preocupaba el hecho de que
tuvieras tantas ganas de localizar a Annamarie Scalli. Después la encontraste,
y ahora está muerta. Si bien aún no estoy segura de que seas una asesina
patológica, continúo albergando serias dudas. Creo que has quedado atrapada en
una loca red de intrigas, como alguien extraviado en un laberinto. Puede que me
equivoque, por supuesto. Puede que seas lo que cree casi todo el mundo, pero
juro que me encuentro entre ese casi restante. Intentaré demostrar que eres
inocente de las muertes de Gary Lasch y Annamarie Scalli.
—¿Y
si te equivocas? —preguntó Molly.
—En
ese caso haré cuanto pueda para que te ingresen en un lugar donde estés cómoda,
segura y recibas un buen tratamiento.
Los
ojos de Molly brillaron de lágrimas contenidas.
—No
volveré a llorar —dijo—. Fran, tú eres la primera y única persona que ha
mostrado interés en investigar la posibilidad de que sea inocente. —Miró a
Philip—. Incluido tú, mi querido Philip, que matarías dragones por mí. E
incluyendo a Jenna, que pondría la mano en el fuego por mí, e incluyendo a mis
padres, que si creyeran en mi inocencia estarían aquí en este momento, montando
un escándalo. Creo y espero ser inocente de ambas muertes. Si no, te prometo
que no daré problemas durante mucho tiempo más.
Fran
y Philip intercambiaron una mirada. De tácito acuerdo no comentaron entre sí
aquella amenaza implícita de suicidio.
Elegancia
sometida a presión, pensó Fran, mientras Molly servía la quiche en una
exquisita bandeja de Limoges de pie esbelto y base dorada. Las esterillas
individuales de delicados dibujos florales que había sobre la mesa del
saloncito hacía juego con los tapices de las paredes.
La
pared encarada hacia el jardín tenía un amplio mirador. Algunos brotes verdes
presagiaban el fin del invierno. Al final del terreno, algo elevado, Fran
reparó en el jardín con rocas ornamentales, y recordó algo que deseaba comentar
con Molly.
—Molly,
el otro día te pregunté con respecto a las llaves de casa. ¿Dijiste algo acerca
de una llave de repuesto?
—Siempre
guardábamos una escondida allí. —Molly señaló el jardín—. Una de esas rocas es
falsa. Muy hábil, ¿no crees? Al menos, es curioso tener un Peter Rabbitt de
cerámica con una oreja desmontable en el porche, para ocultar la llave, por si
acaso.
—¿Por
si acaso? —repitió Philip Matthews.
—Por
si acaso olvidábamos la llave.
—¿Alguna
vez olvidaste la tuya, Molly? —preguntó Fran como sin darle importancia.
—Fran,
ya sabes que soy una buena chica —contestó Molly con una sonrisa medio
burlona—. Siempre lo hago todo bien. Todo el mundo lo decía. Acuérdate de la
escuela.
—Sí,
y lo decían porque era verdad.
—Me
preguntaba qué hubiera pasado si no me lo hubieran puesto todo tan fácil. Era
consciente de eso. Sabía que era una privilegiada. Te admiraba mucho cuando
ibas a la escuela, porque te esforzabas por conseguir lo que deseabas. Recuerdo
que cuando empezaste a jugar a baloncesto aún eras una cría, pero conseguiste
formar un equipo.
¡Molly
Carpenter me admiraba!, pensó Fran. Ni siquiera creía que hubiera reparado en
mi existencia.
—Y
después, cuando tu padre murió, lo sentí muchísimo por ti. La gente siempre
trataba con deferencia a mi padre, que es un hombre que se gana el respeto de
los demás. Es y era un padre maravilloso. No obstante, tu padre demostraba lo
orgulloso que estaba de ti. Tú le proporcionaste la oportunidad, pero en mi
caso nunca fue así. Recuerdo la expresión de tu padre cuando lograste los
puntos que dieron a tu equipo la victoria en el último partido de nuestro
último año en la escuela. ¡Fue fantástico!
No
sigas, Molly, quiso rogar Fran. No lo hagas, por favor.
—Siento
que las cosas le fueran tan mal, Fran. Puede que a mí me pase lo mismo. Una
cadena de acontecimientos que no podemos controlar. —Molly dejó el tenedor
sobre la mesa—. La quiche está buenísima, pero no tengo hambre.
—Molly,
¿Gary olvidó alguna vez su llave? —preguntó Fran, y sintió los ojos de Philip
Matthews clavados en ella, pidiéndole que no acosara a Molly con más preguntas.
—¿Gary?
¿Olvidar algo? Dios mío, no. Gary era perfecto. Decía que una de las cosas que
más le gustaban de mí era mi predictibilidad. Al contrario de la mayoría de las
mujeres, nunca llegaba tarde, nunca dejaba las llaves en el coche, nunca
olvidaba mi llavero. Recibí una matrícula de honor por eso. —Hizo una pausa, y
sonrió como si recordara algo—. Es curioso, ¿te das cuenta de que hoy estoy
pensando en términos escolares? Notas y todo eso.
Molly
apartó su silla y se puso a temblar. Fran, alarmada, corrió a su lado. En ese
momento, sonó el teléfono.
—Será
mamá o papá, o Jenna —musitó Molly.
Philip
Matthews contestó.
—Es
el doctor Daniels, Molly. Quiere saber cómo estás.
Fran
contestó por Molly.
—Necesita
ayuda. Pídele que venga y hable con ella.
Al
cabo de unos momentos de conversar entre susurros, Mathews colgó.
—Vendrá
enseguida —prometió—. Molly, acuéstate hasta que llegue. Pareces muy nerviosa.
—Me
siento muy nerviosa.
—Vamos.
Philip
rodeó con un brazo a Molly y ésta se apoyó contra él, mientras salían del
saloncito.
Será
mejor que despeje la mesa, pensó Fran, mientras miraba la comida casi intacta.
Nadie va a comer nada más.
Cuando
Matthews volvió, le preguntó:
—¿Qué
va a pasar?
—Si
los análisis del laboratorio pueden relacionarla de alguna manera con la muerte
de Annamarie, será detenida. No tardaremos en saberlo.
—Oh,
Dios mío.
—Fran,
obligué a Molly a guardar en secreto casi toda su conversación con Annamarie
Scalli. Parte de ella era muy dolorosa, y daría motivos para creer que odiaba a
Annamarie. Voy a correr un riesgo ahora, y te contaré todo lo que me dijo, con
la esperanza de que puedas ayudarla. Te creo cuando afirmas que intentarás
demostrar su inocencia.
—De
la cual tú no estás convencido, ¿verdad? —repuso Fran.
—Estoy
convencido de que no es responsable de ninguna de ambas muertes.
—No
es lo mismo.
—Annamarie
contó a Molly que Gary, según sus propias palabras, sintió alivio cuando ella
perdió el niño. Después dijo haber escuchado una disputa muy seria entre Gary
Lasch y Jack Morrow, sólo unos días antes de que éste fuera asesinado. Después,
Morrow pidió a Annamarie que le guardara un expediente muy importante, pero
murió antes de poder entregárselo. Molly me dijo que tuvo la clara impresión de
que Annamarie sabía algo que no quería decir, y que tenía miedo.
—¿Miedo
por su propia seguridad?
—Ésa
es la impresión de Molly.
—Bien,
algo es algo. Hay otra cosa que quiero investigar. El hijo de la señora Barry,
Wally, un hombre joven con graves problemas mentales y emocionales, estaba muy
disgustado por la muerte del doctor Morrow, y por algún motivo estaba muy
enfadado con Gary Lasch. Además, parece tener un interés muy particular en
Molly. Ayer mismo cogió la llave de esta casa del llavero de su madre.
Sonó
el timbre de la puerta.
—Yo
abriré —dijo Fran—. Será el doctor Daniels.
Pero
eran dos hombres, que extendieron sus identificaciones para que las leyera.
—Traemos
una orden de detención para Molly Carpenter Lasch —dijo el mayor—. ¿Nos
acompaña hasta ella, por favor?
Quince
minutos después, el primer cámara que llegó a la casa grabó a Molly Lasch con
las manos esposadas a la espalda, el abrigo echado sobre los hombros, la cabeza
gacha, el cabello caído sobre la cara, mientras la sacaban de la casa hasta un
coche de la oficina del fiscal. De allí fue conducida al palacio de justicia de
Stamford donde, como si se repitieran los acontecimientos de casi seis años
atrás, fue acusada de asesinato.
47
Edna
Barry, que sentía en sus huesos cada día de sus sesenta y cinco años, esperó el
telediario de la noche mientras sorbía una taza de té, la tercera en la última
hora. Wally había ido a su habitación para echar una siesta, y rezó para que
cuando se despertara la medicina hubiera obrado efecto y se sintiera mejor.
Había tenido un mal día, atormentado por las voces que sólo él oía. Cuando
volvían de la consulta del médico, había descargado un puñetazo sobre la radio
del coche porque creyó que el locutor hablaba de él.
Al
menos había podido hacerle entrar en casa antes de que Fran Simmons viera el
estado de agitación en que se encontraba. Pero ¿qué le habría contado Marta
sobre Wally?
Edna
sabía que Marta nunca perjudicaría de manera intencionada a Wally, pero Fran
Simmons era muy lista, y ya había empezado a hacer preguntas sobre la llave de
repuesto de casa de Molly.
Ayer,
Marta había visto a Wally coger la llave de casa de Molly del llavero de Edna,
y le oyó decir que esta vez la devolvería. No dejes que Marta le haya dicho eso
a Fran Simmons, rezó.
Su
mente regresó a aquella horrible mañana en que había encontrado el cadáver del
doctor Lasch, al miedo que había sentido cada vez que hablaban de una llave.
Cuando la policía me interrogó sobre las llaves de la casa les di la que había
sacado del escondite del jardín, recordó Edna. Esta mañana no encontré mi llave
de la casa y tuve miedo de que Wally la hubiera cogido, un miedo que después
resultó justificado. La idea de que la policía volviera a interrogarla sobre la
llave la había aterrorizado, pero por suerte no lo habían hecho.
Edna
se concentró en el televisor cuando empezaron las noticias. Estupefacta, oyó
que Molly había sido detenida, acusada de asesinato, trasladada al palacio de
justicia y liberada bajo una fianza de un millón de dólares hacía sólo unos
minutos, para luego permanecer en arresto domiciliario. La cámara enfocó a Fran
Simmons, que transmitía en directo desde el aparcamiento del Sea Lamp Diner de
Rowayton. El aparcamiento todavía estaba acordonado con la cinta amarilla de la
policía.
«Aquí
fue donde Annamarie Scalli fue asesinada a puñaladas —estaba diciendo Fran—, un
crimen por el que Molly Carpenter Lasch fue detenida esta tarde. Nos han
informado que se hallaron rastros de la sangre de Annamarie Scalli en la suela
de uno de los zapatos de Molly y en su coche.»
—Mamá,
¿Molly está cubierta de sangre otra vez?
Edna
se volvió y vio a Wally detrás de ella, con el pelo despeinado y los ojos
brillantes de ira.
—No
digas esas cosas, Wally —dijo, nerviosa.
—¿Te
acuerdas de la estatua del caballo y el vaquero que cogí aquella vez?
—Wally,
no hables de eso, por favor.
—Sólo
quiero hablarte de eso, nada más —dijo Wally, malhumorado.
—Wally,
no vamos a tocar ese tema.
—Pero
todo el mundo habla de lo mismo, mamá. Ahora, en mi habitación todos estaban
gritando en mi cabeza. Hablaban de la estatua. No era muy pesada para mí porque
soy fuerte, pero era demasiado pesada para que Molly la levantara.
Las
voces que le atormentaban habían regresado, pensó Edna, desolada. La medicina
no hacía efecto.
Edna
se levantó, se acercó a su hijo y le masajeó las sienes.
—Shhh
—dijo para calmarle—. No hables más de Molly ni de la estatua. Ya sabes lo mal
que te ponen esas voces, cariño. Prométeme que no dirás ni una palabra más
sobre el doctor Lasch o Molly. ¿De acuerdo? Bien, ahora te tomarás otra
pastilla.
48
Fran
terminó su retransmisión y desconectó el micrófono. Esta noche, Pat Lyons, un
joven cámara, había venido desde Nueva York para grabar su reportaje desde el
Sea Lamp Diner.
—Me
gusta este pueblo —dijo—. Como está junto al agua, me recuerda a un pueblo de
pescadores.
—Es
un bonito pueblo —admitió Fran, y recordó que cuando era más joven iba de vez
en cuando a Rowayton para visitar a una amiga.
Es
evidente que el Sea Lamp no es el típico sitio donde la élite se cita para
comer, pensó, mientras echaba un vistazo al restaurante, de aspecto algo
descuidado. No obstante, su intención era entrar a cenar. Pese a los
acontecimientos de los dos últimos días, y la presencia de la cinta y tiza
amarillas que indicaban el emplazamiento del coche de Annamarie Scalli, el
local estaba abierto.
Fran
ya había averiguado que Gladys Fluegel, la camarera que había servido a Molly y
Annamarie Scalli, estaba de servicio aquella noche. Tenía que conseguir una de
sus mesas.
Se
quedó sorprendida al ver que el restaurante estaba medio lleno, pero supuso que
se debía a la curiosidad despertada por el asesinato y la consiguiente
publicidad. Se detuvo un momento en la entrada, preguntándose si tendría más
posibilidades de hablar con la Fluegel si se sentaba en la barra. Sin embargo,
la propia camarera solucionó el problema, pues acudió presurosa a su encuentro.
—Usted
es Fran Simmons. La estábamos viendo en la tele. Soy Gladys Fluegel. Atendí a
Molly Lasch y Annamarie Scalli la otra noche. Se sentaron allí. —Señaló un
reservado vacío del fondo.
Fran
comprendió que Gladys estaba más que ansiosa por contarle la historia.
—Me
gustaría hablar con usted —dijo Fran—. Quizá si ocupo esa mesa podría sentarse
conmigo. ¿A qué hora empieza su turno de descanso?
—Concédame
diez minutos. Encenderé una hoguera bajo ellos. —Señaló a una pareja anciana
sentada a una mesa junto a la ventana—. Ella está muy enfadada porque él quiere
buey a la parmesana, y dice que siempre le da gases. Les diré que se decidan de
una vez. En cuanto hayan hecho el pedido, me sentaré con usted.
Fran
midió la distancia mientras caminaba hacia el reservado. Mientras esperaba a
Gladys, estudió el interior del local. Para empezar, la iluminación era escasa,
y la mesa estaba en sombras, lo cual la convertía en la elección ideal para
alguien que deseara pasar desapercibido. Molly había dicho a Philip que
Annamarie parecía atemorizada cuando hablaron, pero no de ella. ¿De qué tenía
miedo?, se preguntó.
¿Por
qué había cambiado Annamarie su apellido? ¿Por qué pensaba que la notoriedad
concerniente a la muerte de Gary Lasch la seguiría allá donde fuera? ¿O tenía
otros motivos para querer desaparecer?
Según
Molly, Annamarie había sido la primera en marcharse del restaurante, y después
Molly pagó la cuenta y la siguió. ¿Cuánto tiempo tardó? No mucho, porque de lo
contrario Molly habría creído que ya se había marchado. Pero había transcurrido
lo suficiente para que Annamarie cruzara el aparcamiento y subiera a su jeep.
Molly
dice que la llamó desde la puerta, pensó Fran. ¿La alcanzó?
—¿Adivina
lo que van a tomar? —preguntó Gladys, señalando con el pulgar por encima del
hombro a la pareja anciana—. Platija a la parrilla con espinacas. Ella pidió
por los dos. El pobre tipo ha enfermado de los nervios.
Dejó
caer la carta delante de Fran.
—La
especialidad de esta noche es fricandó de pechuga de pollo y gulash a la
húngara.
Tomaré
una hamburguesa en P. J. Clarke's cuando regrese a Nueva York, decidió Fran, y
luego murmuró algo acerca de que había quedado con alguien para cenar, y pidió
un bollo y café.
Cuando
Gladys volvió con el pedido, se sentó.
—Tengo
unos dos minutos —dijo—. Aquí fue donde Molly Lasch se sentó. Annamarie Scalli
ocupó su asiento. Como ya dije a los detectives ayer, la Scalli estaba
nerviosa. Juro que tenía miedo de la Lasch. Después, cuando la Scalli se
levantó, Molly Lasch la agarró de la muñeca. La Scalli tuvo que soltarse, y
luego salió de aquí a toda mecha, como si tuviera miedo de que Molly Lasch la
persiguiera, cosa que ésta hizo. ¿Cuántas mujeres dejan un billete de cinco
dólares para pagar una taza de té y un café, que sólo suman un dólar con
treinta? Me da pesadillas pensar que segundos después de que abandonara mi
mesa, la Scalli estaba muerta. —Suspiró—. Supongo que no me quedará otro
remedio que testificar en el juicio.
Te
estás muriendo de ganas de testificar, pensó Fran.
—¿Había
otras camareras el domingo por la noche?
—Princesa,
en este cuchitril el domingo por la noche no hacen falta dos camareras. En
teoría tengo asueto los domingos, pero la chica habitual se puso enferma.
¿Adivina quién se comió el marrón? Por otra parte, fue muy interesante estar
aquí, teniendo en cuenta lo sucedido.
—¿Estaba
el chef o alguien más en la barra? Alguien la ayudaría.
—Oh,
sí, el chef estaba por aquí, aunque es exagerado llamar «chef» a ese tío. Pero
no estaba precisamente aquí. Siempre está dentro. Ojos que no ven corazón que
no siente, si sabe a qué me refiero.
—¿Quien
atendía la barra?
—Bobby
Burke, un universitario. Trabaja los fines de semana.
—Me
gustaría hablar con él.
—Vive
en Yarmouth Street, en Belle Island. Eso está al otro lado del puente, a dos
manzanas de aquí. Se llama Robert Burke hijo. Encontrará su número en el
listín. ¿Quiere entrevistarme para la televisión o algo por el estilo?
—Cuando
grabe el programa sobre Molly Lasch, me gustaría hablar con usted —dijo Fran.
—Será
un placer complacerla.
Apuesto
a que sí, pensó Fran.
Fran
llamó a la residencia de los Burke desde el teléfono del coche. Al principio,
el padre de Bobby se negó en redondo a permitir que hablara con su hijo.
—Bobby
ya ha hecho una declaración ante la policía que contiene todo cuanto tenía que
decir. Apenas se fijó en ninguna de las dos mujeres. No podía ver el
aparcamiento desde la barra.
—Señor
Burke, voy a ser muy sincera con usted. Estoy a sólo cinco minutos de
distancia. Acabo de hablar con Gladys Fluegel y temo que haya tergiversado un
poco su descripción del encuentro entre Molly Lasch y Annamarie Scalli. Soy
periodista, pero también soy amiga de Molly Lasch. Fuimos a la escuela juntas.
En nombre de la justicia, apelo a usted. Molly necesita ayuda.
—Espere
un momento.
Cuando
Burke volvió a ponerse al teléfono, dijo:
—De
acuerdo, señorita Simmons, puede venir y hablar con Bobby, pero insisto en
quedarme en la habitación con usted. Le daré la dirección de casa.
Es
el tipo de chico del que cualquier padre se sentiría orgulloso, pensó Fran
cuando se sentó con Bobby Burke en la sala de estar de su modesta casa. Era un
adolescente delgado de dieciocho años, con una mata de cabello castaño claro e
inteligentes ojos castaños. Sus modales eran tímidos, y de vez en cuando miraba
a su padre como en busca de guía, pero alumbró una llamita de humor en sus ojos
cuando contestó algunas de las preguntas de Fran, y sobre todo cuando habló de
Gladys.
—No
había mucha gente, pero vi entrar a las dos señoras —dijo—. Llegaron por
separado, con pocos minutos de diferencia. Fue muy curioso. Gladys siempre
intenta acomodar a la gente en una mesa cercana a la barra, para no tener que
llevar el pedido demasiado lejos, pero la primera señora no lo aceptó. Señaló
el reservado del fondo.
—¿Pensaste
que estaba nerviosa?
—No
lo sabría decir.
—¿Dices
que no estabas muy ocupado?
—Exacto.
Había pocas personas en la barra. Aunque justo antes de que las dos mujeres se
fueran, entró una pareja y ocupó una mesa. Gladys estaba con las dos mujeres
cuando la pareja entró.
—¿Aún
las estaba sirviendo?
—Tomaba
nota, pero tardó lo suyo. Es una fisgona de cuidado, y le gusta saber lo que
pasa. Recuerdo que la pareja recién llegada empezó a impacientarse y la llamó.
Eso ocurrió cuando la segunda señora se iba.
—Bobby,
¿tuviste la impresión de que la primera mujer en irse, la que fue asesinada en
el aparcamiento, salió corriendo como si estuviera nerviosa o asustada?
—Iba
deprisa, pero no corría.
—¿Y
la segunda mujer? Sabrás que se llama Molly Lasch, ¿verdad?
—Sí,
lo sé.
—¿La
viste marchar?
—Sí.
—¿
Corría?
—También
iba deprisa, pero creo que era porque estaba llorando. Sentí pena por ella.
Estaba
llorando, pensó Fran. No es propio de una mujer presa de una rabia homicida.
—Bobby,
¿la oíste llamar a alguien cuando salió?
—Me
pareció que sí, pero no pillé el nombre.
—¿Llamó
por segunda vez? ¿Gritó «Annamarie, espera»?
—No
la oí llamar por segunda vez, porque estaba sirviendo café, y tal vez no me di
cuenta.
—Acabo
de salir del restaurante, Bobby. La barra está cerca de la puerta. ¿No crees
que si Molly Lasch hubiera llamado en voz alta a alguien sentado en un coche
del aparcamiento para que la oyera, tú también la habrías oído?
El
chico reflexionó.
—Supongo
que sí.
—¿Te
interrogó al respecto la policía?
—Pues
no. Preguntaron si oí a la señora Lasch llamar a la otra señora desde la
puerta, y dije que creía que sí.
—Bobby,
¿quién había en la barra en aquel momento?
—Sólo
dos tíos que se dejan caer de vez en cuando. Habían estado jugando a los bolos.
Pero estaban hablando, sin prestar atención a nadie más.
—¿Quiénes
eran las personas que entraron, ocuparon una mesa y llamaron a Gladys?
—No
sé cómo se llaman. Son de la edad de mis padres. Les veo de vez en cuando. Creo
que van al cine, o algo por el estilo, y luego comen algo de regreso a casa.
—Si
vuelven, ¿me conseguirás sus nombres y su número de teléfono, y si no te
quieren dar esa información, les darás mi tarjeta y les pedirás que me
telefoneen?
—Desde
luego, señora Simmons —dijo Bobby con una sonrisa—. Me gustan sus reportajes de
los telediarios, y siempre miro Crímenes verdaderos. Es fantástico.
—Acabo
de empezar a trabajar en Crímenes verdaderos, pero gracias de todos modos —dijo
Fran—. El caso Lasch será el tema de mi primer programa. —Se levantó y se
volvió hacia Robert Burke padre—. Ha sido muy amable al permitirme hablar con
Bobby.
—Bueno,
la verdad es que he visto las noticias —repuso el hombre—, y tengo la sensación
de que existen muchas prisas para acelerar este juicio. Es evidente que usted
opina lo mismo. —Sonrió—. Es posible que tenga ciertos prejuicios, por
supuesto. Soy abogado de oficio.
Acompañó
a Fran hasta la puerta y la abrió.
—Señora
Simmons, si es usted amiga de Molly Lasch, debería saber algo más. Hoy, cuando
la policía interrogó a Bobby, tuve la sensación de que todo cuanto querían oír
era una verificación de lo que Gladys Fluegel había testificado, y le aseguro
que esa mujer está ávida de atención. No me sorprendería que empezara a
recordar toda clase de cosas. Conozco el tipo. Dirá a la policía todo lo que
ésta quiera oír, y ya puede apostar a que nada de ello ayudará a Molly Lasch.
49
Había
comparecido ante el juez. Le tomaron las huellas dactilares y la fotografiaron.
Oyó a Philip Matthews decir: «Mi cliente se declara no culpable, su señoría.»
El fiscal adujo que podía escapar a la acción de la justicia y exigió arresto
domiciliario. El juez fijó una fianza de un millón de dólares y confirmó el
arresto domiciliario.
Esperó,
temblorosa en su celda. La fianza fue pagada. Molly, como una niña obediente,
apática e indiferente, hizo lo que le decían, hasta que por fin estuvo en el
coche con Philip, que la acompañó a su casa.
La
rodeó con el brazo y casi la llevó en volandas hasta el salón. La hizo tumbarse
en el sofá, colocó un cojín bajo su cabeza, fue en busca de una manta y la
arrebujó.
—Estás
temblando. ¿Dónde está el encendedor del fuego?
—Sobre
la repisa de la chimenea.
No
fue consciente de que estaba contestando a una pregunta hasta que oyó su propia
voz.
Un
momento después, el fuego se encendió, cálido y reconfortante.
—Me
quedo —dijo Philip—. He traído mi maletín. Trabajaré en la mesa de la cocina.
Tú cierra los ojos.
Cuando
los abrió, sobresaltada, eran las siete, y el doctor Daniels estaba sentado a
su lado.
—¿Estás
bien, Molly?
—Annamarie
—dijo con voz ahogada—. Estaba soñando con ella.
—¿Quieres
contarme el sueño?
—Annamarie
sabía que algo terrible iba a sucederle. Por eso salió a toda prisa del
restaurante. Quería escapar a su destino. En cambio, se precipitó hacia él.
—¿Crees
que Annamarie sabía que iba a morir, Molly?
—Sí.
—¿Por
qué crees que lo sabía?
—Eso
era parte del sueño, doctor. ¿Conoce la fábula del hombre a quien dijeron que
iba al encuentro de la muerte aquella misma noche en Damasco, y que huyó a
Samara para esconderse? Un desconocido se le acercó en una calle de Samara y
dijo: «Soy la Muerte. Pensaba que nuestra cita era en Damasco.» —Aferró las
manos del doctor Daniels—. Todo era tan real...
—¿Quieres
decir que Annamarie no podía salvarse de ninguna manera?
—De
ninguna manera. Yo tampoco puedo salvarme.
—Háblame
de eso, Molly.
—No
lo sé, la verdad —susurró ella—. Hoy, cuando estaba en la celda y cerraron con
llave la puerta, no paraba de oír otra puerta que se abría y cerraba. ¿No es
extraño?
—¿Era
la puerta de una cárcel?
—No,
pero todavía ignoro qué puerta es. El sonido está relacionado con lo que pasó
la noche que Gary murió. —Suspiró, apartó la manta y se incorporó—. Oh, Dios,
¿por qué no puedo recordar? Si pudiera, quizá tendría una oportunidad.
—Es
una buena señal que estés recordando incidentes o sonidos concretos.
—¿De
veras? —preguntó Molly con voz débil.
El
doctor la estudió con detenimiento. Observó los efectos de la tensión reciente
en su rostro: letárgico, deprimido, reservado. Segura de que su destino estaba
sellado. Era evidente que no deseaba hablar más.
—Molly,
me gustaría que nos viéramos cada día durante un tiempo. ¿De acuerdo?
Esperaba
que ella protestara, pero asintió con indiferencia.
—Le
diré a Philip que me voy —dijo el médico.
—Él
también debería irse a casa. Les estoy muy agradecida a los dos. Hay poca gente
que me apoye. Ni siquiera mis padres. Su ausencia es escandalosa.
Sonó
el timbre de la puerta. El doctor Daniels vio pánico en los ojos de Molly.
¿Será la policía?, pensó, desolada.
—Yo
abriré —dijo Philip.
Daniels
vio alivio en el rostro de Molly cuando el repiquetear de unos tacones y una
voz de mujer precedieron a Jenna Whitehall.
Su
marido y Philip la siguieron hasta el salón.
El
doctor Daniels observó cómo Jenna daba a Molly un breve abrazo.
—Su
comida a domicilio ha llegado, señora —dijo Jenna—. A falta de ama de llaves,
el todo poderoso Calvin Whitehall en persona servirá y despejará la mesa, con
la inapreciable ayuda del abogado Philip Matthews.
—Me
marcho —dijo el médico con una leve sonrisa, contento de que los amigos de
Molly hubieran acudido en su ayuda y ansioso por volver a casa. Calvin
Whitehall, al que sólo había visto unas pocas veces, le había desagradado
instintivamente. Intuía que era una persona autoritaria por naturaleza, que no
vacilaría ni un segundo en utilizar su inmenso poder no sólo para lograr sus
objetivos, sino para manipular a la gente y disfrutar del placer de verla
plegarse a su voluntad.
Se
quedó sorprendido cuando Calvin Whitehall le siguió hasta la puerta.
—Doctor
—dijo Whitehall en voz baja, como si temiera que le oyeran—, me alegro de verle
aquí con Molly. Ella es muy importante para todos nosotros. ¿Cree que existe
alguna posibilidad de que la declaren incapacitada, o en su defecto, que la
juzguen no culpable de este segundo asesinato por locura transitoria?
—Su
pregunta no deja duda de que usted la considera culpable de la muerte de
Annamarie Scalli —replicó con frialdad Daniels.
Whitehall
reaccionó con sorpresa e indignación ante la repulsa implícita.
—Confiaba
en que mi pregunta reflejaría el afecto que mi mujer y yo sentimos por Molly, y
nuestra certeza de que una larga condena a prisión sería para ella una
sentencia de muerte.
Pobre
de aquel que se enfrente contigo, pensó Daniels, cuando observó las mejillas
enrojecidas de indignación de Whitehall y el brillo glacial de sus ojos.
—Señor
Whitehall, agradezco su preocupación. Tengo la intención de reunirme o hablar
con Molly cada día, y tendremos que tomarnos esto con calma.
Se
volvió hacia la puerta.
Mientras
volvía a casa, el doctor Daniels pensó que Jenna Whitehall podía ser la mejor
amiga de Molly, pero estaba casada con un hombre que no toleraba las
interferencias y que no permitía a nadie interponerse en su camino. Pensó que
el renovado interés por el escándalo relacionado con la muerte de Gary Lasch,
el fundador de Remington Health Management, no era un giro positivo para el
presidente de la junta de Remington.
¿Ha
ido Whitehall a casa de Molly como marido de su mejor amiga, o porque está
preparando el plan más conveniente para controlar los perjuicios?, se preguntó
Daniels.
Jenna
había comprado espárragos au gratin, costillar de cordero, patatas, brócoli y
bollos, todos los platos ya preparados para ser servidos. Dispuso la mesa de la
cocina con presteza, mientras Cal abría una botella e informaba a Molly de que
era un Château Lafite Rotschild de Burdeos, «lo mejor de mi bodega particular».
Molly
captó la expresión perpleja de Philip y una leve mueca de Jenna por el tono
pretencioso de su marido. Sus intenciones son buenas, pensó, pero ojalá no
hubieran venido. Se esfuerzan en fingir que se trata de una velada normal en
Greenwich, y aquí estamos, reunidos en el último minuto para una cena informal
en la cocina. Años antes, cuando Gary aún vivía y ella pensaba que su vida era
feliz, Jenna y Cal se dejaban caer de vez en cuando sin previo aviso y siempre
se quedaban a cenar.
Felicidad
doméstica: eso era mi vida. Me encantaba cocinar e improvisaba una cena en
cuestión de minutos. Me gustaba demostrar así que no necesitaba ni quería que
ninguna cocinera o ama de llaves viviera en casa de manera permanente. Gary
siempre parecía orgulloso de mí: «No sólo es atractiva e inteligente, sino que
sabe cocinar. ¿Cómo he podido tener tanta suerte?», decía, tan orgulloso,
delante de sus invitados.
Y
todo era una farsa, pensó Molly.
Le
dolía la cabeza y se masajeó las sienes.
—Molly,
¿prefieres dejarlo? —preguntó Philip. Estaba sentado frente a ella, tal como
Jenna les había colocado.
«Como
marido y como médico, no valía el precio que pagó por matarle, señora Lasch.»
Molly
levantó la vista y vio que Philip la estaba mirando.
—¿Qué
te pasa, Molly? —preguntó.
Confusa,
desvió la vista, Jenna y Cal también la estaban mirando.
—Lo
siento —dijo, vacilante—. Creo que he llegado a un punto en que ya no distingo
la diferencia entre lo que pienso y lo que digo. Acabo de recordar lo que
Annamarie me dijo cuando me encontré con ella el domingo por la noche. Lo que
me impresionó fue que creía que yo había matado a Gary, cuando yo precisamente
fui a verla con la esperanza de averiguar si ella le había matado.
—Molly,
no pienses en eso ahora —dijo Jenna—. Bebe tu vino e intenta relajarte.
—Jenna,
escúchame —repuso Molly con vehemencia—. Annamarie dijo que Gary, como médico,
no valía el precio que pagué por matarle. ¿Por qué dijo eso? Era un médico
maravilloso, ¿no?
Se
hizo el silencio mientras Jenna continuaba con los preparativos. Cal se limitó
a mirarla.
—¿Comprendéis
a qué me refiero? —insistió Molly, con voz casi suplicante—. Tal vez había algo
en su vida profesional que nosotros desconocíamos.
—Hay
que investigarlo —dijo Philip—. ¿Por qué no hablamos con Fran de eso? —Miró a
Cal y Jenna—. Al principio me mostré contrario a que Molly colaborara con Fran
Simmons, pero después de conocerla y haberla visto en acción, creo que está de
parte de Molly.
Se
volvió hacia ésta.
—Por
cierto, llamó mientras dormías. Ha hablado con el chico que trabajaba en la
barra del restaurante el domingo por la noche. Dice que no te oyó llamar a
Annamarie por segunda vez, al contrario de lo que afirma la camarera. Es una
minucia, pero tal vez podríamos utilizarlo para desacreditar su testimonio.
—Eso
es estupendo. Sé que no lo recordaba —dijo Molly—. No obstante, a veces me
pregunto qué es real y qué es imaginario. Acabo de contar al doctor Daniels que
algo referente a la noche que Gary murió me ronda por la cabeza, algo sobre una
puerta. Dice que empezar a recobrar recuerdos concretos es una buena señal. Así
lo espero. Sé que no podría volver a la cárcel. —Hizo una pausa, y después
susurró, más para sí que para los demás—: Eso no ocurrirá.
Siguió
un largo silencio, que Jenna rompió con jubilosa determinación.
—Eh,
no dejemos que esta cena fantástica se enfríe —dijo, y ocupó su sitio en la
mesa.
Una
hora después, camino de casa en el coche, sentados en el asiento trasero mientras
Lou conducía, Jenna y Cal guardaban silencio, hasta que ella dijo:
—Cal,
¿crees posible que Fran Simmons descubra algo que pueda ayudar a Molly? Es una
periodista de investigación, y quizá buena.
—Antes
hay que tener algo que investigar —dijo con brusquedad Calvin Whitehall—, y en
su caso no es así. Cuanto más hurgue Fran Simmons, más descubrirá que vuelve a
la misma respuesta, que es la evidente.
—¿A
qué crees que se refería Annamarie Scalli cuando criticó a Gary como médico?
—Sospecho,
querida, que esos recuerdos repentinos de Molly son muy poco fiables. Yo no les
concedería ninguna importancia, y estoy seguro de que ningún jurado lo haría.
Ya la oíste. Ha amenazado con suicidarse.
—No
es justo que la gente dé a Molly esperanzas infundadas. ¡Ojala Fran Simmons
dejara en paz el asunto!
—Sí,
Fran Simmons se está convirtiendo en un terrible problema —admitió Cal.
No
tuvo que mirar al retrovisor para confirmar que Lou Knox le estaba mirando
mientras conducía. Con un cabeceo apenas perceptible, contestó a la pregunta no
verbalizada de Lou.
50
¿Detecté
un cambio en el estado de Tasha cuando fui la semana pasada, o solo lo estoy
imaginando?, se preguntó Barbara Colbert mientras se dirigía a Greenwich.
Enlazaba y desenlazaba las manos, nerviosa.
La
llamada del doctor Black había llegado justo cuando se disponía a salir hacia
el Met, pues tenía un abono para las veladas de ópera de los martes.
—Señora
Colbert —había dicho el médico—, temo que se ha producido un cambio en el
estado de Tasha. Creemos que sus sistemas van a colapsarse.
Déjame
llegar a tiempo, por favor, rezó Barbara. Quiero estar a su lado cuando muera.
Siempre me han dicho que lo más probable es que no oiga ni entienda nada de lo
que le decimos, pero nunca he estado segura de eso. Cuando llegue el momento,
quiero que sepa que estoy a su lado. Quiero rodearla con mis brazos cuando
exhale el último suspiro.
Se
reclinó en el asiento y lanzó una exclamación ahogada. La idea de perder a su
hija era como una puñalada en el corazón. Oh, Tasha... Tasha... ¿Cómo pudo
suceder esto?
Cuando
Barbara Colbert llegó, encontró a Peter Black junto al lecho de Tasha. Su
semblante era lúgubre.
—Sólo
podemos esperar —dijo.
Barbara
no le hizo caso. Una de las enfermeras acercó una silla a la cama para que
pudiera sentarse con el brazo alrededor de Tasha. Miró el adorado rostro de su
hija, tan sereno, como si estuviera durmiendo, como si fuera a abrir los ojos
de un momento a otro y darle la bienvenida.
Barbara
se quedó junto a su hija durante toda la larga noche, indiferente a las
enfermeras que aguardaban algo retiradas, o a Peter Black, cuando ajustó la
solución que se le inyectaba a Tasha.
A
las seis, Black le dijo:
—Señora
Colbert, parece que Tasha se ha estabilizado, al menos hasta cierto punto. ¿Por
qué no va a tomar una taza de café y deja que las enfermeras cuiden de ella?
Vuelva después.
La
mujer levantó la vista.
—Sí.
He de hablar con mi chófer. ¿Está seguro...?
El
hombre sabía a qué se refería, y asintió.
—Nadie
puede estar seguro, pero no creo que de momento Tasha vaya a dejarnos.
La
señora Colbert salió a la zona de recepción. Tal como esperaba, Dan dormía en
una silla. Una mano sobre su hombro fue suficiente para despertarlo por
completo.
Dan
trabajaba para la familia desde antes de que Tasha naciera, y con los años se
había forjado una sólida amistad entre ambos. Barbara contestó a su tácita
pregunta.
—Aún
no. Dicen que se ha estabilizado. Pero podría ser en cualquier momento.
—Llamaré
a los chicos, señora Colbert.
Cincuenta
y cincuenta y ocho y todavía les llamaba los chicos, pensó Barbara, vagamente
consolada por la certeza de que Dan compartía su pena.
—Pide
a uno de ellos que recoja una bolsa del apartamento. Dile a Netty que la tenga
a punto.
Se
obligó a entrar en la pequeña cafetería. La noche de insomnio todavía no la
había afectado, pero sabía que era inevitable.
La
camarera de la cafetería conocía el empeoramiento de Tasha.
—Estamos
rezando —dijo, y después suspiró—. Ha sido una semana muy triste. El señor
Magim murió la madrugada del sábado.
—No
lo sabía. Lo siento.
—No
fue inesperado, pero todos confiábamos en que aguantaría hasta cumplir los
ochenta. ¿Sabe lo que fue muy bonito? Sus ojos se abrieron justo antes de
morir, y la señora Magim jura que la miró fijamente.
Ojalá
Tasha pudiera decirme adiós, pensó Barbara. Éramos una familia feliz pero poco
efusiva. Ahora lo lamento. Muchos padres terminan las conversaciones con sus
hijos diciendo «Te quiero». Siempre pensé que era una exageración, una
tontería. Ahora, me arrepiento de no habérselo dicho a Tasha cada vez que se
marchaba.
Cuando
Barbara volvió a la habitación, el estado de Tasha no parecía haber cambiado.
El doctor Black estaba de pie junto a la ventana, hablando por su móvil.
Bárbara le oyó decir:
—No
lo apruebo, pero si insistes no me queda otra alternativa, ¿verdad?
Su
voz estaba tensa de ira... ¿o era miedo?
Me
pregunto quién le da órdenes, pensó Barbara.
51
El
miércoles por la mañana, Fran tenía una cita en Greenwich con el doctor Roy
Kirkwood, que había sido el médico de cabecera de Josephine Gallo, la madre del
amigo de Tim Mason, el cual había pedido a Fran que investigara su muerte. Se
llevó una sorpresa al encontrar vacío el recibidor de la consulta. No suele
pasar en estos tiempos, pensó.
La
recepcionista deslizó a un lado el cristal que separaba su escritorio de la
sala de espera.
—Señorita
Simmons —dijo—, el doctor la espera.
Roy
Kirkwood aparentaba unos sesenta años. Su ralo cabello plateado, las cejas
plateadas, las gafas de montura metálica, la frente arrugada, los ojos
inteligentes y bondadosos, todo su aspecto consiguió que Fran pensara que aquel
hombre parecía un médico de verdad. Si viniera a verle porque estuviera
enferma, confiaría a pies juntillas en él, se dijo. Por otra parte, pensó
mientras el hombre le indicaba que tomara asiento, he venido porque una de sus
pacientes ha muerto.
—Ha
sido muy amable al recibirme, doctor —empezó.
—Yo
diría que era necesario para mí verla, señorita Simmons. Tal vez habrá
observado que mi sala de espera está vacía. Aparte de los pacientes de toda la
vida, de los cuales me ocupo hasta que pueda traspasar sus historiales a otros
colegas, me he jubilado.
—¿Su
decisión está relacionada con la madre de Billy Gallo?
—Exacto,
señorita Simmons. Es cierto que la señora Gallo habría podido padecer un ataque
de corazón fatal en cualquier circunstancia, pero con un bypass cuádruple
habría tenido buenas probabilidades de sobrevivir. Su cardiograma entraba
dentro de la normalidad, pero un cardiograma no es lo único que revela si un
paciente tiene problemas. Yo sospechaba que sufría obstrucción arterial, y
quería someterla a diversas pruebas. Sin embargo, mi petición fue vetada.
—¿Por
quién?
—Por
la dirección. Por Remington Health Management, para ser concreto.
—¿Protestó
la decisión?
—Señorita
Simmons, protesté y continué protestando hasta que todo fue inútil. Protesté
esa decisión como en otros muchos casos, en que mi recomendación de que los
pacientes debían ser derivados a un especialista fue denegada.
—Entonces
Billy Gallo tenía razón. Su madre habría podido sobrevivir. ¿Es eso lo que está
diciendo?
Roy
Kirkwood parecía derrotado y triste.
—Señorita
Simmons, después de que la señora Gallo padeciera la oclusión coronaria, fui a
ver a Peter Black y exigí que se practicara el bypass necesario.
—¿Qué
contestó el doctor Black?
—Consintió,
a regañadientes, pero la señora Gallo murió antes de llevarse a cabo la
intervención. Podríamos haberla salvado si la operación se hubiera autorizado
antes. Para la HMO, ella sólo era parte de una estadística, por supuesto, y su
muerte significa más beneficios para Remington, de modo que uno se pregunta si
en realidad les importa.
—Usted
hizo cuanto pudo, doctor.
—¿Cuanto
pude? He llegado al final de mi carrera y puedo jubilarme sin problemas
económicos, pero que Dios se apiade de los médicos jóvenes. La mayoría empiezan
endeudados hasta las cejas, pues han de pagar los préstamos que pidieron para
sufragar sus estudios. Créalo o no, la cantidad media que deben son cien mil
dólares. Después han de pedir préstamos para comprar equipo y abrir una
consulta. Tal como están las cosas hoy, se ven obligados a trabajar para una
compañía de seguros médicos, pues el noventa por ciento de los pacientes son
socios de ellas.
»Hoy,
a un médico se le dice cuántos pacientes ha de atender. Algunos planes llegan
hasta el extremo de fijar un tiempo máximo de quince minutos por paciente, y
les exigen llevar un registro del tiempo dedicado a cada paciente. Es normal
que los médicos trabajen cincuenta y cinco horas a la semana por menos dinero
del que ganaban antes de que las HMO se apoderaran de la medicina.
—¿Cual
es la solución? —preguntó Fran.
—HMO
no lucrativas gestionadas por médicos, en mi opinión. O médicos que funden sus
propias cooperativas. La medicina está realizando notables avances. Hay muchos
medicamentos y tratamientos nuevos a disposición de los médicos, que nos
permiten prolongar vidas y proporcionar mejor calidad de vida. Lo incongruente
es que estos tratamientos y servicios nuevos se deniegan de manera arbitraria,
como en el caso de la señora Gallo.
—¿Cómo
es posible que Remington se haya impuesto a otras HMO, doctor? Al fin y al
cabo, fue fundada por dos médicos.
—Por
dos médicos que heredaron el prestigio de un gran médico, Jonathan Lasch. Gary
Lasch no era de la misma madera que su padre, ni como médico ni como ser
humano. En cuanto a Remington, es avara y mezquina hasta extremos
inconcebibles. Por ejemplo, hay recortes sistemáticos de servicios y personal
en el hospital Lasch, como parte de su campaña de reducción de gastos. Ojalá
Remington y las HMO que está absorbiendo caigan en manos del plan que lidera el
ex secretario de Educación. Es la clase de hombre que el sistema sanitario
necesita.
Roy
Kirkwood se levantó.
—Le
ruego me disculpe, señorita Simmons. Sé que me estoy desahogando con usted.
Pero tengo mis motivos. Creo que haría un gran servicio si utilizara el poder
de convocatoria de su programa para alertar al público sobre esta situación
cruel y alarmante. La gente ignora que los locos se han apoderado del
manicomio.
Fran
también se levantó.
—Doctor,
¿conocía al doctor Jack Morrow?
Kirkwood
sonrió.
—Jack
Morrow era el mejor. Inteligente, experto en diagnósticos, y quería a sus
pacientes. Su muerte fue una tragedia.
—Parece
extraño que su asesinato nunca se haya resuelto.
—Si
cree que estoy furioso con Remington Health Management, tendría que haber oído
a Jack Morrow. Admito que tal vez fue demasiado lejos en sus quejas.
—¿Demasiado
lejos? —se apresuró a preguntar Fran.
—Jack
perdía los estribos con facilidad. Tengo entendido que clasificó a Peter Black
y Gary Lasch de «par de asesinos». Eso es ir demasiado lejos, aunque confieso
que pensé lo mismo de Black y del sistema cuando Josephine Gallo murió. Sólo
que no lo dije.
—¿Quién
oyó decir eso al doctor Morrow?
—La
señora Russo, mi recepcionista. Trabajaba para Jack. Ignoro si otras personas
le oyeron.
—¿Es
la señora de fuera?
—Sí.
—Gracias
por su tiempo, doctor.
Fran
salió a la sala de espera y se paró frente al escritorio.
—Tengo
entendido que trabajó para el doctor Morrow, señora Russo —dijo a la menuda
mujer de pelo cano—. Fue muy amable conmigo cuando mi padre murió.
—Era
amable con todo el mundo.
—Señora
Russo, sabía mi apellido cuando entré. ¿Sabe que estoy investigando la muerte
del doctor Gary Lasch para el programa de televisión Crímenes verdaderos?
—Sí.
—El
doctor Kirkwood acaba de decirme que usted oyó al doctor Morrow calificar a los
doctores Lasch y Black de «par de asesinos». Es una expresión bastante fuerte.
—Acababa
de llegar del hospital y estaba muy disgustado. Estoy segura de que se trataba
de lo habitual, luchar por un paciente al que se le había denegado un
tratamiento. Pero el pobre doctor fue asesinado unas noches después.
—Si
no recuerdo mal, la policía llegó a la conclusión de que un drogadicto había
forzado la entrada y le había sorprendido trabajando a altas horas en su
consulta.
—Exacto.
Todos los cajones de su escritorio estaban en el suelo, y el botiquín estaba
vacío. Los drogadictos pueden llegar a desesperarse, pero ¿por qué tuvo que
matarle? ¿Por qué no se llevó lo que quería y le dejó atado o algo así?
—Brillaron lágrimas en los ojos de la mujer.
Porque
el asaltante tenía miedo de ser reconocido, pensó Fran. Es el motivo habitual
de que un ladrón se convierta en un asesino. Se dispuso a marcharse, pero
entonces recordó la otra pregunta que quería hacer.
—Señora
Russo, ¿había alguien más delante cuando Morrow llamó asesinos a Lasch y Black?
—Sólo
dos personas, gracias a Dios. Wally Barry, un paciente de toda la vida del
doctor Morrow, y su madre, Edna Barry.
52
Lou
Knox vivía en un apartamento situado sobre el garaje que se alzaba a un lado de
la residencia de los Whitehall. El piso de tres habitaciones le agradaba mucho.
Una de sus pocas aficiones era la carpintería, y Calvin Whitehall le había
permitido utilizar uno de los almacenes de su enorme garaje para albergar sus
herramientas y la mesa de trabajo. También había permitido que Knox remodelara
el apartamento a su gusto.
La
sala de estar y el dormitorio estaban chapados en roble claro. Las paredes
estaban cubiertas de estanterías, aunque Lou Knox no era aficionado a la
lectura. Las estanterías albergaban el televisor, el equipo estéreo último
modelo, y sus colecciones de CD y vídeos.
Constituían
también un excelente escondite para la amplia y creciente colección de pruebas
acusadoras que había acumulado por si debía utilizarlas contra Calvin
Whitehall.
Seguramente
nunca las necesitaría, puesto que hacía mucho tiempo que Cal y él habían
llegado a una entente cordial sobre cuáles serían sus tareas. Además, Lou sabía
que recurrir a aquellas pruebas equivaldría a lanzar piedras sobre su propio
tejado. Por lo tanto, había una carta que Lou no pensaba utilizar nunca, salvo
como último recurso. Hacer eso sería como vengarse a su propia costa, como
decía su abuela, que lo había criado, cuando se quejaba del carnicero para el
que trabajaba como chico de los recados.
—¿Te
paga puntualmente? —preguntaba su abuela.
—Sí,
pero pide a sus clientes que añadan la propina a la cuenta —protestaba Lou—, y
luego me la descuenta de la paga.
Lou
recordaba con satisfacción cómo se había desquitado del carnicero. Cuando iba a
entregar un pedido, abría el paquete y se quedaba con una parte: un trozo de
pollo, un filet mignon o solomillo picado para hacerse una buena hamburguesa.
Su
abuela, que trabajaba de cuatro de la tarde a doce de la noche como telefonista
de un motel distante quince kilómetros, le dejaba preparada una comida
compuesta por espagueti y albóndigas enlatadas, o cualquier otra cosa poco
apetitosa. Por lo tanto, los días que birlaba carne volvía a casa de su
trabajo, que empezaba después del colegio, y se daba un festín de buey o pollo.
Después arrojaba a la basura lo que abuela le había dejado, y nadie se
enteraba.
La
única persona que descubrió las andanzas de Lou fue Cal. Una noche, cuando Cal
y Lou cursaban segundo de secundaria, Cal pasó por su casa cuando estaba
friendo un filete birlado.
—Eres
un capullo —dijo Cal—. Los filetes se hacen a la parrilla, no se fríen.
Aquella
noche se forjó una alianza entre los dos jóvenes: Cal, el hijo de los
borrachines del pueblo, y Lou, el nieto de Bebe Clauss, cuya única hija se
había esfumado con Lenny Knox y regresó al pueblo dos años después, con el
único propósito de entregar el niño a la tutela de su madre. Una vez liberada
de aquel peso, volvió a desaparecer.
Pese
a su familia, Cal había ido a la universidad, con la ayuda de su astucia y sus
ganas de triunfar. Lou vagó de empleo en empleo, sin contar los treinta días
que pasó en la cárcel del pueblo por robar en una tienda, y los tres años en el
penal del estado por robo con intimidación. Después, casi dieciséis años más
tarde, había recibido una llamada de Cal, conocido ya como señor Calvin
Whitehall, de Greenwich, Connecticut.
Tengo
que ir a besar los pies a mi antiguo colega, pensó Lou de su cita en Greenwich.
Cal había dejado muy claro que la reunión se debía únicamente al valor
potencial de Lou como factótum.
Lou
se trasladó a Greenwich aquel día, a un espartano dormitorio de la casa que Cal
había comprado. Era mucho más pequeña que la de ahora, pero estaba en el sitio
adecuado.
El
noviazgo de Cal con Jenna Graham abrió los ojos a Lou. Una belleza elegante y
despampanante con un tío con aspecto de peso pesado retirado. ¿Qué demonios
veía en él? Lou adivinó la respuesta: poder. Poder en estado puro. A Jenna le
encantaba que Cal lo poseyera, y estaba fascinada por su forma de utilizarlo.
Carecía de sus nobles antecedentes, y no provenía de su mundo, pero el tipo
salía indemne de cualquier situación. Su mundo fue pronto su hogar. Daba igual
lo que la vieja guardia pensara de Calvin Whitehall, porque nadie se atrevía a
criticarle.
Los
padres de Cal nunca fueron invitados a ir a ver a su hijo. Cuando murieron, con
escaso tiempo de diferencia, Lou fue el encargado de arreglarlo todo y mandar
sus cuerpos al crematorio lo antes posible. Cal no era un sentimental.
Con
los años, la valía de Lou había aumentado a los ojos de Cal, y él lo sabía. Aun
así, no albergaba duda de que, si Calvin Whitehall decidía deshacerse de él,
sería arrojado a las lampreas. Aún recordaba con amargo humor los trabajillos
que había llevado a cabo para Cal, de tal forma que éste siempre quedaba limpio
de polvo y paja.
Bien,
es un juego para dos, pensó con una sonrisa de astucia. Ahora, le tocaba
averiguar si Fran Simmons iba a convertirse en un simple problema o en algo más
peligroso. Será interesante, decidió. ¿De tal palo tal astilla?
Lou
sonrió cuando recordó al padre de Fran, aquel capullo siempre ansioso por
complacer a los demás, cuya madre nunca le había enseñado a desconfiar de los
Calvin Whitehall de este mundo. Y cuando aprendió la lección, ya era demasiado
tarde.
53
El
doctor Peter Black casi nunca se desplazaba a West Redding durante el día. Era
un trayecto de unos cuarenta minutos desde Greenwich, incluso cuando había poco
tráfico, pero le preocupaba que, como realizaba ese desplazamiento con bastante
frecuencia, su cara llegara a ser conocida en la zona.
En
el registro de hacienda del condado, el edificio constaba como casa particular,
cuyo propietario y residente era el doctor Adrian Logue, un oftalmólogo
jubilado. En realidad, la propiedad y el laboratorio pertenecían a Remington
Health Management, y cuando se necesitaban repuestos en la sede central,
viajaban desde el laboratorio principal en el maletero del coche de Peter
Black.
Cuando
se detuvo ante el laboratorio, las palmas de Black sudaban. Temía la inevitable
discusión que le aguardaba. Más aún, sabía que no saldría vencedor.
Cuando
se marchó, menos de media hora más tarde, cargaba con un paquete, cuyo peso no
justificaba el agobio que sintió cuando lo depositó en el maletero y volvió a
casa.
54
Edna
Barry adivinó de inmediato que Molly había tenido compañía la noche anterior.
Aunque la cocina estaba impoluta, y la señal de LIMPIO parpadeaba en el
lavaplatos, percibió sutiles diferencias. El salero y el pimentero estaban en
el aparador, no sobre la encimera, el frutero estaba sobre la tabla de cortar,
no sobre la mesa, y la cafetera seguía abierta al lado del horno.
La
perspectiva de devolver a la cocina su orden habitual agradaba a Edna. Me gusta
mi trabajo, pensó mientras colgaba el abrigo en el armario. No me hará ninguna
gracia tenerlo que dejar otra vez.
No
obstante, era inevitable. Cuando Molly supo que iba a salir de la cárcel,
encargó a sus padres que contrataran a Edna para limpiar la casa y llenar la
despensa. Ahora que iba a casa de Molly con regularidad, Wally había vuelto a
convertirse en un problema. Apenas habló de Molly mientras ésta estuvo
encarcelada, pero su regreso le había afectado. No paraba de hablar de ella y
el doctor Lasch. Y cada vez que los mencionaba se enfurecía.
Si
dejo de venir aquí tres días a la semana, no le obsesionará tanto, razonó Edna
mientras se ponía el delantal que ella misma había elegido. La madre de Molly
le había facilitado un uniforme, pero Molly había dicho: «Oh, Edna, eso no es
necesario.»
Esta
mañana tampoco había señales de que Molly hubiera preparado café, ninguna señal
de que ya se hubiera despertado. Subiré a ver cómo está, decidió Edna. A lo
mejor, después de todo lo ocurrido, ha dormido como un tronco. Y han pasado
muchas cosas. Desde el lunes, que estuve aquí, Molly ha sido detenida otra vez
por asesinato y luego puesta en libertad bajo fianza. Es como hace seis años.
Tal vez sería mejor que la encerraran.
Marta
cree que no debería trabajar aquí porque Molly es peligrosa, pensó Edna
mientras subía la escalera, y sintió una vez más la artritis de sus rodillas.
Te alegra pensar eso, susurró una voz en su cabeza. Si la policía se concentra
en Molly, no pensará en Wally. Pero Molly siempre ha sido muy buena contigo,
sugirió otra voz. Podrías ayudarla pero no quieres. Wally estuvo aquí aquella
noche, y tú lo sabes. Quizá él podría ayudarla a recordar lo que pasó. Pero no
quieres correr ese riesgo. No sabes qué podría decir Wally.
Edna
llegó arriba justo cuando Molly salía de la ducha. Al verla con su albornoz, el
cabello envuelto en una toalla, Edna recordó a la Molly niña, siempre tan
educada, que decía «Buenos días, señora Barry» con su voz tierna y dulce.
—Buenos
días, señora Barry.
Edna,
con un sobresalto, se dio cuenta de que no era un eco de su memoria. Era Molly,
la mujer adulta, quien había hablado ahora.
—Oh,
Molly, por un momento te he visto como cuando tenías diez años. Me estoy
volviendo majara, ¿verdad?
—Usted
no —dijo Molly—. Yo, puede que sí, pero usted no. Siento que haya tenido que
subir a buscarme. No soy tan perezosa como parezco. Me fui a la cama bastante
temprano, pero no me dormí casi hasta el amanecer.
—Eso
no está bien, Molly. ¿Por qué no le pides al médico algo para dormir?
—El
otro día lo hice, y dormí a pierna suelta. Intentaré conseguir más. El problema
es que el doctor Daniels no cree en las pastillas.
—Yo
tengo unos somníferos que el doctor me recetó para Wally, por si se ponía
nervioso. No son muy fuertes. ¿Quieres que te traiga algunos?
Molly
se sentó ante el tocador y cogió el secador de pelo. Se volvió y miró a Edna
Barry.
—Gracias,
señora Barry —dijo—. ¿Tiene un frasco de sobra?
—Oh,
no te hará falta un frasco entero. Hay unas cuarenta pastillas en el que guardo
en el botiquín.
—Pues
repártalas conmigo. Tal como van las cosas, puede que las necesite cada noche
durante las siguientes semanas.
Edna
no sabía si mencionar que estaba enterada de la nueva detención de Molly.
—Siento
mucho todo lo que ha pasado. Ya lo sabes.
—Sí,
lo sé. Gracias, señora Barry. Y ahora, ¿quiere hacer el favor de subirme una
taza de café?
Cogió
el secador y lo conectó.
Cuando
estuvo segura de que Edna bajaba ya la escalera, Molly apagó el secador y dejó
que el cabello húmedo cayera sobre su cuello. El calor de la ducha se había
disipado, y notaba los mechones de pelo fríos y húmedos contra su piel.
No
pretenderás tomar una sobredosis de pastillas, ¿verdad?, se preguntó. Miró el
rostro del espejo. Apenas se reconoció. ¿No es como estar en un lugar
desconocido y buscar una salida de emergencia? Se acercó más al espejo y miró
los ojos reflejados. Tras haber formulado las preguntas, no estaba segura de
las respuestas.
Una
hora más tarde, Molly estaba en el estudio, examinando una de las cajas que
había bajado del desván. Los fiscales habían revisado dos veces aquellos
papeles. Los confiscaron después de la muerte de Gary, los devolvieron después
del juicio, y el día anterior volvieron a revisarlos. Supongo que han desistido
de descubrir algo interesante en ellos.
Pero
¿qué estoy buscando yo?, se preguntó. Algo que me ayude a comprender lo que
Annamarie Scalli quería decir cuando afirmó que, como médico, Gary no valía el
precio que pagué por matarle. Ya ni siquiera me importa su infidelidad.
Había
algunas fotos enmarcadas en la caja. Las sacó y examinó una de ella y Gary
tomada en el baile de caridad de la Asociación Coronaria, el año que se
casaron. La estudió con frialdad. Recordó cuando la abuela decía que Gary le
recordaba a Tyrone Power, la estrella cinematográfica que le había robado el
corazón cincuenta años antes.
Creo
que nunca supe ver más allá de la apariencia y el encanto pensó. Pero sí lo
había hecho Annamarie, en algún momento. Pero ¿cómo lo averiguó? ¿Y qué
descubrió?
Fran
telefoneó a las once y media.
—Molly,
me gustaría pasar por tu casa unos minutos. ¿Está la señora Barry?
—Sí.
—Bien.
Nos vemos dentro de quince minutos.
Cuando
Fran llegó, abrazó a Molly.
—Imagino
que ayer tuviste una bonita tarde.
—Inmejorable.
Molly
consiguió esbozar una pálida sonrisa.
—¿Dónde
está la señora Barry?
—En
la cocina, supongo. Parece decidida a prepararme la comida, aunque le he dicho
que no tengo hambre.
—Ven
conmigo. He de hablar con ella.
El
corazón le dio un vuelco a Edna cuando oyó la voz de Fran Simmons. Ayúdame,
Señor, por favor, suplicó. No dejes que me haga preguntas sobre Wally. No es
culpa suya ser como es.
Fran
fue al grano.
—Señora
Barry, el doctor Morrow era el médico de su hijo, ¿verdad?
—Sí,
exacto. También le atendió un psiquiatra, pero el doctor Morrow era su médico
de cabecera —contestó Edna, procurando disimular su creciente inquietud.
—Su
vecina, la señora Jones, me dijo que Wally se disgustó mucho cuando el doctor
Morrow murió.
—Sí,
en efecto.
—¿Es
cierto que Wally iba enyesado en aquel tiempo? —preguntó Fran.
Edna
se encrespó, y luego asintió con rigidez.
—De
la rodilla a los dedos de los pies —dijo—. Llevó el yeso durante una semana
después de que encontraron muerto al pobre doctor Morrow.
No
debería haber dicho eso, pensó. No ha acusado a Wally de nada.
—Lo
que iba a preguntarle, señora Barry, es si usted o Wally oyeron alguna vez al
doctor Morrow hablar de los doctores Gary Lasch y Peter Black, o tal vez
llamarles asesinos.
Molly
lanzó una exclamación ahogada.
—No
recuerdo nada de eso —dijo en voz baja Edna, y su inquietud se transparentó en
la forma de secarse las manos en el delantal—. ¿A qué viene todo esto?
—No
creo que hubiera olvidado fácilmente una afirmación semejante, señora Barry. A
mí, al menos, me habría causado una profunda impresión. Cuando venía, llamé al
señor Matthews, el abogado de Molly, y le pregunté sobre la llave de repuesto
que se guarda en el jardín. Según sus notas, usted la entregó a la policía la
mañana que encontraron muerto al doctor Lasch en su estudio, y usted les dijo
que había estado mucho tiempo en el cajón de la cocina. Dijo que Molly había
olvidado la llave un día y había cogido la de repuesto, y que nunca la devolvió
a su sitio.
—Pero
eso no es cierto —protestó Molly—. Nunca olvidé mi llave, y sé que la de
repuesto estaba en el jardín la semana antes de que Gary muriera. Estaba en el
jardín y lo comprobé. ¿Por qué dijo eso, señora Barry? No lo entiendo.
55
En
el telediario de la noche, tras su reportaje sobre los últimos acontecimientos
relacionados con el asesinato de Annamarie Scalli, Fran terminó con esta
petición:
—Según
Bobby Burke, el camarero que servía en la barra del Sea Lamp Diner la noche del
crimen, una pareja entró en el restaurante y ocupó una mesa cercana a la puerta
momentos antes de que Annamarie Scalli saliera a toda prisa. El abogado de
Molly Lasch, Philip Matthews, ruega a esta pareja que se identifique y haga una
declaración sobre lo que observaron en el aparcamiento antes de entrar en el
restaurante, o lo que oyeron desde el local. El número del abogado Matthews es
el 212-555-2800, pero también pueden llamarme a esta cadena, al 212-555-6850.
—Gracias
por este reportaje, Fran —dijo Bert Davis, el presentador del telediario—. A
continuación, la información deportiva, con Tim Mason, seguida del tiempo, con
Scott Roberts. Pero antes, unos minutos de publicidad.
Fran
se quitó el micrófono de la chaqueta y el auricular. Se detuvo frente a la mesa
de Tim Mason antes de salir del estudio.
—¿Puedo
invitarte a una hamburguesa cuando hayas terminado? —preguntó.
Tim
enarcó las cejas.
—Ya
me había hecho la ilusión de tomar un filete, pero si quieres una hamburguesa,
aceptaré la invitación con mucho gusto.
—Nada
de eso. Un filete está muy bien. Estaré en mi despacho.
Mientras
esperaba a Tim, Fran repasó los acontecimientos del día. Primero la entrevista
con el doctor Roy Kirkwood, luego la llamada a Philip Matthews, y después la
aturdida reacción de Edna Barry durante la discusión sobre la llave de
repuesto. La señora Barry había afirmado que estaba casi segura de que la llave
de repuesto llevaba meses en el cajón, y cuando Molly lo negó, la señora Barry
dijo: «Estás equivocada, pero claro, en aquel tiempo te sentías muy confusa.»
Mientras
regresaba a la ciudad, Fran había llamado una vez más a Philip para comunicarle
que cada vez estaba más segura de que Edna Barry ocultaba algo relacionado con
la llave de repuesto. No había colaborado cuando Fran la interrogó al respecto,
y ahora ésta sugirió a Philip que la presionara para que dijera la verdad.
Philip
había prometido analizar cada palabra de las declaraciones de Edna Barry a la
policía, así como su testimonio en el juicio, y después había preguntado sobre
la reacción de Molly a las afirmaciones de la señora Barry.
Fran
dijo que la habían sorprendido, incluso alterado. Cuando la señora Barry volvió
a su casa, Molly había dicho: «Debía de estar desquiciada aun antes de
descubrir lo de Annamarie y Gary. Habría jurado que la llave estaba en el
jardín unos días antes de que escuchara involuntariamente aquella llamada.»
Apuesto
a que tienes razón, Molly, se dijo Fran irritada, justo en el momento que Tim
llamaba a la puerta y asomaba la cabeza. Le indicó que entrara con un gesto.
—Vámonos
—dijo Tim—. He reservado una mesa para dos en el Cibo's de la Segunda Avenida.
Mientras
bajaban por la Quinta Avenida en dirección a la calle Cuarenta y uno, Fran
levantó los brazos en un saludo a los edificios y al estruendo que les rodeaba.
—Mi
ciudad —dijo con un suspiro—. La quiero. Me alegro de haber vuelto.
—Yo
también la quiero —dijo Tim—. Y me alegro de que hayas vuelto.
Una
vez en el restaurante, eligieron un reservado.
Después
de que el camarero les sirviera vino y tomara nota de su pedido, Fran dijo:
—Tim,
según creo, dijiste que tu madre murió en el hospital Lasch. ¿Cuándo ocurrió?
—Hace
más de seis años, me parece... ¿Por qué lo preguntas?
—Porque
cuando nos presentaron la semana pasada, hablamos de Gary Lasch. ¿No dijiste
que cuidó muy bien de tu abuela antes de que muriera?
—Sí.
¿Por qué?
—Porque
empiezan a llegarme rumores de otras facetas de Gary Lasch como médico. Hablé
con Kirkwood, el doctor que trató a la madre de Billy Gallo. Me dijo que hizo
lo imposible para que la examinara un especialista, pero no consiguió la
aprobación de la HMO, y después la mujer sufrió un ataque de corazón y murió
sin que pudieran hacer nada por ella. Hace mucho tiempo que Gary Lasch murió,
por supuesto, y este caso no está relacionado directamente con él, pero el
doctor Kirkwood dijo que este enfoque tan restrictivo de la sanidad se remonta
a bastantes años. Aunque acaba de cumplir los sesenta, dice que va a jubilarse.
Durante casi toda su carrera ha estado vinculado al hospital Lasch, y fue muy
explícito cuando dijo que Gary Lasch no se parecía en nada a su padre. Dijo que
los problemas que afrontó a causa de la señora Gallo no constituyeron ninguna
novedad para él, que el bienestar de un paciente no es una prioridad para el
hospital Lasch y Remington Health Management desde hace mucho tiempo. —Fran se
inclinó y bajó la voz—. Llegó a decirme que Morrow, el médico que murió durante
un robo dos semanas antes de que asesinaran a Lasch, calificó en una ocasión a
Lasch y a su socio, el doctor Black, de asesinos.
—Una
expresión muy fuerte —dijo Tim mientras partía un panecillo—. De todos modos,
mi experiencia fue más positiva. Como ya he dicho, Gary Lasch me cayó bien, y
creo que mi abuela recibió un trato correcto. He pensado en una coincidencia
que tal vez no haya mencionado. ¿Te dije que Annamarie Scalli fue una de las
enfermeras que la cuidó?
Los
ojos de Fran se abrieron de par en par.
—No,
no me lo dijiste.
—No
me pareció importante. Todas las enfermeras eran magníficas. Recuerdo que
Annamarie era muy cariñosa y abnegada. Cuando nos comunicaron que nuestra
abuela había muerto, fuimos enseguida al hospital, por supuesto. Annamarie
estaba sentada junto a su cama, llorando. ¿Cuántas enfermeras reaccionan así,
sobre todo cuando se trata de un paciente al que conocen desde hace poco
tiempo?
—No
muchas —concedió Fran—. No podrían durar en su profesión si se encariñaran con
todos sus pacientes.
—Annamarie
era una chica muy guapa, pero también me pareció un poco ingenua —recordó Tim—.
Apenas acababa de cumplir veinte años, por el amor de Dios. Cuando me enteré
más tarde de que Gary Lasch estaba saliendo con ella, me repugnó como hombre,
pero como médico no puedo criticarle nada. Decíamos en broma que mi abuela
estaba colada por Lasch. Era un tipo muy guapo y atractivo, pero también te
hacía creer que se preocupaba mucho por sus pacientes. Inspiraba confianza. Mi
abuela decía que a veces iba a verla a las once de la noche. ¿Cuántos médicos
hacen eso?
—Annamarie
Scalli dijo a Molly que, como médico y marido, Gary Lasch no valía el precio
que pagó por matarle —comentó Fran—. Por lo visto, lo dijo con mucha seguridad.
—¿No
es lo que diría cualquier mujer en la posición de Annamarie?
—Como
mujer sí, pero creo que hablaba como enfermera. —Fran hizo una pausa y meneó la
cabeza—. No sé, tal vez me estoy precipitando en mis conclusiones, pero si
añadimos a eso que Jack Morrow llamó asesinos a Gary Lasch y Peter Black, opino
que hay algo de verdad en el fondo. Presiento que estoy en la pista de algo
importante, y sospecho que la mayor parte de esta historia no ha salido a la
luz.
—Eres
una periodista de investigación. Creo que descubrirás la verdad. Apenas conocí
a Annamarie Scalli, pero me sentí muy agradecido por los cuidados que prestó a
mi abuela. Me gustaría que detuvieran a su asesino, y es una tragedia que Molly
Lasch haya sido acusada injustamente.
El
camarero sirvió las ensaladas.
—Acusada
injustamente por segunda vez —subrayó Fran.
—Tal
vez. ¿Cuál será tu siguiente paso?
—He
conseguido concertar una cita mañana con el doctor Peter Black. Podría ser interesante.
Aún estoy intentando arreglar una cita con mi antigua compañera de la academia
Cranden, Jenna Whitehall, y con su marido, el todopoderoso Calvin Whitehall.
—Unas
personas muy ocupadas.
Ella
asintió.
—Lo
sé, pero su importancia en este caso es fundamental, y estoy decidida a hablar
con ellos. —Suspiró—. ¿ Qué te parece si dejamos el tema aquí? ¿Crees que mis
Yankees ganarán las series mundiales de este año?
Tim
sonrió
—Por
supuesto.
56
Esta
vez he venido sola —anunció Jenna cuando telefoneó a Molly desde el coche—.
Deja que me quede unos minutos.
—Eres
muy amable, pero le di excusas al doctor Daniels para que no viniera, y me
costó bastante. Ya sé que sólo son las nueve, pero los ojos se me cierran.
Quiero irme a la cama.
—Sólo
pido quince minutos.
—Oh,
Jen —suspiró Molly—. Tú ganas. De acuerdo. Pero ve con cuidado. Había algunos
periodistas al acecho por la tarde, y a Cal no le haría ninguna gracia ver a su
mujer y a la famosa Molly Lasch en la misma foto en la primera plana de los
periódicos.
Poco
después, abrió la puerta con cautela, y Jenna entró.
—Oh,
Molly —dijo ésta mientras la abrazaba—. Siento muchísimo lo que estás
soportando.
—Eres
mi única amiga —dijo Molly, pero se apresuró a añadir: No, eso no es verdad.
Fran Simmons está de mi lado.
—Fran
llamó para concertar una cita, pero aún no nos hemos puesto en contacto. Cal
prometió que se la concedería, y creo que Fran irá mañana al hospital para
hablar con Peter.
—Sé
que quería hablar con todos vosotros. Puedes decirle lo que quieras. Sé que
todo lo hace por mi bien.
Entraron
en el salón, donde Molly había encendido la chimenea.
—He
pensado algo —dijo—. En esta casa tan grande, vivo en tres habitaciones, la
cocina, mi dormitorio y esta sala. Cuando todo esto haya terminado, si es que
termina, compraré algo más pequeño.
—Buena
idea —dijo Jenna.
—Claro
que el estado de Connecticut tiene otros planes para mí, como ya sabes, y si se
salen con la suya viviré en una celda.
—¡Molly!
—protestó Jenna.
—Lo
siento. —Se sentó y observó a su amiga—. Estás guapísima. El traje negro es
magnífico. Un Escada, ¿verdad? Tacones. Joyas modestas pero hermosas. ¿Dónde
has estado, o adónde vas?
—Una
comida de trabajo. Volví a casa en un tren nocturno. Esta mañana dejé el coche
en la estación, y por la noche vine directamente aquí. Lo he pasado fatal todo
el día. Molly, estoy preocupada por ti.
Molly
intentó sonreír.
—Yo
también estoy preocupada por mí.
Estaban
sentadas en el sofá, separadas por la anchura de un almohadón. Molly se inclinó
hacia adelante con las manos enlazadas.
—Jen,
tu marido cree que yo asesiné a Gary, ¿verdad?
—Sí.
—Y
también cree que cosí a puñaladas a Annamarie Scalli.
Jenna
no contestó.
—Lo
sé —continuó Molly—. Eres mi amiga, Jen, pero hazme un favor: no traigas más a
Cal. El único lugar al que puedo llamar refugio es esta casa. No necesito
enemigos dentro. —Miró a su amiga—. Oh, Jen, no me empieces a llorar. No tiene
nada que ver con nosotras. Aún somos las chicas de la academia Cranden,
¿verdad?
—No
lo dudes —dijo Jenna, mientras se pasaba el dorso de la mano por los ojos—.
Pero, Molly, Cal no es tu enemigo. Quiere contratar a otros abogados,
penalistas muy expertos, para que trabajen con Philip en la preparación de una
defensa por enajenación mental transitoria.
—¿Una
defensa por enajenación mental transitoria?
—Molly
—estalló Jenna—, ¿no comprendes que una condena por asesinato significaría
cadena perpetua, sobre todo teniendo en cuenta la anterior condena? No podemos
permitir que eso suceda.
—No,
no podemos —asintió Molly, al tiempo que se levantaba—. Jen, vamos al estudio
de Gary.
La
luz del estudio estaba apagada. Molly la encendió, y después la apagó de nuevo.
—Anoche,
después de que os fuerais, me acosté, pero no podía dormir. A eso de medianoche
bajé aquí, ¿y sabes una cosa? Cuando encendí la luz, como ahora, recordé que
había hecho lo mismo la noche que volví a casa desde Cape Cod, aquel domingo
por la noche. Ahora estoy segura de que la luz del estudio estaba apagada
cuando llegué, Jenna. ¡Lo juro!
—¿Qué
significa eso?
—Piénsalo
bien. Gary estaba sentado ante su escritorio. Había papeles encima, así que
debía de estar trabajando. Era de noche. Debía de tener la luz encendida. Si
llegué a casa, abrí esta puerta y encendí la luz, eso significa que el asesino
de Gary debió apagarla. ¿No lo entiendes?
—Molly
—murmuró Jenna con asombro.
—Ayer
dije al doctor Daniels que recordaba algo de aquella noche, acerca de una
puerta y una cerradura.
Molly
vio incredulidad en el rostro de su amiga. Sus hombros se hundieron.
—Hoy
la señora Barry dijo que la llave de repuesto que escondíamos en el jardín
llevaba en casa desde hacía varias semanas. Según ella, porque un día olvidé mi
llave, pero yo no recuerdo ni una cosa ni la otra.
—Molly,
deja que Cal traiga abogados para que ayuden a Philip a preparar tu defensa
—rogó Jenna—. Hoy ha hablado con dos de los mejores. Ambos tienen experiencia
en presentar defensas psiquiátricas, y estamos convencidos de que podrían
ayudarte. —Vio abatimiento en el rostro de su amiga—. Al menos, piénsalo.
—Tal
vez por eso soñé con una puerta y una cerradura —dijo Molly con expresión
sombría, sin hacer caso de la sugerencia de Jenna—. Tal vez pueda elegir: una
celda de prisión cerrada con llave, o una habitación cerrada con llave en un
manicomio.
—Venga,
Molly. Voy a tomar una taza de té contigo y después dejaré que te vayas a la
cama. Dices que no duermes mucho. ¿El doctor Daniels no te recetó nada?
—Me
dio algo el otro día, pero la señora Barry me trajo esta tarde unas pastillas
que el médico prescribió a Wally.
—¡No
deberías tomar medicamentos de otras personas!
—Sé
que es inofensivo. No olvides que fui la mujer de un médico. Aprendí algunas
cosas.
Cuando
Jenna se fue, unos minutos más tarde, Molly cerró con doble vuelta de llave la
puerta principal y encajó la falleba. El sonido que hizo al apoyar el pie sobre
ella, algo a medio camino entre un taconazo y un chasquido, le dio que pensar.
Levantó
y bajó la falleba repetidas veces, escuchó con detenimiento en cada ocasión,
mientras suplicaba a su subconsciente que le explicara por qué aquel ruido tan
familiar le resultaba de repente tan ominoso.
57
Lo
primero que hizo el doctor Peter Black el jueves por la mañana fue ir a ver a
Tasha. Según todos los criterios médicos, a estas alturas ya debería de estar
muerta, pensó angustiado mientras caminaba hacia la habitación de la paciente.
Quizá
había sido una equivocación implicarla en el experimento, pensó. Por lo
general, este experimento producía resultados clínicos positivos, y en
ocasiones fascinantes, pero resultaba difícil llevarlo a cabo, sobre todo por
culpa de la madre de Tasha. Barbara Colbert era demasiado avispada y estaba muy
bien relacionada. Había muchos pacientes ingresados que eran candidatos
apropiados para esta extraordinaria investigación, pacientes cuyos parientes
jamás sospecharían nada extraño y que considerarían un regalo del cielo que el
enfermo recobrara la lucidez en el postrer instante.
Nunca
tendría que haber dicho al doctor Logue que Harvey Magim pareció reconocer a su
mujer al final, se reprendió Black. Pero ahora ya era demasiado tarde para
detenerse. Era preciso dar el siguiente paso. Se lo habían dejado muy claro. El
nuevo paso estaba contenido en el paquete que había traído del laboratorio de
West Redding, y ahora se encontraba a buen recaudo en el bolsillo de su
chaleco.
Cuando
entró en la habitación, encontró a la enfermera de guardia dormida junto a la
cama de Tasha. Estupendo, pensó. Una enfermera dormida era justo lo que
necesitaba. Le proporcionaría una excusa para echarla de la habitación.
—Sugiero
que vaya a tomar una taza de café —dijo con severidad tras despertarla sin
miramientos—. Tráigala aquí. La esperaré. ¿Dónde está la señora Colbert?
—Dormida
en el sofá —susurró la enfermera—. Pobre mujer, al final se durmió. Sus hijos
ya se han ido. Volverán esta noche.
Black
asintió y se volvió hacia la paciente, mientras la enfermera salía. El estado
de Tasha no había variado en absoluto. Se había estabilizado gracias a la
inyección que le había administrado cuando empezaba a declinar.
Sacó
el pequeño paquete del bolsillo. Pesaba mucho para su tamaño, o al menos eso le
pareció. La inyección de la noche anterior había dado los resultados esperados,
pero la que iba a administrarle ahora era totalmente impredecible.
Logue
ha perdido el control, pensó.
Levantó
el brazo fláccido de Tasha y lo palpó hasta encontrar una vena apropiada. Clavó
la aguja y vio cómo el líquido desaparecía de la jeringuilla.
Consultó
su reloj. Eran las ocho de la mañana. Dentro de doce horas todo habría
terminado, de una forma u otra. Entretanto, debía afrontar la desagradable
perspectiva de la entrevista que había concedido a aquella periodista chismosa,
Fran Simmons.
58
Después
de una noche de insomnio, Fran fue temprano al despacho para estudiar los
antecedentes de Peter Black y preparar la entrevista. Había pedido al
departamento de investigación que dejara sobre su escritorio los datos
biográficos que pudiera reunir, y la alegró ver que habían cumplido.
Leyó
la información a toda prisa, pero le sorprendió que fuera tan escasa y poco
destacable. Nacido en Denver en el seno de una familia de clase obrera, estudió
en escuelas locales, obtuvo notas mediocres en la facultad de medicina, trabajó
de residente en un hospital de poca monta en Chicago y después como médico
fijo.
Un
historial vulgar, se dijo Fran.
Lo
cual conducía a preguntarse por qué le llamó Gary Lasch, pensó Fran.
A
las doce entró en el despacho del doctor Black. El mobiliario poseía una
elegancia más apropiada para un alto ejecutivo que para un médico, aunque el
médico fuera el director general de un hospital y una mutualista médica.
No
había imaginado cómo sería Peter Black. Tal vez esperaba algo similar a las
descripciones de Gary Lasch, pensó, mientras estrechaba su mano y le seguía
hasta la salita que había delante de una amplia ventana panorámica. Un bonito
sofá de piel, dos butacas a juego y una mesilla auxiliar creaban un confortable
ambiente.
Según
todas las fuentes, Gary Lasch había sido un hombre apuesto, de fascinante
personalidad. La tez de Peter Black era cetrina, y su estado de nervios
sorprendió a Fran. Gotas de sudor perlaban su frente y su labio superior. Se le
notó cierta rigidez al sentarse en el borde de una butaca. Era como si
estuviera en guardia contra un ataque anunciado. Si bien intentaba ser cortés,
no podía disimular la tensión de su voz.
La
invitó a café, invitación que Fran declinó.
—Señorita
Simmons, hoy tengo una agenda particularmente apretada, y supongo que usted
también, así que vayamos al grano. He accedido a verla porque quería hacer
hincapié, con el mayor énfasis, en que considero indignante el hecho de que,
para aumentar sus niveles de audiencia, esté explotando a Molly Lasch, una,
enferma mental.
Fran
le miró sin pestañear.
—Pensaba
que estaba ayudando a Molly, no explotándola, doctor. ¿Puedo preguntar si su
diagnóstico se basa en un examen médico, o se debe a la prisa por llevarla a
juicio?
—Señorita
Simmons, está claro que no tenemos nada que decirnos —Se levantó—. Si me
perdona...
Ella
siguió sentada.
—Me
temo que no lo haré. Doctor Black, sabe que he venido desde Manhattan para
hacerle algunas preguntas. El hecho de que accediera a recibirme, fue, en mi
opinión, una aceptación tácita de ello. Creo que por lo menos me debe diez
minutos de su tiempo.
Black
volvió a sentarse.
—Diez
minutos, señorita Simmons. Ni un segundo más.
—Gracias.
Molly me contó que fue a verla el sábado por la noche con los Whitehall para
pedirle que yo retrasara mi investigación debido a su inminente fusión con
otras compañías de seguros médicos. ¿Es así?
—Sí.
También me preocupaba el bienestar de Molly. Ya se lo expliqué.
—Doctor
Black, conocía a Jack Morrow, ¿verdad?
—Desde
luego. Era uno de nuestros médicos.
—¿Eran
amigos?
—Nuestra
relación era amistosa, diría yo. Nos respetábamos. Pero no nos tratábamos fuera
de aquí.
—¿Discutió
con él poco antes de que muriera?
—No.
Tengo entendido que cambió unas palabras con mi colega el doctor Lasch. Creo
que fue por una petición de tratamiento denegada a uno de sus pacientes.
—¿Sabía
que se refirió a usted y al doctor Lasch como «un par de asesinos»?
—Pues
no, pero tampoco me sorprende. Jack era un hombre irreflexivo, propenso a
perder los estribos.
Está
asustado, pensó Fran mientras lo observaba. Y está mintiendo.
—Doctor,
¿sabía que Gary Lasch mantenía relaciones con Annamarie Scalli?
—No.
Me quedé estupefacto cuando Gary lo contó.
—Eso
fue pocas horas antes de que muriera, ¿verdad?
—Sí.
Durante toda la semana Gary había dado muestras de preocupación, y aquel
domingo Cal Whitehall y yo fuimos a verle. Fue entonces cuando nos enteramos.
Peter
Black consultó su reloj y se inclinó un poco hacia delante.
Está
a punto de ponerme de patitas en la calle, pensó Fran. Pero antes tengo un par
de preguntas más.
—Doctor,
Gary Lasch era amigo íntimo de usted, ¿verdad?
—En
efecto. Nos conocimos en la facultad de medicina.
—¿Se
vieron con frecuencia después de la facultad?
—Yo
no diría eso. Trabajé en Chicago después de graduarme. Gary vino aquí en cuanto
terminó su residencia y empezó a colaborar con su padre. —Se levantó—. Bien, he
de volver a trabajar.
Dio
media vuelta y se encaminó hacia su escritorio.
Fran
le siguió.
—Una
última pregunta, doctor. ¿Pidió usted a Gary Lasch venir aquí?
—Gary
me llamó después de la muerte de su padre.
—Con
el debido respeto, Lasch le invitó a unirse a él como socio a partes iguales en
la institución que su padre había fundado. Había cierto número de médicos
excelentes en la zona de Greenwich que habrían podido servir, pero le invitó a
usted, aunque sólo había trabajado en un hospital de Chicago muy poco
distinguido. ¿Que le convirtió en alguien tan especial?
Peter
Black giró en redondo.
—¡Márchese,
señorita Simmons! —le espetó—. Su descaro es increíble al venir aquí a hacer
insinuaciones calumniosas, cuando la mitad de la población de la ciudad fue
víctima del robo de su padre.
Fran
se encogió.
—Touché
—dijo—. No obstante, doctor Black, no cejaré en mi empeño de encontrar
respuestas. Porque usted no me ha facilitado ninguna, ¿verdad?
59
El
jueves por la mañana, en Buffalo, Nueva York, después de un funeral privado,
los restos de Annamarie Scalli fueron enterrados en el mausoleo familiar. No se
hicieron públicos los detalles de la ceremonia ni hubo cortejo fúnebre. Su
hermana, Lucille Scalli Bonaventure, acompañada de su marido y sus dos hijos,
fueron las únicas personas presentes en el funeral y entierro privados.
La
falta de publicidad había sido una decisión impuesta por la dolida Lucy.
Dieciséis años mayor que Annamarie, siempre se había referido a su hermana
menor como su primogénita. Lucy, de rostro agradable, había querido mucho a su
hermana, que creció tan bonita como inteligente.
A
medida que Annamarie maduraba, Lucy y su madre hablaban con frecuencia de sus
novios y de la posible carrera que elegiría. Dieron su aprobación,
entusiasmadas, cuando se decantó por la enfermería. Era una carrera muy
provechosa, y existían muchas posibilidades de que acabara casándose con un
médico. ¿Quién no querría casarse con una chica como Annamarie?
Cuando
aceptó el empleo en el hospital Lasch de Greenwich, Connecticut, se disgustaron
por tenerla tan lejos de casa, pero cuando fue a Buffalo en dos ocasiones para
pasar el fin de semana en casa de su madre, acompañada del doctor Morrow, ambas
tuvieron la impresión de que sus sueños iban a convertirse en realidad.
Lucy,
sentada en el primer banco de la capilla durante la breve ceremonia, pensó en
aquellos tiempos felices. Recordó las bromas que Jack Morrow hacía con su
madre, cuando le decía que ni siquiera Annamarie sabía cocinar como ella.
Recordó en especial la noche que se había quejado: «Señora, ¿cómo puedo lograr
que esa hija suya se enamore de mí?»
Ella
estaba enamorada de él, pensó Lucy, mientras las lágrimas resbalaban por sus
mejillas... hasta que aquel odioso Gary Lasch decidió seducirla. De lo
contrario no estaría dentro de ese ataúd, pensó Lucy, furiosa. Habría estado
casada con el doctor Jack Morrow durante estos últimos siete años. Habría
podido ser madre y enfermera a la vez. Jack la habría animado a proseguir su
profesión. Era tan enfermera de vocación como él médico.
Lucy
se volvió y miró el ataúd con angustia, cubierto con la tela blanca que
simbolizaba el bautismo de Annamarie. Sufriste tanto por culpa de ese... ese
bastardo, pensó. Cuando te deslumbró, intentaste decirme que no estabas
preparada para casarte con Jack. Pero no era verdad. Sí estabas preparada, pero
desorientada. Annamarie, eras una cría. Él sí sabía lo que hacía.
—Que
su alma y las almas de todos los fieles difuntos...
Lucy
apenas era consciente de la voz del sacerdote, que en ese momento bendecía el
ataúd de su hermana. Su dolor e ira eran demasiado grandes. Annamarie, mira lo
que te ha hecho ese hombre, pensó con amargura. Arruinó tu vida. Hasta
abandonaste tu trabajo de enfermera, en una época lo único que deseabas hacer.
No hablaste de ello, pero sé que nunca te perdonaste por algo que pasó en el
hospital. ¿Qué fue?
Y el
doctor Jack. ¿Qué le pasó? La pobre mamá estaba fascinada con él. Nunca le
llamó Jack. Siempre doctor Jack. Annamarie, nunca te tragaste la historia de
que un drogadicto le había matado.
¿Por
qué tuviste tanto miedo durante todos esos años? Incluso cuando Molly Lasch fue
a la cárcel tenías miedo.
Hermanita...
Oh, querida hermanita.
Lucy
tomó conciencia de los sollozos entrecortados que resonaban en la capilla, y
comprendió que surgían de ella misma. Su marido le palmeó la mano, pero ella la
retiró. En aquel momento, la única persona del mundo con quien se sentía unida
era Annamarie. El magro consuelo que obtuvo cuando el ataúd recorrió el pasillo
fue que, tal vez en un mundo diferente, su hermana y Jack Morrow gozarían de
una segunda oportunidad de encontrar la felicidad.
Después
del entierro, el hijo y la hija de Lucy se marcharon a sus trabajos, y su
marido volvió al supermercado del que era encargado.
Lucy
fue a casa y examinó la cómoda de Annamarie. La guardaba en la habitación donde
Annamarie dormía siempre que iba a Buffalo. Los tres cajones de arriba
contenían ropa interior, medias y jerséis, para que Annamarie los utilizara los
fines de semana. El cajón del fondo estaba lleno de fotos, álbumes familiares,
algunas cartas y postales. Fue cuando estaba revisando aquellas fotos, con los
ojos anegados en lágrimas, cuando Lucy recibió una llamada de Fran Simmons.
—Sé
quién es usted —contestó con brusquedad Lucy, la voz cargada de emoción—. Es la
periodista que quiere airear todos esos asuntos sucios. Bien, no vuelva a
llamarme, y deje que mi hermana descanse en paz.
Fran,
que llamaba desde Manhattan, dijo:
—Lamento
mucho su pérdida, pero debo advertirle: que Annamarie no descansará en paz si
el caso contra Molly Lasch va a juicio. El abogado de Molly no tendrá otro
remedio que describir a Annamarie en los términos más reprobables.
—¡Eso
no es justo! —aulló Lucy—. No era una destrozahogares. Era casi una adolescente
cuando conoció a Gary Lasch.
—Y
también Molly. Cuantas más cosas averiguo, más lo lamento por ambas. Señora
Bonaventure, mañana por la mañana volaré a Bufallo, y quiero reunirme con
usted. Confié en mí, por favor. Sólo intento averiguar la verdad sobre lo
ocurrido, no sólo la noche que Annamarie murió, sino hace seis años o más en el
hospital donde ella trabajaba. También quiero saber por qué Annamarie estaba
tan asustada. Usted sabe que vivía atemorizada.
—Sí,
lo sé. Pasó algo en el hospital poco antes de que Gary Lasch muriera —dijo
Lucy—. Mañana cojo un avión para ir a vaciar el apartamento de Annamarie en
Yonkers. No hace falta que venga usted aquí. Me reuniré con usted allí,
señorita Simmons.
60
El
jueves por la tarde, Edna Barry llamó a Molly y preguntó si podía pasar por su
casa.
—Desde
luego, señora Barry —dijo Molly con tono frío. Edna Barry se había mostrado muy
segura sobre la cuestión de la llave de repuesto, y no sólo eso, sino que había
manifestado una franca hostilidad en su insistencia de que Molly no recordaba
lo sucedido.
Me
pregunto si querrá disculparse, pensó Molly, mientras volvía a examinar las
pilas de material que había dejado en el suelo del estudio.
Gary
había sido muy meticuloso en todo lo que hacía. Ahora, gracias a la policía,
sus archivos personales y documentos médicos estaban desordenados por completo.
¿Qué más da?, pensó. Tengo tiempo de sobra.
Había
empezado a apartar un montón de fotos que pensaba enviar a la madre de su
difunto marido. Ninguna conmigo, por supuesto, pensó con ironía, sólo las de
Gary con diversas personalidades.
Nunca
me llevé muy bien con mi suegra, pensó, y no la culpo por odiarme. Yo también
odiaría a la mujer que creyera culpable de la muerte de su único hijo. La
muerte de Annamarie Scalli habría removido sus recuerdos, y no sería de
extrañar que los medios anduvieran en su busca.
Pensó
en Annamarie y en su conversación. Me pregunto quién adoptó al hijo de Gary. Me
sentí herida cuando descubrí que Annamarie estaba embarazada, la odié y la
envidié. Pero a pesar de lo que ahora sé, del desprecio que Gary sentía por mí,
anhelo el hijo que perdí.
Tal
vez algún día tenga otra oportunidad, se dijo, sentada en el suelo con las
piernas cruzadas. La idea de que quizá algún día se abriría una nueva vida ante
ella la conmocionó. Menuda broma, se dijo, y meneó la cabeza. Hasta Jenna, mi
mejor amiga, dejó clara su convicción de que mis únicas opciones son la cárcel
o un manicomio. ¿Cómo puedo imaginar que la pesadilla terminará alguna vez?
De
todos modos, aún albergaba esperanzas, y sabía por qué. Fragmentos de recuerdos
se empezaban a abrir paso en su memoria. Momentos del pasado sepultados en su
inconsciente emergían poco a poco. Algo pasó anoche cuando estaba cerrando la
puerta pensó, y recordó la extraña sensación experimentada. No sé qué era, pero
fue real.
Empezó
a clasificar las revistas científicas y médicas que Gary guardaba por orden
cronológico en sus estanterías. Las publicaciones eran de diversa índole, pero
Gary debía de tener motivos para conservarlas. Un vistazo a alguna de ellas
reveló que había consultado un artículo, como mínimo, de cada una. Supongo que
podría tirarlas todas, pensó Molly, pero les echaré una última mirada cuando me
haya organizado un poco mejor, aunque sea por pura curiosidad de ver qué temas
interesaban a Gary.
Sonó
el timbre de la puerta de la cocina y oyó la voz de la señora Barry.
—Soy
yo, Molly.
—Estoy
en el estudio —contestó, mientras continuaba apilando las revistas.
Oyó
pasos que se acercaban por el pasillo. Recordó haber pensado a menudo que la
señora Barry pisaba fuerte. Sólo llevaba zapatos ortopédicos de suela de goma,
que resonaban.
—Lo
siento, Molly. —Edna empezó a hablar casi antes de entrar en la habitación.
Molly
levantó la vista y comprendió que no venía a disculparse. Su expresión era
decidida, con la boca apretada. Sujetaba la llave de la casa en una mano.
—Sé
que no es muy cortés por mi parte después de tantos años, pero ya no puedo
trabajar para ti. Me voy.
Molly,
perpleja, se levantó.
—Señora
Barry, no ha de dejar el empleo por el asunto de la llave. Las dos creemos que
tenemos razón, pero estoy segura de que existe una explicación lógica, y confío
en que Fran Simmons la descubrirá. Ha de entender por qué este punto es tan
importante para mí. Si otra persona utilizó esa llave para entrar en casa, fue
esa persona y no yo quien la dejó en el cajón. ¿Y si alguien que conocía el
escondite de la llave entró aquel domingo por la noche?
—No
creo que nadie más entrara aquella noche —dijo Edna con voz aguda—. Y no me voy
por lo de la llave. Siento decir esto, Molly, pero tengo miedo de trabajar para
ti.
—¿Miedo?
—Estupefacta, miró al ama de llaves—. ¿Miedo de qué?
Edna
desvió la vista.
—¿No
tendrá miedo... de mí? Oh, Dios mío. —Molly extendió la mano, estremecida—.
Déme la llave, señora Barry. Váyase, por favor. Ahora.
—Molly,
has de comprenderlo. No es culpa tuya, pero has matado a dos personas.
—¡Fuera
de aquí, señora Barry!
—Molly,
consigue ayuda. Te ruego que consigas ayuda.
Edna
Barry dio media vuelta, al tiempo que emitía una especie de gemido y sollozo, y
se fue a toda prisa. Molly esperó hasta que vio salir el coche a la calle.
Entonces, cayó de rodillas y hundió la cara entre las manos. Mientras se
balanceaba, sollozos ahogados escaparon de su pecho.
Me
conoce desde que era una niña y cree que soy una asesina. ¿Qué posibilidades me
quedan?, se preguntó. ¿Qué posibilidades?
A
unas calles de distancia, mientras esperaba a que cambiara el semáforo, una
afectada Edna Barry se recordaba una y otra vez que no había tenido otra
alternativa que dar esa excusa a Molly para dejar de trabajar en su casa.
Fortalecía su historia sobre la llave de repuesto, y mantendría a gente como
Fran Simmons alejada de Wally. Lo siento, Molly, pensó cuando recordó el dolor
que había asomado a los ojos de la joven, pero has de comprenderlo, la sangre
es más espesa que el agua.
61
Mientras
picoteaba la comida que el ama de llaves le había servido en una bandeja en su
despacho, Calvin Whitehall ladraba órdenes a Lou Knox. Había estado de un humor
de perros toda la mañana, en parte, sospechaba Lou, porque el problema que representaba
Fran Simmons se le escapaba de las manos. Lou sabía que la mujer había
solicitado reiteradamente una entrevista, y se negaba a aceptar las dilaciones
de Cal. A juzgar por la conversación entre Jenna y Cal que había escuchado, Lou
también sabía que la Simmons tenía una cita con Peter Black a las doce del
mediodía.
Cuando
el teléfono privado sonó a las doce y media, Lou intuyó que sería Black para
informar sobre la entrevista. Su intuición no le engañó, porque Cal se puso
hecho una furia.
—¿Qué
contestaste cuando preguntó por qué Gary te había mandado buscar? Si sigue esa
pista... ¿Por qué la recibiste, para empezar? Sabes que lo único que puedes
conseguir es perjudicarte. No hace falta mucho cerebro para saber eso.
Cuando
Cal colgó con violencia el auricular, parecía al borde de un ataque de
apoplejía. El teléfono volvió a sonar casi de inmediato, y su tono se suavizó
en cuanto oyó la voz del que llamaba.
—Sí,
doctor, he hablado con Peter hace unos momentos... No, no me dijo nada
especial. ¿Por qué?
Lou
sabía que la llamada debía de ser de Adrian Logue, el oftalmólogo, o lo que
dijera ser, que vivía en la granja de West Redding.
Por
algún motivo que Lou no comprendía, tanto Whitehall como Black, y antes aún
Gary Lasch, siempre trataban a Logue con suma consideración. En algunas
ocasiones, Lou había llevado a Cal a la granja. La estancia era breve, y Lou
siempre tenía que esperar en el coche.
Había
visto de cerca a Logue una o dos veces, un tipo flaco, de aspecto inofensivo y
cabello cano, que debía rondar ahora los setenta años. A juzgar por la
expresión de su jefe, era evidente que su conversación con el médico le estaba
desquiciando. Siempre era una mala señal que Cal mantuviera una frialdad
externa en lugar de estallar. Mientras Lou miraba, el rostro de Cal se
transformó en una máscara tensa y gélida, y sus ojos entornados adquirieron
aquel brillo opaco que recordaban a Lou un tigre antes de saltar.
Cuando
Cal habló, tenía la voz controlada, pero aterraba por su confianza y autoridad.
—Doctor,
mi respeto por usted no puede ser mayor, pero no tenía ningún derecho a obligar
a Peter Black a seguir adelante con este tratamiento, y él no tenía ninguna
obligación de obedecer sus deseos. No se me ocurre nada más peligroso, sobre
todo ahora. Bajo ninguna circunstancia puede estar presente cuando se produzca
la reacción. Como de costumbre, tendrá que contentarse con el vídeo.
Lou
no oyó lo que decía el doctor Logue, pero sí captó que alzaba el tono de voz.
Cal
le interrumpió.
—Doctor,
le garantizo que recibirá el vídeo esta noche.
Colgó
con brusquedad y dirigió tal mirada a Lou que éste comprendió que tenía graves
problemas.
—Creo
haberte comentado que Fran Simmons era un problema —dijo—. Ha llegado el
momento de solventar ese problema.
62
En
cuanto Fran salió del despacho de Peter Black, llamó a Philip Matthews. El
abogado estaba en su despacho, y por su tono Fran dedujo que algo le
preocupaba.
—¿Dónde
estás, Fran? —preguntó.
—En
Greenwich. Saldré para Nueva York dentro de poco.
—¿Puedes
pasarte por mi oficina hacia las tres? Temo que la situación de Molly es cada
vez peor.
—Allí
estaré —dijo Fran, y colgó el teléfono del coche. Se estaba acercando a un
cruce y frenó cuando cambió el semáforo. ¿Izquierda o derecha?, se preguntó.
Quería parar en la oficina del Greenwich Time y hablar con Joe Hutnik.
Sin
embargo, una imperiosa necesidad la impulsaba a pasar por delante de la casa en
la que ella y sus padres habían vivido durante aquellos cuatro años. La
desdeñosa referencia de Peter Black a su padre la había herido en lo más hondo.
El dolor, no obstante, no era por ella sino por su padre. Quería ver la casa
otra vez. Era el último lugar en que había pasado un rato con él.
Hagámoslo,
decidió. Tres manzanas más adelante, enfiló por una calle bordeada de árboles
que le resultó muy familiar. Habían vivido en mitad de la manzana, en una casa
de ladrillo y estuco estilo Tudor. Su intención era pasar por delante muy
despacio, pero aparcó en el bordillo frente a la casa, al otro lado de la
calle, y la miró con los ojos llenos de lágrimas.
Era
una casa bonita, con emplomados que brillaban a la luz del sol. Parece que no
ha cambiado nada, pensó mientras evocaba la larga sala de estar de techo alto,
con la hermosa chimenea de mármol irlandesa. La biblioteca era pequeña,
recordó. Su padre comentaba en broma que había sido construida para albergar
diez libros, pero ella opinaba que era un lugar magnífico para recluirse.
El
que tan buenos recuerdos cruzaran por su mente la sorprendió. Si papá hubiera
reflexionado, pensó, aunque hubiera ido a la cárcel, hace años que habría
salido y empezado de nuevo en otro lugar. No tuvo por qué suceder. Eso era lo
que atormentaba a su madre y a ella. ¿Deberían haberse dado cuenta de algo el
último día? ¿Podrían haberlo evitado? Si hubiera hablado con nosotras, pensó
Fran. ¡Si hubiera dicho algo!
¿Adónde
fue a parar el dinero?, se preguntó. ¿Por qué no se encontró rastro de él, o al
menos alguna pista de una inversión fallida? Algún día descubriré la respuesta,
se juró mientras aceleraba.
Consultó
su reloj. Era la una y veinte. Lo más probable era que Joe Hutnik estuviera
comiendo, pero por si acaso decidió pasar por el Time.
De
hecho, Joe estaba sentado ante su escritorio, e insistió en que Fran no le
interrumpía. Además, quería hablar con ella.
—Han
pasado muchas cosas desde la semana pasada —dijo, mientras indicaba que se
sentara y cerraba la puerta.
—Eso
creo —admitió Fran.
—El
material para tu programa crece sin cesar.
—Joe,
Molly es inocente de ambos crímenes. Lo sé. Lo siento en las tripas.
Joe
enarcó las cejas.
—Sé
sincera conmigo, Fran. Estás bromeando, ¿verdad? Porque de lo contrario te
estás engañando.
—Ni
una cosa ni otra, Joe. Estoy convencida de que no mató a su marido ni a la
Scalli. Escucha, tú tienes tomado el pulso a la ciudad. ¿Que has oído?
—Muy
sencillo. La gente está impresionada, triste, pero no sorprendida. Todo el
mundo piensa que Molly está como un cencerro.
—Me
lo temía.
—Pues
deberías temer algo más. Tom Serrazzano, el fiscal, está presionando a la junta
de libertad condicional para que se la revoque. Sabe que está comprometido por
no haberse opuesto a la libertad bajo fianza por la nueva acusación, pero
insiste en que la declaración de Molly cuando salió de la cárcel es
contradictoria con su declaración ante el comité de libertad condicional, en el
sentido de que aceptaba la responsabilidad por la muerte de su marido. Como
ahora lo niega, el fiscal defiende que ha cometido un fraude contra la junta de
libertad condicional, y debería cumplir la totalidad de la sentencia. Puede que
lo consiga.
—Eso
significaría que Molly volviese de inmediato a la cárcel.
—Yo
diría que eso es lo más probable.
—No
puede suceder —murmuró Fran, tanto para sí como para Joe—. Esta mañana me he
entrevistado con el doctor Peter Black. He llevado a cabo algunas
investigaciones sobre el hospital y la aseguradora Remington. Algo está pasando
allí, pero aún no he descubierto qué. Pero Black estaba muy nervioso cuando
llegué al hospital. Casi perdió los estribos cuando le pregunté por qué pensaba
que Gary Lasch le había elegido como socio del hospital Lasch y Remington
Health Management, cuando su historial académico y profesional era mediocre y
había muchos candidatos mejor cualificados.
—Es
curioso. Según recuerdo, la impresión que tuvimos por aquí fue que era una
estratagema para convencerle de que trabajara en el hospital.
—No
lo fue, créeme. —Fran se levantó—. Me marcho, Joe. Quiero conseguir copias de
todo lo que el Time escribió acerca de la campaña de recaudación de fondos para
la biblioteca en la que mi padre estuvo implicado, y todo lo que se escribió
acerca de mi padre y los fondos desaparecidos después de su muerte.
—Me
ocuparé de ello —prometió Hutnik.
Fran
agradeció el detalle de que Joe no hiciera preguntas, pero aun así pensó que le
debía una explicación.
—Esta
mañana, cuando intentaba tirar de la lengua al doctor Black, se defendió como
gato panza arriba. ¿Qué derecho tenía yo a interrogarle?, preguntó. Era la hija
de un ladrón que había robado las donaciones de la mitad del pueblo.
—Eso
fue muy desagradable —dijo Hutnik—, pero creo que es fácil imaginar los
motivos. Debe de estar sometido a grandes presiones ahora, y no quiere que nada
amenace la absorción de HMO más pequeñas por Remington. La verdad es que, al
menos según mis fuentes, el trato ha encontrado problemas, muchos problemas.
American National lleva ventaja, y por lo que he oído las cosas no andan muy
bien en Remington. Estas nuevas HMO, aunque son pequeñas, inyectarían capital y
permitirían a Remington comprar más tiempo.
Joe
abrió la puerta.
—Como
ya te dije el otro día, el presidente de American National es uno de los
médicos más respetados del país, y uno de los críticos más implacables de la
gestión actual de las HMO. Opina que la única solución es un sistema a escala
nacional, pero hasta que ese día llegue, American National, bajo su liderazgo,
está consiguiendo las notas más altas en el campo de la salud.
—¿Crees
que Remington va a perder?
—Eso
parece. Las HMO más pequeñas, que iban a suponer una inyección para Remington,
coquetean ahora con American National. Parece increíble, pero podría suceder
que Whitehall y Black, pese a las acciones de Remington que poseen, no fueran
capaces de evitar una opa hostil.
Tal
vez sea mezquino por mi parte, pensó Fran mientras volvía a Nueva York, pero
después del escándalo de papá, nada me daría más placer que ver fracasar a
Peter Black.
Se
detuvo en la oficina, examinó su correo y después cogió un taxi para ir al
bufete de Philip Matthews, en el World Trade Center.
Le
encontró sentado ante su escritorio, que estaba cubierto de papeles. Su
expresión era sombría.
—Acabo
de hablar con Molly —dijo—. Está muy afectada. Edna Barry se despidió esta
mañana, ¿y sabes qué motivo dio? No te lo pierdas: tiene miedo de Molly, miedo
de estar cerca de una mujer que ha matado a dos personas.
—¿Cómo
se atrevió a decir eso? —Fran le miró con incredulidad—. Philip, te aseguro que
esa mujer oculta algo.
—Fran,
he revisado la declaración de Edna a la policía después de que descubriera el
cadáver de Gary Lasch. Coincide con lo que os dijo a Molly y a ti ayer.
—¿Te
refieres a la parte en que afirma que Molly fue la única en utilizar la llave
de repuesto, y que no la devolvió a su escondite del jardín? Molly niega que
eso sucediera. Después de que la señora Barry descubriera el cadáver, cuando la
policía estaba interrogando a gente, ¿no preguntaron también a Molly por la
llave?
—Cuando
Molly despertó cubierta de sangre aquel lunes por la mañana, y se enteró de lo
ocurrido, cayó en un estado semicatatónico, y así permaneció varios días. No he
encontrado documentación acerca de que la interrogaran por la llave. No olvides
que no había la menor señal de que hubieran forzado la entrada, y las huellas
de Molly estaban en el arma homicida.
—Lo
cual significa que creerán en la historia de Edna Barry, aunque Molly esté
segura de que miente. —Fran se paseó de un lado a otro, irritada—. Dios mío,
Molly no encuentra una salida por ninguna parte.
—Fran,
esta mañana recibí una llamada del todopoderoso Calvin Whitehall. Quiere
enviarme a unos cuantos pesos pesados para ayudarme en la defensa de Molly. Ya
ha comprobado que están disponibles. Les ha proporcionado detalles del caso, y
según Whitehall, todos están de acuerdo en que el alegato debería ser «no
culpable por motivo de enajenación mental transitoria».
—No
permitas que eso suceda, Philip.
—No
quiero que suceda, pero hay otro problema. El fiscal está removiendo cielo y
tierra para que revoquen la libertad condicional de Molly.
—Eso
me ha dicho Joe Hutnik, del Greenwich Time. Menudo panorama: el ama de llaves
de Molly dice que tiene miedo de ella, y los amigos de Molly intentan que la
recluyan en un manicomio. Eso es lo que lograría el alegato de enajenación
mental, ¿verdad?
—Ningún
jurado la dejaría en libertad después de un segundo asesinato, así que en
cualquier caso acabaría encerrada. No conseguiremos un nuevo acuerdo con el
fiscal, y tampoco estoy seguro de que el alegato de enajenación mental surta
efecto.
Fran
percibió abatimiento en la expresión de Philip.
—Esto
se está convirtiendo en un asunto personal para ti, ¿verdad?
Philip
asintió.
—Hace
mucho tiempo que es algo personal. Sin embargo te juro que, si pensara que mis
sentimientos por Molly pudieran influir en mi discernimiento a la hora de
defenderla, entregaría el caso al mejor abogado criminalista que pudiera
encontrar.
Fran
miró con pena a Philip Matthews y recordó que su primera impresión de él,
cuando le vio en la puerta de la cárcel, fue que protegía a Molly con uñas y
dientes.
—Lo
creo —dijo.
—Hará
falta un milagro para impedir que Molly vuelva a la cárcel.
—Mañana
tengo una cita con la hermana de Annamarie Scalli —dijo Fran—. En cuanto vuelva
al despacho hoy, pediré al departamento de investigaciones que busque todo lo
que haya en el archivo sobre Remington Health Management y todo lo relacionado
con él. Cuanto más descubro, más creo que aquellos asesinatos estaban menos
relacionados con las andanzas mujeriegas de Gary Lasch que con problemas
existentes en el hospital Lasch y en Remington Health Management.
Cogió
el bolso y, antes de salir, se detuvo ante la ventana.
—Tienes
una vista espectacular de la estatua de la Libertad —dijo—. ¿Es para animar a
tus clientes?
Philip
sonrió.
—Es
curioso —dijo—. Eso mismo dijo Molly la primera vez que estuvo aquí, hace seis
años.
—Bueno,
por el bien de Molly esperemos que la estatua de la Libertad sea también la
estatua de la Suerte. Intuyo algo, y si estoy en lo cierto podría ser la brecha
que estamos buscando. Deséame suerte, Philip. Hasta luego.
63
El
cambio radical que se produjo en el estado de Tasha empezó hacia las cinco.
Barbara fue testigo directo de él.
Durante
los dos últimos días, las enfermeras no le habían aplicado el leve maquillaje
que proporcionaba una pizca de color a su tez cenicienta, pero un tono rosáceo
empezó a insinuarse en sus mejillas.
Dio
la impresión de que la rigidez de sus extremidades, que constantes masajes
habían mantenido a raya, se relajaba de manera espontánea. Barbara no tuvo
necesidad de ver a la enfermera alejándose de puntillas, ni oír sus murmullos
cuando hablaba por teléfono desde la sala de estar, para saber que estaba
llamando al médico.
Así
será mejor para Tasha, se dijo. Por favor, Dios mío, dame fuerzas. Déjala vivir
hasta que lleguen sus hermanos. Quieren estar con ella cuando se acerque el
final.
Barbara
se levantó de la silla y se sentó en la cama, con cuidado de no mover el
laberinto de goteros y tubos de oxígeno. Cogió las manos de su hija entre las
suyas.
—Tasha,
Tasha... —murmuró—. Mi único consuelo es que vas a reunirte con tu padre, y él
te quería tanto como yo.
La
enfermera aguardaba en la puerta. Barbara levantó la vista.
—Quiero
estar a solas con mi hija —dijo.
Los
ojos de la enfermera estaban llenos de lágrimas.
—Lo
comprendo. Lo siento muchísimo.
Barbara
asintió y al volverse creyó ver que Tasha se movía y le pareció sentir una
presión en sus manos.
La
respiración de Tasha se aceleró. A Barbara se le partía el corazón, mientras
esperaba el último suspiro.
—Tasha,
querida Tasha...
Fue
vagamente consciente de una presencia en la puerta. El médico. Váyase, pensó,
pero no se atrevió a volver la cabeza, por si su hija expiraba.
De
pronto, Tasha abrió los ojos y sus labios se curvaron en una sonrisa.
—Doctor
Lasch, qué estúpida fui —murmuró—. Me enredé con los cordones de mi bamba y
salí volando.
Barbara
se quedó boquiabierta.
—¡Tasha!
Su
hija volvió la cabeza.
—Hola,
mamá...
Sus
ojos se cerraron, pero volvieron a abrirse lentamente.
—Mamá,
ayúdame... por favor.
Exhaló
su último suspiro.
—¡Tasha!
—gritó Barbara—. ¡Tasha! —Giró en redondo. Peter Black estaba inmóvil en el
umbral—. ¡Doctor, usted lo ha oído! Me ha hablado. ¡No la deje morir! ¡Haga
algo!
—Oh,
querida señora —dijo Black con tono tranquilizador mientras la enfermera
entraba a toda prisa—. Dejemos partir en paz a este ser querido. Todo ha
terminado.
—¡Me
ha hablado! —chilló Barbara Colbert—. ¡Usted la oyó! —Abrazó el cuerpo de su
hija—. Tasha, no te vayas. ¡Te estás recuperando!
Unos
brazos fuertes la sujetaron y la obligaron a soltar a su hija.
—Mamá,
estamos aquí.
Barbara
miró a sus hijos.
—Me
ha hablado —sollozó—. ¡Pongo a Dios por testigo de que antes de morir me habló!
64
Lou
Knox estaba viendo la televisión cuando recibió la llamada que esperaba. Cal le
había avisado que debería llevar un paquete a West Redding, pero no estaba
seguro de a qué hora sería.
Cuando
llegó a la casa, Cal y Peter Black estaban en la biblioteca. Comprendió al
instante que habían discutido. La boca de Cal era una fina línea recta y tenía
las mejillas enrojecidas. En cuanto al doctor Black, sostenía un vaso alto de
lo que parecía whisky a palo seco, y a juzgar por sus ojos vidriosos no era su
primer trago de la noche.
La
televisión estaba encendida, pero en la pantalla no se veía nada. Ya habían
parado la cinta. Cuando Cal vio a Lou, gritó a Black:
—¡Dásela,
imbécil!
—Cal,
te digo... —protestó Black con voz apagada.
—¡Dásela!
Black
cogió una cajita que había en una mesa envuelta en papel marrón. Se la extendió
a Knox.
—¿Es
el paquete que debo llevar a West Redding, señor? —preguntó Lou.
—Sabes
muy bien que sí. Date prisa.
Lou
recordó la llamada que Cal había hecho aquella mañana. Debía de ser la cinta de
la que había hablado con el oftalmólogo, el doctor Logue. Cal y Black debían de
haberla visto, porque resultaba evidente que habían abierto y vuelto a envolver
el paquete.
—Ahora
mismo, señor —dijo. Pero no hasta que vea de qué va la cinta, pensó mientras
salía.
Corrió
a su apartamento y cerró la puerta con doble llave. No fue difícil abrir el
paquete sin romper el papel que lo envolvía. Tal como esperaba, contenía una
cinta de vídeo. La introdujo en el aparato y apretó play.
¿De
qué va este rollo?, se preguntó mientras miraba la pantalla. Vio una habitación
de hospital, por cierto muy elegante, con una joven dormida o inconsciente en
la cama, y a una anciana de aspecto distinguido sentada a su lado.
Espera
un momento, pensó Lou, sé quién es esta mujer. Es Barbara Colbert, y la chica
es su hija, la que lleva años en coma. La familia donó tanto dinero para el
edificio de cuidados intensivos que le dieron el nombre de la chica.
La
hora en que se había grabado la cinta aparecía en la esquina inferior derecha
de la pantalla: 8.30. ¿Habían grabado durante todo el día?, se preguntó Lou. La
cinta no podía tener una duración de doce horas.
La
avanzó hasta el final, rebobinó un poco y apretó play. La imagen mostró a la
anciana llorando, sujetada por dos hombres. El doctor Black estaba inclinado
sobre la cama. La chica debía de haber muerto, pensó Lou. Consultó la hora al
pie de la imagen: las 17.40.
Hace
sólo un par de horas, pensó Lou. Pero no pueden haber grabado esta cinta debido
a la muerte de la chica, razonó. Hace años que estaba en coma, sabían que podía
morir en cualquier momento.
Lou
era consciente de que Cal aparecería de un momento a otro para saber qué le
había retrasado. Mientras prestaba oídos a los pasos de Cal, volvió a
rebobinar. Lo que vio le produjo un escalofrío. Costaba creerlo, pero la chica
dormida durante años despertaba, volvía la cabeza, hablaba con claridad, y
creía hablar con el doctor Lasch. Y después cerraba los ojos y moría. Y allí
estaba Black, asegurándole a la madre que la chica no había dicho nada.
Era
escalofriante. Lou sabía que algo gordo estaba pasando. También supo que se la
estaba jugando cuando empleó un tiempo precioso en duplicar el último cuarto de
hora de la cinta y esconder la copia detrás de las estanterías.
Estaba
subiendo al coche cuando Cal salió.
—¿Qué
te ha retrasado? ¿Qué has estado haciendo, Lou?
Lou
sabía que su rostro debía transparentar un miedo atroz, pero se obligó a
controlarse. Sabía lo que contenía aquella cinta, y el poder que le proporcionaba.
Largos años de convertir el engaño en un arte le ayudaron a la perfección.
—Estaba
en el baño. Tengo el estómago revuelto.
Sin
esperar respuesta, cerró la puerta del coche y puso en marcha el motor. Una
hora después había llegado a la granja de West Redding, y entregó el paquete al
hombre que conocía como doctor Adrian Logue.
Casi
febril de exaltación, Logue cogió el paquete y cerró la puerta en las narices
de Lou.
65
Fue
una de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida —explicó Edna Barry por
teléfono a Marta Jones. Había terminado de limpiar la cocina después de la cena
y le pareció un buen momento para tomar una última taza de té y contar la
historia a su amiga.
—Sí,
debió de ser horrible para ti —admitió Marta.
Edna
no tenía duda de que Fran Simmons volvería a husmear otra vez, a hacer más
preguntas, y que tal vez pasaría a ver a Marta. Bien, si lo hacía, Edna quería
que su vecina estuviera al corriente de la verdadera historia. Esta vez, se
prometió, Marta transmitiría una información que no perjudicaría a Wally. Tomó
otro sorbo de té y cambió el auricular de oído.
—Marta
—continuó—, tú fuiste la que me metiste la idea de que Molly podía ser
peligrosa, ¿te acuerdas? Intenté no pensar en eso, pero se comporta de una
manera rara. Está muy silenciosa. Se queda sentada durante horas. No quiere ver
a nadie. Hoy estaba sentada en el suelo, examinando cajas. Había pilas de fotos
del doctor.
—¡No!
—exclamó Marta—. Pensaba que se habría deshecho de ellas hace mucho tiempo.
¿Por qué las conservó? ¿Tú querrías tener una foto del hombre que mataste?
—A
eso me refería cuando hablaba de su actitud extraña. Ayer, cuando dijo que
nunca sacó la llave del escondite del jardín, bueno, me di cuenta de que todo
eso de sus olvidos viene de antes de que el doctor muriera. Creo que todo
empezó cuando tuvo el aborto. La depresión se ahondó, y después Molly nunca
volvió a ser la misma.
—Pobrecilla
—suspiró Marta—. Sería mejor para ella que la encerraran en un lugar donde
pueda recibir cuidados, pero me alegro de que te mantengas alejada de ella. No
olvides que Wally te necesita, y eso ha de ser lo primero.
—Yo
pienso lo mismo, Marta. Es estupendo tener una amiga como tú con quien hablar.
Estaba muy preocupada y necesitaba desahogarme.
—Siempre
me tienes a tu disposición, Edna. Vete a dormir temprano y descansa.
Satisfecha
por haber logrado su propósito, Edna se levantó, apagó la luz de la cocina y
entró en el salón. Wally estaba mirando el canal de noticias. El corazón de
Edna dio un vuelco cuando vio el reportaje sobre Molly en la puerta de la
cárcel. El presentador estaba diciendo:
«Sólo
han pasado diez días desde que Molly Carpenter Lasch salió de la prisión de
Niantic, después de cumplir una condena de cinco años y medio por el asesinato
de su marido, el doctor Gary Lasch. Ahora, ha sido acusada del asesinato de la
amante de su marido, Annamarie Scalli, y el fiscal Tom Serrazzano está
presionando para que revoquen su libertad condicional.»
—Wally,
¿por qué no cambias de canal? —sugirió Edna.
—¿Van
a meter en la cárcel otra vez a Molly, mamá?
—No
lo sé, querido.
—Parecía
muy asustada cuando le encontró. Sentí pena por ella.
—Wally,
no digas eso. No sabes de qué estás hablando.
—Sí
lo sé, mamá. Yo estaba allí, ¿recuerdas?
Edna,
presa del pánico, agarró la cara de su hijo con ambas manos y le obligó a
mirarla.
—¿Te
acuerdas lo mucho que te asustó la policía cuando el doctor Morrow fue
asesinado? ¿Que no pararon de hacerte preguntas acerca de dónde habías estado
la noche del crimen? ¿Recuerdas que, antes de que llegaran, te obligué a
ponerte otra vez el yeso y a utilizar las muletas para que te dejaran en paz?
Asustado,
Wally intentó soltarse.
—Déjame,
mamá.
Edna
clavó la vista en su hijo.
—Wally,
nunca has de hablar de Molly o de esa noche. Nunca más, ¿lo has entendido?.
—No
lo haré.
—Wally,
no volveré a trabajar para Molly. De hecho, tú y yo nos vamos de viaje. Nos
iremos en coche a algún sitio, tal vez a las montañas, o a California. ¿Te
gustaría?
Wally
compuso una expresión dubitativa.
—Creo
que sí.
—Entonces,
jura que nunca más volverás a hablar de Molly.
Siguió
una larga pausa, hasta que Wally dijo en voz baja:
—Lo
juro, mamá.
66
Por
más que Molly lo intentó, el doctor Daniels no aceptó excusas por segundo día
consecutivo. Dijo que iría a las seis, y a esa hora en punto llamó al timbre.
—Tiene
que ser muy valiente para estar a solas conmigo —murmuró Molly mientras cerraba
la puerta—. Si no lo es, vaya con cuidado. No me dé la espalda. Podría ser
peligroso.
El
doctor se estaba quitando el abrigo mientras ella hablaba. Se detuvo, con un
brazo todavía en la manga, y la observó.
—¿Qué
quieres decir con eso, Molly?
—Entre.
Se lo explicaré. —Le condujo hasta el estudio—. Mire. —Indicó las pilas de
carpetas y revistas esparcidas por el suelo, las fotos y álbumes sobre el
sofá—. Como ve, no estaba sólo meditando.
—Yo
diría que has estado haciendo limpieza —repuso el doctor Daniels.
—En
cierto sentido, pero es algo más que eso. Se llama «empezar de nuevo», o tal
vez «un nuevo capítulo», o «enterrar el pasado». Elija a su gusto.
Daniels
se acercó al sofá.
—¿Puedo?
—preguntó, indicando las fotografías.
—Mire
todo lo que quiera, doctor. Las de la izquierda son para enviar a la madre de
Gary. Las de la derecha van a la carpeta circular.
—¿Las
vas a tirar?
—Me
parece saludable, doctor. ¿No cree?
Daniels
las estaba ojeando.
—Veo
que hay bastante con los Whitehall.
—Jenna
es mi mejor amiga. Como ya sabe, Cal, Gary y Peter Black dirigían conjuntamente
Remington. Hay muchas fotos de Peter y sus dos ex esposas por ahí.
—Sé
que aprecias mucho a Jenna, Molly. Pero ¿y Cal? ¿También le aprecias?
Alzó
la vista y vio la insinuación de una sonrisa en los labios de Molly.
—Doctor,
es imposible apreciar a Cal —contestó—. Dudo que le caiga bien a alguien,
incluyendo a su ex compañero de colegio, chófer y factótum Lou Knox. Cal
fascina más que cae bien. Puede ser muy divertido. Y es muy inteligente.
Recuerdo una cena celebrada en su honor a la que asistieron seiscientas
personas muy importantes. ¿Sabe lo que Jenna me dijo? «El noventa y nueve por
ciento han venido por miedo.»
—¿Crees
que eso molestaba a Jenna?
—No,
cielos. Jenna adora el poder de Cal. Claro que ella también es fuerte. Nada se
interpone en su camino. Por eso ya es socia de un prestigioso bufete. Lo
consiguió sin ayuda de nadie. —Molly hizo una pausa—. Yo, por mi parte, soy
pusilánime. Siempre lo he sido. Jenna siempre ha sido brillante. A Cal le
gustaría verme desaparecer de la faz de la tierra.
Estoy
de acuerdo, pensó John Daniels.
—¿Jenna
vendrá esta noche? —preguntó.
—No.
Tenía una cena en Nueva York, pero ha llamado esta tarde. Me alegré de que lo
hiciera. Después de que la señora Barry se marchara, necesitaba una inyección
de moral.
Daniels
esperó. Mientras la observaba, la expresión de Molly se demudó en otra de pena
e incredulidad. Su voz sonó monocorde cuando le contó la visita de Edna Barry y
sus palabras de despedida.
—Llamé
a mi madre esta tarde —añadió Molly—. Le pregunté si ella y mi padre también me
tenían miedo. Le pregunté si por eso no estaban a mi lado cuando les
necesitaba. La semana pasada no quería ver a nadie. Cuando volví a casa, creo
que me sentí como alguien que ha padecido quemaduras graves: ¡no me toquéis!
¡Dejadme en paz! Pero cuando encontraron el cadáver de Annamarie, quise que
estuvieran conmigo. Les necesitaba.
—¿Qué
dijeron?
—Que
no pueden venir. Papá se recuperará, pero sufrió un pequeño ataque. Por eso no
han venido. Llamaron a Jenna y se lo contaron, y le pidieron que no me dejara.
Y ha cumplido su palabra. Ya lo ha visto.
Molly
desvió la vista.
—Era
importante que hablara con ellos. Necesitaba saber que me apoyaban. Han sufrido
mucho por todo esto. Cuando la señora Barry se marchó, si hubiera pensado que
también ellos me iban a abandonar, habría... —Su voz enmudeció.
—¿Qué
habrías hecho, Molly?
—No
lo sé.
Sí
lo sabes, pensó Daniels. El rechazo de tus padres habría sido la gota que colma
el vaso.
—¿Cómo
te sientes ahora? —preguntó.
—Acosada,
doctor. Si revocan mi libertad condicional y me mandan de vuelta a la cárcel,
no podré soportarlo. Necesito más tiempo, porque le juro que voy a recordar
exactamente lo que sucedió aquella noche.
—Podríamos
intentar la hipnosis, Molly. Antes no funcionó, pero eso no quiere decir que no
funcione ahora. Lo que bloquea la memoria es como un iceberg, y tal vez se esté
resquebrajando. Podría ayudarte.
Ella
meneó la cabeza.
—No,
he de hacerlo sola. Hay... —Se interrumpió.
Era
demasiado pronto para contar a Daniels que, durante toda la tarde, un nombre
había acudido una y otra vez a su cabeza: Wally.
Pero
¿por qué?
67
Barbara
Colbert abrió los ojos. ¿Dónde estoy?, se preguntó. ¿Que ha pasado? Tasha.
¿Tasha? Recordó que su hija le había hablado antes de morir.
—Mamá.
Walter
y Rob, sus hijos, se erguían sobre ella, compadecidos, fuertes.
—¿Qué
ha pasado? —susurró.
—Mamá,
¿sabes que Tasha ha muerto?
—Sí.
—Perdiste
el conocimiento por la conmoción y el agotamiento. El doctor Black te
administró un sedante. Estás en el hospital. Quiere que te quedes aquí uno o
dos días, en observación. Tu pulso era débil.
—Walter,
Tasha salió del coma. Me habló. El doctor Black tuvo que oírla. La enfermera
también. Preguntadles.
—Mamá,
enviaste a la enfermera a la otra habitación. Tú hablaste a Tasha, mamá. No
ella a ti.
Barbara
se sacudió el sopor.
—Puede
que sea vieja, pero no estoy loca —dijo—. Mi hija salió del coma. Lo sé. Me
habló. Recuerdo con claridad lo que dijo. Walter, escúchame. Tasha dijo:
«Doctor Lasch, qué estúpida fui. Me enredé con los cordones de mi bamba y salí
volando.» Entonces me reconoció y dijo: «Hola, mamá.» Y después me rogó que la
ayudara. El doctor Black la oyó cuando pidió ayuda. Sé que la oyó. ¿Por qué no
hizo algo? Se quedó quieto.
—Mamá,
por favor, hizo cuanto pudo por Tasha. Así es mejor, de veras.
Barbara
intentó incorporarse.
—Repito...
que no estoy loca. No imaginé a Tasha saliendo del coma —dijo, y la ira dotó a
su voz del habitual tono autoritario—. Por alguna terrible razón, Peter Black
nos está mintiendo.
Walter
y Rob Colbert sujetaron las manos de su madre, mientras el doctor Black, que se
había mantenido alejado de su vista, avanzaba y le clavaba una aguja en el
brazo.
Barbara
Colbert sintió que se hundía en una oscuridad tibia y envolvente. Luchó un
momento contra ella, pero al final sucumbió.
—Lo
más importante es que descanse —tranquilizó el doctor a sus hijos—. Por más
preparados que estemos para perder a un ser querido, cuando llega el momento de
decir adiós la conmoción puede ser abrumadora. Pasaré a verla más tarde.
Cuando
Black volvió a su despacho, había un mensaje de Calvin Whitehall. Debía
llamarle de inmediato.
—¿Has
convencido a Barbara Colbert de que anoche sufrió alucinaciones? —preguntó Cal.
Peter
sabía que la situación era desesperada, y que no serviría de nada mentir a Cal.
—Tuve
que darle otro sedante. No la vamos a convencer con facilidad.
Calvin
Whitehall guardó un largo silencio. Al cabo, dijo:
—Confío
en que te des cuenta de la que has armado.
Black
no contestó.
—Por
si la señora Colbert no fuese un gran problema, acabo de recibir una llamada de
West Redding. Tras haber revisado una y otra vez la cinta, el doctor exige que
revelemos el proyecto a los medios de comunicación.
—¿Es
que no sabe lo que eso significaría? —repuso Black, estupefacto.
—Le
da igual. Está loco. Insistí en que esperara hasta el lunes, con el fin de
preparar una rueda de prensa como es debido. Para entonces ya me habré ocupado
de él. Entretanto, sugiero que te responsabilices de la señora Colbert.
Cal
colgó el teléfono con violencia, y a Peter Black no le cupo duda de que
esperaba ser obedecido.
68
Lucy
Bonaventure tomó un avión matinal desde Buffalo al aeropuerto de La Guardia de
Nueva York, y a las diez entraba en el apartamento de Annamarie en Yonkers.
Durante los casi seis años que Annamarie había vivido allí, Lucy nunca había
visto su casa. Annamarie le había comentado que el apartamento era pequeño.
Sólo tenía una habitación, y además siempre convenía más a Annamarie ir a
Buffalo de visita.
Lucy
sabía que la policía había registrado el apartamento, y comprendió su aspecto
desordenado. Los adornos estaban amontonados sobre la mesilla auxiliar. Los
libros estaban apilados de cualquier manera en los estantes, como si los
hubieran sacado y devuelto a su sitio al azar. Era evidente que habían
examinado el contenido de los cajones del dormitorio, y que manos descuidadas
lo habían devuelto a su sitio sin preocuparse de nada más.
Había
encargado al gerente del complejo que se ocupara de la venta del apartamento.
Lucy sólo debía vaciarlo. Quería hacerlo en un día, pero se dio cuenta de que
tardaría bastante más. Era doloroso estar en el apartamento, ver el perfume
favorito de Annamarie sobre el tocador, ver el libro que había estado leyendo
todavía sobre la mesilla de noche, abrir el ropero y ver sus trajes, vestidos y
uniformes, y saber que nunca volvería a llevarlos.
Entregaría
toda la ropa, así como los muebles, a alguna obra de caridad. Al menos, razonó
Lucy, las personas necesitadas los aprovecharían. Era un pequeño consuelo.
Fran
Simmons, la periodista, llegaría a las once y media. Mientras la esperaba, Lucy
empezó a vaciar el tocador, dobló su contenido y lo guardó en cajas de cartón
que el gerente le había proporcionado.
Lloró
al ver las fotografías que encontró en el cajón del fondo, que plasmaban a
Annamarie con su bebé en brazos, fotos tomadas pocos minutos después de que
naciera. Parecía muy joven en las fotos, y miraba al bebé con ternura. Había
otras fotos de él, cada una con una inscripción en la parte posterior: «primer
cumpleaños», «segundo cumpleaños», hasta el último, el quinto. Era un niño
guapo, de vivaces ojos azules, cabello castaño oscuro y una sonrisa alegre.
Annamarie quedó destrozada al tener que deshacerse de él, pensó Lucy. ¿Debía
enseñar las fotos a Fran Simmons? Decidió que sí. Quizá la ayudarían a
comprender a Annamarie y el terrible precio que había pagado por sus
equivocaciones.
Fran
llamó al timbre a las once y media en punto, y Lucy Bonaventure la hizo entrar.
Por un momento las dos mujeres se examinaron. Fran vio a una mujer rolliza de
más de cuarenta años, de ojos hinchados, facciones regulares y piel que parecía
enrojecida a causa del llanto. Lucy vio a una mujer esbelta de unos treinta
años, cabello castaño claro largo hasta el cuello y ojos gris azulados. Como
explicó a su hija al día siguiente, «No es que fuera vestida de punta en
blanco. Llevaba un traje pantalón marrón oscuro, con una bufanda marrón,
amarilla y blanca al cuello, y unos sencillos pendientes de oro, pero su
aspecto era típicamente neoyorquino. Parecía muy agradable, y cuando me expresó
sus condolencias por la muerte de Annamarie, supe que lo decía en serio.
Preparé café, y dijo que le apetecía una taza, así que nos sentamos en la
mesita de la cocina de Annamarie».
Fran
sabía que lo más prudente era ir al grano.
—Señora
Bonaventure, empecé a investigar el asesinato del doctor Lasch porque Molly
Lasch, a quien conocí en la escuela, me pidió que lo hiciera para presentar su
caso en el programa Crímenes verdaderos, en el que colaboro. Quiere descubrir
la verdad sobre esos asesinatos tanto como usted. Ha pasado cinco años y medio
en prisión por un crimen que no recuerda, y yo me he convencido de que no lo
cometió. Hay demasiadas preguntas sin respuestas sobre la muerte del doctor
Lasch. Nadie la investigó a fondo en su momento, y yo lo intento hacer ahora
—Sí,
bueno, su abogado intentó dar a entender que Annamarie había matado al doctor
Lasch —dijo Lucy, sin poder contener su ira.
—Su
abogado hizo lo que cualquier abogado haría. Puso de relieve que Annamarie
declaró haber estado sola en su apartamento de Cos Cob la noche del crimen pero
nadie pudo corroborarlo.
—Si
el juicio no se hubiera interrumpido, habría llamado al estrado a Annamarie
para interrogarla e intentar presentarla como una asesina. Sé que ése era su
plan. ¿Todavía es el abogado de Molly Lasch?
—Sí.
Y es muy bueno. Señora Bonaventure, Molly no mató al doctor Lasch ni a
Annamarie. Y tampoco mató al doctor Jack Morrow, al que apenas conocía. Tres
personas han muerto, y creo que la misma persona es responsable de esos
crímenes. El culpable debe ser castigado, pero no fue Molly. Esa persona es el
motivo de que Molly fuera a prisión. Esa persona es el motivo de que haya sido
detenida por el asesinato de Annamarie. ¿Quiere que envíen a la cárcel a Molly
Lasch por algo que no hizo, o quiere encontrar al asesino de su hermana?
—¿Por
qué Molly Lasch siguió el rastro de Annamarie y pidió entrevistarse con ella?
—Molly
creía que su matrimonio había sido feliz. Pero no fue así, o Annamarie no
habría salido a relucir. Molly intentaba averiguar por qué su marido fue
asesinado y por qué fracasó su matrimonio. Nada mejor que empezar por la amante
de su marido. Usted puede ayudarnos en esto. Annamarie tenía miedo de alguien,
o de algo. Molly se dio cuenta cuando se encontraron aquella noche, pero usted
debió de saberlo mucho antes. ¿Por qué adoptó el apellido de soltera de su
madre? ¿Por qué abandonó su empleo de enfermera en el hospital? A juzgar por
todo lo que he descubierto, era una enfermera maravillosa y adoraba su
profesión.
—Sí,
en efecto —dijo con tristeza Lucy Bonaventure—. Se impuso un grave castigo
cuando lo dejó.
Pero
necesito saber por qué, pensó Fran.
—Señora
Bonaventure, usted dijo que había pasado algo en el hospital, algo que turbó
terriblemente a Annamarie. ¿Tiene idea de qué era, o cuándo pasó?
Lucy
guardó silencio un momento, mientras se debatía entre su deseo de proteger a su
hermana y la ferviente necesidad de castigar a su asesino.
—Ocurrió
poco antes del asesinato del doctor Lasch —dijo al cabo—, durante un fin de
semana. Se produjo una tremenda equivocación en el tratamiento de una joven
paciente. El doctor Lasch y su socio, el doctor Black, estaban implicados.
Annamarie pensaba que Black había cometido un terrible error, pero no informó
porque Lasch le rogó que callara, con el argumento de que si se filtraba una
palabra sobre la chapuza, destruiría al hospital.
Lucy
levantó la cafetera y se la ofreció a Fran. Ésta negó con la cabeza, y Lucy se
sirvió más café. Dejó la cafetera sobre el quemador y volvió a sentarse.
Contempló su taza de café antes de volver a hablar. Fran sabía que estaba
eligiendo sus palabras con sumo cuidado.
—En
los hospitales ocurren errores involuntarios, señorita Simmons. Todos lo
sabemos. Por lo que Annamarie me dijo, la joven estaba corriendo cuando se
lesionó, y llegó deshidratada al hospital. El doctor Black le administró una
especie de fármaco experimental, en lugar de la solución salina normal, y cayó
en estado vegetativo.
—¡Qué
horror!
—El
deber de Annamarie era informar de ello, pero no lo hizo, a petición del doctor
Lasch. Luego, unos días más tarde, oyó a Black decir al doctor Lasch: «Esta vez
se lo he dado a la persona apropiada. La fulminó al instante.»
—¿Quiere
decir que estaban experimentando deliberadamente con los pacientes? —preguntó
Fran, impresionada por la revelación.
—Sólo
puedo decirle lo que he deducido a partir de lo poco que Annamarie me contó. No
hablaba mucho de eso, y sólo lo hacía si tomaba una copa de vino de más y
necesitaba desahogarse.
Lucy
hizo una pausa y volvió a contemplar la taza.
—¿Había
algo más? —preguntó Fran con suavidad, ansiosa por lograr que continuara
hablando pero sin querer presionar demasiado.
—Sí.
Annamarie me dijo que la noche siguiente a que administraran a la joven el
fármaco incorrecto, murió una señora que había sufrido dos infartos y llevaba
ingresada unos días en el hospital. Annamarie no estaba segura, pero sospechaba
que administraron a la anciana el fármaco experimental, y al parecer era la
«persona apropiada» de la que había hablado Black, porque fue la única que
murió en el hospital aquella semana, y porque Black entraba y salía de la
habitación sin hacer marcas en la gráfica.
—¿Annamarie
no quiso informar sobre aquella muerte?
—No
tenía la menor prueba de ninguna irregularidad en la segunda muerte, y cuando
realizaron análisis a la joven, los resultados no revelaron sustancias
sospechosas. Annamarie habló con Black y le preguntó por qué no había hecho
marcas en la gráfica de la anciana. El doctor le dijo que no sabía a qué se
refería, y le advirtió que, si empezaba a esparcir rumores infundados la
denunciaría por calumnias. Cuando ella le preguntó sobre la joven que estaba en
coma, él dijo que había sufrido un paro cardíaco en la ambulancia.
Lucy
hizo una pausa y volvió a llenarse la taza de café.
—Trate
de comprender. Annamarie creía a pies juntillas que el primer incidente fue una
equivocación involuntaria. Estaba enamorada de Gary Lasch y en aquel momento ya
sabía que estaba embarazada de él, aunque todavía no se lo había dicho. No
quería admitir que estaba relacionado con experimentos irregulares, ni tampoco
quería causar problemas a él o al hospital. Entonces, mientras se debatía sobre
lo que debía hacer, Jack Morrow fue asesinado, y Annamarie se asustó. Creía que
Morrow había empezado a sospechar que algo raro pasaba en el hospital, pero
sólo era una sospecha. Por lo visto, quería darle algo para que lo guardara,
una carpeta con papeles o algo por el estilo, pero no tuvo la oportunidad. Lo
asesinaron antes. Después, dos semanas más tarde, Gary Lasch también fue
asesinado. Para entonces, Annamarie estaba aterrorizada.
—¿Annamarie
dejó de querer al doctor Lasch?
—Al
final. Él la evitaba, y ella empezó a temerle. Cuando le dijo que estaba
embarazada, Lasch le pidió que abortara. De no ser por la prueba del ADN,
estaba segura de que él habría jurado que no era su hijo.
»La
muerte de Jack Morrow supuso un terrible golpe para Annamarie. Aunque mantenía
relaciones con Lasch, creo que siempre quiso a Jack. Cuando me enseñó la foto
de Lasch, dijo: «Estaba obsesionada con él. Provoca ese efecto en las mujeres.
Utiliza a la gente.»
—¿Creía
Annamarie que las irregularidades continuaban en el hospital, incluso después
de que Gary Lasch fuera asesinado?
—No
tenía modo de saberlo. Además, sus energías se concentraron muy pronto en el
niño que llevaba en su seno. Señorita Simmons, rogamos a Annamarie que no se
deshiciera del bebé. La habríamos ayudado a criarlo. Pero lo dio en adopción
porque creía que no era digna de él. Me dijo: «¿Qué le diré a mi hijo, que me
enamoré de su padre, quien fue asesinado por culpa de esa relación? Cuando me
pregunte cómo era su padre, ¿le diré que era un peligro para sus pacientes y
que traicionó a quienes confiaban en él?»
—Annamarie
dijo a Molly que no valía la pena ir a la cárcel por Gary Lasch, ni como médico
ni como marido —dijo Fran.
Lucy
sonrió.
—Muy
propio de Annamarie —dijo.
—No
sabe cuán agradecida le estoy, señora Bonaventure. Sé que esto ha sido muy duro
para usted.
—Sí,
tiene razón, pero le voy a enseñar algo antes de que se vaya. —Lucy entró en el
dormitorio y recogió las fotografías que había dejado sobre el tocador. Se las
enseñó—. Ésta es Annamarie con su bebé. Observe lo joven que era. La familia
adoptiva le envió una foto de cumpleaños durante los cinco primeros años. Éste
es el pequeño al que ella abandonó. Pagó un precio terrible por sus errores.
Espero que, si Molly Lasch es inocente, pueda demostrarlo. Pero dígale que, a
su modo, Annamarie también estuvo encarcelada, una pena autoimpuesta tal vez,
pero llena de dolor y privaciones. Y si quiere saber de quién tenía miedo, está
en lo cierto, no creo que fuera de Molly Lasch. Creo que la persona a la que
temía de verdad era el doctor Peter Black.
69
¿Qué
te pasa, Cal? No has dejado de ladrarme, cuando lo peor que he hecho ha sido
sugerir que te marcharas unos días y jugaras un poco a golf.
—Jenna,
me parece que la simple lectura de los diarios, con las noticias sobre la
muerte de esa enfermera y la detención de Molly, te ayudarían a comprender por
qué estoy desquiciado. Deberías darte cuenta, querida mía, de que una fortuna
se escurrirá entre nuestros dedos si American National consigue hacerse con
esas HMO, y luego lanza una opa hostil sobre Remington. Ambos sabemos que te
casaste conmigo por lo que podía darte. ¿Quieres cambiar a un estilo de vida
más humilde?
—Lamento
mucho haberme tomado el día libre —replicó Jenna. Había seguido a Cal hasta su
despacho, alarmada por la tensión que había mostrado durante el desayuno.
—¿Por
qué no vas a ver a tu amiga Molly? —sugirió Cal—. Estoy seguro de que tus
consuelos la aplacarán.
—La
situación es delicada, ¿verdad, Cal? —repuso Jenna en voz baja—. Voy a decirte
una cosa, no como esposa sino como una luchadora igual que tú. Te conozco. Por
delicada que sea la situación, ya encontrarás una forma de salir bien librado.
Whitehall
emitió una carcajada breve y carente de humor, muy similar a un ladrido.
—Gracias,
Jenna. Era justo lo que necesitaba. No obstante, creo que tienes razón.
—Voy
a ver a Molly. Me quedé preocupada cuando la vi el miércoles por la noche.
Estaba muy deprimida. Cuando hablé con ella ayer, después de que la señora
Barry renunciara a su empleo, estaba muy afectada.
—Ya
me lo dijiste.
—Lo
sé. Y sé que estás de acuerdo con la señora Barry. Tú tampoco querrías estar a
solas con Molly, ¿verdad?
—Exactamente.
—Cal,
la señora Barry dio a Molly veinte pastillas para dormir que habían recetado a
su hijo. Estoy muy preocupada por eso. Temo que, en su estado depresivo, sienta
la tentación de...
—¿De
suicidarse? Una idea maravillosa. Justo lo que el médico le recetó. —Cal desvió
la vista—. No hay problema, Rita, puedes entregarme el correo.
Cuando
la criada entró, Jenna rodeó el escritorio y besó la frente de su marido.
—No
bromees, Cal, por favor. Creo que Molly está pensando en suicidarse. Ya la
oíste la otra noche.
—Me
reafirmo en mi opinión. Se haría un favor si se decantara por esa opción. Y
también haría un favor a un montón de gente.
70
Marta
Jones sabía que sólo Wally podía llamar al timbre de su puerta con tanta
insistencia. Cuando empezaron los timbrazos, estaba en el piso de arriba,
arreglando el armario de la ropa blanca. Bajó corriendo la escalera con un
suspiro, mientras sus rodillas artríticas protestaban en cada peldaño.
Wally
tenía las manos hundidas en los bolsillos y la cabeza gacha.
—¿Puedo
entrar? —preguntó con voz inexpresiva.
—Sabes
que puedes entrar siempre que quieras, querido.
Wally
entró.
—No
quiero irme.
—¿Adónde
no quieres ir, querido?
—A
California. Mamá está haciendo las maletas. Nos vamos mañana por la mañana. No
me gusta ir en coche mucho rato. No quiero ir. He venido a despedirme.
¿California?,
se preguntó Marta. ¿Qué pasa?
—Wally,
¿estás seguro de que tu madre ha dicho California?
—Sí,
California, estoy seguro. —Se removió inquieto e hizo una mueca—. También
quiero despedirme de Molly. No la molestaré, pero no quiero irme sin decirle
adiós. ¿Cree que haré bien si me despido de ella?
—Sí.
—Iré
a verla esta noche —murmuró Wally.
—¿Qué
has dicho, querido?
—He
de irme. Mamá quiere que vaya a mi reunión.
—Buena
idea. Sabes que esas reuniones siempre te gustan, Wally. Escucha, ¿no es tu
madre la que llama?
Marta
abrió la puerta. Edna estaba en los peldaños de su casa, con el abrigo puesto,
mirando a su hijo.
—¡Wally
está aquí! —gritó Marta—. Vamos, Wally. —La curiosidad la impulsó a cruzar el
jardín sin molestarse en coger el abrigo—. Edna, ¿es verdad que os vais a
California?
—Wally,
entra en el coche —suplicó Edna—. Vas a llegar tarde, ya lo sabes.
Wally
obedeció a regañadientes.
—Marta
—susurró—, no sé si acabaremos en California o en Tombuctú, pero sé que he de
irme de aquí. Cada vez que pongo las noticias oigo algo malo sobre Molly. Lo
último es que habrá una reunión especial del comité de libertad condicional el
lunes. El fiscal quiere que le revoquen la condicional. Si eso sucede, tendrá
que cumplir el resto de la condena por el asesinato del doctor Lasch.
Marta
se estremeció.
—Oh,
Edna, lo sé. Lo oí en las noticias de la mañana, y creo que es terrible. Esa
pobre chica debería estar en un manicomio, no en una cárcel. Pero no será eso
lo que te impulsa a marcharte de aquí.
—Lo
sé. Ahora he de irme. Hablaré contigo más tarde.
Cuando
volvió a su casa, Marta estaba helada y decidió que necesitaba una taza de té.
Se lo preparó y lo sorbió poco a poco. Pobre Edna, pensó. Se siente culpable
por haber dejado de trabajar para Molly, pero no tenía elección. Wally ha de
ser su principal preocupación.
Cuando
piensas en ello, se recordó con un suspiro, llegas a la conclusión de que el
dinero no hace la felicidad. Toda la fortuna de la familia Carpenter no podrá
impedir que Molly vaya a la cárcel.
Pensó
en la otra familia importante y acaudalada de Greenwich que había protagonizado
el telediario matinal. Natasha Colbert, que había estado en coma seis años, por
fin había muerto, y su pobre madre, postrada de dolor, había sufrido un infarto
y al parecer no sobreviviría. Quizá Dios le haría un favor si se la llevaba,
pobre mujer, meditó Marta mientras meneaba la cabeza. Tanto dolor...
Subió
para terminar de adecentar el armario. Mientras trabajaba, pensó que a Edna le
daría un ataque si se enterara de que le había dicho a Wally que estaría bien
despedirse de Molly Lasch. Suspiró. Pero no vale la pena que se lo mencione a
Edna, se dijo porque se disgustaría. Ya tiene suficientes problemas. En
cualquier caso, mañana se habrán marchado.
71
Cuando
dejó a la hermana de Annamarie, Fran Simmons permaneció sentada en su coche
unos minutos. Se sentía aturdida. Una cosa era que los doctores Lasch y Black
hubieran administrado un fármaco inadecuado a una paciente, algo que la había
precipitado a un coma irreversible, y después hubieran ocultado su error. Por
terrible que fuera, no tenía comparación con el uso deliberado de un fármaco
experimental para acabar con la vida de un paciente. Por lo visto, eso era lo
que Annamarie Scalli había creído.
Ella
trabajaba allí en aquella época, pero sabía que no podía demostrar sus
sospechas. Así pues, ¿cómo voy a demostrar algo yo?, se preguntó Fran.
Según
su hermana, Annamarie había dicho que Peter Black era la persona que no sólo
había cometido la equivocación, sino que también había matado a la anciana.
¿Había proporcionado eso suficientes motivos para asesinar a Gary Lasch? La
muerte de Lasch eliminaba a un testigo de su crimen. Era posible, decidió. Si
eres capaz de creer que un médico puede matar a sangre fría. Pero ¿por qué?
Hacía
frío en el coche. Fran encendió el motor y subió la calefacción al máximo. No
es el aire lo que me ha helado, pensó, sino que estoy helada por dentro. La
maldad que campea en ese hospital ha causado un gran dolor a numerosas
personas. Pero ¿por qué? ¿Por qué? Molly ha sido castigada por un crimen que no
cometió. Annamarie renunció a su hijo y a su profesión para castigarse. Una
joven fue reducida a un estado vegetativo por culpa de un fármaco experimental.
Era probable que una anciana hubiese muerto prematuramente en el curso de un
experimento.
Y
ésos son sólo los casos que conozco. ¿Cuántos más habrá? Puede que la situación
todavía se prolongue, pensó Molly con un escalofrío. Pero creo que la clave de
todo es la relación, el vínculo o lo que sea entre Gary Lasch y Peter Black. Ha
de existir un motivo para que Lasch trajera a Black a Greenwich y le
convirtiera en socio de un hospital que pertenecía a la familia.
Una
mujer que paseaba a su perro pasó junto al coche y miró a Fran con curiosidad.
Será mejor que me ponga en marcha, pensó. Sabía a donde iría a continuación: a
hablar con Molly, a ver si podía decirle algo sobre la relación entre Lasch y
Black. Si podía resolver ese misterio, tal vez acabaría averiguando qué sucedía
en el hospital.
Camino
de Greenwich, llamó a su despacho para saber si había mensajes, y le dijeron
que Gus Brandt quería hablar con ella urgentemente.
—Antes
de que me pases con él, mira si el departamento de investigación me ha enviado
material sobre Gary Lasch y Peter Black —dijo a su ayudante.
—Está
sobre tu escritorio —contestó la joven—. Tienes para una semana, como mínimo;
la información sobre Calvin Whitehall es voluminosa.
—Ya
estoy impaciente. Gracias. Pásame a Gus, por favor.
Su
jefe estaba a punto de salir a comer.
—Me
alegro de que me hayas localizado, Fran —dijo—. Parece que el lunes por la
tarde irás a ver a tu amiga Molly Lasch a la trena. El fiscal acaba de declarar
que no alberga la menor duda de que su libertad condicional será revocada. En
cuanto sea oficial, Molly volverá a la prisión de Niantic.
—No
pueden hacerle eso —protestó Fran.
—Ya
lo creo que pueden. Y yo creo que lo harán. La primera vez salió bien librada
porque admitió que había asesinado a su marido, pero en cuanto salió libre
empezó a proclamar que no era culpable. Eso significa una violación de la
condicional, nena. Acusada de un nuevo asesinato, ¿qué votarías tú si tuvieras
que decidir acerca de su encarcelamiento? En cualquier caso, prepara un
reportaje para esta noche.
—De
acuerdo, Gus. Hasta luego —dijo Fran con el corazón encogido.
Pensaba
llamar a Molly y decir que necesitaba verla, pero se le había ocurrido una idea
cuando Gus dijo que iba a comer. Susan Branagan, la voluntaria de la cafetería
del hospital Lasch; había comentado que le habían concedido la insignia de los
diez años de servicios, lo cual significa que ya estaba en el hospital cuando
una joven entró en coma irreversible hace más de seis años, pensó Fran. Es un
caso poco frecuente. Tal vez recuerde quién era la joven y qué fue de ella.
Hablar
con la familia de esa joven e intentar obtener detalles sobre su accidente
sería una forma concreta de verificar la historia que Annamarie había contado a
su hermana, pensó Fran. Tal vez sea una conjetura aventurada, pero no
improbable. Espero no tropezarme con el doctor Peter Black, pensó Fran. Le
daría un ataque si supiera que estaba haciendo más preguntas sobre el hospital.
Era
la una y media cuando llegó a la cafetería del hospital. El comedor estaba
repleto, y las voluntarias no daban abasto. Había dos mujeres trabajando detrás
de la barra, pero Fran comprobó, decepcionada, que Susan Branagan no era una de
ellas.
—Hay
un asiento en la barra, o si quiere esperar, va a quedar una mesa libre —dijo
la jefa de comedor.
—Supongo
que la señora Branagan tiene asueto hoy —dijo Fran.
—Oh,
no. Está allí. Hoy sirve las mesas. Mire, ahora sale de la cocina.
—¿Puedo
esperar a que quede libre una de sus mesas?
—Está
de suerte. La que va a quedar ahora está en su zona. Parece que ya está
preparada.
La
jefa de comedor la guió a través de la sala hasta una mesa pequeña y le entregó
el menú. Un momento después, oyó una voz risueña.
—Vaya,
buenas tardes. ¿Ha decidido lo que le apetece, o necesita un poco más de
tiempo?
Fran
levantó la vista y comprobó que Susan Branagan no sólo la recordaba, sino que
sabía quién era.
—Me
alegro de volver a verla, señora Branagan —dijo, con los dedos cruzados.
Susan
Branagan resplandeció.
—No
sabía que estaba hablando con una persona famosa cuando estuvimos charlando el
otro día, señorita Simmons. En cuanto me enteré, empecé a verla en el
telediario de la noche. Me encantan sus reportajes sobre el caso de Molly
Lasch.
—Ya
veo que está muy ocupada, pero me gustaría hablar con usted unos minutos, si no
le importa. Me ayudó mucho el otro día.
—Y
desde que hablamos, esa pobre chica sobre la que me preguntó, la enfermera
Annamarie Scalli, fue asesinada. No puedo creerlo. ¿Piensa que Molly Lasch lo
hizo?
—No,
señora Branagan. ¿Acaba su turno pronto?
—A
las dos. A esa hora la cafetería se vacía. Por cierto será mejor que tome su
pedido.
Fran
echó un vistazo al menú.
—Un
sándwich y un café.
—Bien.
Si no le importa esperar, será un placer hablar con usted más tarde.
Media
hora más tarde, Fran paseó la mirada por la cafetería. Tal como había dicho la
camarera, el local se había vaciado en sus tres cuartas partes. El tintineo de
los platos y el murmullo de las voces había disminuido. Susan Branagan había
despejado la mesa y prometido que volvería en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando
regresó, ya no llevaba su delantal de voluntaria, y sostenía una taza de café
en cada mano.
—Mucho
mejor —suspiró, mientras dejaba los cafés sobre la mesa y se sentaba delante de
Fran—. Como ya le dije, me encanta este trabajo, pero a mis pies no les gusta
tanto como al resto de mi cuerpo. Pero no ha venido aquí para hablar de mis
pies, y acabo de recordar que la peluquera me espera dentro de media hora, así
que dígame en qué puedo ayudarla.
Me
gusta esta mujer, pensó Fran. No le importa ir al grano.
—Señora
Branagan, dijo el otro día que acababan de concederle la insignia por sus diez
años de servicios.
—Exacto.
Y, Dios mediante, algún día recibiré la de los veinte años.
—Ya.
Me gustaría preguntarle sobre algo que sucedió en el hospital hace mucho
tiempo. De hecho, ocurrió poco antes de que los doctores Morrow y Lasch fueran
asesinados.
—Oh,
señorita Simmons, aquí pasan muchas cosas —repuso la señora Branagan—. No estoy
segura de que pueda ayudarla.
—Pero
tal vez recuerde este incidente. Al parecer, una joven fue ingresada después de
sufrir un accidente mientras corría, y cayó en un coma irreversible. Quizá sepa
algo sobre ella.
—¿Algo
sobre ella? —exclamó Susan Branagan—. Está hablando de Natasha Colbert. Ha
estado en nuestra unidad de cuidados intensivos durante años. Murió anoche.
—¿Anoche?
—Sí.
Es muy triste. Sólo tenía veintitrés años cuando tuvo el accidente. Cayó
mientras corría y sufrió un paro cardíaco en la ambulancia. Ya conoce a la
familia Colbert, los propietarios de la gran cadena de periódicos. Son muy
ricos. Después del accidente, sus padres donaron dinero para la unidad de
cuidados intensivos, que ahora lleva su nombre. Mire al otro lado del jardín.
Es aquel edificio de dos pisos tan bonito.
Un
paro cardíaco en la ambulancia, pensó Fran. ¿Quién era el chófer de la
ambulancia? ¿Quiénes los camilleros? Tenía que hablar con ellos. No debería de
ser muy difícil localizarlos.
—Su
madre sufrió un colapso cuando Tasha murió anoche. Ahora está en el hospital, y
tengo entendido que ha sufrido un infarto. —Susan bajó la voz—. ¿Ve a ese
hombre guapo de allí? Es uno de los hijos de la señora Colbert. Tiene dos. Se
turnan para no dejarla sola ni un instante. Éste bajó a comer hace una hora.
Si
la señora Colbert fallece como consecuencia del dolor que le ha causado la
pérdida de su hija, será una víctima más de lo que está pasando aquí, pensó
Fran.
—Es
muy penoso para sus hijos —siguió Susan—. A todos los efectos, perdieron a su
hermana hace más de seis años, pero siempre es duro cuando llega el fin. —Bajó
la voz—. He oído que la señora Colbert se volvió un poco loca cuando Tasha
murió. La enfermera dijo que empezó a chillar y a decir que Tasha había
despertado de su coma y le había hablado, lo cual es imposible, por supuesto.
Afirmó que Tasha había dicho algo como «Doctor Lasch, me enredé con los
cordones de mi bamba y salí volando», y después «Hola, mamá».
Fran
sintió un nudo en la garganta.
—¿La
enfermera estaba en la habitación con la señora Colbert en aquel momento?
—preguntó.
—Tasha
tenía una habitación doble, y la señora Colbert había enviado a la enfermera a
la salita. Quería estar a solas con su hija. Pero cuando Tasha murió, la señora
Colbert no estaba sola. El doctor apareció en el último momento. Dice que no
oyó nada, y que la señora Colbert sufrió alucinaciones.
—¿Quién
era el médico? —preguntó Fran, aunque estaba segura de la respuesta.
—El
director del hospital, Peter Black.
Si
las sospechas de Annamarie eran ciertas más de seis años antes, y si la señora
Colbert estaba en lo cierto sobre lo sucedido anoche, daba para pensar que,
después de acabar con Tasha, Black había continuado experimentando con su
madre, pensó Fran.
Miró
al hombre que Susan había señalado. Ardía en deseos de correr hacia él, de
advertirle que su madre representaba un peligro para Peter Black y que debía
sacarla del hospital antes de que fuera demasiado tarde.
—Ah,
ahí viene el doctor Black —dijo Susan—. Se dirige hacia el señor Colbert.
Espero que no sean malas noticias.
Black
habló en voz baja con el hombre, el cual asintió, se levantó y le siguió fuera
de la sala.
—Oh,
Señor —dijo la señora Branagan—. Seguro que son malas noticias.
Fran
no contestó. Antes de salir, el doctor Black la vio e intercambiaron una
mirada. Sus ojos eran fríos, amenazadores. No eran los ojos de un médico.
Acabaré
contigo, pensó Fran. Aunque sea lo último que haga, acabaré contigo.
72
Siempre
que se precipitaba una crisis, Calvin Whitehall poseía la envidiable virtud de
eliminar todo rastro de frustración y rabia de su ánimo. La llamada que recibió
de Peter Black a las cuatro y media de aquella tarde puso a prueba dicha capacidad.
—A
ver si lo he entendido bien —dijo—. ¿Me estás diciendo que Fran Simmons estaba
en la cafetería del hospital hablando con una voluntaria cuando fuiste a
decirle al hijo de Barbara Colbert que su madre había muerto?
Era
una pregunta retórica.
—¿Hablaste
con la voluntaria y le preguntaste acerca de su conversación con Fran Simmons?
Peter
Black estaba llamando desde la biblioteca de su casa, y sostenía su segundo
whisky en la mano.
—La
señora Branagan se había marchado cuando pude dejar a los hijos de la señora
Colbert sin quedar mal. Telefoneé a su casa cada cuarto de hora hasta que la
localicé. Había ido a la peluquería.
—No
me interesa adónde había ido —replicó Whitehall con frialdad—. Me interesa lo
que contó a la Simmons.
—Estuvieron
hablando sobre Tasha Colbert. La Simmons le preguntó si sabía algo acerca de
una joven paciente que había sufrido un accidente y caído en un coma
irreversible hacía más de seis años. Al parecer, la señora Branagan le contó
todo lo que sabía sobre el caso.
—¿Incluyendo
la afirmación de Barbara Colbert de que había oído hablar a su hija antes de
morir?
—Sí,
Cal. ¿Qué vamos a hacer?
—Voy
a salvar tu pellejo. Tú vas a acabar tu copa. Ya hablaremos más tarde. Adiós,
Peter.
Apenas
se oyó el ruido del auricular al ser colgado. Peter Black apuró su bebida y
volvió a llenarse el vaso.
Calvin
Whitehall permaneció sentado durante varios minutos, mientras consideraba y
rechazaba diversas estrategias. Al cabo tomó una decisión, la analizó a fondo y
comprendió que de esa manera eliminaría dos de sus problemas: West Redding y
Fran Simmons.
Llamo
a West Redding. El teléfono sonó doce veces antes de que alguien contestara.
—Calvin,
he estado viendo la cinta. —La voz del médico parecía casi juvenil debido a la emoción—.
¿Te das cuenta de lo que hemos logrado? ¿Has hecho los preparativos para la
rueda de prensa?
—Para
eso le llamaba, doctor —dijo Cal con tono afable—. Usted no ve la televisión,
así que no sabe de qué estoy hablando, pero hay una joven que está adquiriendo
fama a nivel nacional como periodista de investigación, y estoy haciendo
gestiones para que vaya a hacerle una entrevista preliminar. Sabe que hemos de
mantener un secreto absoluto, pero empezará a preparar un especial de media
hora que se emitirá dentro de una semana. Ha de comprender que es esencial
estimular el interés público, para que cuando este asombroso descubrimiento
científico salga a la luz, el programa sea visto por una enorme audiencia
nacional. Todo será planeado con suma meticulosidad.
Whitehall
recibió la respuesta que esperaba.
—Estoy
muy complacido, Calvin. Soy consciente de que podemos toparnos con algunos
problemas legales, pero eso carece de importancia, teniendo en cuenta la
magnitud de mi descubrimiento. A los setenta y seis años de edad, quiero que
reconozcan mis logros, antes de que mi tiempo se termine.
—Así
será, doctor.
—Aún
no me has dicho el nombre de esa joven.
—Simmons,
doctor. Fran Simmons.
Calvin
colgó y pulsó el botón del intercomunicador que le conectaba con el apartamento
del garaje.
—Sube,
Lou —ordenó.
Aunque
Calvin no había anunciado planes para aquella noche, y Jenna se había marchado
en su coche, Lou Knox había esperado la llamada. Había visto y oído lo
suficiente para saber que Cal estaba teniendo serios problemas, y que tarde o
temprano le llamaría para ayudarle a solucionarlos.
Estaba
en lo cierto, como de costumbre.
—Lou
—dijo Cal con tono casi cordial—, el doctor Logue se ha convertido en un grave
problema, al igual que Fran Simmons.
Lou
esperó.
—Lo
creas o no, voy a facilitar una entrevista a la señorita Simmons con el buen
doctor. Creo que no deberías estar muy lejos cuando tenga lugar. El doctor
Logue guarda muchos productos combustibles en su laboratorio de la granja. El
laboratorio está en la segunda planta, pero hay una escalera exterior que lo
comunica con un amplio balcón trasero. La ventana que da a ese balcón siempre
está un poco abierta a efectos de ventilación. ¿Me sigues, Lou?
—Sí,
Cal.
—Señor
Whitehall, Lou, por favor. Podrías olvidarte delante de alguien.
—Lo
siento, señor Whitehall.
—En
el laboratorio hay una bombona de oxígeno. Estoy seguro de que un tipo tan
listo como tú podría pegar fuego a la habitación, bajar la escalera y alejarse
de la casa antes de que la bombona estalle. ¿No crees?
—Sí,
señor Whitehall.
—La
misión puede llevarte varias horas, pero serás recompensado con generosidad,
por supuesto. Ya lo sabes.
—Sí,
señor.
—Le
he estado dando vueltas a la mejor forma de convencer a la señorita Simmons de
que vaya a la granja. Su visita hay que mantenerla en el más estricto secreto.
Por lo tanto, creo que debería recibir un soplo estimulante, preferentemente de
una fuente anónima. ¿Me sigues?
Lou
sonrió.
—Yo.
—Exacto.
¿Qué dices, Lou?
«¿Qué
dices?» era el toque humorístico habitual de Cal cuando sabía que un buen plan
iba a llevarse a la práctica.
—Ya
me conoce —dijo Lou, evitando pronunciar el nombre de Cal—. Me gusta jugar al
espía doble.
—Lo
has hecho bien otras veces. Esta vez debería de ser muy fácil. Y provechoso,
Lou. No lo olvides.
Mientras
intercambiaban una sonrisa, Lou pensó en el padre de Fran Simmons y en el soplo
que Lou le había pasado, diciendo que había oído a Cal hablar del alza
espectacular que iban a experimentar de la noche a la mañana ciertas acciones.
Y también pensó en los cuarenta mil dólares que Simmons había tomado a toda
prisa del fondo para la biblioteca, convencido de que los devolvería en pocos
días. Lo que impulsó a Simmons a quitarse la vida fue una segunda retirada de
fondos, con su firma falsificada, que elevó el déficit a cuatrocientos mil
dólares. Sabía que, después de admitir la primera retirada ilegal, nadie lo
creería inocente de la segunda.
Cal
fue muy generoso en aquella ocasión, recordó Lou. Le había permitido quedarse
con los primeros cuarenta mil dólares que Simmons le había entregado junto con
los certificados de un paquete de acciones sin valor.
—Bien,
me parece lo más apropiado que sea yo quien llame a Fran Simmons, señor —dijo
Lou a su antiguo compañero de colegio.
73
En
cuanto Fran salió del hospital, telefoneó a Molly desde el coche.
—He
de verte cuanto antes —dijo.
—Aquí
estaré. Pásate. Jenna está conmigo, pero tiene que marcharse pronto.
—Espero
llegar a tiempo. He intentado fijar una cita para hablar con ella y su marido.
Estaré ahí en un par de minutos.
Tengo
el tiempo justo, pensó Fran mientras consultaba su reloj y calculaba que debía
volver a Nueva York antes de media hora, pero quiero ver con mis propios ojos
cómo se encuentra Molly. Habrá recibido la noticia de que el lunes se celebra
la reunión extraordinaria de la junta de libertad condicional. Pensó que, si
Jenna estaba allí, no podría preguntar a Molly por qué Gary Lasch había
invitado a Peter Black a compartir la dirección del hospital. Jenna se lo
comentaría a su marido. Claro que, comprendió, teniendo en cuenta su historia,
Molly contaría a Jenna lo que hablasen.
A
las tres menos diez, Fran llegó a casa de Molly. Había un Mercedes descapotable
aparcado delante de la puerta. Debía de ser el coche de Jenna.
Hace
años que no la veo, pensó Fran. ¿Seguirá tan guapa como entonces? Por un
momento la invadió la vieja sensación de insuficiencia, mientras recordaba los
años que había vivido en Greenwich y acudido a la escuela del pueblo.
Cuando
estaban en la academia Cranden, todo el mundo sabía que la familia de Jenna no
tenía dinero. Jenna solía decir en broma: «Mi bisabuelo ganó mucha pasta y sus
descendientes se la pulieron toda.» Pero nadie discutía su linaje de sangre
azul. Al igual que los antepasados de Molly, los de Jenna habían sido colonos
ingleses de finales del siglo XVII, que llegaron a Boston como acaudalados
representantes de la Corona, al contrario que la mayor parte de los emigrantes,
que confiaban en ganarse la vida trabajando duramente en el Nuevo Mundo.
Molly
abrió la puerta cuando Fran bajó del coche. Era evidente que había estado
vigilando su llegada. Su aspecto asustó a Fran. Estaba pálida como un muerto y
tenía grandes ojeras bajo los ojos.
—Hora
de reunión —dijo—. Jenna ha esperado para verte.
Jenna
estaba en el estudio, examinando unas fotografías. Se levantó de un brinco
cuando vio a Fran.
—Volveremos
a encontrarnos —canturreó, mientras atravesaba corriendo la sala para
abrazarla.
—No
me recuerdes aquella estúpida historia —repuso Fran con una mueca exagerada.
Después de un breve abrazo, retrocedió—. Oye, Jenna, ¿no es hora ya de que
empieces a ajarte un poco?
El
aspecto de Jenna era espectacular. Su cabello castaño oscuro caía con
desenvuelta majestuosidad hasta un punto situado justo encima del cuello de su
chaqueta. Sus enormes ojos color avellana brillaban. Su cuerpo esbelto se movía
con un aire, en apariencia inconsciente, de elegancia descuidada, como si la
belleza que poseía y los cumplidos que recibía por ella lo fueran por mérito
propio.
Por
un instante, Fran creyó que el reloj había retrocedido. Cuando más cerca estuvo
de Molly y Jenna durante aquellos cuatro años en la academia, fue el tiempo que
trabajaron juntas en el anuario. Hoy, esa sala le recordaba el despacho del
anuario, con montañas de papeles y carpetas, fotografías esparcidas y pilas de
revistas antiguas.
—Ha
sido un día muy provechoso —dijo Molly—. Jenna llegó a las diez y no se ha
movido desde entonces. Hemos examinado todo lo que había en el escritorio de
Gary y en las estanterías. Nos hemos deshecho de un montón de cosas.
—No
ha sido un día muy divertido, pero ya habrá tiempo para distracciones más
adelante, ¿verdad, Fran? —dijo Jenna—. Cuando esta pesadilla haya terminado,
Molly irá a la ciudad y se quedará en el apartamento conmigo. Vamos a pasar
varios días en el maravilloso salón de belleza que he descubierto, para que nos
mimen hasta lo indecible. Iremos de compras hasta hartarnos y después
recorreremos los mejores restaurantes de Nueva York. Le Cirque 2000 será
nuestro punto de partida.
Hablaba
con tal confianza que por un momento Fran llegó a creerla, hasta el punto de
experimentar la sensación de haber sido excluida y desear apuntarse. Sombras
del ayer una vez más, pensó.
—He
dejado de creer en los milagros, pero si ese milagro se produjera, Fran será
una de las invitadas —dijo Molly—. Sin vuestro apoyo no habría aguantado tanto.
—Lo
conseguirás, te lo prometo, por mi honor de esposa de Cal el Todopoderoso
—sonrió Jenna—. A propósito, Fran, temo que la fusión le tiene muy ocupado y
nervioso al mismo tiempo, lo cual da como resultado una combinación
terrorífica. Puedo reunirme contigo casi cualquier día de la semana que viene,
pero sería mejor que aplazaras la entrevista con él.
Abrazó
a Molly.
—He
de irme, y creo que Fran quiere estar un rato a solas contigo. Me alegro mucho
de volverte a ver, Fran. Hasta la semana que viene, ¿de acuerdo?
—Perfecto.
Molly
acompañó a Jenna a la puerta. Cuando volvió al estudio, Fran dijo:
—Molly,
he de regresar a Nueva York ahora mismo, de modo que no me andaré con rodeos.
Ya te habrás enterado de que el lunes se celebra una reunión extraordinaria de
la junta de libertad provisional, supongo.
—Oh,
sí, no sólo me he enterado, sino que he recibido una citación para asistir. —El
rostro y la voz de Molly transmitían serenidad.
—Sé
lo que estás pensando, pero no te precipites. Te aseguro que habrá novedades.
Ayer hablé con la hermana de Annamarie y me contó cosas espeluznantes sobre el
hospital Lasch. Están relacionadas con tu marido y con Peter Black.
—Peter
Black no mató a Gary. Eran carne y uña.
—Molly,
si la mitad de mis sospechas sobre Peter Black son ciertas, es un hombre
malvado, capaz de cometer cualquier crimen. Necesito saber algo, y confío en
que tengas la respuesta. ¿Por que invitó tu marido a Black a trasladarse aquí y
compartir la dirección del hospital? Sé algunas cosas acerca de Black. Era un
médico mediocre y no contribuyó a la operación ni con un centavo. Nadie regala
la mitad de un hospital a un antiguo compañero de colegio, y creo que Gary y
Black ni siquiera eran eso.
—Peter
ya estaba en el hospital cuando empecé a salir con Gary. El tema nunca salió a
colación.
—Me
lo temía. Molly, no sé lo que estoy buscando, pero hazme un favor y deja que
eche un vistazo a los archivos de Gary antes de tirarlos. Tal vez encuentre
algo útil.
—Como
quieras —dijo Molly con indiferencia—. Ya he trasladado al garaje tres bolsas
de basura llenas. Las volveré a entrar. ¿Te interesan las fotos?
—De
momento guárdalas. Quizá nos sirva alguna para el programa.
—Ah,
sí, el programa —suspiró Molly—. ¿De verdad fue hace diez días cuando te pedí
que emprendieras una investigación que demostrara mi inocencia? Ay, la
ingenuidad del cordero —dijo con una triste sonrisa.
Ha
renunciado a toda esperanza, pensó Fran. Sabe que todas las posibilidades
apuntan a que el lunes volverá a la cárcel para cumplir el resto de su condena
de diez años, y eso antes de que empiece el nuevo juicio por el asesinato de
Annamarie Scalli.
—Molly,
mírame.
—Te
estoy mirando, Fran.
—Has
de confiar en mí. Creo que el asesinato de Gary es uno más en una serie de
crímenes que tú no pudiste cometer ni cometiste. Créeme, voy a demostrarlo, y
cuando lo haga, tu nombre quedará limpio por completo. —Tiene que creerme,
pensó Fran, con la esperanza de que su tono hubiera sido convincente. No cabía
duda de que Molly se estaba hundiendo en una oscura depresión.
—Y
después, me someteré a un cambio de imagen y comeré en los mejores restaurantes
de Nueva York. —Hizo una pausa y meneó la cabeza—. Jenna y tú sois grandes
amigas, pero creo que ambas mezcláis realidad y ficción. Temo que mi destino
está sellado.
—Molly,
he de irme a preparar la retransmisión de esta noche. No tires nada de esto,
por favor.
Fran
echó un vistazo a las fotografías esparcidas en el sofá y tuvo la impresión de
que Gary Lasch aparecía en casi todas.
Molly
reparó en que Fran estaba mirando las fotos.
—Jenna
y yo nos abandonamos a los recuerdos antes de que llegaras. Los cuatro pasamos
muy buenos momentos juntos, o al menos eso pensaba yo. Sólo Dios sabe lo que mi
amante esposo pensaba en aquellos momentos. Algo como: «Caramba, una noche más
con una esposa aburrida.»
—¡Basta,
Molly! ¡Basta de zaherirte! —rogó Fran.
—¿Zaherirme?
¿Para qué? Todo el mundo está en ello. No hace falta que les ayude. Fran, has
de volver a Nueva York, así que vete. No te preocupes por mí. Por cierto, ¿te
sirven de algo esas revistas antiguas? Les eché un vistazo, pero sólo contienen
artículos médicos. Se me ocurrió leerlos, pero mi curiosidad intelectual se ha
evaporado.
—¿Escribió
Gary alguno de esos artículos?
—No.
Sólo señaló lo que le interesaban.
Lo
que interesaba a Gary Lasch como médico también me interesa a mí, pensó Fran.
—Me
las llevo —dijo—. Las examinaré y luego las tiraré.
Se
agachó y recogió la pila del suelo.
Molly
abrió la puerta principal. Fran se detuvo un momento desgarrada entre la
necesidad de irse y la reticencia a dejar a Molly en aquel estado de
abatimiento.
—¿Algún
recuerdo nuevo, Molly?
—Pensaba
que sí, pero como todo lo demás, nada importante. Lo único que sé es que el
lunes tendré derecho a cuatro años y medio más de alojamiento y manutención
gratuitos, eso sin contar la sentencia por el asesinato de Annamarie.
—¡No
te rindas, Molly!
No
te rindas, Molly, se repetía Fran una y otra vez, al tiempo que consultaba con
mirada preocupada el reloj del salpicadero, mientras se abría paso entre un
tráfico más denso de lo habitual en dirección a Nueva York.
74
No
quiero ir a California, mamá. —El tono de Wally era cada vez más beligerante a
medida que transcurría el día.
—Wally,
no vamos a hablar de eso, así que olvídalo —contestó con firmeza su madre.
Edna
vio impotente que su hijo salía de la cocina como una exhalación y subía la
escalera. Todo el día se había negado a tomar su medicina, y ella estaba muy
preocupada.
He
de sacarle de aquí, pensó. Pondré un poco de la medicación en un vaso de leche
caliente cuando se acueste. Eso le ayudará a dormir y a calmarse.
Miró
el plato intacto de Wally. Por lo general, su hijo gozaba de buen apetito, y
esta noche, en un esfuerzo por aplacarle, ella había preparado su plato
favorito: chuletas de ternera con espárragos y puré de patatas. Pero en lugar
de comer, Wally se había quedado sentado a la mesa, mascullando para sí con
actitud hosca. Las voces de su cabeza le están hablando, pensó Edna, y eso la
preocupó más.
El
teléfono sonó. Seguramente era Marta. Debía tomar una decisión rápida. Habría
sido estupendo compartir una tranquila taza de té con Marta, pero esa noche no
era una buena idea. Si Wally empezaba a hablar otra vez sobre la llave y sobre
la noche que el doctor Lasch murió, quizá Marta acabaría tomándole en serio.
Deben
de ser imaginaciones suyas, se dijo, algo que temía cada vez que Wally hablaba
de la noche del asesinato. ¿Y si no eran sólo imaginaciones suyas?, se preguntó
por un momento. No podía ser. Aunque Wally hubiera estado allí, lo sucedido
aquella noche no había sido culpa suya. El teléfono sonó por cuarta vez, de
modo que al final contestó.
A
Marta Jones le había costado un gran esfuerzo marcar el teléfono de Edna, pero
había decidido advertir a Edna acerca de que había alentado a Wally a
despedirse de Molly Lasch. Pensaba sugerirle que mañana por la mañana, cuando
se fueran de la ciudad, Edna pasara por casa de Molly y dejara que Wally
hablara con ella. Eso le gustaría, Marta estaba segura.
Cuando
Edna contestó, Marta dijo:
—Pensaba
ir a tu casa para despedirme de vosotros, si te parece bien.
Edna
tenía la respuesta preparada.
—Marta,
la verdad es que aún no he hecho las maletas, de modo que... ¿Qué te parece si
vienes por la mañana a desayunar con nosotros?.
Bueno,
no puedo imponerle mi presencia, pensó Marta, y además tiene voz de cansada. No
quiero importunarla.
—Estupendo
—dijo con forzada alegría—. Espero que Wally te esté ayudando.
—Wally
ha subido a su cuarto y está viendo la televisión. Ha tenido uno de sus días
difíciles, así que le voy a dar una dosis extra de su medicina con leche
caliente, y se la subiré ahora mismo.
—Ah,
entonces seguro que se tranquiliza —dijo Marta—. Hasta mañana.
Colgó,
aliviada al saber que Wally estaba en su habitación y pronto se dormiría.
Supongo que ha desistido de ir a ver a Molly esta noche, pensó. Una cosa menos
de qué preocuparse.
75
Entre
las noticias principales del telediario de la noche se encontraban la muerte de
Natasha Colbert, después de seis años en coma irreversible, seguida por la
muerte, menos de veinticuatro horas más tarde, de su madre, la filántropa y
miembro de la alta sociedad Barbara Canon Colbert.
Fran
estaba sentada ante su mesa del estudio y miraba con ojos sombríos las imágenes
que destellaban en la pantalla: Tasha, radiante y viva, con su cabello rojo
flamígero; y su elegante y hermosa madre. Peter Black os mató a las dos, pensó
Fran, aunque puede que jamás consiga demostrarlo.
Había
hablado con Philip Matthews, y el abogado le había comunicado su agorera
predicción de que, casi con toda seguridad, Molly volvería a la cárcel el
lunes.
—Hablé
con ella poco después de que la dejaras, Fran —dijo Philip—. Después llamé al
doctor Daniels. Irá a verla esta noche. Ha reconocido que, si la mandan de
nuevo a la cárcel el lunes, es muy probable que se derrumbe. Yo estaré con
ella, por supuesto, y él también quiere estar presente.
Ésta
es la primera vez que odio mi trabajo, pensó Fran mientras recibía la señal de
que estaba en antena.
—La
junta de libertad condicional de Connecticut ha convocado una sesión
extraordinaria para el lunes por la tarde, y ha insinuado la posibilidad de que
Molly Lasch sea devuelta a la cárcel para cumplir el resto de su condena de
diez años por el asesinato de su marido, el doctor Gary Lasch.
Terminó
el reportaje diciendo:
—En
este país, durante el pasado año, tres asesinos convictos fueron exculpados de
los crímenes por los que habían sido encarcelados, debido a la aparición de
nuevas pruebas o a la confesión de los verdaderos culpables. El abogado de
Molly Lasch ha prometido no cejar en su empeño de revocar o anular la confesión
voluntaria de culpabilidad de su cliente, así como de demostrar que Molly Lasch
es inocente de la acusación de asesinato por la muerte de Annamarie Scalli.
Fran
se desenganchó el micrófono con un suspiro de alivio y se levantó. Había
llegado a la emisora justo a tiempo de ir a maquillaje y ponerse la chaqueta.
Apenas había tenido ocasión de saludar con un ademán a Tim mientras corría
hacia el estudio. Ahora, Tim la llamó.
—Espérame,
Fran. Quiero hablar contigo.
Fran
había dejado sobre su escritorio las revistas que Molly le había dado. Ahora,
mientras esperaba a Tim, empezó a examinar el material sobre Lasch y Whitehall
solicitado al departamento de investigación.
Las
páginas sobre Calvin Whitehall y el doctor Gary Lasch eran muy detalladas y
minuciosas. Da la impresión de que investigación ha puesto toda la carne en el
asador, pensó agradecida. Esta noche voy a leer hasta la madrugada.
—Parece
que vas a leer hasta la madrugada.
Fran
levantó la vista. Tim estaba en la puerta.
—Piensa
en un deseo, rápido —le dijo—. Acabas de decir exactamente lo que yo estaba
pensando, y cuando eso ocurre, tus deseos se cumplen.
—No
lo sabía, pero es fácil: me gustaría que tomaras una hamburguesa conmigo
—propuso con una sonrisa—. Hoy he hablado con mi madre por teléfono, y cuando
le dije que dejé que pagaras la cena de la otra noche, me puso de vuelta y
media. Dijo que no estaba de acuerdo con que hombres y mujeres paguen a escote,
a menos que se trate de una comida de negocios o un caso de extrema necesidad
económica. Dijo que con mi paga y la falta total de responsabilidades no
debería ser tan tacaño. —Sonrió—. Creo que tenía razón.
—Yo
no estoy tan segura, pero sí, me gustaría tomar una hamburguesa, si no te
importa que sea rápida. —Fran indicó las pilas de revistas y carpetas—. He de
empezar a revisarlo esta misma noche.
—Me
supo mal cuando me enteré de la reunión extraordinaria de la junta de libertad
condicional. No pinta bien para Molly, ¿verdad?
—No,
nada bien.
—¿Cómo
va la investigación?
Fran
vaciló.
—Algo
muy extraño, incluso siniestro, está pasando en el hospital Lasch, pero debo
admitir que no tengo la menor prueba, y que ni siquiera debería hablar de ello.
—Tal
vez deberías olvidarlo por un rato —sugirió Tim—. ¿P. J. te va bien?
—De
acuerdo, y sólo está a dos minutos de casa.
Tim
recogió las revistas y demás material del escritorio.
—¿Quieres
llevarte todo eso?
—Sí.
Le voy a dedicar todo el fin de semana.
—Suena
divertido. Vámonos.
Mientras
comían sus hamburguesas en P. J. Clarke, hablaron de béisbol, el comienzo de
los entrenamientos de primavera, así como los puntos fuertes y débiles de
varios equipos y jugadores.
—Tendré
que ir con cuidado —dijo Tim mientras pagaba la cuenta—. Podrías apoderarte de
la sección de deportes.
—Tal
vez haría un trabajo mejor que el que hago ahora —contestó con ironía Fran.
Tim
insistió en acompañarla a su apartamento.
—No
permitiré que cargues con todo eso —dijo—. Te romperías el brazo. Te aseguro
que me iré enseguida.
Cuando
salieron del ascensor en su planta, Fran le comentó las muertes de Natasha y
Barbara Colbert.
—Por
las mañanas suelo correr —explicó Tim—. Hoy, mientras lo hacía, pensé en que
Natasha Colbert salió una mañana a correr, igual que yo, tropezó y encontró su
fin.
¿Tropezó
con un cordón de la bamba desanudado?, pensó Fran mientras abría la puerta.
Encendió la luz.
—¿Dónde
quieres que lo deje? —preguntó Tim.
—Encima
de la mesa, por favor.
Él
depositó el material y se volvió.
—Creo
que pensé en Tasha Colbert porque ingresó en el hospital cuando mi abuela
estaba allí.
—Ah,
¿sí?
Tim
salió al pasillo.
—Sí.
Yo había ido a ver a mi abuela la tarde que la ingresaron por el paro cardíaco.
Estaba a dos habitaciones de mi abuela. Mi abuela murió al día siguiente.
—Guardó silencio un momento, y después se encogió de hombros—. Bien. Buenas
noches, Fran. Pareces cansada. No trabajes hasta muy tarde.
Se
marchó sin advertir la expresión apenada de Fran. Ella cerró la puerta y se
apoyó contra la hoja. Estaba segura de que la abuela de Tim era la anciana a la
que Annamarie Scalli se había referido, la paciente enferma del corazón que, en
un principio, iba a recibir el fármaco experimental que acabó con Tasha Colbert
y que, una noche después, le fue administrado.
76
Molly,
antes de irme voy a darte un sedante para que duermas toda la noche —dijo el
doctor Daniels.
—Como
quiera, doctor —dijo ella con indiferencia.
Estaban
en el salón.
—Iré
a buscar un vaso de agua —dijo Daniels. Se levantó para ir a la cocina.
Molly
pensó en el frasco de somníferos que había dejado sobre la encimera.
—El
grifo del bar está más cerca, doctor —dijo a toda prisa.
Él
la estaba observando cuando ella se introdujo la pastilla en la boca y la tragó
con agua.
—Me
encuentro bien, de veras —dijo.
—Te
encontrarás todavía mejor después de un buen sueño. Vete a la cama ahora mismo.
—Lo
haré. —Le acompañó hasta la puerta—. Son más de las nueve. Lo siento. Le he
estropeado todas las veladas de la semana, ¿verdad?
—No
has estropeado nada. Hablaremos mañana.
—Gracias.
—Recuerda:
vete a la cama ahora mismo, Molly. Tendrás sueño muy pronto.
Ella
esperó, y cuando estuvo segura de que él ya se había alejado, cerró la puerta
con doble llave y bajó la falleba. Esta vez el ruido le resultó familiar e
inofensivo.
Me
lo imaginé todo, pensó. El sonido, la sensación de que había alguien más en
casa aquella noche. Lo recuerdo así porque así deseaba que fuera.
¿Había
apagado todas las luces del estudio? No se acordaba. La puerta estaba cerrada.
La abrió y tanteó en busca del interruptor. Cuando la luz iluminó la
habitación, algo que se estaba moviendo delante de la ventana llamó su
atención. ¿Había alguien fuera? Sí. A la luz de la lámpara del estudio, vio a
Wally Barry en el jardín, a escasa distancia de la ventana, mirándola. Molly
lanzó un grito y dio media vuelta.
Y de
pronto el estudio se le antojó diferente. Estaba chapado otra vez, como
antes... Y Gary estaba allí, dándole la espalda, caído sobre el escritorio, con
la cabeza empapada en sangre.
De
un corte profundo en la cabeza, manaba abundante sangre que empapaba su
espalda, mojaba el escritorio y caía al suelo.
Molly
intentó gritar, pero no pudo. Se volvió y buscó a Wally con la mirada para
pedirle ayuda, pero se había ido. Sus manos, su cara, su ropa, estaban
cubiertas de sangre.
Aterrorizada,
salió de la habitación dando tumbos, subió la escalera y se desplomó en la
cama.
Cuando
despertó, doce horas más tarde, todavía atontada por los efectos de la
pastilla, comprendió que el vívido horror recordado sólo era una parte de la
insoportable pesadilla en que su vida se había convertido.
77
Fran
sabía que, si intentaba leer en la cama, se dormiría, de modo que se puso un
pijama viejo y cómodo, y después se instaló en su butaca de cuero, con los pies
sobre el almohadón. En primer lugar se dedicó al expediente de Gary Lasch.
Parece un Beaver Cleaver algo sofisticado, pensó. Asistió a un buena escuela
preparatoria y a una buena universidad, pero no de la prestigiosa Ivy League.
Supongo que no pudo permitírsela. Terminó la universidad con notas discretas, y
acabó sus estudios en la Meridian Medical School de Colorado. Con
posterioridad, fue a trabajar con su padre. Poco después, su padre murió, y
Gary fue nombrado director del hospital.
Y
entonces fue cuando empezó a brillar, observó Fran. Compromiso con la joven de
la alta sociedad Molly Carpenter. Más y más artículos sobre el hospital Lasch y
su carismático director general. Después, artículos sobre Gary y su socio Peter
Black, que fundaron la compañía de seguros médicos Remington junto con el
financiero Calvin Whitehall.
A
continuación, su deslumbrante boda con Molly. Luego, recortes sobre la guapa
pareja: Gary y Molly en fiestas y bailes de caridad y otros acontecimientos
sociales.
Había
intercalados más artículos sobre el hospital y la HMO, y noticias sobre las
conferencias que Gary había pronunciado en congresos médicos. Fran leyó
algunas. La perorata habitual, pensó, y las dejó a un lado.
El
resto de la carpeta de Gary Lasch estaba relacionado con su muerte. Montones de
artículos sobre el asesinato, el juicio, Molly.
Fran,
muy a su pesar, admitió que en todo el material no se detectaba el menor
indicio de que el doctor Lasch fuera algo más que un médico normal, lo bastante
listo para hacer una buena boda e introducirse en el circo de las compañías de
seguros médicos. Hasta que fue asesinado, por supuesto.
Bien,
vamos con el todopoderoso Calvin Whitehall, se dijo con un suspiro. Cuarenta
minutos más tarde, con los ojos irritados de cansancio, pensó que Whitehall era
muy diferente. El mejor adjetivo para describirle no es «todopoderoso» sino
«despiadado». Es un milagro que aún no le hayan metido en la cárcel, se dijo.
La
lista de querellas presentadas contra Whitehall a lo largo de los años ocupaba
varias páginas. Las notas informaban de que en algunas se había llegado a un
acuerdo «mediante una cantidad no especificada», mientras que la mayoría habían
sido desechadas o resueltas con un veredicto favorable a Whitehall.
Había
muchos artículos recientes sobre la previsible adquisición de varias HMO
pequeñas por Remington Health Management, y también se hacía mención a la
posibilidad de una opa hostil a Remington.
Ese
proyecto de fusión está en peligro, reflexionó Fran mientras continuaba
leyendo. Whitehall tiene mucho dinero, pero según estos artículos, algunos de
los principales accionistas de su competidor, American National, también son
poderosos. Por lo que veo aquí, todos creen que el futuro de la medicina en
este país exige la tutela del presidente de American National, el ex secretario
de Sanidad. Si estas citas son fidedignas, lograrán que esto suceda.
Al
contrario que el de Gary Lasch, el expediente de Calvin Whitehall no contenía
una larga lista de obras de caridad ni patronazgos. Sin embargo, había un dato
curioso: Whitehall había sido miembro del comité de recaudación de fondos para
la biblioteca junto con su padre. Su nombre se mencionaba en artículos
periodísticos de la carpeta dedicada al robo. Nunca lo supe, pensó Fran. Pero
por entonces era una cría. Mamá no me habló del robo, y ella y yo nos fuimos de
Greenwich poco después de que papá se suicidara.
Los
artículos incluían varias instantáneas de su padre. Los pies de foto no eran
halagadores.
Fran
se acercó a la ventana. Pasaba la medianoche, y aunque en muchos apartamentos
había luces encendidas, estaba claro que la ciudad se disponía a dormir.
Cuando
consiga la entrevista con Whitehall, voy a hacerle algunas preguntas muy
directas, pensó irritada. Por ejemplo, ¿cómo logró papá robar tanto dinero del
fondo sin que nadie se diera cuenta? Tal vez él sepa decirme dónde puedo
encontrar registros que revelen si papá se apoderó del dinero poco a poco o de
golpe.
Calvin
Whitehall es un financiero, se dijo. Ya en aquella época era un hombre rico.
Debería darme algunas respuestas sobre mi padre, o al menos decirme dónde
encontrarlas.
Pensó
en acostarse, pero decidió echar un vistazo a algunas de las revistas que Molly
le había dejado. Miró las fechas de las portadas. Molly había dicho que eran
antiguas, pero Fran se quedó sorprendida al comprobar que algunas se remontaban
a veinte años atrás. Las más recientes eran de hacía trece años.
Miró
primero las más viejas. En la página del índice estaba subrayado un artículo
titulado «Una petición de sensatez». El nombre del autor le sonaba vagamente,
pero quizá estaba equivocada. Empezó a leer. No me gustan las opiniones de este
tipo, pensó horrorizada.
La
segunda revista, de dieciocho años antes, contenía un artículo del mismo autor.
Se titulaba «Darwin, la supervivencia de los más aptos y la condición humana en
el tercer milenio». Incluía una fotografía del autor, profesor de investigación
en la Meridian Medical School. Aparecía en el laboratorio con dos de sus
estudiantes más prometedores.
Los
ojos de Fran se abrieron de par en par cuando relacionó la cara del profesor
con el nombre que le sonaba, y después reconoció a los dos estudiantes.
—¡Bingo!
—exclamó—. Esto lo explica todo.
78
A
las diez de la mañana del sábado, Calvin Whitehall puso su plan en marcha.
Había convocado a Lou Knox en su estudio para que éste llamara a Fran Simmons
en su presencia.
—Si
no está, prueba cada media hora —dijo—. Quiero que vaya a West Redding hoy, o
mañana a lo sumo. No podré tener controlado a nuestro amigo el doctor Logue
mucho más tiempo.
Lou
sabía que no se esperaban de él comentarios o respuestas. En esta fase de los
acontecimientos, Cal era propenso a hablar en voz alta.
—¿Llevas
el móvil?
—Sí,
señor.
Se
utilizaría el móvil para esta llamada, no sólo porque transmitiría «número
desconocido» si Fran tenía un identificador de llamadas, sino porque, como
medida de seguridad, el número estaba a un nombre falso en un apartado de
correos del condado de Wetchester, Nueva York.
—Llámala
y procura convencerla. Éste es el número. Me alegra decir que estaba en el
listín.
De
lo contrario, pensó Cal, habría sido muy fácil decirle a Jenna que se lo
pidiera a Molly, con la excusa de que quería concertar la cita que Fran Simmons
había solicitado. Pero se alegraba de ahorrarse este paso. Habría violado su
regla de oro: en cualquier plan, cuanta menos gente esté enterada mejor.
Lou
cogió el papel y empezó a pulsar los números del móvil. Hubo dos llamadas, y
después contestaron. Asintió a Cal, que le observaba.
—¿Sí?
—dijo Fran.
—¿Señorita
Simmons? —preguntó Lou, utilizando el leve acento alemán de su difunto padre.
—Sí.
¿Quién es?
—No
puedo decirlo por teléfono, pero ayer la oí en la cafetería del hospital,
cuando hablaba con la señora Branagan. —Hizo una pausa para causar efecto—.
Señorita Simmons, trabajo en el hospital, y usted tiene razón, algo terrible
está pasando allí.
Fran,
que se encontraba en su sala de estar, todavía en pijama, buscó con la vista su
pluma, la vio sobre el almohadón y cogió la libreta que había sobre la mesa.
—Lo
sé —dijo con calma—, pero por desgracia no puedo probarlo.
—¿Puedo
confiar en usted, señorita Simmons?
—¿Qué
quiere decir?
—Hay
un anciano doctor que ha estado inventando fármacos para utilizar en
experimentos con los pacientes del Lasch. Tiene miedo de que el doctor Black
quiera matarlo, y quiere contar la historia de sus investigaciones antes de que
se lo impidan. Sabe que eso le causará problemas, pero le da igual.
Seguramente
se refiere a Adrian Lowe, el médico de esos artículos, pensó Fran.
—¿Ese
médico ha hablado con alguien más de esto? —preguntó.
—Sé
a ciencia cierta que no. Le recojo paquetes para el hospital. Lo hago desde
hace tiempo, pero no me enteré de lo que contenían hasta ayer. Me habló de sus
experimentos. Estaba loco de entusiasmo. Quiere que el mundo sepa lo que hizo
para conseguir que la hija de los Colbert saliera del coma antes de morir.
—Hizo una pausa y bajó la voz—. Señorita Simmons, hasta lo tiene grabado en
vídeo. Lo sé porque lo vi.
—Me
gustaría hablar con él —dijo Fran, intentando conservar la voz serena.
—Es
un anciano, señorita Simmons, prácticamente un ermitaño. Pese a sus deseos de
dar a conocer sus experimentos, está asustado. Si va acompañada de otra gente
se cerrará como una ostra y no le sacará nada.
—Si
quiere que vaya sola, de acuerdo —repuso Fran—. De hecho, lo prefiero.
—¿Le
parece bien esta noche a las siete?
—Por
supuesto. ¿Adónde he de ir?
Lou
juntó el índice y el pulgar en señal de victoria.
—¿Sabe
dónde está West Redding, Connecticut, señorita Simmons? —preguntó.
79
Edna
llamó a Marta el sábado por la mañana a primera hora.
—Wally
duerme todavía, así que vamos con retraso —dijo como sin darle importancia. Lo
que en realidad deseaba era decirle que no se molestara en venir a despedirse,
pero sabía que sonaría fatal, sobre todo después de darle largas la noche
anterior.
—Prepararé
una tarta de café —dijo Marta—. Sé que a Wally le encanta. Llámame cuando
estéis preparados y vendré.
Durante
las siguientes dos horas, Marta reflexionó sobre la llamada telefónica de su
amiga. Sospechaba que había problemas en casa de Edna. Había notado más tensión
en su voz que la noche anterior. Además, anoche también había observado que el
coche de Edna salía por el camino de acceso justo antes de las nueve, y aquello
era algo inusitado. Edna detestaba conducir por la noche.
Sí,
algo muy raro estaba pasando.
Tal
vez les convenga marcharse, decidió Marta. Marzo es un mes horrible, y las
malas noticias se suceden unas a otras: la enfermera asesinada en Rowayton, la
posibilidad de que Molly Lasch vuelva a la cárcel (aunque de todos modos
debería estar encerrada), la muerte de la señora Colbert y de su hija con
escasas horas de diferencia.
Edna
telefoneó a las once y media.
—Estamos
preparados para esa tarta de café —dijo.
—Voy
enseguida —contestó Marta, aliviada.
Desde
que entró en la cocina de Edna, Marta comprendió que había estado en lo cierto
sobre los problemas, y que aún no habían terminado. Era evidente que Wally
estaba pasando uno de sus peores momentos. Tenía las manos hundidas en los
bolsillos, se le veía desaliñado, y no cesaba de lanzar miradas furiosas a su
madre.
—Wally,
mira lo que te he traído —dijo Marta. Sacó la tarta del papel de aluminio—. Aún
está caliente.
Wally
no le hizo caso.
—Mamá,
solamente quería hablar con ella. ¿Qué hay de malo en eso?
Oh,
Dios, pensó Marta. Apuesto a que fue a ver a Molly Lasch.
—No
entré. Sólo miré. La otra vez tampoco entré. No me crees, ¿verdad?
Marta
captó la expresión aterrada de Edna. No tendría que haber venido, pensó, y miró
alrededor como si buscara una vía de escape.
Edna
detesta que esté presente cuando Wally se trastorna. A veces se va de la
lengua. Hasta le he oído insultarla.
—Wally,
cariño, come un poco de tarta —suplicó Edna.
—Mamá,
Molly hizo anoche lo mismo que la última vez que fui allí. Encendió la luz y se
asustó. Pero no sé de qué se asustó. Esta vez el doctor Lasch no estaba allí
cubierto de sangre.
Marta
dejó en la mesa el cuchillo que iba a utilizar para cortar la tarta y se volvió
hacia su amiga de toda la vida.
—¿De
qué está hablando Wally, Edna? —preguntó en voz baja, mientras las piezas de un
rompecabezas confuso empezaban a encajar en su mente.
Edna
rompió en lágrimas.
—No
está hablando de nada. No sabe lo que dice. Díselo a Marta, Wally. Díselo. ¡No
estás hablando de nada!
El
exabrupto de su madre le sobresaltó.
—Lo
siento, mamá. Prometo que no volveré a hablar de Molly.
—No,
Wally, creo que deberías hacerlo —dijo Marta—. Edna; si él sabe algo sobre la
muerte del doctor Lasch, has de llevarle a la policía para que le escuchen. No
puedes permitir que esa mujer se presente ante la junta de libertad condicional
y la envíen de nuevo a la cárcel, si es inocente.
—Wally,
saca las maletas del coche. —La voz de Edna sonó resignada, mientras miraba a
Marta con ojos suplicantes—. Sé que tienes razón. He de dejar que Wally hable
con la policía, pero concédeme tiempo hasta el lunes por la mañana. He de
buscar un abogado para que le proteja.
—Si
Molly Lasch ha pasado cinco años y medio en prisión por un crimen que no
cometió, y tú lo sabías, creo que serás tú la que necesitará un abogado —repuso
Marta con tristeza y abatimiento mientras miraba a su amiga.
Se
hizo el silencio, en tanto Wally masticaba ruidosamente un trozo de tarta de
café.
80
Fran
pasó el resto de la mañana del sábado examinando los artículos que el doctor
Adrian Lowe había escrito, así como los escritos acerca de él. Comparado con
él, el doctor Kevorkian parece Albert Schweitzer, pensó. La filosofía de Lowe
era de una sencillez meridiana: gracias a los avances de la medicina, demasiada
gente vivía demasiado tiempo. Los ancianos consumían recursos económicos y
médicos que podían emplearse mejor en otras cosas.
Un
artículo afirmaba que gran parte de los complejos tratamientos dedicados a los
enfermos crónicos eran innecesarios y antieconómicos. Expertos médicos debían
llegar a esa decisión y llevarla a la práctica sin consultar a los familiares.
Otro
artículo exponía la teoría de Lowe de que los inválidos eran un material útil,
tal vez hasta necesario, para probar fármacos nuevos. El fármaco podría serles
de gran ayuda o matarlos. En cualquier caso, el resultado siempre sería
positivo para la sociedad.
Fran
siguió leyendo y averiguó que las teorías de Lowe se habían radicalizado tanto
que fue expulsado de la facultad de medicina en que impartía clases, y hasta
fue condenado por la Asociación Norteamericana de Médicos. En una ocasión, fue
acusado de dar muerte deliberada a tres pacientes, pero no pudo demostrarse.
Después desapareció. Fran recordó por fin dónde había oído hablar de él: en un
cursillo sobre ética al que había asistido en la universidad.
¿Instaló
Gary Lasch al doctor Lowe en West Redding para que continuara sus
investigaciones científicas? ¿Llamó también al otro estudiante aventajado de
Lowe, Peter Black, para que le ayudara a realizar experimentos en pacientes del
hospital Lasch? Todo empezaba a apuntar en esa dirección.
Todo
encaja, pensó Fran. De una manera terrible, lógica y brutal. Esta noche, Dios
mediante, obtendré las pruebas. Si este médico loco quiere dar a conocer sus
supuestos logros, ha acudido a la persona adecuada. ¡Voy por él! No puedo
esperar más.
Su
informante anónimo le había dado la dirección concreta del lugar donde Lowe se
escondía. West Redding se encontraba a noventa kilómetros al norte de
Manhattan. Menos mal que es marzo, no agosto, pensó Fran. En verano, la Merritt
Parkway estaba atestada de veraneantes que iban a las playas. Aún así, su
intención era salir con suficiente antelación. La cita era a las siete. Bien,
ardía en deseos de que ya fuera esa hora.
Pensó
en el equipo que convenía llevar. No quería asustar a Lowe, pero rezó para que
le permitiera utilizar la grabadora para la entrevista, o incluso la cámara de
vídeo. Al final decidió llevar ambas. Cabían sin problemas en su bolso, junto
con la libreta.
A
las dos había terminado de preparar las preguntas para Lowe. A las tres y
cuarto se había duchado y vestido. Llamó a Molly para saber cómo estaba, y la
asustó su tono abatido.
—¿Estás
sola, Molly?
—Sí.
—¿Irá
alguien?
—Philip
ha llamado. Quería venir esta noche, pero Jenna estará aquí. Le he pedido que
esperara a mañana.
—Molly,
aún no puedo decirte nada concreto, pero están pasando muchas cosas, y todo es
prometedor. Parece que he dado con algo que podrá ayudaros mucho a Philip y a
ti.
—No
hay nada como las buenas noticias, ¿eh, Fran?
—Esta
noche estaré en Connecticut, y si salgo ahora podría pasar a verte unos
minutos. ¿Te gustaría?
—No
te preocupes por mí.
—Estaré
ahí dentro de una hora —dijo Fran, y colgó antes de que Molly pudiera negarse.
Se
ha rendido, pensó Fran mientras pulsaba con impaciencia el botón del ascensor.
En ese estado, no debería estar sola ni un minuto.
81
Es
culpa mía, no cesaba de repetirse Philip Matthews. Cuando Molly salió de la
cárcel, tendría que haberla metido en el coche y llevármela de allí. No sabía
lo que hacía cuando habló con la prensa. No entendía que no se puede aceptar
ante la junta de libertad condicional la responsabilidad por la muerte de tu
marido, y luego salir y decir que no lo hiciste. ¿Por qué no se lo advertí?
El
fiscal habría podido pedir la revocación de la libertad condicional en cuanto
hizo esa declaración, razonó Philip. Eso significa que ahora quiere su cabeza
sólo por el segundo asesinato.
Mi
única posibilidad de salvar de la cárcel a Molly, cuando nos presentemos ante
la junta el lunes, es hacerles entender que existe una fundada probabilidad de
que haya sido acusada injustamente de la muerte de Annamarie Scalli. Luego he
de rogar a los miembros que comprendan que no era su intención retractarse de
su admisión, sino que sólo deseaba recuperar su memoria de aquella noche para
afrontar lo sucedido. Pensó en ello. La argumentación podría funcionar. Si
podía convencer a Molly de que se atuviera a esa historia... «Si» era la
palabra fundamental.
Molly
contó a los periodistas su impresión de que había alguien más en la casa la
noche que Gary Lasch fue asesinado, recordó y también mencionó su certeza de
que era incapaz de matar a un ser humano. Quizá podría convencer a la junta de
que fue la declaración de alguien sumido en el dolor y la desesperación, que no
intentó engañarles para lograr la libertad condicional. Podría aducir que
sufría una aguda depresión en la cárcel, cosa que está documentada.
En
cualquier caso, todas mis argumentaciones sobre su estado mental no servirán de
nada si soy incapaz de suscitar dudas sobre el asesino de Annamarie Scalli,
pensó. Todo se reduce a eso.
Por
ese motivo, el sábado por la tarde, Philip Matthews fue al Sea Lamp Diner de
Rowayton. El aparcamiento donde Annamarie Scalli había muerto ya no estaba
acordonado. El pavimento necesitaba una urgente renovación y las rayas que
delineaban las plazas eran casi invisibles. No se veía el menor indicio de que
una joven hubiera sido brutalmente asesinada allí, ni de que Molly Lasch
corriera el peligro de pasar el resto de sus días entre rejas porque se habían
encontrado rastros de sangre de la mujer asesinada en su zapato y en su coche.
Philip
había contratado a un investigador de confianza para que le ayudara en el caso,
y juntos estaban empezando a dar forma a la defensa que emplearía en el juicio.
Molly
dijo que había visto un sedán de tamaño mediano abandonar el aparcamiento
cuando salió del restaurante. El investigador de Philip ya había establecido
que ningún otro cliente había salido del restaurante unos minutos antes de que
Annamarie se precipitara al exterior.
Molly
dijo que había ido directamente a su coche. Había reparado en un jeep aparcado,
pero ignoraba que era el vehículo de la joven. El investigador había llegado a
la conclusión de que Molly había pisado la sangre encontrada en su zapato, y
después el zapato había dejado una huella en la alfombrilla del coche.
Todas
las pruebas eran circunstanciales, meditó Philip mientras entraba en el
restaurante. La sangre de su zapato es la única prueba tangible que la
relaciona con el crimen. Si el asesino estaba en ese sedán, significa que había
parado en el aparcamiento, porque Molly le vio salir. Por lo tanto, concluyó
Philip, lo que ocurrió fue que, después de apuñalar a Annamarie, el asesino
corrió a su coche y huyó justo cuando Molly salía del restaurante. No habían
encontrado el arma asesina. Puedo argüir que algunas gotas de sangre cayeron
del cuchillo al asfalto, y Molly las pisó sin darse cuenta.
Pero
existe un problema más importante que todavía no podemos explicar, pensó: el
móvil del asesino. ¿Por qué siguió alguien a Annamarie Scalli hasta el
restaurante, esperó a que saliese y la asesinó? Nada en su vida privada, aparte
de la relación con el marido de Molly años antes, apuntaba a un móvil. La
habían investigado al detalle. Sé que Fran Simmons está trabajando en alguna
teoría sobre el hospital que tal vez esté relacionada con Annamarie, pensó.
Sólo espero que descubra algo pronto.
Cuando
Philip entró en el restaurante, vio que Bobby Burke atendía la barra. Y le
alivió comprobar que Gladys Fluegel no estaba a la vista. Su detective le había
advertido que su versión acerca de que Molly había intentado retener a
Annamarie y luego corrido tras ella adquiría tintes más sensacionalistas cada
vez que la repetía.
Philip
se sentó en la barra.
—Hola,
Bobby —dijo—. Un café.
—Caramba,
qué rapidez, señor Matthews. Apuesto a que la señorita Simmons le llamó
enseguida.
—¿De
qué estás hablando?
—Telefoneé
a la señorita Simmons hace una hora y le dejé un mensaje.
—Ah,
¿sí? ¿Sobre qué?
—Esa
pareja a la que estaban buscando, la que estuvo aquí el domingo por la noche,
ha venido a comer hoy. Son de Norwalk. Resulta que fueron a Canadá el lunes por
la mañana y volvieron anoche. ¿Me creerá si le digo que no sabían nada de lo
sucedido? Dijeron que les gustaría hablar con usted. Su apellido es Hilmer,
Arthur y Jane Hilmer.
Bobby
bajó la voz.
—Señor
Matthews, entre nosotros, cuando les dije lo que Gladys había contado a la
poli, contestaron que eran todo mentiras. Dijeron que no oyeron a la señora
Lasch gritar «Annamarie» dos veces. Según ellos, la llamó una vez. Y están
seguros de que no gritó «¡Espera!». Fue la señora Hilmer quien gritó
«Camarera», con el fin de llamar la atención de Gladys.
Con
los años, Philip Matthews sabía que se había convertido en un cínico. La gente
era predecible y nunca te decepcionaba. En aquel momento, no obstante, se
sintió como un niño en el País de las Maravillas.
—Dame
el número de los Hilmer, Bobby —dijo—. ¡Esto es fantástico!
Bobby
sonrió.
—Aún
hay más, señor Matthews. Los Hilmer afirman que cuando llegaron vieron a un
tipo sentado en un sedán de tamaño mediano, en el aparcamiento. Hasta vieron
bien su cara, porque le iluminaron con los faros cuando aparcaron. Pueden
describirle. Estoy seguro de que ese tío no entró aquí, señor Matthews. Hubo
pocos clientes aquella noche, y me acordaría.
Molly
había dicho desde el primer momento que vio un sedán de tamaño mediano salir
del aparcamiento, pensó Philip. Quizá ésta sea nuestra gran oportunidad.
—Los
Hilmer no estarán en casa hasta las nueve de esta noche, señor Matthews.
Dijeron que si alguien quería verles después de esa hora, que fuera a su casa.
Son conscientes de lo importante que puede ser esto para la señora Lasch, y
están ansiosos por colaborar.
—Iré
a su casa —dijo Philip Matthews—. ¡Oh, Dios, por supuesto que iré!
—Los
Hilmer dicen que aquella noche aparcaron al lado de un Mercedes nuevo. Se
acuerdan porque hacía frío, y era muy cerca de la entrada. Les dije que debía
de ser el coche de la señora Lasch.
—Es
evidente que no contraté a la persona adecuada para que me ayudara en la
investigación, Bobby. ¿Dónde has aprendido todo esto?
Bobby
sonrió.
—Señor
Matthews, soy hijo de un abogado de oficio, y es un buen maestro. Yo también
quiero ser abogado de oficio.
—Pues
no habrías podido empezar mejor. Venga, sírveme ese café. Lo necesito.
Mientras
bebía, Philip pensó si debía llamar a Molly y hablarle de los Hilmer, pero
decidió esperar hasta haberles visto. Tal vez puedan contarme más cosas, pensó.
He de conseguir a un dibujante para que haga un boceto del tipo que vieron en
el aparcamiento. ¡Esto podría significar nuestra salvación!
Oh,
Molly, pensó, mientras la imagen de su rostro triste y atormentado aparecía en
su mente. Daría mi brazo derecho por librarte de esta pesadilla. Y daría
cualquier cosa en el mundo por verte sonreír.
82
Con metódica
minuciosidad, Calvin Whitehall preparó a Lou para su misión en West Redding. Le
explicó que el elemento sorpresa era esencial para que el plan funcionara.
—La
ventana que da al balcón estará abierta. Así podrás lanzar al laboratorio
nuestro pequeño cóctel molotov. De lo contrario, tendrás que romper el cristal
—dijo—. La mecha es corta, pero debería concederte tiempo suficiente para bajar
por la escalera y alejarte del edificio antes de la explosión.
Lou
escuchó con atención mientras Cal le explicaba que el doctor Logue le había
llamado, entusiasmado por su encuentro con la prensa. Era evidente que estaba
ansioso por enseñar a Fran Simmons sus hallazgos, de modo que Lou podía dar por
hecho que los dos estarían en el laboratorio cuando la bomba estallara.
—Tendrá
toda la apariencia de un desgraciado accidente, si encuentran sus restos —dijo
Cal con indiferencia—. Si estuvieran abajo, tal vez tendrían tiempo de salir.
Por arriba les será imposible hacerlo —prosiguió—. La puerta del laboratorio
tiene dos cerraduras, y siempre están cerradas con llave, porque Logue teme que
atenten contra su vida.
Y
tiene razón, pensó Lou, pero después admitió que, como de costumbre, la
atención de Cal a los detalles era notable, y significaría una salvaguardia
para él.
—A
menos que lo estropees todo, Lou, el incendio y la explosión consiguiente
solucionarán los dos problemas que representan el doctor y Fran Simmons. La
granja tiene más de cien años de antigüedad, y la escalera es muy estrecha y
empinada. No hay manera, suponiendo que la explosión sea tan grande como
espero, de que ninguno de los dos pueda salir del laboratorio y bajar la
escalera a tiempo de escapar. Sin embargo, deberías estar preparado para
semejante eventualidad, por supuesto.
«Estar
preparado» era el eufemismo que Cal utilizaba para decirle que llevara su
pistola. Habían pasado siete años desde la última vez que la había disparado,
pero algunas habilidades nunca se oxidaban. Como ir en bicicleta o nadar, pensó
Lou. Nunca lo olvidas. Su arma más reciente había sido un buen cuchillo
afilado.
La
granja se hallaba en una zona boscosa y aislada, y aunque la explosión se
oyera, Cal le había asegurado que tendría tiempo de volver a la carretera
principal antes de que la policía y los bomberos aparecieran. Lou intentó
disimular su impaciencia, mientras Cal vomitaba toda aquella información. Había
ido con suficiente frecuencia a la granja para conocer la configuración del
terreno, y era muy astuto.
Lou
se fue del apartamento a las cinco. Era muy pronto, pero Cal creía importante
adelantarse a problemas en potencia, como atascos de tráfico. «Deberías llegar
con suficiente antelación para aparcar el coche sin que se vea desde la granja,
antes de que Fran Simmons aparezca», le había advertido Cal.
Cuando
Lou subió al coche, vio acercarse a Cal por un lado del garaje.
—Sólo
quería despedirme de ti —dijo con una sonrisa cordial—. Jenna va a pasar la
noche con Molly Lasch. Cuando regreses, ven a casa y tomaremos una copa.
Después
de trabajillos como éste, no hay problema en que te llame Cal, pensó Lou.
Muchas gracias, viejo amigo. Puso en marcha el coche y se dirigió hacia la
Merritt Parkway norte, en el primer tramo de su trayecto a West Redding.
83
Fran
tuvo la impresión de que el estado de Molly había empeorado de la noche a la
mañana. Sus ojeras habían adquirido un tono violáceo, sus pupilas eran enormes,
y sus labios y piel, cenicientos. Su voz sonaba baja y vacilante. Fran casi
tuvo que esforzarse por oírla.
Se
habían sentado en el estudio, y Fran reparó varias veces en que Molly paseaba
la vista por la habitación, como si la viese por primera vez.
Parece
tan sola y desesperada, pensó Fran, tan abatida... Ojalá sus padres pudieran
estar con ella.
—Molly,
ya sé que no es mi problema, pero te lo he de preguntar —dijo—. ¿No podría tu
madre dejar a tu padre en casa? Necesitas su compañía.
Molly
meneó la cabeza.
—No
es posible, Fran. Si mi padre no hubiera sufrido una apoplejía, los dos
estarían aquí. Lo sé. Temo que el ataque fue más grave de lo que ellos admiten.
He hablado con él y está animado, pero con todos los problemas que les he
causado, si algo le pasara mientras ella estuviera aquí me volvería loca
—¿Y
qué dolor les causarás si te pierden? —repuso con brusquedad Fran.
—¿Qué
quieres decir?
—Pues
que estoy muy preocupada por ti, y Philip también, y Jenna. No me iré por las
ramas: todas las probabilidades indican que el lunes volverán a encerrarte.
—Por
fin alguien que habla claro —suspiró Molly—. Gracias, Fran.
—Escúchame
bien. Creo que existen muchas posibilidades de que, aunque vayas a Niantic,
salgas muy pronto, y no en libertad condicional sino exculpada por completo.
—Érase
una vez —ironizó Molly—. No sabía que creías en los cuentos de hadas.
—¡Basta!
Molly, siento mucho dejarte en este momento, pero no puedo quedarme. Tengo una
cita muy importante para muchas personas, sobre todo para ti. De lo contrario
no te abandonaría. ¿Sabes por qué? Porque creo que ya te has rendido. Creo que
has decidido que ni siquiera vas a presentarte ante la junta de libertad
condicional.
Molly
enarcó las cejas, pero no la contradijo.
—Confía
en mí, por favor. Nos estamos acercando a la verdad. Lo sé. Créeme. Cree en
Philip. Quizá no te importe, pero ese tipo te quiere, y no descansará hasta
demostrar que eres la auténtica víctima de toda esta conjura.
—Me
gustó esa frase de Una tragedia americana —murmuró Molly—. A ver si la recuerdo
bien: «Ámame hasta que muera, y después olvídame.»
Fran
se levantó.
—Molly,
si de veras decides poner fin a tu vida, encontrarás una forma, estés sola o
protegida por el ejército del Papa, como decía mi abuela.
»Voy
a decirte una cosa: estoy enfadada con mi padre por haberse suicidado. No, más
que enfadada: estoy furiosa. Robó un montón de dinero y habría ido a la cárcel.
Pero también habría salido de la cárcel y yo habría ido a buscarle con timbales
y trompetas.
Molly
permanecía en silencio, con la vista clavada en sus manos.
Fran,
impaciente, secó las lágrimas de sus ojos.
—En
el peor de los casos —continuó—, cumplirás tu condena. No lo creo, pero podría
ser. Cuando salgas, aún serás lo bastante joven para disfrutar, y digo
disfrutar, de unos cuarenta años más de vida. Tú no mataste a Annamarie Scalli.
Todos lo sabemos, y Philip se encargará de demostrarlo. Por el amor de Dios,
cariño, serénate. Se supone que los de sangre azul tenéis clase. ¡Demuéstralo!
—Y se marchó.
Molly
se acercó a la ventana y vio cómo el coche de Fran se alejaba. Gracias por tus
palabras, pero es demasiado tarde, Fran, pensó. Ya no tengo clase.
84
El
doctor esperaba con ansiedad a Fran Simmons desde hacía media hora, cuando los
faros del coche anunciaron su llegada. El timbre sonó a las siete en punto, un
detalle de puntualidad que consideró gratificante. Él, un científico, siempre
era puntual, y esperaba que los demás también lo fueran.
Abrió
la puerta y se presentó con un educado saludo.
—Durante
casi veinte años he sido conocido en esta zona como Adrian Logue, un
oftalmólogo jubilado —dijo—. En realidad, mi verdadero nombre, el que ahora
recupero con orgullo, es Adrian Lowe, como usted ya sabe.
Las
fotos que había visto en las revistas de Adrian Lowe databan de hacía casi
veinte años, y mostraban a un hombre mucho más robusto del que se erguía ante
ella.
Medía
casi metro ochenta, era delgado y algo encorvado. Su cabello ralo era más cano
que gris. La expresión de sus ojos azul pálido sólo se podía definir como
cordial. Sus modales eran deferentes, y hasta parecía un poco tímido cuando la
invitó a entrar en la pequeña sala de estar.
En
conjunto, pensó Fran, no es la clase de persona que esperaba. Pero en realidad
¿qué esperaba?, se preguntó, mientras elegía una silla de respaldo recto en
lugar de la mecedora que el médico le ofrecía. Después de leer los artículos
que escribió, y sabiendo lo que sé de él, pensaba que tendría aspecto de
fanático, de ojos alucinados y movimientos convulsos, o de médico nazi que
desfilaría al paso de la oca.
Iba
a preguntarle si le permitiría grabar la conversación, cuando el hombre dijo:
—Espero
que haya traído una grabadora, señorita Simmons. No quiero que citen mal mis
palabras.
—Por
supuesto, doctor.
Fran
extrajo la grabadora y la encendió. No dejes que descubra lo mucho que ya has
averiguado sobre sus propósitos, se advirtió. Haz todas las preguntas
importantes. Más tarde, esta cinta será una prueba de suma utilidad.
—Subiremos
a mi laboratorio directamente, y hablaremos allí. Pero antes déjeme explicarle
por qué está aquí. No, para ser más concreto, déjeme explicarle por qué estoy
aquí.
El
doctor Lowe apoyó la cabeza en el respaldo de la mecedora con un suspiro.
—Señorita
Simmons, supongo que conocerá el viejo tópico de «No hay mal que por bien no
venga». Esta premisa es especialmente cierta en la práctica de la medicina. En
ocasiones hay que tomar decisiones sumamente difíciles.
Fran
escuchó sin comentarios mientras Lowe explicaba sus puntos de vista sobre los
avances médicos y la necesidad de redefinir el concepto de «cuidados
controlados».
—Ciertos
tratamientos deberían interrumpirse, pero no estoy hablando sólo de sistemas de
mantenimiento artificial de la vida —dijo—. Digamos que una persona ha sufrido
el tercer infarto, o que tiene más de setenta años y está en diálisis desde
hace cinco años, o se le ha concedido el enorme dispendio económico de un
trasplante de corazón o hígado que ha fracasado. ¿No es hora ya de que esa
persona fallezca, señorita Simmons? No cabe duda de que se trata de la voluntad
de Dios. ¿Por qué hemos de luchar contra lo inevitable?. El paciente no estará
de acuerdo, por supuesto, y sin duda la familia exigirá que se continúe el
tratamiento. Por lo tanto, debería existir otra autoridad capacitada para
acelerar el final inevitable sin consultar con la familia ni con el paciente, y
sin provocar más gastos al hospital. Una autoridad capaz de tomar una decisión
clínica, objetiva y científica.
Fran
escuchaba estupefacta la filosofía casi inimaginable que el hombre proponía.
—¿Está
diciendo, doctor Lowe, que ni el paciente ni la familia tendrían derecho a
decir o saber nada acerca de la decisión tomada para acabar con la vida del
paciente?
—Exacto.
—¿Está
diciendo también que los inválidos deberían convertirse, sin saberlo y contra
su voluntad, en conejillos de indias de los experimentos que usted y sus
colegas llevarían a cabo?
—Querida
señorita —dijo con tono condescendiente—, quiero que vea una cinta de vídeo.
Quizá la ayude a comprender por qué mis investigaciones son tan importantes.
Tal vez haya oído hablar de Tasha Colbert, una joven procedente de una familia
importante.
Dios
mío, está a punto de admitir su responsabilidad, pensó Fran.
—Debido
a una infortunada confusión, el tratamiento terminal que iba a administrársele
a una enferma crónica anciana fue administrado a la señorita Colbert, en lugar
de la solución salina que necesitaba. Esto dio lugar a un coma irreversible, al
que sobrevivió más de seis años. He estado experimentando con el fin de
descubrir un fármaco que invirtiera ese coma profundo, y anoche tuvo éxito por
primera vez, siquiera por unos momentos. Pero ese éxito es el inicio de algo
magnífico en la ciencia. Permítame que le enseñe la prueba.
Lowe
introdujo una cinta en un aparato de vídeo.
—Nunca
veo la televisión —explicó—, pero tengo este aparato para ayudarme en mis
investigaciones. Sólo le enseñaré los cinco minutos finales de la vida de
Natasha Colbert. Bastará con eso para que se haga una idea de lo que he
conseguido durante los años pasados aquí.
Con
incredulidad, Fran vio cómo Barbara Colbert murmuraba el nombre de su hija
agonizante.
Su
audible exclamación cuando la joven se removió, abrió los ojos y empezó a
hablar, deleitó al doctor Lowe.
—¡Mire,
véalo usted misma! —exclamó.
Fran
vio cómo la chica reconocía a su madre, cerraba los ojos, volvía a abrirlos y suplicaba
a su madre que la ayudara.
Las
lágrimas afloraron a sus ojos cuando vio a Barbara Colbert suplicar a su hija
que viviera. Casi con odio, vio cómo el doctor Black negaba a Barbara Colbert
que su hija hubiera recobrado la conciencia.
—Sólo
duró un minuto. El fármaco no es muy potente —explicó Lowe mientras paraba y
rebobinaba la cinta—. Algún día, invertir los estados de coma será algo
rutinario. —Guardó la cinta en su bolsillo—. ¿Qué está pensando, querida?
—Estoy
pensando, doctor Lowe, que con su evidente genio, es increíble que no haya
dedicado sus esfuerzos a la conservación de la vida y a la mejora de su
calidad, en lugar de a la destrucción de vidas consideradas inaceptables.
El
hombre sonrió y se levantó.
—Querida,
el número de científicos que están de acuerdo conmigo son legión. Permítame que
le enseñe mi laboratorio.
Fran,
que sentía una mezcla de horror y temor creciente por estar a solas con aquel
hombre, le siguió por la estrecha escalera.
Tasha
Colbert, pensó airada. Uno de sus «eficaces» fármacos la dejó en aquel estado.
Y también a la abuela de Tim, que esperaba celebrar su ochenta aniversario. Y a
Barbara Colbert, que no se tragó las afirmaciones del criminal discípulo de
Lowe, Peter Black, cuando dijo que había sufrido alucinaciones. Hasta puede que
esté hablando de la madre de Peter Gallo. ¿Cuántos más? se preguntó.
El
rellano estaba escasamente iluminado, pero cuando Adrian Lowe abrió la puerta
de su laboratorio, fue como entrar en otro mundo. Aunque sabía poca cosa acerca
de laboratorios de investigación, Fran supuso que aquel debía de ser el no va
más de la perfección técnica.
La
habitación no era muy grande pero estaba repleta de aparatos de todo tipo,
situados de manera que cada centímetro era útil. Además del último grito en
tecnología informática, Fran reconoció algunos aparatos que había visto en la
consulta de su propio médico. También había una bombona de oxígeno, con
válvulas y tubos conectados. Varias máquinas parecían destinadas a analizar
productos químicos, pero el aspecto de otras sugerían que servían para analizar
a seres vivos. Ratas, espero, se dijo Fran, estremecida. Casi ninguno de
aquellos aparatos significaba nada para ella, pero se quedó impresionada por la
limpieza y orden reinantes. Es aterrador e impresionante a la vez, pensó
mientras se adentraba en el laboratorio.
Adrian
Lowe resplandecía de orgullo.
—Señorita
Simmons, mi antiguo estudiante Gary Lasch me trajo aquí después de que me
expulsaran de la profesión médica. Creía en mí y en mis investigaciones, y me
prestó todo el apoyo que necesitaba para llevar a cabo mis pruebas y
experimentos. Después envió a buscar a Peter Black, otro de mis antiguos
estudiantes, compañero de clase de Gary. No fue una decisión acertada. Tal vez
debido a sus problemas con el alcohol, Black resultó un cobarde peligroso. Me
ha fallado en numerosas ocasiones, si bien hace poco me ayudó a conseguir el
éxito más grande de mi carrera. Además está Calvin Whitehall, quien tuvo la
amabilidad de concertar nuestra cita, y que ha sido un fervoroso partidario de
mi investigación, tanto desde el punto de vista económico como filosófico.
—¿Qué
ha hecho Calvin Whitehall? —preguntó Fran mientras otro escalofrío recorría su
espina dorsal.
Adrian
Lowe pareció confuso.
—Concertó
nuestra cita, por supuesto. Sugirió que usted sería el contacto periodístico
más adecuado. Habló con usted y me avisó de su visita.
Fran
eligió sus siguientes palabras con sumo cuidado.
—¿Qué
le dijo exactamente el señor Whitehall, doctor?
—Querida,
usted ha venido para realizar una entrevista de media hora conmigo, la cual me
permitirá anunciar al mundo mis descubrimientos. Los miembros de la clase
médica continuarán cebándose en mí, pero a la larga, tanto ellos como el
público en general acabarán aceptando la verdad de mi filosofía y el genio de
mi investigación. Y usted, señorita Simmons, allanará el camino. Va a dar mucha
publicidad por adelantado al programa, y lo emitirá por su prestigioso canal.
Fran
guardó silencio un momento, estupefacta.
—Doctor
Lowe, ¿es consciente de que tanto usted como el doctor Black y Calvin Whitehall
se exponen a una posible querella criminal?
El
anciano se encrespó.
—Por
supuesto. Calvin ha aceptado que es una parte necesaria de nuestra importante
misión.
Santo
Dios, pensó Fran, este imbécil se ha convertido en un peligro para ellos. Y yo
también. Este laboratorio significa otro peligro para ellos. Querrán deshacerse
de él... y de nosotros. Dios mío, he caído en una trampa.
—Doctor
—dijo, intentando aparentar una serenidad que no sentía—, tenemos que salir de
aquí ahora mismo. Nos han tendido una trampa. Calvin Whitehall nunca permitiría
que revelara esto, sobre todo por televisión. ¿Comprende?
—No
entiendo... —contestó el médico con una expresión de confusión casi infantil.
—Confíe
en mí, por favor.
El
anciano estaba a su lado, en la zona central del laboratorio, con las manos
apoyadas en la superficie de formica.
—Señorita
Simmons, está diciendo tonterías. El señor Whitehall…
Fran
lo cogió por el brazo.
—Doctor,
aquí corremos peligro. Tenemos que irnos.
Oyó
un leve ruido y notó una corriente de aire. Una ventana se estaba abriendo al
fondo de la habitación.
—¡Mire!
—gritó al tiempo que señalaba a una figura borrosa, apenas visible contra la
oscuridad nocturna.
Vio
la oscilación de una diminuta llama, vio cómo un brazo la alzaba... De pronto
comprendió lo que iba a suceder. El intruso iba a arrojar una bomba incendiaria
dentro del laboratorio. Iba a volarlo... y de paso a ellos dos.
El
doctor Lowe liberó su mano. Fran sabía que era inútil intentar huir, pero
también sabía que debía intentarlo.
—Por
favor, doctor.
El
anciano, con un veloz movimiento, sacó una escopeta de debajo de la mesa,
apuntó y disparó. El estruendo ensordeció a Fran pero vio desaparecer el brazo
que sostenía la llama, y a continuación oyó el golpe sordo de un cuerpo al caer
al suelo. Un instante más tarde se elevaron llamas del balcón.
Lowe
descolgó un extintor sujeto a la pared y se lo entregó a Fran. Luego corrió
hasta una caja fuerte, la abrió a toda prisa y rebuscó en su interior.
Fran
se asomó a la ventana. Las llamas estaban lamiendo los zapatos del asaltante,
que estaba tendido en el balcón, gimiendo y aferrándose el hombro herido. Fran
dirigió el chorro de espuma contra las llamas que rodeaban al hombre.
Pero
el fuego se había propagado ya a la barandilla del balcón, y al cabo de unos
segundos llegaría a los peldaños. Parte del líquido de la bomba incendiaria se
había escurrido entre las tablas del porche, y vio llamas por debajo. Fran
comprendió que ningún extintor podría salvar la casa. También sabía que, si
abría la puerta que daba acceso al balcón, las llamas invadirían el laboratorio
y envolverían la bombona de oxígeno.
—¡Salga,
doctor! —gritó.
El
anciano salió corriendo del laboratorio cargado con carpetas y Fran lo oyó
bajar por la escalera.
Miró
hacia el porche. Sólo había una forma de salvar al hombre herido, y estaba
decidida a hacerlo. No podía permitir que muriera cuando el laboratorio
estallara. Salió al porche por la estrecha ventana, sin abandonar el extintor.
Las llamas amenazaban de nuevo al herido y estaban a punto de trepar por la
pared exterior de la casa. Fran inundó de espuma el espacio que separaba la
ventana de la escalera, con el fin de crear un sendero. El intruso había caído
casi junto a la escalera. Fran pasó las manos bajo su hombro derecho, lo alzó
con todas sus fuerzas y lo lanzó escaleras abajo.
Fran
resbaló con la espuma y cayó detrás de él. Su cabeza golpeó contra un escalón,
su hombro rozó el borde del siguiente, y se torció el tobillo cuando tocó suelo
por fin.
Aturdida,
consiguió ponerse en pie, justo cuando Lowe aparecía por un lado de la casa.
—¡Cójale!
—gritó Fran—. Ayúdeme a sacarle de aquí antes de que la casa estalle.
El
intruso se había desmayado y pesaba como una losa. Fran, con un esfuerzo casi
sobrehumano, cargó con casi todo el peso, ayudada por Lowe, y alejó a Lou Knox
casi seis metros antes de que la explosión tan cuidadosamente planificada por
Calvin Whitehall tuviera lugar.
Corrieron
a refugiarse mientras las llamas se elevaban hacia el cielo nocturno y los
escombros caían por doquier.
85
Cuando
Fran se marchó, Molly subió al cuarto de baño, se detuvo ante el espejo y
estudió su cara. Se le antojó desconocida, como si estuviera mirando a una
extraña a la que no tuviera muchas ganas de conocer.
—Eras
Molly Carpenter, ¿verdad? —preguntó a su imagen—. Molly Carpenter era una
persona muy afortunada, incluso privilegiada. Bien, ¿sabes una cosa? Ya no está
aquí, y no puedes volver y fingir que eres ella. Sólo puedes volver a ser un
número que vive en un pabellón de celdas. No suena muy divertido, ¿verdad? Y
puede que no sea una buena idea.
Abrió
los grifos para llenar el jacuzzi, vertió sales de baño y entró en el
dormitorio.
Jenna
había dicho que pasaría por una fiesta antes de venir. Su ama de llaves se
encargaría de la cena. Jenna tendrá un aspecto soberbio, pensó Molly. Después
tomó una decisión. La sorprenderé. Esta noche probaré a ser por última vez
Molly Carpenter.
Una
hora más tarde, con el pelo lavado y brillante, un maquillaje que disimulaba
las ojeras, vestida con pantalones de seda verde pálido y una blusa a juego,
Molly esperó la llegada de Jenna.
Apareció
a las siete y media, tan hermosa como Molly suponía.
—Perdona
el retraso —gimió—. Estaba en el Hodges. Son clientes del bufete. Todos los
peces gordos de Nueva York vinieron, así que no pude huir tan pronto como
deseaba.
—No
iba a salir —contestó Molly con calma.
Jenna
retrocedió y la miró de arriba abajo.
—Estás
increíble. Tienes un aspecto maravilloso.
Molly
se encogió de hombros.
—No
sé. Oye, ¿tu marido quiere que nos emborrachemos? Cuando trajeron la cena,
venía acompañada por tres botellas de aquel vino tan bueno que trajo la otra
noche.
Jenna
rió.
—Muy
propio de Cal. Si una botella sería un bello recuerdo, tres botellas te
recordarán lo importante que es. No es una mala cualidad, diría yo.
—En
absoluto.
—Vamos
a probarlo —sugirió Jenna—. Emborrachémonos. Vamos a fingir que todavía somos
la chicas que arrasábamos esta ciudad.
Lo
fuimos, ¿verdad? pensó Molly. Me alegro de haberme vestido bien. Tal vez sea mi
último hurra, pero será divertido, sé lo que debo hacer esta noche. Nunca más
seré una prisionera. ¿Qué sabe Fran de eso? Recordó las palabras de Fran:
«Estoy enfadada con mi padre... Estoy furiosa... Cree en Philip. Tal vez no sea
importante para ti, pero ese tío te quiere...»
Estaban
ante la barra que había en un hueco del pasillo que comunicaba la cocina con el
salón. Jenna cogió el sacacorchos y abrió una botella de vino. Examinó los
estantes y eligió dos delicadas copas de vino.
—Mi
abuela tenía unas iguales —dijo—. ¿Recuerdas los testamentos de nuestras
abuelas? Tú heredas esta casa y Dios sabe qué más. Yo heredo seis copas. Era lo
único que conservaba la abuela cuando abandonó este mundo.
Jenna
sirvió el vino, tendió una copa a Molly y dijo:
—Salud.
Cuando
entrechocaron las copas, Molly tuvo la inquietante sensación de que veía algo
incomprensible en los ojos de Jenna, algo nuevo e inesperado.
No
pudo imaginar de qué se trataba.
86
Lou
tendría que haber vuelto a las nueve y media. Como hacía con todo, Calvin
Whitehall había calculado el tiempo exacto que su esbirro tardaría en llegar a
West Redding, encargarse del asunto y regresar. Mientras contemplaba el reloj
de su biblioteca, admitió que, a menos que Lou volviera pronto, algo había
salido muy mal.
Una
pena, porque se trataba de un juego de ganar o perder. No habría paliativos si
fracasaba.
A
las diez empezó a pensar cómo distanciarse de su ayudante Lou Knox.
A
las diez y diez sonó el timbre de la puerta. Había dicho al ama de llaves que
se tomara la noche libre, algo que hacía con frecuencia. Le molestaba tener
sirvientes en la casa todo el tiempo. Cal era consciente de que dicha sensación
era producto de sus orígenes. En la mayoría de los casos, por más alto que
llegues en la vida, los orígenes humildes desencadenan reacciones humildes,
pensó.
Se
encaminó por el pasillo hacia la puerta, y de paso se miró en un espejo. Vio a
un hombre corpulento, de tez rubicunda y cabello ralo. Por algún motivo acudió
a su mente un comentario que había oído sobre él cuando acababa de salir de
Yale. La madre de uno de sus amigos había susurrado: «Cal no parece cómodo con
su traje de Brooks Brothers.»
No
le sorprendió encontrar, no a una, sino a cuatro personas en la puerta.
—Señor
Whitehall —dijo el portavoz—. Soy el detective Burroughs, de la oficina del
fiscal. Queda detenido por conspiración para asesinar a Frances Simmons y al
doctor Adrian Lowe.
Conspiración
para asesinar, pensó Whitehall, y dejó que la frase resonara en su mente. Era
peor de lo que esperaba. Miró al detective Burroughs, que le devolvió la mirada
con aire risueño.
—Señor
Whitehall, debo informarle que su sicario, Lou Knox, está cantando como un
pájaro desde su cama del hospital. Y otra buena noticia: el doctor Adrian Lowe
está declarando ahora mismo en la comisaría. Parece que no encuentra alabanzas
suficientes para usted, a juzgar por todos los esfuerzos que ha realizado para
hacer posible esta investigación criminal.
87
A
las siete, Philip Matthews había aparcado delante de casa de los Hilmer, con la
esperanza de que llegaran antes.
Sin
embargo, no fue hasta las nueve y diez cuando su coche entró en el camino de
acceso.
—Lo
siento mucho —se disculpó Arthur Hilmer—. Sabíamos que era muy posible que
alguien nos estuviera esperando, pero nuestra nieta actuaba en una obra teatral
y... bien, ya sabe cómo son esas cosas.
Philip
sonrió. Un hombre agradable, pensó.
—No
puede saberlo, claro —se corrigió Hilmer—. Nuestro hijo tiene cuarenta y cuatro
años. Yo diría que usted es de su quinta.
Philip
sonrió.
—¿Lee
las hojas de té?
A
continuación se presentó, explicó brevemente el riesgo que corría Molly de
volver a la cárcel, y que podían ser muy importantes en su defensa.
Entraron
en la casa. Jane Hilmer, una mujer de unos sesenta años, todavía atractiva y
bien conservada, ofreció a Philip un refresco, una copa de vino o un café, pero
el abogado rehusó todo.
Arthur
Hilmer comprendió que deseaba ir al grano.
—Hoy
hemos hablado con Bobby Burke en el Sea Lamp Diner —dijo—. Nos sorprendió mucho
enterarnos de lo sucedido en el restaurante el domingo por la noche. Fuimos al
cine y después a tomar un bocadillo.
—Nos
marchamos a primera hora de la mañana para visitar a nuestro hijo, que vive en
Toronto —explicó Jane Hilmer—. Regresamos anoche. Hoy, antes de ir a ver la
obra de Janie, paramos a comer en el restaurante, y fue entonces cuando nos
enteramos. —Miró a su marido—. Como ya he dicho, nos quedamos muy sorprendidos.
Dijimos a Bobby que queríamos ayudar en lo posible. Bobby le habrá dicho que
echamos un buen vistazo al tipo del sedán que estaba aparcado.
—Sí
—confirmó Philip—. Voy a pedirles que mañana por la mañana vayan a declarar a
la oficina del fiscal, y luego quiero que vean al dibujante de la policía. Un
boceto del hombre de ese sedán sería muy útil.
—Con
mucho gusto —dijo Arthur Hilmer—, pero creo que aún podré serle más útil.
Prestamos particular atención a las dos mujeres cuando se fueron. Habíamos
visto a la primera pasar junto a nuestra mesa, y era evidente que estaba
preocupada. Después, la rubia de aspecto elegante, ahora sé que es Molly Lasch,
se marchó. Estaba llorando y la oí gritar «Annamarie».
Philip
se puso tenso. No me des malas noticias, rogó en silencio.
—Fue
evidente que la otra mujer no la oyó —continuó Hilmer—. Hay una pequeña ventana
oval sobre la mesa de la cajera. Desde donde yo estaba sentado veía con
claridad el aparcamiento, la parte más cercana al restaurante. La primera mujer
debió de atravesar el aparcamiento hasta la parte más oscura, porque no la vi.
Pero estoy seguro de que vi a la segunda, me refiero a Molly Lasch. Fue
directamente a su coche y se marchó. Puedo jurar que le resultó imposible
cruzar el aparcamiento hasta ese jeep y apuñalar a la otra mujer, entre el
momento en que la vi salir del local y cuando se alejó en su coche.
Philip
no supo que sus ojos se habían humedecido hasta que se los secó con el dorso de
la mano, en un gesto reflejo.
—No
encuentro palabras —dijo, y se interrumpió. Se puso en pie como impulsado por
un resorte—. Mañana intentaré encontrar las palabras adecuadas para darle las
gracias. Ahora he de volver a Greenwich.
88
Peter
Black estaba de pie ante la ventana de su dormitorio, con un vaso de whisky en
la mano. Vio con ojos empañados que dos coches desconocidos subían por su
sendero de entrada. No necesitó observar los movimientos de los cuatro hombres
cuando salieron y subieron por la senda de adoquines para saber que todo había
terminado. Cal el Todopoderoso se ha estrellado por fin, pensó con agrio humor.
Por desgracia, me ha arrastrado con él.
Siempre
hay que tener un plan de emergencia. Era uno de los lemas favoritos de Cal.
¿Tendrá uno ahora?, pensó. La verdad es que nunca me gustó ese tipo, así que me
da igual.
Se
acercó a la cama y abrió el cajón de su mesilla de noche. Sacó un estuche de
piel y extrajo una hipodérmica, ya llena de líquido. La estudió con curiosidad.
¿Cuántas veces había dado esa inyección, con expresión compasiva, a sabiendas
de que los ojos confiados que le miraban pronto se desenfocarían y se cerrarían
para siempre? Según el doctor Lowe, ese fármaco no sólo no dejaba el menor
rastro en la sangre, sino que no causaba dolor.
Pedro
llamó a la puerta del dormitorio para anunciar a los indeseados visitantes.
Peter
Black se tendió en la cama. Tomó un último sorbo de whisky y después se hundió
la aguja en el brazo. Suspiró mientras pensaba que el doctor Lowe al menos no
había mentido respecto a la ausencia de dolor.
89
Me
encuentro bien —insistió Fran.
Se
había negado a ir al hospital, y un coche de policía la condujo a la oficina
del fiscal en Stamford, en compañía del doctor Lowe. Desde allí llamó a Gus
Brandt a su casa, y relató a su jefe los acontecimientos de la noche. Gus había
retransmitido la entrecortada historia de Fran mediante la conexión telefónica,
con una filmación de archivo como fondo.
Cuando
la policía había llegado al escenario de la explosión, el doctor Lowe anunció
que quería entregarse a las autoridades y hacer una declaración completa sobre
los adelantos médicos que su investigación había logrado.
De
pie en medio del campo, mientras el incendio proseguía a su espalda, y con las
carpetas abrazadas contra su cuerpo, pidió disculpas a Fran.
—Esta
noche podría haber muerto, señorita Simmons. Todos mis logros habrían
desaparecido conmigo. Debo ponerlos a buen recaudo de inmediato.
—Doctor
—había dicho Fran—, si bien usted tiene más de setenta años, olvidó rápidamente
su filosofía cuando alguien intentó acabar con su vida.
La
policía les había conducido a la oficina del fiscal. Fran había hecho su
declaración al ayudante Rudy Jacobs.
—Había
grabado la conversación con Lowe. Ojalá hubiera cogido la grabadora antes de
que se produjera la explosión...
—Señorita
Simmons, no nos hace falta —dijo Jacobs—. Me han dicho que el buen doctor está
cantando como un ruiseñor. Le estamos grabando en cinta y en vídeo.
—¿Han
identificado al hombre que intentó matarnos?
—Por
supuesto. Se llama Lou Knox. Es de Greenwich, donde vive y trabaja como chófer
de Calvin Whitehall, y por lo visto se encarga de trabajillos muy variados.
—¿Ha
resultado malherido?
—Recibió
un balazo en el hombro y sufrió algunas quemaduras pero se recuperará. También
me han dicho que se ha soltado de la lengua. Sabe que le hemos pillado in
fraganti, y su única esperanza de salir mejor librado es la plena colaboración.
—¿Han
detenido a Calvin Whitehall?
—Acaban
de traerle. Le están fichando ahora mismo.
—¿Puedo
verle? —preguntó Fran con una sonrisa de ironía—. Fui al colegio con su mujer,
pero no le conozco personalmente. Será interesante conocer al individuo que
intentó volatilizarme.
—Es
comprensible. Sígame.
Ver
a un hombre corpulento, medio calvo y de facciones vulgares, vestido con una
arrugada camisa deportiva, sorprendió a Fran. Del mismo modo que el doctor Lowe
no se parecía en nada a las fotos que había visto de él, no había nada en aquel
hombre derrotado que sugiriera a «Cal el Todopoderoso», como Jenna llamaba a su
marido. De hecho, costaba imaginar a Jenna —hermosa, elegante, refinada— casada
con alguien de aspecto tan vulgar.
¡Jenna!
Esto será espantoso para ella, pensó Fran. Iba a hacer compañía a Molly esta
noche. ¿Se habrá enterado ya?
Sin
duda el marido de Jenna iría a la cárcel, pensó Fran, mientras reflexionaba
sobre el futuro inmediato. Aún es posible que Molly vuelva también a la
prisión. A menos que algo de lo descubierto esta noche sobre las
irregularidades cometidas en el hospital Lasch pueda ayudarla. Mi padre
prefirió suicidarse a enfrentarse a la cárcel. Es extraño el vínculo que nos
une a las chicas de la academia Cranden: a todas nos ha tocado de cerca la
realidad de la cárcel.
Se
volvió hacia el ayudante del fiscal.
—Señor
Jacobs, empiezo a sentir todo el cuerpo dolorido. Creo que aceptaré su
invitación de acompañarme a casa.
—Por
supuesto, señorita Simmons.
—Pero
antes me gustaría hacer una llamada, para escuchar mis mensajes.
—Desde
luego. Volvamos a mi despacho.
Había
dos mensajes. Bobby Burke, el camarero del Sea Lamp Diner, había telefoneado a
las cuatro para decirle que había localizado a la pareja que cenó en el
restaurante el domingo por la noche, cuando Molly se reunió con Annamarie
Scalli.
Una
buena noticia, pensó Fran.
La
segunda llamada era de Edna Barry, y se había producido a las seis.
«Señorita
Simmons, esto es muy difícil para mí, pero creo que debo confesar algunas
cosas. Mentí sobre la llave de repuesto de la casa de Molly porque tenía miedo
de que mi hijo... estuviera implicado en la muerte del doctor Lasch. Wally está
muy turbado.»
Fran
apretó el auricular contra su oído. Edna sollozaba tanto que era difícil
entenderla.
«Señorita
Simmons, a veces Wally cuenta fantasías. Oye cosas en su cabeza y piensa que
son ciertas. Es el motivo de que temiera por él.»
—¿Se
encuentra bien, señorita Simmons? —preguntó Jacobs al reparar en su expresión
de intensa concentración.
Fran
se llevó el dedo a los labios, mientras se esforzaba por escuchar la débil voz
de Edna Barry.
«No
dejé hablar a Wally. Siempre que lo intentaba, yo le hacía callar. Pero hace
poco dijo algo que, si es verdad, tal vez sea importante. Wally afirma que vio
a Molly llegar a su casa la noche que el doctor Lasch murió. La vio entrar en
casa y encender la luz del estudio. Él estaba de pie ante la ventana del
estudio, y cuando ella encendió la luz vio al doctor Lasch cubierto de sangre.
Lo que viene a continuación es lo más importante, en caso de ser cierto y Wally
no lo esté imaginando. Jura que una mujer salió por la puerta principal de la
casa. No obstante, ella reparó en su presencia y entró de nuevo a toda prisa.
Wally no le vio la cara y no sabe quién es, y huyó en cuanto la vio.»
Siguió
una pausa y más sollozos.
«Señorita
Simmons, tendría que haber permitido que le interrogaran, pero nunca me había
hablado de esta mujer. No era mi intención perjudicar a Molly, sólo temía por
mi hijo. —Los sollozos arreciaron, pero finalmente la señora Barry recobró la
compostura—. Es todo lo que puedo decirle. Supongo que usted o el abogado de
Molly querrán hablar con nosotros mañana. Estaremos aquí. Adiós.»
Fran,
estupefacta, colgó. Wally no está bien de la cabeza, pensó, y quizá no admitan
su testimonio. Pero si está diciendo la verdad y si vio a una mujer salir de
casa de Molly...
Recordó
lo que Molly le había contado sobre sus recuerdos de aquella noche. Ella creía
que había alguien más en la casa. Había oído una especie de repiqueteo... Pero
¿qué mujer? ¿Annamarie?
Meneó
la cabeza. No, no lo creo. ¿Otra enfermera con la que Gary estuviera
flirteando? Un repiqueteo. Yo también he oído un repiqueteo en casa de Molly,
se dijo. Lo oí ayer, cuando Jenna estaba allí. Era el repiqueteo de sus tacones
altos en el pasillo.
Jenna.
Oh,
Dios mío, ¿es posible? Nadie forzó la entrada, no hubo violencia. Wally vio a
una mujer abandonar la casa. Gary tuvo que ser asesinado por una mujer a la que
conocía. Pero no fue Molly, ni Annamarie... Todas esas fotos... la forma en que
Jenna las miraba.
90
No
quiero más, Jenna, de verdad. Si sigo bebiendo voy a pillar una curda de
campeonato.
—Oh,
Molly, por el amor de Dios, sólo has tomado una copa y media.
—Pensaba
que era la tercera. —Meneó la cabeza para despejarse—. Este vino es muy
potente.
—¿Qué
más da? Con todo lo que llevas en la cabeza, relajarte te irá muy bien. Apenas
has probado la cena.
—He
comido suficiente, y estaba buena. Lo que pasa es que no tengo hambre. —Levantó
la mano en señal de protesta cuando Jenna le sirvió más vino—. No, ya no puedo
más. La cabeza me da vueltas.
—Deja
que dé vueltas.
Estaban
sentadas en el estudio, con las cabezas apoyadas en el respaldo de dos cómodas
butacas, una frente a la otra, separadas por una mesilla baja. Durante unos
minutos guardaron silencio, con música de jazz como fondo sonoro.
—¿Sabes
una cosa? —dijo Molly—. Anoche tuve una pesadilla. Estaba muy inquieta. Creí
ver a Wally Barry en la ventana.
—¡Por
Dios!
—Me
sobresalté mucho. Wally nunca me haría daño, lo sé, pero al verle en la
ventana, di media vuelta y de repente esta habitación me resultó igual a como
estaba cuando volví a casa aquella trágica noche... Y ahora sé por qué efectué
esa asociación: creo que Wally estaba aquí aquella noche.
Molly
había mantenido la cabeza reclinada mientras hablaba. Empezaba a sentirse
somnolienta. Intentaba conservar los ojos abiertos y la cabeza erguida. ¿Qué
acababa de decir? De repente, sus ojos se abrieron de par en par, y se inclinó
hacia delante.
—¡Jen,
acabo de recordar algo importante!
Jenna
rió.
—Todo
lo que recuerdas es importante, Molly.
—Este
vino tiene un sabor curioso.
—Bien,
no contaré al Todopoderoso lo que has dicho. Lo consideraría un insulto.
—Un
repiqueteo, un chasquido. Otro sonido que oí.
—Molly,
te estás poniendo histérica.
Jenna
se levantó y se colocó detrás de la butaca. Rodeó con sus brazos a su amiga y
posó la mejilla sobre su cabeza.
—Fran
piensa que voy a suicidarme.
—¿De
veras? —preguntó Jenna. Rodeó la butaca y se sentó en el borde de la mesilla,
delante de Molly.
—La
verdad es que lo había planeado. Por eso me vestí de largo. Quería tener un
aspecto elegante cuando me encontraran.
—Tu
aspecto siempre es elegante, Molly —repuso Jenna con suavidad, y le tendió la
copa de vino, que cogió y apuró su contenido.
—No
es nada elegante ser desmañada —murmuró Molly, y volvió a reclinarse en la
butaca—. Jen, aquella noche vi a Wally en la ventana. Estoy segura. Puede que
anoche lo soñara, pero antes no. Llámale y dile que venga a hablar conmigo.
—Molly,
sé razonable —replicó Jenna—. Son las diez de la noche. —Cogió unas servilletas
de papel y limpió el vino derramado sobre la mesilla—. Te volveré a llenar la
copa.
—No...
no... Ya he bebido bastante. —Me duele la cabeza, pensó Molly. Clic chas.
—Clic
chas —dijo en voz alta.
—¿Qué
dices?
—El
sonido que oí aquella noche. Clic chas, clic, clic, clic.
—¿Eso
oíste, cariño?
—Ajá.
—Bravo,
estás recobrando la memoria. Sigue sentada y relájate. Te llenaré el vaso.
Molly
bostezó, mientras Jenna cogía la copa vacía e iba a la cocina.
—Clic,
clic, clic —repitió Molly al tiempo que los tacones altos de Jenna
repiqueteaban en el suelo.
91
Camino
de Greenwich, Philip decidió avisar a Molly con unos minutos de antelación
antes de presentarse en su casa. Llamó y esperó nervioso a que ella o Jenna
contestaran.
El
teléfono sonó diez veces. O Molly estaba profundamente dormida o había
desconectado el timbre. No creo que lo haya desconectado, pensó. Muy pocas
personas tienen su número, y en este momento no querrá estar aislada de
nosotros.
Recordó
su conversación con ella aquella tarde. Molly parecía tan abúlica y
deprimida... Tal vez sí se ha dormido. No, Jenna está con ella, se recordó
mientras llegaba al cruce y enfilaba por la calle de Molly. O quizá Jenna se
marchó pronto. Consultó el reloj del salpicadero: las diez. Es tarde, pensó. Es
posible que por fin esté durmiendo a pierna suelta. ¿Y si regreso a casa?
titubeó. No. Aunque tenga que sacarla de la cama, he de contarle el testimonio
de los Hilmer. Sólo un milagro podría tranquilizarla más que esta noticia.
Valdrá la pena despertarla.
De
pronto un coche de policía con las luces encendidas le adelantó. Horrorizado,
Philip vio que entraba en el sendero particular de la casa de Molly.
92
Jenna
volvió al estudio con una copa de vino para Molly.
—Eh,
¿qué estás haciendo? —preguntó.
Molly
se había sentado en el sofá, donde había desplegado las fotografías que habían
mirado antes.
—Más
recuerdos —contestó, arrastrando un poco las palabras. Alzó el vaso a modo de
saludo burlón—. Señor, míranos a los cuatro. —Arrojó una foto sobre la mesilla
auxiliar—. Éramos tan felices... al menos eso creía yo.
Jenna
sonrió.
—Éramos
felices, Molly. Un cuarteto fantástico. Lástima que se acabara.
—Ya.
—Molly tomó un sorbo de vino y bostezó—. Se me cierran los ojos. Lo siento...
—Lo
mejor que podrías hacer es terminarte esa copa y dormir doce horas seguidas.
—Los
cuatro —dijo Molly con voz somnolienta—. Me gusta estar contigo, Jenna, pero
con Cal no.
—Cal
no te cae bien, ¿verdad, Molly?
—A
ti tampoco. De hecho, creo que le odias. Por eso tú y Gary...
Molly
apenas fue consciente de que su amiga le quitaba la copa de la mano. Notó que
Jenna le rodeaba los hombros y le acercaba la copa a los labios, al tiempo que
susurraba con dulzura:
—Bebe,
Molly, sigue bebiendo...
93
Es
el coche de Jenna —dijo Fran a Jacobs cuando enfilaron el sendero particular—.
Hemos de darnos prisa. ¡Está dentro con Molly!
Jacobs
había subido al coche de policía con Fran y dos agentes. Antes de que el
vehículo se detuviese por completo, Fran se apeó y vio que otro coche se
detenía detrás de ellos. Indiferente al dolor que laceraba su tobillo, subió
corriendo los peldaños de la casa y llamó al timbre.
—Fran,
¿qué pasa?
Fran
vio a Philip Matthews correr hacia ella. ¿También tenía miedo por Molly? se
preguntó. El sonido del timbre resonaba dentro de la casa.
—¿Le
ha pasado algo a Molly, Fran? —Philip ya estaba a su lado, flanqueado por los
policías.
—¡Philip!
Es Jenna. ¡Fue ella! No hay otra explicación. Fue la otra persona que estuvo
aquí la noche que Gary Lasch fue asesinado. No puede permitir que Molly
recupere la memoria. Sabe que Molly la oyó huir aquella noche. Está
desesperada. ¡Hemos de detenerla! Sé que estoy en lo cierto.
—Derriben
la puerta —ordenó Jacobs a los policías.
La
puerta, de caoba maciza, resistió los embates estoicamente hasta que al final
se desprendió de sus goznes y cayó al suelo.
Cuando
entraron en el vestíbulo, un nuevo sonido resonó en toda la casa: los gritos
histéricos de Jenna pidiendo ayuda.
La
encontraron arrodillada junto al sofá del estudio, donde Molly estaba
derrumbada, con la cabeza cubierta en parte por una foto de su difunto marido.
Tenía los ojos abiertos de par en par y su mano colgaba por el borde del sofá.
Había una copa de vino caída sobre la alfombra, con su contenido derramado.
—¡No
me di cuenta de lo que estaba haciendo! —aulló Jenna—. Debió de introducir
somníferos en el vino. —Rodeó con los brazos el cuerpo inerte de Molly y
sollozó mientras la acunaba—. ¡Oh, Molly! Despierta, despierta...
—Aléjese
de ella. —Philip Matthews apartó a Jenna y enderezó a Molly sin miramientos—.
¡No puedes morir ahora! ¡Ahora no! —gritó—. No dejaré que mueras.
Y a
continuación la levantó en vilo y la llevó presurosamente al cuarto de baño de
los invitados. Jacobs y un policía le siguieron.
Al
cabo de unos segundos, Fran oyó la ducha, y después a Molly vomitar el vino que
Jenna había atiborrado de somníferos.
Jacobs
salió del cuarto de baño.
—¡Traigan
el oxígeno del coche! —ordenó—. Y pidan una ambulancia.
—No
paraba de repetir que quería morir —balbució Jenna—. Iba a la cocina y se
llenaba el vaso una y otra vez. Imaginaba cosas raras. Decía que estabas
enfadada, Fran, que querías matarla. Está loca. Ha perdido la razón.
—Si
Molly estuvo loca alguna vez, Jenna, fue cuando confió en ti —masculló Fran.
—Tienes
razón, Fran.
Molly,
sostenida por Philip y un agente, entró en la habitación, empapada y medio
atontada por los somníferos, pero su voz y sus ojos eran inequívocamente
acusadores.
—Tú
mataste a mi marido —dijo—. E intentaste matarme a mí. Fue a ti a quien oí
aquella noche. Tus tacones repiqueteando en el pasillo. Ése fue el sonido que
oí. El repiqueteo de tus tacones, y el chasquido de la falleba cuando abriste
la puerta.
—Wally
Barry te vio, Jenna —terció Fran.
Vio
a una mujer, pensó. No dijo que fuese Jenna, pero a lo mejor me cree.
—Jenna
—continuó Molly—, dejaste que me pudriera cinco años y medio en la cárcel por
un crimen que tú cometiste. Y habrías dejado que volviera a la cárcel. Querías
que me condenaran por la muerte de Annamarie Scalli. ¿Por qué, Jenna? Dime por
qué.
Jenna
paseó la vista entre sus dos amigas, al principio con ojos casi suplicantes.
—Te
equivocas, Molly... —empezó, pero se interrumpió, sabiendo que era inútil.
Estaba atrapada y todo había terminado—. ¿Quieres saber por qué, Molly?
—preguntó—. ¿Por qué? —Su voz empezó a alzarse—. ¡¿Por qué?! Tu familia tenía
dinero. Y Cal también. Gary y yo necesitábamos lo que tú y Cal nos ofrecíais.
¿Por qué crees que te presenté a Gary? ¿Por qué tantas reuniones los cuatro
juntos? Pues para que Gary y yo pudiéramos estar juntos lo máximo posible, a
pesar de todas las veces que estuvimos juntos a solas durante años.
—Señora
Whitehall, tiene derecho a guardar silencio —empezó Jacobs.
Jenna
no le hizo caso.
—Gary
y yo nos enamoramos desde el momento en que nos conocimos. Y un sábado por la
tarde me contaste que Gary mantenía relaciones con esa enfermera, y que estaba
embarazada. —Lanzó una carcajada amarga—. Yo era la tercera en discordia. Vine
aquí a pedirle explicaciones. Aparqué el coche más abajo, para que no lo vieras
si llegabas con antelación. Discutimos. Intentó echarme antes de que tú
llegaras. Luego se sentó ante su escritorio, me dio la espalda y dijo: «Empiezo
a pensar que no me equivoqué tanto al casarme con Molly. Al menos cuando se
enfada se va a Cape Cod y se niega a hablar conmigo. Vete a casa de una vez y
déjame en paz.» —La ira abandonó su voz—. Y entonces, ocurrió... No lo había
planeado. No era mi intención.
La
sirena de la ambulancia que se acercaba rompió el silencio que se hizo cuando
Jenna enmudeció. Fran se volvió hacia Jacobs.
—Por
el amor de Dios —dijo—, no permita que esa ambulancia traslade a Molly al
hospital Lasch.
94
Los
índices de audiencia del programa de anoche fueron espectaculares —dijo Gus
Brandt, seis semanas más tarde—. Felicidades. Es el mejor episodio de Crímenes
verdaderos que hemos emitido.
—Bien,
puedes vanagloriarte de haberlo puesto en marcha —respondió Fran—. Si no me
hubieras enviado a cubrir la salida de Molly de la cárcel, nada de esto habría
ocurrido, o habría ocurrido sin mí.
—Me
gusta en especial lo que Molly dijo en el resumen, eso de que hay que tener fe
en uno mismo y aguantar cuando te sientes al límite de tus fuerzas. Afirma que
gracias a ti no se suicidó.
—Jenna
casi lo consiguió por ella —dijo Fran—. Si sus planes hubieran salido bien,
todos habríamos dado por sentado que Molly se había suicidado. De todos modos,
yo habría albergado mis dudas. No creo que en el momento decisivo Molly hubiera
tomado esas pastillas.
—Habría
sido una gran pérdida. Es una mujer muy hermosa.
Fran
sonrió.
—Sí,
y siempre lo ha sido. Por dentro y por fuera. Eso es mucho más importante, ¿no
crees?
Gus
Brandt devolvió la sonrisa a Fran, y adoptó poco a poco una expresión
benevolente.
—Sí.
Hablando de cosas importantes, creo que te has ganado unas vacaciones. Tómate
un día libre. ¿Qué tal el domingo?
Fran
sonrió.
—¿Conceden
el premio Nobel de la Generosidad?
Volvió
a su despacho con las manos en los bolsillos y la cabeza gacha, lo que sus
hermanastros llamaban la «postura pensante de Fran».
Estoy
viajando casi sin combustible desde el día que esperé a Molly a la salida de la
prisión de Niantic, admitió para sí. Todo ha quedado atrás, pero aún me estoy
lamiendo las heridas.
Habían
pasado muchas cosas. En su esfuerzo por escapar a una posible sentencia de
muerte, Lou Knox había proporcionado todo tipo de información sobre Cal
Whitehall y los misteriosos sucesos del hospital Lasch. La pistola que guardaba
en el bolsillo cuando fue detenido en la granja era la que había utilizado para
matar al doctor Jack Morrow.
—Cal
me dijo que Morrow era uno de esos tíos que no paran de provocar problemas
—dijo a los policías—. Siempre hacía demasiadas preguntas en el hospital sobre
los pacientes fallecidos. De modo que me ocupé de él.
Los
Hilmer habían identificado a Lou como al hombre al que habían visto en el sedán
del aparcamiento del Sea Lamp Diner. Knox explicó el motivo de la muerte de
Annamarie.
—Habría
podido causar muchos problemas. Oyó a Lasch y Black hablar de que iban a
deshacerse de aquella vieja. También aceptó encubrir a Black cuando se le fue
la mano con la hija de los Colbert, pero Cal se acojonó cuando supo que Molly
se había citado con la Scalli en Rowayton. Estaba seguro de que ésta se iría de
la lengua. Una investigación tal vez la habría conducido hasta los hombres de
la ambulancia, que habían sido sobornados para decir que Natasha Colbert sufrió
un paro cardíaco camino del hospital. Tendría que haberme librado de ellos. Por
lo tanto, era más sencillo librarse de la Scalli.
Cuando
empiezas a contar las personas que fueron asesinadas a sangre fría porque
representaban una amenaza, además de las que murieron en aras de la
investigación, se te pone la carne de gallina, se dijo Fran. Y papá también fue
una víctima. Por culpa de su carácter débil, desde luego, pero el verdadero
causante de su muerte fue Whitehall. Jacobs había enseñado a Fran los
certificados de acciones sin valor que Lou había guardado como recuerdo de la
pequeña estafa cuya víctima había sido su padre.
—Cal
ordenó a Lou Knox que diera a su padre un soplo, con el fin de que comprara
cuarenta mil dólares de estas acciones —explicó Jacobs—. Estaba seguro de que
su padre mordería el anzuelo, porque admiraba el éxito económico de Whitehall.
Éste confiaba en que su padre tomaría prestado el dinero del fondo para la
biblioteca. Era miembro del comité, junto con su padre, y también tenía acceso
a esa cuenta. El reintegro de cuarenta mil dólares se convirtió en uno de
cuatrocientos mil gracias a las manipulaciones de Lou Knox, y su padre fue
consciente de que no podría restituirlos ni demostrar que no se había apropiado
de toda esa cantidad.
Aun
así, se apoderó de un dinero que no era suyo, aunque él lo consideró una
especie de préstamo, pensó Fran. Al menos papá estará sonriendo, porque el otro
«soplo» de Lou no me voló por los aires, como él pretendía.
Iba
a cubrir los juicios del doctor Lowe, Cal Whitehall y Jenna para la cadena.
Ironías de la vida, la defensa de Jenna aduciría crimen pasional, la misma
acusación de la que Molly había sido declarada culpable.
Mala
gente, todos ellos. Pero pagarán por lo que han hecho con muchos años de
cárcel, reflexionó. Por el lado positivo, American National Insurance
adquiriría Remington Health Management, con un hombre bueno y decente al mando.
Molly va a vender la casa y se trasladará a Nueva York, donde empezará a
trabajar en una revista el mes que viene. Philip está loco por ella, pero Molly
necesita mucho tiempo para cicatrizar sus heridas y encauzar su vida antes de
pensar en un compromiso. Lo que tenga que ocurrir ocurrirá, y él lo sabe.
Fran
cogió su chaquetón. Me voy a casa, decidió. Estoy cansada y necesito relajarme.
O tal vez todo sea culpa de la astenia primaveral, pensó mientras miraba las
flores que se exhibían en el Rockefeller Center.
Se
volvió y vio a Tim Mason en la puerta.
—Te
he visto hoy. Y he pensado que parecías estar en baja forma —dijo—. Mi receta
es que vayamos juntos al estadio de los Yankees. El partido empieza dentro de
tres cuartos de hora.
Ella
sonrió.
—Una
solución perfecta para la tristeza —admitió, al tiempo que tomaba una veloz
decisión.
Tim
enlazó su brazo con el de Fran.
—La
cena consistirá en cerveza y salchichas.
—Recuerda
que tú invitas —dijo ella—. Piensa en lo que opina tu madre al respecto.
—Por
supuesto. Sin embargo, una pequeña apuesta sobre el resultado del partido redondearía
mi satisfacción.
—Ganarán
los Yankees, pero te concedo un margen de tres puntos —dijo Fran.
Entraron
en el ascensor y la puerta se cerró a su espalda.
Fin

