Libro N°. 3098. Peligro Inminente. Christie, Agatha.
© Libro N°. 3098. Peligro Inminente. Christie, Agatha. Colección
E.O. Septiembre 10 de 2016.
Título original: © Peligro Inminente. Agatha Christie
Versión Original: © Peligro Inminente. Agatha Christie
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© Edición, reedición y Colección
Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA
Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
PELIGRO INMINENTE
Agatha Christie
DRAMATIS
PERSONAE
●
Esa BUCKLEYS.
Bellísima
y despreocupada muchacha, propietaria de una magnífica residencia campestre.
●
Files BUCKLEYS.
Pastor
protestante, padre de Maggie Buckleys.
●
Maggie BUCKLEYS.
Prima
de Esa en grado lejano.
●
Berto CROFT.
Australiano,
inquilino de una casita vecina a la mansión de Esa, de la cual es también
propietaria.
●
Milly CROFT.
Inválida
esposa del anterior.
●
George CHALLENGER.
Comandante
de la marina inglesa y enamorado apasionadamente de Esa Buckleys.
●
EDITH.
Doncella
de los Croft.
●
GRAHAM.
Medico
de Esa.
●
Harold HASTINGS.
Capitán,
aficionado al detectivismo y asiduo colaborador de Poirot.
●
HOOD.
Empleado
de un sanatorio.
●
JAPP.
Inspector
de Policía de Scotland Yard.
●
Jim LAZARUS.
Conocido
anticuario londinense, muy amigo de Frica Rice.
●
MAC ALLISTER.
Médico
de enfermedades nerviosas y tío del comandante Challenger.
●
MOLT.
Dueño
de un garaje y taller mecánico.
●
Hércules POIROT.
Famoso
detective, protagonista de esta novela.
●
Frica RICE.
Joven
y hermosa señora, separada de su esposo e íntima amiga de Esa.
●
Michael SETON.
Piloto
aviador, prometido de Esa.
●
Charles VYSE.
Prestigioso
abogado y primo de los Buckleys.
●
WESTON.
Coronel
de la policía del condado
●
WHITFIELD.
Abogado
de la familia Seton.
●
Helen WILSON.
Sirvienta
de Esa y esposa de William.
●
William WILSON.
Jardinero
de la citada señora.
CAPÍTULO
UNO
EL
HOTEL MAJESTIC
En
mi opinión no hay puerto de mar al sur de Inglaterra más atractivo que Saint
Loo, y comprendo el entusiasmo de sus huéspedes estivales, que lo llaman la
reina de las playas. Recuerda por muchos conceptos la Riviera. La costa de
Cornwall rivaliza en belleza con la Costa Azul.
Así
que hube expuesto ese pensamiento al amigo Hércules Poirot, me respondió éste:
—No
es muy original su afirmación, querido, pues la leímos anoche en el
coche-restaurante, en la cartulina de la minuta.
—¿Y
por eso no le parece tal vez justificada?
Hércules
sonreía para sí mismo, absorto en sus propias reflexiones. Tuve que repetir la
pregunta.
—Dispénseme,
Hastings; estaba pensando en otra cosa, y precisamente en ese lugar de que
usted hablaba.
—¿En
la Corniche?
—Sí.
Pensaba en el último invierno que pasé allí y en los acontecimientos que
sucedieron.
Recordé.
Se había cometido un asesinato en el tren directo del Mediterráneo, y Poirot,
con su acostumbrada e infalible perspicacia, consiguió desenredar las
enmarañadas complicaciones de aquel caso criminal.
—¡Ah!
—suspiré—. ¡Cuánto me hubiera gustado estar con usted entonces!
—También
hubiera querido yo tenerle a usted cerca, porque su experiencia me hubiese
valido bastante.
Le
miré de reojo, pues por larga experiencia desconfío de los cumplidos de Poirot.
Pero esta vez parecía realmente hablar en serio. ¿Y por qué no? ¿Quién podría
preciarse de conocer mejor que yo sus métodos?
—Sentía
sobre todo la falta de su férvida fantasía, amigo Hastings. —y añadió, casi
hablando consigo mismo—: Siempre se necesita alguna pequeña ayuda. Sin embargo,
cuando intento aclarar una duda exponiéndosela a George, me veo obligado a
reconocer la completa falta de imaginación de mi criado, y eso que es bastante
listo.
A
decir verdad no me pareció muy genial la observación.
Pregunté
a mi amigo si no le venían ganas de volver a la actividad de otros tiempos. Su
actual vida pausada...
—Me
viene como un guante —me replicó al momento—. Tenderse al sol es la más
agradable de las ocupaciones. Y además, descender voluntariamente del pedestal,
cuando se ha llegado ya a la cumbre de la notoriedad, ¿puede darse algo mejor?
En todas partes se habla de mi como del grande, del único, del incomparable
Hércules Poirot. Nadie ha superado mi valor, nadie lo ha tenido igual, nadie lo
tendrá nunca. El resultado conseguido no ha sido del todo malo, y me contento
con él; yo soy modesto.
¿Modesto?
En ese caso hubiera adoptado yo cualquier otra palabra. El egotismo de mi amigo
no se había debilitado seguramente con el transcurso de los años. Se apoyó
contra el respaldo de la silla atusándose el bigote, y parecía un gatito
ronroneando.
Estábamos
sentados en una de las terrazas del Majestic, que era el principal hotel de
Saint Loo. Y a ese hotel pertenece el terreno en que surge un espolón rocoso,
elevado sobre el mar. A nuestros pies, verdeaban las palmeras de su jardín. La
superficie del agua era de un azul oscuro, el cielo muy claro, el sol tenía ese
resplandor de agosto que no siempre, ni siquiera a menudo, concede a
Inglaterra. Sentíamos en torno nuestro un alegre zumbido de abejas. El conjunto
era ideal.
Llegados
la víspera por la noche, aquélla era para nosotros la primera mañana de una
proyectada estancia de ocho días. Y para que esa temporadita fuera perfecta,
bastaría que no variasen las condiciones atmosféricas imperantes entonces.
Recogí
un periódico que había en el suelo y empecé a leer las noticias del día: la
situación política, enojosa, pero poco interesante. La China en desorden; un
gran robo cometido en la City. Volví la página en busca de alguna columna que
me llamase la atención y al punto comenté en voz alta:
—Es
curiosa esa epidemia de psitacosis, en Leeds.
—Sí,
muy curiosa.
—Parece
que ha habido otros dos casos mortales.
—¡Lástima!
—Y
no se tienen noticias de Seton, ese que quiere dar la vuelta aérea al mundo.
Son muy atrevidos nuestros jóvenes aviadores. Del Albatros dicen que es un
hidroplano de construcción perfecta. ¡Con tal que sea verdad! ¡Con tal que no
se haya matado!... Aún hay esperanza: podría darse el caso de un aterrizaje en
alguna isla del Pacífico. En cuestión de política, me parece que se molesta
demasiado al ministro del Interior.
—Es
verdad —interrumpió Poirot—. Y ese pobre hombre debe de verse apurado de veras,
puesto que busca apoyo donde nunca se creería.
Le
miré. Con ligera sonrisa, Hércules sacó del bolsillo la correspondencia llegada
por la mañana, recogida y bien envuelta en un paquetito atado con una goma.
Tomó de allí una carta y me la alargó. Después de leerla, exclamé algo
excitado:
—Puede
usted estar orgulloso, me parece.
—¿Lo
cree usted así?
—¡Un
ministro entusiasta de su habilidad!
—Y
con razón —dijo tranquilamente Poirot, sin mirarme de frente.
—Le
suplica a usted que investigue; se lo pide como un favor personal.
—Sí,
pero no hace falta repetirme sus frases. Ya comprenderá usted que las he leído.
—¡Qué
lástima! —exclamé suspirando—. ¡Ya se acabaron nuestras vacaciones!
—¡No,
hombre, no; tenga usted calma! No hay que renunciar a nuestra feliz holganza.
—Si
el ministro dice que la cosa es urgente...
—Tal
vez lo sea y tal vez no. Los políticos, en general, se excitan fácilmente. En
las sesiones de la Cámara, en París, he llegado a ver...
—El
caso es que hemos de prepararnos para marchar. Ya se nos ha hecho tarde para el
rápido de Londres, que sale de aquí a las doce. El próximo tren...
—Le
repito que tenga calma, Hastings. Usted se pone nervioso en seguida. No nos
iremos a Londres hoy ni tampoco mañana.
—Pero
¿esa llamada...?
—No
me conmueve. Yo no pertenezco a la Policía inglesa. Se me pide que aclare un
suceso enmarañado, se me pide como detective particular y yo me niego.
—¿Se
niega?
—Sí.
Respondo en tono muy cortés, presento mis excusas, expreso mi profundo
sentimiento por la respuesta que me imponen las circunstancias... Y explico mi
voluntad de retirarme, por creerme ya hombre acabado.
—¡Pero
no lo es! —exclamé.
Poirot
me golpeó amablemente la rodilla con una mano.
—Es
la voz del corazón de un buen amigo. Y dice bien. La sustancia gris funciona
aún admirablemente; todavía tengo la inteligencia capaz de claridad, de orden,
de método. Pero el que ha resuelto descansar, no vuelve de su decisión. Yo no
soy un divo de teatro para despedirme veinte veces del público. Además, quiero
dejar generosamente el puesto a los jóvenes. ¿Quién sabe si éstos no han de
llevar a cabo brillantes operaciones? Mucho lo dudo, pero puedo equivocarme.
Sea como fuere, siempre sabrán lo bastante para limpiar de estorbos el
Ministerio.
—¿Y
el homenaje que rinde a su valor?
—No
me deja ni frío ni caliente. El ministro del Interior, con muy buen sentido,
sabe que si pudiera asegurarse mis servicios, vería allanársele todos los
obstáculos. Pero ese buen hombre llega tarde. No está de suerte. Hércules
Poirot se dedica al descanso.
Le
miré asombrado, deplorando su obstinación. Aunque ya segura y grande su fama,
hubiérase, sin embargo, acrecentado por la feliz solución de la trama en que se
hallaba metido el ministro del Interior. Por lo demás, era realmente admirable
la firmeza de mi célebre amigo. Se me ocurrió decirle sonriendo:
—Debería
darle a usted miedo expresarse con tanto énfasis. No tiente a los dioses.
—A
todos les sería imposible hacer desistir a Hércules Poirot de una decisión que
haya tomado.
—¿Imposible?
¿De veras?
—Tiene
usted razón, Hastings; no debería ser categórico en mis afirmaciones. Así,
pues, diré que si cerca de mí alguien disparase una bala contra la pared, a la
altura de mi cabeza, querría investigar y moverme hasta comprender la causa de
lo sucedido. Por más que digamos, siempre seguiremos siendo míseras criaturas
humanas.
Y
precisamente en aquel momento cayó junto a nosotros en la terraza una
piedrecita, por lo cual me hizo reír la hipótesis que imaginaba mi amigo. Vi
que Hércules se inclinaba para recoger el guijarro al tiempo que seguía
diciendo:
—Sí,
somos criaturas humanas. Y si nos echamos a dormir, puede darse el caso de que
alguien venga a despertarnos.
Me
extrañó un poco verle levantarse en aquel momento y descender los dos escalones
que separaban el jardín de la terraza. Y precisamente en aquel instante,
mientras él bajaba, casi le salió al encuentro una señorita muy esbelta.
Apenas
tuve tiempo de recibir la impresión de un conjunto de rara elegancia, cuando mi
atención hubo de volverse de nuevo a mi amigo, que, por no haber mirado bien
dónde ponía el pie, cayó pesadamente contra las raíces muy salientes de un
árbol.
Se
había desplomado muy cerca de la joven, por lo cual ella y yo acudimos con la
misma prontitud a inclinarnos sobre él. Y yo le atendía a él solo, como es
natural, y, sin embargo, tuve por un instante la percepción de una abundante
cabellera castaña y del oscuro azul de los ojos maliciosos puestos en nosotros.
—Le
pido mil perdones, señorita —balbució Poirot—. Su amabilidad me confunde...
¡Ay!... Me he torcido un pie... Pero no será nada... Pasará... Si quisieran
ustedes ayudarme; usted, Hastings, por un lado y la señorita por el otro... Si
no es muy indiscreto lo que les pido...
Sostenido
por nosotros, volvió a subir cojeando a la terraza y de nuevo tomó asiento en
la silla abandonada poco antes.
Le
propuse que llamase a un médico, pero no quiso oír hablar de eso.
—No
es nada. Una simple torcedura. Y eso que me duele bastante... ¡Ay!... —al breve
lamento, añadió casi inmediatamente—: ¡Bah! Dentro de diez minutos ya no
pensaré en ello. Señorita, no sé cómo agradecerle... Tenga la bondad de
sentarse, por favor.
Asintió
la joven y se sentó.
—No
será nada —dijo luego—. Pero no debiera usted dejar de llamar al médico.
—Ya
pasará. Es una bagatela, un pequeño dolor, que, con el placer de su compañía,
casi no lo siento.
—Muy
bien —dijo riendo la señorita.
—¿Tomará
usted un aperitivo? —pregunté yo en aquel momento—. Es la hora más a propósito,
me parece.
—Pues
bien, sí, acepto, muchas gracias.
—¿Un
Martini?
—Sí,
con mucho gusto. Un Martini.
Me
fui. Cuando volví, después de encargadas las bebidas, encontré muy empeñada la
conversación entre ella y Hércules.
—Figúrese,
Hastings —me dijo inmediatamente mi amigo—, que aquella casa que está en el
extremo de la punta del espolón y que tanto hemos admirado pertenece a esta
señorita.
No
recordaba yo haber admirado ni siquiera haber visto la casa de que me hablaba.
Pero, naturalmente, seguí la cosa, y en refuerzo de los elogios oídos ya
seguramente por la señorita, exclamé:
—¿De
veras? Es muy original su nido. Parece una roca dominadora, aislada, imponente.
—La
llaman La Escollera. Le tengo bastante cariño, a pesar de lo poco que vale. Es
tan vieja, que se cae en pedazos.
—¿Es
acaso la señorita la última superviviente de un antiguo apellido?
—No,
pero sí de una familia noble... De trescientos años a esta parte, siempre ha
habido Buckleys en Saint Loo. Hace tres años perdí el único hermano que tenía,
así que soy en realidad la última de nuestra familia.
—¡Triste
destino! ¿Y vive usted sola en La Escollera, señorita?
—Suelo
parar poco en Saint Loo. Y cuando estoy en casa, tengo siempre un séquito de
alegres amigos.
—Es
usted modernísima, señorita. Y figúrese. Yo me imaginaba su vida muy recogida
en un palacio antiguo, misterioso, sobre el que pesase alguna maldición
familiar...
—¡Qué
férvida fantasía la suya! No: La Escollera no alberga fantasma alguno... O a lo
sumo alberga uno benéfico. En tres días consecutivos me he librado tres veces
de la muerte. Casi podría creer en una protección sobrenatural.
Poirot
se incorporó en su silla.
—¿Que
se ha librado tres veces de la muerte? Cuénteme, señorita; le suceden cosas
interesantes.
—No;
no se trata de casos espectaculares. Simples incidentes...
Movió
vivamente la cabeza para espantar una avispa y añadió en tono atrevido:
—¡Malditos
bichos! Debe de haber un nido por aquí cerca.
—Se
ve que las abejas y las avispas no le son muy simpáticas. ¿Le han picado a
usted alguna vez?
—No;
pero detesto oírlas zumbar casi en mi cara.
En
aquel momento llegaron las bebidas. Alzamos los vasos, abandonándonos al cambio
de las frases de rigor, las rituales.
—Tengo
que irme al hotel para estar allí a la hora del aperitivo —dijo miss Buckleys—.
Si no, creerán que me he perdido por el camino.
A
Poirot le picaba la garganta cuando dejó el vaso.
—Cuánto
preferiría —balbució— una buena taza de chocolate. Pero eso no entra en las
costumbres inglesas... En cambio, tienen ustedes en Inglaterra algunos usos muy
agradables... Así, las señoritas se ponen y se quitan el sombrero... de un modo
tan gracioso... Con tanta facilidad.
La
muchacha abría mucho los ojos.
—¿Qué
mal hay en ello? ¿Por qué no habíamos de hacerlo?
—Usted
habla así porque es joven, señorita, muy joven. Para mí, un sombrerito normal
sigue siendo una cosa alta y rígida, fijada con largos alfileres... aquí...,
aquí..., aquí.
Hércules
subrayaba con alegre mímica sus palabras.
—Ya;
pero ésas no son cosas prácticas.
—Estoy
convencidísimo de ello. Ninguna mártir de la moda hubiera podido protestar con
más eficaz acento. Los días de viento, los sombreros rígidos debían de ser un
verdadero tormento, una causa segura de jaqueca.
Miss
Buckleys se descubrió y tiró el sombrero al suelo.
—Y
ahora hacemos esto —exclamó riendo.
—Y
es cosa sensata y graciosa —respondió Poirot con una ligera inclinación.
Miraba
yo atentamente a la muchacha. Con los cabellos un poco revueltos en aquel momento,
me recordaba, Dios sabe por qué, un gnomo, un pequeño espíritu. Algo
melancólico emanaba de toda su persona, de su rostro pequeñito, de los grandes
ojos de un azul oscuro; algo así como un efluvio indefinido e indefinible.
¿Soplaba tal vez en torno suyo alguna brisa de inquietud? Bajo los ojos tenía
unas sombras oscuras.
La
terraza en que estábamos sentados era poco concurrida. La otra terraza, la
mayor, preferida de los demás, extendíase detrás, y precisamente hacia el sitio
de la alta ribera que dominaba el mar.
De
detrás de la esquina venía un hombre de faz colorada y que, por su andar
oscilante y el modo de llevar los puños casi cerrados y los brazos caídos,
revelaba a primera vista un hombre de mar.
—No
acierto a comprender dónde se ha metido —decía, con voz que se oía fácilmente
desde donde nosotros estábamos—. ¡Esa! ¡Esa!
Miss
Buckleys se levantó.
—Esperaba
verle impacientarse... Aquí me tiene, George.
—Frica
está rabiando porque falta usted al aperitivo. Venga, pues, al momento.
Dirigió
a Poirot, a quien seguramente consideraba muy distinto de los demás amigos de
la muchacha, una mirada de franca curiosidad.
La
joven esbozó una presentación.
—El
comandante Challenger, el...
Con
gran sorpresa mía, Hércules no pronunció su nombre. Se levantó, saludó con
mucha ceremonia y dijo sentenciosamente:
—¿Oficial
de la Marina inglesa? Siento gran simpatía por la Armada inglesa.
Los
ingleses no suelen buscar cumplidos de esa clase. El comandante Challenger se
sonrojó, mientras Esa Buckleys tomaba el mando de la situación.
—¡Pronto,
pronto, George! No se entretenga, que Frica y Jim nos esperan.
Y
volviéndose sonriente a Poirot, añadió:
—Mil
gracias por el aperitivo. Espero saber pronto que ya tiene usted el pie curado.
Después
de dirigirme a mí un saludo, apoyó la mano en el brazo del marino y se marchó
con él, desapareciendo por la esquina de la casa.
—He
aquí, pues, uno de los amigos de la muchacha —balbució Hércules—, uno de la
alegre cuadrilla.
Y
volviéndose a mí, añadió, mirándome:
—¿Qué
me dice usted de él, Harold? Expóngame su juiciosa opinión. ¿Le parece un buen
chico?
Para
tener tiempo de decidir el exacto significado de las palabras «buen chico» en
la mente de Poirot, contesté evasivamente:
—Parece
una buena persona, por lo que se puede descubrir con una simple ojeada.
—Yo
me pregunto... —murmuró Hércules.
La
muchacha se había olvidado el sombrero. Poirot se inclinó, lo recogió y empezó
a darle vueltas alrededor de un dedo.
—¿Cree
usted que ese individuo la quiere bien?
—¿Cómo
quiere usted que yo lo sepa? Déme ese sombrero. La muchacha lo necesitará, y
voy a llevárselo.
En
vez de acceder a mi petición, mi amigo seguía haciendo girar lentamente el
fieltro.
—Espérese,
que esto me entretiene; no corre prisa...
—Hombre...
—Envejezco,
chocheo, ¿verdad?
Esas
palabras eran exactamente las que me cruzaban por la imaginación, por lo que me
disgustó oír con tanta claridad mi pensamiento.
—No,
no tema. Aún no chocheo. Devolveremos el sombrero a su dueña, claro está, pero
no ahora. Se lo llevaremos a La Escollera, y de ese modo tendremos ocasión de
volver a ver a la graciosísima miss Buckleys.
—¿Se
ha enamorado usted de ella?
—¿Le
parece a usted de veras una joven hermosa?
—¿Por
qué me lo pregunta? Bien la ha visto usted.
—Porque
desgraciadamente yo no soy juez en la materia. A mí, ahora, todo lo que es
joven me parece bello. Es la tragedia de quien ha pasado de la juventud. En
cambio, usted puede juzgar; se comprende que sus juicios puedan ser algo
atrasados, pues aún tiene usted ante los ojos los figurines de hace cinco años:
ha permanecido usted mucho tiempo en la Argentina. ¿Es una joven bella?
¿Atractiva? ¿Cree usted que un hombre puede perder por ella la cabeza?
—Yo
diría que sí... Pero ¿cómo se apasiona usted tanto por esa chiquilla?
—¿Apasionarme
yo?
—Basta
oírle hablar.
—Se
equivoca, querido. Me interesa miss Buckleys, es verdad; pero me interesa
muchísimo más su sombrero.
Le
miré estupefacto: ¿hablaba en serio? Poirot movió la cabeza.
—Sí,
Hastings; este sombrero.
Alargó
el brazo para que mirase de cerca el sombrerito y me preguntó:
—¿Ve
usted ahora la razón de mi interés?
Con
gran asombro repuse:
—Es
un sombrero bonito, pero que no tiene nada de particular... He visto iguales a
éste en infinidad de mujeres.
—¿Iguales
a éste? Ninguno.
Lo
examiné más detenidamente.
—¿No
lo ve usted? —insistió Poirot.
—Veo
un modelo de fieltro oscuro, de elegante diseño...
—¡Dale!
No le pido que me lo describa. Es evidente que usted no ve: no sabe ver. Yo lo
observaría sabe Dios cuántas veces y siempre con el mismo asombro. Pero mire
bien, tontuelo. En este caso, no hace falta gran desperdicio de sustancia gris:
basta tener ojos. Mire, mire...
Y
por último, discerní la incongruencia acerca de la cual quería llamarme la
atención. El sombrerito giraba lentamente alrededor de un dedo de mi amigo, y
este dedo estaba metido en un orificio practicado en la tela. Cuando Hércules
se convenció de que había adivinado su pensamiento, retiró la mano y me hizo
examinar el agujero. Su contorno era muy claro y precisamente circular y no
comprendía yo su utilidad.
—¿Ha
observado usted el miedo que le daban a la señorita las avispas? ¿Ve usted...
el agujero del sombrero?
—¡Qué
tontería! Una avispa no perfora de ese modo el fieltro.
—Es
muy cierto, Hastings; ¡qué perspicaz es usted! Una avispa, no; pero una bala de
revólver, sí.
—¿Una
bala?
—Sí,
como ésta.
Me
tendió una mano, en cuya palma había un minúsculo objeto.
—Mire;
esto cayó en la terraza hace un instante, mientras hablábamos.
—Así,
usted cree...
—Creo
que si hubiera dado dos centímetros más abajo, la bala hubiese perforado, no el
fieltro, sino la cabeza de la joven. ¿Comprende usted qué es lo que me
interesa? Sí; tenía usted razón al decirme que no hubiera debido yo emplear la
palabra «Imposible». Somos criaturas humanas, sí. Pero se equivocó de medio a
medio el criminal que tomó por blanco a su víctima cuando ésta pasaba a pocos
metros de distancia de Poirot. No le arriendo la ganancia... Y ahora
comprenderá usted seguramente por qué tenemos que ir a La Escollera y trabar
amistad con miss Buckleys. Ha escapado de tres atentados en tres días
consecutivos, ella misma nos lo ha dicho; así, pues, hay que obrar pronto,
Hastings: el peligro es inminente. No podemos perder tiempo.
CAPITULO
DOS
LA
ESCOLLERA
Hércules
—dije a mi amigo mientras comíamos en una mesita junto al hueco de una
ventana—, he reflexionado...
—Magnífico
ejercicio...
—Escúcheme:
el pistoletazo lo dispararon muy cerca de nosotros y, sin embargo, no oímos
ninguna detonación.
—Y
cree usted que hubiéramos debido oírla en la solemne quietud interrumpida
únicamente por el leve ruido de la resaca.
—Cuando
menos el hecho es algo extraño, ¿verdad?
—Yo
creo que es muy fácil de explicar. Aquí nos hallamos muy cerca de ciertos
ruidos y por eso no se perciben otros. Durante toda la mañana han cruzado por
el golfo vapores. Al principio, usted mismo se lamentaba del estrépito que
armaban al pasar, y poco después, ya ni siquiera lo advertía. Ya ve usted. En
el ruido próximo de uno de esos vapores casi se perdería hasta el estruendo de
un cañonazo.
—Es
verdad.
Poirot
bajó la voz para decirme:
—Ahí
viene la muchacha con su séquito. Por lo visto almorzarán en la fonda. No
podemos tardar en devolverle el sombrero. Pero no importa. El caso es lo
bastante serio para justificar una visita a La Escollera.
Se
levantó gallardamente, cruzó con rapidez la estancia, y con una inclinación
entregó el sombrero a la muchacha, que en aquel momento iba a sentarse a la
mesa, al lado de sus amigos.
Era
un cuarteto compuesto de Esa Buckleys, el comandante Challenger y de otra
pareja. No podíamos verlos bien; pero de cuando en cuando nos llegaba la
rumorosa risa del oficial de la Marina. Éste me parecía un alma sencilla y
amable, un individuo simpático.
Poirot
permaneció taciturno y distraído todo el tiempo de la comida. Se entretenía con
las migas, hablaba a medias palabras y no dejaba en su sitio los platos ni los
cubiertos sobre la mesa. Después de intentar yo varias veces reanudar la
conversación, acabé por renunciar a ella. Hércules se quedó sentado largo rato
después de tomados los postres. Se levantó en cuanto los otros dejaron el
comedor y los siguió a la galería. Antes que se acomodaran alrededor de una
mesa, los alcanzó y preguntó a miss Esa:
—¿Me
permite unas palabras, señorita?
La
Buckleys arqueó la cejas. Leía yo fácilmente su pensamiento, el temor de
encontrar en aquel forastero bajito y extraño una fuente de molestias. Y la
compadecí, al notar que la situación no podía parecerle de otro modo. Separóse
sin ganas, disgustada, de su grupo.
Y al
momento, mientras Poirot le hablaba en voz baja, vi asomar en su rostro una
expresión de sorpresa.
Entre
tanto yo me aburría de estar solo, solito. Challenger tuvo el acierto de venir
en mi ayuda, ofreciéndome un cigarrillo y haciendo unas cuantas observaciones
vulgares. Nos habíamos mirado recíprocamente de arriba abajo, y creo que nos
habíamos agradado mutuamente. Parecía serle yo más simpático que el otro señor
del cuarteto, a quien también pude observar al mismo tiempo: era un joven alto,
rubio, de facciones bellas y regulares, aunque la nariz era demasiado carnosa.
Tenía unos modales algo desdeñosos y cierta languidez en la voz. También me
desagradaba su extremada esbeltez.
Su
compañera, sentada con mucha compostura en una butaca, habíase quitado el
sombrero, descubriendo enteramente un rostro de «virgen cansada». Los cabellos,
de un blanco ceniciento, partidos en medio de la frente, escondían las sienes y
las orejas y se anudaban sobre la nuca. El semblante, delgado y muy pálido,
tenía una expresión singular y extrañamente atractiva. Los ojos eran grandes y
de un color gris claro. Parecía estar lejos de la realidad circundante y me
miraba fijamente, dispuesta a hablarme. Al fin me dijo:
—Siéntese,
mientras su amigo habla con Esa.
Su
voz lenta no parecía sincera y, sin embargo tenía no sé qué de simpático. En
conjunto emanaba de ella un suprema expresión de cansancio. Parecía cansada,
más mental que físicamente, decepcionada por haber tropezado en todas partes
con soledad y soberbia que parecían incomprensibles.
Mientras
aceptaba el asiento que me ofrecía, le expliqué:
—Miss
Buckleys ayudó muy amablemente a mi amigo a levantarse cuando se cayó esta
mañana, produciéndose una ligera torcedura.
—Me
lo ha dicho.
Seguía
mirándome, pero con aire absorto, distraído.
—¿La
tibia ha vuelto a su sitio?
Sentí
que me ruborizaba.
—¡Oh!,
fue un dolor momentáneo, señora. Afortunadamente, nada grave.
—Más
vale así, me agrada cerciorarme de que no ha sido pura invención de Esa; pues
ha de saber usted que es una embustera de marca mayor, extraordinaria. La más
provecta que puede imaginarse: es una artista en el género.
Me
quedé estupefacto. Divertida tal vez por mi turbación, prosiguió la señora:
—Es
una de las primeras amigas que he tenido; pero eso no impide que la considere
muy embustera, ¿verdad, Jim? La historia de los frenos del automóvil, por
ejemplo, dice Jim que la debió de inventar de cabo a rabo.
El
joven rubio confirmó al momento, con bien timbrada voz:
—¡Y
me parece que yo entiendo algo de automóviles!...
Había
vuelto un poco la cabeza; fuera de la fonda, alineado con otros varios, pude
ver un largo automóvil encarnado, el más largo y más encarnado que he visto en
mi vida; un superauto.
—¿Es
suyo? —le pregunté con súbito impulso.
Él
asintió, y casi me vinieron ganas de decirle:
—¡Tenía
que serlo!
En
aquel momento se nos acercó Poirot. Yo me levanté, Hércules me cogió del brazo,
inclinóse rápidamente ante los otros dos y me llevó de allí.
—Estamos
de acuerdo. Iremos a visitar a miss Esa esta tarde, a las seis y media. Ya
habrá vuelto de su excursión en coche, y habrá vuelto sana y salva, sí.
Parecía
inquieto, turbado.
—¿Qué
le ha dicho usted?
—Le
he pedido que me conceda una entrevista lo antes posible. La cosa no parecía
gustarle mucho, como es natural. Pensaba (¡me es tan fácil imaginarme sus
reflexiones!): ¿quién será este hombrecillo? ¿Un impulsivo? ¿Un desocupado?
¿Algún empresario de películas?... De buena gana me hubiera contestado que no
si hubiera encontrado algún pretexto; pero, por lo visto, no lo ha encontrado.
Es tan difícil negar una petición presentada así, de improviso. Miss Buckleys
estará de vuelta en su casa a las seis y media; estaremos, pues, preparados.
Quise
emitir mi opinión de que las cosas se presentaban bien, pero no fue muy
favorablemente acogida esa idea. Durante toda la tarde Hércules estuvo
inquieto, como un gato perdido. Iba y venía por la habitación, murmurando para
sí y ocupado continuamente en poner en orden las fruslerías esparcidas sobre
los muebles. A todo cuanto yo le decía, limitábase a mover las manos y la
cabeza.
Dejamos
el Majestic a las seis en punto.
—Parece
imposible —dije, mientras bajábamos de la terraza al jardín— que se intente
matar a tiros a alguien en el jardín de una fonda. Es cosa de locos.
—No
estamos de acuerdo; el acto podría no tener nada de loco si existiera cierta
condición esencial. En primer lugar, el jardín está abandonado. Aquí se
acostumbra pasar las horas en la terraza que da al océano, y todos se reúnen y
entretienen en esa terraza; el único que pasa sus ocios en el jardín soy yo,
porque soy un original. Y ni siquiera he visto nada en esta azotea. El jardín
es bastante tupido: árboles, grupos de palmeras, arbustos en flor. Cualquiera
podría esconderse y esperar sin que le vieran el paso de la muchacha, la cual,
por lo que se ve, viene siempre a la fonda por ese lado, que es el camino más
propio para llegar desde la Escollera al Majestic, siguiendo la calle; y
podemos estar seguros de que miss Esa es de las que siempre llegan tarde y
tienen necesidad de ir acortando.
—Pero
sea lo que fuere, el peligro era enorme; alguien hubiera podido ver al
criminal. Y no se puede pretextar haber disparado un revólver por pura
casualidad.
—Por
pura casualidad, no.
—¿Qué
quiere usted decir?
—Nada...
Una idea mía: puedo haber dado en el clavo, pero también puedo equivocarme...
Aplazando por ahora este punto, vuelvo a asegurar que la explicación depende de
una condición esencial.
—¿Cuál?
—Seguramente
la imaginará usted.
—No
quisiera privarle del placer de demostrarme su superior perspicacia.
—¡Oh,
oh! Qué importancia nos damos hoy. Pues bien, hela aquí: salta a los ojos que
el móvil del delito no puede ser obvio. Si lo fuese, entonces sí que hubiera
sido enorme el peligro que se corría. La gente diría «El culpable debe de ser
el Fulano de Tal. ¿Dónde se hallaba en el momento del atentado?» El
delincuente, es decir, el aspirante al delito, no puede ser fácil de
identificar. Y eso es lo que me asusta. Porque, lo confieso, estoy asustado.
Para tranquilizarme pienso que hago cuanto puedo. Un atentado en aquellas
condiciones sería realmente una locura. Sin embargo, temo. Hay que investigar
minuciosamente y pronto acerca de esos horribles casos fortuitos... —detúvose
de pronto y luego añadió—: Aún es temprano. Tomaremos el camino más largo. El
jardín no puede revelarnos nada. Vamos a La Escollera siguiendo el camino
corriente.
Volvimos,
pues, sobre nuestros pasos, y apenas salidos del portal de la fonda, tomamos
por la derecha la salida que conduce a la cima de la colina. Allí, en el poyo
de un sendero, una placa indicaba la dirección: A la Escollera.
El
sendero, bastante corto, torcía súbitamente, y en el recodo nos encontramos
frente a una verja doble, que necesitaba muy visiblemente una buena capa de
pintura. Al otro lado, a la derecha, había una casita tan mona, que contrastaba
con la pobreza de la verja y del largo camino invadido por la hierba. El
jardincillo que la rodeaba estaba muy bien arreglado: los marcos de las
ventanas parecían recién pintados y detrás de los limpios cristales veíanse
blancos visillos.
Un
hombre de raídos vestidos estaba inclinado sobre una era florida. Incorporóse
cuando oyó rechinar la verja y se volvió a mirarnos. Era un individuo como de
sesenta años, de tez bronceada por una larga costumbre de vivir al aire libre,
que así se comprendía al momento, y completamente calvo. Tenía ojos azules que
parpadeaban de continuo. El conjunto era simpático.
Nos
dio amablemente las buenas tardes. Yo le contesté en la misma forma, y durante
todo el tiempo que empleamos en recorrer el sendero de la casa sentí que no
apartaba de nosotros una mirada inquisidora.
—Yo
me pregunto... —susurró el amigo Poirot.
Pero
no añadió nada más, y, por tanto, no supe qué duda le cruzaba otra vez por el
cerebro.
La
casa era grande y de triste aspecto. En varios puntos, las ramas de los árboles
que la rodeaban tocaban el tejado. Parecía evidentemente en ruinas. Poirot
contempló con atención la fachada antes de tocar la campanilla, una campanilla
de modelo antiguo que requería un esfuerzo considerable para ponerse en
movimiento y que una vez movida continuaba sonando y sonando melancólicamente.
Nos
abrió la puerta una mujer de mediana edad, una criada decentemente vestida de
negro, que me produjo el efecto de ser una persona respetable, triste e
indiferente a cuanto la rodeaba. Nos dijo que aún no había vuelto la señorita.
Poirot le explicó que estaba citado con ella aquí y se esforzó un rato en
convencerla. Comprendíase que la mujer no se fiaba de un forastero, y me precio
de haber sido yo la causa de su decisión al admitirnos en la casa e
introducirnos en el salón de su amable señora.
De
aquel ambiente estaba desterrada la tristeza. Daba al mar y hallábase a pleno
sol. El mobiliario, bastante usado, en el que había sólidos muebles de la época
de la reina Victoria, al lado de objetos de estilo ultramoderno y de poco
precio, revelaba el choque de gustos encontrados. Las cortinas eran de un
brocado descolorido; las sillas tenían fundas nuevas y claras, y por el suelo
estaban esparcidos unos cuantos almohadones. En las paredes había retratos de
familia, algunos de ellos verdaderamente artísticos. Sobre una mesita veíase un
gramófono, cuyos discos yacían aquí y allí, en perfecto desorden. Descubrí un
aparato portátil de radio y observé la falta completa de libros. En la esquina
de un sofá había quedado abierto un periódico. Hércules lo cogió y volvió a
dejarlo con una mueca. Era la Gaceta de Saint Loo. Un nuevo pensamiento le
impulsó a examinarlo por segunda vez, y lo estaba leyendo cuando entró
silenciosamente en el aposento Esa Buckleys.
—Tráeme
el hielo, Helen —dijo a alguien que había detrás de ella. Y volviéndose luego a
nosotros, añadió—: Aquí me tienen. He dejado plantados a los demás. Tengo mucha
curiosidad por saber de qué se trata. ¿He de representar en alguna película la
heroína perdida en un bosque? Tenía usted un aspecto tan solemne esta mañana
—añadió, hablando a Poirot—, que no creo que se trate de otra cosa. ¿Me hace
usted algún ofrecimiento razonable?
—¡Ay
de mí, señorita! —balbució Hércules.
—No
me diga que he de prepararme para otra cosa. Usted no puede ser ningún
miniaturista con deseos de dar a otros sus obras maestras... No; un hombre como
usted, que se hospeda en el Majestic, es persona que puede permitirse soportar,
además de la peor cocina, los elevados precios de hospedaje que se usan en
Inglaterra... ¿Son equivocadas mis suposiciones?
En
aquel momento se presentó, cargada con una bandeja en la que había varias
botellas de hielo, la mujer que nos abriera la puerta. Esa mezcló las bebidas
sin dejar de charlar. Me imagino que al fin la impresionó el persistente
silencio de Poirot; puesto que, deteniéndose de pronto, le preguntó vivamente:
—¿Está
bien?
—Así
quisiera yo que estuviera todo: bien —repuso Hércules, tomando el vaso que ella
le ofrecía—. ¡A su salud, señorita! —añadió después—: ¡A su inquebrantable
buena salud!
La
joven, que no era tonta, sorprendióse del tono de estas palabras.
—¿Hay
algo que va mal?
—Sí,
señorita. Esto.
Y
así diciendo, Hércules alargaba el brazo y en la palma de la mano enseñaba la
bala del revólver. La muchacha la tomó y la examinó frunciendo el ceño.
—¿Sabe
usted qué es este objeto?
—Naturalmente:
una bala de revólver. No cabe duda.
—Eso
es. No fue una avispa lo que la rozó el rostro esta mañana, sino esta balita...
—¿Y
usted cree...? ¿Le parece posible que haya un idiota tan idiota tomo para
disparar en un jardín?
—Me
parece precisamente posible.
—En
este caso —exclamó Esa— puedo decir que me protege una Providencia. Ésta es la
cuarta vez.
—Precisamente
—dijo Poirot—. La cuarta... Desearía saber de sus propios labios, señorita, la
historia de los otros tres casos... fortuitos.
La
joven abrió mucho los ojos sin proferir una palabra.
—Quiero
cerciorarme de la naturaleza de... esos casos fortuitos.
—¿Pues
qué otra cosa podría ser?
—Prepárese
para una desagradable sorpresa: ¿pudiera ser que alguien quisiese atentar
contra su vida?
La
única respuesta a esa pregunta fue una carcajada. Esa Buckleys parecía
disfrutar.
—¡Magnífico
hallazgo! Pero, señor mío, ¿a quién diablos se le podría ocurrir matarme? No
soy ninguna rica heredera cuya muerte pueda dejar varios millones a éste o a
aquél. Casi, casi, me gustaría llegar a ser objeto de una persecución
dramática..., pues sería cosa sensacional, mas no lo espero.
—¿Querría
usted darme detalles de tales incidentes?
—Con
mucho gusto. Aunque repito que no tienen importancia, son casos tontos. Sobre
mi lecho cuelga un cuadro de grandes dimensiones. La otra noche se cayó.
Afortunadamente, momentos antes había yo oído golpear una puerta y había bajado
para cerrarla, y gracias a eso me salvé, pues el cuadro me habría aplastado si
me hubiera caído encima. He aquí el caso número uno.
Poirot
escuchaba muy serio.
—Cuénteme
ahora el caso número dos.
—Ése
es más insignificante aún. Por ahí abajo pasa un caminito que va al mar. Yo
bajo siempre por ahí para ir al baño, porque hay un saliente, a poco más de un
metro sobre el agua, desde el cual se zambulle una admirablemente. Ayer,
mientras me preparaba para bañarme, se desprendió un pedrusco desde lo alto,
sabe Dios cómo, y rodó, pasando rozándome precisamente... El tercer caso es muy
distinto. Se estropeó no sé qué en los frenos del automóvil. Un empleado del
garaje ha intentado explicarme la naturaleza del desperfecto, pero no he
comprendido sus explicaciones. Únicamente he entendido con claridad que si
hubiese yo querido, una vez traspuesta la verja, continuar descendiendo hacia
la colina, no hubieran funcionado los frenos, y yo, juntamente con mi coche,
hubiera ido a estrellarme contra la Casa Consistorial... Leves desperfectos en
la fachada del palacio, y completo destrozo de Esa Buckleys. Pero debido a un
olvido hube de volver atrás por un objeto que me había dejado en casa, y así
tuve la suerte de detenerme simplemente en medio de los laureles del seto.
—¿No
puede usted darme idea de la clase de avería sufrida?
—Sería
preciso ir a pedir explicaciones claras al garaje de Molt. Me parece que se
trataba de un tornillo aflojado. Helen, la criada que les ha abierto la puerta,
tiene consigo un hijo, y habrá querido tal vez entretenerse en desmontar las
piezas. Los chiquillos suelen tener esas manías. Como es natural, la madre jura
y perjura que el niño no se arrimó al coche. Y, sin embargo, según me dio a
entender Molt, alguien tuvo que estropear aquella parte del coche en cuestión.
—¿Dónde
está el garaje, señorita?
—En
la otra parte de la casa.
—¿Está
cerrado con llave?
De
nuevo Esa pareció sorprenderse y respondió:
—No.
—Así,
cualquiera podría manipular en su coche.
—Sí,
podría si quisiera; pero ¿quién ha de querer semejante simpleza?
—Nada
de simpleza, señorita. Usted no se convence del peligro a que está expuesta;
peligro grave, gravísimo. Se lo digo yo. ¿Y sabe usted quién soy yo?
—¿Quién?
—preguntó Esa conteniendo el aliento.
—Hércules
Poirot.
—¡Oh!
—exclamó la joven, con muy poca emoción.
—Usted
conoce mi nombre, ¿verdad?
—Por
supuesto.
Estaba
turbada, confundida; se le leía en los ojos la angustia de no saber cómo salir
del aprieto. Poirot la miraba atentamente.
—Se
comprende, señorita, que no ha leído usted nunca mis libros.
—Eso...
No... No todos... Naturalmente, pero conozco su nombre.
—Ahora
miente usted por cortesía, señorita.
Me
estremecí, recordando la confidencia que había tenido horas antes en el
Majestic.
—Se
comprende —siguió diciendo Hércules—. Es usted tan joven aún, que no ha oído
hablar... ¡Se apaga tan pronto una fama!... Pero mi amigo aquí presente le
explicará.
Esa
me miró. Tosí para no tener que hablar inmediatamente, tras lo cual dije, algo
embarazado:
—Monsieur
Poirot es..., era..., un famoso detective.
—¿Y,
según usted, basta eso? ¿No sabe usted dar a entender a la señorita que soy un
detective único, incomparable, el más genial de todos cuantos han existido?
—Ya
no tengo que tomarme ese trabajo, pues usted se ha dado a conocer por sí mismo,
muy claramente por cierto.
—Pero
hubiera sido más agradable no tener que violentar mi modestia. Esto se debería
poder hacer sin necesidad de cantar las propias alabanzas.
—Se
debería poder hacer cuando se tiene un perro fiel —dijo irónicamente Esa—. ¿Y
quién es el perro?
—Soy
Harold Hastings —respondí con gran frialdad.
—Lo
que me sucede es asombroso, espléndido. ¿Y creen ustedes que alguien desea
enviarme al otro mundo? El hecho sería sensacional. Pero no ocurren semejantes
cosas en la realidad. Sólo suceden en los libros. Monsieur Poirot puede
compararse a un cirujano inventor de una nueva operación, o a un médico que,
habiendo estudiado cierta enfermedad, querría encontrarla en todos sus
clientes.
—En
fin —exclamó con impaciencia Poirot—. ¿Querría usted decidirse a hablar en
serio? ¿Son ustedes efectivamente incapaces, los jóvenes de hoy, de mirar
seriamente las cosas? No hubiera sido cosa de risa encontrar su cadáver con un
lindo agujerito en la cabeza, en vez de encontrarlo en el sombrero. Le aseguro
que en ese caso no hubiera usted reído.
—He
oído una risa ultraterrena en una sesión espiritista —respondió Esa—. Pero en
verdad, monsieur Poirot, su bondad me conmueve... Por lo demás, no puedo creer
que no se trate de casos fortuitos.
—¡Es
usted obstinada como un diablo!
—Y
de eso precisamente deriva mi nombre. Mi abuelo tenía fama de haber vendido su
alma al diablo. Por ello le llamaban Nicolás el Diablote. Era un hombre malo,
pero bastante ingenioso. Yo le adoraba. Siempre iba con él, y la gente decía de
nosotros: «Ahí va el Diablote con la Diablesa.» Y de ahí mi diminutivo, Esa;
pero mi verdadero nombre es Magdalena, nombre que abunda bastante en nuestra
familia. Ahí tiene usted una —añadió mostrándonos un retrato que había en la
pared.
Después
de mirarlo, preguntó Poirot:
—Y
el otro retrato que hay encima de la chimenea, ¿es el de su abuelo?
—Sí.
Una verdadera obra de arte. Jim Lazarus deseaba que yo se lo vendiese, pero no
he querido. No quiero separarme del querido Diablote.
Poirot
permaneció pensativo un momento. Luego, con grave acento, siguió diciendo:
—Escúcheme,
señorita, y le suplico que preste mucha atención. La amenaza un gran peligro;
hoy alguien ha disparado contra usted con una pistola Mauser.
—¿Una
pistola Mauser?
La
vimos vacilar.
—Sí.
¿Conoce usted alguien que tenga un revólver de esa marca?
La
joven dijo con una sonrisa:
—Yo
tengo uno.
—¿Usted?
—Sí.
Era de mi padre, que lo trajo a casa al volver de la guerra, y desde entonces
lo he visto rodar por ahí. El otro día estaba en este cajoncito.
Indicó
un escritorio antiguo, y movida por súbita sospecha, se levantó de pronto y
corrió a abrir el cajón, tras lo cual se volvió a nosotros y nos dijo con gran
mudanza en la voz:
—¡Ya
no está!
CAPÍTULO
TRES
¿CASOS
FORTUITOS?
A
partir de aquel momento la conversación tomó otro giro. Hasta allí, Poirot y su
interlocutora habían tenido palabras contrarias, permaneciendo infranqueable
entre ellos la alta barrera de los años. No habiendo sabido hasta entonces nada
de la gran fama del detective, pues su generación solamente sabe los nombres
conocidos de la actualidad inmediata, Esa Buckleys no había dado importancia a
la clamorosa autopresentación del detective. Para ella, Poirot había sido hasta
aquel momento un forastero anciano y casi cómico con su propensión al
melodrama.
Su
actitud había herido a Hércules en su vanidad, ya que estaba convencidísimo de
que todo el mundo conocía su existencia. Y he aquí que alguien la ignoraba. Lo
cual no era del todo inútil para él, convencido estoy de ello, pero perjudicaba
directamente al objeto a que quería llegar. No obstante, con el descubrimiento
de la desaparición del revólver el asunto cambió de aspecto: Esa ya no lo juzgó
como una broma poco interesante. Siguió hablando con desenvoltura, pues era su
costumbre tomar las cosas a la ligera; pero en su modo de proceder se notaba ya
cierta diferencia.
Se
apartó del escritorio y volvió a sentarse a nuestro lado en el brazo de una
butaca. Con grave semblante susurraba:
—Es
extraño... Es extraño.
Poirot
se volvió a mirarme:
—¿Se
acuerda usted de mi dudosa hipótesis? Pues bien: como ve, no era desacertada.
Si la señorita hubiera muerto en el jardín de la fonda, no se hubiera
descubierto su cadáver probablemente hasta algunas horas después de cometido el
delito. Pocas personas pasan por allí. Junto a ella, cual si se le hubiese
caído de la mano, hubieran encontrado el revólver. Helen no hubiera titubeado
en identificarlo, y habrían salido a relucir habladurías sobre preocupaciones,
insomnios...
Esa
replicó vacilante:
—Es
verdad... ¡Tengo tantas preocupaciones!... Todos me reprochan haberme vuelto
nerviosa... Sí; se hubiera hablado de todo esto.
—Y
habrían atribuido el suceso a suicidio. Ninguna huella dactilar en la culata
del arma, a no ser las de la señorita... Un caso sencillo, muy convincente. Eso
hubiera sido todo.
—¿De
veras? La cosa tiene una gracia tremenda —exclamó Esa, a la que, sin embargo,
no parecía hacerle mucha.
Poirot
tomó la frase en un sentido convencional.
—¿Tremenda?
Sí. Pero convendrá usted conmigo, señorita, que ese juego ha durado ya bastante
y debe terminar. Cuatro tentativas han sido inútiles, pero la quinta podría ser
eficaz.
—Y
bajaría yo a la negra tumba —se arriesgó a decir en tono alegre la joven.
—Pero
aquí estamos el amigo Hastings y yo para evitarle ulteriores daños.
Me
agradó aquel «estamos». Poirot no suele asociarme a mí en sus empresas. Creí,
pues, deber añadir:
—Sí,
sí, esté usted tranquila, señorita, que la protegeremos.
—Son
ustedes muy amables —respondió miss Buckleys—. Todo esto es extraordinario,
increíble, melodramático.
Esa
no había querido desechar el tono alegre de quien no toma las cosas por lo
trágico, pero parecíame descubrir cierta turbación en sus ojos.
—Lo
primero que debemos hacer ahora —declaró Poirot— es tener una consulta.
Sentóse
y la miró con expresión de sincera amistad.
—Ante
todo, vamos a ver, señorita: ¿sabe usted si tiene enemigos?
Esa
movió la cabeza, y casi parecía lamentar tener que respondernos:
—No
creo tenerlos.
—Está
bien. Podemos dejar por ahora esa hipótesis. Pasemos a la pregunta clásica de
las películas y de las novelas policíacas: ¿a quién aprovecharía su muerte?
—No
lo podría decir —contestó Esa—. Y precisamente eso es lo que me impide tomar
por lo trágico mis casos. ¿Esta casa? Es una ruina. Y, además, está hipotecada
hasta el máximo de su valor: el techo se hunde, la roca en que se apoya no
esconderá seguramente un filón de antracita ni de ningún otro precioso mineral.
—¿Hipotecada?
—No
hubo más remedio que recurrir a eso. Tenga usted presente que en pocos años he
tenido que pagar dos veces derechos de sucesión. Mi abuelo murió hace seis años
y poco después de él murió mi hermano. Ésa fue la última caída.
—¿Y
su padre?
—Era
inválido de guerra cuando volvió del frente y se lo llevó una pulmonía en mil
novecientos diecinueve. Era yo muy niña cuando perdí a mi madre. Vivía aquí con
el abuelo. Entre éste y mi padre no existía buena armonía, cosa que no puede
sorprender, así, pues, mi padre nos dejó y empezó a correr por el mundo por su
propia cuenta. Tampoco mi hermano Gerard se entendía con el abuelo. Y aun creo
que éste no me hubiera tomado a mí cariño si yo hubiese nacido varón. Pero a mí
me quería. Decía que yo era un retoño de la antigua rama y que había heredado
todos los caracteres de ella —y al llegar aquí se interrumpió con una sonrisa—.
Creo que mi abuelo era un calavera, pero con mucha suerte. Decían que en sus
manos todo se convertía en oro. En cambio, como era jugador empedernido, pronto
perdía lo que había ganado. Cuando murió, no dejó casi nada más que la casa y
ese poco de terreno que la rodea. Entonces tenía yo dieciséis años y Gerard
veintidós. Gerard falleció víctima de un accidente de automóvil hace tres años,
y yo me quedé en posesión de la finca.
—¿Y
a quién iría ésta a parar si usted desapareciese? ¿Cuál es su pariente más
cercano?
—Mi
primo Charles; Charles Vyse, un abogado domiciliado en Saint Loo, persona muy
digna y muy buena, pero poco divertida. Siempre me aconseja que refrene mis
gustos extravagantes.
—¿Y
es él quien administra sus bienes?
—Administrar...
Es un decir, porque yo no tengo nada que administrar. Sin embargo, Charles fue
quien me buscó un prestador para la casa y los inquilinos de la casita que está
próxima a la verja.
—¿La
casita? Iba a pedirle datos sobre ella. ¿Está alquilada?
—Sí;
a un matrimonio australiano, un tal Croft, con su esposa. Muy buena gente, de
una cordialidad excesiva, oprimente. Nunca dejan de ofrecerme algún regalo de
manojos de apios o peras primerizas o qué sé yo... Lo descuidado que está mi
jardín les horroriza. Son algo pesados, es verdad, cuando menos él, demasiado
diligente. Ella está inválida; la pobrecilla no puede moverse del sofá en el
que permanece tendida desde la mañana a la noche. Además, pagan el alquiler,
que para mí es un gran alivio.
—¿Hace
mucho que han venido aquí?
—Unos
seis meses.
—Comprendo.
Ahora dígame: aparte de ese primo suyo... Entendámonos: ¿es primo por parte de
su padre o de su madre?
—Por
parte de mi madre, que de soltera se llamaba Any Vyse.
—Muy
bien. Decía, pues, si no tiene otros parientes, aparte de ese primo.
—Tengo
otros primos lejanos, auténticos Buckleys, que viven en el distrito de York.
—¿Y
ninguno más?
—Ninguno.
—Está
muy aislada.
Ella
le miró.
—¿Aislada?
¡Qué gracia! Aquí estoy muy poco. Vivo generalmente en Londres. Por lo demás,
los parientes suelen ser aguafiestas, husmean por todas partes, se meten en lo
que no les importa... Vale más, mucho más, tenerlos lejos y no hacerles caso.
—No
perderé el tiempo en compadecerla. Usted es una muchacha moderna... Ahora
dígame qué personal tiene a su servicio.
—¿Personal?...
Vaya una palabra imponente. El personal se reduce únicamente a Helen. Su marido
cuida un poco del jardín, pero es jardinero de ocasión, se contenta con una
mísera paga porque le he dado permiso para que tenga en casa a su hijo. Helen
me sirve cuando estoy aquí, y ella y yo nos ayudamos en lo que podemos cuando
doy alguna recepción. Daré una el lunes: la semana que viene es la semana de
regatas, como usted sabe.
—¿El
lunes?... Y hoy es sábado... Bueno. Dígame ahora algo de sus amigos. ¿Quiénes
son los que comían hoy con usted?
—Frica
Rice, la joven señora rubia, puede decirse que es mi mejor amiga. Es una
criatura desgraciada, casada con un tunante, borracho y morfinómano, un
desequilibrado sin miramientos humanos. Frica tuvo que separarse de él hace un
año o dos, y desde entonces no para en ningún sitio... Quisiera que pudiese
conseguir el divorcio para casarse de nuevo con Jim Lazarus.
—¿Lazarus?
¿El anticuario de Bond Street?
—El
mismo. Mejor dicho, Jim es hijo único del dueño de esa casa de antigüedades.
Tiene mucho dinero. ¿Han visto ustedes su automóvil? Jim es judío, pero de los
buenos. Está enamoradísimo de Frica y siempre anda detrás de ella. Habían
venido juntos a pasar el fin de semana en el Majestic, pero se detendrán un
poco más para poder tomar parte en mi recepción del lunes por la noche.
—¿Y
el marido de mistress Rice?
—¿El
marido? Le echan de todos los cargos y ahora nadie sabe dónde para. Así, pues,
la situación de su mujer es muy enojosa. ¿Cómo va a divorciarse de un individuo
cuyo domicilio se ignora?
—Ya.
—¡Pobre
Frica! Es desdichada de veras. Hubo un momento en que parecía poder quedar
libre, pues el marido había aceptado dejarse sorprender en compañía de una
mujer; pero a última hora dijo que andaba muy corto de dinero... Y por último
consiguió que le pagasen para marcharse, y desde aquel día nadie ha vuelto a
saber nada de él. En resumen, es un ser abyecto.
—¡Dios
mío! —exclamé.
—Ha
escandalizado usted al amigo Hastings. Tenga usted cuidado. Acuérdese de que
está un poco atrasado, porque ha vuelto hace poco de las vastas y claras
llanuras de la Argentina. Aún no ha tenido tiempo de familiarizarse con las
costumbres de hoy...
—Pues
no hay que escandalizarse —replicó Esa, mirándome de frente—; quiero decir que
esos tipos existen, y que todo el mundo lo sabe. ¿Y por qué no había de
llamarle abyecto? ¿Acaso no lo merece? En fin, la infeliz Frica se vio en
aquella época reducida a no saber cómo salir del paso.
—Comprendo,
comprendo; una historia fea. ¿Y el otro amigo suyo, el bueno del comandante
Challenger?
—¿George?
Le he conocido siempre. Es decir, desde hace cinco años. Es un buen muchacho.
—Que
quisiera casarse con usted..., ¿verdad?
—Me
habla de ello de cuando en cuando, a ratos perdidos o después de haber bebido
dos vasos de lo bueno.
—¿Y
usted permanece insensible?
—¿Por
qué habíamos de casarnos George y yo? Ni él ni yo tenemos un céntimo. Además, a
su lado me aburriría mortalmente. Es el tipo a quien se le ha metido en la
cabeza ser «patricio» o «amoldarse a las tradiciones»... Esto aparte, tiene lo
menos cuarenta años.
La
observación me lastimó un poco.
—Ya
—dijo riendo Poirot—, tiene un pie en la sepultura... No; no tema haberme
ofendido, señorita. Yo soy un abuelo, un vejestorio... Quisiera algunos otros
pormenores respecto a los peligros corridos. Por ejemplo, el cuadro...
—Ha
vuelto a su puesto, previa sustitución de la cuerda que lo sostenía. Venga a
verlo si quiere.
Nos
abrió paso y la acompañamos a su dormitorio. El referido cuadro era una pintura
al óleo, encerrada en un pesado marco. Estaba colgada en la pared, precisamente
sobre la cabecera del lecho. Poirot, después de decir «Permítame, señorita», se
quitó los zapatos y se puso en pie en la cama. Examinó el sostén y, como pudo,
el peso del cuadro. Hizo una mueca elocuente y volvió a bajar, diciendo:
—Si
esto le hubiera caído a usted encima, hubiera sido un mal negocio. ¿También era
de alambre el primitivo sostén?
—Sí,
pero no tan grueso. Éste es más sólido.
—Muy
bien. ¿Y examinó usted el punto de la rotura? ¿Fueron limados los extremos de
los dos pedazos? ¿Los observó usted?
—Me
parece que sí, pero no lo examiné muy atentamente. ¿Por qué había de darme que
pensar?
—Eso
precisamente, ¿por qué? En fin, me gustaría ver ese alambre. ¿Sabe usted dónde
está?
—Quedó
junto al cuadro, pero probablemente el operario que vino a cambiarlo lo
tiraría.
—¡Lástima!
Me hubiera gustado verlo.
—¿No
cree usted que fuera un caso fortuito? No puede ser otra cosa.
—Podría
ser, no es posible asegurar nada. Pero el desperfecto producido en el
automóvil, ese indudablemente no fue un caso fortuito. ¿Y el pedrusco
desprendido de la pendiente...? Me gustaría ver hasta dónde rodó.
Esa
nos condujo a través del jardín: hasta el sendero del desprendimiento, bajo el
cual centelleaba el mar. Se detuvo en el punto en que había ocurrido el
incidente, que volvió a describir al muy atento Poirot, el cual, cuando calló
la joven, le preguntó:
—¿De
cuántos modos se puede llegar a su jardín, señorita?
—Hay
la calle de enfrente, la que pasa por delante de la casita; hay también una
puerta de servicio en la tapia, en la mitad del callejón. Existe al mismo
tiempo una salida aquí, en lo alto de las rocas. El sendero que de ella parte
conduce, serpenteando, del mar al Majestic. Además, naturalmente, se puede muy
bien entrar en el jardín desde el hotel, cruzando el seto. Así he entrado yo
esta mañana. Y cruzando el jardín se acorta para ir a la ciudad.
—¿En
dónde trabaja de ordinario su jardinero?
—Anda
por el huerto o permanece sentado en el cobertizo de los aperos, afilando una
hoz o guadaña.
—¿Ese
cobertizo está en la otra parte de la casa?
—Exactamente.
—¿Así
que si alguno viniese a quitar de su equilibrio una piedra, podría hacerlo sin
que le vieran?
Vi
sobresaltarse a Esa.
—¿Quiere
usted decir que alguien ha procedido de ese modo? No llega a convencerme. Esa
acción hubiera sido fútil.
Poirot
sacó otra vez del bolsillo la bala del revólver.
—Pero
esto no ha sido una acción fútil, señorita —insistió amablemente.
—Eso
habrá sido el acto de un loco.
—Pudiera
ser. Es muy comprensible que guste entablar en las veladas una discusión
respecto del problema de la supuesta locura de todos los delincuentes. Tal vez
haya en ellos una defectuosa formación de la sustancia gris. Es probable. Pero
eso es cosa que compete al médico. Mi misión es distinta. Yo debo cuidarme de
la víctima, no del criminal. Pienso en usted, señorita, y no en su desconocido
agresor. Usted es joven y bella; el mundo está para usted lleno de promesas, le
espera la vida y el amor. Eso es lo que yo pienso... Dígame, esos amigos suyos,
es decir, mistress Rice y míster Lazarus, ¿cuánto tiempo llevan en estos
parajes?
—Frica
llegó aquí el miércoles. Estuvo dos días con unos amigos en los alrededores de
Tavistock y vino a Saint Loo ayer. Jim ha estado de excursión no sé por dónde.
—¿Y
el comandante Challenger?
—Ése
vive en Davenport. Viene con su auto cuando puede, generalmente los sábados,
para concluir aquí la semana.
Poirot
movió la cabeza y permaneció un rato sin abrir la boca; pero, mientras
volvíamos a la casa, rompió de pronto el silencio para preguntar:
—¿Tiene
usted alguna amiga de la que pueda fiarse totalmente?
—Frica.
—Aparte
de ésta, ¿no tiene otra?
—No
sabría... Es decir, sí, lo sé... Pero ¿por qué me lo pregunta?
—Porque
quisiera que tuviese usted aquí, a su lado, una amiga de confianza, y cuanto
antes.
—¡Oh!
Esa
pareció titubear y quedóse muda un momento, reflexionando. Luego, con acento no
muy convencido, murmuró:
—Creo
que podría mandar venir a Maggie...
—¿Quién
es Maggie?
—Una
de las primas de quien le hablaba a usted hace un rato. Son un familión. El
padre es eclesiástico, es pastor. Maggie y yo somos casi de la misma edad. La
invito de cuando en cuando a pasar alguna temporada conmigo en verano. A decir
verdad, su compañía no es muy animada: ¡es tan candorosa la pobre! Pensaba
dispensarme de invitarla este año.
—Pues
su prima nos conviene mucho para este caso, señorita. Es precisamente el tipo
de compañera que yo le hubiese escogido a usted, si pudiese.
—Pues
bien —dijo entre suspiros Esa—: la telefonearé. No sabría a qué otra persona
llamar en este momento; porque todos han fijado ya su programa de vacaciones;
mientras que ella, si no ha de presenciar ninguna función de Sociedad Coral o
alguna Fiesta de las Madres, vendrá inmediatamente de seguro. Pero no comprendo
qué utilidad pueda tener su presencia en La Escollera.
—¿Podría
usted conseguir de su prima que durmiera en el mismo cuarto que usted?
—Creo
que sí.
—¿Y
no se le ocurrirá que se le pide un favor extraño?
—Maggie
no piensa, obra. Es persona seria. Efectúa obras cristianas con fe y
perseverancia... En fin, le telegrafiaré que venga el lunes.
—¿Y
por qué no mañana?
—¿Mañana?
¿Con un tren dominguero? Creerían que estoy moribunda; no, le diré que venga el
lunes... Usted le enterará del tremendo hecho que me amenaza.
—Veremos...
¿Aún toma usted la cosa a guasa? Es usted valiente de veras...
—Es
una diversión... —repuso Esa.
Me
pareció sentir en su voz un acento extraño. La miré atentamente y hubiera
jurado que no nos expresaba todo su pensamiento. Habíamos vuelto al salón.
Poirot dijo:
—¿Lee
usted la Gaceta de Saint Loo?
—No
muy atentamente. La he abierto para ver la hora de las mareas, que la Gaceta
trae cada semana.
—Comprendo...
Y dígame: ¿ha pensado usted alguna vez en hacer testamento?
—Sí:
lo hice hace seis meses, antes que me operasen de apendicitis. Me aconsejaron
que lo hiciese, y lo hice. Aquel día me pareció ser un personaje importante.
—¿Y
cuáles eran sus disposiciones testamentarias?
—Dejaba
a Charles La Escollera. Casi no tenía ninguna otra cosa que dejar, pero lo poco
que pudiera sobrar se lo legaba a Frica. Eso, que creo que llamaban el pasivo,
me imagino que excedería del activo de los legados.
Poirot
aprobó distraídamente.
—Tengo
que marcharme ahora. Hasta la vista, señorita... Le recomiendo que esté en
guardia.
—¿Contra
quién?
—Inteligente
es la pregunta; sí, éste es el punto flaco, que no sabe de quién ha de
guardarse usted; pero no se apure, señorita, que dentro de pocos días habré
descubierto la verdad.
—Y
hasta entonces, cuidado con los tóxicos, las bombas, los pistoletazos, los
accidentes de auto, las flechas envenenadas —dijo, riéndose, Esa.
—No
se ría de sí misma —repuso gravemente Poirot. En el momento de trasponer el
umbral de la puerta, volvióse y preguntó—: ¿Qué cantidad le ofrecía míster
Lazarus por el retrato del abuelo?
—Cincuenta
libras esterlinas.
—¡Ah!
—balbució mi amigo, mientras alzaba de nuevo los ojos para examinar el astuto
rostro del Diablote.
—Pero,
como ya le he dicho, no he querido deshacerme del magnífico retrato de mi
querido viejo.
—Comprendo,
comprendo —respondió Poirot.
CAPÍTULO
CUATRO
DEBE
DE HABER UN MOTIVO
Poirot
—dije apenas estuvimos otra vez en la calle—, quiero comunicarle una cosa.
—Diga,
querido.
Le
conté la versión que me había dado mistress Rice respecto de la avería del
automóvil.
—Es
un detalle interesante. Sabido es que existen pobres criaturas vanas,
histéricas, que creen darse importancia inventando maravillosas aventuras de
peligros de que se han librado. El tipo es archiconocido. Hay locuelos capaces
de herirse gravemente para dar más colorido a sus invenciones.
—¿Y
no cree usted...?
—¿Que
esa señorita pertenezca a la categoría de las histéricas? No, por cierto. Habrá
usted observado que no me ha sido fácil convencerla de los peligros corridos.
Se ha mantenido casi incrédula hasta lo último. Está muy a la altura de los
tiempos esa muchacha. Sin embargo, el comentario de mistress Rice es
sintomático. ¿Por qué lo habrá formulado ahora? No era cosa para decirlo,
aunque fuese verdad; era una charla atolondrada, inútil y antipática.
—Es
muy cierto —dije yo—; la declaración de mistress Rice no venía a cuento en
nuestra conversación, nada tenía que ver en ella.
—Es
extraño, muy extraño... Los detalles extraños conviene sacarlos a plena luz.
Son muy significativos, pues indican el camino que ha de seguirse.
—¿Para
ir... adonde?
—Ha
puesto usted el dedo en la llaga, mi buen amigo. ¿Adonde? ¿Adonde vamos...?
Desgraciadamente no lo sabremos hasta que hayamos llegado a la meta.
—¿Quiere
usted explicarme por qué toma tan a pecho la llegada de esa prima?
Hércules
se puso serio y alzando el índice me apostrofó con vehemencia:
—Pero
piense usted, hombre, en las espinas de la situación... ¿No comprende que
estamos atados de manos? Encontrar un asesino después de cometer un delito es
cosa fácil, por lo menos fácil para un detective de mi habilidad. Puede decirse
que el delincuente deja su propia firma sobre el hecho consumado... Pero aquí
no ha habido delito, y lo que queremos precisamente es impedir que éste llegue
a cometerse... Impedirlo, prevenirlo: he ahí la mayor dificultad. ¿Cuál es
nuestro principal objeto? Que la muchacha quede incólume; ardua empresa, sí,
muy ardua... No podemos vigilarla día y noche. No podemos pasar la noche en la
habitación de una muchacha... El caso es crítico. La única cosa que podemos
hacer es poner obstáculos a los propósitos del asesino, avisándole y poniéndole
cerca un testigo perfectamente imparcial. Con eso le suministramos defensas
insuperables, aun para el más canalla de los malintencionados...
Se
interrumpió, y luego, con un acento muy distinto, siguió diciendo:
—Sin
embargo, me espanta...
—¿El
qué?
—El
hecho de que nos hallamos frente a un canalla muy astuto. No estoy nada
tranquilo, no, absolutamente nada.
No
pude menos de decirle que sus temores me ponían nervioso.
—Nervioso
estoy yo también —me respondió al momento—. Escúcheme; aquella Gaceta semanal
de Saint Loo estaba doblada de manera que quedase ante los ojos del lector una
columna. ¿Sabe usted cuál? Pues precisamente aquella que anunciaba:
«Actualmente se hospedan en el hotel Majestic monsieur Hércules Poirot y el
capitán Hastings.» Ahora bien: supóngase usted que el desconocido agresor haya
leído este anuncio. Seguramente conocerá mi nombre, pues todos lo conocen.
Yo
le hice observar que miss Buckleys lo ignoraba.
—Esa
es una cabeza de pájaros; no hace al caso. Pero un hombre reflexivo, un
delincuente experto, sabe muy bien quién soy yo, y debe de tener miedo, debe de
estar inquieto, debe dirigirse preguntas angustiosas. Después de un tercer
atentado contra la vida de la muchacha ve aparecer en el horizonte a Hércules
Poirot. ¿Será pura coincidencia? ¿Y temerá que no lo sea? ¿Qué decisión cree
usted que adoptará entonces?
—Querrá
contemporizar, procurando no dejarse descubrir...
—Ya...
Ya... O también, si es de veras audaz, querrá dar su golpe pronto, de un modo
fulminante. Y aun antes que yo haya llevado a feliz término mis
investigaciones..., ¡paf!, muere la muchacha. Así procedería un tipo bien
resuelto.
—Pero
¿por qué supone usted un lector de esa noticia que no sea miss Esa?
—Porque,
cuando me he dado a conocer, mi nombre no le ha recordado nada, su rostro no ha
mudado de expresión y, además, nos ha explicado que en la Gaceta semanal sólo
buscaba el horario de las mareas. Pues bien: en aquella página no estaba la
tabla de mareas.
—Así,
usted cree que en aquella casa hay alguno...
—Alguno
que está allí, o alguno que frecuenta la casa. Y entrar en ella es fácil: la
puerta-vidriera ha quedado abierta. Los íntimos de la muchacha deben de ir y
venir fácilmente y de continuo.
—¿Tiene
usted alguna idea, alguna sospecha?
Poirot
hizo con las palmas de las manos vueltas hacia fuera un acostumbrado movimiento
suyo de desaliento.
—Ninguna.
El motivo de la acción delictuosa no puede ser claro, lo he comprendido
inmediatamente. Y por eso se siente seguro el agresor, por eso ha obrado con
tanta audacia esta mañana. A juzgar por las apariencias, nadie tiene interés en
suprimir a la Buckleys. ¿La propiedad, La Escollera? Le corresponderá al primo;
pero éste no puede tener mucha prisa por entrar en posesión de una casa en
ruinas y, además, con una fuerte hipoteca. La Escollera no representa para él
un conjunto de tradiciones familiares, puesto que no es ningún Buckleys. Iremos
a conocer personalmente a ese señor Charles Vyse; pero sería absurdo abrigar
ninguna sospecha contra él. Está también la amiga del alma, la de los ojos
soñadores y de la cara de «virgen cansada».
—¿También
a usted le produce el efecto de una «virgen cansada»?
—¿Qué
está usted diciendo? Empieza ella por decirle que la muchacha es una
embustera... ¡Vaya una fiel compañera! Además, ¿por qué habla de ese modo de su
amiga? ¿Temerá acaso alguna revelación desagradable? ¿Tendrá algo que ver su
motivo con la avería del freno del automóvil? ¿O habrá contado la historia del
freno estropeado para disimular alguna preocupación que no puede confesarse?
¿Ha sido averiado intencionadamente ese freno? Y si es así, ¿por quién? ¿Y qué
sabe ella? ¿Y el rubio míster Lazarus? ¿Qué tiene él que ver? ¿Él, que tiene
dinero a chorros y un automóvil espléndido? ¿Por qué ha de estar metido en eso?
¿Y el comandante Challenger?
—¡Oh!,
de ése, querido Poirot, no se puede desconfiar. ¡Tiene tal aspecto de persona
honrada!
—Es
decir, que tiene el aspecto de un hombre educado, a la inglesa. Por fortuna,
por mi condición de forastero, yo estoy libre de las preocupaciones locales y
de su influencia en mi modo de razonar. Por lo demás, reconozco que es difícil
de ver una relación entre el comandante Challenger y el caso que nos preocupa.
No se comprende que él haya podido intervenir en esto.
—Seguramente
no ha intervenido; la cosa es evidente.
Poirot
me miró con aire lastimoso.
—Sus
entusiastas convicciones producen en mí un efecto singular. Usted se deja
engañar tan fácilmente por las apariencias, que, si no siempre, con mucha
frecuencia se podría encontrar a un culpable siguiendo la pista de sus
simpatías. Usted es el tipo del perfecto hombre de bien, destinado a dejarse
embaucar por toda la canalla con que tropieza; el tipo que invierte un capital
en pozos de petróleo que no existen, en minas de oro que nadie ha visto. De las
legiones de los que a usted se parecen, viven infinidad de bribones. Voy a
estudiar al comandante Challenger, pues usted ha despertado mis dudas.
Incomodado,
repliqué:
—En
vez de tratarme de ese modo, podría usted reflexionar que un hombre que ha
navegado como yo...
—Puede
no haber aprendido nada —interrumpió Poirot—, la cosa es inverosímil, pero es
verdad...
—¿Y
cree usted que la cría de ganado a que me he dedicado en la Argentina hubiera
salido tan bien como ha salido si hubiera sido tan tonto como usted me supone?
—No
se enfade, amigo. Su hacienda ha ido muy bien por sus cuidados y los de su
esposa.
—Bella
me pide siempre consejo antes de hacer cualquier cosa.
—La
sabiduría de su señora es igual a su belleza —me respondió Poirot—. No
discutamos, querido... Mire aquí delante de nosotros lo que dice: Garage Molt.
Me parece que es ése al que aludía la muchacha. Aquí nos enterarán y podremos
aclarar lo del desperfecto de los frenos.
Entramos.
Poirot se presentó diciendo que la dueña de La Escollera le había indicado
aquel garaje. Pidió precios de alquiler de un automóvil para realizar
excursiones por las tardes, y luego llevó hábilmente la conversación a la
avería producida en el coche de miss Buckleys.
Entonces
su interlocutor se mostró muy locuaz; un caso extraño, el más extraño que se le
había presentado en su vida. Entró en detalles teóricos; por desgracia, no
entiendo nada de mecánica y creo que lo mismo le sucede a Poirot. Pero fueron
para nosotros evidentes dos circunstancias: que el coche había sido estropeado
y que la avería se había producido por una intervención rápida.
—He
aquí un punto aclarado —me dijo Poirot cuando salimos del garaje—. La muchacha
tiene razón y Lazarus no la tiene. Todo esto, amigo Hastings, es interesante de
veras.
—¿Adonde
vamos ahora?
—Al
correo. Y si estamos aún a tiempo, enviaremos un telegrama.
—¿Un
telegrama? —pregunté yo, con curiosidad.
—Sí,
un telegrama.
La
estafeta de Correos estaba todavía abierta. Poirot extendió el telegrama y lo
expidió. No me declaró su contenido, y como noté que le hubiera gustado que le
interrogase acerca de ello, me guardé muy bien de hacerlo.
—Es
una contrariedad que mañana sea domingo —dijo al cabo de un rato, cuando
volvíamos al hotel—. No podremos visitar a Vyse hasta el lunes por la mañana.
—Podríamos
ir a verle a su casa.
—Desde
luego; pero eso es precisamente lo que yo no quiero. Deseo que nuestra primera
entrevista con él tenga carácter profesional. Creo que es oportuno formarse un
juicio de él como abogado.
Ése
fue también mi parecer.
—Así,
podría tener gran importancia un dato muy sencillo —me dijo Hércules—: saber si
míster Charles Vyse estaba realmente en su bufete esta mañana a las doce y
media; pues, en ese caso, no será seguramente él quien haya disparado contra la
muchacha en el jardín del Majestic.
—¿No
deberíamos examinar también las posibles coartadas de los otros tres de la
comitiva?
—Es
cosa casi imposible. A cualquiera de los tres le hubiera sido muy fácil
separarse, penetrar en el jardín por una de las muchas puertas de la galería de
la sala, del salón de fumar, del escritorio..., llegar, oculto entre las ramas
de los árboles, al punto adecuado para su objeto, disparar en el momento
oportuno y volver a reunirse tranquilamente con los demás. Hasta ahora, querido
Harold, no podemos estar seguros ni siquiera de conocer a todos los personajes
del drama. Están, por ejemplo, la respetable Helen y su esposo, que por ahora
nos es desconocido. Domiciliados ambos en La Escollera, tal vez tengan, y esta
suposición es lógica, motivo de rencor contra su ama. También están allí los
dos australianos de la casita. Y puede haber otras personas amigas de la
muchacha, y que ésta no se haya acordado de nombrar, porque no le parezcan
sospechosas. No puedo menos de suponer una razón oculta, un motivo no aparente
bajo todo lo que sale a plena luz. Tengo la incipiente convicción de que miss
Esa sabe algo más de lo que nos ha referido; no le quepa duda.
—¿Cree
usted que nos quiere ocultar algo?
—Sí.
—¿Para
poner a salvo a algún protegido suyo?
Hércules
movió enérgicamente la cabeza.
—No,
no. Sobre ese punto me parece que es del todo franca. Creo que de los atentados
nos ha dicho verdaderamente todo cuanto sabe. Pero hay alguna otra cosa. Algo
que, según ella, no tiene relación alguna con los mismos atentados. Y yo
pagaría por saber qué es. Pero..., lo digo sin falsa modestia..., yo soy
bastante más inteligente que esa locuela. Hércules Poirot puede muy bien
descubrir una conexión entre cosas que a ella le parezcan incompatibles. Y eso
podría darme el hilo de la madeja que hay que desenredar... Quiero resolver el
problema. Y hasta que no olfatee algo, cuando menos, de la razón oculta de los
hechos, no podré seguir adelante. Debe de haber un motivo; pero ¿cuál? Eso es
lo que me pregunto yo a cada paso: ¿cuál?
—Ya
lo descubrirá usted —dije para apaciguarlo.
—Con
tal que no lo descubra demasiado tarde —me contestó, preocupado.
CAPITULO
CINCO
LOS
CROFT
Aquella
noche había baile en el Majestic. Miss Esa, que había cenado allí con sus amigos,
nos saludó al pasar, risueña y alegre. Llevaba un vestido de crespón color
escarlata que le llegaba hasta el suelo. Del vaporoso traje emergía la mórbida
blancura de los hombros y del cuello y la provocativa cabecita morena.
—Un
diablillo tentador—dije yo.
—En
pleno contraste con la clase de belleza de su íntima amiga, ¿no es así?
La
amiga iba de blanco. Bailaba con una gracia lánguida que distaba mucho de la
endiablada animación de la Buckleys.
—Está
bellísima —murmuró inopinadamente Poirot.
—¿Quién,
nuestra Esa?
—No,
mistress Rice. ¿Será mala? ¿Será buena? ¿Será simplemente infeliz? No puedo
decirlo. Es misteriosa. Y así se lo parecerá a usted tarde o temprano. Ya lo
verá seguramente.
Se
levantó de pronto. Esa bailaba con Challenger. Frica y míster Lazarus, después
de unas vueltas de vals, volvieron a su mesa. Pero casi inmediatamente después
se marchó él. Poirot se encaminó derecho hasta la señora y yo detrás de él.
Hércules tiene ciertos movimientos resueltos que van directamente a su objeto.
—¿Me
permite usted?
Había
tocado una silla, y sin más preámbulos, se había decidido a sentarse.
—Me
urge hablar con usted un momento mientras baila su amiga —le dijo.
—¡Ah!
¿Sí?
La
voz era tranquila y fría.
—No
sé si se lo habrán dicho, señora, pero yo estoy aquí para enterarla de que su
amiga ha corrido hoy un peligro mortal. Poco ha faltado para que fuese víctima
de un atentado.
Los
ojos grises de la señora abriéronse desmesuradamente, horrorizados. Hasta se le
dilataron sus negras pupilas.
—¿Qué
quiere usted decir?
—Que
alguien ha disparado una bala contra miss Buckleys en el jardín de este hotel.
Entonces
Frica sonrió graciosa e incrédulamente, y preguntó:
—¿Se
lo ha dicho a usted Esa?
—No,
señora. Lo he visto yo. Aquí está la bala disparada.
—Entonces...,
entonces...
—Entonces
—repuso con voz segura Poirot— no se trata de una invención de miss Buckleys,
yo se lo garantizo; y aún hay más: han acaecido varios hechos extraños estos
últimos días. Habrá usted sabido también... Y eso que tal vez no, puesto que no
ha llegado usted aquí hasta ayer.
—Sí...
Ayer.
—Después
de una breve permanencia en Tavistock, en casa de unos amigos.
—Eso
es.
—¿Me
quiere usted decir el nombre de esos amigos?
La
interrogada arqueó las cejas y preguntó con acento glacial:
—¿Hay
alguna razón para que le dé yo ese dato?
Poirot
representó admirablemente el papel de ingenuo:
—¡Oh!,
perdóneme, señora, he sido muy indiscreto; pero es que como yo también tengo
amigos en Tavistock, podría esperar noticias de ellos por mediación de usted.
Son los Buchanan. ¿Los conoce usted?
Mistress
Rice negó con la cabeza.
—Es
la primera vez que oigo ese nombre. No me parece haberlos visto nunca —su
acento ya se había vuelto enteramente cordial—. Pero no divaguemos. Hábleme de
Esa. ¿Quién ha disparado contra ella y por qué?
—Aún
no sé el nombre del agresor. Pero lo sabré; sí, lo sabré. Lo descubriré, de
seguro. Soy un detective: Hércules Poirot.
—¡Un
hombre célebre!
—Es
usted muy amable.
—¿Y
qué me pide usted que haga?
Creo
que Poirot se sorprendió tanto como yo por tan extraña pregunta. En efecto, no
nos la esperábamos.
—Quiero
pedirle, señora, que monte la guardia alrededor de su amiga.
—Lo
haré.
—Nada
más.
Poirot
se levantó, saludó rápidamente a la señora y volvimos a nuestra mesa.
—¿No
teme usted descubrir demasiado su juego?
—No
podemos proceder de otro modo —me contestó—. Es un caso en que hay que jugar a
cartas vistas para estar un poco más seguro, y no quiero correr ningún riesgo.
Además, ya he aclarado un punto cuando menos.
—¿Cuál?
—Que
mistress Rice no ha pasado estos últimos días en Tavistock. ¿Dónde estaba en
realidad? Lo sabré. Nadie puede ocultar a Hércules Poirot lo que éste quiera
saber. Mire usted allí... Ya ha vuelto el bello Lazarus. Ella se lo está
contando... ¿Ha visto usted la mirada? Éste es listo. Observe usted el perfil
de esa cara. Quisiera yo saber...
Como
se interrumpió, le pregunté:
—¿Qué?
Y no
obtuve más que esta ambigua respuesta:
—Lo
que sabré el lunes.
No
insistí. Exhaló Hércules un suspiro y luego añadió:
—En
otro tiempo, hubiera tenido la curiosidad de enterarse. En cambio ahora...
—Ahora
—repliqué yo, con acompasado tono— conviene desacostumbrarle a usted de ciertos
placeres.
—Y
entre ellos, ¿de cuáles?
—Del
de negar respuesta a quien le interroga.
Volvió
a brillar en sus ojos la maliciosa viveza de otros tiempos. Un instante
después, Esa, dejando a su caballero, se acercaba, alegre pajarillo de
brillantes plumas, a nuestra mesa, y sonrió al decirnos:
—Estoy
bailando al borde de la tumba.
—¿Es
una sensación nueva para usted, no?
—No
experimentada hasta ahora. Es original.
Y se
alejó, agitando la mano con un saludo picaresco.
—Ha
sido una frase desdichada la suya —dije yo—. No me gusta eso de «Bailar al
borde de la tumba».
—Ya,
está demasiado de acuerdo con la realidad. Esa chiquilla es valerosa, demasiado
valerosa. Pero, más que valor, necesitamos ahora prudencia, mucha prudencia,
para desembrollar el intrincado problema.
* *
*
Al
día siguiente, que era domingo, estábamos sentados en la gran terraza del
Majestic cuando, a eso de las once y media, Poirot, levantándose de repente, me
invitó a seguirle, explicándome de este modo sus decididas intenciones:
—Venga,
quiero probar un pequeño experimento. Lazarus y la señora han pasado hace un
minuto en automóvil, y la muchacha va con ellos. La cuesta está libre.
—Libre
¿para qué?
—Ahora
lo sabrá usted. Venga conmigo.
Bajamos
la breve escalinata. Cruzando luego un pequeño prado, llegamos a la verja del
sendero, que descendía serpenteando hasta el mar. Subía por él una pareja de
bañistas. Se cruzaron con nosotros, charlando y riendo. Así que se hubieron
alejado, Poirot me guió hasta el sitio en que, encima de otra verja, bastante
herrumbrosa, había una tabla con esta inscripción: A la Escollera. Camino
particular. No se veía alma viviente. Abrimos la verja y pasamos al otro lado.
Un minuto después estábamos en el callejón y precisamente delante de la casa de
la Buckleys. Tampoco había allí nadie. Poirot se llegó hasta la punta de la
roca y, después de mirar en torno suyo, se encaminó de nuevo a la casa. Las
puertas de la galería estaban abiertas de par en par y entramos tranquilamente
en el salón. No perdió allí el tiempo el amigo Hércules. Abrió una puerta que
daba al vestíbulo y subió la escalera, y yo detrás de él. Fue derecho al
dormitorio de Esa, sentóse al borde de la cama y me miró, guiñando un ojo.
—¿Ve
usted, Hastings, lo fácil que es introducirse en esta casa? Nadie nos ha visto
entrar. Nadie nos verá salir. Si tuviéramos que cometer cualquier fechoría a
escondidas, podríamos hacer cuanto quisiéramos con perfecta tranquilidad.
Podríamos, por ejemplo, limar el sostén metálico de un cuadro, de tal modo que
tuviera que caerse fatalmente al cabo de unas horas. Y aunque alguno nos viese
venir, bastaría que fuésemos conocidos como amigos de miss Esa para poder
justificar nuestra presencia en este cuarto.
—¿Quiere
usted decir que debemos descartar la idea de un malhechor ajeno a la casa?
—Sí,
así lo creo. El que atenta contra esa vida joven no es un loco vagabundo: es
uno que conoce muy bien La Escollera.
Se
acercó de nuevo a la salida, y yo detrás de él... No hablamos. Estábamos
demasiado preocupados para hablar.
Y en
esto, al volver la escalera, nos detuvimos ambos como de mutuo acuerdo ante la
imprevista aparición de un hombre que subía hacia nosotros.
También
él se paró de repente. Tenía el rostro en la oscuridad; pero su actitud no nos
dejaba dudas acerca de sus impresiones. Al fin él rompió el silencio,
gritándonos:
—¿A
qué diantres han venido ustedes aquí? ¿Puede saberse?
—¡Ah!
—respondió sin descomponerse Poirot—, míster... Croft, ¿no es así?
—Sí,
ése es mi nombre... Pero qué...
—¿Vamos
al salón? Allí estaremos más cómodos para hablar.
El
otro aceptó al momento y bajamos con él al salón. Así que se hubo cerrado la
puerta. Hércules, inclinándose, se presentó:
—Yo
soy Hércules Poirot, para servirle...
La
faz de Croft se iluminó y exclamó lentamente:
—¡El
detective de quien he leído yo tantas cosas...!
—¿En
la Gaceta de Saint Loo?
—No.
Hace ya muchos años que le conocía a usted de oídas y por su fama en Australia.
¿Es usted francés?
—Soy
belga, pero es lo mismo. Este señor es mi amigo, el capitán Hastings.
—Encantado
de conocerle. Y dígame, ¿qué gran empresa tiene usted entre manos? ¿Cómo es que
se halla usted por aquí? ¿Hay por aquí algo que esté... torcido?
—Depende
de lo que se entienda por estar torcido...
El
australiano asintió. Era un hombre de buen aspecto, a pesar de su completa
calvicie y de su incipiente vejez. Tenía un físico envidiable, la faz poco
erguida, tosca y rolliza, cuyo rasgo más característico era el azul metálico de
los ojos.
—Miren
ustedes —empezó a explicarnos—, he venido a traer a miss Buckleys unos tomates
y un pepino. Su jardinero no sirve para nada. Es un haragán que deja que se
estropee el huerto. A mi mujer y a mí nos indigna y procuramos remediar, cuando
menos en parte, su pereza. Tenemos muchos más tomates de los que podemos
consumir. Y como también conviene estar bien con los vecinos, he venido, pues,
como de costumbre, entrando por la puerta-vidriera. Ya había dejado mi cesto en
el suelo y me disponía a marcharme cuando oí en el piso de arriba un rumor de
pasos y voces de hombre. Me quedé petrificado. En general, no suele haber
ladrones por este sitio; sin embargo, siempre puede preverse un robo. Así,
pues, quise cerciorarme de que no ocurría nada extraordinario, y no quedé poco
sorprendido al encontrarles a ustedes en la escalera. Y ahora he aquí que usted
se me revela como el más famoso de los detectives. ¿Qué significa su presencia
aquí?
—Una
cosa sencillísima —respondió Poirot sonriendo—. Miss Buckleys tuvo una sorpresa
alarmante la otra noche. Un cuadro muy pesado que había colgado encima de su
cama se cayó. Tal vez se lo haya dicho.
—En
efecto, ¡de buena se libró!
—Para
evitar todo peligro le prometí traerle una cadena de construcción especial,
pues no convendría que se repitiera lo ocurrido. Me ha dicho que tenía que
salir esta mañana, añadiendo, sin embargo, que, a pesar de ello, podía yo venir
a tomar las medidas para la nueva cadena que ha de encargar. Ya ve que la cosa
no puede ser más sencilla.
Hablaba
con la mayor serenidad y sonriendo apaciblemente.
Croft
suspiró, tranquilizado.
—¿Nada
más que eso?
—Nada
más. Se ha asustado usted en balde. Somos ciudadanos muy respetuosos con la Ley
mi amigo Hastings y yo.
—¿No
nos vimos ya ayer? —preguntó, dudando un poco, Croft. Y recordando de pronto,
añadió—: Sí, ayer tarde. Pasaron ustedes por delante de nuestra casa.
—Es
verdad. Usted trabajaba en el jardín y tuvo la atención de darnos las buenas
tardes cuando nos encaminábamos a la casa.
—Sí,
sí, ahora me acuerdo. Así, ¿usted es ese Hércules Poirot de que tanto se habla?
Pero dígame, monsieur Poirot, ¿tiene usted mucho que hacer? Si estuviera usted
libre, quisiera pedirle que viniese a mi casa y aceptase un té de mañana, pues
en Australia lo tomamos por la mañana. Desearía presentarle a mi mujer, que
siempre lee todo lo que se ha escrito sobre usted en los periódicos.
—Es
usted muy amable. No tenemos nada que hacer y aceptamos gustosos.
—¡Magnífico!
Y
Poirot, volviéndose, me preguntó apresuradamente:
—¿Ha
apuntado usted exactamente todas las medidas, Hastings?
Le
aseguré que lo había anotado todo y seguimos a nuestro guía. Croft era
hablador. Nos habló de su casa, próxima a Melbourne, de los difíciles años
vividos al principio de la carrera, de su matrimonio, de la lucha común y de la
fortuna alcanzada al fin.
—Apenas
tuvimos dinero, decidimos viajar. Siempre habíamos deseado conocer la madre
patria. Pues bien: lo conseguimos. Vinimos aquí, intentamos encontrar a algunos
parientes de mi mujer, cuya familia era oriunda de estos contornos. Pero no
encontramos a ninguno. Entonces viajamos por el continente, por París, Roma,
los lagos italianos, Florencia... Y durante nuestra permanencia en Italia
ocurrió la desgracia ferroviaria que hirió gravemente a mi mujer. Pobrecilla.
Un caso cruel... Mandé que la visitasen los mejores médicos y todos repetían la
misma cantinela: «Con el tiempo..., tal vez con el tiempo... Se trata de una
lesión que interesa la columna vertebral.»
—¡Qué
desgracia!
—Una
desgracia de veras. En fin, la desdicha es inevitable. Ella tenía la idea fija
de venir a instalarse por estos parajes, le parecía que viviendo en una casa
nuestra, por modesta que fuese, sentiría menos su infortunio. Vimos muchas
casitas poco atractivas, y, por último, tuvimos la suerte de descubrir ésta.
Simpática y tranquila, y además aislada; no se oyen ruidos de automóviles ni de
gramófonos. La alquilé inmediatamente.
Mientras
Croft terminaba sus explicaciones, llegamos a la casita. Al llegan «Cu... u...
u... y», a lo cual hizo eco un grito parecido dentro de la casa.
—Pasen
ustedes —nos dijo Croft.
Subimos
pocos escalones y nos encontramos en un apacible dormitorio; allí, en un diván,
estaba tendida una señora de edad mediana, con una hermosa cabeza de cabellos
ya canosos y una dulcísima sonrisa.
—¿A
quién crees que tienes delante, Milly? —le dijo el marido—. Nada menos que a
monsieur Hércules Poirot. Le he traído aquí para que puedas hablar con él.
—¡Qué
suerte! ¡Qué agradable sorpresa! ¡No sé cómo expresarle mi alegría! —exclamó la
señora, estrechando fuertemente la mano de Hércules en la suya—. He leído el
«Crimen del expreso del Sur». Quiso la Providencia que viajase usted en aquel
mismo tren. Conozco muchos casos suyos. Desde que estoy obligada a la
inmovilidad he leído todas las novelas policíacas que se imprimen. Nada me hace
pasar el tiempo mejor. Berto, di a Edith que nos sirva el té...
—Tienes
razón, Milly.
—Edith
es algo así como una viceenfermera —nos explicó mistress Croft—. Viene todas
las mañanas a ponerme aquí. No tenemos que luchar con criadas... Además, Berto
es un buen cocinero y sabe llevar la casa admirablemente. Entre la casa y el
jardín tiene su trabajo.
En
aquel momento reapareció el marido con una bandeja en las manos.
—Aquí
está el té. Éste es un gran día para nosotros, Milly.
Mistress
Croft se incorporó un poco y manejó la tetera sin dejar de hablar.
—Supongo
que se detendrá aquí, monsieur Poirot.
—Me
tomo unas pequeñas vacaciones, señora.
—Yo
había leído que se había retirado usted, que había resuelto tomar vacaciones
definitivas.
—¡Ay,
señora! No se debe creer todo lo que dicen los periódicos.
—Es
verdad... Es verdad... Así, ¿sigue usted trabajando?
—Cuando
se me presenta algún caso interesante.
—No
estará usted aquí en actividad de servicio, ¿verdad? —preguntó disimuladamente
Croft—. La declaración de hallarse descansando podría formar parte de algún
plan especial.
—No
hagas preguntas indiscretas, Berto —replicó la señora—. De lo contrario,
monsieur Poirot no volverá a venir a vernos. Somos gente muy sencilla, monsieur
Poirot... Nos hace a los dos un gran regalo con su visita. No sé realmente cómo
agradecérselo a ambos...
Las
amables frases eran pronunciadas con tanta naturalidad, que al punto fue
contando nuestra huésped con mi simpatía.
—Ha
sido una mala cosa la caída de ese cuadro —dijo Croft.
—Esa
pobrecilla —afirmó la señora— ha corrido el peligro de perder la vida. Es un
verdadero diablillo. Su presencia en La Escollera lo reanima todo. Parece que
no la quiere muy bien el vecindario, pero siempre sucede lo mismo en estos
pueblecitos ingleses: no admiten la alegría de la juventud. Y es natural que
ella no tenga gran apego a Saint Loo. Y ese larguirucho primo narigudo tiene
las mismas probabilidades de convencerla para que se quede aquí definitivamente
que tengo yo de dar saltos y hacer piruetas.
—Déjate
de chismes, Milly —susurró el marido.
Pero
Poirot exclamó al momento:
—¡Ah!
¡Viene de aquella parte el viento! Podemos fiarnos de la intuición de esta
señora. ¿Está míster Vyse enamorado de nuestra amiguita?
—Está
loco por ella. Pero Esa no quiere casarse con un abogado de pueblo. Y no deja
de tener razón; además, dice que no tiene un céntimo. Me gustaría más verla
casada con ese hermoso marino... ¿Cómo se llama?... Challenger... ¡Se reputan
de buenos matrimonios algunos que no valen lo que puede valer ése!... Él tiene
algunos años más que ella, pero eso no tiene excesiva importancia. Y ella
necesita detenerse por fin en algún punto del orbe. Ese continuo vagar por
Inglaterra y también por el continente, sola o en compañía de esa ambigua
mistress Rice... Es una muchacha muy buena Esa, monsieur Poirot, y no estoy muy
tranquilo respecto de ella. De algún tiempo a esta parte no es la misma... Me
parece que la turba algún pensamiento molesto, y no estoy tranquila... Tengo
mis buenas razones para quererla bien, ¿verdad, Berto?
Croft
se levantó, diciendo:
—Déjame
a monsieur Poirot, que quiero enseñarle mi colección de instantáneas de la vida
de Australia.
La
última parte de la visita no tuvo nada de notable.
Apenas
salimos, resumí mis impresiones de este modo:
—Son
buena gente, muy simples y sin pretensiones, típicamente australianos.
—¿Le
gustan a usted?
—¿A
usted le han gustado?
—Han
estado muy amables, muy obsequiosos.
—Entonces,
¿qué encuentra usted?
—Que
tal vez sean demasiado «típicos» —murmuró Poirot—. Ese modo de llamarse al son
de «Cu... u... u... y», y esa insistencia en enseñarnos su colección de
fotografías... ¿No ha sentido también usted la impresión de que exageraban
algo? ¿De que recitaban un papel?
—¡Qué
receloso es usted!
—Es
verdad, querido, es verdad... Sospecho de todo y de todos. Tengo miedo,
Hastings; sí, tengo mucho miedo.
CAPÍTULO
SEIS
VISITA
A MÍSTER VYSE
Poirot
permanecía fiel al café con leche de los continentales. Estaba, o cuando menos
decía estar, asqueado de ver la tortilla con salchichón que me servían a mí al
levantarme; y para dejarme saborear plenamente las alegrías del desayuno al
gusto inglés, él lo tomaba en la cama. Al salir de mi cuarto el lunes por la
mañana, fui al suyo y encontré a mi amigo sentado en el lecho, envuelto en una
elegantísima bata.
—Buenos
días, Hastings. Iba a llamar al camarero. ¿Quiere usted hacerme el favor de
decir que envíen esta cartita a La Escollera y se la entreguen a la señorita?
Se trata de una cosa urgente.
Mientras
me entregaba el sobre dirigido a la Buckleys, me miró y me dijo entre suspiros:
—Hijo
mío, ¡si quisiera usted llevar la raya en medio, en vez de llevarla a un
lado..., su rostro adquiriría mayor simetría! ¿Y los bigotes? Si no quiere
afeitárselos del todo, cuando menos debiera usted llevarlos enteros, como hago
yo.
Al
pensar que hubiera podido yo ser una imitación de Poirot, me corrió un
escalofrío por la espalda. Cogí la carta y me marché.
Me
había reunido con él en nuestra salita común cuando nos anunciaron la llegada
de miss Buckleys al hotel. Hércules dio orden de que la dejasen subir al
momento.
La
muchacha se presentó con sus acostumbrados modales desenvueltos. Pero tenía una
mirada más oscura que nunca. Traía en la mano un telegrama, que entregó a
Poirot, diciendo:
—Aquí
lo tiene. Supongo que estará contento.
Y
Hércules leyó en voz alta:
Llegaré
a las diecisiete treinta. Maggie.
—¡El
guardia de Corps! Pero hace usted mal, muy mal, pues Maggie no es un «cráneo».
No es capaz más que de moverse alrededor de obras benéficas. No sabe ni
siquiera coger al vuelo una broma. Frica sería diez veces mejor que ella para
descubrir una serpiente escondida. Y aún valdría más Jim Lazarus. ¡Ése sí que
se podría decir que tiene una inteligencia ilimitada!
—¿Y
el comandante Challenger?
—¿George?
Sólo ve lo que se pone delante de las narices. Pero, por lo demás, haría pagar
caro al que cayese en sus manos: es un verdadero atleta.
Se
quitó el sombrero y añadió:
—He
dado orden de que dejen entrar al hombre de quien me habla en su carta. Al
agente misterioso... ¿Tendrá que colocar un dictáfono?
Poirot
movió la cabeza.
—No,
señorita, nada científico. Me ayudará a formarme una opinión, al suministrarme
unos datos que necesito.
—¡Oh!,
entonces... La charada está casi acertada, ¿no es así?
—Acertada
precisamente...
Esa
volvió la espalda y permaneció un momento parada mirando por la ventana. Luego,
volviéndose otra vez, nos mostró su rostro profundamente alterado. En vez de su
impertérrito y acostumbrado valor, reflejaba el tormento de quien, invadido de
insoportable angustia, contiene trabajosamente las lágrimas.
—No
—balbució despacito—. No está acertada. Tengo miedo, mucho miedo, ¡y me creía
valiente!...
—Y
lo es de veras. El amigo Hastings y yo estamos admirados de su valor.
—Así
es —dije yo con toda la cordialidad de que era capaz.
—No,
no —replicó Esa moviendo la cabeza—. No soy valiente... Es... la espera..., el
temor de alguna nueva desgracia... La preveo, la espero...
—Ya,
y el estar con el ánimo en suspenso.
—Esta
noche he puesto la cama en medio del cuarto, he echado el pestillo a la
puerta... Hoy, para venir aquí, he seguido la calle... No he podido decidirme a
cruzar el jardín... Mis nervios han cedido de pronto... Una contrariedad más,
como si no bastasen las otras.
—¿Qué
otras, señorita? ¿Qué otras?
La
joven titubeó y luego dijo confusamente:
—Nada
en concreto... Los periódicos hablan de la enervante vida moderna. Tal vez sea
culpa de ésta; demasiados aperitivos, demasiados cigarrillos... Tal vez... El
caso es que he caído en un estado... ridículo de depresión.
Se
había sentado en una silla y agitaba nerviosamente los dedos.
—No
es usted del todo franca conmigo, señorita. Quiere ocultarme su pensamiento.
—No...
Nada... Nada...
—Usted
me calla algo.
—Se
lo he dicho todo, todo...
Protestaba
muy seria y parecía muy sincera.
—Todo
cuanto concierne a los peligros corridos, eso sí.
—¿Pues
entonces?
—No
me ha dicho usted el sueño que le invade el corazón.
—¿Quién
puede resolverse a tanto?
—¡Ah!
—exclamó Poirot—; ¡admite la reticencia!
La
joven movió la cabeza. Hércules fijaba en ella una mirada muy atenta.
—Tal
vez —dije yo con cierta timidez— no se trate de un secreto suyo.
Vi
parpadear rápidamente a la joven, y casi al mismo tiempo se recobró y se puso
en pie.
—Monsieur
Poirot, le he dicho verdaderamente todo cuanto sé referente a estos estúpidos
sucesos. Si cree usted que le oculto algún dato o alguna sospecha de esta o de
aquella persona, se equivoca por completo. Precisamente el no poder sospechar
de ninguno es lo que me atormenta... Porque no tengo ni el menor indicio... Si
los incidentes de los días pasados no son casos fortuitos, no pueden
evidentemente ser otra cosa que maquinaciones de alguno que está cerca de mí. Y
no tengo la menor idea de quién pueda ser.
Dicho
esto se llegó otra vez a la ventana, y volviéndonos la espalda, se puso a
contemplar el cielo y el mar. Poirot me hizo una seña para que callase. Creía
esperar oír algún desahogo, pues la joven parecía haber perdido el dominio de
sí misma.
Cuando
volvió a hablar, su voz había mudado de acento. Parecía venir de lejos o de las
nebulosidades del sueño:
—Voy
a confesar —decía— un curioso deseo mío. Siempre he anhelado poner en escena
una obra en La Escollera. Me ha parecido siempre que allí flotaba la atmósfera
de un drama. Fantaseando sin consideración, he imaginado muchas obras teatrales
adaptadas al ambiente. Ahora mismo me parece que aquí se desenvuelve un drama
de veras. Un drama que, sin embargo, no he escrito yo. En cambio, tomo parte en
él. Lo represento... Y tal vez esté destinada a morir en el primer acto...
La
voz se le quebró en la garganta.
—Vamos,
vamos. No sea así, señorita —le dijo afectuosamente el amigo Hércules—. Eso es
histerismo.
Esa
le miró escrutadora.
—¿Le
ha metido a usted Frica en la cabeza que yo soy histérica? De cuando en cuando
se dedica a explicar a todo el mundo que padezco histerismo. Mas no siempre hay
que creer lo que diga Frica: hay momentos en que... no está enteramente en su
juicio.
Calló.
Y un instante después, Poirot rompió el silencio con una pregunta que no tenía
nada que ver con la conversación.
—Dígame,
señorita, ¿no le han hecho a usted nunca alguna oferta por La Escollera?
—¿Oferta
de compra?
—Sí.
Eso es lo que quería decir.
—No...
Nunca.
—¿Y
la vendería usted si le ofrecieran un buen precio?
Esa
Buckleys reflexionó un momento, tras el cual repuso:
—No.
Me parece que no. Al menos, claro está, que la proposición fuera tan
extraordinariamente ventajosa que me pareciese una locura no aceptarla.
—Precisamente...
—Estoy
tan apegada a nuestra vieja casa...
—Lo
comprendo muy bien.
Esa
se encaminó a la puerta, pero en el umbral se detuvo para decir:
—A
propósito. Esta noche habrá fuegos artificiales. ¿Los verán ustedes? Se cena a
las ocho y los fuegos empiezan a las nueve y media. Se verán muy bien desde la
parte del jardín que domina el puerto.
—Los
veré muy a gusto —respondió Poirot.
—La
invitación es para ustedes dos, se entiende.
—Mil
gracias —dije yo.
—No
hay nada mejor que una reunión de muchos para levantar los espíritus deprimidos
—añadió la joven con una breve risa en el momento de marcharse.
—¡Pobre
niña! —murmuró Poirot.
Hércules
cogió el sombrero, del cual quitó cuidadosamente un minúsculo granito de polvo.
—¿Salimos?
—le pregunté.
—¡Claro!
Tenemos que cumplir un trámite legal.
—¡Ah!,
sí, comprendo.
—Con
su agilidad de pensamiento es natural que comprenda al vuelo.
Las
oficinas de los abogados Vyse, Trevannion y Wynnard estaban situadas en la
calle principal de la ciudad. Subimos la escalera hasta un primer piso y
penetramos en un despacho en el que trabajaban tres empleados sin levantar los
ojos. Poirot preguntó por el abogado Vyse. Un empleado susurró unas palabras
por el transmisor de un teléfono, y por lo visto, obtuvo una respuesta
afirmativa, pues, luego de anunciarnos que míster Vyse estaba dispuesto a
recibirnos, nos condujo por un largo corredor. Dio unos golpecitos en una puerta,
la abrió y se echó a un lado para dejarnos pasar.
Míster
Vyse se hallaba sentado detrás de una amplia mesa llena de papeles. Se levantó
para saludarnos. Era un joven pálido, de facciones firmes. Sus cabellos rubios
empezaban a escasear alrededor de las sienes. Usaba lentes.
Poirot
se había preparado para esa visita. Llevaba consigo un contrato sin firmar aún
y pidió al abogado su opinión acerca de algunas frases del documento. Vyse, con
palabra cuidada y estudiada, pudo resolver las dudas del nuevo cliente y
aclarar por completo el sentido del texto.
—Le
estoy agradecidísimo —declaró Hércules—. Ya comprenderá usted que, siendo yo
forastero, me son un poco hostiles estas fórmulas jurídicas.
Y
entonces fue cuando Vyse preguntó quién le había recomendado.
—Miss
Buckleys —contestó Poirot—. Es prima suya, ¿verdad? Una muchacha muy
simpática... Se me ocurrió manifestarle mi incapacidad para comprender el
significado de algunas expresiones, y ella me aconsejó que acudiese a usted. Le
hubiera consultado de buena gana el sábado si ese día, a las doce y media poco
más o menos, le hubiera encontrado a usted en su bufete.
—En
efecto, el sábado me marché antes.
—Su
prima debe de aburrirse en aquel caserón, donde creo que vive sola.
—Muy
sola.
—¿Me
permitirá usted, míster Vyse, preguntarle..., si no es indiscreta la
pregunta..., si hay alguna posibilidad de una próxima venta de La Escollera?
—Ninguna.
—Comprenderá
usted que no lo pregunto sin más ni más. Tengo motivos para enterarme, pues
ando buscando una propiedad por el estilo. El clima de Saint Loo me conviene.
La casa de miss Buckleys me ha parecido en mal estado, y creo que andará escasa
el dinero para restaurarla. En tales circunstancias tal vez pudiera aceptar la
señorita alguna proposición ventajosa.
—Excluyo
esa posibilidad —dijo Charles Vyse, moviendo enérgicamente la cabeza—. Mi prima
está muy apegada a su propia casa. Nada podría inducirla a venderla, lo sé. Es
una vieja propiedad de su familia paterna.
—Comprendo,
pero...
—No
hay ni que pensar en ello. Conozco a mi prima. Está enamorada de su casa.
Pocos
minutos después nos hallábamos ya en la calle.
—¿Qué
le ha parecido a usted el tal Vyse? —me preguntó Poirot—. ¿Qué impresión tiene
usted de él?
Reflexioné
un momento y respondí:
—Una
impresión del todo negativa; no hay ningún rasgo saliente.
—¿Quiere
usted decirme que míster Vyse no posee una personalidad muy acentuada?
—Sí.
Y me parece un hombre a quien no reconocería yo si lo encontrase por segunda
vez: una medianía.
—No
tiene, en efecto, un aspecto muy imponente... ¿Ha notado usted incongruencia en
su conversación?
—Sí
—dije lentamente—. En sus afirmaciones respecto a la venta de La Escollera.
—Estamos
de acuerdo. ¿Puede decirse de veras que la muchacha está muy apegada a su
propia casa, que está enamorada de ella?
—Son
expresiones fuertes.
—Sí.
Y míster Vyse no es propenso a las expresiones rimbombantes. Su tendencia
normal..., normal en él, como en casi todos los leguleyos..., es la de
amortiguar más bien que exagerar sus impresiones. Y, así y todo, ha definido
como muy apasionado el apego de la muchacha a su vieja casa.
De
pronto recordé y dije:
—Sin
embargo, esta mañana hemos oído a la misma Esa hablar muy sensatamente como
persona encariñada con La Escollera..., y cualquiera lo estaría en su lugar...,
aunque no fanáticamente.
—Por
consiguiente —dedujo Hércules, meditabundo—, uno de esos dos no es sincero.
—Vyse
parece persona sincerísima.
—Eso
sería para él una gran ventaja si se hallase obligado a sostener una mentira
—observó Poirot—. Sí, parece enteramente un George Washington... ¿Y no ha
observado usted otra cosa?
—¿Cuál?
—Que
no estaba en su bufete el sábado a las doce y media.
CAPITULO
SIETE
TRAGEDIA
Miss
Esa fue la primera persona que vimos al llegar a su casa aquella noche. Iba y
venía por el vestíbulo, envuelta en un maravilloso quimono, todo recamado de
dragones.
—¡Oh!
¡Ustedes!
—Señorita...,
siento...
—Dispénsenme.
Debo parecerles a ustedes muy desarreglada, pero es que estoy esperando el
vestido de baile. Me habían prometido solemnemente mandármelo a tiempo...
Hércules
contestó bondadosamente:
—Siempre
es disculpable la impaciencia de quien espera un vestido... Pero ¿habrá baile
esta noche?
—Sí,
todos iremos a bailar después de los fuegos artificiales. Es decir, creo que
iremos.
De
pronto le faltó la voz. Sin embargo, un momento después reía y proclamaba:
—No
desanimarse nunca es mi divisa. Cuando no se piensa en las desgracias, éstas no
vienen... He conseguido dominar los nervios. Me siento alegre y quiero
disfrutar.
Oyóse
ruido de pasos en la escalera. Esa, volviéndose, exclamó:
—¡Maggie,
Maggie! Aquí tienes a los fieles custodios de tu prima. Acompáñalos al salón y
diles que te cuenten las insidias de mi desconocido perseguidor.
Cambiamos
ambos un estrecho apretón de manos con miss Maggie Buckleys, que, atendiendo a
las instrucciones recibidas, nos acompañó al saloncito. Desde el primer momento
me fue simpática esa joven.
Creo
que me conquistó al momento la tranquila discreción que emanaba de aquella
fisonomía franca, la serena mirada de aquellos ojos azules y la genuina
frescura de su rostro regular y no demasiado vivo. Me pareció un tanto ajado su
vestido negro y agradabilísimo el sonido de su lenta voz. Con un acento de
profunda convicción, nos dijo:
—Esa
me ha contado cosas inverosímiles. Seguramente exagera. ¿Quién podría querer
hacerle daño? No puedo figurarme que tenga un solo enemigo.
Sus
palabras fueron dirigidas a Poirot, a quien miraba como una joven de su
condición mira casi siempre a un forastero. Con aire de sospechar de su buena
fe.
Hércules
le contestó muy tranquilo:
—Y,
sin embargo, son cosas verdaderas, señorita.
No
añadió la muchacha una palabra, pero su rostro conservó una expresión de
incredulidad.
—Esta
noche Esa parece tocada de hechizos. ¡Dios sabe por qué estará tan excitada!
Tocada
de hechizos... El modo, idiomático en la Escocia nativa, me acarició el oído y
el corazón. La entonación de aquella voz me sonaba en los oídos tan
familiarmente, que al punto se me ocurrió preguntar sin preámbulos:
—¿Es
usted escocesa, señorita?
—Lo
es mi madre —respondió la muchacha.
Como
indudablemente nuestra interlocutora me prefería a Poirot, comprendí que
hubiera dado mayor importancia a los casos ocurridos a su prima si yo los
confirmase. Por consiguiente, le hice notar que Esa se conducía valerosamente,
como persona decidida a no dejarse vencer por tristes pensamientos.
—Es
el mejor camino que puede seguirse, ¿verdad? Si llevamos dentro algún dolor,
¿para qué sirve lamentarse? Sólo para crear un tormento a las personas que nos
rodean, para nada más.
Hubo
una pausa. Luego, con voz dulcísima, añadió:
—Yo
quiero mucho a Esa. Siempre ha sido muy buena conmigo.
En
aquel momento fue interrumpido el diálogo por Frica Rice. Con su vestido azul
celeste, parecía una criatura frágil y vaporosa. No tardaron en aparecer
Lazarus y Esa, guapísima... Se había puesto sobre el vestido negro un estupendo
mantón de Manila de color de laca encarnada que le sentaba muy bien. Al entrar,
exclamó en dos tiempos:
—¡Bienvenidos
todos! ¡Vamos al aperitivo!
Todos
bebimos. Mientras alzábamos las copas a la salud de la huésped, le preguntaba
Lazarus:
—¿Es
antiguo este maravilloso mantón?
—Sí,
lo trajo de uno de sus viajes el abuelo de mi abuelo. Mi tatarabuelo, mi
tatarabuelo Timoteo.
—Es
hermoso, hermosísimo, espléndido. Estoy seguro de que no se encontraría otro
igual en todo el mundo.
—Y
abriga mucho —respondió Esa—. Me vendrá muy bien hoy, cuando estemos viendo los
fuegos. Y tiene colores alegres. El negro me es antipático.
—Precisamente
estaba pensando yo —dijo mistress Rice— que es la primera vez en mi vida que te
veo vestida de negro. ¿Cómo se te ha ocurrido ponerte un traje de ese color?
—Ni
yo misma lo sé —contestó Esa, torciendo un poco el rostro. Y en ese instante me
pareció ver que se apretaban sus labios en una mueca de dolor—. ¡Quién sabe por
qué se hacen a veces las cosas!
Fuimos
a cenar. Vi aparecer un camarero alquilado probablemente para aquellas
circunstancias. Los manjares no eran muy delicados; en cambio nos sirvieron un
champaña magnífico.
—No
hemos visto a George —dijo Esa—. Lástima que anoche tuviera que volver a
Plymouth. Pero le espero de un momento a otro, y es de suponer que llegue a
tiempo para el baile... He encontrado pareja para Maggie; aceptable, aunque no
muy atractiva.
Un
ruido venido de lejos invadió el salón.
—¡Malditos
vapores! —exclamó Lazarus—. ¡Cuánto me molestan!
—Pero
ése no es ruido de vapor —corrigió Esa—. Es el de un aeroplano.
—Debe
de tener usted razón.
—Claro
que la tengo, son dos ruidos muy diferentes.
—¿Y
a qué espera usted para comprarse un aeroplano, Esa?
—Espero
el dinero necesario para pagarlo —respondió riendo la interpelada.
—Y
en cuanto lo tenga, se marchará a Australia, como aquella joven... ¿Cómo se
llama?
—¡Cuánto
me gustaría!
Frica
Rice exclamó con voz cansada:
—Esa
aviadora es un portento. Debe de tener los nervios muy en su sitio. ¡Afrontar
semejante peligro y sola!
—Sí
—aprobó Lazarus—. Los aviadores son una raza admirable. Si Michael Seton
hubiese llevado a feliz término su viaje alrededor del mundo, sería el héroe
del día. Es infinitamente deplorable su desgracia. Es una pérdida irreparable
para Inglaterra.
—Acaso
se haya salvado —repuso Esa.
—Es
casi imposible. Ahora hay mil probabilidades contra una de que haya
desaparecido para siempre... ¡Pobre Loco Seton!
—¿Es
verdad —preguntó mistress Rice— que siempre le han llamado así: Seton el loco?
Lazarus
asintió:
—Es
una familia de locos. Su tío, sir Mateo Seton, muerto la semana pasada, estaba
loco de remate.
—¿Era
acaso —volvió a preguntar mistress Rice— aquel ricacho idiota que quería
asegurar un refugio inviolable a los pájaros?
—El
mismo. Y con ese objeto compraba islas enteras. Podía permitirse semejante
lujo. Además era un perfecto misógino. Para consolarse de la traición de una
mujer, se absorbía en el estudio de la Historia Natural.
Esa
insistió:
—Puede
ser que no haya muerto Michael Seton. Aún no se ha perdido toda esperanza.
—¡Oh!,
sí, perdóneme —respondió Jim Lazarus—, no me acordaba...
—Le
encontramos el año pasado en Le Touquet, Frica y yo —siguió diciendo Esa—. Era
simpatiquísimo, ¿verdad, Frica?
—Mi
opinión no cuenta, querida. Todos saben que fue una conquista tuya, no mía, y
hasta te hizo volar una vez, ¿no es así?
—Sí,
en Scarborough... ¡Una excursión inolvidable!
Miss
Maggie, vecina mía de mesa, me preguntó entonces si yo había volado alguna vez
y hube de confesarle que sólo había realizado dos travesías por vía aérea, de
Londres a París y viceversa. En aquel momento, Esa se puso en pie y se retiró
después de decirnos:
—Llama
el teléfono. No me esperen, se hace tarde... He invitado a tanta gente...
Miré
el reloj y eran las nueve en punto.
Nos
sirvieron los postres y el vino de Oporto. Poirot y Lazarus se enzarzaron en
una discusión de arte en la que el anticuario exponía la situación del mercado,
lleno de cuadros falsificados. Hablaron luego de muebles antiguos y modernos,
del decorado de la casa, de porcelanas, lámparas...
Entre
tanto, yo procuraba cumplir mi deber de caballero manteniendo viva la
conversación con Maggie Buckleys. No tardé en percatarme de lo difícil de mi
empresa. Mi joven vecina no era muy habladora y me respondía con gracia, pero
sin ninguna animación. Me pareció tan extraña aquella taciturnidad en una joven
de su edad, que para explicármela me la figuré con el ánimo aún trastornado por
las acostumbradas preocupaciones familiares o sobrecogido por algún indecible
tormento.
Mistress
Rice estaba apoyada de codos en la mesa. El humo de su cigarrillo daba al oro
pálido de sus cabellos un móvil nimbo azulado que le hacía parecer un ángel, un
ángel soñando.
Eran
exactamente las nueve y veinte cuando volvió Esa.
—Vengan
todos. Ahora llegan los bichos raros.
Nos
levantamos dócilmente. Esa estaba recibiendo a sus muchos invitados, una docena
de personas, con graciosa amabilidad. Entre los recién llegados no me chocó
como verdaderamente interesante ninguna fisonomía; pero observé que la dueña de
la casa sabía, en su tiempo y lugar, omitir los modernísimos modales de
impertinente desenvoltura para volver a los de nuestras abuelas, y dar a todos
ellos la impresión de que eran muy bien recibidos. Entre otros, noté la
presencia del abogado Vyse.
Fuimos
todos a un punto del jardín desde donde se dominaba el portichuelo de Saint
Loo. Se habían colocado unas pocas sillas para las personas de más edad, así
que casi todos tuvimos que permanecer en pie. Brilló un primer cohete y se
perdió en el espacio.
En
aquel momento oí detrás de mí una voz que pronto reconocí como la de míster
Croft. Me volví y salí a su encuentro con Esa.
—Es
lástima que mistress Croft tenga que privarse de este espectáculo. Se la
hubiera podido trasladar aquí en una camilla.
—También
ella debe de sentirlo; pero, como usted sabe, mi mujer no se lamenta nunca.
Tiene un carácter angelical.
Se
veía centellear en el aire una lluvia de oro.
La
noche era oscura, sin luna. Además, como otras muchas noches estivales, era
casi fría. Maggie Buckleys, que aún estaba a mi lado, me dijo en voz queda, al
verla yo temblar:
—Voy
por mi abrigo.
Le
propuse ir yo a buscarlo.
—No
—me contestó—. Usted no sabría dónde encontrarlo.
Se
encaminó a la casa y en aquel momento se oyó la voz de mistress Rice:
—Maggie,
por favor, tráete también mi abrigo, que está en mi cuarto.
—No
te ha oído —le dijo Esa—. Yo te lo traeré, Frica. También voy por mi abrigo de
pieles. No me basta este mantón, que no me resguarda del viento.
En
efecto, se había levantado una fuerte brisa que soplaba del mar.
Se
alzaron del muelle algunas girándulas. Entré en conversación con una muchacha
muy joven que estaba en pie a mi lado, y que metódicamente se fue enterando de
toda mi persona, vida, carrera, gustos, duración probable de mi permanencia en
Saint Loo.
¡Pim!
¡Pam! ¡Pum...! Se extendía por el cielo un abanico de estrellas verdes que
luego se volvieron sucesivamente encarnadas, azules, plateadas... Y después
otras muchas girándulas.
—¡Oh!
¡Ah! —me dijo al oído Poirot—. Siempre son las mismas exclamaciones y la cosa
se ha vuelto poco a poco monótona... El caso es que por estar en pie en la
hierba húmeda tal vez me haya resfriado ya. Y ni siquiera podré hacer que me
preparen luego una taza de manzanilla.
—¿Resfriarse
con una noche tan hermosa?
—Hermosa
noche. Hermosa... ¿Porque no llueve a cántaros? Amigo mío, si pudiéramos
consultar un termómetro, se convencería usted de que su hermosa noche es
glacial...
—Bien
—dije yo conciliador—. Creo que tampoco me estorbará a mí el abrigo.
—¡Ah!
¿Se ha vuelto usted sensible al frío por haber dejado hace poco un clima
tropical?
—Le
traeré de paso su abrigo.
Poirot
levantó primero un pie y luego el otro con la lentitud de un gato que está
atento a su presa.
—Lo
que me asusta es la humedad en los pies. ¿Cree usted que podré conseguir aquí
un par de chanclos?
Contuve
una sonrisa.
—No,
seguramente no; ya no se usan.
—Entonces
—me declaró Hércules—, voy a la casa a sentarme. No me voy a exponer a una
bronquitis por ver unos fuegos artificiales.
Mientras
él continuaba refunfuñando indignado, nos encaminamos a la casa. Un terrible
tiroteo subía del muelle, donde una rueda ardiente dibujaba el perfil de una
nave que llevaba en letras de fuego estas palabras: ¡Bienvenidos los huéspedes!
—Después
de todo, seguimos siendo niños —me decía Poirot, pensativo—: los fuegos, las
reuniones de amigos, los juegos deportivos y también los de prestidigitación,
con las rápidas desapariciones de los objetos... Pero ¿qué tiene usted?
Le
había apretado yo el brazo con una mano, mientras le mostraba con la otra un
punto delante de nosotros. Habíamos llegado a pocos metros de la casa y
precisamente entre nosotros y la puerta-vidriera de la galería yacía un cuerpo
envuelto en un mantón de color escarlata.
—¡Dios
mío! —murmuró Poirot—. ¡Dios mío!
CAPÍTULO
OCHO
PREGUNTAS
Tal
vez no permaneciéramos allí más de cuarenta segundos, rígidos, paralizados de
horror; pero a mí aquel tiempo me pareció una hora. Poirot fue el primero en
recobrarse, y apartó mi mano de la suya. Le oí, mientras él caminaba como un
autómata, susurrar con indecible angustia:
—Ya
ha sucedido... Ha sucedido, a pesar de mis precauciones. ¡Soy un mísero
delincuente! ¿Por qué no la he custodiado mejor? Yo hubiera debido prever... No
tenía que haberla dejado sola nunca...
Intenté
calmarle, asegurándole que él no tenía nada que reprocharse. Pero la lengua se
me atascó en el paladar y casi no conseguía pronunciar una palabra.
Poirot
me respondió moviendo tristemente la cabeza, mientras se arrodillaba junto al
cadáver.
En
aquel preciso momento experimentamos una nueva sacudida, porque la voz de Esa
sonó clara y alegre, y apareció ella en el hueco de la ventana, donde se
recostaba su figura en la luz que invadía, detrás de ella, el cuarto.
—Dispénsame
que te haya hecho esperar, Maggie; pero es que...
Al
llegar aquí se interrumpió y miró ante sí, petrificada.
Poirot
profirió un grito y dio vuelta al cadáver tendido en el camino. Yo me puse
inmediatamente a su lado y vi la faz exánime de Maggie Buckleys.
En
el instante se reunió con nosotros Esa y empezó a gritar:
—¡Maggie!
¡Maggie!... No puede ser...
Poirot,
que se había inclinado sobre el cadáver, volvió a levantarse y contestó a la
joven, que seguía diciendo: «No es... No puede ser...»
—Sí,
señorita; está muerta.
—Pero
¿por qué?... ¿Por qué? ¿Quién ha podido desear su muerte?
Con
voz pronta y firme, repuso Poirot:
—No
es la muerte de su prima lo que querían, sino la suya, señorita... Ese mantón
les ha inducido a error.
Esa
volvió a gritar, y luego, con el acento de la desesperación, balbució:
—¿Por
qué no me han matado a mí?... ¿Por qué no a mí? Ahora ya no tengo ganas de
vivir... Sería feliz. Muy feliz... con la muerte.
Se
retorcía las manos, vacilaba. Apenas tuve tiempo de pasarle un brazo por el
talle para sostenerla.
—Llévela
a casa, Hastings —me ordenó Poirot—, y telefonee a la Policía.
—¿A
la Policía?
—Sí,
inmediatamente. Avise que han dado muerte a una mujer y quédese luego al lado
de la señorita. No la deje sola ni por un momento.
Demostré
por señas haber comprendido las instrucciones recibidas y sosteniendo a Esa,
medio desmayada, la acompañé al salón. La ayudé a tenderse en el sofá, le puse
una almohada bajo la cabeza y salí al vestíbulo para hablar por teléfono.
Me
quedé maravillado y estupefacto al tropezar casi con la criada, estaba allí, de
pie, con una extraña expresión en su rostro tímido y honrado. Tenía los ojos
brillantes. Se pasaba la lengua por los labios y le temblaban las manos. Apenas
me vio aparecer, me preguntó:
—¿Ha
ocurrido algo, señor?
—Sí
—respondí secamente—. ¿Dónde está el teléfono?
—¿Nada...,
nada grave, señor?
—Una
desgracia —repliqué evasivamente—. Hay un herido... Tengo que telefonear.
—¿A
quién han herido?
El
rostro de la buena mujer temblaba de emoción.
—A
miss Buckleys, a Maggie Buckleys.
—¿A
miss Maggie? ¿A Maggie...? ¿Está usted seguro..., seguro de que se trata de
miss Maggie?
—Segurísimo.
¿Por qué me lo pregunta?
—Por
nada... Creía... Me figuraba que fuese alguna otra señora. Me imaginaba que
sería..., creí que fuera mistress Rice.
—¡Pronto!
—grité—. ¿Dónde está el teléfono?
—Ahí,
en ese cuartito.
Helen
abrió una puerta y me indicó el aparato.
—Gracias
—dije. Y como parecía dispuesta a continuar allí, añadí—: No necesito nada más
de usted, gracias.
—Habría
que llamar al doctor Graham...
—No,
no, gracias. No quiero nada más. Puede retirarse.
Obedeció
de mala gana y lo más lentamente que pudo. Es probable que se quedase
escuchando detrás de la puerta, pero eso no podía yo impedirlo. Además, no
tardaría ella en saber lo acaecido.
Me
puse en comunicación con el puesto de Policía y di mi informe. Luego, por
iniciativa mía, telefoneé al doctor Graham nombrado por Helen y cuyo número
encontré en la guía. Por más que la presencia de un doctor fuese ya inútil para
su infeliz prima, la misma Esa necesitaba tener a su lado un médico.
Graham
prometió que vendría inmediatamente.
Colgué
de nuevo el aparato y volví al vestíbulo. Si la criada había escuchado detrás
de la puerta, supo escaparse a tiempo muy diestramente.
Volví
al salón, donde Esa intentaba incorporarse.
—¿Cree
usted... que puede traerme un poco de coñac?
—Indudablemente.
Corrí
al comedor, donde encontré cuanto necesitaba. Unos sorbitos del licor
espirituoso reanimaron a la muchacha, cuyas mejillas se volvieron menos
pálidas. Le arreglé el almohadón que tenía detrás de la cabeza.
—¡Es
tan tremendo todo esto! —murmuraba Esa, temblando—. ¡Todo!... ¡Por todas
partes!...
—Lo
sé, lo comprendo.
—No,
no comprende usted, no lo sabe. No puede saberlo... Una crueldad inútil... En
cambio, si hubiese sido yo la muerta... Todo habría concluido.
—Cálmese,
no diga disparates —repuse yo.
Pero
Esa no dejaba de agitarse y repetir:
—No
puede saberlo. No puede.
Y de
nuevo prorrumpió en llanto. Sollozaba como una niña. Pensé que ese desahogo
sería para ella un alivio y no intenté refrenarlo.
Cuando
se hubo calmado un poco, me asomé a la puerta-vidriera. Acababa de oír fuera un
ruido de voces. En efecto, allí estaban todos formando un semicírculo. En el
centro de la escena, Poirot hacía guardia al cadáver, teniendo apartados a
todos los demás. Mientras yo miraba, vi acercarse dos agentes de uniforme. Me
volví a mi puesto, al lado del sofá. Esa alzó la cara, bañada en lágrimas.
—Yo
debería ayudar algo.
—No,
señorita. Poirot estará en todo. Dejémosle a él...
Calló
Esa unos minutos y murmuró luego:
—¡Pobre
Maggie!... ¡Pobrecilla! Ella que nunca ha hecho mal a nadie... Ocurrirle
semejante desgracia... Me parece haber sido yo la causa de su muerte... Yo fui
quien la invitó a venir aquí...
Movió
tristemente la cabeza. ¡Cuan poco sabíamos prever! ¿Quién hubiera dicho a
Poirot, cuando insistía tanto para que Esa llamase a su lado a una amiga, que
pronunciaba la sentencia de muerte de una criatura inocente?
Permanecimos
en silencio. Yo hubiera querido saber lo que sucedía fuera; pero por atenerme
fielmente a las instrucciones de mi amigo, me quedé en mi puesto.
Tuve
la impresión de que transcurrieron horas enteras antes que se abriese el salón
y entrasen Poirot y un inspector de Policía. Con ellos venía una tercera
persona, que evidentemente debía de ser el doctor Graham. Éste se acercó a Esa:
—¿Cómo
va, señorita? Ha debido de ser para usted una tremenda impresión —luego
mientras le tomaba el pulso, añadió—: ¿Le han dado algo?
—Un
poco de coñac —contesté.
—Estoy
bien —dijo Esa valerosamente.
—¿Puede
usted contestar algunas preguntas, señorita?
—¡Ya
lo creo!
El
inspector se adelantó, tosiendo, probablemente para dar a la interrogada tiempo
de reponerse. Esa le acogió con una ligera sonrisa, diciéndole:
—Esta
vez no dificulto el tránsito.
Se
comprendía que ya se habían visto antes.
—Éste
es un caso desgraciadísimo, señorita —dijo el inspector—, y créame que lo
siento infinito. Monsieur Poirot, cuyo nombre me era muy conocido y que estamos
orgullosos de tener aquí con nosotros, dice que está convencido de que el
disparo del otro día en el Majestic fue dirigido contra usted.
Esa
afirmó:
—Yo
creí que era una avispa, pero no lo era.
—¿Le
habían ocurrido ya algunos otros accidentes lamentables?
—Sí.
Y para colmo de extrañeza, precisamente uno detrás del otro. Seguidos, muy
seguidos.
Resumió
brevemente los distintos casos ocurridos.
—Sí...,
sí... Ahora le suplico que me explique cómo ha sido eso del mantón. ¿Por qué lo
tenía su prima sobre sus hombros esta noche?
—Habíamos
vuelto a casa para coger su abrigo, porque de estar paradas afuera mirando los
fuegos artificiales sentíamos frío. Al entrar eché mi mantón sobre ese sofá y
fui a ponerme el abrigo de pieles que llevo encima y a coger otro para mi amiga
Frica Rice... Mírelo ahí, en el suelo, al lado de la ventana... A todo esto,
Maggie me llamó para decirme que no encontraba su abrigo. Le contesté que tal
vez estuviera en la planta baja. Mi prima bajó y desde allí me llamó de nuevo
para repetirme que no lo encontraba. Entonces le dije que tal vez hubiera
quedado en el coche. El suyo era un abrigo de lana, no de piel... Añadí que le
llevaría cualquier prenda mía... «No te preocupes —me contestó—. Me pondré tu
mantón si a ti no te hace falta.» Le respondí que temía que no le bastase. Y
ella volvió a decirme: «Ya lo creo que me basta. Estoy acostumbrada al clima de
York. Con tal de tener algo en la espalda...» «Pues póntelo —le dije— y dentro
de un minuto estaré contigo...» Y un minuto después, cuando... salí...
No
pudo terminar la frase.
—No
se acongoje, señorita... Dígame solamente esto: ¿oyó usted algún disparo?
Esa
empezó negando por señas, moviendo la cabeza. Luego balbució:
—¡Hacían
tanto ruido los fuegos! Atronaban...
—Comprendo
—asintió el inspector—. El ruido de los disparos se perdió entre el otro
estrépito. Supongo que no podrá usted darme ninguna explicación acerca de su
perseguidor.
—Nunca
se sabrá. No puedo imaginarlo.
—Ni
podrá usted —replicó el funcionario—. En mi opinión se trata de algún maniático
del homicidio... Mal asunto... No le haré más preguntas hoy, señorita. Crea
usted que siento ese triste caso, mucho más de cuanto pudiera expresar con
palabras.
Apenas
había acabado de despedirse, se adelantó el doctor Graham:
—Señorita,
quisiera aconsejarle que no permaneciese aquí. Y mi opinión es también la de
monsieur Poirot. Conozco un excelente sanatorio. Después de la terrible
impresión necesita usted una quietud absoluta.
La
mirada de Esa no se fijaba en el médico, sino en Poirot.
—¿Y
es precisamente por causa de la impresión? —preguntó.
Poirot
puso inmediatamente las cosas en claro.
—Hija
mía, quiero que usted se encuentre a salvo. Y quiero saber que está usted en
sitio seguro. En el sanatorio encontrará una enfermera agradable, reposada, sin
caprichos en la cabeza, una buena mujer que estará a su lado esta noche y que
sabrá animarla cuando usted se despierte y tenga ganas de llorar... ¿Comprende?
—Sí
—respondió Esa—. Comprendo. Pero usted no... Yo no temo nada... ¡Venga la
muerte si quiere! Ya no me importa... El que quiera matarme, máteme cuanto
antes...
—Vamos,
señorita —dije yo—. Tiene usted los nervios en tensión...
—No
sabe... No sabe. Ninguno de ellos lo sabe...
El
doctor asintió con voz serena:
—La
proposición de monsieur Poirot me parece excelente. Usted vendrá ahora en
automóvil conmigo, le daremos un calmante para asegurarle un buen descanso esta
noche... ¿Qué dice usted?
—No
importa —repuso la joven—. Todo lo que ustedes quieran; no tiene ninguna
importancia...
Poirot
puso su mano en la de la joven, diciéndole:
—Señorita...
Yo sé... Comprendo... Y la compadezco... Estoy confundido, con el corazón
atormentado. Había prometido protegerla y no he sabido cumplir mi promesa. He fracasado,
soy un imbécil... ¡Si supiera usted lo que padezco, señorita, me perdonaría! No
lo dude...
—Nada
tiene usted que reprocharse —dijo Esa con voz apagada—. Estoy segura de que no
ha descuidado usted ninguna precaución, de que nadie me hubiera podido ayudar
más eficazmente, estoy segura... No se preocupe por mí, se lo ruego...
—Es
usted muy generosa...
—No;
yo...
En
aquel momento se abrió violentamente la puerta del salón y entró
precipitadamente George Challenger, gritando desaforadamente:
—¿Qué
ha sucedido? Acabo de llegar... En la verja he tropezado con un policía y me ha
dicho que hay un muerto. ¿Quién? ¿Qué ha ocurrido? ¡Por amor de Dios! ¿No será
Esa?
Era
conmovedora su angustia, y como pronto advertí, justificada, por el hecho de
que Poirot y el doctor le interceptaban la vista de miss Buckleys.
Antes
que nadie tuviera tiempo de contestarle, repitió:
—¿Y
Esa? ¿Esa?... ¿No es ella?
Apartándose
e indicándola con un amable ademán, le respondió Poirot:
—No,
amigo mío: ahí la tiene bien viva.
Challenger
la miró un instante en silencio.
Parecía
que temía estar soñando. Luego, vacilando como un beodo, cayó de rodillas junto
al sofá, y tapándose el rostro con las manos, rompió a llorar.
—¡Esa,
mi tesoro!... ¡Temía que la hubiesen matado!
Esa
se incorporó.
—Estoy
sana y salva, George. No haga usted el tonto...
—Pero
alguien ha muerto, me lo ha dicho el agente...
Y
miraba en derredor suyo con intensa curiosidad.
—Sí
—respondió Esa—. Ha muerto Maggie. La buena de Maggie.
Un
espasmo le contrajo el rostro. Volvieron a acercarse el doctor y Poirot. Graham
la ayudó a levantarse, y entre él y Hércules la sostuvieron mientras la
conducían fuera del aposento.
—Conviene
que se acueste usted lo antes posible —le decía el doctor—. Venga ahora en mi
coche. He pedido a mistress Rice que haga un paquete con las cosas que más
pueda usted necesitar.
Desaparecieron
los dos por detrás de la puerta.
Challenger
me cogió del brazo.
—No
entiendo... ¿Adonde se la llevan?
Se
lo expliqué.
—Comprendo...
¡Por amor de Dios, Hastings, dígame lo que ha ocurrido! ¡Qué tremenda tragedia!
Esa pobre muchacha...
—Venga
usted a beber algo —le dije—; no puede tenerse de pie.
—No
me importaría nada caerme en pedazos.
Nos
encaminamos juntos al comedor.
—¿Ve
usted? —me dijo después de haberse tomado una mezcla de coñac y agua de Seltz—:
Temía que hubieran matado a Esa.
Ningún
enamorado ha podido nunca dejar que sus sentimientos se pusiesen al descubierto
con mayor claridad que el comandante Challenger.
CAPÍTULO
NUEVE
DE
LA «A» A LA «J»
Creo
que no olvidaré la noche que siguió. Poirot se desesperaba reprochándose con
espantosa violencia lo acaecido.
Paseaba
de arriba abajo por el cuarto, sin pararse nunca, persistiendo en acumular
anatemas contra sí mismo, sin siquiera escuchar mis bienintencionadas
protestas.
—¡He
aquí lo que significa tener una opinión demasiado buena de sí mismo! ¡Qué
castigado estoy por ello! ¡Hércules Poirot, te creías un portento y eres un
imbécil!
En
vano intentaba apartarle del tormento de esas ideas.
—Pero
¿quién? —exclamó al fin—, ¿quién hubiera podido imaginar semejante audacia? Yo
no había descuidado ninguna precaución. Hasta había avisado al asesino.
—¿Avisado
al asesino?
—Sí,
también en eso pensé. Le había llamado la atención sobre mí. Le había hecho
comprender que... yo sospechaba. Había, o cuando menos creía haber, anunciado
que era terriblemente peligroso para él la repetición de sus actos criminales.
Había cavado un foso, por decirlo así, alrededor de la señorita. Y ha sabido
pasarlo. Y pasarlo casi a nuestros ojos. Ni nuestra presencia ni la seguridad
de sabernos en guardia han podido impedirle conseguir su objeto.
—En
realidad no lo ha conseguido.
—Por
pura casualidad. Por lo demás, viene a ser lo mismo, desde mi punto de vista.
Ha quedado destruida una vida humana. Y toda vida es sagrada.
—Ya...
No quería decir eso.
—Pero,
por lo demás, lo que usted dice es cierto. Y en vez de disminuir la gravedad
del caso, la acrecienta. El asesino no ha llegado por completo al logro de sus propósitos.
¿Comprende usted ahora, Hastings? La situación ha variado, empeorado. Tal vez
ahora en vez de una sola, serán sacrificadas dos vidas humanas.
—No
mientras esté usted por aquí —dije yo con convicción.
Hércules
se detuvo y desconsolado me apretó fuertemente mano.
—Gracias,
amigo, gracias. Aún tiene usted confianza en mí. Me vuelve a dar ánimos.
Hércules Poirot no tendrá un segundo fracaso, no se destruirá otra vida.
Corregiré el error que he cometido, indudablemente yo me he equivocado. ¿En
qué?... No lo sé. En un punto cualquiera de la acción desenvuelta en estos
últimos días han debido desviarse mis ideas, en general tan bien ordenadas...
Volveré a empezar; esta vez venceré.
—Así,
¿le parece a usted amenazada la vida de miss Esa?
—Naturalmente.
¿Qué otro motivo hubiera tenido yo para enviarla a un sanatorio?
—¿No
ha sido por los sobresaltos que se ha llevado esta noche?
—Nada
de eso. De un trauma psíquico se puede reponer en su propia casa, y tal vez
aquí mejor que en un sanatorio. En los sanatorios el ambiente es aplastante.
Figúrese: los suelos de linóleo, las insulsas conversaciones de las enfermeras,
las comidas llevadas al dormitorio en una bandeja, los cubos de agua que echan
allí para la continua limpieza... No; la he recomendado a un doctor sólo para
su seguridad. A él le he explicado claramente cómo están las cosas. Y me ha
dado la razón. Tomará cuantas precauciones le recomiende yo. Nadie, ni aun su
queridísima amiga, será admitida a presencia de miss Buckleys. Usted y yo
seremos los únicos a quienes pueda recibir; a todos los demás se les opondrá
una perentoria: «Orden del doctor.» La consigna será respetada.
—Ya
—objeté yo—, pero...
—Pero
¿qué?
—Que
semejante situación no puede prolongarse.
—Es
verdad, pero nos da un momento de tregua. Y seguramente no habrá usted dejado
de comprender que ha mudado el carácter de nuestras operaciones.
—¿Ha
mudado? ¿De qué modo?
—Hasta
ahora debíamos velar por la seguridad de la muchacha. Ahora nuestra misión es
mucho más sencilla y de aquellas a las que estamos muy acostumbrados. No se
trata más que de descubrir al asesino.
—¿Y
le parece a usted cosa fácil?
—Naturalmente.
El criminal ha puesto su propia firma en el delito cometido. Ha salido de la
oscuridad.
Titubeando
un poco pregunté:
—¿No
será usted del parecer de la Policía? ¿Cree usted también que nos hallamos
frente a un maniático del crimen?
—Estoy
convencidísimo de que ésa es una hipótesis absurda.
—¿Así
que continúa usted creyendo...?
No
me atrevía a terminar la frase, pero Hércules comprendió pronto el sentido y la
concluyó él, en tono grave, diciendo:
—...¿que
el asesino pertenece al círculo de los íntimos de la muchacha? No cabe la menor
duda.
—Y,
sin embargo, es una suposición casi imposible de sostener, por la forma en que
se ha pasado la noche. Estábamos todos juntos y...
Hércules
volvió a interrumpirme, para preguntarme rápidamente:
—¿Podría
usted asegurar que ninguno de los componentes del grupo se ausentó un momento?
¿Podría usted jurar, con respecto a cada una de las personas reunidas en la
punta de la roca, haberla visto allí todo el tiempo que duraron los fuegos?
Sus
palabras me impresionaron.
—No
—tuve que responder después de breve reflexión—. No podría jurarlo. Estaba
oscuro y todos nos movíamos. En varios momentos observé a mistress Rice, a Jim
Lazarus, a usted, a Croft, a Vyse... Pero a ninguno de ustedes les miré todo el
tiempo.
Poirot
asintió y añadió:
—Y
era cosa de pocos minutos... Así, las dos muchachas van a la casa. El asesino
se escabulle cautelosamente, se esconde detrás del sicómoro, a mitad del
camino... De la puerta-vidriera de la galería sale miss Buckleys..., o por lo
menos lo cree el asesino..., pasa muy cerca de él, y éste dispara rápidamente
tres veces seguidas...
—¿Tres?
—exclamé.
—Sí.
Esta vez no quiso exponerse. Vimos en el cadáver tres orificios de bala de
revólver.
—Pues
se expuso mucho.
—Más
se hubiera expuesto disparando una vez sola. La detonación de un revólver
Mauser no es muy ruidosa. El ruido podría confundirse, pues se parece mucho al
tiroteo de los fuegos artificiales.
—¿Y
encontraron el arma?
—No...
Y le aseguro, Hastings, que ésa es para mí una prueba indiscutible de la
familiaridad del autor del delito con la casa. Creo que estamos de acuerdo al
suponer que el revólver de la muchacha fue robado con la idea de dar a su
muerte la apariencia de un suicidio.
—Sí,
de acuerdo.
—Ésa
es la única explicación plausible de la desaparición del arma. Pero ahora ya no
puede haber medio de hacerme creer en una muerte voluntaria. El culpable sabe
que no puede inducirnos a error. Sabe, en resumen, que nosotros lo sabemos.
Bien
pensado, la lógica de semejantes deducciones parecía irrebatible.
—¿Y
qué cree usted que haya hecho del revólver? —pregunté.
Hércules
se encogió de hombros y repuso:
—Es difícil
decirlo. Pero el mar está allí muy cerca. Un movimiento resuelto del brazo
basta para que el arma vaya al fondo, sin que nadie pueda volver a encontrarla.
Claro está que no tengo una certeza absoluta, pero es lo que yo hubiera hecho
en su lugar.
—¿Y
cree usted que advirtiera que equivocó el blanco?
—No,
no —me contestó tristemente Poirot—. Y ésa ha debido de ser para él una
sorpresa muy desagradable... Conservar el dominio de sí mismo, después de
haberse enterado de la verdad... No descubrirse... Todo eso no ha debido de ser
cosa fácil.
En
aquel momento recordé la singular actitud de la criada y referí a Poirot todo
cuanto me había chocado en su modo de proceder. Poirot escuchó con sumo interés
mi relato y me preguntó al punto:
—¿Pareció
asombrarse mucho de que la muerta no fuese miss Buckleys en vez de la prima?
—Sí,
mucho.
—Es
extraño... Porque, evidentemente, no se asombró del hecho trágico en sí. Y es
un punto que hay que tener presente. ¿Quién es esa Helen tan cariñosa, de
aspecto tan... británicamente respetable? ¿Podría darse el caso de que hubiera
sido ella...?
La
frase quedó interrumpida.
Yo
creí deber objetar.
—No
olvidemos los casos fortuitos. Cierto es que hacía falta la fuerza de un hombre
para mover la piedra que rodó por la pendiente.
—¿Cierto
dice usted? No, querido. Bastaba sacarla de su equilibrio. Y... sí...
Precisamente... podía bastar eso.
Sin
dejar sus inquietas idas y venidas, prosiguió Poirot después de un breve
silencio:
—Se
puede sospechar de cualquiera de los que estaban presentes esta noche en La
Escollera. Pero aquellos huéspedes... No, no puede haber sido ninguno de ellos.
Según me ha parecido, eran a lo sumo simples conocidos de la dueña de la casa;
no había intimidad entre ellos y miss Buckleys.
—También
estaba Vyse...
—Sí;
no me olvido de Vyse. Lógicamente debiera ser el más indicado.
Al
llegar a este punto, hizo Poirot un mohín de desaliento. Luego tomó asiento
junto a la mesa, frente a mí.
—Sí;
hay que volver siempre al punto esencial, al móvil del crimen... Para
comprender el delito debemos averiguar ante todo la causa, y ésta sigue siendo
para mí un misterio. ¿Quién puede tener interés en suprimir a miss Buckleys? Me
he entregado a las hipótesis más extravagantes. He querido yo, Hércules Poirot,
proponerme hasta las más viejas, las más soñadas, las más dignas de las novelas
policíacas. El abuelo..., ese hombre que hizo vida de jugador empedernido...,
¿volvió a perder en el juego todo lo que había ganado? ¿No habría escondido
acaso en algún sitio una fortuna? ¿No podría darse el caso de que hubiera
enterrado un tesoro en el terreno de La Escollera? Aunque me avergüenzo de
decirlo, fue con esa idea en la cabeza con lo que pregunté a miss Buckleys si
nunca le habían propuesto comprarle su casa.
—¡Hombre!
—exclamé—. La idea es ingeniosa y podría darnos una pista.
Poirot
respondió:
—Sabía
que la atribuiría usted a ingenio. Es digna de su romántica... y mediocre
fantasía: el tesoro escondido... Es natural que aceptase usted inmediatamente
esa idea.
—No
comprendo por qué debe ser descartada, sin más ni más, una hipótesis de ese
género.
—Pues
porque la explicación verdadera es casi siempre la más prosaica de todas. ¿Y el
padre de miss Buckleys? También he hecho sobre él hipótesis indignas de un
hombre de mi talla... El padre de Esa se hallaba siempre de viaje. Me he dicho
que si, eventualmente, hubiese robado él alguna piedra de valor inmenso, un ojo
de algún dios indio, por ejemplo, tal vez algunos sacerdotes no sospechosos
podrían haberse ensañado en seguir sus huellas y las de su heredera...
¿Comprende usted en qué abismos de romanticismo me he metido, por no descuidar
ningún indicio posible? También se me han ocurrido respecto de ese padre ideas
menos grotescas y más probables... Por ejemplo, que podría haberse vuelto a
casar en el extranjero sin que lo supieran los suyos. Supongamos que exista un
heredero más cercano que míster Charles Vyse... Pero la hipótesis es estéril
desde el momento en que no existe una verdadera herencia... No he querido
omitir ningún pretexto. He indagado hasta acerca de una proposición de Lazarus,
que nos indicó de paso miss Buckleys. ¿No se acuerda usted? Míster Lazarus
parece ser que le ofreció comprarle el retrato del abuelo. Telegrafié el sábado
a un perito para que viniese a examinar el cuadro y precisamente se refería a
su visita la carta que he escrito esta mañana a Esa... ¿Y si aquel retrato
valiese, por ejemplo, algunos millares de libras esterlinas?
—¡Ca!
¡Cómo quiere usted que un ricacho como Lazarus...?
—¿Es
realmente muy rico? ¿Qué sabemos de él nosotros? No siempre corresponden las
apariencias a la exactitud de las cosas. A veces se da el caso de que una
empresa que tiene fama de muy sólida y que posee magníficas salas llenas de
objetos muy raros esté reducida a apoyarse en débiles bases. En semejantes
casos, los propietarios de la casa no van a contar a todo el mundo los apuros
que pasan. Al contrario, siguen una política muy distinta. Se compran un
automóvil nuevo, de gran lujo; multiplican los gastos, ostentan cada vez más
boato... En una palabra, buscan todos los medios de mantener intacto el
crédito... Y muchas veces se ha ido a pique una enorme hacienda por no tener a
mano unos pocos miles de libras. Lo sé por mí mismo —añadió Hércules, para
impedirme que protestara—. Sé por mí mismo que la hipótesis es un tanto
inverosímil; pero no lo es tanto como la de los brahmanes en acecho o la otra
de los tesoros enterrados en un jardín. Tiene cierta conexión con los hechos
acaecidos. Y no debemos despreciar nada de cuanto pueda conducirnos al
descubrimiento de la verdad.
Calló
y empezó a alinear con movimientos precisos los objetos que tenía ante sí sobre
la mesa. Cuando volvió a hablar, lo hizo en tono grave y ya sereno:
—El
móvil. Mantengámonos firmes en las direcciones trazadas desde el punto de
partida. Examinémoslas todas detenida y metódicamente. Preguntémonos, ante
todo, cuántos son los posibles móviles de un asesinato; cuáles los motivos que
pueden inducir a un ser humano a suprimir a otro. Excluyamos, por ahora, la
manía homicida. Estoy plenamente convencido de que no se halla por ese camino
la solución del problema. Desechemos también el hecho ocasional, cometido por
un desconsiderado impulsivo. Este es un asesinato premeditado. ¿Qué motivos
pueden impulsar a un delito de esta clase? Ante todo: una ventaja material.
¿Quién llegaría a beneficiarse directa o indirectamente con la desaparición de
miss Buckleys? Supongamos que sea Vyse. La muerte de su prima la haría entrar
en posesión de La Escollera, pero, económicamente, la propiedad no es
apetecible; Tal vez tenga éste pensado deshacer la hipoteca, construir algunas
casitas en el terreno que rodea la casa... Es posible... También podría
apetecer el sitio por cualquier razón sentimental, por alguna relación eventual
con recuerdos de familia. Los afectos de ese género están, sin duda alguna,
arraigados profundamente en ciertos seres humanos y hasta pueden... lo sé con
seguridad..., llegar a ser funestos y fuentes de actos delictivos. Pero no
consigo descubrir ningún indicio de esto en el caso de Charles Vyse. La otra
persona que podría lucrarse algo con la muerte de Esa sería mistress Rice, la
amiga del alma... Pero ganaría muy poco de veras, y fuera de esas dos personas,
no veo ninguna otra a quien esa muerte pudiera aportar algún beneficio
material. ¿Qué otro puede ser el móvil? ¿El odio? ¿Un amor agriado por los
celos? ¿El clásico crimen pasional? Sobre esto tenemos los juicios de la
observadora mistress Croft: Charles Vyse y el comandante Challenger están ambos
enamorados de miss Esa.
Observé,
sonriendo, que, en cuanto al segundo, habíamos podido comprobar personalmente
el verdadero fundamento de las observaciones referidas.
—Sí,
lo que el honrado marino tiene en el corazón lo tiene también en la boca. En
cuanto a Vyse, supongamos que también tiene razón mistress Croft en lo que nos
ha dicho de él. Ahora bien: si el abogado viera que su prima prefiriese a otro
hombre antes que a él, ¿lo tomaría realmente tan a pecho como para matarla, a
fin de que no fuese del rival?
—La
hipótesis es melodramática —respondí dudando.
—Y,
además, poco conforme con el carácter inglés... ¿No es eso lo que quiere usted
decir? Así lo reconozco yo también. Pero tampoco faltan entre los ingleses
individuos profundamente pasionales y Charles podría ser uno de ellos. Se
comprende que reprime sus propios sentimientos, que los esconde... Y las
reacciones más violentas vienen con frecuencia de personas de su temperamento.
De Challenger no puede sospecharse que intente matar por causas emocionales; no
es individuo propio para ello. El cambio, el abogado... podría ser... Pero no
me satisface la hipótesis. Otro motivo de crimen pasional: los celos. Los
considero aparte, porque los celos pueden no estar ligados a una emoción
sexual, pueden derivar de una envidia de posesión o de supremacía. Tal es el sentimiento
que mueve al Yago de nuestro gran Shakespeare. Desde el punto de vista
profesional, su delito está maravillosamente ideado.
¡Oír
en boca de Hércules elogios de Yago! La cosa me extrañó aun en medio de la
grave discusión.
—¿Y
por qué le parece ahora admirable el delito de Yago?
—Pues
porque se lo hace cometer a otro. ¿Puede usted figurarse la profundidad de la
astucia de un delincuente a quien la Justicia tiene que dejar en libertad por
no resultar ninguna prueba contra él? Pero dejémosle y volvamos al asunto que
nos interesa. ¿Se puede achacar a una u otra forma de celos el móvil del
asesinato? ¿Quién tiene motivos para envidiar a miss Esa? La única que está
cerca de ella es mistress Rice, y por lo que se puede comprender, no existe
ninguna rivalidad entre ella... Siempre venimos a parar a lo mismo. Viene, por
último, el miedo. Podría ser que miss Esa conociese algún secreto
comprometedor. ¿Sabe quizá algo que, divulgado, ocasionaría la ruina de
alguien? Sin temor de equivocarnos, casi podemos asegurar que si es así, ella
lo ignora por completo. Sin embargo, la cosa no es imposible, y complicaría
bastante la situación. Puesto que, aunque miss Esa tenga en sus manos la clave
del misterio, no sabe que la tiene y, por tanto, no puede suministrarnos
ninguna indicación útil.
—¿Le
parece a usted realmente posible semejante cosa?
—Es
una hipótesis a la cual me veo obligado, en la dificultad de encontrar algún
otro indicio razonable por otra parte. Cuando se han tenido que descartar todas
las demás explicaciones, se adhiere uno a la única que queda.
Se
interrumpió, callando un buen rato. Saliendo por último de la meditación en que
estaba absorto, se acercó un pliego de papel y empezó a escribir.
Movido
de curiosidad, le pregunté qué escribía.
—Estoy
formando una lista —respondió—. Una lista de las personas que rodean a miss
Buckleys. Si mi hipótesis es correcta, aquí ha de encontrarse, entre los demás,
el nombre del asesino.
Siguió
escribiendo unos veinte minutos. Luego, me acercó el papel a través de la mesa.
—Aquí
está. Mire si falta alguno.
Y he
aquí la copia textual del documento:
A)
Helen.
B)
El marido, jardinero.
C)
Su hijo.
D)
Míster Croft.
E)
Mistress Croft.
F)
Mistress Rice.
G)
Míster Lazarus.
H)
Comandante Challenger.
I)
Míster Charles Vyse.
J) ?
OBSERVACIONES:
A)
Helen. Circunstancias sospechosas: su actitud y sus palabras al tener noticias
de lo sucedido. Máxima oportunidad de preparar los peligrosos incidentes. Gran
probabilidad de que haya estropeado el automóvil. Mentalidad obtusa y
probablemente incapaz de combinar ningún delito.
Móvil.—
Ninguno. A lo más puede suponerse un odio derivado de causas desconocidas.
Nota.—
Informarse mejor de su pasado y de sus relaciones con E. B.
B)
El marido. Lo mismo que la anterior. Podría ser que él hubiera estropeado el
freno.
Nota.—
Hay que interrogarle.
C)
Su hijo. Despreciable.
Nota.—
Interrogarle; podría dar datos útiles.
D)
Míster Croft. Única circunstancia sospechosa: el hecho de haberle encontrado
por la escalera subiendo al piso donde está el dormitorio. La rápida
explicación que dio puede ser verdadera, pero podría también no serlo.
Antecedentes desconocidos.
Móvil.—
Ninguno.
E)
Mistress Croft. Circunstancias sospechosas: ninguna.
Móvil.—
Ninguno.
F)
Mistress Rice. Circunstancias sospechosas: las mayores oportunidades. Ha
enviado a E. B. por su abrigo. Además ha querido crear la impresión de que E.
B. sea una embustera, muy capaz de inventar los peligros de que se ha librado.
No estaba en Tavistock cuando ocurrieron los peligrosos accidentes. ¿Dónde se
hallaba?
Móvil.—
Lucro. Bastante débil. ¿Celos? Es posible, pero no seguro. Nota.— Hablar de
ella a E. B. Tal vez nos dé alguna indicación. ¿Habrá conexión con el
matrimonio de F. R.?
G)
Míster Lazarus. Circunstancias sospechosas: diversas oportunidades. Además ha
afirmado el magnífico estado de los frenos del auto. Puede haber estado en las
cercanías antes del viernes.
Móvil.—
Ninguno, a no ser la idea de lucrarse con el cuadro. ¿Miedo? Improbable.
Nota.—
Averiguar dónde se hallaba J. L. antes de llegar a Saint Loo. Enterarse de la
situación financiera de la casa Aronne Lazarus e Hijo.
H)
Challenger. Circunstancias sospechosas: ninguna. Se hallaba en los alrededores
durante toda la semana pasada; por tanto, hay oportunidades respecto de los
«casos». Llegó media hora después de cometido el delito.
Móvil.
— Ninguno.
I)
Míster Vyse. Circunstancias sospechosas: ausente del bufete en el momento del
«caso» en el jardín del Majestic. Buenas oportunidades. Afirmaciones de dudosa
sinceridad respecto a la venta eventual de La Escollera. De temperamento
concentrado. Probablemente enterado de la existencia de la pistola Mauser.
Móvil.—
¿Lucro? Débil. ¿Amor u odio? Posible, dado el temperamento del hombre. ¿Miedo?
Improbable.
Nota—
Indagar respecto del prestador y de la situación económica de C. V.
J)
Podría existir un J. Un desconocido. Mas no extraño a algunos de los antes
citados. Si existe, se halla probablemente en relaciones con A. D. y con E. o
F. Su existencia explicaría: a) falta de sorpresa en la criada y su
satisfacción (pero ésta puede depender de la excitación apacible que la gente
de su clase social experimenta siempre al anuncio de un delito); b) razón por
la cual Croft y su mujer han venido a habitar la casita; c) el posible temor de
F. R. ante la revelación de un secreto suyo, o de sus posibles celos.
Poirot
me vigilaba mientras leía.
—Es
un resumen excelente —dije convencido—. Aclara muy bien todas las
posibilidades.
Hércules,
al tiempo que cogía lentamente el documento de mis manos, comentó:
—Un
nombre sobresale de todos los demás. El del abogado Vyse. Es el que ha tenido
las mayores oportunidades. A él se le pueden atribuir dos móviles distintos. Si
en vez de una lista de presuntos culpables hubiera extendido yo una lista de
caballos inscritos para una carrera, el favorito sería él. ¿No le parece?
—Sin
duda es el más indicado.
—Y
usted, querido Hastings, propende siempre a sospechar del menos indicado. Eso
se debe a que lee usted demasiadas novelas policíacas; pero en la vida real, de
cada diez casos, en nueve el verdadero autor de un delito es también el más
justamente sospechoso.
—¿Y
cree usted que también sucede así esta vez?
—Esta
vez hay una poderosa contraindicación: la audacia del acto criminal. Una
audacia que salta inmediatamente a la vista. Razón por la cual no puede ser
aparente el móvil. Es un asunto que me ha parecido claro desde el primer
momento.
—Es
verdad, lo ha dicho usted desde un principio.
—Y
ahora lo repito.
Con
brusco ademán arrugó la hoja escrita y la arrojó al suelo, y al ver que yo
protestaba, exclamó:
—Es
una lista inútil. No habrá servido más que para aclararme las ideas. Orden y
método: siempre hay que empezar así los movimientos... La primera fase de toda
investigación ha de ser enumerar los hechos con claridad y precisión. La
segunda fase...
—¿Cuál
es?
—La
del examen psicológico. Un buen trabajo de la sustancia gris... Vaya a
acostarse, querido Hastings.
Me
negué enérgicamente, diciendo:
—Si
usted no se acuesta, yo tampoco. No le dejaré aquí solo, devanándose los sesos
horas y horas.
—¡Oh,
fidelísimo perro guardián! Sin embargo, no puede usted ayudarme a pensar,
Hastings. Y no he de hacer otra cosa que pensar. Pensar...
De
nuevo movió la cabeza.
—Podrían
entrarle ganas de discutir algún punto conmigo.
—No
hay caso. Es usted un amigo muy leal. Por lo menos, le ruego que se tienda en
la meridiana.
Acepté
la proposición. Los objetos que me rodeaban empezaron a desvanecerse... Lo
último que recuerdo es la acción de Poirot inclinándose a recoger las hojas
esparcidas por el suelo y tirarlas al cesto. Después debí de dormirme.
CAPÍTULO
DIEZ
EL
SECRETO DE ESA
Cuando
me desperté era ya de día.
Poirot
continuaba sentado en el mismo sitio y en la misma postura que antes. Pero algo
había variado en su rostro. Tenía en los ojos el extraño brillo verde y gatuno
que tanto le conozco. Tardé en levantarme, pues tenía una enorme pereza y
estaba dolorido. Una meridiana no es uno de los mejores lechos para un hombre
de mi edad. Sin embargo, tenía ya el cerebro plenamente despierto y activo y
así advertí inmediatamente la variación del rostro de mi amigo y le pregunté:
—¿Se
le ha ocurrido a usted alguna buena idea? Dígamela.
Hércules
asintió. Se inclinó sobre la mesa y le dio unos golpecitos con los nudillos,
mientras decía:
—Responda
usted a mis preguntas, Hastings: ¿Por qué miss Buckleys ha pasado estas últimas
noches sin poder dormir?... ¿Por qué ella, que nunca se viste de negro, quiso
ponerse un traje negro ayer?... ¿Por qué dijo anoche que ya no tenía ninguna
razón para vivir?
Le
miré estupefacto. ¿Qué tenían que ver todos esos puntos interrogativos con la
desgracia acaecida?
—Contésteme,
Hastings, contésteme a las preguntas que le he formulado...
—Bien.
En cuanto a la primera, miss Buckleys confesó que tenía graves
preocupaciones...
—Sí,
precisamente. Pero ¿de qué derivaban?
—En
cuanto al vestido negro, un capricho; el atractivo de la novedad, supongo yo...
—¡Qué
inexperto es usted en cuanto a psicología femenina, y eso que usted está
casado! Cuando una mujer sabe..., o cree..., que cierto color no le sienta
bien, no se lo pone nunca.
—En
cuanto a la última pregunta, la declaración es natural en el momento en que la
hizo inmediatamente después de la espantosa tragedia.
—No,
querido; no fue natural... Que miss Esa se horrorizase de la muerte de su
prima, que se la reprochase ella misma, eso sí que eran cosas naturales, pero
no el hastío de vivir. Anoche declaró que la vida le pesaba, que ya no tenía
ningún valor para ella... Y nunca se había expresado de ese modo. Habíase
mostrado impertinente, había hecho crujir los dedos casi desafiando al Destino
con un ademán de pilluela; luego, por reacción, había tenido miedo... Miedo,
entiéndalo bien, porque la vida le parecía dulce y no quería morir. Pero
cansada de vivir, no y no; nunca había dicho estarlo. Y aun antes de la cena
era aquélla su actitud... Así, pues, Hastings, nos hallamos frente a un cambio
psicológico. ¿Qué lo provocó? Es un punto importantísimo para ser resuelto.
—La
emoción por la muerte de su prima.
—No,
la sacudida le soltó la lengua. Pero tal vez existiera ya el cambio
psicológico. No se podría explicar de otro modo. Reflexione, Hastings; haga
usted que trabaje la sustancia gris.
—Es
verdad...
—¿Cuál
fue el último momento en que pudimos observarla a nuestras anchas?
—Durante
la cena.
—Precisamente...
Después no la vimos más que dar la bienvenida a los invitados... En fin,
desempeñar por pura formalidad sus obligaciones de ama de casa... ¿Qué sucedió
al terminarse la cena?
Pensando
bien las palabras, contesté:
—Fue
al teléfono.
—¡Acabáramos!
Al fin ha dado usted en el quid... Fue al teléfono y estuvo ausente un buen
rato. Por lo menos veinte minutos. Veinte minutos son demasiados para responder
a una llamada telefónica... ¿Quién la telefoneaba? ¿Qué palabras cambiaron? Y
además, ¿era verdad lo de la llamada telefónica? Es preciso llegar a conocer el
empleo de esos veinte minutos, que estoy seguro que nos darán la clave de la
situación.
—¿De
veras?
—Sí,
de veras. Siempre he dicho que miss Esa nos esconde parte de su pensamiento.
Estará convencida de que su secreto no tiene nada que ver con el delito. Pero
Hércules Poirot está seguro de lo contrario. Debe de haber alguna relación.
Desde el principio he advertido la falta de uno de los datos del problema. Si
no existiera esa laguna, ya vería yo claro todo lo sucedido. Y como ahora no
está claro, la explicación esencial debe de hallarse en el lazo que falta. Sé
que tengo razón, Hastings... Cuando me den las respuestas a esas tres
preguntas..., empezarán a disiparse las tinieblas.
—Entre
tanto —dije yo, estirando mis brazos entumecidos— tengo que cuidarme de dos
cosas igualmente urgentes: tomar un baño y afeitarme.
Después
de bañarme y mudarme de ropa me sentí mejor, conseguí vencer el cansancio que
me había quedado de la incómoda posición en que había tenido que dormir. Y
luego, cuando hube tomado una buena taza de café caliente, recobre la total
posesión de mis medios.
Miré
el periódico. Pocas noticias, aparte de la confirmación de la muerte de Michael
Seton. La desaparición del intrépido aviador era ya cosa segura. Al día
siguiente vendría seguramente una columna titulada con grandes letras: Joven
muerta durante los fuegos artificiales. Misteriosa tragedia...
O
cualquier otro título por el estilo.
No
bien hube terminado de desayunarme, cuando vi acercarse a mistress Rice. Vestía
traje de crespón negro con un cuello blanco plegado. Me pareció más rubia y más
bella que nunca.
—Desearía
hablar con míster Poirot, capitán. ¿Cree usted que se habrá levantado?
—La
acompañaré arriba, señora. Le encontraremos en el salón.
—Muchas
gracias.
—Supongo
—añadí, mientras entrábamos juntos en el comedor— que no habrá dormido muy mal
anoche...
—Ha
sido una sacudida horrible —dijo lentamente mistress Rice—. Pero no conocía yo
a esa pobre muchacha. Hubiera sido peor que la muerta fuera Esa.
—¿No
había usted visto antes a la joven Maggie?
—Sí,
una vez en Scarborough. Vino a almorzar a casa de Esa.
—¡Cómo
estarán sus pobres padres!...
—¡Desgraciados!
Sin
embargo, en aquella compasiva respuesta no vibraba ningún calor de afecto. La
que hablaba de aquel modo debía de ser una egoísta incapaz de dar valor alguno
a lo que no se relacionase con su persona.
Poirot
estaba sentado, leyendo el periódico. Se levantó para recibir a mistress Rice,
y con su acostumbrada y exquisita cortesía se inclinó, diciendo:
—Enchanté.
Y al
momento acercó una butaca.
La
señora dio las gracias con una ligera sonrisa y tomó asiento. Apoyó los brazos
en los de la butaca y durante un buen rato permaneció muda, mirando delante de
sí. Había en su inmovilidad y en su aspecto distraído algo que daba casi miedo
observarlo.
—Monsieur
Poirot —dijo al fin—, supongo que no puede haber duda de que en el trágico
accidente de ayer la víctima designada era Esa.
—En
efecto, creo que no puede dudarse.
Mistress
Rice arqueó las cejas.
—Esa
tiene una Providencia que la protege —murmuró después.
El
eco de un pensamiento retenido acompañaba el claro sonido de las palabras.
—A
quien tiene la suerte de su parte, todo le sale bien —dijo sentenciosamente
Poirot.
—Sí.
Y no se puede luchar contra la mala suerte, por el contrario.
En
aquel momento la voz lenta parecía cansada y sólo cansada. Tras una nueva
pausa, volvió a dejarse oír de este modo:
—Le
debo a usted muchas excusas, míster Poirot, y también a Esa. Hasta ayer no he
creído en su peligro... No la suponía amenazada... seriamente.
—¿De
veras, señora?
—Ahora
comprendo que habrá que indagar por todas partes minuciosamente, y me imagino
que no quedará libre de sospechas ni siquiera el círculo de íntimos de Esa. La
cosa es ridícula, pero así será. ¿Verdad que tengo motivos para creerlo, míster
Poirot?
—La
señora es muy inteligente.
—Anteayer
me hizo usted algunas preguntas acerca de mi permanencia en Tavistock. Y como
tarde o temprano llegará usted a saberlo, prefiero decirle, desde ahora, que no
estuve en Tavistock.
—¿No?
—Vine
en automóvil por esos parajes al principio de la semana pasada con míster
Lazarus; no queríamos despertar más comentarios de los que ya son de por sí
inevitables. Nos detuvimos en un lugar que se llama Shellacombe.
—Que,
si mal no recuerdo, está a unos once kilómetros de Saint Loo, ¿verdad, señora?
—Sí.
Y
dichas estas palabras volvió a caer en su acostumbrada lasitud.
—¿Quiere
usted permitirme una pregunta impertinente, señora?
—Hoy
no puede ser impertinente ninguna pregunta.
—Creo
que tiene usted razón. ¿Desde cuándo son amigos usted y Lazarus?
—Le
conocí hace seis meses.
—Y...
¿le tiene usted mucho cariño?
Frica
se encogió de hombros y respondió:
—Es
rico...
—Señora,
esas cosas no se dicen.
Por
un instante mistress Rice se animó y replicó al momento:
—¿No
es mejor que se lo confiese yo antes que usted se lo imagine?
—Cuestión
de sentido común, sí... Permítame repetirle que demuestra usted ser muy
inteligente, señora.
—Entonces
me dará usted un premio, tarde o temprano —dijo la señora levantándose.
—¿No
desea usted decirme nada más?
—No...
Me parece que no... Voy a comprar unas flores para Esa.
—Pues
muchas gracias, señora, por su franqueza.
Frica
le dirigió una extraña mirada de reojo y pareció a punto de abrir la boca; mas,
como si mudase de pronto de parecer, se dispuso a salir, sin añadir una
palabra. A mí me envió una graciosa sonrisa al abrirle la puerta.
—Es
lista —declaró el detective así que se hubo alejado la señora—. Pero ¡también
lo es..., y mucho más..., Hércules Poirot!
—¿Qué
quiere decir?
—Que
ha sido una buena jugada la de venir aquí a hablarme expresamente de la riqueza
de míster Lazarus.
—Pues
a mí eso me ha parecido de muy mal gusto.
—Hijo
mío, usted es el hombre de las reacciones normales en los momentos que no lo
son. Ahora se trata de cosas muy distintas y no de tacto y de buen gusto. Si
mistress Rice tiene un amante millonario y que puede satisfacer todos sus
caprichos, no necesita matar a una íntima amiga suya para heredar unas pocas
monedas. ¿No le parece?
—¡Oh!
—exclamé.
—Así
es...
—¿Y
por qué la ha dejado usted que vaya inútilmente al sanatorio?
—¿Para
qué había de descubrirme? No es Hércules Poirot quien impide a miss Buckleys
que reciba a sus íntimos, sino el médico y las enfermeras. Esas fastidiosas
enfermeras que siempre tienen en la lengua los reglamentos y las órdenes del
doctor.
—¡Quién
sabe si después de todo la dejarán entrar! Esa podría insistir.
—A
nadie dejarán ver a miss Esa, querido Hastings, a no ser a usted y a mí. Y así,
es preferible no dejar la visita para más tarde.
En
aquel momento, abierta bruscamente la puerta, entró en el saloncito Challenger,
con su rostro bronceado impregnado de cólera.
—Oiga
usted, míster Poirot, y explíquemelo. He telefoneado a ese maldito sanatorio;
he preguntado cómo seguía Esa y a qué hora podría verla yo, y me han contestado
que el doctor no le permite recibir a nadie. Quiero saber lo que significa
eso... Hablemos claro: ¿es usted quien prohíbe las visitas o es que aún está
Esa con los nervios un tanto agitados...?
Poirot
no le dejó siquiera terminar la frase, pues le interrumpió contestando con
mucha cortesía:
—Sírvase
creerme, caballero. Yo no dicto reglamentos para sanatorios. No me atrevería a
hacerlo. ¿Por qué no ha telefoneado usted al doctor?... ¿Cómo se llama? ¡Ah!,
sí..., el doctor Graham.
—Ya
le he telefoneado, y dice que Esa va todo lo bien que puede esperarse... Lo de
siempre. Conozco sus trucos: tengo un tío médico en Harley Street, especialista
en enfermedades nerviosas, psicoanálisis, etc. No deja entrar a parientes ni
amigos con mil pretextos, conozco el método. Pero no creo que Esa necesite
aislamiento. Detrás de todas estas cosas debe de estar usted.
Hércules
le sonrió cordialmente. Siempre me ha parecido dispuesto a simpatizar con los
enamorados. Así que, muy amablemente, dijo a Challenger:
—Oiga
usted, amigo mío. Si se admitiese a una sola persona, no se podría dejar de
admitir a las demás. ¿Comprende? Hay que admitir a todos o a ninguno. Usted y
yo queremos que miss Esa continúe incólume, ¿no es verdad? Pues ahora
comprenderá: no se puede admitir a nadie...
Challenger
se calmó y dijo:
—Comprendo...
Pero en ese caso...
—¡Silencio!
¡Punto en boca! Y olvidemos hasta las palabras que acabamos de pronunciar. Hace
falta mucha prudencia, muchísima.
—Callaré
—dijo con sereno acento el marino.
Se
fue hacia la puerta y en el umbral se volvió para preguntar:
—¿Estará
prohibido enviarle flores?
Poirot
sonrió.
Apenas
se hubo marchado el otro, me dijo mi amigo:
—Y
ahora tomemos un coche, y mientras el comandante, mistress Rice y acaso también
míster Lazarus se encuentran en la tienda de flores, usted y yo nos vamos al
sanatorio.
—¿A
buscar las tres famosas respuestas?
—Las
preguntaremos... Aunque ya las conozco.
—¿Usted?
¿Qué me dice?
—Sí.
—¿Y
cuándo las ha encontrado?
—Mientras
almorzábamos. Evidentes...
—Dígamelas.
—No;
las ha de oír usted de boca de miss Esa.
Luego,
como para hacerme cambiar de idea, me dejó sobre la mesa una carta abierta. Era
un informe del perito encargado de examinar el cuadro, el cual lo valoraba en
veinte libras esterlinas como máximo.
—Ya
está aclarado un extremo —dijo Poirot.
Le
repliqué con una de sus metáforas preferidas:
—¡Ningún
ratón está en la ratonera!
—¡Ah!
¿Se acuerda usted de mi modo de hablar? Eso es precisamente: ningún ratón en
esta ratonera. El retrato del viejo Buckleys vale veinte libras esterlinas, y
míster Lazarus hubiera pagado por él cincuenta... ¡Padecer semejante error con
un rostro tan inteligente!... Pero vámonos... no nos entretengamos más...
El
sanatorio se hallaba casi en la cúspide de una pequeña colina que dominaba la
bahía. Nos recibió un ayudante con bata blanca.
Nos
introdujo en un saloncito de la planta baja, en donde, momentos después, se nos
reunió una enfermera.
Le
bastó dirigir una mirada a Poirot. Evidentemente había recibido instrucciones
particulares del doctor y al mismo tiempo una minuciosa descripción del
detective. Casi sonriendo, nos dijo:
—Miss
Buckleys ha pasado buena noche. ¿Quieren ustedes subir?
Ocupaba
Esa un hermoso cuarto lleno de sol. En la camita de hierro parecía una niña
cansada. Tenía muy pálido el rostro y los ojos enrojecidos. Como distraída y
doliente, nos dijo:
—Son
ustedes muy amables al venir a verme.
Poirot
le tomó una mano, que estrechó fuertemente entre las suyas, reteniéndola un
buen rato.
—Ánimo,
señorita. Siempre se puede dar un objeto a la propia vida.
Esas
palabras la conmovieron. Miró a Hércules y exclamó un triste:
—¡Oh!
—¿Querrá
usted decirme ahora, señorita, cuál era la causa de sus preocupaciones en estos
últimos tiempos? ¿O me permite ayudarla y ofrecerle la expresión de mi profunda
simpatía?
Esa
se ruborizó.
—¿Lo
sabe usted? ¡Oh! No me importa que lo sepa... Ahora ya todo acabó... No podré
volver a verle...
Le
faltó la voz.
—Valor,
señorita
—Ya
no tengo valor. He agotado todas mis fuerzas, he esperado..., esperado..., y
últimamente esperaba contra toda evidencia.
Yo
miraba atónito, sin comprender una palabra.
—El
pobre Hastings —dijo Poirot— no sabe de qué hablamos.
Esa
se volvió a mirarme. Y con voz trémula, añadió:
—Michael
Seton, el aviador... Era mi prometido... Y ha muerto.
CAPÍTULO
ONCE
EL
MÓVIL
Me
quedé petrificado.
—¿Es
ésta la respuesta que esperaba usted que le diesen? —pregunté a Poirot.
—Ésta,
sí. Esta mañana lo he comprendido todo perfectamente.
—¿Y
qué ha hecho para comprenderlo? Me ha dicho que lo había adivinado en un abrir
y cerrar de ojos mientras se desayunaba.
—Sí,
mientras leía la primera parte del periódico. Recordé la conversación del día
anterior en la mesa... Y vi muchas cosas.
Volvióse
de nuevo a Esa.
—¿Lo
supo usted anoche?
—Sí,
por la radio. Inventé una excusa para ir al teléfono; quería estar sola al oír
la noticia, en caso que... En fin, lo supe.
—Comprendo...
Comprendo...
Hércules
le estrechaba de nuevo las manos entre las suyas.
—Tuve
una aflicción extraordinaria... En aquel mismo momento llegaban los
invitados... No sé cómo pude sostenerme. Me parecía verme desde fuera, mirarme
a mí misma lo que hacía... No sabía en qué mundo estaba...
—Sí,
sí, comprendo...
—Cuando
corrí a casa por el abrigo de Frica, por poco me desmayo; pero al punto tuve
que recobrarme... Maggie seguía llamándome, pidiéndome su abrigo... Tomó mi
mantón y se fue... Yo me di polvos y un poco de colorete antes de ir a reunirme
con ella. Y había de volver a verla... muerta.
—¡Qué
espanto! ¡Pobrecilla!
—Más
que espanto, más que terror, era rabia... usted no puede comprender... Si
hubiera sido yo la muerta... En cambio, estoy viva, habré de vivir aún sabe
Dios cuántos años... ¡Y Michael... ahogado en el Pacífico!
—¡Pobre
niña!
Esa
se agitaba y desvariaba, gritando:
—No
quiero vivir más, no quiero...
—Comprendo,
comprendo. A todos nosotros nos llega esa hora en que aceptaríamos más gustosos
la muerte que la vida. Pero pasa esa hora y el dolor se atenúa. Ahora no puede
usted creerlo, lo sé; son inútiles las palabras de un viejo como yo, frases...
Eso es lo que pensará usted...
—¿Y
cree usted que yo podré olvidar, que podré casarme con otro? ¡Nunca!
Estaba
muy guapa así, sentada en el lecho, con el rostro encendido y los dedos
crispados en la sábana.
Poirot
dijo amablemente:
—No,
no pensaba en eso... Pensaba en que tuvo usted mucha suerte al conseguir el
amor de un valiente, de un héroe... ¿Cómo se conocieron ustedes?
—Le
vi en Le Touquet, en septiembre.
—¿Y
desde cuándo eran prometidos?
—Desde
Navidad... Pero nuestro noviazgo había de permanecer secreto.
—¿Por
qué?
—Por
el tío de Michael, en anciano sir Mateo Seton. Ese hombre adoraba a los
animales y detestaba a las mujeres.
—¡Cosa
de locos!
—Loco,
realmente, no lo era; pero sí un original. Estaba convencido de que las mujeres
son la ruina de los hombres... Y Michael dependía completamente de él. sir
Mateo estaba muy orgulloso de su sobrino. Él había costeado todos los gastos de
la construcción del Albatros y del gran viaje... para la magnífica excursión,
que era el más querido sueño de Michael... Si hubiera salido bien, Michael
hubiese podido manejar a su gusto al tío. Y aunque el viejo se hubiera
obstinado en su hostilidad, la cosa no hubiese tenido la importancia que antes.
¡Figúrese, Michael se hubiera convertido en héroe mundial!... Y hasta el tío
habría terminado por ceder.
—Ya,
ya comprendo.
—Michael
me había avisado que cualquier indiscreción nuestra hubiera sido fatal.
Nuestras relaciones habían de permanecer secretas. No hablé a nadie de ellas,
ni siquiera a Frica.
Poirot
murmuró:
—¡Si
me hubiera usted hablado a mí, señorita!
La
joven le miró de frente y le preguntó con acento de verdadera sorpresa:
—¿A
usted? ¿Por qué? ¿Con qué objeto? ¿Qué relación puede haber entre mi dolor y
los atentados contra mi persona? No; había prometido a Michael no decir nada y
he querido mantener la palabra empeñada... Pero ¡cuánto me pesaba el silencio!
La ansiedad, la incertidumbre, la continua zozobra... Todos me decían que me
volvía nerviosa. ¡Y no poder explicar!...
—Comprendo...
—Ya
le habían dado por muerto otra vez, mientras volaba por el desierto, camino de
la India... Fueron días angustiosos; pero después se supo que se había salvado.
Se le había averiado el aparato. Pudo arreglarlo y continuar el viaje... Me
forjaba la ilusión de que se repetiría el milagro de encontrarle, y cuando
todos le creían desaparecido, yo me obstinaba en seguir esperándole... y luego
anoche...
No
pudo continuar.
—¿Tuvo
usted esperanza hasta anoche?
—No
sé. Creo que simplemente me negaba a admitir los hechos: era para mí un gran
tormento no poderme desahogar con alguien...
—Comprendo...
¿Y no tuvo usted nunca la tentación de confiarse a una amiga, mistress Rice,
por ejemplo?
—Sí,
ya lo hubiera querido... ¡Y difícil me ha sido vencer esta tentación!
—¿Y
no cree usted que mistress Rice tuviera... alguna sospecha de la verdad?
—Me
parece que no.
Esa
permaneció un momento en silencio, llamando a su memoria los recuerdos del año
pasado, que tan gratos le eran.
—Por
lo menos, no me lo ha dicho. —dijo, y añadió—: Se le han escapado algunas
alusiones a la simpatía que me demostraba Michael, a nuestra estrecha
amistad...
—¿Y
no se ha creído usted en libertad de hablar algo a la muerte del tío de Seton?
Porque no ignora que murió la semana pasada...
—Lo
sé... Le habían operado. Claro está que yo hubiera podido contar a cualquiera
cómo estaban las cosas, pero no hubiera sido un proceder correcto. Habría
parecido como si quisiera vanagloriarme en el momento en que todos los
periódicos elogiaban a Michael. Hubiera tenido que dejarme interrogar por
ellos... Y eso hubiera disgustado a Michael.
—Estoy
de acuerdo con usted, señorita. Ha hecho bien en callar en público. Pero
hablando claramente con una persona amiga...
—Sólo
he hablado a una persona amiga, porque... me parecía tener que hacerlo. Pero no
sé si esa persona lo ha comprendido...
Poirot
aprobó y luego dejó decaer la conversación. Después, preguntó variando de tema:
—¿Está
usted en buenas relaciones con su primo el abogado?
—¿Con
Charles? ¿Cómo se le ha ocurrido pensar en él?
—Para
saber...
—Charles
es un muchacho bonísimo. Muy recto, se entiende. Creo que me desaprueba mucho.
—Me
han dicho que le tenía a usted gran cariño.
—Se
puede desaprobar a una persona sin dejar de tener por ella cierta debilidad...
A Charles le parece incorrecto mi modo de vivir. Censura mis reuniones, mis
bebidas, mis amigos, lo atrevido de mis conversaciones, y, a pesar de todo,
sufre mi fascinación... Creo que aún no ha perdido la esperanza de corregirme.
Se
detuvo y luego añadió medio sonriente:
—¿A
quién ha sabido usted arrancar tan preciosos datos acerca de las ideas de
Charles?
—No
me descubra, señorita. He hablado dos veces con la inquilina australiana, con
mistress Croft.
—Es
una buena mujer, pero hace falta tener mucho tiempo que perder para
escucharla... Es tan terriblemente sentimental... El amor, la casa..., los
hijos... Toda la vieja retahíla.
—Yo
también soy del tiempo antiguo, y sentimental también, señorita.
—¿Usted?...
Yo hubiera creído que de ustedes dos el sentimental era el capitán Hastings.
Noté
que me sonrojaba de indignación.
—Es
furibundo —dijo Poirot, que se entretenía mirándome de reojo—. Pero tiene usted
razón, señorita, ha acertado.
—No
lo ha acertado en modo alguno —repliqué yo ofendido.
—Hastings
tiene una naturaleza muy buena, lo cual me pone a veces en serios aprietos.
—¡No
diga tonterías, Poirot!
—Ante
todo le repugna ver el mal, y cuando se ve obligado a ello, es tal su virtuosa
indignación que no sabe disimularla. Una rara y bella naturaleza. No, querido;
no le permito que me contradiga. Es tal como acabo de decir.
—Ustedes
dos han sido muy buenos conmigo —replicó gentilmente Esa.
—¡Oh!
Eso no es nada, señorita. Aún tenemos que hacer mucho más... Pero, ante todo,
usted debe permanecer aquí y dejarse guiar por los que la quieren bien. Ha de
seguir mis órdenes, hacer cuanto yo le aconseje; en el estado actual de las
indagaciones no hay que poner obstáculos a mi trabajo.
Esa
exhaló un suspiro:
—Haré
cuanto usted me ordene. Ya nada me importa.
—Por
ahora no debe usted recibir aquí a ninguno de sus amigos.
—Ni
me importa ni me preocupa en absoluto no verlos.
—A
usted, la parte pasiva; a nosotros, la activa. Ahora, señorita, la dejo. No
quiero molestarla más.
Se
fue hacia la puerta, y ya con el picaporte en la mano, volvióse para preguntar:
—Usted
hizo una vez testamento. Quisiera verlo. ¿Quiere decirme dónde está?
—No
lo sé..., en cualquier sitio.
—¿En
La Escollera?
—Sí.
—¿En
una caja de caudales o encerrado en el escritorio?
—No
lo recuerdo exactamente. Por allí supongo que estará...
Frunció
el ceño y añadió:
—Soy
terriblemente desordenada... Los papeles y las cosas parecidas suelen estar en
un cajoncito del escritorio o en la biblioteca. También pongo allí las facturas
en general... Probablemente el testamento estará entre las facturas o tal vez
en mi dormitorio.
—¿Nos
permite usted registrarlo todo?
—Sí,
si quieren... Revuelvan y registren todo lo que deseen.
—Gracias,
señorita. Aprovecharé su permiso.
CAPÍTULO
DOCE
HELEN
Poirot
no abrió la boca mientras salíamos del sanatorio. Pero en cuanto dimos unos
pasos por la calle, me detuvo, y apretándome el brazo para llamarme más la
atención me dijo:
—¿Ha
visto usted?... ¡Razón tenía yo! Desde un principio noté que faltaba uno de los
datos del endemoniado rompecabezas. Sin ese dato esencial el conjunto era
incomprensible.
Esa
mezcla de complacencia y de lamentación era para mí doblemente oscura. No me
parecía que hubiese sucedido nada muy extraordinario.
—Estaba
ahí desde el principio y yo no lo veía. ¿Cómo había de verlo? Tener la
intuición de que había una incógnita, sí; pero adivinar su naturaleza...
—¿Ve
usted alguna relación entre lo que hoy nos ha dicho Esa y el delito de anoche?
—¿Y
usted no la ve?
—Confieso
que no.
—¿Será
posible?... Tenemos ahora en la mano lo que buscábamos, el recóndito móvil del
crimen.
—Seré
muy tonto; pero, la verdad, no acierto a verlo. Así, según usted, ¿se trata de
un drama de celos?
—¿Celos?
¡No, no y no! Se trata del móvil ordinario, del único, el inevitable: el
dinero, querido, el dinero.
Le
miré consternado. Él prosiguió, más tranquilo:
—Escúcheme:
sir Mateo muere la semana pasada. Y sir Mateo era riquísimo. Uno de los
ingleses más ricos de hoy día.
—Sí,
pero...
—Espere,
cada cosa a su tiempo... sir Mateo tiene un sobrino de quien está orgulloso y
al cual, según razonables probabilidades, habrá dejado su enorme fortuna...
—Pero...
—Querrá
usted decirme que habrá hecho diversos... legados... Habrá distribuido tesoros
para el sostenimiento de sus extravagantes iniciativas, desde luego; pero la
mayor parte de la fortuna ha ido a parar a Michael Seton. El martes pasado los
periódicos anunciaban el probable fin del aviador, y los atentados contra miss
Esa empezaron el martes... Ahora supóngase que Michael Seton, antes de
emprender tan peligroso viaje, hubiera hecho testamento a favor de su
prometida...
—Es
una hipótesis.
—Sí,
una simple suposición, la cual, por lo demás, ha de corresponder a los hechos.
Porque, si no fuera así, no tendrían ningún significado los incidentes
acaecidos. No se trata de una pequeña herencia, sino de una fortuna enorme.
Recordé
atentamente las cosas oídas. Parecíame que Poirot saltaba de una premisa
hipotética a una conclusión con excesiva desenvoltura. Y, no obstante, en el
fondo de mi alma me sentía movido a darle la razón. Tal vez contribuyeran a
convencerme las mil pruebas que tenía yo de la extraordinaria perspicacia de
Hércules. Sin embargo, esta vez seguían siendo inexplicables para mí muchos
puntos y objeté:
—Desde
el momento que el noviazgo era secreto...
—¡Tonterías!...
Seguramente lo sabría alguien. En semejantes casos nunca falta alguien que esté
muy bien enterado. Y el que no sabe procura adivinar. Mistress Rice sospechaba
algo, nos lo ha dicho miss Esa. Y puede haber pasado de la sospecha a la certidumbre.
—¿Cómo?
—Ante
todo debe haber cartas escritas por Seton a miss Esa. Eran prometidos desde
hace algunos meses y mistress Rice no puede ignorar que Esa es una desordenada,
que deja las cosas en cualquier sitio sin el menor cuidado. Probablemente no
habrá cerrado nada con llave en toda su vida. Sí, Frica debía de contar con una
certeza.
—¿Y
cree usted que la Rice sabía algo del testamento de Esa?
—Indudablemente.
Y aquí empieza a hacerse la luz. La lista de anoche, en la que he incluido los
invitados con las letras desde la A hasta la J, puede reducirse ahora a dos
nombres solamente... Pueden eliminarse las personas de la servidumbre... Puede
ser también eliminado el comandante..., aunque haya empleado hora y media en
venir de Plymouth a Saint Loo, es decir, en recorrer unos cuarenta
kilómetros... Se puede eliminar al narigudo Lazarus, a pesar de su oferta de
cincuenta libras esterlinas por un cuadro que apenas vale veinte... (Y eso es
muy extraño... ¡Es muy extraño que un judío sufra un error de ese calibre!) Se
pueden eliminar también los australianos, tan cordiales y tan cariñosos. Sólo
quedan dos en la lista.
—Que
son, supongo, en primer lugar, mistress Rice...
Mientras
hablaba acudió a mi memoria el rostro blanco, delicado, con aquella aureola de
cabellos dorados.
—Sí,
su nombre es el que más sobresale. Como el testamento de miss Esa se habrá
redactado probablemente a toda prisa, debe de expresar claramente la voluntad
de nombrar segunda heredera a mistress Rice. Fuera de La Escollera, ha de
heredar esa señora todo lo de su amiga. Si en vez de morir miss Maggie hubiera
muerto Esa, mistress Rice sería hoy una persona riquísima.
—Apenas
puedo admitir la exactitud de su razonamiento.
—Porque
apenas puede usted admitir que una mujer hermosa sea una criminal... Ya.
Siempre es difícil convencer de tal posibilidad a los miembros de un jurado...
Y, por lo demás, no deja usted de tener razón al mantenerse incrédulo... Hay
otra persona sospechosa.
—¿Quién
es?
—El
abogado Vyse.
—Pero
¡si a ese sólo le tocaría la casa!
—En
efecto, pero tal vez no lo sepa él. ¿Ha redactado él el testamento de miss Esa?
Lo dudo. Si el documento hubiese sido dictado por él, lo tendría en su bufete y
no «en cualquier sitio», como nos acaba de decir miss Esa. Así, pues, ya ve
usted, Hastings, que es muy probable que Vyse no lo haya leído ni sepa nada del
testamento. Y hasta puede figurarse que miss Esa no haya pensado nunca en
testar, y en ese caso toda la fortuna que dejase su prima iría directamente a
él, que es el pariente más cercano...
—Esta
segunda hipótesis me parece tan poco plausible como la primera.
—Por
efecto de su acostumbrado e incorregible romanticismo, ya que el letrado
perverso es un personaje que nunca falta en las novelas policíacas. Si, además,
se trata de un abogado de fisonomía impasible, no cabe ya duda de su
culpabilidad... Verdad es que, en cierto modo, el abogado, en nuestro caso,
está mucho más indicado que mistress Rice. Él tiene más probabilidades de haber
sabido la existencia de la pistola, como también el modo de manejarla.
—O
el modo de mover y precipitar un pedrusco —añadí yo.
—Tal
vez, sí. Aunque repito que el incidente del pedrusco más bien puede atribuirse
a destreza que a esfuerzo muscular... En cambio, la idea de estropear los
frenos del auto parece proceder de un cerebro de hombre. Pero son hoy muchas
las mujeres que entienden de mecánica tanto como los hombres... Eso aparte, la
hipótesis contraria al abogado presenta dos lunares.
—¿Cuáles?
—Es
bastante probable que mistress Rice haya sabido del noviazgo de Esa, pero ¿el
abogado?... Otro punto flaco: la irrupción de la acción criminal.
—¿Qué
quiere usted decir?
—Quiero
decir que la certeza de la muerte de Seton no se ha tenido hasta anoche. Los
jurisconsultos no suelen obrar precipitadamente sin tener una base de absoluta
certidumbre.
—Es
verdad; las mujeres son más impulsivas.
—Nunca
dudan de ver el hecho mismo plegarse a su capricho.
—¡Qué
extrañamente afortunada ha sido miss Esa! ¡Haber podido salir incólume de una
serie de atentados!... Casi es increíble...
Como
un eco de mis palabras volvieron a sonar en mi imaginación las de mistress
Rice:
Esa
tiene una Providencia que la protege.
Me
estremecí.
—Sí,
casi casi —repitió a media voz Hércules—. Y ni una sola vez se ha librado por
mis méritos... Humillante circunstancia...
También
a media voz murmuré yo:
—La
ha protegido la Providencia.
—Querido
—exclamó Hércules—, no achaquemos al Padre eterno las responsabilidades de las
maldades humanas. No me saque usted a relucir la Providencia, con el acento
convencido de sus oraciones dominicales, sin pensar en el resultado de sus
reflexiones que es precisamente éste: que el Padre eterno ha matado a Maggie
Buckleys.
—¿Habla
usted en serio, Poirot?
—Muy
en serio, amigo mío, muy cierto. No estoy en modo alguno dispuesto a dejar que
las cosas vayan por su pendiente, atrincherándose en la cómoda creencia de que
esa pendiente la ha querido Dios; en cambio estoy convencido de que el Padre
Eterno ha creado a Hércules Poirot para que intervenga en tiempo oportuno.
Poco
a poco habíamos vuelto a subir la cuesta, siguiendo el tortuoso sendero que
conduce hasta la puerta de servicio de La Escollera.
—¡Uf!
—suspiró Poirot—. La cuesta es empinada... Estoy sudando... Le repito que voy a
intervenir. Y para ponerme de parte de la inocencia. Me decido por miss Esa
porque ha sido atacada y por miss Maggie porque ha sido muerta.
—Y
se declara contrario a mistress Rice y al abogado Vyse.
—No,
no, Hastings. Procuro mantenerme ecuánime. Me limito observar que uno de esos
dos puede ser sospechoso, según están las cosas... Pero ¡silencio! ¡Punto en
boca!
Habíamos
llegado a la calleja y precisamente delante de la casa, en el prado, casi en el
límite del camino, un hombre manejaba una máquina segadora. Tenía cara estúpida
y ojos apagados. A su lado había un niño de unos diez años con cara sucia, pero
inteligente.
Reflexioné
en que no habíamos oído el ruido de la segadora que estaba funcionando.
Seguramente el que la manejaba no se esforzaba mucho por terminar su trabajo.
También supuse que se hubiera precipitado sobre la máquina sólo al oír el ruido
de nuestras voces.
—Buenos
días —le dijo Hércules.
—Buenos
días, señores.
—¿Es
usted el jardinero, el marido de Helen, la criada de esta casa?
El
niño nos declaró:
—Es
mi papá.
—Sí,
señor, soy el jardinero. Y usted supongo que será ese señor forastero que hace
de detective... ¿Qué noticias hay de miss Esa?
—Acabo
de verla. Ha pasado buena noche.
El
niño continuó queriendo darnos datos.
—Han
venido los guardias... Miss Maggie fue muerta ahí. Cerca de la escalera... Yo
he visto matar un cerdo, ¿verdad, papá?
—¡Ah!
—exclamó con mucha calma el padre.
—Papá
mataba los cerdos cuando trabajaba en una hacienda... ¿Verdad?... Y yo vi
degollar uno... Si viera usted... ¡Es muy divertido!...
—A
los niños les divierte ver matar a los animales —dijo el hombre.
Su
voz soñolienta y tranquila parecía anunciar una verdad práctica, indiscutible.
—Pero
a la señorita le han pegado un tiro... No la han degollado, ¿verdad, papá?
Continuamos
hacia la casa. Me sentí libre de una pesadilla al perder de vista al feroz
chiquillo.
Poirot
entró en el salón por una de las puertas abiertas. Tocó la campanilla y al
punto acudió a la llamada Helen, vestida decentemente de negro. Nuestra
presencia no la maravilló en modo alguno.
Poirot
le explicó que la señorita nos había autorizado para registrar la casa.
—Muy
bien, señores.
—¿Ha
terminado la actuación de la Policía?
—Han
dicho que lo han visto todo... Han registrado por todas partes del jardín hasta
esta mañana... No han encontrado nada...
Iba
a marcharse del cuarto cuando la detuvo Poirot preguntándole:
—¿Se
sorprendió usted mucho ayer al saber que habían dado muerte a la prima de la
señorita?
—Mucho,
sí, señor; fue para mí una gran sorpresa. ¡Era tan buena miss Maggie! ¿Quién
puede ser el bandido capaz de no querer a un ángel como era ella?
—Si
hubieran matado a otro cualquiera, ¿habría sido menor su sorpresa?
—No
entiendo lo que quiere decir el señor.
En
aquel momento quise intervenir yo para recordar a la mujer nuestra conversación
de la noche anterior.
Durante
un rato calló. Helen, apretando con sus dedos una esquina del delantal, movió
la cabeza y luego dijo:
—Ustedes
no lo comprenderían, señores.
—Sí,
hija, sí —repuso inmediatamente Poirot—. Yo comprenderé. Por más extraño que
sea lo que tenga que decirme, lo comprenderé.
La
mujer le miró a la cara, y después de titubear todavía un ratito, decidióse a
concederle su confianza:
—Verá
usted, ésta no es una buena casa.
La
afirmación me sorprendió desagradablemente. En cambio, a Poirot le pareció
sencillísima.
—¿Quiere
usted decir que la casa es vieja?
—Sí,
señor..., y no es buena...
—¿Hace
mucho que está usted aquí?
—Seis
años. Pero también venía de pequeña... En tiempo del viejo míster Nicolás
ayudaba yo en la cocina... Entonces era lo mismo.
Poirot
la miraba atentamente.
—A
veces —dijo sin quitarle de encima los ojos— en las casas viejas hay una
atmósfera maligna.
—Eso
es precisamente, señor —repuso con viveza la mujer—; maligna... Pensamientos...
Hechos feos... Es como la corrupción de lo viejo, que, por más que se haga,
nunca se consigue destruir en las casas. Algo que está en el aire. Siempre he
tenido el presentimiento de que tarde o temprano ocurriría en esta casa una
desgracia.
—Y
ha acertado usted.
—Sí,
señor.
En
el tono de la respuesta se podía advertir la satisfacción de haber visto
cumplirse sus siniestras previsiones.
—Pero
nunca hubiese creído que pudiera ocurrir una desgracia a la bondadosa miss
Maggie.
—¡Oh!
No, señor, eso no. Nadie la quería mal; de eso estoy segurísima.
Me
parecía que aquellas palabras pudieran dar motivo a una explicación más amplia
y más clara. Pero, con gran asombro mío, Poirot pasó inmediatamente a otro
asunto.
—¿No
oyó usted el ruido de los disparos?
—No
podría decirlo... Hacían tanto estruendo los fuegos... Ensordecían.
—¿No
estaba usted en el jardín viéndolos?
—No;
no había acabado de fregar.
—¿No
la ayudaba el camarero interino?
—No,
señor. Él estaba en el jardín viendo los fuegos.
—Y
usted no.
—Yo,
no.
—¿Por
qué?
—Porque
quería dejarlo todo en orden.
—¿No
le gustan los fuegos artificiales?
—Sí,
señor; me divierten mucho. Pero los hacen dos veces... Y William y yo tendremos
mañana la noche libre. Por consiguiente, iremos a verlos al pueblo.
—Comprendido...
¿Oyó usted a miss Maggie pedir el abrigo y decir que no lo encontraba?
—Oí
a miss Esa correr por arriba y oí a miss Maggie decirle desde abajo que no
encontraba no sé qué... Y poco después añadió: «Me pondré el mantón: ¿te
parece?...»
—Permítame
—insistió Poirot—. ¿No se le ocurrió a usted ayudarla a buscar el abrigo, es
decir, ir por él al automóvil donde se había quedado?
—Yo
tenía mi trabajo, señor.
—Es
verdad. Y probablemente ninguna de las dos señoritas pensaría en pedir su ayuda
porque la creían a usted fuera mirando los fuegos.
—Eso
es.
—Porque
los años anteriores siempre iba usted a verlos.
La
mujer se sonrojó instantáneamente.
—No
sé lo que quiere usted decir, señor... Siempre paseamos por el jardín a nuestro
antojo. Si anoche no quise ir a ver los fuegos y en cambio preferí terminar mi
trabajo para poder acostarme pronto, es cosa que no le importa a nadie más que
a mí, me parece.
—Indudablemente.
No ha sido mi intención ofenderla... ¿Por qué no ha de hacer usted lo que más
le guste? De cuando en cuando conviene variar...
Se
detuvo un momento y luego añadió:
—Por
cierto que usted podría darme un dato muy útil... Esta casa es vieja. ¿Tiene,
que usted sepa, algún cuarto secreto?
—Sí.
En este mismo piso, detrás de una tabla corrediza, en una pared, hay un
escondrijo... Me lo enseñaron una vez cuando era pequeña. Pero no puedo
acordarme del sitio en que está... Tal vez se halle en la biblioteca. No podría
asegurarlo...
—¿Se
podría esconder en ese sitio una persona?
—¡Oh,
no! Es un armario chiquito, un nicho. Tendrá unos treinta centímetros de alto
por otros tantos de ancho...
—Yo
me figuraba otra cosa.
De
nuevo se ruborizó Helen y repuso:
—Si cree
usted que yo estaba escondida en cualquier sitio, se equivoca. Oí a miss Esa
bajar a todo correr la escalera y la oí también gritar. Y vine al vestíbulo
para ver... si había ocurrido una desgracia. Ésa es la verdad, señor, la pura
verdad.
CAPÍTULO
TRECE
CARTAS
Al
dejar a Helen, Poirot, con el rostro nublado otra vez, se volvió hacia mí,
diciéndome:
—Yo
me pregunto si ha oído los disparos. Creo que sí. Y precisamente después de
oírlos debió de salir de la cocina... Oyó a miss Esa correr por la escalera y
luego salir por una de las puertas-vidrieras. Ella misma salió a su vez al
vestíbulo para ver qué había pasado. Todo eso es muy natural. Pero no comprendo
por qué estaba en casa a la hora de los fuegos. Y ese porqué, quiero llegar a
saberlo.
—¿Cómo
se le ha ocurrido a usted pensar en un escondrijo?
—Pues
porque no renuncio a la hipótesis de algún bandido de fuera, desconocido aún;
el anónimo J. de mi lista.
—¿El
J.?
—Sí;
la última letra de la lista extendida anoche. Si por cualquier motivo llegó
aquí anoche J., puede haberse ocultado..., supongo es un hombre, en algún
escondite practicado detrás de una de las paredes de algún aposento. Pasa una
joven a la que él toma por Esa. La sigue por la galería, dispara. No; esa
hipótesis no vale. Además sabemos que no hay en La Escollera ningún cuarto
secreto. Puede ser mera coincidencia el hecho de que esa criada se quede en la
cocina. Vamos por el testamento de miss Buckleys.
No
había papeles en el salón. Pasamos de éste a la biblioteca, su ambiente era más
bien oscuro, pues su única ventana daba al jardín. Vimos allí una gran mesa de
viejo estilo, repleta de papeles mezclados en desorden: cuentas no pagadas
revueltas con recibos, cartas apremiando pagos atrasados y de correspondencia
particular.
—Todo
este párrafo hay que examinarlo y ordenarlo metódicamente — me dijo Poirot.
Siguió
puntualmente su programa, y cuando Hércules ya llevaba bastante tiempo
trabajando, pudo dirigir una mirada de satisfacción a los diversos montoncitos
en que había dividido y ordenado todo lo que contenía la mesa.
—Bien.
Ahora tenemos cuando menos la seguridad de saber todo lo que estaba encerrado
aquí dentro, sin equivocación posible.
—Desde
luego; pero, a pesar de lo mucho que hemos revisado, no hemos sacado nada en
limpio.
—Tal
vez esto sea algo.
Y me
presentó unas líneas escritas con letra muy grande, desordenada, casi ilegible.
Querida
amiga: Después de una noche espléndida, hoy estoy hecha un guiñapo. Has hecho
bien en no querer probar la droga. No lo hagas nunca, querida, que luego es muy
difícil dejarla. Escribo al solterón para que me mande más. ¡Qué infierno es la
vida!
Tuya,
Frica.
—La
carta es de febrero —dijo pensativamente Poirot—. Al momento comprendí que era
cocainómana.
—¿De
veras? Yo no lo había notado.
—Pues
la cosa está muy clara. Basta mirarle los ojos. Además, sus extraordinarias
variaciones de humor, a veces excitadísima, otras muerta..., inerte...
—Dicen
que los estupefacientes actúan en el sentido moral...
—Lo
trastornan fatalmente... Pero mistress Rice no me hace el electo de una
verdadera morfinómana. Debe de estar en sus comienzos, no en el fin.
—¿Y
Esa?
—No
presenta ningún síntoma. Puede haber presenciado una reunión de morfinómanos
por divertirse y por curiosidad, ya que es una chicuela impulsiva; pero no la
creo en modo alguno propensa al uso de los narcóticos.
—Más
vale así.
Entonces
me acordé de que Esa me había dicho que no siempre estaba mistress Rice con
todo su conocimiento. Se lo referí a Poirot, que, golpeando con los nudillos la
carta, me contestó:
—Seguramente
querría aludir a esto... Ya no tenemos nada que examinar aquí. Vamos a
registrar el cuarto de miss Buckleys.
También
en esa habitación había un escritorio, pero casi vacío. Allí vimos el recibo de
matrícula del automóvil, y una cédula vencida hacía un mes. Nada importante...
Ni la menor sombra de testamento.
Poirot
dejó ver un mohín de impaciencia.
—Las
muchachas de hoy día no están educadas como se debe. Se descuida de enseñarles
el orden, el método. Miss Esa es una joven muy atractiva, pero tiene menos seso
que un pájaro... Sí, es una pilluela.
Estaba
examinando el contenido de un cajoncito.
Aquel
movimiento me sublevó:
—¡Poirot!
¡Son prendas íntimas!...
Hércules
me miró asombrado y me dijo:
—¿Y
qué importa?
—Me
parece..., no se puede..., en realidad...
Prorrumpió
en una carcajada.
—Querido
Hastings, me parece que ha nacido usted en el año uno. Y se lo repetiría miss
Esa si estuviese aquí presente. Y tal vez añadiera que debe usted de tener muy
malos pensamientos... ¿Acaso son hoy algún misterio las prendas íntimas de las
señoras? ¡Si se quitan hasta la camisa en la playa, a pocos metros de los
transeúntes!...
—No
veo la necesidad de llevar nuestras investigaciones hasta la indiscreción.
—Mire,
evidentemente, miss Esa no cierra con llave sus tesoros. Si tuviera alguno que
esconder, ¿dónde cree usted que lo guardaría? Pues precisamente entre los
pantalones y las enaguas... ¡Ah! ¿Qué es esto que encontramos? —tenía en la
mano un paquete de cartas atado con una cintita de color rosa—. Las cartas
amorosas de Michael Seton, si no me engaño.
Con
perfecta calma deshizo el paquete y empezó a abrir los pliegos. Yo exclamé,
escandalizado:
—¡Eso
no, Hércules! ¡Eso sí que no! ¡No se puede! ¡Si en vez de usted fuese otro, me
precipitaría para detenerlo, gritándole en su jerga nativa: «Ça n'est pas de
jeu!»
Con
tono áspero y severo, Poirot respondió:
—Aquí
no estamos en ninguna partida de juego. Se trata de encontrar a un asesino...
—Sin
embargo, una correspondencia íntima...
—Puede
no darnos ninguna indicación... Pero puede también; suministrarnos alguna muy
esencial. Yo no quiero descuidar nada amigo mío; venga aquí y lea conmigo. Más
ven cuatro ojos que dos. Consuélese pensando que la fiel Helen sabrá
probablemente de memoria todas estas cartas.
Me
repugnaba obedecer, pero al mismo tiempo comprendía que en la situación en que
se hallaba Poirot no podía echárselas de escrupuloso. También me tranquilicé al
recordar las últimas palabras pronunciadas por Esa: «Miren y revuelvan cuanto
quieran, a su gusto.»
Las
cartas tenían fechas muy diferentes y comenzaban en el invierno del año último.
Fin
de año.
Tesoro
mío: Hoy es fin de año. Y estoy tomando buenas resoluciones. Que tú me ames, me
parece cosa demasiado bella para ser verdad. Por ti, por tu mérito, la
existencia se ha transformado para mí en un paraíso. Creo que... los dos nos
hemos entendido desde nuestro primer encuentro. Feliz año, amor mío.
Tuyo
para siempre,
Michael.
8 de
febrero.
Mi
dulce amor: ¡Cómo me gustaría verte más a menudo! ¡Necias contrariedades!
Aborrezco los subterfugios, mas ya te he explicado cómo están las cosas. Sé que
no te gustan las ficciones. También yo las detesto. Pero, realmente, arriesgaré
todo lo esencial. El tío Mateo es terriblemente contrario al matrimonio de los
jóvenes. Dice que una mujer arruina la carrera del hombre, como si tú pudieras
perjudicar mi carrera, tú, ángel querido.
No
te entristezcas, tesoro, que todo se arreglará.
Michael.
2 de
marzo.
No
debería escribirte dos días seguidos, lo sé. Pero no puedo por menos. Ayer, en
un vuelo, pasé sobre Scarborough: ¡el más bello país del mundo! No sabes, amor
mío, lo mucho que te quiero.
Tuyo,
Michael.
18
de abril.
Amor
mío: Ya está todo arreglado, dispuesto todo. Si salgo bien..., y saldré,
seguramente..., podré hacer frente al tío Mateo. Esperemos que no siga
obstinándose; pero, si acaso... En fin, nos dejará en paz. Eres deliciosamente
amable al interesarte en mis descripciones del Albatros. ¡Cuándo llegará el día
feliz en que pueda llevarte a volar conmigo!... No estés intranquila, por
favor. El peligro es mucho menor de lo que te imaginas. Además, no puede
ocurrirme desgracia alguna, pues tu cariño es mi mascota. Todo acabará bien,
amor mío. Ten confianza en tu
Michael
20
de abril.
Ángel
mío: Toda palabra tuya es verdadera y nunca me desharé de la última. No te
merezco, eres mucho mejor que yo. ¡Y qué distinta de todas las demás mujeres!
Te adora tu
Michael
Una
última carta sin fecha.
Amada
mía: Parto mañana. Me siento seguro de mí, seguro del éxito. El Albatros está
admirablemente construido. No me traicionará. No pierdas el ánimo, querida. No
te atormentes. Expongo la vida, es verdad; pero todo en este mundo es
peligroso.
A
propósito. Se me ha ocurrido escribir mi testamento..., graciosa prisa, pero en
ello no he puesto malicia..., lo he escrito en medio pliego de papel de cartas
y se lo he enviado al viejo Whitfield. No tenía tiempo de buscar un notario
aquí. Oí decir una vez que uno había hecho un testamento compuesto de tres
palabras solamente: «Todo para mamá»..., y el documento fue considerado válido.
El mío es muy parecido. Por fortuna me he acordado a tiempo de que tu verdadero
nombre es Magdalena. Dos compañeros míos han firmado como testigos.
No
te dejes impresionar por estas lúgubres palabras. Saldré sin un solo rasguño,
ya lo verás. Te iré telefoneando por el camino desde la India, desde Australia,
etc., etc., etc.. No te preocupes, todo debe salir bien. ¿Comprendido? Buenas
noches. Dios te bendiga.
Michael.
Poirot
volvió a arreglar el paquete.
—¿Lo
ve usted, Hastings? Necesitaba leer estas cartas para estar aún más seguro. Las
cosas están como yo lo había dicho.
—¡Si
hubiéramos podido encontrar otro medio de cerciorarnos!...
—No,
querido, no podíamos, habíamos de hacerlo así. Ahora tenemos algunos puntos muy
claros.
—¿Cuáles
son?
—Sabemos
que existe un testamento de Seton a favor de miss Buckleys. No lo puede dudar
nadie que haya leído estas cartas. Y estaban tan poco escondidas, que
cualquiera puede haberlas leído.
—¿Helen?
—Sí,
es seguro o casi seguro. Al marcharnos haremos un experimento.
—Pero...
¿y el testamento de miss Buckleys?
—Ya;
no lo hemos encontrado. ¡Es extraño! Pero tal vez lo hay dejado entre los
libros de la biblioteca o lo haya guardado en fondo de alguna mayólica... Habrá
que ir a refrescar la memoria miss Buckleys..., tanto más cuanto que aquí no
tenemos nada que hacer.
Helen
estaba quitando el polvo de los pocos muebles del vestíbulo cuando bajamos. Al
pasar, Poirot le dio amablemente los buenos días. Y en el momento de trasponer
el umbral de la puerta se volvió a preguntarle:
—¿Sabía
usted algo de las relaciones de su señorita con Michael Seton?
Una
viva sorpresa asomó al rostro de la mujer.
—¿Cómo
dice? ¿El aviador de que hablan tanto los periódicos?
—El
mismo.
—¿Cómo?
¿Cómo? ¡Qué cosa tan extraña! ¡Novio de la señorita! ¡Quién iba a figurárselo!
Apenas
estuvimos fuera, expresé mi convicción de que la sorpresa parecía de veras muy
legítima.
—Sí.
Parecía sincera.
—¿Parecía?
Yo diría que lo era.
—¿Con
todos esos papeles revueltos durante meses enteros entre la ropa blanca de miss
Esa? No, querido. No puede haber sido sincera.
Reflexioné
pensando que no todos somos Hércules Poirot. No todos se sienten con derecho a
fisgar las cosas ajenas... Mas no dije nada. Fue mi amigo quien rompió el
silencio para decirme:
—Esa
mujer... es un enigma. No comprendo... Aquí hay algo que no adivino.
CAPÍTULO
CATORCE
EL
TESTAMENTO QUE NO SE ENCUENTRA
Volvimos
inmediatamente al sanatorio.
Esa
Buckleys no esperaba nuestra segunda visita; por lo que Poirot explicó
respondiendo a su muda pregunta:
—Ante
todo voy a decirle que he puesto en orden sus papeles.
—¡Ya
era hora de que lo estuvieran! —repuso la joven, que no pudo contener una
sonrisa—. ¿Es usted muy ordenado, míster Poirot?
—Pregúnteselo
al amigo Hastings.
Esa
clavó en mí una mirada inquisidora.
Referí
algunas de las muchas manías de Hércules: su insistencia para que siempre le
corten en cuadraditos las rebanadas de pan tostado, para que los dos huevos que
toma como desayuno sean exactamente del mismo tamaño. Conté, por fin, el caso
desembrollado felizmente por él, gracias a su manía de colocar en su puesto las
figurillas sobre el mármol de la chimenea.
Hércules,
que me había escuchado sonriendo, dijo después:
—El
cuadro tiene colores demasiado vivos; pero, en conjunto, es real. Imagínese
ahora, señorita, que no he podido lograr que Hastings se peine con la raya en
medio en vez de llevarla a un lado. Observe usted la falta de simetría de su
peinado.
—Entonces
también me desaprobará usted a mí, míster Poirot, porque llevo igualmente la
raya a un lado, y tendrá que aprobar a Frica, que se divide los cabellos por el
medio.
—¡Ahora
comprendo yo por qué la admiraba tanto la otra noche! —dije maliciosamente.
Poirot
no quiso seguir la broma y repuso serio:
—Dejémonos
de bromas... He vuelto para decir a usted que no he podido encontrar el
testamento, señorita...
—¡Oh!
—exclamó Esa arqueando las cejas—. Pero... No importa. Al fin y al cabo no
estoy muerta. Y el valor de un testamento no empieza hasta que muere el
testador, ¿verdad?
—Es
cierto. Sin embargo, me urge ver el suyo. Por ciertas ideas mías
particulares... Reflexione usted, señorita. Procure recordar dónde lo ha
dejado, dónde lo vio por última vez...
—No
puedo haberlo guardado celosamente. Nunca pongo las cosas donde debería
ponerlas. Tal vez lo haya guardado en algún cajón.
—¿O
quizá en el escondrijo secreto?
—En...
¿En dónde ha dicho usted?
—Helen
me ha comunicado que existe en el saloncito, pero no sabe en qué sitio, o en la
biblioteca, un escondrijo secreto.
—Lo
ha soñado. Nunca he oído hablar de semejante cosa. ¿Se lo ha dicho a usted?
—Sí,
parece que de niña la llamaban a La Escollera para ayudar en la cocina. Y la
cocinera que había en aquella época se lo enseñó.
—Es
la primera vez que oigo hablar de eso. Tal vez le sirviera al abuelo... Pero
no...; si el abuelo hubiese sabido algo, me lo hubiera dicho. Estoy segurísima.
¿No cree usted que haya podido soñarlo Helen?
—No
lo comprendo exactamente, señorita. Sin embargo, creo que pueda haber algo. Esa
mujer es... un tipo extraño.
—No,
no lo crea. William es un ser deficiente y el niño es un mal bicho; pero
¡ella!... Ella es muy normal, es una persona muy buena: la quintaesencia de la
honradez.
—¿Le
había dado usted permiso para ver los fuegos artificiales?
—Naturalmente.
Siempre van, y a la vuelta quitan la mesa.
—Pues
anoche no fue.
—Sí
que fue.
—¿Cómo
lo sabe usted, señorita?
—Digo
que fue, porque es natural que haya ido. Le dije que fuese a disfrutar del
espectáculo si quería, y ella me agradeció mucho el permiso... Por tanto, creo
que fuera a recrearse.
—Pues
se quedó en casa.
—¡Qué
extraño!
—¿Se
asombra usted?
—Otras
veces nunca se ha quedado en casa. ¿No ha dicho por qué se quedó ayer?
—La
causa verdadera no me la ha dicho, de eso estoy bien seguro.
Esa
le miró con una interrogación en los ojos, al tiempo que decía:
—¿Y
es cosa que tenga importancia?
Poirot
alargó los brazos y volvió las palmas de las manos, forma peculiar de confesar
su ignorancia
—Eso
es precisamente lo que no sé. Pero no deja de ser una cosa extraña...
—En
cuanto a lo del escondrijo secreto —replicó Esa, al parecer preocupada— es
también muy extraño... y poco convincente... ¿Se lo ha enseñado también a usted
en alguna ocasión?
—Ha
dicho que no se acordaba del sitio en que estaba.
—¡Naturalmente!
¡Si lo ha soñado!
—Soy
de su misma opinión.
—Empieza
a chochear la pobrecilla.
—Lo
cierto es que da mucho crédito a las cosas fantásticas; dice que La Escollera
es una casa de mal agüero.
Esa
se estremeció.
—Tal
vez —dijo lentamente— tenga razón en eso, pues también lo he pensado yo algunas
veces. La Escollera tiene algo que asusta.
—No
piense usted en eso ahora. ¿Cuándo y donde firmó su testamento?
—¡Oh!
Fue antes de que me operasen de apendicitis. Míster Croft sugirió que pudiera
ser conveniente, a fin de evitar complicaciones a los posibles herederos…
Realmente, míster Poirot, no lo tomé muy en serio.
—¿Quiénes
firmaron como testigos del testamento?
—Helen
y su marido. Lo redacté en una simple hoja de papel, y llamé a Helen, y le pedí
que firmase debajo de mi firma, y que llamase a su marido para que también
hiciese lo mismo. Y así se hizo, no les di más explicaciones.
—¿Y
después? ¿Qué hizo después con el testamento? Intente recordarlo, miss
Buckleys.
—Después…
¡claro! Entonces pensamos enviárselo a mi primo, a Charles Vyse, puesto que es
abogado y habría de saber si estaba correctamente redactado, y míster Croft se
ofreció a acercarlo al buzón. Sí, así fue. Lo había olvidado por completo.
—Está
bien, miss Buckleys. Ahora procure descansar. Nosotros haremos cuanto sea
preciso. Sería aconsejable que expidiese una autorización por escrito, para que
míster Vyse nos permita acceder al testamento. Bastarán unas líneas.
—Naturalmente,
míster Poirot.
Redactada
la autorización por miss Buckleys, salimos de la clínica y nos encaminamos
derechamente al bufete de míster Vyse, el cual se encontraba en su despacho, y
nos recibió inmediatamente, informándole Poirot de que deseábamos, con permiso
de Miss Buckleys, ver su testamento.
—Lo
siento, míster Poirot; ignoro si Miss Buckleys ha otorgado testamento, pero en
todo caso, no me lo ha entregado en depósito.
—Me
ha dicho que hizo uno, ológrafo, que lo escribió en una hoja ele papel de
cartas y que se lo remitió a usted.
El
abogado movió la cabeza.
—No
puedo más que repetir que no lo he recibido.
—Si
eso es cierto, míster Vyse...
—Nunca
he recibido dicho documento, monsieur Poirot.
Hubo
una pausa. Luego se levantó Poirot.
—Siendo
así... Habrá que creer en alguna equivocación.
—Seguramente,
algún error.
También
se levantó el abogado.
—Adiós,
señor abogado.
—Hasta
la vista, monsieur Poirot.
—Y
eso es todo —dije yo a modo de conclusión, apenas volvimos la esquina.
—Una
equivocación —repitió entre dientes Poirot.
—¿Cree
usted que ha mentido el abogado?
—¡Imposible
saber a qué atenerse! Ese leguleyo es un hombre recio y tiene también algo de
férreo en sus facciones. Claro que no se volverá atrás. Él no ha recibido nada;
ésa es su tesis, y de ella no se moverá en absoluto.
—Pero
miss Esa debería tener algún recibo del documento.
—Esa
locuela no se habrá preocupado seguramente de pedirlo. Expedido el testamento,
no ha vuelto a acordarse de él. Además, acordémonos de que aquel mismo día
tenía que ir a un sanatorio a que la operasen. Así, pues, tendría otras cosas
en la cabeza la pobrecita.
—¿Adonde
vamos ahora?
—A
ver a míster Croft. Veremos lo que él recuerda de una cosa en la que ha querido
sostener una de las partes principales.
—Y
sin esperar ganar nada.
—Ya,
la cosa parece clara. Tal vez sea uno de esos entremetidos cuya suprema
felicidad consiste en cuidarse siempre de los asuntos ajenos.
Juzgué
exactísima la definición, pues, a mi parecer, Croft era una de tantas moscas
borriqueras insoportables, presente siempre en todas partes, entre los
atribulados mortales.
Cuando
llegamos a su casita, estaba en mangas de camisa, guisando. Del puchero que
tenía delante salía un apetitoso olor de estofado. Se nos acercó a toda prisa
con evidente impaciencia de oírnos hablar con detalles del crimen.
—Medio
minuto... Ahora subimos. Mi mujer no me perdonaría haberles entretenido
charlando aquí. Cu... u... yyyyy! Milly!! Vienen dos amigos!
Mistress
Croft nos recibió con mucha cortesía y al punto quiso enterarse del estado de
Esa. Me parecía mucho más simpática ella que el marido.
—¿Conque
han tenido que trasladar a un sanatorio a la muchacha? Ya se comprende...
Después de semejante caso bárbaro, míster Poirot, verdaderamente bárbaro,...
¡Pensar se puede asesinar de ese modo, sin razón alguna, da escalofríos. Se me
pone la carne de gallina... Y no es en un país de salvajes donde ha tenido que
ocurrir semejante horror, sino en nuestra vieja y civilizada Inglaterra. No he
podido pegar los ojos en toda la noche.
—Ahora
temo salir de casa y dejarte sola, viejecita mía —dijo su marido, el cual se
había puesto la chaqueta para reunirse con nosotros—. Al pensar que te quedaste
sola en casa anoche, me dan escalofríos.
—No
me volverás a dejar sola, te lo aseguro, o cuando menos no me volverás a dejar
sola completamente a oscuras. Ya se me han quitado las ganas de continuar aquí.
Para mí se acabó la tranquilidad. Seguramente la pobre Esa no podrá ya
decidirse a seguir durmiendo en La Escollera.
No
fue fácil llegar al objeto de nuestra visita, por lo mucho que hablaban él y
ella y por las ganas que tenían de saber todos los pormenores posibles del
suceso. Nos preguntaron si habían venido los padres de la muerta, si se habían
comenzado las investigaciones, si la Policía había descubierto alguna pista, si
se sospechaba de alguien, si era cierto que habían practicado ya una detención
en Plymouth.
Después
que hubimos contestado a todas sus preguntas, nos convidaron insistentemente a
comer, y no hubiéramos podido dejar de aceptar, a no ser por la rápida e
ingeniosa excusa que dio Poirot de que estábamos citados con el intendente de
Policía del condado.
Al
fin hubo una pausa, durante la cual consiguió formular su demanda Poirot.
Míster Croft se habían puesto en pie para levantar un poco la cortina de la
ventana y parecía absorto en su ligera ocupación: contestó que se acordaba muy
bien.
—Fue
—dijo— en los primeros tiempos que estábamos aquí... Los médicos habían
diagnosticado apendicitis.
—Y
probablemente se equivocarían —dijo interrumpiendo la señora—. Los médicos
están siempre dispuestos a operar, pero aquélla no era una enfermedad que
exigiera una operación, se comprendía muy bien. Se trataría de una indigestión
o de cualquier otro ligero trastorno fácil de curar sin necesidad de rayos X ni
de intervención quirúrgica... Y la pobrecilla Esa tuvo que ir a un sanatorio.
—Le
pregunté —dijo Croft—, más por curiosidad que por otra cosa, si había hecho
testamento... Y se decidió a hacerlo sin más ni más. Quería mandar por papel
sellado, y yo se lo quité de la cabeza, puesto que el papel sellado puede dar
lugar a muchas complicaciones... Al menos así lo he oído decir... Además, el
primo de la señorita es un letrado que seguramente hubiera podido redactar un
testamento en forma legal si las cosas hubieran ido bien, como sabía que debían
ir. Se trataba de una precaución.
—¿Y
a quiénes tomaron por testigos?
—A
Helen, la criada, y a su marido.
—¿Y
dónde depositaron luego el documento?
—Se
envió a míster Vyse, es decir, al primo abogado.
—¿Está
usted seguro de que aquel sobre fue echado al correo?
—Monsieur
Poirot, yo lo eché en el buzón de la verja.
—Pero
el abogado Vyse dice que no lo ha recibido.
Croft
abrió mucho los ojos:
—¿Quiere
dar a entender que se ha extraviado en el correo? No puede ser; en Correos nada
se extravía.
—En
resumen, usted está seguro de haberlo echado.
—Segurísimo...
Puedo jurarlo.
—Pues
bien —replicó Poirot—: por fortuna, la cosa no tiene importancia, ya que miss
Esa está viva y sana.
Nos
fuimos.
—Y
ahora —me dijo Poirot, en cuanto estuvimos a buena distancia de la casita—,
¿podría usted decirme cual de los dos es el que miente? ¿Croft o Vyse? Confieso
que no veo ninguna razón de que pueda mentir el australiano, no podría tener
interés en suprimir un testamento sugerido por él. Sus declaraciones están muy
de acuerdo con las de miss Esa. Pero con todo eso... Con todo eso...
—Con
todo eso, ¿que?
—Pues
que ha sido una afortunada casualidad que estuviera en la cocina haciendo de
cocinero. Ha dejado una nitidísima impresión del pulgar grasiento y del índice
en una esquina del periódico que estaba desplegado sobre la mesa, y a
hurtadillas he conseguido coger ese pedacito de papel a sus espaldas. Se lo
enviaré a Japp, el inspector de Policía de Scotland Yard. No es del todo
improbable que nuestro buen amigo encuentre en algunas de sus fichas la exacta
reproducción de esas huellas.
—No
es posible.
—¿Qué
quiere usted que le diga, Hastings? La bondad de míster Croft me parece
demasiado genial, demasiado completa, demasiado excelsa; en una palabra, me
parece demasiado grande para ser verdadera... Y ahora vámonos a comer, que me
muero de hambre.
CAPITULO
QUINCE
CURIOSA
ACTITUD DE FRICA
No
eran del todo fantásticas las imprevistas aseveraciones de Poirot respecto del
intendente de Policía. En efecto, el coronel Weston nos visitó en el Majestic a
primera hora de la tarde. Era un hombre de aspecto marcial y bastante guapo.
Tenía elevado concepto de Hércules, cuyas proezas parecía conocer muy bien.
—Es
una verdadera suerte para nosotros su presencia en estos lugares —repetía de
cuando en cuando a mi célebre amigo.
Evidentemente,
le atormentaba la idea de tener que verse obligado a recurrir a la ayuda de la
Policía metropolitana para conseguir capturar al misterioso culpable, y el
hecho de hallarse Poirot en aquellos parajes le infundía la viva esperanza de
descartar toda intervención de Scotland Yard. Por lo que pude ver, Poirot no le
ocultó ninguna de las circunstancias de que había tenido conocimiento.
—Una
confusión endiablada —dijo el coronel—. Hasta ahora no había tropezado con otra
cosa por el estilo. De momento, la muchacha puede estar segura en el sanatorio,
pero no se la puede dejar allí eternamente.
—Ahí
está precisamente el busilis, coronel. No hay dos modos de salir de cuidado,
sino uno solo...
—¿Y
es?
—Dar
caza al culpable de los hechos.
—Si,
pero no será cosa fácil, si lo que usted imagina corresponde a la verdad.
—Estoy
convencido de ello.
—¿Y
cómo haremos para obtener pruebas?
Después
de una breve pausa, añadió frunciendo el ceño:
—Los
casos tan extraordinariamente inusitados son siempre difíciles de descubrir. Si
siquiera pudiéramos encontrar la pistola...
—Según
toda probabilidad, el arma estará ya en el fondo del mar... Es decir, si el
homicida tiene algo de sentido común.
—Sucede
con frecuencia que esa gente no lo tiene —exclamó el coronel—. Todos los días
se cometen muchas tonterías, enormes, increíbles, desde luego. No hablo
particularmente de los asesinos, pues por fortuna hay pocos delitos de sangre
en estos lugares, pero en los delitos de menor cuantía es asombrosa la bestial
estupidez de los delincuentes.
—Digamos
que razonan a su modo, que tienen una mentalidad distinta de la normal.
—Sí...
Tal vez... Si el culpable es Vyse, nos costará mucho trabajo poder echarle el
guante. Es un hombre cauto, un buen jurisconsulto; no se descubrirá. En cuanto
a la mujer... Si ha sido ella, no será tan difícil nuestro cometido, porque lo
más probable es que vuelva a las andadas... Las mujeres no tienen paciencia.
Se
levantó.
—La
información está señalada para mañana. El coroner trabajará con nosotros y no
hablará mucho. Por ahora conviene guardar bastante reserva.
Se
encaminaban hacia la puerta, cuando de pronto se volvió diciendo:
—¡Caramba!
¡Se me olvidaba lo mejor! Mire esto y déme su opinión.
Sentóse
otra vez y sacó del bolsillo un pedacito de papel manuscrito, que entregó a
Poirot.
—Mis
hombres han encontrado esta cosita en el jardín, cerca del sitio donde estaban
ustedes reunidos mirando los fuegos. Es el único objeto algo sugestivo que han
descubierto en sus indagaciones.
Poirot
desdobló el papel, escrito con letras grandes, que decía:
El
dinero pronto, si no... Puede suceder... El aviso está claro...
Con
la frente iluminada, Hércules leía y releía.
—Es
un papelito interesante. ¿Puedo quedármelo?
—Desde
luego. No tiene huellas dactilares. Y mucho me alegraría que pudiera darle a
usted una indicación útil.
El
coronel Weston se levantó otra vez.
—Tengo
que irme de veras. Como le he dicho, la información se efectuará mañana. No le
llamaré a usted como testigo. Sólo interrogarán al capitán Hastings. No quiero
que se enteren los periodistas de que usted se cuida de este asunto.
—Comprendo...
¿Y la familia de la pobre joven?
—Los
padres llegarán hoy, a las cinco y media de la tarde... ¡Pobres gentes!... Son
dignos de compasión... Mañana se llevarán el cadáver... —y con un largo suspiro
añadió—: Es un mal asunto. Y no me hace mucha gracia tener que encargarme de
él.
—¿Y
a quién podría hacer gracia, coronel? ¡Bien dice usted que es un mal asunto!
Así
que hubo salido el coronel, Poirot examinó de nuevo el pedacito de papel.
Hércules
se encogió de hombros y me contestó:
—No
comprendo... Tal vez sea indicio de algún chantaje. Alguno de los de la
comitiva de anoche estaría desesperado por falta de dinero. También podría ser
que se tratase de cualquier extraño a los amigos de miss Esa.
Examinó
de nuevo el escrito con un cristal de aumento.
—¿No
le parece a usted conocer esta letra, Hastings?
—Me
recuerda otra... Pero ¿cuál? ¡Ah! ¡Ya caigo! La de la cartita de mistress Rice.
—Sí...
Existe cierta semejanza... Sí, eso mismo —dijo Poirot—. Es curioso. —y con tono
más decidido añadió—: Sin embargo, ésta no puede ser la letra de mistress Rice.
¡Adelante! —tuvo que gritar en aquel momento a alguien que llamaba a la puerta.
Entró
el comandante Challenger, que dijo que acababa de hacer una escapatoria para
saber cómo seguían las cosas y si empezaba a aclararse algo.
—No
precisamente —le dijo Poirot—. Por ahora caminamos hacia atrás, como los
cangrejos.
—¡Malo!
¡Malo!... Pero no puedo creerlo, monsieur Poirot. Me han contado su historia y
me han dicho que usted es un detective maravilloso, que nunca ha tenido un
fracaso.
—Han
exagerado... Tuve un fracaso en Bélgica, hace veinte años. ¿Lo recuerda usted,
Hastings? Ya le he contado aquel episodio de mi carrera: el asunto de los
bombones de chocolate...
—Lo
recuerdo muy bien...
Y lo
dije sonriendo, porque me acordé de que Poirot me había obligado, al terminar
su relato, a repetirle las palabras «bombones de chocolate» cada vez que me
pareciera verle presumir demasiado, y aquel día, a aquella misma hora, me
pareció deber pronunciar la palabra de orden. Y él se mostró muy ofendido.
—Una
cosa de hace veinte años —dijo Challenger— no tiene ya ninguna importancia.
¿Verdad que llegará usted a desenredar la trama actual?
—Puedo
jurarlo. ¡Palabra de honor de Hércules Poirot! Cuando he olfateado una presa,
ya no abandono sus huellas.
—Muy
bien. ¿Tiene usted alguna sospecha?
—Sospecho
de dos personas.
—Supongo
que no podré preguntarle sus nombres...
—No
se los diría... Porque también podría equivocarme.
—Supongo
que será satisfactoria mi coartada —dijo Challenger medio sonriendo.
—Verá...
Usted salió de Davenport pocos minutos después de las ocho y veinte. Llegó aquí
a las diez y cinco, o sea veinte minutos después de consumado el delito. Pero
la distancia entre Davenport y Saint Loo es poco más de cuarenta kilómetros y
usted ha podido recorrerla en una hora. Así, pues, como ve usted, su coartada
no sirve de nada en este caso.
—Es
asombroso...
—Comprenderá
usted que yo indago por todas partes. Como le digo, su coartada no vale nada.
Pero hay que tener en consideración tantas otras cosas, además de las
coartadas... Según he creído entender, ¿usted se casaría a gusto con miss Esa?
El
marino se sonrojó, y con voz alterada por la emoción dijo:
—Siempre
he soñado hacerla mi mujer.
—Precisamente.
Pero miss Esa estaba prometida a otro. Razón suficiente, tal vez, para matar a
ese otro. Pero ya es cosa inútil, porque él ha muerto por sí solo, ha muerto
como héroe...
—¿Luego
es verdad? ¿Estaba prometida Esa a Seton? Lo he oído decir esta mañana en la
ciudad...
—Ya.
¡Qué pronto se esparcen las noticias! ¿Y ha sido para usted una noticia
inesperada? ¿De veras?
—Yo
sabía que Esa estaba comprometida. Me lo dijo ella hace dos o tres días, pero
no me dijo con quién.
—Pues
era con Seton. Y le diré aquí, entre nosotros, que creo que le ha dejado una
enorme fortuna. Por consiguiente, desde su punto de vista no era ésta la
ocasión de dar muerte a miss Esa. Ella llora en estos momentos al novio muerto.
Pero el corazón se consuela. Es joven y creo que siente gran simpatía por
usted.
Challenger
permaneció mudo unos minutos y luego murmuró:
—Si
pudiera esperar...
En
aquel momento llamaron de nuevo a la puerta y apareció Frica Rice.
—Andaba
buscándole a usted —dijo al comandante—. Y me han dicho que estaba aquí. Quería
preguntarle por mi reloj de pulsera. ¿Lo han arreglado ya?
—Sí,
señora; he ido a buscarlo esta mañana.
Se
lo sacó del bolsillo en el acto y se lo entregó a la señora. El reloj tenía la
forma original de un globito y estaba fijo en una cinta de seda negra. Recordé
haber visto otro igual en la muñeca de miss Esa.
—Espero
que ahora andará bien.
—Es
lástima. Se descompone a cada paso.
—Son
cosas más bonitas que útiles —dijo Poirot.
—¿Son
acaso condiciones incompatibles?
Al
hablar, miró en torno suyo y se creyó en el deber de añadir:
—Temo
haber interrumpido una conversación.
—No,
señora. No hablábamos del delito. Hablábamos de cosas insignificantes. Es
decir, comentábamos lo rápidamente que se esparcen las noticias. A estas horas,
todo el mundo sabe que miss Esa era la prometida del heroico aviador
desaparecido estos días.
—¡Oh!
—exclamó mistress Rice—. ¿Esa era novia del fallecido Seton?
—¿Le
extraña a usted, señora?
—Un
poco. No sé por qué. Verdad es que me parecía bastante enamorado el último
otoño, siempre andaba detrás de ella. Pero luego, a partir de Navidad, me
pareció que su recíproca simpatía se había debilitado. Habían dejado de
hablarse..., al menos así lo creía yo.
—Han
sabido guardar muy bien su secreto.
—Tal
vez hayan tenido que callar —murmuró mistress Rice— por causa del viejo sir
Mateo, que era un tanto lunático.
—¿Y
usted no sospechaba nada, señora, siendo tan amiga de miss Esa?
—También
sabe Esa callar cuando le conviene. Es un diablillo muy astuto. Pero ahora
comprendo por qué estaba tan nerviosa de poco tiempo a esta parte. Y debiera
haberlo comprendido todo por una palabra que se le escapó el otro día.
—Su
amiguita es muy atractiva, señora.
La
vigorosa voz de Challenger proclamó, con muy dudosa delicadeza:
—Ese
era también el parecer de Jim Lazarus...
—¡Oh,
Jim...! —mistress Rice no quería dar importancia a la cosa; pero se comprendía
que la observación le había herido en lo vivo.
Se
volvió hacia Poirot y le dijo:
—Dígame,
monsieur Poirot, ¿acaso tiene...?
No
terminó la frase. Vaciló, y en aquel momento los ojos quedaron fijos en un
punto de la mesa.
—¿No
se encuentra bien, señora?
Le
acerqué una silla y le ayudé a sentarse. Ella movió la cabeza, diciendo:
—No
es nada.
Permaneció
un momento con el busto algo inclinado y el rostro entre las manos. Todos la
mirábamos, sin saber qué hacer.
Se
incorporó y dijo a Challenger:
—Nada,
nada, querido George. No ponga usted esa cara tan asustada. Hablamos de delitos,
de cosas excitantes... Quería saber si míster Poirot tiene alguna pista del
asesino...
—Es
demasiado pronto para pronunciarse —respondió evasivamente Hércules.
—Pero
tendrá ya alguna idea, ¿verdad?
—Tal
vez... Me hacen falta muchas más pruebas...
—¡Oh!
Después
de esa exclamación, pronunciada con voz poco firme, Frica se levantó casi de un
salto, diciendo:
—Me
duele la cabeza. Me conviene ir a echarme un poco en la cama. Quizá me dejen
ver a Esa mañana.
Y se
fue. Challenger refunfuñó:
—Nunca
se sabe lo que quiere esta mujer. Esa puede quererla mucho, pero me parece que
ella no quiere a Esa. Sin embargo, con las mujeres, ¡vaya usted a saber! Cuando
todo parecen mimos y halagos y te sueltan a cada paso «querida, queridísima», a
lo mejor están pensando: «¡Mal rayo te parta!» ¿Sale usted, monsieur Poirot?
Poirot
se había levantado y se quitaba cuidadosamente del sombrero un granito de
polvo.
—Sí,
voy a la ciudad.
—Yo
no tengo nada que hacer... ¿Me permite usted que le acompañe?
—Desde
luego. Tendré muchísimo gusto.
Cuando
se disponía a dejar el cuarto, Poirot volvió un momento hacia atrás.
—Se
me había olvidado el bastón —nos dijo cuando nos alcanzó de nuevo.
Fuimos
primeramente a ver una florista, porque Hércules quería enviar una canastilla
de flores a miss Esa.
No
fue fácil contentarle. Por último, se decidió por una cestita dorada que mandó
llenar de claveles amarillos. Todo ello debía ir atado con una ancha cinta azul
celeste.
La
florista le entregó una cartulina, en la cual escribió él:
Cariñosos
saludos de Hércules Poirot.
Siguiendo
a su nombre una complicada rúbrica.
—Yo
le he enviado flores esta mañana —dijo Challenger—. ¿Podría mandarle ahora un
poco de fruta?
—Es
inútil —dijo Hércules en tono perentorio.
—¿Cómo?
—Le
digo que es inútil, porque no le permiten recibir nada de comer.
—¿Quién
se lo ha dicho?
—Lo
digo yo, que he dado esa orden. Ya se la han transmitido a miss Esa, y ella la
ha comprendido perfectamente.
—¡Dios
mío! —exclamó el comandante. Y mirando fijamente a Poirot, añadió
verdaderamente intrigado—: Así, pues, estamos lo mismo que antes... ¿Aún tiene
usted miedo?
CAPÍTULO
DIECISÉIS
CONSULTA
EN CASA DE WHITFIELD
La
información judicial fue un trámite legal y estéril. Se comprobó la identidad
de la víctima. Se dieron detalles del hallazgo del cadáver y siguió el informe
médico.
Los
testigos fueron citados para la semana siguiente. Los periódicos hablaban mucho
del crimen de Saint Loo.
Los
comentarios del hecho habían sustituido en sus columnas a los que en los días
precedentes decían con grandes títulos: No hay noticias de Seton. Se ignora la
suerte del piloto del «Albatros», y otros parecidos. Los periodistas, después
de deplorar la suerte del joven aviador y rendir el debido homenaje a su
memoria, no podían dejar de sentir la necesidad de otra noticia sensacional que
publicar. Así que el misterioso homicidio debió de llegar como un maná a las
Redacciones, siempre faltas de asuntos en los meses estivales.
Después
de haber asistido al interrogatorio y de librarme afortunadamente de los
reporteros, volví a ver a Poirot y con él fui a visitar al reverendo Files
Buckleys y a su esposa.
Los
padres de Maggie eran un simpático matrimonio de modales sencillos y
distinguidos.
Ella
era una señora rubia, en la que se veían los rasgos característicos de su
origen septentrional. Él era bajito, delgado, y en su trato y en su palabra
demostraba un constante, aunque muy amable, comedimiento.
Aquellos
dos infelices estaban todavía anonadados por la desgracia que les había
arrebatado a su querida Maggie.
—No
llego a convencerme —decía él—. ¡Una muchacha tan buena, monsieur Poirot, tan
dulce, tan altruista...! Inspirada siempre por el deseo de ayudar al prójimo,
¿quién podía desear su muerte?
—No
llegué a comprender el significado del telegrama. La habíamos acompañado a la
estación la víspera...
—En
todo momento de la vida estamos cerca de la muerte —murmuró el marido.
—El
coronel Weston ha sido muy bueno —dijo la señora—. Nos ha prometido no
descansar hasta que llegue a descubrir al asesino. Debe de tratarse de un loco;
no hay otra explicación posible.
—Señora,
no sé expresarle la parte que tomo en su pena ni lo mucho que admiro su valor.
—Con
entregarnos a la desesperación no devolveremos la vida a nuestra Maggie
—replicó la heroica madre.
—Mi
mujer es admirable —dijo el pastor—. Tiene más fe y más valor que yo... ¡Es
tanto y tan angustioso lo que nos ha sucedido, monsieur Poirot!
—Comprendo,
señor, comprendo.
—Usted
es un gran detective, ¿verdad, monsieur Poirot?
—Así
dicen, señora.
—Ya
lo sé; hasta en nuestra pequeña aldea se habla de usted. ¿Llegará a descubrir
la verdad?
—No
tendré tregua ni reposo hasta que lo haya conseguido, señora.
—La
verdad le será revelada —afirmó con tono solemne el eclesiástico—. El mal no
puede quedar impune.
—El
mal nunca queda impune, señora; pero a veces permanece secreto el castigo.
—¿Qué
quiere usted decir?
A
esa pregunta Hércules contestó únicamente moviendo la cabeza.
—¡Pobre
Esa! —suspiró mistress Buckleys—. Me ha escrito una carta patética. Dice que le
parece haber llamado a Maggie a morir aquí.
—Son
expresiones morbosas —repuso sentenciosamente el marido.
—Ya,
pero me identifico con sus sentimientos. Quisiera que me dejasen verla. Me
parece tan raro que no se le permita recibir ni siquiera a sus parientes...
—Los
médicos y las enfermeras son harto exigentes —aseguró Poirot—. Se atienen con
demasiada rigidez a su reglamento. Por lo demás, en este caso se comprende su
deseo de evitar la emoción tan natural que su sobrina podría experimentar al
verlos.
—Tal
vez —contestó en tono poco convencido la señora—. Pero no me gustan los
sanatorios. Esa estaría bastante mejor si nos dejasen llevárnosla.
—Sí,
estaría mejor, pero me temo que los doctores no lo entiendan así. ¿Hace mucho
tiempo que no la han visto ustedes?
—Desde
el otoño pasado. Entonces estaba ella en Scarborough. Maggie fue a pasar allí
un día con ella y luego la trajo consigo a Lambley... Es una criatura
simpatiquísima. Sin embargo, no puedo aprobar su modo de vivir. Pero no tiene
la culpa la pobrecilla... No la han educado de ningún modo...
—Su
Escollera es una casa extraña —dijo Poirot.
—No
me gusta, no me ha gustado nunca —replicó la señora—. Tiene no sé qué de
siniestro. Yo sentía verdadera aversión por el viejo sir Nicolás. Su sola
presencia me daba escalofríos.
—Ni
a mí tampoco me parecía un buen hombre —añadió el marido—. Pero tenía cierto
atractivo.
—Nunca
me atrajo a mí, por lo menos —replicó rápidamente la señora—. Hay algo de mal
agüero en el ambiente de esa Escollera. Quisiera haber negado a nuestra Maggie
el permiso de ir allí.
—Tengo
que retirarme —dijo Poirot—. No quiero imponerles por. más tiempo mi presencia.
Sólo deseaba expresarles mi profunda simpatía.
—Ha
sido usted muy bueno, monsieur Poirot, y le estamos verdaderamente agradecidos
por todo cuanto hace.
—¿Cuándo
vuelven ustedes a su casa?
—Mañana.
Será un viaje muy triste. Gracias, una vez más, monsieur Poirot. Hasta la
vista.
—Son
deliciosamente sencillos —dije, cuando nos separamos de ellos.
Poirot
asintió:
—¡Semejante
delito! ¡Tan inútil barbarie! ¡Crueldad sin objeto!... Tengo el corazón
encogido. Esa joven... No puedo tener paz. ¡Estaba yo aquí y no he sabido
impedir su muerte!
—Nadie
podía impedirla.
—¿Qué
dice usted, Hastings? ¿Nadie? Ninguna persona ordinaria, lo admito; pero ¿de
qué sirve tener el cerebro de Poirot repleto de una sustancia gris superfina,
si no puede llevar a cabo cosas que son imposibles a la gente ordinaria?
—Si
lo toma usted así...—murmuré.
—Claro
que sí. ¡Estoy avergonzado, vencido, aniquilado!...
Para
mis adentros pensé que los actos de contrición de Hércules Poirot eran muy
parecidos a las bravatas de otros comunes mortales; pero me guardé muy bien de
expresar mi humilde parecer.
—Y
ahora —añadió Hércules— sigamos adelante. Vamos a Londres.
—¿A
Londres?
—Sí.
Estamos a tiempo para tomar el tren de las catorce. Aquí todo se halla
tranquilo y miss Esa está en el sanatorio tan segura como en una iglesia. Por
consiguiente, los perros guardianes pueden ausentarse... Necesito algunos
informes suplementarios.
Nuestro
primer cuidado en Londres fue ir a ver a los abogados del difunto capitán
Seton, los señores Whitfield, Partiger y Whitfield.
Poirot
les había pedido ya hora; por lo cual, en cuanto dieron las seis de la tarde,
fuimos introducidos en el despacho del abogado Whitfield, socio principal de
aquella casa.
Era
una persona imponente. Tenía ante sí dos cartas. Una del director y la otra de
un importante funcionario de Scotland Yard.
—Esta
consulta —dijo pausadamente, mientras limpiaba los cristales de los anteojos—
está fuera de toda buena regla; es realmente muy extraordinaria, monsieur
Poirot.
—Es
cierto, míster Whitfield. Pero también el asesinato es cosa irregular y, por
fortuna, bastante extraordinaria.
—Es
verdad... Es verdad... Sin embargo, me parece algo fantástica la suposición de
que ese delito tenga que ver con el testamento de mi difunto cliente.
—A
mí me parece razonable.
—¡Ah!...
Bien... Dada su personalidad..., y ya que sir Henry insiste tanto en su
carta..., tendré mucho gusto en hacer todo lo que pueda para ayudarle en sus
investigaciones.
—¿Era
usted el abogado del capitán Seton?
—Y
de todos los Seton. Somos sus abogados..., es decir, acuden a nuestro bufete,
desde hace más de cien años, las personas de esa familia.
—Muy
bien. ¿Había hecho testamento el difunto sir Mateo Seton?
—Lo
hicimos nosotros, por su cuenta.
—¿Y
cómo dispuso su fortuna?
—Deja
varios legados, uno de ellos al Museo de Historia Natural; pero la mayor parte
de su inmensa fortuna la heredaba el capitán Seton. No tenía ningún otro
pariente cercano.
—¿Dice
una fortuna inmensa?
El
abogado tomó el tono de rigor para informarnos de que sir Mateo Seton tenía
derecho al segundo puesto en la lista de los archimillonarios ingleses.
—¿Tenía
ciertas ideas algo estrambóticas?
Esta
vez Whitfield respondió, casi desaprobándole:
—Un
millonario puede permitirse el lujo de ser extravagante y hasta diré que está
obligado a serlo.
Poirot
aceptó dócilmente la lección e hizo una nueva pregunta:
—¿No
era inesperada su temprana muerte?
—Sí.
Nadie se esperaba esta muerte. Sir Mateo gozaba de excelente salud y nadie
hubiera podido sospechar en él la existencia de un tumor. Pero el mal, por
haberse comunicado a un tejido vital, exigió una rápida intervención
quirúrgica. Y como sucede siempre en semejantes casos, la operación se efectuó
admirablemente, pero sir Mateo murió.
—¿Y
su fortuna pasó al capitán Seton?
—Eso
es.
—Me
dicen que el capitán había hecho testamento antes de salir de Inglaterra.
—El
suyo —dijo el abogado— es un testamento..., por decirlo así.
—Pero
¿es legal, sin embargo?
—Perfectamente.
La intención del testador está claramente manifiesta y confirmada por dos
testigos... Sí; es perfectamente legal.
—Entonces,
¿por qué parece usted desaprobarlo?
—Señor
mío, ¿para qué se han hecho los abogados?
¡Cuántas
veces me había dirigido yo la misma pregunta! Habiéndoseme ocurrido un día la
chifladura de dictar mi sencillísimo testamento, vi luego que mi abogado me
presentó un documento largo, verboso e inverosímilmente complicado.
—Hay
que decir —prosiguió Whitfield— que en el momento de su partida de Inglaterra
el capitán tenía poco que dejar en herencia, por no decir nada. Vivía de lo que
le pasaba su tío, que era bastante. Supongo que habrá creído, dada la forma en
que estaban las cosas, que bastaba una hoja volante para la expresión de sus
últimas voluntades.
«No
hubiera podido razonar mejor que de ese modo», dije para mis adentros.
—¿Y
cuáles son las cláusulas de ese testamento? —preguntó Poirot
—Deja
cuando posee a su prometida, miss Magdalena Buckleys, y me nombra a mí albacea.
—¿Así,
su heredera es miss Buckleys?
—Sin
duda alguna, ella es la heredera.
—¿Y
si miss Buckleys hubiese muerto ayer?
—Habiendo
muerto antes el capitán, la fortuna iría a parar a los herederos que esa
señorita designase, o, en caso de que hubiese muerto sin testar, a su pariente
más cercano.
Y al
llegar aquí, añadió, con aire de profunda satisfacción:
—Los
derechos de sucesión hubieran sido enormes, enormes... ¡Tres muertos en poco
tiempo!... ¡Enormes!...
—¿No
se hubieran comido todo el importe de la herencia?
—Como
ya le he dicho, señor mío, sólo hay un hombre en Inglaterra más rico que sir
Mateo.
Poirot
se levantó.
—Se
lo agradezco infinito, señor abogado. Sus datos me serán utilísimos.
—De
nada... De nada... Puedo decirle que me pondré en comunicación con miss
Buckleys. Creo que ya habrán echado al correo una carta para ella. Estoy a su
disposición para todo aquello en que pueda servirle.
—Es
una joven que seguramente necesitará los buenos consejos de un experto letrado.
—Pronto
veremos rondar en torno suyo los cazadores de millones —dijo sentenciosamente
Whitfield, moviendo la cabeza.
—Es
fácil suponerlo —asintió Poirot—. Adiós, míster Whitfield.
—Hasta
la vista, monsieur Poirot... Y he tenido mucho gusto en poder ayudarle. Su
nombre me es muy familiar.
Esto
lo dijo cortésmente, como quien dice algo importante.
—Las
cosas estaban exactamente como usted creía —dije a Poirot, cuando volvíamos del
bufete del abogado.
—Así
tenían que estar. No podía ser de otro modo... Ahora vamos a la fonda, donde
nos espera Japp y donde cenaremos con él, un poco antes de la hora
acostumbrada.
El
inspector Japp, de Scotland Yard, estaba, en efecto, en el local en que le
habíamos citado. Hizo un alegre recibimiento a nuestro común amigo.
—¡Cuántos
años hace que no había tenido el gusto de verle, monsieur Poirot! ¿Cómo sigue?
Creí que se había dedicado ya a la horticultura.
—Lo
intenté, Japp; pero ni siquiera en el campo se consigue descansar de las
desgracias.
Suspiró.
Y yo sabía muy bien en lo que estaba pensando: en la extraña aventura del
Parque de Fernley. ¡Cuánto sentí yo hallarme lejos de Inglaterra en aquella
época!
—¿Y
usted, capitán Hastings, cómo está?
—Muy
bien, gracias.
—¿Y
tenemos ahora otros asesinos? —preguntó alegremente Japp.
—Sí,
otros asesinos.
—Pues
bien, querido amigo, cuando todavía hay ánimos para descubrir asesinos, es
señal de que no se envejece, aunque creo que no se puede pretender en la vejez
tener los triunfos de otros tiempos, porque sabemos que al llegar a cierta edad
hay que ceder el paso a los jóvenes.
—Y,
sin embargo, el perro viejo es el que conoce todas las astucias de la caza; el
mejor sabueso es el más viejo, ése es el que nunca abandona un rastro.
—Bien,
pero hablemos de seres humanos y no de perros...
—¿Y
cree usted que hay mucha diferencia?...
Japp
se echó a reír, pero pronto volvió a su seriedad y declaró haber hecho las
indagaciones que se le habían pedido.
—Aquellas
impresiones dactilares —dijo.
—¿Las
ha encontrado? —preguntó ansiosamente Poirot.
—No.
El individuo a quien pertenecen no ha pasado nunca por nuestras manos. Además,
en Melbourne, adonde he telefoneado, no conocen a ninguno de sus señas ni de su
apellido.
—¡Ah!
—Así
que podría haber habido algo sospechoso en su pasado, pero la Policía no lo
conoce. En cuanto a lo otro...
—¿Qué?
—La
casa Lazarus e Hijo goza de muy buena fama. Parece que son comerciantes
honrados y respetables. Muy sagaces... Pero esto es cosa natural, pues sin
agudeza de ingenio no se puede llevar bien un negocio. No hay nada que
reprocharles. Mas financieramente, se hallan bastante apurados.
—¿De
veras?
—Sí,
por la depreciación de los objetos de arte y de los muebles antiguos... Ahora
están de moda las cosas modernas... El año pasado quisieron agrandar sus
almacenes y..., como le decía, no están lejos de la catástrofe.
—Le
agradezco muchísimo esos datos.
—No
crea que he sudado poco para conseguirlos. Nunca es fácil pedir informes y
tenía mucho interés en obtener los que usted necesitaba.
—Sin
su auxilio, querido Japp, no hubiera sabido cómo arreglármelas.
—Ya
sabe que siempre me gusta ayudar a un viejo amigo. En otro tiempo creo que ya
le puse al corriente de algunos casos muy interesantes.
—Aquéllos
eran los buenos tiempos.
—También
hoy quisiera poder ayudarme de su prudencia. Sus métodos tal vez sean ahora un
poco anticuados, pero tiene usted muy buena cabeza, Poirot.
—¿Y
lo que le pregunté respecto del doctor MacAllister?
—Ése
es un médico de mujeres. Quiero decir, uno de esos especialistas en
enfermedades nerviosas que aconsejan dormir entre paredes tapizadas de color
púrpura y bajo un techo pintado de amarillo limón. Tal vez sea un medicastro,
pero tiene mucha suerte con las mujeres. Acuden a él en tropel. Tiene no sé qué
asuntos profesionales en París.
—¿El
doctor MacAllister? —pregunté yo, con curiosidad—. ¿Y quién es ése?
—El
tío del comandante Challenger —me contestó Hércules—. ¿No se acuerda usted de
que el marino aludió a un tío suyo médico especialista en enfermedades
nerviosas?
—¡Qué
minucioso es usted en sus investigaciones! ¿Se figura acaso que sea él quien
haya operado a sir Mateo Seton?
—No
es cirujano —repuso Japp.
—Querido
—replicó Poirot—, quiero investigar por todas partes. Hércules Poirot es un
buen perro, uno de aquellos que, si no tienen un rastro que olfatear, van
husmeando aquí y allá en busca de cosas no muy limpias. Y a menudo, muy a
menudo, encuentro algo.
—No
es muy buena profesión la nuestra —murmuró Japp—, aún lo es menos para quien la
ha ejercido como usted, fuera del elemento oficial, pues ha de verse obligado a
introducirse a escondidas, a buscar subterfugios...
—Pero
no me disfrazo, Japp. Nunca me he disfrazado.
—Ni
podría usted. Usted es un tipo que el que lo haya visto una vez no le puede
olvidar nunca.
Poirot
le miró, como dudando.
—No
se ofenda, Poirot; es mi modo de hablar... ¿Quiere ponerme otro vasito de vino
de Oporto?
Estábamos
en los postres y empezaron a recordar cosas pasadas. Confieso que yo disfrutaba
también con sus recuerdos. Habían tenido muy buenos tiempos.
Comprendía
yo que nuestro viejo amigo no tenía ya las espléndidas dotes de sus mejores
años. Sentíase amenazado de un ruidoso fracaso, amenazado de tener que
renunciar a identificar al asesino de Maggie Buckleys.
De
pronto, me dio un golpecito cariñoso en el hombro y salió, diciéndome:
—Ánimo,
Hastings, el caso no es desesperado. Le recomiendo que no ponga mala cara.
—Todo
va bien. Yo estoy muy animado.
—Yo
también, incluso está animado el mismo Japp.
Y
con esa nota alegre nos separamos.
A la
mañana siguiente regresamos a Saint Loo. Apenas hubo llegado al Majestic,
telefoneó Poirot al sanatorio y pidió hablar con miss Esa.
Súbitamente,
vi que se le alteró el rostro; casi se le cayó de las manos el aparato.
—¿Qué?
¿Qué? Haga el favor de repetirlo.
Estuvo
escuchando unos minutos y luego contestó:
—¡Sí,
sí, voy al momento!
Se
volvió a mí con la faz descompuesta por la emoción, exclamando:
—¿Por
qué me habré marchado, Hastings? ¿Por qué, Dios mío?
—¿Qué
ha sucedido?
—Miss
Esa está gravemente enferma, envenenada. La han salvado por milagro. ¡Dios mío!
¡Dios mío! ¿Por qué nos habremos marchado?
CAPITULO
DIECISIETE
BOMBONES
DE CHOCOLATE
Durante
todo el camino, Poirot no dejó de dirigirse improperios y reproches.
—¡Hubiera
yo debido pensar en ello!... ¡Debiera haberlo previsto!... Pero ¿qué podía
hacer? Había tomado todas las precauciones imaginables... Imposible...
Imposible... ¿Quién puede haber infringido mis ordenes?
En
el sanatorio nos introdujeron inmediatamente en un saloncito de la planta baja,
en donde a los pocos minutos se nos presentó el doctor Graham. Estaba pálido,
destrozado por la ansiedad y el cansancio.
—Se
salvará —dijo al entrar—. Se repondrá por completo. Lo que más me preocupaba
era no saber la dosis de la maldita droga que ha tomado.
—¿Qué
era?
—Cocaína.
—¿La
salvará usted?
—Sí,
se curará completamente.
—Pero
¿cómo ha sido?... ¿Cómo se las han compuesto para llegar hasta ella? ¿A quién
han admitido en su cuarto?
Era
tal la excitación de Poirot, que no conseguía estar quieto.
—A
nadie.
—Imposible.
—Es
la verdad.
—Pues
entonces...
—Ha
sido una cajita de bombones de chocolate.
—¡Dios
mío! ¡Y yo le había prohibido que comiera cosa alguna! Le dije que no probara
nada de lo que le enviaran de fuera.
—Yo
ignoraba esa orden..., pero no hubiera sido fácil empresa impedir que una
muchacha tomase unos bombones... Por fortuna, no ha tomado más que uno.
—¿Estaban
envenenados todos?
—No.
Y la señorita ha tomado uno solo de los tres que lo estaban y que habían sido
colocados en la primera capa. En los demás no había nada de particular.
—¿Y
cómo habrían introducido el veneno?
—De
un modo muy primitivo. Partiendo el bombón en dos, mezclando la cocaína a la
pasta del relleno y reuniendo luego ambas mitades... Cosa de aficionados.
—¡Si
lo hubiese sabido! —balbució Poirot—. ¡Si lo hubiese podido imaginar!... ¿Puedo
ver a la señorita?
—Si
quiere usted volver dentro de una hora, creo que podrá verla. Y no se
desespere, señor, que la salvaremos.
Estuvimos
una hora circulando por las calles de Saint Loo. Yo me afanaba por calmar la
ansiedad de Hércules; insistía, especialmente, en decirle y repetirle que
después de todo no había ocurrido nada trágico. Y él seguía moviendo la cabeza
y exclamando de cuando en cuando:
—Tengo
miedo, Hastings...
Lo
decía con tales y tan impresionante entonaciones, que yo también me sentí
invadido por la angustia.
Al
llegar a cierto punto, me apretó el brazo, diciendo:
—Me
he equivocado, me he equivocado por completo...
—¿Empieza
usted a creer que no se trata de cuestión de dinero?
—No,
no; en eso tengo razón, estoy segurísimo. Pero aquellos dos que parecían los
más indicados... La explicación es demasiado simple, demasiado fácil... Es
preciso buscar otro. Sí... Hay algún otro...
Y
luego, estallando de indignación, añadió:
—¡Qué
loca! ¿No se lo había yo prohibido? ¿No le había avisado diciéndole: «No toque
nada de lo que venga de fuera»? Ha quebrantado las órdenes de Hércules Poirot.
No le bastaba ya haberse librado cuatro veces de la muerte. Ha querido correr
un peligro más... Son cosas increíbles.
Por
último, volvimos al sanatorio. Después de un breve rato de espera, nos
acompañaron a la habitación de miss Esa.
Esa
estaba sentada en el lecho. Tenía las pupilas sumamente dilatadas. Parecía
tener fiebre. Con una voz muy débil y moviendo nerviosamente las manos,
murmuró:
—¡Otro
golpe que ha fallado!
Poirot
perdió el color al mirarla. Le tomó una mano. Se rascó el cuello para tener
fuerzas para hablar y casi susurrando dijo, en tono disgustado:
—¡Ah,
señorita!
—Si
esta vez hubieran conseguido su objeto, no me hubiese importado nada, nada.
—¡Pobre
muchacha!
—Sólo
me desagradaría que pudieran tener la satisfacción...
—Muy
bien. Así debe ser... Hay que querer vivir... Desafiar a la suerte...
—No
habría sido un refugio muy seguro su famoso sanatorio.
—Si
hubiese usted obedecido mis órdenes, señorita...
Esa
exclamó, con acento de gran sorpresa:
—Pero
¡si he obedecido puntualmente!
—¿No
le había yo prohibido comer nada de lo que le trajesen de fuera?
—Y
así lo he hecho.
—¿Y
los bombones?
—Eso
estaba permitido, pues me los ha enviado usted.
—¿Qué
está usted diciendo?
—Digo
que usted me los ha mandado...
—¿Yo?...
No... Yo no he mandado nada de comer.
—Sin
embargo... En la cajita estaba su tarjeta...
—¿Cómo?
¿Cómo?
Esa
hizo un esfuerzo para alargar la mano a la mesa que tenía junto a la cama. Se
acercó una enfermera preguntándole:
—¿Quiere
usted la tarjeta que estaba en la caja?
—Sí,
haga el favor.
La
enfermera no tardó en encontrar el objeto pedido. Y nadie se movió ni dijo una
palabra hasta que la hubo puesto en manos de Hércules. Éste quedó petrificado
al ver la tarjeta. Contenía, como la que él había mandado con el cesto de
flores, estas palabras, escritas muy claramente:
Cariñosos
saludos de Hércules Poirot.
—¡Voto
al diablo!
—¿Lo
ve usted? —exclamó Esa
—Yo
no he escrito esto —dijo Poirot.
—¿Cómo?
—Y,
sin embargo —volvió a decir mi amigo—, es mi letra.
—Yo
estaba segura. Había visto su letra en la tarjeta del cesto de claveles, y no
dudé que fuese usted quien me enviaba los bombones.
Inclinando
la cabeza, dijo Poirot:
—Es
natural que no haya usted tenido duda. ¡Es un demonio, es astuto, ese cruel
bandido! ¡Haber imaginado semejante golpe! Pero ¡ese hombre es un genio, un
genio! Cariñosos saludos de Hércules Poirot... Una cosa simple, sencillísima.
Bastaba pensar en ella. ¡Y yo que no he sabido preverla!
La
joven se agitaba.
—No
se entristezca, señorita. Nada tiene usted que reprocharse. ¡Yo soy el
censurable, el imbécil! ¡Hubiera debido preverlo! Hubiera debido..., sí...
Con
el mentón apoyado contra el pecho, Poirot parecía la imagen de la desolación.
—Creo
realmente... —dijo a media voz la enfermera.
No
se había separado y se comprendía que desaprobaba el que se prolongase nuestra
visita.
—¡Ah!
Sí, sí... Ahora nos vamos... Valor, señorita: ésta habrá sido mi última
equivocación. Estoy abrumado de vergüenza. Se han burlado de mí como de un
colegial... Pero no volverá a suceder, se lo prometo. Vámonos, Hastings.
Lo
primero de todo, Poirot quiso hablar con la superiora, que estaba
consternadísima por lo ocurrido en el sanatorio.
—¡Que
haya podido suceder aquí un caso semejante! No puedo acostumbrarme. No llego a
comprender cómo ha sido posible...
Poirot
se mostró con gran tacto y simpatía. Después de haberla consolado un poco,
empezó a indagar la forma en que había llegado allí la caja fatal. La superiora
declaró que sobre eso podría enterarle mejor el ayudante que estaba de turno a
aquella hora.
El
ayudante, un tal Hodd, era un joven de aspecto honrado y algo estúpido. Tendría
unos veintidós años. Estaba evidentemente nervioso y espantado. Poirot le dijo
al momento, con amabilidad:
—No
se le puede reprochar a usted nada. Sólo quiero saber exactamente cómo y cuándo
trajeron aquí esa caja.
El
ayudante titubeó:
—Es
difícil decirlo, señor. ¡Viene aquí tanta gente a pedir noticias y a dejar
paquetes para los enfermos!
—La
enfermera ha dicho que éste lo trajeron ayer tarde, a eso de las seis —dije yo.
El
rostro del joven se aclaró un poco y dijo:
—Sí,
lo recuerdo. Lo trajo un caballero.
—¿Un
caballero rubio, delgado, de nariz larga?
—Rubio,
sí; pero en cuanto a la nariz... No reparé.
—¿Cree
usted que Vyse lo haya traído en persona? —pregunté yo.
Yo
pensé que el joven debería de conocer a un abogado del pueblo.
—No
era míster Vyse —repuso inmediatamente—. Yo le conozco; era otro señor, de buen
aspecto, que venía en automóvil.
—¡Lazarus!
—exclamé.
Y me
arrepentí en el acto de mi impulso, por las miradas que me dirigió Poirot, el
cual siguió interrogando.
—¿Un
señor que vino en un hermoso automóvil es el que dejó el paquete dirigido a
miss Esa Buckleys?
—Sí,
señor.
—¿Y
qué ha hecho usted del envoltorio?
—No
lo toqué; se lo llevó la enfermera.
—Comprendido.
Pero ¿no fue usted quien lo tomó de manos del caballero?
—Sí,
naturalmente. Lo tomé de sus manos y lo puse sobre la mesa.
—¿Qué
mesa? ¿Podría verla?
El
ayudante nos condujo al vestíbulo. Precisamente al lado de la puerta de
entrada, a la sazón abierta, había una mesa de mármol llena de cartas y
paquetes.
—Todos
los paquetes que llegan se dejan aquí y las enfermeras los distribuyen luego a
las personas que los esperan.
—¿Recuerda
usted la hora en que fue recogida la caja?
—Debían
de ser las cinco y media... O tal vez un poco más tarde. Sé que ya había
llegado el correo, y el correo suele llegar a las cinco y media. Fue una tarde
muy movida. Vino mucha gente a traer flores o a visitar a los enfermos.
—Muchas
gracias... Ahora desearía ver a la enfermera que subió la caja.
Poco
después vimos venir a nuestro encuentro una alumna enfermera, una personita
agitada, turbada a más no poder. Se acordaba de habérsele encargado el paquete
para entregar a miss Buckleys a las seis, o sea en el momento en que había
entrado de turno.
—A
las seis —murmuró Poirot—. Así, pues, hacía unos veinte minutos que el paquete
estaba sobre la mesa.
—¿Decía
usted?
—Nada,
señorita; continúe. Llevó usted la caja a miss Buckleys.
—Había
varias cosas para ella. Esta caja. Flores enviadas por míster Croft, según
creo, y otro paquete que vino por correo. Y lo más extraño es que también éste
contenía una caja de bombones de chocolate.
—¿Qué
dice usted? ¿Otra cajita de bombones?
—Sí.
¡Extraña coincidencia! Miss Buckleys cogió las dos cajas y dijo: «¡Qué lástima!
No poderlos siquiera probar...» Luego, abrió las cajas, y al encontrar en una
de ellas su tarjeta, me dijo que me llevase la otra: «No vaya a ser que los
mezcle por descuido. Quitemos pronto de en medio la sospechosa...» ¡Dios mío!
¡Quién hubiera podido imaginar semejante cosa!... Parece una escena de las
novelas de Wallace.
Poirot
cortó en seco aquel diluvio de palabras:
—¿Dice
usted que había dos cajas? ¿Quién envió la otra?
—No
había ningún nombre dentro...
—¿Y
cuál de las dos parecía ser la que yo envié, la que llegó por correo o la otra?
—En
realidad... no me acuerdo. ¿Quiere que vaya a preguntárselo a miss Buckleys?
—Si
es usted tan amable...
—Dos
cajas —murmuró Poirot—. ¡Cualquiera lo entiende!
La
enfermera, que había subido corriendo, llegó sin aliento.
—Miss
Buckleys dice que tampoco tiene ella ninguna certeza. Sacó las dos cajas del
papel que las envolvía antes de mirar lo que había dentro. Sin embargo, cree
que la de usted no es la que llegó por correo.
—¿Eh?
—dijo Poirot.
—La
caja que parecía enviada por usted no vino por correo. Al menos así lo cree la
señorita, aunque no está segura
—¡Demonio!
—exclamó Poirot, al marcharnos—. ¿Qué hay que hacer para estar seguro? En las
novelas policíacas se consigue estarlo, pero en la vida real... La realidad es
siempre muy complicada. ¿Estoy yo seguro de algo? No, no y mil veces no.
—Lazarus...
—dije yo.
—Sí.
¿Verdad que es sorprendente?
—¿Piensa
usted hablarle?
—¡Naturalmente!
Tengo muchas ganas de ver la cara que pone... Entre tanto, no estará de más
exagerar la gravedad del caso. Nada perderemos diciendo que miss Esa se halla
en peligro de muerte. ¿Comprende usted?... Sí. No es mala idea. Pondremos una
cara muy triste de pompas fúnebres...
Tuvimos
la suerte de encontrarnos con Lazarus. Estaba delante del Majestic, inclinado
sobre el motor de su automóvil.
Poirot
se le acercó con paso rápido y le preguntó sin ambages:
—Míster
Lazarus, ¿llevó usted anoche al sanatorio una caja de bombones para Esa?
Lazarus
pareció un poco sorprendido.
—Sí.
—Ha
sido una atención muy agradable por su parte.
—A
decir verdad, la enviaba Frica; es decir, mistress Rice. Me suplicó que se la
llevase.
—¡Ah!
Comprendo.
—Fui
con el auto.
—Comprendo...
¿Dónde está mistress Rice?
—Creo
que en la galería.
Mistress
Rice estaba tomando el té. Nos dirigió una mirada ansiosa.
—¿Qué
acabo de oír? ¿No está bien Esa?
—Es
una cosa muy misteriosa, señora. Dígame, ¿le mandó usted ayer una caja de
bombones?
—Sí,
es decir... Se los envié porque ella me los pidió horas antes.
—¿La
señorita se los pidió?
—Sí.
—Pero
si no le permiten ver a nadie, ¿cómo se arregló usted para verla?
—No
la he visto. Me telefoneó ella.
—¿Para
qué?
—Para
decirme que desearía una caja de bombones de chocolate de la casa Fuller, una
caja de dos libras.
—¿Era
débil su voz?
—No,
bastante fuerte. Pero algo distinta de otras veces. Al principio no supe que
era ella quien me telefoneaba.
—¿Tuvo
que dar su nombre?
—Sí.
—¿Estaba
usted segura de que hablaba con su amiga?
Muy
descompuesta, balbució Frica:
—Yo...
Yo... Pero sí, era ella. ¿Quién otra hubiera podido ser?
—Es
una cuestión interesante, señora.
—No
querrá decirme...
—¿Podría
usted jurar que era la voz de su amiga?
—No
—repuso lenta y penosamente la interrogada—. No podría jurarlo. La voz estaba
muy alterada. Creí que sería el teléfono... O quizá el hecho de que no se
encontrase bien...
—Si
ella no le hubiera dicho quién era, ¿hubiese usted reconocido la voz?
—No.
Al menos no creo que la hubiese reconocido... ¿Quién era el que telefoneaba?
¿Quién, monsieur Poirot?
—Eso
es lo que estoy decidido a saber, señora.
La
gravedad de su rostro pareció despertar sospechas en la señora.
—¿Le
ha sucedido algo a Esa? —preguntó jadeante.
Poirot
le dijo:
—Está
mal. Está en peligro de muerte. Aquellos bombones, señora, estaban envenenados.
—¿Los
chocolates que le envié yo? Imposible. Imposible.
—No
es imposible, señora, puesto que miss Esa está entre la vida y la muerte.
—¡Dios
mío!
Se
tapó el rostro con las manos y luego lo descubrió palidísimo y tembloroso.
—No
comprendo... No comprendo... Lo otro, sí; pero esto, no... Los bombones no
podían estar envenenados. Los únicos que los hemos tocado hemos sido Jim y
yo... Está usted cometiendo un gran error, monsieur Poirot.
—No
he cometido ningún error, aunque mi nombre estaba dentro de la caja.
La
Rice le miró con los ojos pasmados.
—Si
muere Esa... —dijo Poirot, haciendo con la mano un ademán de amenaza.
La
señora profirió un grito ahogado.
Hércules
le volvió la espalda, y pasando un brazo por debajo del mío, me llevó consigo.
Apenas
traspusimos la puerta del salón, tiró rabiosamente el sombrero sobre la mesa,
exclamando:
—No
comprendo nada... Nada. Me siento desanimado... ¿A quién puede beneficiar la
muerte de Esa? A mistress Rice... ¿Quién compra los bombones, reconoce haberlos
comprado y cuenta sobre ellos la historia de un aviso telefónico que no resiste
el más superficial examen?... Mistress Rice... La cosa es demasiado sencilla,
demasiado tonta. Y esa mujer no es tonta; al contrario, me parece muy astuta.
—Entonces...
—Entonces...
Frica toma cocaína. De eso estoy seguro. No puedo equivocarme, Hastings. Y
aquellos bombones estaban envenenados con cocaína. Además, ¿qué le ha movido a
murmurar «lo otro, sí; pero esto, no»? ¿Cuál es el verdadero significado de esa
frase tan extraña?... ¿Y qué tiene que ver con todo eso del joven Lazarus? ¿Qué
sabe la Rice? Algo sabe... Y no puedo hacerle hablar. No es de aquellas a
quienes, asustándolas, se les puede inducir a descubrir su secreto... Pero algo
sabe. ¿Es cierta la historia del teléfono o se la ha inventado ella? Y si es
verdad, ¿quién le ha telefoneado? En realidad, Hastings, ahora todo son
tinieblas.
—La
hora más oscura es la que precede al alba —murmuré, a fin de calmarle.
Hércules
movió la cabeza.
—¿Y
la segunda caja? La que vino por correo. ¿Podemos despreciarla? No, porque miss
Esa no está segura. ¡Es el colmo de la contrariedad!
Iba
yo a abrir la boca, cuando me detuvo imperiosamente, diciendo:
—Déjese
de frases hechas, que no es el momento oportuno. Si quiere darme usted otra
prueba de su buena amistad...
—Sí
—dije, sin darle tiempo a acabar la frase.
—Le
suplico que vaya a comprarme una baraja.
—Bueno.
Abrí
desmesuradamente los ojos.
No
pude menos de pensar que aquélla era una excusa para apartarme de él.
Sin
embargo, en esto me equivocaba. En efecto, a las diez de la noche, cuando entré
en el saloncito, le encontré construyendo un castillo de naipes. Y me acordé
que era aquélla una de sus manías, uno de sus modos acostumbrados de calmarse
los nervios rotos.
Me
sonrió, diciendo:
—¿Se
acuesta usted, verdad? Hay que ser preciso... Una carta sobre otra... Así...,
muy exactamente en su sitio, para que pueda sostener otra... y otra..., otra...
más arriba... Vaya a acostarse, Hastings, y déjeme aquí con mi castillo de
naipes, que esto me aclara la inteligencia...
Una
sacudida me hizo abrir los ojos a la mañana siguiente. Poirot estaba de pie,
junto a mi cama, con la cara alegre, risueña.
—Me
dijo usted ayer una cosa exacta, exactísima, ingeniosa... —no del todo
despierto aún, le miré incierto en cuanto al sentido de lo que oía—. La hora
más oscura es la que precede al alba. Es exacto, exactísimo. He estado bastante
a oscuras y ahora asoma el alba.
Volví
los ojos a la ventana y vi que tenía perfecta razón.
—¡No,
hombre, no! —exclamó—. En la cabeza, en la imaginación; la luz viene de la
sustancia gris.
Se
interrumpió un momento y luego añadió:
—Mire
usted aquí, Hastings; miss Buckleys ha muerto.
—¿Cómo?
¿Cómo?
—Cállese;
no se asuste. Como lo digo. En broma, se entiende. Pero podría ser verdad. Sí,
por veinticuatro horas puede hacerse pasar por verdad. Me pondré de acuerdo con
el doctor y con las enfermeras. El asesino ha conseguido su objetivo. Cuatro
veces ha intentado en vano el golpe. A la quinta le ha salido bien. Y ahora
veremos qué sucederá. Seguramente cosas muy interesantes.
CAPÍTULO
DIECIOCHO
UNO
QUE SE ASOMA A LA VENTANA
De
cuanto sucedió al día siguiente tengo un recuerdo confuso, porque me desperté
con fiebre. Son pesadas sorpresas a las que estoy un poco sujeto después del
largo período de fiebres palúdicas que padecí hace años.
Así,
los acontecimientos de aquel día quedaron en mi imaginación como una serie de
pesadillas en las que aparece y desaparece, cual un payaso fantástico, mi amigo
Hércules Poirot.
Él
parecía estar satisfechísimo. No podría decir cómo se arregló para realizar el
proyecto esbozado junto a mi lecho en las primeras horas de la mañana; pero que
llegó a ponerlo en práctica con muy buen resultado, es cosa cierta. Y es muy
cierto también que la empresa debió ser sumamente ardua.
La
complicada ficción requería fatalmente el auxilio de otras muchas ficciones
accesorias. Y la clase de ayuda que hacía falta para asegurarse el éxito de la
iniciativa era de las que más repugnan al temperamento inglés.
El
primero que consintió secundar a Poirot debió ser el doctor Graham. Convencido
él, fue necesario persuadir también a la superiora y a algunas otras de las dirigentes
del sanatorio. No se dejarían convencer fácilmente y hasta es probable que
cedieran sólo por la autorización e intervención del doctor.
Además,
Poirot debió de contar también con el comandante de Policía y con sus agentes,
y en esto se ponía en choque con el elemento oficial. Sin embargo, supo
conquistar el asentimiento del coronel Weston, quien declaró que rehuía toda
responsabilidad. Poirot y sólo Poirot sería responsable de la propagación de la
falsa noticia. Poirot no dudó ni un solo instante. Hubiera aceptado toda clase
de condiciones con tal de que le dejasen libertad para desenvolver su plan.
Pasé
la mayor parte del día arrellanado en una cómoda butaca. Cada dos o tres horas
venía Hércules y me enteraba de lo que iba sucediendo.
—¿Cómo
sigue, querido? Siento su malestar, pero casi puedo considerarlo, en cierto
sentido, como una combinación afortunada; usted no sabría dar el pego como yo.
Acabo de encargar una corona inmensa, magnífica, una corona de azucenas... Y a
todo alrededor, una ancha cinta que dice: «A miss Buckleys, el desconsolado
Hércules Poirot.» ¡Vaya una comedia!
Y se
fue.
Cuando
volvió me contó una conversación conmovedora que había tenido con mistress
Rice:
—Le
sienta muy bien el negro a Frica. He hablado a ésta de su pobre amiga. ¡Qué
tragedia!... «Era tan alegre Esa, tan animada; no puedo imaginármela muerta».
—me dice, y yo, suspirando, exclamo—: «Oh, suprema ironía de la muerte, que se
lleva a los jóvenes y deja en el mundo a los viejos, a los inútiles...» Y
vuelvo a suspirar.
—¡Cómo
se divierte usted! —susurré, pues hasta me fatigaba hablar en voz alta.
—Absolutamente
nada. Sólo pienso en el objetivo que hemos de alcanzar. Para sostener bien la
fábula hay que empaparse en el papel que se recita... En fin, agotadas las
frases de rigor, la señora desciende a particularidades más conformes con su
pensamiento; ha pasado toda la noche despierta, pensando en los bombones
envenenados... «Una cosa imposible, imposible»... Señora, le respondo yo, no es
imposible; puedo enseñarle los resultados del análisis...» Frica me pregunta,
con voz trémula: «¿Era... cocaína?...» Yo le digo que sí, y entonces ella
murmura: «Dios mío, no lo entiendo...»
—Y
será verdad —dije yo.
—Sin
embargo, comprende muy bien que se halla en una situación enojosa. Es
inteligente, lo ha advertido en seguida. Sabe que se encuentra en peligro.
—No
obstante, me parece que usted empieza a creerla inocente.
Poirot
enarcó las cejas. Su excitación desapareció de pronto.
—Acaba
usted de decir una cosa profunda, Hastings. Es verdad; los hechos no se adaptan
ya a mi hipótesis. Estos delitos han tenido hasta ahora como carácter común una
astucia peregrina. Y aquí no hay traza de picardía. Esta vez nos hallamos
frente a una maldad brutal. No. Mis suposiciones se derrumban.
Sentóse
junto a la mesa.
—Examinemos
los hechos. Hay tres posibilidades: los bombones fueron comprados por mistress
Rice y llevados por Lazarus al sanatorio. En ese caso el delito es de uno de
los dos o de ambos a la vez. La llamada por teléfono hecha al parecer por miss
Esa es pura invención; ésa es la más clara de las soluciones. Solución número
dos: ¿Quién le envió la caja de bombones llegada por paquete postal? ¿Alguno de
los indicados en la lista de la A hasta la J? (¿Se acuerda? El campo de
investigaciones era bastante amplio.) Pero si la segunda caja es la envenenada,
¿qué objeto tenía la llamada telefónica? ¿Por qué complicar las cosas con una
segunda caja?
Yo
aprobaba con la cabeza. Cuando se tienen treinta y nueve grados de fiebre, se consideran
inútiles todas las complicaciones.
—Solución
número tres: la caja de bombones inocua comprada por mistress Rice es
sustituida por bombones envenenados. En este caso, la llamada telefónica me
parece una comprensible e ingeniosa hazaña: mistress Rice ha de ser la mano
ajena que saque el ascua. La solución número tres es, pues, la más lógica; pero
también la más difícil... ¿Cómo arreglarse para tener la seguridad de que la
sustitución se ha de efectuar en el momento oportuno? El paquete... Había más
de cien probabilidades de que el golpe fracasase... No; no puede ser.
—A
menos que el culpable fuese Lazarus...
Poirot
me miró con viva sorpresa, diciendo:
—¿Le
ha subido a usted la fiebre?
Tuve
que asentir.
—Es
curiosa la influencia de unos pocos grados de temperatura en la actividad del
cerebro. Su observación es de una profunda sencillez, tan sencilla que al
principio no he caído en ella... Pero... sugiere un extraño concurso de cosas;
entre otras, que Lazarus, muy apegado a la Rice, haría lo posible para que su
amante muriese a manos del verdugo. Nos encontramos frente a desenlaces muy
extraños y complicados, complicadísimos.
Cerré
los ojos. Cansado de haberme mostrado profundo y además decidido a dejar de
meditar sobre cosas complicadas, sólo me sentía con ganas de dormir. Creo que
Poirot seguía hablando, pero yo no le escuchaba ya, su voz me arrullaba...
Le
volví a ver a última hora de la tarde.
—Mi
comedia habrá hecho la fortuna de las floristas. Todos van a encargar coronas:
Croft, Vyse, Challenger...
El
nombre del comandante me llegó como un rumor.
—Oiga,
Poirot, cuando menos a ése debería usted avisarle... Estará loco de
desesperación... No es usted justo.
—¿Se
enternece usted por él?
—Es
un hombre muy bueno. Habría que comunicarle el secreto...
Poirot
negó enérgicamente con la cabeza, diciendo:
—No,
querido, no haré ninguna excepción.
—Pero
no podemos menos que creerle ajeno al delito.
—No
hago excepciones.
—Piense
usted en lo que estará padeciendo.
—Pienso
en la alegre sorpresa que le estoy preparando: ¡figúrese!, creer muerta a la
amada y encontrársela viva... Una sensación única, estupenda...
—Es
usted un demonio. El comandante guardaría el secreto.
—No
estoy del todo convencido.
—Es
el honor en persona; estoy segurísimo.
—En
ese caso es aún más difícil que llegase a guardar un secreto. Éste es un arte
que requiere una habilidad suprema. ¿Podría fingir el comandante Challenger? Si
es tal cual usted lo cree, no sería capaz de ello.
—¿Y
no va usted a decirle nada?
—Me
niego absolutamente a hacer fracasar mi idea por un motivo sentimental. Lo que
arriesgamos en nuestro juego es cuestión de vida o muerte.
No
insistí más, pues veía que Poirot no cedería. Me dijo que no se mudaría de ropa
para cenar.
—He
recibido un duro golpe. Ya no tengo confianza en mí mismo. Soy un hombre
acabado. He fracasado... Apenas tocaré los manjares, que quedarán intactos en
el plato. Creo que ésa es la actitud que debo adoptar. Luego, claro está, en mi
cuarto tomaré algunas pastas y pasteles, de que ya me he provisto. ¿Y usted?
—Yo
tomaré un poco más de quinina —respondí.
—¡Pobre
chico! Pero anímese, que mañana estará mejor.
—Así
lo espero. Estos ataques no suelen durarme más de veinticuatro horas.
No
le oí volver a entrar en el salón. Seguramente estaría yo durmiendo.
Cuando
me desperté le vi que estaba escribiendo. En la mesa que tenía delante había
una hoja, en la que reconocí la lista de sospechosos que antes había arrugado y
tirado al cesto.
Haciendo
una seña con la cabeza, respondió a mi muda pregunta:
—Sí,
la retiré; pero ahora vuelvo a estudiarla desde otro punto de vista. He reunido
una serie de preguntas relativas a cada uno de los que estaban en la lista. Las
preguntas tal vez no tengan relación con el delito. Son sólo cosas que no sé,
cosas que quedan sin explicación y a las cuales busco una razón de ser
devanándome los sesos.
—¿Y
a qué punto ha llegado usted?
—Ya
he terminado. ¿Quiere oírlo? ¿Se siente usted con fuerzas suficientes?
—Sí,
me encuentro mucho mejor.
—Menos
mal. Podremos volver a examinar juntos todo esto... Seguramente dirá usted que
algunos de estos datos son pueriles...
Y
empezó a leer:
A)
Helen: ¿Por qué se quedó en casa y no fue a ver los fuegos artificiales?
(Contra lo acostumbrado, como lo prueban la sorpresa y las observaciones de
Esa.) ¿Qué creía, o temía, que sucedería? ¿Introdujo a alguien en la casa? (A
J., por ejemplo.) ¿Ha dicho la verdad respecto al escondrijo secreto? Y si éste
existiera, ¿cómo puede ignorar el sitio? (Si hubiera algún escondrijo, miss Esa
lo sabría, y, en cambio, parece muy segura de lo contrario.) ¿Por qué, pues, se
lo ha inventado? ¿Con qué objeto? ¿Conocía las cartas de Seton a miss Esa o fue
sincera su sorpresa?
B)
El marido: ¿Es realmente tan estúpido como parece? ¿Sabe todo lo que sabe su
mujer o no? ¿Es realmente un deficiente, un loco?
C)
El niño: Su pasión por la sangre, ¿forma parte de un instinto común a su edad o
es cosa morbosa, una tara hereditaria de su padre o de su madre?
D)
¿Quién es Croft? ¿De dónde viene? ¿Envió de veras el testamento? De lo
contrario, ¿por qué razón jura en falso y retiene el documento?
E)
Lo mismo que el anterior. ¿Quiénes son estos Croft? ¿Se esconden acaso? Y, si
es así, ¿por qué motivo? ¿Tienen relaciones con la familia Buckleys?
F)
Mistress Rice: ¿Conocía el noviazgo de miss Esa? ¿Se lo había imaginado? ¿Ha
leído las cartas de Seton a su novia? (En este caso, sabría que Esa es la
heredera del capitán.) ¿Sabe que es la segunda heredera en el testamento de
miss Esa? (Es probable; su amiga debe de habérselo avisado, añadiendo,
probablemente, que no le tocaría gran cosa.) ¿Habrá algo de cierto en la
alusión del comandante a haberle gustado Esa a Lazarus? (El hecho explicaría el
enfriamiento que parece haberse producido entre las dos amigas.) ¿Quién es el
«solterón» proveedor de cocaína, de que se habla en su carta de febrero último?
¿Podría ser que fuera J.? ¿Cuál es la verdadera causa de haberse casi desmayado
el otro día en este cuarto? ¿Alguna palabra oída o alguna cosa vista? ¿Es sincero
lo que dice de la llamada telefónica o es una mentira premeditada? ¿En qué
estaba pensando cuando se le escapó la frase «Lo otro, sí; pero esto, no»? Si
ella no es culpable, ¿qué es lo que sabe y no quiere confesar?»
En
este punto interrumpió Poirot la lectura para hacerme ver que las preguntas
concernientes a mistress Rice eran innumerables.
—Esa
mujer sigue siendo un enigma —añadió Hércules—. Y estoy obligado a deducir que
o es culpable ella o conoce, cuando menos cree conocer, al culpable. Pero
¿tiene razón para creerlo? ¿Sabe realmente algo o sólo tiene indicios y
presentimientos inciertos? ¿Y cómo se le podría hacer hablar?
Exhaló
un suspiro y siguió diciendo:
—Bueno,
prosigamos. «G) Lazarus: Es curioso; no se puede construir hipótesis sobre el.
Únicamente, pero apenas plausible, se presenta la pregunta: ¿Sustituyó él los
bombones buenos por los envenenados? Aparte de ésta, puede formularse otra,
pero sin importancia. La apuntaré, para ser completo. ¿Por qué ofreció
cincuenta libras por un cuadro que apenas vale veinte?»
—Querría
complacer a miss Esa —dije yo.
—No
lo hubiera hecho de ese modo. Es comerciante. Seguramente no compra por el
gusto de revender a precios más bajos de lo que le ha costado. Si hubiera
querido tener atención con miss Esa, le hubiera prestado dinero
particularmente.
—Sea
lo que fuese, no puede tener ninguna relación con el delito.
—Es
verdad. Pero yo quisiera saber algo. Hago un estudio psicológico; pasemos ahora
a la H. Escuche. «H) Es el comandante Challenger. ¿Cómo confesó Esa su
compromiso al comandante? ¿Por qué se lo dijo a él, cuando lo calló a todos los
demás? ¿Habrá pedido acaso su mano? ¿Qué relaciones tiene con su tío?»
—¿Qué
tío, Poirot?
—El
doctor. Ese individuo más bien equívoco. ¿Habría tenido el almirantazgo alguna
noticia anticipada de la muerte de Seton?
—No
acierto a comprender adonde va a parar su pregunta. Aunque Challenger haya
sabido con algunas horas de antelación la noticia de la muerte de Seton, la
cosa no tiene importancia en lo que a nosotros nos interesa. Pues no era,
indudablemente, una razón para matar a la muchacha amada.
—Conforme.
Su objeción es muy razonable. Pero he querido indicar todas las cosas que
pueden pensarse. Soy el perro que va olfateando en busca de cosas no demasiado
limpias y claras.
—I)
Charles Vyse: ¿Por qué afirmó tan perentoriamente el fanatismo de Esa por la
Escollera? ¿Qué motivo pudo inducirle a semejante acción? ¿Recibió el
testamento o no lo recibió? Y después de todo, ¿es o no es hombre de bien?»
—Y
ahora pasemos a la J.
—J)
Es, en realidad, como lo he comprendido al momento, un formidable punto de
interrogación. ¿Existe ese deseo...?»
Se
interrumpió, alarmado, para decir.
—Pero
¿qué le pasa, Hastings?
Me
había puesto en pie, gritando, y extendí una mano temblorosa hacia la ventana.
—Un
rostro, Poirot, un rostro de pesadilla, apoyado contra los cristales. Ahora ha
desaparecido, pero lo he visto...
Poirot
corrió a la ventana, la abrió de par en par y empezó a mirar afuera.
—No
hay nadie aquí —dijo pensativo—. ¿Está usted seguro de haber visto a alguien?
—Segurísimo...
Una cara horrible.
—Sí,
aquí hay una pequeña terraza; cualquiera podría acercarse fácilmente para
sorprender nuestra conversación. Al hablar usted de cara horrible, ¿qué quiere
decir, Hastings?
—Una
cara cadavérica, con los ojos espantados, apenas humana.
—Será
efecto de la fiebre, amigo mío. Un rostro, sí, un rostro desagradable, también;
pero apenas humano, no. Usted ha visto una cara casi pegada a los cristales. Y
eso, unido al hecho de que la aparición era inesperada, explica su impresión.
—Era
una cara espantosa —repetía yo obstinadamente.
—¿No
la ha visto usted antes?
—No,
sin la menor duda.
—¡Quién
sabe! Tal vez, dado su estado de salud, no haya podido reconocerla. Yo me
pregunto ahora... Me pregunto...
Empezó
a reunir las hojas diseminadas.
—Cuando
menos hay una cosa que sigue a nuestro favor. Si el hombre que se ha asomado a
la ventana ha oído parte de nuestra conversación, no ha podido oír la noticia
de que miss Esa está viva y salva... Ese punto esencial es para él desconocido.
—Pero
—dije titubeando un poco— los resultados de su sabia maniobra no son muy
brillantes. Esa está muerta, y su muerte no ha provocado ningún hecho nuevo...
—Tampoco
me esperaba ninguno tan pronto. Veinticuatro horas como le he dicho... Si no me
equivoco, mañana surgirán nuevas circunstancias. Si no..., si no... me habré
equivocado de cabo a rabo. Ahí está la correspondencia. Esperemos la de mañana.
Me
sentí débil cuando abrí a la mañana siguiente los ojos, pero me había
desaparecido la fiebre. Tenía apetito, y Poirot y yo comimos juntos en nuestro
saloncito.
—¿Qué
hay de nuevo? —le pregunté así que hubo leído él sus cartas—. ¿Ha traído el
correo lo que usted esperaba?
Poirot,
que había abierto dos sobres que contenían evidentemente facturas, no me
respondió. Parecióme comprender que se había llevado una profunda desilusión.
Cogí yo mis cartas. La primera que abrí era una invitación a una reunión
espiritista.
—Si
no se nos ocurre otra cosa, siempre podremos darnos una vuelta para ver los
espiritistas. Y hasta yo creo que podrían multiplicarse los experimentos de esa
clase. ¡El espíritu de la víctima que vuelve para nombrar a su propio asesino!
¡Eso sería una prueba!
—Que
a nosotros nos ayudaría muy poco en nuestro caso —murmuró Poirot—.
Probablemente Maggie Buckleys no sabe qué mano le ha dado muerte. Por tanto,
aunque pudiera hablar, no tendría nada importante que decirnos... Mire usted
qué extraña coincidencia.
—¿Qué
es?
—Usted
aludía a los muertos que hablan, precisamente en el momento en que abría yo
esta carta.
Me
entregó la carta. Estaba firmada por mistress Buckleys y decía lo siguiente:
LAMBLEY
RECTORY.
Querido
monsieur Poirot: A nuestra llegada aquí he encontrado una carta escrita por
nuestra desgraciada hija al llegar a Saint Loo.
Me
temo que no contenga nada que pueda interesarle a usted; pero creo que así y
todo es preferible enviársela.
Dándole
muchas gracias por su bondad, quedo de usted afectísima,
Jane
Buckleys.
La
carta incluida me puso un nudo en la garganta. El tono era simplemente
familiar, completamente ajeno a todo temor de una tragedia inminente.
Querida
mamá: He tenido un viaje magnífico. Hasta Exeter venían en el vagón solamente
otros dos viajeros.
Aquí
hace un tiempo espléndido. Esa me parece con buena salud y contenta. Algo
inquieta, es verdad; pero no comprendo por qué ha telegrafiado de este modo,
pues hubiera sido lo mismo que yo viniera el martes.
Estamos
invitadas por unos vecinos a tomar el té; son unos australianos que han
alquilado la casita. Dice Esa que son muy amables, pero horriblemente pesados.
También están aquí mistress Rice y míster Lazarus. Él es anticuario. Echaré
esta carta en el buzón próximo a la verja y de allí irá al correo. Mañana
volveré a escribir.
Tu
hija, que te quiere,
Maggie.
P.
D. Dice Esa que su telegrama tenía una causa, y que me la explicará después de
tomar el té. Es caprichosa e inquieta.»
—La
voz de los muertos —dijo bajito Poirot—. Y no nos dice nada.
—El
buzón próximo a la verja —insinué, pero sin dar mucha importancia a mi
comentario—. El mismo en que dice Croft que echó el sobre que contenía el
testamento.
—Sí...,
desearía saber...
—¿No
hay ninguna otra cosa importante en su correspondencia?
—Nada,
Hastings; estoy desconsolado. Me encuentro a oscuras, no comprendo...
En
aquel momento sonó el teléfono y Poirot corrió a contestar.
Al
punto vi mudarse la expresión de su color. Permaneció muy compuesto, pero no se
me escapó ni un solo instante su intensa excitación. De sus breves y escasas
respuestas no pude saber de qué se trataba. Al final, dijo: «¡Muy bien, muchas
gracias!...» Y colgó el aparato. Acercóseme en seguida con los ojos brillantes.
—¿Qué
le decía yo? Empiezan a desenvolverse nuevos sucesos, querido Hastings.
—¿Qué
era?
—Míster
Vyse. Me comunica que esta mañana ha recibido por correo un testamento firmado
por su prima con fecha de veinticinco de febrero último.
—¿Cómo?
¿El testamento?
—Sí.
—Ya
ha salido de las tinieblas.
—Y
muy a tiempo, ¿no es así?
—¿Y
cree usted que Vyse dice la verdad?
—O
si creo que el documento estuviera ya en sus manos, ¿no es eso lo que quiere
preguntarme? La coincidencia, cuando menos, es chocante... Pero hay una cosa
cierta; yo le había dicho que si creyesen muerta a miss Esa, aparecerían nuevos
hechos, y ya ve que empiezan a presentarse.
—¡Es
extraordinario! —respondí—. Tenía usted razón. Seguramente será el testamento
que instituye a Frica Rice heredera secundaria...
—No
sé. El abogado no me ha dicho nada de su contenido. Hubiera sido una
indiscreción, y él parece la corrección en persona. Por lo demás, no se puede
dudar, pues Vyse me ha dado el nombre de los que firman como testigos: Helen y
su marido.
—Por
consiguiente —exclamé—, volvemos al problema antiguo: Federica Rice.
—El
enigma.
—Federica
—repetí a media voz— es un bonito nombre.
—Muy
preferible a ese que le han dado sus amigos, Frica... En fin ¿no se alegra
usted, Hastings, de que empiecen a desenvolverse nuevos hechos?
—Ya
lo creo. Y dígame, ¿se esperaba usted eso?
—No,
no precisamente. No tenía ninguna idea de lo que pudiese acaecer. Pero me
parecía muy claro que diera algún resultado capaz de aclararnos las cosas.
—En
efecto —repliqué, respetuosamente.
—¿Qué
iba yo a decirle cuando sonó el teléfono?... ¡Ah, sí! La carta de miss
Maggie... Voy a leerla otra vez. Me ha chocado mucho una frase...
Tomé
la carta de entre los papeles y se la di.
Le
dejé examinar el breve mensaje y me acerqué a la ventana para mirar los barcos
que iban por la bahía.
Súbitamente,
un grito me hizo vacilar. Me volví y vi a Poirot con la cabeza entre las manos,
moviendo el busto como un péndulo y sobrecogido por una pena atroz.
—¡Oh!
—gemía—. ¡He estado ciego!... ¡Completamente ciego!...
—¡Por
amor de Dios! ¿Qué ha sucedido?
—¿Complicado?
¿Complejo? —seguía diciendo Hércules—. ¡Nada de eso! ¡Sencillísimo!... ¡Y yo,
mísero de mí, que no he visto nada!
—Pero
dígame... ¿Qué ve usted ahora?
—Un
momento, un momento... No me hable. Tengo que volver a poner en orden mis
ideas... He de examinarlo todo a la gran luz del imprevisto descubrimiento...
Cogiendo
su lista de preguntas, empezó a repasarlas con suma atención, y mientras leía
movía los labios...
Después
de meditar largo rato sobre las hojas, se apoyó contra el respaldo del sillón y
cerró los ojos. Por un momento creí que iba a dormirse; pero un instante
después se sacudió y murmuró tras un largo suspiro:
—Sí,
todo está bien... Así se explica todo. Todo...
—¿Cree
usted haberlo comprendido todo?
—Casi
todo; por lo menos todo lo esencial. En algunas cosas había razonado bien. En
cambio, en otras me había alejado ridículamente de la verdad. Pero ahora todo
está claro. Hoy enviaré un telegrama con dos preguntas... Pero las dos
respuestas ya las conozco. Están escritas aquí.
Y se
tocó la frente.
Y
así que hubo recibido las respuestas, me dijo:
—¿Se
acuerda usted de haber oído a Esa que hubiera querido hacer una representación
teatral en La Escollera? Pues esta noche daremos una obra cuyo autor será
Hércules Poirot. Miss Esa hará un papel... Haremos que intervenga un fantasma,
el primero aparecido en La Escollera.
Iba
a interrogarle, cuando me detuvo, diciéndome:
—No,
no le diré más. Esta noche, Hastings, iremos a la representación. Y haremos
resplandecer la verdad; pero ahora hay mucho que hacer, mucho.
Y
salió a todo correr, dejándome sorprendido.
CAPÍTULO
DIECINUEVE
POIROT,
DIRECTOR DE ESCENA
Fue
una interesante reunión la de aquella noche en La Escollera. En toda la tarde
apenas vi a Poirot. Había ido a cenar fuera, y dejó dicho que me esperaba en La
Escollera a las nueve de la noche y que no me entretuviese en mudarme de ropa.
La
comedia de mi amigo asumía poco a poco el aspecto de un sueño ridículo.
Al
llegar yo a La Escollera me introduje en el comedor. Allí encontré reunidas
todas las personas incluidas en la famosa lista de la A a la I. Faltaba la J,
naturalmente, ya que éste era un mirlo de la fantástica raza de los mirlos
blancos.
Hasta
estaba presente mistress Croft, tendida en una especie de cochecito para
inválidos. Me sonrió al momento y me hizo señas para que me acercase.
—Una
sorpresa, ¿verdad? —me dijo, sin nada triste en la voz—. Ha sido una idea de
monsieur Poirot. Siéntese aquí, capitán. No es una reunión muy alegre ésta,
pero míster Vyse ha insistido tanto para decidirnos a venir...
—¿Míster
Vyse? —pregunté un poco sorprendido.
El
abogado estaba en pie, apoyado contra la chimenea. Hallábase a su lado Poirot,
que le hablaba bajito, con cara muy seria.
Miré
de nuevo en torno mío; sí, estaban todos. Helen, después de haberme introducido
(llegué con unos minutos de retraso), se había sentado en una silla, al lado de
la puerta. En otra silla, muy atento y ocultando su turbación, estaba el
marido. Su hijo se hallaba entre los dos.
Los
demás se habían instalado alrededor de la mesa. La Rice, vestida de negro, al
lado de Lazarus. Frente a ellos, George Challenger y míster Croft; mistress
Croft y yo estábamos un poco aparte.
Con
una inclinación de cabeza, Charles Vyse se acercó a la mesa. Poirot se colocó
al lado de Jim Lazarus. Evidentemente, no quería aparecer muy visible; deseaba
dejar al abogado el cuidado de desarrollar el programa. ¿Qué sorpresa les había
preparado? Me parecía que tardaba mil años en saberlo.
Levantóse
el joven letrado y dijo, impasible, frío, serio, como siempre:
—La
nuestra es una reunión muy esencial, sin etiqueta de ninguna clase. Pero las
circunstancias con que se relaciona son, en cambio, bastante extraordinarias.
Me refiero a las circunstancias de la muerte de mi prima, miss Buckleys. Como
es natural, habrá que proceder a la autopsia... No cabe duda de que ha muerto
envenenada y que el veneno le ha sido suministrado con intención de matarla...
Pero éste es un punto que interesa a la Justicia y en el cual no puedo entrar
yo. La Policía no admitirá mi intervención en este asunto. En los casos
ordinarios, el testamento de un difunto se lee después del funeral; pero por
deferencia a un deseo especial de monsieur Poirot, me propongo leer el de mi
prima antes de la inhumación. Me propongo leerlo aquí, ahora mismo. Ésta es la
razón de haberles invitado a todos ustedes a venir a La Escollera. Como decía,
las circunstancias son extraordinarias y justifican un procedimiento también
extraordinario. Hasta el mismo documento ha llegado a mis manos de un modo
absolutamente insólito; aunque fechado en febrero último, no lo he recibido
hasta esta mañana. Pero está escrito de puño y letra de mi prima. En esto no
puedo tener la menor duda y aunque su redacción no esté conforme con los usos
legales, está debidamente corroborado por testigos.
Se
detuvo de nuevo un momento.
Todos
tenían los ojos fijos en él.
De
un gran sobre que tenía en la mano, el abogado sacó un pliego. Era, podíamos
verlo muy bien, un papel con membrete de La Escollera y manuscrito.
—Es
muy corto —advirtió Vyse, que, después de otra breve pausa, leyó con voz clara:
—«Éste
es el testamento de Magdalena Buckleys. Quiero que se paguen todos los gastos
mortuorios ocasionados por mi fallecimiento. Y nombro albacea de mis últimas
voluntades a mi primo Charles Vyse; dejo todo cuanto poseo a Milly Croft, como
grato recuerdo de los servicios que nunca podría pagar con nada. Firmado:
Magdalena Buckleys. Testimonios: Helen Wilson, William Wilson.»
Yo
estaba completamente estupefacto. Y creía que todos los demás oyentes debían de
experimentar el mismo sentimiento. Pero un momento después, mistress Croft
empezó a decir con voz serena:
—Es
verdad. Yo no hubiera hablado nunca de ello, desde luego. Pero... si no hubiera
sido por mí..., cuando Philip Buckleys estaba en Australia... En fin, no
hablemos de eso; ha sido hasta ahora un secreto y un secreto ha de seguir
siendo. Pero ella, Esa, lo sabía... Se lo había contado todo su padre...
Nosotros vinimos aquí porque queríamos ver esta Escollera de que tanto hablaba
Philip. Y esta querida niña, precisamente porque sabía, nunca creía hacer lo
bastante por nosotros. Nos había ofrecido que fuésemos a vivir con ella. Pero
eso no podía yo aceptarlo... Entonces insistió para que nos alojásemos en la
casita, y no nos cobraba ni un céntimo de alquiler. Nosotros, claro esta,
hacíamos como si pagásemos para no dar lugar a murmuraciones, pero ella nos devolvía
el dinero. Y ahora... ha hecho esto... Si alguien me dice que no hay gratitud,
yo podré decir que no es verdad. El hecho de hoy lo demuestra.
Prodújose
de nuevo un silencio de estupefacción. Poirot alzó los ojos hacia Vyse.
—¿Se
esperaba usted semejante sorpresa?
El
abogado movió la cabeza.
—Sabía
que Philip Buckleys había vivido en Australia... Pero no tenía ni la más remota
idea de que hubiese estado metido en un escándalo.
Dirigió
una mirada significativa a mistress Croft, la cual a su vez movió la cabeza y
dijo:
—No,
no diré nada. No he hablado nunca de ello, ni hablaré. El secreto bajará
conmigo a la tumba.
Vyse
no insistió de ningún modo. Se había sentado y daba golpecitos en la mesa con
un lápiz.
Inclinándose
hacia él, Hércules Poirot le preguntó:
—¿No
querrá usted impugnar la legitimidad del documento? Podría usted hacerlo como
pariente más cercano de la testadora, y desde el momento que deja su fortuna
enorme cuya posesión no preveía siquiera en la época en que redactó el
testamento...
Vyse
hizo un mohín desdeñoso, glacial, y dijo:
—El
documento es perfectamente válido. No pienso ni siquiera discutir la forma en
que mi prima ha querido disponer de su propia fortuna.
—Es
usted un hombre honrado de veras —dijo al momento mistress Croft— y nada
perderá con su honradez. Yo se lo aseguro.
El
abogado pareció un poco ofendido por la observación bien intencionada, pero no
por eso menos turbadora.
—Milly
—exclamó míster Croft, sin conseguir disimular del todo su alegría—, ¡qué
agradable sorpresa! No me había dicho Esa lo que escribía...
—Dulcísima
criatura querida —murmuró mistress Croft, llevándose el pañuelo a los ojos—.
Quisiera que pudiese ver... Tal vez, quién sabe...
—Tal
vez —repitió Poirot, haciendo casi eco a sus palabras.
Luego,
como si de pronto le viniese una inspiración, miró en torno suyo.
—¡Una
idea! —exclamó—. Aquí estamos todos alrededor de una mesa. ¿Y si tuviéramos una
sesión espiritista?
—¿Una
sesión? —preguntó escandalizada mistress Croft—. Pues haría falta...
—Sí,
sí; será un experimento interesantísimo. El amigo Hastings tiene muy buenas
condiciones de médium (¡demontres!, ¿por qué me meterá a mí en este lío?...);
es una oportunidad única para tener un mensaje del otro mundo. Siento que las
condiciones son propicias. ¿No lo siente usted también, Hastings?
—Muy
propicias —respondí, pronto, como siempre, a secundarle en todo.
—Bien.
Estaba seguro. ¡Pronto, las luces!
Se
puso en pie y apagó la luz en un momento. Había obrado con tal rapidez, que
ninguno hubiera tenido tiempo de protestar, aunque hubiese querido hacerlo.
Además, creo que todos estaban atontados por el estupor que les había producido
el testamento.
La
habitación quedó a oscuras. Como la noche era calurosa estaban abiertas las
ventanas. Venía del jardín una ligera claridad, por la cual, al cabo de unos
minutos, empecé a distinguir los contornos de los muebles. Me esforzaba por
imaginar lo que hubiera podido hacer o decir, y mandaba al demonio a Poirot por
haberme metido en semejante fregado.
Sin
embargo, cerré los ojos y me puse a soplar como un fuelle o como lo hacen los
médiums en el ejercicio de sus funciones.
Pasados
unos minutos, Poirot caminaba de puntillas, se acercó a mi silla, luego volvió
a la suya y dijo:
—¡Ya
está!... Pronto sucederá algo...
Cuando
se espera, sentado en la oscuridad, siempre se siente un gran temor. Noté que
me ponía nervioso, y aún peor que yo debían de estar los demás; porque yo, al
menos, tenía alguna idea de lo que iba a acontecer; conocía el hecho esencial,
construido por Poirot y desconocido de todos ellos.
No
obstante, a pesar de mi certeza, me palpitó rápidamente el corazón al ver que
se abría despacito la puerta de la estancia.
No
se oía el menor rumor (debían de estar recién engrasadas las puertas) y el
efecto de aquel movimiento silencioso era desconcertante. Poco a poco se abrió
del todo la puerta y durante otro minuto no ocurrió nada. Entró en el aposento
una corriente fría, debida probablemente a que estaba también abierta la
ventana, pero que me dejó helado, como si viniera de veras de los espacios
etéreos.
¡Y
luego todos vimos! En el umbral se alzaba una figurita blanca, esbelta: Esa
Buckleys...
Se
movió lenta y silenciosamente, con el andar vaporoso y dulce de una cosa
incorpórea, sobrehumana...
En
aquel momento me percaté de que el mundo había desconocido a una actriz
admirable. Se realizaba su sueño de representar una función en La Escollera,
pues en aquel momento desempeñaba un papel dramático, y no podía dudarse de que
la joven disfrutaba inmensamente.
Mientras
avanzaba con aquel paso de diosa sobre las nubes, se rompió de varios modos el
silencio.
Del
sillón de inválido que había a mi lado partió un grito agudo.
Un
murmullo salió del lugar donde estaba sentado Croft. Del sitio de Challenger,
una blasfemia. Y me parece que Charles Vyse echó atrás su silla. Lazarus se
inclinó hacia delante. Únicamente la Rice permaneció muda, sin pestañear.
Helen,
dando un grito, se puso en pie.
—¡Es
ella! ¡Es ella!...
Entonces
se encendieron de pronto las luces y vi a Poirot, en pie, que tenía en los ojos
y en el rostro la expresión de púgil victorioso. Esa estaba en medio de la
habitación envuelta en amplia vestimenta blanca.
La
primera en hablar fue mistress Rice. Extendió la mano hacia su amiga y,
tocándola, murmuró:
—¿Eres
tú, Esa, en carne y hueso?
Esa
respondió riendo:
—Yo
soy, sí, muy viva... Mil gracias por todo lo que hizo usted por mi padre, mistress
Croft; pero aún no ha llegado el momento de disfrutar el premio de sus buenos
actos.
—¡Dios
mío! —exclamó la Croft—. ¡Dios mío! ¡Llévame pronto, Berto, llévame! ¡Sácame de
aquí!... Ha sido una broma, una simple broma y nada más...
—¡Extraña
broma! —replicó Esa, desdeñosa.
Entre
tanto, alguien había entrado a escondidas en el salón. Yo no había advertido su
entrada. Con gran sorpresa mía reconocí en el recién llegado al amigo Japp.
Cambió éste una rápida seña de inteligencia con Poirot, y luego, de pronto, se
le vio un resplandor en los ojos, mientras se acercaba a la mujer, que
forcejeaba en su cochecito de inválida.
—¡Vaya!
¡Vaya! ¡Al fin nos volvemos a ver! Una antigua conocida. Milly Merton en
persona. ¿Ha vuelto usted a sus martingalas de antes y de siempre?
Se
volvió a los demás, y sin hacer caso de las protestas de mistress Croft,
añadió:
—Milly
Merton es una falsificadora de gran mérito; la más valiente de todas cuantas
han pasado por nuestras manos. Sabíamos del vuelco del automóvil, del que
apenas tuvo tiempo de escaparse... Pero ni siquiera una lesión en la espina
dorsal ha podido apartarla de su arte; porque es una verdadera artista, la
Milly, en su especialidad.
—¿Cómo?
¿El testamento era falso?
El
tono de aquella voz descubría el profundo estupor de Vyse.
—¡Naturalmente!
—exclamó su prima—. ¿Has creído tú auténtico ese testamento tan imbécil? En
realidad, yo te dejaba a ti La Escollera, y todo lo demás a Frica.
A
todo esto se había acercado a la Rice y estaba a su lado cuando... ocurrió el
hecho.
Vinieron
de la ventana el fogonazo y el silbido de un disparo, seguidos al punto de otro
disparo. Oyóse luego un gemido y la pesada caída de un cuerpo...
Frica
Rice se levantó de un salto. Un ligero chorrito de sangre le bajaba a lo largo
del brazo.
CAPÍTULO
VEINTE
J.
La
escena había sido fulminante. Ninguno se percató de pronto de lo que era.
Poirot fue el primero en reponerse y salió a todo correr, gritando. Detrás de
él fue el comandante; un momento después reaparecieron trayendo entre los dos
el cuerpo inerte de un hombre. Mientras le tendían con grandes cuidados en una
ancha butaca de cuero, vi el rostro que me arrancó de la boca estas palabras:
—¡El
hombre asomado a la ventana!
En
verdad, era el que había visto el día anterior a través de los cristales de
nuestro saloncito. Le reconocí en el acto; pero comprendí también en el acto
que Poirot había tenido razón en tacharme de exagerado al definirlo yo como un
ser apenas humano.
No
es que fuese del todo injustificada mi primera impresión, pues era el rostro de
un extraviado, de un ser distinto de la humanidad normal. Aquella faz blanca y
depravada parecía una careta, un despojo abandonado del espíritu animador. En
aquel momento lo regaba un chorro de sangre.
Frica
se había levantado y estaba ya junto a la butaca, y Poirot se interpuso y dijo
suavemente:
—¿Está
usted herida, señora?
—Un
rasguño de bala, no será nada...
Y
dicho esto, la Rice apartó gentilmente a Poirot y se inclinó mirando. El hombre
abrió los ojos y balbució con una mueca feroz:
—Esta
vez te he alcanzado.
Luego,
mudando de acento y con voz gimiente, temblorosa, añadió:
—Frica,
¡oh Frica!... No quería matarte... No sé... Frica, Frica... ¡Siempre has sido
tan buena!...
—No
te preocupes...
Se
inclinó junto al moribundo.
—No
sé por qué. No quería...
La
lamentación quedó interrumpida y el hombre inclinó la cabeza contra el pecho.
Frica
miró a Poirot.
—Sí,
señora —dijo éste con una caricia en la voz—; está muerto.
La
Rice se levantó y le contempló largo rato. Le puso una mano sobre la frente,
con un movimiento que me pareció de piedad. Luego, con un suspiro, se volvió a
todos nosotros, diciendo quedamente:
—Era
mi marido.
Yo
murmuré:
—J.
Y
Poirot, que cogió al vuelo ese sonido, aprobó de pronto, añadiendo:
—Siempre
presentí que debía de haber un J. ¿No se lo dije desde un principio?
—Era
mi marido —replicó la Rice con voz terriblemente fatigada.
Cayó
en la silla que le había acercado Lazarus.
—Y
ahora mismo... voy detalladamente a contárselo a ustedes todo... Era un hombre
totalmente depravado: un morfinómano. Me había arrastrado al vicio. Luego
intenté curarme cuando lo dejé. Y supongo que hoy... estoy ya casi curada...
Pero ha sido difícil... Muy difícil. Nadie puede comprender lo difícil que
es... Nunca había conseguido librarme de él... De cuando en cuando se
presentaba a pedirme dinero..., intentando atemorizarme; si le hubiese negado
yo cuanto me pedía, se hubiera matado. Ésa era su continua amenaza. Era un
irresponsable. Estaba loco. Supongo que habrá sido él el asesino de Maggie
Buckleys... No porque lo desease, desde luego, sino porque la haya confundido
conmigo. Tal vez hubiera debido yo decirlo; pero en medio de todo, no estaba
segura. Además, todos los casos extraños ocurridos a Esa me inducían a pensar
que tal vez fuese otro el asesino. Puede haber sido otro... Hace dos días vi
unas palabras escritas sobre una mesa en el saloncito de monsieur Poirot.
Formaban parte de una carta que yo había roto. Entonces comprendí que monsieur
Poirot estaba sobre la pista..., que en adelante era cuestión de días o de
horas. Pero lo de los bombones envenenados, aquello no; no acierto a
comprenderlo. Mi marido no pudo haber querido envenenar a Esa, no comprendo
cómo pudo intervenir él en tan feo asunto. Lo he estudiado de mil modos, y no
consigo hallar la relación.
Se
tapó el rostro con las manos... Poco después las retiró, y añadió con patética
sencillez:
—Ya
lo he dicho todo.
CAPÍTULO
VEINTIUNO
K.
Lazarus,
que había estado constantemente a su lado, murmuró:
—Querida...,
querida...
Poirot
se llegó hasta el aparador y llenó de vino un vaso. Se lo entregó a Frica y
estuvo a su lado hasta que lo hubo vaciado. Después de darle las gracias con
una sonrisa, le dijo la Rice:
—Ya
me he recobrado... ¿Qué es lo mejor que puedo hacer ahora?
Miró
a Japp, pero el inspector movió la cabeza:
—Yo
estoy de vacaciones, mistress Rice. Me encuentro aquí por complacer a un amigo
de mucho tiempo. No por otra cosa. La Policía de Saint Loo es la que se cuida
de las indagaciones.
Entonces
levantó Frica los ojos hacia Poirot.
—¿Colabora
usted con la Policía local?
—Nunca.
Soy un humilde consejero.
—Monsieur
Poirot —dijo vivamente Esa—, ¿no se podría guardar todo esto en silencio?
—¿Es
esto lo que usted quisiera?
—Sí.
Después de todo, yo soy la más interesada en estos sucesos. Ya no habrá más
atentados contra mi persona.
—No,
es verdad. No habrá más atentados contra su persona... ahora.
—Usted
piensa en Maggie, monsieur Poirot. Pero nada podría devolverle la vida. Además,
al descubrir las escenas de esta noche, se haría recaer un cúmulo de desdichas
sobre Frica, que no se lo merece.
—¿No
se lo merece? ¿Está usted segura de ello?
—Segurísima.
Ya se lo dije antes que Frica tenía un marido pérfido, y esta noche ha podido
usted verlo por sí mismo... Ahora ya ha muerto. Sea esa muerte el fin de tan
tormentosa historia... Dejemos que la Policía busque al asesino de Maggie. No
lo encontrará, y nada más.
—¿Así,
pues, su idea es precisamente dejar todo en silencio?
—Sí,
sí, por favor, se lo ruego, querido monsieur Poirot.
Hércules
miró lentamente en torno suyo, preguntando:
—¿Qué
dicen ustedes?
Cada
cual habló a su vez.
—Acepto
—fui yo el primero en decir, respondiendo a su muda pregunta.
—Yo
también —añadió al momento Lazarus.
—Es
lo mejor que se puede hacer —afirmó Challenger.
Y
Croft exclamó con voz bien decidida:
—Olvidemos
cuanto ha ocurrido aquí esta noche.
Mistress
Croft, volviéndose a Esa, suplicó:
—No
sea severa conmigo, querida.
Ésa
la miró de arriba abajo, desdeñosa, fría, sin añadir una palabra.
—¿Y
usted, Helen?
—Ni
yo ni William diremos nada, puede usted estar tranquilo, señor; en boca cerrada
no entran moscas.
—¿Y
usted, míster Vyse?
—Éstas
no son cosas que se puedan callar —repuso el abogado—. Al contrario, han de
denunciarse a la autoridad judicial.
—¡Charles!
—exclamó Esa.
—Me
desagrada, prima, pero yo considero los hechos en su aspecto legal.
Poirot
rompió a reír, y dijo:
—Son,
pues, siete contra uno. El bueno de Japp se mantiene neutral.
—Yo
estoy de vacaciones —dijo Japp sonriendo—. Yo no cuento.
—Siete
contra uno. Sólo el abogado Vyse se ha puesto de parte de la ley, del orden...
Vyse, es usted un hombre de carácter.
Vyse
se encogió de hombros y replicó:
—La
situación es clara. No cabe duda acerca de lo que ha de hacerse.
—Sí.
Es verdad. Usted es un hombre honrado... Pues bien: también yo quiero estar con
la minoría. Opto también por la verdad.
—¡Monsieur
Poirot! —exclamó Esa.
—Señorita,
usted fue la que me arrastró a esta aventura. Usted, quien me indujo a cuidarme
de ella. Ahora no puede obligarme a callar.
Levantó
el índice con un movimiento de amenaza que le conocía muy bien.
—Siéntense
todos y les diré... la verdad.
Obedientes
a la orden dada, sentáronse todos, mirándole.
—Escuchen
ustedes. He aquí una lista: la de las personas relacionadas con el delito. La
había señalado con las letras del alfabeto, desde la A hasta la J. Ésta era el
símbolo de un desconocido relacionado indirectamente con el hecho por alguna
conexión con los demás. Hasta esta noche no supe quién era, pero estaba seguro
de su existencia. Los acontecimientos de esta noche me han probado que tenía
razón. Luego, esta mañana, comprendí de pronto que había una grave omisión y
añadí otra letra a la lista: una K.
—¿Otro
desconocido? —preguntó Vyse.
—No
precisamente. La J simboliza un desconocido. Otro desconocido hubiera sido
representado simplemente por una segunda J. La K tiene un significado distinto.
Indica una persona que hubiera debido ser incluida en la lista original y que
por un descuido mío se había quedado fuera.
Se
inclinó hacia mistress Rice:
—Tranquilícese,
señora. Su marido no cometió ningún crimen. Quien dio muerte a miss Maggie es
la persona simbolizada con la letra K.
La
Rice tuvo un sobresalto y preguntó:
—¿Y
quién es K?
Poirot
hizo una ligera seña a Japp. Y entonces éste se levantó, y con la clara y
pausada voz que varias veces le había oído yo en las salas de la Audiencia,
refirió pausadamente:
—De
conformidad con las instrucciones recibidas, he llegado a La Escollera a
primera hora de la noche. Monsieur Poirot me introdujo aquí, a escondidas, y me
ordenó que me ocultase detrás de una cortina, en el salón de recepciones.
Cuando la comitiva estuvo aquí por completo entró una joven en el saloncito,
encendió la luz, llegóse a la chimenea y, me parece que apretando un muelle,
abrió un pequeño escondrijo disimulado en la pared. Del nicho sacó una pistola
y con esa arma en la mano salió del cuarto. Yo la seguí, y apenas cerrada la
puerta, pude observar desde un tragaluz todos sus movimientos. Los que han
venido aquí han dejado sus capas y abrigos a la entrada. La joven quitó
cuidadosamente el polvo de la pistola con el pañuelo y la metió en el bolsillo
de un abrigo gris, el de mistress Rice.
Esa
profirió un grito, diciendo:
—¡No
es verdad! ¡Es una sarta de mentiras!
Pero
Poirot, señalándola con el índice, exclamó:
—He
aquí la K de mi lista: miss Esa es la que mató a su prima.
—Pero
¿están ustedes locos? ¿Por qué iba yo a matar a Maggie?
—Para
apropiarse de la fortuna que le había dejado a ella Michael Seton. También su
prima era una Magdalena Buckleys, y el aviador era el prometido de esa
Magdalena, no de usted.
—Usted...,
usted...
Esa
temblaba como una hoja y no conseguía articular una palabra.
Poirot
se volvió de nuevo a Japp y le preguntó brevemente:
—¿Ha
telefoneado a la Policía?
—Sí;
esperan ahí, en la entrada. Ya traen el auto de prisión.
—¡Están
todos ustedes locos! —gritó la cada vez más enfurecida Esa, antes de acercarse
corriendo a mistress Rice.
—Frica,
dame tu reloj de pulsera como recuerdo.
Lentamente
mistress Rice se quitó del brazo el reloj y se lo entregó a su amiga.
—¡Gracias!...
Veremos... ¡Por fin acabará esta ridícula comedia!...
—Usted
la ha querido, la ha ideado, la ha representado... —tronó mi amigo—. Pero ha
hecho usted mal en confiar la parte principal a Hércules Poirot. Se ha
equivocado usted de medio a medio. ¡Ahí ha estado, señorita, su grave error,
enorme, descomunal!
CAPÍTULO
VEINTIDÓS
CÓMO
SE LLEVÓ TODO A CABO
¿Quieren
ustedes que se lo explique?
Para
dirigirnos esa pregunta, Poirot había esperado a que nos trasladásemos al salón
de recepciones. Aquí, sin siquiera decirlo, todos estábamos de acuerdo en
considerar insoportable la macabra compañía de un muerto.
Al
pasar de una habitación a otra, se había reducido el grupo. Los Wilson se
habían retirado discretamente. Los Croft tuvieron que dejarse conducir por la
Policía. Así que solamente quedaron cinco alrededor de Poirot, es decir,
mistress Rice, Lazarus, Challenger, Vyse y yo.
—He
de confesar —empezó diciendo Hércules— que me he dejado engañar, engatusar como
un necio. La joven Esa me ha hecho andar de cabeza, a su capricho. ¡Ah, señora,
cuánta razón tiene usted al decir que su amiga es una simuladora muy astuta!
—Esa
siempre ha dicho mentiras —aseguró con mucha calma mistress Rice—. Y por eso no
podía yo creer que fuesen verdad aquellos peligros de que tan maravillosamente
se había librado.
—i Y
yo, imbécil de mí, que lo he creído todo!...
—¿No
eran ciertos? —exclamé, casi atontado de estupor.
—Fueron
inventados, bastante ingeniosamente, para crear cierta impresión. La impresión
de que miss Esa tenía su vida seriamente amenazada. Pero volvamos más atrás.
Les explicaré la historia tal como la he reconstruido, y no como he tenido que
ir adivinándola poco a poco. Al principio de los accidentes teníamos una
muchacha joven, bella, desprovista de escrúpulos, apasionada y fanáticamente
apegada a su propia casa.
Charles
Vyse exclamó:
—Ya
se lo había dicho yo.
—Y
decía usted bien. Ésa estaba enamorada de La Escollera. Pero no tenía dinero,
la casa estaba hipotecada, la necesidad de dinero era urgente y no tenía a
quién acudir. En Le Touquet encontró al joven Seton y lo conquistó. Ella sabía
que, según toda probabilidad, el aviador heredaría la fortuna de un tío
millonario. Bien; empieza a aparecer su estrella. Se puede permitir toda
esperanza. Pero él no siente por ella un profundo amor; le agrada, la juzga
divertida, pero no está enamorado de veras. Encontrándola otra vez en
Scarborough, se la lleva de excursión en aeroplano, y al regreso de esa
excursión... ocurre la catástrofe. Seton conoce a Maggie Buckleys y al momento
se enamora de ella perdidamente. Esa queda asombrada. ¡Su prima, que a ella ni
siquiera le parece guapa! Pero a los ojos de Seton es «distinta». Es la
esperada, la soñada, la única... Los dos jóvenes se prometen secretamente y una
sola persona, por la fuerza de las cosas, sabe que están prometidos: Esa. La
pobre Maggie está muy contenta de tener alguien con quien confiarse.
Indudablemente lee a su prima parte de las cartas del novio. Y así, se entera
Esa del testamento del aviador. De momento, no da gran importancia a la cosa,
pero no la olvida... Y en esto acaece la imprevista muerte de sir Mateo,
precisamente en los días en que empezaban a surgir temores acerca de la suerte
de su heroico sobrino. Entonces se forma en la mente de miss Esa un plan
criminal. Seton no podía saber que su verdadero nombre es Magdalena, pues él la
conocía sólo por Esa. El testamento es sencillísimo; nada más que la mención de
un nombre. Y ese nombre ha sido ya unido por la gente al suyo. Si llegase Esa a
proclamarse prometida del aviador, a nadie asombraría; pero para llevar a cabo
el plan es preciso quitar de en medio a la prima. El tiempo apremia. Esa invita
a Maggie a pasar unos días en La Escollera, y mientras se prepara para
recibirla, se libra de varios peligros mortales: el cuadro cuya cuerda de
sostén corta ella..., el freno averiado, el pedrusco que rueda... Esto tal vez
no surgiera de ella y se limitara Esa a inventar haber pasado por el sendero en
el instante del desprendimiento. Luego ve mi nombre en un periódico (bien lo
decía yo, Hastings, que el nombre de Hércules Poirot es conocido de todos) y
tiene la audacia de hacerme cómplice suyo. La bala que atraviesa el sombrero y
viene a parar a mis pies. ¡Ingeniosa comedia! ¡Y yo caigo! ¡Y yo creo en el
peligro que la amenaza! ¡Y ella tiene ya de su parte un testimonio
autorizado!... Y yo me presto ingenuamente a su juego, insistiendo para que
llame a una amiga a su lado. Aprovecha la ocasión al vuelo y suplica a Maggie
que anticipe un día su llegada. Qué fácil es el delito a partir de ese momento.
Al final de una cena, el lunes pasado, nos deja para ir a enterarse por la
radio de la muerte de Seton y, por consiguiente, para ultimar los preparativos
del golpe. Sabe que tiene tiempo de apoderarse de las cartas escritas por Seton
a su prima. Las lee. Escoge las que responden mejor a su objeto y las guarda en
su cuarto, destruyendo las otras... Por la noche, ella y su prima se apartan
del espectáculo de los fuegos para volver juntas a la casa. Esa induce a su
compañera a que se ponga su mantón. Luego la deja salir y, siguiéndola de
cerca, le larga tres tiros. Entra inmediatamente en casa, oculta la pistola en
el escondrijo, cuyo secreto cree ella ser la única en conocer, y va arriba, a
su cuarto. Espera en el primer piso, hasta que oye unas voces... Se ha
descubierto el cadáver... Todo ha salido con arreglo a sus previsiones. Baja
corriendo y sale por la puerta-vidriera... ¡Qué bien recita su papel!
¡Admirable! La criada dice que en esta casa se respira una influencia malsana.
Me siento inclinado a darle la razón y a decir que en su casa se ha inspirado
Esa para hacer lo que ha hecho.
—¿Y
los bombones envenenados? —preguntó Rice.
—Entraban
en el plan que había de desenvolverse. Un nuevo atentado contra su vida,
producido después de la muerte de la prima, había de suministrar una prueba
palpable de que a aquélla la mataron por equivocación. Cuando creyó llegado el
momento oportuno, llamó por teléfono a mistress Rice y le pidió que le comprase
una caja de bombones.
—¿Era
de veras su voz?
—Sí.
¡Cuan a menudo la verdadera explicación es también la más clara! A su voz dio
ella ciertas inflexiones un poco insólitas para que usted, si fuese interrogada
acerca de ello, no pudiera responder con mucha certeza sobre ese punto.
»Y
cuando llegó la caja de bombones al sanatorio, ¡qué fácil era también entonces
la línea de conducta que había de seguirse! Llenó de cocaína tres bombones.
Miss Esa llevaba encima, muy bien escondida, una buena dosis de la droga. Tomó
uno de los bombones envenenados, de modo que pudiera enfermar, pero no mucho.
Sabía exactamente la cantidad que podía absorber y la serie de síntomas que
exagerar. En cuanto a la tarjeta... ¡Qué cosa más fácil! Adoptó la que
acompañaba mi canastilla de flores... Es sencillo, ¿verdad? Pero había que
pensar en ello.
Hubo
una pausa, tras la cual preguntó la Rice:
—¿Y
por qué habrá puesto la pistola en mi abrigo?
—Me
esperaba su pregunta, señora. Es muy natural que se le ocurriera. Dígame... ¿No
ha advertido usted un cambio en los sentimientos de miss Esa con respecto a
usted? ¿No ha sospechado nunca que la amistad de otro tiempo se hubiese
convertido en... en odio?
—Es
difícil decirlo —repuso lentamente Frica—. Nuestra vida era sincera. En un
tiempo me quería mucho.
—Y
dígame usted, míster Lazarus... Comprenderá que éste no es momento para falsas
modestias: ¿ha habido alguna vez cierta ternura entre usted y miss Esa?
Lazarus
negó moviendo la cabeza y comentando luego:
—Durante
cierto tiempo me pareció atractiva; luego, no sé por qué, ya no me gustaba.
—¡Ah!
—exclamó Poirot—. Su trágica suerte ha dependido precisamente de eso: de que
atraía a la gente y luego ya no gustaba. Usted, en vez de encontrarla cada vez
más simpática, se enamoró de su amiga. Y Esa, al verse apartada, empezó a
detestar a la señora... que tenía a su lado un amigo rico. Aún la quería el
invierno pasado, en la época en que hizo el testamento; pero después variaron
sus sentimientos.
Se
acordó de aquel testamento. No sabía que los Croft lo habían retenido y que,
por tanto, nunca había llegado a su destino. Mistress Rice, así hubiera
razonado la gente, tenía ahora un motivo para desear la muerte de Esa. Así,
pues, decidió pedir por teléfono a esta señora la caja de bombones... Esta
noche tenía que leerse el testamento que la nombraba su segunda heredera. Luego
hubieran encontrado un revólver en el bolsillo de su abrigo, precisamente el
revólver que dio muerte a Maggie Buckleys. La señora, al notar que llevaba un
arma encima, se hubiera traicionado por el acto mismo con que hubiese intentado
librarse de ella.
—Debe
de haberme odiado —murmuró Frica.
—Sí,
señora. Porque usted posee lo que ha sido negado a su supuesta amiga: el arte
de hacerse amar y de mantener constante el amor.
—Seré
muy estúpido —dijo, al llegar a esto, el comandante—; pero aún no he
comprendido con certeza lo del testamento.
—No,
pues eso es una cosa distinta. Distinta y muy sencilla. Los Croft están aquí,
retirados, para eludir las investigaciones de la Policía. Esa ha de sufrir una
operación... Nunca ha pensado en hacer testamento. Los Croft, comprendiendo
inmediatamente la posibilidad de un buen golpe, la convencen para que redacte
uno y se encargan ellos de echarlo al correo. Meditan que si sucede una
desgracia, es decir, si muere miss Esa, pueden presentar un testamento apócrifo
que, después de una alusión a Philip Buckleys y a Australia, instituya heredera
universal a mistress Croft. Pero como la testadora repone su salud, la
falsificación ya no tenía razón de ser..., al menos de momento. De pronto,
empiezan los atentados contra la vida de Esa. Los Croft vuelven a cobrar
esperanzas, y finalmente, cuando yo anuncio la muerte de miss Esa, se apresuran
a disfrutar la espléndida oportunidad. El documento falsificado es enviado
inmediatamente al abogado Vyse. Claro está que, lo primero de todo, los Croft
creen que miss Esa es mucho más rica de lo que en realidad era. Ellos no saben
nada de la hipoteca...
—Lo
que yo quisiera saber —preguntó Lazarus— es cómo se ha arreglado usted para
desenredar toda esa maraña. ¿Cuando empezó usted a sospechar?
—¡Ah!
Me da vergüenza confesarlo. He empezado tarde, muy tarde. De algunas cosas
estaba yo muy convencido. Otras me chocaban... Advertí ciertas contradicciones
en las afirmaciones de miss Esa y de otras personas; por desgracia, creía yo en
las palabras de Esa. Luego, de repente, tuve una revelación. Miss Esa cometió
un grave error. Por querer ser demasiado astuta, se dejó llevar a hacer más de
lo necesario. Cuando yo le recomendé que llamase a una amiga suya para que le
hiciese compañía, no me dijo que ya había invitado directamente a su prima. Por
lo visto, al proceder así, creería eludir mejor las sospechas, pero se
equivocó. Porque Maggie Buckleys, apenas llegada a Saint Loo, escribió a los
suyos, y en su sencilla cartita puso una frase que al momento me pareció
extraña: «Pero no comprendo por qué ha telegrafiado de ese modo, pues hubiera
sido lo mismo que llegase yo el martes.» La alusión al martes llegaba
inesperada y sólo podía explicarse suponiendo que miss Maggie había recibido ya
una invitación para aquel día. Entonces, por primera vez, empecé a juzgar a Esa
desde otro punto de vista bien distinto. Examiné sus afirmaciones, en vez de
creerlas indiscutibles; me decía a mí mismo: «Supongamos que esto o aquello sea
infundado. ¿A qué resultado se podría llegar aceptando como verdadero no lo que
dice ella, sino lo que se afirma distintamente de lo que ella dice?» Después de
examinar bien todas las contradicciones, pensé: «Vamos a lo esencial. ¿Qué ha
sucedido realmente?» Y entonces vi claro que la única cosa realmente sucedida
era el asesinato de la joven Buckleys. Eso y nada más. ¿Y quién podía haber
deseado matarla? Me acordé entonces de que el verdadero nombre de Maggie era
Magdalena, pues me lo había dicho la misma Esa, al comunicarme que era un
nombre muy usado en su familia, que había dos Magdalenas Buckleys... Repasé
mentalmente todo lo que había leído de la correspondencia de Seton... Si podía
ser... En las cartas del aviador había una alusión de Scarborough. Pero allí
Maggie había estado con Esa, me lo había dicho su madre... De ese modo venía a
aclararme ya un punto oscuro: me habían llamado la atención las pocas cartas
guardadas... Cuando una joven guarda las cartas del novio, las guarda todas...
¿Por qué, pues, eran aquéllas tan pocas? ¿Qué tenían de común todas ellas? A
fuerza de reflexionar, recordé que en ninguna de aquellas cartas estaba escrito
el nombre de la destinataria. Empezaban todas de distinto modo, todas con un
adjetivo cariñoso, pero en ninguna se leía la palabra «Esa». Además, otra circunstancia
extraña que hubiera debido advertir al momento y que proclamaba muy alta la
verdad...
—¿Cuál
era? —pregunté yo ansioso.
—El
hecho de que habiendo sido Esa operada del apéndice el veintisiete de febrero,
una carta de Seton fechada el dos de marzo no revela el menor indicio de
ansiedad ni contiene ninguna alusión a la enfermedad, lo cual parece extraño...
Eso hubiera debido darme a entender desde el primer instante que las cartas no
iban dirigidas a ella... Entonces volví a examinar, a la luz de la nueva idea,
toda una serie de preguntas ya meditadas mucho tiempo. En todas o en casi todas
el resultado del examen fue simple y convincente. Además, encontré la verdadera
solución de una adivinanza embarazosa. Cuando me pregunté por qué se había
comprado un vestido negro miss Esa, no pensaba yo en modo alguno que su vestido
tenía que ser del mismo color del de su prima y que la única diferencia entre
las dos había de consistir en el mantón de Manila encarnado. Pero la primera
respuesta imaginada nunca me satisfizo plenamente; porque, después de todo, es
difícil creer que una muchacha se vista de luto cuando aún no está segura de la
muerte de su novio. Por todo lo cual, me decidí yo a representar también mi
pequeño drama, y se ha efectuado la circunstancia por mí prevista. Esa había
negado obstinadamente la existencia del nicho secreto. Ahora bien: si existía,
y no veo por qué lo hubiera podido afirmar en falso la criada, miss Esa lo
conocía seguramente. ¿Por qué lo había negado con tanta vehemencia? Es posible
que en aquel hueco se escondiera la pistola y que se escondiera allí con la
recóndita intención de hacer recaer las sospechas en algún otro personaje. Le
di a entender que sobre mistress Rice pesaban los más graves indicios. Eso era
conforme a sus propósitos. Como yo preví, no supo resistir a la tentación de
añadir una prueba más contra su amiga, una prueba suprema, aplastante. Además,
era cosa más segura para ella. El escondrijo secreto podría llegar a ser
descubierto por la criada y con la pistola dentro. Y hace un rato, cuando todos
estábamos reunidos ahí, ha querido ella aprovechar el momento para sacar la
pistola del nicho y meterla en el abrigo de la señora... Y así es cómo, por
fin, se ha descubierto ella misma.
—Sin
embargo, no puedo arrepentirme de haberle cedido mi reloj...
—Sí,
señora.
La
Rice exclamó casi gritando:
—¿Sabe
usted también eso?
En
aquel momento interrumpí yo para preguntar.
—¿Y
Helen sabía o sospechaba algo?
—No.
La he interrogado. Me ha dicho que se decidió a quedarse en casa aquella noche
porque, repitiéndolo con sus propias palabras, sentía «que había algo en el
aire». Supongo que Esa insistiría demasiado para decidirla a ir a ver los
fuegos... Y ella había comprendido la antipatía de su ama por mistress Rice. Me
ha dicho que «sentía en los huesos» que aquella noche había de suceder algo...,
pero que creía que había de sucederle a Frica... Conocía el carácter de su ama,
que, según ella, siempre había sido «una chiquilla extraña».
—Sí
—murmuró Frica—. Eso pensamos de ella. Una chiquilla extraña. Una pobre
criatura que no conseguía dominarse... Yo, por lo menos, quiero creerla así.
Poirot
le tomó la mano y se inclinó gentilmente a besarla.
Charles
Vyse se movió penosamente:
—Será
un mal asunto... Sea como fuere, deberíamos unirnos para defenderla.
—No
creo que sea necesario —repitió pausadamente Hércules Poirot—; cuando menos, si
es verdad lo que sospecho.
Y
volviéndose de pronto a Challenger
—¿No
es usted el que introduce la droga en los relojitos de pulsera?
—Yo...
Yo —balbució el marino muy sorprendido.
—No
intente echárselas de bonachón para engañarnos... Usted habrá engañado al amigo
Hastings, pero no a mí... Sacan ustedes pingües ganancias, usted y el tío de
Harley Street, con el comercio de drogas estupefacientes.
—¡Monsieur
Poirot!
Challenger
se había puesto en pie de pronto.
Hércules
le envolvió en una plácida mirada.
—Usted
es el útil «solterón». Niéguelo si quiere. Pero si no quiere que intervenga la
Policía en sus actos, le aconsejo que se vaya.
Y
con gran sorpresa mía, Challenger se fue. Salió de la casa corriendo. Yo miraba
la escena con la boca abierta.
Poirot
reía:
—Ya
se lo he dicho, querido: sus instintos siguen siempre pistas falsas. Es una
asombrosa especialidad suya.
—¿Había
cocaína en el reloj de pulsera?
—Sí;
y así es cómo miss Esa pudo tenerla en el sanatorio consigo. Y como su
provisión se acabó con los bombones de chocolate, ha pedido el reloj de la
señora, porque sabía que estaba lleno.
—Según
usted, ¿no puede prescindir ella de la cocaína?
—No,
no; Esa no es cocainómana; alguna vez de cuando en cuando..., por
extravagancia, nada más. Pero esta noche necesitará la droga por otro motivo.
Esta vez la dosis era completa...
—¿Quiere
usted decir...? —no pude llegar a terminar la frase.
—Sí,
es el mejor camino que puede seguir... Siempre es preferible eso a la cuerda
del verdugo, pero silencio. No debemos hablar en presencia del abogado Vyse,
columna del orden y de la ley. Oficialmente yo no sé nada. El contenido del
reloj de pulsera es simple suposición mía.
—Sus
suposiciones son siempre exactas —dijo tristemente la Rice.
—Tengo
que irme —declaró Charles Vyse abrumado, bajo su fría apariencia, sabe Dios por
qué dolorosos pensamientos.
Apenas
hubo desaparecido el abogado, Poirot miró uno después de otro a Frica Rice y a
Lazarus.
—¿Se
casarán ustedes ahora?
—Lo
antes posible —respondió el joven.
—En
realidad, monsieur Poirot —añadió ella—, no soy tan viciosa como usted cree. Me
he curado casi completamente, y ahora con la felicidad en perspectiva... creo
que ya no necesitaré reloj de pulsera.
—Le
deseo que sea muy feliz, señora —dijo cordialmente Poirot—; usted ha padecido
mucho, y a pesar de todas las penas sufridas, sigue siendo misericordiosa...
—Yo
la cuidaré mucho —declaró con ímpetu Jim Lazarus—. Mis negocios no van muy
bien, mas espero salir adelante... Y aunque todo continuase mal..., Frica se
resignaría a ser pobre..., como yo.
Mistress
Rice levantó la cabeza sonriendo.
—Es
tarde —dijo Poirot después de mirar el reloj.
Nos
levantamos los cuatro.
—Hemos
pasado una extraña velada en esta extraña casa. Helen tiene razón en llamarla
casa de mal agüero.
Alzó
los ojos en aquel momento hacia el retrato de aquel «demonio». Y con uno de sus
originales arrebatos, preguntó a quemarropa:
—Perdóneme,
míster Lazarus. Sírvase darme respuesta a un problema que no he resuelto. ¿Por
qué ofreció usted cincuenta libras por ese cuadro? Me gustaría saberlo.
Lazarus
le miró muy serio por un momento. Luego se decidió a sonreír y a explican
—Verá
usted, monsieur Poirot. Yo soy comerciante.
—Ya.
—Este
cuadro no puede valer arriba de veinte libras esterlinas. Sabía que al
ofrecerle cincuenta, a Esa se le hubiera metido en la cabeza que valía muchas
más y hubiese mandado tasarlo... Hubiera tenido que convencerse de que el
premio por mí ofrecido era superior en mucho al verdadero valor del cuadro. Si
por segunda vez le hubiese yo propuesto la compra, ya se cuidaría de mandar
tasar de nuevo el cuadro para cedérmelo.
—Ya...
¿Y qué?
—Ese
cuadro vale lo menos cinco mil libras esterlinas —replicó lentamente Lazarus.
—¡Ah!
—exclamó Poirot con un gran suspiro de descanso. Y luego añadió, radiante—:
Ahora ya lo sé todo.
FIN

