© Libro No. 351. Filosofía, humanismo y alineación. Guadarrama González, Pablo. Colección
Emancipación Obrera. Noviembre 3 de 2012.
Título original: © Guadarrama
González, Pablo. Filosofía, humanismo y alineación
Versión Original: © Guadarrama González, Pablo. Filosofía,
humanismo y alineación
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Guadarrama González, Pablo. Filosofía, humanismo
y alineación. Bogotá: Universidad Nacional Abierta a Distancia. 2001. págs.
120
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© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Pablo Guadarrama González

Cátedra de Pensamiento Latinoamericano "Enrique J. Varona" de
la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara.
Pablo Guadarrama González, Santa Clara, Cuba. (1949). Académico Titular
de la Academia de Ciencias de Cuba. Doctor en Ciencias (Cuba) y Doctor en
Filosofía (Leipzig). Profesor Titular de la Cátedra de Pensamiento
Latinoamericano de la Universidad Central de Las Villas, Santa Clara. Autor de
varios libros sobre problemas de la cultura y el pensamiento filosófico
latinoamericanos, así como numerosos artículos publicados en Cuba y en otros
países. Ha dirigido varios proyectos de investigación y tesis doctorales en su
país y en el exterior. Ponente en múltiples congresos nacionales e
internacionales. Ha impartido cursos de postgrado y conferencias en varias
universidades latinoamericanas, de España, Estados Unidos, Rusia y Alemania. Ha
obtenido varios premios y distinciones por su labor intelectual.
OBRAS:
1. Valoraciones sobre el
pensamiento filosófico cubano y latinoamericano, Editora Política La Habana. 1986. Premio
"Juan Marinello" de la Academia de Ciencias de Cuba al mejor trabajo
de la Sección de Ciencias Sociales del
VII Foro Científico de la Academia de Ciencias de Cuba (1985),
2. Marxismo y antimarxismo en
América Latina, Universidad INCCA de Colombia. Bogotá. l990. Reeditado por
Ediciones El Caballito. México-Editora
Política. La Habana. México DF. 1994.
3. Antinomias de la crisis del
socialismo. Universidad Autónoma de Nuevo
León. México. 1992; Editora Política.
La Habana. l993.
4. Postmodernismo y crisis del
marxismo. Universidad Autónoma del Estado de México. 1994.
5. Humanismo y autenticidad en
el pensamiento latinoamericano. Universidad INCCA de Colombia. Bogotá. 1997.
6. Humanismo, marxismo y
postmodernidad. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 1998. Premio de la Crítica científico-técnica Instituto Cubano del Libro-Academia de
Ciencias de Cuba, 1998.
7. Historia de la filosofía
latinoamericana. Tomo I. Universidad
Nacional Abierta a Distancia. Bogotá. 2000. Filosofía, humanismo y alienación.
Universidad Nacional Abierta a Distancia. Bogotá. 2001.
8. Filosofía, humanismo y
alienación. Universidad Nacional Abierta y a Distancia. Bogotá 2001.
9. Humanismo en el pensamiento
latinoamericano. Editorial Ciencias Sociales. La Habana. 2001. Premio de la
Crítica Científico Técnica 2002 del Instituto Cubano del Libro y la Academia de
Ciencias de Cuba; Premio al resultado de
investigación más útil a las ciencias sociales del Ministerio de Educación
Superior. La Habana. 2003 y Premio al resultado destacado por la Academia de Ciencias de Cuba. 2003. Universidad Pedagógica y Tecnológica de
Colombia, Tunja. 2002. Universidad
Nacional de Loja-Universidad de Cuenca-Casa de la Cultura Ecuatoriana. Loja.
2006.
10. José Martí y el humanismo
latinoamericano. Convenio Andrés Bello. Bogotá.2003..
11. "Positivismo y
antipositivismo en América Latina". Editorial Ciencias Sociales. La
Habana. Premio al resultado destacado por la
Academia de Ciencias de Cuba. 2005.
Premio al mayor aporte a las ciencias sociales del Ministerio de
Educación Superior. (2005).
12. Cultura y educación en
tiempos de globalización posmoderna. Editorial Magisterio. Bogotá. 2006.
13. Pensamiento
latinoamericano: Humanismo vs. Alienación. Editorial El Perro y la Rana.
Ministerio de Cultura. República Bolivariana de Venezuela. Caracas. Tomo I, II
y III. 2008.
14. Dirección y asesoría de la
investigación científica. Editorial Magisterio. Bogotá. 2009. Premio de la
Academia de Ciencias de Cuba y del Ministerio de Educación Superior en el 2010.
15. Marxismo y antimarxismo en
América Latina. Crisis y renovación del socialismo. Editorial El Perro y la
Rana. Ministerio de Cultura. República Bolivariana de Venezuela. Caracas. 2012.
16. Pensamiento Filosofico
Latinoamericano. Humanismo, historia y método. Planeta-Universidad de
Salerno-Universidad Católica. Bogotá. 2012.
Coautor de los
libros:
1. El pensamiento filosófico de Enrique José
Varona. (coautor Edel Tussel). Editora Ciencias Sociales. La Habana.
l987.
2. Lo universal y lo específico
en la cultura.(Coautor Nikolai
Pereliguin). Universidad INCCA de Colombia. Bogotá. 1988; Editorial Ciencias
Sociales. La Habana; Universidad INCCA de Colombia. Bogotá. 1998.
guadarrama@uclv.edu.cu
Filosofía,
Humanismo Y Alineación
Filosofía,
humanismo y alineación
Pablo Guadarrama González
Humanismo,
alienación y globalización
PRÓLOGO
Cuba, «primer territorio libre de América», es la patria de nuestro
filósofo Pablo Guadarrama Gonzalez, autor de los seis ensayos que componen su
nuevo libro que los lectores tienen en sus manos, titulado: Humanismo,
alienación y globalización; tercera obra de la Colección Estudios Breves,
sección Filosofía del Derecho, Ediciones Jurídicas Gustavo Ibáñez. Decimos
nuestro filósofo, porque Pablo como se lo conoce en muchos medios
universitarios y entre sus innumerables amigos y compañeros, pertenece a Colombia,
y a la mayoría de los países de América Latina, desde hace bastantes años,
debido a su intenso peregrinaje filosófico por estas tierras, donde
incansablemente imparte sus conocimientos en ciencias sociales.
Como un nuevo sofista, entendida la expresión en sentido laudatorio del
viejo filosofar griego, Pablo recorre el continente latinoamericano; a veces el
Europeo, en permanente debate de ideas filosóficas, políticas, históricas,
ideas comprometidas con nuestra época signada por toda clase de revoluciones de
diversa índole, especialmente las sociales al estilo de la cubana, que en medio
de grandes dificultades sigue iluminando las luchas populares del mundo.
Pablo no es un filósofo a secas, un funcionario de la humanidad
abstracta, sino un hijo auténtico de la Revolución Cubana instaurada en su
patria, desde hace casi nueve lustros, cuando él tenía diez años, ya que nació
en 1949, en Santa Clara, el escenario de la batalla histórica dirigida por el
inolvidable «guerrillero heroico», el Comandante Ernesto Guevara De La Serna,
el Che, batalla definitiva en la victoria final del pueblo armado contra la
dictadura batistiana. Para Pablo, la filosofía no es una ciencia contemplativa
y desinteresada, sino activa y crítica del tiempo actual; más aún, la filosofía
es el arma de la revolución.
Por estas razones, en cierta forma, la vida intelectual de Pablo corre
pareja con los altibajos de la Revolución Cubana marcados al comienzo por un
rumbo propio, sui géneris, para luego entrar a un período de pertenencia al mal
llamado «mundo comunista», liderado por la URSS que pretendía guiarse por una
falsa «ciencia marxista - leninista»; de la cual, Cuba, parece haber salido,
afortunadamente, en estos tiempos tan difíciles de nuestro planeta; afirmándose
en su peculiaridad histórica, sin negar su orientación marxista.
No vamos a ocuparnos, en este breve prólogo, pedido por la Casa
Editorial, ni de la extensa obra escrita de Pablo ni de su inagotable labor
universitaria, bien conocidas en el mundo latinoamericano del filosofar; nos
limitamos a decir con suma levedad que ambas, en algún momento, estuvieron
caracterizadas por la supuesta «Ciencia marxista - leninista», procedente de la
URSS y otros países «socialistas»; pero, que gracias a la formación cultural de
nuestro filósofo pudo emanciparse de la carga ideológica heredada del funesto
período estalinista, que determinó la parálisis del marxismo en el campo
«socialista», parálisis que fue sepultada con la caída de la mayor parte de
países de dicho campo.
Creemos que esa emancipación ideológica de Pablo se produjo por obra de
varias influencias: una originada en el «marxismo occidental» cultivado por él;
otra derivada de su estudio riguroso del filosofar en América Latina, estudio
inspirado en un marxismo fresco enriquecido por las experiencias multifacéticas
del mundo contemporáneo, a partir de las luchas sociales, políticas,
culturales, económicas, científicas de su patria revolucionaria. Respecto a
estas experiencias, dice Pablo que en Cuba actualmente «prevalece una tendencia
superadora tanto de los enfoques omnicomprensivos que el «marxismo soviético»
quiso atribuirle al marxismo, como de ciertas hiperbolizaciones y concesiones
al idealismo filosófico de las que no se ha escapado el «marxismo occidental»
(América Latina: marxismo y postmodernidad, Ed. Universidad Incca, Santa Fe de
Bogotá, 1994, pág. 229).
Sin duda, el mayor interés cultural de Pablo es indagar sobre el origen,
desarrollo y porvenir de la filosofía en América Latina, interés que lo conduce
a desentrañar sus posibles raíces en la mitología precolombina; su probable
autenticidad y humanismo durante la dominación española y su futuro ligado a
las luchas populares en estas tierras avasalladas por el imperialismo
norteamericano y las clases dominantes vernáculas. Para nuestro filósofo, la
escolástica llegada de España, la ilustración, el humanismo, el positivismo o
el marxismo adquieren en nuestro suelo una impronta novedosa y enriquecedora
tanto en el orden teórico como en el práctico. Se trata de una tesis cautivante
que también pregonan, en diferente contexto ideológico, otros intelectuales latinoamericanos,
tesis que ha suscitado activa polémica, en el cual no tomamos partido en esta
oportunidad. Hay que leer detenidamente, el ensayo: Humanismo y autenticidad en
el pensamiento latinoamericano, contenido en el presente libro, para entrar en
la liza que provoca este sugerente trabajo de Pablo.
A nuestro filósofo también le cabe el mérito de promover e incrementar
en su patria y en el resto de América Latina, las investigaciones sistemáticas
y críticas del filosofar elaborado en estas tierras no sólo de parte de
intelectuales serios y profundos, sino igualmente de extraordinarios luchadores
de la talla de Bolivar, San Martin, Marti, Che Guevara o Camilo Torres
Restrepo. Junto con un equipo de colaboradores Pablo encabeza un importante
colectivo de trabajo sobre la génesis y devenir del filosofar en América
Latina, en la Universidad Central de las Villas, Santa Clara, Cuba. Los
resultados de esta fecunda labor colectiva son varios libros, entre los cuales
destacamos: Humanismo y filosofía de la liberación en América Latina (1991), El
pensamiento filosófico en Cuba en el siglo XX 1900 - 1960 (1995), Despojados de
todo fetiche. La autenticidad del pensamiento marxista en América Latina
(1999).
Para concluir este fugaz proemio que carece de apologías o glosas sobre
los seis ensayos del presente libro, actitudes comunes a la mayoría de
prólogos, que no prohijamos ahora; circunscribiéndonos a una escueta y ligera
biografía intelectual de nuestro filósofo, conviene reiterar que las
directrices centrales del pensamiento social, político o filosófico de Pablo
son de alcurnia marxista con la ventaja de no estar fletadas a la visión o
revisión oficial del mismo, tan características en los países «socialistas»
extinguidos o vigentes. Esta posición de Pablo resplandece en todos los
trabajos incluidos en el magnífico libro que ofrece Editorial Gustavo Ibáñez a
los profusos lectores con los cuales siempre cuenta el amigo y compañero
cubano.
Hernan A. Ortiz
Rivas
1. Humanismo vs.
enajenación: más allá del debate teórico
Resulta paradójico que mientras la comunidad internacional ha discutido
en los últimos años si debe crear o no un alto comisionado para enjuiciar las
violaciones de los derechos humanos que se cometen en el mundo, algunas
filosofías hayan querido despedir el siglo XX e inaugurar el XXI poniendo en la
picota el humanismo.
Desde que la filosofía se constituye en actividad intelectual
específica, el componente humanista ha estado presente como elemento
consustancial a toda reflexión cosmovisiva. Aunque no han faltado momentos en
los que el lugar de la problemática antropológica ha sido desplazada, como en
el medioevo, o en que la condición humana ha sido cuestionada ante evidencias
de imperfección, ha prevalecido como tendencia regular la confianza en la
perfectibilidad humana y en el papel enriquecedor de la moral.
En ocasiones se ha tratado de establecer algún vínculo directo entre el
humanismo y el ateísmo, pero aunque indudablemente existen relaciones estrechas
por cuanto la dependencia de las acciones humanas a algun tipo de deidad puede
ser un factor que límite las potencialidades humanas sin embargo no se puede
inferir que una postura religiosa implique necesariamente una separación del
humanismo, ya que por el contrario no cabe dudas que del mismo modo que existe
un humanismo secular existe un humanismo religioso en tanto algunas posturas
ateas han resultan muy distantes del humanismo.
Este hecho lo explica muy bien Mario Bunge al señalar: “Arthur
Schopenhauer es considerado el primer ateo entre los filósofos alemanes. Sin
embargo, esto no lo hace un humanista secular, puesto que fue misógeno,
pregonaba el pesimismo y no se interesaba en lo más minimo por la condición de
los más desvalidos. Friedrich Nietzsche tampoco fue creyente, pero escribió en
contra de la razón y de la ciencia, no apreciaba la compasión y desprecia el
‘rebaño’. Por lo tanto, él tampoco tiene un lugar en el panteón humanista”1.
Nietzsche fue también uno de los más destacados entre los que atacan las
concepciones que conciben la existencia de una progresiva trayectoria del
género humano. A su juicio constituía un gran error “considerar al hombre
actual (Europa) como el tipo superior humano”2 ya que para él los griegos y los
hombres del Renacimiento eran hombres superiores a los actuales y el incremento
de la moralidad en lugar de enaltecer al hombre había marcado su decadencia.
Tal concepción del desarrollo humano estaba dirigida contra cualquier
intento de elevar al hombre a niveles más dignos de existencia, y al cultivo
del arrogante afán de poder, especialmente del hombre europeo, para quien,
según su criterio, debía construirse la historia. Por el hecho de partir de una
postura marcadamente misantrópica su filosofía constituye la antítesis de todo
humanismo. No en balde inspiró y aún inspira a tantos movimientos fascistas y
xenofóbicos.
No resulta casual tampoco que Heidegger, quien contribuyó notablemente
en su célebre carta Sobre el humanismo a la divulgación de la idea de la crisis
de éste, al vincularlo al ocaso de la metafisica, haya coqueteado con el
régimen nazi, dando pruebas también de que este debate no se circunscribe al
mundo de la teoría.
En la actualidad, cuando el fracaso del “socialismo real” se identifica
como la consumacion de la inutilidad del humanismo, la filosofía post-modemista
ha buscado innumerables argumentos para acentuar la tesis sobre la presumida
causa perdida del humanismo.
La renuncia a esta concepción está unida a la conformista concepción que
presupone abandonar cualquier proyecto que se proponga niveles superiores de
desalienación humana. Pues, como asegura Lyotard: “El recurso a los grandes
relatos está excluido; no se podría pues, recurrir ni a la dialéctica del
Espíritu ni tampoco a la emancipación de la humanidad para dar validez al
discurso científico postmoderno”3. Queda claro que ser “científico”, para él,
presupone entonces aceptar el mundo tal y como está y no proponerse mejorarlo
en un ápice, como índice de la mejor forma contemplativo de interpretación
teórica del mundo.
La cuestión no sólo trasciende a los planos sociopolíticos donde
indudablemente siempre resulta más comprometida y riesgosa, sino que llega a
todos los órdenes de la sociedad contemporánea, pues a juicio de Vattimo la
crisis del humanismo está relacionada “con el crecimiento del mundo técnico y
de la sociedad racionalizada”4. Siguiendo esta lógica la humanidad estaría
condenada fatalmente al ocaso de los valores humanistas, a menos que esté
dispuesta a renunciar a cultivar la ciencia, la técnica y el racional
aprovechamiento y ordenamiento de la vida social, conquistas éstas, que la
humanidad no estará nunca en disposición de echar por la borda.
Además, resulta más preocupante la resignada aceptación de un deterioro
del humanismo, concebido en su sentido académico más genérico, que puede servir
de justificación a prácticas que alejen al hombre del humanitarismo, de la
filantropía, que usualmente han acompañado al primero. Nikolai Berdiaeff
planteaba que “El fin del humanismo señala también el fin del humanitarismo”5.
Esto último es lo que puede resultar más preocupante en las actuales
circunstancias cuando las brechas de desarrollo económico entre los países del
Norte y el Sur, y entre los sectores sociales dominantes y las amplias masas
populares, se acrecientan con la oleada neoliberal de la globalización como han
reconocido prestigiosos economistas como Joseph Stiglitz6 y no sólo los
críticos de izquierda del injusto actual orden económico internacional.
Humanismo y desalienación: un proyecto histórico inacabado
El humanismo entendido en su formulación más amplia ha encontrado
innumerables definiciones. Usualmente se maneja en su expresión clásica
histórica como ese movimiento cultural que se despliega en la época
renacentista entre aquellos intelectuales, profundos admiradores de la cultura
grecolatina, que intentaban rescatar la dignidad humana tan atrofiada por
siglos de servidumbre y teocentrismo. En tal caso se presenta como un nuevo
tipo de “fe en los valores humanos hechos para el hombre, y por tanto trascendencia
del logos”7. Por lo que no se diferenciaría mucho de otro tipo de religiosidad,
en tal sentido antropocéntrica, lo cual no deja de implicar algunos riesgos.
Algo más apropiado sería concebirlo en sentido general, según García
Galló como “un conjunto de ideas que destacan la dignidad de la persona, la
preocupación por su desarrollo armónico y la lucha por crear condiciones
favorables al logro de tales fines”8. En este caso se acentúa mucho más el
carácter activo del hombre como sujeto transformador de sus condiciones de
existencia en correspondencia con ideales de vida dignos.
El humanismo no constituye una corriente filosófica o cultural
homogénea. En verdad se caracteriza en lo fundamental por propuestas que sitúan
al hombre como valor principal en todo lo existente y, partir de esa
consideración, subordina toda actividad a propiciarle mejores condiciones de
vida material y espiritual, de manera tal que pueda desplegar sus
potencialidades siempre limitadas históricamente. La toma de conciencia de
estas limitaciones no se constituyen en obstáculo insalvable, sino en pivote que
moviliza los elementos para que el hombre siempre sea concebido como fin y
nunca como medio. Sus propuestas están dirigidas a reafirmar al hombre en el
mundo, a ofrecerle mayores grados de libertad y a debilitar todas las fuerzas
que de algún modo puedan alienarlo.
Todo poder supuesto a fuerzas aparentemente incontroladas por el hombre,
que son expresión histórica de incapacidad de dominio relativo sobre sus
condiciones de existencia y engendradas consciente o inconscientemente por el
hombre, limitan sus grados de libertad y se inscriben en el complejo fenómeno
de la enajenación.
Desde el mundo antiguo aparecen manifestaciones precoces que indican la
preocupación humanista y desalienadora del hombre, aun cuando no hayan sido
formuladas en tales términos. Tanto en China y en la India, donde la ética
alcanzó niveles impresionantes desde la antigüedad, como en las culturas
amerindias9, y de otras latitudes, hay evidencias del privilegiado lugar que se
le otorgó siempre al hombre, a pesar de que se subordinara su existencia a la
creación divina.
Confucio y sus discípulos preferían rechazar toda especulación sobre el
universo para “hacer del hombre el objeto propio del saber”10 a tenor con las
ideas humanistas que profesaban. En la India prevaleció una concepción
eminentemente dinámica del hombre, opuesta a la pasividad que se observaba por
lo regular en otras culturas11. Sin embargo, el desmedido elogio a los
indiscutibles valores de la cultura griega conduce en ocasiones a
hiperbolizaciones tales como la de considerar que éstos fueron los primeros en
preocuparse por los problemas eminentemente humanos,12 desco-nociendo de esa
manera los extraordinarios aportes de otras culturas antiguas, tanto orientales
como «occidentales», en la conformación del pensamiento humanista.
Es evidente que fueron comunes al humanismo antiguo determinados rasgos
pesimistas13 y lamentaciones que reflejaban cierto malestar de algunos sectores
sociales por las relaciones esclavistas prevalecientes y las formas humillantes
que éstas presuponían para gran parte de la población. Sin embargo, la mayor
parte de la intelectualidad que profesaba ideas humanistas se encontraba en una
ventajosa situación socioeconómica que le permitía apreciar la situación del
hombre en el mundo desde una perspectiva optimista, aunque filantrópicamente
llegasen algunos a manifestar sus deseos por mejorar la situación de los más
sufridos.
No es menos cierto que fue en la cultura griega donde el humanismo
alcanza ribetes descollantes. Este hecho se evidencia desde el mismo momento en
que la preocupación cosmogónica y cosmológica cedió terreno a la antropológica,
a través del giro llevado a cabo por los sofistas y en particular por
Protágoras con su sentencia: “El hombre es la medida de todas las cosas”14.
Junto al pensamiento humanista se fueron conformando en la antigüedad
los gérmenes de lo que hoy en día denominaríamos elementos desalienadores. La
alienación humana siempre presupone antes de su despliegue pleno la
constatación de temores, indecisiones, incapacidad, impotencia por ignorancia,
etc.; factores estos que empequeñecen y limitan al hombre. El pensamiento
humanista por su naturaleza emancipatoria es la antítesis de esas actitudes,
sin embargo en su devenir no puede evadirse de ir acompañado de tales rasgos
debilitadores que atentan contra el carácter afirmativo del hombre en el mundo.
La simple toma de conciencia de esas manifestaciones de obstáculos, no
constituye la actitud decisiva para su superación, pero al menos se convierte
en factor propicio para que otros pensadores, y lo que es más importante,
líderes, políticos, funcionarios, etc.; se esfuercen por realizarla en sus
respectivos radios de acción.
Así por ejemplo, la inconmensurabilidad de la actividad consciente
siempre ha preocupado a los filósofos desde la antigüedad hasta nuestros días y
aunque muchos de ellos, como Heráclito, 15 Platón, Berkeley, Spencer, etc.,
hayan puesto límites a la posibilidad del hombre de conocer el mundo y a sí
mismo, ninguno paralizó su labor intelectual dirigida en última instancia a
ofrecerle herramientas epistémicas y éticas para conformar una vida superior.
La filosofía se ha ido construyendo en su historia universal como un
permanente proceso de aportación parcial por parte de sus cultivadores de
instrumentos desalienadores que contribuyen a la consolidación del lugar del
hombre en el mundo. Cuando han constatado los distintos peligros enajenantes,
que en circunstancias diversas afloran en la vida humana, han aportado en la
mayor parte de los casos las vías para superarlos.
No es menos cierto que no han faltado quienes se han limitado a
constatar o a poner de manifiesto formas enajenantes, como la subordinación al
poder de los dioses, de los gobernantes, de las fuerzas ocultas de la
naturaleza, etc., porque han partido de la fatal consideración de que éstos son
consustanciales a la condición humana y no han encontrado mecanismos para
evadirlos. De haber prevalecido estos criterios fatalistas en la historia de la
civilización, hoy difícilmente podrían las nuevas generaciones humanas
enorgullecerse de los avances alcanzados en todos los órdenes de
perfeccionamiento social.
Pero en el caso de aquellos pensadores que se limitaron a plantear
algunas de las modalidades que adquirían las distintas formas de enajenación y
no dieron otros pasos para superarlas, al menos prepararon el camino y
sirvieron de premisa a sucesores más audaces que avanzaron algo más en el
proceso desalienatorio del hombre.
Cuando Jenófanes evidenciaba que los hombres de las distintas culturas
imaginaban a sus dioses con los rasgos antropomórficos de los habitantes de sus
regiones,16 preparaba el camino a Epicuro, y en especial a Feuerbach y a Marx,
para análisis superiores sobre la enajenación religiosa, su labor no fue de
simple constatación, sino de sugerencia para que la acción humana no cesara en
su incansable búsqueda.
“No ha habido ni habrá jamás hombre alguno, que tenga un conocimiento
cierto en torno a los dioses -aseguraba- y en torno a todas las cosas de las
cuales yo hablo; pues aun en el caso de que alguien dijese la verdad, no
tendría él mismo conciencia de ello. Pues no hay sino opiniones sobre todo. Los
dioses no han mostrado a los hombres todo desde el principio, pero los hombres
buscan, y con el tiempo encuentran lo mejor”17. Tal era la recomendación que
podía ofrecerle a quienes pudieran albergar la idea de que el reconocimiento de
la existencia divina presuponía la absoluta inactividad y el conformismo.
El criterio de que el hombre debe ser el principal artífice de su
autoperfeccionamiento impregnó todo el pensamiento griego y estuvo presente
hasta en filósofos antagonistas como Platón y Demócrito. Este último sostenía
con acierto que “La primera y mejor de todas las victorias es vencerse a sí
mismo”18.
Epicuro fue consecuente con ese criterio al desear emancipar al hombre
de su propensión a los placeres. También quiso otorgarle al hombre un digno
lugar en su relación con los dioses al mantener a éstos alejados de las
vicisitudes terrenales, y recomendaba que “A la perfección de los dioses, que
realiza el supremo ideal del sabio, debe ser dirigido un culto desinteresado de
admiración, no el culto servil de la imploración y de los conjuros, constituido
por el interés y el temor”19.
Similar actitud potencializadora y dignificadora del hombre, que no es
otra cosa que contribución desalienante, asumió en su cuadrifármaco ante el
temor a la muerte, el dolor, las enfermedades, etc. No fue simple casualidad
que Marx, quien hurgó en planos más profundos de la enajenación, eligiera a
ambos pensadores para su tesis doctoral en filosofía20.
El tema de la superación de la enajenación que producen los placeres
mundanos en el hombre, estuvo presente en los representantes del idealismo,
como es el caso de Platón, para quien: “la sabiduría, la inteligencia, la
memoria y todo lo que es de la misma naturaleza, la justa opinión y los
razonamientos verdaderos son, para todos los que lo poseen, mejores y más
apreciables que el placer a la par más ventajoso a todos los seres presentes y
futuros, capaces de participar de ellos”21.
No es posible considerar en un mismo grado los elementos desalienantes
que se dan en pensadores idealistas, que los que se presentan en materialistas
como Demócrito o Epicuro, por el grado de trascendecia y objetivación que
aquellos le otorgan a las ideas, entidades e instituciones, por lo que, no
obstante coincidir en la creencia en los dioses, difieren sustancialmente en
cuanto al lugar que ocupan por sus concepciones religiosas. Sin embargo, los
puntos de coincidencia en determinados aspectos humanistas y desa-lienadores
son innegables.
Platón, por ejemplo, aspiraba a que el hombre lograse al máximo un
equilibrio armónico entre las distintas partes de su alma para que se hiciese
“dueño de sí mismo”22. Aun cuando pudieran diferenciarse los grados de
dependencia del hombre que éste establecía, con las distintas entidades,
especialmente las divinas.
Unos y otros han concebido al hombre como un eterno insatisfecho con sus
conocimientos, razón por la cual se ha planteado siempre enriquecerlos, aunque
presuponga que jamás podrá alcanzar la sabiduría perfecta. Aristóteles inicia
su Metafísica, partiendo del criterio de que “todo hombre, por naturaleza,
apetece el saber”23. Su colosal obra enciclopédica es una muestra de proyecto
humanista porque está dirigido a ofrecerle al hombre el mayor conocimiento
posible alcanzado en su época sobre las más diversas esferas del saber humano.
La intención desalienadora por la vía epistémica es marcada, pero
también lo es cuando propone formas superiores de gobierno político que superen
las enajenantes modalidades de oligarquías y tiranías. A pesar de que en otros
planos como el cosmológico y el antropológico quede atrapado en ocasiones por
la rígida imagen del universo y por la “naturalista”, teleológica y enajenante
con-cepción de la esclavitud24, su máxima aspiración, como queda plasmada a
través de toda su ética es lograr un hombre virtuoso y digno,25 que se
enaltezca permanentemente. El cultivo de la dignidad humana –más allá de
limitaciones clasistas–, constituyó un elemento sustancial en su pensamiento
social que le hace ocupar un sitio destacado en la trayectoria del humanismo
antiguo.
La lucha del humanismo frente a las tendencias enajentes opositoras
adquirió en la filosofía romana nuevos ribetes. El primero trataba de mantener
viva la tradición desalienante de pensadores como Tito Lucrecio Caro, quien
siguiendo la tradición epicúrea sostenía: “¡Oh raza de los hombres sin ventura!
¡Cuando a los dioses concedió existencia y los armó de cólera inflexible,
cuántos gemidos asimismo entonces, qué heridas y qué llantos a nuestra
descendencia ocasionaron!”26.
Mientras que los elementos enajenantes afloraban de manera temprana en
la era cristiana en varios pensadores, entre ellos un esclavo-filósofo,
Epicteto, recomendaba a los hombres: “Lo principal has de saberlo, es tener
creencias sólidas, pensar que existen y gobiernan el mundo con bondad y con
justicia y que te pusieron sobre la tierra para que los obedezcas y para que te
doblegues a todo acontecer y lo aceptes de una manera voluntaria”27. Ese sería
el nuevo sesgo que tomarían las reflexiones antropológicas durante varios
siglos.
La visión humanista del mundo sufrió una fuerte sacudida durante el
medioevo cuando la concepción teocéntrica del mundo desplaza a todo criterio
que pretendiera otorgarle al hombre un lugar más allá del concebido por la
interpretación unilateral de las sagradas escrituras.
Una de las supremas expresiones de ese criterio que inculcaba la
subordinación total del hombre respecto a Dios se alcanza en Tomás de Aquino,
para quien “en sólo Dios consiste la beatitud del hombre”28.
A su juicio “para el conocimiento de cualquier verdad necesita el hombre
del divino auxilio, de manera que el entendimiento sea movido por Dios a sus
actos”29.
Superar esa concepción empequeñecedora del hombre sería el largo empeño
de la filosofía de los nuevos tiempos. Lograr el retorno del hombre a sí mismo
constituyó la esencia del movimiento renacentísta,30 pero sus objetivos
parecían ser incluso más ambiciosos, pues se trataba, como plantea Windelband,
de otorgarle también un puesto en el cosmos31.
El reconocimiento de las potencialidades humanas se convirtió en tarea
primera de los principales humanistas de esa época, que encontraron un
paradigma en el mundo grecolatino, donde el hombre había alcanzado
extraordinarios éxitos en la conquista de su condición de Ser por excelencia,
al menos en este planeta.
Los logros alcanzados en el desarrollo científico y técnico en ese
período expansivo de la historia humana, cuando la sociedad burguesa se resiste
a seguirse conservando en los estrechos límites de los muros citadinos,
posibilitan una mejor comprensión del valor de lo humano.
A partir de ese momento, el saber humano recobró la dignidad perdida,
por cuanto se identificó con las nuevas formas de poder. Las audaces teorías
cosmovisivas como las de Copérnico32.
Kepler o Bruno se hicieron peligrosas no sólo para las creencias
religiosas hasta entonces dominantes, sino también para los intereses
socioeconómicos feudales que resguardaban, frente a la ofensiva de las fuerzas
sociales emergentes.
La tesis de Francis Bacon en su Nuevo órgano de que “en el hombre
ciencia y poder coinciden en un mismo punto, porque el desconocimiento de la
causa hace imposible la obtención del efecto correspondiente”33, sintetiza la
labor que emprendería el hombre moderno por ocupar paulatinamente niveles
superiores de vida y dejar atrás aquellos elementos extraños a su naturaleza
emancipatoria. El afán por lograr una aceleración en el conocimiento
científico, que le posibilitara al hombre crear mejores condiciones de existencia,
y la superación del oscurantismo y la superstición, hacían parecer que se
aproximaba el fin de toda alienación humana.
Sin embargo, muy pronto algunos de aquellos titanes del pensamiento que
emprendieron tal empresa, indudablemente humanista y desalienadora, se
percataron de que cual pesada rémora, otros factores como la injusta
distribución social de la riqueza frenaban el avance hacia el humanismo real.
Los utopistas del Renacimiento fueron los que denunciaron los hasta
entonces soslayados ingredientes enajenantes, que a partir de entonces se
constituirían en blanco preferido de los nuevos portavoces de la desalienación.
Tomás Moro al respecto escribía: “estimo que dondequiera que exista la
propiedad privada y se mida todo por el dinero, será difícil lograr que el
Estado obre justa y acertadamente, a no ser que piense que es obrar con
justicia el permitir que lo mejor vaya a parar a manos de los peores, y que se
vive felizmente allí donde todo se haya repartido entre unos pocos que,
mientras los demás perecen de miseria, disfrutan de la mayor prosperidad”34.
A partir de entonces la lucha contra las distintas formas de enajenación
traerá aparejada de un modo u otro, cada vez en mayor grado, la definición ante
la problemática socioeconómica. El estudio de las demás formas de alienación no
se abandonará, por el contrario, se irán esclareciendo progre-sivamente con la
ilustración,35 la filosofía clásica alemana, el marxismo y algunas filosofías
del siglo xx. Pero precisamente, al delimitarse el decisivo significado de la
enajenación en las relaciones económicas, se hicieron más comprensibles sus
múltiples modalidades, especialmente las surgidas en las novedosas condiciones
del mundo contemporáneo.
El concepto de enajenación, que hasta entonces había tenido una
connotación eminentemente religiosa, como éxtasis o grado de ascensión mítica
hacia Dios,36 fue tornándose más terrenal y con una carga sociológica más
declarada. Ahora se trataba de procesos en los cuales el hombre como agente
consciente tenía su cuota de responsabilidad en la gestación de los poderes
enajenados.
De ese modo Rousseau, quien fue un agudo crítico de la principal forma
de enajenación: la propiedad privada sobre los medios fundamentales de
producción, especialmente, la tierra; utiliza el concepto en diferentes planos,
entre ellos, en el proceso mediante el cual el individuo, a través del contrato
social, cede parte de sus prerrogativas en favor de la comunidad,37 a la cual
él, en última instancia, se subordinará. El ginebrino apuntó que ante las
desigualdades naturales que existen entre los hombres, se hace prevalecer la
igualdad social, que presupone desestimar las diferencias naturales. No cabe
dudas de que este proceso constituye también otra forma de alienación: el
igualitarismo, que ha empantanado a algunos proyectos socialistas
contemporáneos.
La teoría de la alienación de tal modo se articuló a las concepciones
jusnaturalistas prevalecientes en el siglo XVIII sobre el contrato social en
las que se acentuaba la pérdida por parte del hombre de su libertad originaria
y, en particular, del individuo frente a los poderes del Estado, convenciones,
instituciones, etcétera. Pero a la vez al signo negativo que hasta entonces
siempre había tenido este concepto, ahora se le añadía una carga positiva,38 ya
que a partir de entonces se entendió como el paso a una etapa superior de
comunidad y asociación humanas que superaba estadios anteriores más primitivos.
Posteriormente encontraría eco también en la economía política inglesa,
a través del proceso de objetivación del valor de los productos, premisa de la
que partiría posteriormente Marx para plantear su teoría del fetichismo de las
mercancías.
La antropología naturalista que prevaleció durante el siglo XVlll,
especialmente entre los materialistas franceses, desarrolló una propensión a
considerar al hombre un ser tan natural como los demás que pueblan esta tierra,
como se aprecia en el caso de Holbach39, porque su intención desalienadora
estaba orientada a presentarlo como un producto de la naturaleza misma sin
necesidad de la intervención de fuerzas divinas para la existencia y
desarrollo.
La justificada intención desalienadora, sin dudas, atentaba contra la
consideración que tradicio-nalmente el humanismo moderno le venía asignando al
hombre, aunque en mucho menor grado que la degradación provocada por el
darwinismo social decimonónico. Esto no significó una ruptura con el humanismo,
pues la mayor parte de los valores que éste cultivaba, dirigidos a engrandecer
la dignidad humana, no sólo se mantuvieron, sino incluso se enriquecieron con
las nuevas conquistas que el pensamiento ilustrado planteó y tradujo en las
demandas políticas de las revoluciones burguesas.
La proyección desalienadora del pensamiento más avanzado se enriqueció
con la labor de estos materialistas que como Holbach dedicaron esmerada
atención a derrumbar misterios como los de ultratumba.
“Hemos probado –sostenía el materialista francés– que el maravilloso
dogma de la otra vida, sólo está, fundado sobre suposiciones ideales y
desmentidas por la reflexión; que esta hipótesis es no sólo inútil a las
costumbres de los hombres, sino que no puede servir más que a entorpecerles,
quitarles el deseo de trabajar en su verdadera felicidad, alucinarlos con
prestigios, con opiniones dañosas para su tranquilidad, y, en fin, adormecer la
vigilancia de los legisladores, y dispensarles de dar a la educación, a las
instituciones y a las leyes de la sociedad toda la atención que les deben”40. Y
finalmente recomendaba: “No te turbes hombre, con los fantasmas que la
impostura ha creado; renuncian toda esperanza vaga; líbrate de tus temores, y
sigue sin miedo el camino que la naturaleza te ha trazado; siémbralo de flores
si puedes, y aparta las espinas que el destino puede haber esparcido en él”41.
Esto evidencia que sus ideas se distanciaban del fatalismo que aparentemente el
naturalismo planteaba.
Las ideas humanistas alcanzaron un esplendor extraordinario en la
ilustración porque los avances de las ciencias, los retrocesos del oscurantismo
y el fanatismo religioso, las conquistas del incipiente desarrollo industrial,
el florecimiento de las ciudades, la aparición de legislaciones y de documentos
que encontraron consenso universal como la Declaración de los derechos del
hombre y el ciudadano, la secularización de la vida y sobre todo del arte,
ofrecían al hombre amplias perspectivas de lograr niveles superiores de dominio
y de entronizarse como verdadero señor del mundo.
Pero, simultáneamente, los acechos de nuevas formas de enajenación que
generaba la naciente sociedad burguesa y que podían atentar contra el tan
anhelado y cultivado humanismo, comenzaban a preocupar a filósofos, artistas,
escritores, etc., y se plasmarían a través de diversas manifestaciones
culturales y desde distintas perspectivas ideológicas. Sin embargo, a todas
ellas les era común la preocupación por mostrarle al hombre de los nuevos
tiempos, que la modernidad estaba preñada de encantos, pero también de
conjuros. Y que las próximas batallas —que por supuesto no se reducirían a
simples polémicas teóricas- como hijo ya adulto de la civilización, el hombre
debía emprenderlas sin esperar por otros que no fueran sino hombres similares a
él, y sin más ni menos, poderes extraordinarios para batir los nuevos demonios
alienantes que no fueran sus propias fuerzas humanas.
1 Bunge, M. Crísis y reconstrucción de la filosofía. Barcelona: Gedisa.
2002. p. 21.
2 Nietzsche, F. Obras completas. Buenos Aires: Editorial Aguilar. t.
XIII, p. 292.
3 Lyotard, F. La condición postmoderna. México: Ediciones Rei 1989, p.
109.
4 Vattimo, G. El fin de la modernidad. Barcelona: Gedisa. 1990, p. 36.
5 Berdiaeff, N. El destino dell’uomo nel mondo contemporáneo. Bombiani.
1947, p. 25.
6 Véase: Stiglitz, J. El malestar ante la globalización. Madrid:
Editorial Taurus. 2002.
7 Toffannin, G. Historia del humanismo desde el siglo XIII hasta
nuestros días. Buenos Aires: Ediciones Nova, 1953, p. 514.
8 García Galló G. J. : “El humanismo martiano”, en Simposio
Internacional pensamiento político y antimperialismo. Memorias, Editorial de
Ciencias Sociales, La Habana, 1989, p. 1 18.
9 Veáse: Guadarrama, P. Humanismo en el pensamiento latinoamericano.
Editorial Ciencias Sociales 2001; segunda edición Tunja: Universidad Pedagógica
y Tecnológica de Colombia. 2002.
10 “Para ellos , el principio de este saber, único, interesante y el
único eficaz, era la vida en sociedad, el trabajo del conocimiento, de
vigilancia, de perfeccionamiento proseguido en común, la cultura humanista,
gracias a la cual el hombre se constituye en dignidad”. Michel Granet: El
pensamiento chino, México: UTEHA, 1959, p. 338.
11 P. Masson-Oursel y otros: La India antigua y su civilización, México:
UTEHA, 1957, p. 192.
12 “Probablemente el común denominador de los aportes de los griegos a
la alta tradición intelectual de Occidente fue el descubrimiento del hombre”.
Turner, R. : Las grandes culturas de la humanidad. La Habana: Edición
Revolucionaria, 1979, p. 563
13 Klaus, G. y M. Buhr: Philosophisches Wörterbuch,
VEB Bibliographisches lnstitut, Leipzig, 1970, t. 1, p. 484.
14 Platón: Obras completas de Platón, Buenos Aires: Ediciones Anaconda,
1946, t. 1, p. 660.
15 “No podrás descubrir los límites del alma, aunque la recorras en
todas direcciones, tan profunda es su medida”. Julián Marías: La filosofía en
sus textos, Madrid: Editorial Labor, 1963, t. 1, p. 27.
16 “Pero los mortales creen que los dioses tienen un nacimiento y
vestiduras, voces y cuerpo similar al de ellos. Y los etíopes representan a sus
dioses chatos y negros, y los tracios dicen que tienen ojos azules y los
cabellos rojos. Pero si los bueyes, los caballos y los leones tuviesen manos y
con ellas pudiesen dibujar y realizar obras como los hombres, los caballos
dibujarían figuras de dioses semejantes a los caballos, y los bueyes a los
bueyes, y formarían sus cuerpos a imitación del propio”. R. Mondolfo: El
pensamiento antiguo. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales. 1971, p. 189
17 Ibidem.
18 Idem. p. 138.
19 Idem, T. II, p. 308.
20 En la fundamentación de su elección Marx argumenta que: “Puesto que
todos los filósofos antiguos partieron de la conciencia, como de presupuesto
-sin exceptuar a los escépticos- siempre les hizo falta un punto seguro de
apoyo; tal función la cumplen las representaciones, tal como se hallan en el
saber general. Epicuro, en cuanto filósofo de la representación es, en este
punto, el más riguroso, y define por eso, mejores tales condiciones de
fundamento. Es, además el más consecuente, llevando así, como los escépticos,
por otra parte, a su perfección a la filosofía antigua”. C. Marx: “Tesis
doctoral”, en C. Marx: y F. Engels: Categorías fundamentales: 1 (1836-1844),
Caracas: Ediciones del Rectorado de la Universidad Central de Venezuela, 1991,
p. 121.
21 Platón. Ob. cit. , T. I. p. 573.
22 Idem. T III. P. 217.
23 Aristóteles: Metafísica. Política. La Habana: Estudios. 1968. p. 33.
24 Según él: “el que por naturaleza no pertenece a sí mismo, sino a
otro, siendo hombre, ese es naturalmente esclavo”. ídem, p. 375. Mas que
naturalista esta visión aristótélica es teleológica y fatalista como toda su
filosofía.
25 “La dignidad ocupa una posición intermedia entre la autosuficiencia y
la cortesía servil. Su campo es el de las relaciones e intercambios de la vida
social. El hombre suficiente es el que evita todo intercambio y conversación
con sus semejantes o compañeros su verdadero nombre parece haberle sido dado
por esta característica, porque el autosuficiente es el que se basta a sí
mismo. Por otra parte, el hombre servilmente cortés u obsequioso quisiera
tratar y frecuentar a todos los hombres de cualquier manera y en cualquier
circunstancia. Ninguno de ellos merece encomio. Pero sí la merece el hombre
digno, que guarda una posición intermedia entre ambos. Este, en efecto, ni
trata con todos los hombres, ni huye el trato de todos: trata con los que
tienen un mérito o son dignos de ello, y tan solo con ellos”. Aristóteles: Gran
ética, Madrid: Aguilar, 1964, p. 100.
26 Tito Lucrecio Caro. De la naturaleza de las cosas, Madrid: 1968, p.
273.
27 Epicteto. Enquiridion. Manual, en Julían Marías, Ob. cit., p. 206.
28 Tomás de Aquino. “Suma teológica”, en Eduardo Torres. Antología del
pensamiento medieval, La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1975, p. 426.
29 Idem. p. 477.
30 Abbagnano, N. Historia de la filosofia, La Habana: Estudios, 1967, p.
24.
31 “De ahí que tome la filosofía natural del Renacimiento, como punto de
partida de su problemática, el puesto del hombre en el cosmos, y la
metamorfosis de las ideas que se lleva a cabo en este aspecto bajo el influjo
de las invenciones y descubrimientos, así como del cambiante estado cultura¡
por ellas provocado, llegó a ser decisivo para la nueva imagen de la cabal
concepción del mundo”. W. Windelband. Historia de la filosofía, México: Antigua
librería Robredo, 1943, p. 47.
32 “Copérnico y el significado histórico de su obra, en el siglo XVI,
nos parece que traduce la dialéctica del poder y el saber en sus
interrelaciones y dominios, al ser un símbolo de toda una tradición y
contradicción de la mística y de la razón del Renacimiento, traducido como su
osadía y su temor a la grandeza y a la miseria de la raza humana mediante un
mundo que perdía su finitud”. Elena Moraes Garcia. “Poder e saber, saber o
poder no seculo xvi. Uma análise sobre o caso Copémico”, en Uma história da filosofía.
Razáo e mística na ideate media, Universidade Federal do Río de
Janeiro-Universita Universidade Aberta, Río de Janeiro: 1988, p. 165.
33 Bacon, F. “Nuevo órgano”, en J. Marías. La filosofía en sus textos.
ed. cit. , p. 846.
34 Moro, T y T. Campanella. Utopías del renacimiento. México: Fondo de
Cultura Económica, 1956, p. 35.
35 En esa abor tendría también un lugar especial la ilustración
latinoamericana al aportar ideas de profundo contenido humanista y desalienador
que merecen análisis aparte.
36 Abbagnano, N. Diccionario de filosofía. La Habana: Edición
Revolucionaria, 1966, p. 402.
37 Rousseau, J. J. Obras escogidas. La Habana: Editorial de Ciencias
Sociales, 1973, p. 612.
38 Masticelli, E. y otros. Diccionario de términos marxistas. Madrid:
EditoriaI Grijalbo, 1977, p. 17.
39 “El hombre sólo, aunque una de las partes más pequeñas del globo, que
no es en sí más que un punto imperceptible de la inmensidad, el hombre sólo
cree que el universo es “ para él, se imagina que es el confidente de la
naturaleza; se cree eterno, y se da orgullosamente el nombre de señor de toda
la naturaleza [. . .] el hombre no tiene ningún motivo para creerse un ser
privilegiado por la naturaleza, pues que está sujeto a las mismas vicisitudes
que sus demás producciones”. P. Holbach: Sistema de la naturaleza. La Habana:
Editorial de Ciencias Sociales, 1989, pp. 78-79.
40 Idem, p. 235.
41 Idem, p. 236.
. El “espíritu alienado” de Hegel
La filosofía clásica alemana constituyó una de las expresiones más
pulidas del pensamiento humanista que había logrado inspirar el espíritu de la
ilustración en la cultura europea.
El vuelo teórico que alcanzaron las nuevas reflexiones sobre el lugar
del hombre en el mundo y especialmente en su historia, todavía hoy en día
impresionan por su exquisitez y profundidad.
Era de esperar que un tema como el de la enajenación, que ya había
aflorado en las teorías jusnaturalistas del contrato social y en la economía
política clásica, alcanzase nuevas dimensiones entre los pensadores alemanes.
Tanto Fichte, como Schelling y Hegel desde sus primeros trabajos lo
utilizaron indistintamente. El primero en su Teoría de la ciencia concebía al
objeto como una razón alienada. Schelling, utilizando el concepto de
condicionamiento se refiere a un proceso similar al de la cosificación. Pero
ninguno de ellos alcanzaría el nivel de elaboración y profundidad que
paulatinamente le iría otorgando Hegel, hasta su consumación en la
Fenomenología del espíritu, donde se constituye en un concepto de primer orden.
Si bien el mismo aparece en múltiples ocasiones específicamente
considerado en la obra de Hegel, no se deben ignorar en su estudio los marcados
nexos que mantiene con otros familiares a él como objetivación, cosificación,
extrañamiento, etc., que aun cuando posean contenidos bien definidos y
diferenciados, expresan siempre de algún modo determinadas relaciones del
hombre con su entorno inmediato en el plano empírico y con la sociedad y su
historia en su sentido más amplio, que no deben ser ignorados o subvalorados.
Lukacs destaca el hecho de que Hegel es el único de los grandes
idealistas alemanes que al manejar la alienación en distintos niveles, como la
que se produce a través de la complicada relación sujeto-objeto observada en
toda actividad humana, planteó algo mucho más importante al haberla atisbado,
aunque de manera confusa en su forma capitalista, que devendría posteriormente
el fetichismo formulado por Marx42. A pesar de lo osada que pueda parecer esta
aseveración, lo cierto es que no obstante las limitaciones que se aprecian en
cuanto a las ideas económicas de Hegel, su profunda visión dialéctica de las
relaciones humanas le posibilitaban tales aproximaciones geniales.
Marx reconoció que en la Fenomenología del espíritu se encontraban
valiosos gérmenes para la crítica a la sociedad burguesa. Stiehler sostiene que
la concepción hegeliana del espíritu extrañado de sí mismo pertenece
esencialmente al mundo del feudalismo43 lo cual no contradice lo anterior. Era
lógico que como buen intelectual alemán de su tiempo, Hegel en sus
consideraciones sobre aquella germinal sociedad burguesa no trascendiera: los
límites estrictos de la filosofía, esto es, sin profundizar en el plano económico
y político, como sugiere Colleti44, a diferencia de Lukacs. Tampoco debe
pasarse por alto que para Hegel la nueva sociedad que se iniciaba a partir de
las revoluciones burguesas, que tanto admiró en su juventud, significaba un
triunfo de la libertad y del espíritu universal, cuyo representante más acabado
era el hombre culto de su época, para el cual él elaboraba su discurso
filosófico.
Independientemente de la complejidad de su formulación, que bien pudiera
considerarse adecuada al nivel de complejidad de las relaciones reales que éste
reflejaba y expresaba, la filosofía de Hegel no estaba concebida exclusivamente
para ser una filosofía de salón. De lo contrario no hubiera motivado las
reflexiones inquietas de una juventud que vio en su colosal sistema, la fórmula
de la emancipación alemana como preámbulo de la universal.
Con la filosofía de Hegel en cierto sentido ha sucedido lo mismo que con
la Biblia. De sus diferentes interpretaciones se han apoyado desde las posturas
más conservadoras hasta las más revolucionarias. No debe olvidarse que el
marxismo es un hijo legítimo también de la filosofía hegeliana, del mismo modo
que Bradley, Bosanquet, Gentile y Croce.
Por tal motivo resulta discutible la tesis de Erhard Lange según la cual
en la Fenomenología del espíritu se vinculan cuestiones teóricas y prácticas y
pueden determinarse tendencias hacia el esclarecimiento de problemas sociales,
pero Hegel quería sólo satisfacer la vida en la esfera del espíritu45. Es
cierto que todo el andamiaje del sistema filosófico hegeliano está construido a
la medida del más refinado gusto espiritual, pero de ahí a inferir que su
trascendencia quedó limitada a esos marcos hay una gran diferencia.
No sólo la praxis política de Hegel como filósofo oficial del estado
prusiano lo desmentiría, sino también el efecto real que tuvo en sus seguidores
tanto de derecha como de izquierda. La eficiencia práctica de su filosofía no
ha de medirse simplemente por los programas políticos o económicos que inspiró
–aunque tampoco se debe desconocer tal incidencia–, sino por el impacto
cultural que produjo en casi todas las esferas clásicas del saber filosófico de
su época. Y toda filosofía que trasciende, como la de Hegel, nunca queda
aprisionada en empolvados anaqueles.
Es en el plano de la conciencia, en el desarrollo del espíritu donde
Hegel posibilita el despliegue del concepto de enajenación. Éste adquiere en
todo su sistema una extraordinaria dimensión por cuanto es el que a su juicio
posibilita la objetivación tanto de la naturaleza como de la sociedad. Y ahí
precisamente es donde entra a jugar el individuo, portador exclusivo de la
autoconciencia, su adecuado papel como constructor del un mundo cada vez más
humano. Y para lograr ese fin Hegel, a tenor con su religiosidad tan criticada,
incluso por la Iglesia, no vaciló en recurrir a fuerzas sobrehumanas porque
partía del criterio de que en definitiva la filosofía y la verdadera religión
tenían en común la búsqueda de la verdad que es idéntica a Dios46. Y el hombre en
su perfeccionamiento debía hacer todo lo posible por alcanzar a su eterno
émulo. De tal modo se evidenciaban en él los típicos ingredientes del humanismo
cristiano.
Cuando Hegel en la Fenomenología dedica su análisis a valorar lo que él
considera el extrañamiento del espíritu de sí mismo en la cultura, parte del
presupuesto de que “este mundo es esencia espiritual, es en sí la
compenetración del ser y la individualidad (...) Dicha realidad exterior
adquiere su ser allí mediante la propia enajenación y renuncia a la esencia de
la autoconciencia”47.
A su juicio éste es un proceso de devastación o autodisolución de los
elementos del mundo exterior, que solamente parece que puedan recobrar su
plenitud a través de la enajenación como proceso esencial. De ahí que afirme:
“Ahora bien, este obrar y este devenir con que la sustancia deviene real es el
extrañamiento de la personalidad, pues el sí mismo valedero de un modo
inmediato, es decir sin extrañamiento, en y para sí, es sin sustancia y
juguete, de aquellos elementos tumultuosos; su sustancia es su enajenación
misma, y la enajenación es la sustancia, o son las potencias espirituales que
se ordenan en un mundo y que de este modo se mantienen”48. De estas
afirmaciones se desprende que la enajenación constituye para Hegel el fermento
catalizador vital que posibilita la realización tanto del espíritu, la
conciencia, como de toda realidad.
En correspondencia con ese criterio sostiene a continuación: “El
espíritu es conciencia de una realidad objetiva para sí libre; pero a esta
conciencia se enfrenta aquella unidad del sí mismo y de la esencia, a la
conciencia real se enfrenta la conciencia pura. De una parte mediante su
enajenación, la auto-conciencia real pasa al mundo real y éste retorna a
aquella; pero de otra parte, se ha superado precisamente esta realidad, tanto
la persona como la objetividad; éstas son puramente universales”49. Esto significa
que la mediación de toda realidad, para Hegel, lo mismo del mundo espiritual
como de la sociedad, y ante todo de la naturaleza, tiene que pasar por dicho
proceso alienatorio que le otorga tarjeta de crédito para su entrada en la
universalidad.
Según Hegel: “El mundo de este espíritu se escinde en un mundo doble: el
primero es el mundo de la realidad o del extrañamiento del espíritu; el segundo
empero, aquel que el espíritu, elevándose sobre el primero, se construye en el
éter de la pura conciencia”50. Tal desdoblamiento es la base de todo el
idealismo hegeliano, de acuerdo con el cual el mundo se revela a través de sus
distintas manifestaciones como productos enajenados del espíritu.
Sólo siguiendo la lógica discursiva de Hegel es posible descubrir los
valiosos elementos racionales que contiene momentos centellantes tras su
envoltura mística. De ahí la necesidad de lanzarse a nadar en sus aguas si se
quieren alcanzar orillas prometedoras. A su juicio. “El espíritu de este mundo
es la esencia espiritual impregnada por una autoconciencia que se sabe presente
de un modo inmediato como esta autoconciencia que es para sí y que sabe la
esencia como una realidad opuesta a ella”51. Es evidente que para él aunque el
espíritu constituya el elemento esencial en este mundo, nada puede hacer por sí
mismo sino es a través de su realización enajenacla en la autoconciencia de los
individuos concretos portadores únicos, en verdad, de la conciencia.
Pero a su vez los individuos sólo pueden reconocer su autoconciencia a
través del proceso de extrañamiento que implica el reconocimiento de otros
individuos. Por eso sostiene “la auto-conciencia sólo es algo, sólo tiene
realidad (Realität) en la medida en que se extraña de sí misma; se pone así
como universal y esta universalidad es su validez y su realidad”52. Lo cual
quiere decir que la autoconciencia que no se realice a través del
reconocimiento recíproco con otros individuos es nada, no alcanza la condición
de algo, no tiene propiamente realidad y por tanto mucho menos puede aspirar a
la condición de reconocimiento universal.
De manera que la universalidad no constituye para el abstracto discurso
de Hegel algo absolutamente inaprehensible por su trascendentalidad, sino por
el contrario algo muy concreto y alcanzable por el más mortal de los humanos,
siempre y cuando cumpla con el indispensable requisito de ser culto.
A ese punto cimero conducen todas sus reflexiones sobre la enajenación
del espíritu: a la consideración suprema de la cultura, como el extrañamiento
del ser natural. Para Hegel: “aquello mediante lo cual el, individuo tiene aquí
validez y realidad es la cultura. La verdadera naturaleza originaria y. la
sustancia del individuo es el espíritu de extrañamiento del ser natural. Esta
enajenación es, por consi-guiente, tanto fin como ser allí del individuo; y es
al mismo tiempo, el medio o el tránsito tanto de la sustancia pensada la
realidad, como a la inversa, de la individualidad determinada a la
esencialidad. Esta individualidad se forma como lo que en sí es, y solamente
así es en sí y tiene un ser allí real; en cuanto tiene cultura, tiene realidad
y potencia”53.
Si bien, como se puede apreciar, es indudable que el punto de partida
hegeliano es el espíritu, este en verdad, a la larga es superado por sus
propias creaciones, que únicamente pueden darse a través de un proceso no sólo
de extrañamiento, sino también de enajenación. Pues sus productos aparecen como
hostiles y dominantes al individuo, como portadores de la autoconciencia, pero
a la vez le plantean un reto, el de alcanzar el dominio de tales poderes por
medio del enriquecimiento cultural y del trabajo, como apunta Adorno54 que le
haga abandonar su ser natural verdaderamente enajenado y enajenante. Su
enciclopédico sistema filosófico no es más que una prueba de los constantes y
diversos esfuerzos que el hombre debe realizar para alcanzar niveles superiores
de cultura, esto es, de desalienación.
Hegel lleva a planos superiores el espíritu de la Ilustración, y le
proporciona al hombre un lugar verdaderamente privilegiado al facilitarle una
de las vías por las cuales puede contribuir a su permanente proceso
desalienatorio mediante el desarrollo de la cultura. Si bien el punto de
partida de su sistema, el espíritu, se convierte dialécticamente en punto de
llegada, no lo hace en ninguno de los momentos de su recorrido desprovisto de
ese resultado permanente de la enajenación que es la autoconciencia del hombre,
que cada vez alcanza planos superiores de realización.
En tal sentido, la enajenación para él no es un concepto de exclusiva
carga negativa. Sus reflexiones sobre la polaridad, al igual que a Schelling,
le habían inducido a encontrar siempre el otro momento de la negatividad. Por
eso al finalizar su obra cuando se detiene a analizar el saber absoluto plantea
que: “El contenido del representar es el espíritu absoluto; lo único que aún
resta es la superación de esta mera forma o, más bien, puesto que esta forma
pertenece a la conciencia como tal, su verdad debe haberse mostrado ya en las
configuraciones de la conciencia. Este sobrepasar el objeto de la conciencia no
debe tomarse como lo unilateral, como aquel aspecto en que el objeto se
mostraba retornando a sí mismo, sino de un modo más determinado, mostrándose el
objeto como tal, cuanto como lo que tiende a desaparecer, cuanto más bien como
lo que es la enajenación de la autoconciencia, que pone la coseidad,
enajenación que tiene no sólo una significación negativa, sino también una
significación positiva, no sólo para nosotros o en sí, sino también para ella
misma”55.
Esta última idea de que “esta enajenación se enajena en ella misma”56,
indica hasta dónde su visión dialéctica le inducía a ser consecuente, a pesar
del pesado fardo de su sistema y a concebir la enajenación como un momento
necesario, pero transitorio a la vez en la evolución de la humanidad. “La
historia –afirmaba–, –es el devenir que sabe, el devenir que se mediatiza a sí
mismo– el espíritu enajenado en el tiempo; pero esta enajenación es también la
enajenacion de ella misma; lo negativo es lo negativo de sí mismo”57.
De este modo Hegel dejaba sentadas las premisas para concebir la
enajenación no simplemente como el momento de pérdida, sino también como el que
debe conducir al quebranto de la pérdida, esto es de recuperación. Por tal
motivo Dussel sostiene que: “La alienación en Hegel, no está cargada todavía de
un sentido disvalioso como en el caso de Marx”58.
Aun cuando sus formulaciones respecto a lo que Marx concebirá después
como la esencia humana –el conjunto de las relaciones sociales que hacen
posible la realización humana–, quedan difuminadas en el mundo espiritual de la
“autoconciencia culta59” y Hegel subrayaba este último aspecto, no cabe dudas
que cuando se refería a ese momento de la negación de la enajenación contribuía
a la afirmación no tanto del espíritu o de la autoconciencia, sino del hombre,
concebido como un ser eminentemente activo60 que construye él mismo la historia
de manera progresiva, aunque adopte el disfraz de espíritu.
El filósofo colombiano Danilo Cruz Vélez apunta que: “cuando él vio
desfilar a Napoleón la víspera de la batalla de Jena, dijo que era ‘el Espíritu
Universal a caballo’. Es muy probable que Hegel, instalado en su cátedra de
Berlín se imaginara a sí mismo también como la encarnación del Espíritu
Universal vuelto sobre sí para conocer su esencia y su historia, después de
haber superado todas las alienaciones en la larga historia, europea”61.
Aunque la base de sustentación filosófica haya sido el idealismo en sus
hipóstasis más acabadas por considerarse a sí mismo como la madurez de Europa,
los resultados de su labor teórica que se derivaba de su concepción sobre la
enajenación, se situaban por sus recomendaciones prácticas, mucho más allá de
las elaboraciones materialistas y naturalistas que hasta el momento se habían
formulado y que se seguirían produciendo con una tonalidad contemplativo, como
en el caso de Feuerbach. En tal sentido preparó mucho mejor el camino a Marx
que este último.
No han faltado los intentos por buscar conceptos medulares que
sinteticen toda la filosofía hegeliana, tarea esta más que difícil, imposible.
Sin embargo, algunos como Lukacs han querido encontrarlo en el de
enajenación,62 como Garaudy en “la exigencia de libertad”63. Aun cuando ambos
criterios coinciden en última instancia, resulta imposible reducir toda la
riqueza de las reflexiones filosóficas de Hegel a uno u otro concepto, por muy
sustanciales que éstos puedan resultar como este mismo de enajenación. La
filosofía de Hegel estaba más allá de la disputa por la primacía o centralidad
de una categoría, por más que éstas alcanzasen en el pensador alemán un grado
extraordinario de elaboración.
En definitiva, haya sido bien la enajenación o la libertad, ambos
términos antitéticos evidencian que la preocupación principal de Hegel era
situar al hombre sobre bases terrenales, que él mismo de manera activa pudiera
controlar progresivamente a través del trabajo y de la cultura cuando las más
etéreas ideas continuaran dando vueltas eternamente en su cabeza.
En ese sentido resulta más acertado el juicio de Ernst Bloch según el
cual: “El gran interés de la Fenomenología era y es el conocimiento real de sí
mismo como conocimiento de la producción del hombre por su trabajo e historia.
Éste es el único sujeto importante y, por consiguiente, imprescindible en
Hegel: no como una vaga niebla, sino como acción; no como espíritu, sino como
núcleo. Toda vez que el hombre se produce a sí mismo con su trabajo sobre
objetos, sin dudas le corresponde al sujeto una prevalencia dentro de la
relación histórico-dialéctica entre sujeto y objeto. De otro modo no habría
medida posible precisamente para el extrañamiento, para la enajenación, en la
objetividad, ni existiría la activa contradicción del factor subjetivo, capaz
de medir y destruir las objetividades inadecuadas guiándose por esta medida y
aliado con las contradicciones objetivas que presentan. A todo esto la
prevalencia del sujeto no es meramente idealista, sino que en ella se encierra
la prioridad de un factor impulsivo, al remodelar una y otra vez la
objetividad”64. Pero reducir toda la riqueza que encierra la Fenomenología a la
correlación dialéctica que existe entre el sujeto y el objeto, ignorando otros
elementos tan importantes como la relación entre enajenación y libertad y sus
nexos con la dialéctica entre teoría y práctica (trabajo) error y verdad65,
constituiría un considerable desacierto.
El intento de Hegel de explicar esa especie de embriología y
paleontología del espíritu humano como ropaje que envuelve la conciencia de la
humanidad en su devenir, revelaba en verdad la preocupación por explicar los
momentos de mayor complejidad por los que ha atravesado la civilización para
alcanzar niveles superiores de existencia digna.
En Hegel la idea de la enajenación alcanza planos superiores en relación
con sus antecesores porque incursionó en nuevas dimensiones del concepto. Esto
constituye un verdadero despegue teórico a partir del cual alcanzará niveles
cada vez más altos en correspondencia con el pleno despliegue de la modernidad.
Pero aún en nuestros días, cuando parece revitalizarse con el surgimiento de
nuevos fenómenos alienantes formulados y criticados por intelectuales de las
más diversas posiciones filosóficas, una vez más se hace necesario retornar
también a Hegel, junto a otros, en busca de argumentos que faciliten la mejor
comprensión de este fenómeno que, por ser histórico, parece acompañar al hombre
mientras éste haga historia, para encontrar nuevas vías de su siempre parcial
Aufhebung.
42 Lukacs, G. El joven Hegel y los problemas de la sociedad capitalista.
La Habana: Edición Revolucionaria, 1963, pp. 518-519.
43 Stiehler. Hegel y los orígenes de la dialéctica. Madrid: Editorial
Ciencia Nueva, l967, p. 219.
44 Colleti, L. El marxismo y Hegel. Madrid: Editorial Grijalbo, 1971, p.
177.
45 Lange. L. “Die Phänomenologie des
Geistes” -wahre Gebunsstätte und Geheimnis der Hegelschen Philosophie-, en
Hegel und Wir. Verlag der Wissenschaften, Berlin, 1970, p. 17.
46 Hegel, G. F. Enzyklopädie der philosophischen
Wissenschaften. Berlin: Akademie Verlag, 1966. p. 33.
47 Hegel, G. F. Fenomenología del espíritu. La Habana: Editorial de
Ciencias Sociales, 1972, p. 287.
48 Ibídem.
49 Ibidem.
50 Idem. p. 289.
51 Ibidem.
52 Idem. p. 290.
53 Ibídem.
54 “El Hegel de la Fenomenología, para el cual la conciencia del
espíritu en cuanto actividad viviente y sin identidad con el sujeto social real
eran algo menos desmedrado que para el Hegel tardío, reconoció el espíritu
espontáneo como trabajo (si no en la teoría, por la fuerza del lenguaje): el
camino de la conciencia natural hacia la identidad del saber absoluto sería
también por su parte, trabajo, y presenta la relación que el espíritu mantiene
con el estado de cosas siguiendo el modelo de un acontecer social, precisamente
el de un proceso de trabajo”. T. Adorno. Tres estudios sobre Hegel. Madrid:
Taurus, 1981, p. 39.
55 Hegel, G. F. Fenomenología. . . . ed. cit. , p. 461
56 Idem. p. 473.
57 Idem. p. 472.
58 Dussel, E. La dialéctica hegeliana. Editorial Ser y Tiempo. Mendoza.
1972. p. 97.
59 “La autoconciencia culta, que ha recorrido el mundo del espíritu
extrañado de sí, ha producido por su enajenación la cosa como sí mismo y, por
tanto, se conserva ella misma en él y sabe su falta de independencia o sabe que
la cosa sólo es, esencialmente, ser para otro; o, expresando totalmente el
comportamiento, es decir, lo único que aquí constituye la naturaleza del
objeto, la cosa vale para ella como algo que es para sí, la cosa enuncia la
certeza sensible como verdad absoluta, pero este ser para sí, a su vez, como
momento que sólo tiende a desaparecer y se torna en su contrario, en el ser
para otro ya abandonado”. Idem, p. 463.
60 “Hegel intentó presentar la historia humana como progreso, es decir
como un proceso único y regido por leyes (. . .) destacó su especificidad con
relación a la ‘aburrida resurrección de lo mismo’ que se da en el mundo natural
en forma de ‘robustecimiento cuantitativo’ . Por otra parte, Hegel hizo
especial hincapié en el carácter activo del sujeto humano en los procesos
sociales”. Zaira Rodriguez Ugidos. Prólogo a Fenomenología, ob. cit. , p. XXI.
.
61 Cruz Vélez, Danilo. De Hegel a Marcuse. Biblioteca Colombiana de
Filosofía, Bogotá: Universidad de Santo Tomás, 1986, p. 56.
62 Lukacs, G. Ob. cit. , pp. 526-527.
63 Garaudy, R. Dios ha muerto. La Habana: Edición Revolucionaria, 1966,
p. 369.
64 Bloch, E. Sujeto-objeto, El pensamiento de Hegel. México: Fondo de
Cultura Económica, 1983, p. 99.
3. La desalienación
del espíritu de Feuerbach a Marx
Si bien el concepto de alienación había tenido en el plano religioso, en
la teoría jusnaturalista del contrato social, en la economía política inglesa y
en la obra de Hegel un significado positivo en general, a partir de Feuerbach y
hasta la actualidad se puede considerar que se ha producido una inversión de
los signos y este concepto ha adquirido una connotación marcadamente negativa.
Aun cuando en determinados enfoques, algunas veces intenta recuperar su
anterior sentido, nunca logra realmente sobreponerse a este signo negativo,
reconocido por la comunidad filosófica internacional e incluso más allá de las
fronteras de la filosofía, si es que realmente ésta las tiene.
Los jóvenes hegelianos manejaban el concepto de enajenación de manera
indistinta, unas veces en el propio sentido que Hegel lo empleaba, pero otras
con una tonalidad original. Bruno Bauer que lideró el grupo por sus trabajos de
crítica a los evangelios presentaba a las religiones y en especial al
cristianismo como una forma ya caduca de alienación de la autoconciencia, que
en su caso concebía como toda la actividad creadora de la humanidad a través de
la historia. Esta actividad se veía limitada cuando la autoconciencia no
comprendía la inmensidad de su poderío para superar la alienación.
En su lugar Feuerbach ponía atención en el hombre. Ese antropologismo se
manifestó desde muy joven, como se muestra en una carta que le escribió a su
padre en 1825, explicándole las razones por las cuales abandonaba sus estudios
de teología. En ella declaraba: “Mi espíritu ya no se encuentra en los límites
del reino sagrado; mi sentido se encuentra en el amplio mundo; mi alma
ambiciosa quiere entrelazar todo en sí, yo quiero rescatar a la naturaleza de
la pusilánime teología, yo quiero apretar al hombre a mi corazón, pero el
hombre total, que sólo puede ser objeto de los filósofos, no el de los
teólogos, los anatomistas o los juristas”66.
Doce años después algo similar le escribiría también a su padre el joven
Marx al confesarle: «una vez más comprendí que sin la filosofía era imposible
llegar»67. Tal parece que por suerte para el humanismo contemporáneo, algunos
jóvenes alemanes de esa época, como ellos, no podían ver al hombre si no era a
través de los ojos del búho Minerva.
La efervescente discusión sobre las sagradas escrituras que predominaba
en aquella época y la reconsideración del valor de la por entonces dominante
filosofía hegeliana, motivó a ambos jóvenes a evolucionar desde la teología a
la filosofía, desde la alienación hacia su crítica, y desde el idealismo hacia
su ruptura y superación. Feuerbach dio el primer paso en ese sentido. Ese fue
su mayor mérito histórico, aunque trascendió más a través de Marx que de él
mismo. De no haberse desplegado la obra de Marx, el pensa-miento de Feuerbach
hubiese tenido mucho menos reconocimiento posterior que el que ha tenido. Tal
vez aprendió de Sócrates que el mejor maestro es el que reconoce ser superado
por sus discípulos y por eso finalmente se identificó mucho más con Marx.
Durante el período de la preparación de sus obras más trascendentales,
en que despliega su intelecto sobre el asunto de la enajenación religiosa,
Feuerbach reflexionó con detalle sobre las cualidades humanas. Su intención era
conocer cada vez mejor al hombre. No había, ni hay otro modo, de contribuir a
su desalienación.
El profundo amor que sentía por los hombres no empañó la mirada para
descubrir sus imper-fecciones, que, según él, sólo el hombre mismo podía
erradicar sin necesidad de la custodia divina.
Entre los aforismos que escribía en su diario por 1835 se encuentra éste
que plantea que: “El hombre tiene defectos, solo tiene que reconocerlos como
objeto de su virtuosidad y poder educarse”68. Esto significa que Feuerbach no
concebía idílicamente al hombre como una consumación de bondad y perfección al
estilo de otros moralistas. Aun cuando sea válida la crítica de Engels a su
moral, por resultar abstracta69 y sea necesario considerar como inadecuado el
hiperbólico lugar que le asigna a las ideas religiosas en el desarrollo social,
es incorrecto pensar que Feuerbach vio al hombre santificado en una urna de
cristal a pesar de su fe en el hombre.
El hombre era, para él, el ser al cual se le debe rendir culto especial,
más que a Dios, puesto que es “el más real de los seres”70 y porque en
definitiva, a su juicio: «es la religión quien adora al hombre, aunque la
religión o más la teología lo niega (...) Dios es el hombre, el hombre es
Dios».71 Aparentemente Feuerbach invertía las alienantes relaciones hasta ese
momento concebidas entre los ‘hombres y sus deidades; realmente las estaba
situando sobre sus verdaderos pies, aún cuando cometía el error de crear
prácticamente un nuevo tipo de religiosidad, la del amor entre los hombres.
La inversión que realiza Feuerbach es producto de su observación sobre
el hecho evidente de que todas las religiones atribuyen a sus deidades los
rasgos más positivos que el hombre añora poseer y en su lugar le atribuyen a
éste todos los negativos e imperfecciones posibles. Por eso sostiene que “La
religión es la incisión del hombre consigo mismo: porque ella considera a Dios
como un ser opuesto a él. Dios no es lo que es el hombre, el hombre es lo que
no es Dios. Dios es el ser infinito, el hombre el ser finito; Dios es perfecto,
el hombre imperfecto; Dios es eterno, el hombre temporal; Dios es onmipotente,
el hombre impotente; Dios es santo, el hombre pecador. Dios y el hombre son dos
extremos: Dios es lo absolutamente positivo, el contenido (Inbregriff) de todas
las realidades; el hombre es sencillamente lo negativo, el concepto de la
nada”72.
El objetivo de toda su obra era demostrar que “la religión es una
discordia entre el hombre y su propia esencia”73. Y en cierto modo lo logra
aunque distorsionando el carácter activo y social del hombre, que ya el
idealismo alemán de su tiempo había formulado, y que Marx supo aprovechar.
Pero, en cambio, el obstinado materialismo de Feuerbach le condujo a posiciones
unilaterales en la comprensión de la esencia humana.
Kolakowsky considera con razón que: “La esencia del cristianismo fue un
intento por aplicar la categoría hegeliana de alienación a la formulación de un
punto de vista puramente naturalista y antropocéntrico”74. Pero fue mucho más
que eso, fue un intento encaminado a que el hombre recuperara su esencia
escamoteada por la religión. El hecho de que en Feuerbach no llegase a
cumplimentarse tal recuperación por el naturalismo que lo embarga, no le impide
figurar en la larga lista del pensamiento humanista universal.
Varias son las razones que le dan un merecido lugar. Ante todo, haber
situado al hombre como categoría y valor principal de toda consideración, en
lugar de Dios, la naturaleza, la sociedad, etcétera, Feuerbach se refiere
siempre a individuos concretos, finitos, naturales, los portadores de esa
esencia humana enajenada en la religión.
Al hacer un balance temprano de su obra filosófica poco antes de ese
retiro que se produce al resguardarse en su pequeña aldea, por el revuelo que
tuvieron algunas de sus obras, reflexionaba de este modo: “Dios fue mi primer
pensamiento, la razón fue el segundo, el hombre ha sido mi tercero y último. El
sujeto de la divinidad es la razón, pero el sujeto de la razón es el hombre”75.
La primacía que Feuerbach le otorga al hombre se fundamenta en la
concepción de que el hombre por su naturaleza propia ama al hombre y sólo puede
realizarse como individuo cuando sustituye las falsas divinidades por la
verdadera, que es el propio hombre.
El punto de partida que le permitió a Feuerbach arribar a tales
consideraciones reivindicadoras de lo humano fue su crítica al idealismo
filosófico especulativo, en particular al de Hegel. Su intención renovadora se
apreció en sus Tesis preliminares para la reforma de la filosofía donde
sostenía que “El inicio de la fílosofia no es Dios o lo absoluto, no es lo
absoluto, tampoco el ser como predicado de la idea; el inicio de la filosofía
es lo finito, lo determinado, lo real. Lo finito no puede ser pensado sin lo
finito”76. Y eso finito, deter-minado y real que Feuerbach buscaba para
fundamentar su filosofía era simplemente el hombre.
Feuerbach aspiraba a un hombre desalienado en muchos planos y no
solamente en lo que respecta a su esencia perdida con la religión. Para lograr
tal superación de todo tipo de alienación era importante partir de la
consideración fundamental del optimismo epistemológico, de la confianza en la
capacidad humana para conocer el mundo que le rodea y apropiárselo. El
sensualismo que lo caracterizaba le hacía pensar que el hombre disponía de los
elementos suficientes con sus sentidos para incrementar paulatinamente sus
conocimientos.
“Cuando un hombre –sostenía– esclarece solamente alguna de las cosas más
próximas a él, prende a la vez una luz general, que tiene la propiedad de
iluminar objetos distantes”77.
De tal modo afianzaba su confianza en que el hombre podía irse abriendo
camino ante las fuerzas desconocidas y hacerse más libre al situarlas bajo su
dominio.
A su juicio el hombre era un ser libre, que se hacía más libre cuando
dominaba determinada regularidad de los fenómenos en el mundo. “Todo supera el
hombre –planteaba– pero solamente cuando la superación para él constituye una
necesidad; todo lo puede, cuando él tiene que hacerlo. ¡Oh! divina necesidad,
quisiera ser esclavo cuando tu me entregas la bendición de tus fuerzas”78.
De manera que el carácter contemplativo qué Marx criticaba en Feuerbach
por no comprender la importancia de la actividad práctico-crítica, sólo se
entiende si se considera en relación con el viraje filosófico operado por el
marxismo al centrar la atención en la actividad práctico-crítica,
revolucionaria del hombre, que se sintetiza en su esencia real y no en la
hipostasiada de modo naturalista por Feuerbach.
Pero si se toma en consideración el papel de éste en relación con el
materialismo, anterior, especialmente el francés, sobresale ante todo por la
superación del deterininismo mecanicista al concederle al hombre mayores
posibilidades de ejecutar su libertad. De no haber desarrollado Feuerbach esas
ideas humanistas y desalienadoras en diferentes planos, difícilmente hubiese
logrado la recepción que tuvo en Marx y Engels, quienes ya labraban su camino
hacia el humanismo real por senderos propios, que fueron iluminados por aquel
“torrente de fuego” (Feuerbach). Si no hubiese existido la unidad orgánica que
había entre su materialismo y su humanismo,79 el torrente hubiera sido apagado
rápidamente sin dejar significativa huella.
Quizás entre los factores que contribuyeron a su retiro intelectual,
además de su expulsión como docente de la universidad de Erlangen y el rechazo
que produjeron sus ideas entre los sectores más recalcitrantes de la
conservadora sociedad alemana de su época, estuvo ante todo el sentirse incapaz
de realizar su proyecto de que “la verdadera filosofía consiste no en hacer
libros, sino hombres”80. Esto pudo incidir en su decisión de militar en el
partido socialdemócrata, que se inspiraba en las ideas y en la praxis de su
mejor discípulo.
El papel de Marx en la inicial desalienación del espíritu absoluto
hegeliano fue tan decisivo que le posibilitó superar tanto a Hegel81 como a su
crítico, Feuerbach, como sostiene Mezarov “la clave para comprender la teoría
marxista de la enajenación es el concepto de Aufhebung y no al contrario”.82
Todo lo que ‘se planteó Marx desde un inicio fue revelar los mecanismos reales
de la enajenación humana, precisamente para superarlos de forma práctica,
revolucionaria. Y para realizar esa labor lo primero que tuvo Marx que hacer
fue comprender las limitaciones de la concepción de la enajenación, en sus
antecesores.
A juicio de Marx: “Feuerbach arranca de la autoenajenación religiosa,
del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso, imaginario y otro real. Su
cometido consiste en disolver el mundo religioso, reduciéndolo a su base
terrenal., No advierte que después de realizada esta labor, queda por hacer lo
principal. En efecto, el que la base terrenal se separe de sí misma y se plasme
en las nubes corno reino independiente, sólo puede explicarse por el propio
desgarramiento y la contradicción de esta base terrenal consigo misma. Por
tanto lo primero que hay que hacer es comprender ésta en su contradicción y
luego revolucionarla prácticamente eliminando la contradicción. Por
consiguiente después de descubrir, v. gr. en la familia terrenal el secreto de
la sagrada familia, hay que criticar teóricamente y revolucionar prácticamente
aquella” 83.
Por eso Marx y Engels no se limitaron a la crítica de la enajenación
religiosa como hizo Feuerbach, sino que emprendieron la crítica de la sociedad
real, en particular, de la sociedad capitalista, que producía las diversas
formas de alienación. No se enfrentaron a los fantasmas, sino a los fenómenos
reales que producían las fantasiosas imágenes.
Desde su primera obra conjunta La sagrada familia, revelaron la
inversión producida por los sutiles mecanismos alienantes cuando señalaban:
“Precisamente la esclavitud de la sociedad burguesa es, en apariencia, la más
grande libertad, por ser la independencia aparentemente perfecta del individuo,
que toma el movimiento desenfrenado de los elementos enajenados de su vida, no
vinculados ya por los nexos generales ni por el hombre, por ejemplo, el
movimiento de la propiedad, de la industria, de la religión etc., .por su
propia libertad, cuando es más bien su servidumbre y su falta de humanidad
acabadas”84.
Desgraciadamente la sociedad burguesa contem-poránea, no obstante los
significativos cambios en muchos de sus mecanismos a fin de evitar el colapso y
propiciar formas alternativas al socialismo, no ha podido modificar
sustancialmente esa gran apariencia de libertad. En su nombre y en el de los
derechos humanos se cometen las mayores atrocidades, que motivan el fundado
cuestio-namiento de la progresiva perfección humana.
La aspiración fundamental de Marx desde que da comienzo a su prolífica
vida intelectual y revolucionaria, fue restituir en el hombre la confianza en
su real liberación a través de sus fuerzas propias, que le habían sido
enajenadas por distintos poderes dominantes. Así lo expresa en una carta a Ruge
de 1843, cuando se lamenta del carácter vacilante de los alemanes de su época
que no se decidían, como sus vecinos franceses, a emprender transformaciones
revolucionarias. “Primero –escribía– habría que despertar de nuevo en el pecho
de estos hombres la conciencia de sí del hombre, la libertad. Sólo, este
sentimiento, desaparecido del mundo con los griegos y sublimado por el
cristianismo con el vaho azul del cielo, puede volver a hacer de la sociedad
una comunidad de hombres para sus altos fines: un Estado democrático”85.
Su labor científica, filosófica y política estuvo dirigida durante toda
su vida a cultivar ese sentimiento entre los hombres que, en primer lugar, eran
las mayores víctimas de esa pérdida de conciencia libertaria: el proletariado.
Pero pensar que Marx sólo elaboró su teoría para emancipar a la clase obrera
sería nefasto. Su idea fue realmente comenzar la emancipación humana por su
sector más urgido, a diferencia de los moralistas abstractos, que como
Feuerbach, propugnaban la libertad del hombre en general, pero sólo como primer
peldaño de la paulatina desalienación de toda la humanidad, que aguardaba por
la real humanización.
Aunque en los primeros trabajos Marx revela la marcada influencia
feuerbaquiana en lo que respecta a la crítica de la enajenación religiosa, su
visión ya desde entonces sobrepasaba esos límites y trascendía a otros planos
de la enajenación humana.
En ese mismo año de 1843, cuando aún no se había detenido en los
mecanismos enajenantes de la economía capitalista, parece quedarse al mismo
nivel de Feuerbach cuando sostiene que: “El hombre, que buscaba un superhombre
en la realidad fantástica del cielo y sólo encontró en él el reflejo de sí
mismo, no se sentirá ya inclinado a encontrar solamente la apariencia de sí
mismo, el no-hombre (Unmensch), allí donde lo que busca y debe buscar es su
verdadera realidad”86. Pero es evidente que sus pretensiones son superiores
cuando plantea después que: “Y la tarea inmediata de la filosofía, que se
encuentra al servicio de la historia, consiste –una vez que– se ha
desenmascarado la forma de santidad de la auto-enajenación humana– en
desenmascarar la autoenajenación en sus formas no santas. De tal modo la
crítica del cielo se convierte en crítica de la tierra, la crítica de la
religión en la crítica del derecho y la crítica de la teología en la crítica de
la política87. Hacia esas formas no santas dirigirá Marx su atención en los
estudios posteriores, convencido que el secreto de la sagrada familia se
encontraba en la familia terrenal.
Su profundidad teórica le incita a buscar en dimensiones mucho más
amplias las distintas formas de la enajenación humana. Por tal razón concibe la
enajenación del hombre en varios planos. El primero de ellos es el que se
observa en relación con la naturaleza, pues el hombre se siente parte e ella,
pero a su vez en la misma encuentra fuerzas ciegas que le dominan y que escapan
de sus manos al atribuirle características de inconmensurabilidad. De algún
modo el hombre debe llegar a dominarlas.
Sin embargo, este tipo de alienación no encuentra mayor desarrollo en
él, puesto que Marx en ningún momento pretende ontologizar la existencia de la
naturaleza. “Marx no se propone reemplazar simplemente el espíritu del mundo de
Hegel por un principio metafísico, como sería una sustancia material del
mundo”88. Por tal motivo la alienación en este sentido no alcanza niveles
superiores y se refleja como extrañamiento o cosificación. 0 solamente se
despliega como enajenación plena cuando se concibe esa misma naturaleza a
través de la relación práctico-productiva.
Es en el trabajo humano donde Marx observará en su plenitud la
enajenación. Allí distinguirá, a diferencia de Hegel, la objetivación que es
consustancial a todo tipo de trabajo, de la enajenación propiamente dicha que
considerará inherente sólo a determinadas formas históricas de producción89.
En eso fundaba su ideal de concebir una sociedad futura más humana en la
que se superara toda forma de enajenación, teoría que hoy en día, con el
derrumbe del socialismo, encuentra menos aceptación, hay razones suficientes
para someterla a un reexamen crítico.
Fue muy común que durante años muchos análisis de los marxistas
presentaran una visión maniquea de la historia en la que se partía del criterio
erróneo de que antes de la aparición de los primeros ensayos socialistas no
hubo prácticas propiamente humanistas. Tal forma simplificada de ver la
historia de la humanidad llevó por ejemplo al Garaudy de su etapa marxista, a
sostener que: “El humanismo y el comunismo marxista son un comienzo auténtico
del hombre, del cual, por el contrario, las religiones y los regímenes de clase
son negaciones. Y la historia aporta la verificación; desde que este humanismo
y este comunismo comenzaron en octubre de 1917, su construcción efectiva, toda
otra posición se sitúa y se define en relación con ellos”90. Sería interesante
conocer los juicios posteriores de Garaudy al respecto cuando él mismo se ha
refugiado en algunas de estas religiones como el cristianismo y el islamismo,
que anteriormente criticó por su negación del humanismo.
Pareciera que por entonces se tomara al pie de la letra el criterio de
Marx según el cual: “La supresión positiva de la propiedad privada como la
apropiación de la vida humana es, pues, la supresión positiva de toda
enajenación: es decir el retorno del hombre, de la religión, familia, Estado,
etc., a su modo humano, social de existencia”91.
Sin embargo, la experiencia histórica de los países que han emprendido
la construcción de la sociedad socialista ha demostrado que aun cuando se logre
la eliminación de la propiedad privada sobre los medios fundamentales de
producción, la enajenación tiene múltiples formas de manifestarse y de
reproducirse.
La enajenación humana si bien tiene uno de sus pilares básicos en la
forma histórica de propiedad, no condiciona exclusivamente su existencia a la
de reproducción ampliada propiedad privada. Son múltiples los mecanismos de la
enajenación. Marx arribó al trascendental descubrimiento de que: “Al enajenar
del hombre 1) la naturaleza y 2) al hombre, mismo, sus propias funciones
activas, su actividad vital el trabajo enajenado enajena la esencia del
hombre”92 y además ofreció vías para tratar de dar solución a esa situación. Su
mayor o menor éxito no ha dependido tanto de la validez de tales juicios de
Marx como de las nuevas circunstancias en que el trabajo continúa enajenando al
hombre a las puertas de la postmodernidad93.
El trabajo enajenado contamina toda forma de existencia social y atenta
contra la libertad del hombre. Al punto que donde predomina la forma del
trabajo enajenado, no hay esfera de la actividad humana que de un modo u otro
no se vea afectada, como ha demostrado la experiencia histórica hasta el
presente.
Aunque Marx rechaza por estéril la tarea de ir a la búsqueda de una
esencia humana en abstracto, reconoce que: “el hombre es un ser esencial, no
sólo porque en la práctica y en la teoría adopta la especie como objeto (el
suyo lo mismo que el de las otras), sino –y esta es solamente otra manera de
expresarlo– también porque se trata a sí mismo como la especie real, viviente;
porque se trata así mismo como un ser universal y, por consiguiente, libre”94.
Esto significa que Marx solo concibe la universalidad en la determinación de la
condición humana95 como elemento consustancial de la libertad, de la
desalienación. Vio en la clase obrera de su tiempo el portador inicial del
proceso de universalización, es decir, de liberación del hombre respecto a los
distintos poderes enajenantes.
El producto más peligroso que Marx observó en la enajenación, fue la
autoenajenación del hombre como ser genérico. “Una consecuencia inmediata del
hecho de que el hombre sea enajenado del producto de su trabajo, de su
actividad vital, de su ser social, es el enajenamiento del hombre”96.
Marx se percata desde sus primeros trabajos que las aparentes relaciones
entre las cosas, entre las mercancías, no son más que relaciones reales entre
los hombres97, idea ésta que se mantendrá latente hasta sus últimas obras,
cuando analiza el fetichismo de la mercancía en El Capital, donde plantea: “lo
que aquí reviste a los ojos de los hombres, la forma fantasmagórica de relación
entre objetos materiales no es más que una relación social concreta establecida
entre los mismos hombres. Por eso, si queremos encontrar una analogía a este
fenómeno, tenemos que remontarnos a las regiones nebulosas del mundo de la
religión, donde los productos de la mente humana semejan seres dotados de vida
propia, de existencia independiente, y relacionados entre sí y con los
hombres”98.
La crítica de la enajenación religiosa que Marx desplegó inicialmente
inspirándose en Feuerbach, le permitió concebir que los procesos alienantes no
se limitan a la relación de¡ hombre con sus dioses, sino que van mucho más
allá. Ésta es sólo una de las formas, pero ni siquiera la principal, más bien
es una acompañante de otras modalidades no menos complejas de enajenación en el
plano de las relaciones sociales, económicas y políticas. Sin embargo, la
religiosa no es solamente la más evidente, de ahí que sirva incluso como
analogía para explicar las restantes, pues, dada su constante reaparición al
ser reproducida por causas tan diversas, constituirá siempre motivo de
reflexión filosófica. Tampoco puede pasarse por alto que cuando se detiene en
la categoría de alienación en los Manuscritos económicos y filosóficos de 1844
aún no había profundizado en la teoría del valor, ni atisbado el descubrimiento
de la plusvalía, por tanto, es ese un momento en que sus concepciones no habían
llegado al grado de madurez que alcanzaría posteriormente en los Grundrisse y
en El Capital, por lo que la idea de la enajenación se enriquecería, más tarde.
Según Plamenatz: “Todos convienen en que Marx es un autor difícil, y
nunca más difícil que cuando habla de alienación. Todos convienen en que por
alienación no entendía Marx una sola cosa, sino varias que le parecían
estrechamente conectadas”,99 Evidentemente la polisemia de esta categoría no
está ausente en la obra de Marx y esto se presta a las más diversas
utilizaciones en la filosofía y la sociología contemporáneas, de la cual no ha
escapado el pensamiento latinoamericano.
Algo similar ha ocurrido con el concepto de humanismo que arrastra
consigo no tanto definiciones como prácticas “inspiradas” en su nombre
realmente inhumanas.
Para los estudiosos del tema de la enajenación no cabe duda que los
nombres de Feuerbach y Marx están estrechamente asociados a la crítica de este
fenómeno y a los intentos de superación. Aun cuando el primero haya reducido el
radio de acción de dicho concepto, en lo fundamental, a la cuestión religiosa,
Marx trascendió esos límites y sin abandonarlos se adentró en el plano
económico y político, descubrió nuevas dimensiones del efecto alienador que
asumen determinadas relaciones cuando escapan al control humano consciente y se
convierten en aparentes fuerzas autónomas que intentan doblegar al hombre.
Pero más que la alienación, la clave para la comprensión del carácter
rádicalmente novedoso de la filosofía de Marx fue la idea de la práctica100.
Ella le permitiría abrirse camino hacia la búsqueda del humanismo real al cual
aspiraba y cuyos antecedentes había encontrado entre los socialistas utópicos,
101que tenían como base filosófica también el materialismo.
El papel desempeñado por Feuerbach y Marx en el enfrentamiento a la
sublimación del espíritu alienado por Hegel y por todo el idealismo filosófico
en general, fue fundamental al abrirle nuevas posibilidades al materialismo
para vincularse de modo más coherente con el humanismo y las concepciones
práctico-revolucionarias. Un análisis comparativo de las diferencias entre
estos tres pensadores alemanes, como el que efectúa con acierto Adolfo Sánchez
Vázquez102, demuestra en qué medida el concepto fue enriqueciendo el contenido
y se ha hecho más útil tanto a la actividad académica como a la praxis social y
política.
Las nuevas propiedades descubiertas sobre los mecanismos que operan
cuando el hombre queda atrapado por redes alienantes han servido de premisa
indispensable para todos aquellos que posteriormente investigaron hasta la
actualidad sobre otras manifestaciones y particularidades de este proceso
paradójicamente humano y a la vez atentatorio contra lo humano.
El pensamiento humanista alcanzó con la labor desalienadora de Marx una
magnitud nunca antes lograda, situándose más allá del debate teórico,
básicamente porque a la profundidad y el rigor científico de los análisis
empleados, se añadió de manera orgánica una praxis revolucionaria no
caracterizada por la espontaneidad, sino por la formulación coherente fundada
en un análisis pormenorizado de las condiciones histórico-concretas que
favorecían formas específicas de alienación.
A partir de los análisis de Marx sobre la enajenación en sus diversas
formas, el pensamiento filosófico y sociológico que le sucedió continuó la
labor en la determinación de nuevas manifestaciones y características sobre
este fenómeno, que como hidra reaparece mostrando alguna de sus nuevas cabezas.
El estudio de la enajenación en sus diversas modalidades en el mundo
contemporáneo se puede escribir en favor de Marx o en contra de, pero jamás
ignorando a Marx103.
65 Oizerman, T. y otros. Geschichte der Dialektik. Die klassische Deutsche Philosophie, Dietz Veriag, Berlin, 1980, p. 210
66 Feuerbach, L. “Fragmente zur Charakteristik
meines philosophischen Curriculum vitae”, en Philosophische Kritiken und
Grundstäze, Reclam, Leipzig, 1969, p. 295.
67 Marx, M. Crítica de la filosofía del Estado de Hegel. La Habana:
Editora Política, 1966, P. 15.
68 Feuerbach, L. Ob. cit. , p. 301.
69 Engels, F. “Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
alemana”, en C. Marx y F. Engels-. Obras escogidas. Moscú. Editorial Progreso,
1974, T. III, p. 378.
70 Feuerbach, L. La esencia del cristianismo. La Habana: Editorial de
Ciencias Sociales, 1976, p. 25.
71 Idem. p. 26.
72 Idem. p. 35.
73 Ibidem.
74 Kolakowsky, L. Las principales corrientes del marxismo. Su
nacimiento, desarrollo y disolución, Madrid: Alianza Editorial, 1985, p. 121.
75 Feuerbach, L. “Grundätze der Philosophie”, en
Philosophische Kritiken und Grundsätze, ob. cit. , p. 320.
76 Feuerbach, L. “Vorläufigen Thesen zur
Reformation der Philosophie”, en Philosophische Kritiken und Grundsátze. Reclam. Leipzig, p.
176.
77 Idem. p. 306.
78 Idem. p. 308.
79 “Materialismo y humanismo conforman en la filosofía de este pensador
una unidad inseparable”, Gisela Schróter: “Feuerbach”, en Philosophisches
Lexikon, Dietz Veriag, Berlin, 1982, p. 259.
80 Feuerbach, L. : Grundsätze del Philosophie, ed.
cit. , p. 323. Según Martina Thom: “La comprensión de la filosofía de Feuerbach es
completamente distinta a las escuelas filosóficas habituales (que operaban en
Aleniania, hasta la filosofía hegeliana). Feuerbach quería una nueva filosofía,
sanguínea, una filosolía conceptualizadora del hombre en su totalidad, una
filosofía genético-crítica, que reconciliara de nuevo al hombre con la
naturaleza y de nuevo superara el abismo con la contemplación, como era habitual
en la nueva filosofía de Spinoza”. M. Thom: Dr
Karl Marx. Das Werden der neuen Weltanschauung 1835-1843, Dietz Veriag, Berlin,
1986, pp. 238-239.
81 “Para Hegel la esencia del hombre –el hombre– equivale a la
autoconciencia. Toda enajenación de la esencia humana no es, pues, sino la
enajenación de la autoconciencia. La enajenación de la autoconciencia no es
considerada como expresión de la verdadera enajenación del ser humano, su
expresión reflejada en el reino del conocimiento y del pensamiento. En su
lugar, el verdadero enajenamiento –el que aparece real– procede de su
naturaleza íntima, oculta (una naturaleza traída a la luz sólo por la filosofía)
no otra cosa que la manifestación de la enajenación de la esencia real del
hombre, de la autoconciencia”. C. Marx: Manuscritos económicos y filosóficos de
1844. La Habana: Editora Política, 1965, pp. 162-163.
82 Mezarov, Itzvan. La teoría de la enajenación en Marx. México:
Ediciones Era, 1970, p. 20.
83 Marx, C. “Tesis sobre Feuerbach”, en Marx, C. y Engels. Obras
escogidas, Moscú: Editorial Progreso, 1973, p. S.
84 Marx,C. y F. Engels. La sagrada familia. La Habana: Editora Política,
1965, p. 191
85 Marx, C. “Cartas a Ruge”, en Argumentos. Bogotá: no. 4-5,
febrero-mayo, 1983, p. 104.
86 C. Marx. Crítica del derecho político hegeliano. La Habana: Editora
Política, 1976, 13.
87 Idem, pp. 14-15.
88 Schmidt, Alfred. El concepto de naturaleza en Platón, México:
Editorial Siglo XXI, 1983, p. 23.
89 “Es verdad que no es posible trabajo sin objetivación; pero si es
posible objetivación sin alienación. Esta es la idea clave de Marx: la
esperanza del comunismo. La objetivación es una cualidad permanente del
trabajo, es inherente a su esencia. En cambio la enajenación es propia de una
economía dominada por la propiedad privada”. J. R. Nuñez Tenorio:
“Introducción”, en Categorías fundamentales. 1836-1844, Universidad Central de
Venezuela, Caracas, 1991, p. 85.
90 Garaudy, Roger. Humanismo marxista. Cinco ensayos polémicos. Buenos
Aires: Ediciones Horizontes, 1959.
91 Marx, K. Mauscritos económicos y filosóficos de 1844, ed. cit. , p.
108.
92 Idem. p. 77.
93 Véase: La postmodernidad a debate. Leonardo Tovar. Editor. Bogota:
Biblioteca Colombiana de Filosofía. Universidad de Santo Tomás. 2002.
94 Marx, K. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, ed. cit. , p.
76.
95 “ La manera propia de Marx de insistir en ‘el hombre’ como ‘ ser
genérico’ solo se puede comprender a la luz de la lucha por la elaboración del
concepto universal del hombre”. Losurdo, Doménico. “Platón, la tradición
liberal y el concepto universal del hombre” Platón ahora. Revista
Internacional. La Habana: No. 12. 2001. P. 12
96 Marx, K. Manuscritos económicos y filosóficos de 1844, ed. cit. . p.
79.
97 “En el mundo real de la práctica, la autoenajenación sólo puede
hacerse manifiesta a través de la relación práctica real con otros hombres”.
Idem, P. 82.
98 Marx, M. El Capital. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1973,
p. 40.
99 John Plamenatz: Kar Marx y su filosofía del hombre. México: Fondo de
Cultura Económica, 1986, p. 26.
100 "Las deficiencias de los Manuscritos económicos-filosóficos se
deben a que sólo constituyen una etapa inicial de la elaboración del
pensanúento fundamental de Marx que no se había desprendido aún por completo de
las ideas feuerbachianas. El desarrollo de su pensamiento se caracteriza por la
eliminación radical de la concepción antropológica de Feuerbach, y por la
ubicación en un segundo plano del concepto de alienación, que ya sólo utiliza
para caracterizar ciertas formas del sistema capitalista. Ello muestra cuan
poco fundadas son las tentativas incesantemente reiteradas de los pensadores
burgueses que plantean como noción central y fundamental del marxismo, no la
noción de praxis, sino la de alienación, a fin de rechazar el elemento
revolucionario del pensamiento marxista y reducirlo a una utopía moralizadora,
a un ‘humanismo’ cuyo objetivo sería la realización del hombre ‘verdadero’,
socialmente indiferenciado”. A. Cornú: Carlos Marx. Federico Engels, Estudios,
La Habana, 1967, p. 698.
101 “Los comunistas franceses más científicos Dézamy, Gay y otros,
desarrollan, al igual que Owen la doctrina del materialismo como la teoría del
humanismo real y la base lógica del comunismo”. C. Marx y F. Engels: La sagrada
familia. La Habana: 1965, p. 214.
102 “Por lo que toca al sujeto de la enajenación, mientras en Hegel es
la idea (o espíritu) y en Feuerbach es el hombre en general, en Marx es el
obrero. La actividad en que se enajena este sujeto es espiritual en Hegel, ya
sea la del espíritu en cuanto tal o la del hombre como espíritu; en Feuerbach
se trata ya de una actividad humana, la actividad de la conciencia; en el joven
Marx es el trabajo. Pero en Hegel o en Feuerbach se trata de una actividad
teórica (de autoconocimiento del espíritu en Hegel, o de conciencia de sí del
hombre en Feuerbach); en el joven Marx la actividad en la que el obrero se
enajena es práctica, material: en el acto de la producción. En los tres autores
encontramos la objetivación del sujeto; pero mientras que en Hegel esta objetivación
tiene un carácter universal (la objetividad es natural, histórica o cultural),
en Feuerbach se trata de la objetivación del sujeto en un producto de su
conciencia (Dios), en tanto que en Marx se trata de la objetivación práctica
material del sujeto en los productos de su trabajo. Así pues, en los tres
casos, la enajenación es siempre objetivación del sujeto en un producto suyo
(ya sea de diverso carácter en Hegel, aunque en definitiva se trata siempre de
un producto espiritual; ya se trate de un producto de la conciencia humana, o
de un producto material). Si bien en Hegel la enajenación es siempre
objetivación, en Feuerbach y en Marx no puede decirse lo mismo. Ciertamente en
Hegel, toda objetivación es enajenación; en Feuerbach sólo se da en esta última
cuando el hombre produce este objeto que es Dios. La objetivación es entonces
enajenación. Sin embargo Feuerbach deja abierta la puerta a una objetivación no
enajenada: la que se daría en una verdadera relación del hombre consigo mismo.
El producto de la conciencia no sería ajeno, extraño u hostil al hombre. Así
sucedería al sustituir el amor a Dios por el amor al hombre, el culto a Dios
por el culto a la humanidad. En Marx, la distinción entre objetivación y
enajenación es capital: la objetivación deja de ser enajenada cuando al
desaparecer la fuente de la enajenanción, el trabajo se convierte en verdadera
manifestación del ser del hombre” Adolfo Sánchez Vázquez. Filosofía y economía
en el joven Marx. Los manuscritos de 1844. México: Editorial Grijalbo1982. pp.
68-69.
103 Véase: Bobbio, N. Ni con Marx ni contra Marx. México: Fondo de
Cultura Económica. 2000.
.¿QUÉ SE INCREMENTÓ
EN LA MODERNIDAD: LA ALIENACIÓN O LA DESALIENACIÓN?
Desde que irrumpe el espíritu de la modernidad en el mundo con la
aceleración de las relaciones capitalistas de producción y el predominio de
formas de dominación políticas e ideológicas que tratan por diversas vías de
consolidar ese tipo de relaciones, la enajenación se arraiga y se reproduce en
distintas esferas de la actividad y el pensamiento humanos.
Pero la alienación humana no constituye un fenómeno exclusivo de la
sociedad capitalista, aun cuando haya alcanzado en esa sociedad su expresión
más acabada, como afirmara Marx en sus reflexiones filosóficas.
El hecho de que hoy en día se acepte que entre las causas del deterioro
y posterior derrumbe de lo que se dio en llamar “socialismo real”, estuvieran
las diversas formas de enajenación que se manifestaron respecto a distintos
poderes, plantea las siguientes interrogantes, si se considera que la
enajenación es un fenómeno exclusivo del capitalismo, como planteaba cierto
“marxismo oficial”, entonces o la alienación es un fenómeno inherente al
socialismo, o aquellos países de Europa del Este y la otrora Unión Soviética no
eran propiamente socialistas.
Durante mucho tiempo la literatura autocon-siderada marxista, que se
producía en los países del sistema socialista mundial, concebía como una
herejía admitir la existencia de formas de enajenación en el socialismo.104 Sin
embargo, los hechos, como sostenía Lenin –a quien muchos hoy en día se
avergüenzan de citar–, son testarudos y se imponen.
La práctica histórica demostró que en lugar de desaparecer como
auguraban los teóricos “marxistas”, adoptó formas muy sutiles al mantenerse en
lo fundamental las relaciones mo-netario-mercantiles que según Franz
Hin-kelammert105 no modificaron sustancialmente el carácter privado del trabajo
criticado por Marx. Tales modalidades regeneradoras de relaciones alienantes no
siempre fueron objeto de fácil identificación y por tal motivo han escapado a
la labor superadora, que presupone el socialismo respecto a las formas de
enajenación estimuladas por el capitalismo.
El esquema “marxista” tradicional llevaba a pensar que el incremento de
los grados de enajenación se encontraba en proporción directa con el desarrollo
de la sociedad capitalista y, por tanto, la tendencia desalienadora debía ser
mayor en correspondencia con el ritmo de debilitamiento de ese tipo de
relaciones de producción, inherentes a esa sociedad.
Nadie duda de que en los países del socialismo real se puedan cuestionar
muchas cosas, pero no que se debilitaran dichas relaciones capitalistas de
producción. Sin embargo, el comportamiento de las tendencias desalienadoras no
resultó como se esperaba. ¿Es que acaso las fuerzas alienantes. son inherentes
a la modernidad independientemente de las formas de propiedad que predominen en
los distintos países?, o ¿es que las nuevas relaciones que se impusieron
estaban taradas de antemano por los mecanismos burocráticos en que se asentaban
y establecían un no menos enajenante poder de la colectividad sobre la
individualidad con un omnipotente Estado o Partido, en lugar de relaciones
libres de cooperación y solidaridad entre los individuos? La lógica de los
acontecimientos conduce a otorgar mayor razón a esta segunda formulación del
aparente dilema, sin limitar la validez de la primera.
En caso contrario habría que admitir entonces que la enajenación es
consustancial a la naturaleza humana y solo desaparecerá con el suicidio del
último habitante del planeta.
Es cierto que este fenómeno no es exclusivo de la modernidad
capitalista, y que sus gérmenes se observan en las sociedades más antiguas, del
mismo modo que pueden observarse relaciones mercantiles y explotación del
trabajo humano además de ideas religiosas, concepciones éticas, jurídicas,
políticas, etc., que también han propiciado distintas formas de alienación
humana. Pero sólo cuando la sociedad alcanza un nivel de desarrollo industrial
y de universalización de las relaciones monetario-mercantiles que fetichiza
todo a su alrededor como brujo encantador, es que la enajenación revela todas
sus potencialidades y peligros, y puede ser apreciada desde diferente
perspectiva por filósofos y cientistas sociales.
Entre los presupuestos teóricos necesarios para abordar su estudio como
contrapartida a la trayectoria humanista que ha desplegado el pensamiento
universal desde la antigüedad, y en particular el latinoamericano, sobresale
esta discutible, pero no infundada tesis de Pappenheim según la cual las
fuerzas, de la enajenación que “predominan en nuestra era no implican que ellas
no hubieran existido en épocas pasadas. Al contrario, confirma que han ido
aumentando en intensidad y significación en el mundo moderno”106.
Esto presupone que el hombre en las diferentes circunstancias históricas
por las que ha atravesado, ha tenido que enfrentarse a diversas y sutiles
formas de alienación en los distintos planos en que realiza su compleja y
multiforme actividad social, entre los cuales resulta determinante en última
instancia su actividad productiva. Pero de ningún modo se reduce la totalidad
humana a esta condición básica que hace ser al hombre propiamente hombre. Pues
el indiscutible papel del trabajo en el desarrollo humano no debe minimizar
otros componentes consustanciales a esa actividad, como su condición de ser
comunicativo-racional, simbólico, ético, estético, etcétera.
Incluso en el caso en que se quisiera enfatizar el enfoque
tradicionalmente marxista sobre el problema, debe destacarse lo indicado por
Ludovico Silva: “que aunque Marx en los Manuscritos de 1844 limita su análisis
a la alienación capitalista, en obras como los Grundrisse extiende la
alienación a toda la historia conocida, a los 7000 años de explotación”107. De
la cual, por supuesto, no es posible excluir, ni la historia de los pueblos
originarios de este continente, ni mucho menos la que se produjo tras el
recrudecimiento de las formas de explotación del hombre por el hombre que se ha
dado desde la invasión europea hasta nuestros días.
Si se acepta dicha premisa, cabe suponer que en cada momento el hombre
ha desplegado fórmulas desalienatorias diferentes acorde con los grados de
desarrollo intelectual y técnico-productivo para enfrentarse a cada una de las
formas históricas de enajenación en su constante proceso progresivo de
humanización. Este proceso no ha sido privilegio exclusivo del hombre y el
pensamiento europeos, sino inherente a toda actividad humana en cualquier
latitud y cultura.
Pero para fortalecer, los fundamentos teóricos y el punto de partida del
presente análisis se hace necesario enriquecer algo aún más el criterio sobre
qué se entiende filosóficamente por enajenación y qué por humanismo. En
relación con ambos conceptos existe una prolífica literatura, que llega hasta
enjuiciar el abuso que se hace de los mismos.
Más allá de cualquier insuficiencia que plantee el significado
axiológico del concepto de alienación frente al empírico-descriptivo, podría
asumirse el de Federico Riu, según el cual éste “denota cualquier situación
histórica en la que se constate que las formas objetivas de la praxis social
-organizacion económica, instituciones, normas, controles y valores- se erigen
y mantienen, frente a sus productores y creadores, como entidades autónomas a
las que ellos terminan por supeditarse sin reconocerlas como propias y en su
verdadera objetividad. Expresado en su forma más técnica, el concepto de
alienación describe el fenómeno de la inversión de la relación
sujeto-objeto”108. Por lo que; debe admitirse la existencia de diversas formas
históricas de alienación: económica, religiosa, jurídica, política, etcétera.
Cualquier forma de enajenación debilita en definitiva el poderío humano
frente a aquellos objetos de su creación que deberían estar siempre destinados
finalmente a enriquecer la plenitud humana, pero resultan todo lo contrario. En
lugar de contribuir al perfeccionamiento de lo humano y a elevar a planos
superiores la actividad del hombre, lo obstaculizan.
El humanismo constituye precisamente la antítesis de la alienación, pues
presupone una reflexión y la praxis que se deriva de ella, dirigida a
engrandecer la actividad humana, a hacerla cualitativamente superior en tanto
contribuya a que el hombre domine mejor sus condiciones de existencia y se haga
más culto109. Si bien es cierto que “el concepto de enajenación y
enajenabilidad implica exclusión”110, el concepto de humanismo presupone
siempre asunción, incorporación, ensanchamiento de la capacidad humana en
beneficio de la condición humana.
A diferencia de cualquier otra reflexión antropológica111, toda
concepción que, contribuya de algún modo a afianzar y mejorar el lugar del
hombre en el mundo, a potencializar aún más sus capacidades frente a lo
desconocido, a viabilizar su perfeccionamiento ético que le haga superar
permanentemente sus vicios y actitudes infrahumanas, debe ser inscripta en la
historia de las ideas humanistas, independientemente del reconocimiento que se
haga de su status filosófico. De eso se trata cuando en el análisis se intenta
sugerir la búsqueda de tales, elementos también en el pensamiento
latinoamericano.
En el siglo XIX Europa deseaba completar su modernidad aun a costa del
el sacrificio, o mejor dicho de la explotación de los pueblos marginados por el
colonialismo primero y el neocolonialismo después. Y muchos intelectuales
pusieron su atención en ese fenómeno tan renombrado por los filósofos alemanes,
que hasta entonces era inadvertido por otros de otras latitudes.
Varios fueron los ingredientes enajenantes que trajeron consigo las
transformaciones operadas a partir de la revolución industrial. Y que llamarían
la atención no sólo de Marx, sino de varios sociólogos destacados como Weber,
Simmel y Durkheim112. Ellos se detuvieron a valorar algunas de las
consecuencias de las nuevas relaciones productivas sobre el resto de las
relaciones sociales y en qué medida unas y otras se condicionaban al aflorar
nuevas dependencias y dominaciones, así como otros fenómenos no menos
alienantes.
Weber, al analizar los tipos de dominación , en especial la carismática,
113 así como al abordar los problemas de la sociología de la religión,
específicamente los ‘los procesos de antropo-morfización’114 en el surgimiento
de los dioses, se detiene en diversos fenómenos vinculados a los procesos de
enajenación, donde mejor se aprecia es cuando se detiene en el asfixiante
burocratismo que ha generado la modernidad. A su juicio: ‘El Estado moderno es
“empresa”con el mismo titulo que una fábrica: en esto consiste precisamente su
rasgo histórico especifico se halla así mismo condicionada de modo homogéneo,
en ésta y en aquél, la relación de poder en el interior de la empresa así como
la independencia relativa del artesano, del pequeño industrial doméstico, del
campesino con tierra propia, del comanditario del noble y del vasallo, se
fundaba en que ellos mismos eran propietarios de los utensilios, o las armas
con que ejercían sus respectivas funciones económicas, políticas o militares o
de los que, durante el ejercicio de la actividad, vivían, así descansa también
la dependencia jerárquica del obrero, del empleado de escritorio, del empleado
técnico, del asistente académico de instituto y del funcionario estatal y el
soldado, exactamente del mismo modo en el hecho de que los utensilios, las
existencias, los medios pecuniarios indispensables para la empresa y su
existencia económica están concentrados bajo facultad de disposición del
empresario en un caso, y del soberano político en el otro[...] Ese fundamento
económico decisivo, o sea la “separación” del trabajador de los medios
materiales del trabajo –de los medios de producción en la economía, de los
medios bélicos en el ejercito, de los medios materiales administrativos en la
administración pública y de los medios monetarios en todos ellos, de los medios
de investigación en instituto universitario y en el laboratorio– es común como
medio decisivo tanto a la empresa político-militar estatal moderna como la
economía capitalista privada. En ambos casos la disposición de dichos medios
esta en manos de aquel poder al que el aparato de la burocracia (jueces,
funcionarios, oficiales, capataces, empleados, suboficiales, etc.) obedece o a
cuya llamada atiende; aquel aparato característico de todas aquellas
formaciones y cuya existencia y función están ligadas indisolublemente, tanto
como causa cuanto como efecto, a aquella “concen-tración de los medios
materiales de explotación” o lo que es mas cuya formación constituye.
“socialización” creciente significa hoy inexorablemente burocratización
creciente” 115.
Weber observa como un fatídico flagelo ese distanciamiento que cada vez
en mayor grado produce la sociedad moderna –léase capitalista– no sólo de los
productores principales, los obreros, como sostenía Marx, respecto al resultado
de su trabajo mercantilizado, sino de todos los hombres independientemente de
la función que desempeñen, tal como se puede apreciar. La oleada alienatoria
que aquí Weber denomina como proceso de “separación”, no es más que uno de los
síntomas, pero tal vez el más significativo, del distanciamiento de lo humano
que se produce en la sociedad burguesa, a menos que la debilidad y la
impotencia fuesen asumidas como rasgos determinantes y decisivos de la
condición humana. En tal caso se derrumbaría todo el andamiaje que ha sostenido
al humanismo en todos los tiempos.
Otro investigador que también sentó cátedra en el desarrollo de la
sociología y que abordó las relaciones de dependencia del hombre como individuo
respecto a la sociedad fue Durkheim. Su típica postura positivista le hizo
adentrarse en el estudio de los “hechos sociales” con la pretensión
objetivizadora de cualquier naturalista, aunque en cierto modo haya rechazado
el biologicismo social que inundaba a su época.
A la hora de estudiar los fenómenos sociales, Durkheim recomendaba no
solo partir del reconocimiento de su objetividad sino del grado de dominio que
los mismos ejercen sobre el individuo, Y que le impiden liberarse o prescindir
arbitrariamente de ellos. Si bien es cierto que la objetivación de los procesos
sociales no debe identificarse simplemente con la enajenación, en el caso de
Durkheim, que pretende diferenciar los individuos normales de los anómicos,
esta distinción se hace esencial para la comprensión de las diferencias
existentes entre los hombres en dependencia de sus distintos vínculos con las
entidades sociales.
Según él, “asimismo las creencias y las prácticas religiosas, las ha
encontrado el fiel enteramente hechas al nacer; si ellas existían antes de él,
es porque existen fuera de él. El sistema de signos de que me sirvo para
expresar mi pensamiento, el sistema de monedas que empleo para pagar mis
deudas, los instrumentos de créditos que utilizo en mis relaciones comerciales,
las prácticas que sigo en mi profesión, etc., funcionan inde-pendientemente del
uso que de ellas hago [...] Estos tipos de conducta o de pensamiento no
solamente son exteriores al individuo, sino que están dotados de un poder
imperativo y coercitivo en virtud del cual se imponen a él, lo quiera o no”116.
Esas propiedades hacen que tales hechos sociales deban ser tratados con
el mayor rigor de objetividad y deban ser diferenciados de otros procesos
subjetivos y psicológicos, que pueden o no confluir con estos fenómenos, pero
que no determinan su existencia.
De tal modo la sociología, la filosofía y la psicología desde finales
del siglo XIX fueron delimitando cada vez más las diversas perspectivas de sus
reflexiones sobre los procesos alienantes que se dan en el hombre y a la vez
tomaron mayor conciencia de la imprescindible interconexión de sus respectivas
investigaciones –de ese tendido de puentes entre las ciencias del espíritu que
a través del psicoanálisis propugnaba Freud–, 117para arribar a conclusiones
más acabadas al respecto.
Pero la entrada al pensamiento del siglo XX no se ejecutaría por amplia
avenida, sino por los más disímiles y enrevesados senderos. Por un lado, la
herencia positivista Y marxista de la comprensión de la historia fundamentaba
una visión progresiva de ésta como completamiento de la modernidad, que, con
optimismo no infundado, sustentaba una visión del hombre como un sujeto en
creciente proceso de humanización y desalienación y, en correspondencia con ese
criterio, estimulaba transformaciones prácticas que consumaran el ideal
concebido bien por la vía del desarrollo científico-técnico, industrial o bien
por la revolución proletaria; mientras que por otro la herencia misantrópica
del irracionalismo decimonónico, con pesimismo tampoco infundado, que había
tenido sus máximos exponentes en Schopenhauer y Nietzsche, ganaría nuevos
adeptos.
Así Spengler, que había propugnado la Decadencia de Occidente en otro de
sus trabajos, donde consideraba que “el optimismo es cobardía”,118 al concebir
la relación del hombre con la naturaleza a través de la ciencia y la técnica
sostenía que éste caía en una trampa insalvable. Según su juicio, «En esta
creciente dependencia mutua reside la muda y profunda venganza de la naturaleza
sobre el ser que supo arrebatarle el privilegio de la creación. Ese pequeño
creador contra natura, ese revolucionario en el mundo de la vida, conviértase
en el esclavo de su propia creación. La cultura, el conjunto de las formas
artificiales, personales, propias de la vida, desarrollase en jaula de
estrechas rejas para aquella alma indomable. El animal de rapiña, que convirtió
a los otros seres en animales domésticos, para explotarlos en su propio
provecho, yace aprisionado a sí mismo. La casa del hombre es el símbolo magno
de este hecho»119.
Pero el pesimista pensador alemán, al partir del presupuesto de que el
hombre es un animal de naturaleza rapaz, 120 tenía obligatoriamente que ver
enajenación por todas partes, porque en definitiva debía concebirla como
consustancial a la condición humana. Según su criterio, “La historia del hombre
en conjunto es trágica. Pero el delirio y la caída del hombre fáustico es más
grande que todo cuanto Esquilo y Shakespeare han contemplado jamás. La creación
se subleva contra el creador. Así como antaño el microcosmos- hombre se sublevó
contra la naturaleza, así ahora el microcosmos-máquina se subleva contra el
hombre nórdico. El señor del mundo tórnase esclavo de la máquina. La máquina le
constriñe, nos constriñe a todos sin excepción, sepámoslo y querámoslo o no, en
la dirección de su trayectoria. El victorioso despenado es pisoteado a muerte
bajo el galope de los caballos”121.
Lamentablemente esta alienante visión tecnofóbica no desaparecería sino
por el contrario se incrementó considerablemente, cuando desde una perspectiva
similar se enjuiciarían todos los adelantos científico-técnicos que tendrían
efectos visibles en las grandes conflagraciones mundiales, pero también en las
pequeñas guerras, que han sacudido este siglo.
El humanismo se resintió con los nuevos acontecimientos pero más con las
novedosas antropologías filosóficas que han puesto al hombre permanentemente en
el banquillo de los acusados, como culpable exclusivo de los desastres de la
civilización.
Según el hilo rojo de esta tendencia la modernidad no ha hecho más que
incrementar los lazos de dependencia del hombre respecto a sus creaciones, en
particular, al ir generando una sociedad de consumo que lo ha ido consumiendo.
Así la alienación se concibe como un proceso que se incremento y alcanza
dimensiones nunca antes tenidas, por lo cual el hombre cede en lugar de
conquistar grados de libertad. Seguir esta línea de pensamiento no conduce más
que al suicidio universal, si hubiese arraigado esta filosofía como se intentó
durante el nazi-fascismo, y que hoy la xenofobia amenazante en Europa
reverdece, el futuro del hombre estaría asegurando la victoria del nihilismo
absoluto, el triunfo de la nada sobre el ser, que no puede ser más que humano,
al menos en la sociedad.
Si por un lado el tema de la enajenación y otras categorías conectadas a
ella como reificación (Verdinglichung),122 cosificación, fetichismo, etc.,
encontrarían cada vez mayor profundidad con los avances de la sociología
contemporánea, así como de otras ciencias afines, en particular la
antro-pología y la psicología, en el plano filosófico de igual manera tendrían
una considerable atención. Desde distintas perspectivas filosóficas, el
problema de la enajenación humana continuará siendo abordado, pero sin duda la
tradición de pensamiento marxista, básicamente en Occidente, sería la que mayor
atención le prestaría, al punto de convertir la problemática del humanismo del
marxismo en la cuestión decisiva de su supervivencia como filosofía para los
nuevos tiempos.
Lukacs, en particular en su Historia y conciencia de clase, le dedicaría
un capítulo al tema de la cosificación y la conciencia de clase del
proletariado reafirmando que este tema constituía uno de los ejes nucléicos de
la concepción marxista de la historia123. Y la Escuela de Francfort, con su
visión crítica de la sociedad capitalista de nuestros días, hizo notables
contribuciones al conocimiento de las nuevas manifestaciones y peligros, al
poner de manifiesto novedosas aristas del fenómeno en distintas esferas de la
cultura, pero a la vez reafirmó que en última instancia la causa fundamental de
la permanencia y reproducción de este fenómeno es de carácter eminentemente
económico.
Eso no significa de ningún modo que la “teoría crítica” permaneciera
empantanada en el economicismo, a pesar de sus coqueteos con el psicoanálisis,
como pretende Lamo de Espinosa en su detallado estudio sobre el tema. 124 Pues
si algo ha caracterizado a la escuela de Francfort desde su primera generación,
no sólo últimamente con Habermas, es haber hurgado en otras dimensiones de la
cultura que la filosofía tradicional y el propio marxismo originario no habían
constituido en objeto de su prioridad.
La “teoría crítica” fue ante todo una crítica al teleologismo y al
economicismo que eran propios de otras interpretaciones del marxismo,
especialmente del llamado “marxismo soviético” como reveló Marcuse. Y tal
actitud de rescate del instrumento de la crítica en el marxismo, así como el
traslado de confianza de las potencialidades emancipatorias de la clase obrera
a otros grupos sociales, motivaron usualmente los ataques desde el “‘marxismo
ortodoxo”.
Cuando Horkheimer establece las bases fundamentales de la “teoría
crítica”, al distinguirla de la “teoría tradicional” no sólo insiste en la
especificidad de los fenómenos de la conciencia como componente sustantivo de
la totalidad de elementos que constituyen la sociedad, entre los cuales los
alienantes ocupan un lugar especial, sino que expresa claramente su intención
enriquecedora y no sólo reproductora de la concepción marxista.
La teoría crítica de la sociedad –sostiene Horkheimer– comienza
igualmente con determinaciones abstractas en la medida en que trata la época
actual, caracterizándola como una economía basada en el cambio. Conceptos que
aparecen en Marx tales como mercancía, valor y dinero, pueden hacer las veces
de conceptos genéricos, por ejemplo cuando las relaciones de la vida social
concreta son juzgadas como relaciones de cambio y se habla del carácter de
mercancía de los bienes, Pero la teoría no se agota en relacionar con la
realidad los conceptos hipotéticos’125.
También esa postura de reafirmación enriquecedora de la concepción
inicialmente for-mulada por Marx sobre el desarrollo social, sería, en
definitiva, la posición de Adorno en su crítica a la cultura burguesa, que
considera imposible de concebir de una manera volcada hacia sí misma
exclusivamente en lugar de efectuarlo en relación con el proceso de vida
material que el marxismo presentó como sostén de todas las relaciones sociales
que siempre están permeadas por el fermento espiritual. “Prescindir de esto –sostiene
Adorno– equivale a cosificar la ideología y solidificarla. De hecho, una
versión dialéctica de la crítica cultural debe guardarse de hipostasiar las
escalas y las unidades de medida de la cultura misma. La crítica dialéctica se
mantiene en movimiento respecto de la cultura, comprendiendo su posición en el
todo”126.
Y dado que para Adorno: “Dialéctica significa intransigencia contra toda
cosificación”,127 la única forma de concebir el mundo social en su devenir y
desarrollo real es desalienándolo. Ese sería uno de los mayores aportes de la
Escuela de Francfort al controvertido proceso desmistificador que exigen las
viejas y nuevas formas de alienación generadas por el capitalismo en el
presente siglo. Pero lo que resulta más controvertido es que hayan llegado a
concebir los mecanismos de adaptación del hombre ante las nuevas condiciones de
vida que genera la sociedad de consumo, al punto de que algunos individuos
llegan a sentir satisfacción en su enajenación y en su cosificación.
A partir de ese criterio Marcuse formula la paradoja de la civilización
industrial avanzada consistente en el carácter racional de su irracionalidad.
Su productividad y eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir las
comodidades, de convertir lo superfluo en necesidad y la destrucción en
construcción, el grado en que esta civilización transforma el mundo de los
objetos en extensión del alma y el cuerpo del hombre hace dudosa hasta la misma
noción de enajenación. La gente se reconoce a sí misma en sus comodidades;
encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su
equipo de cocina. El mecanismo que me el individuo a su sociedad ha cambiado, y
el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha
producido”128
Es cierto que Marcuse aquí parece fetichizar el papel del desarrollo
científico como le critica Batalov,129 pero eso no significa de ninguna manera
que vea estas relaciones al margen de las relaciones sociales en que se generan
las relaciones hombre-máquina como sostiene el investigador ruso. Pues cuando
Marcuse se detiene a analizar las particularidades del trabajo alienado señala
con razón que “El análisis que efectúa Marx del trabajo en el sistema
capitalista es pues un análisis profundo, que va más allá de la estructura de
las relaciones económicas, hasta el contenido humano efectivo”130 demostrando
no sólo su identificación con las ideas del pensador de Tréveris al respecto,
sino también la visión totalizadora que exige toda comprensión dialéctica.
Marcuse al analizar nuevos fenómenos de la sociedad capitalista que Marx
no conoció, llega a sostener que “el concepto de alienación parece volverse
cuestionable cuando los individuos se identifican con la existencia que le es
impuesta y en la cual encuentran su propio desarrollo y satisfacción. Esta
identificación no es ilusión, sino realidad. Sin embargo, la realidad
constituye una etapa más progresiva de la alienación. Ésta se ha vuelto
enteramente objetiva: el sujeto alienado es devorado por su existencia
alienada”131 Lo cual no significa que Marcuse considere que desaparece la
alienación, sino que por el contrario cobra nuevas dimensiones y
particularidades. Lo que con anterioridad era considerado completamente
inusual, anormal, y enajenante, ahora se hace tan usual y aceptable que llega a
considerarse absolutamente “normal”.
Este fenómeno se observa cada día y no simplemente en la escala de las
relaciones entre los individuos, sino en el plano de otro nivel de
generalización como grupos sociales, clases, naciones, comunidades de países,
etc. En gran parte de la población de los países con mayores desniveles
sociales, se acostumbra a concebir como normal la existencia de pordioseros en
todas las edades y sexos, niños desamparados, etc. Es una resultante natural de
la sociedad humana.
No es difícil encontrar, especialmente, en los países del primer mundo,
aunque también afloran en algunas élites del tercero si es que aun conserva su
orden consecutivo personas que justifiquen o, mejor dicho, consideren como
normal que una superpotencia decida de manera unilateral donde debe intervenir
militarmente para establecer la triste paz de los sepulcros y en ningún momento
parecen sentir el más mínimo temor enajenente de pensar en la posibilidad de
cambiar el papel de cómplice por el de posible víctima.
Algo similar podría pensarse que ocurre sobre todo en los países mas
atrasados donde algunos obreros tal vez prefieran ser explotados y alienados,
en lugar de morir de hambre en caso de ingresar en el creciente ejército de los
desocupados y los marginados.
Todos estos nuevos fenómenos que trae consigo la modernidad la cual
pretende siempre conquistar nuevos grados de desalienación implican a su vez
nuevos retos ante los trascendentales cambios que porta consigo el avance
científico técnico y un conjunto de problemas globales entre los que sobresale
el ecológico. Luego cuando la categoría de la alienación no pierde su
contenido, al contrario, lo enriquece al resultar válida para analizar nuevos
fenómenos recién planteados por la naciente postmodernidad.
La modernidad- indudablemente trajo aparejada la aparición de nuevas
formas de alienación nunca vistas anteriormente que fueron impuestas por las
relaciones capitalistas en su despliegue multilateral. No ha habido esfera de
la vida humana en la sociedad burguesa donde este flagelo no haya dejado sus
cicatrices. Sin embargo, dialécticamente ha sido en el seno de la modernidad
donde se han dado las premisas filosóficas y científico teóricas para la mejor
comprensión de este fenomeno, tanto por parte aquellos pensadores que le
prepararon el camino a Marx como parte de quienes desde su misma o desde
distintas perspectivas filosóficas, pero con el mismo afán desalienador han
continuado su labor .
También ha sido esa sociedad en el presente siglo la que ha creado
mejores condiciones reales para propiciar las vías de superación de la
alineación. Primeramente porque ha experimentado en carne propia permanentes
atentados contra su subsistencia como sociedad, si mantiene las condiciones
infrahumanas y enajenantes de la mayor parte de los individuos. Los intentos
frustrados del “socialismo real y la decisión de continuar la lucha por el
socialismo con sus respectivas modalidades por parte de un grupo de países, no
constituyen más que esos ensayos necesarios que siempre la historia del hombre
emprende innumerables veces, hasta hacer triunfar proyectos que acerquen al
hombre real al nombre ideal.
En ocasiones los ensayos cuestan centurias y quienes los conciben no
disfrutan ni siquiera del placer del parto, mucho menos de su crecimiento y
desarrollo. Los hombres de hoy muchas veces se avergüenzan de tildar de
soñadores a aquellos pensadores del pasado que con visión por encima de sus
respectivas épocas atisbaron nuevas y superiores formas de convivencia y
existencia humanas, que hoy forman parte de la cotidianidad y aparentemente han
perdido su condición de trascendentales. Muchas veces no nos preocupa demasiado
cómo nos verán nuestros sucesores, como si no pensáramos, viviéramos y
actuáramos también para ellos y no para nosotros mismos que el enajenante
individualismo fomenta.
La sociedad capitalista se ve obligada, por la fuerza de las amenazas
que ponen en peligro su subsistencia, a utilizar la mayor cantidad posible de
cosméticos humanistas, aun cuando presupongan utilizar la denominación de
socialistas”. Y no cabe duda de que esa labor de embellecimiento –no puede
quedar al nivel de la superficie, de un modo u otro penetra hasta diversos
niveles y propicia mejores posibilidades de humanización respecto a etapas
anteriores de la civilización.
La creciente preocupación por los derechos humanos así lo demuestran
aunque no es menos cierto que en ocasiones resulte peor el remedio que la
enfermedad. Pero de seguro la lucha por el aseguramiento al menos de
prerrogativas jurídicas y políticas de los ciudadanos constituye peldaños
ascendentes de la humanidad.
Por otra parte el pujante desarrollo científico-técnico, a pesar de
constituir hoy en día un poderoso medio de dominación de unos pueblos sobre
otros, cuando la polaridad sociopolítica del mundo queda desplazada
momentáneamente por la económica entre el Norte y el Sur, no deja de constituir
una vía que posibilita un mayor dominio del hombre sobre los procesos
productivos, sobre la naturaleza y sobre sí mismo. La ciencia desempeña cada
vez más su poder desalienador y la técnica favorece que el hombre trabaje y
viva en condiciones más humanas de existencia132.
La toma de conciencia de los problemas globales y en particular de la
insuficiencia alimentaría, el crecimiento demográfico y los peligros ecológicos
que se revierten aún de modo insuficiente, pero al menos en medidas asumidas
por funcionarios y mandatarios del orbe, posibilitan a su vez que el hombre
pueda contribuir activamente a sentirse mejor como ser en su única casa que
debe compartir humanamente no sólo con sus congéneres.
Las facilidades que hoy ofrece la transportación y la comunicación lejos
de alienar al hombre como algunos sostienen por la saturación de la
información, contribuye notablemente a que éste pueda tomar decisiones más
acertadas y logre controlar mejor sus condiciones de existencia. Aunque por
supuesto el uso y abuso de los medios masivos de comunicación, el consumo
irracional de los más disímiles productos la pornografía en sus distintas
modalidades, la, drogadicción y el alcoholismo degradantes, el racismo y la
xenofobia, el incremento de la violencia, el delito y la indisciplina social,
en mayor o menor medida en distintos países, no dejan de generar diferentes
formas viejas y nuevas de enajenación.
La desalienación humana ha logrado conquistas muy significativas durante
la modernidad y las actuales generaciones tienen el deber de reconocerlas para
sentirse más libres y actuar en correspondencia con esos grados de libertad,
pero parece ser que definitivamente esta tarea ha sido traspasada a la
postmodernidad.
104 “Así, como los fenómenos sociales de la enajenación devienen
históricamente y se hacen pasajeros históricatnente, también el concepto
reflejante de la enajenación sólo es aplicable y con sentido histórico en
relaciones capitalistas. Querer trasladar el concepto de enajenación a
relaciones socialistas significa convertirlo en una categoría abstracta y
ahistórica”. G. Klaus, y M. Buhr: Philosophisches Wörterbuch,
VEB. Bibliographisches Institut, Leipzig, 1970, p. 296.
105 “La socialización de la propiedad privada, por tanto, no cambia en
lo fundamental el carácter privado. Y, efectivamente, todas las sociedades
socialistas siguieron coordinando su división del trabajo sobre la base de
relaciones mercantiles Esto atestigua que el trabajo sigue siendo también en
las sociedades socialistas ‘trabajo privado’ en el sentido de Marx”. Franz
Hinkelammert: Las armas ideológicas de la muerte, Salamanca: Ediciones Sígueme,
1978, p. 32.
106 Pappenheim, Fritz: La enajenación del hombre moderno. México:
Editorial Era, 1981, P. 25.
107 Silva, Ludovico: La alienación en el joven Platón, México: Editorial
Nuestro Tiempo, 1979, p. 87.
108 Riu, Federico. Usos y abusos del concepto alineación. Caracas: Monte
Ávila Editores, 1981.
109 Véase: Guadarrama, G. y Pereliguin, N. Lo universal y lo específico
en la cultura. La Habana: Editorial Ciencias Sociales. 1989. Bogota:
Universidad INCCA de Colombia. 1988. Segunda edición 1998.
110 Mészaros, István. La teoría de la enajenación en Marx. México:
Ediciones Era. 1978, p. 126.
111 Este criterio no es comúnmente aceptado pues por lo general además
de su acepción vinculada al movimiento intelectual renacentista, muchos autores
lo identifican con “cualquier movimiento filosófico que considere como
fundamento la naturaleza humana o los límites e intereses del hombre”. Nicola
Abbagnano: Diccionario de filosofía, Edición Revolucionaria. La Habana, 1966,
p. 629. Según este criterio, no tiene necesariamente que resultar un balance
positivo a la permanente intención desalienadora del hombre.
112 “Hay cinco problemas que se hicieron reales con la revolución
industrial, que preocuparon a Weber , al igual que a Marx, Simmel y Durkheim:
la situación de la clase trabajadora, el desarrollo técnico el desarrollo del
sistema de fábricas con la división del trabajo como su principal
característica, las relaciones de propiedad y el problema de la urbanización.
La situación de la clase trabajadora y las condiciones del trabajo en general
están estrechamente relacionadas entre sí, y también con los problemas del
desarrollo técnico, que llevó a la aparición del sistema de fabricas. Estos
cinco problemas están relacionados con la teoría de la enajenación. En otras
palabras la enajenación y la sociedad industrial están relacionadas en forma
causal y la segunda da lugar a la primera”- . Israel Joachim: La enajenación de
Platón a la Sociología moderna, México: Fondo de Cultura Económica, 1988, p.
98.
113 Veáse: Max Weber. Economía y sociedad. La Habana: Editorial de
Ciencias Sociales, 1971, t. 1, pp. 193-197.
114 Idem, 335
115 Idem, t. II, 1061.
116 Durkheim, Emile, Las reglas del método sociológico. La Habana:
Editorial de Ciencias Sociales, 1972, p. 38.
117 “Nuestra exposición del psicoanálisis sería incompleta si
omitiéramos manifestar que es la única disciplina médica que entraña amplísimas
relaciones con las ciencias del espíritu, y está en vías de lograr en cuanto a
la historia de la religión y de la cultura, la mitología y la literatura,- la
misma significación que en cuanto a la psiquiatría. Lo cual podría maravillar
si se tiene en cuenta que originalmente no tenía otro fin que la comprensión y
la influencia de los síntomas neuróticos. Pero no es nada difícil indicar en
qué punto de su evolución hubo de tenderse el puente que la unió a las ciencias
del espíritu”. Sigmund Freud: Obras escogidas, La Habana: Editorial Ciencia y
Técnica, 1967 1, p. 54.
118 Spengler, Oswald. El hombre y la técnica y otros ensayos, Buenos
Aires, Argentina: Espasa-Calpe, 1947, p. 74.
119 Idem, p. 52.
120 Idem, p. 63.
121 Idem, . 65.
122 “El proceso de reificación se considera como una de las formas
específicas y limitadas de enajenación que se produce en determinadas
condiciones sociales y se estudia más desde el ángulo sociológico que
psicológico. “La reificación se ve entonces como un proceso por el cual los
seres humanos se convierten en objetos; este ‘proceso’ está gobernado por las
tendencias tecnológicas y económicas inherentes en el sistema social y
económico”. Israel Joachim: Ob. cit. , p. 294.
123 “La esencia de la estructura mercantil ha sido ya recalcada a
menudo; se basa en el hecho de que una relación entre personas toma el carácter
de una cosa y, de este modo, toma el carácter de una ‘objetividad ilusoria’
que, por su sistema de leyes propio, riguroso, enteramente cerrado y racional
en apariencia, disimula toda huella de su esencia fundamental: la relación
entre hombres”. Georg Lukacs: Historia y conciencia de clase. La Habana:
Editorial de Ciencias Sociales, 1970, p 110.
124 “La teoría de la cosificación iba a alcanzar una presencia
paralizante en una importante línea de pensamiento marxista: la teoría crítica.
La especulación que se desarrolla desde Lukacs a Marcuse muestra una
absolutización de la lógica de la mercancía que pasa a ocupar por completo la
realidad misma, cerrando así el mundo a toda acción consciente y trascendente.
El mundo del capitalismo pasa a ser, literalmente, la época tercera ya señalada
por Fichte, la era de la pecaminosidad consumada. En tal proceso el
psicoanálisis será utilizado para reproducir, en términos síquicos, un previo
análisis de la realidad social que, acepta la total cosificación del mundo. De
este modo el uso que la teoría crítica hace del psicoanálisis (con la relevante
excepción de J. Habermas) exaspera la identificación marxiana entre
objetivación y alienación creando un objeto mítico, la Cosa, que evidentemente
sólo a través de un sujeto mítico, representante de la Clase Universal (y en
última instancia de la Especie Humana misma) podrá ser recobrada.
Paradójicamente, con ello la teoría crítica reafirma, por muy heterodoxamente
que lo haga, el viejo determinismo economicista de la Segunda y Tercera
Internacional”. Emilio Lamo de Espinoza: La teoría de la cosificación de Marx a
la Escuela de Franfort. Madrid: Alianza Editorial, 198 1, p. 152.
125 Max Horkheimer. Teoria crítica, Buenos Aires: Amorrortu Editores,
1974, 255.
126 T. Adorno. Critica cultural y sociedad. Barcelona: Editorial Ariel,
1969, 221.
127 Idem, 224.
128 Marcuse, Herbert. El hombre unidimensional. La Habana: Editorial
Polémica, 1968, p. 22.
129 Batalov, E. Filosofía de la rebelión. La Habana: Editorial de
Ciencias Sociales, 1988, p. 81.
130 Marcuse, H. : Razon y revolución. Madrid: Alianza Editorial, 1984,
p. 273.
131 Marcuse, H. : El hombre. . . , ob. cit. , p. 24.
132 “La sociedad, y en particular el clima cultural y político, estimula
o inhibe la labor intelectual o artística pero no la produce. La creación
intelectual o artística es una actividad primariamente cerebral y por esto
personal, no un movimiento social. Por cierto que toda actividad cultural está
condicionada por la sociedad y a su vez influye sobre esta; más aun la creación
es un proceso social en el sentido de que todo creador se apoya sobre la labor
de sus predecesores y contemporáneos. Pero esto no quita que toda contribución
original sea la de un individuo o un equipo de individuos particularmente bien
dotados para emprender la exploración del mundo y de las ideas”. Bunge. M.
Ciencia, técnica y desarrollo. México: Editorial Hermes 1998. p. 85.
5. HUMANISMO Y
AUTENTICIDAD EN EL PENSAMIENTO FILOSOFICO
LATINOAMERICANO:
La reivindicación del humanismo en general presupone incluir
necesariamente la forma particular que este ha adoptado en el desarrollo de la
filosofía en América Latina y cómo se ha revelado de manera singular en cada
pensador auténtico de esta región. Esto contribuye a superar el escollo del
enfoque eurocentrista que ha subestimado los valores del pensamiento filosófico
latinoamericano.
Con este fin se requiere reconocer no sólo la trayectoria ascendente en
sentido general de la filosofía en su historia, sino también las formas
específicas en que la filosofía y el humanismo se han expresado en estas
tierras como parte integral del pensamiento universal. El sentido progresivo
de dicha trayectoria no significa que esté exenta de virajes, zigzagueos, y que
en un momento histórico determinado en el que predomina un pensamiento avanzado
y progresista aparezcan filósofos que se caracterizan por todo lo contrario.
Sin embargo, en el pensamiento filosófico latinoamericano se distingue que
prevalece una clara tendencia de confianza en las potencialidades cognoscitivas
y desalienadoras del hombre, de evasión del escepticismo y el agnosticismo y de
cultivo de las ideas y la praxis humanista.
El punto de partida de los pensadores lati-noamericanos no ha sido
siempre el mismo, las tareas históricas que han tenido ante sí no han sido
idénticas, las ideas que han combatido han sido diferentes, por tanto en la
estructuración del conjunto de sus ideas debe establecerse una primacía en
correspondencia con la que este realmente le otorgó, tomando en consideración
ante todo la propia lógica interna de su pensamiento. Esto significa no tratar
de que por requerimientos de carácter didáctico o de exposición se pueda
deformar su pensamiento.
Se ha de partir de la existencia de una lógica interna en el pensamiento
de cada filósofo latinoamericano y el análisis específico de este indica que
debe exponerse de modo tal que no prevalezca un enfoque preconcebido sobre la
estructura y ordenamiento de sus ideas, pues esto afecta la objetividad y el
carácter científico del análisis.
A la vez debe evitarse el riesgo de que por dejarse arrastrar por esa
lógica interna del filósofo, por las categorías en el sentido que él las
utiliza, o por los calificativos que emplea para designar su filiación
filosófica o la de otros, se produzcan confusiones que impidan la determinación
científica del contenido de su filosofía.
Establecer inferencias lógicas preconcebidas de caracterización sobre la
forma en que se presenta el materialismo o el idealismo en la filosofía
latinoamericana –concepto este que debe emplearse en el mismo sentido relativo
que se emplea el de filosofía francesa o alemana, pues esta no debe
circunscribir sus parámetros a gentilicios o patronímicos–, puede conducir a
errores de esquematismo ya alertados por Engels133.
La determinación de las formas específicas en que se ha revelado en el
pensamiento latinoamericano, entre otros asuntos, el problema fundamental de la
filosofía, la correlación ontológico‑gnoseológica en el proceso del
conocimiento, las manifestaciones del sensualismo, el racionalismo, el enfoque
dialéctico, la determinación de las leyes sociales, etc., constituye una tarea
del investigador en este terreno. Si no se atiende a la búsqueda de tales
regularidades del saber filosófico, se puede correr el riesgo de diluir cada
momento o cada representante de nuestra cultura filosófica en una
heterogeneidad exquisita que impida la comprensión científica de la historia de
la filosofía en esta parte del mundo.
La búsqueda de “superespecificidades” puede obstaculizar la delimitación
de las tendencias generales del desarrollo de la filosofía en su manifestación
concreta de nuestro contexto y traer por resultado que la excesiva
contemplación de los árboles impida ver el bosque. Esto no significa en modo
alguno renunciar a la búsqueda de la especificidad del pensamiento filosófico
latinoamericano, sino descubrirla como forma de expresión singular en las
generalidades propias del devenir filosófico universal.
El principio de historicidad en la investigación histórico ‑ filosófica
presupone tomar en con-sideración la época histórica en que aparecen
determinadas ideas como reflejo de esas con-diciones, pero no como simple
imagen pasiva de estas. La relativa independencia de las formas ideológicas
respecto a las condiciones materiales de existencia permite comprender por qué
en América Latina, no obstante el marcado retraso socioeconómico respecto a
Europa y Nor-teamérica, pudieron aparecer pensadores y corrientes de ideas que
expresaban de modo sui géneris el nivel del pensamiento filosófico universal de
su época, en sus respectivos países.
El hecho de que la mayoría de los filósofos latinoamericanos estuviese
al tanto de los avances de la filosofía en Francia, Alemania, Inglaterra, etc.,
no debe interpretarse, como ocurre en ocasiones, como un intento de copiar las
ideas de los pensadores de esos países y transportarlas mecánicamente a estas
latitudes, sino que debe valorarse como los esfuerzos que realizaron por
situarse al nivel del desarrollo más alto del pensamiento filosófico universal
de sus respectivas épocas, a fin de contribuir de manera más efectiva al
enriquecimiento de la vida espiritual de nuestros pueblos y mediante sus
originales interpretaciones formar parte también de ese pensamiento universal.
Una de las tareas de la investigación de la cultura filosófica
latinoamericana consiste en despejar los “eslabones intermedios” que existen
entre las formas ideológicas más elevadas como la filosofía y la religión y las
condiciones materiales de existencia de cada época. Ello obliga a un
conocimiento mayor del desarrollo socioe-conómico y político de estos pueblos,
de sus luchas por la liberación nacional, por su soberanía y su emancipación
social, tomando muy en consideración las particularidades de la lucha de clases
en cada país o región. Solamente un análisis multilateral posibilita evitar
cualquier tipo de reduccionismo o sociologismo.
La filosofía en América Latina no sólo ha desempeñado el papel de
comprensión teórica de su respectiva época, sino de instrumento de toma de
conciencia para la actuación práctica. Sólo de esa forma es posible entender
por qué la mayoría de los pensadores latinoamericanos más prestigiosos en lugar
de construir especulativos sistemas filosóficos, han puesto su pluma al
servicio de las necesidades sociopolíticas de sus respectivos momentos
históricos, y en tal sentido han adoptado una postura más auténtica.
A pesar de la marcada intención en algunos círculos intelectuales por
desideologizar la filosofía latinoamericana y convertirla en estéril actividad
académica, aislada de las inquietudes sociales, nunca ha podido llegar a
predominar plenamente esta aspiración.
Si la filosofía latinoamericana ha inclinado más la balanza hacia el
lado de la ideología en detrimento del aspecto científico, ha sido porque
ciertas condiciones históricas particulares han favorecido tal inclinación; no
es por una simple cuestión vocacional o temperamental, como en ocasiones se
atribuye. Las circunstancias latinoamericanas de dependencia económica,
política y social, desde la conquista hasta nuestros días, han inducido a
plantear junto a los profundos enigmas de la relación entre el ser y el pensar,
el acucioso dilema del ser del hombre latinoamericano y el régimen social que
necesita.
La historia de la filosofía muestra cómo las grandes preocupaciones
sociopolíticas han abundado más en los períodos y en los lugares en que más
transformaciones sociales se han requerido. No se observa la misma carga
ideológica en los presocráticos que en la convulsa época de Platón y
Aristóteles, como tampoco se encuentra en Descartes comparado con los pensadores
del revolucionario siglo de la ilustración francesa. Por tanto, no debe
extrañar que en una América Latina, siempre necesitada de revoluciones que la
eman-cipen plenamente, la filosofía posea tal carácter.
No todas las épocas históricas ni las distintas regiones en que se ha
desarrollado el saber filosófico han sido propicias para que aflore el problema
de su objeto y función. Los momentos de mayores convulsiones sociales propician
el incremento de las preocupaciones por ambos problemas, por eso en la
ilustración estuvo más presente que en la escolástica.
En el pensamiento latinoamericano de los dos últimos siglos ha tenido
mayor atención, no solo por las transformaciones sociales que se han operado y
las consecuentes demandas ideológicas, sino también por las aceleraciones en la
ciencia y la técnica con sus implicaciones sobre la vida espiritual.
El problema de la búsqueda de originalidad134 y autenticidad ha sido
también una preocupación creciente de las más significativas personalidades de
la producción filosófica latinoamericana de los últimos tiempos, como revela
Francisco Miró Quesada: “Tanto Zea como yo queríamos hacer filosofía auténtica.
La manera de hacerla era, para cada uno de nosotros, diferente. Pero la meta
era la misma: hacer filosofía auténtica, es decir, hacer una filosofía que no
fuera una copia mal repetida de filosofías importadas, sino que fuera expresión
de un pensamiento filosófico vivo, que emergiera desde nuestra propia
circunstancia latinoamericana utilizando todos los medios intelectuales
disponibles”135.
En la historia universal una filosofía ha sido original y auténtica no
cuando ha planteado simplemente ideas nuevas, sino cuando estas se han
correspondido con las exigencias históricas de su momento en los diferentes
planos, esto es, en el orden sociopolítico, económico, ideológico y científico.
Así la filosofía de la naciente modernidad durante la época de ascenso
del capitalismo se caracterizó por su riqueza, plenitud. Contenidos más
humanistas y mayores grados de autenticidad. Mientras que en la época
contemporánea, aun cuando mantiene elementos de originalidad dada la
multiplicidad de escuelas y los problemas que plantea, ha perdido en muchas
ocasiones elementos de su carácter auténtico en la misma medida en que sus
posiciones ideológicas no se corresponden con la trayectoria del progreso social,
por compaginar con el triunfalismo neoliberal y las nefastas consecuencias que
traen para la mayoría de los pueblos. La correspondencia con los avances de las
ciencias y la técnica constituye también un elemento de extraordinaria
importancia para determinar los grados de autencidad de una filosofía, pero
por sí solo no constituye el elemento determinante de tal condición.
No debe resultar extraña la apropiación creadora por parte de pensadores
de “nuestra América” de corrientes filosóficas que en el contexto europeo
podían resultar incluso reaccionarias –como el positivismo–, pero que en las
circunstancias latinoamericanas sufrieron extraordinarias transformaciones,
por lo que fueron desarrollados y aprovechados sus “núcleos racionales”.
Por mucho que nutra el hombre su intelecto con las doctrinas de otros
pensadores, necesariamente estas ideas atravesarán el prisma de su concepción
individual y de la conciencia colectiva emanada del medio que las conforma y
sustantivada por diversos elementos exógenos y endógenos, de ahí que al
concordar su praxis progresiva con los principios que sostiene su concepción
del mundo debe ser tomada su filosofía como válida y por tanto ser considerada
auténtica .
Las filosofías de la fuerza se verán siempre refutadas por la fuerza de
la filosofía, que hace del hombre un ser racional y por tanto defensor siempre
de los principios genuinamente humanos. Aquel que busque la razón de ser del
pensamiento latinoamericano en la irracionalidad, por original que esta sea, se
dirige a un callejón sin salida, porque el irracionalismo por esencia constituye
la negación de la propia filosofía.
La comprensión dialéctica del desarrollo de la filosofía presupone
asumir una actitud crítico‑objetiva ante todo lo existente y esto no puede
excluir, de ninguna manera, aquellas ideas que ya no se corresponden con el
devenir histórico de la sociedad. A la vez debe enriquecerse la fundamentación
de aquellas ideas que quedan avaladas por la historia o que aun cuando no se haya
demostrado de forma empírica su validez universal, ellas constituyen una forma
específica de “hecho espiritual” históricamente significativo.
La desenfrenada proliferación de la producción filosófica mundial no
implica necesariamente que vaya aparejada de un enriquecimiento proporcional de
la misma y por tanto de la herencia filosófica universal.
En ninguna época histórica todo lo elaborado por el pensamiento humano
y por la cultura en general de un pueblo específico puede ser considerado como
digno de ser incluido en la herencia cultural, y por tanto formar parte sin
selectividad alguna de la cultura universal. Sólo aquello que axio-lógicamente
deba ser apreciado como un valor y no un antivalor debe formar parte de dicha
herencia.
Una de las tareas más importantes de la investigación histórico‑filosófica
consiste en deter-minar los verdaderos aportes y el mayor o menor grado de
autenticidad de las ideas en su correspondencia con las exigencias
cosmovisivas, epistemológicas, éticas, sociopolíticas, etc., de una época
determinada.
En ese sentido aparece la cuestión referida a si las ideas que presentan
un signo negativo, las que son reprochables en un filósofo o en una parte de su
obra, por su carácter misantrópico, nihilista, pesimista, oscurantista, etc.,
deben ser incluidas dentro de la herencia cultural o filosófica. Sin duda
alguna estas ideas ejercen una influencia posterior, son hasta retomadas por
otros pensadores, y pueden incluso derivar en concepciones mucho más
reaccionarias como aconteció con Nietzsche.
Desde el punto de vista genético tales ideas, por supuesto, forman parte
de la herencia filosófica, pues devienen, fluyen, dejan su huella y pueden
proliferar si encuentran las condiciones favorables para ello. Pero no están
encaminadas a marcar el rumbo fundamental del devenir de la herencia
filosófica. En su lugar debe ser la tradición humanista, el optimismo
gnoseológico y ético, las manifestaciones de confianza en el progreso social,
entre otras ideas de signo positivo, las que merecen dignamente ser consideradas
como las más sustanciales y, por tanto, representativas del grado de
autenticidad de la herencia filosófica de un país.
Aquellas ideas que no quedan en lo que pudiera llamarse la vanguardia
del legado filosófico no deben ser ocultadas o tergiversadas, sino presentadas
con el necesario análisis crítico esclarecedor que posibilite a las nuevas
generaciones saber tomar una actitud correcta ante ellas. Pues de lo contrario
siempre se corre el riesgo de que por el hecho de ser ocultadas o incluso
perseguidas llamen más la atención de lo que normalmente deberían hacerlo y
produzcan a la larga un efecto mucho más negativo, que si se hubieran dado a
conocer oportuna y enjui-ciadamente.
Tampoco se puede olvidar que la historia del pensamiento filosófico
universal ha sido, y no tiene por qué dejar de serlo, producto también del
enfrentamiento de posiciones múltiples: idealistas vs. materialistas, realistas
vs. nominalistas, empi-ristas vs. racionalistas, pesimistas vs. optimistas,
etc. Este hecho debe tenerse presente a la hora de determinar las nuevas
modalidades que surgen (ej. modernos vs. postmodernos) y en qué forma deben ser
recepcionadas.
Cada pueblo en cada momento histórico debe conocer y cultivar aquellas
ideas que constituyen una legítima y enorgullecedora representación de la
herencia filosófica particular, pero sin ningún tipo de regionalismo que
hiperbolice sus méritos, del mismo modo que a la vez no puede permitir que sean
subvalorados.
La investigación histórico‑filosófica que pretenda apoyarse en una
concepción dialéctico‑materialista del mundo tiene el deber de asumir con todo
el rigor científico necesario la delimitación de los aportes de cada pueblo al
tesoro del pensamiento filosófico y la cultura universal. Esto implica hurgar
en el pasado y descubrir, a veces en el olvido, a pensadores que a pesar de no
haber dejado voluminosas obras filosóficas han formulado ideas, incluso en
ocasiones en forma aforística, o en el contexto de una obra literaria, pero que
por el valor y significado trascienden su época y pueden ser esgrimidas por las
nuevas generaciones, aunque aquellas hayan sido planteadas en un contexto
histórico diferente.
El problema de la autenticidad de las culturas136 y su participación en
la universalidad no es un tema reciente. La lucha contra el colonialismo y por
la liberación nacional de los pueblos de Asia, África y América Latina desde el
siglo pasado se vio acompañada por un proceso de búsqueda de cierta identidad
cultural de estos pueblos.
La mayor parte de los ideólogos de los procesos políticos emancipatorios
que se han llevado a cabo en dichos pueblos han sido a la vez fermentadores del
concepto de cultura nacional o incluso regional. Así aparecieron las
exaltaciones diferenciadoras de la cultura latinoamericana, de la árabe, la
pana-fricana, etc.
No es menos cierto que en ocasiones han aflorado posturas, incluso
chauvinistas, en algunas de estas concepciones. Pero en parte han estado
justificadas por la necesidad de enfrentarse a una penetración ideológica y
cultural que ha asfixiado a los países subyugados.
El planteamiento del problema de la diversidad cultural aparece en la
época colonial en los momentos en que las metrópolis no sólo incluyen a las
colonias o neocolonias en el sistema de sus economías y políticas, sino también
en su ámbito cultural, y se trata de imponer un modelo, bien europeo o bien
norteamericano, al desarrollo cultural, que no obstante ser aceptado por las
élites cómplices en los países dominados encuentra cada vez mayor resistencia
en las masas populares y en los intelectuales y líderes políticos nacionales
que se resisten a ser asimilados.
El proceso de consolidación de la conciencia nacional y a la par la
defensa de la cultura nacional o regional, por supuesto, no ha sido similar en
las distintas regiones. En el caso latinoamericano ha resultado
extraordinariamente complejo a causa de su vínculo orgánico con la cultura
occidental por su mestizaje, a diferencia de Asia o África. Aun así la
diferenciación cultural ha resultado siempre una exigencia histórica que en
Latinoamérica desde la preparación de las guerras de independencia hasta nuestros
días ha estimulado la reflexión de filósofos, políticos, etc.
La conocida expresión de que toda idea es crítica presenta plena validez
en el análisis del proceso de formación de la autoconciencia del
lati-noamericano. El conocimiento de «sí mismo» se plasma ante todo en el
estudio crítico de su historia. Para la concientización de su autenticidad era
imprescindible emanciparse de los modelos tradicionales de la historia, que
amoldan la de los pueblos dominados a la de los dominadores.
Al analizar la cultura como medida de la dominación del hombre de sus
condiciones de existencia histórico‑concretas, se superan algunas de las
barreras metodológicas que han impedido la comprensión de la misma, en el
sentido del grado de libertad alcanzado o alcanzable por los individuos en
cualquier sociedad, siempre que se esté consciente de la imposibilidad de una
explicación verdaderamente científica del problema cuando se pasa por alto el
papel que ha desempeñado hasta el presente la lucha de clases. Ese grado de
dominio del hombre sobre su ser, que posibilita la cultura, se expresa a su vez
como control sobre su conciencia.
Tal dominación se ejecuta siempre de forma específica y en una situación
espacio‑temporal dada. En tanto no se conozcan estas circunstancias y no sean
valoradas por otros hombres, tal anonimato no le permite participar de forma
adecuada de la universalidad. A partir del momento en que se produce la comunicación
entre hombres con diferentes formas específicas de cultura, esta comienza a
dar pasos cada vez más firmes hacia la universalidad. La historia se encarga
después de ir depurando aquellos elementos que no son dignos de ser asimilados
y “eternizados”. Solo aquello que trasciende a los tiempos y los espacios es
lo que posteriormente es reconocido como clásico en la cultura,
independientemente de la región o la época de donde provenga.
La creciente estandarización que produce la vida moderna con los
adelantos de la revolución científico‑técnica no significa que todas sus
producciones deban ser consideradas como manifestaciones auténticas de
cultura. Auténtico debe ser considerado todo aquel producto cultural, material
o espiritual que corresponda con las principales exigencias del hombre para
mejorar su dominio sobre sus condiciones de existencia, en cualquier época
histórica y en cualquier parte, aun cuando ello presuponga la imitación de lo
creado por otros hombres. De todas formas, la naturaleza misma de la realidad y
el curso multifacético e irreversible de la historia le impone su sello
definitivo.
Ir a la búsqueda de la cultura auténtica de América Latina no significa
proveerse de un esquema preelaborado de lo que debe ser considerado autén-tico,
y luego tratar de acomodar lo específico del mundo cultural latinoamericano
como en lecho de Procusto a tal concepto ahistórico. El problema no consiste en
descubrir primero qué es lo que debe ser considerado auténtico, para después
ir verificando empíricamente si cada manifestación de la cultura de esta región
puede ser validada con tal requerimiento. La cultura auténtica es siempre
específica y por tanto histórica, y debe ser medida con las escalas que emergen
de todos los demás contextos culturales, pero, en primer lugar, con las
surgidas del mundo propio.
Mucho se cuestiona la real identidad del mundo latinoamericano
esgrimiéndose como argumento las marcadas diferencias que existen entre sus
pueblos, e incluso entre los mismos habitantes de distintas regiones de un
mismo país. Tales diferencias reales no podrán jamás pasar por alto los
aspectos esenciales que unifican a los latinoamericanos en la actualidad,
indepen-dientemente de sus distintos orígenes, etnias, lenguas, religiones,
etc. La identidad y autenticidad latinoamericana son históricas y concretas, no
han sido dadas de una vez y por todas. No solamente existen, sino que hay que
cultivarlas, definirlas, proclamarlas a todas voces para su necesaria
concientización.
Este elemento de identificación no podrá, aunque lo pretenda, borrar las
diferencias que nos hacen ser, pensar y comportarnos de manera propia y
original en diferentes contextos, pero será el reconocimiento de las
diferencias en la unidad, en lugar de unidad para diferenciarnos, como
pretenden las fuerzas atomizadoras que aspiran a debilitar la cultura
latinoamericana.
El reconocimiento de la identidad no puede ser un logro en sí mismo,
sino un paso necesario hacia la exigida autenticidad cultural, que en
definitiva ha impulsado a tantas generaciones de latinoa-mericanos.
Los pueblos latinoamericanos han dado pasos decisivos desde el siglo
pasado para redimirse y hacer auténtica su cultura y en ese trayecto permanente
han descubierto los elementos componentes de su conflictiva identidad. Se debe
hacer todo lo posible para revelarla permanentemente en cada lugar en que el
hombre latinoamericano requiera ser dignificado para sentirse auténtico más
que idéntico.
La historia recoge en su haber varias formas de humanismo desde la
antigüedad, aun cuando usualmente este término se trate de circunscribir al
pensamiento que se produce a partir del Renacimiento o de la decadencia de la
Edad Media. Generalmente se reconocen los orígenes del humanismo en la cultura
grecolatina, pero se ignoran sus manifestaciones en el pensamiento oriental y
la subordinación que se operó en él durante el medioevo respecto a la teología.
Esto ha motivado que se otorgue mayor reconocimiento de su trascendencia a
partir de la constitución de los pilares del mundo moderno137.
Cuando el hombre comenzó a tomar conciencia de su especial
circunstancialidad en el mundo, dio inicio a sus reflexiones sobre ella y a su
proyección como ser cualitativamente diferente de los de su entorno ‑como ser
laboral, moral, político, estético, etc.‑ sin embargo, no todo el producto de
esas precoces consideraciones ontológicas pasó a formar parte del acervo
humanista del pensamiento universal. Para alcanzar tal condición tuvieron antes
que trascender por el reconocimiento de su autenticidad en varios planos,
especialmente en el ético y axiológico en su sentido más amplio, en tanto el
hombre mismo fuese considerado valor y fin supremo de todo criterio y actividad
humanos.
Sólo a partir de ese momento se le plantearían entonces inquietudes
respecto a los factores que podrían alejarlo de su ser, al enjuiciarlo desde
una perspectiva subhumanizada o naturalizada, alienada, que lo distanciaba de
su justa autovaloración como ser eminentemente moral. Indudablemente este paso
implicaba situarse en los umbrales indispensables de la filosofía.
En tanto la lámpara de Diógenes no comenzara a iluminar algunos
recónditos rincones –hasta entonces inexplorados por la mente humana– no
estarían en condiciones las nacientes preocupaciones antropológicas de asumir
posiciones más definitorias en favor o en contra del humanismo. Esto no
significa que con anterioridad no se apreciasen elementos de lo que
posteriormente se iría constituyendo como las bases éticas de su actuación, que
las diferentes culturas y épocas de la humanidad se intercambiarían y apropiarían
a manera de herencia común.
Desde que la filosofía se constituye en actividad intelectual
específica, el componente humanista ha estado presente como elemento
consustancial a toda reflexión cosmovisiva. Aunque no han faltado momentos en
el devenir de aquella en los que el lugar de la problemática antropológica ha
sido desplazado, como en el medioevo, o en que la condición humana ha sido
cuestionada ante evidencias de imperfección, etc., ha prevalecido como
tendencia regular la confianza en la perfectibilidad humana y en el papel enriquecedor
de la moral.
En la actualidad, cuando el fracaso del “socialismo real” se identifica
como la consumación de la inutilidad del humanismo, la filosofía postmodernista
busca innumerables argumentos para acentuar la tesis sobre la presumida causa
perdida del humanismo. La renuncia a esta concepción está unida a la
conformista concepción que presupone abandonar cualquier proyecto que se
proponga niveles superiores de desalienación humana.
El humanismo no constituye una corriente filosófica o cultural
homogénea. En verdad se caracteriza en lo fundamental por propuestas que sitúan
al hombre como valor principal en todo lo existente, y partir de esa
consideración, subordina toda actividad a propiciarle mejores condiciones de
vida material y espiritual, de manera tal que pueda desplegar sus potencialidades
siempre limitadas históricamente.
La toma de conciencia de estas limitaciones no se constituye en
obstáculo insalvable, sino en pivote que moviliza los elementos para que el
hombre siempre sea concebido como fin y nunca como medio. Sus propuestas están
dirigidas a reafirmar al hombre en el mundo, a ofrecerle mayores grados de
libertad y a debilitar todas las fuerzas que de algún modo puedan alienarlo.
Todo poder supuesto a fuerzas aparentemente incontroladas por el hombre,
que son expresión histórica de incapacidad de dominio relativo sobre sus
condiciones de existencia y engendradas consciente o inconscientemente por el
hombre, limitando sus grados de libertad, se inscriben en el complejo fenómeno
de la enajenación.
Desde el mundo antiguo aparecen manifestaciones precoces que indican la
preocupación humanista y desalienadora del hombre, aun cuando no hayan sido
formuladas en tales términos. Tanto en la China y en la India, donde la ética
alcanzó niveles impresionantes desde la antigüedad, como en las culturas amerindias
y de otras latitudes, hay evidencias del privilegiado lugar que se le otorgó
siempre al hombre, aun cuando se subordinara su existencia a la creación
divina.
La filosofía se ha ido construyendo en su historia universal como un
permanente proceso de aportación parcial por parte de sus cultivadores de
distintos instrumentos desalienadores que contribuyen en diferente grado a la
consolidación del lugar del hombre en el mundo. Cuando han constatado los
distintos peligros enajenantes, que en circunstancias diversas afloran en la
vida humana, han aportado en la mayor parte de los casos las vías para
superarlos.
No es menos cierto que no han faltado quienes se han limitado a
constatar o a poner de manifiesto formas enajenantes, como la subordinación al
poder de los dioses, de los gobernantes, de las fuerzas ocultas de la
naturaleza, etc., sin contribuir mucho a encontrar los mecanismos para
evadirlos, porque han partido de la fatal consideración de que estos son
consustanciales a la condición humana. Pero de haber prevalecido estos
criterios fatalistas en la historia de la civilización, hoy difícilmente
podrían las nuevas generaciones humanas enorgullecerse de los avances alcanzados
en todos los órdenes de perfeccionamiento social.
Pero aun aquellos pensadores que se limitaron a plantear algunas de las
modalidades que adquirían las distintas formas de enajenación y no dieron otros
pasos para superarlas, prepararon el camino y sirvieron de premisa a sucesores
más audaces que avanzaron algo más en el proceso desalienador del hombre.
Por tanto, cualquier forma de enajenación debilita en definitiva el
poderío humano frente a aquellos objetos de su creación que deberían estar
siempre destinados finalmente a enriquecer la plenitud humana, pero resultan
todo lo contrario. En lugar de contribuir al perfeccionamiento de lo humano y a
elevar a planos superiores la actividad del hombre la obstaculizan.
El humanismo constituye precisamente la antítesis de la alienación, pues
presupone aquella reflexión, y la praxis que se deriva de ella, dirigida a
engrandecer la actividad humana, a hacerla cada vez cualitativamente superior
en tanto contribuya a que el hombre domine mejor sus condiciones de vida y se
haga más culto. Si bien es cierto que “el concepto de enajenación y enajenabilidad
implica exclusión”138, el concepto de humanismo presupone siempre asunción,
incorporación, ensanchamiento de la capacidad humana en beneficio de la
condición humana.
A diferencia de cualquier otra reflexión antropológica, toda concepción
que contribuya de algún modo a afianzar y mejorar el lugar del hombre en el
mundo, a fundamentar cualquier “proyecto libertario”139, a potencializar aún
más sus capacidades frente a lo desconocido, a viabilizar su perfeccionamiento
ético que le haga superar permanentemente sus vicios y actitudes infrahumanas,
debe ser inscripta en la historia de las ideas humanistas, independientemente
del reconocimiento que se haga de su status filosófico140. De eso se trata
cuando se intenta sugerir la búsqueda de tales elementos en el pensamiento
latinoamericano y contribuir a la reflexión sobre su conflictiva identidad y a
su proyección humanista.
El mito ha sido considerado una de las cunas fundamentales de la
filosofía. Aristóteles, a quien nadie cuestionará su condición de filósofo,
planteaba: “el filósofo es, hasta cierto punto, un hombre aficionado a los
mitos, porque el mito se construye sobre asuntos maravillosos”141. Dado que
para él la admiración era la condición esencial de la práctica filosófica.
América en ese sentido no es una excepción. También aquí el mito constituyó una
fuente extraordinaria de elaboración de cosmogonías y cosmologías en las
cuales estaban inmersas profundas y originales concepciones antropológicas.
El pensamiento filosófico en América Latina ha constituido también, como
en otras latitudes, un proceso de emancipación mental, de superación de los
mecanismos enajenantes que tratan de subhumanizar al hombre. Ha dialogado
permanentemente con el pensamiento de otras culturas, entre las que sobresale
naturalmente la europea, pero no exclusivamente con ella. Por tal motivo
resulta erróneo considerarlo como simple eco de esta.
En la América precolombina se apreciaba ya en las culturas más
consolidadas un desarrollo de la estructura socioeconómica tendiente hacia la
sociedad de clases que presupone un conjunto de instituciones jurídicas,
políticas y religiosas que prefiguraban un estado y una conciencia social
precarios en ocasiones, pero con algunos atisbos de potencialidades extraordinarias
en algunas esferas. El hombre americano reflexionó sobre sus orígenes, sus
sueños, sus idealizaciones y utopías, entre las que se encontraba su propio
modelo de hombre, como lo demuestran las pruebas testificales. Los mecanismos
de enajenación fueron percibidos de una forma muy ingenua desde las primeras
reflexiones antropológicas de los aborígenes americanos.
Las culturas originarias de América llegaron a altos niveles de
conceptualización de las relaciones morales que debían prevalecer en sus
comunidades. De su detenido análisis se infiere que rendían culto elevado a la
dignificación de la persona a través de la estimulación de preceptos éticos
orientados a que el hombre alcanzase un mayor dominio de sí mismo, y el control
eficiente de sus imperfecciones a fin de hacerlo más poderoso y desalienado.
En los mitos precolombinos aflora el interés por que el hombre
incremente su fortaleza en todos los órdenes, tanto en lo físico como en lo
espiritual. En especial se anhelaba que este incrementara su sabiduría. Existía
conciencia de que esta era una de las formas de asegurar que el hombre dominara
sus condiciones de vida y, por tanto, fuese más libre, al ser más culto.
Si en la filosofía griega el “conócete a ti mismo” socrático orientado
hacia el tema antropológico, constituyó un viraje esencial en el desarrollo de
la cultura occidental, y los sofistas iniciaron la transición hacia aquella
ruptura con las predominantes concepciones cosmogónicas y cosmológicas de
aquel pensamiento, es posible pensar que algunas de las culturas amerindias
más avanzadas llegaron a ubicarse en el umbral de la reflexión filosófica,
especialmente por el lugar que ocupó el tratamiento de la problemática
antropológica en sus producciones espirituales.
No resulta exagerado sostener que especialmente el pensamiento de los
pueblos mexica e inca –pues aunque el maya también llegó a niveles incluso
superiores de civilización, eclipsó mucho antes de la conquista europea–, se
encontraba en el momento de la transición hacia el nacimiento de un pensamiento
propiamente filosófico cuando se produce la interrupción de su desarrollo
auténtico por aquella empresa.
El mundo cultural amerindio más avanzado tuvo sus formas propias de
racionalidad y no tiene por qué ser sometido estrictamente al exclusivo logos
occidental. En definitiva tampoco éste último resulta un todo homogéneo,
incluso para llegar a acuerdos universalmente aceptados sobre lo que debe
entenderse por filosofía. Este criterio debe tomarse en consideración a la hora
de otorgarle o no carta de ciudadanía filosófica a algunas de las producciones
intelectuales lo mismo de culturas amerindias, que a otras del ámbito no
occidental.
En la cultura azteca existen múltiples variantes de mitos con
formulaciones cosmológicas y cosmogónicas, pero sobresalen aquellos en que la
preocupación antropológica, especialmente existencial, es mayor. Por lo regular
se considera al hombre como un ser fugaz, transitorio en este mundo, que debe
buscar sus raíces y su destino definitivo en la naturaleza misma. Dichas
reflexiones de corte existencial sobre el sentido de la vida y su valor,
podrían apuntalar aún más el criterio de estar en presencia de un pensamiento
ya de cierto corte filosófico.
Esta concepción le otorga un rango mayor a la capacidad humana que otras
concepciones religiosas mucho más alienantes. El hombre no se deja gobernar de
una forma absolutamente ciega por los dioses, sino que goza de un determinado
grado de libertad con respecto a las propias fuerzas divinas.
El mundo natural y el social eran concebidos como interdependientes en
alto grado. Prevalecía una visión antropologizada de todo lo existente, tanto
de la naturaleza como del presupuesto mundo sobrenatural.
Sus concepciones astrológicas establecían una relación directa entre el
movimiento de los astros y el destino de los hombres individuales. Este hecho
refleja también que concebían el mundo como una unidad no caótica, sino
regulada. No como el simple producto arbitrario de voluntades divinas. Más bien
la subordinación entre dioses y hombres era cíclicamente alterna en dependencia
de múltiples circunstancias entre las cuales sobresalían las exigencias
humanas.
Es apreciable el predominio de una visión determinista y naturalizada de
las relaciones entre los fenómenos tanto naturales como sociales, en lugar de
una imagen estratosférica y abstracta en la que se hiperbolice la
espiritualidad y esta quede hipostasiada como exigirían algunas filosofías. A
ella se le reconoce un lugar importante en la vida de la sociedad, pero sus atributos
no resultan hiperbolizados de manera absoluta.
Sus mitos manifestaban el conocimiento que aquellos hombres iban
alcanzando tanto de las fuerzas de la naturaleza como el autoconocimiento de
sus potencialidades, y por tanto el creciente proceso de desalienación que se
daba en estas culturas.
A su vez los mitos indican las múltiples formas de enajenación de las
cuales era objeto el hombre americano en aquellas etapas tempranas de su
gestación cultural. Ellos expresan muchas veces los vicios, limitaciones,
temores y errores de los que era víctima aquel hombre germinal de nuestra
cultura. A través de los mitos se expresa también el nivel de control que aquel
hombre iba alcanzado sobre las propias cualidades humanas como la valentía y el
temor, el odio y el amor, la bondad y la maldad, el egoísmo y el desinterés.
Las ideas referidas a la vida y a la muerte, a la permanente
transmutación de unas en otras, constituye un elemento sui géneris al apreciar
la muerte como un fenómeno natural necesario, y no tanto como un castigo
divino o resultado del infortunio.
Cuando en las culturas no proliferan vías de expresión filosófica
clásicamente reconocidas como el aforismo, el diálogo ordenado, el tratado
sintetizador de principios, o la escuela con sus discípulos reconocidos, pueden
aparecer otras que no por ser menos clásicas dejan de ser vías también de
expresión filosófica. En ocasiones, vías como la poesía, el monólogo, etc. son
reconocidas para el hábitat occidental de la filosofía, pero más como retozo de
la razón que como fundamentación de algún tipo de logos, aun cuando no deja de
tomársele en serio. Lamentablemente cuando este fenómeno se enjuicia en la
cultura latinoamericana, abundan los ataques al lirismo, el esteticismo, etc.,
de la actividad filosófica en esta región.
Mientras se mantengan esos criterios discri-minatorios para la
identificación del status filosófico de una cultura, y prevalezca el prejuicio
de que el saber filosófico es exclusivo de Occidente, resultará controvertido
para los investigadores del pensamiento en América Latina, como en otras
partes del mundo, incluso ser reconocidos como tales.
La propensión humanista y desalienadora se aprecia a través de múltiples
testimonios de las culturas más avanzadas de Indoamérica que se conservan, y
pueden y deben ser utilizados como referencia demostrativa de su riqueza. La
lógica de la investigación sobre este tema puede inducir a la aseveración de
formas más elaboradas del pensamiento de corte humanista, que posteriormente
pudo ser sincretizada con las provenientes del pensamiento europeo durante la
colonización a través del enriquecedor proceso de recepción de ideas
filosóficas.
La mitología amerindia revela una profunda elaboración ética que llegó a
plasmarse en códigos de conducta. La conciencia jurídica llegó a tener también
grados impresionantes de desarrollo. Todo esto significa que alcanzaron un
relativamente alto nivel de reflexión sobre los valores y antivalores humanos
que les situaba en el umbral del nacimiento de la filosofía. Resultará fácil
el consenso si se le considera como una forma de pensamiento prefilosófico.
El problema de la existencia o no de una filosofía o un humanismo
amerindio142 no es un problema resuelto aún. Independientemente del hecho de
que se considere que no hay suficientes elementos para apuntalar el argumento a
su favor, tampoco resultan totalmente infundados los que se orientan hacia su
demostración y utilización como un elemento más inherente a las culturas
originarias de esta parte de América.
Posteriormente el pensamiento filosófico que llega a América se
corresponde más bien con el de la alta escolástica, que incluso ya había
entrado en crisis en esos países. España, aunque renuente a emprender
transformaciones, se vio precisada a través de su Contrarreforma a “encauzar
las nuevas inquietudes renacentistas por caminos moderados”143.
El pensamiento escolástico teocéntrico y logicista, que era la
continuación del tomismo más ortodoxo, operaría en Iberoamérica un proceso de
renovación significativo ya desde el propio siglo XVI. Esto no quiere decir que
haya sido un vuelco radical ni mucho menos en la trayectoria de aquel
pensamiento escolástico, pero indudablemente se operó un paulatino proceso de
renovación que propició la recepción y gestación de ideas de mayor propensión
humanista.
La escolástica choca en aquellos pueblos con concepciones del mundo que
no pueden ser ignoradas absolutamente, pues el manejo ideológico de la
conquista así lo requiere. En cierta forma son asimiladas por los primeros
sacerdotes que arriban a estas tierras. Las primeras formas de pensamiento
filosófico se revelan necesariamente entre los círculos eclesiásticos. Y por
tal motivo se encuentran bajo la tutela de la Iglesia que obstaculiza la
amplia difusión de las ideas humanistas, las cuales en esos momentos están
haciendo irrupción en Europa. Para realizar su labor cuenta con un poderoso
instrumento de “convicción”: la Inquisición.
Uno de los problemas que preocupa a estos sacerdotes como Bartolomé de
Las Casas y a algunos funcionarios de la metrópoli, entre los cuales se destaca
Francisco de Vitoria, es el de la esencia o la condición humana de los
aborígenes.
Este tema de la reflexión religiosa y jurídica impregnó al pensamiento
latinoamericano, incluso posterior, de una proyección humanista que le ha
permitido salvar algunos escollos del ontologicismo abstracto y de la carga
metafísica que era común por entonces a la escolástica europea, de la cual la
latinoamericana tampoco pudo escapar del todo. Tal vez ese factor de preocupación
por el hombre, su naturaleza, esencia y condición le haya diferenciado de esta
desde un primer momento.
Ese interés por ubicar la discusión en un plano muy concreto como es
responder a la pregunta de si debe considerarse o no a individuos como los
aborígenes americanos representantes también de la especie humana, marcaría el
punto de partida de la reflexión filosófica en América. A la vez dicho
cuestionamiento tendría repercusiones universales, pues no constituiría una
interrogante exclusiva de los que tenían que ver con la conquista de estas
tierras, sino una obligada reconsideración de todo europeo sobre su concepto
de hombre. De tal modo se estimulaba una polémica antropológica en medio de un
ambiente espiritual teocéntrico.
El humanismo ha sido consustancial a la reflexión filosófica en América
Latina. Está presente desde los primeros años de la conquista cuando se produce
la discusión sobre la justificación o no de tal empresa en la que participa
Fray Antón de Montesinos, y la situación de los aborígenes en la misma.
El hecho de que este tema haya cobrado dimensión tan fuerte en el
pensamiento americano del siglo XVI –que por supuesto no se limitó al mundo
filosófico o religioso, sino que inundó todas las esferas de la vida dada las
consecuencias socioeconómicas que esta polémica traía aparejada para toda la
población–, influyó de algún modo en la continuidad de la carga antropológica y
ético‑cristiana que tendría en los siglos siguientes.
En las primeras universidades que se fundaron en América, si bien
predominó inicialmente un pensamiento de mayor carácter ontologicista y
metafísico, que reproducía las temáticas tradicionales de la escolástica
europea, del mismo modo que afloraban las discusiones sobre temas naturalistas
(los cometas, estructura del sistema solar, etc.) hubo también desde los
primeros momentos preocupación de carácter antropológico, especialmente
relacionada con aspectos ético‑jurídicos144 y en menor medida de sentido político.
Este último aspecto se incrementaría en la medida en que la ilustración se fue
abriendo paso.
La escolástica en América no fue una mera copia de las ideas
provenientes de Europa145. Y tal vez en esto sea necesario discrepar con
algunos investigadores de la historia de la filosofía de esta región146, que
sostienen no encontrar nada original o auténtico en el pensamiento de aquella
época.
La escolástica latinoamericana no ha escapado de esa incorrecta
valoración que en ocasiones aparece sobre la Edad Media en general, al
presentársele simplemente como un período de oscurantismo y de atraso, sin
tomar en consideración adecuada los aportes que esta ofreció en muchas esferas
del saber y la producción a la cultura universal en todos los planos, de los
cuales no escapa tampoco el pensamiento filosófico.
Contribuye a esta errónea perspectiva, el juicio de que un sacerdote o
alguien que parta de una perspectiva religiosa no se dedique a desarrollar
ideas que posean la suficiente racionalidad porque permanece cautivado por el
dogma y la fe. En verdad, esta conclusión resulta infundada como lo demuestra
la historia de las ideas filosóficas no sólo en esta región sino también en
otras latitudes.
La historia del pensamiento filosófico latinoamericano está llena de
contraejemplos que testifican que también desde el seno de la Iglesia, tanto en
Europa como en América, a través de sus representantes más preclaros y
progresistas se fue levantando paulatinamente un monumento que rendía culto al
poder de la razón humana. Y en el caso de estas tierras, de esa razón no se
excluía a los aborígenes americanos.
Si se tiene presente que la escolástica europea era un pensamiento cuyo
centro de atención principal era Dios y no el hombre, sino este mediado por
aquel, entonces se debe valorar algo más la significación de las preocupaciones
antropológicas de los primeros pensadores que en América, aunque no nacieran en
estas tierras, se dedicaron a defender a sus pobladores porque se identificaron
con ellos dada su postura humanista.
Este hecho no lleva a que rompiesen con la escolástica en sentido
general, ni mucho menos con la Iglesia, pero era una posición algo diferente de
la que esa filosofía tradicionalmente proponía. A la vez tales expresiones
constituyeron una manifestación de emancipación mental respecto a este
tutelaje.
El pensamiento de aquellos sacerdotes que en estas tierras durante los
siglos XVI y XVII mejor comprendieron la situación y las urgencias del hombre
americano de aquella época fue el que mejor imbricación logró con la tendencia
desalienadora y emancipatoria que llevaría a fundamentar la independencia
política en el siglo pasado y hoy sigue inspirando a muchos de los que continúan
luchando por la emancipación socioecónomica que siguen reclamando los pueblos
latinoamericanos.
El carácter laico que estimula la actividad filosófica no se impondrá
tan fácilmente en las nacientes sociedades latinoamericanas hasta después de
la independencia y aun así algunos países mantuvieron por largo rato el
predominio de la actividad filosófica controlada por la Iglesia.
Ya desde los primeros sacerdotes‑filósofos americanos la preocupación
por la dignificación humana de los aborígenes se encontraba en correspondencia
con su marcada intención por reivindicar los valores del cristianismo
originario aun cuando no estuviera al margen de los intereses económicos de los
conquistadores.
La heterodoxia ha sido consustancial al pensamiento latinoamericano.
Este ha revelado siempre cierta propensión a la herejía. Y esto se aprecia
desde los primeros pensadores, muchos de ellos frailes, aunque esta tendencia
se incrementa con la crisis de la escolástica. Se observa mucha mayor
disciplina ortodoxa en los pensadores españoles que se mantuvieron en la
Península, que en los que se trasladaron a América o nacieron en ella.
En tanto las fuerzas enajenantes del universalismo abstracto y la
metafísica más redomada trataban de mantener su dominación en todos los órdenes
de la vida intelectual latinoamericana de esa época, los representantes del
nominalismo emprendían su cruzada liberadora contra quienes mantenían bajo su
control el “sagrado” terreno de la razón emancipatoria.
Tal proceso que se desarrollaba en un plano de análisis teológico‑epistemológico
tuvo su contrapartida en la esfera sociopolítica evidenciada en algunos
representantes del pensamiento utopista.
Resulta indudable que cualquier forma de utopía en aquella temprana
época del pensamiento filosófico latinoamericano significaba elevar un peldaño
más en la ascendente escala de liberación que han reclamado los hombres de
estas tierras desde que se les impusieron tan brutales formas de explotación y
subhumanización.
Aunque las tendencias principales en la escolástica latinoamericana
fueron el tomismo dominico, el escotismo franciscano y el suarismo jesuita,
estas no fueron de ningún modo homogéneas. De su seno brotaron innumerables
disputas sobre la gracia divina, el nominalismo y el realismo, etc. que en
ocasiones reproducían discusiones que se daban en Europa, pero también aquellas
específicas, entre otras sobre la condición humana de los aborígenes, le
otorgaron un sello propio a este pensamiento.
La cuestión ética asumió una dimensión sig-nificativa en la escolástica
latinoamericana. Muchas veces se expresaba a través de otras discusiones como
el libre albedrío, la voluntad humana y la divina, la perfección, la relación
entre el alma y el cuerpo, el pecado, la salvación, etc., y muy especialmente a
través de la confrontación y sincretismo entre la fe cristiana y las religiones
aborígenes.
Las relaciones entre la razón y la fe, la esencia y la existencia, el
ser, la substancia, propias de la más depurada metafísica tradicional eran
objeto frecuente de debate, así como las cuestiones cosmológicas. Pero los
temas de la vida social y política de los pueblos no fueron extraños a ese
pensamiento.
Si bien prevaleció el criterio clásico escolástico de la subordinación
de la verdad a la verdad revelada, y por tanto de la filosofía a la fe, la
especificidad del saber filosófico por lo regular fue destacada y diferenciada
con claridad suficiente.
La mayoría de las obras escolásticas eran didác-ticas, pues estaban
concebidas para la enseñanza de la doctrina cristiana. Sin embargo, en muchas
de ellas, como en el caso de algunos sacer-dotes‑filósofos americanos, se
destaca la independencia de pensamiento, la originalidad147 y sobre todo la
flexibilidad ante los nuevos aires desalienadores que comenzaron a soplar con
el advenimiento del humanismo del pensamiento moderno.
Desde finales del siglo XVII se observaban nuevas actitudes en la
producción filosófica que desembocaron en aquel “reformismo electivo”,
caracterizado por Isabel Monal, en el cual la anterior hiperbolización del
logicismo escolástico y el aristotelismo ortodoxo148 comenzarían a
debilitarse149 junto a otros rasgos del languidecer paulatino de la filosofía
que había predominado durante la conquista y colonización de América. Estos
cambios estarían después muy a tono con el despotismo ilustrado y con las grandes
transformaciones que se produjeron en esa época como la revolución industrial,
la Revolución Francesa, la independencia de las trece colonias norteamericanas,
etcétera.
Una característica del pensamiento ilustrado latinoamericano consistió
en que se manifiesta principalmente al inicio entre sacerdotes que cultivaban
la filosofía y no a través de filósofos laicos como fundamentalmente predominó
en Europa. Fueron sacerdotes en estas tierras los que propugnaron ideas
sensualistas y experimentalistas, sostuvieron tesis de profundo contenido
humanista e incluso pusieron en duda determinadas prerrogativas de la Iglesia,
al proponer avanzadas reformas sociales.
Pero sería erróneo pensar que la ilustración latinoamericana cultivó por
ese motivo el ateísmo o la irreligiosidad. En verdad, no se abandonó la fe
cristiana y la mayor parte de los ilustrados sacerdotes‑filósofos eran
convictos de que su propensión hacia la ciencia y la filosofía a la larga
beneficiaría a la Iglesia, por las transformaciones que traerían aparejadas.
No cabe la menor duda de que la ilustración latinoamericana desempeñó el
papel de cimentadora de las transformaciones ideológicas y políticas que se
exigían para resolver el proceso independentista. Esto no es nada extraño, pues
la ilustración se caracterizó precisamente por ser un movimiento filosófico de
marcado raigambre político y social. Ya se había apreciado en Francia y en
otros países en los cuales la ilustración no debe ser vista como mera extensión
de un fenómeno europeo.
Es cierto que fue en Europa donde primero se manifestaron las exigencias
transformadoras reclamadas por el expansivo capitalismo, pero en la medida en
que sus redes fueron alcanzando otras regiones del orbe que se incorporaban a
sus dominantes relaciones, las ideas ilustradas se hacían más necesarias, no
como un proceso exógeno a los países periféricos sino como una necesidad del
propio desarrollo endógeno de estos.
En todas partes pensadores de esta época fueron inquisidores del status
quo existente. Se cuestionaron la validez del sistema político monárquico
absolutista en la mayoría de los casos, o monárquico constitucional, o un poco
más liberal en otros, pero en definitiva monárquicos. Era la expresión política
de aquel sistema autárquico feudal que limitaba las pujantes relaciones
burguesas, que exigía la apertura a un mercado mundial más abierto y en el que
las relaciones esclavistas aun cuando en un primer momento ensamblaban con el
capitalismo expansivo, paulatinamente comenzaban a obstaculizarlas
considerablemente.
La preocupación de los ilustrados latinoamericanos por revitalizar los
estudios sobre los valores de las culturas precolombinas, como se aprecia en
México en Francisco Javier Clavijero es otra muestra de que no sólo constituían
el preámbulo de un nuevo sujeto histórico de la cultura y la vida político‑social
latinoamericana, sino que se enorgullecían por lo general de autoconstituirse
en objeto de la búsqueda científica y de la reflexión antropológica del nuevo
siglo de las luces.
Las ideas humanistas que fueron tomando cada vez más fuerza en América
no pueden ser consideradas como simple copia del humanismo europeo. Jesuitas
como Andreés de Guevara y Benito Díaz de Gamarra también en ese último país,
participaron de manera muy auténtica en las transformaciones que ya reclamaba
la escolástica latinoamericana. Y en tal sentido contribuyeron de algún modo
también al proceso desalienador y a la radicalización del humanismo en el
pensamiento latinoamericano, sin aparentemente romper de forma radical con
aquella filosofía aun dominante en la enseñanza.
En América se fue creando una base de discusión teórica sobre lo que
demandaban las relaciones burguesas para su despliegue omnilateral: un
desarrollo científico‑técnico acelerado, fomento de la industria y de la
capacidad creativa de las nuevas generaciones, enfrentamiento a una mera
postura reproductiva y consumidora.
En definitiva los ilustrados latinoamericanos, tal es el caso de Eugenio
de Santa Cruz y Espejo en Ecuador, Francisco José de Caldas en la Nueva
Granada, y José de la Luz y Caballero en Cuba contribuyeron a la fermentación
ideológica desalienadora que propiciaría a inicios del siglo XIX la
emancipación política como premisa indispensable para alcanzar niveles
superiores de realización del humanismo y de cultura filosófica en estas
tierras.
Era necesario dar el paso decisivo para que la problemática filosófica
alcanzase la autonomía necesaria como reflexión en relación con la teología se
aprecia en José Agustín Caballero y la radicalización de la batida a la
escolástica que emprendió Félix Varela para la adecuada articulación con el
pensamiento moderno en Cuba. Nuevos combates contra el espiritualismo y el
eclecticismo demandaban remodelar las armas teóricas.
Algo común al pensamiento ilustrado latinoamericano fue la confianza en
que el hombre podía ir descubriendo parcialmente los secretos de la naturaleza
por medio de la observación y la experimentación se destacó en José Celestino
Mutis como Newton había demostrado.
Los ilustrados latinoamericanos consideraban la educación como la vía
fundamental para elevar a planos superiores el desarrollo económico en primer
lugar en Andrés Bello y Antonio Nariño, pero sobre todo las distintas esferas
de la sociedad civil y de la política que permitieran una mejor participación
del hombre en la elección de su destino.
La educación era concebida como el método más apropiado para que las
nuevas generaciones se formasen en nuevos valores que dejasen atrás las
arbitrariedades del medioevo, aún latentes en América. Las clásicas consignas
de libertad, igualdad y fraternidad que resonaron en todos los rincones donde
el pensamiento de la ilustración arraigó encontraban en las reformas en la
educación una de sus principales vías de realización. Cualquier elemento
enajenante que contribuyese a establecer obstáculos entre los hombres era
criticado.
El humanismo encontró varios propugnadores que hoy son revalorizados con
justeza. La aspiración de lograr un hombre ilustrado, señor de la naturaleza y
de sí mismo, constituyó la médula del ideario humanista de José Felix de
Restrepo150.
El siglo XVIII fue para los latinoamericanos el del despertar de la
conciencia sabia. El saber se convirtió en una fuerza propulsora de aquella
sociedad aun cuando se limitase a la esfera de las reformas civiles y
políticas, en tanto que este no siempre pudiese traducirse en empresas
técnicas o económicas de envergadura como en aquellos momentos se estaba
llevando a cabo en Europa con la Revolución Industrial.
La ilustración sirvió para que la intelectualidad de estas tierras
tuviese mejores condiciones para incidir de alguna forma en la actitud de los
gobiernos de los distintos virreinatos y lograr un rango de apertura en muchos
órdenes de la vida social que se incrementaría paulatinamente sin posibilidad
de retorno al dogmatismo y enclaustramiento de los tiempos anteriores. La
ilustración fermentó las ideas independentistas.
Bolívar fue ante todo un representante de la vanguardia de los genuinos
hombres de su época. Y una época de ilustración reclamaba hombres ilustrados e
ilustradores, que supieran asimilar las ideas más avanzadas del momento, pero
que no se contentaran con la acomodaticia postura de ser iluminados por el
pensamiento europeo. Hombres que supieran encontrar en la circunstancia
histórica específica de nuestra América en la cual se desenvolvían, el
escenario adecuado para enriquecer su visión del mundo.
Su misión emancipatoria no se limitó a derrumbar los poderes políticos
que subyugaban al hombre latinoamericano, sino también otros seudopoderes que
han enajenado al hombre cuando este no posee los instrumentos adecuados para
destruirlos.
El espíritu renacentista pujante que impulsaba ideas de profundo
contenido humanista se hizo sentir definitivamente en el siglo XVIII, indicando
los grados de autenticidad creciente que alcanzaría cada vez más la reflexión
filosófica en América Latina.
La creciente proliferación de escuelas y tendencias filosóficas que se
produce en el siglo XIX latinoamericano y que llega a convertirse hasta en un
problema preocupante para filósofos e historiadores de las ideas en la región,
tuvo su caldo de cultivo originario en ese espíritu de tolerancia que impulsó
la ilustración.
Es cierto que no en todas partes de esta América el espíritu de la
modernidad y sus logros como el de la democracia, compartimentación de poderes,
igualdad, libertad, secularización, tolerancia, etc., encontraron oídos
adecuadamente receptivos, pero el reconocimiento de la validez universal de
las conquistas de la civilización obligó a que hasta los regímenes
dictatoriales se viesen obligados a utilizar tales pieles de cordero. Este
hecho de algún modo u otro tendría una incidencia positiva en el proceso de
humanización del hombre latinoamericano.
El positivismo se convirtió en la filosofía predominante en América
Latina a fines del siglo XIX y sus repercusiones llegaron hasta las primeras
décadas del siglo XX.
Teniendo en consideración que por esos tiempos tomaba auge el
irracionalismo y el fideísmo en el contexto latinoamericano, la opción por el
positivismo resultaba favorable, progresiva, y auténtica, pues contribuía al
desarrollo del pensamiento filosófico, así como de otras formas de la
conciencia social, en especial, la ciencia, la ideología política y jurídica,
en detrimento de la religión. Aunque en ocasiones el darwinismo social estuvo
presente en algunos de los positivistas latinoamericanos el humanismo se impuso
en sus ideas.
Muchos representantes del positivismo sui géneris151 en América Latina
como Enrique José Varona152 y Justo Sierra no se mantuvieron siempre atados a
las ligaduras de esta filosofía. Fueron paulatinamente reconociendo algunas de
sus limitaciones y se hicieron receptivos y gestadores de nuevas concepciones
teóricas más a tono con los nuevos tiempos.
El balance general de las repercusiones del positivismo en América
Latina, aun cuando no en todos los países tuvo la misma repercusión, resulta
favorable al desarrollo de la filosofía al pensamiento humanista en esta
región.
Un hombre, como José Martí, consagrado al logro de la liberación
multilateral del hombre debió escrutar todos los intersticios de la naturaleza
humana para afianzar su proyecto sobre sólidas bases. De tal modo el
pensamiento martiano es magistral continuidad superadora de la línea humanista
que articula el pensamiento cubano del XIX caracterizado por concebir y
cultivar la bondad del hombre como premisa indispensable para lograr cada vez
formas superiores de convivencia.
Martí desde temprano se había caracterizado por una justipreciación de
la naturaleza humana,
Trata de contribuir activamente a la conformación de esa cualidad
indispensable al género humano que es la disposición general hacia el bien,
aunque las excepciones no sirvan más que para confirmar la regla. Su aspiración
era que el hombre fuese cada vez mejor y a ese fin consagró todos sus empeños
redentores.
El humanismo martiano no está marcado por formulaciones abstractas, como
en ocasiones se les exige a los filósofos; es un humanismo concreto,
revolucionario, ante todo, práctico, porque está concebido para transformar al
hombre en su circunstancia, al transformar las circunstancias que condicionan
al hombre. En su caso el cubano, el latinoamericano que no disponían de
auténticas condiciones humanas de existencia.
Su discurso humanista no era volátil y ligero, sino profundo y
enraizado. Porque estaba dirigido a hombres específicos, y en especial a un
pueblo que se aprestaba a luchar por su emancipación, era a la vez un discurso
auténtico y universal.
Durante el siglo XIX la antítesis libera-lismo‑socialismo configuraba
los posibles derroteros por los que de un modo u otro necesariamente se debía
encaminar definitivamente todo pensamiento social. En el plano filosófico
positivismo y marxismo respectivamente intentaban fundamentar, junto a otras
posturas aledañas, ese dicotómico sentido del devenir histórico.
Los presupuestos del humanismo socialista, aun cuando eran comprendidos
filantrópicamente por un sector muy reducido de la intelectualidad
latinoamericana, por lo general no eran compartidos por concebirlos no
solamente ilusos, sino ante todo distantes de los criterios de lo que se
consideraba –y aún hoy en día con el derrumbre del “socialismo real” se
realimentan– la naturaleza individualista y no colectivista del hombre. El
viejo dilema sigue hoy estando en pie, pero existen muchos más argumentos
aportados por las experiencias históricas de este siglo para sostener una u
otra posición.
Sin embargo, la propia vida sociopolítica lati-noamericana saturada de
conflictos y dictaduras –fundamentalmente a partir de mediados del XIX–, junto
a acontecimientos muy significativos como el auge del movimiento obrero y
socialista, especialmente la Comuna de París, fueron paulatinamente sembrando
la duda en las mentes más lúcidas como la de Juan Montalvo en Ecuador sobre las
razones que motivaban las críticas de anarquistas, socialistas, marxistas,
etc., al orden social existente.
El marxismo es una de las corrientes de pensamiento que mejor heredó las
tradiciones del humanismo de la antigüedad y la modernidad. En primer lugar
este hecho presupone reconocer que no es su heredero por excelencia ni
exclusivo, ya que otras tradiciones de pensamiento, tanto de las izquierdas
reconocidas: socialistas, anarquistas, demócrata‑revolucionarias, etc., como
concep-ciones religiosas y éticas de diverso matiz también se han nutrido de
aquel humanismo. Ellas han sabido a su vez cultivarlo y recoger algunas de sus
fructíferas cosechas, y de tal modo este se ha traducido en distintos
movimientos sociales, escuelas de pensamiento, etc.
El humanismo desde que maduró la modernidad reclamaba revelarse a
través de componentes más efectivos y encontró en el marxismo vías de
concreción a través de ensayos prometedores de realización por el nuevo
paradigma de socialismo que este preconizaba.
Las propuestas humanistas del marxismo podrían entroncar armónicamente
con las tradiciones de pensamiento de distintas regiones, culturas y países que
evidenciasen a su vez un marcado carácter humanista.
En América Latina donde la carga humanista y desalienadora había estado
presente de un modo u otro a lo largo de la trayectoria de su pensamiento más
significativo, no resulta extraño que la recepción del marxismo entroncase con
esa herencia. De ahí que algunos pensadores provenientes de corrientes
distantes del proyecto socialista, llegasen a reconocer el contenido humanista
que subyacía en la obra de Marx y de muchos marxistas. Esto no significaba que
se identificaran ni mucho menos con todas las experiencias y los ensayos de
proyección socialista que se emprendían en nombre del marxismo.
El humanismo había alcanzado un extraordinario nivel de concreción con
el surgimiento del marxismo. A su vez en el ámbito cultural latinoamericano el
desarrollo de la concepción dialéctico‑materialista del mundo, y en especial
de la historia, induciría a hombres como Mariátegui a orientar su pensamiento
hacia planos mucho más concretos que los usualmente transitados por el
humanismo tradicional en estas tierras.
Ningún intelectual o líder puede jamás ejecutar una praxis política que
no tenga determinados, o al menos esbozados en lo esencial, sus criterios sobre
la naturaleza humana en un plano filosóficamente más sustancioso aun cuando
jamás llegue a expresarlos explícitamente en su obra.
Del mismo modo que el positivismo engendró una generación intelectual
que asumió una postura profundamente autocrítica respecto a las insuficiencias
y al reduccionismo cientificista de dicha filosofía, también el liberalismo
comenzó a encontrar renegados entre muchos integrantes de las nuevas
generaciones intelectuales que se destacaron a principios del siglo XX lati-noamericano.
Esta generación del “nuevo idealismo”, de la que formó parte el peruano
Alejandro Deustua, trató de orientar la tradición humanista por caminos de
algún modo vinculados, aunque con posiciones diferentes, con el espiritualismo
y el romanticismo decimonónico.
Sus mayores preocupaciones estaban orientadas por las sendas de la
emotividad irracional del momento estético, hacia la intuición vitalista del
proceso cognoscitivo y hacia la promoción de la libertad individual que
superara cualquier tipo de determinismo, en las que encuadraban tanto el
positivismo como el marxismo. Su mayor aspiración era constituirse en
protagonistas exclusivos del humanismo latinoamericano a través de la reivindicación
que el espíritu del Ariel hacía de la semilla sembrada por Martí en “nuestra
América”.
Con esa noble aspiración se planteaban convocar a la juventud
latinoamericana para la nueva epopeya de la emancipación mental de las taras de
la “nordomanía” y del neocolonialismo cultural, que en última instancia
expresaba la dependencia de la región de los poderes imperialistas.
La historia de las ideas filosóficas y especial las humanistas en
América Latina del siglo XX está marcada por aquella reacción antipositivista
que se desarrolló especialmente a partir de inicios de este siglo en varios
países de la región casi de forma simultánea.
Un buen día aquellos jóvenes educados en el seno del pensamiento
positivista predominante desde mediados del siglo XIX se levantaron en una
actitud autocrítica significativa que implicaba una seria ruptura con la
generación que les había iniciado en los caminos de la filosofía, tal vez por
considerar que su reflexión antropológica era insuficiente. Sin embargo, tal
divorcio no se produjo de manera irreverente.
La mayoría de los nuevos pensadores, que a sí mismos se consideraron
neoidealistas, vitalistas y gestores de una nueva forma de cultivar el
humanismo, la filosofía e incluso la metafísica, como Rodó, Vasconcelos, Caso,
Korn, Vaz Ferreira, etc., reconocieron siempre los aportes del positivismo al
engrandecimiento de la cultura filosófica latinoamericana.
La generación antipositivista153 gestó un nuevo grupo de pensadores que
desde el historicismo, el existencialismo, la fenomenología fundaman-talmente
hicieron de la preocupación axiológica y de la historia de las ideas
latinoamericanas herramientas básicas para la reconstrucción del humanismo en
el pensamiento latinoamericano. En esa labor se ha destacado la obra de
Leopoldo Zea.
El proyecto humanista, reivindicador de los derechos del indio, del
pobre, de las minorías discriminadas, etc., ha animado a la llamada filosofía
de la liberación,154 continuadora de aquella generación reivindicadora del
cultivo del pensamiento y la cultura de “nuestra América”. Ese humanismo se ha
puesto de manifiesto en las intenciones de sus representantes encaminadas a
lograr que el hombre latinoamericano alcance su plena dignidad y realice su
utopía concreta.
El marxismo en América Latina debe concebirse con la personalidad propia
que ha tenido en toda la vida cultural y política de este continente. Hay que
otorgarle sus justos méritos, su grado de autenticidad con las circunstancias
latinoa-mericanas, con sus insuficiencias y tropiezos, ni más ni menos.
En lugar de concebirlo como una simple corriente más del pensamiento
filosófico, económico o político que ocupe un determinado espacio en la
cátedra universitaria o en la vida académica el marxismo debe apreciarse como
un instrumento que ha intentado una interpretación científica de la realidad
latinoamericana para emprender su necesaria transformación en favor de superar
la enajenante sociedad capitalista. Muchos marxistas no solo han consagrado su
actividad intelectual sino que hasta han ofrendado su vida en esa misión. A ese
fin se han subordinado todos sus objetivos.
Este hecho no excluye, sino que por el contrario presupone su bien
ganado reconocimiento académico en el ámbito intelectual latinoa-mericano. Si
no hubiese alcanzado ese prestigio en ambos planos, en el de la reflexión
teórica y en la práctica política y social, no se hubiese constituido en
ocupación tan obsesiva de gobiernos, partidos e intelectuales de la derecha
tradicional, como ha ocurrido.
El marxismo en América Latina y en Cuba155 se ha desarrollado en
permanente confrontación crítica con otras corrientes filosóficas, económicas
y sociológicas contemporáneas156. Esa batalla lo ha fortalecido, pero también
ha evidenciado sus partes blandas por lo que sus defensores se han visto
precisados a enriquecer la teoría y a fortalecer sus argumentos a tenor con los
cambios en el mundo y los logros de las ciencias.
Cuando la labor de estos se ha limitado a encontrar respuestas acabadas
para todos los novedosos problemas contemporáneos y específicos en un supuesto
arsenal teórico inagotable de los clásicos fundadores, presuponiendo que sólo
hay que remitirse a él para tener todas las soluciones, la producción
intelectual marxista se ha empequeñecido157.
Pero, cuando por el contrario, sus intérpretes actuales asumen la teoría
marxista por su validez metodológica dialéctica y su concepción materialista
del mundo, por su contenido eminentemente humanista y práctico revolu-cionario
para abordar los problemas concretos de los nuevos tiempos y el de sus
circunstancias específicas, entonces el marxismo se agiganta y reverdece, sin
importarle mucho si las nuevas conclusiones hubiesen sido totalmente del
agrado o no de sus clásicos fundadores.
Sin la reivindicación del humanismo en el marxismo y en el proyecto
socialista al que tantos hombres, y no sólo Marx, han consagrado su vida y su
obra, no es posible la reconstrucción de ningún tipo de humanismo. Y a la
humanidad no le interesará tanto que sea o no marxista, pero sí le preocupará,
en especial, que sea auténtico humanismo práctico, independientemente de cómo
se le denomine y de qué región del mundo provengan las mejores experiencias de
su ejecución. Los marxistas en América Latina tienen ahora ante sí una
magnífica oportunidad para continuar su labor reivindicadora del humanismo
consustancial a esta teoría.
El estudio de la trayectoria del pensamiento humanista y auténtico
latinoamericano desde sus primeras manifestaciones hasta el presente induce a
pensar que se ha conformado sobre las siguientes bases éticas:
a) Las reflexiones sobre dichas bases, aun cuando se han desarrollado en
el seno de la intelectualidad orgánica de cada época en lo fundamental, no han
sido a partir de una autogénesis abstracta o aca-demicista, sino de la
permanente retroalimentación de los gestores de los valores morales imperantes
en cada momento histórico.
b) El humanismo en el pensamiento lati-noamericano se ha ido imbricando
a urgencias de diferente carácter y no exclusivamente éticas, por lo que sus
propuestas siempre rebasan las dimensiones del dominio de la moral.
c) Ese carácter histórico condicionado de dichas bases da lugar a que
hayan desempeñado un papel activo en la preparación ideológica de las
transformaciones sociales que cada época ha exigido.
d) Desde el pensamiento amerindio se le otorga un lugar privilegiado al
hombre, aunque nunca en detrimento de la naturaleza, sino en recíproco
beneficio, donde esta última alcanza en ocasiones posiciones de primacía, como
es apreciable en las culturas andinas.
e) Los principales valores que son exaltados por los pueblos amerindios
que se expresan a través de sus mitos, leyendas y otros testimonios son: la
abnegación ante el trabajo, la sabiduría, la valentía, el desinterés, el amor
a la familia y a la comunidad, así como el respeto a lo ajeno y a las
tradiciones. El culto a la laboriosidad humana ha estado presente en lo más
progresista del pensamiento ético latinoamericano desde sus orígenes hasta la
actualidad, como expresión de búsqueda en el trabajo mismo del antídoto contra
la enajenación que este produce en circunstancias históricas determinadas.
f) La “catástrofe ética” producida por el “des‑encubrimiento” de las
culturas dio lugar a un enfrentamiento entre los valores de los invasores y los
conquistadores que aún se deja sentir, pero a la vez propició un recíproco
proceso de asimilación, a pesar de que han tratado de imponerse los de los distintos
sectores dominantes hasta nuestros días.
g) Ha prevalecido a lo largo del pensamiento latinoamericano una
concepción de que el hombre es un ser perfectible, que aunque es portador
permanente de la maldad y de la animalidad, su lucha infinita por autosuperarse
y humanizar cada vez más sus relaciones sociales da lugar a que sea valorado
más por el balance positivo que arroja hasta el presente la cultura humana.
h) Aunque la ética cristiana ha desempeñado un importante papel en la
conformación del perfil humanista del pensamiento latinoamericano, no puede ser
reducido el contenido de este a dicha fuente sustancial como en ocasiones se
simplifica de manera equívoca, pues implica desconocer no sólo los ingredientes
aborígenes y de otras etnias importadas después que la componen, sino también
otros aportados por la modernidad laica que se presentaron desde la preparación
ideológica del proceso independentista y se acentuaron con la educación
pública.
i) Ha prevalecido la concepción de que las causas del posible deterioro
humano y de la naturaleza obedecen al hombre mismo y no a designios divinos o
fatalidad cósmica, lo cual permite confiar en la superación de los males
circunstanciales y las modalidades imperantes de alienación si son canalizadas
adecuadamente las potencialidades emancipadoras existentes en el hombre mismo.
j) Existe confianza en que la escuela y otras instituciones civiles,
entre las que se destaca la familia, pueden siempre reeducar en correspondencia
con las normas morales prevalecientes en cada época, y preparar a los hombres
para ser cada vez más libres de todos los órdenes y en especial de los
prejuicios morales.
k) Se destaca la crítica a la cosificación y fetichización del hombre
respecto a sus productos y relaciones, especialmente con el predominio
creciente del capitalismo en esta región. En los últimos tiempos a esto se
añade la crítica a las nuevas formas de enajenación engendradas por el
“socialismo real “ y por el intento tercerista por encontrar una opción
sociopolítica que supere o sintetice eclécticamente a ambos sistemas.
l) La denuncia a la corrupción, los vicios, el egoísmo desenfrenado, el
despotismo, la desidia y otros antivalores adquiere un marcado matiz político
sin abandonar su raigambre ética.
m) El elemento utópico, no siempre de carácter abstracto, se impone
sobre el realismo en el pensamiento ético latinoamericano como sucede en todo
proyecto humanista y desalienador siempre vinculado a la propuesta de modelos
de reconstrucción social.
Hasta el presente la orientación básica de la trayectoria fundamental
del pensamiento filosófico latinoamericano ha sido consustancial al humanismo y
a la autenticidad. No tenemos ningún derecho las actuales y futuras
generaciones intelectuales a permitir de forma indiferente que cambie su
sentido.
133 “En lo que respecta a su tentativa de tratar las cosas de manera
materialista, tengo que decirle ante todo, que el método materialista se
convierte en su contrario cuando no se le trata como hilo conductor en el
estudio histórico, sino como un patrón terminado, conforme al que los hechos
históricos se ordenan”. “Carta de F. Engels a P. Enst” en Marx, K.und Engels F.
Über Geschichte der Philosophie Verlag Reclam. Leipzig. 1983. p. 87.
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138 Mészaros, István. La teoría de la enajenación en Marx. México: Ediciones
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139 “ Zea, L. Filosofía de la historia americana. México: Fondo de
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140 Véase: Cerutti, H. Hacia una metodología de la historia de las ideas
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141 Aristóteles: Metafísica. La Habana: Editorial Estudios. l968. p. 38.
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145 Guadarrama, P. : “La filosofía en Las Antillas bajo la dominación
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Santiago de Chile: Editorial Zig‑Zag. 1958. p. 61.
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149 Insua. R. Historia de la filosofía en hispanoamérica. Universidad de
Guayaquil. l945. p. 78.
150 Véase: Restrepo, J. F. de Obras completas. Contextualización y
notas. Daniel Herrera Restrepo. Bogotá: Biblioteca Colombiana de filosofía.
Universidad de Santo Tomás, 2002.
151 Véase: Guadarrama, P. El positivismo en América Latina. Bogotá:
Universidad Nacional Abierta a Distancia, 2001.
152 Véase: Guadarrama, P y Tussel, E. El pensamiento filosófico de
Enrique José Varona. La Habana: Editorial Ciencias Sociales.. 1986.
153 Véase: Guadarrama, P. Antipositivismo en América Latina. Bogotá:
Universidad Nacional Abierta a Distancia. 2001.
154 Véase: Guadarrama, P. Humanismo y filosofía de la liberación en
América Latina. (Colectivo de autores. Jefe de Redacción). Bogotá: Editorial El
Buho, 1993.
155 Véase: Guadarrama P, M. Rojas, y colectivo de autores. El pensamiento
filosófico en Cuba. Siglo XX. (Colectivo de autores dirigido por Pablo
Guadarrama y Miguel Rojas). Universidad Autónoma del Estado de México. 1995; La
Habana: Editorial Félix Varela. 1998.
156 Véase: Guadarrama,P. Marxismo y antimarxismo en América Latina.
Bogotá: Universidad INNCA de Colombia‑Universidad Central de Las Villas. 1990;
2da. Edición, México-La Habana. El Caballito‑Editora Política. 1994.
6. Desafíos
educativos y culturales de la globalización para América Latina.
Vivimos una de las épocas de la historia de la humanidad en la que el
ser humano ha tomado mayor conciencia de sus infinitas posibilidades
epistémicas, de intercambio de productos, tecnologías, capacidad educativa,
creativa y comunicativa, incluso hasta de experiencias eróticas y afectivas.
Pero también el hombre se percata en estos tiempos, tal vez más que con
anterioridad, de los límites y obstáculos que se le presentan para
autoconstituir cada vez mejor la condición humana y alcanzar mayores niveles de
plenitud y felicidad, convencido de la infinitud de esta empresa.
En estos nuevos tiempos de globalización galopante los desafíos
educativos y culturales han tomado una dimensión de tanta magnitud que en
ocasiones llegan a producir justificada incer-tidumbre y hasta impotencia en
las nuevas generaciones que acometen el siglo XXI. A la par surgen propuestas
dignas de consideración en funcionarios de los aparatos educativos de muchos
países, especialmente latinoamericanos, e instituciones internacionales que se
percatan de la significación social del asunto158.
Lógicamente la envergadura de dichos desafíos no es la misma para los
países capitalistas desarrollados que para países o regiones como la
latinoamericana donde los efectos de las políticas neoliberales han desatado el
fantasma de la “argentinización” de otros países del área159. “El
neoliberalismo – plantea Martín López Villa– ofrece una ‘educación’ similar a
la que ha dado el lugar al poder de los ‘desarrollados’. Se permite a los
mejores y a los más inteligentes de las familias más ricas del Tercer Mundo,
probar suerte. Las escuelas que los aceptan, les llenan el cerebro de
información y ‘conocimiento’ que les permita apreciar la grandeza de la cultura
dominante. Con este proceso colonizan las mentes de sus futuros graduados, con
una visión de la vida que los aleja de sus propias raíces”160.
Se ha puesto en juego más que nunca antes, y no sólo en la labor
educativa sino en la cultural de forma intensa, la ancestral controversia
humanismo vs. alienación161. El hecho de que la historia hasta el presente le
haya dado mayores éxitos al humanismo y ponga en evidencia cada vez más ese
metarelato falaz sobre el fatal triunfo de concepciones y relaciones
misantrópicas, no significa que estén aseguradas siempre todas las vías para
derrotar las más impensables formas de alienación humana, que como imperecedera
hidra reaparece detrás de disímiles modalidades históricamente condicionadas.
Esos graves problemas del desarrollo del género humano hacen parecer
insignificantes a otros, que asumen apariencia secundaria, o primaria en
dependencia de múltiples factores en el que interviene activamente la política
educativa de un país como es el de la identidad cultural o de la identidad
nacional de los pueblos162.
A la larga este problema de la identidad puede resultar tan grave como
el de la clonación de individuos humanos, la fabricación de virus genocidas o
de mecanismos de control y manipulación de cerebros humanos, por tanto, de las
voluntades de sus portadores.
Toda época histórica ha tenido y tendrá sus desafíos educativos y
culturales. Unos de mayor enver-gadura que otros, pero en definitiva todos son
riesgos imprescindibles que el ser humano debe afrontar en su permanente
proceso de perfeccionamiento como especie que no solo continúa evolucionando,
sino que lo hace cada vez más en el plano de su dimensión espiritual y
cultural.
La determinación de la especificidad de los fenómenos educativos y
culturales conduce a sostener que la educación es un proceso mucho mas
enriquecedor que la instrucción y que la cultura no es cualquier producto de la
acción multilateral del ser humano, sino solamente es aquella actividad que
contribuye a que el hombre perfeccione sus condiciones de vida y realice
algunas potencialidades que le posibiliten un mayor grado de dominio, y por
ende, de libertad en el permanente e infinito proceso de humanización, para lo
cual se hace necesaria la diferenciación entre el contenido del concepto de
sociedad y el de cultura163. En caso contrario se haría superflua la
diferenciación entre ambos términos.
Toda acción educativa y cultural presupone una carga axiológica de signo
positivo si aspira a mantener el sentido originario de la etimología latina del
término cultus en oposición al de incultus. Y en tiempos actuales de
globalización resulta imprescindible valorar adecuadamente los efectos de este
proceso para llegar a conclusiones sobre sus efectos en el plano de la cultura
y la educación en los países latinoamericanos.
La globalización es un fenómeno de naturaleza eminentemente política,
social y económica, que tiene sus raíces profundas en el necesario proceso de
internacionalización de las relaciones capitalistas en el mundo de
contemporáneo, especialmente en la segunda mitad del siglo XX. La globalización
es un proceso que esta determinado por el desarrollo de determinadas leyes y
fenómenos económicos de naturaleza objetiva que se presentan a nivel mundial
del sistema capitalista de economía, que a diferencia de sus predecesores –la
internacionalización y la transnacionalización como manifestación de la
mundialización– se diferencia por las nuevas relaciones de interdependencia que
se establecen entre los pueblos. Con anterioridad tales tendencias no habían
tenido el nivel de globalidad y la repercusión en todas las esferas de la vida
cultural y social que hoy se aprecia en todas partes. Lo mismo el desarrollo de
las fuerzas productivas como el de las relaciones de producción han adquirido
dinamismos y formas de expresión nunca antes vistas y estas se revelan también
en inimaginables medios de dominación política, ideológica, cultural, militar,
etc.
A juicio de Noam Chomsky, “el nuevo orden mundial construido desde las
ruinas de la segunda guerra mundial se atuvo estrictamente a las directrices
churchillianas (…). El mundo debe ser gobernado por las ‘naciones ricas’, que a
su vez están gobernadas por los hombres ricos que viven en ellas, de acuerdo
con la máxima de los padres fundadores de la democracia estadounidense: “la
gente que posee el país debe gobernarlo’ (John Jay). (…) En la medida en que el
proceso seguía su curso natural, tendió hacia la globalización de la economía,
con las consecuencias derivadas de ello: la globalización del modelo de
sociedad de los dos tercios propios del tercer mundo, alcanzando incluso el
núcleo de las economías industriales, y ‘un gobierno mundial de facto’ que representa
los intereses de las transnacionales y las instituciones financieras que
gestionan la economía internacional”164.
En ese sentido la globalización es por una parte la forma predominante
en que se ejecuta la política económica y social del capitalismo en los
momentos actuales, especialmente desde mediados del siglo XX, con sus
particularidades diferenciables de etapas anteriores de la historia de dicha
sociedad165 y por otra constituye a la vez una nueva modadlidad de
internacionalización de la vida contemporánea que da continuidad al
inin-terrumpido proceso de universalización de las relaciones humanas, de la
cultura y de la educación planteando nuevos riesgos.
La globalización tiene implicaciones en todas las relaciones humanas en
su más amplio sentido, con la consecuente implicación específica en el área
educativa y cultural que se deriva de un hecho de tal magnitud. Sin embargo,
considerar que toda expresión de la globalización posee una connotación
propiamente educativa y cultural, puede conducir a los mismos equívocos que
cuando se considera, erróneamente, que todo fenómeno social constituye de forma
obligatoria un hecho propiamente cultural.
Del mismo modo que en el desarrollo de la humanidad se producen
innumerables productos sociales que no contribuyen en absoluto al
perfeccionamiento y beneficio del mundo humano, animal, vegetal, incluso a la
conservación favorable a los seres vivos de la naturaleza inorgánica, tampoco
todos los efectos de la globalización deben ser considerados como productos o
agentes culturales, aun cuando porten el sello imprescindible de lo social.
No es adecuado concebir a los procesos de globalización como expresión
de una ineludible fatalidad cultural, tampoco de un determinismo ciego de
carácter social, aunque el carácter objetivo de su existencia pueda prestar a
confusión a quienes la conciban como un designio ante el cual no queda nada que
hacer, sino solamente resignarse a sus efectos.
A juicio de Daniel Mato: “la globalización no es un fenómeno con vida
propia al cual resultaría pertinente asumir como causal de otros fenómenos.
Tampoco es un proceso diferenciado. Pienso que, una manera más adecuada de
representar ‘la globalización’ es como una tendencia histórica resultante de
diversos procesos sociales- de alcance planetariamente omnicomprensivo hacia la
interconexión entre los pueblos del mundo y sus instituciones; de modo que los
habitantes del planeta en su totalidad tienden a compartir un espacio
unificado, más continuo que discreto, en virtud de múltiples y complejas
relaciones, y ello no sólo desde el punto de vista económico, sino también
social, político y cultural”166.
La globalización no es buena ni mala por naturaleza propia y en
dependencia de tal consideración deben establecerse las políticas educativas.
Ella forma parte de los procesos inherentes a la evolución social que exige al
hombre romper los estrechos marcos de su terruño y permanentemente trascender
hacia esferas más amplias de comunicación e intercambio, como premisa
sustancial de subsistencia y reproducción a escala mayor que lo que la
naturaleza de manera aislada le puede facilitar.
Un praxis pedagógica, en cualquier nivel de enseñanza, que parta del
presupuesto nihilista según el cual deben rechazarse todos los productos y
fenómenos que se deriven como consecuencia de la globalización traerá un
resultado tan nefasto como aquella actitud indiferente ante sus consecuencias y
que acepte por tanto como siempre beneficiosa cualquier tipo de efecto del
proceso globalizatorio mundial. Solo una actitud que diferencie adecuadamente
los efectos negativos y positivos de la globalización podrá orientar una
actividad educativa adecuada a las necesidades de nuestros países.
Es indudable que la globalización entraña también extraordinarios
desafíos culturales, especialmente si toma en consideración el reconocimiento
que han tomando en los últimos tiempos el significado de los procesos
culturales, como puede apreciarse entre otros en Samuel Hungtington, para quien
“La Cortina de Terciopelo de la cultura ha reemplazado la Cortina de Hierro de
la Ideología como la más significante división en Europa”167. Sin embargo, es
evidente que la labor de este pensador estadounidense junto a la de sus colegas
Francis Fukuyama e Irvin Toffler en su estimulación del “pesimismo
histórico”168 han servido de punta de lanza ideológica precisamente a los
intereses del orden neoliberal en estos tiempos tan aparentemente
“desideologizados”.
Por su parte el español Manuel Monereo plantea que “en un marco más
global, no hay que hablar solo del aspecto económico, porque hay un aspecto
cultural y de identidad. La mundialización sitúa la cultura como un tema
central”169. Ya que a su juicio identificando mundialización con globalización
esta “resulta también un mecanismo cultural de occidentalización del
pensamiento. El componente más fuerte de esta situación es la mundialización de
la comunicación -o de la incomunicación. Esta constituye un elemento decisivo
en el control de las grandes transnacionales sobre el sentido común de la
gente. Y afecta la identidad personal. Se trata de un poder de aculturación,
ante el cual fenómenos como el fundamentalismo y el nacionalismo resultan una
respuesta, si se quiere, un proceso de pérdida de identidad. Se dice que la
modernidad significa un desanclaje y un reanclaje. El desanclaje del
capitalismo ya transnacional implica un reanclaje, la cuestión es dónde. Es
necesario advertir esa pérdida de identidad del yo individual en el marco de un
clonflicto colectivo, como afecta a los individuos y como reaccionan los
individuos ante eso”170.
No hay dudas que ciertos demonios que desencadena la globalización de
hecho embrujan ante todo a los individuos y a través de ellos a comunidades,
familias, clases sociales, pueblos, instituciones, etc. El problema está en
buscar las fórmulas para desencantarlos y a la vez aprovechar las
extraordinarias fuerzas de tan poderosos genios escapados de sus lámparas. No
se trata de embutirlos de nuevo en ellas, tarea esta inútil y además
desacertada, la cuestión es utilizar la inteligencia más acuciosa para beneficiar
al género humano con sus potencialidades.
Si se aprovechan adecuadamente las posibilidades que la globalización
pone en juego el resultado puede ser muy provechoso, pero si se limita la
acción del hombre a que este se considere una víctima indefensa ante sucesos
ante los cuales su voluntad es inestimable y por tanto desechable, entonces no
habría nada que hacer y ni la escuela ni ninguna otra entidad desempeñaría
algún papel orientador.
La enigmática globalización como otros tantos procesos socioeconómicos y
políticos que ha ido conformando la humanidad en su historia tiene dos caras y
por tanto se puede mirar desde distintas perspectivas de acuerdo al observador
y al objetivo de la observación.
Según Sami Nair al valorar el análisis realizado por Joaquín Estefanía
sobre la nueva economía de la globalización plantea que este autor “ya no tiene
la ilusión del mañana radiante, no ve en ello sólo un mal. Al contrario sabe
que el proceso es ineluctable y mide los aspectos innegablemente positivos: el
acceso de todas las sociedades al juego de la riqueza, el paso casi forzado a
la modernidad, la interpenetración que favorece la inter-dependencia y obliga a
descentrase de sí, es decir, a la apertura del mundo y a la necesaria
corresponsabilidad. Pero también conoce el revés de la medalla: la difusión a
una rapidez nunca vista, de la desigualdad, la pobreza, y las rupturas brutales
de la cohesión social. Proceso, dice, que por su descontrol. Favorece el surgimiento
de la dualización social y de las fuerzas ‘antisistémicas’. Ninguna sociedad
escapa a este infortunio”171.
Es indudable que los pueblos, sus gobernantes, las instituciones
educativas, etc., no pueden asumir ante la globalización la actitud del
avestruz. Tienen que afrontarla con sus riesgos y posibilidades. De la
sabiduría y las políticas acertadas que no pueden limitarse a una esfera
aislada como la economía desconociendo el efecto social, ideológico, cultural,
etc., depende que se salga con éxito de tan arriesgada empresa.
Ante todo es necesario diferenciar los planos objetivos y subjetivos de
los procesos globalizadores, así como la precisión conceptual y su
diferenciación de otros términos con sentidos relativamente familiares como
universalización, mundialización, etc.
Es cierto que desde que aparecen las primeras comunidades humanas surgen
procesos educativos, de intercambio de conocimientos, experiencias
tecnológicas, comunicación, comerciales, de concepciones jurídicas, políticas,
influencias ideológicas, etc., que algunos podrían considerar las primeras
manifestaciones de la globalización. Más sería un camino erróneo extrapolar los
límites de los procesos reales que en las últimas décadas del siglo XX se
conoce como fenómeno de la globalización. No debe ser confundido con el proceso
creciente de internacionalización de todas las relaciones especialmente las
comerciales hasta la creación del mercado mundial, que se gestó desde el inicio
de la modernidad con el ascenso de la sociedad capitalista y que constituye
propiamente el proceso de la mundialización.
En todas las épocas históricas del proceso civilizatorio y en su
conformación, los pueblos han sido culpables o víctimas de relaciones de
conquista y dominio con objetivos de beneficio económico, ante todo, pero
también por otras razones de carácter espiritual. Los dominadores no se han
limitado a acumular riquezas, sino que necesitan además disfrutar de múltiples
placeres que implican hasta el orgullo de imponer sus valores y concepciones
como las más adecuadas.
No siempre este proceso de expansión axiológica ha resultado negativo
para la humanidad. En ocasiones el género humano ha sabido aprovechar los
efectos de la dominación de pueblos con niveles civilizatorios superiores en
todos los órdenes de vida material y espiritual y hasta le han permitido tales
asimilaciones alcanzar posteriormente grados de autonomía e independencia que
posibilitan aceleración en su desarrollo socioeconómico.
Tales procesos de universalización de las conquistas educativas y
culturales han existido siempre y existirán, pues son consustanciales a la
historia humana. El hombre es un ser que por naturaleza no es ni bueno, ni
malo, ni imperfecto, ni perfecto. El hombre no es más que el producto de su
propia acción consciente y educativa. Es un ser que se perfecciona
continuamente a través de la educación formal e informal, si las condiciones
favorecen ese perfeccionamiento, de lo contrario se pueden universalizar en lugar
de valores los antivalores que atentan contra su propia condición.
El hombre es el único ser que posee plena conciencia de su interés por
la educación, por la trascendencia y por la cultura. El afán por constituirse
en un ser trascendente se plasma en todas las dimensiones de sus acciones y
obras. El hombre no construye, ni crea, ni engendra para que resulten efímeros
los resultados de su labor. Siempre concibe los productos de su trabajo, de su
inteligencia y de sus relaciones humanas para la eternidad y como expresión de
una actividad culta y como resultado de su actividad educativa.
Por esta razón Armando Hart considera que “la cultura no es algo
accesorio a la vida del hombre, está comprometida con el destino humano y
ejerce un papel funcional en la historia. Situada en el sistema nervioso
central de las civilizaciones, en ella hacen síntesis los elementos necesarios
para la acción y el funcionamiento de la sociedad como organismo vivo”172.
La historia de la humanidad no es más que el producto y a la vez el
agente de tal proceso de búsqueda de trascendencia cultural Pero del mismo
modo, los efectos sociales, económicos, políticos, incluso éticos, que traen
aparejadas estas relaciones generalmente desequilibradas, por cuanto no se
establecen entre pueblos en que prevalezcan las similitudes sino más bien las
grandes diferencias en todos los órdenes, y ante todo en lo económico, no
pueden ser apreciados a priori como necesariamente beneficiosos en la que todos
los finales de los dramas concluirían como los films de Hollywood o las novelas
de Corín Tellado, lo cual resulta tan ilusa como irreal.
Es indudable que desde la época de los grandes imperios antiguos y
medievales sus gestores tenían conciencia plena conciencia de que estaban
universalizando su cultura, aunque no la denominasen así. Además, por supuesto
la entendían no como su cultura sino como la cultura o la civilización en
general, como fue usual primero la utilización de este último antes que el de
cultura para caracterizar estos procesos generales de asimilación progresiva de
valores.
Lo mismo los artífices de imperios como el romano, el mongol, el árabe,
el incaico, el azteca, etc. como de los nuevos imperios coloniales español,
inglés, francés, nazi, etc. siempre se autovaloraban como los portadores
exclusivos de la “razón” y la “justicia” universal. En ocasiones buscarían
justificaciones hasta sobrenaturales para sus acciones impositivas de su
criterio del “deber ser”, en otras les ha bastado el argumento del éxito para
intentar demostrar su superioridad y ,por tanto, presumida validez de
argumentos.
Para cada uno de los gestores de estos procesos de dominación, el mundo
ha sido concebido en relación con las fronteras expansivas de sus respectivos
imperios. Y los otros imperios han sido concebidos no como otros mundos que
tiene derecho a coexistir, sino como mundos conquistables también para que
formen parte de su mundo.
El mal llamado descubrimiento de América fue el momento máximo hasta
entonces de toma de conciencia de las extraordinarias dimensiones del globo
terráqueo, pero también de sus límites espaciales, y por eso se lanzaron
pequeños pueblos como el español, el portugués, el inglés, el francés, el
holandés, el belga, etc., a conquistar espacios que multiplicaban
extraordinariamente el área de sus respectivos territorios, así como la
magnitud de sus poblaciones. De ese modo aspiraban centuplicar sus mundos y a “universalizarse”,
es decir a tratar que los demás se convirtieran en seres más o menos semejantes
a ellos, aunque siempre los enjuiciase como inferiores por su carácter de copia
y no de originales.
Quizás algunos consideren con mayor o menor razón que este fue un
momento decisivo de los procesos globalizadores, cuando en verdad formó parte
del ancestral proceso de universalización de la cultura.
Otros, tampoco sin razón, aprecian esta conquista europea del continente
–posteriormente denominado americano– como una expresión necesaria de la
internacionalización de las relaciones económicas que exigía el desarrollo del
capitalismo con todos sus logros y desafíos culturales añadidos.
Resulta indudable que a partir de ese momento, junto a la paulatina
conquista del África y hasta de remotas regiones del Asia, se tomó conciencia
de la finitud de la esfericidad del globo terráqueo, pero a la vez se pensó que
las riquezas contenidas en él eran inagotables y solo bastaba explotarlas
indiscriminadamente.
Algunos pueblos ancestrales, entre ellos los aborígenes de estas y otras
regiones, tenían concepciones más proporcionadas de su poderío y flaqueza
frente a las fuerzas y riquezas de la naturaleza por lo que educaban a sus
nuevas generaciones en estos principios de respeto por su habitat. Por tal
motivo, desarrollaban una cultura de genuino cultivo tanto del entorno natural,
como de la propia condición humana, para que esta, en desequilibrada lucha, no
terminase en suicidios genocidas conscientes o inconscientes como se temen en
la actualidad.
Fue este un momento de choque de culturas, no de atenuado encuentro o
sencilla hibridación, fue inicio de un mestizaje no concluido y que no
concluirá jamás porque ese parece ser el destino de todas las etnias y culturas
que se autopresentan como paradigmas de pureza.
En ocasión del V Centenario del proclamado descubrimiento de América
alrededor de 1992 se enfrentaron los sectarismos de un lado y otro del
Atlántico. Defensores del paternalismo ibérico y eurocéntrico por un lado
frente a intransigentes indigenistas por el otro que llegaron a posiciones
extremas. Es cierto que hubo también posturas más equilibradas y conciliadoras,
pero no fueron las más abundantes. Prevaleció más el criterio sobre el
necesario pase de cuentas.
Otras efemérides significativas conmemoradas del pasado siglo XX, tales
como el bicentenario de la Independencia de las trece colonias inglesas en
Norteamérica y el nacimiento de los Estados Unidos de América, el bicentenario
de la Revolución Francesa, los jubileos de la Revolución de Octubre en Rusia o
el fin de la II Guerra Mundial han motivado reflexiones en ciudadanos comunes
de muchos países sobre las dimensiones de la historia universal y sus efectos
para la construcción de una cultura universal concebida sobre la base sobre
pretendidos valores también considerados universales.
Pero en verdad, como plantea Samir Amin: “En esta expansión mundial el
capitalismo reveló la contradicción que existe entre sus pretensiones
universales y las polarizaciones que genera en la realidad material. Los
valores, totalmente vacíos, promulgados por el capitalismo en nombre del
universalismo (individualismo, democracia, libertad, igualdad, secularidad,
ley, etc) son meras mentiras para las víctimas del sistema, o valores que sólo
se adecuan a la cultura de Occidente. Esta es una contradicción permanente,
pero en las fases en que la globalización aumenta (como ahora mismo), deja al
descubierto su violencia”173.
A la vez, se aprecia la aceptación universal de innumerables conquistas
científicas y tecnológicas que en su proceso de universalización se han
difundido a la mayor parte de los países del mundo, aun cuando sea para el
disfrute de una minoría de la población, como el uso de antibióticos, vacunas,
prótesis, insecticidas, aparatos de aclimatación, automóviles, teléfonos,
radios, televisores, videos, grabadoras y otros electrodomésticos, alimentos
conservados, productos higiénicos, etc.
Las instituciones educativas han sido de las primeras en recibir el
beneficio de tales avances tecnológicos que favorecen el proceso de
enseñanza-aprendizaje. Por tal motivo la educación desde el nivel primario
hasta el universitario ha tenido que irse situando a la altura de los nuevos
tiempos a fin de preparar a los educandos para el mundo automatizado e
informatizado en que va a vivir. Tales desafíos obligan a la educación a
modificarse sustancialmente y a estar lista para nuevas transformaciones cada
vez más radicales.
Según el peruano Carlos del Rio Cabrera “El desarrollo
científico-tecnológico se fundamentará en una mayor relevancia de los programas
de postgrado: maestrías y doctorados –con carácter
multidi-ciplinario/holístico- promovidos por una creciente interacción de la
universidad con el sector productivo a nivel global. La educación –en especial
la del nivel superior– resaltará por : a) Ser flexible en espacio, tiempo,
modalidad, currículos. Fin de la universidad concebida como ‘cuatro paredes’;
b) Brindar formación multidisciplinaria, siendo la duración de los estudios
variable: el estudiante escoge su ‘menú’ y fija su propio ritmo; c) Las clases
devienen en conferencias desde/ hacia cualquier lugar, a toda hora, en todos
los campos/áreas, en niveles múltiples; d) desarrollo del autocontrol y de la
autoevaluaciôn: desaparición progresiva de los exámenes”174. Muchos de estos
novedosos rasgos no son simplemente intenciones sino hechos que caracterizan ya
en muchas partes la educación contemporánea.
Es difícil concebir en cualquier parte del mundo a una persona culta que
desconozca o prefiera prescindir de estas conquistas de la humanidad. Pero
simultáneamente se han ido imponiendo no sólo patrones de consumo material sino
concepciones políticas respecto a la forma de organizar los estados y
gobiernos, criterios sobre cómo debe funcionar la democracia, normas jurídicas,
éticas, estéticas, etc. Incluso las religiones más difundidas pugnan entre sí
por lograr mayores niveles de universalidad.
Y en medio de ese mundo de objetos e ideas que deben ser consumidos cada
día, unos hombres se levantan con la incertidumbre de la supervivencia
inmediata y otros con la seguridad relativa que ofrece la opulencia, siempre
amenazada.
De un modo u otro les llega nuevas informaciones sobre nuevos productos
que salen al mercado, nuevos investigaciones que prometen la eterna búsqueda de
la longevidad o la potencia sexual ilimitada, o sobre la forma superior de
organizar su economía, de perfeccionar su familia, sus compañeros de trabajo,
vecinos, conciudadanos, etc., o de cómo defenderse de los ladrones y
violadores.
Todos parecen ser expresiones de la mal llamada cultura moderna, cultura
de masas, cultura de consumo, etc. ¿ Acaso algunos de estos productos
“culturales” que llegan a preocupar hasta el entonces presidente de los Estados
Unidos de América, William Clinton, al criticar los filmes de violencia que
estimulan los asesinatos de hasta niños en ese país deben ser calificados
propiamente como culturales?
¿Son genuinamente hechos culturales o deben ser considerados como
especie de excrecencias sociales que debe purgar la humanidad como todo
organismo vivo?
¿Algunos de estos fenómenos sociales no serían mejor calificados si se
considerasen como expresiones de anticultura o de contracultura? ?Con qué
derecho debemos endilgarle al concepto de cultura, calificativos tales como
“cultura de la violencia”, “cultura del crimen”, “cultura guerrerista”, etc.,
que atentan contra la etimología de este concepto, que siempre implicaba añadir
un valor a natura como en el caso de agricultura, apicultura, silvicultura o
cultivar en societas los buenos hábitos de comportamiento, comer, vestir,
gobernar, educar, etc. ”?
Aquí también podría decirse !Oh! Cultura, cuantos crímenes se comenten
en tu nombre. No sería más apropiado caracterizar a estos fenómenos como
expresión de sociedades violentas, guerreristas, criminales, etc., en lugar de
considerarlas como “culturas delictivas”.
Ante todo, se debe salvar el concepto de cultura de tales
tergiversaciones de su contenido conceptual de manera que pueda se utilizado
adecuadamente en la praxis pedagógica, si es que se aspira a una globalización
con dignidad, o sea, con criterios de humanismo práctico.
A partir de tal criterio diferenciador de los conceptos de cultura y
sociedad se puede comprender mejor el carácter mediador del primero tanto de la
relación de este último con relación a la naturaleza, –como de ambos, es decir,
la naturaleza debe ser subsumida en el concepto de sociedad– con relación al de
humanidad.
La humanidad no sólo es el producto de la acción humana en su permanente
perfeccionamiento, es también el punto de referencia o sentido de superación de
todo lo existente. La cultura, con todas las potencialidades productivas,
tecnológicas, científicas, ideológicas, éticas, estéticas, etc., que encierra
debe constituir el instrumento más preciado para mejorarla, en la misma medida
en que ella se autocorrige.
¿Pero quienes son los sujetos correctores? Afortunadamente no existen
preelegidos para tales misiones, aunque algunos en ocasiones se lo crean. Tales
sujetos, en verdad, son múltiples y en muchas ocasiones se dimensionan de
manera distinta a través de los mismos individuos que a la vez pertenecen
diferenciadamente a una comunidad, un barrio, una familia, un partido, una
organización de la sociedad civil, una clase social, una institución, una
empresa, una ciudad, un pueblo, un país o una comunidad de ellos.
La escuela constituye un extraordinario instru-mento de formación de
tales sujetos sociales y ante los cambios que ha traído consigo el proceso
globalizatorio mundial, en el que se aprecia también un incremento
significativo de la migración por razones básicamente económicas es
imprescindible asumir tales desafíos con nuevas concepciones y prácticas
educativas mucho más democráticas y tolerantes.
Depende del grado de comprensión del problema del papel del sujeto
político y social ante los desafíos educativos y culturales que plantea la
globalización que tenga en cada lugar en que ese individuo concreto que en
definitiva tomará decisiones favorables o no a sus intereses y a los de la
humanidad entera pasado por cada una de las demás entidades o agrupaciones de
las que forma parte.
En ocasiones encuentra conflicto en el choque posible de intereses de
algunas de esas instancias entre sí al tomar determinadas decisiones, pero
cuanto más elementos posea su elección será más libre y culta.
Cuando el capitalismo inició sus primeras etapas de desarrollo era mucho
más evidente la interdependencia entre saber y poder. Por tal motivo el afán de
todos los ilustrados era constituir una ciudadanía culta para el ejercicio de
la democracia y el adecuado despliegue de las relaciones jurídicas, políticas,
tecnológicas, comerciales, etc. , y las propuestas educativas estaban
orientadas a conformar a un ciudadano culto para ejercer el poder
multilateralmente.
En la actualidad ese criterio se ha modificado sustancialmente, por tal
motivo Heinz Dieterich Steffan, con acierto, sostiene: “La unidad tendencial
entre la cultura, la universidad y la clase burguesa, que en la fase de ascenso
de la burguesía y de su lucha contra el feudalismo parecían posible cual
coexistencia armónica entre el saber y el poder, se está convirtiendo
rápidamente en mito del pasado. La regresión política de la burguesía desde una
clase revolucionaria hacia una clase reaccionaria-plutocrática; su
trivialización e instrumentalización de la cultura como medio de castración
ideológica de las mayorías y la transformación de las universidades en empresas
de servicio –que únicamente generan conocimientos de dominación política y de
maximización de ganancias– llevan la idea de Voltaire sobre la historia mundial
como medio de la lucha para el progreso y la educación del ser humano, ad
absurdum. De esta manera, la dialéctica de la ilustración pareciera encontrar
–al menos temporalmente– su fin unidimensional en el triunfo de la razón
instrumental”175.
Este hecho no significa en modo alguno que la ecuación entre sabiduría y
poder haya desaparecido, pero sin dudas se ha modificado parcialmente a partir
de nuevos parámetros que rigen para este último.
En la actividad educativa se ha ido apreciando que han tomado fuerza
criterios cada vez más pragmáticos a fin de preparar a un egresado para un
mercado de trabajo en que prevalece mas el criterio de poder utilizar las
tecnologías importadas del know-how provenientes de los países industrialmente
desarrollados en lugar de estimular la investigación científica dirigida al
conocimiento de los profundos laberintos de la ciencia. La enseñanza tiene el
deber de no abandonar una de las razones básicas de su articulación al saber
científico: la explicación de las causas determinantes de los fenómenos en su
concatenación universal y los fundamentos epistemológicos en que se fundamenta
cada descubrimiento176. De lo contrario se forma un estudiante acostumbrado a
recibir un conocimiento elaborado de antemano en el cual el no ha tenido
ninguna participación en su reproducción epistémica por lo que se la hará
dificil su comprensión y no se permitirá de tal modo la gestación de nuevos
conocimientos logrados por si mismos.
Según el mexicano Sergio Gómez Montero: “la docencia debe incidir en la
lógica de los saberes y no sólo en sus usos instrumentales. Se debe tratar, no
de conocer para operar o instrumentarlizar el saber, sino para indagar los
porqué y las razones de éste, verificando siempre su pertinencia, su uso social
y los efecto que este tiene sobre el hombre, individual y colectivamente, y
sobre los contextos (social y natural) en que ese hombre vive y se
desarrolla”177.
Además de las deficiencias acumuladas en los sistemas educativos de la
mayor parte de los países latinoamericanos como la enseñanza memorística178 y
superficial. Los centros educativos y especialmente las universidades se han
ido convirtiendo en los países latinoamericanos en centros de formación de
empleados de segundo orden de las empresas multinacionales, cuyos conocimientos
deben reducirse al límite preciso del nivel de acceso tecnológico de manera tal
que impida cualquier posibilidad de un desarrollo propiamente independiente.
Pensar con cabeza propia se convierte en ocasiones para algunos en una actitud
desafiante ante el stablischment Lógicamente algunos más aventajados escapan de
tales mecanismos coactivos del desarrollo profesional y hasta logran penetrar
algunos niveles del poder empresarial o procurarse empleos mejor remunerados en
las casas matrices radicadas usualmente en los países centrales, sin embargo,
las cifras de tales exitosos profesionales latinoa-mericanos son exiguas
comparadas con la mayoría de los egresados.
Entre los desafíos educativos principales que afronta hoy la educación
en los países latinoamericanos se encuentra la necesidad de formar individuos
versátiles en sus posibles profesiones y que estén preparados para la
diversidad de exigencias que plantea el mercado laboral. Con el incremento
sustancial de las cifras de desempleo profesional y el deterioro creciente de
las economías latinoamericanas, algunos jóvenes prefieren evitar los estudios
universitarios y acudir a carreras técnicas de nivel medio que le facilitan el
acceso inmediato al trabajo179.
Esto obliga a que las políticas educativas de los países de la región
tengan que brindar alguna atención a este tipo de enseñanza. Sin embargo, el
mayor desafío a la educación y la cultura en estos tiempos de globalización
radica en la creciente reducción de los presupuestos para estos sectores a
partir de los criterios neoliberales imperantes y los criterios de maneja la
educación con criterios prevalecientes en y para la empresa privada, como puede
apreciarse en el siguiente análisis de la situación educativa en Nicaragua :
“...es previsible, que poco a poco, el proceso de institucionalización del
modelo educativo, se vea acompañado por las necesidades del nuevo eje de
acumulación económica del capitalismo global respecto a las calificaciones de
la fuerza de trabajo, lo que permite preveer, una mayor participación del
empresariado privado en la definición de la política educativa”180. Es en medio
de esa afanosa búsqueda de rentabilidad por todas partes incluyendo el sector
de la salud, que la vida educativa y cultural de los pueblos latinoamericanos
se ve obligada a buscar alternativas en algunos sectores de la sociedad civil,
en la conformación de cooperativas, etc., como válvula de escape ante la
amenaza constante de la inhabilitación de conquistas sociales alcanzadas en
tiempos anteriores a la oleada neoliberal.
La actividad productiva vital de todo ser humano en nuestros días no es
solamente afectada por procesos globalizadores de la economía mundial que,
quiera o no, repercuten en la productividad, calidad productiva, etc., sino que
todo lo que él produce de un modo u otro se articula a esas relaciones
económicas y sociales. Por tanto, no puede ignorarlas.
No puede pensar prejuiciadamente que produce para un mercado exclusivo
de consumidores obligados a adquirir una única mercancía. Entre las causas
económicas del derrumbe del llamado “socialismo real”, está el error de
considerar un cliente robotizado, condenado a adquirir siempre el mismo
producto, aun cuando este incluso hubiese disminuido en su calidad.
Ni el obrero, ni el ingeniero, ni el científico y mucho menos el artista
o incluso el político puede partir del falso presupuesto del público asegurado
para su obra en tiempos de globalización. Porque los criterios de consumo se
tornan tan dinámicos en la actualidad, dados los sistemas informativos y de
comunicación masiva, que rápidamente se transforman, y declaran obsoletos
productos y concepciones que años atrás demoraban mucho tiempo en
transformarse.
Tal situación no debe apreciarse con signo negativo, sino aprovechar
tales mecanismos comunicativos que facilitan la oferta de mejores opciones a
fin de que el producto de nuestra actividad no quede engavetado para los museos
de errores tecnológicos o científicos o expresión de la cha-pucería humana.
La globalización demanda creatividad en todos los planos y especialmente
educativa, y esta debe ser entendida en todas sus dimensiones, tanto de
eficiencia económica como de utilidad social para que constituya propiamente un
bien cultural y no otro producto que se añada a los excrementos mercantiles que
finalmente deben ser hasta incinerados. Mas la creatividad exige, a su vez,
criterios educativos de conservación ecológica, perspectivas de género,
generacionales, incluso hasta étnicas, ideológicas, religiosas, etc., pero
sobre todo demanda criterios éticos y estéticos. Ignorar estos dos componentes
en toda creación, tanto material como espiritual humana, es nefasto para el
destino final de cualquier obra.
Por supuesto que no todos los productores en los distintos países toman
en consideración tales criterios, ni existen los mecanismos engrasados de
control y regulación jurídica para que constantemente aparezcan desastres de
todo tipo, que por lo regular se experimentan primero en aquellos países
dependientes tecnológica, comercial y financieramente de los grandes bloques de
poder del capitalismo actualmente transnacionalizado181.
En la actualidad, con la crisis de los estados nacionales y el poder
ilimitado adquirido por el capital financiero transnacional en su desenfrenada
carrera especulativa, ya no son ni siquiera gobernantes y parlamentos los que
deciden en ocasiones la política nacional y las medidas de carácter
internacional, sino los grandes banqueros quienes imponen sus criterios no muy
culturales, ni democráticos.
Tal preocupación la expresa el actual presidente de Brasil Fernando
Henríquez Cardoso cuando expresa: “Esa es la gran contradicción que tendremos
que enfrentar en el siglo XXI: a la globalización del sistema productivo, del
área económica, no le siguió en la misma proporción una definición también
global, en el plano del poder. No existe el poder mundial legítimo ni una
definición de la autoridad mundial legítima. Tampoco la regla opuesta, la de la
fuerza que se impone sin consentimiento, sin autoridad, y que aun continua
siendo importante en el plano mundial, tampoco esta tiene mecanismos
suficientes fuertes para definir de qué manera se restablecerá la convivencia
democrática en el plano internacional”182.
Esto significa que los desafíos que plantea la globalización tienen una
raigambre profundamente política y en dependencia de como se comporten ante
ella gobiernos, partidos, clases sociales, entidades de la sociedad civil podrá
tomar un rumbo más favorable o no a los intereses de los países económicamente
débiles.
Ante tal situación, la actitud de estos países no debería ser la clásica
postura de las fracasadas burguesías nacionales que de forma oportunista
sacrifican los intereses nacional y en aras de salvar sus riquezas los ponen
también a volar como capitales golondrinas como con frecuencia sucede cada vez
más en los países latinoamericanos183. Pero entre el “deber ser” y “el ser”
existen muchos abismos, aun antes que Kant. La realidad es que para estos
países el efecto de la globalización a la larga trae más resultados negativos
que beneficiosos para la mayoría de la población.
Pensar que las ventajas culturales de la globalización se mide por el
número de teléfonos celulares de los ejecutivos, de automóviles que se
congestionan en las calles, la altura de los edificios que compiten con los de
New York, por la similitud de los comerciales de la televisión y las mercancías
en los supermercados, resulta una manera muy superflua de apreciar la cultura.
Y pensar que los logros educativos de un país se mide exclusivamente por la
comodidad de los edificios, el número de computadores y videos en las aulas, y
otras ventajas tecnológicas como el acceso a internet, etc., sin tomar en
adecuada consideración la formación y superación del personal docente, la
evaluación constante de sus resultados, la aplicación de los avances de las
investigaciones pedagógicas en cada disciplina, la constante experimentación de
nuevas técnicas de enseñanza aprendizaje, la interacción permanente con las
demás vías de educación no formal a través de la familia, el vecindario, las
instituciones de la sociedad civil, etc.
Esos pueden ser algunos de los desafíos educativos y culturales que trae
aparejada la globalización especialmente para los países latinoamericanos al
producirse fenómenos de homogeneización de la vida cotidiana. Esto motiva que
en ocasiones un individuo se sienta lo mismo en un país que en otro cuando se
encuentra en algunos de los grandes centros comerciales de similares
características. Sin embargo, es erróneo pensar que tales procesos conducen
irremediablemente a la pérdida de identidades y a la erradicación de las
necesarias diferenciaciones.
Como sostiene Jose Ramón Fabelo “Y es que la globalización de las
relaciones sociales y el origen de una comunidad mundial, íntegra e
interdependiente, no borró en modo alguno la heterogeneidad del planeta y las
grandes diferencias entre los distintos grupos humanos. Es obvio que el
surgimiento de un nuevo marco social no hace desaparecer automáticamente a los
otros, de menor rango de generalidad. La aparición de las clases no eliminó a
la familia, la formación de las naciones no acabó con las clases, el arribo de
la comunidad universal no significa la desaparición de la división del mundo en
naciones. Todo esto genera la coexistencia de una multitud diversa de grupos
humanos. Cada uno de estos conglomerados, divididos por sus niveles de
desarrollo socio-económico, su pertenencia nacional y estatal, su posición de
clase, su autoconciencia religiosa, factores de raza, etnia, propiedad,
etcetera, conserva sus propios intereses, fines y posibilidades reales de
lograrlo, así como su propia escala de valores”184.
Los pueblos tienden a aprender unos de otros y en tal sentido
contribuyen a universalizar sus respectivos valores del mismo modo que a
criticarse por sus antivalores. En una época como la presente en que la
comunicación ha adquirido parámetros tan extraordinarios es de esperar que el
balance de tal intercambio de valores sea como se ha comportando hasta el
presente en la historia de la humanidad más favorable que perjudicial.
Los parámetros para medir la calidad de vida han comenzado a modificarse
en los países capitalistas desarrollados, porque lo que en otros momentos eran
sutiles formas de enajenación, se han tornado tan evidentes para muchos
ciudadanos comunes que comienzan a rechazar aquellos “productos culturales”
enlatados y buscan incrementar el consumo de los naturales. Entre los desafíos
que se le plantea a la labor educativa contemporánea se encuentra la
revalorización de los productos de la naturaleza, las ventajas de la
conservación del medio ambiente, de la práctica del deporte utilizando al
máximo las potencialidades naturales y desechando las artificiales. En fin el
siglo XXI reclama que el ser humano logre una mejor autocomprensión de su
origen natural y societal mediada por la cultura.
Un elemento que ha favorecido cambios de conducta en la población
mundial es el turismo y su incremento considerable en los últimos tiempos. Este
intercambio ha permitido a muchos apreciar que sus concepciones y hábitos de
vida no siempre son los mejores ni los más humanamente deseables.
Toda acción que contribuya a que los seres humanos se conozcan mejor, se
autovaloren y valoren a otros pueblos, contribuye al enriquecimiento de la
condición humana, independientemente de los imprescindibles riesgos que implica
cualquier relación humana. Todo dependerá del tipo de prejuicio con el cual
esta se asuma. Y la educación del siglo XXI tiene ante si la tarea de
contribuir a erradicar las secuelas de todo tipo de discriminación étnica,
racial, religiosa, etc. y preparar a las nuevas generaciones a vivir en
sociedad multiétnicas, multiculturales, tolerantes ante las diversas posturas
políticas, estéticas, religiosas, morales, etc. Pues como plantea Alain
Touraine: “La historia no esta hecha únicamente del éxito de quienes
construyeron intelectual y prácticamente un mundo nuevo; también la conforma la
caída, de las sociedades que no comprendieron, permitieron y organizaron las
nuevas formas asumidas por la vida económica, política y cultural. Ningún país,
ninguna institución, ningún individuo tiene, por sus éxitos pasados, la
seguridad de comprender y dominar las nuevas formas de vida personal y
colectiva. ¿ Somos capaces, en este inicio de un siglo que se abrió en el
momento en que cayó el Muro de Berlin, de comprender el mundo en que ya hemos
ingresado?185.
Los pueblos no tienen por qué temer a conocerse mejor, a intercambiar
sus artes, sus costumbres, sus concepciones políticas, educativas, éticas,
estéticas y criterios de vida. Podrán salvaguardar su identidad cultural en la
misma medida en que sea más auténticos, es decir, que sus ideas e instituciones
se correspondan mejor con sus condiciones específicas de existencia y
necesidades de desarrollo propio.
No solo resulta menos aburrido ser auténtico que ser idéntico, sino es
imposible. Así la imposibilidad de que la globalización produzca una clonación
cultural lo será más en la misma medida en que el factor subjetivo, esto es, la
acción de gobernantes y ciudadanos se lo planteen, preocupen y ocupen
efectivamente por impedirlo.
Y para lograr tal objetivo es imprescindible que se conozcan, estudien y
cultiven en los sistemas educativos así como se divulgen los valores de la
cultura nacional, de sus próceres, pensadores, intelectuales, artistas, de la
sabiduría popular, del folklore genuino, y no el que se produce artificialmente
para consumo de turistas.
Si se cultiva la verdadera cultura, y no cualquier producto que se
invoque en su nombre, y a la vez se educan las nuevas generaciones por medio de
currciculums amplios e integradores a la vez186 con criterios de orgullosa
autenticidad, inagotable curiosidad, innovación permanente, independencia de
pensamiento como solicitaba Paulo Freire187, tolerancia ante la diferencia,
espíritu democrático, y otros múltiples valores que demandará la sociedad
postmoderna, junto a la estimulación de la cooperación en todos los sentidos
como ha insistido en sus recomendaciones la UNESCO para el perfeccionamiento de
la educación en América Latina y el Caribe188, entonces podrá afrontarse con
criterios humanos conscientes y bien dirigidos los procesos que hoy plantea la
globalización y que en todo futuro planteará la permanente universalización de
toda cultura y toda educación propiamente dichas.
158 “Si nuestro objetivo es incorporar de una buena vez a la sociedad
mundial, en un plano de equidad, a la inmensa mayoría de los habitantes del
planeta, si ese es nuestro objetivo primero, será entonces necesario revisar ‘a
fondo’ e introducir cambios sustanciales en la estructura, el contenido y hasta
la propia orientación de los sistemas educativos. ” Brovett, J. “El futuro de
la educación superior en una sociedad en transformación” en A UNESCO e o futuro
ensino superior. Documentos da conferencia Mundial sobre a Educacao Superior.
Curitiba: Universidade Federal do Paraná. 1998. P. 66
159 “Hay que estar muy distraído para no darse cuenta de que el cierre
de centenares de editoriales y miles de librerías en las dos últimas décadas,
la caída de la producción nacional de películas y discos, el deterioro del
sistema escolar en todos sus niveles son señales de alarma de nuestra
decadencia societal. Los nuevos signos de dinamismo económico y cultural
–aumento del consumo en algunos bienes comunicacionales, el acceso multiplicado
mes tras mes a internet, el rápido predominio de la videoinformación sobre la
lectura– combina aspectos positivos y otros problemáticos. Es inquietante que
no tengamos datos suficientes ni estudios globales en marcha para discernirlo,
o sea para conocer que cambios están generando en el tejido de nuestras
sociedades y en la interacción entre ellas. García Canclini, N. “Industrias
culturales y globalización” en Cultura y desarrollo. La Habana: Serie de la
Oficina Regional de Cultura para América Latina y el Caribe de la UNESCO. Vol.
I. Febrero 2000. p. 36.
160 López Villa, M. “¿Qué piensan los seguidores del neoliberalismo?” en
Vitral pedagógico Revista de la Universidad Pedagógica Nacional.
Tezutlan-Puebla. N. 3. Abril 1998. p. 80.
161 El humanismo no constituye una corriente filosófica o cultural
homogénea. En verdad se caracteriza en lo fundamental por propuestas que sitúan
al hombre como valor principal en todo lo existente y partir de esa
consideración, subordina toda actividad a propiciarle mejores condiciones de
vida material y espiritual, de manera tal que pueda desplegar sus
potencialidades siempre limitadas históricamente. La toma de conciencia de
estas limitaciones no se constituyen en obstáculo insalvable, sino en pivote que
moviliza los elementos para que el hombre siempre sea concebido como fin y
nunca como medio. Sus propuestas están dirigidas a reafirmar al hombre en el
mundo, a ofrecerle mayores grados de libertad y a debilitar todas las fuerzas
que de algún modo puedan alienarlo. Todo poder supuesto a fuerzas aparentemente
incontroladas por el hombre, que son expresión histórica de incapacidad de
dominio relativo sobre sus condiciones de existencia y engendradas consciente o
inconscientemente por el hombre, limitando sus grados de libertad, se inscriben
en el complejo fenómeno de la enajenación”. Guadarrama, P. Humanismo en el
pensamiento latinoamericano. La Habana: Editorial Ciencias Sociales. 2001. p,
15.
162 Como asegura el historiador cubano Pedro Pablo Rodríguez “El sentido
de la identidad desde un principio tuvo un valor negativo y otro positivo, ya
que diferencia a individuos, grupos, comunidades” Rodríguez, P. P. “Cultura e
identidad. Notas en medio de un debate” Cultura e identidad nacional. La
Habana: Ediciones Unión. 1995. p. 247.
163 “Para lograr una definición de cultura que logre eludir el carácter
estrecho o unilateral de muchas concepciones que abundan en los ambientes
académicos y usualmente en mayor medida fuera de estos debe considerarla como
el grado de dominación por el hombre de las condiciones de vida de su ser, de
su modo histórico concreto de existencia, lo cual implica de igual modo el
control sobre su conciencia y toda su actividad espiritual, posibilitándole
mayor grado de libertad y beneficio a su comunidad. Guadarrama y Pereliguin, N.
Lo universal y lo específico en la cultura. Bogotá: UNINCCA. 1987; La Habana:
Editorial Ciencias Sociales. 1990; (2 edición ampliada) Bogotá: UNINCCA. 1998.
P. 300.
164 Chomsky, N. El nuevo orden mundial (y el viejo). Crítica. Barcelona.
1996. p. 243.
165 Baró. S. Globalización y desarrollo mundial. La Habana: Editorial
Ciencias Sociales. 1997. p. 136.
166 Mato, D. “Procesos culturales y transformaciones sociopolíticas en
América Latina en tiempos de globalización” en, Matos, D. Montero, M. y Amodio,
E. (Coordinadores) América Latina en tiempos de globalización: procesos
culturales y transformaciones sociopolíticas. Caracas: CRESAL-UNESCO. 1996. p.
12.
167 Hungtington, S. P. El choque de las civilizaciones. Costa Rica.
Heredia: Universidad Nacional. 1996. p. 19.
168 “Puede decirse sin riesgo que el siglo XX nos ha convertido a todos
en hondos pesimistas históricos”. Fukuyama, F. El fin de la historia y el
último hombre. Barcelona: Editorial Planeta. 1992. p. 29
169 Monerero, M y otros “La globalización: una mirada desde la
izquierda”. Temas. La Habana. N. 5. 1996. P. 18-19.
170 Ibidem.
171 Nair, S. “Epílogo” a Estefanía, J. Contra el pensamiento único.
Madrid: Taurus. 1998. p. 336-337
172 Hart, A. “Identidad vs. globalización. Hacia una ética humanista en
la postmodernidad” en Revolución y cultura. La Habana. N. 1. 1997. p. 5.
173 Amín, S. ‘’Imperialismo y culturalismo: mutuamente complementarios”
en Vega, R. Marx y el siglo XXI. Bogotá: Ediciones Pensamiento Crítico. 1998.
p. 302.
174 Del Rio Cabrera, C. “Algunas perspectivas en el devenir del siglo
XXI” en Revista peruana de educación. Año II. No. 4. Septiembre de 1997. Lima.
p. 39.
175 Steffan, H. D. “Globalización, educación y democracia en América
Latina” en Chomsky, N. y Steffan, H. D. La sociedad global. Educación, mercado
y democracia. La Habana: Editorial Abril. 1997. p. 123.
176 “Hay que intentar –sin que se pueda evidentemente lograrlo por
completo– etnologizar la mirada que dirigimos sobre nuestros propios
conocimientos: captar no solo la forma mediante la cual se utiliza el saber
científico, sino también el modo en que son delimitados los ámbitos que este
saber científico domina, así como el proceso de formación de sus objetos de
conocimiento y el ritmo de creación de sus conceptos. Hay que restituir en el
interior de una formación social, el proceso mediante el cual se constituye un
‘saber’, entendiendo este como el espacio de las cosas a conocer, la suma de
todos los conocimientos efectivos, los instrumentos materiales o teóricos que
lo perpetúan. De este modo la historia de una ciencia(. . .) será el análisis
de sus condiciones de existencia , de sus leyes de funcionamiento y de sus
reglas de transformación” . Foucault, M. La vida de los hombres infames.
Madrid: Ediciones de La Piqueta. 1990. P. 26.
177 Gómez Montero, S. “El futuro de la docencia”. En Pedagogía. Revista
especializada en Educación. México: Universidad Pedagógica Nacional. DF. Vol.
10 n. 3. Verano de 1995. p 82.
178 “Con frecuencia se afirma que nuestra educación es memorística y que
no cultiva el análisis crítico y creador. Hay muchos indicios que es así y ello
no sería posible, de manera generalizada, si nuestros docentes no fueran los
principales sostenedores de tal tendencia debido a que la formación magisterial
que reciben tiene las mismas características. Consecuentemente nada cambiará en
los hechos en nuestro sistema educativo mientras no modifiquemos
sustancialmente la formación magisterial, lo que no se resuelve con reciclajes
o reentrenamientos en programación curricular sino con un sustancial
mejoramiento de la competencia científica del magisterio en matemáticas, en.
lenguaje, en física, en biología, en química, en lógica, en filosofía, por
mencionar algunos ejemplos”. Picoya Hermosa, L- “Diagnóstico general de la
educación peruana” en Revista Peruana de Educación. Año II. N. 3. Enero de
1997. p. 105-106.
179 “Los nuevos escenarios de desarrollo, en el ámbito de la
globalización, de la terciarización de la economía y las comunicaciones
interactivas, empieza a presentar múltiples aristas a los tradicionales
procesos de socialización formal llevados a cabo en la insitución educativa. De
alguna manera, se están presentando profundas fisuras entre las relaciones
sociales en el aula y las que se producen en el mundo de las productivas y de
servicios, en igual proceso de resquebrajamiento se encuentran las seudo formas
de participación democráticas, lo cual de alguna manera, acentúa la
contradicción apariencias formales y realidades prácticas, en el proceso de
socialización escolar, bajo el slogan esterotipado de igualdad de oportunidades
para todos, cuando los centros educativos en países capitalistas, no son
comunes para todos. Tal situación, propicia sistemas de clasificación
diferenciada para los alumnos en el mundo del trabajo y de la participación
social” . Correa de Molina, C. Aprender y enseñar en el siglo XXI . Bogotá:
Magisterio. 2001. P. 133.
180 Arrien, J. De Castilla, M y Lucio Gil, R. La educación en Nicaragua
entre siglos, dudas y esperanzas. Managua: Universidad Centroamericana. 1998.
P. 318.
181 “En lo esencial, a finales de la década del 70, ya estaban creadas
las premisas económicas, políticas, ideológicas y científico-técnica, que
permitirían un avance sin riendas del imperialismo hacia lo que, con toda
propiedad, podemos considerar un nuevo estadio de su desarrollo, cuyo rasgo
distintivo es el predominio económico, político e ideológico del capital
monopolista transnacional” Cervantes, R. Gil, F. Regalado, R y Sandoya, R. “La
metamorfosis del capitalismo monopolista” Cuba Socialista. La Habana. N. 8.
1997. P. 46.
182 Henrique Cardoso, F. “Gobernabilidad y democracia: desafíos
contemporáneos” en Gobernar la globalización. UNESCO-ONU. Brasilia. Julio 1997.
P. 19.
183 “No lo olvidemos, a partir del siglo XIX todos los proyectos
cognitivos, económicos, políticos y estéticos del subcontinente han sido
legitimados por los saberes expertos que despliega la globalización”
Castro-Gómez, S. “Modernidad, latinoamericanismo y globalización” Cuadernos
americanos. Nueva Época. N. 67 enero-febrero. 1997. p. 210.
184 Fabelo, J. R. Retos al pensamiento en una época de tránsito. La
Habana: Editorial Academia. 1996. p. 19.
185 Touraine, A. ¿Podremos vivir juntos? La discusión pendiente El
destino del hombre en la aldea global. Fondo de Cultura Económica. México.
1999. p. 23.
186 “La diversidad de estímulos y situaciones planteadas por el
constante y acelerado cambio en lo social, político y económico, tenderá a
constituir curriculums abiertos caracterizados por atender a las diferencias
individuales y al ámbito socio-cultural en el que se aplican. Esto implica una
continua revisión en el proceso de elaboración, construcción y aplicación del
currículo. El modelo curricular deberá ser integrador y deberá establecer
conexiones entre diferentes campos de conocimiento. El rol del profesor, su
iniciativa, su intervención y creatividad se ponen en evidencia en lo que
respecta a la flexibilidad . . . ” Saltamacchia, S. Moroni V y Tedesco, A.
“Reflexiones acerca de la formación del profesional de la educación para el
siglo XXI” en Serie Pedagógica. Buenos Aires. Universidad Nacional de La Plata.
1995. p. 254.
187 “Lo importante, desde el punto de vista de la educación liberadora y
no ‘bancaria’, es que , en cualquiera de los casos, los hombres se sientan
sujetos de su pensar, discutiendo su pensar, su propia visión del mundo,
manifestada, implica o explícitamente, en sus sugerencias y en las de sus
compañeros” Freire,P. Pedagogía del oprimido. México: Siglo XXI. Editores.
1988. p. 154.
188 “La cooperación horizontal se puede incrementar en múltiples formas
y aspectos. La cooperación país-país; institución-institución; comuna-comuna
constituye un campo de complementación de iniciativas donde el intercambio de
experiencias y personas puede contribuir a dinamizar a todos los sistemas
educativos que interactúen. La descripción de innovaciones adquiere, entonces,
especial importancia como elemento que puede estimular el interés en realizar
acciones de cooperación horizontal” UNESCO-OREALC Hacia una nueva etapa del
desarrollo educativo. La Habana: Oficina Regional de Educación de la UNESCO
para América Latina y el Caribe –Boletin 311995. p. 23.
Documento
Descargado desde la "Biblioteca Virtual de Filosofía y Pensamiento
Cubanos" http://biblioteca.filosofia.cu/

