© Libro
No. 352. Historia de la piratería. Gosse, Philip. Colección
Emancipación Obrera. Noviembre 10 de 2012.
Título original: © Philip Gosse. HISTORIA DE LA PIRATERIA.
Versión Original: © Philip Gosse. HISTORIA DE LA PIRATERIA
Circulación conocimiento
libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://es.scribd.com/doc/32730422/Philip-Gosse-Historia-de-la-Pirateria
Licencia Creative Commons:
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto
y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración:
http://es.scribd.com/doc/32730422/Philip-Gosse-Historia-de-la-Pirateria
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Philip Gosse
HISTORIA DE LA PIRATERIA
Philip Gosse
HISTORIA DE LA PIRATERIA
PRESENTACIÓN
Esta obra que ahora colocamos en los anaqueles de nuestra
Biblioteca Virtual Antorcha, la Historia de la pirateria de Philip Gosse,
guarda para nosotros gratos recuerdos, ya que se encuentra íntimamente
relacionada con nuestras primeras lecturas de juventud. En efecto, la
adquirimos a principios de la década de 1960 -tal vez 1962 o 1963-, en una
librería ubicada en la esquina que forman las calles Bucareli y Av. Juárez, en
la ciudad de México. Desde un principio fue un reto el leerla, porque con su
letra menudita y sus trescientas treinta y seis páginas constituía una proesa
para quienes apenas contábamos con doce años; sin embargo, más temprano que
tarde nos dimos a la tarea de iniciar su lectura y ... cuál no sería nuestra
sorpresa al percatarnos de que su contenido distaba mucho del título de la
colección en que había sido publicada. En efecto, al pié de la carátula, el
libro lleva la leyenda: Historia y aventura, lo que nos indujo a pensar que esa
obra era una especie de novela de aventuras pero ... poco tardamos en
cerciorarnos de que no era así, de que la temática era planteada desde una
óptica muy alejada de las novelas de aventuras. En un principio, sentimos
molestia, desagrado, ya que el libro no llenaba nuestras espectativas. Quien
lea esto quizá se pregunte ¿por qué no lo hojeamos en la librería antes de
adquirirlo?, y la respuesta es muy sencilla, sucede que en aquellos años muchas
editoriales sacaban a la venta sus libros sin refinar, es decir, con los
pliegos doblados, o si se entiende mejor, con las hojas pegadas, por lo que el
lector debia antes de empezar la lectura, tomarse el tiempo necesario para, con
un cuchillo, ir separando, una a una, las hojas del libro. Ahora bien, la
edición a la que estamos haciendo referencia corresponde al año de 1946, lo que
nos hace suponer que la obra fue escrita en la década de 1930, por lo que
cuando la adquirimos, no era una novedad, pero eso si, con un precio atractivo.
En fin, a causa de nuestro desencanto estuvimos a punto de suspender su lectura
pero ... finalmente desechamos esa idea y optamos por terminar de leerlo.
Ahora, cuando urgando en nuestra biblioteca personal volvimos a toparnos con
este volúmen, decidimos que quizá no fuese tan mala idea el incluirlo en
nuestra Biblioteca Virtual Antorcha y, ni tardos ni perezosos nos dimos a la
tarea de digitalizarla. Por supuesto que en este momento nuestra óptica sobre
esta obra dista mucho de la que tuvimos a principios de la década de 1960,
puesto que nos hemos percatado de que Philip Gosse realiza un encomiable
esfuerzo al escribir su Historia de la pirateria, al abarcar prácticamente los
cinco continentes trasladándose, incluso, a remotísimas épocas en sus
indagatorias sobre el origen y desarrollo de la pirateria marítima en el mundo.
Subrrayamos marítima, porque actualmente el término piratería no se
circunscribe únicamente a la vieja imagen de los corsarios con su parche en un
ojo, su pata de palo, un perico en el hombro, dos pistolones, y su inevitable
sable en una playa a punto de abrir el cofre del tesoro, sino que el término se
usa con mucha más frecuencia para evidenciar una serie de delitos que
prácticamente nada tienen que ver ni con los barcos, ni el mar, ni mucho menos
con la romántica figura que acabamos de detallar. Quizá el mayor defecto de la minuciosa
investigación de Gosse, defecto que probablemente devenga mucho más del editor
que del autor, se ubique en haber pretendido realizar un ensayo histórico desde
una óptica novelesca, y es aquí, lo repetimos, en donde existe la mayor falla.
Pero ello no es impedimento para que el interesado en la historia de la
piratería marítima, extraiga de la lectura de esta obra un caudal de
conocimientos y elementos apreciables. Esperamos que quien se acerque a hojear
esta edición virtual logre valorarla en su justa medida y experimente el goce
de aventurarse por los siete mares en esta increible aventura de la Historia de
la pirateria. Omar Cortés
PRÓLOGO
Escribir una historia de la piratería desde sus más remotos
orígenes sería intentar lo imposible. Lo que se proponen las presentes páginas
es mostrar las condiciones geográficas y sociales que precedieron al
encumbramiento de la piratería; seguir sus ascensiones y sus decadencias, sus
formas y sus vicisitudes; pintar los miembros más destacados de la profesión;
y, por último, relatar cómo la piratería fue dominada gracias a la organización
de las naciones, ayudada por la navegación a vapor y el telégrafo. La búsqueda
de los materiales necesarios para un relato de ese género obligó al autor a
arrojar su red muy lejos e incluso hacia muchos afluentes secundarios de la
historia y la literatura. Han aparecido ya dos o tres obras que intentan tratar
en conjunto nuestro tema; pero las lagunas que contienen no han podido ser
subsanadas sino investigando una serie de fuentes imprevistas. ¿Quién, por
ejemplo, habría pensado encontrar materiales importantes sobre la Piratería en
una vida de San Vicente de Paul, patrón de los filántropos prácticos? y aun en
tales condiciones no ha sido posible hallar, para ciertos períodos, la cantidad
y calidad de detalles que permitan componer algo mejor que un cuadro sinóptico.
Por esa razón el capítulo que trata de la piratería en la antigüedad ha sido
reducido, de muy mala gana, a un simple apéndice. La silueta existe; mas el
detalle que le impartiera vida por desgracia ha quedado perdido para siempre.
Una de las mayores dificultades con que tropieza el historiador de los piratas
reside en el recelo que suelen mostrar sus héroes al contar sus propias
proezas. El Pirata feliz, a diferencia del hombre afortunado de cualquier otro
oficio, no buscaba la notoriedad y para ello tenía evidentes razones. Incluso
podemos preguntarnos si aun el más listo de los periodistas, -admitiendo que
aquel oficio se conservara en alguna forma moderna- lograría superar tal
modestia. El pirata que había escapado al cadalso prefería retirarse a la
sombra con su fortuna, y muy pocos han sido los que, empujados, sea por la
necesidad de dinero, o sea por el ansia de gloria, se sintieron inducidos a
escribir la historia de su vida. Otro obstáculo ha sido la dificultad de
determinar quién fue pirata y quién no lo fue. De una manera general se logró
resolver este problema; pero existen algunos casos límites que desafían toda
definición. Webster define al pirata como ladrón de alta mar; aquel que
recurriendo a la franca violencia, se apodera en alta mar de los bienes de otra
persona; particularmente aquel que adopte el hábito de cruzar con propósito de
robo y de saqueo; asimismo aquel que robe en un puerto. Bajo tal punto de
vista, resulta difícil determinar, por ejemplo, si Francis Drake ha sido pirata
o no. Un español del siglo XVI habría contestado con una afirmación categórica,
y hasta el inglés más patriota se ve obligado a admitir que los primeros viajes
a América del héroe de la época de Isabel han sido pura piratería, aunque la
mayor parte de sus expediciones marítimas fueran emprendidas por Drake, directa
o indirectamente, en cumplimiento de una comisión emanada de la corona. Otros
marinos célebres han imitado su ejemplo, aun cuando sus designaciones llevasen
el sello de esos Estados que todavía no habían nacido o que ignoraban hasta la
existencia del portador. En general, los corsarios de esta especie deben quedar
excluídos de la categoría estricta de los piratas, salvo cuando se hayan
extralimitado con respecto a los términos de sus muy liberales comisiones.
Resulta imposible atestiguar mi gratitud a todos cuantos han contribuído con su
ayuda o con sugestiones a la composición del presente libro. Doy las gracias al
señor Oscar Lundberg de Upsala, quien me hizo conocer a varios piratas
nórdicos; al señor L. C. Vrijman de la Haya, quien me permitió compulsar gran
número de documentos relativos a los piratas holandeses y a los bucaneros,
nuevos para mí; al señor Lubbock, por su autorización para reproducir partes
del diario, hasta ahora inédito, de Eduardo de Barlow, el cual describe las
actividades del capitán Kidd en el Mar Rojo y en el Océano Indico; en fin, al
comodoro John Creswell por la molestia que se diera trazando el Viaje del
capitán Bartolomeo Sharp por el Pacífico según el diario original del capitán
John Cox, uno de los compañeros de Sharp: primer mapa fidedigno que indica el
itinerario de los bucaneros durante el que tal vez fuese el más apasionado -y
pletórico de incidentes- de todos los viajes. También deseo expresar mi
agradecimiento al señor G. E. Manwaring y a los demás oficiales de la London Library,
quienes me han prestado una ayuda inapreciable; a la señorita Olivia Hawkshaw
por su traducción de diversos libros noruegos y suecos; al señor Frank Maggs
por sus investigaciones sobre publicaciones y manuscritos raros que tratan de
la piratería; al director del Times por su permiso de reproducir ciertos
extractos interesantes; y a la señora Dulan y socios, por el de utilizar los
materiales tomados de The pirate's Who's Who. Y quiero reservar un sitio
último, pero no por eso menos importante, para dar las gracias al señor Milton
Waldman por haber tenido la amabilidad de leer mi manuscrito y de contribuír
con muchas sugeStiones valiosas.
LIBRO PRIMERO
CAPÍTULO I EL RESCATE
DE CESAR
La piratería, al igual que el homicidio, constituye una de las
ramas de la actividad humana cuyas huellas aparecen en los tiempos más remotos
de la historia. Los hechos con los que tropezamos en aquellas épocas coinciden
con las primeras alusiones a los viajes y al comercio. Puede darse por seguro
que muy poco tiempo después de que los hombres comenzaron a transportar
mercancías de un sitio a otro, se ha visto surgir a algunos que se beneficiaron
interceptando estos bienes durante el trayecto de los mismos. El comercio suele
seguir de cerca a la implantación del pabellón; y el saqueo, en tierra firme o
en el mar, sigue al comercio. Tan seguramente como vemos multiplicarse las
arañas allí donde hay huecos y hendeduras -escribe el capitán Enrique Keppel,
gran cazador de piratas orientales del siglo XIX-, presenciamos también brotes
de piratas en todas partes donde existe un hormigueo de islas que ofrecen
ensenadas, playas, puntas, rocas, arrecifes; en suma, facilidades para acechar,
sorprender, atacar y escapar. En todos los mares del globo y durante todas las
épocas, la piratería ha pasado por ciertos ciclos bien definidos. Al principio,
algunos individuos pertenecientes a las poblaciones ribereñas más pobres, se
reúnen en grupos aislados, cada uno poseyendo uno o varios navíos; así
organizados, atacan a los más débiles de los buques mercantes. Su condición es
la de gente proscrita a la que todo hombre respetuoso de la Ley tiene el deber
de matar en el momento de descubrirla. Después viene el período de la organización
perfeccionada, los más fuertes piratas absorbiendo a los más débiles o bien
obligándolos a renunciar a su oficio. Estas grandes organizaciones se
desarrollan en grado tal que ningún convoy de mercantes, incluso el más
poderosamente armado, se encuentra al abrigo de sus ataques. Tal era el nivel
alcanzado por la piratería en la era de los corsarios berberiscos; en la de
Morgan y de sus bucaneros; y en la de los marinos del Wild West, a comienzos
del reinado de Isabel. Contra aquellos piratas resultaba vano todo intento de
resistencia colectiva, e impotente toda autoridad. La siguiente fase de
desarrollo se caracteriza por un fenómeno novel: la organización de los
piratas, habiendo alcanzado virtualmente la constitución de un Estado
independiente, se ve ahora en condiciones de firmar alianzas, provechosas para
ambas partes, con otros estados contra sus mutuos enemigos. Lo que había sido
piratería se convierte entonces, temporalmente, en guerra, y en esta guerra,
los buques de un beligerante son piratas para el otro, recibiendo el trato
correspondiente. Fue en el transcurso de estos períodos cuando surgieron de la
sombra hombres tales como el temible Kair-ed-din, mejor conocido bajo el nombre
de Barbaroja, quien llevó la Media Luna hasta los puertos más fortificados del
Mediterráneo, ganando incluso una victoria contra la armada de la España
imperial; como los geniales marinos de Cornualles, quienes, durante un período
tan breve como resplandeciente, escribieron los Anales de la Piratería en
verso, en vez de prosa; o como los geusen marítimos de Lemarck y los navegantes
de la Roquela, de Condé, los cuales hicieron la guerra al Estado y a la Iglesia
en nombre de la Libertad y la Reforma. Finalmente, la victoria de uno de los
partidos suele quebrantar, de una manera general, la organización naval del
otro. Así, vemos a Don Juan de Austria rechazar y quemar las flotas del Islam
en los pasos de Lepanto. Los elementos del partido vencido vuelven entonces a
la condición de pandillas de proscritos, hasta que el partido vencedor llegue a
ser lo suficientemente fuerte para relegarlos definitivamente al rango de donde
habían salido, o sea, al de furtivos vagabundos del mar. La piratería, en sus
momentos de esplendor, pasa al primer plano de la historia; pero aun durante
sus períodos de decadencia, se distingue por un poderío de fascinación muy
peculiar, sin hablar de la atracción que sobre las imaginaciones ejerce el
crimen en cuanto tal. Nos enfrentamos aquí a un crimen realmente único en su
género, y que exige a sus adeptos algo más que osadía, astucia o destreza en el
manejo de las armas. El pirata jefe había de saber maniobrar su buque (a
menudo, al comenzar aquél su carrera, una nave impropia para la navegación,
hasta que lograba robar alguna mejor) tanto en la tempestad como en el combate;
guiado, pese a averías, hacia un puerto de refugio; dominar su tripulación
bribona e indisciplinada en medio de enfermedades y de descontento; y desplegar
el arte de diplomático, asegurándose en tierra firme un mercado sólido para la
venta de las mercancías robadas. Los hombres de ese temple son raros, y hasta
escasos son los oficios respetables que pueden ufanarse de poseer
personalidades tan destacadas como las que se nos presentan en la cúspide del
árbol de la piratería. Aun cuando se descarte a los aventureros de carácter
semilegal, tales como Drake, Morgan o Barbaroja, vemos. en la capilla,
reservada a los piratas en el Templo de la Fama, a más de un héroe notable, que
en vida ha sido considerado con razón como un criminal perdido
irremisiblemente. Fue una raza extraña, y es, tal vez aún más en sus extrañezas
que en sus hazañas, donde debe buscarse el secreto de su fascinación. Por lo
que a la salvación eterna se refiere, es curioso ver cuántos de entre ellos han
cometido los más horribles actos de su vida, creyendo firmemente que les serían
tomados en cuenta en el otro mundo. Fué la preocupación por su alma la que
inspiró al capitán Robens, el cual llevaba siempre, durante una expedición, un
chaleco y calzones de rico damasco, así como una cadena de oro suspendida del
cuello y de la que colgaba una gran cruz de diamantes, llevándole. al extremo
de imponer a bordo una estricta abstinencia de alcohol y el respeto absoluto de
las mujeres. La misma preocupación por la salvación de su alma indujo al
capitán Daniel a apoderarse de un sacerdote para que celebrara misa a bordo de
su buque, y a acuchillar a un hombre de su tripulación por haber hecho una
observación obscena durante el servicio divino. Y parece probable que no haya
existido jamás utopista más notable que aquel capitán Mison que cincuenta años
antes de la Revolución Fráncesa proclamara, en medio de torrentes de elocuencia
inflamada, una república de piratas, consagrada a la Libertad, la Igualdad, y
la Fraternidad. El cautivo que, por escrúpulos de conciencia, rehusaba
escaparse de manos del amo que había sido vendido considerando como engaño
obrar así frente a un hombre que había pagado su esclavo con moneda sonante; o
aquel capitán cuáquero que se negaba a recurrir a la violencia contra los
corsarios, acabando por dominarlos, tal vez estén más cerca de la mentalidad
pirata que un Blackbeard o un Kidd. La historia de la piratería no es, pues,
tan sólo una crónica espantosa de violaciones de la Ley, algo más que una serie
de relatos romántiCos, en los que por turno representan su papel, el oro, la
lucha y la aventura; tiene a pesar de todo, su lado divertido, su ciencia
extraña, sUs incidentes grotescos; en suma, refleja lo extravagante en la
naturaleza humana. Acompañando al capitán Sharp en el viaje más asombroso que
jamás haya sido hecho por un pirata, vemos a uno de sus prisioneros, un noble
español, combatir la monotonía de la vida: a bordo, contando historias en las
que aparecían personajes tales como cierto sacerdote que, habiendo bajado a
tierra en el Perú, posaba tranquilamente ante los ojos maravillados de diez mil
indios, su crucifijo sobre el lomo de dos rugientes leones, los cuales se
sentaron en seguida y le adoraron, abandonando luego el lugar a doS tigres
deseosos de imitar su ejemplo. Compartimos los terrores de Ludolfo de Cucham
quien escribió en 1350 un catálogo de los peligros atribuídos a los monstruos
acuáticos, y particularmente al puerco marino, animal que acostumbra a emerger
junto a las naves y a mendigar ... Si el marino le tira un poco de pan, el
menstruo se aleja; y en caSo de que no quiera alejarse, entonces la vista del
rostro furioso de un hombre encolerizado basta para ahuyentarlo. Si el marmo
tiene miedo, debe guardarse de mostrarlo: Debe mirarlo con aire altivo y severo
y no dejar traslucir su susto, porque de lo contrario el monstruo no huirá,
sino que morderá, destrozando el navío. Y si bien no podemos menos de sentir
profunda aflicción ante los relatos de los sufrimientos infligidos a los cristianos
caídos en cautiverio, nos alegramos, en cambio, porque esto ofreciera al buen
San Vicente de Paul la oportunidad de estudiar la alquimia, ciencia que le
sería tan útil en lo sucesivo; y simpatizamos con sir Jeffery Hudson, el enano
batallador de Carlos I, que se quejaba de que los trabajos forzados del
cautiverio le hubieran hecho crecer de un pie y seis pulgadas a más de tres
pies. Tampoco carece de humorismo el célebre rapto llevado a cabo por piratas
del Mar Egeo, el año 78 antes de nuestra era, y que, si hubiese terminado de
una manera un poco distinta, habría podido cambiar totalmente el curso de la
historia del mundo. En aquel año, cierto joven aristócrata romano, envuelto en
turbulentas riñas familiares, y expulsado de Italia por el dictador Sila porque
se había adherido al partido de Mario, rival desterrado de aquél, navegaba
hacia la isla de Rodas. Siendo un joven lleno de ambición y no teniendo nada
mejor que hacer mientras la estancia en Roma le quedase prohibida, había
decidido emplear el tiempo perfeccionándose en un arte en que, según los dichos
de sus preceptores, estaba lejos de brillar: el de la elocuencia. Con tal
objeto acababa de inscribirse en la academia del afamado profesor Apolonio
Molo. Mientras el buque costeaba la isla de Farmacusa, a la altura de las
rocosas riberas de Caria, viéronse de pronto algunas embarcaciones de forma
larga y baja, que se aproximaban rápidamente. El barco romano era lento y como,
además, se calmaba la brisa, toda esperanza de escapar a los piratas se desvanezía
ante la velocidad de aquellas naves de largos remos movidos por vigorosos
brazos de esclavos. Arriando su pequeña vela auxiliar, el buque esperó el
abordaje de las canoas de punta afilada, y poco tiempo después, su puente se
cubrió de una turba de gente morena. El jefe de los piratas lanzó una mirada
circular sobre los grupos de asustados pasajeros; inmediatamente, su vista fue
herida por el espectáculo de un joven aristócrata, vestido elegantemente según
la última moda de Roma, y que sentado en medio de sus servidores y esclavos, se
entregaba a la lectura. Yendo derecho a él, el pirata le preguntó quién era;
pero el joven, habiéndole lanzado una mirada desdeñosa, continuó leyendo. El
pirata, enfurecido, se dirigió entonces a uno de los compañeros del noble
romano, su médico Cina, el cual le reveló el nombre de su prisionero: era Cayo
Julio César. Se planteó la cuestión del rescate. El pirata deseaba saber la
suma que César aceptaba pagar por recobrar su propia libertad y la de sus
criados. Como el romano no se dignó siquiera contestar, el capitán se volvió
hacia su ayudante, pidiéndole su opinión acerca del valor que representaba el
grupo. Este experto, después de examinarlo detenidamente uno por uno, estimó
que diez talentos representarían una suma razonable. El capitán, irritado por
el aire superior del joven aristócrata, le cortó la palabra, diciendo: - Pues
bien, voy a doblarla. Veinte talentos: éste es mi precio. Esta vez, César abrió
la boca. Frunciendo el ceño, declaró: - ¿Veinte? Si conocieses tu oficio, te
darías cuenta de que valgo cuando menos cincuenta. El pirata se sobresaltó. No
acostumbraba ver a un prisionero que se creía lo bastante importante para pagar
de buen grado un rescate de cerca de doce mil libras en vez de las tres mil
pedidas. Sin embargo, le cogió la palabra al joven romano; después le hizo
arrojar a una de las embarcaciones junto con los demás cautivos, a fin de que
esperase en la guarida de los piratas el regreso de los negociadores enviados a
reunir el rescate.
César y sus compañeros fueron alojados en algunas chozas de una
aldea ocupada por los piratas. El joven romano pasaba el tiempo entregándose
cada día a ejercicios físicos: corría, saltaba, lanzaba piedras gruesas,
compitiendo a menudo con sus raptores. En sus horas menos activas, escribía
poemas o bien componía discursos. Caída la noche, se reunía frecuentemente con
los piratas en torno al fuego, ensayando con ellos el efecto de sus versos o de
su elocuencia. Los piratas, según nos es relatado, tenían una opinión muy
desfavorable de unos y otra, y se la manifestaban con un candor desprovisto de
delicadeza. Hay que pensar que su gusto literario era mediocre o que los versos
de César, hoy perdidos, no alcanzaban el nivel artístico de la prosa que
escribiera después. Debía ser una vida extraña para el joven descrito por Sita
como un muchacho con faldas. Todos los testigos concuerdan, sin embargo, en
declarar que ocultaba, por debajo de sus múltiples afectaciones, un espíritu
resuelto e intrépido. Como auténtico romano, no solamente despreciaba a sus
aprehensores por sus modales groseros y su falta de educación, sino que les
reprochaba sus defectos. Y tuvo un placer maligno en describirles lo que les
sucedería si alguna vez la pandilla cayese entre sus manos, prometiéndoles
solamente que les haría crucificar a todos. Los piratas, más que enfurecidos
ante sus amenazas, regocijados por sus maneras afeminadas, le miraban con una
especie de respetuosa condescendencia, considerando la promesa de una
crucifixión como una estupenda broma. Cierta noche en que, según su costumbre,
se habían quedado hasta horas avanzadas en torno al fuego, bebiendo y
manifestando en forma ruidosa, aunque poco musicalmente, su animación, su
embarazoso prisionero mandó a uno de sus criados a notificar al capitán su
deseo de que hiciera callar a sus hombres que estorbaban su reposo. Su demanda
fue respetada: el jefe ordenó a su tripulación que cesara el alboroto. Por fin,
al cabo de treinta y ocho días, regresaron los negociadores trayendo la noticia
de que el rescate de cincuenta talentos acababa de ser depositado en manos del
legado Valerio Torcuato, y César con sus compañeros fueron embarcados a bordo
de un buque y enviados a Mileto. El reunir una suma tan considerable había
tomado un tiempo más largo de lo que se creía, pues Sita, después de haber
desterrado a César, había confiscado todos sus bienes y también los de su
esposa Cornelia. En tales circunstancias, el joven habría hecho mejor en darse
un poco menos de importancia. A la llegada a Mileto, el rescate fue entregado a
los piratas, y César bajó a tierra deseoso de poner en ejecución el plan
decidido. Pidió prestado a Valerio cuatro galeras de guerra y quinientos
soldados, y se puso en marcha hacia Farmacusa. Al llegar allí tarde en la noche,
encontró, como había esperado, toda la pandilla ocupada en celebrar su buena
fortuna con una orgía de vituallas y bebida. Sorprendidos de improviso, los
piratas no pudieron oponer ninguna resistencia y tuvieron que entregarse, salvo
unos pocos que lograron huír. César había hecho cerca de trescientos cincuenta
prisioneros, teniendo además la satisfacción de recuperar sus cincuenta
talentos. Después de embarcar a sus antiguos anfitriones en las galeras, hizo
echar a pique en aguas profundas todos los navíos de los piratas; luego alzó
velas dirigiéndose hacia Pérgamo, donde Junio, pretor de la provincia de Asia
Menor, tenía su cuartel general. Llegado a Pérgamo, César encerró a sus
prisioneros en una fortaleza bien guardada y se fue a hablar con el pretor.
Supo entonces que este funcionario, la única autoridad que tenía derecho a
infligir la pena capital, se encontraba en jira de servicio. César salió en su
busca y habiéndose reunido con él, le contó someramente lo que le había
sucedido; añadiendo que había dejado en Pérgamo, bajo buena custodia, a toda la
banda con el botín, y que pedía a Junio una carta autorizando al gobernador
interino de Pérgamo para ejecutar a los piratas o por lo menos a sus jefes.
Pero Junio no aprobaba tal intención. No le gustaba aquel joven autoritario que
trastornaba de una manera tan inesperada la tranquilidad de su jira pretoriana,
y que suponía que bastaba con que mandase, para que el gobernador general de
Asia Menor se apresurara a obedecer. Había, además, otras consideraciones. El
sistema según el cual los mercaderes pagaban tributo a los piratas a cambio de
su inmunidad, tenía el carácter sagrado de una vieja costumbre que después de
todo no. funcionaba tan mal. Si Junio accediese a los deseos de César, los
sucesores de los piratas, extranjeros a no dudar, se mostrarían más rapaces de
lo que habían sido los ejecutados. Y además, ¿no era hecho admitido el que los
funcionarios del grado del pretor, estacionado lejos de Roma en los puestos
avanzados del Imperio, estuviesen allí no solamente para servir el Estado, sino
también para sacar de su función algún beneficio en previsión del día en que
habrían de retirarse a la vida civil en Roma? Aquella pandilla de piratas era
rica y podía esperarse que manifestaría de manera conveniente su gratitud hacia
el gobernador si éste ejerciese su prerrogativa de clemencia, devolviéndoles la
libertad. Pero habría tomado demasiado tiempo explicar todos esos complejos
asuntos de Estado, a un joven que además le era tan antipático, y con quien una
conversación parecía imposible. Conque prometió a César que se ocuparía del
asunto a su regreso a Pérgamo, y que le informaría luego de su decisión. César
comprendió. Saludó al gobernador, se retiró y, forzando a los caballos, cumplió
en un solo día el viaje de vuelta a Pérgamo. Sin cambiar los acontecimientos
por autoridad propia (es probable que la nueva situación en Roma fuera ignorada
en las provincias), hizo ejecutar en la prisión a los piratas, reservando a los
treinta principales para la suerte que les había prometido. Cuando los
cabecillas aparecieron ante él cargados de cadenas, César les recordó su
promesa, pero añadió que queriendo mostrarse agradecido por las bondades que
tuvieron para con él, iba a concederles un supremo favor: antes de ser crucificados,
mandaría degollarlos. Arreglado el asunto, César prosiguió su viaje y entró,
tal como lo había deseado, a la excelente escuela de arte oratorio de Apolonio
Molo. Sería absurdo, por supuesto, pretender que todos los piratas hubieran
sido héroes o humoristas, y que su exterminación no haya constituído un
beneficio para la humanidad. Sus virtudes son más fáciles de apreciar ahora que
han muerto que cuando estaban en vida; la mayor parte de ellos, a excepción de
los más grandes, han sido unos pequeños canallas, más ávidos de atacar a
mujeres que a hombres, y que preferían el engaño al combate. Seiscientos años
después del asunto del rescate de César, otro prisionero ilustre que había
caído entre sus manos, fue tratado con crueldad tal que faltaba poco para que
el mundo perdiera a uno de sus más grandes genios literarios: a Miguel de
Cervantes. Otros miles de hombres de menor importancia han sido enviados a
pudrirse en las galeras, donde morían degollados por una pequeñez. Mas después
de todo, los piratas fueron hombres (aunque, según verá el lector, a veces han
sido mujeres), y, como tales revelan la infinita variedad de lo que llamamos la
naturaleza humana. La historia de los piratas tal vez sea una historia de
hombres perversos; pero no por eso es menos una historia de hombres.
CAPÍTULO II LOS
BARBAROJA
El gran período de la piratería moderna, nacida en épocas
indeterminadas de la Edad Media, llegó a su apogeo durante los siglos XVI y
XVII, y no concluyó sino hace apenas cien años, después de un esfuerzo
concertado de las naciones. Tuvo por centro de acción la cuenca del
Mediterráneo, y sus protagonistas fueron los ribereños de la costa berberisca,
litoral que se extiende desde las fronteras de Egipto hasta las Columnas de
Hércules. El nombre de berberiscos procede de ciertas tribus pobladoras de
aquellas regiones, los berberos. La práctica de la piratería languideció
después de la caída de Roma, dejando de ser un factor importante en la vida de
los pueblos costeños del Mediterráneo por la razón fundamental de que ñó había,
durante un espacio de tiempo de casi mil años, sino muy poco tráfico marítimo
que prometiese algún botín. Más tarde, cuando las cruzadas, seguidas por las
empresas de los venecianos y genoveses, hubieron resucitado las antiguas
glorias del comercio con Oriente, volvió también aquella tentación familiar, y
veíase entonces a hombres morenos, vestidos con turbantes y trajes largos, y
montados sobre embarcaciones de remo, surcar las aguas entre las costas de
tierra firme y las innumerables islas, acechando las suntuosas galeras de alta
construcción, de las regias ciudades italianas. La amenaza que representaban
estos bandidos no era todavía realmente temible: aun no se había desarrollado
ninguna gran potencia que hubiese podido protegerlos, y la vigilancia combinada
de los estados mediterráneos bastó, durante varios siglos, para tenerlos en
jaque. De suceder las cosas de manera distinta, el Renacimiento se habría visto
retardado quién sabe por cuanto tiempo, si es que hubiera podido producirse en
forma alguna. Todavía los turcos no habían tomado Constantinopla, ni extendido
su dominación hasta el Africa septentrional. Venecia, Génova, Francia y la
España de los moros, junto con los caballeros hospitalarios de San Juan,
establecidos en Jerusalén, sucesores de los cruzados y enemigos hereditarios de
Mahoma, resultaban lo suficientemente fuertes para proteger sus barcos contra
las partidas aisladas de los espumadores del mar. El más vigoroso de los
esfuerzos de la primera hora, encaminados a suprimir los corsarios berberiscos,
fué realizado en 1390, año en que los genoveses, exasperados por una serie de
pérdidas navales, agruparon gran número de señores, caballeros y gentilhombres
de Francia e Inglaterra y se hicieron a la mar en un intento de atacar a los
africanos en su guarida del puerto de Metredia, situado sobre la costa
tunecina. El cuerpo expedicionario inglés era mandado por Enrique de Lancáster,
el futuro rey Enrique IV. El embate del desembarco fue aguantado por sus
arqueros cuyas vigorosas descargas, lo mismo que en Crecy y en Poitiers, rompiendo
la resistencia del enemigo en la playa, lo rechazaron hacia su fortaleza. Los
invasores se instalaron entonces, dando comienzo uno de aquellos largos y
monótonos sitios que caracterizan el arte de la guerra en la Edad Media.
Carentes de artillería eficaz y encontrándose en número insuficiente para
intentar un asalto, lás fuerzas cristianas se acamparon en torno a la ciudad
esperando la rendición de los sitiados. Pero la enfermedad las debilitó áún más
rápidamente que a los defensores, los diezmaba el hambre: al cabo de dos meses,
se soldó una paz, y los europeos volvieron a su casa. Peró aunque los piratas
no habían sido exterminados, por lo menos se logró que durante algún tiempo se
mostrasen menos audaces en sus expediciones. En 1492, fecha capital en la
historia moderna, la situación cambió bruscamente. La España de Fernando e
Isabel arrebató a los moros el dominio de la Península Ibérica, expulsándolos
hacia más allá del estrecho de Gibraltar después de siete siglos de residencia
en Europa. Las consecuencias para la vida social y política del Africa
septentrional fueron inmediatas y profundas. Un país apenas capaz de mantener
algunos humildes mercaderes, labriegos y artesanos se vió invadido bruscamente
por varios cientos de miles de hombres orgullosos, civilizados y belicosos, sin
ninguna posibilidad de empleo, pero llenos de ambición y ardiendo en deseos de
venganza. Fue tanto el deseo de vengar el ultraje que les había sido infligido,
como la voluntad de encontrar una compensación a los bienes perdidos, lo que
empujó a los moros a una implacable hostilidad hacia España; hostilidad que
acabó por constituir uno de los elementos de la nueva guerra santa de sus
correligionarios contra la cristiandad occidental. En un principio, los
desterrados tuvieron ciertas ventajas al emprender sus incursiones sobre el
comercio rápidamente desarrollado del recién nacido Imperio español. Su idioma,
sus hábitos mercantiles, les eran familiares, y poseían fuentes ilimitadas de
información en las personas de sus compatriotas dejados. en el continente. De
aliados de las potencias que ejercían la policía en el Mediterráneo, habían
pasado a enemigos de esta federación, la cual, de la noche a la mañana, se
encontró muy debilitada, en tanto que el mismo acontecimiento fortalecía en
grado sumo al enemigo. En la época de la expulsión, el mar era para los
musulmanes un elemento poco familiar; y la navegación, un arte que todavía les
quedaba por aprender. Muchos de ellos sentían un horror supersticioso ante las
aguas profundas, exactamente como la mayor parte de los antiguos griegos.
Cuéntase que después de la conquista de Egipto por los árabes, el gran califa
Omar escribió a su general en jefe preguntándole a qué cosa se parecía ese mar
de que tanto le hablaban. En su respuesta, el militar lo describía como una
bestia enorme, sobre la que corren algunas tribus estúpidas como gusanos a lo
largo de una viga. Sobre lo cual el califa publicó un edicto prohibiendo a los
musulmanes aventurarse en un elemento tan peligroso sin su expresa
autorización. Todo el carácter de la piratería mediterránea cambió casi de una
noche a otra. La nueva raza de corsarios construyó navíos más grandes y más
rápidos, completando el remo con la vela, y modificó la estructura de la
tripulación, aumentando el número de prisioneros disponibles para las galeras
con los esclavos capturados durante las incursiones contra sus vecinos en el
interior de Africa, y reservando los combatientes adiestrados para sus
compañías de abordaje. Dándose cuenta de que la piratería constituía tanto una
rama del comercio como de la navegación, pusieron en práctica un sistema
inteligente que les aseguraba, mediante el pago de la presa (en general el 10 %
del botín) a los jefes indígenas de la costa, una protección para sí mismos y salidas
para sus mercancías. A cambio de estos pagos, el jeque se comprometía a
proteger a sus socios contra cualquier enemigo y a poner a su disposición un
mercado libre para el producto de sus expediciones. El año 1504 marca la
primera incursión en gran escala bajo el nuevo orden. Esta incursión sublevó en
toda la cristiandad una alarma no menos grande que el avance de los turcos por
el valle del Danubio. El Papa Julio II había enviado dos de sus más grandes
galeras de guerra, poderosamente armadas, con la misión de escoltar un envío de
valiosas mercancías de Génova a Civitavecchia. El buque que iba a la cabeza
navegando varias millas delante y fuera de vista del otro, costeaba la isla de
Elba cuando de pronto vió aparecer una galeota. No teniendo motivo para
sospechas, prosiguió su ruta con toda tranquilidad. El capitán, Paolo Víctor,
en efecto, no tenía por qué temer la presencia de piratas en aquellos parajes;
los corsarios berberiscos no habían visitado el Mar Tirreno desde hacía muchos
años, y de cualquier modo no solían atacar sino barcos pequeños. Pero
bruscamente, la galeota abordó, y el italiano vió que su puente hormigueaba de
turbantes. Sin que se oyese un grito y aun antes que la galera tuviese tiempo
'para defenderse, una lluvia de flechas y otros proyectiles se abatió sobre el
puente obstruído de mercancías, y algunos instantes más tarde los moros se
lanzaban al abordaje, conducidos por un jefe rechoncho, distinguido por una
barba de un rojo llameante. En un abrir y cerrar de ojos, la galera estaba capturada,
y los sobrevivientes de la tripulación se veían empujados como ganado al fondo
de la bodega. Entonces, el capitán de los barbas rojas puso en ejecución la
segunda parte de su programa, que consistía nada menos que en la captura de la
otra galera papal. Algunos de sus oficiales opusieron objeciones a esta
tentativa considerándola demasiado arriesgada, dadas las circunstancias: la
tarea de guardar la presa tomada parecía suficiente, sin que hubiera necesidad
de complicarla con otra más. Con ademán imperioso, el jefe les impuso silencio;
ya tenía combinado un plan para valerse de su primera victoria como medio de
ganar una segunda. Hizo desnudarse a los prisioneros y disfrazó con sus ropas a
sus propios hombres, los cuales colocó en puestos muy visibles de la galera;
después tomó la galeota al remolque, haciendo creer a los marinos del otro
buque papal que sus compañeros habían hecho una presa. El simple ardid tuvo
pleno éxito. Los dos barcos se aproximaron uno a otro; la tripulación del
segundo se precipitó al abordo para ver lo que había sucedido. Otra granizada
de flechas y piedras; otro destacamento de abordaje, y al cabo de algunos
minutos, los marinos cristianos se hallaban encadenados a sus propios remos,
reemplazando a los esclavos puestos en libertad. Dos horas después de ese
original encuentro, la galeota y sus víctimas se dirigían a Túnez. Aquello fue
la primera aparición de Arudj, el mayor de los dos hermanos Barbarroja, en un
escenario, cuyos actores más distinguidos habían de ser él y su familia durante
una larga generación. Arudj era hijo de un alfarero griego de religión
cristiana, que se había establecido en Mitilene después de la conquista de esta
isla por los turcos. Adolescente, se había hecho musulmán por voluntad propia,
alistándose a bordo de un barco pirata turco y obteniendo pronto un mando en el
Mar Egeo. No era de alta estatura, pero bien formado y robusto. Tenía los
cabellos y la barba de un rojo chillón, los ojos vivos y brillantes, una nariz
aquilina o romana, y una tez entre morena y blanca. Pero no era en calidad de
vasallo del gran sultán como Arudj aparecía de una manera tan inesperada en el
Mediterráneo occidental, sino como aventurero independiente. Cierto día se
había emancipado en el Mar Egeo, persuadiendo a su tripulación a que repudiase
el juramento prestado a la Puerta y a abrazar, bajo sus órdenes, una carrera
que les permitiera escapar a la vez a la autoridad vejatoria y a la rapacidad
de los capitalistas de Constantinopla. Sin embargo, le faltaba un apoyo; algún
puerto de refugio en casos de tempestad, y un mercadó accesible, condición
necesaria, cuando no esencial. Así, pues, Arudj se dirigió hacia Túnez y firmó
un convenio satisfactorio con el rey de aquella ciudad, el cual se comprometió
a proporcionarle las apetecidas comodidades a cambio de un veinte por ciento
del botín; fracción que fue reducida a la mitad, cuando los filibusteros se
vieron lo suficientemente fuertes para dictar sus condiciones.
Las sensacionales hazañas de Arudj, que culminaron con la
captura de las galeras papales, atrajeron hacia él a todos los aventureros del
litoral sur y este del Mediterráneo, sin contar un gran número de renegados de
diversos países. Su ascendiente fue tan grande como la influencia ejercida por
Drake sobre la juventud de Inglaterra en la segunda mitad del mismo siglo. No
tardaron en surgir imitadores, y pronto el Mediterráneo se encontró infestado,
de un extremo a otro, de compañías piratas originarias de los puertos
berberiscos. La tasa de los seguros marítimos se hizo prohibitiva y el tráfico
en algunas rutas se detuvo prácticamente. Fernando de Aragón, ahora reconocido
jefe de la cristiandad, y en su calidad de soberano de la potencia naval más
grande del mundo, la mayor víctima de los piratas, asumió la responsabilidad de
domar a los antiguos amos de España. Bloqueó, a la cabeza de una poderosa
armada, la costa africana, y al cabo de dos años, 1509-1510, logró reducir
Orán, Bugie y Argel, en aquel entonces las tres principales fortalezas de los
corsarios. Al firmar la paz, los argelinos aceptaron pagar al rey católico,
como garantía de su futura buena conducta, un tributo anual, y Fernando tuvo
cuidado de robustecer tal garantía construyendo una sólida fortaleza en la isla
del Peñón, frente al puerto de Argel. Mientras vivía Fernando, los piratas
fueron tenidos en jaque hasta cierto punto, y dos tentativas de reconquistar
Bugie, emprendidas por aquéllos en 1512 y en 1515, sufrieron un rotundo
fracaso; la primera le costó a Arudj un brazo, que le fue arrancado por el
proyectil de un arcabuz. Muerto el rey de España en 1516, los argelinos se
sublevaron, invitando a Selim-ed-Teumi, un árabe de Blida, a encabezar el
alzamiento. Selim aceptó y a poco tiempo, comenzó el bloqueo del Peñón. Ante la
insuficiencia de sus propios recursos, Selim envió una embajada a Arudj, que
dos años antes había arrebatado Jijil a los genoveses, solicitando su ayuda.
Arudj accedió a su deseo y marchó inmediatamente sobre Argel a la cabeza de un
ejército de cinco mil hombres. Su hermano, el temible Kair-ed-din, que pronto
le sucedería superando su fama, seguía con la flota. Apenas llegado, Arudj,
impresionado tal vez por la dificultad de una soberanía dividida, estranguló a
Selim con su propia mano, haciéndose así dueño de la plaza y convirtiéndose,
nominalmente, en vasallo del sultán de Turquía. La reducida guarnición española
del Peñón continuó sosteniéndose, y el jefe de los piratas no logró nada contra
ella. España, por otra parte, no pudo enviar socorro alguno a sus tropas. Una
armada enviada en 1517 por el regente cardenal Jiménez, bajo el mando de Don
Diego de Vera, fue derrotada; los moros pusieron en fuga a siete mil veteranos
españoles, en tanto que la escuadra se hundió destrozada por una tormenta. Fue
solamente en 1529 cuando cayó aquella fortaleza. Mientras tanto, Arudj
Barbarroja consolidaba su posición. A poco tiempo, todo el territorio que
constituye hoy el departamento de Argel, quedaba incluído en su reino. Después,
comenzó a someter las vecinas provincias de Túnez y de Tilimsan. Su autoridad
les pareció a los argelinos todavía más dura que la de su predecesor y se
rebelaron de nuevo en 1518, llamando esta vez a los españoles. El emperador
Carlos V, alarmado ante la extensión que alcanzaba el poderío del jefe de los
corsarios, aprovechó la feliz ocasión, enviando, Con objeto de aniquilarle, una
selecta fuerza de diez mil veteranos. Arudj fue sorprendido en Tilimsan en el
momento en que no tenía más que una pequeña tropa de mil quinientos hombres.
Recogiendo sus tesoros, salió precipitadamente en un intento de llegar a tiempo
a Argel, perseguido de cerca por los españoles bajo el mando del marqués de
Comares, gobernador de Orán. La caza se hizo ardorosa. Arudj, esperando distraer
a su enemigo, dejó tras sí una pista de oro y de alhajas, asemejándose al
pretendiente de Atalanta. El implacable español no se preocupó de recogerlos,
sino que empujó hacia adelante, alcanzando a los musulmanes en el momento en
que cruzaban el Río Salado. El mismo Arudj llegó sin incidente a la orilla
opuesta, mas viendo que su retaguardia estaba cercada, cruzó de nuevo el río,
sin vacilar, y tomó parte en el combate. Finalmente todo el ejército moro
pereció en la matanza y con él su comandante manco de las barbas rojas. El ver
perpetuarse los genios en los clanes de piratas, es cosa no menos rara que en
cualquier otra familia, dedicada a oficios más sedentarios. Arudj era un genio
peculiar, el primero de una poderosa tribu islamita. Pero Jizr, su hermano
menor, conocido entre los musulmanes bajo el nombre de Kair-ed-din y entre los
cristianos bajo el de Barbarroja, se reveló, después de la muerte de Arudj,
como un genio superior a éste. Añadía a la audacia y ciencia militar del
difunto, una prudencia de hombre de estado, que le elevaron de la condición
precaria de jefe de bandidos a los puestos y dignidades más altos del Islam.
Conviene anotar aquí lo inevitable de la repetición de los nombres musulmanes.
El motivo de tal repetición en el caso de Barbarroja es evidente. Pero sucede
también con frecuencia que un hombre no es conocido sino por el título que
lleva habitualmente. Así, todos los jefes corsarios eran designados bajo el
nombre de Reís, palabra que significa sencillamente capitán. No menos de tres
de las grandes figuras del siglo siguiente llevaban el nombre Murad. Se ve,
pues, que el de Murad Reis debe producir en los anales de la piratería
berberisca una impresión tan exótica como el capitán Jones en las nóminas de la
marina de guerra británica. La apariencia de Kair-ed-din era aún más
sorprendente que la de su hermano. Su estatura era imponente, su porte
majestuoso; tenía el cuerpo bien proporcionado, robusto y muy velludo, y
llevaba una barba en extremo hirsuta; sus cejas y sus pestañas eran notablemente
largas y espesas; sus cabellos, antes de encanecer, mostraban un matiz de
castaño pálido ... Después que hubo heredado el nombre y los dominios de su
hermano, lo primero que hizo Kair-ed-din fue enviar una embajada a
Constantinopla, haciendo ofrecimiento solemne al Gran Señor, de su nueva
provincia de Argelia, como humilde vasallo del imperio otomano. El sultán, que
acababa de conquistar el Egipto, se mostró encantado de poder añadir aquel
importante territorio a su nueva posesión, y aceptando el ofrecimiento de
Kair-ed-din, le nombró beglerbeg o gobernador general de Argelia. El corsario
acosado se aseguraba así el apoyo de uno de los más poderosos monarcas de la
tierra, conservando al mismo tiempo, gracias a la distancia que le separaba de
Constantinopla, una independencia que le permitía actuar prácticamente a su
antojo. La primera ventaja substancial que le trajo su gesto fue tener a su
disposición dos mil jenízaros de la guardia de corps de su nuevo soberano. El
nuevo virrey se puso a organizar el territorio con un sistema de alianzas con
sus vecinos y con la conquista de aquellos que, desde su punto de vista, le
parecían más importantes. Una por una, fueron arrebatadas a los españoles todas
las ciudades adquiridas a tan alto precio por Fernando; hasta que finalmente
sólo quedaba en manos del enemigo la fortaleza del Peñón, que dominaba el
acceso al puerto de Argel. Al mismo tiempo, derrotaba unas tras otras, las
fuerzas españolas encarnizadas en reconquistar sus posesiones. Así, rechazó en
1519 al almirante Don Hugo de Moncada quien trató de apoderarse de Argel con
una armada de cincuenta buques de guerra y un ejército de veteranos. Habiendo
logrado de esta manera, y desde el primer día de su reinado, adueñarse de toda
la costa al este y al oeste de Argel, sobre una extensión de muchas millas,
Kair-ed-din, a la cabeza de una flota reconstituída, reasumió los ataques de su
hermano contra la navegación y las ciudades cristianas. Esta vez ya no se
trataba de un jefe aislado, sino del comandante de todo un grupo de escuadras
que acababa de reunir en torno suyo la colección más formidable de grandes
piratas, que jamás se había visto en el mundo: a Dragut, un musulmán de Rodas;
a Siman, el Judio de Esmirna, sospechoso de magia negra porque tomaba la estrella
por medio de la ballesta; a Aidín, cristiano renegado, conocido entre los
españoles bajo el nombre de Terror del Diablo, pero entre los franceses y
turcos como Terror de los Españoles; y a muchos más. Todos los años, al llegar
la primavera y con ello el comienzo de la temporada de las incursiones,
aquellos señores salían de Argel esparciéndose por el Mediterráneo occidental,
pues su territorio de caza favorito eran las frecuentadas rutas a lo largo de
la costa de España y de las Islas Baleares, aunque ocasionalmente se
aventurasen hasta más allá del estrecho de Gibraltar, interceptando alguna
carabela española, a su viaje de vuelta de América a Cádiz. Aquella práctica se
estableció de una manera tan regular que se convirtió en costumbre, cuya
monotonía sólo era interrumpida de cuando en cuando por algún asalto
particularmente teatral o bien por un choque aun más espectacular con una
escuadra de represalias españolas. En 1529, Terror del Diablo se hizo a la mar
para una de aquellas expediciones de servicio en aguas de las Baleares. Después
de haber hecho las habituales presas, incluyendo algunas embarcaciones y gran
número de esclavos, recibió la información de que en Oliva, pequeño puerto de
la costa valenciana, se encontraban algunos mariscos, es decir, esclavos moros,
que ofrecían pagar una suma considerable al que facilitase su fuga de España.
Llegado a la altura de Oliva, Terror del Diablo embarcó la misma noche
doscientas familias moriscas; luego tomó rumbo a la isla de Formentera. Apenas
desaparecido el corsario, se presentó en aguas valencianas el general Portundo
con ocho galeras españolas; el cual, al enterarse de lo sucedido se dirigió
hacia las Baleares para dar caza al pirata. Terror del Diablo, encontrando
dificultades en maniobrar su buque sobrecargado de refugiados, los bajó. a
tierra y se preparó para la desigual lucha. Las galeras españolas se
aproximaron; mas ¡cuál no sería la estupefacción de los argelinos cuando las
vieron pasar sin disparar un solo cañonazo! El español se había abstenido de
combatir, porque esperaba negociar un rescate de diez mil ducados con los
dueños de los moriscos, devolviéndoselos ilesos, y temía ahogar a los fugitivos
si soltase una bordada de su poderosa artillería sobre sus detentadores. Los
corsarios, imputando la vacilación del adversario a la cobardía, pasaron
inmediatamente a la ofensiva, y remando con furia, saltaron sobre el enemigo
como águilas, cercando las ocho galeras antes de que los aturdidos españoles se
hubiesen dado cuenta de lo que sucedía. En un abrir y cerrar de ojos el general
Portundo caía muerto, siete galeras se habían entregado y la última huía a toda
velocidad para ponerse en salvo en Ibiza, a algunas millas del teatro de la
batalla. Entonces, los corsarios reembarcaron a las doscientas familias que
desde la orilla habían presenciado con ansiedad cada fase de la lucha; y
habiendo libertado a cientos de esclavos musulmanes encadenados junto a los
bancos de remo, reemplazándolos por los tripulantes de las galeras, regresaron
a Argel, donde fueron recibidos triunfalmente. Aquel mismo año, Kair-ed-din
acababa con la difícil fortaleza en la isla del Peñón. ¡Cuántas veces había
lanzado el señor de Argel sus fuerzas cada vez más poderosas contra este
baluarte sin lograr reducirle! Su posesión era casi una cuestión de vida o
muerte; pues dominando el acceso al puerto, podía impedir la entrada de barcos
sin permiso de los españoles, debido a lo cual, todos los navíos de los
corsarios habían de ser arrastrados sobre la playa, operación que tropezaba con
ciertas dificultades. Esta vez, el ataque fue lanzado con una violencia y una
tenacidad sin precedente. Después de un furioso cañoneo que duró dieciséis días
y noches, sin interrupción, una tropa de asalto de mil doscientos hombres
avanzó, hundiendo todo cuando quedaba de los defensores. Los sobrevivientes
tuvieron que entregarse. El valiente gobernador de la ciudadela, Don Martín de
Vargas, aunque cubierto de heridas, fue bastoneado a muerte ante el príncipe de
los piratas. Este último hizo desmantelar el fuerte, después de lo cual
emprendió la construcción del gran muelle que hoy todavía sirve de amparo al
puerto de Argel. Esta inmensa tarea requirió el empleo de millares de esclavos
cristianos y se prolongó por espacio de dos años. Pero los españoles todavía no
habían visto el término de sus desastres. A los quince días de la caída del
Peñón, llegaron nueve transportes de tropas de refresco y de municiones para la
guarnición. Desmoralizada por la desaparición de la fortaleza, la escuadra se
disponía a ejecutar un prudente reconocimiento, cuando los piratas montados
sobre sus galeotas armadas de remos largos, se abatieron sobre ella,
apoderándose de todo el convoy: el botín fue de dos mil setecientos
prisioneros, más una gran cantidad de pertrechos, cañones y víveres.
Barbarroja, aunque habitualmente se mantenía en el centro de su campo
estratégico, a veces iba en persona al mar. En 1534, habiendo construído, a
base de planos de su propia invención, una armada de sesenta y una galeras, el
gran capitán hizo una salida con la intención de atacar a la cristiandad en su
mismo corazón. Pasando por el estrecho de Mesina, apareció frente a Reggio,
antes de que los habitantes de aquella ciudad hubiesen sido advertidos de su
presencia, y se llevó todos los barcos anclados en el puerto, sin contar un
botín de varios cientos de esclavos cristianos. Al día siguiente, Barbarroja
dió el asalto a la ciudadela de Santa Lúcida, haciendo ochocientos prisioneros;
después de lo cual emprendió una cruzada hacia el Norte, ora saqueando las
orillas, ora ejecutanqo audaces golpes de mano. Ciertos relatos entusiastas
sobre el encanto de Julia Gonzaga, duquesa de Trajeto y condesa de Fondi, que
habían llegado a sus oídos durante aquel viaje, le incitaron a intentar una
hazaña de índole distinta. La joven viuda era la beldad más célebre de Italia;
no menos de doscientos ocho poetas italianos habian escrito versos en su honor,
y el emblema grabado en su escudo representaba la flor del amor. Se le ocurrió
al corsario que la dama constituiría un impresionante testimonio de su devoción
hacia su nuevo sOberano, Solimán el Magnífico. La duquesa se encontraba en
Fondi. Navegando de noche y a toda velocidad, el pirata atacó aquel puerto.
Pero la notícia de su llegada le había precedido, y la dama tuvo el tiempo
justo para saltar de la cama y huir a caballo en la más ligera de las ropas de
noche, acompañada por un solo criado. Escapó felizmente, y más tarde hizo
condenar a su servidor, alegando que se había mostrado demasiado emprendedor
durante aquella loca cabalgata. Kair-ed-din, enojado por la fuga del hermoso
regalo destinado al sultán, sometió la ciudad de Fondi a crueles represalias,
abandonándola durante cuatro horas al capricho de sus hombres. Pero el
verdadero objeto de su expedición todavía no había sido revelado. Mientras las
cortes de Europa continuaban recibiendo noticias aterrorizadoras de sus
saqueos, de los incendios que marcaban su paso a lo largo de ambas costas de
Italia, y de los formidables cargamentos de botín que enviaba incesantemente a
Constantinopla, el pirata fue de repente rumbo al sur, atravesó de un salto el
Mediterráneo, entró en el puerto de Túnez, bombardeó la ciudad, y en un solo
día se adueñó de ella. El sultán Hasán, un protegido de España, huyó. Así, el
equilibrio de las potencias se derrumbó en aquel mar interior. No solamente
quedaba casi destruído el punto de apoyo de España en el Africa Septentrional,
sino que se aflojaba también su posición en Sicilia, a consecuencia dd
aislamiento de esta isla tanto desde el Oeste como desde el Este. Era una
situadón inaceptable. Sin pérdida de tiempo Carlos V reunió en Barcelona una
inmensa armada de más de seiscientos buques, bajo el mando de Andrea Doria, el
más. grande de todos los almirantes españoles, aunque de origen genovés. El
ejército embarcado incluía soldados italianos y alemanes, además de españoles.
En camino, la flota fue reforzada aún por una escuadra de los caballeros de San
Juan, procedente de Malta. Como en casi todas las expediciones punitivas de
este género, la composición de las fuerzas, por lo que a las nacionalidades se
refiere, copiaba el modelo de las cruzadas. Después de un breve y violento
cañoneo, hizo una brecha en las murallas de Goleta, fortaleza que defendía la
entrada al puerto de Túnez, y el caballero Cossier, conduciendo a los malteses
al asalto, plantó la bandera de la orden en el interior de la fortaleza.
Finalmente, tras una salvaje lucha cuerpo a cuerpo, en el curso de la cual
Sinan el Judío hizo tres contraataques desesperados, los moros fueron
expulsados de Goleta. El propio Barbarroja se puso a la cabeza de un ejército
de diez mil hombres y avanzó en un intento de oponerse a la marcha de los
cristianos sobre la ciudad. Pero sus tropas se desbandaban, y Kairad-din con
sus dos generales Sinan y Terror del Diablo, huyeron a Bone, púerto situado
algunas millas de Túnez y donde el jefe de los corsarios, con su previsión
habitual, tenía estacionada su flota. Mientras tanto, millares de esclavos
cristianos se escapaban de la ciúdadela y se reunían con sus libertadores,
saqueando la ciudad. Durante tres días, el emperador entregó Túnez a un
carnaval de asesinatos' y de orgias, hasta que, finalmente, los esclavos
cristianos y los soldados cristianos se volvieron unos contra otros,
disputándose el botín. Incluso los cronistas católicos hablan con cierta
vergüenza de aquel suceso, cuyas víctimas resultaron ser, no los piratas, sino
los inocentes habitantes de Túnez, que hacía un año todavía habían sido amigos
de España y que no habían aceptado la autoridad de Kair-ed-din sino a la
fuerza. El emperador hizo firmar un tratado al sultán depuesto por Barbarroja,
en virtud del cual los españoles conservaban Goleta y recibían un tributo
anual; la piratería debía cesar completamente. En agosto, Carlos salió de
Túnez, dejando a Doria la tarea de capturar a Kair-ed-din vivo o muerto. El
emperador entró en sus Estados aclamado como el héroe de Europa, como el
cruzado y caballero errante que había dominado la plaga de la cristiandad, e
innumerables prensas y talleres compitieron en inmortalizar su persona y sus
proezas. Mas los poetas no habían terminado de cantar, ni los pintores de
pintar, cuando Barbarroja ya se encontraba de nuevo en marcha. A su llegada a
Bone, había reunido inmediatamente sus veintisiete galeotas, y poco tiempo
después la armada de los piratas navegaba rumbo a Menorca. A los tres días,
Kair-ed-din apareció frente a Mahón enarbolando el pabellón español. Los
isleños, habiendo oído rumores de una victoria del emperador en Túnez, creyeron
que aquellos buques formaban parte de la armada camino de vuelta a España, y se
prepararon para darles una acogida triunfal. Los cañones del puerto dispararon
salvas de bienvenida; pero la respuesta al saludo fue una bien dirigida
granizada de proyectiles y flechas. La ciudad y el muelle donde se encontraba
amarrado un gran barco portugués, cargado de ricas mercancías, fueron
limpiados; después de lo cual Barbarroja tomó curso a Constantinopla para
ofrecer a Solimán seis mil prisioneros como compensación del ultraje que le
había sido infligido con la pérdida de Túnez. El sultán aceptó encantado las
explicaciones presentadas en esta forma, y el beglerbeg de Argel fue nombrado
gran almirante de todas las armadas otomanas. Los dos años siguientes vieron a
Doria y a Barbarroja disputándose el mar y causando grandes estragos, pero sin
buscar un encuentro. En 1537, el almirante español derrotó una fuerza otomana
en aguas de Mesina, capturando doce galeras turcas. El argelino se vengó,
devastando la costa de Apulia. Supo, en el curso de esta operación, que Venecia
acababa de adherirse a la guerra santa contra el Islam e hizo rumbo a Corfú,
por entonces en posesión de los venecianos, donde desembarcó veinticinco mil
hombres con treinta cañones a menos de tres millas de la ciudadela. Cuatro días
más tarde, llegaba una escuadra de refuerzo de veinticinco buques de guerra.
Fue entonces cuando hizo poner en batería, por vez primera, el cañón más grande
del mundo, una pieza de cincuenta libras, y que -¡maravilla de maravillas!- disparó
diecinueve balas en tres días. Pero la precisión del monstrUo no estaba a la
altura de su tamaño, puesto que solamente hizo blanco cinco veces en el curso
de un mes. La resistencia de los asediados resultó ser más fuerte que el
terrible ingenio; el 17 de Septiembre, Solimán llamó a los asaltantes, haciendo
observar que la toma de mil castillos de esta clase no valía la vida de uno
solo de sus valientes. Kair-ed-din protestó, pero obedeció y terminó la
temporada con una incursión a las costas interiores del Adriático, matando y
saqueándolo todo a su paso y regresando con miles de prisioneros, entre los
cuales se hallaban miembros de las familias más nobles de Venecia. El
inventario de su botín da cuenta de cuatrocientas mil piezas de oro, un millar
de muchachas y mil quinientos mozalbetes. Como regalo para su Imperial Señor,
Barbarroja envió al sultán doscientos muchachos vestidos de escarlata y
llevando cada uno una copa de oro y plata; doscientos esclavos cargados de
piezas de tela fina; y treinta más que debían ofrecer al Gran Turco treinta
bolsas bien provistas. Durante el verano de 1538, Kair-ed-din se encontraba de
nuevo en el mar, cuando recibió la noticia de que su enemigo cruzaba el
Adriático. La armada de Doria, reforzada en aquel momento por las de Venecia y
del Papa, era la más formidable que había sido enviada jamás en persecución de
los corsarios. El argelino, inspeccionando con un vistazo sus ciento cincuenta
buques de línea, se decidió a librar combate. Abandonando una expedición
provechosa en aguas de Creta, transportó su campo de operaciones hacia el Mar
Jonio, y pronto descubrió al enemigo en la bahía de Preveza, frente a la costa
de Albania. Fue el 25 de septiembre cuando las dos armadas se pusieron a la
vista una de otra. Ninguno de los dos jefes deseaba comenzar la acción; ambos
prefirieron maniobrar esperando un viento favorable y tratando de adivinar las
intenciones del otro. Doria parecía haber perdido su espíritu combativo. Aunque
numéricamente superior al enemigo, no se decidió a romper el contacto con el
puerto hasta que hubo perdido su ventaja inicial. Tal timidez quizá tuviese por
causa su edad provecta o bien, según ha sido señalado por varios cronistas, el
odio del viejo genovés hacia la enemiga hereditaria de su ciudad, la República
de Venecia, por cuya cuenta había de batirse. No fue sino el día 28, en un
momento en que todas las circunstancias exteriores favorecían a los turcos,
cuando dió orden a la flota de salir del puerto. Inmediatamente se desarrolló
una terrible batalla de línea, en el curso de la cual los cristianos resultaron
derrotados, huyendo tan pronto como el viento se convirtió en temporal, y
dejando gran número de sus correligionarios en manos del enemigo. El pabellón
de Solimán el Magnífico iba a flotar soberano de un extremo a otro del
Mediterráneo. Deberían transcurrir tres años hasta que la Europa cristiana se
hubo repuesto de aquel desastre y que pudiese pensar en desquitarse. Esta vez,
estaba decidida a extirpar a los piratas de su madriguera central, V una vez
más el mando fue confiado a Doria. Tuvo a su lado sus aliados de antaño, aunque
puede decirse que todas las naciones se hallaron representadas hasta cierto
punto en la armada. Figuraban en el contingente inglés sir Henry Knevet,
embajador de Enrique VIII ante la corte española, y su íntimo amigo, sir Thomas
Chanoller, londinense de nacimiento, hijo de Cambridge por sus estudios; por
educación, cortesano, y por su religión auténtico y fiel católico, que en días
venideros debía suceder a Knevet como ministro ante la misma corte, enviado por
la hija protestante de Enrique VIII. Entre los conquistadores veíase a Cortés,
el futuro conquistador del Perú (1), a quien Morgan atribuye el hecho punto
menos que increíble de que perdió de una cartera sujeta a su talle, dos copas
valiosísimas, hechas enteramente de esmeraldas, y cuyo valor había sido
estimado en trescientos mil ducados. Barbarroja no se encontraba en Argel en
aquel momento; no volvió sino después de su ascenso al grado de Gran Almirante
de la armada turca. Su lugarteniente era un renegado de Cerdeña, de nombre
Hasán, raptado muy niño de su isla natal por piratas berberiscos y vendido a un
amo que le tuvo un cariño especial a causa de su aspecto prometedor y de su
vivacidad, y que a poco tiempo le hizo castrar. La armada, compuesta de
quinientos navíos y tripulada por doce mil marineros (fue una expedición mucho
más importante que la que se haría a la mar en 1588 bajo el mando de Medina
Sidonia, para castigar una ofensa casi análoga), se puso en camino el 19 de
octubre de 1541. Doria había tratado de oponerse a una empresa llevada a cabo
en una época tan avanzada. Pero Carlos tuvo la última palabra. Bien puede ser
que la batalla de Preveza quebrantara la confianza del emperador en su
almirante, o que estimase que la estación del año aseguraba la presencia de la
flota de los corsarios en Argel. En todo caso, era tan grande la fe de Carlos
en la invencibilidad de su armada que incluso se hizo acompañar por algunas
damas españolas, para que asistiesen a la victoria y aplaudieran a los
vencedores. El emperador mismo se instaló a bordo de la capitana. En cuanto a
las fuerzas terrestres, se encontraban bajo las órdenes del duque de Alba, el
soldado más grande del siglo XVI.
Las predicciones de Doria no tardaron en realizarse. En el
momento de la llegada a Argel, se levantó una tempestad que impidió, durante
tres meses, toda comunicación con tierra firme y aun cuando el mar se hubo
calmado, el desembarco de las tropas continuó siendo en extremo difícil y
peligroso. La mayor parte de los soldados tuvieron que entrar en el agua hasta
el cuello. Una vez en la playa, el ejército español no tuvo dificultad en
avanzar y poner cerco a la ciudad; pues Hasán no disponía sino de pocas tropas
seguras. Se procedió a un violento cañoneo de las murallas con cañones de
grueso calibre, y la infantería se acercó para lanzarse al asalto a través de
la brecha abierta y embestir la ciudadela. La victoria parecía segura cuando de
pronto se levantó otra tormenta, acompañada de un diluvio tropical. Tan grande
había sido la prisa de los españoles por tomar Argel, que no habían esperado
siquiera el desembarco de sus aprovisionamientos. Así se encontraban sin ropas
apropiadas, y obligados a pasar toda aquella noche hundidos en el lodo hasta
las rodillas, empapados por la lluvia y transidos por el viento glacial. El
alba no sorprendió sino un tropel de hombres hambrientos, mojados,
desmoralizados e incapaces, incluso, de disparar una sola bala, pues su pólvora
estaba húmeda. De pronto los turcos hicieron una salida y se lanzaron sobre los
cristianos que comenzaron a vacilar. Todo habría terminado en una matanza, si
no hubiera sido por los caballeros de Malta, los cuales dando pruebas de
impasible valentía, cubrieron con sus cuerpos la retirada. Mientras tanto la
violencia de la tempestad iba aumentando, y más de un barco se perdió,
encallado sobre la costa. Doria resistió, salvando el resto de la flota. Tan
pronto como la furia del viento se hubo calmado, el almirante se apresuró a
llevar las embarcaciones a la bahía de Temendefust, para reembarcar las
exhaustas tropas; pero tropezó con enormes dificultades: la reducida escuadra
resultó tan atestada de gente que fue preciso tirar al mar los caballos a fin de
hacer lugar a los hombres. Finalmente, el 2 de noviembre, la armada salió, en
el preciso momento en que se desencadenó una nueva tempestad que la dispersó.
Varios buques se estrellaron sobre la playa de Argelia, y sus tripulantes
fueron capturados. El resto de la escuadra luchó durante tres semanas contra
los elementos, hasta, que los remanentes de la otrora tan espléndida armada
llegaron a los puertos españoles. El desastre había sido aplastante.
Trescientos oficiales y ocho mil soldados habían perecido heridos o ahogados.
Las prisiones de esclavos, los bagnos de Argel, estaban tan hacinados que se
decía que un esclavo valía apenas una cebolla. Y ni siquiera el honor quedaba
salvado, como no fuese el de la compañía de los caballeros de Malta; el sitio
donde tuvo lugar su heroica resistencia, es conocido aún hoy entre los
argelinos como la Tumba de los Caballeros. La derrota de Argel fue el golpe más
rudo que había sido asestado a la caballería española hasta 1588. Pero al menos
le fue dado reponerse una vez más. Se produjo entonces un acontecimiento que
debía retardar la supresión de la piratería aun más que las victorias sucesivas
de los turcos en Preveza y en Argel. Francisco I, rey de Francia, llamó a los
musulmanes, valiéndose de su ayuda para terminar a su favor sus disputas con el
emperador Carlos. Durante los dos siglos, dominados por el terror de los
piratas, sólo los antagonismos entre los cristianos le habían permitido
prosperar. Los recursos de la Europa Occidental, el desarrollo de su poderío nacional
y la superioridad de sus ejércitos y sus armadas le habrían hecho fácil
mantener limpio el Mediterráneo si no hubiese sido frustrado constantemente de
tal beneficio por las disensiones que dividían a las naciones cristianas. De
haber organizado una expedición con objetivo único y bajo el mando de un solo
jefe, tal como lo hicieran los romanos en el año 67 de nuestra era, ciertamente
habría logrado lo que consiguieron los romanos bajo Pompeyo. La palabra de Luis
XIV, pronunciada un siglo más tarde, de que si Argel no hubiese existido,
habría sido preciso inventaria, es reveladora también, aunque en grado menor,
de la política del siglo XVI. No solamente reclutaban los turcos gran número,
cuando no la mayor parte, de sus corsarios entre las naciones cristianas, como
lo demuestran las figuras de los dos Barbarroja, de Sinan y de Murad Reis; sino
que aquellas naciones los alentaban, además, de una manera constante,
coligándose con los musulmanes contra su propia raza. En 1543, Francisco I
firmó su primera alianza con Solimán, y Kair-ed-din fue enviado a Marsella. De
paso, alcanzó algunas presas, pero parecía decidido a atenerse estrictamente a
su misión, cuando el gobernador de Reggio, puerto del estrecho de Mesina,
cometió la imprudencia de disparar un cañonazo sobre la armada otomana, gesto
que exasperó al irascible capitán bajá en grado tal que contrariamente a sus
intenciones desembarcó doce mil hombres, sometiendo la ciudad a un bombardeo
tan enérgico que a poco tiempo la obligo a abrirle sus puertas. COmo de
costumbre, Barbarroja se llevó gran número, de cautivos; pero esta vez él mismo
fue hecho prisionero. Entre las mujeres capturadas se hallaba la hija del
gobernador, una encantadora joven de dieciocho años. El corsario se enamoró de
ella hasta el punto de convertirlá en su esposa, pese a su edad que la
tradición fija en noventa años, ofreciéndole, como regalo de bodas, la libertad
de sus padres. Los primeros días de su luna de miel tuvieron por teatro la
ciudad de Civitavecchia, cuyos habitantes esperaban todavía la llegada de las
dos galeras papales enviadas de Génova hacía muchos años, y donde la recién
casada pudo asistir por vez primera a una incursión de corsarios en gran
escala. A continuación, Kair-ed-din se dirigió a Marsella, donde le esperaba una
recepción triunfal. En honor de Barbarroja fue arriado el pabellón del
almirantazgo francés, la bandera de Nuestra Señora, y se izó en su lugar la
Media Luna, espectáculo que los marselleses han debido contemplar con
sentimientos poco parecidos al orgullo nacional. Terminadas las ceremonias, el
corsario, sintiendo gran aburrimiento, salió para Niza, que por entonces
formaba parte del ducado de Saboya y donde pasó algunos días sin gran provecho,
gracias a la encarnizada defensa puesta en pie por Paolo Simeoni, caballero de
Malta y antiguo prisionero de Kair-ed-din. Entonces se instaló sobre la costa
de Tolón, donde él y sus hombres se mostraron como los huéspedes más onerosos y
los menos agradables para sus aliados. Entre los cientos de esclavos que
remaban sus galeras, había numerosos franceses, y era natural que sus aliados
le pidiesen su libertad. No solamente Barbarroja se negó a soltarlos, aunque
morían como las moscas víctimas de una enfermedad pestilencial, sino que
reemplazó a los múertos emprendiendo golpes de mano contra las vecinas aldeas
francesas. Y cuando los pobres diablos exhalaban su último suspiro, se oponía a
que tocasen las campanas para llamar a los devotos a misa: a sus ojos; el
carillón era el instrumento de música del diablo. Para colmo, dejó a cargo del
tesoro francés los gastos de alimentación y los sueldos de sus tripulaciones.
De cuando en cuando, se dignó enviar al mar una escuadra para fastidiar al rey
de España, fingiendo cumplir así con los términos de su misión. Por lo demás,
prolongaba su estancia en Tolón, ocupado perezosamente en vaciar las arcas del
rey de Francia. Finalmente, a los franceses se les agotó la paciencia. Aquella
visita les costaba demasiado caro. Pero la despedida de Barbarroja tampoco
resultó barata, puesto que, antes de emprender el camino de vuelta, cobró una
cuantiosa suma para sí mismo y para pagar los sueldos de sus hombres hasta el
regreso al Bósforo, como también para rescatar a cuatrocientos esclavos
musulmanes que remaban en las galeras francesas. Aquel fue su último viaje.
Pasó el fin de su vida construyendo para sí mismo una magnífica mezquita y un
sepulcro monumental, del que tuvo necesidad en Julio de 1546. Su muerte dió
origen a numerosas leyendas. Contábase, entre otras, que su cadáver apareció cuatro
o cinco veces junto a la tumba, después de que lo hubieron sepultado; parecía
imposible conseguir que estuviese tranquilo en su féretro, hasta que finalmente
un hechicero griego aconsejó enterrar con el cuerpo un perro negro. Hecho esto,
se quedó tranquilo y ya no molestó a nadie. Durante muchos años después de su
muerte, ningún barco otomano salía del Cuerno de Oro sin un rezo y un saludo al
más grande marino turco y al más poderoso de los piratas del Mediterráneo. Su
imagen sobrevivió en el mundo del Islam como la del héroe de una viviente
epopeya.
Notas (1) No sabemos a ciencia cierta si el autor se refiere a Hernán
Cortés o a otro Cortés, pero en el caso de que se hubiese referido a Hernán
Cortés, el desatino es mayúsculo, puesto que Hernán Cortés no fue el
conquistador de Perú. (Nota aclaratoria de Chantal López y Omar Cortés).
CAPÍTULO III LOS
SUCESORES DE BARBAROJA
Los sucesores inmediatos de los poderosos hermanos fueron sus
tenientes, hombres elegidos por ellos y formados por su escuela. Ninguno de
ellos igualó a sus maestros; ninguno poseía la imaginación de un Kair-ed-din,
ni su talento de gran administrador; pero su grupo se distinguió por la misma
audacia, y todos infligieron inmensos daños al comercio europeo. El primero fue
Dragut, oriundo de Anatolia, ciudad de Asia Menor, frente a Rodas. Era uno de
los raros jefes de la marina turca, nacido musulmán. Sus padres eran labriegos,
pero como esta vida oscura y penosa convenía mal al ingenio enérgico y
ambicioso del joven Dragut, escapó a los doce años de edad, tomó servicio a
bordo de un buque de guerra turco y pronto se ganó la reputación de buen piloto
y notable cañonero. A poco tiempo, llegó a ser propietario de una goleta con la
que emprendió expediciones felices por el Levante. El rumor de sus hazañas no
tardó en llegar a oídos de Kair-ed-din, el cual, pronto a juzgar el talento,
invitó a Dragut a establecerse en Argel, le confió el mando de doce galeras y
le envió al mar, a correr su propia fortuna y la del beglerbeg. Desde entonces,
Dragut no pasó un solo verano sin estragar las costas de Nápoles y Sicilia, y
no toleró nunca que los navíos cristianos cruzaran entre España e Italia, pues
cada vez que lo intentaban, los interceptaba invariablemente y cuando no
lograba capturar su presa, se exculpaba ante sí mismo con golpes de mano sobre
el litoral, saqueando villorios y ciudades y llevando a cautividad multitudes
de ribereños. A la larga, sus éxitos se hicieron tan insoportables a Carlos V,
que el emperador despachó en 1540 una orden especial a Doria, empeñado en aquel
entonces en la caza general a los piratas que acabamos de describir en el
capítulo anterior, intimándolo para que le sujetara y procurase por todos los
medios purgar los mares de tan intolerable plaga. El almirante transmitió la
orden a un sobrino favorito, Gianettino Doria, el cual salió inmediatamente en
busca de Dragut, sorprendiéndole en tierra, sobre la costa de Córcega, en el
momento en que discutía con su tripulación el reparto del botín. Por una vez,
el pirata había sido cogido de improviso, y tras una lucha salvaje, pero
desesperadamente desigual, se vió obligado a entregarse. El joven Doria regaló
el cautivo a su tío, y Dragut pasó los cuatro años siguientes encadenado junto
a los remos de su propia galera.
El pirata recuperó su libertad durante el período de la alianza
con Francia, mientras la armada de su patrón anclaba en la bahía de Tolón. Juan
Parisot de la Valette, el futuro gran maestre de los caballeros de Malta,
estaba haciendo una visita a Andrea Doria cuando reconoció al famoso corsario
en medio de los esclavos de la galera. El propio La Valette había manejado el
remo como prisionero a bordó de uno de los buques de Barbarroja y conocía de
vista al más distinguido de los tenientes del gran capitán. Su propia
experiencia le hacía sensible a la miseria del otro; era, además, un hombre
amable y cortés, en suma, un caballero a la antigua. - Signor Dragut -dijo
saludando al prisionero-, esta es la ley de la guerra. - La fortuna ha cambiado
-replicó el jefe corsario. El cristiano asumió el papel de negociador entre
Doria y Kair-ed-din, y finalmente se impuso a Dragut un rescate de tres mil
coronas. Fue un trato que toda la cristiandad y el mismo almirante hubieron de
lamentar en días venideros. Ese género de tratos era cosa frecuente aun en los
momentos en que la indignación ante los excesos de los berberiscos estaba en su
clímax: Eran debidos, por una parte, a la codicia, ya que un hombre adinerado y
con amigos producía mayor beneficio vivo que muerto; y, por otra, al temor a
las represalias del enemigo. Aun durante el siglo siguiente, cuando todas las
interpretaciones acerca de la piratería concordaban en ver en los corsarios
nada más que a simples bandidos y cuando todas las naciones occidentales intentaban
poner en pie una organización capaz de aniquilarlos definitivamente, la
política exigía el reconocimiento del sistema de rescates. El retorno de Dragut
al mando coincidió con el retiro de Kair-ed-din a Constantinopla. Puesto a la
cabeza de todas las escuadras de Barbarroja en el Mediterráneo, pronto se hizo
merecedor, en los trabajos de un historiador turco, lleno de admiración, al
título de espada amenazadora del Islam. Diríase que su temeridad no retrocedía
ante ningún riesgo. Así, se apoderó de una galera maltesa a bordo de la cual
encontró un caudal de sesenta mil ducados, destinado a trabajos de
fortificación de Trípoli, por entonces en posesión de los Caballeros. Son raros
los corsarios qua hayan osado atacar de frente a la valerosa Compañía de San Juan.
Habiendo comprobado que Argel ya era una base conveniente, Dragut salió en
busca de otra, mejor situada, y se lanzó sobre la isla de Djerba, en aguas
tunecinas y frente a la isla de Malta, que durante doscientos años había sido
propiedad de la familia Doria. El almirante, claro está, se mostró muy enojado,
pero la isla quedó en manos de Dragut que la fortificó hasta el punto de
convertirla en una de las madrigueras más inaccesibles que hayan abrigado jamás
a pirata alguno. Luego, en una sola incursión, se posesionó de Susa, Sfax y
Monastir, plazas que Doria acababa de reconquistar por cuenta de España durante
el verano anterior. Por último, capturó, gracias a un ardid a la manera de
Ulises, el puerto tunecino de Mahdia o Africa, nombre bajo el cual es mencionado
por los autores cristianos de la Edad Media. Una vez más, el exasperado
emperador se vió obligado a actuar. Ver a los moros atrincherados de nuevo
sobre la costa de Túnez después de tantos trabajos y tantos gastos empeñados en
reconquistarla y en protegerla con fortificaciones, era más de lo que podía
aguantar el orgullo español. En Junio de 1550, fue enviada a Mahdia una
expedición, siempre bajo el mando del viejo almirante Doria. Llegó ante el
puerto mientras Dragut proseguía sus cacerías de verano en el golfo de Génova,
la patria de Doria, habiendo conferido el mando de la plaza a su sobrino Hisar
Reis. Hisar sostuvo un largo sitio, esperando la vuelta de Dragut y de su
flota; pero finalmente, el 8 de Septiembre, un vigoroso asalto de los españoles
expulsó a los defensores de la ciudad. Dragut recibió lá noticia y huyó a
Djerba. Creyéndose a salvo, puso sus galeras sobre la playa interior de la
isla, para carenarlas. De pronto la escuadra de Doria hizo aparición ante el
angosto paso que daba acceso al lago, embotellando así al corsario.
Inmediatamente, Doria envió mensajeros a Madrid y a otras capitales europeas,
anunciando su triunfo; después estableció un bloqueo, seguro de coger al zorro
en cuanto saliese por la abertura de la trampa. Esperó mucho tiempo.
Finalmente, Doria se arriesgó hasta el interior del estrecho canal, pero cuando
llegó al lago, fue solamente para descubrir que el zorro había desaparecido. La
explicación del espejismo era harto sencilla. Dragut, después de reunir a dos
mil labriegos isleños con todos sus tripulantes y sus esclavos, los hizo cavar
por el lado opuesto de la isla, un canal lo suficientemente largo para que las
naves pudiesen ser haladas al mar; y mientras Doria contirtuaba vigilando,
Dragut reasumía su interrumpida expedición, interceptando una galera procedente
de Génova y que se dirigía hacia Djerba con refuerzos para el almirante
español. Dragut vivió quince años más. La última época de su vida comenzó y
concluyó con dos furiosas tentativas del Gran Sultán de Constantinopla, de
expulsar del Mediterráneo y hasta del mundo de los mortales, a sus viejos e
irreconciliables enemigos, los caballeros de San Juan de Malta. Dragut, feliz
de ajustar cuentas viejas, tuvo en ambas expediciones una parte importante; las
dos fracasaron, sin embargo, y pereció en la segunda. La hermandad
aristocrática de los caballeros hospitalarios de San Juan, con sede en
Jerusalén, había sido fundada en la época de la primera cruzada. La orden
estableció entonces su cuartel general en la Ciudad Santa, donde sus miembros
cuidaban a los enfermos con abnegación y combatían a los infieles con
gallardía, hasta el día de su expulsión por Saladín en 1291. Habiendo errando
durante varios años en busca de un nuevo domicilio, los caballeros unieron sus
fuerzas a las de un famoso pirata genovés, Vignolo de Vignoli, con el que
conquistaron la isla de Rodas. Allí erigieron una serie de fortificaciones
macizas, dentro de las cuales podían creerse al abrigo de los más violentos
asaltos imaginables en aquellos tiempos. Fue el comienzo del segundo período de
su existencia, tan rica en vicisitudes y en proezas.
Desde Rodas, los caballeros combinaron felizmente los dos
oficios de mercaderes y de piratas. Su isla se hallaba en la encrucijada de las
rutas de todos los buques mercantes que traficaban entre Alejandría,
Constantinopla y los principales puertos del Mediterráneo Occidental. Su más
lucrativo negocio era el transporte de esclavos; sin descuidar las
oportunidades del paso de los barcos turcos o venecianos frente a su isla. No
había nación cristiana que no se quejase a cada momento de sus excesos, cuando no
prefería implorar su protección. Los turcos hicieron varias tentativas para
desalojarlos, pero fueron rechazados cada vez hasta que, en 1522, Solimán el
Magnífico se arrojó contra la isla de una manera tan completa que después de un
sitio de seis meses no les quedó a los hambrientos y maltrechos sobrevivientes
otra salida que consentir en una honorable sumisión. Expulsados de Rodas,
volvieron a la vida errante, vagando de plaza en plaza durante ocho largos
años, período en que la Alta Puerta gozaba de una hegemonía absoluta en la
cuenca oriental del Mediterráneo, en tanto que los hermanos Barbarroja
amenazaban conquistar un predominio semejante sobre la mitad occidental. El
asilo siguiente de la hermandad fue Malta, que Carlos V les cedió en 1530 junto
con la vecina ciudad de Tripoli. Al hacerlo, el emperador no era movido ni por
la generosidad, ni por cristiana compasión hacia los vagabundos. Malta y
Tripoli, por sí mismas, no tenían gran valor; pero una y otra constituían
puntos estratégicos de vital importancia, protegiendo las aguas circundantes
contra los turcos y los corsario&; Ahora bien, su Católica Majestad
calculaba que los caballeros, habiendo perdido todos sus bienes, se estimarían
felices de ganarse la vida en calidad de auxiliares de la policía de alta mar
española. Y no se equivocó: tomaron sus nuevos deberes muy en serio. Una vez
más se les veía construir fortificaciones de inusitada solidez y poner a flote
galeras que se convertirían en terror de los navíos musulmanes, regulares o no.
Sus hazañas llegaron a ser proverbiales, y aun las embarcaciones turcas más
grandes tenían escasas probabilidades de éxito frente a un número igual de
galeras maltesas. De poseer los caballeros un número suficiente de buques, es
casi seguro que los turcos habrían sido expulsados del Mediterráneo. Pero su
flota no incluía más que siete galeras grandes, seis de las cuales estaban
pintadas de rojo vivo, mientras que la séptima -la capitana- aparecía cubierta
de un negro muy oscuro. Eran de un tamaño excepcional y estaban provistas de un
armamento poderoso; sus remos eran manejados por esclavos musulmanes. Así es
que durante muchm años los caballeros de San Juan se sustentaron con el saqueo
de sus enemigos, llevando al mismo tiempo una existencia consagrada a la
castidad, la piedad y la caridad. La primera de las dos tentativas hechas por
los musulmanes para tomar Malta, fracasó apenas comenzada. La armada conducida
por Sinán, con Dragut como segundo, se aproximaba a la muralla de la ciudadela,
cuando el Judío, habiendo examinado las defensas y cambiado algunas salvas,
declaró que la plaza era inexpugnable y tomó curso al sur, hacia Trípoli. La
fortaleza secundaria de los Caballeros no era guardada sino por cuatrocientos
hombres, que fueron dominados rápidamente por los seis mil turcos de Sinán.
Después, el pirata se hizo mar adentro, habiendo infligido a sus
correligionarios pérdidas más severas que al enemigo. El esfuerzo principal de
los musulmanes fue emprendido en 1565. En este año, el sultán despachó una gran
flota de ciento ochenta y cinco naves, más de cien de las cuales eran reales
galeras llevando a bordo treinta mil combatientes bajo las órdenes de Piali
Bajá, otro figurante en la larga lista de los tránsfugas que se pasaron de la
Cruz a la Media Luna. Esta armada fue reforzada, frente a Malta, por Dragut,
con una escuadra de galeras argelinas. La expedición, como más tarde la de la
Armada, requirió largos preparativos, y los caballeros, advertidos a tiempo,
habían podido dirigir a Europa urgentes llamadas de socorro. La orden tuvo la
súerte de tener por gran maestre, en la hora de mayor peligro, a un hombre de
una sagacidad y valentía sin igual, a saber, a Juan de la Valette, un anciano
de setenta años, que había pasado casi toda su vida en la hermandad y que había
sido, treinta y cuatro años antes, uno de los defensores de Rodas. Era el
cazador de piratas más experto de su tiempo. Habiendo vivido durante un año
encadenado a un remo a bordo de una de las galeras de Barbarroja, conocía de
vista a todos los jefes corsarios y a la mayor parte de ellos incluso de
nombre. Fue él quien, hacíá veinte años, intercedió ante Doria en el asunto del
rescate del mismo Dragut que ahora se disponía a desembarcar a sus temibles
berberiscos con la radiante esperanza de escribir el último capítulo de las
cruzadas con la sangre de los malteses. Fue uno de los grandes sitios de la
historia. Durante seis meses, los turcos minaron, practicaron brechas en las
murallas, y precipitaron contra los baluartes a sus hordas de fanáticos ignorantes
del temor a la muerte. Durante seis meses, los defensores, numéricamente muy
inferiores al adversario, hicieron saltar contraminas, se lanzaron a furiosas
salidas y resistieron con el valor de la desesperación cada vez que el enemigo
penetraba en sus defensas. El resultado parecía depender únicamente de la
llegada de los españoles. Languideciente transcurría el verano. Los españoles
continuaban cometiendo imprudencias, como siempre, hasta que acabaron por
perder la mitad del universo. Así el fin parecía inevitable: los caballeros
llegaban al término de su resistencia, y la prometida ayuda no aparecía. No
llegó hasta que todo había terminado, y, sin embargo, fueron los españoles
quienes salvaron Malta. Y es que cierto día, cuando lo que quedaba de los caballeros
-un puñado de hombres heridos y hambrientos- iba a sucumbir, los turcos
supieron que los refuerzos procedentes de España se aproximaban a la isla. Se
produjo un pánico en pleno asalto; los musulmanes se precipitaron hacia sus
barcos y huyeron mar adentro. El gran sitio había tomado fin, y los caballeros
de Malta se habían hecho inmortales. La memoria del gran maestre sigue viva en
nuestros días en el nombre de la capital de la isla defendida por él con tanta
nobleza: La Valette. El último entre los miles de hombres que perecieron en el
curso del sitio fue Dragut que continuó luchando al lado de sus argelinos,
mientras que el grueso de las fuerzas turcas huía presa de un pánico, provocado
sólo por una mala noticia.
De la misma manera que Dragut había representado con distinción
a los corsarios berberiscos en el sitio más impresionante del siglo XVI, así su
sucesor tuvo el privilegio de representar la misma raza turbulenta seis años
más tarde, en la batalla naval más formidable del siglo; una de las grandes
batallas navales del mundo, y una de las batallas de la historia que han tenido
consecuencias decisivas. Durante aquellos seis años y por mucho que haya
sufrido en Malta el prestigio de los turcos, la marina otomana continuaba
siendo temible, y mientras dominase el mar, cualquier tentativa de romper la
organización argelina sólo podía contar con un éxito parcial. Durante el
intervalo entre Malta y Lepanto, Uluj Ali, conocido por la cristiandad bajo el
nombre de Ochiali, cruzaba el mar con la misma desenvoltura que sus
predecesores. La intención primitiva de Ochiali había sido hacerse sacerdote
católico; pero sus estudios fueron interrumpidos por una incursión de piratas
sobre su país, el de Casteli en Calabria. El joven fue sometido a esclavitud.
Su conversión al islamismo, su marcada personalidad y su aptitud para la
navegación pronto le hicieron pasar del banco de remeros a la toldilla, donde
sus progresos le valieron el mando de su propio barco. Durante muchos años,
Ochiali sirvió bajo las órdenes de Dragut, gozando de su plena confianza. Tomó
parte en el sitio de Malta, y sus hechos en aquella ocasión llamaron la
atención del Gran Sultán, el cual le nombró berlerbeg de Argel a la muerte de
Hasan, hijo de Kair-ed-din. Hasan, administrador experto, había interrumpido la
tradición marítima de los bajás argelinos, prefiriendo, según el modo más
característico de los musulmanes, la tierra firme en vez del mar. Ochiali, fiel
a la manera antigua de los Barbarroja, optó por el mar, surcando las aguas
mientras lo permitía el tiempo. Después de su nombramiento, principió su alta
carrera con la reconquista de Túnez (pero sin Goleta) para Selim II que había
sucedido en 1566 a su padre Solimán el Magnífico. Un día de Julio de 1570, por
poco borraba la mancha del fiasco de Malta. Cruzaba cerca de la costa de
Sicilia, cuando de pronto tropezó con cuatro grandes galeras maltesas.
Encantado del encuentro, Ochiali dió la orden de atacar. Tras una ruda batalla,
tres de las galeras fueron capturadas, entre ellas la capitana que
Saint-Clément, el jefe de los Caballeros había abandonado al escaparse con el
tesoro hacia la playa de Montichiario. Resultaron muertoS o hechos prisioneros,
sesenta caballeros y hermanos legos de la órden. La meta siguiente de Ochiali
fue Chipre. Esta isla pertenecía a Venecia y la principal ocupación de sus
pobladores era la piratería. Tal práctica no tenía la aprobación de Ochiali.
Chipre era el cuartel general de los corsarios cristianos que saqueaban la
costa de Siria. Además, su situación la convertía en una base inestimable para
la conducta de la guerra en el Mediterráneo oriental, como también en un
depósito conveniente de tropas y aprovisionamientos. Después de un sitio de
cuarenta y ocho días, el 9 de septiembre, la capital, Nicosia, cayó y Ochiali
se apresuró a pasar a Creta, devastando todas las ciudades y aldeas de la isla.
Desde allí, la flota tomó curso hacia el Adriático. La conquista de Creta se
completó en el mes de agosto del año siguiente. A fines de septiembre, el
corsario, habiéndose reunido con la principal armada turca mandada por Alí
Bajá, el sucesor de Piali, fondeaba en el golfo de Corinto, sin sospechar que
no habrían de transcurrir quince días sin que se viese envuelto en la última
gran batalla de la historia naval del Islam. La captura de Chipre impresionó la
imaginación de la cristiandad más que ninguna agresión anterior de los
corsarios. Venecia no había mantenido siempre relaciones muy amistosas con las
demás potencias cristianas; pero esta vez el mundo occidental respondió a sus
lamentaciones con inusitada unanimidad, reuniéndose a fin dé dar a los turcos
una lección que no olvidarían jamás. El Papa Pío V asumió la dirección
espiritual de la causa; invitó a todos los cristianos a acudir en ayuda de un
estado italiano que durante varios siglos había irritado más que ningún otro a
la Santa Sede. La caballería errante de Europa se precipitó hacia Italia; desde
la misma Inglaterra, cuya reina había sido excomulgada por el Papa el año
anterior, vino el gallardo marino protestante Ricardo Grenville. Las adhesiones
oficiales resultaron menos entusiastas. Sólo España suministró una gran armada
bajo el mando de Giovani Andrea Doria, sobrino del difunto almirante. El mando
supremo fue conferido a Don Juan de Austria, el hijo de Carlos V y de la bella
Bárbara Blomberg, por entonces un joven de veinticuatro años y que ha sido el
más romántico de todos los caballeros errantes del siglo XVI. Entre los
miembros menores de su estado mayor figuraba Miguel de Cervantes que iba a
expulsar del mundo a la caballería errante en medio de las carcajadas de sus
contemporáneos. La flota punitiva contaba doscientas seis galeras y cuarenta y
ocho mil hombres. No obstante su fuerza superior, esta armada operó con extrema
prudencia, pues temía que Ochiali se escapase para ir a estragar las costas de
Italia a su retaguardia, mientras ella vigilaba la escuadra principal de Alí
Bajá. Al recibir la noticia de la salida de la flota cristiana, los almirantes
turcos retiraron sus fuerzas más al interior del golfo, fondeándola en el
estrecho de Lepanto. Los turcos, aunque superiores numéricamente a los aliados,
se encontraban debilitados por su arcaico armamento. Sus soldados continuaban
usando principalmente, el arco y la flecha, sustituídos, en el campo cristiano,
por las más modernas armas de fuego, y su artillería era de tipo anticuado. En
las primeras horas de la mañana del 7 de octubre, las dos armadas se
enfrentaron una a otra. El enemigo fue señalado por el vigía de la galera de
Don Juan: una vela aparecía a lo lejos, luego otra y otra, hasta que todo el
horizonte se encontraba cubierto de siluetas. El almirante cristiano ordenó
izar rápidamente el pabellón blanco, señal de batalla. Los esclavos recibieron
carne y vino, indicio seguro de que les esperaba una ruda faena. Algunos
oficiales destacados de la flota aliada propusieron celebrar un consejo de
guerra; pero Don Juan rechazó su sugestión observando que había pasado la hora
de los consejos y que en adelante no habían de pensar en nada más que en
batirse. Luego hizo en una embarcación una ronda de galera en galera, y cada
vez que pasaba ante la popa de una de ellas, mostraba a los tripulantes un
crucifijo, prodigándoles palabras de aliento; los marineros contestaban con vítores.
Regresado a su puesto en la toldilla, el almirante hizo
desplegar el estandarte bendito con la imagen del Redentor y, cayendo de
rodillas, encomendó su causa a Dios. Eran cerca de las doce y el mar parecía
inmóvil bajo la calma, cuando las dos armadas entraron en contacto. No hubo
tentativas de maniobra, y tal cosa no habría sido posible: las dos flotas se
encontraban flanqueadas por las orillas. Bruscamente, los buques se lanzaron
los unos sobre los otros, en medio de ensordecedores rugidos: las detonaciones
de la artillería que estallaron con una violencia como se las había oído nunca
antes. Los barcos se abordaron aplastando los remos como si fuesen palillos de
fósforos. Los turcos se batían con furia, subiendo incansablemente al abordaje
con sus cimitarras y sus espadas, para hacerse segar por el mortífero granizo
de los mosquetes; pero finalmente, la superioridad del armamento de los
occidentales produjo su efecto. A la caída de la noche, la resistencia de los
turcos flaqueó, y la disciplina de las tropas aliadas acabó por convertir la
derrota en desbandada. Aquel día de octubre, el poderío naval de los ótomanos
quedaba aplastado para no volver a levantarse nunca más. Durante varios siglos,
los corsarios africanos continuaron estorbando y saqueando a los cristianos
ribereños del Mediterráneo; pero ya no eran más que pandillas aisladas de
bandidos, en vez de auxiliares de una potencia marítima de primer orden.
Ochiali salió ileso de la batalla llevándose el estandarte de los Caballeros,
capturado en la capitana del almirante maltés, y fue exhibido en la mezquita de
Hagia Sofía. Vivió hasta 1580. Con él murió la raza de los reyes piratas. Hubo
poderosos corsarios después de él -la especie no se extinguió en Argelia hasta
el siglo XIX y su número fue probablemente más grande en el siglo XVII que en
el XVI-, pero no detentaban ninguna autoridad fuera de la que les confirieran
sus capacidades personales. El primero de los grandes capitanes independientes
fue Murad que había aprendido el oficio bajo las órdenes de Kaired-din y de
Ochiali. Como tantos representantes de su especie, había nacido cristiano (de
padres albaneses), raptado de niño y llevado a la cautividad. Su amo, Kara Alí,
un corsario argelino, se mostró encantado de su prisionero de doce años y le adoptó.
Advirtiendo en el mozalbete un ingenio vivaz y lleno de audacia, sintió hacia
él un profundo afecto y a poco tiempo le confió el mando de una galeota, pues
Murad mostraba en toda ocasión una inteligencia sorprendente a su edad. El
joven tomó parte en el sitio de Malta en 1565; pero después del desastre sintió
repugnancia hacia la disciplina y la monotonía del servicio en la marina
otomana. Abandonó la flota y comenzó a trabajar por cuenta propia a bordo del
navío de su patrón. Su ciencia náutica no resultó tan brillante como se había
creído, porque metió a su barco sobre las rocas y lo perdió, pero salvó su
tripulación, sus esclavos y sus armas, poniéndolos a salvo en la orilla de un
islote frente a la costa de Toscana. Allí los náufragos permanecieron hasta que
los recogieron algunos barcos argelinos. Murad fue llevado a Argel, donde tuvo
que presentarse ante un Kara Alí en extremo irritado y que, para manifestarle
su descontento, le quitó los esclavos y lo despidió. Murad, herido en lo vivo y
sintiendo a pesar de todo una violenta vocación para la marinería, logró
apoderarse de una pequeña galera de quince remos con la que desapareció rumbo a
la costa de España. Una semana después, volvió trayendo a remolque tres
bergantines españoles y ciento cuarenta cristianos. Su golpe feliz le aseguró
una buena reputación y le reconcilió tan completamente con su patrón que éste
le dió otra galera. Murad se hizo inmediatámente a la mar, ansioso de tentar su
suerte a bordo de su nuevo barco; pero esta vez obró con más prudencia,
colocándose bajo las órdenes de un corsario más viejo que él y conocido como
marino consumado. Era Ochiali. Aquella expedición redundó en la captura de tres
galeras maltesas en aguas de Sicilia. En enero de 1578, Murad adquirió una
escuadra de varias galeotas, que pasó a ser de su propiedad. Ahora navegaba
como capitán debidamente calificado. Aquel año no le ocurrió nada digno de
mención, excepto que dejó deslizársele entre los dedos al duque de Tierra
Nueva, virrey de Sicilia que se retiraba a la vida particular. Mas el año 1580
le vió héroe de una hazaña que había de hacer su nombre tan célebre como el de
Francis Drake que acababa de regresar de su viaje de bucanero en torno al
mundo. Habiendo salido de Argel en abril de 1580 con sólo dos galeotas, Murad
cruzaba tranquilamente frente a la costa toscana, cuando de pronto vió aparecer
por encima de un promontorio rocoso los altos mástiles de dos galeras ancladas.
Estas naves eran propiedad de Su Santidad el Papa Gregorio XIII y una de ellas
resultó ser la capitania o sea la galera del almirante papal. Ante este
espectáculo, se le volvió agua la boca, pero a despecho de toda su intrepidez,
vacilaba en atacar con un par de ligeras embarcaciones de remo, a dos buques
poderosamente armados. En el preciso momento en que se estaba preguntando qué
debía hacer, tuvo la suerte de ver llegar a otras dos galeotas argelinas del
mismo tipo que las suyas, es decir, movidas por remos y provistas de una vela
auxiliar. Inmediatamente se le ocurrió al ladino corsario un buen medio para
servirse de ellas. Las galeras papales desconfiarían de cuatro barcos, pero no
de dos, pues estarían seguras de dominarlos. Murad tomó, pues, a remolque los
recién llegados, les hizo bajar sus mastlles y se aproxImo remando a las confiadas
galeras. El plan le salió bien. Las tripulaciones papales no vieron a las
galeotas remolcadas hasta que el enemigo desembocó por detrás del promontorio y
se lanzó sobre ellas. Sus oficiales superiores se hallaban en tierra, y se
produjo un pánico a bordo de las poderosas galeras al surgir por encima de los
barandales las cabezas enturbantadas de los piratas. Después de un rápido y
violento combate, ambas galeras fueron capturadas.
Fue una redada fabulosa para Murad, pues las galeras resultaron
tan cargadas de tesoros como de cristianos. Los vencedores hallaron encadenados
a los remos un centenar de esclavos turcos y moros y, además, cierto número de
criminales cristianos que purgaban su pena, en su mayoría -relata con malicia
el protestante Morgan-, sacerdotes, monjes y demás frailes que no habían sido
metidos allí precisamente por sus virtudes. Hubo entonces un importante
movimiento de cadenas: los esclavos musulmanes abandonaron sus asientos a la
explotación de las galeras. En cuanto a los sacerdotes, monjes y hermanos
legos, cambiaron de carcelero, pero sin cambiar de calabozo. Los
ininterrumpidos éxitos de Murad suscitaron celos muy comprensibles en sus
rivales. El propio almirante de Argel, Arnaut Memi, se hizo a la mar con
catorce galeras, deseoso de demostrar que aquella hazaña no era cosa difícil
para un hombre competente. Arnaut se ausentó durante dos meses y después de
haber barrido todo el Mediterráneo, regresó a su base para enseñar el resultado
de su trabajo de verano: un cristiano ciego, capturado en la isla de Tursia. El
concurso no fue favorable a los competidores, y el nuevo gobernador bajá,
recién llegado de Constantinopla y quien, en virtud de su cargo, tenía derecho
a un décimo de todo el botín traído por los corsarios, no tardó en mostrarse
disgustado al ver disminuir el producto de las incursiones. La décima parte del
precio de un mísero ciego no enriquecía al bajá. Este, habiendo convocado a
todos los capitanes piratas, les declaró crudamente que no eran más que una
gavilla de cobardes, perezosos y fanfarrones, y que ninguno de ellos, con
excepción de Murad Reis, no valía la cuerda para ahorcarle. Concluyó anunciando
que iba a enseñarles cómo se hacía una expedición. Dicho y hecho. Ordenando,
con fines de instrucción, a los patrones de treinta y dos galeotas y galeras,
que unieran sus navíos a los suyos, se puso a la cabeza de la escuadra y tomó
curso hacia Cerdeña. La primera lección no resultó muy convincente. El bajá
ocultó a sus corsarios en la pequeña isla de San Pietro y esperó allí con
intención de sorprender la ciudad de Iglesia. Por desgracia, fue descubierto;
se dió el toque de alerta, y la playa sobre la cual pensaba desembarcar, se
encontró ocupada inmediatamente por tantos sardos feroces y armados hasta los
dientes, que el bajá juzgó preferible transferir su demostración a otro lugar y
a otro momento. Entonces se alejó hacia el Norte y apareciendo en aguas de
Oristano, desembarcó mil quinientos fusileros, los cuales marcharon sobre una
ciudad sita a cuarenta millas al interior, guiados por un esclavo remero
oriundo de Cerdeña, y al que llevaban sólidamente sujeto a cuatro vigorosos
marinos. Lanzáronse al ataque, se apoderaron de setecientos de lós vecinos, a
los que condujeron a la isla Mal di Ventre. Allí, los piratas izaron un
pabellón de tregua e invitaron a los sardos a que vinieran a rescatar a sus
compatriotas. La propuesta fue aceptada; llegó una delegación y comenzaron las
negociaciones. Tras prolongados regateos, el corsario acabó por rebajar su
precio hasta treinta mil ducados; pero los isleños rehusaron pagar más de
veinticinco mil. El moro se desconcertó; los sardos rompieron las
negociaciones, y el bajá furioso por no poder obligar a aquellos insulares a
que satisficiesen su demanda, partió reducido a vender a sus prisioneros al
precio que obtuviera en el mercado libre. Prosiguiendo su ruta hacia el Norte,
logró un golpe de mano o dos más; pero enterándose en aquellos momento de que
Andrea Doria le estaba dando caza con diecisiete galeras, estimó que la
proximidad de Cerdeña y Córcega se hacía demasiado peligrosa para él, y sé
volvió atrás, tomando curso a España. De paso, casi capturaba con todo su
estado mayor y su barco, al virrey de Sicilia, el sucesor del duque que había
escapado a Murad; y tanta mala suerte hizo que el bajá, menos dueño de sí mismo
que aquél, se mordió las uñas y regó su barba con lágrimas, manifestando así su
decepción. Su siguiente desembarco, un golpe de mano en los aledaños de
Barcelona, le valió cincuenta prisioneros españoles, pero amotinó de tal manera
la comarca que tuvo que optar una vez más por buscar suerte en otra parte.
Eligió entonces una localidad vecina de Alicante y desde la cual, poco tiempo
antes, algunos moros le habían enviado un mensaje, ofreciéndole una cuantiosa
recompensa si consintiese en ir a libertarlos. Presentándose de noche frente a
la costa, el bajá despachó una embarcación a tierra a fin de advertir a los
moriscos de que había llegado ayuda y que habían de estar listos para salir. A
poco tiempo, un sólido grupo de soldados, remando con todas las fuerzas, se
aproximó a la playa; luego volvió con más de dos mil hombres, mujeres y niños,
cargados de bienes, y embarcados rápidamente los fugitivos, la flota se hizo
mar adentro sin haber perdido un solo soldado o pasajero. Ahora las galeras se
encontraban tan atestadas que amenazaban hundirse con los cautivos, los
pasajeros y el botín. El bajá se dirigió, pues, directamente hacia Argel,
deteniéndose una sola vez para recoger un mercante cargado de trigo, procedente
de Ragusa y que se arrojaba a sus brazos. Tres meses después de haber salido de
Argel, el gobernador regresó con un botín y un número de prisioneros, que
representaban una fortuna. Apenas llegado a tierra, convocó de nuevo a los
corsarios profesionales y los invitó a contestar a la siguiente pregunta:
¿Quién era el mejor pirata, él o ellos? Mientras tanto, Murad Reis seguía su
camino, igualmente indiferente hacia los competidores y los bajás. Tres años
después de la vuelta de su superior de una expedición que, a fin de cuentas, no
habría sido para él más que una excursión de recreo, el gran Reis llevó a feliz
término la empresa más espectacular de toda su carrera. Hizo lo que ningún
argelino había hecho antes: cruzó el estrecho de Gibraltar y se fue a merodear
por el Atlántico. Hasta los más temerarios piratas se habían limitado a navegar
a la vista de la tierra, excepto cuando tenían que hacer las travesías
inevitables de una costa a otra del Mediterráneo. Murad salió de Argel en 1585,
con tres galeotas de combate. Al hacer escala en Salé, nido de piratas en pleno
desarrollo, situado en el litoral de Marruecos, y que había de llegar un par de
años más tarde, a ser tan importante como Bugie o Argel, el corsario fue
reforzado por algunos bergantines. La bien formada escuadra franqueó entonces
el estrecho de Gibraltar y se lanzó a través de las setecientas millas de
océano, que la separaban de las Islas Canarias; camino tan desconocido a los
musulmanes como lo había sido a los occidentales hacía dos siglos. Murad,
habiendo capturado a un hombre que pretendía conocer la ruta, le nombró piloto.
Mas cuando, después de varios días de duro azoque sobre los remos y con la
ayuda ocasional de las velas (no habían explorado todavía los misterios del
voltejeo), llegaron a la vista de algunas islas, el piloto no reconoció su
destino y confesó a Murad sus temores de que la escuadra hubiese dejado muy
atrás a las Canarias. A eso, Murad contestó: - Aunque no estuve nunca allí,
declaro que lo que tú me dices es imposible. Así, pues, sigue el mismo curso.
Tenía razón y el piloto se equivocaba: a los pocos días vieron surgir en el
horizonte calentándose apacible al sol estival, la isla de Lanzarote. Apenas
vista la tierra, los piratas arriaron las velas y bajaron los mástiles para no
arriesgar ser descubiertos por los isleños. Caída la noche, se pusieron en
marcha. Remando suavemente y en silencio, desembarcaron doscientos cincuenta
fusileros en los aledaños de la ciudad principal. La sorpresa fue completa. Los
habitantes no tuvieron tiempo de defenderse. Los piratas saquearon la plaza y
se llevaron trescientos prisioneros. El gobernador consiguió escapar, pero su
madre, su esposa y su hija se vieron arrastradas hacia una de las canoas. Al
despuntar el día, Murad echó anclas junto a la playa e izó el pabellón de
fregua, invitando a los habitantes a venir a rescatar a sus amigos y parientes.
El gobernador vino primero. Mediante un duro rescate pudo llevarse a su
familia. Los demás miembros de la alta sociedad imitaron su ejemplo de suerte
que sólo los humildes y los solitarios tuvieron que resignarse en su lamentable
situación. Murad partió sin pérdida de tiempo; mas poco faltaba para que nunca
volviese a ver su país. La noticia de sus hazañas le había precedido, y Don
Martín Padilla, a quien los vientos tratarían con tanta desenvoltura una docena
de años más tarde cuando Felipe II le enviara a tomar represalias contra
Inglaterra por los actos cometidos por Essex y Raleigh en las Azores, acechaba
al corsario en el estrecho de Gibraltar. Murad fue advertido a tiempo para
evitar caer en manos de Padilla, pero no lo bastante temprano para poder cruzar
el estrecho antes de que el español hubiese ocupado su puesto. Forzar el paso era
cosa imposible: Padilla disponía de quince galeras de línea. Murad se escurrió
hacia un oscuro puerto de la costa marroquí, donde se mantuvo escondido durante
un mes, al final del cual aprovechó una noche de tormenta para pilotar su
minúscula escuadra a través del bloqueo, llevándola a sus aguas natales. La
proeza siguiente de Murad fue realizada cuatro años más tarde. Esta vez, el
pirata cruzaba en alta mar con una sola galera: ¡qué significativo contraste
con la era de Barbarroja y de Dragut! Después de haber hecho un par de presas
frente a la costa de Córcega, Murad se dirigió hacia Malta, donde encontró un
barco francés de aquellos fieles amigos del turco -cuyo amable capitán le
proveyó de informes sobre una real galera de Malta, La Serena, que se hallaba
camino a Tripoli. Murad se apostó junto a cierta isla, seguro de que la galera
maltesa debía pasar por allí. Sus subordinados le decían, que iba a perder su
tiempo; pero Murad, adicto a la magia negra como todos los hombres de su época,
consultó su libro hechicero (una ilusión verdaderamente diabólica, dice Haedo,
el sabio cronista español), y supo por el oráculo que debía seguir esperando un
poco más. Lo cierto es que a la mañana siguiente, la gran galera apareció
atravesando su campo de vista; llevaba a remolque una presa turca. El libro
hechicero había resultado verídico; pero el tamaño de la víctima suscitaba
ciertas dudas acerca de la amabilidad del capitán francés. El éxito parecía
inseguro, -una pequeña galeota contra una galera de primera clase, de alto
bordaje-, de modo que Murad estimó prudente dar aliento a su tripulación.
Conque reunió a sus hombres en torno suyo y les hizo una arenga concluyendo con
la siguiente peroración destiriada a inspirarles: - No temáis la muerte puesto
que habéis dejado vuestro país para buscar fortuna y gloria y para servir a
nuestro gran profeta Mahoma. El discurso fue muy aplaudido, y la tripulación
vitoreó a su capitán. Mientras tanto, el maltés había huído, y la persecución
comenzó a grandes latigazos sobre las espaldas de los esclavos. Los Caballeros
eran los últimos en querer huir ante el enemigo; pero el comandante de La
Serena no podía creer que la galeota fuese el solo barco que le daba caza.
Antes de aceptar el combate, ordenó al vigía le señalase el número de las demás
embarcaciones que le siguieran. Cuando tuvo la seguridad de que no había
ninguna, tomó las disposiciones necesarias para virar a bordo y capturar al
insolente corsario. Súpose más tarde que los Caballeros, al descubrir que la
galeota navegaba sola, habían exclamado como una sola voz: ¡No puede ser nadie
más que el demonio de Murad Reis! Una vez más la fortuna tomó el partido de la
temeridad. A la primera descarga del cañón del corsario, la mediocre arma
repartió sus proyectiles con tanta precisión que todos los artilleros
cristianos cayeron muertos o heridos en sus puestos. Este imprevisto despliegue
de artillería decidió inmediatamente de la suerte del combate. Indefensos desde
un principio, los cristianos tuvieron que entregarse media hora después de
comenzada la lucha. Murad, que tenía motivo para estar contento de sí mismo, se
dirigió hacia Argel, mientras sus prisioneros remaban tristemente, obligados a
acelerar la llegada al destino que significaba para ellos la esclavitud.
Disponiéndose a aterrizar en la costa africana, los argelinos tropezaron en el
momento de dar la vuelta a una punta, con un pirata mallorquín que se
encontraba allí al acecho, ocupado en lo mismo a que se dedicaban ellos. Esta
forma de competencia ante sus propias puertas, a la manera de salteadores de
caminos, era un asunto demasiado grave para pasarlo por alto cerrando los ojos.
Murad se apoderó del mallorquín y procuró proporcionar trabajo a sus
tripulantes asignándoles cuarenta y cuatro vacantes en los bancos de remo de la
real galera maltesa. A los dos días, el corsario entró en el puerto de Argel
con sus dos presas, -las cuales llevaban la bandera puesta a media asta, según
prescribía la costumbre en tales casos-, recibidopor repetidas salvas de los
cañones grandes y pequeños. Toda la ciudad se había lanzado a la calle para
aclamar a su hijo más distinguido, y el bajá no solamente le dió una escolta de
jenízaros, sino que le hizo objeto del honor más grande que podía imaginarse,
enviándole su propio caballo para conducirle a Palacio. Murad concluyó su
carrera como almirante de Argel, cargo al que fue nombrado en 1595. Dejaba el
cumplimiento de la mayor parte de sus funciones oficiales a un substituto, e
invariablemente se hacía a la mar por su cuenta, tan pronto como comenzaba la
temporada. Desaparece de la crónica después de haber sido herido cinco veces
por los proyectiles de los Caballeros. Se sabe que regresó a Argel luego de su
último encuentro; pero la historia no nos dice si murió de sus heridas o si
llegó a la edad provecta después de haberse retirado.
CAPÍTULO IV EL SIGLO
XVII
A fines del siglo, la organización de los corsarios quedaba
terminada. Habiendo principiado en la época del primer Barbarroja, los
beglerbegs enviados de Constantinopla para gobernar el Africa Septentrional,
habían instalado, como gobernadores de Argel, centro principal de los
corsarios, no una mayoría de turcos o de moros, sino de renegados europeos que
se encumbraban al primer rango del oficio predominante del país gracias a la
fuerza de su puño y a su audacia y habilidad. Algunos de los conversos incluso
llegaban al puesto de beglerbeg. Kair-ed-din, hijo de un griego, tuvo por
sucesor a un sardo, al que siguió un corso. Ochiali fue calabrés; su sucesor,
Ramadán, sardo. Después de él se sucedieron un veneciano, un húngaro, y un
albanés. En 1588, las treinta y cinco galeotas de Argel eran mandadas por once
turcos Y veinticuatro renegados, representantes de casi la totalidad de las
naciones cristianas del Mediterráneo y hasta de países más lejanos. Algunos de
estos extranjeros habían sido capturados de niños y convertidos al islamismo a
la fuerza; mientras que otros habían aceptado la circuncisión de buen grado,
tomando nombres musulmanes, atraídos por la fortuna y las aventuras que
prometía el mando de un buque berberisco. En 1586, master John Tipton, primer
cónsul de Inglaterra en Argel, informaba que el tesorero del Hasan Aga, era un
eunuco y renegado inglés, hijo de Francis Rowlie un negociante de Bristol. Casi
todos los conversos llegados a altos cargos adquirieron una reputación de
administradores competentes e incluso humanos. Mas después de Lepanto, el
carácter de la administración sufrió un profundo cambio, cosa fatal cuando un
poder decentralizado y que debe manifestarse sobre grandes extensiones, ofrece
a servidores corruptos la oportunidad de enriquecerse rápidamente lejos de la
vigilancia del gobierno central. Los bajás enviados de Constantinopla
acostumbraron a vender su cargo a turcos ricos, incompetentes y bribones en la
mayoría de los casos, y animados por la única ambición de recuperar el precio
pagado y de sacar tanto dinero como les fuese posible antes de abandonar su
puesto. Durante aquel período, los más emprendedores entre los renegados
estaban más o menos independientes de la autoridad central, a cambio de la
obligación de desembolsarle el diezmo que constituía la principal fuente de
recursos del gobierno de Constantinopla. Así, pues, los reis o generales de las
galeras eran libres de actuar a su antojo. De ahí que volvieran los días de la
piratería pura y simple y que fuera a florecer como nunca antes. En 1606, se
produjo un acontecimiento que había de revolucionar tanto la técnica como los
objetivos de la piratería. Aquel año, Simón de Danser enseñó a los argelinos el
arte de construir navíos redondos, esto es, barcos de velas cuadradas y el de
maniobrárlos. Fue una transición tan importante como el paso desde la vela
hacia el vapor, y quizá, aun más preñado de consecuencias; pues los veleros
navegaban por todas partes donde navegaban los vapores, sobrepasando las
posibilidades más extremas de las galeras de remo. Desde aquel momento, no
solamente el litoral, sino toda la cuenca del Mediterráneo, en invierno como en
verano y durante las tempestades como durante las calmas, llegaba a ser
accesible a los corsarios; y hasta las largas rutas marítimas seguidas por las
grandes flotas españolas de plata y oro se veían infestadas por ellos. Los
bandidos expertos del Mar del Norte y de la Mancha: ingleses, holandeses, y
franceses, encontraron en demasiadas ocasiones la gallina de los huevos de oro
limpia antes de que ellos mismos pudiesen apoderarse de su producto; lo cual,
claro está, les causó un vivo resentimiento, dando origen a nuevas
complicaciones; pues el verse frustrado del botín antes de haberlo capturado es
cosa tan aflictiva como dejárselo robar después. El bienhechor de los
corsarios, Simón de Danser (apodado, a veces, El Viejo, para distinguirle de su
hijo que le sucediera en el oficio) principió como simple marinero de
Dortrecht. Llegado a ser capitán de un barco, se convirtió en corsario al
servicio de los Estados Generales neerlandeses durante la insurrección contra
España. Tras una infructuosa expedición hacia el Mediterráneo, Simón de Danser
hizo escala en Marsella con objeto de reparar averías y de cargar
aprovisionamientos; mas la tentación ejercida por ese puerto tan animado,
resultó demasiado fuerte. Habiendo gastado todo el dinero que poseía, vendió su
barco y dispuso del producto de la venta lo mismo que de sus propios bienes.
Perdido su mando, reclutó a algunos nervi del puerto, robó una pequeña
embarcación y se hizo a la mar por su cuenta, convirtiéndose así en pirata
auténtico. A poco tiempo, capturó un barco grande, al que se mudó con su
tripulación. Numerosos marinos ingleses y moros se reunieron con él y no habían
transcurrido muchos meses cuando se encontró a la cabeza de una pequeña flota
cuya unidad más grande llevaba a bordo trescientos hombres y sesenta cañones.
Habiéndose elevado así al rango de una potencia naval, hizo causa común con un
pirata inglés de nombre Warde; lo cual aumentó singularmente su fuerza.
No fue, sin embargo, sino en 1606 cuando Simón de Danser se
estableció en Argel, donde tenía ya tal fama que le valió una acogida calurosa.
Entonces fue cuando enseñó a sus nuevos amigos el arte de la construcción naval
moderna, recibiendo como recompensa la base y el mercado que requerían sus
actividades. Su colega Warde prestó el mismo servicio a Túnez y fue
recompensado de la misma manera. Durante tres años, el holandés cruzó por el
Mediterráneo, logrando lucrativos golpes de mano y ganándose una gran fortuna.
Se hizo, construir un palacio en Argel, donde agasajó a bajás y beyes. Cierto
día, recibió la noticia de que una escuadra inglesa y una española surcaban el
Mediterráneo con orden de capturarlo vivo o muerto. No ignoraba tampoco las
inquietantes historias sobre la vida insegura de los ricos extranjeros
establecidos en Argel. Comenzaba a sentir también escrúpulos de conciencia: no
había abjurado nunca la religión cristiana como lo habían hecho tantos hombres
de su especie. En suma, decidió retirarse a la vida privada. Mas el problema de
su respetabilidad presentaba ciertas dificultades. No resultaría fácil dejar
Argel llevándose su fortuna. Más difícil todavía sería encontrar un país donde
fuera bienvenido, ya que habían puesto precio a su cabeza en todas partes donde
deseaba establecerse por el resto de su vida. El segundo problema fue resuelto
primero. Después de algunas negociaciones con el rey de Francia, Enrique IV,
Simón de Danser consiguió comprar el perdón de este monarca y se preparó para pasar
de las ganancias de Argel a los encantos de París. Y es que el soberano
francés, al mostrarse clemente hacia el pirata, se dejaba guiar por un motivo
que por lo pronto se cuidaba de revelar. La fuga de Argel fue llevada a cabo
con una astucia que le ahorró gastos en dinero sonante. Cierto día entraron en
el puerto cuatro buques piratas cargados de mercancías selectas, que fueron
puestas en venta. Danser las compró casi por entero; luego subió a bordo so
pretexto de pagar allí el precio convenido. Como de costumbre, los remos de
aquellos barcos eran manejados por esclavos cristianos. Ocurrió un incidente:
mientras la mayor parte de las tripulaciones musulmanas se hallaban en tierra,
estalló una riña, organizada de antemano, entre los esclavos y los guardias
moros, apostados a bordo. Estos últimos fueron dominados y muertos a excepción
de algunos oficiales que debían servir de rehenes caso que la empresa saliese
mal. Dueño entonces de cuatro navíos, Danser se hizo mar adentro, y llegó
felizmente a su retiro preferido, el puerto de Marsella. Allí, y a despecho del
perdón real, el holandés tuvo una recepción tan hostil que al recorrer las
calles tenía que hacerse acompañar por una guardia de corps de matones, que le
escoltaban con revólveres cargados y listos para disparar. Muchos mercaderes de
la ciudad habían sufrido pérdidas severas a manos del holandés, y tuvo que
indemnizarlos antes de salir de Marsella. Después prosiguió su camino hacia
París, obedeciendo una orden del rey. Desde la capital, envió un mensaje a
Holanda en el mes de Diciembre de 1609, avisando que había obtenido el real
perdón y que, por lo tanto, ya no se encontraba fuera de la ley, añadiendo la
información, en apariencia poco coherente con el resto, de que la reina acababa
de dar a luz una hija. Esta niña, bautizada Enriqueta María, había de ser más
tarde la esposa de Carlos I de Inglaterra. Fue entonces cuando el rey de
Francia divulgó la misión a que había destinado a su nuevo súbdito. Los
franceses acababan de querellarse con sus antiguos aliados y una flota estaba
siendo puesta en pie para acometer contra la Goleta, en Túnez. Enrique IV,
recordando oportunamente un viejo refrán que aconseja emplear a un ladrón para
coger a otro, nombró al corsario jefe de una escuadra de la expedición. La
empresa salió a maravilla: los buques del bey fueron quemados y llevados a
Francia y cuatrocientos cincuenta cañones, más un botín de cuatrocientas mil
coronas. Siete años después, sin embargo, los corsarios se desquitaron con el
apóstata. La historia es relatada con todo lujo de detalles por Williams
Lithgow, escritor y viajero, que fue testigo ocular del asalto a La Goleta.
Llevaba allí como cinco semanas -escribe Lithgow-, cuando me cupo la buena
suerte de ver llegar, el 16 de febrero, un barco holandés, el Meennin de
Amsterdam, procedente de Tetuán con destino a Venecia. A bordo de este barco
encontrábase cierto capitán de nombre Danser, el cual había sido en otro tiempo
un reputado pirata y un famoso comandante del mar, así como un muy viejo
enemigo de los moros. Era enviado en calidad de embajador por el rey de
Francia, con misión de hacerse entregar veintidós navíos franceses capturados y
que debían ser devueltos. Aquello fue un estratagema del bajá para atraer a
Danser hacia la ciudad, no obstante que el holandés estaba retirado del
servicio y se había casado en Marsella. Llega, pues, al puerto, acompañado por
dos señores franceses que bajan a tierra para cumplimentar al bajá. Son
recibidos muy amistosamente, y al día siguiente el bajá con un séquito de doce
personajes se va a bordo a hacer una visita. Danser considera como un honor muy
grande el que el bajá se presente en persona. De manera que le recibe con todas
las atenciones que le son debidas, al son de la trompeta y en medio del trueno
de los cañones. El encuentro fue de los más cordiales entre el hipócrita bajá,
y Danser lleno de gratitud, pues aquella mañana le habían devuelto los barcos,
completamente equipados y provistos de todo. Cuando hubieron bebido más de la
cuenta, el bajá invitó a Danser a ir a verle al fuerte, a la mañana siguiente;
invitación que Danser aceptó por desgracia suya. A la hora convenida, el
holandés bajó a tierra con doce señores, y al aproximarse al castillo vió venir
a su encuentro a dos turcos. El grupo franqueó el puente levadizo; mas apenas
hubo entrado Danser por debajo de la bóveda, se cerraron las puertas y su
séquito tuvo que esperar fuera. Danser fue conducido ante el bajá y acusado de
haber robado a los moros numerosos barcos, gran cantidad de botín y excesivas
riquezas, como también de haberIes dado muerte sin la menor compasión. Acto seguido,
le decapitaron y arrojaron su cuerpo al foso. Hecho esto, todos los cañones
dispararon para hundir el buque de Danser, el Meermin, pero éste logró escapar,
salvando los más grandes obstáculos. En cuanto a los señores dejados en tierra,
se les acompañó en forma cortés y sin molestarIes en modo alguno hasta sus
barcos; es decir, hasta los barcos que acababan de serles devueltos, y una vez
a bordo de los cuales se hicieron a la mar rumbo a Marsella. Toda Europa, y
Holanda en particular, debían continuar aportando al personal berberisco, más
de una contribución apreciable; pero ninguno de estos servicios puede
compararse al que prestara al Islam el marino de Dordrecht, enseñándole a
construir y a aparejar navíos con la misma habilidad que los cristianos. Los
corsarios no tardaron en aprender la lección de Danser. Maniobrando sus nuevos
veleros, extendieron constantemente el campo de sus expediciones al ver que los
barcos de vela no solamente les permitían un radio de acción más amplio, sino
que además los libraban de la necesidad de transportar víveres para cien o
doscientos esclavos remeros. El tráfico a través del Atlántico se convertía
cada vez más en su meta principal; pues había adquirido una importancia de
primer orden, en tanto que los golpes de mano sobre la costa de España
resultaban mucho menos fáciles después de la expulsión de los últimos moros de
Andalucía en 1610. Sin la complicidad de ribereños simpatizantes, las incursiones
se hacían más arriesgadas en el mismo grado en que los asaltos en alta mar
llegaban a ser más provechosos. No había de transcurrir mucho tiempo para que
el terror que hasta entonces dominaba a los estados mediterráneos se
transmitiese a los reinos del Norte. Ya en 1616, sir Francis Cottington,
embajador de Inglaterra ante la corte de España, escribía al favorito de Carlos
I, el duque de Buckingham: El poderío y la audacia de los piratas berberiscos,
tanto en el Océano como en el Mediterráneo, han tomado ahora una envergadura
tal que no se recuerda ningún acontecimiento que haya causado en esta Corte una
tristeza y depresión comparables a las que están suscitando las diarias
noticias sobre los excesos de aquéllos. Su flota se compone en total de cuarenta
veleros de doscientas a cuatrocientas toneladas cada uno; su capitana desplaza
quinientas. Operan divididos en dos escuadras; una de dieciocho velas, patrulla
constantemente en las aguas de Málaga y a la vista de la ciudad; la otra,
frente a Cabo Santa María, entre Lisboa y Sevilla. La escuadra que se encuentra
dentro del estrecho acaba de entrar en la rada de Mostil, ciudad de la
provincia de Málaga donde su artillería bate el puerto y el castillo.
Indudablemente, habría tomado la ciudad, de no acudir en su ayuda soldados de
Granada. Pero aun así capturaron varios buques, entre otros tres o cuatro de la
costa occidental de Inglaterra. Obligaron a dos grandes barcos ingleses a
encallar sobre la playa; luego ellos mismos desembarcaron en la costa y los quemaron.
Desde entonces no se alejan de las aguas de Málaga, interceptando todas las
naves que pasan y paralizando así todo el comercio con aquella parte de España.
Entre 1569 y 1616, la flota de los corsarios incluyendo en total unos cien
buques, había capturado cuatrocientos sesenta y seis barcos británicos, cuyas
tripulaciones fueron vendidas como esclavos. Los cónsules de Inglaterra en
Argel escribían incansablemente a su gobierno pidiendo una intervención con
objeto de aliviar la suerte de los prisioneros ingleses y apremiando para que
se tomasen medidas contra la creciente insolencia de los argelinos. En 1631, el
cónsul se dirigió directamente al rey señalando que si los rescates no eran
pagados sin pérdida de tiempo, habría pronto en Argel un millar de esclavos
británicos; solamente de su última expedición, los corsarios habían traído
cuarenta y nueve veleros ingleses. Su carta terminaba con la siguiente
advertencia: Dicen que si Vuestra Majestad no se da prisa en enviar los
rescates, irán a Inglaterra y sacarán a los hombres de la cama, como
acostumbran hacerlo en España. Aquello no era una amenaza vana. Poco después,
no menos de treinta corsarios, procedentes de su nueva base de Salé, en
Marruecos, devastaban las costas del Atlántico. Uno de ellos fue capturado
realmente en el estuario del Támesis. La población del oeste de Inglaterra se
puso tan nerviosa que apagaron al faro de Lizard porque guiaba a los piratas.
El Canal no era más seguro para los mercantes que descuidaban de navegar con
caravanas. En 1625, el alcalde de Plymouth hacía saber que en el curso de aquel
año, los berberiscos habían capturado un millar de marinos de las regiones
occidentales. El viaje más largo emprendido alguna vez por aquellos
merodeadores fue el de Islandia. El jefe de la expedición era, al igual que
Danser, un holandés; pero a diferencia de éste, había tomado el turbante. Se
llamaba Jan Jansz y era popular entre los moros bajo el nombre de Murad Reis.
Para evitar confusión con el Murad precedente, el discípulo de Barbarroja y
Ochiali, le citaremos con su nombre europeo. Jan Jansz, lo mismo que casi todos
los marinos holandeses que se hicieron piratas, principió su carrera por cuenta
de los Estados Generales, luchando contra los españoles durante la guerra de
independencia. Pero este método de guerra casi legal dejaba más gloria que
provecho, por lo cual Jansz se extralimitó en su misión, alargando su camino
hasta la costa berberisca. Allí hostigó a los barcos de todas las naciones
cristianas sin distinción, y aun sin eximir los de Holanda; salvo que cuando
atacaba a algún buque español, no dejaba nunca de izar los colores del príncipe
de Orange, a manera de homenaje a su país natal. Al acometer contra las naves
de las demás naciones, enarbolaba la Media Luna roja de los turcos. Al
principio navegaba como segundo de un famoso corsario de nombre Solimán Reis de
Argel. Muerto su jefe en 1619, se estableció en Salé. Este puerto (su nombre
daba náuseas a toda la cristiandad) gozaba de una situación admirablemente
adaptada a la nueva forma de la piratería, puesto que se encontraba sobre la
costa del Atlántico, a
sólo cincuenta millas de Gibraltar, permitiendo así a los
corsarios acechar todos los barcos que pasaban por el estrecho y, lanzándose de
un salto, cerrar el paso a los correos de las Indias Orientales y de Guinea. La
flota de Salé era poco numerosa, -dieciocho buques en total-, sus unidades
habían de ser pequeñas porque una barra impedía el acceso al puerto a las
embarcaciones de mayor calado, excepto cuando se las descargaba previamente.
Nominalmente, el puerto se hallaba bajo la autoridad del emperador de
Marruecos; pero poco tiempo después de la llegada de Jansz, los habitantes de
Salé se declararon independientes, proclamando lo que de hecho era una
República de piratas, gobernada por catorce capitanes con un presidente que
asumía al mismo tiempo el rango de almirante. El primer electo fue el holandés,
el cual, deseoso de demostrar a sus compatriotas adoptivos en qué grado se
había convertido en uno de los suyos, casó con una morisca, aunque tenía mujer
e hijos en Haarlem. Bajo la hábil administración de ]ansz, los negocios
prosperaron. Pronto el jefe de Estado tuvo que buscarse a un suplente. Eligió
para este cargo a un compatriota, Mathys van Bostel Oosterlynck. El
vicealmirante celebró su nombramiento, imitando el ejemplo de su jefe, es
decir, haciéndose musulmán y casándose con una española de catorce años,
pasando por alto que una esposa y una hija le echaban de menos en Amsterdam.
Jansz, gracias a las presas capturadas, a sus rentas de almirante, que incluían
los derechos de anclaje, de pilotaje y demás ingresos del puerto, y a las
comisiones cobradas sobre las mercancías robadas, acabó pronto por hacerse
inmensamente rico. Mas por fastidiosa que a veces le pareciese la rutina del
oficio, no dejó de ser pirata en alma y cuerpo, aprovechando toda oportunidad
para salir de caza. Durante una de sus expediciones, en noviembre de 1622,
mientras tentaba su suerte en la Mancha, se le agotaron los víveres y tuvo que
hacer escala en el puerto de Veere, en Holanda, para completar sus
aprovisionamlentos. Empresa aparentemente arriesgada; pero el almirante de Salé
era súbdito del emperador de Marruecos, y éste acababa de firmar un tratado con
los Estados de Holanda. Así es que Jansz podía reclamar legalmente los
privilegios del puerto, aunque fue recibido de una manera bastante fría. La
primera persona que vino a visitarle a bordo fue la señora Jansz, holandesa,
acompañada por todos los pequeños Jansz. Su mujer y todos sus hijos -cuenta un
escritor contemporáneo- subieron a bordo para suplicarle que abandonase el buque;
los familiares de los tripulantes imitaron su ejemplo, pero fue en vano, pues
aquéllos sentían demasiada rabia hacia los españoles y demasiado afán de botín
... No solamente rehusó la dotación dejar el barco, sino que aun se vió
aumentada por algunos reclutas, no obstante la severa orden de la municipalidad
que prohibía a cualquier persona tomar servicio a bordo de aquel barco. Y es
que después de casi medio siglo de guerra contra España, los tiempos eran duros
para Holanda; la juventud de Veere se sentía tentada mucho más por la esperanza
de una vida opulenta, ganada saltándole al cuello al viejo enemigo, que
asustada por el descontento de los concejales, y Jansz salió de Veere, teniendo
a bordo más gente que cuando había entrado. Algunos años después, Jansz volvió
a hacer escala en Holanda. Esta vez acababa de escapar a un desastre. Había
tropezado frente a la costa con un gran buque que ostentaba el pabellón
holandés. Olvidándose momentáneamente de los tratados, Jansz se enamoró en
seguida de aquel hermoso barco e intentó apoderarse de él. Es probable que de
triunfar el corsario, los juristas le hubieran sugerido un medio de reivindicar
las ventajas del tratado. Mas el asunto tomó un cariz distinto: Cuando Jansz se
presentó a lo largo del navío, el pabellón holandés fue arriado, se izó el
estandarte de España, y en un abrir y cerrar de ojos el puente se cubrió de
soldados españoles. Los acorralados piratas se salvaron milagrosamente tras una
lucha desesperada, que les costó gran número en muertos y heridos, y se
estimaron felices de poder refugiarse en el puerto de Amsterdam. Jansz pidió a
las autoridades auxilio para sus enfermos y heridos, lo cual le fue negado
fríamente. El infeliz pirata había intentado violar el tratado; había sufrido
un fracaso, recibiendo el merecido castigo. ¡Y ahora le infligían otra pena al
verse negar toda ayuda, como si hubiese tenido éxito! Ni siquiera se le
permitió enterrar a sus muertos, de suerte que el único medio de desembarazarse
de los cadaveres que se pudrían a bordo de la nave, fue echados debajo de la
helada superficie del agua. Después de varios años relativamente malos, pasados
en el estrecho de Gibraltar, Jansz resolvió tentar la suerte en una región
hasta la que aún no se había aventurado ningún pirata, ya fuera berberisco u
otro. En 1627, enganchó como piloto a un esclavo danés que pretendía haber
visitado Islandia, y le dió órdenes de conducirle a aquellas tierras lejanas.
Las tres naves de Jansz llevaban, además de marinos moros, a tres renegados
ingleses. Para aquella época, semejante viaje constituía una empresa en extremo
audaz; pero los resultados no respondían en un modo alguno a los riesgos
corridos. Los piratas saquearon la capital, Reykjavik, mas por todo botín se
llevaron una cantidad de pescado salado y algunas pieles, y para calmar su
desengaño, capturaron y arrastraron hacia sus barcos a cuatrocientos
(ochocientos, según algunos) islandeses, hombres, mujeres y niños. A su
regreso, Jansz instaló su cuartel general en Argel. Poco después, tuvo la mala suerte
de caer en manos de los valientes Caballeros de Malta. El buen padre Dan, que
relata esta historia, cuenta también que al pasar ante la casa de Jansz después
de que la noticia de su captura había llegado a Argel, vió a más de cien
mujeres acudir para expresar a la señora Jansz mora sus condolencias por los
infortunios de su esposo. No se sabe de qué manera Jansz logró recuperar su
libertad; pero lo cierto es que era libre de nuevo en 1640, operando una vez
más al servicio del emperador de Marruecos.
El 30 de diciembre de aquel año, un navío holandés entró en el
puerto de Salé. Jansz era por entonces gobernador de la ciudadela. El barco
traía al nuevo cónsul neerlandés acompañado -¡oh, grata sorpresa!- por la hija
del pirata, Lysbeth, una joven bastante atractiva. El encuentro conmovió a
todos los presentes. Jansz aparecía sentado con gran pompa sobre un tapiz,
apoyando el cuerpo en almohadas de seda y rodeado de todos sus servidores.
Cuando el padre y la hija se encontraron cara a cara uno con otra, los dos se
echaron a llorar y tras de haber conversado durante un rato, Jansz se despidió
con ademanes de monarca. Luego, Lysbeth se fue a vivir al lado de su padre en
el castillo que tenía en Maladia, a algunas millas en el interior, pero la
opinión general a bordo era que estaba harta de aquella gente y de aquel país.
Lo cierto es que ya en agosto regresó a Holanda, y no se volvió a hablar de
ella. Es de suponer que se casó con algún digno holandés que no tenía nada que
ver ni con el mar ni con Marruecos. ¿Cómo murió Jansz? Nadie lo sabe. La sola
indicación que tenemos y que no presagia nada bueno, se encuentra en una
biografía del corsario, escrita por el maestro de escuela de Ostzaan y que
termina con esta frase: Su fin fue muy penoso. Durante el siglo XVII, la
piratería tomó un desarrollo tal que ya no es posible poner de relieve a cada
uno de los capitanes. Las principales rutas transatlánticas, sin hablar de los
riesgos habituales de la navegación en aquella época, se convirtieron en tan
peligrosas como los caminos más apartados de Calabria o de Albania en vísperas
de la primera guerra mundial. El comercio se encontraba en condiciones
lamentables; no eran cosa rara las hambres en las ciudades, ni la dispersión de
las familias, ya sea que sus miembros se viesen separados para siempre, o que
los hogares se disolviesen, arruinados por los rescates pagados a fin de
arrancar a los horrores de la esclavitud, a los familiares raptados. En
realidad, aquel mal tan arraigado debía su existencia a la torpeza de la política
de los estados cristianos de Europa. Los turcos ya no eran lo suficientemente
fuertes para proteger a sus hermanos de la costa berberisca. Si todas las
potencias, atormentadas de esta manera, o al menos tres o cuatro de entre
ellas, se hubiese puesto de acuerdo, uniendo sus fuerzas, en cualquier momento
habrían podido barrer a los piratas del Africa Septentrional. Mas precisamente
tal unión era imposible. Cuando Francia estaba en guerra contra España,
encontraba en los moros aliados útiles. La política indujo a los holandeses a
adoptar, a principios del siglo XVII, una conducta análoga: veían con agrado
que los piratas saqueasen a los enemigos de su comercio cada vez más próspero.
En uno u otro momento, los suecos y los ingleses obraban de la misma manera.
Como resultado, los estados civilizados del Occidente, en vez de exterminar a
los bandidos, les pagaban tributos por no molestar a sus propios barcos;
compromiso con que aquéllos sólo cumplían cuando les daba la gana. Y es que se
sentían al abrigo de represalias tanto si faltaban a su palabra, como si se
entregaban a actos bárbaros. Ocasionalmente, tal nación, exasperada por una
serie de agresiones por parte de los berberiscos, hacía una tentativa de
represalias; mas estas expediciones aisladas y, a menudo, mal preparadas, a las
que el apoyo oficial sólo se daba de labios afuera, apenas si traían enmienda
alguna. Inglaterra, Francia, España, Holanda o Suecia, despachaban una escuadra
que, apareciendo en el puerto de Argel, Tripoli, Bugle o Tunez, disparaba
algunos cañonazos. Entonces el admirante era recibido por el bajá o el bey, el
cual se dignaba aceptar graciOsamente un magnífico regalo y firmaba un nuevo
tratado, prometiendo ya no molestar nunca más los navíos de aquella nación
particular, ni conservar en cautividad a ninguno de sus súbditos. Apenas ida la
flota, los piratas volvían a poner manos a la obra. En 1620, sir Robert Mansell
fue enviado por el gobierno inglés con la misión de hacer cumplir tal promesa,
y lo consiguió. Mas antes de que hubiese regresado a Inglaterra, cuarenta
mercantes británicos habían sido apresados en las rutas comerciales y llevados
a los puertos argelinos. Cromwell fue el primer soberano inglés que rehusó toda
transacción con los corsarios berberiscos. Envió en 1655 una escuadra bajo el
mando de Blake con instrucción de darles caza y de exterminarlos. El gran
marino disponía de una fuerza suficiente para asegurarse el éxito. Entrando
atrevidamente en el puerto de Túnez en medio de las salvas de los cañonazos de
la fortaleza, Blake quemó todos los buques que allí anclaban. Luego se dirigió
hacia Argel y llegado a esta ciudad, se llevó a todos los esclavos originarios
de Inglaterra, Escocia, Irlanda y las islas anglonormandas, que encontró a su
alcance. El intransigente protector y el heroico almirante habían mostrado a
Europa lo que un monarca firme y un marino capaz podían hacer contra. aquella
peste. La victoria fue cantada por toda la cristiandad y celebrada públicamente
con panfletos como éste: Los bárbaros piratas a orillas tunecinas Han sentido
los efectos de su mano vengadora. En el curso de los veinte años siguientes, se
pusieron en pie toda una serie de expediciones punitivas; mas ninguna de ellas
dió resultados, hasta el día en que sir Edward Spragg, imitando el ejemplo de
Blake, quemó la flota argelina en el puerto de Bugie, en 1671, con la
consecuencia de que el populacho se sublevó, asesinando al aga y entregando su
cabeza a los británicos, ansioso de demostrar así que deseaba paz. Los
saludables efectos de aquella enérgica acción duraron cinco años, y fue
entonces necesario enviar a John Narbrough para que pusiese una vez más en
razón a los argelinos. Pero en vez de someter la plaza a un bombardeo,
Narbrough prefirió adoptar la habitual manera suave, pagando seis mil duros a
cambio de la liberación de cierto número de cautivos ingleses. El mismo
almirante fue enviado de nuevo en 1677, esta vez para castigar a los piratas de
Trípoli, cuya insolencia no había hecho más que crecer a tiempo que se reprimía
a sus hermanos del Norte. Tras interminables palabrerías con el bey, Narbrough
acabó por darse cuenta de que no había nada que ganar con este método. Decidió
recurrir a medidas más eficaces. A media noche despachó al interior del puerto
doce embarcaciones provistas de bombas incendiarias, bajo el mando de su primer
teniente Cloudesley Shovell (que llegó a ser el famoso almirante Shovell). En
menos de una hora, todos los barcos enemigos eran presa de las llamas, con gran
asombro de los turcos. De una manera o de otra, debió haberse recogido de paso
algún botín; pues a la mañana siguiente, el almirante hizo repartir entre sus
valientes oficiales y marinos, como recompensa, la suma de mil novecientos
cincuenta y seis duros. Hasta el momento en que se infligió a los piratas el
castigo final, o sea un siglo y medio más tarde, parece que la perspicacia de
ciertos prisioneros les causó más daño que las escuadras de represalias. Un
encuentro de este orden es descrito de manera pintoresca en un folleto de 1681,
intitulado: Relato verídico del reciente y sangriento combate entre el capitán
Booth del Aventura y Hadje Alí, capitán del Dos leones y Corona de Argel,
ocurrido el 17 de septiembre de 1681 a la altura de Cabo de Trafalgar. El buque
argelino estaba armado de más de cuarenta cañones gruesos y de algunos
pequeños. Llevaba a bordo trescientos veintisiete soldados turcos y moros, y su
dotación incluía ochenta y ocho esclavos cristianos. Su comandante, Hadje Alí,
era un renegado danés, nativo de Copenhague. El Aventura estaba dando caza a un
pequeño velero francés, cuando al alba de aquel día, su vigía señaló el
poderoso barco argelino, el cual llevaba a remolque una presa inglesa. Los
moros que la tripulaban se apresuraron a subir a bordo de su propia
embarcación, abandonando la presa a su suerte. El capitán la amarinó, halló a
dos esclavos ingleses escondidos en la bodega y les ordenó seguirle de cerca
con el barco mientras diera caza al argelino. A la una de la tarde, las dos
naves se encontraban bordo a bordo. Se desarrolló una furiosa batalla que
continuó hasta las nueve, momento en que ambos adversarios habían sufrido
tantas averías en los palos y aparejos que, se desengancharon, ante la
necesidad de proceder a las reparaciones indispensables. Poco después se
reanudó la lucha, continuando toda la noche, hasta las nueve de la mañana
siguiente. Entonces se produjo un accidente que pareció sellar la suerte de los
ingleses. Dejemos la palabra al capitán Booth: ~ Hacia las nueve de la mañana,
acababa yo de retirar a un homr~edel armamento de cada una de las piezas del
entrepuente donde mejor podian pasarse sin él, para armar los cañones de la
toldilla, y uno de los inválidos del rey, que tenía allí su puesto de' combate,
llenando los proyectiles de pólvora, estaba introduciendo la pólvora en tres
cartuchos, cuando de pronto una gruesa bala enemiga cayó sobre la pieza,
alcanzando los tres cartuchos que tenía en la mano. Los cartuchos se
encendieron y le arrojaron fuera de su puesto, haciendo saltar las siete u ocho
granadas que había allí. Estas granadas mataron o hirieron a todos los hombres
en torno mío y fue milagro el que yo mismo me salvara con una ligera herida en
el cuello causada por un casco de granada. Por el más grande de los azares, en
el instante siguiente se abatió el palo mayor del argelino e inmediatamente
después, los piratas pidieron cuartel. Ambos buques habían sufrido averías
graves. A bordo del pirata encontraron a Hadje Alí y a cinco de sus oficiales
cubiertos de heridas. Cuatro de éstos eran renegados de Holanda y Hamburgo; el
quinto era un sobrino del gobernador de Argel. También capturaron a un viejo
turco, un antiguo almirante de Argel, de nombre Abram Reis, que participaba en
el viaje por placer suyo. Un esclavo cristiano del navío pirata declaró al
capitán Booth, que sin la intervención de Abram Reis, de ese orgulloso anciano
que no buscaba más que su placer, los piratas se habrían entregado mucho tiempo
antes; pero el viejo alentaba a los turcos hablándoles de los triunfos que
arrebató en tiempos pasados a los cristianos, y citando sus combates contra los
buques de guerra holandeses, su encuentro con Sir Richard Beach que mandaba el
Hampshire, y otras muchas contiendas... El cambio de la política francesa y el
desarollo comercial de Francia bajo Luis XIV acabaron por arrojar este país a
brazos de los enemigos de los corsarios, y desde aquel momento los franceses,
imitando el ejemplo inglés, emprendieron varias expediciones punitivas contra
los moros, sin gran éxito hasta el siglo XIX. Una de estas expediciones, la de
1683, es característica a la vez de los métodos y de la brutalidad empleados en
aquellos conflictos. El marqués de Duquesne, comandante de la escuadra
francesa, disparó seis mil proyectiles sobre Argel, matando ocho mil personas y
destruyendo gran número de casas. El populacho se sublevó, asesinó al bey y
eligió como su sucesor al capitán de las galeras Hadji Hasan, apodado
Mezzomorto (medio muerto) a causa de su aspecto cadavérico. El nuevo bey envió
un mensaje al almirante amenazando sujetar a un francés de Argel a cada boca de
cañón, si no cesaba inmediatamente el cañoneo. No era una amenaza vana. Al
continuar el cañoneo, el bey eligió su primera víctima, Jean Le Vacher, vicario
apostólico. El noble anciano que había sacrificado treinta años de su vida al
servicio de los infelices cautivos cristianos, fue arrastrado hacia el muelle,
atado a una boca de cañón y lanzado en dirección de la flota francesa. Ello no
obstante, los franceses sólo retiraron su escuadra después de haber agotado sus
municiones. Cuando a mediados de Agosto, la flota salió de Argel, veinte
franceses más, entre ellos el propio cónsul, habían sufrido la suerte del
venerable sacerdote. Cinco años después, los franceses reanudaron el cañoneo, y
cuarenta y ocho franceses más fueron disparados por los piratas. Puede verse en
el Museo de la Marina, en París, un viejo cañón capturado en Argel y que había
recibido el nombre de La Consular por haber lanzado al aire al cónsul. Y
aquello continuó durante más de un siglo: un puñado de mercaderes
independientes de la costa africana, capturando enormes cantidades de dinero y
de esclavos, sufriendo represalias, humillándose, firmando alianzas,
violándolas, y cobrando, en virtud de acuerdos o bien a la fuerza, tributos a
todas las naciones del mundo occidental.
Un incidente, aparentemente sin gran alcance, pero harto
significativo, mostrará mejor que nada el carácter extraño de las relaciones de
los piratas con Europa. En 1780, el bey de Argel compró al gobierno sueco diez
cañones. Las piezas habían sido ensayadas por el fabricante; pero ello no
satisfacía a los corsarios quienes quisieron hacer un ensayo por su parte.
Después de haber cargado el primer cañón de pólvora, llenándole hasta la mitad,
acercaron la mecha. El cañón hizo explosión, matando a dos argelinos e hiriendo
a algunos hombres más. Aunque el accidente no pudo ser imputado sino a la
ligereza de los piratas, el cónsul tuvo que pagar una fuerte indemnización. El
bey pidió quinientas libras nada más que por la nariz estropeada de uno de los
corsarios. En total, el negocio costó al gobierno sueco cerca de siete mil
libras. Tenemos la impresión de asistir a una de las querellas habituales entre
dos estados igualmente soberanos, hasta que recordamos que se trata de una
transacción entre un gobierno cristiano y un nido de ladrones. Al fin se
levantó una potencia joven, una potencia situada fuera de Europa, y que osó
negar el tributo pedido por los corsarios berberiscos. Apenas nacidos, los
Estados Unidos habían sido obligados a aceptar la misma humillación que
deshonraba a las naciones del Viejo Mundo, pagando entre 1785 y 1789 al bey de
Argel un inmenso tributo anual en efectivo por la concesión meramente nominal
de una carta de franquicia para sus mercantes. En 1798, el señor Eaton, cónsul
americano en Túnez, enviado a Argel con la misión de conducir allí cuatro
barcos que representaban el tributo de los Estados Unidos, escribía a su
gobierno: ¿Es creíble que esa bestia coronada (el bey) tenga por tributarios a
siete reyes de Europa, dos Repúblicas y un continente, cuando su entera fuerza
naval es inferior a dos escuadras de buques de línea? Y sin embargo, al año
siguiente, el tributó ascendió a cincuenta mil dólares, veintiocho cañones y
diez mil proyectiles, sin contar una gran cantidad de pólvora, de beta y de
alhajas. Finalmente, la opinión pública de los Estados Unidos se indignó en
grado tal que el Congreso ordenó la construcción inmediata de una flota para
poner fin a la cuestión de los corsarios. La amenaza de medidas radicales no
tardó en producir efecto en el bey: aceptó dejar tranquilos a los barcos
americanos con tal que el Presidente le regalase una fragata convenientemente
equipada con pólvora y armas. Al enterarse de ello, el bey de Túnez se apresuró
a escribir por su parte al Presidente explicándole que le sería imposible
asegurar por más tiempo la paz, si no le enviaba en el acto diez mil fusiles
con sus accesorios y cuarenta cañones. El sultán de Marruecos, no queriendo
quedarse atrás, presentó a su vez su demanda. Pero el yusuf de Trípoli echóselas
de potencia perjudicada y declaró la guerra el 15 de Mayo de 1801, haciendo
derribar el asta de la bandera del consulado americano. La joven República
aceptó el reto, eligiendo su hora. En 1803, el comodoro Edward Preble se
dirigió hacia Gibraltar con una escuadra de flamantes buques de guerra. El
Philadelphia de treinta y seis cañones y el Vixi fueron enviados a establecer
el bloqueo del puerto de Trípoli. El 31 de octubre, el Philadelphia encalló al
dar caza a un navío que intentaba entrar en Trípoli, forzando el bloqueo. Pese
a todos los esfuerzos, no se logró ponerlo a flote, y pronto los tripulantes
vieron acercarse al buque varado, enjambres de embarcaciones. El resultado del
combate que iba a librarse era fácil de prever. Los americanos, no obstante su
heroica defensa, fueron hundidos por fuerzas superiores, y tras haber celebrado
un consejo con sus oficiales, el comandante, capitán Bainbridge, deseoso de
salvar la vida de sus hombres, decidió arriar el pabellón. Antes de hacerlo,
procuró anegar los pañoles, practicando agujeros en el casco, y obstruir las
bombas, con lo cual aseguró la inutilización total del buque. A poco tiempo,
los piratas subieron a bordo, y después de despojar a los oficiales de sus
bienes y prendas, los encarcelaron en tierra junto con el resto de la
tripulación. El infeliz Bainbridge tuvo un mes después la penosa experiencia de
vér el Philadelphia puesto a flote por los piratas y entrando en el puerto con
los cañones colocados en sus sitios. En cuanto recibió la noticia de la
catástrofe, el comodoro Preble que preparaba sus buques para la campaña del año
siguiente, detuvo inmediatamente su plan, decidiendo destruir el barco
capturado por los piratas. Eligió para la ardua empresa a un joven teniente,
Stephen Decatur, al que confió el mando de una galeota, el Intrepid. El buque
transportaba cinco oficiales y setenta hombres, apretados como arenques sobre
unas tablas arrojadas por encima de algunos barriles de agua, sin tener
siquiera sitio para sentarse. Después de una travesía agitada a causa del mal
tiempo, la pequeña embarcación llegó a la altura de Trípoli. Decatur decidió
realizar su ataque la misma noche. Mientras entraba en el puerto sólo algunos
de los tripulantes, disfrazados de marinos malteses, se mostraban en el puente,
desde el cual podían ver perfectamente el Philadelphia, anclado a una milla de
distancia, junto a la muralla del fuerte. Sin vacilar, el Intrepid se colocó al
lado del gran barco de guerra. Cuando un moro gritó una advertencia desde el
puente del Intrepid, el piloto, un siciliano, le contestó en idioma tripolitano
que habían perdido el ancla durante una ráfaga y pedían permiso de lanzar un
cabo de maroma al buque de guerra, para poder mantenerse junto a él durante la
noche. Completamente engañados, los piratas ayudaron a amarrar la galeota. En
el momento siguiente resonó el grito: ¡Americanos!, ¡americanos!, y la batalla
comenzó al ordenar el comandante el abordaje. Inmediatamente los marinos
yanquis saltaron por encima del barandal con tal furia que al cabo de diez
minutos el Philadelphia estaba reconquistado, con ínfimas pérdidas por parte de
los asaltantes. Desde aquel momento, los sucesos se desarrollaron conforme el
plan y se prendió fuego al barco por varios lados. Cuando todo ardía a pedir de
boca, Decatur dió órdenes de regresar a la galeota, de armar los remos y de
remar por la vida. Y era hora, pues casi todas las baterías del fuerte habían
comenzado a disparar sobre ellos. La escena ha sido narrada por uno de los
oficiales presentes en el ataque, el cual escribe: Hasta aquel momento los
buques y las baterías del enemigo habían permanecido silenciosos; ahora estaban
listos para entrar en acción, y cuando la tripulación lanzó tres hurras en
honor de la hazaña, la respuesta fue una descarga general de los cañones
enemigos. La confusión que reinaba entre los moros impidió próbablemente una
buena puntería, y aunque la galeota quedó expuesta al fuego durante media hora,
el único proyectil que dió en el blanco atravesó tan sólo la vela mayor.
Corríamos un riesgo mucho mayor del lado del Philadelphia, cuyas baterías
dominaban el paso por el cual nos estábamos retirando; sus cañones estaban
cargados y se disparaban con creciente violencia a medida que iban
calentándose. Pero escapamos también a este peligro y mientras remaba con todas
sus fuerzas, la tripulación de la galeota se ocupaban más en admirar la belleza
de las mangas de fuego que arrojaban en medio de nosotros los proyectiles, y
contemplar el espectáculo del incendio en el buque, que en medir el riesgo que
corríamos de recibir las balas turcas. El aspecto del Philadelphia era
realmente magnífico. Las llamas del interior iluminaban sus portas y, trepando
a lo largo de los árboles y de los aparejos, formaban columnas de fuego que al
tropezar con las cofas se desviaban dibujando magníficos capiteles; en tanto
que las sucesivas descargas de los cañones causaban la impresión de que el
buque estaba animado con una fuerza directora. La muralla de la ciudad, las
baterías del puerto, los mástiles y aparejos de los cruceros anclados,
resplandecientes bajo el fuego de la artillería, daban al cuadro un segundo
plano y un fondo bien armonizados con su parte central. Pronto, ayudados
nuestros esfuerzos por una ligera brisa, logramos salir fuera del alcance de los
cañones ... No fue sino en el mes de julio del año siguiente cuando el comodoro
Preble estuvo listo para atacar Trípoli. Fueron necesarios cinco asaltos antes
de que la fortaleza de los piratas se entregase a los americanos. Y durante los
dos años siguientes la costa siguió sometida a un severo bloqueo. Finalmente,
en junio de 1805, se firmó un tratado según las cláusulas del cual los tributos
quedaban abolidos para siempre y se confirmaba a los mercantes norteamericanos
la libertad de navegar por todas partes del mundo sin ser molestados por los
piratas. Mas sucedió lo de siempre: la ruda lección infligida a los piratas por
los Estados Unidos, fue olvidada pronto. Europa continuaba discutiendo,
amenazando y pagando. Al fin la actitud de los corsarios se hizo tan insolente
que Inglaterra se decidió a acabar con el asunto. En 1816, se dió carta blanca
a lord Exmouth para actuar a su antojo, y el almirante se presentó frente a
Argel con una poderosa flota, reforzada por una escuadra holandesa bajo el
mando del vicealmirante barón Van Capellan. Esta vez, la antorcha que prendió
fuego al polvorín fue una ordenanza del bey de Argel decretando el
encarcelamiento de todos los italianos de Bona y Orán, protegidos por los
británicos. El edicto tuvo por consecuencia la matanza, en Bona, de un centenar
de italianos indefensos, acuchillados en el momento de oír misa. Otros cien
resultaron heridos, y ochocientos fueron llevados a prisión, después de
despojarlos de sus bienes. Las flotas aliadas llegaron a Argel el 27 de Agosto.
Mientras tanto, el almirantazgo había despachado el crucero Prometheus para
acudir en ayuda del cónsul de Inglaterra y de su familia, cuyas vidas corrían
gran peligro. La esposa y las hijas del cónsul, disfrazadas de guardias
marinas, llegaron sin incidente a bordo del Prometheus; mas fue preciso
imaginar otro ardid para salvar a un nene, hijo del matrimonio. A tal efecto,
el médico de la marina hizo ingerir al niño un narcótico. Los hombres que le
llevaban escondido en un canasto cubierto de fruta y de verduras, franqueaban
la puerta del arsenal cuando por desgracia se puso a llorar. En el acto, el
médico, tres guardias marinas y los remeros de la canoa del barco fueron
detenidos y arrastrados ante el bey. A los tres días, el bebé fue devuelto a su
madre. Unico ejemplo que existe de su humanidad escribía lord Exmouth en un
despacho. Tan pronto como la flota hubo llegado a Argel, el almirante exigió la
liberación inmediata de los prisioneros. No recibió respuesta alguna, y sin dar
un paso más, abrió las hostilidades. Entonces -escribe el almirante- comenzó un
cañoneo tan vivo y tan nutrido que no creo que se haya contemplado nada igual
desde una toldilla. Continuó sin interrupción desde las tres hasta las nueve, y
no cesó completamente sino hasta las once y media. Los buques que obedecieron
mis órdenes, ocupaban su puesto con una tranquilidad y precisión maravillosas y
que sobrepasaban mis más ambiciosas esperanzas. Jamás en ninguna ocasión el
pabellón británico ha recibido una ayuda más calurosa y honorable. La batalla
se enfurecía gradualmente. Hasta las mujeres, que en aquellos tiempos
acompañaban a sus maridos a bordo de los buques de guerra, tomaron parte
manejando los cañones al lado de sus hombres. A las diez de la noche, las
principales baterías enemigas quedaban reducidas al silencio y todas las
embarcaciones del puerto ardían. El incendio se extendió al arsenal, a los
depósitos y a los polvorines, ofreciendo a los ojos un espectáculo de salvaje
grandeza y de una intensidad que no podría describir ninguna pluma. Al día
siguiente se firmó un tratado que libertaba a mil seiscientos cuarenta y dos
esclavos. El bey tuvo que expresar públicamente sus excusas ante el cónsul de
Inglaterra, señor MacDonald, que había sido encarcelado medio desnudo y en una celda
destinada a los reos condenados a muerte. Esta lección, -y todo el mundo lo
deseaba vivamente-, habría podido tener efectos duraderos. Pero ¿qué sucedió?
Apenas desaparecida del Mediterráneo la flota inglesa, se vió a los piratas
volver a su ocupación familiar. El populacho argelino, decidiendo que su bey
era perseguido por la mala suerte, le estranguló y le reemplazó por otro, de
nombre Alí Jodja. Pero ese bribón que afectaba gustos literarios, resultó ser
aún más canalla que su predecesor. Si podemos dar crédito al señor Shaler, el
cónsul americano, al hacer en compañía de los demás cónsules extranjeros su
primera visita oficial al bey, tuvo que pasar ante una veintena de cadáveres, y
cuando llegaron hasta él, lo encontraron magníficamente vestido y con un libro
en la mano, como si lo hubieran interrumpido en sus estudios.
A consecuencia de la reciente operación de lord Exmouth, las
habituales remesas de mujeres europeas habían sido suspendidas, de suerte que
el bey que parece haber tenido una propensión tan viva hacia el bello sexo como
hacia la literatura, se vió obligado a recurrir a otros medios diferentes a la
piratería para completar su harem. Cierto caso que pone de relieve su villanía
y que hizo particular sensación en Europa, ha sido publicado por sir Sidney
Smith, entonces presidente de la Asociación por la redención de los esclavos en
los países berberiscos. Sir Lambert Playfair, que le informó sobre este caso,
relata lo siguiente: Una joven sarda de nombre Rosa Ponsombio, prometida de
cierto hombre, fue persuadida una noche, bajo un pretexto cualquiera, a presentarse
con su madre en el consulado de Francia. Al regresar a casa, la muchacha fue
raptada por algunos emisarios del bey, los cuales, después de arrojarle una
manta sobre la cabeza, la llevaron al serrallo. La infeliz fue obligada a
cambiar de religión y de traje. Cierto día, sin embargo, se las arregló para
tirar por encima del muro un papel dirigido al cónsul de Inglaterra,
informándole de su triste condición y advirtiéndole, lo mismo que a los
cónsules de España y de Holanda, vigilar bien a sus hijas a las que su raptor
tenía reservada la misma suerte. En efecto, después de la muerte del bey,
encontraron entre sus papeles una agenda con la siguiente anotación: La hija
del señor Mac Donald, joven y bella, para mi harem; la hija del cónsul de
España, que es fea, será destinada al servicio de la favorita; haré cortar la
cabeza al cónsul de Inglaterra y al cónsul de España, y todos los cónsules
serán muertos si se atreven a protestar. En vano intentó sir Sidney Smith
salvar a aquella joven; todos sus esfuerzos, aun combinados con los del señor
Richelieu, ministro francés, no lograron libertarla, y permaneció como cautiva
en el serrallo del bey hasta 1818, cuando murió de la peste, epidemia que causó
estragos en Argel y que fue propagada en toda Europa por los barcos argelinos.
En aquella época, el tráfico de esclavos florecía pese a todos los tratados y a
todos los bombardeos. El congreso de Aquisgrán decidió tomar medidas contra los
piratas berberiscos, con objeto de combatir aquella plaga. En septiembre de
1819, una armada anglo-francesa se presentó en la bahía de Argel y se
formularon las más terribles amenazas, las cuales no tuvieron ningún efecto,
puesto que finalmente la flota se marchó, dejando tras sí a un bajá que reía a
carcajadas y que continuó como antes. Pero el día del ajuste de cuentas se
aproximaba. Llevados a la desesperación, los franceses enviaron desde Tolón, el
26 de mayo, una poderosa escuadra bajo el mando del almirante Dupierre, con un
ejército de treinta y siete mil soldados, incluyendo caballería y artillería.
El 13 de junio, el cuerpo expedicionario desembarcó y se atrincheró. Los
franceses comenzaron entonces un avance lento, pero tenaz, sobre Argel,
derrotando a los moros en todos los combates que tuvieron lugar en el camino.
El 4 de julio se dió principio a un bombardeo de la ciudad; el fuerte principal
cayó y los polvorines hicieron explosión. Al día siguiente, los franceses
entraron en Argel. El bey y su familia fueron deportados a Nápoles, a bordo de
una fragata. Poco a poco fueron sometidas por Francia todas las tribus vecinas,
comenzando por Túnez, y después de una existencia de tantos siglos, el azote de
la cristiandad quedó dominado para siempre. Aunque hubo todavía, en el curso
del siglo XIX, reincidencia esporádica de piratería, se obtuvo en casi todos
los casos la captura y el castigo de los culpables. A medida que progresaba la
ocupación de la costa berberisca por varios estados de la Europa Meridional,
estas recrudescencias accidentales perdieron cada vez más su carácter grave,
hasta que los últimos vestigios de la actividad de los corsarios se
extinguieron a comienzos del siglo actual.
CAPÍTULO V ESCLAVITUD
Y REDENCIÓN
El tráfico de esclavos fue durante casi veinte siglos la razón
de ser, el incentivo y la principal fuente de ganancias de los piratas del
Mediterráneo, ya fueran clásicos o berberiscos. Los negocios conocieron un
desarrollo asombroso. Se formaron en Argel, en Túnez y en Trípoli sociedades
mercantiles cuyo único objeto era costear las expediciones de barcos enviados a
la mar con la sola misión de traer a aquellas plazas cargamentos de carne
humana. No existen estadísticas, pero sabemos que no transcurría un solo año
sin que desaparecieran, en el abismo de aquel tráfico, miles de hombres
europeos. El padre Dan que trabajó durante muchos años en medio de los
raptores, declara que había en 1634, en la sola ciudad de Argel, veinticinco
mil esclavos cristianos, sin contar los ocho mil cristianos convertidos al
islamismo. Llegados los cautivos al puerto, se les conducía a los bagnos,
sólidas prisiones subterráneas. Eran examinados entonces por dragomanes, los
cuales inscribían el nombre, el país de origen y el oficio de cada uno. A los
que tuvieran parientes ricos se les imponía un rescate, apartándolos del resto
hasta que la cuestión quedase arreglada. Los infelices eran enviados al
Besistán, el gran mercado de esclavos, donde eran puestos en venta como ganado.
Habitualmente, sus compradores no los utilizaban directamente, sino que los
alquilaban individual o colectivamente a quienes podían hacerlos trabajar; por
ejemplo, a un mercader que buscaba un contable o a un empresario de
construcciones que necesitaba un grupo de obreros. Ciertos esclavos eran
tratados con infernal crueldad; mas estos casos, fuera del régimen en las
galeras y en las obras públicas, constituían excepciones. El turco o moro
particular que poseía esclavos consideraba a los cautivos cristianos, no como
criminales (aunque sí como infieles a los que llamaba perros), sino como
animales que, lo mismo que los caballos, trabajaban mejor si mejor era el
alimento y el trato que se les daba. En esto los musulmanes diferían de los
cristianos para quienes un prisionero mahometano era un hereje y merecía ser
tratado como tal. Cuenta una anécdota que cierto sacerdote español que
protestaba contra un acto de crueldad gratuita cometido por los turcos, se
calló, confuso, al recordarle éstos la Santa Inquisición y sus autos de fe. La
suerte de los prisioneros no rescatados era en extremo variable. Algunos,
-artesanos o técnicos- eran muy codiciados por los moros. Los médicos, sobre
todo, gozaban de un trato respetuoso; pero su valor hacía a sus amos menos
dispuestos a consentir su liberación. Otros aceptaban la conversión, escapando
así al cautiverio absoluto; pero habían de pagarlo con el más profundo
aborrecimiento por parte de sus hermanos cristianos. Los renegados disfrutaban
de cierta libertad y llegaban a veces a altos cargos de la administración
turca; otros, la hez de los puertos europeos, sólo tomaban el turbante para
hacerse piratas. La gran mayoría de los cautivos, sometida a un excesivo
esfuerzo físico, no duraba mucho. Los moros eran constructores incansables, y
en todos los puertos berberiscos podían verse largas hileras de esclavos
cristianos tallando piedras, haciendo zanjas o construyendo casas, fuertes y
muelles. La suerte de las mujeres capturadas es fácil de adivinar. La mayor
parte de ellas desaparecía simplemente en los harenes, cuando eran jóvenes, o
en la servidumbre doméstica, cuando eran viejas. El lector encontrará en el
apéndice II la historia típica de una prisionera. Mas el peor de los destinos
al que pudiera ser sometido un cautivo era el trabajo a bordo de las galeras.
Un hombre, a menudo poco acostumbrado al trabajo físico, se veía encadenado con
cuatro o cinco esclavos más junto a un remo. Por todo alimento, recibía algunos
bizcochos y de cuando en cuando un bocado de gachas de cebada; como bebida se
le daba un poco de agua mezclada con vinagre y algunas gotas de aceite; y esto
para entretener un esfuerzo físico invariablemente superior a la capacidad
normal. Entre las dos filas de remeros corría un pasillo longitudinal elevado,
recorrido constantemente por dos comiti o vigilantes con un largo látigo en la
mano, que hacían chasquear sobre las desnudas espaldas de los lentos y
exhaustos. Se conocen dos relatos de hombres que tuvieron una experiencia real
del banco de remeros, uno como esclavo y el otro como testigo ocular. El
primero, Jean Marteille, hizo en 1707 la siguiente descripción de sus
sufrimientos: Imaginaos a seis hombres encadenados a un banco, desnudos como
los creó Dios, con un pie puesto sobre el estribo y el otro sobre el banco de
enfrente; manteniendo un remo inmensamente pesado (quince pies de largo),
inclinados hacia adelante, en dirección de la proa, y con los brazos tendidos
de modo que pasen por encima de la espalda de los remeros del banco de delante,
los cuales tienen el cuerpo inclinado de la misma manera; y arrojándose luego
hacia atrás. Los galeotes reman así durante diez y hasta veinte horas sin un
momento de descanso. El vigilante u otro marino introduce en la boca de los
desgraciados a punto de desmayarse un pedazo de pan mojado en vino, mientras el
capitán grita la orden de redoblar los latigazos. Cuando un esclavo cae sin
conocimiento sobre su banco (cosa que sucede más de una vez), entonces es
fustigado hasta dejarle muerto y arrojado luego al agua. La segunda narración
procede de un testigo ocular anónimo: Quienes no han visto nunca una galera en
alta mar, sobre todo cuando caza o cuando es cazada, no pueden tener una idea
del choque que causa este espectáculo a un corazón animado con el menor impulso
de conmiseración. Hay que ver las filas de los miserables, enflaquecidos, medio
desnudos, famélicos, tostados por el sol, y encadenados a una tabla de la que
no se apartan durante largos meses (en general permanecen así sujetos seis
meses); excitados, más allá de toda fuerza humana, por latigazos violentos y
repetidos sobre su carne desnuda, a fin de hacerlos capaces de aguantar el más
cruel de todos los ejercicios; y eso durante varios días y noches sucesivos,
tal como ocurre a menudo en el curso de una caza encarnizada, cuando el
perseguidor, asemejándose a un buitre, se lanza tan perdidamente sobre su
presa, como huye el otro, más débil, con la esperanza de salvar su vida y su
libertad. Como es natural, los relatos de atrocidades que han llegado a
nuestros tiempos, se inspiran, en la mayoría de los casos, en una tendencia
antimusulmana; y hay indicios que nos inducen a suponer que el otro lado no era
más humano que el enemigo. Tal conclusión se desprende de la historia de cierto
moro, el cual, encadenado a un remo y sintiendo abandonarle sus fuerzas, se
cortó la mano izquierda hasta la muñeca, con la esperanza de conseguir así un
empleo más clemente. En vez de esto, y antes de que su herida hubiese sanado a
medias, el infeliz se vió encadenado de nuevo a su remo, con un accesorio
sujeto al muñón, y convertido en objeto de una atención especial por parte del
hombre que blandía el látigo. Dió la casualidad de que el caso llegara a ser
conocido del dey de Argel, el cual informó al padre español de la Redención de
que no consentiría en ningún intercambio de prisioneros mientras no se librase
al remero manco. Ninguna descripción de los suplicios del cautiverio puede
rivalizar con los relatos de primera mano, contenidos en las cartas enviadas de
contrabando, o en los diarios publicados posteriormente por esclavos fugitivos
o rescatados. El siguiente mensaje, que pertenece a esta categoría, y que tiene
por autor a un tal Thomas Sweet, un hombre distinguido, es tan característica y
conmovedora que merece ser citada por entero: Queridos amigos.
Hace ahora seis años que he tenido la gran desgracia de ser
capturado por un buque de guerra turco frente a la costa berbera y llevado a la
cautividad a Argel. Desde aquella época escribí muchas veces a Londres a master
Southwood de Upper Ground, a Richard Barbard, de Duke's Place, a Richard Coote,
de Bankside, a master Linger, bonetero de Crooked Lane; en la carta dirigida a
master Southwood encerré una para mi padre, si está en vida. y otras destinadas
a mis hermanos y a mis amigos. si no han muerto. Como nadie me diera nunca
señal de vida, me estoy preguntando si mis mensajes no se habrán perdido o si
todos habéis muerto o mudado a otra parte; pues sé que sois demasiado buenos
cristianos y amigos míos para abandonarme en la triste condición en que me hallo.
¡Oh!, amigos míos, os lo repito una vez más: me encuentro en Argel, como
miserable cautivo, apresado por un barco flamenco dos años después de haber
dejado de guerrear en Gilderlanda. Mi amo es un barón, un renegado francés que
vive en el campo y que me alquila junto con otro prisionero protestante (un tal
master Robin, oriundo de Norfolk) a gente de Argel por esta vez; pero si nos
mandan al campo, tal vez no volváis a oír hablar de nosotros. Nuestra desgraCia
se debe al hecho de que el precio de nuestro rescate ha sido fijado en no menos
de doscientas cincuenta libras, porque se cree que tenemos buenos amigos en
Inglaterra y que debemos ser libertados juntos. Master Robin ha escrito a sus
amigos y nos comprometimos uno frente a otro a actuar ante nuestros amigos cada
uno a favor suyo y del otro. ¡Oh!, padre mío, hermano mío, amigos y conocidos
míos, ¡daos prisa para rescatarnos! Desde que estamos aquí, cientos de esclavos
han sido rescatados y han visto terminar sus penas. Ello nos hace esperar que
ahora nos toque a nosotros que salgamos los siguientes; pero hasta la fecha
nuestras esperanzas han quedado decepcionadas. Os suplicamos por amor de
nuestro señor que os rescató, que aprovechéis todos los medios posibles para
asegurar nuestra redención. Hay ahora en Inglaterra una sociedad reputada en
todo el mundo cristiano por su piedad a este respecto. ¡Oh!, ¡dirigíos a
aquellas nobles y dignas personas, en nombre del Cristo por quien sufrimos!
Nunca hemos comprendido el sentido de aquel salmo escrito por los judíos
durante su cautividad babilónica: Junto a los ríos de Babilonia allí nos
sentábamos y aun llorábamos acordándonos de Sión, tanto como ahora pensando en
ti, ¡oh vieja Inglaterra! ¡Oh!, ¡mis buenos amigos!, ¡esperamos que nuestros
suspiros lleguen a vuestros oídos para conmover vuestra lástima y compasión!
Nos han dicho que hay en Londres cierto comerciante, un tal señor Stanner de
St. Mary Axe, que tiene un agente en Liorna, y que se hallan en la misma ciudad
otros dos londinenses, un señor Hodges y un señor Mico, que tienen negocios
allí y que pueden indicaros el medio más rápido para rescatarnos. No dejéis sin
respuesta nuestras súplicas aunque no podáis hacer nada por nosotros. Tanto nos
confortaría tener noticias de nuestros amigos. Existe en Londres una posta que
despacha cartas a cualquier sitio; conque no perdáis la ocasión, os lo
suplicamos, de darnos noticias de aquí a un mes o seis semanas. El Señor dirija
vuestros pensamientos por el camino del amor y os envíe paz y paciencia.
Vuestro afligido amigo y hermano en Cristo. Thomas Sweet Desde Berbería, 29 de
septiembre de 1646. Ninguna lista de esclavos rescatados contiene los nombres
de Thomas Sweet y Richard Robio; parece, pues, más que probable, que fueran
enviados, como lo habían temido, al interior del país, de donde no volvía
ningún esclavo. No obstante la severa vigilancia de que eran objeto, los
esclavos lograban, a veces, escaparse, y los relatos de sus aventuras figuran
entre los más apasionantes de toda la literatura sobre piratería. Una de estas
narraciones se encuentra en posesión del autor. Es un pequeño tomo muy raro,
publicado en 1675 con el título: Ebebeczer o un pequeño monumento a la Gran
Conmiseración, escrito por William Okeley. A guisa de prólogo, el autor hace
preceder su historia de un largo poema alegórico, que comienza con los
siguientes versos: Este autor no ha sido impreso nunca Y (os plazca o no) ya no
lo será jamás. Pese a su denegación, el señor Okeley compone su narración de
una manera enteramente profesional. Fue en junio de 1638 -escribe- cuando Mary
de Londres salió de Cracesend para la isla de la Nueva Providencia, en las
Antillas. Estaba armado de seis cañones y llevaba un cargamento de prendas de
tela y de paño, así como unos sesenta hombres entre tripulantes y pasajeros. El
viaje tuvo un principio poco favorable. Después de retrasarse cinco semanas en
los Downs a causa del mal tiempo, el Mary llegó a la isla de Wight; pero a
estos momentos, toda la cerveza que llevábamos a bordo resultó deshecha; fue
preciso tirarla al mar y mezclar el agua con vinagre durante el resto de la
travesía ... El barco tuvo luego la mala suerte de meterse sobre un banco; pero
se logró con mucho trabajo ponerle a flote durante la marea alta. Aquellos
incidentes -observa el autor- pueden parecer de escasa importancia a quienes no
hayan sufrido sus consecuencias; mas Dios nos dió la ventaja y oportunidad de
ver cuán grandes acontecimientos se ocultaban en aquellos pequeños hechos.
Nuestros viajeros, que por entonces navegaban acompañados con otros dos navíos
para protegerse mutuamente, tropezaron a los seis días con tres buques de
guerra argelinos, los cuales los atacaron; y después de un breve combate, en el
curso del cual seis hombres de la tripulación del Mary resultaron muertos, los
piratas capturaron los tres barcos ingleses. Durante varias semanas, los
cautivos fueron guardados a bordo, mientras los corsarios cruzaban en busca de
nuevas presas. Así, Okeley aprendió a hablar algunas palabras árabes, esperando
que ello le fuese útil en lo sucesivo. Llegados a Argel, los nuevos prisioneros
fueron conducidos al mercado de esclavos. Los hombres alcanzaron precios muy
diversos, obteniendo la más alta cotización los jóvenes con dentadura sana y
mIembros vigorosos. Sobre todo se les examinaban las manos; los que tenían las
palmas duras y callosas se juzgaban acostumbrados a los trabajos rudos, en
tanto que los dueños de manos finas arrebataban precios elevados, pues se
suponía que eran mercaderes o nobles y susceptibles de producir cuantiosos rescates.
Okeley fue comprado por un capitán de barco moro que le empleó como herrero;
mas a poco tiempo recibió la orden de embarcarse a bordo de uno de los buques
piratas para tomar parte en una incursión; insinuación contra la que el inglés
protestó vivamente, aunque en vano. Tras una expedición malograda, el patrón de
Okeley echó a su esclavo a la calle mandándole buscar un oficio cualquiera para
ganarse la vida y pagarle, además, dos dólares al mes. Okeley abrió una pequeña
tienda de tabaco y vino y como sus negocios prosperaron, se asoció a otro
cautivo, un guantero de nombre Randal. Este hombre, cuya mujer e hijo habían
sido capturados al mismo tiempo que él, se puso a confeccionar vestidos de
tela, vendiéndolos a los esclavos marinos. Al cabo de cuatro años o más, Okeley
descubrió que los otros esclavos y yo estábamos tan acostumbrados a nuestra
servidumbre que casi nos habíamos olvidado de la libertad y que nos hacíamos
estúpidos e indiferentes hacia nuestra esclavitud. Como Tachur, doblegamos la
espina bajo nuestras labores, tendíamos los hombros para soportarlas y nos
convertíamos en esclavos de nuestro tributo. La necesidad más viva que sentía
Okeley era la de los auxilios de la religión, los cuales pronto le fueron
dispensados por el buen señor Devereux Spratt, uno de sus compañeros de
cautiverio y que era sacerdote anglicano. Tres veces a la semana, este
eclesiástico, apacible servidor de Jesucristo, rezaba con nosotros y nos
predicaba la palabra divina; nuestro sitio de reunión era una bodega alquilada
por mí. Eran numerosos los que asistían a nuestras reuniones, a veces se
presentaban sesenta u ochenta hombres, y aunque casi nos congregábamos en la
calle, jamás tuvimos que sufrir molestia alguna por parte de los turcos o los
moros ... Al cabo de cierto tiempo, el amo de Okeley, habiendo emprendido una
serie de expediciones desafortunadas, se vió obligado a vender todo cuanto
poseía para pagar sus deudas, y sus esclavos cambiaron de manos. Okeley fue
comprado por un señor viejo de aspecto grave, el cual trataba a su esclavo
inglés no solamente con compasión y bondad, sino como a un hijo, mostrándose
tan noble y cariñoso que Okeley, por vez primera después de su llegada a Argel,
se sintió feliz. Mas pese a la bondad de su patrón, aspiraba a la libertad. Comenzó
a concebir proyectos de evasión, no sin grandes escrúpulos de conciencia, pues
el honrado esclavo se sentía atormentado por la duda de si no era una especie
de robo huír de su servicio, cuando me había comprado y pagado, siendo yo su
legítima propiedad, de modo que yo no podía ya considerarme como dueño de mí
mismo y no tenía derecho alguno sobre mi persona. Finalmente, -con gran alivio
de Okeley-, su conciencia decidió que los títulos de mi amo estaban viciados en
la base. El hombre es un ser demasiado noble para ser sometido a la ley de la
oferta y la demanda, y nunca me había sido pedido mi asentimiento a todos
aquellos contratos. Tranquilizada su conciencia, Okeley se puso a preparar
cuidadosamente su evasión. Después de haberse confiado al señor Spratt y
obtenido su beneplácito y bendición, los conspiradores, pues eran varios que
participaban en el complot, comenzaron a construír una embarcación de tela,
cuyas partes, una vez terminadas, debían ser transportadas a la playa y
montadas allí para servirles -así lo esperaban- bajo la dirección de la divina
Providencia, de arca que los sustraería a las manos enemigas. El sótano donde
se celebraba el servicio divino les parecía el lugar más seguro para construír
la canoa, y llegado el momento propicio, confeccionaron allí un bastidor
desmontable de varias piezas, así como una envoltura de tela, cuidadosamente
untada con pez y destinada a ser tendida sobre la armazón. Las diversas partes
de la embarcación fueron llevadas a la playa por un esclavo que trabajaba de
lavandero y que transportó cada mañana algunos de los elementos de la canoa por
debajo de la ropa que iba a lavar, ocultándolos luego en un seto. De la misma
manera fue sacada de la ciudad y escondida junto al bastidor, la tela
alquitranada. Al fin, en una noche oscura, los siete ingleses se reunieron a la
hora y en el lugar conveniente. Rápidamente se montó la canoa y, al lanzarla,
los fugitivos comprobaron con la más viva alegría que la embarcación se
mantenía sobre el agua. Se desnudaron, entraron en el agua y comenzaron a
embarcarse; entonces tuvieron la terrible decepción de descubrir que el bote se
iba a pique cuando los siete estuvieron dentro. La experiencia les mostró que
cinco personas era lo más que podía soportar la canoa, y que era preciso dejar
a dos compañeros en tierra, para que los otros pudiesen salvarse. Comenzó el
viaje. Cuatro hombres tiraron vigorosamente de los remos, no pensando más que
en su salvación, mientras el quinto achicaba sin parar. Al despuntar el día,
descubrieron con horror que todavía se encontraban a la vista de los barcos
anclados en el puente. Milagrosamente, pasaron inadvertidos. Durante tres días,
los tránsfugas remaron así, viendo agotarse su pan y casi toda el agua potable.
Al cuarto día, -era en julio y hacía un calor sofocante- los cinco compañeros
habían llegado al límite de sus fuerzas cuando lograron coger una tortuga que
nadaba dormida en la superficie del agua. Bebieron su sangre y comieron su
carne. Esta colación los reanimó lo suficiente para permitirles empuñar de
nuevo los remos y seguir esperanzados rumbo a Mallorca y a la libertad. Por
fin, al sexto día, los exhaustos fugitivos vieron tierra, lo cual los alentó a
continuar remando; pero no fue sino al día siguiente cuando, casi moribundos,
se encontraron a salvo en Mallorca, donde fueron acogidos con gran bondad, alimentados,
vestidos y enviados luego a Cádiz a bordo de una de las galeras del rey de
España. En Cádiz encontraron un barco inglés que los devolvió a su país. En
septiembre de 1644, los esclavos fugitivos llegaron a los Downs. La conciencia
del señor Okeley le había causado dificultades que afortunadamente no
resultaron insuperables. Existe, sin embargo, otro relato que pone en evidencia
la conciencia de toda una tripulación. Estos hombres eran cuáqueros, temerosos
de Dios, que se vieron obligados por su fe a tramar su fuga de una manera poco
ortodoxa. La historia es narrada en un folleto escrito por uno de aquellos
marinos, un tal Thomas Lurting, y que lleva el juicioso título: El marinero
belicoso se convirtió en cristiano pacífico. En Agosto de 1663, Thomas Lurting
se hizo a la mar como primer piloto en una galeota que salía de Venecia con
destino a Inglaterra. El capitán, el piloto y la tripulación eran todos
cuáqueros y, de acuerdo con su fe, no llevaban armas a bordo. En aquella época,
precisamente, los piratas berberiscos desplegaban una actividad inusitada; pero
no obstante, el capitán había rehusado escuchar la sugestión de sus hombres de
esperar la salida de un convoy, insistiendo en hacer el vaje solo. Su barco se
encontraba a la altura de May- York -es así como los marinos del siglo XVII
pronunciaban el nombre de la isla de Mallorca-, cuando se vió perseguido y
capturado por un buque argelino. Ocho turcos fueron embarcados a bordo para
conducir la galeota y los prisioneros ingleses a Argel. Mientras duraba la
operación -dice Lurting-, yo no dejaba de meditar, y cuando me asomaba al
barandal para ver subir a bordo a los turcos, la palabra del Señor me atravesó
el espíritu bajo la forma de esta advertencia: No temas nada. No irás a Argel.
La señal recibida refociló a Lurting de tal manera que recibió a los turcos,
como si fuesen mis amigos y ellos se mostraron no menos amables hacia nosotros.
Aquello fue la primera sorpresa para los piratas. A continuación, el servicial
Lurting enseñó a sus visitantes todo el barco, así como el cargamento. Tuvo
igualmente la prudencia de advertir a sus hombres que harían bien en mostrarse
muy corteses hacia los turcos y en manifestar la mejor voluntad al obedecerlos,
dándoles a entender que se le ocurriría sin duda algún ardid para escapar de
ellos. Los turcos, encantados de haber tropezado con una tripulación tan
inusitadamente docil, se retiraron a la gran cámara dejando que los marinos
atendiesen a la navegación. Lurting reveló entonces su plan ante una
tripulación todavía un tanto cohibida. Su intención era encerrar a todos los
turcos en la gran cámara. Los marinos acabaron por aprobar este proyecto con
entusiasmo. Y tal fue la animación general que uno de los humildes cuáqueros,
olvidando durante un instante sus escrúpulos religiosos, declaró: Voy a matar
uno o dos. Mientras otro proponía cortar el pescuezo a cuantos se me permita.
El buen Lurting se sintió tan escandalizado que amenazó advertir a los turcos
si se volviese a hablar de matar. Finalmente, tras una prolongada discusión, se
puso manos a la obra: todos los turcos fueron atados sólidamente y los ingleses
se vieron de nuevo dueños de su barco. Parecería que la historia había
terminado en este punto. Pero no fue así. Lurting estaba convencido de que su
deber de buen cristiano y cuáquero le obligaba a poner en libertad a los
turcos. La dotación optaba por desembarcarles en Mallorca, que no se hallaba
lejos; pero Lurting no admitía tal cosa, pues en este caso se apoderarían de
sus exaprehensores y ahora sus prisioneros para venderlos como esclavos. Conque
propuso bajarlos a tierra en su propio país. Si esta solución parecía muy
sencilla a priori, su ejecución distaba mucho de serlo. Llegada la galeota
frente a la costa argelina se planteó la cuestión: ¿cómo desembarcar a los
turcos sin hacer exponer a los cuáqueros al riesgo de ser capturados de nuevo?
La tripulación discutió largamente, comunicando con el Señor para saber cómo se
podía bajar a tierra sin peligro a diez turcos en una canoa tripulada por tres
marinos. Era un problema difícil de resolver, y que hacía pensar en un
rompecabezas en que en cualquier momento, salvo uno solo, hay siempre más
negros que blancos en el bote. Finalmente decidieron llevar a todos los turcos
en un viaje, y para realizar tal operación, el ingeniero Lurting (que rechazaba
la sencilla y evidente solución de sujetarlos, pues afirmaba que sujetar a los
turcos sería exasperarlos) dispuso a los prisioneros de la siguiente manera:
Primero metió en la parte trasera de la canoa al jefe de los turcos con uno de
sus correligionarios a cada lado. Luego hizo sentarse sobre las rodillas de
estos tres, a los tres siguientes, y cuando todos quedaban instalados de esta
manera, se embarcó con tres marinos, de tal modo que dos de sus compañeros
remaban, mientras el tercero se sentaba por delante, armado de un hacha de
carpintero (únicamente para asustar a los turcos). En cuanto a Lurting,
gobernaría, empuñando con una mano el timón y un bichero con la otra. Al fin,
después de haberse encomendado al Señor, la tripulación se puso en marcha.
Tardaron mucho en llegar a la playa, tanto más cuanto que los marinos nerviosos
miraban a cada momento hacia atrás, creyendo ver asomar detrás de las rocas las
cabezas enturbantadas. Finalmente, después de interminables discusiones y
algunos accesos de pánico, la canoa fue encallada sobre la costa y bajados a
tierra los cautivos. Se les arrojó sus armas y medio quintal de pan. Los
turcos, desarmados por tal trato, o, tal vez, abrigando intenciones malévolas,
invitaron calurosamente a los marinos a acompañarlos hasta la vecina ciudad
donde encontrarían, vino y demás golosinas. El prudente Lurting rechazó la
propuesta, pero -añade-, nos separamos amistosamente y permanecimos junto a la
costa hasta que hubiesen subido a lo alto del acantilado. Ellos agitaron sus
turbantes en nuestro honor y nosotros contestamos de la misma manera. Entonces
la canoa regresó al barco, y no bien subidos a bordo, tuvimos una magnífica
brisa, cosa que no había ocurrido ni durante la estancia de los turcos con
nosotros, ni en muchos días anteriores. Esta recompensa de su buena acción no
les fue retirada hasta su anclaje a orillas del Támesis. La noticia se propagó
rápidamente y una multitud de curiosos subió abordo para oír contar a los
héroes mismos la historia de los cuáqueros que habían sido capturados por los
turcos y se habían rescatado sin haber tenido a bordo una sola arma. El propio
rey Carlos II y su hermano, el duque de York llegaron de Greenwich acompañados
por numerosos lores, para contemplar tan raro espectáculo. El monarca hizo
muchas preguntas acerca de los buques de guerra que cruzaban el Mediterráneo;
pero Lurting contestó fríamente: No hemos visto uno solo. Lo cual debió dejar a
Su Majestad y a su hermano almirante algo desconcertados. De cuando en cuando,
solían producirse tentativas desesperadas de fuga en masa; pero eran coronadas
raramente por el éxito, y el castigo, en caso de fracasar, era terrible.
Tenemos algunos relatos de tales huídas concertadas. Todos se parecen en el
detalle: una conspiración bien guardada, un vigilante sobornado o hecho
inofensivo, un navío conseguido a la fuerza o gracias a la complicidad de los
tripulantes, y, después, la carrera hacia un puerto amigo, con una lucha de
velocidad entre el perseguido y el perseguidor. Pero los ejemplos de fugas
llevadas a feliz término han sido raras. La mayor esperanza de los cautivos
residía en el rescate por sus amigos o por el gobierno de su país, o bien en el
intercambio por un número igual de prisioneros turcos. La carta de Thomas Sweet
es reveladora de las desgarradoras llamadas que se recibían constantemente en
las capitales europeas. Los dos más ilustres prisioneros que han caído en manos
de los piratas debieron su liberación al rescate. Ya hemos contado la historia
de Julio César. La otra es la de Miguel Cervantes. El inmortal español había
servido ya bajo las órdenes de Don Juan de Austria, en Lepanto, donde perdiera
una mano. Dos años después, asistió a la toma de Túnez y el año siguiente a la
de La Goleta. El 26 de Septiembre de 1575, mientras regresaba de Nápoles a
España con su hermano Rodrigo, su barco fue atacado por varias galeras piratas,
mandadas por Airnaut Memi, renegado albanés, y los dos fueron hechos
prisioneros. En Argel, Miguel fue vendido a un apóstata griego quien, al
registrar a su esclavo, descubrió una carta de recomendación a Don Juan de
Austria. El destinatario, gobernador de los Países Bajos y hermanastro del rey
de España, era uno de los hombres más influyentes de Europa, por lo cual el
griego, creyendo haber hecho un buen negocio, exigió un rescate cuantioso.
Entretanto el futuro autor de Don Quijote fue cargado de cadenas y tratado con
extrema crueldad. Cervantes, que era de temperamento inquieto e incapaz de
mantenerse inmóvil, soportaba penosamente su cautiverio, concibiendo sin cesar
planes de evasión. Todas sus tentativas fracasaron y después de cada una de
ellas la vigilancia se hacía más severa. Una vez casi tuvo éxito: había
ocultado en una gruta a unos cincuenta fugitivos, españoles en su mayoría,
logrando proveerlos de víveres para seis meses. Mientras tanto Cervantes se
comunicó con su hermano, cuyo rescate había sido pagado al cabo de dos años por
su padre, conveniéndose entre los dos que sería enviado un barco para buscar a
los trogloditas. Llegó el barco y el grupo estaba a punto de salir, cuando se
dió el alerta y su intento quedó frustrado. Cervantes cargó valientemente con
toda la responsabilidad, negándose a envolver a sus cómplices. El virrey Hasan,
un monstruo de crueldad, amenazó al español con todos los suplicios imaginables
para obtener de él los nombres de sus compañeros; pero el moro no pudo sacarle
una sola sílaba, quedando tan impresionado por el estoicismo del prisionero que
en vez de castigarlo, le compró por quinientas libras a su amo, un griego. Una
vez más Cervantes estuvo muy cerca de lograr su plan de evasión; pero en el
último instante fue traicionado por un monje dominico. Finalmente, al cabo de
cinco años, cuando ya iban a llevarle a Constantinopla, adonde acababa de ser
llamado Hasan, llegó el padre Juan Gil con el rescate: Cervantes era libre.
Hasta el viejo Morgan de Argel que odiaba a todos los papistas y a los
españoles, convenía en que Cervantes era un caballero valiente y emprendedor.
Si lo hubiese sido en menor grado, es seguro que las prisiones berberiscas
habrían acabado con la fuerza de su resistencia, infligiendo al mundo una cruel
pérdida. Un tercer prisionero ilustre, y el único santo que haya caído jamás en
manos de los corsarios africanos, fue San Vicente de Paula. Los piratas lo
apresaron cuando viajaba de Marsella a Narbona. Pasó entonces por todas las
emociones de un rapto y sufrió la degradación de ser puesto en venta públicamente;
pero le cupo la suerte de parar en manos de un comprador muy bondadoso, que
buscaba la piedra filosofal y que supo inspirar al santo cautivo gran interés
por la alquimia. Este hombre lo legó en su testamento a un sobrino suyo, y San
Vicente pudo gozar durante aquel segundo período de su cautiverio, del placer
de discusiones teológicas con un cismático ilustrado. Al fin, logró huir. El
relato de su cautividad es deliciosamente narrado por el propio santo en una
carta a un amigo, el señor De Commet: El viento -escribe San Vicente de Paula-
habría sido lo suficientemente favorable para llevarnos a Narbona, distante
cincuenta leguas, si Dios no hubiese permitido a tres navíos turcos que
cruzaban el Golfo del León, darnos caza y atacarnos con tanta violencia que
tres de mis compañeros resultaron muertos y heridos los demás, incluyéndome a
mí, pues recibí un flechazo cuya herida me marcó para siempre. Así, pues, no
quedaba más remedio que entregarnos a aquellos asaltantes más feroces que los
tigres y que en el primer arrebato de su furia cortaron a nuestro piloto en mil
pedazos, vengándose así de la pérdida de uno de los suyos. Al cabo de siete u
ocho días, hicieron rumbo hacia la costa berbera, guarida de los ladrones del
Gran Turco, y llegados allí fuímos puestos en venta con un certificado de
captura a bordo de un barco español, pues de otro modo habríamos sido
libertados por el cónsul enviado allí por el rey para salvaguardar el comercio
francés. Nos hicieron desfilar por las calles de Túnez que es la plaza donde
nos ponían en venta, y después de haber dado cinco o seis veces la vuelta a la
ciudad con una cadena al cuello, fuimos devueltos a bordo, habiendo mostrado
así a los mercaderes que no recibimos herida mortal alguna.
A mí me vendieron a un pescador, el cual me revendió a su vez a
un viejo alquimista, hombre de gran dulzura y humildad. Mi nuevo amo me contó
que había consagrado cincuenta años de su vida a la búsqueda de la piedra
filosofal. Mi trabajo consistía en mantener el fuego de diez o doce hornillos,
y en este servicio, ¡a Dios gracias!, encontré más goce que pena. Mi amo me
tenía mucho cariño; le gustaba hablarme de alquimia y más todavía, de su fe, y
empleaba todos sus esfuerzos en hacer aceptármela, prometiéndome riqueza y
todos los secretos de su ciencia. Dios me hizo conservar mi fe recompensándola
con la redención, la cual ha sido a no dudar la respuesta a las incesantes
súplicas que yo le dirigía a El y a la Santa Virgen (a cuya intervención estoy
seguro de deber mi libertad). Viví al lado de aquel anciano desde el mes de
septiembre de 1605 hasta agosto del año siguiente, época en que fue llamado a
trabajar al servicio del Sultán, pero inútilmente, pues murió de tristeza
durante el viaje. Me dejó a su sobrino, el cual me vendió a poco tiempo de la
muerte de su tío, asustado por el rumor de que el señor De Breve, embajador del
rey, vendría provisto de poderes por parte del Gran Turco para libertar a los
esclavos cristianos. Me compró un renegado de Niza, en Saboya, y fuí conducido
por él a su domicilio en medio de las montañas, en una región excesivamente
calurosa y árida. Una de sus tres mujeres, griega y cristiana, aUnque
cismática, y de una inteligencia muy desarrollada, sintió profunda simpatía por
mí; tal cosa sucedió también y en grado mucho mayor, con otra de ellas, una
turca, pero que por la misericordia de Dios se convirtió en el instrumento
mediante el cual su esposo fué ar.rancado a su apostasía, volviendo al seno de
la Iglesia y luego librándose de la esclavitud. Su curiosidad hacia nuestras
costumbres la conducía todos los días al campo donde yo trabajaba, y acabó por
pedir que le cantase himnos de mi Dios. El pensar en el Quomodo cantabimus in
terra aliena de los hijos de Israel cautivos en Babilonia me hizo entonar con
ojos húmedos el salmo Super Ilumina Babylonis y Salve Regtna y muchos otros
cánticos, que escuchó con asombroso interés. La misma noche insistió ante su
marido en que había hecho mal en abandonar su religión que ella estimaba buena
después de la descripClOn de Dios que yo le había hecho, y de los himnos a El,
que le había cantado. Añadió que al oírlos había experimentado tan violenta
sensación de deleites que no podía creer que el paraíso de sus padres, aquel al
que esperaba ir algún día, pudiese ser tan magnífico y capaz de causarle
sensaciones iguales. Esa nueva representación del asno de Balaam produjo tal
efecto en su esposo que al día siguiente le declaró que no esperaba más que una
oportunidad para refugiarse en Francia y que antes de transcurrir mucho tiempo
iría tan lejos como fuera preciso para obtener la gloria de Dios. El breve
período que anunciaba duró diez meses, durante los cuales sólo me ofreció vanas
esperanzas; mas al cabo de este plazo emprendimos la fuga en una pequeña
embarcación y llegamos a Aigues-Mortes el 28 de junio. Después, nos fuimos
pronto a Aviñón, donde Monseñor, el vicelegado, con lágrimas en los ojos y
sollozos en la voz, procedió a la reintegración del renegado a la Iglesia de
San Pedro, por la gloria de Dios y con la edificación de todos los asistentes.
Monseñor nos conservó a los dos a su lado hasta que pudo llevarnos a Roma,
adonde se fue en cuanto hubo llegado su sucesor en el cargo que seguía
asumiendo desde hacía tres años. Había prometido al penitente conseguir su
admisión al convento de Fate ben Fratelli -donde el saboyano, en efecto, hizo
sus votos a poco tiempo-, y a mí, encontrarme un buen empleo. La razón del
afecto y estimación que me manifestaba era que le había revelado ciertos
secretos de la alquimia, los cuales aquel dignitario había buscado en vano
durante toda su vida. Se habla tanto de los horribles efectos que causaba en
los cautivos cristianos la ruda existencia de esclavos, que es grato referir un
caso contrario: el de un prisionero cuya salud mejoró de una manera manifiesta
durante su cautiverio entre los corsarios berberiscos. Esta excepción concierne
a sir Jeffery Hudson, un enano de la corte de Carlos I. En 1630, Hudson fue
enviado a Francia con la misión de escoltar a una partera llamada a su país
para cuidar a la reina de Inglaterra durante su próximo alumbramiento. La reina
era la misma Enriqueta María, hija de Enrique de Navarra, cuyo nacimiento había
sido anunciado por Simón de Danser en 1609, y el niño que esperaba había de ser
el rey Carlos II de Inglaterra. Cuando el enano cruzaba el Canal en compañía de
la partera y el maestro de baile de la reina, su barco fue capturado por un
pirata flamenco, el cual les llevó a Dunquerque. Hudson perdió, además de la
comadrona, dos mil quinientas libras. Rescatado, tuvo la mala suerte de ser
nuevamente raptado en 1658, esta vez por los argelinos. Es uno de los raros
casos en que se ve sufrir a una misma persona dos cautiverios. Felizmente salvo
de nuevo y regresado a Inglaterra, se quejó ante el rey de un infortunio
singular: ¡Su estatura que antes de ser llevado a la esclavitud, había medido
tan sólo dieciocho pulgadas, había crecido hasta tres pies seis pulgadas a
causa de los trabajos forzados a que lo sujetaran los pirratas! Ese hombrecillo
único tuvo en su vida bastantes aventuras para satisfacer a un gigante. En
París, al principio de su carrera, se había creído insultado por un tal Crofts.
El bueno de Jeffery -decían entonces sus contemporáneos- tal vez sea un enano,
pero no es un cobarde. El otro, lejos de tomar el asunto en serio, llegó al
lugar del encuentro teniendo por toda arma una jeringa. El enano, furioso, le
mató de un disparo. Tanto si uno se coloca en el punto de vista de su
adversario como si se adopta el suyo propio, parece que aquel duelo no habría
podido llevarse a cabo en condiciones justas: por una parte, las dieciocho
pulgadas del enano le convertían en un blanco difícil de acertar; pero por otra
parte, debe haber tropezado con cierta dificultad al descargar un arma mortífera
casi tan grande como él mismo.
Durante todo el siglo XVII, el Parlamento y los oficiales de la
Corona se veían abrumados de peticiones públicas y privadas a favor de
tentativas de rescatar a uno u otro cautivo infeliz o, al menos, de un arreglo
con sus raptores, tendiente a aliviar sus sufrimientos. No era raro ver ante la
entrada de la Cámara de los Comunes nutridos grupos de mujeres e hijas de
prisioneros, llegadas para llamar la atención de los miembros sobre su miseria.
Los esclavos, si se exceptúa al relativamente reducido número de los que tenían
parientes acomodados, dependían de la parsimoniosa caridad del gobierno inglés.
De cuando en cuando, se levantaban en el país tales gritos que el Parlamento se
apresuraba a recaudar fondos especiales, habitualmente bajo forma de una tasa suplementaria
sobre las mercancías importadas, para pagar a los turcos la liberación de los
prisioneros. Recurríase, sin embargo, también a otros medios. En 1624, la
Cámara de los Lores dió instrucción a la de los Comunes, de autorizar la
organización, en todo el Reino, de colectas destinadas al rescate de los
cautivos ingleses. Los mismos lores, ansiosos de dar un ejemplo, procedieron a
tal colecta entre los miembros de la Cámara Alta, subscribiendo los barones
veinte chelines y los pares de rango más elevado, cuarenta. Los Comunes
concurrieron con una resolución según la cual cada diputado que llegara con
retraso a las oraciones debería pagar una multa cuyo producto se entregaría a
las pobres mujeres congregadas todos los días frente al Parlamento. Por desgracia,
gran parte del dinero destinado a la redención no se empleaba en este fin, sino
que era sustraído por la marina. Así se averiguó en 1651 que de las 69,296
libras asignadas para rescates, 11,109 solamente habían servido para libertar
esclavos; el resto había ido a las cajas de la Marina Real para pagar deudas.
Conviene tener en cuenta, sin embargo, que la simpatía hacia los cautivos no ha
sido tan general como se podía suponer y que este hecho explica, tal vez, la
mencionada conducta de los gobernantes. Durante mucho tiempo, tanto Inglaterra
como el Continente han sido infestados de hombres desmoralizados por la
esclavitud berberisca, y gran número de ellos mostraban ser tan ineptos para
cualquier empleo normal que se generalizó la impresión de que los rescatados no
eran sino bribones que recorren toda Europa pidiendo limosna y exhibiendo
cadenas y hierros que no han llevado nunca en Africa. Era la habitual reacción
de los hombres ante una miseria demasiado familiar. Constantemente se ideaban y
sometían a la Cámara de los Comunes proyectos tan ingeniosos como diversos,
encaminados a poner término a la cuestión de los cautivos. El autor de uno de
estos planes, luego de intentar demostrar que los judíos de Argel constituían
la causa primera de toda la calamidad, siendo ellos los capitalistas que
costeaban las incursiones piratas, y los principales utilizadores de esclavos,
proponía la promulgación de una ley tendiente a indemnizar cualquier pérdida
sufrida por los ingleses por culpa de los corsarios, a expensas de los judíos
de Inglaterra. Hacía suya la creencia, todavía muy popular en ciertas partes,
de que todos los judíos del mundo estaban coligados y que el castigo de los
judíos ingleses sería interpretado como derrota por sus correligionarios
argelinos. Puesto que la entrada de judíos en Inglaterra estaba prohibida desde
la era de Cromwell, es de dudar que la medida propuesta hubiese podido resultar
eficaz. Se crearon en Inglaterra varias obras caritativas cuyo fin era la
redención de los esclavos y que se sostenían principalmente mediante legados.
En 1724, un tal Thomas Betton dejó la totalidad de su gran fortuna a la
Compañia de los Negociantes de Hierro Viejo, cuyo miembro había sido el
difunto, prescribiendo que la mitad de las rentas fuese gastada cada año en
rescatar a esclavos británicos en Turquía y en los países de la costa
berberisca. La primera organización europea consagrada al rescate de cautivos
fue la Orden de la Santa Trinidad y de la Redención de los Esclavos, creada a
fines del siglo XII por Jean de Matha. Al cabo del primer año, su fundador
había sacado de Marruecos ciento veinticinco esclavos. Durante varios siglos
los buenos padres de la orden, vestidos de trajes blancos con cruces azules y
encarnadas sobre el pecho, prosiguieron intrépidos su peligroso oficio de
mediadores ante los piratas. El padre Dan, cuya Historia de los Corsarios ya
hemos citado en las páginas precedentes, fue uno de sus miembros. Con el tiempo
se unieron a aquella congregación los dominicos y los franciscanos. Estos
monjes no se limitaban a rescatar a los prisioneros; hacían mucho para aliviar
la suerte de los cautivos estableciendo hospitales y construyendo capillas para
celebrar misas. Como resultado, los esclavos católicos gozaban de condiciones
mejores que las de los protestantes, y sucedía que a estos últimos se les hacía
sentir demasiado la diferencia: cierta vez, habiendo convenido los padres de la
Redención un pago de tres mil duros por tres cautivos franceses, el dey, en un
acceso de generosidad, se declaró dispuesto a añadir a un cuarto gratuitamente;
mas los padres lo rechazaron porque era luterano. Posteriormente, los
protestantes fundaron una organización análoga, la Asociación Antipirata, cuyo
presidente fue Sir Sidney Smith, que cumplió meritoriamente con su misión hasta
que los cañones de Inglaterra, de Francia y de Norteamérica acabaron por
quitarle toda razón de ser.
LIBRO SEGUNDO
CAPÍTULO I LOS
VIKINGOS Y LOS PIRATAS ANSEATICOS
Los marinos norteños conocidos bajo el nombre de vikings
comenzaron a infestar las costas de la Europa durante la Edad Media. El apogeo
de su poderío coincide con los comienzos del siglo XI. Más tarde, los vikings
se fraguaron una cadena de colonias extranjeras, que se extendía desde Escocia
hasta el estrecho de Mesina. La palabra viking por sí misma significa espumador
del mar o pirata; pero aquellos filibusteros escandinavos eran algo más que
vulgares bandidos: poseían una organización propia y un código estricto de
leyes aplicadas al reparto del botín y preveían castigos en casos de desorden,
de felonía y de hurto. Para el joven normando de familia opulenta, el
participar en una expedición de los vikings era considerado como parte de su
educación. Crueles y salvajes aun a los ojos de una época cruel y salvaje, los
normandos poseían, sin embargo, un sentido desarrollado del gobierno y un
talento colonizador (aunque no siempre en el sentido de la adhesión a la
metrópoli). Han dejado un sello indeleble de su presencia en todas partes donde
se establecieron y sobre todo en Normandía e Inglaterra. Sus navíos, vistos con
ojos modernos, no eran marineros. Y sin embargo los vikings emprendieron a
bordo de ellos travesías de altura, no solamente al Mediterráneo, sino incluso
hasta la costa de América, y eso quinientos años antes de Colón. Eran
embarcaciones largas y estrechas, de escaso calado, y puntiagudas en ambos
extremos. Movidas con remo, llevaban, además, un palo provisto de una gran vela
cuadrada que se izaba cuando lo permitían el viento y el mar. Los primeros
barcos no llevaban más que diez remos a cada lado, y eran tripulados por
sesenta hombres que se relevaban a nado. Posteriormente, al construirse naves
de mayor tamaño, se emplearon hasta sesenta remeros a la vez. Contrariamente a
las galeras del Mediterráneo, los buques vikings no llevaban a bordo sino
hombres libres, todos guerreros experimentados. De los dos flancos del navío
colgaban los redondos escudos de los vikings, pintados con los emblemas heráldicos
de sus dueños. Las armas de los normandos eran el chuzo, el venablo, el hacha,
el arco y la espada, y su armadura, la cota de mallas. La primera aparición en
gran escala de vikings en la costa de Inglaterra tuvo lugar en el año 789 de
nuestra era. Tres buques normandos llegaron a las playas de Dorset y
desembarcaron un destacamento de guerreros que dieron muerte al Baile,
saquearon los parajes y huyeron. Desde aquel día, las incursiones sobre
Inglaterra, Escocia e Irlanda se convirtieron en acontecimientos anuales, y
pronto los normandos acabaron par establecerse en las islas frente a la costa
(era su costumbre favorita) desde las cuales les resultaba fácil emprender
golpes de mano contra la tierra firme, robando todo cuanto necesitaban:
víveres, mujeres y hasta monjes. Finalmente, pasaron a conquistar los
territorios adyacentes, y a echar raíces allí, casándose con mujeres del país y
constituyéndose comunidades independientes, cuya principal ocupación continuaba
siendo la piratería. Esta fue la forma en que se completó la conquista de
Inglaterra, como veremos a continuación. Irlanda recibió la primera visita de
los norteños en 795, año en que los vikings se apoderaron de la isla de Lambay
en la bahía de Dublín, desde donde se emprendieron luego constantes incursiones
por el país. El más formidable de los invasores vikings de Irlanda fue Turgesio
que extendió progresivamente sus conquistas hasta hacerse dueño de la mitad de
la isla. Nombró entonces a su mujer gran sacerdotisa del más famoso y más culto
de los monasterios irlandeses, el de Clonmacnoise. Turgesio fue muerto en
combate en 845, pero dejó dos colonias, una en Dublín y otra en Waterford. Por
entonces los piratas habían alcanzado Escocia, suprimiendo todas las
comunidades de la costa occidental de aquel país. A mediados del siglo IX
veíase a los normados en busca de una presa más rica que las Islas Británicas.
Habiéndose aventurado a ir río arriba por el Escalda, el Rin, el Soma y el
Sena, conquistaron en 912 el país que desde entonces lleva el nombre de
Normandía. Desde allí sus sucesores emprendieron en 1066 la segunda invasión de
Inglaterra. Mientras tanto, Hamburgo había sido quemado, y las flotas de los
vikings hicieron rumbo a España. Desde allí pasaron a la costa africana que
abrigaría en siglos venideros una raza de corsarios más temibles todavía, y
gradualmente se extendieron hacia el Este, alcanzando las desembocaduras del
Ródano y aproximándose cada vez más a Italia. Hasta el momento en que se
detuvieron para disfrutar de sus dispersas conquistas, los normados continuaron
siendo el terror de los pobladores de todas las costas de la cristiandad, y a
las letanías de los contemporáneos venía a añadirse la fervorosa plegaria: A
furare narmanarum libera nos La liga anseática, una de las instituciones más
célebres de la Edad Media, tiene su origen en el terror que inspiraban los
piratas norteños. En 1241, las ciudades de Hamburgo y de Lubeck se coligaron
ansiosas de proteger sus mercantes contra los asaltos de los corsarios
emboscados en los estuarios de los ríos alemanes que desembocan en el Mar del
Norte y en el Báltico. Poco a poco se adhirieron otras ciudades libres, y el
poderío de la Liga se acrecentó rápidamente. Al fin, su cuartel general se
instaló en Wisby, puerto de Gotlanda. Se siguió una larga historia de luchas
entre la Liga y los piratas, en el curso de la cual prevaleció la primera; mas
como en los tiempos medievales, los navegantes acostumbraban representar todo
género de papeles en el mar y dada la irresistible tentación de desviarse del
camino recto del combate legal y del comercio, los marinos hamburgueses no
tardaron en aprender el mismo oficio que les incumbía suprimir, y acabaron por
ejercerlo tan hábilmente como sus mejores modelos. El comercio de Inglaterra
que comenzaba a desarrollarse, se resintió particularmente con sus andanzas
durante la segunda mitad del siglo XIV; pero como en aquella época los
corsarios ingleses a su vez se habían convertido en los peores enemigos de la
navegación, las quejas resultaban ser más o menos iguales de ambos lados. Al
leer los relatos de aquellos tiempos, se siente uno inclinado a preguntarse
cómo los mercaderes del Mar del Norte lograban hacer negocios en tales
circunstancias. Es probable que compensasen sus perdidas, en parte, aumentando
sus precios, y en parte con un poco de piratería a escondidas, procedimiento
que les permitía recuperar en un lado lo que perdían en otro. Durante la
segunda mitad del siglo XIV surgieron en el Mar del Norte dos piratas
anseáticos particularmente célebres: Godeke y Stortebeker, cuyos nombres
aparecían en innumerables demandas de indemnización, formuladas por mercaderes
y propietarios de barcos capturados. Los dos señores eran tanto asesinos como
ladrones; pero Stortebeker, gentilhombre arruinado y borrachín (su nombre
significa el que apura un jarro de un solo trago) era peor que el otro, aunque
le aventajara como pirata. La pareja acabó por volverse contra sus patrones,
pasando a trabajar por su propia cuenta. Tal cosa no debía sorprender a la
Liga, puesto que ella misma había adoptado la peligrosa política de alentar la
piratería firmando, con motivo de sus guerras contra Dinamarca, alianzas con
corsarios; la misma política miope que practicarían más tarde los países
europeos frente a los berberiscos. GOdeke y Stortebeker se adhirieron a otros
dos bandidos, Moltke y Manteufel (el hombre demonio), formando una pandilla que
adoptó el nombre de Vitalienbrüder (Hermanos Abastecedores, o, más
familiarmente, los Amigos de Dios y Enemigos del Mundo). La cofradía reclutaba
sus tripulaciones entre la hez de todos los puertos del Báltico y se hacía más
temible de año en año. En 1392, fue ya lo bastante fuerte para saquear y quemar
Bergen, por entonces ciudad principal de Noruega, raptando a los negociantes
más ricos y exigiéndoles cuantiosos rescates. Ningún barco mercante regular del
Báltico o del Mar del Norte podía esperar vencer en carrera o en combate un
buque de la hermandad, y después del saqueo de Bergen, se abandonaron las más
importantes pesquerías de arenques porque ningún barco de pesca se atrevía a
salir. La amenaza que pesaba tanto sobre las vidas como sobre los negocios de
los mercaderes asumió aspectos tan graves que hubo de intervenir la Corona: se
enviaron algunas expediciones para acabar con aquel azote. La primera, equipada
por la reina Margarita de Suecia, con la ayuda de Ricardo II de Inglaterra,
fracasó por completo. La siguiente, puesta en pie en 1394 por las ciudades de
la Ansa y cuyos treinta y cinco buques de guerra llevaban a bordo tres mil hombres,
no tuvo, al luchar contra sus propias criaturas, sino un éxito mísero. Al fin,
en 1402, los Abastecedores fueron reducidos. Saliendo bajo el mando de Simón de
Utlrecht que llevaba en el palo mayor de la capitana el emblema de la Vaca
Abigarrada, -hasta hoy en día es un nombre favorito de los barcos
hamburgueses-, la armada de Hamburgo dió con los piratas y los dispersó. Su
capitán, Stórtebeker, fue capturado vivo, llevado a Hamburgo y ejecutado
públicamente. Contábase en la época del acontecimiento, que el palo mayor de su
buque era hueco y estaba lleno de oro fundido de un valor tan fabuloso que la
venta del tesoro bastó no solamente para cubrir los gastos de la expedición y
pagar indemnizaciones a los mercaderes perjudicados, sino para confeccionar además
una corona de oro puro, destinada a adornar la iglesia de San Nicolás, templo
de los navegantes.
CAPÍTULO II LOS
PRIMEROS PIRATAS INGLESES
Puesto que la caza inglesa tiene en sus venas la sangre de los
piratas más intrépidos de la historia, -normandos, sajones y daneses-, no es de
extrañar que se convirtiera con el tiempo en la primera nación de corsarios.
Pero mucho antes de la conquista y organización de su isla por los invasores
llegados de allende el Mar del Norte y del Canal, los británicos gozaban ya, en
el extranjero, fama de sobresalir en el arte al que habían de dar sus más
ilustres representantes. Es la maldad de las poblaciones ribereñas del sur de
Inglaterra la que tiene la culpa de la invasión de Gran Bretaña por Julio César
en el año 55 antes de nuestra era. Los feroces piratas venecianos se habían
hecho demasiado molestos al conquistador de Galia, pues gran parte de sus
fuerzas era reclutaba al otro lado de la Mancha. César se dió cuenta de que el
medio más seguro de someter a los venecianos consistía en aplastar primero a
los británicos: y sobrevino la invasión. Esta es una enseñanza de la que Felipe
II habría podido derivar gran beneficio dieciséis siglos más tarde, si hubiese
invadido Inglaterra antes de agotarse en su tentativa de reducir las sublevadas
provincias neerlandesas.
Tanto los navíos de los venecianos como los de los británicos
eran de poco calado, construídos sólidamente de roble unido con pedazos de
hierro y provistos de anclas sujetas con cadenas en vez de cuerdas. Aunque
dotadas de remos, estas embarcaciones contaban principalmente con sus velas de
piel curtida. Sus puentes tenían un pie de espesor y por pequeños que fuesen
estos barcos, estaban construídos tan sólidamente que los romanos no podían
echarlos a pique con su método favorito del acicate. No fue sino hasta el
momento en que comenzó a destruir el aparejo de los piratas con ganchos
acerados y encabadas sobre berlingas, cuando César logró derrotarlos en el mar.
Hacia el año 43 de nuestra era, la conquista de Inglaterra por los romanos
quedaba terminada y durante más de trescientos años el país formó parte del
Imperio. La piratería, sin embargo, continuó floreciendo aún bajo la dominación
imperial y a despecho de la formidable classis britannica que poseía Roma. No
fue sino durante el reinado del emperador Maximiliano, en 286, cuando se
tomaron medidas eficaces para asegurar el control de los estrechos. Se organizó
y se llevó a cabo una expedición con las características del famoso espíritu
realista de los romanos. El mando fue confiado a Marco Aurelio Caurasio, que
desde niño estaba familiarizado con las aguas cuya policía iba a asumir. Desde
su base en Boloña, Caurasio patrullaba hacia Oeste y hacia el Norte a través
del Canal, y a poco tiempo tenía arrinconados en sus respectivas madrigueras a
los piratas francos y nórdicos. Caurasio era no se sabe si escocés o belga. De
joven había servido como piloto, y gozaba reputación de ser un marino de gran
clase. Posteriormente pasó al ejército romano, donde su talento y fuerza de
voluntad le llevaron rápidamente a la cúspide de la jerarquía. Mas las
recompensas que le valían su mérito profesional pronto le parecieron mediocres
e hizo como tantos, otros antes y después de él: se puso de acuerdo con los
piratas, ofreciéndoles protección a cambio de una parte de su botín. Enterado
el gobierno de su traición, fue condenado a muerte; pero prevenido a tiempo,
cruZó la Mancha y se refugió en Inglaterra. Allí se proclamó jefe independiente
y vió adherírsele tanto la legión romana estacionada en la isla, como gran
número de piratas francos. Durante siete años, asumió así un papel de rey de
corsarios de Gran Bretaña, construyendo una flota suficientemente grande para
derrotar la armada romana enviada para capturarle. Fue asesinado en 293, -según
el modo practicado Con los emperadores romanos- por el prefecto de su propia
guardia. La caída del Imperio cogió a Inglaterra de improviso. Incapaz de
defenderse contra las invasiones de los pictos y los escoceses, vió infiltrarse
pronto en todo el país también a los piratas norteños. Estos últimos, durante
varios siglos después de la salida de los romanos, utilizaron las desgraciadas
islas como terreno de caza, devastándolas con golpes de mano y saqueos y
estableciéndose allí cada vez más sólidamente. Las depredaciones de los piratas
nórdicos fueron detenidas pasajeramente bajo el reinado de Alfredo. Gracias a
una administración enérgica, el país recobró la tranquilidad y fuerza
necesarias para su defensa. En 897, Alfredo comenzó la creación de la primera
marina inglesa. Si podemos dar crédito a la Crónica Sajona, sus navíos fueron
de tipo nuevo y aproximadamente dos veces más grandes que los anteriores,
siendo movidos por sesenta y aun más remos. Se promulgó una ley según la cual
todos los normandos debían ser tratados como piratas y exterminados sin
compasión. Así se puso fin al regateo que constituían las compras de
extensiones temporales a cambio de tributos. La eficacia de las medidas
decretadas por Alfredo se reveló bajo el reinado de su nieto Atelstán quien
condujo la flota inglesa contra una fuerza de invasión danesa, que saqueaba
Sandwich, y la derrotó en la primera auténtica batalla naval de la historia de
Inglaterra. Nueve buques enemigos fueron capturados y el resto dispersado a los
cuatro vientos. La enseñanza pasó desaprovechada. Cuando en 991 volvieron los
daneses, hallaron al rey Etelred ocupado en ganarse el título de mal aconsejado
que añadiría a su nombre la posteridad. Los invasores saquearon la costa de
Essex sin encontrar más que una resistencia blandísima; y fue preciso comprar
su salida pagando diez mil libras, suma que fue recaudada mediante una
contribución denominada el danegeld. Reaparecieron a poco tiempo, y hacia 1014,
todo el país se hallaba en sus manos. El indolente Etelred se vió obligado a
buscar su salvación fugándose a Normandía. Los nuevos amos traían por lo menos
una ventaja: un poderío naval que durante mucho tiempo aseguró al país una
inmunidad relativa frente a las incursiones ulteriores de los piratas. Hacia
fines de la Edad Media, mientras Inglaterra ocupaba un lugar cada vez más
importante entre las naciones europeas, al mismo tiempo que su comercio se
encontraba en pleno desarrollo, la piratería floreció como nunca en los mares
contiguos y sobre todo en el Canal. Durante el reinado de Enrique II, los riesgos
que los bandidos irlandeses, escoceses, valones y franceses hacían correr a los
mercantes en las rutas entre Inglaterra y Francia, llegaban a ser tales que los
barcos apenas osaban salir de los puertos. El fenómeno familiar de la
desaparición del comercio y del alza de precios se acentuó. Bajo el reinado de
Enrique y de sus sucesores Eduardo I y Eduardo II, se logró conjurar una vez
más la peor de las calamidades gracias a una extensión de la flota y una
enérgica política naval. Mas a la muerte de Eduardo II, el Rey del Mar, en
1327, la marina entró en decadencia; gran número de los mejores buques fueron
vendidos, y volvió a comenzar la vieja historia. Finalmente, los mercaderes de
las ciudades marítimas tuvieron que recurrir a sus propias fuerzas, imitando el
ejemplo de la Liga Anseática, como único medio de evitar el estrangulamento de
su comercio. Tal fue el origen de la Liga de los Cinco Puertos. La coalición
primitiva, que databa de más de un siglo, incluía las cinco ciudades de
Hastings, Romey, Hythe, Dovres y Sandwich, a las que se unieron posteriormente
las dos antiguas villas de Winchelsea y Rye. Su misión era proteger el litoral
sudoccidental de Inglaterra y ejercer la policía en los mares circuridantes. A
cambio de tales servicios les eran concedidos por la corona ciertos
privilegios. El oficial más alto de la federación asumía el cargo de almirante
de los Cinco Puertos, que hasta en nuestros días continúa teniendo su
residencia en el castillo de Dovres.
Una de las prerrogativas más provechosas de la Liga consistía en
el derecho de saquear todos los mercantes que navegaban por el Canal, salvo los
ingleses. Es fácil adivinar las consecuencias. Los buques de guerra de los
Cinco Puertos interpretaban tal privilegio a su manera, y pronto los barcos de
las potencias amigas e incluso los ingleses comenzaron a resentirse de la
protección asumida por la Liga. La situación en la Mancha y hasta en el Mar del
Norte bajo el régimen de los piratas autorizados se convirtió en peor de lo que
había sido antes. Los altos funcionarios de las ciudades mismas llegaron a ser
capitanes de ladrones. En 1322, para citar un solo ejemplo, el alcalde de
Winchelsea, Roberto Battayle, robó a dos mercaderes de Sherborne su barco con
todo el cargamento. No transcurría un año sin que el Consejo de la Corona se
viera abrumado de innumerables reclamaciones de ese género. Pronto el gobierno
estuvo harto de sus propias criaturas y pasó a castigarlas con severidad. Vemos
en 1435 a un tal William Morfote, miembro del parlamento de Winchelsea,
implorando el perdón del rey por haberse escapado del castillo de Dovres, donde
había sido encarcelado como culpable de actos de piratería, cometidos con un
navío tripulado por cien hombres suyos. Las demás ciudades marítimas de
Inglaterra manifestaban naturalmente un vivo resentimiento ante los privilegios
de los Cinco Puertos y la desenvoltura con la que éstos los interpretaban. En
cierta ocasión, su rencor se acaloró hasta el punto de hacer estallar una batalla
entre la escuadra de Yarmouth y la de los Cinco Puertos en un momento en que
una y otra luchaban contra un enemigo común; y la riña armada no finalizó hasta
que veinticinco barcos de Yarmouth habían perecido presa de las llamas. El
incidente dió lugar, durante cerca de doscientos años, a violentas
recriminaciones, y el resultado de la creación de aquella policía del Canal fue
hacer que la última fase de la piratería pareciera mucho más intolerable que
las anteriores. Los rivales más intratables de los Cinco Puertos eran, con
mucho, las ciudades de Devon y de Cornualles. Las depredaciones de los hombres
del Oeste se habían limitado, al principio, a las villas y aldeas vecinas y a
mercantes que pasaban a poca distancia de sus puertos; pero muy pronto los
marinos de aquellas dos comarcas se mostraron más audaces, extendiendo su radio
de acción en busca de nuevas víctimas y llegando a saquear la costa francesa de
enfrente. Los bretones no eran gente para aceptar sin respingo tamaño trato, y
los asaltantes del Oeste no tardaron en darse cuenta de que tendrían trabajo de
sobra para defender sus propias casas. La actividad de los corsarios bretones
sale del cuadro de este capítulo; pero uno de ellos, por ser el personaje tal
vez más romántico que jamás haya mandado un buque pirata, merece una breve
digresión. El 2 de agosto de 1343, el señor Olivier de Clisson, uno de los
nobles más influyentes de Nantes, acusado de intrigas con los ingleses, fue
llevado a París y decapitado. Su cabeza fue devuelta a Nantes y colgada de la
muralla de la ciudad, -advertencia familiar en aquellos tiempos. La viuda de
Olivier, Jeanne de Belleville, célebre por su belleza en todo el reino de
Francia, juró vengar la muerte de su marido. Hipotecó sus bienes, vendió sus
alhajas y los muebles de sus castillos y con el dinero así reunido compró y
equipó tres sólidos navíos. A la cabeza de esta escuadrilla, la Dama de Clisson
-por ese nombre es conocida en los anales de la piratería- se puso a surcar el
mar, concediendo una atención especial a la costa de Francia, no dando cuartel
a ninguna de sus víctimas, cortando cabezas, hundiendo buques, y quemando
aldeas. En los encuentros navales, siempre era la primera en subir al abordaje
del enemigo, teniendo al lado a sus dos hijos, jóvenes tan gallardos y tan
feroces como su madre. Desgraciadamente, su fin no nos es conocido. Dartmouth
fue una de las principales víctimas de las incursiones por parte de los
corsarios franceses. En 1399, John Hawley, el héroe de la historia marítima de
Dartmouth, decidió emprender una expedición contra aquella chusma pestilencial.
Fletó todo el tonelaje disponible en el puerto de Dartmouth y se hizo a la mar,
rumbo a las costas de Normandía y Bretaña. Esta guerra sostenida por capitanes
mercaderes tuvo resultados felices para todo el mundo, menos para los
franceses. Hawley capturó treinta y cuatro de sus barcos con los cargamentos
que incluían, entre otras mercancías, mil quinientos barriles de vino; de
suerte que, al festejar la victoria, Dartmouth se encendió bajo el efecto de
los deliciosos vinos de Francia. Hawley fue un típico ejemplo de los mercaderes
aventureros que combinaban, y no sin resultados remuneradores, el comercio con
la piratería. Se hizo en extremo rico y se distinguió al servicio de su país
como suplente del almirante. Mientras cumplía con esta función, no desatendía
sus negocios privados. Así es como, en 1403, salió con algunos buques armados,
de Dartmouth, Plymouth y Bristol para una pequeña expedición estrictamente
personal, de la que regresó enriquecido con siete galeras genovesas y
españolas. Harry Pay, de Poole, en Dorset, un contemporáneo de Hawley, se hizo
aún más célebre que éste. A muchos respectos, Pay fue el precursor de los
métodos practicados por Drake doscientos años más tarde. Llegó a ser el azote
de los españoles, bajo el nombre de Arripay. Desde fines del siglo XIV hasta
principios del XV, Pay devastó constantemente la costa de Castilla; pero lo que
sublevó más que nada la indignación de toda España, fue el robo del Santo
Crucifijo de la iglesia de Santa María de Finisterre. Ocasionalmente, y lo
mismo que Drake, Pay tuvo dificultades con su propio gobierno; pero se las
arregló siempre para salir del atolladero, sobre todo en los momentos en que
aquél necesitaba de sus notables talentos de navegante. Entonces reasumía
tranquilo sus habituales actividades. Es así como en 1405 sirvió bajo el mando
del lord almirante Thomas Berqueley, y como en el año siguiente, según revelan
los relatos, capturó con quince barcos por su propia cuenta veinte mercantes
franceses. Era el héroe de Poole, como Drake sería el de Plymouth, y cuando
regresaba con sus presas, se celebraba una fiesta general. En cierta ocasión,
Pay volvió de una expedición sobre la costa bretona con más de cien
embarcaciones capturadas (no se nos dice cuántos barcos de pesca figuraban en
aquellos notables totales de las crónicas primitivas), y entonces la rica
ciudad mercantil se entregó a una jarana en el curso de la cual fueron abiertos
gran número de barriles de Oporto y de aguardiente ... de suerte que pronto no
hubo un solo hombre en ayunas en toda la ciudad, y en vez de atender los
negocios ya no se pensaba más que en beber y alborotar. Pero el pirata no era
para su ciudad natal una bendición sin mancha. Si las principales víctimas de
Pay no pertenecían todas a la primera potencia de Europa, no por eso dejaban de
ser de una raza varonil y orgullosa. En 1406, durante el mismo año en que daba
caza a los barcos franceses frente al litoral bretón, los españoles irrumpieron
en el bien guardado puerto de Poole sometiéndolo a aquel trato vigoroso que
infligirían periódicamente a los puertos de la costa berberisca, en el curso
del siglo venidero. Cierto Philipot, prócer de la ciudad, reclutó un millar de
hombres y los envió a la mar a buscar desquite. La venganza fue obtenida hasta
cierto punto con la captura de quince mercantes españoles con su cargamento;
mas este éxito no representaba sino una escasa compensación de los estragos que
pusieron fin a la importancia comercial de la buena ciudad de Poole. Difícil es
imaginarse que la pequeña villa de Fowley, hoy caída en profundo sueño, haya
gozado alguna vez de un esplendor marítimo análogo, y sin embargo es un hecho
que Fowley desempeñó durante los siglos XIV, XV y XVI, entre los puertos ingleses,
un papel tan grande como Dartmouth, Poole y Plymouth. El historiador John
Leland la describe en el apogeo de su prosperidad debida en parte a hechos de
guerra y en parte a actos de piratería; y así, haciéndose rica, la ciudad se
entregó toda entera al comercio, de modo que era frecuentada por los barcos de
diversas naciones, y los suyos iban a todos los países. Ninguno de los puertos
de Cornualles tenía tan mala reputación por sus proezas de piratería como
aquella pequeña ciudad cuyos marineros, que se llamaban a sí mismos los
valientes de Fowley, quemaban y saqueaban la costa normanda durante el reinado
de Eduardo III. En aquellos días de la Guerra de los Cien Años, el rey estaba
demasiado contento de poder contar con su ayuda contra los franceses. Pero en
tiempos de paz los Valientes de Fowley diezmaban a los hombres de los Cinco
Puertos, enemigos naturales de los marinos de la comarca de Devon. En cierta
ocasión, los Valientes se negaron a descubrirse ante los señores de aquellas
ciudades, con el resultado. de que los varones de los Cinco Puertos,
enfurecidos por el insulto, salieron hasta el último hombre para castigarlos;
pero su rabia fue más grande que su éxito, pues los de Fowley les dieron a
guisa de saludo tal soba que se estimaron felices de poder escapar sin otra
despedida. Cada puerto del Oeste de Inglaterra tenía sus jefes piratas que iban
y venían a su antojo, siempre en connivencia con los caciques locales y los
terratenientes del condado. Exmouth se ufanaba de llamar suyo al capitán William
Kyd, nombre llevado trescientos años más tarde por el tal vez más célebre de
todos los piratas; Portsmouth, a su vez, se enorgullecía de Clay Stephen,
corsario temido a muchas millas más allá de la isla de Wight. A Saint-Ives le
sobraban los representantes de esta nobleza, y su reputación de bebedores
igualaba su prestigio en cuanto piratas. Celebrában famosas orgías en las
tabernas del muelle cada vez que un barco de Saint-Ives volvía del canal de
Brístol. Mucho tiempo después de que el último de los piratas de Saint-Ives
hubo terminado sus días, sea en el cadalso o como consecuencia de las
cantidades excesivas de ron, las muchachas de la ciudad seguían fieles a la
costumbre de cantarse unas a otras ciertas baladas en las que se ponía en
guardia a las niñas contra las poderosas tentaciones de aquel puerto de
COrnualles. De cuando en cuando, un gobierno fuerte hacía cuanto podía para
poner término al azote nacional; pero habitualmente sus esfuerzos se veían
contrarrestados por los terratenientes locales. Prácticamente todos los squires
de las riberas occidentales participaban en aquellas grandes empresas y muchos
de ellos convertían las ordenanzas de la Corona en una farsa, pues siendo
jueces de paz, actuaban con esta investidura como miembros de laS comisiones
encargadas de investigar sobre los actos de piratería invocados, y había muy
poca probabilidad de que llevasen a la horca a sus propios empleados que tanto
los enriquecían. Y hay que tener en cuenta, además, las casi permanentes
guerras de los siglos XIV y XV, que hacían indispensables los servicios de los
piratas, por ser éstos los mejores marinos de Inglaterra. Enrique V logró
prpgresos decisivos aplicando el método más sentimental de tratados con Francia
y España, según los cuales cada país se comprometía a no recurrir a los
servicios de los piratas y a aniquilarlos mancomunadamente. El convenio proveía
que ningún buque armado podía recibir permiso de salir de un puerto, sin una
licencia apropiada, ni sin previo depósito de una cuantiosa fianza que
garantizase la buena conducta del capitán. A fin de reforzar el efecto de estas
medidas, Enrique promulgó leyes severas contra el bandidismo en alta mar,
introduciendo un sistema de salvoconductos para los barcos que se atenían a la
ley. Resultó de ello un ligero mejoramiento; pero antes de veinte años, la
marina real había vuelto a decaer, y una vez más los mercaderes se vieron
obligados a desquitar sus pérdidas recurriendo a la fuerza bruta. Durante el
reinado de Enrique VI, el mal se hizo peor que nunca; pues los piratas ingleses
pasaron a saquear los mercantes de su propio país sin sombra de vacilación o
escrúpulo. La situación llegó a tal extremo que el mar, esa ruta natural y la
más económica para el transporte de mercancías, se halló casi desierto y fue
realmente menos costoso enviar mercancías de Londres a Venecia, por tierra,
subiendo por el Rin y atravesando los Alpes, que por mar. Estos gastos
suplementarios eran debidos únicamente al costo enorme de la defensa contra los
piratas. Cierto capitán veneciano que había tenido la audacia de aventurarse
por la ruta marítima, contaba, al llegar a Londres, que había embarcado cien
hombres más y veintidós cañoneros por temor a un ataque; temor harto
justificado, pues no había podido terminar el viaje sino después de haber
rechazado a un pirata normando. Bajo el reinado de Enrique VII, se imaginó otro
método del que se esperaba que pusiera fin a la piratería. Pero aquello sólo
tuvo el efectco de hacer más desastrosa la situación. Se trataba de un sistema
de cartas de represalias, que fue practicado durante varios siglos y que
concedía al portador el derecho de ejercer su propia justicia. Cuando, por
ejemplo, un mercader inglés era despojado por un pirata francés de mercancías
valuadas en quinientas libras, la víctima se procuraba una carta del gobierno
que le autorizaba para apoderarse de bienes por el mismo valor a bordo de
cualquier barco francés. La historia de las actividades de sir Andrew Barton,
mercader, pirata y héroe escocés, nos ofrece un magnífico ejemplo de las
consecuencias de ese género de legislación. Habiendo alegado que su padre,
hacía varios años, había sido víctima de un saqueo por parte de los
portugueses, Barton recibió una carta de represalias, del rey Jacobo IV de
Escocia. Provisto de este documento, se hizo a la mar con dos poderosos buques,
el Lion y el Jennet Purwyn, dirigiéndose hacia la costa de Flandes. Allí saqueó
los mercantes de todas las naciones, que traficaban con los puertos flamencos,
y especialmente los ingleses. Finalmente, el escándalo adquirió proporciones
tales que Enrique VII se vió obligado a enviar a los dos hijos del conde de
Surrey, Eduardo y Tomás Howard, para apoderarse del maleante. Tras una
encarnizada lucha frente a los Goodwin Sands, Barton fue muerto; los piratas
escoceses, derrotados, huyeron y el 2 de agosto de 1511 sus dos buques fueron
llevados triunfalmente a Blackwell para ser incorporados a la marina inglesa;
acto por el cual el rey Jacobo IV se mostró extraordinariamente furioso.
Aquella gran victoria dió origen a toda una serie de baladas. Una de ella, de
noventa y dos coplas, figura entre las publicaciones de la Navy Records
Society. Con el tiempo y a medida que se construían embarcaciones más grandes,
crecían también la audacia y experiencia de los marinos ingleses, y los vemos
aventurarse cada vez más lejos. Aunque era indudable -escribía un
contemporáneo- que la hez de los marineros se hacía pirata, y por funestos que
fuesen para el comercio aquellos combates y saqueos, no por eso dejaba de ser
cierto que engendraron la raza de navegantes maravillosos, fueren piratas o no,
que compartieron con la reina y sus poetas la gloria del reinado de Isabel.
CAPÍTULO III LOS
CORSARIOS BAJO EL REINADO DE ISABEL
El reinado de Isabel vió desarrollarse un pronunciado
nacionalismo que acabó por encontrar en los audaces navegantes de Inglaterra un
empleo como miembros de una marina no oficial, pero reconocida y altamente
eficaz. Al principio de su reinado, existían en Gran Bretaña cuantas
condiciones pudieran ser favorables al desenvolvimiento de la piratería. El
país en pobre; el comercio languidecía, extendiendo la desocupación entre los
marineros (Richard Hakluyt, que estaba calificado mejor que nadie para opinar
al respecto, atribuía la aparición de la piratería entre los ingleses y los
franceses -fenómeno que contrastaba con lo que sucedía en España y en Portugal-
al hecho de que las dos naciones ibéricas tenían suficientes empleos para sus
marinos y, por eso, no producían piratas, mientras que nosotros y los franceses
somos los más infames si se juzga por nuestras piraterías desmesuradamente
bajas y cotidianas); las mercancías valiosas pasaban constantemente por el
canal; y, por último, tanto bajo el reinado de Eduardo VI como bajo el de María
habíase dejado caer en decadencia la marina de guerra inglesa, y eso igualmente
desde el punto de vista cualitativo y desde el numérico, haciendo imposible una
policía efectiva. El hábito de considerar como botín las mercancías españolas y
portuguesas ya se había arraigado tan profundamente en la vida nacional bajo
Felipe y María que no era de esperarse que cayera en desuso bajo una soberana
cuya ascensión al trono marcaba la ruptura entre Inglaterra y España y cuyo
primer acto importante fue cortar el sólido vínculo de la religión común,
abjurando la fe católica. Durante la era de Felipe y María, las principales
víctimas de los piratas habían sido los portugueses; pero ahora los marinos
británicos parecieron darse cuenta de que les era lícito molestar con igual
imprudencia a los españoles. Tanto los portugueses como los españoles
utilizaban Amberes como puerto de importación de las mercancías que distribuían
en la Europa Septentrional y en la Central, en lo cual les habían precedido los
ingleses hasta 1568, año en que comenzaron las complicaciones con España. Los
españoles traían al emporio de Amberes sus propios vinos y los de Gascuña, el
trigo y la sal de los demás países mediterráneos, y todos los noveles y
variados productos de las Américas. Los portugueses depositaban allí sus vinos
de Madera, las especias de Extremo Oriente y las maderas preciosas de Brasil.
Sus rutas cruzaban inevitablemente las aguas familiares a los pobladores de
Cornualles y Devon, que conocían las mareas y corrientes de aquella zona como
un jardinero conoce el huerto cultivado por sus propias manos. Al examinar la
correspondencia diplomática de los primeros años del reinado de Isabel, siente
uno sorpresa ante el hecho de que las protestas contra actos de piratería
constituyesen la rúbrica más importante del servicio de los embajadores. Figura
entre aquellos documentos un voluminoso legajo relativo a Thomas Wyndham, hijo
de un habitante de Norfolk y que, luego de haber servido en la marina contra
los franceses, llegó a ser consejero y vicealmirante bajo Enrique VIII: ...
hombre áspero e imperioso que se hizo más enemigos que amigos entre sus
semejantes, pero que se mostró siempre capaz de mantener leales a sus
tripulaciones; espécimen perfecto del tipo creado en tan numerosos ejemplares
por el régimen y la personalidad de Enrique VIII y cuyas tradiciones fueron
trasmitidas a la edad de oro de los capitanes de la época isabelina. La empresa
personal de Wyndham tenía por objeto la captura en el Canal, de los mercantes
cargados de azúcar y el traslado de sus cargamentos a Waterford, donde eran
vendidos a encubridores londinenses, los cuales tenían agentes allí y en los
demás puertos irlandeses. No habían transcurrido dos años desde la subida de
Isabel al trono, cuando ya el embajador de España protestaba por la captura en
el mar -colmo de una serie de actos de agresión-, de gentilhombres españoles y
de su venta en pública subasta en Dovres, pagandose hasta cien libras por un
español bien vestido que prometiese un cuantioso rescate. La ira del obispo de
Cuadra, que representaba por entonces a Felipe II ante la corte de Isabel, se
dirigía particularmente contra dos individuos de nombre de Poole y Champneys,
los cuales se habían apoderado de algunos barcos españoles procedentes de las
Antillas, en el momento en que cruzaban entre las Azores y las Canarias. En
1560, los dos hombres bajaron a tierra en uno de los puertos de las Islas
Canarias, donde fueron detenidos y encarcelados por los españoles. Después de
haber languidecido en su prisión hasta la Navidad del año siguiente,
aprovecharon la ocasión de huir un día en que toda la población de la isla oía
misa, introduciéndose furtivamente a bordo de un barco anclado en el puerto. Y
así lograron regresar a Inglaterra. La fuga de los dos piratas inmediatamente
antes de ser juzgados, enfureció a los españoles aún más que sus crímenes.
Todos los mercaderes y navíos ingleses que se hallaban en las Islas Canarias
fueron detenidos en el acto y se infligieron toda clase de castigos a personas
perfectamente inocentes, acto que amenazaba hacer estallar una crisis entre
ambas naciones. El asunto se difería, sin embargo Isabel y el destino se
confabulaban para retardar el conflicto lo más posible. La reina tranquilizó a
los españoles expresándoles sus excusas, e hizo un esfuerzo sincero para hacer
entrar en razón a sss irresponsables merodeadores. En 1564, Isabel escribía a
Sir Peter Carew que puesto que de acuerdo con noticias recibidas, las costas de
Devonshire y Cornualles estaban infestadas de piratas, le ordenaba equipar a
toda prisa dos o tres barcos sólidos en algún puerto de la región, con objeto
de capturarlos. Fiel a su habitual inclinación hacia la economía, Su Majestad
propuso que las tripulaciones de aquellos barcos cobrasen en beneficio sobre el
botín o que no recibiesen de nosotros más que el aprovisionamiehto, en otros
términos que se aseguraran su sueldo mediante lo que lograsen quitar a los
piratas. Concluía su carta con la siguiente sugestión práctica: Los susodichos merodeadores
podrían ser persuadidos con la esperanza de obtener nuestro perdón, a ayudar a
entregarnos el resto de sus compañeros en vista de que tal práctica nos dió
recientemente muy buenos resultados en un asunto análogo. Puede decirse, en
suma, que la reina se esforzó sinceramente, durante los primeros años de su
reinado, por remediar los excesos de sus súbditos; pero el hábito de la
piratería, viejo de muchos siglos, había echado fuertes raíces en el país para
que resultase posible romperlo con medios tan limitados. Tuvo pleno éxito en
limpiar el Canal de los corsarios aislados, que trabajaban fuera de las grandes
asociaciones de piratas y que no tardaron en sentir el peso de la mano real de
una manera lo suficientemente dura pan decidirse a buscar un terreno de caza
más apropiado, al sur de Irlanda y en torno a las islas de la costa occidental
de Escocia. En cuanto a la piratería en escala grande, triunfó cqntra todas las
medidas de la reina. Y es que los agentes de los corsarios se hallaban demasiado
mezclados a los poderes legislativos y ejecutivos de Inglaterra, y demasiado
ligados, por lazos de sangre, a la clase gobernante, para ser extirpados sin
una campaña que habría asumido la envergadura de una guerra civil. Si
accidentalmente algún pirata que pertenecía a una de aquellas poderosas
organizaciones era capturado, las influencias que obraban a su favor, lograban
obtener su completa liberación después de un breve servicio disciplinario en la
marina de la reina. Los verdaderos pilares de la piratería eran los grandes
terratenientes que actuaban a la vez como beneficiarios de aquélla y como
administradores de la Ley en sus distritos. La opinión local les era favorable.
La clase media del condado se sentía muy feliz de recibir una renta exorbitante
por algún reducido almacén que normalmente no habría producido más que un par
de chelines al año. Los pequeños funcionarios de los puertos habían cobrado
durante tanto tiempo la recompensa de su sigilo que acababan por considerar ese
sueldo como única razón de ser de sus cargos. Los anales rebosan ejemplos como
el del alcalde de Southampton, quien después de haber sido sobornado por
algunos ricos corredores, traficantes con mercancías robadas, soltó a varios
piratas cogidos con las manos en la masa; o el caso de otros burgomaestres,
comandantes de puerto y oficiales de aduana, que actuaban casi abiertamente en
connivencia con los corsarios. Aun más importantes que ellos eran los altos
jefes de la marina, los gobernadores y sheriffs de los condados, en suma, los
notables que dirigían aquellas operaciones en medio de una seguridad llena de
dignidad social. De cuando en cuando, la queja de un embajador o las disculpas
aducidas por algún pequeño funcionario, al que habían logrado sonsacar la
verdad, revelaban que tal augusto servidor de la corona movía los hilos tras
los bastidores. Vemos apareCer entonces nombres históricos como los de William
Hawkins, hermano del famoso tesorero de la Marina, y Sir Richard Grenville, el
Inmortal héroe del Revenge, que pasaron uno y otro ante el Consejo de la
Corona, acusados de piratería. Con mucho los más grandes de aquellos magnates
de la piratería fueron los Killigrew de Cornualles. Esta vieja familia que dió
a la nación muchos ministros, diplomáticos y soldados distinguidos, engendró
una verdadera oligarquía de corsarios capitalistas. La cuna del clan se hallaba
en Arwenack, en Cornualles, y su cabeza era, en tiempos de Isabel, sir John
Killigrew, vicealmirante de Cornualles y gobernador real hereditario del
castillo de Fendennis. Este dignatario actuaba como una especie de director
general de los asuntos de la familia. El padre de sir John había sido pirata.
También su tío Peter, siendo joven, solía merodear por el Mar de Irlanda. Uno
de sus parientes, sir John Wogan, vicealm1rante de Gales del Sur, vigilaba por
los intereses de la familia en aquella costa; también él fue juzgado por
piratería. Otro deudo, John Godolphin, ejercía el oficio de corredor en su
propio distrito de Cornualles al mismo tiempo que la importante base de Tralee,
en Irlanda, se encontraba en manos de un viejo amigo y vecino de sir John.
Varios otros primos administraban sucursales a lo largo del litoral de Devon y
de Dorset. Entre sus socios figuraban el lord irlandés Conchobar O'Driscoll, el
famoso sir Finian de las naves, y el terrible John Piers. Este último cooperaba
con su notable madre, una hechicera muy conocida en Cornualles. En manos de
aquella familia se hallaban no solamente las operaciones de encubrimiento y de
reparto de las mercancías robadas, sino todos los asuntos de detalle, a
excepción de los actos de piratería mismos. Los Killigrew controlaban: el pago
de sueldos a las tripulacionés y los demás gastos de navegación; los sobornos a
los funcionarios; la compra y el flete de barcos; el suministro de
aprovisionamientos; y las contribuciones en efectivo cobradas por la nobleza de
Dorset, Devon y Cornualles, renta de la que participaba ocasionalmente también
uno u otro hidalgo del condado de Somerset. El capitári pirata no recibía más
que una quinta parte del valor de la presa; la parte leonina del botín
correspondía a los encubridores, pues tal era la usanza en ese género de
negocios y parece que la misma regla es observada entre las pandillas de
contrabandistas de alcohol en los Estados Unidos. El valor de cada una de las
presas no era, por cierto muy elevado y la captura de un cargamento valuado en
mil libras o más constituía un caso raro. Pero la regularidad con que las
presas entraban en el puerto convertía aquella industria en altamente lucrativa,
y fue mediante la piratería como se pusieron los cimientos de la fortuna de más
de una de las grandes familias. Puede parecer extraño que una Europa tan
débilmente poblada como estaba en el siglo XVI (la población de Inglaterra no
pasaba por entonces de unos tres millones de almas), tuviera una navegación tan
activa; pero no hay que olvidar que la mala condición de los caminos terrestres
convertían el mar en el instrumento más cómodo y menos costoso de transportes
locales. Mientras la excesiva codicia de los piratas no paralizaba el tráfico,
la navegación ofrecía en general el medio más económico y rápido para llevar
mercancías de un punto a otro de Inglaterra. Aunque a menudo el botín se vendía
en puertos importantes, tales como Plymouth o Southampton, se daba la
preferencia a las bahías pequeñas y apartadas. La de Lulworth, la más oriental,
era muy apreciada. Había otras en Devon y Comualles, como también en el sur de
Irlanda; todas a disposición del sindicato de Killigrew. Falmouth era
probablemente tan importante como cualquier otro puerto de Inglaterra en cuanto
al tráfico con el botín de los piratas; pues era la cuna de los Killigrew. Su
bella mansión de Arwenac se alzaba junto al mar en un rincón aislado del puerto
de Falmouth, y estaba conectada con la playa por un camino secreto. El castillo
de Pendennis era el único edificio cercano, y éste, pese a su armamento de más
de cien cañones, constituía para los barcos piratas un refugio más bien que una
amenaza. En Arwenac, lady Killigrew ofrecía hospitalidad a los más respetables
corsarios, y los parientes de los Killigrew imitaban su ejemplo en sus propias
moradas. Cierto pirata notorio que operaba en el canal de Bristol y frente a la
costa de Gales del Sur, solía apearse en casa del agente del Almirantazgo. Es
más: el sindicato tenía reservados para descanso y comodidad de las
tripulaciones, hogares especiales en los puertos donde se vendía el botín, y su
uso era conocido de todos. Cierto incidente harto característico pone en
evidencia hasta qué punto Falmouth ofrecía un refugio a los bandidos. Un día,
al entrar en el puerto con su buque, cierto pirata se encontró bruscamente cara
a cara con algunos cruceros de la Marina Real, anclados en la bahía. La
situación era delicada, pero fue resuelta pronto por el tacto de sir John
Killigrew. Sin perder un minuto, el vicealmirante se hizo conducir al barco
insignia de la escuadra y pasó allí un par de horas en una conversación a solas
con el jefe de aquella fuerza naval, el capitán Jones. La conferencia tuvo por resultado
un acuerdo según el cual el capitán Jones iba a emprender una pequeña excursión
al interior del país, a expensas de los Killigrew; El caballero salió con cien
libras en el bolsillo, dejando al pirata la libertad de desembarcar su
cargamento. Era muy raro, por lo demás, que algún empleado de los Killigrew se
viera obstaculizado seriamente, en sus andanzas. Aunque el Canal era vigilado
por buques de guardia estacionados en algunos puntos, no se conoce ningún caso
de que uno de los hombres del sindicato haya sido cogido in fraganti. Antes
bien sucedía lo contrario, como, por ejemplo, en 1578, cuando varios piratas
asaltaron y saquearon el barco costero del vicealmirante, el Flying Heart, en
aguas de Gales. Durante toda aquella época, no aparece ni un solo informe
mencionando la captura de un pirata en el Canal de Bristol, aunque los
corsarios hormigueaban literalmente en las cercanías de la Isla de Lundy,
entregándose a innumerables saqueos. Sólo cuando las víctimas resultaban ser
personas verdaderame.nte influyentes se tomaban medidas de represión serias, y
era entonces cuando intervenía la autoridad central de Londres. Tal fue el caso
del conde de Worcester, en 1573. Este grande atravesaba el Canal entre Dovres y
Boloña, llevando consigo una bandeja de oro, enviada por la reina Isabel como
regalo de bautizo para la nieta de Carlos IX, cuando su barco fue atacado por
piratas; y si bien el conde logró escaparse con la bandeja, sin embargo dejó en
manos de los asaltantes una suma de quinientas libras, además de perder entre
muertos y heridos una docena de personas de su séquito. El resultado de este
asunto fue una batida general contra los corsarios de la Mancha. Pero de los
cientos cogidos y encarcelados, sólo se ahorcó a tres. Es probable que
intervinieran poderosas influencias.
Su torpeza en la elección de sus víctimas fue lo que acabó por
llevar al banquillo de los acusados a la anciana Lady Killigrew. Esta
extraordinaria mujer había asistido a su padre, Philip Wolverston, distinguido
gentilhombre pirata de Suffolk, antes de convertirse en una valiosa
colaboradora de su marido. Pero en 1582, lady Killigrew se extralimitó. El día
del Año Nuevo, un mercante de la Ansa llevando a bordo un cargamento de ciento
cuarenta y cuatro toneladas, fue obligado por una tempestad a buscar refugio en
el puerto de Falmouth. El barco fondeó precisamente frente a Arwenack. Siendo
esta casa la residencia del comisario de asunto de piratería y reinando la paz
entre Inglaterra y el Iresto del mundo, el piloto podia creer razonablemente
que no tenía nada que temer. Pero dió la casualidad que el navío extranjero fue
visto por Su Señoría desde la ventana de su salón. La dama se informó y supo
que el barco llevaba a bordo mercancías de valor, y que sus propietarios, dos
nobles españoles, Felipe de Orozo y Juan de Charis, se habían apeado en una
fonda de la aldea de Penryn, para esperar allí el fin de la tormenta. En la
noche del 7 de enero, una embarcación arrancó de la ribera, llena de hombres de
sir John Killigrew, armados hasta los dientes. La propia lady Killigrew
gobernaba el timón. Abordando el mercante, los mozos de Cornualles,
capitaneados por Su Señoría, saltaron al puente, acuchillaron a los tripulantes
cogidos de improviso, y arrojaron los cadáveres al agua. Lady Killigrew y dos
de sus servidores regresaron a Arwenac House con varias piezas de paño de
Holanda y dos barriles llenos de duros, en tanto que los marineros de
Cornualles condujeron el barco a Irlanda, donde se procedió a la liquidación
del resto del botín. Los propietarios dirigieron en seguida una queja
debidamente formulada a los comisarios de asuntos de piratería de Cornualles,
cuyo presidente era el hijo de la agresora. La investigación estableció que no
había testimonios susceptibles de inculpar a alguna persona conocida. El jurado
pronunció el sobreseimiento de la causa: indudablemente el barco había sido
robado, pero era imposible saber por quién. Charis y Orozo, sin embargo, se
mostraron tenaces. Se trasladaron a Londres y llevaron el pleito a las
autoridades supremas, con el resultado de que el conde de Bedford, miembro del
Consejo de la Corona, dió instrucción de abrir una investigación, sin
retroceder ante pesquisas en el lugar del crimen. Finalmente, lady Killigrew,
Hawkins y Kendal aparecieron ante el jurado de Launceston. Declarados
culpables, fueron condenados a muerte. Los dos hombres murieron en el cadalso;
lady Killigrew se salvó, siendo indultada en el último momento. Poco a poco, a
medida que avanzaba el reinado de Isabel y se hacían cada vez más densas las
nubes precursoras de la guerra en el cielo del país, el gobierno comenzó a
hacer sentir su autoridad, suprimiendo la piratería o bien colocando a los
piratas en puestos de la marina. En 1581 la bahía de Lulworth fue cerrada al
sindicato por el vicealmirante de Dorset, el cual hizo construir un castillo en
East Lulworth y estableció una severa vigilancia en el puerto. En 1583, el
Consejo de la Corona concedió a los habitantes de Weymouth medios de defensa
contra un pirata de mala fama, Thomas Purser. Este, habiendo intentado un golpe
de mano muy insolente Contra aquella ciudad y rechazado después de haber
capturado un mercante de La Rochela, se retiró gritando la amenaza de volver y
destruir la ciudad con todos los barcos que encontrase en el puerto. Tropezamos
en los archivos de este viejo puerto atlántico con frecuentes inscripciones
reveladoras de un crecimiento de las detenciones y encarcelamiento de piratas.
He aquí un ejemplo: una cuenta de gastos efectuado en 1586 por el alcalde de
Lyme Regis con motivo del transporte de diez corsarios a la prisión de
Worchester: Desembolsos en relación con el traslado de los piratas Prima pagada
por once caballos y ocho hombres empleados en escoltar a los prisioneros a
Dorchester ... 28 chelines - 6 peniques Item pagada por alimento y bebida de
los prisioneros durante su estancia aquí ... 2 chelines - 6 peniques Item al
guardián que ha vigilado a los prisioneros ... - 12 peniques ltem pagada por
dos cuerdas para atar a los prisioneros ... 1 chelin - 2 peniques Item pagada
al calabocero de Dorchester por recibir a los prisioneros (en número de diez, a
4 pen. cada uno) ... 3 chelines - 4 peniques Item pagada por gastos de Sir
Harder, almuerzo y cena, así como forraje pan su caballo, durante doce días, y
por hacer las indagaciones, así como por la verificación del auto de prisión
... 14 chelines - 6 peniques Nos llevaría demasiado lejos describir
detalladamente las actividades de cada uno de los piratas independientes;
además, sus carreras se parecen tanto que resultaría monótono relatarlas todas.
Una de las figuras más características es la del capitán John Callys, hombre de
familia distinguida y de buena educación, como muchos representantes de su
oficio. Entre sus parientes encontramos al conde de Pembroke, uno de los pares
más poderosos del Reino. Callys principió navegando bajó las órdenes del sir
John Berkeley. Después se hizo pirata. Su base era Glamorgan, en el país de
Gales. Muy respetado de la nobleza local, pasaba sus horas de ocio como huésped
de los notables del país. Solía operar solo, uniendo a veces sus fuerzas a las
de dos corsarios extranjeros, el conde Higgenberte y Symon Ferdinando
Portingale, o bien a las de su viejo amigo, el capitán Robert Hickes, que
terminó sus días en la horca. Callys fue capturado el 15 de mayo de 1577,
frente a la isla de Wight. Encontraron en su posesión la suma de veintidós
libras y siete chelines, que sirvió de prueba contra él durante su proceso.
Aunque su causa fue mala, se salvó, haciéndose delator y dando informes sobre
sus encubridores. Tales servicios, más un soborno de quinientas libras, pagado
por sus amigos, le valieron la liberación. Callys, asustado tal vez por haber
estado al borde del cadalso, desapareció de su zona de operaciones anterior y
no se volvió a oír hablar de él hasta 1580, año en que casi le cogieron en el
ejercicio de su antigua profesión. Perdió en el incidente su barco y todo
cuanto poseía. Reducido entonces a aceptar un empleo menos elevado, navegó a
bordo del Minikin, buque pirata que pertenecía a un tal Bellingham, asumiendo
un cargo de los más modestos. No se sabe de manera segura la forma en que
pereció. Según el capitán John Smith, el fundador de Virginia, el antiguo
pirata Collis, que durante mucho tiempo mantuvo alerta con sus hazañas la costa
del país de Gales, conquistó fama hasta el día en que la reina Isabel, bendita
sea su memoria, le hizo ahorcar en Wapping. Pero es más probable que se
reuniera con los corsarios berberiscos y hallara la muerte en algún encuentro
naval. Si Isabel, en suma, se mostró severa hacia los piratas que operaban en
aguas del país, mostró mayor indulgencia frente a quienes se aventuraban más
lejos. Como la hostilidad de la nación hacia los españoles se hacía cada vez
más violenta, la reina no solamente cerró los ojos ante las agresiones contra
súbditos de España, sino que incluso invirtió capital en las empresas piratas.
Siempre la piratería había contado con el beneplácito del Estado en tiempos de
guerra; pero bajo Isabel, el Estado se convirtió en cómplice de aquélla, aunque
Inglaterra se hallaba en paz con el mundo entero. Ese aliento oficial no
solamente hizo afluir riquezas considerables a un país pobre, sino que logró
algo mucho más importante: desarrolló una raza de matrinos sólidos que había de
ser la salvación de Inglaterra en mortal peligro y que, habiendo causado la
caída de su principal enemiga, la convertían en señora de los mares. Fue hacia
Oeste, hacia los territorios inmensos y poco conocidos de América, país del
oro, hacia donde dirigían sus envidiosas miradas los súbditos más aventureros
de Isabel. Por más que el Papa de Roma se empeñaba en trazar límites en el
mapamundi, deoretando hasta dónde debía extenderse la supremacía de España y en
qué punto había de comenzar la de Portugal, los espadachines herejes no le
hacían caso. Tal presión, que producía efectos en los piratas más agresivos,
cerrándoles las aguas nacionales, los rechazaba cada vez más lejos de
Inglaterra y la Ley. Es así como ciertos corsarios ingleses se adhirieron a los
berberiscos, instalándose en alguna de las fortalezas moras y haciéndose
turcos, en tanto que otros que preferían conservar su calidad de británicos y
de cristianos, emigraban rumbo a las Antillas o las Canarias, surcando el
Océano con la esperanza de capturar algún galeón que regresase penosamente a
España con su pesado cargamento de oro o de piedras preciosas. Ricas presas
esperaban, pues, a los más intrépidos marinos, a los que no vacilaban en
trasladarse a las Antillas e irrumpir en el dominio de España. Así nació la más
audaz y fascinadora de las aventuras, la de la gran piratería en el Atlántico,
y así surgió la gran raza de los corsarios ingleses: de los Hawkins, Drake,
Grenville, Frobisher, Cumberland y de tantos otros. Los franceses fueron los
que enseñaron el camino de los establecimientos españoles, pero pronto se
vieron aventajados por los británicos y los holandeses. Holanda era la más
reciente de las potencias navales europeas. Después de la primera derrota de
Guillermo de Orange en los Países Bajos, gran número de rebeldes neerlandeses
se hicieron a la mar para huir de las espantosas condiciones de vida en aquel
país y hostigar al enemigo nacional. Adoptaron el nombre colectivo de Zeegeusen
-mendigos del marpues el apodo despectivo de gueux -mendigos-. había sido
aplicado a todos los partidarios de Orange por el cardenal Granvella, ministro
de Felipe II en los Países Bajos. Su principal fortaleza era La Rochela, donde
un hugonote, el príncipe de Condé, tenía reunidos a corsarios miembros de
diversas naciones protestantes, a los que había provisto de cartas de
contramarca autorizándolos para estorbar la navegación católica, fuera francesa
o española. Esa extraña mescolanza de cofrades holandeses, ingleses y
franceses, corría los mares hallando durante años un fácil abrigo en los puertos
del Canal. El jefe de los gueux era el conde de Marck, el cual, aunque durante
varios años tuvo su cuartel general en Dovres, era muy popular también en todas
las ciudades de la Mancha, hasta Plymouth, y sus hombres no lo eran menos.
Desde todo el Oeste de Inglaterra afluían los reclutas a sus filas, y a poco
tiempo su flota, cuyo objeto primitivo había sido patriótico y religioso, se
convirtió en algo muy parecido a una manada de lobos que se abatían sobre los
mercantes de todas las naciones sin distinción. Al final del primer año de su
existencia los gueux disponían de un centenar de buques propios, habiendo
capturado más de cien presas. Durante tres años, aquella curiosa República
flotante se desarrolló con la simpatía política de la nación inglesa y con la
ayuda financiera de los mercaderes ingleses. Pero poco a poco, a medida que se
paralizaba el tráfico en el Canal y que disminuía el botín llevado a los
puertos británicos, los mismos negociantes comenzaron a apelar al gobierno para
que suprimiese a sus recientes amigos y aliados. Isabel se mostró dispuesta a
ceder, ya que los gueux amenazaban envolverla en desagradables complicaciones.
Por demanda del embajador de España, cerró el puerto de Dovres a los
holandeses, y envió en enero de 1573 a sir William Holstocke, contralor de la
marina, con dos cruceros, contra los gueux. Los gruesos cañones de Holstocke
resultaron excesivamente fuertes para los merodeadores, y sUs métodos
implacables no tardaron en poner fin a sus actividades. Mientras tanto un número
cada vez mayor de ingleses cruzaba el Atlántico en busca de botín y hasta hubo
uno que terminó su viaje dando la vuelta al mundo. El embajador de España en
persona protestó ante la reina, exigiendo intempestivamente que hiciera ahorcar
a El Draque. Pero los tiempos habían cambiado. Por toda respuesta, Su Majestad
mandó preparar su embarcación y bajó por el Támesis para ir a hacer caballero
al maestro ladrón del mundo conocido, en el puente de su Golden Hind. Y
consagró así con su sello aquella escuela de piratas cuyo representantes debían
formar una parte tan grande de esa flota que, en julio de 1588, salió al
encuentro de la Armada Invencible y que alcanzándola en el instante en que se
disponía a entrar en el Canal, la barrió de la faz del Océano.
CAPÍTULO IV LOS
PIRATAS EN LA ÉPOCA DE LOS CORSARIOS
El advenimiento de Jacobo I acarreó un profundo cambio en la
política extranjera de Inglaterra. La larga guerra sostenida por Isabel contra
España, primero sin declaración y luego con las debidas formalidades, había
absorbido hacia fines del siglo todas las fuerzas del pueblo navegador. La paz
hizo resurgir las dificultades habituales. Los buques estaban desarmados y
licenciadas las tripulaciones, y el país se veía inundado de marinos sin
empleo. La navegación comercial no podía utilizar más que una débil parte del
excedente de la marina de guerra; el resto volvía a cruzar el mar por su propia
cuenta, como único medio de existencia. Un vivo resumen de la situación nos es
ofrecido por el capitán John Smith, aventurero colonizador y escritor, que la
observó con ojos inteligentes y a quien inspiró las siguientes frases llenas de
inquietud: A la muerte de nuestra graciosa reina Isabel, el rey Jacobo que
desde niño había reinado en paz con todas las naciones, se encontró con que no
tenía ya empleo para todos sus hombres de guerra, de suerte que los que eran
ricos se sustentaron con lo que poseían, mientras que quienes eran pobres y
debían vivir al día, se hicieron piratas: algunos, porque se veían abandonados
por aquellos a quienes habían conseguido fortuna; otros, porque no podían
obtener lo que les era debido; ciertos, que habían vivido opulentamente, no
querían aceptar la pobreza; otros, por vanidad, para hacerse un nombre; y otros
más, por venganza, envidia o aberración. No era difícil encontrar trabajo aceptando
las condiciones del patrón. Todavía no había sindicatos, ni gobiernos benévolos
y ansiosos de vigilar las relaciones entre empresarios y obreros. Tal
especulador invertía fondos adquiriendo un barco, lo equipaba y se ponía a
recibir tripulantes sobre la base: Si no hay botín, no hay sueldo. No se
necesitaba mucho tiempo para que el comercio inglés volviese a quedar tan
paralizado como antes de la subida al trono de Isabel. El de España se hallaba
en una situación aun más desastrosa, habiendo desaparecido prácticamente de los
mares septentrionales. Los corsarios berberiscos, a su vez, se hacían más
emprendedores, debido, sobre todo, a Danser y sus barcos de vela, y los buques
moros corrían el Atlántico del Norte y hasta las costas de Inglaterra. Al mismo
tiempo, los rápidos veleros de los piratas de Dunqtierque surcaban impunes las
aguas del Canal. El gobierno enviaba cruceros tras cruceros para capturar a los
corsarios, a veces con éxito; pero habitualmente el apresador soltaba a los
culpables después de haberles quitado el botín. Los pocos que eran llevados
ante los tribunales, no se inquietaban sobremanera por su suerte, sabiendo que
a lo sumo los esperaba un ratito de prisión sin ningún trabajo. Y pese a la
creciente presión por parte del gobierno de Londres, los bandidos conservaban
sus complicidades a lo largo de las costas de Devon y Cornualles. Cuando, por
un momento, triunfaba en los puertos la autoridad, los corsarios se retiraban
seguros de recibir una hospitalaria acogida en el sur de 1rlanda, donde incluso
los buques berberiscos podían hacer escala para reparar averías o cargar
víveres. El mejor medio de obtener un cuadro revelador de las condiciones de la
piratería durante aquella época, es recurrir a las descripciones de las
carreras de algunos de sus más notorios artífices, tales como sir Henry
Mainwaring, el capitán John Warde, sir Francis Verney, y otros. La historia de
Mainwaring presenta un interés particular. No solamente fue un pirata
afortunado -sin igual en Inglaterra-, sino que aceptó posteriormente del rey la
comisión de aniquilar a sus antiguos socios. Al publicar memorias completas de
su pasado, enriqueció el mundo con uno de los más valiosos manuales de la
piratería. Mainwaring era uno de esos genios que se equivocaron de época. Si hubiese
vivido cincuenta años antes, es indudable que su gloria hubiera igualado la de
los grandes navegadores del rango de Drake o de Raleigh. Bajo el reinado mucho
más pacífico y menos aventurero de Jacobo I, sus talentos peculiares se veían
condenados a quedar estériles. Nacido en Shropshire como vástago de una vieja
familia del condado, fue educado en el colegio Brasenose, en Oxford, donde se
inscribió a los doce años. En 1602, teniendo apenas quince, recibió el diploma
de bachiller. Después de muchas vicisitudes, ejerciendo sucesivamente el oficio
de abogado, de soldado y de marino, resolvió hacerse pirata. Compró un pequeño
navío de ciento sesenta y seis toneladas, el Resistance, una embarcación
admirablemente construída, rápida y fácil de maniobrar, y tripulada por una
dotación de primer orden. Salió de Inglaterra aparentemente para dirigirse
hacia las Antillas; pero no bien llegado a Gilbratar, el joven capitán reunió a
su tripulación y le anúnció sus intenciones de atacar cuantos barcos españoles
encontrase en su camino. Casi todo pirata debe tener una base de operaciones.
Mainwaring la encontró en la mal reputada Mannora, sobre la costa berberisca.
Partiendo de este puerto, sus expediciones fueron coronadas por el éxito.
Capturó unos tras otros gran número de mercantes españoles, hallándose pronto a
la cabeza de una poderosa escuadra. Si no perdonaba un solo barco español, al
menos se cuidaba estrictamente de molestar las embarcaciones inglesas, y había
adquirido un poderío lo suficientemente grande para imponer a sus cofrades de
Mannora la prohibición de saquear los navíos de su nacionalidad. Su renombre se
propagó rápidamente. Festejado en la costa berberisca, en el sur de Irlanda su
riqueza y generosidad le valían el nimbo de un héroe legendario. El rey de
España, comenzando con amenazas, pasó a promesas de grandes recompensas y
mandos importantes con tal que el corsario entrase a su servicio; pero
Mainwaring se hizo el sordo, de la misma manera que declinara las proposiciones
del bey de Túnez, que le ofrecía una asociación a partes iguales si abjuraba
del cristianismo. En 1614, Mainwaring se trasladó a la zona donde. con mayor
facilidad se reclutaban las tripulaciones de piratas, a saber, el banco de
Terranova. Los documentos del Ministerio de las Colonias que contienen
frecuentes referencias a sus hazañas en el mar, nos revelan lo siguiente: El
capitán Mainwaring llegó a Terranova el 4 de junio en compañía de algunos otros
capitanes, conduciendo una flotilla de ocho veleros armados, de los cuales uno
había sido capturado en el banco y otro frente a la costa de Terranova. En
todos los puertos requisaron carpinteros, víveres de a bordo, pertrechos y todo
cuanto necesitaban, quitándolo a la flota pesquera según la regla siguiente: de
cada seis marinos tomaban uno y la quinta parte de los víveres; en cuanto a los
navíos portugueses les quitaron todo el vino así como las demás provisiones,
excepto el pan. A un barco francés en Harbour Grace, diez mil piezas de
pescado. Hubo tripulantes de muchos barcos que desertaron reuniéndose con
ellos. Los piratas capturaron un velero francés que pescaba en aguas de
Carbonear; luego, habiéndose estacionado durante tres meses y medio en la
región y pasado un buen rato a expensas de la flota pesquera, el 14 de
septiembre de 1614 se hicieron a la mar llevándose cerca de cuatrocientos
marineros y pescadores, unos por su voluntad y otros a la fuerza. Habiendo
sacado de las flotás de pesca de Terranova todo cuanto deseaba, Maiwaring
atravesó de nuevo el Atlántico, rumbo a su vieja madriguera de Marmora; pero no
llegó a su base sino para descubrir que había sido tomada por los españoles y
que se mantenían firmemente en ella. Entre tanto se había abierto a los piratas
otro puerto, Villafranca, sobre la costa del Mediterráneo, que pertenecía en
aquel entonces a la casa de Saboya. Fue allí donde Mainwaring instaló su
cuartel general y donde se le unió otro pirata inglés, un aristócrata de nombre
Walshingam. En espacio de seis semanas, se hicieron gran número de presas y se
capturaron quinientas mil coronas en moneda española, de modo que los españoles
apenas osaban meter la nariz fuera de sus puertos. El rey, llevado a la
desesperación, confirió comisiones a cuantos expresasen el deseo de dar caza a
los buques ingleses, y por su parte envió una escuadra de cinco cruceros reales
con la misión de aniquilar a los corsarios británicos y de traerle al pirata
muerto o vivo. Al salir de Cádiz, la armada real tropezó por ventura con
Mainwaring que no tenía más que tres barcos. Hubo una enconada batalla que
continuó hasta la caída de la noche. Los españoles se sintieron felices de
poder salvarse, refugiándose en el puerto de Lisboa derrotados y maltrechos.
Dándose cuenta de que la fuerza no le salía bien, el rey de España ofreció a
Mainwaring el perdón y veinte mil ducados si aceptaba el mando de una escuadra
española. Pero por tentadora que debiera parecer semejante proposición a aquel
soldado de la Fortuna, la rechazó rotundamente. Por entonces los piratas se
habían hecho tan insufribles que el embajador de España de acuerdo con el de
Francia amenazaron al rey Jacobo con represalias si no ponía fin a las
fechorías de Mainwanng. Jacobo, que deseaba ante todo la paz, despachó un
negociador hacia la costa berberisca con instrucción de ofrecer a Mainwaring el
perdón si prometía abandonar la piratería, y de amenazarle con la expedición de
una flota lo bastante poderosa para aplastarle, caso que se mostrara
intransigente. Mainwaring cedió luego, aceptando la primera alternativa, y se
dirigió hacia Dovres con dos buques. El 9 de junio de 1616, el capitán
Mainwaring, navegador, recibió su perdón bajo el gran sello de Inglaterra, con
la extraña justificación de que no había cometido picardías graves. Al mismo
tiempo se concedió una amnistía general a todos los miembros de su tripulación,
los cuales, al regresar a Inglaterra, habían jurado no entregarse nunca a la
piratería. El corsario perdonado y arrepentido, ansioso de demostrar su
gratitud y la sinceridad de su arrepentimiento, se lanzó a la mar para capturar
a cuantos piratas encontrase. Y no anduvo escaso de trabajo, pues precisamente
en aquellos momentos había multitud de berberiscos en el Canal, infligiendo
grandes pérdidas al comercio y yendo tan lejos como para capturar toda la flota
pesquera que regresaba de Terranova. La audacia de estos piratas era realmente
asombrosa: ¡Mainwaring señala haber encontrado tres de sus buques en el
Támesis, a la altura de Leigh! Los había tomado al abordaje y puesto en
libertad a cierto número de cautivos cristianos, encontrados a bordo. La
enérgica conducta de Mainwaring impresionó al rey en tal grado que le nombró
gentilhombre de cámara. Así pues, el marino se convirtió, por algún tiempo, en
cortesano e íntimo del rey, el cual apreciaba tanto sus opiniones en materia de
navegación, como su conversación. La vida de corte se le hizo fastidiosa al
inquieto lobo marino. Entonces le encontraron un cargo más conveniente, el de
comandante del castillo de Dovres y gobernador suplente de los Cinco Puertos. A
los cuatro años, en 1623, fue elegido miembro del Parlamento por Dovres.
Encontrándose en ruinas los fuertes de los Cinco Puertos, incluyendo a Dovres,
el más importante, Mainwarden hizo cuanto pudo para restaurar las
fortificaciones y devolverles su valor militar. Su descubrimiento de que un
funcionario deshonesto había sustituído el contenido del polvorín por cenizas,
demuestra hasta qué punto había llegado el abandono de la fortaleza. En las
horas de ocio que le dejaban sus numerosos deberes, el vicegobernador
encontraba tiempo para escribir un libro, el primero de toda una serie. Este
trabajo particular lo dedicó al rey, como prueba de gratitud por el perdón. El
manuscrito original, que se encuentra en el Museo Británico, lleva el título
siguiente:
SOBRE LOS COMIENZOS,
COSTUMBRES Y LA SUPRESIÓN LOS PIRATAS
A mi muy gracioso soberano que representa al rey celeste, cuya
clemencia sobrepasa todas sus obras. Las cuarenta y ocho páginas escritas con
letra muy clara contienen toda la historia de la piratería, bajo los Estuardos,
y particularmente la de la piratería berberisca. El autor, deseoso de indicar
la mejor manera de suprimir aquel azote desde la raíz, expone las razones que
inducían a los marinos a hacerse piratas y explica cómo muchos marinos honestos
se vieron empujados por el hambre y la falta de empleo a abrazar aquel oficio.
Dijo mucho sobre Irlanda, que puede llamarse la almáciga y el granero de los
piratas, concordando así con sir W. Monson, el cual describía, algunos años más
tarde, a Broadhaven, puerto de la costa occidental irlandesa, como fuente de
toda la piratería. Irlanda constituía el gran banco de compensación, el lugar
de cita y el terreno de operaciones de los corsarios desde Islandia y el
Báltico hasta el estrecho de Gibraltar. En sus bahías y puertos apartados el
pirata puede reparar sus barcos sin temer nada de la tierra ... También puede
aprovisionarse allí ... Fue en aquel entonces cuando el vicepresidente de
Munster, sir Richard Moryson, informó que había descubierto en Youghal once
navíos piratas con cerca de mil marinos y que debido al aislamiento del lugar y
al aspecto feroz de aquellos hombres no había osado hacer nada. En Irlanda
-añade Mainwaring- los piratas encuentran todas las comodidades y ventajas que
les ofrecen los demás sitios, e incluso, -punto no del todo desproVIsto de importancia-
abundancia de rameras venidas de Inglaterra, Escocia e Irlanda, que van a
visitarlos allí, lo cual ejerce una fuerte atracción sobre los sencillos
marineros. No hay secreto profesional que hubiese omitido revelar el pirata
arrepentido. En un capítulo consagrado a sugestiones tendientes a la estruccIón
de aquella nobleza y después de haber indicado las rutas favoritas de las
flotas mercantes, donde pueden acecharse ricas presas, y señalado las épocas
del año en las que ya no hay buenas perspectivas de caza, el autor describe el
principio habitual de un ataque: Un poco antes del amanecer, (los piratas),
arrían todas sus velas y permanecen así hasta que hayan descubierto la clase y
el número de los barcos que se encuentran dentro de su campo de vista. Si el
enemigo se aproxima, los piratas aparentan huir, poniendo todo su velamen, pero
remolcando al mismo tiempo algunos botes vacíos para detener la velocidad de su
marcha, con objeto de hacerse alcanzar en el preciso momento en que el buque
que se está acercando sin recelo puede ser sorprendido y capturado con mayor
facilidad. Enumera Mainwaring las diferentes fortalezas berberiscas. Explica
cómo hay que tratar a los habitantes de Túnez, cuyo bey es un hombre justo y de
palabra. En Tetuán, ciudad de la costa marroquí, un pirata tiene facilidades
para hacer aguada, reparar averías y comprar cantidad de pólvora. Añade
Mainwaring la reveladora información de que la pólvora era llevada allí por
mercaderes ingleses y flamencos. Terranova es considerada por el autor como el
mejor lugar para rehacerse; es preciso, sin embargo, ser lo bastante fuerte
para poder hacer frente a cualquier resistencia. En el banco de Terranova,
resulta fácil conseguir pan, vino, sidra y pescado, así como todos los
accesorios para la navegación, escribe ese Baedecker de los piratas. La parte
del libro de Mainwaring, dedicada a las ventajas y desventajas de los
innumerables puertos de Irlanda, Noráfrica, las Canarias, las Azores, Africa
Occidental y Terranova, recuerda al lector moderno la guía del Automobile Club
con sus hoteles recomendados y sus garajes, y casi espera uno ver indicados con
asteriscos los lugares de cita más atractivos de los piratas. Por lo que al
castigo de los corsarios capturados se refiere, recomienda Mainwaring la
clemencia; no, por cierto, partiendo de una llorona idea de conmiseración, sino
porque opina que resultaría para el Estado harto más beneficioso aprovechar los
indiscutibles talentos de aquellos navegadores, que ahorcarlos sin cumplidos.
Aconseja emplearlos como galeotes, en recorrido de patrulla a lo largo del
litoral, y en toda clase de servicios. Mainwaring se sentía profundamente
impresionado por el desarrollo de la piratería en su época: Desde que comenzó
el reinado de Su Alteza hay diez veces más piratas que durante todo el reinado
de la llorada Reina. Esta estimación parece un tanto sorprendente cuando se la
compara con la estadística de los cuatrocientos piratas conocidos de las
autoridades en 1563, momento en que todavía le quedaban a Isabel cuarenta años
de gobierno. Tal crecimiento era debido principalmente a la turbulencia y el
descontento de los irlandeses. Como dice Mainwaring: Irlanda, que considero la
más importante entre todas, es la tierra favorita de los zorros; una vez
inmovilizados éstos, es cosa fácil soltar los perros hasta darles muerte. Este
hecho, de sobra lo conocían las autoridades. El rey, ante las urgentes demandas
de protección, lanzadas desde su país natal, Escocia, había tratado ya de
remediarlo. En 1614, había enviado una flota al Mar de Irlanda, con la misión
de interceptar a los merodeadores entre las costas de Irlanda y de Escocia. Una
observación ulterior de Mainwaring demuestra que aquella tentativa no tuvo
éxito. Fue conducida, sin embargo, con energía y perseverancia. Mandaban la
expedición sir William Monson, un almirante de mucha experiencia de la era
isabelina, y sir Francis Howard. El relato de la empresa, escrito por el propio
Monson, constituye uno de los documentos contemporáneos más interesantes y más
valiosos, relativos a la supresión de la piratería. Vemos entre otros hechos
mencionados ahí, que el sólo nombre del gran Henry Mainwaring le daba fácil
acceso a la principal madriguera de piratas de todas las islas británicas.
La escuadra inglesa comenzó la expedición haciendo escala en
Edimburgo para recoger informaciones. Al recibir la noticia de la presencia de
una veintena de piratas en las Orcadas, sir William se apresuró a hacer rumbo
al Norte, con la esperanza de sorprenderlos. De paso, se detuvo en Sinclair
Castle, residencia del conde de Caithness, mal reputado incendiario. Sólo
aprehendió allí a dos piratas; pero uno de ellos tenía para el almirante un
interés especial, pues resultó ser un tal Clarke, uno de sus antiguos pilotos
de maniobra. El señor Clarke era huésped del conde, cuyo castillo ofrecía una
cordial hospitalidad a todos los salteadores y piratas. A continuación, el
almirante Monson se dirigió hacia las Orcadas, donde fue recibido de manera muy
cortés. Dejó allí a sir Francis Howard para vigilar la costa mientras él
avanzaba hacia las Hébridas. Su acogida allí resultó muy distinta, lo cual le
hizo escribir que la brutalidad y grosería de las poblaciones de las Hébridas
sobrepasa la de los salvajes americanos ... No puede haber diferencia más
grande entre el día y la noche que entre la conversación de la gente de las
Orcadas y la de los habitantes de las Hébridas. El almirante decidió entonces
navegar directamente a Broadhaven, fargosa fortaleza de filibusteros y demás
piratas, situada sobre la costa occidental de Irlanda. Pero su pequeña escuadra
de cuatro buques fue sorprendida por una tempestad tan terrible que sólo un
poeta podría describirla. Uno de sus barcos zozobró y no volvió a ver los dos
otros hasta su regreso a Inglaterra. Acabó por llegar a Broadhaven. Ninguno de
los tripulantes había estado jamás allí; pero afortunadamente se descubrió que
el único prisionero a bordo conocía bien la costa, y este hombre se declaró
dispuesto a guiar el buque de Su Majestad al interior del puerto. Llegado con
felicidad a la fuente de toda la piratería, el almirante recurrió a la
estrategia. Una cuidadosa pesquisa le valió la confesión de algunos de sus
tripulantes que habían ejercido, en uno u otro momento de su vida, el oficio de
piratas. Estos hombres recibieron la orden de bajar a tierra, después de previa
instrucción acerca de la mentira que habrían de contar al jefe de la plaza, a
saber, que el capitán Mainwaring -el célebre corsario todavía no había hecho
acto de sumisión- se encontraba a bordo; que su buque estaba lleno de
mercancías compradas; y que era tan generoso como decía su reputación, con
respecto a quienes le servían de buen grado. La historia de cómo el almirante
inglés se las arregló para embaucar al irlandés, es tan divertida y tan humana
que sería una lástima abreviarla: El caballero del lugar (Mr. Cormat o Mac
Cormac), cual un astuto zorro, se ausentó dejando que su mujer y sus hijas
hicieran compañía y diesen una buena acogida a los nuevos huéspedes; luego,
cuando juzgó llegado el momento propicio, volvió y deseoso de engrandecer su
reputación y crédito ante el capitán Mainwaring, hizo alarde de los favores
hechos por él a varios piratas no obstante los graves riesgos a que le exponía
su nobleza; pero ello no tenía importancia, si se trataba de agradar al capitán
Mainwaring. Su devoción creció aún cuando oyó ensalzar la riqueza del gran
pirata, y para obligarle mejor prometió enviar a bordo, al día siguiente, a dos
gentilhombres de confianza como prenda de su fidelidad. Mientras tanto, y para
que no le faltasen víveres, propuso que enviase a tierra algunos hombres
armados que aparentasen robar el ganado que él haría llevar a un lugar
convenido, después de marcar una oreja a las bestias para distinguirlas del
resto del rebaño. Los mensajeros, encantados del buen resultado de su ardid,
volvieron a bordo la misma noche. Al amanecer, comenzó el juego, pues era la
hora convenida en que el lobo debía apoderarse de su presa. El capitán Chester
y cincuenta hombres armados y con perfectos disfraces de aspecto desordenado,
como convenía, bajaron a tierra y se pusieron a actuar tal como lo había
aconsejado el irlandés. Sacrificadas las reses, Chester fue invitado de manera
confidencial a presentarse ante el caballero, pero fingiendo ir, no como
invitado, sino por su propia autoridad. Fue acogido y tratado con gran
amabilidad por las hijas del amo de la casa, que le pedían noticias de sus
enamorados piratas expresando el deseo de tener algún recuerdo de ellos; pero todas
sentían grandes ganas de ver al capitán Mainwaring; pues no dudaban de que las
hiciese ricas. El gentilhombre, señor Cormat, cumplió puntualmente con sus
promesas; los dos representantes que había prometido enviar, se presentaron a
bordo, declamando una alocución amistosa y protestando su admiración por el
capitán Mainwaring y de su anhelos de servirle. Terminada esta ceremonia, sir
William propuso enseñarles el buque y la a tripulación; así se convencerían por
sí mismos de que trataban de veras con piratas, pues habían de ser buenos
jueces en la materia, viviendo en medio de tales gentes. Habría sido una locura
continuar simulando un minuto más. Y los dos hombres, aunque lo quisieran, no
podrían traicionar las intenciones de sir William. Así pues, adoptando un tono
tan rudo y brutal como había sido amable el de los dos gentilhombres al cumplir
con su misión, les expuso que habían violado la Ley y que no podían esperar
otra cosa que la muerte. Después les hizo encadenar separadamente, cuidando de
que fuesen encerrados en un lugar oscuro, y ordenó que nadie bajase a tierra
hasta que él mismo lo hubiese hecho. Se aproximaba el momento de la visita
anunciada por sir William. Para presentarle los debidos honores, habían enviado
a la playa unos cuatrocientos o quinientos hombres. Al verlos, el almirante
fingió sentir inquietud por el gran número, mostrándose indeciso de desembarcar
por temor a alguna traición. Si se trataba de servirle con juramentos, votos y
aclamaciones de toda especie -decía-, ya había recibido cuanto deseaba.
Entonces, tres de los principales asistentes, viéndole convencido de su
sinceridad y lleno de confianza, entraron en el agua hasta los sobacos,
disputándose el honor de llevarle a tierra. Uno de los tres era un antiguo
negociante de Londres, que se ocupaba de las llegadas de los barcos piratas. El
segundo había sido maestro de escuela e iba vestido con tanto esmero que
parecía un nuevo Apolo en medio de aquellos rudos hombres. El tercero era un
mercader de Gallaway, pero su negocio principal consistía en comerciar con los
piratas.
Los tres elegantes, cual ujieres, condujeron a sir William a la
mansión del señor Cormat, acompañados por la jubilosa muchedumbre. A su llegada
estimáronse felices aquellos a quienes se dignaba escuchar. Uno de ellos,
lanzándose a pronunciar un discurso, le dijo que conocía a sus amigos y que aun
cuando su nombre no hubiese revelado su personalidad, bastaba ver su rostro
para saber que era un Mainwaring. En suma, le dieron a entender que podía
disponer de ellos como de todo el país y que jamás hombre alguno había sido tan
bienvenido como el capitán Mainwaring. A su entrada en casa del señor Cormat,
las tres hijas de este último se levantaron para recibirle; luego le condujeron
al hall adornado con paja fresca -el embellecimiento más rico que podía ofrecer
su imaginación o la mediocridad del lugar-. En un rincón se encontraba un
arpista que tocaba aires insinuantes para dar a la recepción una nota tan
cordial como lo exigían las circunstancias. Una vez roto el hielo, las tres
jóvenes se informaron acerca de sus parientes y amigos, manifestando ante todo
su deseo de recibir los recuerdos que aquéllos habían prometido enviarles;
después gastaron bromas sobre los dos mensajeros despachados a bordo, sin
sospechar que habían sido hechos prisioneros, sino creyendo que estaban pasando
un buen rato bebiendo y divirtiéndose en el barco, según era costumbre a la
llegada de piratas. Luego las damas invitaron a bailar; una de ellas eligió a
sir William, el cual se excusó, pero dando permiso a todo su séquito. El
irlandés estaba tan contento y alegre que parecía que le había sido infundida
una vida nueva; declaró a sir William que el cielo le había hecho nacer para
servirle y acudir en su ayuda; le enseñó un pasaporte que había conseguido dd
sheriff del país con falsos alegatos y que le permitía trasladarse de un sitio
a otro para buscar los bienes que según pretendía le habían sido robados en el
mar. Se reía a carcajadás de lo del pasaporte y no se cansaba de pintar las
ventajas que podían sacarse de él cuando se trataba de ir y venir por el país
sin despertar sospechas. Ofreció a sir William los servicios de diez marineros
conocidos suyos, emboscados en los aledaños para vigilar la llegada de buques
de guerra, y sobre los que el irlandés afirmaba tener autoridad. Su actitud
bufa bastaba para llenar de buen humor al hombre más melancólico: en un momento
representaba al sheriff, con todo el aire autoritario de este personaje; en
otros, a sí mismo, mostrando con mucha gracia cómo engañaba al sheriff. Sir
William aceptó el ofrecimiento de los diez marinos, prometiendo una recompensa
para el caballero irlandés, y le hizo escribirles una esquela que decía así:
Honrado hermano Dick y compañía: nuestra fortuna está hecha, pues el valiente
capitán Mainwaring y su gallarda tripulación han llegado a estos lugares.
Mostraos serviciales, porque su riqueza es grande, y es el mejor de los
hombres. ¡Adiós! y una vez más: que os mostréis serviciales. Escrita la carta y
encerrado en ella el pasaporte, sir William la tomó ofreciendo hacerla llevar
por un mensajero suyo. Mas como se aproximaba la noche, sintió impaciencia por
regresar a bordo ahora que había obtenido de aquella compañía cuantas
confidencias deseaba, hizo callar el arpa y ordenó silencio para tomar la
palabra. Les dijo entonces que hasta aquel momento todos habían representado su
papel y que sólo él no había tomado parte en la comedia; pero aunque su papel
era el último y podía llamarse el epílogo, resultaría ser más trágico que los
suyos. Disipó su ilusión de que era pirata y les reveló que era el azote de los
piratas, habiendo sido enviado por Su Majestad para descubrirlos, suprimirlos y
castigarlos a ellos lo mismo que a sus cómplices, y que Su Majestad los juzgaba
indignos de figurar entre sus súbditos. Añadió que había recogido informaciones
suficientes para demostrar la protección concedida a los piratas en ese
pasaporte y especialmente por Cormat; que no habría podido imaginar expediente
mejor para obtener la confirmación de cuanto le habían referido, que el de
disfrazarse de pirata; que se habían traicionado a sí mismos sin que hubiese
necesidad de formular otras acusaciones; y que ahora no quedaba más que
proceder a su ejecución, de conformidad con su misión; en suma, que en tal
intención había traído una horca en perfecto estado, y que iba a hacerla
montar, siendo su propósito comenzar la danza macabra por aquellos dos hombres
que dIos creían ocupados en danzar alegremente a bordo. Hizo saber al irlandés
que le tocaría morir en seguida, puesto que su crimen sobrepasaba al de los
demás y dado que en realidad era súbdito inglés y que habría debido dar un buen
ejemplo a aquellas poblaciones a las que hemos combatido desde el principio de
nuestra posesión del país, deseosas de llevarlas a la civilización; y ya que se
veía de manera manifiesta que la gente se sentía más tentada a imitar el mal
ejemplo y no el bueno, no había otro remedio que ahorcarlo para estatuir un
ejemplo. Después dijo al maestro de escuela, que era un pedagogo nato para los
hijos del diablo y que tenía unos discípulos perfectamente a la altura de su
criminal enseñanza; y puesto que los miembros eran gobernados por la cabeza, la
única manera de devolver la salud a sus miembros era quitarle la cabeza; conque
deseaba que amonestase a sus discípulos desde lo alto del cadalso, el cual
sería una cátedra hecha exactamente a su medida. Al negociante le preguntó si
creía que podía haber ladrones si no hubiese a su vez encubridores. Puesto que
el maquinador e instigador del mal era peor que el que lo ejecutaba, el cómplice
encubridor debía ser castigado antes del ladrón. Le declaró que los piratas no
podrían vivir de su oficio si no encontraran compradores de su botín, pues un
humilde obrero no podría trabajar sin recibir sueldo; que el crimen era más
odioso en un mercader que en cualquiera, porque su oficio debía sostenerse con
medios pacíficos. Añadió que no le quedaba ya mucho tiempo por vivir y que
haría bien en saldar sus cuentas con Dios, de manera que apareciese ante él
como buen negociante y buen artesano aunque hubiese sido un malhechor ante la
Ley.
Llegado allí, sir William puso fin a su discurso, tal vez sólo
porque se le acabó el aliento; pues no podía dudarse que él mismo, si no sus
oyentes, gozaba grandemente con lo que decía. Después, como se hacía muy noche,
el almirante se retiró a su buque, dejando en tierra a su carpintero para que
colocase la horca. A la mañana siguiente, muy temprano, los culpables fueron
conducidos al lugar de las ejecuciones y sus guardias se disponían a
encadenarlos al pie del cadalso, cuando llegó sir William, el cual, con gran
sorpresa y júbilo de todos, les anunció que les perdonaría la vida, con tal que
diesen su solemne promesa de no volver a tener trato alguno con piratas,
cualesquiera que fuesen. Los prisioneros, que habían pasado la noche cargados
de cadenas y con lamentaciones, se mostraron en extremo empeñados en prestar el
juramento que les comprometía a abandonar su mala vida, y acto seguido se
vieron en libertad. El inglés -prosigue sir William- fue expulsado, no
solamente de aquella costa, sino de toda la región marítima de Irlanda. Una
copia de su pasaporte se envío al sheriff con la advertencia de mostrarse en
adelante más circunspecto al extender salvoconductos. Antes de salir de
Broadhaven, el astuto almirante capturó gracias a otro ardid un barco lleno de
piratas cuyo capitán, perdonado dos veces, fue ahorcado como ejemplo para los
demás, y -no es aventurado suponerlo-, para poner a prueba la horca traída de
Inglaterra. Esta severa justicia aterrorizó a la gente del país -continúa
Monson- de modo que los piratas abandonaron para siempre el puerto de
Broadhaven y poco después todo el territorio de Irlanda; hecho que fue
atribuído a la ejecución de aquel hombre; pues en días anteriores se prefería
prestarles ayuda en vez de castigarlos. Pero el testimonio de Mainwaring
demuestra que Monson sobreestimaba los resultados de su energía y habilidad.
Otro pirata de aquella época y cuyos principios se parecen a los de la carrera
de Mainwaring, fue el capitán Peter Easton o Eaton, alias Cason, apodado El
Superpirata por los pescadores de Terranova. Encontramos su nombre por vez
primera en 1610, año en que logró verse pintado como pirata de prestigio. En
aquel entonces, su flota de cuarenta barcos tenía en jaque todo el tráfico
desde el Canal de Bristol hasta la desembocadura del Avon, y sus incesantes
saqueos habían obligado a los mercaderes de Bristol a implorar el auxilio del
lord almirante, conde de Nottingham. Un año después, Easton se dirigía hacia la
costa de Terranova a la cabeza de diez buques de guerra. Lo mismo que
Mainwaring, iba con la intención de completar sus aprovisionamientos y
tripulaciones. Encontramos algunos detalles sobre sus actividades allí, en el
libro de sir Richard Whitbourne: Discourse and Discovery of Newfoundland. No
existía en aquellos tiempos ningún poder, ni civil, ni militar, capaz de
refrenar a la turbulenta población de Terranova, que durante el verano ascendía
a quince y hasta a veinte mil pescadores. Llegado a Harbour Grace en 1612,
Easton robó cinco veleros, cien cañones y diversas mercancías por valor de diez
mil cuatrocientas libras. Obligó a la fuerza, o enganchó, a quinientos
pescadores ingleses a pasar a su servicio haciéndose piratas. A los barcos
franceses les quitó mercancías, sobre todo pescado, valuadas en seiscientas
libras; a un gran mercante flamenco, mil libras, y a doce embarcaciones
portuguesas, tres mil libras. Los piratas causaban igualmente grandes estragos
en tierra, robando a los plantadores, incendiando los bosques, y cometiendo
asesinatos y otras violencias. Los capitanes errantes ingleses, como por
eufemismo los llama Whitbourne, eran, con mucho, los más canallas; y añade el
autor que todas las demás naciones, al entregarse a la piratería, se adaptan
mucho mejor al buen orden que los ingleses. Whitbourne, que pasó gran parte de
su vida en Terranova, perdiendo toda su fortuna al intentar colonizar la isla
con galeses, fue hecho prisionero por Easton, el cual le mantuvo once semanas
bajo la Ley. Aquel cautivo se mostró muy distinto de los que el Superpirata
había encontrado hasta entonces, pues amonestó a Easton con tanta persuasión y
severidad haciéndole ver la maldad de su existencia, que el pirata acabó por
implorar a Whitbourne para que se fuera a persuadir a sus buenos amigos a
hacerse humildes peticionarios de su perdón ante el rey. Whitbourne aceptó,
pero rechazó las grandes riquezas que Easton le ofrecía como recompensa de sus
servicios. Convinieron en que el pirata arrepentido le seguiría a pequeñas
jornadas, de manera que su perdón quedase concedido antes de su regreso a
Inglaterra. Mientras tanto Easton decidió darse un último gusto antes de
convertirse en marino honrado. Se hizo a la vela, rumbo a las Azores, para
interceptar una de las flotas de oro españolas. Después, con sus catorce naves
cargadas hasta reventar con el botín, se puso a cruzar frente a la costa
berberisca en espera del anhelado perdón. Finalmente desesperando de obtenerlo,
se dirigió a Villafranca, lugar de cita favorito de los piratas. Allí compró un
palacio, almacenó su botín estimado en dos millones de ducados en oro y se
entregó a una vida de lujo durante el resto de sus días, siendo el primero de
una interminable serie de magnates que se retiraron a la Cóte d' Azur. Durante
la era isabelina y los reinados de los primeros Estuardos, algunos hombres del
más alto rango se hicieron piratas, ya sea por necesidad o por amor a las
aventuras. Uno de ellos, sir Francis Verney, cedió, al alistarse en la
piratería, a la atracción suplementaria de una fuga ante el autoritarismo de su
esposa. Casado desde muy niño, por una suegra intrigante, con su hija de
carácter dominador, fue enviado al Trinity College de Oxford, donde se
inscribió en 1600. Se hizo notar por su buen parecido, una gran valentía
personal y un modo de vestir suntuoso. Tan pronto como hubo llegado a mayor
edad, Verney se dirigió al Parlamento pidiendo la revocación de ciertas
disposiciones legalizadas por su suegra y mediante las cuales ésta le privaba
del uso de su fortuna. Al ver rechazada su petición, disputó con su dominante mujer,
vendió sus tierras y desapareció de Inglaterra.
Durante los años siguientes, Francis Verney, vagó por Europa, se
batió varias veces en duelo, y derrochó su fortuna. Gastado el último penique,
se reunió con un pariente suyo, el capitán Philip Gifford que mandaba una
compañía de doscientos aventureros ingleses al servicio de Muley Sidan,
pretendiente al trono de Marruecos. Después de la aplastante derrota de Sidan,
Philip Gifford se hizo pirata a bordo de un buen barco, el Fortune. Sir Francis
Verney tomó parte en sus empresas, molestando a sus propios compatriotas y
llevando a Argel barcos arrebatados a mercaderes de Poole y de Plymouth. Verney
no hace nada a medias. Una vez en Argel, se hizo turco y llevó el turbante y el
traje de los moros. Finalmente, fue derrotado en un combate contra algunos
sicilianos, y, hecho prisionero, remó durante dos años como esclavo a bordo de
una galera. El fin de su vida fue trágico. Si, podemos dar crédito al
explorador William Lithgow, éste encontró al grande y valiente inglés, sir
Francis Verney, enfermo y en el estado más lamentable, en el hospital de Santa
María de la Piedad de Mesina, donde murió el 9 de septiembre de 1615. Un
mercader inglés, John Watchin, expidió a Claydon, la residencia de Verney en
Buckinghamshire, todo cuanto poseía y entre otros objetos, su retrato. Estos
recuerdos se conservan en aquel castillo. Algunos años después de su muerte,
surgió otro pirata que debía de causar infinidad de disgustos a las autoridades
inglesas. Fue el capitán John Nutt de Lympston, en Devon, sobre el cual
encontramos muchas informaciones en la Vida de Sir John Eliot por John Forster.
En 1623, el rey Jacobo tuvo necesidad de marinos para su armada. Sir John
Eliot, vicealmirante de Devon, recibió órdenes de reclutar a la fuerza
tripulantes para la marina de guerra. Parece seguro que Nutt barruntó esta
orden antes de que fuera hecha pública, y lo advirtió a la región del Oeste.
Cuando los odiados agentes del enganche forzoso pusieron manos a la obra,
cientos de marineros habían huído a Terranova, alistándose en la flota pesquera;
otros muchos se ocultaban en el interior del país. El pirata Nutt mandaba
algunos buques que surcaban el Canal y las aguas de Irlanda. Al principio había
navegado como cañonero a bordo de un barco de Dartmouth, con destino a
Terranova; pero llegado a esta isla, se unió a un grupo de otros tránsfugas de
los agentes de reclutamiento, se apoderó de un navío francés y comenzó a
trabajar por su cuenta. La fortuna no tardó en sonreír a los flamantes piratas;
pues apenas salidos del nido, capturaron un gran velero de Plymouth, así como
una goleta flamenca de doscientas toneladas. Con esta pequeña escuadra Nutt y
sus tripulantes saquearon las flotas de pesca, y luego se trasladaron a aguas
inglesas. La fama de que gozaba y su reputación de ser favorecido por la suerte,
atraían a su servicio multitud de navegantes descontentos o necesitados. Sus
robos y excesos en la Mancha y en el Mar del Norte provocaron un alud de
reclamaciones; pero desde su seguro retiro de Torbay, Nutt sólo se reía de las
amenazas proferidas por las autoridades de Londres. Sir John no tardó en darse
cuenta que mientras Nutt dispusiese de plena libertad de acción, no habría paz
en el mar, ni posibilidad de encontrar marinos para la Armada Real. La
principal razón de que así fuera, residía en que Nutt pagaba a sus hombres
sueldos decentes y con puntualidad; mientras que el común de los marinos que
tenían el privilegio o la desdicha de servir a su rey, recibían un alimento
infecto y podían sentirse felices si alguna vez llegaban a cobrar. El vicealmirante
se desvivió para coger a Nutt. Imaginó toda clase de trampas, con la esperanza
de capturarlo cuando fuera a tierra a ver a su mujer e hijos. Pero el pirata no
bajaba sin una sólida escolta de guardias armados, y se necesitaba todo un
regimiento para dominarlo. El rey despachó una orden urgente de detener a Nutt
sin tardanza. Mas ella sólo aumentó las dificultades del vicealmirante. Y es
que por un lado Su Majestad publicaba órdenes de arresto contra el pirata,
mientras por otro, cediendo a la presión de ciertos altos personajes de la
Corte, pagados por Nutt, le prometía constantemente el perdón a cambio de
algunas concesiones. En mayo, Nutt, animado con la esperanza de escapar al
encarcelamiento y de obtener el prometido perdón, escribió desde su buque de
guerra anclado en Torbay, una carta al vicealmirante, ofreciéndole por su
indulto la suma de trescientas libras. Eliot corrió a Torbay; pero el pirata,
dudando en el último momento, le hizo decir por medio de un mensajero que sabía
que sería bienvenido en tierra, pero que sus hombres no le permitían bajar y
que por lo tanto pedía se le excusara. El único medio que le quedaba a Eliot
para inducir a Nutt a bajar a tierra, era ir a verle a bordo de su buque. Era
evidentemente un paso arriesgado, pues se entregaba el vicealmirante a merced
de la más despiadada gavilla de matones que surcaba los mares. El encuentro
tuvo lugar, y Eliot supo en seguida que Nutt, mientras negociaba su perdón,
había capturado un mercante de Colchester con un cargamento de azúcar. Los
enemigos de Eliot le acusaron ulteriormente de haber rechazado con desdén una
demanda de restitución por parte del propietario de aquel barco; pero Eliot
explicó que había deseado hacer de la restitución de aquella presa una
condición esencial de la continuación de las negociaciones con el pirata, pero
que éste había recibido su intención con una ola de invectivas tal que el
vicealmirante se dió cuenta de la inutilidad de insistir en ese punto. Tras
prolongados regateos y muchas consultas con la botella de vino colocada entre
los dos sobre la mesa, se acordó que Nutt se trasladaría a tierra, que haría
acto de sumisión y que recibida su perdón mediante el pago de quinientas
libras. El día convenido, su buque llegó a la entrada del puerto; pero parece
que Nutt olfateó -y con mucha razónalguna trampa; pues hizo saber a Eliot que
no bajaría a tierra mientras el vicealmirante no se presentase a bordo. El
astuto sir John, sabiendo muy bien que la fecha del perdón que llevaba en su
bolsillo había expirado, rehusó, recordando los riesgos de su primera aventura,
el día en que había subido a bordo en Torbay; y ahora que llevaba consigo un
perdón caducado, tenía aún menos motivo para confiarse una vez más a gente de
aquella especie. Finalmente, el pirata bajó a tierra y fue arrestado hasta que
llegase de Londres la decisión sobre su suerte y la de su tripulación. Mientras
esperaban en el muelle de Dartmouth, los piratas, ataviados con magníficos
trajes, se pavoneaban escribía el burgomaestre al Consejo de la Ciudad-
haciéndose los fanfarrones y sin manifestar la menor vergüenza al pasear ante
los ojos de los pobres espectadores las prendas que les habían robado pocos
días antes; jamás se ha visto representar entre nuestra nación un papel tan des
fachatado y cruel. Por fin, tras un vaivén de innumerables órdenes y
contraórdenes, llegaron instrucciones de Londres disponiendo que Nutt fuera
enviado a la capital como prisionero, al mismo tiempo que su tripulación debía
ser encarcelada en los calabozos de la ciudad. Sir John embargó, además, el
botín del pirata. En el minucioso inventario que con tal motivo redactó, se
encuentra esta tentadora inscripción: Una arca que recuperé ayer y en la que
pensaba hallar un tesoro; pero estimo su contenido tan poco propio de figurar
aquí que no me atrevo a mencionarlo. Mientras tanto, un amigo de Nutt, sir
George Calvert, personaJe del séquito de lord Baltimore, principal secretario
del rey, se ocupaba activamente en Londres en favor de su libertad. Calvert,
propietario de una plantación en Terranova, había recibido del capitán de
piratas ciertos favores, mientras este último se hallaba allá abajo, y ahora se
apresuraba a pagarlos. Valiéndose de una falsa acusación, el caballero hizo
arrestar a sir John Eliot, el cual fue encerrado en la prisión de Marshalsea
para esperar allí su juicio, y mientras el vicealmirante se hallaba encarcelado
en espera de que regresase de España su patrón -el omnipotente favorito del
rey, el duque de Buckingham-, el pirata obtuvo su perdón, y, puesto en libertad,
se vió recompensado con un obsequio de cien libras. Apenas libertado, Nutt
volvió a las andadas. De nuevo apacecieron órdenes del rey disponiendo su
detención, y un tal capitán Plumleigh fue enviado a la costa de Irlanda con un
buque de guerra y dos guardainfantes para capturar al pirata. Plumleigh le
encontró a la cabeza de veintisiete veleros berberiscos, y así se explica que
el cazador se convirtiera en cazado y que le costara mucho trabajo salvarse.
Observa un historiador de Nutt: ¡Con qué maldad ha pagado aquel miserable
favorito de la Fortuna, durante tres años y con una serie de humillaciones como
ésta, la clemehcia del Rey y la protección del Estado, los cuales, ¡ ay!, le
salvaron del cadalso que le había preparado Eliot. Y es que Nutt se había
convertido en la más terrible plaga que había azotado hasta entonces las
posesiones de Su Majestad. Nadie le resistía en el mar, y su determinación de
asestar golpes mortíferos no conocía vacilación alguna. Poco después de su
encuentro con Plumleigh, Nutt capturó un barco cargado con el bagaje, los
muebles, el guardarropa y la vajilla de plata de lord Wenworth, el nuevo
vicegobemador de Irlanda, en Dublín. Fue aquella la manera de manifestar su
gratitud a Calvert, cuyo íntimo amigo era el lord. Desde el punto de vista de
la publicidad literaria, hay pocos corsarios que superen al famoso capitán John
Warde, que fue también el héroe de numerosas baladas populares. El Museo
Británico posee dos raras obras sobre sus hazañas de pirata. La primera vez que
se oyó hablar de John Warde es representado como un harapiento borrachín que
frecuentaba las tabernas de Plymouth, donde tenía reputación de un rufián
brutal y grosero, al que raras veces se veía sobrio y que pasaba el tiempo
quejándose ruidosamente de sus infortunios y maldiciendo la buena suerte de los
otros. Habiendo principiado su carrera marítima como pescador, aparece a fines
de la era isabelina en las filas de los corsarios. Al subir al trono el rey
Jacobo, obseso de ridículas ideas de paz con España, Warde se halla entre los
innumerables individuos de su especie, condenados a la miseria. Finalmente su
situación se hace tan desesperada que se ve obligado a entrar al servicio de la
Marina Real, último recurso de los marinos hambrientos, y es embarcado a bordo
de la pinaza de Su Majestad Lion's Whelp. Como marino, Warde no fue un modelo.
La disciplina convenía poco a su carácter; el sueldo no bastaba para asegurarle
la forma de vida a que aspiraba; y suscitó el descontento de sus camaradas
recordando con pesar los buenos tiempos de Isabel, cuando podíamoS cantar,
jurar, apalear y matar tan libremente como vuestros pasteleros lo hacen con las
moscas. El mar entero era nuestro imperio, donde podíamos saquear a nuestras
anchas, y el mundo era nuestro jardín que nos daba gusto recorrer. Con esa
clase de discurso, Warde influyó en algunos de sus compañeros sublevando sus
malos instintos, de modo que aceptaron la idea de participar en todas sus
bribonerías. Pronto se presentó una ocasión. Sujeto a lo largo de su barco se
encontraba un pequeño bergantín, comprado -fue Warde quien lo descubrió-, por
un católico disidente que acababa de vender sus tierras de Pietersfield y
embarcaba todos sus bienes temporales con destino a Francia. Ahora bien, el
plan de Warde y sus amigos consistía en introducirse, al amparo de la noche, a
bordo del bergantín. Una vez allí, la pandilla se haría a la mar llevándose el
caudal del emigrante. Habiendo obtenido permiso de ir a divertirse a tierra,
los treinta bribones se reunieron en una cervecería, donde eligieron capitán a
Warde, arrodillándose en torno suyo con sus vasos en las manos. Llegada la
noche, robaron una embarcación y abordaron el bergantín; y una vez a bordo,
huyeron con el barco al mar. Inmensa fue su decepción a la mañana siguiente,
cuando una inspección de la presa reveló que no había a bordo ningún objeto de
valor, salvo algunas provisiones de viaje. Al parecer, un suspicaz amigo dd
propietario lo había advertido; pues el disidente se apresuró a poner sus
bienes a salvo, transportándolos a bordo del Golden Líon, buque de guerra que
fondeaba por entonces en el puerto de Portsmouth. Los pícaros, comprendiendo
que no había que pensar en volver a su barco, se consolaron con las excelentes
provisiones e hicieron vela rumbo a la entrada del Canal. A la altura de las
Islas Scilly, tropezaron con un navío francés de ochenta toneladas, que
lograron capturar gracias a una hábil estratagema. Lo bautizaron Líttle John,
nombre del teniente de Robin Hood. Regresando luego al sur de Plymouth, completaron
sin dificultad la tripulación con la clase de hombres que necesitaban. Los
nuevos piratas se dirigieron entonces hacia el Mediterráneo, haciendo de paso
un par de presas. Llegado a Argel, Warde pidió al bey permiso de servir a sus
ordenes; pero éste lo rechazó. Entonces el pirata se presentó en Túnez, donde
recibió una acogida calurosa por parte del bey, el cual e permitió servirse de
su puerto a cambio de la mitad del botín que trajese. Mientras tanto se había
establecido en Argel Simón de Danser, el renegado holandés, y los corsarios
ingleses firmaron con él la alianza que ya hemos mencionado en las páginas
anteriores. Con esta pareja de maestros del oficio, los piratas berberiscos
aprendieron rápidamente a construir y maniobrar barcos de vela en vez de sus
pequeñas galeras de remo. Warde, combatiendo bajo el pabellón de Túnez, no
sentía escrúpulo alguno en atacar los mercantes cristianos; y tuvo tanto éxito
que no había transcurrido un año desde el comienzo de sus operaciones, cuando
ya el rey de Francia juzgó necesario despachar a Túnez una misión especial para
protestar contra las agresiones de los piratas ingleses. La protesta parece
haber sido eficaz; pues Warde dejó en adelante tranquilos a los franceses,
consagrando sus innegables talentos a la captura y el saqueo de los barcos
venecianos, así como de los que llevaban el pabellón de los caballeros de San
Juan, de Malta. Fue dentro de los cascos de las naves venecianas donde halló
Warde la mayor parte de la fortuna que le permitió construir en Túnez un
palacio cuya grandeza podía rivalizar con la de la residencia del propio bey
-un noble edificio, lleno de esplendor y suntuosamente adornado con mármol y
alabastro ... Hecho para un príncipe, más que para un pirata-, si se quiere dar
crédito a alguien que lo vió con sus propios ojos. En 1611, el viajero William
Lithgow, de paso en Túnez, almorzó y cenó en varias ocasiones como huésped de
Warde. Hablando de él, afirma que se había hecho turco por haber sido
desterrado de Inglaterra. El encarcelamiento de Eliot constituye un ejemplo
harto típico de las luchas que había de sostener un funcionario concienzudo.
Una vez puesto en libertad, el vicealmirante reanudó sus esfuerzos para dar
fuerza a la Ley; mas la inercia y la deshonestidad de Whitehall hicieron
fracasar su celo. Todos los años, mientras reinaba Jacobo, se recaudaban nuevas
sumas bajo forma de tasas especiales, con objeto de armar buques y construir
fortificaciones; y todos los años, la mayor parte de estos fondos era
dilapidada o gastada en otros fines. Los piratas berberiscos volvieron a
infestar la Mancha, atacando incluso en pleno día las aldeas de la costa y
arrastrando hacia sus barcos poblaciones enteras. Los pescadores ya no osaban
salir mar adentro. Se estancaba el comercio, y subían los precios. En qué
medida la debilidad del gobierno frente al terror ejercido por los piratas, ha
contribuído a la impopularidad de los Estuardos, es cosa que ofrecería un
interesantísimo tema de estudios históricos. Hubo en el Parlamento ataques indignados
contra el duque de Buckingham en su calidad de lord almirante. Las acusaciones
fueron lanzadas por sir Robert Mansell, almirante que había mandado hacía
algunos años una infeliz expedición contra Argel. Declaró en su discurso que
los turcos continuaban merodeando por el oeste, y la gente de Dunquerque, en el
Este, y que en todas partes se alzaban gritos. Las pérdidas de los ingleses
eran importantes, los peligros que corrían, más grandes todavía, y sus temores
sobrepasaban todo. Ya no hay mercader que ose aventurarse al mar; la gente ya
no se siente segura en tierra. Algunos han afirmado que si las poblaciones se
enfrentan a tal situación es porque los buques del Rey han sido impedidos de
acudir en su ayuda, a despecho de los órdenes dadas por el consejo. Se les ha
visto cruzar frente a los puertos y costas, cercanos a su base; pero nunca allí
donde aquellos bribones se han mostrado más agresivos. Aun más: ha sido probado
en ciertOs casos, que los mercantes fueron robados a la vista de los buques de
guerra, y que el capitán, suplicado para que les diera auxilio, se lo negó
diciendo que sus instrucciones no le permitían tal cosa. Estas acusaciones
pesaron más por las peticiones debatidas ante el Parlamento el 11 de agosto de
1625, y cuyos firmantes eran el gran jurado de Devon, el alcalde de Plymouth y
algunos reputados negociantes del Oeste. Los quejosos alegaban que el almkante
de su base naval, Sir Francis Stewart, había dejado capturar algunos barcos
ingleses ante sus propios ojos sin oponer a los piratas el menor obstáculo. El
diputado por Hull, señor Lister, llamó a su vez la atención sobre los daños
causados a la navegación por los piratas de Dunquerque, declarando que el
tráfico en la costa oriental estaba punto menos que paralizado. Pero la sesión
del Parlamento fue levantada -como ocurría con frecuencia durante la era de los
Estuardo- sin que se tomara una decisión frente a un problema de una
importancia tan grande para el país. La reanudación de la guerra bajo Carlos I
puso de manifiesto hasta qué punto Jacobo, en veinte años apenas, había dejado
descender la gloriosa marina de Isabel. Fracasado el inútil ataque contra Cádiz
en 1625, se supo, por las investigaciones emprendidas, que los barcos y sus
aparejos se deshacían literalmente. Los oficiales no sabían navegar y se
mostraban incapaces de mantener la disciplina entre sus tripulaciones, las
cuales, a su vez, además de mal nutridas, harapientas y enfermas, se componían
de la hez de los puertos. Levet en su Informe sobre el viaje a Cádiz a bordo del
Cope, refiere que la confusión en la flota inglesa, en camino hacia las costas
de España, adquiría proporciones tales que los buques eran abordados
constantemente. Sucedía incluso que un barco daba caza a otro, tomándolo por un
enemigo, no obstante la gran diferencia de construcción entre los cruceros
ingleses y los españoles; diferencia que no habría escapado al ojo de un marino
experto. Para colmo, dos unidades de la armada, oreyendo poder encontrar mejor
suerte en otra parte -suposición muy acertada, como lo había de demostrar la
batalla posterior-, desertaron durante la travesía y se hicieron piratas.
Penoso contraste con la expedición de 1597, cuando la flota inglesa bajo el
mando de Howard y Essex había entrado al puerto de Cádiz con todas las velas puestas,
destruyendo en un día y una noche cuantos buques allí había, y apoderándose de
la ciudadelá misma. Durante el nuevo reinado, la ola de peticiones de auxilio
que contra los piratas llegaban de Turquía o de Dunquerque, y las patéticas
llamadas procedentes de esclavos ingleses, cautivos en los puertos berberiscos,
no dejaron de ser más numerosos. Pero no había mucho que hacer. Ejecutar a los
prisioneros era peligroso, dado el exceso de cautivos ingleses en manos de los
moros, resultando el peligro de represalias en proporción de diez por uno. De
mala gana se hicieron proposiciones respecto a un intercambio de prisioneros, y
aun se aceptó la demanda de pagar el rescate, en ciertos casos, con cañones,
los cuales algún día habrían de volverse contra los ingleses. Procedimiento
lamentable observa el señor Oppenheim-, pero el único camino abierto, puesto
que las expediciones no lograban limpiar el Canal. Si la costa sudoccidental
sufría el azote de los piratas berberiscos, no era mejor la situación de la oriental,
pues los corsarios de Dunquerque sometían todo el litoral desde Northumberland
hasta Suffolk a un severo bloqueo. Newcastle se lamentaba gritando que su
comercio de hulla se encontraba a punto de desaparecer, y Norwich se veía
imposibilitada para cualquier tráfico teniendo anclados en su puerto cincuenta
y ocho mercantes que no se atrevían a salir, habiendo sufrido en aquel mismo
año pérdidas por la suma de cuatro mil libras. En Lynn, las cosas andaban tan
mal, cuando no peor, que en los citados puertos; un millar de marinos estaban
sin trabajo, mientras que los piratas desembarcaban cuando y donde les daba la
gana, saqueando y quemando las casas. Del orgullo de los antiguos Cinco Puertos
no quedaba más que el recuerdo, y tenían que recurrir a urgentes peticiones,
implorando auxilio contra el poderío y la furia de la gente de Dunquerque, por
la que se sentían oprimidos miserablemente, hasta el punto de no osar emprender
travesías a plazas tan cercanas como Scarborough o Yarmouth, ni pescar en el
Mar del Norte. Habían de transcurrir varios años hasta que Carlos I y sus
consejeros se dicidieron a tomar medidas eficaces. En 1637, sin embargo, se
hizo una primera tentativa: el almirante Rainborow fue enviado con una fuerza
punitiva a Salé, hecho que produjo una mejora instantánea, aunque pasajera,
despejando por fin la costa inglesa, de piratas berberiscos. Esta fue la única
ocasión durante tOdo el reinado, en que se dió un paso realmente comprensivo.
Pero sus efectos no sobrevivieron a la vuelta de Rainborow: a poco tiempo, los
piratas invadieron de nuevo sus antiguos terrenos de caza. La muerte de Carlos
I y la proclamación de la República dieron lugar a una rápida regeneración de
la marina. Sin tardanza, se tomaron dos medidas benéficas: los buques de guerra
fueron reparados y puestos en condición de navegar; y -hecho aún más
importante- se concedió un poco de consideración a los tripulantes, hasta
entonces explotados despiadadamente. Los marinos recibieron sueldos
convenientes, pagados con puntualidad; su alimento, aunque modesto, llegó a ser
de calidad y cantidad muy superiores a lo que había sido durante el gobierno
anterior. Todos estos hechos, a los que debe añadkse la introducción de
medallas, por Oliverio Cromwell, alentaron a los buenos marinos a devolver su
antigua combatividad a la armada. Los primeros en sentir el cambio ocurrido
fueron los piratas. Al cabo de poco tiempo, tanto los turcos como los
merodeadores de Dunquerque se hallaban expulsados del Canal. Bien se veía aun
aquí y acullá a uno u otro ladrón del mar al acecho en el Canal de Bristol o
frente a Jersey, en las islas anglonormandas; pero en 1651 los corsarios fueron
desalojados también de este último reducto, por el almirante Blake. La primera
guerra con Holanda creó empleos para los marinos ingleses, y la mayoría de los
pintas británicos acudieron de buen grado en ayuda a su país, luchando por
doquiera que fuese preciso dar batalla. A fines de esta guerra, en 1654, Blake
fue enviado Con una poderosa flota contra los corsarios de Túnez. El fin de la
República originó una nueva caída del poderío naval británico y, como
consecuencia de ella, una recrudescencia de la piratería en el Canal. Después
de la Restauración, Carlos II envió a Sir Thomas Allen a la costa berberisca.
Allen bombardeó Argel, y lo mismo hizo en 1671 sir Edward Spragge con Bugie.
Diez anos más tarde, con motivo de la interrupción del comercio francés en el
Mediterdneo, el almirante Duquesne se hizo a la mar con una escuadra que
aniquiló en el puerto de Scio ocho galeras piratas, derrota que determinó a los
argelinos a ceder. Desde aquel momento, según hemos referido en el capítulo
sobre los corsarios berberiscos, la amenaza mora en el Atlántico cesó
bruscamente y su presencia ya no fue más que un problema del mediterráneo.
LIBRO TERCERO
CAPÍTULO I LOS
BUCANEROS
La extraña y siniestra escuela de piratería, conocida bajo
nombre de la Hermandad de la Costa, tiene sus orígenes en ciertos cambios
peculiares de la política europea. España había perdido su posición de primera
potencia del universo, y las otras naciones se mostraban cada vez menos
dispuestas a respetar su reivindicación del monopolio sobre las Antillas y el
Mar Caribe, ni a aceptar siquiera teóricamente la fórmula: No hay paz más allá
de la Línea. (La línea era el meridiano de longitud fijado por el Papa Alejandro
VI y que aseguraba a España su monopolio resultado de los descubrimientos de
Colón). El uso que hacían los españoles de su monopolio era no solamente en
extremo estúpido sino algo peor que esto. Como todos los países en los
comienzos de su expansión colonizadora, España se aferró a la vana empresa de
impedir todo contacto entre sus colonias y el extranjero, convencida de que
extraería un máximo de beneficio para sí misma, obligándolas a comerciar
exclusivamente con la metrópoli, sin tener en cuenta el hecho de que no
disponía de medios que le permitieran abastecer las poblaciones coloniales con
más que tan sólo una pequeña parte de los productos que necesitaban a cambio de
sus propias exportaciones. Y no era éste el único motivo que guiaba a los españoles
al excluir las colonias del comercio universal. También intervenían razones
religiosas: así se prohibía a todos, los herejes el acceso a las posesiones
occidentales de Su Católica Majestad. Casi al día siguiente de las primeras
conquistas ultramannas había sido promulgado un edictp prohibiendo dejar bajar
a tierra a los corsarios luteranos en ningún establecimiento español, ni de
venderles o comprarles allí productos, víveres o abastecimientos de ninguna
especie. Pero más fácil era promulgar tal edicto que hacerle respetar. Los
colonos necesitaban de los géneros que les ofrecían los corsarios y,
consiguientemente, se los compraban. Esta demanda fundamental explica el éxito
de Hawkins y sus semejantes hacia mediados del siglo XVI. Y pronto asomó un peligro
aun más grave que el contrabando: los sinvergüenzas extranjeros comenzaron a
colonizar los territorios vedados y a establecer relaciones comerciales
permanentes con sus vecinos españoles. La 'primera colonia fundada por los
franceses en Florida, en 1562, fue destruída despiadadamente. Los españoles, en
su afán de proteger su monopolio, no retrocedían ante ninguna crueldad. En
diciembre de 1804, el embajador de Venecia en Londres escribía que en las
Antillas, los españoles, al capturar dos barcos ingleses, habían cortado a los
tripu1antes las manos, los pies, la nariz y las orejas; después los
embadurnaron con miel, los ataron a los árboles y los entregaron así a la
voracidad de los mosquitos y otros insectos. Esta información de fuente inglesa
puede aparecer exagerada o excepcional; pero no sorprende leer que tal barbarie
arranca lágrimas a nuestro pueblo y que había pocos crédulos cuando los
españoles aducían que se trataba de piratas y no de mercaderes, y que ellos no
estaban enterados de la paz. A pesar de todo, continuaba la colonización. El
primer establecimiento fijo de los ingleses en América fue el de Jamestown, en
Virginia, fundado en 1607. En 1632, los ingleses pusieron pie en las Antillas,
estableciéndose en Saint Kitts, aunque dos años más tarde hubieran de compartir
la isla con los franceses. Fueran cuales fueren los primeros intrusos en las
posesiones españolas: piratas, ladrones o mercaderes honrados, en todo caso no
eran bucaneros. Un pirata era un criminal que se apropiaba los barcos de cualquier
nación y en todas las aguas; en tanto que los bucaneros primitivos buscaban su
botín exclusivamente a expensas de los españoles, y en las costas americanas.
Su principal razón de ser era la estrechez de vista de aquellos, que no podían
vender a los colonos lo que necesitaban o que se lo vendían a precios
prohibitivos, fijados por las autoridades de Cádiz, en un momento en que los
extranjeros introducían en las colonias toda clase de mercancías a precios
razonables. La primera base de aquellos mercaderes guerrilleros y cuna de la
cofradía de los bucaneros fue La Española hoy llamada Haití o Santo Domingo, la
segunda de las Antillas por su tamaño. Esta isla extensa y magnífica había sido
poblada otrora por razas indias, virtualmente desaparecidas por guerras y
emig¡raciones. Después de la conquista de México y el Perú, la mayor parte de
los colonos españoles abandonaron las islas buscando fortuna en el continente y
dejando tras sí numerosos rebaños de ganado medio salvaje y de marranos
domésticos que vivían en libertad en las sabanas. Poco a poco habían llegado
ingleses y franceses, para cazar animales silvestres, secar su carne y venderla
a los barcos transeúntes. Clark Russel, en su Vida de William Dampier, describe
tal establecimiento primitivo e indica de paso el origen del nombre bucanero.
Hacia mediados del siglo XVII, la isla de Santo Domingo, o La Española como la
llamaban en aquel entonces, se encontraba invadida por una singular comunidad
de hombres salvajes, hirsutos, feroces y sucios, en su mayoría colonos
franceses, cuyo número aumentaba de cuando en cuando con manadas de recién
llegados procedentes de los bajos fondos de más de una ciudad europea. Estos
hombres iban vestidos con camisa y pantalones de tela bastada, la cual
empapaban en la sangre de las bestias muertas por ellos. Llevaban una gOrra
redonda, botas de piel de cerdo que les cubrían la pierna, y un cinturón de
piel cruda, en el cual metían sus sables y navajas. También estaban armados de mosquetes
que disparaban un par de balas de dos onzas de peso cada una. Los sitios en que
secaban y salaban la carne se llamaban boucans, y de este término procede su
nombre de bucaneros. Eran cazadores por profesión y salvajes por costumbre.
Abatían las bestias de cuernos y traficaban con su carne. Su alimento preferido
era la médula cruda de los huesos de aquellos animales. Comían y dormían sobre
el suelo desnudo; su mesa era una piedra, su almohada un tronco de árbol, y su
techo el cálido y centelleante cielo de las Antillas. Los primeros que violaron
el monopolio español fueron los franceses. Aunque Scaliger, el cronista
francés, escribiera a fines del siglo XVI: Nulli melios piraticum exercent quam
angli, los filibusteros que operaban allende el Canal no eran nada menos que
torpes en su oficio. Ya hacia mediados del siglo, los franceses de Dieppe, de
Brest y del litoral vasco andaban saqueando por el Oeste, y los nombres tales
como Jean Terrier, Jacques Sore y Francois Le Clerc, alias Pie de palo o Pierna
de palo, sonaban tan mal a los oídos españoles como los de Francis Drake o de
John Hawkins. Aquellos primeros piratas no se enfrentaron, por cierto, con una
tarea difícil, pues la mayor parte de los establecimientos atacados por ellos,
eran mal defendidos, casi no tenían cañones, y a menudo hasta carecían de
pólvora. Los corsarios franceses se familiarizaron pronto con las rutas
favoritas que seguían al regresar los galeones cargados de oro, adoptando la
costumbre de cruzar frente a las costas de Cuba y de Yucatán, al acecho de
ricas presas. Tan pronto como aparecía una flota de aquellas grandes, pero poco
veloces carabelas, los ligeros y bajos navíos piratas, cerrándose con el
viento, las seguían de cerca, esperando la ocasión de dar el salto sobre la que
tuviese la mala suerte de quedarse atrás o de separarse del grueso; de modo que
no nos extraña oír decir de ellos que habían acabado por convertirse en la
pesadilla de los marinos españoles. Aquellos hombres eran los precursores de
los bucaneros, que no comenzaron a prospear hasta mediados del siglo XVII. Sus
principios reales datan de su expulsión de La Española por los españoles. Esta
gente celosa decidió desembarazarse de los bucaneros, inofensivos hasta
entonces; mas desalojándolos, -operación que se llevó a buen término sin gran
dificultad- convirtió a los derribadores de caza en derribadores de hombres.
Expulsados los colonos hallaron un seguro refugio en la pequeña y rocosa isla
de la Tortuga, frente a la costa noroccidental de La Española. Allí se
instalaron, fundando una especie de República y construyendo un fuerte. Durante
un par de años, todo parecía haber prosperado en la nueva colonia, hasta que
una escuadra española, llegada de Santo Domingo, un día se abatió contra ella,
destruyéndola. Pero los españoles no se quedaron mucho tiempo, y después de su
desaparición, los antiguos dueños comenzaron a volver a la isla. No fue, sin
embargo, hasta 1640, varios años más tarde, cuando se establecieron allí los
auténticos bucaneros, iniciando una era de constante progreso de casi ochenta
años. Aquel año, un francés de Saint-Kitts, el señor Levasseur, calvinista,
hábil ingeniero y gentilhombre intrépido, reunió una compañía de cincuenta
compatriotas y correligionarios, y atacó por sorpresa la Tortuga. El asalto fue
coronado por el éxito, y los franceses, sin tropezar con grandes obstáculos,
tomaron posesión de la isla. Lo primero que hizo el nuevo gobernador, fue
construir un sólido fuerte sobre cierto promontorio, y armarlo con cañones.
Dentro de esta fortaleza, edificó su propia mansión, a la que dió el nombre de
El Palomar. La única manera de llegar al fuerte era trepando primero por una
escalera tallada en la roca, y luego por una escala de hierro. Apenas terminado
el castillo, se presentó en el puerto una escuadra española que se acercaba sin
recelo, cuando fue recibida por un fuego fulminante desde El Palomar, fuego que
echó a pique varios buques y ahuyentó el resto. Bajo el sabio gobierno del
caballero Levasseur, el pequeño establecimiento tuvo tiempos prósperos. Se
congregaron allí aventureros franceses e ingleses de toda especie, plantadores,
bucaneros y marinos desertores. Los bucaneros cazaban en la vecina isla de La
Española, los plantadores cultivaban el tabaco y la caña de azúcar, en tanto
que gran número de los primeros llegados, por entonces ya piratas cien por
ciento, recorrían los mares adyacentes en busca de presas españolas. La Tortuga
se convirtió pronto en puerto de depósito del boucan y las pieles de La
Española, así como del botín arrebatado a los españoles, mercancías que se trocaban
por aguardiente, cañones, pólvora y telas, traídas por los barcos holandeses y
franceses que hacían escala en la isla. A poco tiempo, la fama de la Tortuga se
propagó por todas las Antillas, atrayendo enjambres de aventureros de toda
clase, incapaces de resistir la tentación de expediciones de españoles con tan
maravillosas perspectivas de rápido enriquecimiento. Tales extremos de la
fortuna han atraído siempre a ciertas especies de hampones, y la situación en
la isla de la Tortuga en aquella época ofrce gran parecido con la de California
hacia 1849 o con el torrente de los buscadores de oro de Klondyke en 1897. Es
imposible, en un libro de carácter tan general como el presente, entregarse a
un estudio detallado del desarrollo de los bucaneros, tanto más cuanto que su
historia ya ha quedado establecida gracias a la obra de un historiador, salido
de sus propias filas: Alexandre Oliver Exquemelin o Esquemeling, joven francés
de Honfleur y que llegó a las Antillas en 1658. Su libro fue publicado por primera
vez en 1678, en Amsterdam, y parece haber tenido un éxito inmediato. Tres años
más tarde apareció una edición española, impresa en Colonia y traducida del
original holandés por un tal señor de Buena Maison. La primera versión inglesa
data de 1684. He aquí su título: Bucaneros de América o relato verídico de las
más notables agresiones cometidas durante los últimos años contra las costas de
las Antillas por los bucaneros de Jamaica y la Tortuga, tanto ingleses como
franceses Esta edición fue tan bien acogida que en menos de tres meses se hizo
una reimpresión; al mismo tiempo apareció un segundo tomo. Los dos volúmenes
son hoy en extremo raros y cuando se ofrecen en venta, algunos buenos
ejemplares alcanzan precios de cien libras y más.
El segundo tomo lleva el título: Bucaneros de América. Segundo
tomo. Contiene el peligroso Viaje y las hazañas del capitán Bartolomé Sharp y
otras, cumplidas en las costas de los Mares del Sur durante un período de dos
años, etcétera. Compuesto según el diario original de dicho viaje. Escrito por
el señor Basil Ringrose, Caballero, que se halló presente a bordo. Estos dos
tomos constituyen nuestra principal fuente de información sobre la vida de los
bucaneros. Podría llamárseles un manual de la bucanería y creemos de buen grado
que muchos jóvenes holandeses o ingleses de fines del siglo XVII han sido
inducidos por su lectura a hacerse navegantes para ir a reunirse con sus
héroes. En años recientes se han hecho varias buenas reimpresiones de aquella
historia, de modo que los que así lo deseen encontrarán allí una descripción
más detallada de las hazañas de los Hermanos de la Costa. Cuenta el autor del
libro, que salió muy joven para la Tortuga como aprendiz al servicio de la
Compañía francesa de las Indias Occidentales. Prácticamente tal acto equivalió
a convertirlo en esclavo durante cierto número de años. Al cabo de algún
tiempo, el gobierno de la isla que le trataba tan cruelmente que su salud quedó
quebrantada, lo vendió a vil precio a un cirujano. Su nuevo amo se mostró tan
bondadoso como había sido inhumano el anterior, y poco a poco, el joven
Exquemelin recobró salud y fuerzas, además de aprender de su patrón el arte de
barbero cirujano. Al fin, habiendo recibido su libertad y en obsequio algunos
instrumentos quirúrgicos, el flamante medicastro salió en busca de un sitio
donde poder ejercer su profesión. Pronto se le ofreció una oportunidad de
servir de barbero cirujano entre los bucaneros de la Tortuga, y el año 1668 le
vió engancharse a bordo de un barco bucanero, donde se distinguió afeitando y
sangrando a sus compañeros, a la vez que les curaba las heridas. Indudablemente
llevaba durante todo este tiempo a bordo un diario secreto. Fue en 1665 cuando
se llevó a cabo una hazaña en extremo audaz y de la que puede decirse que marca
el principio de la bucanería, dándole d aspecto que tenía a la llegada de
Exquemelin. Hasta aquella fecha, los piratas habían navegado a bordo de
pequeñas embarcaciones movidas por remos, con una vela auxiliar. Así vagaban a
lo largo de las costas o se ocultaban en el interior de las ensenadas, al
acecho de embarcaciones españolas de poco calado. A bordo de tal navío, Pierre
Legrand se hizo a la mar con una tripulación de vcintiocho hombres. Durante
muchos días buscó en vano alguna presa, y agotadas las provisiones, los hombres
iban a morir de hambre cuando, cierta tarde, vIeron desfilar majestuosamente
ante sus ojos una poderosa flota española. El galeón de cola se quédaba atrás,
circunstancia que determinó a Pierre a capturar este buque o morir en el
intento. Bajo los trópicos, la noche cae plena, de suerte que la pequeña
embarcación pudo acercarse al galeón y esconderse por debajo de la popa sin ser
vista. Antes de intentar el abordaje, Legrand dió orden al cirujano -pues parece
que los bucaneros ya se permitían el lujo de tal servicio anteriormente a la
llegada de Exquemelin- de practicar agujeros en el casco de su propio barco,
excluyendo así toda esperanza de salvarse en él si el proyecto fracasaba.
Luego, los hombres, descalzos, y armados con pistolas y sables, treparon
furtivos por los flancos del galeón y saltando a bordo, mataron al timonel
soñoliento ante su barra. Después se precipitaron hacia la gran sala, donde
sorprendieron al almirante y sus oficiales absortos en una partida de naipes.
Legrand, apoyando una pistola en el pecho del almirante le ordenó entregar el
barco. De seguro que este oficial tuvo buen motivo para exclamar, como lo hizo:
¡Jesús nos bendiga! ¿Son demonios o qué? Mientras tanto, el resto de los piratas
había tomado posesión de la armería, matando a todos los españoles que les
oponían resistencia. En un abrir y cerrar de ojos lo increíble se había
convertido en realidad y el poderoso buque de guerra se hallaba en manos de un
puñado de rufianes franceses. Pierre Legrand hizo entonces algo inaudito. En
vez de regresar la la Tortuga y de malgastar sus riquezas como lo harían
después de él todos los bucaneros, navegó directamente a Dieppe, en Normandia,
su tierra natal, y se retiró, terminando sus días en paz y abundancia, sin
volver jamás al mar. El bucanero normal que acababa de hacer una buena presa,
se vanagloriaba de derrochar su botín lo más pronto posible. Había qulenes
gastaban en una noche dos o tres mil duros en tabernas, gantos o lupanares.
Exquemelin escribe al respecto: En tales ocasiones, mi patrón compraba un
barril entero de vino, lo depositaba en la calle y obligaba a todos los
transeúntes a beber con él, amenazando con la pistola a los que se negaban.
Otras veces, hacia lo mIsmo con toneles de cerveza o de ale. A menudo derramaba
estos licores con ambas manos, regando las ropas de los transeUntes sin cuidado
de estropeárselas, fueran hombres o mujeres. Naturalmente, la noticia de la
proeza de Legrand tuvo una formidable resonancia: después de este
acontecimiento, cualquier cosa parecía permitida a los bucaneros, y los
capitanes españoles de los ricos galeones que regresaban a la patria, vivían en
perpetuo temor de ataques. Para darse una idea de la forma en que se
organizaban los bucaneros y de las reglas o leyes que observaban durante una
expedición, no hay manera mejor que la de citar a Exquemelin, que hace la
siguiente descripción de los hombres con los que vivía: Antes de hacerse a la
mar -escribe-, los piratas avisan a cada uno de los que deben tomar parte en la
expedición, el día exacto en que se han de embarcar, imponiéndoles al mismo
tiempo el deber de traer la cantidad de pólvora y de balas que estimen
necesario para la empresa. Una vez a bbrdo, todos se reúnen en consejo para
discutir la cuestión del lugar adonde habrán de ir primero a fin de cargar
víveres, sobre todo carne, pues casi no comen otra cosa, y la vianda más común
entre ellos es el puerco. El alimento que sigue después es la tortuga, que
acostumbran salar un poco. A veces se deciden a vaciar tal o cual porqueriza,
donde los españoles suelen guardar hasta mil cabezas de ese ganado. Llegan al
lugar elegido de noche y habiéndose introducido en la garita del guardián le
obligan a levantarse amenaZando darle muerte, si no obedece a sus órdenes o si
hace el menOr ruido. Incluso sucede que las amenazas se ejecutan, sin cuartel
para los infelices porqueros o cualquier otra persona que intente oponerse al
saqueo. Una vez en posesión de la cantidad de carne suficiente para su travesía,
regresan a bordo. La ración de cada cual comprende cuanto les cabe en la
barriga; no se pesa, ni se mide. Y no se le ocurre al despensero dar al capitán
una porción de carne o demás" alimento superior a la del más subalterno
marino. Así aprovisionado el barco, se reúne otro consejo que va a deliberar
sobre el lugar donde buscar fortuna. En esta ocasión, se acuerdan y se ponen
por escrito ciertos artículos u obligaciones que cada uno debe respetar; y
entonces son firmados por todos o bien por el jefe. Así se especifica de manera
detallada la suma de dinero que cada cual recibirá por el viaje, siendo la
fuente de los pagos el producto de la expedición pues obedecen a la misma ley
que los demás piratas: ¡Si no hay botín, no hay sueldo! Mencionan, sin embargo,
en primer lugar la suma que corresponde al capitán por prestar su barco.
Después viene el sueldo del carpintero u obrero que haya carenado, reparado o
aparejado el navío. El sueldo de éste asciende de ordinario a cien o ciento
cincuenta duros, según se haya convenido. Luego para las provisiones, se
apartan del total doscientos duros. Después se deduce un sueldo conveniente
para el cirujano y su caja de medicamentos, estimado habitualmente en
doscientos o doscientos cincuenta duros. Por último, estipulan por escrito la
indemnización o recompensa que ha de recibir cada uno, si es herido o
estropeado, o si pierde alguno de sus miembros durante la expedición. Así, se
cobra por la pérdida del brazo derecho quinientos duros o cinco esclavos; por
la del brazo izquierdo, cuatrocientos, o cuatro esclavos; por la pierna
derecha, quinientos duros o cinco esclavos; por la pierna izquierda,
cuatrocientoS duros o cuatro esclavos; por un ojo, cien duros o un esclavo; y
por un dedo de la mano, la misma indemnización que por un ojo. Todas estas
sumas, como ya he dicho anteriormente, son apartadas del total constituí do por
el producto de su piratería. Porque de lo restante se hace entre ellos un
reparto estrictamente exacto y justo. Sin embargo, también en esta operación se
toman en consideración el grado y posición de cada uno. Así, el capitán o jefe
de la expedición recibe cinco o seis veces la parte de un sencillo marino; el
segundo sólo recibe dos; y los demás oficiales en proporción con su cargo.
Después de lo cual, se dan partes iguales a todos los marinos desde el más
elevado hasta el más humilde, sin olvidar a los grumetes, pues incluso ellos
reciben media parte por la razón de que, si se captura un barco mejor que el
suyo, es deber de los grumetes prender fuego al navío o embarcación en la que
se encuentren y regresar luego a bordo de la presa capturada. Observan entre sí
el orden más perfecto; pues al hacer alguna presa, se prohibe a quien quiera
que sea apropiarse objeto alguno para él mismo. Todo cuanto se capture, es dividido
en partes iguales, tal como acabamos de verlo. Es más: se comprometen unos
frente a otros, bajo juramento, a no distraer, ni ocultar la menor cosa que
hayan encontrado entre el botín. Si uno de ellos perjura, entonces es puesto
inmediatamente en cuarentena y expulsado de la sociedad. Se muestran entre sí
muy corteses y caritativos, y eso en tal grado que si uno necesita alguna cosa
que posee otro, éste se apresura a dársela. En cuanto los piratas se han
apoderado de un barco, lo primero que hacen es intentar bajar a tierra a los
prisioneros, conservando tan sólo algunos para su servicio, y a los cuales
acaban por devolver la libertad al cabo de dos o tres años. Hacen con
frecuencia escala en una isla u otra, para descansar, y con más regularidad en
aquellas que se hallan sobre la costa sur de Cuba. Allí carenan sus naves y
mientras se dedican a esta tarea, algunos van de caza, en tanto que otros
cruzan en canoas buscando fortuna. A menudo se les ve prender a los humildes
pescadores de tortugas a los que se llevan a sus habitaciones, donde les hacen
trabajar a su gusto. Es interesante comparar las recompensas pagadas por los
bucaneros por las heridas recibidas en acción, con la escala de indemnización
fijada por las compañías de seguros contra accidentes. Debo a la cortesía del
señor T. W. Blackburn la siguiente tabla, publicada en la revista
norteamericana Insurance Field: Pérdida del brazo derecho ... 600 duros ...
Equivalente en dólares= 579.00 ... Similar indemnización a un obrero= 520.00
Pérdida del brazo izquierdo ... 500 duros ... Equivalente en dólares= 482.50
... Similar indemnización a un obrero= 520.00 Pérdida de la pierna derecha ...
500 duros ... Equivalente en dólares= 482.50 ... Similar indemnización a un
obrero= 520.00 Pérdida de la pierna izquierda .. 400 duros ... Equivalente en
dólares= 482.50 ... Similar indemnización a un obrero= 520.00 Pérdida de un ojo
... 100 duros ... Equivalente en dólares= 96.50 ... Similar indemnización a un
obrero= 280.00 Pérdida de un dedo ... 100 duros ... Equivalente en dólares=
96.50 ... Similar indemnización a un obrero= 126.00
Se advertirá que los bucaneros hacían una distinción entre la
pérdida del brazo derecho y la del izquierdo, distinción que desconocen las
normas de indemnización modernas. Evidentemente, los bucaneros atribuían al
brazo derecho un valor superior al del brazo izquierdo. En el caso de la
pérdida de un ojo, la compensación concedida por los bucaneros es más baja que
la indemnización moderna; lo cual demuestra que tal pérdida no era considerada
como impedimento serio, y eso a causa del gran número de piratas aptos y
prósperos a pesar de ser tuertos. No hay que olvidar que las condiciones
descritas por Exquemelin, se refieren a los comienzos de los bucaneros, a lo
que podemos llamar la era de la familia feliz, y que eran harto diferentes de
las que prevalecieron en épocas posteriores, bajo los grandes capitanes, tales
como Mansfield, Morgan y Grammont. En el período más reciente, la gran era de
la bucanería, el general o almirante reconocido hacía saber a los cuatro puntos
cardinales, que iba a operar por su cuenta, indicando el lugar de cita para los
dispuestos a tomar parte en la empresa. Entonces acudían de todas las islas y
de todas las bahías hombres rudos, armados de mosquetes y puñales, ardiendo en
deseos de alistarse bajo el mando de un jefe favorito o afortunado. Si Pierre
Legrand demostró a sus hermanos que ni siquiera los más grandes galeones
españoles se hallaban al abrigo de sus golpes, a otro bucanero le pertenece
haber encontrado y explotado un filón nuevo y más rico. Fue también un francés,
Francois Lolonois, probablemente el canalla más cruel y desalmado que haya
cortado jamás el pescuezo a un español, y que se jactaba de no haber perdonado
la vida a ningún prisionero. Hasta entonces, los bucaneros habían concentrado
casi toda su atención en los barcos españoles. La tierra recibía sus visitas
sólo ocasionalmente, y el objeto de estas incursiones era la busca de víveres y
de bebidas. Lolonois concibió un nuevo sistema. Luego de ceunir una poderosa
fuerza de buques y hombres en la Tortuga, salió hada el golfo de Venezuela. La
ciudad de Maracaibo, extensa y próspera, se levantaba a orillas de un vasto
lago que comunicaba con el golfo por un angosto canal. Este paso era guardado
por un fuerte que cayó en manos de los piratas tras una enconada lucha de tres
horas. Despejado el camino, la flota, atravesando el canal, entró en el lago y
se apoderó de la ciudad, sin encontrar resistencia por parte de los habitantes,
los cuales habían huído presas de pánico, y se ocultaban en la cercana selva.
Al día siguiente, Lolonois envió un grupo de hombres armados hasta los dientes
con la misión de registrar los bosques. El destacamento regresó la misma tarde
con numerosos prisioneros, veinte mil duros y una caravana de mulas cargadas de
objetos de valor y de mercancías. Había entre los prisioneros mujeres y niños,
y algunos de ellos habían sido torturados para obligarlos a confesar el lugar
en que tenían escondidos sus bienes. Mientras tanto, un oficial que había hecho
servicio activo en Flandes, reunió una tropa de ochocientos hombres armados e
hizo cavar trincheras y colocar algunos cañones junto a la entrada al canal, en
un intento de impedir la huída de los bucaneros. Estos atacaron y tomaron las
fortificaciones por asalto. Para vengarse, el insaciable Lolonois decidió
prolongar el saqueo de Maracaibo, dando órdenes a la flota de volver allí, con
objeto de añadir al botín un par de miles de duros más. Habiendo pasado algunas
semanas en Maracaibo, los bucaneros se hicieron a la vela rumbo a la isla de
las Vacas, donde repartieron el botín. Al hacer la cuenta, se llegó a la enorme
suma de doscientos sesenta mil duros a los que hay que añadir alhajas de todo
género, de suerte que cuando cada uno había recibido su parte en dinero,
objetos de plata y joyas, todo el mundo resultó ser rico. No seguiremos la
carrera de Lolonois; nos contentaremos con decir que terminó de una manera
horrible en manos de los indios de Darien. Hemos mencionado a Pierre Legrand y
a Lolonois como ejemplos notorios de los bucaneros del primer período. Pero
hubo otros, de fama casi igual, que adquirieron renombre y riquezas a expensas
del imperio español; hombres como Bartolomé el Portugués, Rock Brasiliano, y
Montbars el Exterminador; como Lewis Scott, el inglés que algunos reivindicaban
como el primer bucanero que buscara aun antes del sanguinario Lolonois su
suerte en el continente, saqueando e incendiando la ciudad de Campeche. Esta
desgraciada ciudad debía recibir poco después la visita de otro huésped
indeseable, un holandés, el capitán Mansfields o Manswelt. Fue un bucanero de
visiones más amplias que las del común de la Hermandad; pues soñaba con fundar
un establecimiento o colonia de piratas en la isla de la Providencia, frente a
la Costa de los Mosquitos. Pero pereció de muerte violenta antes de que su plan
llegara a madurar. Hubo también otro bucanero, Pierre Francois, que habiendo
salido al mar con veintiséis compañeros, a bordo de una embarcación sin puente
y casi desesperando de dar jamás con una presa, tuvo la idea de una hazaña
particularmente original, a saber, una incursión sobre las pesquerías de
perlas, golpe de mano que ningún bucanero había osado intentar hasta entonces.
La flota de los pescadores de perlas, procedente de Cartagena, se componía de
una docena de barcos, y cuando trabajaba en el banco, estaba protegida por dos
buques de guerra españoles. Mientras los piratas se aproximaban a esta flota,
Francois dió órdenes a sus hombres de arriar el velamen y de colocarse junto a
los remos de manera de dar la impresión de un barco español llegando de
Maracaibo. Con una audacia increíble, los veintisiete bucaneros abordaron el
más pequeño de los buques de guerra, el Vicealmirante, provisto de ocho cañones
y que llevaba a bordo sesenta hombres bien armados. Una vez en el puente,
ordenaron a la tripulación que se entregase. Los españoles hicieron una
tentativa de defensa; mas a despecho de su superioridad numérica y de su
poderoso armamento, fueron derrotados por los bucaneros. Hasta entonces, la operación
había tenido un éxito que sobrepasaba las más atrevidas esperanzas de Pierre,
pero éste no sabía detenerse a tiempo. En vez de alejarse con su nuevo barco,
sus prisioneros y su botín de perlas, valuado por los españoles en la enorme
suma de cien mil duros, el temerario bucanero trató de tomar también el otro
buque de guerra más grande, fue rechazado, perdió su presa y pudo sentirse
feliz de salvar su pellejo. La Tortuga constituía desde todos los puntos de
vista un sitio tan ideal para la instalación del cuartel general de los
bucaneros, que no podía permanecer mucho tiempo sin un ataque de los españoles.
Sucesivamente, éstos se lanzaron al asalto de la isla, matando o expulsando a
todos los franceses y británicos; pero los pintas volvían invariablemente. Al
fin, sin embargo, los bucaneros se decidieton a hacerse un refugio más seguro y
donde no solamente estuviesen al abrigo de ataques, sino pudiesen vender
también su botín, emborracharse y, cuando lo hubieran gastado todo, encontrar
un nuevo barco. Hallaron lo que buscaban en Jamaica, donde en el extremo de una
angosta lengua de tierra se levantaba la pequeña ciudad de Puerto Real, la cual
satisfacía de manera completa todas sus necesidades. Algunos años antes, en
1655, Jamaica había sido tomada a los españoles por Penn y Venables, y los
nuevos colonos se encontraban en una situación un tanto precaria. Pero después
de pasar bajo la autoridad de centenares de los marinos más hábiles del mundo,
la población se sintió más segura. Pronto una corriente de mercancías y de
dinero comenzó a afluir a Puerto Real que lleg6 a ser una de las ciudades más
ricas y probablemente más inmorales de su tiempo. El hombre más célebre de.
Puerto Real y el más grande de todos los bucaneros fue Henry Morgan, hijo de
Robert Morgan, un pequeño terrateniente de Llanrhymny, en Glamorganshire. La
historia que circuló durante toda su vida, a saber, que de niño había sido
robado en Brístol y vendido como esclavo en la Barbada, es probablemente una
leyenda. Sabemos que fue el motivo de un pleito por difamación, que inició Morgan
contra el editor inglés de Exquemelin. El corsario ganó el proceso que le valió
una indemnización de doscientas libras y excusas públicas. Lo que parece
haberIe disgustado mucho más que el retrato hecho de él por aquel autor y que
le representa como un perfecto monstruo y torturador de prisioneros, fue
precisamente una versión de la mencionada historia, en la que aparece como
vástago de una familia muy humilde, y vendido de niño por sus propios padres a
gente que le hacia trabajar en las plantaciones de la Barbada. Morgan parece
haber pasado por la Barbada, antes de establecerse en Jamaica, donde se adhirió
en seguida a los bucaneros. Habiendo desempeñado un papel bastante modesto en
varias expediciones contra la costa de Honduras, remontó el Río San Juan con
una flotilla de canoas y atacó Granada que fue saqueada y entregada a las
llamas. .Al ser nombrado gobernador de Jamaica, sir Thomas Modyford manifestó a
los bucaneros una calurosa amistad. Confirió en 1666 al capitán Edward
Mansfield, por entonces jefe de los bucaneros, la comisión de tomar el puerto
de Curacao. Fue en esta expedición en la que el joven Henry Morgan tuvo por
primera vez el mando de un barco. Después de haber arrebatado Santa Catalina a
los españoles, los bucaneros sufrieron un revés. Mansfield cayó en manos del
enemigo y murió en el cadalso, y Henry Morgan fue elegido almirante en su
lugar. Reuniendo una escuadra de diez buenos veleros, tripulada por quinientos
piratas, el nuevo jefe apareció frente a Cuba, desembarcó en la isla y emprendió
la marcha al interior, sobre Puerto Príncipe. Esta ciudad se hallaba tan lejos
del mar que hasta entonces no había recibido ninguna visita de los Hermanos de
la Costa. Fue tomada rápidamente y sometida a un saqueo. Habría sido quemada
sin el pago de un tributo de mil bueyes. Inmediatamente después, Morgan se
lanzó a una empresa en extremo audaz y arriesgada. Se propuso sorprender y
asaltar la plaza fortificada de Puerto Bello, desde donde, según se creía, las
tropas españolas se aprestaban a atacar Jamaica. A todas luces, Puerto Bello
sería una nuez dura de cascar, por lo cual los bucaneros franceses se negaron a
tomar parte en la expedición, prefiriendo desertar. Avanzando hasta una
distancia de algunas millas de la ciudad, Morgan fondeó, y a las tres de la
mañana del día siguiente desembarcó a sus hombres en canoas. La plaza estaba
defendida por tres fuertes. Los dos primeros sólo ofrecieron una débil
resistencia; pero el tercero, mandado por el propio gobernador español, se
defendió valientemente. En el curso del asalto, los ingleses confeccionaron una
docena de escalas lo suficientemente anchas para permitir a tres o cuatro
hombres trepar en fila. Sin ninguna consideración de compasión ni de humanidad,
Morgan obligó a gran número de sacerdotes y de monjas a transportar estas
escalas y a colocarlas junto a la muralla. Algunos de los religiosos fueron
derribados por los españoles que luchaban con desesperación; pero muerto el
gobernador, la fortaleza se rindió. La ciudad fue invadida y saqueada. Indescriptibles
fueron los suplicios a los que se sometió a la población para averiguar los
escondrijos de sus tesoros. Esto es lo que relata Exquemelin. Si queremos dar
crédito al informe oficial de Morgan sobre el asunto, la ciudad y los castillos
fueron dejados en tan buen estado como los habíamos encontrado al entrar, y la
población recibió un trato tan humano que varias damas distinguidas, libres de
trasladarse al campo del presidente, se negaron a hacer uso de su libertad,
diciendo que eran prisioneras de una persona de rango y que había tenido
miramientos tales por su honra que no creían encontrar iguales en el campo del
presidente; y así se quedaron de buen grado con nosotros hasta nuestra salida.
A su regreso a Puerto Real, Morgan fue bien recibido por el gobernador
Modyford, no obstante haberse extralimitado en los poderes que le confería su
misión. Probablemente, el inmenso botín que traía hiciese mucho para temperar
la ira de las autoridades. En todo caso, el dinero fue despilfarrado
inmediatamente, y Morgan hizo anunciar que todos los que deseasen servir bajo
su mando habían de presentarse en la isla de las Vacas, donde él mismo arribó
en enero de 1669, encontrando allí gran número de bucaneros. Dió a sus
oficiales un banquete a bordo de su gran fragata Oxford, que por un descuido
estalló en plena fiesta, y pocos hombres lograron salvarse. Morgan fue uno de
ellos.
El accidente no detuvo la empresa que motivó la convocatoria de
los piratas a la isla de las Vacas y cuyo objeto era una nueva incursión contra
la ya dolorosamente castigada ciudad de Maracaibo. Morgan forzó el angosto paso
que conducía al lago; la plaza fue tomada y comenzó lo de siempre: una sucesión
de torturas aplicadas a los infelices prisioneros, acompañada de matanzas,
estupros, rapiñas y demás excesos, durante cinco semanas. Una vez más regresó
Morgan a Puerto Real con un botín impresionante; de nuevo el gobernador le hizo
reproches por haberse extralimitado en su misión, y de nuevo le confió, al
mismo tiempo, otra comisión: la de poner en pie una gran flota y de ir a
infligir toda clase de mermas a los barcos, villas, emporios y almacenes
españoles. Se esperaba que estas severas medidas harían decrecer los cada vez
más audaces ataques de los españoles contra el comercio inglés a lo largo de la
costa septentrional de Jamaica. Tal comisión confería sin duda alguna cierta
apariencia de respetabilidad a algo que en realidad no era más que piratería
pura y simple; y es harto significativo ver concluir el texto de la orden con
la siguiente frase: Puesto que no habrá otro sueldo para alentar la flota, se
concederán a las tripulaciones todas las mercancías y demás bienes que produzca
la expedición; los cuales serán repartidos entre ellas según sus propias
reglas. Aquella expedición fue el coronamiento de la carrera de Morgan. Después
de haber hecho rumbo al istmo de Darien, desembarcó en la desembocadura del Río
Chagres un fuerte destacamento que atacó y tomó el castillo de San Lorenzo.
Morgan dejó allí una guarnición para cubrir su retaguardia; luego, a la cabeza
de ochocientos hombres, remontó el río con una flotilla de canoas, saliendo de
San Lorenzo el 9 de enero de 1671. El cruce del istmo a través de la jungla
tropical fue abominablemente penoso, tanto más cuanto que los españoles habían
tenido cuidado de llevarse o de destruir todos los aprovisionamientos, de
suerte que los bucaneros, en vez de encontrar víveres como lo habían esperado,
por poco se morían de hambre, cuando por fin al sexto día tropezaron con un
granero lleno de maíz. En la tarde del noveno día, los exhaustos hombres
recobraron ánimo: un espía acababa de ver el campanario de una de las iglesias
de Panamá. Guiado por esa inspiración original del genio, que tan a menudo le
había dado el triunfo, Morgan atacó la ciudad por el lado donde no le
esperaban; en consecuencia, los españoles se encontraban con que habían
colocado su artillería en mala posición, viéndose obligados a actuar
exactamente como lo deseaba Morgan, es decir, a salir de sus atrincheramientos
y acometerIe en campo raso. El enemigo principió el ataque, soltando un rebaño
de varios cientos de toros, con la intención de lograr así la desbandada de los
bucaneros; mas el ingenioso plan fracasó, pues las espantadas bestias se
volvieron atrás y se esparcieron por entre la caballería española que avanzaba,
creando el mayor desorden. Durante dos horas, la batalla continuó indecisa entre
los valientes defensores y los no menos valientes, pero casi extenuados
bucaneros. Cuando finalmente los españoles abandonaron toda resistencia y
huyeron, los bucaneros no tenían ya fuerza para explotar su éxito; lo cual dió
tiempo al enemigo para sacar de la ciudad y poner a salvo a bordo de un navío,
gran cantidad de objetos de plata de las iglesias, así como muchas otras
alhajas. Ocupada la ciudad, Morgan reunió a todos sus hombres y les prohibió
terminantemente beber vino, diciendo que acababa de recibir por vías secretas
la información de que todo el vino había sido envenenado por los españoles
antes de su salida. Era un ardid para impedir que sus hombres se embriagasen,
entregándose a merced del enemigo, así como ya había sucedido con frecuencia
durante los asaltos anteriores de los bucaneros. Estos se lanzaron entonces al
saqueo de la ciudad, rica en calles bordadas de hermosas casas de madera de
cedro. De una manera u otra se declaró un incendio, y a poco tiempo una parte
extensa de Panamá quedaba convertida en cenizas, sin que se haya podido saber
si el fuego se debía a una orden de Morgan o del gobernador español. La
ocupación de la ciudad duró tres semanas, durante las cuales los piratas
pasaban el tiempo explorando por toda la región en busca de botín y de
prisioneros. Después, emprendieron el camino de vuelta a través del istmo,
llevándose una caravana de doscientas mulas cargadas de oro, de plata y de
objetos preciosos de todo género, además de gran número de cautivos. A la
llegada al Río Chagres, se repartió el botín, pero no sin violentas disputas,
pues los marinos declararon haber recibido menos de lo que les correspondía.
Mientras continuaban las discusiones, Morgan se eclipsó en su buque, con la
mayor parte del botín, dejando a sus fieles partidarios sin víveres, sin barcos
y con sólo diez libras por cabeza. Cuando Morgan llegó a Jamaica, el Consejo de
la isla le dirigió una arenga de agradecimiento por el éxito de su expedición,
pasando por alto el hecho de que apenas un par de meses antes se había firmado
en Madrid un convenio entre España e Inglaterra, comprometiéndose ambas partes
a poner fin a las depredaciones y a establecer la paz en el Nuevo Mundo. Al
recibir la noticia de la destrucción de Panamá, el gobierno español protestó
tan intempestivamente ante el rey Carlos II que éste reaccionó: en abril de
1672, Morgan fue llevado prisionero a Inglaterra, a bordo de la fragata
Welcome, para ser juzgado por el crimen de la piratería. Mas ningún juez, ni
jurado, osaría condenar al hombre que era idolatrado como héroe popular. Tal
cosa hubiera sido tan imposible como condenar a Drake después de haber dado la
vuelta al globo. El rey, cuyo favorito era el acusado, le armó caballero y le
envió de nuevo a Jamaica, no como reo, sino como vice-gobernador de la isla.
Pero el saqueo de Panamá no por eso dejaba de ser un asunto fastidioso, y el
gobernador se sentía alarmado, viendo que se habían dejado ir tan lejos las
cosas. Retirado de su puesto y nombrado gobernador de Jamaica lord Vaughan, con
severas instrucciones para suprimir a los bucaneros, la ironía de las cosas
quiso que tuviese por ayudante al nuevo vicegobernador. La idea de convertilr
al ladrón en policía resultó feliz. Morgan parece haber cumplido honorablemente
con sus nuevas funciones. Terminó como notable de Jamaica y plantador riquísimo
y continuó hasta su muerte siendo presidente del Consejo y comandante jefe de
las fuerzas armadas de la isla. A diferencia de la mayor parte de sus
semejantes, sir Henry murió en su cama en su propia casa y fue sepultado en la
iglesia de Santa Catalina, en Puerto Real. El éxito de la expedición de Panamá
había puesto en movimiento la imaginación de toda la Hermandad, orientando los
espíritus hacia las posibilidades de enriquecimiento, que ofrecía el Pacífico.
Esta lDspiración marca el comienzo del segundo período, en el curso del cual
los bucaneros alcanzaron el punto culminante de su prosperidad y poderío.
Mientras tanto, el gobierno había publicado numerosas proclamas, asegurando el
perdón a todo filibustero que abandonase el mal camino, volviendo a ponerse
bajo la Ley, al mismo tiempo que se veían amenazados con los castigos más duros
aquellos que rechazaran tal ofrecimiento. Algunos de los vagabundos del mar
hicieron acto de sumisión; pero gran número de ellos, los más crápulas,
prefirieron persistir en sus errores. Al mismo tiempo se produjo un cambio
completo de los sentimientos hacia los bucaneros por parte de los colonos de
Jamaica, los mismos que tanto los habían alentado en días anteriores. Hasta entonces,
no habían escatimado su apoyo a los piratas; pero ahora se daban cuenta de que
ningún tráfico regular sería posible mientras los bucaneros continuasen
aterrorizando el Mar Caribe. La primera expedición hacia el Pacífico salió de
Puerto Morant (Jamaica) en enero de 1680. Figuraban entre sus jefes, bucaneros
tan reputados como Bartolomé Sharp y John Coxon. La flota se dirigió hacia
Porto Bello. El desembarco se verificó a cosa de veinte millas de la ciudad,
después de lo cual comenzó una marcha extenuadora que tomó a los marinos cuatro
días, cayendo gran número de ellos en un estado de gran debilitamiento por
haber quedado sin comida durante tres días y teniendo los pies heridos por el
suelo rocoso, debido a la falta de calzado. Así llegaron a la vista de la
importante plaza. La sorpresa resultó completa, y la villa fue tomada tan
rápidamente como saqueada después, habiéndose recibido la noticia de que
importantes refuerzos españoles se hallaban en camino. En esta expedición, a
cada hombre le tocaron cien duros. Los bucaneros, presurosos de verse de nuevo
a bordo de sus navíos, se retiraron hacia la playa del desembarcadero; después
salieron con rumbo al Norte, hacia Boca del Toro, donde carenaron sus barcos e
hicieron aguada. Allí encontraron un destacamento mandado por Richard Sawkins y
Peter Harris, el soldado gallardo y sólido. En abril, esta tropa hizo tierra en
el istmo de Darien y se puso en marcha hacia el Pacífico, sin detenerse en el
camino más que para atacar la pequeña ciudad de Santa María. Hacía mucho calor
y la marcha era ruda, circunstancias a las que deben atribuirse en parte las
querellas que estallaron entre los jefes de la expedición. Coxon, hombre
irascible, provocó primero una disputa con el joven Sawkins al que tenía celos
por su popularidad entre la tropa; luego se lanzó a otra riña, esta vez con
Harris, la cual terminó en pelea. Fuera lo que fuere, los zafarranchos quedaron
allanados y los aventureros descendieron el río en treinta y cinco canoas,
llegando finalmente al Océano Pacífico. La suerte los favoreció: tropezaron con
dos pequeñas embarcaciones ancladas junto a la playa, se posesionaron de ellas
y las armaron. A continuación, embarcados en los dos veleros y algunos otros
navíos, los intrépidos exploradores hicieron rumbo a Panamá. En el momento en
que se aproximaban a la ciudad -era el día de San Jorge, patrón de Inglaterra-
se dió el alerta y tres pequeños buques de guerra españoles salieron a su
encuentro. Los bucaneros, sin impresionarse, avanzaron hacia los barcos
enemigos, los abordaron y trepando por sus flancos, se abalanzaron sobre los
estupefactos españoles. La lucha fue encarnizada. Finalmente, los bucaneros
quedaron dueños de los tres navíos. Inmediatamente, pasaron a atacar un gran
crucero español, la Santísima Trinidad, capturándolo, después de lo cual el
capitán Sharp transportó a bordo de esta presa a sus heridos. Así pues,
aquellos diablos de piratas se habían mudado en un par de horas, de canoas a
barcos, de los barcos a pequeños barcos de guerra, y de éstos a un poderoso
crucero de batalla. Fue sin duda una de las proezas más memorables de la
historia de los bucaneros. Desde aquel día, Sharp y sus hombres se hallaban en
condiciones de hacer cuanto les viniera en gana a lo largo del Pacífico,
indefenso en toda su extensión; pero el pendenciero de Coxon que había sido
acusado de cobardía en Panamá, tuvo otro choque con sus compañeros y volvió a
atravesar el istmo a la cabeza de un grupo de descontentos. Entre los
sediciosos se encontraban dos personajes sumamente interesantes, que
escribieron y publicaron, uno y otro, un relato de sus aventuras. El primero
fue el célebre bucanero y naturalista William Dampier; el otro un cirujano,
Lionel Wafer. Coxon acabó por regresar a Jamaica, y aunque tuvo que hacer
frente a una orden de arresto lanzado contra él por el gobernador como también
por Morgan, parece que se las arregló para reconciliarse con el Consejo, y eso
hasta el punto de ser enviado por este último en persecución de un famoso
pirata francés de nombre Jean Hamelin. Contentémonos por ahora con seguir la
fortuna de los bucaneros que se quedaron en el Pacífico, ávidos de tomar parte
en aquellas audaces y arriesgadas hazañas en las costas de los Mares del Sur.
La historia original de sus aventuras, escrita por el señor Basil Ringrose,
Caballero, fue publicada en 1684, y, según ya hemos señalado, reimpresa en
fecha reciente. Ido Coxon, las tripulaciones eligieron jefe al popular capitán
Sawkins. Durante muchas semanas, los bucaneros cruzaron por el golfo de Panamá,
capturando los barcos que se dirígían al puerto y entregándose a un tráfico
clandestino con mercaderes españoles poco escrupulosos, los cuales salían en
botes para venderles víveres y pólvora, a cambio del precioso botín encontrado
en los buques de sus compatriotas. El 15 de mayo, la expedición se hizo a la
vela rumbo al sur. Algunos días más tarde fondeó frente a Pueblo Nuevo, donde
Sawkins y Sharp desembarcaron con una tropa de sesenta hombres armados en una
tentativa de tomar la plaza.
Pero ahora los españoles les esperaban listos detrás de
parapetos y trincheras recién construídas. Sawkins, el más querido de toda
nuestra compañia, cayó víctima de una bala al conducir el asalto. Hubo que
elegir otro capitán y resultó electo el marino artista y gallardo comandante
Bartolomé Sharp. A continuación se convino emprender una incursión contra
Guayaquil, plaza donde, al decir de un prisionero, podríamos deslastrarnos de
nuestra plata y cargar nuestros barcos con oro. Primero, los bucaneros se fueron
a carenar el gran crucero, la Santísima Trinidad, a Gorgona o Isla de Sharp,
donde quitaron todas las esculturas de madera de la popa y repararon los
mástiles. Relata el señor Ringrose cómo mataron una enorme serpiente de once
pies de largo y catorce pulgadas de contorno, y cómo todos los días veían
llegar ballenas y focas zambullirse por debajo del buque. Les dispárabamos a
menudo encima, pero nuesm-as balas rebotaban sobre su piel. En Gorgona, los
bucaneros encontraban abundancia de las mejores provisiones, y a las horas de
las comidas, los comensales han debido experimentar gran satisfacción al ver en
su plato guisados dé conejo, de mono, de serpiente, ostras, almejas y demás
mariscos, o bien pequeñas tortugas, así como otras clases de pescado. También
cogimos un perezoso, animal que merece bien su nombre; pero el señor Ringrose
no nos dice si tomó el camino de la marmita. Pasaron allí un rato tan cuajado
de festines y de cacerías que decidieron abandonar el proyecto de sorprender
Guayaquil e intentar mejor la misma operación contra Arica, plaza altamente
recomendada por cierto anciano, el cual afirmaba que toda la plata procedente
de las minas del interior se llevaba allí para transbordarla hacia Panamá, no
dudaba de que pudiéramos sacar así un botín de dos mil libras cada uno. De
manera que arrancaron para iniciar el largo viaje hacia aquella ciudad chilena;
viaje durante el cual fueron escasos los acontecimientos interesantes que
vinieron a distraer el aburrimiento de los bucaneros; a lo sumo se capturó
ocasionalmente un barco español. De prisa se retiró todo el botín que
necesitaban, y los prisioneros de cierta posición social fueron trasladados a
bordo de la Santísima Trinidad. Algunos de los cautivos se mostraban
particularmente charlatanes y confiados, de suerte que los crédulos bucaneros
se tragaron la mar de informaciones, de las que algunas, aunque no muchas,
resultaban ser verídicas. Entre los más locuaces figuraba el capitán Peralta,
quien, después de su apresamiento en Panamá, parece que había llegado a ser
persona grata a bordo. Al emprender el barco su ruta hacia el Sur, el español
hizo, en cierto modo, las veces de piloto para el Perú y Chile. Así, pasando a
la vista de un pequeño establecimiento llamado Tumbes, el capitán Peralta
recordó la siguiente ocurrencia. Aquél fue el primer punto de penetración de
los españoles en esta región, después de Panamá ... Por entonces, un sacerdote
bajó a tierra con una cruz en la mano, mientras diez mil indios le
contemplaban. No bien había puesto el pie en la playa, cuando salieron de la
selva dos leones. Pasó dulcemente el crucifijo sobre su lomo. En seguida se
echaron adorándole. Lo mismo le acaeció con dos tigres, que imitaron el ejemplo
de aquéllos. Por lo cual estos animales daban a entender a los indios la
excelencia de la fe cristiana, que estos últimos no tardaron en aceptar. Con
agradables anécdotas de ese género el capitán Peralta se hizo popular entre sus
compañeros piratas, ayudándoles a vencer la monotonía del fastidioso viaje a
Arica. Finalmente, el 26 de octubre, la Santísima Trinidad llegó a la altura
del puerto, y los bucaneros bajaron a los botes para desembarcar y atacar la
plaza. Mas, con gran decepción, encontraron la playa negra con españoles
armados que ya los esperaban. Decepcionados por Arica, los bucaneros
desembarcaron más lejos, sobre la costa de La Serena, ciudad muy grande y
orgullosa de sus siete iglesias. Pero también allí los habitantes habían sido
prevenidos y habían tenido tiempo de huir a la montaña con sus objetos de valor.
De modo que los bucaneros tuvieron que contentarse con un mísero botín,
quemando la ciudad hasta los cimientos. Mientras se entregaban a esta última
operación, por poco perdían su barco; pues durante la noche, un chileno subido
sobre una piel de mula hinchada con aire, se acercó furtivo a la Santísima
Trinidad, se instaló por debajo de la popa, y después de introducir estopa y
azufre entre el codaste y el timón, lo encendió. Nuestros hombres, a la vez
alarmados y estupefactos al ver el humo, registraron toda la nave, sospechando
que nuestros prisioneros eran los que le habían prendido fuego para recuperar
su libertad y asegurar nuestra destrucción. El fuego, descubierto a tiempo, fue
apagado, y los bucaneros prosiguieron en viaje hacia el Sur. El día de Navidad,
llegaron a la vista de Juan Fernández, la isla de Robinson Crusoe, y a
tempranas horas de la mañana, se dispararon tres salvas para dar solemnidad a
aquella gran fiesta. La tripulación se dedicó a cazar cabras cuya carne
salaron, y a llenar los depósitos de agua. Entonces estalló un conflicto, pues
los hombres estaban divididos en dos partidos: aquellos que habían conservado
su parte del botín y deseaban dar la vuelta al Cabo de Hornos y regresar a las
Antillas, y los que habiéndolo jugado todo insistían en continuar por el
Pacífico. Finalmente prevaleció este último partido, destituyendo del mando al
capitán Sharp e incluso poniéndole grilletes, y eligiendo jefe a John Watling,
viejo pirata endurecido, pero sólido marino, cuyo nombre ha sido dado al sitio
en que Colón pisó por vez primera el suelo del Nuevo Mundo. Una de las razones
aducidas por la tripulación, al quitarle el mando a Sharp, era su impiedad.
Bajo el nuevo capitán vemos las cosas cambiadas. El domingo 9 de enero,
Ringrose hace en su diario la siguiente inscripción: Este día fue el primer
domingo que nos hallábamos de común acuerdo desde la muerte de nuestro valiente
jefe, el capitán Hawkins. Aquel hombre de noble carácter tiraba al mar los
dados cuando veía que los usaban en día como éste.
El propio señor Ringrose parece haber sido acometido por aquella
ola de religioso fervor; pues se escurrió a tierra y allí grabó con su navaja
una cruz y sus iniciales en el tronco de un árbol. Mas a despecho de sus buenas
intenciones, el capitán Watling no trajo suerte a la expedición: obedeciendo su
consejo, los bucaneros volvieron a Arica, atacaron y fueron rechazados en
condiciones desastrosas. El nuevo comandante recibió una bala que, le destrozó
el hígado; herida de la que murió poco después. Muchos otros piratas habían
caído durante el asalto. Derrotados y debilitados, con gran número de heridos,
los vagabundos del mar apenas habían arrancado sus canoas de la playa, cuando
aparecieron los caballeros españoles. Por desgracia, los tres cirujanos se habían
emborrachado hasta el punto de no poder correr hasta los botes, de modo que
fueron hechos prisioneros. Fue una asamblea de bucaneros harto tristes y
humillados la que se presentó entonces ante el capitán Sharp, suplicándole que
reasumiera el mando. En un principio el ofendido marino se negó rotundamente;
pero ante la insistencia de la tripulación, nuestro buen comandante aceptó. La
mayor parte del mes de mayo se dedicó a duros trabajos; tratábase de adaptar la
construcción de la Santísima Trinidad a las condiciones del viaje por el Cabo
de Hornos. Se quitó el puente superior, se acortaron los palos y el bauprés, y
se pusieron en perfecto estado el aparejo y el velamen. Se les dió a los
prisioneros españoles una pequeña embarcación para que pudieran volver a casa,
y sólo se conservaron a bordo algunos negros e indios necesarios para el
servicio. Desde aquel momento, el diario de Ringrose contiene apenas más que la
anotación cotidiana de la latitud y longitud, así como indicaciones sobre la
dirección y fuerza del viento; excepto en las ocasiones en que los bucaneros
tuvieron la suerte de hacerse de alguna presa. Tal fue el caso el 1° de julio,
cuando vieron una vela e inmediatamente le dieron caza. Al alcanzarla hacia las
ocho de la noche, descubrieron que era el San Pedro, barco que ya habían
saqueado un año antes. Esta vez encontraron a su bordo veintiún mil duros
cerrados en arcas de roble, y dieciséis mil guardados en costales, más cierta
cantidad de plata. Una semana después, los piratas capturaron un barco de
adviso o correo, a cuyo bordo navegaban tres pasajeros, un fraile y dos mujeres
blancas. El señor Ringrose no nos habla de la suerte reservada a estas últimas.
Al día siguiente mismo, tropezaron con un gran navío español, que al principio
tomaron por un buque de guerra, enviado en su persecución. Al disparar sobre él
una salva con sus pequeñas piezas de artillería, tuvieron la suerte de matar al
capitán, accidente que condujo a la rendición del barco. Resultó ser el Santo
Rosario y llevaba en su bodega mucha plata y piezas acuñadas, así como
seiscientas barricas de aguardiente; estas últimas constituían sin duda un
hallazgo en extremo bienvenido a los marinos ingleses. También fue capturada la
mujer más hermosa que me ha sido dado ver en el mar del Sur. Pero el señor
Ringrose nada añade a esta observación. Al proceder a una selección del
cargamento del Santo Rosario, les ocurrió a los bucaneros un trágico error.
Habiendo encontrado en la bodega cientos de galápagos de cierto metal, lo
habían tomado por estaño y no concediéndole valor alguno, lo habían tirado al
mar. Uno de los marinos, sin embargo, conservó uno solo con la intención de
utilizarlo para fundir balas, y cuando regresó a Inglaterra, supo por boca de
un joyero que era dueño de un lingote de plata pura. Un cálculo hecho reveló
que el valor de la plata tirada al mar por los ignorantes bucaneros pasaba de
ciento cincuenta mil libras. Todos los cautivos, incluyendo probablemente a la
hermosa mujer, fueron trasladados a bordo del Santo Rosario, uno de cuyos
árboles había sido ciado, impidiéndose así que el barco llegase demasiado
pronto a algún puerto para dar la alarma; tomada esta precaución, se les dejó a
los prisioneros libres de dirigirse hacia donde quisieran o pudieran. La visita
siguiente de los bucaneros tuvo por objeto cazar cabras en la isla de Plata;
mas estos astutos animales tienen buena memoria y, por consiguiente, no se
dejaron prender. Pero aun haciendo a un lado la decepción causada por la
conducta de la especie cabruna, la visita a aquella isla no fue un
acontecimiento feliz. Escribe el señor Ringrose: Fue allí donde nuestro maestre
y yo nos batimos en duelo en la playa. Pero una vez más el narrador excita
inútilmente nuestra curiosidad olvidando mencionar el desenlace del asunto, distraído
tal vez por la subsiguiente confusión, pues en, la noche de aquel día nuestros
esclavos se confabularon con el propósito de degollarnos a todos, sin dar
cuartel a nadie, mientras nos entregásemos al sueño. El sueño de los bucaneros
parece que fue profundo, pues Ringrose añade: Se daban cuenta de que aquella
noche les proporcionaba la mejor oportunidad, puesto que todos nos hallamos
llenos de bebida, debido quizás al aguardiente descubierto en la bodega del
Santo Rosario. Por fortuna, el impío del Capitán Sharp había permanecido sobrio
y así se percató a tiempo del complot. El instigador del que sospechó, un indio
de nombre Santiago, capturado en Iquique, se arrojó de pronto al mar y se puso
a nadar vigorosamente; pero fue muerto a manos de nuestro capitán y castigado
así por su traición. Luego todo se arregló de manera amigable: Los demás le
echaron la culpa a aquel esclavo y aceptamos la excusa, pues no sentíamos ganas
de llevar la investigación más lejos y, ¿quién dudará de ello?, estábamos demasiado
contentos de poder continuar nuestro sueño. Después de aquel episodio, los
bucaneros navegaron directamente, sin distracción alguna, hacia Cabo de Hornos.
Se hallaban ya bastante cerca del temible paso, cuando casi se estrellaron
contra un arrecife y sólo se lo debieron a la gran misericordia de Dios que no
había dejado de asistirnos en aquel viaje, el que escapasen a la muerte.
Capturaron a un joven nativo de Tierra del Fuego, el cual salió a su encuentro
en una canoa, enseñándoles una tea ardiente. El hombre y la mujer que le
acompañaban, saltaron al agua. Al perseguirles, nuestros hombres mataron al
várón, por accidente, pero la hembra se salvó. El mozo, un gran diablo de unos
diciocho años, tenía una cara de pocos amigos y ojos bizcos. El señor Ringrose
concluyó de su aspecto que debía ser antropófago.
Cuando la Santísima Trinidad llegó a la vista del cabo, el
tiempo empeoró; fuertes ráfagas y borrascas de nieve asaltaron el barco y lo
rechazaron lejos hacia el sur. No encontramos nada digno de ser señalado hasta
el 7 de diciembre, fecha en que el señor Ringrose anota: Hoy nuestro digno
comandante, el capitán Sharp, parece que recibió información de que nuestra
compañía, o al menos una parte de ella, se proponía matarlo, aprovechando que
había fijado desde hace tiempo esta fecha para celebrar una fiesta. Enterado
del plan, hizo distribuir vino, pues daba por seguro que los hombres no harían
tal cosa sino en ayunas. Observación muy conmovedora, pero poco lógica. El
señor Ringrose tal vez haya redactado su nota después de haber recibido su
parte de vino, que fue generosa; tres grandes jarros. A continuación, les
sorprendió un tiempo nublado, de violentas ráfagas. El 19 de diciembre, nuestro
cirujano cortó un pie a un negro, por tenerlo helado. Al día siguiente, el
pobre Beafaro murió y con él otro negro. El día de Navidad parece que
transcurrió apacible: El día de hoy siendo el del nacimiento de nuestro Señor,
matamos anoche una cerda, para celebrar la gran solemnidad. La habíamos traído
del golfo de Nicoya cuando no era más que un lechón de tres semanas apenas, y
ahora pesaba cerca de noventa libras. La carne de esta marrana constituyó
nuestra cena de Nochebuena y era la única que habíamos comido desde que dejamos
regresar nuestras presas a los trópicos. Tras terribles trabajos, los bucaneros
doblaron Cabo de Hornos, remontaron el Atlántico del Sur y al fin, el 28 de
enero, llegaron a la vista de la Barbada. El bienvenido panorama les fue
estropeado por la presencia de una de las fragatas de Su Majestad, el Richmond,
por lo cual decidieron largarse sin pérdida de tiempo. Pese a su desengaño, el
señor Ringrose exclama: Me es difícil describir aquí la infinita alegría que se
apoderó de nosotros aquel día a la vista de nuestros compatriotas. Por
desgracia, los compatriotas no compartían su emoción. Ahora todas las querellas
y malas inteligencias estaban olvidadas a bordo de la Santísima Trinidad. Los
bucaneros pusieron en libertad a un zapatero negro, como recompensa de los
servicios profesionales prestados a la tripulación durante la travesía.
Obsequiamos también a nuestro buen jefe, el capitán Sharp, un joven mulato,
regalo consentido libremente por toda la comunidad, en testimonio del respeto
que nos había inspirado a todos la seguridad con la que el capitán nos
condujera a través de tantas peligrosas aventuras. A continuación, se procedió
al reparto del botín que aún no había sido distribuído; operación que produjo
veinticuatro libras por cabeza. El 30 de enero, los bucaneros llegaron a
Antigoa; pero sus pruebas todavía no habían tocado a su fin. Una canoa enviada
a tierra, para comprar tabaco y pedir permiso de entrar en el puerto, se
encontró con una rotunda negativa por parte del gobernador, aunque la sociedad
de la plaza y el pueblo no hubieran deseado onca cosa que acogernos. La única
solución que les quedaba a los cansados viajeros era bajar a tierra en Nevis,
donde obtuvieron permiso de desembarcar. Allí el grupo se dispersó. Muchos de
los tripulantes habían perdido todo el botín en el juego. Así pues se decidió
regalarles el barco, en tanto que los provistos de dinero se fueron cada uno
por su lado. El señor Ringrose y otros trece miembros del grupo tomaron pasaje
a bordo del Lisbon Merchant, conducido por el capitán Robert Porteen, y
llegaron sin incidente a Dartmouth el 26 de marzo de 1682. En cuanto al arrogante
y gallardo capitán Sharp y su primer piloto John Cox, regresaron también a
Inglaterra, con la intención según dice Cox en su diario, de informar al Rey de
sus descubrimientos; pero en realidad para verse metidos en chirona a
consecuencia de una queja del embajador de España. Fueron enjuiciados, en
efecto, bajo acusación de piratería; pero salieron absueltos, ya que
naturalmente no se había presentado ningún testigo directo. Al dejar Puerto
Real de ofrecer hospitalaria acogida a los bucaneros, los aventureros de las
islas tuvieron que buscar otras plazas para vender el botín y reparar las
averías. Después de Jamaica, no había sitio más propicio que las Bahamas. Este
grupo de islas de todas las formas y todas las dimensiones, ocupa una posición
de primer orden en cuanto a empresas de piratería, y dió la casualidad que
poseyera un gobernador en extremo indulgente en la persona del señor Robert
Clarke, el cual tenía su palacio en la isla de la Nueva Providencia. El
gobernador Clarke se encontraba siempre dispuesto a conferir -a cambio de
recompensas- comisiones a los piratas desocupados. Más de un bucanero que no
quería o no osaba hacer acto de sumisión en Jamaica, conducía su barco a la
Nueva Providencia y allí se procuraba una carta de contramarca que le permitía
vengarse de los daños reales, o, en los más de los casos, imaginarios, que le
habían infligido los españoles. Si se quiere dar crédito a Dampier, ciertos
gobernadores, entre otros el de Petit Guaves, en La Española, solían extender
las comisiones en blanco, y los propios capitanes piratas las llenaban luego a
su antojo. También afirma Dampier que muchas de las comisiones franCe6as sólo
concedían al portador el permiso de pesca y de caza. Ha quedado establecido de
manera manifiesta que tal filibustero que robaba mercantes españoles, saqueaba
iglesias y quemaba ciudades, se valía de una comisión extendida por el
gobernador de una isla danesa, él mismo antiguo pirata. El precioso documento,
concebido en floridos párrafos y adornado con un sello de aspecto
impresionante, estaba escrito en lengua danesa. En una ocasión, alguien que
entendía este idioma, tuvo la oportunidad o la curiosidad de traducirlo y
entonces descubrir que el único derecho que confería al detentador era el de
cazar cabras y puercos en la isla. Otros nidos piratas brotaron particularmente
en las Carolinas y en Nueva Inglaterra, donde los corsarios estaban siempre
seguros de ser bien acogidos y de sacar un buen precio por su botín. Michel
Landresson, alias Breha, pirata que devastaba durante mucho tiempo las costas
de Jamaica, solía presentarse en Boston para vender el producto de sus robos:
oro, plata, joyas y cacao a los píos mercaderes de Nueva Inglaterra, que se
estimaban afortunados de poder enriquecerse con un comercio tan fácil y que le
abastecían gustosos de cuanto necesitaba para la incursión siguiente. Breha
prosperó durante varios años, hasta 1686, cuando tuvo la mala suerte de caer en
manos de los españoles, los cuales le ahorcaron junto con algunos compañeros
suyos. Encontrábanse al servicio de los bucaneros los oficios y tipos humanos
más diversos: médicos, exploradores, criminales, y desarraigados, que habían
poseído en otros días grandes fortunas y altos títulos. Nadie parecía fuera de
su lugar en esta extraña compañía. El más extraordinario de todos tal vez fuera
el futuro arzobispo de York, Lancelot Blackburne. Sus enemigos, -pues tuvo en
el curso de su larga vida tantos enemigos como buenos amigos-, decían que el
recién ordenado graduado de Christ Church había corrido, en 1681-1682, el
continente español y las Antillas como miembro de la Hermandad de la Costa. Lo
cierto es que fue a las Antillas en 1681 y que a su regreso a Inglaterra
recibió la suma de veinte libras a título de servicios secretos. Una de las
historias que de él circulaban cuenta que cierto día volvió a Inglaterra un
bucanero y preguntó qué había sido de su viejo compinche Blackburne. Recibió
entonces la respuesta que era arzobispo de York. Horace Walpole creía, o
aparentaba creer, que Blackburne había sido bucanero, cuando escribía sobre el
viejo diablo de arzobispo de York que tenía modales de hombre distinguido no
obstante haber sido bucanero y ser clérigo. Pero de hecho nada le había quedado
de su primer oficio, como no fuese su serrallo. Hace poco, se hizo donación a
Christ Church de la espada de Blackburne. Esta reliquia es considerada como
objeto interesante aunque sujeto a desconfianza, pues le acompaña una tradición
que dice que la desgracia se abatirá sobre áquel que saque la espada de su
vaina, y creo saber que hasta hoy día ningún miembro de aquella antiquísima y
docta cofradía ha querido correr el riesgo. De cualquier modo y de ser exactas
más informaciones, no es costumbre que un arzobispo, ni tampoco un obispo,
lleve espada; lo cual permite la conclusión de que la conservada en Christ
Church debe haber sido manejada por su clerical propietario en el continente
español. Permítaseme la audacia de repetir una historia atribuída al actual
arzobispo de Canterbury que fue en otro tiempo arzobispo de York. Dice la
anécdota que el arzobispo Blackburne tenía por escanciador al famoso salteador
de caminos Dick Turpin, y que los vecinos no tardaron en descubrir que todas
las noches en que el prelado y su escanciador salían de Bishopsthorpe, era
detenida y robada la diligencia del Norte. A quienes no hayan estudiado de
cerca eSe género de cuestiones, debe parecer grotesco e increíble el que un
antiguo pirata o bucanero pueda llegar alguna vez a una posición tan elevada y
en un gremio por demás venerable, como han sido los asumidos por Lancelot
Blackburne. Pero se conocen otros casos, más seguros, por ejemplo el del
salteador de caminos John Popham, el cual llegó a ser Lord Chief Justice, o
sea, presidente del tribunal supremo, bajo Jacobo II. El antiguo bandolero
ejerció esta función durante quince años, adquiriendo una reputación de extrema
severidad, sobre todo frente a los prisioneros acusados de asaltar a mano
armada, los cuales tenían escasas perspectivas de ser absueltos al parecer ante
Popham. Cierta historia debida a la pluma del padre Labat, jesuíta que es
autoridad en la descripción de la vida cotidiana de los bucaneros, es
significativa por la luz que arroja sobre la curiosa tendencia religiosa,
observada a menudo en los más salvajes de aquellos merodeadores del mar.
Volveremos a encontrar este sorprendente fenómeno en forma imprevista en los
retratos de los piratas del siglo XVIII. Labat, que alcanzó celebridad hacia
fines del siglo XVII, era un sacerdote jovial, que hacía amistades por doquiera
que pasase y en todos los medios sociales. Abrigaba simpatías entrañables hacia
los bucaneros aunque solía designarlos por el nombre un tanto ambiguo de
piratas. Cuenta aquella historia que el capitán Daniel, conocido pirata,
viéndose escaso de víveres, fondeó cierta noche frente a las Santas, grupo de
pequeñas islas al sur de La Española. Fue desembarcada una tropa, la cual se
apoderó, sin encontrar resistencia, de la parroquia. El cura y toda su
servidumbre fueron llevados a bordo del barco pirata, mientras cada rincón de
su casa se registraba en busca de vino, aguardiente y gallinas. Durante esta
operación se le ocurrió al capitán Daniel que el tiempo estaría bien empleado
diciendo misa a bordo en provecho espiritual de la tripulación. El pobre
sacerdote no osó rehusar, de suerte que mandaron a buscar los receptáculos
sagrados y se improvisó un altar en la toldilla, debajo de una tienda. El
principio de la misa fue saludado por una descarga de los cañones; otras salvas
resonaron al Sanctus, a la Elevación, a la Bendición, y, finalmente, al
Exaudiat antes de concluir el servicio con una oración por el rey. Y ¡Viva el
Rey!", gritado por los bucaneros congregados. Un desgraciado incidente
oscureció un poco la serenidad de la ceremonia. Durante la Elevación, uno de
los piratas adoptó una actitud inconveniente y, reprendido con aspereza por el
capitán, contestó con una abominable blasfemia. Entonces, rápido como un
relámpago, Daniel sacó la pistola y le rompió el cráneo, jurando por Dios hacer
lo mismo con cualesquiera que faltase de respeto al sagrado Sacrificio. El tiro
había sido disparado muy cerca del sacerdote que naturalmente se mostró muy
alarmado; pero el capitán, volviéndose hacia él, le dijo: - No es nada, padre.
Un bribón que acaba de faltar a su deber y al que castigué para reprenderle. He
aquí -anota Labat- un método eficaz para impedir que vuelva a repetir su falta.
Terminada la misa, el cuerpo del difunto fue arrojado al mar, y
el sacerdote se vió recompensado por su sermón con varios obsequios, entre los
cuales figuraba un esclavo negro. La última aparición de los bucaneros se
produjo en 1697, coincidiendo con el estado de guerra entre Francia, por un
lado, e Inglaterra y España, por otro. El señor de Pointis, Jean Bemard
Desjeans, había sido enviado por el rey de Francia a la cabeza de una poderosa
flota, con la misión de atacar Cartagena, en Colombia. El señor Ducasse,
gobernador del puerto francés de La Española, amigo y soporte de los bucaneros,
recibió orden de llamar a todos os flhbusteros a combatir bajo el mando de De
Pointis. El 18 de marzo, las flotas combinadas del rey y de los bucaneros
salieron de Cabo Tiburón, y el día 13 del mes siguiente echaron ancla a dos
millas al Este de Cartagena. El contingente bucanero, fuerte de seiscientos
cincuenta hombres, era capitaneado por Ducasse; pues se había negado a servir
bajo el mando del altivo De Pointis, el cual no hacía el menor esfuerzo para
ocultar el desprecio que le inspiraban sus aliados. Después de un cañoneo de
dos semanas, la ciudad se rindió. Fue inmenso el tesoro que cayó en manos de
los vencedores: al decir de algunos, su valor ascendía a veinte millones de
esterlinas. Al día siguiente de la victoria, resurgieron los conflictos entre
De Pointis y los bucaneros. El primero se negaba obstinadamente a conceder a
sus compañeros de armas más que la pequeña parte del botín otorgada a las
tropas reales, en tanto que los bucaneros exigían que el producto total del
saqueo fuese repartido a partes iguales entre todos los combatientes, tal como
había sido costumbre en todo tiempo. Al fin, tras mucho regateos, De Pointis
aceptó ceder cuarenta mil coronas a los bucaneros, los cuales, sin la
intervención de Ducasse, habrían acabado por amotinaorse. Allanado el litigio,
el almirante francés reembarcó sus tropas y se apresuró a regresar a Francia,
feliz de alejarse de los turbulentos y revoltosos bucaneros y ansioso, también,
de escapar a la flota inglesa que, según sabía, se aprestaba a cercarle en
aquellos parajes. Los bucaneros salieron también, aparentando hacer rumbo a la
Española. En el camino, sin embargo, decidieron volverse atrás, con la
intención de resarcirse de la forma mezquina en que habían sido tratados al
repartirse el botín. Ducasse, el único hombre qUe ejercía alguna influencia
sobre los rudos marinos, se hallaba demasiado enfermo para protestar, y sus
oficiales no eran escuchados. Al cabo de pocos días, los bucaneros estaban de
nuevo en Cartagena. Durante cuatro días, no hubo más que saqueos y torturas,
expropiando a los desgraciados habitantes los últimos objetos de valor y
despojando las iglesias y abadías de todo el oro y la plata por valor de algunos
millones más. Provistos de tal viático, los piratas emprendieron el camino de
su vieja madriguera, la isla de la Vaca, para hacer allí el reparto del botín.
Mas el castigo los alcanzó bajo la forma de una flota combinada anglo española.
De los nueve buques bucaneros, los dos que transportaban la mayor parte de los
tesoros, fueron capturados, y otros dos encallaron sobre la costa. El resto se
salvó penosamente, refugiándose en la Española. Ducasse envió una misión a la
corte de Francia para protestar contra los malos tratos de que él y los
bucaneros habían sido objeto por parte del señor de Pointis, pidiendo su
revocación. Deseoso de restablecer la paz, el rey lo elevó a caballero y le
envió un millón cuatrocientos mil francos con instrucción de repartirlos entre
los bucaneros. Huelga decir que la parte leonina de esta suma no llegó nunca a
posesión de estos últimos, pues había pasado por demasiadas manos. La toma de
Cartagena en 1696 marca el punto final de la historia de los bucaneros. Su gran
importancia histórica -escribe David Hannay- reside en el hecho de que abrieron
los ojos al mundo, y particularmente a las naciones que los han visto nacer,
sobre la naturaleza del sistema de gobierno y el comercio hispanoamericano,
poniendo al desnudo el estado podrido del primero y revelando las posibilidades
que abriría el segundo en otras manos. Fue, entre otras causas, la aparición de
los bucaneros la que hizo nacer las posesiones holandesas, inglesas y francesas
en las Antillas.
CAPÍTULO II LOS
PIRATAS DE NORTEAMÉRICA
A fines del siglo XVII, dos nuevos hechos vinieron a modificar
una vez más el carácter de la piratería. El primero fue la creciente vigilancia
ejercida por los buques de guerra de los diferentes estados en aguas
metropolitanas; vigilancia que obligó progresivamente a los menos aventureros
entre los ladrones del mar a adoptar oficios más compatibles con la vida
social, reduciendo, por otra parte, a los corsarios impenitentes a buscar
nuevos campos de acción para el ejercicio de su talento. Fue, en parte, esta
vigilancia, además de la creciente hostilidad de los colonos hacia los piratas,
la que rechazó a estos últimos hacia aguas que no les eran familiares. El otro
hecho nuevo lo constituyen las relaciones entre Gran Bretaña y sus colonias en
Norteamérica. En 1696, el Parlamento votó una ley sobre la navegación,
encaminada a excluir a todas las otras naciones, del comercio con las colonias
británicas. La locura de una legislación de ese género ya había sido puesta en
evidencia por el ejemplo de España; mas tal experiencia no impidió la
implantación del mismo sistema por parte de los ingleses, los franceses y los
holandeses. Así, por ejemplo, el Navigation Act prohibía la introducción en
Nueva Inglaterra o en cualquier otra posesión americana, de productos procedentes
del Este, excepto por vía de Inglaterra, gravando de esta manera su precio con
gastos enormes. Como resultado, los colonos se acostumbraron a aprovisionarse a
precios bajos en el mercado ilegal cada vez que las circunstancias lo
permitían; y fue así como apareció una nueva escuela de la piratería, llamada a
florecer durante algún tiempo. Inmediatamente después de la ley sobre la
navegación sobrevino la paz; de Ryswick, en 1697, poniendo fin a la mayor parte
de las operaciones de los corsarios en las Antillas. Trece años más tarde, las
guerras de sucesión que se habían prolongado a través de casi medio siglo,
terminarían con la paz de Utrecht, firmada entre Inglaterra y Francia. Así,
millares de corsarios se vieron condenados a la desocupación, y faltaba mucho
para que se desarrollase un tráfico marítimo capaz de encauzar a todas aquellas
tripulaciones hacia oficios honrados. Algunos, por cierto, se establecieron en
tierra de una manera o de otra; pero el grueso de aquellos hombres de la más
ruda especie se encontraron privados de todo medio de subsistencia. Y he aquí
que se agruparon y que se hicieron a la mar como antes, pero esta vez sin
comisión alguna. No teniendo nada que perder, no reparaban en nada, y con mucha
razón se dijo de ellos que habían declarado la guerra a todas las naciones. A
fines del Siglo XVII, se había establecido un circuito regular de los piratas.
Tal grupo de marinos equipaba un barco en alguno de los puertos de Nueva
Inglaterra; después de lo cual se dirigía hacia el Mar Rojo, el Golfo Pérsico,
o bien hacia la Costa Malabar. El imperio indio del Gran Mogol se hallaba por
entonces en un estado avanzado de decadencia y anarquía, carente, además, de
una marina de guerra capaz de asumir siquiera una aparente defensa. Al mismo tiempo,
se practicaba un animado comercio indígena, mediante barcos costeros,
tripulados por moros. Ahora bien, estos mercantes árabes fueron los que
constituyeron la nueva y fácil presa de los piratas ingleses y americanos tan
bien armados como despiadados, que los acechaban en ciertos puntos sabiamente
escogidos. Cargados sus navíos de sedas y brocados orientales, de piedras
preciosas y alhajas de oro y plata, los piratas regresaban a los puertos de los
colonos norteamericanos, donde nadie los fastidiaba con indiscretas preguntas y
donde tenían la seguridad de encontrar compradores. En 1698, se dió al
secretario de Estado, bajo juramento, una información, tendiente a demostrar
que Thomas Too, William Maze, John Ireland, Thomas Wake, y otros muchos, todos
piratas y que habían emprendido varias expediciones de piratería, de las que
volvieron inmensamente ricos, vivían en Nueva Inglaterra, sin ocultarlo en modo
alguno. No había, por lo demás, para ellos ningún motivo de ruborizarse, puesto
que todos los piratas pensaban como Darby Mullins, uno de los marinos enviados
con el capitán Kidd a captUrar a Too Maze y a Ireland, y quien, en su
deposición ante el tribunal de Old Bailey, proclamó la opinión universal de los
piratas de que no era pecado para un cristiano robar a los paganos. En Boston y
Nueva York hubo constantemente abundancia de voluntarios deseosos de alistarse
en los barcos corsarios. Las Antillas ofrecían numerosos puertos seguros, donde
los viajeros podían aprovisionarse. Una vez volteado el Cabo de Buena Esperanza,
la gran isla de Madagascar daba asilo a cuantos bribones deseaban bajar a
tierra. Luego, llegados a aguas de Oriente, el solo riesgo que corrían era un
encuentro con buques de guerra holandeses. Si les ocurría ser detenidos por una
de las fragatas inglesas de la Compañía de las Indias Orientales, y conducidos
a una de las factorías de la misma, entonces se hallaban prácticamente al
abrigo de todo castigo; pues la Compañía tenía sólo el derecho de aplicar
sanciones a su propio personal y no había en su territorio tribunales del
Almirantazgo, que eran los que juzgaban a los marinos culpables de piratería.
Lo mismo sucedía en Nueva Inglaterra: tampoco existían allí tales tribunales,
de suerte que los gastos, los retrasos y las complicaciones que suponía el
traslado de prisioneros y de testigos a Inglaterra, no redundaban,
generalmente, en otro resultado que el que ningún acusado aparecía ante sus
jueces. Entre los numerosos corsarios que practicaban el circuito de los
pintas, figuraban, como los más célebres, Avery y Kidd. El capitán John Avery,
alias Henry Every, alias Bridgman, era en cierto modo el más popular de los
piratas, y al igual que todos los personajes populares, conocido bajo un apodo,
el de Long Ben. Algunos de sus admiradores describieron a este héroe como flor
y parangón de todos los marinos arrogantes; otros le bautizaron El Superpirata.
Han sido publicadas muchísimas Vidas de Avery. Defoe le escogió por héroe en su
Vida, Aventuras y Piraterías del Capitán Singleton, y una pieza popular, El
Pirata Afortunado, escrita sobre sus andanzás en Madagascar por Charles
Johnson, fue muy aplaudida en el Teatro Real de Drury Lane. Avery nació allá
por el año 1665 en los aledaños de Plymouth. Fue destinado muy joven a la
marinería. Después de haber servido a bordo de un mercante y hecho varios
viajes, fue nombrado primer oficial de un corsario armado, el Duke, a las
órdenes de un tal capitán Gibson. Cierto día, el Duke salió de Bristol rumbo a
Cádiz, contratado por el gobierno español para hostigar en las Antillas a los
piratas franceses. Llegado a aquel puerto, hubo de permanecer largo rato
anclado en la rada esperando órdenes, y los marinos no tenían con qué ocupar su
ocio. Entonces Avery comenzó hacer a la tripulación proposiciones insinuantes,
y al encontrar numerosos voluntarios, complotó un motín. El capitán y algunos
otros hombres renuentes a adherirse a la empresa, fueron bajados a un bote y
llevados a tierra, en tanto que el Duke, rebautizado lealmente con el nombre de
Carlos II, se hizo a la mar bajo el mando de Avery. Su primera acción fue una
visita a la isla de Mayo, donde se apoderaron del gobernador portugués, al que
guardaron como rehén hasta haber terminado el aprovisionamiento del barco.
Después, se dirigieron hacia Guinea, capturando de paso tres mercantes
ingleses. Luego de robar oro y algunos negros en la costa de Guinea, doblaron
el Cabo de Buena Esperanza e hicieron escala en Madagascar. De ahí navegaron
hacia el Mar Rojo, con la intención de acechar la flota de Moca, cuyo regreso era
esperado.
La flota no tardó en aparecer, y el capitán Avery, eligiendo el
barco más grande, entabló combate. Al cabo de dos horas, el adversario arrió
los colores. Era el Gunsway, propiedad del mismo Gran Mogol, y su captura valió
a los piratas cien mil duros, más un número igual de cequíes. También cayeron
en sus manos algunos altos dignatarios de la corte del Mogol, que regresaban de
una peregrinación a la Meca. Con este motivo se formó la leyenda de que entre
los cautivos se encontraba la hermosa hija del Gran Mogol; que Avery la condujo
a Madagascar; que allí se casó con ella, y que desde entonces llevó una
existencia principesca. Aunque la historia de la bella princesa no sea sino
fruto de la imaginación e inventada para satisfacer a los lectores de los
innumerables libretines que decantaban las hazañas de Avery, no por eso es
menos cierto que los piratas se apoderaron de un botín espléndido. Consecuencia
imprevista de aquel feliz golpe de mano fue que el Gran Mogol, tlrémulo de ira
ante tamaño ultraje. amenazó vengarse en la Compañía de las Indias Orientales,
barriendo de la tierra sus establecimientos. La urgente llamada de auxilio de
la Compañía al gobierno británico llevó a la horca a no pocos piratas; mas
Avery estaba destinado a terminar sus días de una manera menos sensacional. No
se volvió a oír hablar de él hasta su llegada a Boston, en 1696, que es cuando
según parece sobornó al gobernador, obteniendo así que le dejasen entrar
tranquilamente con su botín. No se quedó largo rato en Boston, sino que a poco
tiempo se hizo a la vela rumbo al Norte de irlanda, donde vendió su cúter. El
grupo se dispersó, yéndose cada cual por su lado con su parte del botín. Avery
intentó desembarazarse en Dublin de algunos de sus diamantes, pero no lo logró,
y esperando realizar tal transacción con mayor facilidad en Inglaterra, se
dirigió a Bideford, en Devon. Allí vivió apaciblemente bajo un nombre falso,
entrando, por conducto de un amigo suyo, en comunicación con ciertos mercaderes
de Bristol. Estos vinieron a verle, aceptaron sus diamantes, le dieron un
puñado de guineas para sus necesidades inmediatas y regresaron a Bristol,
después de haber prometido enviarle el precio en cuanto vendiesen las piedras.
Transcurría el tiempo y Avery no recibió de los joyeros de Bristol ni noticias,
ni dinero, de suerte que comenzó a sospechar que había piratas de tierra firme
lo mismo que del mar. Sus frecuentes misivas a los negociantes le valieron a lo
sumo el envío de un par de chelines, gastados inmediatamente para satisfacer
las más sencillas necesidadas de la vida. Al fin, desesperada ya su situación,
Avery cayó enfermo y murió, sin poseer siquiera la suma necesaria para la
compra de su féretro. Así acabó Avery, el Gran Pirata, cuyo nombre era célebre
en toda Europa y América y que creíase llevaba una vida de soberano en su
palacio de Madagascar, cuando vegetaba oculto y hambriento en una choza de
Bideford. El nombre más ilustre en los anales de la piratería es probablemente
el de William Kidd. Sin embargo, si la reputación de Kidd hubiese sido igual a
sus verdaderas proezas, habría caído en olvido al día siguiente de su ejecución
en Wapping Old Stairs. Y es que su fama de pirata era tan poco merecida como el
prestigio de Dick Turpin el rey de todos los caballeros del gran camino, el
cual no fue en vida más que vulgar ratero, pero que, muerto y enterrado,
oscureció la memoria de un Nevinson, auténtico bandido lleno de audacia, al
atribuírsele el famoso asalto sobre York. Fue la política la que condujo a
William Kidd a la vez a la gloria y al cadalso. Nacido en Greenock hacia 1645,
recibió una buena educación, pues su padre parece haber sido reverendo
calvinista en aquel puerto pequeño, pero en pleno desarrollo mercantil. Durante
algunos años, Kidd navegó como marino honrado y en una ocasión incluso mandó un
corsario inglés al servicio del gobierno en aguas americanas. Poseía finalmente
una bella casa en Nueva York, donde tenía mujer e hijos, y debe haber gozado de
cierta opulencia, puesto que era propietario de varios barcos mercantes. En 1695,
el gobernador de Massachussets, conde de Bellomont, recibió de Inglaterra
instrucción de tomar medidas para aniquilar a los piratas que infestaban la
costa de Nueva Inglaterra. La ardua misión se confirió al capitán Kidd, el cual
recibió del rey Guillermo III una comisión autorizando a su querido amigo
William Kidd para capturar a determinados piratas, en particular a Thomas Tew o
Too, de Rhode Island, Thomas Wake y William Maze, de Nueva York, John Ireland,
así como a todos los demás piratas, filibusteros y ladrones del mar,
cualesquiera que fuesen. Desde un principio, tamaña empresa no presagiaba nada
bueno, pues en vez de recibir paga, el capitán y la tripulación se vieron
enganchados sobre la funesta base de: Si no hay botín, no hay sueldo. Tampoco fue
el gobierno quien equipó la expedición. El buque, todo su aparejo y su
aprovisionamiento, se costearon por cierta compañía, cada uno de cuyos miembros
participaba en los gastos a cambio de un tanto por ciento del esperado botín.
Los aristooráticos accionistas de esta sociedad eran: lord Bellomont; lord
Oxford, primer lord del Almirantazgo; lord Somers, lord canciller; lord Romney,
seoretario de Estado; el duque de Shrewsbury, y varios otros grandes
dignatarios de la Corona. El último, pero no el menor, de los socios era el
propio capitán Kidd que adquirió una quinta parte de las acciones. El barco de
Kidd, el Adventure Galley, tripulado por ciento cincuenta y cinco hombres,
salió de Nueva York en septiembre de 1696, y durante varios meses no se volvió
a saber de él. Luego comenzaron a circular rumores inquietantes. Se recibierón
noticias en Inglaterra y en Massachussets según las cuales Kidd, en vez de
capturar a los piratas, se había hecho pirata él mismo, causando estragos en el
Océano Indico. Se enviaron entonces órdenes perentorias a Bellomont, mandándole
que detuviera a Kidd caso que regresase a Norteamérica. En 1699, Kidd volvió,
en efecto, a Boston; inmediatamente fue encarcelado por su cómplice Bellomont,
promotor de la compañía, y cargado de cadenas, el capitán del Adventure Galley
fue transportado a Inglaterra a bordo del buque de guerra Advice para
justificarse del crimen de la pilratería.
Después de su salida de Nueva York con el Adventure, Kidd se
había dirigido hacia Madeira, donde se aprovisionó de fruta y vino; luego hizo
escala en las islas de Cabo Vérde para hacer aguada. A continuación, dió la
vuelta al Cabo de Buena Esperanza, pero no llegó al Mar Rojo sino un año
después de haber salido de Norteamérica. El 20 de septiembre, Kidd despojó un
velero moro de algunas balas de pimienta y de café, así como de un cargamento
de mirra. Luego cruzó frente a la costa de Carwar sin encontrarse nada de caza,
y su tripulación comenZó a murmurar. Cuando, cierto día, disputó con su jefe
cañonero, William Moore, tratándose de perro piojoso, el insultado replicó: Si
soy un perro piojoso, es por culpa de usted; a eso, Kidd cogió un balde
guarnecido de arcos y le asestó a Moore un golpe tan salvaje en la cabeza que
el cañonero murió al día siguiente. Ahora bien, este acto más que la piratería
fue lo que hubo de conducir a Kidd al cadalso. Hasta entonces, Kidd parece
haber tratado, aunque con lenidad, de cumplir con su misión; mas después del
asesinato de Moore, se convirtió en franco pirata. El 27 de noviembre, tropezó
con el Maiden, lo capturó y lo saqueó. Como pirata, Kidd tuvo mejor suerte que
como policía. Tras haber apresado varios barcos pequeños, dió con su más bella
presa, el Quedagh Merchant, goleta de unas quinientas toneladas, procedente de
Bengala, con destino a Surat, y que capturó en la Costa Malabar. A su bordo,
Kidd descubrió un cargamento de gran valor, incluyendo sedas, muselinas, azúcar,
hierro, salitres, y oro. Encontrando que ahora ya tenían su fortuna hecha, los
piratas hicieron rumbo a la bien conocida fortaleza de Madagascar. Allí
desembarcaron el botín del Adventure y de las dos presas, y procedieron al
reparto. Kidd se atribuyó cuarenta partes; el resto fue distribuído entre los
ciento cincuenta miembros de la tripulación. En Madagascar, Kidd sí que
encontró a un pirata notorio, Culliford, que era buscado por las autoridades
inglesas; mas en vez de detenerlo, fraternizó con él, y los dos, brindando uno
por la salud de otro, bebieron bombbo, mezcla de jugo de limón, azúcar y agua,
lo cual permite suponer que eran secos, es decir que hacían excepción de la
gran mayoría de sus cofrades, los cuales preferían el ron o el aguardiente. Al fin,
en septiembre de 1698, Kidd salió de Madagascar a bordo del Quedagh Merchant,
llevando un rico cargamento de mercancías, de alhajas, de oro y de duros. La
primera tierra que tocaron fue Anguilla, en las Antillas. Kidd envió algunos
hombres al puerto; éstos volvieron con la fastidiosa noticia de que Kidd y toda
su tripulación habían sido declarados piratas. La nueva, si se ha de dar
crédito a Kidd, causó gran consternación entre sus hombres. El capitán salió en
seguida para Nueva York a bordo de un pequeño velero, el Antonio, dejando el
Quedagh Merchant en la Española con instrucción de esperar su regreso. Si Kidd
había creído poder enredar a Bellomont hasta el punto de obtener su perdón,
cometía un gran error. El escándalo había levantado demasiado polvo, y Kidd fue
arrestado en el momento en que pisó tierra. Juzgado en 1701 ante el tribunal de
Old Bailey, y declarado culpable tanto de asesinato como de piratería, fue
ahorcado el 25 de mayo en el Execution Dock. Recientemente, el señor Basil
Lubbock descubrió en un viaje diario de a bordo, de su propiedad, algunos
documentos inéditos que arrojan nueva luz sobre las actividades de Kidd en el
Mar Rojo. Resulta que Kidd había cometido sus actos de piratería mucho antes de
lo que se había creído hasta la fecha. Gracias a la amabilidad del señor
Lubbock, me veo en condiciones de reproducir en el apéndice V algunos extractos
bastantes copiosos de aquel diario, dejando intacta la forma extraordinaria
dada al relato por el narrador, Edward Barlow. Hemos hablado de dos
determinados piratas, de Avery y de Kidd, como de dos representantes destacados
de su oficio. Pero hubo otros, no menos sobresalientes, y que, sin embargo, no
han llamado nunca la atención del público en tal grado como aquéllos. El
pirata, mediano, según ya ha sido observado, no buscaba la notoriedad. Se
conten!aba con hacer botín y retirarse luego a la sombra, disfrutando
apaciblemente de sus beneficios, sin el menor deseo de oír resonar el mundo con
el ruido de sus proezas. Así es que ignoraríamos casi todo de la vida y los
actos de estos hombres, de no publicar un tal capitán Charles Johnson un libro
sobre la piratería. No hay que olvidar que las postrimerías del siglo XVII y
los comienzos del XVIII, época en que vivía Johnson, se caracterizan por lo que
tal vez fuera la altura cumbre de la piratería pura de todos los tiempos; o sea
que en aquel período el pirata correspondía más fielmente que nunca a la
concepción popular de lo que debía ser un pirata. La primera edición del
célebre libro de Johnson apareció en 1724. Fue publicada por Ch. Rivington,
jefe de la editorial Bible and Crown, ubicada en Saint Paul's Churchyard. En
1890, la antigua negociación de Rivington pasó a manos de los editores ingleses
de la presente obra, y su marca, una biblia dominada por una corona, sigue
siendo el emblema de la casa. El frontispicio del libro lleva a guisa de título
un texto de más de doscientas palabras. He aquí lo que dice, suprimiendo las
digresiones y comentarios del capitán Johnson: Historia general de los saqueos
y asesinatos cometidos por los piratas más notorios, así como de sus
costumbres, su disciplina y su ley, desde su primera apariCión y
establecimiento en la isla de la Providencia, en 1617, hasta este año de 1724.
Nunca se supo cosa alguna del autor. Fuese cual fuere su personalidad, lo
cierto es que dispuso de conocimientos profundos de la piratería. Su Historia
tenía la reputación de contener más leyendas que hechos; pero los testimonios
descubiertos en días recientes han demostrado la veracidad de los dichos de
Johnson, y ya no cabe dudar de que, en conjunto, merecen nuestra plena
confianza.
Hubo en la Real Marina cierto capitán Charles Johnson, empleado
en 1682 por sir Thomas Lynch en la tarea de buscar al pirata Hamlin del barco
La Trompeuse, así como a algunos otros corsarios de Jamaica. Suponiendo que
Johnson tuviera por entonces veintiséis años, lo que parece poco probable,
tendría sesenta y ocho en 1724, en el momento de publicarse la Historia de modo
que si bien tal hipótesis no debe rechazarse de manera absoluta, la
probabilidad de que el autor sea idéntico a aquel capitán, no deja de ser en
extremo débil. Hasta fecha muy reciente era harto difícil procurarse algún
ejemplar de la Historia de los Piratas; pero en los últimos años han sido
publicadas varias reimpresiones. Resulta imposible dar aquí siquiera un breve
resumen de las vidas de todos los héroes de Johnson. Baste con dos ejemplos, el
de Roberts, por ser éste el personaje más aproximado al pirata popular de la
ficción; y el de Misson, porque su carácter y modo de pensar no se encuentran
en ningún otro. El primero, el capitán Bartolomé Roberts, era, al igual que
tantos otros piratas, de origen galés. Son varias las razones que hacen de él
una figura notable aun en medio de sus notables compañeros. Primeramente, sólo
bebía té, y por lo tanto, resulta ser el único abstemio conocido de toda la
cofradía. También se mostraba muy rígido en materia de disciplina, y a bordo de
su barco todas las luces debían ser apagadas a las ocho en punto. Todo hombre
de su tripulación que desease continuar bebiendo después de esta hora había de
hacerlo en el puente. Mas por ardiente que fuese el celo de ese apóstol de la
abstinencia, no acertó suprimir por completo la costumbre de beber. Si Roberts
hubiese vivido en nuestros días, probablemente le hubiéramos encontrado como
miembro de alguna sociedad de vigilancia local. No admitía mujeres a bordo de
sus barcos; y hasta impuso a las tripulaciones una ley según la cual era reo de
muerte, todo marino que trajese a bordo una mujer disfrazada de hombre. Tampoco
permitía jugar dinero a los naipes, ni a los dados; tan grande era su
repugnancia hacia el juego. Observando estrictamente la santidad del día del
Señor, concedía descanso a los músicos el séptimo día. Y se trataba de una
pequeñez, pues el cargo de músico distaba mucho de ser una sinecura, ya que
todo pirata tenía el derecho de hacerse tocar un aire a cualquier hora del día
o de la noche. Acostumbraba proteger por un guardia a las mujeres capturadas, y
se sospecha que era grande la competencia entre los granujas de a bordo por
hacerse designar como centinela. No se toleraba ninguna riña entre los
tripulantes. Todas las querellas habían de arreglarse en tierra, colocándose
los duelistas espalda contra espalda, y usando como arma la pistola o la
navaja, según la usanza de los piratas. Bartolomé, que solía vestirse con
esmero antes de cada batalla, era, cosa insólita, un guapo ente los piratas.
Alto y moreno, acostumbraba vestir casaca y calzón de rico damasco, sombrero
con pluma encarnada, y collar de oro, del cual colgaba una gran cruz de
diamantes. Empuñaba una espada y tenía dos pistolas sujetas a un fajín de seda,
que llevaba a guisa de cinturón. La primera vez que oímos hablar de él, es en
noviembre de 1719, momento en que se dispone a salir de Londres como patrón de
un pegrero, el Princesse, con destino a Anamaboe, en la costa de Guinea para
traer de allí un honrado cargamento de ébano. En Guinea su barco fue capturado
por otro galés, el pirata Howel Dawis. No teniendo alternativa alguna, Roberts
se adhirió a los piratas, y pronto llegó a ejercer el oficio tan hábilmente
como cualquier profesional. Muerto en combate el capitán Dawis, la tripulación
se reunió en consejo para llenar la así creada vacante en el mando. Había
varios candidatos, todos alertas y vivos, hombres honrados por el título de
lores, tales como Sympson, Ashplant, Antis y otros. Uno de estos lores, Dennis,
designó a Roberts en un discurso que contenía una advertencia interesante y una
explicación que no lo era menos. Decía el aludido Dennis: Si un capitán tiene
la imprudencia de extralimitarse en un momento cualquiera en sus atribuciones,
¡que lo maten! Su muerte será para sus sucesores una advertencia de las
consecuencias a las que puede conducir toda especie de soberbia. Habiendo
expresado esta amonestación, mi lord Dennis prosiguió: Eso no obstante,
propongo mientras nos encontremos sobrios, que detengamos nuestra elección en
un hombre valiente y navegador capaz; en alguien que por su juicio y bravura
sea apto para defender nuestra comunidad, protegiéndonos contra los peligros y
las tempestades de un elemento inestable, así como contra las fatales
consecuencias de la anarquía. Y este hombre, afirmo que es Roberts. He aquí un
mozo fuerte, digno desde todos los puntos de vista de nuestra estimación y de
nuestro favor. Esta proposición fue aclamada por unanimidad, menos una sola
voz, la de lord Sympson que esperaba ser elegido y que salió de la reunión con
aire moroso, gruñendo que poco le importaba la persona elevada a capitán, con
tal que no fuese un papista; y Roberts no lo era. Así pues, el recién llegado
se veía elegido jefe, aunque hacía apenas seis meses que era pirata. Puede
decirse que entre aquellos hombres el verdadero mérito no tardaba en ser
reconocido y recompensado. El nuevo comandante contestó en su discurso que dado
que había mojado sus manos en agua sucia y que debía seguir siendo pirata,
tanto valía hacerlo de capitán que como simple marino. Tal manera de expresar
su agradecimiento tal vez no revelase mucho tacto, ni gratitud; pero fue
apreciada sin duda alguna por el auditorio. Roberts no tardó en hacer ver a la
tripulación la clase de capitán que se habían dado, tomando y incendiando un
fuerte vecino, bombardeando la ciudad y prendiendo fuego a dos barcos
portugueses; y todo esto para vengar la muerte, por demás perfectamente
justificable, del llorado capitán Dawis, ocurrida en aquellos parajes.
Después, Roberts atravesó el Atlántico del Sur, llegando a
Bahía, en Brasil, donde descubrió cuarenta y dos naves portuguesas, todas
cargadas y listas para salir hacia Lisboa. Roberts, dando muestras de la más
asombrosa audacia, se lanzó derecho sobre el barco más cargado, lo atacó, lo
abordó y se lo llevó. La presa transportaba, además de ricas mercancías,
cuarenta mil moidoros y una cruz de diamantes destinada al rey de Portugal.
Desde Brasil, Roberts se dirigió hacia las Antillas, y allí se puso a saquear
el comercio de Jamaica y la Barbada. Cuando la situación comenzó a hacerse
insostenible, el capitán hizo rumbo al Norte, hacia Terranova, causando
estragos entre las flotas pesqueras y los establecimientos franceses e
ingleses. En dos ocasiones, Roberts había recibido muy rudo trato, una vez por
un buque de la Barbada, y otra, por los moradores de Martinica. Por eso, al
dibujar su nuevo pabellón, el capitán trazó una enorme silueta de su persona
con la espada en la mano y erecto sobre dos calaveras, debajo de las cuales se
leían las letras A. B. H. y A. M. H., lo que significaba una cabeza de barbadés
y una cabeza de martiniquense. Y siempre, en lo sucesivo, cuando un nativo de
una de las dos islas tenía la desgracia de caer entre las garras de Roberts, lo
pagaba con su vida. En abril de 1721, Roberts estaba de vuelta en la costa de
Guinea, incendiando y robando. Entre los prisioneros que hizo en una de sus
presas se hallaba un clérigo. Entonces, el capitán sintió el vivo deseo de
tener a bordo de su barco un capellán para que cuidara de la salud espiritual
de la tripulación; hizo, pues, cuanto pudo a fin de persuadir al eclesiástico a
firmar un enganche, asegurándole que no tendría otras funciones que decir el
sermón y preparar el ponche. Mas el reverendo no se dejó convencer y
finalmente, Roberts le soltó con todo cuanto le pertenecía, menos tres libros
de oraciones y un sacacorchos, objetos cuya necesidad se hacía sentir a bordo
del Royal Fortune. Se aproximaba el final de la carrera de Roberts, y no era pronto,
pues ya tenía capturados cuatrocientos barcos, record que según se sabe no fue
alcanzado por ningún otro pirata. Un buque de guerra, el Surallow (capitán
Chaloner Ogle), descubrió a los dos navíos de Roberts en Parrot Island. Como el
crucero fingió huir, fue perseguido por uno de ellos mar adentro. Hubo combate,
y al cabo de dos horas, el pirata arrió su pabellón, tirando al agua su bandera
negra de manera que no pudiese erguirse contra ellos el día del juicio. A los
pocos días, el Swallow regresó a Parrot Island para saldarle su cuenta a
Roberts y al Royal Fortune. Fue en la mañana, y Roberts hacía honor a su
desayuno: una ropa vieja, un escabeche muy condimentado de las Antillas, cuando
le trajeron la noticia de la llegada del Swallow. El capitán rehusó molestarse.
Sin embargo, al ser avisado de que el crucero se disponía a atacar, Roberts
subió precipitadamente al puente, hizo cortar los cables y huyó mar adentro.
Fue el 19 de febrero de 1722. Principió un furioso cañoneo. Por desgracia, la
mayor parte de la dotación, pese a la hora y al ejemplo de su capitán, ya
estaba ebria e incapaz de oponer una resistencia tenaz. Apenas comenzado el
encuentro, Roberts fue muerto por una carga de metralla que le hirió en la
garganta. Su cadáver, vestido de traje de gala, con las armas y arreos del
difunto, fue arrojado al mar, de conformidad con las instrucciones que había
dado en vida. Así le fue ahorrada la suerte de sus hombres: todos fueron
ahorcados en Cabo Coast Castle. La Historia de Charles Johnson constituye una
inagotable mina de documentación sobre los piratas. Aunque sus bandidos parecen
haber tenido muy pocos principios morales y ningún sentido de disciplina, no
por eso gustaban menos de establecer infinidad de reglas de conducta. He aquí
una lista de las introducidas por el capitán John Phillips, comandante del
Revenge y último matamoros de los pescadores de Terranova. 1° Todo hombre debe
obediencia a órdenes corteses; el capitán recibirá parte y media de todas las
presas; el patlrón, el carpintero, el primer piloto, y el cañonero, cobrarán
parte y cuarto. 2° Todo hombre que haga proposiciones de deserción o de ocultar
cualquier cosa, será bajado a tierra con un frasco de pólvora, una botella de
agua, una pistola y algunas balas. 3° Todo hombre que robe, sea lo que sea, a
la hermandad, o que se entregue al juego, haciendo puesta de un duro o más,
será abandonado en tierra o fusilado. 4° Caso que nos encontráramos con otro
pirata, fuera cual fuere el momento, aquel que firman entonces los artículos del
mismo, sufrirá el castigo que el capitán y la hermandad juzguen conveniente. 5°
Todo hombre que hiera a otro mientras estén vigentes los presentes artículos,
se verá aplicar la ley de Moisés, (es decir, cuarenta latigazos menos uno)
sobre la espalda desnuda. 6° Todo hombre que rompa sus armas, o que fume tabaco
en la bodega sin haber colocado un resguardo sobre su pipa, o que lleve una
candela encendida sin colocarla dentro de una linterna, será sometido al trato
previsto por el artículo anterior. 7° Todo hombre que no mantenga sus armas
listas para el combate, o que muestre descuido en su puesto, perderá su parte
del botín y sufrirá además el castigo que el capitán y la hermandad juzguen
conveniente. 8° Todo hombre que pierda alguna articulación en combate, recibirá
400 duros; y si es un miembro, 800. 9° Si en un momento cualquiera de
encontrarse en presencia de una mujer honrada alguien intenta violarla, este
hombre será ejecutado en el acto. Una vez puestos por escrito y debidamente
aceptados por la hermandad estos artículos, cada hombre era invitado a prestar
juramento de respetarlos posando la mano sobre la Biblia. Desgraciadamente, en
el caso del capitán Phillips no se pudo encontrar Biblia a bordo del Revenge y
tuvieron que jurar valiéndose de un hacha, objeto considerado como el más
apropiado. Redactados los preciosos artículos, con acompañamiento de mucho
ponche o ron, pasábase al importante acto de elegir un pabellón que inspirase
terror a quienquiera que lo viese. A veces se escogía el Jolly Roger, compuesto
de un cráneo humano con dos tibias entrecruzadas, aunque muchos piratas
prefiriesen una sencilla bandera negra o roja. Algunos se entusiasmaban por
alguna cosa más compleja, como, por ejemplo, una anatomía humana, esto es un
esqueleto empuñando con una mano un rummer (copa para ponche) y con la otra una
espada. Cuando los piratas no estaban ocupados en buscar dinero en el mar, ni
en derrocharlo en tierra, ocurría que se les encontraba entregados a
pasatiempos inocuos. Incluso se les veía bailar o representar una comedia; pero
su diversión predilecta era una parodia de un juicio, en la cual cada pirata
hacía por turno de acusado y de juez. Era una forma de broma harto siniestra,
puesto que muchos de los actores habrían de defender, algún día su vida ante un
verdadero juez y un verdadero tribunal. Johnson reproduce una de estas parodias
que le había sido narrada por un testigo ocular. Si se trata de un mero juego
de la imaginación, quien lo imaginara ha debido ser un artista. Designados la
corte y los criminales y encargado el fiscal de abrir la causa, el juez trepaba
a un árbol con los hombros envueltos en una lona mugrienta que representaba la
ropa talar; llevaba también un bonete de estopa en la cabeza y unas gafas
gruesas sobre la nariz. Así ataviado, se instalaba en su asiento; a sus pies
oficiaban algunos alguaciles armados de palancas y picas a guisa de mazas y de
varas. Se introducía entonces a los reos que hacían mil muecas; y aquel que
representaba al procurador general establecía la materia de acusación contra
ellos. Los discursos eran muy lacónicos y el procedimiento de los más someros.
Vamos a reproducirlo bajo forma de diálogo: El Fiscal.- Con vuestra venia,
Vuestra Señoría Y vosotros, señores del jurado; tenéis ante vos un prójimo que
es un triste perro; un triste, muy triste perro; y espero humildemente que
Vuestra Señoría ordene sin tardanza que le ahorquen. Ha cometido actos de
piratería en alta mar y vamos a probar, sin ofender a Vuestra Senoria, que ese
prójimo, que ese triste perro al que tenéis ante vos, ha escapado a mil
tempestades, y, además, que ha llegado ileso a tierra cuando se perdió su
barco; lo cual es signo seguro que no ha nacido para morir ahogado. Y sin
embargo, no temiendo la horca, continuo robando y plagiando a hombres, mujeres
y niños, saqueando cargamentos por todas partes, incendiando y echando a pique
navíos, barcos o canoas, como si tuviese el diablo en el cuerpo. Pero eso no es
todo, Vuestra Señoría: ha cometido villanías peores y vamos a demostrar que se
ha hecho culpable de no beber más que cerveza de jengibre, y Vuestra Señoría no
ignora que no se ha visto jamás individuo sobrio que no fuese un bribón.
Vuestra Señoría, a buen seguro yo habría hablado mejor de lo que hablo en este
momento; pero Vuestra Señoría sabe que se nos agotó el ron, y cómo quiere que
un hombre discurra bien en el sentido de la Ley, cuando no se ha echado su
trago. Eso no obstante, espero que Vuestra Señoría mande ahorcar a este
prójimo. El Juez.- Escúchame bribón, perro sucio, miserable. y sarnoso: ¿qué
tienes que decir que te evite ser colgado en el acto y puesto a secar a la
manera de un espantajo? ¿Eres culpable o inocente? El Prisionero.- Inocente,
Vuestro Honor. El Juez.- ¡Inocente! Repítelo, tunante, y te hago ahorcar sin
juicio. El Prisionero.- Sin ofender a Vuestro Honor, soy un pobre diablo tan
honesto como cualquiera que haya pasado su vida entre el espolón y el
coronamiento de ún barco; sé maniobrar, tomar rizos, gobernar y hacer un
empalme, como cualquiera que haya atravesado jamás por el agua salada, pero fuí
capturado por un tal George Bradley (éste era el nombre del que representaba al
juez), un pirata notorio y siniestro bribón de los que han escapado a la horca,
y este maleante me forzó, sin ofender a Vuestro Honor. El juez.- Contéstame,
tunante, ¿cómo quieres ser juzgado? El Prisionero.- Según Dios y las leyes de
mi país. El Juez.- Quieres decir, según el diablo. Bien, señores del jurado,
oreo que ya no teñemos nada más que hacer sino fallar el veredicto. El Fiscal.-
Bien dicho, Vuestra Señoría; pues si se le permitiese a ese individuo hablar, a
lo mejor se exculpa, y eso sería una afrenta para la Corte. El Prisionero.- Os
ruego, Vuestra Señoría, espero que Vuestra Señoría se digne considerar ... El
Juez.- ¿Considerar? ¿Cómo te atreves a hablar de considerar? Bribón, en mi vida
consideré cosa alguna. Eso de considerar sería para mí un caso de conciencia.
El Prisionero.- Espero, sin embargo, que Vuestra Señoría se avenga a razones.
El ]uez.- ¿Entienden ustedes las habladurías de este canalla? lo que quiero que
sepas, especie de malandrín, es que no estamos aquí para avenirnos a razones,
sino para obrar según la ley. ¿Está listo el almuerzo? El Fiscal.- Sí, Vuestra
Señoría. El ]uez.- Entonces escúchame, bribón, en el banquillo. Escúchame,
hampón. Vas a expiar por tres razones: primero, porque no es conveniente que
presida aquí como juez sin que se ahorque a nadie; segundo, colgarás, porque
tienes una cabeza endiabladamente patibularia; Y tercero, irás a la horca,
porque tengo hambre, pues has de saber, tunante; cada vez que el almuerzo del
juez esté listo antes de haber terminado el proceso, el prisionero va a la
horca, como es natural. Esto es lo que exige la ley. Lleváoslo, calabocero. Los
piratas del libro de Johnson constituían una extraña mescolanza de desechos de
la humanidad. Pero ninguno fue un pájaro tan raro como el mayor Stede Bonnet,
rico terrateniente de la Barbada, cuyos vecinos se escandalizaron al descubrir
que se había ido para hacerse pirata. Aunque algunos se mostraron afligidos más
bien que furiosos cuando se enteraron de que su capricho de hacer el pirata se
debía a un desorden de su espíritu, que ya había sido harto visible en él algún
tiempo antes de aquella lamentable decisión y que según se decía había sido causado
por las congojas de su vida conyugal. Fuera lo que fuese, el mayor estaba poco
calificado para ese oficio, él que nada entendía, de esas cosas de mar. Inútil
es decir que el famoso Edward Teach, alias Blackbeard (Barba Negra), recibió
por parte del historiador de los piratas toda la atención que merecía. Siempre
se ha creído que Teach era nativo de Bristol; pero según el autor anónimo
(probablemente Charles Leslie) de las Trece cartas de un caballero a su amigo,
publicadas en 1740, parece que Teach nació en Jamaica. He aquí lo que refiere:
En aquella época, el famoso Teach, conocido generalmente bajo el nombre de
Blackbeard, infestaba las aguas americanas. Era un hombre de temple en extremo
sanguíneo y cruel hasta el salvajismo. Su nombre se convirtió en espantajo.
Como ciertos gobernadores habían mostrado lenidad en perseguirlo, acabó por
paralizar casi completamente el comercio de algunas colonias del Norte. Nació
en Jamaica de padres muy honorables; su madre vive aún en Spanish Town, y su
hermano sirve actualmente como capitán del tren en la artlllería. Teach fue
atacado por un teniente de buque de guerra (Roberts Maynard, fue de la corbeta
de Su Majestad Pearl) y muerto tras sangrienta y encarnizada lucha. Dícese que
cogió su vaso y bebió por la condenación de aquellos que diesen o pidieran
cuartel. Su cabeza fue enviada a Virginia y exhibida en una estaca. Teach
llevaba un diario del que desgraciadamente sólo se han encontrado dos
fragmentos, que tienen cierto sabor a lo Roberto Luis Stevenson. Helos aquí:
1718. Se acabó el ron. Nuestra hermandad es bastante pobre. ¡Qué endemoniada
confusión reina entre nosotros! Y los bribones que complotan. Se habla mucho de
separación. He abierto el ojo para hacer alguna presa. (Más tarde). Capturé una
con muchos licores a bordo. Así mantuve a la hermandad en calor, ¡y cómo! Todo
el mundo se tranquilizó. Nueva Inglaterra era en aquel entonces el gran
mercado, donde se ponía en venta el producto de los saqueos: las mercancías
capturadas a lo largo de la costa de América o en las Antillas o en el Océano
Indico. Cuando los piratas se hallaban demasiado lejos de los complacientes
puertos norteamericanos, entonces se veían obligados a buscar un refugio seguro
para carenar sus barcos, reparar su aparejo, y conseguk víveres y agua. La isla
que satisfacía de manera ideal todas estas necesidades era Madagascar. Se
encontraba además a buena distancia del derrotero de los buques de guerra del
rey de Inglaterra o de otras potencias indiscretas. Los indígenas, con pocas
excepciones, no eran hostiles. Y la última, aunque no la menos importante,
ventaja: Madagascar constituía una base favorable para operaciones en el Mar
Rojo y sobre la Costa Malabar, ricos campos de caza a mercantes, y
particularmente a los barcos costeros indios o moros, sin hablar de ocasionales
capturas de transportes de la Compañía de las Indias Orientales. Johnson trata
de los piratas de Madagascar en el segundo tomo de su Historia General
publicado en 1726. Los bribones que describe en esta parte de su libro forman
una colección de restos de naufragio tan impresionante como la del primer tomo.
No hablaremos aquí más que de uno solo y lo escogimos porque parece, a muchos
respectos, un p1rata único en su género. No se sabe hasta qué punto su historia
puede considerarse como verídica. Todas las demás vidas de piratas escritas por
Johnson son más o menos auténticas; pero conviene señalar que no ha aparecido
hasta hoy ningún documento susceptible de corroborar su historia del pasmoso
Misson. Este extraordinario personaje descendía de una vieja familia francesa
de Provenza. Fue el Benjamín de una numerosa prole y recibió una buena
educación. A los quince años, revelaba ya inusitadas aptitUdes para las
humanidades y la lógica y se distinguía honorablemente en las matemáticas.
Deseoso de hacer fortuna con la espada, fue enviado por un año a la Academia de
Angers. Terminados sus estUdios militares, su padre se disponía a comprarle una
comisión en un regimiento de mosqueteros, cuando el joven Misson, que había
leído libros de viajes, le suplicó con tanta insistencia le permitiese navegar,
que el viejo Misson le hizo admitir como voluntario a bordo del buque de guerra
La Victoire, crucero mandado por el señor Fourbin. Después de embarcarse en
Marsella, el joven cadete tomó parte en una expedición en el Mediterráneo, y en
esta ocasión mostró gran celo en el cumplimiento de sus deberes y no perdió
ninguna oportunidad de aprender cuanto pudiera sobre la navegación y
construcción de barcos, sacrificando incluso su dinero para gastos personales
con tal de recibir una instrucción particular del piloto de maniobra y del
carpintero. Cuando La Victoire hizo escala en Nápoles, Misson recibió permiso
para visitar Roma y fue esta ciudad la que decidió el cambio de su carrera.
Durante su estancia en la Ciudad Eterna, el joven marino conoció a un padre
dominico, un tal signor Caraccioli, el cual profesaba opiniones poco ortodoxas
sobre el sacerdocio. Hasta puede decirse que sus conceptos tocante a la vida
eran apenas compatibles con el dogma. Los dos hicieron amistad entrañablemente,
amistad que acabó por inducir al sacerdote a colgar los hábitos y a reunirse
con la tripulación de La Victoire. Dos días después de su salida del puerto, tropezaron
con un corsario de Salé, resultando un terrible combate cuerpo a cuerpo, en el
curso del cual tanto el execlesiástico como Misson se distinguieron por su
bravura. El siguiente viaje de Misson fue hecho a bordo de un buque plrata, el
Triomphe. Encontrando un día entre Guernesey y Start Point un barco inglés, el
Mayflower, él y sus compañeros se apoderaron del mercante después de dominar
una valiente resistencia. A continuación, Misson regresó a bordo de La
Victoire, en el momento que el crucero francés salía de La Rochela con rumbo a
las Antillas. Durante la travesía, Caraccioli no perdió una sola ocasión para
predicar a su joven amigo el evangelio del ateísmo y comunismo, con tal éxito
que a poco tiempo el converso voluntario manifestaba ideas tan avanzadas como
las de su preceptor. Los dos apóstoles pasaron entonces a exponer sus conceptos
a la tripulación y tuvieron la satisfacción de ver su punto de vista adoptado
en seguida por casi todo el mundo, especialmente lo relativo a la propiedad
particular. Se produjo entonces un acontecimiento feliz que venía oportunamente
a dar aliento a la nueva acusa. El Victoire tuvo un encuentro, en aguas de la
Martinica, con un buque de guerra inglés, el Winchester, que terminó
explotando. El capitán Fourbin perdió la vida en el curso del combate, y su
muerte fue el punto de partida de una nueva era. La nueva era, como era de
esperar, principió por un diluvio de discursos. Primero tomó la palabra el
signor Caraccioli, dirigiendo a Misson una larga y elocuente arenga, en la que
le invitó a asumir por autoridad propia el mando del Victoire. Le exhortó a
imitar el ejemplo de Alejandico el Grande, el de Enrique IV, y el de Enrique
VIII de Inglaterra. Le recordó cómo Mahoma, con un puñado de camelleros, fundó
el imperio otomano, y cómo Darío, asistido por muy pocos compañeros, se
posesionó de Persia. Enardecido por estas excitativas, el joven Misson aceptó
su nombramiento con un discurso -su primero hasta la fecha, pero que estaba
lejos, según había de revelar el curso de los sucesos, de ser el último. El
resultado fue un triunfo para el arte oratorio, pues los excitados marinos
franceses contestaron con el grito: ¡Viva el capitán Misson y su teniente, el
sabio Caraccioli! Misson, dándoles las gracias con algunas palabras amables,
prometió hacer cuanto le fuese posible en su calidad de comandante, para ayudar
al encumbramiento de la República marítima recién nacida. A continuación, los
oficiales se retiraron a la gran sala, donde se desarrolló una amistosa
discusión a propósito del nuevo orden. El primer problema que se planteó fue la
de la bandera bajo la cual habría de navegar el barco. El piloto de maniobra
recién electo, Mathieu le Tondu, marino valiente, pero de espíritu simple,
recomendó el pabellón negro como el más propio para infundir terror. Tal
insinuación desencadenó un torrente de elocuencia por parte de Caraccioli, el
nuevo teniente, el cual opuso que ellos no eran piratas, sino hombres resueltos
a mantener la libertad que les habían conferido Dios y la Naturaleza, y a
convertirse en guardianes de los derechos y las libertades del pueblo. Habló
hasta el completo agotamiento de sus pulmones, haciendo al desgraciado piloto
de maniobras -que debe haber sentido profundas mortificaciones por haber hecho
tan inconveniente sugestión- una inspirada conferencia sobre el alma; la necesidad
de sacudir el yugo de la tiranía; la opresión y la pobreza; y la miseria de la
vida en las existentes condiciones, comparada con las Pompas y la Dignidad.
Concluyó demostrando que su política no debía ser la de los piratas, pues éstos
eran gente sin principios y entregadas a una Vida disipada en tanto que ellos
debían vivir como hombres valerosos, justos e inocentes, siendo su causa la de
la libertad. Por lo tanto, no era bajo el pabellón negro como debían navegar,
sino bajo una bandera blanca, sobre la que se vería bordado el lema: Por Dios y
por la Libertad. Los marinos sin grado, excluídos de estos debates, se habían
reunido fuera de la gran cámara, desde donde llegaban a sus oídos algunas
migajas de aquel discurso. Al final, arrebatados por el entusiasmo,
prorrumpieron en gritos violentos tales como: ¡Libertad! ¡Libertad!, ¡Somos
hombres libres!, ¡Viva el gallardo capitán Misson y el noble teniente
Caraccioli! Y así, frente a la costa de la Martinica, la joven República
recibió su bautismo en medio del mismo torrente de elocuencia que presidiría al
nacimiento de la Revolución Francesa, en París, medio siglo más tarde. La
primera presa capturada por los piratas de la bandera blanca fue una corbeta
inglesa, mandada por un tal capitán Thomas Butler, y el acontecimiento tuvo
lugar a una jornada apenas de SaintKitts. Después de haberse saciado con una
barrica o dos de ron y echado mano a otras diversas provisiones, pero sin
mostrar la menor dureza frente a los tripulantes ingleses e incluso
prescindiendo de quitarles sus prendas, a la usanza de los piratas, les
permitieron proseguir su ruta, con la estupefacción del capitán Butler que
admitió espontáneamente que no había encontrado jamás tamaño candor en
circunstancias análogas. Y para completar la expresión de su gratitud, hizo
formar a su tripulación y ordenó tres vigorosos hurras británicos en honor del
virtuoso pirata y de sus hombres; hurras que fueron lanzados con toda la
cordialidad deseable. Camino de la costa africana, Misson capturó un barco holandés,
el Nieuwstaat, de Amsterdam. El cargamento resultó consistir en polvo de oro y
diecisiete esclavos negros. Estos últimos suministraron al capitán Misson el
texto para uno de sus pequeños sermones a los marinos. Llamando a todo el mundo
al puente, hizo las siguientes observaciones sobre el vil tráfico de esclavos.
Es imposible que el comercio de seres de nuestro género sea cosa grata a los
ojos de la divina justicia. Nngún hombre tiene poder sobre la libertad del
prójimo, y puesto que quienes profesan una noción ilustrada de la Divinidad,
venden a seres humanos como bestias, esta gente demuestra que su religión no es
más que una mueca de farsantes y que sólo se distinguen de los bárbaros por su
nombre pues sus prácticas no son más humanas. Deteniéndose un instante para
tomar aliento, el buen capitán prosiguió, diciendo que: Por su parte esperaba
expresar también el sentimiento de todos sus honrados compañeros; que no había
sustraído su cuello al indignante yugo de la esclavitud (esta metáfora la había
robado a Caraccioli) y afirmado su propia libertad, para reducir a la servidumbre
a otros hombres. Que por importantes que fuesen los elementos que distinguían a
los europeos: color, costumbres y ritos religiosos, no por eso dejaba de ser
verdad que todos los humanos eran criaturas del mismo Ser Omnipotente y dotados
de una razón idéntica. Alzando su voz al tono más patético, Misson concluyó
declarando a los negros que deseaba verles tratados como hombres libres (pues
quería quitades hasta el nombre de esclavos); y los repartió entre las
diferentes mesas para que los marineros pudiesen aprender tanto más rápidamente
su idioma, darse cuenta de las obligaciones que tenían frente a ellos, y llegar
a ser más aptos y más dispuestos a defender su libertad que les era conferida
en virtud de su justicia y humanidad. Naturalmente, ese discurso fue recibido
con aplausos unánimes y espontáneos. Una vez más el buque pirata Victoire
resonó con el grito de ¡Viva el capitán Misson! Los negros, libres de sus
grilletes, fueron vestidos con las ropas de sus antiguos amos holandeses, y
conmueve leer que manifestaron con ademanes su agradecimiento. por haber sido
librados de sus cadenas. Mas una nube vino a oscurecer lentamente la hermosa
reputación de aquellos superpiratas. Algunos marineros del último barco
capturado, habiéndose ofrecido de buen grado a servir bajo las órdenes de
Misson, habían sido acogidos a bordo como miembros de la tripulación. Hasta
entonces, ninguna blasfemia, ni expresión licenciosa había herido los oídos del
capitán o de su ex-sacerdote, hoy teniente; ahora los marinos holandeses se
pusieron a iniciar a sus nuevos camaradas en las vías profanas y en la
borrachera. Enterado de estos hechos, Misson estimó que había que destruir la
mala hierba en su germen. Conque hizo subir a cubierta a todo el mundo,
franceses y holandeses, y después de haber pedido al capitán holandés tradujera
sus observaciones, manifestó que antes de tener la desgracia de recibir a su
bordo a los recién llegados, jamás sus oídos habían sido escandalizados con la
profanación del Gran Creador; pero después, con profunda tristeza, había oído
caer muchas veces a sus hombres en aquel pecado, cosa que no les proporcionaba
ni provecho, ni placer, y que arriesgaba atraer sobre ellos una severa punición.
Recordó a sus oyentes la facilidad con la que cedemos a la influencia de
quienes nos rodean y el refrán español: Haced vivir juntos a un ermitaño y a un
ladrón: o el ladrón se hará ermitaño o el ermitaño se hará ladrón. Añadió que
la confirmación de ese adagio le veía a bordo de su barco, pues no podía
atribuir las blasfemias e imprecaciones que había oído salir de los labios de
sus honrados compañeros, sino al odioso ejemplo de los holandeses. Que no era
éste el solo vicio que habían traído, pues antes de su llegada, sus hombres
habían sido hombres, mientras que ahora, bajo su ejemplo bestial, se les veía
degenerados en brutos, ahogando aquella única facultad que distingue al hombre
del animal: la razón. Acalorándose a cada palabra, el capitán Misson gritó que
se negaba a verles precipitarse en aquel vicio odioso, recordándoles el puesto
que le habían hecho el honor de confiarle y que le imponía el deber de
salvaguardar con ojo vigilante el interés general. A continuación advirtió a
los holandeses que mandaría dar latigazos y una paliza al primero que
sorprendiese con un juramento en la boca o con la cabeza llena de aguardiente,
para servir de ejemplo al resto de la comunidad. Luego, bajando la voz y
volviéndose hacia los marinos franceses, prosiguió: En cuanto a sus compañeros,
sus amigos, sus hijos, aquellas almas honradas, generosas, nobles y heroicas,
que tenía el honor de mandar, les suplicaba que se tomasen el tiempo de
reflexionar, meditando los peligros que corrían -¡y por cuán poco placer!- al
imitar los vicios de sus enemigos; ciertamente adoptarían como regla suprimir
lo que de otro modo les alejaría del manantial de la Vida y, por consiguiente,
les privaría de Su protección. El discurso tuvo el efecto apetecido y nunca en
lo sucesivo, cuando algún miembro de la tripulación tenía ocasión de mencionar
el nombre del capitán, olvidaba hacerle preceder por el epíteto de el bueno.
Aquellos piratas castos no tardaron en capturar y saquear buen número de ricos
mercantes, pero siempre a manera de caballeros, de modo que no había víctima
que no se mostrara en extremo sorprendida por la disciplina, la calma y la
humanidad de aquellos piratas de tipo novedoso. A una de las presas, un navío
inglés, le quitaron sesenta mil libras; pero en el encuentro resultó muerto el
capitán. Este accidente hizo hendirse de dolor el corazón del pobre Misson.
Para dar expresión a su pesar mandó enterrar al difunto en la ribera, y, siendo
uno de sus hombres picapedrero, le hizo erigir sobre su tumba un monumento con
el siguiente epitafio: Aquí yace un honrado inglés. Al final de un servicio
fúnebre muy conmovedor, Misson rindió al extinto los últimos honores con una
triple descarga de cincuenta pistolas y con su artillería ligera. El Victoire,
cumplida la ceremonia, hizo rumbo a la Isla Johanna, en el Océano Indico, que
había de ser, por muchos años, el home de Misson y de sus hombres. Allí se
instalaron, el capitán casándose con la negruzca reina de los parajes, y
Caraccioli conduciendo al altar a la sobrina de la soberana; en tanto que una
parte de la tripulación se unía en vínculos mabrimoniales a una o varias damas
de menor grado. Consagramos a Misson más espacio de lo que merece en una obra
de este carácter; pero su carrera fue tan rica en accidentes asombrosos o
encantadores, que uno se siente tentado a traspasar los límites convenientes.
Bástenos decir que durante varios años Misson continuó pronunciando discursos,
saqueando barcos, y aun -esporádicamente y cuando no podía evitarlo- matando de
mala gana a sus enemigos. Finalmente, dejó la Isla Johanna, llevando a sus
acólitos a una solitaria bahía de Madagascar, donde, al desembarcar, pronunció
otro pequeño discurso. Anunció a sus fieles oyentes que allí podrían construir
una ciudad y que por fin tendrían un sitio que sería suyo, y un refugio para
cuando la vejez les volviese ineptos para aguantar los duros trabajos, y donde
podrían gozar de los frutos de su labor y concluir sus días en paz. Esta
colonia ideal, que recibió el nombre de Libertatia, fue organizada sobre bases
estrictamente socialistas: ninguno de sus miembros poseía propiedad personal;
todo el dinero se guardaba en un tesoro común, y no había valla alguna que
separase la tierra de uno de la de otro. Construyeron un arsenal y
fortificaciones. Pronto Misson había terminado dos navíos, el Enfance y el
Liberté, que fueron enviados en viaje redondo en torno a la isla, con misión de
trazar un mapa de la costa, aprovechándose la ocasión pasra convertir a los
esclavos libertos en buenos marinos. Se edificó también una casa de reuniones,
y se constituyó un gobierno. La primera asamblea eligió a Misson Conservador
-así llamaron al presidente- por un espacio de tres años. Durante este período,
vería atribuírsele todas las insignias de la realeza. El capitán Tew, un pirata
inglés a quien Kidd había perseguido hasta su propia pérdida, fue nombrado
almirante de la armada de Libertatia; Caraccioli llegó a ser secretario de
Estado, en tanto que el Consejo estaba constituído por los más capaces enbre
los piratas, sin distinción de nacionalidad, ni de color. El problema de la
lengua, pues se hablaba con igual frecuencia el inglés, el francés, el
portugués, y el holandés, fue resuelto mediante un nuevo idioma, una especie de
esperanto, construído con palabras de aquellas cuatro lenguas. Durante no pocos
años la Utopía de los piratas prosperó; más a la larga la República se vió
asaltada por una serie de desgracias; la catástrofe final fue una súbita e
imprevista invasión de los indígenas, amistosos hasta entonces; ataque que
obligó a Misson y a los pocos sobrevivientes a buscar su salvación en el mar.
Sorprendido por un huracán, su barco se fue a pique: Misson y toda su gente
perecieron ahogados. Así terminó una época que podríamos llamar la piratería
sin lágrimas. Fue el hombre más dulce que jamás haya barrenado un barco o
cortado una cabeza. (Byron). Un relato original de la vida de los piratas de
Madagascar ha llegado hasta nosotros con un libro raro, Madagascar o el diario
de Robert Drury, publicado en 1729. El autor sufrió un naufragio en la costa de
la isla y pasó allí quince años priSionero, llevando la vida de los indígenas.
Cierto día, tuvo la oportunidad de visitar los establecimientos de los piratas,
y he aquí la descripción que hace de las cosas vistas: Uno de aquellos hombres
era un holandés de nombre Jan Pro que hablaba muy bien el inglés. Vestía
chaqueta corta con gruesos botones de plata y otros adornos; pero no llevaba
medias e iba descalzo. En su cinturón asomaba un par de pistolas y empuñaba una
tercera con la mano derecha. El otro individuo vestía a la manera inglesa,
llevaba como su compañero dos pistolas en la faja y una en la mano. Jan Pro
vivía muy confortablemente en una casa guarnecida de vajilla de estaño, con una
cama con columnas y cortinas; y otros objetos semejantes, pero sin sillas;
había muebles sustituídos por algunas arcas. Había una cabaña especial para la
cocina, y donde se alojaba el esclavo cocinero; en la misma choza se gurdaban
también las provisiones, y había además una especie de invernadero. Todo estaba
cercado por una empalizada, como lo son en aquel país las viviendas de los
hombres importantes; pues Jan Pro era rico: tenía numerosos castillos y la mar
de esclavos. Su fortuna procedía principalmente de sus incursiones contra los
moros, pues su buque había capturado más de una vez las riquezas que llevaban a
Santa María. Pero como dicho buque se había hecho viejo, cayendo en ruina, a
tiempo que ellos llegaban a ser inmensamente ricos, transportaron su
instalación a Madagascar, eligieron gobernador a un tal Thomas Collins, de
oficio carpintero, y construyeron un fortín, el cual armaron con los cañones de
su navío. Hacía nueve años que vivían así sin cometer acto de piratería alguno.
Antes de pasar a otras ramas y a otros representantes de la profesión, conviene
que mencionemos a dos mujeres piratas sobre cuyas fechorías Charles Johnson nos
proporciona muchos detalles. En nuestros días en que lo que se acostumbraba a
llamar el sexo débil ha acabado por invadir todos los oficios menos la Iglesia,
no puede conceptuarse de anormal el que algunas hembras hayan elegido de buen
grado una carrera tan ruda y varonil como es la de pirata. Pero en el siglo
XVIII, el hogar era considerado todavía como único lugar decente para la mujer
y se comprende que el hecho de que los viajeros se expusieron a verse
degollados en alta mar por una dama, provocase un gran escándalo. Huelga decir
que tanto Ann Bonney como Mary Read se distinguían por su aspecto agraciado. La
primera, una irlandesa, era la hija natural de un abogado de Cork y siendo muy
niña se expatrió con su padre a Carolina. Allí se convirtió en una muchacha
robusta y turbulenta, de temple altivo y batallador, y que le metía en muchos
líos, como por ejemplo, el día en que mató con un cuchillo a su criada inglesa.
Mas, aparte de tales explosiones ocasionales de su mal genio, era una hija
obediente y bondadosa. Después de algunas intrigas amorosas, Ann se casó
clandestinamente con un marino. Cuando su padre se enteró de ello, se indignó y
la expulsó de su casa. El marino, asustado, salió con su barco y no se volvió a
saber de él. Pero pronto se presentó un enamorado más valiente, el bello, rico
e intrépido capitán John Rackam, pirata conocido de un extremo a otro de la
costa bajo el nombre de Calico Jack. Los procedimientos practicados por Jack
para conquistar una mujer o capturar un barco, eran sin rodeos y se resumían en
la fórmula: no perder un minuto, abordar de improviso, poner los cañones en
acción, y abalanzarse sobre la presa. Su printoresco e impetuoso adorador le
trastornó la cabeza a Ann, de tal manera que consintió en acompañarle al mar
disfrazada de marino. Pasaron una deliciosa luna de miel a bordo, hasta el
momento en que Ann le hizo cierta confesión. Calico Jack navegó entonces hacia
Cuba y desembarcó a su esposa en una ensenada, donde tenía un refugio y amigos
que le prometieron cuidarla. Después de dar a luz, Ann volvió a bordo del buque
pirata, tan ágil como el que más en el manejo de la cuchilla y la pica y
siempre entre los primeros en subir al abordaje de una presa. Pero sus días
felices estaban contados, pues en octubre de 1720, al cruzar las aguas de
Jamaica, los piratas se vieron sorprendidos por la súbita aparición de una
corbeta enviada por el gobernador de la isla Con misión de capturar a Rackam y
su tripulación. Durante la subsiguiente lucha, los piratas se condujeron de una
manera poco heroica, escondiéndose debajo del puente, excepción hecha de Ann
Bonney y su amiga Mary Read (de la que hablaremos en seguida), que se batieron
valientemente hasta verse capturadas, sin dejar de censurar con invectivas la
cobardía de sus compañeros del sexo masculino. Conducidos a Jamaica, los
prisioneros fueron juzgados por piratería en Santiago de la Vega y condenados a
muerte el 28 de noviembre de 1720. Ann, de nuevo encinta, pidió que su
ejecución se pospusiese a causa de su estado, lo cual le fue concedido. Si bien
parece que no fue ahorcada, se ignora la forma en que murió. El día en que su
amante Calico Jack fue llevado al cadalso, el reo obtuvo como favor especial el
permiso de ver a Ann; pero no parece que haya encontrado gran confortación en
este encuentro de despedida, pues recibió, como única manifestación de
simpatía, las palabras: Lamento mucho verte así, pero si te hubieses batido
como un hombre, no te verías ahora en el caso de ser colgado como un perro.
Acabamos de mencionar el nombre de Mary Read que fue condenada a muerte al
mismo tiempo que Ann Bonney. Los comienzos de su vida fueron aún más románticos
que los de Ann, y Johnson, su historiador, al hablar de las dos mujeres teme
manifiestamente tropezar con las dudas del lector acerca de la veracidad de los
hechos referidos. Los incidentes de su vida de aventuras -observa- son tan
asombrosos que algunas personas pudieran sentirse tentadas a ver en toda
aquella historia una novela inventada; mas dado que ha sido confirmada por
miles de testigos, entiendo que por los habitantes de Jamaica presentes a su
juicio y que han oído la historia de su vida y las circunstancias del primer
descubrimento de su sexo, la veracidad de aquellos hechos no queda más sujeta a
dudas que la existencia en el mundo de hombres tales como Roberts y Blackbeard,
que fueron piratas. Habiendo refutado así todas las dudas posibles, pasemos
ahora a un examen de la vida y los actos de la señora Mary Read. Poco se sabe
de su origen fuera del hecho de que su madre era una viuda joven y alegre. Por
muchas y buenas razones, la pequeña Mary fue criada como un muchacho, y al
cumplir los trece años pasó a hacer las veces de lacayo en casa de una
francesa. Pero Mary se cansó pronto de este poco divertido oficio y se enganchó
a bordo de un buque de guerra. Tampoco esta existencia la cautivó, pues a poco
tiempo se alistó como soldado raso en un regimiento de infantería de Flandes,
haciendo servicio activo y distinguiéndose por su valor personal inusitado.
Sintió una vez más el deseo de cambiar y abandonó la infantería por un
regimiento de caballería. Uno de sus camaradas de regimiento era un jinete
flamenco. Mary se enamoró locamente de él y le reveló el secreto de su sexo. El
flamenco, que era un hombre de honor, insistió en hacerle cambiar su uniforme
por un vestido femenino, y al mismo tiempo le pidió su mano. Las bodas de los
dos soldados hicieron sensación y entre los asistentes figuraron algunos
oficiales. El recién casado dejó el ejército, y el joven matrimonio abrió en
Brede una taberna, Las tres Herraduras, posada que existe todavía. Murió el
marido, y la viuda, poniéndose una vez más el traje de hombre, se enganchó en
otro regimiento de Holanda; mas incapaz de adaptarse de nuevo a la vida
militar, desertó a poco tiempo y se embarcó como marinero a bordo de un
mercante con destino a las Antillas. En camino, el barco fue capturado por el
capitán Rackam, el pirata. Fue entonces cuando Mary se juntó a los voluntarios
que se pasaron al lado de los piratas, y firmó sus artículos, pero sin revelar
su sexo. Por poco su carrera de pirata toma un brusco fin: el capitán Woodes
Rogers acababa de ser enviado a la isla de la Nueva Providencia, en las Bahamas,
con instrucción de ofrecer el real perdón a todos los piratas dispuestos a
reformarse, ofrecimiento que Rackam y los suyos aceptaron. Mas resultaba
difícil para un hombre, o una mujer, acostumbrados a la piratería, tomar gusto
por un oficio honrado, y pronto Calico Jack surcaba de nuevo los mares,
acompañado por Mary. Capturaron gran número de barcos; a bordo de uno de ellos
navegaba un mozo de aspecto atractivo, que llamó inmediatamente la atención de
Mary, aunque ella se guardó de descubrirle sus sentimientos. Un día, el joven
marino tuvo una disputa con otro pirata. Como el barco estaba anclado junto a
la playa, convinieron bajar a tierra para arreglar el asunto de conformidad con
las reglas establecidas. Fácilmente puede imaginarse la angustia de la pobre
Mary y cómo se moría de temor de que el otro resultase demasiado fuerte para el
muchacho; pues cuando le coge a uno el amor, entonces empuja el corazón a los
actos más nobles. En el caso de Mary, el acto noble consistió en provocar al
peligroso adversario de manera que se batiese primero con ella, lo cual logró.
Y manejó tan diestramente la espada y la pistola que le mató en el acto. Hecho
esto, Mary se las arregló para revelar el tan celosamente guardado secreto de
su sexo al mozo de aspecto atractivo; inmediatamente se desposaron, y Mary
declaró que consideraba este casamiento tan válido ante su conciencia como si
hubiese sido celebrado por un sacerdote y en una iglesia. Cuando, poco después,
Mary se encontraba al lado de Ann Bonney y de los demás piratas en el banquillo
de los acusados de Santiago de la Vega, la Corte se mostró favorable a su
absolución y la habría puesto en libertad, de no intervenir un testimonio
abrumador. Quedó demostrado que cierto día al preguntarle Rackam qué placer
encontraría en una vida que la exponía constantemente al peligro de perecer por
el fuego, la espada o el patíbulo, Mary había contestado que por lo que
respectaba a la pena de la horca, no le parecía un castigo tan impresionante; y
de cualquier modo, si no hubiese que temer la cuerda, todos los cobardes se
harían piratas, de tal manera que no quedase a los valientes más que morir de
hambre.
A eso, el tribunal decidió que no cabía hacer excepción en su
caso, y Mary fue condenada a muerte. LA pez y el alquitrán habían puesto callos
en sus manos, Esas manos otrora suaves cual terciopelo. Sobre el ancla remaba,
el plomo manejando, y sin miedo corría buscando el aparejo. A comienzos del
siglo XVIII, la piratería había llegado a ser en Norteamérica un comercio
importante. Tenía depósitos y agentes en casi todos los puertos desde la
ensenada de Salem, en la Carolina del Norte, hasta Charleston, en la del Sur.
En cualquiera de estas plazas resultaba fácil encontrar voluntarios aunque la
zona principal de reclutamiento seguía siendo Terranova. A cada temporada
llegaban a esta isla cientos de barcos pesqueros, trayendo desde el Oeste de
Inglaterra gran número de pobres diablos de marinos que recibían de sus
armadores una paga mísera, teniendo que costear por añadidura su pasaje de
vuelta al terminar la pesca. Esta última y después la preparación y el
secamiento del bacalao en la playa eran trabajos en extremo duros, y la única
distracción de los pescadores consistía en emborracharse con black strap,
infame mezcla de ron, melaza y cerveza. El black strap no se conseguía sino
pagando, como habían de pagarse las necesidades más elementales de la vida, de
manera que llegado el momento de regresar a Inglaterra, muchos de los marineros
ya no tenían bastante dinero para pagar el pasaje. Era con los infelices de
esta especie con los que contaban los piratas para proveerse de tripulantes,
partiendo de la máxima de que la necesidad carece de ley. El Golfo de Florida
hormigueaba de piratas que podían encontrar a cada momento un refugio en las
Antillas o en las posesiones españolas. Sus barcos llegaban casi siempre de
Nueva York, de Newport y de Filadelfia. Incluso decíase que en este último
puerto: la gente no se contentaba con echar ojeadas a los piratas sino que iban
hasta a besarlos, tanto a los hombres como a los barcos. Y no eran sólo los
mercaderes los que hacían causa común con los corsarios. Algunos gobernadores
de la colonia eran conocidos por recibir regalos o sobornos, que los
determinaron a volver la espalda cada vez que se operaba un desembarque de
botín. De cualquier modo, las autoridades se sentían poco inclinados a tomar
medidas severas en contra de los piratas. Estos últimos, según hemos visto, no
eran mirados con ojos hostiles por los colonos; antes bien sucedía lo
contrario, pues se hacían negocios espléndidos con la compra a vil precio de
mercancía robada. Si algún gobernador enérgico y honrado intentaba cumplir con
su deber, se le oponía toda clase de obstáculos. Aun cuando lograba capturar a
un pirata, no había adelantado mucho, pues en las colonias no existía autoridad
judicial alguna para castigarle y era preciso enviarle con los testigos a
Inglaterra, donde debía ser juzgado por la Corte del Almirantazgo,
procedimiento largo, oneroso y molesto. Así, pues, no le extraña a uno ver que
los poderes cerraban los ojos ante lo que pasaba en sus barbas. Un informe
redactado por Edward Randolph, inspector general de aduanas en las colonias
norteamericanas, arroja deslumbradora luz sobre las prácticas de los piratas de
la costa de Nueva Inglaterra. El documento lleva el título: Discurso sobre los
piratas, con remedios propios para suprimirlos. Fue uno de los numerosos
memorándums, despachados a la metrópoli por el infatigable Randolph, y está
fechado en 1695. Después de extenderse sobre las condiciones de la piratería,
describiendo cómo los piratas se las arreglaban para saquear los mercantes
españoles e introducir después en Nueva Inglaterra grandes cantidades de dinero
acuñado o en lingotes, así como ricos brocados de iglesia, argentería de culto
y demás tesoros, el inspector general de aduanas señala que gran número de
aquellos filibusteros han extendido su derrotero hasta el Mar Rojo donde quitan
a los moros todo cuanto poseen, sin tropezar con resistencia, transportando
luego su botín hacia ciertas plantaciones del continente americano o hacia las
islas adyacentes, donde es recibido y almacenado, después de lo cual los
piratas vuelven a recorrer el mismo circuito. A continuación, el autor pasa a
una descripción detallada de las principales plazas hacia las que suelen
dirigirse los piratas y donde encuentra hospitalaria acogida; quita el velo de
las relaciones existentes en aquel entonces entre los bandidos y los residentes
del gobierno en las Bahamas y en las diversas otras colonias. Resulta de manera
manifiesta que la corrupción se arraigó y se extendió hasta el punto de
convertirse en escándalo público; pues Randolph está en condiciones de citar
las sumas exactas de los tributos en efectivo, pagados en varias ocasiones.
Concluye haciendo algunas recomendaciones enérgicas, entre las que figuran una
elección más cuidadosa de los gobernadores; la persecución de los piratas hasta
su madriguera; la concesión del perdón a los grandes corsarios; y la
confiscación de todos los bienes que hayan pertenecido a piratas y que se
encuentran en manos de las autoridades. Este memorándum constituye un
interesante documento contemporáneo, que no ha sido publicado hasta la fecha.
La reproducimos en el apéndice VI. Pero el mal había echado raíces demasiado
profundas; eran excesivas las influencias que se agitaban tras los bastidores
para que tales recomendaciones pudiesen producir el menor efecto. Los
magistrados continuaban recibiendo sus obsequios, y el público sus mercancías
baratas. Aun cuando por ventura se cogía a un pirata, no por eso dejaban los
magistrados de cobrar, y el público se veía gratificado con un espectáculo de primera,
como lo muestra el caso de John Quelch. Muchas son las historias reveladoras de
la especie de fiesta romana que era para todas las clases sociales de los
puertos de Nueva Inglaterra, la ejecución de un pirata en la horca; pero
ninguna está tan saturada de detalle como ésta. Fue en julio de 1703 cuando un
elegante bergantín, el Charles, recién construído y armado como corsario por
algunos de los más notables ciudadanos de Boston, recibió del gobernador de
Massachussets, ]oseph Dudley, una comisión que le permitía saquear los barcos
franceses a lo largo de la costa de Arcadia y de Terranova. Mientras el Charles
anclaba frente a Marblehead, en Massachussets, estalló un motín entre la
tripulación. El capitán fue arrojado al mar y el bergantín se largó conducido
por el cabecilla de los revoltosos, John Quelch. A los tres meses, los piratas
cruzaban aguas de Brasil, llevando como pabellón el Old Roger, o sea, un
esqueleto empuñando con una mano una ampolleta, mientras de su corazón
atravesado por una flecha caían tres gotas de sangre, que recogía con la otra
mano. Al cabo de un breve lapso de tiempo, habían capturado nueve mercantes
portugueses y un riquísito botín, incluyendo un quintal de polvo de oro y plata
acuñada por valor de cien mil libras, municiones, armas de fuego, y grandes
cantidades de telas finas, de víveres y de ron. Habiendo conquistado en pocos
meses una fortuna para sí mismo y para sus hombres, Quelch volvió a casa. Por
qué se le ocurrió a Quelch elegir entre todos los puertos del mundo a Marblehead,
es cosa que no se explica. Toda la región se había indignado ante la rebelión a
bordo del Charles y los ataques posteriores de aquel hombre contra los barcos
de una nación amiga; y no bien había Quelch echado pie a tierra, cuando se
abrió conbra él una instrucción judicial, ordenada por el fiscal de la Corona.
Su tripulación, que acababa de dispersarse con su parte del botín, fue
encontrada rápidamente, y al cabo de diez días, veinticinco piratas, incluyendo
a Quelch, se hállaban encerrados en los calabozos de Boston. El 9 de junio.de
1704, los veinticinco prisioneros aparecieron ante una delegación de la Corte
del Almirantazgo (desde 1701, de acuerdo con un decreto de Guillermo III, tales
juicios podían ser fallados fuera de Inglaterra). Si Quelch hubiera limitado su
actividad a mercantes franceses, es posible que la comisión conferida al
Charles por el gobernador, le hubiese salvado, aunque la había usurpado por
medio de una rebelión; mas el hecho de haber saqueado y matado a los amigos de
su reina, quedaba establecido de una manera demasiado clara. Además, algunos de
sus hombres, habiéndose convertido en delatores, juraron que había dado muerte
al capitán de un barco portugués. Se pronunció una sentencia de muerte contra
Quelch y veintiún hombres de su tripulación, aunque trece de estos últimos
habían recibido en el mes de julio el perdón, con tal que pasasen al servicio
de la reina. Casi todas las horas que transcurrieron entre la declaración de la
sentencia y la ejecución, fueron consagradas a la salud espiritual de los
condenados. "Los clérigos de la ciudad habían hecho más que las tentativas
ordinarias para instruir a los reos y conducirlos al arrepentimiento. Todos los
días se les predicaban sermones, y a diario los ministros rezaban con ellos y
los catequizaban; también recibían numerosas exhortaciones personales y no se
les escatimó nada que pudiese servir a su salvación. El reverendo Cotton
Matter, que parece haber sentido gran placer de escenas tan penosas, pronunció
un sermón que luego publicó y que llevaba el título: Discurso con motivo de un
espectáculo trágico, ofrecido por algunos infelices condenados a muerte por
piratería. Comenzaba así: Muchas veces os hemos dicho, os hemos dicho con
llanto en la voz, que os habéis perdido por el pecado; que nacisteis pecadores;
que vivisteis pecadores; que vuestros pecados han sido numerosos y grandes, y
que los pecados por los que ahora vais a morir son de una gravedad poco común
... El viernes 20 de junio fue un día de gran fiesta para Boston; pues aquel
día los reos desfilaron en procesión desde la prisión hacia el muelle, por un
camino guarnecido de varias filas de bostonenses boquiabiertos. El remo de
plata, emblema de la Corte del Almirantazgo, era llevado a la cabeza del
cortejo, seguido por los agentes de policía de la ciudad, el preboste mariscal,
sus oficiales y dos ministros del culto, uno de los cuales, ¿es preciso
decirlo?, era el reverendo Cotton Matter. Detrás de estos personajes andaban
los prisioneros escoltados por cuarenta mosqueteros. Al llegar al muelle, los
delincuentes fueron embarcados en canoas y conducidos a través del puerto hasta
el cadalso que había sido erigido en el islote de Nix's Mate. Allí, los
infelices fueron alineados debajo de la horca para aguantar una última y prolija
arenga del reverendo Cotton Matter. Terminada ésta, el eclesiástico hizo
arrodillarse a los malhechores y a la asistencia, mientras decía en voz alta
una oración interminable. No se encuentra una sola palabra de esperanza o de
consuelo en ese rezo, en el cual el orador se elevó a sublimidades como éstas:
y ahora tomemos nuestro vuelo hacia la gracia soberana. ¡Oh!, que los pobres
hombres que habrán de comparecer dentro de breve rato ante el terrible tribunal
de Dios, al menos aparezcan marcados, por el efecto de la gracia soberana, con
aquellos signos de tu favor, sin las cuales es espantoso comparecer ante el
terrible tribunal. ¡Oh Dios de Grandeza!, ¡haz que tu gracia soberana opere en
tan terrible ocasión! Se aproximaba el momento final, cuando, de acuerdo con
una vieja costumbre, los reos recibieron permiso para dirigir a la muchedumbre
las anheladas declaraciones. El capitán Quelch decepcionó a los ministros de
Dios, pues en vez de repetir las habituales trivialidades sobre el
arrepentimiento que sentía por sus malas acciones, y de poner a su auditorio en
guardia contra la tentación de imitar su triste ejemplo, adoptó una actitud
demasiado provocadora ... Así, cuando hubo subido a la plataforma, levantó su
sombrero y se inclinó ante los espectadores, como si no se tratase de él.
Ciertamente no se comportó como un hombre que iba a morir. Un testigo ocular,
que publicó posteriormente una descripción de aquella escena, observó que los
clérigos, al trasladarse al teatro de la ejecución, habían expresado el vivo
deseo de verle glorificar a Dios en el momento de su muerte por una sincera
confesión de los pecados que le habían llevado a su perdición, de suerte que no
pudieron menos de sentirse decepcionados cuando Quelch exclamó: Señores, tengo
muy pocas cosas que decirles; y lo que tengo que decirles es que deseo ser
informado de las razones por las que estoy aquí. He sido condenado únicamente
por consideraciones de oportunidad. ¡Qué el Señor se compadezca de mi alma! El
buen efecto de las últimas palabras fue un tanto estropeado por la añadidura de
una amenaza de índole económica: Hubieran debido concedernos el beneficio de
haber traído dinero a Nueva Inglaterra. ¡Y nos cuelgan por eso! Todos los otros
prisioneros hablaron con humildad, expresando la esperanza de ver sus pecados
perdonados, a excepción de un irlandés, Peter Roach, que parecía desinteresarse
de aquello y no dijo apenas nada.
El juez Sewall, que escribió un diario, hace las siguientes
anotaciones sobre la gran multitud que se hallaba presente: Cuando pude ver
hasta qué punto la ribera estába cubierta de gente, sentí estupefacción.
Algunos dicen que había cien barcas. El primo Moodey de York dice que eran
ciento cincuenta. El señor Cotton acompañó a la ejecución al capitán Quelch y a
los otros desde la prisión hasta Scarlit's Wharf y de allí, en una canoa, hasta
el cadalso, erigido aproximadamente a mitad del camino entre la punta de Hanson
y el cobertizo de Broughton. Cuando el patíbulo hubo sido levantado a la altura
conveniente, los siete malhechores subieron. El señor Matter rezó por ellos
desde su canoa, pues se había quedado allí. Se sujetaron las cuerdas al
tablado. Cuando hicieron caer la plataforma, las mujeres lanzaron tales gritos
que mi mujer, que estaba sentada en la puerta junto al vergel, los oyó y se
sorprendió, pues teníamos viento sudoeste y nuestra casa se encuentra a más de
una milla del lugar. Hecha la justicia de manera tan satisfactoria, no quedaba
más que distribuir con generosidad el botín de los piratas. Si se quiere dar
crédito a las opiniones expresadas, el proceso ha sido uno de los casos más
evidentes de asesinato jurídico, que han aparecido en los anales americanos.
Pero entre los que recibieron una parte del dinero robado, figuraron el juez
Sewall, que cobró 250 700 libras, y el fiscal, que se vió obsequiado con 360
000 libras, en tanto que el abogado defensor de los acusados embolso 200 000.
El sheriff estuvo ciertamente satisfecho de sus 50 000 lo mismo que el verdugo,
que recibía 20 000 por haber levantado la horca. Cuando todo el mundo hubo
recibido su parte, se había gastado la suma de 7 361 904 libras sobre el dinero
robado a los portugueses. Dos años más tarde solamente, los funcionarios de la
provincia se mostraron dispuestos a entregar a la Corona lo que quedaba de las
monedas, los lingotes y el polvo de oro, importados por el capitán Quelch.
Pesado por un orfebre de Boston, el total produjo 788 onzas, y después de
haberlo encerrado en cinco bolsas de piel, el tesoro fue enviado en el buque de
guerra Guernsey al Lord Tesorero de Inglaterra, para el uso de su Majestad.
Ningún testimonio permite afirmar que un solo chelín haya vuelto alguna vez a
los bolsillos de los propietarios portugueses. Todos los monarcas británicos,
unos tras otros, dictaron penas, prometieron ventajas y publicaron proclamas
con objeto de asustar o de seducir a los piratas; pero sin el menor éxito. Las
guerras del siglo XVIII sólo sirvieron para aumentar el número de corsarios de
todas las naciones, y, como lo dijo el reverendo Cotton Matter, el corsario
degenera tan fácilmente en pirata. Inmediatamente después de aquellos
conflictos sobrevino la revolución norteamericana, así como un cambio radical
en la constitución política del Occidente europeo; cambio que acarreó un
debilitamiento de la Ley y del orden.
CAPÍTULO III EL SIGLO
XIX
Durante los siete años que duró la revolución americana, o sea
de 1775 a 1782, hubo un hormigueo de piratas en las Antillas. El mayor número
de ellos, que fueron ingleses, franceses, españoles o norteamericanos, estaban
encargados de comisiones más o menos auténticas. Los trastornos graves se
produjeron en épocas posteriores, en el transcurso de la larga lucha entre
Inglaterra y Francia, que marca el período de 1793-1815. En aquel momento,
multitud de los llamados corsarios eran en realidad neutrales, interesados
mucho más en hacer presas y botín por su propia cuenta que en prestar ayuda a
uno u otro de los beligerantes. Terminada la guerra, miles de hombres que
habían servido a bordo de aquellos corsarios se vieron sin empleo -precisamente
el mal que hacía nacer la piratería. Los nuevos piratas eran peores que cuantos
se había visto antes. Sus predecesores, no obstante sus vicios y su crueldad,
no habían sido desprovistos por entero de rasgos de humanidad y a veces se
mostraban capaces de heroísmo. La nueva generación fue cobarde sin el menor
mérito que pudiese rescatar su villanía. Formados por el hampa de los marinos
rebeldes de las sublevadas colonias españolas y la chusma de las Antillas, se
revelaban como una turba de sanguinarios salvajes que no osaban atacar sino a
los débiles y que no sentían más respeto hacia la vida de sus inocentes
víctimas que el que manifiesta un carnicero hacia la de su ganado. Por
consiguiente, nos encontramos en presencia de una monótona lista de matanzas y
saqueos en la que se advierte apenas algún acontecimiento o personaje
susceptible de hacer saltar la chispa de la imaginación. El único villano
pintoresco de esta gavilla tal vez se nos presente en la persona de Jean
Lafitte, hombre que implantó el reinado del terror en el Golfo de México; se
proclamó a sí mismo dictador de Galveston, atribuyéndose el poder de vender
letras de contramarca a sus cofrades; vió puesta a precio su cabeza en cinco
mil dólares por el gobernador de Luisiana, y se vengó ofreciendo cincuenta mil
dólares por la cabeza del gobernador. España no podía, o no quería, hacer nada
para poner término a la amenaza que pesaba sobre la navegación en las Antillas.
Durante la mayor parte de aquel período, la absorbía el conflicto con sus
colonias sudamericanas, que suministraban el grueso de las tripulaciones
piratas, así como las comisiones en virtud de las cuales éstas pretendían
navegar, aunque tales comisiones resultaban ser, en los más de los casos, o
falsificaciones o papel mojado, comprado a funcionarios subalternos. Incluso
los efectos de la enérgica cooperación de las marinas inglesa y norteamericana
se veían reducidos a cero, debido a los oficiales españoles de Cuba, que
extraían pingües beneficios del papel de esta colonia como cámara de
compensación de los piratas.
Inglaterra y Norteamérica, sin embargo, se obstinaron en su
propósito, a despecho no solamente de la indiferencia local, sino también de
increíbles sufrimientos: de la fiebre amarilla, de interminables jornadas sin
descanso, pasadas bajo el sol de los trópicos en embarcaciones desprovistas de
cubiertas, y del constante peligro de epidemias y ataques. Y tal perseverancia
no fue vana: hacia 1835, las dos potencias habían limpiado virtualmente las
aguas de las Antillas y el Atlántico del Norte. Prácticamente puede decirse que
aquel período de la piratería finalizó con la captura del Panda en 1835. No
solamente tuvo este asunto en su tiempo una resonancia internacional, sino que
constituye además una ilustración casi completa de lo que fue la piratería a lo
largo de la costa norteamericana a principios del siglo XIX. Existe
afortunadamente un relato escrito por un testigo ocular del suceso, un miembro
de la tripulación del Mexican, barco cuya captura llevaría al cadalso a los
bandidos del Panda. Los detalles de la narración son tan sorprendentes que
merecen ser reproducidos in extenso. Me encontraba en el almacén de Peabody en
la mañana de nuestra salida, y no tardaron en llegar otros miembros de la
tripulación. Tras de esperar un rato, alguien sugirió que fuésemos en busca del
cocinero Ridgely, que por entonces se hospedaba en casa de una señora Ranson,
mujer de color que vivía en Becket Street. Salimos. Ridgely estaba allí, pero
no mostró interés alguno por ir con nosotros, pues deseaba pasar en aquella
casa un domingo más. Sin embargo, como insistimos, hizo sus preparativos y
salimos todos juntos. En el patio tropezamos con una gallina negra, que a
nuestra llegada voló por encima de la barrera, batiendo las alas y emitiendo un
estridente cloqueo. El cocinero estaba loco de terror, repitiendo con
insistencia que algo nos iba a suceder; y que aquello era señal de mal agüero;
y corrió a buscar un guijarro para aplastar la cabeza al bípedo criminal. El
pobre imbécil no logró su propósito asesino, pero no siguió gruñendo. Hacia las
diez pasamos revista de todos los presentes a bordo del bergantín; hicimos
formar, y luego nos pusimos a transportar los rollos de moneda destinados a la
compra de nuestro cargamento de vuelta. Embarcamos así veinte mil dólares en
plata, contenidos en diez cajas de dos mil cada una; también llevábamos unos
cien costales de salitre y cien cajas de té. El dinero fue arrimado en la
tilla, situada debajo de la gran cámara, y no había un solo hombre a bordo que
no supiera dónde lo habíamos metido. Cuando al fin todo quedaba listo,
aparejamos y nos hicimos a la mar con viento sudeste. Una vez fuera del puerto
y habiendo amarrado el ancla, arreglamos el barco; el capitán hizo llamar a
todo el mundo y luego distribuyó los cuartos. Yo estaba de cuarto con el primer
piloto, y el joven Thomas Fuller estaba con el capitán. Acordándose de varios
actos de piratería cometidos hacía poco contra mercantes de Salem, el capitán
Butman temía visiblemente, -o tal vez tuviera una corazonada-, que algo malo
fuera a acaecer; pues al día siguiente, cuando estaba de servicio en el
aparejo, escuché una conversación entre el capitán y el primer piloto. Hablaban
de los piratas. El capitán decía que pelearía buen rato antes de soltar el
dinero. La conversación fue larga, y el capitán parecía muy preocupado. Creo
que fue al día siguiente de esta conversación entre el capitán Butman y el
señor Reed cuando el primero vino a hablar conmigo en el momento en que me
encontraba en el timón. Me preguntó cómo soportaba estar lejos de casa; le
contesté que me sentía como siempre muy bien. Supe después que había hecho la
misma pregunta a toda la tripulación. Hicimos rumbo sin incidente notable hasta
la tarde del 19 de septiembre (de 1832). Después de la cena, todos estábamos
sentados en grupo durante el relevo de la tarde (entre las seis y las ocho) y
nos contábamos historias de piratas; y como es natural, nos pusimos algo
excitados. Bajé a las doce de la noche; a las cuatro de la mañana siguiente,
llamaron a mi cuarto. Cuando subimos al puente, el primer piloto vino diciendo
que tendríamos que abrir el ojo, porque cerca de nosotros navegaba un barco que
había cruzado nuestra ruta en popa y pasado a sotavento. Me senté entre las
bitas, y habían transcurrido apenas un par de minutos, cuando un barco cortó
nuestra ruta en proa, y se acercó a barlovento. Ibamos a buena velocidad,
cuando lo señalé; el primer piloto miró a través de sus anteojos de larga
vista, pero no pudo distinguirlo. Le dije que a buen seguro le vería a
barlovento al amanecer. Cuando se hizo de día, descubrimos delante una goleta
con gavia que pasaba a unas cinco millas, teniendo las mismas amuras que
nosotros. Teníamos una ligera brisa de sudoeste y hacíamos rumbo casi a
sudoeste. A las siete, subió al puente el capitán, y tuvimos entonces el primer
indicio de que la goleta nos daba caza. Me encontraba en el timón en el momento
en que el capitán salía del camarote. Miró en dirección de la goleta y en
cuanto la vió, cogió sus anteojos de larga vista y trepó a la gran cofa. Cuando
hubo bajado de su puesto de observación, cerró los anteojos y nos dijo: Es
precisamente el que yo esperaba. He podido contar treinta hombres en su puente
... También dijo que veía a un hombre en la gavia de trinquete, que vigilaba, y
que aquel barco le parecía muy sospechoso. Luego nos mandó poner todas las
velas (pues la goleta no parecía hacer mucha velocidad), pensando que así
lograríamos alejarnos de ella. Mientras largaba la gran gavia, me senté sobre
el palo mayor y me dejé izar hasta las barras para ver mejor. Ví entonces otro
navío, un bergantín, al este de nosotros, y lo señalé. Entretanto, la goleta
había hecho rumbo con gran rapidez, porque cuando bajé, estaba a proa. De todas
estas apariencias y de su manera de navegar, concluímos más tarde que llevaba a
remolque un ancla flotante. Cuando nos fuimos a desayunar, la goleta se
encontraba en proa y parecía perseguir al otro barco. Entonces, el capitán dió
orden de cambiar de rumbo, y nos dirigimos hacia oeste, tomando pleno viento,
para tener más velocidad y desembarazarnos cuanto antes de la goleta. Después
del desayuno, cuando volvimos a subir al puente, la goleta vino derecho hacia
nosotros, con todas las velas puestas. Noté que alguien había colocado dos
barriles de pólvora junto a nuestras dos carronadas, los únicos cañones que
teníamos. Pero de cualquier modo, nuestros medios de defensa resultaban
enteramente inútiles, puesto que la distancia sobrepasaba el alcance de
nuestros cañones. Poco antes, la goleta había disparado un cañonazo en nuestra
dirección para que nos pusiéramos al pairo, lo cual el capitán se disponía a
hacer en el momento en que llegué al puente. La goleta enarboló entonces los
colores nacionales (el pabellón colombiano), contrabalanceó su gran gavia y se
inmovilizó a cerca de media milla a barlovento de nosotros. Era una goleta de
gavia de aspecto largo y bajo, con un calado de quinientas toneladas
aproximadamente, pintada de negro con una delgada tira blanca, y llevaba debajo
del espolón una figura con una cornucopia pintada de blanco. Tenía los palos
inclinados hacia atrás y una gavia de bellas dimensiones; en suma, un verdadero
clíper de Baltimore. No podíamos distinguir el nombre. Llevaba a bordo cuando
menos treinta hombres, e iba armado de un largo cañón de eje, de treinta y dos
libras, flanqueado por cuatro piezas de bronce, dos a cada lado. Nos llamaron
desde el barco, gritando palabras inglesas. Nos preguntaron de dónde veníamos,
a dónde íbamos, y cuál era el cargamento que llevábamos. La misma voz de la
goleta invitó a nuestro capitán a presentarse junto al barco en una canoa para
enseñarle nuestros papeles. Bajamos un bote, y el capitán Butman, acompañado de
cuatro hombres - Jack Ardissone, Thomas Fuller, Benjamín Larcom y Fred Trask-,
se embarcó. En el momento de partir, el capitán Butman estrechó la mano al
piloto Reed, diciéndole obrara como mejor le pareciese, si no le volvía a ver.
La canoa del Mexican abordó el flanco de la goleta, pero le ordenaron colocarse
en proa, donde cinco de los piratas saltaron a nuestra emba!Ccación sin
permitir a ninguno de nuestros hombres subir a bordo de la goleta; luego
ordenaron al capitán que volviese con ellos a su barco. Llevaban pistolas
metidas en el cinturón, y largas navajas en las mangas. Antes de arrancar, uno
de los piratas que se encontraban en nuestro bote preguntó a su capitán en
español qué debía hacer con nosotros, y recibió la respuesta: Los gatos muertos
no maullan. Registrad el barco desde abajo hasta arriba y traed a bordo cuanto
os sea posible. Ya sabréis qué hacer con ellos. Las órdenes del capitán por ser
dadas en español, no fueron entendidas más que por un sólo hombre del Mexican,
Ardissone, el cual prorrumpió en lágrimas, balbuciendo en mal inglés que
estábamos perdidos. Nuestra canoa regresó al bergantín, y el capitán Butman y
los cinco piratas subieron a bordo. Dos de ellos bajaron al camarote; los otros
tres se pasearon por el puente. Apareció nuestro primer piloto que había estado
en el camarote, con los piratas, y dijo que nos reuniéramos en la parte trasera
para subir el dinero. Me encontraba con Larcomb junto a la escala del cuartal,
y nos disponíamos a bajar al camarote, cuando tropezamos con el jefe de los
piratas, quien, mientras subía, dió la señal de ataque. Los tres piratas
estacionados en el puente se abalanzaron sobre Larcomb y sobre mí, hiriéndonos
en la cabeza con sus largas navajas. Una gorra escocesa que por ventura llevaba
puesta, con un pañuelo de algodón metido por dentro, me salvó de una grave
herida, pues el golpe fue tan violento que atravesó una y otro. Nuestro piloto
señor Reed intervino tratando de apartar a los bandidos que entonces se
volvieron contra él. Bajamos primero al camarote y después a la tilla. Eramos
ocho. Seis de nuestros hombres volvieron al camarote. El camarero y yo recibimos
orden de llevar el dinero hasta la cubierta del camarote, lo que hicimos, y
nuestra tripulación lo transportó entonces de allí al puente. Mientras tanto,
el cabo pirata que mandaba (el tercer piloto) con gritos había avisado a la
goleta que acababan de hallar lo que buscaban. La goleta envió entonces una
embarcación ocupada por dieciséis hombres, y habiendo subido éstos, nos
mandaron bajar las cajas con el dinero a aquel bote, en el cual las
transportaron a bordo del pirata. La canoa volvió entonces con doce hombres
más, y empezó un registro minucioso. Nueve de los piratas se precipitaron al
camarote, donde nos encontrábamos el capitán, Jack Ardissone y yo, y atacaron
al primero con sus cuchillas; al mismo tiempo, uno de ellos le golpeó la cabeza
y los hombros con una bocina. Viendo que estábamos indefensos, di un salto para
tratar de izarme al puente por la ventana del camarote, agarrándome a las
amarras de la lancha. Jack Ardissone, adivinando mi movimiento, me cogió por el
pie en el instante en que me disponía a saltar y así me salvó, pues ciertamente
habría errado mi salto, cayendo al mar. Entonces, Jack y yo nos echamos a
correr con los piratas en pos de nosotrps, dejando al capitán a quien habían
golpeado e injuriado todo el tiempo, a fin de sacarle más dinero. Nos lanzamos
hacia la escotilla. Jack, no creyendo la trampa tan próxima, cayó en la bodega
y yo encima de él. Por una razón u otra, los piratas abandonaron la persecución
antes de haber alcanzado el orificio entre los puentes; de otro modo, habrían
caído con nosotros. A Jack se le quebraron dos costillas. Debajo del puente
teníamos todo el espacio libre, pues no había cargamento, y podíamos andar de
un extremo del barco a otro. La tripulación se reunió entonces debajo del
castillo, decidiendo esperar allí. No nos encontrábamos mucho tiempo en nuestro
escondrijo, cuando vimos llegar corriendo al señor Reed perseguido por el cabo
de los piratas, que le pedía su dinero. El primer piloto dijo entonces a
Larcomb que se fuera a buscar lo que le había entregado anteriormente para que
lo ocultase en lugar seguro; eran doscientos dólares en moneda y Larcomb los
había escondido en la bodega, por debajo de las tablas. Larcomb se fue a
sacarlos, volvió y los entregó al pirata, el cual deshizo la bolsa, extrajo un
puñado, reató el saco y subió al puente. Allí tiró el puñado de monedas al agua
para indicar así a sus compañeros a bordo de la goleta que había descubierto
más dinero. Entonces, los piratas amagaron al capitán Butman diciendo que si
hallaban más dinero que no les había sido entregado al pedírselo ellos, nos
degollaban a todos. Parece que les seguí al camarote, porque les oí proferir
esta amenaza ante el capitán. Anteriormente, los miembros de la tripulación
habíamos contado nuestro dinero personal y después de comprobar que sumaba
cerca de cincuenta dólares, lo habíamos puesto en el barril de salmuera, el
cual metimos a escondidas en el espolón. Ahora, oyendo aquella amenaza, corrí a
advertir a la tripulación; sacamos el dinero del barril y lo escondimos entre
la bordada y el forro del buque. Cayó sobre la carlinga. Posteriormente,
nuestro carpintero determinó felizmente su posición exacta, así que no perdimos
un solo centavo. ¡Cosa extraña!, el primer lugar que registraron al penetrar en
las partes bajas del barco fue precisamente el barril de salmuera. Los piratas
examinacon también rigurosamente nuestras prendas, llevándose la ropa nueva, el
tabaco, etc ... En el camarote, registraron el arca del capitán, pero sin
descubrir los setecientos dólares que tenía escondidos en eJ doble fondo. Con
anterioridad le habían quitado un par de dólares que llevaba en el bolsillo,
así como su cadena de oro; en tanto que al primer piloto le aliviaron de su
reloj. Así, mientras el grupo de piratas encargados del registro proseguía su
tarea, permanecíamos en los entrepuentes. Hacia las doce tuvimos la impresión
de que reinaba gran calma a bordo. Sin embargo, todos convenimos en no
arriesgarnos a subir al puente, prefiriendo defendernos con bastones, caso que
ellos intentasen bajar; de cualquier modo, estábamos decididos a vender
nuestras vidas lo más caras posible. Teniendo cierta propensión a la
curiosidad, osé ir a echar un vistazo arriba para ver lo que estaban haciendo.
Inmediatamente, me encontré con un cañón de pistola apoyado en mi pecho y
recibí la orden de subir al puente, lo que hice seguro de verme arrojado al
agua. Uno de aquellos individuos me agarró por el cuello y me mantuvo así,
disponiéndose a hundir su navaja en mi pecho. Le miré a los ojos, y dejó caer
su cuchillo; luego me mandó buscar las puertas del castillo, que estaban abajo.
Descendí y se las traje; pero por lo visto no sabían colocarlas, pues me
llamaron de nuevo para reponerlas en su sitio. Eran tres los piratas que me
vigilaban, y de pronto, al colocar la última puerta, oí el TUido de un puñal
lanzado. Apoyé el canto de la puerta sobre mi vientre y haciendo una rápida
voltereta, me agaché por debajo del castillo. El cuchillo siguió mi movimiento,
pero pasó sin herirme. Bajé por la escala hasta el fondo. Los piratas izaron
entonces la puerta que yo había dejado caer, la amarraron, y nos encontramos
encerrados todos en el interior del casco. También amarraron la escala trasera
que conducía a la cámara, encerrando igualmente a los oficiales. Los ruidos que
oíamos por encima de nuestras cabezas, indicaban que los piratas habían
comenzado su obra de destrucción. Todas las maniobras móviles, incluyendo los
guardines, fueron cortadas, las velas hechas jirones, las berlingas
desaparejadas; los instrumentos de navegación y todos los objetos móviles a los
que pudieron echar mano fueron demolidos; oímos caer las vergas y rodar de un
bordo a otro el palo de cangreja. A continuación, como descubrimos en el curso
de los sucesos, los piratas llenaron la cocina de materias inflamables tales
como pez, filásticas alquitranadas, estopa, etc., y les prendieron fuego,
después de haber arrojado la gran vela sobre el tejado de la cocina. Hacía ya
más de una hora que vivíamos en esta angustiosa espera, cuando todo ruido cesó,
a excepción del chapoteo del mar contra el casco. Durante todo el tiempo, la
tripulación había permanecido acorralada en la oscuridad del castillo, incapaz
de prever cuál sería el siguiente acto del enemigo, ni en cuánto tiempo vendría
la muerte para cada Uno de nosotros. Al fin, hacia las tres de la tarde, Thomas
Fuller vino corriendo a informarnos que los piratas abandonaban el barco. Uno
tras otro, los miembros de la tripulación pasaron al camarote, y allí, mirando
por las dos pequeñas portas de arcaza, vimos cómo los piratas se dirigían hacia
la goleta. El capitán Butman estaba de pie sobre la mesa, contemplando el
espectáculo a través de una lumbrera, único medio de salida que los piratas
habían olvidado cerrar. Le dijimos que el olor de humo nos hacía temer que
hubieran prendido fuego al bergantín. Respondió que lo sabía y nos ordenó
mantenernos quietos. Bajó de la mesa, se arrodilló para rezar y al cabo de
algunos minutos se levantó, ordenándonos con gran tranquilidad volver a proa y
añadiendo que ya nos llamaría cuando nos necesitase. No habíamos vuelto a pasar
mucho tiempo debajo del castillo, cuando en efecto nos llamó a popa para
pedirnos que fuéramos a buscar cuantos baldes encontrásemos debajo del puente y
que los llenáramos con el agua de los toneles de la bodega. A nuestra vuelta,
abrió de nuevo la portilla y se deslizó al puente. Le pasamos un pequeño cubo
lleno de agua, y entonces se arrastró a lo largo del barandal, en dirección de
la cocina, guardándose de incorporarse y escapando así a la observación de la
goleta. El fuego comenzaba precisamente a atravesar le techumbre de la cocina;
pero el capitán llegó a tiempo para impedir que cundiera afuera, regando la
superficie del tejado con algunos chorros. Continuó obrando así durante largo rato,
pues no osaba apagar el fuego de una vez, por temor de que los pintas,
advirtiendo la desaparición del humo, se dieran cuenta del fracaso de su
funesto propósito. Reducido el incendio a proporciones inofensivas, el capitán
abrió el cuartal de popa y nos hizo subir al puente. La goleta, siendo un
velero muy veloz, ya se había alejado tanto del Mexican, que sólo se distinguía
su casco. Afortunadamente, y gracias a la astucia y previsión de nuestro capitán
Butman, los más preciosos de los instrumentos náuticos: la brújula, el cuarto
de círculo, el sextante, etc., habían escapado a la destrucción. Paxece que les
había puesto a salvo debajo del puente de popa, cubriéndolos con un montón de
estopa, tan pronto como se hubo dado cuenta de la identidad de la goleta. Al
registrar el barco, los piratas pasaron por alto aquel escondrijo a pesar de
rozado muchas veces durante la visita. El bergantín se puso en marcha viento en
popa y rumbo al Norte, y como por intercesión de la divina providencia, se
levantó una fuerte brisa que antes de caer la noche se había convertido en
violenta tempestad acompañada de truenos y relámpagos. Abandonamos el bergantín
dejándole huir al viento sin una pulgada de velamen. Navegamos hacia el Norte
hasta la mañana siguiente; entonces cambiamos de rumbo hacia el Oeste. En el
curso de los días siguientes viramos varias veces de bordo, alternando los
rumbos. Finalmente gobernamos con dirección a nuestro puerto, y esta ruta fue
conservada cuidadosamente hasta que llegamos a Salem el 12 de Octubre de 1832.
Mas éste no fue el fin de la aventura del Mexican. La segunda parte de la
historia la constituyó el juicio contra los piratas del Panda, que tuvo lugar
en Boston, tres años más tarde. Se supo entonces qué suerte había tenido la
tripulación del Mexican al salir ilesa de aquel encuentro. Después de haber
incendiado el bergantín y cuando ya el barco pirata se hallaba bastante lejos
de su víctima, hasta entonces el capitán Gibert se enteró de que sus órdenes de
degollar a toda la tripulación no habían sido obedecidas. Juró, blasfemó, y
amenazó con volverse atrás y cuidar de que no quedara ningún sobreviviente para
contar la historia. Se organizó una caza y finalmente el Panda encalló sobre la
costa occidental de Africa, en el río Nazareth, donde fue descubierto e
identificado por el capitán Trotter del buque de guerra británico Curlew,
encargado de patrullar aquellos parajes, en busca de negreros. Trotter atacó y
capturó el Panda. La mayor parte de los piratas se salvaron huyendo a tierra;
pero una docena de los fugitivos cayeron en manos de un jefe indígena que los
entregó al crucero inglés. Encadenados inmediatamente y enviados a Inglaterra,
fueron trasladados a otro buque de guerra, el bergantín Savage, a bordo del
cual los prisioneros llegaron a Salem, en los Estados Unidos, a fines de otoño
de 1834. El proceso de Boston causó gran excitación. Doce piratas en cadenas
-he aquí un espectáculo que no se veía todos los días. El juicio comenzó el 11
de noviembre y duró dieciséis días, al final de los cuales el jurado declaró
culpables a Gibert, De Soto y cuatro marinos más, formulando en el caso de De
Soto una viva recomendación de clemencia por su conducta generosa, noble y
abnegada al salvar la vida a setenta personas del barco Minerva. El mencionado
suceso se remontaba al año 1831. En aquel entonces De Soto navegaba como piloto
a bordo de un velero que regresaba a La Habana procedente de Filadelfia. Cierto
día, al franquear el barco los arrecifes de las Bahamas, De Soto vió un navío
varado, cuyos mástiles y vergas hormigueaban de formas humanas. Arriesgando su
vida y su barco, De Soto salvó a setenta y dos náufragos, a los que llevó a La
Habana. Una compañía de seguros de Filadelfia, deseosa de expresar su
admicación ante tal valor y abnegación, le obsequió una copa de plata. Aquel
acto de heroísmo salvó a De Soto de la horca. Posteriormente, incluso recuperó
la libertad merced a un indulto del Presidente Andrew Jackson. El carpintero
Ruiz se benefició también con un sobreseimiento por ser irresponsable. Para
terminar la historia del Panda y el Mexican, citaremos un extracto de un
periódico de Boston, publicado el día de la ejecución: Cinco de los piratas han
sido ahorcados esta mañana a las diez y media. Los reos fueron acompañados al
cadalso por un sacerdote español, pero ninguno de ellos se confesó, ni expresó
arrepentimiento. Todos protestaron hasta el fin su inocencia. La noche
anterior, el capitán Gibert fue encontrado en su celda con un pedazo de vidrio
con el cual pensaba suicidarse. Y uno de sus hombres (Boyga) se cortó el cuello
con una tira de hojalata, hallándose tan debilitado a causa de la hemorragia
sufrida que fue preciso llevarle en hombros al patíbulo y sentarle sobre una
silla en la trampa, en el momento en que ésta iba a caer. La actitud de los
delincuentes parece indicar que hasta el último instante habían esperado
obtener perdón. Con la ejecución de la tripulación del Panda, la piratería, en
cuanto amenaza contra el comercio en aguas norteamericanas, pasó a la historia.
Durante algunos años todavía, un puñado de bandidos siguió merodeando en torno
a Cuba y a ciertas islas apartadas de las Antillas; mas los daños causados
fueron de escasa importancia. La continuidad de la paz y la creciente
consolidación de las nuevas Repúblicas convirtieron en poco remunerativos los
riesgos inseparables del oficio de pirata de alta mar. Antes de pasar a otras
cuestiones, conviene mencionar un juicio por piratería que en su tiempo produjo
alguna sensación. La historia comienza en abril de 1821, época en que Aarón
Smith firmó su contrato de enganche como primer piloto a bordo del Zephir,
barco conducido por el capitán Lumsden, y que debía salir de Kingston, en
Jamaica, con destino a Inglaterra. El 29 de junio, el Zephir, se hizo a la mar
con cargamento y siete pasajeros. Smith no tardó en descubrir que su capitán
era a la vez un ignorante y un cabezón; pues aunque no era un secreto para
nadie que la ruta más segura era el paso a barlovento, Lumsden insistió en
tomar la ruta a sotavento, porque era la más corta, a despecho del bien
conocido riesgo de ser capturado por los piratas.
Hacía cinco días que el Zephyr navegaba en alta mar y el barco
se encontraba frente a Cabo Antonio, punta sur de Cuba, cuando el vigía señaló
una goleta sospechosa que venía derecho a su encuentro. Cuando la goleta
alcanzó al Zephyr se vió que su puente estaba lleno de hombres. Toda
resistencia o escapatoria pareció imposible; el capitán Lumsden se entregó, y
el mercante inglés fue sometido al saqueo. Cuando todos los objetos de algún
valor hubieron pasado a manos de los piratas, éstos permitieron a su víctima
proseguir su ruta con toda la tripulación, menos Aarón Smith que tuvo que
trasladarse a bordo del enemigo, pues los piratas desearon conservarlo como
oficial de navegación. De manera que le dieron orden de gobernar rumbo a Río
Medias, en Cuba. A las dos de la misma tarde, los piratas llegaban a aquel
puerto, cuando Smith vió gran número de embarcaciones y canoas que se dirigían
hacia el corsario. El capitán me dijo que esperaba una numerosa compañía entre
la que figuraban dos o tres magistrados y sus familias, así como varios
sacerdotes. Añadió que yo vería también a algunas hermosas muchachas españolas.
Le expresé mi asombro de verle tan poco asustado ante la perspectiva de
encontrarse en presencia de magistrados. Prorrumpió en risa y me dijo que no conocía
el carácter español. Los regalos de café y otros pequeños obsequios -explicó-
me aseguran su constante amistad; y gracias a ellos no ignoro nada de lo que
ocurre en La Habana y me entero a tiempo de cualquier medida hostil que se
prepare contra mí. Cuando los botes y las embarcaciones hubieron amarrado junto
al barco, los huéspedes: dos jueces, un cura y varias damas, así como algunos
otros señores, fueron recibidos con gran pompa por el capitán al que
felicitaron por sus éXitos. A Smith le presentó con amabilidad a los invitados
como su último recluta y su oficial de navegación. Después, el grupo bajó a la
gran cámara para beber a la salud del capitán. Una de las damas propuso bailar,
sugestión que fue aceptada por el muy hospitalario anfitrión. Otra de las
jóvenes, la hija de un magistrado, eligió como pareja a Smith, con profundo
desagrado de éste. Decliné este honor de manera bastante seca; pero la joven,
haciendo caso omiso de mi obvia aspereza, insistió en querer saber el motivo de
mi renuencia. Le contesté con candor que mis pensamientos estaban demasiados
preocupados por mi triste situación y la pena que ésta había de causar a mi
mujer, para que pudiese sentir interés por tales diversiones. En realidad,
Smith era soltero (aunque, según veremos, su corazón no estaba libre), mas a
bordo, al exigir que le dejasen regresar a su país, pretendía tener mujer e
hijos en Inglaterra. La joven no parece haber sido excesivamente ingenua; pues
le contestó con un aire de graciosa candidez: No es posible que usted sea
casado, porque me han dicho que los hombres que lo son se guardan de
confesarlo. La joven española y el inglés se retiraron entonces a un rincón a
fin de platicar larga y confidencialmente sobre tópicos tocantes a la
galantería, la honra y el abatimiento moral. Smith supo que se llamaba
Serafina, pero parece probable que permaneciera en completa ignorancia de su
apellido. La muchacha afirmó compadecerle y sentir un interés tan vivo por su
caso que procuraría persuadir a su padre, el magistrado, a conseguir su
libertad. A medida que avanzaba la velada, la melancolía de Smith iba tiñéndose
visiblemente de matices tiernos de amoríos. Cuenta que Serafina era joven,
ignorando, a todas luces, el mundo y los artificios que se practican en él.
Cuando un hombre comienza a experimentar tales sentimientos, entonces se
encuentra en un estado peligroso. Serafina era sencilla en sus modales y tenía
un aire de sinceridad y de franqueza en todo cuanto hacía o decía, y eso en tal
grado que en circunstancias enteramente distintas habría podido ejercer una
influencia más grande. Sus facciones eran armoniosas y atractivas, sin ser
bellas; sus ojos brillantes, animados y llenos de inteligencia. Era morena y su
apariencia general de las que inspiran interés a la primera mirada. En cuanto a
su carácter, era bondadosa, benévola y humana, y tenía sentimientos fuertes y
ardorosos que se manifestaban claramente tan pronto como alguna cosa despertaba
su interés. Después de algunos bailes, Serafina pretextó una indisposición y se
sentó. Entonces le hizo a Aarón tantas preguntas sobre la magnificencia y la
riqueza de Londres, que el ardor de sus sentimientos y el interés que me
manifestaba me hicieron pensar que había producido una tierna impresión en su
corazón. Pero la intimidad de su téte á téte fue interrumpida por la ruda
intrusión del capitán que me ordenó que devolviese inmediatamente a la joven
dama a su compañía -orden que no osé desobedecer. A las primeras horas de la
mañana, los invitados comenzaron a despedirse, y el capitán distribuyó
obsequios a sus huéspedes. El primero consistía en una caja de tela y seda,
otrora propiedad de Aarón, y que fue ofrecida al sacerdote que se mostró
encantado, diciendo al capitán que podía tontar con sus rezos y que debía
atribuir sus éxitos actuales a sus intercesiones ante la Virgen. Ninguno de los
invitados dejó la goleta sin regalo -procedente del Zephyr y todos regresaron a
tierra felices y contentos. Hacia mediodía llegaron embarcaciones más
numerosas, trayendo multitud de cubanos deseosos de comprar botín y entre los
primeros que subieron a bordo se encontraban Serafina y su padre. La joven,
llamándolo aparte, le dijo que su madre sentía vivos deseos de verle y que ella
iba a obtenerle permiso de bajar a tierra. Como respuesta a tal atención, Aarón
confesó que no era casado, sino que tenía el corazón libre. Esta confesión
pareció darle mucho gusto. Comenzó la venta, y Smith, encargado de las
básculas, tuvo que pesarles el café a los compradores. Como ni el capitán, ni
ningún miembro de la tripulación entendía de aritmética, fue Smith quien hubo
de establecer las facturas, y una vez arregladas las cuentas, se hicieron a un
lado los negocios y un gran banquete reunió a todo el mundo. El capitán, que
hablaba un poco el inglés, ordenó en voz baja a Smith que preparase una mixtura
de alcoholes. propia para provocar una ebriedad inmediata. Cuando el brebaje
hubiese producido su efecto, se proponía improvisar un remate de las prendas
robadas a bordo del Zephyr. Smith desempeñó su papel a la perfección, haciendo
circular copas llenas de una mezcla de vino, ron, aguardiente y cerveza, que
encantó a los invitados. El resultado colmó las esperas del capitán. La subasta
fue una verdadera locura, y los objetos más modestos alcanzaron precios
inmensos. Mientras toda la compañía desollaba la zorra sucumbiendo a los
efectos del cordial inglés, los enamorados, pues se habían convertido en tales,
gozaban de una cariñosa conversación que terminó con la promesa de huir y de
casarse en la primera ocasión. Al seguir nuestra historia hasta aquel momento,
se siente uno inclinado a pensar que al joven héroe le habrían podido suceder
aventuras peores que la de caer en manos de piratas cubanos de ese temple; pero
fue entonces cuando apareció el anverso de la medalla. En el curso de los días
siguientes y mientras las piratas cruzaban en busca de nuevas presas, asomó la
sospecha de un motín urdido por algunos miembros de la tripulación, y el
movimiento, apenas nacido, fue sofocado con la más salvaje crueldad. Al tercer
día apareció una vela: fue un mercante holandés que se dejó llevar a Cuba sin
disparar un solo tiro. Al entrar al puerto, los piratas recibieron la noticia
de que el magistrado, padre de Serafina. había sido herido por el disparo de un
ladrón, y con motivo de este accidente se pidió al capitán enviase sin pérdida
de tiempo a Smith para que curase las heridas. El capitán, aunque poco
dispuesto a soltar al inglés, no deseaba ofender a su amigo y patrón. Así que
permitió a Aarón bajar a tierra, pero con escolta. Un examen de la herida,
reveló que era leve; mas el astuto Smith exageró su gravedad para tener así la
posibilidad de ver a su Serafina con mayor frecuencia. A la tercera o cuarta
visita, como la pareja se había retirado a otra habitación con el propósito de
cambiar algunas palabras amarosas y un beso, Aarón advirtió que sus ojos y todo
su rostro estaban radiantes de amor y alegría, y adiviné que me reservaba una
noticia feliz. Lo tengo todo preparado -le gritó Serafina con pasión,
arrojándose a sus brazos-. El guía está listo y no nos queda más que fijar la
cita y encontrar la oportunidad. La grata comunicación le conmovió
profundamente: Estreché a la querida y encantadora criatura entre mis brazos,
sintiéndome demasiado emocionado para poder pronunciar una sola palabra; y
mientras la apretaba contra mi corazón, vertí lágrimas de felicidad y de
gratitud. Serafina fue la primera en recobrar su presencia de ánimo.
Ruborizándose por encontrarse en tal postura, se desprendió dulcemente de mis
brazos; luego me advirtió de que haría bien en estar en guardia, procurando no
dejar ver a nadie mi emoción. La hacendosa Serafina lo tenía todo pensado: a
los dos días, Aarón se presentaría en su casa so pretexto de someter a su padre
a una operación quirúrgica; y ella se las arreglaría para tener listos, en el
momento de su visita, dos caballos y un guía seguro. ¡Ay!, llegado el momento,
el guía se reveló como un traidor y fue necesario demorar la fuga hasta que se
hubiesen desvanecido las sospechas despertadas por culpa suya. Mientras tanto,
los piratas tuvieron la suerte de hacer algunas pequeñas presas, además de
capturar un gran barco inglés. Como siempre, los habitantes del puerto se
apresuraron a sacar un provecho escandaloso de la venta del botín; pero esta
vez el gobernador de La Habana se enteró del asunto, y uno de los magistrados
previno a los piratas. Se llegó fácilmente a un acuerdo con la policía, la cual
tuvo la complacencia de desaparecer en el momento crítico. Después entró en el
puerto otro pirata cubano con los cargamentos de tres barcos ingleses, y se
repitió el espectáculo de ponerse en venta las mercancías robadas. A bordo de
otra presa, un navío norteamericano, se encontraban dos pasajeros, un oficial
español y su esposa. La dama estaba muy enferma, debido en parte a la travesía,
pero sobre todo al terror que le inspiraban los piratas. Smith, que ya había
adquirido una verdadera reputación de médico y era llamado cada vez que se
presentaba un caso de enfermedad o de herida, recibió la orden de cuidar a la
enferma hospitalizada a bordo del mismo barco en que vivía él. Como
consecuencia de su tratamiento, la señora se repuso rápidamente y quiso
mostrarle su gratitud. Había muy poco sitio a bordo; los tres prisioneros:
Smith, el oficial español (a los ojos del primero un bruto sin ninguna
educación) y su mujer, dormían en el mismo camarote, sobre colchones colocados
en el piso. Esta circunstancia dió lugar a cierto mal entendimiento que habría
podido ser causa de complicaciones. Pero dejemos la palabra a Aarón: Habían
preparado para el oficial y su esposa un colchón junto al mío, en el camarote
donde el matrimonio pasó aquella noche. Me mostré muy solícito con la señora,
le hice probar manjares de arrurruz guisado con vino y vigilé lo mejor que pude
su comodidad. La dama me manifestaba una viva gratitud; pero las pruebas de su
agradecimiento llegaron a un grado de ardor que me hizo temer consecuencias
graves. Cierta noche, mientras dormíamos tendidos cada uno sobre su colchón, me
desperté para encontrar a mi lado a la dama, dormida y con sus brazos en
derredor de mi cuello. La desperté con suavidad y la informé respetuosamente de
su error, y entonces volvió , sin proferir palabra al lado de su esposo
legítimo. Consideré lo sucedido como accidente fortuito, resultado de la
estrecha vecindad de nuestros colchones. Mas la noche siguiente, me vi
arrancado de mi sueño por sus caricias, y esta vez las consecuencias amenazaron
ser fatales para mí. El marido se despertó en el mismo momento, advirtió que su
mujer no se encontraba a su lado, la vió conmigo, y comenzó a vociferar,
armando tal escándalo que despertó al capitán. Juzgué prudente hacerme el
dormido. La española, al darse cuenta de la situación, lanzó un débil grito,
pero recobró inmediatamente su presencia de ánimo y logró tranquilizar a su
desenfrenado esposo, persuadiéndole que se había equivocado en el sueño y que
su honor de marido quedaba intacto. El creyó aquello tanto más fácilmente
cuanto que me veía dormido. La situación continuaba siendo llena de peligros;
pero el capitán, que había entrado para ver lo que sucedía y que recibió la
misma explicación que el marido, salió riendo a carcajadas, y su alegría no
tardó en poner fin al embarazo de todos los interesados. Smith parece haber
sido uno de aquellos afortunados, o desafortunados, a quienes todas las mujeres
adoran. Después del desgraciado episodio del colchón, decidió adoptar una
conducta más circunspecta, aunque -y lo observamos con tristeza- no alude en
manera alguna a sus deberes hacia Serafina. Es preferible una vez más citar sus
propias palabras: Desde aquella memorable noche, el español vigilaba
celosamente a su bella compañera; yo, por mi parte, me mostré reservado y
prudente en mis relaciones con ella. Pero su falta de buen sentido hizo abortar
todas mis precauciones. Me encontraba abajo, en el camarote, preparando un
remedio para un enfermo, cuando la dama se alejó furtivamente de su esposo y
bajó. No bien entrada en el camarote, se sentó sobre mis rodillas, y rodeando
familiarmente mi cuello con su brazo, se puso a besarme. En el mismo instante
entró el oficial que la había seguido de cerca, y gesticulando furiosamente
corrió al puente para llamar al capitán y pedir que me infligiese un severo
castigo. Como la primera vez, la dama me defendió declarando que su marido
debía haberse equivocado y que no había pasado nada. Explicó cómo había podido
ocurrir que la viera sentada sobre mis rodillas: ella se había resbalado a
causa del movimiento del barco y yo la había cogido entre mis brazos,
impidiendo así que cayera y se hiriese gravemente. Como el mar estaba agitado y
el carca bajo el balanceo daba bruscas sacudidas, su historia no pareció del
todo inverosímil, y el capitán declaró que no había lugar de infligir un
castigo. El marido celoso que no creía una sola palabra de un cuento tan
abracadabrante, adoptó un aire de satisfacción constreñido y salió del camarote
murmurando amenazas de venganza; pero con gran alivio de Smith, el matrimonio
español fué puesto en libertad al día siguiente y partió para La Habana.
Durante algunos días, el buque pirata permaneció anclado en el puerto y no
ocurrió ningún acontecimiento notable. De pronto malas noticias en una carta,
en la que los magistrados advirtieron al capitán que debía salir sin tardanza.
Al parecer, las quejas recibidas por el gobernador de La Habana con motivo de
actos piratería, habían asumido proporciones tales, que el funcionario,
obligado a recurrir a medidas drásticas, acababa de despachar una tropa de
quinientos soldados con órdenes de capturar a los piratas, al mismo tiempo que
cinco lanchas cañoneras debían acecharlos del otro lado de los arrecifes, caso
que intentasen huir. Los piratas salieron del puerto la misma noche, y al
amanecer su barco se encontraba en una solitaria ensenada, protegida por la
selva que la ocultaba por entero a la vista desde el mar. Al cabo de algún
tiempo y despejada la costa de enemigos, los piratas abandonaron su escondite y
volviendo a cruzar en busca de presa, capturaron un mercante francés que
dejaron limpio. Una noche. de tormenta, mientras el barco fondeaba junto a la
costa y encarnado el capitán a causa de un violento acceso de fiebre, la
tripulación se embriagó. Smith aprovechó la oportunidad para huir. Llevándose
en su saco de viaje sus instrumentos náuticos y algunas galletas, se deslizó en
una barca de pesca, amarrada a popa del buque pirata, cortó el cable y se dejó
arrastrar por la corriente. Tan pronto como se encontró lo suficientemente
lejos para no ser oído, izó la vela y tomó la ooección de La Habana. Después de
navegar todo el día y la noche siguiente, acabó por entrar en el puerto de La
Habana, creyendo terminados todos sus infortunios. Mas al pasar por una de las
calles principales de la ciudad, he aquí que ve avanzar hacia él, a la cabeza
de un destacamento de soldados a su viejo amigo, el capitán español. Este le
hace detener por su tropa, le lleva al palacio del gobernador y allí le acusa
de piratería y de robo de cierta suma de dinero, hurto del que pretende haber
sido víctima. Smith pasó varios días encerrado en un calabozo oscuro y lleno de
sabandijas de la prisión municipal. Al fin, fue llevado ante el juez y sometido
a un largo interrogatorio. Terminado éste, el fugitivo se vió tasladado a la
cárcel judicial, donde se encontró en compañía de cuatrocientos o quinientos
prisioneros de todas las nacionalidades, que se ganaban un poco de dinero
enrollando puros, oficio que Smith aprendió a ejercer, al igual que ellos, a
las siete semanas de su instrucción. Al cabo de algún tiempo, fue conducido
ante el tribunal para justificarse de la acusación formulada contra él por el
capitán español; pero se vió remitido a la audiencia siguiente a fin de
permittr a los jueces deliberar sobre su caso. Luego, cierto día, uno de los
magistrados vino a verle en su calabozo y entonces le anunció con franqueza que
podría recuperar su libertad por la suma de cien doblones, pero que de negarse
a pagar sería entregado al gobierno de Jamaica que había pedido su extradición.
Smith que no tenía ni un centavo y mucho menos cien doblones, explicó al juez
que no se encontraba en condiciones de efectuar pago alguno. Al día siguiente,
tres oficiales ingleses del buque insignia de sir Charles Rowley, acompañados
por una guardia de soldados españoles, le condujeron a bordo del crucero Sibyl.
Allí, con gran asombro suyo, le pusieron grilletes y le encerraron en la bodega
común como a un criminal.
Tras una larga travesía, el Sibyl llegó a Deptford, donde Smith
se vió librado de sus cadenas, pero sólo para ser transferido a la prisión de
Newgate en espera del día en que había de comparecer ante el tribunal del
Almirantazgo bajo la acusación de piratería. El proceso, que causó gran
sensación entre el público, comenzó el 20 de diciembre en Old Bailey. Se
escuchó a gran número de testigos y fue principalmente el testimonio de un
representante del bello sexo el que determinó al jurado a pronunciarse a favor
del reo. El ángel salvador era la señorita Sophia Knight, una persona de
nótable encanto. Al ser llamada a la barra, se mostró en extremo emocionada, y
al verla el prisionero se deshizo en llanto. Sophia Knight declaró haber
conocido íntimamente al acusado hacía tres años, y añadió que esperaba su
llegada a Inglaterra para casarse con él. A este punto de su deposición, por
poco se desmayaba, prorrumpiendo en lágrimas. El prisionero que parecía
profundamente conmovido, se puso a llorar también. Y el enternecido jurado
pronunció un veredicto de absolución. La historia no nos dice si la leal
señorita Knight se casó con Aarón o si (eventualidad harto improbable) éste
volvió al lado de Serafina.
LIBRO CUARTO
CAPÍTULO I LA COSTA
AFRICANA
El desarrollo de la piratería a lo largo de las costas de Africa
parece haberse producido en fechas relativamente recientes, por lo menos son
recientes los testimonios que de ella tenemos. Desde los tiempos de la
expedición de Vasco de Gama, en 1498, se habían establecido relaciones
comerciales permanentes entre Portugal y el Extremo Oriente por la ruta del
Cabo de Buena Esperanza. Las alusiones a la piratería en esta ruta siguen
siendo muy vagas hasta el siglo XVIII, momento en que los merodeadores descritos
en el libro de Johnson emprenden la travesía del Océano Indico, empujados a
tentar fortuna en estas aguas, porque la otra ribera del Atlántico les
resultaba demasiado inhospitalaria. Pero el nombre más famoso que se asocia al
derrotero de las Indias, pertenece al siglo XIX: es el de Benito Soto (que no
debe confundirse con Bernardo Soto del Panda), pirata oriundo de La Coruña, que
se hace notar por primera vez siendo piloto de un buque negrero portugués, el
Defensor de Pedro, que en aquella época, noviembre de 1827, cruzaba el
Atlántico, procedente de Buenos Aires y dirigiéndose hacia la costa de Guinea.
El capitán, que era oficial de la marina real portuguesa, Don Pedro de María de
Suza Sarmiento, se había visto obligado a embarcar en un puerto de Brasil a
cuarenta pasajeros. Por desgracia suya, descubrió demasiado tarde que doce de
ellos eran piratas de Cuba. El barco no se encontraba mucho tiempo en alta mar
cuando De Soto tentaba ya a sus compañeros, y se percató de que buen número de
ellos estaban dispuestos a unirse a su plan de apoderarse del Defensor de Pedro
y retornar a la piratería. La ocasión se presentó en enero, al atracar el barco
en Mina, puerto de la costa de Guinea, dando la casualidad de que tanto el
capitán como el primer piloto y algunos tripulantes habían bajado a tierra. El
resto de la tripulación o, más exactamente, los renuentes a hacer causa común,
fueron embarcados en una pequeña canoa que, arrastrada por la corriente, se
hundió y todos se ahogaron. De Soto cambió el nombre del barco, que ahora se
llamó Black Jocke e hizo rumbo a la isla de la Asociación. El 13 de febrero de
1828, los piratas tropezaron con el Morning Star, conducido por el capitán
Souley de regreso a Inglaterra, procedente de Ceylán. Llevaba a bordo, amén de
un rico cargamento de canela y café, gran número de pasajeros, incluyendo a
veinticinco soldados ingleses enviados a la Metrópoli con permiso de
convalescencia, en compañía de sus mujeres, y a varios civiles. El propietario
del barco era un cuáquero de nombre Tindall, el cual, fiel a sus principios, se
había negado a armarlo. El Morning Star era un velero muy rápido; pero el Black
Joke resultó más veloz todavía. No tardó en alcanzar a su víctima y disparó un
cañonazo sobre su proa para hacerla ponerse al pairo. El capitán Souley intentó
pasar por alto la advertencia, hasta que una lluvia de metralla le convenció de
que mejor valía respetarla. El pirata arrió entonces el pabellón inglés bajo el
cual había navegado hasta entonces, izando los colores de la República de
Colombia. De Soto intimó al capitán la orden de presentarse en una lancha con
los papeles; pero éste prefirió enviar al segundo piloto escoltado por un
marino y tres soldados, los cuales, al subir a bordo, encontraron a De Soto
trémulo de rabia porque el Morning Star había demorado tanto la rendición, y
recibieron la orden de volver en el acto a buscar al capitán si no querían que
sus cañones echaran a pique el barco de las Indias. Apenas llegado el capitán,
le mataron. Sus compañeros. que ya se hallaban a bordo, fueron presos, mientras
un francés de nombre Saint-Cyr Barbazon se trasladaba hacia el mercante con un
grupo de piratas para dar muerte a toda la tripulación del Morning Star. La
orden no fue ejecutada al pie de la letra; pero fueron pocos los que escaparon,
refugiándose en los entrepuentes. En medio de un paroxismo de maldiciones y
alaridos, los piratas asestaban puñaladas a diestra y siniestra, guadañando a
los inermes tripulantes y pasajeros, sorprendidos en el puente. Después de la
matanza, los asesinos procedieron al saqueo del barco, robando dinero, alhajas,
instrumentos náuticos y hasta el último objeto de valor. Terminada la faena, se
instalaron en la gran cámara y el maestresala tuvo que servirles de comer y de
beber. A poco tiempo, la comida se había convertido en una orgía y excesos aún
peores; bacanal a la que sólo pusieron fin los bramidos de De Soto que quiso
saber por qué sus hombres no regresaban, y cuya furibunda voz dominaba los
gritos de las mujeres arrastradas al interior de la cámara y el ajetreo de los
hombres encerrados en la bodega. Antes de partir, Barbazon cortó el aparejo del
Morning Star, ció los palos y practicó agujeros en el casco, con la intención
de hundirlo. Cuando el último salvaje hubo abandonado el barco y desaparecida
en el horizonte la silueta del Black Joke, algunas mujeres lograron librar a
los hombres. Pero la situación de los sobrevivientes era desesperada. El agua
llenaba rápidamente el barco, y los infelices parecían no haber escapado a una
manera de morir sino para sucumbir a otra. Milagrosamente, sacando el agua sin
tregua, consiguieron mantener a flote el barco hasta que a la mañana siguiente
fueron auxiliados por otro mercante inglés, igualmente con destino a la
metrópoli.
El incidente causó enorme sensación, no solamente en Inglaterra,
sino en toda Europa. Tuvo por resultado que desde aquel momento los barcos del
señor Tindall iban armados más poderosamente que los de ningún otro armador. De
Soto continuó sus operaciones, capturando varios navíos en aguas de las Azores
y matando y ahogando invariablemente a las tripulaciones. A poco tiempo, el
Black Joke había llegado a ser tal amenaza para toda la navegación comercial,
que los mercantes que regresaban de las Indias recibían la orden de juntarse en
Santa Elena, prosiguiendo el viaje en forma de convoy, como medio de protección
mutua. A estas fechas, los piratas habían acumulado tanto botín que decidieron
hacer una visita a España para venderlo y luego entregarse a la vida alegre. En
su ciudad natal, La Coruña, De Soto se procuró papeles falsos y así provisto se
trasladó a Cádiz, donde esperaba encontrar un mercado propicio a la venta de su
botín. Era de noche cuando el Black Joke llegó a la proximidad del puerto, y
los piratas echaron anclas fuera de la rada, pensando entrar en la mañana; pero
el viento se tornó hacia el Este, y de repente un violento huracán comenzó a
soplar en dirección de la tierra. El buque pirata fue arrojado sobre las rocas;
mas al despuntar el día, la tormenta se calmó y la tripulación pudo alcanzar la
costa en canoas y sin pérdida de vidas. De Soto, viendo sus planes frustrados,
imaginó otra astucia. Inculcó a sus hombres un cuento que esperaba fuera
recibido con simpatía por las autoridades de Cádiz: sus compañeros debían
aparentar ser náufragos, diciendo que su capitán acababa de ahogarse y que sólo
pedían permiso de vender el pecio. Conque entraron en Cádiz y se presentaron
ante el oficial del Almirantazgo el cual aceptó su relato con la deseada credulidad.
De Soto encontró fácilmente a un mercader que se mostró dispuesto a comprar el
barco por la suma de mil setecientos dólares. El contrato estaba firmado y sólo
faltaba cobrar el dinero, cuando ciertas contradicciones en los relatos que
daban los piratas de sus aventuras, hicieron nacer sospechas, y se detuvo a
seis de ellos. De Soto y uno de sus marinos huyeron, refugiándose en el
territorio neutral que separaba a España de Gibraltar. Tan pronto como hubieron
cesado las tentativas de dar con los tránsfugas, De Soto se introdujo en
aquella fortaleza disfrazado, provisto de un falso pasaporte y luego se hospedó
en una pequeña taberna sita en un angosto callejón. Sintiéndose seguro, el
pirata llevó la vida de un gran personaje; pues si queremos dar crédito a
alguien que le conoció en aquella época, De Soto gastaba mucho dinero en su
vestimenta: lucía habitualmente un sombrero blanco del mejor gusto inglés,
medias de seda, calzones blancos y una camisola azul. Tenía bigotes tupidos, y
sus cabellos, que eran muy negros, abundantes, largos y naturalmente rizados,
le daban el parecido de un predicador londinense con tendencias proféticas y
cierta propensión a la poesía. Estaba tostado por el sol, y su aire y porte
revelaban un espíritu orgulloso, emprendedor y dispuesto a todo. La primera
persona que sospechó de ese brillante huésped de Gibraltar fue la sirvienta de
la taberna. La muchacha participó a su amo que todas las noches, al arreglar la
cama del caballero encontraba debajo de su almohada un puñal. Examinaron la
habitación y descubrieron entre otros objetos comprometedores un baúl con ropas
que habían pertenecido a pasajeros del Morning Star, así como un carnet de mano
del desdichado capitán. De Soto fue encarcelado en el acto, juzgado por el
gobernador, sir George Don, declarado culpable y condenado a muerte. Hasta el
día de la ejecución, el pirata persistió en afirmar su inocencia; pero la
terrible voz de la religión acabó por vencer su terquedad, e hizo una confesión
completa de sus crímenes, de los que se arrepintió. Un testigo de sus últimos
momentos relata: Creo que jamás hombre alguno dió muestra de una contrición
igual a la que mostró él en aquel instante; y sin embargo, no manifestó el
menor miedo: caminaba con paso firme en pos de la fatal carreta, mirando
alternativamente su ataúd y el crucifijo que tenía en la mano. Con frecuencia
apretaba a sus labios el símbolo de la divinidad, repitiendo las oraciones que
le decía al oído el sacerdote que le acompañaba, y no parecía inquietarse más
que por su salvación eterna. Llegada la procesión al pie del cadalso, en la
orilla del mar, el pirata subió a la carreta; mas encontrando la cuerda corta
para su cuello, se colocó de un salto sobre su féretro e introdujo así su
cabeza en el nudo corredizo. Luego, al sentir ponerse en movimiento la carreta,
exclamó: Adiós, todos y se dió un aventón hacia adelante. Una vez que los
barcos de las Indias habían pasado al sur de Santa Elena, no corrían grandes
riesgos de tropezar con piratas hasta el momento en que franqueasen el Cabo de
Buena Esperanza; hacían entonces rumbo al Este para evitar otra madriguera de
piratas -la isla de Madagascar-, después de lo cual se hallaban prácticamente
seguros hasta poco menos de cincuenta millas de la Costa Malabar. La expedición
del capitán Woodes Rogers a la Nueva Providencia, en las Bahamas, emprendida en
1718, había hecho desaparecer este famoso nido de piratas. Algunos fueron
ahorcados; el resto, dos mil aproximadamente, se sometió y recibió el perdón
real. Los más endurecidos, sin embargo, huyeron hacia Oriente, estableciendo su
cuartel general en Madagascar, y pronto esta isla se convirtió en una base de
la piratería tan temible como había sido la de las Bahamas. En 1721, los
estragos causados desde allí al comercio británico, especialmente al de la
Compañía de las Indias Orientales, se habían hecho tan alarmantes que el
gobierno inglés acabó por despachar una escuadra con órdenes de desalojar a los
merodeadores. La elección del jefe de esta fuerza difícilmente hubiera podido
resultar más desgraciada. El comodoro Thomas Mathews tenía como cualidad única
el valor personal; en lo demás estaba desprovisto de sentido común y de buenos
modales y carecía por completo de conocimiento del mundo. Aparte de estos
defectos intelectuales, era a la vez feroz y deshonesto. Durante la travesía de
ida, a bordo del Lian, hizo escala en la bahía de San Agustín, en Madagascar,
con el propósito de dar caza a los piratas. Como no los desanidaba a la primera
inspección, en vez de esperar la ayuda que le traían sus otros dos buques, el
Salisbury y el Exeter, Mathews se dirigió hacia Bombay. Antes de partir, confió
a los indígenas un mensaje para el capitán Cockburn, del Salisbury, en el que
le indicaba todos los pormenores del plan de operaciones de la escuadra. Apenas
se hubo alejado, cuando llegaron dos piratas importantes, Taylor y La Bouche,
los cuales leyeron la carta y enviaron en el acto una advertencia a todos los
piratas de Madagascar. Lo primero que hizo Matthews al llegar a Bombay fue
provocar un violento conflicto con el gobernador a propósito de la cuestión de
quién dispararía la primera salva. La soberbia de su actitud ofendió a todos
los funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales, y los duelos entre
sus oficiales y los de la Marina de Bombay se convirtieron en incidentes
cotidianos. Por otra parte, llegaba en un momento sumamente oportuno, puesto
que acababan de prepararse planes para un ataque combinado de los ingleses y
los portugueses contra el gran pirata Angria, en Alibag. El fracaso de esta
campaña, principalmente por culpa de Matthews, hallará una descripción en el
siguiente capítulo. Después de aquel fiasco, Matthews se consagró enteramente
al comercio privado, procurando dejar tranquilos a los piratas. Durante un año
más o menos, navegaba de cabotaje por cuenta suya, combatiendo con todos
cuantos encontraba en su camino; después, decidió regresar a Madagascar y
ocuparse de la misión que le había sido confiada. A su llegada a Carpenter's
Bay, en Mauricia, Matthews encontró un mensaje de los piratas, escrito con
carbón sobre la tumba del capitán Carpenter, y avisándole que estaban cansados
de esperarle y que habían salido para Fort Dauphin. Esta noticia -escribe
Clement Downing- nos hizo partir a toda velocidad hacia aquel puerto, con la
esperanza de dar con ellos; decíase que rebosaban de riquezas, lo cual impartió
vigor y valentía a todos los marinos y grumetes de la escuadra. En Bourbon,
vendieron gran cantidad de arrack, aguardiente de palma que los franceses
pagaban regiamente. A continuación, la escuadra atracó en la isla de Santa
María, sitio en que se refugió el capitán Avery y que fortificó muy
sólidamente, aunque ahora se hallaba en ruinas a causa de la negligencia de los
negros y debido al hecho de que los piratas no le atribuían ya la misma
importancia que antes. No encontraron allí pirata alguno; en cambio, tuvieron
que abrirse paso a través de los restos de barcos mercantes arrojados a la
costa por los filibusteros, y toda la bahía aparecía cubierta con sus
cargamentos. En ciertos lugares, los marinos se hundían hasta la rodilla en
canela, clavo y pimienta. Luego se presentó el monarca local, acompañado por
sus dos hijas. Los altos personajes fueron invitados a bordo. El rey ofreció a
sus dos hijas como obsequio al capitán, pues era costumbre hacer tales regalos
a los pintas, y pensaban que nosotros éramos lo mismo que aquéllos; pero aunque
el capitán rechazó tan amable ofrecimiento, las damas fueron aceptadas por dos
de nuestros oficiales, quienes pagaron caro ese honor, pues a uno le costó la
vida y el otro quedó malamente contagiado. El rey hizo jurar amistad a los
oficiales ingleses. bebiendo a su recíproca salud un vaso de una mezcla de agua
salada y de pólvora de cañón, siendo ésta la ceremonia que les habían enseñado
los piratas. Otro visitante pintoresco que vino a presentarles sus respetos,
era un blanco, un pirata de sangre pura, James Plantain, nacido en Chocolate
Hole, en Jamaica. Llegó armado hasta los dientes, con una guardia de veinte
indígenas. Poseía una vasta propiedad de tierras, y los nativos le llamaban el
rey de Ranter Bay. Matthews recibió de él la interesante información de que el
famoso pirata Taylor se ocultaba en el interior. Lejos de detener a Plantain,
Matthews hizo con él negocios lucrativos de mercancías robadas, vendiéndole
sombreros, medias y arrack, artículos que el rey de Ranter Bay pagó
generosamente con oro y diamantes. Pese a su experiencia en materia de
piratería, John Plantain se reveló como un hombre más honrado que Matthews.
Habiendo pagado ampliamente las mercancías compradas, dejó sus barricas de vino
y de arrack en la playa, al cuidado de algunos hombres. Apenas hubo vuelto la
espalda, cuando Matthews mandó a la costa sus lanchas, se llevó los licores que
le habían sido pagados e incluso robó a algunos de los indígenas que los
guardaban. Después de esta notable proeza, hizo rumbo a Bengala, consolándose
con el pensamiento de que no era uno de esos viles piratas que luego de haber
cometido gran número de maldades, se habían establecido en medio de una tribu
de idólatras para entregarse a toda clase de vicios. Aquel James Plantain,
después de hacer fortuna como pirata, volvió a Madagascar, donde vivía en un
castillo fortificado en compañía de un escocés y un danés. Su historia es contada
con lujo de detalle por Downing; nosotros nos limitaremos aquí a trazar una
silueta de su vida y sus actos. Siendo niño, sus familiares se habían dado
cuenta de que como tenía un temple vagabundo, no soportaba la menor reprensión.
Tal inclinación, junto con su amor al mar, le hizo encontrar rápidamente la
carrera que le convenía. Habiéndose lanzado al oficio de pirata en Rhode
Island, completó su aprendizaje bajo un buen maestro, el capitán John Williams,
del Terrible y partió con él hacia Guinea. Allí se adhirió a otros piratas y se
apoderó de algunas ricas presas. Uno de los buques de rapiña era mandado por el
capitán pirata England, mientras que el famoso Bartholomew Roberts conducía y
gobernaba otro. Sobrevino una querella entre los partidarios de England y los
de Roberts por la cuestión del nuevo campo de operaciones que había que elegir,
y finalmente los dos bandos se separaron. Plantain, a bordo del Fancy, navegó a
Madagascar, donde los piratas fueron recibidos con regocijo por el rey. Después
de permanecer algún tiempo en Madagascar, James Plantain y sus hombres se
dirigieron hacia Johanna. Allí tuvieron la sorpresa de tropezar con dos barcos
de la Compañía de las Indias Orientales, el Cassanára y el Greenwich, mandados
el primero por un tal capitán Macrae y el segundo por el capitán Kirby, que
habían hecho escala en aquel punto para tomar agua. Ambos se encontraban camino
de Bombay, con un cargamento de plata, el envío anual a Bombay y a Surat.
Los dos capitanes de la Compañía decidieron atacar los buques
piratas, pues esperaban recibir una buena recompensa por la captura de dos
piratas tan famosos como England y Taylor. Los mercantes de las Indias cortaron
las amarras y se hicieron a la mar; pero el combate no principió sino hasta la
mañana siguiente, en el momento en que se despejó la brisa. Entonces los
piratas se aproximaron enarbolando en el palo mayor un pabellón negro con una
calavera y dos tibias; en el palo de trinquete, una bandera roja, y en el asta,
la cruz de San Jorge. Macrae abrió el fuego, pero con gran sorpresa e
indignación, su compañero, el Greenwich, huyó, abandonándole a su suerte. Por
excelentes que fuesen el b3arco y la tripulación de Macrae, las condiciones de
la lucha les eran demasiado desfavorables. Después de un furioso cañoneo de
tres horas, el capitán vió que su única posibilidad de salvación consistía en
varar; aunque, de asistirle Kirby, hubiera sido fácil derrotar y capturar a los
dos piratas. Ya había a bordo del Cassandra trece muertos y veinticuatro
heridos; entre estos últimos figuraba el valeroso capitán. Encallado el barco,
los marinos que sabían nadar lograron llegar a la playa; pero algunos cuyas
heridas impidieron que saltasen al agua, murieron degollados por los piratas.
Macrae y los demás sobrevivientes huyeron al interior, donde fueron acogidos
con simpatía por los indígenas, los cuales se negaron a entregarlos. Al cabo de
algunos días, la furia de los piratas se calmó, sin duda por la razón principal
de que acababan de capturar un velero muy rápido que llevaba a bordo setenta y
cinco mil libras en plata. Invitaron, pues, a Macrae a celebrar con ellos una
entrevista amigable. A su llegada, el capitán fue recibido cordialmente por
England y la mayoría de los piratas, aunque un grupo encabezado por el
sanguinario Taylor había optado por matarle. De pronto se produjo una violenta
disputa entre uno y otro bando, en el curso de la cual intervino inopinadamente
un pirata de aspecto feroz, con bigote impresionante y pierna de palo, todo
armado de pistolas, así como el hombre del Almanaque lo estaba de flechas. Ese
matamoros tomó la palabra en medio de un desbordamiento de blasfemias,
insistiendo en que se perdonara la vida a Macrae; luego, estrechándole la mano,
juró hacer trizas al primero que le tocase, pues Macrae, así sostuvo
enfáticamente, era un buen muchacho y él se atrevía a afirmarlo, porque había
navegado bajo sus órdenes en otro tiempo. Después de torrentes de palabras y
más aún de ponche, se convino, con gran ira de Taylor, en entregar el Fancy a
Macrae y en dejar que se fuera. Al cabo de cuarenta y ocho días de horribles
sufrimientos, casi desnudos y medio muertos de hambre, Macrae y sus hombres
llegaron a Bombay. Mientras tanto, los piratas se habían dirigido hacia la
Costa Malabar. Allí capturaron varios grandes navíos portugueses y moros, con
los que volvieron a Madagascar. Fue entonces cuando les trajeron la carta
dejada en tierra por Matthews y al tomar conocimiento de su contenido,
estimaron prudente ir a ocultarse por algún tiempo. James Plantain, ahora un
hombre rico, decidió retirarse. Se construyó un fortín, al amparo del cual se
proclamó rey de Ranter Bay. Fue muy querido de sus súbditos negros que
compusieron y cantaron canciones en su loor. Tenía un pequeño ejército de
soldados indígenas, con el que gustaba de emprender incursiones sobre los
rebaños de los reyes vecinos. Plantain era dueño de varias esposas a las que
mantenía en extrema sumisión. Haciendo honor a la costumbre inglesa, les había
bautizado: Moll, Kate, Sue y Pego. Sus mujeres llevaban suntuosos vestidos de
seda y algunas lucían collares de diamantes. A pesar de todo y no obstante su
serrallo, el rey de Ranters Bay codició a la nieta del rey de Messealage,
potentado indígena de tierras vecinas. La princesa tenía sangre blanca en las
venas; decíase que era la hija de un pirata inglés, y se llamaba Eleanora
Brown, del apellido de su padre. Tenía modales agradables y hablaba un poco el
ingles. Downing, que conoció tanto a Eleanora como a Plantain, relata que este
último, deseoso de poseer una mujer de origen inglés, mahdó pedir su mano al
rey de Messealage (llamado por los piratas Long Dick o King Dick). King Dick
rechazó brutalmente la petición, de suerte que el ultrajado Plantain inició una
encarnizada guerra contra el abuelo de la beldad; guerra que terminó con una
victoria del ex-pirata y torturas espantosas para los prisioneros blancos
ayudantes del vencido. Mas le esperaba una decepción, pues la dama por cuyos
hermosos ojos había sido desencadenada la guerra, resultó ser la hija de uno de
los ingleses asesinados por Plantain. Al enterarse de este infortunio, Plantain
se puso tan furioso que hizo ejecutar a King Dick en la misma forma atroz en
que había dado muerte a los ingleses y holandeses sus víctimas. Saqueados y
quemados los dominios del difunto rey, Plantain regresó a Ranter Bay llevando
consigo la susodicha dama, no obstante que tenía un bebé, y mostrándose muy
enamorado de ella. Parece que Eleanora Brown era muy superior en cuanto a su
instrucción a las demás mujeres de piratas de Madagascar, pues su llorado papá
le había enseñado el Credo, el Padrenuestro, y los diez mandamientos, dándole
algunas nociones de la fe cristiana, conocimientos, todos, que han debido ser
de gran confortación para James Plantain. Llegado a su fortaleza, celebró una
espléndida fiesta, y confió después a Eleanora todos los asuntos domésticos,
alejando del gobierno de la casa a sus otras mujeres. Recibimos una idea
encantadora de la intimidad del matrimonio Plantain al leer que la reina de
Ranter Bay acostumbraba a hablarle de religión, a hacerle preguntas sobre Dios
y a decir sus rezos en la mañana y en la noche; por esta razón a Plantain le
gustaba decir que tenía por mujer una monja, lo cual no impedía que la
escuchase con aire de aprobación. Ese esposo acomodaticio adornó a su mujer con
las joyas más ricas y con los más bellos diamantes que poseía y la regaló con
veinte jóvenes esclavas. Empero fue preciso hacer frente a deberes más serios.
Y es que el rey de Ranter Bay aspiraba a ser rey de toda Madagascar y en efecto
lo fue después de numerosas guerras devastadoras y sangrientas. Concebimos
fácilmente que diera una serie de suntuosas fiestas a las que invitó a todos
los holandeses, franceses e ingleses de la isla. Entre los huéspedes figuraba
el capitán England, que en aquel entonces estaba muy debilitado y que después
no vivió más que un mes; cuéntase que su muerte fue consecuencia de los vivos
remordimientos que su mala vida había cargado en su conciencia; pero nuestro
historiador se apresura a añaditr que tal cosa se encuentra raramente en
hombres de su especie. El nuevo rey de Madagascar parece que se hartó pronto de
su realeza, en tal grado que decidió abandonar sus territorios, deseoso, según
se pretende, de permitir a sus súbditos gozar tranquilamente de sus bienes.
Pero la verdad es que Plantain olfateó los síntomas precursores de una
sublevación de la población indígena. Después de haber terminado la
construcción de una corbeta, partió en compañía de una de sus esposas, la fiel
Nelly, hacia la costa Malabar. Allí, la pareja fue acogida con alegría por
Angria quien al enterarse de las grandezas de la vida de Plantain y de sus
virtudes de guerrero, le hospedó magníficamente. Esta noticia es la última que
tenemos de aquel extraño personaje. ¿Moriría de alguna enfermedad, de excesos
alcohólicos, de heridas recibidas al servicio de Angria, o terminaría sus días
en Chocolate Role? Nadie lo sabrá jamás.
CAPÍTULO II LOS
PIRATAS DE MALABAR
El litoral oeste de India, desde Bombay hasta Cochin, conocido
entre los marinos bajo el nombre de la Costa Malabar, vió a fines del siglo
XVII el advenimiento de una dinastía de piratas que adquirieron con el tiempo
una especie de monopolio en ese género de negocios y que se hicieron tan
poderosos que durante sesenta años una fuerza tal como la Compañía de las
Indias Orientales, ayudada además, aunque de manera intermitente, por la Marina
Real, se mostró incapaz de reducirlos. El gobierno de la federación se conservó
siempre en manos de la familia Angria, clan de origen mahrata, pero cuyos
agentes no eran todos hindúes. Los peores entre ellos eran europeos, sobre todo
ingleses, atraídos hacia el Mar Rojo y el Océano Indico por los relatos sobre
las fabulosas riquezas capturadas por Avery. El primero de la familia Angria
que ejerció un mando reconocido fue Kanhoji o Conadji que aparece hacia 1698
como almirante de la flota mahrata. Poco a poco, Kanhoji se hizo independiente
de los señores de Punat patrones, convirtiéndose en amo de la costa en una
extensión de trescientas millas al sur de Bombay. A todo lo largo de esta
costa, Kanhoji construyó una serie de fortalezas, las principales en Alibag,
Seeverndrug, y Vijaydrug, y de estas plazas salía con el poderío de un
verdadero rey de los piratas a guerrear contra todo el tráfico marítimo, pero
de manera especial contra la Compañía de las Indias Orientales. Llegó un
momento en que la jefatura de la Compañía, tan lenta en perder la paciencia
como en obrar, se vió obligada a informar a Kanhoji que sus actos de piratería
contra los mercantes ingleses ya no podrían continuar sin represalias. El
potentado se limitó a contestar que proporcionaría a los británicos una
oportunidad de recordar el nombre de Kanhoji Angria, y realizó su amenaza con
tanto esmero que en 1704 le enviaron un emisario especial para advertirle que
no era posible permitirle visitar los barcos en aguas de Bombay, a lo cual
respondió por un desafío, diciendo que había procurado grandes beneficios a los
ingleses, quienes, por su parte, no cumplían con sus promesas; y que en
adelante se apoderaría de sus navíos donde quiera que los encontrase. La
Compañía se quejó entonces ante sus directores en la metrópoli, con el solo
resultado que Kanhoji acabó por capturar regularmente los barcos europeos,
menos los más grandes y que, de hecho, apresó Ua todo lo largo de la costa,
desde Surat a Debul ... todos los mercantes particulares que cruzasen su
camino. A los pocos años, Kanhoji se adueñó de una isla situada frente a
Bombay, y la fortificó con tal éxito que con su flota de buques poderosamente
armados, algunos de los cuales llevaban hasta sesenta cañones y cuyos
comandantes eran, en su mayor parte, marinos europeos experimentados, se
convirtió en una grave amenaza para la ciudad. Las defensas de Bombay eran de
las más primitivas. Cada vez que los directores de la Compañía ordenaban poner
en pie fortificaciones, el Consejo de Bombay se excusaba, observando: Sabemos
que es cosa natural en los ingenieros construir objetos de curiosidad que
cuestan muy caro, y se contentaba con algunas torres circulares a lo largo de
la costa. Los piratas se veían libres de detener a su gusto cualquier barco que
entraba o salía. La asustada Compañía envió a título de represalias una
poderosa flota de veinte galeotas. El resultado aparece en una lacónica mención
del informe oficial sobre aquella expedición: 9 de Junio. Retiré al puerto
nuestras galeotas, después de haber perdido cincuenta hombres a causa de la
incompetencia de nuestro jefe, y destruído una de las plazas de Angria. Sin
embargo, cuando nos damos cuenta de la chusma que formaba el grueso de los
oficiales y soldados de la Compañía, y de lo mal pagados e indisciplinados que
eran, no podemos menos de extrañarnos que lograsen ganar victorias. La
mediocridad de los directores es increíble. Estos hombres publicaron en cierta
ocasión una orden que prohibía el uso de pólvora de cañón para ejercicios,
admitiendo una sola excepción, a saber, que de cuando en cuando parecía necesario
acostumbrar a los hombres al tiro para evitar que encontrándose en combate, se
asustasen del ruido y rebote de sus armas. En 1715, sin embargo, se nombró en
Bombay un nuevo gobernador, Charles Boone, hombre de temple harto distinto del
de sus débiles y venales predecesores, guiados principalmente por la
preocupación de enriquecerse. Su primer acto fue la construcción de una muralla
en torno al establecimiento. Después, hizo construir buques de guerra, pero
tropezó con grandes dificultades para equiparlos, pues la Compañía pagaba a sus
marinos sueldos tan míseros que los mejores ,preferían trabajar al servicio de
Angria. Ello no obstante, Boone tuvo a poco tiempo a su disposición una
magnífica armada de diecinueve fragatas, balandras, quetches y galeras de remo,
con la que no habría tardado en suprimir la piratería de no interponerse la
incompetencia e indisciplina de sus subordinados. Cuando Matthews llegó a
Bombay en 1721, procedente de Madagascar, el comodoro comprobó que Boone ya
había organizado una fuerte coalición con los portugueses, lista para atacar
mancomunadamente al azote de Malabar. Pero el carácter de Matthews imtó al
comandante de los portugueses, los cuales luego se mostraron vacilantes,
retirándose tras los primeros cañonazos cambiados en el ataque contra Colaba,
una de las plazas fuertes de Angria, y la expedición terminó lamentablemente
con disputas sobre el responsable de aquella derrota. Matthews golpeó al jefe
portugués en plena cara con su bastón, incidente que deshizo inmediatamente la
alianza. Aquella expedición había de ser el coronamiento de los actos del
gobierno de Boone, que se retiró decepcionado. Sin embargo, logró infligir
tanto a los piratas de Malabar como a los del Mar Rojo más daño que ninguno de
sus predecesores, no obstante las dificultades amontonadas en su camino por
consejeros intrigantes y tenientes indisciplinados. El 9 de enero, Boone se
embarcó para Inglaterra. Al navegar a lo largo de la costa, sus tres buques
fueron agredidos por la escuadra de Angria, pero ésta huyó derrotada. Cerca de
Andjediva, el ex-gobernador asestó su último golpe, sorprendiendo a los piratas
a punto de saquear un mercante. Boone salvó el barco y capturó una de las
piraguas enemigas. Kanhoji Angria murió en 1729, dejando a sus cinco hijos la calamidad
de disputarse sus riquezas. Los portugueses se aliaron sucesivamente a uno de
los hermanos y luego a otro; pero al obrar así, empedraron el camino de su
propia decadencia en la costa occidental de la India, descuidando precisamente
a aquel de los hermanos que prevaleció: Tuladji. Este acabó por afianzar en sus
manos la sucesión de su padre, y durante el mayor parte del resto del siglo
XVIII, cuando comenzó a declinar el poderío de los holandeses y los franceses,
entre él y los ingleses se entabló la lucha por el dominio de las aguas indias.
Las querellas intestinas de los mahratas aseguraron a la Compañía de las Indias
una tregua de veinte años; intervalo que aprovechó construyendo y equipando
buques de guerra y habilitándolos para sostener combates serios. Por varias
veces, al verse atacados, estos buques pasaron a la ofensiva, hundiendo los
grabs piratas al terminar el encuentro. Pero la elevación de Tuladji Angri
resucitó la vieja amenaza con toda su fuerza. El primer hecho del nuevo jefe
fue una embestida contra toda una flota inglesa protegida por una escolta, y la
captura de cinco veleros ante los cañones de dos cruceros. En 1749, Tuladji se
apoderó del Restoration, el mejor barco del servicio de Bombay, tras un combate
que se prolongó desde el mediodía hasta la noche y que hace poco honor a los
artilleros y a la disciplina de aquel buque inglés. Tuladji reinó entonces como
soberano incontestado arriba y abajo de la costa, y todo el tráfico habría
quedado suspendido sin la ayuda de cuatro buques de guerra enviados de Madras
para proteger Bombay. Y aun así, los rápidos veleros de Angria perseguían a
menudo durante días enteros los barcos que navegaban con escolta, acechando
como una manada de lobos el momento de saltar sobre los rezagados. No fue sino
cuando la Compañía hubo comprendido lo importante que era tener buques
destinados exclusivamente al combate, en vez de organizados con la doble tarea
de combatir y de llevar cargamentos, cuando se obtuvo cierto grado de
seguridad. Los ingleses no eran, sin embargo, las únicas víctimas de los
piratas de Malabar. También los portugueses y los holandeses perdían todos los
años un número creciente de sus mercantes; los holandeses sufrieron su pérdida
más desastrosa en 1754, año en que uno de sus navíos cargado de municiones cayó
en manos del enemigo, en tanto que otros dos hicieron explosión después de un
furioso combate, en el curso del cual Tuladji vió echados a pique dos grandes
piraguas y muertos gran número de sus hombres. A medida que se extendía el poderío
de los británicos, abarcando toda la India como consecuencia de la derrota de
los franceses, muchos piratas de los menos importantes, se sentían felices de
poder llegar a un entendimiento con el gobierno de Bombay. Hasta el altivo
Tuladji envió un emisario para proponer la paz. Las condiciones que ofrecía,
ciertamente habrían sido aceptadas en vida de su padre; pero en el intervalo
transcurrido desde aquella época, la posición del Consejo de Bombay se había
fortalecido de una manera harto notable. Así es que la proposición de Tuladji
de introducir un sistema de salvoconductos para los barcos de la Compañía,
recibió la respuesta: ¿Se imagina usted que los ingleses se someterán jamás a
recibir salvoconductos de una nación de la India? No podemos aceptar tal cosa.
Nosotros concedemos salvoconductos, pero no los recibimos de nadie. Se firmó
entonces un pacto entre el Consejo y los Mahratas disidentes, con espíritu de
atacar a Tuladji por tierra y por mar. La fuerza naval combatiiría bajo el
mando del comodoro William James, quien, desde su llegada en 1751, había
prestado buenos servicios contra los piratas de Malabar e iba a ganarse una
gloria perenne. El 22 de marzo de 1755, el comodoro James se hizo a la mar a
bordo del Providence, crucero de cuarenta cañones, acompañado por el Swallow,
de dieciséis cañones, por el quetche lanzabombas Viper, y por una balandra, el
Triumph. Al cabo de un viaje de dos días, la escuadra se unió a la flota aliada
compuesta de cerca de cincuenta embarcaciones grandes y pequeñas. El día 29, la
armada llegó a la vista de Severndrug, fortaleza principal de Tuladji, en el
momento en que la flota pirata salía del puerto. Inmediatamente, se izó la
señal de caza, pero los barcos mahratas, que resultaban ser andadores más
lentos que los de James se quedaron atrás y a la caída de la noche sus aliados
aparecían apenas visibles en el horizonte.
Los partidarios de Angria estaban lejos de desear combate, aun
con la reducida escuadra de James, y se les veía tender hasta sus turbantes y
demás ropaje con objeto de aumentar el velamen. Todo el día siguiente
continuaba la caza. El Providence se aventajaba cada vez más al resto de la
escuadra, en tanto que la flota mahrata había desaparecido desde hacía mucho
del horizonte. Dándose cuenta entonces de que la persecución era inútil, el
comodoro cambió de rumbo y volvió a Sevemdrug. La ciudad, sita dentro de una
rocosa ensenada en el extremo de una península, era defendida por la Fortaleza
de Oro, bastida cuyas murallas tenían cincuenta pies de alto. A barlovento se
hallaba otro fuerte poderoso, armado de cuarenta y cinco cañones, y hacia el
sur se alzaban dos baluartes de menor importancia. James vió en seguida que la
reducción de estas fortificaciones por las tropas mahratas representaba un
esfuerzo de varios meses, aun cuando estuviese en condiciones de cerrar el paso
a todo los refuerzos por mar, cosa que el monzón no le permitía. Así que
resolvió, contrariamente a las órdenes del Consejo, tomar el asunto en sus
manos. Había pasado por una buena escuela y sabía que para oponer con éxito un
buque a un fuerte, precisaba aproximarse a éste lo más posible y dominarlo por
el peso del metal. Después de haber practicado las sondas necesarias, se
acercó, el 21 de abril; a cuatro brazas de agua, teniendo a sus lados el Viper
yel Triumph, y bombardeó la fortaleza de Severndrug. La flota mahrata no apoyó
su acción, de suerte que el Swallow se encargó de guardar la entrada
meridional. El cañoneo continuó durante todo el día, hasta el momento en que
una fuerte marejada impuso, a la caída de la noche, el cese del fuego. El
fuerte contestó vivamente, pero sin causar muchas averías, mientras que la
flota mahrata se mantenía fuera del alcance de las balas, observando una
actitud de mera espectadora. Durante la noche, se presentó un desertor de la
fortaleza, trayendo la noticia de que el gobernador había sido matado y que los
estragos causados por el cañoneo eran grandes. Supieron también que no se podía
hacer ninguna brecha en el punto sobre el cua! se dirigía el tiro del
Providence por estar tallada aquella pared en roca maciza. En la mañana, el
Providence se hizo a la mar, y James dispuso sus fuerzas entre Severndrug y
Gova, embistiendo Severndrug tan de cerca que el fuego de los hombres apostados
en las cofas, sumado al tiro de dos o tres cañones del puente superior, impidió
toda respuesta a los artilleros de la fortaleza. Con sus piezas de batería del
bordo opuesto, James cañoneaba los otros fuertes, los cuales eran
simultáneamente objeto de la atención del Viper y el Triumph. Difícil sería
encontrar otro ejemplo de una acción en que sólo un buque de línea y dos
queches lanzabombas, hayan atacado con éxito cuatro fuertes al mismo tiempo;
fuertes cuya artillería era, además, numéricamente muy superior a la de los
atacantes. Pero las disposiciones tomadas por James habían sido tan juiciosas
que la operación se llevó a buen término sin averías ni bajas. Poco después de
las doce, explotó el polvorín de Severndrug; el incendio se propagó, y pronto
se vió una corriente de hombres, mujeres y niños que se precipitaban hacia sus
embarcaciones para salvarse en tierra firme. Muchos de ellos fueron
interceptados en el camino y llevados a bordo del Swallow y de las galeotas
mahratas. El cañoneo de los fuertes de tierra continuó hasta la noche y fue
reanudado la mañana siguiente. Hasta las diez, los tres bastiones arriaron la
bandera. Así, pues, en cuarenta y ocho horas, James había reducido por su
vigorosa acción aquella fortaleza de Angria, sólo inferior en cuanto a su
poderío de defensa, a la de Gheriah, y eso sin perder un solo hombre. En el
jardín público de Woolwich se levanta un alto monumento, la llamada Torre de
Severndrug, erigido por la viuda del comodoro James en memoria de los hechos de
su ilustre esposo. Esta tierra grandiosa visible desde lejos, Evoca el
historial de los valientes y la demolición del poderío de Angria, Devastador en
aguas de Oriente. Alentado por la asombrosa victoria de Severndrug, el Consejo
de Bombay decidió emprender una tentativa análoga contra una fortaleza aun más
poderosa» la de Gheriah. El 11 de febrero de 1756, los ingleses reunieron en
aguas de Gheriah la fuerza naval más formidable que jamás había salido de
Bombay. Al lado de la flota de la Compañía dieciocho barcos bajo el mando del
comodoro James- veíase una escuadra de seis buques de guerra, capitaneada por
el contralmirante Watson, cuatro de cuyas unidades eran cruceros de línea. Esta
armada transportaba un cuerpo expedicionario terrestre de ochocientos europeos
y de seiscientos soldados indígenas bajo las órdenes del inmortal Robert Clive.
Algunas de las instrucciones del Consejo a los comandantes de la tropa y la
flota, merecen ser recordadas. He aquí lo que dicen: Parece probable que
Tuladji Angria se muestre dispuesto a capitular, y es posible que ofrezca una
suma de dinero; pero no debéis olvidar que ese individuo no puede ser tratado
al igual que cualquier príncipe del mundo conocido, porque es un pirata indigno
de confianza, pues capturó, quemó y destruyó no solamente barcos de todas las
naciones europeas, sino también los pertenecientes a indígenas a pesar de ir
provistos de salvoconductos de su propia mano, por los que cobraba todos los
años sumas importantes. Caso que ofreciese dinero, éste debería considerarse
tan sólo como indemnización de los numerosos y ricos buques que nos robó (y que
no podemos encontrar aquí), sin hablar de las innumerables embarcaciones
pequeñas. Ante todo, el Consejo deseaba apoderarse de Tuladji muerto o vivo,
pues mientras viviese y gozara de libertad, continuaría cometiendo agresiones.
Al llegar a Gheriah, los británicos hallaron el ejército de sus aliados mahratas
acampado frente a la plaza, y un mensajero vino a informarles que con un poco
de paciencia verían rendirse la fortaleza sin disparar un tiro; pues, Tuladji
había bajado al campamento, pronto a abrir negociaciones. Tal no era la
intención de los ingleses: sabían que los mahratas sólo se interesaban por el
botín y que habrían de repartirlo si el fuerte se entregase sin luchar,
mientras que correspondería a los ingleses victoriosamente si la rendición era
precedida por un asalto. A despecho del ofrecimiento de enviar parlamentarios,
el almirante Watson se negó a negociar e invitó a los defensores de la
fortaleza a rendirse sin condiciones. A la una y media de la tarde llegó la
respuesta negativa, y la flota recibió entonces órdenes de forzar la entrada al
puerto, cerrada por los grabs de Tuladji. Entre los cincuenta y ocho buques de
guerra del pirata se encontraba el Restoration, capturado hacía seis años. La
flota inglesa soltó un bombardeo terrible; las balas caían tan densas sobre el
fuerte, que los piratas no podían cargar sus cañones. En el trascurso de
aquella tarde de febrero, más de un cruel ultraje fue expiado bajo la granizada
de hierro. Al cabo de dos horas de fuego una bala incendió el Restoration; el
incendio se propagó a los grabs, y algunos instantes después, la flota de
Angria, durante medio siglo el terror de la costa, no era más que una hoguera.
A la caída del día, Clive desembarcó a la cabeza de sus tropas y tomó posición
a milla y media del fuerte, donde se le unieron los mahratas. Durante, toda la
noche, los queches lanzabombas continuaron su obra de muerte; pero la fortaleza
todavía no flaqueaba. La flota pirata, convertida en antorcha, comunicó el
fuego a los bazares y almacenes, suministrando a los cañoneros ingleses un
alumbramiento perfecto. A primeras horas de la mañana, el almirante Watson
despachó al fuerte otro parlamento; mas los defensores persistieron en su
negativa de rendirse. Consiguientemente, los buques de línea entraron de nuevo
en el puerto, reanudando el bombardeo, mientras Clive atacaba desde tierra. A
las cuatro de la tarde se produjo en el fuerte una violenta explosión.
Inmediatamente después se levantó la bandera blanca. Un oficial inglés se
trasladó a tierra, pero Tuladji persistió en su renuencia a entregarse sin condición.
Una vez más se abrió el fuego, y veinte minutos más tarde el pabellón pirata
quedaba arriado definitivamente. Hallaron en la fortaleza cantidades de oro,
plata y piedras preciosas por valor de ciento treinta mil libras. El tesoro fue
repartido entre las fuerzas terrestres y navales, con gran pena de los mahratos
quienes aunque nada habían hecho por merecérselo, creían su deber reclamar una
parte del botín. Tuladji mismo se rindió a ellos y no a los ingleses, y
permaneció prisionero en sus manos por el resto de sus días, de suerte que ya
no tuvo ocasión alguna de perjudicar a los marinos indígenas, ni a los
extranjeros. Su caída y la toma de Gheriah pusieron prácticamente fin al reino
de los piratas de Malabar.
CAPÍTULO III LA COSTA
DE LOS PIRATAS
La costa de Arabia confina hacia el Este con la extensa
península de Omán. Al Norte la limita el Golfo Pérsico al que se entra desde el
Mar Rojo por el angosto paso de Ormuz. El navegante, al acercarse a este
estrecho por el lado del Golfo de Omán, advierte a su izquierda una ribera baja
y recortada, conocida entre los marinos desde hace siglos bajo el nombre de la
Costa de los Piratas. Aquellos parajes fueron probablemente la cuna de la
navegación y, consecuencia muy natural, de la piratería. Gracias a su posición
geográfica, llegaron a ser el primer eslabón de las relaciones comerciales
entlre Oriente y Occidente. Cuando comenzó el transporte de mercancías desde el
Este hacia el Oeste, fueron los árabes de Omán quienes las encaminaron desde
las Indias hasta Arabia. Este tráfico ya se halla mencionado en las
inscripciones descubiertas en los monumentos de Nínive, de Babilonia y de
Egipto, indicación que nos hace situar los primeros fletes marítimos en las
proximidades del año 5000 antes de Jesucristo. Los árabes de aquella costa,
primitivamente pescadores, condujeron con el tiempo sus pequeñas embarcaciones
de remo o de vela cada vez más lejos, manteniéndose en un principio junto a las
riberas patrias. A medida que llegaban a ser más expertos en la construcción
naval y en la navegación, los ribereños se aventuraron mar adentro y finalmente
alargaron sus travesías hasta tierras lejanas. Durante el siglo IX, los árabes
de Mascota comerciaban con ciudades chinas tales como Cantón, fundando
establecimientos comerciales en países aun más alejados: Siam, Java, Sumatra.
Traían al Golfo Pérsico especias, incienso, sedas y gran número de otras
rarezas de Extremo Oriente, y eran ellos quienes abastecían a los egipcios de
mirra e ingredientes necesarios para embalsamar a sus muertos. Las mercancías
procedentes de las Indias se trasbordaban en Omani, y después remontaban el
Golfo Pérsico y el Eufrates hasta Babilonia. Desde allí pasaban en caravanas a
través del desierto hacia el Mediterráneo. La última etapa del transporte y el
comercio estaba en manos de los fenicios, los cuales, aunque figuraban entre
los primeros navegadores, han sido precedidos por los árabes en varios miles de
años. No fue sino mucho más tarde, tal vez cosa de quinientos años antes de
nuestra era cuando el Mar Rojo comenzó a entrar en seria competencia con el
Golfo Pérsico en cuanto ruta para el flete de productos del Oriente a Europa.
Hubo en la Costa de los Piratas diversas tribus entregadas a la navegación
oceánica; pero la más poderosa entre ellas y la que desempeñaría el papel más
importante en la piratería, fue la tribu de los joasmees, de la que los
europeos no, tuvieron conocimiento hasta que los mercantes portugueses
principiaron a penetrar en el Golfo Pérsico por el estrecho de Ormuz,
acontecimiento que se produjo en el siglo XVI. No había nada extraordinario en
que aquella costa, dentellada de un extremo a otro, rica en lagunas y
arrecifes, y poblada, además, por una raza de fuertes instintos rapaces,
llegase a ser un nido de ladrones del mar, tan pronto como hubiese barcos
extranjeros que robar. La capital de los joasmees era Ras-al-Khyma que continuó
siendo hasta épocas muy avanzadas del siglo XIX uno de los últimos centros del
comercio de esclavos. Las actividades de los joasmees pasaron por vez primera
del cuadro local en diciembre de 1778. Fue entonces cuando seis de sus dhows
atacaron en el Golfo Pérsico un barco inglés que llevaba despachos oficiales y
tras un combate de tres días lo capturaron y lo condujeron a Ras-al-Khyma.
Alentados por tal éxito, reanudaron sus proezas al año siguiente, haciéndose de
otros dos navíos británicos. En octubre de 1797, los joasmees manifestaron su
desprecio hacia los europeos, acometiendo por sorpresa, no un inerme mercante,
sino un crucero inglés el Viper, que fondeaba en el puerto de Buchir. El buque
de guerra acababa de anclar en medio de una flota de dhows joasmees, cuando el
almirante de esta última se presentó ante el agente de la Compañía de las
Indias Orientales en aquella ciudad y después de muchas protestas de amistad
pidió que le abasteciera con pólvora y proyectiles. Demostrando una estupidez
increíble, el agente dió órdenes al capitán Carruthers del Viper de entregarle
los pertrechos. No bien había sido trasbordada la pólvora a los dhows, cuando
los joasmees la metieron en sus cañones y batieron el fuego sobre el crucero
inglés. La tripulación del Viper se encontraba en este momento en la batería,
desayunando; pero gracias a la rapidez con que los marinos saltaron al puente,
se logró cortar a tiempo las amarras, permitiendo así al barco maniobrar. Hubo
un furioso combate; uno de los primeros heridos fue el capitán Carruthers que
recibió una bala en los riñones, pero apiCetando un pañuelo al talle, el
capitán permaneció en el puente hasta el momento en que otro proyectil le
atravesó la frente, derribándole. Un cadete, Salter, asumió entonces el mando y
al fin ahuyentó a los dhows. De su dotación el Viper perdió treinta y dos
hombres entre muertos y heridos, lo cual demuestra con qué heroísmo y perseverancia
se había batido el buque y cuán cerca se había hallado de caer en manos de los
árabes. Hecho característico: el gobierno de Bombay no emprendió ninguna
investigación sobre aquel acto de felonía, ni tomó medida alguna para castigar
a los piratas. De haber dado apoyo a los héroes del Viper, habría podido acabar
en un santiamén con los corsarios joasmees, puesto que la ruda lección
administrada a los árabes en Bushir tuvo por sí sola un efecto saludable que
operó durante algunos años. Pero la indiferencia de la Compañía y la falta de
represalias hicieron que se olvidara aquella lección, siendo causa de la
pérdida de muchos valiosos barcos y de gran número de vidas humanas. El período
de tranquilidad no duró más que siete años. El rey de Omán era un soberano
enérgico, que se opuso a los actos de piratería de las indisciplinadas tribus
ribereñas mostrando más celo que el mismo gobierno inglés de Bombay. Pero en
1804, el monarca, descendiendo el golfo durante una expedición marítima, se
trasladó a una pequeña embarcación árabe con la intención de bajar a tierra en
Basidora, a tiempo que sus buques proseguían su camino con reducida velocidad.
De pronto, al aproximarse el rey a la playa; tres dhows joasmees saltaron de
una ensenada y le atacaron, matándole a él y a tres personas de su séquito en
el primer asalto y huyendo antes de que la flota de Mascata tuviese tiempo de
acudir en ayuda de su soberano. La muerte del sultán marcó la desaparición del
orden y la seguridad en el golfo, y los joasmees, desenfrenados de nuevo, se
hicieron más audaces que nunca. Hubo toda una serie de ataques y las
destrucciónes de mercantes ingleses se multiplicaron, hasta que el capitán
David Seton, residente británico de Mascata, persuadió al gobierno indígena
para que enviara una expedición punitiva contra los joasmees. El capitán Seton
condujo en persona la flota árabe, la cual bloqueó a los piratas atrincherados
en la isla de Kishl, y así les obligó a entregarse. Tras prolongadas
negociaciones entre Bombay y los joasmees, se firmó en 1806 un tratado que
comprometía a los piratas a respetar el comercio británico a cambio de un
permiso de comerciar con los puertos ingleses entre Surat y Bengala. La
futilidad de tamaño pacto no tardó en ponerse en evidencia cuando un barco de
la Compañía se vió agredido por cuatro dhows piratas. Tres de los veleros
fueron echados a pique y sus tripulantes hechos prisioneros y transportados a
Bombay. Allí, los piratas, aunque declarados culpables, fueron puestos en
libertad, sin que nadie pudiera explicarse el por qué. La respuesta de los
joasmees a la increíble debilidad del gobierno de Bombay fue la captura
inmediata de veinte embarcaciones indígenas. Llevados al golfo, estos navíos
sirvieron ulteriormente a reforzar una flota de cincuenta dhows, destinada a
una nueva operación sobre la costa de la India. Para entonces, los piratas se
habían librado por completo de su terror ante los buques de guerra de la
Compañía, y ya no reparaban en modo alguno en atacarlos deliberadamente. De
cuando en cuando, se vieron rechazados. Así, en abril de 1808, los joasmees
intentaron tomar al abordaje el Fury, de seis cañones, mandado por el teniente
Gowan. El reducido tamaño del barco los había inducido a creer que sería una
presa fácil; pero el Fury se mostró a la altura de su nombre, ahuyentando a los
atacantes pese a condiciones de aplastante inferioridad. Podría suponerse,
después de tal proeza, que el teniente Gowan y su valerosa tripulación fueron
recpmpensados por el gobierno. Sucedió todo lo contrario: a su regreso a
Bombay, el comandante fue objeto de una severa censura. El resultado de esta
política era harto evidente. Aquel mismo año, el Sylph, una velero de setenta y
ocho toneladas, navegaba hacia Bushir con dos cruceros que escoltaban a sir H.
I. Brydges hacia su nuevo puesto de embajador en Persia. Al quedar rezagado de
los otros buques de guerra, el Sylph vió acercarse a él varios dhows indígenas;
mas el comandante, teniente Graham, ateniéndose estrictamente a las órdenes del
gobierno de Bombay, se abstuvo de disparar hasta que las embarcaciones árabes
le hubiesen estrechado. Entonces, cuando ya era demasiado tarde para actuar,
los dhows lanzaron una lluvia de proyectiles y sin experimentar grandes
dificultades se apoderaron del Sylph, que no había podido disparar un solo
cañonazo. Como de costumbre, los joasmees asesinaron a los veintidós hombres de
la tripulación, cortándoles el cuello sobre el baorandal en nombre de Alá. El
teniente Graham se salvó, gracias al hecho de que, gravemente herido en la
refriega general del abordaje, y habiendo caído en la escotilla de proa, se
había arrastrado hacia un pañol, donde permaneció escondido durante toda la
lucha. Los piratas partieron triunfalmente hacia Ras-al-Khyma, pero fueron
sorprendidos en camino por la fragata Nereída, que rescató a Graham y su barco.
Fue igualmente en el año 1808 cuando se produjo el más inesperado y conmovedor
de todos los incidentes que ocurrieron jamás entre ingleses y joasmees. El
bergantín Fly, de catorce cañones, al servicio de la Compañía de las Indias
Orientales y mandado por el teniente Mainwaring, fue apresado frente a Kais por
un famoso corsarió francés, el capitán Lememe, del Fortune. Antes de que el
enemigo se lanzara al abordaje, el oficial inglés tiró al mar sus despachos y
el tesoro; también le quedó tiempo para marcar en el mapa el lugar, caso que se
presentara la ocasión de ir en busca de ellos. Mainwaring y dos de sus
oficiales y la tripulación, desembarcados en Bushir, recuperaron su libertad.
Los oficiales que se hallaban en Bushir, sabiendo la gran importancia de aquel
correo de Inglaterra, compraron por su cuenta un dhow indígena, lo equiparon y
se hicieron a la mar rumbo a Bombay, cruzando a lo largo del golfo. En Kais,
los oficiales se detuvieron y tras grandes dificultades lograron pescar el
correo, después de lo cual se pusieron de nuevo en camino. Pero al llegar cerca
del estrecho de Ormuz su embarcación fue capturada por una flota de dhows
joasmees después de una vigorosa resistencia en el curso de la cual resultaron
heridos algunos de los ingleses. Los piratas llevaron a sus prisioneros a
Ras-al-Khyma. Allí quedaron detenidos en espera de su rescate. Durante su
estancia en Ras-al-Khyma, los árabes los exhibían ante los habitantes como
curiosidades, pues no recordaban haber visto seres semejantes. Las damas
joasmees se mostraban tan minuciosas en sus investigaciones que deseaban
averiguar en qué detalles un infiel no circunciso difería de un verdadero
creyente. Al cabo de varios meses de cautiverio en manos de los árabes y
habiendo perdido los ingleses toda esperanza de verse rescatados, sus
aprehensores decidieron ejecutarlos a fin de desembarazarse de unos enemigos de
los que no se podía sacar ningún provecho. El deseo de defender su vida condujo
entonces a los cautivos a un subterfugio para prolongar al menos su duración. A
tal efecto, dijeron al jefe de los piratas que habían hundido en aguas de la
isla de Kais un maravilloso tesoro y que habían marcado el lugar en cuestión
con señales lo bastante claras para volver a encontrarlo con tal que les dieran
buenos buzos. Ofrecieron comprar su libertad permitiendo así a los joasmees
recuperar en beneficio suyo aquel caudal; y recibieron la solemne promesa de
liberación a cambio de un leal cumplimiento de su compromiso. Acompañados por
algunos buzos pescadores de perlas en el banco de Bahrain, los oficiales se
trasladaron al lugar del tesoro hundido y habiendo anclado en el punto indicado
por las señas, pusieron manos a la obra. Los primeros buzos que bajaron
tuvieron tanta suerte que toda la tripulación echó a zambullirse, resultando
que en un momento determinado la embarcación se encontró casi abandonada.
Viendo a los marinos ocupados en cosechar oro, los ingleses estimaron el
momento propicio para intentar huir. Por desgracia, cuando ya habían ocupado
sus puestos, listos para reducir a la impotencia a los pocos guardias que se
habían quedado a bordo, cortar el cable y hacerse a la vela, sus movimientos
fueron notados, o adivinados, por los buzos que se apresuraron a subir a bordo,
frustrándose el plan. A despecho de esta tentativa de fuga, los joasmees
cumplieron con su palabra y devolvieron la libertad a los ingleses quienes se
encaminaron a pie hacia Bushir, siguiendo por la costa. Tuvieron que aguantar
toda clase de sufrimientos y privaciones. Ninguno de ellos sabía una palabra
del idioma del país y como todo su dinero y una parte de sus prendas les habían
sido quitados, a poco tiempo se encontraron exhaustos por el hambre y el clima.
Los primeros en morir fueron los marinos hindúes y los criados indígenas del
Fly. Luego, uno tras otro, los europeos se dejaron caer sobre el borde del
camino, abandonándose a la conmiseración de los nativos. A través de todos
aquellos trabajos, los valientes oficiales habían logrado conservar su correo;
mas cuando el grupo llegó maravillosamente a Bushir, el número de sus miembros
se había reducido a dos, un oficial de la marina mercante, de nombre Jowl, y un
marino inglés, llamado Pennel. Los dos sobrevivientes llegaron a Bombay, pero
en vez de verse agradecidos y recompensados por su heroísmo y sufrimientos, el
gobernador Duncan dió prueba de una gran ingratitud y sequedad de corazón. La
historia más extraordinaria de la vida de un europeo entre los joasmees es sin
duda alguna la de Thomas Morton, cuyo relato fue publicado por vez primera en
Colburn's United Service Magazine, de 1868, con el título: La carrera de un
renegado. En 1818, la honorable Compañía de las Indias Orientales envió al
Golfo Pérsico su corbeta de guerra Hope en misión de proteger contra los
piratas el comercio inglés, dando órdenes al capitán de hacer escala para pagar
el tributo anual al poderoso jeque de Kirman. El llamado tributo se paga en
apariencia por los servicios prestados por el jeque en la supresión de la
piratería; en realidad, se trataba de obsequios destinados a impedir que tomase
parte en actos de piratería en detrimento de la Compañía de las Indias
Orientales. Por desgracia, el Hope encalló sobre un arrecife submarino en aguas
de isla de Kismah, sufriendo graves averías. No bien hallábase el barco a salvo
cuando apareció en la playa una compañía de soldados árabes con un mensaje al
capitán del Hope: nadie debía bajar a tierra sin una autorización escrita del
jeque. El capitán envió al potentado una carta, explicando que no había tenido
otra alternativa que infringir la prohibición dadas las circunstancias, y a los
tres días recibió una respuesta graciosa del jeque, acompañada de una
invitación a trasladarse con sus oficiales a la capital y a gozar de su
hospitalidad mientras sus hombres reparasen el buque. Los ingleses no se
atrevían a rechazar la invitación. A su llegada a la capital, se vieron
recibidos amablemente por el augusto personaje y hospedados en su palacio. Como
ninguno de los oficiales hablaba el árabe, todas las conversaciones con el
jeque se sostuvieron por intermedio de un dragomán. Se comprende, pues, la
sorpresa de los huéspedes al enterarse de que su anfitrión era tan inglés como
ellos mismos. Otro detalle curioso: mientras sus invitados no le dirigían la
palabra en su idioma natal, el jeque era la cordialidad misma. Se hizo todo lo
posible para asegurar la comodidad de los oficiales y cuando el jeque supo que
la tripulación del Hope ascendía a ciento veinte oficiales y marinos, envió
graciosamente a bordo, a título de regalo, un número igual de jóvenes esclavas.
Naturalmente, estas muchachas se mostraron encantadas de escapar así de su
esclavitud, pero los sentimientos del capitán fueron de índole muy distinta,
pues no ignoraba los estragos que puede causar una mujer a bordo de un barco, y
se preguntaba qué sería del suyo con ciento veinte. Sin embargo, no osó
rechazar el regio regalo, de suerte que habiendo presentado al jeque sus más
calurosos agoradecimientos, se llevó las damas a Bombay, donde se vió libre de
aquellos ángeles de ébano. Una indagación posterior reveló gradualmente la
historia del jeque de Kismah; reunidos todos los elementos dispersos, no
quedaba ya duda alguna de que se trataba de Thomas Horton, antiguo ladrón,
timador, pirata y asesino. Nacido en 1759 en Newcastle del Tyne, el joven Tom
tenía doce años cuando entró de aprendiz en el taller de un sastre y cortador
de calzones, Sandgate. Habiendo pasado cinco años cortando y cosiendo,
descubrió un procedimiento más expedito y fácil de ganar dinero. Cierto día su
maestro le envió al banco a cobrar un cheque de seis libras. Tom modificó el
número añadiendo un cero al seis, se hizo pagar el cheque y entregó muy
honradamente seis libras al maestro antes de tomar pasaje en un barco carbonero
que salía para Estocolmo. El dinero no le duró mucho, y Tom se enganchó en el
ejército sueco donde, no obstante ser soldado raso, su juventud y buen aspecto
le valieron los favores de la mujer de su capitán. Este último murió
súbitamente y su viuda se casó con Horton que a poco tiempo ascendió a teniente
en el mismo regimiento. Pero ciertos rumores acerca de la causa de la inopinada
muerte del capitán asumieron una consistencia tal, que Horton presentó su
dimisión y partió con la señora Horton hacia el interior de Rusia, donde abrió
una taberna a orillas del Volga. Esta aventura le fue muy provechosa:
vendiendo, por una parte, refrescos a los viajeros y desarrollando, por otra,
un intenso tráfico de contrabando, Horton se hizo rico pronto. Por desgracia
para Horton, un saco que contenía el cadáver de su mujer asesinada fue hallado
tres días después del crimen por algunos pescadores. El posadero fue arrestado
y al comprobarse su culpabilidad, condenado a muerte. Sobornando generosamente
a su carcelero, Horton logró huir y le vemos poco después en Crimea como
miembro de una gavilla de bandoleros tártaros. Tras diversas aventuras, juzgó
prudente abandonar Rusia; con treinta mil rublos en el bolsillo, llegó a
Basora, puerto del Golfo Pérsico, disfrazado de mercader musulmán. Una
peregrinación anterior a la Meca le había conferido el derecho de llevar el
turbante del Hadjü, distinción que le aseguraba el respeto de todos. A
continuación, el antiguo sastre asesinó al gobernador de Basora y entonces,
para escapar al verdugo, corrió a ponerse bajo la protección del jeque de
Kismah. Allí, Horton se instaló, compró tierras y esclavos, construyó navíos,
y, finalmente, fue nombrado almirante de la armada del jeque. Dueño de esta
flota y de siete veleros de su propiedad, el aventurero se encontró a la cabeza
de una fuerza aprovechable, aunque reducida, y la utilizó sin tardanza
merodeando de un extremo a otro del golfo. En cierta ocasión, Horton capturó un
bergantín armado de la honorable Compañía de las Indias Orientales y asesinó a
toda la tripulación. A medida que Horton veía crecer su riqueza y su
influencia, comenzaba a soñar con nuevos honores. Llegado el momento propicio,
provocó una sublevación, salió victorioso y estranguló con sus propias manos al
jeque reinante, su amigo. Después, como ya lo había hecho en otra ocasión,
desposó a la mujer de aquel que acababa de asesinar, y dió orden al Diván de
proclamarle jeque, lo cual fue hecho. Así, pues, el ladrón se había encumbrado
al poder supremo. Pero por mediocre que hubiese sido como sastre de calzones,
resultó ser un excelente soberano. Reformó primero las leyes del país
acentuando su rigor, y luego supo hacerse popular entre el pueblo que
gobernaba. Cuando el Hope encalló en su territorio, hacía ya veinte años que
era rey y, según la opinión general, respetado y querido de sus súbditos por su
misericordia y justicia. En aquella época, tenía cuatro esposas y diez
concubinas, pero ninguna le había dado hijos. Llevaba la vida de un austero
musulmán, habiendo renunciado por entero a su país y religión de origen, y
nadie le había oído pronunciar jamás una palabra en su idioma materno. Su fin
no es conocido; podemos suponer que exhaló el último suspiro en medio de sus
riquezas, rodeado de su familia, y provisto de todas las consolaciones de la fe
por él aceptada. El escándalo de los joasmees acabó por asumir proporciones
tales y las quejas se hicieron tan numerosas, que el gobierno superior de
Calcuta se vió obligado a intervenir. Lord Minto, en aquel entonces gobernador
general de las Indias, dió instrucción al gobierno de Bombay de preparar una
expedición destinada a pacificar el golfo. La fuerza puesta en pie en
septiembre de 1809 bajo el mando del coronel Lionel Smith fue importante: se
componía de dos fragatas, nueve cruceros, un regimiento y medio de tropas
regulares y de cerca de nueve mil soldados indígenas. La flota se dirigió
primero rumbo a Mascata, donde el coronel Smith obtuvo la cooperación de los
dos soberanos de Omán, y luego hacia la capital de los joasmees, Ras-al-Khyma,
ante la cual se presentó el 11 de noviembre. Las tropas, desembarcadas en la
costa, expulsaron a los piratas a punta de bayoneta, y pronto se hicieron
dueñas de la ciudad, que saquearon con el beneplácito del mando, antes de
arrasarla con el fuego. Fueron destruidas en el puerto sesenta embarcaciones
piratas, y se devolvió a su legítimo propietario un navío capturado. La flota
salió entonces hacia otra fortaleza joasmee, Shinas, que fue tratada de la
misma manera. La expedición había obtenido un éxito inaudito, mas no pudo
completarlo: recibió la orden de regresar, consecuencia de la política indecisa
y estúpida del gobierno de Bombay, que ataba las manos a sus oficiales y que
veía en los piratas unos árabes inocentes e inofensivos, para citar las
palabras del gobernador. Un año después, naturalmente, los joasmees habían
organizado sus flotas y reinaban de nuevo soberanamente sobre el golfo en toda
su extensión. Y no se contentaban con tal resultado. Fijaron su atención en el
Mar Rojo y se lanzaron a interceptar el tráfico entre las Indias y Mokka. En
1816, los piratas se hicieron de cuatro mercantes de Surat con cargamentos
valuados en doce lacs de rupias, degollando las tripulaciones indígenas. Bombay
envió una expedición para exigir reparación; pero el jeque Hasan de
Ras-al-K.hyma, después de enredar a los ingleses en interminables
negociaciones, no solamente rehusó el pago de cualquier indemnización, sino que
reclamó como un derecho natural, el privilegio de saquear las embarcaciones
hindúes, aduciendo que si los ingleses las protegían, entonces no quedaría a
los árabes nada que robar. Al año siguiente, los joasmees devastaron
metódicamente las costas indias, interceptando los barcos de cabotaje y algunos
incluso a menos de setenta millas de Bombay. Habían vuelto los días de Angria.
Aquel año, los piratas hicieron más presas que nunca. Su flota alcanzaba
proporciones impresionnates: sesenta y cuatro dhows de guerra, sin contar las
numerosísimas embarcaciones pequeñas, y esta fuerza naval era tripulada por un
total de siete mil hombres. Los más grandes de los dhows se habían convertido
en formidables instrumentos de combate, con proas elevadas que permitían
dominar los barandales de las fragatas; ventaja que ofrecía a los piratas la
posibilidad de capturar hasta los buques poderosos mediante su método favorito
del abordaje. La mayor parte de los dhows llevaban en el puente un cañón largo,
con el que podían barrer el puente del enemigo. La redúcción final de los
joasmees tuvo lugar en 1819, al asumir sir W. Grant Keir el mando de una
escuadra que incluía el Liverpool, de cincuenta cañones, el Edén, de
veintiséis, y media docena de cruceros de la Compañía. Las fuerzas terrestres
se componían de mil seiscientos europeos y mil cuatrocientos soldados indígenas.
Seyid Saed, rey de Omán, contribuyó a esta flota con tres buques de Mascata y
un contingente de cuatro mil árabes. La expedición obró con rapidez y obtuvo un
éxito completo. La prontitud con que Keir arrasó las fortalezas y destruyó los
barcos de la Costa de los Piratas fue un testimonio de la criminal blandura que
había permitido a los joasmees prolongar su existencia por tanto tiempo. Por
cierto que aun en lo sucesivo se produjo una que otra agresión; pero se trataba
de incidentes en torno al tráfico de esclavos, practicado por los joasmees
entre Africa y Asia, más que de acometidas deliberadas contra los buques
ingleses, y estos asaltos eran seguidos e invariablemente de severas
represalias por parte de un gobierno de las Indias que supo ser fuerte.
CAPÍTULO IV EL JAPÓN
Y LA CHINA
Lo mismo que los árabes del Mar Rojo y los fenicios, los chinos
practicaban la piratería aun antes de existir una Historia escrita; por otra
parte, los documentos del Celeste Imperio, de los que tenemos conocimiento, se
remontan a épocas más remotas que los relativos a otros países. Existen, en los
archivos de Pekín, descripciones compuestas hace muchos siglos sobre los
piratas que infestaban las bahías y los ríos de la costa china. Pocas han sido
traducidas, y una mina de información espera todavía al sabio que tenga la
erudición y paciencia necesarias para su explotación. Estos documentos se
hallan incluídos en los tres últimos de los sesenta tomos de las Memorias
relativas al Sur de las Montañas Meilhing, y conducen a la historia de la
piratería hasta fines de la dinastía Chow. Durante el intervalo entre aquella
historia antigua y los tiempos modernos, la mayor parte de los piratas de los
Mares de China fueron japoneses y europeos más bien que chinos. En la Edad
Media, China era un país mucho más rico que su vecino allende el Mar Amarillo,
ofreciendo tentadoras oportunidades a los audaces marineros japoneses. Los
piratas japoneses operaban con grandes flotas y vestían trajes encarnados y
sombreros amarillos. Sus principales golpes de mano se dirigían contra las
costas de China y sus embarcaciones se internaban a menudo profundamente en el
interior del país, saqueando las ciudades alejadas del litoral. En combate, los
japoneses llevaban dos espadas, y los chinos no podían rivalizar con ellos en
la lucha cuerpo a cuerpo. Cada vez, en cambio, que los chinos capturaban a
algún pirata japonés, no tardaban en sumirle en una caldera con agua hirviendo;
procedimiento propio, por cierto, para estimular, en vez de mitigar, el ardor
combativo de los invasores, pues más valía en tales circunstancias hacerse
matar que entregarse. Los piratas japoneses no limitaban sus incursiones a la
costa china, sino que descendían hasta el sur, aventurándose hasta el estrecho
de Malaca. No fue sino a mediados del siglo XVI cuando se logró reducirlos. Uno
de los corsarios nipones, Yajiro, fue un pionero de la Iglesia cristiana en
Extremo Oriente. Se convirtió en bandido del mar del mismo modo que se
convierten en criminales muchas personas honradas, esto es, como consecuencia
de haber matado por accidente a un hombre y de verse obligado a huir del país.
En el curso de su carrera, Yajiro, hizo escala en Malaca en el momento en que
allí predicaba San Francisco Javier, y se convirtió al cristianismo. Acompañó
en 1549 al santo hasta el Japón a bordo de un barco conocido por Junco del
Ladrón. Al salir Javier de Japón, colocó a Yajiro a la cabeza de la Iglesia por
él establecida; pero los sacerdotes portugueses se mostraron tan celosos del
converso japonés elevado por encima de ellos, que Yajiro se disgustó: dimitió
sus funciones y volvió a la piratería. Encontró la muerte durante una incursión
en tierras chinas. Apenas desaparecidos los corsarios japoneses, comenzaron a
llegar a las costas de China, los europeos. Los nuevos intrusos dieron a los chinos
la impresión de ser más bárbaros que los peores entre los orientales. El
primero que apareció en el Mar de China, Simón de Andrada, un portugués que
intentó establecerse como negociante en 1521, cometió todas las violencias
imaginables yendo tan lejos para robar niños de ambos sexos a los que vendía
como esclavos. Cierto comandante portugués, Antonio de Faria, derrotó en 1540 a
un pirata frente a Gujerat, mas no tardó en imitar a su adversario; se fue a
buscar fortuna entre los chinos y entonces no se contentó con saquear
mercantes, sino que incluso se atrevió a violar las sagradas tumbas de los
emperadores chinos en las inmediaciones de Pekín. El más afamado de los
aventureros europeos en mares de China fue, con mucho, Méndez Pinto, un
portugués del siglo XVI, quien adquirió merecida celebridad como explorador,
viajero, escritor y pirata. Su más notable hazaña fue asociarse a un pirata
chino con objeto de suprimir a un rival de Malabar. En cierta ocasión, Pinto
surcaba el mar con su tripulación portuguesa, cuando plugo a Dios conducir a
nuestro camino un junco de Patana, mandado por un chino de nombre Guiai Panian,
amigo de la nación portuguesa y que había adoptado tanto nuestro modo de vestir
como nuestras costumbres. Llevaba a su bordo una treintena de portugueses,
hombres selectos y aptos, a quienes pagaba bien y que eran todos muy ricos. Ese
encuentro entre piratas casi terminó en tragedia, pues no bien nos había visto
aquel pirata -escribe Pinto-, cuando decidió atacarnos, tomándonos por portugueses
y, cosa natural, dado que era un viejo soldado, sintió deseos de apoderarse de
nosotros y convertirnos a la piratería. Así, pues, nos ganó el viento y nos
saludó con quince cañones, lo cual nos asustó muchísimo. Afortunadamente, el
bando de Méndez Pinto pudo hacer saber a tiempo a Panian con quiénes estaba
tratando, y mientras las dos tripulaciones fraternizaban, sus capitanes se
ponían de acuerdo acerca de las condiciones de una asociación. Después de haber
navegado juntos durante algún tiempo, tropezaron con un barco sin puente a cuyo
bordo hallaron trece moribundos. Al trasladarlos al buque de Pinto, supieron
que acababan de salvar a ocho portugueses y sus criados, que se habían escapado
tras sangriento combate contra un pirata de Malabar: Coia Acem; éste había dado
muerte al resto de la tripulación formada de más de ciento cincuenta hombres,
robando tanto el navío como el valiosísimo cargamento. Aquellos pocos
sobrevivientes lograron escaparse de noche. Esta noticia excitó en grado sumo a
Pinto y a sus compatriotas, los cuales, con ardor impresionante y vivas
aclamaciones, izaron las velas y se lanzaron en busca del pirata Coia Acem que
se ufanaba del título de Vampiro de los Portugueses. A poco tiempo, Pinto llegó
de noche a la desembocadura de un río, donde había sido señalada la presencia
de los piratas de Malabar, y envió espías a tierra. Estos volvieron con la
noticia de que la presa se hallaba a cerca de dos leguas río arriba. A la caída
del día siguiente, protegidos por la oscuridad, los piratas portugueses
remontaron sin ruido el río hasta tropezar con los de Malabar, quienes, al
verlos, hicieron resonar una campana de alerta, cuyo sonido provocó tal ruido y
confusión, tanto entre los que se encontraban en tierra. como entre los de a
bordo, que nadie podía escuchar a nadie. Sin más ceremonia, los buques
portugueses abrieron el fuego con todas sus piezas, acostaron veloces y los
hombres saltaron al abordaje. Se siguió un sangriento combate cuerpo a cuerpo
que pareció más salvaje a causa del ruido espantoso de los tambores, gongas y
campanas, acompañado por el tronar de los gruesos cañones que repercutía sobre
las rocas y accidentes de terreno circundantes. Al cabo de un cuarto de hora,
dos de los juncos enemigos quedaban hundidos, un tercero ardía, y cientos de
piratas habían perecido muertos en combate o ahogados. En el instante en que la
batalla parecía terminada, Coia Acem, alumbrado por las llamas de su junco
incendiado, se presentó ante sus hombres y los exhortó a nuevos esfuerzos.
Llevaba una cota de malla forrada de satén carmesí y bordada de una franja de
oro, prenda que había pertenecido a algún portugués; y gritando con todas sus
fuerzas para que todos le oyesen, conjuró a sus partidarios, en cuanto
musulmanes y fieles creyentes de la santa ley de Mahoma, a no dejarse vencer
por unos esclavos tan endebles como esos cristianos que no tienen más valor que
gallinas o mujeres barbadas. Las condenadas palabras de aquel demonio los
alentaron a tal punto -escribe Pinto-, que atropados en un solo grupo, atizaron
la lucha y nos hicieron frente con tanta valentía que fue cosa terrible ver
cómo perdidamente se arrojaron sobre nuestras armas. Los dos jefes se
enfrentaron entonces cara a cara. El portugués, empuñando su espada con ambas
manos, le asestó a Coia Acem un tremendo golpe en la cabeza; la hoja atravesó
su cota de malla, partiéndole la cabeza en dos; un segundo golpe, de través, le
arrancó las dos piernas. La muerte de Coia Acem puso fin al combate. Sólo cinco
de los piratas de Malabar se salvaron, pero no por mucho tiempo. Los metieron
atados en la cala, con el propósito de forzarlos por medio de torturas a
confesar ciertas cosas que era preciso saber; mas temiendo la muerte que les
esperaba, tuvieron el valor de abrirse mutuamente el cuello con los dientes. El
total de las bajas en este encuentro fue, por parte del enemigo, de trescientos
veinte muertos o ahogados. Los portugueses perdieron cuarenta y dos hombres. He
aquí lo que encontraron los piratas vencedores al bajar a tierra: En medio de
un delicioso valle, junto a un pintoresco río de aguas frescas, en las que
abundaban los musgos y las truchas, los portugueses descubrieron una hermosa
casa o pagoda, llena de enfermos y heridos que Coia Acem había alojado allí
para cuidarlos. Hallábanse entre ellos varios mahometanos de su familia y
algunos de sus mejores soldados, en número de noventa y seis. Al ver a los
portugueses desde lejos, se pusieron a enternecerlos, implorando perdón; pero
aquéllos no podían oír sus súplicas, pues no era posible perdonar la vida a
quienes habían matado tantos cristianos. Así se los dijeron, después de lo cual
prendieron fuego a la casa en seis o siete lugares, y como era de madera
alquitranada y cubierta con hojas de palmera secas, ardió con rapidez
espantosa. Era un espectáculo desgarrador oír los lamentables gritos de los
infieles que se encontraban en el interior, y verles arrojarse con la cabeza
delante por las ventanas, donde nuestros hombres, locos del deseo de venganza,
los recibían sobre sus picas y alabardas. El más ilustre de los europeos
víctimas de piratas japoneses fue John Davis, explorador ártico y uno de los
hombres más grandes que haya producido la raza de marinos ingleses del siglo
XVI. En diciembre de 1604, Davis salió de Cowes, con destino a las Indias, como
primer piloto a bordo del Tiger, mandado por sir Edward Michelborne. Después de
una larga y monótona travesía, el Tiger llegó a Bintang, al Este de Singapur.
Frente a esta isla, notaron un pequeño junco dislocado y apenas flotable, pero
literalmente cubierto de japoneses que tras haberse entregado a saqueos en
China y capturado la mísera embarcación sobre la que ahora se sostenían, habían
naufragado en la costa de Borneo. El inglés socorrió a los náufragos,
subveniendo a sus necesidades más urgentes. Durante dos días, el barco inglés y
el japonés permanecieron anclados uno al lado de otro, y las dos tripulaciones
fraternizaron. De pronto, sin la menor advertencia, los piratas se lanzaron
sobre los veinte ingleses que se encontraban en su junco, matándolos y
arrojando sus cadáveres al mar: A un mismo tiempo, veinticinco japoneses
presentes a bordo del Tiger se lanzaron sobre sus confiados bienhechores.
Herido por múltiples y furiosos golpes, Davis cayó de lo alto de la toldilla y
expiró casi inmediatamente. Pero los ingleses lograron aventajar a los
asaltantes, y después de un cuerpo a cuerpo espantoso, habiendo matado a los
veinticinco bandidos temerarios, se escaparon con el Tiger, aunque con muy
pocos sobrevivientes ilesos. El más célebre de todos los piratas que hayan
infestado jamás el Mar de China, fue Koxinga, el segundo de una larga dinastía.
Su caso confirma el curioso hecho de que las disposiciones para la piratería
parecen transmitirse de generación en generación. El padre de Koxinga, Chen Chi
Ling, era un pobre jornalero al que la necesidad constriñó a emplearse en un
establecimiento portugués de Macao. Allí se ganó una fortuna. Entonces se fue a
visitar a uno de sus tíos que vivía en Japón, y se casó con una japonesa
llamada Tagawa con la que tuvo un hijo, Koxinga, nacido en 1623. A
continuación, Cheng abandonó Japón e invirtió su capital en una flota de
piratas, con tanta suerte que al cabo de pocos años controlaba prácticamente
todo el comercio de la costa sudoccidental de China. Además de saquear las
ciudades y juncos chinos, Cheng Chi Ling incluso robaba los bienes de la
Compañía de las Indias Orientales Holandesas. Muchos años antes de aquellos
acontecimientos, China había sido invadida y, en gran parte, conquistada por
los manchúes. La dinastía de los Ming oponía a los invasores una última
resistencia en el extremo sur del imperio. El soberano Ming, recurriendo a una
medida desesperada, invitó a Cheng Chi Ling a asumir el cargo de almirante de
la flota imperial, y gracias a tal alianza, logró rechazar a los manchúes. A
título de recompensa, Cheng pidió que el emperador adoptase a su hijo y le
hiciera príncipe. Al ver rechazada su demanda, el pirata entró en negociaciones
con los manchúes, los cuales le llamaron a Pekín so pretexto de discutir la
posibilidad de elevarle a emperador de las provincias del sur. Apenas llegado a
Pekín en 1640, Cheng fue encarcelado, torturado y, finalmente, ejecutado.
Koxinga tomó entonces el manda de la flota paterna. Deseoso de vengarse de los
manchúes, se adhirió de buena gana a los Ming. Durante veinte años, el pirata
asoló la costa, quemando y saqueando villas y aldeas hasta que se le ocurrió al
gobierno manchú un expediente extraordinario: prescribió a los pobladores de
ochenta aglomeraciones ribereñas destruir sus moradas y emigrar hacia el
interior del país. Koxinga enfocó entonces su atención sobre los antiguos
enemigos de su padre, los holandeses de la isla de Formosa. En mayo de 1661,
Koxinga, a la cabeza de una flota de seiscientos buques, atacó las fuerzas
neerlandesas de FortZelandia. Durante nueve meses, el valiente comandante
holandés resistió, pero al fin capituló temiendo, si el fuerte fuese tomado por
asalto, ver a mujeres y niños expuestos a los horribles suplicios que Koxinga
infligía notoriamente a los prisioneros. Después de este suceso, toda la isla
de Formosa pasó a la dominación de Koxinga. Este, sin embargo, no vivió lo
bastante para disfrutar de su triunfo: murió al año siguiente y le sucedió su
hijo Cheng Ching. Koxinga se distingue por el hecho de que perteneciera al
grupo reducido, pero selecto, de los príncipes piratas que habiendo alcanzado
el grado más alto de la escala del poder, aciertan a mantenerse en la cumbre.
Sus hechos influyeron profundamente en el curso de la historia del Extremo
Oriente, y es a él a quien se debe el hecho de que Formosa viniera a formar
parte del imperio chino. A los ojos de los chinos, sus actos de patriotismo
prevalecen en tan alto grado sobre los medios de piratería a los que recurrió
para consumarlos, que fue canonizado oficialmente. Fundó una dinastía que se
perpetuó hastá épocas muy recientes, y uno de sus descendientes directos figuró
entre los rarísimos nobles hereditarios del imperio chino. No es sino a
principios del siglo XIX cuando comenzamos a encontrar relatos extensos sobre
las actividades de los piratas chinos. En 1831, Charles Neumann tradujo una
obra china contemporánea de Yuentsze Yung Lun, que abarca el período entre 1807
y 1810. El original, publicado en Cantón en 1830, está consagrado, sobre todo,
a las proezas de un solo pirata, y este pirata extraordinario es una mujer. La
dama aquella era la viuda de un Ching quien, siendo almirante de todas las
flotas piratas, se había convertido en tal obsesión para el gobierno, que en
1801 el emperador le nombró Senescal de las Caballerías imperiales. Los deberes
de ese alto cargo parecen haber sido meramente nominales, pues poco después de
su nombramiento, veíasele devastando las costas de Anam, y Cochinchina; y
continuó así hasta que, finalmente, los habitantes se sublevaron y degollaron
al terrible Ching. Los sobrevivientes de aquella matanza se retiraron a bordo
de sus barcos y se hicieron a la mar, pero solamente para combatir en adelante
bajo el mando de la viuda de su jefe. La dama (que llamaremos la señora Ching,
puesto que la historia no le dió ningún otro nombre) tomó posesión del mando
efectivo sobre seis grandes escuadras que formaban la flota pirata. Cada una de
ellas enarbolaba un pabellón de uno de los siguientes colores: rojo, verde, amarillo,
negro, azul y blanco, y obedecía las órdenes de un teniente conocido, al igual
que los jefes bucaneros, con algún nombre de guerra, como, por ejemplo: El Ave
y la Piedra, El Azote del Mar de Oriente, La Joya de toda la Tripulación, o El
Pasto de las Ranas. Antes de la muerte de su esposo, la señora Ching había
mandado la escuadra más antigua, con pabellón rojo. Bajo las órdenes de su
nuevo almirante, los piratas se hicieron pronto más temibles que nunca y en tal
grado que la paz y la tranquilidad fueron cosa desconocida para los habitantes
de la costa durante diez años. La señora comandante exigía una disciplina
estricta. Impuso a sus tripulaciones un código de reglas que se parecían
bastante a las acatadas por los primeros piratas europeos. He aquí tres de sus
artículos: 1° 5i alguno de los hombres baja a tierra por su cuenta o si comete
el acto llamado flanquear las barreras, será taladrado por las orejas ante toda
la flota; en caso de reincidencia, será ejecutado. 2° Queda prohibido
apropiarse el menor objeto de un botín procedente de robo o saqueo. Todo será
registrado, y el pirata recibirá dos partes de cada diez, y las ocho restantes
corresponderán al almacén denominado fondo general. El sustraer cualquier cosa
de este fondo acarreará la muerte. 3° No se permite a nadie someter a sus
deseos a las mujeres cautivas apresadas en las villas o en el campo traídas a
bordo; primero debe pedirse permiso al ecónomo y esperarlo retirándose a la
bodega del barco. El violar a una mujer sin permiso del ecónomo será castigado
con la muerte. La señora Ching era también una excelente mujer de negocios.
Todo el botín capturado debía ser inscrito cuidadosamente en un registro que a
tal efecto se llevaba en el almacén. Con respecto a su oficio profesaba
conceptos más elevados que los concebidos por los extraños. Entre las
prescripciones por ella establecidas encontramos una que prohibe el uso de la
fea palabra botín, ordenando sustituirlo por la de productos trasbordados. La
inteligencia ilustrada de la dama produjo resultados felices, entre los cuales
no fue menor la creación de relaciones amistosas entre los piratas y la
población; relaciones que eran mantenIdas en estricta conformidad con sus
órdenes: así, el vino, el arroz, y cualquier otro producto requisado a los habitantes
del país debía ser pagado, y todo despojo de los aldeanos era acreedor a la
pena capital. Como resultado, la flota pirata estaba siempre bien provista de
víveres y pólvora de cañón, y la disciplina de las tripulaciones era poco menos
que ejemplar. Sus talentos de estratega fueron puestos en evidencia por una
batalla que se libró en 1808 entre sus buques y una flota gubernamental enviada
para atacarla. Al acercarse los navíos imperiales, la señora Ching no lanzó
contra el enemigo sino una pequeña parte de sus fuerzas, ocultando el resto
tras un promontorio, y cuando los imperiales mordieron el cebo, hizo salir de
su escondite el grueso de sus escuadras y de repente los acometió por la
retaguardia. El combate se prolongó desde el alba hasta horas avanzadas de la
tarde: Los cadáveres flotaban por ambos lados del buque y un número
considerable de piratas pereció allí mismo, pero finalmente los gubernamentales
derrotados, tuvieron que rendirse. El almirante de la armada imperial,
prefiriendo, sin embargo, la muerte al deshonor de ser capturado, agarró a Paou
por la cabellera y le hizo una mueca, esperando que el así insultado pirata le
matara. En vez de esto» el teniente de la señora Ching, animado con gran
admiración por la intrepidez del viejo almirante Kuo Lang, le habló con dulzura
tratando de calmarle. Pero Kuo Lang, viendo abortar sus insultos, se suicidó y
expiró sobre el puente de su barco a los pies de la señora Ching. Tan profunda
fue la emoción del teniente Paou ante el trágico fin de su valiente adversario,
que pronunció en el puente de la capitana y en medio de chinos muertos o
moribundos, el siguiente discurso. Dirigiéndose a la señora Ching y a los
piratas, dijo: Nosotros somos como vahos dispersados por el viento; nos
parecemós a las ólas marinas sublevadas por un torbellino. Cual bambúes rotos
sembrados sobre el mar, así flotamos y nos hundimos por turno, sin gozar jamás
de reposo. Nuestros triunfos en la encarnizada batalla pronto harán pesar sobre
nuestros hombros el fardo de las fuerzas unidas del gobierno. Si nos persiguen
en los estrechos y bahías del mar -y los mapas se hallan en sus manos-, ¿no
tendremos mucho que expiar? ¿Quién creerá que aquellos acontecimientos se han
producido sin mi intervención y que no tengo culpa alguna en la muerte de este
oficial? Todo el mundo me acusará de haber asesinado alegremente a un
comandante cuando ya se encontraba vencido y tomado su barco. Y aquellos que
lograron escapar, no tardarán en exagerar mi crueldad. Si se afirma en contra
de mí la acusación de haber asesinado este oficial, ¿cómo osaré someterme,
suponiendo que tal deseo me venga en lo futuro? ¿No me veré tratado como autor
de la cruel muerte de Kuo Lang?
Para vengar el desastre de la flota y la muerte del almirante
Kuo Lang, el gobierno chino dió orden al general Lin Fa de atacar a los
piratas. Mas al llegar a la vista de la armada enemiga, le falló a Lin Fa el
valor e intentó retirarse; pero los piratas le dieron caza y lo alcanzaron en
Olang Pae. En el preciso instante en que iba a principiar el ataque, cayó el
viento y las dos flotas permanecieron cara a cara, inmovilizadas. Los salvajes
piratas se mostraron tan impacientes de saltarles al cuello a sus compatriotas»
que arrojándose al agua alcanzaron a nado los barcos enemigos y treparon a
bordo con sus puñales entre los dientes. Así se lanzaron sobre los tripulantes,
y antes de transcurrir mucho tiempo, eran suyos todos los buques imperiales y
yacía muerto el pusilánime general. Al año siguiente, el gobierno envió una
flota de cien embarcaciones bajo el mando del almirante Tsuen Mow Sun para
reparar el desastre sufridó por Lin Fa. Durante la batalla que se libró, los
cordajes y las velas de pleita de los piratas se encendieron, y la señora Ching
dió la orden de retirada. Tsuen ordenó entonces a sus cañoneros que apuntasen
sobre los timones a fin de inmovilizar al enemigo. El encuentro terminó con la
completa derrota de las fuerzas de la señora Ching, que habían sufndo gran
numero de bajas entre muertos por balas y cuchillos, ahogados y prisioneros. La
heroína de la jornada del bando de los vencidos fue la mujer de uno de los
piratas, que permaneció en el timón de su barco, rehusando abandonar su puesto.
Armada de dos navajas, una en cada mano, continuó defendiéndose con ferocidad y
varios soldados recibieron heridas de su mano, antes de que fuese derribada por
una bala de mosquete. Cayó en la bodega y fue hecha prisionera. Antes de que el
gobierno tuviera tiempo de glorificar a los vencedores, la señora Ching había
restablecido la situación. Reuniendo rápidamente a sus dispersados partidarios
y llamando en auxilio suyo a otros dos jefes piratas, se lanzó en busca de la
flota imperial, y al dar con ella, se abatió sobre el enemigo con el resultado
que nos revela la descripción hecha por uno de las marinos regulares: Nuestra
escuadra se desbandó, obligada a huir en desorden y, consecuentemente, hecha
pedazos. Un ruido infernal desgarraba el ciclo; cada uno luchaba por defender
su vida y apenas si quedaban en pie cien hombres. Incapaz de someter de una vez
toda la organización de la señora Ching, el gobierno intentó destruirla trozo
por trozo. Poco después de la última batalla, un convoy de mercantes chinos, escoltado
por varios buques de guerra, avistó a la Joya de toda la Tripulación, a punto
de pasar por Tang Pae con su escuadra. Aprovechando la ausencia del resto de la
flota pirata, el comandante imperial decidió atacar y aniquilar la escuadra
aislada. El combate duró hasta la puesta del sol y fue reanudado en la mañana
siguiente. Durante la noche, las fuerzas enemigas se encontraban a tal
proximidad una de otra, que los piratas y sus adversarios podían cambiar
insultos. Al reanudarse la lucha, los exhaustos piratas, si se debe dar crédito
a ciertos observadores a bordo de los mercantes, comenzaron a mezclar pólvora
de cañón a su bebida, lo cual llevó el color de sus mejillas y ojos al rojo
vivo, pareciendo excitar su determinación. La batalla continuó furiosa durante
tres días enteros, hasta que ambos adversarios vieron agotadas sus fuerzas y
tan averiados sus buques que se separaron sin que ninguno de ellos insistiese
en ganar la victoria. La Joya de toda la Tripulación no tardó en reponerse de
la paliza recibida y volvió a sus acostumbradas empresas, quemando ciudades y
robando mujeres. El gobierno chino encomendó al almirante Ting Kwei Heu la
misión de apoderarse de él. El almirante no se apresuró; durante varios días
habían caído abundantes lluvias, circunstancia que, según creía, retendría a
los piratas en su puerto. Conque aprovechó la tregua para poner orden en el
lastre de sus barcos. Se hallaba entregado a esta operación, cuando apareció la
señora Ching a la cabeza de una escuadra de doscientos juncos piratas,
sorprendieron a Ting Kwei con sus anclas en el fondo y sus velas cargadas. Sus
oficiales no estaban ávidos de sangre ni de gloria: espantados por el gran
número de enemigos, pálidos de terror, se mantenían apegados al asta del
pabellón, sin manifestar el menor deseo de combatir. Ansioso de darles ánimo,
el almirante los imploraba en nombre de su padre, su madre, su esposa y sus
hijos y hacía brillar ante sus ojos la esperanza de enormes recompensas que les
serían concedidas por la patria, si cumplían con su deber. Enardecidos por esta
más que romana exhortación, los atemorizados oficiales recobraron los ánimos y
se libró un furioso combate, en el curso del cual el propio Joya de toda la
Tripulación cayó segado por una bala de cañón. Durante un momento, los piratas
estaban a punto de retroceder; mas oportunamente llegaron refuerzos bajo las
órdenes del teniente Paou. Este tomó al abordaje el buque insignia del
gobierno; el almirante Ting Kwei se suicidó y los veinticinco buques
gubernamentales capitularon. Después de aquellos sucesos, no hubo más remedio
que dejar tranquila a la señora Ching que, con una flota más poderosa que
nunca, recorría los mares de China al antojo de su encantadora voluntad. El
decimo-octavo día del octavo mes, la dama acometió con quinientos juncos la
ciudad de Shaonting, robando cuatrocientos hombres y mujeres. Durante el resto
del año, 1809, consagró toda su atención a los ríos chinos que remontaba,
saqueando y asesinando a diestra y siniestra, capturando cientos de hombres y mujeres,
especialmente de estas últimas, y devastando las ciudades y villorrios de ambas
orillas. El terror que inspiraba era tan grande que los campesinos huían y se
ocultaban con la sola noticia de su proximidad. A veces, los aldeanos se
defendían; así en Kan-Shin, donde los vecinos atrincherados opusieron una
resistencia desesperada. Un héroe, Kei Tang Chow, el maestro de boxeo de este
pueblo, después de haber matado diez piratas, combatió valientemente al lado de
su mujer. También el padre de la señora Kei Tang se lanzó sobre los asaltantes,
matando a varios; pero finalmente el heroico trío cayó muerto a los pies de los
asesinos. Los piratas, después de acabar con la resistencia de la aldea,
entraron en cuatro grupos y comenzó el saqueo. Los hombres de la señora Ching
se llevaron enormes cantidades de tela y mil ciento cuarenta prisioneros de
ambos sexos. El pueblo de Kan Shin fue arrasado por el fuego y tan
bárbaramente. devastado que en toda su extensión no habreis podIdo oir el
ladrido de un perro, ni el cloqueo de una gallina.
Cerca de cien mujeres se habían ocultado en los arrozales de la
vecindad; pero el lloriqueo de un nene las traicionó y los piratas se las
llevaron también. Entre estas mujeres se encontraba la bella Mei Ying, esposa
de Kei Chow Yang. Cuando uno de los piratas la agarró de la cabellera, ella le
injurió furiosamente, de suerte que al llegar a bordo su aprehensor la amarró a
un mástil; pero Mei Ying le insultó con invectivas aun más punzantes y entonces
el pirata la arrojó al suelo, rompiéndole dos dientes, de modo que su boca
estaba llena de sangre. Ahora el pirata intentó atarla de nuevo. Mei Ying dejó
que se aproximara y en el momento en que la rozaba, cogió la ropa del agresor
entre sus ensangrentados dientes y se arrojó con él al río, ahogándose los dos.
El emperador de China, lo mismo que muchos monarcas europeos, al fracasar el
método de la violencia, ensayó el del perdón. Así sucedió que O Po Tae, el jefe
de la escuadra del pabellón negro, abandonó a la señora Ching y se sometió al
emperador con todos sus hombres. Disponía O Po Tae de ocho mil marinos, ciento
sesenta juncos, quinientos cañones pesados y cinco mil seiscientas armas
diversas. El gobierno chino le designó, como territorio para él y sus tropas,
dos ciudades, y hasta le confirió un cargo lucrativo, honor que determinó a O
Po Tae a cambiar su nombre por el de Heo Been, que significa Esplendor de la
Instrucción. La señora Ching, naturalmente, se mostró muy apenada por aquel
acto de traición por parte de uno de sus tenientes; mas al mismo tiempo se le
ocurrió que acaso pudiera resultar provechoso hacer como él. Soy diez veces más
fuerte que O Po Tae -se dijo-, y el gobierno, si me someto, tal vez me trate
como trató a O Po Tae. Sin embargo, la tarea de concertar los pormenores de la
sumisión de la señora Ching y de sus ensangrentadas huestes, amenazaba
malograrse por demasiado delicada, cuando apareció un emisario en la persona de
un tal doctor Chang, médico de la concesión portugesa de Macao. Tras
prolongadas discusiones y regateos, fue convenido que la señora Ching y sus
tripulaciones recibirían el perdón imperial y que cada hombre, en el momento de
su rendición, recibiría una cantidad de carne de cerdo, de vino y de dinero.
Desde entonces, el gobierno chino se encontraba lo suficientemente fuerte para
tratar con las escuadras piratas que aun no se habían entregado. El Azote del
Mar de Oriente hizo acto de sumisión; no así El Pasto de las Ranas que prefirió
huir con su escuadra a Manila. En resumen, fueron capturados quinientos
piratas, varones y hembras, y pacificados más de cuatro mil, con noventa y seis
barcos. Se decapitó a varios jefes, así como a ciento cincuenta marinos.
Después reinó la paz en los mares desde Oriente hasta Occidente, por lo menos
durante cierto tiempo. La viuda de Ching terminó sus días en confortable
oscuridad como animadora de una importante empresa de contrabando. Desde aquel
momento -concluye con lirismo el historiador chino- los barcos comenzaron a ir
y venir con toda tranquilidad. La calma reinó en los ríos y la serenidad en los
cuatro mares. El pueblo vivió en paz y abundancia. Los hombres vendieron sus
armas y compraron bueyes para labrar sus campos. Cumplieron sacrificios,
recitaron plegarias en lo alto de las colinas e impartieron dulzura a sus días,
cantando canciones tras sus biombos. El gobernador de la provincia, en
agradecimiento de los servicios prestados por la pacificación de los piratas,
recibió, por edicto del Hijo del Cielo, la autorización de llevar la pluma de
pavo real. Parece interesante oír hablar de los piratas de la señora Ching
también desde otro punto de vista, el de un prisionero inglés. Se trata de un
tal Glasspoole, oficial a bordo del Marquis of Ely, barco de la Compañía de las
Indias Orientales. Tuvo la desgracia de ser capturado por los piratas en
septiembre de 1809, a pocas millas de Macao. Glasspoole, acompañado de siete
marinos británicos, regresaba de la concesión portuguesa a bordo del Marquis of
Ely, un cúter sin puente y debido al mal tiempo perdió su barco. Durante tres
días, él y sus hombres erraron por el mar en aquella embarcación descubierta,
sin víveres ni brújula, hasta el momento en que el cúter fue capturado por un
junco de ladrones o piratas chinos. Una veintena de bribones de aspecto salvaje
-escribe Glasspoole-, ocultos en el fondo de la canoa, saltaron a bordo,
empuñando en cada mano una corta espada. Apoyaron una sobre nuestras nucas y
otra sobre el pecho, y así, con los ojos fijos en su oficial, esperaban la
señal de matarnos o de perdonarnos la vida. Viéndonos incapaces de la menor
resistencia, el jefe metió su arma en la vaina y los otros imitaron en seguida
su ejemplo. Entonces nos llevaron a su embarcación y de allí a bordo de su
junco, con las más salvajes manifestaciones dF alegría y, a lo que suponíamos,
con la intención de torturarnos y de hacernos sufrir una muerte cruel. Una vez
a bordo, los piratas quitaron a los ingleses cuanto llevaban encima y los
sujetaron al puente. Después de un interminable interrogatorio, se decidió que
Glasspoole sería puesto en libertad a cambio de un rescate de sesenta mil
dólares, y se envió una canoa a Macao con un mensaje que informaba a las
autoridades sobre los términos del trato. Antes de llegar la respuesta, la
flota pirata que contaba cerca de quinientas velas levantó anclas y salió para
una proyectada expedición, cuyo objeto era remontar los ríos y exigir tributos
a las ciudades y aldeas ribereñas. Durante varias semanas se aplicó, días tras
día, el mismo procedimiento: la flota anclaba frente a una villa o poblado y a
menos de poder rescatarse por una crecida suma de dinero, el lugar era saqueado
y luego arrasado por un incendio. A veces, los habitantes se atrevían a
disparar sobre la flota pirata; pero tal resistencia causaba escaso daño a los
bandidos y, en cambio, perdía a los defensores. Los ladrones, llevados a la
exasperación -relata el señor Glasspoole-, estaban decididos a vengarse; se
dejaron llevar por la corriente fuera del alcance de las balas y allí
fondearon. Cada junco envió unos cien hombres a cada orilla para cortar el
arroz y destrozar los naranjales, lo cual fue ejecutado con maestría sobre
varias millas agua abajo. Durante nuestra estancia en aquellos parajes, los
piratas recibieron información de que nueve chalanas cargadas de arroz se hallaban
ancladas en una cala río arriba. Inmediatamente, enviáronse algunas
embarcaciones para robarlas. Al día siguiente aparecieron las chalanas y fueron
reunidas con la flota. Diez o doce hombres de su tripulación habían sido
capturados a bordo, sin oponer resistencia alguna, circunstancia favorable,
pues el jefe declaró que les permitiría hacerse ladrones si aceptaban prestar
los juramentos habituales ante Joss. Tres o cuatro de los prisioneros mostraron
renuencia y fueron castigados de la manera más cruel: después de atarles las
manos sobre la espalda, les pasaron por debajo de los brazos una cuerda sujeta
a la punta del mástil y los izaron a una altura de tres o cuatro pies encima
del nivel del puente. Hecho esto, cinco o seis hombres se pusieron a azotarlos
con bastones de caña hasta que parecían muertos; entonces los colgaron de la
punta del mástil y los dejaron así suspendidos durante una hora, después de lo
cual los bajaron y esto se repitió hasta que cedieron y murieron. El 28 de
octubre, el señor Glasspoole recibió por fin un mensaje del capitán May del
Marquis of Fly: su jefe ofrecía un rescate de tres mil dólares, pero se
declaraba dispuesto a pagar más si fuese preciso. Mientras tanto, los cautivos
ingleses habían sido obligados, so amenaza de suplicios y tratos atroces, a
tomar las armas y a combatir al lado de los piratas; Glasspoole y su
cuartelmaestre, en particular, estaban al cuidado de uno de los grandes
cañones. Durante un encuentro con una flota del gobierno, que dió lugar a
furiosos, aunque intermitentes, combates, Glasspoole salió bien librado por dos
veces: al caer una bala de doce libras a tres pies de él y al dar otro
proyectil en un pequeño montón de bronce que le servía de asiento. En esta
batalla, Glasspoole hizo servicio activo a bordo de la capitana pirata, y
cuenta cómo, en lo más fuerte de la lucha, la señora Ching, almiranta de los
ladrones, le salpicaba a cada instante con esencia de ajo, considerada por los
piratas en cierta medida como ensalmo contra los proyectiles. Finalmente,
después de muchos sufrimientos y riesgos, los regateos sobre el rescate de los
prisioneros dieron resultado, y los ingleses fueron devueltos a la
desembocadura del río y entregados a sus compatriotas, harto felices de
recuperar su libertad después de tres meses de cautiverio. Los horrores de la
vida a bordo de los juncos piratas chinos encuentran una descripción muy viva
en el relato del señor Glasspoole. Los ladrones no tienen residencia fija en
tierra, sino que viven continuamente a bordo de sus navíos. La popa queda
reservada al capitán con sus mujeres, de las que habitualmente tiene cinco o
seis. Cada hombre ocupa un rincón de unos cuatro pies cuadrados, en el que
instala a su mujer y a su familia. El número de seres humanos así hacinados
sobre un exiguo espacio permite suponer que deben ser en extremo sucios, y esta
conjetura corresponde, sin efecto, a la verdad, en tal grado que sus juncos
hormiguean de toda clase de sabandijas y, sobre todo, de ratas cuya
reproducción alientan, puesto que estos roedores les sirven de alimento e
incluso los consideran como verdadera golosina; por demás, son muy pocos los
bichos que ellos no se comen. Durante nuestra cautividad, ¡hemos vivido tres
semanas de gusanos con arroz! Adoran el juego y pasan todas sus horas de ocio
jugando a los naipes y fumando opio. Si bien ninguna mujer pirata llegó a
alcanzar, en el transcurso de la historia, un prestigio y una fama comparables
a los alcanzados por la viuda de Ching, sería faltar a la memoria de otra
viuda, más reciente, la señora Hon Cho Lo, dejarla sin breve mención en el
presente libro. La señora Lo, al igual que la señora Ching, era casada con un
pirata, y muerto éste en 1821, le sucedió en el mando de su flota. A poco
tiempo se había convertido en el terror de toda la región de Pakhoi, manteniendo
las mejores tradiciones del oficio en una fuerza de sesenta juncos de alta mar.
Joven y bella, la señora Hon Cho Lo se empeñó, sin embargo, en hacerse una
sólida reputación de asesina y pirata. Durante la última revolución, la señora
Lo se alió a las fuerzas del general Wong Ming Tong y recibió el grado de
coronel. Terminada la guerra civil, reanudó sus actos de piratería,
sorprendiendo de cuando en cuando, por vanidad, alguna aldea, y robando
habitualmente, en esta ocasión, de cincuenta a sesenta muchachas a las que
luego vendía. Su breve, pero brillante carrera halló un brusco fin en octubre
de 1922. La guerra entre Inglaterra y China a propósito del comercio de opio
terminó en 1842 por la cesión de Hongkong a los vencedores. Esta isla era y
había sido siempre una de las principales incubadoras de la piratería china y
la instalación de una potencia extranjera no tuvo otro efecto que el de
determinar a los bandidos a mudar hacia madrigueras más seguras en el mismo
territorio. Aunque los piratas ya no operaban en aquel entonces sino en
gavillas dispersas, su temeridad no había disminuído en la misma proporción que
su poderío, y éste distaba mucho de ser nulo. Al contrario, bajo la hábil
dirección de dos malandrines, Shap Ng Tsai y Chui Apoo, los bandidos causaron
estragos considerables, no solamente al tráfico marítimo y a las poblaciones
chinas, sino sobre todo al comercio británico. Durante el verano de 1849, la
escuadra británica en mares de China aniquiló por sí sola cincuenta y siete
juncos piratas, matando a más de novecientos hombres. Aquella escuadra que
operaba sobre un espacio de mil millas de aguas peligrosas y poco conocidas,
tenía por comandante al capitán y futuro almirante sir John Dalrymple Hay. El
día del aniversario de Trafalgar, en 1849, sir John condujo su pequeña flota a
la angosta y peligrosa ensenada, en el fondo de la cual Shap Ng Tsai tenía
alineados sus bien armados buques. Después de un violento bombardeo, todos los
juncos quedaron destruídos y la capitana del pirata hizo explosión. Shap Ng
Tsai y gran número de sus hombres lograron llegar a la ribera. Poco después, el
jefe pirata se rindió a las autoridades chinas, las cuales, fieles a su
tradicional método de complacencia le concedieron el perdón completo y un
fructuoso puesto de funcionario.
En cuanto a Chui Apoo, resistió un año más, hasta el día en que
su flota sufrió una derrota desastrosa, aunque él mismo pudo huir al interior
de China. El gobierno había puesto precio a su captura, estímulo que indujo a
algunos chinos a prenderle en territorio del Celeste Imperio y a llevarle a
Hongkong, donde los tribunales ingleses le condenaron a cadena perpetua. Chiu
Apoo consideró esta pena como una injuria tan grave que se ahorcó en su celda
en marzo de 1851. Había en aquel entonces entre los piratas algunos personajes
particularmente extraños, en gran parte europeos. El señor Eli Boggs, un
norteamericano, no era el menos fantástico. El corresponsal del Times, que
presenció su juicio por piratería en julio de 1857, escribe sobre este hombre:
Era casi imposible creer que ese buen mozo, de cabellos peinados con esmero, de
rostro femenino, alumbrado por una sonrisa encantadora, y de manos delicadas,
pudiese ser el mismo pirata cuyo nombre había sido asociado, durante tres años,
a los más audaces y sanguinarios actos de piratería. Cuando Boggs se levantó
para presentar su defensa ante el tribunal, habló duante dos horas sin asomo de
temblor y sin la menor tentativa de apelar a la compasión de sus jueces. En el
curso del proceso, quedó establecido que el acusado había sido visto en
compañía de los piratas; que en varias ocasiones había actuado como su
comandante, y que le habían visto disparar sobre los hombres de los barcos
asaltados. Sin embargo, como ningún testigo podía jurar que había visto a Boggs
matar a un hombre, el clemente jurado le absolvió del crimen de asesinato, pero
lo declaró culpable de piratería, y Boggs fue condenado a cadena perpetua. Una
vez extendida en China la navegación a vapor, la piratería en escala grande se
convirtió en empresa excesivamente arriesgada para constituir una inversión
remunerativa a los armadores; su ejercicio cayó en manos de individuos
mediocres y aislados. Mas aunque los días de los grandes jefes tales como Cheng
Chiling, Koxinga, Ching Yih y Shap Ng Tsai habían pasado a la historia, la
tradición de la piratería no desapareció nunca enteramente del Celeste Imperio.
Se produjeron frecuentes resurrecciones, y de manera especial durante los
desórdenes de años recientes. El lector curioso de saber cómo ese oficio se practica
en las condiciones de la navegación moderna, encontrará un relato detallado
sobre el tema que le interesa en el Times del 12 de diciembre de 1929 (véase el
apéndice VII).
CAPÍTULO V EL
ARCHIPIELAGO MALAYO
Los piratas que infestaban el vasto grupo de las islas málayas,
puente que une China a Australia, pertenecían a dos razas: la que dió su nombre
al archipiélago y la diak. Los malayos, cuando invadieron Borneo y las islas
vecinas, tenían ya una experiencia consumada en la piratería, en tanto que la
población indígena de los diaks sólo se dedicaba a la caza de cabezas, práctica
que le era peculiar. Todos los diaks activos de sexo masculino coleccionaban
cabezas humanas con el mismo celo que manifiestan ciertos representantes de
nuestra civilización al coleccionar sellos de correos o huevos de aves, y cada
uno, a la manera de auténticos coleccionistas, se esforzaba por aventajar a sus
vecinos en el número y la variedad de sus ejemplares. Pero las ventajas de la
piratería en gran escala, fueron comprendidas en seguida por estos aficionados,
puesto que ofrecían, además de ganancias, oportunidades de coleccionar un
número mayor de cabezas. Aunque el grueso de aquellos piratas residía en
Borneo, algunos moraban dispersos en las Islas Sulu que se extienden entre el
Norte de Borneo, las Filipinas, y el estrecho de Malaca. La lectura del diario
de Dampier nos sugiere que la piratería se desarrolló muy tarde entre estos
insulares, puesto que no la menciona al describir su estancia de seis meses en
medio de la tribu ilanun en 1687. Dampier representa a estos pobladores de una
de las Islas Sulu,como gente pacífica; sin embargo, cien años más tarde, los
mismos ilanuns aparecen como los ladrones más sanguinarios de todo el archipiélago.
Sus únicos rivales en cuanto a ferocidad eran los balanini que habitaban
igualmente algunas de las Islas Sulu. Ambas tribus eran mahometanas y no temían
atacar los barcos europeos. Tenían por política no dar jamás cuartel a blanco
alguno, movidas, según se cree, a tal crueldad por la memoria del trato
recibido por los españoles. Estas tribus navegaban en embarcaciones conocidas
bajo el nombre de prahus, propulsadas por una doble hilera de remos movidos por
cien o más esclavos. En proa y en popa se hallaban colocados largos cañones de
bronce, en tanto que los flancos aparecían armados de cañones movibles. A
través de toda la longitud del navío, elevándose sobre el nivel de los remeros,
corría una plataforma, sobre la cual se sostenían los combatientes durante la
lucha. Estos guerreros vestían túnicas encarnadas, cotas de malla y sombreros
de pluma. Aparte de las armas de fuego, acometían al enemigo con largos
venablos y usaban la pesada espada a dos manos y el kris, especie de puñal. Una
flota malaya agrupaba a menudo más de cien prahus bajo el mando de un solo
jefe. El género de botín codiciado por ellos más que ningún otro, eran los
prisioneros, pues resultaba el más fácil de conseguir y de vender. A este
respecto, los papúes, de pelo crespo, de Nueva Guinea gozaban siempre de alta
apreciación, y eran robados con frecuencia en masa (sobre todo las mujeres y
los niños). Existían mercados para cada una de las diversas especies de
esclavos. Así los papúes encontraban un comprador entusiasta en el rajá de
Achin; los cautivos del Sur de Borneo, en cambio, se vendían con mayor provecho
en Brunei. Pero el principal mercado de esclavos lo constituía la isla de
Sarangani, al Sur de Mindanao. Todas las muchachas guapas, sin distinción de
raza, se reservaban para el mercado de Batavia, donde las compraban los colonos
chinos, a quienes las leyes patrias prohibían llevarse a mujeres chinas fuera
del país. El primer príncipe pirata de renombre fue un tal Raga que dominó el
estrecho de Macasa durante diecisiete años, ejerciendo un control absoluto
sobre las aguas entre Borneo y Célebes. Era conocido en todo el archipiélago
bajo el nombre de Príncipe de los Piratas. Fue notable por su astucia,
inteligencia y crueldad, por la amplitud y audacia de sus empresas y su desprecio
hacia la vida humana. Su organización era vasta y mantenía espías en todas
partes. Fue en 1813 cuando Raga pasó a operaciones en grande escala. Capturó en
aquel año tres mercantes ingleses y decapitó a los tres capitanes con su propia
mano. Inglaterra envió en su persecución dos corbetas de guerra que recibieron
una ayuda relativa de los holandeses, cuyos establecimientos en Batavia eran
devastados sistemáticamente por el Príncipe de los Piratas. La expedición
inglesa no se desarrolló conforme al programa. Durante cierto tiempo, los
cazadores se convirtieron en caza. Una mañana brumosa, hacia las tres, mientras
caían torrentes de lluvia, el capitán de un prahu pirata avistó una de las
corbetas británicas, la Elk. Confundiéndola con un mercante, decidió
inmediatamente capturarla. Habiéndose aproximado a una distancia de cerca de
doscientas yardas, los malayos dispararon una bordada y lanzando estridentes
gritos remaron con sus largos remos para alcanzar su presa con mayor rapidez.
Cuando descubrieron su error ya era tarde. Un tambor dió la señal de combate,
se abrieron las portas y los piratas recibieron a guisa de saludo una bordada
acompañada de tres hurras británicos. Algunas salvas suplementarias bastaron
para hundir el prahu, ahogándose toda la tripulación menos cinco hombres. Los
supervivientes fueron recogidos por una embarcación indígena, después de haber
flotado durante cuatro días, agarrados a una berlinga, y por ellos la noticia
del desastre llegó a oídos de Raga. En su ira, el jefe pirata juró destruir a
todo europeo que cayera entre sus garras, y cumplió su voto a la letra. Durante
los años siguientes, hasta su caída, Raga capturó más de cuarenta barcos
europeos y no hubo un sólo miembro de las cuarenta tripulaciones que escapara a
la matanza desencadenada por el malayo después de cada triunfo, reservándose el
Príncipe de los Piratas el placer de matar a los capitanes con su propia mano.
Hacía sentir su poderío a todo lo largo de las doscientas millas que mide la
costa de Célebes y tenía siempre entre cincuenta y cien prahus listos para
saltar sobre ensenadas o puertos a la primera señal. En lo alto de las montañas
circundantes había apostado vigías que señalaban la aparición de buques, de día
con banderas blancas y de noche con fuegos. Un intrépido viajero, el señor
Dalton, tuvo en 1830 la audacia de visitar a Raga en su cuartel general en la
desembocadura del río Pergotan. No pudo ver todo cuanto le interesaba; pero sí
recibió permiso de recorrer el bazar donde Raga solía vender el botín tomado a
los barcos europeos e indígenas. Entre aquel baturrillo exhibido, Dalton notó
cuatro biblias en inglés, holandés y portugués, numerosas vestimentas europeas
tales como chaquetas, pantalones y camisas, maltrechos cuadrantes, telescopios
y anteojos, fragmentos de vela, herraje de barco, y gran variedad de
instrumentos y materiales de carpintería y de accesorios de cañones. Ese
curioso visitante descubrió también varios pares de medias femeninas, algunos
de los cuales estaban marcados con las iniciales S. W. y dos enaguas de franela
encarnada, que a buen seguro no estaban destinadas a ser llevadas bajo los
tlrópicos. Cuando el señor Dalton intentó saber a quién habían pertenecido
estas prendas, le dieron a entender que sería más saludable para él que se ocupase
de sus propios asuntos. Cierto día, al dar la vuelta a las empalizadas del
rajá, se encontró inopinadamente ante una mujer europea, la cual, al verle,
apártó la cabeza y se apresuró a entrar en una casa, manifestando así su deseo
de no ser observada. Al año siguiente, Raga recibió su merecido correctivo a
manos del gobierno norteamericano. La goleta Friendship, de Salem, fondeaba en
septiembre de 1831 frente a Kuala Batu, en la costa occidental de Sumatra,
embarcando un cargamento de pimienta, sin observar la debida vigilancia frente
a los numerosos indígenas que subían a bordo con intenciones aparentemente
pacíficas. De pronto se produjo un tumulto y la tripulación que no llevaba
armas fue víctima de una matanza, a excepción de media docena de hombres, entre
los cuales se encontraba el capitán, Endicott, y que lograron escaparse en una
canoa. Cuando la noticia de este ultraje llegó a los Estados Unidos, el
gobierno envió inmediatamente al comodoro Downes a bordo de la fragata Potomoc
al Achipiélago Malayo, con misión de castigar a los asesinos. Llegado a Kuala
Batu, el buque de guerra norteamericano, disfrazado de mercante, ancló en la
rada exterior. Todas las embarcaciones que acostaron, fueron detenidas a
proximidad del Potomac, de modo que el verdadero carácter del barco continuó
siendo un secreto para la gente en tierra; incluso se encerró en la cala a los
tripulantes indígenas de los navíos, que creían estupefactos que iban a ser
ejecutados. La noche del mismo día, trescientos hombres, conducidos por el
antiguo segundo del Friendshíp, desembarcaron al Oeste de la plaza. Al alba la
compañía de desembarco ocupó por asalto los fuertes, no sin enconada lucha.
Finalmente los soldados prendieron fuego a la ciudad, que fue reducida a
cenizas. Los indígenas, incluso las mujeres, se batieron con la energía de la
desesperación; muchos rehusaron rendirse y fue preciso derribarlos a golpes de
culata o a sablazos. Cuando James Brooke se convirtió en rajá de Sarawak en
1842, se dió cuenta de que no había esperanza alguna de establecer el orden en
Borneo, mientras continuase siendo nidal de la piratería. Lo primero que hizo,
pues, fue exterminar todos los elementos nocivos que hacían imposible cualquier
ocupación honrada, especialmente la agricultura. Las madrigueras de las dos
principales tribus piratas las constituían los bancos de los ríos Sarebas y
Sakarran. Brooke acometió primero a los piratas del Sarebas, hombres bellos y
bien armados, cuyas fuerzas ascendían a varos miles de guerreros, en parte
malayos y en parte del buque de guerra Dido, y apoyado por una escuadra
combinada de barcos europeos y malayos, el rajá blanco remontó el río,
destruyendo implacablemente todos los nidos y palzas fuertes de los piratas,
que encontraba en su camino. El gran capitán de los sarebas oponía una
resistencia feroz, infligiendo a las tripulaciones inglesas algunas bajas; los
jefes locales, en cambio, se rendían y prodigando juramentos prometían
enmendarse. Un año después, el capitán Keppel fue llamado de China a la demanda
urgente del rajá Brooke, con órdenes de asistirle en una expedición contra los
sakarranes que acababan de salir a hacer la guerra. Los sakarranes eran más
temibles que los sarebas; su flota de guerra incluía ciento cincuenta prahus, y
su jefe Sheriff Sahib era célebre tanto por su intrepidez como por sus
atrocidades. El 5 de agosto de 1844, la armada vengadora salió de Sarawak en
medio de salvas de cañón y hurras de los indígenas que cubrían ambas orillas
del río. La flota presentaba una extraña mescolanza de naves. El lugar de honor
lo ocupaba el vapor de ruedas Phlegelon, seguido por el buque de guerra de Su
Majestad Dido que aparecía rodeado de sus propias lanchas, tripuladas por
marinos del Estado de Sarawak: en tanto que la retaguardia estaba formada por
un numeroso contingente de sampanes y prahus, atestados de sarawaks frenéticos
y aulladores, a los que fascinaba indeciblemente la perspectiva del botín y más
todavía la de aprehender muchas cabezas. Al día siguiente, la flota remontaba
el río Batang Lupar. Llegó sin incidente a la ciudad de Patusen, fortaleza de
los sarrakanes y echó anclas. La plaza cayó casi al primer asalto y la populosa
ciudad fue sometida a un saqueo antes de ser quemada hasta los cimientos.
Terminada esta operación, la flota continuó navegando aguas arriba, tratando de
la misma manera otra villa más pequeña, la residencia del rajá pirata Sheriff
Sahib. Aproximábase el crepúsculo, de suerte que al final de un día de éxitos
regresamos a bordo de nuestros barcos para la comida de la noche, cansados pero
satisfechos de la obra cumplida. En el transcurso de aquellas pocas horas,
habían sido convertidas en cenizas las habitaciones de cinco mil piratas;
destruídos cuatro poderosos fuertes así como varios centenares de
embarcaciones; y capturados más de sesenta cañones de bronce, más una gran
cantidad de otras armas y de pertrechos. En suma, el terrible Sheriff Sahib, el
gran capitán de los piratas en los veinte últimos años, se vió arruinado sin
esperanza y obligado a esconder en la selva su humillada cabeza. Mientras
pesaba sobre aquellas tribus indóciles una mano vigorosa, eran raras las quejas
a las que dieran lugar; mas en 1848, al encontrarse el rajá Brooke de visita en
Inglaterra, la orgía de asesinatos y pillajes comenzó de nuevo. El 19 de marzo
de 1849, una formidable flota de sesenta a cien prahus sarebas remontó el río
Sadong, capitaneada por un jefe famoso, el Kaksimana de Paku. La tarea a la que
se dedicó esta temible fuerza fue atacar en su camino a todas las mujeres
aisladas. Era la temporada de las cosechas y los labriegos trabajaban dispersos
en los campos, abandonando a sí mismos a sus infelices mujeres e hijos, los
cuales fueron presa fácil de los invasores. La extrema cobardía de aquellos
salvajes resalta de su conducta cada vez que tropezaban con alguna resistencia.
La gente de una granja acababa de salir para los trabajos cuando los prahus
surgieron en un recodo del río, de suerte que el amo y veintisiete de sus
hombres tuvieron tiempo de regresar a casa. Retirando tras de sí las escalas
(todas las viviendas malayas están construídas sobre estacas), derribaron a los
tres primeros piratas que echaron pie a tierra, ¡y esto fue bastante para
ahuyentar a todos los demás! Entre los sarebas encontrábase un viejo diablo
feroz, Dung Dong, malayo de origen, pero que había adoptado el modo de vestir
de los diaks y su costumbre de cazar cabezas. En cierta ocasión, mientras su
gente se ocupaba en saquear alguna granja, Dung Dong se sintió atraído por la
aparición de una muchacha que trataba de huir a la jungla. Dung Dong se lanzó
en su persecución, pero molestado por su pesada lanza de punta de hierro, la
dejó plantada en el suelo, pensando ir a buscarla al regresar. El pirata no
tardó en alcanzar a la joven en un campo; entonces, llevándola en brazos, sin
hacer caso de sus gritos, volvió al lugar donde había dejado su lanza: había
desaparecido. El malayo se precipitó con su presa hacia su canoa, mas al llegar
a una vuelta del sendero, cayó atravesado con su propia lanza a manos del padre
de la víctima. No bien regresado a Borneo, Brooke se apresuró a reunir una
flota y la tuvo lista el 24 de julio de 1849. Esta fuerza era formada por un
bergantín, el Royalist, un buque de guerra británico; el vapor Némesis, de la
honorable Compañía de las Indias Orientales; la ballenera, la chalupa y la
lancha del crucero de Su Majestad, Albatros, más algunas chalanas de un vapor
remolcador, el Ranee y tres canoas del Némesis. El propio Rajá de Sarawak
partió a bordo del más grande de sus prahus malayos, el Sing Rajah o Rey León,
que llevaba una tripulación de setenta combatientes y remeros. Diecisiete
prahus de menor tamaño completaban la armada, a la que se unieron en el curso
del viaje varios jefes locales con su séquito, de modo que la fuerza indígena
llegó a un total de setenta prahus de combate con tres mil quinientos hombres.
El vapor Némesis remolcó todas las embarcaciones europeas hasta el estuario del
río Batang, adonde se dirigieron a su vez los navíos indígenas.
Gracias a informaciones proporcionadas por un prisionero, se
supo que una numerosa flota de sarebas se había hecho a la mar apenas algunas
horas antes de la llegada de los buques del rajá Brooke. Inmediatamente se ideó
un plan para sorprender al enemigo a su regreso. Durante tres días la flota de
Sarawak permaneció al acecho de su víctima. Mientras tanto se conocieron nuevos
detalles sobre el enemigo; así resultaba que sus fuerzas se componían de ciento
cincuenta prahus, todos armados de mosquetes; sólo algunos llevaban además
cañones de bronce. Pocos de estos prahus contaban menos de treinta combatientes
y hasta había varios tripulados por setenta. Continuaban afluyendo toda clase
de noticias traídas por espías: el enemigo estaba ocupado en realizar una incursión
de rapiña, recorriendo los ríos situados al Norte; ya había capturado y quemado
luego dos mercantes de Singapur. Después llegó una noticia importante: los
piratas acababan de enterarse de que el rajá blanco les seguía de cerca y se
dirigían a toda prisa hacia su madriguera, sin sospechar que Brooke les
esperaba allí. Hacia la tarde del 31 de julio, un barco de vigilancia trajo la
nueva, bienvenida después de tres días de espera, de que la flota sareba se
aproximaba en dos divisiones. Una hora más tarde, un cohete luminoso anunció la
proximidad del enemigo y oíase distintamente el acompasado ruido de sus
zaguales, aunque la oscuridad no permitía distinguir a los prahus. De repente,
el prahu delantero avistó el vapor, y los piratas, advirtiendo el peligro,
hicieron resonar un batintín, que es su manera de reunir en consejo a los
jefes. Los sonidos del gongo impusieron un completo silencio y no se percibía
ya el más leve ruido en medio de la noche tropical, negra como la pez. De
pronto estalló un alarido de desafío, anunciando a todos, amigos y enemigos,
que los jefes habían tomado la decisión de combatir. Era demasiado tarde, sin
embargo. El rajá Brooke y el comandante de la fuerza naval inglesa, capitán
Farquhar, tenían al enemigo cogido en su bien tendida red. Su flota de lanchas
de barco y de prahus malayos había formado un vasto semicírculo, cuyos extremos
distaban diez millas uno de otro. A espaldas de su centro estaba la
desembocadura del río Sarebas, y hacia allí precisamente se dirigía el enemigo.
Una brusca crepitación de mosquetería indicó que los prahus piratas habían
entrado en contacto con las lanchas de los buques de guerra; pero el pánico de
sus ocupantes quitaba toda destreza a su puntería. En un breve lapso de tiempo,
ochenta de sus embarcaciones se habían ido a pique; el resto huía mar adentro.
Diecisiete de los prahus de mayor tamaño intentaron abrirse paso, deslizándose
junto al vapor, pero ni uno solo escapó a la destrucción. La excitación causada
por las detonaciones, el destello de las bocas de cañón, las azules antorchas
que llevaban los buques de guerra para distinguirlos del enemigo, el estallido
de los cohetes al atravesar el aire, y los aullidos de desafío de ambos bandos,
se vieron acrecentados por la oscuridad y la gran extensión del espacio donde
se desarrollaban las operaciones, encontrándose dispersados los combatientes,
en un momento determinado, sobre un campo no menor de diez millas. Al despuntar
el día, el completo desastre sufrido por los piratas apareció con cruda claridad.
Más de sesenta prahus desiertos, innumerables fragmentos de la gran flota
pirata cubrían la playa, y otras embarcaciones llenas de agua flotaban de un
lado a otro a merced de la marea. Y esto no era todo: ochenta prahus, de los
que se habían salvado, algunos de ellos de sesenta a ochenta pies de largo,
cayeron poco después en manos del vencedor. No se supo nunca el número exacto
de las bajas del enemigo, pero se estimó que no menos de ochocientos piratas
perecieron en aquella noche muertos en combate o ahogados. Hubo pocos
prisioneros, pero no fue culpa de los vencedores. La idea de la compasión no
encajaba en la mente de los cazadores de cabezas. Cuando se arrojaban al agua,
lo hacían con la espada en una mano y el escudo en otra, y toda tentativa de
salvarlos tropezaba con una resistencia armada, causa de la mayor parte de las
heridas que padecieron las tropas del rajá. De contentarse los vencedores con
su triunfo, no cabe duda que los piratas se habrían repuesto a poco tiempo y
hubieran vuelto a sus maléficas actividades. Mas esta vez Brooke estaba
decidido a desarraigar definitivamente la piratería en su reino. El 2 de
agosto, después de dedicar dos días a la caza de prisioneros en la selva y a la
destrucción de los prahus capturados inutilizables, la expedición remontó el
río Sarebas. El pequeño vapor Ranee, rodeado de las lanchas del crucero, iba a
la cabeza, seguido por cientos de barcos indígenas. Las tripulaciones de estos
últimos, ardían en deseos de saquear las orillas y eso en tal grado que costó
harto trabajo retenerlos. A cada milla o dos, la flota se veía parada por
troncos de árboles recién talados que habían sido arrojados a través de la
corriente y amarrados con lianas; y era preciso quitarlos de en medio para dar
paso a los barcos. Se mataba a todos los indígenas que oponían resistencia y se
quemaban las casas de los que huían. En la mayor parte de estas moradas
encontrábanse trofeos de cabezas humanas, muchos producto de cazas recientes.
La ascensión del río asumió pronto aspectos de una procesión triunfal. Desde
ambas orillas de la selva, llegaban los rajás locales y jefes de las ciudades y
aldeas para hacer acto de sumisión ante el rajá Brooke, con resonantes promesas
de buena conducta en lo futuro. Muchos piratas de los que se rindieron eran
bellos ejemplares de la raza diak, con sus largas cabelleras negras, y gran
número de anillos de bronce sujetos a las orejas. Los brazos y las piernas
justificaban el bien conocido refrán de la costa de Borneo: Desconfía de un
diak que lleva profusión de anillos: a buen seguro es pirata. El 19 de agosto,
la flota estaba de vuelta en el estuario del río. Iba a visitar a los diaks
kanowit, grandes encubridores de botín. Estos ricos traficantes de objetos
robados vivían en dos inmensas casas construídas sobre estacas de cuarenta pies
de alto y lo suficientemente vastas para dar cabida a mil quinientos hombres y
a grandes cantidades de mercancías.
En expiación de sus fechorías, los diaks kanowit tuvieron que
hacer entrega de cierto número de cañones y jarros de bronce, que fueron
vendidos por el rajá Brooke en pública subasta y el producto de la venta se
repartió entre aquellos que habían hecho prisioneros sin herirlos. El gesto del
rajá tenía por objeto infundir en sus tropas salvajes, métodos de guerra más
humanos. Deseaba, sobre todo, poner fin a la caza de cabezas. El 24 de agosto
de 1849, los conquistadores regresaron a Sarawak, después de aplastar de una
vez para siempre la piratería organizada en la costa septentrional de Borneo.
EPÍLOGO EL FIN DE LOS
PIRATAS
El Archipiélago Malayo fue el último baluarte de la piratería en
grande escala. La dispersión de las pandillas de aquellas aguas acabó,
probablemente para siempre, con la piratería, de la misma manera como se había
perpetuado durante milenios. Sin embargo, en medio de las islas y arrecifes del
Pacífico, lejos de las grandes rutas, uno que otro hombre blanco practicó por
algunos años más una forma harto precaria de piratería. Estos individuos eran
apenas más que la hez de la civilización, reos fugitivos australianos,
pescadores de ballenas escapados de sus barcos, o marinos revoltosos, y
rivalizaban con los misioneros en la tarea de iniciar a los indígenas
primitivos en la civilización blanca. Algunos de aquellos degenerados hereqeros
de una gran tradición ostentaban nombres pintorescos, dignos de sus prototipos
de días pasados e incluso de los gangsters de Chicago: se llamaban Paunchy
Bill, Joachim Ganga, Paddy Caney, o Joe Bird. Pero el más grande de todos
llevaba el modesto apodo de Bully Hayes (Matasiete Hayes). La primera aparición
de Hayes en los mares del Sur se produjo en un escenario distinto al de la
piratería: en un principio fue miembro de una pequeña compañía de músicos que
recorría la Nueva Zelanda. La empresa se vió impedida por la guerra de los
maori, y Hayes abandonó la música por el tráfico de armas y de pólvora en
beneficio de los sublevados isleños. A continuación, le vemos en el papel de un
blackbirder, lo que quiere decir que visitaba las islas alejadas de los
derroteros de la navegación, atrayendo a bordo de su barco, el Lenore, a
indígenas confiados para llevarlos a Samoa o a otras zonas y venderlos allí a
plantadores faltos de mano de obra. A poco tiempo, su nombre llegó a ser
célebre desde Australia hasta San Francisco; incluso le buscaban Varios
gobiernos. Pero era un pájaro difícil de prender, y como no bebía más que té,
el cebo que servía habitualmente para capturar a los hombres de su temple no
podía dar resultado. Finalmente, sin embargo, en 1875, los españoles le echaron
el guante y lo encarcelaron en Manila, donde había de esperar su juicio. Hayes
pasó el tiempo de su reclusión con estudios teológicos, de suerte que se
convirtió en ferviente católico. El obispo de Manila, encantado de la
conversión de tamaño pecador, usó su influencia para obtener su libertad, y la
consiguió. Apenas libertado, Hayes volvió a su antiguo oficio, completándolo
con el robo de navíos de gran escala. Arrestado de nuevo en Samoa por el cónsul
británico, bajo acusación de actos de piratería, Hayes conoció una vez más los
calabozos, al esperar la llegada del primer buque de guerra inglés, el cual le
conduciría a Australia, donde debía ser juzgado. Entretanto, sin embargo, el
prisionero se las arregló para obtener permiso de circular libremente por toda
la isla y conquistó gran popularidad como organizador de días de campo. En
aquel entonces llegó a parar en la isla un tal capitán Ben Pease, otro ladrón
de los mares del Sur. Hayes y Pease eran viejos colegas en la práctica del
crimen y sin embargo riñeron violentamente desde el principio de su encuentro.
El cónsul, al ver el cariz que tomaban las cosas, se mostró encantado, pues el
buque de Pease era el único en el que Hayes podía intentar huir. Una hermosa
mañana, el capitán Pease se despidió de sus amigos y salió mar adentro. Algunas
horas después, se descubrió la desaparición de Hayes y fue solamente entonces
cuando el cónsul tuvo la sospecha de que la disputa entre los dos señores había
sido una farsa arreglada de antemano para engañarle. La ley ya no tuvo que
ocuparse más de Hayes: murió a manos de su primer piloto, un escandinavo que le
rompió el cráneo con una barra de hierro y le arrojó al agua. Los últimos
piratas, sobre poco más o menos, fueron los negreros. En 1808 había sido
promulgada en los Estados Unidos una ley que declaraba ilegal la importación de
esclavos negros, castigando el comercio de ébano humano como piratería. Mas
desde el principio, esta ley no fue sino letra muerta y hubo que esperar más de
cuarenta años antes de que se hiciese la menor cosa para hacerla respetar.
Hacia mediados del siglo, el tráfico de esclavos había llegado a su apogeo y se
ha estimado en no menos de mil quinientos el número de negros introducidos en
Norteamérica durante el año 1859. Tan lucrativo era ese comercio que un viaje
afortunado bastaba para producir ganancias inmensas. La mayor parte de los
negociantes en ébano eran norteños. Con el advenimiento del Presidente Lincoln
y el comienzo, en 1861, de la guerra civil, cambiaron las cosas: sin tardanza,
se tomaron medidas severas encaminadas a poner fin al bochornoso tráfico. El
papel de chivo expiatorio, destinado a ser cogido y castigado, le cupo a un tal
capitán Nathaniel Gordon, oriundo de Portland, en el Estado de Maine, quien
conducía su propio barco, el Eric, un velero de quinientas toneladas. Gordon
había hecho en total cuatro viajes; durante el último, fue capturado frente a
la costa occidental de Africa por el buque norteamericano Mohican. Encontraron
en la bodega del Eric novecientos sesenta y siete negros que fueron devueltos a
Monrovia; pero el barco negrero estaba tan atestado de ébano que más de
trescientos de los infelices perecieron en el curso del breve viaje. Gordon,
transportado a Nueva York, compareció ante el tribunal bajo acusación de
piratería, delito que le hacía acreedor a la pena capital.
La causa tuvo una resonancia enorme. Todas las dificultades
imaginables se crearon para obstaculizar el proceso, tanto en el terreno legal
como ante la opinión pública. En vano: el acusado fue declarado culpable y
condenado a muerte. Entonces aparecieron en todas las paredes de la ciudad
grandes carteles con llamamientos como éste: ¡Ciudadanos de Nueva York!
¡Intervenid! ¿Se cometerá un asesinato legal entre vosotros sin que se levante
una sola voz de protesta? El capitán Nathaniel Gordon ha sido condenado a ser
ejecutado por un crimen considerado virtualmente como letra muerta durante
cuarenta años. A despecho de todos los llamamientos y amenazas, Gordon fue
ahorcado el 8 de marzo de 1862 en la prisión de Tombs. Durante la ejecución,
todas las entradas estaban protegidas contra la muchedumbre por soldados de la
marina. Aquél fue el último hombre de raza blanca que murió en el cadalso por
el crimen de piratería en alta mar. Los tiempos modernos parecen haber
exterminado la piratería, salvo bajo sus formas fortuitas y degeneradas, como
lo hicieron con otros más seductores aspectos de la actividad humana. No hay ya
nada que hacer frente a los cruceros de treinta y cinco nudos, los aviones, la
radio, y sobre todo frente a la poderosa policía del Estado moderno. El
individuo emprendedor ya no tiene posibilidad alguna de ganarse la vida de esta
manera y menos la tiene el capital inversionista de extraer de la piratería
beneficios en proporción con los riesgos corridos. Aunque la desaparición del
pirata hiciera perder al mundo un elemento de lo pintoresco, difícil es llorar
su eliminación. Porque no era, en suma, un personaje atractivo; y cuanto más de
cerca le miramos, tanto menos nos parece tal. El espadachín del cinturón
adornado con la pistola que vomitaba torrentes de blasfemias, tal vez sea un
bonito motivo de novela; pero en la vida real ha debido ser un personaje en
extremo odioso. El pirata romántico y extravagante es el que aparece en los
libros, incluyendo el presente; el original, en cambio, era, con pocas excepciones,
un cobarde y un asesino que se desembarazaba de sus víctimas porque los muertos
no hablan. Es de pensarse que su desaparición sea definitiva. Parece difícil
concebir, aun suponiendo que nuestra civilización se trastrocase y la
ilegalidad volviera a ser ley, un resurgimiento del pirata. Fantasmagoría se le
antoja a uno imaginarse las grandes potencias modernas luchando unas contra
otras en una guerra santa con la ayuda de bandidos o renegados, al estilo de
turcos y cristianos, y más fantástico todavía vislumbrar los derroteros de los
apacibles vapores infestados de bucaneros que se lanzasen sobre su presa desde
pequeñas islas organizadas en Repúblicas y en las que las flotas de las
naciones no osaran penetrar. Y sin embargo, tal cosa no es enteramente absurda.
Aquel instinto vivaz del corazón humano, que creó a los piratas, probablemente
continúe siendo tan fuerte como en cualquier época pasada, y sus
manifestaciones accidentales en China, como también la existencia de los
hijackers a lo largo de las costas noteamericanas, demuestran que acecha la
primera ocasión favorable. Es indudable que el tipo de hombre que antaño se
inclinaba hacia la piratería todavía existe, aunque se vea obligado a buscar
otros desahogos a sus capacidades. Cierto día, hablé en la prisión de
Wandsworth con un joven que pUrgaba allí su tercera condena por robo con
fractura. Estimando que era mi deber como visitante de una penitenciaría aludir
a la insensatez del camino elegido por él, le pregunté si prefería el riesgo de
verse encarcelado a una vida sosegada y honesta. ¿Qué quiere usted? -respondió
mi joven amigo-. Necesito dinero y necesito un oficio excitante. Llevado por
deseo de confidencias, me contó como a un camarada una proeza de la que nunca
habían sospechado. Una tarde, en Londres, a la cabeza de una pandilla subida en
tres automóviles, había parado frente a la tienda de un conocido joyero, sita
en la esquina de Grafton Street y de Bond Street. Los muchachos saltaron a
tierra, rompieron los cristales del aparador, se apoderaron de una bandeja con
broches de diamantes, comieron a sus automóviles y huyeron. Sus ojos brillaban
de entusiasmo cuando concluyó: Si anda en busca de emociones, señor, no tiene
más que destrozar el escaparate de la tienda de ... a las cuatro de la tarde y
llevarse todo cuanto quiera. Si ese joven hubiese vivido hace doscientos años,
es seguro que habría sido pirata; y si las condiciones que imperaban hace dos
siglos volviesen a producirse, no dudo que sería pirata hoy. La piratería es,
por cierto, una mancha que deshonra a la civilización y sus adictos han sido
criminales que convenía suprimir. Mas siempre veremos el corazón humano vibrar
con simpatía ante el reclamo del aventurero que se atreve a buscar regiones
lejanas y peligrosas y, desafiando la respetabilidad social, tallarse su
fortuna con sus propias manos.
APÉNDICE I LOS
PIRATAS DE LA ÉPOCA CLÁSICA
Las primeras alusiones a la piratería en el Mediterráneo, que
aparecen en la literatura, revelan que aquélla había llegado ya a cierta
respetabilidad. Uno de los personajes de Homero, al saludar a un marino que
desembarca en la costa de su país, le pregunta si navega por cuenta de algún
mercader o como pirata. El héroe de su primer poema épico, Aquiles, había sido,
por definición propia, pirata antes de alistarse en la guerra de Troya; y su
segunda obra tiene por protagonista a un hombre que se vería condenado a muerte
por un tribunal del almirantazgo de nuestros días. Herodoto comenta su primer
libro con el relato sobre las hazañas de cierto corsario, describiendo sin
asomo de reprobación sus éxitos al capturar algunos mercantes que transportaban
cargamentos de Siria a Egipto. De hecho, para la mayor parte de los autores
griegos la piratería era un oficio reconocido como cualquier otro, y pirata era
sinónimo de navegador. El oprobio no se adhería a aquel hombre sino cuando el
que lo llevaba se ponía al servicio del enemigo. Resulta bastante fácil
reconstruir, según aquellos documentos antiguos, los métodos de los corsarios
primitivos. Sus embarcaciones eran ligeras, poco profundas y de fondo llano. La
velocidad era esencial para el ataque y la fuga; no menos indispensable parecía
el débil calado, pues permitía a las tripulaciones, al ser acorralados por los
buques enemigos, refugiarse en aguas donde sus buques cazadores, de
construcción más pesada, no podían seguirlas. Los lugares de asalto favoritos
coincidían con las rutas comerciales conocidas de todos. Por entonces, en los
albores de la navegación, estos derroteros eran fáciles de determinar de
antemano. El nauta sólo se guiaba por la vista; navegaba a lo largo de la costa
y se orientaba por marcas bien conocidas tales como montañas, promontorios e
islas. Naturalmente, ese método primitivo excluía la navegación nocturna, y
ningún marinero mediterráneo de aquellos tiempos osaba intentarla. El navío
echaba ancla a la puesta de sol y esperaba la salida del sol para proseguir su
viaje en seguridad. Tales principios de navegación hacían la táctica de los
piratas tan sencilla como la de los salteadores de caminos y más fácil todavía
les resulfaba huir. En cuanto al primero de los casos, bastaba con que el
pirata se mantuviera tranquilo en alguna rocosa ensenada hasta que hubiese
avistado su presa y que luego se lanzara sobre ella. Cuando la presa era
demasiado rápida, huía; y cuando era demasiado fuerte, entonces era el
asaltante el que huía. Pero el barco mercante demasiado móvil o demasiado
fuerte para ser tomado al abordaje de día, se convertía en impotente de noche;
pues los piratas no tenían más que espiar el lugar en que fondeaba al
anochecer, protegido por la oscuridad, y asaltarlo cuando la tripulación se hallaba
dormida. Entonces lo invadían con alaridos espantosos y lo tenían capturado
antes de que las soñolientas víctimas pudieran darse cuenta de lo sucedido.
Luego, la nave era llevada por su propia dotación y bajo los latigazos de los
vencedores a la madriguera de los piratas, donde se procedía al reparto del
botín. Pero los barcos no constituían el único objetivo de los piratas
primitivos. No era raro verlos reunirse en gran número y emprender rápidos
golpes de mano contra las ciudades costeñas. Todavía se advierten en muchas
islas del Mar Egeo, ruinas de altas torres antiquísimas que habían sido
construídas para servir a los isleños de refugios contra las incursiones
piratas. Estas torres eran utilizadas también como vigías, desde lo alto de las
cuales se señalaba la presencia de corsarios en proximidad de la costa. A tal
efecto, se enviaban a los moradores de la comarca señales de humo durante el
día, y de fuego por la noche. En ese género de incursiones, la sorpresa
constituía el factor esencial. Se resumían en una llegada relampagueante, en el
rápido arrebatamiento del máximo botín y de prisioneros, que era posible reunir
en pocos minutos, y en una loca huída mar adentro antes de que los vecinos
ribeiteños pudiesen reaccionar. Un golpe de mano de esta clase se halla
descrito de manera muy viva en el libro IX de La Odisea. Contiene una moraleja
harto convincente, aprovechada por los piratas inteligentes, y cuyo descuido
era pagado muy caro por los estúpidos: El viento que me empujaba desde Ilion me
condujo a proximidad del país de los cicones, y después hasta Ismaro, donde
sometí a saqueo la ciudad y maté a los habitantes. Y de aquella ciudad nos
llevamos a las mujeres, así como gran cantidad de mercancías, y repartimos unas
y otras entre nosotros de manera que nadie saliese frustrado por culpa mía.
Entonces dí órdenes de emprender la huída a toda prisa; pero mis hombres,
cegados por su gran locura, no me escucharon. Quedaba todavía mucho vino por
beber y se retrasaron sacrificando rebaños de carneros en la playa, de suerte
que regresaron arrastrando los pies y con paso titubeante. Mientras tanto
llegaron los cicones y llamaron a grandes gritos a otros cicones, sus vecinos
del interior, que eran más numerosos que ellos y al mismo tiempo más valientes,
y hábiles en combatir tanto desde lo alto de sus carros como a pie. Así se
reunieron al alba más numerosos que las hojas y las flores en la primavera.
Luego se alinearon en orden de batalla junto a sus buques veloces, y sus
huestes acometieron con lanzas guarnecidas de bronce. Mientras durraba la
mañana resistimos sus asaltos y los rechazamos, aunque nos sobrepujaban por su
número. Mas en el momento en que el sol marcaba la hora de llevar al establo el
ganado, los cicones hicieron mella en los aqueos y los dominaron, y seis de mis
gallardos compañeros de cada navío perecieron, pero con el resto escapamos a la
muerte y al sino. Entonces proseguimos nuestro viaje muy afligidos y al mismo
tiempo felices de habernos librado de la muerte, aunque lamentábamos la pérdida
de nuestros queridos compañeros. Más de una vez en los anales de la piratería
vemos a los representantes de la Ley tomar desquite bien sea porque los
ladrones no tuviesen bastante paciencia o porque se fiaran en grado aún menor
unos de otros para interponer una distancia entre los perseguidores y ellos
mismos, antes de proceder al reparto del botín.
La cita de Homero indica también la naturaleza del botín que se
llevaban los piratas. La parte más valiosa consistía en seres humanos. El
tráfico de esclavos constituye el rasgo dominante de la piratería mediterránea
y el único hecho espantoso que la distingue de la práctica de los bucaneros del
Atlántico durante los siglos XVI y XVII. Estos últimos, por cierto, no
despreciaban completamente el beneficio que producía el robo de los negros; mas
su principal esfuerzo se encaminaba hacia la captura de cargamentos diferentes
a los humanos. Fue precisamente el lucro extraído de la venta, o el rescate de
los esclavos, el que permitió crear las grandes organizaciones piratas, tan
poderosas que hasta los Estados más orgullosos se vieron obligados a comprarlas
como único medio de protección. Sus negocios asumieron proporciones tales que
en el período de su apogeo revisten funciones reconocidas los centros de
intercambio y, especialmente, el de la isla de Delos, en el Mar Egeo, centros a
los que se llevaban todos los cautivos de las costas mediterráneas como a un
mercado regular. El primer choque entre un Estado mercantil y piratas
organizados, del que tenemos relatos auténticos, tuvo por protagonistas a
fenicios y griegos. Los fenicios de la época homérica de hecho detentaban el
monopolio del tráfico mediterráneo. Ellos eran quienes llevaban las piedras
preciosas, especias y sedas del Oriente, transportadas a través de los
desiertos y embarcadas en sus puertos hacia las ciudades del Mar Egeo y las dos
riberas del Mediterráneo occidental. Fueron no solamente los primeros
navegantes y mercaderes de aquella edad, sino también los colonizadores de la
Francia meridional, de España y de Noráfrica. Cartago y Marsella figuraban
entre los vástagos de la metrópoli fenicia. A la manera de auténticos
imperialistas, los fenicios colonizaban con miras al establecimiento de
mercados en beneficio propio, y a medida que se extendían más lejos sus
empresas, pasando finalmente más allá de las Columnas de Hércules y hasta la
costa occidental de Africa, su comercio se hacía cada vez más rico al mismo
tiempo que crecían en la misma proporción los riesgos condicionados por las
grandes distancias de los viajes. Su espíritu de empresa acabó por conducirlos
hasta el enigmático y tempestuoso Norte, al buscar el precioso ámbar amarillo
del Báltico, y hasta Gran Bretaña, donde fletaban hacia Tiro y Sidón el estaño,
a cambio de productos del Oriente. Incluso se supone que dieron la vuelta a
Africa en un viaje que duraría tres años. Los griegos contemporáneos, aunque
mucho más pobres y sin gran aptitud para la navegación, eran los enemigos
naturales de sus vecinos del Este. Gente agitada, turbulenta y atrevida,
ocupaban posiciones geoglráficas admirables para cortarle al comercio fenicio
todas sus rutas, espiando e interceptando los barcos mercantes y buscando
refugio en las innumerables bahías rocosas que recortan las extensas costas de
la Hélade. Tal vez haya. exagerado Montesquieu al llamar piratas a todos los
griegos primitivos; mas no por eso es menos cierto que en determinada época la
piratería constituía probablemente la principal y ciertamente más lucrativa
rama de las actividades marítimas de la península. Parece más que verosímil que
el fin de la guerra de Troya viera a muchos héroes diferentes a Ulises pasar su
tiempo y ganarse'la vida de la misma manera que él; era un fenómeno consecutivo
a las grandes guerras el que los marinos vueltos a casa y faltos de empleo se
adhirieran a un equipo de corsarios ya existente o que formasen una partida nueva.
Durante la mayor parte de aquel período, los fenicios carecían de una marina de
guerra capaz de hacer frente a tales enemigos. Las costosas incursiones de los
piratas eran el tributo que habían de pagar por sus riquezas nacidas del mar.
Ocasionalmente, los fenicios, que eran un pueblo lleno de recursos y apenas más
honesto que los otros, recuperaban sus bienes, pagando al despojador con la
misma moneda. Disfrazados de apacibles mercaderes, se introducían en algún
puerto helénico, exhibían sus mercancías a bordo de su barco e invitaban a los
habitantes a venir a ver, a admirar y a comprar. Los clientes, claro está, se
componían sobre todo de mujeres. Tan pronto como se habían reunido en número
satisfactorio, el buque se hacía a la mar, y las damas griegas se veían
convertidas en mercancías, dejando de ser clientes. Fue, sin embargo, un
fenicio, uno de los reyes de Creta de la dinastía de Minos, quien hizo la
primera tentativa resuelta y feliz ,de desembarazar el Mediterráneo de piratas.
Habiendo principiado como pirata, esta poderosa familia acabó por establecer en
la isla, durante el siglo anterior a la guerra de Troya, la potencia militar
más formidable de su tiempo. Una vez estabilizado su poderío y sólidamente
apoyado en el comercio, uno de los miembros del clan (ignoramos su nombre)
constituyó, utilizando los bosques de su reino insular, la armada más temible
que haya conocido la antigüedad, y se pusb a cazar y a exterminar
inexorablemente a sus rivales. La situación geográfiCa de Grecia, colocada casi
en el centro de los derroteros comerciales del Mediterráneo, le permitía
vigilar todo cuanto pasaba por las adyacentes aguas griegas, y pronto su
indomable energía había doblegado a las tribus helénicas a su voluntad. N o les
quedaba más que aceptar un convenio que les prohibía poseer naves tripuladas
por más de cinco hombres, excepto una sola, el Argos, que se les permitía
conservar para defenderse de otros piratas. En vida de este Minos, el tráfico
mediterráneo gozaba de relativa seguridad. Pero muerto él, el poderío naval de
Grecia declinó rápidamente. De nuevo florecieron los corsarios y hubo que
esperar casi mil años para ver levantarse una potencia lo suficientemente
fuerte para reducirlos. El príncipe de los piratas de la era subsiguiente a la
homérica fue Polícrates, tirano de Samos, quien prosperaba en el siglo VI antes
de Jesucristo. En el apogeo de su dominación, poseía más de cien buques de
guerra, e imponía su ley en todo el Mar Egeo. Más tarde, habiendo derrotado las
flotas piratas rivales de Melita y Lesbos, se convirtió en soberano de toda la
costa de Asia Menor. Desde allí, Polícrates pudo guiar a su antojo el vacilante
poderío de Fenicia a la vez que paralizar a los temibles merodeadores del mar
de la costa de Cilicia. Mas en el momento de su máxima autoridad, al disfrutar
de la posición de un soberano legítimo, el tirano de Samos se mostró incapaz de
curarse del hábito que había sido agente de su grandeza. Los barcos de los
demás Estados no navegaban sino con su permiso previo pago de tributo; de lo
contrario, arriesgaban ser capturados. En cierta ocasión, Polícrates incluso
interrumpió el ceremonioso cambio de atenciones entre algunos de sus colegas
soberanos, confiscando un navío que Amasis, rey de Egipto, enviaba a
Lacedemonia para hacer entrega, como obsequio, al famoso atesorador de oro,
Creso, rey de Lidia, de un coselete de lino, bordado de encajes de algodón
dorado, y de una magnífica ánfora suntuosamente adornada con piedras preciosas.
Al igual que tantos otros caballeros provistos de lo necesario para comprar,
Polícrates también sabía gastar. Mientras hacía de Samos la primera ciudad de
su tiempo en cuanto a riqueza, la convertía igualmente en el mayor centro de
arte. Su palacio figuraba entre las maravillas del mundo. Lo mismo que los piratas
del Renacimiento, atrajo hacia su corte a los artistas contemporáneos y los
retuvo de modo permanente en Samos, pagándole sumas inmensas por embellecer la
ciudad con estatuas y edificios. Demócedes, el primer médico de su tiempo, fue
arrebatado así de Atenas mediante honorarios fabulosos, y el poeta Anacreonte,
cuyos versos rebosan referencias al tirano, se convirtió por las mismas razones
en amigo íntimo de Polícrates. El tirano de Samos acabó como víctima del género
de traición que él mismo había practicado con frecuencia y éxito. Oroetes, el
sátrapa que Ciro colocara a la cabeza de Lidia, asedió Samos en 515 antes de
Jesucristo; pero Polícrates resistió victorioso hasta el momento en que el
persa, seduciéndole con el cebo de una transacción, le atrajo hacia tierra
firme donde el príncipe versátil, pirata y mecenas, fue prendido y crucificado.
Después de la dominación de los griegos por los romanos y la destrucción de
Cartago a consecuencia de la tercera guerra púnica, se introdujo una brusca
recrudescencia de la piratería que conoció entonces una extensión que no había
tenido nunca antes. Las dos naciones vencidas poseían cierta experiencia
náutica y una sólida tradición de agresiones navales. El advenimiento de los
romanos, al poner fin a su importancia marítima, había aumentado la
desocupación entre sus navegadores, reduciéndolos, por lo menos pasajeramente,
a una vida difícil. De ahí que volvieran en gran número al oficio primitivo de
su raza. Casi por vez primera en la historia fue establecida una clara línea de
demarcación entre la piratería y la guerra. Roma, Estado organizado, poderío
dominante, representaba la Ley. Cualquier violencia cometida contra alguno de
sus súbditos, bien sea en tierra o en mar, ya no podía ser considerada,
consiguientemente, como conflicto entre iguales, sino que se convertía en el
acto en un retador proscrito frente a la Ley. El orgullo de Roma, no menos que
su interés y su sentido del orden, exigía que sus mercaderes pudiesen ejercer
su comercio tranquilamente tanto en tierra como en mar; pero había de
transcurrir mucho tiempo antes de que su eficacia lograse satisfacer tal deseo.
La pasión por el mar no era propia del temple de los romanos. Sus magníficos
soldados combatían con éxito como compañías de abordaje; mas pocos eran los
romanos hechos para la navegación. La mayor parte de su tráfico marítimo era
atendido por extranjeros sometidos bajo la dominación romana, y no se hizo, de
su parte, ninguna tentativa para crear una marina republicana. Habría, en el
transcurso de los ochenta años que separan la caída de Grecia de la expedición
punitiva emprendida bajo Pompeyo, constantes y perniciosas escaseces en los
mercados de Roma, debidas al hecho de que el abastecimiento de la metrópoli se
veía paralizado por la anormal recrudescencia de la piratería, y eso hasta el
punto de comprometer varias veces la existencia misma de la República. Durante
la larga guerra civil, mientras todas las energías de Roma se hallaban
absorbidas por la fratricida lucha entre Mario y Sila, los piratas se hicieron
continuamente más peligrosos hasta que acabaron por someter a un severo bloqueo
los puertos italos. Roma no tardó en sentir el estrangulador aprieto. El
alimento que más hacía falta era el trigo, importado en grandes cantidades
desde Egipto y Africa. El precio de los cereales alcanzó un nivel tal que la
población de aquella gran capital se moría de hambre. Los pillajes de víveres
se convertían en incidentes de todos los días. La policía de los mares ya no
estaba asegurada siquiera nominalmente. Los piratas iban y venían a su antojo
sin encontrar resistencia y Roma no podía ya hablar con orgullo del Mare
Nostrum. El Mar Egeo, golfo de oro, había pasado enteramente a manos de los
corsarios. El peligro llegó a su paroxismo al encontrar los piratas un
protector en la persona de Mitrídates, rey del Ponto y el más temible de los
enemigos de la República. Del mismo modo que en épocas posteriores un potentado
de Oriente emplearía los criminales en su lucha contra el Oeste, así Mitrídates
tomó bajo su égida a los peores de los ladrones, los cilicios, abriéndoles sus
puertos e incluso proveyéndoles de buques de guerra, por lo menos en una
ocasión, al acompañar al superpirata Selenco en una de sus expediciones. Sus
aliados ya no eran, por cierto, una turba de asesinos vulgares: habían
evolucionado hasta presentar una apariencia de organización naval, atacando con
arreglo a principios estratégicos, en lugar de sin orden ni unidad de mando
como antes. Sus operaciones, al menos desde el punto de vista del jurista,
comienzan a parecerse a una guerra más que a la piratería; pero una confusión
análoga debía prevalecer durante unos mil setecientos años a cada apogeo de un
ciclo de piratería. En la práctica seguía siendo piratería: las tripulaciones
no estaban sujetas a la Ley del país bajo cuyas órdenes combatían; no recibían
paga, puesto que eran remunerados mediante el saqueo cuyo producto repartían
con arreglo a sus propias normas; trataban a los cautivos no como prisioneros
de guerra, sino como víctimas de la pirateríá (aunque la distinción no fuese
tan tajante como habría de serlo en épocas posteriores); y se daban clara
cuenta de que ellos mismos, de ser capturados, no habían de esperar sino una
ejecución global a menos de ser vendidos como esclavos, alternativa que
dependía enteramente de sus aprehensores.
Finalmente, al hacerse la situación de Roma tan desesperada que
acalló los odios de los partidos rivales, el Senado reanudó sus funciones de
legislador nacional y en 67 antes de Jesucristo puso en pie una expedición
destinada a salvar el Estado de la perdición. El mando se confirió a Pompeyo a
quien la guerra civil había destacado como primer hombre de la República.
Investido de poder dictatorial y con todos los recursos de Roma a su
disposición, estimó su tarea tan formidable que pidió y obtuvo tres años para
cumplirla. La confianza de que gozaba el dictador fue puesta en evidencia por
la caída del precio de los cereales a la sola noticia de su nombramiento. El
deber más apremiante consistía en limpiar el Mediterráneo de los bandidos que
lo infestaban, abriendo de nuevo los puertos italos y restableciendo el
desaparecido comercio marítimo. A tal efecto, Pompeyo dividió la superficie de
este mar en trece distritos, cada uno bajo el mando de un teniente encargado de
registrar cuidadosamente cada rincón de las costas en busca de merodeadores, a
quienes debía capturar o echar a pique en cuanto los descubriera. Pompeyo mismo
se puso a la cabeza de la flota de Rodas que tenía por misión barrer el litoral
de Africa, Sicilia y Cerdeña, mientras sus tenientes operaban en aguas de
España y de Galia. Al cabo de cuarenta días, el comandante jefe pudo señalar
que la totalidad de la cuenca occidental quedaba libre de corsarios. Pompeyo
hizo entonces rumbo al Este con sesenta buques para desalojar a los piratas de
sus fortalezas matrices. Atemorizados por los triunfos del general romano en
Occidente y por la noticia de su llegada, los corsarios huyeron de alta mar
hacia ensenadas y puertos ocultos entre sus dentelladas costas. Los únicos que
intentaron un asomo de resistencia fueron los barones marítimos de Galicia;
Pompeyo los derrotó fácilmente a la altura de Coracesio. Las ciudades y los
buques de Mitrídates se sometieron espontáneamente, debido en gran parte a la
clemente reputación de que gozaba el vencedor, en una época en que la práctica
corriente era clavar a tales enemigos sobre la cruz. En vez de entregar a sus
prisioneros a la matanza, Pompeyo los instaló en las desiertas villas de
Galicia convertida en provincia romana. A los cuarenta días de la aparición de
Pompeyo frente a la costa de Asia Menor, los piratas quedaban aplastados,
tomadas todas las fortalezas y el Mediterráneo, de un extremo a otro, abierto
al comercio romano. El botín fue inmenso: 400 buques capturados, además de 1300
destruídos. Habían sido quemados todos los arsenales piratas y arrasados todos
sus baluartes. Se estimó en 10,000 los enemigos colgados y en 20,000 los hechos
prisioneros. Entre los prisioneros libertados figuraba el almirante de la
escuadra romana, estacionada anteriormente en Cilicia. Así pues, en tres meses,
en vez de en los tres años por él pedidos, Pompeyo pudo devolver su mandato a
manos del Senado. Debían transcurrir dos milenios antes de que los piratas del
Mediterráneo volvieran a recibir un castigo tan rápido y completo. Durante las
dos décadas siguientes, los mercaderes pudieron comerciar con tranquilidad
relativa, amparados por el gobierno autoritario y eficaz de Julio César. A su
muerte, en 44 antes de nuestra era, se desencadenó la anarquía en tierra y mar.
Las facciones descontentas, huídas al extranjero, hostigaron desde allí a la
República, ya por su propia cuenta, ya al servicio del enemigo. Entre los que
combatieron contra la patria en el mar, figuraba -¡oh ironía!- Sexto Pompeyo,
hijo del gran Pompeyo. Desterrado de Roma, reunió una flota integrada
principalmente por compattiotas exilados y por esclavos, y desde su cuartel
general en Sicilia, devastó las costas de Italia tan completamente que a los
pocos años había restablecido la situación a la que antaño pusiera fin su
padre. Mas en aquel período, Roma no estaba lo bastante fuerte para doblegar al
hijo sedicioso. Tuvo que firmar con él un tratado que le cedía Sicilia, Cerdeña
y Aquea a cambio del libre paso de los mercantes italos. Sexto era demasiado
pirata para respetar tamaño acuerdo y pronto se le veía saqueando y asaltando
de nuevo hasta que Octavio mandó a Agripa a ocuparse de él. Agripa triunfó de
su adversario en una batalla naval en aguas de Sicilia, y desde entonces hasta
el ocaso del Imperio, Roma pudo conservar libres sus rutas marítimas. Con el
eclipse de la civilización romana, la piratería misma declinó hasta el punto de
caer en olvido, y la razón de que así fuera es evidente: durante un largo
espacio de tiempo, hasta el momento de despertar de Europa, apenas si hubo
tráfico marítimo que mereciese la pena de ser saqueado.
APÉNDICE II LA
HISTORIA DE LA SEÑORA JONES
El reverendo Thomas Bolton, capellán del consulado de Argel,
asume la plena responsabilidad de lo auténtico de la siguiente historia del
Hibernian Regiment. El 16 de agosto de 1747, un destacamento de este
regimiento, por entonces al servicio de España, fue sorprendido por corsarios
argelinos al trasladarse de Mallorca al continente. Los soldados resistieron a
la primera galeota que les atacaba hasta agotar toda su pólvora, después de lo
cual, lanzándose al abordaje del enemigo, arrojaron a los turcos al mar.
Entonces los embistió otro gran buque pirata y no tuvieron otra alternativa que
rendirse. Uno de los musulmanes exclamó: No sois españoles. Sois ingleses, o
demonios. El grupo se componía de un teniente coronel, seis capitanes, diez oficiales
subalternos y cerca de sesenta soldados: los pobres restos de las campañas
italianas. Al llegar a Argel, los tres colores del regimiento, una cruz sobre
fondo blanco y las armas de Irlanda con la inscripción Reggimento di Hibernia,
continuaban flotando sobre la galeota turca capturada. Entre las damas de a
bordo figuraban la señora Jones con dos hijos de corta edad y su hija Nancy de
un primer matrimonio, una joven de apenas diecinueve años, muy estimada por su
virtud y cordura y no menos admirada por su belleza; viajabán acompañadas por
una doncella. Después de describir los malos tratos que tuvieron que sufrir
aquellas señoras, y como uno de los niños, de menos de ocho años de edad, fue
obligado a traer agua, barrer los pisos y llevar la basura, teniendo por toda
ropa un viejo y andrajoso traje turco, la señora Bolton prosigue: Cierto día,
la señora Jones estaba sentada, con el niño menor en los brazos, ante la puerta
de la casa en que se hospedaba, cuando pasó un turco, el cual se puso a
importunarla dándole la alternativa entre ceder a sus deseos o morir. Ella se
retiró a una habitación interior y de allí a un desván accesible sólo por una
escala que quitó después de subir. El turco cogió al niño y habiendo amenazado
y suplicado sucesivamente a la madre, sacó su espada e hirió a la criatura en
un brazo. La señora Jones lanzó un grito. Entonces el turco hirió a su víctima
en el otro brazo; finalmente le cortó una mano y la arrojó a la madre; ésta
cogió la mitad de una muela rota, que se hallaba en el desván, y la lanzó sobre
el turco, destrozándole una pierna. El hombre mató entonces al niño, le cortó
la cabeza y descargó sus pistolas sobre la madre, errando los disparos. La
señora Jones esperó el momento propicio y entonces derribó al asesino con la
otra mitad de la muela. Después bajó y le acabó con su propia espada, metió al
cadáver del niño en un canasto y se fue a ver al bey. Sir Lambert Playfair,
cuando era cónsul general en Argel, no logró reconstruir la continuación de
esta historia, pero se inclinaba a pensar que una muerte de suplicios era la
suerte reservada a todo esclavo que osaba matar o siquiera herir a un turco.
APÉNDICE III LA
EVASIÓN DE JACHIMOSKY
Encontramos en un pequeño libro español muy raro la apasionante
narración de una fuga a bordo de un buque de guerra turco, cuya traducción
sigue aquí: RELATO Sobre la captura de la galera almirante de Alejandría en el
puerto de Metellin, debida a los esfuerzos del capitán Marco Jachimosky, uno de
los esclavos de dicha galera, y la liberación de doscientos esclavos
cristianos, ocurridas el 18 de julio de 1628. Impreso en Roma. Traducido del
italiano al español por Miguel de Santa Cruz La feliz captura de un buque
almirante de Alejandría y la liberación de doscientos veinte cristianos,
ocurrida el 18 de julio de 1628, se produjo en las siguientes circunstancias:
Mehemet, el hermano menor de Rasimbech, gobernador de Damiata y Rosero, que era
capitán de cuatro galeras destinadas a cruzar y vigilar los parajes de
Alejandría y cuya almirante era tripulada por 220 cristianos, de los cuales 3
eran griegos, 2 ingleses, uno solo italiano y el resto rusos (llamados
comúnmente moscovitas), salió de Constantinopla acompañado, además de por su
mujer y su familia, por Jusuf Cadi, un turco que acababa de ser nombrado juez
de Alejandría, por la corte otomana que llaman el Diván. Hicieron escala en el
puerto de Metellin, donde, debido al mal tiempo que hacía agitarse el mar, la
capitana quedó separada de sus tres guardacostas por una distancia de una milla
aproximadamente. El 18 de julio, el capitán Mehemet desembarcó en tierra con
una tropa de unos sesenta turcos. Había a bordo, además de los soldados y
oficiales, ciento cincuenta pasajeros. Entre los esclavos tripulantes se
encontraba un tal Marco Jachimosky, vasallo del rey de Polonia y oriundo de
Baro. Era un hombre de buena familia y diestro en todos los ejercicios
militares, hecho prisionero por los turcos al invadir Polonia. Viendo que el
capitán había bajado a tierra con muchos turcos, Jachimosky se encomendó a Dios
y resolvió recuperar su libertad y la de sus compañeros. A tal efecto, comunicó
su plan a otros dos esclavos, Esteban Satanovsky y Stolcina, proponiendo quitarse
mutuamente las cadenas que los sujetaban al banco de remeros; así podrían
circular libremente por el barco. Aquéllos, estimando que tal aventura no podía
ser coronada nunca por el éxito, trataron de disuadirle. Así y todo, puso manos
a la obra (no le faltaba nunca valor frente a la divina providencia) y procedió
a hacer sus preparativos. Desprovisto de armas, sustrajo al cocinero del barco
un leño del que se confeccionó una porra, y al descubrir aquél el hurto le mató
con un golpe en la cabeza. Luego, el audaz Marco se deslizó hacia la popa,
donde había almacenadas gran cantidad de armas y encontrándose con que un
soldado griego se oponía a su paso, le derribó con una cuchilla, que había robado
también en la cocina, de tal manera que le dejó muerto. Marco tomó entonces el
mando de la parte trasera del buque y distribuyó las armas entre sus
compañeros; después, blandiendo barras de hierro, leños y todos los pesados
objetos que estuviesen a mano, se lanzaron sobre sus enemigos. A continuación,
pasaron a proa, donde estaba el capataz de la tripulación, abrigado debajo de
una tienda que le había impedido ver lo que sucedía, de suerte que tomaba el
ruido que oía por el ruido habitual de los esclavos. Viendo acercarse a Marco y
a los otros, cogió dos navajas, una en cada mano, pero no fue lo bastante
veloz, pues Marco le atravesó el pecho haciendo que cayese muerto al agua. Los
turcos, en un intento de adueñarse de los esclavos cuya mayor parte había sido
armada por Marco, habían cortado los rebenques y las lanzaban sobre ellos. Pero
los esclavos luchaban sin flaquear, y después de dar muerte y arrojar al agua
al mayor número de turcos, cortaron los cables que sujetaban las anclas a la
galera, pusieron en movimiento los remos y se alejaron del puerto en medio del
fuego de los cañones de la ciudadela y los barcos presentes en la rada. Se
evadieron sin sufrir daño alguno, y la galera alcanzó alta mar, mientras los
turcos gritaban furiosos y se arrancaban la barba. Los cristianos fueron
perseguidos por los tres guardacostas desde las tres de la tarde, durante toda
la noche y buena parte del día siguiente, hasta que los turcos se vieron
detenidos por la niebla, el viento y la lluvia, pues el mal tiempo los obligó a
regresar a Metellin y dejadr escaparse a los cristianos. Librados del ataque de
los infieles y habiendo vencido los peligros de la tempestad, los cristianos
llegaron a los quince días a Mesina y, puesto que el tiempo había mejorado,
continuaron hasta Palermo, obedeciendo una orden del rey de Sicilia. Después de
haber recuperado su querida libertad, sin perderse la vida de un solo
cristiano, quitaron los cadenas a los veintiún turcos a los que habían atado al
banco de remeros, y los soltaron deseándoles suerte; luego hicieron lo mismo
con Ramer Cadenne, la mujer del juez Yusuf a quien habían dejado en Metellin,
aunque hubiesen podido venderla por mucho dinero. Tenía a su servicio cuatro
jóvenes esclavas cristianas, dos llamadas Ana, otra se llamaba Catalina y una
cuyo nombre era Margarita. También había a bordo otra esclava que había sido
vendida en Constantinopla, una cristiana en extremo bella y graciosa. Esta
mujer se llamaba también Catalina. El noble y valiente Marco, nombrado capitán
por sus compañeros, la desposó y las otras cuatro esclavas se casaron con tres
de sus jefes. Finalmente, cediendo la galera al virrey de Sicilia, el desde
entonces famoso Marco, no queriendo aceptar el obsequio de mil quinientos
escudos que le ofrecía el virrey, recibió un bergantín y le prestaron una
carroza para conducirle a Roma, hacia donde partió con las cinco damas y
treinta de sus compañeros el 25 de agosto. Al día siguiente, como testimonio de
su gratitud hacia Dios por tan grande triunfo y también para manifestar su
agradecimiento al vicario de Cristo, depositaron a los pies de Su Santidad el
estandarte real del buque insignia, hecho de seda blanca adornada con bordados
de cuatro crecientes y de caracteres árabes. Asimismo le ofrecieron una
linterna de bronce de estilo morisco, incrustada con oro y maravillosamente
cincelada. Otros pabellones los suspendieron en las demás iglesias,
especialmente en la iglesia de San Estanislao de Polonia y en Santa Susana, con
tal que al quedar acabada la iglesia de San Caro, Papa y mártir, las banderas
fuesen transferidas allí. Y recibieron en San Jerónimo una hospitalidad
liberal, debida a la bondad del cardenal Barrino. Todos se confesaron y
recibieron la santa comunión para cOronar tan feliz acontecimiento. Gloria a
Dios. Autorizado en Barcelona: en casa de Esteban Liberos. Calle de Santo
Domingo, 1628.
APÉNDICE IV LA
PIRATERÍA Y LA LEY
Hasta el siglo XIV, los casos de piratería eran juzgados en
Inglaterra por los tribunales civiles. Después de 1340, en cambio, año en que
el rey Eduardo III aniquiló la flota francesa en La Esclusa y reivindicó el
título de soberano de los estrechos, se establecieron cortes del Almirantazgo.
Estos tribunales eran competentes para fallar sentencia en todos los hechos de
piratería y demás crímenes cometidos allende la línea de alta mar.
Posteriormente, los reyes Enrique VIII y Luis XII firmaron un tratado comprometiéndose
a suprimir la piratería entre sus propios súbditos y a lo largo de las costas
nacionales. En 1536, Enrique VIII promulgó la primera ley contra la piratería,
creándose un nuevo tipo de funcionario, el vicealmirante de la costa, quien
debía proceder en materia de piratería ... con arreglo a las prescripciones de
la ley, aunque algunos de estos vicealmirantes y especialmente ciertos miembros
de la familia Killigrew, en Cornualles, no fueran otra cosa que piratas.
El primer tribunal del Almirantazgo, establecido fuera del
Reino, fue el de Terranova, en 1615, año en que el gobierno envió magistrados
para juzgar los innumerables casos de piratería y de otros delitos cometidos
por los rudos y revoltosos marinos que iban todos los años a pescar en el
banco. Pero aquel tribunal se creó con objeto de hacer frente a una situación
momentánea más que como corte permanente. El segundo y el más importante de los
edictos contra la piratería publicados por la legislación inglesa, fue el de
1699, que autorizaba a los tribunales del Almirantazgo para juzgar actos de
piratería en las colonias y plantaciones de Norteamérica y las Antillas.
Conforme a la ley de 1699, cualquier persona detenida y acusada de actos de
piratería en las colonias podía ser juzgada y, al ser reconocida culpable,
castigada allí mismo. Ello constituía un considerable progreso comparado con el
antiguo sistema según el cual tanto las personas acusadas como los testigos
debían ser enviados a Inglaterra, sede del tribunal; procedimiento costoso e
interminable y debido al cual, en los más de los casos, el acusado era puesto
en libertad para evitar gastos y complicaciones. Entre las cláusulas más
significativas de la ley de 1699, figuran las siguientes: ... La experiencia de
los últimos años ha demostrado de manera particular que los autores de actos de
piratería y de crímenes cometidos en aguas de las Antillas y las Indias
Orientales no pueden recibir el castigo a que sean merecedores sin dificultades
y gastos considerables, originados por la necesidad de juzgarlos en Inglaterra
... de suerte que los malandrines y perversos se han visto alentados a hacerse
piratas y a entregarse a ese género de mala vida, sabiendo que ... no tendrían
que justificarse de tales actos de piratería ni de otros crímenes a causa de
las complicaciones e importantes gastos que pesarían sobre quienes tratasen de
hacedes arrestar y perseguir ... Por consiguiente, fue ordenado que los actos
se juzgasen por el tribunal del Almirantazgo más cercano y que cualquier
funcionario de Estado competente pudiese detener y juzgar a una persona acusada
de actos de piratería en cualquier mar, río, bahía, etc. En 1721, se publicó
otra ley contra la piratería, que extendía de manera considerable el alcance de
la de 1699. Esta ley señalaba, ente otros hechos: Puesto que el número de
individuos dedicados a actos de piratería en los mares ha aumentado grandemente
en los últimos tiempos ... y que tales individuos se han hecho piratas y
entregado a ese género de vida maléfica en grave detrimento del comercio y la
navegación de los lugares más alejados, a despecho de las leyes vigentes ... A
continuación se enumeran las penas: Todos los capitanes o pilotos de barcos que
comercien con un pirata, ya sea por trueque, cambio, o negocio regular, ... al
ser reconocidos culpables serán castigados como piratas. Entre otras
puniciones, había de negarse a los culpables los auxilios de la religión. A fin
de alentar la resistencia a los ataques piratas, se decretó que todo marinero
herido en combate contra los piratas sería recompensado y admitido en el
hospital de Greenwich con derecho de prioridad sobre todos los demás marinos o
navegantes. Aquellos que por el contrario dejasen de defenderse contra los
piratas, se verían frustrados de su paga y acreedores a seis meses de prisión.
La ley de 1721 ordenaba todavía que: El capitán de un barco o cualquier otro
individuo que comercie con un pirata o que le abastezca con pertrechos, víveres
y demás aprovisionamientos, o que equipe un navío para tal comercio, o que
entre en negociaclones o en correspondencia con un pirata, al que conozca como
tal, será considerado de derecho como pirata, criminal y bandido. Otras dos
leyes relativas a la supresión de la piratería fueron promulgadas, una en 1744
y otra en 1837. El castigo de los condenados por pirateria era la muerte y
sigue siendo tal aún hoy en todos los casos en que haya sido hecho uso de la
violencia; en los casos exentos de esta circunstancia, el convicto es acreedor
a cadena perpetua, como sanción máxima, o de trabajos forzados por un tiempo
menor. En 1873, el Consejo de la Corona aprobó la definición de la piratería
dada en Rex V. Dauson en 1696 y que es la siguiente: La piratería no constituye
sino un término marítimo que define el robo a mano armada en el dominio de la
jurisdicción del Almirantazgo ... Cuando el marino de un barco despoja por la
violencia al patrón y luego desplaza el navío o cargamento del mismo con
intención criminal y esto dentro de la zona circunscrita por la jurisdicción
del lord almirante, entonces se trata de robo a mano armada y de piratería. En
1824 apareció una ley contra la piratería, que declaraba culpable de piratería
a todo súbdito británico que secuestre en alta mar a una persona como esclavo.
El castigo era la muerte, mas la ley de 1837 lo redujo a deportación perpetua.
Esta ley amenazaba en particular a todos aquellos que se entreguen al tráfico
de esclavos o que equipen un barco destinado al transporte de esclavos; que
presten fondos para equipar alguno; que actúen de cirujanos o de sobrecargos a
bordo de tal barco, o que aseguren a esclavos.
El símbolo de la autoridad que permite la confiscación de barcos
por la Suprema Corte del Almirantazgo de Gran Bretaña, fue, y es todavía, el
remo de plata. Este remo era introducido por el mariscal de la Suprema Corte y
depositado sobre la mesa del juez. El origen de este símbolo se ignora; se
remonta ciertamente a tiempos muy remotos, pues encontramos indicios de su
presencia a principios de la era de los Tudors. El más antiguo remo de plata
existente data de la época de los Cinco Puertos. El que pertenece al ducado de
Cornualles ha sido propiedad de Dartmouth, designando la jurisdicción de las
aguas de Dartmouth. De manera general, todos los puertos importantes de
Inglaterra tenían su remo de plata. También poseen remos de plata otras partes
del Imperio Británico, por ejemplo las Bermudas, la Colonia del Cabo, y Sidney.
El que correspondía a Irlanda, fue robado en 1842 al mariscal suplente en el
momento en que ejercía sus funciones en el Oeste de la isla, y nunca ha sido
recuperado. Durante todas las ejecuciones de piratas, el cortejo que les
acompañaba al cadalso, era encabezado por el mariscal, que caminaba a pie o a
caballo, llevando el remo de plata sobre el hombro.
APÉNDICE V EL DIARIO
A BORDO DE EDWARD BARLOW
Barlow salió para Inglaterra como primer piloto del Septer,
mercante de la Compañía de las Indias Orientales; pero durante la travesía
murió el capitán y el mando pasó a manos de Barlow. 15 de agosto de 1697.
Habiendo rebasado la pequeña isla de Bab, descubrimos en la mañana que nuestro
grupo contaba un barco más, que se había introducido en nuestra flota; pues
navegábamos bastante dispersos y se había formado en medio de nosotros un vacío
tal que un buque podía pasar adentro fuera del alcance de los cañones de
cualquiera de entre nosotros. No enarbolaba pabellón y voltejeaba bajo sus
gavias cargadas de más velas que las que suele nevar una nave ordinaria;
advertí en particular un perroquete de trinquete y un trinquete mayor, detalles
que nos revelaron inmediatamente la naturaleza del intruso; como se aproximaba
a nosotros, siempre manteniéndose a justa distancia de nuestro alcance, tuvimos
confirmación acerca de la clase de buque que representaba. Era el Adventure
Galley, una hermosa fragata que según supimos más tarde había sido construída
en Dedford, armada de veintiocho o treinta cañones y que tenía a la altura de
su batería inferior una hilera de portillas de remos, para poder hacer rumbo
durante las calmas. No mostraba su pabellón; sólo llevaba una llama roja sin
cruz alguna. Temerosos de que pudiese tomarnos por uno de los barcos moros,
tomamos nuestras disposiciones, pues queríamos dejarle acercarse cuanto le
gustase ya que el convoy principal había quedado muy atrás y como casi no había
brisa, no era de temer que se aproximara demasiado. Mas viendo que el pirata no
avanzaba (se había puesto en dirección casi perpendicular a nuestra quilla),
izamos nuestros colores y disparamos dos o tres cañonazos bien ajustados; luego
bajamos al agua las dos chalupas para halarnos hacia él, puesto que había poca
brisa. Mientras tanto, el pirata había disparado cuatro o cinco veces sobre uno
de los barcos moros, dando en el casco y en las velas; pero advirtiendo que nos
esforzábamos por alcanzarle, puso todo su velamen e incluso se sirvió de sus
remos para conservar la distancia. Nosotros le cañoneábamos con todas nuestras
piezas y nuestros hombres lanzaban gritos que oía tan distintamente que al
parecer nos tomó por uno de los buques del Rey. Disparábamos sobre él mientras
se hallaba a nuestro alcance y creo que recibió algunas balas. Pero era mejor
andador que nosotros, y una vez fuera de nuestro alcance metió sus remos, cargó
sus altas velas y se puso al pairo, esperándonos. Como no había viento, se
alejaba de nosotros cuando nos aproximábamos a él. Repitió esta maniobra dos
veces; luego, viendo que no dejábamos de seguirle, acabó por poner todas sus
velas y huyó. Puesto que algunos de los barcos moros transportaban grandes
sumas de dinero y la flota se hallaba dispersa, de no encontrarse con ellos
nuestro buque, es seguro que habría saqueado los mercantes de adelante, cosa
que le hubiera sido muy fácil realizar, y los navíos holandeses no habrían
podido acudir en auxilio de los moros, pues era muy buen andador y casi no había
viento. Así, pues, prestamos un gran servicio a los intereses de la Compañía.
Porque si hubiese ocurrido una desgracia a uno de los barcos o si alguno de
ellos hubiera sido saqueado por los piratas, todos los ingleses habríamos sido
detenidos como prisioneros en Surrat. En vez de esto, el pirata, viendo
abortados sus proyectos y avistando otro gran convoy de mercantes moros, se
dirigió hacia la costa de India. Los barcos moros nos agradecieron mucho
haberles protegido a tiempo contra los piratas cuyo capitán se llamaba William
Kidd, como supimos en lo sucesivo. Al día siguiente, el 16 de agosto, ya estaba
fuera de vista.
Después de aquel encuentro, el Septer hizo escala en Karwar
donde tuvo noticias de Kidd. Se supo lo siguiente: El pirata, habiendo
penetrado en la bahía so pretexto de pedir leña y agua, capturó allí una
embarcación del país, propiedad de algún armador de Bombay y que, además de
tripulantes negros, llevaba a bordo a uno o dos ingleses. Después de despojarla
de todo cuanto le parecía útil y, por supuesto, de todo dinero que encontró, a
saber, trescientas o cuatrocientas rupias, descendió por la costa, luego de
haberle abandonado dos o tres de sus hombres, de los cuales uno era judío, que
el ketch de la compañía había llevado a Bombay. En Calcuta, Edward Barlow se
enteó de que Kidd había hecho escala en este puerto: Envió a sus hombres a
tierra a pedir leña y agua, y mandó decir al señor Penning, el jefe local, que
navegaba por orden del rey de Inglaterra y que tenía una comisión para capturar
a los piratas y a los franceses. En realidad, él mismo se había hecho pirata.
Había recibido una comisión que llevaba el sello del rey. ¿Cómo se la había
procurado? Los que se la consiguieron lo sabrán mejor que nadie: hay quienes
desearon que hiciera cosas malas en vez de obrar bien ... Pero el jefe no quiso
enviarle nada a bordo, pues lo tomó por lo que era. A eso, Kidd mandó decirle
que si le negaba ese pequeño favor, lo haría saber a Whitehall en cuanto
llegase a Inglaterra.
APÉNDICE VI DISCURSO
SOBRE LOS PIRATAS Y LOS REMEDIOS PARA SUPRIMIRLOS
Hace una veintena de años le plugo al rey Carlos II enviarme a
Nueva Inglaterra con instrucción de investigar sobre el comercio de aquella
región. Observé que armaban allí barcos de sesenta a setenta toneladas, todos
muy bien equipados, que llaman corsarios y a los que se enviaba sin asomo de
comisión a las Antillas españolas, donde cometían toda clase de violencias
contra la población, después de lo cual regresaban con grandes cantidades de
plata acuñada o en lingotes, de alhajas, de joyas de iglesia, y demás riquezas.
La cosa llegó tan lejos que el embajador de España se quejó ante Su Majestad y
finalmente se convino en que Su Majestad equiparía cinco o siete fragatas bien
armadas, incumbiendo los gastos al rey de España, con intención de capturar y
de destruir a los piratas. La ejecución de este plan se confió a sir Robert
Holmes que tenía poderes, por sí mismo o por persona interpuesta, de conceder
perdones a cuantos acudiesen a la proclama de Su Majestad, a dar suficientes
garantías de su deseo de vivir pacíficamente. Mas como el rey de España no
efectuara los pagos acordados, este proyecto fracasó. No oí hablar de ningún
acto de piratería, cometido en aquellas regiones durante los últimos años. Y es
que los piratas han descubierto un viaje más provechoso y menos arriesgado:
recorren el Mar Rojo y les quitan allí a los moros cuanto poseen sin tropezar
con resistencia, llevando luego el botín al continente americano o a las islas
adyacentes, donde encuentran acogida y abrigo y donde se equipan los barcos destinados
a estas expediciones. A mi última llegada a Inglaterra, llamé la atención de
los tribunales de la aduana de Su Majestad, sobre el hecho de que los
gobernadores de las plantaciones, al permitir a los piratas de todas las
naciones convertirse en patronos o propietarios de buques, se hacían culpables
de alentar el comercio ilegal; y propuse como remedio que ningún corsario fuese
admitido por los gobernadores a disfrutar de libertad o privilegio alguno en
las plantaciones a menos de haber hecho entrega de suficiente fianza (no menos
de 1,000 libras), la cual se recaudaría por cualquier persona que designase Su
Majestad, etc. Los principales lugares que frecuentan los piratas y donde son
recibidos, son los siguientes: Las Islas Bahamas: hace ocho años,
aproximadamente, John Hoadley, capitán de un buque de 32 cañones, llegó a la
isla de la Providencia, frente a las costas de Brasil, llevando a bordo gran
cantidad de azúcar y a poco tiempo quemó su barco dentro del puerto. El año
anterior, Thomas Wolley y Christopher Gossse de Nueva Inglaterra, trajeron de
las Indias un navío holandés de 40 cañones. Encontrábanse a bordo sumas
importantes. Los dos se repartieron el dinero y quemaron el buque en Andrew
Island aunque todavía quedaba a bordo un gran cargamento de pimienta. La
Carolina del Sur: Además de otros barcos que han atracado allí procedentes de
las Antillas españolas, señalo un barco de Jamaica que hizo escala hace cinco
años, de regreso del Mar Rojo, con una tripulación de 70 hombres, cada uno de
los cuales recibió, como su parte, 1,000 libras en monedas de oro y de plata.
El barco fue confiscado en nombre de sus propietarios como precio. Comprado
luego por un grupo de negociantes, fue embargado por haber ido a Virginia, pero
los patrones fueron absueltos por el jurado. Pensilvania: Varios piratas,
procedentes de la Carolina del Sur, se trasladaron de allí a Horkill y a otros
puertos de Pensilvania y recibieron, con asentimiento de los gobernadores,
permiso para establecerse y comerciar en dichos lugares. Se botó allí una
corbeta de 10 cañones, construída para el tráfico en el Mar Rojo. Varios
piratas tenían invertido fondos en este barco. Lo vi en el astillero. Hace más
o menos cuatro años, un tal Cross entró en el puerto de Horkill a bordo de un
buque español de 24 cañones y 70 hombres, para cargar víveres. Temía ser
apresado por la fragata de Virginia y navegó desde Horkill a las Bermudas,
donde atracó en espera de sus aprovisionamientos encargados en Filadelfia y que
le fueron enviados. Road Island ha sido durante mucho tiempo y continúa siendo
el principal refugio de los piratas. En abril de 1694, Thomas Tew, llegando a
bordo de su corbeta desde el Mar Rojo, trajo 100.000 libras en oro y plata,
además de un buen cargamento de marfil que fue comprado por mercaderes de
Boston. Su parte fue de 12,000 libras por él mismo y su corbeta. A poco tiempo,
Tew regresó al Mar Rojo, y ante tal éxito alentador se armaron otros tres
barcos que debían reunirse con él. Su retorno se esperaba en la primavera
pasada en uno de los puertos arriba mencionados. Se supone que Tew se dirigirá
hacia las Bahamas. Boston, en Nueva Inglaterra: Todos los años, se equipan allí
uno o varios veleros con destino al Mar Rojo, so pretexto de navegar a los
establecimientos de las Antillas. Sir William Phipps, el último gobernador,
invitó a los corsarios a trasladarse de Pensilvania a Boston, asegurándoles
plena libertad de tráfico. Tew era depositario de 2,000 libras de un mercader
de Boston; otros poseían dinero en Road Island, y ciertos gobernadores se han
enriquecido gracias a sus tratos con los piratas. Con objeto de suprimir estos
piratas y para evitar que vuelvan a producirse tamañas fechorías, se sugiere
humildemente: 1° que ninguna persona sea nombrada gobernador hasta que su
nombramiento haya recibido la aprobación de Su Majestad, previa deliberación
del Consejo, tal como está previsto por la ley contra los fraudes y abusos en
el comercio de las plantaciones. 2° que plazca a Su Majestad enviar una fragata
de primera clase bajo las órdenes de alguna persona de confianza y
familiarizada con las islas Bahamas y demás lugares favoritos de los piratas,
con misión de otorgar el perdón a cuantos se muestren dispuestos a dar
garantías de establecerse pacíficamente en las plantaciones. Que Su Majestad se
digne conceder el perdón a uno de los hombres de Tew, actualmente en Inglaterra
y que puede revelar las intrigas de los piratas. Si tal empresa se lleva a cabo
con celeridad y discreción, no dudo de que se logre sorprender a muchos piratas
en las Bahamas y en la Caroliná del Sur. No se atreverán a refugiarse en medio
de los españoles o de los franceses ahora que hay guerra. 3° que se dispense
toda clase de aliento con objeto de descubrir cuáles sumas de dinero y cuáles
alhajas han sido obsequiadas a los gobernadores o a sus hombres de confianza en
las plantaciones, ya sea por los piratas o por sus agentes; que estas sumas
sean confiscadas en nombre de Su Majestad; que se abra una instrucción contra
los gobernadores por demérito y que toda persona que tiene en su posesión
dinero o bienes procedentes de los piratas y que lo declare sea indemnizada,
pero en caso contrario se les haga igualmente objeto de diligencias judiciales
por instigadores y cómplices de los piratas. Todo lo expuesto lo firma humildemente.
E. RANDOLPH (1696).
APÉNDICE VII LOS
PIRATAS CHINOS MODERNOS
Extracto del Times, del 12 de diciembre de 1929: Lanzar una
empresa de piratería en las costas de China no es una operación muy distinta de
los preliminares de la fundación de ciertas sociedades comerciales. Se necesita
un capital y éste se encuentra generalmente. Hay muchos regateos y
negociaciones en comité secreto, y aunque no se publican prospectos, ni nóminas
de directores y accionistas, no por eso no existen los tales personajes.
Reunidos los fondos indispensables, se confieren a un director general los
poderes requeridos. Reclutar una pandilla digna de confianza, elegir una
víctima aceptable, granjear informaciones útiles, llevar las empresas a feliz
término y proveer oportunamente escondites para el botín y los prisioneros: he
aquí tareas que exigen cualidades poco comunes. Una vez elegida la víctima, el
jefe y sus principales subordinados emprenden algunos viajes preliminares a fin
de ponerse al tanto sobre la geografía del barco, su cuadro de servicio, las
cualidades de sus oficiales, etc. Por cierto que cada chino que frecuenta
conspicuamente un barco se hace sospechoso; pero el pasajero de primera clase
de tal viaje, es pasajero de cubierta el mes siguiente, y resulta entonces
harto difícil identificarle. Cuando ha concluído la investigación preliminar,
toda la gavilla sube a bordo, algunos como pasajeros de primera, la mayoría
como viajeros de entrepuente, y uno que otro como miembros de la tripulación.
No son bribones torpes y cobardes, sino hombres dueños de su oficio que
habitualmente procuran ejercerlo con éxito e incluso con humanidad, hasta donde
la humanidad es compatible con el éxito. Su primera tarea consiste en
introducir a bordo armas y municiones. En Shangai, Hongkong y Singapur, los
pasajeros chinos y sus equipajes son examinados por la policía marítima; empero
cuando más de mil chinos se aprietan en la pasarela, formando una muchedumbre
compacta, un verdadero registro resulta ser una cosa poco menos que imposible,
y en los puertos tales como Amoy, Foutcheou y Swatow, las precauciones tomadas
dejan mucho que desear, dando a los piratas la oportunidad que buscan. Pero
basta una palabra de un pasajero o marino de que plenty pieces bad men come
ship side (mucha mala gente ha subido a bordo), para que inmediatamente se
cierren las rejas antipiratas, se alerten los guardias y los oficiales
aparezcan con el revólver cargado en el cinturón. Siempre hay una guardia
-cuatro sikhs o anamitas- a bordo de los vapores que hacen el transporte de
pasajeros en la China meridional. Las rejas son puertas de sólidas barras de
hierro y que aíslan el puente de paseo de la pasarela.
CÓMO OPERAN LOS
PIRATAS
Imaginaos la escena de la
puesta del sol a bordo de uno de aquellos barcos costeros que avanzan
trabajosamente a través de la espesa marejada movida por el monzón de sudeste.
Las calas de proa y de popa han sido transformadas en dormitorios blanqueados
de cal y en cuyo fondo se mueve una comprimida masa humana de hombres, mujeres
y niños, instalados sobre esteras y bultos con la minuciosa economía de las
muchedumbres chinas. Unos preparan su comida; otros lavan su ropa o bien se
acurrucan en grupos para jugar. Debajo de las lanchas salvavidas y sobre las
berlingas aparecen las siluetas de durmientes, medio desnudos en noches
tranquilas y calurosas. En el centro del barco, en el superpuesto puente de
paseo, se ven algunos pasajeros de primera clase, ingleses y chinos; allí se
encuentran los camarotes de los oficiales y el pasadizo. A la hora de la cena,
cuando los oficiales que no están de cuarto y todos los pasajeros se hallan
sentados sin armas en torno a las mesas del comedor, se da una señal -una vez fue
el movimiento de encender un cigarrillo-, resuena un rudo ¡Arriba las manos!, y
los estupefactos comensales bajan los ojos ante los cañones de las pistolas
automáticas que apuntan sobre ellos los coolies, los comerciantes y los
marinos. Se recogen las armas; se registra por turno a cada uno de los
pasajeros y los oficiales y se les encierra en los camarotes y salones. La
guardia armada antipirata recibe la advertencia de que toda resistencia será
castigada con la muerte. En el pasadizo, en los alojamientos de la guardia, en
el puerto de radiotelegrafista, en la plataforma de las máquinas, en todas
partes, se desarrolla la misma escena: una brusca orden, un cañón de pistola y
la inevitable rendición. Y luego la cortés instrucción: Ustedes van a hacer
rumbo hacia Bias Bay con objeto de llegar allí a las siete de la mañana. No se
molestará a nadie, a menos de que intenten recuperar el barco. El servicio se
hace como de ordinario; los cuartos se elevan como si no hubiese ocurrido nada
anormal. Mientras tanto se saquea el cargamento, y los objetos de valor y las
prendas de lujo son arrancadas a los aterrorizados pasajeros. Los fuegos de
ruta y las luces de los camarotes han sido apagados. Así, envuelto en completa
oscuridad, el vapor navega hacia Bias Bay, lugar siniestro de la costa china.
Es una inmensa extensión de agua poco profunda, cercada de colinas arenosas y
cubiertas con las malezas típicas de aquella región. Se advierten algunas
aldeas chinas, algunos sampanes de pesca, que sugieren la paz, el retiro y la
belleza. Pero apenas ha anclado el barco, brotan de las orillas enjambres de
sampanes; sus tripulantes saludan a los piratas con hosca impasibilidad, y en
el instante siguiente los hombres de la costa, curtidos por el tiempo y
harapientos, se lanzan a despojar el steamer. Hasta los cronómetros, las
sextantes y las partes de bronce son robados frecuentemente. Se producen
escenas desgarradoras cuando las familias son separadas a la fuerza, cuando un
padre o una madre, se ve empujado bajo la amenaza de la pistola a bordo de un
sampán para ser transportado a las montañas, tal vez con esperanza de
salvación, pero más probablemente para morir allí de hambre y del rigor de las
intemperies durante los interminables regateos por el rescate. El maltrecho
vapor regresa penosamente a Hongkong, donde la policía toma en sus manos el
asunto, inventariando el robo. Y poco a poco, el público comienza a olvidar lo
sucedido.
UN COMBATE PASMOSO
Pero no todos los piratas trabajan con tanta suavidad. A menudo,
la guardia de servicio india cae víctima de una salva traidora, y cuando los
piratas capturaron el barco costero noruego Solviken, mataron al patrón,
capitán Jastoff, porque no abrió instantáneamente la puerta de su camarote. En
otro acto notable de piratería, el del Anking, una lluvia de balas disparadas a
quemarropa, limpió el pasadizo, matando al oficial de cuarto y al
cuartelmaestre e hiriendo gravemente al capitán. El primer maquinista murió
apuñalado por la espalda, mientras estaba sentado sobre una silla, en el
puente, y el oficial segundo fue derribado por golpes en la cabeza. Los
piratas, sin embargo, cuidaron de curarle, pues necesitaban a alguien que
pudiese conducir el vapor. No es menos memorable el asunto del Sam Nam Roi. Una
treintena de piratas asaltaron el barco cuando se encontraba apenas a quince
minutos del pequeño puerto de Pekhai, en la desembocadura de uno de los ríos de
la costa occidental. Una salva puso fuera de combate a la guardia hindú, e
inmediatamente después se desarmaron aquellos de sus miembros que no estaban de
servicio. El oficial de cuarto, Hugh Conway, saltó desde el pasadizo al puente,
pero cayó herido de muerte. Mientras tanto el señor Houghton, primer maquinista,
había desafiado una lluvia de balas, logrando cerrar la reja de babor del
pasadizo. Tenía su revólver y pudo cubrir el lado de estribor del puente hasta
que el patrón, capitán W. H. Sparke lo hubo reforzado en el pasadizo. La reja
de estribor permanecía abierta y se hicieron esfuerzos desesperados para
cerrarla. Con una pistola automática en cada mano, el capitán Sparke se
enfrentó valientemente a los piratas y protegido por su fuego, el señor
Houghton corrió tras él y cerró la reja ante sus narices. Se siguió un combate
pasmoso, al arrastrarse el capitán Sparke de un bordo a otro para disparar
sobre las caras patibularias que surgían en popa, y conducir al mismo tiempo el
bárco, pues a la primera señal de peligro, el piloto y el cuartelmaestre habían
huído, ocultándose con la tripulación. A un determinado momento de la batalla
se agotaron las municiones, y el señor Houghton, tirador menos diestro que el
capitán, se limitó a cargar el arma de este último y a vigilar. Los piratas
eran una pandilla de aficionados; algunos de ellos habían formado parte de una
tripulación rebelde, desembarcada hacía un par de semanas por insubordinación.
Una ingenua astucia acabó con su desfalleciente valor. El capitán Sparke dió
cuatro toques con la sirena y cambió de rumbo, y los piratas creyendo que había
avistado una cañonera se arrojaron al agua desde la parte trasera del barco. El
capitán Sparke, dando media vuelta, abrió al lado de su valiente maquinista el
fuego sobre las cabezas de los nadadores. El ruido del tiroteo había atraído la
milicia de la aldea vecina que capturó unos quince de los fugitivos; los
prisioneros, presos con cadenas, fueron enviados a Cantón, donde sufrieron la
suerte habitual de los piratas. El primer golpe eficaz asestado a la piratería
en las costas de China fue el envío de una patrulla de submarinos a la bahía de
Bias. Cierta noche de octubre de 1927, veíase llegar un barco con todas las
luces disfrazadas y que no contestaba a las señales. Un cañonazo sobre su proa
fue seguido por otro que dió en la sala de las máquinas, y el buque comenzó a
hundirse. Era el Irene, propiedad de chinos, y atestado de pasajeros de
cubierta. El submarino recogió a 226 pasajeros y capturó 7 piratas que fueron
ahorcados en la prisión de Hongkong. Hubo algunas dificultades con las
autoridades chinas y los propietarios de aquel barco; pero el Almirantazgo
apoyó enérgicamente al comandante del L. 4, felicitándole por su iniciativa y
por los resultados de su acción. El asunto pasó luego a manos del mariscal Li
Chaisum, el audaz y competente dictador de Kuantung. Se construyó un puesto
militar provisto de una emisora de radiotelegrafía y se organizaron patrullas
de cañoneras a lo largo de la costa. Pero la piratería es un juego que ya no
rinde. Los gastos de establecimiento son excesivos y las ganancias poco
seguras. Los asaltos contra el Sunning y el Irene fueron fracasos rotundos, y
los beneficios sacados de las otras empresas dejaron mucho que desear. El botín
del San Nam Hoi produjo 10,000 libras; el del Hsin Wah, 25,000 libras; el del
Tean, solamente 7,000 libras. La captura del Hsin Chi y la del Ankling fueron
golpes fructuosos, pues cada uno de los barcos tenía un valor de cerca de
100,000 libras; pero los demás actos de piratería no han sido buenos negocios.

