© Libro
No. 353. La Psicología de masas del Fascismo.
Reich, Wilhelm. Colección Emancipación Obrera. Noviembre 10 de 2012.
Título original: © Wilhelm Reich. LA PSICOLOGÍA DE
MASAS DEL FASCISMO.
Versión al español de Raimundo Martínez Ruiz, de
la edición alemana de Sex-Pol Verlag, Zurich, 1933
.
Versión Original: © Wilhelm Reich. LA PSICOLOGÍA DE
MASAS DEL FASCISMO
Circulación conocimiento
libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
http://es.scribd.com/doc/100705767/Wilhelm-Reich-La-Psicologia-de-Masas-Del-Fascismo
Licencia Creative Commons:
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto
y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.
Portada e Ilustración:
WILHELM+REICH+1.jpg. masalladelprincipiodeldivan.blogspot.com
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Wilhelm Reich
LA PSICOLOGÍA DE MASAS DEL
FASCISMO
México, D.F., 1973
Wilhelm Reich LA
PSICOLOGÍA DE MASAS DEL FASCISMO Versión al español de Raimundo Martínez Ruiz,
de la edición alemana de Sex-Pol Verlag, Zurich, 1933.
INDICE
Nota editorial
.....................................................................................................................................................
I.
La ideología como poder material
II.
La ideología de la
familia autoritaria en la psicología de masas del fascismo
III.
III. La teoría racial
IV.
El simbolismo de la cruz
V.
La familia autoritaria en la perspectiva de la economía sexual
D. R. ©, sobre la presente
edición, por
NOTA EDITORIAL
Muchos son los puntos de vista contrapuestos que suscitan las
teorías de Wilhelm Reich respecto a la "economía sexual." y, en
general, al elemento sexual como componente de primer orden de la psicología de
las masas. Lo que queda de permanente en todo ello es que a la vida sexual del
hombre hay que prestarle un interés sobre el que sólo en las últimas décadas la
ciencia se ha detenido con seriedad y profundidad, tal como lo exige un
componente tan extraordinariamente significativo de la personalidad humana,
individual y colectiva. Dentro del campo de las fuerzas y de los valores
científicos que pugnan por una verdadera transformación revolucionaria,
humanista de la sociedad, no cabe duda que Reich se sitúa como un adelantado al
que se debe y se deberá mucho de los reales adelantos en el estudio de la
psicología humana. En los cinco capítulos de la gran obra de Wilhelm Reich que
se han seleccionado para integrar este volumen de Colección "R", un
problema destaca con innegable luz propia: se trata, ni más ni menos, de la
crítica del autor, cierta si bien a las veces apasionada, al escaso interés
prestado por el marxismo, en el período de entre guerras, a los factores
psicológicos de las masas, sin cuyo estudio y correcta comprensión no es
posible explicarse la actitud de amplios sectores de trabajadores ante los
progresos del fascismo y del Hitlerismo, hasta el extremo de influir y atraerse
a su reaccionaria política a millones de obreros de la ciudad y del campo. Bien
cierto es que la interpretación mecanicista del marxismo no pudo, ni podrá
nunca, explicar estos vaivenes aparentemente antinaturales, si para su
comprensión el análisis se aferra a concepciones dogmáticas, estrechas,
"economicistas" del marxismo, que no solamente desnaturalizan y
mistifican a éste, sino que objetivamente se convierten en trabas para el
des-arrollo revolucionario de la sociedad y en una inesperada y fructífera
ayuda para la reacción política. El estudio de -la psicología de las masas, del
factor subjetivo de la historia necesita de ineludibles esfuerzos de
penetración y conocimiento, si no quiere que la experiencia pasada deje de ser
una valiosa enseñanza en cuanto a que fenómenos de tal naturaleza no deben
repetirse y obstaculizar, a veces de forma inconmensurablemente dramática, el
curso de la sociedad hacia metas que constituyan, sin objeciones de ninguna
clase, la verdadera liberación de ser humano.
1.—La divergencia
El movimiento alemán de liberación anterior a Hitler se basaba
en la teoría económica y social de Carlos Marx. Para alcanzar la comprensión
del fascismo alemán hay que partir, por lo tanto, del conocimiento del
marxismo. Durante los meses que siguieron a la toma del poder por parte del
nacionalsocialismo alemán, era posible percibir que incluso a aquellos que a lo
largo de años habían dado prueba de firmeza revolucionaria y de espíritu de
sacrificio en favor de la libertad, les asaltaba la duda en cuanto a la justeza
de la concepción fundamental del marxismo en materia de evolución social. Esta
duda se basaba en un hecho que, si bien a primera vista era incomprensible,
resultaba irrefutable: el fascismo, que por sus objetivos y su esencia se
presentaba como la expresión más extrema de la reacción política y económica,
se había convertido en un fenómeno internacional y en muchos países hacía
retroceder,, de modo manifiesto e innegable, a los movimientos socialistas
revolucionarios. El hecho de que arraigara con más vigor en los países muy
industrializados no hacía más que agravar el problema. Al fortalecimiento del
nacionalismo internacional correspondía el fracaso del movimiento obrero en una
fase de la historia moderna que, si se cree a los marxistas, "estaba
económicamente madura para producir la disloca ción del modo de producción
capitalista". A ello se añadía el recuerdo persistente de la incapacidad
de la Internacional obrera al comienzo de la Primera Guerra Mundial y el
estrangulamiento de los movimientos revolucionarios de 1918 a 1923 fuera de
Rusia. Todas estas dudas se basaban en acontecimientos de una gravedad
especial; si resultaban justificadas, si la tesis fundamental de Marx era
inexacta, se hacía necesaria una reorientación tajante del movimiento obrero
que le permitiera alcanzar su fin; si, por el contrario, las dudas no estaban
justificadas, si la tesis sociológica fundamental de Marx era exacta, se hacía
imprescindible un análisis profundo y detallado de las causas del fracaso
crónico del movimiento obrero; era también necesario explicar la génesis de un
movimiento de masas de género nuevo, el fascismo. Solamente de este modo podía
volverse a impulsar la actividad revolucionaria. La situación carecía de salida
al no poder resolverse en ninguno de los dos sentidos, puesto que era evidente
que el recurso a la "conciencia revolucionaria de la clase obrera",
el método grato a Emile Coué consistente en cubrir con un velo las derrotas y
en embellecer los hechos desagradables recurriendo a las ilusiones, no podía
conducir al éxito. Ya no era bastante tampoco con afirmar que el movimiento
obrero "estaba en marcha", que luchaba aquí y allá, que organizaba
huelgas, que lo que importa no es avanzar, sino no perder terreno con respecto
al avance y al fortalecimiento de la reacción política.
El interés que a la solución de estos problemas aporta el joven
movimiento democrático de la economía sexual es doble: por un lado, el
movimiento se reconoce parte integrante de la lucha de liberación social en
general; de otro, es consciente del hecho de que la realización de sus
objetivos se halla indisolublemente ligada a la realización de los objetivos de
la democracia natural del trabajo. Nosotros intentaremos por lo tanto partir
del movimiento obrero para explicar dónde se dan las convergencias entre los
problemas que específicamente se relacionan con la economía sexual y aquellos
que, de un modo más general, se refieren a la sociología. Hacia los años de
1930 era frecuente en Alemania escuchar a revolucionarios honestos e
inteligentes, aunque imbuidos de una mentalidad nacionalista y metafísica, del
género de Otto Strasser, que en ciertas reuniones les hacían el reproche
siguiente a los marxistas: "Vosotros marxistas os declaráis normalmente
partidarios de la doctrina de Carlos Marx. Marx enseñaba que la teoría
encuentra su confirmación en la práctica. Y, sin embargo, todo lo que sabéis
hacer es justificar las derrotas de la Internacional Obrera. Vuestro marxismo
ha fracasado. La derrota de 1914 la explicáis por la «deserción de la social
democracia», la de 1918 por su «política de traiciones» y sus ilusiones. Ahora
esgrimís otros argumentos que justifican la tendencia de las masas hacia la
derecha más bien que hacia la izquierda durante la gran crisis económica.
¡Todas vuestras explicaciones son incapaces de eliminar las derrotas! ¿Dónde
están los hechos que desde hace ochenta años confirman la doctrina de la
revolución social en el plan de la práctica? Vuestro error fundamental reside
en negar el alma y el espíritu, en burlaros de ellos, sin comprender que son
los que lo animan todo." Es éste un tipo de argumentación al cual no
sabían qué responder los oradores marxistas. Cada vez era más evidente que su
propaganda política de masas, que se limitaba a la discusión de los procesos
socioeconómicos objetivos (modo de producción capitalista, anarquía económica,
etc.) no alcanzaba más que a la pequeña minoría de gente indisolublemente
ligada a la realización de los objetivos de la democracia natural del trabajo.
Nosotros intentaremos por lo tanto partir del movimiento obrero para explicar
dónde se dan las convergencias entre los problemas que específicamente se
relacionan con la economía sexual y aquellos que, de un modo más general, se
refieren a la sociología. Hacia los años de 1930 era frecuente en Alemania escuchar
a revolucionarios honestos e inteligentes, aunque imbuidos de una mentalidad
nacionalista y metafísica, del género de Otto Strasser, que en ciertas
reuniones les hacían el reproche siguiente a los marxistas: "Vosotros
marxistas os declaráis normalmente partidarios de la doctrina de Carlos Marx.
Marx enseñaba que la teoría encuentra su confirmación en la práctica. Y, sin
embargo, todo lo que sabéis hacer es justificar las derrotas de la
Internacional Obrera. Vuestro marxismo ha fracasado. La derrota de 1914 la
explicáis por la «deserción de la social democracia», la de 1918 por su
«política de traiciones» y sus ilusiones. Ahora esgrimís otros argumentos que
justifican la tendencia de las masas hacia la derecha más bien que hacia la
izquierda durante la gran crisis económica. ¡Todas vuestras explicaciones son
incapaces de eliminar las derrotas! ¿Dónde están los hechos que desde hace
ochenta años confirman la doctrina de la revolución social en el plan de la
práctica? Vuestro error fundamental reside en negar el alma y el espíritu, en
burlaros de ellos, sin comprender que son los que lo animan todo." Es éste
un tipo de argumentación al cual no sabían qué responder los oradores
marxistas. Cada vez era más evidente que su propaganda política de masas, que
se limitaba a la discusión de los procesos socioeconómicos objetivos (modo de
producción capitalista, anarquía económica, etc.) no alcanzaba más que a la
pequeña minoría de gente ya ganada para la causa de la izquierda. No era
suficiente con denunciar la miseria material, el hambre, porque esto era lo que
hacían todos los partidos políticos, incluso la Iglesia. De este modo, en los
momentos en que la miseria y la crisis eran más agudas, se asistía a la
victoria de la mística nacionalsocialista sobre la doctrina económica del
socialismo. Se imponía la conclusión de que la propaganda y la concepción de
conjunto del socialismo entrañaban serias lagunas que explicaban sus
"errores políticos". El defecto estribaba en la imposibilidad
marxista de captar la realidad política, defecto que el materialismo dialéctico
hubiera permitido eliminar, si hubiera hecho uso de sus posibilidades digamos,
para anticipar un poco, que la política marxista no había tenido en cuenta en
su práctica política la estructura caracterológica de las masas y los efectos
sociales del misticismo. Quien haya seguido y experimentado prácticamente la
teoría y la práctica del marxismo entre 1917 y 1933 ha tenido que darse cuenta
necesariamente de que aquélla estaba limitada al estricto campo de los procesos
objetivos de la economía y de la política del Estado en sentido lato, que no
observaba con atención ni captaba los llamados "factores subjetivos"
de la historia, la ideología de masas en su evolución y en sus contradicciones.
De lo que sobre todo se olvidaban era de aplicar con perseverancia su método
del materialismo dialéctico, de mantenerlo vivo, de examinar a su luz cada
fenómeno nuevo. Nadie se preocupaba de la aplicación del materialismo
dialéctico a los fenómenos históricos nuevos: el fascismo era un fenómeno que
Marx y Engels ignoraban y del que Lenin sólo había percibido las primeras
manifestaciones. La concepción reaccionaria de la realidad no se deja
entorpecer por las contradicciones ni por los hechos reales; la política
reaccionaria se sirve automáticamente de todas las fuerzas sociales que se
oponen a la evolución y podrá seguir utilizándolas con éxito mientras la
ciencia no haya descubierto todos las fuerzas revolucionarias que, opuestas a
las reaccionarias, tienen que acabar con ellas necesariamente. Como más
adelante expondremos, la base de masas del fascismo, la pequeña burguesía
sublevada, no solamente había movilizado a las fuerzas regresivas, sino también
a las resueltamente progresistas; nadie se había dado cuenta de esta contradicción.
El papel de la pequeña burguesía había pasado poco menos que inadvertido casi
hasta la toma del poder por Hitler. La práctica revolucionaria se desarrolla
espontáneamente en todos los campos de la existencia humana, a condición de que
sea consciente de las contradicciones que todo nuevo proceso contiene y de que
se identifique siempre con la causa de las fuerzas "progresistas",
dispuestas a avanzar. Ser radical quiere decir, según la definición del mismo
Marx, "tomar las cosas por la raíz". La victoria sobre el elemento
reaccionario está asegurada si se toman las cosas por la raíz, si se es
consciente de su proceso contradictorio. Si se procede de otra manera, se aboca
ineluctablemente a las posiciones mecanicistas, economicistas y metafísicas;
dicho de otro modo, al desastre. De aquí se deduce que la crítica carece de
sentido y de alcance práctico, si no consigue mostrar hasta qué punto preciso
se han ignorado las contradicciones de la realidad social. Marx no realizó un
acto revolucionario al lanzar el Manifiesto o al indicar los objetivos
revolucionarios, sino al reconocer en el proletariado industrial la fuerza
progresista de la sociedad y al esbozar un cuadro verídico de las
contradicciones de la economía capitalista. El fracaso del movimiento obrero
significa que nuestro conocimiento de las fuerzas que retardan el progreso
social es muy limitado; en efecto, algunos puntos importantes son aún
completamente desconocidos. Como tantas otras grandes obras de nuestros
pensadores, el marxismo ha degenerado también y se ha transformado en un
conjunto de fórmulas vacías. Entre las manos de los políticos marxistas ha
perdido su contenido científico revolucionario. Estos se encontraban tan
completamente absorbidos en la lucha política cotidiana, que no hicieron
fructificar los principios de una filosofía viva, tal como les había sido
trasmitida por Marx y Engels. Para convencerse, no hay más que abrir la obra
del comunista alemán Sauerland sobre el "Materialismo Dialéctico", o
cualquier otro libro de Salkind o de Pieck y compararlos con El Capital, de
Marx o Del socialismo utópico al socialismo científico, de Engels. Los métodos
vivos se han coagulado en fórmulas, las investigaciones científicas en esquemas
hueros. El "proletariado" de los tiempos de Marx se ha trasformado
después en un inmenso ejército de obreros industriales, la clase media
artesanal en una multitud innumerable de empleados de la industria y de
funcionarios del Estado. El marxismo científico degenerado se ha convertido en
"marxismo vulgar", que es el nombre que muchos excelentes políticos
marxistas han dado al "economicismo", que pretendía reducir toda la
existencia humana al problema del paro y de los niveles de salarios. Este
"marxismo vulgar" pretendía que una crisis económica de la magnitud
de la de 19291933 tenía que desembocar por fuerza en una evolución ideológica
hacia la izquierda de las masas afectadas. Mientras que en Alemania aún se
hablaba de "auge revolucionario", incluso después de la derrota de
enero de 1933, la realidad era muy distinta: la crisis económica, que hubiera
debido imprimir un impulso hacia la izquierda a la ideología de las masas,
inició de hecho un deslizamiento hacia la derecha, que se apoderó de todas las
capas proletarias de la población. De este modo veíase aparecer una divergencia
entre la evolución de la base económica, que empujaba hacia la izquierda, y la
ideología de las masas, atraídas por el extremismo de derechas, divergencia que
entonces no se percibía. Por este motivo no se ha planteado el problema de
saber cómo fue posible que las masas depauperadas se pasaran al nacionalismo.
Palabras tales como "chauvinismo", "psicosis",
consecuencias del tratado de Versalles", no nos pueden explicar la
tendencia del pequeño burgués arruinado a identificarse con el radicalismo de
derecha, ya que son incapaces de delimitar realmente el proceso en cuestión.
Por otra parte, la orientación hacia la derecha no era sólo determinante de los
pequeños burgueses, sino también de una parte no despreciable y moralmente
importante del proletariado. Se olvidó que la burguesía, escarmentada por la
revolución rusa, había intentado poner en práctica medidas de precaución nuevas
que tenían un carácter extraño y que el movimiento obrero no se molestó en
analizar (por ejemplo, el "New Deal" de Roosevelt). Nadie percibió
que el fascismo, al principio de su carrera, habíase levantado contra la gran
burguesía, antes de convertirse en un movimiento de masas. No se trataba, por
lo tanto, de neutralizar calificándolo de "simple guardián del capital
financiero", aunque no fuera más que por que se trataba de un movimiento
de masas. ¿Dónde residía, pues, el problema? La concepción fundamental de Marx
partía de la idea de que al trabajo se le explotaba como a una mercancía, de
que el capital se encontraba concentrado en unas cuantas manos y que esta
situación entrañaría la depauperación progresiva de la humanidad trabajadora.
De este proceso, Marx deducía la necesidad de "expropiar a los
expropiadores". Según este punto de vista, las fuerzas productivas de la
sociedad capitalista trascienden el cuadro del modo de producción. La
contradicción entre la producción social y la apropiación privada de los
productos por el capital no se puede abolir más que restableciendo el
equilibrio entre el modo de producción y el nivel de las fuerzas productivas.
Hay que completar la producción social con la apropiación social de los
productos. El primer acto de esta apropiación es la revolución social, y ello
constituye el principio económico fundamental del marxismo. Esta teoría afirma
que el equilibrio no se puede restablecer si la mayoría empobrecida no instaura
la "dictadura del proletariado", dictadura de la mayoría de los
trabajadores sobre los que detentaban los medios de producción y fueron
expropiados de ellos. De acuerdo con la teoría de Marx, se daban ya las
condiciones económicas para la revolución social: el capital estaba concentrado
en algunas manos, el paso de la economía nacional a la economía mundial se veía
estorbado por el dispositivo aduanero de los Estados nacionales, la economía
capitalista no llegaba a alcanzar ni la mitad de su capacidad de producción, el
caos reinaba por doquier. La mayoría de la población de los países muy
industrializados vivía en la mayor de las indigencias, se contaban poco más o
menos 50 millones de parados en Europa, centenares de millones de trabajadores
vegetaban miserablemente. Pero la "expropiación de los expropiadores"
se hacía esperar; la evolución social situada ante la alternativa
"socialismo o barbarie" optó provisoriamente por la barbarie, puesto
que ello significaba el fortalecimiento del fascismo y la destrucción del
movimiento obrero. Los que se creían "seguros" de poder poner sus
esperanzas en el desenlace revolucionario de la Segunda Guerra Mundial (que
acababa de estallar), los que contaban con la posibilidad de que las masas
armadas hicieran uso de sus armas contra el enemigo interior, demostraban no
haber seguido la evolución de la técnica bélica moderna. Lo más verosímil era
que el armamento de las masas en el curso de la guerra que estaba por venir era
una hipótesis con pocas posibilidades de realización. La guerra, se decía, la
realizaría un puñado de técnicos seguros y seleccionados, que atacarían a las
masas desarmadas de los grandes centros industriales. Por lo tanto, era preciso
reconsiderar el problema a fin de poner a punto una nueva táctica
revolucionaria. La Segunda Guerra Mundial debía confirmar esas previsiones.
2.—La estructura económica
e ideológica de la sociedad alemana de 1928 a 1933
Desde un punto de vista racional podría esperarse que las masas
trabajadoras empobrecidas desarrollaran una conciencia aguda de su situación
social y trataran de poner fin a su angustia. Por el mismo motivo, un
trabajador reducido a la miseria tendría que rebelarse contra los malos tratos
y decirse: "Quien cumple una labor social útil soy yo. La suerte de la
sociedad depende esencialmente de mí. Asumiré por mí mismo la responsabilidad
de las tareas que me incumben". En este caso, el pensamiento
("conciencia") del obrero estaría en consonancia con su situación
social. El marxista designaba tal actitud "conciencia de clase".
Nosotros diremos de este trabajador que tiene conciencia de realizar un trabajo
especializado, que se halla animado por una "conciencia social". Sin
embargo, la divergencia entre la situación social de las masas trabajadoras y
la conciencia que ellas tienen de esta situación conduce, no a un mejoramiento,
sino a una deteriorización de su condición social. Fueron precisamente las
masas empobrecidas las que ayudaron a la instalación en el poder del fascismo,
es decir, de la reacción política más despiadada. Así planteado, el problema
coincide con el del papel de la ideología y de la actitud emocional de las
masas en tanto que factor histórico: el efecto de reacción de la ideología
sobre la base económica. Si el empobrecimiento de las masas no ha conducido a
una convulsión en el sentido de la revolución social, si lo que ha surgido de
la crisis son, para decirlo objetivamente, ideologías opuestas a la revolución,
el desarrollo de la ideología de las masas a lo largo de los años críticos,
para emplear la terminología marxista, ha inhibido el "desarrollo de las
fuerzas productivas", así corno la "solución revolucionaria de la
antinomia entre las fuerzas productivas del capitalismo monopolista y su modo
de producción". La composición de las clases sociales en Alemania se
reparte del modo siguiente (según Kunik, Ver-such ciner Feststellung der
soziaíen Gliederung der deutschen Bevolkerung —"Intento de establecer la
división social de la población alemana"—, Die Internationale, 1928,
editado por Lenz: Proletarische Po-litik —"Política proletaria"—,
Internationaler Arbei-tervelag, 1931):

Estas estadísticas
corresponden al censo de la población de 1925. No olvidemos que reflejan la
adscripción socioeconómica, pero no la ideológica de los censados. En Alemania
se contaban en 1925, por categorías socioeconómicas,

Cualquiera que sea el número de miembros de las clases medias
que hayan votado por los partidos de izquierda, o de obreros que hayan votado
por los partidos de derecha, resulta asombroso el hecho de que las estimaciones
sobre la estratificación ideológica correspondan poco más o menos a los
resultados de las elecciones de 1932; comunistas y socialistas juntos
obtuvieron de 12 a 13 millones de votos, el N.S.D.A.P. y los Alemanes
Nacionales juntos de 19 a 20 millones. Se deduce que el elemento decisivo no
era en el plano práctico, la estratificación económica, sino la estratificación
ideológica de la población. Las clases medias de la pequeña burguesía han
jugado, por lo tanto, un papel más importante del que se les concede
normalmente. El enorme avance del N.S.D.A.P., que pasó de 800.000 votos en 1928
a 6,4 millones en otoño de 1930, a 13 millones en el verano de 1932, y a 17
millones en enero de 1933, coincidía con la rápida regresión que sufrió la
economía alemana entre 1929 y 1932. Según un cálculo de Jager
("Hitler", Roter Áufbau, octubre de 1930), la parte que correspondía
a los trabajadores de los 6,4 millones de votantes nacionalsocialistas se
elevaba ya a cerca de 3 millones, de los cuales del 60 al 70 por ciento eran
empleados y del 30 al 40 por ciento, obreros. El que ha captado mejor a nuestro
juicio el aspecto paradójico de este proceso sociológico es Carlos Radek, quien
escribía ya en 1930, después del primer triunfo del N.S.D.A.P.:
"Nada parecido se ha producido jamás en la historia de la
lucha política, sobre todo en un país políticamente diversificado desde hace
mucho tiempo, en el que todo partido nuevo tiene grandes dificultades para
imponer su presencia en medio de los partidos anteriores. Es muy significativo
que ni la literatura socialista, ni la burguesa hayan mencionado a este partido
que ocupa hoy el segundo lugar en la vida política alemana. Este partido, que
carece de historia, ha surgido repentinamente como un islote que emergiera de
golpe en plena mar por el efecto de las fuerzas volcánicas."
("Deutsche Wahlen", Roter Aujbau, octubre, 1920) Nosotros no tenemos
duda alguna de que también este islote tiene su historia y que su aparición
obedece a una lógica interna. La alternativa marxista de "naufragio en la
barbarie" o "ascensión hacia el socialismo" dependía, a juzgar
por la experiencia del pasado, de la estructura ideológica de las clases
dominantes; esta estructura podía responder a la situación económica o divergir
de ella. Pudiera ser que se soportara pasivamente la explotación, cual era el
caso de las grandes sociedades asiáticas, o bien la ideología de la mayoría
oprimida era contraria a la situación económica, como es hoy el caso de
Alemania. El problema fundamental, pues, es saber qué es lo que condiciona la
divergencia así descrita o, si se prefiere, lo que impide la armonía entre la
situación económica y la ideológica. Para comprender, nos resulta forzoso
desembarazarnos en primer lugar de los conceptos marxistas vulgares que
obstaculizan el camino a una comprensión del fascismo. En lo esencial, estos
conceptos son: El marxismo vulgar establece una verdadera cámara aislante entre
el ser económico y el ser social, pretendiendo que la "ideología" y
la "conciencia" de los hombres están determinadas exclusivamente y
directamente por el ser económico. De este modo llega a una oposición mecánica
entre economía e ideología, entre "base" y
"superestructura". Deduce la ideología de la economía de un modo
esquemático y unilateral, e ignora la dependencia de la evolución económica con
respecto a la ideología. Por esta misma razón, no ve el problema suscitado por
"el efecto de reacción de la ideología". Aunque el marxismo dé cuenta
también del "retraso del factor subjetivo" tal como lo hacía Lenin,
no está en situación de dominar ese "retraso", porque comenzó por
hacerlo derivar exclusivamente de la situación económica, sin buscar en primer
lugar las contradicciones económicas existentes en la ideología, sin considerar
a ésta como una fuerza histórica. El hecho es que el marxismo no quiere
reconocer la estructura y el dinamismo de la ideología, por juzgarlo
"contrario a la doctrina marxista": abandona la manipulación de los
factores subjetivos, de lo que se llama "la vida del alma" en la
historia, al idealismo metafísico de la reacción política, a los Gentile y a
los Rosenberg, que ven en el "espíritu" y en el "alma" los
únicos motores de la historia, teoría que, por extraño que pueda parecer,
suscita el entusiasmo de las masas. Ya en su tiempo Marx había reprochado al
materialismo del siglo XVIII que olvidara este aspecto de las ciencias
sociológicas. A los ojos del marxista vulgar, la psicología es a priori y en sí
un sistema metafísico y se niega a librar al "metaficismo" de la
psicología reaccionaria de sus elementos materialistas, que la investigación
psicológica revolucionaria pone en claro y a los que es preciso examinar más en
detalle. Al tiempo que renuncia a toda crítica constructiva, el marxismo vulgar
se contenta con condenar y llama en su auxilio al "materialismo"
cuando se trata de rechazar como impregnados de "idealismo" conceptos
tales como "impulso", "necesidad" o "proceso
psicológico". Al hacer esto, tropieza con dificultades innumerables y no
hace más que recoger fracasos, puesto que en sus campañas políticas está
obligado a hacer psicología aplicada cuando habla de las "necesidades de
las masas", de la "conciencia revolucionaria", de la "voluntad"
de hacer la huelga, etc. Cuanto más niega la psicología, tanto más se hunde en
el psicologismo metafísico o, lo que es peor, en el ilusionismo a lo Coué,
cuando éste explica una situación histórica por la "psicosis
hitleriana" o cuando recomienda a las masas que "tengan
confianza", porque "la revolución avanza en cualquier caso y no se
deja vencer", etc. A fin de cuentas, predica un valor fundado sobre la
ilusión, sin explicar nada objetivamente, sin comprender lo que pasa a su
alrededor. No comprenderá nunca que la situación jamás es desesperada para la
reacción política, que una crisis económica puede conducir tanto a la barbarie
como a la libertad. En lugar de deducir su manera de pensar y actuar de la
realidad social, transforma la realidad en su imaginación, a fin de hacerla coincidir
con sus deseos. Nuestra psicología no puede ser otra cosa que la búsqueda del
"factor subjetivo de la historia", de la estructura ideológica de la
sociedad que ellos constituyen. No se erige nunca, como lo hacen la psicología
reaccionaria y la economía psicologista, contra la sociología marxista,
oponiéndole una "concepción psicológica de lo social, sino que se somete y
se integra, en un punto muy preciso, a esta teoría que hace derivar la
conciencia del ser. La tesis de Marx según la cual lo "material" (el
ser) se transforma en la cabeza del hombre en lo "ideal" (conciencia)
y no al contrario, plantea dos preguntas; primero: ¿cómo se opera esta
mutación, qué sucede en la cabeza del hombre?; segundo: ¿cómo actúa la
conciencia así producida (de ahora en adelante, hablaremos de la estructura psicológica)
al reaccionar sobre el proceso económico? Sólo la psicología surgida del
análisis del carácter puede cubrir esta laguna, puesto que ella pone al
descubierto el procedo psicológico del hombre, proceso que se deriva de los
fundamentos mismos del ser. Por esta razón puede esa psicología aprehender el
"factor subjetivo", que escapa al entendimiento del marxista. La
psicología política se ocupa, por lo tanto, de un campo claramente delimitado.
Es incapaz de explicar la génesis de las clases en la sociedad o el modo de
producción capitalista (cuando se aventura en ese terreno sus hallazgos no son
otra cosa que estupideces reaccionarias, como cuando explica, por ejemplo, el
capitalismo por la codicia de los hombres). Pero es ella, y no la economía social,
la que podrá investigar cómo es el hombre de una cierta época, cómo piensa y
cómo actúa en función de su estructura caracterológica, cómo repercuten en él
las contradicciones de su existencia, y cómo intenta dominar su vida. Cierto
que no examina más que al hombre individual; pero cuando se especializa en la
exploración de procesos psicológicos típicos y comunes a toda una capa, clase o
categoría profesional, descartando toda diferenciación individual, se
transforma en psicología de masas. Al hacer esto, retorna una idea de Marx:
"Las premisas de las que nosotros partimos no son arbitrarias, no son
dogmas; son premisas reales de las que no se puede hacer abstracción más que en
la imaginación. Son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales
de vida, tanto las ya preexistentes como las que han sido engendradas por la
acción." (La ideología alemana, I). "El hombre constituye él mismo la
base tanto de su producción material como de cualquier otra producción que él
realiza. Todas las circunstancias que afectan al hombre en tanto que sujeto de
la producción, modifican más o menos todas sus funciones y actividades en su
calidad de creador de la riqueza material, de las mercancías. Desde éste punto
de vista puede demostrarse, en efecto, que todas las condiciones y funciones
humanas, de cualquier manera y en cualquier momento en que se presenten,
influyen sobre la producción material y que tienen sobre ella repercusiones más
o menos determinantes." * (Teoría de la plusvalía.)
Nosotros no innovamos ni revisamos a Marx, como se nos ha
reprochado frecuentemente, ya que Marx dice efectivamente: "Todas las
circunstancias que afectan al hombre", lo que implica tanto las
condiciones de los procesos de trabajo como los logros más perfectos, los más
personales, los más privados de la vida impulsiva y de la vida humana, la vida
sexual de las mujeres, de los jóvenes y de los niños, así como el estado de la
investigación sociológica en estas materias y su aplicación a nuevos problemas
sociales. Hitler ha sabido hacer historia con ciertas de esas
"circunstancias que afectan al hombre" y de nada sirve burlarse de
ello. Marx no podía crear la sociología sexual porque en su tiempo no había
sexología. Es importante integrar en el edificio de la sociología no sólo los
datos económicos, sino también los sexuales, a fin de poner término a la
hegemonía de los místicos y los meta-físicos en esa disciplina. Para que una
"ideología pueda actuar en reacción sobre el proceso económico", es
preciso que antes se haya convertido en un poder material. Si se convierte en
poder material desde el momento en que se apodera del hombre, se plantea de
inmediato otra cuestión:
(*) Subrayado de W. R.
¿por qué camino se produce esto? ¿Cómo es posible que un estado
de hecho ideológico, por ejemplo, una teoría, pueda originar efectos
materiales, conmocionar la historia? La respuesta a esta cuestión ha de
resolver también el problema de la psicología reaccionaria de masas y ayudar a
abolir el concepto de "psicosis hitleriana". La ideología de cada
formación social no solamente tiene como función reflejar el proceso económico,
sino también enraizaría en las estructuras psíquicas de los hombres de esa
sociedad. Los hombres son tributarios de su condición de existentes a doble
título: directamente dependen por sus incidencias económicas y sociales,
indirectamente por medio de la estructura ideológica de la sociedad; por lo
tanto, en su estructura psíquica han de desarrollar siempre una antinomia que
responda a la contradicción entre las repercusiones de su situación material y
las de la estructura ideológica de la sociedad. Y como los hombres que forman
parte de las diferentes capas no son solamente los objetos de esas influencias,
sino que las reproducen también como individuos activos, su pensamiento y su
acción deben ser tan contradictorios como la sociedad de la que emanan. Como
quiera que una ideología social modifica la estructura psíquica de los hombres,
no se reproduce solamente en esos hombres sino que, lo que es más importante,
la ideología toma en la forma de ese hombre concretamente modificado, y que
actúa de modo modificado y contradictorio, el carácter de una fuerza activa, de
un poder material. Así y solamente así se explica el efecto de reacción de la
ideología de una sociedad sobre la base social de la que ha surgido. El
"efecto de reacción" pierde su carácter aparentemente metafísico o
psicologista si se entiende su forma funcional como la estructura
caracterológica del hombre que actúa socialmente. Precisamente por este motivo
se convierte en objeto de la investigación caracterológica científica. Se ve
entonces más claramente por qué la "ideología" se transforma más
lentamente que la base económica. Las estructuras caracterológicas que
corresponden a una situación histórica dada se constituyen, en lo esencial, en
la primera infancia y son mucho más conservadoras que las fuerzas productivas
técnicas. Se deduce de ello que las estructuras psíquicas van retrasándose poco
a poco con relación a las condiciones sociales que las engendran, las cuales
evolucionan muy rápidamente y entran en conflicto con las formas ulteriores de
vida. Es la esencia misma de lo que se llama la tradición, es decir, la oposición
entre la antigua situación social y la nueva. 3. El problema desde la
perspectiva de la psicología de masas
Ya hemos visto que las situaciones económica e ideológica de las
masas no tienen por qué coincidir y que incluso puede haber entre ellas una
divergencia notable. La situación económica no se traslada inmediata y
directamente a la conciencia política; si ello fuera así, la revolución social
se habría realizado hace mucho tiempo. Partiendo de esta, divergencia entre
conciencia social y situación social, habrá que estudiar la sociedad en dos
planos distintos; aunque la estructura deriva del ser económico, es preciso
estudiar la situación económica con métodos distintos de los que se emplean
para el estudio de la estructura caracterológica, el biopsicológico. Un ejemplo
muy sencillo ilustrará lo que intentamos decir: si los obreros van a la huelga
porque la presión sobre los salarios ya no les permite vivir, su acción deriva
directamente de su situación económica. Lo mismo sucede con el hambriento que
roba alimentos. Para explicar el robo de alimentos o la huelga provocada por la
explotación no hay necesidad de recurrir a la psicología. La ideología, al
igual que los actos, corresponden entonces a la presión económica. En este
caso, la psicología reaccionaria se dedica a descubrir motivaciones
irracionales para explicar el robo o la huelga, recurriendo a una argumentación
típicamente reaccionaria. Para la psicología social, el problema se presenta de
modo inverso: no se ocupa de las motivaciones que impulsan al hombre hambriento
o explotado al robo o a la huelga, sino que intenta explicar por qué la mayoría
de los hambrientos no roba y por qué la mayoría de los explotados no va a la
huelga. La economía social explica, pues, por completo un hecho social cuando
existen motivaciones racionales o utilitarias, es decir, cuando sirve a la
satisfacción de una necesidad y refleja y prolonga directamente una situación
económica; es inoperante, en cambio, cuando el pensamiento o la acción están en
contradicción con la situación económica, cuando o la una o la otra no son
racionales. Tanto el marxismo vulgar como el economicismo, que rechazan la
psicología, se encuentran desarmados frente a este tipo de contradicción.
Cuanto más mecanicista y más economicista es la orientación de un sociólogo,
más ignora la estructura interna del hombre y más tiende a recurrir a un
"psicologismo" superficial en la aplicación de la propaganda de
masas. En lugar de ser consciente de la contradicción psíquica del hombre
integrado en la masa y de tratar de ponerle remedio, juega con las ilusiones
coueístas o explica el movimiento nacionalsocialista por una "psicosis de
masas".* La psicología de masas ve los problemas precisamente allí donde
la explicación socioeconómica directa se revela inoperante. ¿Entonces es que la
psicología de masas se opone a la economía social? ¡De ningún modo!, ya que el
pensamiento y la acción irracionales de las masas que parecen en desacuerdo con
la situación socioeconómica de la época considerada, proceden a su vez de una
situación más antigua. Existe la costumbre de explicar las inhibiciones de la
conciencia social por lo que se llama la tradición. Pero hasta ahora no se ha
preguntado nadie qué es la "tradición", a nivel de qué fenómenos
psicológicos opera. El economicismo ha ignorado hasta ahora el hecho de que, en
lo esencial, no se trata de saber si existe la conciencia social en el
trabajador (¡ello es evidente!) o de qué modo se manifiesta, sino de ver qué es
lo que entorpece el desarrollo de la conciencia de responsabilidad. La
ignorancia de la estructura caracterológica de las masas conduce a menudo a plantear
cuestiones estériles. Así, por ejemplo, los comunistas explicaban la
instalación del fascismo en el poder por la política desconcertante de la
socialdemocracia. Esta explicación carecía de sentido, ya que uno de los rasgos
característicos de la socialdemocracia era la extensión de las ilusiones; no
incluía elemento alguno que permitiese una reorientación práctica. Igualmente
inútil era la explicación según la cual la reacción política disfrazada de
fascismo habría "obnubilado", "seducido" e
"hipnotizado" a las masas. Esto será característico del fascismo
mientras exista. Tales explicaciones no son constructivas, ya que no sugieren
solución alguna. La experiencia muestra, en efecto, que revelaciones de este
tipo, repetidas hasta la saciedad, no convencen a las masas, que no basta con
explicar un problema sólo desde la perspectiva socioeconómica. ¿No es hora de
preguntarse qué pasa en el seno de las masas para que éstas no reconozcan o no
quieran reconocer el papel del fascismo? Resulta prácticamente inútil comprobar
que "ha llegado el momento de que los trabajadores abran los ojos" o
"que no se ría comprendido bien que"... ¿Por qué no han abierto los
ojos los trabajadores? ¿Por qué no se ha comprendido? Igualmente estéril
resulta la polémica entre el ala derecha y el ala izquierda en el seno del
movimiento obrero; el ala derecha pretende que a los trabajadores les falta
combatividad, el ala izquierda rechaza esta acusación: los trabajadores son
revolucionarios y el que afirme lo contrario traiciona su pensamiento. Ambos
planteamientos son demasiado rígidos, demasiado absolutos y mecanicistas. Si se
hubiera ido al fondo de las cosas, se habría comprobado que el trabajador medio
porta en sí mismo la contradicción, que ni es netamente revolucionario, ni
netamente tradicionalista, que se encuentra en una situación de conflicto: su
estructura psíquica deriva, por un lado, de su situación social, preludio de
actitudes revolucionarias; de otro, de la atmósfera general de la sociedad
autoritaria; ambas influencias son antagónicas. Es importante tomar buena nota
de este antagonismo y profundizar, cómo se presentan concretamente la tendencia
reaccionaria y la progresivo-revolucionaria en el trabajador. Ello se aplica
también a los pertenecientes a las clases medias. Que, en caso de crisis, estas
clases se levanten contra el "sistema" no puede asombrarnos, pero el
hecho de que aun estando arruinados, teman el progreso y se alíen con los
extremistas de derecha, no se explica directamente por causas socioeconómicas.
De este modo, también los pertenecientes a las clases medias se encuentran en
un conflicto entre el sentimiento de rebelión y los objetivos y contenidos
reaccionarios. La explicación sociológica de una guerra no está completa si nos
contentamos con exponer las leyes económicas y políticas particulares que son
directamente responsables de su estallido, con invocar, por ejemplo, las
ambiciones anexionistas de la Alemania de 1914 sobre las cuencas mineras de
Briey y de Longwy, sobre los centros industriales belgas, la intención de los
dirigentes alemanes de extender sus posesiones coloniales con el Cercano
Oriente, etc., o con denunciar las pretensiones del imperialismo hitleriano
durante la Segunda Guerra Mundial sobre los pozos petrolíferos de Bakú, las
instalaciones industriales de Checoslovaquia.
(*) Dado que el economista ignora y rechaza los procesos
psicológicos, el término "psicosis de masas" no significa para él,
como para nosotros, un fenómeno social importante de alcance histórico, sino un
accidente sin importancia, social-mente hablando.
Desde luego que los intereses económicos del imperialismo alemán
constituían el factor real decisivo, pero también tenemos que preguntarnos por
la psicología de masas que ha proporcionado la base para las dos guerras
mundiales, por las condiciones psicológicas que han permitido a las masas
apoderarse de la ideología imperialista, de traducir en los hechos la ideología
imperialista, en flagrante contradicción con la mentalidad pacífica y apolítica
de la población alemana. Invocar el "viraje" de los dirigentes de la
Internacional no responde a la cuestión. ¿Por qué millones de trabajadores
liberales y antiimperialistas han permitido que se les traicionara? El miedo a
las consecuencias que pudiera acarrear la negativa a realizar el servicio
militar no ha podido actuar más que en una minoría. Quien haya presenciado la
movilización de 1914 sabe que encontró una acogida variable entre las masas
trabajadoras. Una minoría la desaprobaba categóricamente, capas muy extensas
reaccionaban con una extraña resignación ante el destino, con una especie de
embrutecimiento y otros, que no pertenecían exclusivamente a las clases medias,
sino también a los obreros industriales, mostraron un gran entusiasmo bélico.
El embrutecimiento de los unos y el entusiasmo de los otros fueron, sin duda,
los fundamentos de la guerra, cuando se estudia el problema bajo el ángulo de
la estructura de masas. Tal función psicológica durante dos guerras mundiales
no se puede comprender si no es teniendo en cuenta el hecho de que la ideología
imperialista había modificado efectivamente e influido en las estructuras de
las masas trabajadoras en un sentido imperialista. No pueden explicarse las
catástrofes sociales invocando la "psicosis de guerra" o la
"ceguera de las masas". Sería tener una triste opinión de las masas
si las creyéramos capaces de dejarse "cegar" simplemente. En realidad
todo orden social produce en la masa de sus componentes las estructuras de que
tiene necesidad para alcanzar sus fines principales.* Sin estas estructuras,
que pertenecen al campo de la psicología de masas, la guerra sería imposible.
Tiene que haber una correlación importante entre la estructura de la sociedad y
la estructura psicológica de sus miembros; esto no significa solamente que las
ideologías dominantes sean las ideologías de la clase dominante, sino —lo que
es más importante para la solución práctica de los problemas de orden político—
que las contradicciones de la estructura económica de una sociedad tienen su
raíz en las estructuras de los oprimidos, de las que se ocupa la psicología de
masas. De otro modo, sería inconcebible que las leyes económicas de una
sociedad no consiguieran llegar a una eficacia concreta más que a través de la
acción de las masas sometidas a sus leyes. En Alemania, los movimientos de liberación
no ignoraban la importancia de lo que se llama "el factor subjetivo de la
historia" (en contra del materialismo mecanicista, Marx concibe al hombre
como "sujeto de la historia", aspecto del marxismo que Lenin ha
desarrollado especialmente); lo que aún faltaba era la comprensión de la acción
irracional, inadecuada, dicho de otro modo, de la divergencia entre la economía
y la ideología. Es preciso que seamos capaces de explicar cómo le ha sido
posible al misticismo arrinconar a la sociología científica. Y nuestro trabajo
no será útil más que si planteamos la cuestión de tal modo que la respuesta nos
proporcione espontáneamente los medios de una nueva acción práctica. Si el
trabajador no es ni francamente reaccionario ni francamente revolucionario, sino
que se encuentra atraído por las dos tendencias antagónicas reaccionarias y
revolucionarias, el descubrimiento de este antagonismo tendrá que desembocar
necesariamente en una práctica que oponga a las fuerzas psíquicas conservadoras
las fuerzas revolucionarias. Toda mística es reaccionaria; el hombre
reaccionario es místico. No se forjan las armas contra el misticismo burlándose
simplemente de él, calificándole de "oscurantismo" o de
"psicosis"; solamente su interpretación correcta da la base para
elaborar, por la fuerza de las cosas, un antídoto contra el misticismo. Para
hacer frente a esta tarea, es preciso comprender las relaciones entre la
situación social y la formación de estructuras y, más particularmente, en el
límite de nuestros conocimientos, las ideas irracionales, que no se explican
directamente por consideraciones socioeconómicas.
(*) "Las ideas de las clases dominantes son también las
ideas dominantes en cada época; o, dicho de otro modo, la clase que tiene el
poder material dominante en la sociedad tiene también el poder ideológico
dominante. La clase que dispone de los medios de producción materiales, dispone
al mismo tiempo de los medios de producción ideológicos, de tal modo que las
ideas de aquellos que carecen de los medios de producción están sometidas a la
clase dominante. Las ideas dominantes no son otra cosa que la expresión ideal
de las relaciones materiales dominantes, son esas mismas relaciones materiales
bajo la forma de ideas, o sea, la expresión de las relaciones que hacen de una
clase la clase dominante; con otras palabras, son las ideas de su
dominación" (Marx).
4. La -fundón social de la
represión sexual
A Lenin ya le había sorprendido el comportamiento irracional y
singular de las masas antes de la sublevación o durante el desarrollo de ésta.
Hace el siguiente relato de las sublevaciones de soldados en Rusia en 1905:
"El soldado estaba lleno de simpatía por la causa de los campesinos; a la
sola mención del campo le brillaban los ojos. Más de una vez había pasado el
poder en las tropas a manos de los soldados, pero esta situación no había sido
explotada casi nunca; los soldados dudaban; algunas horas después de haber
matado a un superior detestado, les concedían la libertad a los demás,
entablaban negociaciones con las autoridades y luego se dejaban ejecutar y
azotar, y aceptaban "el yugo de nuevo..." (Lenin, Sobre la religión.)
Los místicos de todos los pelajes explicarán tal actitud por la naturaleza
moral inmutable del hombre, que constituiría un obstáculo a la rebelión contra
las instituciones divinas, la autoridad del Estado y sus representantes; los
marxistas vulgares pasan al lado de tales fenómenos que no les interesan, sin
prestarles atención y sin poder explicarlos, porque no son explicables por los
solos argumentos económicos. La teoría freudiana se acerca más a la ver dad
cuando explica tal comportamiento por el sentimiento de culpabilidad adquirido
durante la infancia, frente a todas las personas que representan al padre. Sólo
que no nos dice nada sobre el origen y la función sociológica de un
comportamiento como ese y no propone, por este motivo, solución práctica
ninguna. Tampoco comprende sus relaciones con la represión y la deformación de
la vida sexual de las masas. Antes de abordar el análisis de los fenómenos
irracionales de los que se ocupa la psicología de masas es indispensable echar
una breve ojeada a los problemas suscitados por la economía sexual, de la que
hemos tratado en detalle en otra parte. La economía sexual es un sector de la
investigación desgajado hace algunos años de la sociología de la vida sexual
humana por la aplicación a este campo del funcionalismo y que, desde entonces, ha
conseguido esclarecer una serie de hechos de un tipo nuevo. Su fundamento son
las condiciones preliminares siguientes: Marx encontró la vida social dominada
por las condiciones de la producción económica y los conflictos de clase que,
en un punto determinado de la historia son su consecuencia. La servidumbre de
la clase oprimida por los propietarios de los medios de producción social no se
hace casi nunca por la fuerza bruta: su arma principal es su poder ideológico
sobre los oprimidos, que sostiene eficazmente el aparato del Estado. Ya hemos
subrayado que Marx veía en el hombre vivo y productor, con sus atributos
psíquicos y físicos, la primera condición de la historia y la política. La
estructura caracterológica del hombre que actúa, dicho de otro modo, del
"factor subjetivo de la historia" en el sentido de Marx, no fue
explorada porque Marx era sociólogo y no psicólogo y porque, en su tiempo, la
psicología científica aún no existía. Aún no se ha dado respuesta alguna a la
cuestión de saber por qué razón los hombres han soportado a lo largo de
milenios la explotación y la humillación, en una palabra, el esclavismo; la
investigación se limitaba al proceso económico de la sociedad y al mecanismo de
la explotación económica. Apenas cincuenta años más tarde, Freud descubrió, por
un método particular, al que dio el nombre de psicoanálisis, el proceso que
domina la vida del alma. Sus más importantes descubrimientos, que anularon y
conmocionaron una gran cantidad de antiguos conceptos — lo cual le atrajo al principio
el odio de la gente—, son los siguientes: La conciencia (psicológica) no es más
que una pequeña parte del campo psíquico; es tributaria de los procesos
psíquicos inconscientes que, por esta razón, escapan al control de la ciencia:
todo acontecimiento psíquico —incluso aunque aparezca desprovisto de sentido,
como el sueño, el acto fallido, los despropósitos de los psicóticos y de los
alienados— tiene una función y un "sentido" perfectamente
comprensible si se consigue insertarlo en la historia del desarrollo de la
persona humana. Debido a este descubrimiento, la psicología que" hasta
entonces había vegetado bajo la forma de una especie de física del cerebro
("mitología del cerebro"), o como la hipótesis de un espíritu
objetivo misterioso, alcanzaba repentinamente un puesto entre las ciencias
naturales. El segundo gran descubrimiento de Freud era el de una sexualidad
infantil muy activa, completamente independiente de la función de reproducción:
la sexualidad y la reproducción, lo sexual y lo genital no son, pues, en
absoluto, idénticos; la disección analítica de los procesos psíquicos ha puesto
en evidencia, por otro lado, que la sexualidad o, más bien, la energía, la
libido, que es de origen somático, es el motor central de la vida del alma. Las
premisas biológicas y las condiciones sociales se van a encontrar en el terreno
psíquico. El tercer gran descubrimiento de Freud fue que la sexualidad infantil,
de la que también forma parte lo esencial de las relaciones padre-hijo
(complejo de Edipo), es generalmente reprimida porque el niño teme que sus
padres le castiguen por actos y pensamientos sexuales (aquí se encuentra el
sentido profundo de la "angustia de castración"); de este modo, la
sexualidad queda apartada de la acción y borrada de la memoria. La represión de
la sexualidad infantil la suprime de la conciencia sin por ello arrebatarle su
energía; por el contrario, la refuerza y la influye de tal modo que se
manifiesta en muchas turbaciones patológicas de la vida del alma. Como esta
regla se aplica, sin excepción, a todos los hombres vivos, Freud podía decir
que su paciente era la humanidad entera. El cuarto descubrimiento importante en
este contexto fue el de que las instancias morales en el hombre no tienen
origen supraterrestre alguno, sino que son el resultado de las medidas
pedagógicas que, desde la más tierna edad del niño toman los padres o sus
representantes. En el centro de estas medidas pedagógicas se encuentran las que
se dirigen a la represión sexual del niño. El conflicto que opone al principio
los deseos de los niños a las prohibiciones de los padres se prolonga después
en el conflicto interior de la persona entre los impulsos y la moral. Las
instancias morales, que pertenecen al inconsciente, chocan en el adulto contra
su conocimiento de las leyes de la sexualidad y de la vida psíquica
inconsciente; favorecen la represión sexual ("resistencia sexual") y
aplican la resistencia del mundo contra el descubrimiento de la sexualidad
infantil. Todos estos descubrimientos (y nos hemos limitado a citar los que
tienen una incidencia directa sobre nuestro objeto) han asestado un golpe muy
fuerte —a veces debido a su sola existencia— a la filosofía reaccionaria y muy
especialmente a la metafísica religiosa, que se erige en defensora de los
valores morales eternos, que afirma que el mundo está dominado por un espíritu
objetivo y que niega la sexualidad infantil y pretende relegar la sexualidad a
la función reproductora únicamente. Tales descubrimientos no pudieron desplegar
todos sus efectos porque la sociología psicoanalítica que se edificara a partir
de ellos les arrebató en gran medida lo que tenían de revolucionario y
progresista. No es éste el lugar de demostrarlo. La sociología analítica
intentó analizar la sociedad como si fuera un individuo, opuso de modo absoluto
el proceso cultural a la satisfacción sexual, interpretó los impulsos
destructores como datos biológicos originales que presidieran de modo
ineluctable los destinos humanos, negó la existencia de una era matriarcal
primitiva y desembocó, espantada de sus propias conclusiones, en un
escepticismo paralizante. Desde hace mucho tiempo ha adoptado una actitud
hostil frente a los que hacen este balance y sus representantes son
consecuentes consigo mismos cuando luchan contra estas tentativas. Pero todo
esto no cambia nada en el hecho de que nosotros estemos dispuestos a rechazar
enérgicamente todo ataque contra los grandes descubrimientos de Freud, venga de
donde venga. Las investigaciones realizadas con ayuda de la sociología fundada
sobre la economía sexual, la cual toma como punto de partida estos
descubrimientos, no se limitan a ser una tentativa más de completar a Marx con
Freud o a Freud con Marx, o de hacer una amalgama de los dos. Hace poco, hemos
declarado cuál era la función precisa que asume el psi coanálisis en el
edificio del materialismo histórico: puede ayudar a la comprensión de la
estructura y de la dinámica de la ideología, pero no de su aspecto histórico.
Sólo un político limitado podría reprocharle a la psicología analítica estructural
no sacar rápido partido de sus hallazgos en forma de consejos prácticos. El
hecho de que se encuentre afectada de algunas deformaciones debido al contagio
con la filosofía conservadora, no debería ser motivo para que un politicastro
la rechazara en bloque. Que haya comprendido la sexualidad infantil es un
título de gloria científica y revolucionaria que ningún sociólogo auténtico le
disputará. Se sigue de ello que la ciencia de la sociología de la economía
sexual, que descansa sobre los descubrimientos sociológicos de Marx y sobre los
descubrimientos psicológicos de Freud, es una psicología de masas y una
sociología sexual a la vez. Comienza allí donde, tras el rechazo de la
filosofía de la cultura de Freud,* termina la problemática clínica y psicológica
del psicoanálisis.
(•) Que, a pesar de su idealismo, contiene más verdades sobre la
vida activa que todas las sociologías y muchas de las psicologías marxistas
reunidas.
El psicoanálisis nos revela los efectos y los mecanismos de la
represión y la inhibición sexuales así como los detalles de sus consecuencias
patológicas. La sociología basada en la economía sexual va más allá: ¿por qué
motivo de orden social está reprimida la sexualidad en la sociedad e inhibida
en el individuo? es la pregunta que se plantea. La Iglesia responde: en interés
de la salvación eterna; la filosofía moral mística: a causa de la naturaleza
moral eterna del hombre; la filosofía cultural freudiana dice: en interés de la
"cultura". Uno puede llegar a preguntarse con escepticismo en qué
puede obstaculizar a la instalación de estaciones de gasolina o a la producción
de aviones, la masturbación de los niños o las relaciones sexuales entre los
adolescentes. Tenemos la impresión de que no es la actividad cultural la que
está en peligro, sino la forma actual de esa actividad, cosa que estaríamos
dispuestos a sacrificar gustosamente a ese precio, para poner fin a la inmensa
angustia de los niños y de los adolescentes. De este modo queda claro que el
problema no es cultural, sino de orden social. Si examinamos la historia de la
represión sexual descubriremos que su nacimiento no coincide con el de la
cultura, que no es una condición de la formación de la cultura, sino que ha
aparecido relativamente tarde, tras la instauración del patriarcado autoritario
y el nacimiento de las clases. En ese momento se comienza a poner al servicio
de la minoría los intereses sexuales de todos; el matrimonio y la familia autoritaria
le han dado a esta situación una nueva forma de organización. La sensibilidad
del hombre se modifica con la restricción y la represión sexuales y, de este
modo, aparece la religión que niega la sexualidad y que, poco a poco, instala
su propia organización de política sexual: la Iglesia, con todos sus
precursores, dedicada especialmente a la extirpación del placer sexual y de la
escasa felicidad sobre la tierra. No es preciso añadir que esta evolución no
carece de significación social si se la estudia bajo el punto de vista de la
explotación, entonces floreciente, de la fuerza humana de trabajo. Para
comprender bien esta relación es importante hacerse una idea muy clara de la
institución central social donde convergen las situaciones económica y socioeconómica
de la sociedad patriarcal y autoritaria. Sin tomar en consideración- esta
institución es imposible comprender la economía sexual y el proceso ideológico
del patriarcado. El psicoanálisis de individuos de todos los países y de todas
las capas sociales muestra que la conjunción de las estructuras socioeconómica
y sexual de la sociedad así como su reproducción estructural se producen a lo
largo de los cuatro o cinco primeros años de la vida por los cuidados de la
familia autoritaria. A continuación, la Iglesia no hace otra cosa que perpetuar
esta función. Al Estado autoritario le interesa por tanto sobre todo perpetuar
la familia autoritaria: ella es la fábrica en la que se elaboran su estructura
y su ideología. Hemos encontrado, pues, la institución donde se opera la
conjunción entre los intereses económicos y sexuales del Estado autoritario.
Queda la cuestión de saber cómo se efectúa esta conjunción y cuál es su
mecanismo. Aquí también el análisis de la estructura caracterológica típica del
hombre reaccionario (comprendido el trabajador) nos proporciona la respuesta;
pero tal respuesta no es patente más que al que está acostumbrado a investigar
sobre el análisis caracterológico. La inhibición moral de la sexualidad natural
del niño cuya última etapa es la limitación característica a la sexualidad
genital hace del niño un ser angustiado, salvaje, sumiso, obediente,
"amable" y "dócil" en el sentido autoritario de la palabra;
de este modo, todo gesto vital y libre está cargado de una fuerte dosis de
angustia, que paraliza las fuerzas rebeldes en el hombre y deteriora su
potencia intelectual y su sentido crítico, imponiéndole la prohibición de
pensar en las cosas sexuales. En una palabra, su fin es la creación del sujeto
adaptado al orden autoritario, que lo acepta a despecho de todas las miserias y
humillaciones. Para comenzar, el niño ha de plegarse al estado autoritario en
miniatura que es la familia, cuyas estructuras tiene que aceptar a fin de poder
integrarse más tarde en el marco del orden social general. La estructuración
autoritaria del hombre se produce en primer lugar por la localización de
inhibiciones y angustias sexuales en la materia viva de los impulsos sexuales;
lo cual no debe olvidarse.
No nos resultará difícil comprender por qué la economía sexual
considera a la familia como la célula de reproducción más importante del
sistema social autoritario si nos paramos a considerar a título de ejemplo, el
caso de la mujer conservadora, esposa de un trabajador medio. Tiene la misma
hambre que la esposa partidaria de la libertad, padece de la misma forma bajo
la situación económica, pero vota a los fascistas. Si, además, por otro lado,
examinamos la diferencia, en materia de ideología sexual, entre la mujer
liberal y la reaccionaria media, nos daremos cuenta de la importancia
primordial de la estructura sexual: la inhibición moral antisexual impide a la
mujer conservadora tomar conciencia de su situación social y la liga con tanta
fuerza a la Iglesia cuanto ella teme al "bolchevismo sexual". Desde
el punto de vista teórico, las cosas se presentan de modo siguiente: el
marxista vulgar, acostumbrado a los razonamientos mecanicistas supondrá que la
toma de conciencia de la situación económica será tanto más decisiva, cuanto
mayor sea la miseria sexual que se añada a la económica. Según esta hipótesis,
los adolescentes y la masa de mujeres deberían estar más inclinados a la
revolución que los hombres. Sin embargo, la verdad es lo contrario. El
economista no sabe cómo explicar este fenómeno; es incapaz de comprender
incluso por qué la mujer reaccionaria rehúsa escuchar su programa económico. La
explicación es la siguiente: la represión de las necesidades materiales más
groseras no produce el mismo efecto que la represión de las necesidades
sexuales. La primera excita a la revolución; la segunda, dado que somete las
exigencias sexuales a la inhibición, que las sustrae a la conciencia, que se
ancla interiormente bajo la forma de defensa moral, impide la revolución contra
las dos formas de la represión. Notemos que la inhibición de la revolución es
también inconsciente. El hombre medio apolítico no experimenta ni los primeros
atisbos. El resultado es el conservadurismo, el miedo a la libertad, una
mentalidad reaccionaria. La inhibición sexual refuerza la reacción política no
sólo por medio del proceso descrito más arriba haciendo pasivo y apolítico el
individuo integrado en la masa, sino que crea en la estructura del hombre una
fuerza secundaria, un interés artificial que sostienen por su parte el orden
autoritario de modo activo. Puesto que la sexualidad, a la que el proceso de
inhibición niega las satisfacciones naturales, se vuelve a toda clase de
satisfacciones complementarias. De este modo la agresividad natural se
transforma en sadismo brutal, sadismo que es una de las bases esenciales, desde
el punto de vista de la psicología de masas, de las guerras que los intereses
imperialistas organizan. Tomemos otro ejemplo: desde el punto de vista de la
psicología de masas, el militarismo resulta eficaz porque pone en movimiento un
mecanismo libidinal. El efecto sexual del uniforme, la excitación erótica de
los desfiles debido a la perfección del movimiento rítmico, el carácter
exhibicionista de la facha militar son más claramente accesibles a una criada o
a una empleadilla que a nuestros políticos más eruditos. La reacción política,
por su parte, se sirve a sabiendas de estos intereses sexuales. No solamente
crea vistosos uniformes para los hombres, sino que, además, confía el
reclutamiento a muchachas atractivas. Para terminar, citemos los carteles de
las potencias militaristas cuya argumentación, más o menos, es la siguiente:
“¡Si quieres conocer los países extranjeros, enrólate en la Marina Real. Los
países extranjeros se representan por mujeres exóticas. ¿Por qué son tan
eficaces estos carteles? Porque nuestra juventud, frustrada por la represión
sexual, tiene hambre sexual. Tanto la moral sexual que obstaculiza las
aspiraciones a la libertad, como las potencias que hacen el juego a los
intereses autoritarios, obtienen su energía de la sexualidad reprimida. Con
ello tocamos uno de los resortes esenciales del proceso llamado “efecto de
reacción de la ideología sobre la base económica”: la inhibición sexual crea
modificaciones estructurales en el hombre oprimido económicamente, que le
obligan a actuar, sentir y pensar en contra de sus intereses materiales. La
observación de Lenin encuentra así su confirmación y explicación en los
descubrimientos de la psicología de masas. Los soldados de 1905 veían de modo
inconsciente, en sus oficiales a sus padres del tiempo de su infancia, símbolos
de la idea de Dios, que reprimían la sexualidad y a los que no se podía matar,
incluso aunque le envenenaran a uno la vida. Su arrepentimiento y sus dudas una
vez que habían tomado el poder eran la expresión del odio transformado en su
contrario, la compasión; odio que, de este modo, no podía traducirse en actos.
El problema práctico de la psicología de masas es, pues la activación de la mayoría
pasiva de la población, siempre dispuesta a volar en auxilio de la reacción
política, así como la supresión de las inhibiciones que contrarrestan las
génesis de la voluntad de libertad nacida de la situación socio-económica. Nada
podía detener las energías psíquicas de una masa media que vibra ante el
espectáculo de un partido de fútbol o de una ópera de pacotilla, si se
consiguiera desencadenarla y canalizarla hacia los fines racionales del
movimiento de liberación. Este es el punto de partida del siguiente estudio
sobre la economía sexual.
(•) Que, a pesar de su idealismo, contiene más verdades sobre la
vida activa que todas las sociologías y muchas de las psicologías marxistas
reunidas.
II. LA IDEOLOGÍA DE LA
FAMILIA AUTORITARIA EN LA PSICOLOGÍA DE MASAS DEL FASCISMO
1.—El Füher y la
estructura de masas
Si la historia del proceso social dejase tiempo suficiente a los
historiadores reaccionarios para entregarse, después de algunos decenios, a
consideraciones sobre el pasado de Alemania, no dejarían de entender el éxito
de Hitler durante los años de 1923 a 1933 como una prueba de que son los
grandes hombres los que hacen la historia, insuflando en las masas "sus
ideas": por supuesto que la propaganda nacionalsocialista se basaba sobre
esta "ideología del jefe" ("Führerideologie"). Los
nacionalsocialistas no conocían mejor el mecanismo de su éxito que las
implicaciones históricas de su movimiento. El autor nacionalsocialista Wilhelm
Stapel era, pues, perfectamente consecuente cuando en su obra Chris-tentum und
Nationalsozialismus (Cristianismo y nacionalsocialismo) escribía: "Dado el
carácter elemental del nacionalsocialismo, resulta imposible atacarlo con
«argumentos». Los argumentos sólo tendrían efecto si el movimiento se hubiera
impuesto con ayuda de argumentos". De acuerdo con esta concepción, los
discursos nacionalsocialistas de propaganda se caracterizaban por hacer hábiles
llamadas a los sentimientos de los individuos integrados en la masa y por la
renuncia, en la medida de lo posible, a toda argumentación objetiva. En
repetidas ocasiones subraya Hitler en su obra Mein Kampf ("Mi lucha")
que la buena táctica en materia de psicología de masas reside en renunciar a
toda argumentación y en presentar a las masas solamente "la gran meta
final". Lo que esta "gran meta final" era después de la toma del
poder, se mostró muy claramente en el fascismo italiano, así como en los
decretos de Göering con respecto a las organizaciones económicas de las clases
medias, en la renuncia a la "segunda revolución" que los partidarios
esperaban, en la no ejecución de las medidas socialistas prometidas, etc.,
donde ya se ponía de manifiesto la función reaccionaria del fascismo. El
siguiente pasaje nos muestra hasta qué punto ignoraba el mismo Hitler la
mecánica de su éxito: "Sólo esta gran línea nos asegurará el éxito con una
lógica imperturbable, siempre que le demos la importancia necesaria y no nos
separemos nunca de ella. Entonces podremos comprobar con asombro a qué inmensos
resultados, apenas comprensibles (subrayado por W. R.) se llega gracias a esta
perseverancia" (Mein Kampf). El éxito de Hitler no se explica en absoluto
por su papel reaccionario en la historia del capitalismo, puesto que si él lo
hubiera admitido abiertamente en su propaganda, habría obtenido el resultado
opuesto. El estudio de la eficacia psicológica de Hitler sobre las masas debía
partir de la idea de que un "führer", o representante de una idea, no
podía tener éxito (no un éxito histórico, sino esencialmente pasajero) más que
si sus conceptos personales, su ideología o su programa se encontraban en
armonía con la estructura media de una amplia capa de individuos integrados en
la masa. Se plantea, además, un segundo problema: ¿En qué situación histórica y
social se originan estas estructuras? De este modo, un problema de psicología
de masas abandona el terreno metafísico del "concepto del jefe"
(Führerridee) y se sitúa en la realidad de la vida social. Un
"führer" no puede hacer la historia más que si las estructuras de su
personalidad coinciden con las estructuras de amplias capas de la población,
vistas desde la perspectiva de la psicología de masas. La cuestión de si la
huella que imprime en la historia es definitiva o pasajera depende solamente de
su orientación, que bien puede inscribirse en la dirección del progreso social,
u oponerse a él. Por este motivo resulta erróneo atribuir el éxito de Hitler
exclusivamente a la demagogia de los nacionalsocialistas, a la
"desorientación de las masas", a la "psicosis nazi", todo
lo cual carece de valor, aunque los políticos comunistas se sirvieran después
de estas interpretaciones tan vagas. Precisamente de lo que se trata es de
saber cómo fue posible engañar, desorientar y sumir a influencias psicóticas a
las masas. Es éste un problema que no se puede resolver si se ignora lo que
sucede en el seno de las masas. No basta con señalar el carácter reaccionario
del movimiento hitleriano, ya que el éxito del N.S.D.A.P. entre la masas se
encontraba en contradicción con su papel reaccionario: que millones de personas
se feliciten de su propio esclaviza-miento es una contradicción que no puede
explicarse con argumentos políticos y económicos, sino solamente por medio de
la psicología de masas. Según los medios a los que se dirigía, el
nacionalsocialismo se servía de métodos diferentes y formulaba las promesas en
función de las capas sociales de las que, en un momento dado, tenía necesidad.
De este modo, en la primavera de 1933, su propaganda insistía sobre el carácter
revolucionario del movimiento nazi, porque trataba de ganar para su causa a los
obreros industriales y, en consecuencia, se "festejó" el primero de
mayo, tras haber lanzado un hueso a la nobleza en Potsdam. Si de ello se
quisiera deducir que Hitler le debía su éxito a una argucia política,
entraríamos en contradicción con la idea fundamental de libertad y estaríamos
negando, prácticamente, la posibilidad de la revolución social. La cuestión
esencial es, pues, la siguiente: ¿Por qué sucumben las masas a la mistificación
política? Puesto que les era posible juzgar la propaganda de los diferentes
partidos, ¿por qué no se han dado cuenta de que Hitler prometía a los
trabajadores la expropiación de los medios de producción y a los capitalistas
garantías contra la expropiación? La estructura personal de Hitler y su
biografía carecen de todo interés para la comprensión del nacionalsocialismo.
No obstante, resulta instructivo comprobar que, en lo esencial, el origen
pequeño burgués de sus ideas coincidía con las estructuras de las masas,
dispuestas a darles la mejor acogida. Como todo movimiento reaccionario, el de
Hitler se apoyaba en varias capas de la pequeña burguesía. El
nacionalsocialismo ha puesto al descubierto el conjunto de contradicciones que
caracterizan a la psicología de masas de la pequeña burguesía. Por lo tanto, se
tratará en primer lugar de conocer bien estas contradicciones y en segundo de
comprobar su común origen, ya que todas surgen de las condiciones imperialistas
de producción. Por nuestro lado, nos limitaremos a la investigación de los
problemas relacionados con la ideología sexual.
2.—Los orígenes de Hitler
El dirigente de las clases medias alemanas rebeldes, era, a su
vez, hijo de un funcionario. El mismo Hitler nos ha hecho un relato del
conflicto por el que él debió pasar, típico de la estructura de masas pequeño
burguesa. El padre quería hacer de él un funcionario; el hijo se rebeló contra
el plan paterno y determinó no aceptarlo "bajo pretexto ninguno"; se
hizo pintor y cayó en la miseria. Pero si se hace abstracción de esta rebelión,
se observa que no se trataba de poner en tela de juicio o de rechazar la
autoridad paterna. Esta actitud ambigua con respecto a la autoridad, una
rebelión que marcha pareja con la aceptación respetuosa y sumisa de aquella es
un rasgo fundamental de la estructura pequeño burguesa en el momento del paso
de la pubertad a la edad adulta y se hace más patente cuando las condiciones de
vida son difíciles. Cuando Hitler habla de su madre, su lenguaje se uñe de
sentimentalismo. Asegura que el único día de su vida que lloró fue el de la
muerte de su madre. Su actitud negativa con respecto a la sexualidad y su
idealización neurótica de la maternidad se explican por su teoría racista y por
su teoría sobre la sífilis (cfr. el capítulo siguiente). Nacionalista en su
juventud, Hitler, que vivía en Austria, tomó la decisión de luchar contra la
dinastía austriaca, que "entregaba la patria alemana al eslavismo".
En su polémica contra los Habsburgo, Hitler concedió cierta importancia al
argumento de que varios miembros de la dinastía fueran sifilíticos. Este asunto
no merecía apenas atención de no ser porque el tema del "envenenamiento
del cuerpo de la nación" y su fobia por la sífilis se repite sin cesar en
sus escritos, para acabar constituyendo uno de los centros de gravedad de la
política interior tras la toma del poder. Al principio, Hitler simpatizó con la
socialdemocracia porque ésta luchaba por e de la socialdemocracia, sin embargo,
fue la invitación que le hicieron en la empresa de construcción donde trabajaba
para que se adhiriera al sindicato obrero. Al rechazarla, dijo que por primera
vez había comprendido el papel de la socialdemocracia. Bismarck se convirtió
entonces en su ideal por haber realizado la unidad de Alemania y luchado contra
la casa de Austria. El antisemita Lueger y el nacionalista alemán Schonerer
tuvieron una influencia decisiva sobre la ulterior evolución de Hitler, quien
empezó entonces a perseguir objetivos nacionalistas-imperialistas que pensaba
poner en práctica con medios distintos y más eficaces que los preconizados por
el antiguo nacionalismo "burgués". La elección de estos medios se la
sugirió su conocimiento de la fuerza del marxismo organizado y del papel
decisivo de la masa en todo movimiento político. "Solamente cuando una
visión del mundo nacional (vólkisch) organizada y dirigida con tanto espíritu
de unidad como el de la ideología internacionalista, dirigida políticamente por
el marxismo organizado, se oponga a ésta y las energías combativas sean
iguales, se inclinará el éxito del lado de la verdad eterna".
"Lo que aseguró el éxito a la ideología internacionalista
fue el hecho de estar representada por un partido político organizado como las
secciones de asalto; lo que hasta ahora ha hecho fracasar a la ideología
opuesta ha sido la ausencia de una representación organizada en la unidad. La
ideología podrá luchar y vencer solamente por medio de la forma limitada pero
sintética de una organización política y no a través de la libertad infinita
abandonada a la exégesis de una visión general de las cosas." (Mein Kampf).
Hitler había reconocido oportunamente las inconsecuencias de la política
socialdemócrata y la impotencia de los antiguos partidos burgueses, incluido el
Partido Alemán Nacional. "Todo esto no era otra cosa que la consecuencia
inevitable de la ausencia de una nueva ideología fundamentalmente opuesta al
marxismo y animada de una voluntad imperiosa de conquista." (op. cit.).
"Cuanto más reflexionaba entonces sobre la necesidad de un cambio de
actitud de los gobiernos nacionales con respecto a la socialdemocracia, en
tanto que encarnación actual del marxismo, tanto más me daba cuenta de que no
había nada que pudiera reemplazar a aquella doctrina. ¿Qué hubiéramos propuesto
a las masas en el caso hipotético de un hundimiento de la socialdemocracia? No
había ni un solo movimiento capaz de atraer tras de sí a la inmensa masa de
trabajadores más o menos desprovistos de dirigente. Es una insensatez y más que
una estupidez pensar que el fanático internacional que acaba de abandonar ese
partido de clase engrosará inmediatamente las filas de un partido burgués, es
decir, de otra organización de clase." (op. cií.) "«Los partidos
burgueses», como se denominan a sí mismos, ya no atraerán nunca más a su campo
a las masas «proletarias», porque se trata de dos mundos opuestos, separados
por fronteras naturales y artificiales, cuyas relaciones no pueden ser otras
que la lucha. El más joven, en este caso, el marxismo, es quien obtendrá la
victoria" (op. cit.). El antisovietismo fundamental del nacionalsocialismo
apareció muy temprano: "Si queremos tierra en Europa, no hay otra forma de
conseguirla que a expensas de Rusia; sería preciso que el nuevo Reich siga las
huellas de los caballeros de la Orden a fin de dar por medio de la espada
alemana la gleba al arado alemán, y el pan cotidiano a la nación." Hitler
se plantea, pues, un cierto número de problemas: ¿Cómo asegurar la victoria del
pensamiento nacionalsocialista? ¿Cómo combatir eficazmente al marxismo? ¿Cómo
tener acceso a las masas? Para alcanzar sus objetivos, Hitler invoca los
sentimientos nacionalistas de las masas, pero decide organizar el movimiento
como el marxismo, sobre una base de masas, emplear una propaganda apropiada y
utilizarla de modo consecuente. Su propósito, por lo tanto —y él es el primero
en admitirlo— es imponer el imperialismo nacionalista por métodos tomados del
marxismo y de su técnica de organización de masas. Que el éxito coronara a esta
organización de masas es un hecho imputable a las masas y no a Hitler. Lo que
le ha permitido a su propaganda ganarse a las masas ha sido la estructura
autoritaria, antiliberal y angustiada de los hombres. Por este motivo la
importancia sociológica de Hitler no reside en su personalidad sino en lo que
las masas han hecho de él. Este problema es tanto más curioso cuanto que, desde
el fondo de su alma, Hitler despreciaba a las masas con ayuda de las cuales
proyectaba imponer su imperialismo. Un solo acto de confesión especialmente
sincero vale por los otros: "La mentalidad del pueblo no ha sido nunca
otra cosa que la manifestación de lo que se ha hecho ingerir a la opinión
pública..." (op. cit.). ¿Cuál era la estructura de las masas para que
éstas se dejaran prender en la propaganda de Hitler?
3.—La psicología de masas
de la pequeña burguesía
Ya hemos dicho que el éxito de Hitler no se explica ni por su
"personalidad" ni por el papel objetivo-que su ideología ha jugado en
el capitalismo en pleno desorden. La "mistificación" de las masas
tampoco es una explicación. Por nuestra parte, hemos concedido la primacía a la
cuestión de lo que sucedía en el seno de las masas para que éstas se unieran a
un partido cuyos jefes perseguían una política objetiva y subjetivamente
opuesta a los intereses de las masas trabajadoras. Para responder a esta
cuestión es preciso recordar que el movimiento nacionalsocialista se apoyaba al
comienzo de su victoriosa carrera sobre amplias capas de las llamadas clases
medias, es decir, sobre los millones de empleados y funcionarios, sobre los
comerciantes medios y los campesinos pequeños y medios. Considerado desde la
perspectiva de su base social, el nacionalsocialismo era en su comienzo un
movimiento pequeñoburgués donde quiera que hizo su aparición, en Italia, en
Hungría, en Argentina o en Noruega. Esta pequeña burguesía, que militaba antes
en los diferentes partidos democráticos tuvo que sufrir una transformación
interior que justificara el cambio de postura política. Las semejanzas
fundamentales, así como las diferencias de las ideologías burguesa-liberal y
fascista se explican por la situación social de la pequeña burguesía y por la
estructura psicológica que aquélla entraña. La pequeña burguesía fascista es
idéntica a la pequeña burguesía liberal, con la sola diferencia de que
pertenecen a épocas distintas. El nacionalsocialismo ha obtenido sus votos en
las elecciones de 1930 y 1932 casi exclusivamente del Partido Alemán Nacional,
del Partido de la Economía (Wirtschafts-partei) y de los subgrupos del Reich
alemán. Sólo el Centro Católico conservaba sus posiciones incluso en las
elecciones de Prusia de 1932. Únicamente en esa fecha consiguió el
nacionalsocialismo ganar terreno entre los obreros industriales. Pero, tanto
antes como después, quienes formaron el grueso de las tropas de la cruz gamada
fueron las clases medias. Durante la más grave crisis que el sistema
capitalista haya conocido desde sus orígenes (la de 1929 a 1932), las clases
medias, agrupadas bajo la bandera del nacionalsocialismo, tomaron posesión de
la escena política y se opusieron a la reestructuración revolucionaria de la
sociedad. La reacción política tenía una concepción muy justa de esta función
de la pequeña burguesía: "En último análisis, la existencia de un Estado
depende de las clases medias", se leía en un panfleto de los alemanes nacionales
del 8 de abril de 1932. El problema de la importancia social de las clases
medias ocupó un lugar destacado en las discusiones de la izquierda después del
30 de enero de 1933. Hasta entonces, no se había concedido atención a las
clases medias, porque los espíritus se hallaban cautivados por la evolución de
la reacción política, por el régimen autoritario. En cuanto a los políticos, se
desinteresaban de la psicología de masas y de sus problemas. Fue necesario
esperar al 30 de enero para que la "rebelión de las clases medias"
ocupase el lugar principal de la escena. Si seguimos de más cerca la discusión
del problema, se observan dos tendencias principales: la primera consideraba
que el fascismo "no era otra cosa" que la guardia política de la alta
burguesía; la otra tendencia, sin olvidar este aspecto, ponía de relieve la
"rebelión de las clases medias", lo que valió a sus representantes el
reproche de obscurecer el papel reaccionario del fascismo. Para dar mayor peso
a esta última argumentación se invocaba el nombramiento de Thyssen como
dictador de la economía, la disolución de las organizaciones económicas de las
clases medias, la anulación de la "segunda revolución"; en una
palabra, se acentuaba siempre el carácter más reaccionario del fascismo aparecido
a partir de fines de junio de 1933. Se podían observar algunos puntos obscuros
en la discusión, que llegó a ser muy animada: el hecho de que el
nacionalsocialismo revelase su carácter imperialista después de la toma del
poder, que se apresurara a eliminar del movimiento todo elemento
"socialista" y que preparase la guerra por todos los medios, no
contradecía el otro hecho de que, visto desde la perspectiva de su base de
masas, el fascismo era claramente un movimiento de las clases medias. Nunca
hubiera podido ganar Hitler para su causa a las clases medias si no hubiera
prometido iniciar la lucha contra el gran capital. Estas clases le ayudaron a
vencer porque estaban en contra del gran capital. Presionados por ellas, los
dirigentes nacionalsocialistas tuvieron que tomar medidas anticapitalistas que
se vieron obligados a revocar a instancias del gran capital. Si no se hace la
distinción entre los intereses subjetivos en la base de masas de un movimiento
reaccionario y su función reaccionaria objetiva, que son antagónicos (aunque
unidos al principio en el conjunto del movimiento nacionalsocialista), resulta
imposible comprenderse, ya que al hablar del fascismo, el uno entiende su
función objetiva mientras que el otro piensa en los intereses subjetivos de las
masas fascistas. El antagonismo entre estos dos aspectos del fascismo explica
todas sus contradicciones y aclara también su convergencia en una sola forma,
el nacionalsocialismo, convergencia tan característica del movimiento
hitleriano. En la medida en que el nacionalsocialismo estaba obligado a poner
de relieve su carácter de "movimiento de las clases medias" (antes y
poco después de la toma del poder), resultaba en efecto, anticapitalista y
revolucionario; pero, como no hizo nada para desposeer de sus derechos a los
grandes capitalistas, cuando dejó caer cada vez más claramente su máscara
anticapitalista, para poner de relieve su función exclusivamente capitalista, a
fin de reforzar y mantener su poder, se convirtió en el defensor fanático del
imperialismo y en el pilar del orden económico del gran capital. Importa poco
entonces saber si sus dirigentes eran socialistas honrados (según ellos) o no,
mientras en sus filas hubiera demagogos y arribistas ávidos de poder. Todas
estas consideraciones no permiten iniciar una política antifascista. La
historia del fascismo italiano hubiera permitido comprender el fascismo alemán
y su ambigüedad toda vez que el italiano reunía en su seno las dos funciones
netamente antagónicas de las que acabamos de hablar. Los que niegan o desestiman
la función atribuida a la base de masas del fascismo, confían en su convicción
de que las clases medias, que ni disponen de los grandes medios de producción
ni trabajan en ellos, no pueden, a la larga, hacer la historia y se encuentran
a caballo entre el capital y el mundo del trabajo. Olvidan que las clases
medias son perfectamente capaces de hacer la historia y que la hacen
efectivamente, sí no a largo plazo, al menor durante un periodo históricamente
limitado, lo que confirma la historia del fascismo alemán y del italiano. No
tenemos aquí solamente en cuenta la anulación de las organizaciones obreras,
las innumerables víctimas, el asalto de la barbarie, sino sobre todo, los
obstáculos puestos a la transformación de la crisis económica en la conmoción
de la sociedad, en la revolución social. Una cosa es evidente: cuanto más
numerosa e influyente en una nación es la clase media, tanto más hay que contar
con ella como potencia social que actúa. De este modo pudimos asistir de 1933 á
1942 al fenómeno paradójico de un Fascismo nacionalista que pudo ganarle la
partida al internacionalismo social revolucionario en tanto que movimiento
internacional. Socialistas y comunistas hiciéronse ilusiones en lo relativo a
la progresión del movimiento revolucionario con relación al de la reacción y
cometieron un verdadero suicidio político, a pesar de todas sus buenas
intenciones. Este problema merece que se le examine con el mayor cuidado,
porque el proceso que ha afectado a las clases medias de todos los países es infinitamente
más importante que la comprobación del hecho archí conocido y perfectamente
trivial de que el fascismo representa la reacción económica y política bajo su
forma más extrema. Esta última comprobación carece de todo interés político,
como lo ha demostrado ampliamente la historia de los años 1928 a 1942. Las
clases medias se pusieron en movimiento y, bajo el disfraz del fascismo,
efectuaron su entrada en la escena política como fuerza social. Lo que importa
no son las intenciones reaccionarias de Hitler o de Goering, sino los intereses
sociales de las clases medias. Gracias a su estructura caracterológica, las
clases medias disponen de una fuerza social enorme, que sobrepasa con mucho su
poder económico. Esta capa social es la que ha realizado la hazaña de sostener
el sistema patriarcal durante varios milenios y de mantenerlo vivo a pesar de
todas las contradicciones. La existencia del movimiento fascista es, sin duda,
la expresión social del imperialismo nacionalista. Pero el hecho de que el
fascismo haya podido convertirse en un movimiento de masas y tomar el poder,
gracias a lo que le ha sido posible realizar su función imperialista, no se
explica más que por el movimiento de masas de la clases medias. Quien quiera
comprender los aspectos contradictorios del fascismo tiene que tener en cuenta
las oposiciones y los antagonismos en un momento determinado. La situación
social de la clase burguesa está determinada: a) por su posición en el proceso
capitalista de producción; b) por su posición en el aparato del Estado
autoritario; c) por su situación familiar particular, que se deriva
directamente de su posición en el proceso de producción y nos proporciona la
clave para la comprensión de su ideología. Económicamente hablando, la
situación del pequeño campesino, del funcionario y del comerciante medio son
distintas pero, en el aspecto familiar, existe una identidad, al menos en
líneas generales. La rápida evolución de la economía capitalista en el siglo
xix, la mecanización progresiva e ininterrumpida de la producción, la
concentración de distintas ramas de la producción en sindicatos y trusts
monopolistas, han dado como resultado la depauperación inexorable de los
comerciantes y los artesanos pequeño burgueses. Incapaces de resistir la
competencia de las grandes industrias, que producen más barato y más
racionalmente, las pequeñas empresas están condenadas a perecer. "Las
clases medias no tienen otra cosa que esperar de este sistema que la
desaparición despiadada. El problema es sencillo: o bien se confunden todos en
la masa gris y sombría del proletariado, donde todos poseen lo mismo, es decir,
nada; o bien se concede a los particulares la posibilidad de adquirir bienes
propios por la fuerza y la tenacidad, por el arduo trabajo de toda una vida.
Clase media o proletariado. ¡Ese es el problema!" Esta advertencia la
lanzaron los Alemanes Nacionales antes de las elecciones a presidente del Reich
de 1932. Los nacionalsocialistas se guardaron mucho de abrir un abismo entre la
clase media y los obreros industriales a través de declaraciones tan poco
hábiles y su propaganda resultó más eficaz. Uno de los argumentos de la
propaganda del N.S.D.A.P. era la lucha contra los grandes almacenes. Pero la
contradicción entre el papel que el nacionalsocialismo representaba en la gran
industria y los intereses de las clases medias, sobre las cuales se apoyaba,
apareció muy evidentemente en la entrevista de Hitler con Knickerbrocker:
"No vamos a hacer depender las relaciones germano-americanas de una tienda
(se trataba del futuro de la sucursal de Woolworth en Berlín) ...La existencia
de tales empresas es un acicate para el bolchevismo... Destruyen muchas
pequeñas existentes y por eso no las toleraremos; pero pueden ustedes estar
seguros de que sus empresas de este género en Alemania no serán tratadas
distintamente que las alemanas."* , Las deudas privadas exteriores eran
muy pesadas para las clases medias. Pero mientras que Hitler preconizaba el
pago de las deudas privadas, dado que, en el plano de la política exterior, dependía
de la realización de sus compromisos, sus partidarios reclamaban su supresión.
La pequeña burguesía se rebeló, pues, "contra el sistema" y por tal
entendía ella el "régimen marxista" de la socialdemocracia.
Cualquiera que haya sido el deseo de asociarse y organizarse, en el curso de la
crisis, de estas capas de la pequeña burguesía, la competencia económica entre
las pequeñas empresas ha representado un obstáculo para el establecimiento de
un sentimiento de solidaridad comparable al que hay entre los obreros
industriales. Es su posición social la que impide al pequeño burgués
identificarse con su propia capa social o con los obreros industriales; con su
propia capa social porque en ella predomina la competencia; con los obreros
industriales porque a nada le teme más que a la proletarización. El movimiento
fascista tuvo, al menos, el resultado de unificar a la pequeña burguesía.
¿Sobre qué bases se ha realizado esta unificación, desde el punto de vista de
la psicología de masas? La posición social de los funcionarios del Estado y de
los pequeños y medios empleados es la que nos proporciona la respuesta: el
empleado y el funcionario medios se encuentran en una situación económica menos
favorable que el obrero industrial medio; la inferioridad económica de los primeros,
queda parcialmente compensada en los funcionarios del Estado por algunas
esperanzas mínimas de promoción y por la perspectiva de una cierta seguridad
económica hasta el fin de su vida. La dependencia característica de esta capa
social con respecto a las autoridades, aboca a una actitud de competencia
frente a sus colegas, incompatible con la formación de un auténtico sentimiento
de solidaridad. La conciencia social del funcionario no está determinada por el
sentimiento de una comunidad de destino con sus colegas, sino por la actitud
cara a la autoridad establecida y a la "nación". Para el funcionario,
esta actitud consiste en una identificación absoluta ** con el poder estatal;
para el empleado, con la empresa en la que trabaja. En realidad, tanto el uno
como el otro se encuentran en la misma situación que el obrero industrial. ¿Por
qué no se
---------------------------------------------------
(*) Tras la toma del poder durante los meses de marzo a abril
comenzó el asalto contra los grandes almacenes, que pronto frenaron los
dirigentes del N.S.D.A.P. (prohibición de toda intervención no autorizada en
materia económica, disolución de las organizaciones de las clases medias, etc.)
(**) El psicoanálisis llama "identificación" al estado de espíritu de
una persona que comienza a sentirse una con otra, a adoptar las actitudes -y
atributos de ella, que antes no tenía, y a ponerse imaginariamente en su lugar;
este proceso se basa en una modificación real de la persona, que "se
identifica" con otra "interiorizando" los atributos de su
modelo.
---------------
desarrolla en ellos, como en este último, un sentimiento de
solidaridad? Respuesta: porque ocupan una posición intermedia entre la
autoridad y los trabajadores manuales. Súbditos con respecto a la autoridad, se
convierten en los representantes de esa misma autoridad en sus relaciones con
sus subordinados y, con este motivo, gozan de una especial protección moral (no
material). Los cabos de todos los ejércitos del mundo nos proporcionan el
ejemplo más típico de este producto de la psicología de masas. La fuerza de
esta identificación con el empleador se revela de una manera particularmente
llamativa en el caso de los criados de algunas casas nobles, de algunos
ayudantes de cámara que, al adoptar la apariencia, la mentalidad y las maneras
de la clase dominante, sufren una modificación completa y a menudo la exageran
para esconder sus orígenes modestos. Esta identificación con la administración,
la empresa, el Estado y la nación, que puede resumirse en la fórmula: "Yo
soy el Estado, la administración, la empresa, la nación" es una realidad
psíquica que nos proporciona uno de los mejores ejemplos de una ideología
convertida en poder material. Al principio, el empleado o el funcionario se
contentan con un parecido idealizado con sus superiores, pero poco a poco, de
resultas de su dependencia material, su personalidad se transforma a imagen de
la clase dominante. Por tener los ojos perpetuamente clavados en lo alto, el
pequeño burgués acaba por cavar una josa entre su situación económica y su
ideología. Pasando la vida en condiciones materiales penosas, se esfuerza por
adoptar frente al mundo una actitud representativa, exagerada a veces hasta la
caricatura. Se alimenta poco y mal, pero le concede un gran valor al ir
"correctamente vestido". El sombrero alto y el traje son los símbolos
visibles de esta estructura caracterológica. Nada hay tan revelador, desde la
perspectiva de la psicología de masas, como el examen del modo de vestir de una
población. Esa "mirada clavada en lo alto" es lo que distingue
esencialmente a la estructura pequeño burguesa de la del obrero de la
industria.* ¿Hasta qué profundidades llega esta identificación con la
autoridad? De su existencia no ha habido nunca duda alguna. Pero la cuestión es
averiguar de qué modo han cimentado y fijado los hechos emocionales la actitud
pequeño burguesa, al margen de los factores económico primarios, hasta tal
punto que la estructura pequeño burguesa no ha sido sacudida ni siquiera en
tiempo de crisis, cuando el paro zapaba sus soportes económicos. Más arriba hemos
afirmado que la situación económica de las distintas capas medias varía
sensiblemente, mientras que su situación familiar es esencialmente la misma. La
situación familiar es la que nos da la clave del fundamento emocional de la
estructura descrita anteriormente.
4.—Los vínculos familiares
y el sentimiento nacionalista
En un principio, la situación familiar de las diferentes capas
de la pequeña burguesía coincide con su situación económica. La familia
constituye —si se hace abstracción de la función pública— al mismo tiempo una
empresa económica. Los miembros de la familia trabajan en la empresa del
pequeño comerciante, lo que permite ahorrar la mano de obra, extraña y cara.
Aún más clara es esta coincidencia entre la familia y el modo de producción en
la explotación agrícola pequeña y media. La organización económica del gran
patriarcado (por ejemplo, la zadruga) se apoya en lo esencial sobre esta
coincidencia. La interdependencia estrecha entre familia y economía es la que
explica por qué el campesino está "apegado al suelo", es
"tradicionalista", por qué se deja tentar fácilmente por la reacción
política. Por supuesto, no es que el modo de producción sea el único
responsable del apego del campesino a la gleba y a la tradición, sino que ese
modo de producción postula un vínculo particularmente estrecho entre los
miembros de la familia, vínculo que no se puede asegurar más que por una larga
represión e inhibición sexuales." La mentalidad típicamente campesina, en
cuyo centro encontramos la moral sexual patriarcal, se edifica, por tanto,
sobre esta doble base. En otro lugar hemos descrito las dificultades con las
que ha tropezado el gobierno soviético en la colectivización del campo,
dificultades que no solamente provienen del "apego del campesino a la
gleba" sino también de los vínculos familiares que la gleba había creado.
(*) Esta observación se
aplica a Europa. En los Estados Unidos, el "aburguesamiento" de los
trabajadores de la industria suprime tales distinciones
"La sola posibilidad de conservar una clase campesina sana
como fundamento de la nación tiene ya un valor inestimable. Muchos de los males
que padecemos no son otra cosa que la consecuencia de relaciones malsanas entre
la ciudad y las poblaciones rurales. Una robusta cepa de pequeños y medios
campesinos ha sido siempre la mejor protección contra las enfermedades sociales
tales como hoy las conocemos, y constituye también la única solución que
permite a una nación conseguir su pan cotidiano en el ciclo de su economía. La
industria y el comercio pierden su malsana posición dominante y se integran en
el marco general de una economía fundada sobre el equilibrio de las necesidades
nacionales y de sus productos." (Mein Kampf.) Este era el obtuso punto de
vista de Hitler, cuyo carácter absurdo salta a la vista: la reacción política
no conseguirá nunca impedir el desarrollo de las grandes explotaciones
mecanizadas y la desaparición de las pequeñas explotaciones rurales. Pero desde
la perspectiva de la psicología de masas, esta propaganda no carecía de
eficacia, puesto que se dirigía a las estructuras de las capas pequeño
burguesas, fijadas en las familias. Tras la toma del poder por el N.S.D.A.P. se
hizo sentir la necesidad de proporcionar una expresión concreta a la estrecha
interdependencia entre los lazos familiares y la economía rural. Dado que el
movimiento de Hitler, por su base de masas y su estructura ideológica, era un
movimiento pequeño burgués, una de las primeras iniciativas para consolidar las
capas medias fue el decreto sobre "la reorganización del estatuto de
propiedad rural" del 12 de mayo de 1933, que restablecía usos muy antiguos
en lo referente a "la alianza indisoluble de la sangre y la tierra".
Veamos la tónica de algunos pasajes característicos: "La alianza
indisoluble de la sangre y la tierra es la condición indispensable de la salud
del pueblo. El régimen rural de los siglos anteriores, establecido en Alemania
por una legislación apropiada, garantizaba esta unión, surgida del sentimiento
vital natural del pueblo. La granja era la herencia inalienable de la familia
campesina. Un derecho extranjero había destruido los fundamentos legales de
este régimen campesino. Sin embargo, los campesinos alemanes de numerosos
distritos, animados de un sano sentido del fundamento de la vida de su pueblo,
conservaban por la costumbre, de generación en generación, su granja sin
desmembrar "Es un deber absoluto del gobierno del pueblo, al fin
establecido, darle un sólido fundamento a la sublevación nacional por la confirmación
legal de la alianza indisoluble de la sangre y la tierra, tal como la ha
perpetuado la costumbre, a través de una legislación apropiada de la propiedad
rural hereditaria. "La propiedad rural y forestal (la hacienda
hereditaria), inscrita en el registro de herederos de bienes de familia del
tribunal de instancia competente, se transmite según el derecho relativo a los
bienes de familia. El propietario de la hacienda hereditaria se llama
campesino. Un campesino no puede ser propietario a la vez de varias haciendas
hereditarias. Sólo uno de los hijos del campesino podrá tomar posesión de la
hacienda; éste es el heredero principal. La hacienda proveerá a las necesidades
de los coherederos, hasta que hayan alcanzado su independencia económica. Si
éstos cayeran en la miseria, sin que fueren responsables de ella, podrán buscar
asilo en la hacienda hereditaria ("Heimatzuflucht") incluso en los
años posteriores. Si la hacienda no estuviera inscrita en el registro de
herederos, como normalmente debiera estarlo, persiste el derecho de herencia en
virtud del derecho relativo a los bienes de familia. "Solamente un
campesino que sea ciudadano alemán y de sangre alemana, puede ser propietario
de una hacienda. No será de sangre alemana quienquiera que tenga una persona
judía o de color entre sus ascendientes masculinos o entre sus antepasados
hasta la cuarta generación. Todo matrimonio contraído en lo futuro con una
persona que no sea de sangre alemana incapacita para siempre a los
descendientes para ser herederos de una hacienda hereditaria. "El fin de
la ley es proteger a las granjas del endeudamiento y de la desmembración, para
conservarlas, como herencia, para las familias de los campesinos libres. Al
mismo tiempo se orienta a asegurar un buen reparto de las explotaciones, habida
cuenta de sus dimensiones. Un gran número de granjas pequeñas y medias,
distribuidas lo más igualmente posible sobre todo el territorio del país, son
indispensables para la salud del Estado y del pueblo."
¿Qué tendencias se
reflejan en esta ley?
La ley iba en contra de los intereses de los grandes
propietarios agrícolas que, a fin de absorber las explotaciones rurales
medianas y pequeñas, buscaban dividir la población rural en propietarios de la
tierra y proletarios rurales desposeídos. Pero esta tendencia quedaba
ampliamente compensada por la salvaguardia de un segundo objetivo de los
grandes propietarios agrícolas: estos últimos tenían interés, en efecto, en
perpetuar la clase media campesina que constituía la base de masas de su poder.
La identidad entre el grande y el pequeño propietario no reside solamente en el
hecho de que los dos son propietarios privados; esto sería poco importante si
el mantenimiento de la empresa rural pequeña y mediana no contribuyese a la
perpetuación de una cierta atmósfera ideológica, la de la familia que trabaja
en común una pequeña empresa, que proporcionaba en general los mejores
combatientes nacionalsocialistas y que imprimía en la mujer una modificación
estructural en el sentido de la ideología nacionalsocialista. Este es el
trasfondo de la famosa "influencia moral conservadora de un sano
campesinado". Y henos aquí enfrentados a un problema relacionado con la
economía sexual. La interdependencia del modo de producción individualista y de
la familia autoritaria en la pequeña burguesía descrita más arriba es una de
las numerosas fuentes de la ideología fascista de la "familia
numerosa". Volveremos sobre este tema en otra ocasión. A la delimitación
económica de las pequeñas empresas entre sí corresponde el aislamiento y la
concurrencia de las familias que, a despecho de la divisa ideológica "el
interés general prima sobre el interés personal" y el "pensamiento
corporativo" del fascismo, son típicos de la pequeña burguesía. El
elemento central de la ideología fascista sigue siendo individualista, como el
"principio del dirigente", la "política familiar", etc. El
elemento colectivista lo ha tomado prestado el fascismo de las tendencias
socialistas de la base de masas, al mismo tiempo que el elemento individualista
refleja los intereses del gran capital y de los dirigentes fascistas. Esta
situación económica y familiar sería insostenible en la organización natural de
los hombres si no estuviera reforzada por otros hechos, entre los cuales se
cuenta un cierto tipo de relación entre el hombre y la mujer, tipo que hemos
identificado como patriarcal, y una cierta concepción de la vida sexual. Para
realizar su deseo de distanciarse del trabajador manual, la pequeña burguesía
ciudadana, que en el aspecto económico no es más afortunada que los
trabajadores industriales, no puede contar con otra cosa que con sus formas
familiares y sexuales de vida, a las que imprime una cierta dirección. Su
carencia en el aspecto económico ha de compensarla en el terreno de la moral
sexual. Este móvil es el elemento más eficaz de la identificación del
funcionario con el poder del Estado. Como el funcionario público no goza de las
ventajas de las que se beneficia la gran burguesía, con la cual él se
identifica, la ideología moral-sexual reemplaza a lo que falta en materia
económica. Las formas de la vida sexual y sus tributarias, las formas de la
vida cultural, funcionan esencialmente para la delimitación hacia abajo. El
resumen de esas actitudes morales que gravitan en torno a lo sexual y que
normalmente calificamos de "espíritu filisteo", se encuentra
concentrado en la idea —¡y hablamos de sus ideas y no de sus comportamientos!—
que estas personas se hacen del honor y del deber. Es preciso tener una visión
justa del eco de estas dos palabras sobre la pequeña burguesía para juzgarlas
dignas de un examen profundo. No es casualidad que aparezcan de continuo en la
ideología de la dictadura fascista y la teoría racial. En la práctica, el tipo
pequeño burgués de vida y las transacciones comerciales pequeño burguesas
imponen a menudo una actitud diametralmente opuesta a la idea del honor y del
deber. En lo relativo al comercio privado, es necesario a veces un mínimo de
deshonestidad para sobrevivir. Si el campesino compra un caballo, intentará
encontrarle defectos por todos los medios; si revende el mismo caballo un año
más tarde, le descubrirá una mayor juventud, mejor cualidad y más robustez. El
"deber" descansa sobre los intereses comerciales y no sobre
cualidades nacionales de carácter. La mercancía que uno mismo ofrece será
siempre la mejor; la de los otros, será la peor. La difamación de la
competencia, práctica esencialmente deshonesta, es un auxiliar precioso en los
"negocios". Las maneras y el comportamiento de los pequeños comerciantes,
su obsequiosidad y su sumisión al cliente, ponen en evidencia los crueles
imperativos de la existencia económica que, a la larga, pervierten el mejor
carácter. Ello no impide que las nociones de "honor" y de
"deber" ocupen un lugar esencial en la pequeña burguesía, lo cual no
se explica solamente por la intención, impuesta por groseros intereses
materiales de disimular su verdadera naturaleza. Sea hipocresía o no, el
éxtasis de que se acompaña es auténtico. Queda la cuestión de saber cuáles son
sus fuentes. Estas fuentes se localizan en la vida afectiva inconsciente;
tenemos la tendencia a no verlas, a no discernir su relación con esta
ideología: lo típico es olvidarse de ellas voluntariamente. El análisis del
pequeño burgués no permite alimentar duda alguna sobre el sentido de su
relación entre su vida sexual y su .ideología del "deber" y del
"honor". Digamos en primer lugar que la posición del padre en el
Estado y en la economía se refleja en su actitud patriarcal con respecto al
resto de la familia. El padre representa en la familia al Estado autoritario,
de donde el padre se convierte en el más precioso instrumento del poder
estatal, La posición autoritaria del padre refleja su papel político y desvela
la relación de la familia con el Estado autoritario. En el interior de la
familia, en efecto, el padre adopta la misma actitud que su superior jerárquico
ostenta frente a él en el proceso de producción. Y se apresura a trasmitir a
sus hijos, y especialmente a los varones, su estado de sujeción con respecto a
la autoridad establecida. De este conjunto de datos deriva la actitud pasiva,
servil, del pequeño burgués con respecto a todas las personas que tengan a
apariencia de jefes. Hitler supo explotar, sin sospecharlo en el fondo, este
comportamiento de masas pequeño burguesas. En efecto, escribe: "La
aplastante mayoría del pueblo tiene una actitud y una mentalidad tan femeninas
que su pensamiento y sus actos están mucho menos determinados por la reflexión
objetiva que por el sentimiento afectivo. "Este sentimiento efectivo no es
muy complejo, sino simple y sumario; hace poco caso de los matices, pero
distingue entre lo positivo y lo negativo, entre el amor y el odio, la justicia
o la injusticia, la verdad y la mentira; rechaza las medias tintas y las
mezclas, etc." (Mein Kampf) No se trata aquí de "disposiciones
innatas", sino de un ejemplo típico de la reproducción de un sistema
social autoritario al nivel de la estructura de sus miembros. La posición del
padre así definida exige una represión sexual severísima de las mujeres y los
niños. En efecto, bajo la influencia del ambiente pequeño burgués, las mujeres
desarrollan una actitud resignada basada en una rebelión sexual reprimida,
mientras que los hijos se caracterizan, además de por una sumisión servil a la
autoridad, por una gran identificación con el padre que, más tarde, se
transformará en una identificación de gran carga emocional con toda autoridad,
cualquiera que sea. Existe en esto un misterio que no podremos aclarar tan
rápidamente: ¿cómo es posible que la formación y la elaboración de las
estructuras psíquicas de la capa sobre la que reposa una sociedad correspondan
con la precisión de un mecanismo de relojería con la organización económica y
las finalidades de la clase dominante? El mecanismo fundamental de esta elaboración
es el proceso de reproducción estructural del sistema económico de una sociedad
tal y como nosotros la hemos estudiado a la luz de la psicología de masas. La
concurrencia económica y social no influye sino muy tarde en el desarrollo
estructural de la pequeña burguesía. Las ideologías reaccionarias son el final
de procesos psíquicos secundarios por los que atraviesa el niño que crece en un
medio familiar autoritario. Señalemos en primer lugar la competencia entre los
niños y los adultos; después, y aún más cargada de consecuencias la competencia
entre los niños de una misma familia con respecto a sus padres. Esta
competencia que, más tarde, en la edad adulta y en la vida extra familiar,
revestirá un carácter esencialmente económico, se manifiesta durante la
infancia, sobre todo a través de relaciones de amor y de odio con resonancia
auténtica entre los miembros de la familia. No es éste el lugar para
profundizar en este aspecto del problema, que será objeto de investigaciones
especiales. Constatemos simplemente que las inhibiciones y la debilitación de
la sexualidad, sobre las cuales se apoya esencialmente la existencia de la
familia autoritaria, y que forman la base misma de la estructura
caracterológica del pequeño burgués, se producen merced a la angustia
religiosa, la cual se
*) A este respecto es muy
instructiva la lectura de una obra titulada Die Moral der Kraft (La Moral de la
Fuerza), por el autor nacionalsocialista Ernst Mann.
alimenta de un sentimiento de culpabilidad sexual que se hunde
profundamente en la vida afectiva. Ahí tiene su nacimiento el problema de las
relaciones entre la religión y el rechazo del placer sexual. La debilitación
sexual conduce a una debilitación del sentido del valor de sí mismo que, en
este caso, se traduce por una actitud de -brutalidad con respecto a la
sexualidad y en el otro por el envaramiento de la estructura caracterológica.
La coacción que el dominio de la sexualidad impone para el mantenimiento de la
represión sexual conduce, en el terreno del deber, del valor y del dominio de
sí mismo * a la formación de representaciones de una rigidez enfermiza, de
consecuencias afectivas particularmente visibles. La rigidez y la carga de
afectividad de estas actitudes psíquicas son una contradicción extraña con la
realidad del comportamiento personal. El hombre que está satisfecho
genitalmente es honesto, consciente de su deber, valeroso y disciplinado sin
grandes alharacas. Todas estas cualidades están orgánicamente unidas a la
personalidad. El individuo que sufre de debilidad genital, y cuya estructura
sexual está llena de contradicciones, se halla siempre en guardia para dominar
su sexualidad, para salvar su honor sexual, para luchar valerosamente contra
las tentaciones, etc. Todo adolescente y todo niño conoce la lucha contra la
tentación de la masturbación. En el curso de ese combate se desarrollan todos
los elementos estructurales del hombre reaccionario, sin excepción alguna. En
la pequeña burguesía esta estructura es la más evidente y la más arraigada. De
esta represión impuesta sobre la vida sexual obtienen las distintas místicas
sus mayores energías y también sus contenidos; y en la medida que los
trabajadores industriales se encuentran sometidos a las mismas influencias
sociales, evidencian actitudes análogas y, sin embargo, debido a su forma
específica de existencia, diferente de la de la pequeña burguesía, las fuerzas
contrarias, favorables a la sexualidad son más acusadas y más claras entre los
trabajadores industriales. La fijación afectiva de estas estructuras en una
angustia inconsciente, su disfraz bajo rasgos caracterológicos completamente
asexuados, son los responsables del hecho de que sea totalmente imposible
alcanzarlos en la profundidad de la personalidad con la única ayuda de los
argumentos. En el último capítulo examinaremos la significación práctica que
esta constatación tiene para la política sexual. Las graves consecuencias de la
lucha inconsciente contra nuestras propias necesidades sexuales para la
producción artificial de las ideas metafísicas y místicas no se pueden examinar
aquí en detalle; no mencionaremos más que aquellas que son típicas de la
ideología nacionalsocialista. Encontramos de continuo las siguientes: el honor
personal, el honor de la -familia, el honor de la raza, el honor del pueblo. La
enumeración sigue el orden de las etapas de la formación individual de la
ideología; solamente deja de lado el substrato socioeconómico: el capitalismo
o, en su caso, el patriarcado, la institución del matrimonio obligatorio, la
represión sexual, la lucha personal contra la propia sexualidad, el sentimiento
del honor compensatorio, etc. Al otro extremo de la serie nos encontramos con
el "honor del pueblo", que se identifica con el núcleo irracional del
nacionalismo. Para comprenderlo hay que remontarse más hacia el comienzo. La
lucha de la sociedad autoritaria contra la sexualidad de los niños y de los
adolescentes y el conflicto de ella derivado en el interior del Yo, se
desarrollan en el marco de la familia autoritaria, que, hasta el momento
presente, ha revelado ser la institución más idónea para llevar el combate a
buen término. Las necesidades sexuales precisan naturalmente contactos
estrechos y multiformes con el mundo. Desde el momento en que se les reprime,
no les queda más remedio que manifestarse en el marco angosto de la familia. La
inhibición sexual es la razón del aislamiento familiar del individuo, del mismo
modo que se halla en la base de la conciencia individualista de la
personalidad. No hay que olvidar nunca que el comportamiento metafísico,
individualista y el apego sentimental a la familia no son más que aspectos
diferentes del mismo proceso fundamental de rechazo de la sexualidad, mientras
que una actitud espiritual abierta a la realidad y antimística se acompaña
siempre de una situación más independiente con respecto a la familia o, al
menos, de una indiferencia acentuada con respecto a la ideología sexual
ascética. Lo que importa es que la inhibición sexual es el medio de ligar al
individuo con la familia, que la obstrucción del camino de la realidad sexual
transforma el lazo biológico del niño con su madre y el de la madre con los
niños en una fijación sexual indisoluble y en una falta de aptitud para
contraer otros vínculos.*
El vínculo del niño con su
madre es el núcleo de la unión familiar.
Las representaciones de patria y de nación son, en su núcleo
subjetivo emocional, representaciones de la madre y de la familia. En la
pequeña burguesía, la madre representa la patria del niño y la familia, su
"nación en miniatura". Este hecho explica los motivos que han
conducido al nacionalsocialista Goebbels a escoger, sin el menor conocimiento
de las profundas implicaciones de su elección, las siguientes palabras, para
ponerlas de relieve en sus "Diez Mandamientos" del "Calendario
Popular Nacionalsocialista" en 1932: "La patria es la madre de tu
vida, ¡no lo olvides nunca!" En la "Fiesta de las Madres", en
1933, El Angrifí escribía: "¡Día de las Madres! ¡La revolución ha hecho
tabla rasa de todas las mezquindades! Por fin las ideas conducen y aproximan a
los hombres!: familia, sociedad, pueblo. La idea del Día de la Madre viene a
rendir homenaje a lo que mejor simboliza la idea alemana: ¡la madre alemana!
Solamente en la nueva Alemania asume su papel la mujer y la madre. Ellas son
las guardianas de la vida familiar, vivero de fuerzas capaces de conducir a
nuestro pueblo hacia las cumbres. Sólo ella, la madre alemana, incorpora la
idea de la nación alemana. Ser madre quiere decir más que nunca pertenecer a la
nación alemana; ¿hay acaso un pensamiento que nos una más que el homenaje que
rendimos todos juntos a las madres? Cuanto más engañosas son estas palabras
desde la perspectiva económica y social, tanto más claramente testimonian la
existencia de una cierta estructura. El sentimiento nacional es la prolongación
directa del vínculo familiar, que hunde sus raíces en la fijación maternal.**
Guardémonos de interpretar esto en un sentido biológico, ya que el apego a la
madre es, a su vez, en la medida en que se perpetua en el apego a la familia y
a la nación, un producto de la sociedad. En el momento de la pubertad, cederá
el puesto a otros lazos — lazos sexuales naturales— si las coacciones sexuales
impuestas a la vida amorosa no durasen. Solamente en esta perpetuación de
origen social es donde se convierte en el fundamento del sentido social del
adulto y donde se transforma en una fuerza social reaccionaria. El hecho de que
el trabajador de la industria desarrolle un sentimiento nacional menos
pronunciado que el pequeño burgués se debe a su modo de vida social y a sus
lazos familiares, mucho más relajados. Sin embargo, es preciso plantearse el
problema de por qué el trabajador industrial es específicamente accesible al
internacionalismo mientras que el pequeño burgués se inclina tan claramente
hacia el nacionalismo. A nivel de la situación económica objetiva, no podemos
hacer visible el factor que les diferencia si no es manejando la relación,
antes descrita, entre su condición económica y su existencia familiar. ¡Es la
única vía posible! La extraña obstinación con que los teóricos marxistas se
niegan a considerar la existencia familiar como un factor equivalente e,
incluso decisivo, de la formación de las estructuras cuando se trata de
explicar la fijación del sistema social, es una consecuencia de sus propios lazos
familiares. Nunca se insistirá bastante en que el lazo familiar es el más
intenso y más cargado de efectividad.***
(*) El "complejo de
Edipo", descubierto por Freud no es tanto la causa como la consecuencia de
la represión sexual del niño. Es verdad que los padres perpetúan de modo
inconsciente las intenciones de la sociedad autoritaria. ( **) Es decir, sin
resolver, fijado en el inconsciente. (***)
"El que no haya
superado su propia adhesión a su familia y a su madre o que, al menos, no lo
separe lúcidamente de todos sus juicios, haría mejor en no explorar el campo de
la formación de la ideología. Pretender que se trata de métodos
"freudianos" es hacer gala de una carencia completa de espíritu
científico. Lo que cuenta son los argumentos y no la fraseología incompetente.
Freud ha descubierto el complejo de Edipo. Sin este descubrimiento, toda la
política familiar revolucionaria hubiera sido imposible. Pero Freud ha soñado
tanto en una utilización de este tipo (una interpretación sociológica del
vínculo familiar) como el economista mecanicista en el empleo de la sexualidad
como factor social. Que se nos demuestre nuestros errores en la aplicación del
materialismo dialéctico, pero que no se nos nieguen hechos que todo trabajador
conocía mucho antes del descubrimiento del complejo de Edipo por Freud. Para
acabar con el fascismo hay que hacer otra cosa además de palabras, esto es,
¡conocer! Los errores son siempre posible y corregibles, pero la estrechez de
espíritu en materia científica caracteriza al reaccionario.
La unidad esencial de la ideología familiar y nacionalista va
mucho más lejos: las familias se aíslan las unas de las otras como lo hacen
las1 naciones. En ambos casos encontramos razones económicas en último
análisis. La familia del pequeño burgués (funcionario, pequeño empleado) sufre
la presión constante de las preocupaciones alimenticias y de otras
preocupaciones materiales. El expansionismo económico de la familia numerosa
pequeño burguesa reproduce, pues, al mismo tiempo, la ideología imperialista:
"La nación tiene necesidad de espacio y alimentos". Este es el motivo
por el cual el pequeño burgués es particularmente vulnerable a la ideología
imperialista: es capaz de identificarse totalmente con la nación, personificada
en su espíritu. De este modo, el Estado imperialista se reproduce
ideológicamente en el imperialismo familiar. Resulta interesante examinar, a
este respecto, la respuesta que Goebbels daba en el folleto Die Ver-fluchten
Hackerikreuzler ("Los malditos de la svástica") a la pregunta de si un
judío era un ser humano: "Si alguien golpea a tu madre en pleno rostro con
una fusta, serás capaz de contestar: ¡Muchas gracias!, ¿de decir que el que eso
hace es también un ser humano? No es un ser humano, ¡es un monstruo! El Judío
ha tratado mucho peor a nuestra madre Alemania (subrayado de W. R.) y continúa
haciéndolo! El Judío ha corrompido nuestra raza, ha minado nuestra fuerza,
pervertido nuestras costumbres, roto nuestras energías... El Judío es la
encarnación del demonio de la decadencia... ha comenzado a degollar a los
pueblos según el criminal rito judío." Para juzgar correctamente el efecto
que tienen estas frases, redactadas bajo la influencia del subconsciente, sobre
la vida psíquica inconsciente del lector integrado en la masa, es preciso
conocer el alcance de la idea de castración, considerada como castigo de los
impulsos sexuales, es preciso comprender bien el fondo psicosexual de los
fantasmas de los asesinatos rituales y del antisemitismo en general, es
necesario hacerse una idea cabal de la angustia sexual del hombre reaccionario.
Ahí se encuentra la raíz del antisemitismo nacionalsocialista. ¿Acaso es el
resultado de una simple mistificación? Cierto es que la mistificación no se
encontraba ausente; pero se olvida demasiado a menudo que el fascismo es el
sobresalto ideológico de una sociedad agónica, tanto desde el punto de vista
sexual como desde el económico, que se rebela contra las aspiraciones
dolorosas, pero irrevocables, que el pensamiento revolucionario plantea a la
libertad sexual en tanto que económica, libertad que inspira un miedo mortal a
los reaccionarios. Dicho con otras palabras, la instauración de la libertad
económica de los trabajadores corre pareja con el hundimiento de las
instituciones antiguas, especialmente las de orden sexual, a las que ni el
hombre reaccionario ni el trabajador industrial, contaminado por la mentalidad
reaccionaria, saben hacer frente.
El miedo a la
"libertad sexual" —sinónimo en la imaginación reaccionaria de caos y
depravación sexual— es el mayor obstáculo interpuesto en el camino hacia la
liberación del yugo de la explotación económica, y lo seguirá siendo mientras
subsista la idea del caos sexual.
Su origen se encuentra en la situación de las masas no
esclarecidas en materias tan importantes. Por este motivo hay que colocar a la
economía sexual en el mismo centro de toda reforma económica. Cuanto más se
haya incrustado en las masas trabajadoras la estructura reaccionaria, tanto más
se impone la educación de las masas por los métodos de la economía sexual, a
fin de darles el sentido de sus responsabilidades sociales. En esta conjunción
de hechos económicos y estructurales, la familia autoritaria representa la
célula productiva más inmediata y la más importante del pensamiento
reaccionario: constituye la fábrica de la ideología y de la estructura
reaccionarias. Por este motivo, toda política cultural reaccionaria plantea
como primer punto de su programa la "protección a la familia", es
decir, a la familia autoritaria y numerosa. Este es el sentido profundo de la
fraseología sobre la "protección del Estado, de la cultura y de la
civilización". En un manifiesto electoral del N.S.D.A.P. para la elección
presidencial de 1932 (Adolf Hitler: "Mi programa") leemos: "La
mujer es por naturaleza y destino la compañera del hombre. Ello implica que los
dos no son solamente compañeros para toda la vida, sino compañeros de trabajo
también. De la misma manera que, en el decurso de los milenios la evolución
económica ha transformado el campo de trabajo del hombre, ha transformado
también el de la mujer. Y aún más imperioso que el trabajo en común, es el
deber del hombre y de la mujer de perpetuar el género humano. La nobleza de
esta misión de los sexos explica los dones naturales específicos que la
Providencia, en su sabiduría eterna ha dispensado invariablemente al hombre y a
la mujer. Nuestra más elevada tarea, por lo tanto, residirá en facilitar a los
dos compañeros, unidos para toda la vida, la posibilidad de fundar una familia.
Su destrucción definitiva equivaldría a la supresión de toda humanidad
superior. Sin dejar de concederle a la mujer un vasto campo de actividad, no se
deberá nunca perder de vista que el fin último de una verdadera evolución
orgánica y lógica es la formación de la familia. La familia es la unidad más
pequeña pero también la más importante de toda la estructura del Estado. El
trabajo honra a la mujer tanto como al hombre. Pero el hijo ennoblece a la
madre." En el mismo manifiesto, bajo la rúbrica "Salvar al
campesinado es salvar a la nación alemana", se nos anuncia: "Además,
creo que el fomento y la conservación de un sano campesinado es la mejor
protección contra las enfermedades sociales y la decadencia racial de nuestro
pueblo." Para comprender correctamente este manifiesto es preciso no
perder de vista nunca los lazos familiares tradicionales del campesinado.
Continuemos: "Creo que un pueblo que desea reforzar sus resistencias no
debe contentarse con vivir según las normas racionales, sino que tiene que
buscar también apoyos espirituales y religiosos. La intoxicación y la
descomposición del cuerpo del pueblo por la influencia del bolchevismo cultural
son casi más devastadores que los efectos del comunismo político y
económico."
El partido nacionalsocialista que, al igual que el fascismo
italiano, se apoyaba al principio en los intereses de los grandes propietarios
agrícolas, estaba obligado a ganarse para su causa al campesino mediano y
pequeño, a fin de asegurarse una base social. No es preciso decir que en su
propaganda no podía poner de relieve los intereses de la gran propiedad
terrateniente, sino que tenía que invocar las estructuras del pequeño
campesinado, tal y como resultaban de la coincidencia de sus condiciones de existencia
familiares y económicas. Sólo desde la perspectiva de la pequeña burguesía se
puede hablar del hombre y de la mujer como compañeros de trabajo. Entre los
obreros industriales no ocurre nada parecido. Notemos que la fase no tiene más
que un valor formal, toda vez que la campesina, en realidad, es la criada del
campesino.
La ideología fascista de
la ascensión jerárquica del Estado encuentra su modelo y realización en el modo
de vivir de la familia campesina.
La familia campesina es una nación en miniatura y cada miembro
de esta familia se identifica con esta nación en miniatura. La ideología del
gran imperialismo encontrará siempre, por tanto, buena acogida en el
campesinado y en la pequeña burguesía, allí donde la pequeña empresa y la
familia coinciden sobre el plan económico. Lo que, en este contexto llama la
atención es la idealización de la maternidad. ¿Cuál es la relación entre esta
idealización y la reacción sexual política?
5.—El sentimiento
nacionalsocialista de la dignidad
Los vínculos familiares y los nacionales coinciden en la
estructura individual de masas de la pequeña burguesía. Estos vínculos están
reforzados por un proceso que no solamente es paralelo, sino que deriva
directamente de ellos. Desde la perspectiva de la psicología de masas, el
führer nacionalista no es otra cosa que la encarnación de la nación. En la
medida en que el führer encarna a la nación de acuerdo con el sentimiento
nacional de las masas, se origina un lazo personal con él. Si consigue
despertar los lazos familiares afectivos en los individuos integrados en la
masa, incorporará al mismo tiempo la figura del padre autoritario. Atrae hacia
su persona el conjunto de actitudes afectivas que antes se dirigían al padre
protector y representativo (representativo en la imaginación del niño). Cuando
se hacía notar a los partidarios nacionalsocialistas que el programa del
partido, a fuerza de contradictorio, era insostenible, se obtenía a menudo la
siguiente respuesta: Hitler sabe muy bien lo que se trae entre manos,
"¡encontrará solución a todo!" Esta respuesta refleja claramente la
confianza infantil en la omnipotencia del padre. Precisamente esta confianza, esta
necesidad de protección de las masas, son las que en la realidad social dan a
los dictadores la posibilidad de "encontrar solución a todo!". Esta
actitud de las masas impide que alcancen la autonomía social, la independencia
y la cooperación racionales. Es incompatible con la democracia auténtica. Aún
más importante es la identificación de los individuos integrados en las masas
con el "jührer" (dirigente). Cuanto más ha perdido el individuo, a
consecuencia de su educación, su sentido de la independencia, tanto más se
manifiesta la necesidad infantil de apoyo por la identificación afectiva con
.el führer. Esta tendencia es el fundamento psicológico del narcisismo
nacional, es decir, de un sentimiento de orgullo derivado de la "grandeza
de la nación". El pequeño burgués reaccionario se descubre a sí mismo en
el führer, en el Estado autoritario; en razón de esta identificación se siente
defensor de la "nacionalidad" ("Volkstun"), lo que no le
impide despreciar "la masa" —también debido a esta misma
identificación—, frente a la que opone su individualidad. Su miseria material y
sexual queda tan bien "anegada" en la idea exaltante de formar parte
de una raza de "señores" y de estar guiado por un "genio",
que en ciertos momentos privilegiados llega a olvidar que se ha convertido en
un simple "seguidor" sin importancia, sin voz ni voto. En el otro
extremo encontramos al trabajador consciente del valor de su actividad, que ha
dejado de lado su propia estructura personal y se identifica con su trabajo y
no con el "jührer"; con la masa de trabajadores internacionales y no
con su patria nacional. Se siente dirigente él mismo, no en virtud de una
identificación, sino porque tiene conciencia de cumplir un trabajo vital e
indispensable a la sociedad. ¿Cuáles son las fuerzas emocionales que obran en
él? La respuesta no es difícil. Los efectivos que forman la base de ese tipo,
tan distinto desde el punto de vista de la psicología son los mismos que los de
los nacionalistas. Lo que es diferente es el contenido de los movimientos
emocionales. La tendencia a la identificación es la misma, pero la meta de ésta
es el compañero de trabajo y no el dirigente, la tarea cotidiana y no la
ilusión, las masas trabajadoras de la tierra y no la familia. Lo que aquí se
reemplaza a la mística y al nacionalismo es la conciencia de pertenecer a la
masa internacional de trabajadores especializados. Sin excluir el sentimiento
del propio valor, este tipo de obrero, al igual que el reaccionario, se pone a
soñar en momentos de crisis, en el "servicio a la comunidad", en el
"interés general que prima sobre el particular". Pero en el
trabajador, el sentido de su valor deriva de su conciencia de pertenecer a la
masa de obreros especializados. Hace quince años que nos encontramos
enfrentados con un hecho difícil de comprender: económicamente hablando, la
sociedad está dividida en varias capas sociales y profesionales netamente
delimitadas. Según la doctrina economicista, la ideología social deriva siempre
de la situación económica del momento. De ello se sigue que la estratificación
ideológica debería estar en función de la estratificación socioeconómica, en
mayor o menor grado. A consecuencia del trabajo en la industria, el obrero
industrial debería manifestar un sentimiento colectivo más agudo, en tanto que
el pequeño trabajador independiente debería manifestar su individualismo. Los
empleados de las grandes empresas tendrían que tener el mismo sentimiento
colectivo que los trabajadores industriales. Sin embargo, sabido es que la
estructura y la situación social coinciden raramente. Tenemos que distinguir
entre el trabajador consciente de su capacidad y de su responsabilidad y el
espíritu subalterno, reaccionario, de mentalidad mística y nacionalista. Los
dos tipos pueden encontrarse en todas las capas sociales y profesionales. Hay
millones de obreros industriales reaccionarios y otros tanto, profesores y médicos
liberales conscientes del valor de su trabajo.
En resumen, no existe relación mecánica entre la situación
social y la estructura caracterológica. La situación social no es otra cosa que
la condición exterior que, en el individuo integrado en la masa, desencadena el
proceso ideológico. Por lo tanto, de lo que se trata es de descubrir los
impulsos 'intelectuales gracias a los cuales las distintas influencias del
campo de lo social se aseguran la dominación exclusiva de la vida afectiva. Una
cosa es segura: ¡no se trata del hambre! o en todo caso, no es el factor
determinante, puesto que si así lo fuera, tras la crisis económica de 1929 a
1930 se hubiera producido la revolución internacional. Esta concepción niega
las ideas economicistas tradicionales, pero resulta irrefutable. Cuando los
psicoanalistas, inaccesibles a los problemas sociológicos, explican la
revolución social por la "sublevación infantil contra el padre", se
refieren al revolucionario extraído de los medios intelectuales, que sí obedece
a estos motivos. El fenómeno es muy distinto entre los trabajadores
industriales. La represión de los niños por sus padres no es menor en los
medios obreros que entre la pequeña burguesía, e incluso a veces es brutal; el problema
está localizado en otra parte. La diferencia específica reside en el modo de
producción de estas capas y en su actitud con respecto a la sexualidad que se
deriva de él. La actividad sexual que se manifiesta en ella es la expresión
pura de la oposición entre los impulsos y las inhibiciones sexuales. Entre los
trabajadores industriales, la situación no es la misma. Entre ellos se
encuentra, además de la ideología moralista, más o menos acentuada, según los
casos, sus propias concepciones sexuales, diametralmente opuestas a las de los
moralistas, a las que se añaden la incidencia del hábitat y de la vida
colectiva en la empresa. Son estos factores los que contrarrestan la ideología
sexual moralizadora. El tipo medio de trabajador industrial se distingue, pues,
del tipo medio del pequeño burgués por una más abierta actitud hacia la sexualidad,
aunque en los otros aspectos sea poco ilustrado y algo conservador. Resulta
infinitamente más accesible que el pequeño burgués a los argumentos de la
economía sexual. Y lo que le permite una mayor apertura, es precisamente la
ausencia de las actitudes que ocupan el centro de la ideología nacionalista y
eclesiástica: en efecto, ignora la identificación con el poder del Estado
autoritario, con el "dirigente supremo", con la nación. Este hecho,
entre otros, prueba que los elementos fundamentales de la ideología
nacionalsocialista dependen de la economía sexual. En razón de la economía
individualista y del aislamiento familiar que le caracteriza, el pequeño
campesinado está poco preparado para resistir a la ideología de la reacción
política. Este es el motivo que explica la divergencia que en él se da entre
situación social e ideología. Sometido a un patriarcado riguroso y a la moral
correspondiente, este pequeño campesinado no deja por ello de desarrollar
formas naturales, aunque totalmente desfiguradas, en su vida sexual. En contra
de lo que sucede con la pequeña burguesía, los niños de los medios rurales
conocen, al igual que los hijos de los trabajadores industriales, las
relaciones sexuales precoces. Los primeros resultan perturbados por la
educación sexual patriarcal o bien quedan marcados por la brutalidad. La vida
sexual se practica a escondidas, la frigidez es habitual entre las jóvenes; los
crímenes sexuales, la pasión de los celos y la servidumbre de las mujeres son
los fenómenos típicos de la sexualidad campesina. La histeria no está tan
extendida en ninguna parte como en el campo. El matrimonio patriarcal es el
objetivo de toda la educación, objetivo dictado por imperativos económicos. A
lo largo de los últimos decenios estamos asistiendo en el mundo obrero a un
proceso ideológico cuyo más puro ejemplo nos lo ofrece lo que se llama la
"aristocracia obrera", pero que tampoco ha dejado de afectar al
trabajador industrial medio. El mundo obrero del siglo xx ya no es el
proletariado del siglo xix descrito por Carlos Marx, sino que, en gran medida,
ha adoptado los modos de vida y los conceptos de las capas burguesas de la
sociedad. La democracia burguesa formal no ha abolido las fronteras económicas
entre las clases, del mismo modo que tampoco ha suprimido los prejuicios
raciales; pero las aspiraciones sociales que se han desarrollado en el interior
de sus estructuras han difuminado, aunque no sea más que un poco, las fronteras
ideológicas y estructurales de las distintas capas sociales. El mundo obrero de
Gran Bretaña, Estados Unidos, Escandinavia y Alemania se ha aburguesado
progresivamente. Para comprender por qué vía pudo penetrar el fascismo en el
mundo obrero, es preciso seguir de cerca el proceso ideológico que determinó el
paso de la democracia burguesa, a los "decretos-leyes" que llevaron a
la eliminación del Parlamento, hasta la llegada de la dictadura. 6. El
aburguesamiento de los trabajadores de la industria
El fascismo penetra a través de dos vías en el mundo obrero: por
medio de lo que se llama el "sub-proletariado"
("Lumpenproletariat") —término francamente repugnante— recurriendo a
la más baja corrupción material, o por medio de la "aristocracia
obrera", a la que se "trabaja" tanto por la corrupción material
como por la sugestión ideológica. Sin dejarse embarazar por los menores
escrúpulos políticos, el fascismo alemán le prometía todo a todos. De este
modo, leemos en un artículo del Dr. Jarmer, titulado "Capitalismo"
(Angriff, 24/9/1931): "Observamos con alegría que en el congreso de los
Alemanes Nacionales, en Stettin, Hugenberg se ha pronunciado claramente contra
el capitalismo internacional, pero que al mismo tiempo, ha subrayado que era
necesario un capitalismo nacional. "Al hacer esto, ha trazado una vez más
la línea de demarcación que separa a los Alemanes Nacionales de los Nacionalsocialistas;
en efecto, los últimos están convencidos de que el sistema económico
capitalista, que se hunde en todo el mundo, tiene que ser reemplazado por otro,
ya que incluso el capitalismo nacional excluye el reino de la justicia."
Casi se diría que se trata de un texto comunista. Con la intención consciente
de engañar, el propagandista nacionalsocialista hace aquí una llamada al
sentimiento revolucionario del trabajador de la industria. Podríamos
preguntarnos, sin embargo, cómo era posible que los obreros nacionalsocialistas
no se diesen cuenta de que el fascismo se lo prometía todo a todos. Se sabía
que Hitler estaba en tratos con los grandes industriales, que recibía dinero de
ellos y que les prometía prohibir huelgas. El hecho de que a pesar de una
intensiva actividad informativa de las organizaciones revolucionarias, tales
contradicciones no llamaran la atención del obrero medio hay que atribuirlo sin
duda a su estructura psicológica. En su entrevista con el periodista
Knic-kerbocker, Hitler se pronunció en los siguientes términos sobre la
cuestión del reconocimiento de las deudas privadas en el extranjero: "Estoy
convencido de que los banqueros internacionales se darán cuenta en seguida de
que, bajo un gobierno nacionalsocialista, Alemania es un lugar de inversión
seguro, con una tasa de interés del 3 por ciento en los créditos."
(Deutschland so oder so) Si se admite que la principal tarea de la propaganda
revolucionaria era la de "esclarecer al proletariado", no bastaba con
invocar su "conciencia de clase", con hacerle ver continuamente la
situación económica y política, con revelarle sistemáticamente la superchería
de la que era víctima. La propaganda revolucionaria hubiera debido tomar en
consideración, en primer lugar, las contradicciones internas al trabajador, así
como el hecho de que su voluntad revolucionaria no solamente estaba
"adormecida", sino que el elemento revolucionario, o bien estaba poco
desarrollado en su estructura psíquica, o bien se veía contrarrestado por
elementos estructurales reaccionarios que se oponían al primero. Cuando se
trata de despertar el sentido de la responsabilidad social en el seno de las
masas, lo más importante es poner de relieve su sentimiento revolucionario. En
los períodos de 'calma" de la democracia burguesa, el obrero industrial
con empleo puede elegir entre dos actitudes: o identificarse con los
representantes de la pequeña burguesía, o hacerlo con su propia posición social
y con las formas de vida por ella originadas opuestas a las reaccionarias. En
el primer caso envidia al reaccionario, le imita y, cuando las condiciones lo
permiten, adopta por entero su forma de vida. En el segundo caso rechaza y se
distancia de las ideologías y costumbres reaccionarias y subraya y proclama
abiertamente su propia forma de vida. Dado que las influencias de las formas de
vida determinadas por la sociedad y por la conciencia de clase se ejercen con
una intensidad igual, la tentación que supone la una es igual a la que supone
la otra o, al menos, permite elegir al trabajador. Además, el movimiento
revolucionario había subestimado la importancia de los pequeños hábitos
diarios, de apariencia insignificante y de los cuales había hecho a menudo mal
uso. El dormitorio pequeño burgués que el proletario se compra apenas se lo
permiten sus medios, a despecho de su mentalidad revolucionaria, la represión
de la mujer, que es la consecuencia de esto, incluso aunque sea comunista, el
traje "elegante" de los domingos, los bailes de buen tono, y otros
mil "detalles" ejercen una influencia reaccionaria a fuerza de
repetirse, que mil discursos y panfletos revolucionarios no podrían compensar.
La vida limitada del conservador actúa sin cesar, penetra en cada rincón de la
existencia cotidiana, mientras que el trabajo de la fábrica y los panfletos
revolucionarios no actúan más que durante unas horas. Por lo tanto, era un
error acomodarse a las tendencias conservadoras de los trabajadores "para
estar más cerca de las masas" u organizar fiestas que el fascismo
reaccionario sabe organizar con mucha mayor brillantez. Se ha olvidado en
cambio promover las formas de vida proletaria en germen. El "traje de noche"
que llevaba la mujer del obrero con ocasión de tales "fiestas" era
más instructivo respecto a la mentalidad reaccionaria de las masas trabajadoras
que una centena de artículos. El "vestido de noche" y el "vaso
de cerveza bebido en familia" no eran más que la expresión visible de un
proceso interior, la manifestación exterior del hecho de que el trabajador era
receptor de la propaganda nacionalsocialista. Además, cuando aplaudía a la
promesa del fascismo de "suprimir el proletariado" ello era, en un 90
por ciento de los casos, el efecto no del programa económico, sino del
"traje de noche". Tenemos que tener muy en cuenta, mucho más de lo
que se tienen ahora, los detalles de la vida cotidiana, que son los artífices
del progreso o, inversamente, de la regresión sociales, mientras que los bellos
discursos políticos no despiertan sino un entusiasmo pasajero. En este campo
nos esperan tareas importantes y fecundas. El trabajo revolucionario de masas
en Alemania se ha limitado casi exclusivamente a la propaganda "contra el
hambre"; argumento sin duda importante, pero que no proporcionaba sin
embargo una base suficiente, como demostraría la sucesión de acontecimientos
posteriores. La vida de los individuos integrados en la masa se desarrolla en
la superficie visible de las cosas, en las mil pequeñas naderías. De este modo,
apenas satisfecha su hambre, al joven trabajador le acosan otros mil deseos de
orden sexual y cultural. La lucha contra el hambre es, sin duda, una lucha
primordial; pero es preciso también poner abierta y totalmente al descubierto
los pequeños acontecimientos de la comedia humana, en la cual somos todos a la
vez espectadores y actores. Si actuáramos de esta forma, descubriríamos en el
trabajador un gran espíritu de iniciativa capaz de desarrollar formas de vida y
puntos de vista naturales. La impregnación social de la vida de todos los días
daría un nuevo impulso a las masas infestadas por la mentalidad reaccionaria.
Hay que preocuparse por estas cuestiones de un modo detallado, concreto y
objetivo, porque es el mejor medio de asegurar y acelerar la victoria de la
revolución. Y que no se oponga a nuestra argumentación la estúpida objeción de
que todo esto pertenece al campo de la utopía. La lucha por el florecimiento de
todas las tendencias comprendidas en la democracia del trabajo implica el
rechazo de todo cuanto sea reaccionario, implica la edificación, por los
atentos cuidados prodigados a todos sus aspectos, de una civilización viva de
las masas humanas, la única capaz de asegurar una paz permanente. Mientras la
irresponsabilidad reaccionaria prive en el trabajador sobre el espíritu de
responsabilidad social, será difícil conducir a las masas a una actitud
revolucionaria, es decir, racional. Pero hay otra razón por la que no se puede
renunciar a este trabajo de psicología de masas. El desprecio por el trabajo
manual —que es uno de los elementos más importantes de la tendencia a imitar al
empleado reaccionario de oficina— constituye también el fundamento psicológico
(desde el punto de vista de la psicología de masas) de que se sirve el fascismo
para penetrar en el mundo obrero. El fascismo promete la supresión de las
clases, o sea, la supresión del proletariado, recurriendo al sentimiento de
vergüenza que sufre el trabajador manual. Los trabajadores emigrados del campo
a la ciudad han traído con ellos la ideología de la familia rural que
constituye, como hemos visto, el mejor campo de cultivo para la ideología
imperialista-nacionalista. A ello viene a añadirse un proceso ideológico en el
fondo de las masas trabajadoras, que no ha alcanzado la atención que merece a
la hora de efectuar la valoración de las posibilidades del movimiento
revolucionario en los diferentes países, en función del grado de
industrialización. Kautsky había comprobado que el nivel político de los
trabajadores de un país muy industrializado como Inglaterra, era más bajo que
el de los trabajadores rusos, que vivían en un país poco industrializado
(Soziale Revolution). Los acontecimientos políticos de los últimos treinta años
en los diferentes países del mundo no permiten abrigar duda alguna acerca del
hecho de que los movimientos revolucionarios se producen con más facilidad en
los países industrialmente poco desarrollados, como China, México, la India,
que en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania. Y ello a pesar de la existencia
en esos países de movimientos obreros mejor formados, mejor organizados,
apoyados en viejas tradiciones. Si hacemos abstracción de la burocratización
del movimiento obrero que, en sí misma, es un síntoma patológico, podemos
preguntarnos por qué han arraigado de ese modo en los países occidentales la
socialdemocracia y el tradeunionismo. Si examinamos lo. socialdemocracia a la
luz de la psicología de masas comprobamos que su base es la estructura
conservadora de sus adherentes. Como en el caso del fascismo, el problema no
depende tanto de la política de los dirigentes del partido como de la base
psicológica de las masas trabajadoras. Me limitaré a señalar algunos hechos
importantes que permitan dilucidar el misterio. Helos aquí: En los primeros
estadios del capitalismo, la frontera ideológica y sobre todo estructural,
entre la burguesía y el proletariado era tan pronunciada como la frontera
económica. La inexistencia de toda política social, las agotadoras jornadas de
trabajo de 16 y, a veces, de 18 horas, el bajo nivel de vida de los obreros de
las fábricas, tal como Engels lo describió de modo magistral en la Situación de
la clase obrera inglesa, excluían todo acercamiento entre el proletariado y la
burguesía. La estructura del proletariado del siglo xix estaba determinada por
una humilde sumisión a la fatalidad. El estado de ánimo de ese proletariado y
ese campesinado, desde el punto de vista de la psicología de masas, era el de
la apatía y la indiferencia. Dado que la mentalidad burguesa era inexistente,
se asistía a repentinas llamaradas revolucionarias, desencadenadas por
acontecimientos precisos, que a pesar del clima general de indiferencia,
alcanzaban una rara intensidad y unanimidad. La situación ya no es la misma en
el capitalismo desarrollado: las conquistas sociales que el movimiento obrero
organizado ha podido obtener, tales como la reducción de la jornada laboral, el
derecho al voto, los seguros sociales, se traducen, por un lado, en un
fortalecimiento del movimiento obrero y por otro en un proceso de efecto
exactamente contrario; de este modo, la elevación del nivel de vida ha
conducido a una asimilación, estructural a las clases medias. Instalado en una
posición social más elevada, también el trabajador ha aprendido a "dirigir
sus miradas hacia lo alto". Durante los períodos de prosperidad se ha
acentuado el aburguesamiento, el cual actúa, en los momentos de crisis
económicas, como un obstáculo a la expansión de la mentalidad revolucionaria.
La potencia de la sociodemocracia durante los años de crisis, potencia
inexplicable a través de consideraciones estrictamente políticas, era la
expresión más patente de la impregnación conservadora del mundo obrero. Ahora
se trata de entender los elementos fundamentales. Aquí aparecen dos hechos en
primer plano: la adhesión a los dirigentes, o sea, la confianza inquebrantable
en la infalibilidad de la dirección política * —a pesar de la existencia de una
cierta crítica que jamás pudo pasar al campo de la acción— y la coincidencia de
la moral sexual obrera con la de la pequeña burguesía conservadora. La
burguesía ha favorecido por doquier, pues, las tendencias al aburguesamiento.
Si aquélla se sirvió al principio de las porras —en el sentido propio de la
palabra—, allí donde el fascismo no había triunfado aún, las mantenía en espera
para utilizarlas solamente contra el trabajador revolucionario. Para la masa de
los trabajadores socialdemócratas disponía de un medio infinitamente más
peligroso: la ideología conservadora en todos sus campos de actividad. De este
modo, cuando alcanzado por la crisis económica, el trabajador socialdemócrata
se encontró de repente rebajado al nivel de un coolí, su sensibilidad
revolucionaria se había embotado de resultas de la estructuración conservadora
que había sufrido durante decenios. El resultado era que, o bien permanecía en
el campo de la socialdemocracia, a pesar de sus críticas y sus protestas, o
bien, indeciso y vacilante entre las tendencias revolucionarias y las
conservadoras, decepcionado por sus dirigentes, se unía al N.S.D.A.P.,
siguiendo la línea de la menor resistencia, y con la esperanza de hacer algo
mejor. Solamente dependía entonces de la táctica —falsa o juiciosa— del partido
revolucionario el que el trabajador abandonase sus tendencias conservadoras y
tomara conciencia de sus responsabilidades reales en el proceso de producción y
de sus posibilidades revolucionarias. La afirmación comunista de que la
política de la socialdemocracia le había abierto las puertas al fascismo era
exacta desde el punto de vista de la psicología de masas. A falta de
organizaciones revolucionarias, decepcionado por la socialdemocracia y
angustiado por la contradicción entre su empobrecimiento y el pensamiento
conservador, el trabajador se arroja en los brazos del fascismo. Así, por
ejemplo, asistimos en Inglaterra a una fascistización de las masas
trabajadoras, quienes tras el fiasco de la política del partido laborista de
1930 al 31, se volvieron no hacia los comunistas, sino hacia la derecha, en las
elecciones de 1931. La democrática Escandinavia se encontraba amenazada por una
evolución análoga.**
(*) En el verano de 1932 estuve conversando en Leipzig sobre la
crisis política con obreros socialdemócratas que venían de asistir a una
asamblea. Aprobaban todos los argumentos que allí se esgrimieron en contra de
la "vía hacia el socialismo" tal como la preconizaba la
socialdemocracia, y en los demás sentidos apenas si se distinguían de los
trabajadores comunistas. Le pregunté a uno de ellos por qué no eran lógicos
consigo mismos y se separaban de sus dirigentes. La respuesta me asombró, hasta
tal punto se hallaba en contradicción con las opiniones expresadas
anteriormente: "Sin duda nuestros dirigentes saben lo que hacen". Por
así decir-lo, había puesto el dedo en la llaga de la contradicción en Que se
debate el trabajador socialdemócrata: su adhesión a sus dirigentes políticos es
tal que la crítica no se eleva jamás al nivel de la acción. Y me daba cuenta de
la taita que se había cometido al tratar de atraer al trabajador
socialdemócrata denigrando a sus dirigentes. Como él se identificaba con ellos
una táctica así no podía conseguir otra cosa que "^Pugnarle. La
podredumbre interior de la socialdemocracia evidenció claramente durante el
arresto del ministro social del interior Severing, poco antes de la toma del
Por Hitler. 12 millones y medio de socialdemócratas no hicieron nada por
impedirlo. (**) El hundimiento de Noruega en 1940 también fue, en gran medida,
la obra del conservadurismo socialdemócrata. Así, por ejemplo, el gobierno
socialdemócrata había impedido todas las manifestaciones de carácter militar.
Pero en 1939, los únicos que en las ciudades noruegas organizaban desfiles
militares, y ejercicios eran los fascistas. Este género de liberalismo" ha
contribuido en gran medida a la traición de Quisling.
Rosa Luxemburgo sostenía que la revolución social no se puede
realizar con "coolies". La cuestión reside en saber a qué
"coolies": ¿SS refería a los "coolies" antes o después de
su estructuración conservadora? Antes, tropezamos con una apatía difícil de
sacudir pero también con una gran disponibilidad revolucionaria; después de la
impregnación tenemos que habérnoslas con un "cooli" decepcionado.
¿Acaso no será más difícil de ganar para la causa revolucionaria? ¿Cuánto
tiempo aún podrá utilizar el fascismo para sus propios fines la decepción de
las masas frente a la socialdemocracia, decepción que traduce un sentimiento de
"rebelión contra el sistema"? En este momento es imposible dirimir
esta cuestión; pero una cosa es cierta: el movimiento revolucionario
internacional tendrá que tomarla en consideración si quiere triunfar.
III. LA TEORÍA RACIAL
1.
Su contenido
El eje alrededor del cual se articula el fascismo alemán es su
teoría racial. El programa económico de lo que se ha llamado los "25
puntos" no aparece en la ideología fascista más que como un medio de
"purificar a la raza germánica y de protegerla de todo mestizaje"
que, según los nacionalsocialistas, conduce siempre a la decadencia de la
"raza superior". Más aún, incluso la decadencia de una civilización
podría ser el efecto del mestizaje. Según este punto de vista, la tarea más
noble de una nación consiste en salvaguardar la pureza de la raza y en realizar
los más grandes sacrificios para conseguir esa meta. Esta teoría ha encontrado
su aplicación práctica en la persecución de los judíos en Alemania y en todos
los territorios ocupados. La teoría racial parte del principio de que el
apareamiento de cada animal con un representante de su propia especie
constituye una "ley de bronce" de la naturaleza. Sólo circunstancias
excepcionales, tales como la cautividad, pueden conducir a la inobservancia de
esta ley y, por lo tanto, al mestizaje. Pero la naturaleza se venga y se opone
por todos los medios a estas prácticas, como por ejemplo, esterilizando a los
bastardos o limitando la fecundidad de los descendientes. A cada unión de dos
seres vivientes de diferente "nivel", la descendencia se sitúa en la
"media". Luego la naturaleza tiende siempre a elevar el nuevo nivel a
través de su "selección"; por esta razón, el abastardamiento
contraría la voluntad de la naturaleza. La selección de la especie superior se
opera también en la lucha por el pan cotidiano, que elimina ipso jacto a los
seres inferiores, de menor valor racial. Aquí también es consecuente consigo
misma la naturaleza, ya que la evolución y el perfeccionamiento de las especies
se detendrían si los débiles, que constituyen la mayoría numérica, pudiesen
eliminar a las especies superiores. Por esta razón, la naturaleza somete a los
débiles a condiciones de vida más duras, que limitan su número. Tampoco tolera
una reproducción al azar, sino que efectúa una selección despiadada según los
criterios de fuerza y salud. Esta ley se aplica a pueblos enteros: la historia
nos-enseña que el mestizaje del ario con los pueblos "inferiores"
conduce siempre a la decadencia del representante de la cultura. De este modo,
el nivel de la raza "superior" desciende; asistimos a la regresión
física e intelectual, a la aparición de un mal progresivo e incurable
("Siechtum"). Según Hitler, el continente norteamericano preservará
su poder en tanto no sucumba también al incesto (Blutschande), es decir, en
tanto no se mezcle con los pueblos no germánicos. "Provocar una evolución
tal no significa otra cosa que cometer un pecado contra la voluntad del creador
eterno". Es evidente que nos encontramos aquí con una serie de conceptos
místicos: la naturaleza "ordena", "quiere", es
"razonable". Se trata de una forma extrema de metafísica biológica.
Según Hitler hay que dividir a la humanidad en un cierto número de razas, de
las cuales, unas crean las civilizaciones, otras las representan y, por último,
otras las destruyen. El único al que se puede considerar creador de
civilizaciones es el hombre ario, ya que sólo de él provienen los
"fundamentos y defensas de las creaciones humanas." Los pueblos de
Asia, como los japoneses** o los chinos, representan a las civilizaciones que
en otro tiempo tomaron prestadas de los arios. Por el contrario, los judíos son
una raza destructora de civilizaciones. Las "grandes civilizaciones no han
podido desarrollarse más que gracias a la presencia de los «hombres inferiores»".
La primera civilización surgió de una tal utilización de las razas humanas
inferiores. Al principio fue el vencido quien tiraba de la carreta; más tarde
esta tarea le fue confiada al caballo. El ario conquistador ha subyugado a las
razas inferiores y se ha servido de su trabajo para sus propios fines, según su
voluntad. Pero cuando las razas sometidas comenzaron a aprender la lengua y las
costumbres de sus "señores" y desde que cayeron las barreras
estrictas entre los señores y los esclavos, el ario, al renunciar a la pureza
de la sangre, perdió el "paraíso"; y, al mismo tiempo, perdía también
su creatividad cultural. No es preciso decir que Adolfo Hitler representaba una
de las cumbres de la civilización. "El mestizaje y el descenso del nivel
racial que provoca son las únicas causas de la muerte de las civilizaciones
antiguas, puesto que los hombres no perecen al perder las guerras, sino al
perder esa capacidad de resistencia que sólo corresponde a la sangre
pura." (Mein Kampf)
No es preciso refutar esta concepción de base por medio de
argumentos científicos. Tal concepción obtiene sus argumentos de la hipótesis
darwiniana de la selección natural que, en más de un sentido, es tan
reaccionaria como revolucionario es el descubrimiento de que las especies
descienden de seres inferiores vivos; como tal sirve de pretexto a la función
imperialista de la ideología fascista, ya que si los arios son el único pueblo
creador de civilizaciones, pueden reclamar para ellos, por derecho divino, el
dominio del mundo. Una de las exigencias de Hitler, precisamente, era el
ensanchamiento de las fronteras del Reich alemán, sobre todo hacia el Este, es
decir, en detrimento de la Unión Soviética. La glorificación de la guerra
imperialista caía de lleno en la línea de esta ideología: "El fin por el
que nos batimos en la guerra era el más noble y el más sublime que los hombres
se puedan imaginar: la libertad y la independencia de nuestro pueblo, la
garantía de sus abastecimientos futuros y... el honor de la nación" (Mein
Kampf) "El objeto de nuestra lucha futura será la garantía de la
existencia y de la multiplicación de nuestra raza y de nuestro pueblo, el
alimento de sus hijos y la preservación de la pureza de su sangre, la libertad
y la independencia de la patria, para que nuestro pueblo pueda madurar y
prepararse para la misión que le ha sido asignada por el Creador del
Universo". Lo que a nosotros nos interesa exclusivamente es el origen
irracional de estas ideologías, especialmente de la teoría racial, con sus
contradicciones y sus absurdos; ideologías que, objetivamente, tenían que
servir a los intereses del imperialismo alemán. Los teóricos racistas que
pretenden justificarse con una ley natural olvidan que !a selección racial
entre los animales es una operación completamente artificial. La cuestión no es
saber si el perro o el gato, si el pastor alemán o el lebrel, sino e! alemán y
el eslavo experimentan una "aversión instintiva" contra el cruce. Los
teóricos del racismo, que es tan viejo como el imperialismo, pretenden
instaurar la "pureza de la raza" entre pueblos a los que la expansión
económica ha sometido a tantos mestizajes que la "pureza de la raza"
no es ya hoy más que un espantapájaros. No insistiremos más sobre una segunda
estupidez de esta "teoría", sobre la cuestión de saber si la ley
natural no postula más bien la mezcla que la pureza de las razas. Cuando se
emprende la tarea de examinar una teoría que no ha partido de los hechos para
llegar a apreciaciones, sino de las apreciaciones para deformar los hechos,
resulta imposible convencer a un fascista narcisista imbuido de la superioridad
de la raza germánica, por medio de los argumentos; y ello por la razón evidente
de que él no obedece a los argumentos, sino a los sentimientos irracionales.
Perderemos el tiempo, por lo tanto, explicándole que los negros o los italianos
son tan "raza" como los germanos. Tiene conciencia de su superioridad
y el resto ya no le interesa. Para batir en toda regla la teoría racial hay que
poner de manifiesto sus funciones irracionales, de las que se cuentan
fundamentalmente dos: la primera sirve para dar una justificación biológica a
las aspiraciones imperialistas, la segunda quiere expresar impulsos afectivos
inconscientes de la sensibilidad nacionalista y camuflar ciertas tendencias
psíquicas. Consideremos esta última función de la teoría racial. Resulta
curioso observar que, para calificar las relaciones sexuales entre arios y no
arios, Hitler se sirva del término "Blutschande", lo que en alemán quiere
decir incesto, es decir, las relaciones sexuales entre parientes cercanos.
¿Dónde nace la ineptitud de una "teoría" que tenía la pretensión de
echar las bases de un mundo nuevo, de un «Tercer Reich»? Si nos hacemos a la
idea de que los fundamentos irracionales y emocionales de una hipótesis de este
tipo se explican siempre en función de hechos existencia-les concretos, si
dejamos de creer que la búsqueda de tales fuentes ideológicas irracionales
basadas en la racionalidad vuelve a situar el problema en el campo de la
metafísica, emprenderemos el caminos que
--------------------------------
(*) El irracionalismo político aparece claramente en la alianza
militar entre los "superhombres" y los "infrahombres”
conduce directamente a las mismas fuentes de la metafísica y
comprenderemos, no solamente las condiciones históricas de su génesis, sino
también su sustancia. Los resultados de nuestra investigación son
suficientemente elocuentes.
2.—La función objetiva y
subjetiva de la ideología.
El motivo más frecuente de equívocos en lo referente a las
relaciones de una ideología con su función histórico radica en que no se
distingue claramente entre su función objetiva y su función subjetiva. Para
comprender auténticamente el punto de vista de la dictadura hace falta
retrotraerse a la base económica que le dio nacimiento. De este modo, la teoría
racial fascista y, de modo general, la ideología nacionalista son, en sentido
concreto, tributarias de los objetivos imperialistas de una capa dominante enfrentada
con dificultades económicas. Durante la guerra mundial, los nacionalismos
alemán y francés se complacían en invocar "la grandeza de la nación",
lo que en realidad representaba el expansionismo del gran capital alemán y
francés. Pero estos factores económicos no constituyen la substancia misma de
la ideología correspondiente, sino solamente el terreno social sobre el que
aquella se origina; pueden considerarse como la condición sine qua non sin la
que no existirían tales ideologías. Puede suceder incluso que el nacionalismo
no esté representado en el aspecto social o que no se identifique con ninguna
consideración racial. En el antiguo Imperio Austro-Húngaro, el nacionalismo no
coincidía con la raza, sino con la "Patria" austro-húngara. Cuando en
1914, Bethmann-Holweg preconizaba la lucha del "germanismo" contra el
"eslavismo", habría debido comenzar por Austria, Estado
predominantemente eslavo. Las condiciones económicas de una ideología explican
su base material, pero no nos enseña nada sobre su nudo irracional. Este núcleo
está representado por la estructura caracterológica de los hombres sometidos a
las condiciones económicas de su medio social y que reproducen así, en la
ideología, el proceso histórico-económico. Al crear las ideologías, los hombres
se transforman a sí mismos; su núcleo material ha de encontrarse, por tanto, en
el proceso de formación de la ideología. De este modo, la ideología tiene un
doble fundamento material: indirecto en la estructura social económica, directo
en la estructura típica de los hombres que la producen y que, a su vez, está
determinada por la estructura económica de la sociedad. Es evidente, por tanto,
que las formaciones ideológicas irracionales imprimen en los individuos
estructuras irracionales. La estructura del fascista se caracteriza por el
pensamiento metafísico, el sentimiento religioso, la sumisión a los ideales
abstractos y morales y la creencia en la misión divina del "führer".
Estos rasgos fundamentales se refieren a una capa más profunda, caracterizada
por la adhesión autoritaria a un ideal de "dirigente" o de nación. La
creencia en la "superioridad de la raza de los señores" era la clave
principal de la adhesión de las masas nacionalsocialistas al "führer"
y de la aceptación voluntaria de la servidumbre más abyecta. Otro motivo
determinante era el de la identificación intensa con el "führer,
identificación que velaba el hecho de que el sujeto no era más que un número
insignificante, ahogado en la muchedumbre. A pesar de su dependencia, cada
nacionalsocialista se tomaba por un "pequeño Hitler". Lo que importa
es la base caracterológica de estas actitudes. Por lo tanto, de lo que se trata
es de descubrir las fuentes energéticas condicionadas también por la educación
y la atmósfera social, que transforman las estructuras humanas hasta tal punto
que, al desarrollarse tendencias de un carácter reaccionario e irracional y al
identificarse los individuos con el "führer", ya no se resientan de
la afrenta que se les inflige llamándoles "infrahombres". Si hacemos
abstracción de los efectos mundial-mente extendidos de la fraseología, si
determinamos su contenido irracional y establecemos la exacta relación que la
liga constantemente a los puntos neurálgicos sexual-económicos del proceso de
formación dela ideología, lo primero que nos sorprende es el sistemático
paralelismo entre "envenenamiento de la raza" y "envenenamiento
de la sangre". ¿Qué se puede pensar de ello?
3.—Pureza de la raza,
envenenamiento de la sangre, misticismo.
"Paralelamente a la contaminación política y moral de
nuestro pueblo se puede comprobar desde hace muchos años, un envenenamiento no
menos horroroso del cuerpo de nuestro cuerpo por la sífilis", escribe
Hitler. La causa de ello sería, en primer lugar: "La prostitución del
amor. Aunque no provocase la espantosa enfermedad directamente, causaría un
inmenso trastorno a nuestro pueblo, ya que los estragos morales causados por la
degeneración bastan para exterminar a un pueblo lenta pero inexorablemente.
Esta judaización de la vida de nuestras almas y la explotación mercantil de
nuestros instintos sexuales harán perecer a nuestra descendencia tarde o
temprano...". "El pecado contra la sangre y la raza es el pecado
original de este mundo y el fin de una humanidad que sucumbe a él." Según
esta teoría, la mezcla de las razas conduce a la mezcla de la sangre y al
"envenenamiento de la sangre y el cuerpo del pueblo". "Las más
manifiestas consecuencias de la contaminación de las masas (por la sífilis)
aparecen en nuestros hijos. Estos son el más lastimoso producto del
envenenamiento progresivo e inexorable de nuestra vida psíquica. Es en las
enfermedades de los niños donde se manifiestan los vicios de los padres".
Entendamos por "vicios de los padres" su costumbre de mezclarse con
la sangre de otra raza y, más particularmente, con la sangre judía, dejando con
ello que la "pura sangre aria" se contamine de la "peste judía
mundial". Observemos hasta qué punto está de acuerdo esta tesis con la del
envenenamiento de la germanicidad por el "judío cosmopolita Karl
Marx". Una de las fuentes más poderosas de la ideología política y del
antisemitismo nacionalsocialistas es la esfera irracional de la fobia
sifilítica. Según estas teorías, hay que procurar siempre por todos los medios
la pureza de la raza, o, lo que es lo mismo, la pureza de la sangre.*
Hitler ha repetido a menudo que no hay que abordar a la masa con
argumentos, pruebas, erudición, sino con sentimientos y creencias. En el
lenguaje nacionalsocialista (y pensamos en Keyserling, Driesch, Rosenberg,
Stapel y otros) las fórmulas vagas y místicas son tan frecuentes que merece la
pena intentar su análisis. ¿Qué se esconde, pues, tras el misticismo de los
fascistas? La respuesta nos la proporciona el análisis de las
"pruebas" de la validez de la teoría racial fascista, pruebas que Rosenberg
nos administra en su Mito del siglo xx. Allí se lee en el comienzo: "Los
valores del alma racial que, como fuerzas motrices, se erigen tras la nueva
imagen del mundo no son aún parte integrante de la conciencia viva. Sin
embargo, el alma significa la conciencia vista desde el interior y, a la
inversa, la raza es el mundo exterior del alma" (Mito).
(*) El "Times" escribía el 23 de agosto de 1933: "El
hijo y la hija del embajador americano en Berlín se contaban entre los
extranjeros que, el domingo 13 de agosto, vieron como se conducía a una joven
por las calles de Nuremberg; tenía la cabeza rapada y de las trenzas cortadas
pendía un cartel con la siguiente inscripción: «Me he entregado a un judío».
"Otros muchos extranjeros pudieron también presenciar la escena. Hay
siempre turistas extranjeros en Nuremberg y el desfile con la joven se
desarrollaba de un modo tal que pocas gentes en el centro de la ciudad hubieran
podido dejar de verlo. La joven que, según la descripción de algunos
extranjeros, era delgada, frágil y, a pesar de su cabeza rapada,
particularmente bonita, fue conducida a lo largo de una serie de hoteles
internacionales cercanos a la estación, por las principales calles, en las que
el populacho bloqueaba la circulación, y de restaurante en restaurante...
Estaba escoltada por las SA y seguida por una muchedumbre que un espectador
digno de crédito cifra en unas dos mil personas. Varias veces tropezó y las SA
la pusieron de pie e incluso la alzaron para que los espectadores más lejanos
pudieran verla; el populacho se aprovechaba para insultarla, para burlarse de
ella e invitarla, a modo de irrisión, a lanzar un discurso. "En
Neu-Ruppin, en los alrededores de Berlín, se condujo bajo la vigilancia de las
SA a una joven que no se había puesto de pie cuando se interpretaba el himno de
Horst WesseL Llevaba un cartel en la espalda y sobre el pecho con la
inscripción: «Yo, criatura desvergonzada, he tenido la osadía de permanecer
sentada mientras se interpretaba el himno de Horst Wessel, manifestando con
ello mi desprecio por las víctimas de la Revolución Nacional». Más tarde se
condujo de nuevo por las calles a la misma joven. Antes se había publicado en
el periódico local la hora en que se celebraría el espectáculo, de forma que
pudiera reunirse una muchedumbre importante".
Nos encontramos aquí con una de esas frases típicamente
nacionalsocialista que, a primera vista, son una insensatez y cuyo sentido
parece escamotearse incluso para aquellos que las escriben. Para comprender
correctamente el impacto político-irracional de este tipo de frases, tomadas
del misticismo, es necesario poseer una visión justa de su eficacia en el plano
de la psicología de masas. Continuemos: "Por esta razón, la historia de
las razas es, al mismo tiempo, la historia de la naturaleza y la mística del
alma, mientras que, inversamente, la historia de la religión de la sangre es la
gran leyenda universal de la ascensión y la decadencia de los pueblos, de sus
héroes y pensadores, de sus inventores y artistas". El reconocimiento de
este hecho conduce a la convicción de que el "combate de la sangre" y
la "mística presentida de los hechos de la vida" no son dos cosas
diferentes, sino que representan la misma cosa de dos modos diferentes. El
"combate de la sangre"... "la ascensión y la decadencia de los
pueblos"... "el envenenamiento de la sangre"... "la peste
judía mundial"... todo esto se inscribe en la misma línea que comienza por
el "combate de la sangre" y acaba mundialmente en el terror
sangriento contra el "materialismo judío" de Marx y la matanza de
judíos. Prestaremos un flaco servicio a la causa de la libertad humana si nos
contentamos con reírnos de esta mística en lugar de desenmascararla y de
reducirla al contenido irracional que forma su núcleo. Lo que aquí hay de
esencial, de más importante en el plano práctico es el proceso
energético-biológico, concebido desde una óptica irracional y mística,
expresión exacerbada de la ideología sexual reaccionaria. La ideología -mundial
del "alma" y de la ''pureza" es la ideología mundial de la
asexualidad, de la "pureza sexual", o para llamar a las cosas por su
nombre, una forma de represión y angustia sexual, productos ambos de la
sociedad patriarcal autoritaria. "El conflicto entre la sangre y el medio
ambiente, entre la sangre y la sangre es el último fenómeno que puede alcanzar
nuestro pensamiento; es imposible buscar y explorar más lejos", dice
Rosen-berg. Pero se equivoca: somos lo bastante presuntuosos para buscar más
lejos, para examinar sin el menor sentimentalismo el proceso vivo "entre
la sangre y la sangre" y de derribar así uno de los pilares del
nacionalsocialismo. Dejemos al mismo Rosenberg la tarea de demostrarnos que el
núcleo de la teoría racial nacionalsocialista es el miedo mortal a la
sexualidad natural y a su función del orgasmo. Para apuntalar su tesis según la
cual la ascensión y decadencia de los pueblos estarían en función de la mezcla
de las razas y del "envenenamiento de la sangre", Rosenberg nos cita
el ejemplo de los antiguos griegos. Los griegos, nos explica, fueron en su
tiempo, los representantes de la raza nórdica pura. Los dioses Zeus y Apolo, la
diosa Atenea, eran los "símbolos de una piedad grande y pura", los
guardianes y protectores de "todo lo que es noble y sereno",
"los defensores del orden, los dueños de la armonía de las fuerzas del
alma, de la medida artística". Hornero no habría mostrado el menor interés
por el "éxtasis". De creer a Rosenberg, Atenea representaba: "El
símbolo del rayo, salió de ía cabeza de Zeus, destructor de toda vida, la
virgen prudente y serena, la guardiana del pueblo de los helenos, su fiel
protectora en los combates. "Estas piadosas creaciones del alma griega
prueban la vida aún pura, interior, rectilínea del hombre nórdico; constituyen
profesiones de fe religiosa en el sentido más sublime del término, la expresión
de su confianza en su propia especie" (Mito). Rosenberg opone a estos
dioses puros, sublimes, piadosos, los dioses del Oriente próximo:
"Mientras que los dioses griegos eran los dioses de la luz y del cielo,
los dioses no arios del Oriente Próximo incorporaban todos los rasgos
terrestres."
Démeter y Kermes serían los productos típicos de esta "alma
racial"; Dionisio, dios del éxtasis, de la voluptuosidad, de las ménades
desencadenadas señalaría la "irrupción de la raza extranjera de los
etruscos y el comienzo de la decadencia del helenismo". De modo
arbitrario, pues, y para apuntalar su tesis del "alma racial",
Rosenberg se apodera de un cierto número de dioses que representan a uno de los
aspectos contradictorios de la génesis de la civilización griega, para
adornarles con el epíteto de "griegos" y califica a los otros,
surgidos también como los primeros de la" cultura helénica, de dioses
extranjeros. Según Rosenberg, la culpa de la mala interpretación de la historia
griega es atribuible a la investigación histórica que ha perdido el
"sentido de los valores raciales" y comprendido mal el helenismo.
"El gran romanticismo alemán se resiente con un estremecimiento de
veneración, de esos velos, cada vez más tupidos que se abaten sobre los dioses
luminosos del cielo y se sumerge profundamente en lo instintivo, lo informe, lo
demoníaco, lo sexual, lo estático, lo ctónico, en la veneración de la madre
(subrayado por W. Reich), sin dejar de calificar todo esto de helénico"
(Mito).
La filosofía idealista de todos los matices no explica las
condiciones en las que surge "lo extático", "lo instintivo"
en ciertas épocas culturales, sino que se pierde más bien en la evaluación
abstracta de este fenómeno, dictada por esta misma concepción de la cultura
que, a fuerza de elevarse por encima de lo "terrestre" (r=natural),
sucumbe al fin a sus propias especulaciones. En cuanto a nosotros, también nos
ocupamos de evaluar estos fenómenos, pero nuestras evaluaciones se desprenden
de las condiciones del proceso histórico que se designa con el nombre de
"decadencia" de una cultura; al hacer esto, nos esforzamos por
distinguir las fuerzas progresivas de las regresivas y las inhibitorias, de
captar el sentido histórico del fenómeno de la decadencia y de localizar los
gérmenes de las nuevas formas de la cultura, de las que, inmediatamente,
favoreceremos el florecimiento. Cuando, al meditar sobre el hundimiento de la
civilización autoritaria del siglo xx, Rosenberg evoca el destino de los griegos,
lo que hace es tomar partido por las tendencias conservadoras de la historia, a
despecho de todas sus aserciones sobre la "renovación" de la
germanidad ("Deutschtum"). Avanzaremos por un terreno seguro si
llegamos a comprender el punto de vista de la reacción política en nuestras
investigaciones sobre la revolución cultural y su núcleo sexual-económico. Para
el filósofo de la civilización reaccionaria no hay otro remedio como no sea la
resignación o el escepticismo o bien la inversión del curso de la historia por medios
"revolucionarios". Si cambiamos de punto de vista en la consideración
de las civilizaciones, y ya no vemos en la decadencia de la cultura antigua el
fin de la civilización a secas, sino el de una civilización determinada, a
saber, de la civilización autoritaria, que ya lleva en sí los gérmenes de una
nueva civilización auténticamente liberal, aplicaremos también otros criterios
de valor a los elementos culturales que antes habíamos juzgado como positivos o
negativos. Lo único que importa es comprender la correlación que existe entre
la revolución y los fenómenos que el reaccionario considera síntomas de la
decadencia. De este modo, resulta significativo que, en el campo de la
etnología, la reacción política dé preferencia a la teoría patriarcal, mientras
que el mundo revolucionario no admita, más que el matriarcado. Si se hace
abstracción de los datos objetivos de la ciencia histórica, cada una de las
actitudes está determinada en los dos campos opuestos por corrientes
sociológicas que corresponden a procesos objetivos de la economía sexual, de
los que hasta ahora no se había tomado conciencia. El matriarcado, cuya
existencia histórica ha" sido probada, no representa solamente la
organización de la democracia natural del trabajo, sino también la organización
natural de la sociedad que obedece a los imperativos de la economía sexual.*
Por el contrario, el patriarcado no es solamente autoritario en el plano
económico, sino que su organización en lo sexual económico es deplorable. La
Iglesia ha extendido- mucho más allá de la época en que detentaba el monopolio
de la investigación científica la tesis de la "naturaleza metafísicamente
moral del hombre", de su esencia monógama, etc. Por este motivo, los
descubrimientos de Bachofen amenazaban con trastornarlo todo. No sólo resultaba
desconcertante la organización sexual del matriarcado por una organización
diferente de la consanguinidad, sino también por el efecto autorregulador
natural que imprimía a la vida sexual. Hasta Morgan, y después de él Engels,
nadie había reconocido su auténtico fundamento, que era la ausencia de la
propiedad privada de los medios de producción social. En su calidad de ideólogo
del fascismo, Rosenberg se ve obligado a negar los estadios matriarcales
primeros de la antigua civilización griega (históricamente demostrados, sin
embargo) y a recurrir a la hipótesis según la cual, "los griegos se
habrían impregnado a su través (es decir, de lo dionisíaco) física y
espiritualmente, de una esencia extranjera".
(*) Cfr. al respecto a
Morgan (La sociedad arcaica) y Engels (El Origen de la Familia), así como
Malinowski (La vida sexual de los salvajes) y Reich (La irrupción de la moral
sexual).
La ideología fascista, a diferencia de la ideología cristiana,
que examinaremos más tarde, separa el deseo de orgasmo del hombre de las
estructuras humanas formadas por el patriarcado autoritario y lo atribuye a
razas diferentes: de este modo, nórdico se hace sinónimo de luminoso, celeste,
asexual, puro; por el contrario, el Oriente Próximo es instintivo, demoníaco,
sexual, extático, orgiástico. Así se explicaría el rechazo fascista de la
investigación "romántica e intuitiva" de Bachofen, cuya tesis sobre la
vida de los antiguos griegos califica de "hipotética". En la teoría
racial fascista, el miedo al orgasmo del hombre sometido a una autoridad
despiadada aparece bajo una forma fija, petrificada para siempre y opuesta como
"línea pura" al elemento animal, orgiástico. Por este motivo, el
"helenismo", lo "racial" se convierte en la emanación de lo
"puro", de lo "asexual"; la raza extranjera, el etrusco,
representa el elemento "animal" y, por lo tanto,
"inferior". Debido a esto, el patriarcado debe situarse al comienzo
de la historia del hombre ario. "El primer gran combate, de decisiva
importancia para el destino del mundo, entre los valores de la raza, tuvo lugar
en suelo griego, y decidió la victoria del principio nórdico. Desde entonces,
el hombre iba a comenzar su existencia por el lado del día y de la vida; las
leyes de la luz y del cielo constituyen el espíritu y la esencia del padre, y
han presidido el nacimiento de lo que entendemos por cultura griega, la más
prestigiosa herencia de la antigüedad que haya llegado hasta nuestros
días" (Rosenberg). El orden sexual patriarcal y autoritario, nacido de los
trastornos del fin de la época matriarcal (au-tonomización económica de la
familia del jefe con respecto a la "gens" maternal, aumento de los
intercambios comerciales entre las etnias, desarrollo de los medios de
producción) se convierte en el fundamento de la ideología autoritaria,
expoliando para ello de su libertad sexual a las mujeres, los niños y los
jóvenes, transformando la sexualidad en mercancía y poniendo los intereses
sexuales al servicio de la servidumbre económica.. Pervertida de esta manera la
sexualidad toma en efecto un aspecto diabólico, demoníaco, al que es preciso
oponerse. A la luz de los imperativos patriarcales, la casta sensualidad del
matriarcado aparece como el obsceno desencadenamiento de las fuerzas de las
tinieblas. Lo dionisíaco se convierte en el "deseo culpable" que las
civilizaciones patriarcales presentan como algo caótico e "inmundo".
Confrontando con las estructuras sexuales humanas, pervertidas y lúbricas,
dentro y fuera de sí mismo, el hombre patriarcal se encuentra encadenado por
primera vez a una ideología según la cual sexualidad e impureza, sexualidad e
inferioridad o diabolismo son nociones inseparables. Tal valoración toma
también el aspecto de una justificación racional (en un plano secundario). Con
la institucionalización de la castidad, las mujeres pierden su castidad bajo la
presión de sus aspiraciones sexuales: entre los hombres, la sexualidad brutal
ocupa el lugar de la sexualidad natural y orgiástica. De esta manera se
extiende entre las mujeres la idea de que, para ellas, el acto sexual tiene
algo de deshonroso. De hecho, en ninguna parte se suprimen las relaciones
sexuales extraconyugales, pero a consecuencia del desplazamiento de los valores
y de la abolición de las instituciones que, desde el tiempo del matriarcado las
favorecían, entran en contradicción con la moral oficial y han de practicarse a
escondidas. Al cambiar de lugar la sexualidad en el plano social, también se
modifica el modo de vivirla en el plano personal. El antagonismo existente
entre la naturaleza y las exigencias "sublimes" de la moral perturba
la aptitud de los individuos para la satisfacción sexual. El sentimiento de
culpabilidad impide el desarrollo orgiástico natural de la fusión de los sexos
y provoca éxtasis sexuales que se liberan por medio de diversos derivativos.
Hacen su aparición entonces las neurosis, las desviaciones sexuales y los
comportamientos sexuales asociales, que se convierten en fenómenos sociales
endémicos. La sexualidad infantil y juvenil, vista con agrado en la época
primitiva de la democracia del trabajo matriarcal, queda sometida a una
represión sistemática, diversa en sus formas. La sexualidad desfigurada,
trastornada, brutalizada, rebajada, apoya entonces a la ideología a la que le
debe su existencia. La actitud antisexual puede prevalerse hoy día de que la
sexualidad se ha convertido en algo inhumano y sucio, pero olvida que esta
sexualidad inmunda no es la natural, sino la sexualidad del patriarcado. La
sexología del patriarcado del fin de la era capitalista no está menos influida
por estas valoraciones que las concepciones vulgares. De ahí su total
esterilidad. a través de la represión de las aspiraciones sexuales de los
hombres de esta época. De este modo, la represión sexual aparece como una de
las causas principales de la división de la sociedad en clases. La ceremonia de
la boda y la transferencia legal de la dote que la acompañaba se convertían de
este modo en los puntos neurálgicos del paso de una organización a la otra.*
Como la dote ofrecida por la "gens" de la mujer a la familia del jefe
reforzaba el poder de los hombres y más especialmente, del jefe, el interés
material de los hombres de las "gens" y familias de un rango superior
empujaba a éstas a perpetuar los lazos del matrimonio, ya que en ese estadio
del desarrollo únicamente el hombre obtenía ventajas del matrimonio, y no la
mujer. De este modo, el simple aparejamiento de la época de la democracia natural
del trabajo, que admitía la separación en todo momento, se transformaba en
matrimonio patriarcal, monogámico y perdurable. El matrimonio monogámico
permanente se convirtió en la institución central de la sociedad patriarcal,
como ha llegado hasta nuestros días. Para asegurar el funcionamiento de esta
institución era preciso reprimir y depreciar sin cesar las aspiraciones
genitales naturales. Esta evolución no afectaba tan sólo a las clases
"inferiores", cada vez más explotadas, sino también a las capas
sociales que hasta entonces habían ignorado la contradicción entre moral y
sexualidad y de cuyos contragolpes conflictivos se resentían cada vez más. En
efecto, la moral impuesta no actúa solamente desde el exterior; no es
completamente eficaz más que cuando se ha interiorizado, cuando se ha
convertido en inhibición sexual estructural. En los diferentes estadios del
proceso dominará uno u otro aspecto del antagonismo. Al comienzo, la moral
sexual tiene preferencia, más tarde será la inhibición provocada por la moral
impuesta desde fuera. Las sacudidas políticas que estremecen a toda la
organización social agudizan también el conflicto entre la sexualidad y la
moral impuesta, lo que a los unos se les antojará una "decadencia
moral" y a los otros una "revolución sexual". Lo que es cierto
es que la noción de la "decadencia de la cultura" proviene de la
visión de la irrupción de la sexualidad natural. Se habla de
"decadencia" porque se siente la amenaza del modo de vida basado en
la moral impuesta. En realidad, lo que perece es el sistema de la dictadura
sexual, dictadura que mantiene las instancias morales impuestas al individuo en
interés del matrimonio y de la familia autoritaria. Entre los griegos de la
antigüedad, cuya historia escrita data de los tiempos de un patriarcado en todo
su apogeo, encontramos en calidad de organizaciones sexuales: el predominio de
los hombres, las hetairas para las capas superiores, la prostitución para las
capas inferiores y medias y, al lado, las mujeres casadas, esclavizadas y miserables,
cuya única función consistía en "producir" hijos. La dominación
masculina de la época de Platón estaba fundada en la homosexualidad.** Las
contradicciones de la economía sexual de la Grecia tardía aparecieron cuando la
vida pública griega se deterioró política y económicamente. Para el fascista
Rosenberg, la época dionisíaca está determinada por la mezcla del elemento
"ctónico" y el elemento "apolíneo", lo que condujo a su
desaparición. El falo, escribe Rosenberg, se convierte en el símbolo del fin de
la era helénica. Para el fascista, el surgimiento de la sexualidad natural es
un signo de decadencia, de lubricidad, de lascivia, de impureza. Esta impresión
no es solamente el producto de la imaginación fascista, sino que corresponde
también a la experiencia vivida de los hombres de aquellas épocas. Las
"dionisíacas" son el equivalente de las danzas y bailes de trajes de
nuestros medios reaccionarios. Es preciso saber cómo se desarrollan estas
fiestas para no cometer el error, muy extendido, de ver en estas actuaciones
"dionisíacas" la cima de la experiencia sexual. Ahí, más que en
cualquier otra parte, se revelan las contradicciones insuperables entre el
deseo sexual desencadenado y la imposibilidad de gozar, consecuencia de las
leyes morales. "La ley dionisíaca de la satisfacción sexual desenfrenada
significa la mezcla de razas sin límites entre los helenos y los levantinos de
todas las tribus y todos los géneros" (Mito). ¡Imaginémonos a un
historiador del milenio cuarto que presentara las fiestas sexuales de la
burguesía del siglo xx como una mezcla ilimitada entre alemanes, negros y
judíos "de todas las tribus y todos los géneros"! Se ve aquí con
claridad el significado de este modo de presentar la mezcla de las razas: es el
rechazo de lo dionisíaco, rechazo cuyo motivo profundo es el interés económico
que la sociedad patriarcal encuentra en el matrimonio. Por este mismo motivo,
en la historia de Jasón, el matrimonio obligatorio aparece como una defensa
contra el hetairismo.
(*) La prueba se aportó en
La irrupción de la moral sexual (Der Einbruch der Sexualmoral), Verlag für
Sexual-politik, 1932. (**) El mismo principio domina la ideología fascista de
los dirigentes masculinos (Blüher, Roehm, etc.).
Las "hetairas" son mujeres que rehúsan someterse al
yugo del matrimonio impuesto y que reivindican para ellas una vida sexual
independiente. Pero esta reivindicación tropieza con las consecuencias de una
educación que ha privado al organismo de su capacidad de goce sexual. Esta es
la razón por la que la hetaira se arroja a la aventura, para escapar a su
homosexualidad, o bien obedece a una y a otra tendencia, en medio de la
turbación y el desgarramiento. El hetairismo encuentra su complemento en la
homosexualidad de los hombres, quienes abrumados por la vida conyugal que se
les impone, se refugian en los brazos de la hetaira o del efebo, en los cuales
buscan refrescar su sensibilidad sexual. La estructura sexual de los fascistas
que preconizan el patriarcado más riguroso y que reactivan efectivamente en su
vida familiar la vida sexual de la época platónica, es decir, la
"pureza" en la ideología, el desgarramiento y la morbosidad en su
vida sexual real, es por necesidad el eco de la situación sexual en tiempo de
Platón. Rosenberg y Blüher ven en el Estado una institución viril de base
homosexual. Observemos de qué curiosa manera pretende deducirse de esta
ideología el desprecio por la democracia. Se rechaza a Pitágoras porque
representa la figura del profeta de la igualdad entre los hombres, porque
aparece como el "anunciador del telurismo democrático, de la comunidad de
bienes y de mujeres". La igualación de la "comunidad de bienes"
con la "comunidad de mujeres" es uno de los argumentos contundentes
de la lucha antirrevolucionaria. La democratización del patriarcado romano que,
hasta el siglo V proporcionaba 300 senadores salidos de 300 familias nobles se
explica por la autorización que se dio a partir del siglo V de casamiento entre
patricios y plebeyos, lo que equivalía a una "decadencia racial". La
democratización de un sistema político por los matrimonios mixtos se considera
igualmente como un signo de "decadencia racial". En este punto se
revela por completo el carácter reaccionario de la teoría racial, ya que las
relaciones sexuales de los griegos y los romanos de clases distintas quedan
asimilados al "mestizaje de las razas". Los miembros de la clase
oprimida quedan al mismo nivel que los hombres de una raza extranjera. En otra
parte, Rosenberg habla del movimiento obrero como de "la ascensión de esta
humanidad surgida del arroyo de las metrópolis, ron todos los desperdicios de
Asia" (Mito). Tras la idea de la mezcla de las razas extranjeras se
esconde, por tanto, la idea de las relaciones sexuales con los miembros de las
clasesoprimidas. Detrás de esta idea se esconde además, la tendencia de la
reacción política a la segregación, segregación sin duda muy clara en el plano
económico, pero completamente oscurecida en el plano de la moral sexual para
las mujeres burguesas sometidas a la represión sexual. Sin embargo, por medio
de la mezcla sexual de las clases se asiste, al mismo tiempo, a un
estremecimiento de los más sólidos pilares de la dominación de clases y a la
posibilidad de una "democratización", es decir, la
"proletarización" de la juventud "bien" ya que las capas
inferiores de todo orden social producen representaciones sexuales y modos de
vida que constituyen una amenaza mortal para los abogados del orden
autoritario.* Si, en último análisis, el concepto de "mezcla de
razas" esconde el de mezcla de las clases dominantes y las clases
oprimidas de la sociedad, -ello nos proporciona la clave del papel de la
represión sexual en la sociedad de clases. En este plano podemos distinguir un
cierto número de funciones, pero jamás una correlación mecánica entre la
represión sexual y la explotación material por las clases dominantes. De hecho,
las relaciones entre la represión sexual y la sociedad de clases son
infinitamente más complejas. No indicaremos aquí más que dos de estas
funciones:
1.—Dado que la represión
sexual estaba destinada primitivamente a mantener los intereses económicos del derecho de herencia y del matrimonio, comienza en
el mismo seno de la clase dominante. La moral de la castidad, pues, se aplica
en primer lugar a los miembros femeninos de las capas dominantes. Su misión es
asegurar la propiedad adquirida por la explotación de las clases inferiores.
2.—En los comienzos del capitalismo y en las grandes culturas
asiáticas de carácter feudal, la clase dominante no está interesada aún en la
represión sexual de las clases explotadas. La opresión sexual comienza
solamente con los principios del movimiento obrero organizado, con las
conquistas por los trabajadores de ventajas sociales y la elevación
consiguiente del nivel cultural de las masas populares. Sólo en ese momento se
interesa la clase dominante por las "buenas costumbres" de los'
oprimidos. El ascenso de la clase obrera se acompaña de un proceso de
acercamiento ideológico a la clase dominante.
(*) Cír. la apreciación de
la "casta impura" en la sociedad patriarcal de la India.
Cierto que esta evolución no implica la pérdida de las formas de
vida sexual propias de la clase obrera; éstas se mantienen al lado de las
ideologías moralizantes que arraigan cada vez más y provocan el antagonismo
descrito más arriba entre la estructura reaccionaria y la estructura liberal.
En la perspectiva histórica, la formación de esta contradicción psicológica en
las masas coincide con la sustitución del absolutismo feudal por la democracia
burguesa. La explotación ha cambiado de aspecto, pero la nueva forma de
explotación entraña al mismo tiempo una modificación de las estructuras
caracterológicas de las masas. Esta es la situación que Rosenberg describe en
términos místicos cuando dice que el antiguo dios de la tierra, Poseidón,
rechazado por Atenea, la diosa de la asexualidad, reina bajo la tierra, bajo el
templo de Atenea, tras haber tomado la forma de una serpiente, del mismo modo
que el "dragón pelásgico Python" que se encuentra en Delfos, bajo el
templo de Apolo. "Pero el Teseo nórdico no ha matado en todas partes a los
monstruos del Asia Menor. Al menor debilitamiento de la sangre aria, los
monstruos extranjeros renacen sin cesar: los bastardos de Asia Menor y la
robustez física de los asiáticos." Se comprende lo que el autor quiere
decir con "robustez física": hace alusión a esta simplicidad natural
de la vida sexual que distingue a las masas trabajadoras de la capa dominante y
que la "democratización" reduce sin abolir completamente. En el plano
psicológico, la serpiente Poseidón y el dragón Python representan la
sensualidad genital simbolizada por el falo, reprimida e inhibida sobre la
tierra por la estructura social de la sociedad y sus miembros, pero no
destruida. La capa superior de la sociedad feudal, que encuentra ventajas
económicas directas en la negación de la sexualidad natural (cfr. Japón) se
siente tanto más amenazada por las formas naturales de la vida sexual tal como
la practican las capas oprimidas, cuanto que en su seno no se ha trascendido de
modo alguno la sensualidad, sino que prosigue bajo una forma caricaturizada y
perversa. Las costumbres sexuales de las masas no constituyen un peligro
únicamente psicológico, sino también social para la clase dominante; la amenaza
pesa directamente sobre su institución de la familia. Mientras las castas
reinantes son económicamente poderosas y siguen un movimiento ascendente, como
la burguesía inglesa hacia mediados del siglo xix, saben mantener íntegra la
frontera que separa su moralidad sexual de la de la masa. Pero cuando su
dominación vacila y, con más razón aún, cuando las crisis la sacuden como fue
el caso desde el principio del siglo xx en Europa central e Inglaterra,
entonces los frenos morales de la sexualidad se relajan en el mismo interior de
la clase dominante. La dislocación de la moral sexual comienza por la
desintegración de los lazos familiares, mientras que la pequeña y la media
burguesía, que se ha identificado con la alta burguesía y su moral, se erigen
en defensoras auténticas de la moral antisexual oficial. La vida sexual natural
pone en peligro ante todo la permanencia de las instituciones sexuales cuando
comienza la decadencia económica de la pequeña burguesía. Como la pequeña
burguesía es el pilar principal del orden autoritario, este último atribuye
gran importancia a la "integridad de las costumbres" y a la
eliminación de toda "influencia inferior". Porque si la pequeña
burguesía perdiese su moral sexual con su posición intermedia entre los obreros
de la industria y la alta burguesía, la misma existencia de los dictadores se
encontraría comprometida. Puesto que el "dragón pitio" duerme también
en el fondo de la pequeña burguesía, siempre presto a sacudir los lazos que se
le han impuesto y a hacer tabla rasa de la mentalidad reaccionaria. Por este
motivo, en tiempo de crisis, el poder dictatorial refuerza su propaganda sobre
la "pureza de las costumbres" y el "fortalecimiento del
matrimonio y la familia". Ya hemos visto que la familia es el puente
tendido entre 1% situación social miserable de la pequeña burguesía y la ideología
reaccionaria. Si, como consecuencia de las crisis económicas, de la
proletarización de las clases medias o de la guerra, se relajan los lazos
impuestos desde el exterior, el armazón estructural del sistema autoritario se
encuentra gravemente amenazado. Volveremos a hablar en detalle de este
problema. Podemos, pues, suscribir el alegato del biólogo y
"raciólogo" muniqués Leng, cuando en 1932 tras el congreso de la
sociedad nacionalsocialista "Deutscher Staat", declaraba que la familia
autoritaria era el pivote de toda la política cultural. Precisemos que esto se
aplica al mismo tiempo a la política reaccionaria y a la revolucionaria, ya que
esta comprobación tiene una gran importancia.
IV. EL SIMBOLISMO DE LA
CRUZ
Hemos visto que el fascismo debe considerarse como un problema
relacionado con la psicología de las masas y no con la personalidad de Hitler o
con la política del partido nacionalsocialista. Hemos explicado cómo es posible
que una masa depauperada se oriente anhelante hacia un partido
archirreaccionario. A fin de ir paso a paso y obtener las consecuencias
prácticas para la política sexual, sin riesgo de error, tenemos que estudiar
primeramente el simbolismo gracias al cual los fascistas consiguieron poner los
grilletes reaccionarios a las estructuras liberales de las masas. En cuanto al
mecanismo de su acción, jamás lo comprendieron. En las SA, el
nacionalsocialismo había agrupado a su tiempo a los trabajadores con mentalidad
vagamente revolucionaria, en su mayoría parados y jóvenes, no menos partidarios
del principio autoritario. Por esto, la propaganda era contradictoria,
diferente según las capas populares a las que se dirigía. Sólo en la
utilización de la sensibilidad mística de las masas era coherente y lógica.
Bastaba con conversar con los partidarios del nacionalsocialismo, especialmente
con los miembros de las SA, para darse cuenta de que la fraseología
revolucionaria era el factor decisivo a la hora de ganarse a las masas. Así,
ciertos nacionalsocialistas negaban que Hitler representara al capital. Otros
ponían a Hitler en guardia contra las traiciones a la "revolución".
Algunos miembros de las SA afirmaban que Hitler era el Lenin alemán. Los
tránsfugas de la socialdemocracia y de los partidos liberales de centro,
llegados al nacionalsocialismo, pertenecían sin excepción a las masas
revolucionarias que antes formaran parte del grupo de los apolíticos y los
indecisos. A menudo, los comunistas convertidos al nacionalsocialismo eran
elementos revolucionarios que no habían comprendido las consignas
contradictorias del Partido Comunista alemán o que se habían dejado impresionar
por el fasto exterior del partido de Hitler, por su aspecto militar, por sus
explosiones brutales de fuerza. Entre los medios simbólicos puestos en juego,
asombra el simbolismo de la bandera: "Somos el ejército de la cruz gamada.
Elevad las rojas banderas. Queremos allanar el camino del trabajo alemán hacia
la libertad". Si se considera su orientación emocional, este texto es
netamente revolucionario. Los nacionalsocialistas utilizaban a sabiendas
melodías revolucionarias con letras reaccionarias. A esta práctica hay que
añadir ciertas fórmulas, como las que se encontraban a centenares en la prensa
de Hitler: "La burguesía política está a punto de abandonar la escena
donde se representa la historia, y está siendo reemplazada por la clase, hasta
ahora oprimida, de los trabajadores manuales e intelectuales, por las masas
trabajadoras, llamadas a cumplir su misión histórica." Esto tiene un claro
acento comunista. La bandera, compuesta hábilmente, señalaba a los ojos de las
masas, el carácter revolucionario del movimiento. Hitler escribe a propósito de
la bandera: "En nuestra calidad de nacionalsocialistas vemos en nuestra
bandera nuestro programa. En lo rojo vemos la idea social de nuestro
movimiento; en lo blanco, la idea nacionalista; en la cruz gamada, nuestra
misión de combatir por la victoria del hombre ario, que será también la
victoria de la la eternidad ha sido antisemita y que será antiidea del trabajo
creador, trabajo que durante toda semita para toda la eternidad". (Mein
Kampf) El rojo y el negro evocan la estructura contradictoria del hombre. Pero
aún no se conoce bien la significación, en el plano emocional, de la cruz gamada.
¿Por qué suscita tan fácilmente sentimientos místicos este símbolo? Hitler
pretende que es el símbolo del antisemitismo. En realidad, la cruz gamada ha
tomado tardíamente este sentido. Queda por explicar el contenido irracional del
antisemitismo. El contenido irracional de la teoría racial deriva de una falsa
concepción de la sexualidad natural, presentada como algo inmundo, sensual. En
este contexto, el judío y el negro son idénticos a los ojos del fascista, ya se
trate del judío o el negro alemanes o americanos. En los Estados Unidos, la
lucha racial contra los negros es, sobre todo, una defensa sexual: se considera
al negro como un cerdo sexual que viola a las mujeres blancas. Hitler describe
a propósito de la ocupación de Renania por unidades de color:
"Hoy más que nunca, Francia es el país donde se da la
concordancia entre las intenciones de la Bolsa, de los judíos, que son sus
animadores, y los deseos de la dirección del Estado, nacional y chauvinista.
Ahí reside precisamente el gran peligro para Alemania. Por este motivo también
Francia es y será nuestro peor enemigo. Este pueblo que cada vez abre más sus
puertas al ennegrecimiento (Ver-negerung) representa una amenaza permanente a
la existencia de la raza blanca en Europa por el hecho de su identificación con
los objetivos de la hegemonía mundial judía. Ya que la contaminación de la
Renania, en el corazón de Europa, por la sangre negra, es tanto una
manifestación sádica y perversa de la sed de venganza del enemigo hereditario
de nuestro pueblo como del frío cálculo judío que, cuenta con poder comenzar el
abastardamiento del continente europeo por este medio, partiendo del centro e
infestando la raza blanca con una humanidad de desecho y minando las bases de
nuestra existencia soberana" (op. cit.). Es necesario que adquiramos el
hábito de escuchar atentamente lo que dice el fascista y no rechazarlo de
antemano calificándolo de estupidez o mentira» Ahora comprenderemos mejor el
contenido afectivo de esta teoría que parece evidenciar la manía persecutoria,
al ponerla en relación con la teoría de la "intoxicación" del cuerpo
del pueblo. La cruz gamada tiene también un contenido propio capaz de suscitar
las emociones más profundas, aunque éstas no se parezcan en nada a lo que
Hitler haya podido pensar. Hay que decir, en primer lugar, que la cruz gamada
se ha encontrado también entre los semitas, en el patio de los mirtos de la
Alhambra de Granada. Herta Heinrich la ha observado también en las ruinas de la
sinagoga de Edd-Dikke, al este de Jordania,-al borde del lago Tiberiades. Tenía
la siguiente forma:
La cruz gamada se encuentra a menudo junto a un losange
representando entonces la primera el principio masculino y el segundo el
femenino. Percy Gardner la ha encontrado entre los griegos bajo el nombre de
"Hemera", símbolo solar, que representa igualmente el principio
masculino. Lówenthal describe una cruz gamada del siglo xrv sobre un altar en
la iglesia de María zur Wiese (Nuestra Señora de la Pradera) en Soest, allí la
cruz gamada surge de una vulva y de una cruz de doble travesano. La cruz gamada
simboliza aquí el cielo huracanado y el losange, la tierra fértil. Smigorski ha
encontrado la cruz gamada bajo la forma de la svástica india, un relámpago de
cuatro direcciones con tres puntos al final de cada rama; he aquí el esquema
Lichtenberg ha encontrado una cruz gamada con una cabeza en
lugar de los tres puntos. La cruz gamada, por lo tanto, es un símbolo sexual
primitivo que, en el curso del tiempo, ha tomado diversos significados: al
simbolizar una rueda de molino, también representaba el trabajo. Si se tiene en
cuenta que en la esfera de lo afectivo, trabajo y sexualidad se identificaban
en el origen, resulta posible interpretar el descubrimiento que Bilmans y
Pengerot . han realizado en la mitra de santo Tomás Beckett: la cruz gamada
originaria de la protohistoria indoeuropea lleva allí la inscripción siguiente:
"Te saludo, oh Tierra, crece bajo el abrazo de Dios, repleta de fruto para
la salud de los hombres". La fecundidad se representa aquí sexualmente
como la unión sexual de la Tierra madre con el Dios padre. Los léxicos de la
India antigua, según Tse-lenin, llaman con el mismo nombre al gallo y al
libertino: svástica, es decir "cruz gamada" como alusión al instinto
sexual. Si examinamos una vez más las cruces gamadas de las páginas anteriores,
se nos revelan como la representación de dos figuras humanas enlazadas,
esquematizadas, pero fáciles de reconocer como tales.-La cruz gamada de la
izquierda representa un acto sexual en posición horizontal, la otra un acto
sexual en posición vertical. La cruz gamada simboliza, pues, una función
fundamental de la materia viva. Esta incidencia de la cruz gamada sobre la vida
afectiva inconsciente no explica, evidentemente, la razón del éxito de la
propaganda fascista entre las masas, pero ha contribuido a ella poderosamente.
Pruebas ad hoc realizadas con personas de edad, sexo y condición social
diferentes, han revelado que son pocas las personas que no descubren el
significado de la cruz gamada; la mayor parte termina por descubrirlo, tarde o
temprano, si la examinan un tiempo suficiente. Se puede suponer, pues, que este
símbolo, que representa dos personas enlazadas, ejerce una gran atracción sobre
las capas más profundas del organismo, atracción tanto más intensa cuanto que
se trata de individuos insatisfechos, sexualmente frustrados. Si, además, se
convierte a la figura en el símbolo del honor y la fidelidad, refleja entonces
los movimientos de defensa del Yo moralizador y será tanto más fácilmente
aceptada. Sería un error pretender evitar el impacto del símbolo desvelando el
sentido; en primer lugar, no tenemos intención alguna de evitar el acto sexual;
en segundo lugar, tropezaríamos con la negativa a reconocer la validez de
nuestras pruebas porque el embozo moral actuaría como resistencia. La higiene
mental, basada en la economía sexual sigue un camino distinto.
V. LA FAMILIA AUTORITARIA
EN LA PERSPECTIVA DE LA ECONOMÍA SEXUAL
Dado que la sociedad autoritaria se reproduce con ayuda de la
familia autoritaria en las estructuras individuales de masas, la reacción
política se halla obligada a considerar la familia autoritaria como el
fundamento "del Estado, de la cultura y de la civilización". Al hacer
su propaganda en este sentido cuenta con los factores irracionales
profundamente arraigados en la muchedumbre. El político reaccionario no puede
confesar sus verdaderas intenciones. Las masas alemanas jamás hubieran dado su
aprobación a un programa de "conquista del mundo". La propaganda
política, cuya eficacia se explica por la psicología de masas, no se refiere
directamente a los procesos económicos, sino a las estructuras humanas. Este es
el conocimiento que debe guiar ciertos modos de trabajo en materia de higiene
mental. Si lo abandonamos, corremos el peligro de cometer graves errores
psicológicos en el tratamiento de las masas. La política sexual revolucionaria
no puede contentarse con denunciar las bases objetivas de la familia autoritaria,
sino que, por el contrario, tiene que tomar en consideración los datos de la
psicología de masas e invocar el profundo deseo del hombre de hallar la
felicidad en la vida y en el amor. Vista desde la perspectiva de la evolución
social, la familia no puede considerarse como la base del estado autoritario,
sino como una de las instituciones más importantes que lo sostienen. En cambio,
hay que considerar a la familia como la célula reaccionaria central, como la
cuna de los hombres reaccionarios y conservadores. Aunque se sepa que ha
surgido de un cierto número de procesos sociales y que está sometida a ciertos
cambios, no deja de contribuir a conservar el sistema autoritario que la
condiciona. En este campo, los descubrimientos de Morgan y Engels han
conservado toda su validez. Pero lo que en este contexto nos interesa no es la
historia de la familia, sino la cuestión de saber cómo debe actuar la economía
sexual para oponerse con éxito a la política sexual y cultural reaccionarias,
en el centro de la cual se sitúa, precisamente, la familia autoritaria. Un
profundo examen de los efectos y los fundamentos de la familia autoritaria se
hace tanto más necesario cuanto que la oscuridad reina sobre este punto,
incluso en los medios revolucionarios. La familia autoritaria encierra en sí
una contradicción cuyo conocimiento preciso es indispensable si se quieren
tomar medidas de higiene de masas que sean eficaces. La perdurabilidad de la
familia autoritaria no está fundada exclusivamente sobre la dependencia económica
de la mujer y los hijos con respecto al padre y marido respectivamente. Para
que unos seres en tal grado de servidumbre sufran esta dependencia es preciso
no olvidar nada a fin de reprimir en ellos la conciencia de seres sexuales. De
este modo, la mujer no debe aparecer como un ser sexual, sino solamente como un
ser generador. La idealización de la maternidad, su culto exaltado, que
configura las antípodas del tratamiento grosero que se inflige a las madres de
las clases trabajadoras están destinadas, en lo esencial, a asfixiar en la
mujer la conciencia sexual, a someterla a la represión sexual artificial, a
mantenerla a sabiendas en un estado de angustia y culpabilidad sexual.
Reconocer oficial y públicamente a la mujer su derecho a la sexualidad conduciría
al hundimiento de todo el edificio de la ideología autoritaria. La reforma
sexual conservadora ha cometido siempre el error de no realizar concretamente
"el derecho de la mujer sobre su propio cuerpo", de no plantear y
defender, de modo neto y claro a la mujer como ser sexual que es, al menos en
tanto que madre. Ha contado demasiado por otra parte, en su política sexual,
con la función de reproducción, en lugar de abolir de una vez por todas la
identificación reaccionaria entre sexualidad y reproducción. Por todas estas
razones no ha sido capaz de batir en todo el frente al misticismo. Otro punto
de apoyo de la familia autoritaria es la ideología de la "felicidad de la
familia numerosa"; esta ideología no obedece solamente a los imperativos
de un imperialismo belicoso, sino que tiene por objeto, sobre todo, minimizar
la función sexual de la mujer en relación con su función generadora. La
oposición entre la "madre" y la "mujer alegre", tal como ha
sido expuesta por la filosofía de Weinin-ger, corresponde a la oposición entre
el placer sexual y la reproducción, tan característica del hombre reaccionario.
Según este punto de vista, el acto sexual realizado por placer deshonra a la
mujer y a la madre y hace de ella una prostituta ávida de placeres. La idea según
la cual la vida sexual no sería moral más que si se pone al servicio de la
reproducción, de que más allá de la reproducción no hay nada, es uno de los
rasgos característicos de la política sexual reaccionaria. Esta concepción no
deja de ser reaccionaria aunque esté sostenida por comunistas como Salkind y
Stoliarov. El imperialismo belicista hace cualquier cosa por impedir que las
mujeres se revelen contra el papel de "máquinas de parir" que se les
ha impuesto. En consecuencia, hay que impedir que ¡a función de la satisfacción
sexual pueda impedir la de la reproducción. Además, la mujer consciente de su
sexualidad no seguiría sin rechistar las consignas reaccionarias que intentan
esclavizarla. La oposición entre la satisfacción sexual y la reproducción sólo
existe en la sociedad autoritaria y no en la democracia del trabajo; la
cuestión es saber en qué condiciones ha de traer al mundo la mujer a su
progenie: en condiciones favorables, protegida por la sociedad, o sin la
protección necesaria a la madre y a los hijos. Si lo que se quiere es que la
mujer dé a luz sin la menor protección por parte de la sociedad, sin garantías
ni seguridad para la educación de los hijos, sin que ella tenga, al menos, el
derecho de determinar el número de éstos que quiere traer al mundo, entonces es
indispensable idealizar la maternidad y oponerla a la función sexual de la
mujer. Es preciso comprender el fenómeno del irracionalismo si se quiere
entender cómo fue posible que partidos como el de Hitler o el Partido del
Centro hayan podido apoyarse, en estas condiciones, sobre todo en el voto de
las mujeres. El mecanismo irracional radica precisamente en esa oposición entre
la mujer como generadora y la mujer como ser sexual. Así se explican ciertas
actitudes del nacionalsocialismo: "La conservación de la familia numerosa
existente es un problema de sentimiento social, el mantenimiento del tipo de la
familia numerosa es una cuestión de concepción biológica y de convicción
nacional. Es preciso sostener a la familia numerosa, no porque no tenga lo
suficiente para sustentarse, sino porque constituye una célula preciosa e
indispensable del pueblo alemán. Preciosa e indispensable no sólo porque es la
única que garantiza la conservación numérica dé la nación (función imperialista
objetiva, W. R.), sino porque es el mejor apoyo de la moralidad y la cultura
populares. .. La conservación de la familia numerosa existente está
estrechamente ligada con la conservación del tipo de la familia numerosa porque
son partes constitutivas de un mismo problema... La conservación del tipo de la
familia numerosa es un postulado de la política nacional y cultural... Esta
manera de concebir la cuestión está en oposición formal con la supresión del
párrafo 218, ya que considera como intocable la vida concebida. La posibilidad
de interrumpir el tiempo de embarazo estaría en contradicción con el sentido de
la familia que tiene, precisamente como función la educación de los jóvenes.
Esta libertad equivaldría a la supresión definitiva de la familia numerosa como
tal." Esto lo escribía el Volkísche Beobachter, el 14 de octubre de 1931.
Es evidente que, incluso en materia de interrupción del embarazo, la política
familiar autoritaria mantiene una posición clave; este aspecto es tanto más
importante cuanto que el factor que hasta ahora se había acentuado (el ejército
de reserva y la "carne" de cañón) han perdido mucha importancia en
los años de la crisis económica (en 1932, más de 40 millones de parados en el
mundo y varios millones en Alemania). Dado que la reacción política no deja de
repetir que la prohibición del aborto es una necesidad en interés de la familia
y del "orden moral", que el higienista socialdemócrata Grothjan se
pone al paso de los nacionalsocialistas en este terreno, es necesario empezar a
pensar que la "familia autoritaria" y la "familia
pudibunda" son fuerzas reaccionarias importantes. Cometeríamos un error si
viéramos en ellas solamente fenómenos accesorios. De lo que se trata en
realidad es de encadenar a la mujer a la familia autoritaria, reprimiendo sus
necesidades sexuales; y también de la influencia que aquélla ejerce sobre su
marido; de garantizar la eficacia de la propaganda sexual reaccionaria sobre
millones de reprimidos sexuales y sobre las mujeres que toleran esta represión
sexual. Desde la perspectiva revolucionaria, es un error no destruir la
reacción donde quiera que se manifieste. Es necesario combatirla allí donde
defiende su sistema. Uno de los primeros objetivos de la política sexual
reaccionaria es, pues, la conservación de la familia autoritaria en tanto que
"apoyo del Estado", lo que coincide con el interés convergente de
todas las clases medias que explotan una pequeña empresa cuya unidad económica
es la familia o, más exactamente, ha sido la familia. Este es el punto de vista
bajo el cual la ideología fascista considera a la sociedad, la economía y la
política. Es el punto de vista dominado por el antiguo modo de producción
pequeño burgués que preside también la ciencia sexual reaccionaria que se
obstina en ver en el Estado un "todo orgánico". Para las masas
trabajadoras de nuestra civilización moderna, familia y vida social no
coinciden; la familia no está arraigada de modo orgánico en la economía; por
esta razón están estas clases en situación de ver en el Estado una organización
autoritaria de la sociedad. El punto de vista "biológico", según el
cual el Estado sería un "todo orgánico" carece de valor para su
sexología y su economía sexual. El trabajador que presta oídos al concepto
reaccionario es simplemente víctima de la influencia de la educación
autoritaria a la que estuvo sometido en su familia. El pequeño campesinado y la
pequeña burguesía serían más accesibles a la comprensión de sus
responsabilidades sociales si su situación familiar no se hubiera ligado con su
situación-económica de modo orgánico. La crisis económica ha demostrado que,
con la ruina de la pequeña explotación también se relajan los vínculos entre la
familia y la economía. Pero la misma naturaleza de la tradición de la pequeña
burguesía, citada frecuentemente, es decir, su apego a la familia autoritaria
ha continuado haciendo sentir sus efectos. Por esta razón esta clase ha hecho
un mejor recibimiento a la ideología fascista de la "familia
numerosa" que a la ideología revolucionaria del control de nacimientos,
hecho que se explica también por la ausencia de todo trabajo de información por
parte del movimiento revolucionario que, en este campo, ha olvidado estar en la
brecha. A pesar de lo clara que es esta situación en realidad, cometeríamos un
error si no la pusiéramos en relación con otros hechos contradictorios.
Llegaríamos a una apreciación errónea si no tuviéramos en cuenta al mismo
tiempo las contradicciones que determinan la vida del hombre y la sexualidad
inhibida. En primer lugar, hay una contradicción entre el pensamiento y la
sensibilidad en materia de moralidad sexual de una parte y el modo de
existencia sexual de la otra. Ejemplo: en el oeste de Alemania había un gran
número de asociaciones de inspiración "socialista" para el control de
la natalidad. Cuando la campaña de Wolf-Kienle en 1931, las mismas mujeres que
votaban al centro o a N.S.D.A.P. se pronunciaron por la abolición del párrafo,
mientras que sus partidos se oponían a ella violentamente. Estas mujeres
votaban por el control económico sexual de los nacimientos porque aspiraban a
la satisfacción de sus necesidades sexuales; al mismo tiempo, votaban por los
susodichos partidos, no porque ignorasen el carácter reaccionario de aquellos,
sino porque estaban impregnadas sin saberlo de la ideología reaccionaria de la
"maternidad pura", de la oposición entre maternidad y sexualidad y,
sobre todo, del pensamiento autoritario. Estas mujeres ignoraban el lugar de la
familia autoritaria en la dictadura, pero se encontraban expuestas a la influencia
de la política sexual de la reacción política; aprobaban el control de
nacimientos pero temían la responsabilidad que les imponía el mundo
revolucionario. La reacción sexual se ha dedicado a explotar la angustia sexual
por todos los medios. La mujer de un obrero o de un pequeño burgués se
encontraba tanto más expuesta a los efectos de la propaganda de este tipo (que
veremos más adelante) cuanto que la propaganda revolucionaria de inspiración
económico-sexual no existía en absoluto. En 1918, la "Asociación para la
lucha contra el bolchevismo" (Vereinigung zur Bekámpfung des
Bolschewismus) publicó un anuncio que llevaba el siguiente texto: ¡Mujeres
alemanas! ¿Sabéis cuál es la amenaza del bolchevismo? El bolchevismo quiere la
socialización de la mujer.
1) El derecho de propiedad sobre las mujeres entre los 17 y los
32 años será suprimido.
2) Todas las mujeres serán propiedad del pueblo. Los que eran
propietarios conservarán, además, el derecho sobre sus mujeres.
3) Toda persona que quiera servirse de un ejemplar de la
propiedad popular, tiene la obligación de presentar un certificado del comité
de trabajadores.
4) Nadie tiene el derecho de acaparar a una mujer más de tres
veces por semana y más de tres horas de cada vez.
5) Todos están obligados a denunciar a las mujeres que se
rehúsen.
6) Todo el que no pertenezca a la clase obrera tiene que pagar
cien rublos por mes para ejercitar este derecho de servirse del bien del
pueblo. La perfidia y el falso carácter de tal propaganda saltan a la vista,
pero la primera reacción de cualquier mujer será de rechazo asustado. La
reacción de una mujer más progresista será poco más o menos así: (Carta de una
corresponsal obrera).
"Admito que la única salida de la miseria actual para
nosotros los obreros, es el socialismo. Pero éste debe respetar ciertos límites
y no rechazar como malo e inútil todo aquello que ha sido realizado hasta
ahora. Si no, conduciría a un relajamiento de las costumbres que sería mucho
más atroz que la miseria actual. Desgraciadamente, el socialismo ataca a un
ideal muy noble y muy importante: el matrimonio. En este campo se exige la
libertad total, la absoluta licencia, algo -así como un bolchevismo sexual.
Todos tendrán el derecho de dejarse ir, sin ningún temor, sin ninguna
moderación. Ya no habrá uniones entre el hombre y la mujer, y se vivirá hoy con
uno mañana con el otro, según el capricho. Eso se llama libertad, amor libre,
nueva moral sexual. Pero estas lindas palabras no pueden engañarnos acerca de
los grandes peligros que esconden. De este modo se ensucian los sentimientos
más sublimes, los más nobles, el amor, la felicidad, el desinterés. Es
imposible y contrario a la naturaleza que un hombre o una mujer puedan amar al
mismo tiempo a varias personas. La consecuencia sería el embrutecimiento
general, la destrucción de la cultura. No sé qué sucede en Rusia, pero, o bien
los rusos son personas especiales, o no han autorizado todas las libertades y
tienen también ciertas prohibiciones... A pesar de lo atractivas que son las
teorías socialistas, a pesar de lo convincente que me parecen vuestros puntos
de vista en economía, no estoy de acuerdo con vosotros en materia de lo sexual
y a veces me asaltan dudas acerca de la validez de todo el sistema: Esta carta
refleja claramente el conflicto interior con el que se halla confrontado el
hombre medio: a la moral sexual coactiva se opone la anarquía sexual. Se ignora
de propósito la regulación económico-sexual de la vida sexual, que está tan
alejada de la moral coactiva como de la anarquía. Sometido a una presión
considerable, el hombre reacciona por reflejos conjugados: rechaza la una y la
otra. La moral es una carga y el impulso sexual aparece como un enorme peligro.
El hombre educado y socializado en el autoritarismo ignora las leyes naturales
de la autorregulación, carece de confianza en sí mismo. Tiene miedo de su
sexualidad porque no ha aprendido a vivir naturalmente. Declina toda
responsabilidad de sus actos y decisiones, y reclama que le dirijan y le
frenen. Si consideramos las numerosas posibilidades que se ofrecían a una
política sexual revolucionaria consecuente, se puede decir que, hasta ahora, la
política sexual del movimiento revolucionario ha sido un fracaso: este fracaso
se debe al hecho de que no ha sabido oponer arma alguna eficaz a las tentativas
de la reacción coronadas por el éxito para poner a su servicio las fuerzas de
la represión sexual que actúan en el hombre. Si en su propaganda la reacción
sexual no hubiera avanzado más que sus tesis sobre la política demográfica,
hubiera predicado en el desierto. Pero sabe explotar también con astucia la
angustia sexual de las mujeres y de la juventud femenina: crea un hábil vínculo
entre sus objetivos demográficos y las inhibiciones morales de la población y
esto en todos los medios. Los centenares de miles de trabajadores agrupados en
las organizaciones cristianas nos proporcionan la prueba. He aquí otro ejemplo
de los métodos de propaganda de la reacción: * "En su destructiva campaña
contra el mundo burgués, los bolcheviques se habían orientado desde el
principio contra la familia, «ese vestigio particularmente tenaz del maldito
régimen». De este modo, ya la Asamblea Plenaria del Kominterm en 10 de junio de
1924, proclamaba: «La revolución es impotente mientras existan las nociones de
familia y de vínculos familiares». Como consecuencia de esta actitud se
desencadenó una violenta lucha contra la familia. No se prohibió la bigamia o
la poligamia, lo que quiere decir que estaban permitidas. La actitud de los
bolcheviques con respecto al matrimonio queda clara en la definición de la
unión conyugal propuesta por el profesor Goibarg: «El matrimonio es una
institución destinada a satisfacer las necesidades sexuales de un modo más
cómodo y menos peligroso». El censo general de 1927 pone de manifiesto la
decadencia del matrimonio y la familia en las condiciones de entonces. Izvestia
escribe: «En Moscú, el censo de la población ha revelado numerosos casos de
poligamia y poliandria. El hecho de que dos y hasta tres mujeres designen al
mismo hombre como su marido se puede considerar parte de la rutina cotidiana.»
No asombra la descripción que de la situación familiar en Rusia hace el
-------------------------------------------
(*) "Welt vor dem
Abgrund - Der Einfluss des russischen Kulturbolchewismus auf die anderen
Vólker" (El mundo al borde del abismo. La influencia del bolchevismo
cultural ruso sobre los otros pueblos).
-----------------------------------------------
profesor alemán Selheim: «Es la vuelta brutal al orden sexual de
los tiempos más atrasados, a partir del cual se ha desarrollado, en el curso de
milenios, el matrimonio y un orden sexual útil.»" La moral conyugal y
familiar obligatoria queda también en peligro igualmente por la proclamación de
la absoluta libertad de relaciones sexuales. El conocido comunista Smidovitch
escribió un código de la moral sexual * que regula las relaciones sexuales,
sobre todo entre los jóvenes. He aquí lo esencial de él: 1) Cada estudiante de
la facultad obrera, aunque sea menor de edad, tiene el derecho y el deber de
satisfacer sus necesidades sexuales. 2) Si un hombre desea a una joven, ya sea
estudiante, obrera o escolar, está obligada de plegarse a su deseo, so pena de
ser considerada como una joven burguesa y no como una comunista auténtica. El
Pravda escribe sin rodeo: "Entre nuestros hombres y nuestras mujeres no
hay más que relaciones sexuales. Nosotros no conocemos el amor, el amor es
despreciable, como todo lo relacionado con el «psicologismo»; la única cosa que
existe entre, nosotros es la fisiología." Según esta teoría comunista,
cada mujer y cada joven están obligadas a satisfacer el instinto sexual del
hombre. Como, a veces, no se da la buena voluntad por parte de las mujeres, la
violación se ha convertido en un verdadero azote en la Unión Soviética. No
bastaría simplemente con desenmascarar todas estas mentiras como tales, pero
tampoco afirmar que la revolución es tan "moral" como la burguesía,
que no tiene intención de atacar la familia autoritaria y al moralismo, etc. El
hecho es que la revolución modifica la vida sexual y destruye el antiguo orden
coactivo. No hay que negar este hecho. Por otro lado, resulta imposible
defender el punto de vista de la economía sexual si toleramos teorías o
prácticas ascéticas en nuestras filas. La política sexual liberal se ha
olvidado de explicar sistemáticamente el orden sexual, tal como se deriva de
las leyes de la economía sexual y de motivarlo, de ayudar a las mujeres a comprender
bien y a sobrepasar su miedo de la salud sexual y, aún más, de hacer la luz en
las propias filas precisando la línea de demarcación que separa los puntos de
vista reaccionarios de los de la economía sexual. La experiencia muestra que
todo hombre normal aprueba el orden sexual tal como surge de la economía
sexual, a condición de que se le explique bien. El punto de partida del
movimiento antirrevolucionario es la opinión mundial de la reacción política
cuyo resorte económico es la forma de vida económica de la pequeña burguesía y
cuya fuente ideológica es el misticismo. El núcleo de la política cultural de
la reacción política es, pues, el problema sexual. De este modo, es el problema
sexual el que debe colocarse en el centro de toda política cultural revolucionaria.
La economía sexual proporciona la respuesta a la confusión nacida de la
oposición entre la moral impuesta y el libertinaje sexual.
FIN

