© Libro
No. 354. Dialéctica de la dependencia. Marini, Ruy
Mauro. Colección Emancipación Obrera. Noviembre 17 de 2012.
Título original: © Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia, Ediciones Era,
México.
Versión Original: © Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia, Ediciones Era,
México, decimoprimera reimpresión, 1991. ISBN: 968-411-253-X. Se publica en
Internet gracias a Ediciones Era
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Dependencia. Ruy Mauro
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Dialéctica De La
Dependencia
Ruy Mauro Marini
Dialéctica De La
Dependencia
Ruy Mauro Marini
Fuente: Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia,
Ediciones Era, México, decimoprimera reimpresión, 1991. ISBN: 968-411-253-X. Se
publica en Internet gracias a Ediciones Era.
Índice
1. La integración al
mercado mundial
2. El secreto del
intercambio desigual
3. La superexplotación
del trabajo
4. El ciclo del
capital en la economía dependiente
5. El proceso de
industrialización
6. El nuevo anillo de
la espiral
[...] el comercio exterior, cuando se limita a reponer los elementos
(también en cuanto a su valor), no hace más que desplazar las contradicciones a
una esfera más extensa, abriendo ante ellas un campo mayor de acción.
Marx, El Capital, t. II
Acelerar la acumulación mediante un desarrollo superior de la capacidad
productiva del trabajo y acelerarla a través de una mayor explotación del
trabajador, son dos procedimientos totalmente distintos.
Marx, El Capital, t. I
En sus análisis de la dependencia latinoamericana,
los investigadores marxistas han incurrido, por lo general, en dos tipos de
desviaciones: la sustitución del hecho concreto por el concepto abstracto, o la
adulteración del concepto en nombre de una realidad rebelde a aceptarlo en su
formulación pura. En el primer caso, el resultado han sido los estudios
marxistas llamados ortodoxos, en los cuales la dinámica de los procesos
estudiados se vierte en una formalización que es incapaz de reconstruirla a nivel
de la exposición, y en los que la relación entre lo concreto y lo abstracto se
rompe, para dar lugar a descripciones empíricas que corren paralelamente al
discurso teórico, sin fundirse con él; esto se ha dado, sobre todo, en el campo
de la historia económica. El segundo tipo de desviación ha sido más frecuente
en el campo de la sociología, en el que, ante la dificultad de adecuar a una
realidad categorías que no han sido diseñadas específicamente para ella, los
estudiosos de formación marxista recurren simultáneamente a otros enfoques
metodológicos y teóricos; la consecuencia necesaria de este procedimiento es el
eclecticismo, la falta de rigor conceptual y metodológico, y un pretendido
enriquecimiento del marxismo, que es más bien su negación.
Estas desviaciones nacen de una dificultad real:
frente al parámetro del modo de producción capitalista puro, la economía
latinoamericana presenta peculiaridades, que se dan a veces como insuficiencias
y otras —no siempre distinguibles fácilmente de las primeras— como
deformaciones. No es por tanto accidental la recurrencia en los estudios sobre
América Latina de la noción de “precapitalismo”. Lo que habría que decir es
que, aun cuando se trate realmente de un desarrollo insuficiente de las
relaciones capitalistas, esa noción se refiere a aspectos de una realidad que,
por su estructura global y su funcionamiento, no podrá nunca desarrollarse de
la misma forma como se han desarrollado las economías capitalistas llamadas
avanzadas. Es por lo que, más que un precapitalismo, lo que se tiene es un
capitalismosui generis que sólo cobra sentido si lo
contemplamos en la perspectiva del sistema en su conjunto, tanto a nivel
nacional como, y principalmente, a nivel internacional.
Esto es verdad sobre todo cuando nos referimos al
moderno capitalismo industrial latinoamericano, tal como se ha conformado en
las dos últimas décadas. Pero, en su aspecto más general, la proposición es
válida también para el periodo inmediatamente precedente y aun para la etapa de
la economía exportadora. Es obvio que, en el último caso, la insuficiencia
prevalece todavía sobre la distorsión, pero si queremos entender cómo una se
convirtió en la otra es a la luz de ésta que debemos estudiar aquélla. En otros
términos, es el conocimiento de la forma particular que acabó por adoptar el
capitalismo dependiente latinoamericano lo que ilumina el estudio de su
gestación y permite conocer analíticamente las tendencias que desembocaron en
este resultado.
Pero, aquí, como siempre, la verdad tiene un doble
sentido: si es cierto que el estudio de las formas sociales más desarrolladas
arroja luz sobre las formas más embrionarias (o, para decirlo con Marx, “la
anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono”),[1] también es cierto que el
desarrollo todavía insuficiente de una sociedad al resaltar un elemento simple,
hace más comprensible su forma más compleja, que integra y subordina dicho
elemento. Como lo señala Marx:
[...] la categoría más simple puede expresar las relaciones dominantes
de un todo no desarrollado o las relaciones subordinadas de un todo más
desarrollado, relaciones que existían ya históricamente antes de que el todo se
desarrollara en el sentido expresado por una categoría más concreta. Sólo
entonces el camino del pensamiento abstracto, que se eleva de lo simple a lo
complejo, podría corresponder al proceso histórico real.[2]
En la identificación de estos elementos, las
categorías marxistas deben aplicarse, pues, a la realidad como instrumentos de
análisis y anticipaciones de su desarrollo ulterior. Por otra parte, esas
categorías no pueden reemplazar o mixtificar los fenómenos a que se aplican; es
por ello que el análisis tiene que ponderarlas, sin que esto implique en ningún
caso romper con el hilo del razonamiento marxista, injertándole cuerpos que le
son extraños y que no pueden, por tanto, ser asimilados por él. El rigor conceptual
y metodológico: a esto se reduce en última instancia la ortodoxia marxista.
Cualquier limitación al proceso de investigación que de allí se derive no tiene
ya nada que ver con la ortodoxia, sino tan sólo con el dogmatismo.
1. La integración al mercado mundial
Forjada al calor de la expansión comercial
promovida, en el siglo XVI, por el capitalismo naciente, América Latina se
desarrolla en estrecha consonancia con la dinámica del capital internacional.
Colonia productora de metales preciosos y géneros exóticos, en un principio
contribuyó al aumento del flujo de mercancías y a la expansión de los medios de
pago, que, al tiempo que permitían el desarrollo del capital comercial y
bancario en Europa, apuntalaron el sistema manufacturero europeo y allanaron el
camino a la creación de la gran industria. La revolución industrial, que dará
inicio a ésta, corresponde en América Latina a la independencia política que,
conquistada en las primeras décadas del siglo XIX, hará surgir, con base en la
nervadura demográfica y administrativa tejida durante la colonia, a un conjunto
de países que entran a gravitar en torno a Inglaterra. Los flujos de mercancías
y, posteriormente, de capitales, tienen en ésta su punto de entroncamiento:
ignorándose los unos a los otros, los nuevos países se articularán directamente
con la metrópoli inglesa y, en función de los requerimientos de ésta, entrarán
a producir y a exportar bienes primarios, a cambio de manufacturas de consumo y
—cuando la exportación supera sus importaciones— de deudas.[3]
Es a partir de este momento que las relaciones de
América Latina con los centros capitalistas europeos se insertan en una
estructura definida: la división internacional del trabajo, que determinará el
curso del desarrollo ulterior de la región. En otros términos, es a partir de
entonces que se configura la dependencia, entendida como una relación de
subordinación entre naciones formalmente independientes, en cuyo marco las
relaciones de producción de las naciones subordinadas son modificadas o
recreadas para asegurar la reproducción ampliada de la dependencia. El fruto de
la dependencia no puede ser por ende sino más dependencia, y su liquidación
supone necesariamente la supresión de las relaciones de producción que ella
involucra. En este sentido, la conocida fórmula de Andre Gunder Frank sobre el
“desarrollo del subdesarrollo” es impecable, como impecables son las
conclusiones políticas a que ella conduce.[4] Las críticas que se le han hecho representan muchas veces un paso
atrás en esa formulación, en nombre de precisiones que se pretenden teóricas,
pero que suelen no ir más allá de la semántica.
Sin embargo, y allí reside la debilidad real del
trabajo de Frank, la situación colonial no es lo mismo que la situación de
dependencia. Aunque se dé una continuidad entre ambas, no son homogéneas; como
bien lo dice Canguilhem, “el carácter progresivo de un acontecimiento no
excluye la originalidad del acontecimiento”.[5] La dificultad del análisis teórico está precisamente en captar esa
originalidad y, sobre todo, en discernir el momento en que la originalidad
implica un cambio de cualidad. En lo que se refiere a las relaciones
internacionales de América Latina, si, como señalamos, ésta desempeña un papel
relevante en la formación de la economía capitalista mundial (principalmente
con su producción de metales preciosos en los siglos XVI y XVII, pero sobre
todo en el XVIII, gracias a la coincidencia entre el descubrimiento del oro
brasileño y el auge manufacturero inglés),[6] sólo en el curso del siglo XIX, y específicamente después de 1840,
su articulación con esa economía mundial se realiza plenamente.[7] Esto se explica si consideramos
que no es sino con el surgimiento de la gran industria que se establece en
bases sólidas la división internacional del trabajo.[8]
La creación de la gran industria moderna se habría
visto fuertemente obstaculizada si no hubiera contado con los países
dependientes, y debido realizarse sobre una base estrictamente nacional En
efecto, el desarrollo industrial supone una gran disponibilidad de bienes
agrícolas, que permita la especialización de parte de la sociedad en la
actividad específicamente industrial.[9] En el caso de la industrialización europea, el recurso a la simple
producción agrícola interna hubiera frenado la extremada especialización
productiva que la gran industria hacía posible. El fuerte incremento de la
clase obrera industrial y, en general, de la población urbana ocupada en la
industria y en los servicios, que se verifica en los países industriales en el
siglo pasado, no hubiera podido tener lugar si éstos no hubieran contado con
los medios de subsistencia de origen agropecuario, proporcionados en forma
considerable por los países latinoamericanos. Esto fue lo que permitió
profundizar la división del trabajo y especializar a los países industriales
como productores mundiales de manufacturas.
Pero no se redujo a esto la función cumplida por
América Latina en el desarrollo del capitalismo: a su capacidad para crear una
oferta mundial de alimentos, que aparece como condición necesaria de su
inserción en la economía internacional capitalista, se agregará pronto la de
contribuir a la formación de un mercado de materias primas industriales, cuya
importancia crece en función del mismo desarrollo industrial.)[10] El
crecimiento de la clase trabajadora en los países centrales y la elevación aún
más notable de su productividad, que resultan del advenimiento de la gran
industria, llevaron a que la masa de materias primas volcada al proceso de
producción aumentara en mayor proporción.[11] Esta función, que llegará más tarde a su plenitud, es también la
que se revelaría como la más duradera para América Latina, manteniendo toda su
importancia aun después de que la división internacional del trabajo haya
alcanzado un nuevo estadio.
Lo que importa considerar aquí es que las funciones
que cumple América Latina en la economía capitalista mundial trascienden la
mera respuesta a los requerimientos físicos inducidos por la acumulación en los
países industriales. Más allá de facilitar el crecimiento cuantitativo de
éstos, la participación de América Latina en el mercado mundial contribuirá a
que el eje de la acumulación en la economía industrial se desplace de la
producción de plusvalía absoluta a la de plusvalía relativa, es decir, que la acumulación
pase a depender más del aumento de la capacidad productiva del trabajo que
simplemente de la explotación del trabajador. Sin embargo, el desarrollo de la
producción latinoamericana, que permite a la región coadyuvar a este cambio
cualitativo en los países centrales, se dará fundamentalmente con base en una
mayor explotación del trabajador. Es este carácter contradictorio de la
dependencia latinoamericana, que determina las relaciones de producción en el
conjunto del sistema capitalista, lo que debe retener nuestra atención.
2. El secreto del intercambio
desigual
La inserción de América Latina en la economía
capitalista responde a las exigencias que plantea en los países industriales el
paso a la producción de plusvalía relativa. Esta se entiende como una forma de
explotación del trabajo asalariado que, fundamentalmente con base en la
transformación de las condiciones técnicas de producción, resulta de la
desvalorización real de la fuerza de trabajo. Sin ahondar en la cuestión,
conviene hacer aquí algunas precisiones que se relacionan con nuestro tema.
En lo esencial, se trata de disipar la confusión
que suele establecerse entre el concepto de plusvalía relativa y el de
productividad. En efecto, si bien constituye la condición por excelencia de la
plusvalía relativa, una mayor capacidad productiva del trabajo no asegura de
por sí un aumento de la plusvalía relativa. Al aumentar la productividad, el
trabajador sólo crea más productos en el mismo tiempo, pero no más valor; es
justamente este hecho el que lleva al capitalista individual a procurar el aumento
de productividad, ya que ello le permite rebajar el valor individual de su
mercancía, en relación al valor que las condiciones generales de la producción
le atribuyen, obteniendo así una plusvalía superior a la de sus competidores —o
sea, una plusvalía extraordinaria.
Ahora bien, esa plusvalía extraordinaria altera el
reparto general de la plusvalía entre los diversos capitalistas, al traducirse
en ganancia extraordinaria, pero no modifica el grado de explotación del
trabajo en la economía o en la rama considerada, es decir, no incide en la
cuota de plusvalía. Si el procedimiento técnico que permitió el aumento de
productividad se generaliza a las demás empresas, y por ende se uniforma la
tasa de productividad, ello no acarrea tampoco el aumento de la cuota de plusvalía:
se habrá tan sólo acrecentado la masa de productos, sin hacer variar su valor,
o lo que es lo mismo, el valor social de la unidad de producto se reduciría en
términos proporcionales al aumento de productividad del trabajo. La
consecuencia sería, pues, no el incremento de la plusvalía, sino más bien su
disminución.
Esto se debe a que lo que determina la cuota de
plusvalía no es la productividad del trabajo en sí, sino el grado de
explotación del trabajo, o sea, la relación entre el tiempo de trabajo
excedente (en el que el obrero produce plusvalía) y el tiempo de trabajo
necesario (en el que el obrero reproduce el valor de su fuerza de trabajo, esto
es, el equivalente de su salario).[12] Sólo la alteración de esa proporción, en un sentido favorable al
capitalista, es decir, mediante el aumento del trabajo excedente sobre el
necesario, puede modificar la cuota de plusvalía. Para esto, la reducción del
valor social de las mercancías debe incidir en bienes necesarios a la
reproducción de la fuerza de trabajo, vale decir bienes-salarios. La plusvalía
relativa está ligada indisolublemente, pues, a la desvalorización de los
bienes-salario, para lo que concurre en general, pero, no forzosamente, la
productividad del trabajo.[13]
Esta digresión era indispensable si queremos
entender bien por qué la inserción de América Latina en el mercado mundial
contribuyó a desarrollar el modo de producción específicamente capitalista, que
se basa en la plusvalía relativa. Mencionamos ya que una de las funciones que
le fue asignada, en el marco de la división internacional del trabajo, fue la
de proveer a los países industriales de los alimentos que exigía el crecimiento
de la clase obrera, en particular, y de la población urbana, en general, que
allí se daba. La oferta mundial de alimentos, que América Latina contribuye a
crear, y que alcanza su auge en la segunda mitad del siglo XIX, será un
elemento decisivo para que los países industriales confíen al comercio exterior
la atención de sus necesidades de medios de subsistencia.[14] El efecto de dicha oferta
(ampliado por la depresión de los precios de los productos primarios en el
mercado mundial, tema al que volveremos más adelante) será el de reducir el
valor real de la fuerza de trabajo en los países industriales, permitiendo así
que el incremento de la productividad se traduzca allí en cuotas de plusvalía
cada vez más elevadas. En otros términos, mediante su incorporación al mercado
mundial de bienes-salario, América Latina desempeña un papel significativo en
el aumento de la plusvalía relativa en los países industriales.
Antes de examinar el reverso de la medalla, es
decir, las condiciones internas de producción que permitirán a América Latina
cumplir esa función, cabe indicar que no es sólo a nivel de su propia economía
que la dependencia latinoamericana se revela contradictoria: la participación
de América Latina en el progreso del modo capitalista de producción en los
países industriales será a su vez contradictoria. Esto se debe a que, como
señalamos antes, el aumento de la capacidad productiva del trabajo acarrea un
consumo más que proporcional de materias primas. En la medida en que esa mayor
productividad se acompaña efectivamente de una mayor plusvalía relativa, esto
significa que desciende el valor del capital variable en relación al del
capital constante (que incluye las materias primas), o sea, que se eleva la
composición-valor del capital. Ahora bien, lo que se apropia el capitalista no
es directamente la plusvalía producida, sino la parte de ésta que le
corresponde bajo la forma de ganancia. Como la cuota de ganancia no puede ser
fijada tan sólo en relación al capital variable, sino que sobre el total del
capital avanzado en el proceso de producción, es decir, salarios,
instalaciones, maquinaria, materias primas, etc., el resultado del aumento de
la plusvalía tiende a ser —siempre que implique, aunque sea en términos
relativos, una elevación simultánea del valor del capital constante empleado
para producirla— una baja de la cuota de ganancia.
Esta contradicción, crucial para la acumulación
capitalista, se contrarresta mediante diversos procedimientos, que, desde el
punto de vista estrictamente productivo, se orientan ya en el sentido de
incrementar aún más la plusvalía, a fin de compensar la declinación de la cuota
de ganancia, ya en el de inducir una baja paralela en el valor del capital
constante, con el propósito de impedir que la declinación tenga lugar. En la
segunda clase de procedimientos, interesa aquí el que se refiere a la oferta mundial
de materias primas industriales, la cual aparece como la contrapartida —desde
el punto de vista de la composición-valor del capital— de la oferta mundial de
alimentos. Tal como se da con esta última, es mediante el aumento de una masa
de productos cada vez más baratos en el mercado internacional, como América
Latina no sólo alimenta la expansión cuantitativa de la producción capitalista
en los países industriales, sino que contribuye a que se superen los escollos
que el carácter contradictorio de la acumulación de capital crea para esa
expansión.[15]
Existe, sin embargo, otro aspecto del problema que
debe ser considerado. Trátase del hecho sobradamente conocido de que el aumento
de la oferta mundial de alimentos y materias primas ha sido acompañado de la
declinación de los precios de esos productos, relativamente al precio alcanzado
por las manufacturas.[16]Como
el precio de los productos industriales se mantiene relativamente estable, y en
todo caso declina lentamente, el deterioro de los términos de intercambio está
reflejando de hecho la depreciación de los bienes primarios. Es evidente que
tal depreciación no puede corresponder a la desvalorización real de esos
bienes, debido a un aumento de productividad en los países no industriales, ya
que es precisamente allí donde la productividad se eleva más lentamente.
Conviene, pues, indagar las razones de ese fenómeno, así como las de por qué no
se tradujo en desestímulo para la incorporación de América Latina a la economía
internacional.
El primer paso para responder a esta interrogante
consiste en desechar la explicación simplista que no quiere ver allí sino el
resultado de la ley de oferta y demanda. Si bien es evidente que la
concurrencia desempeña un papel decisivo en la fijación de los precios, ella no
explica por qué, del lado de la oferta, se verifica una expansión acelerada
independientemente de que las relaciones de intercambio se estén deteriorando.
Tampoco se podría interpretar el fenómeno si nos limitáramos a la constatación
empírica de que las leyes mercantiles se han visto falseadas en el plano
internacional gracias a la presión diplomática y militar por parte de las
naciones industriales. Este razonamiento, aunque se apoye en hechos reales,
invierte el orden de los factores, y no ve que la utilización de recursos
extraeconómicos se deriva precisamente de que hay por detrás una base económica
que la hace posible. Ambos tipos de explicación contribuyen, por tanto, a
ocultar la naturaleza de los fenómenos estudiados y conducen a ilusiones sobre
lo que es realmente la explotación capitalista internacional.
No es porque se cometieron abusos en contra de las
naciones no industriales que éstas se han vuelto económicamente débiles, es
porque eran débiles que se abusó de ellas. No es tampoco porque produjeron más
de lo debido que su posición comercial se deterioró, sino que fue el deterioro
comercial lo que las forzó a producir en mayor escala. Negarse a ver las cosas
de esta manera es mixtificar la economía capitalista internacional, es hacer
creer que esa economía podría ser diferente de lo que realmente es. En última
instancia, ello conduce a reivindicar relaciones comerciales equitativas entre
las naciones, cuando de lo que se trata es de suprimir las relaciones
económicas internacionales que se basan en el valor de cambio.
En efecto, a medida que el mercado mundial alcanza
formas más desarrolladas, el uso de la violencia política y militar para
explotar a las naciones débiles se vuelve superfluo, y la explotación
internacional puede descansar progresivamente en la reproducción de relaciones
económicas que perpetúan y amplifican el atraso y la debilidad de esas
naciones. Se verifica aquí el mismo fenómeno que se observa en el interior de
las economías industriales: el uso de la fuerza para someter a la masa
trabajadora al imperio del capital disminuye a medida que entran a jugar
mecanismos económicos que consagran esa subordinación.[17] La
expansión del mercado mundial es la base sobre la cual opera la división
internacional del trabajo entre naciones industriales y no industriales, pero
la contrapartida de esa división es la ampliación del mercado mundial. El
desarrollo de las relaciones mercantiles sienta las bases para que una mejor
aplicación de la ley del valor tenga lugar, pero simultáneamente crea todas las
condiciones para que jueguen los distintos resortes mediante los cuales el
capital trata de burlarla.
Teóricamente, el intercambio de mercancías expresa
el cambio de equivalentes, cuyo valor se determina por la cantidad de trabajo
socialmente necesario que incorporan las mercancías. En la práctica, se
observan diferentes mecanismos que permiten realizar transferencias de valor,
pasando por encima de las leyes del intercambio, y que se expresan en la manera
como se fijan los precios de mercado y los precios de producción de las
mercancías. Conviene distinguir los mecanismos que operan en el interior de la
misma esfera de producción (ya se trate de productos manufacturados o de
materias primas) y los que actúan en el marco de distintas esferas que se
interrelacionan. En el primer caso, las transferencias corresponden a
aplicaciones específicas de las leyes del intercambio, en el segundo adoptan
más abiertamente el carácter de transgresión de ellas.
Es así como, por efecto de una mayor productividad
del trabajo, una nación puede presentar precios de producción inferiores a sus
concurrentes, sin por ello bajar significativamente los precios de mercado que
las condiciones de producción de éstos contribuyen a fijar. Esto se expresa,
para la nación favorecida, en una ganancia extraordinaria, similar a la que
constatamos al examinar de qué manera se apropian los capitales individuales el
fruto de la productividad del trabajo. Es natural que el fenómeno se presente
sobre todo a nivel de la concurrencia entre las naciones industriales, y menos
entre las que producen bienes primarios, ya que es entre las primeras que las
leyes capitalistas de intercambio se ejercen de manera plena; esto no quiere
decir que no se verifique también entre estas últimas, máxime cuando se
desarrollan allí las relaciones capitalistas de producción.
En el segundo caso —transacciones entre naciones
que intercambian distintas clases de mercancías, como manufacturas y materias
primas— el mero hecho de que unas produzcan bienes que las demás no producen, o
no lo pueden hacer con la misma facilidad, permite que las primeras eludan la
ley del valor, es decir, vendan sus productos a precios superiores a su valor,
configurando así un intercambio desigual. Esto implica que las naciones
desfavorecidas deban ceder gratuitamente parte del valor que producen, y que
esta cesión o transferencia se acentúe en favor de aquel país que les vende
mercancías a un precio de producción más bajo, en virtud de su mayor
productividad. En este último caso, la transferencia de valor es doble, aunque
no necesariamente aparezca así para la nación que transfiere valor, ya que sus
diferentes proveedores pueden vender todos a un mismo precio, sin perjuicio de
que las ganancias realizadas se distribuyan desigualmente entre ellos y que la
mayor parte del valor cedido se concentre en manos del país de productividad
más elevada.
Frente a estos mecanismos de transferencia de
valor, fundados sea en la productividad, sea en el monopolio de producción,
podemos identificar —siempre al nivel de las relaciones internacionales de
mercado— un mecanismo de compensación. Trátase del recurso al incremento de
valor intercambiado, por parte de la nación desfavorecida: sin impedir la
transferencia operada por los mecanismos ya descritos, esto permite
neutralizarla total o parcialmente mediante el aumento del valor realizado.
Dicho mecanismo de compensación puede verificarse tanto en el plano del
intercambio de productos similares como de productos originarios de diferentes
esferas de producción. Nos preocupamos aquí sólo del segundo caso.
Lo que importa señalar es que, para incrementar la
masa de valor producida, el capitalista debe necesariamente echar mano de una
mayor explotación del trabajo, ya a través del aumento de su intensidad, ya
mediante la prolongación de la jornada de trabajo, ya finalmente combinando los
dos procedimientos. En rigor, sólo el primero —el aumento de la intensidad del
trabajo— contrarresta realmente las desventajas resultantes de una menor
productividad del trabajo, ya que permite la creación de más valor en el mismo
tiempo de trabajo. En los hechos, todos concurren a aumentar la masa de valor
realizada y, por ende, la cantidad de dinero obtenida a través del intercambio.
Esto es lo que explica, en este plano del análisis, que la oferta mundial de
materias primas y alimentos aumente a medida que se acentúa el margen entre sus
precios de mercado y el valor real de la producción.[18]
Lo que aparece claramente, pues, es que las
naciones desfavorecidas por el intercambio desigual no buscan tanto corregir el
desequilibrio entre los precios y el valor de sus mercancías exportadas (lo que
implicaría un esfuerzo redoblado para aumentar la capacidad productiva del
trabajo), sino más bien compensar la pérdida de ingresos generados por el
comercio internacional, a través del recurso a una mayor explotación del
trabajador. Llegamos así a un punto en que ya no nos basta con seguir manejando
simplemente la noción de intercambio entre naciones, sino que debemos encarar
el hecho de que, en el marco de este intercambio, la apropiación del valor
realizado encubre la apropiación de una plusvalía que se genera mediante la
explotación del trabajo en el interior de cada nación. Bajo este ángulo, la
transferencia de valor es una transferencia de plusvalía, que se presenta,
desde el punto de vista del capitalista que opera en la nación desfavorecida,
como una baja de la cuota de plusvalía y por ende de la cuota de ganancia. Así,
la contrapartida del proceso mediante el cual América Latina contribuyó a
incrementar la cuota de plusvalía y la cuota de ganancia en los países
industriales implicó para ella efectos rigurosamente opuestos. Y lo que
aparecía como un mecanismo de compensación a nivel del mercado es de hecho un
mecanismo que opera a nivel de la producción interna. Es hacia esta esfera que
debemos desplazar por tanto el enfoque de nuestro análisis.
3. La superexplotación del trabajo
Vimos que el problema que plantea el intercambio
desigual para América Latina no es precisamente el de contrarrestar la
transferencia de valor que implica, sino más bien el de compensar una pérdida
de plusvalía, y que, incapaz de impedirla al nivel de las relaciones de
mercado, la reacción de la economía dependiente es compensarla en el plano de
la producción interna. El aumento de la intensidad del trabajo aparece, en esta
perspectiva, como un aumento de plusvalía, logrado a través de una mayor
explotación del trabajador y no del incremento de su capacidad productiva. Lo
mismo se podría decir de la prolongación de la jornada de trabajo, es decir,
del aumento de la plusvalía absoluta en su forma clásica; a diferencia del
primero, se trata aquí de aumentar simplemente el tiempo de trabajo excedente,
que es aquél en el que el obrero sigue produciendo después de haber creado un
valor equivalente al de los medios de subsistencia para su propio consumo.
Habría que señalar, finalmente, un tercer procedimiento, que consiste en
reducir el consumo del obrero más allá de su límite normal, por lo cual “el
fondo necesario de consumo del obrero se convierte de hecho, dentro de
ciertos límites, en un fondo de acumulación de capital”,[19] implicando así un modo
específico de aumentar el tiempo de trabajo excedente.
Precisemos aquí que el empleo de categorías que se
refieren a la apropiación del trabajo excedente en el marco de relaciones
capitalistas de producción no implica el supuesto de que la economía
exportadora latinoamericana se da ya sobre la base de la producción
capitalista. Recurrimos a dichas categorías en el espíritu de las observaciones
metodológicas que avanzamos al iniciar este trabajo, o sea, porque permiten
caracterizar mejor los fenómenos que pretendemos estudiar y también porque
indican la dirección hacia la cual éstos tienden. Por otra parte, no es en
rigor necesario que exista el intercambio desigual para que empiecen a jugar
los mecanismos de extracción de plusvalía mencionados; el simple hecho de la
vinculación al mercado mundial, y la conversión consiguiente de la producción
de valores de uso a la de valores de cambio que ello acarrea, tiene como
resultado inmediato desatar un afán de ganancia que se vuelve tanto más
desenfrenado cuanto más atrasado es el modo de producción existente. Como lo señala
Marx, “[...] tan pronto como los pueblos cuyo régimen de producción se venía
desenvolviendo en las formas primitivas de la esclavitud, prestaciones de
vasallaje, etc., se ven atraídos al mercado mundial, en el que impera el
régimen capitalista de producción y donde se impone a todo el interés de dar
salida a los productos para el extranjero, los tormentos bárbaros de la
esclavitud, de la servidumbre de la gleba, etc., se ven acrecentados por los
tormentos civilizados del trabajo excedente”.[20] El efecto del intercambio desigual es —en la medida que le pone
obstáculos a su plena satisfacción— el de exacerbar ese afán de ganancia y
agudizar por tanto los métodos de extracción del trabajo excedente.
Ahora bien, los tres mecanismos identificados —la
intensificación del trabajo, la prolongación de la jornada de trabajo y la
expropiación de parte del trabajo necesario al obrero para reponer su fuerza de
trabajo— configuran un modo de producción fundado exclusivamente en la mayor
explotación del trabajador, y no en el desarrollo de su capacidad productiva.
Esto es congruente con el bajo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas
en la economía latinoamericana, pero también con los tipos de actividades que
allí se realizan. En efecto, más que en la industria fabril, donde un aumento
de trabajo implica por lo menos un mayor gasto de materias primas, en la
industria extractiva y en la agricultura el efecto del aumento de trabajo sobre
los elementos del capital constante son mucho menos sensibles, siendo posible,
por la simple acción del hombre sobre la naturaleza, incrementar la riqueza
producida sin un capital adicional.[21] Se entiende que en estas circunstancias, la actividad productiva
se basa sobre todo en el uso extensivo e intensivo de la fuerza de trabajo:
esto permite bajar la composición-valor del capital, lo que, aunado a la
intensificación del grado de explotación del trabajo, hace que se eleven
simultáneamente las cuotas de plusvalía y de ganancia.
Importa señalar además que, en los tres mecanismos
considerados, la característica esencial está dada por el hecho de que se le
niega al trabajador las condiciones necesarias para reponer el desgaste de su
fuerza de trabajo: en los dos primeros casos, porque se le obliga a un
dispendio de fuerza de trabajo superior al que debería proporcionar
normalmente, provocándose así su agotamiento prematuro, en el último, porque se
le retira incluso la posibilidad de consumir lo estrictamente indispensable
para conservar su fuerza de trabajo en estado normal. En términos capitalistas,
estos mecanismos (que además se pueden dar, y normalmente se dan, en forma
combinada) significan que el trabajo se remunera por debajo de su valor,[22] y corresponden, pues, a una
superexplotación del trabajo.
Es lo que explica que haya sido precisamente en las
zonas dedicadas a la producción para la exportación donde el régimen de trabajo
asalariado se impuso primero, iniciando el proceso de transformación de las
relaciones de producción en América Latina. Es útil tener presente que la
producción capitalista supone la apropiación directa de la fuerza de trabajo, y
no sólo de los productos del trabajo; en este sentido, la esclavitud es un modo
de trabajo que se adecua más al capital que la servidumbre, no siendo accidental
que las empresas coloniales directamente conectadas con los centros
capitalistas europeos —como las minas de oro y plata de México y Perú, o las
plantaciones cañeras de Brasil— se asentaran sobre el trabajo esclavo.[23] Pero, salvo en la hipótesis de
que la oferta de trabajo sea totalmente elástica (lo que no se verifica con la
mano de obra esclava en América Latina, a partir de la segunda mitad del siglo
XIX), el régimen de trabajo esclavo constituye un obstáculo al rebajamiento
indiscriminado de la remuneración del trabajador. “En el caso del esclavo
el salario mínimo aparece como una magnitud constante,
independiente de su trabajo. En el caso del trabajador libre este valor de su
capacidad de trabajo y el salario medio que
corresponde al mismo no están contenidos dentro de esos límites predestinados,
independientes de su propio trabajo, determinados por sus necesidades puramente
físicas. La media es aquí más o menos constante para
la clase, como el valor de todas las mercancías, pero no
existe en esta realidad inmediata para el obrero individual cuyo
salario puede estar por encima o por debajo de ese mínimo.”[24] En otros términos, el régimen
de trabajo esclavo, salvo condiciones excepcionales del mercado de mano de
obra, es incompatible con la superexplotación del trabajo. No pasa lo mismo con
el trabajo asalariado y, en menor medida, con el trabajo servil.
Insistamos en este punto. La superioridad del
capitalismo sobre las demás formas de producción mercantil, y su diferencia
básica en relación a ellas, reside en que lo que transforma en mercancía no es
al trabajador —o sea, el tiempo total de existencia del trabajador, con todos
los puntos muertos que éste implica desde el punto de vista de la producción—
sino más bien su fuerza de trabajo, es decir, el tiempo de su existencia
utilizable para la producción, dejando al mismo trabajador el cuidado de hacerse
cargo del tiempo no productivo, desde el punto de vista capitalista. Es ésta la
razón por la cual, al subordinarse una economía esclavista al mercado
capitalista mundial, la agudización de la explotación del esclavo se acentúa,
ya que interesa entonces a su propietario reducir sus tiempos muertos para la
producción y hacer coincidir el tiempo productivo con el tiempo de existencia
del trabajador.
Pero, como señala Marx, “el esclavista compra
obreros como podría comprar caballos. Al perder al esclavo, pierde un capital
que se ve obligado a reponer mediante una nueva inversión en el mercado de
esclavos”.[25] La superexplotación del
esclavo, que prolonga su jornada de trabajo más allá de los límites
fisiológicos admisibles y se salda necesariamente con su agotamiento prematuro,
por muerte o incapacidad, sólo puede darse, pues, si es posible reponer con facilidad
la mano de obra desgastada. “Los campos de arroz de Georgia y., los pantanos
del Misisipi influyen tal vez de un modo fatalmente destructor sobre la
constitución humana; sin embargo, este arrasamiento de vidas humanas no es tan
grande, que no pueda ser compensado por los cercados rebosantes de Virginia y
Kentucky. Aquellos miramientos económicos que podían ofrecer una especie de
salvaguardia del trato humano dado a los esclavos mientras la conservación de
la vida de éstos se identificaba con el interés de sus señores, se trocaron al
implantarse el comercio de esclavos, en otros tantos motivos de estrujamiento
implacable de sus energías, pues tan pronto como la vacante producida por un
esclavo puede ser cubierta mediante la importación de negros de otros cercados,
la duración de su vida cede en importancia, mientras dura, a su
productividad.”[26] La evidencia contraria prueba lo mismo: en el Brasil de la segunda mitad
del siglo pasado, cuando se iniciaba el auge del café el hecho de que el
tráfico de esclavos hubiera sido suprimido en 1850 hizo la mano de obra esclava
tan poco atractiva a los terratenientes del sur que éstos prefirieron acudir al
régimen asalariado, mediante la inmigración europea, además de favorecer una
política tendiente a suprimir la esclavitud. Recordemos que una parte importante
de la población esclava se encontraba en la decadente zona azucarera del
nordeste y que el desarrollo del capitalismo agrario en el sur imponía su
liberación, a fin de constituir un mercado libre de trabajo. La creación de ese
mercado, con la ley de abolición de la esclavitud en 1888, que culminaba una
serie de medidas graduales en esa dirección (como la condición de hombre libre
acordada a los hijos de esclavos, etc.), constituye un fenómeno, de lo más
interesante; por un lado, se definía como una medida extremadamente radical,
que liquidaba las bases de la sociedad imperial (la monarquía sobrevivirá poco
más de un año a la ley de 1888) y llegaba incluso a negar cualquier tipo de
indemnización a los antiguos propietarios de esclavos; por otra parte, buscaba
compensar el impacto de su efecto, a través de medidas destinadas a atar el
trabajador a la tierra (la inclusión de un artículo en el código civil que
vinculaba a la persona las deudas contraídas; el sistema de “barracão”,
verdadero monopolio del comercio de bienes de consumo ejercido por el
latifundista en el interior de la hacienda, etc.) y del otorgamiento de
créditos generosos a los terratenientes afectados.
El sistema mixto de servidumbre y de trabajo
asalariado que se establece en Brasil, al desarrollarse la economía de
exportación para el mercado mundial, es una de las vías por las cuales América
Latina llega al capitalismo. Observemos que la forma que adoptan las relaciones
de producción en ese caso no se diferencia mucho del régimen de trabajo que se
establece, por ejemplo, en las minas salitreras chilenas, cuyo “sistema de
fichas” equivale al “barracão”. En otras situaciones, que se dan sobre todo en el
proceso de subordinación del interior a las zonas de exportación, las
relaciones de explotación pueden presentarse más nítidamente como relaciones
serviles, sin que ello obste que, mediante la extorsión del plusproducto al
trabajador por la acción del capital comercial o usurario, el trabajador se vea
implicado en una explotación directa por el capital, que tiende incluso a
asumir un carácter de superexplotación.[27] Sin embargo, la servidumbre presenta, para el capitalista, el
inconveniente de que no le permite dirigir directamente la producción, además
de plantear siempre la posibilidad, aunque sea teórica, de que el productor
inmediato se emancipe de la dependencia en que lo pone el capitalista.
No es, sin embargo, nuestro propósito estudiar aquí
las formas económicas particulares que existían en América Latina antes que
ésta ingresara efectivamente a la etapa capitalista de producción, ni las vías
a través de las cuales tuvo lugar la transición. Lo que pretendemos es tan sólo
fijar la pauta en que ha de llevarse a cabo ese estudio, pauta que corresponde
al movimiento real de la formación del capitalismo dependiente: de la
circulación a la producción, de la vinculación al mercado mundial al impacto
que ello acarrea sobre la organización interna del trabajo, para volver
entonces a replantear el problema de la circulación. Porque es propio
del capital crear su propio modo de circulación, y/o de esto depende la
reproducción ampliada en escala mundial del modo de producción capitalista:
[...] ya que sólo el capital implica las condiciones de producción del
capital, ya que sólo él satisface esas condiciones y busca realizarlas, su
tendencia general es la de formar por todas partes las bases de la circulación,
los centros productores de ésta, y asimilarlas, es decir, convertirlas en
centros de producción virtual o efectivamente creadores de capital.[28]
Una vez convertida en centro productor de capital,
América Latina deberá crear, pues, su propio modo de circulación, el
cual no puede ser el mismo que el que fue engendrado por el capitalismo
industrial y que dio lugar a la dependencia. Para constituir un todo complejo,
hay que recurrir a elementos simples combinables entre sí, pero no iguales.
Comprender la especificidad del ciclo del capital en la economía dependiente
latinoamericana significa por tanto iluminar el fundamento mismo de su
dependencia en relación a la economía capitalista mundial.
4. El ciclo del capital en la
economía dependiente
Desarrollando su economía mercantil, en función del
mercado mundial, América Latina es llevada a reproducir en su seno las
relaciones de producción que se encontraban en el origen de la formación de ese
mercado, y que determinaban su carácter y su expansión.[29] Pero ese proceso estaba marcado
por una profunda contradicción: llamada a coadyuvar a la acumulación de capital
con base en la capacidad productiva del trabajo, en los países centrales,
América Latina debió hacerlo mediante una acumulación fundada en la
superexplotación del trabajador. En esta contradicción radica la esencia de la
dependencia latinoamericana.
La base real sobre la cual ésta se desarrolla son
los lazos que ligan a la economía latinoamericana con la economía capitalista
mundial. Nacida para atender a las exigencias de la circulación capitalista,
cuyo eje de articulación está constituido por los países industriales, y
centrada pues sobre el mercado mundial, la producción latinoamericana no
depende para su realización de la capacidad interna de consumo. Se opera así,
desde el punto de vista de país dependiente, la separación de los dos momentos fundamentales
del ciclo del capital —la producción y la circulación de mercancías— cuyo
efecto es hacer que aparezca de manera específica en la economía
latinoamericana la contradicción inherente a la producción capitalista en
general, es decir, la que opone el capital al trabajador en tanto que vendedor
y comprador de mercancías.[30]
Se trata de un punto clave para entender el
carácter de la economía latinoamericana. Inicialmente, hay que considerar que,
en los países industriales, cuya acumulación de capital se basa en la
productividad del trabajo, esa oposición que genera el doble carácter del
trabajador —productor y consumidor—, aunque sea efectiva, se ve en cierta
medida contrarrestada por la forma que asume el ciclo del capital. Es así como,
pese a que el capital privilegia el consumo productivo del trabajador (o sea,
el consumo de medios de producción que implica el proceso de trabajo), y se
inclina a desestimar su consumo individual (que el trabajador emplea para
reponer su fuerza de trabajo), el cual le aparece como consumo improductivo,[31] esto se da exclusivamente en el
momento de la producción. Al abrirse la fase de realización, esta contradicción
aparente entre el consumo individual de los trabajadores y la reproducción del
capital desaparece, una vez que dicho consumo (sumado al de los capitalistas y
de las capas improductivas en general) restablece al capital la forma que le es
necesaria para empezar un nuevo ciclo, es decir, la forma dinero. El consumo
individual de los trabajadores representa, pues, un elemento decisivo en la
creación de demanda para las mercancías producidas, siendo una de las
condiciones para que el flujo de la producción se resuelva adecuadamente en el
flujo de la circulación.[32] A través de la mediación que
establece la lucha entre obreros y patrones en torno a la fijación del nivel de
los salarios, los dos tipos de consumo del obrero tienden así a complementarse,
en el curso del ciclo del capital, superando la situación inicial de oposición
en que se encontraban. Esta es, por lo demás, una de las razones por las cuales
la dinámica del sistema tiende a encauzarse a través de la plusvalía relativa,
que implica, en última instancia, el abaratamiento de las mercancías que entran
en la composición del consumo individual del trabajador.
En la economía exportadora latinoamericana, las
cosas se dan de otra manera. Como la circulación se separa de la producción y
se efectúa básicamente en el ámbito del mercado externo, el consumo individual
del trabajador no interfiere en la realización del producto, aunque sí
determine la cuota de plusvalía. En consecuencia, la tendencia natural del
sistema será la de explotar al máximo la fuerza de trabajo del obrero, sin
preocuparse de crear las condiciones para que éste la reponga, siempre y cuando
se le pueda reemplazar mediante la incorporación de nuevos brazos al proceso
productivo. Lo dramático para la población trabajadora de América Latina es que
este supuesto se cumplió ampliamente: la existencia de reservas de mano de obra
indígena (como en México) o los flujos migratorios derivados del desplazamiento
de mano de obra europea, provocado por el progreso tecnológico (como en
Sudamérica), permitieron aumentar constantemente la masa trabajadora, hasta
principios de este siglo. Su resultado ha sido el de abrir libre curso a la
compresión del consumo individual del obrero y, por tanto, a la
superexplotación del trabajo.
La economía exportadora es, pues, algo más que el
producto de una economía internacional fundada en la especialización
productiva: es una formación social basada en el modo capitalista de
producción, que acentúa hasta el límite las contradicciones que le son propias.
Al hacerlo, configura de manera específica las relaciones de explotación en que
se basa, y crea un ciclo de capital que tiende a reproducir en escala ampliada
la dependencia en que se encuentra frente a la economía internacional.
Es así como el sacrificio del consumo individual de
los trabajadores en aras de la exportación al mercado mundial deprime los
niveles de demanda interna y erige al mercado mundial en única salida para la
producción. Paralelamente, el incremento de las ganancias que de esto se deriva
pone al capitalista en condiciones de desarrollar expectativas de consumo sin
contrapartida en la producción interna (orientada hacia el mercado mundial),
expectativas que tienen que satisfacerse a través de importaciones. La separación
entre el consumo individual fundado en el salario y el consumo individual
engendrado por la plusvalía no acumulada da, pues, origen a una estratificación
del mercado interno, que es también una diferenciación de esferas de
circulación: mientras la esfera “baja”, en que participan los trabajadores —que
el sistema se esfuerza por restringir— se basa en la producción interna, la
esfera “alta” de circulación, propia a los no trabajadores —que es la que el
sistema tiende a ensanchar—, se entronca con la producción externa, a través
del comercio de importación.
La armonía que se establece, a nivel del mercado
mundial, entre la exportación de materias primas y alimentos, por parte de
América Latina, y la importación de bienes de consumo manufacturados europeos,
encubre la dilaceración de la economía latinoamericana, expresada por la
escisión del consumo individual total en dos esferas contrapuestas. Cuando,
llegado el sistema capitalista mundial a un cierto grado de su desarrollo,
América Latina ingrese en la etapa de la industrialización, deberá hacerlo a
partir de las bases creadas por la economía de exportación. La profunda
contradicción que habrá caracterizado al ciclo del capital de esa economía, y
sus efectos sobre la explotación del trabajo, incidirán de manera decisiva en
el curso que tomará la economía industrial latinoamericana, explicando muchos
de los problemas y de las tendencias que en ella se presentan actualmente.
5. El proceso de industrialización
No cabe aquí entrar a analizar el proceso de
industrialización en América Latina, ni mucho menos tomar partido en la actual
controversia sobre el papel que en ese proceso desempeñó la sustitución de
importaciones.[33] Para
los fines que nos hemos propuesto, es suficiente hacer notar que, por
significativo que hubiera sido el desarrollo industrial en el seno de la
economía exportadora (y, por consiguiente, en la extensión del mercado
interno), en países como Argentina, México, Brasil y otros, no llegó nunca a
conformar una verdadera economía industrial, que, definiendo el carácter y el
sentido de la acumulación de capital, acarreara un cambio cualitativo en el
desarrollo económico de esos países. Por el contrario, la industria siguió
siendo allí una actividad subordinada a la producción y exportación de bienes
primarios, que constituían, éstos sí, el centro vital del proceso de
acumulación.[34] Es
tan sólo cuando la crisis de la economía capitalista internacional,
correspondiente al periodo que media entre la primera y la segunda guerras
mundiales, obstaculiza la acumulación basada en la producción para el mercado
externo, que el eje de la acumulación se desplaza hacia la industria, dando
origen a la moderna economía industrial que prevalece en la región.
Desde el punto de vista que nos interesa, esto
significa que la esfera alta de la circulación, que se articulaba con la oferta
externa de bienes manufacturados de consumo, disloca su centro de gravedad
hacia la producción interna, pasando su parábola a coincidir grosso modo con la
que describe la esfera baja, propia a las masas trabajadoras. Pareciera ser,
así, que el movimiento excéntrico que presentaba la economía exportadora
empezaba a corregirse, y que el capitalismo dependiente se orientaba en el sentido
de una configuración similar a la de los países industriales clásicos. Fue
sobre esta base que prosperaron, en la década de 1950, las distintas corrientes
llamadas desarrollistas, que suponían que los problemas económicos y sociales
que aquejaban a la formación social latinoamericana se debían a una
insuficiencia de su desarrollo capitalista, y que la aceleración de éste
bastaría para hacerlos desaparecer.
De hecho, las similitudes aparentes de la economía
industrial dependiente con la economía industrial clásica encubrían profundas
diferencias, que el desarrollo capitalista acentuaría en lugar de atenuar. La
reorientación hacia el interior de la demanda generada por la plusvalía no
acumulada implicaba ya un mecanismo específico de creación del mercado interno
radicalmente distinto del que operara en la economía clásica y que tendría
graves repercusiones en la forma que asumiría la economía industrial dependiente.
En la economía capitalista clásica, la formación
del mercado interno representa la contrapartida de la acumulación del capital:
al separar al productor de los medios de producción, el capital no sólo crea al
asalariado, es decir, al trabajador que sólo dispone de su fuerza de trabajo,
sino que también crea al consumidor. En efecto, los medios de subsistencia del
obrero, antes producidos directamente por él, se incorporan al capital, como
elemento material del capital variable, y sólo se restituyen al trabajador una
vez que éste compra su valor bajo la forma de salario.[35] Existe, pues, una estrecha correspondencia entre el ritmo de la
acumulación y el de la expansión del mercado. La posibilidad que tiene el
capitalista industrial de obtener en el exterior, a precio bajo, los alimentos
necesarios al trabajador, conduce a estrechar el nexo entre la acumulación y el
mercado, una vez que aumenta la parte del consumo individual del obrero
dedicada a la absorción de productos manufacturados. Es por ello que la producción
industrial, en ese tipo de economía, se centra básicamente en los bienes de
consumo popular y procura abaratarlos, una vez que inciden directamente en el
valor de la fuerza de trabajo y por tanto —en la medida en que las condiciones
en que se da la lucha entre obreros y patrones tiende a acercar a los salarios
a ese valor— en la cuota de plusvalía. Vimos ya que ésta es la razón
fundamental por la cual la economía capitalista clásica debe orientarse hacia
el aumento de la productividad del trabajo.
El desarrollo de la acumulación basada en la
productividad del trabajo tiene como resultado el aumento de la plusvalía, y,
en consecuencia, de la demanda creada por la parte de ésta que no se acumula.
En otros términos, crece el consumo individual de las clases no productoras,
con lo que se ensancha la esfera de la circulación que les corresponde. Esto no
sólo impulsa el crecimiento de la producción de bienes de consumo
manufacturados, en general, sino también el de la producción de artículos
suntuarios.[36] La
circulación tiende pues a escindirse en dos esferas, de manera similar a lo que
constatamos en la economía latinoamericana de exportación, pero con una
diferencia sustancial: la expansión de la esfera superior es una consecuencia
de la transformación de las condiciones de producción, y se hace posible en la
medida que, aumentando la productividad del trabajo, la parte del consumo
individual total que corresponde al obrero disminuye en términos reales. La
ligazón existente entre las dos esferas de consumo se distiende, pero no se
rompe.
Otro factor contribuye a impedir que la ruptura se
realice: es la forma en que se amplía el mercado mundial. La demanda adicional
de productos suntuarios que crea el mercado exterior es necesariamente
limitada, primero porque, cuando el comercio se ejerce entre naciones que
producen esos bienes, el avance de una nación implica el retroceso de otra, lo
que suscita por parte de la última mecanismos de defensa; y luego porque, en el
caso del intercambio con los países dependientes, esa demanda se restringe a las
clases altas, y se ve así constreñida por la fuerte concentración del ingreso
que implica la superexplotación del trabajo. Para que la producción de bienes
de lujo pueda pues expandirse, esos bienes tienen que cambiar de carácter, o
sea, convertirse en productos de consumo popular en el interior mismo
de la economía industrial. Las circunstancias que permiten hacer subir
allí los salarios reales, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, a las
cuales no es ajena la desvalorización de los alimentos y la posibilidad de
redistribuir internamente parte del excedente sustraído a las naciones
dependientes, ayudan, en la medida que amplían el consumo individual de los
trabajadores, a contrarrestar las tendencias disruptivas que actúan a nivel de
la circulación. La industrialización[37] latinoamericana
se da sobre bases distintas. La compresión permanente que ejercía la economía
exportadora sobre el consumo individual del trabajador no permitió sino la
creación de una industria débil, que sólo se ensanchaba cuando factores externos
(como las crisis comerciales, coyunturalmente, y la limitación de los
excedentes de la balanza comercial, por las razones ya señaladas) cerraban
parcialmente el acceso de la esfera alta de consumo al comercio de importación.[38] Es
la mayor incidencia de esos factores, como vimos, lo que acelera el crecimiento
industrial, a partir de cierto momento, y provoca el cambio cualitativo del
capitalismo dependiente. La industrialización latinoamericana no crea, por
tanto, como en las economías clásicas, su propia demanda, sino que nace para
atender a una demanda pre-existente, y se estructurará en función de los
requerimientos de mercado procedentes de los países avanzados.
En los comienzos de la industrialización, la
participación de los trabajadores en la creación de demanda no juega pues un
papel significativo en América Latina. Operando en el marco de una estructura
de mercado previamente dada, cuyo nivel de precios actuaba en el sentido de
impedir el acceso del consumo popular, la industria no tenía razones para
aspirar a una situación distinta. La capacidad de demanda era, en aquel
momento, superior a la oferta, por lo que no se presentaba al capitalista el
problema de crear mercado para sus mercancías, sino más bien una situación
inversa. Por otra parte, aun cuando la oferta llegue a equilibrarse con la
demanda —lo que se producirá más adelante— ello no planteará de inmediato al
capitalista la ampliación del mercado, llevándolo antes a jugar sobre el margen
entre el precio de mercado y el precio de producción, o sea, sobre el aumento
de la masa de ganancia en función del precio unitario del producto. Para ello,
el capitalista industrial forzará, por un lado, el alza de precios,
aprovechándose la situación monopolística creada de hecho por la crisis del
comercio mundial y reforzada por las barreras aduaneras. Por otro lado, y dado
que el bajo nivel tecnológico hace que el precio de producción se determine
fundamentalmente por los salarios, el capitalista industrial se valdrá del
excedente de mano de obra creado por la misma economía exportadora y agravado
por la crisis que ésta experimenta (crisis que obliga al sector exportador a
liberar mano de obra), para presionar a los salarios en el sentido de la baja.
Ello le permitirá absorber grandes masas de trabajo, lo que, acentuado por la
intensificación del trabajo y la prolongación de la jornada, acelerará la
concentración de capital en el sector industrial.
Arrancando, pues, del modo de circulación que
caracterizara a la economía exportadora, la economía industrial dependiente
reproduce, en forma específica, la acumulación de capital basada en la
superexplotación del trabajador. En consecuencia, reproduce también el modo de
circulación que corresponde a ese tipo de acumulación, aunque de manera
modificada: ya no es la disociación entre la producción y la circulación de
mercancías en función del mercado mundial lo que opera, sino la separación
entre la esfera alta y la esfera baja de la circulación en el interior mismo de
la economía, separación que, al no ser contrarrestada por los factores
que actúan en la economía capitalista clásica, adquiere un carácter mucho más
radical.
Dedicada a la producción de bienes que no entran, o
entran muy escasamente, en la composición del consumo popular, la producción
industrial latinoamericana es independiente de las condiciones de salario
propias a los trabajadores; esto en dos sentidos. En primer lugar porque, al no
ser un elemento esencial del consumo individual del obrero, el valor de las
manufacturas no determina el valor de la fuerza de trabajo; no será, pues, la
desvalorización de las manufacturas lo que influirá en la cuota de plusvalía.
Esto dispensa al industrial de preocuparse de aumentar la productividad del
trabajo para, haciendo bajar el valor de la unidad de producto, depreciar la
fuerza de trabajo, y lo lleva, inversamente, a buscar el aumento de la
plusvalía a través de una mayor explotación —intensiva y extensiva— del
trabajador, así como la rebaja de salarios más allá de su límite normal. En
segundo lugar, porque la relación inversa que de ahí se deriva para la
evolución de la oferta de mercancías y del poder de compra de los obreros, es
decir, el hecho de que la primera crezca a costa de la reducción del segundo,
no le crea al capitalista problemas en la esfera de la circulación, una vez
que, como hicimos notar, las manufacturas no son elementos esenciales en el
consumo individual del obrero.
Dijimos anteriormente que a una determinada altura
del proceso, que varía según los países,[39] la
oferta industrial coincide a grandes rasgos con la demanda existente,
constituida por la esfera alta de la circulación. Surge entonces la necesidad
de generalizar el consumo de manufacturas, lo que corresponde a aquel momento
en el que, en la economía clásica, los bienes suntuarios debieron convertirse
en bienes de consumo popular. Ello da lugar a dos tipos de adaptaciones en la
economía industrial dependiente: la ampliación del consumo de las capas medias,
que se genera a partir de la plusvalía no acumulada, y el esfuerzo para
aumentar la productividad del trabajo, condición sine qua non para abaratar las
mercancías.
El segundo movimiento tendería, normalmente, a
provocar un cambio cualitativo en la base de la acumulación de capital,
permitiendo al consumo individual del obrero modificar su composición e incluir
bienes manufacturados. Si actuara solo, llevaría al desplazamiento del eje de
la acumulación, de la explotación del trabajador al aumento de la capacidad
productiva del trabajo. No obstante, es parcialmente neutralizado por la
ampliación del consumo de los sectores medios: éste supone, en efecto, el
incremento de los ingresos que perciben dichos sectores, ingresos que, como
sabemos, se derivan de la plusvalía y, en consecuencia, de la compresión del
nivel salarial de los trabajadores. La transición de un modo de acumulación a
otro se hace, pues, difícil y se realiza con extremada lentitud, pero es
suficiente para desencadenar un mecanismo que a la larga actuará en el sentido
de obstaculizar la transición, desviando hacia un nuevo cauce la búsqueda de
soluciones a los problemas de realización encarados por la economía industrial.
Ese mecanismo es el recurso a la tecnología
extranjera, destinado a elevar la capacidad productiva del trabajo.
6. El nuevo anillo de la espiral
Es un hecho conocido que, a medida que avanza la
industrialización latinoamericana, se altera la composición de sus
importaciones, mediante la reducción del renglón relativo a bienes de consumo y
su reemplazo por materias primas, productos semielaborados y maquinaria
destinados a la industria. Sin embargo, la crisis permanente del sector externo
de los países de la región no habría permitido que las necesidades crecientes
en elementos materiales del capital constante se pudieran satisfacer
exclusivamente a través del intercambio comercial. Es por ello que adquiere
singular importancia la importación de capital extranjero, bajo la forma de
financiamiento e inversiones directas en la industria.
Las facilidades que América Latina encuentra en el
exterior para recurrir a la importación de capital no son accidentales. Se
deben a la nueva configuración que asume la economía internacional capitalista
en el periodo de la posguerra. Hacia 1950, ésta había superado la crisis que la
afectara, a partir de la década de 1910, y se encontraba ya reorganizada bajo
la égida norteamericana. El avance logrado por la concentración del capital en
escala mundial pone entonces en manos de las grandes corporaciones imperialistas
una abundancia de recursos, que necesitan buscar aplicación en el exterior. El
rasgo significativo del periodo es que ese flujo de capital hacia la periferia
se orienta de manera preferente hacia el sector industrial.
Para esto, concurre el hecho de que, mientras duró
la desorganización de la economía mundial, se desarrollaron bases industriales
periféricas, que ofrecían —gracias a la superexplotación del trabajo—
posibilidades atractivas de ganancia. Pero no será el único hecho, y quizá no
sea el más decisivo. En el curso del mismo periodo, se había verificado un gran
desarrollo del sector de bienes de capital en las economías centrales. Esto
llevó, por un lado, a que los equipos allí producidos, siempre más sofisticados,
debieran aplicarse en el sector secundario de los países periféricos; surge
entonces, por parte de las economías centrales, el interés de impulsar en éstos
el proceso de industrialización, con el propósito de crear mercados para su
industria pesada. Por otro lado, en la medida que el ritmo del progreso técnico
redujo en los países centrales el plazo de reposición del capital fijo
prácticamente a la mitad,[40] se
planteó a esos países la necesidad de exportar a la periferia equipos y
maquinaria que ya eran obsoletos antes de que se hubieran amortizado
totalmente.
La industrialización latinoamericana corresponde
así a una nueva división internacional del trabajo, en cuyo marco se
transfieren a los países dependientes etapas inferiores de la producción
industrial (obsérvese que la siderurgia, que correspondía a un signo distintivo
de la economía industrial clásica, se ha generalizado al punto de que países
como Brasil ya exportan acero), reservándose a los centros imperialistas las
etapas más avanzadas (como la producción de computadoras y la industria
electrónica pesada en general, la explotación de nuevas fuentes de energía,
como la de origen nuclear, etc.) y el monopolio de la tecnología
correspondiente. Yendo aún más lejos, se puede distinguir en la economía
internacional escalones, en los cuales se van reubicando no sólo los nuevos
países industriales, sino también los más antiguos. Es así como, en la
producción de acero como en la de vehículos automotores, Europa occidental y
Japón compiten ventajosamente con los mismos Estados Unidos, pero no logran
todavía hacerlo en lo que se refiere a la industria de máquinas‑herramientas,
principalmente las automatizadas.[41] Lo
que tenemos así es una nueva jerarquización de la economía capitalista mundial,
cuya base es la redefinición de la división internacional del trabajo acaecida
en el curso de los últimos cincuenta años.
Como quiera que sea, el momento en que las
economías industriales dependientes van a buscar en el exterior el instrumental
tecnológico que les permitiría acelerar su crecimiento, incrementando la
productividad del trabajo, es aquel también en el que, a partir de los países
centrales, tienen origen importantes flujos de capital hacia ellas, flujos que
les aportan la tecnología requerida. No examinaremos aquí los efectos propios a
las distintas formas que reviste la absorción tecnológica, y que van desde la donación
hasta la inversión directa de capital extranjero, ya que, desde el punto de
vista que orienta nuestro análisis, esto no tiene mayor importancia. Nos
ocuparemos tan sólo del carácter de esa tecnología y de su impacto sobre la
ampliación del mercado.
El progreso tecnológico se caracteriza por el
ahorro de la fuerza de trabajo que, sea en términos de tiempo, sea. en términos
de esfuerzo, el obrero debe dedicar a la producción de una cierta masa de
bienes. Es natural, pues, que, globalmente, su resultado sea la reducción del
tiempo de trabajo productivo en relación al tiempo total disponible para la
producción, lo que, en la sociedad capitalista, se manifiesta a través de la
disminución de la población obrera paralelamente al crecimiento de la población
que se dedica a actividades no productivas, a las que corresponden los
servicios, así como de las capas parasitarias, que se eximen de cualquier
participación en la producción social de bienes y servicios. Esta es la forma
especifica que asume el desarrollo tecnológico en una sociedad basada en la
explotación del trabajo, pero no la forma general del desarrollo tecnológico.
Es por ello que las recomendaciones que se han hecho a los países dependientes,
en los que se verifica una gran disponibilidad de mano de obra, en el sentido
de que adopten tecnologías que incorporen más fuerza de trabajo, con el objeto
de defender los niveles de empleo, representan un doble engaño: conducen a
preconizar la opción por un menor desarrollo tecnológico y confunden los efectos
sociales específicamente capitalistas de la técnica con la técnica en sí.
Esas recomendaciones, por lo demás, ignoran las
condiciones concretas en que se da la introducción del progreso técnico en los
países dependientes. Esta introducción depende, como señalamos, menos de las
preferencias que ellos tengan que de la dinámica objetiva de la acumulación de
capital en escala mundial. Ella fue la que impulsó la división internacional
del trabajo a asumir una configuración, en cuyo marco se han abierto nuevos
cauces a la difusión del progreso técnico y se ha dado a ésta un ritmo más acelerado.
Los efectos de allí derivados para la situación de los trabajadores en los
países dependientes no podían diferir en esencia de los que son consustanciales
a una sociedad capitalista: reducción de la población productiva y crecimiento
de las capas sociales no productivas. Pero estos efectos tendrían que aparecer
modificados por las condiciones de producción propias al capitalismo
dependiente.
Es así como, incidiendo sobre una estructura
productiva basada en la mayor explotación de los trabajadores, el progreso
técnico hizo posible al capitalista intensificar el ritmo de trabajo del
obrero, elevar su productividad y, simultáneamente, sostener la tendencia a
remunerarlo en proporción inferior a su valor real. Para ello concurrió
decisivamente la vinculación de las nuevas técnicas de producción a ramas
industriales orientadas hacia tipos de consumo que, si tienden a convertirse en
consumo popular en los países avanzados, no pueden hacerlo bajo ningún supuesto
en las sociedades dependientes. El abismo existente allí entre el nivel de vida
de los trabajadores y el de los sectores que alimentan a la esfera alta de la
circulación hace inevitable que productos como automóviles, aparatos
electrodomésticos, etc., se destinen necesariamente a esta última. En esta
medida, y toda vez que no representan bienes que intervengan en el consumo de
los trabajadores, el aumento de productividad inducido por la técnica en esas
ramas de producción no ha podido traducirse en mayores ganancias a través de la
elevación de la cuota de plusvalía, sino tan sólo mediante el aumento de la
masa de valor realizado. La difusión del progreso técnico en la economía
dependiente marchará pues de la mano con una mayor explotación del trabajador,
precisamente porque la acumulación sigue dependiendo en lo fundamental
más del aumento de la masa de valor —y por ende de plusvalía— que de la cuota
de plusvalía.
Ahora bien, al concentrarse de manera significativa
en las ramas productoras de bienes suntuarios, el desarrollo tecnológico
acabaría por plantear graves problemas de realización. El recurso utilizado
para solucionarlos ha sido el de hacer intervenir al Estado (a través de la
ampliación del aparato burocrático, de las subvenciones a los productores y del
financiamiento al consumo suntuario), así como a la inflación, con el propósito
de transferir poder de compra de la esfera baja a la esfera alta de la circulación;
ello implicó rebajar aún más los salarios reales, con el fin de contar con
excedentes suficientes para efectuar el traspaso de ingreso. Pero, en la medida
en que se comprime así la capacidad de consumo de los trabajadores, se cierra
cualquier posibilidad de estímulo a la inversión tecnológica en el sector de
producción destinado a atender al consumo popular. No puede pues ser motivo de
sorpresa el que, mientras las industrias de bienes suntuarios crecen a tasas
elevadas, las industrias orientadas hacia el consumo masivo (las llamadas
“industrias tradicionales”) tiendan al estancamiento e incluso a la regresión.
En la medida en que se daba con dificultad y a un
ritmo extremadamente lento, la tendencia al acercamiento entre las dos esferas
de circulación, que se había observado a partir de cierto momento, no pudo
seguir desarrollándose. Al contrario, lo que se impone es de nuevo la repulsión
entre ambas esferas, una vez que la compresión del nivel de vida de las masas
trabajadoras pasa a ser la condición necesaria de la expansión de la demanda
creada por las capas que viven de la plusvalía. La producción basada en
la superexplotación del trabajo volvió a engendrar así el modo de circulación
que le corresponde, al mismo tiempo que divorciaba al aparato productivo de las
necesidades de consumo de las masas. La estratificación de ese aparato
en lo que se ha dado llamar “industrias dinámicas” (ramas productoras de bienes
suntuarios y de bienes de capital que se destinan principalmente a éstos) e
“industrias tradicionales” está reflejando la adecuación de la estructura de
producción a la estructura de circulación propia al capitalismo dependiente.
Pero no se detiene allí la reaproximación del
modelo industrial dependiente al de la economía exportadora. La absorción del
progreso técnico en condiciones de superexplotación del trabajo acarrea la
inevitable restricción del mercado interno, a lo cual se contrapone la
necesidad de realizar masas siempre crecientes de valor (ya que la acumulación
depende más de la masa que de la cuota de plusvalía). Esta contradicción no
podría resolverse mediante la ampliación de la esfera alta de consumo en el
interior de la economía, más allá de los límites establecidos por la
superexplotación misma. En otros términos, no pudiendo extender a los
trabajadores la creación de demanda para los bienes suntuarios, y orientándose
antes hacia la compresión salarial, que los excluye de facto de ese tipo de
consumo, la economía industrial dependiente no sólo debió contar con un inmenso
ejército de reserva, sino que se obligó a restringir a los capitalistas y capas
medias altas la realización de las mercancías de lujo. Ello planteará, a partir
de un cierto momento (que se define nítidamente a mediados de la década de
1960), la necesidad de expandirse hacia el exterior, es decir, de desdoblar
nuevamente —aunque ahora a partir de la base industrial— el ciclo de capital,
para centrar parcialmente la circulación sobre el mercado
mundial. La exportación de manufacturas tanto de bienes esenciales
como de productos suntuarios, se convierte entonces en la tabla de salvación de
una economía incapaz de superar los factores disruptivos que la afligen. Desde
los proyectos de integración económica regional y subregional hasta el diseño
de políticas agresivas de competencia internacional, se asiste en toda América
Latina a la resurrección del modelo de la vieja economía exportadora.
En los últimos años, la expresión acentuada de esas
tendencias en Brasil nos ha llevado a hablar de un subimperialismo.[42] No
pretendemos retomar aquí el tema, ya que la caracterización del subimperialismo
va más allá de la simple economía, no pudiendo llevarse a cabo, si no se
recurre también a la sociología y a la política. Nos limitaremos a indicar que,
en su dimensión más amplia, el subimperialismo no es un fenómeno
específicamente brasileño ni corresponde a una anomalía en la evolución del
capitalismo dependiente. Es cierto que son las condiciones propias a la
economía brasileña, que le han permitido llevar lejos su industrialización y
crear incluso una industria pesada, así como las condiciones que caracterizan a
su sociedad política, cuyas contradicciones han dado origen a un Estado
militarista de tipo prusiano, las que dieron lugar en Brasil al
subimperialismo, pero no es menos cierto que éste es tan sólo una forma
particular que asume la economía industrial que se desarrolla en el marco del
capitalismo dependiente. En Argentina o en El Salvador, en México, Chile, Perú,
la dialéctica del desarrollo capitalista dependiente no es esencialmente
distinta de la que procuramos analizar aquí, en sus rasgos más generales.
Utilizar esa línea de análisis para estudiar las
formaciones sociales concretas de América Latina, orientar ese estudio en el
sentido de definir las determinaciones que se encuentran en la base de la lucha
de clases que allí se desenvuelve y abrir así perspectivas más claras a las
fuerzas sociales empeñadas en destruir esa formación monstruosa que es el
capitalismo dependiente: éste es el desafío teórico que se plantea hoy a los
marxistas latinoamericanos. La respuesta que le demos influirá sin duda de manera
no despreciable en el resultado a que llegarán finalmente los procesos
políticos que estamos viviendo.
En torno a Dialéctica de la
dependencia...
[1] Introducción
general a la crítica de la economía política/1857. Uruguay, Ed. Carabella,
s.f., p. 44.
[2] Ibid., p. 41.
[3] Hasta la mitad del siglo XIX, las exportaciones latinoamericanas
se encuentran estancadas y la balanza comercial latinoamericana es deficitaria;
los préstamos extranjeros se destinan a sustentar la capacidad de importación.
Al aumentar las exportaciones, y sobre todo a partir del momento en que el
comercio exterior comienza a arrojar saldos positivos, el papel de la deuda
externa pasa a ser el de transferir hacia la metrópoli parte del excedente
obtenido en América Latina. El caso de Brasil es revelador: a partir de la
década de 1860, cuando los saldos de la balanza comercial se vuelven cada vez
más importantes, el servicio de la deuda externa aumenta: del 50% que
representaba sobre ese saldo en los sesentas, se eleva al 99% en la década
siguiente (Nelson Werneck Sodré, Formação histórica do Brasil. Ed.
Brasiliense, Sáo Paulo, 1964). Entre 1902-1913, mientras el valor de las
exportaciones aumenta en 79.6%, la deuda externa brasileña lo hace en 144.6% y
representa, en 1913, el 60% del gasto público total (J. A.
Barboza-Cameiro, Situation économique et financiére du Brésil:
memorandum presenté á la Conférence Financiére Internationale. Bruselas,
septiembre-octubre de 1920).
[4] Véase, por ejemplo, su artículo “Quién es el enemigo
inmediato”, Pensamiento Crítico, n. 13, La Habana, 1968.
[5] Georges Canguilhem, Lo normal y lo patológico. Ed.
Siglo XXI Argentina, Buenos Aires, 1971, p. 60. Sobre los conceptos de
homogeneidad y continuidad, véase el cap. III de esa obra.
[6] Véase Celso Furtado, Formación económica del Brasil. Ed.
Fondo de Cultura Económica, México, 1962, pp. 90-91.
[7] En un trabajo que minimiza enormemente la importancia del mercado
mundial para el desarrollo del capitalismo, Paul Bairoch observa que sólo “a
partir de 1840-1850 comienza la verdadera expansión del comercio exterior [de
Inglaterra]; desde 1860, las exportaciones representan el 14% del ingreso
nacional, y no es entonces sino el comienzo de una evolución nacional que
alcanzará su máximo en los años que preceden a la guerra de 1914-1918, cuando
las exportaciones alcanzaron alrededor del 40% del ingreso nacional. El
comienzo de esa expansión marca una modificación de la estructura de las
actividades inglesas, como vimos en el capítulo de la agricultura: a partir de
1840-1850 Inglaterra empezará a depender cada vez más del extranjero para su
subsistencia”: Revolución industrial y subdesarrollo. Ed. Siglo
XXI, México, 1967, p. 285. Cuando se trata de la inserción de América Latina en
la economía capitalista mundial, es a Inglaterra que hay que referirse, aun en
aquellos casos (como el de la exportación chilena de cereales a Estados Unidos)
en los que la relación no es directa. Es por ello que las estadísticas
mencionadas explican la constatación de un historiador, en el sentido de que
“en casi todas partes [de América Latina], los niveles de comercio internacional
de 1850 no exceden demasiado a los de 1825” (Tulio Halperin Donghi, Historia
contemporánea de América Latina. Alianza Editorial, Madrid, 1970, p.
158).
[8] “La gran industria ha creado el mercado mundial ya preparado por
el descubrimiento de América.” Manifiesto del Partido Comunista, en
Marx y Engels, Obrasescogidas, I p. 21. Cf. también El
Capital, t. I, cap. XXIII, 3, p. 536, nota, edición del Fondo de
Cultura Económica. Advertimos aquí que hemos procurado referir las citas
de El Capital a esta edición, para facilitar al
lector su ubicación; sin embargo, por inconvenientes derivados sea de la
traducción, sea de las ediciones en que ella se basa, preferimos, en ciertos
casos, recurrir al texto incluido en las obras de Marx que se editan bajo la
responsabilidad de Maximilien Rubel (París, NRF, Bibliothèque de la Pléiade);
en tales casos, damos también la referencia que corresponde a la edición FCE.
[9] “[...] Una productividad del trabajo agrícola que rebase las
necesidades individuales del obrero constituye la base de toda sociedad y,
sobre todo, la base de la producción capitalista, la cual separa a una parte
cada vez mayor de la sociedad de la producción de medios directos de
subsistencia y la convierte, como dice Steuart, enfree heads, en
hombres disponibles para la explotación de otras esferas”, El Capital, III,
XLVII, p. 728.
[10] Es interesante observar que,
llegado un cierto momento, las mismas naciones industriales exportarán sus
capitales a América Latina, para aplicarlos a la producción de materias primas
y alimentos para la exportación. Esto es sobre todo visible cuando la presencia
de Estados Unidos en América Latina se acentúa y comienza a desplazar a
Inglaterra. Si observamos la composición funcional del capital extranjero
existente en la región, en las primeras décadas de este siglo, veremos que el
de origen británico se concentra prioritariamente en las inversiones de
cartera, principalmente valores públicos y ferroviarios, los cuales
representaban normalmente tres cuartas partes del total; mientras que Estados
Unidos no destina a ese tipo de operaciones sino una tercera parte de su
inversión, y privilegian la aplicación de fondos en la minería, en el petróleo
y en la agricultura. Véase Paul R. Olson y C. Addison Hickman, Economía internacional latinoamericana.
Ed. Fondo de Cultura Económica. México, 1945. cap. V.
[11] “[...] al crecer el
capital variable, tiene que crecer también necesariamente el
capital constante, y al aumentar de volumen las condiciones comunes
de producción, los edificios, los hornos, etc., tienen también que aumentar, y
mucho más rápidamente que la nómina de obreros, las materias primas”. El
Capital, I, XII, p. 293, subr. original. Por lo demás, cualquiera que sea
la variación experimentada por el capital variable y por el elemento fijo del
capital constante, el gasto de materias primas es siempre mayor, cuando aumenta
el grado de explotación o la productividad del trabajo. Cf. El Capital,
I, XXII, inciso 4.
[12] “El trabajo debe [...] poseer
un cierto grado de productividad antes que pueda prolongarse más allá del
tiempo necesario al productor para garantizar su subsistencia, pero no es jamás
esa productividad, cualquiera que sea su grado, la causa de la plusvalía. Esa
causa es siempre el trabajo excedente, cualquiera que sea el modo de
extorsionarlo”. Traducción literal del pasaje incluido en El
Capital, I, XVI, PP. 1008-1009, Pléiade; dicho pasaje no aparece en la
edición FCE donde correspondería al tomo I, cap. XIV p. 428.
[13] Cf. El Capital, I,
secciones IV y V y El Capital, Libro 1, Capítulo VI
(inédito). Ed. Signos, Buenos Aires, 1971, parte I.
[14] La participación de las
exportaciones en el consumo de alimentos de Inglaterra, hacia 1880, era de 45%
para el trigo, 53% para la mantequilla y el queso, 94% para las papas y 70%
para la carne. Datos de M. G. Mulhall, reportados por Paul Bairoch, op. cit.,
pp. 248‑249.
[15] Esto es resumido por Marx de la
manera siguiente: “Cuando el comercio exterior abarata los elementos del
capital constante o los medios de subsistencia de primera necesidad en que se
invierte el capital variable, contribuye a hacer que aumente la cuota de
ganancias, al elevar la cuota de la plusvalía y reducir el valor del capital
constante.” E! Capital, III, XIV, p. 236. Es necesario tener
presente que Marx no se limita a esta constatación, sino que muestra también el
modo contradictorio mediante el cual el comercio exterior contribuye a la baja
de la cuota de ganancia. No lo seguiremos, sin embargo, en esta dirección, y
tampoco en su preocupación sobre cómo las ganancias obtenidas por los
capitalistas que operan en la esfera del comercio exterior pueden hacer subir
la cuota de ganancia (procedimiento que se podría clasificar en un tercer tipo
de medidas para contrarrestar la baja tendencial de la cuota de ganancia, junto
con el crecimiento del capital en acciones: medidas destinadas a burlar la tendencia
declinante de la cuota de ganancia a través del desplazamiento del capital a
esferas no productivas). Nuestro propósito no es el de ahondar ahora en el
examen de las contradicciones que plantea la producción capitalista en general,
sino tan sólo el de aclarar las determinaciones fundamentales de la dependencia
latinoamericana.
[16] Apoyándose en estadísticas del
Departamento Económico de las Naciones Unidas, Paolo Santi anota, respecto a la
relación entre los precios de productos primarios y manufacturados:
“Considerando al quinquenio 1876-80 = 100, el índice desciende a 96.3 en el
periodo 1886-90, a 87.1 en los años 1896-1900 y se estabiliza en el periodo que
va de 1906 a 1913 en 85.8 comenzando a descender, y con mayor rapidez, después
de la finalización de la guerra.” “El debate sobre el imperialismo en los
clásicos del marxismo”, Teoría marxista del imperialismo. Cuadernos
de Pasado y Presente, Córdoba, Argentina, 1969, p. 49.
[17] “No basta con que las
condiciones de trabajo cristalicen en uno de los polos como capital y en el
polo contrario como hombres que no tienen nada que vender más que su fuerza de
trabajo. Ni basta tampoco con obligar a éstos a venderse voluntariamente. En el
transcurso de la producción capitalista, se va formando una clase obrera que, a
fuerza de educación, de tradición, de costumbre, se somete a las exigencias de
este régimen de producción como a las más lógicas leyes naturales. La
organización del proceso capitalista de producción ya desarrollado vence todas
las resistencias, la existencia constante de una superpoblación relativa
mantiene la ley de la oferta y la demanda de trabajo a tono con las necesidades
de explotación del capital, y la presión sorda de las condiciones económicas
sella el poder de mando del capitalista sobre el obrero. Todavía se emplea, de
vez en cuando, la violencia directa, extraeconómica; pero sólo en casos
excepcionales. Dentro de la marcha natural de las cosas, ya puede dejarse al
obrero a merced de las 'leyes naturales de la producción', es
decir, entregado al predominio del capital, predominio que las propias
condiciones de producción engendran, garantizan y perpetúan.” El
Capital, I, XXIV, p. 627, subr. orig.
[18] Celso Hurtado ha comprobado el
fenómeno, sin llegar a sacar de él todas sus consecuencias: “La baja en los
precios de las exportaciones brasileñas, entre 1821-30 y 1841-50, fue de cerca
de 40%. En lo que respecta a las importaciones, el índice de precios de las
exportaciones de Inglaterra [...] entre los dos decenios referidos se mantuvo
perfectamente estable. Se puede, por tanto, afirmar que, la caída del índice de
los términos de intercambio fue de aproximadamente 40%, esto es, que el ingreso
real generado por las exportaciones creció 40% menos que el volumen físico de
estas. Como el valor medio anual de las exportaciones subió de 3 900 000 libras
a 5 470 000, o sea, un aumento de 40%. De esto se desprende que el ingreso real
generado por el sector exportador creció en esa misma proporción, mientras el
esfuerzo productivo realizado en este sector fue del doble, aproximadamente.”
Op. cit., p. 115.
[19] El Capital, I, XXIV, p.
505, subr. orig.
[20] El Capital, I, VIII, p.
181. Marx añade: “Por eso en los estados norteamericanos del sur el trabajo de
los negros conservó cierto suave carácter patriarcal mientras la producción se
circunscribía sustancialmente a las propias necesidades. Pero, tan pronto como
la exportación de algodón pasó a ser un resorte vital para aquellos estados, la
explotación intensiva del negro se convirtió en factor de un sistema calculado
y calculador, llegando a darse casos de agotarse en siete años de trabajo la
vida del trabajador. Ahora, ya no se trataba de arrancarle una cierta cantidad
de productos útiles. Ahora, todo giraba en torno a la producción de plusvalía
por la plusvalía misma. Y otro tanto aconteció con las prestaciones
de vasallaje, v. gr. en los principados del Danubio.” Ibid., subr, orig.
[21] Cf. El Capital, I,
XXII, 4, pp. 508‑509.
[22] “Toda variación en la magnitud,
extensiva o intensiva, del trabajo afecta [...] el valor de la fuerza de
trabajo, en la medida en que acelera su desgaste.” Traducción literal de El
Capital, I, XVII ii, p. 1017, Pléiade. Cf. edición FCE, tomo I, XV, ii, p.
439.
[23] Un fenómeno similar se observa
en Europa, en los albores de la producción capitalista. Basta analizar más de
cerca la manera cómo se realiza allí el paso del feudalismo al capitalismo para
darse cuenta que la condición del trabajador, al salir del estado de
servidumbre, se asemeja más a la del esclavo que a la del moderno obrero
asalariado. Cf. El Capital, I, XXVIII.
[24] Capítulo VI (inédito),
op. cit., pp. 68‑69, subr. orig.
[25] El Capital, I, VIII, 5,
p. 208.
[26] Cairnes, cit. en El
Capital, I, VIII, 5, p. 209, subr. orig.
[27] Es así como Marx se refiere a
países “en que el trabajo no se halla todavía absorbido formalmente por el
capital, aunque el obrero esté en realidad explotado por el capitalista”,
ejemplificando con el caso de India, “donde el ryot trabaja como campesino
independiente, donde su producción no se halla aún, por tanto, absorbida por el
capital, aunque el usurero pueda quedarse, bajo forma de interés, no sólo con
su trabajo sobrante, sino incluso, hablando en términos capitalistas, con una
parte de su salario”. El Capital, III, XIII, p. 216.
[28] Marx Principes d'une
critique de l'économie politique, en Oeuvres, Pléiade,
II, p. 254.
[29] Señalamos ya que esto se da
inicialmente en los puntos de conexión inmediata con el mercado mundial; sólo
progresivamente, y aún hoy de manera desigual, el modo de producción
capitalista irá subordinando al conjunto de la economía.
[30] “Contradicción del régimen de
producción capitalista: los obreros como compradores de mercancías son
importantes para el mercado. Pero, como vendedores de su mercancía —la fuerza
de trabajo— la sociedad capitalista tiende a reducirlos al mínimum del
precio.” El Capital, II, XVI, iii, nota. Marx indica en esa nota la
intención de tratar, en la sección siguiente, la teoría del subconsumo obrero,
pero, como observa Maximilien Rubel (op. cit. t. II, p. 1715), no llega a
concretarla. Algunos elementos habían sido avanzados en los Grundrisse; véase Principes...,
p. 267‑268.
[31] De hecho, como demuestra Marx,
ambos tipos de consumo corresponden a un consumo productivo, desde el punto de
vista del capital. Aún más, “el consumo individual del trabajador es
improductivo para él mismo, pues no hace más que reproducir al individuo
necesitado; es productivo para el capitalista y el Estado, pues produce la
fuerza creadora de su riqueza”. Traducción literal de El Capital,
I, XXIII, p. 1075, Pléiade; cf. edición FCE, I, XXI, p. 482.
[32] “El consumo individual del
trabajador y el de la parte no acumulada del producto excedente engloban la
totalidad del consumo individual. Este condiciona, en su totalidad, la
circulación del capital.” Traducción literal de El Capital, II, p.
543, Pléiade; cf. FCE, II, p. 84.
[33] La tesis de la
industrialización sustitutiva de importaciones representó un elemento básico en
la ideología desarrollista, cuyo gran epígono fue la Comisión Económica de las
Naciones Unidas para la América Latina (CEPAL); el trabajo clásico en este
sentido es el de María da Conceição Tavares, sobre la industrialización
brasileña, publicado originalmente en United Nations, “The Growth and Decline
of Imput Substitution in Brazil”, Economic Bulletin for Latin America,
vol. IX, n. 1, marzo de 1964. En los años recientes, esa tesis ha
sido objeto de discusiones que, si no llegan a restarle validez, tienden a
matizar el papel desempeñado por la sustitución de importaciones en el proceso
de industrialización de América Latina; un buen ejemplo de ello es el artículo
de Don L. Huddle, “Reflexões sobre a industrialização brasileira: fontes de
crescimento e da mudança estrutural — 1947/1963”. Revista Brasileira de
Economía, vol XXIII, n. 2, junio de 1969. Por otra parte,
algunos autores se han preocupado de estudiar la situación de la industria en
la economía latinoamericana antes de que se acelerara la sustitución de
importaciones; es significativo, en esta línea de investigación, el ensayo de
Vania Bambirra, Hacia una tipología de la dependencia.
Industrialización y estructura socio-económica, CESO, Universidad de
Chile, Documento de Trabajo, mimeo, 1971.
[34] Es interesante hacer notar que
la industria complementaria a la exportación representó el sector más activo de
las actividades industriales en la economía exportadora. Es así como los datos
disponibles para la Argentina muestran que, en 1895, el capital invertido en la
industria que producía para el mercado interno era de cerca de 175 millones de
pesos, contra más de 280 millones invertidos en la industria vinculada a la
exportación; en la primera, el capital promedio por empresa era de sólo 10 mil
pesos, configurando claramente un sector artesanal, mientras que en la segunda
ascendía a 100 mil pesos. Cf. Roberto Cortés Conde, “Problemas del crecimiento
industrial”, en Argentina, sociedad de masas. Ed. Eudeba,
Buenos Aires, 1965.
[35] La reproducción ampliada de
esta relación constituye la esencia misma de la reproducción capitalista; cf.
particularmente El Capital, I, XXIV.
[36] El Capital, I, XIII, p.
370.
[37] Empleamos el término
“industrialización” para señalar el proceso a través del cual la industria,
emprendiendo el cambio cualitativo global de la vieja sociedad, marcha en el
sentido de convertirse en el eje de la acumulación de capital. Es por ello que
consideramos que no se da un proceso de industrialización en el seno de la
economía exportadora pese a que sí se observan en ella actividades
industriales.
[38] Un historiador brasileño,
refiriéndose a la campaña por el aumento de tarifas aduaneras desencadenada por
los industriales brasileños en 1928, destaca con claridad el mecanismo de
expansión del sector industrial en la economía exportadora: “Bajo la presión de
una recesión de la demanda de telas de mala calidad en las áreas rurales, como
consecuencia de la caída de precios del café —el precio medio de la saca de 60
kilos descendió de 215$109 a 170$719 entre 1925 y 1926— varios industriales se
especializaron en la producción de tejidos medios y finos, a partir de mediados
de la década del veinte. A1 penetrar en esta faja del mercado, pasaron a sufrir
el impacto de la competencia inglesa, que fue acusada de realizar un ‘dumping'
para liquidar a la producción nacional. Los Centros Industriales se articularon
en una campaña visando el aumento de las tarifas de telas de algodón y la
restricción de las importaciones de maquinaria, alegando que el mercado no
comportaba la ampliación de la capacidad productiva existente.” Boris
Fausto. A revolução de 1930. Historiografía e
história. Ed. Brasiliense, São Paulo, 1970, pp. 33-34, traducción
literal. El episodio es ejemplar: la caída de los precios del café restringe el
poder de compra de los trabajadores, pero también la capacidad de importación
para atender a la esfera alta de la circulación, provocando un movimiento de la
industria en el sentido de desplazarse hacia esta última y beneficiarse de los
mejores precios que allí puede obtener. Como veremos, ese tropismo de la
industria latinoamericana no es privativo de la vieja economía exportadora.
[39] Para Argentina y Brasil, por
ejemplo, esto se plantea ya en el paso de la década de 1940 a la de 1950, más
tempranamente para la primera que para el segundo.
[40] Véase Ernest Mandel, Tratado
de economía marxista, Ed. Era, México, 1969.
[41] La producción norteamericana de
máquinas-herramientas se duplicó entre 1960 y 1966, mientras crecía tan sólo en
60% en Europa occidental y 70% en Japón. Por otra parte, se desarrolla
rápidamente en Estados Unidos la fabricación de conjuntos automatizados, cuyo
valor alcanza los 247 millones de dólares en 1966, contra 43.5 millones en
Europa occidental y apenas 2.7 millones de dólares en Japón. Datos
proporcionados por Ernest Mandel, Europe versus America? Contradictions
of Imperialism.NLB, Londres, 1970, p. 80, nota.
[42] Los trabajos que se refieren a
este tema han sido reunidos en mi libro Subdesarrollo y
revolución, Ed. Siglo XXI, México, 1969. El primero de ellos se
publicó originalmente bajo el título “Brazilian Interdependence and Imperialist
Integration”, en Monthly Review, Nueva York, diciembre de
1965, vol. XVII, n. 7.

