© Libro
No. 355. El Sitio de
Sebastopol. Tolstoi, León. Colección Emancipación Obrera. Noviembre
24 de 2012.
Título original: © El Sitio de Sebastopol, León
Tolstoi.
Versión Original: El Sitio de Sebastopol, León
Tolstoi
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
www.infotematica.com.ar
Licencia Creative Commons:
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los
autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada
e Ilustración:
http://3.bp.blogspot.com/-WBvBqrrN7HE/UBFpN0zdBMI/AAAAAAAAFFY/R00L60NFeOA/s1600/51S9ENa4gPL._AA258_PIkin4,BottomRight,-36,22_AA280_SH20_OU30_.jpg
© Edición,
reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
León
Tolstoi
EL SITIO
DE SEBASTOPOL
Texto de dominio público.
Este texto
digital es de DOMINIO PÚBLICO en Argentina por cumplirse más de 30 años de la
muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo, no todas
las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del
mundo.
EL SITIO DE SEBASTOPOL
EN DICIEMBRE DE 1854.
El
crepúsculo matutino colorea el horizonte ha- cia el monte, Sapun; la superficie
del mar, azul obs- cura, va, surgiendo
de entre las
sombras, de la noche y sólo espera el primer rayo de sol
para ca- brillear alegremente; de la bahía, cubierta de brumas, viene
frescachón el viento; no se ve ni un copo de nieve; la tierra está negruzca,
pero, la escarcha hiere el rostro y cruje bajo los pies. Sólo el incesante ru-
mor de las olas, interrumpido a
intervalos por el estampido sordo del cañón, turba la calma del ama- necer. En
los buques de guerra todo permanece en silencio. El reloj de arena acaba de
marcar las ocho, y hacia el Norte la actividad del día reemplaza poco a poco a
la calma de la noche. Aquí, un pelotón de soldados que va a relevar a los
centinelas; óyese el ruido metálico de sus fusiles; un médico, que se di- rige
apresuradamente hacia su hospital; un soldado que se desliza fuera de su choza para lavarse con agua helada
el rostro curtido,
y vuelta la
faz a Oriente reza
su oración, acompañada de
rápidas persignaciones. Allá, enorme y pesado furgón de crujientes
ruedas, tirado por dos camellos, llega
al cementerio donde recibirán sepultura
los muertos que, apilados, llenan el vehículo. Al pasar por el puerto,
produce desagradable sorpresa la mezcla de olores; huele a carbón de piedra, a estiércol, a hu- medad, a carne
muerta.
Mil y mil
objetos varios; madera, harina, ga- viones, carne, vense arrojados en
montón por todas partes.
Soldados de
diferentes regimientos, unos con fusiles
y morrales, otros
sin morrales ni
fusiles, agólpanse en tropel, fuman, discuten y transportan los fardos
al vapor atracado junto al puente de ta- blas y próximo a zarpar. Botes y
lanchas particulares llenos de gente de todas clases, soldados, marinos,
vendedores y mujeres, abordan al desembarcadero y desatracan de él sin cesar.
-Por aquí,
Vuestra, Nobleza; a la Grafskaya!- y
dos o tres
marineros viejos, de pie en sus botes, os ofrecen sus servicios. Escogéis el
más próximo, pa- sando sin pisar sobre
el cadáver medio descom- puesto de un
caballo negro sumergido en el fango, a dos pasos de la barquilla, y vais a
sentaros a popa, cogiendo la caña del timón. Os alejáis de la ribera; en torno
vuestro brilla el mar herido por el sol de la mañana; ante vos, un atezado
marinero, envuelto en su gabán de piel de camello, y un muchacho de ca- bellera
rubia, reman rápidamente. Dirigís la vista hacia los buques gigantescos, de casco pintado a franjas, por
la rada esparcidos; a las lanchas, puntos negros que bogan sobre el azul
rielante de las olas ,á los lindos
edificios de la ciudad, de colores claros que el sol naciente tiñe de sonrosado
matiz; a la lí- nea blanca, de espuma que rodea el rompeolas y los barcos
sumergidos, de los que surgen tristemente, sobre la superficie del agua, las
negras puntas de los mástiles; hacia la escuadra enemiga, que sirve de fa- ro
en el lejano cristal de las aguas, y en fin, a las on- das rizadas en que juguetean los glóbulos salinos que
los remos hacen saltar con sus golpeteos. Y oís al propio tiempo el sonido uniforme de las voces que el agua os
trae, y el tronar grandioso del caño- neo, que parece ir aumentando en
Sebastopol.
Y ante la
idea de que estáis asimismo, en el pro- pio Sebastopol, sentís,
invadida el alma por
una sensación de orgullo y valentía, y la sangre circula con mayor rapidez en vuestras
venas.
Vuestra
Nobleza, vía al Constantino -os dice el marinero volviéndose para rectificar el rumbo que con
el timón dais al bote.
¡Toma! Conserva
aún todos sus
cañones - exclama el muchacho
rubio, mientras que la lancha se desliza junto al costado del navío.
Es nuevo;
debe tenerlos todos; Korniloff ha es- tado en él -replica el viejo, examinando
a su vez el buque de guerra.
¡Allí ha
reventado! -grita el chico tras un rato de silencio, fijando los ojos en una
nubecilla, blanca, de humo, que se disipa tras de aparecer súbitamente en el
cielo sobre la bahía del Sur, acompañada del rui- do estridente que produce la
explosión de una gra- nada.
Es de la
batería nueva que tira hoy añade el ma- rino,
escupiéndose tranquilamente en las manos.
-¡Vamos,
Nichka, boga! a adelantarnos a
aquella lancha.
Y el bote
surca rápidamente la amplia superficie ondulada de la bahía; deja atrás
un macizo lanchón, cargado de sacos y de soldados, inhábiles re- meros que
maniobran torpemente, y aborda por fin al centro de los numerosos buques
amarrados a tie- rra, en el puerto de la Grafskaya. Por el muelle cir- culan multitud de soldados con capote gris,
marineros de chaquetón negro y mujeres con, trajes de colores vivos.
Campesinas, vendedoras de pan, labriegos
que, junto a su samovar, ofrecen sbitene[1] ca- liente a sus parroquianos. Sobre los
primeros esca- lones del desembarcadero aparecen, formando
montón, balas de cañón oxidadas, bombas, metralla, cañones de
fundición de diferentes calibres;
más lejos, en una extensa plaza, vense en tierra enormes maderos, cureñas,
afustes, soldados dormidos,
y junto a todo esto, carretas, caballos, cañones, armo- nes de
artillería, haces de fusiles de infantería, y des- pués más soldados en movimiento, marinos, oficiales, mujeres y
niños; carretones cargados de pan, sacos y barricas, un cosaco a caballo y un
Ge- neral que atraviesa la plaza en drocki. A la derecha, en la calle, se eleva
una barricada, y en sus troneras, cañones de reducido calibre junto a los
cuales sen- tado un marinero, fuma tranquilamente su pipa.
A la
izquierda, un edificio de buen aspecto so- bre
cuyo frontis aparece
un rótulo en
letras ro- manas, y a sus pies
soldados y camillas manchadas de sangre: los tristes vestigios del campo del
com- bate en tiempo de guerra, saltan por doquier a la vista. La primera
impresión es, a no dudar, desagra- dable; tan extraña mezcla de la vida urbana
con la campestre, de la elegante ciudad y el vivac fangoso, no tiene nada de
atractiva y os choca con su horri- ble contraste; hasta os parece que todos,
presos del terror, se agitan en el vacío. Pero examinad de cerca el rostro de
aquellos hombres que en rededor nues- tro se mueven, y hablaréis de otro modo.
Fijaos bien en aquel soldado del tren que lleva a beber los caballos bayos de
su troika, tarareando entre dien- tes, y veréis que no se extraviará entre la
turba, re- vuelta, que por lo visto no existe para él; atento so- lamente a su
obligación, cumplirá de seguro su de- ber,
cualquiera que sea:
conducir sus caballos al abrevadero o arrastrar un cañón, con tanta
tranqui- lidad e indiferente aplomo como
si estuviera en Tula o Saransk. Encontraréis igual
expresión en la cara de aquel oficial que pasa ante vos con guantes de
irreprochable blancura; del marinero que fuma su pipa, sentado sobre la
barricada; de aquellos soldados disciplinarios que esperan con las camillas a
la entrada de lo que fue un tiempo sala de Asamblea, y hasta en el rostro de
aquella muchacha que atraviesa la calle saltando de un adoquín a otro por temor
de ensuciarse el vestido color de rosa. Sí, decepción grande os espera a
vuestra llegada a Sebastopol.
En vano
procuraréis descubrir en cualquier fi- sonomía señales de
agitación, de sobresalto, ni si- quiera de entusiasmo, de resignación a
la muerte, de resolución; no hay nada de eso. Veréis el trajín de la vida
ordinaria: gentes ocupadas en sus labores dia- rias, de modo que os
reprocharéis vuestra exaltación exagerada, poniendo en duda, no sólo, la
exactitud de la opinión que por los relatos formasteis acerca del heroísmo de
los defensores de Sebastopol, sino la veracidad de la descripción que os han hecho
del extremo Norte, y hasta de los ruidos
ensordecedo- res que llenan el aire. Sin embargo, antes de dudar, subid a un
baluarte, ved a los defensores de la plaza, en el lugar mismo de la defensa, o mejor aún, en- trad. directamente
en aquel edificio a cuya, puerta están
los camilleros, y contemplaréis a esos defen- sores de
Sebastopol, y presenciaréis
espectáculos horribles y tristísimos,
grandiosos y cómicos, pero conmovedores y propios para elevar el alma.
Entrad, pues, en el salón que hasta la guerra sirvió para las sesiones de la
Asamblea. Apenas hayáis abierto la puerta, cuando el olor que exhalan cuarenta
o cin- cuenta amputados os asfixiara. No cedáis al senti- miento que os detiene
en el umbral de la sala; es un sentimiento vergonzoso; avanzad resueltamente,
no os. ruboricéis por haber venido a ver a aquellos mártires; aproximaos a ellos
y habladles; los infeli- ces ansían ver
un rostro compasivo, referir sus su- frimientos
y escuchar palabras
de caridad y de
simpatía. Al pasar por el centro, entre
las camas, buscáis con la vista el rostro menos austero, menos contraído por el
dolor. Al encontrarlo, os decidís a interpelarlo, a preguntar.
-¿Dónde
estás herido? -interrogáis con timidez a un veterano de rostro demacradísimo
que se halla sentado sobre un lecho, y cuya
cordial mirada os viene siguiendo y parece, invitaros a que os aproxi-
méis a él. Y digo que habéis preguntado con timi- dez, porque la vista
del que sufre, inspira no tan sólo viva piedad, sino yo no sé qué temor
de mo- lestarlo, unido a profundo respeto.
-En el pie
-responde el soldado, y no obstante, reparáis bajo los pliegues de la ropa que
la pierna le fue cortada por bajo de la rodilla. ¡Gracias a Dios
-añade,- me
darán el alta!
-¿Hace
mucho que estás aquí?
-Esta es la
sexta semana.
-¿Dónde te
duele ahora?
-Nada
me duele ya. Sólo a
veces en la pan- torrilla, cuando hace, mal tiempo: fuera
de eso, na- da.
-¿ Cómo
fue?
-En el
quinto bakcion[2],
Vuestra Nobleza; en el primer bombardeo. Acababa de apuntar el cañón y me
dirigia tranquilamente a otra cañonera, cuando de pronto el golpe me
hirió en el pie. Creí caer en un agujero. Miro, y ya no había pierna.
-¿No
sentiste dolor en el primer momento?
-Nada;
únicamente como si me escaldaran la pierna.
-¿Y
después?
_Después
nada; sólo cuando extendieron la piel me escoció algo. Sobre todo, Vuestra
Nobleza, no hay que pensar; cuando no se
piensa no se siente nada; cuando el hombre piensa, es peor.
A todo
esto, una buena mujer, vestida de gris y con un pañuelo negro anudado a la
cabeza, se apro- xima, se mezcla en vuestra conversación y se pone a contaros
detalles sobre el marinero; cuánto había
padecido y cómo se desesperó de salvarlo durante cuatro semanas y cómo, cuando
lo traían herido, hi- zo detener la camilla para ver bien la descarga de nuestra batería, y
cómo los grandes Duques habían hablado con él, dándole veinticinco rublos, y
res- pondiéndoles él que no pudiendo ya ser útil lo que quería era, volver al
baluarte a instruir a los reclutas. Y contándoos todo esto de un tirón la excelente mujer, cuyos ojos brillan de
entusiasmo, os contem- pla y mira al, que se vuelve de espaldas, y hace como
que no oye lo que ella dice, ocupado en peinar hilas sobre su almohada.
-Es mi
esposa, Vuestra Nobleza -dice por fin el hombre con una entonación que parece significar,
«hay que
excusarla, todo eso es
charlatanería de mujeres; ya sabéis,
tonterías, vaya!» Entonces co- menzáis a comprender lo que son los
defensores de Sebastopol, y os avergonzáis de vosotros mismos en presencia de aquel hombre:
quisierais expresarle toda vuestra admiración, todas vuestras simpatías,
pero las
palabras no acuden o las que se os ocurren nada dicen, y os limitáis a
inclinaros en silencio ante aquella grandeza inconsciente, ante aquel temple de
alma y aquel exquisito pudor del propio mérito.
-Bueno. Que
Dios te cure pronto -decís, y os detenéis ante otro paciente acostado en tierra
y que parece esperar la muerte presa de horribles dolores. Es rubio; veis su
rostro pálido, abotargado; tendido de
espaldas, con la mano izquierda hacia atrás, su posición revela lo agudo
de sus sufrimientos. Seca, y abierta la boca, deja pasar trabajosamente la
respira- ción silbante; sus papilas azules y vidriosas tienden a ocultarse tras de los párpados, dejándolo en
blan- co los ojos, y de la colcha
arrugada sale un brazo mutilado, envuelto en vendajes. Os emponzoña el olor nauseabundo de cadáver,
y la fiebre que devora y abrasa los miembros del agonizante parece pene- trar
en vuestro propio cuerpo.
-¿No tiene
conocimiento? -preguntáis a la mujer que os acompaña afectuosamente y para la
cual ya no sois un extraño.
-No, conoce
aún, pero, está muy malo. -Y añade en voz baja: -Le he dado un poco de te hace
rato; no es nada mío, pero a una le da
lástima, ¿no es verdad? Pues bien, a duras penas ha podido beber
algunas
cucharadas.
-¿Cómo
estás? -le preguntáis.
Al sonido
de vuestra voz sus pupilas se vuelven hacia vosotros, pero el herido ya no ve
ni entiende nada.
¡Esto
abrasa el corazón! -murmura.
Algo más
lejos, un veterano se muda de ropa. Su rostro
y su cuerpo aparecen de idéntico atezado color y
con demacración de esqueleto. Fáltale un
brazo, desarticulado por el hombro; se halla sentado sobre la cama; está ya
restablecido, pero en su mira- da sin brillo, sin vida, en su espantosa
delgadez, en su faz arrugada,
comprendéis que aquel pobre ser pasó ya la parte mejor de su existencia
padeciendo.
En la cama
de enfrente divisáis el semblante pá- lido, delicado, contraído por el dolor,
de una mujer cuyas mejillas enciende la calentura.
-Es la
mujer de un marinero -os dice vuestra guía. -Iba a llevar la comida a su marido y una gra-
nada la hirió en el pie.
-¿Y la han
amputado?
-Por encima
de la rodilla.
Y ahora, si
vuestros nervios son firmes, entrad allí abajo, a la Izquierda. Es la sala de
las operacio- nes y de las curas. Hallaréis a los médicos con el rostro pálido y serio, y los
brazos ensangrentados hasta el codo, Junto al lecho de un herido, que tum-
bado, con los ojos abiertos, delira, bajo la influencia del cloroformo
pronunciando frases entrecortadas, sin
interés las unas, las otras lastimeras. Los médi- cos atienden a su faena
repulsiva pero bienhechora: la amputación.
Veréis la hoja curva y tajante intro- ducirse en la carne sana y blanca,
y al herido volver en sí súbitamente con desgarradores gritos e impre- siones,
y al ayudante arrojar en un rincón el brazo amputado, mientras que aquel otro
herido que desde su camilla presencia la
operación, tuércese y gime, más a impulsos del martirio moral por
la espera producido, que del sufrimiento
físico que ha de so- portar. Contemplaréis escenas espantosas, angustio-
sísimas; veréis la
guerra sin el
correcto y lucido alineamiento de las tropas, sin
músicas, sin redoblar de tambores, sin estandartes flameando al viento,
sin Generales caracoleando sobre sus
corceles; la veréis tal y como es, ¡en
la sangre, en los sufri- mientos, en la muerte ! Al salir de aquella morada del dolor, experimentaréis de seguro
cierta impre- sión de bienestar,
respirando a bocanadas el aire fresco, y os regocijaréis al sentiros bueno y sano, pero a la vez la
contemplación de aquellos males os habrá convencido de vuestra nulidad, y
entonces, con firmeza, y sin vacilaciones podréis subir al ba- luarte...
-¿Qué son -os diréis-
los sufrimientos y la
muerte de un gusano como yo, junto a tantos su-
frimientos, a tan innumerables muertes?
Pronto, además, el aspecto del puro cielo, del sol resplande- ciente de
la pintoresca ciudad de la iglesia abierta, de los militares que van y vienen
en todas direcciones, vuelve vuestro espíritu a su estado normal, a su ha-
bitual apatía, y la preocupación de lo presente y de sus menudos intereses
sobrepónese otra vez a todo. Podrá ser que encontréis en vuestro camino el
entie- rro de un oficial; un ataúd color de rosa, seguido de músicas y banderas
desplegadas, y el vibrante caño- neo en los baluartes puede ser que llegue a
vuestros oídos, pero los pensamientos de poco antes no vol- verán. El entierro
no será más que un cuadro pinto- resco, un episodio militar; el tronar del
cañón, un acompañamiento militar grandioso, y no habrá nada de común entre
aquel cuadro, aquel estampido y la impresión precisa, personal, del
sufrimiento, y de la muerte, evocada por la vista, de la sala de operacio-
nes.
Dejad atrás
la iglesia, la barricada, y entraréis en el barrio más animado, más bullicioso
de la población. A entrambos lados de la calle, muestras de tiendas y de
fondas. Aquí, mercaderes, mujeres to- cadas con sombreros o pañuelos, oficiales
con vis- tosos uniformes; todo
os demuestra el
valor, la confianza, la seguridad
de los habitantes.
Entrad a la
derecha de este restaurant. Si ponéis atención a las conversaciones de los marinos y de los
oficiales, oiréis contar los incidentes de la pasada noche, de la acción del
24, quejarse del alto precio de las chuletas mal preparadas, y citar a los
compa- ñeros muertos últimamente.
- ¡Que el
demonio me lleve! ¡Deliciosamente está uno ahora en su casa! - dice con voz de
bajo un oficial bisoño, rubio, casi albino,
imberbe, con el cuello liado en una bufanda verde de lana.
-¿Y dónde
está eso, su casa de usted? - le pre- gunta otro.
-En el
cuarto baluarte -contesta el joven. Y ante esta contestación, lo contemplaréis con atención y aun con
cierto respeto. Su negligencia exagerada, su excesivo accionar,
su risa demasiado
estrepitosa, que os parecían hace un momento signo de des-
preocupación, conviértense a vuestros ojos en señal de cierta disposición de
ánimo batalladora, habitual
en todos
los jóvenes que se han visto expuestos a algún peligro, y os imagináis que os
va a explicar cómo tienen la culpa las balas de cañón y las bom- bas de que se
viva tan mal en el cuarto baluarte.
¡ De ningún
modo! Se está mal porque el fango es muy profundo.
-Es
imposible llegar hasta la batería - dice, y en- seña sus botas sucias de lodo
hasta el empeine.
-A mi mejor
jefe de pieza lo han dejado hoy en el sitio -responde uno de sus compañeros.
-Un ba- lazo en la frente.
-¿Quién?
¿Miteschin?
-No, otro.
Vamos, ¿vas a traerme o no la chule- ta, bribón? -dice dirigiéndose al mozo.
Era Abrosnoff,
un valiente de
verdad; había tomado parte en
seis salidas.
En el otro
extremo de la mesa vese a dos ofi- ciales de infantería dispuestos a dar fin a sendas chuletas con
guisantes, regadas con un vinillo agrio de Crimea bautizado como Burdeos. El
uno, joven, con cuello encarnado y dos
estrellas en el capote, refiere a su vecino, que no lleva estrellas y sí negro
el cuello, detalles sobre el combate de Alma. El pri- mero está algo bebido;
sus relatos, interrumpidos frecuentemente;
su incierta mirada,
que refleja la
falta de
confianza que éstos inspiran a su oyente, y las valentías que se atribuye, así
como el color recar- gadísimo de sus cuadros, hacen comprender que se aparta,
por completo de la verdad. Pero no os de- béis preocupar de esas relaciones que
oiréis durante mucho tiempo de un extremo a otro de Rusia; no sentís ya más que
un deseo: trasladaros directamente al cuarto baluarte, del que de tan diversos
modos os vienen hablando. Habréis
observado cómo todo aquel que refiere haber estado allí,
hácelo con satis- facción y orgullo, y que quien se dispone a ir, deja ver
ligera emoción o afecta exagerada sangre fría. Si se da broma a alguno,
invariablemente se le dirá:
-Anda, ve;
vete al cuarto baluarte.
Si encontramos un herido en
camilla, y que- remos saber de
dónde viene, la respuesta será casi siempre la misma:
-Del cuarto
baluarte.
Sobre el
terrible baluarte se han extendido dos opiniones distintas; primera, la de los
que no pusie- ron allí nunca los pies, y para los cuales es inevitable tumba de
sus defensores; después, la de los que,
como el oficialito rubio, viven allí, y al hablar, dicen sencillamente si está
seco el piso o fangoso, si hace calor o frío. En la media hora que pasasteis en el restaurant ha cambiado el
tiempo; la niebla que se extendía sobre el mar se levantó; nubes apiñadas,
grises, húmedas, ocultan el sol; el cielo
está triste; cae una llovizna mezclada con
menuda nieve, que moja los tejados, las aceras y los capotes de la
tropa. Transponiendo otra barricada, subiréis por la calle principal; allí ya
no hay muestras en las tiendas; las casas están inhabitables; las puertas cerradas con tablones; hendidas las ventanas; ya la arista de un edificio desplomada, ya
el muro perforado. Las ca- sas, semejantes a veteranos carcomidos por el dolor
y la miseria, parecen contemplaros con altivez y aun diríase que con desprecio,.
En el camino tropezáis a lo mejor con balas de cañón enterradas, o con agu-
jeros llenos de agua, perforados por las bombas en el suelo pedregoso. Dejáis
atrás los grupos de ofi- ciales y
soldados: encontráis alguna que otra mujer o un niño, pero aquí no lleva
sombrero la mujer. Y la del marino, envuelta
en una raída capa de pieles
viejas se calzó recias botas de soldado. La calle baja en suave pendiente, pero
ya no hay casas; sólo un montón informe
de arcilla, piedras, tablas y vigas. Ante, vosotros, sobre un cerro escarpado,
extiénde- se un espacio negro, fangoso, cortado por zanjas, y aquello es,
precisamente, el baluarte número cuatro del recinto de Sebastopol.
Los
transeúntes son más escasos; ya no se en- cuentran mujeres; los soldados caminan con paso vivo, algunas
gotas de sangre manchan el piso, y
veis venir cuatro individuos que llevan una camilla, y sobre ella un rostro de amarillenta palidez y un
capote ensangrentado; si preguntáis a los camilleros dónde tiene la herida, os
responderán secamente, con tono
irascible, sin miraros:
-En el
brazo, en la pierna. -si está muerto, si un proyectil le arrancó la cabeza,
guardarán feroz silencio.
El silbido
más próximo ya de las balas y las bombas, os impresiona desagradablemente
mientras subís al cerró, y de pronto
apreciáis de diferente manera que antes lo que significan los cañonazos oídos en la ciudad. No sé qué
recuerdo apacible y dulce brillará entonces en vuestra memoria; vuestro yo
intimo os ocupará tan vivamente, que no pensa- réis en observar lo que os
rodea. Ni os dejaréis si- quiera
invadir por el
penoso sentimiento de la
irresolución. Sin embargo, la vista de aquel soldado que, con los brazos
tendidos, trepa cuesta arriba so- bre el fango líquido y pasa corriendo y riéndose a vuestro lado, impone silencio, a
la tenue voz inte- rior, consejero cobarde que se alzó en vuestro pecho ante el
peligro. Os erguís a pesar vuestro, y le- vantando la cabeza, escaláis también la pendiente
resbaladiza de la arcillosa montaña. Y no habéis da- do aún muchos pasos cuando
derecha e izquierda, zumban en vuestros
oídos los proyectiles de la fu- silería, y os preguntáis si no sería mejor
marchar a cubierto por la trinchera que se alza paralelamente al camino; pero
la trinchera está llena de barro líquido, amarillo y fétido, de tal modo, que
por fuerza conti- nuáis por donde ibais, y tanto más, cuanto que esta es la
vereda de todo el mundo. Doscientos
pasos mas allá, desembocareis en un terreno
cubierto de terraplenes,
cestones, traveses, cañones
de hierro fundido y un montón de
proyectiles simétricamente apilados. Aquel amontonamiento os produce la sen-
sación del más
extraño desorden desprovisto de todo objeto. A una parte,
sobre la batería, aparece un grupo de marineros; más allá, hacia el centro, ya-
ce un cañón inútil sumergido en el lodo
pegajoso, del cual un infante que, con el arma sobre el hom- bro, se dirige a
la batería, retira con esfuerzo los pies uno tras otro. Sólo veis por doquiera
entre ese mis- mo fango acuoso granadas
sin estallar, cascos de bombas, balas de cañón, señales de toda suerte del campo
de batalla... Os parece oír a corta distancia el ruido de un proyectil que cae,
y por todas partes os llega el silbar de las granadas que, ora zumban como
avispas, ora gimen y hienden los aires vibrando co- mo una cuerda de
instrumento, dominándolo todo el tronar siniestro del cañón, que os sacude de
pies a cabeza aterrorizándoos.
-Este es
el cuarto baluarte;
el lugar verda- deramente terrible -os decís,
experimentando ligera emoción de orgullo y otra inmensa de mal compri- mido
miedo. No es verdad; sois el juguete de
una ilusión. Aquello no es aún el baluarte número cua- tro; es el
reducto de Jason, un puesto que, compara- tivamente no es ni de peligro ni espantoso. Para llegar al baluarte,
tomad por aquella angosta trinche- ra que sigue agachándose el soldado. Podrá
ser que halléis de nuevo camillas, marineros y soldados con azadones y palas;
hilos conductores que van a las minas,
abrigos de tierra, también fangosos,
donde no pueden deslizarse arrastras más que dos hom- bres y donde los
plastuny[3] de los batallones del Mar Negro viven, comen,
fuman y se calzan entre trozos de hierro fundido de todas forma, esparcidos por
doquier. Otros cien pasos más y llegáis a la batería, una planicie hendida por
zanjas, rodeada de cesto- nes, cubierta de tierra, de traveses y de cañones so-
bre sus explanadas. Tal vez encontraréis allí a cuatro o cinco marineros que
juegan a los naipes, protegi- dos por el parapeto y un oficial de marina que,
al ver aparecer una cara nueva, un
curioso, se com- placerá en iniciaros en los detalles de su domicilio y poderos
dar todas las explicaciones que apetezcáis. Aquel oficial, sentado sobre un
cañón, lía con tanta tranquilidad un cigarrillo de papel amarillento, pasa tan
descuidadamente de una cañonera a otra y
os habla con sangre fría tan natural, que recobráis la vuestra a despecho de
las balas que silban aquí en mayor número. Lo preguntáis y aun atendéis a sus
relatos. El os describirá, si se lo indicáis, el bombar- deo del 5, el estado
de su batería con un solo cañón útil, y sus sirvientes reducidos a ocho, y que,
no obstante el día 6 por la mañana, volvía a hacer fuego con todas sus piezas.
Os contará igualmente cómo penetró una bomba el día 5 en un abrigo y destrozó a
once marineros. A través de una tronera os indica- rá los atrincheramientos y
baterías del enemigo, del cual os separa únicamente unas treinta y tantas
sagenas[4].
Aunque, temo que si os Inclináis sobre el plano de la
cañonera para mirar
mejor las posiciones enemigas no veáis nada, o que, si
por ventura dis- tinguís algo, os sorprendáis
al saber que aquel mu- rallón alto, y peñascoso que parece estar dos
pasos y sobre el cual surgen nubecillas
de humo, es preci- samente el enemigo; él, como dicen soldados y ma- rineros.
Es muy
posible que el oficial, por vanidad o sencillamente sin
propósito deliberado por
en- tretenerse, quiera hacer fuego ante vos. A sus voces, el Jefe de
pieza y los sirvientes, en total catorce ma- rineros, se aproximaran
alegremente al cañón para cargarlo; unos mordiendo un trozo de galleta, otros
guardándose la negra y apestosa pipa en el bolsillo, mientras que sus
claveteadas botas resuenan sobre la
explanada. Examinad los
semblantes de esos hombres, su aire resuelto, su ademán, y
reconoceréis en cada uno de los pliegues del
curtido rostro de pómulos salientes, en cada músculo, en la amplitud de
los hombros, en el espesor de los pies, calzados con botas colosales, en cada
movimiento tranquilo y reposado, los principales elementos de que se compone la
fuerza de Rusia, la simplicidad de espíritu y de obstinación, veréis asimismo,
que el peligro, las miserias y las penalidades de la guerra, han impreso en
aquellas fisonomías la conciencia de su dignidad, de una idea elevada, de un
sentimiento noble.
De súbito,
formidable estrépitos os
hace es- tremecer de pies a
cabeza. Y oís enseguida silbar el proyectil que va alejándose, mientras que la tupida humareda de la pólvora envuelve
la explanada. y las negras caras de los marineros que entre ella se mue- ven.
Oíd sus dichos, fijaos en su animación, y des- cubriréis en
ellos sentimientos que
tal vez no esperabais encontrar: el del odio al
enemigo, el de la venganza.
-Ha caído
de lleno en la tronera; dos muertos;
mira, ¡se
los llevan!
Y gritan de
júbilo.
-Pero
míralo; le ha dolido, nos va a dar la vuelta
- dice una
voz, y en efecto, veis a poco brillar un fo- gonazo, seguir el humo, y que el
centinela grita des- de el parapeto.
-¡Cañón!
-Silba, un proyectil cerca de vosotros y entiérrase en el suelo, que perfora,
lanzando en tor- no suyo, una lluvia de terrones y de piedras. El co-
mandante de
la batería se amosea, vuelve a ordenar que carguen el segundo y el tercer
cañón; contesta el enemigo, y
experimentáis interesantes sensaciones. Veis y oís cosas curiosísimas.
El centinela avisa de nuevo «cañón» y el mismo fogonazo, igual ruido, igual golpe, salto igual de piedras se
reproduce. Mas, si por el contrario grita, «mortero» os sentiréis im-
presionado por un silbido regular, quizá agradable, que no podréis unir en
vuestra mente a nada terri- ble; va aproximándose, aumenta su rapidez, veis el
globo negro caer en tierra y cómo estalla con crepi- tación metálica. Los
cascos hienden los aires silban- do y crujiendo las piedras, sacudidas, chocan
entre sí, y el fango os salpica todo. Ante rumores tan di- versos, sentís extraña mezcla de gozo y de terror. Mientras
veis el proyectil amenazando caer sobre
vos, os acude a la imaginación infaliblemente la idea de que os ha de matar,
pero el amor propio, os sos- tiene y a nadie dais a conocer el puñal que os
tala- dra, el corazón.
Por eso,
cuando pasó sin tocaros, renacéis por un instante, cierta sensación de
inapreciable dulzura apodérase de vos, hasta el punto de que encontráis encanto
particular en el peligro, en el juego de la vi- da y de la muerte. Hasta
quisierais que la bala o la
bomba
cayese más cerca, muy cerca de donde estáis.
Pero he
aquí que el centinela anuncia con voz fuerte y llena:
-¡Un
mortero! -y repítense el silbido, el golpe y la explosión, acompañados esta vez
de un grito hu- mano. Os acercáis al herido a la vez que los camille- ros.
Revolcándose en el lodo mezclado de sangre, ofrece extraño aspecto; parte del
pecho le fue arran- cada por el casco. En el primer momento, su rostro, sucio
de fango, no expresa más que el susto y la sen- sación prematura del dolor, sensación familiar al
hombre en aquel estado; pero cuando traen la cami- lla, y en ella acuéstase él
por sí mismo sobre el cos- tado libre, exaltada expresión, ráfaga de una idea elevada y contenida viene
a iluminar sus facciones. Brillantes los ojos, apretados los dientes, levanta
la cabeza con esfuerzo, y cuando los camilleros vacilan los detiene, y
dirigiéndose a sus compañeros dice con
voz temblorosa:
-¡Adiós;
perdón hermanos!
Quisiera
hablar más aún; se ve que trata le decir algo afectuoso, pero se limita a
repetir:
-¡Adiós,
hermanos míos! ...
Uno de sus
compañeros aproxímase a él, coló- cale la gorra en la cabeza y torna, con indiferente ademán a
su cañón. Y ante la expresión de vuestra aterrorizada fisonomía, dice el
oficial bostezando, mientras lía su cigarrillo de amarillento papel:
-Lo de cada
día, de seis a siete hombres.
..................................................................................................
..........
..................................................................................................
..........
¿Y ahora?
Acabáis de ver a los defensores de Sebastopol en el lugar mismo de la defensa,
y vol- véis por vuestros mismos pasos, sin
prestar, cosa extraña la menor atención a los proyectiles de cañón y de
fusil que continúan cruzando, durante todo el camino hasta que llegáis a las
ruinas del teatro. Mar- cháis con tranquilidad, con el espíritu conmovido y
confortado, pues poseéis ya la consoladora, certeza, de que nunca, en ningún
lugar será quebrantada la fuerza del pueblo ruso. Y esa seguridad la habéis sacado, no de la
solidez de los parapetos y de las
trincheras ingeniosamente combinadas, ni de las in- numerables minas y cañones apilados unos sobre otros, y
de todo aquello de que no comprendéis na- da, sino de los ojos y las palabras y
la actitud, de to- do eso que se llama el espíritu de los defensores de
Sebastopol.
Hay tanta
sencillez y tan
poco esfuerzo en cuanto, hacen, que os persuadís de que
podrían, si fuera preciso, hacer cien veces más; que podrían ha- cerlo todo.
Adivináis que los sentimientos que los impulsan no son los que habéis
experimentado, va- nidosos,
mezquinos, sino otros más
potentes que obligan a los hombres a vivir
tranquilamente en el lodo, trabajando y en vela bajo los proyectiles,
con cien suertes contra una de ser muertos, al revés de lo que constituye el
lote común de sus semejantes. Y no es una cruz ni un ascenso; no es la fuerza
de las amenazas lo que los somete a
condiciones tan es- pantosas de existencia, es preciso que haya otro móvil
más alto. Este
móvil hállase en
un senti- miento, que se
manifiesta muy poco, que se oculta con pudor, pero que está profundamente
arraigado en el corazón de todo ruso: el amor a la patria. Aho- ra tan sólo es
cuando se han convertido en realidad, en hechos, aquellas relaciones que circulaban du-
rante el
primer período del
sitio de Sebastopol; cuando no había, ni
fortificaciones, ni soldados, ni posibilidad de mantenerse allí, no obstante,
nadie admitía la idea de rendición, y aquellas palabras de Kordiloff, de ese
héroe digno de la Grecia antigua, al decir a sus tropas: «Hijos míos,
moriremos, pero no entregaremos a Sebastopol!» Y la respuesta de los
valientes soldados, incapaces de hacer
frase al- guna: «¡Moriremos, hurra!» ¡Así os representáis fá- cilmente, bajo
las facciones de los que habéis visto, a los héroes de aquel período de prueba,
que no perdieron el valor y que se aprestaron hasta con jú- bilo a morir, no
por la defensa de la ciudad, sino por la
de la patria! ¡Rusia conservará durante mucho tiempo las señales sublimes de la epopeya de Se-
bastopol, de la que el pueblo ruso ha sido el héroe!
...
Declina la
tarde; el sol, que va a desaparecer en el horizonte, hiende las nubes grises
que lo ocultan e ilumina con sus rayos de púrpura el mar de verdo- sos
reflejos, ondulado ligeramente, cubierto de
na- víos y otros
buques, y las
casitas blancas de la
ciudad y la población que alli se mueve. En el bule- var, la música de un
regimiento toca un antiguo vals, a cuyas notas, que a lo lejos transmite el
agua, únese el estampido de los cañonazos en acompañamiento extraño y
sorprendente.
SEBASTOPOL EN MAYO DE
1855.
Seis meses
han transcurrido desde que la pri- mera bomba
lanzada de las fortificaciones de Se- bastopol perforó la tierra,
arrojándola sobre los tra- bajos del enemigo; desde aquel día, miles de
bombas, granadas y balas de cañón y de fusil no han cesado de cruzar de los
baluartes a las trincheras y de las trincheras a los baluartes, cerniéndose el
ángel de la muerte sobre aquel espacio.
El amor
propio de millares de seres, hase visto humillado en los unos, satisfecho en los otros, o apaciguado
por el abrazo de la muerte. ¡Cuántos
ataúdes color de rosa bajo envolturas de lienzo! Y siempre el mismo tronar en
las murallas. Desde su campo, los franceses,
impelidos por involuntario sentimiento de ansiedad y
terror, examinan en una
tarde
serena el piso amarillento y hundido de los baluartes de Sebastopol, sobre los
cuales van y vie- nen las obscuras
siluetas de nuestros
marinos; cuentan las troneras, de
donde surgen cañones de hierro
fundido de aspecto feroz; en la torrecilla del telégrafo, un sargento observa
con un anteojo a los soldados enemigos, sus baterías, sus tiendas, el mo-
vimiento de sus columnas sobre el mamelón verde y el humo que sale de las
trincheras; con igual ardor viene a converger de diferentes partes del mundo,
sobre aquel sitio fatal, multitud
formada por razas heterogéneas y movida por los más contradictorios apetitos.
La pólvora y la sangre no consiguen resol- ver una cuestión que los
diplomáticos no supieron zanjar.
I
En la
sitiada Sebastopol, la música de un re- gimiento toca en el bulevar.
Muchedumbre de mili- tares y mujeres vestidas con el traje de los domin- gos,
paséase por las avenidas. El sol espléndido de primavera, salió por la mañana
sobre las obras de sitio de los ingleses, pasó luego sobre los baluartes, sobre
la ciudad y sobre el cuartel Nicolás,
espar- ciendo alegremente para todos por igual su luz vivificadora; ahora ya,
desciende hacia el lejano azul del mar, que ondula blandamente, rielando con
facetas de plata.
Un oficial
de infantería, de elevada estatura, lige- ramente encorvado, sale, calzándose
los guantes de dudosa blancura, pero presentables aún, de una de las casitas de
marineros construidas a la izquierda de
la calle de la Marina. Dirígese hacia el bulevar mirándose las botas con aspecto distraído. La ex-
presión de su rostro, francamente feo,
no revela gran capacidad intelectual; pero la buena fe, el buen sentido, la
honradez y el amor al orden se leen en él con claridad. Es poco airoso, y
parece sentir alguna confusión por la torpeza
de sus movimientos. Cu- bierto con una gorra usada, viste capote de
extraño color tirando a lila, bajo el cual se distingue la cade- na de oro del
reloj; el pantalón es de trabillas y las botas limpias y relucientes, Si sus
facciones no ates- tiguaran su origen puramente ruso, tomárasele por alemán, por un ayudante de campo o por el
oficial de tren de un regimiento (es verdad que le faltan las espuelas), o bien
por uno de aquellos oficiales de
caballería que han permutado para tomar parte en la campaña. Esto era
efectivamente, y al subir hacia el
bulevar
pensaba en la carta que había recibido poco antes de un ex-compañero suyo, en
la actualidad propietario en el Gobierno
de F... y pensaba tam- bién en la mujer de aquel compañero, la pálida Na-
tacha, de ojos azules, su gran amiga; recordando, sobre todo, el siguiente
párrafo:
«Cuando
llega El Inválido[5],
Pupka (así llama el ex-hulano a su
mujer) precipítase a la antesala, se apodera del periódico y se arroja sobre el dos-á-dos del berceau[6] en el salón donde pasamos tan buenas veladas
de invierno contigo cuando tu regimiento estuvo de guarnición
en esta ciudad. ¡No puedes figurarte con qué entusiasmo lee las relaciones de vuestras heroicas
hazañas! ¡Mikhailof, repite
con frecuencia hablando de ti, es
una perle; me arrojaré a su cuello
cuando lo vea! Se bate en los baluartes: Il se bat sur les bastions, lui, y le
darán la cruz de San Jorge, y hablarán de él todos los periódicos. En fin, que
casi comienzo a sentir celos de ti. Los diarios tardan muchísimo en llegar, y
a pesar de que mil noticias corren de
boca en boca, no es posible dar a todas crédito. Por ejemplo, tus excelentes
amigas las demoi- selles a musique,
referían ayer que Napoleón, cogido prisionero por nuestros cosacos, había sido
llevado a Petersburgo. ¡Ya comprenderás que en eso no pu- de creer!... Poco
después, un recién llegado de la ca- pital, un funcionario agregado al
ministerio, joven encantador y el gran recurso para nuestra ciudad, ahora
desierta, nos aseguraba que los nuestros
ha- bían ocupado Eupatoria, lo que impido a los france- ses la comunicación con
Balaklava ; que habíamos perdido doscientos hombres en la empresa, y ellos
cerca de quince mil. Mi mujer sintió
tanta alegría, que ha bamboché[7] toda la noche, y sus presentimien- tos le
dicen que has tomado parte en la expedición y te has distinguido..»
A pesar de
las palabras, las expresiones sub- rayadas y el tono general de la carta, no
podía me- nos el capitán Mikhailof de transportarse en pensa- miento, con dulce
y triste satisfacción, junto a su pálida
amiga provinciana; recordando sus conversa- ciones sobre los sentimientos en el
berceau del salón, y cómo su buen compañero el ex-hulano se enfada- ba y les
ponía multas en las partidas de naipes a tanto de un kopek, cuando lograban
organizar algu- na en el gabinete, y cómo su mujer se burlaba de él riendo,
recordaba la amistad que aquellas buenas gentes le demostraban siempre, y
¡quién sabe si ha- bía algo más que amistad
por parte de su pálida amiga! Todas aquellas figuras evocadas de un cua- dro
familiar surgían en su imaginación,
que les prestaba maravilloso y
dulce encanto. Veíalas de color de rosa, y sonriendo ante aquellas imágenes, oprimía cariñosamente
con la mano la carta allá en el fondo del bolsillo.
Tales recuerdos transportaron involuntaria-
mente al capitán a sus esperanzas, a sus sueños.
-¡Cuánto
será -decíase mientras seguía por la
angosta calleja, -el asombro y la alegría de Natacha cuando lea en El Inválido
que he sido el primero en coger un cañón y que me han dado la Cruz de San
Jorge! Debo ascender a capitán mayor, ya hace mu- cho tiempo que estoy
propuesto, y me será después muy fácil, en el transcurso del año, llegar a jefe
de batallón (comandante de ejército); pues muchos son muertos y no pocos lo
habrán de ser aún en esa campaña. Mas
adelante, en cualquiera otra acción futura, cuando me haya dado bien a
conocer, me da- rán un regimiento, y heme aquí ya teniente coronel,
comendador
de Santa Ana; luego coronel...
Y se veía
ya General, honrando, con su visita a Natacha, la viuda de su compañero (el
cual, para sus cálculos, debía morirse por
entonces), cuando los acordes de
la música militar llegaron distintamente a sus oídos; la multitud de paseantes
atrajo sus mira- das y encontróse en el bulevar tal y como era, es de- cir,
capitán de segunda clase de infantería.
II
Acercóse
desde luego al pabellón junto al en que
tocaban algunos músicos:
unos cuantos sol- dados del mismo regimiento les servían de atriles, para lo cual mantenían
abiertos ante ellos los pape- les de música, y un no muy numeroso círculo los
rodeaba: furrieles, sargentos,
criadas y chiquillos ocupados más en mirar que en oír.
En torno del pa- bellón, marinos, ayudantes de oficiales con guante blanco,
permanecían de pie o sentados, o paseaban; más lejos, en el paseo central,
veíase una mezcla de oficiales de todas armas y mujeres de todas clases,
algunas con sombrero, la mayoría de pañuelo a la cabeza; otras no llevaban ni sombrero ni pañuelo,
pero, cosa particular, no había viejas; todas eran jó- venes. Más abajo, en las
calles sombrías y olorosas de
acacias blancas, distinguíanse
algunos grupos aislados, en
reposo o en marcha. Al ver al capitán Mikhailof, nadie demostró el menor
júbilo, a excep- ción quizá de los capitanes de su regimiento Objo- gof y Suslikof, que le estrecharon la mano calurosamente;
pero el primera no llevaba guantes, sino pantalón de piel de camello y capote
raído, y su cara, encendida aparecía, cubierta de sudor; el se- gundo hablaba a
gritos, con un desenfado molestí- simo. En fin, que no era muy halagüeño pasearse con tal compañía, sobre
todo, en presencia de ofi- ciales enguantados. Entre éstos se encontraba, un
ayudante de campo con el que Mikhailof cambió un saludo, y un oficial de Estado
Mayor, al que también hubiera podido saludar por haberse visto con él dos veces
en casa de un amigo común. No sentía, pues, positivamente, ningún placer en
pasear con aquellos dos compañeros, que encontraba cinco o seis veces al día, y
a los cuales estrechaba todas ellas la mamo; no había venido al paseo para
semejante cosa.
Hubiera
querido acercarse al ayudante de campo con el cual cambiara el saludo, y
alternar con aque- llos caballeros, no para que los capitanes Objogof,
Suslikof, el teniente Paschtezky y otros le vieran con ellos en
conversación, sino sencillamente
porque eran personas agradables al corriente de las noticias, y que le habrían
referido algo nuevo. ¿Por qué tiene miedo Mikhailof y no se decide a
abordarlos? ¿Es que se pregunta con inquietud lo que hará si esos se- ñores no
le devuelven el saludo; si continúan char- lando entre sí, haciendo como que no
le han visto y si se alejan dejándolo solo entre los aristócratas? La palabra
aristócrata, en sentido de grupo escogido, entresacado del montón,
perteneciente a cualquier clase, ha adquirido
desde hace algún tiempo entre nosotros, en Rusia, donde no debiera haber
echado raíces, a lo que parece, extraordinaria popularidad, penetrando en todas
las capas sociales en donde la vanidad se infiltrara. ¿Y dónde no se infiltra
tan la- mentable flaqueza? En todas
partes, entre los em- pleados, los comerciantes, los furrieles, los
oficiales; en Saratof, en Mamadisch, en Venitsy, en tina pala- bra, doquiera
que haya hombres. Ahora bien: como en
la ciudad sitiada
de Sebastopol hay
muchos hombres, hay. también muchísima
vanidad; lo cual quiere decir que los aristócratas están en gran núme-
ro, por más que la muerte se cierna constantemente sobre las cabezas de todos,
aristócratas o no.
Para el
capitán Objogof, el capitán de segunda,
Mikhailof,
es un aristócrata; para el capitán de segunda, Mikhailof, el ayudante de campo
Kaluguin será un aristócrata, porque es tal ayudante de cam- po, y se trata con
tal otro ayudante; en fin, para Ka- luguin, el conde Nordof será un
aristócrata, porque es ayudante del Emperador.
¡Vanidad,
vanidad y sólo vanidad ¡Hasta junto al ataúd y entre gentes prontas a morir por
una idea elevada! ¿No será, la vanidad el rasgo característico, la enfermedad
que distingue al siglo actual? ¿Por qué
no se conocía en otro tiempo esta debilidad, más de lo que eran conocidos el
cólera o las virue- las? ¿Por qué no existen en nuestros días más que tres
clases de hombres: unos que aceptan la vanidad como un hecho existente,
necesario, y por conse- cuencia justo,
y que
se someten a él
libremente; otros que la consideran como un elemento nefasto, pero
imposible de destruir, y los últimos que obran bajo su influencia con
inconsciente servilismo? ¿Por qué los Homeros y los Shakespeare hablan de amor,
de gloria y de sufrimientos mientras que la literatura de nuestro siglo abarca
sólo la interminable historia del snobismo de la vanidad?
Mikhailof,
siempre indeciso, pasó dos veces por delante del grupito de aristócratas; a la
tercera, ha-
ciéndose
violencia, se aproximó a ellos. El grupo se componía de cuatro oficiales, el
ayudante de campo Kaluguin, a quien
Mikhailof conocía; el
también ayudante de campo príncipe Galtzin, aristócrata pa- ra el mismo
Kaluguin; el coronel Neferdof, uno de los ciento veintidós (apellidábase así un
grupo de oficiales de la buena sociedad que habían vuelto al servicio para
tomar parte en la guerra), y por último, el capitán de caballería, Praskunin,
que también figu- raba entre los ciento veintidós. Afortunadamente para
Mikhailof, Kaluguin, estaba en la mejor dispo- sición de ánimo (acababa de
hablar el General muy confidencialmente con él y el príncipe Galtzin, re- cién
llegado de Petersburgo, habíase detenido en su casa), así es que no creyó
comprometerse tendiendo la mano a un capitán de segunda. Praskunin no se decidió a tanto, aunque encontraba a
menudo a Mi- khailof en el baluarte y hubiese bebido mas de una vez de su vino
y su aguardiente, y hasta le debiera además aún doce rublos y medio de una partida
de favor. Como conocía poco al príncipe Galtzin, no le agradaba demostrar ante
él su intimidad con un se- gundo capitán de infantería; se limitó, pues a
saludar a éste ligeramente.
-Y bien,
capitán -dijo Kaluguin,- ¿cuándo vol-
vemos a ese
baluarte de tres al cuarto? ¿Se acuerda usted de nuestro encuentro en el
reducto Schwarz?
¡Se batía
bien el cobre! ¿eh?
- Sí, se
batía - respondió Mikhailof, recordando aquella noche en que, al subir por la
trinchera hacia el baluarte, encontró a Kaluguin que caminaba con desenvoltura
haciendo sonar de firme su sable - No me tocaba ir hasta mañana - prosiguió, -
pero tene- mos un oficial enfermo...
Y se disponía a
contar cómo, aunque no le co- rrespondiera el turno, había creído deber
ocupar el puesto del teniente Nepchissetzky,
porque el co- mandante de la compañía estaba también
enfermo y sólo quedaba, un cadete; pero Kaluguin no le dejó concluir.
-Presiento
- dijo, volviéndose hacia el prín- cipe, Galtzin - que tendremos algo estos
días.
-¿Y no
pudiera ser que ese algo, ocurriese hoy?
- preguntó tímidamente Mikhailof, mirando uno tras otro
a Kaluguin y Galtzin.
Nadie le
contestó; el Príncipe hizo un ligero mohín, y dirigiendo una mirada por encima
de la gorra de Mikhailof.
-¡Qué
bonita, muchacha! - dijo tras unos mi- nutos de
silencio, -allá abajo, con el
pañuelo co-
lorado. ¿La
conoce usted, capitán?
-Es hija de
un marinero; vive junto a mi casa
-respondió
éste.
-Vamos a
verla más de cerca.
Y el
príncipe Galtzin se cogió del brazo: por un lado a Galuguin, por el otro, al
capitán de segunda, persuadido de que proporcionaba a éste, al proceder así,
viva satisfacción. Y no se engañaba. Mikhailof era supersticioso, y a sus ojos,
gran pecado ocuparse de mujeres antes de entrar en fuego; pero aquel día se las
echó de libertino. Ni Kaluguin ni Galtzin se dejaron engañar; la joven del
pañuelo de color se sorprendió mucho, pues más de una vez había ob- servado que
el capitán se ponía colorado al pasar
ante su ventana. Praskunin iba detrás de los otros y daba con el codo al
Príncipe, haciendo toda suerte de comentarios en francés, pero como el estrecho
callejón de árboles no les permitía marchar los cua- tro de frente, tuvo que
quedarse atrás y cogerse, en la segunda vuelta, al brazo de Servraguine,
oficial de marina, conocido por su bravura excepcional y muy deseoso de
mezclarse al grupo de los aristócratas. Este valiente pasó con
júbilo su mano honrada y musculosa sobre
el brazo de Praskunin, a pesar de saber que éste no era de lo más intachable ni
mucho menos. Para explicar al príncipe Galtzin su intimidad con aquel marino,
Praskunin murmuró a su oí- do que era un
bravo de gran reputación; pero el Príncipe, que estuviera la víspera
en el cuarto ba- luarte, y vio allí
estallar una bomba a veinte pasos de su persona, considerábase igual en valor a
aquel ca- ballero; así es
que, convencido de que
la mayor parte de las
reputaciones son exageradas, no prestó la menor atención a Servraguine.
Mikhailof
se sentía tan gozoso al pasear con tan brillante compañía, que ya ni se
acordaba de la pre- ciada carta de F... ni de las lúgubres reflexiones que le
asaltaran siempre que iba al baluarte. Permaneció, pues, con ellos hasta que lo
excluyeron visiblemente de su conversación, evitando sus miradas como pa- ra
darle a comprender que podía continuar
solo su camino. Por fin, lo plantaron. A pesar de esto estaba tan satisfecho,
que, permaneció indiferente ante la expresión altanera con que el junker[8]
barón Pesth, se incorporó, descubriéndose delante de él. Aquel jo- ven se había
vuelto muy orgulloso desde que pasara su primera noche bajo el blindaje del
baluarte nú- mero 5, lo cual lo
transformó en un héroe a sus propios ojos.
III
Apenas hubo
transpuesto Mikhailof el umbral de
su casa, cuando muy
diferentes pensamientos asaltaron su imaginación. Volvió a contemplar su reducido cuarto, en el que la
tierra apisonada for- maba el pavimento; sus ventanas deformes, cuyos
cristales ausentes habían
sido reemplazados por trozos de papel; su antigua cama, sobre
la cual vela- se clavado en la pared un tapiz viejo que represen- taba una
amazona; las dos pistolas de Tula colgadas a la cabecera, y allí mismo, al
lado, otra cama poco limpia cubierta con una colcha de percal; la del jun- ker,
que compartía con él el alojamiento. Y vio a su asistente Nikita que se levantó
del suelo donde esta- ba sentado, rascándose la pelambrera grasienta y
enmarañada, y la capa vieja, las botas de servicio, y el paquete preparado para
pasar la noche en el ba- luarte; una servilleta de la cual salía el canto de un
trozo de queso, y el cuello de una botella de aguar- diente. De pronto se
acordó que aquella misma no- che debía conducir su compañía a las casasmatas.
-Me
matarán, es la. Fija - díjose, -lo presiento;
tanto más,
cuanto que me he ofrecido yo mismo a ir, y el que hace un servicio voluntario
está siempre se- guro de morir en él. ¿Y qué enfermedad será la de ese maldito
Nepchissetzky? ¿Quién sabe? ¡Puede ser que lo esté mucho!... Y gracias a
él matarán a un hombre; sí, lo matarán, de seguro! Aunque... si no me matan, me
incluirán en propuesta... Ya he visto la satisfacción del coronel cuando le pedí licencia para reemplazar a
Nepchissetzky, por estar enfer- mo. ¡Si
no es el empleo de mayor será la cruz de Vladimiro, seguramente! Y es la décima
tercera vez que voy al baluarte. ¡Oh, oh!, 13; mal número, me matarán de fijo;
tengo la certeza, lo siento! Sin em- bargo, la compañía no puede ir con un
cadete. Y si ocurriera algo... la honra del regimiento, la del ejér- cito,
podría verse comprometida... Mi deber es ir... Sí; deber sagrado... Pero de
todas maneras, tengo el presentimiento...
Y el
capitán olvidábase de que había tenido ese mismo presentimiento, con más o menos fuerza, cada
vez que fue al baluarte, e ignoraba que todos cuantos han
de entrar en fuego lo
experimentan siempre, bien que
con diferente intensidad. Pero
más tranquilo por la noción del deber que había de- sarrollado particularmente, sentóse a la mesa y es-
cribió una
carta, de despedida a su padre; a los diez minutos, con los ojos húmedos,
levantóse y comen- zó a vestirse, repitiendo mentalmente todas las ora-
ciones que sabía
de memoria. Su
asistente, un animalote, medio
borracho lo ayudó a ponerse la levita nueva, pues la vieja que usaba de
ordinario para ir al baluarte no estaba recompuesta.
-¿Por qué
no has arreglado la levita? -No pien- sas mas que en dormir, animal!
-¡Dormir...-
gruñó Nikita,- cuando todo el día hay que correr como un perro; se revienta
uno! ¡Y después de esto aun habrá que no dormir!
-Vuelves a
estar borracho, por lo que veo.
-No he
bebido con su dinero de usted, ¿por qué me regaña?...
-¡Silencio,
bruto! -gritó el capitán, pronto a sa- cudir al asistente.
Nervioso y
agitado como estaba ya, la. estupidez de Nikita
hacíale perder la paciencia. No obstante, apreciaba a aquel hombre, y
aun lo toleraba más de lo debido. Teníalo junto sí hacía más de doce años.
-¡Bruto,
bruto! -repetía el soldado. -¿Por qué me injuria usted, señor? ¡Y en qué
momento! ¡No está bien insultarme.
Mikhailof
recordó a qué lugar iba y le dio ver-
güenza.
-Harás
perder la paciencia a un santo, Nikita - dijo con voz más
afable.- Deja ahí sobre la mesa esta carta dirigida a mi padre; no la
toques -añadió ruborizándose.
-¡Está
bien! -repuso Nikita enterneciéndose bajo la influencia del vino que bebiera
con su propio di- nero, según decía, y entornando los ojos prestos a llorar.
De tal
modo, que cuando el capitán le gritó al salir de la casa: -¡Adiós Nikita!
-estalló en ahogados sollozos, y cogiendo la mano de su amo, besósela con gruñidos, repitiendo:
-¡ Adiós,
barina, adiós!
Una vieja,
mujer de marinero, que estaba senta- da en el umbral, no pudo menos, como buena
muje- ruca, de tomar parte en aquella escena de
enternecimiento: frotándose los ojos con
la sucia manga de su vestido, masculló algo a propósito de los amos, que
también habían de soportar tantos males, y refirió por centésima vez al ebrio Nikita, cómo ella, la
infeliz, quedo viuda como fue muerto su
marido en el primer bombardeo, y derribada su casita, pues la que habitaba
ahora no era de su pro- piedad, etc. Cuando el
capitán se alejó, Nikita en- cendió su pipa, rogó a la hija
de la patrona que fuera a traer aguardiente, y enjugó bien pronto sus
lágrimas, concluyendo por pelearse con la vieja, por causa de un vaso que,
según decía, ésta le había roto.
-Aunque
puede ser que sólo resulte herido...
-decía
Mikhailof, al obscurecer, acercándose ya, al baluarte a la cabeza, de su
compañía. -¿Pero dónde?
¿Aquí? o...
Y se tocaba
con el dedo sucesivamente el ab- domen y el pecho.
-Si
siquiera, fuese aquí- pensaba, señalando, la parte superior del muslo- ¡y si la
bala no tocase el hueso... ¡Pero si es un casco de granada se concluyó!
Llegó
felizmente a las casasmatas, siguiendo por las trincheras, en la más completa
obscuridad; con auxilio de un oficial de zapadores, puso su gente al trabajo, y
después se sentó en un pozo de tirador al abrigo del parapeto. Tirábase muy
poco; de tiempo en tiempo, ora en nuestro campo, ora allá, brillaba un
fogonazo, y la mecha encendida de la
bomba trazaba un arco de fuego en el obscuro estrellado cielo pero caían muy
lejos los proyectiles; detrás o a la derecha del alojamiento en que el capitán
habíase ocultado sentándose en
el fondo de
su cavidad.
Comió un
trozo de queso, bebió un trago de aguardiente, encendió un cigarrillo, y
rezadas sus ora- ciones, procuró dormir.
IV
El príncipe
Galtzin, el teniente
coronel Ne- ferdof y Praskunin (á
quien nadie había invitado y con el que nadie hablaba, pero que así y todo los
se- guía) abandonaron el bulevar para ir a tomar el te a casa de Kaluguin.
-Concluye
de una vez la historia sobre Vaska Mendel -decía Kaluguin, que despojándose de
la ca- pa se había sentado junto a la ventana en un sillón bien relleno,
mientras se desabrochaba el cuello de su fina camisa de holanda almidonada
cuidadosa- mente.
-¿Cómo se
ha vuelto a casar?
- Es
curiosísimo, os lo aseguro.
-Por
entonces no se hablaba de otra cosa en
Petersburgo
-respondió riendo el príncipe Galtzin.
Y
separándose del plano, junto al que se había sentado, acercóse a la ventana.
- Es de lo
que no hay. Conozco todos los de-
talles...
Y
vivamente, con ingenio y jovialidad, púsose a referir la historia de una
intriga amorosa, que pasa- remos en silencio, dado el poco interés que nos ofrece. Lo que chocaba más en
todos los presentes, el uno sentado
sobre el alféizar de la ventana, el otro al piano y el tercero sobre un mujeble
con las piernas recogidas, era que parecían
otros hombres completamente distintos de los que antes viéramos en el
bulevar. Ni el ceño altivo ni la
ridícula afecta- ción aparentada, con los oficiales de infantería; allí, en
familia, mostrábanse tal como eran, buenos chi- cos, alegres y dispuestos. La
conversación giraba sobre sus compañeros y amistades de Petersburgo.
- ¿Y
Maslovsky?
- ¿Quién?
¿el hulano o el de caballería de la
Guardia?
-Conozco a
los dos. En mis tiempos el de la Guardia era un muchacho recién salido de la
escue- la. ¿Y el mayor, es capitán?
-Sí, desde
hace mucho tiempo.
-¿Está aún
con su gitana?
-No la dejó
ya.
- Y la
conversación prosiguió en aquel tono.
El príncipe
Galtzin cantó muy bien una canción tzígana acompañándose al piano. Praskunin,
sin que nadie se lo rogara, le hizo el dúo, y con tal maestría, que lo
obligaron a repetirla, lo que lo envaneció mu- cho.
Un criado
trajo, sobre una bandeja de plata, el te con crema y hojaldres.
-Sírvele al
Príncipe -le dijo Kaluguin.
-¿No es
extraño -siguió Galtzin bebiendo su ta- za junto a la ventana- pensar que estamos en una ciudad
sitiada, y que tenemos piano y te con crema; todo ello, en una casa que me
gustaría mucho habi- tar en Petersburgo?
- Si no
tuviéramos siquiera esto -dijo el teniente coronel, hombre ya maduro, siempre
descontento,- la existencia nos sería intolerable. ¡Esta continua espera de algún suceso... ver a diario morir
gente; morir sin cesar!... y vivir en el fango, sin las menores comodidades.
-¿Y
nuestros oficiales de infantería -interrumpió Kaluguin,- que han de habitar en
los baluartes con los soldados, y compartir con ellos la sopa bajo los
blindajes? ¿Cómo se las arreglan?
-¿Cómo se
las arreglan?
-¡No se
cuidan de ropa, es verdad, durante diez días, pero son hombres admirables;
verdaderos hé- roes!
Precisamente
en aquel momento, entró un ofi- cial de infantería en la estancia.
-Yo...
he... traigo orden... de ver al General... a Vuestra Excelencia... de parte del
general N... -dijo saludando con
timidez.
Kaluguin se
levantó, y sin devolver el saludo al recién venido, sin invitarlo a que se sentara, con cierta
cortesía mortificante y una sonrisa
oficial, le rogó que esperase, y continuó hablando en francés con Galtzin sin
hacer el menor caso del pobre ofi- cial que permanecía plantado en medio de la
habita- ción y no sabía qué hacer de su persona.
-Vengo a un
asunto urgente -dijo por fin tras un minuto de silencio.
-Si es así,
haga usted el favor de venir conmigo. Y Kaluguin cogió su capa y dirigióse a la
puerta.
Pocos
instantes después volvía de casa del General.
-¡Vamos,
amigos; creo que esta noche arreciara la cosa.
-¿Qué, una
salida ? -preguntaron los dos a la vez.
-No sé; ya lo veréis -respondió con sonrisa
enigmática.
-Mi
comandante está en las fortificaciones; ten- go precisión de ir -dijo Praskunin
ciñéndose el sa- ble.
Nadie le
contestó; ya debía saber él de sobra lo que tenía que hacer.
Praskunin y
Neferdof salieron con dirección a sus puestos.
-Adiós, caballeros;
hasta la vista;
ya nos en- contraremos esta noche -gritóles Kaluguin
desde la ventana, mientras que ambos se alejaban al trote lar- go, inclinándose
sobre el arzón de sus monturas co- sacas.
El ruido de
los cascos de sus caballos se des- vaneció bien pronto en la obscura calle.
-Vamos,
dime: ¿de verdad habrá algo esta no- che? -dijo Galtzin, de codos junto a
Kaluguin sobre el alféizar de la ventana, desde donde contemplaban cruzar las
bombas sobre las fortificaciones.
-A ti te lo
puedo decir; ¿has estado en los ba- luartes? ¿Sí?
Aunque
Galtzin sólo estuviera
una vez res- pondíó con ademán aflirmativo.
-Pues bien,
frente a nuestra luneta había una
trinchera...
Y Kaluguin,
que no era un especialista, pero que estaba convencido de la exactitud de sus
juicios mi- litares, púsose a explicar, embrollándose y emplean- do a roso y
belloso los términos
técnicos de fortificación, el
estado de nuestros trabajos, las dis- posiciones del enemigo y el plan de la
empresa que se preparaba.
-¡Hola,
hola, empiezan a tirar de firme contra los alojamientos! ¿Va desde aquí o viene
de allá esa que ha estallado?
Y los dos
oficiales, apoyados en la ventana, mi- raban las líneas de fuego, trazadas por
las bombas al cruzarse en el espacio; el humo blanco de la pólvo- ra, los
fogonazos que precedían a cada disparo e iluminaban durante un segundo el cielo
azul casi negro, y oían el tronar del cañoneo que iba aumen- tando.
-¡Qué
hermoso golpe de vista!
-exclamó Ka- luguin llamando la
atención de su huésped sobre aquel espectáculo de belleza real. -¿Sabes que mu- chas veces no se pueden
distinguir las estrellas de las bombas?
-Sí, es
verdad; ahora la tomé por una estrella;
pero va
cayendo; mírala; revienta. Y aquel lucero, allí abajo, ¿ cómo se llama? Parece
una bomba.
-Tengo ya
tanta costumbre de ver esto,
que cuando vuelva a Rusia, en el cielo estrellado me pa- recerá
contemplar constelaciones de bombas.
-¿Debo yo
tomar parte en esta salida? -dijo el
Príncipe
tras una pausa.
- ¡Vaya una
idea, querido! No pienses en ello;
no te
dejaré ir; no te faltará tiempo.
-¿De
verdad? ¿Crees que puedo excusarme?
En aquel
instante, y en la dirección de la mirada de ambos interlocutores, escuchóse entre el fragor de
la artillería el crujido de terribles
descargas de fusil, mientras mil fogonazos más pequeños surgían y brillaban en
toda la línea.
-Mira, la
cosa va de firme -dijo Kaluguin, - no puedo oír con calma este ruido de la fusilería; me conmueve
todo. Gritan ¡hurra! -añadió aplicando el oído hacia los baluartes, de donde
llegaba el clamor lejano y prolongado de millares de voces.
-¿Quiénes
gritan ¡hurra!, ellos o nosotros?
-No lo sé,
pero se deben batir cuerpo a cuerpo, de seguro; no se oye ya la fusilería.
Un oficial
montado, seguido por un cosaco, lle- gó al galope bajo la ventana; allí se
detuvo y echó pie a tierra.
-¿De dónde
viene usted?
-Del
baluarte, a ver al General.
-Vamos, ¿y
qué hay? diga usted.
-Han atacado;
ocupan los alojamientos.
Los franceses han hecho avanzar sus reservas, atacando a los nuestros...
sólo había dos batallones -decía el oficial con la voz sofocada.
Era el
mismo que vino por la tarde, pero en- tonces se dirigió a la puerta, con
aplomo.
-¿Y se han
retirado?
-No
-respondió el oficial con acento rudo. Ha llegado a tiempo un batallón; los
hemos rechazado; pero el coronel del regimiento ha muerto y muchos oficiales;
hacen falta refuerzos.
Y al decir
esto, entró con Kaluguin en casa del
General
adonde no los seguiremos.
Cinco
minutos después, Kaluguin pasaba hacia el baluarte sobre su caballo, montado a la cosaca, género de
equitación que parece ocasionar a
los ayudants singular placer; llevaba algunas órdenes y debía esperar el
resultado definitivo del choque. En cuanto al príncipe Galtzin, agitado por la penosa emoción que
producen habitualmente en el especta- dor ocioso los indicios de que comienza
un com- bate, salió apresuradamente a la calle para marchar sin rumbo fijo
arriba y abajo.
V
Soldados
que conducen a los heridos en cami- llas, sosteniendo en brazos a algunos; la
calle obscu- ra completamente, y a lo lejos luces que brillan en las ventanas
de un hospital o el alojamiento de un
oficial que vela. De los baluartes llega sin interrup- ción el estampido de los
cañonazos de la fusilería, y continúan resplandores mil encendiendo el obscurísimo
horizonte.
De tiempo
en tiempo óyese el galopar de un or-
denanza, el gemir de un herido, los pasos y las vo- ces de los camilleros, y
las exclamaciones de las mujeres
asustadas, que de pie en el umbral de sus puertas, miran en dirección del cañoneo.
Entre estas
últimas encontramos a nuestro co- nocido Nikita, a la vieja, viuda de un
marinero, con la cual había hecho ya aquél las paces, y a la hija de esta
última, niña de diez años.
-¡AY, Dios mío, Santísima Virgen Madre!
-murmura
suspirando la pobre mujer, mientras sigue con la vista las bombas que cruzan
por los aires de una parte a otra, semejantes a pelotas de fuego.
-¡Qué
desgracia, qué desgracia! No era tan fuerte el primer bombardeo. Mira, mírala
cómo revienta la maldita, allá en el barrio,
encima precisamente de nuestra casa.
-No, es más
lejos; siempre caen todas en el jar- dín de la tía Arina -dice la chicuela.
-¿Dónde
estará mi amo? ¿Dónde estará ahora?
-gime
Nikita, borracho aún y balbuceando las pala- bras. -¡Lo que quiero yo a este amo mío! ¡No se puede decir!
Si, lo que Dios no permita, cometieran el pecado de matarlo, le aseguro a
usted, comadre, que no respondo de lo que haría yo. De veras. Es un amo tan
bueno... que... no hay palabras para decir- lo... mire usted, yo no lo
cambiaría por aquellos que juegan a los naipes ahí dentro; de verdad. ¡Puff - concluyó por decir Nikita, señalando
el cuarto de su capitán donde el junker Ivatchesky había organizado con algunos
cadetes una orgía en pequeño, para re- mojar la cruz que acababa de recibir.
-¡Cuántas
estrellas! ¡Cuántas estrellas
que co- rren! -exclamó la niña
rompiendo el silencio que si- guiese al discurso de Nikita. -¡Allí, allí cae
otra! ¿Por qué caen así, mamaíta?
-¡Destruirán
nuestra barraca! -decía tan sólo la
pobre
vieja, suspirando y sin contestar a su hija.
-Hoy
-continuó con entonación de canturria la charlatancilla- hoy he visto en el
cuarto del tío, junto al armario, una bala muy grande; ha agujereado el techo y ha caído derecha,
derecha en el cuarto. Mira, es tan grande, que no se la puede levantar en peso.
-Las que
tienen marido y dinero se han mar- chado -proseguía la vieja- ¡y yo no tengo
más que una barraca y me la destruyen... ¡Mira,
mira cómo tiran los malvados! ¡ Señor! ¡Dios mío! Cuando yo salía de
casa del tío -continuó la niña,- ha caído una bomba allí derecha, derecha; ha
reventado, con mu- cho ruido. Levantó la tierra por muchos sitios, y por
poquito, por poquito, nos alcanza uno de los peda- zos.
VI
El príncipe
Galtzin iba encontrando cada vez en mayor numero, heridos transportados en cami- llas y otros muchos que se arrastraban
por sus pies, o bien se sostenían mutuamente
hablando con ca- lor.
-Cuando
cayeron sobre nosotros, hermanos - - decía con voz de bajo un soldado de elevada estatura que
llevaba dos fusiles al hombro -cuando cayeron sobre, nosotros gritando: ¡Allah,
Allah![9] se agolpaban unos sobre otros. Morían los
primeros y otros subían detrás. Nada se podía hacer; ¡había tantos, tantos!
-¿Vienes
del baluarte? -preguntó Galtzin, inte- rrumpiendo al orador.
-Sí,
Vuestra Nobleza.
-Y bien,
¿qué ha pasado allí? Cuenta.
-¿Lo que ha
pasado?... Pues... mire Vuestra No- bleza, su fuerza nos rodeó; treparon al
parapeto, y allí pudieron más que nosotros.
-¿Cómo más?
¿Pero no los habéis rechazado?
-¡Vaya!
¡Pues! ¡Sí!... - Rechazado!... Cuando toda su fuerza vino, sobre nosotros; mató
a todos noso- tros... y sin socorros...
El soldado
se equivocaba, pues habíamos con- servado la trinchera; pero cosa rara y que
cualquiera puede comprobar, todo soldado herido en una ac- ción de guerra la
cree perdida siempre, y terrible- mente
sangrienta.
-Sin
embargo, me han dicho que los habéis re- chazado -replicó
con mal humor
Galtzin. -¿Será quizá después que
te retiraste?... ¿ Hace mucho?
-Ahora
mismo, Vuestra Nobleza; la trinchera
debe ser suya; nos llevaban ventaja.
-¿Pero, no
os ha dado vergüenza? i Abandonar la trinchera! ¡Es horroroso! -dijo Galtzin,
indignado por la indiferencia de aquel hombre.
_ ¿Y cómo
no, cuando él es más fuerte?
_ ¡Eh;
Vuestra Nobleza! -dijo entonces un sol- dado
conducido en camilla.
-¿ Cómo no
aban- donarla cuando nos matan a
todos? ¡Ah! Sí hu- biéramos tenido la
fuerza no la hubiésemos aban- donado
nunca. ¿Pero qué hacer? Yo acababa de pinchar a uno cuando recibí el
golpe. Con cuidado hermanos, con cuidado:
¡ay¡ por favor gemía el he- rido.
-Vamos; se vuelve demasiada gente -dijo Galtzin
deteniendo otra vez al soldado de los dos fusiles. -¿Por qué te retiras tú, eh?
i Alto!
El soldado
obedeció, quitándose la gorra con la mano izquierda.
-¿ Adónde
vas? -siguió severamente el Príncipe
-¿Y quién
te ha permitido retirarte?
Pero
entonces, habiéndose acercado más, vio que el brazo derecho del soldado estaba
cubierto de sangre hasta el codo.
-Estoy
herido, Vuestra Nobleza.
-¡Herido!
¿Dónde?
-Aquí, de
bala -y enseñó su brazo. -Pero no sé lo que me han roto también aquí.
Y bajando
la cabeza, dejó ver sobre la nuca me- chones de
cabellos pegados entre sí por la sangre coagulada.
-Y ese
fusil, ¿de quién es?
-Es una
carabina francesa, Vuestra Nobleza; la he cogido. No me hubiera retirado, pera
era preciso conducir a este soldadillo; puede caerse -y el hom- bre señaló a un
infante que marchaba algunos pasos delante de ellos arrastrando penosamente la
pierna izquierda.
El príncipe
Galtzin sintióse cruelmente
aver- gonzado de sus injustas
sospechas, y conociendo que se turbaba, volvió el rostro, y sin preguntar ni
vigilar ya a los heridos dirigióse a la ambulancia.
Abriéndose
camino con trabajo hasta el portal, a través de los soldados, parihuelas, camilleros que entraban
con heridos y salían con cadáveres, pene-
tró en la
Primera sala, lanzó una ojeada, en torno suyo, retrocedió involuntariamente y
salió con apre- suramiento a la calle. Lo que acaba de ver era dema- siado
horrible.
VII
La gran
sala, sombría y de elevado techo, ilu- minada solamente por cuatro o cinco
bujías que los médicos transportaban para examinar a los pacien- tes, estaba,
tal como suena, atestada de gente. Los camilleros traían sin cesar nuevos
heridos y los de- positaban uno junto a otro en tierra; la prisa era tal,
que los
infelices se empujaban, bañándose en
la sangre de sus vecinos. Charcos de ella se estancaban en los huecos
vacíos; la respiración febril de algunos centenares de hombres, el sudor de los
portadores de heridos, desprendía de si una atmósfera pesada, espesa,
pestífera, en la que ardían sin brillo las bujías encendidas en diferentes
puntos de la sala; sentíase murmullo confuso de gemidos, suspiros, ronquidos,
que gritos penetrantes interrumpían.
Algunas her- manas, cuyos tranquilos rostros expresaban no la compasión fútil y lacrimosa de la mujer,
sino interés despierto y vivo, se deslizaban de acá para allá entre los capotes
y las camisas ensangrentadas, pasando a veces sobre los heridos para llevarles medicamen- tos, agua,
vendajes e hilas. Los médicos, con las
mangas remangadas, arrodillados ante los heridos, bajo la luz de las teas que
sus ayudantes sostenían, examinaban y
sondaban las heridas sin hacer caso de los gritos espantosos y de las
súplicas de los pa- cientes. Sentado sobre una manta junto a la puerta un mayor inscribía el número 532.
-Ivan Bogosef, fusilero, de la 3º compañía, del
regimiento, de C... fractura femuris
complicata -gritaba al otro extremo de
la sala uno de los
cirujanos, mientras curaba una pierna rota- ¡Volvedle!
-¡Ay, ay!
padres míos -murmuraba roncamente el soldado, suplicando que lo dejaran
tranquilo.
-Perforatio
capitis. Simón Neferdof, teniente coro- nel del regimiento N. Tenga usted un
poco de pa- ciencia, coronel; no hay medio... tendré que dejarle a usted ahí
-decía un tercero que sondaba con una es- pecie de corchete en la cabeza al
desventurado ofi-
cial.
-¡En nombre
del Cielo, concluya usted de una vez!
-Perforatio
pectoris. Sebastián Sereda, de infantería,
¿qué
regimiento? Por lo demás es inútil; no lo inscriba usted,
moritur. Llevárselo añadió
el médico alejándose del
moribundo, que con la vista vidriosa y extraviada agonizaba ya.
Unos
cuarenta soldados camilleros esperaban su carga a la puerta: de vivos enviados
al hospital y de muertos a la capilla. Aguardaban silenciosos, y a ve- ces
escapábaseles algún suspiro, mientras contem- plaban aquel cuadro.
VIII
Kaluguin
encontró muchos más heridos al di- rigirse al baluarte. Conociendo
prácticamente la in- fluencia perjudicial que este espectáculo produce en el
ánimo do todo hombre que va a entrar en fuego, no tan sólo no los detuvo para
interrogarlos, sino que se esforzó en no prestar atención a tales en- cuentros.
Al pie de
la montaña se cruzó con un oficial de órdenes, que bajaba del baluarte a rienda
suelta.
-¡Zobkin,
Zobkin! un momento.
-¿Qué?
-¿De dónde
viene usted?
-De los
alojamientos.
-Y bien,
¿qué pasa allí? ¿Arrecia la cosa?
-¡Oh!
terriblemente.
Y el
oficial se alejó al galope. La fusilería parecía ir cesando; en cambio el cañoneo proseguía con nuevo vigor.
-¡Hum! mal
negocio- penso Kaluguin. Experimentaba una
sensación indefinible muy
desagradable;
hasta llegó a tener un presentimiento, es decir, una idea muy común... la idea,
de la muerte.
Kaluguin
tenía amor propio y nervios de acero; era, en una palabra, lo que se ha
convenido en ape- llidar un valiente. No se dejó, pues, dominar por aquella primera impresión,
sino que reanimó su va- lor recordando el caso de un ayudante de Napoleón que
regresó con la cabeza ensangrentada,
después de transmitir una orden urgente.
-¿Está
usted herido? -le preguntó el Emperador.
-Con permiso de Vuestra Majestad, ¡estoy muerto! -respondió el ayudante, que
cayendo del ca- ballo expiró en el sitio.
Aquella
anécdota le gustaba. Colocándose, con la imaginación en el puesto de aquel
ayudante, fusti- gó a su caballo, adoptó un aire más a la cosaca, ali- neándose
con una mirada con el ordenanza que lo
seguía al
trote apoyado en los estribos,
llegó al punto donde debía
desmontar. Allí encontró a cua- tro soldados que fumaban su pipa sentados sobre unas piedras.
-¿Qué
hacéis aqui? -les gritó.
-Mire
Vuestra Nobleza; hemos transportado un herido, y descansábamos un poco -dijo
uno de ellos, ocultando su pipa tras de la espalda y quitándose el gorro.
-¡Está
bien!... ¡Descansáis! ¡Largo; a
vuestros puestos!
Y
poniéndose a su frente avanzó con ellos por la trinchera, encontrando heridos a
cada momento. En lo alto de la meseta giró a la izquierda, y encon- tróse,
algunos pasos más allá, completamente solo. Un casco de bomba, silbó muy cerca
de él, yendo a sepultarse en la trinchera;
una granada que se elevó por los aires parecía dirigirse recta contra su
pecho; presa de terror, adelantó algunos pasos corriendo y se echó a tierra;
pero cuando la granada hubo esta- llado bastante lejos, sintió violenta
irritación contra sí mismo y levantóse; miró en torno suyo, por si al- guien le
había visto echarse al suelo, no había nadie.
Cuando el
miedo se apodera del alma, no deja
ya lugar a
otro sentimiento. Él, Kaluguin, que se vanagloriaba de no bajar nunca la
cabeza, atravesó la trinchera con paso veloz y casi a gatas.
-¡Alto!
mala señal -se dijo al dar un tropezón,- me matarán hoy, de seguro.
Respiraba
con dificultad; estaba empapado en sudor y admirábase de esto, sin hacer el
menor es- fuerzo para dominar su miedo. De pronto, al ruido de unos pasos que
se acercaban, incorporóse viva- mente, irguió la cabeza, hizo sonar con
arrogancia su sable y acortó la rapidez de su marcha. Cruzáron- se entonces con
él un oficial de zapadores y un ma- rinero; aquél le gritó:
-¡A tierra!
-indicándole el punto luminoso de una bomba que caía con creciente velocidad y
brillo.
El
proyectil dio junto a la trinchera; al grito del oficial, Kaluguin hizo un
ligero saludo involuntario; después continuó su camino sin pestañear.
-¡He ahí
un valiente! -dijo
el marinero, que contemplaba con sangre fría la caída de
la bomba.
Su vista ya
acostumbrada había calculado que los cascos no alcanzarían a la trinchera.
-¡No ha
querido tumbarse!
Para llegar
al abrigo blindado del comandante del baluarte, no le faltaba ya a Kaluguin
sino atrave- sar un espacio descubierto, cuando se sintió de nuevo invadido por
terror estúpido, su corazón latía agitadamente; subiósele la sangre a la
cabeza, y sólo a costa, de violentísimo esfuerzo sobre sí mismo lo- gró
alcanzar corriendo el blindaje.
-¿Por qué
viene usted tan sofocado? -le pre- guntó
el General, después que le fue transmitida la orden de que era portador el
ayudante.
-He venido
muy de prisa, Excelencia.
-¿Puedo
ofrecerle a usted un vaso de vino? Kaluguin apuró un vaso lleno y encendió un
ci-
garrillo.
La lucha había terminado, pero continuaba aún el recio cañoneo por ambas
partes. En el blin- daje se encontraban reunidos el jefe del baluarte y algunos oficiales, entre
ellos Praskunin; referían los pormenores de la acción. La casamata aparecía
tapi- zada con papel de fondo azul, y
amueblábanla un canapé, una cama y una mesa cubierta de papelotes; reloj en la
pared y una imagen ante la que ardía una lamparilla completaban el adorno.
Sentado en ha- bitación tan confortable, Kaluguin contemplaba to- dos aquellos
indicios de una existencia tranquíla, y midiendo a ojo las recias vigas del
techo de una, ar- china en cuadro, oía el tronar del cañón, apagado por los
blindajes, y no podía comprender cómo
pudo
sucumbir
dos veces a imperdonables accesos de debilidad. Indignado contra sí mismo, se
hubiera que- rido exponer otra vez a los riesgos de antes, para ponerse así
a prueba.
Un oficial
de marina, muy bigotudo y con la cruz de San Jorge sobre su capote de Estado
Mayor, llegó en aquel momento a pedirle al General obreros para poner
en estado de
servicio dos cañoneras desmoronadas de su batería.
-Me
felicito de verlo, capitán -dijo Kaluguin al recién venido;- el General me ha encargado pre- guntar a usted
si sus cañones pueden disparar me- tralla contra las trincheras.
-Sólo una
pieza -respondió él con aire indolente.
-Vamos a
examinarlas...
El oficial
frunció las cejas,
y dijo medio
re- funfuñando -Acabo de pasar allá toda la noche, y vengo a descansar un poco. ¿No puede ir usted so-
lo? Allí encontrará a mi segundo, el
teniente Kratz, ese le enseñará a usted todo.
El capitán
venía mandando desde hacia seis meses aquella batería, una de las más
peligrosas; desde que comenzó el sitio, y mucho antes de que se constru- yeran
los abrigos blindados, no había abandonado
el
baluarte, lo que le hiciera adquirir entre los marinos una reputación de valor
a toda prueba, así es que su negativa, sorprendió vivamente a Kaluguin.
-¡He aquí
lo que son las reputaciones! -se dijo.
-Entonces
iré solo, con
su permiso -añadió con cierto retintín, al
cual el otro no prestó atención ninguna.
Kaluguin
olvidábase que aquel hombre llevaba seis meses completos de vida de baluarte,
mientras él, ajustando bien las cuentas, no había pasado allí, en varias veces,
arriba de unas cincuenta horas. La vanidad, el deseo de brillar, de obtener una
recom- pensa, de crearse una reputación, hasta el placer del peligro le
aguijoneaban aún, mientras que el capitán sentía ya indiferencia por todo eso.
También había alardeado, hecho demostraciones de valor, expuesto
inútilmente su vida,
esperado y recibido
recom- pensas, adquirido su reputación
de oficial valiente; pero hoy todos aquellos estimulantes perdieron ya
su poder sobre él; apreciaba las cosas de otra mane- ra, comprendiendo
bien que le
quedaban pocas probabilidades de
escapar a la
muerte. Tras una permanencia de más de seis meses en los
baluartes, no se arriesgaba a la ligera
y limitábase a cumplir estrictamente su deber, de tal modo que el bisoño
teniente
Kratz, que estaba a sus órdenes en la batería, sólo desde la semana anterior, y
Kaluguin, a quien aquél iba enseñando en detalle las obras, pa- recían diez
veces más valientes que el capitán. So-
brepujándose el uno al otro, se asomaban al exterior de las
cañoneras y trepaban sobre las banquetas y traveses.
Terminada
la visita, y de vuelta ya al
blindaje, tropezóse Kaluguin con el General, que se dirigía hacia la torrecilla
de atalaya, seguido de sus ayudan-
tes.
-Capitán
Praskunin -dijo en
aquel momento
-haga usted
el favor de bajar a los alojamientos de la derecha, al segundo batallón de
M....que está traba- jando allí: que cese en los trabajos, y se retire sin ruido a unirse a su
regimiento en la reserva, al pie de la
montaña. ¿Se entera usted?
Condúzcalo usted mismo al regimiento.
-¡A la
orden! -respondió Praskunin, que se alejó a escape.
El cañoneo
iba cesando.
IX
-¿Es este
el segundo batallón de M...? -preguntó Praskunin a un soldado que transportaba
sacos lle- nos de tierra.
-Sí.
-¿Dónde
está el jefe?
Mikhailof,
suponiendo que preguntaban por el ca- pitán de la compañía, salió del hoyo donde estaba
resguardado; llevóse la mano a la visera de la gorra y acercóse a Praskunin, a
quien había tomado por un jefe.
-De parte
del General... en retirada... inmediata- mente... sin ruido... a retaguardia...
ya lo sabe usted... a la reserva... -le dijo
Praskunin, mirando de reojo en
dirección de los fuegos del enemigo.
Mikhailof, que
a todo esto
reconociera a su compañero, bajo la mano, y haciéndose bien
cargo de la maniobra, dio las órdenes necesarias a su tro- pa. Cogieron los soldados sus fusiles
alinearon sus capotes y emprendieron la marcha.
Quien no lo
haya experimentado alguna vez, no podrá apreciar nunca la intensidad del júbilo, que siente un
hombre al alejarse, después de tres horas de
bombardeo, de lugar tan
peligroso como los alojamientos de una obra de fortificación.
Durante
esas tres
horas, Mikhailof, que no sin motivo pensaba en la muerto como en cosa
inevitable, había tenido tiempo de
habituarse a la idea de que sería irremisiblemente muerto y de que no
pertenecía ya al mundo de los vivos. A pesar de esto, costóle ha- cer un esfuerzo
violento para no correr, cuando sa- lió do los alojamientos a la cabeza de su
compañía y al lado de Praskunin.
-¡Hasta la
vista! ¡Buen viaje! -gritóle el mayor que mandaba el batallón que había quedado
en los alojamientos.
Míkhailof
había compartido con él su queso, sentados los dos en el hoyo al abrigo del
parapeto.
-Lo mismo
digo. ¡Buena suerte! Me parece que la cosa va amainando.
Pero apenas
había pronunciado estas palabras, cuando el
enemigo, que reparó sin duda el movi- miento, volvió a tirar de firme;
los nuestros contes- taron, y el fuego de cañón se reanudó con violencia.
Brillaban las estrellas, pero sin resplandor; la noche era muy obscura; tan
sólo el fulgor de los fogonazos y la explosión de las granadas iluminaban,
durante unos segundos los objetos próximos; los soldados, en silencio,
caminando rápidamente, adelantábanse unos a otros; se oía tan sólo el ruido
regular de sus
pasos sobre
el piso endurecido, acompañado por el estampido incesante del cañoneo, el
choque metáli- co de las bayonetas al chocar entre sí, y el suspiro, o la
plegaria de algún soldado.
-¡Señor,
Señor!
De vez en
cuando gemía un herido y oíase pedir una camilla. En la compañía mandada por
Mikhai- lof, el fuego de la artillería llevaba ya puestos fuera de combate
veintiséis hombres desde la tarde ante- rior. Un fogonazo iluminó las lejanas
tinieblas del horizonte; el centinela gritó desde el baluarte
¡ Ca...
ñón!
Y un
proyectil, silbando por encima de Ia com- pañía, fue a hundirse en tierra, socavándola y ha- ciendo
saltar mil terrones y pedruscos.
-¡Que el
demonio se los lleve! ¡Qué despacio andan! -decíase Praskunin, mirando hacia atrás a cada momento, y sin dejar de seguir a Mikhailof.- Podría adelantarme, puesto que
ya comuniqué or- den... ¡Pero... no, no;
en el acto irían diciendo que era una gallina!... Pase lo que pase, iré con
ellos.
-¿Por qué
me sigue éste? -decíase por su parte Mikhailof. -He reparado que siempre trae
consigo la desgracia, Y otra bomba que viene... derecha hacia
nosotros...
me parece...
Algunos
pasos más allá encontraron a Kaluguin, que hacía golpear airosamente su sable contra las
piedras; iba a los alojamientos; el General lo enviaba a preguntar si avanzaban
los trabajos; pero a la vista de Mikhailof, se dijo que en lugar de exponerse a
aquel fuego terrible, lo cual no le había sido ordena- do, podía muy bien
informarse interrogando al ofi- cial que regresaba de allí. Mikhailof le dio,
en efecto, todos los detalles precisos; Kaluguin lo acompañó un rato, y
por último, volvió a seguir la trinchera
que conducía al abrigo blindado
-¿Qué hay
de nuevo? Pregunto el oficial que ce- naba solo dentro de este reducto.
-Nada; creo
que no habrá más fuego esta noche.
-¡Cómo!
¿Qué no habrá? Al contrario, el Gene- ral acaba de subir al baluarte; ha venido
otro regi- miento. Ademas oiga usted,
otra vez la fusilería.
-No vaya
usted, ¿para qué añadió viendo a Kaluguin hacer un movimiento.
Debería ir,
no obstante, decíase éste, pero por otra parte, ¿no me he expuesto bastante al peligro por hoy?
El fuego es terrible.
-Es verdad
– dijo en alta voz -será mejor que
me espere
aquí.
Veinte rninutos después volvió el General acompañado por sus
oficiales, entre los que estaba el junker
barón Pesth. Pero Praskunin no venía. Los alojamientos habían sido tomados y vueltos a recuperar por
nuestra gente.
Y tras de
oír los detalles circunstanciados de la empresa, Kaluguin salió con Pesth del
abrigo.
X
-Tiene
usted sangre en el capote; ¿se ha batido usted al arma blanca? -le preguntó
Kaluguin.
-¡Oh! He
sido atroz; figúrese usted...
Y Pesth se
puso a referirle cómo había con- ducido al fuego su compañía, después de muerto
el comandante de ella, y de que modo sin él se hubiera perdido la acción. El
fondo del relato, es decir, la pérdida del comandante y lo del francés muerto
por Pesth, era verídico; pero el junker,
al precisar los pormenores, los amplificaba vanidosamente.
Pero
se envanecía sin premeditación; durante
todo el fuego, se había sentido rodeado de brumas fantásticas, hasta tal punto,
que todo lo ocurrido pa-
recíale
cosas vagamente acaecidas Dios sabe dónde y Dios sabe cuando, y referentes a
otro cualquiera, que no fuese él. Y naturalmente, intentaba crear in- cidentes
en honra suya. He aquí, sin embargo, lo su- cedido:
El batallón
al cual fue agregado para tomar parte en la salida, hubo de permanecer dos
horas bajo el fuego enemigo; después, su comandante había pro- nunciado algunas
palabras; los de las compañías se movieron; la tropa, salió de su abrigo en el
parapeto y se formó en línea de columnas cien pasos más allá. Pesth recibió
orden de colocarse al flanco exterior de
la segunda compañía.
Sin darse
cuenta del lugar, ni de la operación, el junker, con la respiración comprimida, presa de un
escalofrío nervioso, que le
corría por la espalda, colocóse en el sitio indicado, y
miró maquinalmente ante sí en la obscuridad, esperando algo muy terri- ble. A
pesar de todo, no era el miedo la impresión dominante en él, pues ya no se
hacía fuego; lo que le parecía
extraño, inquietante, era
verse en pleno campo, fuera de las fortificaciones.
El
comandante del batallón pronunció de nue- vo, algunas palabras que fueron repetidas otra vez en voz
baja por los oficiales, y de súbito la muralla
negra,
formada por la primera compañía, se hundió;había recibido la orden de echarse a
tierra; la segun- da compañía hizo lo propio, y Pesth, al tumbarse, se pinchó
en la mano con algo puntiagudo. Sólo se
veía la silueta del capitán de la segunda, que perma- necía de pie, blandiendo
su espada y sin cesar de hablar y de moverse ante los soldados.
-Atención,
muchachos; portaos bien, valientes, nada de tiros, vamos sobre esa canalla a la
bayoneta. Cuando yo grite ¡hurra! seguidme todos de cerca y bien juntos. Así
verán de lo que somos capaces. - No nos
cubriremos de vergüenza, ¿no es verdad, hijos míos? ¡Por el Czar, nuestro
padre!
-¿Cómo se
llama el capitán? -preguntó Pesth a otro junker su vecino.- ¡Es un valiente!
-Sí, en el
fuego siempre esta así; se llama Lissin
Kovosky.
En aquel
momento brotó una llamarada, seguida de ensordecedora detonación; cascos y
piedras vo- laron por el aire; cincuenta segundos después, una de las piedras cayó de gran
altura, y aplastó el pie a un soldado. Había caído una bomba en medio de la
compañía, lo que probaba que los
franceses repara- ron en la columna.
¡Ah! nos
tiras bombas ahora. Déjanos sólo al-
canzarte,
probarás las bayonetas rusas ¡maldito!...
Y el
capitán gritaba tan recio, que el comandante del batallón lo mandó callar.
La primera
compañía se incorporó, y tras ella la, segunda; la tropa recogió los fusiles y el batallón avanzó.
Pesth, poseído de terror, no pudo acordarse jamás de si marcharon mucho tiempo;
iba como bo- rracho. De súbito, por todas partes surgieron mul- titud de fogonazos, entre silbidos y crepitaciones
horrorosas, dio un
grito y corrió
hacia adelante, porque corrían y
gritaban todos ;después tropezó,
cayendo sobre alguien.
Era el capitán
herido al frente de la compañía, que tomando al junker por
francés, le cogió
por una pierna.
Desprendióse Pesth y se levantó; un bulto se arrojó sobro él en la
obscuridad, y poco le faltó para no caer
de nuevo. Una voz le gritó:
¡Dale!,
¿Qué esperas?
Sintió que
una mano sujetaba su fusil y que la punta de su bayoneta se hundía en cuerpo
blando.
-¡ Ah!
¡Dios!...
Estas palabras
fueron dichas en
francés con acento de dolor y
espanto. El junker comprendió que acababa de matar a un francés. Frío sudor
humede- ció su cuerpo, sintió temblor extraño y dejó caer el fusil. Pero esto duró sólo un segundo; la idea de que era un héroe acudió a su
imaginación. Reco- giendo el arma, se alejó del muerto corriendo, y gri- tando:
¡hurra! con los demás. Veinte pasos más allá, alcanzó la
trinchera donde se
encontraban los nuestros y el
comandante del batallón.
- ¡He
matado a uno! -dijo a éste.
-Es usted
un valiente, Barón -le fue contestado.
XI
-¿Sabe
usted que Praskunin ha muerto? -dijo
Pesth a
Kaluguin, al acompañarlo a su casa.
- No es
posible.
- ¿Cómo que
no? ¡Lo he visto yo!
-Adiós,
tengo prisa.
-¡Buena
jornada! -se decía Kaluguin al volver a su morada, -¡he tenido suerte por primera vez! La acción ha
sido brillante y he salido sano y salvo; ha- brá muchas propuestas, lo menos
que me pueden dar es un sable de honor.
Y a fe mía que lo he mere- cido.
Y después
de dar parte al General de cuanto
viera, se
dirigió a su cuarto; el príncipe Galtzin, leyendo un libro que cogió de sobre
la mesa, lo espe- raba desde hacía mucho tiempo.
Inexplicable
sensación de alegría fue la de Kalu- guin al volverse a encontrar en su casa,
lejos del pe- ligro. Con la camisa de
dormir, echado sobre su cama, refirió a Galtzin los incidentes del combate; los incidentes los arreglaba, como
es natural, para demostrar que él, Kaluguin, era un oficial experto y valiente.
Tocaba esto, no obstante, con suma discre- ción, así a la ligera, deslizándose
sobre ello, ya que nadie debía de ignorarlo ni tenía derecho a dudar,
excepto, quizá, el difunto capitán Praskunin quien, aunque se
sentía muy favorecido al ir de bracete con el ayudante, había contado la
víspera, precisamente al oído de uno de sus colegas, que Kaluguin, exce- lente
chico aparte de esto, no era inuy amigo de vi- sitar los baluartes.
Quedó
Praskunin de vuelta con Mikhailof; ha- bían llegado a un lugar de menos
exposición, y co- menzaban a sentir
renacer sus alientos,
cuando divisaron, al volver la cabeza, el súbito resplandor de un
fogonazo; el vigía gritó:
-¡Mor...te...
ro!
Y uno de
los soldados que le seguían, añadió:
-¡Viene
derecha al baluarte!
MÍkhailof
observó. El punto
luminoso de la bomba parecía fijo en el cenit, mientras
la dirección que había de seguir hacíase
imposible de determi- nar;
duró aquello el espacio de
un segundo. De pronto, redoblando la velocidad, fue
acercándose más y más el proyectil; veíanse ya saltar las chispas de la mecha y
se oía el lúgubre silbido; iba a caer
precisamente en medio del batallón.
-¡A tierra!
-gritó una voz.
Mikhailof y
Praskunin obedecieron. El último, con los ojos
cerrados, oyó caer la bomba por allí, muy cerca de él, sobre la
dura tierra. Un segundo, que le pareció
una hora, transcurrió; la bomba no estallaba. Praskunin se aterrorizó después
pensó si tenía motivos para
aterrorizarse; quizá había caído más lejos y equivocábase al sentir
silbar la mecha a su lado. Abriendo los ojos, miró con satisfacción a
Mikhailof, tendido sin moverse, a sus pies; pero al mismo tiempo divisó, a
una archina de distancia, la espoleta
inflamada de la bomba girando como una peonza.
Terror glacial,
que anulaba toda
idea y todo sentimiento, se apoderó de su ser;
cubrióse el rostro
con las
manos.
Pasó otro
segundo, durante el cual un mundo entero de ideas, de esperanzas, de recuerdos y de sensaciones
acudió a su mente.
-¿A quién
matará? ¿A mí o a Mikhailof? ¿O a los dos juntos? Y si es a mí, ¿en dónde me dará?
¿En la
cabeza? Y todo habrá concluido; ¿en un pie?... me lo cortarán, y yo insistiré
para que me den cloroformo y poder seguir con Vida. Quizá muera sólo Mikhailof,
y contaré después quo estábamos juntos y que me roció con su sangre. ¡No, no,
está más cerca de mí! ¡Seré yo! ...
-Y aquí se
acordó de los doce rublos que debía a Mikhailof y de otra deuda de Petersburgo que hu- biera
debido pagar a su tiempo; una canción zíngana que cantó la víspera, acudióle a
la memoria. Pre- sentóse también a su imaginación la mujer a quien amaba, con
una gorra de cintas, color lila en la ca- beza; el hombre que le ofendió cinco
años antes y del que no
se había vengado;
pero entre todos aquellos recuerdos y otros muchos más,
el senti- miento de lo presente (la espera de la muerte) no le abandonaba. Si no estallase, se decía, y estuvo a punto de abrir los ojos con
audacia, desesperadísi- mo; pero en aquel instante, a través de sus párpados
entreabiertos,
una llamarada roja hirió sus pupilas algo le golpeó, con estruendo terrible, en
mitad del pecho, salió corriendo al
azar, se le enredaron los pies en el sable, vaciló y cayó de costado.
-¡Gracias a
Dios! Sólo tengo
una contusión. Esta fue su
primera idea, y quiso tocarse el pecho; pero le, pareció que tenía las manos atadas;
una prensa le oprimía el cráneo, ante su vista corrían los soldados
contábalos maquinalmente.
- Uno, dos,
tres soldados; ahí va un oficial que pierde la capa.
Brilló otro
fogonazo, y preguntóse qué habían disparado; era mortero o cañón sin duda. Tiraron de nuevo,
otra vez soldados; cinco, seis, siete; si- guen adelante, y de pronto
sintió miedo horrible de ser pisoteado por ellos. Quiso gritar, decir que esta-
ba contusionado, pero tenía seca la boca: se le pega- ba la
lengua al paladar
y sentía sed
ardiente; conociendo que su pecho estaba mojado, la sensa- ción de
aquella, humedad hacíale pensar en el agua; hubiera querido beber lo que le
mojaba...
-He debido
desollarme al caerse dijo, y cada vez más asustado, ante la idea de que lo
aplastasen los soldados que corrían en masa ante él, trató de gritar
de nuevo -¡
Recogedme!...
Pero en vez
de esto, lanzó un gemido tan te- rrible, que él
mismo se asustó. Luego, mil chispas luminosas comenzaron a danzar ante
sus ojos; pare- cíale que los soldados amontonaban piedras sobre él; las
chispas danzaban cada vez con menor viveza; hizo un violento esfuerzo para
librarse de ellas, se extendió, cesó de ver, de oír, de pensar, de sentir. Había sido muerto en el
sitio por un casco que le dio en mitad del pecho.
XII
Mikhailof,
por su parte, también se echó a tierra al ver la bomba; como Praskunin, había
pensado en multitud de cosas
durante los dos segundos que precedieron
a la explosión. Rogaba a Dios mental- mente, repitiendo:
-¡Hágase tu
voluntad! ¿Por qué soy militar, Se- ñor? ¿por qué he permutado para infantería
por ve- nir a campaña? ¿por qué no he permanecido en el regimiento de hulanos
en el Gobierno de F... junto a mi amiga Natacha? ¡Y ahora, lo que me espera!...
Y se puso a
contar: uno, dos, tres, cuatro, diciéndose que si la bomba reventaba en número
par viviría, y si era en impar perecería. -¡Todo concluyó!
¡ Soy
muerto! -pensó al oír la explosión, sin acor- darse de lo de pares o nones.
Herido en
la cabeza, sintió violentísimo dolor.
-¡ Señor,
perdona mis pecados! -murmuró jun- tando las manos.
Trató de
levantarse y volvió a caer desvanecido, de cara al suelo.
Su primera
sensación, cuando tornó en sí, fue la de la sangre que le brotaba de la nariz;
el dolor de la cabeza no era tan fuerte, ¡Es el alma que se va! ...
¿Qué habrá
allá?... Dios mío, recibid mi alma en gracia! No, obstante, es extraño -reflexionaba, -me
muero, y oigo distintamente el andar de
los sol- dados, y los tiros...
-Aquí una
camilla; el comandante de la com- pañía
ha muerto -gritó, por encima de él, una voz en la que reconoció la del
tambor Ignatief.
Sintióse
levantado por los hombros, abrió los párpados con esfuerzo y vio sobre su
cabeza el cielo azul obscuro, miríadas de
estrellas y dos bombas que cruzaban el espacio, como si trataran de ade- lantarse una a otra. Divisó a Ignatief,
a los soldados
conductores
de camillas y fusiles, el talud de la trinchera, y de pronto comprendió que
pertenecía aún a este mundo.
Habíale
herido ligeramente una piedra en la ca- beza. Su inmediata, impresión fue para
él casi de pe- sar; tan bien y tranquilamente preparado estaba para irse allá,
que la vuelta a la vida, la vista de las bom- bas, de las trincheras y de la
sangre le fue penosa. La segunda impresión fue el gozo involuntario de sen-
tirse vivo, y la tercera el deseo de dejar el baluarte en seguida. El tambor
vendó la cabeza a su capitán y se lo llevó hacia la ambulancia, sosteniéndolo
por el brazo.
-¿Adónde
voy y para qué? -pensó Mikhailof al- go repuesto ya;- mi deber es quedarme con
la com- pañía; tanto más -añadióle una voz interior- cuanto que muy pronto
estará libre del fuego enemigo.
-Es inútil,
amigo -díjole al tambor, retirando el
brazo. -No voy a la ambulancia me quedaré con la compañía.
-Es mejor
dejarse curar como
corresponde, Vuestra Nobleza. En el primer momento parece que no es
nada, pero luego puede empeorar. De verdad, Vuestra Nobleza.
El capitán
se había detenido con indecisión, pe-
ro acordóse
del gran número de heridos que atestaban la ambulancia, casi todos graves.
Puede ser que el médico se burle de esta descalabradura, se dijo, y sin atender
a los argumentos del tambor, dirigióse
con paso firme al encuentro de su compañía.
-¿Dónde
está el oficial Praskunin, que venía ha- ce poco a mi lado? -preguntó al
subteniente, que se había puesto al frente de la fuerza.
-No
sé; creo
que ha muerto
-respondió va- cilando.
-¿Muerto, o
herido? ¿Y cómo no lo sabe usted? Venía con nosotros. ¿Por qué no lo han
recogido?
No ha sido
posible en aquel infierno!
¡ Cómo,
Mikhail Ivanitch! -dijo Mikhailof con acento irritado,- ¿abandonar a un vivo? y si estaba muerto, se
ha debido recoger el cuerpo.
-¡Sí,
vivo!... ¿ No le digo a usted que me he acer- cado a él y lo he visto?... ¡Qué
quiere usted! ¡Gracias que podamos transportar a los nuestros!...
-¡Ah! ¡Los
canallas ahora, tiran con bala rasa!...
-Mikhailof
se había sentado y sujetábase con las manos
la cabeza; al
andar habíase aumentado
la violencia del dolor.
-¡No!
-dijo-es preciso ir a recogerlo; puede que viva aún; ese es nuestro deber,
Mikhail Ivanitch!
Mikhail
Ivanitch no respondió.
-No se le
ha ocurrido recogerlo, y ahora habrá que
destacar unos soldados...
¿Cómo mandarlos bajo este fuego
infernal a una muerte sin objeto?
-reflexionaba
Mikhailof.
-Muchachos,
hay que ir allá abajo a buscar aquel oficial herido; allá, al foso -dijo sin
alzar la voz y en tono que nada tenía de imperativo, pues adivinaba hasta qué
punto la ejecución de aquella orden debía desagradar a su gente.
Como no se
dirigía a nadie en particular, nin- guno atendió al llamamiento.
-¿Quién
sabe? Puede que esté muerto, y no vale en tal caso la pena de exponer inútilmente ningún hombre. La
culpa es mía; debí pensarlo. Iré solo; es mi obligación. Mikhail Ivanitch
-añadió en alta voz- conduzca usted la compañía; ya la alcanzaré.
Y
recogiendo con una mano los pliegues de su capa, oprimió con la otra la imagen
de San Mitro- phano que llevaba al pecho
siempre por devoción especial hacia este bienaventurado.
El capitán
retrocedió el camino hecho; cercio- róse de que Praskunin estaba bien muerto, y
volvió sujetándose con la
mano el vendaje, medio des- prendido, de su cabeza. El batallón
encontrábase ya
al pie de
la montaña y casi fuera del alcance de los proyectiles, cuando
Mikhailof se incorporó
a él. Sólo algunas bombas
perdidas llegaban aún.
-Será
preciso que vaya mañana a inscribirme en la ambulancia -díjose el capitán,
mientras el médico militar le aplicaba un apósito.
XIII
Centenares
de cuerpos mutilados entre arroyos de
sangre, que dos horas atrás hallábanse aún llenos de esperanzas y de voluntad,
ya sublime o ya mez- quina, yacían, rígidos los miembros en el barranco florido
y bañado de rocío que separa el baluarte de la trinchera, o sobre el suelo
compacto de la capillita de los muertos en Sebastopol; los secos labios de todos aquellos hombres murmuran
plegarias, maldi- ciones o gemidos; se incorporan y se retuercen; abandonados
los unos entre los cadáveres de la flo- rida hondonada, los otros en las
camillas, las camas y el piso húmedo de la ambulancia. A pesar de esto, el
cielo, como en los días anteriores, enciéndese de luz boreal hacia el monte
Sapun; palidecen las tem- blorosas estrellas;
blanca neblina se eleva sobre el oleaje sombrío y quejumbroso del mar;
el crepúsculo tiñe de púrpura el oriente; prolongados arre- boles surcan
el horizonte azul, y como los días ante- riores, el inmenso luminar reaparece con lentitud, potente y majestuoso,
ofreciendo al mundo, en su nuevo
despertar, la alegría, la felicidad y el amor.
XIV
A la tarde
siguiente, la música del regimiento de cazadores tocaba de nuevo en el bulevar;
en torno del pabellón, oficiales, junkers,
soldados y mujeres jóvenes se pasean con aspecto de fiesta por las ca-
lles de acacias blancas en flor.
Kaluguin,
el príncipe Galtzin y
otro coronel, caminan cogidos del
brazo y hablando del combate del día anterior. El objeto dominante en la
conver- sación es, como siempre, no el suceso en sí mismo, sino la parte que
han tomado en él los interlocuto- res; la expresión de sus rostros, el sonido
de su voz, tienen algo de serio, de triste, y pudiera suponerse muy bien que
las pérdidas sufridas los afligen pro- fundamente; pero, a decir verdad, como
ninguno de ellos ha experimentado la de un ser querido, impó-
nense
aquella expresión oficial de duelo por guardarlas conveniencias. Kaluguin
y el
coronel, aunque eran excelentes
sujetos, no hubieran deseado otra cosa sino asistir cada día a una
acción semejante pa- ra recibir cada vez una espada de honor o el grado de
General Mayor. Cuando oigo calificar de mons- truo a un conquistador que envía
a la muerte millo- nes de hombres para satisfacer su ambición, me dan
ganas siempre de reír;
interrogad un poco a los
subtenientes Petruchef, Antonof y otros, y veréis en cada uno de ellos un Napoleón en pequeño, un monstruo presto a cometer
una batalla, a matar una centena de hombres
para obtener alguna estrella mas o una mejora de sueldo.
-Con perdón
de usted -decía el coronel,- el en- cuentro comenzó por la derecha. Estaba
yo...
-Podrá ser
-respondió Kaluguin,- pues todo el tiempo permanecí en el flanco izquierdo. Fui dos veces:
primero a buscar al General, luego
sencilla- mente porque sí, por curiosidad. Allí sí que se batía el cobre.
- Si lo
aseguraba Kaluguin, es positivo- dijo a su vez el coronel volviéndose hacia Galtzin.- ¿Sabes que hoy
mismo me ha asegurado N... que eres un
valiente? ¿Nuestras pérdidas son en realidad horro-
rosas en mi
regimiento, cuatrocientos hombres fuera de combate. ¡No comprendo cómo he
escapado con vida!
En el
extremo opuesto del bulevar vieron surgir la cabeza vendada de Mikhailof, que
venía a su en- cuentro.
-¿Está
usted herido, capitán?- le preguntó Kalu- guin.
-Sí,
ligeramente; por una piedra.
-¿Han
arriado ya el pabellón? -preguntó el prín- cipe Galtzin, mirando por encima de la gorra del capitán y
sin dirigirse en particular a ninguno.
- No, pas
encore- dijo Mikhailof, deseoso de de-
mostrar que sabía francés.
-¿Dura,
pues, el armisticio? -volvió a preguntar Galtzin, dirigiéndole políticamente la
palabra en ru- so; lo que parecía querer decir: «Sé que habla usted con
dificultad el francés; ¿por qué no usar sencilla- mente el ruso?» Y tras esto,
los ayudantes de campo separáronse de Mikhailof, que se sintió, como el día
antes, muy aislado, y no queriendo alternar con los unos, limitóse a saludar a algunos y se sentó junto
al monumento de Kazarsky a fumar un cigarrillo.
El barón
Pest apareció asimismo en el bulevar,
donde
refirió que había tomado parte en la negociación del armisticio, que había
hablado con oficiales franceses, y que uno de ellos le había dicho:
-Si hubiese
tardado una hora mas en ser de día, hubiéramos vuelto a apoderarnos de las em- boscadas.
A lo cual
contestó él:
-Caballero,
no os digo que no por no daros un mentís.
Esta
réplica, llenábale de orgullo.
Y en
realidad, aunque el joven asistió a la firma del armisticio, con grandes deseos
de hablar con los franceses, cosa muy divertida, no había dicho nada de
particular. El junker, barón Pesth, habíase pasea- do mucho tiempo por las
líneas, preguntando a los franceses más próximos
-¿ De qué
regimiento es usted?
Contestábanle,
y he aquí todo. Pero como hu- biese avanzado un poco más allá del terreno
neutral, un centinela francés, no figurándose que aquel ruso comprendía su
lengua, dirigióle una
interjección formidable.
-Viene a
espiar nuestros trabajos ¡ ce sacré! De tal modo, que después de esto, no
encontrando interés alguno en su excursión, el
junker, barón Pesth, se
había
vuelto a su casa, componiendo por el camino las frases francesas que había
esparcido entre sus relaciones.
Veíase
también en el paseo al capitán Zobkin, hablando a voces; al capitán Objogof con su uni-
forme destrozado; al capitán de
artillería que no busca
favores de nadie;
al Junker enamoradizo y afortunado; en una palabra, a todos los
personajes de siempre, obrando todos
bajo el impulso de los mismos eternos móviles. Sólo faltaban Praskunin, Neferdof y
algunos otros; nadie
se acordaba de ellos, sin embargo de que sus cuerpos aun
permane- cían sin lavar ni vestir, y sin sepultura.
XV
En nuestros
baluartes y en las trincheras fran- cesas flotan banderas blancas; en el barranco, cu- bierto
de flores, yacen en pilas y descalzos, vestidos de azul o de gris, mutilados
cuerpos que los trabaja- dores transportan para depositarlos en las carretas;
la atmósfera se halla apestada por el olor de los ca- dáveres. De Sebastopol y
del campo francés la mul- titud afluye para contemplar el espectáculo, y ávida
y complaciente curiosidad es el sentimiento que domina, en unos y otros al
encontrarse en aquel terre- no.
Oigamos las
frases que se cambiaban entre ellos. Allá, en aquel reducido grupo de rusos y fran- ceses, un
oficial joven examina una cartuchera; aun- que habla mal el francés, se hace
comprender lo
bastante.
-¿Y esto,
para qué es... este pájaro? -pregunta,.
-Porque
esta cartuchera es de un regimiento de la Guardia, señor oficial; lleva el
águila imperial.
-¿,'Usted
es de la Guardia?
-No, señor;
del sexto de línea.
-Y esto,
¿dónde compra? -El oficial indica el tu- bito de madera que sostiene el
cigarrillo del francés (una boquilla).
En
Balaklava, señor oficial, es sólo un pedazo de madera de palma.
-¡Bonito!
-replica el oficial, obligado a emplear las pocas palabras que conoce y que
bien o mal se imponen en la conversación.
-Si tiene
usted la bondad de aceptarlo en re- cuerdo, se lo agradeceré.
Y el
francés arroja su cigarro, sopla en la boqui- lla y la presenta galantemente al
oficial saludándole,
este le da
a su vez, la suya; todos los presentes, franceses y rusos, sonríen, pareciendo
muy complaci- dos.
He aquí un
soldado de infantería de avispada fi- sonomía, con camisa de color de rosa, el capote echado
sobre los hombros; su cara respira la alegría y la curiosidad; seguido por dos
compañeros suyos y con las manos a la espalda, aproxímase, pide fuego al
frances; éste sopla, sacude su pipa de tierra y ofre- ce lumbre al ruso.
-Tabac bonn
-dice el soldado de la camisa rosa, y los espectadores se ríen.
-Sí,
buen tabaco; tabaco
turco -respondió el francés, -y vosotros, ¿tabaco ruso bueno?
-Rous bonn
-contesta el soldado de la camisa rosa, y
ahora todos los
presentes ríen a
carcajadas. -
¡Francais
pas bonn; bonn jour, mousiou!- prosigue el sol- dado haciendo alarde de todos sus conocimientos en francés,
riendo y dando palmadas en el vientre a su interlocutor. Los franceses ríen
también.
-No son
nada guapos, hermosos b... de rusos
-dice un
zuavo.
-¿De qué
se ríen? -pregunta
otro con fuerte acento italiano.
- Le caftan
bonn -vuelve a comenzar el travieso soldado,
examinando la chaquetilla
bordada del zuayo.
-A vuestro
sitio ¡sacré nom! -grita en aquel mo- mento un cabo francés.
Y los
soldados se dispersan de mala gana, mien- tras nuestro joven teniente de
caballería se pavonea en un grupo de oficiales enemigos.
-Conocí
mucho al conde Sasonof -dice Uno de éstos;- es un Conde ruso de los verdaderos, tales como a
nosotros nos gustan.
-También he
conocido un Sasonof -replica el oficial
de caballería- pero no era Conde, según ten- go entendido; un chico moreno,
bajo, de su edad de usted sobre poco más o menos.
-Ese es,
caballero, él es. ¡Cuanto me alegraría de verlo! Si usted lo ve, salúdelo en mi
nombre. El ca- pitán Latour -añade saludando cortésmente.
-¡Qué
triste oficio el nuestro! La cosa iba de firme esta noche, ¿no es verdad?
-prosigue el oficial de caballería deseoso de sostener la conversación e
indicando los cadáveres.
-Sí señor,
es terrible; pero, ¡qué mocetones los
soldados
rusos! Es un placer batirse con bravos así.
-Hay que
confesar que los vuestros no se suenan tampoco con el pie[10] -responde en francés siempre el jinete ruso
saludando, persuadido de que ha repli- cado perfectamente bien.
Pero, basta
de este asunto; contemplad en cam- bio a aquel rapaz de diez años, con una
gorra vieja, usada, perteneciente sin duda a su padre, desnudas las piernas y
calzados los pies con grandes zapato- nes, y que viste un pantalón de lienzo
sostenido por un solo tirante. Salió de las fortificaciones al princi- pio de
la tregua; desde entonces se pasea por aquel terreno acribillado y examina,
con curiosidad estú- pida a los
franceses, y los cuerpos tendidos en tierra, recogiendo las florecillas azules
de los campos de que está sembrado el valle. El chicuelo regresa con un gran
ramo y se tapa la nariz para no sentir el in- fecto olor que el viento le
envía; detiénese ante al- gunos cadáveres amontonados, y contempla durante
mucho rato a un muerto a quien le falta la cabeza, y que es horroroso de mirar.
Tras de larga contempla- ción, aproxímase y le toca con el pie el brazo rígido,
tendido, y como lo empuje con más fuerza, muévese el brazo y cae a plomo. El
rapaz lanza un grito, oculta el rostro entre las flores y vuelve a entrar en
las fortificaciones corriendo a todo correr.
¡ Sí, sobre
los baluartes y las trincheras flotan banderas blancas; espléndido el sol
desciende sobre la mar azul, y esa mar ondula y brilla bajo sus rayos de oro ;
millares de personas se agrupan, se miran, charlan y se sonríen unas a otras, y
aquellos hom- bres, que son
cristianos, que profesan la gran ley de amor y sacrificio, contemplan su obra
sin arrojarse arrepentidos a los pies de Aquel que les dio vida y con la vida
el temor de la muerte, el amor al bien y a lo bello! ¡Y aquellas
gentes no se abrazan como hermanos vertiendo lágrimas de gozo y
felicidad! ... Consolémonos al menos con la idea de que no so- mos nosotros los
autores de esta guerra que nos li- mitamos
a defender nuestro
país, nuestro suelo natal. Arríanse las banderas blancas; los ingenios mortíferos y dolorosos
retumban de nuevo; de nue- vo corre a oleadas sangre inocente, y vuelven a es-
cucharse gemidos y maldiciones.
He dicho
todo, cuanto quería decir, por lo me- nos esta vez; pero duda penosísima viene a ago- biarme. Tal
vez hubiera, sido mejor callar, pues qui-
zá lo que
dije esté en el número de las verdades perniciosas, obscuramente sepultadas en
el alma de cada cual, y que para
proseguir siendo inofensivas no deben ser reveladas, así como no hay que agitar
el vino viejo por miedo de que los posos no se re- vuelvan y suban y el líquido
se enturbie.
¿ Dónde,
pues, veremos en este relato el mal que es preciso evitar y el bien hacia que debemos tender?
¿Dónde esta el traidor? ¿Dónde el héroe?
Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante,
su arrojo caballe- resco y su vanidad, principal motor de todas sus ac-
ciones... ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de
batalla por la fe, el tro- no y la patria... mi Mikhailof, tan tímido; ni
Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido mo- ral, quienes puedan
pasar por desleales o por hé- roes.
No; el
héroe de mis relatos, aquel a quien amo
con todas las fuerzas de mi espíritu; el que he trata- do de reproducir con
toda su hermosura; el que ha
sido y es y
será siempre bello, ¡es la verdad!
SEBASTOPOL EN AGOSTO DE
1855
A fines del
mes de agosto, por la carretera pe- ñascosa de Sebastopol entre Duvanka[11]
y Baktchisa- rai avanzaba al paso, entre el cálido y espeso polvo, una telega
de oficial, de extraña forma, por entonces desconocida, que venía a ser algo
entre el cesto, la britchka Judía y la carreta rusa.
En aquel
carruaje, sentado sobre los talones, un asistente, con levita militar de lienzo
y gorra de oficial vieja y deformada, conducía el tiro. Tras él, re- clinado
sobre paquetes y sacos cubiertos con un capote de tropa, veíase a un oficial
con capa de ve- rano; de pequeña estatura, por lo que podía juzgarse en aquella
posición, y que chocaba, al pronto, me- nos por la maciza anchura de hombro a
hombro, que por el espesor de su busto entre el pecho y la espalda; la nuca, y
el cuello gruesos y fuertes, ofre- cían también gran desarrollo a lo ancho, y
sus mús- culos aparecían en vigora tensión. Lo que hemos convenido en llamar
cintura no existía, ni vientre tampoco, pero a pesar de todo no era posible
con- siderarlo obeso, y su rostro, sobre el cual se exten- día un
paño amarillento y enfermizo, llamaba la atención por lo demacrado. Hubiera podido pasar por
guapo mozo sin cierta hinchazón de las carnes y la piel plegada y con arrugas
profundas que, al con- fundirse unas con otras, desvanecían las facciones,
quitándoles toda frescura y les daban expresión gro- sera. La de sus ojos
pequeños, pardos, extraordina- riamente vivos, rayaba en imprudencia, el bigote, muy espeso, y siempre medio
mordido por costum- bre, no se extendía mucho a lo ancho; las mejillas y la
barba, sin afeitar hacía dos días,
cubríalas vello negro y áspero. Herido el 10 de Mayo por un casco, de granada
en la cabeza, la cual traía vendada aún, encontrábase, sin
embargo, completamente resta- blecido ya, y salía del hospital de
Sympheropol para incorporarse a su regimiento, situado no sabía dón- de, allá
en la dirección en que se oían los cañonazos; pero aun no había podido
averiguar si estaba en el mismo Sebastopol, en la Severnaia o en Inkerman.
Oíase
distintamente el cañoneo que parecía muy próximo cuando las montañas no interceptaban el fragor
traído por el viento; ora violenta
explosión hacía vibrar el aire haciéndoos estremecer a pesar vuestro; ora
estampidos menos violentos, semejan- tes al redoble del tambor seguíanse a cortos inter- valos, interrumpidos por algún trueno ensordecedor, o bien confundíase todo,
en un rugir contínuo de tableteos prolongados, parecido al de la tormenta
cuando rompe a llover violentamente. Ca- da ruido decía, y entendíase bien, que
el bombardeo era horroroso. El oficial daba prisa a su asistente para llegar
pronto; a su encuentro venía una fila de carros conducidos por campesinos rusos que ha- bían llevado víveres a
Sebastopol, y que regresaban conduciendo enfermos y heridos; soldados con ca-
pote gris, marineros con negros
chaquetones, vo- luntarios con fez[12] rojo, y
barbudos milicianos. El vehículo se vio obligado a detenerse, y el oficial, guiñando los ojos y parpadeando
entre aquella nube de polvo impenetrable
levantado por los carros y que se le introducía en los ojos y las orejas,
examinó las caras de los que iban pasando.
-Ahí va un
soldado de nuestra compañía -dijo el asistente,
volviéndose a su amo e indicándole uno de los heridos.
En el
pescante, sentado de
medio perfil, un campesino ruso, con toda la barba y gorro
de fieltro, iba haciendo un nudo en el enorme látigo que rete- nía por la vara,
sujetándolo por el codo contra su cuerpo. Volvía la espalda a cuatro o cinco
soldados sacudidos y traqueteados en el
carretón. Uno de ellos, con el brazo en cabestrillo, el capote echado sobre la
camisa, y en actitud firme y erguida, aunque pálido y demacrado, iba en el
centro. Al distinguir al oficial, llevóse instintivamente la mano a la cabeza,
pero acordándose de su herida, hizo ademán de quererse rascar;
otro aparecía recostado al lado suyo en el fondo de la telega, no viéndose de
él más que las dos manos asidas a los barrotes de madero, y las rodillas dobladas,
oscilando sin resistencia
como dos copos de cáñamo, y otro más atrás, que con la cara hinchada,
envuelta en un pañuelo la cabeza y sobre ésta su gorro de uniforme, sentado de
través y con las piernas
colgantes y rozando
las ruedas,
dormitaba
con las manos sobre las rodillas.
-Doljikoff
-le gritó el viajero.
-Presente
-respondió aquél, abriendo los ojos y descubriéndose su voz de bajo era tan llena, tan formidable, que
parecía salir de
veinte soldados juntos.
-¿Cuándo te
han herido?
-Saludo a
Vuestra Nobleza13 -contestó con su
voz seca, animándose
sus ojos vidriosos
e in- flamados al ver a su
superior.
- ¿Dónde
está el regimiento?
-En
Sebastopol, Vuestra Nobleza; se cree que saldrá el miércoles.
-¿ Para
dónde?...
-No se
sabe...para la Severnaia,
de seguro, Vuestra Nobleza. Ahora-añadió expresándose con lentitud, - él[13] tira sobre todo!... Con bombas, prin-
cipalmente; ¡tira que es un horror! ...
Y añadió
algunas palabras que no pudieron en- tendérsele; pero en su rostro y en su
ademán adivi- nabase que, con el resentimiento
del hombre que sufre, decia cosas poco halagüenas.
El
subteniente Koseltzoff que acababa de interrogartlo, no era un oficial
adocenado[14]
ni de aquellos que viven de cierto modo porque los demás vivan y obren así. Su
naturaleza hallábase dotada con abun- dancia de cualidades relativamente
superiores. Can- taba y tocaba con
habilidad la guitarra; hablaba y escribía con facilidad, sobre todo la
corresponden- cia oficial, con la cual se había familiarizado en su servicio de
ayudante del batallón. Era notable su energía, pero ésta no recibía impulso
sino del amor propio. A pesar de estar como injertada sobre aque- lla capacidad
de segundo orden, constituía por sí sola el -trazo más
saliente v característico de su temperamento. Aquel género de amor propio
que se desarrolla más comunmente entre
los hombres, en particular
los militares, habíase
infiltrado de tal suerte en su existencia, que no se
concebía elección posible sino entre «sobresalir o aniquilarse»; el amor propio
era, pues, el motor de sus acciones más ínti- mas; hasta solo, consigo mismo
gustaba de darse la primacía entre aquellos con quienes se comparaba.
-¡Vamos! No
seré yo, quien escuche la charla de este
«Moskú»[15] -murmuró el subteniente, en cuyas ideas, el
encuentro con el convoy de heridos, intro- dujo la perturbación gravitándolo
sobre el corazón las palabras del soldado, cuya importancia acrecía y
confirmaba a cada paso el estampido del cañón.
-¡Son
divertidos estos «Moskú!...» Vamos, Nicolaief, adelante. ¿Duermes, por lo
visto? -gritó malhumo- rado a su sirviente,
recogiendo los pliegues de su capa.
Nicolaief
sacudió las riendas; de sus labios salió un chasquido azuzando el tiro, y el
carruaje partió al trote.
-No nos
vamos a detener sino para dar pienso a
los caballos -le dijo el oficial -, y ahora en marcha;
¡adelante!
II
Al ir a
entrar en la calle de Duvanka, montón de ruinas, el subteniente Koseltzoff
vióse detenido por un convoy de balas y de bombas dirigido hacia Se- bastopol,
y que permanecía, estacionado en mitad
del camino.
Dos
soldados de infantería, sentados en el pol- vo sobre las piedras de una pared
desplomada, da-
ban cuenta
de una sandía con pan.
-¿Van
ustedes muy lejos, paisano? -dijo uno de ellos, mordiendo una rala de sandía.
Dirigíase a
otro soldado, que estaba de pie junto a los otros dos y con el morral a
cuestas.
-Vamos a
nuestra compañía; venimos de allá, de nuestro país -respondió el soldado, apartando los ojos de
la sandía y sujetándose bien el morral.- Hace tres semanas estábamos aún
custodiando el heno de la compañía; pero ahora nos han llamado a todos, y no
sabemos en dónde se encuentra hoy nuestro re- gimiento. Dicen que desde la
semana pasada están los nuestros en la Korabelnaia. ¿No saben ustedes nada, señores?
-Está en
la ciudad, hermano;
en la ciudad
- contestó un veterano, conductor de los carros, que se entretenía
cortando con una navaja la carne blan- ca de una sandía sin madurar.- Venimos
de allí pre- cisamente. ¡Qué cosa más horrible, hermano!
-¿Qué pasa,
señores?
-¿No oyes
cómo tira ahora? No hay abrigo en
ninguna parte.
-¡Cuántos
han muerto de los nuestros!.... Es es- pantoso
-añadió su interlocutor, haciendo un ade-
mán
significativo y encasquetándose bien la gorra.
El soldado
transeúnte sacudió pensativamente la cabeza, sacó de su caja la pipa de barro,
removió con el dedo el tabaco a medio consumir, encendió un pedazo de yesca en
la pipa de un compañero que estaba fumando, y quitándose el gorro, dijo:
-¡Dios está
sobre todo, señores! Él quede con vosotros.
Y
arreglándose bien el morral, continuó su ca- mino.
-¡eh!
Quédate; será mejor -dijo con acento con- vencido, el de la sandía.
-Lo mismo
da -murmuró el soldado, echándose el morral a la espalda y desfilando entre las
ruedas de las carretas detenidas.
III
Al llegar
al cambio de tiro, Koseltzoff encontró multitud de gente, y el primer rostro que hubo de distinguir fue
el del maestro de postas en persona, muy joven y muy delgado, en actitud de
disputar con dos oficiales.
-No
veinticuatro horas, sino diez veces vein- ticuatro horas, son las que habrán de
esperar. Tam-
bién
esperan los Generales -decía, con el propósito evidente de herirles en lo vivo;
no seré yo, si les pa- rece, quien se enganche.
- Si es
así, si no hay caballos, no se dan a nadie.
-¿Por qué
se le han dado, pues, a un criado que lleva sólo equipajes? -gritaba uno de los
dos oficia- les, con un vaso de te en la mano.
A pesar de
que evitaba cuidadosamente el uso de pronombres, se podía adivinar fácilmente
que, su gusto hubiera sido tutear a su interlocutor.
-Hágase
usted cargo, señor maestro de postas
-dijo otro
oficial con indecisión, -que no viajamos por nuestro gusto; si se nos ha
llamado, es porque hacemos falta. Puede usted estar seguro de que daré parte al
General... porque, verdaderamente... parece que no tiene usted el menor respeto
a la categoría de oficial.
-Me echa
usted a perder siempre lo que hago, y me estorba -intervino su compañero,
irritado.- ¿Qué le habla usted de respeto? Hay que hablarle de otro modo. ¡Caballos! -gritó rudamente.-
¡Caballos en seguida!
-Si no
deseo otra cosa sino facilitarlos. ¿Pero dónde
los encontraré? Lo comprendo muy bien,
¡
batiuchka! prosiguió el maestro de postas tras un
intervalo
de silencio, y enardeciéndose por grados al gesticular.- ¿Pero qué
quieren ustedes que
haga? Déjenme ustedes tan sólo (la cara de los oficiales expresó,
al oír esto, la esperanza) ir tirando hasta fin de mes, y ya no me verán más.
Prefiero irme a Ma- lakoff que continuar aquí. ¡Por Dios! Hagan ustedes lo que
quieran; no tengo ni una britchka en buen es- tado, y hace tres días que los,
caballos no ven ni un manojo de heno.
Y al decir
esto se eclipsó. Koseltzoff y los dos oficiales entraron en la casa.
-¡Está
bien! -dijo el de más edad al más joven con tono tranquilo, el cual contrastaba vivamente con
su cólera de poco antes. -Hace tres meses que estamos en camino; esperaremos;
esto no es una desgracia, nadie nos
apresura.
Koseltzoff
encontró con trabajo, en la sala de la casa de postas, ahumada, sucia, llena de
oficiales y de maletas, un lugar próximo a la ventana. Sentóse allí, y se puso,
mientras liaba un cigarrillo, a exami- nar
las caras y
oír las conversaciones. El
grupo principal estaba a la derecha de la puerta de entrada, en torno de
una mesa coja y grasienta, sobre la cual
hervían dos samovares[16] de
cobre, manchados en varios sitios
por pequeñas placas de verde gris; veía- se también azúcar en pedazos dentro de muchos envoltorios de
papel. Un oficialito, imberbe, vestido con arkaluk[17]
nuevo, vertía agua en una tetera; otros cuatro, de su edad poco más o menos,
aparecían dispersos por los rincones de la estancia ; uno, con la cabeza
reclinada sobre la pelliza que le servía de almohada, dormía en un diván; otro,
de pie junto a una mesa, cortaba,
en trozos pequeños,
carnero asado, para un compañero suyo a quien le faltaba un brazo. Otros
dos oficiales, el uno con capote de
ayudante y el otro con capote de infantería, de paño fino, y portador de bolsa
o cartera de viaje, apare- cían sentados junto a la estufa, y adivinábase por
la manera conque miraban a los demás, y el modo que tenía de fumar el de la
cartera, que no eran oficiales de línea, de lo cual se alegraban mucho. Su
aspecto exterior no revelaba menosprecio, pero sí cierta sa- tisfacción de sí
mismos, fundada en parte en sus re- laciones con los Generales, y en un
sentimiento de superioridad llevado al punto de que tuvieran que ocultarlo a
las gentes.
Había
también un médico de labios carnosos y un artillero con fisonomía alemana casi sentado a los pies del
dormitando los unos, otros buscando algo
en las maletas y sacos apilados junto a la puer- ta, contempletaban el numero
de las personas pre- sentes, entre las que no descubrió Koseltzoff ninguna cara conocida.
Los
oficialitos le agradaron; comprendió en se- guida que acababan de salir de la
escuela militar,
lo que le
hizo recordar a su hermano menor que debía llegar en breve de ella para ir a
una de las ba- terías de Sebastopol. En cambio, el oficial de la
cartera, a quien
creía haber visto,
no recordaba dónde le desagradó desde el primer instante; en-
contróle una fisonomía tan antipática e
insolente, que fue a sentarse sobre el ancho reborde de la estu- fa, con
intención de aplicarle un correctivo, si se permitía decir algo mortificante.
En su
calidad de oficial de filas, valiente y pun- donoroso, le disgustaban los
oficiales de Estado Mayor, y había tomado por tales a aquellos de pri- mera
vista.
IV
-¡Es mala
suerte! -decía uno de los jóvenes,- en- contrarse tan cerca y no poder llegar. Hoy mismo puede ser
que haya algo, y no estaremos.
En el
timbre algo agudo de su voz, en el matiz encarnado, juvenil, que se extendía en
placas por su fresco rostro, adivinábase la simpática timidez de un joven que
teme decir algo fuera de lugar.
El oficial
manco lo contemplaba sonriendo.
-¡ No le
faltará a usted tiempo, créame usted! -le dijo.
El joven
fijó con respeto los ojos sobre aquel rostro enflaquecido, súbitamente
iluminado por una sonrisa, y continuó echándose el te en silencio. Y en verdad
que la cara, la actitud del herido, y sobre to- do la manga flotante de su
uniforme, le daban una apariencia de tranquilidad indiferente, que parecía
responder a cuanto se decía o hacía en torno suyo.
«Todo eso
está muy bien, pero estoy al cabo de ello y podría realizarlo si quisiera.»
¿ Qué
hacemos? -dijo otro de los jóvenes, su compañero el del arkaluk. -¿Vamos a
pasar aquí la noche o seguiremos adelante con nuestro único ca- ballo?
-Figúrese
usted, capitán -prosiguió cuando su
compañero
hubo declinado el contestar a su proposición (se dirigía al manco, recogiéndole
el cuchillo que éste había dejado caer),- que como nos han di- cho que los
caballos están carísimos en Sebastopol, hemos comprado uno en Sympheropol a
medias.
-¿Les han
saqueado rnucho?
-No lo sé,
capitán. Hemos pagado por todo, ca- ballo
y carreta, noventa
rublos. ¿ Es
muy caro?
-añadió
dirigiéndose a todos, incluso a Koseltzoff que lo contemplaba.
-No es muy
caro si el caballo es joven -dijo éste.
-¿No es
verdad? Y, sin embargo, nos asegu- raban que era caro. Cojea un poco, sí, pero
ya se le pasará. Nos han dicho que es vigoroso.
-¿De dónde
han salido ustedes? -preguntó Ko- seltzoff, deseoso de recibir noticias de su
hermano.
-Formábamos
parte del regimiento de la Noble- za; somos seis los que venimos a petición
propia a Sebastopol -contestó el locuaz
oficialito,- pero no sabemos finalmente dónde
está nuestra batería; unos dicen que en Sebastopol, y he
aquí que el señor nos asegura que está en Odessa.
-¿No se han
podido informar ustedes en Sym- pheropol -interrogó Koseltzoff.
-¡No saben
nada allí!... Figúrese usted que a uno
de mis
compañeros que ha ido a preguntar a la cancillería lo han insultado... Eso es
muy desagradable.
¿Quiere
usted este cigarrillo liado? -continuó, ofre- ciéndole uno al oficial manco,
que buscaba su peta- ca.
El
entusiasmo del joven hacia él traslucíase en las menudas atenciones que le
prodigaba.
-¿Viene usted también de Sebastopol?
-prosiguió.-
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Es asombroso! En
Petersburgo no hacíamos sino acordarnos de ustedes, de ustedes los
héroes -añadió volviéndose con naturalidad y respeto hacia Koseltzoff.
-¿Y si
tienen ustedes que volver atrás? -le pre- guntó éste.
- Eso es
precisamente lo que tememos; pues después de comprar el caballo y lo que nos
era más indispensable, por ejemplo esta
cafetera y algunos otros objetos menudos, nos hemos quedado sin un
céntimo -añadió en voz más baja, y dirigiendo una mirada de reojo a su
compañero- de manera que no sé cómo saldremos del paso.
-¿No han
recibido ustedes los auxilios de mar- cha? -añadió Koseltzoff.
-No-
murmuró el joven- pero han prometido dárnoslo aquí.
-¿Traen
ustedes el certificado?
-Ya sé que
el certificado es lo más esencial. Un tío mío, senador en Moscou, hubiera podido dár- melo; pero me
han asegurado que lo recibiría aquí sin falta. Me lo facilitarán, ¿no es
verdad?
-Sin duda
alguna.
-Así lo
creo -replicó el mozo con acento que probaba cómo a la fuerza de repetir la
misma pre- gunta en treinta sitios diferentes y haber recibido las
contestaciones mas contradictorias, ya no daba cré- dito a nadie.
V
-¿Quién ha
pedido borchtch[18] -interrumpió en aquel momento la dueña de la
casa, gruesa moceto- na, de unos
cuarenta años, no muy
limpiamente vestida, que traía una enorme cazuela.
Nadie
contestó; todos los ojos se volvieron ha- cia la mujer, hasta uno de los
oficiales llegó a gui- ñarle el ojo,
cambiando con su
compañero una mirada que tenía a
la matrona por objetivo.
-Sí,
Koseltzoff es quien la ha pedido -repuso el oficial joven,- hay que despertarlo, vamos; ven a comer
-añadió, acercándose al que dormía y sacu- diéndolo por un hombro.
Un
jovenzuelo de diecisiete años, con ojos ne- gros, vivos,
brillantes y mejillas coloradas,
se le- vantó de un salto, y como empujara
involuntariamente al doctor:
-Dispense
usted -le dijo, frotándose los ojos y permaneciendo plantado en medio de la sala. El subteniente
Koseltzoff reconoció en seguida a su hermano menor y acercóse a él.
-¿ Me
reconoces? -le dice.
-¡Ah, ah!
¡Esto es asombroso! -exclamó el man- cebo abrazando a su hermano.
Sonaron dos
besos, pero al irse a abrazar por tercera vez, como exige el uso, vacilaron un
segun- do; hubiérase dicho, que ambos se preguntaban por qué habían de
abrazarse tres veces precisamente.
-¡Cuánto me
alegro de encontrarte! -dijo el ma- yor, llevándose fuera a su hermano- hablemos un poco.
-Vamos,
vamos, ya no quiero borchtch; cómetelo tú, Fedorow -dijo a su compañero.
-Pero tú
tenías gana.
-No, ya no
quiero.
Una vez
fuera y en el vestíbulo, tras de las pri- meras efusiones del mozalbete que no cesaba de interrogar a
su hermano sin hablarle de lo que a él le concernía, el último, aprovechando
unos segundos de silencio, le preguntó por fin, cómo no había en- trado en la
Guardia, según esperaban.
-Porque
quiero ir a Sebastopol. Si todo termina bien, ganaré más que si hubiera
permanecido en la Guardia; allí hay que pasar diez años hasta llegar a coronel,
mientras que aquí Todtleben, de teniente coronel ha llegado a General en dos
años. ¿Y si me matan? Entonces... pues... ¡qué se le ha de hacer!
-¡ Qué modo
de razonar! -dijo el hermano ma- yor sonriendo.
-Y además,
lo que te acabo de decir no tiene im- portancia, la razón principal... -y se
detuvo vacilan- do, sonriendo a su vez
y poniéndose colorado como si fuese a decir algo
vergonzoso, la razón principal... es que
mi conciencia me daba que hacer, sentía
escrúpulos de vivir en Petersburgo mientras aquí se muere por la patria.
Deseaba también en- contrarte -añadió con más timidez.
-¡El
demonio del chiquillo! -dijo su hermano sin mirarlo y buscando su petaca.- Y
siento que no po-
damos
permanecer juntos.
-Vamos, te
lo ruego, dime la verdad, eso de los baluartes ¿es verdaderamente tan
espantoso?
-Sí, al
principio, después se acostumbra uno, ya lo verás.
-Dime,
además, te lo suplico, ¿crees que
Se- bastopol será tomado? Me parece que eso no suce- derá.
-¡ Sólo
Dios lo sabe!
-Si
supieses qué aburrido estoy. Figúrate mi des- gracia; en el camino me han robado varias cosas, entro
ellas el casco, y me encuentro en una situación tremenda. ¿Cómo me las
arreglaré para presentarme al jefe?
Vladimiro
Koseltzoff, el menor, parecíase mu- chísimo a su hermano Miguel, por lo menos
tanto como una flor de agabanzo que se entreabre a otra deshojada. Tenía
también rubio el Cabello, más po- blado y en rizos sobre las sienes mientras
que sobre la nuca, blanca y delicada,
perdíase un largo me- chón, signo de felicidad según las comadres. Sangre
generosa, y joven coloreaba a cada impresión del espíritu su cutis,
habitualmente mate. Sobre sus ojos, parecidos a los de su hermano, pero más
abiertos y más límpidos, extendíase a menudo un baño de hu-
medad. Fino
bozo rubio comenzaba a sombrear sus mejillas y sus labios, éstos eran de rojo
púrpura y se plegaban con frecuencia en sonrisa tímida, dejando ver la
dentadura de un blanco deslumbrador. Tal
como aparecía allí,
con el capote
desabrochado, bajo el cual llevaba camisa roja de cuello ruso; es-
belto, ancho de hombros, con un cigarrillo entre los dedos, apoyado contra la
balaustrada del peristilo, el rostro iluminado por franca alegría, los ojos
fijos sobre su hermano, era a buen
seguro el adolescente más simpático que se pudiera contemplar, apartába- se de
él la mirada con pena. Sinceramente
feliz al encontrar a su hermano, a quien consideraba con respeto y orgullo,
como a un héroe, sentía, sin em- bargo, algo de vergüenza por ese hermano, a
causa de su propia educación más cultivada, de sus cono- cimientos en francés,
del trato con personas de alta posición, y encontrándose superior a él,
esperaba llegar a civilizarlo.
Sus
impresiones, sus juicios se habían formado en Petersburgo bajo la influencla de cierta dama, que débil
por los rostros lindos, hacíale pasar
los días de fiesta en su casa. Moscou contribuyó tam- bién por su parte, pues
allí había bailado en gran soi-
rée en casa
de su tío el senador.
VI
Después de
hablar hasta saciarse, hasta demos- trar cosa que sucede con frecuencia, que
sin dejar de quererse mucho tenían muy pocos intereses comu- nes, los dos
hermanos permanecieron silenciosos
durante algún tiempo.
-Bueno,
bien, recoge tu equipaje y partamos. El joven enrojeció turbándose.
-¿A
Sebastopol directamente? -preguntó por fin.
-Claro
está. Me parece que no tienes mucha im- pedimenta. Ya te haremos sitio.
-Bueno,
vamos -replicó Vladimiro, que entró en la casa lanzando un suspiro.
Al abrir la
puerta de la sala se detuvo e inclinó la cabeza.
-Ir directamente a Sebastopol -se dijo- ¡- exponerse a las bombas es terrible! Pero
por otra parte, ¿no da lo mismo que sea hoy u otro día? Al menos, con mi
hermano.
A decir
verdad, ante la idea de que la telega lo condujese de un tirón hasta
Sebastopol, de que nin- gún nuevo incidente lo detendría en el camino, fue tan
sólo cuando se dio cuenta del peligro que había
venido a
buscar y cuya proximidad lo emocionó profundamente. Tranquilo por fin se reunió
a sus compañeros, permaneció tanto rato
con ellos, que su hermano, impaciente, abrió la
puerta y lo vio cuadrado delante del oficial que lo amonestaba co- mo a
un escolar. A la vista de, su hermano. perdió todo el aplomo.
-Voy en
seguida -le gritó haciendo un ademán con la mano,- espérame, ahora voy.
Un segundo
después fue a su encuentro.
- Imagínate
-le dijo suspirando profundamente- que no me puedo marchar contigo.
-¡ Qué
tontería! ¿Por qué?
-Voy a
decirte la verdad, Micha, no tenemos un céntimo, por lo contrario, le debemos
dinero a aquel capitán, al que está allí, y eso es terriblemente ver- gonzoso.
El hermano mayor frunció el entrecejo y
no respondió.
-¿ Debes
mucho? -le preguntó por fin sin mi- rarlo.
No, mucho
no; pero me mortifica sobremanera. Ha pagado por mí en tres casas de posta,
utilizo su azúcar y además hemos jugado a la preferencia, y le
he quedado
a deber un pico...
-¡Eso está
mal, Volodia! ¿Qué hubieras hecho a no encontrarme? -le dijo el primogénito con
severi- dad, siempre sin mirarlo.
-Pero ya
sabes que espero recibir mis auxilios de marcha
en Sebastopol, entonces
lo pagaré. Esto puede hacerse aún, por eso es mejor que
llegue con él mañana.
Miguel sacó
en aquel momento del bolsillo un portamonedas del cual extrajo, con mano
vacilante dos asignados de diez rublos y uno de tres.
-He, aquí
todo lo que tengo -dijo.- ¿Cuánto ne- cesitas? -Exageraba un poco al decir que
era aquel todo su caudal, pues poseía además cuatro monedas de oro cosidas
entre las vueltas de su uniforme, pe- ro a las cuales habíase prometido no
tocar.
Resultó,
ajustadas las cuentas, que Koseltzoff no debía más que ocho rublos, incluyendo
lo perdido al Juego y el azúcar. Dióselos su
hermano, advirtién- dole tan sólo que no se debe jugar nunca cuando no se tiene dinero. El mozo no
replicó, la advertencia de su hermano mayor parecía contener dudas sobre su
delicadeza. Irritado, avergonzándose por haber cometido un acto que podía dar
lugar a sospechas mortificantes para él por parte de Miguel,
a quien
quería, su naturaleza impresionable sintióse trastornada con tal violencia, que
conociendo la im- posibilidad de retener los sollozos que le oprimían la
garganta, tomó el asignado sin replicar y se lo lle- vó a su compañero de
viaje.
VII
Nikolaieff,
después de entonarse en Duvanka con
dos vasos de
aguardiente, que vendía
un so1dado en el puente, sacudió las riendas y la telega comenzó su
traqueteo sobre el pedregoso camino en
el que sólo a largos espacios aparecía algún trozo de sombra, y que conduce a lo largo del Belbek hasta
Sebastopol, mientras que los dos
hermanos, tan juntos que sus piernas se tocaban, permanecían en obstinado
silencio sin dejar de pensar uno en el otro.
-¿Por qué
me ha ofendido? -decíase el man- cebo.- ¿Me tomará realmente por un
estafador? Pa- rece que está aún enojado. Henos aquí peleados pa- ra siempre, y
sin embargo, los dos, en Sebastopol,
¡qué dichosos
hubiéramos sido! ¡Dos
hermanos bien unidos entre sí los
dos batiéndose contra el enemigo! el mayor, falto quizá de un poco de cultura
pero
militar bizarro, y el menor, tan valiente como él, pues al cabo de una semana
habré demostrado a todos que ya no soy tan niño, no me pondré colora- do, mi
cara será varonil, y él bigote tendrá tiempo de crecerme hasta aquí -decía pellizcándose con los dedos
el bozo que nacía junto a la comisura de los labios.- ¡Podrá suceder que
lleguemos hoy mismo y podamos tomar parte en alguna acción! ¡Mi herma- no debe
ser muy bravo y muy tenaz! Es de aquellos que hablan poco y se portan mejor que
los demás, pero, ¿hará a propósito eso
de empujarme hacia el borde de la telega? Debe de conocer que me inco- moda y
hace como si no lo notara. Llegaremos de seguro hoy -prosiguió mentalmente,
estrechándose contra el borde del carruaje por temor, si se removía de
demostrar a su hermano que iba incómodo. Lle- garemos directamente al baluarte,
yo con los ca- ñones, mi hermano con su compañía. De pronto los franceses se
arrojan sobre nosotros; tiro sin cesar,
mato a una porción, pero así y todo
vienen sobre mí, y he aquí mi
hermano se lanza sable en mano, yo cojo mi fusil y corremos juntos, los
soldados nos siguen. Los franceses se precipitan sobre él, corro, mato primero
a uno, luego a otro, y salvo a Micha. Estoy herido en un brazo, cojo el fusil
con la otra mano Y adelante, sin parar, mi hermano es muerto de un balazo junto
a mí, me detengo un segundo, lo miro con tristeza, me incorporo y grito:
¡Seguidme!
¡Adelante!
¡Venguémoslo! Y añadiré: Yo quería a mi hermano sobre todas las cosas, lo he
perdido. Ven- guémoslo, demos muerte
a nuestros enemigos
o muramos todos juntos. Todos me siguen
gritando. Pero he aquí al ejército francés entero, con Pellissier a la
cabeza concluimos con todos, Pero soy
herido una vez, dos veces, y a la tercera mortalmente; me rodean todos.
Gostschakoff viene, me pregunta lo que deseo. Respondo que no deseo nada,
sólo una cosa, que me lleven junto a mi hermano y morir con él. Me transportan,
me acuestan junto a su cadáver ensangrentado, me incorporo y les digo: Sí, no
ha- béis sabido apreciar a dos hombres que amaban sinceramente a su patria,
vedlos aquí morir... ¡Que Dios os perdone! Y después... expiro.
¡Quién
hubiera podido decir hasta qué punto tales ensueños se habían de realizar!
-¿Has estado
alguna vez en un combate?
- preguntó de súbito a su hermano, olvidándose por completo que no
quería hablarle.
-No, nunca
hemos perdido dos mil hombres de
nuestro
regimiento, pero todos durante los trabajos , allí me hirieron. La guerra no se
hace como tú te figuras, Volodia.
Este diminutivo
enterneció al adolescente,
y quiso explicarse con su
hermano, que no se ima- ginaba haberlo ofendido.
-¿Estas
enfadado conmigo, Micha? -1e preguntó al cabo de algunos instantes.
-¿Por qué?
-Es que...
nada... creí que había habido entre no- sotros.
-Nada de
eso -replicó su hermano, volviéndose hacia él y dándole una palmada amistosa en
la rodi-
lla.
-¡Perdón,
Micha, si te he ofendido! -contestó el otro,
volviendo la cabeza para ocultar
las lagrimas que llenaban sus ojos.
VIII
-¿Pero es
este, y de verdad, Sebastopol? -pre- guntó Volodia cuando llegaron a la cúspide de la montaña.
Ante ellos
apareció la bahía con su bosque de mástiles; el mar con la escuadra enemiga a
lo lejos,
las blancas
baterías de la costa, los cuarteles, los acueductos, los docks, los edificios
del a ciudad. Nubes de humo, blanco y violáceo claro elevábanse sin cesar sobre
las amarillentas que rodean la pobla- ción y se dibujaban sobre el cielo azul,
iluminado por los rayos rojizos del sol, reflejados luminosa- mente por las
ondas, mientras que el astro rey des- cendía en el horizonte hacia el obscuro
mar.
Sin el más
leve estremecimiento de temor con- templó Volodia aquel lugar temible en que tanto pensara; por
lo contrario experimentaba, cierto go- zo estético, un sentimiento de
satisfacción heroica, al considerar que, antes de media hora se encontra- ría
él mismo, allí, y atención profunda puso al con- templar con persistencia aquel cuadro de original atractivo, hasta el
momento de llegar a la Severnaia, donde
estaban los bagajes
del regimiento de su
hermano y donde debía informarse del sitio en que se encontraba su propio
regimiento y su batería.
El oficial
del tren[19] vivía, a lo que llamaban la Pequeña Ciudad
Nueva, formada por
barracones construidos con tablazón por las familias de los ma- rineros.
En una tienda de campaña contigua a un
cobertizo de grandes dimensiones, hecho de ramas de encina sin deshojar y que
aun no habían tenido tiempo de secarse, los dos hermanos encontraron al
oficial, sentado, en mangas de camisa, y ésta de un amarillo sucio ante una
mesa no muy limpia, sobre la cual se enfriaba un vaso de te Junto a una fuente
vacía y una garrafa de aguardiente, algunas migas de pan y de caviar veíanse
esparcidas: estaba contando un paquete de asignados. Pero antes de sacarlo a
es- cena nos es indispensable examinar de cerca el inte- rior de
su campamento, sus
ocupaciones y su manera de vivir. La barraca, recién
construida, era grande, cómoda y de gran
solidez, provista de me- sas y de bancos
cubiertos de césped, como no se construyen sino para los Generales, y a fin de
impe- dir la caída de la hojarasca, tres tapices de mal gusto, aunque nuevos, y
probablemente muy caros, apare- cen extendidos sobre las paredes y en lo alto
del ba- rracón. Sobre una cama de hierro, colocada bajo el tapiz principal, que
representa la eterna amazona, vense un
cobertor rojo afelpado,
una almohada manchada y rota, una
pelliza de gineta[20]
y sobre una mesa, revueltos, una palmatoria, un espejo con mar- co de plata, un
cepillo del mismo metal de suciedad extraordinaria, un peine roto de asta lleno
de pe- lambre, grasiento, una botella de licor adornada con enorme marbete rojo
y oro,
un reloj de bolsillo, también de oro, con el retrato de Pedro I, pinzas doradas, cajas conteniendo cápsulas,
una corteza de pan y naipes viejos
esparcidos en desorden, y por último, sobre la cama, una porción de botellas,
va- cías unas y llenas las demás. Aquel oficial tenía a
cargo el tren de equipaje y la alimentación del gana- do. Uno de sus amigos,
que se ocupaba de opera- ciones
financieras, compartía su
habitación, y en aquel momento dormía en la
tienda, mientras él ajustaba las
cuentas del mes con el dinero de la Co- rona; su exterior era agradable y
marcial, gran esta- tura, recio bigote y corpulencia de buena ley
le distinguían, pero poseía dos cosas poco favorables que saltaban al
punto a la vista; primero, un sudor continuo en la cara, junto con el
abotagamiento que ocultaba casi sus ojuelos grises dándolo la aparien- cia de
un odre lleno, y extremada suciedad, que se extendía desde sus cabellos escasos
y canosos hasta sus enormes pies desnudos, calzados con zapatillas forradas de
armiño.
¡ Cuánto
dinero! ¡Cuánto dinero, Dios mío! -dijo
Koseltzoff
primero, que al entrar lanzó una mirada de codicia a los asignados. -¡ Si me
prestara usted la mitad, Vassili Mikhailovitch!...
El oficial
del tren hizo un rnohín al ver a sus vi- sitantes, y recogiendo el dinero, los saludó sin le-
vantarse.
-¡Oh, si
fuera mío; pero es dinero de la Corona!
¡
batiuchka! Mas ¿ qué trae usted ahí?
Y miraba a
Volodia, mientras ordenaba los pa- peles, encerrándolos en una cajita, abierta
que tenía junto a sí.
-Es mi
hermano; sale de la escuela militar. Ve- nimos a preguntar dónde está el
regimiento.
-Siéntense ustedes,
señores -les dijo,
levan- tándose para pasar a la
tienda.- ¿Tomarán ustedes un vaso de porter?[21]
-Vé por el
porter, Vassili Mikkhailovitch. Volodia, al cual el aire de importancia del
oficial
de tren
produjo profunda impresión, así como su abandono y el respeto que le demostraba
a su her- mano, decíase, al tomar asiento en el borde del di- ván : «Este
oficial a quien todo el mundo respeta, es sin duda un buen muchacho y de seguro muy va- liente»
-¿Dónde está, pues, nuestro regimiento? - preguntó el hermano mayor al oficial.
-¿Qué dice
usted? -le gritó éste. -He visto hoy a Seiffer -contestó- me ha dicho que está
en el quinto baluarte.
-¿Es eso
seguro?
-Lo que
digo es cierto: ahora bien; ¡que el diablo se lo lleve, no le cuesta gran trabajo mentir! Diga usted
-añadió,- ¿quiere usted porter?
-Con mucho
gusto -respondió Koseltzoff .
-Y usted,
Ossip Ignatievitch -continuó la misma voz dentro, de la tienda, dirigiéndose a1
negociante que dormía,- ¿quiere usted beber? Basta de dormir; son cerca de las
cinco.
Concluya
usted de machacar. Ya ve usted que no duermo -respondióle una voz atiplada y
perezo-
sa.
-Entonces
levántese usted, ¡que ya me voy fasti- diando!
Y el
oficial del tren se incorporó a sus huéspedes.
-Sirve porter de Sympheropol -gritó a su
criado. Este, empujando aVolodia, sacó de debajo del banco, con desprecio,
según le pareció al joven, una botella del porter pedido.
Tiempo
hacía que vaciaran la botella, y la con- versación seguía
sostenida, cuando se
abrió la puerta de la tienda para
dar paso a un hombre de corta estatura,
vestido de bata azul con cordones y borlas, y gorro con cenefa encarnada,
adornado con una escarapela.
-Dame un
vaso -dijo, sentándose junto a la me-
sa. -¿Viene usted, sin duda, de Petersburgo, joven? - añadió, dirigiéndose con
amabilidad a Volodia.
-Sí, y voy
a Sebastopol.
-¿A
petición propia?
-Sí.
-¿Y a qué
demonios va usted? Señores, en ver- dad, no comprendo esto -prosiguió el
negociante.- Me parece que si pudiera
regresaría a pie a Pe-
tersburgo.
-Pero ¿de
qué se queja usted? -le preguntó el mayor de los Koseltzoff.- Lleva usted aquí
una vida muy envidiable.
-Este
peligro constante, estas privaciones (pues no puede uno procurarse nada), todo
esto es terri- ble. No los comprendo a ustedes, señores. Y si si- quiera se
obtuvieran algunas ventajas;
pero, ¿es agradable, pregunto yo,
quedar inútil a su edad para
toda la
vida?
-Unos
tratan de hacer su negocio, otros viven por el honor -replicó con aspereza
Kozeltzoff ma- yor.
-¡Qué vale
el honor cuando uno no tiene qué llevarse a la boca! -repuso el negociante con
cierta risita desdeñosa y volviéndose
hacia el oficial del tren, que siguió su ejemplo.- Da cuerda a la música
-añadió,
señalando con el dedo una caja- oiremos
Lucía, que
tanto me gusta.
-¿Es buena,
persona ese Vassilli Mikhailovitch?
-preguntó
Volodia a su hermano, cuando a la caída de la tarde rodaba su coche de nuevo
por la carrete- ra de Sebastopol.
-Ni bueno
ni malo, sino de avaricia terrible. En cuanto al negociante, no puedo verlo ni
en pintura. El mejor día le rompo el alma.
IX
Cuando llegaron,
ya al obscurecer,
al puente grande sobre la bahía, Volodia no se encontraba precisamente
disgustado pero sentía terrible peso en el corazón; todo lo que veía, todo lo
que escuchaba aveníase muy poco con las últimas impresiones que le dejaran el
salón de exámenes, claro y entarimado, las voces de sus compañeros y la
alegría, de su sim- pático reír, el
uniforme nuevo; su Czar adorado, a quien acostumbróse a ver durante
siete años, y que al despedirlos, con lágrimas en los ojos, habíalos apellidado
«sus hijos.» Sí, todo lo que veía se armo- nizaba muy poco con sus ilusiones de
mil facetas.
-Hemos
llegado -le dijo
su hermano, al des- cender del carruaje ante la batería. de M....-SI nos
dejan atravesar el puente iremos desde luego a los cuarteles de Nicolás; allí
te quedarás hasta por la mañana; en
cuanto a mí, volveré al regimiento para saber dónde está la batería; te iré a
buscar temprano.
-¿Para qué?
Mejor será que
vayamos juntos
-contestó
Volodia.- Iré, contigo al baluarte. ¿No da lo mismo? Es preciso acostumbrarse.
Si vas tú, ¿por qué no he de ir yo?...
-Harás
mejor en quedarte.
-Déjame ir,
te lo ruego; así al menos veré lo que es...
-Te aconsejo que no vayas; pero sin embargo...
El cielo, sin nubes estaba sombrío; las estrellas, los fogonazos de las
descargas y los surcos de las bombas, que cruzaban el espacio, lucían en la
obs- curidad, la cabeza del puente y la gran Construcción blanca de la batería
destacábase en la negrura de la noche. Los dos hermanos se aproximaron al
puente, donde un miliciano, preparando torpemente el fusil, les gritó- ¿Quién
vive?
-¡Soldados!
-No se
puede pasar.
-¡Imposible!
Es preciso que pasemos.
-Decídselo
al oficial.
-El oficial
dormitaba; levantóse y dio la orden de que los dejaran pasar.
-Se puede
ir, no
se puede volver. ¡Atención!
¿Dónde os
metéis todos a la vez? -gritó a los ca- rruajes detenidos a la
entrada del puente, y en los cuales se apilaban los cestones.
En el
primer pontón encontraron a algunos sol- dados que hablaban en voz alta.
-Ha
recibido su equipo. Lo ha recibido todo,
¡Eh,
amigos! -dijo otra voz.- Cuando se llega a la
Severnaia
se renace. El aire es otro, de verdad.
-¿Qué
canturreas ahí? -dijo el primero.- El otro día una maldita bomba se les llevó
las piernas a dos marineros...
El agua
invadía en algunos sitios el segundo pontón, donde ambos hermanos se detuvieron
para esperar su carruaje; el viento que
parecía débil en
tierra,
soplaba aquí más violentamente y a ráfagas; balanceábase el puente, y las olas,
chocando con fu- ria inundaban el piso;
el mar mugía sordamente, formando una línea negra, unida, sin fin, que se destacaba en el horizonte estrellado,
donde lucían plateados fulgores. En lontananza veíanse las luces en la escuadra
enemiga; a la derecha un vapor pro- cedente de la Severnaia acercábase rápida y ruido- samente. Estalló una bomba,
iluminando durante un segundo el montón de cestones, la cubierta del bu- que y
en ella a hombres de Pie; a un tercero que en mangas de camisa, sentado, con
las piernas colgan- do, ocupábase en
una reparación junto al
borde mismo del puente, y la espuma blanquecina de las olas de verdosos
reflejos, hendidas por el vapor en marcha.
Los mismos
trazos luminosos continuaban sur- cando el cielo sobre Sebastopol, y los ruidos que
inspiraban espanto iban aproximándose; una ola, venida del mar, reventó contra el
costado derecho del puente, mojando los
pies de Volodia; dos solda- dos, arrastrando sus piernas con ruido por el agua,
pasaron por su inmediación. De pronto, algo estalló con estrépito e iluminó la
parte del puente que se
extendía
ante ellos y por la cual rodaba un carruaje, seguido de un militar a caballo.
Los cascos cayeron silbando en el agua, haciéndola saltar a chorros.
-¡Ah,
Mikhail Semenovitch! -dijo el jinete, dete- niéndose ante
Koseltzoff mayor.- ¿Ya está
usted restablecido?
-Sí, como
puede usted ver. ¿ Adónde le envía a usted Dios?
-A la
Severnaia, por cartuchos; me mandan en lugar del ayudante del regimiento. Se
espera de un momento a otro el asalto.
-¿Y
Martzeff, dónde está?
-Ha perdido
una pierna ayer; en la ciudad en su cuarto... dormía. ¿Le conocía usted?
-El
regimiento está en el quinto... ¿no es verdad?
-Sí; ha
relevado a los de M... Pase usted a la ambulancia; allí encontrará usted a algunos de los nuestros
que lo conducirán.
-¿Y mi
alojamiento de la Morskaia, se ha librado?
-¡Ja¡¡Ja!...¡batiuchka! hace mucho tiempo que
lo arrasaron las bombas. No reconocerá usted a Se- bastopol; no queda un alma:
ni mujeres, ni música, ni fondistas; el último se marchó ayer. ¡Ha quedado todo
más triste!... ¡Adiós!
Y el
oficial partió al trote.
Miedo
terrible se apoderó de pronto de Volo- dia; parecióle que una bomba iba a caer
sobre él y que alguno de sus cascos le daría irremediablemente en la cabeza.
Aquellas tinieblas húmedas, aquellos sones siniestros, el rumor constante de
las olas irri- tadas, todo parecía
sujetarle para que no diese un paso más y decirle que nada bueno le
esperaba allí; que haría bien en volverse atrás, en huir deprisa le- jos
de aquellos lugares terribles en que
reinaba la muerte. -¿ Quién sabe? Tal vez es muy tarde ya... ¡mi suerte está
decidida!... -He aquí lo que él se
decía, temblando ante esa idea y también por el agua, que penetraba en sus botas.
Lanzó un suspiro
y se apartó un poco de su
hermano.
-¡Dios mío! Verdaderamente moriré; pre-
cisamente yo... ¡Dios
mío, ten piedad
de mí! - murmuró persignándose.
-Y bien,
Volodia, adelante -le dijo su hermano cuando el vehículo los alcanzó.- ¿Has
visto la bomba?
Más lejos
encontraron otra vez carruajes que transportaban heridos y cestones; uno de
ellos, lleno de muebles, iba conducido por una mujer.
Arrimándose
instintivamente contra la muralla
de la
batería Nicolás, los dos hermanos siguieron junto a ella en silencio, poniendo
oído a la detona- ción de las bombas que reventaban sobre sus cabe- zas, al
rugir de los cascos esparcidos desde arriba, y llegaron, por fin, al sitio de
la batería en que estaba la Santa imagen. Allí supieron que la quinta, batería,
ligera, a la cual debía unirse Volodia, se encontraba en la Korabelnaia.
Decidieron, en su consecuencia, a pesar del peligro, irse a dormir al quinto
baluarte y de allí pasar al día siguiente a la batería. Penetraron, pues, por
el estrecho pasadizo, y pasando sobre los hombres que dormían al pie del muro, arribaron por fin a la ambulancia.
X
Al entrar
en la primera sala, provista de camas en las que había heridos, les impresionó
el olor pe- sado y nauseabundo particular de los hospitales; dos hermanas de la caridad vinieron a su
encuentro; una, de cincuenta años de edad próximamente y de severa
fisonomía, llevaba en las manos un paquete de vendajes e hilas y daba órdenes a
un practicante muy joven que la seguía; la otra, linda joven de, veinte años,
tenía el rostro de rubia, pálida y delica- da. Esta parecía singularmente
gentil y tímida, seguía a su compañera con las manos en el bolsillo del de-
lantal y
veíase que tenía
miedo de quedarse
re- zagada.
Koseltzoff preguntó
dónde estaba Martzeff, aquel que el día antes había
perdido una pierna.
-¿ Del
regimiento, de P...? -preguntó la de más edad- ¿Es usted pariente suyo?
-¡No, su
compañero!...
-Condúzcalos
usted -dijo en francés a la otra hermana,- y los dejo, acompañada del practi- cante, para
acercarse a un herido.
-Vaya, veamos,
¿qué miras tanto?
-dijo Ko- seltzoff a Volodia,
que, parado, fruncida la frente e impregnados los ojos de simpatía dolorosa, no
po- día apartar la mirada de los pacientes, a los que no cesaba de examinar
mientras seguía a su hermano, repitiendo a pesar suyo:
-¡Dios mío,
Dios mío!...
-Acaba de
llegar, ¿no es cierto? -preguntó la
hermana de la caridad señalando a Volodia.
-Sí, acaba
de llegar.
La joven lo
contempló de nuevo y rompió a llo- rar, repitiendo con desesperación- ¡Dios
mío, Dios mío! ¿Cuándo acabará esto?...
Entraron en
la sala de oficiales. Martzeff yacía acostado de espaldas, con los brazos musculosos
descubiertos hasta el codo y cruzados tras de la ca- beza. La expresión de su
rostro amarillento era la de un hombre que aprieta los dientes para no gritar
de dolor. Su pierna sana calzada con un calcetín, salía por debajo del
cobertor, y los dedos del pie con- traíanse convulsivamente.
-Y bien
¿cómo está usted? -le preguntó la her- mana levantando la cabeza, algo caliente
del herido y arreglándole la almohada, con sus
dedos delica-
dos, sobre
uno de los cuales distinguió Volodia una sortija de oro.- He aquí a dos
compañeros que vie- nen a verlo.
-¡Sufro,
claro está! -replicó con rabia;- no, no toque usted, está bien así -y los dedos del pie se
agitaban en el calcetín con movimientos nerviosos.-
¡Buenos
días! ¿Cómo se llama usted? ¡Ah, perdón cuando Koseltzoff se dio a conocer-
Aquí se olvida uno de todo, y, sin embargo, ¡hemos vivido juntos!
-añadió
mientras miraba a Volodia con aspecto de curiosidad.
-Es mi
hermano; viene de Petersburgo.
-¡Ah! Y yo
he concluido, me parece. ¡Cuánto su- fro! ¡Si esto pudiera terminar cuanto
antes!...
Y con un
movimiento convulsivo retiró la pier- na. Sus dedos saltaron con redoblada
agitación; cu- brióse la cara con las manos.
-Hay que
dejarle tranquilo; está muy malo -les dijo, al oído la hermana con los ojos llenos de lá- grirnas.
Los dos
hermanos, que habían decidido ir al quinto baluarte, cambiaron de opinión al
salir de la ambulancia, y convinieron, sin comunicarse la ver- dadera razón, en
irse cada uno por su lado para no
exponerse a
un peligro inútil.
-¿Encontrarás
el camino, Volodia? -le preguntó el mayor.- Por lo demás, Nikolaieff te
conducirá a la Korabelnaia; ahora me voy solo y mañana me reuni- ré contigo.
Y no se
dijeron nada más en aquella última en- trevista.
XI
El cañón
tronaba con igual violencia, pero la calle Ekatherinenskaia que seguía Volodia,
acompa- ñado del silencioso Nikolaieff, permanecía desierta y tranquila. No
distinguía en la obscuridad sino pa- redes blancas, en pie, entre grandes
edificios des- plomados, y las
losas de la
acera por donde caminaba; cruzábase a veces con
soldados y oficia- les, y al pasar a la izquierda, próximo al Almirantaz- go,
divisó, a la viva luz de una hoguera que ardía, tras el cercado, una fila, de
acacias plantadas hacía poco a lo largo de la acera y sostenidas por sus tuto-
res pintados de verde. Sus pasos y los de Nicolaieff, que respiraba
estrepitosamente,
interrumpían tan sólo el silencio. Sus ideas eran vagas; la linda her-
mana de la caridad, la pierna de Martzeff con sus dedos dentro del
calcetín, la obscuridad, las bombas, las diferentes imágenes de la muerte,
cruzaban confusamente entre sus recuerdos: su alma, joven e impresionable,
sentíase inquieta y dolorida en
su aislamiento, por la absoluta indiferencia de cada uno hacia su propia
suerte, aunque esté expuesta al peli- gro. -¡Sufriré, perderé la vida, y nadie
me llorará! -se decía.
¿Dónde
estaba, pues, la vida del héroe llena de ardor enérgico, y de simpatías en la
cual tanto soña- ra? Las bombas silbaban y
estallaban, aproximán- dose cada vez más, y Nikolaieff suspiraba con más
frecuencia sin romper el silencio. Al
atravesar el puente que conduce a la Korabelnaia, vio a dos pa- sos de él
sumergirse un objeto, silbando, en el golfo; iluminar con fulgor purpúreo las
olas de matiz vio- láceo y rebotar, lanzando al aire el agua en menuda lluvia.
¡Maldita!...
la bribona está viva aún –murmuró
Nikolaieff.
-Sí
-replicó Volodia a pesar suyo y sorprendido, por el eco de su voz, agudo y
chillón.
A su
encuentro venían heridos transportados en camillas, carretas llenas de
gaviones, un regimiento, algunos jinetes. Uno de éstos, oficial, seguido de un
cosaco,
detúvose al ver a Volodia; examinó su rostro, y después, volviéndole la
espalda, dio un latiga- zo a su montura y prosiguió su camino.
-¡Solo,
solo, que viva o no, a todos les da lo mismo!... -díjose el adolescente, pronto
a echarse a llorar.
Después que
hubo cruzado un murallón blanco, entró en una
calle formada por casitas completa- mente derruidas, iluminadas sin
cesar por el fulgor de las bombas. Una. mujer borracha, harapienta,
acompañada de un marinero, salió por una puerte- cilla, tropezando contra él.
-Perdón,
Vuestra Nobleza -murmuró.
El corazón
del pobre mozo iba oprirniéndose cada vez más, mientras que en el sombrío
horizonte los fogonazos brillaban de continuo, y los proyecti- les venían
ruidosamente a estallar en torno suyo. De pronto, Nikolaieff suspiró y dijo con
voz que pare- cióle a Volodia expresión de terror mal contenido:
-¿Valía la
pena de darse prisa, para venir aquí, desde
allí... andando, y
andando?... ¿Y para
qué tanta prisa?...
-Pero a
Dios gracias, mi
hermano se curó
-contestó
Volodia para librarse, hablando, de la ho- rrible sensación que se apoderaba de
él.
-¡Sí, perfectamente
curado!... ¡Cuando todos están enfermos! Los sanos se encontrarían mucho mejor en el
hospital en un tiempo como este. ¿Sen- timos
nosotros, acaso, ninguna
alegría por estar aquí? Ahora un brazo... ya una
pierna... se pierde... y mire usted, aquí
aun... en la ciudad, se está mejor que en los baluartes. ¡Dios de Dios!
¡En el camino hay que rezar todas las oraciones!... ¡Eh, canalla!
¿Vienes a
zumbarme en los oídos? -añadió atento al ruido de un casco
que pasó junto a él.- Y bueno, ahora -continuó Nikolaieff,- me han
mandado con- ducir a Vuestra Nobleza, y ya sé que hay que hacer lo que mandan;
pero el coche lo dejé al cuidado de un compañero, Y el equipaje está deshecho
me han dicho que venga, y he venido. Pero si se pierde algo de lo que traemos,
¿seré yo, Nikolaieff, quien res- ponda? ¡He aquí la artillería, Vuestra
Nobleza! -dijo de súbito:- pregunte al centinela, él le indicará...
Volodia se
adelantó solo. No oyendo ya tras de sí los suspiros de Nikolaieff, sintióse defini-
tivamente abandonado; la impresión de ese aban- dono ante el peligro, ante la muerte, como creía, pesó
sobre su corazón con el frío glacial de una lo- sa; parado en el centro de la
plaza, miró en torno
suyo para
ver si le observaban, y cogiéndose la cabeza con las manos, murmuró con voz
entrecortada por el terror -¡Dios mío! ¿Seré verdaderamente un miedoso vil, un
cobarde? ¡Yo que soñaba no hace mucho, morir por la patria, por el Czar, y todo
con júbilo!... ¡Si, soy un ser desgraciado y despreciable!
-exclamó
con profunda desesperación y desilusio- nado de sí mismo. Por último, dueño al fin de su
emoción, dijo al centinela que le indicase dónde pa- raba el comandante de la
batería.
XII
El
comandante de la batería habitaba en una ca- sita de dos pisos, que tenía
entrada por el patio. A través de una de las ventanas, a la que le faltaba un
cristal, substituido por una hoja de papel, veíase el débil resplandor de una
bujía; el asistente, sentado a la puerta, fumaba su pipa. Después de anunciar a
su amo la visita de Volodia, introdujo a éste en la ha- bitación. Allí, entre
dos huecos de ventana, junto a un espejo roto, veíase una mesa cargada de
papelo- tes oficiales, algunas sillas, una cama de hierro con ropa limpia y un
biombo delante.
Junto a la
puerta se hallaba el sargento primero,
buen mozo,
de poblados bigotes y el sable al cinto, en el capote ostentaba una cruz y la
medalla de la campaña de Hungría. El
oficial de estado mayor, jefe de la. batería, de pequeña estatura, con la cara
hinchada y en ella un vendaje, paseábase por la es- tancia. De corpulencia muy
pronunciada, parecía, tener unos
cuarenta años de edad; la calvicie se le marcaba distintamente en la
parte superior del crá- neo; su espeso bigote descendía recto hasta ocultarle
la boca, sus ojos pardos tenían agradable expresión, las manos eran blancas y
finas, algo llenas; los pies muy echados hacia afuera., asentábanse en tierra
con cierta seguridad y coquetería que probaban que no era la timidez el lado
débil del comandante.
-Tengo el
honor de presentarme; vengo agre- gado a la quinta batería ligera, Koseltzoff
segundo, alférez -dijo Volodia, que al entrar en la estancia re- citó de un
golpe esta lección aprendida de memoria.
El
comandante de la batería le contestó con un saludo bastante seco y lo invitó a
sentarse. El joven se sentó, y cogiendo en su distracción un par de tije- ras,
comenzó a juguetear con ellas maquinalmente. El comandante, con las manos
cruzadas a la espalda y baja la cabeza, reanudó su paseo en silencio, diri-
giendo de vez en cuando la mirada a los dedos del
alférez que
continuaban usando con las tijeras.
-Sí -dijo
por último, deteniéndose delante del sargento- desde mañana habrá que dar un garnetz[22]
más a los caballos de los furgones;
están flacos.
¿Qué te
parece?
-¿Por qué
no? Se puede hacer, Vuestra Alta No- bleza. La avena está ahora más barata
-respondió el sargento, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y
removiendo los dedos, movimiento habitual en él- Y además hay, que el
forrajeador Frantzone me ha escrito ayer dos
letras, Vuestra Alta Nobleza: dice que hay que comprar; ahora están
a buen precio;
¿qué
dispone usted, pues?
-Bueno,
comprarlos, hay dinero -respondió el jefe, volviendo a
pasear.- ¿Dónde tiene usted su equipaje? -dijo de pronto, deteniéndose delante de Volodia.
El pobre
muchacho, perseguido por la idea de que era un cobarde, veía transparentarse en
cada mi- rada, en cada frase, el desprecio que debía inspirar, y le pareció que
su superior había penetrado ya tan triste secreto y se burlaba de él; así es
que respondió turbado que su equipaje
estaba en la Grafskaia, y que su hermano se lo enviaría al día siguiente.
-¿Dónde
alojaremos al alferez? -preguntó el te- niente coronel al sargento primero, sin
atender a la respuesta del joven.
-¿ El
alférez?... -repitió el sargento. Y una rápida mirada dirigida sobre Volodia y que parecía decir
«¿quién es
este alferecillo?» acabó de desconcertar al oficial.- Pues allá abajo, Vuestra
Alta Nobleza; con el segundo capitán, puesto que el capitán se halla en el
baluarte; su cama está desocupada.
-¿Le
acomoda eso por hoy? -preguntó el jefe de la batería.- Debe usted estar cansado, me parece. Mañana ya lo
podremos instalar más cómodamente.
Volodia, se
levantó y saludó.
-¿Quiere
usted tomar té? -añadió su superior.- Se puede hacer que calienten el
samovar...
El alférez,
que estaba ya en la puerta, volvió, saludó otra vez y salió. El asistente del
teniente
coronel lo condujo a la planta baja, hacién- dolo entrar en una pieza sucia, en
la que un montón de objetos rotos aparecían arrojados al azar por to- das
partes, y donde en un rincón, sobre una cama de hierro, dormía, sin sábanas ni
cobertor, envuelto en su capote, un hombre, a quien el joven tomó por un soldado.
-Pedro
Nicolalevitch -y el sirviente tocó en el hombro al que dormía- el alférez ha de acostarse aquí. Es
nuestro junker -agregó, dirigiéndose a Volo- dia.
-No se
mueva usted, se lo suplico -exclamó éste, viendo al junker, joven alto y
robusto, de hermosas facciones, pero completamente desprovistas de in- teligencia, levantarse, y
echándose el capote sobre los hombros, salir medio dormido y murmurando:
-Lo mismo
me da; iré a dormir al patio.
XIII
Solo con
sus pensamientos, la primera impre- sión de Volodia fue otra vez el espanto
producido por la turbación que trastornaba su
espíritu. Con- tando con el sueño para no pensar más en lo que le
rodeaba, y olvidarse de sí mismo, dio un soplo a la bujía y se acostó,
cubriéndose por completo con el capote y hasta la cabeza, pues había conservado
de su infancia el miedo a la obscuridad; pero de súbito la idea lo acudió de
que una bomba podría horadar el techo y matarlo; puso oído y escuchó: sobre su cabeza paseaba
el comandante de la batería.
- Comenzará
por matarlo a él primero -se dijo- a mí después; ¡no moriré solo!
Esta
reflexión lo tranquilizó, y ya iba a dormirse cuando la idea de que Sebastopol
pudiese ser toma- do aquella misma noche, de que los franceses forza- ran su
puerta y de que no tenía ni un arma para defenderse, le despertó del todo;
levantóse y reco- rrió la estancia; el temor del verdadero peligro había
sofocado el miedo misterioso a la obscuridad, bus- có, encontrando sólo al
alcance de su mano un es- cabel y un samovar.- Soy un cobarde, un pusilánime,
un miserable -se dijo otra vez, lleno de indignación y de desprecio contra sí
mismo. Se acostó y trató de no meditar más. Pero entonces las impresiones del
día aparecieron en su imaginación, y los estampidos incesantes que hacían retemblar los vidrios de su única ventana
le recordaron el peligro; sucedíanse las
visiones: ora veía heridos cubiertos de sangre, bombas haciendo explosión y
cuyos cascos pene- traban en su cuarto; ora a la linda hermana de la ca- ridad
que lo curaba llorando ante su agonía, o a su madre, que después de acompañarlo
a la capital del distrito, rogaba a Dios por él, vertiendo lágrimas ante una
imagen milagrosa. Huyóle el sueño, pero de
improviso la idea de mi Dios Todopoderoso, que todo lo ve y que escucha todas
las plegarias, surgió nítida Y clara entre sus delirios; se arrodilló,
persignándose, y Juntó las manos como le enseña- ron en su niñez. Sólo aquella
actitud hizo nacer en su alma un sentimiento de infinita dulzura, de mu- cho
tiempo atrás olvidado.
-Si he de
morir, es que soy inútil. Si es así, Se- ñor, hágase tu voluntad; ¡cuanto antes sea cumpli- da!...
Pero si el valor y la energía que me faltan me son necesarios, evítame la
vergüenza y la deshonra, que no podría soportar, y enséñame lo que debo ha- cer
para cumplir tu voluntad. -Su alma, de niño dé- bil y aterrorizada, se
conforto, serenándose en el acto y
sumergiéndose en nuevos horizontes, am- plios y luminosos; penso mil cosas,
experimento mil sensaciones durante el
corto transcurso de aquella impresión;
después se durmió
reposadamente al sordo rumor del
bombardeo y de los vidrios que retemblaban.
¡ Señor! Tú
sólo oíste; sólo a Ti llegarán las ple- garias sencillas pero ardientes y
desesperadas de la ignorancia, del arrepentimiento confuso, que piden la
curación del cuerpo, la purificación del alma; ora- ciones que
de aquellos lugares
habitados por la muerte subieran hasta Ti, comenzando por
el General que presiente con terror el ataque, y que un se- gundo antes sólo
pensaba en llevar al cuello la cruz de San Jorge, hasta concluir por el simple
soldado, que sobre el desnudo suelo de la batería Nicolás, te suplica. que des
a sus sufrimientos la recompensa inconscientemente presentida.
XIV
El
primogénito de los Koseltzoff encontró en la calle a un soldado de su
regimiento y se hizo acom- pañar por él al quinto baluarte.
-Péguese
Vuestra Nobleza bien al muro -le dijo el soldado.
-¿Por qué?
-Hay
peligro, Vuestra Nobleza; pasan ya por en- cima -respondió el infante, escuchando el silbido del
proyectil que hería con golpe seco en el
lado opuesto del camino
apisonado; pero Koseltzoff prosiguió por el centro sin hacer
caso del aviso.
Eran
aquellas las mismas calles, los mismos fo- gonazos, más frecuentes, los mismos
rumores y los mismos lamentos, y el encontrar heridos y las bate- rías,
trincheras y parapetos, tales como los hubo de
ver en la
primavera; pero ahora el aspecto era más triste, más sombrío, pudiera decirse
que más guerre- ro; mayor número de casas aparecían agujereadas, y en las
ventanas no había
luces; sólo el
hospital constituía una excepción. Ni una mujer en la calle, y el
carácter de la vida habitual e indiferente, impreso antes sobre todas las
cosas, había desaparecido, re- emplazado por el de expectación inquieta y de es- fuerzos redoblados e incesantes.
He aquí ya
la última trinchera y a un soldado del regimiento de P... que reconoce al
antiguo oficial de su compañía; he aquí al tercer batallón cuya presen- cia se
puede adivinar por el murmullo contenido de las voces y el choque metálico de
los fusiles apoya- dos contra el muro, y
que la luz de las descargas ilumina a frecuentes intervalos.
-¿Dónde
está el jefe del regimiento? -pregunta
Koseltzoff.
-En el
blindaje de los marinos, Vuestra Noble- za-responde el servicial soldado. -¿Quiere Vuestra Nobleza
venir? Yo lo conduciré...
Y pasando
de una trinchera a otra, guía a Ko- seltzoff al foso, donde hallan a un
marinero fuman- do su pipa, tras él se abre una
puerta, a través de cuyas junturas brilla una luz.
-¿Se puede
entrar?
-Yo
anunciaré.
El marinero
entra en la casamata, donde se oye el rumor de dos voces.
-Si Prusia
continúa en su neutralidad, entonces - dice una de ellas, -Austria...
-¿ Qué
importa lo que haga Austria, mientras los pueblos eslavos?... -responde la
otra.
-¡Ah! Sí,
dile que entre -añadió la misma voz. Koseltzoff, que no había puesto nunca los
pies en aquel alojamiento, quedó sorprendido por su elegancia; un entarimado substituía al piso natural; una
mampara cubría la puerta; en el ángulo derecho, una gran icona[23] representando la Santa Virgen, con su dosel
dorado, iluminada por una lamparilla de cristal color de rosa; dos lechos
colocados junto a la pared, en uno de los cuales dormía vestido un mari- no;
sobre el otro, sentábanse el nuevo jefe de! regi- miento y un ayudante de
campo. Koseltzoff, que no era nada tímido y que no creía estar en falta en mo-
do alguno ni con el estado ni con el Jefe de su re- gimiento, experimentó, sin
embargo, al hallarse en presencia de éste, su compañero poco antes, cierta
aprensión singular.
-Es extraño
-se dijo al verlo levantarse para oir- le;- no hace aún siete semanas que manda el regi- miento, y ya
en su actitud, en su mirada, en su traje, respira la autoridad. No ha mucho
tiempo que este mismo Batritcheff se
divertía con nosotros, y se comía solo, sin invitar nunca a nadie, sus
bithi,[24]
y sus vareniki[25],
y ahora la expresión de orgullo lleno de sequedad, en sus ojos, que
me dicen : «Aunque sea yo tu compañero, pues soy un coronel de la nueva escuela
puedes estar seguro de que sé que darías la mitad de tu vida por hallarte en mi
lugar.»
-¡Se ha
cuidado usted bastante tiempo!... -díjole fríamente el coronel.
-He estado
enfermo, mi coronel, y mi herida no se cicatrizó aún.
-Si es así,
¿por qué ha vuelto usted? -La corpu- lencia de Koseltzoff inspiraba
desconfianza a su je- fe.- ¿Puede usted hacer servicio?
_Seguramente;
sí puedo.
-Está bien.
El alférez Taitkeff le entregará a us- ted la novena compañía, la que ha
mandado usted ya; vaya usted a recibir la orden del día, y haga el fa- vor, al
salir, de enviarme al ayudante del regimiento.
Al salir de
allí Koseltzoff hubiérase podido cre- er que se sentía incómodo o que estaba
irritado, pe- ro no precisamente
contra su coronel,
sino en particular contra sí
mismo y contra todo cuanto lo rodeaba.
XV
Antes de ir
a reunirse a sus oficiales, fue a bus- car su compañía situada en el camino
cubierto que conducía al sexto baluarte.
Al entrar
en el abrigo blindado abierto por un lado, encontró tanta gente, que a duras
penas pudo abrirse paso entre ella. En uno de los extremos ardía una vela de
sebo que un soldado, tendido en tierra, sostenía sobre un libro en el cual leía
uno de sus compañeros deletreando; en
torno suyo, multitud de cabezas vueltas
hacia el lector, al cual escuchaban ávidamente. Koseltzoff reconoció el a b c[26] en esta frase. O-ra-ción des-pués del
es-tu-dio. Te-doy gra- cias, Cre-ador mí-o.
-Despabilad
la luz -gritó uno.
-¡Qué buen
libro! -exclamó el lector que se dis- ponía a proseguir; pero a la voz de
Koseltzoff lla- mando al sargento primero, enmudeció: los
soldados salieron de su inmovilidad, tosiendo so- nándose, cosa
que ocurre siempre tras un rato de
forzoso silencio; el sargento, abrochándose el uni- forme, se levantó de en medio de un grupo, y pa- sando
por encima de sus compañeros, pisándole los pies, que por falta de espacio no
sabían dónde me- ter.
-¡Hola, muchacho!
¿Está siempre lo
mismo nuestra compañía?
-¡Salud a
Vuestra Nobleza! Lo felicitamos por estar de regreso -respondió el sargento
alegremente.
-¿Se curó
ya Vuestra Nobleza?
¡Ah, bueno! Alabado sea Dios, pues hemos notado mucho su falta.
Conocíase
que Koseltzoff era
querido en la compañía;
oyóse enseguida cómo se comunicaban unos a otros que el antiguo oficial de ella había vuelto; aquel
que fue herido,
Koseltzoff Mikhail Semenovitch.
Algunos soldados, entre ellos el tam-
bor,
vinieron a saludarlo.
-¡Hola,Obanetchuk! -le
dijo el oficial-
¿estás bueno y sano? ¡Hola, hijos
mios! -añadió alzando la voz.
Los
soldados respondieron a coro:
-¡Salud a
Vuestra Nobleza!
-¿Cómo va,
muchachos?
-Esto va
mal, Vuestra Nobleza; el francés va ga- nando; tira desde sus
atrincheramientos, pero no se deja ver
fuera de ellos.
-Y bien,
¿quién sabe? Tal vez tendré yo la suerte de verlo salir de sus trincheras. No
será la, primera vez que vayamos juntos y que lo batiremos.
-Estamos
dispuestos a hacer cuanto se pueda, Vuestra Nobleza -respondieron muchos a la
vez.
-¿Son,
pues, muy valientes?
-Terriblemente
atrevidos -dijo a media voz el tambor, pero de modo que pudiera ser oído, y
diri- giéndose a otro soldado, como para
justificar a su superior por haber empleado aquella expresión y persuadir a su
compañero de que no tenía nada de exagerado ni de inverosímil.
Koseltzoff
se separó de sus soldados para ir a reunirse con los oficiales en el cuartel.
XVI
La sala de
banderas del cuartel estaba llena de gente, de multitud de oficiales de marina,
de arti- llería y de infantería; los unos
dormían, los otros charlaban sentados sobre cajas de municiones o so-
bre el afuste de un cañón; el grupo más numeroso lo formaban algunos sentados
sobre sus burkas exten- didas en el suelo, y que bebían porter y jugaban a los
naipes.
¡Eh!
Koseltzoff, ¿ya de vuelta? ¿Y tu herida? - dijeron varias voces salidas de
diferentes lados.
Después de
estrechar la mano a sus conocidos, Koseltzoff
se reunió al
grupo central de
los ju- gadores. Uno de estos, de
exterior agradable, more- no, delgado, de larga nariz, seco y con gran bigote
que le cubría las mejillas, llevaba la banca con sus dedos blancos y finos, en
uno de los cuales se veía una sortija con solitario; parecía agitado. Y al
echar las cartas hacíalo con negligencia afectada a su dere- cha, medio recostado
y apoyándose en los codos, un mayor de pelo gris, apuntaba y pagaba cada vez
me- dio rublo con exagerada tranquilidad; A la izquierda, sentado sobre sus
talones, un oficial de cara encen- dida y reluciente, bromeaba y sonreía con
esfuerzo,
y cuando
mataban su carta agitábase una de sus ma nos en el bolsillo vacío del pantalón;
jugaba fuerte pero sin dinero, lo que ponía de mal talante al oficial moreno,
de rostro agraciado. Yendo y viniendo por la estancia, con un paquete de
asignados en la mano, otro oficial, pálido, delgado y calvo, de enorme na- riz
y enorme boca, ponía dinero contante a cada va- banca y ganaba siempre.
Koseltzoff
bebióse una copa de aguardiente y se sentó junto a los jugadores.
-Vamos,
Mikhail Semenovitch, vamos, apunte usted -le dijo el banquero- apostaría a que
ha traído un dineral.
-¿Dónde lo
he de haber encontrado? Al revés;
he gastado
mis últimos rublos en la ciudad.
-¿De verdad?
Habrá desplumado usted
a al- guien en Sympheropol; estoy seguro.
-¡Vaya una
idea! -replicó Koseltzoff,
a quien agradaba que en esto no
se le diese crédito sobre su palabra, y desabrochándose el uniforme para estar con más comodidad, cogió
algunos naipes usados.
-No tengo nada que arriesgar; pero ¡que el dia-
blo me lleve!... ¿quién puede prever la suer te?
Un mosquito
en ocasiones hace prodigios. Bebamos
para tener
ánimos.
Y no tardó
nada en beberse otra copa de aguar- diente, y en perder sus últimos tres
rublos, mientras que ciento cincuenta eran inscriptos en la cuenta del
oficialote de rostro empapado en sudor.
-Haga usted
el favor de enviarme el dinero -dijo el que tenía la banca interrumpiendo la
talla para mi- rar a éste.
-Permítame
usted demorar el envío hasta maña- na -respondió el interpelado levantándose;
su mano no cesaba de moverse con agitación en el bolsillo.
-¡Hum!
-murmuró el banquero, lanzando con despecho a derecha e izquierda las últimas
cartas de la baraja.- No se puede jugar así -exclamó,- otro ta- lla; esto no es
posible, Takar Ivanovitch; jugamos
dinero contante y no de boquilla.
-¿Dudará usted
de mí? Sería
verdaderamente extraño.
-¿De quién
he de recibir ocho rublos? -preguntó en aquel momento el mayor, que acababa de
ganar,- he pagado más de veinte y cuando gano no cobro nada.
-¿Cómo
quiere usted que le pague, cuando no hay dinero en la banca?
-Eso no
me importa -replicó
el mayor le-
vantándose,-
yo juego con usted y no con el señor.
-Pero como
he asegurado... -interrumpió el ofi- cial sudoroso- como he asegurado que pagaré ma- ñana, ¿por
qué se atreve usted a insultarme?
-Digo lo
que me da la gana; no se procede así- clamaba el mayor a voz en grito.
-¡Vamos,
cálmese usted, Fedor Fedorovitch! - intervinieron varios jugadores a la vez
rodeándole.
Dejemos
caer un velo sobre esta escena,... Ma- ñana, hoy mismo, quizá, aquellos hombres
irán ale- gremente y decididos a buscar la muerte, y morirán con tranquilidad y
valor. En el alma de todos los hombres ocúltase la sublime chispa que, en el mo- mento dado,
hará de ellos héroes; pero esa chispa se cansa de brillar de continuo. Sin embargo, cuando llegue el instante fatal,
surgirá la llama que ha de
iluminar
las más grandes acciones.
XVII
Al día
siguiente, el bombardeo prosiguió con la misma violencia. Hacia las once de la
mañana, Vo- lodia Koseltzoff reunióse a los oficiales de su bate- ría. Íbase
acostumbrando a aquellas caras nuevas; les interrogaba y les transmitía, a su
vez parte de sus impresiones. La conversación
modesta, quizá un poco pedante, de los artilleros, le agradaba, inspi- rándole respeto, y en cambio
su exterior simpático, sus tímidas maneras y su ingenuidad, predisponían a
aquellos señores en favor suyo. El oficial más anti- guo de la batería, un
capitán bajito, de pelo rojo, con tupé y peinado bien liso sobre las sienes,
educado en las antiguas tradiciones de
la artillería, galante con las damas y con pretensiones de sabio, explorá- bale
sobre sus conocimientos en esta ciencia, sobre los adelantos más recientes, y
lo trataba como a un hijo, lo cual traía
encantado a Volodia. El subte- niente Dedenko, oficialito con acento de pequeño ruso[27],
de cabellera alborotada
y capote roto,
le gustaba también, a pesar de sus gritos; pues bajo aquella ruda
corteza, adivinaba Volodia un hombre digno y
pundonoroso. Dedenko ofreció con insis- tencia sus servicios al joven y
trató de probarle que los cañones de Sebastopol no habían sido emplaza- dos
según las reglas. Por el contrario, el teniente, Tchernovitzky, de
cejas notablemente arqueadas, vestido de
levita aseada cuidadosamente, aunque ajada y con remiendos, y cadena de oro
sobre chale- co de raso, no le inspiró bien que fuese superior a los otros en
distinción y finura, la menor simpatía; no cesaba de preguntar a Volodia
detalles sobre el Emperador y el ministro de la
Guerra; refería con ficticio entusiasmo las hazañas realizadas en Sebas-
topo1; hacía alarde de gran saber, de sentimientos muy nobles, perro a pesar de
todo, y sin que supiera decirse el por qué, aquellos discursos sonaban en hueco al oído del joven, y aun
pudo notar que los demás oficiales evitaban generalmente la conversa- ción de
Tchernovitzky. El junker Vlang, a aquel
a quien despertó la noche antes,
sentado modesta- mente en un rincón,
callaba, riéndose a veces de al- gún
chiste, pronto siempre
a recordar lo que
olvidaban los otros; ofrecía por turno a
estos el frasco del aguardiente y liaba cigarrillos para todos. Seducido por
las maneras sencillas
y afables de Volodia, que no lo trataba como a un
chiquillo, y por su exterior agradable, no se apartaban sus oja- zos cariñosos
del rostro del recién llegado; adivina- ba y preveía todos sus deseos,
impulsado por un sentimiento de admiración exaltada que los oficiales notaron
en seguida y con motivo del cual no le es- casearon las bromas.
Poco antes
de comer, el segundo capitán, Kraut, relevado de su servicio en el baluarte,
vino a unirse a la reducida sociedad. Rubio,
guapo rnozo, vivo, poseedor de bigotes rojos y patillas de igual color,
hablaba el ruso perfectamente, pero con excesiva corrección y elegancia, para
un ruso de pura sangre. Tan irreprochable en el servicio como en la vida privada, la
perfección era su
defecto; excelente compañero de
seguridad a prueba en los asuntos de intereses, faltábale algo como hombre,
precisamente porque lo poseía todo. Por un contraste notable con los alemanes
idealistas de Alemania era, a ejemplo de los alemanes rusos, práctico en grado
exorbitan-
te.
-¡He aquí,
he aquí a nuestro héroe! -exclamó el capitán en el momento en que entraba Kraut
accio- nando, y haciendo chocar sus espuelas.- ¿Qué quie- re usted, Federico
Cristianovitch, té o aguardiente?
-Me he
mandado hacer té -respondió;- pero no rehusaré el aguardiente mientras lo
hacen, para con- solarme el espíritu. Me alegro mucho de conocerle. Le ruego
que nos quiera y sea un buen compañero para nosotros -dijo a Volodia, que se
había levanta- do para saludarlo.- Capitán de segunda Kraut... Me han dicho que
llegó usted anoche.
-Permítame
usted que le dé las gracias por su cama, que he utilizado esta noche.
-¿Y ha
dormido usted siquiera cómodamente? Porque le falta una pata, y no es posible
componerla mientras dure el sitio.
- Y bien,
¿ha salido usted bien hoy?- le preguntó
Dedenko.
-¡Sí,
gracias a Dios! Pero Shovortzoff ha caído. Hubo que arreglar una cureña; las
gualderas queda- ron hechas añicos...
Y se
levantó de pronto para pasear por la estan- cia: veíase que experimentaba la
sensación agradable del hombre que acaba de salir sano y
salvo de un gran peligro.
-Y bien,
Dimitri Gravilovitch -dijo, dando una palmada amistosa,- ¿cómo estamos? ¡batiuchka!
¿Por dónde
anda su propuesta? ¿No ha, resollado aún?
-No; no hay
nada.
-Y no habrá
-intervino Dedenko,- ya se lo he demostrado.
-¿Por qué
no resultará nada?
-Porque la
comunicación está mal puesta.
-¡Qué sempiterno
discutidor! -dijo Kraut
jo- vialmente.- ¡Un verdadero
ruso-menor testarudo! Bueno,
pues, ya verá usted cómo para
mortificarle lo ascenderán a teniente.
- No, no
harán nada.
-Vlang,
-añadió Kraut, dirigiéndose al junker,- llene usted mi pipa y tráigamela,
haga usted el favor.
La
presencia de Kraut había animado a todos. Hablando con cada uno, daba detalles
y preguntaba lo que había ocurrido en su ausencia.
XVIII
-Conque...
¿se ha instalado usted ya? -preguntó Kraut a
Volodia. -Pero, usted perdone, ¿cómo se llama? El nombre y apellido. Así
es costumbre entro nosotros, en artillería.
¿Tiene usted caballo
de montar?
-No
-respondió el alférez- y estoy en un com-
promiso; se
lo he dicho al capitán. No tengo ni caballo ni dinero hasta que reciba los
gastos de forraje y de marcha. Quisiera
pedir al comandante de la batería que me prestase su caballo, pero temo que rehuse.
-¿Quiere
usted pedírselo a Apolo Sergueitch?
-dijo
Kraut, emitiendo con los labios un sonido, que debía expresar la duda. Y se
quedó mirando al ca- pitán.
-¡Bueno,
bueno! -repuso este.- ¡Si rehusa, el mal no será mucho! A decir verdad, maldita
la falta que hace aquí el caballo; yo me encargo de pedírselo hoy mismo.
-¡No lo
conoce usted! -añadió por su parte De- denko- rehusaría cualquiera otra cosa;
pero no
le negará eso al señor ¿qué apuesta usted?
-¡Bah!
Usted siempre esta dispuesto a contrade- cir... usted...
-Contradigo
cuando hay por qué. El no es rum- boso de suyo,
pero prestará el caballo, porque no tiene ningún interés en rehusarlo.
-¿Cómo
ningún interés? Cuando la avena le sale aquí a ocho, rublos; es evidente su
interés; siempre
será un
caballo menos que alimentar.
-¡Vladimir Seinenovitch!
-interrumpió Vlang, que venía con
la pipa de Kraut- pídale usted el Es- tornino, es un caballo superior...
-¿Con el
cual se cayó usted al foso, ¡eh! Vlang?
-hizo
observar el capitán segundo.
-Se
equivoca usted al decir que la avena está a ocho rublos -sostenía entretanto
Dedenko, que ha- bía continuado la discusión.- Según las últimas noti- cias,
está a diez cincuenta... es evidente, que no
le resulte provechoso en...
-¿Pero
quiere usted que no le quede nada? Si usted estuviera en su lugar, no prestaría
un caballo ni para ir a paseo. Cuando yo sea
comandante de batería, mis caballos, ¡batiutchka!, tendrán sus cuatro
garnetz bien llenos, y no pensaré en adquirir rentas.
-El que
viva lo vera -replicó Kraut,- usted hará lo mismo cuando tenga una batería, y
éste también
-indicando
a Volodia.
-¿Por qué
supone usted, Federico
Cristiano- vitch, que el señor querrá obtener también menudos provechos?
Si tiene algún caudal, ¿a qué ha de pro- ceder así? -preguntó a su vez
Tchernovitzky.
- No...
yo... dispense usted, capitán -dijo Vodolia ruborizándose hasta las orejas, -
eso sería indigno a
mis propios
ojos.
-¡Oh, oh! ¡
Qué sopa en leche![28]
-le dijo Kraut.
-Eso es
otra cuestión, capitán; pero creo que no puedo quedarme con dinero que no me
pertenezca.
-Y yo le
digo a usted otra cosa -prosiguió el ca- pitán con tono mas seguro.- Sepa usted
que es muy ventajoso llevar bien las cuentas siendo comandante de batería. Sepa
usted que éste no tiene que cuidarse de
la alimentación de
sus soldados; así
ocurre, siempre, entro nosotros, en artillería. Si usted no lo- gra unir
bien los dos cabos, no le quedará un cénti- mo. Enumere más a la ligera los
gastos. En primer lugar el herraje -y el capitán dobló un dedo- después el
botiquín -dobló el segundo- luego la oficina -ya son tres,- más
los caballos de tiro, que cuestan seguramente quinientos rublos -son cuatro- la
recompo- sición de los cuellos de los soldados y el carbón que se gasta, en
gran cantidad, y por último, la mesa de los oficiales. Además, como jefe de
batería, hay que vivir de un modo
conveniente; necesita una caleche, una, pelliza, etc.
-Y lo
principal -dijo el capitán, que había guar- dado silencio hasta entonces,- helo aquí, Vladimir
Semenovitch. Aquí tiene usted a un hombre como yo, por ejemplo, que ha servido
veinte años reci- biendo primero doscientos, después trescientos ru- blos de paga... Pues bien, ¿cómo no ha de
recompensar el Gobierno
sus años de
servicios dándole un pedazo de pan para la vejez?
-Es
indiscutible -replicó el segundo capitán- así, no se dé usted prisa a juzgar;
sirva usted algún tiem- po, y ya verá...
Volodia, avergonzado
de la observación
que había soltado sin reflexionar, rnurmuró algunas pa- labras y oyó en
silencio cómo la emprendió Deden- ko para defender la tesis contraria; la
discusión fue interrumpida por la
entrada del asistente
del te- niente coronel, anunciando que la comida estaba servida.
-Debe usted
decirlo a Apolo Sergevitch que nos dé vino hoy
-dijo el teniente Tchernovitzky abro- chándose- ¡al diablo su avaricia!
Si lo matan no lo disfrutará nadie.
-Dígaselo
usted mismo.
-¡ Ah! no,
usted es más antiguo; la jerarquía ante todo.
XIX
Una mesa
cubierta con mantel bastante man- chado aparecía dispuesta en el centro de la
habita- ción donde Vodolia fue recibido la noche antes por el jefe; éste le
tendió la mano preguntándole nuevas de Petersburgo y de su viaje.
-Bueno,
señores; hagan ustedes el favor de acer- car el aguardiente ¿los alféreces no
beben? -añadió sonriendo.
El
comandante de la batería no parecía hoy tan severo como la noche anterior; más
bien tenia el as- pecto de un. huésped bondadoso y hospitalario; de un
compañero entre sus oficiales, todos, a pesar de esto, desde el veterano
capitán al alferez Dedenko, le demostraban un
respeto que se traducía en la atención tímida, con que le hablaban,
aproximándo- se por turno para beber su copa de aguardiente.
La comida
componíase de chtchi servido en una gran sopera, donde flotaban trozos de carne
empa- pados en grasa, hojas de laurel y mucha pimienta; de zrasi a la polonesa
con mostaza, y de kolduny con manteca ligeramente rancia; no había servilletas;
las cucharas eran de madera o de estaño; vasos apare- cían sólo dos, y sobre la
mesa sólo una garrafa de agua con el cuello roto. La conversación no cesaba;
se habló
primero de la batalla de InKerman, en la cual hubo de tomar parte la batería;
cada cual recor- daba sus impresiones,
sus juicios sobre las causas del fracaso, callándose en cuanto, hablaba el jefe
de la batería. Después se lamentaron de carecer de ca- ñones de ciertos
calibres; fueron discutidos los úl- timos
perfeccionamientos, lo que
dio ocasión a Volodia para demostrar su ciencia, y dato
curioso, la conversación no llegó a rozar siquiera levemente el asunto de la
tremenda situación de Sebastopol, lo que parecía querer decir que todos y cada
uno, por lo que a sí mismo concernía, se preocupaban de ello demasiado para
poder hablar. Volodia muy admira- do y aún apesadumbrándose de que ni se
aludiese tan sólo a los deberes del servicio, decíase que sin duda no había
llegado uno a Sebastopol para dar detalles sobre los nuevos
cañones y comer con el comandante de la
batería. Una granada estalló, du- rante la comida, a dos pasos de la casa; el
techo y las paredes fueron sacudidas como en un terremoto, y el humo de la
pólvora extendióse por fuera sobre los vidrios de la ventana.
-No habrá
visto usted esto en Petersburgo pero aquí
recibimos a menudo
esas sorpresas. A ver,
Vlang, haga, usted el favor de mirar -añadió el co-
mandante,-
dónde ha caído esa granada.
Vlang miró
y anunció que en la plaza.
Poco antes
de concluir de comer, uno de los soldados
escribientes entró para dar a su jefe tres pliegos cerrados:
-Este es
muy urgente; lo acaba de traer un cosa- co, a caballo, de parte del Comandante
General de artillería.
Los
oficiales siguieron con ansiosa impaciencia los dedos ejercitados de su
superior al romper el se- llo del sobre que traía escrito «muy urgente», y de donde sacó un papel.
-¿Qué podrá
ser esto? -preguntóse cada cual.-
¿Será la
orden de salir de Sebastopol para descan- sar, o la de sacar a las
fortificaciones toda la batería?
-¡Siempre
lo mismo! -exclamó el comandante
arrojando con cólera el pliego sobre la mesa.
-¿Qué es
eso, Apolo Sergevitch? -preguntó el oficial más antiguo.
-Piden un
oficial y sirvientes para una batería de morteros. No tengo más que cuatro
oficiales y mis sirvientes no están completos -dijo entre dientes- y ahora, me
exigen... Sin embargo, es preciso que vaya alguno, señores -prosiguió al cabo
de un instante-
hay que
estar a las siete. Envíeme usted al sargento primero. Y bien, caballeros,
¿quién va a ir? decí- danlo ustedes mismos.
-Pues mire
usted... El señor no ha hecho aún ningún
servicio -dijo Tchernovitzky
señalando a Volodia.
El
comandante de la batería, guardó silencio.
-Sí, no
deseo otra cosa -exclamó Volodia, sin- tiendo un sudor frío humedecerle el
cuello y el espi- nazo.
-No; ¿por
qué? -interrumpió el capitán- nadie debe rehuir el servicio, pero ofrecerse
voluntario es inútil; puesto que Apolo Sergevitch nos deja libres, echaremos
suertes como la otra vez.
Todos se
conformaron. Kraut cortó con cuida- do unos cuadraditos de papel, y
enrollándolos, los echó en una gorra. El capitán soltó algunas bromas y
aprovechó la ocasión para pedir vino al teniente coronel, a fin de adquirir
valor, según añadió. De- denko
tenía aspecto sombrío,
Volodia sonreía, Tchernovitzky
pretendía que él iba a ser el designa- do por la suerte, Kraut permanecía
completamente tranquilo.
Ofrecieron
a Volodia que sacase el primero; el
joven cogió
una de las papeletas, la más larga, pero la cambió en el acto por otra más
pequeña y más fi- na, y desenvolviéndola, leyó la palabra Ir.
-Me toca a
mí -dijo.
-Pues bien,
¡que Dios lo proteja!... Este será su bautismo de fuego -dijo
el comandante, contem- plando con
una sonrisa de bondad el rostro con-
movido del alférez,-
pero, alístese usted
pronto; para que vaya usted mejor, Vlang le acompañara en lugar del artificiero.
XX
Vlang, muy
satisfecho de su misión, corrió a vestirse y volvió en el acto a ayudar a
Volodia a ha- cer sus preparativos, aconsejándole que se llevara su cama, la
pelliza, un número viejo de Los Anales de la Patria, una cafetera con una
lamparilla de espíritu de vino y otros
objetos inútiles. El capitán, a
su vez, encargó a Volodia, que leyese en el Manual para uso de los oficiales de
artillería, el pasaje referente al tiro de mortero, sacando, acto seguido,
copia de él. Volodia se puso, desde luego, al trabajo, feliz y sorprendido, al
sentir que el terror a los peligros, el miedo, sobre todo, de pasar por un
cobardón, no eran tan fuertes en él como el día antes, pues las impresiones del
día y sus ocupaciones habían contribuido a disminuir su intensidad. A las siete
de la tarde, cuando el sol des- cendía ya a ocultarse tras del cuartel Nicolás,
el sar- gento primero vino a decirle que la gente estaba lista y esperando.
-Ya he dado
la lista a Vlang; Vuestra Nobleza se la podrá pedir.
-¿Habrá que
hacerles un discurso?
-preguntó Volodia al ir, acompañado del
junker, en busca de los veinte artilleros que, ceñido el sable, lo
espera- ban fuera- ¿O bastará decirles sencillamente: «bue- nos días,
muchachos» o no decir nada. ¿Por qué no decirles buenos días, muchachos? Me parece que eso es lo que
corresponde... -y con su voz llena y sonora gritó:- ¡Buenos días,
muchachos!
Los soldados
respondieron alegremente a su
saludo; su voz joven y fresca, habíales
acariciado agradablemente el oído. Púsose a su frente, y a pesar de que su
corazón latía como si acabase de cruzar algunas verstas corriendo, su paso era
ligero y sus la- bios sonreían. Al llegar cerca, del mamelón de Ma- lakoff,
notó, al subirlo, que Vlang, el cual no se separaba un paso de él y que le
había parecido tan valiente abajo en el alojamiento, huía el cuerpo y
bajaba la
cabeza, como si las balas y las granadas que venían silbando hasta allí, sin
interrupción, fue- sen a caer directamente sobre él; algunos soldados hacían lo
mismo, y la mayor parte de las fisonomías expresaban, si no miedo, por lo
menos inquietud: esta circunstancia,
acabó de afirmar, reanimándolo, su valor.
-Heme aquí,
pues; heme aquí, también yo, en el mamelón de Malakoff; me lo figuraba mil
veces más terrible, y ando y avanzo sin
hacer cortesías a los proyectiles. ¿Tengo, acaso, menos miedo que los
otros? No soy, pues, un cobarde -decíase con júbilo, con el entusiasmo del amor
propio satisfecho.
Este
sentimiento fue, no obstante, amortiguado por el espectáculo que se presentó ante sus ojos;
cuando llegaba ya con el crepúsculo a la batería de Korniloff, cuatro
marineros, cogiendo unos por los pies y otros por los brazos el cuerpo
ensangrentado de un hombre descalzo y sin capote, se disponían a arrojarlo por
encima del parapeto (al segundo día de bombardeo echábanse los muertos al foso,
pues no había tiempo de retirarlos). Volodia, presa de estu- por, vio el
cadáver chocar con la cresta del parapeto y caer resbalando desde allí al foso;
felizmente para él, encontró en aquel mismo momento al Coman-
dante del
baluarte, que le dio un conductor para guiarlo a la batería y al alojamiento
blindado de los sirvientes. No referiremos cuantas veces nuestro hé- roe se vio
expuesto al peligro aquella noche; nada
diremos de su decepción al ver que en vez de en- contrar allí un tiro ajustado
a todas las reglas de precisión, tal como se practicaba en Petersburgo, en la
llanura de Volkovo, hallóse frente a dos morteros solamente, el uno con los
rebordes partidos por una granada, y el otro sosteniéndose sobre los fragmen-
tos de un afuste hecho pedazos; ni diremos cómo le fue imposible procurarse
soldados para repararlo antes del día,
cómo no encontró carga alguna de ca- libre
indicado en el manual; ni hablaremos de sus impresiones al ver rodar por
tierra a dos de sus arti- lleros heridos ante él, ni, en fin, cómo se vio él mismo, veinte veces con la vida
pendiente de un ca- bello. Por fortuna, el jefe de pieza, que le dieron pa- ra
ayudarlo, un marino de gran estatura, afecto a los dos morteros desde que
principiara el sitio, le asegu- ró que podían servir aún, prometiéndole,
mientras paseaba por el baluarte con una linterna en la mano con tanta
tranquilidad como si
estuviese en su huerto, que los pondría en estado de
servicio antes del amanecer.
El reducto
blindado en el cual su guía lo intro- dujo, no era sino una gran cavidad
estrecha y larga, perforada en el suelo pedregoso, de unas dos sagenas cúbicas
de profundidad, protegida por vigas de en- cina
de una archina de diámetro; allí se estableció con su gente. En cuanto,
Vlag divisó la puertecilla baja que le daba paso, lanzóse dentro con tal preci-
pitación, que lo arrastró casi a caer al suelo, pavi- mentado con piedras, y
escondiéndose en un rincón no quiso salir más.
Los soldados se instalaron en tierra junto a las paredes; algunos
encendieron sus pipas, y Volodia armó su cama en un rincón, echóse en ella y
encendió a su vez un cigarrillo. Sobre sus cabezas se sentía, debilitado por el blindaje, el es- tampido
sin interrupción de las descargas; un cañón solo, emplazado muy cerca, hacía
retemblar el abri- go cada vez que disparaba. En el interior todo per- manecía
en calma. Los soldados, intimidados aún
por la presencia del oficial nuevo, sólo
cambiaban entre sí alguna que otra palabra para pedirse fuego o algo
de sitio; una rata roía allá entre las
piedras, y Vlang, que aun no se había repuesto de su emoción,, lanzaba de vez en
cuando profundos suspiros, contemplando en rededor suyo. Lo
mismo aquí, sin estar del todo a su gusto, sentíase casi predispuesto a la
alegría.
XXI
Al cabo de
diez minutos, los soldados fueron animándose, comenzando a charlar; cerca del
lecho del oficial, en el círculo de luz,
habíanse colocado los de mayor graduación; los dos artificieros, el uno
viejo, de cabellera gris, con el pecho adornado con muchas medallas y cruces,
entre las que faltaba la de San Jorge; el otro, un joven que fumaba cigarrillos
liados por él, y el tambor, que, como siempre, se pu- so allí en el fondo a las
órdenes inmediatas del alfé- rez. En las sombras de la entrada, tras del bombardero y los soldados condecorados
que ocu- paban el primer término, estaban los humildes[29],
que fueron los primeros en romper el mutismo. Uno de ellos, que vino corriendo
asustado y con gran estré- pito, sirvió de tema a su conversación.
-¡He, oye!
¿no has querido andar más por la calle?
-¿No se
pasean por allí las muchachas, eh? -dijo una voz.
-Al revés,
cantan unas canciones maravillosas, como no se oyen en el pueblo -respondió
riendo y sofocado el recién venido.
-Vassin no
es amigo de las bombas, no; no le gustan -exclamó otro de los del grupo
aristocrático.
-Cuando es
preciso, ya es
otra cosa -replicó lentamente Vassin, a quien todos atendían cuando
hablaba.- El 24,
por ejemplo, caían
que era una bendición. ¿A qué hacernos matar sin
objeto? ¿Nos lo agradecerían nuestros jefes?
Estas
palabras provocaron gran risa.
-Y sin
embargo, mirad a Menilkoff, que se está siempre fuera -dijo otro.
-Es verdad;
hazle que, entre -añadió el veterano artificiero.- Si no se va a hacer matar
como un tonto.
-¿ Quién es
Menilkoff? -preguntó Volodia.
-Mire
Vuestra Nobleza, es un animal que no tie- ne miedo a nada: se esta paseando ahí
fuera. ¿Quie- re verlo Vuestra Nobleza? parece un oso.
- Sabe
hacer sortilegios -añadió Vassin con su voz reposada.
Menilkoff,
soldado de gran corpulencia, cosa ra-
ra, de pelo
rojo, frente enorme, extraordinariamente bombeada, y
ojos saltones azul
claros, entró en aquel momento.
-¿Tienes
miedo de las bombas?
-¿Por qué
he de tener miedo? -contestó Me- nilkoff rascándose el cogote,- no será una
bomba la que me mate, bien lo sé...
-¿Te gusta,
pues, estar aquí?
-Seguramente;
es muy divertido. -Y se echó a reír.
-¡Entonces
habrá que hacerte tomar parte en una salida!
¿Quieres? Se lo diré al General añadió Volodia, que no conocía, sin
embargo a General al- guno.
-¡Por qué
no he de querer! ¡Sí que quiero! -Y Merillkoff se ocultó tras de sus
compañeros.
-Vamos a
jugar, muchachos; ¿quién tiene cartas?
-preguntó
una voz impaciente, y organizóse el juego en el rincón más apartado.
Volodia,
entretanto, bebía té del que le preparó el tambor, ofreciendo de él a los artificieros, con
quienes charlaba bromeando, deseoso de hacerse popular y muy complacido
por el respeto que le demostraban. Los soldados, al notar que el barina era
buen chico, fueron animándose, y uno de ellos
anunció que
el sitio, iba a concluir muy pronto, pues un marinero le había asegurado, como
cosa cierta, que Constantino, el hermano
del Czar, venía a li- bertarlos con la escuadra Mericana[30],
y que en breve habría un armisticio de dos semanas para descansar, y que por
cada cañonazo que se disparase durante la tregua se tendrían que pagar setenta
y cinco kopeks.
Vassin,
en quien
Volodia había reparado
ya, aquel soldado bajito con ojos grandes y dulces y pa- tillas, refirió
a su vez, en medio, del silencio general, roto en seguida por mil risotadas, el
placer que ha- bían sentido primero al verlo volver a su pueblo con licencia,
pero que en el acto su padre lo envió a trabajar al campo, cada día,
mientras que el señor teniente de la
guardia forestal mandaba a buscar a su mujer en drochki. Muchos de los soldados
roncaban ya; Vlang habíase tumbado
también en tierra, y el artificiero veterano, tras de extender su capote en el
suelo persignábase devotamente
mascullando las oraciones de la
noche, cuando se le ocurrió a Vo- lodia, el capricho de salir para ver lo que
acontecía fuera.
-Retirad
las piernas -dijéronse al momento los soldados unos a otros al verlo
levantarse, y cada cu- al encogió las suyas para dejarlo pasar.
Vlang, a
quien creyérase dormido, se incorporó, sujetando a Volodia por un faldón del
capote.
-Vamos, no
salga usted, ¿qué va usted a hacer?
-le dijo
con acento compungido y persuasivo: -¿no sabe usted lo que pasa? llueven los
proyectiles allí; aquí se está mejor.
Pero
Volodia salió sin atenderlo y fue a sentarse en el umbral mismo del alojamiento, junto a Me- nilkoff.
La
atmósfera estaba fresca y pura, sobre todo, comparándola con la que acababa de
respirar; la no- che clarísima y serena; entre el tronar del cañón oía- se el
ruido de las ruedas de las telegas que traían cestones y faginas, y las voces
de los que trabajaban en el polvorín: sobre su cabeza brillaba el cielo es-
trellado, dibujándose en él los surcos luminosos de los proyectiles;
a la izquierda
veíase la reducida abertura de una archina de alto, que
conducía al inte- rior de otro blindaje, dentro del que se podían ver los pies
y las espaldas de los marineros que allí pa- raban y a los que se oía hablar;
enfrente alzábase el
macizo que
cubría el polvorín, ante el cual pasaban y repasaban cuerpos encorvados, y en
la cúspide misma de la eminencia,
expuesta a las balas y las granadas que no cesaban de silbar
en aquel sitio, aparecía una figura negra, elevada, con las manos en los
bolsillos, pisoteando la tierra fresca que traían en sacos; de tiempo en tiempo
caía una bomba y esta- llaba a dos pasos de la cava; los soldados obreros agachábanse y se apartaban
de allí, mientras que la obscura silueta proseguía tranquilamente igualando la
tierra con los pies y sin moverse de su sitio.
-¿Quién es
ese? -preguntó Volodia a Menilkoff.
-No sé; voy
a verlo.
-No vayas,
es inútil.
Pero
Menilkoff se levantó sin oirlo; acercóse al hombre negro
y permaneció largo
rato inmóvil junto a éste, con la
misma indiferencia que é1, hacia el peligro.
-Es el
vigilante del polvorín, Vuestra Nobleza?
-dijo al
volver- una bomba ha horadado el espaldón y lo vuelven a cubrir de tierra.
Al concluir
la noche, conocía perfectamente el número y la dirección de los cañones que
dispara- ban y en que dirección hacían fuego.
XXII
Al día
siguiente, 27 de agosto, después de diez horas de sueño, salió Volodia fresco y
descansado del blindaje. Siguióle Vlang, pero éste al primer sil- bido de una
bala, dio un salto hacia atrás, y abrién- dose
camino con la
cabeza, se precipitó
por la angosta abertura entre la
risa general de1 los solda- dos, de los cuales todos, a excepción de Vlang, del
veterano artificiero y de otros dos o tres que solían aparecer raras veces en
el atrincheramiento, habían salido fuera, para respirar el aire fresco de la
maña- na. A pesar de la violencia del bombardeo, no se les pudo impedir que
permanecieran allí, unos cerca de la entrada, otros cubriéndose con el
parapeto; en cuanto a Menilkoff, desde que rayó el alba, iba y ve- nía por las
baterías observándolo todo, con aire in- diferente.
En el
umbral mismo del alojamiento sentáronse tres soldados, dos viejos y un joven:
este último, ju- dío de crespo cabello, infante agregado a la batería, recogió
una bala que rodó a sus pies y aplastándola con un casco de bomba contra una
piedra, la re- cortó en forma de cruz según el modelo de la de San
Jorge, mientras los otros conversaban, siguien-
do, con
interés su trabajo que le salía muy bien.
- Yo digo
que si continuamos aquí algún tiempo más, cuando la paz se haga, nos darán el
retiro.
-De seguro;
no me faltaban más que cuatro años de servicio, y hace cinco meses que estoy
aquí.
-Eso no se
cuenta para el retiro -dijo otro, en el momento en que una bala de cañón, tras de pasar silbando
sobre el grupo, dio en tierra a una archina de Menilkoff, que venía hacía ellos
por la trinchera.
-A poco
mata a Menilkoff -dijo un soldado.
-No me
matara -repuso éste.
-Toma, tén
esta cruz por tu valor -dijo el bisoño judío, concluyendo la que hacía, y
dándosela.
- No,
hermano, aquí los meses valen por años; hay una orden acerca de eso -prosiguió aquel que antes
hablaba.
-Sea lo que
fuere, es seguro que al llegar la paz nos pasará una revista el Emperador en
Varsovia, y si no nos dan la absoluta, por lo menos será licencia ilimitada.
En este
instante, una bala pequeña, saltando de rebote, y que parecía gemir al silbar,
cruzó por sobre sus cabezas y fue a caer sobre un pedrusco.
-¡Cuidado!
-dijo uno- Puede ser que de aquí a la
noche
tengas tu licencia absoluta.
Todos se
echaron a reír. Y no habían pasado dos horas, no había venido la noche aún, cuando dos de
ellos habían recibido, en efecto, la
licencia absoluta, y cinco estaban heridos; pero los demás proseguían
chanceando como antes.
Por la
mañana fueron aprestados los dos mor- teros, y Volodia recibió, a eso de las
diez, orden del comandante del baluarte de reunir su gente y situar- se con
ella en la batería. Una vez metidos en faena, ya no les quedaron ni señales de
aquel terror, que la tarde precedente se
manifestaba de un modo tan franco. Sólo Vlang no conseguía dominar el suyo, agachándose y
escondiéndose a cada
momento. Vassin también había perdido la sangre fría; agitá- base y
saludaba. En cuanto a Volodia, excitado por satisfacción entusiasta, no pensó
más en el peligro. El júbilo que sentía al cumplir bien su deber, en no ser un
cobarde, en verse, por lo contrario, lleno de valor; el sentimiento del mando y la presencia de veinte hombres,
que (bien lo sabía) le observaban con
curiosidad, hicieron de él un verdadero héroe. Hasta, vanagloriándose de su bravura, subíase a la
banqueta, con el capote desabrochado, para llamar bien la atención. El jefe del
baluarte, al revistar su
fuerza, no
obstante haberse acostumbrado durante ocho meses a ver el valor bajo todas sus
formas, no pudo evitarse el admirar a
aquel guapo mancebo, que con el rostro, y los ojos animados, suelto el ca- pote
y dejando pasar la camisa roja que aprisionaba su cuello blanco y fino, hacía
las señales de regla- mento, gritaba con
voz de mando: «¡Primero! ¡Se- gundo!» y subía
alegremente al parapeto para ver dónde caía su bomba. A las once y media,
el fuego de cañón cesó por ambas partes, y a las doce en punto comenzó el
asalto del mamelón de Malakoff, así corno de los baluartes segundo, tercero y
quinto.
XXIII
A la parte
de acá de la bahía, entre Inkerman y las fortificaciones del Norte, a la mitad
del día y so- bre el mogote del telégrafo, veíase a los marineros; junto a
ellos, un oficial examinaba a Sebastopol con un
anteojo de larga vista, y otro, a caballo, al que acompañaba un cosaco,
acababa de reunírsele al pie del gran mástil de señales.
El sol se
hallaba en lo alto del horizonte, sus- pendido sobre el golfo, en cuyas aguas,
cubiertas de grandes buques de guerra anclados, de veleros mer-
cantes y
botes en movimiento, jugueteaban alegremente sus rayos abrasadores y luminosos.
Ligera brisa, agitando apenas las hojas de algunas encinas achaparradas, que
crecían junto al telégrafo, hincha- ba las velas de los barcos y hacía rizarse
ligeramente las olas. En la costa opuesta del golfo, divisábase Sebastopol,
siempre igual, con su iglesia sin con-
cluir, su columna, su muelle, su bulevar, que se des- taca verde sobre la
montaña; el elegante edificio de la
Biblioteca las lagunas de azul
de mar, con su bosque de mástiles;
los pintorescos acueductos, y
sobre todo esto las nubes del tono azulado forma- das por el humo de la
pólvora, iluminadas de tiem- po en tiempo por el rojo resplandor de las
descargas; siempre el mismo Sebastopol, hermoso, altivo, con su aspecto de fiesta, rodeado por una parte de
montañas amarillas, coronadas de humo, y por la otra de mar, cuya superficie,
azul, obscura, y brillante, centellea al sol. En el horizonte, allá donde el
humo de un vapor traza una línea negra, va su- biendo, un nublado en fajas
blaneas y angostas, pre- cursoras del viento; en toda la línea de fortificaciones, a lo largo de las
montañas, sobre to- do en la izquierda,
surgen de súbito, rasgados por un relámpago, visible aún en pleno día, penachos
de humo blanco y espeso, que adoptando formas
variadas se extiende, se eleva y se colora sobre el cielo de tonos
sombríos aquellas masas de humo, brotan por todas partes; de las montañas, de las baterías enemigas, de la ciudad,
y se remontan a los aires; el estampido de las detonaciones conmueve el aire
con su continuo fragor. Cerca de mediodía, las humare- das van haciéndose
más escasas, y las vibraciones de las capas de aire menos
frecuentes.
-¿Sabe
usted que el segundo baluarte no con- testa? -dice el oficial de húsares.- Está
todo por tie- rra; ¡es espantoso!
-Sí, y de
Malakoff sólo responden dos veces por cada tres -replica el que observa con el anteojo.-
¡Ese
silencio me da rabia! No cesan de tirar sobre la batería de Korniloff, y ésta
no responde...
-Ya verá
usted, será lo que he dicho; a mediodía, cesará el bombardeo. Siempre sucede
así. Vamos a almorzar; nos están
esperando. No hay nada más que ver aquí.
-Espérese,
no me distraiga- responde a su vez con marcada agitación el que mira con el
catalejo.
-¿Qué? ¿Qué
hay?
-Movimiento
en las trincheras. Columnas cerra- das que se ponen en marcha.
-Ah, sí; ya
lo veo bien -dice uno de los marine- ros;- avanzan en columnas; hay que hacer
la señal.
-Pero mire
usted ahora, mire. Salen de las trin- cheras.
Distinguíanse,
efectivamente, a la simple vista, descender
numerosas manchas negras
desde la montaña al barranco, y
dirigirse desde las baterías francesas a
nuestros baluartes. En primer término, ante ellas veíanse unas rayas negras
también, muy próximas a nuestras líneas. De los baluartes surgie- ron de
repente, y de distintos puntos a la vez,
los albos penachos de las descargas, y merced al viento oyóse el crujir de
nutrida fusilería, parecido a la cre- pitación de lluvia torrencial al caer sobre cristales. Las líneas negras
avanzaban envueltas en una corti- na de humo, e iban acercándose; la fusilería
aumen- taba en violencia; la humareda
surgía a intervalos, cada vez más cortos;
extendíase rápidamente a lo largo de la línea, en una sola nube de color
violáceo claro, desarrollándose y desenvolviéndose sin inte- rrupción, surcada
aquí y allá por fogonazos o atra- vesada
por puntos negros.
Todos los ruidos
se confundían en el fragor de un prolongado trueno.
-Es el
asalto -dijo el
oficial, palideciendo de
emoción y
alargando el anteojo al marino.
Cosacos y
oficiales pasaron a
caballo por la cumbre, precediendo al comandante en jefe
que iba en carruaje, acompañado por su escolta; sus rostros expresaban penosa
emoción de ansiedad.
-Es
imposible que lo tomen -dijo el oficial de caballería.
-¡Dios del Cielo! ¡La bandera!... ¡mirad!
-exclamó el
otro sofocado de angustia, y se apartó del anteojo.- ¡El pabellón francés sobre
el mamelón de Malakoff
-¡Imposible!...
XXIV
El mayor de
los Koseltzoff, que había tenido tiempo durante la noche de ganar y de volver a
per- der todas sus ganancias, incluso además las mone- das de oro cosidas en
las vueltas de su uniforme, dormía, por la mañana en el cuartel del quinto ba-
luarte con el sueño más profundo, cuando estalló el siniestro grito repetido
con indiferentes voces de, ¡a las armas, a las armas!
-Despierte
usted, Mikhail Semenovitch, el asalto
-le gritó
una voz al oído.
- ¡Una
broma de estudiante! -respondió abrien- do los ojos sin creer en la noticia.
Pero cuando
vio a un oficial pálido, agitado, que corría aturdido de un lado para otro, lo
comprendió todo, y a la idea de que pudieran tomarle quizá por un cobarde, que
procuraba no incorporarse a su compañía en el momento crítico, le dio tal
volqueta- zo en el corazón, que se echó fuera, y corrió de un tirón a reunirse
a sus soldados. Los cañones habían enmudecido, pero la fusilería arreciaba de
firme, sil- bando las balas, no aisladamente, sino por enjam- bres, como pasan sobre muchas cabezas en otoño las bandadas de
pájaros. Todo el espacio ocupado la víspera por su batallón estaba lleno de
humo, de gritos e imprecaciones; en su camino encontró mul- titud de soldados y
heridos, y treinta pasos allá dis- tinguió a su compañía adosada al parapeto.
- El
reducto de Schwarz ha sido ocupado por ellos -le díjo un oficial joven.- Todo
está perdido.
-¡Qué
majadería! -le respondió con cólera, y sa- cando de la vaina su espada corta y sin punta, ex-
clamó:- Adelante, muchachos, ¡hurra!...
Su voz
fuerte y sonora, lo reanimó a él mismo;
corrió
adelante a lo largo del camino cubierto cin- cuenta soldados siguieron en pos gritando; al desembocar en
un espacio libre, una granizada de pro- yectiles los recibió; dos le dieron
simultáneamente, pero no tuvo tiempo de
comprender dónde le ha- bían tocado y si le hirieran o
contusionaran, pues entre el humo,
aparecían ante él los uniformes azu- les, pantalones grancé y oíanse gritos que no eran rusos. Un
francés, sentado sobre el parapeto, agita- ba su chacó, gritando. La convicción
de que sería muerto aguijoneaba el valor de Koseltzoff; corrió mas, siempre a
vanguardia; algunos soldados lo re- pasaron, otros aparecieron de pronto por
otra parte y corrieron con él; la distancia entre ellos Y los uni- formes
azules, que al huir se volvían a las trincheras, permanecía invariable, pero
sus pies tropezaban con heridos y muertos; al llegar al foso exterior, todo se
confundió ante sus ojos, y sintió violentísimo dolor en el pecho; media hora
después hallábase sobre una camilla, junto al cuartel Nicolás. Sabía que esta-
ba herido, pero sin sufrir molestia
alguna; hubiera deseado, no obstante,
beber algo frío
y hallarse acostado con más
comodidad.
Un médico,
grueso y bajito con patillas negras, acercóse a él y le desabrochó el capote.
Koseltzoff contempló, por encima
de su barba,
la cara del
doctor, que
examinaba su herida sin causarle dolor alguno; aquél, tras de cubrirla con la
camisa del he- rido, se enjugó los dedos con el faldón de la levita, y
volviendo la cabeza, pasó silencioso, a otro herido. Koseltzoff seguía
maquinalmente con la vista lo que pasaba
en torno suyo,
y transportándose con la memoria al quinto baluarte, sintió dulce
satisfacción al hacerse justicia; había
cumplido con su deber, siendo la primera vez, desde que estaba en el
servi- cio, que lo hiciera sin tener nada que reprocharse. El médico, que
acababa de curar otro oficial, hizo una seña al capellán, de hermosa y luenga barba roja, que permanecía allí con su
cruz.
-Pero, ¿es
que voy a morir? -le preguntó Ko- seltzoff, viéndolo acercarse.
El pope
nada respondió, recitó unas oraciones, y le presentó la cruz.
La muerte
no asustaba a
Koseltzoff; aproxi- mando con
mano débil la cruz a sus labios, lloró.
-Los franceses... ¿han sido rechazados? -- preguntó al capellán con voz firme.
-La victoria es
nuestra en toda la
línea -res- pondió éste
para consolar al
moribundo, ocul- tándole la
verdad, pues el pabellón francés ondeaba
ya sobre el
mamelón de Malakoff.
-¡Gracias
sean dadas a Dios! -murmuró el heri- do, cuyas lágrimas corrían, sin que él lo
sintiera, por sus mejillas. El recuerdo de
su hermano atravesó durante un segundo por su cerebro.
- Dios quiera
concederle la misma
dicha - agregó.
XXV
Pero no fue
tal la suerte de Volodia. Escuchan- do estaba una historia que refería Vassin,
cuando el grito de alarma ¡vienen los franceses! hizo que se le agolpara la
sangre al corazón; sintió palidecer y he- larse sus mejillas, quedó un segundo
herido de estu- por, después, mirando
en torno suyo,
vio a los soldados abrocharse los capotes y salir
fuera, unos tras de otros, y oyó a uno de ellos, probablemente Menilkoff, decir chanceándose: -Vamos, hijos,
ofrezcámosles el pan y la sal.
Volodia y
Vlang, que no se apartaban de él, sa- lieron juntos, precipitándose a la
batería. Tanto de una parte como de otra, la artillería había cesado de tirar.
La despreciable y cínica pusilanimidad del jun- ker, más que la sangre fría de
los soldados, tuyo la
virtud de
reanimar el valor del alférez.
-¿Me
pareceré a él? -se dijo, lanzándose viva- mente hacia el parapeto tras el cual
estaban empla- zados los morteros.
Desde allí
vio distintamente a los franceses cru- zar corriendo un espacio libre de todo
obstáculo y venir derechos hacia él; sus bayonetas, brillando al sol, se
agitaban en las trincheras más próximas. Un zuavo de corta estatura, de hombros
cuadrados, co- rría, sable en mano, ante los demás, brincando los fosos.
-A metralla
-gritó Volodia, saltando de la ban- queta, pero a los soldados se les había
ocurrido ya esto, y el crujir metálico, de la metralla, lanzada pri- mero por
un mortero y después por el segundo, re- sonó sobre su cabeza. -¡Primero!
¡segundo! -mandó, cruzando velozmente el espacio entre las dos piezas y
olvidándose por completo del peligro. Los gritos y el montar de los fusiles del
batallón encargado de defender nuestra
batería oíase por una parte, cuando de, súbito, por la izquierda elevóse un clamor de- sesperado,
repetido por muchas voces.
-¡Vienen
por retaguardia! -y Volodia, volvién- dose, divisó unos veinte franceses. Uno de ellos, buen
mozo, de barba roja, corrió hacia él, y
dete-
niéndose a
diez pasos de la batería le disparó un tiro y prosiguió su carrera. Volodia,
petrificado no que- ría creer a sus ojos.
¡Ante él, sobre el parapeto, más uniformes azules y dos franceses que
clavaban ya un cañón! Excepto Menilkoff, muerto
de un balazo junto a él, y de Vlang, que con los
ojos bajos y el rostro inflamado por el furor, blandía el espeque, no quedaba
nadie.
-Sígame
usted, VIadimir Semenovitch, sígame
-gritó
Vlang con voz desesperada; defendiéndose con la palanca contra los franceses
que venían por la gola.
El aspecto
amenazador del junker y el golpe con que derribó a uno los detuvieron.
-Sígame
usted, Vladimir Semenovitch. ¿Qué es- pera? ¡Huya usted! -y se precipitó a la trinchera, desde
donde nuestra infantería disparaba sobre
el enemigo. Volvió a salir, sin embargo, enseguida pa- ra ver qué había sido de
su adorado alférez. Una masa informe, envuelta en un capote gris, vacía con el
rostro hacia tierra en el lugar donde quedara Vo- lodia, y todo el espacio
aquél hallábase ocupado ya por los franceses que tiraban sobre los nuestros.
XXVI
Vlang logró
encontrar su batería en la segunda línea,
de defensa; de los veinte
soldados que la componían
poco antes, ocho
solamente habían quedado con
vida.
Hacia las
nueve de la noche, el junker con su gente atravesaba la bahía en vapor con
rumbo a la Severnaia. El buque iba, cargado de heridos, de ca- ñones y de
caballos; el fuego había cesado en toda el campo de batalla. Como la noche
anterior, brillaban las estrellas en el cielo, pero el viento había arrecia- do
y agitaba el mar.
En el
primero y segundo baluarte surgían nume- rosos fogonazos al ras del suelo que
iluminaban el horizonte, precediendo a otras
tantas explosiones que sacudían la atmósfera, permitiendo ver lanzadas
por el aire nubes de piedras y objetos negros de forma extraña; algo ardía
cerca de los docks, y una llamarada rojiza reflejábase en el agua; el puente, cubierto por apretada muchedumbre
aparecía ilumi- nado por los fuegos de la batería Nicolás; un haz de llamas
parecía elevarse sobre el agua en la
lejana punta de la batería Alejandro, iluminando la capa inferior de una nube, de humo que se
balanceaba
encima de
ella.
Como la
noche anterior, las luces de la escuadra enemiga brillaban a lo lejos en el
mar, tranquilas e insolentes; los mástiles de nuestros buques, echados a pique
y sumergiéndose poco a poco en las pro-
fundas aguas, dibujábanse sobre la roja luz del in- cendio. Sobre la
cubierta del vapor nadie hablaba; de tiempo en tiempo, entre el
cabrilleo de las ondas, hendidas por sus ruedas, y el ruido de la máquina,
oíase resoplar a los caballos, cuyas herraduras gol- peaban la tablazón, y al
capitán lanzar algunas voces de mando, así como los lamentos dolorosos de los heridos. Vlang, que no había comido
desde el día antes, sacó un cantero
de pan del bolsillo y mordió en él, pero al acordarse de Volodia rompió a sollo-
zar tan ruidosamente que llamó la
atención de los soldados.
-¡Mira!
Come pan y llora nuestro Vlang -dijo
Vassin.
-Es extraño
-añadió otro.
-Mira allí, han quemado nuestros cuarteles
-prosiguió
suspirando.- ¡Cuántos han muerto de los nuestros! ¡Y a pesar de todo, los
franceses han en- trado!
-Y a duras
penas hemos logrado escapar vivos;
hay que dar
gracias a Dios -agregó Vasssin.
-¡Lo mismo
da; es desesperante!
-¿Por qué?
¿Crees que les irá bien ahí? Espérate; ya
verás cómo lo
recobramos. ¡Perderemos más
gente, es posible; pero, tan verdad como que Dios es Santo, que si el Emperador
lo manda, se recobra- rá! ¿Crees que se les ha dejado de cualquier modo?
¡Vaya! No
les quedan sino cuatro paredes; han sido volados los
atrincheramientos. Han conseguido plantar su bandera sobre el
mamelón, es cierto; pero no se arriesgarán a entrar en la ciudad. -Espérate un
poco, no
quedaremos en deuda
contigo. Danos tiempo tan sólo
-exclamó, mirando hacia las posi- ciones de los franceses.
-Así será,
de seguro -añadió otro, convencida- mente.
En toda la
línea de los baluartes de Sebastopol, donde durante meses enteros alentó la
vida ardiente y enérgica, donde durante meses sólo la muerte re- levaba a los
héroes que agonizando unos tras otros inspiraban el terror, el odio y hasta la
admiración del enemigo; sobre aquellos baluartes, repito, no se veía ya un
alma; todo estaba muerto, feroz, espanto- so, pero no en silencio, que todo iba
desplomándo- se en aquel contorno con hórrido fracaso. Sobre la
tierra,
agrietada, por reciente explosión, yacían esparcidas cureñas rotas y cadáveres
rusos y franceses aplastados; enormes cañones de hierro fundido, que rodaron al
foso a impulsos de terrible fuerza, medio enterrados en el suelo y mudos para
siempre; bom- bas, balas, fragmentos de vigas, zanjas, armaduras de los blindajes
y más cadáveres aún con capotes azules o grises que parecían sacudidos
por supremas convulsiones, y a los que, iluminaba a intervalos el rojo
resplandor de las explosiones que hacían re- temblar el aire.
El enemigo
veía, bien claro que algo insólito ocurría en el formidable Sebastopol, y
aquellas ex- plosiones, aquel silencio de muerte en los baluartes hacíale
temblar; bajo la impresión de la
resistencia tranquila y firme de aquella postrera jornada, no se atrevía
aún a creer en la desaparición de su invenci- ble adversario, y esperaba con ansiedad, callado e inmóvil, el fin de
aquella noche lúgubre.
El ejército
de Sebastopol, semejante a un mar cuya masa líquida, inquieta y azulada, se
extiende y se desborda, avanzaba
con lentitud en
la noche sombría, ondulando en la
obscuridad impenetrable por el puente de
la bahía, dirigiéndose a la Sever- naia; alejándose de aquellos lugares en los que ha-
bían
sucumbido en tan crecido número los héroes que regaran con su sangre; de
aquellos lugares de- fendidos
durante once meses contra un
enemigo dos veces superior en fuerza, y los cuales había re- cibido orden de
abandonar aquel mismo día, sin combatir.
La primera
impresión cansada por aquella orden del día, oprimió pesadamente el corazón de
los ru- sos; después, el temor de la persecución fue el sen- timiento dominante
en todos. Los soldados, hechos a batirse en los sitios que abandonaban,
sintiéronse sin defensa en cuanto se alejaron de ellos; inquietos, agolpábanse
en la entrada del puente, sacudido por ráfagas violentas. A través de la
aglomeración de regimientos, de
milicias, de carruajes,
echándose unos sobre otros; la infantería, cuyos fusiles choca- ban
entre sí, y los oficiales de órdenes, a duras pe- nas podían
abrirse camino; los
vecinos y los sirvientes militares que acompañaban a
los bagajes, pedían llorando, que los dejaran pasar, mientras que la
artillería, presurosa por alejarse,
rodaba con es- trépito al descender a la bahía.
Aunque la
atención se viera distraída por mil detalles, el sentimiento de la conservación
y el
deseo de
huir lo más pronto posible de aquel lugar
horrible,
invadía el espíritu de cada cual, así del soldado mortalmente herido, echado
entre otros qui- nientos infelices sobre las losas del muelle Pablo y pidiendo
a Dios la muerte, como del miliciano ren- dido, que haciendo el postrer
esfuerzo penetra en la compacta multitud para dejar camino libre a un jefe;
como del General que pide paso con voz imperiosa
a los
soldados impacientes, o del marinero perdido entre un batallón en marcha y casi
ahogado por la muchedumbre en movimiento, y del oficial herido a quien
transportan cuatro soldados que, detenidos por el tropel, dejan en el suelo la
camilla junto a la batería Nicolás, y del veterano artillero que durante
dieciséis años no se separó del cañón y
que con ayuda de sus compañeros y por orden, para él in- comprensible,
de su jefe, apréstase a volcarlo de un golpe en la bahía, y en fin, de los
marinos que aca- ban de echar a pique sus buques y que reman con vigor al
alejarse en los botes y falúas. Al llegar al extremo del puente, cada soldado,
con poquísimas excepciones, se descubría persignándose; pero ade- más de este
sentimiento experimentaba otro, más
profundo: una sensación
próxima al arrepenti- miento, a la vergüenza, al odio,
y con indescriptible amargura en el
corazón, suspiraban todos penosa-
mente, proferían
entre dientes terrible
amenaza contra el enemigo y lanzaban, al llegar a la costa norte, la
última mirada sobre Sebastopol abandonado.
FIN
[1] 1 Bebida popular.
[2] 2 Bastión, baluarte.
[3] 3 Tiradores
[4] 4 Medida lineal rusa.
[5] 5 Periódico militar ruso.
[6] 6 Enrejado de madera
cubierto de hiedra, que fue de moda en los salones rusos en otro tiempo con esa
denominación francesa.
[7] 7 Bromeado, chanceado,
alborotado.
[8] 8 Sargento o suboficial
noble.
[9] 9 Los soldados rusos,
acostumbrados a batirse con los turcos y a oír gritos de guerra, contaron
siempre que los franceses gritaban asimismo:
¡Allah!
[10] 10 Ne se mouchent pas du pied, non plus. -Modismo francés sin
equivalente castellano, usado por el oficial ruso como alarde de sus
conocimientos en la lengua francesa.
[11] 11 Ultima estacion antes de llegar a Sebastopol.
[12] 12 Gorro oriental tronco cónico. –(N.del T)
[13] 13 Traducción literal
del saludo habitual
del soldado ruso
a sus superiores.
[14] 14 El enemigo.
[15] 15 En algunos regimientos
del ejercito, los oficiales denominan a
los soldados Mosku, mote entre despreciativo y cariñoso.
[16] 16 Teteras grandes.
[17] 17 Túnica algo larga que se usa en el Cáucaso.
[18] 18 Sopa polaca y de la
Pequeña Rusia, hecha con jugo de remolacha, carne y legumbres.
[19]19 Encargado de los bagajes y administración del regimiento.
[20] 20 Especie de gato salvaje.
[21] 21 Cerveza Inglesa.
[22] 22 Medida de avena.
[23] 23 De eikon (griego), imagen, retablo.
[24] 24 Carne picada (¿albondigas?)
[25] 25 Plato ruso de crema agria.
[26] 26 La cartilla de enseñanza de las escuelas.
[27] 27 Natural de la Rusia Menor.
[28] 28 Modismo cariñoso ruso, equivalente a ¡que candidez, que
inocencia!
[29] 29 Los bisoños, los quintos.
[30] 30 Americana.

