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Guillermo Molina Miranda febrero 02, 2025

 


© Libro No. 355. El Sitio de Sebastopol. Tolstoi, León. Colección Emancipación Obrera. Noviembre 24 de 2012.

 

Título original: ©  El Sitio de Sebastopol, León Tolstoi.

      

Versión Original: El Sitio de Sebastopol, León Tolstoi

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

León Tolstoi

EL SITIO DE SEBASTOPOL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto de dominio público.

 

 

Este texto digital es de DOMINIO PÚBLICO en Argentina por cumplirse más de 30 años de la muerte de su autor (Ley 11.723 de Propiedad Intelectual). Sin embargo, no todas las leyes de Propiedad Intelectual son iguales en los diferentes países del mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SITIO DE SEBASTOPOL EN DICIEMBRE DE 1854.

 

 

El crepúsculo matutino colorea el horizonte ha- cia el monte, Sapun; la superficie del mar, azul obs- cura,  va,  surgiendo  de  entre  las  sombras,  de  la noche y sólo espera el primer rayo de sol para ca- brillear alegremente; de la bahía, cubierta de brumas, viene frescachón el viento; no se ve ni un copo de nieve; la tierra está negruzca, pero, la escarcha hiere el rostro y cruje bajo los pies. Sólo el incesante ru- mor  de las olas, interrumpido a intervalos por el estampido sordo del cañón, turba la calma del ama- necer. En los buques de guerra todo permanece en silencio. El reloj de arena acaba de marcar las ocho, y hacia el Norte la actividad del día reemplaza poco a poco a la calma de la noche. Aquí, un pelotón de soldados que va a relevar a los centinelas; óyese el ruido metálico de sus fusiles; un médico, que se di- rige apresuradamente hacia su hospital; un soldado que se desliza fuera de  su choza para lavarse con agua  helada  el  rostro  curtido,  y  vuelta  la  faz  a Oriente  reza  su  oración, acompañada  de  rápidas persignaciones. Allá, enorme y pesado furgón de crujientes ruedas,  tirado por dos camellos, llega al cementerio donde recibirán sepultura  los muertos que, apilados, llenan el vehículo. Al pasar por el puerto, produce desagradable sorpresa la mezcla de olores; huele a carbón de  piedra, a estiércol, a hu- medad, a carne muerta.

Mil y  mil  objetos varios; madera, harina, ga- viones, carne, vense arrojados en montón por todas partes.

Soldados de diferentes regimientos, unos con fusiles  y  morrales,  otros  sin  morrales  ni  fusiles, agólpanse en tropel, fuman, discuten y transportan los fardos al vapor atracado junto al puente de ta- blas y próximo a zarpar. Botes y lanchas particulares llenos de gente de todas clases, soldados, marinos, vendedores y mujeres, abordan al desembarcadero y desatracan de él sin cesar.

-Por aquí, Vuestra, Nobleza; a la Grafskaya!- y

dos o tres marineros viejos, de pie en sus botes, os ofrecen sus servicios. Escogéis el más próximo, pa- sando sin pisar  sobre el cadáver medio  descom- puesto de un caballo negro sumergido en el fango, a dos pasos de la barquilla, y vais a sentaros a popa, cogiendo la caña del timón. Os alejáis de la ribera; en torno vuestro brilla el mar herido por el sol de la mañana; ante vos, un atezado marinero, envuelto en su gabán de piel de camello, y un muchacho de ca- bellera rubia,  reman rápidamente. Dirigís la  vista hacia los buques  gigantescos, de casco pintado a franjas, por la rada esparcidos; a las lanchas, puntos negros que bogan sobre el azul rielante de las olas ,á los  lindos edificios de la ciudad, de colores claros que el sol naciente tiñe de sonrosado matiz; a la lí- nea blanca, de espuma que rodea el rompeolas y los barcos sumergidos, de los que surgen tristemente, sobre la superficie del agua, las negras puntas de los mástiles; hacia la escuadra enemiga, que sirve de fa- ro en el lejano cristal de las aguas, y en fin, a las on- das rizadas en       que juguetean los glóbulos salinos que los remos hacen saltar con sus golpeteos. Y oís al propio tiempo el  sonido uniforme de las voces que el agua os trae, y el tronar grandioso del caño- neo, que parece ir aumentando en Sebastopol.

 

 

 

Y ante la idea de que estáis asimismo, en el pro- pio Sebastopol,  sentís,  invadida el  alma  por  una sensación de orgullo y valentía, y la  sangre circula con mayor rapidez en vuestras venas.

Vuestra Nobleza, vía al Constantino -os dice el marinero  volviéndose para rectificar el rumbo que con el timón dais al bote.

¡Toma!  Conserva  aún  todos  sus  cañones  - exclama el muchacho rubio, mientras que la lancha se desliza junto al costado del navío.

Es nuevo; debe tenerlos todos; Korniloff ha es- tado en él -replica el viejo, examinando a su vez el buque de guerra.

¡Allí ha reventado! -grita el chico tras un rato de silencio, fijando los ojos en una nubecilla, blanca, de humo, que se disipa tras de aparecer súbitamente en el cielo sobre la bahía del Sur, acompañada del rui- do estridente que produce la explosión de una gra- nada.

Es de la batería nueva que tira hoy añade el ma- rino,  escupiéndose  tranquilamente  en  las  manos.

-¡Vamos, Nichka,         boga! a adelantarnos a aquella lancha.

Y el bote surca rápidamente la  amplia  superficie ondulada de la bahía; deja atrás un macizo lanchón, cargado de sacos y de soldados, inhábiles re- meros que maniobran torpemente, y aborda por fin al centro de los numerosos buques amarrados a tie- rra, en el puerto de la Grafskaya. Por el muelle cir- culan multitud    de      soldados     con    capote         gris, marineros de chaquetón negro y mujeres con, trajes de colores vivos. Campesinas,  vendedoras de pan, labriegos que, junto a su samovar, ofrecen sbitene[1]  ca- liente a sus parroquianos. Sobre los primeros esca- lones         del    desembarcadero   aparecen,       formando montón, balas de cañón oxidadas, bombas, metralla, cañones  de  fundición de  diferentes  calibres;  más lejos, en una extensa plaza, vense en tierra enormes maderos,  cureñas,  afustes,  soldados  dormidos,  y junto a todo esto, carretas, caballos, cañones, armo- nes de artillería, haces de fusiles de infantería, y des- pués  más   soldados              en      movimiento,                  marinos, oficiales, mujeres y niños; carretones cargados de pan, sacos y barricas, un cosaco a caballo y un Ge- neral que atraviesa la plaza en drocki. A la derecha, en la calle, se eleva una barricada, y en sus troneras, cañones de reducido calibre junto a los cuales sen- tado un marinero, fuma tranquilamente su pipa.

 

A la izquierda, un edificio de buen aspecto so- bre  cuyo  frontis  aparece  un  rótulo  en  letras  ro- manas, y a sus pies soldados y camillas manchadas de sangre: los tristes vestigios del campo del com- bate en tiempo de guerra, saltan por doquier a la vista. La primera impresión es, a no dudar, desagra- dable; tan extraña mezcla de la vida urbana con la campestre, de la elegante ciudad y el vivac fangoso, no tiene nada de atractiva y os choca con su horri- ble contraste; hasta os parece que todos, presos del terror, se agitan en el vacío. Pero examinad de cerca el rostro de aquellos hombres que en rededor nues- tro se mueven, y hablaréis de otro modo. Fijaos bien en aquel soldado del tren que lleva a beber los caballos bayos de su troika, tarareando entre dien- tes, y veréis que no se extraviará entre la turba, re- vuelta, que por lo visto no existe para él; atento so- lamente a su obligación, cumplirá de seguro su de- ber,  cualquiera  que  sea:  conducir sus  caballos  al abrevadero o arrastrar un cañón, con tanta tranqui- lidad  e  indiferente aplomo  como  si  estuviera  en Tula o Saransk. Encontraréis igual expresión en la cara de aquel oficial que pasa ante vos con guantes de irreprochable blancura; del marinero que fuma su pipa, sentado sobre la barricada; de aquellos soldados disciplinarios que esperan con las camillas a la entrada de lo que fue un tiempo sala de Asamblea, y hasta en el rostro de aquella muchacha que atraviesa la calle saltando de un adoquín a otro por temor de ensuciarse el vestido color de rosa. Sí, decepción grande os espera a vuestra llegada a Sebastopol.

En vano procuraréis descubrir en cualquier fi- sonomía señales  de  agitación, de sobresalto, ni si- quiera de entusiasmo, de resignación a la muerte, de resolución; no hay nada de eso. Veréis el trajín de la vida ordinaria: gentes ocupadas en sus labores dia- rias, de modo que os reprocharéis vuestra exaltación exagerada, poniendo en duda, no sólo, la exactitud de la opinión que por los relatos formasteis acerca del heroísmo de los defensores de Sebastopol, sino la veracidad de la descripción que os han hecho del extremo Norte,  y hasta de los ruidos ensordecedo- res que llenan el aire. Sin embargo, antes de dudar, subid a un baluarte, ved a los defensores de la plaza, en el lugar mismo de la  defensa, o mejor aún, en- trad. directamente en aquel edificio a cuya,  puerta están los camilleros, y contemplaréis a esos defen- sores  de  Sebastopol, y  presenciaréis espectáculos horribles y tristísimos,  grandiosos y cómicos, pero conmovedores y propios para elevar el alma. Entrad, pues, en el salón que hasta la guerra sirvió para las sesiones de la Asamblea. Apenas hayáis abierto la puerta, cuando el olor que exhalan cuarenta o cin- cuenta amputados os asfixiara. No cedáis al senti- miento que os detiene en el umbral de la sala; es un sentimiento vergonzoso; avanzad resueltamente, no os. ruboricéis por haber  venido  a ver a aquellos mártires; aproximaos a ellos y habladles; los  infeli- ces ansían ver un rostro compasivo, referir sus su- frimientos  y  escuchar  palabras  de  caridad  y  de simpatía. Al pasar por el  centro, entre las camas, buscáis con la vista el rostro menos austero, menos contraído por el dolor. Al encontrarlo, os decidís a interpelarlo, a preguntar.

-¿Dónde estás herido? -interrogáis con timidez a un veterano de rostro demacradísimo que se halla sentado sobre un lecho, y cuya  cordial mirada os viene siguiendo y parece, invitaros a que os aproxi- méis a él. Y digo que habéis preguntado con timi- dez, porque la  vista  del que sufre, inspira no tan sólo viva piedad, sino yo no sé qué temor de mo- lestarlo, unido a profundo respeto.

-En el pie -responde el soldado, y no obstante, reparáis bajo los pliegues de la ropa que la pierna le fue cortada por bajo de la rodilla. ¡Gracias a Dios

-añade,- me darán el alta!

-¿Hace mucho que estás aquí?

-Esta es la sexta semana.

-¿Dónde te duele ahora?

-Nada me  duele ya.  Sólo a  veces en  la  pan- torrilla, cuando hace, mal tiempo: fuera de eso, na- da.

-¿ Cómo fue?

-En el quinto bakcion[2], Vuestra Nobleza; en el primer bombardeo. Acababa de apuntar el cañón y me dirigia tranquilamente  a  otra cañonera, cuando de pronto el golpe me hirió en el pie. Creí caer en un agujero. Miro, y ya no había pierna.

-¿No sentiste dolor en el primer momento?

-Nada; únicamente como si  me  escaldaran la pierna.

-¿Y después?

_Después nada; sólo cuando extendieron la piel me escoció algo. Sobre todo, Vuestra Nobleza, no hay que pensar; cuando no se  piensa no se siente nada; cuando el hombre piensa, es peor.

 

 

A todo esto, una buena mujer, vestida de gris y con un pañuelo negro anudado a la cabeza, se apro- xima, se mezcla en vuestra conversación y se pone a contaros detalles sobre el marinero; cuánto  había padecido y cómo se desesperó de salvarlo durante cuatro semanas y cómo, cuando lo traían herido, hi- zo detener la camilla para  ver bien la descarga de nuestra batería, y cómo los grandes Duques habían hablado con él, dándole veinticinco rublos, y res- pondiéndoles él que no pudiendo ya ser útil lo que quería era, volver al baluarte a instruir a los reclutas. Y contándoos todo esto de un tirón la  excelente mujer, cuyos ojos brillan de entusiasmo, os contem- pla y mira al, que se vuelve de espaldas, y hace como que no oye lo que ella dice, ocupado en peinar hilas sobre su almohada.

-Es mi esposa, Vuestra Nobleza -dice por fin el hombre con una  entonación que parece significar,

«hay  que  excusarla, todo  eso  es  charlatanería  de mujeres; ya  sabéis,  tonterías, vaya!» Entonces co- menzáis a comprender lo que son los defensores de Sebastopol, y os avergonzáis de vosotros  mismos en presencia de aquel hombre: quisierais expresarle toda  vuestra  admiración, todas vuestras simpatías,

pero las palabras no acuden o las que se os ocurren nada dicen, y os limitáis a inclinaros en silencio ante aquella grandeza inconsciente, ante aquel temple de alma y aquel exquisito pudor del propio mérito.

-Bueno. Que Dios te cure pronto -decís, y os detenéis ante otro paciente acostado en tierra y que parece esperar la muerte presa de horribles dolores. Es rubio; veis su rostro pálido, abotargado; tendido de  espaldas, con la mano izquierda hacia atrás, su posición revela lo agudo de sus sufrimientos. Seca, y abierta la boca, deja pasar trabajosamente la respira- ción silbante; sus papilas azules y vidriosas tienden a  ocultarse tras de los párpados, dejándolo en blan- co los ojos,  y de la colcha arrugada sale un brazo mutilado, envuelto en vendajes.  Os emponzoña el olor nauseabundo de cadáver, y la fiebre que devora y abrasa los miembros del agonizante parece pene- trar en vuestro propio cuerpo.

-¿No tiene conocimiento? -preguntáis a la mujer que os acompaña afectuosamente y para la cual ya no sois un extraño.

-No, conoce aún, pero, está muy malo. -Y añade en voz baja: -Le he dado un poco de te hace rato; no es nada mío, pero a una le da  lástima, ¿no es verdad? Pues bien, a duras penas ha podido beber

algunas cucharadas.

 

-¿Cómo estás? -le preguntáis.

Al sonido de vuestra voz sus pupilas se vuelven hacia vosotros, pero el herido ya no ve ni entiende nada.

¡Esto abrasa el corazón! -murmura.

Algo más lejos, un veterano se muda de ropa. Su rostro  y  su  cuerpo aparecen de idéntico atezado color y con demacración de  esqueleto. Fáltale un brazo, desarticulado por el hombro; se halla sentado sobre la cama; está ya restablecido, pero en su mira- da sin brillo, sin vida, en su espantosa delgadez, en su faz arrugada,  comprendéis que aquel pobre ser pasó ya la parte mejor de su existencia padeciendo.

En la cama de enfrente divisáis el semblante pá- lido, delicado, contraído por el dolor, de una mujer cuyas mejillas enciende la calentura.

-Es la mujer de un marinero -os dice vuestra guía. -Iba  a llevar la comida a su marido y una gra- nada la hirió en el pie.

-¿Y la han amputado?

-Por encima de la rodilla.

Y ahora, si vuestros nervios son firmes, entrad allí abajo, a la Izquierda. Es la sala de las operacio- nes y de las curas. Hallaréis a los  médicos con el rostro pálido y serio, y los brazos ensangrentados hasta el codo, Junto al lecho de un herido, que tum- bado, con los ojos abiertos, delira, bajo la influencia del cloroformo pronunciando frases  entrecortadas, sin interés las unas, las otras lastimeras. Los médi- cos atienden a su faena repulsiva pero bienhechora: la amputación.  Veréis la hoja curva y tajante intro- ducirse en la carne sana y blanca, y al herido volver en sí súbitamente con desgarradores gritos e impre- siones, y al ayudante arrojar en un rincón el brazo amputado, mientras que aquel otro herido que desde su camilla presencia la  operación, tuércese y gime, más a impulsos del martirio moral por la  espera producido, que del sufrimiento físico que ha de so- portar. Contemplaréis escenas espantosas, angustio- sísimas;  veréis  la  guerra  sin  el  correcto  y  lucido alineamiento de las tropas, sin músicas, sin redoblar de tambores, sin estandartes flameando al viento, sin  Generales caracoleando sobre sus corceles; la veréis tal y como es,  ¡en la sangre, en los sufri- mientos, en la muerte ! Al salir de aquella  morada del dolor, experimentaréis de seguro cierta impre- sión de  bienestar, respirando a bocanadas el aire fresco, y os regocijaréis al  sentiros bueno y sano, pero a la vez la contemplación de aquellos males os habrá convencido de vuestra nulidad, y entonces, con firmeza, y sin vacilaciones podréis subir al ba- luarte...

-¿Qué  son -os  diréis-  los  sufrimientos  y  la muerte de  un  gusano como yo, junto a tantos su- frimientos,  a  tan  innumerables  muertes?  Pronto, además, el aspecto del puro cielo, del sol resplande- ciente de la pintoresca ciudad de la iglesia abierta, de los militares que van y vienen en todas direcciones, vuelve vuestro espíritu a su estado normal, a su ha- bitual apatía, y la preocupación de lo presente y de sus menudos intereses sobrepónese otra vez a todo. Podrá ser que encontréis en vuestro camino el entie- rro de un oficial; un ataúd color de rosa, seguido de músicas y banderas desplegadas, y el vibrante caño- neo en los baluartes puede ser que llegue a vuestros oídos, pero los pensamientos de poco antes no vol- verán. El entierro no será más que un cuadro pinto- resco, un episodio militar; el tronar del cañón, un acompañamiento militar grandioso, y no habrá nada de común entre aquel cuadro, aquel estampido y la impresión precisa, personal, del sufrimiento, y de la muerte, evocada por la vista, de la sala de operacio-

nes.

Dejad atrás la iglesia, la barricada, y entraréis en el barrio más animado, más bullicioso de la población. A entrambos lados de la calle, muestras de tiendas y de fondas. Aquí, mercaderes, mujeres to- cadas con sombreros o pañuelos, oficiales con vis- tosos  uniformes;  todo  os  demuestra  el  valor,  la confianza, la seguridad de los habitantes.

Entrad a la derecha de este restaurant. Si ponéis atención a las  conversaciones de los marinos y de los oficiales, oiréis contar los incidentes de la pasada noche, de la acción del 24, quejarse del alto precio de las chuletas mal preparadas, y citar a los compa- ñeros muertos últimamente.

- ¡Que el demonio me lleve! ¡Deliciosamente está uno ahora en su casa! - dice con voz de bajo un oficial bisoño, rubio, casi albino,  imberbe, con el cuello liado en una bufanda verde de lana.

-¿Y dónde está eso, su casa de usted? - le pre- gunta otro.

-En el cuarto baluarte -contesta el joven. Y ante esta contestación,  lo contemplaréis con atención y aun con cierto respeto. Su negligencia exagerada, su excesivo  accionar,  su  risa  demasiado  estrepitosa, que  os  parecían hace un momento signo de des- preocupación, conviértense a vuestros ojos en señal de cierta disposición de ánimo batalladora, habitual

en todos los jóvenes que se han visto expuestos a algún peligro, y os imagináis que os va a explicar cómo tienen la culpa las balas de cañón y las bom- bas de que se viva tan mal en el cuarto baluarte.

¡ De ningún modo! Se está mal porque el fango es muy profundo.

-Es imposible llegar hasta la batería - dice, y en- seña sus botas sucias de lodo hasta el empeine.

-A mi mejor jefe de pieza lo han dejado hoy en el sitio -responde uno de sus compañeros. -Un ba- lazo en la frente.

-¿Quién? ¿Miteschin?

-No, otro. Vamos, ¿vas a traerme o no la chule- ta, bribón? -dice dirigiéndose al mozo.

Era  Abrosnoff,  un  valiente  de  verdad;  había tomado parte en seis salidas.

En el otro extremo de la mesa vese a dos ofi- ciales de infantería  dispuestos a dar fin a sendas chuletas con guisantes, regadas con un vinillo agrio de Crimea bautizado como Burdeos. El uno, joven, con  cuello encarnado y dos estrellas en el capote, refiere a su vecino, que no lleva estrellas y sí negro el cuello, detalles sobre el combate de Alma. El pri- mero está algo bebido; sus relatos, interrumpidos frecuentemente;  su  incierta  mirada,  que  refleja  la

falta de confianza que éstos inspiran a su oyente, y las valentías que se atribuye, así como el color recar- gadísimo de sus cuadros, hacen comprender que se aparta, por completo de la verdad. Pero no os de- béis preocupar de esas relaciones que oiréis durante mucho tiempo de un extremo a otro de Rusia; no sentís ya más que un deseo: trasladaros directamente al cuarto baluarte, del que de tan diversos modos os vienen  hablando.  Habréis  observado  cómo  todo aquel que refiere haber estado allí, hácelo con satis- facción y orgullo, y que quien se dispone a ir, deja ver ligera emoción o afecta exagerada sangre fría. Si se da broma a alguno, invariablemente se le dirá:

-Anda, ve; vete al cuarto baluarte.

Si  encontramos un  herido en  camilla, y  que- remos saber de dónde viene, la respuesta será casi siempre la misma:

-Del cuarto baluarte.

Sobre el terrible baluarte se han extendido dos opiniones distintas; primera, la de los que no pusie- ron allí nunca los pies, y para los cuales es inevitable tumba de sus defensores; después, la de los  que, como el oficialito rubio, viven allí, y al hablar, dicen sencillamente si está seco el piso o fangoso, si hace calor o frío. En la media hora  que pasasteis en el restaurant ha cambiado el tiempo; la niebla que se extendía sobre el mar se levantó; nubes apiñadas, grises, húmedas,  ocultan el sol; el cielo está triste; cae una llovizna mezclada con  menuda nieve, que moja los tejados, las aceras y los capotes de la tropa. Transponiendo otra barricada, subiréis por la calle principal; allí ya no hay muestras en las tiendas; las casas están inhabitables; las puertas  cerradas con tablones; hendidas las ventanas;      ya la arista de un edificio desplomada, ya el muro perforado. Las ca- sas, semejantes a veteranos carcomidos por el dolor y la miseria, parecen contemplaros con altivez y aun diríase que con desprecio,. En el camino tropezáis a lo mejor con balas de cañón enterradas, o con agu- jeros llenos de agua, perforados por las bombas en el suelo pedregoso. Dejáis atrás los  grupos de ofi- ciales y soldados: encontráis alguna que otra mujer o un niño, pero aquí no lleva sombrero la mujer. Y la del marino, envuelta  en  una raída capa de pieles viejas se calzó recias botas de soldado. La calle baja en suave pendiente, pero ya no hay casas; sólo un montón  informe de arcilla, piedras, tablas y vigas. Ante, vosotros, sobre un cerro escarpado, extiénde- se un espacio negro, fangoso, cortado por zanjas, y aquello es, precisamente, el baluarte número cuatro del recinto de Sebastopol.

 

Los transeúntes son más escasos; ya no se en- cuentran mujeres;     los soldados caminan con paso vivo, algunas gotas de sangre manchan      el piso, y veis venir cuatro individuos que llevan una camilla, y sobre  ella un rostro de amarillenta palidez y un capote ensangrentado; si preguntáis a los camilleros dónde tiene la herida, os responderán  secamente, con tono irascible, sin miraros:

-En el brazo, en la pierna. -si está muerto, si un proyectil le arrancó la cabeza, guardarán feroz silencio.

El silbido más próximo ya de las balas y las bombas, os impresiona desagradablemente mientras subís al cerró, y de pronto  apreciáis de diferente manera que antes lo que significan los  cañonazos oídos en la ciudad. No sé qué recuerdo apacible y dulce brillará entonces en vuestra memoria; vuestro yo intimo os ocupará tan vivamente, que no pensa- réis en observar lo que os rodea. Ni os dejaréis si- quiera  invadir  por  el  penoso  sentimiento  de  la irresolución. Sin embargo, la vista de aquel soldado que, con los brazos tendidos, trepa cuesta arriba so- bre el fango líquido y pasa corriendo y  riéndose a vuestro lado, impone silencio, a la tenue voz inte- rior, consejero cobarde que se alzó en vuestro pecho ante el peligro. Os erguís a pesar vuestro, y le- vantando la  cabeza, escaláis también la pendiente resbaladiza de la arcillosa montaña. Y no habéis da- do aún muchos pasos cuando derecha e  izquierda, zumban en vuestros oídos los proyectiles de la fu- silería, y os preguntáis si no sería mejor marchar a cubierto por la trinchera que se alza paralelamente al camino; pero la trinchera está llena de barro líquido, amarillo y fétido, de tal modo, que por fuerza conti- nuáis por donde ibais, y tanto más, cuanto que esta es la vereda de todo el  mundo. Doscientos pasos mas allá, desembocareis en un terreno  cubierto de terraplenes,  cestones, traveses, cañones  de  hierro fundido y un montón de proyectiles simétricamente apilados. Aquel amontonamiento os produce la sen- sación  del  más  extraño  desorden  desprovisto de todo objeto. A una parte, sobre la batería, aparece un grupo de marineros; más allá, hacia el centro, ya- ce un cañón inútil  sumergido en el lodo pegajoso, del cual un infante que, con el arma sobre el hom- bro, se dirige a la batería, retira con esfuerzo los pies uno tras otro. Sólo veis por doquiera entre ese mis- mo fango acuoso  granadas sin estallar, cascos de bombas, balas de cañón, señales de toda suerte del campo de batalla... Os parece oír a corta distancia el ruido de un proyectil que cae, y por todas partes os llega el silbar de las granadas que, ora zumban como avispas, ora gimen y hienden los aires vibrando co- mo una cuerda de instrumento, dominándolo todo el tronar siniestro del cañón, que os sacude de pies a cabeza aterrorizándoos.

-Este  es  el  cuarto  baluarte;  el  lugar  verda- deramente terrible -os decís, experimentando ligera emoción de orgullo y otra inmensa de mal compri- mido miedo. No es verdad; sois el juguete de  una ilusión. Aquello no es aún el baluarte número cua- tro; es el reducto de Jason, un puesto que, compara- tivamente no es ni de  peligro ni espantoso. Para llegar al baluarte, tomad por aquella angosta trinche- ra que sigue agachándose el soldado. Podrá ser que halléis de nuevo camillas, marineros y soldados con azadones y palas; hilos  conductores que van a las minas, abrigos de tierra, también fangosos,  donde no pueden deslizarse arrastras más que dos hom- bres y donde los plastuny[3]  de los batallones del Mar Negro viven, comen, fuman y se calzan entre trozos de hierro fundido de todas forma, esparcidos por doquier. Otros cien pasos más y llegáis a la batería, una planicie hendida por zanjas, rodeada de cesto- nes, cubierta de tierra, de traveses y de cañones so- bre sus explanadas. Tal vez encontraréis allí a cuatro o cinco marineros que juegan a los naipes, protegi- dos por el parapeto y un oficial de marina que, al ver aparecer  una cara nueva, un curioso, se com- placerá en iniciaros en los detalles de su domicilio y poderos dar todas las explicaciones que apetezcáis. Aquel oficial, sentado sobre un cañón, lía con tanta tranquilidad un cigarrillo de papel amarillento, pasa tan descuidadamente de una  cañonera a otra y os habla con sangre fría tan natural, que recobráis la vuestra a despecho de las balas que silban aquí en mayor número. Lo preguntáis y aun atendéis a sus relatos. El os describirá, si se lo indicáis, el bombar- deo del 5, el estado de su batería con un solo cañón útil, y sus sirvientes reducidos a ocho, y que, no obstante el día 6 por la mañana, volvía a hacer fuego con todas sus piezas. Os contará igualmente cómo penetró una bomba el día 5 en un abrigo y destrozó a once marineros. A través de una tronera os indica- rá los atrincheramientos y baterías del enemigo, del cual os separa únicamente unas treinta y tantas sagenas[4]. Aunque, temo que si os Inclináis sobre el plano de  la  cañonera  para  mirar  mejor  las  posiciones enemigas no veáis nada, o que, si por ventura dis- tinguís algo, os sorprendáis  al saber que aquel mu- rallón alto, y peñascoso que parece estar dos pasos y sobre el cual surgen  nubecillas de humo, es preci- samente el enemigo; él, como dicen soldados y ma- rineros.

Es muy posible que el oficial, por vanidad o sencillamente  sin   propósito  deliberado  por  en- tretenerse, quiera hacer fuego ante vos. A sus voces, el Jefe de pieza y los sirvientes, en total catorce ma- rineros, se aproximaran alegremente al cañón para cargarlo; unos mordiendo un trozo de galleta, otros guardándose la negra y apestosa pipa en el bolsillo, mientras que sus claveteadas botas resuenan sobre la  explanada.  Examinad  los  semblantes  de  esos hombres, su aire resuelto, su ademán, y reconoceréis en cada uno de los pliegues del  curtido rostro de pómulos salientes, en cada músculo, en la amplitud de los hombros, en el espesor de los pies, calzados con botas colosales, en cada movimiento tranquilo y reposado, los principales elementos de que se compone la fuerza de Rusia, la simplicidad de espíritu y de obstinación, veréis asimismo, que el peligro, las miserias y las penalidades de la guerra, han impreso en aquellas fisonomías la conciencia de su dignidad, de una idea elevada, de un sentimiento noble.

De  súbito,  formidable  estrépitos  os  hace  es- tremecer de pies a cabeza. Y oís enseguida silbar el proyectil que va alejándose, mientras  que la tupida humareda de la pólvora envuelve la explanada. y las negras caras de los marineros que entre ella se mue- ven. Oíd sus dichos, fijaos en su animación, y des- cubriréis  en  ellos  sentimientos   que  tal  vez  no esperabais encontrar: el del odio al enemigo, el de la venganza.

-Ha caído de lleno en la tronera; dos muertos;

mira, ¡se los llevan!

Y gritan de júbilo.

-Pero míralo; le ha dolido, nos va a dar la vuelta

- dice una voz, y en efecto, veis a poco brillar un fo- gonazo, seguir el humo, y que el centinela grita des- de el parapeto.

-¡Cañón! -Silba, un proyectil cerca de vosotros y entiérrase en el suelo, que perfora, lanzando en tor- no suyo, una lluvia de terrones y de piedras. El co-

mandante de la batería se amosea, vuelve a ordenar que carguen el segundo y el tercer cañón; contesta el enemigo, y  experimentáis interesantes sensaciones. Veis y oís cosas curiosísimas. El centinela avisa de nuevo «cañón» y el mismo fogonazo, igual  ruido, igual golpe, salto igual de piedras se reproduce. Mas, si por el contrario grita, «mortero» os sentiréis im- presionado por un silbido regular, quizá agradable, que no podréis unir en vuestra mente a nada terri- ble; va aproximándose, aumenta su rapidez, veis el globo negro caer en tierra y cómo estalla con crepi- tación metálica. Los cascos hienden los aires silban- do y crujiendo las piedras, sacudidas, chocan entre sí, y el fango os salpica todo. Ante rumores tan di- versos, sentís  extraña mezcla de gozo y de terror. Mientras veis el proyectil  amenazando caer sobre vos, os acude a la imaginación infaliblemente la idea de que os ha de matar, pero el amor propio, os sos- tiene y a nadie dais a conocer el puñal que os tala- dra, el corazón.

Por eso, cuando pasó sin tocaros, renacéis por un instante, cierta sensación de inapreciable dulzura apodérase de vos, hasta el punto de que encontráis encanto particular en el peligro, en el juego de la vi- da y de la muerte. Hasta quisierais que la bala o la

bomba cayese más cerca, muy cerca de donde estáis.

Pero he aquí que el centinela anuncia con voz fuerte y llena:

-¡Un mortero! -y repítense el silbido, el golpe y la explosión, acompañados esta vez de un grito hu- mano. Os acercáis al herido a la vez que los camille- ros. Revolcándose en el lodo mezclado de sangre, ofrece extraño aspecto; parte del pecho le fue arran- cada por el casco. En el primer momento, su rostro, sucio de fango, no expresa más que el susto y la sen- sación  prematura del dolor, sensación familiar al hombre en aquel estado; pero cuando traen la cami- lla, y en ella acuéstase él por sí mismo sobre el cos- tado libre, exaltada expresión,  ráfaga de una idea elevada y contenida viene a iluminar sus facciones. Brillantes los ojos, apretados los dientes, levanta la cabeza con esfuerzo, y cuando los camilleros vacilan los detiene, y dirigiéndose a  sus compañeros dice con voz temblorosa:

-¡Adiós; perdón hermanos!

Quisiera hablar más aún; se ve que trata le decir algo afectuoso, pero se limita a repetir:

-¡Adiós, hermanos míos! ...

Uno de sus compañeros aproxímase a él, coló- cale la gorra en  la cabeza y torna, con indiferente ademán a su cañón. Y ante la expresión de vuestra aterrorizada fisonomía, dice el oficial bostezando, mientras lía su cigarrillo de amarillento papel:

-Lo de cada día, de seis a siete hombres.

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¿Y ahora? Acabáis de ver a los defensores de Sebastopol en el lugar mismo de la defensa, y vol- véis por vuestros mismos pasos, sin  prestar, cosa extraña la menor atención a los proyectiles de cañón y de fusil que continúan cruzando, durante todo el camino hasta que llegáis a las ruinas del teatro. Mar- cháis con tranquilidad, con el espíritu conmovido y confortado, pues poseéis ya la consoladora, certeza, de que nunca, en ningún lugar será quebrantada la fuerza del pueblo ruso.  Y esa seguridad la habéis sacado, no de la solidez de los parapetos y  de las trincheras ingeniosamente combinadas, ni de las in- numerables  minas y cañones apilados unos sobre otros, y de todo aquello de que no comprendéis na- da, sino de los ojos y las palabras y la actitud, de to- do eso que se llama el espíritu de los defensores de Sebastopol.

 

Hay  tanta  sencillez  y  tan  poco  esfuerzo  en cuanto, hacen, que os persuadís de que podrían, si fuera preciso, hacer cien veces más; que podrían ha- cerlo todo. Adivináis que los sentimientos que los impulsan no son los que habéis experimentado, va- nidosos,  mezquinos,  sino otros más potentes que obligan a los hombres a vivir  tranquilamente en el lodo, trabajando y en vela bajo los proyectiles, con cien suertes contra una de ser muertos, al revés de lo que constituye el lote común de sus semejantes. Y no es una cruz ni un ascenso; no es la fuerza de las amenazas lo que los somete a  condiciones tan es- pantosas de existencia,       es preciso que haya otro móvil  más  alto.  Este  móvil  hállase  en  un  senti- miento, que se manifiesta muy poco, que se oculta con pudor, pero que está profundamente arraigado en el corazón de todo ruso: el amor a la patria. Aho- ra tan sólo es cuando se han convertido en realidad, en hechos,  aquellas relaciones que circulaban du- rante  el  primer  período  del  sitio  de  Sebastopol; cuando no había, ni fortificaciones, ni soldados, ni posibilidad de mantenerse allí, no obstante, nadie admitía la idea de rendición, y aquellas palabras de Kordiloff, de ese héroe digno de la Grecia antigua, al decir a sus tropas: «Hijos míos, moriremos, pero no entregaremos a Sebastopol!» Y la respuesta de los valientes  soldados, incapaces de hacer frase al- guna: «¡Moriremos, hurra!» ¡Así os representáis fá- cilmente, bajo las facciones de los que habéis visto, a los héroes de aquel período de prueba, que no perdieron el valor y que se aprestaron hasta con jú- bilo a morir, no por la defensa de la  ciudad, sino por la de la patria! ¡Rusia conservará durante mucho tiempo  las señales sublimes de la epopeya de Se- bastopol, de la que el pueblo ruso ha sido el héroe!

...

Declina la tarde; el sol, que va a desaparecer en el horizonte, hiende las nubes grises que lo ocultan e ilumina con sus rayos de púrpura el mar de verdo- sos reflejos, ondulado ligeramente, cubierto de  na- víos  y  otros  buques,  y  las  casitas  blancas  de  la ciudad y la población que alli se mueve. En el bule- var, la música de un regimiento toca un antiguo vals, a cuyas notas, que a lo lejos transmite el agua, únese el estampido de los cañonazos en acompañamiento extraño y sorprendente.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SEBASTOPOL EN MAYO DE 1855.

 

 

Seis meses han transcurrido desde que la pri- mera bomba  lanzada de las fortificaciones de Se- bastopol perforó la tierra, arrojándola sobre los tra- bajos       del     enemigo;     desde aquel día,    miles de bombas, granadas y balas de cañón y de fusil no han cesado de cruzar de los baluartes a las trincheras y de las trincheras a los baluartes, cerniéndose el ángel de la muerte sobre aquel espacio.

El amor propio de millares de seres, hase visto humillado en los  unos, satisfecho en los otros, o apaciguado por el abrazo de la  muerte. ¡Cuántos ataúdes color de rosa bajo envolturas de lienzo! Y siempre el mismo tronar en las murallas. Desde su campo,  los  franceses,  impelidos  por  involuntario sentimiento de ansiedad y terror, examinan en una

tarde serena el piso amarillento y hundido de los baluartes de Sebastopol, sobre los cuales van y vie- nen  las   obscuras   siluetas  de  nuestros  marinos; cuentan las troneras, de  donde  surgen cañones de hierro fundido de aspecto feroz; en la torrecilla del telégrafo, un sargento observa con un anteojo a los soldados enemigos, sus baterías, sus tiendas, el mo- vimiento de sus columnas sobre el mamelón verde y el humo que sale de las trincheras; con igual ardor viene a converger de diferentes partes del mundo, sobre  aquel sitio fatal, multitud formada por razas heterogéneas y movida por los más contradictorios apetitos. La pólvora y la sangre no consiguen resol- ver una cuestión que los diplomáticos no supieron zanjar.

 

 

I

 

 

En la sitiada Sebastopol, la música de un re- gimiento toca en el bulevar. Muchedumbre de mili- tares y mujeres vestidas con el traje de los domin- gos, paséase por las avenidas. El sol espléndido de primavera, salió por la mañana sobre las obras de sitio de los ingleses, pasó luego sobre los baluartes, sobre la ciudad y sobre el cuartel  Nicolás, espar- ciendo alegremente para todos por igual su luz vivificadora; ahora ya, desciende hacia el lejano azul del mar, que ondula blandamente, rielando con facetas de plata.

Un oficial de infantería, de elevada estatura, lige- ramente encorvado, sale, calzándose los guantes de dudosa blancura, pero presentables aún, de una de las casitas de marineros construidas a la  izquierda de la calle de la Marina. Dirígese hacia el bulevar mirándose  las botas con aspecto distraído. La ex- presión de su rostro,  francamente feo, no revela gran capacidad intelectual; pero la buena fe, el buen sentido, la honradez y el amor al orden se leen en él con claridad. Es poco airoso, y parece sentir alguna confusión por la torpeza  de sus movimientos. Cu- bierto con una gorra usada, viste capote de extraño color tirando a lila, bajo el cual se distingue la cade- na de oro del reloj; el pantalón es de trabillas y las botas limpias y relucientes, Si sus facciones no ates- tiguaran su origen puramente ruso, tomárasele  por alemán, por un ayudante de campo o por el oficial de tren de un regimiento (es verdad que le faltan las espuelas), o bien por uno de  aquellos oficiales de caballería que han permutado para tomar parte en la campaña. Esto era efectivamente, y al subir hacia el

bulevar pensaba en la carta que había recibido poco antes de un ex-compañero suyo, en la actualidad propietario en el  Gobierno de F... y pensaba tam- bién en la mujer de aquel compañero, la pálida Na- tacha, de ojos azules, su gran amiga; recordando, sobre todo, el siguiente párrafo:

«Cuando llega El Inválido[5], Pupka (así llama el ex-hulano a su  mujer) precipítase a la antesala, se apodera del periódico y se arroja  sobre el dos-á-dos del berceau[6]  en el salón donde pasamos tan buenas veladas de invierno contigo cuando tu regimiento estuvo de  guarnición  en esta ciudad. ¡No puedes figurarte con qué entusiasmo  lee las relaciones de vuestras  heroicas  hazañas!  ¡Mikhailof,  repite  con frecuencia  hablando de ti, es una perle;  me arrojaré a su cuello cuando lo vea! Se bate en los baluartes: Il se bat sur les bastions, lui, y le darán la cruz de San Jorge, y hablarán de él todos los periódicos. En fin, que casi comienzo a sentir celos de ti. Los diarios tardan muchísimo en llegar, y a  pesar de que mil noticias corren de boca en boca, no es posible dar a todas crédito. Por ejemplo, tus excelentes amigas las demoi- selles  a musique, referían ayer que Napoleón, cogido prisionero por nuestros cosacos, había sido llevado a Petersburgo. ¡Ya comprenderás que en eso no pu- de creer!... Poco después, un recién llegado de la ca- pital, un funcionario agregado al ministerio, joven encantador y el gran recurso para nuestra ciudad, ahora desierta, nos  aseguraba que los nuestros ha- bían ocupado Eupatoria, lo que impido a los france- ses la comunicación con Balaklava ; que habíamos perdido doscientos hombres en la empresa, y ellos cerca de quince mil. Mi  mujer sintió tanta alegría, que ha bamboché[7]  toda la noche, y sus presentimien- tos le dicen que has tomado parte en la expedición y te has distinguido..»

A pesar de las palabras, las expresiones sub- rayadas y el tono general de la carta, no podía me- nos el capitán Mikhailof de transportarse en pensa- miento, con dulce y triste satisfacción, junto a  su pálida amiga provinciana; recordando sus conversa- ciones sobre los sentimientos en el berceau del salón, y cómo su buen compañero el ex-hulano se enfada- ba y les ponía multas en las partidas de naipes a tanto de un kopek, cuando lograban organizar algu- na en el gabinete, y cómo su mujer se burlaba de él riendo, recordaba la amistad que aquellas buenas gentes le demostraban siempre, y ¡quién sabe si ha- bía algo más que amistad  por parte de su pálida amiga! Todas aquellas figuras evocadas de un  cua- dro  familiar  surgían  en  su  imaginación,  que  les prestaba  maravilloso y  dulce  encanto. Veíalas  de color de rosa, y sonriendo  ante aquellas imágenes, oprimía cariñosamente con la mano la carta allá en el fondo del bolsillo.

Tales         recuerdos    transportaron        involuntaria- mente al capitán a sus esperanzas, a sus sueños.

-¡Cuánto será -decíase  mientras seguía por la angosta calleja, -el asombro y la alegría de Natacha cuando lea en El Inválido que he sido el primero en coger un cañón y que me han dado la Cruz de San Jorge! Debo ascender a capitán mayor, ya hace mu- cho tiempo que estoy propuesto, y me será después muy fácil, en el transcurso del año, llegar a jefe de batallón (comandante de ejército); pues muchos son muertos y no pocos lo habrán de ser aún en esa campaña. Mas  adelante, en cualquiera otra acción futura, cuando me haya dado bien a conocer, me da- rán un regimiento, y heme aquí ya teniente coronel,

comendador de Santa Ana; luego coronel...

 

Y se veía ya General, honrando, con su visita a Natacha, la viuda de su compañero (el cual, para sus cálculos, debía morirse por  entonces),  cuando los acordes de la música militar llegaron distintamente a sus oídos; la multitud de paseantes atrajo sus mira- das y encontróse en el bulevar tal y como era, es de- cir, capitán de segunda clase de infantería.

 

 

II

 

 

Acercóse desde luego al pabellón junto al en que  tocaban  algunos  músicos:  unos  cuantos  sol- dados del mismo regimiento les  servían de atriles, para lo cual mantenían abiertos ante ellos los pape- les de música, y un no muy numeroso círculo los rodeaba:  furrieles,  sargentos,  criadas  y  chiquillos ocupados más en mirar que en oír. En torno del pa- bellón, marinos, ayudantes de oficiales con guante blanco, permanecían de pie o sentados, o paseaban; más lejos, en el paseo central, veíase una mezcla de oficiales de todas armas y mujeres de todas clases, algunas con sombrero, la mayoría de pañuelo a la cabeza;  otras no llevaban ni sombrero ni pañuelo, pero, cosa particular, no había viejas; todas eran jó- venes. Más abajo, en las calles sombrías y olorosas de  acacias  blancas,  distinguíanse  algunos  grupos aislados, en reposo o en marcha. Al ver al capitán Mikhailof, nadie demostró el menor júbilo, a excep- ción quizá de los capitanes de su regimiento Objo- gof  y       Suslikof,     que    le       estrecharon la       mano calurosamente; pero el primera no llevaba guantes, sino pantalón de piel de camello y capote raído, y su cara, encendida aparecía, cubierta de sudor; el se- gundo hablaba a gritos, con un desenfado molestí- simo. En fin, que no era muy  halagüeño pasearse con tal compañía, sobre todo, en presencia de ofi- ciales enguantados. Entre éstos se encontraba, un ayudante de campo con el que Mikhailof cambió un saludo, y un oficial de Estado Mayor, al que también hubiera podido saludar por haberse visto con él dos veces en casa de un amigo común. No sentía, pues, positivamente, ningún placer en pasear con aquellos dos compañeros, que encontraba cinco o seis veces al día, y a los cuales estrechaba todas ellas la mamo; no había venido al paseo para semejante cosa.

Hubiera querido acercarse al ayudante de campo con el cual cambiara el saludo, y alternar con aque- llos caballeros, no para que los capitanes Objogof, Suslikof, el teniente Paschtezky y otros le vieran con ellos  en  conversación, sino  sencillamente porque eran personas agradables al corriente de las noticias, y que le habrían referido algo nuevo. ¿Por qué tiene miedo Mikhailof y no se decide a abordarlos? ¿Es que se pregunta con inquietud lo que hará si esos se- ñores no le devuelven el saludo; si continúan char- lando entre sí, haciendo como que no le han visto y si se alejan dejándolo solo entre los aristócratas? La palabra aristócrata, en sentido de grupo escogido, entresacado del montón, perteneciente a cualquier clase, ha adquirido  desde hace algún tiempo entre nosotros, en Rusia, donde no debiera haber echado raíces, a lo que parece, extraordinaria popularidad, penetrando en todas las capas sociales en donde la vanidad se infiltrara. ¿Y dónde no se infiltra tan la- mentable flaqueza? En todas  partes, entre los em- pleados, los comerciantes, los furrieles, los oficiales; en Saratof, en Mamadisch, en Venitsy, en tina pala- bra, doquiera que haya hombres. Ahora bien: como en  la  ciudad  sitiada  de  Sebastopol  hay  muchos hombres, hay. también muchísima  vanidad; lo cual quiere decir que los aristócratas están en gran núme- ro, por más que la muerte se cierna constantemente sobre las cabezas de todos, aristócratas o no.

Para el capitán Objogof, el capitán de segunda,

Mikhailof, es un aristócrata; para el capitán de segunda, Mikhailof, el ayudante de campo Kaluguin será un aristócrata, porque es tal ayudante de cam- po, y se trata con tal otro ayudante; en fin, para Ka- luguin, el conde Nordof será un aristócrata, porque es ayudante del Emperador.

¡Vanidad, vanidad y sólo vanidad ¡Hasta junto al ataúd y entre gentes prontas a morir por una idea elevada! ¿No será, la vanidad el rasgo característico, la enfermedad que distingue al siglo actual?  ¿Por qué no se conocía en otro tiempo esta debilidad, más de lo que eran conocidos el cólera o las virue- las? ¿Por qué no existen en nuestros días más que tres clases de hombres: unos que aceptan la vanidad como un hecho existente, necesario, y por conse- cuencia  justo, y  que  se  someten a  él  libremente; otros que la consideran como un elemento nefasto, pero imposible de destruir, y los últimos que obran bajo su influencia con inconsciente servilismo? ¿Por qué los Homeros y los Shakespeare hablan de amor, de gloria y de sufrimientos mientras que la literatura de nuestro siglo abarca sólo la interminable historia del snobismo de la vanidad?

Mikhailof, siempre indeciso, pasó dos veces por delante del grupito de aristócratas; a la tercera, ha-

ciéndose violencia, se aproximó a ellos. El grupo se componía de cuatro oficiales, el ayudante de campo Kaluguin,  a  quien  Mikhailof  conocía;  el  también ayudante de campo príncipe Galtzin, aristócrata pa- ra el mismo Kaluguin; el coronel Neferdof, uno de los ciento veintidós (apellidábase así un grupo de oficiales de la buena sociedad que habían vuelto al servicio para tomar parte en la guerra), y por último, el capitán de caballería, Praskunin, que también figu- raba  entre los  ciento veintidós. Afortunadamente para Mikhailof, Kaluguin, estaba en la mejor dispo- sición de ánimo (acababa de hablar el General muy confidencialmente con él y el príncipe Galtzin, re- cién llegado de Petersburgo, habíase detenido en su casa), así es que no creyó comprometerse tendiendo la mano a un capitán de segunda. Praskunin  no se decidió a tanto, aunque encontraba a menudo a Mi- khailof en el baluarte y hubiese bebido mas de una vez de su vino y su aguardiente, y hasta le debiera además aún doce rublos y medio de una partida de favor. Como conocía poco al príncipe Galtzin, no le agradaba demostrar ante él su intimidad con un se- gundo capitán de infantería; se limitó, pues a saludar a éste ligeramente.

-Y bien, capitán -dijo Kaluguin,- ¿cuándo vol-

vemos a ese baluarte de tres al cuarto? ¿Se acuerda usted de nuestro encuentro en el reducto Schwarz?

¡Se batía bien el cobre! ¿eh?

- Sí, se batía - respondió Mikhailof, recordando aquella noche en que, al subir por la trinchera hacia el baluarte, encontró a Kaluguin que caminaba con desenvoltura haciendo sonar de firme su sable - No me tocaba ir hasta mañana - prosiguió, - pero tene- mos un oficial enfermo...

Y se  disponía a  contar cómo, aunque no  le  co- rrespondiera el turno, había creído deber ocupar el puesto del teniente Nepchissetzky,  porque  el  co- mandante de la compañía estaba también enfermo y sólo quedaba, un cadete; pero Kaluguin no le dejó concluir.

-Presiento - dijo, volviéndose hacia el prín- cipe, Galtzin - que tendremos algo estos días.

-¿Y no pudiera ser que ese algo, ocurriese hoy?  -  preguntó  tímidamente Mikhailof, mirando uno tras otro a Kaluguin y Galtzin.

Nadie le contestó; el Príncipe hizo un ligero mohín, y dirigiendo una mirada por encima de la gorra de Mikhailof.

-¡Qué bonita, muchacha! - dijo tras unos mi- nutos de  silencio,  -allá abajo, con el pañuelo co-

lorado. ¿La conoce usted, capitán?

-Es hija de un marinero; vive junto a mi casa

-respondió éste.

-Vamos a verla más de cerca.

Y el príncipe Galtzin se cogió del brazo: por un lado a Galuguin, por el otro, al capitán de segunda, persuadido de que proporcionaba a éste, al proceder así, viva satisfacción. Y no se engañaba. Mikhailof era supersticioso, y a sus ojos, gran pecado ocuparse de mujeres antes de entrar en fuego; pero aquel día se las echó de libertino. Ni Kaluguin  ni  Galtzin se dejaron engañar; la joven del pañuelo de color se sorprendió mucho, pues más de una vez había ob- servado que el  capitán se ponía colorado al pasar ante su ventana. Praskunin iba detrás de los otros y daba con el codo al Príncipe, haciendo toda suerte de comentarios en francés, pero como el estrecho callejón de árboles no les permitía marchar los cua- tro de frente, tuvo que quedarse atrás y cogerse, en la segunda vuelta, al brazo de Servraguine, oficial de marina, conocido por su bravura excepcional y muy deseoso  de  mezclarse al grupo de los aristócratas. Este valiente pasó con júbilo  su mano honrada y musculosa sobre el brazo de Praskunin, a pesar de saber que éste no era de lo más intachable ni mucho menos. Para explicar al príncipe Galtzin su intimidad con aquel marino, Praskunin murmuró a su oí- do que era un  bravo de gran reputación; pero el Príncipe, que estuviera la víspera en  el cuarto ba- luarte, y vio allí estallar una bomba a veinte pasos de su persona, considerábase igual en valor a aquel ca- ballero;  así  es  que,  convencido de  que  la  mayor parte de las reputaciones son exageradas, no prestó la menor atención a Servraguine.

Mikhailof se sentía tan gozoso al pasear con tan brillante compañía, que ya ni se acordaba de la pre- ciada carta de F... ni de las lúgubres reflexiones que le asaltaran siempre que iba al baluarte. Permaneció, pues, con ellos hasta que lo excluyeron visiblemente de su conversación, evitando sus miradas como pa- ra darle a comprender  que podía continuar solo su camino. Por fin, lo plantaron. A pesar de esto estaba tan satisfecho, que, permaneció indiferente ante la expresión altanera con que el junker[8] barón Pesth, se incorporó, descubriéndose delante de él. Aquel jo- ven se había vuelto muy orgulloso desde que pasara su primera noche bajo el blindaje del baluarte nú- mero 5, lo  cual lo transformó en un héroe a sus propios ojos.

 

 

III

 

 

Apenas hubo transpuesto Mikhailof el umbral de  su  casa,  cuando muy  diferentes pensamientos asaltaron su imaginación. Volvió  a contemplar su reducido cuarto, en el que la tierra apisonada for- maba el pavimento; sus ventanas deformes, cuyos cristales  ausentes  habían  sido  reemplazados  por trozos de papel; su antigua cama, sobre la cual vela- se clavado en la pared un tapiz viejo que represen- taba una amazona; las dos pistolas de Tula colgadas a la cabecera, y allí mismo, al lado, otra cama poco limpia cubierta con una colcha de percal; la del jun- ker, que compartía con él el alojamiento. Y vio a su asistente Nikita que se levantó del suelo donde esta- ba  sentado,  rascándose la pelambrera grasienta y enmarañada, y la capa vieja, las botas de servicio, y el paquete preparado para pasar la noche en el ba- luarte; una servilleta de la cual salía el canto de un trozo de queso, y el cuello de una botella de aguar- diente. De pronto se acordó que aquella misma no- che debía conducir su compañía a las casasmatas.

-Me matarán, es la. Fija - díjose, -lo presiento;

tanto más, cuanto que me he ofrecido yo mismo a ir, y el que hace un servicio voluntario está siempre se- guro de morir en él. ¿Y qué enfermedad será la de ese maldito Nepchissetzky? ¿Quién  sabe?  ¡Puede ser que lo esté mucho!... Y gracias a él matarán a un hombre; sí, lo matarán, de seguro! Aunque... si no me matan, me incluirán en propuesta... Ya he visto la satisfacción del coronel cuando  le pedí licencia para reemplazar a Nepchissetzky, por estar enfer- mo.  ¡Si no es el empleo de mayor será la cruz de Vladimiro, seguramente! Y es la décima tercera vez que voy al baluarte. ¡Oh, oh!, 13; mal número, me matarán de fijo; tengo la certeza, lo siento! Sin em- bargo, la compañía no puede ir con un cadete. Y si ocurriera algo... la honra del regimiento, la del ejér- cito, podría verse comprometida... Mi deber es ir... Sí; deber sagrado... Pero de todas maneras, tengo el presentimiento...

Y el capitán olvidábase de que había tenido ese mismo  presentimiento, con más o menos fuerza, cada vez que fue al baluarte, e ignoraba que todos cuantos  han  de  entrar en  fuego lo  experimentan siempre,  bien  que  con  diferente intensidad. Pero más tranquilo por la noción del deber que había de- sarrollado  particularmente, sentóse a la mesa y es-

cribió una carta, de despedida a su padre; a los diez minutos, con los ojos húmedos, levantóse y comen- zó a vestirse, repitiendo mentalmente todas las ora- ciones  que  sabía  de  memoria.   Su  asistente,  un animalote, medio borracho lo ayudó a ponerse la levita nueva, pues la vieja que usaba de ordinario para ir al baluarte no estaba recompuesta.

-¿Por qué no has arreglado la levita? -No pien- sas mas que en dormir, animal!

-¡Dormir...- gruñó Nikita,- cuando todo el día hay que correr como un perro; se revienta uno! ¡Y después de esto aun habrá que no dormir!

-Vuelves a estar borracho, por lo que veo.

-No he bebido con su dinero de usted, ¿por qué me regaña?...

-¡Silencio, bruto! -gritó el capitán, pronto a sa- cudir al asistente.

Nervioso y agitado como estaba ya, la. estupidez de Nikita  hacíale perder la paciencia. No obstante, apreciaba a aquel hombre, y aun lo toleraba más de lo debido. Teníalo junto sí hacía más de doce años.

-¡Bruto, bruto! -repetía el soldado. -¿Por qué me injuria usted, señor? ¡Y en qué momento! ¡No está bien insultarme.

Mikhailof recordó a qué lugar iba y le dio ver-

güenza.

-Harás perder la paciencia a un santo, Nikita - dijo con voz  más  afable.- Deja ahí sobre la mesa esta carta dirigida a mi padre; no la toques -añadió ruborizándose.

-¡Está bien! -repuso Nikita enterneciéndose bajo la influencia del vino que bebiera con su propio di- nero, según decía, y entornando los ojos prestos a llorar.

De tal modo, que cuando el capitán le gritó al salir de la casa: -¡Adiós Nikita! -estalló en ahogados sollozos, y cogiendo la mano de su  amo, besósela con gruñidos, repitiendo:

-¡ Adiós, barina, adiós!

Una vieja, mujer de marinero, que estaba senta- da en el umbral, no pudo menos, como buena muje- ruca,         de      tomar parte en      aquella        escena       de enternecimiento: frotándose los  ojos con la sucia manga de su vestido, masculló algo a propósito de los amos, que también habían de soportar tantos males, y refirió por  centésima vez al ebrio Nikita, cómo ella, la infeliz, quedo  viuda como fue muerto su marido en el primer bombardeo, y derribada su casita, pues la que habitaba ahora no era de su pro- piedad, etc. Cuando el  capitán se alejó, Nikita en- cendió su pipa, rogó a la            hija  de la patrona que fuera a traer aguardiente, y enjugó bien pronto sus lágrimas, concluyendo por pelearse con la vieja, por causa de un vaso que, según decía, ésta le había roto.

-Aunque puede ser que sólo resulte herido...

-decía Mikhailof, al obscurecer, acercándose ya, al baluarte a la cabeza, de su compañía. -¿Pero dónde?

¿Aquí? o...

Y se tocaba con el dedo sucesivamente el ab- domen y el pecho.

-Si siquiera, fuese aquí- pensaba, señalando, la parte superior del muslo- ¡y si la bala no tocase el hueso... ¡Pero si es un casco de granada se concluyó!

Llegó felizmente a las casasmatas, siguiendo por las trincheras, en la más completa obscuridad; con auxilio de un oficial de zapadores, puso su gente al trabajo, y después se sentó en un pozo de tirador al abrigo del parapeto. Tirábase muy poco; de tiempo en tiempo, ora en nuestro campo, ora allá, brillaba un fogonazo, y la mecha encendida  de la bomba trazaba un arco de fuego en el obscuro estrellado cielo pero caían muy lejos los proyectiles; detrás o a la derecha del alojamiento en que el capitán habíase ocultado  sentándose  en  el  fondo  de  su  cavidad.

Comió un trozo de queso, bebió un trago de aguardiente, encendió un cigarrillo, y rezadas sus ora- ciones, procuró dormir.

 

 

IV

 

 

El  príncipe  Galtzin,  el  teniente  coronel  Ne- ferdof y Praskunin (á quien nadie había invitado y con el que nadie hablaba, pero que así y todo los se- guía) abandonaron el bulevar para ir a tomar el te a casa de Kaluguin.

-Concluye de una vez la historia sobre Vaska Mendel -decía Kaluguin, que despojándose de la ca- pa se había sentado junto a la ventana en un sillón bien relleno, mientras se desabrochaba el cuello de su fina camisa de holanda almidonada cuidadosa- mente.

-¿Cómo se ha vuelto a casar?

- Es curiosísimo, os lo aseguro.

-Por entonces no se hablaba de otra cosa en

Petersburgo -respondió riendo el príncipe Galtzin.

Y separándose del plano, junto al que se había sentado, acercóse a la ventana.

- Es de lo que no hay. Conozco todos los de-

talles...

 

Y vivamente, con ingenio y jovialidad, púsose a referir la historia de una intriga amorosa, que pasa- remos en silencio, dado el poco  interés que nos ofrece. Lo que chocaba más en todos los presentes, el  uno sentado sobre el alféizar de la ventana, el otro al piano y el tercero sobre un mujeble con las piernas recogidas, era que parecían  otros hombres completamente distintos de los que antes viéramos en el bulevar. Ni el ceño altivo ni  la ridícula afecta- ción aparentada, con los oficiales de infantería; allí, en familia, mostrábanse tal como eran, buenos chi- cos, alegres y dispuestos. La conversación giraba sobre sus compañeros y amistades de Petersburgo.

- ¿Y Maslovsky?

- ¿Quién? ¿el hulano o el de caballería de la

Guardia?

-Conozco a los dos. En mis tiempos el de la Guardia era un muchacho recién salido de la escue- la. ¿Y el mayor, es capitán?

-Sí, desde hace mucho tiempo.

-¿Está aún con su gitana?

-No la dejó ya.

- Y la conversación prosiguió en aquel tono.

El príncipe Galtzin cantó muy bien una canción tzígana acompañándose al piano. Praskunin, sin que nadie se lo rogara, le hizo el dúo, y con tal maestría, que lo obligaron a repetirla, lo que lo envaneció mu- cho.

Un criado trajo, sobre una bandeja de plata, el te con crema y hojaldres.

-Sírvele al Príncipe -le dijo Kaluguin.

-¿No es extraño -siguió Galtzin bebiendo su ta- za junto a la  ventana- pensar que estamos en una ciudad sitiada, y que tenemos piano y te con crema; todo ello, en una casa que me gustaría mucho habi- tar en Petersburgo?

- Si no tuviéramos siquiera esto -dijo el teniente coronel, hombre ya maduro, siempre descontento,- la existencia nos sería intolerable.        ¡Esta continua espera de algún suceso... ver a diario morir gente; morir sin cesar!... y vivir en el fango, sin las menores comodidades.

-¿Y nuestros oficiales de infantería -interrumpió Kaluguin,- que han de habitar en los baluartes con los soldados, y compartir con ellos la sopa bajo los blindajes? ¿Cómo se las arreglan?

-¿Cómo se las arreglan?

-¡No se cuidan de ropa, es verdad, durante diez días, pero son hombres admirables; verdaderos hé- roes!

Precisamente en aquel momento, entró un ofi- cial de infantería en la estancia.

-Yo... he... traigo orden... de ver al General... a Vuestra Excelencia... de parte del general  N... -dijo saludando con timidez.

Kaluguin se levantó, y sin devolver el saludo al recién venido,  sin invitarlo a que se sentara, con cierta cortesía mortificante y una  sonrisa oficial, le rogó que esperase, y continuó hablando en francés con Galtzin sin hacer el menor caso del pobre ofi- cial que permanecía plantado en medio de la habita- ción y no sabía qué hacer de su persona.

-Vengo a un asunto urgente -dijo por fin tras un minuto de silencio.

-Si es así, haga usted el favor de venir conmigo. Y Kaluguin cogió su capa y dirigióse a la puerta.

Pocos instantes después volvía de casa del General.

-¡Vamos, amigos; creo que esta noche arreciara la cosa.

-¿Qué, una salida ? -preguntaron los dos a la vez.

-No sé;      ya lo veréis -respondió con sonrisa

enigmática.

-Mi comandante está en las fortificaciones; ten- go precisión de ir -dijo Praskunin ciñéndose el sa- ble.

Nadie le contestó; ya debía saber él de sobra lo que tenía que hacer.

Praskunin y Neferdof salieron con dirección a sus puestos.

-Adiós,  caballeros;  hasta  la  vista;  ya  nos  en- contraremos esta noche -gritóles Kaluguin desde la ventana, mientras que ambos se alejaban al trote lar- go, inclinándose sobre el arzón de sus monturas co- sacas.

El ruido de los cascos de sus caballos se des- vaneció bien pronto en la obscura calle.

-Vamos, dime: ¿de verdad habrá algo esta no- che? -dijo Galtzin, de codos junto a Kaluguin sobre el alféizar de la ventana, desde donde contemplaban cruzar las bombas sobre las fortificaciones.

-A ti te lo puedo decir; ¿has estado en los ba- luartes? ¿Sí?

Aunque Galtzin  sólo  estuviera  una  vez  res- pondíó con ademán aflirmativo.

-Pues bien, frente a nuestra luneta había una

trinchera...

Y Kaluguin, que no era un especialista, pero que estaba convencido de la exactitud de sus juicios mi- litares, púsose a explicar, embrollándose y emplean- do  a  roso  y  belloso  los  términos   técnicos  de fortificación, el estado de nuestros trabajos, las dis- posiciones del enemigo y el plan de la empresa que se preparaba.

-¡Hola, hola, empiezan a tirar de firme contra los alojamientos! ¿Va desde aquí o viene de allá esa que ha estallado?

Y los dos oficiales, apoyados en la ventana, mi- raban las líneas de fuego, trazadas por las bombas al cruzarse en el espacio; el humo blanco de la pólvo- ra, los fogonazos que precedían a cada disparo e iluminaban durante un segundo el cielo azul casi negro, y oían el tronar del cañoneo que iba aumen- tando.

-¡Qué hermoso golpe  de  vista!  -exclamó Ka- luguin llamando  la atención de su huésped sobre aquel espectáculo de belleza real.  -¿Sabes que mu- chas veces no se pueden distinguir las estrellas de las bombas?

-Sí, es verdad; ahora la tomé por una estrella;

pero va cayendo; mírala; revienta. Y aquel lucero, allí abajo, ¿ cómo se llama? Parece una bomba.

-Tengo  ya  tanta  costumbre  de  ver  esto,  que cuando vuelva a Rusia, en el cielo estrellado me pa- recerá contemplar constelaciones de bombas.

-¿Debo yo tomar parte en esta salida? -dijo el

Príncipe tras una pausa.

- ¡Vaya una idea, querido! No pienses en ello;

no te dejaré ir; no te faltará tiempo.

-¿De verdad? ¿Crees que puedo excusarme?

En aquel instante, y en la dirección de la mirada de ambos  interlocutores, escuchóse entre el fragor de la artillería el crujido de  terribles descargas de fusil, mientras mil fogonazos más pequeños surgían y brillaban en toda la línea.

-Mira, la cosa va de firme -dijo Kaluguin, - no puedo oír con  calma este ruido de la fusilería; me conmueve todo. Gritan ¡hurra! -añadió aplicando el oído hacia los baluartes, de donde llegaba el clamor lejano y prolongado de millares de voces.

-¿Quiénes gritan ¡hurra!, ellos o nosotros?

-No lo sé, pero se deben batir cuerpo a cuerpo, de seguro; no se oye ya la fusilería.

Un oficial montado, seguido por un cosaco, lle- gó al galope bajo la ventana; allí se detuvo y echó pie a tierra.

-¿De dónde viene usted?

-Del baluarte, a ver al General.

-Vamos, ¿y qué hay? diga usted.

-Han  atacado;  ocupan  los  alojamientos.  Los franceses han hecho avanzar sus reservas, atacando a los nuestros... sólo había dos batallones -decía el oficial con la voz sofocada.

Era el mismo que vino por la tarde, pero en- tonces se dirigió a la puerta, con aplomo.

-¿Y se han retirado?

-No -respondió el oficial con acento rudo. Ha llegado a tiempo un batallón; los hemos rechazado; pero el coronel del regimiento ha muerto y muchos oficiales; hacen falta refuerzos.

Y al decir esto, entró con Kaluguin en casa del

General adonde no los seguiremos.

Cinco minutos después, Kaluguin pasaba hacia el baluarte sobre  su caballo, montado a la cosaca, género  de  equitación que  parece  ocasionar a  los ayudants singular placer; llevaba algunas órdenes y debía esperar el resultado definitivo del choque. En cuanto al príncipe  Galtzin, agitado por la penosa emoción que producen habitualmente en el especta- dor ocioso los indicios de que comienza un com- bate, salió apresuradamente a la calle para marchar sin rumbo fijo arriba y abajo.

 

 

V

 

 

Soldados que conducen a los heridos en cami- llas, sosteniendo en brazos a algunos; la calle obscu- ra completamente, y a lo lejos luces que brillan en las ventanas de un hospital o el alojamiento de  un oficial que vela. De los baluartes llega sin interrup- ción el estampido de los cañonazos de la fusilería, y continúan resplandores mil encendiendo el obscurísimo horizonte.

De tiempo en tiempo óyese el galopar de un  or- denanza, el gemir de un herido, los pasos y las vo- ces de los camilleros, y las  exclamaciones de las mujeres asustadas, que de pie en el umbral de sus puertas, miran en    dirección del cañoneo.

Entre estas últimas encontramos a nuestro co- nocido Nikita, a la vieja, viuda de un marinero, con la cual había hecho ya aquél las paces, y a la hija de esta última, niña de diez años.

-¡AY,        Dios  mío,  Santísima   Virgen        Madre!

-murmura suspirando la pobre mujer, mientras sigue con la vista las bombas que cruzan por los aires de una parte a otra, semejantes a pelotas de fuego.

-¡Qué desgracia, qué desgracia! No era tan fuerte el primer bombardeo. Mira, mírala cómo revienta la maldita, allá en el barrio,  encima precisamente de nuestra casa.

-No, es más lejos; siempre caen todas en el jar- dín de la tía Arina -dice la chicuela.

-¿Dónde estará mi amo? ¿Dónde estará ahora?

-gime Nikita, borracho aún y balbuceando las pala- bras. -¡Lo que  quiero yo a este amo mío! ¡No se puede decir! Si, lo que Dios no permita, cometieran el pecado de matarlo, le aseguro a usted, comadre, que no respondo de lo que haría yo. De veras. Es un amo tan bueno... que... no hay palabras para decir- lo... mire usted, yo no lo cambiaría por aquellos que juegan a los naipes ahí dentro; de verdad.  ¡Puff - concluyó por decir Nikita, señalando el cuarto de su capitán donde el junker Ivatchesky había organizado con algunos cadetes una orgía en pequeño, para re- mojar la cruz que acababa de recibir.

-¡Cuántas estrellas!  ¡Cuántas  estrellas  que  co- rren! -exclamó la niña rompiendo el silencio que si- guiese al discurso de Nikita. -¡Allí, allí cae otra! ¿Por qué caen así, mamaíta?

-¡Destruirán nuestra barraca! -decía tan sólo la

pobre vieja, suspirando y sin contestar a su hija.

-Hoy -continuó con entonación de canturria la charlatancilla- hoy he visto en el cuarto del tío, junto al armario, una bala muy grande;  ha agujereado el techo y ha caído derecha, derecha en el cuarto. Mira, es tan grande, que no se la puede levantar en peso.

-Las que tienen marido y dinero se han mar- chado -proseguía la vieja- ¡y yo no tengo más que una barraca y me la destruyen... ¡Mira,  mira cómo tiran los malvados! ¡ Señor! ¡Dios mío! Cuando yo salía de casa del tío -continuó la niña,- ha caído una bomba allí derecha, derecha; ha reventado, con mu- cho ruido. Levantó la tierra por muchos sitios, y por poquito, por poquito, nos alcanza uno de los peda- zos.

 

 

VI

 

 

El príncipe Galtzin iba encontrando cada vez en mayor numero, heridos transportados en  cami- llas y otros muchos que se arrastraban por sus pies, o bien se sostenían mutuamente  hablando con ca- lor.

-Cuando cayeron sobre nosotros, hermanos - - decía con voz  de bajo un soldado de elevada estatura que llevaba dos fusiles al hombro -cuando cayeron sobre, nosotros gritando: ¡Allah, Allah![9]  se agolpaban unos sobre otros. Morían los primeros y otros subían detrás. Nada se podía hacer;  ¡había tantos, tantos!

-¿Vienes del baluarte? -preguntó Galtzin, inte- rrumpiendo al orador.

-Sí, Vuestra Nobleza.

-Y bien, ¿qué ha pasado allí? Cuenta.

-¿Lo que ha pasado?... Pues... mire Vuestra No- bleza, su fuerza nos rodeó; treparon al parapeto, y allí pudieron más que nosotros.

-¿Cómo más? ¿Pero no los habéis rechazado?

-¡Vaya! ¡Pues! ¡Sí!... - Rechazado!... Cuando toda su fuerza vino, sobre nosotros; mató a todos noso- tros... y sin socorros...

El soldado se equivocaba, pues habíamos con- servado la trinchera; pero cosa rara y que cualquiera puede comprobar, todo soldado herido en una ac- ción de guerra la cree perdida siempre, y  terrible- mente sangrienta.

-Sin embargo, me han dicho que los habéis re- chazado  -replicó  con  mal  humor  Galtzin.  -¿Será quizá después que te retiraste?... ¿ Hace mucho?

-Ahora mismo, Vuestra Nobleza; la  trinchera debe ser suya; nos llevaban ventaja.

-¿Pero, no os ha dado vergüenza? i Abandonar la trinchera! ¡Es horroroso! -dijo Galtzin, indignado por la indiferencia de aquel hombre.

_ ¿Y cómo no, cuando él es más fuerte?

_ ¡Eh; Vuestra Nobleza! -dijo entonces un sol- dado  conducido  en  camilla.  -¿  Cómo  no  aban- donarla  cuando nos matan a todos?  ¡Ah! Sí hu- biéramos tenido la fuerza no la hubiésemos aban- donado  nunca. ¿Pero qué hacer? Yo acababa de pinchar a uno cuando recibí el golpe. Con cuidado hermanos, con cuidado:  ¡ay¡ por favor gemía el he- rido.

-Vamos;    se      vuelve         demasiada   gente -dijo Galtzin deteniendo otra vez al soldado de los dos fusiles. -¿Por qué te retiras tú, eh? i Alto!

El soldado obedeció, quitándose la gorra con la mano izquierda.

-¿ Adónde vas? -siguió severamente el Príncipe

-¿Y quién te ha permitido retirarte?

Pero entonces, habiéndose acercado más, vio que el brazo derecho del soldado estaba cubierto de sangre hasta el codo.

-Estoy herido, Vuestra Nobleza.

-¡Herido! ¿Dónde?

-Aquí, de bala -y enseñó su brazo. -Pero no sé lo que me han roto también aquí.

Y bajando la cabeza, dejó ver sobre la nuca me- chones de  cabellos pegados entre sí por la sangre coagulada.

-Y ese fusil, ¿de quién es?

-Es una carabina francesa, Vuestra Nobleza; la he cogido. No me hubiera retirado, pera era preciso conducir a este soldadillo; puede caerse -y el hom- bre señaló a un infante que marchaba algunos pasos delante de ellos arrastrando penosamente la pierna izquierda.

El  príncipe  Galtzin  sintióse  cruelmente  aver- gonzado de sus  injustas sospechas, y conociendo que se turbaba, volvió el rostro, y sin preguntar ni vigilar ya a los heridos dirigióse a la ambulancia.

Abriéndose camino con trabajo hasta el portal, a través de los  soldados, parihuelas, camilleros que entraban con heridos y salían con cadáveres, pene-

tró en la Primera sala, lanzó una ojeada, en torno suyo, retrocedió involuntariamente y salió con apre- suramiento a la calle. Lo que acaba de ver era dema- siado horrible.

 

 

 

 

VII

 

 

La gran sala, sombría y de elevado techo, ilu- minada solamente por cuatro o cinco bujías que los médicos transportaban para examinar a los pacien- tes, estaba, tal como suena, atestada de gente. Los camilleros traían sin cesar nuevos heridos y los de- positaban uno junto a otro en tierra; la prisa era tal, que  los  infelices se  empujaban,  bañándose en  la sangre de sus vecinos. Charcos de ella se estancaban en los huecos vacíos; la respiración febril de algunos centenares de hombres, el sudor de los portadores de heridos, desprendía de si una atmósfera pesada, espesa, pestífera, en la que ardían sin brillo las bujías encendidas en diferentes puntos de la sala; sentíase murmullo confuso de gemidos, suspiros, ronquidos, que gritos penetrantes interrumpían.  Algunas her- manas, cuyos tranquilos rostros expresaban no la compasión fútil y lacrimosa de la mujer, sino interés despierto y vivo, se deslizaban de acá para allá entre los capotes y las camisas ensangrentadas, pasando a veces sobre los  heridos para llevarles medicamen- tos, agua, vendajes e hilas. Los  médicos, con las mangas remangadas, arrodillados ante los heridos, bajo la luz de las teas que sus ayudantes sostenían, examinaban y  sondaban las heridas sin hacer caso de los gritos espantosos y de las súplicas de los pa- cientes. Sentado sobre una manta junto a la  puerta un mayor inscribía el número 532.

-Ivan  Bogosef, fusilero, de la 3º compañía, del regimiento, de C... fractura  femuris complicata -gritaba al  otro extremo de la  sala uno  de  los cirujanos, mientras curaba una pierna rota- ¡Volvedle!

-¡Ay, ay! padres míos -murmuraba roncamente el soldado, suplicando que lo dejaran tranquilo.

-Perforatio capitis. Simón Neferdof, teniente coro- nel del regimiento N. Tenga usted un poco de pa- ciencia, coronel; no hay medio... tendré que dejarle a usted ahí -decía un tercero que sondaba con una es- pecie de corchete en la cabeza al desventurado ofi-

cial.

-¡En nombre del Cielo, concluya usted de una vez!

-Perforatio pectoris. Sebastián Sereda, de infantería,

¿qué regimiento? Por lo demás es inútil; no lo inscriba  usted,  moritur.  Llevárselo  añadió  el  médico alejándose del moribundo, que con la vista vidriosa y extraviada agonizaba ya.

Unos cuarenta soldados camilleros esperaban su carga a la puerta: de vivos enviados al hospital y de muertos a la capilla. Aguardaban silenciosos, y a ve- ces escapábaseles algún suspiro, mientras contem- plaban aquel cuadro.

 

 

 

 

VIII

 

 

Kaluguin encontró muchos más heridos al di- rigirse al baluarte. Conociendo prácticamente la in- fluencia perjudicial que este espectáculo produce en el ánimo do todo hombre que va a entrar en fuego, no tan sólo no los detuvo para interrogarlos, sino que se  esforzó  en no prestar atención a tales en- cuentros.

Al pie de la montaña se cruzó con un oficial de órdenes, que bajaba del baluarte a rienda suelta.

-¡Zobkin, Zobkin! un momento.

-¿Qué?

-¿De dónde viene usted?

-De los alojamientos.

 

-Y bien, ¿qué pasa allí? ¿Arrecia la cosa?

-¡Oh! terriblemente.

Y el oficial se alejó al galope. La fusilería parecía ir cesando; en  cambio el cañoneo proseguía con nuevo vigor.

-¡Hum! mal negocio- penso Kaluguin. Experimentaba una  sensación indefinible muy

desagradable; hasta llegó a tener un presentimiento, es decir, una idea muy común... la idea, de la muerte.

Kaluguin tenía amor propio y nervios de acero; era, en una palabra, lo que se ha convenido en ape- llidar un valiente. No se dejó,  pues, dominar por aquella primera impresión, sino que reanimó su va- lor recordando el caso de un ayudante de Napoleón que regresó con la  cabeza ensangrentada, después de transmitir una orden urgente.

-¿Está usted herido? -le preguntó el Emperador.

-Con permiso      de      Vuestra       Majestad,    ¡estoy muerto! -respondió el ayudante, que cayendo del ca- ballo expiró en el sitio.

Aquella anécdota le gustaba. Colocándose, con la imaginación en el puesto de aquel ayudante, fusti- gó a su caballo, adoptó un aire más a la cosaca, ali- neándose con una mirada con el ordenanza que lo

seguía  al  trote  apoyado  en  los  estribos,  llegó  al punto donde debía desmontar. Allí encontró a cua- tro soldados que  fumaban su pipa sentados sobre unas piedras.

-¿Qué hacéis aqui? -les gritó.

-Mire Vuestra Nobleza; hemos transportado un herido, y descansábamos un poco -dijo uno de ellos, ocultando su pipa tras de la espalda y quitándose el gorro.

-¡Está bien!...  ¡Descansáis! ¡Largo;  a  vuestros puestos!

Y poniéndose a su frente avanzó con ellos por la trinchera, encontrando heridos a cada momento. En lo alto de la meseta giró a la izquierda, y encon- tróse, algunos pasos más allá, completamente solo. Un casco de bomba, silbó muy cerca de él, yendo a sepultarse en la trinchera;  una granada que se elevó por los aires parecía dirigirse recta contra su pecho; presa de terror, adelantó algunos pasos corriendo y se echó a tierra; pero cuando la granada hubo esta- llado bastante lejos, sintió violenta irritación contra sí mismo y levantóse; miró en torno suyo, por si al- guien le había visto echarse al suelo, no había nadie.

Cuando el miedo se apodera del alma, no deja

ya lugar a otro sentimiento. Él, Kaluguin, que se vanagloriaba de no bajar nunca la cabeza, atravesó la trinchera con paso veloz y casi a gatas.

-¡Alto! mala señal -se dijo al dar un tropezón,- me matarán hoy, de seguro.

Respiraba con dificultad; estaba empapado en sudor y admirábase de esto, sin hacer el menor es- fuerzo para dominar su miedo. De pronto, al ruido de unos pasos que se acercaban, incorporóse viva- mente, irguió la cabeza, hizo sonar con arrogancia su sable y acortó la rapidez de su marcha. Cruzáron- se entonces con él un oficial de zapadores y un ma- rinero; aquél le gritó:

-¡A tierra! -indicándole el punto luminoso de una bomba que caía con creciente velocidad y brillo.

El proyectil dio junto a la trinchera; al grito del oficial, Kaluguin hizo un ligero saludo involuntario; después continuó su camino sin pestañear.

-¡He  ahí  un  valiente!  -dijo  el  marinero,  que contemplaba con sangre fría la caída de la bomba.

Su vista ya acostumbrada había calculado que los cascos no alcanzarían a la trinchera.

-¡No ha querido tumbarse!

Para llegar al abrigo blindado del comandante del baluarte, no le faltaba ya a Kaluguin sino atrave- sar un espacio descubierto, cuando se sintió de nuevo invadido por terror estúpido, su corazón latía agitadamente; subiósele la sangre a la cabeza, y sólo a costa, de violentísimo esfuerzo sobre sí mismo lo- gró alcanzar corriendo el blindaje.

-¿Por qué viene usted tan sofocado? -le  pre- guntó el General, después que le fue transmitida la orden de que era portador el ayudante.

-He venido muy de prisa, Excelencia.

-¿Puedo ofrecerle a usted un vaso de vino? Kaluguin apuró un vaso lleno y encendió un ci-

garrillo. La lucha había terminado, pero continuaba aún el recio cañoneo por ambas partes. En el blin- daje se encontraban reunidos el  jefe del baluarte y algunos oficiales, entre ellos Praskunin; referían los pormenores de la acción. La casamata aparecía tapi- zada con papel de  fondo azul, y amueblábanla un canapé, una cama y una mesa cubierta de papelotes; reloj en la pared y una imagen ante la que ardía una lamparilla completaban el adorno. Sentado en ha- bitación tan confortable, Kaluguin contemplaba to- dos aquellos indicios de una existencia tranquíla, y midiendo a ojo las recias vigas del techo de una, ar- china en cuadro, oía el tronar del cañón, apagado por los blindajes, y  no podía comprender cómo pudo

sucumbir dos veces a imperdonables accesos de debilidad. Indignado contra sí mismo, se hubiera que- rido exponer  otra  vez a los riesgos de antes, para ponerse así a prueba.

Un oficial de marina, muy bigotudo y con la cruz de San Jorge sobre su capote de Estado Mayor, llegó en aquel momento a pedirle al General obreros para  poner  en  estado  de  servicio  dos  cañoneras desmoronadas de su batería.

-Me felicito de verlo, capitán -dijo Kaluguin al recién venido;- el  General me ha encargado pre- guntar a usted si sus cañones pueden disparar me- tralla contra las trincheras.

-Sólo una pieza -respondió él con aire indolente.

-Vamos a examinarlas...

El  oficial  frunció  las  cejas,  y  dijo  medio  re- funfuñando -Acabo de pasar allá toda la       noche, y vengo a descansar un poco. ¿No puede ir usted so- lo?  Allí encontrará a mi segundo, el teniente Kratz, ese le enseñará a usted todo.

El capitán venía mandando desde hacia seis meses aquella batería, una de las más peligrosas; desde que comenzó el sitio, y mucho antes de que se constru- yeran los abrigos blindados, no había abandonado

el baluarte, lo que le hiciera adquirir entre los marinos una reputación de valor a toda prueba, así es que su negativa, sorprendió vivamente a Kaluguin.

-¡He aquí lo que son las reputaciones! -se dijo.

-Entonces iré  solo,  con  su  permiso -añadió  con cierto retintín,  al  cual el otro no prestó atención ninguna.

Kaluguin olvidábase que aquel hombre llevaba seis meses completos de vida de baluarte, mientras él, ajustando bien las cuentas, no había pasado allí, en varias veces, arriba de unas cincuenta horas. La vanidad, el deseo de brillar, de obtener una recom- pensa, de crearse una reputación, hasta el placer del peligro le aguijoneaban aún, mientras que el capitán sentía ya indiferencia por todo eso. También había alardeado, hecho demostraciones de valor, expuesto inútilmente  su  vida,  esperado  y  recibido  recom- pensas, adquirido su reputación  de oficial valiente; pero hoy todos aquellos estimulantes perdieron ya su poder sobre él; apreciaba las cosas de otra mane- ra,  comprendiendo  bien  que  le  quedaban  pocas probabilidades  de  escapar  a  la  muerte.  Tras  una permanencia de más de seis meses en los baluartes, no se  arriesgaba a la ligera y limitábase a cumplir estrictamente su deber, de  tal modo que el bisoño

teniente Kratz, que estaba a sus órdenes en la batería, sólo desde la semana anterior, y Kaluguin, a quien aquél iba enseñando en detalle las obras, pa- recían diez veces más valientes que  el capitán. So- brepujándose el uno al otro, se asomaban al exterior de  las  cañoneras y trepaban sobre las banquetas y traveses.

Terminada la visita, y de vuelta       ya al blindaje, tropezóse Kaluguin con el General, que se dirigía hacia la torrecilla de atalaya, seguido de sus ayudan-

tes.

-Capitán Praskunin  -dijo  en  aquel  momento

-haga usted el favor de bajar a los alojamientos de la derecha, al segundo batallón de M....que está traba- jando allí: que cese en los  trabajos, y se retire sin ruido a unirse a su regimiento en la reserva, al pie de la  montaña. ¿Se  entera  usted?  Condúzcalo  usted mismo al regimiento.

-¡A la orden! -respondió Praskunin, que se alejó a escape.

El cañoneo iba cesando.

 

 

 

 

IX

 

 

-¿Es este el segundo batallón de M...? -preguntó Praskunin a un soldado que transportaba sacos lle- nos de tierra.

-Sí.

-¿Dónde está el jefe?

Mikhailof, suponiendo que preguntaban por el ca- pitán de la  compañía, salió del hoyo donde estaba resguardado; llevóse la mano a la visera de la gorra y acercóse a Praskunin, a quien había tomado por un jefe.

-De parte del General... en retirada... inmediata- mente... sin ruido... a retaguardia... ya lo sabe usted... a la reserva... -le dijo  Praskunin,  mirando de reojo en dirección de los fuegos del enemigo.

Mikhailof,  que  a  todo  esto  reconociera  a  su compañero, bajo la mano, y haciéndose bien cargo de la maniobra, dio las órdenes necesarias a  su tro- pa. Cogieron los soldados sus fusiles alinearon sus capotes y emprendieron la marcha.

Quien no lo haya experimentado alguna vez, no podrá apreciar  nunca la intensidad del júbilo, que siente un hombre al alejarse, después de tres horas de  bombardeo, de  lugar  tan  peligroso  como  los alojamientos de una obra de fortificación. Durante

esas tres horas, Mikhailof, que no sin motivo pensaba en la muerto como en cosa inevitable, había tenido tiempo de  habituarse a la idea de que sería irremisiblemente muerto y de que no pertenecía ya al mundo de los vivos. A pesar de esto, costóle ha- cer un esfuerzo violento para no correr, cuando sa- lió do los alojamientos a la cabeza de su compañía y al lado de Praskunin.

-¡Hasta la vista! ¡Buen viaje! -gritóle el mayor que mandaba el batallón que había quedado en los alojamientos.

Míkhailof había compartido con él su queso, sentados los dos en el hoyo al abrigo del parapeto.

-Lo mismo digo. ¡Buena suerte! Me parece que la cosa va amainando.

Pero apenas había pronunciado estas palabras, cuando el  enemigo, que reparó sin duda el movi- miento, volvió a tirar de firme; los nuestros contes- taron, y el fuego de cañón se reanudó con violencia. Brillaban las estrellas, pero sin resplandor; la noche era muy obscura; tan sólo el fulgor de los fogonazos y la explosión de las granadas iluminaban, durante unos segundos los objetos próximos; los soldados, en silencio, caminando rápidamente, adelantábanse unos a otros; se oía tan sólo el ruido regular de sus

pasos sobre el piso endurecido, acompañado por el estampido incesante del cañoneo, el choque metáli- co de las bayonetas al chocar entre sí, y el suspiro, o la plegaria de algún soldado.

-¡Señor, Señor!

De vez en cuando gemía un herido y oíase pedir una camilla. En la compañía mandada por Mikhai- lof, el fuego de la artillería llevaba ya puestos fuera de combate veintiséis hombres desde la tarde ante- rior. Un fogonazo iluminó las lejanas tinieblas del horizonte; el centinela gritó desde el baluarte

¡ Ca... ñón!

Y un proyectil, silbando por encima de Ia com- pañía, fue a  hundirse en tierra, socavándola y ha- ciendo saltar mil terrones y pedruscos.

-¡Que el demonio se los lleve! ¡Qué despacio andan! -decíase  Praskunin, mirando hacia atrás  a cada momento, y sin dejar de seguir  a Mikhailof.- Podría adelantarme, puesto que ya comuniqué or- den... ¡Pero... no, no; en el acto irían diciendo que era una gallina!... Pase lo que pase, iré con ellos.

-¿Por qué me sigue éste? -decíase por su parte Mikhailof. -He reparado que siempre trae consigo la desgracia, Y otra bomba que viene... derecha hacia

nosotros... me parece...

Algunos pasos más allá encontraron a Kaluguin, que hacía  golpear airosamente su sable contra las piedras; iba a los alojamientos; el General lo enviaba a preguntar si avanzaban los trabajos; pero a la vista de Mikhailof, se dijo que en lugar de exponerse a aquel fuego terrible, lo cual no le había sido ordena- do, podía muy bien informarse interrogando al ofi- cial que regresaba de allí. Mikhailof le dio, en efecto, todos los detalles precisos; Kaluguin lo acompañó un rato, y por  último, volvió a seguir la trinchera que conducía al abrigo blindado

-¿Qué hay de nuevo? Pregunto el oficial que ce- naba solo dentro de este reducto.

-Nada; creo que no habrá más fuego esta noche.

-¡Cómo! ¿Qué no habrá? Al contrario, el Gene- ral acaba de subir al baluarte; ha venido otro regi- miento. Ademas oiga usted,  otra  vez la fusilería.

-No vaya usted, ¿para qué añadió viendo a Kaluguin hacer un movimiento.

Debería ir, no obstante, decíase éste, pero por otra parte, ¿no  me he expuesto bastante al peligro por hoy? El fuego es terrible.

-Es verdad – dijo en alta voz -será mejor que

me espere aquí.

Veinte       rninutos      después      volvió         el                General acompañado por sus oficiales, entre los que estaba el    junker barón  Pesth. Pero Praskunin           no venía. Los alojamientos  habían sido tomados y vueltos a recuperar por nuestra gente.

Y tras de oír los detalles circunstanciados de la empresa, Kaluguin salió con Pesth del abrigo.

 

 

X

 

 

-Tiene usted sangre en el capote; ¿se ha batido usted al arma blanca? -le preguntó Kaluguin.

-¡Oh! He sido atroz; figúrese usted...

Y Pesth se puso a referirle cómo había con- ducido al fuego su compañía, después de muerto el comandante de ella, y de que modo sin él se hubiera perdido la acción. El fondo del relato, es decir, la pérdida del comandante y lo del francés muerto por Pesth, era verídico;  pero el junker, al precisar los pormenores, los amplificaba vanidosamente.

Pero se  envanecía sin premeditación; durante todo el fuego, se había sentido rodeado de brumas fantásticas, hasta tal punto, que todo lo ocurrido pa-

recíale cosas vagamente acaecidas Dios sabe dónde y Dios sabe cuando, y referentes a otro cualquiera, que no fuese él. Y naturalmente, intentaba crear in- cidentes en honra suya. He aquí, sin embargo, lo su- cedido:

El batallón al cual fue agregado para tomar parte en la salida, hubo de permanecer dos horas bajo el fuego enemigo; después, su comandante había pro- nunciado algunas palabras; los de las compañías se movieron; la tropa, salió de su abrigo en el parapeto y se formó en línea de columnas cien pasos más allá. Pesth recibió orden de  colocarse al flanco exterior de la segunda compañía.

Sin darse cuenta del lugar, ni de la operación, el junker, con la  respiración comprimida, presa de un escalofrío  nervioso, que  le  corría  por la  espalda, colocóse en el sitio indicado, y miró maquinalmente ante sí en la obscuridad, esperando algo muy terri- ble. A pesar de todo, no era el miedo la impresión dominante en él, pues ya no se hacía fuego; lo que le parecía  extraño,  inquietante,  era  verse  en  pleno campo, fuera de las fortificaciones.

El comandante del batallón pronunció de nue- vo, algunas  palabras que fueron repetidas otra vez en voz baja por los oficiales, y de súbito la muralla

negra, formada por la primera compañía, se hundió;había recibido la orden de echarse a tierra; la segun- da compañía hizo lo propio, y Pesth, al tumbarse, se pinchó en la mano con algo  puntiagudo. Sólo se veía la silueta del capitán de la segunda, que perma- necía de pie, blandiendo su espada y sin cesar de hablar y de moverse ante los soldados.

-Atención, muchachos; portaos bien, valientes, nada de tiros, vamos sobre esa canalla a la bayoneta. Cuando yo grite ¡hurra! seguidme todos de cerca y bien juntos. Así verán de lo que somos capaces.  - No nos cubriremos de vergüenza, ¿no es verdad, hijos míos? ¡Por el Czar, nuestro padre!

-¿Cómo se llama el capitán? -preguntó Pesth a otro junker su vecino.- ¡Es un valiente!

-Sí, en el fuego siempre esta así; se llama Lissin

Kovosky.

En aquel momento brotó una llamarada, seguida de ensordecedora detonación; cascos y piedras vo- laron por el aire; cincuenta segundos  después, una de las piedras cayó de gran altura, y aplastó el pie a un soldado. Había caído una bomba en medio de la compañía, lo que probaba  que los franceses repara- ron en la columna.

¡Ah! nos tiras bombas ahora. Déjanos sólo al-

canzarte, probarás las bayonetas rusas ¡maldito!...

Y el capitán gritaba tan recio, que el comandante del batallón lo mandó callar.

La primera compañía se incorporó, y tras ella la, segunda; la tropa  recogió los fusiles y el batallón avanzó. Pesth, poseído de terror, no pudo acordarse jamás de si marcharon mucho tiempo; iba como bo- rracho. De súbito, por todas partes surgieron mul- titud de  fogonazos, entre silbidos y crepitaciones horrorosas,  dio  un  grito  y  corrió  hacia  adelante, porque corrían y gritaban todos ;después  tropezó, cayendo  sobre  alguien.  Era  el  capitán  herido  al frente de  la compañía, que tomando al junker por francés,  le  cogió  por  una  pierna.  Desprendióse Pesth y se levantó; un bulto se arrojó sobro él en la obscuridad, y poco le faltó para  no caer de nuevo. Una voz le gritó:

¡Dale!, ¿Qué esperas?

Sintió que una mano sujetaba su fusil y que la punta de su bayoneta se hundía en cuerpo blando.

-¡ Ah! ¡Dios!...

Estas  palabras  fueron  dichas  en  francés  con acento de dolor y espanto. El junker comprendió que acababa de matar a un francés. Frío sudor humede- ció su cuerpo, sintió temblor extraño y dejó caer el fusil.  Pero esto duró sólo un segundo; la       idea de que era un héroe acudió a su imaginación. Reco- giendo el arma, se alejó del muerto corriendo, y gri- tando: ¡hurra! con los demás. Veinte pasos más allá, alcanzó  la  trinchera  donde  se  encontraban  los nuestros y el comandante del batallón.

- ¡He matado a uno! -dijo a éste.

-Es usted un valiente, Barón -le fue contestado.

 

 

XI

 

 

-¿Sabe usted que Praskunin ha  muerto? -dijo

Pesth a Kaluguin, al acompañarlo a su casa.

- No es posible.

- ¿Cómo que no? ¡Lo he visto yo!

-Adiós, tengo prisa.

-¡Buena jornada! -se decía Kaluguin al volver a su morada, -¡he  tenido suerte por primera vez! La acción ha sido brillante y he salido sano y salvo; ha- brá muchas propuestas, lo menos que me  pueden dar es un sable de honor. Y a fe mía que lo he mere- cido.

Y después de dar parte al General de cuanto

viera, se dirigió a su cuarto; el príncipe Galtzin, leyendo un libro que cogió de sobre la mesa, lo espe- raba desde hacía mucho tiempo.

Inexplicable sensación de alegría fue la de Kalu- guin al volverse a encontrar en su casa, lejos del pe- ligro. Con la camisa de  dormir, echado sobre su cama, refirió a Galtzin los incidentes del  combate; los incidentes los arreglaba, como es natural, para demostrar que él, Kaluguin, era un oficial experto y valiente. Tocaba esto, no obstante, con suma discre- ción, así a la ligera, deslizándose sobre ello, ya que nadie debía de ignorarlo ni tenía derecho a dudar, excepto,  quizá,  el difunto capitán Praskunin quien, aunque se sentía muy favorecido al ir de bracete con el ayudante, había contado la víspera, precisamente al oído de uno de sus colegas, que Kaluguin, exce- lente chico aparte de esto, no era inuy amigo de vi- sitar los baluartes.

Quedó Praskunin de vuelta con Mikhailof; ha- bían llegado a un lugar de menos exposición, y co- menzaban  a  sentir  renacer  sus  alientos,  cuando divisaron, al volver la cabeza, el súbito resplandor de un fogonazo; el vigía gritó:

-¡Mor...te... ro!

Y uno de los soldados que le seguían, añadió:

-¡Viene derecha al baluarte!

 

MÍkhailof observó.  El  punto  luminoso  de  la bomba parecía fijo en el cenit, mientras la dirección que había de seguir hacíase  imposible de determi- nar;  duró  aquello el  espacio de  un  segundo.  De pronto, redoblando la velocidad, fue acercándose más y más el proyectil; veíanse ya saltar las chispas de la mecha y se oía el lúgubre  silbido; iba a caer precisamente en medio del batallón.

-¡A tierra! -gritó una voz.

Mikhailof y Praskunin obedecieron. El último, con los ojos  cerrados, oyó caer la bomba por allí, muy cerca de él, sobre la dura  tierra. Un segundo, que le pareció una hora, transcurrió; la bomba no estallaba. Praskunin se aterrorizó después pensó si tenía motivos para  aterrorizarse; quizá había caído más lejos y equivocábase al sentir silbar la mecha a su lado. Abriendo los ojos, miró con satisfacción a Mikhailof, tendido sin moverse, a sus pies; pero al mismo tiempo divisó, a una  archina de distancia, la espoleta inflamada de la bomba girando como una peonza.

Terror  glacial,  que  anulaba  toda  idea  y  todo sentimiento, se apoderó de su ser; cubrióse el rostro

con las manos.

Pasó otro segundo, durante el cual un mundo entero de ideas,  de esperanzas, de recuerdos y de sensaciones acudió a su mente.

-¿A quién matará? ¿A mí o a Mikhailof? ¿O a los dos juntos? Y  si es a mí, ¿en dónde me dará?

¿En la cabeza? Y todo habrá concluido; ¿en un pie?... me lo cortarán, y yo insistiré para que me den cloroformo y poder seguir con Vida. Quizá muera sólo Mikhailof, y contaré después quo estábamos juntos y que me roció con su sangre. ¡No, no, está más cerca de mí! ¡Seré yo! ...

-Y aquí se acordó de los doce rublos que debía a Mikhailof y de  otra deuda de Petersburgo que hu- biera debido pagar a su tiempo; una canción zíngana que cantó la víspera, acudióle a la memoria. Pre- sentóse también a su imaginación la mujer a quien amaba, con una gorra de cintas, color lila en la ca- beza; el hombre que le ofendió cinco años antes y del  que  no  se  había  vengado;  pero  entre  todos aquellos recuerdos y otros muchos más, el senti- miento de lo presente (la espera de la muerte) no le abandonaba.      Si no estallase, se  decía, y estuvo a punto de abrir los ojos con audacia, desesperadísi- mo; pero en aquel instante, a través de sus párpados

entreabiertos, una llamarada roja hirió sus pupilas algo le golpeó, con estruendo terrible, en mitad del pecho, salió  corriendo al azar, se le enredaron los pies en el sable, vaciló y cayó de costado.

-¡Gracias  a  Dios!  Sólo  tengo  una  contusión. Esta fue su primera idea, y quiso tocarse el pecho; pero le, pareció que tenía las  manos atadas;  una prensa le oprimía el cráneo, ante su vista corrían los soldados contábalos maquinalmente.

- Uno, dos, tres soldados; ahí va un oficial que pierde la capa.

Brilló otro fogonazo, y preguntóse qué habían disparado; era  mortero o cañón sin duda. Tiraron de nuevo, otra vez soldados;  cinco,  seis, siete; si- guen adelante, y de pronto sintió miedo horrible de ser pisoteado por ellos. Quiso gritar, decir que esta- ba contusionado, pero tenía seca la boca: se le pega- ba  la  lengua  al  paladar  y  sentía   sed  ardiente; conociendo que su pecho estaba mojado, la sensa- ción de aquella, humedad hacíale pensar en el agua; hubiera querido beber lo que le mojaba...

-He debido desollarme al caerse dijo, y cada vez más asustado, ante la idea de que lo aplastasen los soldados que corrían en masa ante él, trató de gritar

de nuevo -¡ Recogedme!...

Pero en vez de esto, lanzó un gemido tan te- rrible, que él  mismo se asustó. Luego, mil chispas luminosas comenzaron a danzar ante sus ojos; pare- cíale que los soldados amontonaban piedras sobre él; las chispas danzaban cada vez con menor viveza; hizo un violento esfuerzo para librarse de ellas, se extendió, cesó de ver, de oír, de  pensar, de sentir. Había sido muerto en el sitio por un casco que le dio en mitad del pecho.

 

 

 

XII

 

 

Mikhailof, por su parte, también se echó a tierra al ver la bomba; como Praskunin, había pensado en multitud  de cosas durante  los dos segundos que precedieron a la explosión. Rogaba a Dios mental- mente, repitiendo:

-¡Hágase tu voluntad! ¿Por qué soy militar, Se- ñor? ¿por qué he permutado para infantería por ve- nir a campaña? ¿por qué no he permanecido en el regimiento de hulanos en el Gobierno de F... junto a mi amiga Natacha? ¡Y ahora, lo que me espera!...

Y se puso a contar: uno, dos, tres, cuatro, diciéndose que si la bomba reventaba en número par viviría, y si era en impar perecería. -¡Todo concluyó!

¡ Soy muerto! -pensó al oír la explosión, sin acor- darse de lo de pares o nones.

Herido en la cabeza, sintió violentísimo dolor.

-¡ Señor, perdona mis pecados! -murmuró jun- tando las manos.

Trató de levantarse y volvió a caer desvanecido, de cara al suelo.

Su primera sensación, cuando tornó en sí, fue la de la sangre que le brotaba de la nariz; el dolor de la cabeza no era tan fuerte, ¡Es el alma  que se va! ...

¿Qué habrá allá?... Dios mío, recibid mi alma en gracia! No,  obstante, es extraño -reflexionaba, -me muero, y oigo distintamente el  andar de los sol- dados, y los tiros...

-Aquí una camilla; el comandante de la com- pañía  ha muerto -gritó, por encima de él, una voz en la que reconoció la del tambor Ignatief.

Sintióse levantado por los hombros, abrió los párpados con esfuerzo y vio sobre su cabeza el cielo azul obscuro, miríadas de  estrellas y dos bombas que cruzaban el espacio, como si trataran de  ade- lantarse una a otra. Divisó a Ignatief, a los soldados

conductores de camillas y fusiles, el talud de la trinchera, y de pronto comprendió que pertenecía aún a este mundo.

Habíale herido ligeramente una piedra en la ca- beza. Su inmediata, impresión fue para él casi de pe- sar; tan bien y tranquilamente preparado estaba para irse allá, que la vuelta a la vida, la vista de las bom- bas, de las trincheras y de la sangre le fue penosa. La segunda impresión fue el gozo involuntario de sen- tirse vivo, y la tercera el deseo de dejar el baluarte en seguida. El tambor vendó la cabeza a su capitán y se lo llevó hacia la ambulancia, sosteniéndolo por el brazo.

-¿Adónde voy y para qué? -pensó Mikhailof al- go repuesto ya;- mi deber es quedarme con la com- pañía; tanto más -añadióle una voz interior- cuanto que muy pronto estará libre del fuego enemigo.

-Es inútil, amigo  -díjole al tambor, retirando el brazo. -No voy a la ambulancia me quedaré con la compañía.

-Es  mejor  dejarse  curar  como  corresponde, Vuestra Nobleza. En el primer momento parece que no es nada, pero luego puede empeorar. De verdad, Vuestra Nobleza.

El capitán se había detenido con indecisión, pe-

ro acordóse del gran número de heridos que atestaban la ambulancia, casi todos graves. Puede ser que el médico se burle de esta descalabradura, se dijo, y sin atender a los argumentos del  tambor, dirigióse con paso firme al encuentro de su compañía.

-¿Dónde está el oficial Praskunin, que venía ha- ce poco a mi lado? -preguntó al subteniente, que se había puesto al frente de la fuerza.

-No sé;  creo  que  ha  muerto  -respondió  va- cilando.

-¿Muerto, o herido? ¿Y cómo no lo sabe usted? Venía con nosotros. ¿Por qué no lo han recogido?

No ha sido posible en aquel infierno!

¡ Cómo, Mikhail Ivanitch! -dijo Mikhailof con acento irritado,-   ¿abandonar a un vivo? y si estaba muerto, se ha debido recoger el cuerpo.

-¡Sí, vivo!... ¿ No le digo a usted que me he acer- cado a él y lo he visto?... ¡Qué quiere usted! ¡Gracias que podamos transportar a los nuestros!...

-¡Ah! ¡Los canallas ahora, tiran con bala rasa!...

-Mikhailof se había sentado y sujetábase con las manos  la  cabeza;  al  andar  habíase  aumentado  la violencia del dolor.

-¡No! -dijo-es preciso ir a recogerlo; puede que viva aún; ese es nuestro deber, Mikhail Ivanitch!

Mikhail Ivanitch no respondió.

-No se le ha ocurrido recogerlo, y ahora habrá que  destacar  unos  soldados...  ¿Cómo  mandarlos bajo este fuego infernal a una  muerte sin objeto?

-reflexionaba Mikhailof.

-Muchachos, hay que ir allá abajo a buscar aquel oficial herido; allá, al foso -dijo sin alzar la voz y en tono que nada tenía de imperativo, pues adivinaba hasta qué punto la ejecución de aquella orden debía desagradar a su gente.

Como no se dirigía a nadie en particular, nin- guno atendió al llamamiento.

-¿Quién sabe? Puede que esté muerto, y no vale en tal caso la  pena de exponer inútilmente ningún hombre. La culpa es mía; debí pensarlo. Iré solo; es mi obligación. Mikhail Ivanitch -añadió en alta voz- conduzca usted la compañía; ya la alcanzaré.

Y recogiendo con una mano los pliegues de su capa, oprimió con la otra la imagen de San Mitro- phano que llevaba al pecho  siempre por devoción especial hacia este bienaventurado.

El capitán retrocedió el camino hecho; cercio- róse de que Praskunin estaba bien muerto, y volvió sujetándose  con  la  mano el  vendaje, medio  des- prendido, de su cabeza. El batallón encontrábase ya

al pie de la montaña y casi fuera del alcance de los proyectiles,  cuando  Mikhailof  se  incorporó  a  él. Sólo algunas bombas perdidas llegaban aún.

-Será preciso que vaya mañana a inscribirme en la ambulancia -díjose el capitán, mientras el médico militar le aplicaba un apósito.

 

 

 

 

XIII

 

 

Centenares de cuerpos  mutilados entre arroyos de sangre, que dos horas atrás hallábanse aún llenos de esperanzas y de voluntad, ya sublime o ya mez- quina, yacían, rígidos los miembros en el barranco florido y bañado de rocío que separa el baluarte de la trinchera, o sobre el suelo compacto de la capillita de los muertos en Sebastopol; los secos  labios de todos aquellos hombres murmuran plegarias, maldi- ciones o  gemidos;      se incorporan y se retuercen; abandonados los unos entre los cadáveres de la flo- rida hondonada, los otros en las camillas, las camas y el piso húmedo de la ambulancia. A pesar de esto, el cielo, como en los días anteriores, enciéndese de luz boreal hacia el monte Sapun; palidecen las tem- blorosas estrellas;  blanca neblina se eleva sobre el oleaje sombrío y quejumbroso del  mar;  el crepúsculo tiñe de púrpura el oriente; prolongados arre- boles surcan el horizonte azul, y como los días ante- riores, el inmenso luminar  reaparece con lentitud, potente y majestuoso, ofreciendo al mundo, en  su nuevo despertar, la alegría, la felicidad y el amor.

 

 

 

 

XIV

 

 

A la tarde siguiente, la música del regimiento de cazadores tocaba de nuevo en el bulevar; en torno del pabellón, oficiales, junkers,  soldados y mujeres jóvenes se pasean con aspecto de fiesta por las ca- lles de acacias blancas en flor.

Kaluguin, el  príncipe Galtzin  y  otro  coronel, caminan cogidos del brazo y hablando del combate del día anterior. El objeto dominante en la conver- sación es, como siempre, no el suceso en sí mismo, sino la parte que han tomado en él los interlocuto- res; la expresión de sus rostros, el sonido de su voz, tienen algo de serio, de triste, y pudiera suponerse muy bien que las pérdidas sufridas los afligen pro- fundamente; pero, a decir verdad, como ninguno de ellos ha experimentado la de un ser querido, impó-

nense aquella expresión oficial de duelo por guardarlas conveniencias. Kaluguin y  el  coronel, aunque eran excelentes  sujetos, no hubieran deseado otra cosa sino asistir cada día a una acción semejante pa- ra recibir cada vez una espada de honor o el grado de General Mayor. Cuando oigo calificar de mons- truo a un conquistador que envía a la muerte millo- nes de hombres para satisfacer su ambición, me dan ganas  siempre de  reír;  interrogad un  poco  a  los subtenientes Petruchef, Antonof y otros, y veréis en cada  uno de ellos un Napoleón     en pequeño, un monstruo presto a cometer una batalla, a matar una centena  de  hombres  para  obtener alguna  estrella mas o una mejora de sueldo.

-Con perdón de usted -decía el coronel,- el en- cuentro comenzó por la derecha. Estaba yo...

-Podrá ser -respondió Kaluguin,- pues todo el tiempo permanecí  en el flanco izquierdo. Fui dos veces: primero a buscar al General,  luego sencilla- mente porque sí, por curiosidad. Allí sí que se batía el cobre.

- Si lo aseguraba Kaluguin, es positivo- dijo a su vez el coronel  volviéndose hacia Galtzin.- ¿Sabes que hoy mismo me ha asegurado   N... que eres un valiente? ¿Nuestras pérdidas son en realidad horro-

rosas en mi regimiento, cuatrocientos hombres fuera de combate. ¡No comprendo cómo he escapado con vida!

En el extremo opuesto del bulevar vieron surgir la cabeza vendada de Mikhailof, que venía a su en- cuentro.

-¿Está usted herido, capitán?- le preguntó Kalu- guin.

-Sí, ligeramente; por una piedra.

-¿Han arriado ya el pabellón? -preguntó el prín- cipe Galtzin,  mirando por encima de la gorra del capitán y sin dirigirse en particular a ninguno.

- No, pas encore- dijo Mikhailof, deseoso de  de- mostrar que sabía francés.

-¿Dura, pues, el armisticio? -volvió a preguntar Galtzin, dirigiéndole políticamente la palabra en ru- so; lo que parecía querer decir: «Sé que habla usted con dificultad el francés; ¿por qué no usar sencilla- mente el ruso?» Y tras esto, los ayudantes de campo separáronse de Mikhailof, que se sintió, como el día antes, muy aislado, y no queriendo alternar con los unos,  limitóse a saludar a algunos y se sentó junto al monumento de Kazarsky a fumar un cigarrillo.

El barón Pest apareció asimismo en el bulevar,

donde refirió que había tomado parte en la negociación del armisticio, que había hablado con oficiales franceses, y que uno de ellos le había dicho:

-Si hubiese tardado una hora mas en ser de día, hubiéramos   vuelto a       apoderarnos de      las     em- boscadas.

A lo cual contestó él:

-Caballero, no os digo que no por no daros un mentís.

Esta réplica, llenábale de orgullo.

Y en realidad, aunque el joven asistió a la firma del armisticio, con grandes deseos de hablar con los franceses, cosa muy divertida, no había dicho nada de particular. El junker, barón Pesth, habíase pasea- do mucho tiempo por las líneas, preguntando a los franceses más próximos

-¿ De qué regimiento es usted?

Contestábanle, y he aquí todo. Pero como hu- biese avanzado un poco más allá del terreno neutral, un centinela francés, no figurándose que aquel ruso comprendía  su  lengua,  dirigióle  una  interjección formidable.

-Viene a espiar nuestros trabajos ¡ ce sacré! De tal modo, que después de esto, no encontrando interés alguno en su excursión, el  junker, barón Pesth, se

había vuelto a su casa, componiendo por el camino las frases francesas que había esparcido entre sus relaciones.

Veíase también en el paseo al capitán Zobkin, hablando a  voces; al capitán Objogof con su uni- forme  destrozado; al  capitán de  artillería que no busca  favores  de  nadie;  al  Junker enamoradizo  y afortunado; en una palabra, a todos los personajes de siempre,  obrando todos bajo el impulso de los mismos eternos móviles. Sólo  faltaban Praskunin, Neferdof  y  algunos  otros;  nadie  se  acordaba  de ellos, sin embargo de que sus cuerpos aun permane- cían sin lavar ni vestir, y sin sepultura.

 

 

XV

 

 

En nuestros baluartes y en las trincheras fran- cesas flotan  banderas blancas; en el barranco, cu- bierto de flores, yacen en pilas y descalzos, vestidos de azul o de gris, mutilados cuerpos que los trabaja- dores transportan para depositarlos en las carretas; la atmósfera se halla apestada por el olor de los ca- dáveres. De Sebastopol y del campo francés la mul- titud afluye para contemplar el espectáculo, y ávida y complaciente curiosidad es el sentimiento que domina, en unos y otros al encontrarse en aquel terre- no.

Oigamos las frases que se cambiaban entre ellos. Allá, en aquel  reducido grupo de rusos y fran- ceses, un oficial joven examina una cartuchera; aun- que habla mal el francés, se hace comprender lo

bastante.

-¿Y esto, para qué es... este pájaro? -pregunta,.

-Porque esta cartuchera es de un regimiento de la Guardia, señor oficial; lleva el águila imperial.

-¿,'Usted es de la Guardia?

-No, señor; del sexto de línea.

-Y esto, ¿dónde compra? -El oficial indica el tu- bito de madera que sostiene el cigarrillo del francés (una boquilla).

En Balaklava, señor oficial, es sólo un pedazo de madera de palma.

-¡Bonito! -replica el oficial, obligado a emplear las pocas palabras que conoce y que bien o mal se imponen en la conversación.

-Si tiene usted la bondad de aceptarlo en re- cuerdo, se lo agradeceré.

Y el francés arroja su cigarro, sopla en la boqui- lla y la presenta galantemente al oficial saludándole,

este le da a su vez, la suya; todos los presentes, franceses y rusos, sonríen, pareciendo muy complaci- dos.

He aquí un soldado de infantería de avispada fi- sonomía, con  camisa de color de rosa, el capote echado sobre los hombros; su cara respira la alegría y la curiosidad; seguido por dos compañeros suyos y con las manos a la espalda, aproxímase, pide fuego al frances; éste sopla, sacude su pipa de tierra y ofre- ce lumbre al ruso.

-Tabac bonn -dice el soldado de la camisa rosa, y los espectadores se ríen.

-Sí, buen  tabaco;  tabaco  turco  -respondió  el francés, -y vosotros, ¿tabaco ruso bueno?

-Rous bonn -contesta el soldado de la camisa rosa, y  ahora  todos  los  presentes  ríen  a  carcajadas.  -

¡Francais pas bonn; bonn jour, mousiou!- prosigue el sol- dado haciendo  alarde de todos sus conocimientos en francés, riendo y dando palmadas en el vientre a su interlocutor. Los franceses ríen también.

-No son nada guapos, hermosos b... de rusos

-dice un zuavo.

-¿De  qué  se  ríen?  -pregunta  otro  con  fuerte acento italiano.

- Le caftan bonn -vuelve a comenzar el travieso soldado,  examinando  la  chaquetilla  bordada  del zuayo.

-A vuestro sitio ¡sacré nom! -grita en aquel mo- mento un cabo francés.

Y los soldados se dispersan de mala gana, mien- tras nuestro joven teniente de caballería se pavonea en un grupo de oficiales enemigos.

-Conocí mucho al conde Sasonof -dice Uno de éstos;- es un  Conde ruso de los verdaderos, tales como a nosotros nos gustan.

-También he conocido un Sasonof -replica  el oficial de caballería- pero no era Conde, según ten- go entendido; un chico moreno, bajo, de su edad de usted sobre poco más o menos.

-Ese es, caballero, él es. ¡Cuanto me alegraría de verlo! Si usted lo ve, salúdelo en mi nombre. El ca- pitán Latour -añade saludando cortésmente.

-¡Qué triste oficio el nuestro! La cosa iba de firme esta noche, ¿no es verdad? -prosigue el oficial de caballería deseoso de sostener la conversación e indicando los cadáveres.

-Sí señor, es terrible; pero, ¡qué mocetones los

soldados rusos! Es un placer batirse con bravos así.

-Hay que confesar que los vuestros no se suenan tampoco con el pie[10]  -responde en francés siempre el jinete ruso saludando, persuadido de que ha repli- cado perfectamente bien.

Pero, basta de este asunto; contemplad en cam- bio a aquel rapaz de diez años, con una gorra vieja, usada, perteneciente sin duda a su padre, desnudas las piernas y calzados los pies con grandes zapato- nes, y que viste un pantalón de lienzo sostenido por un solo tirante. Salió de las fortificaciones al princi- pio de la tregua; desde entonces se pasea por aquel terreno acribillado y examina, con  curiosidad estú- pida a los franceses, y los cuerpos tendidos en tierra, recogiendo las florecillas azules de los campos de que está sembrado el valle. El chicuelo regresa con un gran ramo y se tapa la nariz para no sentir el in- fecto olor que el viento le envía; detiénese ante al- gunos cadáveres amontonados, y contempla durante mucho rato a un muerto a quien le falta la cabeza, y que es horroroso de mirar. Tras de larga contempla- ción, aproxímase y le toca con el pie el brazo rígido, tendido, y como lo empuje con más fuerza, muévese el brazo y cae a plomo. El rapaz lanza un grito, oculta el rostro entre las flores y vuelve a entrar en las fortificaciones corriendo a todo correr.

¡ Sí, sobre los baluartes y las trincheras flotan banderas blancas; espléndido el sol desciende sobre la mar azul, y esa mar ondula y brilla bajo sus rayos de oro ; millares de personas se agrupan, se miran, charlan y se sonríen unas a otras,  y  aquellos  hom- bres, que son cristianos, que profesan la gran ley de amor y sacrificio, contemplan su obra sin arrojarse arrepentidos a los pies de Aquel que les dio vida y con la vida el temor de la muerte, el amor al bien y a lo bello! ¡Y  aquellas  gentes no se abrazan como hermanos vertiendo lágrimas de gozo y felicidad! ... Consolémonos al menos con la idea de que no so- mos nosotros los autores de esta guerra que nos li- mitamos  a  defender  nuestro  país,  nuestro  suelo natal. Arríanse las banderas  blancas; los ingenios mortíferos y dolorosos retumban de nuevo; de nue- vo corre a oleadas sangre inocente, y vuelven a es- cucharse gemidos y maldiciones.

He dicho todo, cuanto quería decir, por lo me- nos esta vez;  pero duda penosísima viene a ago- biarme. Tal vez hubiera, sido mejor callar, pues qui-

zá lo que dije esté en el número de las verdades perniciosas, obscuramente sepultadas en el alma de cada cual, y  que para proseguir siendo inofensivas no deben ser reveladas, así como no hay que agitar el vino viejo por miedo de que los posos no se re- vuelvan y suban y el líquido se enturbie.

¿ Dónde, pues, veremos en este relato el mal que es preciso  evitar y el bien hacia que debemos tender? ¿Dónde esta el traidor?  ¿Dónde el héroe? Todos son buenos y todos son malos. No serán Kaluguin con su valor brillante, su arrojo caballe- resco y su vanidad, principal motor de todas sus ac- ciones... ni Praskimin, nulo e inofensivo a pesar de haber caído en el campo de batalla por la fe, el tro- no y la patria... mi Mikhailof, tan tímido; ni Pesth, aquella criatura sin convicciones y sin sentido mo- ral, quienes puedan pasar por  desleales o por hé- roes.

No; el héroe de mis relatos, aquel  a quien amo con todas las fuerzas de mi espíritu; el que he trata- do de reproducir con toda su hermosura; el que ha

sido y es y será siempre bello, ¡es la verdad!

 

 

 

 

SEBASTOPOL EN AGOSTO DE 1855

 

 

A fines del mes de agosto, por la carretera pe- ñascosa de Sebastopol entre Duvanka[11] y Baktchisa- rai avanzaba al paso, entre el cálido y espeso polvo, una telega de oficial, de extraña forma, por entonces desconocida, que venía a ser algo entre el cesto, la britchka Judía y la carreta rusa.

En aquel carruaje, sentado sobre los talones, un asistente, con levita militar de lienzo y gorra de oficial vieja y deformada, conducía el tiro. Tras él, re- clinado sobre paquetes y sacos cubiertos con un capote de tropa, veíase a un oficial con capa de ve- rano; de pequeña estatura, por lo que podía juzgarse en aquella posición, y que chocaba, al pronto, me- nos por la maciza anchura de hombro a hombro, que por el espesor de su busto entre el pecho y la espalda; la nuca, y el cuello gruesos y fuertes, ofre- cían también gran desarrollo a lo ancho, y sus mús- culos aparecían en vigora tensión. Lo que hemos convenido en llamar cintura no existía, ni vientre tampoco, pero a pesar de todo no era posible con- siderarlo obeso, y su rostro, sobre el cual se exten- día  un  paño  amarillento y  enfermizo, llamaba la atención  por lo demacrado. Hubiera podido pasar por guapo mozo sin cierta hinchazón de las carnes y la piel plegada y con arrugas profundas que, al con- fundirse unas con otras, desvanecían las facciones, quitándoles toda frescura y les daban expresión gro- sera. La de sus ojos pequeños, pardos, extraordina- riamente vivos, rayaba en imprudencia,  el bigote, muy espeso, y siempre medio mordido por costum- bre, no se extendía mucho a lo ancho; las mejillas y la barba, sin afeitar hacía  dos días, cubríalas vello negro y áspero. Herido el 10 de Mayo por un casco, de granada en la cabeza, la cual traía vendada aún, encontrábase,  sin  embargo,  completamente  resta- blecido ya, y salía del hospital de Sympheropol para incorporarse a su regimiento, situado no sabía dón- de, allá en la dirección en que se oían los cañonazos; pero aun no había podido averiguar si estaba en el mismo Sebastopol, en la Severnaia o en Inkerman.

Oíase distintamente el cañoneo que parecía muy próximo cuando  las montañas no interceptaban el fragor traído por el viento; ora  violenta explosión hacía vibrar el aire haciéndoos estremecer a pesar vuestro; ora estampidos menos violentos, semejan- tes al redoble del  tambor seguíanse a cortos inter- valos,       interrumpidos       por    algún trueno ensordecedor, o bien confundíase todo, en un rugir contínuo de tableteos prolongados, parecido al de la tormenta cuando rompe a llover violentamente. Ca- da ruido decía, y entendíase bien, que el bombardeo era horroroso. El oficial daba prisa a su asistente para llegar pronto; a su encuentro venía una fila de carros conducidos por campesinos  rusos que ha- bían llevado víveres a Sebastopol, y que regresaban conduciendo enfermos y heridos; soldados con ca- pote gris,  marineros con negros chaquetones, vo- luntarios con fez[12]  rojo, y  barbudos milicianos. El vehículo se vio obligado a detenerse, y el  oficial, guiñando los ojos y parpadeando entre aquella nube de polvo  impenetrable levantado por los carros y que se le introducía en los ojos y las orejas, examinó las caras de los que iban pasando.

-Ahí va un soldado de nuestra compañía -dijo el asistente,  volviéndose a su amo e indicándole uno de los heridos.

En  el  pescante,  sentado  de  medio  perfil,  un campesino ruso, con toda la barba y gorro de fieltro, iba haciendo un nudo en el enorme látigo que rete- nía por la vara, sujetándolo por el codo contra su cuerpo. Volvía la espalda a cuatro o cinco soldados sacudidos y  traqueteados en el carretón. Uno de ellos, con el brazo en cabestrillo, el capote echado sobre la camisa, y en actitud firme y erguida, aunque pálido y demacrado, iba en el centro. Al distinguir al oficial, llevóse instintivamente la mano a la cabeza, pero  acordándose  de su herida, hizo ademán de quererse rascar; otro aparecía recostado al lado suyo en el fondo de la telega, no viéndose de él más que las dos manos asidas a los barrotes de madero, y las rodillas  dobladas,  oscilando  sin  resistencia  como dos copos de cáñamo, y otro más atrás, que con la cara hinchada, envuelta en un pañuelo la cabeza y sobre ésta su gorro de uniforme, sentado de través y con  las  piernas  colgantes  y  rozando  las  ruedas,

dormitaba con las manos sobre las rodillas.

-Doljikoff -le gritó el viajero.

-Presente -respondió aquél, abriendo los ojos y descubriéndose       su voz de bajo era tan llena, tan formidable,  que  parecía  salir  de  veinte  soldados juntos.

-¿Cuándo te han herido?

-Saludo a Vuestra Nobleza13  -contestó con su voz  seca,  animándose  sus  ojos  vidriosos  e  in- flamados al ver a su superior.

- ¿Dónde está el regimiento?

-En Sebastopol, Vuestra Nobleza; se cree que saldrá el miércoles.

-¿ Para dónde?...

-No  se  sabe...para  la  Severnaia,  de  seguro, Vuestra Nobleza.  Ahora-añadió expresándose con lentitud, - él[13]  tira sobre todo!... Con bombas, prin- cipalmente; ¡tira que es un horror! ...

Y añadió algunas palabras que no pudieron en- tendérsele; pero en su rostro y en su ademán adivi- nabase que, con el resentimiento  del hombre que sufre, decia cosas poco halagüenas.

El subteniente Koseltzoff que acababa de interrogartlo, no era un oficial adocenado[14] ni de aquellos que viven de cierto modo porque los demás vivan y obren así. Su naturaleza hallábase dotada con abun- dancia de cualidades relativamente superiores. Can- taba y tocaba con  habilidad la guitarra; hablaba y escribía con facilidad, sobre todo la corresponden- cia oficial, con la cual se había familiarizado en su servicio de ayudante del batallón. Era notable su energía, pero ésta no recibía impulso sino del amor propio. A pesar de estar como injertada sobre aque- lla capacidad de segundo orden, constituía por sí sola el -trazo  más  saliente v  característico de  su temperamento. Aquel género de amor propio que se desarrolla más comunmente entre  los hombres, en particular  los  militares,  habíase  infiltrado  de  tal suerte en su existencia, que no se concebía elección posible sino entre «sobresalir o aniquilarse»; el amor propio era, pues, el motor de sus acciones más ínti- mas; hasta solo, consigo mismo gustaba de darse la primacía entre aquellos con quienes se comparaba.

-¡Vamos! No seré yo, quien escuche la charla de este  «Moskú»[15]  -murmuró el subteniente, en cuyas ideas, el encuentro con el convoy de heridos, intro- dujo la perturbación gravitándolo sobre el corazón las palabras del soldado, cuya importancia acrecía y confirmaba  a cada paso el estampido del  cañón.

-¡Son divertidos estos «Moskú!...» Vamos, Nicolaief, adelante. ¿Duermes, por lo visto? -gritó malhumo- rado a su sirviente,  recogiendo los pliegues de su capa.

Nicolaief sacudió las riendas; de sus labios salió un chasquido azuzando el tiro, y el carruaje partió al trote.

-No nos vamos  a detener sino para dar pienso a los caballos -le dijo el oficial -, y ahora en marcha;

¡adelante!

 

 

II

 

 

Al ir a entrar en la calle de Duvanka, montón de ruinas, el subteniente Koseltzoff vióse detenido por un convoy de balas y de bombas dirigido hacia Se- bastopol, y que permanecía, estacionado en  mitad del camino.

Dos soldados de infantería, sentados en el pol- vo sobre las piedras de una pared desplomada, da-

ban cuenta de una sandía con pan.

 

-¿Van ustedes muy lejos, paisano? -dijo uno de ellos, mordiendo una rala de sandía.

Dirigíase a otro soldado, que estaba de pie junto a los otros dos y con el morral a cuestas.

-Vamos a nuestra compañía; venimos de allá, de nuestro país  -respondió el soldado, apartando los ojos de la sandía y sujetándose bien el morral.- Hace tres semanas estábamos aún custodiando el heno de la compañía; pero ahora nos han llamado a todos, y no sabemos en dónde se encuentra hoy nuestro re- gimiento. Dicen que desde la semana pasada están los nuestros en la Korabelnaia. ¿No saben  ustedes nada, señores?

-Está  en  la  ciudad,  hermano;  en  la  ciudad  - contestó un veterano, conductor de los carros, que se entretenía cortando con una navaja la carne blan- ca de una sandía sin madurar.- Venimos de allí pre- cisamente. ¡Qué cosa más horrible, hermano!

-¿Qué pasa, señores?

-¿No oyes cómo tira ahora?  No hay abrigo en ninguna parte.

-¡Cuántos han muerto de los nuestros!.... Es es- pantoso  -añadió su interlocutor, haciendo un ade-

mán significativo y encasquetándose bien la gorra.

El soldado transeúnte sacudió pensativamente la cabeza, sacó de su caja la pipa de barro, removió con el dedo el tabaco a medio consumir, encendió un pedazo de yesca en la pipa de un compañero que estaba fumando, y quitándose el gorro, dijo:

-¡Dios está sobre todo, señores! Él quede con vosotros.

Y arreglándose bien el morral, continuó su ca- mino.

-¡eh! Quédate; será mejor -dijo con acento con- vencido, el de la sandía.

-Lo mismo da -murmuró el soldado, echándose el morral a la espalda y desfilando entre las ruedas de las carretas detenidas.

 

 

III

 

 

Al llegar al cambio de tiro, Koseltzoff encontró multitud de gente,  y el primer rostro que hubo de distinguir fue el del maestro de postas en persona, muy joven y muy delgado, en actitud de disputar con dos oficiales.

-No veinticuatro horas, sino diez veces vein- ticuatro horas, son las que habrán de esperar. Tam-

bién esperan los Generales -decía, con el propósito evidente de herirles en lo vivo; no seré yo, si les pa- rece, quien se enganche.

- Si es así, si no hay caballos, no se dan a nadie.

-¿Por qué se le han dado, pues, a un criado que lleva sólo equipajes? -gritaba uno de los dos oficia- les, con un vaso de te en la mano.

A pesar de que evitaba cuidadosamente el uso de pronombres, se podía adivinar fácilmente que, su gusto hubiera sido tutear a su interlocutor.

-Hágase usted cargo, señor maestro de postas

-dijo otro oficial con indecisión, -que no viajamos por nuestro gusto; si se nos ha llamado, es porque hacemos falta. Puede usted estar seguro de que daré parte al General... porque, verdaderamente... parece que no tiene usted el menor respeto a la categoría de oficial.

-Me echa usted a perder siempre lo que hago, y me estorba -intervino su compañero, irritado.- ¿Qué le habla usted de respeto? Hay que hablarle de otro modo.  ¡Caballos! -gritó  rudamente.-  ¡Caballos  en seguida!

-Si no deseo otra cosa sino facilitarlos. ¿Pero dónde  los  encontraré? Lo  comprendo muy bien,

¡ batiuchka! prosiguió el maestro de postas tras un

intervalo de silencio, y enardeciéndose por grados al gesticular.- ¿Pero  qué  quieren  ustedes  que  haga? Déjenme  ustedes  tan sólo (la cara de los oficiales expresó, al oír esto, la esperanza) ir tirando hasta fin de mes, y ya no me verán más. Prefiero irme a Ma- lakoff que continuar aquí. ¡Por Dios! Hagan ustedes lo que quieran; no tengo ni una britchka en buen es- tado, y hace tres días que los, caballos no ven ni un manojo de heno.

Y al decir esto se eclipsó. Koseltzoff y los dos oficiales entraron en la casa.

-¡Está bien! -dijo el de más edad al más joven con tono  tranquilo, el cual contrastaba vivamente con su cólera de poco antes. -Hace tres meses que estamos en camino; esperaremos; esto no es  una desgracia, nadie nos apresura.

Koseltzoff encontró con trabajo, en la sala de la casa de postas, ahumada, sucia, llena de oficiales y de maletas, un lugar próximo a la ventana. Sentóse allí, y se puso, mientras liaba un cigarrillo, a exami- nar  las  caras  y  oír  las  conversaciones.  El  grupo principal estaba a la derecha de la puerta de entrada, en torno de una mesa  coja y grasienta, sobre la cual hervían dos samovares[16]  de  cobre,  manchados en varios sitios por pequeñas placas de verde gris; veía- se también azúcar  en pedazos dentro de muchos envoltorios de papel. Un oficialito, imberbe, vestido con arkaluk[17] nuevo, vertía agua en una tetera; otros cuatro, de su edad poco más o menos, aparecían dispersos por los rincones de la estancia ; uno, con la cabeza reclinada sobre la pelliza que le servía de almohada, dormía en un diván; otro, de pie junto a una  mesa,  cortaba,  en  trozos  pequeños,  carnero asado, para un compañero suyo a quien le faltaba un brazo. Otros dos oficiales, el  uno con capote de ayudante y el otro con capote de infantería, de paño fino, y portador de bolsa o cartera de viaje, apare- cían sentados junto a la estufa, y adivinábase por la manera conque miraban a los demás, y el modo que tenía de fumar el de la cartera, que no eran oficiales de línea, de lo cual se alegraban mucho. Su aspecto exterior no revelaba menosprecio, pero sí cierta sa- tisfacción de sí mismos, fundada en parte en sus re- laciones con los Generales, y en un sentimiento de superioridad llevado al punto de que tuvieran que ocultarlo a las gentes.

Había también un médico de labios carnosos y un artillero con  fisonomía alemana casi sentado a los pies del dormitando los unos,  otros buscando algo en las maletas y sacos apilados junto a la puer- ta, contempletaban el numero de las personas pre- sentes,      entre  las     que    no     descubrió    Koseltzoff ninguna cara conocida.

Los oficialitos le agradaron; comprendió en se- guida que acababan de salir de la escuela militar,

lo que le hizo recordar a su hermano menor que debía llegar en breve de ella para ir a una de las ba- terías de Sebastopol. En cambio, el oficial  de  la cartera,  a  quien  creía  haber  visto,  no  recordaba dónde le  desagradó desde el primer instante; en- contróle una fisonomía tan  antipática e insolente, que fue a sentarse sobre el ancho reborde de la estu- fa, con intención de aplicarle un correctivo, si se permitía decir algo mortificante.

En su calidad de oficial de filas, valiente y pun- donoroso, le disgustaban los oficiales de Estado Mayor, y había tomado por tales a aquellos de pri- mera vista.

 

 

IV

 

 

-¡Es mala suerte! -decía uno de los jóvenes,- en- contrarse tan  cerca y no poder llegar. Hoy mismo puede ser que haya algo, y no estaremos.

En el timbre algo agudo de su voz, en el matiz encarnado, juvenil, que se extendía en placas por su fresco rostro, adivinábase la simpática timidez de un joven que teme decir algo fuera de lugar.

El oficial manco lo contemplaba sonriendo.

-¡ No le faltará a usted tiempo, créame usted! -le dijo.

El joven fijó con respeto los ojos sobre aquel rostro enflaquecido, súbitamente iluminado por una sonrisa, y continuó echándose el te en silencio. Y en verdad que la cara, la actitud del herido, y sobre to- do la manga flotante de su uniforme, le daban una apariencia de tranquilidad indiferente, que parecía responder a cuanto se decía o hacía en torno suyo.

«Todo eso está muy bien, pero estoy al cabo de ello y podría realizarlo si quisiera.»

¿ Qué hacemos? -dijo otro de los jóvenes, su compañero el del arkaluk. -¿Vamos a pasar aquí la noche o seguiremos adelante con nuestro único ca- ballo?

-Figúrese usted, capitán -prosiguió cuando  su

compañero hubo declinado el contestar a su proposición (se dirigía al manco, recogiéndole el cuchillo que éste había dejado caer),- que como nos han di- cho que los caballos están carísimos en Sebastopol, hemos comprado uno en Sympheropol a medias.

-¿Les han saqueado rnucho?

-No lo sé, capitán. Hemos pagado por todo, ca- ballo  y  carreta,  noventa  rublos.  ¿  Es  muy  caro?

-añadió dirigiéndose a todos, incluso a Koseltzoff que lo contemplaba.

-No es muy caro si el caballo es joven -dijo éste.

-¿No es verdad? Y, sin embargo, nos asegu- raban que era caro. Cojea un poco, sí, pero ya se le pasará. Nos han dicho que es vigoroso.

-¿De dónde han salido ustedes? -preguntó Ko- seltzoff, deseoso de recibir noticias de su hermano.

-Formábamos parte del regimiento de la Noble- za; somos seis los que venimos a petición propia a Sebastopol -contestó el  locuaz oficialito,- pero no sabemos  finalmente  dónde  está  nuestra   batería; unos dicen que en Sebastopol, y he aquí que el señor nos asegura que está en Odessa.

-¿No se han podido informar ustedes en Sym- pheropol -interrogó Koseltzoff.

-¡No saben nada allí!... Figúrese usted que a uno

de mis compañeros que ha ido a preguntar a la cancillería lo han insultado... Eso es muy desagradable.

¿Quiere usted este cigarrillo liado? -continuó, ofre- ciéndole uno al oficial manco, que buscaba su peta- ca.

El entusiasmo del joven hacia él traslucíase en las menudas atenciones que le prodigaba.

-¿Viene     usted también      de      Sebastopol?

-prosiguió.- ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Es asombroso! En  Petersburgo no hacíamos sino acordarnos de ustedes, de ustedes los héroes -añadió volviéndose con naturalidad y respeto hacia Koseltzoff.

-¿Y si tienen ustedes que volver atrás? -le pre- guntó éste.

- Eso es precisamente lo que tememos; pues después de comprar el caballo y lo que nos era más indispensable, por ejemplo esta  cafetera y algunos otros objetos menudos, nos hemos quedado sin un céntimo -añadió en voz más baja, y dirigiendo una mirada de reojo a su compañero- de manera que no sé cómo saldremos del paso.

-¿No han recibido ustedes los auxilios de mar- cha? -añadió Koseltzoff.

-No- murmuró el joven- pero han prometido dárnoslo aquí.

-¿Traen ustedes el certificado?

-Ya sé que el certificado es lo más esencial. Un tío mío, senador  en Moscou, hubiera podido dár- melo; pero me han asegurado que lo recibiría aquí sin falta. Me lo facilitarán, ¿no es verdad?

-Sin duda alguna.

-Así lo creo -replicó el mozo con acento que probaba cómo a la fuerza de repetir la misma pre- gunta en treinta sitios diferentes y haber recibido las contestaciones mas contradictorias, ya no daba cré- dito a nadie.

 

 

V

 

 

-¿Quién ha pedido borchtch[18] -interrumpió en aquel momento la dueña de la casa, gruesa moceto- na,  de  unos  cuarenta años,  no  muy  limpiamente vestida, que traía una enorme cazuela.

Nadie contestó; todos los ojos se volvieron ha- cia la mujer, hasta uno de los oficiales llegó a gui- ñarle  el  ojo,  cambiando  con  su  compañero  una mirada que tenía a la matrona por objetivo.

-Sí, Koseltzoff es quien la ha pedido -repuso el oficial joven,-  hay que despertarlo, vamos; ven a comer -añadió, acercándose al que dormía y sacu- diéndolo por un hombro.

Un jovenzuelo de diecisiete años, con ojos ne- gros,  vivos,  brillantes y  mejillas coloradas, se  le- vantó de      un     salto, y       como empujara involuntariamente al doctor:

-Dispense usted -le dijo, frotándose los ojos y permaneciendo  plantado en medio de la sala. El subteniente Koseltzoff reconoció  en  seguida a su hermano menor y acercóse a él.

-¿ Me reconoces? -le dice.

-¡Ah, ah! ¡Esto es asombroso! -exclamó el man- cebo abrazando a su hermano.

Sonaron dos besos, pero al irse a abrazar por tercera vez, como exige el uso, vacilaron un segun- do; hubiérase dicho, que ambos se preguntaban por qué habían de abrazarse tres veces precisamente.

-¡Cuánto me alegro de encontrarte! -dijo el ma- yor, llevándose  fuera a su hermano- hablemos un poco.

-Vamos, vamos, ya no quiero borchtch; cómetelo tú, Fedorow -dijo a su compañero.

-Pero tú tenías gana.

-No, ya no quiero.

Una vez fuera y en el vestíbulo, tras de las pri- meras efusiones  del mozalbete que no cesaba de interrogar a su hermano sin hablarle de lo que a él le concernía, el último, aprovechando unos segundos de silencio, le preguntó por fin, cómo no había en- trado en la Guardia, según esperaban.

-Porque quiero ir a Sebastopol. Si todo termina bien, ganaré más que si hubiera permanecido en la Guardia; allí hay que pasar diez años hasta llegar a coronel, mientras que aquí Todtleben, de teniente coronel ha llegado a General en dos años. ¿Y si me matan? Entonces... pues... ¡qué se le ha de hacer!

-¡ Qué modo de razonar! -dijo el hermano ma- yor sonriendo.

-Y además, lo que te acabo de decir no tiene im- portancia, la razón principal... -y se detuvo vacilan- do,  sonriendo  a  su  vez  y  poniéndose  colorado como si fuese a decir algo vergonzoso, la  razón principal... es que mi conciencia me daba que hacer, sentía  escrúpulos de vivir en Petersburgo mientras aquí se muere por la  patria.  Deseaba también en- contrarte -añadió con más timidez.

-¡El demonio del chiquillo! -dijo su hermano sin mirarlo y buscando su petaca.- Y siento que no po-

damos permanecer juntos.

-Vamos, te lo ruego, dime la verdad, eso de los baluartes ¿es verdaderamente tan espantoso?

-Sí, al principio, después se acostumbra uno, ya lo verás.

-Dime, además, te  lo  suplico, ¿crees  que  Se- bastopol será tomado? Me parece que eso no suce- derá.

-¡ Sólo Dios lo sabe!

-Si supieses qué aburrido estoy. Figúrate mi des- gracia; en el  camino me han robado varias cosas, entro ellas el casco, y me encuentro en una situación tremenda. ¿Cómo me las arreglaré para presentarme al jefe?

Vladimiro Koseltzoff, el menor, parecíase mu- chísimo a su hermano Miguel, por lo menos tanto como una flor de agabanzo que se entreabre a otra deshojada. Tenía también rubio el Cabello, más po- blado y en rizos sobre las sienes mientras que sobre la nuca, blanca y  delicada, perdíase un largo me- chón, signo de felicidad según las comadres. Sangre generosa, y joven coloreaba a cada impresión del espíritu su cutis, habitualmente mate. Sobre sus ojos, parecidos a los de su hermano, pero más abiertos y más límpidos, extendíase a menudo un baño de hu-

medad. Fino bozo rubio comenzaba a sombrear sus mejillas y sus labios, éstos eran de rojo púrpura y se plegaban con frecuencia en sonrisa tímida, dejando ver la dentadura de un blanco  deslumbrador. Tal como  aparecía  allí,  con  el  capote  desabrochado, bajo el cual llevaba camisa roja de cuello ruso; es- belto, ancho de hombros, con un cigarrillo entre los dedos, apoyado contra la balaustrada del peristilo, el rostro iluminado por franca alegría, los ojos fijos sobre su hermano, era a  buen seguro el adolescente más simpático que se pudiera contemplar, apartába- se de él la mirada con pena.  Sinceramente feliz al encontrar a su hermano, a quien consideraba con respeto y orgullo, como a un héroe, sentía, sin em- bargo, algo de vergüenza por ese hermano, a causa de su propia educación más cultivada, de sus cono- cimientos en francés, del trato con personas de alta posición, y encontrándose superior a él, esperaba llegar a civilizarlo.

Sus impresiones, sus juicios se habían formado en Petersburgo  bajo la influencla de cierta dama, que débil por los rostros lindos,  hacíale pasar los días de fiesta en su casa. Moscou contribuyó tam- bién por su parte, pues allí había bailado en gran soi-

rée en casa de su tío el senador.

 

VI

 

 

Después de hablar hasta saciarse, hasta demos- trar cosa que sucede con frecuencia, que sin dejar de quererse mucho tenían muy pocos intereses comu- nes, los dos hermanos permanecieron  silenciosos durante algún tiempo.

-Bueno, bien, recoge tu equipaje y partamos. El joven enrojeció turbándose.

-¿A Sebastopol directamente? -preguntó por fin.

-Claro está. Me parece que no tienes mucha im- pedimenta. Ya te haremos sitio.

-Bueno, vamos -replicó Vladimiro, que entró en la casa lanzando un suspiro.

Al abrir la puerta de la sala se detuvo e inclinó la cabeza.

-Ir    directamente         a        Sebastopol  -se     dijo-  ¡- exponerse a las bombas es terrible! Pero por otra parte, ¿no da lo mismo que sea hoy u otro día? Al menos, con mi hermano.

A decir verdad, ante la idea de que la telega lo condujese de un tirón hasta Sebastopol, de que nin- gún nuevo incidente lo detendría en el camino, fue tan sólo cuando se dio cuenta del peligro que había

venido a buscar y cuya proximidad lo emocionó profundamente. Tranquilo por fin se reunió a sus compañeros,  permaneció tanto rato con ellos, que su hermano, impaciente, abrió la  puerta y lo vio cuadrado delante del oficial que lo amonestaba co- mo a un escolar. A la vista de, su hermano. perdió todo el aplomo.

-Voy en seguida -le gritó haciendo un ademán con la mano,- espérame, ahora voy.

Un segundo después fue a su encuentro.

- Imagínate -le dijo suspirando profundamente- que no me puedo marchar contigo.

-¡ Qué tontería! ¿Por qué?

-Voy a decirte la verdad, Micha, no tenemos un céntimo, por lo contrario, le debemos dinero a aquel capitán, al que está allí, y eso es terriblemente ver- gonzoso.

El  hermano mayor frunció el  entrecejo y  no respondió.

-¿ Debes mucho? -le preguntó por fin sin mi- rarlo.

No, mucho no; pero me mortifica sobremanera. Ha pagado por mí en tres casas de posta, utilizo su azúcar y además hemos jugado a la preferencia, y le

he quedado a deber un pico...

-¡Eso está mal, Volodia! ¿Qué hubieras hecho a no encontrarme? -le dijo el primogénito con severi- dad, siempre sin mirarlo.

-Pero ya sabes que espero recibir mis auxilios de marcha  en  Sebastopol,  entonces  lo  pagaré.  Esto puede hacerse aún, por eso es mejor que llegue con él mañana.

Miguel sacó en aquel momento del bolsillo un portamonedas del cual extrajo, con mano vacilante dos asignados de diez rublos y uno de tres.

-He, aquí todo lo que tengo -dijo.- ¿Cuánto ne- cesitas? -Exageraba un poco al decir que era aquel todo su caudal, pues poseía además cuatro monedas de oro cosidas entre las vueltas de su uniforme, pe- ro a las cuales habíase prometido no tocar.

Resultó, ajustadas las cuentas, que Koseltzoff no debía más que ocho rublos, incluyendo lo perdido al Juego y el azúcar. Dióselos su  hermano, advirtién- dole tan sólo que no se debe jugar  nunca cuando no se tiene dinero. El mozo no replicó, la advertencia de su hermano mayor parecía contener dudas sobre su delicadeza. Irritado, avergonzándose por haber cometido un acto que podía dar lugar a sospechas mortificantes para él por parte de Miguel,

a quien quería, su naturaleza impresionable sintióse trastornada con tal violencia, que conociendo la im- posibilidad de retener los sollozos que le oprimían la garganta, tomó el asignado sin replicar y se lo lle- vó a su compañero de viaje.

 

 

VII

 

 

Nikolaieff, después de entonarse en Duvanka con  dos   vasos   de  aguardiente,  que  vendía  un so1dado en el puente, sacudió las riendas y la telega comenzó su traqueteo sobre el pedregoso  camino en el que sólo a largos espacios aparecía algún trozo de sombra,  y que conduce a lo largo del Belbek hasta Sebastopol, mientras que  los dos hermanos, tan juntos que sus piernas se tocaban, permanecían en obstinado silencio sin dejar de pensar uno en el otro.

-¿Por qué me ha ofendido? -decíase  el  man- cebo.- ¿Me tomará realmente por un estafador? Pa- rece que está aún enojado. Henos aquí peleados pa- ra siempre, y sin embargo, los dos, en  Sebastopol,

¡qué  dichosos  hubiéramos  sido!  ¡Dos  hermanos bien unidos entre  sí los dos batiéndose contra el enemigo! el mayor, falto quizá de un poco de cultura

pero militar bizarro, y el menor, tan valiente como él, pues al cabo de una semana habré demostrado a todos que ya no soy tan niño, no me pondré colora- do, mi cara será varonil, y él bigote tendrá tiempo de crecerme hasta       aquí -decía pellizcándose con los dedos el bozo que nacía junto a la comisura de los labios.- ¡Podrá suceder que lleguemos hoy mismo y podamos tomar parte en alguna acción! ¡Mi herma- no debe ser muy bravo y muy tenaz! Es de aquellos que hablan poco y se portan mejor que los demás, pero, ¿hará a  propósito eso de empujarme hacia el borde de la telega? Debe de conocer que me inco- moda y hace como si no lo notara. Llegaremos de seguro hoy -prosiguió mentalmente, estrechándose contra el borde del carruaje por temor, si se removía de demostrar a su hermano que iba incómodo. Lle- garemos directamente al baluarte, yo con los ca- ñones, mi hermano con su compañía. De pronto los franceses se arrojan  sobre nosotros; tiro sin cesar, mato a una porción, pero así y todo  vienen sobre mí, y he aquí  mi hermano se lanza sable en mano, yo cojo mi fusil y corremos juntos, los soldados nos siguen. Los franceses se precipitan sobre él, corro, mato primero a uno, luego a otro, y salvo a Micha. Estoy herido en un brazo, cojo el fusil con la otra mano Y adelante, sin parar, mi hermano es muerto de un balazo junto a mí, me detengo un segundo, lo miro con tristeza, me incorporo y grito: ¡Seguidme!

¡Adelante! ¡Venguémoslo! Y añadiré: Yo quería a mi hermano sobre todas las cosas, lo he perdido. Ven- guémoslo,  demos  muerte  a  nuestros  enemigos  o muramos todos juntos. Todos me siguen  gritando. Pero he aquí al ejército francés entero, con Pellissier a la cabeza concluimos con todos, Pero  soy herido una vez, dos veces, y a la tercera mortalmente; me rodean todos. Gostschakoff viene, me  pregunta  lo que deseo. Respondo que no deseo nada, sólo una cosa, que me lleven junto a mi hermano y morir con él. Me transportan, me acuestan junto a su cadáver ensangrentado, me incorporo y les digo: Sí, no ha- béis sabido apreciar a dos hombres que amaban sinceramente a su patria, vedlos aquí morir... ¡Que Dios os perdone! Y después... expiro.

¡Quién hubiera podido decir hasta qué punto tales ensueños se habían de realizar!

-¿Has  estado  alguna  vez  en  un  combate?  - preguntó de súbito a su hermano, olvidándose por completo que no quería hablarle.

-No, nunca hemos perdido dos mil hombres de

nuestro regimiento, pero todos durante los trabajos , allí me hirieron. La guerra no se hace como tú te figuras, Volodia.

Este  diminutivo  enterneció  al  adolescente,  y quiso explicarse  con su hermano, que no se ima- ginaba haberlo ofendido.

-¿Estas enfadado conmigo, Micha? -1e preguntó al cabo de algunos instantes.

-¿Por qué?

-Es que... nada... creí que había habido entre no- sotros.

-Nada de eso -replicó su hermano, volviéndose hacia él y dándole una palmada amistosa en la rodi-

lla.

-¡Perdón, Micha, si te he ofendido! -contestó el otro,  volviendo  la cabeza para ocultar las lagrimas que llenaban sus ojos.

 

 

 

 

 

VIII

 

 

-¿Pero es este, y de verdad, Sebastopol? -pre- guntó Volodia  cuando llegaron a la cúspide de la montaña.

Ante ellos apareció la bahía con su bosque de mástiles; el mar con la escuadra enemiga a lo lejos,

las blancas baterías de la costa, los cuarteles, los acueductos, los docks, los edificios del a ciudad. Nubes de humo, blanco y violáceo claro elevábanse sin cesar sobre las amarillentas que rodean la pobla- ción y se dibujaban sobre el cielo azul, iluminado por los rayos rojizos del sol, reflejados luminosa- mente por las ondas, mientras que el astro rey des- cendía en el horizonte hacia el obscuro mar.

Sin el más leve estremecimiento de temor con- templó Volodia  aquel lugar temible en que tanto pensara; por lo contrario experimentaba, cierto go- zo estético, un sentimiento de satisfacción heroica, al considerar que, antes de media hora se encontra- ría él mismo, allí, y atención profunda puso al con- templar con persistencia  aquel cuadro de original atractivo, hasta el momento de llegar a la Severnaia, donde  estaban  los  bagajes  del  regimiento  de  su hermano y donde debía informarse del sitio en que se encontraba su propio regimiento y su batería.

El oficial del tren[19]  vivía, a lo que llamaban la Pequeña  Ciudad  Nueva,  formada  por  barracones construidos con tablazón por las familias de los ma- rineros. En una tienda de campaña contigua a  un cobertizo de grandes dimensiones, hecho de ramas de encina sin deshojar y que aun no habían tenido tiempo de secarse, los dos hermanos encontraron al oficial, sentado, en mangas de camisa, y ésta de un amarillo sucio ante una mesa no muy limpia, sobre la cual se enfriaba un vaso de te Junto a una fuente vacía y una garrafa de aguardiente, algunas migas de pan y de caviar veíanse esparcidas: estaba contando un paquete de asignados. Pero antes de sacarlo a es- cena nos es indispensable examinar de cerca el inte- rior  de  su  campamento,   sus   ocupaciones  y  su manera de vivir. La barraca, recién construida,  era grande, cómoda y de gran solidez, provista de me- sas y de  bancos cubiertos de césped, como no se construyen sino para los Generales, y a fin de impe- dir la caída de la hojarasca, tres tapices de mal gusto, aunque nuevos, y probablemente muy caros, apare- cen extendidos sobre las paredes y en lo alto del ba- rracón. Sobre una cama de hierro, colocada bajo el tapiz principal, que representa la eterna  amazona, vense  un  cobertor  rojo  afelpado,  una  almohada manchada y rota, una pelliza de gineta[20] y sobre una mesa, revueltos, una palmatoria, un espejo con mar- co de plata, un cepillo del mismo metal de suciedad extraordinaria, un peine roto de asta lleno de pe- lambre, grasiento, una botella de licor adornada con enorme marbete rojo y  oro,  un reloj de bolsillo, también de oro, con el retrato de Pedro I,  pinzas doradas, cajas conteniendo cápsulas, una corteza de pan y naipes  viejos esparcidos en desorden, y por último, sobre la cama, una porción de botellas, va- cías unas y llenas las demás. Aquel      oficial       tenía  a cargo el tren de equipaje y la alimentación del gana- do. Uno de sus amigos, que se ocupaba de opera- ciones  financieras, compartía su  habitación, y  en aquel  momento dormía en  la  tienda,  mientras él ajustaba las cuentas del mes con el dinero de la Co- rona; su exterior era agradable y marcial, gran esta- tura, recio bigote y corpulencia de buena           ley  le distinguían, pero poseía dos cosas poco favorables que saltaban al punto a la vista; primero, un sudor continuo en la cara, junto con el abotagamiento que ocultaba casi sus ojuelos grises dándolo la aparien- cia de un odre lleno, y extremada suciedad, que se extendía desde sus cabellos escasos y canosos hasta sus enormes pies desnudos, calzados con zapatillas forradas de armiño.

¡ Cuánto dinero! ¡Cuánto dinero, Dios mío! -dijo

Koseltzoff primero, que al entrar lanzó una mirada de codicia a los asignados. -¡ Si me prestara usted la mitad, Vassili Mikhailovitch!...

El oficial del tren hizo un rnohín al ver a sus vi- sitantes, y  recogiendo el dinero, los saludó sin le- vantarse.

-¡Oh, si fuera mío; pero es dinero de la Corona!

¡ batiuchka! Mas ¿ qué trae usted ahí?

Y miraba a Volodia, mientras ordenaba los pa- peles, encerrándolos en una cajita, abierta que tenía junto a sí.

-Es mi hermano; sale de la escuela militar. Ve- nimos a preguntar dónde está el regimiento.

-Siéntense  ustedes,  señores  -les  dijo,  levan- tándose para  pasar a la tienda.- ¿Tomarán ustedes un vaso de porter?[21]

-Vé por el porter, Vassili Mikkhailovitch. Volodia, al cual el aire de importancia del oficial

de tren produjo profunda impresión, así como su abandono y el respeto que le demostraba a su her- mano, decíase, al tomar asiento en el borde del di- ván : «Este oficial a quien todo el mundo respeta, es sin duda un buen muchacho  y de seguro muy va- liente»

-¿Dónde    está,  pues, nuestro       regimiento? - preguntó el hermano mayor al oficial.

-¿Qué dice usted? -le gritó éste. -He visto hoy a Seiffer -contestó- me ha dicho que está en el quinto baluarte.

-¿Es eso seguro?

-Lo que digo es cierto: ahora bien; ¡que el diablo se lo lleve, no le  cuesta gran trabajo mentir! Diga usted -añadió,- ¿quiere usted porter?

-Con mucho gusto -respondió Koseltzoff .

-Y usted, Ossip Ignatievitch -continuó la misma voz dentro, de la tienda, dirigiéndose a1 negociante que dormía,- ¿quiere usted beber? Basta de dormir; son cerca de las cinco.

Concluya usted de machacar. Ya ve usted que no duermo -respondióle una voz atiplada y perezo-

sa.

-Entonces levántese usted, ¡que ya me voy fasti- diando!

Y el oficial del tren se incorporó a sus huéspedes.

 -Sirve porter de Sympheropol -gritó a su criado. Este, empujando aVolodia, sacó de debajo del banco, con desprecio, según le pareció al joven, una botella del porter pedido.

Tiempo hacía que vaciaran la botella, y la con- versación   seguía   sostenida,  cuando  se  abrió  la puerta de la tienda para dar  paso a un hombre de corta estatura, vestido de bata azul con cordones y borlas, y gorro con cenefa encarnada, adornado con una escarapela.

-Dame un vaso -dijo, sentándose junto a  la me- sa. -¿Viene usted, sin duda, de Petersburgo, joven? - añadió, dirigiéndose con amabilidad a Volodia.

-Sí, y voy a Sebastopol.

-¿A petición propia?

-Sí.

-¿Y a qué demonios va usted? Señores, en ver- dad, no comprendo esto -prosiguió el negociante.- Me  parece  que  si  pudiera  regresaría a  pie  a  Pe- tersburgo.

-Pero ¿de qué se queja usted? -le preguntó el mayor de los Koseltzoff.- Lleva usted aquí una vida muy envidiable.

-Este peligro constante, estas privaciones (pues no puede uno procurarse nada), todo esto es terri- ble. No los comprendo a ustedes, señores. Y si si- quiera  se  obtuvieran  algunas  ventajas;  pero,  ¿es agradable, pregunto yo, quedar inútil a su edad para

toda la vida?

-Unos tratan de hacer su negocio, otros viven por el honor -replicó con aspereza Kozeltzoff ma- yor.

-¡Qué vale el honor cuando uno no tiene qué llevarse a la boca! -repuso el negociante con cierta risita desdeñosa y volviéndose  hacia el oficial del tren, que siguió su ejemplo.- Da cuerda a la música

-añadió, señalando con el dedo una caja- oiremos

Lucía, que tanto me gusta.

-¿Es buena, persona ese Vassilli Mikhailovitch?

-preguntó Volodia a su hermano, cuando a la caída de la tarde rodaba su coche de nuevo por la carrete- ra de Sebastopol.

-Ni bueno ni malo, sino de avaricia terrible. En cuanto al negociante, no puedo verlo ni en pintura. El mejor día le rompo el alma.

 

 

IX

 

 

Cuando  llegaron,  ya  al  obscurecer,  al  puente grande sobre la  bahía, Volodia no se encontraba precisamente disgustado pero sentía terrible peso en el corazón; todo lo que veía, todo lo que escuchaba aveníase muy poco con las últimas impresiones que le dejaran el salón de exámenes, claro y entarimado, las voces de sus compañeros y la alegría, de su sim- pático reír, el  uniforme nuevo; su Czar adorado, a quien acostumbróse a ver durante siete años, y que al despedirlos, con lágrimas en los ojos, habíalos apellidado «sus hijos.» Sí, todo lo que veía se armo- nizaba muy poco con sus ilusiones de mil facetas.

-Hemos llegado  -le  dijo  su  hermano, al  des- cender del  carruaje ante la batería. de M....-SI nos dejan atravesar el puente iremos desde luego a los cuarteles de Nicolás; allí te quedarás hasta  por la mañana; en cuanto a mí, volveré al regimiento para saber dónde está la batería; te iré a buscar temprano.

-¿Para  qué?  Mejor  será  que  vayamos  juntos

-contestó Volodia.- Iré, contigo al baluarte. ¿No da lo mismo? Es preciso acostumbrarse. Si vas tú, ¿por qué no he de ir yo?...

-Harás mejor en quedarte.

-Déjame ir, te lo ruego; así al menos veré lo que es...

 -Te aconsejo que no vayas; pero sin embargo... El cielo, sin nubes estaba sombrío; las estrellas, los fogonazos de las descargas y los surcos de las bombas, que cruzaban el espacio, lucían en la obs- curidad, la cabeza del puente y la gran Construcción blanca de la batería destacábase en la negrura de la noche. Los dos hermanos se aproximaron al puente, donde un miliciano, preparando torpemente el fusil, les gritó- ¿Quién vive?

-¡Soldados!

-No se puede pasar.

-¡Imposible! Es preciso que pasemos.

-Decídselo al oficial.

-El oficial dormitaba; levantóse y dio la orden de que los dejaran pasar.

-Se puede ir,  no  se  puede volver. ¡Atención!

¿Dónde os metéis todos a la vez? -gritó a los ca- rruajes detenidos  a  la entrada del puente, y en los cuales se apilaban los cestones.

En el primer pontón encontraron a algunos sol- dados que hablaban en voz alta.

-Ha recibido su equipo. Lo ha recibido todo,

¡Eh, amigos! -dijo otra voz.- Cuando se llega a la

Severnaia se renace. El aire es otro, de verdad.

-¿Qué canturreas ahí? -dijo el primero.- El otro día una maldita bomba se les llevó las piernas a dos marineros...

El agua invadía en algunos sitios el segundo pontón, donde ambos hermanos se detuvieron para esperar su carruaje; el viento que  parecía débil en

tierra, soplaba aquí más violentamente y a ráfagas; balanceábase el puente, y las olas, chocando con fu- ria inundaban  el piso; el mar mugía sordamente, formando una línea negra, unida,  sin fin, que se destacaba en el horizonte estrellado, donde lucían plateados fulgores. En lontananza veíanse las luces en la escuadra enemiga; a la derecha un vapor pro- cedente de la Severnaia acercábase  rápida y ruido- samente. Estalló una bomba, iluminando durante un segundo el montón de cestones, la cubierta del bu- que y en ella a hombres de Pie; a un tercero que en mangas de camisa, sentado, con las piernas colgan- do, ocupábase en  una  reparación junto  al  borde mismo del puente, y la espuma blanquecina de las olas de verdosos reflejos, hendidas por el vapor en marcha.

Los mismos trazos luminosos continuaban sur- cando el cielo  sobre Sebastopol, y los ruidos que inspiraban  espanto iban  aproximándose; una  ola, venida del mar, reventó contra el costado  derecho del puente, mojando los pies de Volodia; dos solda- dos, arrastrando sus piernas con ruido por el agua, pasaron por su inmediación. De pronto, algo estalló con estrépito e iluminó la parte del  puente que se

extendía ante ellos y por la cual rodaba un carruaje, seguido de un militar a caballo. Los cascos cayeron silbando en el agua, haciéndola saltar a chorros.

-¡Ah, Mikhail Semenovitch! -dijo el jinete, dete- niéndose  ante  Koseltzoff mayor.-  ¿Ya  está  usted restablecido?

-Sí, como puede usted ver. ¿ Adónde le envía a usted Dios?

-A la Severnaia, por cartuchos; me mandan en lugar del ayudante del regimiento. Se espera de un momento a otro el asalto.

-¿Y Martzeff, dónde está?

-Ha perdido una pierna ayer; en la ciudad en su cuarto... dormía. ¿Le conocía usted?

-El regimiento está en el quinto... ¿no es verdad?

-Sí; ha relevado a los de M... Pase usted a la ambulancia; allí  encontrará usted a algunos de los nuestros que lo conducirán.

-¿Y mi alojamiento de la Morskaia, se ha librado?

 -¡Ja¡¡Ja!...¡batiuchka! hace mucho tiempo que lo arrasaron las bombas. No reconocerá usted a Se- bastopol; no queda un alma: ni mujeres, ni música, ni fondistas; el último se marchó ayer. ¡Ha quedado todo más triste!... ¡Adiós!

Y el oficial partió al trote.

Miedo terrible se apoderó de pronto de Volo- dia; parecióle que una bomba iba a caer sobre él y que alguno de sus cascos le daría irremediablemente en la cabeza. Aquellas tinieblas húmedas, aquellos sones siniestros, el rumor constante de las olas irri- tadas, todo parecía  sujetarle para que no diese un paso más y decirle que nada bueno le esperaba allí; que haría bien en volverse atrás, en huir deprisa le- jos de  aquellos lugares terribles en que reinaba la muerte. -¿ Quién sabe? Tal vez es muy tarde ya... ¡mi suerte está decidida!... -He aquí lo que él se  decía, temblando ante esa idea y también por el agua, que penetraba  en  sus  botas.  Lanzó  un  suspiro  y  se apartó un poco de su hermano.

-¡Dios       mío!  Verdaderamente   moriré;        pre- cisamente  yo...  ¡Dios  mío,  ten  piedad  de  mí!  - murmuró persignándose.

-Y bien, Volodia, adelante -le dijo su hermano cuando el vehículo los alcanzó.- ¿Has visto la bomba?

Más lejos encontraron otra vez carruajes que transportaban heridos y cestones; uno de ellos, lleno de muebles, iba conducido por una mujer.

Arrimándose instintivamente contra la muralla

de la batería Nicolás, los dos hermanos siguieron junto a ella en silencio, poniendo oído a la detona- ción de las bombas que reventaban sobre sus cabe- zas, al rugir de los cascos esparcidos desde arriba, y llegaron, por fin, al sitio de la batería en que estaba la Santa imagen. Allí supieron que la quinta, batería, ligera, a la cual debía unirse Volodia, se encontraba en la Korabelnaia. Decidieron, en su consecuencia, a pesar del peligro, irse a dormir al quinto baluarte y de allí pasar al día siguiente a la batería. Penetraron, pues, por el estrecho pasadizo, y pasando sobre los hombres que dormían al pie  del muro, arribaron por fin a la ambulancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

X

 

 

Al entrar en la primera sala, provista de camas en las que había heridos, les impresionó el olor pe- sado y nauseabundo particular de los hospitales; dos hermanas  de  la  caridad vinieron a  su  encuentro; una, de cincuenta años de edad próximamente y de severa fisonomía, llevaba en las manos un paquete de vendajes e hilas y daba órdenes a un practicante muy joven que la seguía; la otra, linda joven de, veinte años, tenía el rostro de rubia, pálida y delica- da. Esta parecía singularmente gentil y tímida, seguía a su compañera con las manos en el bolsillo del de- lantal  y  veíase  que  tenía  miedo  de  quedarse  re- zagada.

Koseltzoff  preguntó  dónde  estaba  Martzeff, aquel que el día antes había perdido una pierna.

-¿ Del regimiento, de P...? -preguntó la de más edad- ¿Es usted pariente suyo?

-¡No, su compañero!...

-Condúzcalos usted -dijo en francés a la otra hermana,- y los  dejo, acompañada del practi- cante, para acercarse a un herido.

-Vaya,  veamos,  ¿qué  miras  tanto?  -dijo  Ko- seltzoff a Volodia, que, parado, fruncida la frente e impregnados los ojos de simpatía dolorosa, no po- día apartar la mirada de los pacientes, a los que no cesaba de examinar mientras seguía a su hermano, repitiendo a pesar suyo:

-¡Dios mío, Dios mío!...

-Acaba de llegar, ¿no es  cierto? -preguntó la hermana de la caridad señalando a Volodia.

-Sí, acaba de llegar.

La joven lo contempló de nuevo y rompió a llo- rar, repitiendo con desesperación- ¡Dios mío, Dios mío! ¿Cuándo acabará esto?...

Entraron en la sala de oficiales. Martzeff yacía acostado de  espaldas, con los brazos musculosos descubiertos hasta el codo y cruzados tras de la ca- beza. La expresión de su rostro amarillento era la de un hombre que aprieta los dientes para no gritar de dolor. Su pierna sana calzada con un calcetín, salía por debajo del cobertor, y los  dedos  del pie con- traíanse convulsivamente.

-Y bien ¿cómo está usted? -le preguntó la her- mana levantando la cabeza, algo caliente del herido y arreglándole la almohada, con sus  dedos delica-

dos, sobre uno de los cuales distinguió Volodia una sortija de oro.- He aquí a dos compañeros que vie- nen a verlo.

-¡Sufro, claro está! -replicó con rabia;- no, no toque usted,  está bien así -y los dedos del pie se agitaban en el calcetín con movimientos nerviosos.-

¡Buenos días! ¿Cómo se llama usted? ¡Ah, perdón cuando Koseltzoff se dio a conocer- Aquí se olvida uno de todo, y, sin embargo, ¡hemos vivido juntos!

-añadió mientras miraba a Volodia con aspecto de curiosidad.

-Es mi hermano; viene de Petersburgo.

-¡Ah! Y yo he concluido, me parece. ¡Cuánto su- fro! ¡Si esto pudiera terminar cuanto antes!...

Y con un movimiento convulsivo retiró la pier- na. Sus dedos saltaron con redoblada agitación; cu- brióse la cara con las manos.

-Hay que dejarle tranquilo; está muy malo -les dijo, al oído la  hermana con los ojos llenos de lá- grirnas.

Los dos hermanos, que habían decidido ir al quinto baluarte, cambiaron de opinión al salir de la ambulancia, y convinieron, sin comunicarse la ver- dadera razón, en irse cada uno por su lado para no

exponerse a un peligro inútil.

-¿Encontrarás el camino, Volodia? -le preguntó el mayor.- Por lo demás, Nikolaieff te conducirá a la Korabelnaia; ahora me voy solo y mañana me reuni- ré contigo.

Y no se dijeron nada más en aquella última en- trevista.

 

 

XI

 

 

El cañón tronaba con igual violencia, pero la calle Ekatherinenskaia que seguía Volodia, acompa- ñado del silencioso Nikolaieff, permanecía desierta y tranquila. No distinguía en la obscuridad sino pa- redes blancas, en pie, entre grandes edificios des- plomados,  y  las  losas  de  la  acera  por  donde caminaba; cruzábase a veces con soldados y oficia- les, y al pasar a la izquierda, próximo al Almirantaz- go, divisó, a la viva luz de una hoguera que ardía, tras el cercado, una fila, de acacias plantadas hacía poco a lo largo de la acera y sostenidas por sus tuto- res pintados de verde. Sus pasos y los de Nicolaieff, que  respiraba  estrepitosamente,  interrumpían  tan sólo el  silencio. Sus ideas eran vagas; la linda her- mana de la caridad, la  pierna  de Martzeff con sus dedos dentro del calcetín, la obscuridad,  las  bombas, las diferentes imágenes de la muerte, cruzaban confusamente entre sus recuerdos: su alma, joven e impresionable, sentíase inquieta  y  dolorida en  su aislamiento, por la absoluta indiferencia de cada uno hacia su propia suerte, aunque esté expuesta al peli- gro. -¡Sufriré, perderé la vida, y nadie me llorará! -se decía.

¿Dónde estaba, pues, la vida del héroe llena de ardor enérgico, y de simpatías en la cual tanto soña- ra? Las bombas silbaban y  estallaban, aproximán- dose cada vez más, y Nikolaieff suspiraba con más frecuencia  sin romper el silencio. Al atravesar el puente que conduce a la Korabelnaia, vio a dos pa- sos de él sumergirse un objeto, silbando, en el golfo; iluminar con fulgor purpúreo las olas de matiz vio- láceo y rebotar, lanzando al aire el agua en menuda lluvia.

¡Maldita!... la bribona está viva aún –murmuró

Nikolaieff.

-Sí -replicó Volodia a pesar suyo y sorprendido, por el eco de su voz, agudo y chillón.

A su encuentro venían heridos transportados en camillas, carretas llenas de gaviones, un regimiento, algunos jinetes. Uno de éstos, oficial, seguido de un

cosaco, detúvose al ver a Volodia; examinó su rostro, y después, volviéndole la espalda, dio un latiga- zo a su montura y prosiguió su camino.

-¡Solo, solo, que viva o no, a todos les da lo mismo!... -díjose el adolescente, pronto a echarse a llorar.

Después que hubo cruzado un murallón blanco, entró en una  calle formada por casitas completa- mente derruidas, iluminadas sin cesar por el fulgor de  las  bombas. Una. mujer borracha, harapienta, acompañada de un marinero, salió por una puerte- cilla, tropezando contra él.

-Perdón, Vuestra Nobleza -murmuró.

El corazón del pobre mozo iba oprirniéndose cada vez más, mientras que en el sombrío horizonte los fogonazos brillaban de continuo, y los proyecti- les venían ruidosamente a estallar en torno suyo. De pronto, Nikolaieff suspiró y dijo con voz que pare- cióle a Volodia expresión de terror mal contenido:

-¿Valía la pena de darse prisa, para venir aquí, desde  allí...  andando,  y  andando?...  ¿Y  para  qué tanta prisa?...

-Pero  a  Dios  gracias,  mi  hermano  se  curó

-contestó Volodia para librarse, hablando, de la ho- rrible sensación que se apoderaba de él.

-¡Sí,  perfectamente  curado!...  ¡Cuando  todos están enfermos!  Los sanos se encontrarían mucho mejor en el hospital en un tiempo como este. ¿Sen- timos  nosotros,  acaso,  ninguna  alegría  por  estar aquí? Ahora un brazo... ya una pierna... se pierde... y mire usted, aquí  aun... en la ciudad, se está mejor que en los baluartes. ¡Dios de Dios! ¡En el camino hay que rezar todas las oraciones!... ¡Eh,       canalla!

¿Vienes a zumbarme en los oídos? -añadió atento al ruido de un  casco  que pasó junto a él.- Y bueno, ahora -continuó Nikolaieff,- me han mandado con- ducir a Vuestra Nobleza, y ya sé que hay que hacer lo que mandan; pero el coche lo dejé al cuidado de un compañero, Y el equipaje está deshecho me han dicho que venga, y he venido. Pero si se pierde algo de lo que traemos, ¿seré yo, Nikolaieff, quien res- ponda? ¡He aquí la artillería, Vuestra Nobleza! -dijo de súbito:- pregunte al centinela, él le indicará...

Volodia se adelantó solo. No oyendo ya tras de sí         los     suspiros      de       Nikolaieff,  sintióse       defini- tivamente abandonado; la impresión de ese aban- dono ante el  peligro, ante la muerte, como creía, pesó sobre su corazón con el frío glacial de una lo- sa; parado en el centro de la plaza, miró en torno

suyo para ver si le observaban, y cogiéndose la cabeza con las manos, murmuró con voz entrecortada por el terror -¡Dios mío! ¿Seré verdaderamente un miedoso vil, un cobarde? ¡Yo que soñaba no hace mucho, morir por la patria, por el Czar, y todo con júbilo!... ¡Si, soy un ser desgraciado y despreciable!

-exclamó con profunda desesperación y desilusio- nado de sí  mismo. Por último, dueño al fin de su emoción, dijo al centinela que le indicase dónde pa- raba el comandante de la batería.

 

 

XII

 

 

El comandante de la batería habitaba en una ca- sita de dos pisos, que tenía entrada por el patio. A través de una de las ventanas, a la que le faltaba un cristal, substituido por una hoja de papel, veíase el débil resplandor de una bujía; el asistente, sentado a la puerta, fumaba su pipa. Después de anunciar a su amo la visita de Volodia, introdujo a éste en la ha- bitación. Allí, entre dos huecos de ventana, junto a un espejo roto, veíase una mesa cargada de papelo- tes oficiales, algunas sillas, una cama de hierro con ropa limpia y un biombo delante.

Junto a la puerta se hallaba el sargento primero,

buen mozo, de poblados bigotes y el sable al cinto, en el capote ostentaba una cruz y la medalla de la campaña de  Hungría. El oficial de estado mayor, jefe de la. batería, de pequeña estatura, con la cara hinchada y en ella un vendaje, paseábase por la es- tancia. De corpulencia muy pronunciada, parecía, tener unos  cuarenta años de edad; la calvicie se le marcaba distintamente en la parte superior del crá- neo; su espeso bigote descendía recto hasta ocultarle la boca, sus ojos pardos tenían agradable expresión, las manos eran blancas y finas, algo llenas; los pies muy echados hacia afuera., asentábanse en tierra con cierta seguridad y coquetería que probaban que no era la timidez el lado débil del comandante.

-Tengo el honor de presentarme; vengo agre- gado a la quinta batería ligera, Koseltzoff segundo, alférez -dijo Volodia, que al entrar en la estancia re- citó de un golpe esta lección aprendida de memoria.

El comandante de la batería le contestó con un saludo bastante seco y lo invitó a sentarse. El joven se sentó, y cogiendo en su distracción un par de tije- ras, comenzó a juguetear con ellas maquinalmente. El comandante, con las manos cruzadas a la espalda y baja la cabeza, reanudó su paseo en silencio, diri- giendo de vez en cuando la mirada a los dedos del

alférez que continuaban usando con las tijeras.

-Sí -dijo por último, deteniéndose delante del sargento- desde  mañana habrá que dar un garnetz[22] más a los caballos de los  furgones; están flacos.

¿Qué te parece?

-¿Por qué no? Se puede hacer, Vuestra Alta No- bleza. La avena está ahora más barata -respondió el sargento, con los brazos caídos a lo largo del cuerpo y removiendo los dedos, movimiento habitual en él- Y además hay, que el forrajeador Frantzone me ha escrito ayer dos  letras, Vuestra Alta Nobleza: dice que hay que comprar; ahora están a  buen precio;

¿qué dispone usted, pues?

-Bueno, comprarlos, hay dinero -respondió el jefe, volviendo  a  pasear.- ¿Dónde tiene  usted  su equipaje? -dijo de pronto,  deteniéndose delante de Volodia.

El pobre muchacho, perseguido por la idea de que era un cobarde, veía transparentarse en cada mi- rada, en cada frase, el desprecio que debía inspirar, y le pareció que su superior había penetrado ya tan triste secreto y se burlaba de él; así es que respondió turbado que su  equipaje estaba en la Grafskaia, y que su hermano se lo enviaría al día siguiente.

-¿Dónde alojaremos al alferez? -preguntó el te- niente coronel al sargento primero, sin atender a la respuesta del joven.

-¿ El alférez?... -repitió el sargento. Y una rápida mirada dirigida  sobre Volodia y que parecía decir

«¿quién es este alferecillo?» acabó de desconcertar al oficial.- Pues allá abajo, Vuestra Alta Nobleza; con el segundo capitán, puesto que el capitán se halla en el baluarte; su cama está desocupada.

-¿Le acomoda eso por hoy? -preguntó el jefe de la batería.- Debe  usted estar cansado, me parece. Mañana ya lo podremos instalar más cómodamente.

Volodia, se levantó y saludó.

-¿Quiere usted tomar té? -añadió su superior.- Se puede hacer que calienten el samovar...

El alférez, que estaba ya en la puerta, volvió, saludó otra vez y salió. El asistente del

teniente coronel lo condujo a la planta baja, hacién- dolo entrar en una pieza sucia, en la que un montón de objetos rotos aparecían arrojados al azar por to- das partes, y donde en un rincón, sobre una cama de hierro, dormía, sin sábanas ni cobertor, envuelto en su capote, un hombre, a quien el joven tomó por un soldado.

-Pedro Nicolalevitch -y el sirviente tocó en el hombro al que  dormía- el alférez ha de acostarse aquí. Es nuestro junker -agregó, dirigiéndose a Volo- dia.

-No se mueva usted, se lo suplico -exclamó éste, viendo al junker, joven alto y robusto, de hermosas facciones, pero completamente  desprovistas de in- teligencia, levantarse, y echándose el capote sobre los hombros, salir medio dormido y murmurando:

-Lo mismo me da; iré a dormir al patio.

 

XIII

 

 

Solo con sus pensamientos, la primera impre- sión de Volodia fue otra vez el espanto producido por la turbación que trastornaba su  espíritu. Con- tando con el sueño para no pensar más en lo que le rodeaba, y olvidarse de sí mismo, dio un soplo a la bujía y se acostó, cubriéndose por completo con el capote y hasta la cabeza, pues había conservado de su infancia el miedo a la obscuridad; pero de súbito la idea lo acudió de que una bomba podría horadar el techo y matarlo;  puso oído y escuchó: sobre su cabeza paseaba el comandante de la batería.

- Comenzará por matarlo a él primero -se dijo- a mí después; ¡no moriré solo!

Esta reflexión lo tranquilizó, y ya iba a dormirse cuando la idea de que Sebastopol pudiese ser toma- do aquella misma noche, de que los franceses forza- ran su puerta y de que no tenía ni un arma para defenderse, le despertó del todo; levantóse y reco- rrió la estancia; el temor del verdadero peligro había sofocado el miedo misterioso a la obscuridad, bus- có, encontrando sólo al alcance de su mano un es- cabel y un samovar.- Soy un cobarde, un pusilánime, un miserable -se dijo otra vez, lleno de indignación y de desprecio contra sí mismo. Se acostó y trató de no meditar más. Pero entonces las impresiones del día aparecieron en su imaginación, y los estampidos incesantes que  hacían retemblar los vidrios de su única ventana le recordaron el  peligro; sucedíanse las visiones: ora veía heridos cubiertos de sangre, bombas haciendo explosión y cuyos cascos pene- traban en su cuarto; ora a la linda hermana de la ca- ridad que lo curaba llorando ante su agonía, o a su madre, que después de acompañarlo a la capital del distrito, rogaba a Dios por él, vertiendo lágrimas ante una imagen  milagrosa. Huyóle el sueño, pero de improviso la idea de mi Dios Todopoderoso, que todo lo ve y que escucha todas las plegarias, surgió nítida Y clara entre sus delirios; se arrodilló, persignándose, y Juntó las manos como le enseña- ron en su niñez. Sólo aquella actitud hizo nacer en su alma un sentimiento de infinita dulzura, de mu- cho tiempo atrás olvidado.

-Si he de morir, es que soy inútil. Si es así, Se- ñor, hágase tu  voluntad; ¡cuanto antes sea cumpli- da!... Pero si el valor y la energía que me faltan me son necesarios, evítame la vergüenza y la deshonra, que no podría soportar, y enséñame lo que debo ha- cer para cumplir tu voluntad. -Su alma, de niño dé- bil y aterrorizada, se conforto,  serenándose en el acto y sumergiéndose en nuevos horizontes, am- plios y luminosos; penso mil cosas, experimento mil sensaciones durante  el corto transcurso de aquella impresión;  después  se  durmió  reposadamente  al sordo rumor del bombardeo y de los vidrios que retemblaban.

¡ Señor! Tú sólo oíste; sólo a Ti llegarán las ple- garias sencillas pero ardientes y desesperadas de la ignorancia, del arrepentimiento confuso, que piden la curación del cuerpo, la purificación del alma; ora- ciones  que  de  aquellos  lugares  habitados  por  la muerte subieran hasta Ti, comenzando por el General que presiente con terror el ataque, y que un se- gundo antes sólo pensaba en llevar al cuello la cruz de San Jorge, hasta concluir por el simple soldado, que sobre el desnudo suelo de la batería Nicolás, te suplica. que des a sus sufrimientos la recompensa inconscientemente presentida.

 

 

XIV

 

 

El primogénito de los Koseltzoff encontró en la calle a un soldado de su regimiento y se hizo acom- pañar por él al quinto baluarte.

-Péguese Vuestra Nobleza bien al muro -le dijo el soldado.

-¿Por qué?

-Hay peligro, Vuestra Nobleza; pasan ya por en- cima -respondió  el infante, escuchando el silbido del proyectil que hería con golpe  seco en el lado opuesto  del  camino  apisonado;  pero  Koseltzoff prosiguió por el centro sin hacer caso del aviso.

Eran aquellas las mismas calles, los mismos fo- gonazos, más frecuentes, los mismos rumores y los mismos lamentos, y el encontrar heridos y las bate- rías, trincheras y parapetos, tales como los hubo de

ver en la primavera; pero ahora el aspecto era más triste, más sombrío, pudiera decirse que más guerre- ro; mayor número de casas aparecían agujereadas, y en  las  ventanas  no  había  luces;  sólo  el  hospital constituía una excepción. Ni una mujer en la calle, y el carácter de la vida habitual e indiferente, impreso antes sobre todas las cosas, había desaparecido, re- emplazado por el de expectación inquieta  y de es- fuerzos redoblados e incesantes.

He aquí ya la última trinchera y a un soldado del regimiento de P... que reconoce al antiguo oficial de su compañía; he aquí al tercer batallón cuya presen- cia se puede adivinar por el murmullo contenido de las voces y el choque metálico de los fusiles apoya- dos contra el muro, y  que la luz de las descargas ilumina a frecuentes intervalos.

-¿Dónde está el jefe del regimiento? -pregunta

Koseltzoff.

-En el blindaje de los marinos, Vuestra Noble- za-responde el  servicial soldado. -¿Quiere Vuestra Nobleza venir? Yo lo conduciré...

Y pasando de una trinchera a otra, guía a Ko- seltzoff al foso, donde hallan a un marinero fuman- do su pipa, tras él se abre una  puerta, a través de cuyas junturas brilla una luz.

-¿Se puede entrar?

-Yo anunciaré.

El marinero entra en la casamata, donde se oye el rumor de dos voces.

-Si Prusia continúa en su neutralidad, entonces - dice una de ellas, -Austria...

-¿ Qué importa lo que haga Austria, mientras los pueblos eslavos?... -responde la otra.

-¡Ah! Sí, dile que entre -añadió la misma voz. Koseltzoff, que no había puesto nunca los pies en  aquel  alojamiento, quedó  sorprendido por  su elegancia; un  entarimado substituía al piso natural; una mampara cubría la puerta; en el ángulo derecho, una gran icona[23]  representando la Santa Virgen, con su dosel dorado, iluminada por una lamparilla de cristal color de rosa; dos lechos colocados junto a la pared, en uno de los cuales dormía vestido un mari- no; sobre el otro, sentábanse el nuevo jefe de! regi- miento y un ayudante de campo. Koseltzoff, que no era nada tímido y que no creía estar en falta en mo- do alguno ni con el estado ni con el Jefe de su re- gimiento, experimentó, sin embargo, al hallarse en presencia de éste, su compañero poco antes, cierta aprensión singular.

-Es extraño -se dijo al verlo levantarse para oir- le;- no hace aún  siete semanas que manda el regi- miento, y ya en su actitud, en su mirada, en su traje, respira la autoridad. No ha mucho tiempo que este mismo Batritcheff se  divertía con  nosotros, y  se comía solo, sin invitar nunca a nadie, sus bithi,[24] y sus vareniki[25], y ahora la expresión  de  orgullo lleno de sequedad, en sus ojos, que me dicen : «Aunque sea yo tu compañero, pues soy un coronel de la nueva escuela puedes estar seguro de que sé que darías la mitad de tu vida por hallarte en mi lugar.»

-¡Se ha cuidado usted bastante tiempo!... -díjole fríamente el coronel.

-He estado enfermo, mi coronel, y mi herida no se cicatrizó aún.

-Si es así, ¿por qué ha vuelto usted? -La corpu- lencia de Koseltzoff inspiraba desconfianza a su je- fe.- ¿Puede usted hacer servicio?

_Seguramente; sí puedo.

-Está bien. El alférez Taitkeff le entregará a us- ted la novena compañía, la que ha mandado usted ya; vaya usted a recibir la orden del día, y haga el fa- vor, al salir, de enviarme al ayudante del regimiento.

Al salir de allí Koseltzoff hubiérase podido cre- er que se sentía incómodo o que estaba irritado, pe- ro  no  precisamente  contra  su  coronel,  sino  en particular contra sí mismo y contra todo cuanto lo rodeaba.

 

 

XV

 

 

Antes de ir a reunirse a sus oficiales, fue a bus- car su compañía situada en el camino cubierto que conducía al sexto baluarte.

Al entrar en el abrigo blindado abierto por un lado, encontró tanta gente, que a duras penas pudo abrirse paso entre ella. En uno de los extremos ardía una vela de sebo que un soldado, tendido en tierra, sostenía sobre un libro en el cual leía uno de sus compañeros  deletreando; en torno suyo,  multitud de cabezas vueltas hacia el lector, al cual escuchaban ávidamente. Koseltzoff reconoció el a b c[26]  en esta frase. O-ra-ción des-pués del es-tu-dio. Te-doy gra- cias, Cre-ador mí-o.

-Despabilad la luz -gritó uno.

-¡Qué buen libro! -exclamó el lector que se dis- ponía a proseguir; pero a la voz de Koseltzoff lla- mando  al       sargento      primero,     enmudeció: los soldados salieron  de  su inmovilidad, tosiendo so- nándose, cosa que ocurre siempre tras  un rato de forzoso silencio; el sargento, abrochándose el uni- forme, se  levantó de en medio de un grupo, y pa- sando por encima de sus compañeros, pisándole los pies, que por falta de espacio no sabían dónde me- ter.

-¡Hola,  muchacho!  ¿Está  siempre  lo  mismo nuestra compañía?

-¡Salud a Vuestra Nobleza! Lo felicitamos por estar de regreso -respondió el sargento alegremente.

-¿Se  curó  ya  Vuestra  Nobleza?  ¡Ah,  bueno! Alabado sea  Dios, pues hemos notado mucho su falta.

Conocíase que  Koseltzoff  era  querido  en  la compañía;  oyóse enseguida cómo se comunicaban unos a otros que el antiguo  oficial de ella había vuelto;  aquel  que  fue  herido,  Koseltzoff  Mikhail Semenovitch. Algunos soldados, entre ellos el tam-

bor, vinieron a saludarlo.

 

-¡Hola,Obanetchuk!  -le  dijo  el  oficial-  ¿estás bueno y sano?  ¡Hola, hijos mios! -añadió alzando la voz.

Los soldados respondieron a coro:

-¡Salud a Vuestra Nobleza!

-¿Cómo va, muchachos?

-Esto va mal, Vuestra Nobleza; el francés va ga- nando; tira desde sus atrincheramientos,  pero no se deja ver fuera de ellos.

-Y bien, ¿quién sabe? Tal vez tendré yo la suerte de verlo salir de sus trincheras. No será la, primera vez que vayamos juntos y que lo batiremos.

-Estamos dispuestos a hacer cuanto se pueda, Vuestra Nobleza -respondieron muchos a la vez.

-¿Son, pues, muy valientes?

-Terriblemente atrevidos -dijo a media voz el tambor, pero de modo que pudiera ser oído, y diri- giéndose a otro soldado, como  para justificar a su superior por haber empleado aquella expresión y persuadir a su compañero de que no tenía nada de exagerado ni de inverosímil.

Koseltzoff se separó de sus soldados para ir a reunirse con los oficiales en el cuartel.

 

 

 

 

 

XVI

 

 

La sala de banderas del cuartel estaba llena de gente, de multitud de oficiales de marina, de arti- llería y de infantería; los unos  dormían, los otros charlaban sentados sobre cajas de municiones o so- bre el afuste de un cañón; el grupo más numeroso lo formaban algunos sentados sobre sus burkas exten- didas en el suelo, y que bebían porter y jugaban a los naipes.

¡Eh! Koseltzoff, ¿ya de vuelta? ¿Y tu herida? - dijeron varias voces salidas de diferentes lados.

Después de estrechar la mano a sus conocidos, Koseltzoff  se  reunió  al  grupo  central  de  los  ju- gadores. Uno de estos, de exterior agradable, more- no, delgado, de larga nariz, seco y con gran bigote que le cubría las mejillas, llevaba la banca con sus dedos blancos y finos, en uno de los cuales se veía una sortija con solitario; parecía agitado. Y al echar las cartas hacíalo con negligencia afectada a su dere- cha, medio recostado y apoyándose en los codos, un mayor de pelo gris, apuntaba y pagaba cada vez me- dio rublo con exagerada tranquilidad; A la izquierda, sentado sobre sus talones, un oficial de cara encen- dida y reluciente, bromeaba y sonreía con esfuerzo,

y cuando mataban su carta agitábase una de sus ma nos en el bolsillo vacío del pantalón; jugaba fuerte pero sin dinero, lo que ponía de mal talante al oficial moreno, de rostro agraciado. Yendo y viniendo por la estancia, con un paquete de asignados en la mano, otro oficial, pálido, delgado y calvo, de enorme na- riz y enorme boca, ponía dinero contante a cada va- banca y ganaba siempre.

Koseltzoff bebióse una copa de aguardiente y se sentó junto a los jugadores.

-Vamos, Mikhail Semenovitch, vamos, apunte usted -le dijo el banquero- apostaría a que ha traído un dineral.

-¿Dónde lo he de haber encontrado? Al revés;

he gastado mis últimos rublos en la ciudad.

-¿De  verdad?  Habrá  desplumado  usted  a  al- guien en  Sympheropol; estoy seguro.

-¡Vaya  una  idea!  -replicó  Koseltzoff,  a  quien agradaba que en esto no se le diese crédito sobre su palabra, y desabrochándose el  uniforme para estar con más comodidad, cogió algunos naipes usados.

-No  tengo nada que arriesgar; pero ¡que el dia- blo me lleve!... ¿quién puede prever la suer       te?

Un mosquito en ocasiones hace prodigios. Bebamos

para tener ánimos.

Y no tardó nada en beberse otra copa de aguar- diente, y en perder sus últimos tres rublos, mientras que ciento cincuenta eran inscriptos en la cuenta del oficialote de rostro empapado en sudor.

-Haga usted el favor de enviarme el dinero -dijo el que tenía la banca interrumpiendo la talla para mi- rar a éste.

-Permítame usted demorar el envío hasta maña- na -respondió el interpelado levantándose; su mano no cesaba de moverse con agitación en el bolsillo.

-¡Hum! -murmuró el banquero, lanzando con despecho a derecha e izquierda las últimas cartas de la baraja.- No se puede jugar así -exclamó,- otro ta- lla; esto no es posible, Takar Ivanovitch;  jugamos dinero contante y no de boquilla.

-¿Dudará  usted  de  mí?  Sería  verdaderamente extraño.

-¿De quién he de recibir ocho rublos? -preguntó en aquel momento el mayor, que acababa de ganar,- he pagado más de veinte y cuando gano no cobro nada.

-¿Cómo quiere usted que le pague, cuando no hay dinero en la banca?

-Eso  no  me  importa  -replicó  el  mayor  le-

vantándose,- yo juego con usted y no con el señor.

-Pero como he asegurado... -interrumpió el ofi- cial sudoroso-  como he asegurado que pagaré ma- ñana, ¿por qué se atreve usted a insultarme?

-Digo lo que me da la gana; no se procede así- clamaba el mayor a voz en grito.

-¡Vamos, cálmese usted, Fedor Fedorovitch! - intervinieron varios jugadores a la vez rodeándole.

Dejemos caer un velo sobre esta escena,... Ma- ñana, hoy mismo, quizá, aquellos hombres irán ale- gremente y decididos a buscar la muerte, y morirán con tranquilidad y valor. En el alma de todos los hombres ocúltase la  sublime chispa que, en el mo- mento dado, hará de ellos héroes; pero esa chispa se cansa de brillar de continuo. Sin  embargo, cuando llegue el instante fatal, surgirá la llama que ha de

iluminar las más grandes acciones.

 

 

 

 

XVII

 

 

Al día siguiente, el bombardeo prosiguió con la misma violencia. Hacia las once de la mañana, Vo- lodia Koseltzoff reunióse a los oficiales de su bate- ría. Íbase acostumbrando a aquellas caras nuevas; les interrogaba y les transmitía, a su vez parte de sus impresiones.  La  conversación  modesta,  quizá  un poco pedante, de los artilleros, le  agradaba, inspi- rándole respeto, y en cambio su exterior simpático, sus tímidas maneras y su ingenuidad, predisponían a aquellos señores en favor suyo. El oficial más anti- guo de la batería, un capitán bajito, de pelo rojo, con tupé y peinado bien liso sobre las sienes, educado en las  antiguas tradiciones de la artillería, galante con las damas y con pretensiones de sabio, explorá- bale sobre sus conocimientos en esta ciencia, sobre los adelantos más recientes, y lo trataba como a un hijo,  lo cual traía encantado a Volodia. El subte- niente Dedenko, oficialito  con acento de pequeño ruso[27], de  cabellera  alborotada  y  capote  roto,  le gustaba también, a pesar de sus gritos; pues bajo aquella ruda corteza, adivinaba Volodia un hombre digno y  pundonoroso. Dedenko ofreció con insis- tencia sus servicios al joven y trató de probarle que los cañones de Sebastopol no habían sido emplaza- dos según las reglas. Por el contrario, el teniente, Tchernovitzky,  de  cejas  notablemente  arqueadas, vestido  de  levita  aseada  cuidadosamente,  aunque ajada y con remiendos, y cadena de oro sobre chale- co de raso, no le inspiró bien que fuese superior a los otros en distinción y finura, la menor simpatía; no cesaba de preguntar a Volodia detalles sobre el Emperador y el ministro de la  Guerra; refería con ficticio entusiasmo las hazañas realizadas en Sebas- topo1; hacía alarde de gran saber, de sentimientos muy nobles, perro a pesar de todo, y sin que supiera decirse el por qué, aquellos discursos  sonaban en hueco al oído del joven, y aun pudo notar que los demás oficiales evitaban generalmente la conversa- ción de Tchernovitzky. El  junker Vlang, a aquel a quien  despertó la noche antes, sentado  modesta- mente en un rincón, callaba, riéndose a veces de al- gún   chiste,   pronto  siempre  a  recordar  lo  que olvidaban los otros;  ofrecía por turno a estos el frasco del aguardiente y liaba cigarrillos para todos. Seducido  por  las  maneras  sencillas  y  afables  de Volodia, que no lo trataba como a un chiquillo, y por su exterior agradable, no se apartaban sus oja- zos cariñosos del rostro del recién llegado; adivina- ba y preveía todos sus deseos, impulsado por un sentimiento de admiración exaltada que los oficiales notaron en seguida y con motivo del cual no le es- casearon las bromas.

Poco antes de comer, el segundo capitán, Kraut, relevado de su servicio en el baluarte, vino a unirse a la reducida sociedad. Rubio,  guapo rnozo, vivo, poseedor de bigotes rojos y patillas de igual color, hablaba el ruso perfectamente, pero con excesiva corrección y elegancia, para un ruso de pura sangre. Tan irreprochable en el servicio  como en la vida privada,  la  perfección  era  su  defecto;  excelente compañero de seguridad a prueba en los asuntos de intereses, faltábale algo como hombre, precisamente porque lo poseía todo. Por un contraste notable con los alemanes idealistas de Alemania era, a ejemplo de los alemanes rusos, práctico en grado exorbitan-

te.

-¡He aquí, he aquí a nuestro héroe! -exclamó el capitán en el momento en que entraba Kraut accio- nando, y haciendo chocar sus espuelas.- ¿Qué quie- re usted, Federico Cristianovitch, té o aguardiente?

 

-Me he mandado hacer té -respondió;- pero no rehusaré el aguardiente mientras lo hacen, para con- solarme el espíritu. Me alegro mucho de conocerle. Le ruego que nos quiera y sea un buen compañero para nosotros -dijo a Volodia, que se había levanta- do para saludarlo.- Capitán de segunda Kraut... Me han dicho que llegó usted anoche.

-Permítame usted que le dé las gracias por su cama, que he utilizado esta noche.

-¿Y ha dormido usted siquiera cómodamente? Porque le falta una pata, y no es posible componerla mientras dure el sitio.

- Y bien, ¿ha salido usted bien hoy?- le preguntó

Dedenko.

-¡Sí, gracias a Dios! Pero Shovortzoff ha caído. Hubo que arreglar una cureña; las gualderas queda- ron hechas añicos...

Y se levantó de pronto para pasear por la estan- cia: veíase que experimentaba la sensación agradable del hombre que acaba de salir  sano  y salvo de un gran peligro.

-Y bien, Dimitri Gravilovitch -dijo, dando una palmada amistosa,-   ¿cómo       estamos?     ¡batiuchka!

¿Por dónde anda su propuesta? ¿No ha, resollado aún?

-No; no hay nada.

-Y no habrá -intervino Dedenko,- ya se lo he demostrado.

-¿Por qué no resultará nada?

-Porque la comunicación está mal puesta.

-¡Qué  sempiterno  discutidor!  -dijo  Kraut  jo- vialmente.-  ¡Un  verdadero  ruso-menor  testarudo! Bueno, pues, ya verá usted cómo  para mortificarle lo ascenderán a teniente.

- No, no harán nada.

-Vlang, -añadió  Kraut,  dirigiéndose al  junker,- llene usted mi pipa y tráigamela, haga usted el favor.

La presencia de Kraut había animado a todos. Hablando con cada uno, daba detalles y preguntaba lo que había ocurrido en su ausencia.

 

 

XVIII

 

 

-Conque... ¿se ha instalado usted ya? -preguntó Kraut a  Volodia. -Pero, usted perdone, ¿cómo se llama? El nombre y apellido. Así es costumbre entro nosotros,  en  artillería.  ¿Tiene  usted  caballo   de montar?

-No -respondió el alférez- y estoy en un com-

promiso; se lo he dicho al capitán. No tengo ni caballo ni dinero hasta que reciba los gastos de forraje y de marcha.  Quisiera pedir al comandante de la batería que me prestase su caballo,  pero temo que rehuse.

-¿Quiere usted pedírselo a Apolo Sergueitch?

-dijo Kraut, emitiendo con los labios un sonido, que debía expresar la duda. Y se quedó mirando al ca- pitán.

-¡Bueno, bueno! -repuso este.- ¡Si rehusa, el mal no será mucho! A decir verdad, maldita la falta que hace aquí el caballo; yo me encargo de pedírselo hoy mismo.

-¡No lo conoce usted! -añadió por su parte De- denko- rehusaría cualquiera otra cosa; pero no  le negará eso al señor ¿qué apuesta usted?

-¡Bah! Usted siempre esta dispuesto a contrade- cir... usted...

-Contradigo cuando hay por qué. El no es rum- boso de suyo,  pero prestará el caballo, porque no tiene ningún interés en rehusarlo.

-¿Cómo ningún interés? Cuando la avena le sale aquí a ocho, rublos; es evidente su interés; siempre

será un caballo menos que alimentar.

-¡Vladimir  Seinenovitch!  -interrumpió  Vlang, que venía con la pipa de Kraut- pídale usted el Es- tornino, es un caballo superior...

-¿Con el cual se cayó usted al foso, ¡eh! Vlang?

-hizo observar el capitán segundo.

-Se equivoca usted al decir que la avena está a ocho rublos -sostenía entretanto Dedenko, que ha- bía continuado la discusión.- Según las últimas noti- cias, está a diez cincuenta... es evidente, que no  le resulte provechoso en...

-¿Pero quiere usted que no le quede nada? Si usted estuviera en su lugar, no prestaría un caballo ni para ir a paseo. Cuando yo sea  comandante de batería, mis caballos, ¡batiutchka!, tendrán sus cuatro garnetz bien llenos, y no pensaré en adquirir rentas.

-El que viva lo vera -replicó Kraut,- usted hará lo mismo cuando tenga una batería, y éste también

-indicando a Volodia.

-¿Por  qué  supone  usted,  Federico  Cristiano- vitch, que el señor querrá obtener también menudos provechos? Si tiene algún caudal, ¿a qué ha de pro- ceder así? -preguntó a su vez Tchernovitzky.

- No... yo... dispense usted, capitán -dijo Vodolia ruborizándose hasta las orejas, - eso sería indigno a

mis propios ojos.

-¡Oh, oh! ¡ Qué sopa en leche![28] -le dijo Kraut.

-Eso es otra cuestión, capitán; pero creo que no puedo quedarme con dinero que no me pertenezca.

-Y yo le digo a usted otra cosa -prosiguió el ca- pitán con tono mas seguro.- Sepa usted que es muy ventajoso llevar bien las cuentas siendo comandante de batería. Sepa usted que éste no tiene que cuidarse de  la  alimentación  de  sus  soldados;  así  ocurre, siempre, entro nosotros, en artillería. Si usted no lo- gra unir bien los dos cabos, no le quedará un cénti- mo. Enumere más a la ligera los gastos. En primer lugar el herraje -y el capitán dobló un dedo- después el botiquín -dobló  el  segundo- luego la oficina -ya son tres,- más los caballos de tiro, que cuestan seguramente quinientos rublos -son cuatro- la recompo- sición de los cuellos de los soldados y el carbón que se gasta, en gran cantidad, y por último, la mesa de los oficiales. Además, como jefe de batería, hay  que vivir de un modo conveniente; necesita una caleche, una, pelliza, etc.

-Y lo principal -dijo el capitán, que había guar- dado silencio  hasta entonces,- helo aquí, Vladimir Semenovitch. Aquí tiene usted a un hombre como yo, por ejemplo, que ha servido veinte años reci- biendo primero doscientos, después trescientos ru- blos de      paga...        Pues  bien,  ¿cómo         no     ha      de recompensar  el  Gobierno  sus  años  de  servicios dándole un pedazo de pan para la vejez?

-Es indiscutible -replicó el segundo capitán- así, no se dé usted prisa a juzgar; sirva usted algún tiem- po, y ya verá...

Volodia,  avergonzado  de  la  observación  que había soltado sin reflexionar, rnurmuró algunas pa- labras y oyó en silencio cómo la emprendió Deden- ko para defender la tesis contraria; la discusión fue interrumpida  por  la  entrada  del  asistente  del  te- niente coronel,  anunciando que la comida estaba servida.

-Debe usted decirlo a Apolo Sergevitch que nos dé vino hoy  -dijo el teniente Tchernovitzky abro- chándose- ¡al diablo su avaricia! Si lo matan no lo disfrutará nadie.

-Dígaselo usted mismo.

-¡ Ah! no, usted es más antiguo; la jerarquía ante todo.

 

 

 

 

 

 

XIX

 

Una mesa cubierta con mantel bastante man- chado aparecía dispuesta en el centro de la habita- ción donde Vodolia fue recibido la noche antes por el jefe; éste le tendió la mano preguntándole nuevas de Petersburgo y de su viaje.

-Bueno, señores; hagan ustedes el favor de acer- car el aguardiente ¿los alféreces no beben? -añadió sonriendo.

El comandante de la batería no parecía hoy tan severo como la noche anterior; más bien tenia el as- pecto de un. huésped bondadoso y hospitalario; de un compañero entre sus oficiales, todos, a pesar de esto, desde el veterano capitán al alferez Dedenko, le demostraban un  respeto que se traducía en la atención tímida, con que le hablaban, aproximándo- se por turno para beber su copa de aguardiente.

La comida componíase de chtchi servido en una gran sopera, donde flotaban trozos de carne empa- pados en grasa, hojas de laurel y mucha pimienta; de zrasi a la polonesa con mostaza, y de kolduny con manteca ligeramente rancia; no había servilletas; las cucharas eran de madera o de estaño; vasos apare- cían sólo dos, y sobre la mesa sólo una garrafa de agua con el cuello roto. La conversación no cesaba;

se habló primero de la batalla de InKerman, en la cual hubo de tomar parte la batería; cada cual recor- daba sus  impresiones, sus juicios sobre las causas del fracaso, callándose en cuanto, hablaba el jefe de la batería. Después se lamentaron de carecer de ca- ñones de ciertos calibres; fueron discutidos los úl- timos  perfeccionamientos,  lo  que  dio  ocasión  a Volodia para demostrar su ciencia, y dato curioso, la conversación no llegó a rozar siquiera levemente el asunto de la tremenda situación de Sebastopol, lo que parecía querer decir que todos y cada uno, por lo que a sí mismo concernía, se preocupaban de ello demasiado para poder hablar. Volodia muy admira- do y aún apesadumbrándose de que ni se aludiese tan sólo a los deberes del servicio, decíase que sin duda no había llegado uno  a  Sebastopol para dar detalles sobre los nuevos cañones y comer con  el comandante de la batería. Una granada estalló, du- rante la comida, a dos pasos de la casa; el techo y las paredes fueron sacudidas como en un terremoto, y el humo de la pólvora extendióse por fuera sobre los vidrios de la ventana.

-No habrá visto usted esto en Petersburgo pero aquí  recibimos  a  menudo  esas  sorpresas.  A  ver, Vlang, haga, usted el favor de mirar -añadió el co-

mandante,- dónde ha caído esa granada.

Vlang miró y anunció que en la plaza.

Poco antes de concluir de comer, uno de los soldados  escribientes entró para dar a su jefe tres pliegos cerrados:

-Este es muy urgente; lo acaba de traer un cosa- co, a caballo, de parte del Comandante General de artillería.

Los oficiales siguieron con ansiosa impaciencia los dedos ejercitados de su superior al romper el se- llo del sobre que traía escrito  «muy urgente», y de donde sacó un papel.

-¿Qué podrá ser esto? -preguntóse cada cual.-

¿Será la orden de salir de Sebastopol para descan- sar, o la de sacar a las fortificaciones toda la batería?

-¡Siempre lo mismo! -exclamó el  comandante arrojando con cólera el pliego sobre la mesa.

-¿Qué es eso, Apolo Sergevitch? -preguntó el oficial más antiguo.

-Piden un oficial y sirvientes para una batería de morteros. No tengo más que cuatro oficiales y mis sirvientes no están completos -dijo entre dientes- y ahora, me exigen... Sin embargo, es preciso que vaya alguno, señores -prosiguió al cabo de un instante-

hay que estar a las siete. Envíeme usted al sargento primero. Y bien, caballeros, ¿quién va a ir? decí- danlo ustedes mismos.

-Pues mire usted... El señor no ha hecho aún ningún  servicio  -dijo  Tchernovitzky  señalando  a Volodia.

El comandante de la batería, guardó silencio.

-Sí, no deseo otra cosa -exclamó Volodia, sin- tiendo un sudor frío humedecerle el cuello y el espi- nazo.

-No; ¿por qué? -interrumpió el capitán- nadie debe rehuir el servicio, pero ofrecerse voluntario es inútil; puesto que Apolo Sergevitch nos deja libres, echaremos suertes como la otra vez.

Todos se conformaron. Kraut cortó con cuida- do unos cuadraditos de papel, y enrollándolos, los echó en una gorra. El capitán soltó algunas bromas y aprovechó la ocasión para pedir vino al teniente coronel, a fin de adquirir valor, según añadió. De- denko   tenía   aspecto  sombrío,  Volodia    sonreía, Tchernovitzky pretendía que él iba a ser el designa- do por la suerte, Kraut permanecía completamente tranquilo.

Ofrecieron a Volodia que sacase el primero; el

joven cogió una de las papeletas, la más larga, pero la cambió en el acto por otra más pequeña y más fi- na, y desenvolviéndola, leyó la palabra Ir.

-Me toca a mí -dijo.

-Pues bien, ¡que Dios lo proteja!... Este será su bautismo de  fuego -dijo  el  comandante, contem- plando con una sonrisa de  bondad el rostro con- movido  del  alférez,-  pero,  alístese  usted  pronto; para que vaya usted mejor, Vlang le acompañara  en lugar del artificiero.

 

 

XX

 

 

Vlang, muy satisfecho de su misión, corrió a vestirse y volvió en el acto a ayudar a Volodia a ha- cer sus preparativos, aconsejándole que se llevara su cama, la pelliza, un número viejo de Los Anales de la Patria, una cafetera con una lamparilla de espíritu de vino y otros  objetos  inútiles. El capitán, a su vez, encargó a Volodia, que leyese en el Manual para uso de los oficiales de artillería, el pasaje referente al tiro de mortero, sacando, acto seguido, copia de él. Volodia se puso, desde luego, al trabajo, feliz y sorprendido, al sentir que el terror a los peligros, el miedo, sobre todo, de pasar por un cobardón, no eran tan fuertes en él como el día antes, pues las impresiones del día y sus ocupaciones habían contribuido a disminuir su intensidad. A las siete de la tarde, cuando el sol des- cendía ya a ocultarse tras del cuartel Nicolás, el sar- gento primero vino a decirle que la gente estaba lista y esperando.

-Ya he dado la lista a Vlang; Vuestra Nobleza se la podrá pedir.

-¿Habrá  que  hacerles  un  discurso?  -preguntó Volodia al ir, acompañado del  junker, en busca de los veinte artilleros que, ceñido el sable, lo espera- ban fuera- ¿O bastará decirles sencillamente: «bue- nos días, muchachos» o no decir nada. ¿Por qué no decirles buenos  días, muchachos? Me parece que eso es lo que corresponde... -y con  su  voz llena y sonora gritó:- ¡Buenos días, muchachos!

Los  soldados  respondieron  alegremente  a  su saludo; su voz  joven y fresca, habíales acariciado agradablemente el oído. Púsose a su frente, y a pesar de que su corazón latía como si acabase de cruzar algunas verstas corriendo, su paso era ligero y sus la- bios sonreían. Al llegar cerca, del mamelón de Ma- lakoff, notó, al subirlo, que Vlang,  el  cual no se separaba un paso de él y que le había parecido tan valiente abajo en el alojamiento, huía el cuerpo y

bajaba la cabeza, como si las balas y las granadas que venían silbando hasta allí, sin interrupción, fue- sen a caer directamente sobre él; algunos soldados hacían lo mismo, y la mayor parte de las fisonomías expresaban, si no miedo, por lo menos  inquietud: esta circunstancia, acabó de afirmar, reanimándolo, su valor.

-Heme aquí, pues; heme aquí, también yo, en el mamelón de Malakoff; me lo figuraba mil veces más terrible, y ando y avanzo sin  hacer cortesías a los proyectiles. ¿Tengo, acaso, menos miedo que los otros? No soy, pues, un cobarde -decíase con júbilo, con el entusiasmo del amor propio satisfecho.

Este sentimiento fue, no obstante, amortiguado por el  espectáculo que se presentó ante sus ojos; cuando llegaba ya con el crepúsculo a la batería de Korniloff, cuatro marineros, cogiendo unos por los pies y otros por los brazos el cuerpo ensangrentado de un hombre descalzo y sin capote, se disponían a arrojarlo por encima del parapeto (al segundo día de bombardeo echábanse los muertos al foso, pues no había tiempo de retirarlos). Volodia, presa de estu- por, vio el cadáver chocar con la cresta del parapeto y caer resbalando desde allí al foso; felizmente para él, encontró en aquel mismo momento al Coman-

dante del baluarte, que le dio un conductor para guiarlo a la batería y al alojamiento blindado de los sirvientes. No referiremos cuantas veces nuestro hé- roe se vio expuesto al peligro  aquella noche; nada diremos de su decepción al ver que en vez de en- contrar allí un tiro ajustado a todas las reglas de precisión, tal como se practicaba en Petersburgo, en la llanura de Volkovo, hallóse frente a dos morteros solamente, el uno con los rebordes partidos por una granada, y el otro sosteniéndose sobre los fragmen- tos de un afuste hecho pedazos; ni diremos cómo le fue imposible procurarse soldados  para repararlo antes del día, cómo no encontró carga alguna de ca- libre  indicado en el manual; ni hablaremos de sus impresiones al ver rodar por tierra a dos de sus arti- lleros heridos ante él, ni, en fin, cómo se  vio él mismo, veinte veces con la vida pendiente de un ca- bello. Por fortuna, el jefe de pieza, que le dieron pa- ra ayudarlo, un marino de gran estatura, afecto a los dos morteros desde que principiara el sitio, le asegu- ró que podían servir aún, prometiéndole, mientras paseaba por el baluarte con una linterna en la mano con  tanta  tranquilidad  como  si  estuviese  en  su huerto, que los pondría en estado de servicio antes del amanecer.

El reducto blindado en el cual su guía lo intro- dujo, no era sino una gran cavidad estrecha y larga, perforada en el suelo pedregoso, de unas dos sagenas cúbicas de profundidad, protegida por vigas de en- cina  de una archina de diámetro; allí se estableció con su gente. En cuanto, Vlag divisó la puertecilla baja que le daba paso, lanzóse dentro con tal preci- pitación, que lo arrastró casi a caer al suelo, pavi- mentado con piedras, y escondiéndose en un rincón no quiso salir más.  Los soldados se instalaron en tierra junto a las paredes; algunos encendieron sus pipas, y Volodia armó su cama en un rincón, echóse en ella y encendió a su vez un cigarrillo. Sobre sus cabezas se sentía,  debilitado por el blindaje, el es- tampido sin interrupción de las descargas; un cañón solo, emplazado muy cerca, hacía retemblar el abri- go cada vez que disparaba. En el interior todo per- manecía en calma.  Los soldados, intimidados aún por la presencia del oficial nuevo, sólo  cambiaban entre sí alguna que otra palabra para pedirse fuego o algo de  sitio; una rata roía allá entre las piedras, y Vlang, que aun no se había repuesto de su emoción,, lanzaba  de  vez  en  cuando  profundos   suspiros, contemplando en rededor suyo. Lo mismo aquí, sin estar del todo a su gusto, sentíase casi predispuesto a la alegría.

 

 

XXI

 

 

Al cabo de diez minutos, los soldados fueron animándose, comenzando a charlar; cerca del lecho del oficial, en el círculo de luz,  habíanse colocado los de mayor graduación; los dos artificieros, el uno viejo, de cabellera gris, con el pecho adornado con muchas medallas y cruces, entre las que faltaba la de San Jorge; el otro, un joven que fumaba cigarrillos liados por él, y el tambor, que, como siempre, se pu- so allí en el fondo a las órdenes inmediatas del alfé- rez.        En     las       sombras      de      la       entrada,      tras   del bombardero y los soldados condecorados que ocu- paban el primer término, estaban los humildes[29], que fueron los primeros en romper el mutismo. Uno de ellos, que vino corriendo asustado y con gran estré- pito, sirvió de tema a su conversación.

-¡He, oye! ¿no has querido andar más por la calle?

 

-¿No se pasean por allí las muchachas, eh? -dijo una voz.

-Al revés, cantan unas canciones maravillosas, como no se oyen en el pueblo -respondió riendo y sofocado el recién venido.

-Vassin no es amigo de las bombas, no; no le gustan -exclamó otro de los del grupo aristocrático.

-Cuando  es  preciso,  ya  es  otra  cosa  -replicó lentamente  Vassin, a quien todos atendían cuando hablaba.-  El  24,  por  ejemplo,  caían  que  era  una bendición. ¿A qué hacernos matar sin objeto? ¿Nos lo agradecerían nuestros jefes?

Estas palabras provocaron gran risa.

-Y sin embargo, mirad a Menilkoff, que se está siempre fuera -dijo otro.

-Es verdad; hazle que, entre -añadió el veterano artificiero.- Si no se va a hacer matar como un tonto.

-¿ Quién es Menilkoff? -preguntó Volodia.

-Mire Vuestra Nobleza, es un animal que no tie- ne miedo a nada: se esta paseando ahí fuera. ¿Quie- re verlo Vuestra Nobleza? parece un oso.

- Sabe hacer sortilegios -añadió Vassin con su voz reposada.

Menilkoff, soldado de gran corpulencia, cosa ra-

ra, de pelo rojo, frente enorme, extraordinariamente bombeada,  y  ojos  saltones  azul  claros,  entró  en aquel momento.

-¿Tienes miedo de las bombas?

-¿Por qué he de tener miedo? -contestó Me- nilkoff rascándose el cogote,- no será una bomba la que me mate, bien lo sé...

-¿Te gusta, pues, estar aquí?

-Seguramente; es muy divertido. -Y se echó a reír.

-¡Entonces habrá que hacerte tomar parte en una salida!  ¿Quieres? Se lo diré al General añadió Volodia, que no conocía, sin embargo a General al- guno.

-¡Por qué no he de querer! ¡Sí que quiero! -Y Merillkoff se ocultó tras de sus compañeros.

-Vamos a jugar, muchachos; ¿quién tiene cartas?

-preguntó una voz impaciente, y organizóse el juego en el rincón más apartado.

Volodia, entretanto, bebía té del que le preparó el tambor,  ofreciendo de él a los artificieros, con quienes  charlaba bromeando,  deseoso de hacerse popular y muy complacido por el respeto que le demostraban. Los soldados, al notar que el barina era buen chico, fueron animándose, y uno de ellos

anunció que el sitio, iba a concluir muy pronto, pues un marinero le había asegurado, como cosa cierta, que Constantino, el  hermano del Czar, venía a li- bertarlos con la escuadra Mericana[30], y que en breve habría un armisticio de dos semanas para descansar, y que por cada cañonazo que se disparase durante la tregua se tendrían que pagar setenta y cinco kopeks.

Vassin, en  quien  Volodia  había  reparado  ya, aquel soldado bajito con ojos grandes y dulces y pa- tillas, refirió a su vez, en medio, del silencio general, roto en seguida por mil risotadas, el placer que ha- bían sentido primero al verlo volver a su pueblo con licencia, pero que en el acto su padre lo envió a trabajar al campo, cada día, mientras  que el señor teniente de la guardia forestal mandaba a buscar a su mujer en drochki. Muchos de los soldados roncaban ya; Vlang habíase  tumbado también en tierra, y el artificiero veterano, tras de extender su capote en el suelo  persignábase  devotamente  mascullando  las oraciones de la noche, cuando se le ocurrió a Vo- lodia, el capricho de salir para ver lo que acontecía fuera.

-Retirad las piernas -dijéronse al momento los soldados unos a otros al verlo levantarse, y cada cu- al encogió las suyas para dejarlo pasar.

Vlang, a quien creyérase dormido, se incorporó, sujetando a Volodia por un faldón del capote.

-Vamos, no salga usted, ¿qué va usted a hacer?

-le dijo con acento compungido y persuasivo: -¿no sabe usted lo que pasa? llueven los proyectiles allí; aquí se está mejor.

Pero Volodia salió sin atenderlo y fue a sentarse en el umbral  mismo del alojamiento, junto a Me- nilkoff.

La atmósfera estaba fresca y pura, sobre todo, comparándola con la que acababa de respirar; la no- che clarísima y serena; entre el tronar del cañón oía- se el ruido de las ruedas de las telegas que traían cestones y faginas, y las voces de los que trabajaban en el polvorín: sobre su cabeza brillaba el cielo es- trellado, dibujándose en él los surcos luminosos de los  proyectiles;  a  la  izquierda  veíase  la  reducida abertura de una archina de alto, que conducía al inte- rior de otro blindaje, dentro del que se podían ver los pies y las espaldas de los marineros que allí pa- raban y a los que se oía hablar; enfrente alzábase el

macizo que cubría el polvorín, ante el cual pasaban y repasaban cuerpos encorvados, y en la cúspide misma de la  eminencia, expuesta a las balas y las granadas que no cesaban de  silbar  en aquel sitio, aparecía una figura negra, elevada, con las manos en los bolsillos, pisoteando la tierra fresca que traían en sacos; de tiempo en tiempo caía una bomba y esta- llaba a dos pasos de la cava; los  soldados obreros agachábanse y se apartaban de allí, mientras que la obscura silueta proseguía tranquilamente igualando la tierra con los pies y sin moverse de su sitio.

-¿Quién es ese? -preguntó Volodia a Menilkoff.

-No sé; voy a verlo.

-No vayas, es inútil.

Pero Menilkoff se levantó sin oirlo; acercóse al hombre  negro  y  permaneció  largo  rato  inmóvil junto a éste, con la misma indiferencia que é1, hacia el peligro.

-Es el vigilante del polvorín, Vuestra Nobleza?

-dijo al volver- una bomba ha horadado el espaldón y lo vuelven a cubrir de tierra.

Al concluir la noche, conocía perfectamente el número y la dirección de los cañones que dispara- ban y en que dirección hacían fuego.

 

XXII

 

Al día siguiente, 27 de agosto, después de diez horas de sueño, salió Volodia fresco y descansado del blindaje. Siguióle Vlang, pero éste al primer sil- bido de una bala, dio un salto hacia atrás, y abrién- dose  camino  con  la  cabeza,  se  precipitó  por  la angosta abertura entre la risa general de1 los solda- dos, de los cuales todos, a excepción de Vlang, del veterano artificiero y de otros dos o tres que solían aparecer raras veces en el atrincheramiento, habían salido fuera, para respirar el aire fresco de la maña- na. A pesar de la violencia del bombardeo, no se les pudo impedir que permanecieran allí, unos cerca de la entrada, otros cubriéndose con el parapeto; en cuanto a Menilkoff, desde que rayó el alba, iba y ve- nía por las baterías observándolo todo, con aire in- diferente.

En el umbral mismo del alojamiento sentáronse tres soldados, dos viejos y un joven: este último, ju- dío de crespo cabello, infante agregado a la batería, recogió una bala que rodó a sus pies y aplastándola con un casco de bomba contra una piedra, la re- cortó  en  forma de cruz según el modelo de la de San Jorge, mientras los otros conversaban, siguien-

do, con interés su trabajo que le salía muy bien.

- Yo digo que si continuamos aquí algún tiempo más, cuando la paz se haga, nos darán el retiro.

-De seguro; no me faltaban más que cuatro años de servicio, y hace cinco meses que estoy aquí.

-Eso no se cuenta para el retiro -dijo otro, en el momento en que  una bala de cañón, tras de pasar silbando sobre el grupo, dio en tierra a una archina de Menilkoff, que venía hacía ellos por la trinchera.

-A poco mata a Menilkoff -dijo       un soldado.

-No me matara -repuso éste.

-Toma, tén esta cruz por tu valor -dijo el bisoño judío, concluyendo la que hacía, y dándosela.

- No, hermano, aquí los meses valen por años; hay una orden  acerca de eso -prosiguió aquel que antes hablaba.

-Sea lo que fuere, es seguro que al llegar la paz nos pasará una revista el Emperador en Varsovia, y si no nos dan la absoluta, por lo menos será licencia ilimitada.

En este instante, una bala pequeña, saltando de rebote, y que parecía gemir al silbar, cruzó por sobre sus cabezas y fue a caer sobre un pedrusco.

-¡Cuidado! -dijo uno- Puede ser que de aquí a la

noche tengas tu licencia absoluta.

Todos se echaron a reír. Y no habían pasado dos horas, no  había venido la noche aún, cuando dos de ellos habían recibido, en  efecto, la licencia absoluta, y cinco estaban heridos; pero los demás proseguían chanceando como antes.

Por la mañana fueron aprestados los dos mor- teros, y Volodia recibió, a eso de las diez, orden del comandante del baluarte de reunir su gente y situar- se con ella en la batería. Una vez metidos en faena, ya no les quedaron ni señales de aquel terror, que la tarde precedente se  manifestaba de un modo tan franco. Sólo Vlang no conseguía  dominar el suyo, agachándose  y  escondiéndose  a  cada  momento. Vassin también había perdido la sangre fría; agitá- base y saludaba. En cuanto a Volodia, excitado por satisfacción entusiasta, no pensó más en el peligro. El júbilo que sentía al cumplir bien su deber, en no ser un cobarde, en verse, por lo contrario, lleno de valor; el sentimiento  del mando y la presencia de veinte hombres, que (bien lo sabía) le  observaban con curiosidad, hicieron de él un verdadero héroe. Hasta,  vanagloriándose de su bravura, subíase a la banqueta, con el capote desabrochado, para llamar bien la atención. El jefe del baluarte, al revistar su

fuerza, no obstante haberse acostumbrado durante ocho meses a ver el valor bajo todas sus formas, no pudo evitarse el  admirar a aquel guapo mancebo, que con el rostro, y los ojos animados, suelto el ca- pote y dejando pasar la camisa roja que aprisionaba su cuello blanco y fino, hacía las señales de regla- mento,  gritaba con voz de mando: «¡Primero! ¡Se- gundo!» y subía  alegremente al parapeto para ver dónde caía su bomba. A las once y media, el fuego de cañón cesó por ambas partes, y a las doce en punto comenzó el asalto del mamelón de Malakoff, así corno de los baluartes segundo, tercero y quinto.

 

 

XXIII

 

 

A la parte de acá de la bahía, entre Inkerman y las fortificaciones del Norte, a la mitad del día y so- bre el mogote del telégrafo, veíase a los marineros; junto a ellos, un oficial examinaba a Sebastopol con un  anteojo de larga vista, y otro, a caballo, al que acompañaba un cosaco, acababa de reunírsele al pie del gran mástil de señales.

El sol se hallaba en lo alto del horizonte, sus- pendido sobre el golfo, en cuyas aguas, cubiertas de grandes buques de guerra anclados, de veleros mer-

cantes y botes en movimiento, jugueteaban alegremente sus rayos abrasadores y luminosos. Ligera brisa, agitando apenas las hojas de algunas encinas achaparradas, que crecían junto al telégrafo, hincha- ba las velas de los barcos y hacía rizarse ligeramente las olas. En la costa opuesta del golfo, divisábase Sebastopol, siempre  igual, con su iglesia sin con- cluir, su columna, su muelle, su bulevar, que se des- taca verde sobre la montaña; el elegante edificio de la  Biblioteca    las lagunas de azul de mar, con su bosque de mástiles;  los  pintorescos acueductos, y sobre todo esto las nubes del tono azulado forma- das por el humo de la pólvora, iluminadas de tiem- po         en      tiempo                 por    el                rojo          resplandor   de      las descargas; siempre el mismo Sebastopol, hermoso, altivo, con su  aspecto de fiesta, rodeado por una parte de montañas amarillas, coronadas de humo, y por la otra de mar, cuya superficie, azul, obscura, y brillante, centellea al sol. En el horizonte, allá donde el humo de un vapor traza una línea negra, va su- biendo, un nublado en fajas blaneas y angostas, pre- cursoras        del              viento;        en      toda   la       línea  de fortificaciones, a lo largo de las montañas, sobre to- do en la  izquierda, surgen de súbito, rasgados por un relámpago, visible aún en pleno día, penachos de humo blanco y espeso, que adoptando formas  variadas se extiende, se eleva y se colora sobre el cielo de tonos sombríos aquellas masas de humo, brotan por todas partes; de las  montañas, de las baterías enemigas, de la ciudad, y se remontan a los aires; el estampido de las detonaciones conmueve el aire con su continuo fragor. Cerca de mediodía, las humare- das van haciéndose más  escasas,  y las vibraciones de las capas de aire menos frecuentes.

-¿Sabe usted que el segundo baluarte no con- testa? -dice el oficial de húsares.- Está todo por tie- rra; ¡es espantoso!

-Sí, y de Malakoff sólo responden dos veces por cada tres -replica  el que observa con el anteojo.-

¡Ese silencio me da rabia! No cesan de tirar sobre la batería de Korniloff, y ésta no responde...

-Ya verá usted, será lo que he dicho; a mediodía, cesará el bombardeo. Siempre sucede así. Vamos a almorzar; nos están  esperando. No hay nada más que ver aquí.

-Espérese, no me distraiga- responde a su vez con marcada agitación el que mira con el catalejo.

-¿Qué? ¿Qué hay?

-Movimiento en las trincheras. Columnas cerra- das que se ponen en marcha.

-Ah, sí; ya lo veo bien -dice uno de los marine- ros;- avanzan en columnas; hay que hacer la señal.

-Pero mire usted ahora, mire. Salen de las trin- cheras.

Distinguíanse, efectivamente, a la simple vista, descender   numerosas  manchas  negras  desde  la montaña al barranco, y dirigirse  desde las baterías francesas a nuestros baluartes. En primer término, ante ellas veíanse unas rayas negras también, muy próximas a nuestras líneas. De los baluartes surgie- ron de repente, y de distintos puntos a  la vez, los albos penachos de las descargas, y merced al viento oyóse el crujir de nutrida fusilería, parecido a la cre- pitación de lluvia torrencial  al caer sobre cristales. Las líneas negras avanzaban envueltas en una corti- na de humo, e iban acercándose; la fusilería aumen- taba en  violencia; la humareda surgía a intervalos, cada vez más cortos;  extendíase rápidamente a lo largo de la línea, en una sola nube de color violáceo claro, desarrollándose y desenvolviéndose sin inte- rrupción, surcada aquí y allá por fogonazos o atra- vesada  por  puntos  negros.  Todos  los  ruidos  se confundían en el fragor de un prolongado trueno.

-Es  el  asalto  -dijo  el  oficial,  palideciendo de

emoción y alargando el anteojo al marino.

Cosacos  y  oficiales  pasaron  a  caballo  por  la cumbre, precediendo al comandante en jefe que iba en carruaje, acompañado por su escolta; sus rostros expresaban penosa emoción de ansiedad.

-Es imposible que lo tomen -dijo el oficial de caballería.

-¡Dios       del     Cielo! ¡La    bandera!...   ¡mirad!

-exclamó el otro sofocado de angustia, y se apartó del anteojo.- ¡El pabellón francés sobre el mamelón de Malakoff

-¡Imposible!...

 

 

XXIV

 

 

El mayor de los Koseltzoff, que había tenido tiempo durante la noche de ganar y de volver a per- der todas sus ganancias, incluso además las mone- das de oro cosidas en las vueltas de su uniforme, dormía, por la mañana en el cuartel del quinto ba- luarte con el sueño más profundo, cuando estalló el siniestro grito repetido con indiferentes voces de, ¡a las armas, a las armas!

-Despierte usted, Mikhail Semenovitch, el asalto

-le gritó una voz al oído.

- ¡Una broma de estudiante! -respondió abrien- do los ojos sin creer en la noticia.

Pero cuando vio a un oficial pálido, agitado, que corría aturdido de un lado para otro, lo comprendió todo, y a la idea de que pudieran tomarle quizá por un cobarde, que procuraba no incorporarse a su compañía en el momento crítico, le dio tal volqueta- zo en el corazón, que se echó fuera, y corrió de un tirón a reunirse a sus soldados. Los cañones habían enmudecido, pero la fusilería arreciaba de firme, sil- bando las balas, no aisladamente, sino por enjam- bres, como pasan  sobre muchas cabezas en otoño las bandadas de pájaros. Todo el espacio ocupado la víspera por su batallón estaba lleno de humo, de gritos e imprecaciones; en su camino encontró mul- titud de soldados y heridos, y treinta pasos allá dis- tinguió a su compañía adosada al parapeto.

- El reducto de Schwarz ha sido ocupado por ellos -le díjo un oficial joven.- Todo está perdido.

-¡Qué majadería! -le respondió con cólera, y sa- cando de la  vaina su espada corta y sin punta, ex- clamó:- Adelante, muchachos, ¡hurra!...

Su voz fuerte y sonora, lo reanimó a él mismo;

corrió adelante a lo largo del camino cubierto cin- cuenta soldados  siguieron en pos gritando; al desembocar en un espacio libre, una granizada de pro- yectiles los recibió; dos le dieron simultáneamente, pero no tuvo tiempo de  comprender dónde le ha- bían tocado y si le hirieran o contusionaran,  pues entre el humo, aparecían ante él los uniformes azu- les, pantalones  grancé y oíanse gritos que no eran rusos. Un francés, sentado sobre el parapeto, agita- ba su chacó, gritando. La convicción de que sería muerto aguijoneaba el valor de Koseltzoff; corrió mas, siempre a vanguardia; algunos soldados lo re- pasaron, otros aparecieron de pronto por otra parte y corrieron con él; la distancia entre ellos Y los uni- formes azules, que al huir se volvían a las trincheras, permanecía invariable, pero sus pies tropezaban con heridos y muertos; al llegar al foso exterior, todo se confundió ante sus ojos, y sintió violentísimo dolor en el pecho; media hora después hallábase sobre una camilla, junto al cuartel Nicolás. Sabía que esta- ba herido, pero sin sufrir  molestia alguna; hubiera deseado,  no  obstante,  beber  algo  frío  y  hallarse acostado con más comodidad.

Un médico, grueso y bajito con patillas negras, acercóse a él y le desabrochó el capote. Koseltzoff contempló,  por  encima  de  su  barba,  la  cara  del

doctor, que examinaba su herida sin causarle dolor alguno; aquél, tras de cubrirla con la camisa del he- rido, se enjugó los dedos con el faldón de la levita, y volviendo la cabeza, pasó silencioso, a otro herido. Koseltzoff seguía maquinalmente con la vista lo que pasaba  en  torno  suyo,  y  transportándose con  la memoria al quinto baluarte, sintió dulce satisfacción al hacerse justicia; había  cumplido con su deber, siendo la primera vez, desde que estaba en el servi- cio, que lo hiciera sin tener nada que reprocharse. El médico, que acababa de curar otro oficial, hizo una seña al capellán, de hermosa y  luenga barba roja, que permanecía allí con su cruz.

-Pero, ¿es que voy a morir? -le preguntó Ko- seltzoff, viéndolo acercarse.

El pope nada respondió, recitó unas oraciones, y le presentó la cruz.

La  muerte  no  asustaba  a  Koseltzoff;  aproxi- mando con mano débil la cruz a sus labios, lloró.

-Los franceses...  ¿han  sido   rechazados? -- preguntó al capellán con voz firme.

-La  victoria es  nuestra en  toda  la  línea  -res- pondió  éste  para  consolar  al  moribundo,  ocul- tándole la verdad, pues el pabellón francés ondeaba

ya sobre el mamelón de Malakoff.

-¡Gracias sean dadas a Dios! -murmuró el heri- do, cuyas lágrimas corrían, sin que él lo sintiera, por sus mejillas. El recuerdo de  su hermano atravesó durante un segundo por su cerebro.

- Dios  quiera  concederle  la  misma  dicha  - agregó.

 

 

XXV

 

 

Pero no fue tal la suerte de Volodia. Escuchan- do estaba una historia que refería Vassin, cuando el grito de alarma ¡vienen los franceses! hizo que se le agolpara la sangre al corazón; sintió palidecer y he- larse sus mejillas, quedó un segundo herido de estu- por,  después,  mirando  en  torno  suyo,  vio  a  los soldados abrocharse los capotes y salir fuera, unos tras de otros, y oyó a uno de ellos, probablemente Menilkoff, decir  chanceándose:      -Vamos,      hijos, ofrezcámosles el pan y la sal.

Volodia y Vlang, que no se apartaban de él, sa- lieron juntos, precipitándose a la batería. Tanto de una parte como de otra, la artillería había cesado de tirar. La despreciable y cínica pusilanimidad del jun- ker, más que la sangre fría de los soldados, tuyo la

virtud de reanimar el valor del alférez.

-¿Me pareceré a él? -se dijo, lanzándose viva- mente hacia el parapeto tras el cual estaban empla- zados los morteros.

Desde allí vio distintamente a los franceses cru- zar corriendo un espacio libre de todo obstáculo y venir derechos hacia él; sus bayonetas, brillando al sol, se agitaban en las trincheras más próximas. Un zuavo de corta estatura, de hombros cuadrados, co- rría, sable en mano, ante los demás, brincando los fosos.

-A metralla -gritó Volodia, saltando de la ban- queta, pero a los soldados se les había ocurrido ya esto, y el crujir metálico, de la metralla, lanzada pri- mero por un mortero y después por el segundo, re- sonó sobre su cabeza. -¡Primero! ¡segundo! -mandó, cruzando velozmente el espacio entre las dos piezas y olvidándose por completo del peligro. Los gritos y el montar de los fusiles del batallón encargado  de defender nuestra batería oíase por una parte, cuando de, súbito, por la  izquierda elevóse un clamor de- sesperado, repetido por muchas voces.

-¡Vienen por retaguardia! -y Volodia, volvién- dose, divisó  unos veinte franceses. Uno de ellos, buen mozo, de barba roja, corrió  hacia él, y dete-

niéndose a diez pasos de la batería le disparó un tiro y prosiguió su carrera. Volodia, petrificado no que- ría creer a sus ojos.  ¡Ante él, sobre el parapeto, más uniformes azules y dos franceses que clavaban ya un cañón!  Excepto Menilkoff,  muerto  de  un  balazo junto a él, y de Vlang, que con los ojos bajos y el rostro inflamado por el furor, blandía el espeque, no quedaba nadie.

-Sígame usted, VIadimir Semenovitch, sígame

-gritó Vlang con voz desesperada; defendiéndose con la palanca contra los franceses que venían por la gola.

El aspecto amenazador del junker y el golpe con que derribó a uno  los detuvieron.

-Sígame usted, Vladimir Semenovitch. ¿Qué es- pera? ¡Huya  usted! -y se precipitó a la trinchera, desde donde nuestra infantería  disparaba sobre el enemigo. Volvió a salir, sin embargo, enseguida pa- ra ver qué había sido de su adorado alférez. Una masa informe, envuelta en un capote gris, vacía con el rostro hacia tierra en el lugar donde quedara Vo- lodia, y todo el espacio aquél hallábase ocupado ya por los franceses que tiraban sobre los nuestros.

 

 

XXVI

 

Vlang logró encontrar su batería en la segunda línea,  de  defensa;  de  los  veinte  soldados  que  la componían  poco  antes,   ocho   solamente  habían quedado con vida.

Hacia las nueve de la noche, el junker con su gente atravesaba la bahía en vapor con rumbo a la Severnaia. El buque iba, cargado de heridos, de ca- ñones y de caballos; el fuego había cesado en toda el campo de batalla. Como la noche anterior, brillaban las estrellas en el cielo, pero el viento había arrecia- do y agitaba el mar.

En el primero y segundo baluarte surgían nume- rosos fogonazos al ras del suelo que iluminaban el horizonte, precediendo a otras  tantas explosiones que sacudían la atmósfera, permitiendo ver lanzadas por el aire nubes de piedras y objetos negros de forma extraña; algo ardía cerca de los docks, y una llamarada rojiza reflejábase en el agua;  el puente, cubierto por apretada muchedumbre aparecía ilumi- nado por los fuegos de la batería Nicolás; un haz de llamas parecía elevarse sobre  el agua en la lejana punta de la batería Alejandro, iluminando la  capa inferior de una nube, de humo que se balanceaba

encima de ella.

Como la noche anterior, las luces de la escuadra enemiga brillaban a lo lejos en el mar, tranquilas e insolentes; los mástiles de nuestros buques, echados a pique y sumergiéndose poco a poco en las  pro- fundas aguas, dibujábanse sobre la roja luz del in- cendio. Sobre  la  cubierta del vapor nadie hablaba; de tiempo en tiempo, entre el cabrilleo de las ondas, hendidas por sus ruedas, y el ruido de la máquina, oíase resoplar a los caballos, cuyas herraduras gol- peaban la tablazón, y al capitán lanzar algunas voces de mando, así como los lamentos dolorosos  de los heridos. Vlang, que no había comido desde  el día antes, sacó un cantero de  pan del bolsillo y mordió en él,  pero al acordarse de Volodia rompió a sollo- zar tan ruidosamente que llamó la  atención de los soldados.

-¡Mira! Come pan y llora nuestro Vlang    -dijo

Vassin.

-Es extraño -añadió otro.

-Mira        allí,    han    quemado     nuestros      cuarteles

-prosiguió suspirando.- ¡Cuántos han muerto de los nuestros! ¡Y a pesar de todo, los franceses han en- trado!

-Y a duras penas hemos logrado escapar vivos;

hay que dar gracias a Dios -agregó Vasssin.

-¡Lo mismo da; es desesperante!

-¿Por qué? ¿Crees que les irá bien ahí? Espérate; ya  verás  cómo  lo  recobramos. ¡Perderemos  más gente, es posible; pero, tan verdad como que Dios es Santo, que si el Emperador lo manda, se recobra- rá! ¿Crees que se les ha dejado de cualquier modo?

¡Vaya! No les quedan sino cuatro paredes; han sido volados  los   atrincheramientos.        Han   conseguido plantar su bandera sobre el mamelón, es cierto; pero no se arriesgarán a entrar en la ciudad. -Espérate un poco,  no  quedaremos  en  deuda  contigo.  Danos tiempo tan sólo -exclamó, mirando hacia las posi- ciones de los franceses.

-Así será, de seguro -añadió otro, convencida- mente.

En toda la línea de los baluartes de Sebastopol, donde durante meses enteros alentó la vida ardiente y enérgica, donde durante meses sólo la muerte re- levaba a los héroes que agonizando unos tras otros inspiraban el terror, el odio y hasta la admiración del enemigo; sobre aquellos baluartes, repito, no se veía ya un alma; todo estaba muerto, feroz, espanto- so, pero no en silencio, que todo iba desplomándo- se en aquel contorno con hórrido fracaso. Sobre la

tierra, agrietada, por reciente explosión, yacían esparcidas cureñas rotas y cadáveres rusos y franceses aplastados; enormes cañones de hierro fundido, que rodaron al foso a impulsos de terrible fuerza, medio enterrados en el suelo y mudos para siempre; bom- bas, balas, fragmentos de vigas, zanjas, armaduras de los  blindajes  y más cadáveres aún con capotes azules o grises que parecían sacudidos por supremas convulsiones, y a los que, iluminaba a intervalos el rojo resplandor de las explosiones que hacían re- temblar el aire.

El enemigo veía, bien claro que algo insólito ocurría en el formidable Sebastopol, y aquellas ex- plosiones, aquel silencio de muerte en los baluartes hacíale temblar; bajo la impresión de la  resistencia tranquila y firme de aquella postrera jornada, no se atrevía aún a creer en la desaparición de su invenci- ble adversario, y esperaba  con ansiedad, callado e inmóvil, el fin de aquella noche lúgubre.

El ejército de Sebastopol, semejante a un mar cuya masa líquida, inquieta y azulada, se extiende y se  desborda,  avanzaba  con  lentitud  en  la  noche sombría, ondulando en la obscuridad impenetrable por el  puente de la bahía, dirigiéndose a la Sever- naia; alejándose de aquellos  lugares en los que ha-

bían sucumbido en tan crecido número los héroes que regaran con su sangre; de aquellos lugares de- fendidos  durante  once meses contra un enemigo dos veces superior en fuerza, y los cuales había re- cibido orden de abandonar aquel mismo día, sin combatir.

La primera impresión cansada por aquella orden del día, oprimió pesadamente el corazón de los ru- sos; después, el temor de la persecución fue el sen- timiento dominante en todos. Los soldados, hechos a batirse en los sitios que abandonaban, sintiéronse sin defensa en cuanto se alejaron de ellos; inquietos, agolpábanse en la entrada del puente, sacudido por ráfagas violentas. A través de la aglomeración  de regimientos,  de  milicias,  de  carruajes,  echándose unos sobre otros; la infantería, cuyos fusiles choca- ban entre sí, y los oficiales de órdenes, a duras pe- nas  podían  abrirse  camino;  los  vecinos  y   los sirvientes militares que acompañaban a los bagajes, pedían llorando, que los dejaran pasar, mientras que la artillería, presurosa por alejarse,  rodaba con es- trépito al descender a la bahía.

Aunque la atención se viera distraída por mil detalles, el sentimiento de la conservación y el

deseo de huir lo más pronto posible de aquel lugar

horrible, invadía el espíritu de cada cual, así del soldado mortalmente herido, echado entre otros qui- nientos infelices sobre las losas del muelle Pablo y pidiendo a Dios la muerte, como del miliciano ren- dido, que haciendo el postrer esfuerzo penetra en la compacta multitud para dejar camino libre a un jefe; como del General que pide paso con voz imperiosa

a los soldados impacientes, o del marinero perdido entre un batallón en marcha y casi ahogado por la muchedumbre en movimiento, y del oficial herido a quien transportan cuatro soldados que, detenidos por el tropel, dejan en el suelo la camilla junto a la batería Nicolás, y del veterano artillero que durante dieciséis años no se separó del cañón y  que con ayuda de sus compañeros y por orden, para él in- comprensible, de su jefe, apréstase a volcarlo de un golpe en la bahía, y en fin, de los marinos que aca- ban de echar a pique sus buques y que reman con vigor al alejarse en los botes y falúas. Al llegar al extremo del puente, cada soldado, con poquísimas excepciones, se descubría persignándose; pero ade- más de este sentimiento  experimentaba otro, más profundo:  una  sensación  próxima  al   arrepenti- miento, a la vergüenza, al odio, y con indescriptible amargura  en el corazón, suspiraban todos penosa-

mente,  proferían  entre  dientes  terrible  amenaza contra el enemigo y lanzaban, al llegar a la costa norte, la última mirada sobre Sebastopol abandonado.

 

FIN



[1] 1  Bebida popular.

[2] 2  Bastión, baluarte.

[3] 3  Tiradores

[4] 4  Medida lineal rusa.

[5] 5  Periódico militar ruso.

[6] 6    Enrejado de madera cubierto de hiedra, que fue de moda en los salones rusos en otro tiempo con esa denominación francesa.

[7] 7  Bromeado, chanceado, alborotado.

[8] 8  Sargento o suboficial noble.

[9] 9   Los soldados rusos, acostumbrados a batirse con los turcos y a oír gritos de guerra, contaron siempre que los franceses gritaban asimismo:

¡Allah!

[10] 10 Ne se mouchent pas du pied, non plus. -Modismo francés sin equivalente castellano, usado por el oficial ruso como alarde de sus conocimientos en la lengua francesa.

[11] 11 Ultima estacion antes de llegar a Sebastopol.

[12] 12 Gorro oriental tronco cónico. –(N.del T)

[13] 13   Traducción  literal  del  saludo  habitual  del  soldado  ruso  a   sus superiores.

[14] 14 El enemigo.

[15] 15  En algunos regimientos del ejercito, los oficiales denominan a  los soldados Mosku, mote entre despreciativo y cariñoso.

[16] 16 Teteras grandes.

[17] 17 Túnica algo larga que se usa en el Cáucaso.

[18] 18  Sopa polaca y de la Pequeña Rusia, hecha con jugo de remolacha, carne y legumbres.

[19]19 Encargado de los bagajes y administración del regimiento.

[20] 20 Especie de gato salvaje.

[21] 21 Cerveza Inglesa.

[22] 22 Medida de avena.

[23] 23 De eikon (griego), imagen, retablo.

[24] 24 Carne picada (¿albondigas?)

[25] 25 Plato ruso de crema agria.

[26] 26 La cartilla de enseñanza de las escuelas.

[27] 27 Natural de la Rusia Menor.

[28] 28 Modismo cariñoso ruso, equivalente a ¡que candidez, que inocencia!

[29] 29 Los bisoños, los quintos.

[30] 30  Americana.

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