© Libro No. 350. Como el agua que fluye. Yourcenar,
Marguerite. Colección Emancipación Obrera. Octubre
27 de 2012.
Título original: © Como
el agua que fluye. Yourcenar, Marguerite
Versión Original: © Como el agua que fluye.
Marguerite Yourcenar
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como el agua que fluye-marguerite
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
DATOS BIOGRÁFICOS
Marguerite Yourcenar

(Marguerite
de Crayencour; Bruselas, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, EE UU, 1987)
Escritora francesa de origen belga.
Huérfana
de madre desde su nacimiento, fue llevada muy pronto a Francia por el padre
(natural de Lille) que, tras impartirle una educación bastante esmerada, la
llevó siempre con él, en el curso de su cosmopolita existencia, comunicándole
su amor por los viajes.
Cursó
estudios universitarios, especializándose en cultura clásica, y empezó a
publicar diez años antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, aunque con
escaso éxito. De esta primera época son las novelas Alexis o el tratado del
inútil combate (1928), que comenzó a despertar el interés de la crítica: obra
de corte gidiano, es una lúcida y desinhibida vivisección de un fracaso
existencial; La Nouvelle Eurydice (1929), menos tensa e inspirada respecto
Alexis: Denier du rêve (1934), historia de un atentado fracasado contra
Mussolini, donde la violencia política ocupa el primer plano; y La mort conduit
l'attelafe (1934), colección de tres cuentos.
Sus
largas estancias en Grecia dieron origen a una serie de ensayos reunidos en
Viaje a Grecia y llevaron a su maduración la idea originaría de Fuegos (1936),
una obra esencialmente lírica compuesta de relatos míticos y legendarios. La
misma dimensión mítica se deja traslucir en su colección de Cuentos orientales,
publicada en 1938. El año siguiente aparece El tiro de gracia, basada en un
hecho real, una historia de amor y de muerte en un país devastado durante las
luchas antibolcheviques. Son importantes también varios ensayos, como Pindare
(1932) y Les songes et les sorts (1938).

En
1939 la guerra la sorprendió en los Estados Unidos y allí fijó su residencia,
en Maine, dedicándose en un principio a la enseñanza y adquiriendo la
nacionalidad norteamericana en 1948. Llevó a cabo también en este período una
serie de refinadas traducciones de textos de diversa naturaleza: obras de
Virginia Wolf, Henry James y K. Kavafis y la antología de poesía griega antigua
La couronne et la lyre.
Su
fama como novelista la debe a dos grandes novelas históricas que han tenido
gran resonancia: Memorias de Adriano (1951), reconstrucción histórica realizada
con gran celo documental de la vida del más ilustrado de los emperadores
romanos. Escrita a modo de carta dirigida como testamento espiritual a su
sucesor designado, es una meditación del hombre sobre sí mismo, e ilustra el
único remedio posible a la angustia de la muerte: la voluntad de vivir
conscientemente, asumiendo el deber principal del hombre que es el
perfeccionamiento interior. La otra fue Opus nigrum (1965), obra fruto de
cuidadosas investigaciones, que gira en torno a la figura del médico alquimista
y filósofo Zenón, intelectual enfrentado a los problemas del conocimiento.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/y/yourcenar.htm
COMO EL AGUA QUE FLUYE
Marguerite
Yourcenar
COMO EL AGUA QUE FLUYE
Marguerite
Yourcenar
1. ANA, SOROR...
2. UN HOMBRE OSCURO
3. UNA HERMOSA MAÑANA
ANA, SOROR...
Había nacido en Nápoles en el año
1575, tras las gruesas murallas del Fuerte de San Telmo, del que su padre era
gobernador. Don Alvaro, instalado en la península desde hacía muchos años, se
había granjeado los favores del virrey, pero también la hostilidad del pueblo y
la de los miembros de la nobleza campaniense, que soportaban mal los abusos de
los funcionarios españoles. Al menos, nadie ponía en duda su integridad ni la
excelencia de su sangre. Gracias a un pariente suyo, el cardenal Maurizio
Garaffa, había contraído matrimonio con la nieta de Inés de Montefeltro,
Valentina, última flor en que una raza, favorecida entre todas, había agotado
su savia. Valentina era hermosa, clara de rostro, delgada de cintura: su
perfección desanimaba a los hacedores de sonetos de las Dos Sicilias. Inquieto
por el peligro que tal maravilla hacía correr a su honor, y naturalmente
propenso a desconfiar de las mujeres, don Alvaro imponía a la suya una
existencia casi monacal, y los años de Valentina se repartían entre las melancólicas
propiedades que su marido poseía en Calabria, el convento de Ischia, en donde
pasaba la Cuaresma, y las pequeñas estancias abovedadas de la fortaleza, en
cuyas mazmorras se pudrían los sospechosos de herejía y los adversarios del
régimen.
La joven aceptó su suerte de buen
grado. Su infancia había transcurrido en Urbino, en la más refinada de las
sociedades cultas, en medio de manuscritos antiguos, doctas conversaciones y
violas de amor. Los últimos versos de Pietro Bembo agonizante fueron compuestos
para celebrar su próxima llegada al mundo. Su madre, apenas pasada la
cuarentena, la llevó ella misma a Roma, al convento de Santa Ana. Una mujer
pálida, con la boca marcada por un pliegue triste, cogió a la niña en brazos y
le dio su bendición. Era Vittoria Colonna, viuda de Ferrante de Avalos, el que
venció en Pavía, mística amiga de Miguel Angel. Al crecer al lado de aquella
musa austera, Valentina adquirió, desde muy joven, una singular gravedad y ese
ánimo sereno de los que ni siquiera aspiran a la felicidad.
Absorbido por la ambición y las
crisis de hipocondría religiosa, su marido, que le hacía poco caso, no volvió a
acercarse a ella a partir del nacimiento de su segundo hijo, que fue un varón.
No le impuso rivales, ni tuvo más aventuras galantes, en la corte de Nápoles,
que las precisas para dejar asentada una reputación de gentilhombre. Bajo la
máscara, en las horas de abatimiento en que uno se entrega a sí mismo, don
Alvaro pasaba por preferir a las prostitutas moriscas, cuyos favores se
regatean en el barrio del puerto a las encargadas de los burdeles, sentadas en
cuclillas bajo una lámpara humeante o al lado del brasero. Doña Valentina no
albergaba por ello ningún resentimiento. Esposa irreprochable, nunca tuvo
amantes, escuchaba con indiferencia a los galantes petrarquistas, no
participaba en las cábalas que formaban entre sí las diversas amigas del
virrey, ni elegía entre las damas de su séquito a confidentes ni a favoritas.
Por decoro, en las fiestas de la corte, solía ponerse los magníficos atavíos
que correspondían a su edad y a su rango, mas no se detenía a mirarse en los
espejos, rectificando un pliegue o arreglando un collar. Todas las noches don
Alvaro encontraba encima de su mesa las cuentas de la casa revisadas por la
mano clara de Valentina. Era la época en que el Santo Oficio, recientemente
introducido en Italia, espiaba los menores estremecimientos de las conciencias;
Valentina evitaba cuidadosamente toda conversación que versara sobre materia de
fe, y su asiduidad en asistir a los oficios respetaba las conveniencias. Nadie
sabía que enviaba en secreto ropa y bebidas reconfortantes a los prisioneros en
los calabozos de la fortaleza. Más tarde, su hija Ana no pudo recordar haberla
oído rezar, pero sí haberla visto muy a menudo, en su celda del convento de
Ischia, con un Fedón o El banguete en las rodillas, con sus hermosas manos
descansando en el antepecho de la ventana abierta, meditando largamente ante la
maravillosa bahía.
Sus hijos veneraban en ella a una
Madona. Don Alvaro, que pensaba enviar muy pronto a su hijo a España, pocas
veces exigía la presencia del joven en las antesalas del virrey. Miguel pasaba
largas horas sentado al lado de Ana, en un cuartito dorado como el interior de
una arqueta, por cuyas paredes tapizadas corría la divisa bordada de Valentina
: Ut crystallunz. Desde su infancia, ella les había enseñado a leer a Cicerón y
a Séneca : mientras ambos escuchaban aquella voz cariñosa explicarles un
argumento o una máxima, sus cabellos se entremezclaban sobre las páginas.
Miguel, a esa edad, se asemejaba mucho a su hermana; a no ser por las manos,
delicadas en ella, endurecidas en él por el manejo de las riendas y de la
espada, hubieran podido confundirlos. Los dos niños, que se amaban, callaban
con frecuencia, no necesitaban palabras para gozar del hecho de estar juntos;
doña Valentina tampoco era muy locuaz, advertida por el justo instinto de los
que se saben amados sin sentirse comprendidos. Conservaba en un cofrecillo una
colección de entalles griegos, adornados algunos con figuras desnudas. Subía en
ocasiones los dos escalones que llevaban a los profundos huecos de las ventanas
para exponer a los últimos rayos del sol la transpatencia de las sardónices y,
envuelta por completo en el oro oblicuo del crepúsculo, la misma Valentina
parecía diáfana, como sus gemas.
Ana bajaba la mirada, con ese pudor
que aún suele acentuarse más en las muchachas piadosas al acercarse a la
nubilidad. Doña Valentina decía, con su fluctuante sonrisa:
‑Todo lo que es hermoso se ilumina
de Díos.
Les hablaba en lengua toscana; ellos
respondían en español.
En el mes de agosto de 1595, don
Alvaro manifestó a su hijo que antes de llegar las fiestas de Navidad debería
dirigirse a Madrid, en donde su pariente, el duque de Medina, le hacía el honor
de aceptarlo por paje. Ana lloró a escondidas, pero se contuvo por orgullo
delante de su hermano y de su madre. Al revés de lo que esperaba don Alvaro,
doña Valentina no hizo ninguna objeción al viaje de Miguel.
El marqués de la Cerna había
heredado, de su familia italiana, extensas tierras cortadas por zonas
pantanosas y que no le producían grandes rentas. Siguiendo el consejo de sus
intendentes, intentó aclímatar en su tierra de Acropoli las mejores cepas de
Alicante. El resultado fue mediocre; don Alvaro no se desanimaba: todos los
años supervisaba personalmente la vendimia. Valentina y los niños le
acompañaban. Aquel año, don Alvaro, ocupado, rogó a su mujer que vigilara ella
sola las tierras.
El viaje duraba tres días. La
carroza de doña Valentina, seguida por los coches en donde se hacinaban los
criados, avanzaba por el desigual adoquinado hacia el valle del Sarno. Doña Ana
se había sencado enfrente de su madre; don Miguel, pese a su afición a los
caballos, tomó asiento al lado de su hermana.
La vivienda, edificada en tiempos de
los angevinos de Sicilia, presentaba el aspecto de una fortaleza. Hacia
comienzos de siglo le habían adosado una construcción encalada, especie de
granja con su porche, que invadía parte del patio interior, con un tejado
plano, en donde secaban las frutas del huerto, y una hilera de lagares de
piedra. El intendente se alojaba allí con su mujer, siempre embarazada, y con
una caterva de chiquillos. El tiempo, la falta de reparaciones, las
intemperies, habían hecho inhabitable la enorme sala, invadida por la
superabundancia de la granja. Montones de uvas, ya confitadas en su propio
jugo, llenaban de un líquido pegajoso el embaldosado de estilo morisco, plagado
de moscas; manojos de cebollas colgaban del techo; la harina que se derramaba
de los sacos se infiltraba por todas partes junto con el polvo; el olor a queso
de búfalo se agarraba a la garganta.
Doña Valentina y sus hijos se
instalaron en el primer piso. Las habitaciones de ambos hermanos se hallaban
situadas una frente a otra; por las ventanas, estrechas como aspilleras, Miguel
vislumbraba a veces la sombra de Ana, yendo y viniendo a. la luz de una lámpara
pequeña. Se quitaba horquiiia tras horquilla pata deshacerse el peinado y luego
tendía el pie a una sirvienta para que le quitase el zapato. Don Miguel, por
pudor, corría las cortinas.
Los días se sucedían todos iguales,
cada uno ian largo como todo un verano. El cielo, casi siempre cargado de
calina pegada, por decirlo así, al llano, ondulaba desde la parte baja de la
montaña hasta el mar. Valentina y su hija trabajaban en la destartalada
farmacia, confeccionando pócimas que luego repartirían a los enfermos de
malaria. Diversos contratiempos retrasaban el final de la vendimia; algunos
obreros, atacados por la fiebre, no podían levantarse de sus eamastros; otros,
debilitados por la enfermedad, se tambaleaban por la viña como si estuvieran
borrachos. Aunque doña Valentina y sus hijos no hablaran nunca de ello, la
próxima partida de Miguel los ensombrecía a los ttes.
Por las noches, en la oscuridad
repentina del crepúsculo, cenaban juntos en una salita del piso de abajo.
Valentina, cansada, se acostaba temprano; Ana y Miguel, cuando se quedaban
solos, se miraban en silencio y pronto se oía la voz clara de Valentina
llamando a su hija. Ambos subían entonces las escaleras. Don Miguel, tumbaáo en
la cama, contaba el número de semanas que le separaban de su partida y, aunque
sufriera por dejar a hna y a su madre, se percataba con alivio de que la
proximidad de ese viaje lo alejaba ya de aquellas dcs mujeres.
Ciertos disturbios se habían
producido en Calabria. Doña Valentina encarecía a su hijo que no se alejara
mucho del pueblo ni de la mansión. Entre los humildes se incubaba el
descontento contra los oficiales e intendentes españoles y, sobre todo, algunos
monjes se agítaban en sus pobres monasterios colgados en la ladera de la
montaña. Los más ilustrados, los que habían estudiado durante unos años en Nola
o en Nápoles, recordaban los tiempos en que su país era tierra griega, llena de
mármoles, de dioses y de hermosas mujeres desnudas. Los más atrevidos negaban o
maldecían a Dios y conspiraban, según se decía, con los piratas turcos que
echaban el ancla al fondo de las calas. Se hablaba de extraños sacrilegios, de
Cristos pisoteados y de hostias consagradas colocadas entre las partes viriles
para aumentar el vigor; una banda de frailes había raptado y encerrado en su
convento a una parte de la juventud de un pueblo y la adoctrinaba con la idea
de que Jesús había amado carnalmente a la Magdalena y a San Juan. Valentina,
con sólo una palabra atajaba las habladurías que circulaban por casa del
intendente o por las cocinas. Miguel pensaba en ellas a menudo, a pesar suyo,
mas luego las ahuyentaba de su mente como si se despojara de un sucio insecto,
turbado, sin embargo, ante la imagen de aquellos hombres a quienes el deseo
llevaba tan lejos como para osarlo todo. Ana aborrecía el mal, pero algunas
veces, en el pequeño oratorío, ante la imagen de la Magdalena desfallecida a
los pies de Cristo, pensaba que debía ser muy dulce abrazar a quien se ama y
que tal vez la Santa ardiera en deseos de ser levantada por Jesús.
Algunos días, haciendo caso omíso de
las prohibiciones de doña Valentina, Miguel dejaba la cama al Ilegar el alba,
ensillaba su caballo y se lanzaba a la aventura muy lejos, hacía las tierras
bajas. El suelo se extendía, negro y desnudo; búfalos inmóviles, tumbados en el
suelo, formaban masas sombrías y semejaban, a lo lejos, bloques de rocas que
hubieran resbalado de las montañas; montículos volcánicos sembraban la landa de
pequeñas jorobas; soplaba siempre un fuerte viento. Don Miguel, al ver el barro
graso que salpicaba al paso de su eaballo, frenaba bruscamente a la orilla de
una ciénaga.
Una vez, justo antes de ponerse el
sol, llegó hasta una columnata erguida ante el mar. Unos fustes estriados
yacían en el suelo como gruesos troncos de árboles; otros, en pie, duplicados
horizontalmente por su sombra, se destacaban en el cielo rojo; el mar neblinoso
y pálido se adivinaba tras ellos. Miguel ató su caballo al fuste de una columna
y se puso a caminar por entre las ruinas, cuyo nombre ignoraba. Aún aturdido
por el largo galopar a través de las landas, experimentaba esa sensación de
ligereza y flojera que en ocasiones se siente en sueños. Sin embargo, la cabeza
le dolía. Sabía vagamente que se hallaba en una de aquellas ciudades en donde
habían vivido los sabios y los poetas de quienes les hablaba doña Valentina;
estas gentes habían vivido sin la angustia del Infierno abierto de par en par
bajo sus pasos; angustia que incesantemente atormentaba a don Alvaro, tan
torturado cuando esto ocurría, como los detenidos del Fuerte de San Telmo; no
obstante, también esos pueblos antiguos habían tenido sus leyes. Incluso en su
época, uniones que tal vez pudieran parecer legítimas a los vástagos de Adán y
Eva en el comienzo de los días, fueron severamente castigadas; hubo un cierto
Caunos que había escapado de país en país a las proposiciones de la dulce Biblis...
¿Por qué pensaba él en ese Caunos, él, a quien nadie todavía requería de
amores? Se perdía por aquel laberinto de piedras derrumbadas. En las escaleras
de lo que, con toda probabilidad, había sido un templo vio a una muchacha
sentada. Se dirigió hacia ella.
Puede que no fuera más que una niña,
pero el viento y el sol le habían surcado la cara. Don Miguel se fijó en sus
ojos amarillos, que le produjeron cierta inquietud. Tenia la piel y la cara
grises como el polvo, y la falda que llevaba puesta descubría sus piernas hasta
la rodilla. Estaba descalza y apoyaba los pies en las losas.
‑Hermana ‑dijo, turbado a pesar suyo
por aquel encuentro en la soledad‑, ¿cómo se llama este lugar?
‑Yo no tengo ningún hermano ‑dijo la
muchacha‑. Hay muchos nombres que es mejor no conocer. Este lugar es
pernicioso.
‑Tú pareces hallarte a gusto en él.
‑Estoy entre los míos.
Adelantó los labios dando un breve
silbido y con un dedo del pie, como haciendo una señal, apuntó hacia un
intersticio entre las piedras. Una estrecha cabeza triangular surgió de la
fisura. Don Miguel aplastó la víbora con la bota.
‑¡Que Dios me perdone! ‑exclamó‑.
¿Eres acaso bruja?
‑Mi padre era domador de reptiles
dijo la muchacha‑. Para serviros. Y ganaba mucho. Que las víboras, mi señor, se
arrastran por todas partes, sin contar con las que llevamos en el corazón...
Sólo entonces creyó percíbir Miguel
que el silencio estaba lleno de estremecimientos, de roces, de murmullos de
agua. Toda suerte de bichos venenosos reptaban por la híerba. Corrían las
hormigas, y las atañas tejían su tela entre dos fustes. E innumerables ojos
amarillos como los de la muchacha sembraban la tierra de estrellas.
Don Miguel quiso dar un paso atrás y
no se atrevió.
‑Marchaos, mi señor ‑dijo la
muchacha‑, y acordaos de que no sólo aquí existen serpientes...
Don Miguel regresó ya tarde a la
mansión de Acropoli. Quiso enterarse por el granjero del nombre de la cíudad en
ruinas; el hombre ignoraba su existencia. En cambio, Miguel supo que al llegar
la noche, doña Ana, que estaba escogiendo unas frutas, había visto una víbora
entre la paja. Se había puesto a gritar: la criada, que acudió al oírla, había
matado a la serpiente de una pedrada.
Aquella noche Miguel tuvo una
pesadilla. Se hallaba acostado, con los ojos abiertos. Un enorme escorpión
salia de la pared, y luego otro, y otro más; trepaban pot el colchón, y los
dibujos entrelazados que orlaban su colcha se transformaban en nidos de
víboras. Los pies morenos de la muchacha reposaban encima tranquilamente, como
si de un lecho de hierbas secas se tratara. Los pies avanzaban danzando; Miguel
los sentía andar sobre su corazón; a cada paso que daban se iban haciendo más
blancos; ahora tocaban su almohada. Miguel, al inclinarse para besarlos,
reconoció los pies de Ana, desnudos en sus zapatillas de raso negro.
Poco antes de maitines abrió la
ventana y se acodó en ella para respirar. Un vientecillo fresco, que soplaba
del golfo, helaba el sudor. Las ventanas de Ana estaban abiertas; don Miguel se
obstinaba en mirar a otro lado, hacia un rebaño de cabras que llevaban a pacer
a lo largo del muro; las contaba con maniática terquedad; se hizo un lío y
acabó por volver la cabeza. Doña Ana estaba arrodillada en su reclinatorio.
Miguel, al empinarse, creyó ver, entre el camisón y el raso de la zapatilla, la
palidez dorada de un pie descalzo. Ana le saludó con una sonrisa.
Pasó a la galería pata lavarse. El
frío del agua, al despertarle del todo, le serenó.
Tuvo otros sueños. Por la mañana, al
despertarse, no conseguía distinguirlos muy bien de la realidad. Hacía por
cansarse, con la esperanza de poder dormir mejor.
A menudo, en la soledad, se
orientaba hacia las ruinas. Pero en cuanto llegaba a ver las columnas,
retrocedía. No obstante, en algunas ocasiones, arrastrado a pesar suyo o
avergonzado de sí mismo, se adentraba en ellas. Las lagartijas se perseguían
por entre la hierba. Jamás volvió a ver don Miguel ninguna víbora, y la
muchacha había desaparecido.
Se informó sobre ella. Todos los
campesinos la conocían. Su padre, nativo de Lucera, era de raza sarracena; la
hija había heredado su don; iba de pueblo en pueblo, bien recibida en las
granjas, a las que limpiaba de alimañas. El temor al maleficio y tal vez, sin
saberlo él mismo, el instinto de una raza cruzada con sangre mora, le
impidieron hacer ningún daño a la muchacha.
Se confesaba todos los sábados con
un ermitaño de la vecindad, hombre piadoso y de buena fama. Pero no se
confiesan los sueños, Como su conciencia no estaba tranquila, le sorprendía no
tener que reprocharse falta alguna. Atribuía su nerviosismo a su próximo viaje
a España. No obstante, apenas hacía ya preparativos para el mismo.
Al volver de un largo paseo, un día
de mucho calor, bajó del caballo y se arrodilló para beber de un manantial. Un
hilillo de agua saltaba del venero, a unos pasos del camino; algunas hierbas
altas crecían por allí como podían, en torno a aquel frescor. Don Míguel se
tendió en el suelo para beber mejor, como un animal. Percibió un roce entre los
matorrales; se sobresaltó al ver aparecer a la muchacha sarracena.
‑¡Ah! ¡Falsa serpiente!
‑Desconfiad, mi señor ‑dijo la
poseedora de hechizos‑. El agua repta, se retuerce, se estremece y espejea, y
su veneno os hiela el corazón.
‑Tengo sed ‑replicó don Miguel.
Estaba aún lo bastante cerca del
círculo que formaba el manantial para percibir en el agua, débilmente agitada,
el reflejo de aquel rostro alargado, de ojos amarillos. La voz de Ia muchacha
se había hecho sibilante.
‑Mi señor ‑creyó oír él‑, vuestra
hermana os espera cerca de aquí con una copa llena de agua pura. Beberéis
juntos.
Don Miguel, vacilante, volvió a
montar a caballo. La muchacha había desaparecido y lo que él había tomado por
una presencia y unas palabras no eran sino fantasmas. Probablemente tuviera
fiebre. Mas puede que la fiebre permita ver y oír lo que de otro modo ni se ve
ni se oye.
La cena fue taciturna. Don Miguel,
con los ojos bajos puestos en el mantel, creía sentír la mirada de Valentina
posada sobre él. Como de costumbre, ella sólo se alimentaba de frutas, verduras
y híerbas, pero aquella noche parecía incapaz de llevarse los alimentos a los
labios. Ana ni hablaba ni comía.
Don Miguel, a quien asustaba la idea
de encertarse en su cuarto, propuso salir a la explanada a respirar un poco.
El viento había amainado al bajar la
luz. El calor cuarteaba la tierra del jardín; los pequeños charcos relucientes
de las ciénagas se iban apagando uno a uno; no se vislumbraban las luces de
ningún pueblo; sobre el negro denso de las montañas y del llano se abovedaba la
oscuridad límpída del cielo. El cielo, el cielo de diamante y de cristal,
giraba lentamente en torno al polo. Los tres, con la cabeza echada hacia atrás,
lo contemplaban. Don Miguel se preguntaba qué nefasto planeta se alzaría para
él en su signo, que era el de Capricornio. Ana seguramente pensaba en Dios.
Valentina quizá imaginara las esferas musicales de Pitágoras.
Dijo ella entonces:
‑Esta noche, la tierra recuerda...
Su voz era clara como una campanilla
de plata. Don Miguel dudaba si no valdría más comunicar sus angustias a su
madre. Al tratar de hallar las palabras se dio cuenta de que no tenía nada que
confesarle.
Además, Ana estaba allí presente.
‑Regresemos ‑dijo bajito doña
Valentina.
Al volver, Ana y Miguel caminaban
delante; Ana se acercó a su hermano y él se apartó; pareeía como si temiera
comunicarle su propio mal.
Doña Valentina tuvo que pararse
varias veces para apoyarse en el brazo de su hija. Tiritaba bajo el manto.
Subió lentamente la escalera. Una
vez en el rellano del primer piso, recordó que había olvidado fuera, en un
banco, un pañuelo de encaje de Venecia. Don Miguel bajó a buscarlo, y cuando
volvió, doña Valentina y su hija estaban ya en sus aposentos; mandó a una
doncella que les entregara el pañuelo y se retiró sin haber besado, como de
costumbre, la mano de su madre y la de su hermana.
Don Miguel se acodó en la mesa, sin
preocuparse siquiera de quitarse el jubón, y pasó toda la noche tratando de
ordenar sus pensamientos. Sus ideas daban vueltas alrededor de un punto fijo,
lo mismo que las falenas en torno a la luz; no conseguía fijar sus
pensamientos; lo más importante se le escapaba. Ya tarde en la noche se
adormeció, aunque no del todo. Estaba justo lo bastante despierto para darse
cuenta de que dotmía. Pudiera ser que aquella muchacha le hubiera embrujado. Y
no le gustaba. Ana, por ejemplo, era mucho más blanca.
Apuntaba el alba cuando llamaron a
la puerta. Sólo entonces se dio cuenta de que ya era de día.
Era Ana, también por completo
vestida. El pensó que se había levantado muy temprano. Aquel rostro asustado se
parecia tanto al suyo, que creyó ver su propio reflejo en un espejo.
Su hermana le dijo:
‑Nuestra madre ha cogido las
fiebres... Está muy decaída.
Dejándose conducir por ella, entró
en el cuarto de doña Valentina.
Las contraventanas de la habitación
estaban cerradas. Al fondo de la cama grande, Miguel distinguió apenas a su
madre; se movía lentamente, más aletargada que dormida. Su cuerpo, calíente al
tacto, temblaba como si el viento de las marismas no hubiera cesado de soplar
soóre ella. La mujer que había estado velando a doña Valentina los llevó hacia
un rincón.
‑La señora está enferma desde hace
mucho tiempo ‑les dijo‑. Ayer le cogió tal debilidad que creímos que se moría.
Está mejor, aunque demasiado tranquila, y eso es mala señal.
Como era domingo, Miguel y su
hermana oyeron misa en la capilla de la mansión. El cura de Acropoli, hombre
tosco y algo dado al víno, oficiaba para ellos. Don Miguel, que se arrepentía
de haber propuesto el paseo por la explanada del día anterior, con el relente
mortal de la noche, buscaba ya en el rostro de Ana la palidez plomiza de la
fiebre. Unos cuantos criados asistían también a la misa. Ana rezaba con fervor.
Ambos comulgaron. Los labios de Ana
se adelantaron para recibir la hostia consagrada y Miguel pensó que aquel
movimiento les daba la forma de un beso; rechazó la idea inmediatamente, como
si fuera un sacrilegio.
Cuando regresaban, Ana le dijo:
‑Habría que ir a buscar un médico.
Unos minutos más tarde galopaba
hacia Salerno.
El aire fresco y la velocidad
borraron las huellas de su noche de insomnio. Galopaba contra el viento. Era
como esa embriaguez que produce la lucha contra un adversario que retrocede,
sin dejar por ello de resistir. La borrasca echaba tras él los temores, como si
fueran pliegues de un largo manto. Los delirios y escalofríos del día anterior
habían cesado, derrotados por un arrebato de juventud y de fuerza. La fiebre de
doña Valentina podía no ser más que una crisis pasajera. Por la noche volvería
a ver el hermoso rostro sosegado de su madre.
Al llegar a Salerno puso el caballo
al paso. Renacieron sus angustias. Quizá la fiebre fuera como un maleficio del
que uno puede librarse pasándoselo a otra persona, y él, aun sin saberlo, podía
habérselo contagiado a su madre.
Le costó mucho enconttar la vivienda
del médico. Por fin, ya cerca del puerto, en un callejón sin salida, le
señalaron una casa de pobre aparíencia; una de las contraventanas, mal
enganchada, daba golpes. Cuando él llamó con el aldabón, una mujer despechugada
apareció gesticulando; preguntó al caballero qué deseaba; tuvo que explicarlo
detalladamente y a gritos, para que le oyeran; varias otras mujeres empezaron a
compadecerse ruidosamente de la desconocida enferma. Don Miguel acabó por sacar
en claro que Micer Francesco Cicinno estaba en la misa mayor.
Ofrecieron al joven gentilhombre un
taburete en la calle. La misa mayor había terminado ya; Micer Francesco Cicinno
caminaba a pasitos cortos, enfundado en su toga doctoral, eligiendo con cuidado
las mejores piedras del pavimento para no tropezar. Era un viejecito tan pulcro
que conservaba el aspecto nuevo e insignificante de los objetos que nunca se
utilizaron. Cuando don Miguel le dijo su nombre, se deshizo en cortesías. Tras
muchos titubeos consintió en montar a la grupa del caballo. No obstante, pidió que
primero le permitieran comer algo; la sirvienta le trajo a la puerta un pedazo
de pan untado en aceite; empleó mucho tiempo en limpiarse los dedos.
El mediodía les cogió en plena
marisma. Hacía mucho calor para estar a finales de septiembre. El sol, que caía
a plomo, aturdía a don Miguel; Micer Francesco Cicinno también se hallaba
incómodo.
Un poco más lejos, cerca de una
desmedrada pineda que bordeaba el camino, el caballo de don Miguel dio una
espantada al ver una víbora. Don Miguel creyó oír una carcajada, mas todo
estaba desierto a su alrededor.
‑Vuestro caballo es muy espantadizo,
señor ‑dijo el médico, a quien pesaba el silencio. Y añadió, gritando un poco
para que le oyera el caballero‑: El caldo de víbora no es medicina que deba
despreciarse...
Las mujeres estaban esperando al
médico con impaciencia. Pero Micer Francesco Cicinno era tan modesto que nadie
advertía su presencia. Dio muchas explicacíones sobre lo seco y lo húmedo y
propuso sangrar a doña Valentina.
Salió muy poca sangre del pinchazo.
Doña Valentina sufrió un desmayo aún peor que el primero y del que a duras
penas consiguieron reanimarla. Como Ana preguntase a Micer Francesco Cicinno
qué otra cosa podían intentar, el mediquillo hizo un ademán de desaliento:
‑Esto se acaba ‑susurró.
Con la agudeza de oído de los
moribundos, doña Valentina volvió su hermoso rostro hacia Ana, sonriendo aún.
Las criadas creyeron oírla murmurar:
‑Nada se acaba.
La vida se alejaba de ella a ojos
vistas. En la cama grande, coronada de un baldaquino, su delgado cuerpo se
alargaba, moldeado por la sábana, como el de una estatua yacente en su lecho de
piedra. El mediquillo, sentado en un rincón, parecía tener miedo de entorpecer
a la Muerte. Hubo que mandar callar a las criadas, que proponían curas
maravillosas; una de ellas hablaba de humedecer la frente de la enferma con
sangre de una liebre despedazada viva. Miguel suplicó repetidas veces a su
hermana que se fuera de la habitación.
Ana ponía muchas esperanzas en la
extremaunción; doña Valentina la recibió sin emoción alguna. Pidió que
acompañaran hasta su casa al cura, que se deshacía en ruidosas homilías. Cuando
hubo salido, Ana se arrodilló al pie de la cama llorando.
‑Nos abandonáis, señora madre.
‑He visto pasar treinta y nueve
inviernos ‑murmuró imperceptiblemente doña Valentina‑ y treinta y nueve
veranos. Ya es suficiente.
‑Pero nosotros somos aún tan jóvenes
‑dijo Ana‑. No veréis instruirse a Miguel; y a mí no me veréis...
Iba a decir que su madre no la vería
casada, mas la idea la horrorizó de repente. Tuvo que interrumpirse.
‑Ambos estáis ya tan lejos de mí... ‑dijo
en voz baja doña Valentina.
Creyeron que estaba delirando. No
obstante, todavía los reconocía, ya que tendió su mano a don Miguel, también
arrodillado, para que la besara. Les dijo:
‑Pase lo que pase, no lleguéis nunca
a odiaros.
‑Nos amamos ‑dijo Ana.
Doña Valentina cerró los ojos.
Luego, muy dulcemente, añadió:
‑Eso ya lo sé.
Parecía estar más allá rlel
sufrimiento, del temor o de la incertidumbre. Siguió diciendo, sin que pudiera
saberse si hablaba del porvenir de sus hijos o de sí misma:
‑No os inquietéis. Todo está bien.
Después calló. Su muerte sin agonía
fue asimismo casi sin palabras; la vida de Valentina no había sido más que un
largo deslizarse hacia el silencio; se abandonaba sin luchar. Cuando sus hijos
comprendieron que había muerto, ningún asombro vino a mezclarse con su
tristeza. Doña Valentina era de esas personas que uno se extraña de ver
existir.
Decidieron trasladarla a Nápoles.
Don Miguel tuvo que ocuparse de la caja mortuoria.
El velatorio se celebró en la gran
sala destartalada, tras haber sacado de allí los productos de la granja,
quedando amueblada tan sólo con unas cuantas arcas de tablas desvencijadas. El
tiempo y los insectos habían hecho su labor en el cordobán de las colgaduras.
Doña Valentina yacía entre cuatro candelabros, ataviada con su largo vestido de
terciopelo blanco; su sonrisa, entre desdeñosa y tierna, subsistía aún en sus
labios, y su rostro de anchos párpados, profundamente tallados, recordaba al de
las estatuas que en ocasiones se exhuman al excavar la tierra de la Magna
Grecia, entre Crotona y Metaponte.
Don Miguel pensaba en los presagios
que le asaltaban desde hacía varias semanas. Recordó que la madre de doña
Valentina, descendiente por línea materna de los Lusignan de Chipre,
consideraba la súbita aparición de una serpiente como un augurio de muerte.
Esto le tranquilizó vagamente. Aquella desgracia que justificaba sus
presentimientos le devolvía la calma.
El viento, precipitándose por las
grandes ventanas abiertas, hacía temblar la llama de las lámparas. Hacia el
este, las montañas de la Basilicata ensombrecían aún más la noche. Incendios de
matojos permitían adivinar el curso de los torrentes secos. Las mujeres
vociferaban fúnebres plañidos en el hablar de Nápoles o en el dialecto de
Calabria.
Una impresión de infinita soledad
envolvió a los dos hijos de Valentina. Ana le hizo jurar a su hermano que jamás
la abandonaría. De vuelta a su habitación para preparar la marcha, éste recordó
que, felizmente, al llegar la Navidad, embarcaría para España.
El retorno, infinitamente más lento
que la ida, duró cerca de una semana. Ana y Miguel se habían sentado uno al
lado de otro, enfrente del ataúd de su madre, colocado al fondo de la pesada
carroza que los había traído de Nápoles. Los criados los seguían en unos coches
forrados de negro. Marchaban al paso; unos cuantos penitentes daban escolta a
la carroza y recitaban letanías, con cirios en las manos.
Se relevaban a cada etapa. Por la
noche, a falta de un convento, Ana y sus doncellas se acomadaban como podían en
cualquier miserable albergue. Cuando el pueblo no poseía iglesia, el ferétro de
Valentina permanecía en la plaza; un velatorio fúnebre se improvisaba a su
alrededor. Don Miguel, que se acostaba lo menos posible, pasaba la mayor parte
de la noche rezando.
El calor, que seguía siendo
excesivo, iba acompañado de una perpetua polvareda. Ana aparecía grisácea. Sus
negros bandos se hallaban cubiertos por una espesa capa blanca; ya no se le
veían ni las cejas ni las pestañas. El rostro de ambos hermanos tomaba las
tonalidades de la arcilla seca. Les ardía la garganta. Miguel, por miedo a las
fiebres, se oponía a que Ana bebiera el agua de las cisternas. Afuera, la cera
se derretía entre las manos de los penitentes. El acoso de las moscas sucedía
por el día al nerviosismo nocturno causado por insectos y mosquitos. Para
descansar los ojos de la reverberación del camino y del temblor de las velas,
Ana mandaba cerrar las cortinas del coche; don Miguel protestaba violentamente,
afirmando que allí se ahogaban.
Se veían asaltados sin cesar por
mendigos que gimoteaban oraciones. Chiquillos vociferantes se agarraban a los
ejes del carruaje; corriendo el riesgo, cada vez que la rueda daba una vuelta,
de ser arrollados por ella y de morír aplastados. Don Miguel les arrojaba de
cuando en cuando una moneda, con la vana esperanza de quitarse de encima a toda
aquella chiquillería. A mediodía, el campo estaba casi siempre vacío; avanzaban
como en un espejismo. Por la tarde, los desharrapados campesinos traían, ya que
no flores, grandes brazadas de hierbas aromáticas. Las amontonaban como podían
encima del féretro.
Doña Ana no lloraba, pues sabía
cuánto importunaban las lágrimas a su hermano.
Este se mantenía hundido en un
rincón, lo más lejos posible de ella, con objeto de dejarle más sitio. Ana se
tapaba la boca con un pañuelito de encaje. El lento movimiento del coche y la
letanía de los portadores de cirios los sumergían en una especie de somnolencia
alucinada. En los peores baches del camino, los tumbos que daba el coche los
arrojaban al uno contra el otro. A veces tenían miedo de que la caja,
confeccionada a toda prisa por el carpintero de Acropoli, cayera y se rajara.
Muy pronto, pese a los dobles listones, un olor desvaído mezclóse al perfume de
las hierbas secas. Las moscas se multiplicaron. Todas las mañanas, ambos
hermanos se empapaban de aguas perfumadas.
Al cuarto día, a mediodía, Ana se
desmayó.
Mandó llamar don Miguel a una de las
doncellas de su hermana. La muchacha tardaba en llegar y Ana estaba como
muerta; desabrochó su corpiño; buscaba con inquietud el lugar del corazón; notó
que volvían las pulsaciones bajo sus dedos.
La doncella de Ana acabó por traer
el vinagre aromatizado. Se arrodilló ante su ama para humedecerle el rostro. Al
volverse para coger un frasco, se levantó bruscamente al ver a don Miguel.
‑¿Mi señor se encuentra mal?
Se mantenía en pie, apoyado en la
puertecilla del coche, con las manos temblorosas y más lívido que su hermana.
No podía hablar. Hizo una seña para decir que no.
Como había sitio para tres personas
en la parte delantera de la carroza, Miguel pretextó que Ana podía desmayarse
de nuevo y dio orden a la muchacha para que se instalara a su lado.
El viaje duró dos días más. El calor
y el polvo persistían; de cuando en cuando la doncella limpiaba la cara de Ana
con un paño húmedo. Don Miguel se frotaba continuamente las manos una contra
otra, como si quisiera borrar algo.
Entraron en Nápoles al caer el
crepúsculo. El pueblo se arrodillaba al paso del féretro de Valentina: todos la
querían. Algunas murmuraciones hostiles al gobernador del Fuerte de San Telmo
se mezclaban con las exclamaciones compasivas: los enemigos del régimen
acusaban a don Alvaro de haber enviado a su mujer a morir de fiebre en aquellas
tierras malsanas.
Los funerales se celebraron
solemnemente dos días después, en la iglesia española de Santo Domingo. Ambos
hermanos asistieron a ellos uno al lado de otro. Al volver, don Miguel rogó a
su padre que le concediera una entrevista.
El marqués de la Cerna le recibió en
su gabinete, ante una mesa cubierta de denuncias de soplones y listas de
prisioneros políticos o de sospechosos vigilados por orden del virrey. La
principal función de don Alvaro consistía en reprimir los motines y, en caso
necesario, suscitar alguno para mejor cazar en sus redes a los agitadores. Sus
vestiduras negra, no eran sólo por Valentina: desde la muerte del hijo habido
años atrás de una primera esposa, aquel hombre, fiel a su manera, iba siempre
vestido de luto.
No inquirió ningún detalle sobre la
muerte de doña Valentina. Miguel, alegando que Nápoles le parecía muy triste
sin su madre, le preguntó si no era posible adelantar su viaje a España.
Don Alvaro, que continuaba leyendo
el correo recién llegado de Madrid, respondió sin levantar la cabeza:
‑No me parece oportuno, señor.
Y como don Miguel permanecía mudo,
mordiéndose los labios, añadió para despedirlo:
‑Me hablaréis de ello en otra
ocasión.
No obstante, una vez en su
habitación, Miguel emprendió algunos preparativos para dicho viaje. Ana, por su
lado, ordenaba los objetos que habían pertenecído a su madre. Le parecía que el
amor filial de Miguel era más fuerte que la amistad fraterna; apenas se veían;
su intimidad parecía haber muerto con doña Valentina. Sólo entonces comprendió
ella el cambio que esta desaparición producía en su vida.
Una mañana, al volver de misa,
Miguel tropezó con Ana en la escalera. Estaba muy triste y le dijo:
‑Hace más de una semana que no os
veo, hermano.
Le tendió las manos. La orgullosa
Ana se humillaba hasta el punto de decir:
‑¡Ay, hermano! Y estoy tan sola...
Sintió compasión por ella y se
avergonzó de sí mismo. Se reprochaba no amarla lo bastante.
Reanudaron su vida de antes.
Llegaba él por las tardes, a la hora
en que el sol invadía la estancia; se instalaba frente a ella. Ana solía estar
cosiendo, pero casi todo el rato la labor reposaba en sus rodillas, entre sus
manos indolentes. Ambos hermanos permanecían silenciosos; por la puerta
entreabierta podía oírse el zumbido tranquilizador de la rueca que manejaban
las criadas.
No sabían en qué ocupar sus horas.
Emprendieron nuevas lecturas, pero Séneca y Platón perdían mucho al no ser
modulados por la tierna boca de Valentina ni comentados por su sonrisa.
Miguel hojeaba con impaciencia los volúmenes, leía unas cuantas líneas y pasaba
a otros, que abandonaba con la misma premura. Un día encontró sobre la mesa una
Biblia latina, que uno de sus parientes napolitanos, convertido a la fe
evangélica, le había dejado a Valentina antes de pasarse a Basilea o a
Inglaterra. Don Miguel, después de abrir el libro por diversos sitios, como
quien echa a suertes, leyó de aquí y de allá unos versículos. Bruscamente se
interrumpió y dejó descuidadamente el libro. Al marcharse se lo llevó.
Estaba impaciente por encerrarse en
su habitación y volverlo a abrir por la página que había señalado; cuando acabó
su lectura, volvió a empezar. Era el paisaje del libro de los Reyes, en
donde se habla de la violencia que Amnón hizo a su hermana Tamar. Se le
apareció una posibilidad que jamás había osado mirar de frente. Le dio horror.
Tiró la Biblia al fondo de un cajón. Doña Ana, que ponía gran empeño en ordenar
los libros de su madre, se la pidió varias veces. Siempre se olvidaba él de
devolvérsela. Ana acabó por no pensar más en ello.
En ocasiones, Ana entraba en su
habitación durante su ausencia. El temblaba ante la idea de que pudiera abrir
el libro por aquella página y, cuando iba a salir, lo escondía cuidadosamente.
Le leyó a los místicos: Luis de
León, el hermano Juan de la Cruz, la piadosa madre Teresa. Pero aquellos
suspiros mezclados con sollozos los dejaban agotados. El vocabulario ardiente y
vago del amor de Dios conmovía más a Ana que el de los poetas del amor
terrestre, aunque en el fondo era casi idéntico. Las efusiones emanadas, no
hacía mucho, de los santos personajes a quienes ella no conocería nunca, por
hallarse encerrados tras los muros de sus conventos, allá en España, se
convertían en un mosto que la embriagaba. Con la cabeza un poco echada hacia
atrás y los labios entreabiertos le recordaba a Miguel el muelle abandono de
las santas en éxtasis, que los pintores representaban casi voluptuosamente
penetradas por Dios. Ana sentía la mirada de su hermano sobre ella; confusa,
sin saber por qué, se incorporaba en su asiento; la entrada de una sirvienta
los hacía cambiar de color como si fueran cómplices.
Miguel se volvía duro con ella. Le
dirigía incesantes reproches sobre su inactividad, su manera de comportarse,
sus atavíos. Ella lo escuchaba sin quejarse. Como a él le horrorizaban los
grandes escotes que solían llevar las patricias, Ana, por complacerlo, se
ahogaba con sus camisolines de cuello alto. El vituperaba con aspereza sus
efusiones de lenguaje y ella acabó por imitar la adusta reserva de Miguel.
Entonces éste, temiéndose que hubiera adivinado algo, la observaba a
escondidas; ella se sentía espiada y los más insignificantes incidentes eran
motivo de querella. Había dejado de tratarla como a una hermana. Ana se
dio cuenta y lloraba por las noches, preguntándose en qué había podido
ofenderle.
Iban juntos a menudo a la iglesia de
los Dominicos. Para ello había que atravesar todo Nápoles; el carruaje,
impregnado de recuerdos del viaje fúnebre, le era odioso a Miguel; insistía
para que su hermana llevara consigo a su doncella Inesina. Ana empezó a
sospechar que se hubiera enamorado de ésta. No podía soportar una relación
semejante; el descaro de aquella muchacha siempre la había desagradado y, con
un pretexto cualquiera, acabó por despedirla.
Corría la primera semana de
diciembre; don Miguel mandó subir sus baúles e incluso contrató a un escudero
para el viaje. Contaba los días, tratando de alegrarse de que pasaran tan
velozmente, aunque en el fondo se sentía más abrumado que aliviado. Solo en su
habitación, se esforzaba por grabar en su memoria los menores rasgos del rostro
de Ana, como los recordaría seguramente cuando estuviera lejos de ella, en
Madrid. Cuanto más lo intentaba, menos la veía, y la imposibilidad de recordar
exactamente el pliegue de los labios, la forma particular de un párpado o el
lunar en el dorso de una de sus manos pálidas lo atormentaban de antemano.
Entonces, con una resolución repentina, penetraba en el cuarto de Ana y la
contemplaba con silenciosa avidez. Un día, ella le dijo: ‑Hermano, si este
viaje os aflige, nuestro padre no os obligará a hacerlo. El no contestó nada.
Pensó ella que estaba contento de poder marcharse y, pese a que ese sentimiento
fuera prueba de escaso amor, Ana no se sintió dolorida: ahora sabía que ninguna
otra mujer retenía a don Miguel en Nápoles.
Al día siguiente, a las diez, don
Alvaro lo mandó llamar.
Miguel no ponía en duda que se
tratara de alguna recomendación concerniente al viaje. El marqués de la Cerna
le pidió que se sentara y, tomando una carta abierta de encima de la mesa, se
la tendió.
Venía de Madrid. Un agente secreto
del gobernador narraba en ella, en términos prudentemente disfrazados, la
brusca desgracia del duque de Medina. Era éste el pariente a cuya casa debía ir
Miguel de paje, allá en Castilla. Miguel leyó lentamente las hojas y devolvió
la carta en silencio. Su padre le dijo:
‑Ya habéis regresado de España.
Don Miguel parecía hasta tal punto
trastornado que el marqués no pudo por menos de añadir:
‑No os creía yo tan impaciente por
dar libre curso a vuestra ambición.
Y le prometió vagamente, con una
condescendencia cortés, que ya se le ocurriría cualquier otra idea para
compensarlo, proporcionándole en Nápoles una colocación tan digna como aquella
de su cuna y rango. Y añadió:
‑El cariño a vuestra hermana debería
haceros preferible no abandonar ahora Nápoles.
Don Miguel levantó los ojos hacia su
padre. El rostro del gentilhombre era tan impenetrable como siempre. Un criado,
con un turbante a la usanza turca de los «itch‑oglân» trajo al gobernador el
vino que solía tomar por las noches. Don Miguel se retiró.
Una vez fuera, sintió un feliz
aturdimiento. Se repetía continuamente: «Dios no ha querido.»
Y como si el involuntario cambio de
su fortuna, al descargarlo de toda responsabilidad, lo justificase de antemano,
experimentaba, junto con una especie de embriaguez, una súbita facilidad para
precipitarse por la pendiente. Corrió a los aposentos de Ana, que a aquellas
horas estaría seguramente sola. El mismo le anunciaría que se quedaba en
Nápoles. Se pondría muy contenta.
El pasillo y la antesala de Ana se
hallaban sumidos en la oscuridad. Un débil rayo de luz pasaba por debajo de la
puerta. Al acercarse, Miguel oyó la voz de Ana, que estaba rezando.
Inmediatamente se la imaginó más
blanca que su propio camisón y ocupada por completo de Dios. En la inmensa
fortaleza dormida, el único ruido que se percibía era aquella voz monótona y
baja. Las palabras latinas se desgranaban en el silencio como las gotas de
un aguacero frío y calmante. Don Miguel, insensiblemente, juntó las manos y
se unió a la plegaria.
Ana calló; se apagó el rayo de luz;
seguramente se había acostado ya. Don Miguel se fue alejando de la puerta poco
a poco. Se le ocurrió entonces que alguno de los criados podía tropezar con él
en la antesala o en el rellano de la escalera. Volvió a sus habitaciones.
Un furioso anhelo de distracciones
se apoderó de él. Don Ambrosio Caraffa, su padrino, acababa de enviarle dos
caballos berberiscos por su decimonoveno aniversario. No se cansaba de hacerlos
correr. Dejó su habitación, situada en el mismo piso que la de doña Ana y en la
misma ala de la fortaleza, y se instaló en otra, en el extremo opuesto del
castillo, no lejos de las caballerizas particulares del gobernador.
Su padre le creía ocupado en
lamentar la pérdida de sus ambiciones en España. Ana, que tomó la separación
como un ultraje, pensó que él sospechaba alguna intervención suya en el
aplazamiento de su marcha. No osaba justificarse con claridad; su orgullo le
impedía quejarse, mas su pena era harto visible y don Miguel, en las pocas
ocasiones en que tropezaba con ella en la sala grande o en los pasillos del
Fuerte de San Telmo, preguntaba desabridamente por qué razón afectaba tanta
tristeza.
Miguel se esforzaba por alternar en
la corte del virrey. Tenía en ella pocos amigos. La intransigencia española del
gobernador empezaba a levantar contra éste a la nobleza de la península. Miguel
vagaba solo por entre aquel bullicio y las opulentas bellezas napolitanas,
cubiertas de afeites y de joyas, con grandes escotes bajo el esplendor de las
arañas de cristal, le irritaban con su lascivia revestida de petrarquismo. Ana
se veía a veces obligada a comparecer en aquellas fiestas. El la veía desde
lejos, toda vestida de negro, con las caderas monstruosamente ensanchadas por
el guardainfante: la gente los separaba; un aburrimiento cada vez más hondo se
desprendía de los techos con molduras, y el resto de los vivos no eran para él
más que opacos fantasmas. Por las mañanas, en el umbral de alguna inmunda
taberna del puerto, don Miguel, enfermo, tiritaba de frío, muerto de cansancio,
tan apagado como el cielo cuando se aproxima el alba.
Más de una vez, en el pasillo de
algún burdel, había tropezado con don Alvaro. Ni uno ni otro quisieron
reconocerse; además, don Alvaro llevaba siempre puesta una máscara, según la
costumbre en esa clase de antros. No obstante, cuando al día siguiente Miguel
se cruzaba con su padre bajo la poterna del Fuerte de San Telmo, creía
descifrar, en aquel rostro herméticamente cerrado, el sarcasmo de una sonrisa.
Probó con las cortesanas. Pero la
más joven le pareció tan vieja como los pecados de Herodes, y permanecía
acodado en una mesa, perdido en sus pensamientos ‑siempre los mismos‑, e
invitando a beber a los amigos de paso, mientras las mujeres de la taberna se
recostaban en su hombro.
Una noche, en un tugurio de la calle
de Toledo, sentado con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos,
contemplaba bailar a una muchacha. No era hermosa; su rostro era desabrido y en
las comisuras de los labios tenía ese pliegue amargo de los que sirven al
placer de los demás. Tal vez no tuviera más de veinte años, mas no podía verse
aquella carne miserable sin pensar en los innumerables abrazos que ya la
habían ajado. Un cliente, que la estaba esperando arriba, se impacientaba
quizá. La dueña del burdel se inclinó en la balaustrada del piso y le gritó:
‑Ana, ¿subes o qué?
Ebrio de repugnancia, Miguel se
levantó y se fue.
Inmediatamente creyó percibir que
alguien le seguía. Se metió por una travesía. No era la primera vez que
experimentaba la sensación de llevar a un espía tras sus talones. Apresuró el
paso. La subida al Fuerte de San Telmo era bastante dura y muy larga. Al
llegar, vio que, como siempre cuando volvía de madrugada, las contraventanas de
Ana estaban entreabiertas. Una vez en la explanada se dio la vuelta y
vislumbró, subiendo las cuestas de Vomero, a su propio escudero, Meneguino
d'Aia.
Aquel hombre, antes de entrar a su
servicio, había pertenecido durante mucho tiempo a don Ambrosio Caraffa, que
tenía en él puesta su confianza. Pertenecía a una buena familia y, según
decían, había conocido tiempos mejores. Su aire de franqueza había agradado
desde un principio a su nuevo amo; no obstante, desde hacía unas semanas,
Miguel se sentía espiado por aquel criado demasiado perfecto. Sorprendió por
los pasillos del castillo misteriosos conciliábulos entre Meneguino d'Aia y las
doncellas de su hermana. Finalmente, en dos o tres ocasiones, lo había visto
entrar en los aposentos de doña Ana, conducido por una sirvienta. Sus luchas
interiores, que fatigaban su espíritu, lo dejaban indefenso ante unas sospechas
que él mismo juzgaba viles. Sus relaciones con la corte y con las tabernas le
habían enseñado a temer los peligrosos caprichos de las mujeres.
Pensó en ponerse a escuchar detrás
de las puertas. Su orgullo se irritó ante tal bajeza.
Ana, por ser época de Carnavales,
multiplicaba las oraciones. Estaba al corriente por Meneguino d'Aia de las
andanzas, hechos y milagros de don Miguel; aquellos banales pecados le parecían
aún más execrables desde que sabía que los cometía su hermano. Lo que ella iba
imaginando la desesperaba y la turbaba al mismo tiempo. Postergaba día tras día
el momento de hablarle.
Una mañana, cuando Miguel se
disponía a ir a misa, la vio entrar en su habitación. Se detuvo ella, muy
desconcertada, al ver que no estaba solo. Meneguino d'Aia se hallaba al lado de
la ventana tratando de arreglar un arnés. Miguel le dijo a Ana, mostrándole a
aquel hombre:
‑Aquí tenéis al que estáis buscando.
Doña Ana se puso pálida; el silencio
de ambos se hubiera prolongado durante largo tiempo a no ser por el sirviente
de don Ambrosio Caraffa, que dio un paso adelante:
‑Mi señor ‑dijo‑, he hecho mal en
ocultaros algo. Doña Ana, muy inquieta por vuestra conducta, me rogó que velara
por vos. Es vuestra hermana mayor y no creo que debáis enfadaros con ella por
su gran ternura.
El rostro de Miguel cambió
súbitamente de expresión y pareció iluminarse. Sin embargo, su cólera parecía
ir en aumento y exclamó:
‑¡Perfecto!
Y volviéndose hacia su hermana:
‑¡De modo que os ganasteis la
confianza de este hombre para espiarme! Por las mañanas, cuando yo regresaba,
me estabais esperando igual que una amante a quien se abandona. ¿Tenéis acaso
derecho a ello? ¿Estoy yo bajo vuestra custodia? ¿Soy vuestro hijo o vuestro
amante?
Ana, con la cabeza escondida en el
respaldo de un sillón, sollozaba. Viendo sus lágrimas, don Miguel pareció
aplacarse. Dijo a Meneguino d'Aia:
‑Acompañadla a sus habitaciones.
Cuando se quedó solo, se sentó en el
sillón que ella acababa de abandonar.
Estaba loco de alegría y se repetía:
«Está celosa.»
Levantándose, se acodó ante el
espejo hasta que sus ojos, cansados de contemplar la propia imagen, no le
presentaron más que una neblina. Cuando Meneguino d'Aia regresó, don Miguel le
entregó su salario y lo despidió sin decir una palabra.
La ventana de su cuarto daba a los
contrafuertes. Al asomarse a ella, se dominaba un antiguo camino de ronda que
ya no se usaba, y al que sólo el gobernador tenía acceso. La escalera del
baluarte arrancaba de un poco más lejos; don Alvaro, según decían, llevaba de
cuando en cuando mujeres perdidas a esas celdas abandonadas. Por la noche, a
veces, se oía la risa sofocada de las alcahuetas y las rameras. Subían por la
escalera y sus rostros maquillados se aparecían al temblor de un farol. Todas
estas cosas, aunque repugnaban a don Miguel, acababan por abolir sus
escrúpulos, al probarle el universal poder de la carne.
Unos días más tarde, al volver a su
cuarto, Ana encontró la Biblia de doña Valentina que tan a menudo le había
pedido a su hermano. El libro estaba abierto y vuelto contra la mesa, como si
el que lo estuviera leyendo, al interrumpirse, hubiera querido señalar un
pasaje. Doña Ana lo cogió, puso un papel entre las hojas y lo colocó
cuidadosamente en una estantería. Al día siguiente, don Miguel le preguntó si
había echado una mirada a esas páginas. Al contestarle ella que no, temió
insistir.
Ya no rehuía Miguel su presencia. Su
actitud se modificó. No se privaba de ciertas alusiones que imaginaba claras:
sólo lo estaban para él; ahora le parecía que todo guardaba una relación
evidente con su obsesión. Tantos enigmas trastornaban a Ana, sin que tratase de
buscarles ningún sentido. Le entraban angustias inexplicables ante su hermano;
él la sentía estremecerse al menor contacto de sus manos. Entonces se apartaba.
Por las noches, ya en su habitación y nervioso hasta tal punto que sentía ganas
de llorar, se llenaba de rencor hacia sí mismo, tanto por sus deseos como por
sus escrúpulos, y se preguntaba con espanto qué es lo que sucedería al día
siguiente a la misma hora. Los días transcurrían sin que nada cambiase. Pensó
que ella no quería comprender. Estaba empezando a odiarla.
Ya no rechazaba sus fantasías
nocturnas. Esperaba con impaciencia la llegada de esa semiinconsciencia del
espíritu cuando se adormece; con el rostro hundido en las almohadas, se
abandonaba a sus sueños. Despertaba con las manos ardiendo y mal sabor de boca,
como si hubiera tenido fiebre, aún más desamparado que el día anterior.
El Jueves Santo, Ana mandó preguntar
a su hermano si deseaba acompañarla en su recorrido por las siete iglesias. El
le contestó que no. Como la carroza estaba esperando, se fue ella sola.
El continuó yendo y viniendo por la
habitación. Al cabo de algún tiempo, sin poder resistirlo más, se vistió y
salió.
Ana había visitado ya tres iglesias.
La cuarta iba a ser la de los Lombardos; la carroza se detuvo en la plaza del
Monte Olivete, delante de un pórtico bajo, cerca del cual se reunían, chillando
destempladamente, una caterva de mendigos inválidos. Doña Ana atravesó la nave
y entró en la capilla del Santo Sepulcro.
Uno de los reyes de la Nápoles
aragonesa se había hecho reproducir allí, con sus amantes y sus poetas, en las
actitudes de un velatorio fúnebre que duraría eternamente. Siete personajes de
terracota, de tamaño natural, arrodillados o agachados en las mismas losas, se
lamentaban en torno al cadáver del Hombre Dios a quien habían seguido y amado.
Cada uno de aquellos personajes era el fiel retrato de un hombre o de una mujer
que habían fallecido un siglo antes, todo lo más, pero sus efigies desoladas
parecían hallarse allí desde la Crucifixión. Aún podían verse restos de color:
el rojo de la sangre de Cristo se desconchaba como las costras de una antigua
llaga. La mugre almacenada por el tiempo, los cirios, una falsa luz del día que
reinaba en la capilla daban a aquel Jesús el aspecto atrozmente muerto que
debió tener el del Gólgotha, unas horas antes de Pascua, cuando la podredumbre
trataba de realizar su labor e incluso los ángeles empezaban a dudar. La
muchedumbre, que se renovaba continuamente, hollaba el suelo del angosto
espacio. Los andrajosos se codeaban con los gentileshombres; unos
eclesiásticos, tan atareados como en un funeral, se abrían paso por entre los
soldados de la flota, de rostros curtidos por el mar y señalados por los sables
del turco. Dominando desde lo alto las frentes inclinadas, diversas estatuas de
vírgenes y de santos se alineaban en hornacinas, cubiertas, a la antigua
usanza, de velos morados, en honor a ese duelo que sobrepasa a todos los demás
duelos.
Se apartaban al paso de Ana para
dejarle sitio; su nombre, susurrado de boca en boca, su belleza y la
magnificencia de sus atavíos detuvieron un instante el movimiento de los
rosarios. Pusieron un cojín de terciopelo negro delante de ella; doña Ana se
arrodilló. Inclinada sobre el cadáver de arcilla tendido en las losas, besó con
devoción las llagas del costado y de las manos taladradas. Llevaba echado sobre
la cara un velo que la molestaba. Al levantárselo un poco para echarlo hacia
atrás, creyó sentir que alguien la miraba y, volviendo la cabeza hacia la
derecha, divisó a don Miguel.
La violencia con que éste la miraba
la asustó. Un banco los separaba. El iba vestido de negro igual que ella, y
Ana, aterrorizada y más blanca que la carne de los cirios, miraba a aquella
estatua sombría al pie de las estatuas de color violeta.
Después, recordando que estaba allí
para orar, se inclinó de nuevo a besar los pies del Cristo. Alguien se
inclinaba a su lado. Sabía que era su hermano. El le dijo:
‑No.
Y continuando en voz baja:
‑Nos veremos en el atrio de la
iglesia.
Ana ni siquiera pensó en
desobedecer. Se levantó y, atravesando el templo lleno del rumor de las
letanías, alcanzó el ángulo del pórtico.
Miguel la estaba esperando. Ambos,
al final de la Cuaresma, luchaban contra ese nerviosismo que causan las
largas abstinencias. El le dijo:
‑Espero que habréis acabado con
vuestras devociones.
Y como ella esperaba que continuase,
prosiguió:
‑¿No hay otras iglesias más
solitarias? ¿No os han admirado ya lo bastante? ¿Es necesario que mostréis a la
gente de qué manera besáis?
‑Hermano ‑contestó Ana‑, estáis muy
enfermo.
‑¿Ahora os dáis cuenta? ‑dijo él.
Y le preguntó por qué no había ido
al convento de Ischia, al retiro que solía hacer allí por Semana Santa. Ella no
se atrevió a decirle que no había querido dejarlo solo.
La carroza esperaba. Ana subió a
ella y él la siguió. Sin continuar la visita de las iglesias, dio ella órdenes
de que los llevaran al Fuerte de San Telmo. Se mantenía erguida en su asiento,
preocupada y rígida. Don Miguel, al mirarla, pensaba en el desvanecimiento de
su hermana, camino de Salerno.
Llegaron al fuerte y la carroza se
paró bajo la poterna. Subieron ambos a la habitación de Ana. Miguel comprendía
que ella tenía algo que decirle. Y, en efecto, quitándose el velo, le dijo:
‑¿Sabíais que nuestro padre me ha
propuesto un matrimonio en Sicilia?
‑¿Ah, sí? dijo él‑. ¿Y con quién?
Ella respondió humildemente:
‑Muy bien sabéis que no pienso
aceptar.
Y diciendo que prefería retirarse
del mundo, tal vez para siempre, habló de entrar en el convento de Ischia, o en
el de las Clarisas de Nápoles, cuyo hermoso claustro había visitado a menudo
doña Valentina.
‑¿Estáis loca? ‑exclamó él.
Parecía fuera de sí.
‑¿Y váis a vivir allí, bañada en
lágrimas, consumiéndoos de amor por una estatua de cera? Ya os vi antes. ¿Cómo
voy yo a permitir que tengáis un amante sólo porque esté crucificado? ¿Estáis
ciega o bien mentís? ¿Creéis que yo deseo cederos a Dios?
Ana retrocedió, muy asustada. El
repitió varias veces:
‑¡Jamás!
Se mantenía adosado a la pared,
levantando ya la cortina con una mano para salir. Un estertor le llenaba la
garganta. Exclamó:
‑Amnón, Amnón, hermano de Tamar. Y
salió dando un portazo.
Ana permanecía hundida en el
asiento. El grito que acababa de oír resonaba aún dentro de ella; vagos relatos
de las Santas Escrituras le vinieron a la memoria; sabiendo ya lo que iba a
leer, cogió la Biblia de doña Valentina y la abrió por la página señalada, leyó
el pasaje en que Amnón violenta a su hermana Tamar. No pasó de los primeros
versículos. El libro se le resbaló de las manos y, recostada en el respaldo del
sillón, estupefacta por haberse mentido a sí misma durante tanto tiempo,
escuchaba latir su corazón.
Le pareció que aquel corazón suyo se
dilataba hasta el punto de llenar todo su ser. Una indolencia irresistible la
invadía. Atravesada por bruscos espasmos, con las rodillas juntas, permanecía
replegada sobre aquel latido interior.
A la noche siguiente, Miguel, que
estaba tendido en la cama, sin dormir; creyó oír algo. No estaba seguro de
ello: era menos un ruido que el estremecimiento de una presencia. Por haber
vivido muchas veces con la imaginación instantes semejantes pensó que debía
tener fiebre y, tratando de calmarse, recordó que la puerta tenía el cerrojo
echado.
No quería levantarse; se incorporó y
se sentó en la cama. Parecía como si la conciencia que de sus actos poseía se
hiciera más clara cuanto más involuntarios eran éstos. Asistiendo por primera
vez a esa invasión de sí mismo, sentía vaciarse gradualmente su espíritu de
todo lo que no fuese aquella espera.
Puso los pies en las baldosas y, muy
despacito, se levantó. Contenía la respiración por instinto. No quería
asustarla; no quería que ella supiera que la estaba oyendo. Tenía miedo de que
huyese y aún más de que se quedara. El suelo de madera, al otro lado de la
puerta, crujía un poco bajo dos pies descalzos. Se acercó a la puerta sin
ruido, parándose repetidas veces, y acabó por apoyarse en ella. Sintió que Ana
se apoyaba también; el temblor de sus dos cuerpos se comunicaba a la madera.
Estaba oscuro por completo: cada uno de ellos escuchaba en la sombra el jadeo
de un deseo igual al suyo. Ella no osaba suplicarle que abriese. Para atreverse
a abrir, él esperaba sus palabras. El sentimiento de algo inmediato e
irreparable le helaba la sangre; deseaba que ella no hubiera venido nunca y, al
mismo tiempo, que estuviera ya dentro de la habitación. El latido de sus arterias
le impedía oir. Dijo bajito:
‑Ana ...
Ella no contestó. El corrió los
cerrojos con premura. Sus manos agitadas palpaban sin conseguir levantar el
pestillo. Cuando por fin abrió, ya no había nadie al otro lado del umbral.
El largo pasillo abovedado estaba
tan oscuro como el interior de la habitación. La oyó huir y perderse en la
lejanía con el ruido mate, ligero y precipitado de sus pies descalzos.
Estuvo esperando mucho tiempo. Ya no
oía nada. Dejó la puerta abierta de par en par y se volvió a meter entre las
sábanas. A fuerza de espiar los menores estremecimientos del silencio, acababa
por imaginarse tan pronto el roce de una tela, como una débil y tímida llamada.
Pasaron las horas. Se detestaba por su cobardía, mas se consolaba pensando
cuánto debía ella sufrir.
Cuando se hizo por completo de día,
se levantó a cerrar la puerta. Solo en el cuarto vacío, pensaba: «Ella podría
estar aquí.»
Las mantas revueltas formaban
grandes masas de sombra. Se enfureció consigo mismo. Se tiró en la cama dando
vueltas y gritando.
Ana pasó el día siguiente en su
habitación. Las contraventanas estaban cerradas. Ni siquiera se había vestido:
el largo traje negro en que la envolvían cada mañana sus doncellas flotaba en
pliegues sueltos alrededor de su cuerpo. Había prohibido que dejaran entrar a
nadie. Sentada, con la cabeza apoyada en las asperezas del respaldo, sufría sin
lágrimas, sin pensar, humillada por lo que había intentado hacer y, al mismo
tiempo, por haberlo intentado en vano, demasiado agotada incluso para sentir su
sufrimiento.
No obstante, al llegar la noche, sus
criadas le trajeron nuevas noticias.
Don Miguel, a mediodía, se había
presentado en los aposentos de su padre. El caballero se hallaba postrado en
una de aquellas crisis de terror místico durante las cuales se veía condenado
al infierno. Ante la insistencia de Miguel, los criados le dejaron entrar en el
oratorio donde estaba don Alvaro, quien cerró con impaciencia su libro de
horas.
Don Miguel le anunció que
próximamente embarcaría en una de las galeras armadas que daban caza a los
piratas que cruzan de Malta a Tánger. En aquellos barcos, por lo general
vetustos y mal equipados, y cuya tripulación se componía de aventureros, de
antiguos piratas o de turcos conversos, a las órdenes de cualquier improvisado
capitán, se aceptaba a todo el mundo. Los criados, informados no se sabe cómo,
creían estar seguros de que don Miguel había firmado su enrolamiento aquella
mañana.
Don Alvaro le dijo con sequedad:
‑Singulares ideas tenéis para ser un
gentilhombre.
Sin embargo, aquél era un golpe duro
para él. Se le vio palidecer y dijo a su hijo:
‑Pensad, señor, que no tengo más
heredero que vos.
Don Miguel miraba fijamente al
vacío. Algo desesperado se dibujó en su mirada y, sin que un solo músculo de su
rostro se estremeciera, su cara se cubrió de lágrimas. Sólo entonces pareció
comprender don Alvaro que un cruel combate se estaba librando, acaso desde
hacía mucho tiempo, en el alma de su hijo.
Don Miguel se disponía a hablar, a
confiarse probablemente. Su padre lo detuvo con un ademán:
‑No ‑se dijo‑. Supongo que Dios os
envía alguna prueba. No tengo por qué conocerla. Nadie tiene derecho a
entremeterse entre una conciencia y Dios. Haced lo que mejor os plazca. Para
cargarme con vuestros pecados, pesan ya demasiado los míos.
Estrechó la mano de su hijo; los dos
hombres se abrazaron solemnemente. Miguel salió. A partír de entonces, no se
sabía dónde se hallaba.
Las criadas de Ana, viendo que ella
no les respondía, la dejaron sola.
Había oscurecido por completo. El
calor, en aquel cuarto día de abril, era precoz y sofocante. Ana sentía de
nuevo alterarse su corazón; presentía con espanto que la fiebre del día
anterior aparecería de nuevo a la misma hora. Se ahogaba. Tuvo que levantarse.
Acercándose al balcón, abrió las
contraventanas para que penetrara la noche y se apoyó en lá pared para
respirar.
El balcón, muy amplio, comunicaba
con diversas habitaciones. Don Miguel estaba sentado en el ángulo opuesto,
acodado en la balaustrada. No se volvió. Un temblor le advertía que ella estaba
allí. No hizo ni un movimiento.
Doña Ana miraba fijamente en la
oscuridad. El cielo, en aquella noche de Viernes Santo, parecía resplandeciente
de llagas. Doña Ana, en tensión por tanto sufrimiento, le dijo por fin:
‑¿Por qué me habéis matado, hermano?
‑Pensé en ello ‑contestó él‑. Pero
creo que seguiría amándoos aun después de muerta.
Sólo entonces se dio la vuelta. Ella
entrevió, en la penumbra, su rostro deshecho al que parecían corroer las
lágrimas. Las palabras que había preparado murieron en sus labios. Se inclinó
sobre él con desolada compasión. Cayeron uno en brazos del otro.
Tres días más tarde, en la iglesia
de los Dominicos, don Miguel asistía a misa.
Había abandonado el Fuerte de San
Telmo con las primeras luces del alba, en ese lunes que el pueblo llama la
Pascua del Angel, para rememorar que un enviado celestial habló antaño a unas
mujeres, al lado de un sepulcro. Allá arriba, en la fortaleza gris, alguien lo
había acompañado hasta el umbral de una habitación. Los adioses se habían
prolongado en silencio. El había tenido que desprenderse, muy suavemente, de
aquellos brazos tibios que se apretaban contra su nuca. Sus labios conservaban
todavía el sabor áspero de las lágrimas.
Rezaba desesperadamente. A cada
oración sucedía otra, aún más ardiente; cada vez un nuevo impulso lo llevaba a
una tercera oración. Experimentaba, junto con un aturdimiento que se parecía a
la embriaguez, ese aligeramiento del cuerpo que parece liberar el alma. No se
arrepentía de nada. Daba gracias a Dios por no haber permitido que él se fuera
sin aquel viático final. Ella le había suplicado que se quedara; no obs tante,
él se había marchado en el día fijado para ello.
Esta palabra cumplida consigo mismo
lo confirmaba en sus tradiciones de honor, y la inmensidad de su sacrificio le
parecía comprometer a Dios. Las manos en que encerraba su rostro para mejor
abstraerse de todo le devolvían el perfume de la piel que había acariciado. Al
no esperar más de la vida, se lanzaba hacia la muerte como hacia un fin
necesario. Y, seguro de consumar su muerte de la misma manera que había
consumado su vida, sollozaba por su felicidad.
Varios fieles se levantaron para ir
a comulgar.
Miguel no los siguió. No se había
confesado para la comunión pascual; algo parecido a los celos le impedía
revelar su secreto, incluso a un sacerdote. Tan sólo se aproximó lo más posible
al oficiante, de pie al otro lado del banco de piedra, con el fin de que la
virtud de la hostia consagrada descendiese sobre él. Un rayo de sol resbalaba a
lo largo de un pilar muy cercano.
Apoyó la mejilla en la piedra lisa y
suave como un contacto humano. Cerró los ojos y volvió a rezar.
No rezaba por sí mismo. Un oscuro
instinto, quizá heredado de algún antepasado deseonoeido o re negado, que en
tiempos pasados combatió a las órdenes de la media luna, le aseguraba que todo
hombre que muere en combate contra los infieles se salva forzosamente. La
muerte, en cuya búsqueda partía, le dispensaba del perdón. Rogaba a Dios
apasionadamente para que perdonase a su hermana. No dudaba de que Dios lo haría
así. Lo exigía como si fuera un derecho. Le parecía que, al envolverla con su
sacrificio, la elevaba con él a una eterna bienaventuranza.
La había dejado, aunque pensaba que
no la abandonaba. La llaga de la separación había cesado de sangrar. En aquella
mañana en que unas mujeres afligidas habían encontrado ante ellas una tumba
vacía, don Miguel dejaba elevarse su gratitud hacia la vida, hacia la muerte,
hacia Dios.
Alguien le puso la mano en el
hombro. Abrió los ojos: era Fernao Bilbaz, el capitán del navío en que iba a
embarcarse. Juntos salieron de la iglesia. Una vez fuera, el aventurero
portugués le dijo que la calma chicha no permitía que saliese la galera, que
podia volver a su casa, pero que estuviera dispuesto para la marcha en cuanto
soplara la más ligera brisa. Don Miguel regresó al Fuerte de San Telmo, pero no
se olvidó de atar, en las contraventanas de Ana, un largo chal de seda que
oirían restallar al víento.
Dos días después, al amanecer,
oyeron el crujido de la seda. Repitiéronse los mismos adioses y las mismas
lágrimas de la primera separación, como si se repitiera un sueño. Mas puede que
ya no creyeran, ni uno ni otro, en la perpetuidad de aquellos adioses.
Pasaron varias semanas: a finales de
mayo, Ana se enteró de cómo había hallado la muerte don Miguel.
La galera, al mando de Fernao
Bilbaz, había dado con un corsario argelino, a mitad de camino entre Africa y
Sicilia. Tras el cañoneo, vino el abordaje. La nave sarracena se hundió, pero
el barco español, desamparado aunque victorioso, con los aparejos rotos y el
mástil partido en dos, anduvo errante varios días, presa del viento y de las
olas. Por fin, una ráfaga lo había empujado hasta una playa, no lejos de la
pequeña ciudad siciliana de Cattolica. Entretanto, la mayoria de los hombres
heridos durante el combate habían muerto.
Los campesinos de un pueblo muy
cercano, movidos, quizá, por el afán de sacar alguna ganancia, bajaron hacia el
barco perdido. Fernao Bilbaz mandó cavar una fosa y, con la ayuda del vicario
de Cattolica, dio sepultura a los difuntos. Mas don Alvaro poseía extensas
propiedades en esa parte de Sicilia; en cuanto las gentes del lugar oyeron el
nombre de don Miguel, depositaron cuidadosamente su cuerpo, por la noche, en la
iglesia de Cattolica; seguidamente, trasladaron el féretro a Palermo para, de
allí, embarcarlo hacia Nápoles.
Cuando don Alvaro se enteró del
triste fin de su hijo, se limitó a decir:
‑Es una hermosa muerte.
No obstante, se hallaba consternado.
Su primer hijo, siendo niño aún, le había sido arrebatado por la peste al mismo
tiempo que su madre, unos años antes de que naciera don Miguel. Aquel doble
luto hizo que don Alvaro contrajese nuevas nupcias, mas éstas, a su vez, habían
resultado ser peor que inútiles. Al desaparecer Miguel, no sólo deploraba su
pérdida, sino asimismo los inanes esfuerzos que había realizado por aumentar y
consolidar ei edificio de su fortuna que, aún inacabado, pronto se quedaría sin
poseedor. Su sangre y su nombre no le sobrevivirían. Sin desviarlo enteramente
del cumplimiento de sus deberes nobiliarios, aquella muerte de su hijo, al
recordarle la vanidad de todas las cosas, contribuyó a precipitarlo más en sus
crisis de ascetismo o de libertinaje.
El cuerpo de don Miguel fue
desembarcado al crepúsculo y provisionalmente depositado en la iglesia de San
Juan del Mar, no lejos del puerto. Era una tarde de junio algo brumosa,
sofocante y grata. Ana, que acudió ya de noche cerrada, dio órdenes de abrir el
ataúd.
Unos cuantos candelabros iluminaban
la iglesia. La herida visible en el costado derecho de su hermano dio
esperanzas a Ana de que éste no hubiera sufrido demasiado. Pero ¿quién podía
estar seguro de ello? Tal vez, al contrario, había tenido una larga agonía
entre otros moribundos, en el puente medio roto de la nave... El mismo Fernao
Bilbaz ya no se acordaba. Dos o tres frailes salmodiaban. Ana se decía que
aquel cuerpo medio descompuesto continuaría deshaciéndose entre las tablas y
que ella envidiaba esa podredumbre. Al ver que iban a clavar la tapa de la
caja, Ana buscó alguna cosa suya personal que le fuera posible meter en el
ataúd. No había pensado en traer flores.
Llevaba puesto al cuello un
escapulario del Carmen. Miguel, al marchar, lo había besado repetidas veces. Se
lo quitó y lo puso en el pecho de su hermano.
El marqués de la Cerna, que veía
crecer de día en día entre el pueblo la hostilidad hacía él, creyó prudente no
asistir al traslado del cuerpo a Santo Domingo, en donde debían celebrarse las
exequias. Se hizo durante la noche, sin boato alguno; Ana seguía la comitiva en
una carroza. Inspiraba gran compasión a sus criadas.
Al día siguiente se celebraron los
funerales ante toda la corte. Arrodillado al lado del coro, don Alvaro
contemplaba fijamente el alto catafalco. El féretro desaparecía bajo un montón
de colgaduras y emblemas. Por la mente del gentilhombre pasaban toda clase de
visiones, áridas como el sol de la sierra, ásperas como un cilicio, punzantes
como un Dies Irae. Contemplaba todos aquellos blasones, vanidad de los
linajes, que sólo sirven para recordar a las familias el número de sus muertos.
El mundo, con sus vanidades y placeres, le recordaba un sudario de seda
ostentado por un esqueleto. Su hijo, lo mismo que él, había gustado de esta
ceniza. Sin duda, don Miguel estaba en el infierno. Don Alvaro, con religioso
espanto, pensaba que él también iría probablemente allí, y se ensimismaba
pensando en los castigos eternos infligidos a las criaturas de carne, en pago a
los breves estremecimientos de un placer que no procura la felicidad. A su
hijo, al que no había amaao mucho en vida, lo sentía ahora más cerca, unido a
él por un parentesco más íntimo y misterioso: el que establecen entre los
hombres, a través de la lúgubre diversidad de las culpas, las mismas angustias,
las mismas luchas, los mismos remordimientos, el mismo polvo.
Ana se hallaba frente a él, al otro
lado de la nave. A don Alvaro, aquel rostro reluciente de lágrimas le recordaba
el de Miguel, el día de Viernes Santo, cuando su hijo le anunció su marcha, ya
en el umbral de la muerte y, seguramente, del pecado. Algunos indicios que su
mente había acabado por relacionar, la salvaje desesperación de Ana y hasta
ciertas inquietantes reticencias de las sirvientas, le hacían sospechar lo que
él no quería saber. Miraba a Ana con odio. Aquella mujer le daba horror. Se
decía: «Ella lo ha matado.»
La impopularidad de don Alvaro se
agravó bruscamente.
Don Ambrosio Caraffa tenía un
hermano: Liberio. Este joven, cuyo espíritu se alimentaba de los poetas y
oradores de la antigüedad, se había dedicado al servicio de su patria italiana.
Con la emoción que siguió a los tumultos de Calabria, incitó a los campesinos
contra los recaudadores de impuestos, conspiró y se vio obligado a huir.
Pusieron precio a su cabeza. Lo creían a salvo en uno de los castillos de su
familia cuando, de repente, se supo que acababa de ser encarcelado en el Fuerte
de San Telmo.
El virrey se hallaba ausente. Don
Ambrosio Caraffa fue a casa del gobernador, rogándole que aplazase la
ejecución. El padrino de don Miguel dijo al marqués de la Cerna:
‑No os pido sino un aplazamiento.
Amo a Liberio como sí fuera mi propio hijo. Pensad que no tiene más edad de la
que tenía don Miguel.
Don Alvaro respondió:
‑Mi hijo ha muerto.
Don Ambrosio Caraffa comprendió que
toda esperanza estaba perdida. Aborrecía a don Alvaro, pero lo compadecia.
Además, no podía por menos de admirar su inquebrantable firmeza. Más la hubiera
admirado de haber sabido que el gobernador obedecía órdenes dadas de viva voz
por el conde dc Olivares, aun sabiendo que éste, en público, lo desautorizaría.
Horas más tarde corrió la noticia de
que la cabeza de Liberio había caído ya. En lo sucesivo, don Alvaro no se
atrevió a bajar, sino muy pocas veces y con numerosa escolta, o enmascarado y
ya de noche cerrada, a la ciudad adonde lo llevaban sus devociones y sus
placeres. Lo reconocieron y le arrojaron piedras; se encerró en el Fuerte de
San Telmo y no volvió a salir de allí. La ciudadela, que aplastaba a Nápoles
como el puño del Rey Católico, era odiada por el pueblo.
Ana iba todas las tardes a la
iglesia de Santo Domingo. Hasta los peores enemigos de su padre se compadecían
de su dolor cuando ella pasaba. Mandaba abrir la capilla y permanecía allí,
inerte y sin lágrimas, olvidándose hasta de rezar. Los fieles que acudían a la
iglesia a esas horas tardías la miraban a través de la reja, sin atreverse
siquiera a pronunciar sus nombre, por miedo a molestar a aquella figura que
parecia una estatua sobre un sepulcro.
Se creyó que entraría en un
convento. Jamás consintió en ello. Su vida, en apariencia, no había cambiado,
aun cuando una regla casi monástica regía sus días, y llevaba puesto un cilicio
para recordar su pecado. Por las noches se acostaba en una estrecha cama de
madera, que había mandado instalar al lado del enorme lecho donde ya no quería
dormir. Las pesadillas la despertaban; estaba sola. Entonces se desesperaba
diciéndose que todo aquello había pasado igual que un sueño, y que no tenía
pruebas de nada, que acabaría por olvidar. Para revivirlo todo, se adentraba en
su memoria. Ninguna posibilidad de porvenir se estremecía en ella. Tan agudo
era el sentimiento de su soledad, que Ana hubiera deseado ardientemente aquello
cuya espera, en un caso como el suyo, espanta a la mayoría de las mujeres.
Regresó el virrey de Nápoles, el
conde de Olivares. Mandó llamar a don Alvaro a sus aposentos y le dijo, sin más
preámbulos:
‑Sabiais que yo iba a
desautorizaros.
Don Alvaro se inclinó. El conde de
Olivares prosiguió:
‑No creáis que yo actúo así en mi
propio interés. Acabo de recibir unas cartas de llamada del rey, y un monarca
mucho más poderoso me llamará seguramente muy pronto a su lado.
No estaba mintiendo. Se hallaba
enfermo, hinchado por la hidropesía. Añadió seguidamente:
‑El marqués de Espínola anda
buscando, para la guerra de Flandes, un lugarteniente que conozca los Países
Bajos. Vos combatisteis no hace mucho en esa provincia. Precisamente enviamos
allí, a través de Saboya, un convoy de hombres y dinero. Vos lo conduciréis.
Aquello significaba el exilio. Don
Alvaro, al despedirse del conde de Olívares, besó su mano fláccida y dijo
pensativamente:
‑Todo es nada.
Al volver, mandó prevenir a Ana para
que se ocupase de hacer los preparativos del próximo viaje.
El gobernador pasó sus últimos días
en Nápoles recluido en la cartuja de San Martín, fortaleza dedicada a la
oración, lindante con la suya. Ana procedió a hacer un inventario. Llegaron al
cuarto de don Miguel. Ana no se había acercado a aquella puerta desde el día en
que Miguel la había reñido a causa de un escudero. Al abrir, sintió como un
vahído: aquel incidente olvidado se reproducía ante ella; Miguel se esforzaba
por gritarle insultos, con el rojo de la vida y de la cólera en sus mejillas
morenas. La estancia, en donde aún podían verse unos cuantos arneses de gran
valor tirados por el suelo, estaba impregnada de olor a cuero. Ella se decía ‑y
al decírselo sabía que estaba mintiendo‑ que, en aquel momento, aún no había
sucedido nada irreparable y que las cosas bien hubieran podido suceder de
distinta manera. Se sintió mal. Las criadas abrieron las ventanas para que
penetrara el aire. No se recuperaba. Salió.
El gobernador había decidido, por
prudencia, que la salida tendría lugar muy temprano. Las doncellas de Ana la
vistieron a la luz de los candelabros. Después bajaron con los baúles. Ana, al
quedarse sola, salió al balcón para contemplar Nápoles y el golfo; en la
blancura mate de la mañana.
Era un día de medíados de
septiembre. Ana, inclinada sobre la balaustrada, miraba hacia abajo buscando,
como si fuesen las estaciones de un camino que jamás volvería a recorrer, cada
uno de los lugares en que su vida se había detenido un momento. El declive de
una colina, a la derecha, le tapaba la isla de Ischia en donde dos niños
pensativos habían deletreado juntos una página de El banquete. El camino
de Salerno, a la izquierda, se perdía en la distancia. Ana reconocía, cerca del
puerto, la iglesia de San Juan del Mar, donde se reunió con Miguel por última
vez, y, surgiendo de entre el escalonamiento de los tejados que formaban
terraza, el campanil de Santo Domingo de los Aragoneses. Cuando subieron las
criadas, encontraron a su ama tendida en la cama grande y deshecha, postrada
sobre un recuerdo.
Un coche de caballos esperaba en el
patio de armas. Ana ocupó dócilmente su sitio en el vehículo donde su padre se
había instalado ya. Delante de la entrada, unos criados del nuevo gobernador
que transportaban enseres y muelles, se querellaban con los que partían. El
carruaje se puso en marcha. Al atravesar la ciudad, casi desierta a esas horas,
Ana pidió que se detuvieran un instante delante de Santo Domingo, que acababa
de abrir sus puertas. Don Alvaro no se opuso a ello.
Pasaron unos instantes. El marqués
se impacientaba. Las criadas, por orden suya, entraron en la iglesia para
rogarle a doña Ana que saliera. Reapareció en seguida.
Se había echado el velo por la cara.
Volvió a ocupar su sitio sin decir ni una palabra, dura, indiferente,
impasible, como si en aquella capilla, a modo de ex‑voto, hubiera dejado su
corazón.
Doña Ana había compuesto, para el
sepulcro, el acostumbrado epitafio. Podía leerse en el plinto:
LUCTU MEO VIVIT.
Seguían, en español, el nombre y los
títulos. Luego, en el zócalo:
ANA DE LA CERNA Y LOS HERREROS
SOROR
CAMPANIAE CAMPOS PRO BATAVORUM CEDANS
HOC POSUIT MONUMENTUM
AETERNUM AETERNI DOLORIS
AMORISQUE.
La Infanta, en Flandes, se hallaba
agradecida a Monsieur de Wirquin, capitán coronel de una tropa reclutada cerca
de Arras, en sus tierras, por haber pagado de su bolsillo la soldada ya muy
atrasada de sus hombres; también sabía que sus jefes apreciaban su brutal
valentía. Mas aquel francés, que se obligaba a hablar el español de la corte
como quien pone el adorno engañoso de un encaje en una armadura, parecía de
esas gentes que han nacido provistas de una doble faz, y a quienes un guiño
basta para tornarse en tránsfugas. De hecho, ninguna clase de lealtad vinculaba
a Egmont de Wirquin con aquellos italianos parlanchines, ni con los fanfarrones
españoles, dorados pícaros, en ocasiones bastardos y cuya sangre corrompida, de
hacerle caso a él, no valía lo que la suya.
Más tarde sabría vengarse, con algún
estudiado insulto, de aquellos que le recalcaban que su título de nobleza
databa de anteayer y, en caso de que la fortuna tardase demasiado en llegar, o
de que la brisa política soplara en otra dirección, siempre podría pasarse del
lado francés.
En Brabante, la noche antes de ser
recibido por la Infanta, en el vehículo que los llevaba al campamento, el duque
de Parma dibujó a su subordinado el perfil de los acontecimientos. Las siete
provincias del Norte se hallaban, a decir verdad, definitivamente perdidas.
España, mal repuesta de la tempestad que arrasó sus naves, ya no podía
pretender patrullar aquellas largas costas, cuyas dunas tantos muertos
encerraban. Cierto era que, hacia el interior, volvía a florecer la lealtad en
las buenas ciudades. No obstante, confesó que resultaba difícil pagar los
suministros que se adeudaban a los ricos burgueses de Arras, comerciantes en
paños y en vinos, y con los que estaba emparentado Monsieur de Wirquin por
parte de madre. Un préstamo a la causa real constituía un honor y una promesa
de porvenir; la suma le sería devuelta en cuanto regresaran los galeones. El
capitán coronel sonrió sin contestar.
Después de esto, el hábil italiano
dejó caer, como quien no quiere la cosa, que un matrimonio con alguna de las
jóvenes beldades que habían venido de España y a quienes la Infanta, por
razones de política, se proponía casar en Flandes, garantizaría a cualquier
hombre bien nacido, pero sin influencia en la corte, una ocasión para abrirse
camino cerca del archiduque y de su real esposa. A Monsieur de Wirquin no le
tentaba gran cosa el estado conyugal, mas sí la idea de un brillante enlace. Se
contentó con decir que ya vería.
Habíase casado la Infanta siendo ya
mayor. Vestida con austeridad monacal, por su gusto hubiera confinado a sus
meninas en una penumbra eclesial. No obstante, no se oponía a que lucieran los
atavíos dignos de su rango, ni a los juegos permitidos, ni al homenaje de
ciertos galanes cuidadosamente elegidos, con vistas a las buenas alianzas que
cimentarían su política de conciliación. Quizá envidiara aquellos ojos
reidores, o llenos de lágrimas infantiles, no obsesionados por la visión de
ejércitos, flotas y fortalezas. Aquel día, sentada al lado de la alta chimenea,
al final de una tarde lluviosa, contemplaba melancólicamente a sus damas de
honor, preguntándose a cuál de ellas iba a sacrificar. De sus labios caían
palabras tales como abnegación a la causa real y sumisión al cielo. Las jóvenes
retrocedían ante su mirada escrutadora: las que tenían amantes temían verse
obligadas a abandonarlos, y Pilar, Mariana o Soledad rezaban para que no las
escogiesen a ellas.
Pero la Infanta se volvió hacia Ana
de la Cerna, de veinticinco años, la más reciente de sus damas de honor y
también la de más edad. Vestía de negro desde la muerte de su hermano, caido
tres años antes en servicio del rey, y la suntuosidad de las telas que la
vestían ponía un toque fastuoso en su luto.
‑Ya hablé con vuestro padre sobre
este matrimonio ‑dijo la Infanta‑. Os deja escoger entre aceptar este contrato
o el convento.
Todas sus compañeras se esperaban a
que optase por el convento. Se quedaron muy sorprendidas al oírla decir, en voz
baja:
‑No me atrae mucho el matrimonio,
señora, mas tampoco me siento preparada para consagrarme a Dios.
Anunciaron la llegada del caballero.
La Infanta se levantó para pasar a la estancia contigua. Ana de la Cerna se vio
obligada a seguirla. Monsieur de Wirquin ‑quien, sin embargo, no solía apreciar
más que a las rollizas beldades flamencas‑ quedó seducido por aquella muchacha
a quien el negro de su vestído hacía parecer más blanca y más esbelta. Ana de
la Cerna lo conmovía cumo si fuera un estandarte.
Además, murmuraban que ella
heredaría de su padre, el marqués de la Cerna, inmensas propiedades en Italia.
Como si todas esas riquezas, que por lo lejanas casi eran fabulosas, le
pertenecieran ya, escribió a su madre para que acondicionase su mansión de
Baillicour.
El marqués de la Cerna, miembro
desde hacía poco tiempo del Consejo privado, tropezó por casualidad con su hija
en la corte de la Infanta, unos días después de los esponsales. Se hallaba
manifíestamente sumido en uno de los ataques de humildad en que se extraviaba
su razón. Dijo a su hija:
‑Ya no os guardo rencor.
Ana comprendió que seguía odiándola.
La misa de esponsales de Ana se
celebró el 7 de agosto de 1600, en Bruselas, en la iglesia de Sablon, en
presencia de la Infanta. Al llegar el ofertorio, doña Ana se desmayó, lo que
fue atribuido al calor, a la extrema incomodidad causada por el gentío y a su
corpiño de tejido de plata, que la apretaba demasiado. Don Alvaro, de pie al
lado del coro, conservó una calma imperturbable durante toda la ceremonia, cosa
que sus mismos detractores admiraban: acababan de detener a dos calvinistas
apostados para apuñalarlo, y los guardias de su séquito no podían evitar volver
la cabeza en cuanto oían el menor ruido.
También don Alvaro miraba hacia
atrás, pues no cesó de acordarse de su pasado en aquel día. Este hombre, que no
recordaba haber amado a ninguna criatura viva en cuerpo y alma, pensaba ahora
más en su hijo, al haber éste pasado a ocupar un puesto en la tropa de sus
fantasmas. Su cabeza se debilitaba; en ocasiones caia en unas ausencias
misteriosas, que lo llevaban desde las fronteras del país ardiente, pero sin
color ni forma, en donde, de todas nuestras acciones, sólo sobreviven los
remordimientos. No osando mirar de frente la falta de Miguel, tal vez por miedo
a no horrorizarse lo bastante, experimentaba, sin embargo, una especie de
envidia ante aquella pasión que lo había barrido todo a su alrededor, incluso
el miedo al pecado. El amor había ahorrado a Miguel el espanto de estar solo,
como su padre, en un universo vacío de todo lo que no es Dios. Lo envidiaba
sobre todo por haber sido ya juzgado. El matrimonio de Ana cortaba el último
hilo, muy tenue, que lo unía a su raza en la tierra; la ambición no era más que
un engaño, y ya no le hacía caer en sus redes; las exigencias de la carne se
iban acallando con la edad; esta triste victoria lo obligaba a mirar por su
alma. Inquieto, pero agotado, el marqués sentía llegado el momento de
abandonarse a la gran mano terrible que tal vez se hiciera clemente en cuanto
él hubiera dejado de luchar.
Unos meses más tarde participó por
última vez en el Consejo privado de la Infanta. Su dimisión fue aceptada
fácilmente. Sufrió por ello: había esperado que el mundo lo disputase a Dios
con mayor empeño.
Egmont de Wirquin llevó a su mujer a
Picardía, a sus tierras. Ante aquel extranjero que creía poseer a Ana ‑¡como si
pudiera poseerse a una mujer cuando se ignoran las razones de su llanto!‑, el
marqués, a pesar del resentimiento que seguía sintiendo hacia su hija, se
sentía ligado a ella por una muda complicidad. No obstante, sus adioses fueron
secos; a pesar suyo, don Alvaro la despreciaba por seguir todavía con vida; la
misma Ana también reprochaba a la desgracia el que no la hubiera destrozado
más. Resignada a soportar a un marido al que, por lo menos, no amaba, se
alegraba de que su rostro, sus manos y sus pechos hubieran adelgazado y fuesen
diferentes de aquellos que unas manos, ya convertidas en polvo, habían
acariciado. Inquietudes de guerra y de dinero impedían a Monsieur de Wirquin
preocuparse mucho de ella. Harto desdeñoso para buscarle un motivo a las
fantasías de una mujer, nunca se extrañó de que Ana, cuando llegaba la Semana
Santa, pasara las noches rezando.
En Nápoles, una noche de julio de
1602, un hombre pobremente vestido llamó a la puerta del monasterio de San
Martín. La mirilla enrejada se abrió prudentemente y el hermano portero, en un
principio, se negó a dejar entrar al extranjero, por ser hora muy tardía.
Sorprendido por un tono de mando que no estaba acostumbrado a oír en los
mendigos de aquella especie, el fraile descorrió por fin el cerrojo e introdujo
al desconocido. Una vez en el umbral, el hombre se volvió. Era ese instante en
que el sol, ya rojo, se desliza por detrás de los Camaldulenses. El hombre
contempló, sin decir una palabra, la mar pálida, las enormes cortinas del
Fuerte de San Telmo enlucidas por el oro del crepúsculo y, más allá de las
almenas que le tapaban la vista del puerto, el triángulo hinchado de un galeón
saliendo de la rada. Después, con un brusco movimiento de hombros, se hundió el
sombrero sobre los ojos y siguió a su guía por un largo pasillo. Al pasar por
la iglesia, que era nueva y estaba ricamente ornamentada, se arrodilló durante
un buen rato, mas se percató de que el fraile no le quitaba los ojos de encima,
como si temiera hallarse frente a un ladrón. Ambos entraron por fin en un
locutorio lindante a la sacristía. El hermano, entonces, cerró la puerta tras
el extranjero, dio varias vueltas a la llave, que chirrió con ruido de
chatarra, y fue a prevenir al prior.
El extranjero, con la mirada perdida
como en una oración, esperó durante un tiempo indefinido. El mismo chirrido se
dejó oír, y el prior de San Martín, don Ambrosio Caraffa, apareció por fin. Dos
frailes que le daban escolta se pararon en el lumbral de la puerta. Cada uno de
ellos llevaba una vela. Las pálidas llamas se reflejaban en el artesonado.
El prior era un hombre obeso, ya de
cierta edad, de rostro benevolente y sereno. El hombre se quitó el sombrero,
desabrochó su capa y dobló la rodilla sin hablar. Al agachar la cabeza, su
barba áspera y gris rozó el terciopelo del jubón. En su rostro demacrado, todo
él una pura red de músculos, los ojos miraban hacia delante, más allá del
prior, como si se esforzara por no ver a ese fraile a quien, sin embargo,
quería pedir algo.
‑Padre ‑le dijo‑, soy viejo. La vida
ya no tiene nada que ofrecerme, a no ser la muerte, y espero que ésta será
mejor de lo que fue aquélla. Os pido que me aceptéis como al más humilde y
desvalido de vuestros hermanos.
El prior examinaba en silencio al
altivo suplicante. El hombre que estaba hablando no llevaba joyas, ni cuello,
ni adornos de pasamanería, pero alrededor del cuello llevaba una cadena de la
que colgaba, por descuido o por postrera vanidad, el Toisón de oro español.
Advertido por la mirada del prior, el extranjero llevó a él su mano y se lo
quitó.
‑Sois noble ‑dijo el prior.
El hombre respondió:
‑Lo he olvidado todo.
El prior levantó la cabeza:
‑Sois rico.
‑Todo lo di ‑dijo el hombre.
En aquel momento, un prolongado
grito monótono ascendió, se estiró, descendió. Era la consigna de los
centinelas, el relevo en el Fuerte de San Telmo, y el prior vio al extranjero
estremecerse al oír ese eco repentino del mundo. Hacía ya un buen rato que don
Ambrosio Caraffa había reconocido a don Alvaro.
‑Sois el marqués de la Cerna ‑le
dijo.
Don Alvaro contestó humildemente:
‑Lo he sido.
‑Sois el marqués de la Cerna ‑prosiguió
el prior‑. Si se hubiera sabido que estábais en Nápoles, más de uno cuya
existencia acaso ignoréis habría acudido a desearos la bienvenida con un puñal.
Hace diez años yo hubiera hecho lo mismo. Mas el golpe que de vos recibí me
arrojó fuera del mundo. Os ha llegado el turno de desear morir para él. Los
fantasmas no se matan entre sí en este lugar de paz.
Y al levantarse don Alvaro, añadió:
‑Don Alvaro, seréis mi huésped, como
en aquellos tiempos en que yo os recibía en mi cenador de las Cascatella.
Y una fina sonrisa de patricio,
medio escondida entre la grasa, pasó por el rostro del cartujo. Don Alvaro se
ensombreció y el prior se dio euenta de ello.
‑Hice mal en evocar el pasado ‑dijo‑.
Aquí no sois más que el huésped de Dios.
Entonces, don Alvaro se volvió para
contemplar no sé qué en la sombra. Le asaltaron algunos de sus antiguos
temores, junto con el horror del gran abismo. Mas las murallas del monasterio
lo defendian del vacío y, tras ellas, otras murallas aún más fuertes que
elevaba en torno a él la Iglesia. Y don Alvaro sabía que las puertas del
infierno no prevalecerían contra ella.
Desde entonces su vida se convirtió
en penitencia.
Don Ambrosio Caraffa, dentro de la
seneillez cisterciense, conservaba esa afición al arte que lo había distinguído
en el siglo. Los claustros fueron reconstruidos, con su dinero, en estricta
conformidad con los órdenes de Vitruvio y, para inclinar a las meditaciones de
un piadoso epicureísmo, cada pilastra lucía, primorosamente esculpida, una
calavera. Las manos gordezuelas del prior comprobaban cuidadosamente el pulido
de la piedra. Aquel patricio para quien la religión tal vez no fuese sino el
coronamiento de la sabiduría humana, hallaba a Dios tanto en las vetas de un
hermoso mármol como en la lectura del Cármides. Sin infringir la regla del
silencio, cuando una flor de sus jardines le parecía especialmente hermosa, la
señalaba con una sonrisa.
Entonces don Alvaro pensaba en el
combate que desarrollan bajo tierra las raíces, en el calor de la savia, que
hace de cada corola un receptáculo de lujuria. Las construcciones inacabadas,
cuyo aspecto, como si quisieran descorazonar al maestro cantero, imita de
antemano la ruina en que se convertirán un día, le recordaban que todo
constructor, a la larga, sólo edifica un derrumbamiento. Aún le quedaba cierto
dolor, como secuela de una fiebre, de sus ambiciones cansadas, y el asombro que
produce, tras el ruido, el ensordecedor silencio. Los arcos del claustro ‑en
los que la luz del mediodía, al proyectar cada arcada en la pared opuesta,
ponía una columna de sombra que hacía juego con la de piedra‑ alternaban negros
y blancos cual doble fila de monjes. Don Ambrosio y don Alvaro se saludaban al
pasar. El uno, al repetirse los versos de un poeta de Chiraz que, en tiempos de
sus embajadas romanas, le había explicado un enviado dei Sultán, hallaba en cada
anémona la fresca juventud de Liberio. La tierra árida, en donde a veces
cavaban una tumba, recordaba al otro a don Miguel. De esta manera, cada uno de
ellos leía de forma distinta ese libro de la creación, que puede descifrarse en
dos sentidos, y en ambos sentidos poseen un mismo valor, pues nadie ha
averiguado aún si todo vive para morir, o si sólo muere para vivir de nuevo.
La historia de Ana tuvo en lo
sucesivo la monotonía de una prueba durante largo tiempo sopor tada. Monsieur
de Wirquin abandonó muy pronto los intereses de España, para mirar por Francia,
lo que aumentó el desdén que Ana sentía hacia él. En diversas ocasiones, la
guerra asoló sus tierras; hubo que salvaguardar, en la medida de lo posible, a
campesinos, ganado y enseres, aunque estas preocupaciones comunes no
consiguieron acercarlos. Por su parte, el marido de Ana nunca perdonó a su
suegro el haber donado su fortuna a instituciones piadosas; los bienes casi
fabulosos, que habían contribuido, al menos en parte, a hacerle contraer aquel
matrimonio, no fueron más que espejismos. Entre Ana y él, la cortesia ocupaba
el lugar de la ternura, sentimiento que, por lo demás, él no consideraba
necesario en sus relaciones con una mujer. Ana soportó con repulsión, al
principio, sus atenciones nocturnas; luego, el placer se insinuó en algunas
ocasiones en ella, siempre a su pesar, y limitado a una parte baja y estrecha
de su carne, sin conmover todo su ser. Agradeció que, pasado el tiempo, él se
buscara amantes que lo alejaban de ella.
Unos cuantos embatazos, soportados
con resignación, le dejaron sobre todo el recuerdo de largas náuseas. Quiso, no
obstante, a sus hijos, aunque con un amor animal que disminuía en cuanto ya no
la necesitaban. Dos varones murieron de niños: lloró sobre todo por el más
pequeño, cuyas facciones infantiles le recordaban a Miguel, pero a la larga
pasó también aquella pena. El hijo mayor, que sobrevivió, era hombre de guerra
y de corte, y se debatía con los acreedores que le había dejado su padre,
muerto en duelo a consecuencias de un misterioso asunto de honor. Su hija era
religiosa en Douai. Pocos meses después de la muerte de Monsieur de Wirquin, un
amigo del difunto que daba escolta a Ana desde Arras a París, en donde estaba
su hijo, aprovechó una estancia casual para asediar a la viuda, aún hermosa.
Demasiado cansada para luchar o acaso impulsada por su propia carne, Ana lo
recibió con la misma emoción, ni más ni menos, que la que había sentido en el
lecho conyugal. Este incidente no tuvo mayores consecuencias; el galán partió a
reunirse con su regimiento en Alemania; la verdad era que nada de aquello tenía
importancia. Durante las escasas estancias de Ana en el Louvre, la reina se
encaprichó con aquella española de alto linaje, con la que se entretenía hablando
en su lengua materna. Mas la viuda de Egmont de Wirquin rechazó el puesto de
azafata que le ofrecía. La pompa francesa y el lujo de Flandes, bajo sus cielos
sombríos, no representaban nada si se les comparaba con el recuerdo de los
fastos de Nápoles y con su puro cielo.
Con los años, la soledad, el
cansancio y una especie de estupor cayeron sobre ella. No tenía el consuelo de
las lágrimas: se consumía en aquella sequedad como en el interior de un árido
desierto. En ciertos momentos, algunos delicados retazos del pasado se
insertaban inexplicablemente en el presente, sin que se supiera de dónde
provenían: un ademán de doña Valentina, el enredarse de una parra en torno a la
polea de un pozo viejo en el patio de Acropoli, un guante de don Miguel encima
de una mesa, con el calor de su mano todavía... En aquellos momentos parecía
como si corriese una brisa tibia: se sentía casi desfallecer. Luego, durante
meses, el aire le faltaba. El oficio de Difuntos, recitado a diario desde hacía
casi cuarenta años, a fuerza de repetírlo, perdía súbitamente todo sentido. El
rostro del amado se le aparecía a veces en sueños, con tal precisión, que veía
hasta los menores detalles, hasta la ligera pelusilla de encima del labio; el
resto del tiempo, yacía descompuesto en su memoria como el mismo don Miguel en
su sepulcro, y tan pronto le parecía que Miguel jamás había existido sino en su
imaginación, como que estaba obligando, de manera casi sacrílega, a revivir al
muerto. Del mismo modo que hay gentes que se azotan para excitar su sentidos,
Ana se flagelaba con sus pensamientos para reavivar su aflicción; mas su dolor,
agotado, se había convertido en lasitud. El corazón mortificado se negaba a
sangrar.
Al llegar a los sesenta años, dejó
la propiedad a su hijo y se instaló como pensionista en el convento de Douai,
donde su hija había tomado los hábitos. Había también otras damas nobles con
inteneión de acabar allí lo que les quedaba de vida. Poco después de la llegada
de Ana, prepararon una habitación para una tal Madame de Borsèle, una de las
amantes por quien se había arruinado Egmont de Wirquin. El tiempo que todas
aquellas señoras no dedicaban a los oficios, lo pasaban bordando, o leyendo en
voz alta las cartas que sus hijos les escribían, y organizando meriendas y
delicadas cenas que se ofrecían entre sí. La conversación solía versar sobre
las modas imperantes en su juventud, los méritos respectivos de los difuntos
maridos o de los presentes confesores, los amantes que presumían haber o no
tenido. Aunque siempre volvían, con insistencia repugnante y casi grotesca, a
hablar de sus males corporales visibles u ocultos. Parecía como sí el exponer
de este modo sus enfermedades se convirtiera para ellas en una nueva forma de
impudicia. Una ligera sordera impedía a Ana oír sus insulseces y le permitía no
mezclarse en ellas. Cada una de aquellas señoras había traído consigo a su
doncella, mas en ocasiones sucedía que las muchachas eran negligentes o que,
por una u otra razón, hubiera que despedirlas. Las hermanas legas no siempre se
bastaban para el servicio de las pensionistas. Madame de Borsèle era obesa y se
hallaba casi incapacitada para moverse. Ana la ayudaba a peinarse, y la antigua
belleza se ponía a aplaudir cuando le acercaban un espejo en donde mirar su
rostro. O bien gemía lastimeramente porque habían dejado fuera de su alcance la
caja donde guardaba las golosinas. Ana, entonces, se levantaba de la silla,
cosa que ya le costaba bastante trabajo, encontraba la caja y dejaba que Madame
de Borsèle se atracara de dulces. Una vez, una vieja pensionista que volvía del
refectorio vomitó en el pasillo. Ninguna criada se hallaba allí en aquel
momento. Fue Ana la que tuvo que fregar las baldosas.
Las monjas admiraban su mansedumbre
para con su antigua y escandalosa rival, su austeridad, su humildad y su
paciencia. Pero no es que hubiera en ello ni mansedumbre, ni austeridad, ni
humildad, ni paciencia en el sentido en que ellas lo entendian. Sencillamente,
Ana estaba ausente.
Había vuelto a leer a los místicos:
Luis de León, el hermano Juan de la Cruz, la santa madre Teresa, los mismos que
antaño le leía, al sol de la tarde napolitana, un joven caballero todo vestido
de negro. El libro permanecía abierto al alcance de su mirada, en la ventana;
Ana, sentada al pálido sol de otoño, posaba de cuando en cuando, en alguna de
sus líneas, sus ojos cansados. No trataba de seguir el sentido, pero aquellas
hermosas frases ardientes formaban parte de la música amorosa y fúnebre que
había acompañado su vida. Imágenes de otros tiempos resplandecían de nuevo en
su juventud inmóvil, como si doña Ana, en su insensible descenso, hubiera
empezado a alcanzar el lugar en donde todo se reúne. Doña Valentina no andaba
lejos; don Miguel resplandecía con el fulgor de sus veinte años; estaba muy
cerca. Una Ana de veinte años ardía y vivía también, inalterable, en el
interior de su cuerpo de mujer ajada y envejecida. El tiempo había destruido
sus barreras y roto sus rejas. Cinco días y cinco noches de una violenta dicha
llenaban con sus ecos y sus reflejos todos los recovecos de la eternidad.
No obstante, su agonía fue larga y
penosa: Había olvidado el francés; el capellán, que presumía de saber algunas
palabras de español y un poco de italiano aprendido en los libros, acudía a
veces a exhortarla en una de estas dos lenguas. Mas la moribunda ya no le
escuchaba y apenas le entendía. El sacerdote, aunque ella ya no veía,
continuaba presentándole un crucifijo. Al final, el rostro atormentado de Ana
se sosegó; cerró poco a poco los ojos. La oyeron murmurar:
‑Mi amado...
Pensaron que hablaba con Dios. Acaso
estuviera hablándole a Dios...
*
UN
HOMBRE OSCURO
La noticia de que Nathanael había
muerto en una pequeña isla frisona no produjo gran revuelo cuando la recibieron
en Amsterdam. Su tío Elie y su tía Eva reconocieron que esperaban aquella
muerte; ya dos años atrás, Nathanael casi fallece en el hospital de Amsterdam;
este segundo óbito, por decirlo así, ya no conmovía a nadie. Corrían rumores de
que su mujer Sarai (¿sería en verdad su mujer?) había fallecido antes que él, y
más valía no indagar cómo. En cuanto al hijo de la pareja, Lazare, Elie
Adriansen no se veía a sí mismo yendo a buscar al huérfano a la Judenstraat, a
casa de una vieja con los ojos excesivamente negros y vivarachos, que pasaba
por ser su abuela.
El nacimiento de Nathanael también
había sido harto discreto; en ambos casos no hacía sino someterse a la regla
general, pues la mayoría de las personas entran y salen de este mundo sin gran
estrépito. El primero de estos dos acontecimientos ‑si es que lo era‑ sólo
interesó a media docena de comadres holandesas, instaladas en Greenwich con sus
maridos, carpinteros de oficio, que trabajaban para el Lord del Almirantazgo y
eran bien remuneradas en Luenos chelines y en buenos peniques. Aquel grupito de
extranjeros, despreciados como tales, pero respetados por su laboriosidad y su
convencido protestantismo, ocupaba una serie de limpísimas casitas a lo largo
de un dique. El poblado marítimo, más abajo de Greenwich, se extendía por una
parte hasta la orilla, donde los mástiles sobresalían de los tejados y las
sábanas tendidas se confundían con las velas; por la otra, sus casitas se
perdían por una comarca aún rústica, de bosquecillos y pastos. El padre del
recíén nacido era un hombre gordo y rubicundo, aunque ágil, que se pasaba la
mayor parte del tiempo subido a una escalera apoyada en una obra viva
inacabada. La madre, una «tragabiblias», lavaba a los niños y cocinaba unos
guisos que sus vecinas inglesas se hubieran negado a tocar, del mismo modo que
tampoco ella hubiese probado la carne que ellas preparaban, excesivamente
cruda.
Como el pequeño Nathanael era
debilucho y cojeaba un poco, no lo enviaron, como a sus hermanos, a rascar el
flanco de los barcos en dique seco o a clavar clavos en las vigas. Lo
encomendaron a un maestro de escuela de la vecindad, que se interesaba por él.
Mantenerlo le costaría poco a la
familia. Realizaría para el maestro algunos trabajillos tales como llenar los
tinteros, sacarle punta a las plumas o barrer el suelo de la sala; ayudaría a
la maestra a sacar agua del pozo y a escardar el huerto. Cuando pasara el
tiempo, harían de él un predicador o un magister a su vez.
Nathanael se encontró a gusto en
casa del maestro, pese a las bofetadas y golpes que llovían sobre los alumnos.
Pronto le encargaron que enseñase el alfabeto a los más pequeños de sus
condiscípulos, pero lo hacía muy mal, y nunca hallaba el momento oportuno para
golpear con la regla de hierro los dedos de los chicos. No obstante, su aire de
dulzura y su atención servían para que cundiese el buen ejemplo entre los
muchachos de su edad. Por la tarde, cuando ya se habían marchado los
colegiales, el maestro le permitía leer: en verano, mientras había luz en el
jardín, y en invierno, al resplandor de la lumbre, en la cocina. La escuela
poseía unos cuantos libros gruesos que el maestro juzgaba demasiado valiosos y
de lectura harto difícil para entregársela a la caterva de colegiales, que
pronto los habrían hecho pedazos. Allí había un Cornelius Nepos, un tomo
descabalado de Virgilio, otro de Tito Livio, un Atlas donde se veía Inglaterra
y los cuatro continentes con el mar alrededor, y delfines en el mar, así como un
planisferio celeste sobre el cual hacía el niño muchas preguntas que el maestro
no siempre sabía contestar. Entre los libros menos serios, había varias obras
de un tal Shakespeare, que habían obtenido grandes éxitos en sus tiempos, y la
novela de Perceval, impresa en caracteres góticos muy difíciles de descifrar.
El maestro le había comprado todo aquello a bajo precio a la viuda de un
vicario de la vecindad, para quien los únicos libros estimables eran los
sermones de su difunto marido. Nathanael aprendió de esta suerte a hablar un
inglés muy puro, aunque en su casa lo destrozaban, y también un poco de latín,
para el que tenía bastante facilidad. Al maestro le gustaba hacerle trabajar,
pues tenia pocas ocasiones rle ejercitar su propio talento, desde que ya no
daba clase en un buen colegio de Londres. Era implacable con la gramática, y
acompañaba a Virgilio golpeando acompasadamente con el índice la tabla de su
pupitre.
Cuando Nathanael cumplió quínce años
empezó a salir con una rubita de su misma edad, medio descarada, medio tímida,
que tenía unos ojos muy bonitos. Se llamaba Janet y era aprendiza en casa de un
tapicero. Los días de sol comían y bebían juntos su pan y su sidra en ei prado
cercano. Más tarde, se acostumbraron a pasear por el bosque, donde Nathanael
recogía plantas para el herbario de su maestro. Y asi fue como acabaron por
hacer el amor en un lecho de hierbas y de helechos; él tenía con ella muchas
atenciones, y ambos daban por descontado que algún día se casarían.
Una vez llegó ella a una de sus
citas toda asustada. Un burgués, que comerciaba con armamento y suministros
marinos, que bebía mucho y tenía fama de ser aficionado a la carne joven y
fresca, venía soltándole, desde hacía tiempo, una retahíla de proposiciones
mezcladas con amenazas. Las tardes en que salían juntos, Nathanael siempre la
acompañaba a casa del tapícero y esperaba hasta que la puerta se cerraba tras
ella. Un domingo de mayo en que volvían cogidos de la mano, al anochecer, el
borracho les cerró el paso. Probablemente los había seguido y espiado cuando se
hallaban en su cama de helechos, pues prorrumpió en sucias y precisas chanzas
sobre sus amores. Más ligera y presta que una corza asustada, Janet huyó. El
hombre se echó hacia adelante para perseguirla, pero, afortunadamente, se
tambaleaba. Tan mal lo sostenían las piernas que tuvo que apoyarse en
Nathanael; le rodeó el cuello con el brazo, no se sabe si con objeto de
mantener el equilibrio o a consecuencia de una súbita y estúpida ternura. Y ahora
sus proposiciones iban dirigidas al alumno del magister. Nathanael, lleno de
espanto y repugnancia (no hubiera podido decir cuál de los dos sentimientos
primaba), lo rechazó, cogió una piedra y le golpeó con ella la cara.
Cuando vio al hombre en el suelo,
respirando apenas y con un hilillo de sangre en la comisura de los labios, el
miedo se apoderó de él. Si alguien lo hnbía vislumbrado desde lejos, o si Janet
contaba aquel incidente, lo prenderían por orden del alguacil, y ya podía
prepararse a ser ahorcado al dia siguiente.
Huyó a su vez, pero con su paso
inseguro de cojo, y además no quería correr, para no llamar la atención de los
transeúntes. Escogiendo las callejuelas más desiertas, evitando los diques en
donde quizá velara todavía algún guarda, pese a la hora tardía, consiguió
llegar a la orilla, donde pensaba encontrar algunas barcazas dispuestas a
zarpar con el alba. Una de ellas parecía estar vacía, con la escotilla abierta
en medio del puente y, colgando encima, la cuerda de un torno. Los hombres de
la tripulación estaban probablemente en tierra, bebiendo una última copa. No
había nadie a bordo, sólo un perro, pero Nathanael siempre hacía amistad con
los perros. El muchacho se coló dentro de la cala agarrándose a la cuerda del
torno, y se escondió entre los barriles.
Estuvo allí toda la noche, muerto de
miedo, prestando oído a los pasos de los hombres que subían a bordo, al golpe
de la escotilla cuando la dejaban caer pesadamente, al rumor ligero del viento
y al chapoteo del agua chocando contra el casco del barco, al chirrido de las
cuerdas y al chasquido de las velas en el momento de largar. Cuando por fin
llegó la mañana, sintió que se deslizaban por el río, pero su miedo aún
subsistía. La calma chicha podía dejarles fondeados cerca de la costa o,
contrariamente, la tempestad podía forzarles a regresar a puerto. Al cabo de
dos días y tres noches, muerto de hambre, llamó con voz débil a unos hombres
que bajaban con las palas, para repartir mejor el lastre. En aquellos momentos
estaban ya en alta mar, a la altura de las Sorlingas. Pronto supo que el barco
iba camino de Jamaica.
Los hombres arrastraron al
tembloroso muchacho sobre la cubierta. Propusieron arrojarlo al agua por
diversión, pero el cocinero, un mestizo, intercedió por él; dijo que aquel
joven bribón podría serles útil, cuidar de los pollos y del cerdo que llevaban
a bordo, y hacer las faenas más pesadas de la coeina. El capitán, que no era un
mal hombre, pese a su aspecto brutal, consintió en ello. Nathanael encontró en
el mestizo a un protector. Y, cosa extraña, aceptó de aquel hombre, sin
repugnancia, unas familiaridades que le habían horrorizado cuando se las
propuso el borracho de Greenwich. Nathanael sentía afecto por aquel hombre de
piel cobriza, que tan bueno era con él. No valoraba el placer que el otro podía
sentir al acariciar y proteger a un joven blanco.
En Jamaica se detuvieron mucho
tiempo para descargar el flete que traían de Inglaterra y para cargar valiosas
maderas destinadas a ser convertidas en tablas y marquetería, para las hermosas
casas de Londres. El mestizo había nacido en la isla; le dio a probar a
Nathanael las frutas de la tierra y lo llevó a las chozas de las rameras, muy
solicitadas aquellos días, pues había varias tripulaciones en el puerto.
Nathanael esperó su turno, junto con los demás. Aquellas hermosas le gustaron
por la suavidad de su tez y la acentuada dulzura de sus ojos oscuros,
sombreados por largas pestañas, así como por su tranquilo abandono. Pero
aquellos amores remunerados y reducidos, por escasez de tiempo, a un breve
abrazo, aquellos hombres que se apiñaban a la puerta, todos ellos presa del
mismo deseo, le producían un poco de repugnancia. El temor a coger una
enfermedad contagiosa no era la única causa: le hubiera gustado tener para él
solo a una de aquellas hermosas muchachas, durante mucho tiempo, acaso para
siempre, como en tiempos creyó poseer a Janet. No había ni que pensar en ello.
Compadecía a los negros que subían
por la pasarela, con la espalda encorvada bajo el peso de vigas enormes; no es
que su vida fuera más miserable que la de los estibadores del puerto de
Londres, pero éstos, al menos, trabajaban sin recibir latigazos. A pesar de su
piel desgarrada, los negros reían, en ocasiones, mostrando sus dientes muy
blancos. En la hora de más calor, cuando hasta los contramaestres se tendían a
la sombra, Nathanael reía y chapurreaba con ellos.
Zarparon para las Barbadas. La
víspera, en una riña, habían herido al mestizo de una cuchillada en un ojo. La
herida se infectó y el pobre hombre murió en medio de espantosos dolores;
arrojaron su cadáver al mar, tras haber rezado un salmo por él; la verdad era
que nadie sabía si estaba o no bautízado. Nathanael lloró mucho. Le dieron el
puesto de cocinero que se quedaba vacante; salió del paso como pudo, pero, en
cuanto llegaron al puerto de Santo Domingo, abandonó el barco. Se enroló de
marinero a bordo de una fragata inglesa armada de cuatro morteros y que se
disponía a cruzar las costas del nordeste, para poner coto a las intrusiones de
los Eranceses.
El mar, aquel verano, estaba casi
siempre tranquilo y casi desierto por aquellos parajes. A medida que iban
subiendo hacia el norte, la humedad cálida iba dejando paso a las frescas
brisas. El cielo transparente se volvía lechoso cuando por él se extendía una
delgada capa de niebla; en las orillas del contínente o de las islas (no era
fácíl distinguir a uno de otras), bosques impenetrables descendían hasta la
orilla. Nathanael recordaba vagamente los bosques inviolados a orillas de los
santuarios que citaba Virgilio, pero estos lugares no parecían albergar ni
antiguos dioses; ni hadas, ni duendes como los que había creído ver en las
florestas de Inglaterra, sino tan sólo aire y agua, árboles y rocas. No
obstante, bullía allí la vida en multitud de formas. Millares de pájaros
marinos se mecían sobre las olas y se posaban en los huecos que formaban los
acantilados; un hermoso ciervo o un hermoso alce atravesaban a veces a nado la
angostura entre dos islas, llevando muy alta la cabeza, provista de pesada cornamenta,
y luego trepaban, chapoteando por la orílla.
Indios montados en piraguas se
acercaron al barco en varias ocasiones: ofrecían sus odres llenos de agua
fresca, bayas, pedazos de carne de alguna res que acababan de cazar y que aún
chorreaban sangre, pedían ron a cambio. Algunos conocían unas palabras de
inglés, o de francés, a fuerza de ejercer aquel tipo de comercio; a bordo,
siempre cuidaban de que hubiera algún oficial o marinero gue supiese al menos
chapurrear una de las lenguas indígenas. Más de una vez embarcaron a uno de
aquellos salvajes, para que les sirviera de piloto en un paso difícil.
Un buen día, uno de ellos les trajo
una noticia: un grupito de hombres blancos, de aspecto particularmente serio y
bondadoso, que se pasaban todo el día en ceremonias para honrar a sus dioses,
habían sido abandonados en una isla cercana por los hombres de su tripulación,
que se habían amotínado. Aquellos hombres vivían allí desde hacía varios meses;
los indios de tierra firme, que frecuentaban aquel lugar en la época de la
pesca, les llevaban a veces comida. El jefe Abenaki, inmovilizado en su
campamento debido a una larga enfermedad, los había mandado llamar para
exigirles un tributo de bebidas alcohólicas; no tenían alcohol, pero le habían
echado agua en la cabeza, para que el Gran Espíritu le favoreciese, y desde
entonces el jefe estaba mejor.
No era aquélla la prímera vez que el
capitán oía hablar de jesuitas, que venían de Francia para evangelizar a los
salvajes del Canadá. Aparte de no soportar aquellas gazmoñerías católicas,
sabido es que los reverendos no suelen instalarse en ningún sitio sin que lo
acompañe una retaguardía de soldados y de traficantes de su país. Aquellos
piadosos personajes eran los emisarios del rey supuestamente cristianísimo.
La isla a la que se referían se
hallaba señalada en los mapas desde hacía poco tiempo. Alta y rocosa, cubierta
en su parte baja por abetos y robles, podían reconocerse desde lejos sus seis o
siete cumbres. No había en ella nada especialmente valioso, pero un brazo de
mar la penetraba profundamente al sur, formando un amplio puerto natural
maravillosamente resguardado del viento; un islote de forma oval protegía la
enttada; en la orilla izquierda, en la parte baja de una pradera grande, manaba
un manantial de agua viva conocido por los navegantes; aquellos méritos
bastaban para que el rey de Inglaterra se la disputara al rey de Francia. Al
aproximarse a la orilla, cerca de un bosque de abetos y de robles ya
enrojecidos por el otoño, víeron unas chozas hechas con ramajes y pieles, que
los íntrusos habían construido, probablemente con ayuda de los indíos. Una cruz
muy alta se alzaba en el medio. El capitán mandó disparar. A Nathanael le
horrorizaba la violencia, pero la excitación de los hombres que maniobraban los
morteros acabó por contagiársele; el ruido repercutía en las montañas bajas.
Sín duda era la primera vez que devolvían el eco de aquellos truenos humanos,
al no haber conocído hasta entonces sino el estruendo de la tormenta y, al
llegar el deshielo, los crujidos de los bloques de hielo desprendiéndose del
acantilado. Desde la distancia en que se hallaban, vio a unos hombres con
sotana dispersarse por entre las altas hierbas: dos de ellos cayeron, los demás
se refugiaron en los bosques.
Echaron una barca al agua, barca que
luego amarraron a la orilla, pero las chozas destripadas no ofrecieron más
botín que un montoncito de ropas y provisiones, junto con unos libros y una
caja de herramientas, de las que se apoderó el capitán. Nathanael comprobó que
uno de los padres había empezado a hacer un herbario; las hojas ondeaban al
viento. Había también un cuadernillo, donde el jesuita había empezado a
escribir un vocabulario en lengua india, con sus equivalentes latinos escritos
en tinta roja. Nathanael se lo metió en el bolsillo, ya que a nadie podía
interesarle aquello, pero lo perdió poco después.
Tenía prisa por socorrer, en caso de
serle posible, a los dos hombres que habían caído, pues sabía que sus
compañeros no se preocuparían de semejante tarea. Pero la pradera era más
extensa y accidentada de lo que había creído; se sentía como perdido en aquel
mar de hierbas. Además, uno de los hombres había muerto ya Nathanael avanzó con
precaución hacia el segundo, que todavía respiraba. No prestaba gran crédito a
las furibundas palabras de los predicadores que, cuando era niño, había oído en
el templo de Greenwich, adonde lo llevaban sus padres, y el odio a los
católicos enemigos del rey de Ingiaterra no había hecho presa en él; empero, le
habían enseñado a temer a los papistas y a los franceses. Aunque aquel joven no
parecía peligroso: se estaba muriendo y tenía una parte del tórax hundida; la
sangte empapaba casi invisiblemente su sotana negra. Nathanael le ayudó a
levantar un poco la cabeza y se dirigió a él primero en inglés, luego en
holandés, sin lograr que el otro lo entendiera. Se le ocurrió entonces
preguntarle en latín qué podía hacer para aliviarlo, aunque el latín del
magister difería, sin duda, del latín que habla un jesuita francés. El
moribundo lo entendió, sin embargo, lo bastante para decirle con una débil
sonrisa de sorpresa:
‑Loquerisne sermonem latinum?
‑Paululum ‑replicó tímidamente
Nathanael.
Y se quitó el capote de marino para
tapar con él al moribundo, que probablemente tenía frío. Ya el francés le
rogaba que sacase de su bolsillo un libro grueso, aunque de formato pequeño,
que resultó ser un breviario, y que arrancase la guarda, en donde se hallaban
escritas unas cuantas palabras: su nombre y el de la ciudad donde estaba su
seminario.
‑Amice ‑dijo el moribundo‑, si
aliquando epistulam superiori meo scribebis mater et soror meae mortem meam
certa fide dicerent...
Nathanael dobló cuidadosamente la
hoja y prometió escribir al superior de Angelus Guertinus, ex seminario
Annecii, para que su madre y su hermana no. permanecieran en la
incertidumbre. Annecium no le decía nada, y Annecy no le hubiera dicho mucho
más. Pero sólo se trataba de consolar a un agonizante. El joven sacerdote se
incorporó ligeramente, apoyándose en el codo, y le pidió que abriese el libro
por donde él le indicaba: Nathanael reconoció algunos salmos que había leído en
la Biblia de sus padres, en lengua vulgar, pero aquellos salmos sonaban de
manera extraña en las soledades que nada sabían del Dios de un reino llamado
Israel, ni de la Iglesia Romana, ni de las otras fundadas por Lutero y Calvino.
No obstante, algunos de aquellos versículos eran muy hermosos: los que trataban
del mar, de los valles y de las montañas, y también de la inmensa angustia del
hombre. La voz de Nathanael se quebraba, lo mismo que cuando leía a Virgilio en
el colegio.
‑Summa voce, oro ‑susurró el
joven jesuita, sea porque entendiera mal las palabras latinas tal como las
pronunciaba Nathanael, sea porque su oído se iba debilitando. Respiraba muy
difícilmente. Nathanael dejó el breviario en la hierba y corrió hacia un
arroyuelo que corría a dos pasos de allí, para coger agua en el hueco formado
por sus manos. El moribundo sorbió penosamente un trago de aquella agua.
‑Satis, amice ‑dijo.
Antes de que las últimas gotitas se
escurrieran del todo por los dedos de Nathanael, el padre Ange Guertin, del
seminario de Annecy, había dejado de existir. Había que subir de nuevo a bordo.
Nathanael recogió su capote, que ya de nada le servía al difunto.
Pasado el tiempo, revivió en sueños
este incidente varias veces, pero la persona a quien él llevaba agua cambió a
menudo con los años. Algunas noches le parecía que aquel a quien trataba de
socorrer no era otro que él mismo.
El capitán puso rumbo al nordeste. Una de sus misiones consistía en
comprobar lo que quedaba de una pequeña colonia inglesa que se había estable
cido hacía algún tiempo un poco más al norte, en una isla situada en la
desembocadura del río Santa Cruz; aquel establecimiento había decaído, según
decían. Durante varios días hubo temporal; el capitán temía a las enormes
marejadas que rompen por aquellas cos tas durante el equinoccio. Acababa de dar
orden de regresar cuando una borrasca de viento los arrojó sobre la peligrosa
isla que andaban buscando. La nave, cogida entre unas rocas, no había sufrido
grandes averías, pero la borrasca arreció en cuanto subió la marea; unas olas
enormes levantaron el casco y lo dejaron en vilo. Las vértebras de madera
crujían. Nathanael consiguió escalar una roca que estaba casi seca, pero una
ola más alta que las demás acabó por llevárselo. Recordaba haberse agarrado a
la punta de un tablón. Más tarde se enteró de que la resaca lo había
depositado, sin conocimiento, al fondo de una caleta de arena.
Cuando volvió en sí, estaba acostado
en un jergón, entre dos o tres piedras gruesas que habían calentado y colocado
cerca de él para que le dieran calor. Bajo unas vigas bajas vislumbró los
rostros de un hombre y una mujer ya viejos (o, al menos, un aspecto de
agotamiento los hacía parecer viejos) que se inclinaban sobre él; a una
muchachita muy joven, de mejillas hundidas, y a un niño de unos doce años que
sonreía sin cesar. También había alli algunas personas más, en cuclillas en
torno a un montón de objetos que él recordó haber visto a bordo. Estaba tan
cansado que volvió a dormirse. Pero su constitución era fuerte. Al cabo de unos
días, ya casi no se resentía de su malaventura.
Pronto supo que era el único
superviviente de la tripulación. Este desastre produjo en la escasa población
de la isla unos sentimientos ambiguos. De la colonia, diezmada por los largos
inviernos, la viruela y los disparos de los franceses, ya no quedaban sino
siete u ocho fuegos. Aquellas gentes esperaban desde hacía mucho tiempo la
llegada de un barco que les traería provisiones y que tal vez los devolviera a
su país. Al menos afirmaban su deseo de regresar; de hecho las nociones de
patria y de pertenencia a un señor ya no significaban nada para ellos; aquella
pobre isla; cuyo nombre ni siquiera constaba en los mapas, parecía haber vuelto
a la época en que a nadie pertenecía. Numerosos chamizos, ccnstruidos unos
veinte años atrás, se habían detrumbado y apenas se distinguían entre la maleza
y las altas hierbas. Una familia de unas diez personas que ‑según se
murmurabase dedicaban, en ocasiones, a provocar naufragios, vivía en la parte
norte, cerca de un banco de arena muy largo; también se contaban sobre aquellas
gentes diversas historias de corderos robados. Al este y al sur, unas cuantas
chozas se agazapaban bajo los árboles; vagos senderos marcados aquí y allá por
unos montoncitos de piedras las unían entre sí; desaparecían en invierno,
debajo de la nieve. Un corredor de bosques, al que habían expulsado de Québec
por alguna fechoría, se había instalado en un claro del bosque con su mujer
Madeleine, de sangre Abenaki, y sus hijos, de cabellos lacios y ojos oscuros, y
no imaginaba ningún otro lugar donde poder vivir. Dos hermanos, que se habían
instalado en una cala pequeña, vendían el sobrante de la sal que ellos mismos
obtenían cociendo agua de mar en un caldero; también empleaban su producto,
junto con otros ingredientes malolientes, para curtir las pieles que les
llevaban, o que ellos mismos arrancaban a sus presas; la gente contaba con
ellos para coser las botas o arreglar las raquetas de ir por la nieve; se
habían acostumbrado a la isla y apenas recordaban el pueblo de Norfolk donde se
criaron. Un gentilhombre que, según decían, había combatido en Flandes y
frecuentado la corte del rey Jacobo, vivía aislado al pie de la escarpada
costa, con su servidor indio; lo mismo que Nathanael, acaso tuviera
particulares razones para abandonar Inglaterra. El antiguo pastor de la colonia
ya no predicaba, imposibilitado por una congestión; iba tirando como podía en
una granja pequeña, en compañía de su mujer, su hija viuda y los hijos de ésta.
La familia que había recogido a Nathanael estaba integrada por el viejo -que en
sus tiempos había servido él también en una fragata inglesa‑; por la vieja,
natural de La Rochelle, a la que habían recogido allí tras el naufragio de una
barca que se dirigía a una colonia francesa, y por la hija de ambos, llamada
Foy, además de un muchacho anormal al que no habían puesto nombre. La vieja
había olvidado su lengua materna y renegaba y vociferaba en inglés. Aquellos
ancianos, sin darse cuenta, se habían encariñado con el lugar en donde penaban
desde hacía veinte años y hubieran temido hacer un viaje largo por mar. Los
niños, que todo lo ignoran, ni siquiera imaginaban que pudiera vivirse mejor en
otro sitio.
Pero el naufragio de la nave que
tanto habían esperado tenía su lado bueno. Una vez sereno el mar, aquellos
desvalidos habían logrado traerse a tierra una parte importante de la carga que
llevaba el barco; a nadie le faltaban ahora cubiertos de estaño, ni
herramientas, ni mantas, y hasta habían conseguido salvar unas cuantas cajas de
salazones casi intactas. Pronto comprendió Nathanael que el amor al prójimo no
había sido la única razón que empujó a los dos viejos a reanimarlo y cuidarlo:
aunque aún eran muy robustos, se habían dicho que un muchacho fuerte, de veinte
años, no estaba de más para ayudarles en su tarea, y Foy se hallaba en edad de
tomar marido.
En cuanto se repuso, Nathanael tomó
parte en los trabajos de la estación fría, ayudando al viejo a ponerle un mango
nuevo a la guadaña, calafateando la canoa y dándole de comer y de beber todos
los días al caballo, a la vaca y los escasos corderos que se amontonaban en el
establo. El establo era al mismo tiempo un pajar. Aquel caserón estaba pegado a
la casa, para que el calor de la vivienda de los animales se comunicara a la de
los hombres, e inversamente. Una cuerda, que corría a lo largo del muro exterior,
llevaba desde la puerta de la casa a la del establo; cuando arreciaban las
tempestades de nieve, había que cogerse a ella, por miedo a perecer allí mismo,
o a dar vueltas en balde sin encontrar la entrada de la casa, después de
haberle dado de comer a los animales. Cuando la nieve se endurecía, acarreaban
leña seca o recién cortada; el caballito arrastraha los troncos grandes. En
tiempo de heladas, bajaban a la cala y hacían agujeros en el hielo, para
pescar.
La casa sólo tenía una habitación,
pero una escalera conducía al desván. No pasó mucho tiempo antes de que el
viejo y la vieja instalaran allí un jergón para dos, apoyado en la pared menos
fría, a la que calentaba la chimenea de abajo. No se preocuparon de ir a la
casa del pastor, separada de la suya por toda la extensión de la isla; pero, en
cambio, los viejos pronunciaron unas palabras de bendición sobre aquella
especie de cama, con su manta raída. Nathanael y Foy subían por las noches a su
oscuro refugio; el ahorro y el miedo a prender fuego eran dos poderosas razones
que les hacían renunciar a llevarse una vela. A Nathanael le gustaba aquella
oscuridad. Era grato dormir alli, y acariciarse hasta que llegara el alba,
apretados uno contra el otro para tencr más calor. Foy se estremecía cuando
hacía el amor, daba grititos y retenía preso a Nathanael, rodeándolo con sus
brazos y con sus piernas lisas; en cambio, sus pies y sus manos estaban
rugosos, por culpa de la intemperie, y llenos de sabañones.
Cuando llegó la primavera todos se
pusieron a trabajar en el campo. Llegó primero la época en que los pájaros
migradores suben hacia el Norte; los hijos del indio ‑que poseía gran destreza
en el manejo del arco‑ llevaban a la choza ocas salvajes, muertas en pleno
vuelo, para trocarlas por el trigo que quedaba. Otras veces llevaban conejos, a
los que habían dado muerte golpeándolos con un mazo o tirándoles piedras con
una honda: éste era uno de los juegos favoritos. Como la pólvora escaseaba,
cuando querían matar a un animal de gran tamaño cavaban unas fosas que cubrían
con ramajes. Allí dentro agonizaba el animal, con las patas rotas por la caída
o ensartado en unos palos situados al fondo de la fosa hasta que alguien lo
remataba con un cuchillo. Nathanael tuvo que encargarse una vez de hacerlo,
pero tan mal cumplió con su tarea que no lo volvieron a enviar más. En el agua
de la cala, casi siempre tranquila, construían una suerte de laberinto con
espinas y juncos, donde atrapaban a los peces. Los llevaban después tierra
adentro en una nasa, saltando y ahogándose por falta de aire, cuando no los
remataban golpeándolos con el remo. Nathanael prefería ir a recoger bayas, tan
abundantes en aquella estación que el color de las landas cambiaba por
completo; sus manos y las de Foy se ponían rojas con el jugo de las fresas, y
azuladas, con el de las endrinas demasiado maduras. Aunque escaseaban los osos
en la isla, adonde no solían aventurarse sino en el invierno, sostenidos por el
hielo, Nathanael divisó a uno de ellos, en plena soledad, cogiendo con su ancha
pata todas las frambuesas de un matorral y llevándoselas al hocico con tal
fruición que la sintió como suya. Aquellos poderosos animales, hartos de fruta
y dc miel, no eran peligrosos mientras no se vieran atacados. No habló con
nadie de aquel encuentro, como si entre el animal y él hubiera un pacto.
Tampoco habló del zorrillo con el
que tropezó en un claro del bosque, y que lo miró con una curiosidad casi
amistosa, sin moverse, con las orejas tiesas como las de un perro; ni reveló a
nadie la parte de la espesura en donde vio a unas culebras, pues temió que el
viejo quisiera matar a lo que él llamaba «esas alimañas». El muchacho amaba
asimismo a los árboles; los compadecía, por muy altos y majestuosos que fueran,
por ser incapaces de huir o de defenderse, entregados al hacha del más débil
leñador. No había nadie a quien pudiera confiar estos sentimientos, ni siquiera
a Foy.
A pesar de su tos y de su
respiración entrecortada, Foy trabajaba como un hombre. Enseñó a su joven
marido la manera de atar las gavillas y cómo se construían los almiares.
Arrancaba del suelo, con su ayuda, las gruesas piedras que sobresalían por
todas partes y que estorbaban para el cultivo. En ocasiones, cuando los viejos
no estaban presentes, se tendía en la hierba medio seca ‑riendo, pues le hacían
cosquillas los hierbajos‑ y, levantando sus raídas enaguas, incitaba a
Nathanael. Eran momentos deliciosos. Luego él pensaba en Janet, no porque esta
última le gustara más, sino porque le parecía que Janet y Foy eran la mismo
mujer. A ambas les gustaba cantar, con vocecita aguda, trozos de canciones que
nunca se sabían enteras. Ambas se ponían flores en el pelo. Pero las mejillas
de Foy siempre estaban algo calientes, como si tuviera fiebre, y era propensa a
sudar con abundancia, con un sudor que la dejaba helada de repente.
Cuando empeoró su estado, llamaron
al brujo indio que exorcizaba las enfermedades. Este quemó unos paquetes de
hierba que llenaron la choza de un olor extraño y penetrante; hizo unas cuantas
contorsiones, se tiró al suelo, dio unos gritos roncos que, al mismo tiempo,
eran cantos, pero Foy ni empeoró ni mejoró.
Los Micmacs y los Abenakis que
frecuentaban la isla en la estación de la pesca trataban sin malicia a aquellos
hombres blancos, que extraían del suelo, a duras penas, su parco sustento.
Además, el antiguo cazador gascón y su mujer india servían de intermediarios
entre los hombres de tez cobriza y los hombres de piel más o menos blanca.
Nathanael admiraba la resistencia de aquellos salvajes, la dureza de sus
cuerpos oscuros y casi desnudos, el cuidado que ponían en no matar sino la caza
necesaria para saciar su hambre, y su desdén casi total por los mil objetos
fabricados que los blancos se disputaban codiciosamente tras la encalladura de
la Thétys. No obstante, observó que aquellos mismos indios entregaban de
buen grado todo lo que habían pescado por un simple cuchillo viejo. Tenían por
costumbre orinar directamente en el suelo, allí donde se encontrasen, incluso
en el interior de las chozas; era una costumbre sucia, pero Nathanael pensaba
que también el caballo y el buey ‑cuya tranquila dignidad poseían‑ hacen lo
mismo. A menudo, la guerra causa estragos entre ellos. Infligían ‑según se
comentaba‑ atroces torturas a sus prisioneros para honrarlos proporcionándoles
una ocasión de demostrar su valor. Cortaban las cabelleras y se las llevaban a
su cabaña tras haberlas elevado cinco veces hacia el cielo, ensartadas en la
punta de sus lanzas, con el fin de liberar su alma. Pero Nathanael recordaba
las cabezas de los ajusticiados colgadas a la puerta de la Torre de Londres y
pensaba que los hombres son hombres en todas partes.
Sentaba a Foy por las mañanas en el
banco entibiado por el sol de otoño, mas los viejos exigían sin cesar que ella
cumpliera su parte de trabajo. Se la oía desde lejos toser por los campos. No
se enternecieron hasta que ya no pudo abandonar el jergón. La vieja cocía para
ella unos líquenes que Nathanael recogía en las rocas. Por la noche se acostaba
en unos sacos pata que ella pudiera dormir más cómodamente, mas Foy le
suplicaba que se tendiera a su lado para tranquilizarla y darle calor. Cada vez
que un vómito de sangre le venía a la boca, el miedo a morir le hacía abrir
desmesuradamente los ojos. Se fue, empero, muy pronto y casi sin darse cuenta,
a principios de octubre. Su muerte acaeció cuando los bosques, abrasados por el
verano, formaban unas masas rojas, violáceas o amarillas como el oro. Nathanael
se decía que ni las reinas, para quienes ponen colgaduras en las iglesias de
Londres, tenían unos funerales tan hermosos como aquellos. El viejo se distrajo
de su pena cavando la fosa: al cavar descubrió a un topo, cuyo refugio
subterráneo acababa de destruir, y lo cortó en dos salvajemente con la pala.
Sin que Nathanael supiera el porqué, el recuerdo de Foy y el de aquel bicho
asesinado permanecieron unidos uno al otro en su memoria.
Hubiera querido marcharse de allí en
seguida. Era difícil, pero no imposible. Los Abenakis le habían comunicado
(pues las noticias corrían por el bosque) que los jesuitas de la isla de los
Montes Desiertos que sobrevivieron a los morteros de la Thétys, se
habían refugiado en un campamento de indios y que éstos les habían ayudado a
franquear la inmensa bahía en piraguas, para llevarlos más hacia el Norte, del
lado francés. Si los hombres cobrizos se entretenían un poco más, aprovechando
para pescar los días en que el mar está tranquilo, tal vez pudiera convencer
los de que lo llevaran también a él antes de que llegara el mal tiempo; y puede
que alguno de los barcos, en los que ondeaba la flor de lis y que abordaban de
cuando en cuando Nueva Francia, necesitara un marinero. Más tarde desembarcaría
en algún pueblo bretón o normando, para dirigirse a Holanda o a Inglaterra,
según lo encauzaran los azares del viento o lo permitiesen los de la paz y de
la guerra. Si su destino era Inglaterra, se inventaría un nombre falso. Era
casi seguro que, en cualquier ciudad alejada de Londres y, sobre todo, de
Greenwich, existiría algún maestro que necesitase un ayudante; de este modo
podria volver a estudiar. Sus años de colegial, vistos desde la distancia, le
parecían maravillosamente tranquilos y fáciles. O bien, si continuaba de
marinero volvería a las Antillas, o iría a ver los puertos de Asia. Por
desgracia, no surgió ninguna ocasión y, además compadecía al víejo y a la vieja
‑el uno más desabrido y la otra más amarga que nunca‑, que iban a pasar el
invierno solos, con el niño anormal y los animales.
Cuando llegaron los grandes fríos, y
como soportaba mal la atmósfera de humo que reinaba en la cabaña (tosía un poco
desde que tuvo una pleuresia, en Navidad), se refugió en el establo, donde los
animales difundían un agradable calorcillo. Unus pájaros de cabeza roja, que se
habían introducido por las rendijas, se afanaban allá arriba, entre la paja.
Sólo acudían allí en pleno invierno, tránsfugos de regiones aún más frías.
Nathanael impedía que el niño los molestara cuando éste le hacía compañía en el
granero. Fabricó una flauta para el pequeño y trató de enseñarle las pocas
tonadas que sabía, pero el niño no conseguía retenerlas. En cambio, sí que
aprendió a fabricar canastos. Nathanael le ayudaba a trenzar aquellos bonitos y
frágiles recipientes. Los indios, al marcharse, se habían dejado tras de sí
unos manojos de juncos que utilizaban en cestería y cuya virtud principal
consistía en exhalar, cuando el tiempo era de lluvía, el olor que fue suyo
meses y años atrás, cuando todavía eran verdes y frescos, a la orilla de los
arroyuelos. Nathanael pensaba que era algo así como si aquellas hierbas
tuvieran mémoria: también a él le bastaba con poco, con unos chanclos
abandonados en un rincón, con un rayo de sol que se introdujese por debajo de
la puerta o con un aguacero que tamborilease en el sobrado, para devolverle la
dulzura de sus primeros tiempos con Foy. Salvo en aquellos instantes, como
solía estar muerto de cansancio por el mucho trabajo, nunca se acordaba de
ella.
En ocasiones despiojaba la cabeza
del niño, que ronroneaba en cuclillas delante del fuego. El pequeño aplaudía
cada vez que él cogía un piojo. Foy, antaño, hacía lo mismo.
Volvió la primavera con sus nubes de
mosquitos. A Nathanael le repugnaban ya los alrededores de la cabaña, tan
pisoteados que la hierba no crecia. Las pieles colgadas de las estacas parecían
cabelleras, y el pescado que ponían a secar encima de los cañizos hedía. Pero
no se le ofreció ninguna ocasión de huir hasta mediados del verano. Uno de los
dos hermanos salineros, un muchacho llamado Joe, acudió en barca a canjear su
sal por una pieza de buena lana que la vieja había hilado y tejido en las
veladas de invierno. Por él supo Nathanael que había un barco inglés anclado a
la entrada de la cala, oculto a la vista desde el lugar en que se encontraban
por los salientes de las rocas. El buque permanecería allí el tiempo necesario
para arreglar una avería. Nathanael acompañó al hombre hasta la playa para
ayudarle a poner a flote su barca. Saltó dentro y le rogó a Joe que lo llevara
con él. Los viejos, en el umbral de la puerta, estupefactos ante aquella huida
imprevista, gesticulaban como muñecos; el niño, sin percatarse de nada,
continuaba saltando como un potrillo en la hierba. Pronto los ocultó el espolón
de una roca.
Uno de los hombres del barco había
muerto, enfermo de escorbuto. No le fue difícil a Nathanael ocupar su puesto.
El viento los empujó hacia Terranova, y una buena brisa del Oeste los llevó
hacia Inglaterra. Nathanael había aprendido a hacer las maniobras en sus dos
primeras travesías. Agil y ligero, de cabeza bien templada, trepaba con
agilidad de mástil en mástil. Apenas le molestaba su cojera. Algunas veces se
quedaba allá arriba, enganchado con pies y manos a las cuerdas, ebrio de aire y
de viento. Por las noches, las estrellas se movían y temblaban en el cielo;
otras noches salía la luna de detrás de las nubes como un animal grande y
blanco, y se volvía a meter dentro de ellas como si fueran su madriguera; o
bien, colgada de muy alto, en el espacio, allí donde no se divisaba ninguna
otra cosa, reflejaba su brillo en el agua agitada. Pero lo que más le gustaba a
Nathanael era el cielo oscuro, que se mezclaba con el océano, asimismo oscuro.
Aquella noche inmensa le recordaba la que llenaba el desván de la cabaña, y que
también le habia parecido inmensa. La diferencia consistía en que aquí estaba
solo. Pero se sentía vivo, respirando, situado en el mismo centro. Dílataba el
pecho para mejor aspirar aquel aire puro, y luego bajaba a jugar a los dados en
la entrecubierta con sus compañeros. Cada jugada desafortunada daba lugar a una
serie de ex abruptos y complicadas blasfemias.
El navío fondeó en Gravesend;
Nathanael hizo el camino a pie hasta Greenwich. Pcr prudencia, entró primero a
informarse en la taberna donde antaño habían ido a beber los hombres de la Fair
Lady, mientras él se aprovechaba de su ausencia para introducirse en la cala.
Nadie lo conocía en aquel establecimíento, y además, en cuatro años, había
cambiado mucho. Se hizo pasar por el compañero de un marinero nativo de
Greenwich y alegó que éste le había encargado llevase un recado a su familia.
Desde luego, el tabernero recordaba a un maestro carpintero, de mejillas muy
coloradas, muerto el año anterior de una caída en los diques del Almirantazgo.
Tal vez fuera el hombre por quien preguntaba Nathanael. El joven, disimulando
como pudo, desvió la conversación hacia un comerciante en productos marítimos,
bastante rico, en cuya casa había trabajado su amigo de dependiente. El
tabernero sabía muchas cosas de aquel bandido beato, que solía venderles
galletas rancias a los capitanes cuando se preparaban para hacer un largo
viaje. Era mayordomo de su parroquia y sus negocios prospera ban como nunca.
‑Mi amigo lo creía muerto ‑dijo
tímidamente Nathanael‑, tras una reyerta con un transeúnte.
‑¡Nada de eso! Tal vez estuviera
borracho perdido, eso sí, ya que ese devoto bribón empina bien el codo. Si le
hubieran dado una puñalada se hubiera sabido. No es tan fácil acabar con un
tipo como ese.
Nathanael comprendió que el gordo
había guardado silencio sobre aquel incidente que nada le favorecía. Debió
obsequiar con alguna mentira a los buenos samaritanos que lo recogieran y
cuidasen. Janet se había callado también. Ningún alguacil había perseguido
nunca a un tal Nathanael. En consecuencia, su pánico, su huida, las aventuras
que había corrido en el Nuevo Mundo, carecían de consistencia. Lo mismo
hubieran podido no existir; le hubiera sido posible quedarse a leer en latín en
la sala del colegio. Con ello se venían abajo cuatro años de su vida como uno
de esos bloques de hielo que caen de los témpanos para sumergirse de golpe en
el mar. Tranquilo respecto a su propia seguridad, no ocultó su verdadero nombre
a los desconocidos que vivían en «Pequeña Holanda», distrito donde se hallaba
situada su antigua casa. Le confirmaron el fallecimiento de Johan Adriansen,
que se había caído de un andamio y había muerto en el acto. Los dos hijos
trabajaban ahora en Southampton para el Almirantazgo. La madre se hospedaba ‑decían‑
en un asilo luterano para viudas.
Nathanael no fue a visitar al
magister, pues se avergonzaba de haberse escapado tan súbítamente y sin decir
ni una palabra de adiós. Janet (se enteró por la mujer del tapicero) se había
casado cnn un comerciante en paños londinense. De nada servía ir a molestarla
en la trastienda.
En cambio sí tomó el camino del
asilo donde vivía su madre, junto con otras viudas, todas ellas lo bastante
acomodadas como para pagar una pequeña pensión a la comunidad. Cada una de
estas dignas personas se alojaba en una casita independiente, de una sola
habitación, quc daba a un patio donde crecían árboles. La casa en donde residía
su madre estaba escrupulosamente limpia: el cobre de la palmatoria y de la olla
relucía. Llegó allí a la hora de comer: encima de un mantel inmaculado, su
madre había puesto un tazón de sémola y un plato de arenques ahumados. No se
enterneció al verlo. Era muy frecuente que los hijos se marcharan asi, por una
cabezonería, a ver mundo. El caso no es raro. En los primeros momentos lo
creyeron muerto, pero, al no encontrar ni su cuerpo ni sus ropas, se dijeron
que tal vez se hubiese embarcado. Los Adriansen lo llevaban en la sangre. Todo
se daba por bien empleado con tal de que hubiera andado por los caminos del
Señor allí donde se hallase. Nathanael narró, en líneas generales, sus
aventuras. La viuda lo escuchaba sin decir nada, apretando los labios
juiciosamente. Mas parte de su atención se hallaba distraída por el gato, que
se frotaba contra sus rodillas, tirándole del delantal, engolosinado por el
arenque que había en el plato. Por lo demás, mostró su habitual sentido
práctico: los pocos bienes de la familia los adminístraba el tío Elie, quien
poseía una imprenta en Amsterdam. Los dos hijos mayores le habían entregado su
peculio para que lo hiciera fructificar y encontrarse con las ganancías una vez
regresaran, para acabar sus días en su tierra. Si Nathanael deseaba obtener su
parte, podía pedírsela a su tío, que era un hombre justo y honrado. Además, se
decía que no escaseaba el trabajo en los puertos de Holanda, y que la vida era
más barata que en Greenwich.
‑Dios quiera que tú también seas un
hombre bueno, como tu padre y como tu tío Elie.
Nathanael no entendía muy bien lo
que era un hombre bueno, ni lo que podía agradar o desagradar a Dios.
La casa de Amsterdam presentaba buen
aspecto. El tío mandó entrar a su sobrino en la pequeña estancia donde atendía
a los parroquianos. Elie le había comprado el negocio al librero‑impresor en
cuya casa fue aprendiz; estaba bien considerado y obtenía sabrosos beneficios,
aunque sin exceso. Había tenido que invertir en aquella compra el producto de
la venta de la vieja granja perteneciente a la familia; de momento, no podía
deducirse aquel capital, pero sus sobrinos se lo encontrarían duplicado más
tarde. Nathanael asintió vagamente; no entendía aquellas combinaciones. Elie
acabó por romper el hielo cuando supo que su sobrino poseía ciertos
conocimientos y una bonita letra, muy legible. El tío sacaba sus más pingües
beneficios de los grandes autores griegos y latinos, cuidadosamente cotejados y
editados por doctos profesores de Leyde o de Utrecht, pero las correcciones
salían caras cuando había que confiárselas a gentes diplomadas, aunque muertas
de hambre. Allí, en la imprenta, sólo tenía a dos correctores cualificados, que
se ocupaban asimismo de la paginación, de los índices, de las rúbricas
marginales y de los títulos. Nathanael ganaría un poco menos que aquellos
trabajadores experimentados, pero sí lo suficiente para poder vivir bien. No
debía imaginarse que iba a hallar alojamiento y comida en el seno de la
familia: a él le hubiera parecido muy bien, pero su mujer, que era de buena
cuna y había recibido una exquisita educación, no soportaba tener a los
subordinados a su alrededor. Nathanael dormiría en un rincón del taller hasta
que encontrara una habitación.
El joven dio las gracias: aquel
lugar, para instruirse, valía tanto como la escuela de Greenwich. Elie le
enseñó todo aquello. La ímprenta estaba situada en un patio cerrado por la
parte que daba a la calle; se oía el murmullo de una fuente. Vio la sala en
donde estaban las prensas manuales, y el cuarto de los linotipistas, inclinados
sobre sus cajas; el almacén, lleno de montones de papel, y la sala de ventas y
embalajes, donde ponían los volúmenes, oliendo aún a tinta fresca, antes de ser
enviados a Alemania, a Inglaterra e inclnso a Francia y a Italia. En la pared
habían colgado una lista con el nombre de las obras prohibidas en aquellos
distintos países, cuyo envio hubiera dado lugar a confiscaciones y perdidas.
Las más valiosas ediciones, que eran el orgullo de Elie, encuadernadas en
vitela o en badana, tapizaban una estrecha sala de visitas, flanqueadas por
unos cuantos desgastados volúmenes de genealogía y de historia, así como por
diccionarios y compendios donde los correctores, en caso de duda, se suponía
consultaban un nombre propio, una palabra insólita o un giro inusitado. Uno de
aquellos mondadores de palabras era un hombre de mediana edad, meticuloso como
ninguno, pero amargado por su mala fortuna, pues él era ‑según decía‑, y no
Elie Adriansen, quien hubiera debido comprar, si hubiese sabido aprovechar la
ocasión, la bien surtida librería de Johannes Jansseonius. El otro, buen
compañero, había ocupado en otros tiempos una cátedra en un colegio, y la
envidia de sus colegas ‑si se creían sus palabras‑ pronto lo expulsaron de
ella. Este último, mientras trabajaba, tarareaba en griego versos de
Anacreonte, poniéndoles una musiquilla de moda. Sin las consecuencias de la
bebida, aquel prodigio de saber hubiérase bastado para todo, pero sus resacas
solían durar varios días.
Aquellos dos compadres le enseñaron
de buen grado las triquiñuelas del oficio, como, por ejemplo, leer un texto al
revés para no dejarse distraer por el sentido de las palabras, o dedicarse por
entero tan pronto a la caza de errores de puntuación como a los de sintaxis;
ora a la alineación, ora a las mayúsculas. Su latín de colegial, cuyas
carencias sabía, le obligaba a ser más lento y más cuidadoso que aquellos dos
listos: pronto descargaron en él las tareas más fastidiosas. En ocasiones,
lleno de escrúpulos y con la esperanza de instruirse, planteaba tímidamente una
pregunta a los doctos que frecuentaban la espaciosa sala del librero. Aquellos
sabios discutían agriamente con Elie sobre el precio de sus trabajos y luego se
entretenían fumando una pipa. A uno de ellos, erudito en antigüedades romanas,
le preguntó la fecha de un consulado, para ponerla al margen de una obra de
Tito Livio. El sabio pensó que aquel individuo pretendía pillarle en flagrante
delito de ignorancia, o al menos de duda, y le volvió la espalda.
Elie le había recomendado
encarecidamente que no hablase nunca de sus años pasados junto a los mástiles.
Nadie tenía por qué saber que había pertenecido a la chusma malhablada y
borrachina de las gentes de mar. Nathanael callaba, pues, cuando estaba en la
imprenta, pero la nostalgia le hacía tomar el camino del puerto en sus horas
perdidas. Allí podía, acodado al estrecho pretil de un puente, observar desde
arriba, los barcos anclados en el muelle, ver el zafarrancho de salidas y
llegadas y oír a los marineros ‑siempre desocupados cuando estaban en tierra‑
hablar de los incidentes y de lo larga yue había sido la travesía. Raras veces
les confesaba haber sido uno de ellos, acaso por sentir un poco de malestar por
no serlo ya, pero tampoco presumía de ser corrector de imprenta, lo que le
hubiera apartado de aquellos hombres sencillos, que firmaban su contrata con
una cruz. Cuando le preguntaban, él decía que era carpintero, igual que lo fue
su padre, cosa que parecían confirmar sus grandes manos. Aquel título le sirvió
de garantía para obtener gratuitamente posesión, para todo el tiempo que le
fuera necesario, de un chamizo situado en una callejuela que daba al puerto, a
condición de que lo arreglase. Tenía los cristales rotos, la puerta arrancada y
un montón de botellas hechas añicos, además de otros desperdicios arrojados por
los transeúntes, crecían solos en el jardín. Puso un poco de orden en todo
aquello. Más tarde se enteró de que aquel desconcierto no era debido, como él
creía, a las juergas celebradas por los anteriores inquilinos. El chamizo,
situado entre dos canales, había servido de refugio al culto católico
prohibido. Los corchetes habían irrumpido en plena misa y se habían llevado a
toda la banda que allí había al puesto; más tarde, todas aquellas gentes
habrían acabado sin duda en la cárcel, donde probablemente aún languidecían.
Nathanael les compadecía.
Elie y su mujer creyeron y dijeron
que Nathanael utilizaba aquella casucha para beber y llevar a ella mujeres. Se
equivocaban: ni su cabeza ni su estómago (no sabía muy bien cuál de los dos) le
permitían beber más de un vaso. En cuanto a las mujeres, hubiera temido verse
importunado si les indicaba su refugio. Aunque mujeres no le faltaban, ni mucho
menos. Las putas le repugnaban, con sus afeites baratos y sus vestidos
comprados a los ropavejeros. No poseían la dulzura de las prostitutas de las
islas. Pero le bastaba con sentarse en verano en cualquier parque, en un banco
que estuviera situado en un rincón oscuro, para que alguna mujer viniese a
acurrucarse a su lado y a frotarse contra él: doncellas o dependientas, o bien
jóvenes burguesas lo bastante avispadas para hacerse una llave falsa y
despistar a sus compañeras. Su ardor le sorprendía: nunca se había detenido a
pensar que era un hombre bien parecido, pero el deseo de ellas despertaba el
suyo.
Las poseía a veces allí mismo, o
apoyadas en un árbol del paseo. Los tardíos paseantes no se ofuscaban al ver
los movimientos de aquellos dos cuerpos. Sucedía en ocasiones que algún otro
señor muy bien vestido, pero furtivo, se le acercase al anochecer. El
compadecía a aquellos hombres por verse expuestos al vituperio de Dios y de las
gentes por culpa de unas apetencias tan sencillas, después de todo. Aceptaba
seguirlos hasta un rincón oscuro alguna que otra vez, pero en realidad lo que a
él le gustaban eran los pechos de mujer, suaves como la mantequilla; los labios
lisos y las cabelleras resbaladizas como copos de seda.
Era de esos a quienes el placer,
lejos de entristecer después, sosiega, y hallan en él un renacer del gusto por
la vida. No obstante, solía imaginar las confidencias de aquellas muchachas en
la trastienda, en el desván de la casa en donde sirvieran; sus bromas, las
comparaciones y acaso algún aborto o infanticidio por su culpa o la de otro, o
asimismo ‑lo que le parecía peor todavía‑ el abandono de un niño más en las
calles de la ciudad. Nada de todo aquello le parecía muy limpio. O bien, al
despertarse con un ataque de tos (desde un principio de pleuresía que había
tenido en la primavera no se encontraba del todo bien), se arrepentía de
aquellos derroches de sustancia y de fuerza, del insidioso peligro que corría
de coger alguna enfermedad. Hubiera sido pagar demasiado caro por unos cuantos
espasmos de placer.
Tras cuatro años vividos sin pensar
(o al menos así lo creía), había vuelto al mundo de las palabras acostadas en
los libros. Estos le interesaban ahora menos que en otros tiempos. Tuvo que
corregir una obra de César, a la que pronto siguió una de Tácito, pero aquellas
guerras y asesinatos principescos le parecían formar parte del amasijo,
supuestamente glorioso, de inquietudcs inútiles que no cesan jamás y de las que
nadie se toma nunca el trabajo de extrañarse. Anteayer, Julio César. Ayer, en
Flandes, Farnesio o Don Juan de Austria. Hoy, Wallenstein o Gustavo Adolfo. Los
eruditos, cuyas notas, explicaciones y paráfrasis abultaban, en la parte de
abajo de las páginas, el corto texto de los Comentarios, adoptaban ante
el gran capitán el mismo tono deferente que ponían en sus epístolas dedicadas a
los presentes notables de este mundo; bien es verdad que de estos últimos
esperaban una pensión o un estipendio, mas se hubiera dicho que lo hacían sobre
todo por el gusto de adular ser vilmente. O si por casualidad ponían a César
por los suelos, era para exaltar a Pompeyo, como si se pudiera emitir un juicio
después de haber pasado tanto tiempo... Nathanael dejaba a veces de leer,
apoyando los codos en la mesa, sin preocuparse de sus mechones de pelo, de un
rubio casí blanco, que le tapaban los ojos.
Aquellas tribus exterminadas por el
romano famoso le recordaban a los salvajes degollados aquí y explotados allá
para gloria de un Feiipe, de un Luis o de un Jacobo cualquiera. Aquellos
legionarios, que se internaban en bosques y pantanos, debieron parecerse a los
hombres armados de mosquetes que se dispersaban por las soledades del Nuevo
Mundo; aquellas extensiones de barro y agua donde bullía Amsterdam debieron
parecerse hace no mucho a los estuarios sin nombre entrevistos allí. Pero César
sólo impuso a los galos la autoridad de Roma, no tuvo la desfachatez de
convertirlos a un Dios verdadero, no del todo igual en Inglaterra, en Holanda,
en España o en Francia, y cuyos fieles se devoran entre sí. La chusma bátava se
apresuraba a recibir a los navíos que regresaban del combate trayendo consigo
las ganancias de ultramar. Veían las maderas valiosas y los fardos de especias,
pero, en cambio, no veían los dientes estropeados por el escorbuto, ni las
ratas, ni la miseria del castillo de proa, ni las malolíentes sentinas, ni al
esclavo con el pie cortado, como el que vio agonizar en Jamaica. Tampoco veían
el saco de oro del comerciante que financiaba aquellas grandes empresas que, en
ocasiones, le vendía sus productos averiados a los capitanes y robaba en el peso,
como el gordo de Greenwich. Nathanael se preguntaba cuánto tiempo iban a durar
aquellos manejos.
Leyó a los poetas. El magister, que
sólo tenía un Virgilio, había puesto en guardia a su alumno contra las lúbricas
elegías de Tibulo y Propercio, que reblandecen el alma, o contra los obscenos
poemillas de Catulo y de Marcial, que encienden los sentidos. Nathanael tuvo
que examinar cuídadosamende un pequeño volumen de los elegíacos latinos y una
edición de Ovidio. Le gustaron. Al volver una página se encontraba a veces con
unos versos que parecían derramar miel, con un conjunto de sílabas que dejaban
en el alma un tegusto de felicidad. Como quien diría los pájaros de Venus: Et
Veneris dominae volucres, mea turba, columbae... Pero no eran más que
palabras, menos bellas, en realidad, que los pájaros de cuello tornasolado y
suave... El había amado a Janet; le pareció haber amado a Foy; el sentimiento
que por ellas albergó era más sencillo, pero tal vez más fuerte que el expresado
por aquellos poetas que derramaban tan abundantes lágrimas, se hinchaban a
suspirar y ardían con tantos fuegos.
Leyó a Marcial; cayó en sus manos un
Petronio. Algunas de sus páginas le divirtieron; pero aquellos tres bribones de
Petronio, cuyas aventuras se parecían a las de algunos mozos que él conocía,
por las calles de mala fama de Amsterdam, aquellas chocarrerías de Marcial
cubiertas por la pátina de los siglos, aquellas descripciones de posturas o de
apareamientos extraños, todo lo que tanto excitaba a los hipócritas
comentadores, no era muy distinto de lo que él había hecho o visto hacer, dicho
u oído decir muchas veces en el transcurso de su vida. Les exabruptos de Catulo
le recordaban los «coño», los «carajo» y los «culos» con los que sus compañeros
de a bordo condimentaban ingenuamente sus palabras. Era lo mismo, no era más
que eso.
Los pocos tratados de teología que
publicaba Elie iban siempre a parar a manos de correctores más aptos que él
para descubrir un error en una cíta bíblica. Pero el patrón (pues el tío Elie
no era sino el «patrón» para Nathanael) exigía por decoro que sus empleados
asistieran al sermón. Después de pasar un cuarto de hora preguntándose si el
sermón sería peor o mejor que el domingo anterior, Nathanael recurría al método
que desarrolló en su infancia, en Greenwich: dormía con los ojos abiertos. Los
pájaros piaban en el jardín del maestro de escuela; el mar dejaba oír su
estruendo en las playas de la Isla Perdida; la Fair Lady o la Thétys
restallaban sus alas. Después, sentado otra vez en el banco del templo, oía al
reverendo definir la Santísima Trinidad, vomitar injurias contra los
socinianos, los anabaptistas o el papa de Roma, y asegurar que uno sólo podía
salvarse por la gracia de Jesucristo. Los feligreses cantaban, o más bien
berreaban, unos himnos, hallando gran placer en aquellos ejercicios vocales
realizados entre todos, para luego marcharse a sus casas provistos de dogmas,
admoniciones y promesas para toda una semana, camino hacia el humeante puchero
en donde se estaba guisando la comida. Un día en que Nathanael tuvo que volver
a entrar en el templo después de la predicación, para recoger unos mitones que
la antipática esposa de Elie se había dejado olvidados en un banco vio al
predicador sentado en una de las sillas vacías del coro con la cabeza entre las
manos. ¿Acaso el joven de alzacuellos se daba cuenta de que sus palabras no
conmovían a nadie, o bien le parecían menos verdaderas que antes las verdades
que enunciaba? A Nathanael le hubiera gustado acercarse a él, como antaño hizo
con el joven jesuita moribundo, pero no sabía cómo hacerlo y además puede que
al reverendo le doliera simplemente la cabeza. Salió de allí despacito, andando
de puntillas.
Al día siguiente, en la sala donde
estaban los libros, cogió una gruesa Biblia y buseó en ella las únicas páginas
verdes y frescas que recordaba en medio de aquel bosque de palabras, o sea,
algunos versículos de los Evangelios. Sí, aquellas palabras nacidas en el
campo, a las orillas de un lago, eran muy hermosas; del Sermón de la Montaña se
desprendía una gran dulzura, aunque sus palabras mienten en la tierra en que
nos hallamos; sin duda dicen la verdad en cuanto al otro reino, pues parecen
escapadas de un paraíso perdido. Sí, Nathanael hubiera amado al joven agitador
que vivía entre los pobres, contra el que se encarnizaban Roma y sus soldados,
los doctores y su Ley, el populacho con sus gritos. Pero que aquel joven judío,
separándose de la Trinidad y bajando a Palestina, hubiese venido a salvar la
raza de Adán con cuatro mil años de retraso sobte la Culpa, y que sólo se
pudiera alcanzar el cielo por su mediación, eso Nathanael no podía creerlo,
como tampoco las otras fábulas que compilaban los sabios. Esas historias podían
tolerarse mientras flotaban, como inocentes nubes, en la imaginación de los
hombres; petrificadas en dogmas, gravitando sobre la tierra con todo su peso,
no eran sino nefastos lugares santos frecuentados por los mercaderes del
Templo, con sus mataderos de víctimas y sus patios de las lapidaciones.
Y si bien era verdad que la madre de
Nathanael vivía y moriría fartalecida por su Biblia, entre su caldero de cobre
y su gato, en cambio Foy había vivido inocentemente y había muerto sin más
religión de la que poseen la hierba y el agua de los manantiales. De cuando en
cuando se pasaba por el café cantante con el compañero a quien tanto gustaba el
gríego: el despreocupado Jan de Velde. Jan bebía mucho y repetía una y otra vez
las mismas historietas, a menudo bastante picantes, que le hacían reír a
carcajadas. Nathanael apenas tocaba su vaso de ginebra, que el otro acababa por
vaciar después de haberse bebido el suyo. Pero la borrachera no sólo nacía del
alcohol, sino de las luces parpadeantes, de las endiabladas danzas alemanas que
bailaban algunas parejas cogidas por la cintura; de las largas pipas, que
exhalaban un humo infernal, como en las escenas de diablos que se ven en
algunas estampas. Las mozas de partido que allí bailaban iban mejor vestidas
que las putas de la calle, o al menos lo parecían, con sus ribetes de
lentejuelas brillando bajo las lámparas. Jan se eclipsaba en seguida detrás de
algún rostro atractivo. Nathanael pagaba la cuenta de ambos y regresaba a casa
muy soñador. Pero aquella noche, una voz que cantaba le hizo aguzar el oído.
La que cantaba era muchacha que ya
había pasado de la primera juventud, con un hermoso rostro dorado como el de un
melocotón. Debía de ser judía, pues sólo en las judías había visto él aquella
tez cálída y aquellos ojos oscuros. Cantaba en inglés, a la mesa de unos
marineros, canciones seguramente ya pasadas de moda en Londres, pues eran las
que le gustaban a Nathanael en su adolescencia, cuando vivía en Greenwich. La
voz, un poco ronca, era agradable, pero su hermoso rostro se transformaba a
veces haciendo muecas al cantar alguna triste balada, tratando de expresar una
ternura que no sentía. También guiñaba un ojo al repetir una cantilena picante,
lo que la hacía bizquear. Pero esto sólo duraba un instante, y su óvalo era tan
perfecto como el agua tranquila, que vuelve a recomponerse tras la caída de una
piedra que la ha turbado con sus salpicaduras. Cuando la muchacha se quedó
sola, Nathanael venció su timidez y se le acercó.
La llamaban Sarai. Le contó su
historia en inglés sin ningún embarazo. Cuando hablaba en lugar de cantar,
vencía el acento del ghetto de Amsterdam. Habia hecho carrera en Londres, en
casa de unas célebres alcahuetas; luego ‑de creerse sus palabras‑, un lord le
había puesto casa y carroza, pero los turbios manejos de unas rivales fueron la
causa de que su protector se hastiara de ella. Al encontrarse sin dinero, había
vuelto a su tierra. Aquel apestoso café no era más que un remedio provisional
para salir del paso.
Pidió ella una cerveza. Aunque los
marinos del rey Jacobo se hubieran marehado ya, Nathanael y Sarai continuaban
hablando en inglés. Hablar en aquella lengua los aislaba del barullo del café,
les daba la impresión de estar solos y calientes, como protegidos por las
cortinas de una cama. Ella poseía alegría y vivacidad. Nathanael se extrañaba
de sentirla ofrecida a él, pues jamás había llegado a convencerse del todo de
que gustaba a las mujeres. En ocasiones paraba ella de hablar: su voz y su boca
descansaban, por decirlo así; sus ojos, repentinamente serios, le parecían a él
una noche llena de fuegos. Salió del café prometiéndole que volvería.
Volvió en los días siguientes; ella
se sentaba a su lado cuando el trabajo escaseaba. Una noche en que hacía muy
mal tiempo, regresaba Nathanael a su casa cuando la vio venir, luchando contra
el viento, con una toquilla en la cabeza y un paquete de ropa apoyado en la
cadera. Sarai lo arrastró lejos de la puerta; estaba jadeante.
‑Me han acusado de robo ‑dijo‑.¡Yo,
una ladrona! Fíjate las marcas que me han dejado los golpes...
Tendió los brazos, desnudos hasta el
codo. A la luz del farol de una barca vio él los cardenales y se retuvo, por
timidez, para no besarlos.
‑¡Yo, una ladrona! La patrona me ha
dicho que me largue. Todo por culpa de dos cerdos daneses que han perdido su
escarcela, y uno de ellos, los encajes de sus calzas... ¡Me importan a mí un
bledo sus encajes!
Nathanael comprendió que se trataba
de dos capitanes de navío, libertinos y groseros, que acostumbraban repartirse
sus favores.
‑¿Adónde vas a ir? ‑le preguntó.
‑No lo sé.
Le ofreció asilo por una noche en su
chabola del Muelle Verde, que estaba bastante lejos del café cantante. Sarai,
como no tenía costumbre de andar, tropezaba con torpeza en el suelo de
ladrillos y no sabía evitar los charcos ni los hoyos. Parecía como si las
lágrimas de la cólera le quemasen los ojos: en lugar de aprovechar, para
orientarse, las luces de las tiendas aún abiertas, se metía como una ciega por
los rincones más oscuros; él la cogía del brazo y la sentía tensa, aún más
furiosa que disgustada. Aquella víctima le llenaba de compasión el corazón.
‑¡Deprisa! ‑susurraba ella‑. ¡Más
deprisa!
El entró primero en el chamizo,
atizó la lumbre y le presentó el único taburete que había, tras lo cual sentóse
en un leño. Tenía con ella las mismas atenciones que hubiera tenido con una
reina. Una vez saciada el hambre con el pan y los restos de comida que él le
ofrecía, Sarai echó una mirada a su alrededor con una mueca burlona. Por
primera vez sintió él que los cristales estuvieran rotos y que una grieta muy
larga cruzara la pared expuesta al Norte. Arreglaría todo aquello. Y sin
embargo, desde que ella estaba allí, todo parecía dorado, como iluminado por
una lámpara. Los utensilios tirados por el suelo eran bellos y bella asimismo
la manta raída que había en la cama. Cuando se acostaron, la cama crujía de tal
modo que se echaron a reír. Ella no escatimó sus encantos. Aquel cuerpo de
curvas algo blandas, que se fundían unas en otras, le pareció más dulce que
ningún otro cuerpo imaginado por él. Se contuvo para no decirle que jamás había
gozado hasta tal punto con ninguna otra mujer, pues temía que lo tachase de
novato o de tonto y que aprovechara la ocasión para ejercer su influencia sobre
él. Y, no obstante, la intimidad del placer le parecía establecer entre ellos
una inmensa confianza, como si se hubieran conocido de toda la vida.
Aquella mañana llegó tarde a la
imprenta de Elie y se marchó muy pronto, para comprar unas cuantas cosas que
hacían falta en casa. Sarai no se había levantado. Comieron mejillones en
vinagre y pan de especias, del que vendían en los puestos de la calle. Durante
unos días, o unas semanas (nunca supo cuánto tiempo), le pareció vivir como un
rey o como un dios. Hacía partícipes de su dicha a todos cuantos veía y con
quienes se codeaba por las calles grises: aquellos hombres vestidos con
chaquetas o cazadoras usadas, aquellas mujeres feas o hermosas sólo a medias,
que veía en el mercado o en las tiendas, quizá albergaran tesoros de pasión,
que darían o recibirían de alguien. Sus cuerpos eran cálidos bajo sus sayas
raídas. Aquellas burdas chozas, tan parecidas a la suya, habitadas por
empleados del fielato o descargadores del puerto, acaso también tuvieran una
cama rodeada de gloria como las que traspasan los frontispicios de los libros.
La vocecilla de mujer, que desgranaba una canción inepta desde una ventana, quizá
fuese ‑como la de Sarai‑ un bálsamo para el corazón de un hombre desalentado.
Cuando regresaba a casa la encontraba acostada aún, recosiendo sus trapos.
Igual que otras el orden, ella sembraba el desorden a su alrededor. Mas
Nathanael disfrutaba colocándolo todo en su sitio. Al cabo de una semana, Sarai
se atrevió a salir un poco por aquel barrio desconocido para ir a comprar pan a
la panadería, leche a casa de una vecina que tenía una vaca o para llenar el
cántaro en una fuente cuya agua era más limpia que la del canal. Incluso tendió
una vez la ropa lavada en la punta de una larga pértiga. Por la noche, cuando
él se afanaba calentando la cena de ambos en la lumbre, ella se paraba en sus
idas y venidas para darle, a modo de juego, unos besitos en la nuca o alisarle
el pelo. Sin embargo, en ocasiones le parecía a Nathanael que ella sólo le
amaba como una gata que se frota a las piernas de su amo.
Un día, durante una de aquellas
breves salidas de Sarai, Nathanael cogió cemento y una llana y se acercó a la
pared con la intención de arreglar la grieta tapada con unos trapos, que empezó
por sacar de allí. Algo brilló a la luz de la vela que había puesto en el
suelo. Metió la mano con precaución. Era una escarcela que contenía monedas de
oro, hebillas de plata, doblados dentro de un pañuelo, unos encajes
encañonados. En aquel instante, lo mismo que en Greenwich cuando creyó haber
matado al gordo agresor de Janet, se vio con la soga al cuello. Si le cogían
por encubrimiento, ya podía prepararse. Luego le invadió un sentimiento de
horror hacia aquella mujer, que se habíá escondido en su chamizo y que hacía el
amor con él en pago de su alquiler. Incluso en el barrio perdido, donde nadie
la iría a buscar, no se había atrevido a salir hasta que los daneses se habían
hecho a la mar, probablemente. Si era verdad que le habían pegado y, sin duda,
registrado antes de que la patrona la echara del café, ¿cómo conservaba
aquellos objetos? ¿Los habría escondido sobre ella o en los pocos harapos que
le habían permitido llevarse? Las sevicias cuyo relato tanto le había conmovido
puede que no fueran sino una comedia. Sarai debió largarse antes de que se
dieran cuenta del robo. Nathanael se metió el cuerpo del delito en el bolsillo
de su viejo tabardo y tapó cuidadosamente la grieta de la pared con cemento. Al
llegar la noche arrojó los objetos robados al canal.
No le habló de lo que había
descubierto. Por su parte, ella no pareció darse cuenta de que él había tapado
la grieta. Unos días más tarde, la grieta reapareció. Nathanael comprendió que
había estado rascando la pared, pero, a su vez, fingió no haber reparado en
ello. Pensándolo bien, se dijo que, después de todo, ella tenía tanto derecho a
aquellas monedas de oro como los dos borrachos daneses. El robo, además, le
indignaba menos que la dureza de corazón de aquella mujer: le había expuesto
con pleno conocimiento a la vergüenza, tal vez al patíbulo. Por otra parte, él
debía su felicidad a aquella sucia aventura. También él, en cierto sentido,
abusaba de ella. Por las noches seguía encendiéndose su pasión, más que nunca
quizá, desde que el lenguaje de los cuerpos era el único en que ambos podían
expresarse francamente. Pero sentía la impresión de acostarse con una mujer
contaminada.
Todo empeoró cuando ella supo que
estaba embarazada. Se negaba a creerlo, pues siempre se había salvado del
embarazo hasta entonces. Cuando fracasaron todos los recursos, habló de visitar
a una abortera. El la disuadió de ello, por miedo al efecto fatal de los polvos
y de las largas agujas. Sarai estuvo varios días seguidos sin hablarle, tan
pronto coléríca como bañada en lágrimas. Se descuidaba; sus viejos vestidos
olían a vomitona. Nathanael le mandó hacer uno de buen droguete, así como una
cofia y un delantal de algodón, pero no quiso ponérselos. Para acabar con las
murmuraciones del barrio, Nathanael decidió someterse a las formalidades del
matrimonio. La cosa no era fácil de llevar a cabo; habría que encontrar a un
pastor con manga ancha que consintiera en casarlos, aunque el esposo no
estuviera inscrito en los registros de ninguna parroquia, y que aceptara a
Sarai sin obligarla a aprender el catecismo y a bautizarse. Confió sus apuros a
Jan de Velde, quien, entre sus numerosas amistades, logró encontrar a un
complaciente eclesiástico. Una pequeña suma de dinero terminó de arreglar el
asunto. Tras la ceremonia, que fue corta, Jan de Velde los invitó a cenar en la
taberna, e hizo reír a carcajadas a la novia imitando al famélico predicador
que recitaba con la nariz los versículos de la Biblia. Jan de Velde no era
peligroso para las mujeres. Pero aquel matrimonio tan pronto ridiculizado por
la novia misma, aquella juerga tras la ceremonia adulterada, le parecieron muy
amargos a Nathanael: tenía la vaga impresión de haber traicionado algo o
engañado a alguien.
Aquella solemnidad no dulcificó el
talante de la vecindad: compadecieron a Nathanael y le llamaron asno. Tampoco
disminuyó la negra melancolía de Sarai. Súbitamente, y más de dos meses antes
de llegar a término, la joven anunció que volvía a casa de su madre, a la
Judenstraat. Aquella madre inesperada hizo sobresaltarse a Nathanael.
Repasó pensativamente la historia de
ambos a partir de su primer encuentro. Aunque aquella madre fuera una madre
postiza, ¿por qué no se refugió Sarai en su casa la noche de la algarada en el
café cantante? Seguramente temió comprometer a la anciana. Por otra parte, el
deseo de volver con su madre ‑suponiendo que la tuviese‑ era muy natural en
aquellas circunstancias: la casucha del Muelle Verde era un chamizo húmedo.
Nathanael salía muy de mañana para ir a trabajar y no regresaba hasta muy
tarde. Al no tener amigas entre las vecinas, Sarai temía ‑no sin razón‑
encontrarse sola al llegarle la hora de dar a luz, mientras él estaba fuera.
Como su estado era ya muy avanzado, mandó él llamar una silla de posta para
hacer el trayecto, que era bastante largo. Las comadres del lugar se rieron
burlonamente al verla subir a ella.
Mevrouw Loubah, más conocida por el
nombre de Leah, vivía en una casa con dos puertas: una en la calle de los
judíos ‑donde tenía un comercio de ropa vieja‑ y la otra ‑cuyo umbral era
fregado con cuidado y daba acceso a una tienda de fruslerías procedentes de
Francia‑ sita en una callejuela del barrio cristiano. La gente de postín no
desdeñaba ir por allí a regatear el precio de los «rhingraves» o de las
manteletas de encaje de Génova. Leah cerraba los sábados, por respeto a la ley
judía, y también los domingos, ya que los clientes bautizados no acudían a
comprar. El domingo era asimismo el único día en que Nathanael disponía de
parte de su tiempo. Habían instalado a Sarai en el piso de arriba, en un
cuartito pequeño; la Mevrouw, o una de las dos sobrinas de ésta, le hacían
compañía en los intervalos libres que les dejaba su trabajo. Existía entre
aquellas mujeres una amistad tumultuosa y apasionada, hecha de risas y abrazos;
las voces aumentaban de repente hasta alcanzar el diapasón de la cólera, o bien
se derretían en ternezas. Se lo ocultaban todo o se lo gritaban todo en voz muy
alta. Leah y su supuesta hija hablaban eu inglés, que era su lengua secreta
delante de las sobrinas o de la criada; de cuando en cuando, una palabra hebrea
o portuguesa señalaba un lugar peligroso, indicando que se trataba de algo
distinto a lo que se estaba diciendo o que se cambiaba un nombre por otro.
Nathanael no supo nunca si eran de
verdad madre e hija, pero se enteró, por las bromas y recriminaciones cruzadas
en su presencia, de que Leah había dirigido en Londres un elegante burdel: ella
fue, sin duda, quien vendió a Sarai cuando era muy jovencita a un tal lord
Osmond, y probablemente también a otros. Un escándalo parecido al del café
cantante hizo perder a la hermosa su puesto de amante titular; huyó sin su
madre, que siguió su ejemplo unos meses más tarde. No obstante, Mevrouw Loubah
seguía yendo y viniendo de Amsterdam a Londres, al servicio de un diamantista.
Tal vez fuese a causa de una de esas ausencias por lo que Sarai prefirió
refugiarse en el Muelle Verde.
Por lo demás, ahora que Nathanael
vivía solo en su casa, los vecinos se paraban de nuevo a charlar con él a la
orilla del canal. De este modo se enteró de que el verano anterior Sarai había
salido numerosas veces estando él ausente y había tardado mucho en volver, bien
porque Leah le proporcionase algunas citas pagadas, bien porque fuera allí para
ayudar honradamente a aquellas mujeres a plisar encajes o a fabricar ungüentos;
pero el silencio de Sarai ponía un tinte dudoso en aquellas idas y venidas.
También podía ser que su chamizo, por estar tan alejado, fuera una verdadera
ganga para aquellas encubridoras. Desde que había descubierto el paquete
escondido en la grieta de la pared, pocos días después de la llegada de Saxai,
Nathanael no había vuelto a registrar su casa. Trató de hacerlo una noche, pero
la verdad era que todo allí podía servir de escondite: el techo de paja
destrozado; el suelo, en el que faltaban varias losas; el montón de
desperdicios al fondo del jardín... Además, Sarai se lo había llevado todo
seguramente cuando dejó la casa.
Las mujeres le habían prometido
avisarle cuando naciera el niño; con los apuros propios del momento, se
olvidaron de hacerlo. Cuando fue a visitar a Sarai como de costumbre el
domingo, después del parto, la encontró embellecida, descansada y sonriente,
con las manos colocadas encima del edredón; una de las sobrinas la estaba
peinando. Nathanael buscó con la mirada al recién nacido y pensó que habría
muerto, al no verlo por ningún sitio. Pero no era así: aquella misma mañana le
habían buscado una ama de cría, pues Sarai no tenía bastante leche para
amamantarlo.
Fue a casa de la nodriza. Era una
digna matrona, ya madura; una especie de madraza oriental, que se encontraba a
sus anchas entre llantos y gritos de niño. Su conversación se hallaba salpicada
de refranes piadosos. Una vez traspasado el umbral de la puerta, coronada por
un letrero hebraico, uno se sentía lejos de la calle ruidosa, lejos asimismo
del terreno cuajado de trampas que era la casa de Leah. El marido era un
carnicero ritual, muy hábil para matar lentamente a los animales y vaciarlos de
su sangre. En su casa era un buen hombre, de tierno corazón. La nodriza trajo
una lámpara para enseñarle al niño.
‑¿Es hermoso, eh?
Nathanael lo encontró muy feo, mas
sabía que todos los recién nacidos les parecen hermosos a las mujeres. Se
maravillaba de que los violentos placeres compartidos con Sarai, sus risas, sus
lágrimas, sus meneos y sus languideces carnales hubieran dado vida a aquel
frágil capullo. Una pelusilla negra, heredada de su madre, cubría la cabeza del
niño, cuyas suturas apenas se habían cerrado. En todo caso, serían las mujeres
las que regentarían su diminuta vida, y si algún día tenía que encargarse
Nathanael de su hijo, ¿qué iba a hacer con aquel arrapiezo, a quien pronto se
conocería como a un niño escapado de una calle del ghetto? Acababan de
circuncidar al pequeño, lo que hirió a Nathanael en el fondo de su propia
carne, como si hubiera una ofensa a la integridad de los cuerpos en aquella
oblación bíblica. Lazare ‑le habían puesto este nombre‑ crecería entre los usos
y costumbres de la Judenstraat, unas veces peores y otras mejores, pero siempre
diferentes de los del Muelle Verde o de la Kalvenstraat, donde se hallaba la
imprenta de Elie. El niño asistiría probablemente a la escuela de los rabinos y
lo que aprendiese no sería ni más verdadero ni más falso que lo que enseñaban
en el sermón. Pero lo más seguro sería que su único maestro fuera la calle. No
conocería mucho a su padre. Además, también podían hacerse muchas preguntas
acerca de aquella paternidad.
Nathanael había retrocedido un paso:
ya no pretendía llevarse inmediatamente a Sarai a su casa. El que ella hubiese
vivido alguna vez en el Muelle Verde casi le parecía un sueño. Sarai, no
obstante, no se negaba a volver cuando hiciera mejor tiempo; de momento, no,
porque uno se helaba en aquella easucha. Nathanael, que no paraba de toser, era
buena prueba de ello. Entretanto, Mevrouw Loubah lo recibía bien, sobre todo
desde que llevaba buenos y nuevos atavíos, medio de artesano, medio de burgués.
No dejaba nunca de regalar fruslerías o golosinas a las mujeres. Sarai le
decía, riendo, que para estar tan «forrado» debía de haber hecho alguna
bribonada. Era casi verdad.
Poco antes del parto se había creído
en la obligación de pedirle a Elie la parte que le correspondía de los bienes
familiares: incluso habló de enviarle a un procurador o a un ujier. Elie tuvo
que pagar. Fue como si Nathanael tirase con todas sus fuerzas de una raíz de
árbol podrida, que ya sobresalía de la tierra por sí misma. El contenido de una
bolsa vieja ‑cuatrocientos ochenta florines en total‑ fue vaciado sobre la mesa
del cuarto de los libros, contado y recontado por el deudor y, finalmente,
metido otra vez en su bolsa, que Elie cerró antes de tendérsela a su sobrino.
Nathanael dejó el objeto en el suelo, avergonzado de haber puesto en duda la
probidad de aquel hombre honrado. Un trozo de pergamino estaba ya prepatado
para hacer el recibo.
‑¡Firmad!
El joven lo hizo sin tomar la
precaución de leer antes lo que firmaba. Al devolver el recibo; sus ojos
tropezaron por casualidad con una línea: Nathanael no sólo reconocía haber
recibido los bienes que Elie decía corresponderle, sino también todas las
cantidades que su tío debía a su familia. Elie guardó el recibo bajo llave.
‑Ya sabéis que hemos sufrido
pérdidas de rentas y grandes quiebras en el negocio de Amsterdam desde que
vuestro difunto padre me dejó este peculio para hacerlo fructificar ‑dijo con
acritud el librero.
‑¿Cómo? ¿Sólo nos corresponden estas
sobras, esta miseria?
‑No me considero lo bastante rico
para llamar así a cuatrocientos ochenta florines ‑replicó el comerciante de
letra impresa.
Nathanael echó una mirada a su
alrededor, a todo aquel mobiliario de hombre acomodado.
‑Espero que administréis los bienes
de vuestra familia con el mismo cuidado que yo lo hice ‑repuso el tío con una
pizca de sarcasmo‑. Aunque tengáis probablemente otras obligaciones más
acuciantes.
Nathanael volvió a dejar la bolsa
encima de la mesa.
‑Que os la llevéis o no, lo mismo me
da. Ya habéis firmado el recibo ‑dijo con sequedad el comerciante, que con
cualquier pretexto habia llamado a Jan de Velde para asegurarse la presencia de
un testigo. Nathanael guardó el dinero.
Le hubiera gustado marcharse de
inmediato y para siempre de aquella casa donde había estado trabajando durante
cuatro años, escrutando línea tras línea un montón de doctas obras. Pero el tío
le señaló con el dedo unas pruebas para corregir. Las cogió casi sin darse
cuenta. El rostro de Elie estaba serio y melancólico.
‑Estos son los insultos a los que
uno se expone ‑dijo como de mala gana‑ cuando hace fructificar los bienes de
una familia. La ingratitud...
Se hubiera dicho que gracias a su
sangre fría viril se abstenía de llorar. Nathanael salió de allí escupiendo.
Pensó escribir a sus hermanos.
¿Seguirían trabajando en Southampton para el Almirantazgo? Su madre en el
hospicio (¿viviría aún?) sabía leer la Biblia, pero no sabía escribir. Además,
hubiera tenido que confesar el incomprensible pudor que le impidió comprobar a
tiempo aquel recibo, por miedo a parecer que desconfiaba de su tío. Nadie iba a
creerle.
Decidió pedir consejo al tío Cruyt,
su más antiguo compañero de imprenta, a quien una pequeña herencia había
permitido por fin instalarse por su cuenta. En su imprenta no se hacían libros
hermosos, encuadernados en piel. Con ayuda de tres personas y de cuatro
obreros, a los que tiranizaba todavía más que Elie a los suyos, Niklaus Cruyt
publicaba, en papel de mala calidad, los compendios de sermones que algunos
predicadores le encargaban, henchidos de vanidad o tal vez deseosos de difundir
la buena nueva. También imprimía rústicos calendarios o tratadillos de
veterinaria para uso de granjeros y herradores que supieran leer. Pero las más
pingües ganancias las obtenía con panfletos de su cosecha y libelos en lengua
gálica sobre los escándalos de la corte de Francia, expedidos allí
subrepticiamente por cuenta y riesgo de los autores. Los negocios le iban
bastante bien, así que el viejo estaba aquel día fumando su pipa con
satisfacción. Se encogió de hombros al oír el relato de la trampa tendida por
Elie a Nathanael: de aquel réprobo no podía esperarse otra cosa.
‑Oye ‑le dijo adelantando la cabeza
con la prudencia de una tortuga‑, si quieres invertir los trescientos veinte
florines que has apartado para tus hermanos, yo, Niklaus Cruyt, te los puedo
tomar prestados de buen grado, a un interés del doce por ciento. Y aún ganaría
con ello, pues los usureros piden el doscientos por ciento. No es que me falte
dinero, gracias a Dios, pero siempre hay que contar con el que tarda en entrar
en caja.
Como Nathanael aborrecía la usura,
insistió en un diez por ciento. Hicieron un pequeño contrato y brindaron para
celebrarlo. Ya en la puerta, el viejo le gritó que buscara algún buen libelo,
muy escandaloso, sobre los amores de Mazarino y de la reina, puesto que Elie
despreciaba aquella clase de trabajos. Seguidamente llenó de improperios a un
pobre hombre que se doblaba en dos bajo el peso del fardo que llevaba, y ante
el cual se había apartado Nathanael para dejarlo pasar. Tampoco era aquel el
taller de compañeros con que soñaba el joven, un negocio en donde cada cual
cogiese a discreción de las ganancias comunes y lo sobrante, considerado como
perteneciente a todos, fuese de nuevo invertirlo en el negocio. Pero era una
cosa buena el que sus dos hermanos hallaran su dinero bien colocado. ¿Sus dos
hermanos? Algo le decía que no podía evitar roer un poco de aquella suma para
el niño, en caso de necesitario, o para Sarai, si es que volvía a su lado algún
día. Su propia honradez tampoco carecía de fallos.
Entregó cincuenta florines a la
nodriza de Lazare, de los que podría disponer para el niño en caso de extrema
necesidad. La buena mujer guardó con respeto el dinero del cristiano en una
arqueta. Leah pagaba la pensión, que no era mucha, pero la nodriza parecía
estar muy al tanto de los altos y bajos de aquellas mujeres. No obstante, era
muy probable que aquella honrada, pero charlatana criatura, no callase durante
mucho tiempo sobre el dinero que le habían confiado y era posible que tanto
Leah como Sarai la envolviesen para que se lo entregara. Aquella previsión del
porvenir no era sino un gesto supersticioso y, para Nathanael, una manera de
demostrarse a sí mismo su paternidad.
Había pensado en abandonar a Elie en
favor de unos rivales, los Blau; pero el taller de aquellos famosos libreros
estaba de momento al completo. De todas formas, la comedia representada en la
sala de los libros más bien mejoró que empeoró la posición, de Nathanael en la
imprenta. Como Cruyt se había despedído, era él uno de los más antiguos,
privilegiado con relación a los recién llegados. Pero sobre todo, Elie ‑contento
sin duda de haberse burlado de él‑ lo trataba con la simpatía de un verdadero
tío carnal. En ocasiones le honraba dándole palmaditas en la espalda e incluso
llegó a felicitarle por su diligencia, un día en que había mucho trabajo
urgente. Lo invitó a comer un domingo, después del sermón. La comida fue
taciturna: el tío y el sobrino no tenían nada que decirse. Elie, sin embargo,
introdujo en la conversación una alusión relativa a los cristianos que se
enamoran de muchachas infieles; Jan de Velde se había ido seguramente de la
lengua. Mevrouw Eva, la esposa de Elie, tan antipática en otros tiempos, le
echaba de cuando en cuando curiosas miradas de mojigata ante un muchacho con
fama de gustarle a las mujeres. Nathanael la rehuyó.
Después de aquella aburrida comida
la casa de Leah le pareció más acogedora que nunca. Los platos condimentados
con especias, que ponían en cima de la mesa las dos muchachas alegres y
chillonas, le parecieron suculentos, así como los vinos generosos de Oporto y
de Madeira. Se puso un poco alegre y habló de las mejoras que había introducido
en la casa del Muelle Verde, y de los árboles del barrio, que pronto echarían
brotes. Sarai guiñaba enigmáticamente los ojos. Trataba de recuperar fuerzas
poco a poco y todavia necesitaba los mimos y cuidados de las sobrinas. Le
dejaron acostarse con ella en varias ocasiones, pero ya no le parecía aquello
como la nube de gloria, atravesada de rayos luminosos, que envolvía la cama de
su chamizo, semejante a la descrita por Ovidio en sus ayuntamientos
maravillosos. Sarai ya no empleaba con él más que sus artes de cortesana y él
ya no sentía por ella sino el apetito trivial que se siente por toda mujer
hermosa, y esa cortesía propia del lecho, que obliga a comer más de lo debido
cuando se está acompañado o, al contrario, un poco menos. Se sabía el blanco de
las bromas que tramaban las sobrinas; éstas se reían de su cojera y le
enredaban el pelo llamándole «tejado de paja». El se reía con ellas. Una noche
en que a Sarai le dolía la cabeza, trató ella de empujarlo, a modo de juego, a
los brazos de una de aquellas muchachas, que no deseaba otra cosa. Se sintió
menos escandalizado que herido.
Padeció su acostumbrada bronquitis
anual: lo cuidaron unos vecinos. Tres semanas después, ya lo bastante repuesto
para hacer un recado que le había encargado Elie, fue a llevar las pruebas de
unos abstrusos Prolegómenos a casa de un sabio judío llamado Leo
Belmonte, que vivía en el barrio de Sarai. El sabio le abrió la puerta en
persona; discutió afablemente con Nathanael sobre algunas correcciones al
margen, relativas a dos o tres construcciones latinas. A Nathanael le hubiera
gustado quedarse allí más rato, para que el autor le explicara unas palabras
sobre la naturaleza del universo y sobre la de Dios, mas recordó el proverbio
que aduce cómo el zapatero, en presencia de un retrato, debe limitarse a opinar
no sobre el parecido o la belleza del modelo, sino sobre el buen acabado de los
zapatos. El no era ni teólogo ni filósofo y Leo Belmonte no necesitaba para
nada sus opiniones.
Al anochecer se le ocurrió pasarse
por casa de Mevrouw Leah, pese a no ser uno de los días en que acostumbraba
visitarla. Tal vez Sarai estuviese inquieta por su larga ausencia.
La tienda estaba oscura, pero la
puerta no tenía echado el pestillo. Un poco de luz, procedente de una lámpara
que había en la habitación pequeña del fondo se filtraba a través de una
cortina. Nathanael contuvo la respiración: Sarai se encontraba allí con un
hombre. Era indecente espiar; no obstante, se adelantó sin hacer ruido hasta el
umbral del cuartito, iluminado como un escenario. Aquel caballero, que aún
llevaba puesto el sombrero de fieltro, cubría de bigotudos besos los labios de
Sarai, quien le devolvía sus chupetones. Los pechos de la joven se escapaban
del corpiño desabrochado; la mano del galán tiraba de ellos y los apretaba
mecánicamente, como si fueran odres. La de Sarai resbaló a lo largo de las
costillas del cliente con gracia juguetona, se entretuvo amorosamente en su
costado y se introdujo con destreza en el bolsillo de su traje. Nathanael vio
cómo sacaba algo redondo y dorado, probablemente un pastillero, que desapareció
entre los amplios pliegues de la falda. Al alejarse silenciosamente, oyó la
misma risa arrulladora que dejaba oír Sarai cuando estaba en sus brazos. Se
encontró de nuevo en la calle y se repitió a sí mismo: «Está ejerciendo su
oficio... No hace más que ejercer su oficio.»
Ni siquiera estaba triste, y hubiera
sido estúpido indignarse. Compadecía a aquel individuo que, sin duda, se
encontraba en la gloria, lo mismo que le había pasado a él, y al que engañaban
de la misma manera que a él lo habían engañado. Pero Sarai estaba educada para
sacar provecho de los hombres, como los hombres lo sacaban de ella. Era muy
sencillo.
Regresó al Muelle Verde. Atizó el
fuego de turba escondido bajo las cenizas e inspeccionó a su luz unos cuantos
objetos nuevos que había adquirido con vistas al regreso de Sarai: rompió
mecánicamente dos platos y dos cubiletes de loza y echó los trozos rotos a un
rincón. Luego rompió los listones de madera de la cuna que había hecho para
Lazare. Pensó romper asimismo la manta casi nueva que le había comprado a un
marinero, quien, con toda seguridad, se la habría robado a su capitán, mas
acabó por taparse con ella y echarse a dormir. Durmió mucho rato. Aquel año de
pasión y de desengaños se hundía en el abismo, como cae un objeto al que
arrojan por la borda; igual que cayeron, cuando regresó a Greenwich, sus
pavores de haber matado al grueso comerciante aficionado a la carne joven, sus
largos meses de vagabundeos en compañía del mestizo y sus dos años de amor y de
penuria junto a Foy. Todo aquello igual podía no haber su cedido.
Devolvió las llaves al propietario
de la casa, antiguo capitán de navío de grotesco semblante, quien tampoco
parecía ignorar nada de su aventura:
‑¿Qué? ¿El pájaro voló?
El lobo de mar añadió que él jamás
tuvo esa clase de preocupación; a las mujeres había que cogerlas o dejarlas, y
dejarlas era mejor que cogerlas. Cuando supo que Nathanael le dejaba unos
cuantos muebles y utensilios a modo de alquiler, por no haber terminado los
arreglos prometidos, el viejo protestó débilmente antes de aceptar. Nathanael
dejó sus ropas y unos libros en casa de un vecino, que le ofreció con
amabilidad un jergón. Pero aquella familia vivía amontonada en una sola
habitación y, de todas maneras, el joven estaba ya harto del muelle, de los
árboles y de las caras del barrio... Sentía una tremenda necesidad de hablar
con alguien, con un amigo o con una persona que casi lo fuera. A falta de algo
mejor, se encaminó a casa de Cruyt, quien quizá aceptase dejarle dormir en su
taller a cambio de una pequeña suma de dinero.
Al entrar le dio un sobresalto. Las
prensas estaban aplastadas, retorcidas, deshechas a martillazos; manivelas
rotas y correas cortadas y retorcidas se mezclaban por el suelo; un enorme
charco de tinta se extendía sobre el mostrador y chorreaba, formando largos
regueros. El charco negro y brillante le recordó al que utilizaba Mevrouw
Loubah para decir la buena ventura, una vez cerradas todas las puertas. Pero lo
más extraño era el suelo, alfombrado de letras de molde procedentes de los
cajones abiertos de par en par; millares de letras se enredaban unas con otras
formando una suerte de insensato alfabeto. Nathanael resbalaba sobre aquella
chatarra.
‑¿Has venido a contemplar tu obra?
El viejo, sentado detrás del
mostrador, con la cabeza apoyada en las manos y uno de los codos empapado de
tinta, volvió hacia él un rostro rabioso.
‑¿Te acuerdas el opúsculo sobre la
corte de Francia que me trajiste de casa de Elie? Perdón, de casa de Mynheer
Adriansen, maestro impresor ‑rectificó con ira‑. Se vendió muy bien, sobre todo
en París, de tapadillo. Sólo que yo ni siquiera tuve tiempo de meter en él las
narices para leerlo. Eso es: Mynheer me hizo el favor de traerme de casa de su
tío un panfletillo indigno de las prensas del mismo y como en él, por
casualidad, se hablaba del embajador de Francia en las Provincias Unidas, de
ese mequetrefe que se acuesta con la mujer del naviero Troin... Y como no faltó
quien le llevase el libelo recién salido de la imprenta...
‑¿Mandó sus lacayos?
‑¡Que te crees tú eso! Mandó a
cuatro fuertes... del puerto, que llegaron aquí esta mañana. Lo han destrozado
todo...
La voz del viejo también se quebró.
Nathanael cerró la puerta tras de sí; la corriente de aire hacía revolotear
aquí y allá varias manos de papel desgarrado que se habían salido de los sacos
destripados. Se acercó a Cruyt para compartir con él su disgusto, mas éste le
apartó con un amplio ademán que derramó por el suelo la poca tinta que aún
quedaba en la gatrafa a medio romper.
‑¡Lárgate, sinvergüenza! ¡Urdiste
todo esto con tu tío para arruinar a los pequeños competidores!... Lárgate, te
digo... Vete a buscar a tu puta judía... Y todos esos embustes que me contaste
sobre tu dinero... Tu dinero, puedes metértelo en...
Nathanael no quiso oír más: salió de
allí limpiándose con la mano la manga salpicada de tinta sin darse cuenta.
Compadecía al viejo, pero lo peor era que creyó tener en él a un amigo. Para
hablar con franqueza, aquella supuesta amistad sólo enmascaraba una común
antipatía hacia Elie. Y Sarai era una puta, es verdad, y era judía, pero
aquellas dos palabras no bastaban para definirla. Además, ni una ni otra
significaban lo que en ellas ponía el pequeño Cruyt. A decir verdad, no
significaban casi nada.
Lo más sencillo hubiera sido
alquilar en alguna de las posadas de buena fama en la ciudad una cama fría en
un cuartito glacial y encerado. Tenía dinero para ello, pero seguía añorando un
poco de calor humano. Jan de Velde vivía a dos pasos de allí, en la buhardilla
de un viejo almacén. Una serie de trampillas llevaban a la espaciosa estancia,
bien ventilada por los vientos colados. Jan le había invitado varias veces con
insistencia a que se instalara en su casa. Pensó pedirle asilo por una noche
(en cuanto a una cohabitación más larga, ya se vería), sólo por el gusto de oír
la voz un poco ronca de Jan soltar sus chanzas o tararear canciones en griego.
Después de todo, Jan fue quien hacía no mucho había descubierto a un pastor
para que lo casara con Sarai; podía hablarle de ella con toda sencillez. De
subir tantos escalones se quedó sin aliento. Jan le abrió la puerta ataviado
con la ropa de los domingos, lo que era natural, por ser día de fiesta. Incluso
acababa de afeitarse. Detrás de su amigo, Nathanael distinguió una mesa puesta
como para un festín: una jarra de cerveza, queso, dos porciones de pastel, una
garrafita de ginebra. Le hizo su petición con algo de embarazo; Jan se
ensombreció:
‑¡Qué lástima, amigo! Hoy caes
mal... Te confieso que esta noche espero los favores de Eros y la sonrisa de
Afrodita celeste... Pero si vuelves mañana, a la hora de la cena...
Nathanael movió la cabeza. Los ojos
un poco inexpresivos de Jan se entristecieron: no le gustaba negar la
hospitalidad a un amigo. Le propuso:
‑¿Quieres un poco de ginebra?
Pero ya no vislumbraba más que el
busto de su visitante, al que había tragado la trampilla y que ponía toda su
atención en bajar la escalera. Los favores de Eros... La sonrisa de Afrodita
celeste... Jan tenía derecho a defender su buena suerte... ¿Acaso lo hubiera
retenido Nathanael, en el Muelle Verde, alguna de aquellas noches en que
esperaba ‑ardiendo todo él‑ a que la puerta se cerrase tras una visita
importante para que Sarai se desabrochara la camisa?
Empezaba a llover; la lluvia se
mezclaba con blandos copos de nieve. Nathanael se encaminó hacia el dique, allí
donde amarraban los barcos que llegaban de ultramar. Sus mástiles semejaban,
desde lejos, a los árboles despojados de sus hojas por el invierno y agitados
por el viento. De cuando en cuando veíase brillar un farol, sin lo cual nadie
hubiera sabido que allí vivían hombres, dentro de aquellos cascos negros. Ahora
le parecía que lo mejor de su vida habían sido aquellas travesías, aquellas
indolentes escalas en unos puertos de lánguido clima, o asimismo aquellos dos
años de vida dura e ingenuo amor en la isla bautizada por sus habitantes la
Isla Perdida. Mas ningún capitán lo aceptaría ya en su tripulación, pues no era
sino un antiguo marinero que tosía y se sofocaba al menor esfuerzo.
Advirtió que su tabardo estaba
completamente blanco. Desde luego, la lluvia se estaba convirtiendo en nieve.
Debía de ser más tarde de lo que él pensaba: se habían apagado las luces de
todas las casas. No obstante, ya encontraría por algún sitio de aquel barrio un
tugurio con una vela encendida. Empero, se iba alejando del centro sin
percatarse de ello y caminaba en dirección al campo, atento tan sólo a no
acercarse mucho al canal o a la cuneta, pues morir en el agua sucia y el barro
no le seducía. A pesar de que la nieve derretida le resbalaba por la nuca,
tenía mucho calor. Se preocupó de andar en línea recta, por miedo a que la
gente, al verlo titubear, lo confundiera con un borracho. Pero las calles
estaban vacías. Al pasar cerca de un barracón, que estaban montando para la
feria, reconoció ‑envueltos en harapos y apretados frioleramente uno contra el
otro‑ las siluetas de dos viejos mendigos: Tim y Minne. Eran como una pareja de
perros vagabundos a quienes se arrojan los desperdicios. Nathanael se sacó del
bolsillo un puñado de monedas de metal, que le pesaban, y se lo tiró. Al oír el
tintineo de la plata y del cobre resonar en el suelo de ladrillos, ambos viejos
se precipitaron gruñendo. La paga de Elie no le llegaría hasta dentro de dos
días; la ausencia de hoy y las tres semanas de bronquitis le serían descontadas
del sueldo, mas poco importaba. Desembocó en una hermosa calle a medio
construir, de lindas casas nuevas; las altas fachadas cubiertas de nieve
parecían acantilados; verjas y tapias bajas las separaban unas de otras; el
viento se colaba por aquellos callejones enladrillados como si fueran grietas.
Nathanael se caló el gorro, pero una ráfaga de viento acabó por llevárselo, lo
que le hizo reír. Le parecía que el viento giraba sin cesar, como sucede en
ocasiones en el mar. Descubrió una oquedad en una de las tapias, que le pareció
bastante resguardada, y se tendió allí para dormir. Pronto la nieve lo tapó con
un leve manto.
Se despertó en una estancia
espaciosa, de paredes encaladas; los cristales de las ventanas eran unos
inmensos cuadros grises. Ayer, hoy y mañana formaban un único y largo día
enfebrecido, que contenía asimismo a la noche. Creyó haber participado en
alguna reyerta y haber recibido una puñalada en un costado: no eran sino los
pinchazos de su pleuresía. Unos días más tarde distinguió con más claridad
aquellas mismas paredes y cristales por donde esta vez resbalaba la lluvia. La
sala estaba llena de ruidos y de olores humanos. Alguíen tosía, tal vez fuera
él mismo. A su derecha, un hombre acurrucado en una cama gemia débilmente; a su
izquierda, otro hombre que parecía robusto se quitaba la manta y se la volvía a
poner, sin cansarse de repetir en voz alta, siempre con el mismo tonillo:
«Maldita pierna esta...»
Más allá, un hombre viejo y de
aspecto febril hablaba sin parar, muy deprisa, inagotable como el hilillo de
agua que desborda de una fuente. Tal vez estuviera narrando toda su vida. Nadie
le hacía caso.
Pasó por allí el médico, tocado con
un sombrero de fieltro, con su cuello y puños almidonados, rodeado de un tropel
de estudiantes asimismo bien vestidos. Los dedos fríos del enfermero le
quitaron la camisa a Nathanael (era la misma que llevaba cuando entró en el
hospital, pero alguien la había lavado y planchado recientemente), descubriendo
sus flacas costillas y su espalda marcada por las sanguijuelas. Con una vara
ligera en su bien cuidada mano, el elocuente médico apuntó a la espalda de
Nathanael, pronunciando unas cuantas frases en latín sobre el curso de aquella
enfermedad pulmonar. Gracias al vigor de la juventud, aquel sujeto se libraría
una vez más de la muerte, pero en cuanto llegara el próximo invierno, las
intemperies...
Nathanael pensó sorprenderle con una
respuesta en buen latín, mas ¿para qué asombrar a aquel pedante? Además, estaba
muy cansado para hablar. Cerró los ojos.
Cuando los volvió a abrir, se oían
gritos a través de las puertas cerradas de la sala contigua. Quien gritaba era
el hombre que antes estaba al lado de Nathanael; seguramente el cirujano le
estaba amputando su «maldita pierna». Aquel paciente no regresó a la sala; otro
ocupó su lugar bajo su manta.
Las ventanas enmarcaban ahora al
crepúsculo. Nathanael se encontraba mejor y se incorporó sobre la almohada.
Alguien pasaba una esponja húmeda por su cuerpo, como lo hacen con los muertos.
Miró. Era una mujer alta, de mediana edad, de rostro frío y blanco, con aspecto
de competencia e interés. Habia traído una cesta con alimentos y le obligó a
tragar unas cucharadas de una crema espesa y azucarada. Después se paró ante
las otras camas, aunque con menos detenimiento. Los enfermeros la conocían: era
Mevrouw Clara, ama de llaves del señor Van Herzog, el antiguo burgomaestre.
Casi todos los dias iba a visitar a los enfermos y a los prisioneros.
En cuanto Nathanael se halló en
estado de contestar, ella se informó de su nombre, direccíón y empleo. Unos
días más tarde le trajo malas noticias: en la Kalverstraat ‑había ido a la
imprenta a enterarse‑, la larga ausencia de Nathanael, precedida por tres
semanas de bronquitis a principios de año, obligó a Elie Adriansen a tomar a
otro corrector; el de ahora cumplía bien con su tarea. Ciertamente, de cuando
en cuando podrían darle algún trabajo al convaleciente; también podrían
emplearlo en la sala de embalajes. Quitando a Elie, que no había dicho gran
cosa, había visto a un hombre bien parecido, de pelo rizado con tenacillas, un
tal Jan de Velde, que le enviaba muchos recuerdos, y a un viejo que había
continuado su tarea sin inmutarse.
Sin duda se trataba de Cruyt, no
disgustado (¿quién sabe?) de volver al redil, tras haber conocido los apuros
del empresario. Pero ¿qué importaba todo aquello? Nathanael no deseaba volver a
trabajar en casa de Elie; ya encontraría cualquier empleo en otro sítio. Luego,
sintió un miedo repentino: cuando eran jóvenes, Tim y Minne se dijeron también
probablemente que ya encontrarían algo. Después de todo, pensó que el porvenir
que tanto le preocupaba acaso no fuera muy largo para él.
‑Nosotros fuimos quienes os
descubrimos en la puerta del jardín, tumbado en la nieve ‑dijo Mevrouw Clara,
que parecía adivinar sus pensamientos‑ y no dejaremos que nada os falte. Ya
otras veces me han permitido ellos llevarme a casa a mis enfermos y a mis
inválidos.
Mencionó a dos de sus protegidos: un
viejo, paralítico del brazo derecho, para el cual había encontrado, a pesar de
todo, un trabajo de portero en un pequeño templo, cerca del Kaisergracht, y una
hidrópica, a la que consiguieron meter en un asilo. Al hablar de sus señores ‑el
señor Van Herzog y su híja, la señora d'Ailly‑, siempre empleaba un indefinido
plural. En sus momentos de mal humor, también los llamaba «los de arriba».
Puede que no los distinguiera sino vagamente, a distancia, o bien que,
acordándose de que su difunto marido ‑comerciante en semillas‑ tenía un lejano
parentesco con el antiguo burgomaestre, se empeñara en evitar todo lo que
resaltase su inferioridad de sirvienta. Antes de despedirse de Nathanael,
insistió para que recorriese el largo pasillo, con objeto de que ejercitarse un
poco las piernas.
Al día siguiente ayudó al
convaleciente a calzarse; lo afeitó con destreza de profesional ‑le habia
crecido mucho la barba en aquellos días pasados en el hospital‑ y le mandó
ponerse un traje usado, pero cuidadosamente remcndado, de los que, al parecer,
poseía toda una colección. Como el hospital estaba bastante lejos de su casa,
había alquilado la barquita del jardinero. Hicieron el camino lentamente, por
unos canales poco frecuentados. El aire primaveral embriagaba al joven, tendido
en la barca y tapado con una manta. Se apoyó en su bienhechora para subir el
escalón del desembarcadero, al fondo del jardín. Pero cuando él le dio las
gracias, ella le exhortó a que conservara su voz y su aliento. A pesar suyo,
aquella mujer alta y taciturna, con la frente abombada y el pelo tirante hacia
atrás, le recordaba las alegorías de la Muerte que pintan en los libros. Pero
aquellas ideas supersticiosas le dieron vergüenza: la muerte, de estar en
alguna parte, estaría en sus pulmones, y no tenía por qué disfrazarse de ama de
llaves de casa importante.
La vio poco en lo sucesivo, aunque
dormía en una de las tres habitaciones que daban a la cochera, reservada para
uso exclusivo de Mevrouw Clara. Esta dedicaba todo el día al cumplimiento de
sus funciones en la rica morada; al llegar la noche descansaba, es decir, iba a
cuidar a sus enfermos y a sus prisioneros. Se habían acostumbrado a su manera
de ser y sólo le exigían que colgase, al llegar, para que se ventilaran, la
capa y la cofia que se ponía para hacer sus visitas, y que podían traer,
escondidos entre sus pliegues, malos aires y fiebres. En cuanto a ella, jamás
se le había contagiado nada.
Sólo la veía a las horas de las
comidas que, en un principio, tomaban juntos. La etiqueta se oponía a que el
ama de llaves comiera con sus subordinados, y como Nathanael tenía lo que ella
llamaba «estudios», lo trataba como si fuera un señor.
Mevrouw Clara masticaba en silencio,
o relataba los incidentes del hospital o de la prisión. De este modo supo
Nathanael que, cuando iban al Gran Calabozo, siempre llevaba bajo el brazo una
jofaina pequeña, para baños de asiento, y una escudilla con grasa de cordero,
pues así lavaba y suavizaba las llagas de los inculpados a quienes habían
sometido a tormento: los sentaban, con pesos en los pies, en la afilada arista
de un potro que, poco a poco, les iba serrando en dos el perineo. También se
proveía de hilas, para meterlas entre los grilletes y el tobillo de los presos.
En cambio, nunca la oyó indignarse por la barbarie de los verdugos o la
brutalidad de los guardias, ni tampoco vituperaba a los médicos del hospital,
que experimentaban con los pobres. El mundo era así. Cuando él le expresaba su
admiración por no sentir repugnancia ante ninguna llaga, eila le contestaba con
sencillez que Dios la había hecho de esta suerte: la señora d'Aillv, que una
vez intentó acompañarla, se había puesto enferma en el patio de la cárcel; no
todo el mundo tiene el temperamento necesario para soportar esa clase de
espectáculos. Sin percatarse de que su comensal empezaba a tener revuelto el
estómago, continuaba comiendo plácidamente, recogiendo con la punta de los
dedos las miguitas que se pegaban al cuchillo. Pero insistía para que Nathanael
tomara una taza de hierbas con miel para su tos.
Cuando llegó el buen tiempo, lo
instaló en el jardín durante sus ausencias. En cuanto se alejaba, con paso
largo y seguro, el convaleciente sentía la necesidad de hacer algo útil y de
probar sus fuerzas. Le gustaba meter las manos en la tierra blanda y fértil,
plantar y escardar como no lo había vuelto a hacer desde que regresó de la Isla
Pcrdida. El jardinero estaba muy satisfecho de haber encontrado este ayudante
gratuito. Un día en que llovía, resguardado en la cochera, Nathanael limpió y
abrillantó los dos trineos que iban a colgar de las vigas con correas, hasta
que llegaran las próximas nieves. El del señor Van Herzog, muy sencillo,
llevaba un ribete dorado; el de la señora d'Ailly, más pequeño, tenía herrajes
de plata y una cabeza de cisne. Pero el olor del barniz perjudicó al joven y su
tos empeoró. Por otra parte, la faena al aire lilre con el pico y la pala,
aunque el jardinero, con una risotada, decía ser muy bueno para la salud, lo
dejaba en seguida sudoroso y sin aliento. La señora d'Ailly debió verlo en
aquel estado y hablarle de ello a Mevrouw Clara, a la hora en que hacían las
cuentas de la casa. Una mañana, la joven viuda se le acercó en el cenador del
jardín y le dijo, algo azorada:
‑Acaso sepáis que tuvimos que echar
al ayuda de cámara de mi padre, pues bebía y alborotaba en la taberna. El señor
Van Herzog necesita a un muchacho inteligente, de buena voluntad y algo
instruido, como vos. Mevrouw Clara os dirá vuestra remuneración. No os
exigiremos que os pongáis librea.
Nathanael iba a concestarle que le
era indiferente ponérsela o no, pero era evidente que la señora d'Ailly le
hacía una gran concesión. Lo mejor que podía hacer era darle las gracias.
Hasta aquel mismo día, apenas había
conocido a ningún criado de la casa grande, a no ser al jardinero y al mozo de
cuadra, cuyas mujeres se ocupaban de la colada. Pronto se familiarizó con la
cocinera, una rubia gorda que dispensaba buenas escudillas de comida y buenos
jarros de cerveza, y que distribuía, a modo de golosinas, los restos de «los de
arriba». Hizo amistad con el marido de aquella recia mujer, un simplón canijo,
a mitad de camino entre un lacayo y un mayordomo. También se hizo amigo del
encerador y de la moza que ayudaba en la cocina, gentes de poca importancia,
que no comían hasta que todos los demás habían abandonado la mesa; y del
pilluelo encargado de los recados, y de la costurera, que en ocasiones le pedia
ayuda por las tardes para poner en equilibrio un montón de ropa y que quizá se
apoyaba en él algo más de lo debido al bajar de la escalera. Incluso logró
amansar a la doncella de la señora d'Ailly, una gazmoña que no se mezclaba con
los demás criados y que comía en bandeja, en la antesala de su señora. Pronto
se enteró de que el lacayo‑mayordomo empinaba el codo por las noches, ya tarde,
cuando el señor Van Herzog y su hija descansaban en brazos de Morfeo; de que la
costurera coqueta tenía un hijo bastardo, en casa de una nodriza, en su pueblo
de Muiden; de que la fregona le pasaba clandestinamente las sobras de la cocina
a cierto afilador, que era su tierno amigo; de que la doncella de la señora
d'Ailly pertenecía a un conventículo menonita y recibía algunas veces, en el
cuarto de abajo, a dos o tres venerables asnos vestidos de negro, que le
sacaban el dinero. En lo alto de esta pirámide se hallaban el señor Van Herzog ‑un
anciano de finas facciones, aspecto enclenque y frágil salud‑, que se había
retírado muy pronto de los negocios públicos y que pasaba el tiempo, en
compañia de sus libros e instrumentos de física, y la señora d'Ailly, con sus
discretos atuendos de viuda.
Nathanael se maravillaba de que
aquellas gentes, de las que nada sabía un mes atrás, ocuparan ahora tanto lugar
en su vida, hasta el día en que salieran de ella, igual que lo habían hecho su
familia y los vecinos de Greenwich, como los compañeros de a bordo, como los
habitantes de la Isla Perdida, como los empleados de Elie y las mujeres de
Judenstraat. ¿Por qué éstos y no otros? Todo sucedía en la vida como si, por un
camino que no conduce a ninguna parte, fuera uno tropezando sucesivamente con
diversos grupos de viajeros, ignorantes ellos también de su objetivo, y con los
que uno se cruzara por un espacio de tiempo tan corto como un abrir y cerrar de
ojos. Otros, al contrarío, nos acompañan por el camino durante más tiempo, para
terminar desapareciendo sin razón alguna a la vuelta del próximo recodo,
volatilizándose como si de sombras se tratara. No era fácil entender por qué
esas gentes se imponían a nuestra mente, ocupaban nuestra imaginación y, en
ocasiones, podían incluso devorarnos el corazón, antes de revelarse como lo que
eran: unos fantasmas. Por su parte, puede que pensaran lo mismo de nosotros, a
suponer que fuesen capaces de pensar algo. Todo aquello pertenecía al mundo de
la fantasmagoría y del ensueño.
Era la primera vez que vivía en una
casa de ricos. Elie no había sido más que un burgués, contento de poseer unos
cuantos platos de estaño y dos o tres cubiletes de plata; lo que poseía en
efectivo lo guardaba en su caja fuerte. La caja fuerte de los actuales señores
podía decirse que se hallaba dispersa por unos cuantos bancos y empresas. La
porcelana de Canton, en la que comía el señor Van Herzog, testimoniaba que su
padre había sido uno de los primeros negociantes que enviaron a China escuadras
mercantiles, viaje tan peligroso que de antemano se anotaba en el registro, en
el apartado dedicado a pérdidas, una tercera parte de los barcos y
tripulaciones que zarpaban hacia allí. Aquella fortuna, labrada en tiempos
lejanos por sus antepasados, daba al antiguo burgomaestre las prerrogativas y
el reposo de un hombre que nace ya siendo rico; la pérdida de vidas humanas,
las exacciones y astucías, inseparables áe la adquisición de toda opulencia,
databan de antes de nacer él, con lo cual otros eran los responsables, y su
boato y el de su hija recibían con ello una especie de suave pátina.
Al regresar a Londres y, más tarde,
descubrir Amsterdam, tras los dos años pasados en la Isla Perdida, Nathanael se
había maravillado de las comodidades que pueden encontrarse en las grandes
ciudades, ya que dispensan, incluso a los más pobres, de arrancarle a la tierra
y a las aguas lo indispensable para el sustento.
Desbrozar para después arar,
sembrar, plantar y recoger, cortar los troncos que luego servírían para
construir, o atar los haces de leña para calentarse; esquilar los corderos,
cardar, hilar y tejer la lana; matar al ganado, ahumar o poner el pescado a
secar, después de haberlo sacado del agua; moler, amasar, cocer y remover,
todas estas tareas las realizaban más o menos todos los habitantes de la Isla
Perdida, pues de ellas dependía su vida y la de los suyos. Aqui en la ciudad,
la cerveza la vendía el tabernero; el pan, el panadero, quien tocaba una trompa
para avisar que ya estaba cocido; en las carnicerías, cadáveres dispuestos a
ser consumidos colgaban de unos ganchos; el sastre y el zapatero cortaban, en
forma de atavíos unas telas ya tejidas y unas pieles ya raspadas y curtidas. No
obstante, el cansancio del hombre que trabaja para obtener la paga del sábado
no era menor: el pan cotidiano adquiría el aspecto de una monedita de cobre o ‑con
menor frecuencia‑ de plata, que le permitía adquirir lo necesario para vivir.
Los que poseían algunas riquezas se inquietaban por los vencimientos de la
renta y alquileres; un crédito no cobrado equivalía para Elie a una cosecha
perdida. La inseguridad no había hecho sino cambiar de forma. En lugar de
hallarse visiblemente sometidos al rayo, a las tempestades, a la sequía y a las
heladas ‑que no percibían sino por medios indirectos‑, los hombres dependían,
en lo sucesivo, del publicano, del representante de Dios que reclamaba su
diezmo, del usurero del patrón, del propietario... Cada hombre, hasta el más
pobre, hacía veinte veces al día el ademán del que tiende o, al contrario,
recibe un redondel de metal para comprar o vender algo. De todos los contactos
humanos, aquél era el más corriente o, por lo menos, el más visible. Los
domingos, en el templo, cuando Elie le obligaba a asistir a la predicación,
Nathanael se esperaba a oír decir: «La moneda nuestra de cada día, dánosla
hoy...»
Pero en aquella casa acomodada, el
dinero parecía renovarse y engendrarse a sí mismo: ni siquiera se oía su
indiscreto tintineo. Se disfrazaba de mármol, enmarcando el fuego en las altas
chimeneas; ronroneaba suavemente en las estufas de porcelana; aquí, parquet;
allá, historiados cristales, y más lejos aún, una alfombra que amortiguaba el
ruido de los pasos. El dinero engrasaba asimismo la máquina doméstica, que se
encargaba de los pequeños e ingratos trabajos del día, enviaba al primer piso,
al aposento del señor Van Herzog, y al segundo piso, al de la señora d'Ailly,
las bandejas cargadas con delicados manjares, servidos con elegancia, así como
el agua caliente para su arreglo personal; sacaba todas las mañanas y todas las
noches el agua sucia y el contenido de los orinales. El dinero perfumaba las
flores de las jardineras, brillaba por la noche en las arañas y en los
candelabros provistos de blancas velas de cera. Dísfrazado de bienestar,
también lo estaba de tiempo libre: él era quien permitía al señor Van Herzog
entregarse al estudio y a la señora d'Ailly tocar el clavecín en su salón azul.
Y, sin embargo, aquel hombre y
aquella mujer le parecían en ocasiones a Nathanael unos cautivos, y sus criados
‑que al marchar los hubieran dejado tan indefensos como Tim y Minne‑, una
especie de carceleros. Aunque eran buenos con sus sirvientes, nadie los quería.
Al señor Van Herzog le llamaban «viejo gruñón» cuando criticaba la manera de
cuidar los arriates del jardín; los sabios amigos que le rodeaban eran
considerados unos pedantes, dignos todo lo más de ser echados a la calle con
cierta rudeza por los jóvenes criados. Su yerno, el señor d'Ailly, muerto en un
duelo diez años atrás, había sido, según ellos, un correcaminos aficionado a
las faldas y, para colmo de males, francés. Nadie (salvo Nathanael) advertía
que la señora d'Ailly era hermosa. Le imputaban indiscretas aventuras que no
concordaban con la expresión grave y dulce de su rostro. El mayordomo, al
inclinarse para presentar los platos en la mesa, había vislumbrado sus senos
pequeños por la abertura de su recatado escote. No paraba de describir el lunar
que en él tenía. La doncella, que aeompañaba a su señora cuando ésta salía,
apretaba los labios como si en realidad supiera sobre ella muchas cosas que no
quería contar. A Nathanael le hubiera gustado defender a la joven viuda, a
quien trataban con tanta impudencia, mas le hubieran acusado de ser su galán, o
de aspirar a serlo. Además, aquellas groseras habladurías no tenían mayor
importancia que un eructo o un pedo.
Desde que servía al señor Van Herzog
como ayuda de cámara, sus sentimientos hacia el envarado viejecillo eran cada
vez más afectuosos, más filiales, con toda seguridad, de que lo habían sido
para con su propio padre, del que nunca recibió, siendo niño sino algún cachete
o dos peniques para comprar caramelos. El señor Van Herzog jamás se olvidaba de
darle las gracias ‑cuando él le arreglaba la manta, le traía el orinal o se
subía a la escalera de roble para alcanzar un libro de la estantería más alta‑
del mismo modo que lo hubiera hecho con un igual. De cuando en cuando le
encargaba a Nathanael que le leyera una página, impresa en letra demasiado
pequeña para su vista. El cerebro de aquel anciano le hacía el efecto al joven
criado de una estancia amueblada con esmero y cuidadosamente arreglada. No
había en ella nada sucio ni desagradable, pero tampoco nada especial y único,
lo que hubiera comprometido la hermosa simetría del resto. En ocasiones, cuando
el señor Van Herzog levantaba hacia él sus ojos de un gris desvaído, de
párpados algo irritados, Nathanael se decía que aquel señor que tanta
experiencia debía de poseer, tendría, allá en el fondo de su bien ordenada
memoria, una especie de armario donde se amontonaban las cosas demasiado
importantes o demasiado horribles para ser expuestas; no obstante, no era
seguro y puede que el armario secreto estuviese vacío.
De cuando en cuando, el antiguo
burgomaestre recibía a ciertos íntimos amigos cuyos, aficionados como él a los
problemas científicos o mecánicos del momento; se les veía sacar con premura
del bolsillo el proyecto de un microscopio, o determinados pomos llenos de una
mezcla química, cuando no era una rana destripada; pero aquellos eruditos
estudios no le parecían muy diferentes a Nathanael de los experimentos y juegos
de los pilluelos de Greenwich. Las demostraciones dejaban a veces en los
veladores huellas de ácidos que Nathanael borraba como podía dándoles un
barniz.
En cuanto el señor Van Herzog supo
al menos algunos detalles del pasado de Nathanael, se apresuró a presentar al
muchacho a sus doctos amigos, especificando que había corrido por América y
hecho escala en las islas. Los viajes del joven encendían la curiosidad de
todos. En vano les recordaba Nathanael que no había hecho sino costear una
parte muy reducida de aquellas orillas, descubiertas en fecha muy reciente, y
que sólo conocía unas cuantas islas, aunque las hubiera a centenares; el
entusiasmo y el afán de fabular eran más fuertes. Oía sus propios relatos en la
taberna, a través de las habladurías de aquellos señores (de los que
acostumbraban frecuentar la taberna), o de sus criados (cuando por casualidad
los tenían): sus palabras salían a la superficie desfiguradas y ampulosas. Le
atribuían un largo viaje en barco por el Meschacebe y el golfo de Méjico, que
ni siquiera en sueños conocia. En las pequeñas asambleas que se celebraban en
casa del señor Van Herzog, algunos convidados se le acercaban con mucho misterio
y le hablaban de Norumbega, la ciudad de oro, tan rica como las ciudades en
ruinas dei Perú y que prosperaba ‑según decían‑ entre las nieblas y robledales
del Norte, no lejos de la isla de los Montes Desiertos donde él había abordado.
Hasta poseían un plano que habían trazado unos exploradores de bosques. Trató
en vano de convencerlos y hacerles ver que Norumbega no era sino una impostura
y que aquellos bosques no albergaban más oro que el del otoño. Le llamaban
pillo y se reían de él en sus mismas narices.
Por haber aludido una noche de lo
cual se arrepintió después‑ a su casi matrimonio con Foy delante del señor Van
Herzog, pronto lo casaron con una princesa india. Otros decían que los Abenakis
«la tribu de la aurora» (él les había traducido palabra por palabra este
nombre), que residían en el extremo Este del país explorado recientemente, y de
los que él admitió haber conocido algunos clanes, le habían hecho prisionero y,
de no ser por las súplicas de su encantadora esposa, se lo hubieran comido. La
avidez de aquellas doctas personas por conocer los detalles concernientes al
tamaño del sexo de aquellos salvajes, varones o hembras, no conocía límites, ni
tampoco el afán por saber su actitud en el apareamiento. A Nathanael le parecía
que era todo igual que aquí.
La curiosidad del señor Van Herzog
no era tan cruda, ni tan ingenua como la de sus habituales amigos de por las
noches, pero, lo mismo que ellos, aquel aficionado a las ciencias exactas
tampoco ponía mucha atención en lo que le decían: en cuanto las palabras, por
una u otra razón, dejaban de interesarle, ya no las escuchaba. Los hechos
sencillos apenas le interesaban: era preciso que a ellos se mezclase algo nuevo
e insólito. Igual que sus sabios amigos, comprendía mal y harto de prisa: si
Nathanael describía con todo cuidado una planta de las que se criaban en la
isla, inmediatamente creía reconocer en ella a una de las que tenía en su
herbario o bien, al revés, se rompía la cabeza a propósito de cualquier
hierbajo que hubiera podido, en realidad, encontrar en sus arriates de haber
examinado su jardín con detenimiento. Por las noches, aquellos señores se
entretenían dándole vueltas a una enorme bola del mundo, colocada debajo de una
araña de luz. Paseaban un farol por la superficíe, para mostrar las variaciones
del día y de la noche; pero cuando el joven ‑recordando sus horas de navegación‑
se esforzaba por corregir sus ideas sobre las horas y las estaciones de allá,
se aburrían y lo mandaban a la cocina. La verdad era que él no deseaba otra
cosa. Aquellas noches, al acostarse, el señor Van Herzog encargaba a su criado
que ventilase bien sus ropas, que apestaban a tabaco, sin jamás aludir con
palabras ni sonrisas a las borracheras, ni a las agrias y ruidosas disputas de
sus eruditos huéspedes. A la salida, cuando alguno de los invitados,
especialmente glotón, se llevaba la mitad de una torta envuelta en una
servilleta grasienta, él volvía la cabeza para no verlo.
Nathanael pensaba que aquel
hombrecillo tenía buen corazón. Pero, en realidad, ¿era eso cierto? También
podía ser que el señor Van Herzog disfrutara siendo superior a sus huéspedes en
cortesía, como sin duda lo era por su fortuna. Era rico y considerado, así que
podía permitirse el lujo de tener por amigos a un montón de «lameplatos» que
halagaban sus manías. Nathanael había oído alabar, como cualidad propia de los
Países Bajos, el espíritu de igualdad que reinaba en las costumbres y usos,
cuya sobriedad rechazaba los galones y los lazos franceses. Pero existen muy
distintos matices de tono y de calidad en un simple paño negro. Aquella
igualdad, ni siquiera concebible entre el antiguo burgomaestre y su lacayo,
tampoco existía entre el opulento dueño de la casa y un químico sin empleo o un
anatomista sin un cuarto, pese a ser admitidos en la casa para que se atracaran
con lo más exquisito de su cocina.
Las recepciones de la señora d'Ailly
eran menos frecuentes y menos báquicas. Consistían casi siempre en veladas o
meriendas musicales, a las que su padre no asistía jamás, pues no tenía buen
oído para la música. Allí se veían a algunos jovencitos de pelo rizado,
ataviados a la última moda, o bien a hombres maduros, de apariencia austera,
todos ellos aficionados a la buena música y a las bellas voces. Pero las que
acudían a aquellas fiestas eran sobre todo mujeres, la mayoría jóvenes, a
menudo agradables, y cuyos refinados atuendos se parecían a los de la señora.
También había algunas viudas, acicaladas como en tiempos del príncipe de
Orange. En algunas ocasiones, podía reconocerse a un virtuoso italiano por su
tez curtida y por los colores vivos de su traje, así como por su excesiva
solicitud hacia las damas. En las sesiones de música de cámara, la señora
tocaba el clavicordio. Nathanael, que en aquellas ocasiones se ponía la librea,
introducía a los visitantes, que parecían literalmente escurrirse por las alfombras:
la música imponía silencio hasta antes de empezar.
En la antecocina, el joven criado
prestaba oído, tratando de amortiguar en lo posible el tintineo de la plata.
Luego, de súbito, aquello surgía como una aparición que se oyera sin
verla. Nathanael, hasta aquel momento, sólo había oído unas tonadas
inseparables de las voces que las cantaban: la voz agridulce de Janet, la voz
suave y un poco ronca de Foy, la hermosa voz sombría de Sarai, que removía las
entrañas, o asimismo algunas estruendosas canciones que entonaban sus
compañeros en la bodega del barco, y cuyo ruido, acumpañado a veces por una
guitarra, pese al cabeceo, invitaba a enlazarse y a bailar. También en el
templo, el sonido del órgano lo había transportado a menudo hasta un mundo del
que era preciso salir apenas entrado en él, pues las voces disonantes de los
fieles obligaban a volver a tierra por otros tantos escalones rotos. Pero aquí
la cosa era distinta.
Unos sonidos puros (Nathanael
prefería ahora aquellos que no han sufrido encarnación en la voz humana) se
elevaban para luego replegarse y subir más alto aún, danzando como las llamas
de una hoguera, aunque con un delicioso frescor. Se entrelazaban y besaban como
los amantes, pero esta comparación aún era en exceso carnal. Podrían recordar
las serpientes, si no fuera porque no tenían nada de siniestros; y también a
las clemátides o campanillas, de no ser porque sus delicados enredos no
pareeían tan frágiles, aunque lo eran: bastaba con que una puerta se cerrase de
golpe para destrozarlos. Cuanto más se perseguían preguntas y respuestas entre
violín y violonchelo, entre viola y clavicordio, más se imponía la imagen de
unas pelotas de oro rodando por los escalones de una escalera de mármol, o la
de unos surtidores de agua brotando en las pilas de las fuentes, en algún
jardín como los que el señor Van Herzog decía haber visto en Italia o en
Francia. Se llegaba a alcanzar un punto de perfección como nunca en la vida,
pero aquella serenidad sin ejemplo era, sin embargo, variabie y formada por
momentos e impulsos sucesivos; las mismas milagrosas uniones se rehacían; uno
aguardaba su retorno, latiéndole el corazón, como si fuera una alegría esperada
urante mucho tiempo; cada una de las variacianes transportaba, como una
caricia, de un placer a otro placer insensiblemente diferente; la intensidad
del sonido crecía y disminuía, o cambiaba en su totalidad, igual que lo hace el
color del cielo. El hecho mismo de que aquella felicidad transcurriese en el
tiempo llevaba a ereer que tampoco se hallaba uno ante una perfección por
completo pura, situada en otra esfera, como se supone que lo está Dios, sino
sólo frente a una serie de espejismos del oído, igual que existen espejismos de
la vista. Después, alguien tosía, rompiéndose aquella gran paz, y ello bastaba
para recordar que el milagro sólo podía producirse en un lugar privilegiado,
meticulosamente resguardado del ruido. Afuera, en la calle, continuaban
chirriando los carros; rebuznaha un burro apaleado; los animales, en el
matadero, mugían o agonizaban entre estertores; niños mal cuidados y
alimentados lloraban en la cuna; morían algunos hombres, como antaño el
mestizo, con una blasfemia. en los labios húmedos de sangre; en la mesa de
mármol de los hospitales, los pacientes aullaban de dolor. A mil leguas de
allí, quizá, al Este o al Oeste, tronaban las batallas. Era escandaloso que
aquel inmenso bramido de dolor ‑que nos mataria si, en un momento determinado,
penetrara en nosotros por entero‑ pudiera coexistir con aquella frágil red de
deleites.
Nathanael circulaba discretamente,
durante las pausas que hacían los músicos, ofreciendo café y bebidas heladas.
La señora d'Ailly, sentada al teclado, se volvía para coger una taza o un vaso,
separando ligeramente las rodillas bajo los hermosos pliegues de su traje de
tafetán moaré. Inmediatamente se empezaban a oír de nuevo las conversaciones,
en las que destacaba el timbre agudo de las mujeres; se prodigaban los
esperados elogios a los ejecutantes, mas pronto las frases acababan por
convertirse en banales cotilleos de ciudad de provincias, en comentarios sobre
la habilidad de una modista, preocupaciones de salud y, algunas veces, por
detrás del abanico, en una furtiva charla con un galán. Pese a que las gentes
se despidieran con el nombre de una composición italiana en los labios,
sustituían sin el menor embarazo aquellos melodiosos sonidos por sus propios
susurros y risitas, o por los gritos llamando al cochero o al criado encargado
de llevar el farol.
Peor aún, en cuanto acababa una
sonata o un cuarteto, estallaban los aplausos con tanta premura que parecía
como si aquellas personas estuvieran esperando el momento de poder hacer ruido
a su vez. Un horrible estruendo, como de palas, que hacía florecer una sonrisa
en el rostro de los músicos y los obligaba a doblarse en dos, en una reverencia
satisfecha, sucedía como una revuelta a un último acorde dulce como una
reconciliación. Cuando ya el arpa se hallaba guardado en su funda y los
violines en su estuche, debajo del brazo de sus dueños, la señora se quedaba
sola en la estancia vacía, se acercaba soñadora a un espejo y se retocaba uno
de sus rizos o se recomponía la gargantilla. Antes de cerrar el clavicordio,
posaba a veces un dedo distraído sobre una tecla. Aquel sonido único se
derramaba como una perla, o como una lágrima. Pleno, desprendido, sencillo y
natural como el de una gota de agua solitaria que cae, era más hermoso que
todos los demás sonidos.
Fue asimismo en la casa grande donde
Nathanael pudo contemplar por primera vez, al limpiarles el polvo, algunas
pinturas. De niño, las estampas de la Biblia de su madre le habían enseñado que
pueden reproducirse imágenes en un papel, con mayor o menor parecido, de las
cosas visibles y aun invisibles. Recordaba sobre todo el dibujo de un ojo
inserto en un triángulo. Más tarde, observó los grabados de los libros de Elie:
la idea que él se había formado de los personajes de fábula de allí procedía.
Pero el señor Van Herzog poseía muchas más cosas: una docena de cuadros,
grandes y pequeños, embadurnados de color, que dejaban traslucir, aquí y allá,
las pinceladas del pintor, y que estaban enmarcados con ébano, o con madera
sobredorada. Le habían advertido que tuviera gran cuidado con ellos, pues
valían mucho dinero. Llegó un día en que se puso a contemplarlos detenidamente.
El antiguo burgomaestre tenía en su
gabinete dos cuadros del puerto de Amsterdam, con unas galeras en rada. Los
retratos de sus padres, vestidos como en otros tiempos, adornaban su alcoba. Se
decía que en la habitación azul de la señora d'Ailly (Nathanael nunca había
entrado en ella, pues la doncella la arreglaba ella misma todas las mañanas)
había un cuadrito que escandalizaba mucho a las sirvientas. Lo poco que
Nathanael recordaba de Ovidio le hizo adivinar que se trataba de una Diana en
el baño. La señora conservaba también una miniatura de su difunto marido, que
había sido un apuesto cabaIlero con una fina perilla negra.
En la sala había dos cuadros muy
grandes uno frente al otro. El señor los había comprado en Roma, en su
juventud. Nathanael descifró en seguida el tema de uno de ellos: representaba a
Judith. Según le dijeron después, era una obra maestra del claroscuro, es
decir, que en él un poco de día se mezclaba a mucha noche. Una mujer, de
suntuosos pechos desnudos, con el vientre semivelado por una gasa, llevaba en
sus manos la cabeza de un decapitado. El artista se había complacido
seguramente oponiendo el blanco lívido de aquella cabeza sanguinolenta al
blanco dorado de aquellos pechos. El cuerpo truncado yacía en la cama; también
estaba desnudo, apenas tapado por unos discretos pliegues de tela que, junto
con los de la sábana arrugada, ofrecían otro efecto distinto de blancura. El
pintor daría, seguramente, un paso atrás, para mejor apreciar el contraste. Una
negrita abrochaba una capa negra al cuello de su señora. El cabo de vela que
había en un rincón iluminaba un puñal chorreando sangre. Un poco de luz del alba
entraba por el vano de la puerta. En cambio, el otro cuadro representaba una
escena a plena luz del día: en una plaza rodeada de columnas se veía a un
apuesto joven muy afligido, casi desnudo, pero coronado de laureles
despidiéndose de una mujer desvanecida. Según el señor Van Herzog, a quien no
disgustaba instruir a su críado en historia de Roma, eran Berenice y Tito.
Nathanael había leído en algún sitio que Tito era bajo y gordo, y Berenice una
experta cincuentona, que sin duda no se parecía nada a la encantadora mujer
desmayada. Además, pensaba para sus adentros que era muy dudoso el que un
advenedizo, deseoso de casarse con una reina, y una reina que soñaba con llevar
a emperatriz hubieran sido ‑como afirmaba devotamente el señor Van Herzog‑ un
hermoso ejemplo de amor puro, y todavía más dudoso que unos papanatas, con
cascos y turbantes, estuvieran allí contemplando sus adioses.
Cierto era que la historia no tenía
por qué ser reproducida con toda fidelidad en unos lienzos enmarcados en
dorado, pero le parecía que la falsedad de los sentimientos respondía en este
caso a la falsedad de los ademanes.
Lo más extraño era el comportamiento
del señor y de sus huéspedes ante aquellas pinturas. A decir verdad, casi nadie
las miraba. No obstante, el antiguo burgomaestre las mostraba al evocar sus
viajes, o recordaba ‑lo que parecía realzar sus méritos‑ que se las había
comprado por mucho dinero a un tal príncipe Aldobrandini. Ni él ni sus amigos
parecían asustarse ni, al parecer, conmoverse por los pechos provocativos de
Judith, mientras que, en cambio, se hubieran escandalizado si la señora se
hubiese puesto un corpiño más escotado de lo que autorizaba la moda. Cada una
de aquellas personas y, sobre todo, el señor en sus funciones de magistrado,
hubieran hecho muecas de repugnancia de haberles ofrecido la realidad aquel
cuerpo obscenamente tendido en una cama deshecha, y aquella cabeza exangüe,
cuyos labios entreabiertos se habían, probablemente, separado un momento antes
de aquellos hermosos pechos. La Historia Sagrada servía de tapadera a muchas
cosas. En cuanto a Tito y Berenice, el señor, que tan extricto era en palabras
y ademanes, hubiera considerado poco decoroso que ‑a no ser en el teatro‑ unos
amantes extasiados se despidieran tan tiernamente en público.
Mas sin duda ‑y Nathanael se decía
esto a sí mismo con humildad‑, lo que importaba para los entendidos era el
talento del pintor, y no el tema representado. Y así lo comprendió, al oír
disertar sabiamente al embajador de Francia, al mismo que mandó asolar la
imprenta de Cruyt. Aquel señor, que presumía de entender de arte, se extasiaba
ante el dibujo en diagonal de la Judith y las sutiles proporciones existentes
entre los personajes y las columnas del Tito. No obstante a Nathanael le
parecía que aquellas sofisticadas alabanzas no tenían en cuenta la humilde
tarea del artesano dedicado a sus brochas y a sus pinceles, a machacar los
colores y a utilizar los aceites. Era natural que existieran, para aquellos
trabajadores como para todos los demás, caminos imprevistos y coladuras que
acababan por convertirse en hallazgos. Los ricos aficionados lo simplificaban o
lo complicaban todo.
Una mañana, el señor le soltó a
quemarropa (solía hacerlo así) a Nathanael:
‑¿Habéis oido hablar de un tal señor
Leo Belmonte, que vive en la rue de los Hojalateros?
‑Fui una vez a su casa, para
llevarle unas galeradas, cuando trabajaba en una imprenta.
‑¿Como muchacho de los recados?
‑Yo era corrector ‑dijo con modestia
Nathanael.
‑Entonces ¿fuisteis uno de los
primeros en leer sus extraordinarios Prolegómenos?
‑Apenas, señor. Mi trabajo se limitó
a corregir unas cuantas erratas y a señalar alguna que otra frase que no estaba
muy clara, tal vez por haberse omitido una palabra o un punto. Pero el señor
Belmonte no tuvo en cuenta mis objeciones.
‑¿De suerte que hablasteis con ese
gran hombre? ‑Sólo unos instantes, en el umbral de la puerta ‑dijo Nathanael
con repentino rubor, que el señor no consiguió explicarse: al mencionar la
visita a Belmonte, Nathanael recordaba que aquel mismo día se había apresurado
a ir a la Judería, para ver a Sarai, que la encontró haciendo el amor con un
caballero.
‑Es un privilegio dijo lacónicamente
el señor Van Herzog.
E inclinando un poco su busto
envarado, prosiguió:
‑¿Comentaban en la imprenta quién
era la persona que sufragaba los gastos de impresión? Nadie ignora que Belmonte
es pobre, ni que un librero no arriesgaría ni un solo maravedí por publicar tan
erudita obra.
‑El patrón mencionó vagamente a un
rico mecenas.
‑Se refería a mí, a mí, que os estoy
hablando ‑dijo el antiguo burgomaestre con orgullo, y prosiguió en voz más baja‑:
No lo difundáis.
«¿Por qué me lo confía entonces?»,
pensó Nathanael. Mas sabía que cualquier secreto, a la larga, es difícil de
guardar.
‑Hay ocasiones en que me arrepiento
de ello ‑prosiguió el señor‑. Cierto es que los Prolegómenos han
aportado mucha gloria a Leo Belmonte. Según dicen, le escriben de Inglaterra,
de Alemania, e incluso un jesuita le escribió desde China... Pero, por otra
parte, fue excomulgado por sus correligionarios y vilipendiado en el púlpito
por nuestros predicadores, quienes, por una vez, se pusieron de acuerdo con los
hijos de Israel. Como tantos otros grandes hombres, paga su genio con la
adversidad.
No esperaba respuesta. Nathanael
preveía que iba a darle alguna orden.
‑Esos sublimes Prolegómenos
no son, como su nombre indica, más que el antecedente de otro libro, que debo
dar a conocer al mundo, aunque la persecución de que es objeto Belmonte se vea
agravada. Pero ya comprenderéis que es importante para mí que nadie se entere
de que un libro subversivo se publica gracias a mis cuidados. Belmonte me había
prometido entregarme la última parte de su manuscrito para el día de la Pascua
judía. Ya pasó esa fecha. Iréis a casa del filósofo para pedirle la obra de mi
parte.
‑En el caso de que confíe en mí... ‑se
atrevió a objetar el criado. ‑Aquí tenéis una nota firmada, sin nombre de
destinatario, en donde le pido los papeles que me prometió.
Nathanael se metió el billete en la
faltriquera y se alejó.
‑Fijaos bien en su estado de salud ‑prosiguió
el señor Van Herzog‑. Dicen que está enfermo.
Hacía un hermoso día de verano.
Nathanael disfrutaba con aquel largo paseo. Dejando a un lado la Judería, se
encaminó a la calle de los Hojalatetos por el barrio cristiano. A decir verdad,
las callejuelas que a una y a otra parte había eran igualmente sórdidas, pero
al menos en éstas no tropezaría con Lazare jugando a la peonza.
La casa, cuya parte trasera daba a
un canal algo maloliente, debido al calor, poseía un jardincillo en donde
tomaba el fresco la propietaria. Sí, Leo Belmonte aún vivía allí. Había que
volver a la derecha y subir a la buhardilla. Aquel inquilino siempre dejaba la
puerta abierta.
Nathanael subió las escaleras algo
jadeante. Las sucias paredes se hallaban cubiertas por las habituales pintadas
obscenas; alguien había dibujado en un rellano la estrella de David y otra
persona, sin duda por llevarle la contraria, un rudimentario crucifijo del que
colgaba un Cristo. Sería obra de algún papista escondido en aquel tabuco. En la
puerta de Belmonte, una mano aún más torpe había escrito con tiza ‑no sin
faltas de ortografía‑ una imprecación bíblica contra los impíos. Era evidente
que Belmonte ni siquiera se había dignado borrarla. Aquel «escritor» debía ser
algún honrado calvinista, con puesto fijo y libro de himnos en el templo. No se
excluía que hu biera asimismo realizado alguna de las otras pintadas.
Nathanael empujó la puerta
entreabierta. Después de la escalera oscura y fresca, la habitación inundada de
sol parecía hirviente. Llegaba hasta allí el hedor del canal, tal vez mezclado
con los relentes de un cubo que la patrona se había olvidado de vaciar.
Zumbaban las moscas. Un hombre por completo vestido, de rostro inflado, con el
pelo y la barba demasiado largos, se hallaba tendido en una cama, apoyado en un
montón de grises almohadas. Tenía los ojos cerrados. Preguntó con voz fuerte:
‑¿Quién está ahí?
‑Un mensajero del señor Van Herzog.
‑Tan sólo es eso ‑dijo el enfermo
como si sufriera una desilusión.
Abrió los ojos. Su mirada de brasa
traspasaba de parte a parte, como la lengua de una llama. Nathanael le tendió
el billete.
‑Mis gafas deben estar por ahí,
encima de esa mesa. Qué humillación... Verse uno obligado a calzarse la nariz
con un utensilio para ver algo mejor la letra escrita...
Una vez leído, dejó el billete
encima de la cama:
‑Lo pensaré ‑dijo. Y añadió con tono
perentorio:
‑Os reconozco. Sois el muchacho con
quien estuve hablando una noche de invierno, en el umbral de esta puerta.
Nathanael miró de soslayo el billete
que el sabio había puesto encima de la sábana. Después de la firma, había una
posdata escrita de un rápido plumazo. Seguramente el señor Van Herzog recordaba
al receloso enfermo la primera visita del corrector de Elie. Aquella pretensión
de haberlo reconocido por sí mismo y de una sola ojeada le pareció al joven una
superchería. O acaso el enfermo quería jactarse hasta el final de poseer una
perfecta memoria de las fisionomías. La de Nathanael era lo bastante sobresaliente
como para poder recordarla, pero esta idea jamás se le había ocurrido a su
poseedor.
‑Deus sive Deitas aut Divinitas
aut Nihil omnium animator et sponsor ‑dijo el enfermo con voz más débil‑.
Criticasteis esta frase.
‑Los tres primeros términos me
parecían repeticiones inútiles, y el cuarto, una contradicción ‑dijo Nathanael‑.
Pero yo no soy un letrado.
‑Sois igual que los demás. En el
colegio os hablaron de un Deus a secas y lo habéis olvidado
razonablemente después. Deitas aut Divinitas acaso se os hubieran
quedado más tiempo. En cuanto a Nihil...
Apartó de su rostro una mosca
insistente.
‑No me parecéis nada tonto, y quizá
por ello recuerdo vuestra fisionomía ‑dijo como para reparar su semiimpostura‑.
¿Habéis leído, pues, los Prolegómenos?
‑Mal, y además hace ya tres años.
‑¡Tres años! ‑exclamó el enfermo‑.
Gastamos tiempo y fuerzas como si quisiéramos alcanzar la eternidad, y un
individuo que, por casualidad, nos ha leído, nos dice que al cabo de tres años
ya lo ha olvidado todo. El fracaso de la gloria...
Añadió un exabrupto.
‑No obstante, algo recuerdo ‑dijo el
antiguo corrector de pruebas remontándose como podía en el tiempo, para
satisfacer a su interlocutor, y olvidándose de Sarai y de su bigotudo amante,
del hospital y del hombre que murió por culpa de su maldita pierna, de Mevrouw
Clara y de las pequeñas desdichas y alegrías de la mansión, para llegar hasta
su última y docta lectura‑. Sí ‑continuó‑. Me dejó el recuerdo de algo así como
un hermoso carámbano de aristas cortantes que, por casualidad, tuve una vez en
la mano.
‑Hermosa comparación para un casi
ignorado ‑dijo el hombre acostado‑. Pero ya sé de dónde os vienen esos visos de
comprensión. Os he oído toser varias veces. Reventaréis lo mismo que yo dentro
de unos dos años.
Nathanael asintió con un movimiento
indiferente de cabeza.
‑No es una profecía ‑dijo el otro
con sarcasmo‑. Tan sólo la comprobación de un hecho. Pasadme, os lo ruego, esa
jarra de cerveza a medio llenar, que está allí, en la repisa. El médico me
prohíbe beber, pero procuro satisfacer los deseos que puedo.
‑Está tibia ‑dijo Nathanael tocando
la jarra.
‑Da igual. Me conformo con ella.
Nathanael tiró al suelo un poco de
agua que quedaba en el fondo de un vaso, para luego llenarlo con el líquido
caliente que recordaba a la orina, lo que le obligó a hacer una mueca de
repugnancia. El hombre bebió aquello como si fuera néctar. Temiendo que se
atragantase, Nathanael le ayudó a incorporarse sobre la almohada.
‑¿Gustáis? ‑dijo el filósofo
moviendo la barbilla, pero Nathanael rechazó el ofrecimiento con una seña.
‑Gracias ‑añadió Belmonte
devolviendo el vaso.‑. Sin duda Gerrit Van Herzog no se espera que yo os trate
como a un igual. Pero yo no tengo iguales. Ese corazón ruín no ha querido venir
a verme en persona y, además, hará ya treinta años que no tenemos nada que
decirnos. Y los sabios que me alaban o que me refutan, escribiendo para ello
mayor cantidad de páginas de las que mi libro contiene, me aburren. Pero igual
que un enfermo impotente, que manosea cuando puede a su enfermera, me complace
hablar con un muchacho, que me parece inteligente, de lo que creo haber
realizado. Mi obra, pues, os parece bien...
‑No estoy seguro de que me parezca
buena ‑dijo confuso el joven‑. Creo que pensé...
‑Yo ya no pienso nada sobre ella.
Puede incluso que me parezca mala.
‑En mi opinión, el señor consigue
unir entre sí las cosas, y al decir esto me refiero tanto a los objetos como a
las ideas de los hombres, con ayuda de palabras más sutiles y más fuertes de lo
que las cosas son. Y cuando las palabras ya no le parecen suficientes, emplea
cifras y signos, como si fueran cabos de acero...
‑A eso se le llama lógica y álgebra ‑dijo
el filósofo con una sonrisa de orgullo‑. Ecuaciones perfectamente netas,
siempre acertadas, cualesquiera que sean las nociones o materias a que puedan
referirse.
‑Con el respeto debido al señor, a
mí me parece que, encadenando las cosas de esa manera mueren por sí mismas, y
se desprenden de esos símbolos y palabras como carnes que se pudren...
Pensaba en unos cautivos negros,
encadenados y con las carnes medio podridas, que había visto en Jamaica. El
otro hizo una mueca.
‑Esta vez, la comparación es fea.
Pero no andáis descaminado, joven. (No hacéis más que añadir agua al molino de
una de mis opiniones favoritas: siempre he creído que entre simples y sabios no
existe más fosa de separación que el vocabulario.) Sí, con las cosas y con las
ideas sucede lo mismo que con el cuerpo que va perdiendo sus carnes...
Contempló sus manos, de venas
abultadas, fruciendo el ceño.
‑Sin embargo, sus relaciones
permanecen invariables. Otras carnes y otras nociones ocupan el lugar de las
que se pudren... Esas miríadas de líneas esos millares, millones de curvas por
donde, desde que existen hombres, ha pasado el espíritu para dar al caos al
menos la apariencia de un orden... Esas voliciones, esos poderes, esos niveles
de existencia cada vez menos corporalizados, esos tiempos cada vez más eternos,
esas emanaciones y esos influjos de un espíritu sobre otro ¿qué pueden ser sino
lo que aquellos que no saben de qué hablan llaman burdamente ángeles? Un mundo
de arriba o de abajo, en cualquier caso, de otra parte (y no necesito que me
digáis que arriba, abajo y en otra parte son términos vacíos), arrojado como
una red sobre este mundo estrecho que nos aprieta en las costuras... Esos
Sefaroth de los que nos hablaban en la escuela de la sinagoga... Le hice el
favor a esos brutos de traducir sus ideas pasadas de moda a la lengua de las
deducciones y de los números. Me lo agradecieron quemando en mi deshonor unos
cirios que apestan.
‑Yo ‑dijo Nathanael, dejándose
llevar como sólo lo había hecho cuatro o cinco veces en su vida con Jan de
Velde, a quien, de cuando en cuando al menos, le gustaba citar a un poeta o
hablar de los encantos del lecho‑ creo haberme dicho a mí mismo que andaba por
vuestros prolegómenos como por encima de puentes levadizos, o pasarelas
de hierro calado... A una altura que daba vértigo. La tierra estaba tan lejos
que yo ya no la distinguía. Pero se siente uno incómodo e inseguro en esos
puentes volantes, que se hunden bajo los pasos y sólo conducen a unas desnudas
cumbres, donde hace frío...
‑¿Y no pensáis que es bueno unir
entre ellas a esas cumbres? Esa trigonometría especulativa (¿entendéis mis
palabras?) no os dice nada bueno...
‑Puede ser... Pero yo no estaba
seguro de que esas cumbres fueran algo distinto de las cumbres que se amontonan
unas sobre otras, como se ve en alta mar. O islas que no son más que bancos de
niebla.
‑¡Ah! Si ahora os prevaléis de
vuestro antiguo oficio de marinero y de una Isla Perdida...
Nathanael creyó esta vez hallarse
delante de un brujo. El señor, en su breve postdata, no había podido, en
verdad, contar toda la historia de su criado y el joven no recordaba haber
mencionado nunca, ante los habitantes de la casa grande, el nombre de la Isla
Perdida.
‑Pienso como vos sobre todos esos
puntos ‑dijo inesperadamente el filósofo‑. Las pasarelas de los teoremas y los
puentes levadizos de los silogismos no llevan a ninguna parte, y quizá lo único
que consigan alcanzar sea la Nada. Pero es hermoso.
Nathanael recordó los cuartetos que
mandaba tocar la señora d'Ailly. También eran hermosos, y no correspondían en
nada a los ruidos de este mundo, que continuaban sin contar con ellos. ‑Y ‑prosiguió
Belmonte, cuya ronquera parecía haber disminuido con la cerveza‑ he aquí el
porqué de las demoras que lamenta Gerrit Van Herzog, cuyas razones se le
escaparían, aunque yo me rebajase a dárselas. Tras haber, según unos,
homologado el universo y, según otros, demostrado la existencia de Dios o, al
contrario, su inutilidad (todos esos necios merecen formar parte del mismo
grupo), héme aquí con el culo en el desnudo suelo y ‑por encima de mi cabeza‑
mis perfectos silogísmos y mis demostraciones incontrovertibles, colgados a
demasiada altura para que yo pueda, con un impulso, llegar hasta ellos. Una vez
que la lógica y el álgebra han realizado sus obras maestras, ya no me queda
sino recoger en la palma de la mano un puñado de esa tierra sobre la que me
arrastro desde que me hicieron... Y de la que estoy hecho... Y de la que vos
también estáis hecho y el terrón más pequeño de esa tierra es más complicado
que todas mis fórmulas. Pensé en recurrir a la fisiología, a la quimica, a
todas las ciencias del interior de las cosas. Pero en la primera hallé abismos
y contradicciones escondidas, lo mismo que en nuestros cuerpos, de los que tan
pocas cosas sabe la fisiología... En la segunda, volvía otra vez a las
generalizaciones y a los números... Si en alguna parte hubiera un eje, parecido
a una cucaña por el que yo pudiera trepar hacia lo que las gentes suponen ser
«lo de arriba»... O bien, si pudiese encontrar un agujero, y bajar por él hacia
no sé qué clase de divinas antípodas... Y aun siendo esto posible, sería
preciso que ese eje, o ese agujero, se hallasen en el centro, fueran un centro.
Pero desde el momento en que el mundo (aut Deus) es una esfera cuyo
centro está en todas partes, como lo afirman los entendidos (aunque yo no veo
por qué no podría ser un poliedro irregular), bastaría con excavar en cualquier
sitio para sacar Dios, como cuando estamos a la orilla del mar y sacamos agua,
al excavar la arena... Excavar con la uñas, con los dientes y con el hocico, en
esa profundidad que es Dios... (Aut Nihil, auf forte Ego). Ya que el
secreto consiste en que estoy excavando dentro de mí, puesto que en este
momento me encuentro en el centro: mi tos, esa bola de agua y lodo que sube y
que baja por mi pecho y me ahoga, el desvío de mis entrañas, estamos en el
centro... Ese esputo que circula dentro de mí, estriado de sangre, esos intestinos
que me atormentan como jamás me atormentarán los de otro y que, sin embargo,
son de la misma carne que los suyos, la misma nada, el mismo todo... Y ese
miedo a morir, cuando aún siento latir la vida con pasión hasta la punta del
dedo gordo del pie... Cuando basta con una bocanada de aire fresco que entra
por la ventana para henchirme de gozo, como un odre... Dame ese cuaderno ‑le
ordenó a Nathanael, indicándole unos papeles que había encima de la repisa.
Nathanael fue a buscarlos. Eran un
montón de cuartillas de formatos y colores diferentes, a menudo ennegrecidas y
con los bordes abarquillados, como si las hubieran acercado al fuego
intencionadamente. Es taban cubiertas todas ellas de una letra menuda y ner
viosa, inclinada en todas las direcciones, pero la tinta amarilleaba ya por
algunos sitios. Estaban atadas con una cuerdecita.
‑¿Ves esas tachaduras, y las otras
que he puesto por encima, y las frases tachadas que, a su vez, he vuelto a
escribir? Y Gerrit Van Herzog se extraña de estar esperando mi segundo libro
desde hace tres años... ¿Y qué ha hecho él, durante esos tres años? ¿Poner su
firma en unos contratos que triplican y decuplican sus bienes mal adquiridos?
Cree salir del paso adelantándole tres mil florines a mi librero, que, por lo
demás, le entrega la cuarta parte de mis ganancias... Estas gentes alaban mi
serenidad, mi frialdad, la seguridad que hay en mis demostraciones, que hacen
rabiar a mis adversarios; se tranquilizan al ver que utilizo unas herramientas
que ellos creen poseer, y que podrían, si fuera preciso, aprender a manejar
como yo... No saben a qué negro volcán puedo yo descender... ¡Ah! los Prolegómenos...
Y hacer que broten por debajo los Axiomas y los Epílogos... El
caos por debajo del orden, y luego el orden por debajo del caos, y luego...
Seré el único en haber removido todo esto...
‑EI señor Van Herzog se alegrará de
poseer estos papeles ‑dijo Nathanael.
El enfermo tendió, hosco, las manos.
‑¿No te has fijado en que le falta
el título? Y tengo que repasar algunas páginas ¿Estamos a martes? Le dirás que
te he mandado volver el próximo martes.
Nathanael dejó los papeles encima de
la cama. Belmonte se llevó el pañuelo a la boca y el joven mensajero vio que se
empapaba de sangre espumosa.
Inquieto, preguntó:
‑¿Desea el señor que me quede un
poco más?
‑No ‑repuso Belmonte‑. No es nada.
No te olvides de dejar la puerta entreabierta. Estoy esperando al médico.
Nathanael se introdujo por la oscura
escalera. En el rellano de abajo oyó los pasos rápidos de un hombre que subía.
Se arrimó a la pared para dejarlo pasar. Era un individuo vestido de negro, con
cuello puños blancos. En la oscuridad, se distinguía mal su rostro, pero su
vigor denotaba que todavia era joven. Llevaba una cartera pequeña, con la que
golpeó sin querer a Nathanael al pasar, por lo que se disculpó gruñendo. «Será
el médico del barrio» ‑pensó el criado.
De regreso junto al señor Van
Herzog, le dio parte de lo que había visto y oído, sin relatarle, no obstante,
punto por punto, todas las palabras del señor Belmonte. Además, hubiera sido
incapaz de hacerlo. Aquel torrente de palabras que, en el primer momento, lo
había dejado anonadado, parecía haberse metido bajo tierra. Y, por otra parte,
Nathanael se preguntaba si Belmonte no habría hablado sólo para sí mismo.
‑¿Llegará hasta el martes?
‑Aún parece robusto ‑respondió
evasivamente el joven.
De hecho, le resultaba penoso pensar
que Belmonte pudiera morir. Algo dentro de él deseaba que aquel enfermo fuera
inmortal.
‑Hasta cuando éramos jóvenes ‑prosiguió
pensativamente Gerrit Van Herzog‑ siempre fue muy cauto... Le habrá ordenado a
la dueña de la casa que, en caso de morir, me entreguen a mí sus papeles...
Pero no os olvidéis de ir a su casa el martes por la mañana. Me traeréis su
obra con título o sin él.
Pero al martes siguiente, que era un
dieciséis de agosto, la señora d'Ailly dio un concierto de música de cámara. Se
daba por descontado que, en estas ocasiones, Nathanael se ponía la librea y se
encargaba del servicio. El señor se contentó con recomendarle que, al día
síguiente, fuera muy temprano a la calle de los Hojalateros.
Aquel miércoles era más húmedo y
cálido, pero con menos sol, que el martes de la semana anterior. La temperatura
afectaba bastante a Nathanael, que se encaminó, con paso más lento, al centro
de la ciudad, del lado de la Judería, evitando, empero, en lo posible, todo lo
que pudiera acercarlo a Mevrouw Loubah y a su hija. La calle de los Hojalateros
se hallaba situada entre el barrio cristiano y el barrio judío, como el destino
del filósofo, a quien los unos rechazaban y los otros reprobaban. La barrera de
madera del jardincillo estaba abierta. La gruesa propietaria de la casa se
estaba abanicando con un trapo. Sin molestarse en preguntar esta vez, Nathanael
subió directamente a la buhardilla.
Al revés de lo que esperaba, la
puerta estaba cerrada, pero sólo con el picaporte. La estancia estaba vacía.
Faltaba en ella no sólo el individuo, hacía poco acostado en una cama, sino
asimismo los muebles. Los cristales, las paredes, todo estaba limpio, como si
hubieran hecho una limpieza general, pero en un rincón había un montón de polvo
y de desperdicios, que parecían haber sido empujados allí con una escoba. En
las desgastadas baldosas del pavimento sc veían los agujeros que habían dejado
las patas de la cama.
Nathanael bajó a paso lento. En el
jardincillo, la mujer del trapo seguía abanicándose. Nathanael se sentó a su
lado en el banco.
‑¡Ah! ‑exclamó ella‑. Me habéis
asustado.
‑¿Se han llevado al señor Belmonte
al hospital?
‑Al cementerio de los judíos ‑dijo
la mujer sin la menor ínflexión en la voz‑. Aunque, al parecer, no querían
enterrarlo.
‑Pero, ¿y sus ropas? ¿Y sus papeles?
‑Sus ropas no valían ni tres
centavos. Avisé a su hija inmediatamente.
‑No sabíamos que tuviera una hija ‑dijo
Nathanael incluyendo al señor Van Herzog en su respuesta, sin darse cuenta.
‑Sí, tenía una hija bastarda. Un
hombre tan correcto... Pero fue joven, como todos nosotros... La hija tiene una
tienda en Haarlem. La mandé avisar enseguida para que no me acusaran de robar
los muebles de un inquilino.
‑¿Cuándo sucedió?
‑Hará unos ocho días... Un martes.
El médico siempre venía a verlo en martes. Subió al anochecer y estuvo dos
horas con el enfermo. Lo sé porque lo vi subir por la escalera, y no bajó hasta
que se hizo de noche. Entretanto, mi inquilino murió. Fue el médico quien me
pidió que llamase a su familia. Parecía inquieto por el pago de sus honorarios.
Pero ya le han pagado.
Ocho días. Nathanael comprendió que
había asistido a la última visita del médico.
‑La hija es atenta ‑dijo la
propietaria de la casa muy convencida‑. Fue a buscar a un revendedor, que se
llevó los muebles.
‑Pero, ¿y las ropas? ¿Y los papeles?
‑Vendieron inmediatamente las ropas
a un ropavejero que pasaba por aquí.
‑¿Y los papeles?
‑El ropavejero no quiso cogerlos.
Entonces, la hija bajó y los tiró al canal. El había tenido algunos disgustos
con los de su relígión, sabe usted, así que su hija no tenía gran empeño en
conservar esos papeles.
Nathanael contempló el agua
estancada. Desde que habían construido aquel canal, ¡cuántas cosas habrían
arrojado allí dentro! Desperdícios de alimentos, fetos, carroñas de animales,
acaso uno o dos cadáveres... Pensó en aquel agujero que era la Nada, o Dios.
Se despidió de la mujer.
‑Me acuerdo de vuestra cara ‑dijo la
mujer, lo mismo que Belmonte ocho días atrás‑. Vos también subisteis a verlo
aquel día o fue el día anterior? Tengo buena memoria.
‑Soy recadero.
‑Eso es ‑dijo ella‑. Siempre llamaba
a alguien para que le subiera cerveza y comida de las tabernas del barrio.
Espero que os habrá pagado.
Nathanael asintió con una seña. Ella
le dio las buenas tardes.
Regresó, a la casa grande más triste
que sorprendido. Pensaba en aquellas letras diluidas por el agua y en las
cuartillas reblandecidas y fláccidas deshaciéndose en el cieno. Acaso no fuera
una suerte peor para ellas que la imprenta de Elie.
No fue esa la opinión de Gerrit Van
Hereog. El anciano permaneció sentado un momento ante su mesa de trabajo, con
la mandíbula colgando.
‑Así que ya murió...
Y dando unos golpecitos secos sobre
la mesa prosíguió:
‑No lo volveré a ver.
‑Me sorprende que el señor no fuese
a visitarlo.
‑¿Yo? ¿Subir cinco pisos?
‑El señor hubiera podido enviar su
coche para ir a buscarlo ‑murmuró Nathanael.
‑Mi pusición me prohibía el trato
con un hombre tan comprometido ‑dijo brevemente el señor Van Herzog‑. Mas puede
que se nos haya escurrido de entre las manos una obra maestra. Hubierais debido
quedaros con el manuscrito, cuando él os lo dejó coger.
‑Que el señor me perdone. Me hubiera
dado vergüenza llevarle la contraria a un enfermo. El señor Van Herzog admitió
con gravedad aquel hecho y luego dijo:
‑Nunca sabremos lo que ponían
aquellas páginas, a menos que él os haya dicho algo.
‑Eran unas palabras harto abstrusas
para que pudiera entenderlas un criado.
La réplica de Nathanael pareció
gustar al señor Van Herzog. Después de todo, era justo y natural que las
palabras de un filósofo fueran inaccesibles a un criado, por muy instruido que
éste fuera.
‑Podéis retiraros ‑dijo el antiguo
burgomaestre.
Pero a la hora de acostarse, tras el
dedo de vino de Madeira que solía tomar antes de meterse en la cama, fue más
locuaz.
‑Lo habéis conocido cuando ya era
una ruina ‑dijo súbitamente con los ojos inundados de lágrimas‑. Yo viví y
viajé en su compañía antes de que cumpliera treinta años, cuando aún poseía
dinero y la consíderación de todos. Jamás he visto a un hombre más libre, más
lúcido, ni más grande... Sus ganas de vivir abarcaban todas las cosas.
Recorrimos juntos Italia y Alemanía: siempre iba, por decirlo así, a un paso
por delante de mí... Pero en Amsterdam... Todos volvernos, en suma, a la concha
donde Dios nos colocó. Yo hice carrera... Me casé con una mujer de buena
familia... Y todavía, si él hubiera permanecido entre los judíos bien
considerados por sus riquezas, y su rango entre los suyos... Prefirió romper
con ellos para irse a vivir solo, en una buhardilla, como si fuera verdad que
se puede estar solo... Además, se asegura que sus últimas amistades... Tal vez
no sean más que habladurías. En lo que a mí concierne, siempre me mantuve en mi
puesto sin decir ni una palabra.
Se detuvo al comprobar que le estaba
haciendo confidencías a un criado. Tendido en la cama, sin almohada, metido
entre las sábanas y con una vela encendida en la mesilla de noche, parecía más
muerto que Belmonte dos horas antes de su fallecimiento, con veinte años más,
aunque probablemente ambos amigos tuvieran la misma edad. No le fue posible
dejar de murmurar, esta vez para sí:
‑No obstante, le hice un insigne
favor mandando publicar su libro. Nunca me lo agradeció. Y eso fue todo.
Nathanael creyó ver resbalar unas lágrimas por las hundidas mejillas, pero no
había buena luz en la habitación. Sentía rencor hacia el viejo, por haber
apartado de aquel modo al amigo de su juventud, al enfermo que había luchado y
sudado bajo las mantas. No demostraba tener buen corazón.
El señor le pidió que apagase la
vela.
Pasaron unos meses. Cuando llegó el
otoño, Mevrouw Clara tuvo que solicitar por vía jerárquica ‑es decir, por
mediación de la señora d'Ailly‑ que Nathanael no saliera a hacer recados cuando
hacía mal tiempo, para que su tos no empeorase. No obstante en noviembre, tuvo
que ir una vez a la imprenta de Elie, pese a que caía una lluvia fina, con
objeto de recuperar algunos de los libros de Belmonte que no se habían vendido,
que el señor había comprado... La idea de volver a ver a su antiguo patrón no
le molestaba en absoluto. Se sentía ya muy lejos de todo aquello.
No lo vio, pues Elie había salido o
fingió haberlo hecho. Los empleados eran todos nuevos. Al salir del patio,
vislumbró a Jan de Velde, que salía de una callejuela lateral y caminaba riendo
muy alto, en compañía de un muchacho joven. Tanto mejor para él.
El camino de vuelta pasaba por la
Kalverstraat. En un rincón había unas viejas barracas de feria, que dejaban
montadas allí todo el año. Algunas, las alquilaban temporalmente a charlatanes
ambulantes o a exhibidores de espectáculos. Una de ellas se hallaba iluminada:
allí exhibían, mediante la entrega de medio florín, un tigre traído de las
Indias. Había cola. Nathanael llevaba dinero aquel día y nunca había tenido la
ocasión de ver un tigre. Le apeteció ver ese bello animal feroz, apenas más
carnívoro ‑pensó‑ que la raza de los hombres, y en cuyos hermosos ojos brilla
una llamita verde. Había un cartel pequeño colgado en la puerta, que le produjo
un sobresalto: la entrada era gratuita para todo el que trajese un perro, o
cualquier otro animal en buen estado de salud, del que quisiera deshacerse.
Precisamente, cerca de él, una burguesa de media edad, aún vistosa con su traje
de color pardo y su cuello blanco, llevaba en brazos a un perrito de aguas, un
cachorro de apenas dos o tres meses. La mujer comprendió que el joven la miraba
con reproche.
‑Mi perra ha tenido una camada.
Hemos conseguido colocar a la mayoría, pero no sé qué hacer con éste.
Nathanael sacó su medio florín.
‑Dádmelo a mí.
Ella le tendió la bolita caliente.
Renunciando a contemplar a la fiera enjaulada, Nathanael regresó a casa, es
decir, a la pequeña habitación que continuaba ocupando al lado de Mevrouw
Clara. La historia del perrillo conmovió a todo el mundo. La cocinera se
encargó de prepararle las comidas; Mevrouw Clara no estaba muy satisfecha:
aquel perro aún no bien adiestrado comprometía la limpieza de la habitación,
pero no dijo nada. Nathanael peinó, cepilló y lavó al animalito. No se cansaba
de sacarlo al jardín en sus ratos libres. Sentía gran alegría por haber
arrancado el cuerpecillo tierno a los dientes del tigre, aunque no sin pensar
que, después de todo, es propio de una fiera devorar legítimamente la carne
viva. Daba igual. Aquella mujer que pensaba sacrificar con tanta tranquilidad a
una criatura indefensa le daba horror. Le parecía que en ella se condensaba
toda la crueldad existente en el mundo.
Mevrouw Clara gruñó, sin embargo,
cuando lo vio, empapado hasta los huesos, paseando a Rescatado (le había puesto
este nombre) bajo los árboles del paseo. Ahora que Nathanael se había
encariñado con aquel inocente pedazo de vida, le parecía esencial asegurar su
supervivencia, incluso si algún día su salud le obligaba a dejar la casa
grande. Colocó a Rescatado en una cesta y habló con la doncella de la señora
d'Ailly, para que ésta le concediese el honor de recibirlo.
Llamó a la puerta. La señora estaba
sentada al claviordio, en su salón azul. Ya conocía la historia del perro y lo
acariciaba con cariño siempre que lo veía en el jardín. Nathanael se lo
ofreció, mostrándole cuán bonito se había puesto Rescatado.
‑¿Y por qué me lo dais a mí? Sé que
lo queréis mucño...
‑Me gustaría que perteneciese a la
señora.
La señora d'Ailly sacó a Rescatado
de la cesta y se lo puso en las rodillas para acariciarlo. Nathanael también lo
festejaba, tímidamente, señalando a la señora las largas orejas, el pelo
abundante y liso, de color caoba, que contrastaba con las patas blancas.
Durante un instante, menos aún de un instante, su mano rozó sin querer el brazo
desnudo envuelto en encajes. La señora no dijo nada: acaso no se habia dado
cuenta de un roce tan tenue y él lo prolongó un poco más, para no parecer
haberlo percibido él mismo conscientemente; tal vez aquel incidente le parecía
a ella muy poco importante, y no se ofuscaba por ello... A él, el contacto con
aquella delicada epidermis le hizo el efecto de una dulce quemadura. Ninguna
mujer le había parecido nunca tan pura, ni tan tierna como aquella.
El perro lo acercó a ella. Cuando
hacía buen tiempo, ella le mandaba subir y pasear a Rescatado.
Cuando llegó diciembre, volvió a
enfermar de pleuresía. Se curó pronto, pero el día de Reyes, cuando estaban
preparando un buen fuego en el salón, para recibir a los niños que cantan a la
Estrella, y a quienes se acostumbra obsequiar con cerveza caliente, trató de
subir un cesto de carbón y se desplomó en el suelo escupiendo sangre. Mevrouw
Clara lo metió en la cama con severas prescripciones. La señora se informaba
sobre su salud. Dos o tres veces se tomó el trabajo de bajar a verlo, para
llevarle pastillas o jarabe para la tos. No hacía más que entrar y salir, pero
dejaba tras ella un rico olor a verbena. A él le daba vergüenza que lo viera
allí acostado, sin afeitar, mal peinado y con el cuello flaco asomando por la
camisa de tela blanca. Pero, sin duda, la señora d'Ailly iba a verlo por
compasión, y no se fijaba en aquellos detalles.
En cuanto mejoró un poco, volvió a
trabajar en casa. Ya sólo le encargaban tareas pequeñas. Una criada vieja, que
acababa de entrar en la casa, era la que ayudaba, junto con Mevrouw Clara, a
acostar al señor. Por consideración a su ronquera crónica, el señor ya no le
pedía quc le leyese en voz alta, pero aún conservaba su puesto en un rincón del
gabinete del antiguo burgomaestre; limpiaba el polvo de los objetos de arte y
demás curiosidades, afilaba las plumas, otdenaba los papeles y hacía una lista
de ellos cuando se lo pedía el señor, pues tenía una bonita letra. El señor,
aun cuando tratase de disimularlo, se mantenía a cierta distancia de la tos de
Nathanael. Los criados hacían lo mismo. Por las noches, le servían la cena en
la cocina, al lado de la lumbre, lejos de la mesa grande en donde se sentaban
los demás. Esto significaba al mismo tiempo un favor y una precaución.
Percatándose de que lo tenían allí por compasión, Nathanael se hubiera marchado
de haber sabido a dónde ir, pero aún no estaba tan enfermo como para que lo
admitiesen en el hospital.
Aquella situación tuvo por fín un
desenlace sencillo. Una mañana de marzo, el señor le disparó una pregunta a
quemarropa, como tenía por costumbre:
‑¿Sabéis disparar?
Nathanael se sobresaltó, como quien
oye un tiro. La pregunta era tan inesperada que no lograba comprender.
Por fin contestó:
‑Me ejercité a bordo de la Thetys,
pero nunca fui un buen tirador.
‑Mejor, después de todo dijo
enigmáticamente el señor Van Herzog.
La explicación llegó poco después.
El señor poseía; en una isla frisona, de la que le pertenecía al menos la
mitad, una casita que solía utilizar en otros tiempos, cuando llegaba la
estación de la caza. Ya no iba nunca por allí, pero su sobrino, el señor
Hendryck Van Herzog, iba casi todos los años. El último guarda qué tuvieron,
harto de soledad, se había largado un año antes. El aire sano del mar
fortalecería a Nathanael. Un campesino, que vivía en tierra firme, le llevaría
provisiones todas las semanas, igual que lo hacía en tiempos del antiguo
guarda. La obligación de Nathanael consistiria en mantener limpias las pocas
habitaciones de la casa para cuando llegara el joven Hendryck, y en dejarse ver
de cuando en cuando con el mosquete, por el único embarcadero que había en la
costa, para amedrentar a los cazadores furtivos atraídos por aquella isla llena
de pájaros.
‑¿Y si por casualidad fueran
náufragos? ‑se atrevió a decir Nathanael.
‑Los conocerías por su aspecto.
Más valía ‑reiteró el señor‑ que se
limitara a asustar a los intrusos, sín disparar con mucha puntería: meterle una
bala en la cabeza al hijo de un granjero o a un notable frisón podía traer
malas consecuencias. Pero tales ínoportudidades no se daban con frecuencia,
vista la distancia por mar y el peligro de embarrancar en los bancos de arena,
a menos de conocerse de memoria la configuración de los canales.
En invierno, no había ningún
peligro, pues las aves migratorias abandonaban la isla y la tempestad bastaba
por si sola para defender las costas. Nathanael regresaría en octubre, con el
joven Hendryck y sus cenachos repletos de caza.
La idea de aquella soledad hizo
latir el corazón de Nathanael. Recordaba la Isla Perdida y el agrabable olor de
las plantas silvestres que subia de las landas. ¿Quién sabe si no le bastaría,
para curarse, con unos meses de gran susiego? Después de todo, aún no tenía más
que veintisiete años. Inmediatamente recordó que Foy era mucho más joven que él
cuando se la llevó el mismo mal, y que el aire marino no sirvió para
protegetla, ni para curarla. Pero Foy era una nma frágil. Otro pensamiento, que
no se atrevía ni a formularse siquiera, vino a turbar sus ansias de soledad:
durante largos meses le sería imposible ver a la señora andando por el
brillante «parquet», en compañía de Rescatado, ni volvería a contemplar su
sonrisa. Pero se hubiera ruborizado, de seguir mucho tiempo con semejantes
ideas: la señora, igual que todos, aprobaba aquel proyecto.
Incluso mantuvo ciertos
conciliábulos con Mevrouw Clara para decidir lo que convenía prever para el
nuevo guarda en cuanto a ropa, medicamentos y alimentos en conserva, para el
caso de que el proveedor de tierra firme no apareciese en el día previsto.
Metieron todas aquellas cosas dentro de varias bolsas y talegos.
La víspera de su marcha, Nathanael
se despidió del señor, quien condescendió hasta el punto de darle la mano,
siempre algo fría, y le deseó que prosperase y se portara bien. Era la fórmula
que solía emplear en aquellas ocasiones.
Llamó seguidamente a la puerta de la
habitación azul. La señora le abrió en persona. El perrillo saltaba ladrando a
su alrededor. Nathanael se arrodilló para acariciar a Rescatado. Cuando se
levantó, elia le dijo:
‑Lo cuidaremos bien, y lo volveréis
a ver en otoño.
Aquellas palabras fueron un bálsamo
para su corazón, aunque nunca como entonces le pareciera tan larga y penosa la
separación. Se preguntó si la señora le tendería también la mano y si, en caso
de hacerlo, se atrevería él a besársela. Pero el besamanos no es una cortesía
propia de un lacayo. Mientras se preguntaba todo esto, ella se le acercó y lo
besó en los labios, con un beso tan leve, tan rápido y, sin embargo, tan firme,
que él dio un paso atrás, como ante la visitación de un ángel. Ambos
permanecían en el umbral de la puerta. La señora le dijo adiós con su hermosa
mirada que no sonreía y cerró la puerta.
Al día siguiente, cargaron su
equipaje en la barca amarrada al fondo del jaráín. Mevrouw Clara lo acompañó
hasta el embarcadero, en donde se tomaba el barco de pasajeros. Gentes diversas
se agitaban por el muelle y obstruían la pasarela, como siempre que va a salir
un barco. Nathanael, acodado a la borda, hizo unas señas de adiós a la
caritativa ama de llaves, que se mantenía a cierta distancia, benevolente y
sería, como de costumbre. Aquella mujer de pelo estirado volvió a recordarle a
la Muerte, y tuvo que repetirse que era absurda aquella superstición: la muerte
se halla dentro de nosotros.
Hacía buen tiempo. No se veía ni una
ola en el Zuidersee. Había una cabina grande y unas cuantas mesas en el puente,
así como un mostrador en el que servían bebidas, carnes frías y buñuelos
fritos. Nathanael llevaba su comida, pero fue a tumbarse en uno de los bancos
colocados a lo largo de la pared exterior de aquella cabina. Una de sus bolsas
le servía de almohada. El ruido de las cuerdas al ser arrojadas al muelle y el
chirrido de la pasarela lo despertaban en todas las paradas: el tumulto de
Amsterdam se reproducía en miniatura. Subían y bajaban gentes. Un olor intenso
a buñuelos se escapaba por la ventana abierta de la cabina, junto con ruido de
voces.
Nathanael se incorporó para ver a
las personas que hablaban y reían tan alto. Eran dos parejas: dos mujeres de
aspecto vulgar, vestidas con ostentación y mal gusto, a las que no se sabía
cómo clasificar, si como tenderas endomingadas o como mujeres públicas
acomodadas; probablemente eran lo uno y lo otro. Una de ellas, gorda y bajita,
llevaba en el dedo una gruesa alianza de oro. Para Nathanael, que siempre
trataba de encontrar parecidos entre los animales y los hombres, los dos
individuos que las acompañaban eran dos cerdos.
‑¿No han molestado a la vieja?
‑¡Ni hablar! Si hubieran podido
echarle el guante, hace ya tiempo que lo hubieran hecho...
‑De todas formas, echará de menos a
su hija...
‑¿A su hija? Nadie la vio parir, que
yo sepa... Pero difícil será que encuentre a otra igual, tan hermosa y con los
dedos tan ágiles.
‑¿Hermosa? ‑repuso la voz agria de
una de las mujeres‑. Bueno, si quieres, una judía hermosa...
‑Hermosa y basta ‑dijo el más grueso
de los dos cerdos‑. Yo la ví de muy cerca. Estaba justo debajo de ella.
Aquella confesión hizo soltar unas
cuantas risotadas a las mujeres.
‑No me importa. Estoy
endemoniadamente contento de haber ido a Nimega el martes, a la feria de
caballos...
‑¿Y a qué fuiste tú a Nimega? ‑preguntó
el más delgado de los cochinos, con acento suspicaz‑. Tú no eres chalán.
‑No te inquietes: no es la clase de
trabajos que tú sueles hacer. La plaza estaba tan abarrotada de gente que mi
cliente y yo nos salimos del «Perro de Oro» para ver mejor. Valía la pena: mil
táleros robados de las calzas de un capitán de Hannover.
‑¿Operaba ella sola?
‑Parece ser que sí.
‑Hace no mucho tiempo, en Amsterdam,
tenía un marido, que debía ser un asno ‑dijo la hembra que permanecía callada
hasta entonces‑. Se largó en cuanto olió la soga. Una cosa es tener una mujer
que traiga dinero a casa y otra arriesgarse a que le cuelguen a uno.
‑Cuando apareció se hubiera podido
oír volar a una mosca ‑prosiguió el cerdo con la boca llena‑. Iba cantándo;
cuándo subió las escaleras.
‑¿Y qué cantaba? ¿Himnos?
‑Nada de eso. Cantaba coplas. Y
cuando llegó arriba, rechazó al hombre rojo, vamos, ya sabes, a ese cuyo nombre
trae mala suerte. Un poco más y lo tira escaleras abajo. Y saltó ella sola, de
golpe. La cuerda le hizo dar en el aíre dos o tres volteretas, y todos en la
plaza se enteraron de que tenía las piernas bonitas.
‑¿Sólo las piernas?
‑Es una pena, pero no pude ver más.
Por culpa de los refajos...
‑¿Se sabe dónde está escondido el
dinero de Dormund?
‑La Loubah lo sabe...
Y acercándose a su compadre, le
murmuró algo al oído.
‑Hablas demasiado ‑dijo la más gorda
de las mujeres con desprecio. Nathanael se había incorporado, apoyándose en el
codo, para oír mejor. Dejó caer la cabeza sobre su bolsa. Después de todo,
Sarai había muerto como él siempre pensó que lo haría. En cuanto a él, no era
sino un asno que habia tenido miedo a la soga.
Cuando aquellas gentes se apearon en
Horn, se acercó a la borda y vomitó. Los marineros que lo vieron se burlaron de
aquel pasajero, que se mareaba cuando tan tranquila estaba la mar.
A la etapa siguiente, el aldeano
encargado de llevarlo a la isla, fue a buscarlo en una carreta. El camino era
largo, hasta llegar a la aldea de la costa en donde el víejo tenía su casa. Al
ver a Nathanael sumido en un estupor cuyas razones desconocía, el hombre
escupía en el suelo de cuando en cuando y aguijoneaba a su yegua, pero no le
decía ni una palabra al viajero. El chamizo, lleno de humo, sólo tenía una
cama. Nathanael tuvo que acostarse al lado del viejo; la vieja, que era delgada
y con un rostro desabrido, se acostó al otro lado, cara a la pared. Al llegar
la medianoche, Nathanael, que ya no podía aguantar más, se instaló al lado de
la lumbre apagada, que le recordaba el fuego de turba que él encendía en la
casita del Muelle Verde. Aquel fuego teñía de color de rosa el cuerpo desnudo
de Sarai...
Pero su mujer había hecho bien en
ponerse a cantar al subir a la horca, y también en saltar de golpe, como si
fuera a bailar. El había oído decir que los cuellos de los ahorcados se estiran
desmesuradamente, por el peso del cuerpo, y que el rostro congestionado enseña
una lengua completamente negra. Mas aquel rostro ya lo tapaba la tierra. El no
la había visto así. Lo recordaba todo: las mentiras, las astucias, las palabras
soeces, los insolentes silencios, la dureza disfrazada de suavidad; su memoria,
ya que no su corazón, carecía de piedad. Pero recordaba asimismo la hermosa voz
grave que parecía venir de más allá que ella misma, los cálidos ojos oscuros,
su carne, de la que conocía cada una de las parcelas. Las piernas que habían
pataleado por encima de las cabezas de los curiosos apretaban hace no mucho sus
rodillas y sus muslos; habían reposado, temblorosas, sobre sus hombros. Todo
aquello tenía su importancia.
Al amanecer, preso repentinamente de
punzantes remordimientos, se preguntó si alguien ‑de haber sabido cómo hacerlo‑
habiera podido salvar a Sarai. Pensó que no. La hubiera salvado impidiéndole
ser ella misma. En todo caso, él no había sido el hombre apropiado.
Embarcaron muy temprano. Cuando
soplaba un viento favorable, la barca de velas cuadradas y dos pares de remos
tardaba media hora en llegar a la isla desde tierra firme. Nathanael se cansaba
de remar y el viejo lo puso al timón. La isla era tan llana que no se la veía
hasta estar ya encima de ella. Al desembarcar, Nathanael se percató de que las
dunas, a lo largo de la costa, formaban murallas y fosos de arena. Entraron en
una cala tranquila; el viejo saltó al agua, que le llegaba a las rodillas y ató
el esquife al poste de una escollera pequeña y carcomida. A Nathanael le costó
mucho subir la duna, arrastrando sus paquetes atados con una cuerda larga. Se
había descalzado, pues los zapatos se le llenaban de arena. La casita estaba al
otro lado, en la parte baja. El viejo barquero abrió la puerta de una patada y
la sujetó con un grueso leño. Se puso a encender el fuego en cuclillas, mas
recomendó a Nathanael que escatimara la leña: casi no había madera en la isla,
salvo algunas tablas que arrojaba el mar. Las escasas plantaciones que se
habían hecho, aquí y allá, para retener la arena, eran harto valiosas para
tocarlas. Utilizaban turba, pero también la turba venía de tierra firme.
Wilhelm le enseñó las tres
habitaciones reservadas a los dueños, la cocina y un cuartito colindante, que
le serviría de habitación al recién llegado. Era pequeño, pero en él se estaba
por lo mismo más caliente.
Una vez solo, Nathanael ordenó
cuidadosamente toda su ropa, las provisiones que le había entregado el viejo y
las que le habían dado las mujeres. Luego salió a echar un vistado. El esfuerzo
y las preocupaciones de la llegada apenas le habían dejado tiempo para ver todo
aquello. Esta vez fue todo ojos.
Las dunas formaban, entre la casa y
el mar ‑que sólo se percibía desde un determinado punto de mira‑, unas olas
monstruosas, calcadas, se hubiera dicho, de las verdaderas olas que las habían
formado. Eran estables, si es que algo puede serlo; no obstante, se notaba que
iban moviéndose imperceptiblemente, disminuyendo de un lado para aumentar del
otro. Una especie de bruma de arena corría y crujía sobre ellas, expulsada por
el mismo viento que dispersa la niebla de las olas. Matojos de hierbas aisladas
temblaban suavemente bajo la fuerte brisa. No: no se parecía nada a la Isla
Perdida, hecha de rocas y de guijarros, de landas y de árboles agarrados a las
rocas con sus raíces, como si éstas fueran garras grandes y crispadas, de
salientes venas. Aquí, al contrario, todo era sinuoso o llano, blando o
líquido, pálidamente rubio o pálidamente verde. Las mismas nubes se balanceaban
como si fueran las velas de una barca. Jamás había sentido tan encogido el
corazón.
Al cabo de un momento, dobló las
rodillas como si se cayese o se dispusiera a rezar, y diez veces, veinte veces,
gritó en voz alta el nombre de Sarai. El inmenso silencio que lo rodeaba ni
siquiera le devolvió el eco. Entonces, en voz baja, dijo otro nombre. Sucedió
lo mismo.
Durante los primeros días que
Nathanael pasó en la isla, ocho tal vez, a no ser que fueran siete, o nueve (ya
sólo contaba por cuartos de luna, que le servían también para medir el tiempo
entre las visitas casi semanales de Wilhelm), cumplió lealmente sus horas de
guardia en la vieja escollera. Los días de mucho viento, aprendió a
resguardarse del perpetuo azote de la arena poniéndose un pañuelo a modo de
máscara. Algunas barcas, grandes o pequeñas, cabeceaban a lo lejos, mas ninguna
parecía querer acercarse a la isla. Acostado boca abajo, con la cabeza entre
las manos, igual que antaño hacía estando en el mar, durante las horas de
descanso que concedían a ia tripulación en épocas de calmas, pasaba el tiempo
soñando y observando. Recordando los objetos de concha, de marfil y de coral
que había en el gabinete del señor Van Herzog, admiraba las incrustaciones de
los moluscos y conchas azules, nacaradas o rosas, que formaban dibujos
extraños, en el puntal del viejo andamiaje de madera carcomida por los gusanos de
mar. Las fruslerías que tanto estimaban en la casa grande le parecían ahora un
poco menos futiles, pues se aproximaban a las formas que el tiempo, el desgaste
y la acción lenta de los elementos, dan a las cosas. Una vez encontró una
especie de galleta oblonga, de arena endurecida y solidificada, con un agujero
semejante a la huella del pulgar, lo que la hacía parecerse a la paleta de un
pintor. La naturaleza, igual que el hombre, fabrica hermosos objetos inútiles.
Ni una sola vez, en aquellas fastidiosas y prolongadas esperas, vio huellas de
pasos humanos en la playa. Sólo los pájaros dejaban las suyas en la arena, como
si fueran estrellas, y también los conejos dejaban sus señales saltarinas.
Cascos de caballos horadaban en ocasiones la arena: un granjero del señor Van
Herzog había soltado una manada de caballos en el interior de la isla, y al
cabo de algunos años se habían marchado de allí. Aquellos hermosos animales
eran demasiado salvajes para dejarse ver cuando era de día, pero a veces se les
podía vislumbrar al amanecer lamiendo la sal de los charcos que dejaba el mar.
Pasado algún tiempo, Nathanael dejó
su inútil mosquetón en casa, colgado de un clavo. Se contentaba con observar el
mar desde lo alto de las dunas.
Cuando el viento soplaba de firme,
buscaba refugio entre las desmedradas plantaciones de pinos que se encontraban
allí ‑lo mismo que los caballos- desde antes de marcharse el granjero. En
aquellos bosquecillos compactos, donde los árboles se apoyaban uno contra otro
para poder soportar los embates del viento, no se podía uno perder como en un
auténtico bosque: el espacio vacío y desnudo era visible desde el otro extremo
de los túneles de ramas. Se estaba allí al abrigo, como en el interior de una
iglesia. En un principio, parecía reinar el silencio, pero aquel silencio,
cuando se prestaba atención, se hallaba entretejido de rumores graves y dulces,
tan fuertes que recordaban el rumor de las olas, y tan profundos como los de
los órganos de las catedrales. Se los recibía como una especie de vasta
bendición. Cada uno de los matojos, cada rama, cada tronco, se movía con un
ruido diferente, que iba desde el crujido al murmullo y al suspiro. Abajo, el
mundo de los musgos y de los helechos estaba tranquilo.
Pero lo más bonito eran los millares
de pájaros que anidaban en la isla en tiempo de incubación. Las zancudas, a
orillas de los estanques, parecían helarse al sol naciente. Algunas veces,
aunque escasas, se las veía caminar con paso cauteloso, desilusionadas cuando
huía su presa. Nathanael se sentía repartido entre el gozo del pájaro, cuando
por fin atrapaba algo para su sustento, y el suplicio del pez, que era tragado
vivo. Las ocas salvajes formaban nubes semejantes a banderolas, para luego
dejarse caer, envueltas en una tempestad de gritos, sobre los pastos; los patos
las precedían o las seguían; los cisnes formaban en el cielo su majestuoso
ángulo blanco. Nathanael sabía que nada suyo era importante, para aquellas
almas pertenecientes a otra especie; no le devolvían amor por amor; él hubiera
podido matarlas, de haber tenido el más leve instinto de cazador pero, en
cambio, no podía ayudarlas en su existencia expuesta a los elementos y al
hombre. Los conejos, que saltaban por entre las cortas hierbas de las dunas,
tampoco eran amigos suyos, sino unos visitantes desconfiados, que salían de sus
madrigueras como si fueran de otro mundo. Escondido debajo de un arbusto, una
vez los vio bailar al claro de luna. Por las mañanas, las avefrías ejecutaban
en el cielo su vuelo nupcial, más hermoso que ninguna de las figuras de los
ballets del rey de Francia. Por la noche, las zancudas aún seguían allí. Un día
en que el viejo Wilhelm vino a traerle sus víveres, desapareció súbitamente por
detrás de una duna, columpiando en la mano una cesta vacía. Iba a buscar huevos
de avefría para la mesa del señor Van Herzog, a quien los enviarían en el
próximo barco. Le ofreció unos cuantos a Nathanael, que no quiso cogerlos.
Al instalarse en la isla se había
imaginado estar lejos del mundo. Lo estaba, pero nada es tan perfecto como uno
cree. La llegada semanal de Wilhelm lo devolvía a lo que él había creído
abandonar. El viejo traía, junto con los víveres, las noticias del pueblo: una
vaca o una yegua que habían parido, el incendio de un almiar, una mujer
apareada o un marido cornudo, un niño que nace o que muere, o, asimismo, la
inexorable llegada del recaudador de impuestos. Hasta en algunas ocasiones le
contó cosas de una ciudad que había sido sitiada o saqueada en Alemania.
Pero sobre todo, y al revés de lo
que había creído Nathanael, el viejo no iba a la isla sólo por él. Una vez
había depositado las correspondientes raciones en el quicio de la puerta,
Wilhelm, con un saco al hombro, se encaminaba a la antigua granja, a una legua
de allí, donde aún vivían la viuda del granjero ‑medio inválida‑, y su hija
valetudinaría, propensa a unas crisis que la dejaban tendida en su jergón, sin
hablar ni comer, durante días enteros. Aquellas dos mujeres poseían todavía una
vaca, unas cuantas gallinas y un campito en el que sembraban hortalizas. Pero
ya era hora de que se ocuparan de ellas. Un agente del señor Van Herzog había
conseguido para ambas un puesto en el asilo de Horn, a partir de mediados del
verano. Las llevarían allí a la fuerza, si era preciso.
Entretanto, el viejo propuso a
Nathanael que lo acompañara a casa de las que él llamaba «las locas». La legua
de camino se le hizo larga al joven, que trataba de ocultar su cansancio y su
respiración entrecortada: no le gustaba parecer casi inválido ante Wilhelm.
Incluso se ofreció para hacer unos pequeños trabajos demasiado duros para
aquellas mujeres, tales como retejar el tejado bajo del establo. A cambio de
unas monedas, ellas le daban leche o dos o tres huevos. De este modo, reunían
un pequeño peculio para el asilo. Cuando la hija cincuentona estaba en sus
malos dias, Nathanael ordeñaba la vaca. Le gustaba aquella tarea, que no había
vuelto a hacer desde que abandonó la Isla Perdida. El costado del animal era
cálido y rugoso, rojizo como la ladera de una montaña cuando le da el sol. Para
aquellas dos mujeres, por mucho cariño que le tuvieran a su vieja granja, que
se les estaba cayendo encima, el asilo significaría comer a horas fijas, tener
una estufa que tirase bien en invierno, cotillear con otras mujeres, ir a la
iglesia los domingos y darse un baño caliente los sábados. Para la vaca, que ya
no daba mucha leche, aquel cambio significaría el matadero.
El día en que se marcharon fue casi
una fiesta. Varios mozos del pueblo habían acudido allí acompañando a Wilhelm.
La vieja quejumbrosa fue transportada en una improvisada silla, hecha con una
sábana que llevaban en bandolera dos de los jóvenes. La loca los seguía, sin
entender muy bien lo que pasaba. Detrás, y en último lugar, venía la vaca.
También se llevaron ‑para amansar a las mujeres y decidirlas a partir‑ un
montón de inútiles cacharros. Nathanael convenció al viejo para que se quedara
con la vaca hasta finales de otoño.
La ausencia de sus vecinas lo dejó
sin leche, pues la que le traía el viejo se agriaba en seguida, o se agotaba; y
sin huevos, cuando estaba vacío el gallinero de Wilhelm. Pero aquello no era lo
más importante. En la isla había dos presencias humanas y un animal doméstico
menos. La soledad había aumentado.
Sin embargo, no toda la isla se
hallaba vacía de seres humanos. Wilhelm le estuvo hablando un día de un pueblo,
en el que vivían unas veinte familias, a unas nueve leguas yendo hacia el
Norte, en aquella parte de la isla que no pertenecía al señor Van Herzog.
Aquellas chozas bajas se apiñaban para protegerse del viento en torno a un
puertecito redondo como un escudo. Los habitantes de Oudeschild, medio
pescadores, medio agricultores, poseían algo de cebada y unas cuantas cabezas
de ganado. Wilhelm hizo el ademán de empinar el codo, para indicar que también
tenían bebidas y que, en determinados días, la cerveza y la ginebra corrían a
mares. La comunidad se las arreglaba sin pastor, y las muchachas de la comarca
tenían fama de no decir nunca que no. Wilhelm nunca había visitado aquellos
lugares; el comercio que sus gentes mantenían con la tierra firme se hacía más
lejos, al Nordeste del Zuiderzee.
Un día de agosto, Nathanael vio
venir del interior de las tierras a dos robustos y alegres mozos, que montaban
a pelo. Sus caballos procedían de la manada abandonada, y los habían
domesticado como podían. Los cabellos y las crines flotaban al viento. Medio
desnudos, blancos y rubios, con la piel más rojiza y curtida en aquellas partes
de su cuerpo no cubiertas por los habituales trajes de faena, aquellos
muchachos le hicieron el efecto a Nathanael de una aparición: era como si la
vida, para hacerle una visita hubiera adoptado la forma de aquellos hombres y
de sus monturas. Pronto fraternizaron. Los visitantes echaron pie a tierra,
para beber del mismo canillero, el agua del manantial, que Wilhelm almacenaba
en un tonelillo, que llenaba cada semana, y en el que no se infiltraba el sabor
a agua de mar. Le propusieron a Nathanael que se fuera con ellos al pueblo, a
la otra punta de la isla. Lo traerían a la mañana siguiente, o al otro día.
Hacía ya mucho tiempo que Nathanael
rechazaba cualquier clase de regocijo, por miedo a que un inesperado ataque de
tos o un vómito de sangre le estropearan la fiesta. Nunca acompañó a la feria a
los criados del señor Van Herzog, pero la alegría de aquellos mozos se le
contagió. Subió a la grupa del caballo de Markus. Lukas pegaba con los talones
en los flancos del suyo, para obligarlo a galopar. Los caballos galopaban sin
ruido por la arena, o por la hierba rasa. Era agradable abrazarse al torso
fuerte del que llevaba las bridas, y sentir su calor y su fuerza. Hasta el olor
a sudor que exhala un cuerpo sano era bueno. La llegada al pueblo de Nathanael
transformó la noche en una fiesta: hubo bromas, abrazos y bebidas; se hicieron
crêpes, tirándolas al aire, para después comerlas. Las rollizas muchachas que
nunca decían que no, pero a las que Nathanael no dio ocasión de decir sí,
danzaron al son de la zanfoña, enlazadas por los mozos. Los viejos, sentados en
un banco, golpeaban el suelo con los talones llevando el compás de la
contradanza. Nathanael ocupó su puesto en el regocijo popular, como si la
debilidad, la fiebre y la tos hubieran desaparecido milagrosamente.
Despreocupándose del porvenir, dejando atrás diez años de su pasado, fue por
unas horas de nuevo un marinero de dieciocho años. Pero al día siguiente, en el
sobrado que ocupaban Markus y él, le dio un ataque de tos y escondió el pañuelo
manchado de sangre. Poco acostumbrados a las enfermedades, los mozos creyeron
que aquello era debido a la bebida del día anterior. Había que descartar el
proyecto de hacer seis leguas a caballo estando enfermo, así que hicieron el
trayecto en barca, casi como jugando. Dieron la vuelta lentamente a la costa
más resguardad de la isla, evitando los bancos de arena.
Los muchachos llevaban a remolque un
tonelillo de cerveza. Nathanael se negaba a beber, pero la alegría de sus
compañeros continuaba embriagándole. Le ayudaron a trepar a la duna que
protegía su casa del mar. Se separaron prometiéndose mutuamente volverse a ver:
Nathanael sabía que nunca más volverían a verse.
Pocos días después, se enteró de que
el señor Hendrick Van Herzog, a quien sus negocios retenian en Brema, no
acudìría a la isla aquel otoño.
Nathanael había temido ciertos
aspectos de aquella visita. Pensar en los zurrones repletos de pájaros le daba
horror. Pero la noticia fue como si cayera un pesado telón que lo aislara aún
más en su soledad. Se había imaginado a sí mismo como criado del señor
Hendrick, subiendo con él al barco de pasajeros que había de transportarlos,
pero no se veía haciéndolo solo. No obstante, el antiguo burgomaestre se había
tomado el trabajo de añadir, en su escueto billete, que suponía curado a
Nathanael, y dispuesto a reanudar sus servicios en la ciudad a príncipios de
noviembre. Sin embargo, Nathanael estaba seguro de que no regresaría en
noviembre.
El tiempo, entonces, dejó de
existir. Era como si hubieran borrado las cifras en la esfera del rejoj, y la
misma esfera palideciese como la luna en el cielo cuando es de día. Sin reloj
de pared (el que había en la casita ya no funcionaba), ni reloj de bolsillo
(nunca lo tuvo), sin el calendario de los pastores colgado de la pared, el
tiempo pasaba tan rápido como el rayo, o bien duraba eternamente. Salía el sol,
luego se ocultaba en un lugar apenas distinto del día anterior, un poco más
pronto cada tarde, un poco más tarde cada mañana. El alba y el crepúsculo eran
los únicos acontecimientos importantes. Algo fluía entre ambos, que no era el
tiempo, sino la vida. Las fases de la luz ya no importaban salvo que, cuando
había luna llena, la arena brillaba nívea. Ya no recordaba los nombres y
dibujos de las constelaciones, que en otros tiempos se sabía de memoria, cuando
el piloto de la Thetys ponía rumbo a Aldebarán o a las Pléyades, mas
poco importaba: de todas formas, los fuegos que en el cielo ardían eran incomprensibles...
Nubes y bancos de niebla los tapaban casi siempre, o bien reaparecían, como
amigos perdidos. Antes de que la enfermedad, al agravarse, le arrebatara poco a
poco las fuerzas para amar algo con pasión, amaba apasionadamente a la noche.
Aquí parecía ilimitada, todopoderosa: la noche en el mar prolongaba por todas
partes la noche en la isla. En ocasiones salía de la casa en la oscuridad,
cuando ya apenas se distinguía otra cosa que no fuera la masa blanca de las
dunas, y por algún resquicio, la blanca espuma del mar. Se quitaba la ropa y se
dejaba penetrar por aquella oscuridad y aquel víento casi tibio. Se convertía
en una cosa entre las demás cosas. No hubiera sabido explicar por qué, pero
aquel contacto de su piel con la oscuridad lo conmovía tanto como antaño el
amor. En otros momentos, el vacío nocturno era terrible.
El día se subdividía más y más. La
sombra que los matojos proyectaban sobre la arena era como un reloj de sol. El
contemplaba su giro. O bien, dejando que el suelo inestable huyera entre sus
dedos, hacía un reloj de arena con sus manos, reloj que no marcaba ni segundos,
ni minutos, ni horas: bastaba con aplastar el ínfimo montículo con la palma de
la mano para borrar aquella prueba de que había pasado el tiempo. Para no
perder todo contacto con el almanaque de los hombres, hacía muescas con un
cuchillo en una viga de madera, con objeto de saber los días que lo separaban
de la llegada de Wilhelm. Bastaba con que se olvidara de hacerlo una tarde para
estropearlo todo. Pero Wilhelm era cada vez menos puntual, desde que ya no
quedaba nadie más que él en la isla. Cuando la esperada barca tardaba mucho en
llegar, le entraba una angustia que no guardaba relación con el pedazo de
queso, la hogaza y las verduras marchitas por el aire del mar que la barca le
traía, ni siquiera con el agua potable, tan precíosa, sin embargo. Le parecía
que necesitaba ver el rostro del viejo Wilhelm para estar seguro de que también
él lo tenía.
Una vez, para demostrarse a sí mismo
que aún canservaba voz y lenguaje, pronunció en voz alta, no ya un nombre de
mujer, sino su propio nombre. El sonido le dio miedo. El grito ronco de la
gaviota, la queja del chorlito real, encerraban una llamada o una advertencia
que otros individuos de la raza alada y con plumas entendía; o, al menos, una
seguridad de que existían. Pero su nombre inútil le parecía muerto, como lo
estarían todas las palabras de la lengua cuando ya nadie la hablase. Para
afirmarse en el seno de tan vasto mundo, acaso hubiera debido cantar, como los
pájaros. Pero, aparte de que su voz era ronca y se quebraba en seguida, sabía
que había perdido para siempre las ganas de cantar.
Poco a poco, el miedo, insidioso en
un principio y que después fue aumentando hasta el frenesí, se instaló en su
interior. Pero no era el miedo a la soledad, como había creído, sino el miedo a
morir, como si la muerte fuera más ineluctable desde que estaba solo. Había que
abandonár la isla lo antes posible. ¿Para ir a dónde? La visita tan deseada de
Wilhelm se convertía en un peligro: su tos casi continua, la fiebre que se le
notaría en seguida, en cuanto le rozaran la mano, no escaparían a la
observación del anciano; urdirían algo, igual que lo hicieron con las dos
mujeres; si no creían posible trasladarlo a la casa grande, le buscarían un
último asilo en la alquería llena de humo de Wilhelm, o en el hospicio de Horn.
Por otra parte, Wilhelm debía de estar deseando dejar sus travesías por mar
antes de que llegase el mal tiempo.
Su sentido común le decía que uno
siempre muere solo, y no ignoraba que los animales se internan en la soledad
para morir. No obstante, cuando le daban sus ahogos nocturnos, le parecía que
una presencia humana lo hubiese aliviado, aunque sólo hubiera sido la de Tim y
Minne, que hubieran permanecido a su lado sólo para despojarle, aún caliente,
de sus cuatro pingos. Volvía a su memoria el médico del hospital de Amsterdam,
recitando latín a la cabecera de los agonizantes: no era eso lo que él deseaba.
Recordó algunas de sus veladas al lado del mestizo, acostado en el puente, a la
sombra de un fardo de telas. Aquel hombre le había ayudado y mimado lo mejor
que pudo; él lo apreciaba y, sin embargo, el infecto hedor y su ojo medio fuera
de la órbita le producían náuseas; deseaba que muriese, aun cuando siguiera
espantando, hasta el final, las moscas que se le posaban en la llaga. No pudo
ofrecer al jesuita más que un sorbo de agua, ni tampoco consiguió aliviar ni
tranquilizar a Foy; en cuanto a Sarai, había exhalado su último suspiro sin que
él sintiera nada, ni siquiera un estremecimiento, en los últimos días que él
pasó en la casa grande de Amsterdam, quizá en el mismo momento en que la señora
d'Ailly le daba un beso. En la plaza abarrotada de gente, Sarai había muerto
sola.
Subsistía sin libros, pues no había
encontrado en la casita más que una Biblia, que acabó quemando a puñados un día
en que no lograba encender la estufa. Mas ahora le parecía que los libros que
había leído (¿habría que juzgar por ellos a todos los demás libros?) no le
habían aportado gran cosa, menos quizá que el entusiasmo o la reflexión que
puso al leerlos; pensaba que, en todo caso, lo mejor en aquel momento era
abstraerse por completo en la lectura del mundo que tenía ahora, por tan poco
tiempo, ante los ojos, y que la suerte, por decirlo así, le había deparado.
Leer libros hubiera sido igual que beber aguardiente: una manera de aturdirse
para no estar allí: Y además, ¿qué eran los libros? Había trabajado demasiado,
en casa de Elie, con aquellas hileras de plomo untadas de tinta... Cuanto más
penosas se hacían sus sensaciones corporales, más necesario le parecía, a
fuerza de atención, tratar antes de seguir, ya que no de comprender, lo que se
hacía y se deshacía en él.
Una o dos veces, siguiendo el
consejo que las gentes de alzacuello y largas mangas negras daban desde el
púlpito, trató de hacer el balance dd su propio pasado lo mejor que pudo, pero
fracasó. En primer lugar, no era especialmente su pasado; sino sólo cosas y
gentes que se habían ido encontrando por el camino; las volvía a ver, o al
menos a algunas de ellas; él, en cambio, no se veía. A fin de cuentas, le
parecía que tanto los hombres como las circunstancias le habían hecho más
beneficio que daño, que había gozado en el transcurso de sus días máa de lo que
había sufrido, aunque sin duda con cosas que mucha gente no hubiese apreciado.
Había conicido alegrías que nadie parecía tener en cuenta; como el hecho de
mordisquear una hierbecilla. Nunca había sido rico, ni famoso, pero tampoco
deseó ser ni una cosa, ni otra. Creía asimismo no haberle hecho daño a nadie,
ni siquiera a un pájaro tirándole una piedra, ni recordaba ninguna palabra
cruel que supurase en la memoria de alguien. Si así era, la suerte tuvo mucho
que ver en ello. Hubiera podido matar al gordo de Greenwich y por pura
casualidad no lo hizo. Si Sarai le hubiera propuesto abiertamente que vendiese
para ella el producto de un robo, puede que le hubiese dícho que sí, por
cobardía y pasión.
Pero, en primer lugar ¿quién era esa
persona a quien él designaba como sí mismo? ¿De dónde salía? ¿Del carpintero
gordo y jovial de los astilleros del Almirantazgo ‑a quien gustaba sorber rapé
distribuir bofetadas‑ y de su puritana esposa? Ni pensarlo... No había hecho
sino pasar a través de ellos. No se sentía, como tantas otras personas, hombre
por oposición a los animales y a los árboles más bien hermano de los primeros y
primo lejano de los segundos. Tampoco se sentía particularmente macho ante el
dulce pueblo de las hembras; poseyó ardientemente a determinadas mujeres pero,
dejando aparte la cama, sus preocupaciones, sus necesidades, sus servidumbres
con respecto a la paga, la enfermedad, las tareas cotidianas que se realizan
para vivir, no le habían parecido tan distintas de las suyas. Había probado ‑aunque
pocas veces, es verdad‑ la fraternidad carnal que le aportaban otros hombres;
no por ello se había sentido menos hombre. Lo falseaban todo ‑se decía‑
pensando tan escasamente en la flexibilidad y en los recursos del ser humano,
tan parecido a la planta que busca el sol y el agua, y se alimenta como puede
de aquellos suelos en donde la sembró el viento. La costumbre, más aún que la
naturaleza, le parecía marcar las diferencias que establecemos entre las
categorías, hábitos y saberes adquiridos desde la infancia, o entre las
diversas maneras de orar a lo que llamamos Dios. Incluso las edades, los sexos
y hasta las especies le parecían más próximas unas a otras de lo que se cree:
niño o anciano, hombre o mujer, animal o bípedo que habla y trabaja con sus
manos, todos comulgan en el infortunio y la dulzura de existír. A pesar de la
diferencia de color, se había entendido bien con el mestizo; pese a su religión
‑que además no practicaba‑, Sarai fue una mujer igual que las demás: también
existían ladronas bautizadas. Aunque un foso separase al criado del
burgomaestre, él había sentido afecto por el señor Van Herzog quien, sin duda,
sólo guardaba para su lacayo un rinconcito de benevolencia; a despecho de algunos
conocimientos adquiridos en la escuela del magister y, más tarde, en los libros
que hojeó en casa de Elie, no tenía la impresión de saber más que Markus, o que
el mestizo, que no había sido más que un cocinero. A pesar de su sotana y de
haber nacido en Francia, el joven jesuita le había parecido un hermano.
Pero no era labor suya formular
opiniones; sólo podía ‑y quizá ni eso‑ hablar por sí mismo: A medida que
aumentaba su deterioro carnal, como el de una vivienda de adobe o de barro
desleída por el agua, algo fuerte y claro le parecía brillar con mayor
intensidad en la cumbre de sí mismo, como una vela encendida en la habitación
más alta de la casa amenazada. Suponía que aquella vela se apagaría en cuanto
se derrumbara la casa, pero no estaba del todo seguro. Ya se vería, o bien no
se vería nada. Optaba, no obstante, por la oscuridad total, que le parecía la
solución más deseable: nadie necesitaba a un Nathanael inmortal. O acaso la
llamita clara continuase ardiendo, o se escondiera dentro de otros cuerpos de
cera, sin saber ni preocuparse de haber tenido ya un nombre. La verdad era que
dudaba incluso de que su espíritu, o lo que el joven jesuita hubiera llamado
alma, estuviera de otra forma que posada sobre él. Pero no quería inquietarse
hasta el final, como Leo Belmonte, pensando en una especie de eje o de agujero,
que era Dios o bien él mismo. En su derredor estaban el mar, la bruma, el sol y
la lluvia, los animales de la landa, del aire y del agua; él vivía y moriría
igual que lo hacen dichos animales. Eso bastaba. Nadie iba a acordarse de él,
como tampoco se acordaba nadie de las bestezuelas del pasado verano.
Movido por cierta manía, seguía
ordenando las tres habitaciones destinadas a los señores, como si no fuera
seguro que el señor Hendrick no vendría. Una obsesión de limpieza se apoderó de
él: sacar del pozo el agua salobre para fregar los pocos cacharros que poseía y
lavar su escasa ropa agotaba en seguida sus fuerzas. El fuego era un animal
voraz, al que había que alimentar sin descanso con virutas de madera o terrones
de turba. Acabó por no comer más que una papilla de cebada fría, queso blanco y
pan. Sus intestinos ya no retenían los alimentos; en varias ocasiones tuvo que
levantarse de la mesa precipitadamente en dirección a la puerta; el rastro de
excrementos líquidos que dejaba en el umbral le horrorizó; no obstante, al
llegar la mañana, ya no eran sino unas manchas negruzcas que tapó echándoles un
poco de arena encima con el pie.
Lo peor de todo era aquella tos,
parecida a un chapoteo, como si llevara dentro de sí una suerte de ciénaga en
donde se iba hundiendo poco a poco. Cada noche, envuelto en una de las hermosas
mantas del señor Van Herzog, que embebía el sudor de la fiebre mejor que una
sábana, pensaba que no llegaría a la mañana siguiente. Era muy sencillo:
¿cuántos animales del bosque morirían aquella noche sin ver amanecer? Le
invadía una inmensa piedad hacia las criaturas, cada una de ellas apartada de
todas las demás y para quienes vivir o morir es casi igual de difícil. Al
apuntar el día, el aire fresco, aunque suave, que soplaba del océano, le
aportaba una especie de tregua. Por un momento, su cuerpo bien lavado le
parecía intacto, incluso hermoso, y participaba con todas sus fibras en el gozo
de la mañana.
Cosa extraña, su deterioro, nunca
mejor percibido que en las horas de la noche, no había matado en él la
necesidad de amor. Pues de amor se trataba, ya que el objeto que en sueños
poseía tenía siempre el mismo rostro. Había bebido con gratitud, respeto casí,
las tisanas de borraja y flor de malva que le había enviado la señora d'Ailly
en una bolsa grande de tela. Sólo con reverencia pensaba en ella pero, al
llegar la noche, tendido y desnudo, en vuelto en su sudario de lana parda,
realizaba ávidamente con ella los gestos que antaño hizo con Foy, con Sarai y
con algunas más: imaginaba aquel cuerpo en las mismas posturas que sus otras
amantes, aunque más suave todavía en su completo abandono. Estos recuerdos, así
modificados, lo embriagaban. No era una violación, pues él pensaba hacerlo con
ternura y ser con dulzura recibido. Empero, era un abuso que le avergonzaba...
Madeleine d'Ailly... En otros tiempos, le gustaba pronunciar este nombre, mas
ya no era necesario ningún nombre, desde que ella representaba para él a todas
las mujeres existentes. Y lo cierto era que la señora d'Ailly nunca había dicho
ni hecho, ni siquiera dado a entender, nada que le permitiese utilizarla de
aquel modo. Después pensaba que toda criatura humana forma parte, sin saberlo,
de los sueños amorosos de aquellos que con ella se cruzan o la rodean y que, a
despecho, por una parte, de la oscuridad y de la penuria, de la fealdad o edad
del que desea y, por la otra, de la timidez o el pudor del objeto codiciado, o
de sus propios deseos tal vez dirigidos a otra persona, cada uno de nosotros se
halla de esta suerte abierto y entregado a todos. Aunque hubiera estado muerta,
él hubiera podido gozarla en sueños. Pero ella vivía y ésta idea le hacía
desear perseverar un poco en la vida.
Aquello pasó para no volver sino a
rachas. Las tempestades del equinoccio llegaron poco más o menos en el momento
vaticinado; su soplo todo lo barrió. Wilhelm le había prevenido de que no se
arriesgaría a ir a la isla hasta que no acabaran las tempestades; esto
significaba una privación o una tregua de una semana o dos. Ya no se podía
encender el fuego: el humo, que volvía a introducirse por la chimenea baja,
hubiera invadido la habitación. Pero no hacía frío. Reinaba una atmósfera como
de fiesta salvaje. Las olas, esponjosas de espuma, se ahondaban, se abrían,
para ser penetradas por otras olas, pero aquella agua inerte, en realidad, sólo
era socavada por el viento. Tan sólo ella y las escasas hierbas temblorosas,
tumbadas al ras de las dunas, señalaban la acometida del amo invisible, que no
delata su presencia sino en la violencia con que somete a todas las cosas. No
sólo era invisible, era también silencioso: las olas, de nuevo, le servían de
intermediario; su estruendo, que golpeaba pesadamente la tierra blanda, su
ruido de caballos desbocados, procedian de él. Todo lo demás se había quedado
sin voz: las plantaciones de árboles se hallaban demasiado lejos para poder oír
a las ramas y a los troncos chirriar y gritar.
Nathanael permaneció en casa sin
salir unos cuantos días; apenas si se atrevía a sacar la cabeza de cuando en
cuando por la puerta, pues inmediatamente se la flagelaba el azote de la arena.
Se decía que una ola más, una ráfaga más y no sólo la temblorosa cabaña se le
caería encima, sino que toda la isla desaparecería, para convertirse bajo el
mar en uno de esos bancos de arena o peligrosos escollos que hacen naufragar a
los navíos vivos. Pero siempre que llegaba el equinoccio de otoño, desde hacía
tiempos inmemoriales, las mareas subían y bajaban, su inmensa furia acababa por
apaciguarse y a las tempestades de invierno le sucedían épocas de tregua,
seguidas a su vez por las mareas de primavera. Aquella masa de arena nacida de
las aguas se hundiría con ellas algún día, pero ni la hora, ni el año en que
esto ocurriría se conocían aún, como ocurre con la muerte de un hombre.
De momento, los pájaros todavía
confiaban en la isla y buscaban en ella su refugio. A través de los cristales,
cegados sin cesar por la arena Nathanael los miraba reunirse a millares en el
hueco formado por las dunas; todos ellos sabían que era preciso resistir a la
tempestad y hacerle frente, conservando las fuerzas y volviendo la cabeza del
lado del viento, para que su enorme soplo no les echara hacia atrás las plumas,
mudos y ordenados igual que los soldados de un ejército rodeado. Cuando la
borrasca se calmó lo suficiente para poder al menos tratar de salir, Nathanael
se arrastró boca abajo ‑más que anduvo‑ hacia el área donde se encontraban los
pájaros. La mayoría ya habían regresado al cielo y planeaban allá en lo alto,
pareciendo complacerse en esa acrobacia que consiste en dejarse llevar por el
viento o atropellar por él. Las roncas gaviotas ya empezaban a pescar otra vez;
sumergían el pico en aquella espesa sopa de barro, cargada de desperdicios,
allí donde la ola había rascado los bajos fondos. Las cercetas, menudas y
tranquilas, se encaramaban en la cresta de las enormes olas con facilidad, para
luego bajar y situarse en el hueco que formaban. Algunos grupos más tímidos,
permanecían inmóviles y silenciosos. Nathanael, que se arrastraba por la arena,
no les producía inquietud. En la punta extrema de la bocana que les había
servido de refugio, vio a una gaviota gris con las alas al viento. No era del
todo adulta, a juzgar por su plumaje, pero estaba muerta. Las alas inertes no
obedecían ya a una volición procedente de la cabeza o del pecho emplumado, sino
que cedían sin ofrecer resistencia a la inmensa voluntad del viento. Nathanael
le dio la vuelta con la punta de un palo. Aquella cosa ya no era más que la
forma de un pájaro: la vida que en ella hubo ya no estaba. Por la noche, en su
refugio, en donde había encendido una vela para sentirse menos solo,
incorporándose un poco sobre el codo durante uno de sus ataques de tos,
contempló vagamente en el cristal que ya no temblaba, a una mosca moribunda, engañada
por el poco de calor y la luz que había allí dentro, zumbando contra el cristal
infranqueable.
Al día siguiente cesó el viento.
Todo parecía maravillosamente tranquilo. Mucho antes de llegar el alba, se puso
la camisa, los pantalones y la chaqueta, calzándose después, con esa fatiga que
siempre le causaba el tener que agacharse. Cerró cuidadosamente la puerta tras
él, para impedir que diera golpes. La negrura del cielo empezaba a tirar a
gris, indicando que se acercaba la mañana.
Se encaminó hacia el interior de la
isla. Conocía bastante bien las reducidas señales que él mismo había trazado,
para dirigirse en una semioscuridad hacia su rincón favorito; había que contar ‑en
el presente estado de debilidad en que se hallaba- con que tardaría una media
hora en llegar. Se detenía de cuando en cuando para mirar a su alrededor. La
tempestad, que había arrasado las costas, apenas había tocado el interior de
las tierras, salvo quizá del lado de las plantaciones, donde seguramente habría
arrancado más de un árbol. Nathanael confiaba en que aquellos vigorosos y
jóvenes hermanos, apretados unos contra otros, se hubieran protegido
mutuamente. Pero de este lado sólo se veían hierbas rasas y plantas pequeñas
que se arrastraban por el suelo, dejando transparentar la arena. Tuvo que
atravesar, para llegar adonde él quería, un canalillo natural socavado por las
lluvias y que, probablemente, se juntaba con el mar algo más lejos. Pero aquel
arroyuelo no era profundo. Sabía, aun sín sentirse obligado a confesárselo, que
estaba haciendo en aquellos momentos lo mismo que hacen los animales enfermos o
heridos: buscaba un refugio donde acabar solo, como si la casita del señor Van
Herzog no fuere del todo la soledad. A cada paso que daba, pensaba que aún podía
retroceder el camino y volver al reducto, a comer la papilla de la noche; pero
a cada paso también, el cansancio y la falta de aliento le hacían más difícil
regresar. Se hubiera caído para no levantarse; ya se había caído varias veces.
Por fin llegó al hueco que buscaba;
crecían madroños a un lado y a otro, que le servían de refugio a los pájaros y,
en primavera, a sus nidos. Al acercarse él, se echaron a volar dos faisanes,
con un enorme y repentino batir de alas. A la entrada de aquella imperceptible
ondulación de terreno había incluso dos o tres abetos desmedrados, casi del
tamaño de un hombre, en donde habían anidado las urracas. Nathanael metió los
dedos en aquella especie de sacos vacíos que habían contenido, recientemente,
algo de vida. Entretanto, todo el cielo se había puesto de color de rosa, no
sólo hacia el Oriente, como él esperaba, sino por todas partes, pues las nubes
bajas reflejaban la aurora. No era fácil orientarse: todo parecía Oriente. De
pie, en el fondo de aquella cavidad de bordes suavemente inclinados,
vislumbraba por todas partes las dunas acanaladas que se dirigían hacia el mar.
Pero desde aquella distancia, el estruendo de las olas ya no se percibía. Se
estaba bien allí. Se tendió con precaución sobre la hierba rala, al lado de un
bosquecillo de madroños que lo protegía del poco viento que quedaba. Podría
dormir algo, antes de regresar, si su corazón le pedía hacerlo así. Empero,
pensó que si moría allí dentro, podría escapar a todas las formalidades
humanas: nadie iba a ir a buscarlo. El viejo Wilhelm no se imaginaría que
hubiera podido aventurarse tan lejos. Al llegar la primavera, cuando los
ladrones furtivos de huevos fueran a la isla, ya no valdría la pena enterrar
sus restos.
De repente, oyó un balido: no era
extraño, pues unos cuantos corderos asilvestrados vivían en el corazón de la
isla; como él, habían encontrado allí un refugio seguro.
La hora en que el cielo se tiñe de
rosa había pasado ya. Tendido boca arriba, contemplaba cómo se hacían y
deshacían las nubes en lo alto. Luego, bruscamente, le dio un ataque de tos.
Trató de no toser, pues ya no encontraba útil despejar su pecho enfermo. Le
dolían las costillas por dentro. Se incorporó ligeramente, para hallar algún
alivio: un líquido caliente que conocía muy bíen le llenó la boca; escupió
débilmente y vio cómo el delgado hilillo espumoso desaparecía por entre las
hierbas que tapaban la arena. Se ahogaba un poco, apenas más que de costumbre.
Descansó la cabeza sobre una mata de hierba y se arrellanó como para dormir.
*
UNA
HERMOSA MAÑANA
Para Johan Polak
‑Entonces ¿los has visto?
‑No sólo los vi, sino que hablé con
ellos. ¿Sabrás guardar un secreto? Me marcho.
‑¿Te marchas? ¿A dónde?
‑A Dinamarca. Parece ser que en el
Norte es donde mejor tratan a los actores.
‑¿Te han contratado?
‑Ya sabes que necesitan a alguien,
desde que le rompieron la cabeza a la primera actriz, en el Oso Pardo.
‑¿Lo sabe la Loubah ?
‑No. Más vale que no se entere. Pero
le será fácil encontrar a otro que les suba jarras de cerveza y café a los
clientes.
‑¿Y es mañana cuando se marchan?
‑Sí. Muy temprano. No te atormentes,
Klem. Volveremos a pasar por aquí al volver de Dinamarca. A propósito, te debo
tres centavos de la última apuesta que hicimos.
‑¡Oh! Ya sabes que no me importa...
Se abrazaron.
Desde hacía ya doce años que estaba
en esta gruesa bola que da vueltas, el pequeño también había dado muchas a su
vez, aunque únicamente por las calles y callejuelas de Amsterdam. Por las
tardes, bien ataviado con un traje de lacayo, abría la puerta a los clientes de
la Loubah, haciendo una profunda reverencia. De cuando en cuanto, en el momento
en que se oían varios timbrazos furiosos, lo enviaban a comprar bebidas o
tabaco para los visitantes que merecían tales cuidados. Por lo demás, Loubah
sólo recibía a esa clase de visitantes.
Los Señores, apoyados en la almohada
con una de las dos sobrinas, o con una tercera, que era negra, no prestaban
atención al niño del pelo revuelto. Distraídamente, le decían que metiera la
mano en el bolsillo de su chaqueta, colgada en una silla, y que cogiera una
monedita. Una o dos veces, sin embargo, Lazare consiguió de este modo una
moneda de oro, cosa que lo dejó desconcertado, pues no sabía cómo cambiarla sin
que le acusaran de haberla robado. Por fin la negra, riéndose a carcajadas, la
cambió para él. Las sobrinas eran muy amables, pero se levantaban muy tarde y
costaba mucho trabajo hacerles la cama, lavar y planchar sus puños y cofias,
así como sacarle brillo a sus zapatos. La peluquera, que venía todos los días a
rizarles el pelo, permitía que el pequeño pusiera las tenacillas a calentar, o
que las enfriase soplando cuando hacía falta, pero el olor a pelo quemado le
repugnaba.
Lo más agradable para él eran las
ocasiones en que lo llamaban de la posada, para que ayudase. La Loubah, que no
era mala persona y que tenía interés en llevarse bien con los vecinos, jamás le
impedía que fuera, y ni siquiera cobraba un porcentaje sobre las propinas. En
cuanto a la escuela, él se las apañaba. Además, se estaba haciendo demasiado
mayor para ir a la escuela.
La posada era un mundo. En ella
había de todo; gruesos granjeros que acudían a las grandes ferias; marineros
procedentes de todas partes; franceses que siempre andaban inquietos y sin un
centavo y que, además, pretendían ser hombres de letras, aunque Lazare no sabía
lo que significaban aquellas extrañas palabras, y el patrón, por lo bajo, los
llamaba espías; criados de las Embajadas que Sus Excelencias no podían alojar
de un momento, por carecer de sitio; señoras acompañadas por oficiales (su
madre había debido parecerse a aquellas señoras). El paquebote que venía de
Inglaterra siempre traía a algún cliente. Y entonces era cuando apreciaban más
su presencia, cuando le hacían más caso, a él, al pequeño Lazare, de casa de la
Loubah, no sólo para servir los platos y sostener las riendas de los caballos
en el patio, sino para hablar con aquellas personas en inglés. En casa de la
Loubah, se hablaba mucho en inglés; él lo aprendió desde pequeño. Incluso la
negra, que era jamaicana, chapurreaba aquella lengua. También recordaba Lazare
el importante momento en que la Loubah lo llevó con ella a Londres ‑donde
permanecieron unas semanas‑, con su mejor cuello de encaje y unas bolitas
brillantes en los bolsillos. Pero lo que sobre todo recordaba era el mareo.
Estos días habían pasado por allí
toda una pandilla de ingleses. No se pudo saber, de momento, si eran ricos o
pobres: llevaban consigo un montón de paquetes mal hechos. Y los baúles eran
viejos, los habían cerrado como podían, atándolos con cuerdas. Algunos de estos
ingleses iban bien vestidos, pero su ropa blanca estaba algo rota o remendada,
y otros, en cambio, iban muy desaliñados, con un traje raído o sucio, aun
cuando lucieran en ocasíones, por debajo de la chaqueta, una hermosa bufanda
adornada con cequíes, que parecía de mujer o; en un dedo, un grueso diamante
que Mevrouw Loubah hubiera declarado falso inmediatamente.
Lazare pensó en seguida que se
trataba de actores. Conocía bien el paño. Había visto una o dos obras de teatro
en Londres, y en Amsterdam mismo, donde de cuando en cuando se daban
representaciones en unos tablados que montaban en cualquier encrucijada, o en
la cochera de una posada. Sólo que estos actores no eran gran cosa y sólo
sabían hacer payasadas y acrobacias. En cambio, la mayoría de los recíén
llegados ‑serían dieciocho o veinte‑, tenían buenos modales, casi tan buenos
como los de Mevrouw Loubah o los de Herbert Mortimer, a quien Lazare,
conquistado por su gran amabilidad, consideraba un buen amigo.
Herbert Mortimer había regresado a
Londres hacia la Navidad, pero Lazare no lo había olvidado todavía. Tenía muy
buen aspecto, a pesar de ser un señor muy viejo y ya renqueante, muy blanco y
muy dulce. Tenía unas manos largas y bien cuidadas, que acariciaban sin
deseanso el pomo de su bastón. También le gustaba darle palmaditas en la cabeza
al niño, y abrir para él su precioso pomo labrado, para darle confites,
golosina que ambos apreciaban mucho. El y Mevrouw Loubah eran antiguos amigos.
Cuando llegó a la casa, dos o tres años antes, llevaba consigo ropas de buena
calidad y una caja muy grande, llena de folletos y de libros. También tenía un
monito, no más grande que el puño, pero el monito murió. Loubah había instalado
a Herbert en la habitación de arriba, alií donde solía poner a la gente que no
deseaba ser molestada. Casi nunca bajaba. El niño, que le subía la comida,
pensaba que tal vez fuese por las escaleras, o porque tuviese miedo de algo.
Nadie consumía tantas velas de cera como él (despreciaba las de sebo), pero, al
revés de lo que solía ocurrir, la Loubah no se enfadaba. Lazare suponía que,
para ser tan atentos uno con el otro, debían de haberse despertado a menudo
como los que se aman, con la cabeza sobre la misma almohada; aunque habría
pasado seguramente mucho tiempo desde entonces, pues la Loubah, pese al
colorete que se daba, al abayalde y a la alheña, ya no era nada joven, y
Herbert no disimulaba que era viejo. Tendría por lo menos sesenta años. Sóla
que, al menos, difería en una cosa de los demás viejos: tenía un generoso
corazón; repartía con el pequeño las tazas de chocolate y los bizcochos que le
subían.
Por las noches, ya tarde, al subir a
su buhardilla, Lazare percibía un rayito de luz por dehajo de la puerta de
Herbert, y le oía hablar solo. O más bien pareeía como si hablase con otras
personas, que le respondian, aunque Lazare estaba seguro de que en el cuarto no
había nadie. A menos que estuviera hablando con fantasmas, lo que habría sido
espantoso, pero Lazare miró un día por la rendija de la cerradura y no vio a
ningún fantasma. Lo más extraño era que la voz del anciano señor cambiaba
constantemente: tan pronto era una hermosa voz de hombre muy joven, una de esas
voces que hacen pensar en los labios carnosos y en una bonita dentadura. Otras
veces, la voz era la de una muchacha joven, muy dulce, que reía y parloteaba
como un manantial. Y también se escuchaban diversas voces zafias, que parecían
querellarse entre sí. Pero lo que a él más le gustaba era cuando hablaba con
una voz majestuosa, y tan lenta que, con toda certeza, era la de un obispo o la
de un rey.
Una noche, el niño rascó la puerta.
El anciano le abrió con benevolencia, llevando un libro en las manos.
‑¿Eres tú? Hace ya tiempo que te
oigo resoplar debajo de la puerta, como si fueras un perrito.
Lazare ladró bajito, se sentó en el
suelo y puso la pata en la rodilla de mister Herbett, para representar mejor su
papel canino. El otro le acarició la cabeza y continuó leyendo a media voz. Al
pequeño le pareció que leía mejor que nunca al saberse escuchado y contemplado.
A partir de aquella noehe, siempre estuvieron juntos. Lazare se convirtió en su
hijo, en su perrito de aguas, en su público, más tarde, en su alumno. Una
noche, el anciano le dijo, empujando hacia él unas hojas desgarradas:
‑Sabes leer. Contéstame. Será más
divertido.
Y, en efecto, fue mucho más
divertido, ya que ambos se reían mucho cuando Lazare se equivocaba, lo que
sucedía a menudo, pues todavía no leía muy bien la letra impresa.
Ahora comían casi siempre juntos, y
la comida transcurría frecuentemente fingiendo que el cuchillo era una daga que
le clavaban en las costillas a alguien, y el tenedor una flor que ofrecían a
alguna señora o, según los casos, un cetro. Dos o tres veces, invitado por la
Loubah, consintió mister Herbert en bajar a cenar con su anfitriona, pero las
sobrinas de ésta y los convidados de turno lo aburrían, y el niño se daba
cuenta de que Herbert, con sus buenos modales y sus palabras en exceso
corteses, hacía sentirse molestos a la mayoría de aquellas personas, pues no es
necesario explicar que los huéspedes de la Loubah eran a menudo groseros,
aunque ricos, o bien al contrario, eran muy tiesos y desconfiados. Mevrouw
Loubah, en cambio, tan menudita entre sus encajes y tan bien educada, estaba
acostumbrada a sus risotadas, a sus hipos y a los salivazos que le largaban a
la estufa. Y además mister Herbert ‑que con tanta elocuencia hablaba el inglés
de los reyes y reinas‑ conocía mal la lengua de la comarca. Se mofaban de él y
eso le fastidiaba. El pequeño no sentía escrúpulos por reírse, también él, de
sus equivocaciones, pero lo hacía únicamente cuando estaban solos.
Un día, un poco antes de Navidad,
estando mister Herbert en el acogedor gabinete de la Loubah, el niño le oyó
decir:
‑Ese ímpetu que pone... Ese oído
para las cadencias... Parece que me estoy viendo a mí mismo cuando tenía doce
años y, al mismo tiempo, tiene algo que yo no tenía, parece un fuego fatuo, un
duende, un Ariel...
‑¿Un Ariel? ‑repitió
interrogativamente Mevrouw Loubah.
‑Da lo mismo ‑replicó el otro con
impaciencia‑. Es una vergüenza dejar en barbecho tan fértil terreno. Si yo le
enseñara...
‑Vuestro oficio, mi querido amigo,
es de esos en que uno empieza y termina muriéndose de hambre.
‑Pero, entretanto, pasamos buenos
momentos ‑dijo Herbert soñador‑. Es hermoso entusiasmar al público de la sala,
conmover a unas gentes que nada sentirían aunque vieran asesinar delante de
ellas a una persona en la calle... Y, además, la corte... Y esa manera especial
nuestra de saludar sin obsequiosidad a Sus Majestades, cuando uno mismo está
acostumbrado a ser rey o príncipe... Es un oficio en el que uno se codea con
los grandes de este mundo. Un poco como el vuestro, si me atrevo a decirlo así.
‑Pero a mí nadie me hace peligrosos
encargos, que pueden conducir al recadero a la cárcel. Habéis escapado de
milagro.
‑Gracias a vos, mi encantadora
amíga. Y sólo vuestro encanto os evitó seguir el mismo camino...
‑¡Oh! ‑contestó ella‑, jamás me vi
comprometida por pamplinas políticas... Tan sólo son aire, mi querido amigo. Y
yo estoy por lo sólido.
‑Por lo sólido y por lo exquisito ‑dijo
él con galantería‑. Pero ese pequeño...
‑No ‑dijo ella‑. Si alguna vez se me
ocurre enviarlo allí, será con un protector más rico en haberes. Sigo
prefiriendo lo sólido, ¿comprendéis? Olvidaros de él. Y, al levantarse, hizo un
gesto que sorprendió al niño: besó a su viejo amigo en los labios. El le
devolvió largamente su beso. ¿Era posible que aún se besaran, a esa edad? El
pequeño creyó oír a Mevrouw Loubah decirle riendo a mister Herbert que un
mocoso de doce años no es un rival.
Pocas semanas más tarde, Herbert
enseñó con satisfacción el salvoconducto cuajado de sellos que estaba esperando
desde hacía mucho. El cielo político se había despejado para él. ‑Os aconsejo
que sigáis aqui ‑dijo la Loubah con prudencia‑. Allí el teatro anda en el aire,
por culpa de las Cabezas Redondas. Os atriesgáis a veros envueltos en un
auténtico drama.
Mas no hubo nada que hacer. Unos
días más tarde, el anciano embarcaba para Londres, donde Burbage le proponía un
buen papel. Los adioses entre Mevrouw Loubah y él fueron afectuosos, pero
cortos, como los de esas personas que han tenido que despedirse muchas veces.
Herbert besó al niño con mayor ternura, o al menos a éste se lo pareció, pues
creyó ver que los ojos de su amigo se humedecían: «¡Qué Julieta!» murmuró con
voz casi temblorosa. «¡Qué Julieta!» Como temía ser importunado en la aduana y
que le registraran el equipaje, dejó en casa de la Loubah buena parte de sus
libros y de sus folletos.
El niño se apoderó de ellos, pero,
como Mevrouw Loubah no era con él tan generosa en velas de cera, cogió unos
cuantos cabos de velas de sebo. Por las noches, en su buhardilla, imitaba lo
mejor que podía las entonaciones y ademanes de su viejo amigo.
Los comediantes que había en la
posada no podían presumir de tan buena prestancia como la de Herbert, quien, de
creer sus palabras, había actuado con frecuencia delante del rey Jacobo. Pero
tenían algún dinero en el bolsillo. Se iban a hacer una gíra y viajarían a
Hannover (la Electora era inglesa), a Dinamarca y, finalmente, a Noruega,
aunque antes se preparaban para representar una comedia en una fiesta
campestre, que se celebraría a unas leguas de allí, en el parque de un señor
pródigo y de genio alegre, el señor de Bréderode, a quien mucho estimaban los
dueños de la posada. La consideración que le tenían repercutía favorablemente
en su manera de tratar a los faranduleros. No obstante, un actor apenas
significaba algo más que una cabeza de ganado, así que sólo les habían
alquilado una sala grande, en las dependencias subalternas, que antaño debió
servir de establo, y en la que habían puesto una mesa redonda y unos taburetes.
Unas cuantas mantas, colocadas junto a la pared, servían de camas.
Lazare, a quien gustaba adivinar las
edades, pensó que el más viejo de la pandilla debía de tener unos cincuenta
años, y el más joven, unos diecisiete. El de los diecisiete era bastante bien
parecido. Lazare pronto se enteró de que se llamaba Humphrey.
El pequeño iba y venía, de la cocina
a la sala, con unos jarros de estaño. Era una especie de juego. Se
vanagloriaba, levantando mucho su delgado brazo, de su habilidad para escanciar
la cerveza, con un fuerte chorro espumoso.
‑¡Bravo! ¡El escanciador del padre
Júpiter!
‑Y soy vuestro Ganimedes ‑dijo
el niño soltando un verso de un tal Shakespeare. El traspunte no daba crédito a
sus oídos.
‑¿De dónde has sacado eso?
‑Me sé de memoria todo el papel de
Rosalinda ‑dijo el niño con orgullo.
‑Si eso es verdad, es más que un
buen presagio ‑dijo el grueso director, que presenciaba aquella escena‑. Es una
suerte que no debemos dejar escapar.
‑No es seguro que Edmund no consiga
salir de ésta ‑dijo el traspunte, a quien le gustaba llevar la contraria, y
que, además, sentía afecto por Edmund.
‑Pero ¿qué dices? Tiene para tres
semanas, si es que logra escapar con vida, y tenemos que representar la obra
mañana mismo. Además, una Rosalinda con la cara destrozada...
‑¿Y tú, judiílo piojoso, cómo es que
sabes hablar inglés? ‑preguntó con ferocidad el traspunte, que en el escenario
también hacía de tirano y de rey Herodes‑. Y, además, ¿dónde aprendiste las
parrafadas de Rosalinda?
‑Un señor mayor, que se llama
Herbert Mortimer, vivió en esta casa.
El director dio un silbido,
hundiendo sus gruesas mejillas.
‑¡Nada menos! A propósito, Herbert
acaba de regresar a Londres, con un buen salvoconducto. Lo necesitaban para que
hiciera el papel de César.
‑¡El de César, no! ¡Ni hablar! ¡En
estos tiempos y con tantos disturbios! Es una obra peligrosa... No... Lo que
hará es el Moro de Venecìa... Modificado, claro está, pues de todos modos es
una obra endiablada... Pero hay que reconocer que Herbert no está mal, con la
cara pintada de nogalina y un turbante en la cabeza...
‑¡Aun así! Todos saben que su edad
ya no es apropiada para besar a Desdémona.
‑¡Bah! Da igual. En el teatro, la
edad no cuenta, y ni siquiera en la vida.
El grueso director rubio no le
quitaba el ojo de encima al niño, de quien todos parecían haberse olvidado.
‑Contéstale, Orlando ‑le dijo
Humphrey‑. Ya veremos si sabe o no hacer de Rosalinda. En todo caso, es muy
guapo.
‑No es justo ‑dijo de mal humor un
muchacho algo rollizo, que comía un arenque ahumado con un mendrugo de pan‑.
Soy yo, Aliena, quien debiera hacer de Rosalinda.
‑Conténtate con seguir haciendo de
Aliena, hija mía ‑dijo el director, a quien llamaban también «el buen duque»‑.
Llevas las faldas bastante mal, así que representar el papel de una muchacha
que se disfraza de hombre sería para ti como dar tres saltos mortales uno
detrás de otro. Es menester saber caer muy bien.
‑Y, además ‑añadió Humphrey‑, tienes
demasíada cintura y sería molesto para mí sacarte a bailar.
Se sentó en sus talones, limpiándose
los ojos para disimular su llanto de rendido enamorado, luego rió e imploró
alternativamente. Era un buen actor: en su papel de Orlando tan sólo era un
poco más intensa y alegremente Humphrey. El niño, con los ojos brillantes de
gozo, le respondió sin equivocarse. En su papel de muchacha que simula ser un
varón, para consolar a un compañero de la ausencia de su amada y burlarse
amablemente de él, lograba comunicar la impresión de un jugueteo entre tres
personas que, por decirlo así, jugaban una contra la otra, ya que, para
complicarlo todo más, la muchacha vestida de hombre amaba al joven de quien se
estaba burlando y que no la reconocía, con aquellas calzas y aquel disfraz de
muchacho. Había que reconocer que Herbert le había enseñado muy bien.
‑Te armas un lío ‑dijo Humphrey‑. No
te saltes lo mejor: Hombres y mujeres ganado son de la misma especie.
Empieza otra vez.
‑Lo que quieras ‑dijo el pequeño‑,
pero me hago un lío porque Rosalinda también se lo hace... Está un poco
molesta, comprendes, porque te quiere, Humphrey.
Había resuelto inmediatamente que
Humphrey-Orlando merecía ser amado por Rosalinda.
‑¿Y yo, entonces? ‑dijo uno muy
pequeño, de nariz colorada, que no paraba de arroparse los hombros con una
especie de toquilla de campesina‑. Yo podría hacer de Rosalinda tan bien como
cualquiera, si me dieran sus trapos.
‑Tú eres capaz, todo lo más, de
hacer de Tuchstone ‑dijo el director, lo que ofendió inmediatamente a un
individuo mal afeitado, embadurnado de blanco, y al que no le gustaba que le
recordasen su papel de bufón.
‑Sin embargo, sólo yo consigo hacer
reír a la gente ‑dijo, bravío. Y, como si quisiera dar muestras de su talento,
inició una mueca que le daba el aspecto de una gárgola con la boca abierta.
‑Bien ‑dijo el director, volviéndole
la espalda al apodado Tuchstone‑. Lo haces incluso muy bien. Esto es una suerte
‑continuó jubiloso‑. ¡Y yo que pensaba tener que cambiar de obra!... Pero habrá
que ver aún si está igual de bien vestido de mujer. Después de todo, es mi
propia sobrina.
Humphrey se levantó para hurgar
dentro de un baúl. Volvió con los brazos cargados de oropeles.
‑Ponte esto. No necesitas quitarte
tus ropas; como eres muy delgado, se puede apreciar el efecto.
Y añadió, volviéndose al director‑duque:
‑He cogido el traje de boda, porque
es el más bonito. Así podremos apreciar mejor...
Mucho le costó al pequeño encontrar
los corchetes de la amplia falda de moaré carmesí, con añadidos de tejido de
plata.
‑Ten cuidado: el vestido está un
poco roto. Tiene el talle bajo, pero te sentará bien en cuanto te quites esa
gruesa camisa que te sale por arriba...
‑Algo ancho por delante ‑dijo Aliena
con una risotada.
‑Bueno, lo rellenaremos con unas
servilletas. Date la vuelta.
El pequeño se volvió, complaciente,
asomando el pie, calzado con un chanclo demasiado ancho, por debajo de la
falda.
‑¡Por vida de Dios! ‑exclamó el
director-duque‑. Ya me iba a olvidar. ¿Vives en casa de tus padres?
‑Tengo una abuela.
‑¿Y qué hace tu abuela?
‑Recibe a muchos señores, para que
bailen con sus tres sobrinas...
‑No creo que sea muy difícil ‑dijo
confidencialmente el director al traspunte‑. ¿Y tu madre?
‑A mi madre la ahorcaron en público
dijo con ostentación el niño, a quien aquel episodio parecía glorioso. Pensaba
que su madre (de quien, por otra parte, no se acordaba, por ser muy pequeño por
entonces) había muerto en un teatro muy grande.
‑¿Y tu padre?
‑No sé ‑dijo el niño‑. Creo que no
tengo padre.
‑Todos tenemos un padre ‑dijo
sentenciosamente Humphrey, frotándose las costillas como si recordara algunos
bastonazos.
‑Escúchame bien ‑dijo el director
cogiendo al pequeño por los dos brazos‑. Dios te envia. Supongo que eres judío,
pero, de todos modos, ¿crees en Dios? Pues bien, anteayer, el mismo día en que
llegamos de Londres, Edmund ‑a quien llaman Edmunda‑ salió a dar una vuelta por
la ciudad y debió querellarse con alguien. Los holandeses no bromean, y él
debía haber bebido más ginebra de la cuenta. No sé quién tendría la culpa, ni
la razón de todo ello, pero lo encontraron en el suelo con la cabeza rota. Y
mañana necesitamos a una Rosalinda para representar la obra en casa del señor
de Bréderode.
‑Y después viene lo mejor ‑prosiguió
Humphrey‑. Pasaremos por Hannover, pues la Electora es inglesa, como nosotros,
y quiere ver las obras que se representaban en su juventud en Londres. Más
tarde, iremos a Dinamarca. Tenemos un contrato y en él nos prometen que nos
darán habitaciones de verdad en las buhardillas, y además dos ocas o dos cisnes
por día, con su guarnición alrededor. Y luego, si se nos antoja, iremos a
Noruega y regresaremos ‑pasando por aquí otra vez‑ a la bella Inglaterra, en
donde nos habrán echado de menos. ¿Quieres venir?
‑Soy vuestra Rosalinda ‑dijo
el pequeño, que seguía representando.
‑Mi opinión es que más valdría no
decirle nada a la vieja ‑dijo pensativamente el director‑duque‑. Tu abuela ¿te
quiere mucho?
‑Llevo los platos y abro las
puertas.
‑Bueno, pues ya encontrará a otro
que abra las puertas y sirva los platos. Mañana, sal muy despacito y ven a
reunirte con nosotros al apuntar el alba.
‑Y ya verás cómo todos te miman ‑añadió
Humphrey‑. Las damas te besarán y te llamarán «paje mío». Te regalarán frutas
confitadas. Y, en ocasiones, los señores sacan del bolsillo alguna que otra
moneda de oro. Yo he sido mujer más de una vez y sé lo que pasa. Pero desde que
cumplí los dieciocho años hago de hombre.
‑No por eso te privas de que te
besen las damas, ni de recibir monedas de oro ‑dijo sombrío Aliena.
‑Todo esto está muy bien, hijos
míos, mas no quisiera que el pequeño se dejara embaucar y se quedase en
Dinamarca, de paje de alguna Alteza ‑dijo el director‑duque‑. Si eres bueno, te
llevaremos a Londres.
‑Ya estuve en Londres una vez.
‑Mejor aún. Te sentirás como en tu
casa. No lo pierdas de vista, Humphrey. Puede que este pequeño prodigio sea una
cabeza de chorlito.
Humphrey acompañó al niño hasta el
patio. Lazare se paró a besarle el cuello a un caballo.
‑No le digas adiós a nadie, sólo a
los caballos. Además, no tienes por qué decir adiós, pues luego volveremos a
pasar por aquí. Me gustaría que te quedaras a dormir con nosotros, en la sala
grande, pero eso mosquearía a la vieja. Sal de tu casa muy despacito, en cuanto
llegue la aurora, y ponte el traje mejor que tengas. ¿Tienes alguno? Nosotros
tenemos para ti el hermoso atuendo de Ganimedes, para las escenas en que tienes
que llevar calzas, pero es demasiado lujoso para ir por la ciudad. Y no cojas
dinero, o sólo un poco. Tu abuela mandaría que te persiguieran.
‑Ya pensé yo en ello ‑dijo el
pequeño meneando la cabeza.
Regresó a casa corriendo. Sólo le
separaban de ella unos diez pasos, pero casi era ya la hora en que debía
ponerse su mejor traje para abrir la puerta. Sólo se había detenido un
instante, para contárselo todo a Klem; Humphrey le había recomendado que no lo
hiciera, pero estaba seguro de poder contar con Klem; se dejaría moler a palos
antes que decir nada. El salón de la Loubah estaba lleno de gente. Aquella
tarde se le hizo interminable. Cuando ya no quedaban más que dos o tres
clientes, que habían pagado para quedarse allí toda la noche, Mevrouw Loubah
atizó la lumbre en la cocina, separando los leños y alejándolos del montón de
cenizas aún calientes. Lazare pensó que parecía una bruja, o un hada (también
le recordaba a las Sibilas de los libros de Herbert) y que, a su manera, era
muy hermosa. En el teatro, hubiera podido hacer de reina vieja.
Mientras subía, escalón tras
escalón, la interminable escalera, le vino a la mente que ella jamás le había
dado una bofetada, ni tampoco le había pegado nunca. Tampoco solía reprenderle,
a no ser por alguno de los errores que se cometen con el propio cuerpo, como,
por ejemplo, sonarse la nariz haciendo mucho ruido o salir sin peinarse. Era
buena con las sobrinas -o, al menos, así se lo parecía a él‑ y buena con los
clientes, a quienes jamás reprochaba nada, ni siquiera cuando vomitaban por
haber bebido demasiado. Había sido buenísima con Herbert, a quien nunca vio
darle dinero. Y recordó cómo, en una ocasión, la había visto meter, en el
bolsillo de un señor que cabeceaba en una silla, la bolsa que había dejado
caer. Mevrouw Loubah, no muy aficionada a los sermones, le había dicho al
sorprendido niño:
‑Siempre hay que ser honrado en las
cosas pequeñas. Ya entenderás esto más tarde.
No, no es que fuera una mala abuela,
pero él no la quería lo suficiente como para contarle que se marchaba.
Una vez en la buhardilla, sacó
cuidadosamente, de entre dos vigas, su provisión de cabos de vela, y releyó
todo el papel de Rosalinda, para estar más seguro de no equivocarse. «Además ‑pensó‑,
si me olvido, ya inventaré algo. Humphrey me ayudará.» Hizo un paquete con los
folletos de Herbert (los libros pesaban demasiado para llevárselos) y lo metió
debajo de la almohada. Apoyado sobre aquel duro paquete, durmió con un ojo
abierto o, más bien, en lugar de dormir, soñó.
Fue un sueño muy largo. El sueño se
refería a él, al pequeño Lazare, que conocía a cuanta gente había que conocer
en Amsterdam: a los ladrones, quienes, a decir verdad, no le habían robado
nunca nada; a los borrachos, que suelen ser a menudo muy amables cuando han
bebido mucho; a los pobres y a los ricos (se les distingue por la manera de
vestirse); a los mendigos, que temen se les haga la competencia; a los señores
jóvenes y viejos, a los que pagan por llevarle una carta a una mujer y dan
además una propina cuando les traen la respuesta, sin esperar siquiera a leer
lo que pone, cuando hay veces que lo que pone les hace llorar; a los que os
abrazan (no se sabe por qué) en un rincón oscuro, como si quisieran romperos, y
estos suelen soltar en ocasiones monedas de plata; a los que dan dinero por
cuidarles el caballo, y a veces el caballo es malo y tira coces, pero la
mayoría de los caballos lo querían, y da mucho gusto sentir en la mano su
saliva cuando uno les tiende el corazón de una manzana... Y a los que siempre
desconfían (suelen ser comerciantes) y os echan con un palo cuando os ven
mirando durante mucho tiempo los escaparates, sobre todo los pasteleros...
Y en el sueño aparecía el niño
Lazare, que había jugado con Klem, y aquel con quien Mevrouw Loubah era buena,
aunque de todos modos nunca le daba un beso; pero también es verdad que jamás
la vio besar a nadie, excepto a Herbert, que era muy viejo. Mas le parecía que
todos aquellos pequeños Lazares estaban no muertos ni olvidados: era más bien
como si los hubiera dejado atrás, como si fueran niños con quienes él había
corrido por la calle.
Y su sueño también trataba de
Herbert, que le había enseñado a ser otra persona. El cuarto de Herbert había
contenido a un número infinito de personas distintas, y batallas, y comitivas,
y fiestas de boda, y gritos de alegría y de pena como para derribar la casa,
pero se gritaba a media voz, de suerte que nadie lo oía, y toda aquella
multitud, entre la que se encontraban reyes y reinas, cabían holgadamente entre
el baúl y la estufita. Y Herbert había desaparecido igual que en un sueño, o
como los comediantes que, en ocasiones, se meten entre bastidores sin saber por
qué, del mismo modo que el pequeño Lazare partiría al día siguiente con los
demás actores.
Por muy pálido y cascado que
estuviera Herbert, no tenía edad. Cuando quería era tan pequeño y tierno como
los hijos de Eduardo, a quienes mataron en la Torre, y en ocasiones, ligero y
risueño como Beatriz, que baila igual que bailan las estrellas, y en aquellos
momentos tenía quince años; y otras veces, cuando lloraba su reino perdido y su
hija muerta, tenía mil años de tan viejo que era. Y tampoco tenía cuerpo:
cuando tanto hacía reír al pequeño Lazare haciendo de Falstaff, era gordo y
seboso, con las piernas zambas, como los flejes de un tonel, y en cambio,
cuando quería, era tan delgado como Jacobo el Melancólico (nadie, mañana, en
casa del señor de Bréderode, conseguiría hacer de Jacobo el Menlancólico como
él), y era hermosa cuando hacía de Cleopatra.
También Lazare sería todas aquellas
muchachas, y todas aquellas mujeres, y todos aquellos jóvenes, y todos aquellos
viejos. Ya era Rosalinda. Saldría mañana de la casa de Mevrouw Loubah, llena de
espejos venecianos en donde las sobrinas y sus señores se miraban desnudos. El
iría vestido como de costumbre, como un muchacho, pero sería en verdad
Rosalinda, cuando se disfrazó y dejó el bonito palacio del que habían echado al
buen duque, su tío. Se hacía llamar Ganimedes y se marchaba muy lejos, a un
bosque tan grande que, si se querían poner todos aquellos árboles en el
escenario, no hubieran bastado para ello todos los sotillos y bosques de los
alrede dores de Amsterdam puestos unos detrás de otros.
Partía en compañía de Aliena, su
buena prima (había que acordarse de ser amable con Aliena), y de un bufón
pintado de albayalde, que a Lazare le daba un poco de miedo, aunque más valía
no mostrarlo. Y el día de su boda con Orlando bailaría con un hermoso vestido
lleno de adornos de plata (no sabía bailar, pero bastaba con saltar al compás)
y tendría que poner mucho cuidado para nn romper más de lo que ya lo estaba uno
de los adornos de plata.
Y sería asimismo otras muchas
hermosas doncellas, pero primero tendría que aprenderse de memoria todas las
frases que habían dicho y no sólo unas cuantas palabras de las que se acordaba
por habérselas oído a Mister Herbert, que casi las cantaba. Sería Julieta, y
ahora comprendía por qué Mister Herbert, al marcharse, lo había llamado asi.
Sería Jessica, la judía, ataviada como las hermosas muchachas de la
Judenstraat; sería Cleopatra y le daría a besar su manita a un general llamado
Antonio; buscaba en vano cuál de los actores que había en la sala grande sería
lo bastante magnífico para hacer de Antonio. Y después moriría como Cleopatra,
a quien mató una serpiente, y confiaba en que la picadura de la serpiente no le
haría mucho daño.
Cuando pasara mucho tiempo, cuando
cumpliera dieciocho, o tal vez diecinueve o (¿quién sabe?) veinte años, haría
como Humphrey, volvería a ser un muchacho: lucharía hombro con hombro con el
salvaje que lo atacara en la liza, pero primero habría que desarrollar los
bíceps y fortalecer las muñecas. Y sería Romeo, que llora a la Julieta que él
recordaría haber sido antes; escalaría con facilidad el balcón, pues trepaba
muy bien a los árboles del muelle.
Sería la duquesa de Malfi, que llora
a sus hijos en un asilo de locos, y asimismo un día, cuando ya no pudiera
ponerse los vestidos de mujer, sería uno de los malvados que las degollaban. Y
sería Hotspur, el caballero de las espuelas ardientes, tan joven y tan
valiente, y asimismo su mujer, Kate, que al decirle adiós se esforzaba en reír
para no llorar, y Hal, tan valeroso y tan alegre, con sus jovíales compañeros.
Mucho más tarde aún, cuando
alcanzara una edad muy avanzada, pongamos unos cuarenta años, sería rey con una
corona en la cabeza, o bien César. Herbert le había enseñado cómo debe uno
caer, disponiendo debidamente los pliegues de su traje, para no enseñar
indecentemente las piernas desnudas. Y sería también esas mujeres abrumadas con
el peso de todas las maldades cometidas en el transcurso de su vida: una reina
gorda de Dinamarca, hinchada de crímenes; o lady Macbeth con un cuchillo, o
también las brujas barbudas que cuecen cosas sucias dentro de un caldero.
O bien haría de payaso, como el que
gesticulaba ayer por la noche, con la cara embadurnada de albayalde: hacer reír
a las gentes era otra manera de gustarles y hacerles disfrutar, igual que uno
les gusta y les produce deleite cuando hace de mujer, besando a alguien ante
sus ojos (y a veces acuden también para que los beses a ellos entre
bastidores), o (resulta extraño decirlo) muriendo ante sus ojos cuando se es
joven y bella. Y más tarde, después de cincuenta años (qué largo es, cincuenta
años), le darían papeles de verdadero anciano: un Orlando ‑que ya no sería
Humphrey, pues tal vez hubiera muerto, puesto que hoy tenía dieciocho años‑ lo
llevaría tiernamente en sus brazos con la apariencia del viejo criado Adan, con
el pelo todo blanco, la piel llena de arrugas, sin dientes, sin fuerzas, pero
fiel. Y sería hermoso haber sido fiel durante cincuenta años.
Y puede que, luego de haber sido
Jessica, la hermosa judía risueña que se escapa llevándose los escudos, fuera
el padre Shylock, el de los dedos ganchudos, y le llamaría viejo judío piojoso,
igual que el traspunte le llamó a él pequeño judío piojoso, pues tal es la
costumbre. Pero debe ser duro para un viejo perder al mismo tiempo a su hija y
sus escudos, y quizá, en vez de hacer reír a la gente con Shylock, la hiciera
llorar.
O bien, al contrario, todo
acontecería ante un mar azul o bajo un cielo color de rosa y sería Próspero,
quien, como Herbert, no tiene edad, porque es casi como Dios, y recordaría
haber sido unos años antes su propia hija: Miranda la inocente, que se enamora
de un hombre porque lo encuentra hermoso. Y tras haber apaciguado la tierra y
las olas recitaría maravillosas palabras sobre las cosas que suceden como un
sueño, en el fondo de ese sueño en que se envuelve nuestra vida (no se sabía
muy bien aquel párrafo) y, cuando rompiera su varita mágica, todo habría
terminado.
Y cuando ya no hubiera en las tablas
ni un sitio pequeño para él, sería el que despabila las velas, el que las
enciende y finalmente las apaga una a una. Pero como se sabría todos los
papeles, también podría hacer de apuntador: su voz estaría, como quien dice, en
todas las voces. Una fiebre de gozo se apoderaba de él al pensar que iba a ser
tantas personas y a vivir tantas aventuras. El pequeño Lazare no tenía límites
y, por muy amistosamente que sonríera al reflejo de sí mismo que le enviaba un
trozo de espejo roto situado entre dos vigas, no tenía forma: tenía mil formas.
En todo caso era invisible aquella
mañana, envuelto en la luz gris de la madrugada, cuando bajó descalzo, con sus
chanclos en la mano, la escalera que había detrás de la casa de Loubah y salió
afuera por la puerta de la cocina, cuya falleba había engrasado ei día anterior
con un poco de tocino. El cielo estaba; medio gris, medio rosa. Haría una
hermosa mañana.
Una vez en la calle se volvió a
calzar; demasiado le estorbaba ya su mejor traje, que llevaba doblado al brazo,
y los zapatos del domingo, que se había colgado del cinturón, así como el
atadijo con los folletos de Herbert. En la mesa de la cocina había cinco
monedas preparadas para pagar al lechero. Las cogió.
Aquello no era un robo; era una
oportunidad. La calle estaba aún casi vacía; tan sólo vio a unos cuantos
aldeanos que iban al mercado con las cestas llenas, y que debían haberse
levantado antes de llegar el alba. Un hombre que vendía buñuelos estaba ya
sentado en su puesto, para satisfacer el hambre de los transeúntes. Lazare sacó
una de las monedas y se metió en la boca una rica bola caliente. Perros
famélicos escarbaban en el montón de basuras que las ratas habían visitado ya
por la noche; hubiera querido acariciar uno a uno a todos aquellos perros.
También le hubiera gustado ayudar en lo posible al borracho que titubeaba al
regresar a su casa, con riesgo de caerse en el arroyo, pero sus ropas y sus
paquetes le ocupaban las manos. Y había que apresurarse para llegar a la
posada.
Humphrey lo esperaba en la puerta,
con una manta de caballo vieja sobre los hombros.
‑Vete a vestirte en seguida. Tu
traje está en el cuchitril que hay junto a la cochera. Y ten cuidado, no vayas
a coger frío: el aire de la mañana pone ronco.
Y atravesando el patio le señaló un
coche, al que iban a enganchar unos caballos.
‑Nos lo envía el señor de Bréderode
para que nos lleve a su mansión. Quiere que vayamos vestidos con nuestros
trajes de teatro, porque le parece más alegre. Y apartando las puntas de la
manta vieja que le servía de capa dijo:
‑Fíjate qué guapo estoy.
Y lo estaba, en efecto, con sus
calzas de cuero amarillo, sus zapatos con hebillas y su casaca roja galoneada
de oro. Se había dado colorete en las mejillas.
‑Quítate todos tus pingos. He cogido
unos calzones y unas medias de seda de mujer.
‑¿Pero dónde está la falda aquella
tan bonita, con añadido de plata? ‑preguntó el pequeño, algo desilusionado, al
ver que Humphrey le ponía un vestido de terciopelo azul.
‑¡Tonto! Esa es para el final, para
la escena de la boda. Y para las escenas intermedias, cuando te vistas de
hombre, tienes un hermoso traje negro y rosa. El jubón que traes podrá servirte
para el viaje. El pequeño, tiritando un poco en la húmeda cochera, estiró
cuidadosamente sus medias de seda. Humphrey le dio un par de escarpines
bordados.
‑Trata de andar como si fueras una
mujer, ‑ a pasos cortos. Y si los zapatos te hacen daño, te aguantas. La
cintura te está muy ancha, pero tengo alfileres. He rellenado el corpiño como
es debido. Le puso al cuello un collar de vidrio y, abriendo un poco la puerta
del cuchitril para que entrara la luz, le dijo:
‑Estás muy linda. El pelo te quedará
bien en cuanto te lo peinemos, No he cogido el colorete; pero remediaremos esto
en cuanto lleguemos allí. Además tienes las mejillas rosadas. Ven conmigo,
están acabando de arreglarse en la sala.
Ayudó al pequeño a meter su ropa en
una bolsa.
‑Puedes tirar esas chanclas tan
usadas. Aunque no. Podrás ponértelas cuando llueva, para proteger tus zapatos.
En la espaciosa sala, las gentes se vestían echando pestes y lanzando
exabruptos cuando no encontraban una cinta o la hebilla de un cinturón, que
había sido hurtada por algún compañero. Audrey estaba ya bebido y llevaba
puesta de través su cofia de aldeana. Tuchstone había añadido unos redondeles
rojos a su albayalde habitual. Cubierto por completo de cadenas de oro, que le
servían también para hacer de mayordomo, el duque iba de un grupo a otro con
dignidad ducal. La entrada de Rosalinda obtuvo un aplauso, pero Aliena seguía
de mal humor.
‑Me harás el favor de no ponerle
ninguna zancadilla ‑susurró Humphrey‑. No te quito ojo de encima.
Aliena, sin refunfuñar demasiado,
cogió a su prima de la mano. Amontonaron baúles en el techo del carruaje y los
sacos los pusieron en el interior, para que sirvieran de cojines. El señor de
Bréderode les había enviado uno de sus vehículos más desvencijados, ya que en
el interior sólo figuraba un banco de listones, en el que se instaló el duque
al lado de un muchacho pálido y flaco, de unos treinta años, y al que Lazare en
seguida apodó: Jaques el Melancólico, pues hacía todo lo posible por tener un
aspecto triste. Pero el que no hubiese bancos no era un gran inconveniente: se
estaba muy cómodo sentado a la manera turca, y por el suelo del carruaje habian
esparcido un montón de paja húmeda, que olía muy bien.
Hubo, empero, un incidente, que
obligó al duque a apearse. Discutían en el patio. El cochero, que había llegado
tarde en la noche con el carruaje, había bebido jarra tras jarra de cerveza;
aunque le pusieron la cabeza debajo de la pompa, no hubo manera de
desembriagarlo. Tumbado en las losas del patio, hinchado de bebida, parecía una
babosa muerta. Pero roncaba, lo que probaba, evidentemente, que aún se hallaba
vivo. Empezó a caer una lluvia menuda.
‑¡Nos las arreglaremos sin él! ‑dispuso
el buen duque‑. ¡Eh! ¡Jirafa!
Apareció un individuo largo y
desgalichado, que subió al pescante con aire de resignación. Se había puesto
una sábana por encima de sus viejos atavíos, que lo tapaba de pies a cabeza, y
en la mano llevaba una guadaña, que dejó a su lado para coger las riendas.
‑El es quien nos conduce cuando
alquilamos una carreta ‑explicó Humphrey‑. No suele volcar. Y además, con el
traje que lleva, aunque haga viento o llueva, no se le estropean los harapos.
‑Me da un poco de miedo ‑murmuró el
pequeño.
‑No hay motivo. Cuando sale a escena
le pintan la cara de blanco para que ímpresione más a la gente. Hace el papel
de la Muerte, que se lleva a un hombre rico, en una antigua farsa que
representamos de vez en cuando antes de la obra. Tuchstone hace de diablo; con
una cola muy larga. El otro, el alto y blanco, desempeña también al fantasma de
un rey de Dinamarca asesinado. Pero ésa es una obra que no debemos representar
en Copenhague.
Arreciaba la lluvia. Todos se
hacinaron en el interior del vehículo. Aliena, que se sentó al lado de su
prima, molestaba a ésta comiendo un diente de ajo. Rosalinda apoyó la cabeza en
las rodillas de Orlando, que la había tapado con una punta de su vieja manta.
El niño tenía hambre y se deeía que tal vez hubiera debido comerse dos
buñuelos. Pero le gustaba pensar que aún le quedaban cuatro centavos para
repartir con Humphrey. Dos parejas de cazadores del séquito del duque, vestidos
de verde y camuflados con hojas, continuaban una partida de «tarot» en el
rincón. Tuchstone, con la cabeza baja, canturreaba una balada lúgubre. Por los
cristales mal lavados veíanse campos y prados con vacas, lo que gustó mucho a
Lazare, ya que el niño hasta entonces casi no había salido de la ciudad. Los
árboles, remozados por la primavera, desplegaban su fresco verdor. Seguía
lloviendo a rachas, pero las nubes que corrían una detrás de otra parecían
estar jugando en el cielo, y había grandes daros azules. Seguramente, para la representación
en el parque, tendrían buen tiempo.
Mas el camino se hacía largo. Los
vaivenes del coche mecían al niño, que empezaba a acostumbrarse a ellos. Todo
se mezclaba con aquella somnolencia: el tamborileo de la lluvia en el techo
(caían gotas de agua sobre la manta), los grititos de Lazare cuando Humphrey, a
pesar de todo el cuidado que ponía, le tiraba del pelo ai desenredarlo; la
balada del payaso, el aliento de Aubrey, las figuras del «tarot», casi
incomprensibles, y Copenhague, que parecía estar cerquísima, justo al volver el
camino, y a través de los cristales del coche, por donde resbalaba la lluvia,
los hermosos retazos de cielo azul, y las golosinas que el mayordomo del señor
Bréderode habría reservado seguramente para los actores, y la linda falda con
añadidos de plata...
Advertencias
Ana, soror...
Ana, soror... es una obra de
juventud, pero de las que siguen siendo, para el autor, esenciales y queridas
basta el final. Se trata de unas cien páginas que, en un principio, formaban
parte de un vasto e informe esbozo de novela: Remous, de la gue ya he
hablado otras veces, elaborada entre mis dieciocho y mis veintitrés años, y que
contenía en germen buena parte de mis futuras producciones.
Tras el abandono de este ambicioso
proyecto, cuyo resultado hubiera sido una «novela océano», más que una «novela‑río»,
las casualidades de la vida iban a dictarme una obra muy distinta, cuyo mérito
acaso fuera su extrema brevedad: Alexis. Pero unos cuantos años más
tarde, ya metida de lleno, por decirlo así, en la «carrera literaria», se me
ocurrió la idea de recuperar al menos ciertas partes de la obra abandonada. Así
fue como el relato que hoy titulo Ana, soror... se publicó en 1935, en
un libro compuesto por tres novelas cortas: La Mort Conduit l'attelage
(un episodio de uno de los fragmentos conservados me había inspirado este
título). Para darles al menos una apariencia de unidad, escogí llamarlos,
respectivamente: A la manera de Durero, A la manera del Greco y A la
manera de Rembrandt, sin percatarme de que estos títulos, que por mucho que
uno haga huelen a museo, podían interponerse entre el lector y dichos textos, a
menudo torpes, pero espontáneos y casi obsesivos, de antaño.
El título del presente compendio: Como
el agua que fluye, se acerca un poco al de Remous (Remolino), pero
sustituye la imagen de las mareas y resacas del océano por la imagen del río o,
en ocasiones, del torrente, tan pronto fangoso como límpido, que es la vida. A
la manera de Durero, fundido por entero en Opus Nigrum, se halla,
por supuesto, fuera de juego. A la manera de Rembrandt, novelita muy
floja y que no correspondía a tan ilustre patrocinio, se ha escindido en dos
narraciones de las que más adelante hablaremos. En cuanto a Ana, soror...,
el recurso al Greco se explicaba como alusión al hacer convulsivo y trémulo del
gran pintor, mas el escenario, que es Nápoles, y una cierta fogosidad sensual
me harían hoy pensar más bien en Caravaggio, suponiendo que sea necesario
situar este violento relato bajo el patrocinio de algún pintor. El presente
título procede de las dos primeras palabras del epitafio grabado en la tumba de
Miguel por encargo de Ana, y que dicen lo esencial.
Al revés de lo que acaece con los
otros dos relatos que la siguen, Ana, soror... reproduce casí
integramente el texto de 1935, y éste es casi idéntico al relato que escribió
en 1925 una joven de veintidós años. Bastantes correcciones de estilo y una
docena de modificaciones que van más al fondo han sido hechas, sin embargo; con
vistas a la publicación de hoy. Hablaré de algunas de ellas más adelante. Si
insisto en lo que estas páginas poseen de esencialmenle idéntico es porque veo
en ellas, entre otras evidencias que se me ban ido imponiendo poco a poco, una
prueba más de la relatividad del tiempo. Estoy tan de acuerdo con esta
narración como si se me bubiera ocurrido escribirla esta misma mañana.
Se trata de un amor entre hermano y
hermana, es decir, del tipo de transgresión que con mayor frecuencia inspiró a
los poetas interesados por un acto voluntario de incesto (1). Al esforzarme por
establecer un censo de al menos algunos de los escritores occidentales de
cultura cristiana que han tratado sobre este tema, tropiezo en primer lugar con
el extraordinario 'Tis Pity She's a Whore (2) del gran dramaturgo
isabelino John Ford. Esta obra iracunda, en que la bajeza, la atrocidad y la
inepcia humanas sirven de contraste a dos incestuosos de corazón puro, contiene
una de las más bellas escenas de amor de la historia del teatro, aquella en que
Giovanni y Annabella, dispuestos a ceder a su pasión, se arrodillan uno ante el
otro. «You are my brother, Giovanni.
‑And you my sister, Annabella.»
Pasemos seguidamente al fuliginoso Manfred de
Byron. Este drama, harto confuso y cuyo héroe ostenta el nombre de un príncipe
excomulgado en la Alemania de la Edad Media, se sitúa en un vago paisaje
alpino: en efecto, fue en Suiza donde Byron escribió este texto, que encubre y
descubre a la vez su escandalosa aventura con su hermanastra Augusta, que
acababa de cerrarle definitivamente las puertas de Inglaterra. Este romántico
Maldito se hallaba obsesionado por el espectro de su hermana Astarté, cuya
muerte había provocado; mas el autor nos deja ignorar casi todo sobre las
razones de tan oscuro desastre. Cosa curiosa, parece ser que ese nombre de
Astarté, insólito dentro de un escenario medieval y suizo, fue extraído del
relato de Montesquieu: Lettres persanes, Histoire d'Aphéridon et d'Astarté,
patética narración que en un principio parece estar fuera de lugar dentro de
aquel tejido de sátiras pimentadas de eróticas turquerías sazonadas con «rahat‑loukoum»
y sangre. Aphéridon y Astarté, joven pareja parsi, cuya religión autoriza tales
uniones, mueren perseguidos en un ambiente musulmán que aborrece el incesto.
Montesquieu parece ilustrar, con este conmovedor «entremés» ‑como otras veces
lo hace con un tono irónico‑, un antidogmatismo ante opiniones que se aprueban
en unos sitios y se desaprueban en otros, antidogmatismo que, cuida uno a su
manera, habían cultivado o iban a cultivar Montaigne, Pascal y Voltaire. No se
puede hablar de rebelión en el caso de los dos jóvenes parsis, que viven y
mueren en el seno de su propia ley: corresponde al autor hacernos sentir que
inocencia y crimen son unas nociones relativas. En cambio, en Ford, era el
mismo Giovanni quien desafiaba con insolencia las probibiciones que se oponían
al incesto, y en Byron es Manfred el que comete un delito que, por lo demás,
resulta confuso y quien saca un orgullo luciferino del hecho de ser un
transgresor.
Finalmente, un lector francés no
podrá olvidarse de René. Chateaubriand, al escribir esta narración,
pensaba con toda seguridad en su hermana Lucila y escogió como argumento
principal el amor incestuoso de Amelia y su huida al convento. Asimismo Goethe,
en Wilhelm Meister, no deja de utilizar románticamente el tema del incesto.
Más próxima a nosotros, la
hermosísima novela corta de Thomas Mann Sangre reservada pone de relieve
dos temas frecuentes en toda presentación del incesto entre hermanos: uno es el
perfecto acuerdo de dos seres unidos por una especie de derecho de la sangre;
el otro es el atractivo casi vertiginoso que ofrece el quebrantamiento de la costumbre
(3). Un hermano y una hermana israelitas, ambos jóvenes y de una belleza y un
refinamiento exquisitos, nacidos de una opulenta familia judía del Berlín
anterior a 1935, se unen, embriagados por la Opera de Wagner que evoca los
amores incestuosos de Sigmundo y Siglinda. La Siglinda judía es la prometida de
un oficial prusiana y protestante, y las primeras palabras del amante tras la
realización del acto son, cínicamente: «Hemos burlado a ese goy". Placer
de escarnecer de antemano un matrimonio que la familia siente como una
promoción social: orgullo intelectual del transgresor. Otra vez nos
encontramos, en tono de burla, con el Giovanni de Ford que anuncia arrogantemente
al prelado, su tutor, su decisión de cometer un incesto y, más tarde, de
arrancar a su hermana mediante la muerte de los brazos de un marido burlado y
aborrecido (4).
Tras estas obras maestras ya no
recuerdo más que Confidence africaine, de Martin du Gard, obra maestra
también, pero que nos hace pasar de la poesía a la exposición sociológica. La
proximidad nocturna y la necesidad, para poder leer, de compartir una misma
lámpara de mesilla son las que arrojan en brazos uno del otro a este muchacho y
a esta muchacha de Africa del norte, y el tumulto de los sentidos finaliza
cuando la hermana se casa, como estaba concertado, con un librero de la
vecindad, y cuando el hermano, que se marcha al regimiento, encuentra a otras
beldades a quienes cortejar. Más tarde veremos a la antigua amante, atada ya
por la edad, malhumorada y al cuidado de un hijo tuberculoso, producto
miserable de aquel momento de placer. Gide reprochó, con razón, a Martin du
Gard esta conclusión de un fácil convencionalismo: por muy perjudiciales que
sean, a la larga, las uniones consanguíneas demasiado exclusivas y frecuentes,
también puede suceder, cosa que ningún ganadero ignora, que concentren en sus
vástagos las cualidades de la raza; no necesariamente tienen que producir
enfermos o subnormales. Martin du Gard, al respaldar su narración con un final
moralizador, se halla tan lejos de la verdad como Gide, quien adopta, cón un
entusiasmo tal vez excesivo, el punto de vista de la leyenda, que dota de
virtudes prodigiosas al hijo del incesto, como en el caso de Sigfrido, hijo de
aquel Sigmundo y de aquella Siglinda cuya aventura sirvió de modelo a los
amantes de Sangre reservada (5).
Salvo Confidence africaine,
cuya intención tácita parece ser mostrar cuán triviales son unas situaciones
que creemos insólitas y rigurosamente prohibidas, dos temas suelen predominar
en estas presentaciones del incesto: la unión de dos seres excepcionales
emparejados por la sangre, aislados por sus mismas cualidades, y el vértigo del
espíritu y de los sentidos transgrediendo una ley. Encontramos el primer tema
en Ana, soror..., pues los dos muchachos viven en un relativo
aislamiento, que será total tras la muerte de su madre; el segundo se halla
excluido. Ninguna rebelión del espíritu pasa por la mente de ambos bermanos,
imbuidos hasta la médula de la devoción casi estática de la Contrarreforma. Su
amor crece en medio de Pietàs afligidas, de Vírgenes con el corazón
traspasado por siete espadas, de santas que «cantan por boca de sus heridas»,
al fondo de iglesias sombrías y doradas que son para ellos el escenario
familiar de la infancia y un supremo refugio. Su pasión es tan fuerte que no
puede por menos de realizarse; mas a pesar del largo combate interior que
precede a la caída, sentida de inmediato como una indecible felicidad, ningún
remordimiento viene a interponerse entre ellos. Sólo en Miguel adquiere forma
el sentimiento de que tanta dicha sólo es posible a condición de pagar un
precio por ella. Su muerte, casi involuntaria, en una galera del rey
constituirá el tributo que él se fija de antemano, y que le permitirá
experimentar, en la misa del lunes de Pascua, un júbilo desprovisto de
arrepentimiento. Tampoco es el remordimiento, sino el duelo inconsolable, lo
que domina en Ana durante toda su vida. Ya anciana, continuará uniendo sin
perplejidad un amor por Miguel, desprovisto de arrepentimiento, y una gran
confianza en Dios.
El retrato de Valentina es otra
cosa. Esta mujer, empapada de un misticismo quizá más platónico que cristiano,
influye sin saberlo sobre sus tormentosos hijos; a través de su tempestad
consigue que los penetre algo de su paz. Esta serena Valentina representa,
dentro de lo que yo me atrevo a llamar pomposamente mi obra, un primer estado
de la mujer perfecta, tal como a menudo la soñé: a la vez amante y desprendida,
pasiva por cordura y no por debilidad, que más tarde traté de dibujar en la
Mónica de Alexis, en la Plotina de Memorias de Adriano y, vista
con mayor lejanía, en esa dama de Fröso que dispensa al Zenón de Opus Nigrum
ocho días de segura franguilidad. Si se me ocurre enumerarlas aquí es porque se
me ha reprochado en ocasiones olvidarme de la mujer en mis libros, cuando puse
en ellas buena parte de mi ideal humano.
Parece ser (empleo esta fórmula
dubitativa porque pienso que las motivaciones de los personajes deben seguir
siendo en ocasiones inciertas para el mismo autor: sólo a ese precio se obtiene
su libertad) que Valentina, desde un principio, percibe el amor de ambos niños
sin hacer nada por apagarlo, sabiéndolo inextinguible. «Pase lo que pase, no
lleguéis nunca a odiaros.» Su suprema reconvención los pone en guardia contra
el pecarlo mortal de la pasión llevada al límite, que tan fácilmente puede
evolucionar y transformarse en odio, en rencor o, lo que es aún peor, en
indiferencia irritada. La felicidad conseguida y el dolor aceptado los salvan
de este desastre: Miguel escapa a él graciar a su muerte prematura; Ana, por su
larga constancia. La noción social de la prohibido y la noción cristiana de la
culpa se funden en esa llama que dura toda la vida.
Escribí Ana, soror... en unas
cuantas semanas de primavera, en el año 1925, durante una estancia en Nápoles e
inmedialamente después de regresar de allí. Esto explica quizá que la aventura
de ambos hermanos se realice y desarrolle durante la Semana Santa. Nápoles me
atrajo, más que por las antigüedades de los museos o los frescos de la Casa de
los Misterios de Pompeya ‑cuyo recuerdo, sin embargo, llenaría después toda mi
existencia‑, por la pobreza rebosante y viva de sus barrios populares, por la
belleza austera o el esplendor marchito de sus iglesias, algunas de las cuales
fueron gravemente dañadas después, y hasta por completo desiruidas, por los
bombardeos de 1944, como por ejemplo la iglesia de San Juan de Mar, en donde
Ana abre el ataúd de Miguel. Yo había visitado el Fuerte de San Telmo, lugar en
donde sitúo a mis personajes, y la cartuja vecina, en donde imagino a don
Alvaro en sus últimos días. Había pasado por algunos desolados pueblecitos de
la Basilicata, en uno de los cuales be puesto la morada medio señorial, medio
rústica, donde Valentina y sus hijos asisten a la vendimia, y las ruinas que
Miguel percibe en una suerte de sueño son probablemente las de Paestum. Jamás
una invención novelesca fue tan de inmediato inspirada por los lugares en donde
se sitúa.
Con Ana, soror... gocé por
vez primera el supremo privilegio del novelista: el de perderse por entero en
sus personajes o dejarse poseer por ellos. Durante aquellas pocas semanas, y
aunque continuaba haciendo los mismos gestos y asumiendo las relaciones
habituales de la existencia, viví sin cesar dentro de aquellos dos cuerpos y de
aquellas dos almas, pasando de Ana a Miguel y de Miguel a Ana; con la
indiferencia hacia el sexo que es, según creo, la de todo creador en presencia
de sus criaturas (6), y que cierra ignominiosamente la boca a las gentes que se
asombran de que un hombre pueda describir con exactitud las emociones de una
mujer: Julieta, en el caso de Shakespeare; Roxana o Fedra, en el de Racine;
Natacha o Ana Karenina, en el de Tolstoi (por lo demás, tantas veces se repite
este hecho que el público ya ni se sorprende), o, paradoja menos corriente, de
que una mujer pueda crear el personaje de un bombre en toda su verdad viril,
bien sea el Genghi de Murasaki, el Rochester de Jane Eyre o, en el caso de
Selma Lagerlöff, Gösta Berling. Una participación como ésta elimina asimismo
otras diferencias. Yo tenía veintidós años, precisamente la edad de Ana en el
momento de vivir su apasionante aventura, pero me adentraba sin la menor
dificultad en el interior de una Ana ya marchita y envejecida, o en el de don
Alvaro en pleno declive. Mi experiencia sensual era bastante limitada por
aquella época: la de la pasión se hallaba aún a la vuelta de la esquina, sin
embargo, el amor de Ana y de Miguel ardía dentro de mí. El fenómeno es, sin
duda, muy sencillo de explicar: todo ha sido ya vivido y revivido millares de
veces por los seres desaparecidos que llevamos en nuestras fibras, del mismo
modo que en ellas llevamos también a los millares de seres que un día serán. La
única pregunta que sin cesar se nos plantea es el porqué de entre estas
innumerables partículas que flotan dentro de nosotros hay unas que suben a la
superficie y otras no. Como por aquel entontes yo andaba más libre de emociones
y preocupaciones personales, puede que también me hallara más apta que hoy para
disolverme por entero dentro de esos personajes que yo inventaba o creía
inventar.
Por otra parte, aunque yo babía
abandonado desde muy joven toda práctica religiosa, no conservando sino la
huella ‑bien es verdad, muy pronunciada‑ de las ceremonias y la imaginería del
catolicismo, me era fácil asumir el fervor religioso de aquellos dos hijos de
la Contrarreforma. Siendo niña, yo había besado los pies de los cristos de yeso
pintado en las iglesias de pueblo; y poco importaba que no fueran los del
admirable cadáver de arcilla de la iglesia de Monte Oliveto ante el que Ana se
postraba. La escena en que ambos hermanos, a punto de unirse, contemplan desde
el balcón del Fuerte de San Telmo el cielo «resplandeciente de llagas» en la
noche del Viernes Santo, aunque algunos piensen que es sacrílega, muestra hasta
qué punto persistía en mí la emoción cristiana, aun hallándose por aquel
entonces en plena reacción conlra los dogmas y probibiciones cristianos, por
rechazo inevitable de un medio cuyas insuficiencias y fallos había percibido
muy bien.
¿Por gué elegí el tema del incesto?
Empecemos por apartar las hipótesis de los ingenuos que siempre se imaginan que
toda obra nace de una anécdota personal. Ya expliqué en alguna ocasión que las
circunstancías sólo me dieron un hermanastro diecinueve años mayor que yo y
cuya presencia, entre huraña y taciturna, aunque por suerte intermitente, había
constituido aspecto negativo de mi infancia. En la época en que yo estaba
escribiendo Ana, soror... había dejado de ver a ese hermano tan poco
amable desde hacía unos diez años. No obstante, no niego ‑más por pura cortesía
para con los hacedores de hipótesis- que puedan presentarse a la imaginación
del novelista unas situaciones imaginarias que constituyen de alguna manera el
negativo de las situaciones reales: en lo que a mí concierne, sin embargo, el
negativo no hubiera sido un hermano menor incestuoso, sino un hermano mayor
cariñoso.
No obstante, el hecho de que el
hermano de Ana se llame Miguel, y que de generación en generación los
primogénitos de mi familia hayan llevado ese nombre, tiende a probar que yo no
podía imaginarme al héroe de esta historia a no ser con el nombre que las
hermanas de toda mi ascendencia paterna han dado a sus hermanos. Pero puede
asimismo que estas dos sílabas me pareciesen cómodas por su sonoridad española,
pero sin el españolismo a ultranza de nombres como Guzmán, Alonso o Fadrique, y
sin el resabio seductor que siempre va unido al nombre de Juan. No hay que
cimentar demasiadas cosas sobre este tipo de explicaciones.
De que el incesto existe como una
posibilidad omnípresente en la sensibilidad humana, atrayente para unos,
indignante para otros, son buena prueba el mito, la leyenda, el oscuro caminar
de los sueños, las estadísticas de los sociólogos y la sección de sucesos de
los periódicos. Acaso pudiera decirse que se ha convertido, para muchos poetas,
en el símbolo de todas las pasiones sexuales, tanto más violentas cuanto más
contrariadas, más castigadas y más ocultas. En efecto, el hecho de pertenecer a
dos familias enemigas, como en el caso de Romeo y Julieta, ya no es, en
nuestras actuales civilizaciones, un obstáculo insalvable. El trivial adulterio
ha perdido mucho prestigio debido a la facilidad del divorcio. El amor entre
las personas del mismo sexo ha salido en parte de la clandestinidad. Sólo el
incesto sigue siendo inconfesable y casi imposible de probar, aun sospechando
su existencia. El oleaje suele lanzarse con mayor violencia contra los
acantilados más abruptos.
Me interesa hablar con mayor
detenimiento de algunas de las correcciones aportadas al texto, aunque sólo sea
para responder de antemano a los que suponen que paso el tiempo haciendo y
deshaciendo mis obras de manera maniática; y asimismo a un enjuiciamiento
demasiado rápido que haría de Ana, soror... una «obra de juventud»
reeditada tal cual. Las correcciones apartadas en 1935 el texto de 1925 eran
gramaticales, sintácticas o estilísticas. La primera Ana databa aún de
una época en que, al enfrentarnse con un inmenso fresco destinado a permanecer
inacabado, yo escribía rápidamente, sin preocuparme de la composición o estilo,
bebiendo en no sé qué fuente dentro de mí. Sólo más tarde, a partir del Alexis,
me puse a estudiar de modo estricto la narrativa francesa; y más tarde aún,
hacia 1932, me lancé a la búsqueda de técnicas poéticas disimuladas dentro de
la prosa y que a veces la crispaban. El texto de 1935 llevaba la marca de estos
diversos métodos: yo había apretado algunas frases como si de tornillos se tratara,
a riesgo de hacerlas estallar; un torpe esfuerzo de estilización daba cierta
rigidez en algunos pasajes a la actitud de los personajes. Casi todas mis
correcciones de 1980 han consistido en dar una mayor flexibilidad a
determinados párrafos. En el texto anterior, un preámbulo de unas cuantas
páginas nos presentaban, en el Flandes español, a una Ana enlutada de
veinticinco años, casada por orden superior con un francés al servicio de
España. Este pesado preámbulo podía comprenderse en Remous, centrado, si
es que lo estaba en algo, en los Países Bajos españoles. Este pasaje, muy
reducido, se halla situado aquí en su lugar cronológico, antes de la madurez y
vejez de Ana. Las escenas en que aparece la Muchacha‑de‑las‑Víboras, con quien
tropieza Miguel en la soledad de Acropoli, han sido más retocadas y desbrozadas
que las demás; al releerlo con varios años de distanciamiento, este episodio
visiblemente onírico me parecía poseer algo de la afectación que lienen «los Sueños»
en las tragedias antiguas. De las apariciones de la Muchacha‑de‑las‑ Víboras
sólo he conservado aquello que me parecía necesario para subrayar el estado
febril de Miguel. Por otra parte, ciertas breves adiciones muestran el esfuerzo
realizado para alcanzar esa realidad tópica, quiero decir estrechamente unida
al lugar y al tiempo, la única que me parece realmente convincente. Las
violencias y libertinajes de algunos frailes en los conventos de Italia del Sur
no las supe hasta más tarde, cuando traté de encontrar documentos para escribir
Opus Nigrum y estudié algunos casos de rebeldía larvada o a cara
descubierta en unos monasterios, a finales del siglo XVI. Aquí me sirven para
mejor demostrar lo inhóspito del lugar en donde muere Valentina, y en donde los
muchachos empiezan a percatarse con espanto de su amor.
Finalmente debo mencionar dos breves
adiciones, ya que revelan en el autor un deslizamiento en su concepción de la
vida. En el antiguo relato de 1925, publicado diez años más tarde, la crisis de
exaltación de don Miguel, una vez cometido el incesto, ocurría inmediatamente
antes de embarcar sin esperanzas ni intención de retorno. Aquí, por culpa de la
calma que inmoviliza la galera, Miguel vuelve al Fuerte de San Telmo y los
amantes disfrutan de dos días y dos noches más. Añadí esto no para prolongar
unos momentos su trágica felicidad, sino para librar al relato de todo aquello
que pudiera parecer en exceso elaborado, para dejar hasta el final esa
fluctuación que la vida posee. Lo que Miguel y Ana habían sentido como una
separación definitiva no lo es, puesto que se les concede de improviso una
prórroga de dos días más. El trozo de tela que Miguel ata en las contraventanas
de Ana para advertirlo que el viento se ha levantado es el símbolo de esa
fluctuación. Los primeros y solemnes adioses no habían sido sino una añagaza,
de modo que los segundos también podían serlo.
Asimismo el relato de los largos
años que Ana pasa al lado de un marido al que ella no eligió, y su posterior
luto de viuda que encubre su auténtico duelo, ha sido ligeramente modificado.
He querido mostrar a dos esposos que no se aman, pero que tampoco tienen
razones para odiarse, unidos pese a todo por las preocupaciones cotidianas de
la vida y, hasta cierto punto, por sus relaciones carnales, sea porque una
amante fiel y orgullosa se pliegue a ellos avergonzada o porque sus sentidos
puedan más y le proporcionen el breve o ilusorio placer de ballar, por espacio
de un segundo, una sensación amada (y lo uno no excluye lo otro). También he
añadido que Ana, ya viuda, durante un viaje, se deja poseer una noche por un
hombre casi desconocido al que muy pronto olvida; pero ese corto y casi pasivo
episodio carnal no hace sino subrayar, a mi entender, la inalterable fidelidad
de su corazón. El incidente sirve para recordarnos lo extraña que es toda
existencia, en la que todo fluye como el agua que corre, pero en la que
únicamente los hechos importantes, en vez de depositarse en el fondo, emergen a
la superficie y alcanzan con nosotros la mar.
Taroudant, Marruecos, 5‑11 marzo de
1981.
Un hombre oscuro
La segunda narración del presente
volumen: Un hombre oscuro, largo relato o novela corta, y Una hermosa
mañana, fantasía de unas cuantas páginas, escinden en dos la pálida
narración A la manera de Rembrandt de 1935, que unos años atrás, en su
forma inédita, se había titulado Nathanael. Leído y releído repetidas
veces en 1979, aquel texto desvaído, una de mis primeras obras ‑ya gue fue
escrito cuando yo tenía veinte años‑ y que apenas había sido retocado después,
resultó enteramente inutilizable. De él no subsiste ni una sola línea, pero, no
obstante, contenía dentro de sí unas simientes que acabaron por germinar con el
distanciamiento de muchas estaciones.
La idea del personaje de Nathanael
es poco más o menos contemporánea de la de Zenón; muy pronto, y con una
precocidad que a mí misma me sorprende, había soñado con dos hombres, que se
perfilaban vagamente sobre el fondo de los antiguos Países Bajos: uno de ellos,
lanzado ávidamente en busca del conocimiento, ansioso de todo aquello que la
vida pudiera enseñarle, ya que no darle, traspasado por todas las culturas y
todas las filosofías de su tiempo y rechazándolas para crearse con gran trabajo
las suyas propias; el otra, que, en cierto modo, «se deja vivir», a la vez
sufrido e indolente basta la pasividad, casi inculto, pero provisto de un alma
límpida y de un espíritu equitativo que lo aparta instintivamente de lo falso y
de lo inútil, y que muere joven, sin quejarse ni asombrarse mucho de nada,
igual que vivió.
Desde que empecé la novela, cuando
tenía veinte años, hice de Nathanael el hijo de un carpintero, un poco por
aludir al que se proclamaba El Hijo del Hombre. Esta idea ya casi no se
encuentra en Un hombre oscuro, o sólo de manera harto difusa, y en el
sentido casi convencional de que todo hombre es un Cristo. Desde un principio
situé a Nathanael en Holanda, país del que conocí muy pronto algunas regiones,
y en la Holanda del siglo XVII, que todos conocemos a través de sus pintores.
No obstante, había en el relato de antaño algo vago y falso, por unas razones
muy sencillas; yo había elegido hacer de Natbanael un obrero, sin saber nada
acerca de la vida de los obreros de mi época, ni aún menos de los del pasado.
Ignoraba casi todo de la miseria existente en las ciudades; era demasiado
inexperta en presencia de los grandes compromisos y de las pequeñas derrotas
cotidianas de toda existencia. Igual que ocurre en el relato que acabamos de
leer, yo suponía ya que Nathanael padecía una enfermedad pulmonar, y que encontraba
un trabajo sedentario en una imprenta de Amsterdam, pero no me había preocupado
de buscar de donde salían los conocimientos necesarios para desempeñar ese
empleo de corrector de pruebas. También lo casaba con una judía de un café
cantante, pero aquel retrato de prostituta trazado por una muchacha joven que
aún no conocía bien a las mujeres era, todo lo más, un perfil desdibujado: el
elemento único que distingue a cada criatura, y que el amor delata de inmediato
a unos ojos enamorados, le faltaba. Finalmente, tras un largo y triste paseo
por las calles de Amsterdam, Nathanael, agotado, moría en el hospital de una
cómoda pleuresía, sin que se notaran suficientemente las congojas y la
disolución del cuerpo. Todo aquello era gris sobre gris, como suele ser la vida
cuando se la ve desde fuera, pero nunca cuando es vista desde dentro.
Y, sin embargo, aquel personaje
continuaba habitándome en un rincón de penumbra. En 1957, estando yo en la «Ile
des Monts Déserts» (prefiero utilizar este nombre que Champlain escribió en el
mapa, antes que la denominación más reciente de Mount‑Desert Island), acepté,
como solía hacerlo por entonces, el ofrecimiento de una breve gira de
conferencias, medio fácil de deducir de los impuestos una parte de los gastos
de un viaje. La gira me conduciría a tres ciudades del Canadá: Québec, Montreal
y Ottawa, y mi público sería el de las universidades y clubs franceses. Por
aquel entonces lo más fácil para mí era tomar ‑en una estación bastante alejada
del Maine- el único tren Nueva York‑Montreal que seguía aceptando pasajeros.
Era ya la época en que los trenes iban a reunirse con los dinosaurios en los
cuartos trasteros del tiempo, a la espera de que los automúviles, un día u
otro, acaben a su vez por reunirse con ellos. Ya sólo conservaban las vías
férreas del Maine para convoys de troncos de árboles destinados a convertirse
en pasta de papel. Aquel tren, provisto de un solo vagón Pullman, se detenía en
la estación a las dos de la madrugada: todavía sigue haciéndolo así.
Hacia las diez de la noche, el
último autobús me llevó, acompañada por Grace Frick, ante una estación desierta
y cerrada: la sala de espera no abría sus puertas hasta la una y cuarenta y
cinco. Nos refugiamos en la única posada que había en el lugar. Aquel sitio,
una especie de baile populachero, era ruidoso y estaba lleno de humo. Mientras
que Grace se conformaba con una mesa y un libro, leído a la luz de una bombilla
que apenas daba luz, yo pedí por unas horas una habitación y una cama. Me las
dieron y se hallaban en el primer piso. Estrecho y vacío, cubiertas las paredes
con un papel de colores chillones, el cuartito ‑quitando la cama‑ no contenía
más que una silla, y seguramente lo ocupaban los viajantes que se perdían por
aquellos páramos cuando tuvieran una razón para ello.
El frío y las neuralgias me
impidieron dormir, pero durante dos horas sucedió algo extraordinario: vi
desfilar ante mis ojos ‑surgidos de la nada, veloces y, no obstante, apretados
como las imágenes de una película‑ los episodios de la vida de Nathanael, en
quien desde hacía veinte años no había vuelto a pensar para nada.
Exagero tal vez, y se impone una
excepción: dos o tres años atrás, yo había leído una biografía de Samuel Pepys,
ese inglés enamorado de música de cámara, de vida doméstica y bien regulada, y
de escapadas libertinas, que fue no sólo el inteligente cronista de Londres en
el siglo XVII ‑lo que se sabía desde hace mucho‑, sino también un precursor en
materia de una total franqueza erótica ‑como se sabe, desde que parte de su
diario salió de la clandestinidad- y asimismo, en sus días laborables, un
eficaz lord del Almirantazgo. Me enteré de este modo que unos carpinteros
holandeses trabajaron en sus tiempos para los arsenales británicos. Este hecho
me había recordado a mi joven obrero de Amsterdam y me dije que un comienzo
como aquel convendría muy bien a su vida. Aquellas reflexiones ¿habían
depositado en mí calladamente un humus de imágenes o empujado hacia mí restos
de aventuras? El hecho es que durante dos horas, al reflejo de una bombilla
sobre la pared de mi cuarto, vi desfilar ante mis ojos a un Nathanael de
dieciséis años a quien aún no conocía. Cojeaba, era aprendiz en casa de un
maestro de escuela, pues los andamios y el trabajo en dique seco no le
convenían. Obligado a huir tras una reyerta, se escondía en la bodega de una
goleta que partía en dirección a las islas; yo seguía sus vagabundeos desde
Jamaica a las Barbadas y de allí, virando hacia el Norte, a bordo de un
corsario británico que patrullaba por las costas del Maine, abierta a los
apetitos europeos desde hacía poco tiempo, lo imaginaba tomando parte en un
episodio auténtico, que es la única parte «histórica» de mi relato: el ataque
del filibustero inglés a un grupo de jesuitas franceses que acababan de
desembarcar en la Isla de los Montes Desiertos, que por entonces merecía este
nombre. La refriega ocurrió en 162l; mi novela, voluntariamente vaga en cuanto
a fechas (a Nathanael no le importa la cronología), la atrasa unos cuantos
años. Un poco más tarde y un poco más lejos lo veía yo llegar a la Isla
Perdida, que podrá situarse como uno quiera, sin demasiada precisión, en el
extremo Norte del Maine o en la actual frontera canadiense, entre Greet Wass
Island y Campobello; después, Natbanael regresaba a Europa ‑aún no sabía yo muy
bien cómo‑ y, gracias a los pocos conocimientos adquiridos antaño en casa del
maestro de escuela, encontraba un empleo de corrector de pruebas en casa de un
tío suyo avaricioso, librero en Amsterdam, que ya figuraba en el ensayo de
antaño.
Seguía casándose con una joven judía
llamada Sarai, pero ésta era ahora ladrona además de prostituta. El paseo
tristísimo bajo la nieve acaecía también, pero Nathanael no moría en seguida.
Una vez dejaba el hospital, se convertía en lacayo y se codeaba con el mundo de
la riqueza, de la elegancia y del arte, enjuiciándolos como un hombre que ha
conocido el envés de las cosas. Parece ser que después moría en una isla de la
costa africana, todavía no sabía yo muy bien cuál iba a ser, ni en qué
circunstancias ocurriría esa muerte. En aquel momento vinieron a decirme que el
tren llegaría en seguida.
La gira de conferencias, buenas,
mediocres o malas, además de una grave indisposición que me retuvo casi tres
semanas en Montreal, otros trabajos y, finalmente, una serie de años difíciles,
me obligaron a renunciar por completo a tomar nota de mis visiones de una noche
en un pueblo aislado del Maine. Me dije ‑como ya me he dicho otras veces en
casos análogos‑ que si algo en ellas tenía importancia, reaparecerían después.
Escribí Opus Nigrum, Recordatorios, Archivos del Norte, unos cuantos
ensayos y unas cuantas traducciones, pero Nathanael quedó en la sombra. Salió
de ella en 1980, después de veintidós años.
El presente texto de Un hombre
oscuro data todo él de los años 1979‑1981, tan llenos para mí de
acontecimientos, cambios y viajes. A las imágenes que yo había visto desfilar
veintidós años antes vinieron a añadirse otras, nacidas de las mismas. Para
todo libro que ha llegado al punto en que ya no falta sino escribirlo, siempre
se produce esta proliferación. Nuevos personajes hallados por casualidad al
volver de un episodio, escenas ocultas tras otras escenas como otros tantos
decorados móviles: la pequeña Foy, sus ancianos padres y su hermanito anormal,
Mevrouw Loubah y su casa un tanto turbia, un tanto sospechosa; el helenista
disipado y sin un cuarto; la sirvienta con cara de Parca del burgomaestre Van
Herzog que, por caminos indirectos, llevará a Nathanael hasta la isla en donde
acabará sus días; los habitantes de la cocina y de los lujosos salones; la
historia del perro salvado de los dientes del tigre, que encontré al compulsar
unas notas sobre antiguos anuncios del siglo XVIII; el ruido sórdo de las olas
que hacen y deshacen las dunas, los millares de rumores de alas, que he ido
recientemente a escuchar de nuevo en una isla de la Frisa; el rincón de la
landa resguardado del vienfo en donde me tendí debajo de unos madroños,
buscando el lugar donde Nathanael podría morir más cómodamente. Toda obra
literaria se compone así de una parte de imaginación, de recuerdos y de hechos,
de nociones e informaciones recibidas durante la vida mediante la palabra y los
libros, y de las raspaduras de nuestra propia existencia.
La principal dificultad de Un
hombre oscuro era mostrar a un individuo casi inculto, que formulaba
calladamente su pensamiento sobre el mundo que le rodea y en ocasiones, aunque
muy pocas veces, con lagunas y vacilaciones que corresponden a los balbuceos de
un tartamudo que se esfuerza por comunicar a otros al menos una parcela del
mismo. Nathanael es un hombre que piensa casi sin ayuda de las palabras. Es
decir, que casi carece de ese vocabulario a la vez usual y usado, borroso como
esas monedas que se han utilizado durante mucho tiempo, con ayuda del cual
intercambiamos lo que suponemos ser ideas: lo que nos parece creer y pensar. Y
además era preciso, para escribir esta narración, que dicha meditación fuera
transcrita sin rodeos. No ignoro haber hecho trampa al dar a Nathanael su
escasa cultura, recibida de un magister de pueblo, proporcionándole así no sólo
la posibilidad de ocupar un puesto mal pagado en casa de su tío Elie Adriansen,
sino también la de relacionar entre sí ciertas ideas y ciertos conceptos: las
briznas de latín, de geografía y de historia antigua le sirven como a pesar
suyo de salvavidas en ese mundo de flujo y reflujo que es el suyo; no es ni tan
ignorante, ni tan desprovisto como yo lo hubiera querido. No obstante, su
pensamiento sigue siendo independiente como puede de toda opinión inculcada, es
un autodidacta, no simple, sino ligero de equipaje, desconfiando
instintivamente de lo que, a la desnudez de las cosas añaden los libros que
hojea, las músicas que oye y las pinturas en que sus ojos se posan, indiferente
a los grandes acontecimientos que vienen en las gacetas, sin prejuicios en
cuanto a la vida de los sentidos, pero sin la excitación ni obsesiones
ficticias que son el resultado de una coacción y de un erotismo adquirido;
tomando la ciencia y la filosofía por lo que son y, sobre todo, por lo que son
los sabios y los filósofos con quienes tropieza; y mirando al mundo con una
mirada tanto más clara cuanto que es incapaz de orgullo. No hay nada más que
decir sobre Nathanael.
Una hermosa mañana
Una hermosa mañana tiene por
punto de partida el episodio final del antiguo Nathanael. Yo había
gratificado a mi personaje con un hijo, legítimo o putativo, que le habría dado
Sarai; el niño, criado por su madre en las callejuelas de la judería, se
marchaba ‑cerca ya de los trece años‑ con una compañía de actores ingleses que
estaban haciendo una gira como por aquella época solían hacer por las moradas
principescas de Alemania o de los países escandinavos, cuyos dueños habían
frecuentado la corte de Whitehall o se habían casado con princesas ávidas por
conocer las últimas novedades de Londres. La compañía tenía que sustituir de
improviso a la primera actriz, quien, como se sabe, era siempre un adolescente
o un niño disfrazarlo de mujer.
Yo no me había preocupado, en el
esbozo escrito a mis veinte años, de preguntarme cómo un niño criado en las
calles de Amsterdam podría saber suficiente inglés para presentarse en una obra
de Ford o de Shakespeare: creo que la reconvención que de ello me hizo alguien,
junto con mi deseo de ampliar mi plan, motivó en la reciente redacción de Un
hombre oscuro, de una parte, el relato de los primeros años de Nathanael en
Greenwich y, de otra, las alusiones a los éxitos de Sarai en los burdeles de
Londres; el escenario holandés tuvo desde entonces un fondo inglés. El
personaje del viejo actor londinense que se aloja en casa de Mevrouw Loubah y
da al niño algunas lecciones de elocución tampoco figuraba en el texto
anterior.
Se han omitido asimismo otros
detalles, o cambiado, o añadido, de suerte que ni una sola línea permanece del
anterior esbozo, ni de las pocas páginas revisadas referentes al niño en la
versión de 1935. Lo esencial, en la narración de hoy, es que el pequeño Lazare,
que se encuentra muy a gusto en algunos dramas isabelinos o jacobitas pasados
de moda, que conoce por los viejos folletos del anciano actor, viva de antemano
no sólo su vida, sino muchas vidas: a un mismo tiempo muchacha y galán, joven y
viejo, niño asesinado y bruto asesino, rey y mendigo, príncipe vestido de negro
y bufón abigarrado del príncipe. Todo lo que vale la pena ser vivido lo es ya
en el momento en que el niño escapa, una mañana lluviosa, junto con los demás
actores vestidos como él con sus oropeles de teatro, bajo la lona de una
carreta que los conduce a los jardines del señor de Bréderode para representar Como
gustéis. Lo mismo que en el antiguo relato, el actor encargado del papel de
la Muerte en un refrito de farsa medieval, es el que lleva las riendas, ya que
la sábana blanca que lo envuelve no tiene nada que temer de un aguacero. Este
detalle, que tomé de un episodio análogo de Cervantes, justificaba el título de
la obra escrita en 1935: La muerte lleva la carreta. Cargado del
simbolismo que uno no puede por menos de ver en él, me ha parecido hoy
demasiado simplista para servir de título. La muerte lleva la carreta, pero la
vida también.
Cintra, 2 de marzo‑5 de marzo de
1981.
Notas de las advertencias a Ana,
soror...
(1) El incesto entre padre e hija o madre e hijo se presenta pocas veces
como voluntario, al menos por ambas partes. Enteramente inconsciente en Edipo
rey, sólo es consciente en uno de los dos componentes de la pareja en la
historia de Mirra, narrada por Ovidio, en que la muchacha se entrega bajo un
disfraz. Parece ser que la noción de abuso de autoridad, de coerción física o
moral tiene mucho que ver con la incomodidad que despierta este aspecto del
tema.
(2) Literalmente: ¡Lástima que sea una puta! Pero hay que tener
cuidado: la palabra «puta» en el siglo XVI no significaba exclusivamente
prostituta, sino que se le aplicaba a cualquier mujer acusada de transgresión
carnal. ¡Lástima que sea una pecadora! sería quizá una traducción más
exacta, pero no tendría el acento popular que se requiete. Maeterlink, al
traducir este drama, se contentó con ponerle el nombre de uno de sus
personajes: Annabella.
(3) Si juzgamos la importancia que para un escritor tiene determinado tema
por la frecuencia de su repetición, podríamos hablar, tanto en Byron como en
Mann, de una obsesión por el incesto. Del primero, La novia de Abydos es
una obra descolorida, en donde todo se arregla al descubrir un error en el
grado de parentesco; Caín, que trata de la unión de los hijos e hijas de
Adán, contiene alusiones más fuertes a ese mismo tema. En cuanto a Mann, una
novela escrita cuando ya era viejo, El elegido, contiene una de las
escenas más atrevidas de incesto fraterno (el erotismo permanece disimulado
para el lector alemán, ya que los amantes se expresan en francés antiguo) y se
complica con la introducción de una unión edípica con la madre. Pueden hallarse
otras numerosas alusiones a este en Mann. Finalmente, sería preciso analizar, a
propósito del mismo tema, una extraordinaria novela anónima que se publicó en
Inglaterra en 1957: Madame Solario. Ha sido muy leída, pero nunca
estudiada con detalle. Aunque la extremada complejidad de los temas
psicológicos que se entrecruzan en este relato hace difícil aislar en él el
tema del incesto.
(4) Si el drama de Ford fue escrito, como la fecha de su representación nos
hace suponer, hacia 1627, puede uno preguntarse si no fue inspirado en parte
por un caso célebre que hubo en Francia: la ejecución de un hermano y una
hermana incestuosos: Julien y Marguerite de Ravalet, en 1603, trágica historia
tratada de manera novelesca por uno o varios de los opúsculos que por entonces
estaban de moda. La obra de Ford se sitúa, según la usanza, en una Italia
teatral, mas el matrimonio forzado con un hombre de edad madura, burlado y
aborrecido, la rabia del celoso que pega a su mujer y la arrastra por los
cabellos para que confiese el nombre de su cómplice, la presencia de un piadoso
eclesiástico que es tutor, y en el contexto francés, tío del joven, son universales.
Los dramaturgos isabelinos pocas veces inventan los temas de sus novelas y los
toman, o bien de las novelle italianas, o bien de los sucesos de su
tiempo. Sería conmovedor que Tis pity, She's a Whore, así como el Bussy
d'Amboise de Chapman, se basaran en un auténtico suceso acaecido en
Francia.
(5) Véase, para este debate, la Correspondance
d'André Gide et de Roger Martin du Gard, vol. I (1913‑1934), cartas 316 a
318, 322, 327 a 331, 341 ‑y Anexo a la carta 329- del 31 de enero al 14 de
julio de 1931 (Gallimard, 1968).
(6) Podríamos recordar aquí la
confidencia que hizo Flaubert en una carta a Louise Colet, cuando estaba
escribiendo Madame Bovary: «Hoy, por ejemplo, sintiéndome al mismo
tiempo hombre y mujer, amante y amiga a la vez, me he paseado a caballo por el
bosque, en una tarde de otoño, bajo las amarillentas hojas, y yo era los
caballos, y las hojas, y el viento, y las palabras que ambos se decían, y el
rojo sol que les hacía cerrar los ojos anegados de amor» (Correspondance de
Gustave Flaubert, carta a Louise Colet del 23 de diciembre de 1853, vol. II
Pléiade, p. 483, Gallimard, 1980).
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