© Libro No. 349. El
método histórico. Lafargue, Paul. Colección Emancipación Obrera. Octubre 27 de 2012.
Título original: © El método histórico. P. Lafargue
Versión Original: © El método histórico. P. Lafargue.
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Lafargue Paul
- El Metodo Historico
Paul Lafargue (Santiago de Cuba, 15 de enero de 1842 -
Draveil, 26 de noviembre de 1911) fue un periodista, médico, teórico político y
revolucionario francés. Aunque en un principio su actividad política se orientó
a partir de la obra de Proudhon, el contacto con Karl Marx (del que llegó a ser
yerno al casarse con su segunda hija, Laura) acabó siendo determinante. Su obra
más conocida es El Derecho a la Pereza. Nacido en Santiago de Cuba en una
familia franco-caribeña, Lafargue pasó la mayor parte de su vida en Francia,
aunque también pasó periodos ocasionales en Inglaterra y España. A la edad de
69 años, Laura y Lafargue se suicidaron juntos, llevando a cabo lo que desde
hacía tiempo tenían planeado.
El padre de Lafargue era un acomodado propietario de
plantaciones de café en Cuba y, por ello, Paul pudo comenzar sus estudios en
Santiago de Cuba y proseguirlos en Francia. En 1851 la familia Lafargue se mudó
a Burdeos y Paul estudió en el Liceo de Toulouse. Posteriormente estudió
Medicina en París.
Es en París donde Lafargue comenzó su carrera política e
intelectual, adhiriéndose a la filosofía positivista y entrando en contacto con
los grupos republicanos que se oponían a Napoleón III. Parece que la obra de
Proudhon le influyó particularmente en esta fase de su vida y fue como
anarquista proudhoniano como Lafargue ingresó en la sección francesa de la
`Asociación Internacional de Trabajadores` (la AIT, más conocida como Primera
Internacional). Sin embargo, pronto entró en contacto con dos de las personalidades
más prominentes del pensamiento revolucionario, Karl Marx y Luis Augusto
Blanqui, cuya influencia eclipsó completamente las tendencias anarquistas que
hasta entonces había mostrado Lafargue.
En 1865, tras participar en el Congreso Internacional de
Estudiantes en Lieja, las universidades francesas prohibieron que Lafargue
pudiera tener ninguna relación con las mismas, por lo que tuvo que marcharse a
Londres para empezar allí de nuevo su carrera. En Londres se convirtió en un
asiduo de la casa de Marx, donde conocería a su hija Laura con la que acabaría
contrayendo matrimonio en 1868.
Tras el episodio revolucionario de la Comuna de París de
1871, la represión política obligó a Lafargue a emigrar a España. Allí se
estableció en Madrid, donde contactó con algunos miembros locales de la
Internacional, sobre los que su influencia acabaría siendo muy importante.
Fue un activo militante en la Comuna de París, y fue
miembro-fundador de sus secciones francesas, españolas y portuguesas. Lafargue
fue también dirigente de la II Internacional. Fue uno de los fundadores del
Partido Obrero francés en 1879. Uno de sus libros más célebres es `El derecho a
la pereza`, escrito hacia 1880. Fue uno de los textos más difundidos de la
literatura socialista mundial, probablemente sólo superado por el `Manifiesto
del Partido Comunista` de Karl Marx y Friedrich Engels.
http://www.libroos.es/libros-de-sociales/historia/21203-lafargue-paul-el-metodo-historico-pdf.html
P. Lafargue
El
Método Histórico
P. Lafargue
El
Método Histórico
Digitalización: Aritz
Esta Edición: Marxists Internet Archive, año 2001
CONTENIDO
I. LAS CRITICAS SOCIALISTAS
II. FILOSOFIAS DEISTA E IDEALISTA DE LA HISTORIA
III. LEYES HISTÓRICAS DE VICO
IV. EL MEDIO NATURAL Y EL MEDIO ARTIFICIAL O SOCIAL
NOTAS
I. LAS CRITICAS SOCIALISTAS
Marx, después de cerca de medio siglo, ha propuesto
un nuevo método de interpretación de la historia, que él y Engels han aplicado
en sus estudios. Se concibe que los historiadores, los sociólogos y los
filósofos, temblando ante la posibilidad de que el pensador comunista les
corrompa su inocencia y les haga perder los favores de la burguesía, lo
ignoren. Pero es extraño que algunos socialistas duden servirse de él, por
temor, posiblemente, de llegar a conclusiones que molesten las nociones
burguesas, por lo cual quedan prisioneros de su ignorancia. En lugar de
experimentarlo, para juzgarlo después de haberlo usado, prefieren discutir
sobre el valor del método en sí y le descubren innumerables defectos: el método
histórico desconoce -dicen- el ideal y su acción; animaliza las verdades y
principio eternos; no tiene en cuenta al individuo y su papel; conduce a un
fatalismo económico que dispensa al hombre de todo esfuerzo, etc... ¿Qué
pensarían estos camaradas de un carpintero que en lugar de trabajar con los martillos,
sierras y cepillos puestos a su disposición, les buscara fallas minuciosamente?
Como no existe herramienta prefecta, tendrían mucho que desacreditar. La
crítica deja de ser fútil para convertirse en fecunda, sólo cuando viene
después de la experiencia, la que mejor que los más sutiles razonamientos, hace
sentir las imperfecciones y enseña a corregirlas. El hombre se ha servido
primeramente del grosero martillo de piedra y el uso le ha enseñado a
transformarlo en más de una centena de tipos, diferentes por la materia prima,
el peso y la forma.
Leucipo y su discípulo Demócrito, cinco siglos
antes de Jesucristo, introdujeron la concepción del átomo para comprender la
constitución del espíritu y la materia, y durante más de dos mil años los
filósofos, en lugar de pensar en recurrir a la experiencia para probar la
hipótesis atómica, discutieron sobre el átomo en sí, sobre lo pleno de
la materia, indefinidamente continua, sobre el vacío y lo discontinuo,
etc., y no es sino al fin del siglo XVIII cuando Dalton utilizó la concepción
de Demócrito para explicar las combinaciones químicas. El átomo, con el cual
los filósofos no habían sabido qué hacer, se convirtió en manos de los químicos
"en una de las más potentes herramientas de investigación que la razón
humana haya creado". Pero he aquí que después del uso, este maravilloso
útil es hallado imperfecto y que la radiactividad de la materia obliga a los
físicos a pulverizar al átomo, esta partícula última, indivisible e
impenetrable de la materia, en partículas ultraúltimas, de la misma naturaleza
en todos los átomos y portadores de electricidad: los electrones
("atomuscules") mil veces más pequeños que el átomo de hidrógeno, el
más pequeño de los átomos, que gira con una velocidad extraordinaria alrededor
de un núcleo central, como lo hacen los planetas y la Tierra en torno del Sol.
El átomo sería un minúsculo sistema solar y los elementos de los cuerpos que
nosotros conocemos no se diferenciarían sino por el número y los movimientos
giratorios de sus electrones. Los recientes descubrimientos de la radiactividad,
que trastornan las leyes fundamentales de la física matemática, arruinan la
base atómica del edificio químico.
No se puede citar un ejemplo más evidente de la
esterilidad de las discusiones verbales y de la fecundidad de la experiencia.
Sólo la acción es fecunda en el mundo material e intelectual. En el
principio fue la acción.
El determinismo económico es una nueva herramienta
puesta por Marx a disposición de los socialistas para establecer un poco de
orden en el desorden de los hechos históricos, que los historiadores y los
filósofos han sido incapaces de clasificar y de explicar. Sus prejuicios de
clase y su estrechez de espíritu dan a los socialistas el monopolio de esta
herramienta, pero éstos, antes de manejarla, quieren convencerse de que ella es
absolutamente perfecta y que puede convertirse en la llave de todos los problemas
de la historia; de esta manera pueden, mientras les dure la existencia,
continuar discurriendo y escribiendo artículos y volúmenes sobre el
materialismo histórico, sin avanzar en una idea para resolver el problema.
Los hombres de ciencia no son tan timoratos; ellos
piensan "que desde el punto de vista práctico, es de importancia
secundaria que las teorías y las hipótesis sean correctas, siempre que nos
conduzcan a resultados que están de acuerdo con los hechos"[1]. La verdad, después de todo, es que a
menudo el error es el camino más corto para llegar a un descubrimiento.
Cristóbal Colón, partiendo del error de cálculo cometido por Ptolomeo, sobre la
circunferencia de la Tierra, descubrió América, cuando él pensaba llegar a las
Indias Orientales. Darwin reconocía que la primera idea de su teoría de la
selección natural le fue sugerida por la falsa ley de Malthus sobre la
población, que aceptó a ojos cerrados. Los físicos pueden hoy apercibirse que
la hipótesis de Demócrito es insuficiente para comprender los fenómenos
recientemente estudiados, lo que no significa que no ha servido para edificar
la química moderna.
Marx -éste es un hecho que se recalca poco- no ha
presentado su método de interpretación histórica en un cuerpo de doctrina con
axiomas, teoremas, corolarios y lemas; el método no es para él sino un
instrumento de investigación; lo formula en un estilo lapidario y lo pone a
prueba: No se lo pueden criticar, pues, sino poniendo en duda los resultados
que tiene en sus manos: refutando, por ejemplo, su teoría de la lucha de
clases. De ello se cuidan. Los historiadores y los filósofos lo tienen como
obra impura del demonio, precisamente porque él ha conducido a Marx al
descubrimiento de este potente motor de la historia.
II. FILOSOFIAS DEISTA E IDEALISTA DE
LA HISTORIA
La historia es un caos tal de hechos, sustraídos al
control del hombre, progresivos y regresivos, que chocan y entrechocan,
aparecen y desaparecen sin razón aparente, que uno está tentado de pensar que
es imposible ligarlos y clasificarlos, hasta llegar a descubrir las causas de
evolución y revolución.
El fracaso de las sistematizaciones históricas ha
provocado en el espíritu de hombres tales como Helmholtz, la duda sobre
"si es posible formular una ley histórica que la realidad
confirmaría"[2]. Esta duda se ha hecho tan general, que
los intelectuales ya no se aventuran a construir, así como los filósofos de la
primera mitad del siglo XIX, planes de historia universal; es un hecho, por
otra parte, la incredulidad de los economistas sobre la posibilidad de
controlar las fuerzas económicas. ¿Es necesario deducir de las dificultades del
problema histórico y de los fracasos de las tentativas para resolverlo, que su
solución está fuera del alcance del espíritu humano? Los fenómenos sociales
instituirían, pues, una excepción, y serían los únicos que no podrían ser
encadenados lógicamente a causas determinantes.
El sentido común no ha admitido jamás una tal
imposibilidad; por el contrario, los hombres han creído en todas la épocas que
lo que les sucedía de dichoso o de desdichado formaba parte de un plan
preconcebido por un ser superior. El hombre propone y Dios dispone es un
axioma histórico de la sabiduría popular, que encierra tanta verdad como los
axiomas de la geometría, a condición, no obstante, de interpretar la
significación de la palabra Dios.
Todos los pueblos han pensado que un Dios dirigía
su historia. Las ciudades de la Antigüedad poseían, cada una, una divinidad
municipal o poliada, como decían los griegos, que velaba sobre sus
destinos y habitaba el templo que se les había consagrado. El Jehová del
Antiguo Testamento era una divinidad de esta clase, vivía en un cofre de
madera, llamado Arca Santa, que era transportado cuando las tribus de Israel
cambiaban de lugar, y que se colocaba a la cabeza del ejército para que
combatiera por su pueblo. Tomaba, dice la Biblia, tan a pecho sus querellas,
que exterminaba entre sus enemigos a hombres, mujeres, niños y bestias. Los
romanos, durante la segunda guerra púnica, creyeron conveniente, para combatir
a Aníbal, duplicar su divinidad poliada con la de Pesinonte, que era Cibeles,
la Madre de los Dioses; hicieron traer de Asia Menor su estatua, que era una
grande e informe piedra, e introdujeron en Roma su culto orgiástico. Como los
romanos eran tan astutos políticos como supersticiosos, se apoderaban de la
divinidad poliada de las ciudades que conquistaban, enviando su estatua al
Capitolio, pensando que, dejando de habitar junto al pueblo vencido, cesaría de
protegerlo.
Los cristianos no tenían otra idea de la divinidad
cuando, para combatir a los dioses paganos, destruían sus estatuas e
incendiaban sus templos y cuando encargaban a Jesús y a su Padre Eterno
combatir a los demonios que suscitaban las herejías y a Alá, quien oponía la
media luna a la cruz[3]. Las ciudades de la Edad Media se
colocaban bajo la protección de divinidades poliadas; Santa Genoveva era la de
París. La República de Venecia, para poseer abundantes divinidades protectoras,
hizo traer de Alejandría el esqueleto de San Marcos y robó a Montpellier el de
San Roque. Las naciones civilizadas no han renegado aún de la creencia pagana;
cada una monopoliza para su uso propio el Dios único y universal de los
cristianos, haciéndolo su divinidad poliada, de manera que hay tantos dioses
únicos y universales como naciones cristianas, las cuales se destruyen entre sí
cuando se declaran la guerra: cada una ruega a su Dios único y universal que
extermine a su rival y cantan los Te Deum, si vencen, convencidos de no
deber su triunfo sino a su todopoderosa intervención. La creencia en la
ingerencia de Dios en las disputas humanas no es simulada por los hombres de
Estado para agradar a la superstición grosera de las masas ignorantes; ellos
participan de esas creencias: las cartas íntimas, publicadas recientemente, que
Bismarck escribía a su mujer durante la guerra de 1870-71 le muestran creyendo
que Dios pasaba su tiempo ocupándose de él, de su hijo y de los ejércitos
prusianos.
Los filósofos que han tomado a Dios por guía
director de la historia participan de esta superstición, se imaginan que este
Dios, creador del universo y de la humanidad, no puede interesarse de otra cosa
que de su patria, su religión y su política. El Discurso sobre la Historia
Universal, de Bossuet, es una de las muestras más características del
género; los pueblos paganos se exterminan para preparar la venida de su
religión, el cristianismo, y las naciones cristianas se matan entre ellas para
asegurar la grandeza de Francia, su patria, y la gloria de Luis XIV, su amo. El
movimiento histórico, guiado por Dios, dirigía al Rey Sol; cuando él se
extinguió, las tinieblas invadieron al mundo, y la Revolución, que José de
Maistre llama "la obra de Satanás", estalla.
Satanás triunfa sobre Dios, divinidad poliada de
los aristócratas y de los Borbones. La burguesía, la clase que Dios tenía en
poca estima, se apodera del poder y guillotina al rey, que era sagrado; las
ciencias naturales, que eran malditas, triunfan y engendran para los burgueses
más riquezas de las que Dios había podido dar a sus protegidos, los nobles y
los reyes legítimos; la Razón, que había sido oprimida, rompió sus cadenas y la
arrastra a sus negocios. El reino de Satanás comenzaba. Los poetas románticos
de la primera mitad del siglo XIX componían himnos en su honor, era el
indomable vencido, el mártir grandioso, el consuelo y la esperanza de los
oprimidos; él simbolizaba a la burguesía en perpetua revuelta contra los
nobles, los sacerdotes y los tiranos. Pero la burguesía victoriosa no tuvo el
valor de adoptarlo como divinidad poliada; remendó a Dios, que la razón había
negado y lo restableció en su honor; sin embargo, no teniendo entera fe en su
omnipotencia, le agregó un rebaño de semidioses -Progreso, Justicia, Libertad,
Civilización, Humanidad, Patria, etc.-, que fueron encargados de presidir los
destinos de la nación, habiendo ya sacudido el yugo de la aristocracia. Estos
dioses nuevos son las ideas, las "ideas-fuerzas", las "Fuerzas
imponderables".
Hegel intentó conducir este politeísmo de las Ideas
al monoteísmo de la Idea, quien, nacida de sí misma, crea el mundo y la
historia, evolucionando sobre sí misma.
El Dios de la filosofía espiritualista es un
mecánico, quien, para distraerse, construye el universo regulando los
movimientos, y fabrica al hombre, del cual dirige los destinos, según un plan
sólo conocido por él. Pero los historiadores filósofos no se han apercibido que
este Dios eterno no es el creador, sino criatura del hombre, quien a medida que
se desenvuelve, lo reforma, y que lejos de ser el director, es juguete de los
acontecimiento históricos.
La filosofía de los idealistas, de apariencia menos
infantil que la de los deístas, es una desdichada aplicación a la historia del
método deductivo de las ciencias abstractas, cuyas proposiciones, lógicamente
encadenadas, fluyen de algunos axiomas indemostrables, que se imponen por el
principio de la evidencia. Los matemáticos cometen la injusticia de no
preocuparse de la manera en que se han deslizado en la cabeza humana. Los
idealistas desdeñan investigar el origen de sus ideas, no se sabe venidas de dónde,
limitándose a afirmar que existen por sí mismas, que son perfectibles, y que a
medida que se perfeccionan, modifican a los hombres y a los fenómenos sociales,
colocados bajo su control; no es necesario, pues, más que conocer la evolución
de las ideas para adquirir las leyes de la historia; es así como Pitágoras
pensaba que el conocimiento de las propiedades de los números daría el de las
propiedades de los cuerpos.
Pero porque los axiomas matemáticos no sean
demostrables por el razonamiento, no se prueba con ello que no son propiedades
de los cuerpos, de la misma manera que la forma, el color, el peso o el calor,
que sólo la experiencia revela y cuya idea existe en el cerebro porque el
hombre se ha puesto en contacto con los cuerpos de la naturaleza. Es, en
efecto, tan imposible probar por el razonamiento que un cuerpo es cuadrado,
colorido, pesado o caliente, como demostrar que la parte es más pequeña que el
todo, que dos más dos son cuatro, etc.; sólo se puede comprobar el hecho
experimental, y sacar de él las consecuencias lógicas[4].
Las ideas de Progreso, de Justicia, de Libertad, de
Patria, etc., como los mismos axiomas matemáticos, no existen por sí mismos y
fuera del dominio experimental; ellas no proceden sino que siguen a la
experiencia; no engendran los fenómenos históricos, sino que son consecuencias
de los fenómenos sociales, que en su evolución las crean, las transforman o las
suprimen; no se convierten en fuerzas activas sino porque proceden del medio
social. Una de las tareas del estudio histórico del cual se desinteresan los
filósofos, es el descubrimiento de las causas sociales que les dan nacimiento y
poder de acción sobre los cerebros de los hombres de una época determinada.
* * * * * * * * * *
Bossuet y los filósofos deístas, que han promovido
a Dios a la dignidad de director consciente del movimiento histórico, no han
hecho, después de todo, más que conformarse a la opinión popular sobre el papel
histórico de la divinidad: los idealistas que lo sustituyen por las
"Ideas-fuerzas", no hacen más que utilizar históricamente la opinión
vulgar burguesa. Todo burgués proclama que sus acciones privadas y públicas se
inspiran en el Progreso, en la Justicia, en la Patria, en la Humanidad, etc. No
se necesita otra cosa, para convencerse, que repasar los anuncios de los
industriales y de los negociantes, los desplegados de los financieros y los
programas electorales de los políticos.
Las ideas de Progreso y de evolución son de origen
moderno, son una transposición en la historia de la perfectibilidad humana,
puesta a la moda por el siglo XVIII. La burguesía debía fatalmente considerar
su llegada al poder como un inmenso progreso social, mientras que la
aristocracia se le oponía como un desastroso retroceso. La Revolución Francesa,
porque se efectuó más de un siglo después que la Revolución Inglesa y, en
consecuencia, en condiciones más maduras, sustituyó tan brusca y tan
completamente a la nobleza por la burguesía, que desde entonces la idea de
Progreso se implantó en la opinión pública de Europa. Los burgueses se creen
fundadores del poder del Progreso. Afirman de buena fe que sus hábitos,
costumbres, virtudes, moral privada y pública, organización social y familiar,
industria y comercio superan todo lo que anteriormente ha existido. El pasado
no es otra cosa que ignorancia, barbarie, injusticia y sinrazón: "En fin,
y por la primera vez -gritaba Hegel- la Razón viene a gobernar el mundo".
Los burgueses de 1793 la deificaron; ya, a
principios del periodo burgués en el mundo antiguo, Platón la declaraba
superior a la Necesidad (Timea) y Sócrates reprochaba a Anaxágoras el
haber explicado todo en su cosmogonía, por causas materiales, sin haber hecho
ningún empleo de la Razón, de la cual se puede esperar todo (Fedón). El
dominio social de la burguesía es el reino de la Razón.
Pero un acontecimiento histórico, aunque sea tan
importante como la ascensión al poder de la burguesía, no alcanza por sí solo
para probar el Progreso. Los deístas habían hecho de Dios el único autor de la
historia; los idealistas, no deseando que se pudiera decir que el Progreso se
había portado en el pasado como Idea perezosa, descubrieron que durante el
Medievo había preparado el triunfo de la burguesía, organizándola, dándole una
cultura intelectual y enriqueciéndola, mientras desgastaba las fuerzas ofensivas
y defensivas de la aristocracia y demolía piedra por piedra la fortaleza de la
Iglesia. La idea de evolución debía, pues, introducirse naturalmente a
continuación de la idea de Progreso.
Pero para la burguesía no hay más evolución
progresiva que aquella que prepara su triunfo, y como sus historiadores no
pueden comprobar su desarrollo orgánico sino a través de una decena de siglos,
pierden su hilo de Ariadna cuando se aventuran en el dédalo de la historia
anterior, de la cual se conforman con narrar los hechos, sin lograr colocarlos
en series progresivas. Como el punto de llegada de la evolución progresiva es
la instalación de la dictadura social de la burguesía, obtenido este objetivo,
el Progreso debe cesar de progresar: en efecto, los burgueses, que proclaman
que su toma de poder es un progreso social, único en la historia, declaran que
sería un retorno a la barbarie, "a la esclavitud", dice Heriberto
Spencer, si ellos fueran desalojados por el proletariado. La aristocracia
vencida no había considerado de otra manera su derrota. La creencia en la
detención del Progreso, instintiva e inconsciente en las masas burguesas, se
manifiesta consciente y razonada en los pensadores burgueses.
Hegel y Comte, para no citar sino a dos de los más
célebres, afirmaban rotundamente que su sistema filosófico cierra la serie, que
es el coronamiento y el fin de la evolución progresiva del pensamiento. Así,
pues, filosofía e instituciones sociales y políticas progresan hasta llegar a
su forma burguesa; luego, el Progreso no progresa más.
La burguesía y sus más inteligentes intelectuales,
que fijan límites infranqueables al Progreso progresivo, hacen todavía algo
mejor; sustraen de su influencia a los organismos sociales de primera
importancia. Los economistas, los historiadores y los moralistas, para
demostrar de una manera irrefutable que la forma paternal de la familia y la
forma individual de la propiedad no se transformarán, aseguran que han existido
en todos los tiempos. Emiten estas imprudentes afirmaciones en el momento en
que las investigaciones, emprendidas desde hace medio siglo, ponen al día las
formas primitivas de la familia y de la propiedad. Estos burgueses sabios las
ignoran, o razonan como si las ignoraran.
Las ideas de Progreso y de evolución tuvieron un
auge extraordinario durante los primeros años del siglo XIX; entonces, las
burguesía estaba todavía embriagada con sus victorias políticas y con el
prodigioso desarrollo de sus riquezas económicas; filósofos, historiadores,
moralistas, políticos, novelistas y poetas acomodaban sus escritos y discursos
a la salsa del Progreso progresivo, de quien Fourier era el único o casi el
único en burlarse. Pero hacia la mitad del siglo debieron calmar su inmoderado
entusiasmo; la aparición del proletariado sobre el escenario político en
Inglaterra y en Francia engendró en el espíritu de la burguesía algunas
inquietudes sobre la eterna duración de su dominio social; el Progreso
progresivo perdió sus encantos. Las ideas de Progreso y evolución habrían
terminado por dejar de tener curso en la freaseología burguesa si los hombres
de ciencia, quienes desde el fin del siglo XVIII se habían apoderado de la idea
de evolución, que circulaba en la sociedad para explicar la formación de los
mundos y la organización de los vegetales y animales, no les hubieran dado un
valor científico y una popularidad tales que fue imposible escamotearlas.
Pero comprobar el desarrollo progresivo de la
burguesía en un cierto número de siglos no explica este movimiento histórico,
del mismo modo que con trazar la curva de la caída de una piedra no se explican
las causas de su caída. Los historiadores filósofos atribuyen esta evolución a
la acción incesante de las "Ideas-fuerzas", de la Justicia,
principalmente, la más fuerte de todas, quien, según un filósofo tan idealista
como académico, "está siempre presente, a pesar de que ella no llega sino
por grados al pensamiento humano y a los hechos sociales". La Sociedad y
el pensamiento burgués son, pues, las últimas y las más altas manifestaciones
de la Justicia inmanente, y para obtener estos hermosos resultados esta
"Dama" ha trabajado en los subterráneos de la historia.
Consultemos el expediente judicial de la susodicha
"Doncella" para enterarnos de su carácter y de sus costumbres.
Una clase dominante considera siempre que lo que
sirve sus intereses económicos y políticos es justo, y lo que le perjudica es
injusto. La Justicia que ella concibe se realiza cuando sus intereses de clase
se satisfacen. Los intereses de la burguesía son, pues, los guías de la
justicia burguesa, como los de la aristocracia eran los de la justicia feudal;
así, por ironía inconsciente, se simboliza a la Justicia con una venda sobre
los ojos, para que ella no pueda ver los mezquinos y sórdidos intereses que protege
con su escudo.
La organización feudal y corporativa, lesionando
los intereses de la burguesía, era, según ella, tan injusta, que su Justicia
inmanente resolvió destruirla. Los historiadores burgueses cuentan que ella no
podía tolerar los robos a mano armada de los barones feudales, quienes no
conocían otros medios de agrandar sus tierras y de llenar sus bolsillos. Lo
cual no impide que la honesta Justicia inmanente aliente los robos a mano
armada que, sin arriesgar la piel, los pacíficos burgueses hacen cometer por los
proletarios disfrazados de soldados, en los países atrasados del antiguo y del
nuevo mundo. No es este género de robo el que gusta a la virtuosa
"Dama"; ella no aprueba solemnemente y no autoriza, con todas las
sanciones legales, más que el robo económico, que, sin ruidosa violencia, la
burguesía practica diariamente sobre el trabajo asalariado. El robo económico
conviene tan perfectamente al temperamento y al carácter de la Justicia, que
ésta se transforma en perro guardián de la riqueza burguesa, porque es una
acumulación de robos tan legales como justos.
La Justicia, quien, al decir de los filósofos, ha
hecho maravillas en el pasado, que reina en la sociedad burguesa y que conduce
al hombre hacia un porvenir de paz y de felicidad, es, por el contrario, la
madre fecunda de las iniquidades sociales. Es la Justicia la que ha dado al
esclavista el derecho de poseer al hombre como a una bestia; es también ella la
que da al capitalista el derecho de explotar a los niños, a las mujeres y a los
hombres del proletariado, pero que a las bestias de carga. Es la justicia la
que permitía al amo castigar al esclavo, y quien endurecía su corazón cuando lo
laceraba de golpes; es también ella la que autoriza al capitalista a apoderarse
de la plusvalía creada por el trabajo asalariado y quien tranquiliza su
conciencia cuando paga con salarios de hambre el trabajo que le enriquece.
"Uso de mi derecho" -decía el amo castigaba al esclavo-; "uso de
mi derecho" -dice el capitalista cuando roba al asalariado el fruto de su
trabajo.
La burguesía, relacionando todo consigo misma,
decora con el nombre de Civilización y de Humanidad su orden social y su manera
de tratar a los seres humanos. Para exportar la civilización a los pueblos
bárbaros, sacarlos de su grosera inmoralidad y mejorar su miserable condición
de vida, emprende sus expediciones coloniales, y su Civilización y su Humanidad
se manifiestan bajo la forma del embrutecimiento por el cristianismo, de
envenenamiento por el alcohol y el despojo y exterminio de los indígenas.
Pero se equivocaría quien pensara que ella favorece
sólo a los bárbaros con los beneficios de su Civilización y de su Humanidad, y
que no reparte tales beneficios sobre la clase obrera de los países donde ella
domina. Su Civilización y su Humanidad se miden por la masa de hombres, de
mujeres y de niños desposeídos de todos los bienes, condenados al trabajo
forzado de día y de noche, a la desocupación periódica, al alcoholismo, a la
tuberculosis, al raquitismo; por el número creciente de delitos y de crímenes;
por la multiplicación de los asilos de alienados, y por el desarrollo y
perfeccionamiento del régimen penitenciario.
Jamás ninguna clase dominante ha hecho tanto alarde
del Ideal, porque jamás ninguna clase dominante ha tenido tanta necesidad de
enmascarar su palabrería idealista. Este charlatanismo ideológico es su más
seguro y eficaz medio de engaño político y económico. La chocante contradicción
entre las palabras y los hechos no ha impedido a los historiadores y filósofos
tomar las Ideas y los Principios eternos como únicas fuerzas motrices de la
historia de las naciones dominadas por la burguesía. Su error monumental, que
sobrepasa la medida permitida a los mismos intelectuales, es una prueba
incontestable de la acción que ejercen las Ideas, y de la astucia con la cual
la burguesía ha sabido cultivar y explotar esta fuerza para sacar los
beneficios. Los financieros llenan los anuarios de sus instituciones bancarias
de principios patrióticos, de ideas civilizadoras, de principios humanitarios,
de inversiones de padres de familia al 6%; estos son infalibles cebos para
atraer el dinero.
Lesseps ha podido realizar el más soberbio
"Panamá" del siglo, y apoderarse de los ahorros de 800.000 pequeños
ahorristas, porque este "Gran Francés" prometía agregar una aureola a
la gloria de la Patria, ampliar la humanidad civilizada y enriquecer a los
suscriptores.
Las ideas y los principios eternos son anzuelos tan
irresistibles, que no hay propaganda financiera, industrial o comercial, y
anuncio de bebida alcohólica o de droga farmacéutica en que ellas no estén
encareciéndolos: traiciones políticas y fraudes económicos enarbolan la bandera
de las Ideas y los Principios[5]
La filosofía histórica de los idealistas no podía
ser sino una logomaquia tan insípida como indigesta, porque ellos no se han
apercibido que los burgueses ostentan los principios eternos para enmascarar
los móviles egoístas de sus acciones y porque no han captado la naturaleza
charlatanesca de la ideología burguesa. Pero los abortos lamentables de la
filosofía idealista no prueban que no se pueda llegar a leyes determinantes de
la organización de las sociedades humanas, como los químicos han llegado a las
leyes de la combinación de los átomos en los cuerpos compuestos.
"El mundo social -dice Vico, padre de la
filosofía de la historia- es ciertamente obra del hombre, de donde resulta que
se pueden, que se deben encontrar los orígenes en las modificaciones de la
propia inteligencia humana... Todo hombre que reflexione no se extrañará de que
los filósofos hayan emprendido seriamente la tarea de conocer el mundo de la
naturaleza que Dios ha hecho y del cual se ha reservado la ciencia y ellos se
han descuidado de meditar sobre este mundo social, del cual los hombres pueden
hacer la ciencia, porque los hombres lo han hecho"[6].
Los numerosos fracasos de los métodos deísta e
idealista imponen el estudio de un nuevo método de interpretación de la
historia.
III. LEYES HISTÓRICAS DE VICO
Vico, a quien los historiadores filósofos casi no
leen, a pesar de que se pasan de libracos a libracos sus corsi y recorsi
y dos o tres sentencias más, a menudo tan mal interpretadas como repetidas, ha
formulado en la Ciencia Nueva las leyes fundamentales de la historia.
Vico da por sentado, como una ley general del
desarrollo de las sociedades, que todos los pueblos, cualquiera que sea su
origen étnico y su situación geográfica, marchan por los mismo caminos
históricos: de manera que la historia de un pueblo cualquiera es una repetición
de la historia de otro pueblo, llegado a un grado superior de desarrollo.
"Existe -dice- una historia ideal eterna, que
recorren en el tiempo las historias de todas las naciones cualquiera que sea el
estado de salvajismo, de barbarie y de ferocidad de que partan los hombres para
civilizarse", para domesticarse, ad addimesticarsi, según su
expresión. (Ciencia Nueva, libro II, párrafo)[7].
Morgan, quien probablemente no conocía a Vico,
llegó a la concepción de la misma ley, que formuló de una manera más positiva y
completa. La uniformidad histórica de los diferentes pueblos que el filósofo
napolitano atribuía a su desarrollo según un plan preestablecido, el
antropólogo americano la relaciona a dos causas: al parecido intelectual de los
hombres y a la similitud de los obstáculos que han debido vencer para
desarrollar sus sociedades. Vico también creía en el parecido intelectual.
"Existe necesariamente -dice- en la naturaleza de las cosas humanas, una
lengua universal mental, común a todas las naciones, la cual designa
uniformemente la sustancia de las cosas que juegan un papel activo en la vida
social de los hombres y la expresa con tantas modificaciones como aspectos
diferentes pueden tomar estas cosas. Comprobamos su existencia en los
proverbios, estas máximas de la sabiduría popular que tienen la misma sustancia
en todas las naciones antiguas y modernas, a pesar de que hayan sido expresadas
de tantas maneras diferentes". (Degli Elem.., XXII)[8].
"El espíritu humano -dice Morgan-
específicamente el mismo en todos los individuos, en todas las tribus, en todas
las naciones, y limitado en cuanto a la extensión de sus fuerzas, trabaja, y
debe trabajar en las mismas vías uniformes y en los estrechos límites de
variabilidad. Los resultados a los cuales llega, en países separados por el
espacio y el tiempo, forman los anillos de una cadena continua y lógica de
experiencias comunes (...). Lo mismo que las sucesivas formaciones geológicas,
las tribus de la humanidad pueden estar superpuestas en capas sucesivas de
acuerdo a su desarrollo; clasificadas de esta manera, revelan con un cierto
grado de certidumbre la marcha completa del progreso humano, del salvajismo a
la civilización", pues "el curso de las experiencias humanas ha
marchado por caminos casi uniformes"[9]. Marx, quien ha estudiado el curso de las
"experiencias" económicas, confirma de la idea de Morgan. "El
país más desarrollado industrialmente -dice en el prefacio de El capital-
muestra a los que le siguen sobre la escala industrial la imagen de su propio
porvenir".
Así, pues, "la historia ideal eterna"
que, según Vico, debe recorrer, cada uno en su turno, los diferentes pueblos de
la humanidad, no es un plan histórico preestablecido por una inteligencia
divina, sino un plan histórico del progreso humano concebido por el
historiador, quien, después de haber estudiado las etapas recorridas por cada
pueblo, las compara entre ellas y las clasifica en series progresivas según su
grado de complejidad.
Las investigaciones, continuadas desde hace un
siglo, sobre las tribus salvajes y los pueblos antiguos y modernos han
demostrado triunfalmente la exactitud de la ley de Vico; ha establecido que
todos los hombres, cualquiera que fuera su origen étnico y su habitación
geográfica, se han desarrollado atravesando las mismas formas de régimen
familiar, de propiedad y de producción, así como las mismas instituciones
sociales y políticas. Los antropólogos daneses fueron los primeros en comprobar
el hecho y en dividir el periodo prehistórico en edades sucesivas de piedra, de
bronce y de hierro, caracterizadas por la materia prima de los útiles
manufacturados y, en consecuencia, por el modo de producción. Las historias
generales de los diferentes pueblos pertenezcan a la raza blanca, negra,
amarilla o roja, habiten la zona templada, tropical o polar, no se distinguen
más que por la etapa de la historia ideal de Vico, por la capa histórica de
Morgan, por el travesaño de la escala económica de Marx, a las cuales ellos han
llegado; de manera que el pueblo más desarrollado muestra a los menos
desarrollados la imagen de su propio porvenir.
Las producciones de la inteligencia no escapan a la
ley de Vico. Los filósofos y los gramáticos han encontrado que, para la
creación de las palabras y de las lenguas, los hombres de todas las razas
habían seguido las mismas reglas. Los folkloristas han coleccionado entre los
pueblos salvajes y civilizados los mismo cuentos; Vico había ya encontrado
entre ellos los mismo proverbios. Muchos folkloristas, en lugar de considerar
los cuentos similares como producciones de los pueblos conservados por tradición
oral, piensan que han sido imaginados en un centro único de donde se han
expandido sobre la Tierra; esto es inadmisible y está en contradicción con lo
que se observa en las instituciones sociales y en las otras producciones tanto
intelectuales como materiales.
La historia de la idea del alma y de las ideas a
las cuales ella ha dado nacimiento, es uno de los más curiosos ejemplos de la
notable uniformidad del desarrollo del pensamiento. La idea del alma, que se
encuentra entre los salvajes, hasta en los más inferiores, es una de las
primeras invenciones intelectuales. Una vez inventada el alma, fue necesario
arreglarle una morada sobre la tierra o en el cielo para hospedarla hasta la
muerte, a fin de impedirle vagabundear sin domicilio e importunar a los vivientes.
La idea del alma, muy vivaz entre los pueblos salvajes y bárbaros, después de
haber contribuido a la fabricación de la idea del Gran Espíritu y de Dios, se
desvaneció entre los pueblos llegados a un grado superior de desarrollo, para
renacer con una vida y una fuerza nuevas cuando llegan a otra etapa de la
evolución. Los historiadores, después de haber señalado entre las naciones
históricas de la cuenca del Mediterráneo la ausencia de la idea del alma, que
sin embargo había existido entre ellos durante el precedente periodo salvaje,
comprobaron su renacimiento algunos siglos antes de la era cristiana, así como
su persistencia hasta nuestros días. Se contentaron con mencionar estos
extraordinarios fenómenos de desaparición y de reaparición de una idea tan
capital, sin atribuirle importancia, y sin soñar en buscarle una explicación,
que por otra parte no hubieran podido encontrar en el campo de sus
investigaciones y que no se puede esperar descubrir más que aplicando el método
histórico de Marx, que la busca en las transformaciones del mundo económico.
Los sabios que han puesto al día las formas
primitivas de la familia, de la propiedad y de las instituciones políticas, han
estado demasiado absorbidos por el trabajo de investigación para tener el
tiempo de inquirir las causas de sus transformaciones; ellos no han hecho más
que historia descriptiva, y en tanto que la ciencia del mundo social debe ser
descriptiva y explicativa.
* * * * * * * * * *
Vico piensa que el hombre es el motor inconsciente
de la historia y que no son sus virtudes sino sus vicios los que constituyen
sus fuerzas vivas. No son el desinterés, la generosidad y el humanitarismo.
Sino "la ferocidad, la avaricia y la ambición" las que crean y
desarrollan las sociedades; "estos tres vicios, que pierden al género
humano, engendran el ejército, el comercio y el poder político -la corte-
y como consecuencia el valor, la riqueza y la sabiduría de las repúblicas; de
manera que estos tres vicios, que son capaces de destruir al género humano
sobre la tierra, producen la felicidad civil".
Este resultado inesperado llevó a Vico a la prueba
de "la existencia de una divina providencia, de una divina inteligencia,
las que con las pasiones de los hombres, absorbidos enteramente por sus
intereses privados, los cuales les hacen vivir en las soledades como las
bestias feroces, organizan el orden civil que nos permite vivir en una sociedad
humana". (I, Degli Elem., VII).
La divina providencia que dirige las malas pasiones
de los hombres es una nueva edición del axioma popular: el hombre propone y
Dios dispone. Esta divina providencia del filósofo napolitano y este Dios
de la sabiduría popular que conduce al hombre con ayuda de sus vicios y de sus
preocupaciones, ¿quiénes son?
El modo de producción, responde Marx.
Vico, de acuerdo con la razón popular, afirma que
el hombre solamente provee las fuerzas motrices de la historia. Pero sus
necesidades y sus pasiones, malas y buenas, no son cantidades invariables, como
lo piensan los idealistas, para quienes el hombre siempre es el mismo. Por
ejemplo, el amor maternal, esta herencia de los animales, sin el cual el hombre
en el estado salvaje no hubiera podido vivir y perpetuarse, disminuyó en la
civilización al punto de desaparecer en las madres de las clases ricas, quienes
se desprenden del niño desde su nacimiento y lo confían a cuidados mercenarios;
otras mujeres civilizadas sienten tan poco la necesidad de la maternidad que
hacen voto de virginidad[10]. El amor paternal y los celos sexuales,
que no pueden manifestarse en las tribus salvajes y bárbaras durante el periodo
poliándrico, están, por el contrario, muy desarrollados entre los civilizados;
el sentimiento de igualdad, vivo e imperioso entre los salvajes y los bárbaros
que viven en comunidad, al punto de prohibir a cualquiera que sea la posesión
de un objeto que los demás no pueden poseer, está tan anulado desde que el
hombre vive bajo régimen de propiedad individual, que los pobres y los asalariados
de la civilización aceptan resignadamente, como una fatalidad divina y natural,
su inferioridad social.
Así, pues, en el curso del desarrollo humano, las
pasiones fundamentales se transforman, se reducen y se extinguen, mientras que
otras nacen y crecen. No indagar en el ser humano las causas determinantes de
su producción y evolución sería admitir que, a pesar de vivir en la naturaleza
y en la sociedad, no sufre la influencia de la realidad ambiente. Una
suposición tal no puede nacer, ni siquiera en el cerebro del más
quintaesenciado idealista, pues éste no se atrevería a afirmar que se debe
encontrar el mismo sentimiento de pudor en la mujer de la familia decente y en
la desdichada mujer que se gana la vida con su sexo; la misma rapidez de
cálculo en el empleado de banco y en el académico; la misma agilidad digital en
el pianista profesional y en el peón albañil. Es, pues, incontestable que el
hombre, tanto física como intelectual o moralmente, sufre de una manera
inconsciente, pero profunda, la acción del medio en el cual vive.
IV. EL MEDIO NATURAL Y EL MEDIO
ARTIFICIAL O SOCIAL
La acción del medio no es solamente directa, no se
ejerce únicamente sobre el órgano que funciona, sobre la mano en el caso del
pianista o del peón albañil, sobre una parte del cerebro en el del empleado o
del académico, sobre el sentido moral en el caso de la mujer honesta y la
prostituta; es también indirecta y retenida en todos los órganos. Esta
generalización de la acción del medio, que Geoffroy Sant-Hilaire señalaba bajo
el nombre característico de subordinación de los órganos y que los
naturalistas modernos llaman ley de correlación, Cuvier la exponía así:
"Todo ser organizado forma un conjunto, un sistema único y cerrado, cuyas
partes se corresponden y concurren hacia la misma acción definitiva por una
acción recíproca. Ninguna de estas partes puede cambiar sin que las demás cambien
a su vez"[11]. Por ejemplo, la forma de los dientes de
un animal no puede modificarse por una causa cualquiera, sin entrañar
modificaciones en las mandíbulas, los músculos que la hacen mover, los huesos
del cráneo a los cuales están sujetos, el cerebro que el cráneo encierra[12], los huesos y los músculos que soportan
la cabeza, la forma y el largo de los intestinos; en una palabra, en todas las
partes del cuerpo.
Las modificaciones que se han producido en los
miembros anteriores, desde que dejaron de servir para marchar, han conducido a
transformaciones orgánicas que han separado definitivamente al hombre de los
monos antropoides.
No es siempre posible prever y comprender las
modificaciones que entraña el cambio sobrevenido en un órgano cualquiera: Así,
¿por qué la ruptura de una pierna o la extirpación de un testículo en los
ciervos provoca la atrofia del cuerno de la cabeza, del lado opuesto? ¿Por qué
los gatos blancos son sordos? ¿Por qué los mamíferos con patas, provistas de
cascos son herbívoros y los de patas con cinco dedos, provistas de uñas,
carniceros?
Un simple cambio en las costumbres, que someta a
uno o varios órganos a un uso desacostumbrado, tiene a veces, como
consecuencia, modificaciones profundas en todo el organismo. Darwin decía que
el solo hecho de pacer constantemente sobre las cuestas inclinadas ha
ocasionado variaciones en el esqueleto de ciertas razas de vacas de Escocia.
Los naturalistas están de acuerdo en considerar a
los cetáceos: ballenas, cachalotes y delfines como antiguos mamíferos
terrestres que, encontrando en el mar una alimentación más abundante y más
fácil, se transformaron en nadadores y zambullidores: este nuevo género de vida
transformó sus órganos, reduciendo al estado de vestigios los inútiles,
desarrollando los otros y adaptándolos a las necesidades del medio acuático.
Las plantas del Sahara, para adaptarse a su medio árido, han debido reducir su
talla y el número de las hojas a dos o cuatro, endurecerlas con una capa cerosa
para prevenir la evaporación y alargar prodigiosamente las raíces para buscar
la humedad; sus fenómenos vegetativos se efectúan a contra estación: duermen en
verano, en la estación cálida, y vegetan en invierno, en la estación
relativamente fría y húmeda. Las plantas desérticas presentan todas
características análogas: un medio implica la existencia de seres que posean un
conjunto de caracteres determinados.
Los medios cósmicos o naturales, a los
cuales los vegetales y animales deben adaptarse bajo pena de muerte, forman,
así como el ser organizado de Cuvier, conjuntos, sistemas complejos y sin
límites precisados en el espacio, cuyas partes son: formación geológica y
composición del suelo, distancia del Ecuador, elevación sobre el nivel del mar;
ríos que lo riegan, cantidad de agua que recibe y de calor solar que almacena,
etc., y las plantas y animales que en él viven. Estas partes se corresponden,
de manera que una de ellas no puede cambiar sin entrañar cambios en las otras
partes: los cambios de los medios naturales, por ser menos rápidos que los de
los seres organizados, son, sin embargo, apreciables. Los bosques, por ejemplo,
tienen influencia sobre la temperatura y sobre las lluvias, y por consecuencia,
sobre la humedad y el humus del suelo; Darwin ha mostrado que animales en
apariencia insignificante, como los gusanos, han tenido un papel considerable
en la formación de la tierra; Berthelot y los agrónomos Hellriegel y Willfarth
han probado que las bacterias que pululan en las nudosidades de las raíces
leguminosas son agentes fertilizantes del suelo. El hombre, por su elevación
natural, ejerce una acción señalada sobre el medio social; los desmontes, comenzados
por los romanos, han transformado en desiertos inhabitables fértiles comarcas
de Asia y Africa.
Los vegetales, los animales y el hombre en el
estado natural, que sufrieron la influencia del medio natural, sin otro medio
de resistencia que la facultad de adaptación de sus órganos, deben terminar por
diferenciarse, aun teniendo un origen común, si durante centenares o millares
de generaciones viven en medios naturales diferentes. Los medios naturales
diferentes tienden, pues, a diversificar a los hombres lo mismo que a las
plantas y a los animales: es, en efecto, durante el periodo de salvajismo cuando
se formaron las diversas razas humanas.
El hombre no modifica solamente por su industria el
medio natural en el cual vive, sino que crea un completo medio artificial
o social, que le permite, si bien no sustraer su organismo a la acción del
medio natural, al menos atenuarlo considerablemente. Pero este medio artificial
ejerce a su vez una acción sobre el hombre, tal como el medio natural. El
hombre, así como el vegetal y el animal doméstico, sufre, pues, la acción de
dos medios.
Los medios artificiales o sociales que los hombres
han creado se diferencian entre ellos por su grado de elaboración y de
complejidad, aunque los medios del mismo grado de elaboración y de complejidad
presentan grandes parecidos, cualesquiera que sean las razas humanas que lo
hayan creado y cualquiera que sea la situación geográfica: de manera que si los
hombres continúan sufriendo la acción diferenciante de medios naturales
diferentes, están igualmente sometidos a la acción de medios artificiales parecidos,
los que trabajan disminuyendo las diferencias raciales y desarrollando entre
ellos las mismas necesidades, los mismos intereses, las mismas pasiones y la
misma mentalidad. Por lo demás, los medios naturales parecidos, como, por
ejemplo, aquellos que están situados a la misma latitud y altitud, ejercen una
acción unificante parecida sobre los vegetales y animales que allí viven y
tiene una flora y una fauna análogas. Los medios artificiales parecidos
tienden, pues, a unificar a la especie humana que los medios naturales
diferentes han diversificado en razas y variedades.
El medio natural evoluciona tan extremadamente
despacio, que las especies vegetales y animales que a él se adaptan parecen
inmutables. El medio artificial evoluciona, por el contrario, con una rapidez
creciente; por ello la historia del hombre y de sus sociedades, comparada a las
de los animales y vegetales, es extraordinariamente móvil.
Los medios artificiales, como el ser organizado y
el medio natural, forman conjuntos, sistemas complejos sin límites precisos en
el espacio ni en el tiempo, cuyas partes se corresponden y están tan
estrechamente ligadas, que una sola no puede modificarse sin que las otras no
sean trastornadas y sufran cambios.
El medio artificial o social, extremadamente
simple, y compuesto de un número reducido de elementos en las poblaciones
salvajes, se complica a medida que el hombre progresa por la adición de
elementos nuevos y por el desarrollo de aquellos que ya existen. Está formado
desde el periodo histórico por instituciones económicas, sociales, políticas y
jurídicas; por tradiciones, hábitos, costumbres y moral; por un sentido común y
una opinión pública; por las religiones, literaturas y artes, filosofías,
ciencias, modos de producción y de cambios, etc., y por los hombres que en él
viven. Estos elementos, transformándose y reaccionando unos sobre los otros,
han dado nacimiento a una serie de medios sociales cada vez más complejos y
extendidos, que con mesura han modificado los hombres, pues como el medio
natural, un medio social dado implica la existencia de hombres que poseen en lo
físico y moral un conjunto de caracteres análogos. Si todos estos elementos que
se corresponden fueran estables, o variaran con demasiada lentitud, como sucede
con los que componen el medio natural, el medio artificial quedaría en
equilibrio y no habría historia; su equilibrio, por el contrario, es de una
extrema y creciente inestabilidad, constantemente perturbado por los cambios
que se producen en cualquiera de sus partes, que luego reacciona sobre todas
las otras.
Las partes de un ser organizado, como las de un
medio natural, reaccionan entre sí directamente, mecánicamente por decirlo así:
cuando en el curso de la evolución animal la estación vertical fue
definitivamente lograda por el hombre, ella se convirtió en el punto de partida
de transformaciones en todos los órganos; cuando la cabeza, en lugar de ser
soportada por los músculos potentes del extremo del cuello, como en los otros
mamíferos, fue soportada por la columna vertebral, estos músculos y los huesos sobre
los cuales se insertan, se modificaron, y al modificarse, modificaron el cráneo
y el encéfalo, etc... Cuando la capa de tierra vegetal de una localidad aumenta
por cualquier causa, en lugar de cobijar plantas achaparradas, alimenta un
bosque, el que modifica el régimen de las aguas, las que acrecen el volumen de
los ríos, etc. Pero las partes de un medio artificial no pueden reaccionar
entre sí, sin la intervención humana. La parte modificada debe comenzar por
transformar física y mentalmente a los hombres que ella hace obrar y sugerirle
las modificaciones que debe llevar a las otras partes para colocarlas al nivel
del progreso llegado por ella, para que no le dificulten su desarrollo y para
que se correspondan nuevamente. Las partes no modificadas hacen sentir su
presencia, precisamente por las cualidades útiles que constituyen sus
"lados buenos"; las cuales, convirtiéndose en anticuadas, son
perjudiciales y constituyen otros tantos "lados malos", tanto más
insoportables, cuanto más importantes sean las modificaciones que ellos
deberían sufrir. El restablecimiento del equilibrio de las piezas del medio
artificial no se efectúa a menudo sino después de la lucha de los hombres
particularmente interesados en la parte en vías de transformarse, y los hombres
ocupados en las otras partes.
El llamado a hechos históricos, demasiado recientes
para no recordarlos, ilustrará el juego de las piezas del medio artificial por
intermedio del hombre. La industria, cuando utilizó la elasticidad del vapor de
agua como fuerza motriz, reclamó nuevos medios de comunicación para transportar
su combustible, su materia prima y sus productos. Ella sugirió a los
industriales interesados la idea de la tracción a vapor sobre las líneas
férreas, que comenzó a ponerse en práctica en la cuenca hullera del Gard en 1830
y en la del Loira en 1832; en 1829 fue cuando Stephenson hizo circular en
Inglaterra el primer tren movido por una locomotora. Pero cuando se quiso
extender este medio de transporte, se sintieron vivas y numerosas resistencias
que durante años retardaron su desarrollo. M. Thiers, uno de los jefes de la
burguesía censitaria y uno de los representantes autorizados del sentido común
y de la opinión pública, se opuso enérgicamente porque, según declaraba,
"un ferrocarril no puede marchar". Los ferrocarriles, en efecto,
trastornaban las ideas más razonables y mejor asentadas: exigían, entre otras
cosas imposibles, graves cambios en el régimen de propiedad que servía de
basamento al edificio social de la burguesía, entonces reinante. Hasta
entonces, un burgués no creaba una industria o un comercio más que con su
dinero, adicionado, a lo más, con el dinero de dos o tres amigos o conocidos
que confiaban en su honestidad y habilidad, administraba el empleo de los
fondos y era el propietario real y nominal de la fábrica o del comercio. Pero
los ferrocarriles tenían necesidad, para establecerse, de tan enormes
capitales, que era imposible encontrarlos reunidos en las manos de algunos
individuos: era necesario, pues, decidir a un gran número de capitalistas para
que confiaran su querido dinero, del cual jamás quitaban el ojo, entregándolos
a gentes de las cuales apenas conocían el nombre, y todavía menos la capacidad
y la moralidad. Una vez soltado el dinero, ellos perdían todo control sobre su
empleo; no tenían la propiedad personal de las estaciones del ferrocarril, de
los coches, locomotoras, etc., que habían colaborado a crear; no tenían más
derecho que al beneficio, cuando existía; en lugar de piezas de oro y de plata,
con volumen, peso y otras sólidas cualidades, se les entregaba una delgada y
liviana hoja de papel, que representaba una partícula tan infinitesimal como
inaprensible de la propiedad colectiva, de la cual venía el nombre impreso en
gruesos caracteres. Para la memoria burguesa, jamás la propiedad había revestido
una forma tan metafísica. Esta forma nueva que despersonalizaba la
propiedad, estaba en tan violenta contradicción con la que hacía las delicias
de los burgueses, con aquella que conocían y se transmitían desde hacia
generaciones, que para defenderla y propagarla no se encontró sino hombres
cargados de todos los crímenes y denunciados como los peores perturbadores del
orden social: los socialistas Fourier y Saint-Simon preconizaban la
movilización de la propiedad en acciones de papel[13].
Se encuentran en la categoría de discípulos suyos,
los industriales, ingenieros y financieros que prepararon la revolución de 1848
y se hicieron cómplices del 2 de diciembre: ellos se aprovecharon de la
revolución política para revolucionar el medio económico centralizando los
nuevos bancos provinciales y el Banco de Francia, legalizando la nueva forma de
propiedad y haciéndola aceptar por la opinión pública y creando la red de
ferrocarriles franceses.
La gran industria mecánica, que debe traer de lejos
su combustible y su materia prima, y que debe en enviar lejos sus productos, no
puede tolerar el despedazamiento de un país en pequeños Estados autónomos
poseyendo cado uno aduanas, leyes, pesas y medidas, monedas, papel moneda,
etc., particulares; ella tiene necesidad, por el contrario, para desarrollarse,
de naciones unificadas y centralizadas. Italia y Alemania no han satisfecho
estas exigencias de la gran industria sino a costa de guerras sangrientas.
Los señores Thiers y Proudhon, que tenían tantos
puntos comunes y que representaban los intereses políticos de la pequeña
industria, se hicieron defensores ardientes de la independencia de los Estados
del Papa y de los príncipes italianos.
Puesto que el hombre crea y modifica sucesivamente
las partes del medio artificial, es en él en donde residen las fuerzas motrices
de la historia, como lo pensaba Vico y la sabiduría popular, y no en la
Justicia, el Progreso, la Libertad y otras entidades metafísicas, como lo
repiten aturdidamente los historiadores más filósofos. Estas ideas confusas e
imprecisas varían según las épocas históricas y según los grupos y hasta los
individuos de una misma época, pues ellas son reflejos en el pensamiento de los
fenómenos que se producen en las diversas partes del medio artificial: por
ejemplo, el capitalista, el asalariado y el magistrado tienen nociones
diferentes sobre la Justicia. El socialista entiende por justicia la
restitución a los productores asalariados de las riquezas que les han sido
robadas, y el capitalista, la conservación de estas riquezas robadas, y como
este último posee el poder económico y político, su noción predomina y hace la
ley, que, para el magistrado, se convierte en Justicia. Precisamente porque la
misma palabra recubre nociones contradictorias, la burguesía ha hecho de estas
ideas un instrumento de engaño y de dominio.
Una parte del medio social o artificial da al
hombre que en ella actúa una educación física, intelectual y moral. Esta
educación de las cosas, que engendra en él ideas y excita sus pasiones, es
inconsciente; de este modo, cuando actúa se imagina seguir libremente los
impulsos de sus pasiones y de sus ideas, mientras que no hace más que ceder
ante las influencias ejercidas sobre él por una de las partes del medio
artificial, la cual no puede reaccionar sobre las demás sino por intermedio de
sus ideas y de sus pasiones, obedeciendo inconscientemente a la presión
indirecta del medio: el hombre atribuye la dirección de sus acciones y
agitaciones a un Dios, a una divina inteligencia o a las ideas de Justicia, de
Progreso, de Humanidad, etc... Si la marcha de la historia es inconsciente,
porque, como dice Hegel, el hombre llega a siempre a resultados diferentes a
los que busca, es porque hasta hoy no ha tenido conciencia de la causa que le
hace actuar y que dirige sus acciones.
¿Cuál es la parte del medio social más inestable,
la que cambia más frecuentemente en cantidad y calidad, la que es más
susceptible de perturbar todo el conjunto?
El modo de producción, responde Marx.
Marx entiende por modo de producción la manera de
producir, y no lo que se produce: así, pues, tenemos tejidos desde los tiempos
prehistóricos, y no es sino desde hace alrededor de un siglo que se teje
mecánicamente. El modo mecánico de producción es la característica esencial de
la industria moderna. Hemos tenido bajo nuestra vida un ejemplo sin precedente
de su fulminante e irresistible poder para transformar las instituciones
sociales, económicas, políticas y jurídicas de una nación. Su introducción al Japón
lo ha elevado, ene el espacio de una generación, del estado feudal de la Edad
Media al estado constitucional del mundo capitalista y lo ha colocado en el
plano de las potencias mundiales.
Múltiples causas concurren a asegurar al modo de
producción esta acción todopoderosa. La producción absorbe directa o
indirectamente la energía de la inmensa mayoría de los individuos de una
nación, en tanto que, en las otras partes constituyentes del medio social
(política, religión, literatura, etc.), una minoría restringida es ocupada, y
todavía esta minoría debe preocuparse para procurarse los medios de existencia
material e intelectual; en consecuencia, todos los hombres sufren mentalmente y
físicamente, más o menos, la influencia modificante del modo de producción, en
tanto que un pequeñísimo número de hombres está sometido a la de las otras
partes; o, como por intermedio humano las diferentes piezas del medio social
reaccionan una sobre otras, aquella que modifique más hombres posee
necesariamente más energía para trastornar todo el conjunto.
El modo de producción, de importancia relativamente
insignificante en el medio social del salvaje, toma una importancia
preponderante y creciente sin cesar por la continua incorporación a la
producción de las fuerzas naturales a medida que el hombre aprende a
conocerlas: el hombre prehistórico comenzó esta incorporación sirviéndose de
los guijarros como armas y herramientas.
Los progresos del modo de producción son
relativamente rápidos, no solamente porque la producción ocupa una masa enorme
de hombres, sino, además, porque encendiendo "las furias del interés
privado", pone en juego los tres vicios, que, para Vico, son las fuerzas
motrices de la historia: la dureza del corazón, la avaricia y la ambición.
Los progresos del modo de producción se han hecho
tan precipitados desde hace dos siglos, que los hombres interesados en la
producción deben modificar constantemente las piezas correspondientes del medio
social; las resistencias que encuentran dan lugar a incesantes conflictos
económicos y políticos; así, pues, si se quiere descubrir las causas primeras
de los movimientos históricos, es necesario ir a buscarlos en el modo de
producción de la vida material, el que, como dice Marx, condiciona en general el
desarrollo de la vida social, política e intelectual.
El determinismo económico de Marx libera a la ley
de unidad de desarrollo histórico de Vico de su carácter predeterminado, que
haría suponer que las fases históricas de un pueblo, así como las fases
embrionarias de un ser, como lo pensaba Geoffroy Saint-Hilaire, están
indisolublemente ligadas a su naturaleza íntima y están determinadas por la
ineluctable acción de una fuerza interna, de una "fuerza evolutiva",
la cual les conduciría por rumbos preestablecidos hacia fines previamente
determinados; de donde se sacaría como consecuencia, que todos los pueblos
deberían progresar siempre y, además, a un paso igual y en un mismo camino. La
ley de unidad de desarrollo, así concebida, no se verificaría en al historia de
ningún pueblo.
La historia, por el contrario, muestra a los
pueblos retardándose unos en sus fases de evolución, que otros atraviesan a
paso de carrera, mientras que otros retroceden de las que ya habían alcanzado.
Estas detenciones, progresos y regresos no se explican más que aclarando la
historia social, política e intelectual de los diferentes pueblos por la
historia de los medios artificiales en los que han evolucionado: los cambios de
estos medios, determinados por el modo de producción, determinan a su vez los acontecimientos
históricos.
Los medios artificiales no se transforman sino a
costa de luchas nacionales e internacionales; los sucesos históricos de un
pueblo están, pues, colocados bajo la dependencia de relaciones que se
establecen en el medio artificial para transformar este pueblo, que ya ha sido
formado por el medio natural y las costumbres hereditarias y adquiridas. El
medio natural y el pasado histórico, imprimen a cada pueblo caracteres
originales, de donde se concluye que el mismo modo de producción no engendra
con una exactitud matemática medios artificiales o sociales idénticos, y no
ocasionan, por consecuencia, acontecimientos históricos absolutamente parecidos
en los diferentes pueblos, y en todos los momentos de la historia, porque la
concurrencia vital internacional se amplia y se intensifica a medida que crece
el número de pueblos que llegan a las etapas superiores de civilización. La
evolución histórica de los pueblos, tal como la evolución embrionaria de los
seres, no está, pues, predeterminada: si ella pasa por instituciones
familiares, de propiedad, jurídicas y políticas parecidas, y por formas de
pensamiento filosófico, religioso, artístico y literario análogas, es porque
los pueblos, cualesquiera que sean las razas y su habitación geográfica, pasa,
al desarrollarse, por necesidades materiales e intelectuales sensiblemente
parecidas, y deben recurrir forzosamente, para satisfacerlas, a los mismos
procedimientos de producción.
NOTAS
[1] W. Rucker, Discurso inaugural
del Congreso Científico de Glasgow, de 1901.
Las geometrías no
euclidianas, donde todas las proposiciones se encadenan y se deducen
rigurosamente, y que oponen sus teoremas a los teoremas de la geometría de
Euclides, proclamadas verdades absolutas desde hace dos mil años, son
admirables manifestaciones de la lógica del cerebro humano; pero con este
título, la sociedad capitalista, que es una realidad viviente y no una simple
construcción ideológica, puede ser tomada como prueba de esta potencia
ideológica. La división de sus miembros en clases enemigas; la cruel
explotación de los asalariados, su pauperización a medida que aumentan las
riquezas; las crisis de superproducción, produciendo el hambre en medio de la
abundancia; los ociosos, adulados y saciados de placeres, y los productores,
despreciados y agobiados por la miseria; la moral; la religión, la filosofía y
la ciencia, consagrando el desorden social; el sufragio universal, dando el
poder a la minoría burguesa, todo, en fin, en la estructura material e
ideológica de la civilización, es un desafío a la razón humana, y, sin embargo,
todo se encadena con una lógica impecable, y todas la iniquidades dimanan con
un rigor matemático del derecho de propiedad, quien concede al capitalista el
privilegio y el poder de robar la plusvalía creada por el trabajador
asalariado.
La lógica es una de
las propiedades esenciales de la materia cerebral: de cualquier razonamiento,
verdadero o falso y de cualquier hecho, justo o inícuo, del cual el hombre
parta, puede él construir un edificio ideológico o material en el que todas sus
partes se correspondan. La historia social e intelectual de la humanidad abunda
en ejemplos de su lógica de acero, que, por desgracia, a menudo se vuelve
contra ella misma.
Belfort Bax me
reprocha el desprecio con que trato a la Justicia, la Libertad y a otras
entidades de la metafísica propietaria, las cuales, dice, son conceptos tan
universales y tan necesarios, que para criticar sus caricaturas burguesas yo me
sirvo de un cierto ideal de Justicia y de Libertad. ¡Por Dios!, igual que los
filósofos más espirituales, yo no me puedo evadir de mi medio social: es
necesario sufrir las ideas corrientes, cada uno las corta a su medida y toma
sus conceptos individuales para criticar las ideas y las acciones de otro. Pero
si estas ideas son necesarias en el medio social donde se producen, no se
concluye, como en los axiomas de las matemáticas, que lo son en todos los
medios sociales, como lo pensaba Sócrates, quien en su Protágoras, creo,
demostraba la eterna necesidad de la Justicia diciendo que hasta los bandidos
regulan según ella la conducta entre ellos. Precisamente, porque las sociedades
basadas sobre la propiedad privada, sea familiar o individual, son sociedades
de bandidos cuyas clases dominantes saquean a las otras naciones y roban los
frutos del trabajo de las clases dominadas -esclavos, siervos o asalariados- la
Justicia y la Libertad son para ellas principios eternos. Los filósofos los
declaran conceptos universales y necesarios porque no conocen más que
sociedades basadas sobre la propiedad privada y no pueden concebir una sociedad
que repose sobre otros fundamentos.
Pero el socialista,
que sabe que la producción nos lleva fatalmente hacia una sociedad basada sobre
la propiedad común, no duda que estos conceptos universales y necesarios se
desvanecerán de la cabeza humana junto a lo tuyo y lo mío y a la
explotación del hombre que le ha dado nacimiento, en las sociedades de
propiedad privada. Esta creencia no ha sido sugerida por ensueños
sentimentales, sino por hechos de observación indiscutibles. Está probado que
los salvajes y los bárbaros de la prehistoria, que vivían en régimen de
comunidad, no tenían ninguna noción de estos principios eternos: Summer Maine,
que es un sabio jurisconsulto, no los ha encontrado en las comunidades de aldea
de la India contemporánea, donde los habitantes toman como regla de conducta la
tradición y la costumbre.
Los conceptos
universales y necesarios, utilizados por los hombres en las sociedades de
propiedad privada para organizar su vida civil y política, siendo innecesarios
para las relaciones de los hombres de la futura sociedad de propiedad común, la
historia los recogerá y los clasificará en el museo de las ideas muertas.
[6] Juan Bautista Vico, Principios
de la Ciencia Nueva.
El sentido era tan
reciente, que la Academia Francesa no hizo figurar la palabra civilización
en su diccionario sino a partir de 1835. Fourier lo empleaba solamente para
designar el periodo burgués moderno.
La ciencia natural
tiene también su "historia ideal eterna"; es curioso e interesante
notar este paralelismo del pensamiento en las filosofías naturalista e
histórica. Aristóteles y los deístas admiten la existencia de un plan
preestablecido, según el cual Dios crea las especies animales, y al cual el
hombre puede descubrir por el estudio de la morfología comparada: "él
vuelve a recorrer entonces el pensamiento divino".
Los filósofos
materialistas, sustituyendo la Naturaleza a Dios, le atribuyen una especie de
plan inconsciente, o más bien un modelo, un tipo inmaterial e
irrealizado, según el cual se realizan las formas reales: para algunos, es un prototipo,
forma original, cuyos seres reales son perfeccionamientos graduales; para
otros, es un arquetipo, cuyas formas reales son nuevos modelamientos tan
variados como imperfectos.
Synesius lo
menciona en su Elogio de la Calvicie: "Aristóteles -dice- considera
a los proverbios como los restos de la filosofía de los tiempos pasados,
absorbidos por las revoluciones que han atravesado los hombres: su punzante
concisión los ha salvado del naufragio. A los proverbios y a las ideas que
expresan, se agrega, pues, la propia autoridad que tiene la antigua filosofía,
de donde ellos han venido, y de quien guardan la noble huella, pues, en los
siglos pasados, se tomaba mejor la vida que hoy".
El obispo
cristiano, alimentado como estaba por autores paganos, reproducía la opinión de
la Antigüedad, que pensaba que el hombre degeneraba en lugar de perfeccionarse.
Esta idea contenida en la mitología griega y relatada en muchos pasajes de la Ilíada,
era cambiada por los sacerdotes egipcios, quienes, según Herodoto, dividían los
tiempos pasados en tres periodos: la edad de los dioses, la de los héroes y la
de los hombres.
El hombre, desde
que ha salido del comunismo de la gens, ha creído siempre que
degeneraba, y que la dicha, el paraíso terrestre, la edad de oro, estaba en el
pasado. La idea de la perfectibilidad humana y del progreso social se ha
formado en el siglo XVIII, cuando la burguesía se acercaba al poder; pero en el
cristianismo ella desterró la dicha al cielo.
El socialismo
utópico la hizo descender a la tierra. "El paraíso no está detrás, sino
delante nuestro", decía Saint-Simon.
[9] Lewis H. Morgan, La sociedad
antigua.
[11] Cuvier, Discurso sobre las
revoluciones de la superficie del globo.
"Un pupilo no
arriesga jamás de perder, ni de ser lesionado en la gestión, y los beneficios,
la administración, es la misma para él como para los otros accionistas... Un
capitalista poseedor de cien millones, puede, en un instante, hacer efectiva su
fortuna, etc..."
Ella aseguraba la
paz social, pues "los gustos sediciosos se transforman en amor al orden,
si el hombre se hace propietario" o "el pobre, no poseyendo más que
un escudo, puede tomar parte con una de las acciones populares, divididas en
partículas muy pequeñas... y hacerse propietario en infinitamente pequeña
parte, del concepto, pudiendo decir nuestros palacios, nuestros
negocios, nuestros tesoros". Los socialistas utópicos eran más bien
los representantes del colectivismo capitalista que de la emancipación obrera.
Su edad de oro no era otra que la edad del dinero.
Napoleón III y sus
cómplices del golpe de Estado estaban imbuidos de estos principios del
socialismo utópico: ellos facilitaron a los bolsillos más pequeños el acceso a
las rentas sobre el Estado, cuya posesión, hasta entonces, era el privilegio de
los grandes bolsillos; democratizaron la renta, según la expresión de
uno de ellos, permitiendo la compra de cinco, y hasta de un franco de renta.
Creían, que interesando a la masa en la solidez del crédito público, impedirían
las revoluciones políticas.

