© Libro No. 348. Dialéctica
del Iluminismo. Max Horkheimer & Theodor Adorno. Colección Emancipación Obrera. Octubre 20 de 2012.
Título original: © Max
Horkheimer & Theodor Adorno (1944). Dialéctica del Iluminismo
Versión Original: © Max Horkheimer & Theodor Adorno. (1944). Dialéctica del
Iluminismo
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de imagen: La‑Escuela‑de‑Frankfurt‑.jpg. proyectoambulante.org
© Edición, reedición y
Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
Max Horkheimer & Theodor Adorno
(1944)
Dialéctica
del Iluminismo
Escrito: Se comenzó a
escribir en 1942, siendo acabado en 1944.
Digitalización: Por Diego Burd, 2004
Prólogo a la primera edición alemana
Cuando hace dos años iniciamos el trabajo cuyas
primeras pruebas dedicamos ahora a Friedrich Pollock, esperábamos poder
terminar y presentar la totalidad en ocasión de su quincuagésimo aniversario.
Pero cuanto más adelantábamos en la empresa más nos dábamos cuenta de la
desproporción entre ella y nuestras fuerzas. Lo que nos habíamos propuesto era
nada menos que comprender por qué la humanidad, en lugar de entrar en un estado
verdaderamente humano, desembocó en un nuevo género de barbarie. Habíamos subestimado
las dificultades del tema, porque teníamos aun demasiada fe en la conciencia
actual. A pesar de haber observado desde hacía muchos años que en la actividad
científica moderna las grandes invenciones se pagan con una creciente
decadencia de la cultura teórica, creíamos poder guiarnos por el modelo de la
organización científica, en el sentido de que nuestra contribución se limitase
esencialmente a la crítica o a la continuación de doctrinas particulares.
Hubiéramos debido atenernos, por lo menos en el orden temático, a las
disciplinas tradicionales: sociología, psicología y gnoseología.
Los fragmentos recogidos en este volumen demuestran
que hemos debido renunciar a aquella fe. Si el examen y el estudio atento de la
tradición científica constituye un momento indispensable para el conocimiento
-en especial allí donde los depuradores positivistas la abandonan al olvido
como cosa inútil-, por otro lado, en la fase actual de la civilización burguesa
ha entrado en crisis no sólo la organización sino el sentido mismo de la
ciencia. Lo que los fascistas hipócritamente elogian y lo que los dóciles
expertos en humanidad ingenuamente cumplen, la autodestrucción incesante del
iluminismo, obliga al pensamiento a prohibirse hasta el último candor respecto
de los hábitos y las tendencias del espíritu del tiempo. Si la vida pública ha
alcanzado un estadio en el que el pensamiento se transforma inevitablemente en
mercancía y la lengua en embellecimiento de ésta, el intento de desnudar tal
depravación debe negarse a obedecer las exigencias lingüísticas y teóricas
actuales antes de que sus consecuencias históricas universales lo tornen por
completo imposible.
Si los obstáculos fueran solamente aquellos que
derivan de la instrumentalización inconsciente de la ciencia, el análisis de
los problemas sociales podría vincularse con las tendencias que están en
oposición a la ciencia oficial. Pero también éstas han sido embestidas por el
proceso global de la producción y no han cambiado menos que la ideología contra
la cual se dirigían. Les aconteció lo que siempre le acontece al pensamiento
victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su elemento crítico para convertirse
en instrumento al servicio de una realidad, contribuye sin querer a transformar
lo positivo en algo negativo y funesto. La filosofía, que en el siglo XVIII, a
pesar de la quema de libros y hombres, inspiraba a la infamia un terror mortal,
bajo Napoleón había pasado ya al partido de ésta. Incluso la escuela
apologética de Comte usurpó la sucesión de los inflexibles enciclopedistas y
tendió la mano a todo aquello contra lo cual éstos habían combatido. Las
metamorfosis de la crítica en aprobación no dejan inmune ni siquiera el
contenido teórico, cuya verdad se volatiliza. Por lo demás, hoy la historia
motorizada anticipa incluso estos desarrollos espirituales, y los exponentes
oficiales, que tienen otras preocupaciones, liquidan la teoría que los ha
ayudado a conquistarse un puesto bajo el sol aun antes de que ésta haya tenido
tiempo de prostituirse.
En la reflexión crítica sobre su propia culpa el
pensamiento se ve por lo tanto privado no sólo del uso afirmativo de la
terminología científica y cotidiana sino también de la de la oposición. No se
presenta más una sola expresión que no procure conspirar con tendencias del
pensamiento dominante, y lo que una lengua destruida no hace por cuenta propia
es sustituido inevitablemente por los mecanismos sociales. A los censores
libremente mantenidos por las firmas cinematográficas a los efectos de evitar
gastos mayores corresponden fuerzas análogas en todos los campos. El proceso al
que es sometido un texto literario, si no es ya en la previsión automática del
autor, de todos modos parte del staff de lectores, revisores, ghost writers,
dentro y fuera de las editoriales, supera en perfección a toda censura. Tornar
completamente superfluas las funciones de la censura parece ser -no obstante
toda reforma útil- la ambición del sistema educativo. En su convicción de que,
si no se limita estrictamente a la determinación de los hechos y al cálculo de
probabilidades, el espíritu cognoscitivo se hallaría demasiado expuesto al
charlatanismo y a la superstición, el sistema educativo prepara el árido
terreno para que acoja ávidamente supersticiones y charlatanismo. Así como la
prohibición ha abierto siempre camino al producto más nocivo, del mismo modo la
prohibición de la imaginación teórica abre camino a la locura política. Y en la
medida en que los hombres no han caído aún en su poder, son privados por los
mecanismos de censura -externos o introyectados en su interior- de los medios
necesarios para resistir.
La aporía ante la que nos encontramos frente a
nuestro trabajo se reveló así como el primer objetivo de nuestro estudio: la
autodestrucción del iluminismo. No tenemos ninguna duda -y es nuestra petición
de principio- respecto a que la libertad en la sociedad es inseparable del
pensamiento iluminista. Pero consideramos haber descubierto con igual claridad
que el concepto mismo de tal pensamiento, no menos que las formas históricas
concretas y las instituciones sociales a las que se halla estrechamente ligado,
implican ya el germen de la regresión que hoy se verifica por doquier. Si el
iluminismo no acoge en sí la conciencia de este momento regresivo, firma su
propia condena. Si la reflexión sobre el aspecto destructor del progreso es
dejada a sus enemigos, el pensamiento ciegamente pragmatizado pierde su
carácter de superación y conservación a la vez, y por lo tanto también su
relación con la verdad. En la misteriosa actitud de las masas técnicamente
educadas para caer bajo cualquier despotismo, en su tendencia autodestructora a
la paranoia "popular", en todo este absurdo incomprendido se revela
la debilidad de la comprensión teórica de hoy.
Creemos contribuir con estos fragmentos a dicha
comprensión en la medida en que muestran que la causa de regresión del
iluminismo a la mitología no debe ser buscada tanto en las modernas mitologías
nacionalistas, paganas, etc., elegidas deliberadamente como fines regresivos,
como en el propio iluminismo paralizado por el miedo a la verdad, entendiendo a
ambos conceptos no sólo en el sentido de la "historia de la cultura"
sino también en sentido real. Así como el iluminismo expresa el movimiento real
de la sociedad burguesa en general bajo la especie de sus ideas, encarnadas en
personas e instituciones, del mismo modo la verdad no es sólo la conciencia
racional sino también su configuración en la realidad. El miedo característico
del auténtico hijo de la civilización moderna de alejarse de los hechos, que,
por lo demás, desde que son percibidos se hallan ya esquemáticamente
preformados por las costumbres dominantes en la ciencia, en los negocios y en
la política, es idéntico al miedo respecto a la desviación social. Tales
costumbres determinan incluso el concepto de claridad (en la lengua y en el
pensamiento) al que arte, literatura y filosofía deberían hoy adecuarse. Este
concepto -que califica de oscuro y complicado, y sobre todo de extraño al
espíritu nacional, al pensamiento que interviene negativamente en los hechos y
en las formas de pensar dominantes- condena al espíritu a una ceguera cada vez
más profunda. El hecho de que incluso el reformer más honesto, que recomienda
la renovación de un lenguaje consumido por el uso, refuerce -al hacer suyo un
aparato categorial prefabricado y la mala filosofía en que éste se sostiene- el
poder de lo que existe, ese mismo poder que querría quebrantar, forma parte de
la situación sin camino de salida. La falsa claridad es sólo otra forma de
indicar el mito. El mito ha sido siempre oscuro y evidente a la vez, y se ha
distinguido siempre por su familiaridad, lo que exime del trabajo del concepto.
La condena natural de los hombres es hoy
inseparable del progreso social. El aumento de la producción económica que
engendra por un lado las condiciones para un mundo más justo, procura por otro
lado al aparato técnico y a los grupos sociales que disponen de él una inmensa
superioridad sobre el resto de la población. El individuo se ve reducido a cero
frente a las potencias económicas. Tales potencias llevan al mismo tiempo a un
nivel, hasta ahora sin precedentes, el dominio de la sociedad sobre la naturaleza.
Mientras el individuo desaparece frente al aparato al que sirve, ese aparato lo
provee como nunca lo ha hecho. En el estado injusto la impotencia y la
dirigibilidad de la masa crece con la cantidad de bienes que le es asignada. La
elevación del nivel de vida de los inferiores -materialmente considerable y
socialmente insignificante- se refleja en la aparente e hipócrita difusión del
espíritu, cuyo verdadero interés es la negación de la reificación. El espíritu
no puede menos que debilitarse cuando es consolidado como patrimonio cultural y
distribuido con fines de consumo. El alud de informaciones minuciosas y de
diversiones domesticadas corrompe y estupidiza al mismo tiempo.
No se trata de la cultura como valor, en el sentido
de los "críticos de la civilización", Huxley, Jaspers, Ortega y
Gasset, etc., sino del hecho de que el iluminismo debe tomar conciencia de sí,
si no se quiere que los hombres sean completamente traicionados. No se trata de
conservar el pasado, sino de realizar sus esperanzas. Mientras que hoy el
pasado continúa como destrucción del pasado. Si la cultura respetable ha sido
hasta el siglo pasado un privilegio pagado con mayores sufrimientos por quienes
se hallaban excluidos de la cultura, la fábrica higiénica de nuestro siglo ha
sido pagada con la fusión de todos los elementos culturales en el crisol
desmesurado. Y tal vez no fuese siquiera un precio tan alto como lo consideran
los defensores de la cultura, si la venta y liquidación de la cultura no
contribuyese a pervertir y convertir en lo contrario las mejoras económicas.
En las condiciones actuales incluso los bienes
materiales se convierten en elementos de desventura. Si la masa de los bienes
materiales, por falta del sujeto social, daba origen en el período precedente,
bajo forma de superproducción, a crisis de la economía interna, hoy, cuando
grupos de poder han ocupado el puesto y la función de aquel sujeto social,
dicha masa produce la amenaza internacional del fascismo: el progreso se
invierte y se convierte en regreso. El hecho de que la fábrica higiénica y todo
lo que con ella se relaciona liquiden obtusamente la metafísica es cosa en
definitiva indiferente; pero que la fábrica y el palacio de deportes se
conviertan dentro de la totalidad social en una cortina ideológica tras la que
se condensa la miseria real no resulta indiferente. A partir de este punto
surgen nuestros fragmentos.
El primer ensayo, que es la base teórica de los
siguientes, busca esclarecer la mezcla de racionalidad y realidad social, y
también la otra mezcla, inseparable de la primera, de naturaleza y dominio de
la naturaleza. La crítica a la que en tal ensayo se somete al iluminismo tiene
por objeto preparar un concepto positivo de éste, que lo libere de la
petrificación en ciego dominio.
En términos muy generales el primer ensayo podría
resumirse, en su aspecto crítico, en dos tesis: el mito es ya iluminismo, el
iluminismo vuelve a convertirse en mitología. Estas tesis son ilustradas en los
dos excursus sobre temas concretos particulares. El primero estudia la
dialéctica de mito e iluminismo en la Odisea, como en uno de los primerísimos
documentos representativos de la civilización burguesa occidental. En el centro
se hallan los conceptos de sacrificio y de renuncia, en los cuales se revela la
diferencia y la unidad de la naturaleza mítica y del dominio racional de la
naturaleza. El segundo excursus se ocupa de Kant, Sade y Nietzsche, inflexibles
ejecutores del iluminismo. En él se muestra cómo el dominio de todo lo que es
natural en el sujeto dueño de sí concluye justamente en el dominio de la
objetividad y de la naturalidad más ciega. Esta tendencia nivela todos los
contrastes del pensamiento burgués, empezando por el que existe entre rigor
moral y amoralidad absoluta.
El capítulo sobre la industria cultural muestra la
regresión del iluminismo a la ideología que tiene su expresión canónica en el
cine y en la radio, donde el iluminismo reside sobre todo en el cálculo del
efecto y en la técnica de producción y difusión; la ideología, en cuanto a
aquello que es su verdadero contenido, se agota en la fetichización de lo
existente y del poder que controla la técnica. En el análisis de esta
contradicción la industria cultural es tomada con más seriedad que lo que ella
misma querría. Pues dado que sus continuas declaraciones respecto a su carácter
comercial y a su naturaleza de verdad reducida se han convertido desde hace
tiempo en una excusa para sustraerse a la responsabilidad de la mentira,
nuestro análisis se atiene a la pretensión objetivamente inherente a sus
productos de ser creaciones estéticas y de ser por lo tanto verdad
representada. En la inconsistencia de tal pretensión se desenmascara la
vacuidad social de tal industria. Este capítulo es aun más fragmentario que los
otros.
El análisis en forma de tesis de los
"elementos del antisemitismo" está dedicado al retorno de la sociedad
iluminada a la barbarie en la realidad. La tendencia a la autodestrucción
pertenece desde el comienzo a la racionalidad no sólo idealmente sino también
prácticamente y no sólo en la fase en que emerge en toda su evidencia. En este
sentido es esbozada una prehistoria filosófica del antisemitismo. Su
"irracionalismo" se deduce de la esencia misma de la razón dominante
y del mundo hecho a su imagen.
Los Elementos están relacionados en forma estrecha
con investigaciones empíricas del Institut für Sozialforschung, fundación
creada y mantenida en vida por Felix Weil, sin la cual no sólo nuestros
estudios sino también buena parte del trabajo teórico continuado a pesar de
Hitler por los alemanes emigrados no hubiera sido posible.
En la última sección se publican apuntes y esbozos
que en parte entran dentro de la corriente teórica de los ensayos precedentes,
pero que no podían hallar su puesto en ellos, y en parte dibujan
provisionalmente problemas que serán objeto de trabajo futuro. Se refieren en
su mayor parte a una antropología dialéctica.
Los Ángeles, California, mayo de 1944.
El libro no contiene modificaciones importantes en
el texto, terminado durante la guerra. Se ha agregado a continuación la última
tesis de los Elementos del antisemitismo.
Junio de 1947
MAX
HORKHEIMER
THEODOR W. ADORNO
* * *
Concepto de Iluminismo
El iluminismo, en el sentido más amplio de
pensamiento en continuo progreso, ha perseguido siempre el objetivo de quitar
el miedo a los hombres y de convertirlos en amos. Pero la tierra enteramente
iluminada resplandece bajo el signo de una triunfal desventura. El programa del
iluminismo consistía en liberar al mundo de la magia. Se proponía, mediante la
ciencia, disolver los mitos y confutar la imaginación: Bacon, "el padre de
la filosofía experimental", (1) recoge ya los diversos temas. Desprecia a
los partidarios de la tradición, quienes "primero creen que otros saben lo
que ellos no saben; luego suponen saber ellos mismos lo que ellos no saben. La
credulidad, la aversión respecto a la duda, la precipitación en las respuestas,
la pedantería cultural, el temor a contradecir, la indolencia en las
investigaciones personales, el fetichismo verbal, la tendencia a detenerse en
los conocimientos parciales: todo esto y otras cosas más han impedido las
felices bodas del intelecto humano con la naturaleza de las cosas, para hacer
que se ayuntase en cambio con conceptos vanos y experimentos desordenados. Es
fácil imaginar los frutos y la descendencia de una unión tan gloriosa. La
imprenta, invención grosera; el cañón, que estaba ya en el aire; la brújula,
conocida ya en cierta medida antes: ¡qué cambios no han aportado, la una al
estado de la ciencia, el otro al de la guerra, la tercera al de las finanzas,
el comercio y la navegación! Y hemos dado con estas invenciones, repito, casi
por casualidad. La superioridad del hombre reside en el saber, no hay ninguna
duda respecto a ello. En el saber se hallan reunidas muchas cosas que los reyes
con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa,
de las que sus informantes no pueden darles noticias y hacia cuyas tierras de
origen sus navegantes y descubridores no pueden enderezar el curso. Hoy
dominamos la naturaleza sólo en nuestra opinión, y nos hallamos sometidos a su
necesidad; pero si nos dejásemos guiar por ella en la invención, podríamos ser
sus amos en la práctica". (2)
Bien que ajeno a las matemáticas, Bacon ha sabido
descubrir con exactitud el animus de la ciencia sucesiva. El feliz connubio en
que piensa, entre el intelecto humano y la naturaleza de las cosas, es de tipo
patriarcal: el intelecto que vence a la superstición debe ser el amo de la
naturaleza desencantada. El saber, que es poder, no conoce límites, ni en la
esclavización de las criaturas ni en su fácil aquiescencia a los señores del
mundo. Se halla a disposición tanto de todos los fines de la economía burguesa,
en la fábrica y en el campo de batalla, como de todos los que quieran
manipularlo, sin distinción de sus orígenes. Los reyes no disponen de la
técnica más directamente que lo que hacen los mercaderes: la técnica es
democrática como el sistema económico en que se desarrolla. La técnica es la
esencia de tal saber. Dicho saber no tiende -sea en Oriente como en Occidente-
a los conceptos y a las imágenes, a la felicidad del conocimiento, sino al
método, a la explotación del trabajo, al capital privado o estatal. Todos los
descubrimientos que aun promete según Bacon son a su vez instrumentos: la radio
como imprenta sublimada, el avión de caza como artillería más eficaz, el
proyectil guiado a distancia como brújula más segura. Lo que los hombres
quieren aprender de la naturaleza es la forma de utilizarla para lograr el
dominio integral de la naturaleza y de los hombres. Ninguna otra cosa cuenta.
Sin miramientos hacia sí mismo, el iluminismo ha quemado hasta el último resto
de su propia autoconciencia. Sólo el pensamiento que se hace violencia a sí
mismo es lo suficientemente duro para traspasar los mitos. frente al actual
triunfo del "sentido de los hechos", incluso el credo nominalista de
Bacon resultaría sospechoso de metafísica y caería bajo la acusación de vanidad
que él mismo formuló contra la escolástica. Poder y conocer son sinónimos. (3)
La estéril felicidad de conocer es lasciva tanto para Bacon como para Lutero.
Lo que importa no es la satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operation,
el procedimiento eficaz; "el verdadero fin y tarea de la ciencia"
reside no en "discursos plausibles, edificantes, dignos o llenos de
efecto, o en supuestos argumentos evidentes, sino en el empeño y en el trabajo,
y en el descubrimiento de detalles antes desconocidos para un mejor
equipamiento y ayuda en la vida". (4)
No debe existir ningún misterio, pero tampoco el
deseo de su revelación.
La liberación del mundo respecto a la magia es la
liquidación del animismo. Jenófanes ridiculiza a los dioses múltiples, que se
asemejan a sus creadores, los hombres, con todos sus accidentes y defectos, y
la lógica más reciente denuncia las palabras convencionales del lenguaje como
monedas falsas que conviene sustituir por fiches neutrales. El mundo se
convierte en caos y la síntesis en salvación. No hay ya ninguna diferencia
entre el animal totémico, los sueños del visionario y la idea absoluta. En su
itinerario hacia la nueva ciencia los hombres renuncian al significado.
Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad.
La causa ha sido el último concepto filosófico con el cual la crítica
científica ha arreglado cuentas, puesto que era el único de los viejos que aún
se le resistía, la última secularización del principio creador. Definir
modernamente sustancia y cualidad, actividad y pasión, ser y existencia, ha
sido, desde Bacon en adelante, interés y tarea de la filosofía; pero la ciencia
se desentendía ya de estas categorías. Habían sobrevivido como idola theatri de
la vieja metafísica, y eran ya, en los tiempos de aquélla, monumentos de
entidad y fuerzas de la prehistoria, cuya vida y muerte habían sido expuestas y
trazadas en los mitos. Las categorías mediante las cuales la filosofía
occidental definía el orden eterno de la naturaleza, señalaban puntos ya
ocupados por Ocnos y Perséfona, Ariadna y Nereo. Las categorías presocráticas
fijan el momento del tránsito. Lo húmedo, lo informe, el aire, el fuego, que
aparecen en ellas como materia prima de la naturaleza, son residuos apenas
racionalizados de la concepción mítica. Así como las imágenes de la generación
de la tierra y del río, llegadas hasta los griegos desde el Nilo, se
convirtieron allí en principios hilozoicos, en elementos, del mismo modo la
inagotable ambigüedad de los demonios míticos se espiritualizó en la forma pura
de las esencias ontológicas. Por último, con las ideas de Platón, incluso las
divinidades patriarcales del Olimpo invisten las características del logos
filosófico. Pero en la herencia platónica y aristotélica de la metafísica el
iluminismo reconoció las antiguas fuerzas y persiguió como superstición la
pretensión de verdad de los universales. El iluminismo cree aún descubrir en la
autoridad de los conceptos generales el miedo a los demonios, con cuyas
imágenes y reproducciones los hombres buscaban, en el ritual mágico, influir
sobre la naturaleza. A partir de ahora la materia debe ser dominada más allá de
toda ilusión respecto a fuerzas superiores a ella o inmanentes en ella, es
decir, de cualidades ocultas. Lo que no se adapta al criterio del cálculo y de
la utilidad es, a los ojos del iluminismo, sospechoso. Y cuando el iluminismo
puede desarrollarse sin perturbaciones provenientes de la opresión externa, el
freno desaparece. Sus mismas ideas sobre los derechos de los hombres terminan
por correr la suerte de los viejos universales. Ante cada resistencia
espiritual que encuentra su fuerza no hace más que aumentar. (5) Ello deriva
del hecho de que el iluminismo se reconoce a sí mismo incluso en los mitos.
Cualesquiera que sean los mitos a los que incumbe la resistencia, por el solo
hecho de convertirse en argumentos en este conflicto, rinden homenaje al principio
de la racionalidad analítica que reprochan al iluminismo. El iluminismo es
totalitario.
En la base del mito el iluminismo ha visto siempre
antropomorfismo, la proyección de lo subjetivo sobre la naturaleza. (6) Lo
sobrenatural, espíritus y demonios, serían imágenes reflejas de los hombres,
que se dejaban asustar por la naturaleza. Las diversas figuras míticas son
todas reducibles, según el iluminismo, al mismo denominador, es decir, al
sujeto. La respuesta de Edipo al enigma de la Esfinge -" el hombre"-
vuelve indiscriminadamente, como solución estereotipada del iluminismo, ya se
trate de un trozo de significado objetivo, de las líneas de un ordenamiento,
del miedo a fuerzas malignas o de la esperanza de salvación. El iluminismo
reconoce a priori, como ser y acaecer, sólo aquello que se deja reducir a una
unidad; su ideal es el sistema, del cual se deduce todo y cualquier cosa. En
eso no se distinguen sus versiones racionalista y empirista. Pese a que las
diversas escuelas podían interpretar diversamente los axiomas, la estructura de
la ciencia unitaria era siempre la misma. El postulado baconiano de una
scientia universalis (8) es -pese al pluralismo de los campos de investigación-
tan hostil a lo que no se puede relacionar como la mathesis universalis
leibniziana al salto. La multiplicidad de las figuras queda reducida a la
posición y el ordenamiento, la historia al hecho, las cosas a materia. Según
Bacon, debe subsistir entre los principios supremos y las proposiciones
empíricas una conexión lógica evidente a través de los diversos grados de
universalidad. De Maistre lo toma en broma diciendo que posee une idole d´
échelle. (9) La lógica formal ha sido la gran escuela de la unificación. La
lógica formal ofrecía a los iluministas el esquema de la calculabilidad del
universo. La equiparación de sabor mitológico de las ideas con los números en
los últimos escritos de Platón expresa el anhelo de toda desmitización: el
número se convierte en el canon del iluminismo. Las mismas ecuaciones dominan
la justicia burguesa y el intercambio de mercancías. "¿No es acaso la
regla de que sumando lo impar a lo par se obtiene impar, un principio tanto de
la justicia como de la matemática? ¿Y no existe una verdadera correspondencia
entre justicia conmutativa y distributiva por un lado y proporciones
geométricas por el otro?" (10) La sociedad burguesa se halla dominada por
lo equivalente. Torna comparable lo heterogéneo reduciéndolo a grandezas
abstractas. Todo lo que no se resuelve en números, y en definitiva en lo uno,
se convierte para el iluminismo en apariencia; y el positivismo moderno confina
esto a la literatura. Unidad es la palabra de orden, desde Parménides a
Russell. Se continúa exigiendo la destrucción de los dioses y de las
cualidades.
Pero los mitos que caen bajo los golpes del
iluminismo eran ya productos del mismo iluminismo. En el cálculo científico del
acontecer queda anulada la apreciación que el pensamiento había formulado en
los mitos respecto al acontecer. El mito quería contar, nombrar, manifestar el
origen: y por lo tanto también exponer, fijar, explicar. Esta tendencia se vio
reforzada por el extendimiento y la recompilación de los mitos, que se
convirtieron en seguida, de narraciones de cosas acontecidas, en doctrina. Todo
ritual implica una concepción del acontecer, así como del proceso específico
que debe ser influido por el encantamiento. Este elemento teórico del ritual se
tornó independiente en las primeras epopeyas de los pueblos. Los mitos, tal
como los encontraron los trágicos, se hallan ya bajo el signo de esa disciplina
y ese poder que Bacon exalta como meta. En el lugar de los espíritus y demonios
locales había aparecido el cielo y su jerarquía, en el lugar de las prácticas
exorcizantes del mago y la tribu, el sacrificio graduado jerárquicamente y el
trabajo de los esclavos mediatizado mediante el mando. Las divinidades
olímpicas no son ya directamente idénticas a los elementos, sino que los
simbolizan. En Homero, Zeus preside el cielo diurno, Apolo guía el sol, Helios
y Eo se hallan ya en los límites de la alegoría. Los dioses se separan de los
elementos como esencias de éstos. A partir de ahora el ser se divide en el
logos -que se reduce, con el progreso de la filosofía, a la mónada, al mero
punto de referencia- y en la masa de todas las cosas y criaturas exteriores.
Una sola diferencia, la que existe entre el propio ser y la realidad, absorbe a
todas las otras. Si se dejan de lado las diferencias, el mundo queda sometido
al hombre. En ello concuerdan la historia judía de la creación y la religión
olímpica. "...Y dominarán los peces del mar y los pájaros del cielo y en
los ganados y en todas las fieras de la tierra y en todo reptil que repta sobre
la tierra."(11) "Oh Zeus, padre Zeus, tuyo es el dominio del cielo, y
tú vigilas desde lo alto las obras de los hombres, justas y malvadas, e incluso
la arrogancia de los animales y te complace la rectitud."(12) "Puesto
que las cosas son así, uno expía inmediatamente y otro más tarde; pero incluso
si alguien pudiera escapar y la amenazadora fatalidad de los dioses no lo
alcanzara en seguida, tal fatalidad termina infaliblemente por cumplirse, e
inocentes deben pagar por la mala acción, sus hijos o una generación
posterior"(13) Frente a los dioses se mantiene sólo quien se somete
totalmente. El surgimiento del sujeto se paga con el reconocimiento del poder
como principio de todas las relaciones. Frente a la unidad de esta razón la
división entre Dios y hombre parece en verdad irrelevante, tal como la razón
impasible lo hiciera notar desde la más antigua crítica homérica. Como señores
de la naturaleza, el dios creador y el espíritu ordenador se asemejan. La
semejanza del hombre con Dios consiste en la soberanía sobre lo existente, en
la mirada patronal, en el mando.
El mito perece en el iluminismo y la naturaleza en
la pura objetividad. Los hombres pagan el acrecentamiento de su poder con el
extrañamiento de aquello sobre lo cual lo ejercitan. El iluminismo se relaciona
con las cosas como el dictador con los hombres, pues el dictador sabe cuál es
la medida en que puede manipular a éstos. El hombre de ciencia conoce las cosas
en la medida en que puede hacerlas. De tal suerte el en-sí de éstas se
convierte en para-él. En la transformación la esencia de las cosas se revela
cada vez como la misma: como fundamento del dominio. Esta identidad funda y
constituye la unidad de la naturaleza. La cual se hallaba escasamente presente
en la evocación mágica, como unidad del sujeto. Los ritos del shamán se
dirigían al viento, a la lluvia, a la serpiente exterior o al demonio en el
enfermo, y no a materias o registros. Y quien practicaba no era el espíritu uno
e idéntico: éste variaba de acuerdo con las máscaras del culto, que debían
asemejarse a los diversos espíritus. La magia es una falsedad sanguinolenta,
pero en ella no se llega todavía a esa negación aparente del dominio por la
cual el dominio mismo, transformado en pura verdad, se coloca como base del
mundo caído en su poder. El mago se torna similar a los demonios; para asustarlos
o para aplacarlos adopta actitudes horribles o mansas. Por más que su oficio
sea la repetición, aún no se ha proclamado -como el hombre civil, para quien
los modestos terrenos de caza se reducirán al cosmos unitario, a la síntesis de
toda posibilidad de presa- copia e imagen del poder invisible. Sólo en la
medida en que es (y se conserva) hecho a semejanza de ese poder consigue el
hombre la identidad del Sí, que no puede perderse en la identificación con
otro, sino que se posee de una vez para siempre, como máscara impenetrable. Es
la identidad del espíritu y su correlato, la unidad de la naturaleza, ante la
cual sucumbe la multitud de las cualidades. La naturaleza privada de sus
cualidades se convierte en materia caótica, objeto de pura subdivisión, y el Sí
omnipotente en mero tener, en identidad abstracta. En la magia la
sustituibilidad es específica. Lo que le acontece a la lanza del enemigo, a su
pelo, a su nombre, le acontece también a su persona; la víctima sacrificial es
ejecutada en lugar del dios. La sustitución en el sacrificio es un progreso
hacia la lógica discursiva. Incluso si la cierva que era preciso sacrificar por
la hija o el cordero que había que ofrecer por el primogénito debían poseer aún
cualidades específicas, representaban sin embargo ya la especie, tenían ya la
accidentalidad arbitraria del catálogo. Pero el carácter sacro del hic et nunc,
la unicidad del elegido, que incluso el sustituto asume, lo distingue
radicalmente, lo convierte, incluso, en el cambio, en insustituible. La ciencia
pone fin a esto . No hay en la ciencia sustituibilidad específica: víctimas, sí
pero ningún dios. La sustituibilidad se convierte en fungibilidad universal. Un
átomo no es desintegrado en sustitución, sino como espécimen de la materia, y
no es en un lugar o en representación, sino considerado como mero ejemplar, la
forma en que el conejo recorre el via crucis del laboratorio. Justamente debido
a que en la ciencia funcional las diferencias son tal lábiles que todo
desaparece en la materia única, el objeto científico se fosiliza; y, en
comparación, el rígido ritual de antaño se aparece como dúctil, pues aún
sustituía una cosa por otra cosa. El mundo de la magia contenía aún
diferencias, cuyos rasgos han desaparecido incluso en la forma lingüística.(14)
Las múltiples afinidades entre lo que existe son anuladas por la relación única
entre el sujeto que da sentido y el objeto privado de éste, entre el
significado racional y el portador accidental de dicho significado. En la fase
mágica, sueño e imagen no eran considerados sólo como un signo de la cosa, sino
que estaban unidos a ella por la semejanza o por el nombre. No se trata de una
relación de intencionalidad sino de afinidad. La magia, como la ciencia, busca
fines, pero los persigue mediante la mimesis y no a través de una creciente
separación del objeto. La magia no se fundamenta en modo alguno en "la
omnipotencia del pensamiento", que el primitivo se atribuiría al igual que
el neurótico;(15) no puede existir "supervaloración de los procesos
psíquicos en relación con la realidad" allí donde pensamiento y realidad
no se hallan radicalmente separados. La "inflexible fe en la posibilidad
de dominar el mundo",(16) que Freud atribuye anacrónicamente a la magia,
corresponde sólo al dominio del mundo según el principio de realidad por obra
de la ciencia serena y madura. Para que las prácticas limitadas del brujo
cediesen su puesto a la técnica industrial universalmente aplicable era antes
necesario que los pensamientos se independizasen de los objetos tal como ocurre
en el Yo adaptado a la realidad.
Como totalidad lingüísticamente desarrollada -que
con su pretensión de verdad cubre de sombra a la fe mítica más antigua, las
religiones populares-, el mito solar, patriarcal, es ya iluminismo, con el cual
el iluminismo filosófico puede medirse en el mismo plano. Ahora tropieza con un
igual. La mitología misma ha puesto en marcha el proceso sin fin del
iluminismo, en el que, con necesidad ineluctable, toda concepción teórica
determinada cae bajo la acusación destructora de no ser más que una fe, hasta que
también los conceptos de espíritu, verdad e incluso de iluminismo quedan
relegados como magia animista. El principio de la necesidad fatal por el que
perecen los héroes del mito, y que se desarrolla como lógica consecuencia del
veredicto oracular, no domina sólo -purificado hasta la coherencia de la lógica
formal- en todo sistema racionalista de la filosofía occidental, sino sobre la
sucesión misma de los sistemas, que comienza con la jerarquía de los dioses y,
en un permanente crepúsculo de los ídolos, exhala, como contenido idéntico, la
ira por la falta de honestidad. Así como los mitos cumplen ya una obra
iluminista, del mismo modo el iluminismo se hunde a cada paso más profundamente
en la mitología. Recibe la materia de los mitos para destruirlos y, como juez,
incurre a su vez en el encantamiento mítico. Quiere huir al proceso fatal de la
represalia, ejerciendo la represalia sobre el proceso mismo. En los mitos todo
acontecimiento debe pagar por el hecho de haber acontecido. Lo mismo acontece
en el iluminismo: el hecho se anula apenas ha ocurrido. La ley de la igualdad
de acción y reacción afirmaba el poder de la repetición sobre todo lo que
existe mucho tiempo después de que los hombres se hubieran liberado de la
ilusión de identificarse, mediante la repetición, con la realidad repetida y de
sustraerse así a su poder. Pero cuanto más desaparece la ilusión mágica, tanto
más despiadadamente la repetición, bajo el nombre de legalidad, fija al hombre
en el ciclo, en el cual, por haberlo objetivado en la ley de la naturaleza, el
hombre cree desempeñar el papel de sujeto libre. El principio de inmanencia, la
explicación de todo acaecer como repetición, que el iluminismo sostiene contra
la fantasía mítica, es el principio mismo del mito. La árida sabiduría para la
cual no hay nada nuevo bajo el sol, porque todas las cartas del absurdo juego
han sido jugadas, todos los grandes pensamientos han sido ya pensados, los
descubrimientos posibles se pueden construir a priori, y los hombres están
condenados a la autoconservación por adaptación, esta árida sabiduría no hace
más que reproducir la sabiduría fantástica que rechaza: la confirmación del
destino, que renueva continuamente, mediante el talión, lo que ya había sido.
Lo que podría ser de otra forma es nivelado. Tal es el veredicto que erige
críticamente los confines de la experiencia posible. El precio de la identidad
de todo con todo consiste en que nada puede ser idéntico a sí mismo. El
iluminismo disuelve el error de la vieja desigualdad, el dominio inmediato, pero
lo eterniza en la mediación universal que relaciona todo ente a otro. Hace lo
que Kierkegaard cita en elogio de su ética protestante y que aparece ya en el
cielo de las leyendas de Hércules como uno de los arquetipos del poder mítico:
destruye lo inconmensurable. No sólo son disueltas las cualidades en el
pensamiento, sino que asimismo se obliga a los hombres a la conformidad real.
La ventaja de que el mercado no se preocupe por el nacimiento ha sido pagada,
por el sujeto del cambio, mediante la necesidad de permitir que la producción
de mercancías que se pueden adquirir en el mercado modele las posibilidades
conferidas por el nacimiento. Los hombres han recibido como don un Sí propio y
particular y distinto de todos los demás sólo para que se convirtiese con mayor
seguridad en idéntico. Pero dado que tal Sí no se adecuó nunca del todo, el
iluminismo simpatizó siempre, incluso durante el período liberal, con la
constricción social. La unidad de lo colectivo manipulado consiste en la
negación de todo lo singular; es una burla dirigida a esa sociedad que podría
hacer del individuo un individuo. La horda, cuyo nombre retorna en la
organización de la "Juventud de Hitler", no es una recaída en la
antigua barbarie, sino el triunfo de la igualdad represiva, el desplegarse de
la igualdad jurídica como injusticia mediante los iguales. El mito de cartón de
los fascistas se revela como lo auténtico de la prehistoria, justamente en la
medida en que lo verdadero analizaba con atención la represalia, mientras que
lo falso la ejecuta ciegamente en las víctimas. Toda tentativa de liquidar la
constricción natural liquidando la naturaleza cae con mayor profundidad en la
coacción natural. Y tal es el curso de la civilización europea. La abstracción,
instrumento del iluminismo, se conduce con sus objetos igual que el destino,
cuyo concepto elimina: como liquidación. Bajo el dominio nivelador de lo
abstracto, que vuelve todo repetible en la naturaleza, y de la industria, para
la cual lo anterior prepara, los liberados mismos terminaron por convertirse en
esa "tropa" en la cual Hegel(17) señaló los resultados del
iluminismo.
La separación del sujeto respecto al objeto,
premisa de la abstracción, se funda en la separación respecto a la cosa, que el
amo logra mediante el servidor. Los cantos de Homero y los himnos del Rig Veda
provienen de la época del dominio de las tierras y de las rocas, cuando un
belicoso pueblo de dominadores se monta sobre la masa de los indígenas
vencidos.(18) El dios supremo entre los dioses nace con este mundo burgués en
el que el rey, jefe de la nobleza armada, obliga a los vencidos a servir en la
gleba, mientras que médicos, adivinos, artesanos y mercaderes se ocupan del
traficar. Con el fin del nomadismo el orden social se constituyó sobre la base
de la propiedad estable. Dominio y trabajo se separan. Un propietario como
Odiseo "dirige desde lejos un personal numeroso y minuciosamente
diferenciado de cuidadores de bueyes, de cabras, de cerdos y servidores. Por la
noche, después de haber visto encenderse desde su castillo mil fuegos en el
campo, puede echarse tranquilamente a dormir: sabe que sus bravos servidores
velan, para tener alejadas a las bestias feroces y para expulsar a los ladrones
de los recintos confiados a su custodia".(19) La universalidad de las
ideas, desarrollada por la lógica discursiva, el dominio en la esfera del
concepto, se levanta sobre la base del dominio real. En la sustitución de la
herencia mágica, de las viejas y confusas representaciones, mediante la unidad
conceptual, se expresa el nuevo ordenamiento, determinado por los libres y
organizado por el comando. El Sí, que aprendió el orden y la subordinación en
la escuela de la sumisión al mundo externo, ha identificado pronto la verdad en
general con el pensamiento que dispone, sin cuyas firmes distinciones la verdad
no podría subsistir. Así se ha vedado, junto con la magia mimética, el
conocimiento que apresa efectivamente al objeto. Todo el odio se vuelve hacia
la imagen de la prehistoria superada y a su imaginaria felicidad. Las
divinidades etónicas de los aborígenes son relegadas al infierno en que la
tierra misma se transforma bajo la religión solar y luminosa de Indra y Zeus.
Pero cielo e infierno se hallaban estrechamente
ligados. Así como el nombre de Zeus correspondía a la vez -en cultos que no se
excluían recíprocamente- a un dios subterráneo y a un dios de la luz,(20) así
como los dioses del Olimpo mantenían relaciones de todo tipo con las
divinidades etónicas, del mismo modo las buenas o malas potencias, la salud y
la enfermedad, no estaban separadas terminantemente entre sí. Estaban
vinculadas al igual que el nacer y el perecer, la vida y la muerte, el invierno
y el verano. En el mundo luminoso de la religión griega perdura la turbia
indiscriminación del principio religioso, que en las primeras fases conocidas
de la humanidad era venerado como mana. En forma primaria, indiferenciada, mana
es todo aquello que resulta desconocido, extraño, todo aquello que trasciende
el ámbito de la experiencia, aquello que en las cosas es más que su realidad
conocida. Lo que el primitivo siente como sobrenatural no es una sustancia
espiritual opuesta a la material, sino la complicación de lo natural respecto
al miembro singular. El grito de terror con que se experimenta lo insólito se
convierte en el nombre de lo insólito. Nombre que fija la trascendencia de lo
desconocido respecto a lo conocido y convierte por lo tanto al estremecimiento
en sagrado. El desdoblamiento de la naturaleza en apariencia y esencia, acción
y fuerza, que es lo que hace posible tanto al mito como a la ciencia, nace del
temor del hombre, cuya expresión se convierte en explicación. No se trata de
que el alma sea "trasferida" a la naturaleza, como sostiene la
interpretación psicologista; mana, el espíritu que mueve, no es una proyección,
sino el eco de la superpotencia real de la naturaleza en las débiles almas de
los salvajes. La separación entre lo animado y lo inanimado, la atribución de
determinados lugares a demonios o divinidades, deriva ya de este preanimismo.
En el cual está ya implícita la separación entre sujeto y objeto. Si el árbol
no es considerado más sólo como árbol, sino como testimonio de alguna otra
cosa, como sede del mana, la lengua expresa la contradicción de que una cosa
sea ella misma y a la vez otra cosa además de lo que es, idéntica y no
idéntica.(21) Mediante la divinidad, el lenguaje se convierte, de tautología,
en lenguaje. El concepto, que suele ser definido como unidad característica de
aquello que bajo él se halla comprendido, ha sido en cambio, desde el
principio, un producto del pensamiento dialéctico, en el que cada cosa es lo
que es sólo en la medida en que se convierte en lo que no es. Ha sido esta la
forma originaria de determinación objetivante, por la que concepto y cosa se
han separado recíprocamente, de la misma determinación que se halla ya muy
avanzada en la epopeya homérica y que se invierte en la moderna ciencia
positiva. Pero esta dialéctica sigue siendo impotente en la medida en que se
desarrolla a partir del grito de terror, que es la duplicación, la tautología
del terror mismo. Los dioses no pueden quitar al hombre el terror del cual sus
nombres son el eco petrificado. El hombre tiene la ilusión de haberse liberado
del terror cuando ya no queda nada desconocido. Ello determina el curso de la
desmitización, del iluminismo que identifica lo viviente con lo no-viviente,
así como el mito iguala lo no-viviente con lo viviente. El iluminismo es la
angustia mítica vuelta radical. La pura inmanencia positivista, que es su
último producto, no es más que un tabú universal, por así decirlo. No debe
existir ya nada afuera, puesto que la simple idea de un afuera es la fuente
genuina de la angustia. Si la venganza del primitivo por el asesinato de uno de
los suyos podía a veces ser aplacada acogiendo al homicida en la propia
familia,(22) ello significaba la absorción de la sangre ajena en la propia, la
restauración de la inmanencia. El dualismo mítico no conduce más allá del
ámbito de lo existente. El mundo penetrado y dominado por el mana, incluso el
del mito indio y griego, son eternamente iguales y sin salida. Cada nacimiento
es pagado con la muerte, cada felicidad con la desgracia. Hombres y dioses
pueden buscar en el intervalo a su disposición distribuir las suertes de
acuerdo con criterios diversos del ciego curso del destino: al final lo
existente, la realidad, triunfa sobre ellos. Incluso su justicia, arrancada al
destino, ostenta las características de éste; dicha justicia corresponde a la
mirada que los hombres (los primitivos tanto como los griegos y los bárbaros)
lanzan, desde una sociedad de presión y miseria, al mundo circundante. Culpa y
expiación, felicidad y desventura, son así para la justicia mítica como para la
racional miembros de una ecuación. La justicia se pierde en el derecho. El
shamán exorciza al ser peligroso mediante su misma imagen. Su instrumento es la
igualdad. La misma igualdad que regula en la civilización la pena y el mérito.
Incluso las representaciones míticas pueden ser reconducidas, sin residuos, a
relaciones naturales. Así como la constelación de Géminis, con todos los otros
símbolos de la dualidad, conduce al ciclo ineluctable de la naturaleza, que
tiene su antiquísimo signo en el huevo del cual han salido, del mismo modo la
balanza en la mano de Zeus, que simboliza la justicia del entero mundo
patriarcal, reconduce a la naturaleza desnuda. El paso del caos a la
civilización, donde las relaciones naturales no ejercitan ya directamente su
poder, sino que lo hacen a través de la conciencia de los hombres, no ha
cambiado en nada el principio de la igualdad. Incluso los hombres han pagado
precisamente este tránsito con la adoración de aquello a lo que antes -al igual
que todas las otras criaturas- se hallaban simplemente sometidos. Antes los
fetiches se hallaban por debajo de la ley de igualdad. Ahora la igualdad se
convierte en un fetiche. La venda sobre los ojos de la justicia no significa
únicamente que es preciso no interferir en su curso, sino también que el
derecho no nace de la libertad.
La doctrina de los sacerdotes era simbólica en el
sentido de que en ella señal e imagen coincidían. Tal como lo atestiguan los
jeroglíficos, la palabra ha cumplido en el origen también la función de imagen.
Dicha función ha pasado a los mitos. Los mitos, como los ritos mágicos,
entienden la naturaleza que se repite. Esa naturaleza es el alma de lo
simbólico: un ser o un proceso que es representado como eterno, porque debe
reconvertirse continuamente en acontecimiento por medio de la ejecución del
símbolo. Inexhaustibilidad, repetición sin fin, permanencia del objeto
significado, no son sólo atributos de todos los símbolos, sino también el
verdadero contenido de éstos. Los mitos de creación, en los que el mundo surge
de la madre primigenia, de la vaca o del huevo son, en antítesis al Génesis
bíblico, simbólicos. La ironía de los antiguos respecto a los dioses demasiado
humanos no daba en lo esencial. La individualidad no agota la esencia de los
dioses. Éstos tenían aun en sí algo del mana: encarnaban la naturaleza como
poder universal. Con sus rasgos preanimistas desembocaban directamente en el
iluminismo. Bajo la verecunda cubierta de la chronique scandaleuse del Olimpo,
se había desarrollado la doctrina de la mezcla, de la presión y el choque de
los elementos, que muy pronto se estableció como ciencia y redujo los mitos a
creaciones de la fantasía. Con la precisa separación entre ciencia y poesía la
división del trabajo, ya efectuada por su intermedio, se extiende al lenguaje.
Como signo, la palabra, pasa a la ciencia; como sonido, como imagen, como
palabra verdadera, es repartida entre las diversas artes, sin que se pueda
recuperar ya más la unidad gracias a su adición, senestesia o "arte
total". Como signo, el lenguaje debe limitarse a ser cálculo; para conocer
a la naturaleza debe renunciar a la pretensión de asemejársele. Como imagen
debe limitarse a ser una copia: para ser enteramente naturaleza debe renunciar
a la pretensión de conocer a ésta. Con el progreso del iluminismo sólo las
obras de arte verdaderas han podido sustraerse a la simple imitación de lo que
ya existe. La antítesis corriente entre arte y ciencia, que las separa entre sí
como "sectores culturales", para convertir a ambas, como tales, en
administrables, las transfigura al fin, justamente por su cualidad de opuestas,
en virtud de sus mismas tendencias, a la una en la otra. La ciencia, en su
interpretación neopositivista, se convierte en esteticismo, sistema de signos
absolutos, carente de toda intención que lo trascienda: se convierte en suma en
ese "juego" respecto al cual hace ya tiempo que los matemáticos han
afirmado con orgullo que resume su actividad. Pero el arte de la reproducción
integral se ha lanzado, hasta en sus técnicas, a la ciencia positivista. Dicho
arte se convierte una vez más en mundo, en duplicación ideológica, en
reproducción dócil. La separación de signo e imagen es inevitable. Pero se ha
hipostasiado con ingenua complacencia; cada uno de los dos principios aislados
tiende a la distribución de la verdad.
El abismo que se ha abierto con esta separación ha
sido señalado y tratado por la filosofía en la relación entre intuición y
concepto, y en muchas ocasiones, aunque en vano, se ha intentado llenarlo:
precisamente la filosofía es definida por dicho intento. Por lo general, es
verdad, la filosofía se puso de lado de la parte de la cual toma su nombre.
Platón prohibió la poesía con el mismo gesto con el que el positivismo prohibe
la doctrina de las ideas. Mediante su celebrado arte Homero no ha llevado a cabo
reformas públicas o privadas, no ha ganado una guerra ni ha hecho ningún
descubrimiento. No basta que una nutrida multitud de secuaces lo haya honrado y
amado. El arte debe aun probar su utilidad. (23) La imitación es prohibida por
él igual que por los judíos. Razón y religión prohiben el principio de la
magia. Aun en la separación respecto a la realidad en la renuncia del arte, ese
principio continúa siendo deshonroso; quien lo practica es un vagabundo, un
nómade superviviente, que no hallará más patria entre los que se han convertido
en estables. No se debe influir más sobre la naturaleza identificándose con
ella, sino que es preciso dominarla mediante el trabajo. La obra de arte posee
aún en común con la magia el hecho de instituir un ciclo propio y cerrado en
sí, que se sustrae al contexto de la realidad profana, en el que rigen leyes
particulares. Así como el primer acto del mago en la ceremonia era el definir y
aislar, respecto a todo el mundo circundante, el lugar en que debían obrar las
fuerzas sagradas, de la misma forma en toda obra de arte su ámbito se destaca
netamente de la realidad. Justamente, la renuncia a la acción externa, con la
que el arte se separa de la simpatía mágica, conserva con mayor profundidad la
herencia de la magia. La obra de arte coloca la pura imagen en contraste con la
realidad física cuya imagen retoma, custodiando sus elementos. Y en el sentido
de la obra de arte, en la apariencia estética, surge aquello a lo que daba
lugar, en el encantamiento del primitivo, el acontecimiento nuevo y tremendo:
la aparición del todo en el detalle. En la obra de arte se cumple una vez más
el desdoblamiento por el cual la cosa aparecía como algo espiritual, como
manifestación del mana. Ello constituye su "aura". Como expresión de
la totalidad, el arte aspira a la dignidad de lo absoluto. Ello indujo en
ciertas ocasiones a la filosofía a asignarle una situación de preferencia
respecto al conocimiento conceptual. Según Schelling, el arte comienza allí
donde el saber abandona al hombre. El arte es para él "el modelo de la
ciencia, y la ciencia debe aún llegar allí donde encontramos al arte".
(24) De acuerdo con su doctrina, la separación entre imagen y signo queda
"enteramente abolida por cada singular representación artística. (25) Pero
muy raras veces se halló el mundo burgués dispuesto a demostrar esta fe en el
arte. Cuando puso límites al saber, ello por lo general no aconteció para dar
paso al arte, sino a la fe. Mediante la fe, la religiosidad militante de la
nueva edad -Torquemada, Lutero, Mahoma- ha pretendido conciliar espíritu y
realidad. Pero la fe es un concepto privativo: se destruye como fe si no expone
continuamente su diferencia o su acuerdo con el saber. Puesto que está obligada
a calcular los límites del saber, se halla limitada también a ella. El intento
de la fe, en el protestantismo, de hallar el principio trascendente de la
verdad, sin el cual no hay fe, como en la prehistoria, directamente en la
palabra, y de restituir a ésta su poder simbólico, ha sido pagado con la
obediencia a la letra, y no ciertamente a la letra sagrada. Por quedar siempre
ligada al saber, en una relación hostil o amistosa, la fe perpetúa la
separación en la lucha para superarla: su fanatismo es el signo de su falsedad,
la admisión objetiva de que creer solamente significa no creer más. La mala
conciencia es su segunda naturaleza. En la secreta conciencia del defecto por
el cual se halla fatalmente viciada, de la contradicción que es inmanente a
ella, de querer hacer un oficio de la conciliación, reside la causa por la cual
toda honestidad subjetiva de los creyentes ha sido siempre irascible y
peligrosa. Los horrores del hierro y del fuego, Contrarreforma y Reforma, no
fueron los excesos sino la realización del principio de la fe. La fe muestra
continuamente que posee el mismo carácter que la historia universal, a la que
quisiera dominar; en la época moderna se convierte incluso en su instrumento
favorito, en su astucia particular. Indetenible no es sólo el iluminismo del
siglo XVIII, como ha sido reconocido por Hegel, sino, como nadie mejor que él
lo ha sabido, el movimiento mismo del pensamiento. En el conocimiento más
ínfimo, así como en el más elevado, se halla implícita la noción de su
distancia respecto a la realidad, que convierte al apologista en un mentiroso.
La paradoja de la fe degenera al fin en la estafa, en el mito del siglo XX, y
su irracionalidad se trasfigura en un sistema racional en manos de los
absolutamente iluminados, que guían ya a la sociedad hacia la barbarie.
Desde que el lenguaje entra en la historia sus amos
son sacerdotes y magos. Quien ofende los símbolos cae, en nombre de los poderes
sobrenaturales, en manos de los tribunales de los poderes terrestres,
representados por esos órganos agregados a la sociedad. Qué aconteció antes es
cosa que resulta oscura. El estremecimiento del que nace el mana se hallaba ya
sancionado, por lo menos por los más viejos de la tribu, dondequiera que el
mana aparezca en la etnología. El mana fluido, heterogéneo, es consolidado y
materializado con violencia por los hombres. Rápidamente los magos pueblan cada
aldea con emanaciones y coordinan, de acuerdo con la multiplicidad de los
dominios sacros, la multiplicidad de los ritos. Los magos desarrollan, con el
mundo de los espíritus y sus características, el propio saber profesional y la
propia autoridad. Lo sacro se halla en relación con los magos y se transmite a
ellos. En las primeras fases, aún nómades, los miembros de la tribu toman aún
parte autónoma en la acción ejercida sobre el curso natural. Los hombres hacen
salir de las cuevas a las bestias salvajes, las mujeres desarrollan el trabajo
que puede realizarse sin un comando rígido. Es imposible establecer cuánta
violencia precedió al hábito respecto a un orden tan sencillo. En tal orden el
mundo se halla ya dividido en una esfera del poder y en una esfera profana. En
él el curso natural como emanación del mana, se encuentra ya elevado a norma
que exige sumisión. Pero si el salvaje nómade, a pesar de todas las sumisiones,
tomaba aún parte en el encantamiento que delimitaba a éstas, y se disfrazaba de
bestia salvaje para sorprender a la bestia, en épocas sucesivas el comercio con
los espíritus y la sumisión se hallan repartidos entre clases diferentes de la
humanidad: el poder por un lado, la obediencia por otro. Los procesos
naturales, eternamente iguales y recurrentes, son inculcados a los súbditos
-por tribus extranjeras o por los propios círculos dirigentes- como tiempo o
cadencia laboral, según el ritmo de las clavas o de los palillos que resuena en
todo tambor bárbaro, en todo monótono ritual. Los símbolos toman el aspecto de
fetiches. Su contenido, la repetición de la naturaleza, se revela luego siempre
como la permanencia -por ellos de alguna forma representada- de la constricción
social. El estremecimiento objetivado en una imagen fija se convierte en
emblema del dominio consolidado de grupos privilegiados. Pero lo mismo vienen a
ser también los conceptos generales, incluso cuando se han liberado de todo
aspecto figurativo. La misma forma deductiva de la ciencia refleja coacción y
jerarquía. Así como las primeras categorías representaban indirectamente la
tribu organizada y su poder sobre el individuo aislado, del mismo modo el
entero orden lógico -dependencia, conexión, extensión y combinación de los
conceptos- está fundado sobre las relaciones correspondientes de la realidad
social, sobre la división del trabajo. (26) Pero este carácter social de las
formas del pensamiento no es, como lo quiere Durkheim, expresión de solidaridad
social, sino que atestigua en cambio respecto a la impenetrable unidad de
sociedad y dominio. El dominio confiere mayor fuerza y consistencia a la
totalidad social en la que se establece. La división del trabajo, a la que el
dominio da lugar en el plano social, sirve a la totalidad dominada para
autoconservarse. Pero así la totalidad como tal, la actualización de la razón a
ella inmanente, se convierte de modo forzoso en la actualización de lo
particular. El dominio se opone a lo singular como universal, igual que la
razón en la realidad. El poder de todos los miembros de la sociedad -a quienes,
en cuanto tales, no les queda otro camino- se suma continuamente, a través de
la división del trabajo que les es impuesta, en la realización de la totalidad,
cuya racionalidad se ve a su vez multiplicada. Lo que todos experimentan por
obra de pocos se cumple siempre como abuso de los individuos por parte de los
muchos: y la opresión de la sociedad tiene también el carácter de una opresión
por parte de lo colectivo. Es esta unidad de colectividad y dominio, y no la
universalidad social inmediata (la solidaridad), la que se deposita en las
formas del pensamiento. Los conceptos filosóficos con los que Platón y
Aristóteles explican y exponen el mundo, elevan, con su pretensión de validez
universal, las relaciones "fundadas" por ellos al grado de verdadera
realidad. Tales conceptos surgían, como dice Vico, (27) de la plaza del mercado
en Atenas, y reflejaban con igual pureza las leyes de la física, la igualdad de
los ciudadanos de pleno derecho y la inferioridad de las mujeres, niños y
esclavos. El lenguaje mismo confería a las relaciones de dominio la
universalidad que había asumido como medio de comunicación una sociedad civil.
El énfasis metafísico, la sanción mediante ideas y normas no eran más que la
hipóstasis de la dureza exclusiva que los conceptos debían necesariamente
asumir dondequiera que la lengua unía la comunidad de los señores en ejercicio
del mando. Pero en esta función de reforzamiento del poder social del lenguaje
las ideas se convirtieron en tanto más superfluas cuanto más crecía aquel
poder, y el lenguaje científico les ha dado el golpe de gracia. La sugestión
-que tiene aún algo del espanto inspirado por el fetiche- no residía tanto en
la apología consciente. La unidad de colectividad y dominio se torna patente
más bien en la universalidad que el contenido malo asume necesariamente en el
lenguaje, sea metafísico o científico. La apología metafísica delataba la
injusticia de lo existente por lo menos en la incongruencia del concepto y
realidad. En la imparcialidad del lenguaje científico la impotencia ha perdido
por completo la fuerza de expresión, y sólo lo existente halla allí su signo
neutral. Esta neutralidad es más metafísica que la metafísica. Finalmente, el
iluminismo ha devorado no sólo los símbolos, sino también a sus sucesores, los
conceptos universales, y de la metafísica no ha dejado más que el miedo a lo
colectivo del cual ésta ha nacido. A los conceptos les ocurre frente al
iluminismo lo mismo que a los rentiers frente a los trusts industriales:
ninguno de ellos puede sentirse tranquilo. Si el positivismo lógico ha dado aún
una chance a la chance, el etnológico la equipara ya a la esencia. "Nos
idées vagues de chance et de quintessence sont de pâles survivances de cette
notion beaucoup plus riche", (28) o sea de la sustancia mágica.
El iluminismo, como nominalismo, se detiene delante
del nomen, del concepto no desarrollado, puntual, delante del nombre propio. Ya
no es posible establecer con certidumbre si, tal como ha sido afirmado por
algunos, (29) los nombres propios eran originariamente también nombres
genéricos; es verdad que, de todas formas, aquellos no han compartido aun el
destino de estos últimos. La sustancialidad del yo -negada por Hume y Mach- no
es lo mismo que el nombre. En la religión judía, en la que la idea patriarcal se
levanta para destruir el mito, el vínculo entre nombre y ser es aún reconocido
en la prohibición de pronunciar el nombre de Dios. El mundo desencantado del
judaísmo concilia la magia negándola en la idea de Dios. La religión judía no
admite ninguna palabra que pueda consolar la desesperación de todo lo que es
mortal. Dicha religión vincula una esperanza únicamente a la prohibición de
invocar a Dios como aquello que no es, lo finito como infinito, la mentira como
verdad. La prueba de salvación consiste en abstenerse de toda fe que sustituya
a ésa; el conocimiento es la denuncia de la ilusión. La negación, por lo demás,
no es abstracta. La negación indiscriminada de todo lo positivo, la fórmula
estereotipada de la nulidad, tal como es aplicada por el budismo, pasa por
sobre la prohibición de llamar a lo absoluto con un nombre, no menos que su
opuesto, el panteísmo, o que su caricatura, el escepticismo burgués. Las
explicaciones del mundo como nada o como todo son mitologías, y las vías
garantizadas para la redención, prácticas mágicas sublimadas. La satisfacción
de saber todo por anticipado y la transfiguración de la negatividad en
redención son formas falsas de resistencia al engaño. El derecho de la imagen
se ve salvado en la firme ejecución de su prohibición. Esta ejecución,
"negación determinada", (30) no se halla garantizada a priori -por la
soberana superioridad del concepto abstracto- contra las seducciones de la
intuición, como lo está el escepticismo, que considera que tanto lo falso como
lo verdadero son nada. La negación determinada rechaza las representaciones
imperfectas de lo absoluto, los ídolos, no oponiéndoles, como el rigorismo, la
idea respecto a la cual no tienen vigencia. La dialéctica más bien hace ver
toda imagen como escritura, y enseña a leer en sus caracteres la admisión de su
falsedad, que la priva de su poder y se lo adjudica a la verdad. De esta suerte
el lenguaje se convierte en algo más que un sistema de signos. En el concepto
de negación determinada Hegel ha indicado un elemento que distingue al
iluminismo de la corrupción positivista a la cual lo asimila. Pero al concluir
él por elevar a absoluto el resultado consabido del entero proceso de la
negación, la totalidad sistemática e histórica, contraviene la prohibición y
cae a su vez en la mitología.
Ello no le ha acontecido sólo a su filosofía como
apoteosis del pensamiento en constante progreso, sino al propio iluminismo, a
la sobriedad gracias a la cual cree distinguirse de Hegel y de la metafísica en
general. Porque el iluminismo es más totalitario que ningún otro sistema. Su
falsedad no reside en aquello que siempre le han reprochado sus enemigos
románticos -método analítico, reducción a los elementos, reflexión disolvente-,
sino en aquello por lo cual el proceso se halla decidido por anticipado. Cuando
en el operar matemático lo desconocido se convierte en la incógnita de una
ecuación, es ya caracterizado como archiconocido aun antes de que se haya
determinado su valor. La naturaleza es, antes y después de la teoría de los
cuantos, aquello que resulta necesario concebir en términos matemáticos;
incluso aquello que no encaja perfectamente, lo irresoluble y lo irracional, es
asediado desde muy cerca por teoremas matemáticos. Identificando por anticipado
el mundo matematizado hasta el fondo con la verdad, el iluminismo cree impedir
con seguridad el retorno del mito. El iluminismo identifica el pensamiento con
las matemáticas. Por así decirlo, se emancipa a las matemáticas, se las eleva
hasta prestarles un carácter absoluto. "Un mundo infinito, en este caso un
mundo de idealidad, es concebido en tal forma que sus objetos no se tornan
accesibles para nuestra conciencia singularmente, imperfectamente y como por
azar; pero un método racional, sistemáticamente unitario, termina por alcanzar,
en un progreso infinito, todo objeto en su pleno ser-en-sí... En la
matematización de la naturaleza cumplida por Galileo la naturaleza misma
resulta -bajo la guía de la nueva matemática- idealizada; se convierte -en
términos modernos- en una multiplicidad matemática." (31) El pensamiento
se reifica en un proceso automático que se desarrolla por cuenta propia,
compitiendo con la máquina que él mismo produce para que finalmente lo pueda
sustituir. El iluminismo (32) ha desechado la exigencia clásica de pensar el pensamiento
-de la cual la filosofía de Fichte constituye el desarrollo radical-, porque
tal exigencia lo distrae del imperativo de guiar la praxis, que, por otro lado,
el propio Fichte deseaba realizar. El procedimiento matemático es convertido,
por así decirlo, en ritual del pensamiento. Pese a la autolimitación
axiomática, el procedimiento matemático se plantea como necesario y objetivo:
transforma al pensamiento en cosa, en instrumento, tal como gustosamente lo
llama. Pero mediante esta mimesis, por la que el pensamiento queda nivelado con
el mundo, lo que existe de hecho se ha convertido hasta tal punto en lo único
que incluso el ateísmo incurre en la condena formulada contra la metafísica.
Para el positivismo, que ha sucedido como juez a la razón iluminada, internarse
en mundos inteligibles no es ya algo sencillamente prohibido, sino un
charlataneo sin sentido. Para su fortuna, el positivismo no tiene necesidad de
ser ateo, porque el pensamiento reificado no puede ni siquiera plantear la
cuestión. El censor positivista deja pasar de buena gana, igual que al arte, al
culto oficial, como un sector especial y extrateorético de actividad social; a
la negación, que se presenta con la pretensión de ser conocimiento, nunca. La
distancia del pensamiento respecto a la tarea de ordenar lo que es, la salida
del círculo predestinado de la realidad, significa -para el espíritu
científico- locura y autodestrucción, tal como lo era para el mago primitivo la
salida del círculo mágico que ha trazado para el exorcismo; y en ambos casos se
toman las disposiciones necesarias para que la violación del tabú tenga incluso
en la realidad consecuencias dañosas para el sacrílego. El dominio de la
naturaleza traza el círculo en el que la crítica de la razón pura ha encerrado
al pensamiento. Kant unió la tesis de su fatigoso e incesante progreso hasta el
infinito con la insistencia inflexible sobre su insuficiencia y eterna
limitación. La respuesta que ha dado es el veredicto de un oráculo. No hay ser
en el mundo que no pueda ser penetrado por la ciencia, pero aquello que puede
ser penetrado por la ciencia no es el ser. De tal suerte, según Kant, el juicio
filosófico mira a lo nuevo, pero no conoce nunca nada nuevo, puesto que repite
siempre sólo aquello que la razón ha puesto ya en el objeto. Pero a este
pensamiento, protegido y garantizado -en los diversos departamentos de la
ciencia- por los sueños de un visionario, le es presentada luego la cuenta: el
dominio universal sobre la naturaleza se retuerce contra el mismo sujeto
pensante, del cual no queda más que ese mismo, eternamente igual "yo
pienso" que debe poder acompañar todas mis representaciones. Sujeto y
objeto se anulan entre sí. El Sí abstracto, el derecho de registrar y
sistematizar, no tiene frente a sí más que lo abstracto material, que no cuenta
con otra propiedad que la de servir de sustrato a esta posesión. La ecuación de
espíritu y mundo termina por resolverse, pero sólo debido a que los dos
miembros de ella se eliden recíprocamente. En la reducción del pensamiento a la
categoría de aparato matemático se halla implícita la consagración del mundo
como medida de sí mismo. Lo que parece un triunfo de la racionalidad objetiva,
la sumisión de todo lo que existe al formalismo lógico, es pagado mediante la
dócil sumisión de la razón a los datos inmediatos. Comprender el dato como tal,
no limitarse a leer en los datos sus abstractas relaciones espaciotemporales,
gracias a las cuales pueden ser tomados y manejados, sino entenderlos en cambio
como la superficie, como momentos mediatos del concepto, que se cumplen sólo a
través de la explicación de su significado histórico, social y humano: toda
pretensión del conocimiento es abandonada. Puesto que el conocimiento no
consiste sólo en la percepción, en la clasificación y en el cálculo, sino justamente
en la negación determinante de lo que es inmediato. Mientras que el formalismo
matemático, cuyo instrumento es el número, la forma más abstracta de lo
inmediato, fija el pensamiento en la pura inmediatez. Si da razón a lo que es
de hecho, el conocimiento se limita a su repetición, el pensamiento se reduce a
tautología. Cuanto más se enseñorea el aparato teórico de todo lo que existe,
tanto más ciegamente se limita a reproducirlo. De tal manera el iluminismo
recae en la mitología de la que nunca ha sabido liberarse. Pues la mitología
había reproducido como verdad, en sus configuraciones, la esencia de lo
existente (ciclo, destino, dominio del mundo), y había renunciado a la
esperanza. En la preñez de la imagen mítica, como en la claridad de la fórmula
científica, se halla confirmada la eternidad de lo que es de hecho, y la
realidad bruta es proclamada como el significado que oculta. El mundo como
gigantesco juicio analítico, el único que ha quedado de todos los sueños de la
ciencia, es de la misma índole que el mito cósmico, que asociaba los
acontecimientos de la primavera y del otoño con el rapto de Perséfona. La
unicidad del acontecimiento mítico, que debía legitimar al de hecho, es un
engaño. En el origen el rapto de la diosa formaba una unidad inmediata con la
muerte de la naturaleza. Se repetía cada otoño, e incluso la repetición no
constituía una serie de acontecimientos separados, sino que cada vez era el
mismo. Al consolidarse la conciencia del tiempo, el acontecimiento fue relegado
al pasado como único, y se buscó aplacar ritualmente -recurriendo a lo que
había acontecido hacía muchísimo- el horror a la muerte en cada ciclo
estacional. Pero la separación es imponente. Una vez establecido aquel pasado
único, el ciclo asume carácter de inevitable, y el horror se propaga desde lo
antiguo tanto sobre el entero acaecer como sobre la repetición pura y simple.
La subyugación de todo lo que es de hecho, ya sea por la prehistoria fabulosa,
ya por el formalismo matemático, la relación simbólica de lo actual con el
acontecimiento mítico en el rito o con la categoría abstracta en la ciencia,
hace aparecer como predeterminado a lo nuevo, que es así, en realidad, lo
viejo. No es la realidad la que carece de esperanza, sino el saber que -en el
símbolo fantástico o matemático- se apropia de la realidad como esquema y así
la perpetúa.
En el mundo iluminado la mitología ha atravesado y
traspasado lo profano. La realidad completamente depurada de demonios y de sus
últimos brotes conceptuales, asume, en su naturaleza esclarecida, el carácter
numinoso que la prehistoria asignaba a los demonios. Bajo la etiqueta de los
hechos en bruto la injusticia social de la cual éstos nacen es consagrada hoy
como algo eternamente inmutable, con tanta seguridad como era santo e intocable
el mago bajo la protección de sus dioses. El extrañamiento de los hombres
respecto a los objetos dominados no es el único precio que se paga por el
dominio; con la reificación del espíritu han sido adulteradas también las
relaciones internas entre los hombres, incluso las de cada cual consigo mismo.
El individuo se reduce a un nudo o entrecruzamiento de reacciones y
comportamientos convencionales que se esperan prácticamente de él. El animismo
había vivificado las cosas; el industrialismo reifica las almas. Aun antes de
la planificación total, el aparato económico adjudica automáticamente a las
mercancías valores que deciden el comportamiento de los hombres. A través de
las innumerables agencias de la producción de masas y de su cultura, se
inculcan al individuo los estilos obligados de conducta, presentándolos como
los únicos naturales, decorosos y razonables. El individuo queda cada vez más
determinado como cosa, como elemento estadístico, como success or failure. Su
criterio es la autoconservación, el adecuamiento logrado o no a la objetividad
de su función y a los módulos que le han sido fijados. Todo el resto, la idea o
la criminalidad, aprende la fuerza de lo colectivo, que ejerce su vigilancia
desde la escuela hasta el sindicato. Pero incluso lo colectivo amenazador es
sólo una superficie falaz tras la cual se ocultan los poderes que manipulan su
violencia. Su brutalidad, que mantiene a los individuos en su lugar, representa
tan poco la verdadera cualidad de los hombres, como el valor aquella de los
objetos de consumo. El aspecto satánicamente deformado que las cosas y los
hombres han asumido a la luz clara del conocimiento desprejuiciado, reconduce
al dominio, al principio que llevó ya a cabo la especificación del mana en los
espíritus y en las divinidades y que enviscaba la mirada en los espejismos de
los magos. La fatalidad, con la que la prehistoria sancionaba la muerte
incomprensible, entra en la realidad comprensible sin residuos. El pánico
meridiano, en el cual los hombres se daban cuenta de súbito de la naturaleza
como totalidad, tiene su correspondencia en aquello que hoy está listo para
estallar en cualquier instante: los hombres aguardan que el mundo sin salida
sea convertido en llamas por una totalidad que son ellos mismos y sobre la cual
nada pueden.
El iluminismo experimenta un horror mítico por el
mito. Y advierte la presencia del mito no sólo en conceptos o términos
confusos, como cree la crítica semántica, sino en toda expresión humana en
cuanto ésta no tenga un puesto en el cuadro teleológico de la autoconservación.
La proposición spinoziana Conatus sese conservandi primum et unicum virtutis
est fundamentum (33) constituye la verdadera máxima de toda civilización
occidental, en la cual se aplacan las divergencias religiosas y filosóficas de
la burguesía. El Sí, que después de la metódica extinción de todo signo
natural, concebido como mítico, no debía ser ya cuerpo ni sangre ni alma ni
tampoco yo natural, constituyó -sublimado como sujeto trascendental o lógico-
el punto de referencia de la razón, la instancia legisladora del obrar. Quien
confía en la vida directamente, sin relación racional con la autoconservación,
vuelve a caer, según el juicio del iluminismo y del protestantismo, en la etapa
prehistórica. El impulso es en sí mítico, como la superstición; servir a un
dios que no es postulado por el Sí, resulta absurdo como la embriaguez. El
progreso ha reservado la misma suerte a ambas: a la adoración y a la caída en
el ser inmediatamente natural; ha lanzado la maldición sobre el olvido de sí,
en el pensamiento tanto como en el placer. El trabajo social de todo individual
es, en la economía burguesa, mediatizado gracias al principio del Sí; debe
restituir, a los unos el capital acrecentado, a los otros la fuerza para el
trabajo. Pero cuanto más se realiza el proceso de la autoconservación a través
de la división burguesa del trabajo, tanto más dicho progreso exige la
autoalienación de los individuos, que deben adecuarse en cuerpo y alma a las
exigencias del aparato técnico. A su vez, el pensamiento iluminado no deja de
tener esto en cuenta: finalmente incluso el sujeto trascendental del
conocimiento es en apariencia liquidado como último recuerdo de la
subjetividad, y sustituido por el trabajo tanto más uniforme de los mecanismos
reguladores automáticos. La subjetividad se ha consagrado en la lógica de
reglas del juego, que aspirarían a ser arbitrarias sólo para poder gobernar con
menos perturbaciones. El positivismo, en fin, que no se ha detenido ni siquiera
ante la cosa más cerebral que se pueda imaginar -el pensamiento-, ha acorralado
incluso la última instancia intermediaria entre la acción individual y la norma
social. El proceso técnico, en el que el sujeto se ha reificado después de
haber sido cancelado de la conciencia, es inmune tanto a la ambigüedad del
pensamiento mítico como a todo significado en general, porque la razón misma se
ha convertido en un simple accesorio del aparato económico omnicomprensivo.
Desempeña el papel de utensilio universal para la fabricación de todos los
demás, rígidamente adaptado a su fin, funesto como el obrar exactamente
calculado en la producción material, cuyo resultado para los hombres se sustrae
a todo cálculo. Se ha cumplido finalmente su vieja ambición de ser el puro
órgano de los fines. La exclusividad de las leyes lógicas deriva de esta
univocidad de la función, en última instancia del carácter coactivo de la
autoconservación, que concluye siempre de nuevo en la elección entre
supervivencia y ruina, reflejada aun en el principio de que de dos
proposiciones contradictorias sólo una es verdadera y la otra es falsa. El
formalismo de este principio y de toda la lógica deriva de opacidad y de la
confusión de los intereses en una sociedad en la que la conservación de las
formas y la de los individuos coinciden sólo casualmente. La expulsión del
pensamiento del ámbito de la lógica ratifica, en el aula universitaria, la
reificación del hombre en la fábrica y la oficina. De tal forma el tabú se
inviste incluso del poder que lo formula, el iluminismo del espíritu que este
es. Pero así la naturaleza, que es la verdadera autoconservación, es
desencadenada por el proceso destinado a alejarla, tanto en el individuo como
en el destino colectivo de crisis y guerras. Se permanece en la teoría como
única norma, el ideal de la ciencia unificada, la praxis se somete a la routine
irresistible de la historia universal. El Sí totalmente en manos de la
civilización se convierte en un elemento de aquella inhumanidad a la que la
civilización ha tratado de sustraerse desde el comienzo. Se realiza la angustia
más antigua, la de perder el propio nombre. La existencia puramente natural,
animal y vegetativa, era para la civilización el peligro absoluto. El
comportamiento mimético, mítico y metafísico aparecieron sucesivamente como
eras superadas, y volver a caer en el nivel de ellas era cosa asociada al
terror de que el Sí pudiese convertirse de nuevo en aquella naturaleza de la
que se había alejado con esfuerzo indecible y que le inspiraba justamente por
ello un indecible horror. El vivo recuerdo de la prehistoria, de las fases
nómades, y tanto más de las fases propiamente prepartriarcales, ha sido
extirpado de la conciencia de los hombres, en todos los milenios, con las penas
más tremendas. El espíritu iluminado ha sustituido el fuego y la tortura por la
marca impresa a toda irracionalidad debido a que conduce a la ruina. El
hedonismo era moderado y los extremos le resultaban no menos sospechosos que a
Aristóteles. El ideal burgués de la adecuación a la naturaleza no se refiere a
la naturaleza amorfa, sino a la virtud del justo medio. Promiscuidad y ascesis,
hambre y abundancia, son, bien que antitéticas, inmediatamente idénticas como
fuerzas disolventes. A través de la subordinación de toda la vida a las
exigencias de su conservación, la minoría que manda garantiza, con la propia
seguridad, también la supervivencia del todo. Desde Homero hasta los tiempos
modernos, el espíritu dominante busca pasar entre la Scila de la recaída en la
reproducción simple y la Carybdis de la satisfacción libre e incontrolada;
siempre ha desconfiado de toda otra brújula que no sea la del mal menor. Los
neopaganos alemanes, administradores de la psicología de guerra, dicen querer
liberar el placer. Pero como en los milenios han aprendido a odiarse bajo la
presión del trabajo, en la emancipación totalitaria el placer continúa siendo
vulgar y mutilado por el autodesprecio. El placer permanece sometido a la
autoconservación, tal como se lo había enseñando la razón, en el intervalo
depuesta. En las grandes mutaciones de la civilización occidental, desde la
aparición de la religión olímpica hasta el Renacimiento, la Reforma y el
ateísmo burgués, cada vez que nuevos pueblos o clases expulsaron más
decididamente al mito, el temor a la naturaleza incontrolada y amenazadora, consecuencia
de su misma materialización y objetivación, fue degradado a superstición
animista, y el dominio de la naturaleza interior y exterior fue convertido en
fin absoluto de la vida. Finalmente, automatizada la autoconservación, la razón
es abandonada por los que han tomado su puesto en la guía de la producción, los
cuales la temen ahora en los desheredados. La esencia del iluminismo es la
alternativa, cuya ineluctabilidad es la del dominio. Los hombres habían tenido
siempre que elegir entre su sumisión a la naturaleza y la de la naturaleza al
Sí. Con la expansión de la economía mercantil burguesa el oscuro horizonte del
mito es aclarado por el sol de la ratio calculante, bajo cuyos gélidos rayos
maduran los brotes de la nueva barbarie. Bajo la coacción del dominio el
trabajo humano siempre se ha alejado más del mito para recaer, bajo el dominio,
siempre de nuevo en su poder.
En un relato homérico se halla expresado el nexo
entre mito, dominio y trabajo. El decimosegundo canto de la Odisea narra el
paso ante las sirenas. La tentación que éstas representan es la de perderse en
el pasado. Pero el héroe al que la tentación se dirige se ha convertido en
adulto mediante el sufrimiento. En la variedad de los pequeños mortales en la
cual ha debido conservarse se ha consolidado en él la unidad de la vida
individual, la identidad de la persona. Como agua, tierra y aire, se escinden ante
él los reinos del tiempo. La onda de aquello que fue refluye de la roca del
presente, y el futuro se extiende nuboso en el horizonte. Lo que Odiseo ha
dejado tras de sí entra en el reino de las sombras: el Sí se halla aún tan
cercano al mito primordial, del cual ha salido con inmenso esfuerzo, que su
mismo pasado, el pasado directamente vivido, se transforma en pasado mítico.
Odiseo trata de remediar esto mediante un sólido ordenamiento del tiempo. El
esquema tripartito debe liberar el instante presente de la potencia del pasado,
manteniendo a éste tras el confín absoluto de lo irrecuperable, y poniéndolo,
como saber utilizable, a disposición de la hora. El impulso de salvar el pasado
como viviente, así como el de utilizarlo como materia del progreso, se satisfacía
sólo en el arte, al que pertenece también la historia como representación de la
vida pasada. En la medida en que el arte renuncia a valer como conocimiento,
excluyéndose así de la praxis, es tolerado por la praxis social igual que el
placer. Pero el canto de las sirenas no se halla aún degradado y reducido a
puro arte. Ellas conocen "todo cuanto ocurre en la fértil tierra",
(34) y en particular, las acciones en que también Odiseo tomó parte, las
fatigas que "padecieron en la vasta Troya argivos y teucros, por la
voluntad de los dioses". (35) Al revocar directamente un pasado muy
reciente, amenazan, con la irresistible promesa de placer con que se anuncia y
es escuchado su canto, el orden patriarcal que restituye a cada uno su vida
sólo a cambio de su entera duración temporal. Quien cede a los artificios de
las sirenas está perdido, pues únicamente una constante presencia de espíritu
arranca a la existencia de la naturaleza. Si las sirenas saben todo lo que
acontece, piden en cambio el futuro, y la promesa del alegre retorno es el
engaño con que el pasado se adueña del nostálgico. Odiseo es puesto en guardia
por Circe, la diosa que retransforma a los hombres en animales: él ha sabido
resistírsele y ella, en compensación, lo pone en condiciones de resistir a
otras fuerzas de disolución. Pero la tentación de las sirenas sigue siendo
invencible, y nadie puede sustraerse a ella si escucha el canto. La humanidad
ha debido someterse a un tratamiento espantoso para que naciese y se
consolidase el Sí, el carácter idéntico, práctico, viril del hombre, y algo de
todo ello se repite en cada infancia. El esfuerzo para mantener unido el yo
abarca todos los estadios del yo, y la tentación de perderlo ha estado siempre
unida a la ciega decisión de conservarlo. La ebriedad narcótica, que hace
expiar la euforia en la que el Sí permanece como suspendido en un sueño similar
a la muerte, es una de las antiquísimas instituciones sociales que sirven de
mediadoras entre la autoconservación y el autoaniquilamiento, una tentativa del
Sí para sobrevivirse a sí mismo. La angustia de perder el Sí, y de anular con
el Sí el confín entre sí mismo y el resto de la vida, el miedo a la muerte y a
la destrucción, se halla estrechamente ligado a una promesa de felicidad por la
que la civilización se ha visto amenazada en todo instante. Su camino fue el de
la obediencia y el trabajo, sobre el cual la satisfacción brilla eternamente
como pura apariencia, como belleza impotente. El pensamiento de Odiseo,
igualmente hostil a la propia muerte y a la propia felicidad, sabe todo esto.
Conoce sólo dos posibilidades de salida. Una es la que prescribe a sus
compañeros. Les tapa las orejas con cera y les ordena remar con todas sus
energías. Quien quiere perdurar y subsistir no debe prestar oídos al llamado de
lo irrevocable, y puede hacerlo sólo en la medida en que no esté en condiciones
de escuchar. Esto es lo que la sociedad ha procurado siempre. Frescos y
concentrados, los trabajadores deben mirar hacia adelante y despreocuparse de
lo que está a los costados. El impulso que los induciría a desviarse es
sublimado -con rabiosa amargura- en esfuerzo ulterior. Se vuelven prácticos. La
otra posibilidad es la que elige Odiseo, el señor terrateniente, que hace
trabajar a los demás para sí. Él oye pero impotente, atado al mástil de la
nave, y cuanto mas fuerte resulta la tentación más fuerte se hace atar, así
como después también los burgueses se negarán con mayor tenacidad la felicidad
cuando -al crecer su poderío- la tengan al alcance de la mano. Lo que ha oído
no tiene consecuencias para él, pues no puede hacer otra cosa que señas con la
cabeza para que lo desaten, pero ya es demasiado tarde: sus compañeros, que no
oyen nada, conocen sólo el peligro del canto y no su belleza, y lo dejan atado
al mástil, para salvarlo y salvarse con él. Reproducen con su propia vida la
vida del opresor, que no puede salir ya de su papel social. Los mismos vínculos
con los cuales se ha ligado irrevocablemente a la praxis mantiene a las sirenas
lejos de la praxis: su tentación es neutralizada al convertírsela en puro
objeto de contemplación, en arte. El encadenado asiste a un concierto, inmóvil
como los futuros escuchas, y su grito apasionado, su pedido de liberación,
mueren ya en un aplauso. Así el goce artístico y el trabajo manual se separan a
la salida de la prehistoria. El epos contiene ya la teoría justa. El patrimonio
cultural se halla en exacta relación con el trabajo mandado, y uno y otro
tienen su fundamento en la condición ineluctable del dominio social sobre la
naturaleza.
Medidas como esas tomadas en la nave de Odiseo al
pasar frente a las sirenas constituyen una alegoría premonitoria de la
dialéctica del iluminismo. Así como la sustituibilidad es la medida del dominio
y como el más potente es aquel que puede hacerse representar en el mayor número
de operaciones, del mismo modo la sustituibilidad es el instrumento del
progreso y a la vez de la regresión. En las condiciones dadas, la exención del
trabajo significa también mutilación, y no sólo para los desocupados, sino también
para el polo social opuesto. Los superiores experimentan la realidad, con la
que ya no tienen directamente relación, sólo como sustrato, y se petrifican
enteramente en el Sí que comanda. El primitivo sentía la cosa natural sólo como
objeto que huía a su deseo, "pero el señor, que ha colocado al siervo
entre la cosa y él, se vincula sólo con la dependencia de la cosa y la goza
simplemente; y abandona el lado de la independencia al siervo que la
trabaja". (36) Odiseo es sustituido en el trabajo. Como no puede ceder a
la tentación del abandono de sí, carece también -en cuanto propietario- de la
participación en el trabajo, y, finalmente, también de su dirección, mientras
que por otro lado sus compañeros, por hallarse cercanos a las cosas, no pueden
gozar el trabajo, porque éste se cumple bajo constricción, sin esperanza, con
los sentidos violentamente obstruidos. El esclavo permanece sometido en cuerpo
y alma, el señor entra en regresión. Ninguna forma de dominio ha sabido aún
evitar este precio, y la circularidad de la historia en su progreso halla su
explicación en este debilitamiento, que es el equivalente del poderío. Mientras
actitudes y conocimientos de la humanidad se van diferenciando gracias a la
división del trabajo, la humanidad retrocede hacia fases antropológicamente más
primitivas, puesto que la duración del dominio comporta, con la facilitación
técnica de la existencia, la fijación de los instintos por obra de una fijación
más fuerte. La fantasía se deteriora. El mal no consiste en el retraso de los
individuos respecto a la sociedad o a la producción material. Donde la
evolución de la máquina se ha convertido ya en la del mecanismo de dominio, y
la tendencia técnica y social, estrechamente ligadas desde siempre, convergen
en la toma de posesión total del hombre, los atrasados no representan sólo la
falsedad. Viceversa, la adaptación a la potencia del progreso -o al progreso de
la potencia- implica siempre de nuevo esas formaciones regresivas que hacen
evidente el progreso de su contrario, y no sólo en el progreso fracasado, sino
también en el mismo progreso logrado. La maldición del progreso constante es la
incesante regresión.
Esta regresión no se limita a la experiencia del
mundo sensible, que está ligada a la proximidad física, sino que concierne
también al intelecto dueño de sí, que se separa de la experiencia sensible para
someterla. La unificación de la función intelectual, por la que se cumple el
dominio sobre los sentidos, la reducción del pensamiento a la producción de
uniformidad, implica el empobrecimiento tanto del pensamiento como de la
experiencia; la separación de los dos campos deja a ambos humillados y disminuidos.
En la limitación del pensamiento a tareas administrativas y organizativas
practicada como superiores desde el astuto Odiseo hasta los ingenuos directores
generales, se halla ya implícita la obtusidad que ciega a los grandes cuando ya
no es sólo cuestión de manipular a los pequeños. El espíritu se transforma de
hecho en ese aparato de dominio y autodominio que la filosofía burguesa,
equivocándose, ha visto en él desde siempre. La sordera, que ha caracterizado a
los dóciles proletarios desde los tiempos del mito, no representa ninguna
ventaja respecto a la inmovilidad del amo. De la inmadurez de los dominados
vive la decadente sociedad. Cuanto más complicado y más sutil es el aparato
social, económico y científico, al cual el sistema de producción ha adaptado
tiempo ha el cuerpo que lo sirve, tanto más pobres son las experiencias de las
que este cuerpo es capaz. La eliminación de las cualidades, su traducción en
funciones, pasa de la ciencia, a través de la racionalización de los métodos de
trabajo, al mundo perceptivo de los pueblos, y asimila éste de nuevo al de los
batracios. La regresión de las masas consiste hoy en la incapacidad de oír con
los propios oídos aquello que aún no ha sido oído, de tocar con las propias
manos algo que aún no ha sido tocado, la nueva forma de ceguera que sustituye a
toda forma mítica vencida. Gracias a la mediación de la sociedad total, que
embiste contra todo impulso y relación, los hombres son reducidos de nuevo a
aquello contra lo cual se volvía el principio del Sí, la ley de desarrollo de
la sociedad: a simples seres genéricos, iguales entre sí por aislamiento de la
colectividad dirigida en forma coactiva. Los remeros que no pueden hablar entre
ellos se hallan esclavizados todos al mismo ritmo, así como el obrero moderno
en la fábrica, en el cine y en el transporte. Son las concretas condiciones del
trabajo en la sociedad las que producen el conformismo, y no impulsos
conscientes que intervendrían para estupidizar a los hombres oprimidos y
desviarlos de la verdad. La impotencia de los trabajadores no es sólo una
coartada de los patrones, sino la consecuencia lógica de la sociedad
industrial, en la que se ha transformado finalmente el antiguo destino, a causa
de los esfuerzos hechos para sustraerse a él.
Pero esta necesidad lógica no es definitiva. Tal
necesidad se halla ligada al dominio, a la vez como su reflejo e instrumento.
Por lo cual su verdad no es menos problemática que lo que su evidencia es
ineluctable. Sin duda el pensamiento ha logrado siempre determinar de nuevo su
misma problematicidad. El pensamiento es el siervo a quien el señor no puede
detener según su placer. En cuanto al dominio, desde que la humanidad se ha
vuelto estable, y luego en la economía mercantil, se ha objetivado en leyes y organizaciones,
ha debido a la vez limitarse. El instrumento se vuelve autónomo: la instancia
mediadora del espíritu atenúa, independientemente de la voluntad de los amos,
la inmediatez de la injusticia económica. Los instrumentos del dominio, que
todos deben aferrar -lenguaje, armas y finalmente las máquinas-, deben dejarse
aferrar por todos. Así, en el dominio, el momento de la racionalidad se afirma
además como diverso del dominio. El carácter objetivo del instrumento, que lo
torna universalmente disponible, su "objetividad" para todos, implica
ya la crítica al dominio a cuyo servicio el pensamiento se ha desarrollado. A
lo largo del camino que va de la mitología a la logística el pensamiento ha
perdido el elemento de la reflexión-sobre-sí, y hoy la maquinaria mutila a los
hombres, a pesar de que los sustenta. Pero en la forma de las máquinas la ratio
extrañada se mueve hacia una sociedad que concilia el aparato cristalizado en
aparato material e intelectual con el ser viviente liberado y lo refiere a la
sociedad misma como a su sujeto real. El origen particular del pensamiento y su
perspectiva universal han sido desde siempre inseparables. Hoy, con la
transformación del mundo en industria, la perspectiva de lo universal, la
realización social del pensamiento, se halla hasta tal punto próxima y
accesible que justamente a causa del tal perspectiva el pensamiento es negado,
por los mismos patrones, como mera ideología. Y muestra sólo la mala conciencia
de las camarillas en que se encarna al fin la necesidad económica el hecho de
que sus manifestaciones -desde las intuiciones del Führer hasta "la visión
dinámica del mundo"-, en neto contraste con la apologética burguesa
precedente, no insistan más en que sus propias fechorías son consecuencias
necesarias de leyes objetivas. Las mentiras míticas de misión y destino, que
ocupan el puesto de las leyes objetivas, no expresan siquiera toda la falsedad:
no son ya como antaño las leyes objetivas del mercado, que se afirmaban en las
acciones de los empresarios y llevaban a la catástrofe, sino que es la decisión
consciente de los directores generales, como resultante que no tiene nada que
envidiar en términos de necesidad a los más ciegos mecanismos de los precios,
en cuanto a manejar el destino de la sociedad. Los dominadores mismos no creen
en ninguna necesidad objetiva, pese a que a veces den tal nombre a sus
maquinaciones. Se presentan como ingenieros de la historia universal. Sólo los
dominados toman como necesaria e intocable la evolución que, a cada aumento
decretado del nivel de vida, los vuelve un poco más impotentes. Su reducción a
puros objetos de administración, que da forma anticipada a todos los sectores
de la vida moderna, incluso en el lenguaje y la percepción, proyecta frente a
los dominados una necesidad objetiva ante la cual éstos se creen impotentes. La
miseria como contraste de poder e impotencia crece hasta el infinito junto con
la capacidad de suprimir perdurablemente toda miseria. Para todo individuo
resulta impenetrable la selva de camarillas e instituciones que, desde los
supremos puestos de comando hasta la economía de los rackets profesionales,
propenden a la continuación indefinida del statu quo.
El absurdo del estado en el cual el poder del
sistema sobre los hombres crece a cada paso en que los sustrae al poder de la
naturaleza denuncia como superada la razón de la sociedad racional. Su
necesidad es ilusoria, no menos que la libertad de los empresarios, que acaba
por revelar su carácter coactivo en sus inevitables luchas y acomodamientos.
Esta ilusión, en la que se pierde la humanidad iluminada sin residuos, no puede
ser disuelta por el pensamiento que, como órgano del dominio, debe elegir entre
mandar y obedecer. Si no puede sustraerse al encantamiento al cual quedó ligado
en la prehistoria, llega sin embargo a reconocer, en la lógica de la
alternativa (coherencia y antinomia), mediante la cual se ha emancipado
radicalmente de la naturaleza, a esa misma naturaleza no conciliada y alienada
respecto a sí misma. El pensamiento, en el que el mecanismo coactivo de la
naturaleza se refleja y se perpetúa, refleja, justamente en virtud de su
coherencia irresistible, también a sí mismo como naturaleza olvidada de sí,
como mecanismo coactivo. Sin duda la facultad de representación es sólo un
instrumento. Mediante el pensamiento los hombres se distancian de la naturaleza
para tenerla frente a sí en la posición desde la cual dominarla. Como la cosa,
el instrumento material, que se mantiene idéntico en situaciones diversas, y
separa así el mundo -caótico, multiforme y disparatado- de lo que es evidente,
uno e idéntico, el concepto es el instrumento ideal, que aferra todas las cosas
en el punto en que se pueden aferrar. Así como por lo demás el pensamiento se
vuelve ilusorio apenas quiere renegar de la función separativa, de distancia y
objetivación. Pero si el iluminismo tiene razón contra toda hipóstasis de la
utopía y proclama impasible al dominio como escición, la fractura entre sujeto
y objeto, que prohibe llenar, se convierte en el index de la falsedad propia y
de la verdad. La condena de la superstición ha significado siempre, junto con
el progreso del dominio, también el desenmascaramiento de éste. El iluminismo
es más que iluminismo; la naturaleza se hace oír en su extrañamiento. En la
conciencia que el espíritu tiene en sí como naturaleza dividida en sí, es la
naturaleza quien se invoca a sí misma, como en la prehistoria, pero no ya
directamente con su presunto nombre, que significa omnipotencia, como mana,
sino algo como mutilado y ciego. La condena natural consiste en el dominio de
la naturaleza, sin el cual no existiría espíritu. En la humildad en que éste se
reconoce como dominio y se retrata en la naturaleza se disuelve su pretensión
de dominio, que es la que lo esclaviza a la naturaleza. Aun cuando la humanidad
no puede detenerse en la fuga frente a la necesidad -en la civilización y en el
progreso- sin renunciar al conocimiento mismo, por lo menos no ve ya en las
vallas que erige contra la necesidad (las instituciones, las prácticas del
dominio, que desde el sometimiento de la naturaleza se han vuelto siempre
contra la sociedad) las promesas de la libertad futura. Todo progreso de la
civilización ha renovado, junto con el dominio, también la perspectiva de
mitigarlo. Pero mientras la historia real se halla constituida por sufrimientos
reales, que no disminuyen de ningún modo en proporción al aumento de los medios
para abolirlos, la perspectiva puede contar para realizarse sólo con el
concepto. Dado que éste no se limita a distanciar, como ciencia, a los hombres
de la naturaleza, sino que además, como toma de conciencia de ese mismo
pensamiento que -en la forma de la ciencia- permanece ligado a la ciega tendencia
económica, permite medir la distancia que eterniza la injusticia. Gracias a
esta anamnesis de la naturaleza en el sujeto, en el cumplimiento de la cual se
halla la verdad desconocida de toda cultura, el iluminismo se encuentra, como
principio, en oposición al dominio, y la invitación a detener el iluminismo
resonó, incluso en los tiempos de Vanini, (*) menos por temor a la ciencia
exacta que por odio al pensamiento indisciplinado que se libera del
encantamiento de la naturaleza en la medida en que se reconoce como el temblor
de ésta ante sí misma. Los sacerdotes siempre han vindicado al mana respecto al
iluminista que lo conciliaba experimentando horror por el horror que llevaba
ese nombre, y los augures del iluminismo fueron solidarios en la hybris con los
sacerdotes. El iluminismo burgués se había rendido a su momento positivista
mucho antes de Turgot y de d'Alembert. El iluminismo burgués estuvo siempre
expuesto a la tentación de cambiar la libertad por el ejercicio de la
autoconservación. La suspensión del concepto, ya fuera en nombre del progreso o
en el de la cultura -que secretamente se habían puesto de acuerdo hacía tiempo
contra la verdad-, ha dejado el campo libre a la mentira. Mentira que -en un
mundo que se dedicaba a verificar protocolos y a custodiar la idea, degradada a
"contribución" de grandes pensadores, como una especie de slogan
envejecido- no era ya más distinguible de la verdad neutralizada como
"patrimonio cultural".
Para reconocer el dominio, incluso dentro del
pensamiento, como naturaleza no conciliada, podría remover esa necesidad cuya
eternidad ha sido admitida incluso por el socialismo con demasiada rapidez, en
homenaje al common sense reaccionario. Al elevar la necesidad al carácter de
"base" para todos los tiempos venideros y al degradar al espíritu
-según el estilo idealista- al papel de cima suprema, el socialismo ha
conservado demasiado rígidamente la herencia de la filosofía burguesa. De esa
forma la relación de la necesidad con el reino de la libertad sería puramente
cuantitativa, mecánica, y la naturaleza, alienada, como en la primera
mitología, se convertiría en totalitaria y terminaría por absorber a la
libertad junto con el socialismo. Al renunciar al pensamiento, que se venga, en
su forma reificada -como matemáticas, máquina, organización- del hombre
olvidado de sí mismo, el iluminismo ha renunciado a su propia realización. Al
disciplinar todo lo que es individual, el iluminismo ha dejado a la totalidad incomprendida
la libertad de retorcerse -como dominio sobre las cosas- sobre el ser y sobre
la conciencia de los hombres. Pero la praxis subversiva depende de la
intransigencia de la teoría respecto a la inconsciencia con que la sociedad
deja que el pensamiento se endurezca. La realización no resulta difícil por sus
presupuestos materiales, por la técnica desencadenada como tal. Esta es la
tesis de los sociólogos, que buscan ahora un nuevo antídoto, tal vez de corte
colectivo, para solucionar la cuestión del antídoto. (37) El responsable es un
complejo social de enceguecimiento. El mítico respeto científico de los pueblos
hacia el dato que ellos mismos producen continuamente termina por convertirse a
su vez en un dato de hecho, en la roca frente a la cual incluso la fantasía
revolucionaria se avergüenza de sí como utopismo y degenera en pasiva confianza
en la tendencia objetiva de la historia. Como órgano de esta adaptación, como
pura construcción de medios, el iluminismo es tan destructivo como lo afirman
sus enemigos románticos. El iluminismo se convierte en sí sólo al denunciar el
último compromiso con tales enemigos y al osar abolir el falso absoluto, el
principio del ciego dominio. El espíritu de esta teoría intransigente podría
llegar a invertir, para sus fines, el espíritu inexorable del progreso.
Espíritu cuyo heraldo, Bacon, ha soñado con las mil cosas "que los reyes
con todos sus tesoros no pueden comprar, sobre las cuales su autoridad no pesa,
de las que sus informantes no pueden darles noticias". Tal como lo
preveía, esas cosas les han tocado a los burgueses, a los herederos iluminados
del rey. Al multiplicar la violencia a través de la mediación del mercado, la
economía burguesa ha multiplicado también sus propios bienes y sus propias
fuerzas hasta el punto de que ya no es necesario, para administrarlas, no sólo
de los reyes ni tampoco de los burgueses: basta simplemente con todos. Todos
aprenden, a través del poder de las cosas, a desentenderse del poder. El
iluminismo se realiza y se niega cuando los fines prácticos más próximos se
revelan como la lejanía alcanzada, y las tierras "de las que sus
informantes no pueden darles noticias", es decir la naturaleza desconocida
por la ciencia patronal, son recordadas como las del origen. Hoy que la utopía
de Bacon -"ser amos de la naturaleza en la práctica"- se ha cumplido
en escala terrestre, se torna evidente la esencia de la constricción que él
imputaba a la naturaleza no dominada. Era el dominio mismo. Dominio tras cuya
disolución puede ir más allá el saber, en el cual indudablemente residía, según
Bacon, "la superioridad del hombre". Pero ante esta posibilidad el
iluminismo al servicio del presente se transforma en el engaño total de las
masas.
La Industria Cultural
Iluminismo como mistificación de masas
La tesis sociológica de que la pérdida de sostén en
la religión objetiva, la disolución de los últimos residuos precapitalistas, la
diferenciación técnica y social y el extremado especialismo han dado lugar a un
caos cultural, se ve cotidianamente desmentida por los hechos. La civilización
actual concede a todo un aire de semejanza. Film, radio y semanarios
constituyen un sistema. Cada sector está armonizado en sí y todos entre ellos.
Las manifestaciones estéticas, incluso de los opositores políticos, celebran
del mismo modo el elogio del ritmo de acero. Los organismos decorativos de las
administraciones y las muestras industriales son poco diversas en los países
autoritarios y en los demás. Los tersos y colosales palacios que se alzan por
todas partes representan la pura racionalidad privada de sentido de los grandes
monopolios internacionales a los que tendía ya la libre iniciativa
desencadenada, que tiene en cambio sus monumentos en los tétricos edificios de
habitación o comerciales de las ciudades desoladas. Ya las casas más viejas
cerca de los centros de cemento armado tienen aire de slums y los nuevos
bungalows marginales a la ciudad cantan ya -como las frágiles construcciones de
las ferias internacionales- las loas al progreso técnico, invitando a que se
los liquide, tras un rápido uso, como cajas de conserva. Pero los proyectos
urbanísticos que deberían perpetuar, en pequeñas habitaciones higiénicas, al
individuo como ser independiente, lo someten aun más radicalmente a su
antítesis, al poder total del capital. Como los habitantes afluyen a los
centros a fin de trabajar y divertirse, en carácter de productores y
consumidores, las células edilicias se cristalizan sin solución de continuidad
en complejos bien organizados. La unidad visible de macrocosmo y microcosmo
ilustra a los hombres sobre el esquema de su civilización: la falsa identidad
de universal y particular. Cada civilización de masas en un sistema de economía
concentrada es idéntica y su esqueleto -la armadura conceptual fabricada por el
sistema- comienza a delinearse. Los dirigentes no están ya tan interesados en
esconderla; su autoridad se refuerza en la medida en que es reconocida con
mayor brutalidad. Film y radio no tienen ya más necesidad de hacerse pasar por
arte. La verdad de que no son más que negocios les sirve de ideología, que
debería legitimar los rechazos que practican deliberadamente. Se autodefinen
como industrias y las cifras publicadas de las rentas de sus directores
generales quitan toda duda respecto a la necesidad social de sus productos.
Quienes tienen intereses en ella gustan explicar la
industria cultural en términos tecnológicos. La participación en tal industria
de millones de personas impondría métodos de reproducción que a su vez conducen
inevitablemente a que, en innumerables lugares, necesidades iguales sean
satisfechas por productos standard. El contraste técnico entre pocos centros de
producción y una recepción difusa exigiría, por la fuerza de las cosas, una
organización y una planificación por parte de los detentores. Los clichés
habrían surgido en un comienzo de la necesidad de los consumidores: sólo por
ello habrían sido aceptados sin oposición. Y en realidad es en este círculo de
manipulación y de necesidad donde la unidad del sistema se afianza cada vez
más. Pero no se dice que el ambiente en el que la técnica conquista tanto poder
sobre la sociedad es el poder de los económicamente más fuertes sobre la
sociedad misma. La racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio
mismo. Es el carácter forzado de la sociedad alienada de sí misma. Automóviles
y films mantienen unido el conjunto hasta que sus elementos niveladores
repercuten sobre la injusticia misma a la que servían. Por el momento la
técnica de la industria cultural ha llegado sólo a la igualación y a la
producción en serie, sacrificando aquello por lo cual la lógica de la obra se
distinguía de la del sistema social. Pero ello no es causa de una ley de
desarrollo de la técnica en cuanto tal, sino de su función en la economía
actual. La necesidad que podría acaso escapar al control central es reprimida
ya por el control de la conciencia individual. El paso del teléfono a la radio
ha separado claramente a las partes. El teléfono, liberal, dejaba aun al oyente
la parte de sujeto. La radio, democrática, vuelve a todos por igual escuchas,
para remitirlos autoritariamente a los programas por completo iguales de las
diversas estaciones. No se ha desarrollado ningún sistema de respuesta y las
transmisiones privadas son mantenidas en la clandestinidad. Estas se limitan al
mundo excéntrico de los "aficionados", que por añadidura están aun
organizados desde arriba. Pero todo resto de espontaneidad del público en el
ámbito de la radio oficial es rodeado y absorbido, en una selección de tipo
especialista, por cazadores de talento, competencias ante el micrófono y
manifestaciones domesticadas de todo género. Los talentos pertenecen a la
industria incluso antes de que ésta los presente: de otro modo no se adaptarían
con tanta rapidez. La constitución del público, que teóricamente y de hecho
favorece al sistema de la industria cultural, forma parte del sistema y no lo
disculpa. Cuando una branche artística procede según la misma receta de otra,
muy diversa en lo que respecta al contenido y a los medios expresivos; cuando
el nudo dramático de la soap-opera en la radio se convierte en una ilustración
pedagógica del mundo en el cual hay que resolver dificultades técnicas,
dominadas como jam al igual que en los puntos culminantes de la vida del jazz,
o cuando la "adaptación" experimental de una frase de Beethoven se
hace según el mismo esquema con el que se lleva una novela de Tolstoy a un
film, la apelación a los deseos espontáneos del público se convierte en un
pretexto inconsistente. Más cercana a la realidad es la explicación que se basa
en el peso propio, en la fuerza de inercia del aparato técnico y personal, que
por lo demás debe ser considerado en cada uno de sus detalles como parte del
mecanismo económico de selección. A ello debe agregarse el acuerdo o por lo
menos la común determinación de los dirigentes ejecutivos de no producir o
admitir nada que no se asemeje a sus propias mesas, a su concepto de
consumidores y sobre todo a ellos mismos.
Si la tendencia social objetiva de la época se
encarna en las intenciones subjetivas de los dirigentes supremos, éstos
pertenecen por su origen a los sectores más poderosos de la industria. Los
monopolios culturales son, en relación con ellos, débiles y dependientes. Deben
apresurarse a satisfacer a los verdaderamente poderosos, para que su esfera en
la sociedad de masas -cuyo particular carácter de mercancía tiene ya demasiada
relación con el liberalismo acogedor y con los intelectuales judíos- no corra
peligro. La dependencia de la más poderosa sociedad de radiofonía respecto a la
industria eléctrica o la del cine respecto a la de las construcciones navales,
delimita la entera esfera, cuyos sectores aislados están económicamente
cointeresados y son interdependientes. Todo está tan estrechamente próximo que
la concentración del espíritu alcanza un volumen que le permite traspasar los
confines de las diversas empresas y de los diversos sectores técnicos. La
unidad desprejuiciada de la industria cultural confirma la unidad -en
formación- de la política. Las distinciones enfáticas, como aquellas entre
films de tipo a y b o entre las historias de semanarios de distinto precio, no
están fundadas en la realidad, sino que sirven más bien para clasificar y
organizar a los consumidores, para adueñarse de ellos sin desperdicio. Para
todos hay algo previsto, a fin de que nadie pueda escapar; las diferencias son
acuñadas y difundidas artificialmente. El hecho de ofrecer al público una
jerarquía de cualidades en serie sirve sólo para la cuantificación más
completa. Cada uno debe comportarse, por así decirlo, espontáneamente, de
acuerdo con su level determinado en forma anticipada por índices estadísticos,
y dirigirse a la categoría de productos de masa que ha sido preparada para su
tipo. Reducidos a material estadístico, los consumidores son distribuidos en el
mapa geográfico de las oficinas administrativas (que no se distinguen
prácticamente más de las de propaganda) en grupos según los ingresos, en campos
rosados, verdes y azules.
El esquematismo del procedimiento se manifiesta en
que al fin los productos mecánicamente diferenciados se revelan como iguales.
El que las diferencias entre la serie Chrysler y la serie General Motors son
sustancialmente ilusorias es cosa que saben incluso los niños que se enloquecen
por ellas. Los precios y las desventajas discutidos por los conocedores sirven
sólo para mantener una apariencia de competencia y de posibilidad de elección.
Las cosas no son distintas en lo que concierne a las producciones de la Warner
Brothers y de la Metro Goldwin Mayer. Pero incluso entre los tipos más caros y
menos caros de la colección de modelos de una misma firma, las diferencias se
reproducen más: en los automóviles no pasan de variantes en el número de
cilindros, en el volumen, en la novedad de los gadgets; en los films se limitan
a diferencias en el número de divos, en el despliegue de medios técnicos, mano
de obra, trajes y decorados, en el empleo de nuevas fórmulas psicológicas. La
medida unitaria del valor consiste en la dosis de conspicuous production, de
inversión exhibida. Las diferencias de valor preestablecidas por la industria
cultural no tienen nada que ver con diferencias objetivas, con el significado
de los productos. También los medios técnicos tienden a una creciente
uniformidad recíproca. La televisión tiende a una síntesis de radio y cine, que
está siendo retardada hasta que las partes interesadas se hayan puesto
completamente de acuerdo, pero cuyas posibilidades ilimitadas pueden ser
promovidas hasta tal punto por el empobrecimiento de los materiales estéticos
que la identidad apenas velada de todos los productos de la industria cultural
podrá mañana triunfar abiertamente, como sarcástica realización del sueño
wagneriano de la "obra de arte total". El acuerdo de palabra, música
e imagen se logra con mucha mayor perfección que en Tristán, en la medida en
que los elementos sensibles, que se limitan a registrar la superficie de la
realidad social, son ya producidos según el mismo proceso técnico de trabajo y
expresan su unidad como su verdadero contenido. Este proceso de trabajo integra
a todos los elementos de la producción, desde la trama de la novela preparada
ya en vistas al film, hasta el último efecto sonoro. Es el triunfo del capital
invertido. Imprimir con letras de fuego su omnipotencia -la de sus manos- en el
corazón de todos los desposeídos en busca de empleo es el significado de todos
los films, independientemente de la acción dramática que la dirección de
producciones escoge de vez en cuando.
Durante el tiempo libre el trabajador debe
orientarse sobre la unidad de la producción. La tarea que el esquematismo
kantiano había asignado aun a los sujetos -la de referir por anticipado la
multiplicidad sensible a los conceptos fundamentales- le es quitada al sujeto
por la industria. La industria realiza el esquematismo como el primer servicio
para el cliente. Según Kant, actuaba en el alma un mecanismo secreto que
preparaba los datos inmediatos para que se adaptasen al sistema de la pura
razón. Hoy, el enigma ha sido develado. Incluso si la planificación del
mecanismo por parte de aquellos que preparan los datos, la industria cultural,
es impuesta a ésta por el peso de una sociedad irracional -no obstante toda
racionalización-, esta tendencia fatal se transforma, al pasar a través de las
agencias de la industria, en la intencionalidad astuta que caracteriza a esta
última. Para el consumidor no hay nada por clasificar que no haya sido ya
anticipado en el esquematismo de la producción. El prosaico arte para el pueblo
realiza ese idealismo fantástico que iba demasiado lejos para el crítico. Todo
viene de la conciencia: de la de Dios en Malebranche y en Berkeley; en el arte
de masas, de la dirección terrena de la producción. No sólo los tipos de
bailables, divos, soap-operas retornan cíclicamente como entidades invariables,
sino que el contenido particular del espectáculo, lo que aparentemente cambia,
es a su vez deducido de aquéllos. Los detalles se tornan fungibles. La breve
sucesión de intervalos que ha resultado eficaz en un tema, el fracaso
temporario del héroe, que éste acepta deportivamente, los saludables golpes que
la hermosa recibe de las robustas manos del galán, los modales rudos de éste
con la heredera pervertida, son, como todos los detalles, clichés, para emplear
a gusto aquí y allá, enteramente definidos cada vez por el papel que desempeñan
en el esquema. Confirmar el esquema, mientras lo componen, constituye toda la
realidad de los detalles. En un film se puede siempre saber en seguida cómo terminará,
quién será recompensado, castigado u olvidado; para no hablar de la música
ligera, en la que el oído preparado puede adivinar la continuación desde los
primeros compases y sentirse feliz cuando llega. El número medio de palabras de
la short story es intocable. Incluso los gags, los efectos, son calculados y
planificados. Son administrados por expertos especiales y su escasa variedad
hace que se los pueda distribuir administrativamente. La industria cultural se
ha desarrollado con el primado del efecto, del exploit tangible, del detalle
sobre la obra, que una vez era conductora de la idea y que ha sido liquidada
junto con ésta. El detalle, al emanciparse, se había tornado rebelde y se había
erigido -desde el romanticismo hasta el expresionismo- en expresión
desencadenada, en exponente de la revolución contra la organización. El efecto
armónico aislado había cancelado en la música la conciencia de la totalidad
formal; en pintura el color particular se había sobrepuesto a la composición
del cuadro; la penetración psicológica dominaba sobre la arquitectura de la
novela. A ello pone fin con su totalidad la industria cultural. Al no reconocer
más que a los detalles, acaba con la insubordinación de éstos y los somete a la
fórmula que ha tomado el lugar de la obra. La industria cultural trata de la
misma forma al todo y a las partes. El todo se opone, en forma despiadada o
incoherente, a los detalles, un poco como la carrera de un hombre de éxito, a
quien todo debe servirle de ilustración y prueba, mientras que la misma carrera
no es más que la suma de esos acontecimientos idiotas. La llamada idea general
es un mapa catastral y crea un orden, pero ninguna conexión. Privados de
oposición y de conexión, el todo y los detalles poseen los mismos rasgos. Su
armonía garantizada desde el comienzo es la caricatura de aquella otra
-conquistada- de la obra maestra burguesa. En Alemania, en los films más
despreocupados del período democrático, reinaba ya la paz sepulcral de la
dictadura.
El mundo entero es pasado por el cedazo de la
industria cultural. La vieja esperanza del espectador cinematográfico, para
quien la calle parece la continuación del espectáculo que acaba de dejar,
debido a que éste quiere precisamente reproducir con exactitud el mundo
perceptivo de todos los días, se ha convertido en el criterio de la producción.
Cuanto más completa e integral sea la duplicación de los objetos empíricos por
parte de las técnicas cinematográficas, tanto más fácil resulta hacer creer que
el mundo exterior es la simple prolongación del que se presenta en el film. A
partir de la brusca introducción del elemento sonoro el proceso de reproducción
mecánica ha pasado enteramente al servicio de este propósito. El ideal consiste
en que la vida no pueda distinguirse más de los films. El film superando en
gran medida al teatro ilusionista, no deja a la fantasía ni al pensar de los
espectadores dimensión alguna en la que puedan moverse por su propia cuenta sin
perder el hilo, con lo que adiestra a sus propias víctimas para identificarlo
inmediatamente con la realidad. La atrofia de la imaginación y de la
espontaneidad del consumidor cultural contemporáneo no tiene necesidad de ser
manejada según mecanismos psicológicos. Los productos mismos, a partir del más
típico, el film sonoro, paralizan tales facultades mediante su misma
constitución objetiva. Tales productos están hechos de forma tal que su
percepción adecuada exige rapidez de intuición, dotes de observación,
competencia específica, pero prohibe también la actividad mental del
espectador, si éste no quiere perder los hechos que le pasan rápidamente
delante. Es una tensión tan automática que casi no tiene necesidad de ser
actualizada para excluir la imaginación. Quien está de tal forma absorto en el
universo del film, en los gestos, imágenes y palabras, que carece de la
capacidad de agregar a éstos aquello por lo que podrían ser tales, no por ello
se encontrará en el momento de la exhibición sumido por completo en los efectos
particulares del espectáculo que contempla. A través de todos los otros films y
productos culturales que necesariamente debe conocer, han llegado a serle tan
familiares las pruebas de atención requeridas que se le producen
automáticamente. La violencia de la sociedad industrial obra sobre los hombres
de una vez por todas. Los productos de la industria cultural pueden ser
consumidos rápidamente incluso en estado de distracción. Pero cada uno de ellos
es un modelo del gigantesco mecanismo económico que mantiene a todos bajo
presión desde el comienzo, en el trabajo y en el descanso que se le asemeja. De
cada film sonoro, de cada transmisión radial, se puede deducir aquello que no
se podría atribuir como efecto a ninguno de ellos aisladamente, pero sí al
conjunto de todos en la sociedad. Inevitablemente, cada manifestación aislada
de la industria cultural reproduce a los hombres tal como aquello en que ya los
ha convertido la entera industria cultural. Y todos los agentes de la industria
cultural, desde el productor hasta las asociaciones femeninas, velan para que
el proceso de la reproducción simple del espíritu no conduzca en modo alguno a
una reproducción enriquecida.
Las quejas de los historiadores del arte y de los
abogados de la cultura respecto a la extinción de la energía estilística en
Occidente son pavorosamente infundadas. La traducción estereotipada de todo,
incluso de aquello que aún no ha sido pensado, dentro del esquema de la
reproductibilidad mecánica, supera en rigor y validez a todo verdadero estilo,
concepto este con el que los amigos de la cultura idealizan -como
"orgánico"- al pasado precapitalista. Ningún Palestrina hubiera
podido expeler la disonancia no preparada y no resuelta con el purismo con el
que un arrangeur de música de jazz elimina hoy toda cadencia que no se adecue
perfectamente a su jerga. Cuando adapta a Mozart no se limita a modificarlo
allí donde es demasiado serio o demasiado difícil, sino también donde
armonizaba la melodía en forma diversa -y acaso con más sencillez- de lo que se
usa hoy. Ningún constructor de iglesias medieval hubiera inspeccionado los
temas de los vitrales y de las esculturas con la desconfianza con que la dirección
del estudio cinematográfico examina un tema de Balzac o de Víctor Hugo antes de
que éste obtenga el imprimatur que le permitirá continuar adelante. Ningún
capítulo habría asignado a las caras diabólicas y las penas de los condenados
su justo puesto en el orden del sumo amor con el escrúpulo con el que la
dirección de producción se lo asigna a la tortura del héroe o a la sucinta
pollera de la leading lady en la letanía del film de éxito. El catálogo
explícito e implícito, exotérico y esotérico de lo prohibido y de lo tolerado,
no se limita a circunscribir un sector libre, sino que lo domina y lo controla
desde la superficie hasta el fondo. Incluso los detalles mínimos son modelados
según sus normas. La industria cultural, a través de sus prohibiciones, fija
positivamente -al igual que su antítesis, el arte de vanguardia- un lenguaje
suyo, con una sintaxis y un léxico propios. La necesidad permanente de nuevos
efectos, que quedan sin embargo ligados al viejo esquema, no hace más que
aumentar, como regla supletoria, la autoridad de lo ordenado, a la que cada
efecto particular querría sustraerse. Todo lo que aparece es sometido a un
sello tan profundo que al final no aparece ya nada que no lleve por anticipado
el signo de la jerga y que no demuestre ser, a primera vista, aprobado y
reconocido. Pero los matadores (38) -productores o reproductores- son aquellos
que hablan la jerga con tanta facilidad, libertad y alegría, como si fuese la
lengua que ha vencido desde hace tiempo al silencio. Es el ideal de la naturaleza
en la industria, que se afirma tanto más imperiosamente cuanto la técnica
perfeccionada reduce más la tensión entre imagen y vida cotidiana. La paradoja
de la routine disfrazada de naturaleza se advierte en todas las manifestaciones
de la industria cultural, y en muchas se deja tocar con la mano. Un ejecutante
de jazz que debe tocar un trozo de música seria, el más simple minuet de
Beethoven, lo sincopa involuntariamente y sólo accede a tocar las notas
preliminares con una sonrisa de superioridad. Esta "naturaleza",
complicada por las instancias siempre presentes y desarrolladas hasta el exceso
del medio específico, constituye el nuevo estilo, es decir, "un sistema de
no-cultura, al que se le podría reconocer una cierta 'unidad estilística', si
se concede que tiene sentido hablar de una barbarie estilizada". (39)
La fuerza universalmente vinculante de esta
estilización supera ya a la de las prohibiciones y prescripciones oficiosas;
hoy se perdona con más facilidad a un motivo que no se atenga a los treinta y
dos compases que contenga aunque sea el más secreto detalle melódico o armónico
extraño al idioma. Todas las violaciones de los hábitos del oficio cometidas
por Orson Welles le son perdonadas, porque -incluyendo las incorrecciones- no
hacen más que reforzar y confirmar la validez del sistema. La obligación del idioma
técnicamente condicionado que actores y directores deben producir como
naturaleza, a fin de que la nación pueda hacerlo suyo, se refiere a matices tan
sutiles que alcanzan casi el refinamiento de los medios de una obra de
vanguardia, medios con los cuales esta última, a diferencia de aquélla, sirve a
la verdad. La rara capacidad para obedecer minuciosamente a las exigencias del
idioma de la naturaleza en todos los sectores de la industria cultural se
convierte en el criterio de la habilidad y de la competencia. Todo lo que se
dice y la forma en que es dicho debe poder ser controlado en relación con el
lenguaje cotidiano, como ocurre en el positivismo lógico. Los productores son
expertos. El idioma exige una fuerza productiva excepcional, que absorbe y
consume enteramente y que ha superado la distinción -predilecta de la teoría
conservadora de la cultura- entre estilo genuino y artificial. Como artificial
podría ser definido un estilo impreso desde el exterior sobre los impulsos
reluctantes de la figura. Pero en la industria cultural, la materia, hasta en
sus últimos elementos, es originada por el mismo aparato que produce la jerga
en que se resuelve. Las diferencias que se producen entre el "especialista
artístico" y el sponsor y el censor a propósito de una mentira demasiado
increíble no son en realidad testimonio de una tensión estética interna sino
más bien de una divergencia de intereses. La renommée del especialista -en la
que a veces se refugia un último resto de autonomía objetiva- entra en conflicto
con la política comercial de aquellos que producen la mercancía cultural. Pero
la cosa, en su esencia, está reificada como viable aun antes de que se llegue
al conflicto. Aun antes de que Zanuck la comprase, la santa Bernadette brillaba
en el campo visivo de su autor como una réclame para todos los consorcios
interesados. Tal es lo que queda de los impulsos autónomos de la obra. Y he ahí
por qué el estilo de la industria cultural, que no necesita afirmarse en la
resistencia de la materia, es al mismo tiempo la negación del estilo. La
conciliación de lo universal y lo particular, regla e instancia específica del
objeto -cuya realización es conditio sine qua non de la sustancia y el peso del
estilo-, carece de valor porque no determina ya ninguna tensión entre los dos
polos: los extremos que se tocan quedan traspasados en una turbia identidad, lo
universal puede sustituir a lo particular y viceversa.
Sin embargo, esta caricatura del estilo dice algo
sobre el estilo auténtico del pasado. El concepto de estilo auténtico queda
desenmascarado en la industria cultural como equivalente estético del dominio.
La idea del estilo como coherencia puramente estética es una proyección
retrospectiva de los románticos. En la unidad del estilo -no sólo del Medioevo
cristiano sino también del Renacimiento- se expresa la estructura diversa de la
violencia social, y no la oscura experiencia de los dominados, en la que se encerraba
lo universal. Los grandes artistas no fueron nunca quienes encarnaron el estilo
en la forma más pura y perfecta, sino quienes acogieron en la propia obra al
estilo como rigor respecto a la expresión caótica del sufrimiento, como verdad
negativa. En el estilo de las obras la expresión conquistaba la fuerza sin la
cual la existencia pasa desoída. Incluso las obras tenidas por clásicas, como
la música de Mozart, contienen tendencias objetivas en contraste con su estilo.
Hasta Schönberg y Picasso, los grandes artistas han conservado su desconfianza
hacia el estilo y -en todo lo que es decisivo- se han atenido menos al estilo
que a la lógica del objeto. Lo que expresionistas y dadistas afirmaban
polémicamente, la falsedad del estilo como tal, triunfa hoy en la jerga canora
del crooner, en la gracia relamida de la star y, en fin, en la magistral imagen
fotográfica de la choza miserable del trabajador manual. En toda obra de arte
el estilo es una promesa. En la medida en que lo que se expresa entra a través
del estilo en las formas dominantes de la universalidad, en el lenguaje
musical, pictórico, verbal, debería reconciliarse con la idea de la verdadera
universalidad. Esta promesa de la obra de arte -de fundar la verdad a través de
la inserción de la figura en las formas socialmente transmitidas- es a la vez
necesaria e hipócrita. Tal promesa pone como absoluto las formas reales de lo
existente, pretendiendo anticipar su realización en sus derivados estéticos. En
este sentido, la pretensión del arte es siempre también ideología. Por otra
parte, el arte puede hallar una expresión para el sufrimiento sólo al
enfrentarse con la tradición que se deposita en el estilo. En la obra de arte,
en efecto, el momento mediante el cual trasciende la realidad resulta inseparable
del estilo: pero no consiste en la armonía realizada, en la problemática unidad
de forma y contenido, interior y exterior, individuo y sociedad, sino en los
rasgos en los que aflora la discrepancia, en el necesario fracaso de la tensión
apasionada hacia la identidad. En lugar de exponerse a este fracaso, en el que
el estilo de la gran obra de arte se ha visto siempre negado, la obra mediocre
ha preferido siempre semejarse a las otras, se ha contentado con el sustituto
de la identidad. La industria cultural, en suma, absolutiza la imitación.
Reducida a puro estilo, traiciona el secreto de éste, o sea, declara su
obediencia a la jerarquía social. La barbarie estética ejecuta hoy la amenaza
que pesa sobre las creaciones espirituales desde el día en que empezaron a ser
recogidas y neutralizadas como cultura. Hablar de cultura ha sido siempre algo
contra la cultura. El denominador común "cultura" contiene ya
virtualmente la toma de posesión, el encasillamiento, la clasificación, que
entrega la cultura al reino de la administración. Sólo la subsunción
industrializada, radical y consecuente, está en pleno acuerdo con este concepto
de cultura. Al subordinar de la misma forma todos los aspectos de la producción
espiritual al fin único de cerrar los sentidos de los hombres -desde la salida
de la fábrica por la noche hasta el regreso frente al reloj de control la
mañana siguiente- mediante los sellos del proceso de trabajo que ellos mismos
deben alimentar durante la jornada, la industria cultural pone en práctica
sarcásticamente el concepto de cultura orgánica que los filósofos de la
personalidad oponían a la masificación.
De tal suerte la industria cultural, el estilo más
inflexible de todos, se revela como meta justamente de aquel liberalismo al que
se le reprochaba falta de estilo. No se trata sólo de que sus categorías y sus
contenidos hayan surgido de la esfera liberal, del naturalismo domesticado como
de la opereta y de la revista, sino que incluso los modernos trusts culturales
constituyen el lugar económico donde continúa sobreviviendo provisoriamente
-con los tipos correspondientes de empresarios- una parte de la esfera
tradicional de la circulación en curso de demolición en el resto de la
sociedad. Aquí se puede hacer aún fortuna, con tal de que no se sea demasiado
exigente y se esté dispuesto a los acuerdos. Lo que resiste sólo puede
sobrevivir enquistándose. Una vez que lo que resiste ha sido registrado en sus
diferencias por parte de la industria cultural, forma parte ya de ella, tal
como el reformador agrario se incorpora al capitalismo. La rebelión que rinde
homenaje a la realidad se convierte en la marca de fábrica de quien tiene una
nueva idea para aportar a la industria. La esfera pública de la sociedad actual
no deja pasar ninguna acusación perceptible en cuyo tono los de oído fino no
adviertan ya la autoridad bajo cuyo signo el révolté se reconcilia con ellos.
Cuanto más inconmensurable se torna el abismo entre el coro y los solistas más
puesto hay entre estos últimos para quien sepa dar testimonio de su propia
superioridad mediante una originalidad bien organizada. De tal suerte, incluso
en la industria cultural, sobrevive la tendencia del liberalismo de dejar paso
libre a los capaces. La función de abrir camino a estos virtuosos se mantiene
aún hoy en un mercado ampliamente regulado en todo otro sentido, mercado en el
que en los buenos tiempos la única libertad que se permitía al arte era la de
morir de hambre. No por azar surgió el sistema de la industria cultural en los
países industriales más liberales, así como es en ellos donde han triunfado
todos sus medios característicos, el cine, la radio, el jazz y los magazines.
Es cierto que su desarrollo progresivo surgía necesariamente de las leyes
generales del capital. Gaumont y Pathé, Ullstein y Hugenberg habían seguido con
éxito la tendencia internacional; la dependencia de Europa respecto a los
Estados Unidos -después de la primera guerra mundial y de la inflación- hizo el
resto. Creer que la barbarie de la industria cultural constituye una
consecuencia del cultural lag, del atraso de la conciencia norteamericana
respecto al estado alcanzado por la técnica, es pura ilusión. Era la Europa
prefascista la que estaba atrasada en relación con la tendencia hacia el
monopolio cultural. Pero justamente gracias a este atraso conservaba el
espíritu un resto de autonomía. En Alemania la insuficiencia del control
democrático sobre la vida civil había surtido efectos paradójicos. Mucho se
sustraía al mecanismo del mercado, que se había desencadenado en los países
occidentales. El sistema educativo alemán, incluyendo las universidades, los
teatros con carácter de guías en el plano artístico, las grandes orquestas, los
museos, se hallaban bajo protección. Los poderes políticos, estado y comunas,
que habían recibido estas instituciones en herencia del absolutismo, les habían
dejado su parte de aquella independencia respecto a las relaciones, fuerza
explícita en el mercado que les había sido concedida a pesar de todo hasta
fines del siglo XIX por los príncipes y señores feudales. Ello reforzó la
posición del arte burgués tardío contra el veredicto de la oferta y la demanda,
y favoreció su resistencia mucho más allá de la protección acordada. Incluso en
el mercado el homenaje a la calidad todavía no traducible en valor corriente se
resolvía en poder de adquisición, gracias a lo cual dignos editores literarios
y musicales podían ocuparse de autores que no atraían más que la estima de los
entendidos. Sólo la obligación de inscribirse continuamente -bajo las amenazas
más graves- como experto estético en la vida industrial ha esclavizado
definitivamente al artista. En una época firmaban sus cartas, como Kant y Hume,
calificándose de "siervos humildísimos", mientras minaban las bases
del trono y del altar. Hoy se tutean con los jefes de estado y están sometidos,
en lo que respecta a todos sus impulsos artísticos, al juicio de sus jefes
iletrados. El análisis cumplido por Tocqueville hace cien años se ha cumplido
plenamente. Bajo el monopolio privado de la cultura acontece realmente que
"la tiranía deja libre el cuerpo y embiste directamente contra el alma. El
amo no dice más: debes pensar como yo o morir. Dice: eres libre de no pensar
como yo, tu vida, tus bienes, todo te será dejado, pero a partir de este
momento eres un intruso entre nosotros". (40) Quien no se adapta resulta
víctima de una impotencia espiritual del aislado. Excluido de la industria, es
fácil convencerlo de su insuficiencia. Mientras que en la producción material
el mecanismo de la oferta y la demanda se halla ya en vías de disolución,
continúa operando en la superestructura como control que beneficia a los amos.
Los consumidores son los obreros y empleados, farmers y pequeños burgueses. La
totalidad de las instituciones existentes los aprisiona de tal forma en cuerpo
y alma que se someten sin resistencia a todo lo que se les ofrece. Y como los
dominados han tomado siempre la moral que les venía de los señores con mucha
más seriedad que estos últimos, así hoy las masas engañadas creen en el mito
del éxito aun más que los afortunados. Las masas tienen lo que quieren y
reclaman obstinadamente la ideología mediante la cual se las esclaviza. La
funesta adhesión del pueblo al mal que se le hace llega incluso a anticipar la
sabiduría de las presiones y supera el rigor de la Hays Office. Esa adhesión
sostiene a Mickey Rooney contra la trágica Garbo. La industria se adapta a
tales pedidos. Lo que representa un pasivo para la firma aislada, que a veces
no puede explotar hasta el fin el contrato con la estrella en declinación,
constituye un costo razonable para el sistema en total. Al ratificar
astutamente los pedidos de relevos, inaugura la armonía total. Juicio crítico y
competencia son prohibidos como presunción de quien se cree superior a los
otros, en una cultura democrática que reparte sus privilegios entre todos.
Frente a la tregua ideológica, el conformismo de los consumidores, así como la
impudicia de la producción que éstos mantienen en vida, conquista una buena
conciencia. Tal conformismo se contenta con la eterna repetición de lo mismo.
La eterna repetición de lo mismo regula también la
relación con el pasado. La novedad del estadio de la cultura de masas respecto
al liberal tardío consiste en la exclusión de lo nuevo. La máquina rueda sur
place. Cuando llega al punto de determinar el consumo, descarta como riesgo
inútil lo que aun no ha sido experimentado. Los cineastas consideran con
sospecha todo manuscrito tras el cual no haya ya un tranquilizador best seller.
Justamente por eso se habla siempre de idea, novelty y surprise, de algo que a
la vez sea archiconocido y no haya existido nunca. Para eso sirven el ritmo y
el dinamismo. Nada debe quedar como estaba, todo debe correr continuamente,
estar en movimiento. Porque sólo el universal triunfo del ritmo de producción y
reproducción mecánica garantiza que nada cambia, que no surge nada
sorprendente. Los agregados al inventario cultural experimentado son demasiado
arriesgados y azarosos. Los tipos formales congelados, como sketch, short
story, film de tesis, canción, son el prototipo, y amenazadoramente octroyé,
del gusto liberal tardío. Los dirigentes de las empresas culturales, que
proceden de acuerdo entre sí como si fueran un solo manager, han racionalizado
desde hace tiempo el espíritu objetivo. Es como si un tribunal omnipresente
hubiese examinado el material y establecido el catálogo oficial de los bienes
culturales, que ilustra brevemente sobre las series disponibles. Las ideas se
hallan inscriptas en el cielo de la cultura, en el cual ya numeradas, incluso
convertidas en números, inmutables, habían sido encerrados por Platón.
El amusement, todos los elementos de la industria
cultural, existían mucho antes que ésta. Ahora son retomados desde lo alto y
llevados al nivel de los tiempos. La industria cultural puede jactarse de haber
actuado con energía y de haber erigido como principio la trasposición -a menudo
torpe- del arte a la esfera del consumo, de haber liberado al amusement de sus
ingenuidades más molestas y de haber mejorado la confección de las mercancías.
Cuanto más total ha llegado a ser, cuanto más despiadadamente ha obligado a
todo outsider a quebrar o a entrar en la corporación, tanto más fina se ha
vuelto, hasta terminar en una síntesis de Beethoven con el Casino de París. Su
triunfo es doble: lo que gasta fuera de sí como verdad puede reproducirlo a
placer dentro de sí como mentira. El arte "ligero" como tal, la
distracción, no es una forma morbosa y degenerada. Quien lo acusa de traición
respecto al ideal de la pura expresión se hace ilusiones respecto a la
sociedad. La pureza del arte burgués, que se ha hipostatizado como reino de la
libertad en oposición a la praxis material, ha sido pagada desde el principio
con la exclusión de la clase inferior, a cuya causa -la verdadera
universalidad- el arte sigue siendo fiel justamente gracias a la libertad
respecto a los fines de la falsa libertad. El arte serio se ha negado a
aquellos para quienes la necesidad y la presión del sistema convierten a la
seriedad en una burla, y que por necesidad se sienten contentos cuando pueden
transcurrir pasivamente el tiempo que no están atados a la rueda. El arte
"ligero" ha acompañado como una sombra al arte autónomo. El arte
"ligero" es la mala conciencia social del arte serio. Lo que el arte
serio debía perder en términos de verdad en base a sus premisas sociales confiere
al arte "ligero" una apariencia de legitimidad. La verdad reside en
la escisión misma, que expresa por lo menos la negatividad de la cultura que
constituyen, sumándose, las dos esferas. En modo alguno se deja conciliar la
antítesis cuando se acoge al arte ligero en el serio o viceversa. Justamente
esto es lo que trata de hacer la industria cultural. La excentricidad del
circo, del panopticum y del burdel respecto a la sociedad le molesta tanto como
la de Schönberg y de Karl Krauss. Así Benny Goodman es acompañado por el
cuarteto de Budapest y toca con ritmo más pedante que un clarinetista de
orquesta filarmónica, mientras que los integrantes del cuarteto tocan en la
misma forma lisa y vertical y con la misma dulzonería con que lo hace Guy
Lombardo. Lo notable no es la crasa incultura, la torpeza o la estupidez. Los
rechazos de antaño han sido liquidados por la industria cultural gracias a su
misma perfección, la prohibición y la domesticación del dilettantismo, aun
cuando cometa continuamente gaffes enormes, inseparables de la idea misma de un
nivel "sostenido". Pero lo nuevo consiste en que elementos
inconciliables de la cultura, arte y diversión, sean reducidos mediante la
subordinación final a un solo falso denominador: la totalidad de la industria
cultural. Ésta consiste en la repetición. No es cosa extrínseca al sistema el
hecho de que sus innovaciones típicas consistan siempre y únicamente en
mejoramientos de la reproducción en masa. Con razón el interés de los
innumerables consumidores va por entero hacia la técnica y no hacia los
contenidos rígidamente repetidos, íntimamente vacuos y ya medio abandonados. El
poder social adorado por los espectadores se expresa con más validez en la
omnipresencia del estereotipo realizada e impuesta por la técnica que en las
ideologías viejas de las que deben responder los efímeros contenidos.
No obstante, la industria cultural sigue siendo la
industria de la diversión. Su poder sobre los consumidores es mediado por el
amusement, que al fin es anulado no por un mero diktat, sino por la hostilidad
inherente al principio mismo del amusement. Dado que la transfusión de todas
las tendencias de la industria cultural a la carne y a la sangre del público se
cumple a través del entero proceso social, la supervivencia del mercado en este
sector obra en el sentido de promover ulteriormente dichas tendencias. La
demanda no se halla aun sustituida por la pura obediencia. Hasta tal punto es
verdad esto que la gran reorganización del cine en vísperas de la primera
guerra mundial -condición material de su expansión- consistió justamente en una
adaptación consciente a las necesidades del público calculadas según las cifras
de boletería, dato que en los tiempos de los pioneers de la pantalla no se
soñaba siquiera en tomar en consideración. A los magnates del cine, que hacen
siempre pruebas sobre sus ejemplos (sobre sus éxitos más o menos clamorosos) y
nunca, sabiamente, sobre el ejemplo contrario, sobre la verdad, les parece así
incluso hoy. Su ideología son los negocios. En todo ello es verdadero que la
fuerza de la industria cultural reside en su unidad con la necesidad producida
y no en el conflicto con ésta, ya sea a causa de la omnipotencia o de la
impotencia. El amusement es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo
tardío. Es buscado por quien quiere sustraerse al proceso del trabajo
mecanizado para ponerse de nuevo en condiciones de poder afrontarlo. Pero al
mismo tiempo la mecanización ha conquistado tanto poder sobre el hombre durante
el tiempo libre y sobre su felicidad, determina tan íntegramente la fabricación
de los productos para distraerse, que el hombre no tiene acceso más que a las
copias y a las reproducciones del proceso de trabajo mismo. El supuesto
contenido no es más que una pálida fachada; lo que se imprime es la sucesión
automática de operaciones reguladas. Sólo se puede escapar al proceso de
trabajo en la fábrica y en la oficina adecuándose a él en el ocio. De ello
sufre incurablemente todo amusement. El placer se petrifica en aburrimiento,
pues, para que siga siendo placer, no debe costar esfuerzos y debe por lo tanto
moverse estrechamente a lo largo de los rieles de las asociaciones habituales.
El espectador no debe trabajar con su propia cabeza: toda conexión lógica que
requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada. Los desarrollos deben
surgir en la medida de lo posible de las situaciones inmediatamente anteriores,
y no de la idea del conjunto. No hay conflicto que resista al celo de los
colaboradores para extraer de cada escena todo lo que puede dar. Por último
aparece como peligroso incluso el esquema, en la medida en que ha instituido
aunque sea un pobre contexto significativo, dado que sólo se acepta la falta de
significado. A menudo, en medio de la tarea, es malignamente rechazada la
continuación que los caracteres y la historia exigían según el plan primitivo.
En su lugar se adopta, como paso inmediato, la idea aparentemente más eficaz
que los escenaristas encuentran cada vez para la situación dada. Una sorpresa
mal escogida irrumpe en la materia cinematográfica. La tendencia del producto a
volver malignamente al puro absurdo, de que participaba legítimamente el arte
popular y la payasada hasta Chaplin y los hermanos Marx, aparece en la forma
más evidente en los géneros menos cuidados. Mientras los films de Greer Garson
y Bette Davis extraen aun de la unidad del caso psicológico-social algo
parecido a la pretensión de una acción coherente, la tendencia al absurdo se ha
impuesto plenamente en el texto del novelty song, en el film amarillo y en los
dibujos animados. La idea misma -como los objetos de lo cómico y de lo horrible-
es despedazada. Los novelty songs han vivido siempre del desprecio respecto al
significado, que -precursores y sucesores del psicoanálisis- reducen a la
unidad indistinta del simbolismo sexual. En los films policiales y de aventuras
no se concede ya hoy al espectador que asista a una clarificación progresiva.
Debe contentarse -incluso en las producciones no irónicas del género- con el
resplandor de situaciones ya casi carentes de conexión necesaria entre ellas.
Los dibujos animados eran en una época exponentes
de la fantasía contra el racionalismo. Hacían justicia a los animales y a las
cosas electrizados por su técnica, pues pese a mutilarlos les conferían una
segunda vida. Ahora no hacen más que confirmar la victoria de la razón
tecnológica sobre la verdad. Hace algunos años tenían una acción coherente, que
se disolvía sólo en los últimos minutos en el ritmo endiablado de los
acontecimientos. Su desarrollo se asemejaba en esto al viejo esquema de la
slapstick comedy. Pero ahora las relaciones de tiempo han cambiado. En las
primeras secuencias del dibujo animado se anuncia un tema de acción sobre el
cual se ejercitará la destrucción: entre los aplausos del público el
protagonista es golpeado por todos como una pelota. De tal forma la cantidad de
la diversión organizada se transfiere a la calidad de la ferocidad organizada.
Los censores autodesignados de la industria cinematográfica, unidos a ésta por
una afinidad electiva, vigilan la duración del delito prolongado como
espectáculo divertido. La hilaridad quiebra el placer que podría proporcionar,
en apariencia, la visión del abrazo, y remite la satisfacción al día del
pogrom. Si los dibujos animados tienen otro efecto fuera del de acostumbrar los
sentidos al nuevo ritmo, es el de martillar en todos los cerebros la antigua
verdad de que el maltrato continuo, el quebrantamiento de toda resistencia
individual es la condición de vida en esta sociedad. El pato Donald en los
dibujos animados como los desdichados en la realidad reciben sus puntapiés a
fin de que los espectadores se habitúen a los suyos.
El placer de la violencia hecha al personaje se
convierte en violencia contra el espectador, la diversión se convierte en
tensión. Al ojo fatigado no debe escapar nada que los expertos hayan elegido
como estimulante, no hay que mostrar jamás asombro ante la astucia de la
representación, hay que manifestar siempre esa rapidez en la reacción que el
tema expone y recomienda. Así resulta por lo menos dudoso que la industria
cultural cumpla con la tarea de divertir de la que abiertamente se jacta. Si la
mayor parte de las radios y de los cines callasen, es sumamente probable que
los consumidores no sentirían en exceso su falta. Ya el paso de la calle al
cine no introduce más en el sueño, y si las instituciones dejasen durante un
cierto período de obligar a que se lo usase, el impulso a utilizarlo luego no
sería tan fuerte. Este cierre no sería un reaccionario "asalto a las
máquinas". No serían tanto los fanáticos quienes se sentirían
desilusionados como aquellos que, por lo demás, nos llevan siempre a las
mismas, es decir, los atrasados. Para el ama de casa la oscuridad del cine -a
pesar de los films destinados a integrarla ulteriormente- representa un refugio
donde puede permanecer sentada durante un par de horas en paz, como antaño,
cuando había aun departamentos y noches de fiesta y se quedaba en la ventana
mirando hacia afuera. Los desocupados de los grandes centros encuentran fresco
en verano y calor en invierno en los locales con la temperatura regulada. En
ningún otro sentido el hinchado sistema de la industria de las diversiones hace
la vida más humana para los hombres. La idea de "agotar" las
posibilidades técnicas dadas, de utilizar plenamente las capacidades existentes
para el consumo estético de masa, forma parte del sistema económico que rechaza
la utilización de las capacidades cuando se trata de eliminar el hambre.
La industria cultural defrauda continuamente a sus
consumidores respecto a aquello que les promete. El pagaré sobre el placer
emitido por la acción y la presentación es prorrogado indefinidamente: la
promesa a la que el espectáculo en realidad se reduce significa malignamente
que no se llega jamás al quid, que el huésped debe contentarse con la lectura
del menú. Al deseo suscitado por los espléndidos nombres e imágenes se le sirve
al final sólo el elogio de la gris routine a la que éste procuraba escapar. Las
obras de arte no consistían en exhibiciones sexuales. Pero al representar la
privación como algo negativo revocaban, por así decir, la humillación del
instinto y salvaban lo que había sido negado. Tal es el secreto de la
sublimación estética: representar el cumplimiento a través de su misma
negación. La industria cultural no sublima, sino que reprime y sofoca. Al
exponer siempre de nuevo el objeto del deseo, el seno en el sweater o el torso
desnudo del héroe deportivo, no hace más que excitar el placer preliminar no
sublimado que, por el hábito de la privación, se ha convertido desde hace
tiempo en puramente masoquista. No hay situación erótica que no una a la
alusión y a la excitación la advertencia precisa de que no se debe jamás llegar
a ese punto. La Hays Office no hace más que confirmar el ritual que la
industria cultural se ha fijado para sí misma: el de Tántalo. Las obras de arte
son ascéticas y sin pudores; la industria cultural es pornográfica y prude. De
tal suerte convierte el amor en historieta. Y así se deja pasar mucho, hasta el
libertinaje como especialidad corriente, en pequeñas dosis y con la etiqueta de
daring. La producción en serie del sexo pone en práctica automáticamente su
represión. El astro del cual habría que enamorarse es a priori, en su
ubicuidad, una copia de sí mismo. Toda voz de tenor suena exactamente como un
disco de Caruso y las caras de las muchachas de Texas se asemejan ya al natural
a los modelos triunfantes según los cuales serían clasificadas en Hollywood. La
reproducción mecánica de lo bello -que la exaltación reaccionaria de la cultura
favorece fatalmente con su idolatría sistemática de la individualidad- no deja
ningún lugar para la inconsciente a la que estaba ligada lo bello. El triunfo
sobre lo bello es cumplido por el humor, por el placer que se experimenta ante
la vista de cada privación lograda. Se ríe del hecho de que no hay nada de que
reír. La risa, serena o terrible, marca siempre el momento en que se desvanece
un miedo. La risa anuncia la liberación, ya sea respecto al peligro físico, ya
respecto a las redes de la lógica. La risa serena es como el eco de la
liberación respecto al poder; el terrible vence el miedo alineándose con las
fuerzas que hay que temer. Es el eco del poder como fuerza ineluctable. El fun
es un baño reconfortante. La industria de las diversiones lo recomienda
continuamente. En ella la risa se convierte en un instrumento de la estafa
respecto a la felicidad. Los momentos de felicidad no conocen la risa; sólo las
operetas y luego los films presentan al sexo con risas. Pero Baudelaire carece
de humor al igual que Hölderlin. En la falsa sociedad la risa ha herido a la
felicidad como una lepra y la arrastra a su totalidad insignificante. Reírse de
algo es siempre burlarse; la vida que, según Bergson, rompe la corteza
endurecida, es en realidad la irrupción de la barbarie, la afirmación de sí que
en la asociación social celebra su liberación de todo escrúpulo. Lo colectivo
de los que ríen es la parodia de la humanidad. Son mónadas, cada una de las
cuales se abandona a la voluptuosidad de estar dispuesta a todo, a expensas de
todas las otras. En tal armonía proporcionan la caricatura de la solidaridad.
En la risa falsa es diabólico justamente el hecho de que ésta pueda parodiar
victoriosamente incluso lo mejor: la conciliación. Pero el placer es severo:
res severa verum gaudium. La ideología de los conventos, de que no es la
ascesis sino el acto sexual lo que implica renuncia a la felicidad accesible,
se ve confirmada en forma negativa por la seriedad del amante que en un
presagio suspende su vida ante el instante que huye. La industria cultural pone
la frustración jovial en el puesto del dolor presente tanto en la ebriedad como
en la ascesis. La ley suprema es que sus súbditos no alcancen jamás aquello que
desean, y justamente con ello deben reír y contentarse. La frustración
permanente impuesta por la civilización es enseñada y demostrada a sus víctimas
en cada acto de la industria cultural, sin posibilidad de equívocos. Ofrecer a
tales víctimas algo y privarlas de ello es un solo y mismo acto. Ese es el
efecto de todo el aparato erótico. Todo gira en torno al coito, justamente
porque éste no puede cumplirse jamás. Admitir en un film una acción ilegítima
sin que los culpables padezcan el justo castigo está prohibido con mayor
severidad aun que -supongamos- el futuro yerno del millonario desarrolle una
actividad en el movimiento obrero. En contraste con la era liberal, la cultura
industrializada, como la fascista, puede concederse el desdén hacia el capitalismo,
pero no la renuncia a la amenaza de castración. Tal amenaza constituye la
esencia íntegra de la cultura industrializada. Lo decisivo hoy no es ya más el
puritanismo -aunque éste continúe haciéndose valer bajo la forma de las
asociaciones femeninas-, sino la necesidad intrínseca al sistema de no dar al
consumidor jamás la sensación de que sea posible oponer resistencia. El
principio impone presentar al consumidor todas las necesidades como si pudiesen
ser satisfechas por la industria cultural, pero también organizar esas
necesidades en forma tal que el consumidor aprenda a través de ellas que es
sólo y siempre un eterno consumidor, un objeto de la industria cultural. La
industria cultural no sólo le hace comprender que su engaño residiría en el cumplimiento
de lo prometido, sino que además debe contentarse con lo que se le ofrece. La
evasión respecto a la vida cotidiana que la industria cultural, en todos sus
ramos, promete procurar es como el rapto de la hija en la historieta
norteamericana: el padre mismo sostiene la escalera en la oscuridad. La
industria cultural vuelve a proporcionar como paraíso la vida cotidiana. Escape
y elopement están destinados a priori a reconducir al punto de partida. La
distracción promueve la resignación que quiere olvidarse en la primera.
El amusement por completo emancipado no sólo sería
la antítesis del arte, sino también el extremo que toca a éste. El absurdo à la
Mark Twain, hacia el que a veces hace insinuaciones la industria cultural
norteamericana, podría ser un correctivo del arte. El amusement, cuanto más se
toma en serio su contradicción con la realidad, más se asemeja a la seriedad de
lo real a que se opone; cuanto más trata de desarrollarse puramente a partir de
su propia ley formal, tanto mayor es el esfuerzo de comprensión que exige,
mientras que su fin era justamente negar el peso del esfuerzo y del trabajo. En
muchos film-revista y sobre todo en la farsa y en los funnies relampaguea por
momentos la posibilidad misma de esta negación. A cuya realización, por lo
demás, no es lícito llegar. La pura diversión en su lógica, el despreocupado
abandono a las más variadas asociaciones y felices absurdos, están excluidos de
la diversión corriente, por causa del sustituto de un significado coherente que
la industria cultural se obstina en añadir a sus producciones, mientras por
otro lado, guiñando el ojo, trata a tal significado como simple pretexto para
la aparición de los divos. Asuntos biográficos y similares sirven para unir los
trozos de absurdo en una historia idiota: en ella no tintinea el gorro de
cascabeles del loco, sino el mazo de llaves de la razón actual, que vincula
-incluso en la imagen- también el placer a los fines del progreso. Cada beso en
el film-revista debe contribuir al éxito del boxeador o del experto en canciones
cuya carrera es exaltada. Por lo tanto, el engaño no reside en el hecho de que
la industria cultural prepare distracción, sino en que arruina el placer al
quedar deliberadamente ligada a los clichés ideológicos de la cultura en curso
de liquidación. La ética y el buen gusto prohiben por "ingenuo" al
amusement incontrolado (la ingenuidad no es menos mal vista por el
intelectualismo) y limitan incluso las capacidades técnicas. La industria
cultural es corrupta no como Babel del pecado sino como templo del placer
elevado. En todos sus niveles, desde Hemingway hasta Emil Ludwig, desde Mrs.
Niniver hasta Lone Ranger, desde Toscanini a Guy Lombardo, la mentira es
inherente a un espíritu que la industria cultural recibe ya terminado del arte
y de la ciencia. Retiene restos de lo mejor en los rasgos que la aproximan al
circo, en el atrevimiento obstinadamente insensato de los acróbatas y clowns,
en la "defensa y justificación del arte físico frente al arte
espiritual". (41) Pero los últimos refugios de este virtuosismo sin alma,
que personifica a lo humano contra el mecanismo social, son despiadadamente
limpiados por una razón planificadora que obliga a todo a declarar su función y
su significado. Tal razón elimina lo que abajo carece de sentido como en lo
alto el significado de las obras de arte.
La fusión actual de cultura y distracción no se
cumple sólo como depravación de la cultura, sino también como espiritualización
forzada de la distracción, lo cual es evidente ya en el hecho de que se asiste
a ella casi exclusivamente como reproducción: como cinefotografía o como
audición radial. En la época de la expansión liberal el amusement vivía de la
fe intacta en el futuro: si las cosas hubieran seguido así, todo hubiese andado
mejor. Hoy la fe vuelve a espiritualizarse; se torna tan sutil como para perder
de vista toda meta y reducirse al fondo dorado que es proyectado tras la
realidad. La fe se compone de los acentos de valor con los que, en perfecto
acuerdo con la vida misma, son investidos una vez más en el espectáculo el tipo
hábil, el ingeniero, la muchacha dinámica, la falta de escrúpulos disfrazada de
carácter, los intereses deportivos y hasta los automóviles y los cigarrillos,
incluso cuando el espectáculo no se hace por cuenta de la publicidad de las
firmas interesadas, sino por la del sistema en su totalidad. El amusement mismo
se alinea entre los ideales, toma el lugar de los bienes elevados que expulsa
definitivamente de la cabeza de las masas repitiéndolos en forma aun más
estereotipadas que las frases publicitarias pagadas por los interesados. La
interioridad, la forma subjetivamente limitada de la verdad, ha estado siempre
-mucho más que lo que se imagina- sujeta a los patrones externos. La industria
cultural la reduce a mentira evidente. Ya sólo se la siente como retórica, que
se acepta como agregado penosamente agradable, en best-sellers religiosos,
films psicológicos y women serials, para poder dominar con más certeza en la
vida de los propios impulsos humanos. En este sentido el amusement realiza la
purificación de las pasiones que Aristóteles atribuía ya a la tragedia, y
Mortimer Adler asigna en realidad al film. Al igual que respecto al estilo, la
industria cultural descubre también la verdad sobre la catarsis.
Cuanto más sólidas se tornan las posiciones de la
industria cultural, tanto más brutalmente puede obrar con las necesidades del
consumidor, producirlas, guiarlas, disciplinarlas, suprimir incluso la
diversión: para el progreso cultural no existe aquí ningún límite. Pero tal
tendencia es inmanente al principio mismo -burgués e iluminado- del amusement.
Si la necesidad de amusement ha sido producida en gran medida por la industria
que hacía la réclame del producto mediante una oleografía sobre la avidez reproducida
y, viceversa, la del polvo para budín mediante la reproducción del budín,
siempre se ha podido advertir en el amusement la manipulación comercial, el
sales talk, la voz del vendedor de feria. Pero la afinidad originaria de
negocios y amusement aparece en el significado mismo de este último: la
apología de la sociedad. Divertirse significa estar de acuerdo. El amusement
sólo es posible en cuanto se aisla y se separa de la totalidad del proceso
social, en cuanto renuncia absurdamente desde el principio a la pretensión
ineluctable de toda obra, hasta de la más insignificante: la de reflejar en su
limitación el todo. Divertirse significa siempre que no hay que pensar, que hay
que olvidar el dolor incluso allí donde es mostrado. En la base de la diversión
está la impotencia. Es en efecto fuga pero no -como pretende- fuga de la
realidad mala, sino fuga respecto al último pensamiento de resistencia que la
realidad puede haber dejado aún. La liberación prometida por el amusement es la
del pensamiento como negación. La impudicia de la exclamación retórica,
"¡mira lo que la gente quiere!", reside en el hecho de referirse como
a seres pensantes respecto a las mismas criaturas a las que, por tarea
específica, se las debe arrancar de la subjetividad. Y si a veces el público se
rebela contra la industria de la diversión, se trata sólo de la pasividad
-vuelta coherente- a la que ésta lo ha habituado. No obstante, la tarea de
mantener a la expectativa se ha convertido cada vez en más difícil. La
estupidización progresiva debe marchar al mismo paso que el progreso de la
inteligencia. En la época de la estadística las masas son demasiado maliciosas
para identificarse con el millonario que aparece en la pantalla y demasiado
obtusas para permitirse la más mínima desviación respecto a la ley de los
grandes números. La ideología se esconde en el cálculo de las probabilidades.
La fortuna no beneficiará a todos, pero sí al jugador afortunado o más bien a
aquel que sea designado por un poder superior, por lo general la misma industria
de las diversiones, que es presentada como buscando asiduamente al merecedor.
Los personajes descubiertos por los cazadores de talento y lanzados luego por
el estudio cinematográfico son los tipos ideales de la nueva clase media
dependiente. La starlet debe simbolizar a la empleada, pero en forma tal que
para ella -a diferencia de la verdadera empleada- el abrigo de noche parezca
hecho de medida. De tal suerte la starlet no se limita a fijar para la
espectadora la posibilidad de que también ella aparezca en la pantalla, sino
también con mayor nitidez la distancia que hay entre las dos. Sólo una puede
tener la gran chance, sólo uno es famoso, y pese a que todos matemáticamente
tienen la misma probabilidad, tal posibilidad es sin embargo para cada uno tan
mínima que hará bien en borrarla en seguida y alegrarse de la fortuna del otro,
que muy bien podría ser él y que empero no lo es jamás. Cuando la industria
cultural invita aun a una identificación ingenua ésta se ve rápidamente
desmentida. Para nadie es ya lícito olvidar. En un tiempo el espectador de
films veía sus propias bodas en las del otro. Ahora los felices de la pantalla
son ejemplares de la misma especie que cualquiera del público, pero con esta
igualdad queda planteada la insuperable separación de los elementos humanos. La
perfecta similitud es la absoluta diferencia. La identidad de la especie
prohibe la de los casos. La industria cultural ha realizado pérfidamente al
hombre como ser genérico. Cada uno es sólo aquello por lo cual puede sustituir a
los otros: fungible, un ejemplar. Él mismo como individuo es lo absolutamente
sustituible, la pura nada, y ello es lo que comienza a experimentar cuando con
el tiempo pierde la semejanza. Así se modifica la estructura íntima de la
religión del éxito a la que por lo demás se presta minuciosa obediencia. En
lugar del camino per aspera ad astra, que implica dificultad y esfuerzo, cada
vez más se insinúa el premio. El elemento de ceguera en la decisión ordinaria
respecto al song que se volverá célebre o respecto a la comparsa adaptada al
papel de heroína, es exaltado por la ideología. Los films subrayan el azar. Al
exigir la ideología la igualdad esencial de los personajes, con la excepción
del malo, hasta llegar a la exclusión de las fisonomías reluctantes (tal como
aquellas que, como la de la Garbo, no tienen aire de dejarse apostrofar con un
hello, sister), torna a primera vista la vida más fácil para los espectadores,
a quienes se asegura que no tienen necesidad de ser distintos de lo que son y
que podrían tener un éxito comparable, sin que se pretenda de ellos aquello de
lo que se saben incapaces. Pero al mismo tiempo se les hace entender que
incluso el esfuerzo carecería de sentido, pues la misma fortuna burguesa no
tiene ya relación alguna con el efecto calculable del trabajo. En el fondo
todos reconocen al azar, por el que uno hace fortuna, como la otra cara de la
planificación. Justamente debido a que las fuerzas de la sociedad han alcanzado
ya un grado tal de racionalidad que cualquiera podría ser ya ingeniero o
manager, resulta por completo irracional, inmotivado, el hecho de quién sea
aquel al que la sociedad le presta la preparación y la confianza necesarias
para el desempeño de tales funciones. Azar y planificación se tornan idénticos,
pues frente a la igualdad de los hombres la fortuna o el infortunio del
individuo, hasta en los planos más elevados, ha perdido todo significado
económico. El azar mismo es planificado: no se trata de que se lo haga recaer
sobre este o el otro individuo aislado, sino del hecho mismo de que se crea que
se lo gobierna. Eso sirve de coartada para los planificadores y suscita la
apariencia de que la red de transacciones y medidas en que ha sido transformada
la vida deja aun lugar para relaciones espontáneas e inmediatas entre la gente.
Este tipo de libertad se halla simbolizado en los distintos ramos de la
industria cultural por la selección arbitraria de los casos medios. En las
narraciones detalladas del semanario respecto al viaje modesto pero espléndido
-organizado por el semanario mismo- cumplido por la afortunada vencedora (por
lo general una dactilógrafa que acaso ganó el concurso gracias a sus relaciones
con los magnates locales) se refleja la impotencia de todos. Son hasta tal
punto mero material que aquellos que disponen de ellos pueden hacer subir a uno
a su cielo y luego expulsarlo de allí nuevamente: que muera o haga lo que se le
dé la gana con sus derechos y su trabajo. La industria está interesada en los
hombres sólo como sus propios clientes y empleados y, en efecto, ha reducido a
la humanidad en conjunto, así como a cada uno de sus elementos, a esta fórmula
agotadora. De acuerdo con el aspecto determinante en cada ocasión, se subraya
en la ideología el plan o el azar, la técnica o la vida, la civilización o la
naturaleza. Como empleados, son exhortados a la organización racional y a
incorporarse a ella con sano sentido común. Como clientes, ven ilustrar en la
pantalla o en los periódicos, a través de episodios humanos y privados, la
libre elección y la atracción de aquello que no está aún clasificado. En todos
los casos no pasan de ser objetos.
Cuanto menos tiene la industria cultural para
prometer, cuanto menos en grado está de mostrar que la vida se halla llena de
sentido, en tanto más pobres se convierte faltamente la ideología que difunde.
Incluso los abstractos ideales de armonía y bondad de la sociedad resultan -en
la época de la publicidad universal- demasiado concretos. Pues se ha aprendido
a identificar como publicidad justamente lo abstracto. El argumento que sólo
tiene en cuenta la verdad suscita la impaciencia de que llegue rápidamente al
fin comercial que se supone persigue en la práctica. La palabra que no es un
medio resulta carente de sentido; la otra, ficción y mentira. Los juicios de
valor son oídos como réclame o como charlas inútiles. Pero la ideología así
forzada a mantenerse dentro de lo vago no se torna por ello más transparente ni
tampoco más débil. Justamente su genericidad, su rechazo casi científico a
comprometerse con algo inverificable, sirve de instrumento al dominio. Porque
se convierte en la proclamación decidida y sistemática de lo que es. La
industria cultural tiene la tendencia a transformarse en un conjunto de
protocolos y justamente por ello en irrefutable profeta de lo existente. Entre
los escollos de la falsa noticia individualizable y de la verdad manifiesta la
industria cultural se mueve con habilidad repitiendo el fenómeno tal cual,
oponiendo su opacidad al conocimiento y erigiendo como ideal el fenómeno mismo
en su continuidad omnipresente. La ideología se escinde en la fotografía de la
realidad en bruto y en la pura mentira de su significado, que no es formulada
explícitamente, sino sugerida e inculcada. A fin de demostrar la divinidad de
lo real no se hace más que repetir cínicamente lo real. Esta prueba fotológica
no es convincente sino aplanadora. Quien frente a la potencia de la monotonía
duda aún es un loco. La industria cultural está tan bien provista para rechazar
las objeciones dirigidas contra ella misma como aquéllas lanzadas contra el
mundo que ella reduplica sin tesis preconcebidas. Se tiene sólo la posibilidad
de colaborar o de quedarse atrás: los provincianos, que para defenderse del
cine y de la radio recurren a la eterna belleza o a los conjuntos
filodramáticos, están políticamente ya en el punto hacia el que la cultura de
masas aún está empujando a sus súbditos. La cultura de masas es lo
suficientemente equilibrada como para parodiar o disfrutar como ideología, de
acuerdo con la ocasión, incluso a los viejos sueños de antaño, como el culto
del padre o el sentimiento incondicionado. La nueva ideología tiene por objeto
el mundo como tal. Adopta el culto del hecho, limitándose a elevar la mala
realidad -mediante la representación más exacta posible- al reino de los
hechos. Mediante esta trasposición, la realidad misma se convierte en sustituto
del sentido y del derecho. Bello es todo lo que la cámara reproduce. A la
perspectiva frustrada de poder ser la empleada a quien le toca en suerte un
crucero transoceánico, corresponde la visión desilusionada de los países
exactamente fotografiados por los que el viaje podría conducir. Lo que se
ofrece no es Italia, sino la prueba visible de su existencia. El film puede
llegar a mostrar París, donde la joven norteamericana piensa en realizar sus
sueños, en la desolación más completa, para empujarla en forma tanto más
inexorable a los brazos del joven norteamericano smart a quien hubiera podido
conocer en su misma casa. Que todo en general marche, que el sistema incluso en
su última fase continúe reproduciendo la vida de aquellos que lo componen, en
lugar de eliminarlos en seguida, es cosa que se acredita como mérito y
significado. Continuar tirando hacia adelante en general se convierte en
justificación de la ciega permanencia del sistema, así como de su
inmutabilidad. Sano es aquello que se repite, el ciclo tanto en la naturaleza
como en la industria. Eternamente gesticulan los mismos babies en los
suplementos ilustrados, eternamente golpea la máquina del jazz. Pese a todo
progreso de la técnica de la reproducción, de las reglas y de las
especialidades, pese a todo agitado afanarse, el alimento que la industria
cultural alarga a los hombres sigue siendo la piedra de la estereotipia. La
industria cultural vive del ciclo, de la maravilla de que las madres continúen
haciendo hijos pese a todo, de que las ruedas continúen girando. Eso sirve para
remachar la inmutabilidad de las relaciones. Los campos en que ondean espigas
de trigo en la parte final de El gran dictador de Chaplin desmienten el
discurso antifascista por la libertad. Se asemejan a la cabellera rubia de la muchacha
alemana cuya vida en el campamento veraniego fotografía la Ufa. Por el hecho
mismo de que el mecanismo social de dominio coloca a la naturaleza como
saludable antítesis de la sociedad, la naturaleza queda absorbida y encuadrada
dentro de la sociedad incurable. La confirmación visual de que los árboles son
verdes, de que el cielo es azul y de que las noches pasan hace de estos
elementos criptogramas de chimeneas y de estaciones de servicio para
automóviles. Viceversa, las ruedas y partes mecánicas deben brillar en forma
alusiva, degradadas al carácter de exponentes de esa alma vegetal y etérea. De
tal suerte la naturaleza y la técnica son movilizadas contra la mufa, la imagen
falseada en el recuerdo de la sociedad liberal, en la que, según parece, se
giraba en sofocantes cuartos cubiertos de felpa, en lugar de practicar, como se
hace hoy, un sano y asexual naturismo, o se permanecía en panne en un Mercedes
Benz antediluviano en lugar de ir a la velocidad de un rayo desde el punto en
que se está a otro que es exactamente igual. El triunfo del trust colosal sobre
la libre iniciativa es celebrado por la industria cultural como eternidad de la
libre iniciativa. Se combate al enemigo ya derrotado, al sujeto pensante. La
resurrección del antifilisteo Hans Sonnenstösser en Alemania y el placer de ver
Vida con el padre son de la misma índole.
Hay algo con lo que sin duda no bromea la ideología
vaciada de sentido: la previsión social. "Ninguno tendrá frío ni hambre:
quien lo haga terminará en un campo de concentración": esta frase
proveniente de la Alemania hitleriana podría brillar como lema en todos los
portales de la industria cultural. La frase presupone, con astuta ingenuidad,
el estado que caracteriza a la sociedad más reciente: tal sociedad sabe
descubrir perfectamente a los suyos. La libertad formal de cada uno está
garantizada. Oficialmente, nadie debe rendir cuentas sobre lo que piensa. Pero
en cambio cada uno está desde el principio encerrado en un sistema de
relaciones e instituciones que forman un instrumento hipersensible de control
social. Quien no desee arruinarse debe ingeniárselas para no resultar demasiado
ligero en la balanza de tal sistema. De otro modo pierde terreno en la vida y
termina por hundirse. El hecho de que en toda carrera, pero especialmente en
las profesiones liberales, los conocimientos del ramo se hallen por lo general
relacionados con una actitud conformista puede suscitar la ilusión de que ello
es resultado de los conocimientos específicos. En realidad, parte de la
planificación irracional de esta sociedad consiste en reproducir, bien o mal,
sólo la vida de sus fieles. La escala de los niveles de vida corresponde
exactamente al lazo íntimo de clases e individuos con el sistema. Se puede
confiar en el manager y aun es fiel el pequeño empleado, Dagwood, tal como vive
en las historietas cómicas y en la realidad. Quien siente frío y hambre, aun
cuando una vez haya tenido buenas perspectivas, está marcado. Es un outsider y
esta (prescindiendo a veces de los delitos capitales) es la culpa más grave. En
los films se convierte en el mejor de los casos en el individuo original,
objeto de una sátira pérfidamente indulgente, aunque por lo común es el
villain, que aparece como tal ya no bien muestra la cara, mucho antes de que la
acción lo demuestre, a fin de que ni siquiera temporariamente pueda incurrirse
en el error de que la sociedad se vuelva contra los hombres de buena voluntad.
En realidad, se cumple hoy una especie de welfare state de grado superior. A
fin de defender las posiciones propias, se mantiene en vida una economía en la
cual, gracias al extremo desarrollo de la técnica, las masas del propio país
resultan ya, en principio, superfluas para la producción. A causa de ello la
posición del individuo se torna precaria. En el liberalismo el pobre pasaba por
holgazán, hoy resulta inmediatamente sospechoso: está destinado a los campos de
concentración o, en todo caso, al infierno de las tareas más humildes y de los
slums. Pero la industria cultural refleja la asistencia positiva y negativa
hacia los administrados como solidaridad inmediata de los hombres en el mundo
de los capaces. Nadie es olvidado, por doquier hay vecinos, asistentes
sociales, individuos al estilo del Doctor Gillespie y filósofos a domicilio con
el corazón del lado derecho que, con su afable intervención de hombre a hombre,
hacen de la miseria socialmente reproducida casos individuales y curables, en
la medida en que no se oponga a ello la depravación personal de los individuos.
El cuidado respecto a las buenas relaciones entre los dependientes, aconsejada
por la ciencia empresaria y ya practicada por toda fábrica a fin de lograr el
aumento de la producción, pone hasta el último impulso privado bajo control
social, mientras que en apariencia torna inmediatas o vuelve a privatizar las
relaciones entre los hombres en la producción. Este socorro invernal psíquico
arroja su sombra conciliadora sobre las bandas visuales y sonoras de la
industria cultural mucho tiempo antes de expandirse totalitariamente desde la
fábrica sobre la sociedad entera. Pero los grandes socorredores y benefactores
de la humanidad, cuyas empresas científicas los autores cinematográficos deben
presentar directamente como actos de piedad, a fin de poder extraer de ellas un
interés humano científico, desempeñan el papel de conductores de los pueblos,
que terminan por decretar la abolición de la piedad y saben impedir todo
contagio una vez que se ha liquidado al último paralítico.
La insistencia en el buen corazón es la forma en
que la sociedad confiesa el daño que hace: todos saben que en el sistema no
pueden ya ayudare por sí solos y ello debe ser tenido en cuenta por la
ideología. En lugar de limitarse a cubrir el dolor bajo el velo de una
solidaridad improvisada, la industria cultural pone todo su honor de firma
comercial en mirarlo virilmente a la cara y en admitirlo, conservando con
esfuerzo su dignidad. El pathos de la compostura justifica al mundo que la
torna necesaria. Así es la vida, tan dura, pero por ello mismo tan maravillosa,
tan sana. La mentira no retrocede ante lo trágico. Así como la sociedad total
no elimina el dolor de sus miembros, sino que lo registra y lo planifica, de
igual forma procede la cultura de masas con lo trágico. De ahí los insistentes
préstamos tomados del arte. El arte brinda la sustancia trágica, que el puro
amusement no puede proporcionar, pero que sin embargo necesita si quiere
mantenerse de algún modo fiel al postulado de reproducir exactamente el
fenómeno. Lo trágico, transformado en momento previsto y aprobado por el mundo,
se convierte en bendición de este último. Lo trágico sirve para proteger de la
acusación de que no se toma a la realidad lo suficientemente en serio, cuando
en cambio se la utiliza con cínicas lamentaciones. Torna interesante el
aburrimiento de la felicidad consagrada y pone lo interesante al alcance de
todos. Ofrece al consumidor que ha visto culturalmente días mejores el
sustituto de la profundidad liquidada hace tiempo, y al espectador común, las
escorias culturales de las que debe disponer por razones de prestigio. A todos
les concede el consuelo de que aún es posible el destino humano auténtico y
fuerte y de que su representación desprejuiciada resulta necesaria. La realidad
compacta y sin lagunas en cuya reproducción se resuelve hoy la ideología
aparece más grandiosa, noble y fuerte en la medida en que se mezcla a ella el
dolor necesario. Tal realidad asume aspecto de destino. Lo trágico es reducido
a la amenaza de aniquilar a quien no colabore, mientras que su significado
paradójico consistía en una época en la resistencia sin esperanza a la amenaza
mítica. El destino trágico se convierte en castigo justo, transformación que ha
sido siempre el ideal de la estética burguesa. La moral de la cultura de masas
es la misma, "rebajada", que la de los libros para muchachos de ayer.
De tal suerte, en la producción de primera calidad lo malo se halla
personificado por la histérica que -a través de un estudio de pretendida
exactitud científica- busca defraudar a la más realista rival del bien de su
vida y encuentra una muerte nada teatral. Las presentaciones tan científicas se
encuentran sólo en la cumbre de la producción. Por debajo, los gastos son
considerablemente menores y lo trágico es domesticado sin necesidad de la
psicología social. Así como toda opereta vienesa que se respete debía tener en
su segundo acto un final trágico, que no dejaba al tercero más que la
aclaración de los malentendidos, del mismo modo la industria cultural asigna a
lo trágico un lugar preciso en la routine. Ya la notoria existencia de la
receta basta para clamar el temor de que lo trágico escape al control. La
descripción de la fórmula por parte del ama de casa, getting into trouble and
out again, define la entera cultura de masas, desde el woman serial más idiota
hasta la obra cumbre. Incluso el peor de los finales -que en el pasado tenía
mejores intenciones- remacha el orden y falsea lo trágico, ya sea cuando la
amante ilegítima paga con la muerte su breve felicidad, ya sea que el triste
fin en las imágenes haga resplandecer con más brillo la indestructibilidad de
la vida real. El cine trágico se convierte efectivamente en un instituto de
perfeccionamiento moral. Las masas desmoralizadas de la vida bajo la presión
del sistema, que demuestran estar civilizadas sólo en lo que concierne a los
comportamientos automáticos y forzados, de los que brota por doquier
reluctancia y furor, deben ser disciplinadas por el espectáculo de la vida
inexorable y por la actitud ejemplar de las víctimas. La cultura ha contribuido
siempre a domar los instintos revolucionarios, así como los bárbaros. La
cultura industrializada hace algo más. Enseña e inculca la condición necesaria
para tolerar la vida despiadada. El individuo debe utilizar su disgusto general
como impulso para abandonarse al poder colectivo del que está harto. Las
situaciones crónicamente desesperadas que afligen al espectador en la vida
cotidiana se convierten en la reproducción, no se sabe cómo, en garantía de que
se puede continuar viviendo. Basta advertir la propia nulidad, suscribir la
propia derrota, y ya se ha entrado a participar. La sociedad es una sociedad de
desesperados y por lo tanto la presa de los amos. En algunas de las más
significativas novelas alemanas del período prefascista, como Berlin
Alexanderplatz e ¿Y ahora, pobre hombre?, esta tendencia se expresaba con tanto
vigor como en los films corrientes y en la técnica del jazz. En todos los casos
se trata siempre, en el fondo, de la burla que se hace a sí mismo el
"hombre pequeño". La posibilidad de convertirse en sujeto económico,
empresario, propietario, ha desaparecido definitivamente. Hasta el último drug
store, la empresa independiente, en cuya dirección y herencia se fundaba la
familia burguesa y la posición de su jefe, ha caído en una dependencia sin
salida. Todos se convierten en empleados y en la civilización de los empleados
cesa la dignidad ya dudosa del padre. La actitud del individuo hacia el racket
-firma comercial, profesión o partido-, antes o después de la admisión, así
como la del jefe ante la masa y la del amante frente a la mujer a la que
corteja, asume rasgos típicamente masoquistas. La actitud a la que cada uno
está obligado para demostrar siempre otra vez su participación moral en esta
sociedad hace pensar en los adolescentes que, en el rito de admisión en la
tribu, se mueven en círculo, con sonrisa idiota, bajo los golpes del sacerdote.
La vida en el capitalismo tardío es un rito permanente de iniciación. Cada uno
debe demostrar que se identifica sin residuos con el poder por el que es
golpeado. Ello está en la base de las síncopas del jazz, que se burla de las
trabas y al mismo tiempo las convierte en normas. La voz de eunuco del crooner
de la radio, el cortejante buen mozo de la heredera, que cae con su smoking en
la piscina, son ejemplos para los hombres, que deben convertirse en aquello a
lo que los pliega el sistema. Cada uno puede ser omnipotente como la sociedad,
cada uno puede llegar a ser feliz, con tal de que se entregue sin reservas y de
que renuncie a sus pretensiones de felicidad. En la debilidad del individuo la
sociedad reconoce su propia fuerza y cede una parte de ella al individuo. La
pasividad de éste lo califica como elemento seguro. Así es liquidado lo
trágico. En un tiempo su sustancia consistía en la oposición del individuo a la
sociedad. Lo trágico exaltaba "el valor y la libertad de ánimo frente a un
enemigo poderoso, a una adversidad superior, a un problema inquietante".
(42) Hoy lo trágico se ha disuelto en la nada de la falsa identidad de sociedad
e individuo, cuyo horror brilla aun fugazmente en la vacua apariencia de aquél.
Pero el milagro de la integración, el permanente acto de gracia de los amos, al
acoger a quien cede y se traga su propio rechazo, tiende al fascismo, que
relampaguea en la humanidad con que Döblin permite a su Biberkopf arreglarse,
como en los films de tono social. La capacidad de encajar y de arreglárselas,
de sobrevivir a la propia ruina, por la que es superado lo trágico, es característica
de la nueva generación. La nueva generación está en condiciones de cumplir
cualquier trabajo, porque el proceso laboral no los ata a ningún trabajo
definido. Ello recuerda la triste ductilidad del expatriado, al que la guerra
no le importaba nada, o del trabajador ocasional, que termina por entrar en las
organizaciones para militares. La liquidación de lo trágico confirma la
liquidación del individuo.
En la industria cultural el individuo es ilusorio
no sólo por la igualación de sus técnicas de producción. El individuo es
tolerado sólo en cuanto su identidad sin reservas con lo universal se halla
fuera de toda duda. La pseudoindividualidad domina tanto en el jazz como en la
personalidad cinematográfica original, que debe tener un mechón de pelo sobre
los ojos para ser reconocida como tal. Lo individual se reduce a la capacidad
de lo universal para marcar lo accidental con un sello tan indeleble como para
convertirlo sin más en identificable como lo que es. Justamente el obstinado
mutismo o las actitudes elegidas por el individuo cada vez expuesto son
producidos en serie como los castillos de Yale, que se distinguen entre sí por
fracciones de milímetro. La peculiaridad del Sí es un producto social
registrado que se despacha como natural. Se reduce a los bigotes, al acento
francés, a la voz profunda de la mujer experimentada, al Lubitsch touch: son
casi impresiones digitales sobre las tarjetas por lo demás iguales en que se
transforman -ante el poder de lo universal- la vida y las caras de todos los
individuos, desde la estrella cinematográfica hasta el último habitante de una
cárcel. La pseudoindividualidad constituye la premisa del control y de la
neutralización de lo trágico: sólo gracias al hecho de que los individuos no
son en efecto tales, sino simples entrecruzamientos de las tendencias de lo
universal, es posible reabsorberlos integralmente en lo universal. La cultura
de masas revela así el carácter ficticio que la forma del individuo ha tenido
siempre en la época burguesa, y su error consiste solamente en gloriarse de
esta turbia armonía de universal y particular. El principio de la
individualidad ha sido contradictorio desde el comienzo. Más bien no se ha
llegado jamás a una verdadera individuación. La forma de clase de la
autoconservación ha detenido a todos en el estadio de puros seres genéricos.
Cada característica burguesa alemana expresaba, a pesar de su desviación y
justamente mediante ella, una y la misma cosa: la dureza de la sociedad
competitiva. El individuo, sobre el que la sociedad se sostenía, llevaba la
marca de tal dureza; en su libertad aparente, constituía el producto de su
aparato económico y social. Cuando solicitaba la respuesta de aquellos que le
estaban sometidos, el poder se remitía a las relaciones de fuerza dominantes en
cada oportunidad. Por otro lado, la sociedad burguesa también ha desarrollado
en su curso al individuo. Contra la voluntad de sus controles, la técnica ha educado
a los hombres convirtiéndolos de niños en personas. Pero todo progreso de la
individuación en este sentido se ha producido en detrimento de la
individualidad en cuyo nombre se producía, y no ha dejado de ésta más que la
decisión de perseguir siempre y sólo el propio fin. El burgués, para quien la
vida se escinde en negocios y vida privada, la vida privada en representación e
intimidad, la intimidad en la hastiante comunidad del matrimonio y en el amargo
consuelo de estar completamente solo, en derrota ante sí y ante todos, es ya el
nazi, que es entusiasta y desdeñoso a la vez, o el contemporáneo habitante de
la metrópoli, que no puede concebir la amistad ya más que como social contact,
como aproximación social de individuos íntimamente distantes. La industria
cultural puede hacer lo que quiere con la individualidad debido a que en ésta
se reproduce desde el comienzo la íntima fractura de la sociedad. En las caras
de los héroes del cinematógrafo y de los particulares confeccionados según los
modelos de las tapas de los semanarios se desvanece una apariencia en la cual
ya nadie cree más, y la pasión por tales modelos vive de la secreta
satisfacción de hallarse finalmente dispensados de la fatiga de la
individuación, pese a que esto ocurra gracias a las fatigas aun más duras de la
imitación. Pero sería vano esperar que la persona contradictoria y decadente no
vaya a durar generaciones, que el sistema deba necesariamente saltar por causa
de esta escisión psicológica, que esta mentirosa sustitución del individuo por
el estereotipo deba resultar por sí intolerable a los hombres. La unidad de la
personalidad ha sido escrutada como apariencia desde el Hamlet shakespeariano.
En las fisonomías sintéticamente preparadas de hoy se ha olvidado ya que haya
existido alguna vez un concepto de vida humana. Durante siglos la humanidad se
ha preparado para Victor Mature y Mickey Rooney. Su obra de disolución es a la
vez un cumplimiento.
La apoteosis del tipo medio corresponde al culto de
aquello que es barato. Las estrellas mejor pagadas parecen imágenes
publicitarias de desconocidos artículos standard. No por azar son elegidas a
menudo entre la masa de las modelos comerciales. El gusto dominante toma su
ideal de la publicidad, de la belleza de uso. De tal suerte el dicho socrático
según el cual lo bello es lo útil se ha cumplido por fin irónicamente. El cine
hace publicidad para el trust cultural en su conjunto; en la radio las mercancías
para las cuales existe el bien cultural son elogiadas en forma individual. Por
cincuenta cents se ve el film que ha costado millones, por diez se consigue el
chewing-gum que tiene tras sí toda la riqueza del mundo y que la incrementa con
su comercio. Las mejores orquestas del mundo -que no lo son en modo alguno- son
proporcionadas gratis a domicilio. Todo ello es una parodia del país de jauja,
así como la "comunidad popular" nazi lo es respecto a aquélla humana.
A todos se les alarga algo. La exclamación del provinciano que por primera vez
entraba al Metropoltheater de Berlín, "es increíble lo que dan por tan
poco", ha sido tomada desde hace tiempo por la industria cultural y
convertida en sustancia de la producción misma. La producción de la industria
cultural no sólo se ve siempre acompañada por el triunfo a causa del mismo
hecho de ser posible, sino también resulta en gran medida idéntica al triunfo.
Show significa mostrar a todos lo que se tiene y se puede. Es aun la vieja
feria pero incurablemente enferma de cultura. Como los visitantes de las
ferias, atraídos por la voces de los anunciadores, superaban con animosa
sonrisa la desilusión en las barracas, debido a que en el fondo sabían ya antes
lo que ocurriría, del mismo modo el frecuentador del cine se alinea
comprensivamente de parte de la institución. Pero con la accesibildiad de los
productos "de lujo" en serie y su complemento, la confusión
universal, se prepara una transformación en el carácter de mercancía del arte
mismo. Este carácter no tiene nada de nuevo: sólo el hecho de que se lo
reconozca expresamente y de que el arte reniegue de su propia autonomía,
colocándose con orgullo entre los bienes de consumo, tiene la fascinación de la
novedad. El arte como dominio separado ha sido posible, desde el comienzo, sólo
en la medida en que era burgués. Incluso su libertad, como negación de la
funcionalidad social que es impuesta a través del mercado, queda esencialmente
ligada al presupuesto de la economía mercantil. Las obras de arte puras, que
niegan el carácter de mercancía de la sociedad ya por el solo hecho de seguir
su propia ley, han sido siempre al mismo tiempo también mercancía: y en la
medida en que hasta el siglo XVIII la protección de los mecenas ha defendido a
los artistas del mercado, éstos se hallaban en cambio sujetos a los mecenas y a
sus fines. La libertad respecto a los fines de la gran obra de arte moderna
vive del anonimato del mercado. Las exigencias del mercado se hallan hoy tan
completamente mediadas que el artista, aunque sea sólo en cierta medida, queda
exento de la pretensión determinada. Durante toda la historia burguesa, la
autonomía del arte, simplemente tolerada, se ha visto acompañada por un momento
de falsedad que por último se ha desarrollado en la liquidación social del arte.
Beethoven mortalmente enfermo, que arroja lejos de sí una novela de Walter
Scott exclamando: "¡Éste escribe por dinero!", y al mismo tiempo, aun
en el aprovechamiento de los últimos cuartetos -supremo rechazo al mercado- se
revela como hombre de negocios experto y obstinado, ofrece el ejemplo más
grandioso de la unidad de los opuestos (mercado y autonomía) en el arte
burgués. Víctimas de la ideología son justamente aquellos que ocultan la
contradicción, en lugar de acogerla, como Beethoven, en la conciencia de la
propia producción: Beethoven rehizo como música la cólera por el dinero perdido
y dedujo el metafísico "Así debe ser", que trata de superar
estéticamente -asumiéndola sobre sí- la necesidad del mundo, del pedido del
salario mensual por parte de la gobernanta. El principio de la estética
idealista, finalidad sin fin, es la inversión del esquema al que obedece
socialmente el arte burgués: inutilidad para los fines establecidos por el
mercado. Últimamente, en el pedido de distracción y diversión, el fin ha
devorado al reino de la inutilidad. Pero como la instancia de utilizabilidad
del arte se convierte en total, empieza a delinearse una variación en la
estructura económica íntima de las mercancías culturales. Lo útil que los
hombres esperan de la obra de arte en la sociedad competitiva es justamente en
gran medida la existencia de lo inútil: lo cual no obstante es liquidado en el
momento de ser colocado enteramente bajo lo útil. Al adecuarse enteramente a la
necesidad, la obra de arte defrauda por anticipado a los hombres respecto a la
liberación que debería procurar en cuanto al principio de utilidad. Lo que se
podría denominar valor de uso en la recepción de bienes culturales es
sustituido por el valor de intercambio: en lugar del goce aparece el tomar
parte y el estar al corriente; en lugar de la comprensión, el aumento de
prestigio. El consumidor se convierte en coartada de la industria de las
diversiones, a cuyas instituciones aquél no puede sustraerse. Es preciso haber
visto Mrs. Miniver, así como es necesario tener en casa "Life" y
"Time". Todo es percibido sólo bajo el aspecto en que puede servir
para alguna otra cosa, por vaga que pueda ser la idea de esta otra cosa. Todo
tiene valor sólo en la medida en que se puede intercambiar, no por el hecho de
ser en sí algo. El valor de uso del arte, su ser, es para ellos un fetiche, y
el fetiche, su valoración social, que toman por la escala objetiva de las
obras, se convierte en su único valor de uso, en la única cualidad de la que
disfrutan. De tal suerte el carácter de mercancía del arte se disuelve
justamente en el acto de realizarse en forma integral. El arte se torna una
mercancía preparada, asimilada a la producción industrial, adquirible y
fungible. Pero la mercancía artística, que vivía del hecho de ser vendida y de
ser sin embargo invendible, se convierte hipócritamente en invendible de verdad
cuando la ganancia no está más sólo en su intención, sino que constituye su
principio exclusivo. La ejecución de Toscanini por radio es en cierto modo invendible.
Se la escucha por nada y a cada sonido de la sinfonía está ligada, por así
decirlo, la sublime réclame de que la sinfonía no se vea interrumpida por la
réclame: this concert is brought to you as a public service. La estafa se
cumple indirectamente a través de la ganancia de todos los productores unidos
de automóviles y de jabón que financian las estaciones y, naturalmente, a
través del crecimiento de los negocios de la industria eléctrica productora de
los aparatos receptores. Por doquier la radio -fruto tardío y más avanzado de
la cultura de masas- extrae consecuencias prohibidas provisoriamente al film
por su pseudomercado. La estructura técnica del sistema comercial
radiotelefónico lo inmuniza de desviaciones liberales como las que los
industriales del cine pueden aun permitirse en su campo. Es una empresa privada
que está ya de parte del todo soberano, en anticipación en esto respecto a los
otros monopolios. Chesterfield es sólo el cigarrillo de la nación, pero la
radio es su portavoz. Al incorporar completamente los productos culturales al
campo de la mercancía, la radio renuncia por añadidura a colocar como mercancía
sus productos culturales. En Estados Unidos no reclama ninguna tasa del público
y asume así el aire engañoso de autoridad desinteresada e imparcial, que parece
de medida para el fascismo. La radio puede convertirse en la boca universal del
Führer, y su voz propaga mediante los altoparlantes de las calles el aullido de
las sirenas anunciadoras de pánico, de las cuales difícilmente puede
distinguirse la propaganda moderna. Los nazis sabían que la radio daba forma a
su causa, así como la imprenta se la dio a la Reforma. El carisma metafísico
del jefe inventado por la sociología religiosa ha revelado ser al fin, como la
simple omnipresencia de sus discursos en la radio, una diabólica parodia de la
omnipresencia del espíritu divino. El desmesurado hecho de que el discurso
penetra por doquier sustituye su contenido, así como la oferta de aquella
trasmisión de Toscanini sustituye a su contenido, la sinfonía. Ninguno de los
escuchas está en condiciones de concebir su verdadero contexto, mientras que el
discurso del Führer es ya de por sí mentira. Poner la palabra humana como
absoluta, el falso mandamiento, es la tendencia inmanente de la radio. La
recomendación se convierte en orden. La apología de las mercancías siempre
iguales bajo etiquetas diversas, el elogio científicamente fundado del laxante
a través de la voz relamida del locutor, entre la obertura de la Traviata y la
de Rienzi, se ha vuelto insostenible por su propia tontería. En definitiva, el
diktat de la producción enmascarado por la apariencia de una posibilidad de
elección, la réclame específica, puede convertirse en la orden abierta del
jefe. En una sociedad de grandes rackets fascistas, que se pusieran de acuerdo
respecto a la parte del producto social que hay que asignar a las necesidades
de los pueblos, resultaría al fin anacrónico exhortar al uso de un detergente
determinado. Más modernamente, el Führer, sin tantos cumplimientos, ordena
tanto el sacrificio como la compra de la mercancía que antes se desechaba.
Hoy las obras de arte, como las directivas
políticas, son adaptadas oportunamente por la industria cultural, inculcadas a
precios reducidos a un público reluctante, y su uso se torna accesible al
pueblo, como el de los parques. Pero la disolución de su auténtico carácter de
mercancía no significa que sean custodiadas y salvadas en la vida de una
sociedad libre, sino que ha desaparecido incluso la última garantía de que no
serían degradadas a la condición de bienes culturales. La abolición del
privilegio cultural por liquidación no introduce a las masas en dominios que
les estaban vedados, sino que en las condiciones sociales actuales contribuye
justamente a la ruina de la cultura, al progreso de la bárbara ausencia de
relaciones. Quien en el siglo pasado o a comienzos de éste gastaba su dinero
para ver un drama o para escuchar un concierto, tributaba al espectáculo por lo
menos tanto respeto como al dinero invertido en él. El burgués que quería
extraer algo para él podía a veces buscar una relación con la obra. La llamada
literatura introductiva a las obras de Wagner y los comentarios al Fausto son
testimonio de este hecho. No eran aun más que una forma de paso a las
notaciones biográficas y a las otras prácticas a las que la obra de arte es hoy
sometida. Incluso en los primeros tiempos del sistema el valor de intercambio
no era arrastrado tras el valor de uso como un mero apéndice, sino que se lo
había desarrollado con premisa de éste, y esto fue socialmente ventajoso para
las obras de arte. Mientras era caro, el arte mantenía aún al burgués dentro de
ciertos límites. Ya no ocurre así. Su vecindad absoluta, no mediada más por el
dinero, respecto a aquellos ante los que es expuesto, lleva a su término el
extrañamiento, y asimila a obra y burgués bajo el signo de la reificación
total. En la industria cultural desaparece tanto la crítica como el respeto: la
crítica se ve sucedida por la expertise mecánica, el respeto por el culto
efímero de la celebridad. No hay ya nada caro para los consumidores. Y sin
embargo éstos intuyen que cuanto menos cuesta algo, menos les es regalado. La
doble desconfianza hacia la cultura tradicional como ideología se mezcla a
aquélla hacia la cultura industrializada como estafa. Reducidas a puro
homenaje, dadas por añadidura, las obras de arte pervertidas y corrompidas son
secretamente rechazadas por sus beneficiarios, como las antiguallas a las que
el medio las asimila. Es posible alegrarse de que haya tantas cosas para ver y
sentir. Prácticamente se puede tener todo. Los vaudevilles en el cine, los
concursos musicales, los cuadernos gratuitos, los regalos que son distribuidos
entre los escuchas de determinados programas, no constituyen meros accesorios,
sino la prolongación de lo que les ocurre a los mismos productos culturales. La
sinfonía se convierte en un premio para la radioaudición en general, y si la
técnica pudiese hacer lo que quiere, el film sería ya proporcionado a domicilio
según el ejemplo de la radio. La televisión muestra ya el camino de un cambio
que podría llevar los hermanos Warner a la posición -sin duda, nada agradable
para ellos- de custodios y defensores de la cultura tradicional. Pero el
sistema de los premios se ha depositado ya en la actitud de los consumidores.
En la medida en que la cultura se presenta como homenaje cuya utilidad privada
y social resulta, por lo demás, fuera de cuestión, la forma en que se la recibe
se convierte en una percepción de chances. Los consumidores se afanan por temor
a perder algo. No se sabe qué, pero de todos modos tiene una posibilidad sólo
quien no se excluye por cuenta propia. El fascismo cuenta con reorganizar a los
receptores de donativos de la industria cultural en su séquito regular y
forzado.
La cultura es una mercancía paradójica. Se halla
hasta tal punto sujeta a la ley del intercambio que ya ni siquiera es
intercambiada; se resuelve tan ciegamente en el uso que no es posible
utilizarla. Por ello se funde con la réclame, que resulta más omnipotente en la
medida en que parece más absurda debido a que la competencia es sólo aparente.
Los motivos son en el fondo económicos. Es demasiado evidente que se podría
vivir sin la entera industria cultural: es excesiva la apatía que ésta engendra
en forma necesaria entre los consumidores. Por sí misma, puede bien poco contra
este peligro. La publicidad es su elixir de vida. Pero dado que su producto
reduce continuamente el placer que promete como mercancía a esta misma, simple
promesa, termina por coincidir con la réclame, de la que necesita para
compensar su indisfrutabilidad. En la sociedad competitiva la réclame cumplía
la función social de orientar al comprador en el mercado, facilitaba la
elección y ayudaba al productor más hábil pero hasta entonces desconocido a
hacer llegar su mercancía a los interesados. La réclame no sólo costaba sino
que ahorraba tiempo-trabajo. Ahora que el mercado libre llega a su fin, en la
réclame se atrinchera el dominio del sistema. La réclame remacha el vínculo que
liga a los consumidores con las grandes firmas comerciales. Sólo quien puede
pagar en forma normal las tasas exorbitantes exigidas por las agencias
publicitarias, y en primer término por la radio misma, es decir, sólo quien
forma parte del sistema o es cooptado en forma expresa, puede entrar como
vendedor al pseudomercado. Los gastos de publicidad, que terminan por refluir a
los bolsillos de los monopolios, evitan que haya que luchar cada vez contra la
competencia de outsiders desagradables; garantizan que los amos del barco sigan
entre soi, en círculo cerrado, no distintos en ello a las deliberaciones de los
consejos económicos que en el estado totalitario controlan la apertura de
nuevas empresas y las gestiones de las existentes. La publicidad es hoy un
principio negativo, un dispositivo de bloqueo; todo lo que no lleva su sello es
económicamente sospechoso. La publicidad universal no es en modo alguno
necesaria para hacer conocer los productos cuya oferta se halla ya limitada.
Sólo indirectamente sirve a las ventas. El abandono de una praxis publicitaria
habitual por parte de una firma aislada es una pérdida de prestigio y en
realidad una violación de la disciplina que el gang determinante impone a los
suyos. Durante la guerra se continúa haciendo publicidad sobre mercancías que
ya no están en venta sólo para exponer y demostrar el poderío industrial. Más
importante que la repetición del nombre es por consiguiente el financiamiento
de los medios de comunicación ideológicos. Dado que, bajo la presión del
sistema, cada producto emplea la técnica publicitaria, ésta ha entrado
triunfalmente en la jerga, en el "estilo" de la industria cultural.
Su victoria es así completa y en tal medida que en los casos decisivos no tiene
siquiera necesidad de mostrarse explícita: los palacios monumentales de los
gigantes, publicidad petrificada a la luz de los reflectores, carecen de
réclame, y se limitan a lo sumo a exponer en los lugares más altos las
iniciales de la firma, refulgentes y lapidarias, sin necesidad de elogio
alguno. Mientras tanto las casas que han sobrevivido del siglo pasado, en cuya
arquitectura se lee aún con rubor la utilidad de los bienes de consumo, el fin
de la habitación, son tapiadas, desde la planta baja hasta más arriba del
techo, con affiches y carteles luminosos, y el paisaje no es más que el
trasfondo de carteles y emblemas propagandísticos. La publicidad se convierte
en el arte por excelencia, con el cual Goebbels, con su olfato, la había ya
identificado; l'art pour l'art, réclame de sí misma, pura exposición del poder
social. Ya en los grandes semanarios norteamericanos "Life" y
"Fortune" una rápida ojeada apenas logra distinguir las imágenes y
textos publicitarios de los que no lo son. A la redacción le corresponde el
reportage ilustrado, entusiasta y no pagado, sobre las costumbres y la higiene
personal del astro, que le procura nuevos fans, mientras que las páginas
publicitarias se basan en fotografías y datos tan objetivos y realistas que
representan el ideal mismo de la información, al que la redacción no hace más
que aspirar. Cada film es la presentación del siguiente, que promete reunir una
vez más a la misma pareja bajo el mismo cielo exótico: quien llega con retraso
no sabe si asiste a la "cola" del próximo film o ya al que ha ido a
ver. El carácter de montaje de la industria cultural, la fabricación sintética
y guiada de sus productos, industrializada no sólo en el estudio
cinematográfico, sino virtualmente también en la compilación de biografías
baratas, investigaciones noveladas y cancioncillas se adapta a priori a la
réclame: dado que el momento singular se vuelve separable y fungible, ajeno
incluso técnicamente a todo nexo significativo, puede prestarse a fines que son
exteriores a la obra. El efecto, el hallazgo, el exploit aislado y repetible,
está ligado a la exposición de productos con fines publicitarios, y hoy cada
primer plano de la actriz es una réclame de su nombre, todo motivo de éxito el
plug de su melodía. Técnica y económicamente réclame e industria cultural se
funden en una sola. Tanto en la una como en la otra la misma cosa aparece en
innumerables lugares y la repetición mecánica del mismo producto cultural es ya
la del mismo slogan de propaganda. Tanto en la una como en la otra, bajo el
imperativo de la eficacia, la técnica se torna psicotécnica, técnica del manejo
de los hombres. Tanto para la una como para la otra valen las normas de lo
sorprendente y sin embargo familiar, de lo leve y sin embargo incisivo, de lo
hábil y sin embargo simple; se trata siempre de subyugar al cliente, representado
como distraído o reluctante.
El lenguaje con el que la cultura se expresa
contribuye también a su carácter publicitario. Cuanto más se resuelve el
lenguaje en comunicación, cuanto más se tornan las palabras -de portadoras
sustanciales de significado- en puros signos carentes de cualidad, cuanto más
pura y trasparente es la trasmisión del objeto deseado, tanto más se convierten
las palabras en opacas e impenetrables. La desmitización del lenguaje, como
elemento de todo el proceso iluminista, se invierte en magia. Recíprocamente
diferentes e indisolubles, la palabra y el contenido estaban unidos entre sí.
Conceptos como melancolía, historia y hasta "la vida" eran conocidos
dentro de los límites del término que los perfilaba y los custodiaba. Su forma
los constituía y los reflejaba a un mismo tiempo. La neta distinción que
declara casual el tenor de la palabra y arbitraria su coordinación con el
objeto, liquida la confusión supersticiosa de palabra y cosa. Lo que en una
sucesión establecida de letras trasciende la correlación con el acontecimiento,
es prohibido como oscuro y como metafísica verbal. Pero con ello la palabra
-que ahora sólo debe designar y no significar nada- queda hasta tal punto
fijada a la cosa que se torna rígida como fórmula. Ello afecta por igual a la
lengua y al objeto. En lugar de llevar el objeto a la experiencia, la palabra
expurgada lo expone como caso de un momento abstracto, y el resto, excluido de
la expresión -que ya no existe- por un deber despiadado de claridad, se
desvanece incluso en la realidad. El ala izquierda en el foot-ball, el camisa
negra, el joven hitlerista, etc., no son nada más que como se llaman. Si la
palabra antes de su racionalización había promovido junto con el deseo también
la mentira, la palabra racionalizada se ha convertido para el deseo en una
camisa de fuerza más dura que la mentira. La ceguera y la mudez de los datos a
los que el positivismo reduce el mundo inviste también al lenguaje que se
limita a registrar tales datos. De tal manera los términos mismos se convierten
en impenetrables, conquistan un poder de choque, una fuerza de adhesión y de
repulsión que los asimila a lo que es el extremo opuesto de ellos, a las
fórmulas mágicas. Vuelven así a operar en toda una serie de prácticas: en el
hecho de que el nombre de la estrella sea combinado en el estudio
cinematográfico de acuerdo con los datos de la experiencia estadística, en el
hecho de que el welfare state sea exorcizado con término tabú como burócrata o
intelectual, o en el hecho de que la vulgaridad se torne invulnerable asociándose
al nombre del país. El nombre mismo, que es lo que más relacionado está con la
magia, sufre hoy un cambio químico. Se transforma en etiquetas arbitrarias y
manipulables, cuya eficacia puede ser calculada, pero que justamente por ello
están dotadas de una fuerza y una voluntad propias como la de los nombres
arcaicos. Los nombres bautismales, residuos arcaicos, han sido elevados a la
altura de los tiempos, y se los estiliza en forma de siglas publicitarias.
Suena a viejo en cambio el nombre burgués, el nombre de familia que, en lugar
de ser una etiqueta, individualizaba a su portador en relación con sus
orígenes. Esto suscita en muchos norteamericanos un curioso embarazo. Para
ocultar la incómoda distancia entre individuos particulares, se llaman entre ellos
Bob y Harry, como miembros fungibles de teams. Semejante uso reduce las
relaciones entre los hombres a la fraternidad del público de los deportes, que
impide la verdadera fraternidad. La significación, que es la única función de
la palabra admitida por la semántica, se realiza plenamente en la señal. Su
naturaleza de señal se refuerza gracias a la rapidez con la que son puestos en
circulación desde lo alto modelos lingüísticos. Si los cantos populares han
sido considerados patrimonio cultural "rebajado" de la clase
dominante, en todo caso sus elementos asumían la forma popular a través de un
largo y complicado proceso de experiencias. En cambio, la difusión de los
popular songs se produce en forma fulminante. La expresión norteamericana fad para
modas que se afirman en forma epidémica -es decir, promovidas por potencias
económicas altamente concentradas- designaba el fenómeno mucho antes de que los
directores de la propaganda totalitaria dictasen poco a poco las líneas
generales de la cultura. Si hoy los fascistas alemanes lanzan desde los
altoparlantes la palabra "intolerable", mañana el pueblo entero dirá
"intolerable". Según el mismo esquema, las naciones contra las cuales
fue lanzada la guerra relámpago alemana han acogido en su jerga tal término. La
repetición universal de los términos adoptados por los diversos procedimientos
torna a éstos de algún modo en familiares, así como en los tiempos del mercado
libre el nombre de un producto en todas las bocas promovía su venta. La
repetición ciega y la rápida expansión de palabras establecidas relaciona a la
publicidad con las consignas totalitarias. El estrato de experiencia que hacía
de las palabras las palabras de los hombres que las pronunciaban ha sido
enteramente arrasado y en la pronta asimilación la lengua asume una frialdad
que hasta ahora sólo la había distinguido en las columnas publicitarias y en
las páginas de anuncios de los periódicos. Infinitas personas emplean palabras
y expresiones que o no entienden o las utilizan sólo por su valor behavioristic
de posición, como símbolos protectores que se adhieren a sus objetos con tanta
mayor tenacidad cuanto menos se está en condiciones de comprender su
significado lingüístico. El ministro de Instrucción popular habla de fuerzas
dinámicas sin saber qué dice y los songs cantan sin tregua sobre rêverie y
rhapsody y deben su popularidad justamente a la magia de lo incomprensible
experimentada como el estremecimiento de una vida más elevada. Otros
estereotipos, como memory, son aun entendidos en cierta medida, pero huyen a la
experiencia que debería colmarlos. Afloran como enclaves en el lenguaje
hablado. En la radio alemana de Flesch y de Hitler se pueden advertir en el
afectado alemán del anunciador que dice a la nación "Hasta volver a
oírse" o "Aquí habla la juventud de Hitler" e incluso "el
Führer" con una cadencia particular, que se convierte de inmediato en el
acento natural de millones de personas. En tales expresiones se ha suprimido
incluso el último vínculo entre la experiencia sedimentada y la lengua, que
ejercía aún una influencia benéfica en el siglo XIX a través del dialecto. El
redactor, a quien la ductilidad de sus convicciones le ha permitido convertirse
en "redactor alemán", (43) ve en cambio a las palabras alemanas transformarse
bajo la pluma en palabras extranjeras. En cada palabra se puede distinguir
hasta qué punto ha sido desfigurada por la "comunidad popular"
fascista. Es verdad que a continuación este lenguaje se ha convertido en
universal y totalitario. No es ya más posible advertir en las palabras la
violencia que sufren. El anunciador radial no tiene necesidad de hablar con
afectación, pues no sería ni siquiera posible, si su acento se distinguiese en
carácter del grupo de oyentes que le ha sido asignado. Pero en cambio la forma
de expresarse y de gesticular de los escuchas y de los espectadores -hasta
matices a los que ningún método experimental está en condiciones de llegar- se
hallan traspasados por el esquema de la industria cultural más que nunca antes.
Hoy la industria cultural ha heredado la función civilizadora de la democracia
de la frontier y de la libre iniciativa, que por lo demás no ha tenido nunca
una sensibilidad demasiado refinada para las diferencias espirituales. Todos
son libres para bailar y para divertirse, así como -desde la neutralización
histórica de la religión en adelante- son libres para afiliarse a una de las
innumerables sectas. Pero la libertad en la elección de las ideologías, que
refleja siempre la constricción económica, se revela en todos los sectores como
libertad de lo siempre igual. La forma en que una muchacha acepta su date
obligatoria, el tono de la voz en el teléfono, en la situación más familiar la
elección de las palabras en la conversación, y la entera vida íntima, ordenada
según los conceptos del psicoanálisis vulgarizado, documenta el intento de
hacer de sí el aparato adaptado al éxito, conformado -hasta en los movimientos
instintivos- al modelo que ofrece la industria cultural. Las reacciones más
íntimas de los hombres están tan perfectamente reificadas ante sus propios ojos
que la idea de lo que les es específico y peculiar sobrevive sólo en la forma
más abstracta: personality no significa para ellos en la práctica más que
dientes blancos y libertad respecto al sudor y a las emociones. Es el triunfo
de la réclame en la industria cultural, la imitación forzada, por parte de los
consumidores, de las mercancías culturales incluso neutralizadas en cuanto a su
significado.
NOTAS
1. Voltaire,
Lettres philosophiques, en Oeuvres complètes, Garnier, 1879, vol. XII, pág.
118.
2. Bacon, In
Praise of Knowledge, Miscellaneous Tracts upon Human Philosophy, en The Works
of Francis Bacon, a cargo de Basil Montagu, London, 1825, vol. I, pág. 254 y
sigs.
3. Cfr.
Bacon, Novum Organum, en op. cit., vol. XIV, pág. 31.
4. Bacon,
Valerius Terminus, of the Interpretation of Nature, Miscellaneous Tracts, en
op. cit., vol. I, pág. 281.
5. Cfr. Hegel, Phänomenologie des Geites, en Werke,
II, pág. 410 y sigs.
6. En ello están de acuerdo Jenófanes, Montaigne,
Hume, Feuerbach y Salomon Reinach. Cfr. Reinach, Orpheus, versión inglesa de F.
Simmons, London & New York, 1909, pág. 6 y sigs.
8. Bacon, De augmentis scientiarum, en op. cit,
vol. VIII, pág. 152.
9. Les Soirées de Saint-Pétersbourg, 5ème
entretien, en Oeuvres complètes, Lyon, 1891, vol. IV, pág. 256.
10. Bacon,
Advancement of Learning, en op. cit., vol. II, pág. 126.
11. Génesis, I. 26.
12. Arquíloco, fragmento 87.
13. Solón,
fragmento 13.
14. Crf., por
ejemplo, Robert H. Lowie, An Introduction to Cultural Anthropology, New York,
1940, pág. 344 y sigs.
15. Cfr.
Freud, Totem und Tabu, en Gesammelte Werke, X, pág. 106 y sigs.
16. Ibid., pág. 110.
17. Phänomenologie des Geistes, cit., pág. 424.
18. Crf. W. Kirfel, Geschichte Indiens, en
Propuläenweltgeschichte, III, pág. 261 y sigs., y G. Glotz, Histoire Grecque,
I, en Histoire Ancienne, Paris, 1938, pág. 137 y sigs.
19. G. Glotz, op. cit., pág. 140.
20. Cfr. Kurt
Eckermann, Jahrbuch der Religionsgeschichte und Mythologie, Halle, 1845, I,
pág. 241, y O. Kern, Die Religion der Griechen, Berlin, 1926, I, pág 181 sigs.
21. Hubert Mauss describen así el contenido
representativo de la "simpatía" de la mimesis: "L' un est le
tout, tout est dans l' un, la nature triomphe de la nature." (H. Hubert y
M. Mauss, Théorie générale de la magie, en "L' Année Sociologique, 1902-3,
pág. 100.)
22. Cfr.
Westermarck, Ursprung der Moralbegriffe, Leipzig. 1913, I, pág. 402.
23. Cfr. el décimo libro de la República.
24. Erster
Entwurf eines Systems der Naturphilosophie, parte V, en Werke, Erste Abteilung,
II, pág. 623.
25. Werke,
Erste Abteilung, II, pág. 626.
26. Cfr. E. Durkheim. De quelques formes primitives
de classification, en "L' année Sociologique", IV (1903), pág. 66 y
sigs.
27. Principii di scienza nuova d' intorno alla
comune natura delle nazioni, en G. Vico, Opere, a cargo de F. Nicolini, Napoli,
1933, pág. 832.
28. Hubert y
Mauss, op. cit., pág. 118.
29. Cfr.
Tönnies, Philosophische Terminologie, en Psychologisch-Soziologische Ansicht,
Leipzig, 1908, pág. 31.
30. Hegel,
op. cit., pág. 65.
31. Edmund
Husserl, Die Krisis der europäischen Wissenschaften un die transzendentale
Phänomenologie, en "Philosophia", Belgrado, 1936, págs. 95-97.
32. Cfr.
Schopenhauer, Parerga und Paralipomena, II, pág. 356, en Werke, ed. Deussen, V, pág. 671.
33. Ethica, Pars IV, Propos. XXII, Coroll.
34. Odisea, XII, 191. (Para todas las referencias a
obras homéricas en este libro se ha usado la versión española de Luis Segalá y
Estalella.)
35. Ibid, 189-90.
36. G. W. Hegel, Phänomenologie des Geistes, ed.
Lasson, pág. 146.
*. Giulio Cesare Vanini, 1584-1619, filósofo que
fue en Italia el máximo exponente del movimiento libertino, es decir, de
aquellos que -en correspondencia con la misma escuela francesa- luchaban por
liberar al pensamiento de todo dogmatismo, especialmente en materia religiosa.
(N. del T.).
37. The
supreme question which confronts our generation today -the question to which
all other problems are merely corollaries- is whether technology can be brought
under control. ... Nobody can be sure of the formula by which this end can be
achieved. ... We must draw on all the resources to which acces can be had. (The
Rockefeller Foundation, A Review for 1943, New York, 1944, págs. 33-35.)
38. En
castellano en el original. (N. del T.)
39. F.
Nietzsche, Unzeitgemässe Betrachtungen, en Werke, Grossoktavausgabe, Leipzig,
1917, I, pág. 187.
40. A. de Tocqueville, De la démocratie en
Amérique, París, 1864, II, pág. 151.
41. F.
Wedekind, Gesammelte Werke, München, 1921, IX, pág. 246.
42.
Nietzsche, Götzendämmerung, en Werke, VIII, pág. 136.
43. En el original: "deutscher
Schrifleiter", en lugar de "deutscher Redakteur", pues el
nazismo desdeñó el término Redakteur, por considerarlo extranjerizante. (N. del
T.)

