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Libro No. 341. Agonías Del Capitalismo Y Paz, Estabilidad Y Legitimación. Wallerstein, Immanuel.

Guillermo Molina Miranda febrero 02, 2025

 


© Libro No. 341. Agonías Del Capitalismo Y Paz, Estabilidad Y Legitimación. Wallerstein, Immanuel. Colección Emancipación Obrera. Septiembre 22 de 2012.

 

Título original: © Agonías del Capitalismo y Paz, estabilidad y legitimación. Immanuel Wallerstein

           

Versión Original: © Agonías del Capitalismo y Paz. Immanuel Wallerstein

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          © Paz, estabilidad y legitimación. Immanuel Wallerstein

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Immanuel Wallerstein

AGONIAS DEL CAPITALISMO

Y

PAZ, ESTABILIDAD Y LEGITIMACIÓN

 

(1990-2025/2050)

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

 

 

 

·        NOTAS BIOGRÁFICAS

·        AGONIAS DEL CAPITALISMO

·        PAZ, ESTABILIDAD Y LEGITIMACIÓN

·        EL FIN DEL CAPITALISMO, SEGÚN WALLERSTEIN

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTAS BIOGRÁFICAS

Immanuel Wallerstein

 

Immanuel Wallerstein. Ciudad de Nueva York (EE.UU.), 28 de septiembre de 1930. Sociólogo, principal teórico del análisis de sistema-mundo.

 

Realizó sus estudios en la Universidad de Columbia, donde se graduó en 1951. Trabajó como conferencista hasta 1971, año en que devino profesor de sociología en la Universidad de McGill. En 1976, pasó a la Universidad de Binghamton, hasta su retirada en 1999. Ha sido director del Centro Fernand Braudel para los estudios económicos, sistemas históricos y civilización; director de estudios asociados en la École des Hautes Études en Sciences Sociales, en París; y presidente de la Asociación Sociológica Internacional entre 1994 y 1998.

 

Wallerstein se inició como un experto en asuntos post-coloniales africanos, a lo que dedicó casi todas sus publicaciones hasta principios de la década de 1970, cuando empezó a distinguirse como historiador y teórico a nivel macroeconómico de la economía capitalista global. Es posible distinguir, por el desarrollo de una teoría global y sus aportaciones a la historia como ciencia social, una línea directa entre Karl Marx, Fernand Braudel y Wallerstein. También tiene empatía intelectual con Ilya Prigogine, Marc Bloch, Paul Sweezy y Franz Fanon. Su trabajo junto a Giovanni Arrighi permitió a éste recoger el corpus del sistema-mundo de Wallerstein para desarrollar y perfeccionar la teoría de los ciclos económicos. Su crítica al capitalismo global y su influencia en los movimientos anti-sistémicos lo han convertido en un referente importante en los movimientos contra la globalización capitalista.

 

Sus obras en castellano: El moderno sistema mundial (Siglo XXI editores, 1979); Abrir las ciencias sociales (Siglo XXI editores, 1996); Después del liberalismo (Siglo XXI editores, 1996); El futuro de la civilización capitalista (ed. Icaria, 1997); Impensar las ciencias sociales (Siglo XXI editores, 1998); Utopística (Siglo XXI editores, 1998); Conocer el mundo, saber el mundo. El fin de lo aprendido (Siglo XXI editores, 2001); Saber el mundo, conocer el mundo. Una nueva ciencia de lo social (Siglo XXI editores, 2003); Las incertidumbres del saber (Gedisa, 2004); Estados Unidos confronta al mundo (Siglo XXI editores, 2005); La crisis estructural del capitalismo (ed. Contrahistorias, 2005); Análisis del sistema-mundo. Una introducción (Siglo XXI editores, 2006); Geopolítica y geocultura (ed. Kairós, 2007); Universalismo europeo. El discurso del poder (Siglo XXI editores, 2007).

 

 

AGONIAS DEL CAPITALISMO

 

Iniciativa Socialista, nº31, Octubre 1994. El artículo "The Agonies of Liberalism: What hope progress?" fue publicado originalmente por New Left Review, nº 204. Traducido al castellano porIniciativa Socialista y publicado con autorización de NLR y del autor. La traducción ha sido revisada y corregida por el propio profesor Wallerstein.


Nos encontramos en un triple aniversario: el XXV aniversario de la fundación en 1968 de la Kyoto Seika University; el XXV aniversario de la revolución mundial de 1968; el LII aniversario de la fecha exacta (al menos según el calendario de EE.UU.) del bombardeo de Pearl Harbor por la escuadra japonesa. Comenzaré por decir lo que, en mi opinión, representa cada uno de estos aniversarios (1).

La fundación de esta Universidad es un símbolo de uno de los desarrollos más importantes en la historia de nuestro sistema-mundo: la extraordinaria expansión cuantitativa de las estructuras universitarias durante los años 50 y 60 (2). En cierto sentido, este período fue la culminación de la promesa ilustrada de progreso a través de la educación. En sí misma, era algo maravilloso, que hoy celebramos aquí. Pero, como tantas otras cosas maravillosas, tiene sus complicaciones y sus costes. Una de estas complicaciones consistió en que la expansión de la educación superior produjo un gran número de titulados que aspiraban a empleos e ingresos equivalentes a su status, pero surgieron algunas dificultades para que esa demanda pudiese ser satisfecha, al menos tan rápida y completamente como estaba formulada. En cuanto al coste, se trataba del gasto social necesario para sostener esta expansión de la educación superior, que era, además, solamente una parte del gasto total preciso para proporcionar bienestar a los estratos medios, en significativo crecimiento, del sistema-mundo. Este incrementado coste del bienestar social comenzaría a constituir una pesada carga sobre las Haciendas estatales, y en 1993 estamos discutiendo a lo largo y ancho del mundo la crisis fiscal de los estados.

Esto nos lleva al segundo aniversario, el de la revolución mundial de 1968, que en muchos países, aunque no en todos, comenzó en las universidades. Sin duda, una de las chispas que prendieron el fuego fue la súbita inquietud de estos futuros licenciados respecto a su perspectiva de empleo, aunque, evidentemente, este factor tan egoísta no fue el principal foco de la explosión revolucionaria. Debe verse, más bien, como un síntoma más del problema general, relacionado con el contenido real del conjunto de promesas propias del escenario ilustrado del progreso, promesas que, superficialmente, parecían haber sido realizadas en el período posterior a 1945.

Y así llegamos al tercer aniversario: el del ataque a Pearl Harbor, ataque que condujo a EE.UU. a declarar su participación formal en la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, en la práctica esa guerra no fue fundamentalmente una guerra entre Japón y Estados Unidos. Si me permiten decirlo, Japón era un actor de segunda fila en este drama mundial, y su ataque era un episodio menor dentro de una lucha de larga duración. Principalmente, la guerra enfrentaba a EE.UU. y Alemania, y, de hecho, podría hablarse de una guerra continuada desde 1914, una guerra de "los 30 años" entre los dos principales competidores por el puesto de sucesor de Gran Bretaña como poder hegemónico del sistema-mundo. Como sabemos, EE.UU. ganó esa guerra y conquistó la hegemonía, presidiendo, por consiguiente, el aparente triunfo universal de las promesas de la Ilustración.

En lo que sigue, organizaré mis comentarios en torno al conjunto de temas que hemos señalado por medio de estos aniversarios. Hablaré primero de la era de la esperanza y de la lucha por los ideales de la Ilustración, 1789-1945. Después, intentaré analizar la era 1945-89, en la que las esperanzas de la Ilustración se realizaron, aunque falsamente. En tercer lugar, llegaré a nuestra presente era, el "Período Negro" que comienza en 1989 y que durará, posiblemente, alrededor de medio siglo. Finalmente, hablaré de las opciones de que disponemos, ahora y en los próximos tiempos.

 

Las funciones del liberalismo

La primera gran expresión política de la Ilustración, con todas sus ambigüedades, fue evidentemente la Revolución Francesa, ella misma una de las grandes ambigüedades de nuestra época. La celebración en Francia de su bicentenario, en 1989, fue la ocasión para un intenso intento de dar una nueva interpretación de este gran acontecimiento, sustituyendo a la "interpretación social" hasta entonces dominante y ahora declarada caduca (3).

La Revolución Francesa fue el punto final de un largo proceso, no solamente en Francia sino también en la totalidad de la economía-mundo capitalista en tanto que sistema histórico; en 1789, una buena parte del globo había sido incorporada dentro de ese sistema histórico desde hacía tres siglos. Y durante estos tres siglos, muchas de sus instituciones clave habían sido establecidas y consolidadas: la división axial del trabajo, con una significativa transferencia de plusvalía desde las zonas periféricas a las zonas centrales; la primacía de aquellos que actuaban en defensa de los intereses de la incesante acumulación de capital; el sistema interestatal, compuesto por estados que se declaraban soberanos, aunque estaban constreñidos por el armazón y las "reglas" del sistema interestatal; y una polarización siempre en aumento, polarización que no era solamente económica sino también social y que se encontraba al borde de convertirse también en polarización demográfica.

Pero este sistema-mundo no disponía aún de una geocultura legitimadora, cuyas doctrinas básicas no fueron forjadas hasta el siglo XVIII (y a veces más tarde) por los teóricos de la Ilustración, sin que se institucionalizasen socialmente hasta la Revolución Francesa. Esta desencadenó el apoyo público -que en ocasiones llegó a ser un verdadero clamor- en favor de la aceptación de dos nuevas ideas universales: que el cambio político era algo normal, no excepcional; y que la soberanía residía en el "pueblo", no en un soberano. En 1815, Napoleón, heredero y protagonista universal de la Revolución Francesa, fue derrotado, produciéndose una presunta "Restauración" en Francia y dondequiera que los anciens régimes habían sido desplazados. Pero la Restauración no pudo anular realmente la amplia aceptación de estas ideas universales. Las tres grandes ideologías del siglo XIX -conservadurismo, liberalismo, socialismo- surgieron en estrecha relación con esta nueva situación, y suministraron el lenguaje para todos los sucesivos debates políticos dentro de la economía-mundo capitalista(4).

De estas tres ideologías, el liberalismo fue la que emergió triunfante, y podría pensarse que ya lo hizo con ocasión de la primera revolución mundial dentro de este sistema, la revolución de 1848 (5). El liberalismo era la ideología más capacitada para dar a la economía-mundo capitalista una geocultura viable, capaz de legitimar a las otras instituciones tanto ante los ojos de los cuadros del sistema como, en un grado significativo, ante los ojos de la masa de las poblaciones, la llamada gente corriente.

Una vez que la gente pensó que el cambio político era normal y que, en principio, ellos mismos eran el soberano que decide el cambio político, cualquier cosa era posible. Y éste era precisamente el problema planteado a los poderosos y privilegiados en el sistema de la economía-mundo capitalista, cuyos temores inmediatos se centraban, hasta cierto punto, en el pequeño pero creciente grupo de los trabajadores industriales urbanos. Además, tal y como la Revolución Francesa había demostrado ampliamente, los trabajadores rurales no industriales también podrían ser bastante molestos o incluso temibles para los poderosos y los privilegiados. En consecuencia, el dilema político más acuciante que se planteaban las clases gobernantes durante la primera mitad del siglo XIX era el siguiente: ¿cómo podría evitarse que esas clases peligrosas se tomasen esas normas demasiado en serio e interfiriesen con el proceso de acumulación de capital, socavando las estructuras básicas del sistema?

Una respuesta obvia fue la represión, verdaderamente muy utilizada. Sin embargo, la revolución mundial de 1848 había enseñado que, en definitiva, la simple represión no era muy eficaz, pues provocaba a las clases peligrosas, agitando sus ánimos en vez de calmarlos. Así que las clases gobernantes se dan cuenta de que la represión, para ser efectiva, tiene que combinarse con concesiones. Por otra parte, los supuestos revolucionarios de la primera mitad del siglo XIX también aprendieron una lección: las sublevaciones espontáneas no eran muy eficaces, ya que eran derrotadas más o menos fácilmente. Las amenazas de insurrección popular tenían que combinarse con una consciente y duradera organización política, si se quería fomentar un cambio significativo.

El liberalismo se ofrece entonces como la inmediata solución para las dificultades políticas de la derecha y de la izquierda. A la derecha le propone que haga concesiones; a la izquierda, que constituya una organización política; a ambas, derecha e izquierda, les pide paciencia: a largo plazo, todos ganarán más siguiendo una via media. El liberalismo encarnaba el centrismo, y su canto de sirena era seductor. No obstante, el liberalismo no predicaba un centrismo pasivo, sino una estrategia activa. Los liberales depositaron su fe en una de las premisas clave de la Ilustración: que el pensamiento y la acción racionales eran el camino hacia la salvación, hacia el progreso. Los hombres (sólo en raras ocasiones se incluía a las mujeres) son, a la larga y por naturaleza, racionales.

De eso se deducía que "el cambio político normal" debería seguir el camino indicado por aquellos que fuesen más racionales, es decir, los más educados, los más cualificados, los más sabios. Estos hombres designarían cuáles eran los mejores caminos a seguir para el cambio político; estos hombres irían indicando las necesarias reformas a emprender y promulgar. El reformismo racional era el concepto organizador del liberalismo, lo que explica la apariencia errática de las posiciones de los liberales respecto a la relación entre individuo y Estado. Los liberales podían defender simultáneamente que el individuo no debía ser forzado por los dictados del Estado (colectivo) y que la acción estatal era necesaria para minimizar la injusticia contra los individuos. Podían ser, al mismo tiempo, favorables al laissez-faire y a las leyes fabriles, ya que la sustancia del liberalismo no era ni lo uno ni lo otro, sino más bien el progreso deliberado y mesurado hacia la buena sociedad, que podría obtenerse más fácilmente, y quizá únicamente, por la vía del reformismo racional.

Esta doctrina del reformismo racional demostró en la práctica su extraordinario atractivo. Parecía que daba respuesta a las necesidades de todos. Para los conservadores, podía ser el camino para amortiguar los instintos revolucionarios de las clases peligrosas. Algunos derechos de voto por aquí, un poco de beneficios del Estado de bienestar por allí, más otro tanto de unidad de las clases bajo una identidad nacionalista común: a finales del siglo XIX, todo esto daba por resultado una fórmula que apaciguaba a las clases trabajadoras a la vez que mantenía los elementos esenciales del sistema capitalista. Los poderosos y los privilegiados no perdían nada de fundamental importancia para ellos, y dormían más tranquilos por las noches (con menos revolucionarios en sus ventanas).

Por otra parte, aquellos que se inclinaban hacia posiciones radicales veían en el reformismo racional un útil término medio. Permitía la realización de algunos cambios fundamentales aquí y ahora, sin eliminar la esperanza y las expectativas de posteriores cambios aún más importantes; y, sobre todo, ofrecía a los hombres la posibilidad de lograr algunas cosas antes de que su vida terminase. Y estos hombres vivos dormían más tranquilos por la noche (con menos policías en sus ventanas).

No pretendo minimizar 150 años de continua lucha política, a veces violenta, frecuentemente apasionada, casi siempre cargada de importantes consecuencias. Trato, sin embargo, de situar esa lucha en una perspectiva adecuada. En última instancia, la lucha se mantenía dentro de las reglas establecidas por la ideología liberal. Y cuando surgía un grupo importante que rechazaba estas reglas -los fascistas-, ese grupo fue derrotado y eliminado; con dificultades, indudablemente, pero fue derrotado.

Hay otra cosa que debemos decir sobre el liberalismo. He dicho que el liberalismo no era fundamentalmente antiestatalista, ya que su prioridad real era el reformismo racional. Pero, aunque no antiestatalista, el liberalismo sí era fundamentalmente antidemocrático. El liberalismo fue siempre una doctrina aristocrática, que predicaba "el poder de los mejores". Ciertamente, el liberalismo no define a "los mejores" por su status de nacimiento, sino más bien por sus logros educativos. Los mejores no salen de la nobleza hereditaria, sino que proceden de los beneficiarios de la meritocracia. Pero los mejores siguen siendo un grupo más pequeño que la totalidad de la gente. Los liberales buscan el poder aristocrático de los mejores precisamente para evitar el poder de todo el pueblo, la democracia. La democracia era el objetivo de los radicales, no de los liberales; o, al menos, era el objetivo de quienes eran verdaderamente radicales, verdaderamente antisistémicos. El liberalismo se constituye como ideología precisamente para evitar que este grupo prevaleciera. Cuando los liberales hablaban con los conservadores que se resistían a las reformas liberales, siempre afirmaban que solamente el reformismo racional podría obstaculizar la llegada de la democracia, argumento que, en definitiva, sería bien recibido por los conservadores inteligentes.

Finalmente, quiero hacer notar una diferencia significativa entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En la segunda mitad del XIX, los protagonistas principales de las reivindicaciones de lasclases peligrosas eran todavía las clases trabajadoras urbanas de Europa y América del Norte. La agenda liberal funcionaba muy bien frente a ellas. Se les ofreció el sufragio universal (masculino), el comienzo del Estado de bienestar y la identidad nacional. ¿Identidad nacional contra quién? Contra sus vecinos, ciertamente; pero de forma más importante y profunda, contra el mundo no blanco. Imperialismo y racismo forman parte del paquete ofrecido por los liberales a las clases trabajadoras de Europa y América del Norte, bajo el envoltorio del "reformismo racional".

Sin embargo, las clases peligrosas del mundo no europeo comienzan a agitarse políticamente, desde México a Afganistán, desde Egipto a China, desde Persia a la India. Cuando Japón derrota a Rusia en 1905, este hecho es visto en toda la zona como el comienzo del repliegue de la expansión europea. Para los liberales, que se encontraban principalmente en Europa y América del Norte, fue una fuerte advertencia de que el "normal cambio político" y la "soberanía" eran ya aspiraciones de los pueblos del mundo entero, y no solamente de las clases trabajadoras europeas.

A partir de ese momento, los liberales dirigen su atención hacia la extensión del concepto de reformismo racional a nivel del conjunto del sistema-mundo. Ese era el mensaje de Woodrow Wilson y de su insistencia en la "autodeterminación de las naciones", mensaje equivalente global al del sufragio universal. Este fue también el mensaje de Franklin Roosevelt y de las "cuatro libertades" proclamadas como objetivo de guerra durante la Segunda Guerra Mundial, recogido después por el presidente Truman en el Point Four, primer intento del proyecto post-1945 para el "desarrollo económico de los países subdesarrollados", una doctrina que fue el equivalente global del Estado de bienestar (6).

No obstante, los objetivos del liberalismo y de la democracia vuelven a entrar en conflicto. En el siglo XIX el proclamado universalismo del liberalismo se había hecho compatible con el racismo recurriendo a la "externalización" de los objetos de racismo (más allá de las fronteras de la "nación"), mientras que se "internalizaban" de hecho los beneficios de los ideales universales, constituyendo "la ciudadanía". La pregunta era si el liberalismo universal del siglo XX lograría contener a las clases peligrosas localizadas en lo que ha sido llamado el Tercer Mundo, o el Sur, tal y como el liberalismo nacional había contenido a sus propias clases peligrosas en Europa y América del Norte. Evidentemente, el problema residía en que a nivel mundial no era posible "externalizar" el racismo. Las contradicciones del liberalismo están produciendo su amargo fruto.

 

Triunfo y desastre

Sin embargo, eso estaba muy lejos de ser evidente en 1945. La victoria de los Aliados sobre el Eje parecía ser el triunfo del liberalismo universal, en alianza con la URSS, sobre la alternativa fascista. El hecho de que los dos últimos actos de la guerra fueran el lanzamiento de dos bombas atómicas por EE.UU. sobre la única potencia no blanca del Eje, Japón, fue poco discutido en EE.UU. o en Europa como expresión de alguna contradicción del liberalismo. La reacción, no hace falta decirlo, no fue la misma en Japón. Pero Japón había perdido la guerra, y su voz no se tomaba en serio en este asunto.

Estados Unidos se había convertido, con mucha diferencia, en la más importante fuerza económica dentro de la economía-mundo. Con la bomba atómica, era también la principal fuerza militar, a pesar de la dimensión de las fuerzas armadas soviéticas. En cinco años, fue capaz de organizar políticamente el sistema-mundo gracias a un cuádruple programa: i) un compromiso con la URSS, garantizando a ésta su control sobre una esquina del mundo a cambio de su compromiso a mantenerse en esa esquina (no retóricamente, pero sí en términos de política real); ii) un sistema de alianzas con Europa Occidental y Japón, al servicio tanto de los objetivos económicos, políticos y retóricos, como de los propiamente militares; iii) un modulado y moderado programa para la "descolonización" de los imperios coloniales; iv) un programa de integración interna dentro de los EE.UU., ampliando el ámbito de real "ciudadanía" y sellando ese programa con una ideología anticomunista unificadora.

Este programa funcionó, y funcionó notablemente bien, durante unos 25 años, precisamente hasta 1968. ¿Cómo evaluar esos extraordinarios años, 1945-68? ¿Fueron un período de progreso y de triunfo de valores liberales? la respuesta tiene que ser: ciertamente sí, pero también ciertamente no. El principal y más obvio indicador de "progreso" era de tipo material. La expansión económica de la economía-mundo era extraordinaria, la mayor en la historia del sistema capitalista. Y parecía afectar a todo el mundo, Oeste y Este, Norte y Sur. Claro está que el Norte se beneficiaba más que el Sur, y las distancias (absolutas y relativas) crecían en la mayoría de los casos (7). Sin embargo, ya que en muchos lugares había un crecimiento real y un alto nivel de empleo, la era mostraba un sonrosado color, reforzado por un gran crecimiento en los gastos destinados al bienestar, como ya he mencionado, y particularmente en las áreas de educación y salud.

En segundo lugar, de nuevo reinaba la paz en Europa. Paz en Europa, pero no Asia, donde dos largas y duras guerras tuvieron lugar, en Corea y en Indochina. Y tampoco hubo paz en otras muchas partes del mundo no europeo. No obstante, los conflictos en Corea y Vietnam no fueron iguales. El conflicto de Corea debería emparejarse más bien con el bloqueo de Berlín, con el que ocurrió casi en conjunción. Alemania y Corea fueron las dos grandes particiones de 1945: ambos países fueron repartidos entre las esferas militares y políticas de EE.UU. y de la URSS. En el espíritu de Yalta, las líneas de división debían mantenerse intactas, a pesar de los sentimientos nacionalistas (e ideológicos) de alemanes y coreanos.

En 1949-52, la firmeza de estas líneas divisorias fue sometida a un test. Después de grandes tensiones (y enormes pérdidas de vidas humanas en el caso de Corea), el resultado fue el mantenimiento, con pocas variaciones, del status quo fronterizo previo.

Así, realmente, el bloqueo de Berlín y la guerra de Corea concluyen el proceso de institucionalización de Yalta. El segundo resultado de estos dos conflictos fue una mayor integración social dentro de cada campo, institucionalizados ambos por el establecimiento de fuertes sistemas de alianzas: la OTAN y el Pacto de Defensa EE.UU.-Japón por un lado, el Pacto de Varsovia y los acuerdos chino-soviéticos por otro. Además, los dos conflictos sirvieron como un estímulo directo a una mayor expansión de la economía-mundo, atizada fuertemente por los gastos militares. La recuperación europea y el crecimiento japonés fueron los dos principales beneficiarios inmediatos de esta expansión.

La guerra de Vietnam fue de un tipo muy distinto a la de Corea. Ocupó el lugar emblemático en la lucha de los movimientos de liberación nacional en el mundo no europeo. Mientras que la guerra de Corea y el bloqueo de Berlín fueron parte del régimen mundial de Guerra Fría, la lucha vietnamita (como la argelina y otras muchas) fue una protesta contra las imposiciones y la estructura de este régimen. Fueron, en este sentido elemental e inmediato, el producto de movimientos antisistémicos. Eran luchas muy diferentes a las de Alemania y Corea, ya que en estas últimas ambos bandos nunca estaban en paz, sino solamente en tregua; para cada uno de los rivales la paz era solamente faute de mieux. Por el contrario, las guerras de liberación nacional son unilaterales. Ninguno de los movimientos de liberación nacional desea guerras con Europa o Estados Unidos; quieren que se les permita seguir su propio camino. Eran Europa y EE.UU. quienes no estaban dispuestos a dejarles hacerlo, hasta que, finalmente, ya no les quedaba otro remedio. Los movimientos de liberación nacional protestaban así contra los poderosos, pero lo hacían en nombre del cumplimiento del programa liberal de autodeterminación de las naciones y desarrollo económico de los países subdesarrollados.

Y esto nos conduce a la tercera gran realización de los extraordinarios años 1945-68: el triunfo a lo largo y ancho del mundo de las fuerzas antisistémicas. Solamente en apariencia resulta paradójico que el preciso momento del apogeo de la hegemonía de EE.UU. en el sistema-mundo y de la legitimación universal de la ideología liberal sea también el momento en el que llegan al poder todos aquellos movimientos cuyas estructuras y estrategias se formaron en el período 1848-1945 como movimientos antisistémicos. Cada una de las tres históricas variantes de la llamada Vieja Izquierda -comunistas, socialdemócratas y movimientos de liberación nacional- alcanza el poder estatal, aunque en diferentes zonas geográficas. Los partidos comunistas llegan al poder desde el Elba hasta el Yalu, cubriendo un tercio del mundo. Los movimientos de liberación nacional lo hacen en gran parte de Asia, Africa y el Caribe, y equivalentes suyos lo hacen en muchos países de América latina y de Oriente Medio. En cuanto a los movimientos socialdemócratas y similares, llegan al poder (rotando en él, al menos) en gran parte de Europa Occidental, América del Norte y Australia. Quizá Japón fue la única excepción significativa a este triunfo universal de la Vieja Izquierda.

¿Era esto paradójico? ¿El triunfo de las fuerzas populares era resultado del progreso social? ¿O se trataba más bien de una masiva cooptación de estas fuerzas populares? ¿Hay alguna manera de distinguir, intelectual y políticamente, estos dos enunciados? Esas son las preguntas que comenzaron a crear inquietud en los años sesenta. Si la expansión económica, con sus claros beneficios en cuanto a niveles de vida, la paz relativa en grandes zonas del planeta y el aparente triunfo de movimientos populares se presta a valoraciones positivas y optimistas sobre la evolución del mundo, una mirada más próxima a la situación real revela aspectos negativos aún mayores.

El régimen mundial de la Guerra Fría no produjo la expansión de la libertad humana, sino una gran represión interna dentro de todos los estados, justificada por la presunta gravedad de las tensiones geopolíticas, muy escenificadas por otra parte. El mundo comunista tuvo juicios y purgas, gulags y telones de acero. El Tercer Mundo tuvo regímenes de partido único y disidentes en la cárcel o en el exilio. Y el macartismo (con sus equivalentes en los demás países de la OCDE), aunque no tan abiertamente brutal, fue muy efectivo a la hora de imponer conformidades y destruir carreras cuando resulta necesario. En todos los lugares, el debate público era permitido solamente dentro de unos parámetros claramente delimitados.

Además, en términos materiales el régimen de la Guerra Fría trajo también una creciente desigualdad, internacional y nacionalmente. Y si bien los movimientos antisistémicos frecuentemente actuaban contra viejas desigualdades, lo cierto es que contribuyeron a la creación de otras nuevas. Las nomenklaturas de los regímenes comunistas tuvieron sus equivalentes en el Tercer Mundo y en los regímenes socialdemócratas en los países de la OCDE.

Era muy claro que estas desigualdades no estaban distribuidas de forma aleatoria, sino que estaban correlacionadas con grupos de status (codificados como raza, religión, etnicidad), y esa correlación se manifestaba tanto a nivel mundial como dentro de cada estado. Evidentemente, las desigualdades también estaban correlacionadas con el género y con los grupos de edad, así como con otras muchas características sociales. En resumen: eran muchos los grupos a los que se marginaba, y sumaban bastante más de la mitad de población mundial.

De esa forma, las viejas esperanzas de los años 1945-68, de las que se llegó a pensar erróneamente que habían sido realizadas, fueron el fundamento y dan cuenta de la revolución mundial de 1968. Esta revolución estuvo dirigida, ante todo, contra el sistema histórico en su conjunto: contra EE.UU. como poder hegemónico en este sistema, contra las estructuras económicas y militares que constituían los pilares del sistema. Pero la revolución se dirigía también, tanto o más, contra la Vieja Izquierda, contra los movimientos antisistémicos considerados como insuficientemente antisistémicos: contra la URSS, como cómplice de su ostensible enemigo ideológico, EE.UU.; contra los sindicatos y otras organizaciones obreras a las que se veía como estrechamente economicistas, defensoras esencialmente de intereses de específicos grupos de status.

Mientras tanto, los defensores de las estructuras existentes denunciaban lo que ellos consideraban como el antirracionalismo de los revolucionarios de 1968. Pero, de hecho, a la ideología liberal le salió el tiro por la culata. Tras haber insistido durante un siglo en que la función de las ciencias sociales era hacer avanzar las fronteras del análisis racional (como prerrequisito necesario para el reformismo racional), tuvo demasiado éxito en esa tarea. Como escribe Fredric Jameson:

"Gran parte de la teoría o de la filosofía contemporánea... ha supuesto una prodigiosa expansión de aquello a lo que consideramos como una conducta racional o dotada de sentido. Tengo la opinión de que ya quedan muy pocas cosas que puedan ser consideradas como "irracionales" en el viejo sentido de "incomprensibles", particularmente después de la difusión del psicoanálisis y de la gradual desaparición de la "otreidad" en un mundo empequeñecido y cubierto por los medios de comunicación... Pero cuestionarse si ese concepto de Razón enormemente expandido tiene algún valor normativo adicional... en una situación en la que su opuesto, lo irracional, se ha sumido en una virtual no existencia, es ya otra e interesante pregunta.(8)

Si prácticamente cualquier cosa se había hecho racional, ¿qué legitimidad especial tenían los paradigmas particulares de la ciencia social establecida? ¿qué mérito especial tenían los programas políticos de las élites dominantes? Y, por último, las más devastadoras de todas las preguntas: ¿qué capacidades podían ofrecer los especialistas que no las tuviesen también la gente corriente? ¿qué tienen los grupos dominantes que no tengan los grupos oprimidos? Los revolucionarios de 1968 encontraron este agujero lógico en la armadura defensiva de las ideologías liberales (y de las no tan diferentes variantes oficiales de la ideología marxista) y golpearon en la grieta abierta.

En tanto que movimiento político, la revolución mundial de 1968 no fue más que una llamarada. Ardió ferozmente y, en tres años, se extinguió. Sus rescoldos -bajo la forma de múltiples y competidoras sectas seudomaoistas- sobrevivieron otros cinco o diez años, pero a finales de los 70 todos esos grupos habían quedado reducidos a oscuras notas a pie de página. No obstante, el impacto geocultural de 1968 fue decisivo, ya que la revolución mundial de 1968 marcó el fin de una era, la era de la centralidad automática del liberalismo, no sólo en tanto que ideología mundial dominante sino también como poseedora del monopolio de la racionalidad y, por tanto, de la legitimidad científica. La revolución mundial de 1968 puso al liberalismo donde ya había estado en el período 1815-48, como una estrategia política más, competidora con otras muchas. En este sentido, tanto el conservadurismo como el radicalismo/socialismo fueron liberados del campo de fuerza magnético que les había dominado desde 1848 hasta 1968.

El proceso de degradación del liberalismo desde su papel como norma geocultural hasta su nuevo lugar como mero competidor en el mercado mundial de ideas se completó en las dos décadas que siguieron a 1968. El bienestar material del período 1945-68 desapareció durante la onda larga descendente (Kondratieff-B) que le siguió. No todo el mundo sufrió equitativamente. Los países del Tercer Mundo sufrieron antes y más. El aumento del precio del petróleo por la OPEP fue un primer modo de intentar limitar los daños. Una gran parte del excedente mundial era canalizada desde los estados productores de petróleo hacia los bancos de la OCDE. Los inmediatos beneficiarios se pueden clasificar en tres grupos: los estados productores de petróleo, que reciben así una nueva renta; los estados (del Tercer Mundo y del mundo comunista) que reciben préstamos de los bancos de la OCDE, lo que les permite equilibrar su balanza de pagos; los estados de la OCDE, que mantienen de esa forma sus exportaciones. Este primer intento colapsa en 1980 con la llamada crisis de la deuda. El segundo modo de intentar limitar los daños fue el keynesianismo militar de Reagan, que alimentó el boom especulativo de los años 80 en Estados Unidos, y que colapsó a finales de esa década, arrastrando a la URSS. El tercer intento se basó en la conversión del Japón, los dragones del Oriente asiático y algunos otros estados circundantes, en beneficiarios de las necesarias e inevitables reubicaciones productivas propias de un período Kondratieff-B. Durante los primeros años de los 90 se están evidenciando los límites de este esfuerzo.

El resultado neto de 25 años de lucha económica fue un desencanto a lo largo y ancho del mundo con las promesas del desarrollismo, piedra basal de las ofertas del liberalismo universal. Ciertamente, hasta ahora este sentimiento de desilusión no ha afectado al Este y al Sudeste asiático, pero esto puede ser simplemente una cuestión de tiempo. En otras partes, las consecuencias han sido enormes, y particularmente negativas para la Vieja Izquierda, empezando por los movimientos de liberación nacional, siguiendo por los partidos comunistas (lo que condujo al colapso de los regímenes comunistas del Este europeo en 1989) y terminando por los partidos socialdemócratas. Estos colapsos fueron celebrados por los liberales como un triunfo suyo, pero han sido más bien su cementerio, pues se han encontrado en la situación previa a 1848, ante una acuciante exigencia de democracia, una democracia que vaya más allá del limitado paquete de instituciones parlamentarias, sistemas multipartidistas y derechos civiles elementales; esta vez, se demanda una democracia real, con un genuino e igualitario reparto del poder. Esta última demanda ha sido históricamente la pesadilla del liberalismo, contra la que ofreció su paquete de limitados compromisos combinados con un optimismo seductor sobre el futuro. En la medida en que hoy ya no existe una difundida fe en el reformismo racional a través de la acción del Estado, el liberalismo ha perdido su principal defensa político-cultural contra las clases peligrosas.

 

El colapso de la legitimidad

De esa forma llegamos a la presente era, a la que considero como un Período Negro que se abre ante nosotros y cuyo comienzo podría fijarse simbólicamente en 1989 (la continuación de 1968) (9) y que podría durar entre 25 y 50 años.

Hasta aquí he puesto el énfasis sobre el escudo ideológico que las fuerzas dominantes construyeron contra las aspiraciones insistentemente avanzadas por las clases peligrosas desde 1789. He argumentado que ese escudo era precisamente la ideología liberal, que actuaba ya directamente, ya de forma más insidiosa por la vía de una variante edulcorada socialista/progresista que ha sustituido la esencia de las aspiraciones antisistémicas por un sucedáneo de limitado valor. Y, finalmente, he argumentado que este escudo ideológico había sido destruido en gran medida por la revolución mundial de 1968, cuyo acto final fue el colapso del comunismo en 1989.

¿Por qué este escudo ideológico colapsó tras 150 años de eficaz funcionamiento? La respuesta a esta pregunta no reside en una súbita iluminación por la que los oprimidos descubriesen la falsedad de las declaraciones ideológicas. Desde el principio ha sido bien conocido lo engañoso del liberalismo, y así ha sido denunciado con vigor durante los siglos XIX y XX. Sin embargo, los movimientos de tradición socialista no se han comportado de forma consistente con sus críticas teóricas al liberalismo. ¡Muy frecuentemente ha ocurrido todo lo contrario!

No es difícil encontrar la razón de esto. La base social de estos movimientos -que pretendían muchas veces hablar en nombre de la mayoría de la humanidad- era, de hecho, una pequeña parte de la población mundial, el segmento menos acomodado del sector "modernista" de la economía-mundo tal y como quedó estructurada entre 1750 y 1950. Este segmento incluía a las clases trabajadoras urbanas especializadas y semiespecializadas, a la intelectualidad de todo el mundo y a los grupos más educados y especializados de las áreas rurales en las que era más inmediatamente visible el funcionamiento de la economía-mundo capitalista, lo que sumaba un significativa número de personas pero estaba muy lejos de representar a la mayoría de la población mundial.

La Vieja Izquierda era un movimiento mundial apoyado por una minoría, una minoría poderosa, una minoría oprimida, pero en todo caso una minoría numérica de la población mundial. Y esta realidad demográfica limitaba sus reales opciones políticas. Bajo esas circunstancias, hizo lo único que podía hacer. Optó por convertirse en un aguijón para acelerar el programa liberal de reformismo racional, y eso lo hizo muy bien. Los beneficios que deparó a sus protagonistas fueron reales, aunque parciales. Pero, como proclamaban los revolucionarios de 1968, mucha gente quedó fuera de la ecuación. La Vieja Izquierda ha utilizado un lenguaje universalista, pero ha practicado políticas particularistas.

En 1968/69 estas anteojeras ideológicas falsamente universalistas fueron dejadas de lado por una razón: la realidad social subyacente había cambiado. La economía-mundo capitalista había seguido la lógica de la incesante acumulación de capital de forma tan persistente que se había aproximado a su ideal teórico, la mercantilización de todas las cosas. Esto se refleja en múltiples realidades sociológicas nuevas: la extensión de la mecanización de la producción; la eliminación de las restricciones espaciales para el intercambio de mercancías y de información; la desruralización del mundo; un ecosistema próximo al agotamiento; el alto de grado de monetarización del proceso de trabajo; y el consumismo, entendido como una mercantilización del consumo muy extendida (10).

Todos estos procesos son bien conocidos, y tema de continuas discusiones en los medios de comunicación internacionales. Pero consideremos lo que significan desde el punto de vista de la incesante acumulación de capital. Sobre todo, significan una enorme limitación de la tasa de acumulación, por razones esencialmente sociopolíticas, entre las que destacan tres factores centrales. El primero ha sido reconocido por los analistas desde hace mucho tiempo, pero sólo ahora está alcanzando su plena realización: la urbanización del mundo y el incremento de la educación y de los medios de comunicación han engendrado un grado de conciencia política universal que hacen más fácil la movilización política y dificultan la ocultación de las disparidades socioeconómicas y del papel que los gobiernos juegan en su mantenimiento. Tal conciencia política se refuerza con la deslegitimización de cualquier fuente irracional de autoridad. En resumen, más gente que nunca pide la igualación de retribuciones y se niega a aceptar una condición básica para la acumulación capitalista: la baja remuneración del trabajo. Esto se manifiesta en un significativo aumento mundial de los salarios "históricos" y en una grande y creciente demanda hacia los gobiernos para que se redistribuya el bienestar básico (en particular, en salud y educación) y se asegure un ingreso estable.

El segundo factor es el rápido crecimiento del coste que para los gobiernos tiene subsidiar los beneficios por medio de la construcción de infraestructuras y de la externalización de los gastos de las empresas. A eso se refieren los periodistas cuando hablan de crisis ecológica, crisis presupuestaria del sistema sanitario, crisis de financiación de la "gran" ciencia, etc. Los estados no pueden seguir aumentando los subsidios a las empresas privadas y, al mismo tiempo, aumentando las prestaciones para el bienestar de la ciudadanía. Una de las dos cosas debe ser sacrificada, al menos en una importante medida. Con una ciudadanía más consciente, estas luchas, esencialmente luchas de clases, prometen ser monumentales.

El tercer factor es resultado del carácter universal que hoy tiene la conciencia política. Tanto a nivel mundial como en cada Estado las disparidades distributivas tienen un carácter racial/étnico/religioso. Por lo tanto, el resultado combinado de la conciencia política y de la crisis fiscal de los estados podría ser una lucha masiva que tomaría incluso la forma de una guerra civil, tanto a nivel mundial como en cada estado.

La primera víctima de todas estas tensiones podría ser la legitimidad de las estructuras estatales y su capacidad para mantener el orden. La pérdida de esa capacidad implicaría nuevos gastos económicos y de seguridad, haciendo más agudas las tensiones, lo que a su vez repercutiría sobre las estructuras estatales debilitando más aún su legitimidad. No estoy hablando del futuro, sino del presente. Lo podemos ver en el tremendo aumento de la inseguridad, que se ha multiplicado varias veces durante los últimos diez o quince años, afectando al crimen, a la violencia aleatoria, a la imposibilidad de asegurar justicia en los tribunales, a la brutalidad de los cuerpos policiales. No afirmo que estos fenómenos sean nuevos o que necesariamente estén más extendidos que en el pasado, pero lo importante es que mucha gente los percibe como nuevos o agravados, y desde luego como más extendidos. El principal resultado de esa percepción es la deslegitimación de las estructuras estatales.

Este tipo de desorden creciente y autoreforzante no puede durar siempre, pero sí puede durar entre 25 y 50 años. Entonces, o bien este desorden se convierte en una forma de caos dentro del sistema, provocado por el agotamiento de las válvulas de escape del sistema, o bien empuja por otro camino dado que las contradicciones del sistema han llegado a un punto en el que ya no sirve durante mucho tiempo ninguno de los mecanismos de restauración del funcionamiento normal del sistema.

 

Nuevos frentes de lucha

Pero del caos surgirá un nuevo orden, lo que nos conduce hasta nuestro último tema: las opciones que se nos presentan, hoy y en el próximo futuro. El que estemos en un tiempo de caos no significa que en los próximos 25-50 años no vayamos a ver funcionar los principales procesos básicos de la economía-mundo capitalista. Personas y empresas seguirán tratando de acumular capital por los medios habituales. Los capitalistas buscarán el apoyo de las estructuras estatales, como lo han hecho en el pasado. Los estados concurrirán con otros estados para tratar de convertirse en el principal centro de acumulación de capital. La economía-mundo capitalista podrá entrar, probablemente, en una nueva fase de expansión, mercantilizando aún más los procesos económicos en el mundo entero y polarizando más aún la distribución efectiva de la riqueza.

Lo que podría ser diferente en los próximos 25-50 años no son tanto las operaciones del mercado mundial como las operaciones del mundo político y las estructuras culturales. Básicamente, los estados perderían paulatinamente su legitimación y, por tanto, encontrarían cada vez más difícil el garantizar un mínimo de seguridad, tanto internamente como en las relaciones entre ellos. Sobre la escena geocultural, podría no haber ningún discurso dominante, y las propias formas de debate cultural podrían ser sometidas a debate. Podría no existir acuerdo sobre lo que debe considerarse como un comportamiento racional o aceptable. Ahora bien, toda esa confusión no implica necesariamente la ausencia de un comportamiento intencional, propositivo. Verdaderamente, podría haber muchos grupos persiguiendo claros y limitados objetivos, aunque en muchos casos entrarían unos con otros en agudos conflictos. Podría haber unos cuantos grupos con una idea a largo plazo de cómo construir un orden social alternativo, aunque su claridad subjetiva podría adecuarse muy poco a cualquier probabilidad objetiva de que estos conceptos constituyan una guía heurística útil para la acción. En resumen: cada cual actuaría un tanto a ciegas, incluso sin pensar que está actuando.

Con todo, estamos condenados a actuar. Por tanto, nuestra primera necesidad es tener claro qué es lo deficiente en nuestro moderno sistema-mundo, qué es lo que provoca que un porcentaje muy alto de la población mundial se encuentre encolerizada con él o que, al menos, mantenga un juicio ambivalente respecto a sus méritos sociales. A mí me parece muy claro que las mayores quejas se dirijen contra las grandes desigualdades del sistema, que implican también una ausencia de democracia. Sin duda, esto podría decirse también de todos los anteriores sistemas históricos. Pero lo nuevo bajo el capitalismo es que su gran éxito como creador de producción material elimina toda justificación para las desigualdades, ya sean materiales, políticas y sociales. Estas desigualdades parecen ser peores porque no se limitan a privilegiar a un minúsculo grupo frente al resto de la humanidad, sino que distinguen a un quinto o un séptimo de la población mundial frente a todos los demás. Los sentimientos de quienes han sido marginados se han visto exacerbados por el incremento de la riqueza material total y por el hecho de que el bienestar no se limite a un pequeño puñado de personas pero al mismo tiempo tampoco alcance a la mayoría de la población.

No contribuiremos en nada a una resolución aceptable de este caos terminal de nuestro sistema-mundo a menos que dejemos muy claro que solamente un sistema histórico relativamente igualitario y totalmente democrático es deseable. En concreto, debemos movernos activa e inmediatamente en varios frentes. Uno de ellos es el activo desmantelamiento de los supuestos eurocéntricos que han impregnado la geocultura de, al menos, los dos últimos siglos. Los europeos han hecho grandes contribuciones culturales a nuestra común empresa humana. Pero no es cierto que las suyas hayan sido más grandes que las de otros centros civilizatorios a lo largo de 10.000 años de historia humana, y no hay ninguna razón para suponer que la multiplicidad de los focos de sabiduría colectiva vaya a reducirse en el próximo milenio. El reemplazamiento activo del actual sesgo eurocéntrico por un más moderado y equilibrado sentido de la historia y de su evaluación cultural podría requerir una aguda y constante lucha política y cultural. No pide nuevos fanatismos, sino un duro trabajo intelectual, colectivo e individual.

Necesitamos además asumir el concepto de derechos humanos y trabajar enérgicamente para que se aplique por igual a nosotros y a ellos, al ciudadano y al extranjero. El derecho de las comunidades a proteger su herencia cultural no es un derecho a proteger sus privilegios. Los derechos de los inmigrantes constituirán uno de los principales campos de batalla. Y si, como preveo, en los próximos 25-50 años los inmigrantes (legales o ilegales) y sus hijos constituyen una muy importante minoría dentro de Norteamérica, Europa y Japón, entonces tendremos que luchar para que esos inmigrantes tengan acceso no discriminatorio a los derechos económicos, sociales y políticos propios de la zona a la que han inmigrado.

No ignoro que esto podría encontrar una enorme resistencia política en nombre de la pureza cultural y de los derechos de propiedad acumulados. Los hombres de estado del Norte andan ya diciendo que el Norte no puede asumir la carga económica del mundo entero. ¿Y por qué no? La riqueza del Norte es en gran medida resultado de una transferencia de plusvalía desde el Sur. Esto se produce desde hace varios cientos de años, y nos ha conducido a la actual crisis del sistema. No se trata por tanto de poner parches caritativos, sino de abordar una reconstrucción racional.

Estas batallas serán batallas políticas, pero no necesariamente batallas a nivel de estado. Precisamente a causa del proceso de deslegitimación de los estados, muchas de estas batallas, y quizá la mayoría, se darán localmente, entre aquellos grupos resultado de nuestra propia reorganización. Y ya que estas batallas serán locales y complejas entre múltiples grupos, una compleja y flexible estrategia de alianzas será esencial, pero sólo será efectiva si mantenemos en nuestras mentes los objetivos igualitarios.

Finalmente, la lucha será también intelectual, por la reconceptualización de nuestros canones científicos, en la búsqueda de metodologías más holísticas y sofisticadas, en el intento para liberarnos de las falaces y piadosas hipocresías sobre la neutralidad del pensamiento científico. La racionalidad, de ser algo, es ella misma un juicio de valor, y nada es o puede ser racional fuera del más amplio y completo contexto de la organización social humana.

Ustedes pueden pensar que el programa que he diseñado para una sensata acción social y política en los próximos 25-50 años es demasiado vago. Pero es tan concreto como puede serlo cuando nos encontramos en el centro de un torbellino. Primero, asegúrense de hacia qué orilla quieren nadar. Y después, traten de lograr que todos sus esfuerzos inmediatos les conduzcan hacia ella. Si quieren una mayor precisión, podrían no encontrarla y ahogarse mientras la buscan.

 

NOTAS

(1)  Este artículo se basa en la conferencia pronunciada el 7 de diciembre de 1993 en la Kyoto Seika University, con motivo del XXV aniversario de su fundación.

 (2) John W. Meyer y otros, "The World Educational Revolution, 1950-1970", en J.W. Meyer y M.T. Hannan, eds., National Development, 1950-1970, Chicago 1979.
Descripción: Texto

 (3) Para un magnífico y muy detallado relato sobre los debates intelectuales que acompañaron al bicentenario en Francia, ver Steven Kaplan, Adieu 1989, Paris 1993.
Descripción: Texto

 (4) Para un análisis de este proceso, ver mi "The French Revolution as a World-Historical Event", en Unthinking Social Science: The Limits of Nineteenth-Century Paradigms, Cambridge 1991.

(5) El proceso por el que el liberalismo obtuvo la posición central y convirtió al conservadurismo y al socialismo en virtuales adjuntos suyos, en vez de oponentes, es tratado en mi "Trois idéologies ou une seule? La problématique de la modernité", Genèses 9, Octubre 1992.

 (6) La naturaleza de las promesas hechas por el liberalismo a nivel mundial y la ambigüedad de la respuesta leninista al liberalismo universal son analizadas en mi "The Concept of National Development 1917-1989: Elegy and Requiem", en G. Marks y L. Diamond, eds., Reexamining Democracy, Newbury Park 1992.

 (7) Ver un resumen de los datos en John T. Passé-Smith, "The Persistence of the Gap: Taking Stock of Economic Growth in the Post-World War II Era", en M.A. Sellinson y J.T. Passé-Smith, eds., Development and Underdevelopment: The Political Economy of Inequality, Boulder, CO 1993.

 (8) Postmodernism, or the Cultural Logic of Late Capitalism, Durham, NC 1991, p.268.
Descripción: Texto 

(9) G. Arrighi, T.H. Hopkins y I. Wallerstein, "1989, The Continuation of 1968", Review, vol. 15, nº 2, primavera 1992.

 (10) Estos puntos están más elaborados en mi "Peace, Stability, and Legitimacy, 1990-2025/2050", en G. Lundestad, ed., The Fall of Great Powers: Peace, Stability, and Legitimacy, Londres 1994.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PAZ, ESTABILIDAD Y LEGITIMACIÓN, 1990-2025/2050[1]

 

 

El período de 1990 a 2025/2050 será muy probablemente de poca paz, poca estabilidad y poca legitimación. Lo que se deberá en parte al declive de los Estados Unidos como potencia hegemónica del sistema-mundo. Pero sobre todo a la crisis del sistema-mundo como tal.

 

La hegemonía en el sistema-mundo significa por definición la existencia de una potencia cuya situación geopolítica le permite imponer una concatenación estable de la distribución social del poder. Éso lleva consigo un período de "paz", lo que significa en primer lugar la ausencia de lucha militar --no de cualquier forma de lucha militar, sino de la que se produce entre grandes potencias--. Un período de hegemonía requiere, y al mismo tiempo genera, "legitimación", entendiendo por tal la sensación por parte de los principales agentes políticos (incluyendo grupos amorfos como las "poblaciones" de varios Estados) de que el orden social existente es el mejor posible, o de que el mundo ("la historia") se mueve continua y rápidamente hacia ese orden social.

 

Tales períodos de hegemonía real, en los que la capacidad de la potencia hegemónica de imponer su voluntad y su "orden" sobre otras potencias no se ve sometida a amenazas serias, han sido relativamente poco duraderos en la historia del sistema-mundo moderno. En mi opinión, se han dado sólo tres casos: las Provincias Unidas a mediados del siglo XVII, el Reino Unido en el XIX, y los Estados Unidos a mediados del XX. Sus respectivas hegemonías, entendidas en el sentido anteriormente descrito, duraron de veinticinco a cincuenta años en cada caso (1).

 

Al final de cada uno de esos períodos, esto es, cuando la antigua potencia hegemónica se iba convirtiendo simplemente en una gran potencia entre otras (incluso si seguía siendo durante algún tiempo la más fuerte desde el punto de vista militar), el sistema perdía estabilidad y en consecuencia también perdía legitimación, lo que implica menos paz. En este sentido, el período actual, que sucede a la hegemonía de los U.S.A., no es esencialmente distinto a los que siguieron a la hegemonía británica durante el siglo XIX, o a la holandesa a mediados del XVII.

 

Pero si ésto fuera todo lo que pudiera decirse del período 1990-2025, o 1990-2050, o 1990-?, apenas valdría la pena discutir sobre ello, excepto a lo más como una cuestión de gestión técnica de un orden mundial inestable (que es precisamente como demasiados políticos, diplomáticos, profesores y periodistas lo tratan).

 

Hay, sin embargo, más, probablemente mucho más, en la dinámica del próximo medio siglo, poco más o menos, de gran desorden mundial. Las realidades geopolíticas del sistema interestatal no descansan exclusivamente, ni siquiera principalmente, sobre el rapport de forces militar entre el subconjunto privilegiado de Estados soberanos que llamamos grandes potencias --esos Estados suficientemente grandes y ricos que disponen de ingresos que les permiten desarrollar una capacidad militar seria.

 

En primer lugar, sólo algunos Estados son suficientemente ricos como para disponer de tal base recaudatoria, siendo esa riqueza más la fuente que la consecuencia de su fuerza militar, aunque evidentemente ese proceso se retroalimente. Y la riqueza de esos Estados con respecto a la de otros depende tanto de su tamaño como de la división del trabajo en la economía-mundo capitalista.

 

La economía-mundo capitalista es un sistema que implica una desigualdad jerárquica de la distribución basada en la concentración de ciertos tipos de producción (relativamente monopolizada, y por tanto con una elevada tasa de beneficio) en ciertas zonas limitadas, que se convierten así en atractores de la mayor acumulación de capital. Esa concentración permite el reforzamiento de las estructuras estatales, que a su vez tratan de garantizar la supervivencia de esos monopolios relativos. Pero como los monopolios son de por sí frágiles, se ha ido produciendo una constante, discontinua y limitada pero significativa relocalización de esos lugares de concentración a lo largo de toda la historia del sistema-mundo moderno.

 

Los mecanismos de cambio son los ritmos cíclicos, entre los que hay dos que tienen más repercusiones que otros: Los ciclos de Kondratieff duran aproximadamente de cincuenta a sesenta años; sus fases A reflejan esencialmente el lapso durante el que se pueden proteger monopolios económicos particularmente significativos; sus fases B son períodos de relocalización geográfica de producciones cuyos monopolios se han agotado, y de lucha por el control de los eventuales nuevos monopolios. Los ciclos hegemónicos, más largos, implican una lucha entre dos Estados de primer orden por convertirse en sucesor de la anterior potencia hegemónica y por tanto en centro principal de acumulación del capital. Se trata de un proceso largo, que al final requiere la fuerza militar suficiente para ganar una "guerra de treinta años". Una vez que se asienta una nueva hegemonía, su mantenimiento requiere fuerte financiación, lo que final e inevitablemente conduce a un declive relativo de la potencia hegemónica existente y a una nueva lucha por la sucesión.

 

Esa forma de reestructuración y recentramiento de la economía-mundo capitalista, lenta pero segura, ha sido muy eficaz. El ascenso y declive de las grandes potencias ha reproducido más o menos el mismo tipo de proceso que el ascenso y declive de las empresas: los monopolios se mantienen durante un tiempo, pero se ven a largo plazo socavados por las propias medidas adoptadas para sostenerlos. Las subsiguientes "bancarrotas" han servido como mecanismos de limpieza, liberando al sistema de los poderes cuyo dinamismo se ha agotado, y reemplazándolos con sangre más fresca. En el curso de ese proceso, las estructuras básicas del sistema han seguido siendo las mismas. Cada monopolio del poder se ha mantenido durante un período, pero al igual que los monopolios económicos, ha acabado viéndose socavado por las propias medidas adoptadas para mantenerlo.

 

Todos los sistemas (físicos, biológicos y sociales) dependen de los ritmos cíclicos para restaurar un mínimo equilibrio. La economía-mundo capitalista se ha mostrado como una robusta variedad de sistema histórico, y ha florecido, incluso con exuberancia, durante unos quinientos años, lo que es un período bastante largo para un sistema histórico. Pero los sistemas muestran tendencias permanentes al igual que ritmos cíclicos, y esas tendencias permanentes siempre exacerban las contradicciones (presentes en todos los sistemas). Llega un momento en que esas contradicciones se hacen tan agudas que conducen a fluctuaciones cada vez más amplias. Con el lenguaje científico actual, eso significa el surgimiento de una situación de caos (la brusca aparición de varios atractores en competencia, hacia los que el sistema se ve impelido con mayor o menor fuerza, perdiendo valor predictivo cuanto pueda deducirse de ecuaciones puramente deterministas), multiplicándose las bifurcaciones, aunque resulte impredecible el orden o el ritmo con que éstas se produzcan. De ahí surge, al restablecerse el equilibrio (es decir, cuando se impone sobre los demás uno de los atractores), un nuevo orden sistémico,

 

La cuestión es si el sistema histórico en el que vivimos, la economía-mundo capitalista, ha entrado, o está entrando, en un tiempo de "caos". Me propongo sopesar los argumentos, ofrecer algunas conjeturas acerca de las formas que puede adoptar ese "caos", y debatir las formas de acción que pueden ponerse en práctica.

 

NO VOY A DISCUTIR EN DETALLE LOS ELEMENTOS que considero reflejos "normales" de una fase Kondratieff B o de una fase hegemónica B; sólo los resumiré brevemente (2). Debería dejar claro, no obstante, que aunque un ciclo de hegemonía es mucho más largo que un ciclo de Kondratieff, el punto crítico del primero coincide siempre con el de un ciclo de Kondratieff (si bien abarca varios). En nuestro caso, ese momento tuvo lugar hacia 1967-73.

 

Los fenómenos sintomáticos de una fase B de Kondratieff son: el frenado del crecimiento en la producción, y normalmente un declive en la producción mundial per capita; un aumento de las tasas de paro entre los trabajadores asalariados; un desplazamiento relativo de las fuentes de beneficio, de la actividad productiva hacia ganancias derivadas de la especulación financiera; un aumento del endeudamiento de los Estados; la relocalización de "viejas" industrias en zonas con salarios más bajos; un aumento de los gastos militares, cuya justificación no es verdaderamente militar, sino anticíclica, tratando de hacer crecer la demanda; caída de los salarios reales en la economía regulada, y expansión de la subterránea; descenso de la producción de alimentos de bajo coste; creciente "ilegalización" de las migraciones interzonales.

 

Todo ésto, como he dicho, me parece que era "normal" e históricamente esperable. Lo que ahora tendría que suceder, en el proceso cíclico "normal", es el ascenso de las estructuras de reemplazo. Deberíamos entrar, en el plazo de cinco a diez años, en una nueva fase A de Kondratieff, basada en nuevos productos monopolizados de vanguardia, concentrados en nuevos lugares. Japón sería el más obvio, Europa Occidental el segundo, y los Estados Unidos el tercero (pero un tercero a muy larga distancia, como podríamos probar).

 

También deberíamos asistir al comienzo de una nueva lucha por la hegemonía. Conforme se desmorona la posición de los Estados Unidos, lenta pero visiblemente, dos aspirantes a sucesor deberían ir ejercitando sus músculos. En la situación actual, sólo podrán ser Japón y la Unión Europea. Siguiendo el modelo de las dos sucesiones anteriores --Inglaterra contra Francia para suceder a los holandeses, y los Estados Unidos contra Alemania para suceder a Gran Bretaña-- en teoría deberíamos esperar, no inmediatamente, pero sí en los próximos cincuenta o setenta y cinco años, que la potencia en el aire y en el mar, Japón, transformara a la potencia hegemónica anterior, los Estados Unidos, en un socio menor, y comenzara a competir con la potencia terrestre, la U. E. Esa lucha debería culminar en una "guerra (mundial) de treinta años", con el posible triunfo de Japón.

 

Debo decir inmediatamente que no espero que eso ocurra, o al menos no del todo. Creo que ambos procesos de reorganización --el del sistema de producción a escala mundial y el de la distribución del poder a escala mundial-- ya han comenzado, en la dirección del modelo "tradicional" (o "normal", o previo). Pero espero que el proceso se vea interrumpido o desviado debido a la entrada en escena de nuevos procesos o vectores.

 

Para llevar a cabo un análisis cuidadoso, creo que necesitamos tres referencias temporales diferentes: los próximos pocos años, los siguientes veinticinco o treinta, y el período posterior.

 

La situación en que nos encontramos a mediados de la década de los 90 es bastante "normal". No es todavía lo que yo llamaría "caótica", sino más bien la subfase final aguda (o el momento culminante) de la actual fase B de Kondratieff --comparable a 1932-39, ó 1893-97, ó 1842-49, ó 1786-92, etc. Los niveles mundiales de desempleo son altos, y las tasas de ganancia bajas. Hay gran inestabilidad financiera, que se refleja en el agudo y justificado nerviosismo del mercado financiero acerca de las fluctuaciones a corto plazo. La mayor inestabilidad social refleja la incapacidad política de los gobiernos para ofrecer soluciones plausibles a corto plazo y por tanto una incapacidad para volver a crear una sensación de seguridad. Tanto la búsqueda de un chivo expiatorio como el empobrecimiento del vecino se hacen políticamente más atractivos para los Estados en situaciones en las que los acostumbrados remedios de ajuste parecen ofrecer poco alivio, al menos instantáneo.

 

En el curso de ese proceso, gran número de empresas individuales están reduciendo sus actividad, reestructurándose o quebrando, en muchos caso sin perspectivas de volver a abrir. Grupos particulares de obreros y empresarios saldrán definitivamente perdedores de la batalla. Aunque todos los Estados sufrirán la crisis, el grado de sufrimiento variará enormemente. Al final del proceso, algunos Estados habrán crecido, y otros habrán encogido, en cuanto a su fuerza económica relativa.

 

En tales circunstancias, las grandes potencias se ven a menudo paralizadas militarmente, debido a una combinación de inestabilidad política interna, dificultades financieras (con la consiguiente renuencia a aumentar los gastos militares), y concentración en los dilemas económicos inmediatos (lo que hace más popular el aislacionismo). La respuesta mundial a la guerra desatada cuando colapsó Yugoslavia es un típico ejemplo de esa parálisis. Y ésto, insisto, es "normal", o sea, parte de los modelos esperables de funcionamiento de la economía-mundo capitalista.

 

Normalmente, deberíamos llegar después a un período de recuperación. Tras sacudirse los desechos (tanto del consumo de lujo como del descuido ecológico) y las ineficiencias (ya sean tratos de favor no rentables, contratos de trabajo con demasiadas obligaciones anejas, o rigideces burocráticas), debería llegar un nuevo impulso dinámico, lean and mean??, de nuevas industrias de punta monopolizadas y nuevos segmentos de compradores a escala mundial, capaces de aumentar la demanda total efectiva; en resumen, expansión renovada de la economía-mundo hacia una nueva época de "prosperidad".

 

Los tres centros, como ya he expuesto y es ampliamente reconocido, serán los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. Los primeros diez años o así de esa nueva fase A de Kondratieff contemplarán sin duda una aguda competencia entre esos tres centros que intentarán sacar ventaja para su particular variación en el producto. Como Brian Arthur ha ido mostrando en sus trabajos, qué variante particular gane tiene poco o nada que ver con la eficacia técnica, dependiendo ante todo de las relaciones de poder (3). Se podría añadir la persuasión al poder, sólo que en esas circunstancias la persuasión también depende en gran medida del poder.

 

El poder del que estoy hablando es ante todo poder económico, pero éste se ve respaldado por el poder estatal. Naturalmente se trata de un circuito retroalimentado. Un poco de poder lleva a un poco de persuasión, lo que crea más poder, y así sucesivamente. Para cada país, es cuestión de impulsarse a sí mismo en la corriente y avanzar con ella. En algún punto, se supera cierto umbral; los productos "Beta" pierden, y aparece un monopolio "VHS". Mi apuesta es simple: Japón tendrá más "VHS" que la UE, y los empresarios norteamericanos cerrarán tratos con los japoneses a fin de reservarse una porción de la tarta.

 

Lo que los empresarios norteamericanos obtendrán de tales acuerdos, si se dedican a ello con empeño en los años, digamos, entre el 2000 y el 2010, es absolutamente obvio: no quedar al margen de la corriente. Lo que obtendrá Japón es igualmente obvio, especialmente tres cosas: 1) Si los Estados Unidos son su socio, no serán su oponente; 2) los Estados Unidos serán todavía la potencia militar más fuerte, y Japón, por muchas razones (su historia reciente y el impacto de ésta sobre la política interna y la diplomacia regional, más las ventajas económicas de un gasto militar reducido) preferirá apoyarse en el bastión militar norteamericano durante algún tiempo más; 3) Los estados Unidos poseen todavía la mejor estructura en I + D de la economía-mundo, aunque esa ventaja tiende a desaparecer. Las empresas japonesas reducirán costes haciendo uso de esa estructura.

 

Enfrentado a esa gran alianza económica, los miembros de la UE dejarán a un lado sus querellas, si es que no lo han hecho ya. La UE está incorporando a los países de la EFTA, pero no lo hará con los de la Europa central y oriental (excepto quizá en un área limitada de libre comercio, parecida posiblemente a la relación que los Estados Unidos han establecido con México en la NAFTA).

 

Europa (esto es, la UE) constituirá el segundo megalito económico y será un serio competidor del condominio nipo-norteamericano. El resto del mundo se relacionará con las dos zonas de ese mundo bipolar de formas muy variadas. Desde el punto de vista de los centros económicos de poder, habrá tres factores cruciales a considerar para determinar la importancia de esos países: el grado en que sus industrias sean esenciales u óptimas para el funcionamiento de las cadenas de producción clave; el grado en que esos países particulares sean esenciales u óptimos para el mantenimiento de una demanda efectiva adecuada para los sectores de producción más provechosos; el grado en que esos países particulares sirvan a las necesidades estratégicas (localización y/o poder geomilitar, materias primas clave, etc.).

 

Los dos países todavía no integrados significativa o suficientemente en las dos redes que se están creando, pero esenciales por las tres razones antes mencionadas, serán China para el eje nipo-norteamericano, y Rusia para la UE. Para que esos dos países se integren adecuadamente, tendrán que mantener (o en el caso de Rusia, lograr) cierto nivel de estabilidad interna y legitimación. Si podrán o no hacerlo, quizá con la ayuda de las partes interesadas, es todavía hoy una cuestión abierta, pero creo que sus probabilidades son moderadamente favorables.

 

Supongamos que ese panorama sea correcto: el surgimiento de una economía-mundo bipolar con China como parte de un polo nipo-norteamericano, y Rusia como parte de un polo europeo. Supongamos también que se produce una nueva y larga, incluso muy larga expansión de la economía-mundo desde el año 2000 hasta el 2025 o así, sobre la base de nuevas industrias de punta monopolizadas. ¿Qué podemos esperar entonces? ¿Tendríamos una repetición del período 1945-1967/73, los "trente glorieuses" de prosperidad mundial, paz relativa, y sobre todo, elevado optimismo de cara al futuro? Me temo mucho que no.

 

Habrá varias diferencias evidentes: La primera y más obvia es que nos encontraremos en un sistema-mundo bipolar, no unipolar. La caracterización del sistema-mundo entre 1945 y 1990 como unipolar no es una opinión muy extendida, y contradice la autodesignación del mundo como el de una "guerra fría" entre dos superpotencias. Pero como esa guerra fría se basaba en un compromiso entre ambos antagonistas de que el equilibrio geopolítico se mantendría congelado, y como (pese a todas las declaraciones públicas de conflicto) esa congelación geopolítica nunca se vio significativamente violada por ninguno de ellos, prefiero considerarlo como un conflicto más aparente que real (y por tanto extremadamente limitado). En realidad, eran los que tomaban las decisiones en Washington los que mantenían el control de la situación, y sus homólogos soviéticos tuvieron que sentir el peso de esa dura realidad una y otra vez.

 

Por el contrario, en los años 2000-2025, no creo que el condominio Japón/Estados Unidos ni la UE tengan en sus manos un control absoluto. Su poder económico y geopolítico estará demasiado equilibrado. En cuestiones tan elementales y poco decisivas como los organismos interestatales, no habrá una mayoría automática, ni siquiera fácil. Evidentemente, puede que haya muy pocos elementos ideológicos en esa confrontación, y que ésta se base casi exclusivamente en los intereses materiales. Pero éso no hará menos agudo el conflicto; de hecho, será más difícil llegar a componendas meramente simbólicas. Conforme el conflicto se haga menos político en sus formas, puede hacerse cada vez más mafioso.

 

La segunda diferencia importante deriva del hecho de que el esfuerzo mundial de financiación e inversión durante los años 2000-2025 puede concentrarse en China y Rusia en un grado comparable a la concentración de inversiones en Europa Occidental y Japón en los años 1945-1967/73. Pero éso significará que la cantidad disponible para el resto del mundo será diferente en 2000-2025 que en 1945-1967/73. En 1945-1967/73, prácticamente la única "vieja" zona en la que se mantuvo una inversión continua fueron los Estados Unidos. En 2000-2025, la inversión continua tendrá que cubrir los Estados Unidos, Europa Occidental y Japón (y algunos otros países como Canadá y Corea). La cuestión es entonces: tras la inversión en las áreas "viejas" más las "nuevas", ¿cuánto quedará (si es que queda algo) para el resto del mundo? La respuesta será, seguramente: mucho menos que en el período 1945-1967/73.

 

Ésto se traducirá a su vez en una situación muy diferente para los países del "Sur" (se defina éste como se defina). Mientras que en 1945-1967/73 el Sur se benefició de la expansión de la economía-mundo, al menos de sus migajas, en 2000-2025 existe el riesgo de que no haya ni siquiera migajas. De hecho, la actual desinversión (correspondiente a la fase B de Kondratieff) en la mayor parte del Sur puede continuar, en lugar de invertirse en la próxima fase A. Pero las demandas económicas del Sur no serán menores, sino mayores. Por la sencilla razón de que la conciencia de la prosperidad de las zonas del centro y la amplitud de la distancia entre el Norte y el Sur es mayor actualmente que hace cincuenta años.

 

La tercera diferencia tiene que ver con la demografía. La población mundial sigue, por el momento, los mismos patrones básicos que en los últimos dos siglos. Por un lado, sigue creciendo a escala mundial, impelida ante todo por el hecho de que, para los cinco sextos más pobres de la población mundial, las tasas de mortalidad han venido disminuyendo (por razones tecnológicas) mientras que las tasas de nacimientos no han disminuido tanto (debido a la ausencia de un incentivo socioeconómico suficiente). Por otro lado, el porcentaje de la población mundial en las regiones ricas del mundo ha venido decreciendo, a pesar del hecho de que la disminución de su tasa de mortalidad ha sido mucho más acusado que el de las regiones pobres, debido al descenso aún mayor de su tasa de nacimientos (principalmente como forma de optimizar la situación socioeconómica de las familias de clase media).

 

Esa combinación ha creado una distancia demográfica paralela (o incluso mayor) a la distancia económica Norte-Sur. Evidentemente, esa distancia ya existía en 1945-1967/73. Pero era menor entonces debido a la pervivencia de barreras culturales en el Norte a la limitación de la tasa de nacimientos. Esas barreras están desapareciendo rápidamente, precisamente a partir del período 1945-1967/73. Las cifras demográficas de los años 2000-2025 reflejarán sin duda con mayor agudeza esa disparidad en las prácticas sociales.

 

La respuesta que cabe esperar es una auténtica presión masiva inmigrante desde el Sur hacia el Norte. El empuje vendrá claramente de allí, no sólo de los dispuestos a aceptar empleos urbanos mal pagados, sino también, y más aún, de la porción significativamente creciente de personas en el Sur con cierto nivel de aprendizaje y educación. Habrá también un mayor tirón que ahora, precisamente a causa de la escisión bipolar en las zonas del centro, y de la consiguiente presión que obligará a los empresarios a reducir costes empleando a inmigrantes (no sólo como personal no especializado, sino también como cuadros de nivel medio).

 

Habrá, desde luego (como ya empieza a producirse) una reacción social aguda en el Norte --una demanda de legislación más represiva para limitar la entrada y los derechos sociopolíticos de los que la consigan). El resultado puede ser el peor de todos los compromisos de facto: la incapacidad de impedir efectivamente la entrada de inmigrantes, combinada con la capacidad de mantenerlos en un estatus político de segundo orden. Eso implicaría que hacia el 2025, en Norteamérica, Europa Occidental y (también) Japón, la población socialmente definida por su origen "sureño" bien puede alcanzar de un 25 a un 50 %, y más aún en ciertas subregiones y grandes ciudades. Pero como muchas (quizá la mayoría) de esas personas no tendrán derecho de voto (y quizá sólo un acceso limitado, cuando más, a las ayudas y seguridad sociales), se establecerá una elevada correlación entre los que ocupan los puestos de trabajo urbanos peor pagados (y la urbanización habrá alcanzado para entonces nuevas cotas) y los privados de derechos políticos (y sociales), Fue ese tipo de situación en Gran Bretaña y Francia en la primera mitad del siglo XIX la que llevó a los bien fundados miedos de que las llamadas clases peligrosas prendieran fuego al edificio. En aquel momento, los países industrializados inventaron el Estado liberal para superar ese peligro, concediendo el derecho al voto y ofreciendo subsidios y protección social (lo que más tarde se llamó Estado del Bienestar) para aplacar a las clases plebeyas. En el 2030, Europa Occidental/Norteamérica/Japón pueden encontrarse en una situación parecida a la de Gran Bretaña y Francia en 1830; ¿"la segunda vez como farsa"?

 

La cuarta diferencia entre la prosperidad que reinó entre 1945 y 1967/73 y la que podemos esperar entre los años 2000 y 2025 tiene que ver con la situación de las capas medias en las zonas del centro. Ésas fueron las mayores beneficiarias del período 1945-1967/73. Su número creció espectacularmente, tanto en términos absolutos como relativos. Su nivel de vida también creció espectacularmente, al igual que lo hizo el porcentaje de puestos definidos como "de nivel medio". Las capas medias se convirtieron en un pilar importante para la estabilidad de los sistemas políticos, y constituyeron de hecho un pilar muy robusto. Además, los trabajadores especializados, la capa económica inmediatamente inferior, llegó a soñar con incorporarse a esas capas medias, mediante los incrementos salariales cocinados por los sindicatos, la educación de sus hijos y las ayudas gubernamentales para mejorar su nivel de vida.

 

El precio a pagar por esa expansión fue, obviamente, un aumento significativo de los costes de producción, una inflación permanente, y una contracción seria de la acumulación de capital. La actual fase B de Kondratieff está generando consiguientemente serias preocupaciones acerca de la "competitividad" y de las cargas fiscales del Estado. Esas preocupaciones no disminuirán, sino que de hecho crecerán, en una fase A en la que haya dos polos de crecimiento enfrentados. Lo que se puede esperar por tanto es un esfuerzo continuado por reducir, absoluta y relativamente, el porcentaje de las capas medias en los procesos de producción (incluyendo las industrias de servicios). También se mantendrá la tendencia actual a reducir los presupuestos estatales, una tendencia que amenaza eventualmente a la mayoría de los componentes de esas capas medias.

 

Las consecuencias políticas de esa presión sobre las capas medias serán muy graves. Educadas, acostumbradas al confort, las capas medias amenazadas con el desclasamiento no aceptarán pasivamente una regresión en su estatus e ingresos. Ya las vimos enseñar los dientes durante la revolución mundial de 1968. Para aplacarlas, entre 1970 y 1985 se les hicieron numerosas concesiones económicas, cuyo precio se está pagando ahora, y esas concesiones resultarán difíciles de renovar, en la medida en que eso afectaría a la lucha económica entre la UE y el condominio Japón/Norteamérica. En cualquier caso, la economía-mundo capitalista se enfrentará al dilema inmediato de tener que limitar la acumulación de capital o sufrir la rebelión político-económica de las antiguas capas medias; será, sin duda, una elección amarga.

 

La quinta diferencia se hallará en las dificultades ecológicas. Los empresarios capitalistas han estado viviendo de la externalización de los costes desde el comienzo de este sistema histórico. Uno de los principales costes externalizados ha sido el de la renovación de la base ecológica de una producción global continuamente expandida. Como los empresarios no renovaban esa base ecológica y no existía un gobierno (mundial) capaz de recaudar impuestos que pudieran dedicarse a ese objeto, la base ecológica de la economía-mundo se ha visto constantemente reducida. La última y mayor expansión de la economía-mundo, desde 1945 hasta 1967/73, abusó del margen remanente, lo que ha dado lugar a los movimientos verdes y a la preocupación planetaria por el entorno.

 

La expansión del período 2000-2025 se hallará pues privada de la necesaria base ecológica. Pueden producirse tres consecuencias diferentes: Aborto de la expansión, con el consiguiente colapso político del sistema-mundo. Explotación de la base ecológica más allá de lo que la Tierra puede aguantar, con las consiguientes catástrofes como el calentamiento global ya iniciado. O aceptación consciente de los costes sociales de la limpieza, limitación de uso y regeneración del entorno.

 

Si se elige colectivamente la tercera de esas vías, que es la menos directamente dañina, creará una tensión inmediata en el funcionamiento del sistema-mundo. O bien la limpieza se hace a expensas del Sur, haciendo con ello todavía más aguda la disparidad con el Norte, y creando una fuente de conflictos muy clara entre ambos, o los costes se asumen proporcional o desproporcionadamente por el Norte, lo que implicaría necesariamente una reducción de su nivel de prosperidad. Además, se adopte la vía que se adopte, cualquier acción seria sobre el entorno reducirá inevitablemente el margen de beneficio global (pese a que la gestión del entorno se convierta en sí misma en una fuente de acumulación de capital). Dada esta segunda consideración, y dado el contexto de competencia aguda entre el condominio Japón-Estados Unidos y la UE, cabe esperar una considerable dosis de engaño y por tanto de ineficacia en el proceso de regeneración, en cuyo caso volveremos a encontrarnos con los panoramas primero y segundo.

 

La sexta diferencia estará en la aproximación a dos asíntotas de las tendencias permanentes del sistema-mundo: expansión geográfica y desruralización. La economía-mundo capitalista se había extendido ya prácticamente a la totalidad del globo hacia 1900, aunque en aquel entonces afectara principalmente al sistema interestatal. Más tarde afectó intensamente a las redes de producción de bienes de consumo, en el período 1945-1967/73. En la actualidad, tanto uno como otras están plenamente globalizadas. La economía-mundo capitalista ha experimentado igualmente un proceso de desruralización (llamado a veces, con menos exactitud, de proletarización) durante cuatrocientos años, con velocidad creciente en los últimos doscientos. Los años 1945-1967/73 contemplaron un salto espectacular en ese proceso, quedando Europa Occidental, Norteamérica y Japón plenamente desruralizados, y el Sur parcial pero significativamente. Es probable que este proceso se complete en el período 2000-2025.

 

La capacidad de la economía-mundo capitalista de expandirse a nuevas zonas geográficas ha constituido históricamente un elemento crucial en el mantenimiento de la tasa de ganancia y por tanto de la acumulación de capital, contrarrestando el progresivo aumento de los costes salariales generado por el crecimiento combinado del poder, tanto político como en el lugar de trabajo, de las clases trabajadoras. Si ya no hay nuevas capas de trabajadores sin la capacidad política o sindical de aumentar la parte del excedente a su disposición, el resultado será el mismo tipo de contracción en la acumulación de capital que la derivada del agotamiento de los recursos ecológicos. Una vez que se alcanzan los límites geográficos y la población se desruraliza, las dificultades suscitadas por el proceso político de reducción de costes se hacen tan grandes que no se pueden conseguir ahorros reales. Los costes reales de producción tienen que aumentar globalmente, y por tanto descenderán los beneficios.

 

Hay una séptima diferencia entre la próxima fase A y la última; tiene que ver con la estructura social y el clima político en los países del Sur. Desde 1945, la proporción de las capas medias en el Sur ha crecido significativamente, lo que no era difícil, ya que hasta entonces era extraordinariamente baja. Si entonces iba del cinco al diez por ciento de la población, ese porcentaje ya se ha duplicado, y dado el incremento de la población, la cantidad absoluta se ha cuadriplicado o sextuplicado, lo que representa un grupo muy amplio. El coste del mantenimiento del nivel de consumo al que se sienten mínimamente acreedores será espectacularmente alto.

 

Además, esas capas medias, o cuadros locales, estaban en general muy ocupados con la "descolonización" en el período 1945-1967/73. Ésto era evidentemente cierto en los países del Sur que en 1945 eran colonias (la casi totalidad de África, el Sur y Sureste de Asia, el Caribe y otras áreas). Y era casi cierto para los que vivían en los países "semicoloniales" (China, parte de Oriente Próximo, Latinoamérica, Europa del Este), donde se mantenían varias formas de actividad "revolucionaria" comparable en tono psíquico a la descolonización. No es necesario evaluar aquí la calidad del significado existencial de todos esos movimientos: Consumieron las energías de gran cantidad de gente, especialmente de las capas medias. Y esa gente estaba llena de optimismo político, que adoptaba una forma particular, resumida en el contundente consejo de Kwame Nkrumah: "Haceos primero con el reino de la política, y el resto se os dará por añadidura". Éso significaba en la práctica que las capas medias del Sur (y las capas medias potenciales) estaban dispuestas a ser bastante pacientes en lo que se refiere a su estatus económico: se sentían seguras de que si podían mantener el poder político durante un período de treinta años o así, ellos mismos o sus hijos acabarían por recibir la adecuada recompensa económica en el siguiente período de treinta años.

 

En el período 2000-2025, no sólo no habrá "descolonización" en la que ocupar a esos cuadros para mantener su optimismo, sino que su situación económica empeorará con seguridad, por las distintas razones antes aludidas (concentración en China/Rusia, crecimiento del número de cuadros en el Sur, esfuerzo mundial por recortar las clases medias). Algunos de ellos podrán escapar (es decir, emigrar) al Norte, pero éso sólo hará más amarga la situación de los que se vean obligados a quedarse.

 

La octava y en definitiva más seria diferencia entre la última y la próxima fase A de Kondratieff es puramente política: el ascenso de la democratización y el declive del liberalismo. Porque hay que recordar que democracia y liberalismo no van a la par, sino que son en gran medida opuestos. El liberalismo se inventó para contrarrestar las aspiraciones democráticas. El problema que hizo aparecer el liberalismo fue cómo contener a las clases peligrosas, primero en el centro, y luego en el sistema-mundo en su conjunto. La solución liberal consistió en garantizar un acceso limitado al poder político y en compartir parte de la plusvalía económica, a niveles que no amenazaran el proceso de acumulación incesante del capital o el sistema estatal que lo mantenía.

 

El tema básico del Estado liberal nacionalmente, y del sistema interestatal liberal a escala mundial era el reformismo racional, ante todo mediante el Estado. La fórmula del Estado liberal, tal como se desarrolló en los países del centro en el siglo XIX --sufragio universal más Estado del Bienestar-- funcionó maravillosamente. En el siglo XX se aplicó una fórmula parecida al sistema interestatal bajo la forma de la autodeterminación de las naciones y el desarrollo económico de los países subdesarrollados. Tropezó, sin embargo, con la incapacidad para crear un Estado del Bienestar a escala mundial (como pretendía, por ejemplo, la Comisión Brandt). Porque éso no podía hacerse sin afectar al proceso básico de acumulación del capital. La razón era bastante simple: La fórmula aplicada en los países del centro dependía para tener éxito de una variable oculta, la explotación económica del Sur, combinada con el racismo. A nivel mundial, sin embargo, esa variable oculta no existía, ni podía lógicamente existir (4).

 

Las consecuencias para el clima político son claras. Los años 1945-1967/73 constituyeron el apogeo del reformismo liberal global: descolonización, desarrollo económico, y sobre todo optimismo acerca del futuro, prevalecían en todas partes, Oeste, Este, Norte y Sur. Sin embargo, en la subsiguiente fase B de Kondratieff, una vez completada la descolonización, el esperado desarrollo económico se convirtió en la mayoría de las áreas en un recuerdo desvaído, y el optimismo se ha disuelto. Además, por las tres razones que ya he expuesto, no cabe esperar en casi ningún país del Sur un desarrollo económico sustancial en la próxima fase A, ni el despertar de nuevos optimismos.

 

Al mismo tiempo, la presión democratizadora ha crecido continuamente. La democracia significa básicamente una actitud igualitaria y antiautoritaria. Es la exigencia de iguales derechos en el proceso político a todos los niveles y de igual participación en en los beneficios del sistema socioeconómico. El mayor obstáculo frente a ese impulso ha sido el liberalismo, con su promesa de inevitable mejora continua mediante reformas racionales. A la exigencia democrática de la igualdad ahora, el liberalismo respondía con una esperanza aplazada, enarbolada no sólo por la parte ilustrada (y más poderosa) del establishment mundial, sino también por los movimientos antisistémicos tradicionales (la "Vieja Izquierda"). El pilar que sustentaba al liberalismo era la esperanza que ofrecía. Cuando ese sueño se marchita, la ideología liberal se colapsa, y las clases peligrosas vuelven a serlo.

 

HACIA ÉSO, PUES, ES A LO QUE PARECE QUE NOS DIRIGIMOS EN LA PRÓXIMA FASE A, durante el período 2000-2025. Aunque parezca ser un período espectacularmente expansivo en ciertos aspectos, en otros será muy amargo. Por éso es por lo que espero poca paz, poca estabilidad, y poca legitimación. El resultado será la aparición del "caos", lo que significa simplemente la ampliación de las fluctuaciones en el sistema, con efecto acumulativo.

 

Creo que ocurrirán una serie de cosas, ninguna de las cuales constituye un fenómeno nuevo. Lo que puede ser diferente es la incapacidad para limitar su empuje y para retrotraer el sistema a algún tipo de equilibrio. La cuestión es: ¿Hasta qué punto prevalecerá esa falta de capacidad para limitar las fluctuaciones?

 

1) La capacidad de los Estados para mantener el orden interno disminuirá probablemente. El grado de orden interno siempre está fluctuando, y las fases B acostumbran a ser momentos de dificultad; pero para el sistema en su conjunto, durante cuatrocientos o quinientos años, el orden interno ha ido creciendo constantemente. Podemos denominar a ése fenómeno ascenso de la "estatidad".

 

Evidentemente, durante los últimos cien años, las estructuras imperialistas en el seno de la economía-mundo capitalista (Gran Bretaña, Austria-Hungría, y más recientemente la U.R.S.S./Rusia) se han desintegrado. Pero el asunto a destacar es más bien las construcción histórica de Estados que constituyeron en ciudadanos a todos cuantos habitaban en el interior de sus fronteras. Así sucedió con la Gran Bretaña metropolitana y Francia, los Estados Unidos y Finlandia, Brasil e India. Y lo mismo puede decirse de Líbano, Somalia, Yugoslavia y Checoslovaquia. La ruptura o colapso de estos últimos es muy diferente de la acontecida en los "imperios".

 

Se puede relativizar la ruptura de la estatidad en las zonas periféricas como esperable o geopolíticamente insignificante. Pero en todo caso va contra la tendencia permanente, y la ruptura del orden en muchos Estados crea una seria tensión en el funcionamiento del sistema interestatal. Sin embargo, lo más amenazador es la perspectiva del debilitamiento de la estatidad en las zonas del centro. Y el hundimiento del compromiso institucional liberal, que he señalado como algo que ya está ocurriendo, va en ese sentido. Los Estados se ven confrontados a exigencias de seguridad y bienestar que son políticamente incapaces de satisfacer. El resultado es una continua privatización de la seguridad y el bienestar, que nos aparta de las dirección en que nos veníamos moviendo en los últimos quinientos años.

 

2) El sistema interestatal también se ha venido haciendo más estructurado y regulado durante varios siglos, desde la paz de Westfalia hasta la ONU, pasando por la Sociedad de Naciones y similares. Se daba el supuesto tácito de que caminábamos hacia un gobierno mundial funcional. En un momento de euforia, Bush proclamó la inminencia de un "nuevo orden mundial", que encontró sin embargo una acogida escéptica. La amenaza a la "estatidad" y la desaparición del optimismo reformista han sacudido un sistema interestatal cuyos cimientos siempre fueron relativamente débiles.

 

La proliferación nuclear es ya inevitable, y será rápida, como lo será el crecimiento de la emigración Sur-Norte. De por sí, eso no tendría por qué ser catastrófico. Las potencias de tipo medio no tienen por qué ser menos "dignas de confianza" que las grandes. De hecho, podría generarse más prudencia al crecer el miedo a las represalias. En cualquier caso, en la medida en que declina la estatidad y avanza la tecnología, la escalada progresiva de guerras nucleares locales puede resultar difícil de contener.

 

Conforme retrocede la ideología como explicación para los conflictos interestatales, la "neutralidad" de unas Naciones Unidas débilmente confederales se hace más y más sospechosa. La capacidad de la ONU parta "mantener la paz", siendo ya muy limitada, puede disminuir más que aumentar en esa atmósfera. La demanda de "injerencia humanitaria" puede llegar a ser vista como la versión de finales del siglo XX del imperialismo occidental anterior, que también aducía justificaciones civilizatorias. Podría haber secesiones, múltiples, de las estructuras nominalmente universales (siguiendo la línea que Corea del Norte ha adoptado frente a la IAEA), así como puede producirse la construcción de organismos rivales; es algo que no puede descartarse.

 

3) Si los Estados (y el sistema interestatal) llegan a considerarse ineficaces, ¿a quién se dirigirá la gente en busca de protección? La respuesta comienza a estar clara: a los "grupos". Éstos pueden portar etiquetas diversas: étnicas, religiosas, lingüísticas, de género o preferencia sexual, "minorías" u otras caracterizaciones. Tampoco ésto es nada nuevo. Lo nuevo es el grado en que tales grupos son considerados como una alternativa a la ciudadanía y participación en un Estado que por definición aloja a muchos grupos (aunque desigualmente escalonados).

 

Es cuestión de confiianza. ¿En quién confiaremos en un mundo desordenado, en un mundo de mayor incertidumbre y disparidad económica, en un mundo en el que el futuro no está en absoluto garantizado? Hasta ahora, la gente respondía: en los Estados. Éso es lo que llamamos legitimación, si no de los Estados existentes hasta el presente, al menos de los Estados que esperábamos crear en el próximo futuro. Los Estados tenían una imagen expansiva, en desarrollo; los grupos tienen por el contrario una imagen defensiva, atemorizada.

 

Al mismo tiempo (y ahí está precisamente el quid de la cuestión), esos mismos grupos son también el producto del fenómeno de la democratización, de la sensación de que los Estados han fracasado porque la reforma liberal era un espejismo, ya que el "universalismo" de los Estados implicaba en la práctica el olvido o la represión de las capas más débiles. Así pues, los grupos son producto no sólo del miedo intensificado y de la desilusión, sino también del ascenso de una conciencia igualitaria, y constituyen por tanto un lugar de encuentro muy prometedor. Es difícil de creer que su papel político pueda disminuir en el próximo futuro. Pero dada su estructrura contradictoria (igualitaria pero introvertida), la amplificación de su papel puede ser enormemente caótica.

 

4) ¿Cómo frenar entonces la extensión de las guerras Sur-Sur, y de los conflictos minoría-minoría en el Norte, que no son sino una derivación de ese "grupismo"? ¿Y quién goza de la posición moral, o militar, desde la que mediar? ¿Quién está dispuesto a invertir sus recursos en ello, especialmente si se confirma la perspectiva de una confrontación intensificada y más o menos equilibrada Norte-Norte (Japón/Norteamérica frente a la UE)? Puede que se hagan algunos esfuerzos aquí y allá. Pero en general el mundo permanecerá impasible, como sucedió en la guerra Irán-Iraq, o en la antigua Yugoslavia, o en el Cáucaso, o en los ghettos de los Estados Unidos. Ésto puede ser cada vez más cierto en la medida en que proliferen los conflictos Sur-Sur.

 

Y lo que es aún más serio, ¿quién limitará las pequeñas guerras Norte-Sur, no sólo iniciadas, sino deliberadamente iniciadas, no por el Norte sino por el Sur, como parte de una estrategia a largo plazo de confrontación militar? La Guerra del Golfo fue el comienzo, no el final, de ese proceso. Los Estados Unidos ganaron la guierra, se dice. ¿Pero a qué precio? ¿Al de exhibir su dependencia financiera con respecto a otros países incluso para guerras pequeñas? ¿Al precio de tener que plantearse un objetivo muy limitado, muy alejado de la rendición incondicional? ¿Al precio de someter al Pentágono a una discusión sobre la futura estrategia militar de "ganar, aguantar, ganar"?

 

El presidente Bush y los militares norteamericanos apostaron a que podían lograr su limitada victoria sin sufir un elevado coste (en vidas o en dinero). La apuesta funcionó, pero puede que el Pentágono se tiente la ropa antes de repetirla. Una vez más, es difícil que los Estados Unidos, o incluso la fuerza combinada de los ejércitos del Norte, puedan hacer frente a varias "crisis" como la Guerra del Golfo al msmo tiempo. Y dado el modelo de economía-mundo y de estructura social a escala mundial que considero probable para el período 2000-2025, ¿quién se atrevería a asegurar que tales múltiples y simultáneas "crisis" del Golfo no sucederán?

 

5) Hay un último factor de caos que no deberíamos subestimar, el de una nueva Peste Negra. La etiología del SIDA sigue siendo objeto de intensa controversia. No importa, ya que en cualquier caso ha desencadenado un proceso, al aparecer un nuevo y mortal Bacilo de la Tuberculosis, cuya propagación parece incontrolable. ¿Qué sucederá ahora? La propagación de esa enfermedad no sólo invierte un patrón de larga duración en la economía-mundo capitalista (paralelamente a la inversión del modelo de crecimiento de la estatidad y de fortalecimiento del sistema interestatal), sino que también contribuye a una quiebra más profunda de la estatidad tanto por sumarse a las cargas de la maquinaria estatal, como por estimular una atmósfera de intolerancia mutua. Esa quiebra alimenta a su vez la proliferación de nuevas enfermedades.

 

El asunto clave a comprender es que no se puede predecir qué variable se verá más afectada por la difusión de nuevas pandemias, que reducen el número de consumidores de alimentos, pero también el de productores; reducen el número de inmigrantes potenciales, pero aumenta la escasez de puestos de trabajo y la necesidad de emigrar. En cada caso, ¿qué variable prevalecerá?. No podremos saberlo hasta que haya pasado. Éste es simplemente un ejemplo más de la indeterminación del resultado de una cadena de bifurcaciones.

 

ÉSTE ES PUES ES EL PANORAMA DE LA SEGUNDA FASE que señalaba al principio, el de la entrada en un período de caos. Habrá una tercera fase después, la del nuevo orden resultante. Podemos ser más breves al respecto puesto que es extremadamente incierto. Una situación caótica es, pese a la aparente paradoja, la más sensible a la intervención humana deliberada. Durante los períodos de caos, a diferencia de lo que sucede en los de relativo orden, es cuando la intervención humana resulta decisiva.

 

¿Hay participantes potenciales con una visión sistémica, constructiva? Yo los veo de dos tipos. Por un lado, están los visionarios de la jerarquía y el privilegio restaurados, los mantenedores de la eterna llama de la aristocracia. Personas individualmente poderosas, sin necesidad de estructuras colectivas (el "comité ejecutivo de la clase dominante" nunca ha mantenido una reunión), actúan durante las crisis sistémicas (si no conjuntamente, en tándem) porque perciben que todo está fuera de control. En tales circunstancias, se basan en los principios de Lampedusa: "Cambiar todo para que todo siga igual". Es difícil adivinar qué inventarán y ofrecerán al mundo, pero confío en su inteligencia y perspicacia. Ofrecerán algún nuevo sistema histórico, y podrían ser capaces de empujar al mundo en esa dirección.

 

Frente a ellos se sitúan los visionarios de la democracia/igualdad (dos conceptos que creo inseparables). En el período 1789-1989 surgieron bajo la forma de movimientos antisistémicos (las tres variantes de "Vieja Izquierda"), y su historia organizativa fue la de un gigantesco éxito táctico y un igualmente gigantesco fracaso estratégico. A largo plazo, esos movimientos sirvieron más para apuntalar el sistema que para derribarlo.

 

La cuestión es si surgirá una nueva familia de movimientos antisistémicos, con una nueva estrategia, suficientemente fuerte y flexible como para conseguir un impacto en el período 2000-2025, tal que el resultado no sea lampedusiano. Puede que no surjan, que no sobrevivan, o que sean lo bastante hábiles como para ganar la partida.

 

Tras la bifurcación, digamos en el 2050 o el 2075, sólo podemos estar seguros de unas cuantas cosas. Ya no viviremos en una economía-mundo capitalista, sino en un nuevo orden o en varios, en un nuevo sistema histórico o en varios. Y probablemente volveremos a conocer cierta paz, estabilidad y legitimación. ¿Pero será una paz, estabilidad y legitimación mejor que la que hemos conocido hasta ahora, o peor? Éso no podemos saberlo, pero depende de nosotros.

 

Publicado como segundo artículo del libro AFTER LIBERALISM, The New Press, New York, 1995

 

 

NOTAS

 

(1) Immanuel Wallerstein, "The Three Instances of Hegemony in the History of the Capitalist World-Economy", en The Politics of the World-Economy: The States, the Movements, and the Civilizations (Cambridge University Press, 1984), 37-46.

 

(2) Cada uno de los puntos aquí resumidos brevemente ha sido elaborado con mayor extensión en muchos ensayos y artículos escritos en los pasados quince años, de los que puede encontrarse una colección bastante representativa en Geopolitics and Geoculture: Essays in a Changing World-System (Cambridge University Press, 1991).

 

 

(3) Ver, entre otros, W. Brian Arthur, "Competing Technologies, Increasing Returns, and Lock-in by Historical Events", Economic Journal, XLIX, nº 394 (Marzo 1989), 116-131, y W. Brian Arthur, Yu. M. Ermoliev y M. Kaniovski, "Path-Dependent Processes and the Emergence of Macro-Structure", European Journal of Operations Research XXX (1987), 292-303.

 

 

(4) Una exposición más detallada de ese esfuerzo y su fracaso puede encontrarse en otros dos ensayos de esta misma colección (After Liberalism): "The Concept of National Development, 1917-1989: Elegy and Requiem" y "The Collapse of Liberalism".

 

 

 

El fin del capitalismo, según Wallerstein

 

 

Russia Today (04.10.11) entrevistó a Immanuel Wallerstein —sociólogo y seguidor de la escuela del historiador Fernand Braudel—, quien en esa ocasión ha dictado la sentencia final del capitalismo como sistema: su desintegración es irreversible, pues está a la vista el final de su declive iniciado en la década de los años del siglo pasado y cuya lenta agonía tomará entre veinte y cuarenta años más: El capitalismo moderno alcanzó el fin de la cuerda. No puede sobrevivir como sistema y por ello pasa por la etapa final de una crisis estructural de larga duración. No es una crisis de corto plazo, sino un despliegue estructural de grandes proporciones.

Primero el centro de pensamiento estratégico belga Dedefensa.org y hoy el analista político Alfredo Jalife en su columna bisemanal en el diario mexicano La Jornada y en la Red Voltaire, analizan las ideas de Wallerstein en la línea del pensamiento braudeliano, en cuya escuela el entrevistador se inscribe, relativo a las transiciones entre los poderes hegemónicos, que aborda su asociado recientemente fallecido Giovanni Arrighi en su libro Caos y Gobernación en el Sistema Moderno Mundial (Minnesota Press; 1999). Wallerstein considera que el mundo se encuentra en una fase de transición a otro sistema y la verdadera batalla política que se escenifica versa ya sobre el sistema que sustituirá al capitalismo.

Hace mucho Wallerstein había anticipado correctamente el fin del modelo neoliberal, pero nunca había atravesado nítidamente el Rubicón al dictar al capitalismo la sentencia irrevocable de su final como sistema.

¿Dónde queda, entonces, el axioma de que el capitalismo, por su carácter proteiforme, es capaz de adaptarse a todas las crisis y circunstancias?, pregunta el maestro Jalife.

A lo largo de muchos años Jalife ha sostenido, contra todos los vientos y las mareas, que no era un resfriado lo que ralentizaba el paso del capitalismo y ni siquiera una crisis coyuntural; se trata de un cambio de paradigma que obliga a reflexionar sobre el inalienable valor transcendental del ser humano por encima de las peores contigencias adversas (guerras, mercados, especulación desenfrenada, financierismo, economicismo, mercantilismo, consumismo, hipermaterialismo, tecnología sin bioética, depredación ambiental, desinformación oligopólica), lo cual ha puesto en evidencia, a la vez, la crisis de la civilización de procedencia judía y griega, cuyos valores espirituales sucumbieron en aras del neoliberalismo. El site Dedefensa. org (05.10.11) opina que Wallerstein se ha olvidado de esos valores que son los primeros que deberán restaurarse.

Son los valores que han impregnado la idea de bien en el occidente judeo cristiano, que aparece inmaculada en la teoría de las ideas modélicas de Platón en su Timeo, luego retomadas por Goëthe en su Fausto, por Dostoyevsky en su El jugador y por El mercader de Venecia de Shakespeare.

Wallerstein anhela el reemplazo del capitalismo por un mundo más democrático e igualitario como nunca antes ha existido en la historia mundial, pero que es posible. La opción contraria sería un sistema desigual, polarizante, explotador que no sea capitalista necesariamente, pero dentro del cual pueda haber mecanismos de control peores que los el capitalismo, como los puestos en marcha por la psicopolítica o el comportamentalismo.

Ya el historiador británico Eric Hobsbawm, señala otra vez Jalife, había anticipado el retorno pendular del marxismo como opción, pues no hay mayor claridad que la que ofrece el marxismo clásico, por boca de su fundador Marx, cuando expresaba que el capitalismo lleva en su seno el germen de su propia destrucción. Pero esa destrucción que es la que estamos viendo, es traducida como depredadora de sí misma, sin que la vanguardia revolucionaria que el propio Kart Marx anunció en su Manifiesto del partido comunista haya sido capaz de organizarse. Por eso nos adherimos a la noción del proceso autodestructivo siguiendo las convulsiones que ya presenciamos del caos mayor, y cualquiera que sea su duración autoeliminatoria, a nosotros nos toca poner a salvo los valores de la cultura predecesora del neoliberalismo que Wallerstein se abstiene de reivindicar.

Wallerstein recurre a la bifurcación del sistema para explicar el fin del capitalismo y el surgimiento de un nuevo sistema: sus raíces se encuentran en la imposibilidad de continuar el principio básico del capitalismo que es la acumulación del capital y que ha funcionado de alguna forma maravillosamente durante 500 años. Ha sido un sistema extremadamente exitoso, pero que ha terminado por deshacerse a sí mismo porque su clase dirigente y sus élites políticas son incapaces de resolver el problema de incertidumbre en el que se han metido.

Cuando se llega al cruce de caminos significa que en “algún punto, la cosa se cae y entramos a una situación nueva y relativamente estable –se acaba la crisis y nos encontramos dentro un nuevo sistema”, dice el entrevistado y ese dicho lo recoge Jalife.

Alerta que la transición aparentemente paralizada entre la muerte del capitalismo y el nacimiento de un nuevo sistema comporta peligros considerables puesto que coloca en evidencia a un sistema que se desploma con la ausencia de una perspectiva de sustitución, aún a corto plazo.

En la opinión de Jalife, esta situación es patéticamente palmaria en geopolítica: los multipolares BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), pese a su enorme potencialidad y el prestigio de su poder geoeconómico presente, sin mencionar a su disuasión nuclear, se han visto disfuncionales e impotentes para derribar el caduco orden unipolar de EU, que sigue propagando el caos financierista.

Wallerstein recurre a la dualidad griega entre determinismo y libre albedrío

Cuando el sistema es relativamente estable, está relativamente determinado como sistema en el que existe un relativamente limitado libre juego. Pero cuando el sistema es inestable y entra en crisis estructural, irrumpe el libre albedrío y los actos individuales importan realmente de una manera que no lo habían sido en medio milenio, lo cual es extremadamente peligroso ya que todo es impredecible a un plazo mayor que el corto, como lo expresa la ciencia de la incertidumbre. Esto desemboca en la parálisis, patente en la economía cuando los inversores han cesado de confiar en el marcado para reinvertir sus excedentes monetarios.

Siguiendo a Jalife, la economía, hoy devorada por los monstruos financieristas, se ha paralizado porque desembocó en una aporía –es decir, una irresoluble paradoja de impasse mental–, para no decir que sucumbió a la demencia absoluta cuando la bancocracia europea (en realidad, el financierismo transatlántico) exige a la Grecia de la OTAN optar por el suicidio físico para ser salvados financieramente.

Los griegos modernos, candidatos a la distanasia (que es la peor de las muertes: término que usaba Jalife en las clases que solía impartir de bioética, asignatura que importó de Estados Unidos a México y que vulgares plagiarios pretenden expropiar), representan simbólicamente al 99 por ciento de la humanidad que desea exterminar al uno por ciento de la plutocracia global, como ha sido disecado por los indignados de Wall Street, que se han sumado a la corriente planetaria de liberación ciudadana.

Pero no es tan grave: en una coyuntura de sequía de pensamiento, desde la política hasta la filosofía, debido a la descerebración a la que incurrió deliberadamente la desregulada globalización financierista, urge rescatar a los pocos pensadores que sobrevivieron el naufragio mental del infectado intelecto occidental excesivamente bursatilizado, mucho peor en sus alcances culturales que el doble cataclismo del financierismo y el economicismo.

Wallerstein sentencia el fin del capitalismo y el inicio de la gran incertidumbre

A propósito de la crisis del capitalismo: según Wallerstein es la crisis final, y la batalla en marcha no es sobre el destino del capitalismo en sí, sino de lo que va a reemplazarlo…“El capitalismo moderno ha llegado al final de su camino. No es capaz de sobrevivir como sistema,” Wallerstein y agrega: “Lo que estamos viendo es la crisis estructural del sistema. Una crisis estructural que comenzó en la década de los setentas del siglo XX y que mantendrá sus nefastos estertores por diez, veinte o cuarenta años. No es una crisis a resolver en el curso de un año o un momento. Se trata, pues, de la mayor crisis de la historia. Estamos en la transición a un sistema nuevo y la lucha política real que se ha desatado en el mundo con el repudio de la gente, no plantean el nuevo curso del capitalismo, sino sobre el sistema que habrá de reemplazarle”.

En la medida que, para Wallerstein, el capitalismo está en vía de extinción y en tanto que la batalla que hoy se libra es para preparar el modelo económico de reemplazo, la cuestión es la vía a seguir para sustitur eficazmente al capitalismo. “Estaríamos cerca de un mundo relativamente más democrático e igualitario – esta es una perspectiva” aseveró y luego dijo: “Jamás estuvimos en una situación similar en la historia mundial, pero es posible. La otra perspectiva mantener el sistema de explotación, que es inequitativo, desigualitario porque polariza la desigualdad. El nuevo sistema podría no ser el capitalismo. Capitalismo es eso que vemos caer. Pero hay asimismo alternativas peores que dentro del capitalismo”.

La crítica de Philippe Grasset (Dedefensa. org)

Wallerstein hace una descripción técnica, económica de la manera en que el cambio podría implantarse, entre le capitalisma en vías a un nuevo sistema. Se trata de un proceso que el entrevistado denomina “bifurcación”. “Es lo que técnicamente se ha llamado una bifurcación de un sistema”, dijo. “Sus raíces están en muchos aspectos separadas de la continuación de los principios básicos del capitalismo, que es concebido como acumulación de capital. Este es el punto central del sistema. Un sistema que ha trabajado maravillosamente en ciertas etapas en el medio milenio que lleva de existencia. Ha sido un sistema exitoso, pero ha dejado de funcionar como ocurre con todo sistema”. “Lo que ocurre en una bifurcación es que en algún punto del crucero, el sistema queda anclado en una nueva situación estable – la crisis ha terminado; estamos en el nuevo sistema”.

En suma, Wallerstrein describe los peligros, que en su opinión son considerables, del proceso de cambio, lo que implica por una parte la inhumación del capitalismo y, por otra parte, el nacimiento y la instalación de un nuevo sistema. La situación contiene riesgos porque es inevitable un período de parálisis entre el sistema que desaparece y el nuevo La presión sistémica ejercida por el sistema económico y político ha llevado a la fragmentación de sus diferentes opciones y concepciones; y en tanto que el hundimiento del atlantismo abre el camino a la verdad de la situación, es decir, a un sistema general del que nadie escapa, y que está a punto del hundimiento, engendrando a su paso una diversidad de reacciones críticas ciertas. De alguna manera, el enemigo principal ha cambiado: Entre 2001-2007 se trató del sistema anglosajón y su concepción del capitalismo ahora le toca al sistema general mismo, o lo que denominan los belgas la “Contra-Civilización”. Una cadena de ideas inevitables que no son subrayadas por el entrevistado. Por ello los estrategas belgas proponen que seamos mayormente críticos de Wallerstein.

Gastón Pardo



[1] Segundo artículo del libro AFTER LIBERALISM, The New Press, New York, 1995

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