Libro No. 342. La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Lyotard, Jean-François.
© Libro No. 342. La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Lyotard, Jean-François. Colección Emancipación
Obrera. Septiembre 29 de 2012.
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Iberoamérica Red Editorial Iberoamericana S.A. (R.E.I.) Derechos de edición en
Argentina Editorial R.E.I. Argentina S.A. V. Virasora-1739/47 - (1414) Bs.
Aires - R. Argentina Segunda edición: junio 1991 I.S.B.N. 950-495-030-X
Título original: © Jean-François Lyotard. La
condición postmoderna. Informe sobre el saber
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saber . Jean-François Lyotard
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
La Condición Postmoderna
Informe Sobre El Saber
Jean-François Lyotard
Traducción de Mariano
Antolín Rato
Catedra
La condición postmoderna. Informe sobre el
saber.
Jean-François Lyotard
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la cubierta: Diego Lara Ilustración de cubierta: Alberto Solsona
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Índice
Introducción
01. El campo: el saber en las sociedades
informatizadas
02. El problema: la legitimación
03. El método: los juegos de lenguaje
04. La naturaleza del lazo social: la
alternativa moderna
05. La naturaleza del lazo social: la
perspectiva postmoderna
06. Pragmática del saber narrativo
07. Pragmática del saber científico
08. La función narrativa y la legitimación
del saber
09. Los relatos de la legitimación del saber
10. La deslegitimación
11. La investigación y su legitimación por la
performatividad
12. La enseñanza y su legitimación por la
performatividad
13. La ciencia postmoderna como investigación
de inestabilidades
14. La legitimación por la paralogía
Notas.
Introducción
Este
estudio tiene por objeto la condición del saber en las sociedades más
desarrolladas. Se ha decidido llamar a esta condición «postmoderna». El término
está en uso en el continente americano, en pluma de sociólogos y críticos.
Designa el estado de la cultura después de las transformaciones que han
afectado a las reglas de juego de la ciencia, de la literatura y de las artes a
partir del siglo XIX. Aquí se situarán esas transformaciones con relación a la
crisis de los relatos. En origen, la ciencia está en conflicto con los relatos.
Medidos por sus propios criterios, la mayor parte de los relatos se revelan
fábulas. Pero, en tanto que la ciencia no se reduce a enunciar regularidades
útiles y busca lo verdadero, debe legitimar sus reglas de juego. Es entonces
cuando mantiene sobre su propio estatuto un discurso de legitimación, y se la
llama filosofía. Cuando ese metadiscurso recurre explícitamente a tal o tal
otro gran relato, como la dialéctica del Espíritu, la hermenéutica del sentido,
la emancipación del sujeto razonante o trabajador, se decide llamar «moderna» a
la ciencia que se refiere a ellos para legitimarse. Así, por ejemplo, la regla
del consenso entre el destinador y el destinatario de un enunciado con valor de
verdad será considerada aceptable si se inscribe en la perspectiva de una
unanimidad posible de los espíritus razonantes: ese era el relato de las Luces,
donde el héroe del saber trabaja para un buen fin épico-político, la paz
universal. En este caso se ve que, al legitimar el saber por medio de un
metarrelato que implica una filosofía de la historia, se está cuestionando la
validez de las instituciones que rigen el lazo social: también ellas exigen ser
legitimadas. De ese modo, la justicia se encuentra referida al gran relato, al
mismo título que la verdad. Simplificando al máximo, se tiene por «postmoderna»
la incredulidad con respecto a los metarrelatos. Ésta es, sin duda, un efecto
del progreso de las ciencias; pero ese progreso, a su vez, la presupone. Al
desuso del dispositivo metanarrativo de legitimación corresponde especialmente
la crisis de la filosofía metafísica, y la de la institución universitaria que
dependía de ella. La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los
grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito. Se dispersa en
nubes de elementos lingüísticos narrativos, etc., cada uno de ellos vehiculando
consigo valencias pragmáticas sui generis. Cada uno de nosotros vive en la
encrucijada de muchas de ellas. No formamos combinaciones lingüísticas necesariamente
estables, y las propiedades de las que formamos no son necesariamente
comunicables. Así, la sociedad que viene parte menos de una antropología
newtoniana (como el estructuralismo o la teoría de sistemas) y más de una
pragmática de las partículas lingüísticas. Hay muchos juegos de lenguaje
diferentes, es la heterogeneidad de los elementos. Sólo dan lugar a una
institución por capas, es el determinismo local. Los decididores intentan, sin
embargo, adecuar esas nubes de sociabilidad a matrices de input/output, según
una lógica que implica la conmensurabilidad de los elementos y la
determinabilidad del todo. Nuestra vida se encuentra volcada por ellos hacia el
incremento del poder. Su legitimación, tanto en materia de justicia social como
de verdad científica, sería optimizar las actuaciones del sistema, la eficacia.
La aplicación de ese criterio a todos nuestros juegos no se produce sin cierto
terror, blando o duro: Sed operativos, es decir, conmensurables, o desapareced.
Esta lógica del más eficaz es, sin duda, inconsistente a muchas
consideraciones, especialmente a la de contradicción en el campo
socio-económico: quiere a la vez menos trabajo (para abaratar los costes de
producción), y más trabajo (para, aliviar la carga social de la población
inactiva). Pero la incredulidad es tal, que no se espera de esas
inconsistencias una salida salvadora, como hacía Marx. La condición postmoderna
es, sin embargo, tan extraña al desencanto, como a la positividad ciega de la
deslegitimación. ¿Dónde puede residir la legitimación después de los
metarrelatos? El criterio de operatividad es tecnológico, no es pertinente para
juzgar lo verdadero y lo justo. ¿El consenso obtenido por discusión, como
piensa Habermas? Violenta la heterogeneidad de los juegos de lenguaje. Y la
invención siempre se hace en el disentimiento. El saber postmoderno no es
solamente el instrumento de los poderes. Hace más útil nuestra sensibilidad
ante las diferencias, y fortalece nuestra capacidad de soportar lo
inconmensurable. No encuentra su razón en la homología de los expertos, sino en
la paralogía de los inventores. La cuestión abierta es ésta: ¿es practicable
una legitimación del lazo social, una sociedad justa, según una paradoja
análoga a la de la actividad científica? ¿En qué consistiría? El texto que
sigue es un escrito de circunstancias. Se trata de un informe sobre el saber en
las sociedades más desarrolladas que ha sido propuesto al Conseil des
Universités del gobierno de Quebec, a demanda de su presidente. Este último ha
autorizado amablemente su publicación en Francia: gracias le sean dadas. Queda
añadir que el informador es un filósofo, no un experto. Éste sabe lo que sabe y
lo que no sabe, aquél no. Uno concluye, el otro interroga, ahí están dos juegos
de lenguaje. Aquí se encuentran entremezclados, de modo que ni el uno ni el
otro llevan a buen término. El filósofo, por lo menos, puede consolarse
diciéndose que el análisis formal y pragmático de ciertos discursos de
legitimación, filosóficos y ético-políticos, que subtiende la Relación, verá el
día después de él: lo habrá introducido, mediante un rodeo un tanto
sociologizante, que lo acorta pero que lo sitúa. Tal y como está lo dedicamos
al Instituto "politécnico de filosofía de la Universidad de París VIII
(Vincennes), en el momento muy postmoderno en que esta universidad se expone a
desaparecer y ese instituto a nacer.
1 El campo: El saber en las sociedades
informatizadas
Nuestra
hipótesis es que el saber cambia de estatuto al mismo tiempo que las sociedades
entran en la edad llamada postindustrial y las culturas en la edad llamada
postmoderna 1. Este paso ha comenzado cuando menos desde fines de los años 50,
que para Europa señalan el fin de su reconstrucción. Es más o menos rápido
según los países, y en los países según los sectores de actividad: de ahí una
discronía general que no permite fácilmente la visión de conjunto 2. Una parte
de las descripciones no puede dejar de ser conjetural. Y se sabe que es
imprudente otorgar un crédito excesivo a la futurología 3. Más que de trazar un
cuadro que no puede ser completo, se partirá de una característica que
determina inmediatamente nuestro objeto. El saber científico es una clase de
discurso. Pues se puede decir que desde hace cuarenta años las ciencias y las
técnicas llamadas de punta se apoyan en el lenguaje: la fonología y las teorías
lingüísticas 4, los problemas de la comunicación y la cibernética 5, las
álgebras modernas y la informática 6, los ordenadores y sus lenguajes 7, los
problemas de traducción de los lenguajes y la búsqueda de compatibilidades
entre lenguajes-máquinas 8, los problemas de la memorización y los bancos de
datos 9, la telemática y la puesta a punto de terminales «inteligentes» 10, la
paradojología 11: he ahí testimonios evidentes, y la lista no es exhaustiva. La
incidencia de esas transformaciones tecnológicas sobre el saber parece que debe
de ser considerable. El saber se encuentra o se encontrará afectado en dos
principales funciones: la investigación y la transmisión de conocimientos. Para
la primera, un ejemplo accesible al profano nos lo proporciona la genética, que
debe su paradigma teórico a la cibernética. Hay otros cientos. Para la segunda,
se sabe que al normalizar, miniaturizar y comercializar los aparatos, se
modifican ya hoy en día las operaciones de adquisición, clasificación,
posibilidad de disposición y de explotación de los conocimientos 12. Es
razonable pensar que la multiplicación de las máquinas de información afecta y
afectará a la circulación de los conocimientos tanto como lo ha hecho el
desarrollo de los medios de circulación de hombres primero (transporte), de
sonidos e imágenes después (media) 13. En esta transformación general, la
naturaleza del saber no queda intacta. No puede pasar por los nuevos canales, y
convertirse en operativa, a no ser que el conocimiento pueda ser traducido en
cantidades de información 14. Se puede, pues, establecer la previsión de que
todo lo que en el saber constituido no es traducible de ese modo será dejado de
lado, y que la orientación de las nuevas investigaciones se subordinará a la
condición de traducibilidad de los eventuales resultados a un lenguaje de
máquina. Los «productores» del saber, lo mismo que sus utilizadores, deben y
deberán poseer los medios de traducir a esos lenguajes lo que buscan, los unos
al inventar, los otros al aprender. Sin embargo, las investigaciones referidas
a esas máquinas intérpretes ya están avanzadas 15. Con la hegemonía de la
informática, se impone una cierta lógica, y, por tanto, un conjunto de
prescripciones que se refieran a los enunciados aceptados como «de saber». Se
puede, por consiguiente, esperar una potente exteriorización del saber con
respecto al «sabiente», en cualquier punto en que éste se encuentre en el
proceso de conocimiento. El antiguo principio de que la adquisición del saber
es indisociable de la formación (Bildung) del espíritu, e incluso de la
persona, cae y caerá todavía más en desuso. Esa relación de los proveedores y
de los usuarios del conocimiento con el saber tiende y tenderá cada vez más a
revestir la forma que los productores y los consumidores de mercancías
mantienen con estas últimas, es decir, la forma valor. El saber es y será
producido para ser vendido, y es y será consumido para ser valorado en una
nueva producción: en los dos casos, para ser cambiado. Deja de ser en sí mismo
su propio fin, pierde su «valor de uso» 16. Se sabe que el saber se ha
convertido en los últimos decenios en la principal fuerza de producción 17, lo
que ya ha modificado notablemente la composición de las poblaciones activas de
los países más desarrollados 18, y que es lo que constituye el principal embudo
para los países en vías de desarrollo. En la edad postindustrial y postmoderna,
la ciencia conservará y, sin duda, reforzará más aún su importancia en la
batería de las capacidades productivas de los Estadosnaciones. Esta situación
es una de las razones que lleva a pensar que la separación con respecto a los países
en vías de desarrollo no dejará de aumentar en el porvenir 19. Pero este
aspecto no debe hacer olvidar el otro, que es complementario. En su forma de
mercancía informacional indispensable para la potencia productiva, el saber ya
es, y lo será aún más, un envite mayor, quizá el más importante, en la
competición mundial por el poder. Igual que los Estados-naciones se han peleado
para dominar territorios, después para dominar la disposición y explotación de
materias primas y de mano de obra barata, es pensable que se peleen en el
porvenir para dominar las informaciones. Así se abre un nuevo campo para las
estrategias industriales y comerciales y para las estrategias militares y
políticas 20. Con todo, la perspectiva así aislada no es tan simple como se
acaba de expresar. Pues la mercantilización del saber no podrá dejar intacto el
privilegio que los Estados-naciones modernos detentaban y detentan aún en lo
que concierne a la producción y difusión de conocimientos. La idea de que éstos
parten de ese «cerebro» o de esa «mente» de la sociedad que es el Estado se
volverá más y más caduca a medida que se vaya reforzando el principio inverso
según el cual la sociedad no existe y no progresa más que si los mensajes que
circulan son ricos en informaciones y fáciles de descodificar. El Estado
empezara a aparecer como un factor de opacidad y de «ruido» para una ideología
de la «transparencia» comunicacional, la cual va a la par con la
comercializacion de los saberes. Es desde este ángulo desde el que se corre el
riesgo de plantear con una nueva intensidad el problema de las relaciones entre
las exigencias económicas y las exigencias estatales. Ya en los decenios
precedentes, las primeras han podido poner en peligro la estabilidad de las
segundas gracias a formas nuevas de circulación de capitales, a las que se ha
dado el nombre genérico de empresas multinacionales. Estas formas implican que
las decisiones relativas a la inversión escapan, al menos en parte, al control
de los Estados-naciones 21. Con la tecnología informacional y telemática, esta
cuestión amenaza con convertirse en más espinosa aún. Admitamos, por ejemplo,
que una firma como IBM sea autorizada a ocupar una banda del campo orbital de
la Tierra para colocar en ella satélites de comunicaciones y/o de banco de datos.
¿Quién tendrá acceso a ellos? ¿Quién definirá los canales o los datos
prohibidos? ¿Será el Estado? ¿O bien éste será un usuario entre otros? Se
plantean así nuevos problemas de derecho y a través de ellos la cuestión:
¿quién sabrá? La transformación de la naturaleza del saber puede, por tanto,
tener sobre los poderes públicos establecidos un efecto de reciprocidad tal que
los obligue a reconsiderar sus relaciones de hecho y de derecho con respecto a
las grandes empresas y más en general con la sociedad civil. La reapertura del
mercado mundial, la reanudación de una competencia económica muy viva, la
desaparición de la hegemonía exclusiva del capitalismo americano, el declive de
la alternativa socialista, la apertura probable del mercado chino al comercio,
y bastantes otros factores, ya han venido, en los últimos años de los 70, a
preparar a los Estados para una seria revisión del papel que habían adquirido
la costumbre de interpretar a partir de los años 30, y que era de protección y
de conducción, e incluso de planificación de las inversiones 22. En ese
contexto, las nuevas tecnologías, dado que hacen que los datos útiles para las
decisiones (y por tanto, los medios del control) sean todavía más móviles y
sujetos a la piratería no vienen sino a agravar la urgencia de ese reexamen. En
lugar de ser difundidos en virtud de su valor «formativo» o de su importancia
política (administrativa, diplomática, militar), puede imaginarse que los
conocimientos sean puestos en circulación según las mismas redes que la moneda,
y que la separación pertinente a ellos deje de ser saber/ignorancia para
convertirse, como para la moneda en «conocimientos de pago / conocimientos de
inversión», es decir conocimientos intercambiados en el marco del mantenimiento
de la vida cotidiana (reconstitución de la fuerza de trabajo, «supervivencia»),
versus créditos de conocimientos con vistas a optimizar las actuaciones de un
programa. En ese caso, éste tendría la transparencia del liberalismo. Lo que no
impide que en los flujos de dinero, unos sirvan para decidir mientras que los
otros sólo sirvan para adquirir. Se imaginan paralelamente flujos de
conocimientos que pasan por los mismos canales y de la misma naturaleza, pero
de los que unos estarían reservados a los «decididores», mientras que los otros
servirían para pagar la deuda perpetua de cada uno con respecto al lazo social.
2 El problema: La legitimación
Tal es,
pues, la hipótesis de trabajo que determina el campo en el que pretendemos
plantear la cuestión del estatuto del saber. Este planteamiento, pariente de
aquel llamado «informatización de la sociedad», aunque propuesto con un
espíritu totalmente distinto, no tiene la pretensión de ser original, ni
siquiera de ser verdadero. Lo que se le exige a una hipótesis de trabajo es una
gran capacidad discriminadora. El planteamiento de la información de las
sociedades más desarrolladas permite sacar a plena luz, incluso arriesgándose a
exagerarlos excesivamente, ciertos aspectos de la transformación del saber y
sus efectos sobre los poderes públicos y sobre las instituciones civiles,
efectos que resultarían poco perceptibles desde otras perspectivas. No es preciso,
por tanto, concederle un valor provisional con respecto a la realidad, sino
estratégico con respecto a la cuestión planteada. Con todo, su credibilidad es
considerable, y en ese sentido la elección de esta hipótesis no es arbitraria.
Su descripción ya ha sido ampliamente elaborada por los expertos 23, y dirige
ya ciertas decisiones de la administración pública y de las empresas más
directamente implicadas, como las que controlan las telecomunicaciones. Ya
forma parte del orden de las realidades observables. En fin, si al menos se
excluye el caso de un estancamiento o de una recesión general debida, por
ejemplo, a una ausencia persistente de solución al problema mundial de la
energía, ese planteamiento tiene bastantes oportunidades de imponerse: pues no
se ve qué otra orientación podrían seguir las tecnologías contemporáneas que
pueda ofrecerse como alternativa a la informatización de la sociedad. Y lo
mismo decir que la hipótesis es banal. Pues lo es sólo en la medida en que no
pone en tela de juicio el paradigma general del progreso de las ciencias y de
las técnicas, al cual parecen servir de eco totalmente natural el crecimiento
económico y el desarrollo del poder sociopolítico. Se admite como evidente que
el saber científico y técnico se acumula, todo lo más que se discute es la
forma de esta acumulación; unos la imaginan regular, continua y unánime, otros
periódica, discontinua y conflictiva. 24 Esas evidencias son engañosas. En
principio, el saber cientifico no es todo el saber, siempre ha estado en excedencia,
en competencia, en conflicto con otro tipo de saber, que para simplificar
llamaremos narrativo y que será caracterizado más adelante. Lo que no quiere
decir que éste pueda imponerse, aunque su modelo esté ligado a ideas de
equilibrio interior y de convivialidad 25, en comparación con las cuales el
saber científico contemporáneo queda descolorido, sobre todo si debe someterse
a una exteriorización con relación al «sabiente» y una alienación en sus
usuarios todavía más fuerte que ayer. La desmoralización de los investigadores
y de los enseñantes que resulta es tan poco despreciable que ha estallado como
se sabe entre los que se destinaban a ejercer esas profesiones, los
estudiantes, durante los años 60, en todas las sociedades más desarrolladas, y
ha podido frenar sensiblemente durante ese periodo el rendimiento de los
laboratorios y de las universidades que no habían sido preservadas de su
contaminación 26. No se trata, ni se trataba, de esperar una revolución, tanto
si se la desea como si se la teme, como fue frecuentemente el caso; el curso de
las cosas de la civilización postindustrial no será cambiando de un día para
otro. Pero es imposible no tomar en consideración este componente mayor, la
duda de los científicos, cuando se trata de valorar el estatuto presente y
futuro del saber científico. Tanto más, cuanto que en segundo lugar interfiere
con el problema esencial, que es el de la legitimación. Tomamos aquí la palabra
en un sentido más amplio que el que se le confiere en la discusión de la cuestión
de la autoridad por parte de los teóricos alemanes contemporáneos 27. Sea una
ley civil: se dicta: tal categoría de ciudadanos debe realizar tal tipo de
acción. La legitimación es el proceso por el cual un legislador se encuentra
autorizado a promulgar esa ley como una norma.
Sea un
enunciado científico; está sometido a la regla: un enunciado debe presentar tal
conjunto de condiciones para ser aceptado como científico. Aquí, la
legitimación es el proceso por el cual un «legislador» que se ocupa del
discurso científico está autorizado a prescribir las condiciones convenidas (en
general, condiciones de consistencia interna y de verificación experimental)
para que un enunciado forme parte de ese discurso, y pueda ser tenido en cuenta
por la comunidad científica. La comparación puede parecer forzada. Se verá que
no lo es. Desde Platón la cuestión de la legitimación de la ciencia se
encuentra indisolublemente relacionada con la de la legitimación del
legislador. Desde esta perspectiva, el derecho a decidir lo que es verdadero no
es independiente del derecho a decidir lo que es justo, incluso si los
enunciados sometidos respectivamente a una u otra autoridad son de naturaleza
diferente. Hay un hermanamiento entre el tipo de lenguaje que se llama ciencia
y ese otro que se llama ética y política: uno y otro proceden de una misma
perspectiva o si se prefiere de una misma «elección», y ésta se llama
Occidente. Examinando el actual estatuto del saber científico, se constata que
incluso cuando este último parecía más subordinado que nunca a las potencias, y
con las nuevas tecnologías se expone a convertirse en uno de los principales
elementos de sus conflictos, la cuestión de la doble legitimación, lejos de
difuminarse, no puede dejar de plantearse con mayor intensidad. Pues se plantea
en su forma más completa, la de la reversión, que hace aparecer que saber y
poder son las dos caras de una misma cuestión: ¿quién decide lo que es saber, y
quién sabe lo que conviene decidir? La cuestión del saber en la edad de la
informática es más que nunca la cuestión del gobierno.
3 El método: Los juegos de lenguaje
Ya se
habrá apreciado por lo que procede que, al analizar ese problema en el marco
que hemos determinado, hemos preferido un procedimiento: el de poner el acento
sobre los actos de habla, y dentro de esos actos, sobre su aspecto pragmático
28. Con objeto de facilitar la continuación de la lectura, es útil realizar un
resumen, incluso sumario, de lo que entendemos por ese término. Un enunciado
denotativo 29 como: La universidad está enferma, pronunciado en el marco de una
conversación o de una entrevista sitúa a su destinador (el que lo enuncia), a
su destinatario (el que lo recibe) y a su referente (aquello de lo que el
enunciado trata) de una manera específica: el destinador queda situado y
expuesto por este enunciado en la posición de «sabiente» (sabe lo que pasa en
la universidad), el destinatario queda en posición de tener que dar o negar su
asentimiento, y el referente también queda comprendido en una de las maneras
propias de los donativos, como algo que exige ser correctamente identificado y
expresado en el enunciado al que se refiere. Si se considera una declaración
como: La universidad queda abierta, pronunciada por un decano o un rector
durante la apertura de curso anual, se ve que las especificaciones precedentes
desaparecen. Es preciso, evidentemente, que la significación del enunciado se
comprenda, pero ésa es una condición general de la comunicación que no permite
distinguir los enunciados o sus efectos inmediatos. El segundo enunciado,
llamado performativo 30, tiene la particularidad de que su efecto sobre el
referente coincide con su enunciación: la universidad queda abierta puesto que
se la declara tal en esas condiciones. No es, pues, tema de discusión ni de
verificación para el destinatario, que se encuentra inmediatamente situado en
el nuevo contexto así creado. En cuanto al destinador, debe estar dotado de la
autoridad de pronunciarlo; pero se puede describir esta condición al revés: es
decano o rector, es decir, alguien dotado de autoridad para pronunciar ese tipo
de enunciados, de modo que, al pronunciarlos, obtiene el efecto inmediato que
hemos dicho, tanto sobre su referente, la Universidad, como sobre su
destinatario, el cuerpo de profesores. Un caso diferente es el de los
enunciados del tipo: Hay que proporcionar medios a la universidad, que son
prescriptivos. Pueden ser modulados en órdenes, mandamientos, instrucciones,
recomendaciones, peticiones, súplicas, ruegos, etc. Se ve que el destinador
está aquí situado en posición de autoridad, en el amplio sentido del término
(incluyendo la autoridad que detenta el pecador sobre un dios que se declara
misericordioso), es decir, que espera del destinatario la efectividad de la
acción referida. Estas dos últimas situaciones, a su vez, experimentan, en la
pragmática prescriptiva, efectos concomitantes 31. Diferente es la eficacia de
una interrogación, de una promesa, de una descripción literaria, de una
narración, etc. Resumimos. Cuando Wittgenstein, retomando desde cero el estudio
del lenguaje, centra su atención en los efectos de los discursos, nombra los
diferentes tipos de enunciados que localiza, y por tanto, enumera algunos de
los juegos de lenguaje 32. Significa con este último término que cada una de
esas diversas categorías de enunciados debe poder ser determinada por reglas
que especifiquen sus propiedades y el uso que de ellas se pueda hacer,
exactamente como el juego de ajedrez se define por un grupo de reglas que
determinan las propiedades de las piezas y el modo adecuado de moverlas. Tres
observaciones deben hacerse a propósito de los juegos de lenguaje. La primera
es que sus reglas no tienen su legitimación en ellas mismas, sino que forman
parte de un contrato explícito o no entre los jugadores (lo que no quiere decir
que éstos las inventen). La segunda es que a falta de reglas no hay juego 33,
que una modificación incluso mínima de una regla modifica la naturaleza del
juego, y que una «jugada» o un enunciado que no satisfaga las reglas no
pertenece al juego definido por éstas. La tercera observación acaba de ser
sugerida: todo enunciado debe ser considerado como una «jugada» hecha en un
juego. Esta última observación lleva a admitir un primer principio que
subtiende todo nuestro método: que hablar es combatir, en el sentido de jugar,
y que los actos de lenguaje 34 se derivan de una agonística general 35. Eso no
significa necesariamente que se juegue para ganar. Se puede hacer una jugada
por el placer de inventarla: ¿qué otra cosa existe en el trabajo de
hostigamiento de la lengua que llevan a cabo el habla popular o la literatura?
La invención continua de giros, de palabras y de sentidos que, en el plano del
habla, es lo que hace evolucionar la lengua, procura grandes alegrías. Pero,
sin duda, hasta ese placer no es independiente de un sentimiento de triunfo,
conseguido al menos sobre un adversario, pero de talla, la lengua establecida,
la connotación 36. Esta idea de una agonística del lenguaje no debe ocultar el
segundo principio que es complemento suyo y que rige nuestro análisis: que el
lazo social está hecho de «jugadas» de lenguaje. Elucidando esta proposición,
entramos de lleno en el tema.
4 La naturaleza del lazo social La
alternativa moderna
Si se
quiere tratar del saber en la sociedad contemporánea más desarrollada, una
cuestión previa es decidir la representación metódica que se hace de esta
última. Simplificando al extremo, se puede decir que durante los últimos
cincuenta años por lo menos, esta representación se ha dividido en principio
entre dos modelos: la sociedad forma un todo funcional, la sociedad está
dividida en dos. Se puede ilustrar el primer modelo con el nombre de Talcott
Parsons (al menos, el de la postguerra) y de su escuela; el otro con la
corriente marxista (todas las escuelas que la componen, por diferentes que sean
entre sí, admiten el principio de la lucha de clases, y de la dialéctica como
dualidad que produce la unidad social) 37. Este corte metodológico que
determina dos grandes tipos de discursos sobre la sociedad proviene del siglo
XIX. La idea de que la sociedad forma un todo orgánico, a falta del cual deja
de ser sociedad (y la sociología ya no tiene objeto), dominaba el espíritu de
los fundadores de la escuela francesa; se precisa con el funcionalismo; toma
otra dirección cuando Parsons en los años 50 asimila la sociedad a un sistema
auto-regulado. El modelo teórico e incluso material ya no es el organismo vivo,
lo proporciona la cibernética que multiplica sus aplicaciones durante y al
final de la segunda guerra mundial. En Parsons, el principio del sistema
todavía es, digámoslo así, optimista: corresponde a la estabilización de las
economías de crecimiento y de las sociedades de la abundancia bajo la égida de
un welfare state moderado 38. En los teóricos alemanes de hoy, la Systemtheorie
es tecnocrática, es decir, cínica, por no decir desesperada: la armonía de las
necesidades y las esperanzas de individuos o grupos con las funciones que
asegura el sistema sólo es un componente adjunto de su funcionamiento; la
verdadera fiabilidad del sistema, eso para lo que él mismo se programa como una
máquina inteligente, es la optimización de la relación global de sus input con
sus output, es decir, su performatividad. Incluso cuando cambian sus reglas y
se producen innovaciones, incluso cuando sus disfunciones, coma las huelgas o
las crisis o el paro o las revoluciones políticas pueden hacer creer en una
alternativa y levantar esperanzas, no se trata más que de reajustes internos y
su resultado sólo puede ser la mejora de la «vida» del sistema, la única
alternativa a ese perfeccionamiento de las actuaciones es la entropía, es
decir, la decadencia 39. Aquí, sin caer en el simplismo de una sociología de la
teoría social, resulta difícil no establecer al menos un paralelismo entre esta
versión tecnocrática «dura» de la sociedad y el esfuerzo ascético que se exige;
aparecería bajo el nombre de «liberalismo avanzado» en las sociedades
industriales más desarrolladas en su esfuerzo para hacerse competitivas (y, por
tanto, optimizar su «racionalidad») en el contexto del relanzamiento de la
guerra económica mundial a partir de los años 60. Más allá del inmenso cambio
que lleva del pensamiento de un Comte al de un Luhman, se adivina una misma idea
de lo social: que la sociedad es una totalidad unida, una «unicidad». Lo que
Parsons formula claramente: «La condición más decisiva para que un análisis
dinámico sea válido, es que cada problema se refiera continua y
sistemáticamente al estado del sistema considerado como un todo (...). Un
proceso o un conjunto de condiciones o bien "contribuye" al
mantenimiento (o al desarrollo) del sistema, o bien es "disfuncional"
en lo que se refiere a la integridad y eficacia del sistema» 40. Esta idea es
también la de los «tecnócratas» 41. De ahí su credibilidad: al contar con los
medios para hacerse realidad, esa credibilidad cuenta con los de administrar
sus pruebas. Lo que Horkheimer llamaba la «paranoia» de la razón 42.
Con todo,
no se pueden considerar paranoicos el realismo de la auto-regulación
sistemática y el círculo perfectamente cerrado de los hechos y las
interpretaciones, más que a condición de disponer o de pretender disponer de un
observatorio que por principio escape a su atracción. Tal es la función del
principio de la lucha de clases en la teoría de la sociedad a partir de Marx.
Si la teoría «tradicional» siempre está bajo la amenaza de ser incorporada a la
programación del todo social como un simple útil de optimización de las
actuaciones de ese último, es porque su deseo de uña verdad unitaria y
totalizadora se presta a la práctica unitaria y totalizante de los gerentes del
sistema. La teoría «crítica» 43, dado que se apoya en un dualismo de principio
y desconfía de síntesis y reconciliaciones, debe de estar en disposición de
escapar a ese destino. Pero es un modelo diferente de la sociedad (y otra idea
de la función del saber que se puede producir en ella y que se puede adquirir)
el que guía al marxismo. Ese modelo nace con las luchas que acompañan al asedio
de las sociedades civiles tradicionales por el capitalismo. Aquí no se podrían
seguir sus peripecias, que ocupan la historia social, política e ideológica de
más de un siglo. Nos contentaremos con referirnos al balance que se puede hacer
hoy, pues el destino que le ha correspondido es conocido: en los países de
gestión liberal o liberal avanzada, la transformación de esas luchas y sus
órganos en reguladores del sistema; en los países comunistas, el retorno, bajo
el nombre de marxismo, del modelo totalizador y de sus efectos totalitarios,
con lo que las luchas en cuestión quedan sencillamente privadas del derecho a
la existencia 44. Y en todas partes, con diferentes nombres, la Crítica de la
economía política (era el subtítulo del Capital de Marx) y la crítica de la
sociedad alienada que era su correlato se utilizan como elementos de la
programación del sistema 45. Sin duda el modelo crítico se ha mantenido y se ha
refinado de cara a ese proceso, en minorías como la Escuela de Frankfurt o como
el grupo Socialisme ou Babarie 46. Pero no se puede ocultar que la base social
del principio de la división, la lucha de clases, se difuminó hasta el punto de
perder toda radicalidad, encontrándose finalmente expuesto al peligro de perder
su estabilidad teórica y reducirse a una «utopía», a una «esperanza» 47, a una
protesta en favor del honor alzado en nombre del hombre, o de la razón, o de la
creatividad, o incluso de la categoría social afectada in extremis por las funciones
ya bastante improbables de sujeto crítico, como el tercer mundo o la juventud
estudiantil 48. Esta esquemática (o esquelética) llamada de atención no tenía
otra función que precisar la problemática en la que intentamos situar la
cuestión del saber en las sociedades industriales avanzadas. Pues no se puede
saber lo que es el saber, es decir, qué problemas encaran hoy su desarrollo y
su difusión, si no se sabe nada de la sociedad donde aparece. Y, hoy más que
nunca, saber algo de esta última, es en principio elegir la manera de
interrogar, que es también la manera de la que ella puede proporcionar
respuestas. No se puede decidir que el papel fundamental del saber es ser un
elemento indispensable del funcionamiento de la sociedad y obrar en consecuencia
adecuadamente, más que si se ha decidido que se trata de una máquina enorme 49.
A la inversa, no se puede contar con su función crítica y proponerse orientar
su desarrollo y difusión en ese sentido más que si se ha decidido que no forma
un todo integrado y que sigue sujeta a un principio de contestación 50. La
alternativa parece clara, homogeneidad o dualidad intrínsecas de lo social,
funcionalismo o criticismo del saber, pero la decisión parece difícil de tomar,
o arbitraria. Uno está tentado a escapar a esa alternativa distinguiendo dos
tipos de saber, uno positivista que encuentra fácilmente su explicación en las
técnicas relativas a los hombres y a los materiales y que se dispone a
convertirse en una fuerza productiva indispensable al sistema, otro crítico o
reflexivo o hermenéutico que, al interrogarse directamente o indirectamente
sobre los valores o los objetivos, obstaculiza toda «recuperación» 51.
5 La naturaleza del lazo social: La
perspectiva postmoderna
Nosotros
no seguimos esta solución dual. Planteamos que la alternativa que trata de
resolver, pero que no hace sino reproducir, ha dejado de ser pertinente en lo
que se refiere a las sociedades que nos interesan, y todavía pertenece a un
pensamiento por oposiciones que no corresponde a los modos más vivos del saber
postmoderno. El «redespliegue» económico en la fase actual del capitalismo,
ayudado por la mutación de técnicas y tecnologías, marcha a la par, ya se ha
dicho, con un cambio de función de los Estados: a partir de ese síndrome se
forma una imagen de la sociedad que obliga a revisar seriamente los intentos
presentados como alternativa. Digamos, para ser breves, que las funciones de
regulación y, por tanto, de reproducción, se les quitan y se les quitarán más y
más a los administradores y serán confiadas a autómatas. La cuestión principal
se convierte y se convertirá más aún en poder disponer de las informaciones que
estos últimos deberán tener memorizadas con objeto de que se tomen las
decisiones adecuadas. La disposición de las informaciones es y será más
competencia de expertos de todos los tipos. La clase dirigente es y será cada
vez más la de los «decididores». Deja de estar constituida por la clase
política tradicional, para pasar a ser una base formada por jefes de empresa,
altos funcionarios, dirigentes de los grandes organismos profesionales,
sindicales, políticos, confesionales 52. La novedad es que en ese contexto los
antiguos polos de atracción constituidos por los Estados-naciones, los partidos,
las profesiones, las instituciones y las tradiciones históricas pierden su
atracción. Y no parece que deban ser reemplazados, al menos a la escala que les
es propia. La Comisión Tricontinental no es un polo de atracción popular. Las
«identificaciones» con los grandes nombres, los héroes de la historia actual,
se hacen más difíciles 53. No provoca entusiasmo dedicarse a la «recuperación
de Alemania», como el presidente francés parece ofrecer como objetivo vital a
sus compatriotas. Además, no se trata de un auténtico objetivo vital. Éste
queda confiado a la diligencia de cada uno. Cada uno se ve remitido a sí mismo.
Y cada uno sabe que ese sí mismo es poco 54. De esta descomposición de los
grandes Relatos, que analizamos más adelante, se sigue eso que algunos analizan
como la disolución del lazo social y el paso de las colectividades sociales al
estado de una masa compuesta de átomos individuales lanzados a un absurdo
movimiento browniano 55. Lo que no es más que una visión que nos parece
obnubilada por la representación paradisíaca de una sociedad «orgánica»
perdida.. El sí mismo es poco, pero no está aislado, está atrapado en un
cañamazo de relaciones más complejas y más móviles que nunca. Joven o viejo,
hombre o mujer, rico o pobre, siempre está situado sobre «nudos» de circuitos
de comunicación, por ínfimos que éstos sean 56. Es preferible decir situado en
puntos por los que pasan mensajes de naturaleza diversa. Nunca está, ni
siquiera el más desfavorecido, desprovisto de poder sobre esos mensajes que le
atraviesan al situarlo, sea en la posición de destinador, o de destinatario, o
de referente. Pues su desplazamiento con respecto a esos efectos de los juegos
de lenguaje (se ha comprendido que es de ellos de lo que se trata) es tolerable
dentro de ciertos límites (incluso cuando éstos son borrosos) y hasta es
suscitado por las reglas y sobre todo por los reajustes con los que el sistema
se provee con el fin de mejorar sus actuaciones. Incluso se puede decir que el
sistema puede y debe estimular esos desplazamientos en tanto que lucha contra
su propia entropía, y que una novedad correspondiente a una «jugada» inesperada
y al correlativo desplazamiento de tal compañero de juego o de tal grupo de
compañeros a los que implique, puede proporcionar al sistema ese suplemento de
performatividad que no deja de exigir y de consumir 57. Se comprende ahora
desde qué perspectiva se ha propuesto más arriba como método general de
acercamiento el de los juegos de lenguaje. No pretendemos que toda relación
social sea de este orden, eso quedará aquí como cuestión pendiente; sino que
los juegos de lenguaje son, por una parte, el mínimo de relación exigido para
que haya sociedad, y no es preciso recurrir a una robinsonada para hacer que
esto se admita: desde antes de su nacimiento, el ser humano está ya situado con
referencia a la historia que cuenta su ambiente 58 y con respecto a la cual
tendrá posteriormente que conducirse. O más sencillamente aún: la cuestión del
lazo social, en tanto que cuestión, es un juego del lenguaje, el de la
interrogación, que sitúa inmediatamente a aquél que la plantea, a aquél a quien
se dirige, y al referente que interroga: esta cuestión ya es, pues, el lazo
social. Por otra parte, en una sociedad donde el componente comunicacional se
hace cada día más evidente a la vez como realidad y como problema 59, es seguro
que el aspecto lingüístico adquiere nueva importancia, y sería superficial
reducirlo a la alternativa tradicional de la palabra manipuladora o de la
transmisión unilateral de mensajes por un lado, o bien de la libre expresión o
del diálogo por el otro. Unas palabras sobre este último asunto. Traduciendo
ese problema a simples términos de la teoría de la comunicación, se olvidarían
dos cosas: los mensajes están dotados de formas y de efectos muy diferentes,
según sean, por ejemplo, denotativos, prescriptivos, valorativos,
performativos, etc. Es seguro que no sólo funcionan en tanto que comunican
información. Reducirlos a esa función, es adoptar una perspectiva que
privilegia indebidamente el punto de vista del sistema y su sólo interés. Pues
es la máquina cibernética la que funciona con información, pero por ejemplo los
objetivos que se le han propuesto al programarla proceden de enunciados
prescriptivos y valorativos que la máquina no corregirá en el curso de su
funcionamiento, por ejemplo, la maximalización de sus actuaciones. Pero, ¿cómo
garantizar que la maximalización de sus actuaciones constituya siempre el mejor
objetivo para el sistema social? Los «átomos» que forman la materia son en cualquier
caso competentes con respecto a esos enunciados, y especialmente en esta
cuestión. Y por otra parte, la teoría de la información en su versión
cibernética trivial deja de lado un aspecto decisivo ya subrayado, el aspecto
agonístico. Los átomos están situados en cruces de relaciones pragmáticas, pero
también son desplazados por los mensajes que los atraviesan, en un movimiento
perpetuo. Cada «compañero» de lenguaje sufre entonces «jugadas» que le
atribuyen un «desplazamiento», una alteración, sean del tipo que sean, y eso no
solamente en calidad de destinatario y de referente, también como destinador.
Esas «jugadas» no pueden dejar de suscitar «contra-jugadas»; pues todo el mundo
sabe por experiencia que estas últimas no son «buenas» si sólo son reactivas.
Porque entonces no son más que efectos programados en la estrategia del
adversario, perfeccionan a éste y, por tanto, van a rastras de una modificación
de la relación de las fuerzas respectivas. De ahí la importancia que tiene el
intensificar el desplazamiento, e incluso el desorientarlo, de modo que se
pueda hacer una «jugada» (un nuevo enunciado) que sea inesperada. Lo que se
precisa para comprender de esta manera las relaciones sociales, a cualquier
escala que se las tome, no es únicamente una teoría de la comunicación, sino
una teoría de los juegos, que incluya a la agonística en sus presupuestos. Y ya
se adivina que, en ese contexto, la novedad requerida no es la simple
«innovación». Se encontrará en bastantes sociólogos de la generación contemporánea
con qué sostener este acercamiento 60, sin hablar de los lingüistas a los
filósofos del lenguaje. Esta «atomización» de lo social en redes flexibles de
juegos de lenguaje puede parecer bien alejada de la realidad moderna que
aparece antes que nada bloqueada por la artrosis burocrática 61. Incluso se
puede invocar el peso de las instituciones que imponen límites a los juegos, y
por tanto reducen la inventiva de los compañeros en cuestión de jugadas. Lo que
no nos parece que ofrezca ninguna dificultad especial. En el uso ordinario del
discurso, en una discusión entre dos amigos por ejemplo, los interlocutores
recurren a lo que sea, cambian de juego de un enunciado a otro: la
interrogación, el ruego, la afirmación, la narración se lanzan en desorden durante
la batalla. Ésta no carece de reglas 62, pero sus reglas autorizan y alientan
la mayor flexibilidad de los enunciados.
Pues,
desde ese punto de vista, una institución siempre difiere de una discusión en
que requiere limitaciones suplementarias para que los enunciados sean
declarados admisibles en su seno. Esas limitaciones operan como filtros sobre
la autoridad del discurso, interrumpen conexiones posibles en las redes de
comunicación: hay cosas que no se pueden decir. Y privilegian, además,
determinadas clases de enunciados, a veces uno solo, de ahí que el predominio
caracterice el discurso de la institución: hay cosas que se pueden decir y
maneras de decirlas. Así, los enunciados de mando en los ejércitos, de oración
en las iglesias, de denotación en las escuelas, de narración en las familias,
de interrogación en las filosofías, de performatividad en las empresas... La burocratización
es el límite extremo de esta tendencia. Sin embargo, esta hipótesis acerca de
la institución todavía es demasiado «pesada»: parte de una visión «cosista» de
lo instituido. Hoy, sabemos que el límite que la institución opone al potencial
del lenguaje en «jugadas» nunca está establecido (incluso cuando formalmente lo
está) 63. Es más bien ella misma el resultado provisional y el objeto de
estrategias de lenguaje que tienen lugar dentro y fuera de la institución.
Ejemplos: ¿el juego de experimentación con la lengua (la poética) tiene un
puesto en la universidad? ¿Se pueden contar relatos en un consejo de ministros?
¿Hacer reivindicaciones en un cuartel? Las respuestas son claras: sí si la
universidad abre sus talleres de creación; sí si el consejo trabaja con
esquemas prospectivos; sí si los superiores aceptan discutir con los soldados.
Dicho de otro modo: sí si los límites de la antigua institución se desplazan
64. Recíprocamente, se dirá que las instituciones no se estabilizan mientras no
dejan de ser un envite. Con este espíritu es como conviene, creemos, abordar
las instituciones contemporáneas del saber.
6 Pragmática del saber narrativo
A la
aceptación sin examen de una concepción instrumental del saber en las
sociedades más desarrolladas, hemos hecho anteriormente (sección 1) dos
objeciones. El saber no es la ciencia, sobre todo en su forma contemporánea; y
está última, lejos de poder ocultar el problema de su legitimidad, no puede
dejar de plantearlo en toda su amplitud, que no es menos socio-política que
epistemológica. Precisemos en primer lugar la naturaleza del saber «narrativo»;
este examen permitirá por comparación distinguir mejor al menos ciertas
características de la forma que reviste el saber científico en la sociedad
contemporánea; también ayudará a comprender cómo se plantea hoy, y cómo no se
plantea, la cuestión de la legitimidad. El saber en general no se reduce a la
ciencia, ni siquiera al conocimiento. El conocimiento sería el conjunto de los
enunciados que denotan o describen objetos 65, con exclusión de todos los demás
enunciados, y susceptibles de ser declarados verdaderos o falsos. La ciencia
sería un subconjunto de conocimientos. También ella hecha de enunciados
denotativos, impondría dos condiciones suplementarias para su aceptabilidad:
que los objetos a los que se refieren sean accesibles de modo recurrente y, por
tanto, en las condiciones de observación explícitas; que se pueda decidir si
cada uno de esos enunciados pertenece o no pertenece al lenguaje considerado
como pertinente por los expertos 66. Pero con el término saber no se comprende
solamente, ni mucho menos, un conjunto de enunciados denotativos, se mezclan en
él las ideas de saber-hacer, de saber-vivir, de saber-oír, etc. Se trata
entonces de unas competencias que exceden la determinación y la aplicación del
único criterio de verdad, y que comprenden a los criterios de eficiencia
(cualificación técnica), de justicia y/o de dicha (sabiduría ética), de belleza
sonora, cromática (sensibilidad auditiva, visual), etc. Tomado así; el saber es
lo que hace a cada uno capaz de emitir «buenos» enunciados denotativos, y
también «buenos» enunciados prescriptivos, «buenos» enunciados valorativos...
No consiste en una competencia que se refiera a tal tipo de enunciados, por
ejemplo cognitivos, con exclusión de los otros. Permite al contrario «buenas»
actuaciones con respecto a varios objetos del discurso: conocer, decidir,
valorar, transformar… De ahí resulta uno de sus rasgos principales: coincide
con una «formación» amplia de las competencias, es la forma única encarnada en
un asunto compuesto por los diversos tipos de competencia que lo contribuyen.
Otra característica a subrayar es la afinidad de tal saber con la costumbre.
¿Qué es, en efecto, un «buen» enunciado prescriptivo o valorativo, qué una
«buena» actuación en materia denotativa o técnica? Unos y las otras se
conceptúan «buenos» porque son conformes a los criterios pertinentes
(respectivamente, de justicia, de belleza, de verdad y de eficiencia) admitidos
en el medio constituido por los interlocutores del «sabiente». Los primeros
filósofos 67 han llamado opinión a ese modo de legitimación de enunciados. El
consenso que permite circusncribir tal saber y diferenciar al que sabe del que
no sabe (el extraño, el niño) es lo que constituye la cultura de un pueblo 68.
Ese breve toque de atención de lo que el saber puede ser como formación y como
cultura lo autorizan descripciones etnológicas 69. Pero una antropología y una
literatura vueltas hacia sociedades en rápido desarrollo detectan en él su
persistencia al menos en ciertos sectores 70. La misma idea de desarrollo
presupone el horizonte de un no-desarrollo, donde las diversas competencias se
suponen envueltas en la unidad de una tradición y no se disocian en
cualificaciones que son objeto de innovaciones, de debates y de exámenes
específicos. Esta oposición no implica necesariamente la de un cambio de
naturaleza en el estado del saber entre «primitivos» y «civilizados» 71, es
compatible con la tesis de la identidad formal entre «pensamiento salvaje» y
pensamiento científico 72, e incluso con la, aparentemente contraria a la
precedente, de una superioridad del saber consuetudinario sobre la dispersión
contemporánea de las competencias 73. Se puede decir que todos los
observadores, sea cual sea el argumento que proponen para dramatizar y
comprender la separación entre este estado consuetudinario del saber y el que
le es propio en la edad de las ciencias, se armonizan en un hecho, la
preeminencia de la forma narrativa en la formulación del saber tradicional.
Unos se ocupan de esta forma en sí misma 74, otros ven en ella la vestimenta
diacrónica de operadores estructurales que según ellos constituyen propiamente
el saber que está en juego 75, otros aún proporcionan una interpretación
económica en el sentido freudiano 76. Aquí no es preciso retener más que el
hecho de la forma narrativa. El relato es la forma por excelencia de ese saber,
y esto en varios sentidos. En primer lugar, esos relatos populares cuentan lo
que se pueden llamar formaciones (Bildungen) positivas o negativas, es decir,
los éxitos o fracasos que coronan las tentativas del héroe, y esos éxitos o
fracasos, o bien dan su legitimidad a instituciones de la sociedad (función de
los mitos) o bien representan modelos positivos o negativos (héroes felices o
desgraciados) de integración en las instituciones establecidas (leyendas,
cuentos). Esos relatos permiten, en consecuencia, por una parte definir los
criterios de competencia que son los de la sociedad donde se cuentan, y por
otra valorar gracias a esos criterios las actuaciones que se realizan o pueden
realizarse con ellos. En segundo lugar, la forma narrativa, a diferencia de las
formas desarrolladas del discurso del saber, admite una pluralidad de juegos de
lenguaje: encuentran fácilmente sitio en el relato enunciados denotativos,
referidos por ejemplo a lo que se conozca del cielo, las estaciones, la flora y
la fauna; enunciados deónticos que prescriben lo que se debe hacer en cuanto a
esos mismos referentes o en cuanto a los parientes, a la diferencia de sexos, a
los niños, a los vecinos, a los extraños, etc.; enunciados interrogativos que
están implicados, por ejemplo, en los episodios de reto (responder a una
pregunta, elegir un elemento de un grupo); enunciados valorativos, etc. Las
competencias de las que el relato proporciona o aplica los criterios se
encuentran, pues, mezcladas unas con otras en un tejido apretado, el del
relato, y ordenadas en una perspectiva de conjunto, que caracteriza este tipo
de saber. Se examinará un poco más extensamente una tercera propiedad, que es
relativa a la transmisión de esos relatos. Su narración obedece muy a menudo a
reglas que fijan la pragmática. Lo que no quiere decir que debido a la
institución, tal sociedad asigne el papel de narrador a tal categoría de edad,
de sexo, de grupo familiar o profesional. Queremos hablar de una pragmática de
los relatos populares que les es, por decirlo así, intrínseca. Por ejemplo, un
narrador cashinahua 77 comienza siempre su narración con una fórmula fija: «He
aquí la historia de..., tal y como siempre la he oído. Yo, a mi vez, os la voy
a contar, escuchadla.» Y la finaliza con otra fórmula igualmente invariable:
«Aquí se acaba la historia de... El que os la ha contado es... [nombre
cashinahua], para los blancos... [nombre español o portugués]» 78. Un análisis
sumario de esta doble instrucción pragmática hace aparecer esto: el narrador no
pretende adquirir su competencia al contar la historia porque haya sido su
auditor. El «narratario» actual, al escucharla, accede potencialmente a la
misma autoridad. El relato se declara repetido (incluso si la actuación
narrativa es intensamente inventada), y repetido «desde siempre»: un héroe que
es cashinahua, por tanto también ha sido «narratario» y quizá narrador del
mismo relato. Establecida esta semejanza de condición, el narrador actual puede
ser el propio héroe de un relato, como lo ha sido el antiguo. De hecho lo es, y
necesariamente, puesto que lleva un nombre, rechazado al final de su narración,
que le ha sido atribuido de acuerdo con el relato canónico que legitima la
distribución cashinahua de los patronímicos. La regla pragmática ilustrada por este
ejemplo no es, evidentemente, universalizable 79. Pero proporciona indicios de
una propiedad atribuida de modo general al saber tradicional: los «puestos»
narrativos (destinador, destinatario, héroe) se distribuyen de modo que el
derecho a ocupar uno, el de destinador, se funda sobre el doble hecho de haber
ocupado el otro, el de destinatario, y el de haber sido, por el nombre que se
lleva, ya contado por un relato, es decir, situado en posición de referente
diegético de otras ocurrencias narrativas 80. El saber que vehiculan esas
narraciones, lejos de vincularse sólo a las funciones de enunciación, también
determina de golpe lo que hay que decir para ser escuchado, y lo que hay que
escuchar para poder hablar, y lo que hay que jugar (en el escenario de la
realidad diegética) para poder ser el objeto de un relato. Los actos de habla
81 que son pertinentes a ese saber no los lleva a cabo únicamente el locutor,
sino también el interpelado y, además, el tercero del que se ha hablado. El
saber que se desprende de tal dispositivo puede parecer «compacto» por
oposición al que llamamos «desarrollado». Deja percibir con claridad el modo en
que la tradición de los relatos es al mismo tiempo la le los criterios que
defiende una triple competencia, saber-decir, saber-escuchar, saber-hacer,
donde se ponen en juego las relaciones de la comunidad consigo misma y con su
entorno. Lo que se transmite con los relatos es el grupo de reglas pragmáticas
que constituye el lazo social. Un cuarto aspecto de ese saber narrativo merecería
ser examinado con atención: su incidencia sobre el tiempo. La forma narrativa
obedece a un ritmo, es la síntesis de un metro que hace latir el tiempo en
periodos regulares y de un acento que modifica la longitud o la amplitud de
algunos de ellos 82. Esta propiedad vibratoria y musical aparece con evidencia
en la realización ritual de ciertos cuentos cashinahua: transmitidos en
condiciones iniciáticas, con una forma absolutamente fija, en un lenguaje que
oscurece los desórdenes léxicos y sintácticos que se les infligen, son cantados
en interminables melopeas 83. Extraño saber, se dirá, ¡ni siquiera se deja
comprender por los jóvenes a quienes se dirige! Es, sin embargo, un saber muy
común, el de los cuentos infantiles, ése que las músicas repetitivas de nuestro
tiempo han intentado recuperar o al menos imitar aproximadamente. Presenta una
propiedad sorprendente: a medida que el metro se impone al acento en las
locuciones sonoras, habladas o no, el tiempo deja de ser el soporte de la
memorización y se convierte en un batir inmemorial que, en ausencia de
diferencias notables entre los períodos, prohibe enumerarlos y los despacha al
olvido 84. Interrogando la forma de los refranes, proverbios, máximas que son
como pequeños trozos de relatos posibles o las matrices de antiguos relatos y
que todavía continúan en circulación en determinados pisos del edificio social
contemporáneo, se reconocerá en su prosodia la marca de esta extraña
temporalización que alcanza de lleno la regla de oro de nuestro saber: no se olvide.
Pues debe haber una congruencia entre esta función de olvido del saber
narrativo por una parte, y por otra las funciones de formación de criterios, de
unificación de competencias, y de regulación social, que hemos citado más
arriba. Simplificando imaginariamente, se puede suponer que una colectividad
que hace del relato la forma-clave de la competencia no tiene necesidad, en
contra de lo que se pudiera esperar, de apoyarse en su pasado. Encuentra la
materia de su lazo social, no sólo en la significación de los relatos que
cuenta, sino también en el acto de contarlos. La referencia de los relatos
puede parecer perteneciente al mismo pasado, y en realidad siempre es
contemporáneo a este acto. Es el acto presente el que cada vez despliega la
temporalidad efímera que se extiende entre el He oído decir y el Vais a oír. Lo
importante en los protocolos pragmáticos de este tipo de narración es que
señalan la identidad de principio de todas las ocurrencias del relato. Puede no
ser nada, como es el caso frecuente, y no necesita ocultarse lo que hay de
humor o de angustia en el respeto por esa etiqueta. Queda que la importancia se
confiere al batir métrico de las ocurrencias del relato y no a la diferencia de
acento de cada actuación. Por eso se puede decir que esta temporalidad es a la
vez evanescente e inmemorial 85. En fin, lo mismo que no tiene necesidad de
acordarse de su pasado, una cultura que conceda preeminencia a la forma
narrativa es indudable que ya no tiene necesidad de procedimientos especiales
para autorizar sus relatos. Es difícil imaginar, primero, que aisle la
instancia narrativa de entre otras para concederle un privilegio en la
pragmática de los relatos, después, que se interrogue acerca del derecho que el
narrador, desconectado así del «narratario» y la diégesis, tendría de contar lo
que cuenta, con el fin de que la cultura emprenda el análisis o la anamnesis de
su propia legitimidad. Todavía se imagina menos que pueda atribuir a un
incomprensible motivo de la narración la autoridad de los relatos. Éstos tienen
por sí mismos esa autoridad. El pueblo es, en un sentido, quien los actualiza,
y lo hace no sólo al contarlos, sino también al escucharlos y al hacerse contar
por ellos, es decir, al «interpretarlos» en sus instituciones: por tanto, presentándose
tanto en el puesto del «narratario» y de la diégesis, como en el de narrador.
Hay, pues, una inconmensurabilidad entre la pragmática narrativa popular, que
es desde luego legitimante, y ese juego de lenguaje conocido en Occidente que
es la cuestión de la legitimidad, o mejor aún, la legitimidad como referente
del juego interrogativo. Los relatos, se ha visto, determinan criterios de
competencia y/o ilustran la aplicación. Definen así lo que tiene derecho a
decirse y a hacerse en la cultura, y, como son también una parte de ésta, se
encuentran por eso mismo legitimados.
7 Pragmática del saber científico
Intentemos
caracterizar, siquiera sumariamente, la pragmática del saber científico tal y
como se desprende de la concepción clásica del saber. Se distinguirán en ella
el juego de la investigación y el de la enseñanza. Copérnico declara que la
trayectoria de los planetas es circular 86. Sea verdadera o falsa, la
proposición comporta un grupo de tensiones, cada una de las cuales se ejerce
sobre cada uno de los puestos pragmáticos que ella misma pone en juego:
destinador, destinatario y referente. Esas «tensiones» son una especie de
prescripciones que regulan la aceptabilidad del enunciado en tanto que «de
ciencia». Primero, el destinador se supone que dice la verdad a propósito del
referente, la trayectoria de los planetas. ¿Qué significa eso? Que se supone capaz,
por una parte de proporcionar pruebas de lo que dice, y por otra, de refutar
todo enunciado contrario o contradictorio a propósito del mismo referente.
Después, el destinatario se supone que puede dar válidamente su acuerdo (o
negarlo) al enunciado del que se ocupa. Eso implica que él mismo es un
destinador potencial, puesto que cuando formule su asentimiento o discrepancia,
será sometido a la misma doble exigencia de demostrar o refutar que el
destinador actual, Copérnico. Se supone, pues, que reúne en potencia las mismas
cualidades que éste: es su igual. Pero no se sabrá más qué cuando hable, y en
esas condiciones. Antes, no podría ser llamado savant (el que sabe). En tercer
lugar, el referente, la trayectoria de los planetas de la que habla Copérnico,
se supone «expresado» por el enunciado de una manera conforme a lo que es.
Pero, como no se puede saber lo que es más que por enunciados de la misma clase
que el de Copérnico, la regla de adecuación presenta un problema: lo que yo
digo es verdadero porque yo lo demuestro; pero, ¿qué demuestra que mi
demostración es verdadera? La solución científica a esta dificultad consiste en
la observancia de una doble regla. La primera es dialéctica o incluso retórica
de tipo judicial 87: es referente lo que puede ser materia a probar, elemento
de convicción, en el debate. Eso no lo es: puedo demostrar que la realidad es
como yo digo, pero: en tanto que puedo demostrarlo, está permitido pensar que
la realidad es como yo digo 88. La segunda es metafísica: el mismo referente no
puede proporcionar una pluralidad de pruebas contradictorias o inconsistentes;
o también: «Dios» no engaña 89. Esta doble regla sustenta lo que la ciencia del
siglo XIX llama verificación y la del siglo XX falsificación 90. Permite
proporcionar al debate de los compañeros de juego, destinador y destinatario,
el horizonte del consenso. Todo consenso no es indicio de verdad; pero se
supone que la verdad de un enunciado no puede dejar de suscitar el consenso.
Esto para la investigación. Se ve que ésta apela a la enseñanza como a su
complemento necesario. Pues el científico necesita un destinatario que pueda
ser a su vez un destinador, o sea un compañero. Si no, la verificación de su
enunciado es imposible por falta de un debate contradictorio, que la no-renovación
de las competencias terminaría por hacer imposible. Y no es sólo la verdad de
su enunciado sino su propia competencia lo que está en juego en ese debate;
pues la competencia nunca es adquirida, depende de que el enunciado propuesto
sea o no considerado a discutir en una secuencia de argumentaciones y
refutaciones entre iguales. La verdad del enunciado y la competencia del que lo
enuncia están, pues, sometidas al asentimiento de la colectividad de iguales en
competencia. Es preciso, por tanto, formar iguales. La didáctica asegura esta
reproducción. Es diferente del juego dialéctico de la investigación. Para
resumir, su primer presupuesto es que el destinatario, el estudiante, no sabe
lo que sabe el destinador, es, en efecto, por esta razón por lo que tiene algo
que aprender. Su segundo presupuesto es que puede aprender y convertirse en un
experto con idéntica competencia que su maestro 91. Esta doble exigencia
presupone una tercera: que hay enunciados a propósito de los cuales el
intercambio de argumentaciones y la administración de pruebas, que constituyen
la pragmática de la investigación, se consideran como suficientes y por ese
hecho pueden ser transmitidos tal cual son a título de verdades indiscutibles
de la enseñanza. Dicho de otro modo, se enseña lo que se sabe: así es el
experto. Pero, a medida que el estudiante (el destinatario de la didáctica)
mejora su competencia, el experto puede hacerle partícipe de lo que no sabe y
trata de saber (si el experto es, además, investigador). El estudiante es
introducido así en la dialéctica de los investigadores, es decir, en el juego
de la formación del saber científico. Si se compara esta pragmática con la del
saber narrativo se apreciarán las siguientes propiedades: 1. El saber
científico exige el aislamiento de un juego de lenguaje, el denotativo; y la
exclusión de los demás. El criterio de aceptabilidad de un enunciado es su
valor de verdad. Se encuentran aquí otros tipos de enunciados, como la
interrogación («¿Cómo explicar que...?») y la prescripción («Sea una serie
determinada de elementos...»); pero sólo son bisagras de la argumentación
dialéctica; ésta debe llevar a un enunciado denotativo 92. Se es, pues, savant
(en ese sentido) si se puede pronunciar un enunciado verdadero a propósito de
un referente; y científico si se pueden pronunciar enunciados verificables con
respecto a referentes accesibles a los expertos. 2. Ese saber se encuentra así
aislado de los demás juegos de lenguaje cuya combinación forma el lazo social.
Ya no es un componente inmediato y compartido como lo es el saber narrativo. Es
un componente indirecto, por lo que se convierte en una profesión y da lugar a
instituciones, ya que en las sociedades modernas los juegos de lenguaje se
reagrupan en forma de instituciones animadas por «compañeros» cualificados, los
profesionales. La relación entre el saber y la sociedad (es decir, el conjunto
de «compañeros» en la agonística general, en tanto que no son profesionales de
la ciencia) se exterioriza. Aparece un nuevo problema, el de la relación de la
institución científica con la sociedad. El problema, ¿puede ser resuelto por la
didáctica, por ejemplo, según el presupuesto de que todo átomo social puede
adquirir la competencia científica? 3. En el seno del juego de la
investigación, la competencia requerida se refiere sólo al puesto del
enunciador. Éste no tiene competencia particular en cuanto destinatario (no se
exige más que en la didáctica: el estudiante debe ser inteligente). Y tampoco
tiene competencia como referente: Incluso cuando se trata de ciencias humanas,
el referente, que es entonces un determinado aspecto de la conducta humana,
está en principio situado exteriormente con relación a los «compañeros» de la
dialéctica científica. No hay aquí, como ocurre en la narrativa, un saber ser
lo que el saber dice que se es. 4. Un enunciado de ciencia no consigue ninguna
validez de lo que informa. Incluso en materia de pedagogía, no se enseña más
que si es verificable por medio de la argumentación y el experimento. En sí,
nunca está a salvo de una «falsificación» 93. De este modo, el saber acumulado
en enunciados aceptados anteriormente siempre puede ser desechado. Y, a la
inversa, todo nuevo enunciado, si está en contradicción con un enunciado
anteriormente admitido a propósito del mismo referente, no podrá ser aceptado
como válido más que si refuta el enunciado precedente por medio de argumentos y
pruebas. 5. El juego de la ciencia implica, pues, una temporalidad diacrónica,
es decir, una memoria y un proyecto. El destinador actual de un enunciado
científico se supone que tiene conocimiento de los enunciados precedentes a
propósito de su referente (bibliografía) y sólo propone un enunciado sobre ese
mismo tema si difiere de los enunciados precedentes. Lo que se ha llamado el
«acento» de cada actuación está aquí privilegiado con respecto al «metro», y
por lo mismo la función polémica de ese juego. Esta diacronía que supone la
memorización, y la investigación del nuevo enunciado designa en principio un
proceso acumulativo. El «ritmo» de éste, que es la relación del acento con el
metro, es variable 94. Estas propiedades son conocidas. Merecen, sin embargo,
que se las recuerde por dos razones. En principio, el paralelismo de ciencia y
saber no científico (narrativo) hace que se comprenda, o al menos se sienta,
que la existencia de la primera ya no tiene necesidad del segundo, y nada
menos. Una y otro están constituidos por conjuntos de enunciados; éstos son
«jugadas» realizadas por los jugadores en el marco de las reglas generales;
esas reglas son específicas a cada saber, y las «jugadas» consideradas buenas
en una y en el otro no pueden ser del mismo tipo, salvo por accidente. No se
puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de
lo científico, ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los
mismos en lo uno que en lo otro. Bastaría, en definitiva, con maravillarse ante
esta variedad de clases discursivas como se hace ante la de las especies
vegetales o animales. Lamentarse de «la pérdida del sentido» en la
postmodernidad consiste en dolerse porque el saber ya no sea principalmente
narrativo. Se trata de una inconsecuencia. Hay otra que no es menor, la de
querer derivar o engendrar (por medio de operadores tales como el desarrollo,
etc.) el saber científico a partir del saber narrativo, como si éste contuviera
a aquél en estado embrionario. Con todo, lo mismo que las especies vivas, las
del lenguaje mantienen entre ellas relaciones, y éstas están lejos de ser
armoniosas. La otra razón que puede justificar el recuerdo sumario de las
propiedades del juego de lenguaje de la ciencia afecta precisamente a su
relación con el saber narrativo. Hemos dicho que éste último no valora la
cuestión de su propia legitimación, se acredita a sí mismo por la pragmática de
su transmisión sin recurrir a la argumentación y a la administración de
pruebas. Por eso une a su incomprensión de los problemas del discurso
científico una determinada tolerancia con respecto a él: en principio lo acepta
como una verdad dentro de la familia de las culturas narrativas 95. La inversa
no es verdadera. El científico se interroga sobre la validez de los enunciados
narrativos y constata que éstos nunca están sometidos a la argumentación y a la
prueba 96. Los clasifica en otra mentalidad: salvaje, primitiva,
sub-desarrollada, atrasada, alienada, formada por opiniones, costumbres,
autoridad, prejuicios, ignorancias, ideologías. Los relatos son fábulas, mitos,
leyendas, buenas para las mujeres y los niños. En el mejor de los casos, se
intentará hacer que la luz penetre en ese oscurantismo, civilizar, educar,
desarrollar. Esta relación desigual es un efecto intrínseco de las reglas
propias a cada juego. Se conocen los síntomas. Constituyen toda la historia del
imperialismo cultural desde los comienzos de Occidente. Es importante reconocer
al garante, que se distingue de todos los demás: está dominado por la exigencia
de legitimación.
8 La función narrativa y la legitimación del
saber
Ese
problema de la legitimación hoy ya no es considerado un fallo del juego de
lenguaje de la ciencia. Sería más exacto decir que está legitimado en sí mismo
como problema, es decir, como competencia heurística. Pero esta manera de
tratarlo, por inversión, es reciente. Antes de llegar a ella (es decir, a eso
que algunos llaman positivismo), el saber científico ha buscado otras
soluciones. Es de señalar que durante largo tiempo éstas no han podido evitar
el tener que recurrir a procedimientos que, abiertamente o no, se refieren al
saber narrativo. Esa reiteración de lo narrativo en lo no-narrativo, con una
forma u otra, no debe considerarse como superada de una vez por todas. Una
prueba bastante grosera: ¿qué hacen los científicos en la televisión, entrevistados
en los periódicos, después de algún «descubrimiento»? Cuentan una epopeya de un
saber perfectamente no-épico. Satisfacen así las reglas del juego narrativo,
cuya presión, no sólo sobre los usuarios de los media, sino además sobre su
fuero interno, sigue siendo considerable. Pues un hecho como éste no es ni
trivial ni añadido: se refiere a la relación del saber científico con el saber
«popular», o lo que queda de éste. El Estado puede gastar mucho para que la
ciencia pueda presentarse como epopeya: a través de ella, se hace creíble, crea
el asentimiento público del que sus propios «decididores» tienen necesidad 97.
No queda, pues, excluido que el recurso a lo narrativo sea inevitable; al menos
cuando el juego del lenguaje de la ciencia busque la verdad de sus enunciados y
no pueda legitimarla por sus propios medios. En ese caso, sería preciso
reconocer una necesidad de historia irreductible, debiendo ésta incluirse, del
modo que la hemos bosquejado, no como un deseo de recordar y de proyectar
(necesidad de historicidad, necesidad de acento), sino, por el contrario, como
una necesidad de olvido (necesidad de metrum) (sección 6). En cualquier caso,
es prematuro llegar a esto. Pero se mantendrá viva en la mente, en el curso de
las siguientes consideraciones, la idea de que las soluciones aparentemente en
desuso que han podido ser dadas al problema de la legitimación no lo son en
principio, sino sólo en las expresiones que adquieren, y por eso no hay que
extrañarse de verlas persistir hoy en día bajo otras formas. ¿No necesitamos
nosotros mismos, en este instante, preparar un relato del saber científico
occidental para precisar su estatuto? Desde sus comienzos, el nuevo juego del
lenguaje plantea el problema de su propia legitimidad: caso de Platón. Este no
es el lugar adecuado para hacer las exégesis de los pasajes de los Diálogos
donde la pragmática de la ciencia aparece explícitamente como tema o
implícitamente como presupuesto. El juego del diálogo, con sus exigencias
específicas, la resume, incluyendo en sí mismo las dos funciones de
investigación y de enseñanza. Se retoman aquí ciertas reglas anteriormente
enumeradas: la argumentación con el único fin del consenso (homología), la
unicidad del referente como garantía de la posibilidad de ponerse de acuerdo,
la paridad entre los «compañeros», e incluso el reconocimiento indirecto de que
se trata de un juego y no de un destino, puesto que de él se encuentran
excluidos todos los que no aceptan las reglas, por debilidad o torpeza 98.
Queda que la cuestión de la legitimidad del mismo juego, dada su naturaleza
científica, también debe formar parte de las cuestiones que se plantean en el
diálogo. Un ejemplo conocido, y ciertamente importante porque une de golpe esta
cuestión a la de la autoridad socio-política, nos lo proporcionan los libros VI
y VII de La República. Se sabe que la respuesta procede, al menos en parte, de
un relato, la alegoría de la caverna, que cuenta por qué y cómo los hombres
quieren relatos y no reconocen el saber. Éste se encuentra así cimentado en el
relato de su suplicio.
Pero hay
más: es en su forma misma, los Diálogos escritos por Platón, como el esfuerzo
de legitimación proporciona las armas a la narración; pues cada uno de ellos
adquiere siempre la forma del relato de una discusión científica. Que la
historia del debate sea más bien mostrada que relatada, puesta en escena más
que narrada 99, y por ello proceda más de lo trágico que de lo épico, importa
poco aquí. El hecho es que el discurso platónico que inaugura la ciencia no es
científico, y eso aunque intente legitimarla. El saber científico no puede
saber y hacer saber lo que es el verdadero saber sin recurrir al otro saber, el
relato, que para él es el no-saber, a falta del cual está obligado a presuponer
por sí mismo y cae así en lo que condena, la petición de principio, el
prejuicio. Pero, ¿no cae también al autorizarse como relato? No es éste el
lugar adecuado para seguir esa recurrencia de lo narrativo en lo científico a
través de los discursos de legitimación de este último que son, en parte al
menos, las grandes filosofías antiguas, medievales y clásicas. Es un esfuerzo
continuado. Un pensamiento tan resuelto como el de Descartes no puede exponer
la legitimidad de la ciencia más que en lo que Valery llamaba la historia de un
espíritu 100, o sino en esa especie de novela de formación (Bildungsroman) que
es el Discurso del método. Aristóteles ha sido sin duda uno de los más modernos
al aislar la descripción de las reglas a las que hay que someter los enunciados
que se declaran científicos (el órgano), de la búsqueda de su legitimidad en un
discurso sobre el Ser (la Metafísica). Y más aún, al sugerir que el lenguaje
científico, incluida su pretensión de decir el ser del referente, no está hecho
más que de argumentaciones y pruebas, es decir, de dialéctica 101. Con la
ciencia moderna aparecen dos nuevos componentes en la problemática de la
legitimación. Primero, para responder a la pregunta: ¿cómo probar la prueba?,
o, más generalmente: ¿quién decide las condiciones de lo verdadero?, se
abandona la búsqueda metafísica de una prueba primera o de una autoridad
trascendente, se reconoce que las condiciones de lo verdadero, es decir, las
reglas de juego de la ciencia son inmanentes a ese juego, no pueden ser
establecidas más que en el seno de un debate ya en sí mismo científico, y
además, que no existe otra prueba de que las reglas sean buenas como no sea el
consenso de los expertos. Esta disposición general de la modernidad a definir
las condiciones de un discurso en un discurso sobre esas condiciones se combina
con el restablecimiento de la dignidad de las culturas narrativas (populares),
ya en el Humanismo renacentista, y de modo distinto en el siglo de las Luces,
el Sturm und Drang, la filosofía idealista alemana, la escuela histórica
francesa. La narración deja de ser un lapsus de la legitimación. Este recurso
explícito al relato en la problemática del saber es concomitante a la
emancipación de las burguesías con respecto a las autoridades tradicionales. El
saber de los relatos retorna a Occidente para aportar una solución a la
legitimación de las nuevas autoridades. Es natural que, en una problemática
narrativa, esta cuestión espere la respuesta de un héroe: ¿quién tienen derecho
a decidir por la sociedad? ¿cuál es el sujeto cuyas prescripciones son normas
para aquellos a quienes obligan? Este modo de interrogar la legitimidad
socio-política se combina con la nueva actitud científica: el héroes es el
pueblo, el signo de la legitimidad su consenso, su modo de normativización la
deliberación. La idea de progreso resulta indefectiblemente de esto: no
representa más que el movimiento por el cual el saber se supone que se acumula,
pero ese movimiento se extiende al nuevo sujeto socio-político. El pueblo está
en debate consigo mismo acerca de lo que es justo e injusto de la misma manera
que la comunidad de ilustrados sobre lo que es verdadero y falso; acumula las
leyes civiles como acumula las leyes científicas; perfecciona las reglas de su
consenso por disposiciones constitucionales cuando las revisa a la luz de sus
conocimientos produciendo nuevos «paradigmas» 102. Se ve que ese «pueblo»
difiere totalmente del que está implicado en los saberes narrativos
tradicionales, los cuales, se ha dicho, no requieren ninguna deliberación
instituyente, ninguna progresión acumulativa, ninguna pretensión de
universalidad: se trata de los operadores del saber científico. No hay, pues,
que asombrarse de que los representantes de la nueva legitimación por medio del
«pueblo» sean también los destructores activos de los saberes tradicionales de
los pueblos, percibidos de ahora en adelante como minorías o separatismos
potenciales cuyo destino no puede ser más que oscurantista 103. Se concibe
igualmente que la existencia real de ese sujeto forzosamente abstracto
(modelado sobre el paradigma del único sujeto que conoce, es decir, del
destinador-destinatario de enunciados denotativos con valor de verdad, con
exclusión de otros juegos de lenguaje) dependa de las instituciones en las que
se supone debe deliberar y decidir, y que comprende todo o parte del Estado. De
este modo la cuestión del Estado se encuentra estrechamente imbricada con la
del saber científico. Pero se ve también que esta imbricación no puede ser
simple. Pues el «pueblo», que es la nación o incluso la humanidad, no se
contenta, sobre todo en sus instituciones políticas, con conocer; legisla, es
decir, formula prescripciones que tienen valor de normas 104. Ejerce, pues, su
competencia no sólo en cuestiones de enunciados prescriptivos que tengan
pretensión de justicia. Tal es, se ha señalado, la propiedad del saber
narrativo, de donde su concepto nace: contener reunidas una y otra competencia,
sin hablar del resto. El modo de legitimación del que hablamos, que reintroduce
el relato como validez del saber, puede tomar así dos direcciones, según
represente al sujeto del relato como cognitivo o como práctico: como un héroe
del conocimiento o como un héroe de la libertad. Y, en razón de esta
alternativa, no sólo la legitimación no tiene siempre el mismo sentido, sino
que el propio relato aparece ya como insuficiente para dar una versión
completa.
9 Los relatos de la legitimación del saber
Examinaremos
dos grandes versiones del relato de legitimación, una más política, otra más
filosófica, ambas de gran importancia en la historia moderna, en particular en
la del saber y sus instituciones. Una es aquella que tiene por sujeto a la
humanidad como héroe de la libertad. Todos los pueblos tienen derecho a la
ciencia. Si el sujeto social ya no es el sujeto del saber científico, es que lo
impiden los sacerdotes y los tiranos. El derecho a la ciencia debe ser
reconquistado. Es comprensible que ese relato imponga más una política de la
enseñanza primaria que de la Universidad y las Escuelas 105. La política
escolar de la II República francesa ilustra claramente estos presupuestos. En
cuanto a la enseñanza superior, ese relato parece que debe limitar el alcance.
De este modo se consideran en general las disposiciones tomadas al respecto por
Napoleón con intención de producir las competencias administrativas y
profesionales necesarias para la estabilidad del Estado 106. Es descuidar que
este último, en la perspectiva del relato de las libertades, no recibe su
legitimidad de sí mismo, sino del pueblo. Si las instituciones de la enseñanza
superior están dedicadas por parte de la política imperial a ser viveros de los
cuadros del Estado y accesoriamente de la sociedad civil, es que a través de
las administraciones y las profesiones es como ejercerá su actividad la nación
que, a su vez, está destinada a conquistar sus libertades gracias a la difusión
de nuevos saberes entre la población. El mismo razonamiento vale con mayor
motivo para el establecimiento de instituciones propiamente científicas. Se
reencuentra el recurso al relato de las libertades cada vez que el Estado toma
directamente a su cargo la formación del «pueblo» bajo el nombre de nación y su
encaminamiento por la vía del progreso 107. Con el otro relato de legitimación,
la relación entre la ciencia, la nación y el Estado da lugar a una elaboración
completamente diferente. Es lo que aparece cuando se funda la Universidad de
Berlín entre 1807 y 1810 108. Su influencia será considerable en la
organización de la enseñanza superior en los países jóvenes de los siglos XIX y
XX. Con ocasión de esta creación, el ministerio prusiano aprovechó un proyecto
de Fichte y unas consideraciones opuestas presentadas por Schleiermacher.
Wilhelm von Humboldt terció en el dilema; se decidió en favor de la opinión más
«liberal» del segundo. Al leer la memoria de Humboldt, uno puede estar tentado
a reducir toda su política de la institución científica al célebre principio:
«Buscar la ciencia en cuanto tal.» Eso seria engañarse acerca de la finalidad
de esta política, muy próxima a la que expone de modo más completo
Schleiermacher, y que domina el principio de legitimación que nos interesa.
Humboldt declara., por supuesto, que la ciencia obedece a sus propias reglas,
que la institución científica «vive y se renueva sin cesar por sí misma, sin
ninguna limitación ni finalidad determinada». Pero añade que la Universidad
debe dirigir su material, la ciencia, a «la formación espiritual y moral de la
nación» 109. ¿Cómo puede resultar este efecto de Bildung de una búsqueda
desinteresada del conocimiento? ¿Acaso el Estado, la nación, la humanidad
entera no son indiferentes al saber considerado en sí mismo? Lo que les
interesa, en efecto, de la propuesta de Humboldt, no es el conocimiento, sino
«el carácter y la acción». El consejero del ministro se encuentra así ante un
conflicto mayor, que no deja de recordar la ruptura introducida por la crítica
kantiana entre conocer y querer, el conflicto entre un juego de lenguaje hecho
de denotaciones que sólo se refieren al criterio de la verdad, y un juego de
lenguaje que dirige la práctica ética, social, política, y que comporta
necesariamente decisiones y obligaciones, es decir, enunciados de los que no se
espera que sean verdaderos, sino justos, y que no dependen más que en último
análisis del saber científico. La unificación de esos dos conjuntos de
discursos es, sin embargo, indispensable para la Bildung a la que aspira el
proyecto de Humboldt y que consiste, no solamente en la adquisición de
conocimientos por los individuos, sino en la formación de un sujeto plenamente
legitimado del saber y de la sociedad. Humboldt invoca, pues, un Espíritu que
Fichte llamaba también la vida, provisto de una triple aspiración o, mejor, de
una aspiración triplemente unitaria: «la de derivarlo todo de un principio
original», a la que responde la actividad científica; «la de referirlo todo a
un ideal», que gobierna la práctica ética; «la de reunir ese principio y este
ideal en una única Idea», que asegura que la búsqueda de causas verdaderas en
la ciencia no puede dejar de coincidir con la persecución de fines justos en la
vida moral y política. El sujeto legítimo se constituye a partir de esta última
síntesis. Humboldt añade de paso que esta triple aspiración pertenece de modo
natural al «carácter intelectual de la nación alemana» 110. Es una concesión,
pero prudente, al otro relato, es decir, a la idea de que el sujeto del saber
es el pueblo. En realidad, esta idea está lejos de ser conforme con respecto al
relato de legitimación del saber propuesto por el idealismo alemán. La
desconfianza de un Schleiermacher, de un Humboldt, e incluso de un Hegel, con
respecto al Estado es su signo. Si Schleiermacher teme el nacionalismo
estrecho, el proteccionismo, el utilitarismo, el positivismo que guía a los
poderes públicos en materia de ciencia, es que el principio de ésta no reside,
ni indirectamente en éstos últimos. El sujeto del saber no es el pueblo, es el
espíritu especulativo. No se encarna, como en Francia después de la Revolución,
en un estado, sino en un Sistema. El juego del lenguaje de legitimación no es
político-estatal, sino filosófico. La gran función que las universidades tienen
que realizar, es «exponer el conjunto de conocimientos y hacer que aparezcan
los principios al mismo tiempo que los fundamentos de todo saber» pues «no
existe capacidad científica creadora sin espíritu especulativo» 111. La
especulación es el nombre que aquí lleva el discurso sobre la legitimación del
saber científico. Las Escuelas son funcionales; la universidad es especulativa,
es decir, filosófica 112. Esta filosofía debe restituir la unidad de los
conocimientos dispersos en ciencias particulares en los laboratorios y en las
enseñanzas pre-universitarias; sólo lo puede hacer en un juego de lenguaje que
los enlaza unos a otros como momentos en el devenir del espíritu y, por tanto,
en una narración o más bien en una metanarración racional. La Enciclopedia de
Hegel (1817-27) tratará de satisfacer ese proyecto de totalización, ya presente
en Fichte y en Schelling como idea del Sistema. En eso, en el dispositivo de
desarrollo de una Vida que es al mismo tiempo Sujeto, se advierte el recurso
del saber narrativo. Hay una «historia» universal del espíritu, el espíritu es
«vida», y esa «vida» es la presentación y la formulación de lo que es en sí
misma, y tiene por medio el conocimiento ordenado de todas esas formas en las
ciencias empíricas. La enciclopedia del idealismo alemán es la narración de la
«historia» de ese-sujeto-vida. Pero lo que ésta produce es un metarrelato, pues
lo que narra ese relato no debe ser un pueblo envarado en el positivismo
particular de esos saberes tradicionales, ni tampoco el conjunto de savants que
están limitados por los profesionalismos correspondientes a sus especialidades.
Lo que no puede ser sino un metasujeto en disposición de formular y la
legitimidad de los discursos de las ciencias empíricas y la de las
instituciones inmediatas de las culturas populares. Ese metasujeto, al decir su
base común, realiza su fin implícito. El lugar que habita es la Universidad
especulativa. La ciencia positiva y el pueblo sólo son formas brutas. El
Estado-nación en sí mismo sólo puede expresar válidamente al pueblo por medio
del saber especulativo. Era necesario despejar a la filosofía que a la vez
legitima los cimientos de la universidad berlinesa y debería ser el motor de su
desarrollo y el del saber contemporáneo. Se ha dicho, esta organización
universitaria ha servido de modelo a la constitución o la reforma de la
enseñanza superior en los siglos XIX y XX en muchos países, empezando por los
Estados Unidos 113. Pero, sobre todo, esta filosofía, que está lejos de haber
desaparecido, especialmente en el medio universitario 114, propone una
representación particularmente viva de una solución dada al problema de la
legitimidad del saber. No se justifica la investigación y la difusión de
conocimientos por un principio de uso. No se piensa en absoluto que la ciencia
deba servir a los intereses del Estado y/o de la sociedad civil. Se desatiende
el principio humanista según el cual la humanidad se educa con dignidad y
libertad por medio del saber. El idealismo alemán recurre a un metaprincipio
que funda el desarrollo, a la vez que del conocimiento, de la sociedad y del
Estado en la realización de la «vida» de un Sujeto que Fichte llama «Vida
divina» y Hegel «Vida del espíritu». Desde esta perspectiva, el saber encuentra
en principio su legitimidad en sí mismo, y es él quien puede decir lo que es el
Estado y lo que es la sociedad 115. Pero sólo puede interpretar ese papel
cambiando de soporte, por decirlo así, dejando de ser el conocimiento positivo
de su referente (la naturaleza, la sociedad, el Estado, etc.), y al convertirse
así en el saber de esos saberes, es decir, en especulativo. Bajo el nombre de
Vida, de Espíritu, es a sí mismo a quien nombra. Un resultado destacable del
dispositivo especulativo, es que los discursos del conocimiento sobre todos los
referentes posibles son tomados, no con su valor de verdad inmediata, sino con
el valor que adquieren debido al hecho de que ocupan un cierto lugar en la
Enciclopedia que narra el discurso especulativo. Éste los cita al exponer por
sí mismo lo que sabe, es decir, al exponerse a sí mismo. El auténtico saber
desde esta perspectiva siempre es un saber indirecto, hecho de enunciados
referidos e incorporados al metarrelato de un sujeto que asegura su
legitimidad. Y es así para todos los discursos, incluso si no se refieren al
conocimiento, por ejemplo, los del derecho y el Estado. El discurso
hermenéutico contemporáneo 116 surge de esta presuposición, que asegura en
definitiva que hay sentido en el conocer y confiere de ese modo su legitimidad
a la historia y especialmente al conocimiento. Los enunciados son tomados como
autónimos de sí mismos 117, y están situados en un movimiento donde se supone
que se engendran unos a otros: así son las reglas del juego de lenguaje
especulativo. La Universidad, como su propio nombre indica, es su institución
exclusiva. Pero, como ya se ha dicho, el problema de la legitimidad puede
resolverse por el otro procedimiento. Es preciso señalar la diferencia: la
primera versión de la legitimidad ha recuperado nuevo vigor hoy que el estatuto
del saber se encuentra desequilibrado y su unidad especulativa rota. El saber
no encuentra su validez en sí mismo, en un sujeto que se desarrolla al
actualizar sus posibilidades de conocimiento, sino en un sujeto práctico que es
la humanidad. El principio del movimiento que anima al pueblo no es el saber en
su autolegitimación, sino la libertad en su autofundación o, si se prefiere, en
su autogestión. El sujeto es un sujeto concreto o supuestamente concreto, su
epopeya es la de su emancipación con respecto a todo lo que le impide regirse
por sí mismo. Se supone que las leyes que se dan son justas, no porque sean
conformes a una naturaleza exterior, sino porque, por constitución, los
legitimadores no son otros que los ciudadanos sometidos a las leyes y, en
consecuencia, la voluntad de que la ley haga justicia, que es la del ciudadano,
coincide con la voluntad del legislador, que es que la justicia haga ley. Este
modo de legitimación por la autonomía de la voluntad 118 privilegia, como se
ve, un juego de lenguaje totalmente diferente, el que Kant llamaba el
imperativo, y que los contemporáneos llaman prescriptivo. Lo importante no es,
o no lo es solamente, legitimar enunciados denotativos, referidos a la verdad,
como: La Tierra gira alrededor del sol, sino enunciados prescriptivos, referidos
a lo justo, como: Hay que destruir Cartago, o: El salario mínimo debe fijarse
en x francos. Desde esta perspectiva, el saber positivo no tiene más papel que
el de informar al sujeto práctico de la realidad en la cual se debe inscribir
la ejecución de la prescripción. Le permite circunscribir lo ejecutable, lo que
se puede hacer. Pero lo ejecutorio, lo que se debe hacer, no le pertenece. Que
una empresa sea posible es una cosa, que sea justa es otra. El saber ya no es
el sujeto, está a su servicio; su única legitimidad (que es considerable) es
permitir que la moralidad se haga realidad.
Así se
introduce una relación del saber con la sociedad y con su Estado que, en
principio, es la del medio con el fin. Los científicos no deben prestarse a
ella más que si consideran justa la política del Estado, es decir, el conjunto
de sus prescripciones. Pueden recusar las prescripciones del Estado en nombre
de la sociedad civil de la que son miembros si consideran que ésta no está bien
representada por aquél. Ese tipo de legitimación les reconoce la autoridad, a
título de seres humanos prácticos, de negarse a prestar su concurso de savants
a un poder político que consideran injusto, es decir, no fundado en la
autonomía propiamente dicha. Incluso pueden llegar a hacer uso de su ciencia
para demostrar que esa autonomía no es, en efecto, realizada por la sociedad y
el Estado. Se reitera así la función crítica del saber. Pero queda que éste no
tiene otra legitimidad final que servir a los fines a que aspira el sujeto
práctico, que es la colectividad autónoma 119. Esta distribución de papeles en
la empresa de legitimación es interesante, desde nuestro punto de vista, porque
supone, a la inversa que la teoría del sistema-sujeto, que no hay unificación
ni totalización posibles de los juegos de lenguaje en un metadiscurso. Aquí, al
contrario, el privilegio conferido a los enunciados prescriptivos, que son los
que pronuncia el sujeto práctico, los hace independientes en principio de los
enunciados de ciencia, que no tienen otra función que la de información para
dicho sujeto. Dos observaciones: 1. Sería fácil mostrar que el marxismo ha
oscilado entre los dos modos de legitimación narrativa que acabamos de
describir. El Partido puede ocupar el lugar de la Universidad, el proletariado
el del pueblo o la humanidad, el materialismo dialéctico el del idealismo
especulativo, etc.; de ello puede resultar el stalinismo y su relación
específica con las ciencias, que entonces no son más que la cita del
metarrelato de la marcha hacia el socialismo como equivalente a la vida del
espíritu. Pero también puede, por el contrario, según la segunda versión,
desarrollarse como saber crítico, planteando que el socialismo no es más que la
constitución del sujeto autónomo y que toda la justificación de las ciencias
consiste en dar al sujeto empírico (el proletariado) los medios para su emancipación
con respecto a la alienación y a la representación: esa fue sumariamente la
postura de la Escuela de Frankfurt. 2. Se puede leer el Discurso que Heidegger
pronunció el 27 de mayo de 1933 cuando su toma de posesión del Rectorado de la
Universidad de Friburgo-en-Brisgau 120, como un desgraciado episodio de la
legitimación. La ciencia especulativa se convierte en él en la interrogación
del ser. Este es el «destino» del pueblo alemán, llamado «pueblo
histórico-espiritual». Ese sujeto al que le son debidos tres servicios:
trabajo, defensa y saber. La Universidad asegura el metasaber de esos tres
servicios, es decir, la ciencia. La legitimación se hace, pues, como en el
idealismo, por medio de un metadiscurso llamado ciencia, que tiene una
pretensión ontológica. Pero es interrogante, y no totalizador. Y, por otra
parte, la Universidad, que es el lugar donde se administra, debe esta ciencia a
un pueblo al que compete la «misión histórica» de realizarla trabajando,
luchando y conociendo. Ese pueblo-sujeto no tiene vocación de emancipar a la
humanidad, sino de realizar su «auténtico mundo del espíritu», que es «la
potencia de conservación más profunda de sus fuerzas de tierra y de sangre».
Esta inserción del relato de la raza y del trabajo en el del espíritu, para
legitimar el saber y sus instituciones, es doblemente desgraciado: teóricamente
inconsistente, encontrará en el contexto político un eco desastroso.
10 La deslegitimación
En la
sociedad y la cultura contemporáneas, sociedad postindustrial, cultura
postmoderna 121, la cuestión de la legitimación del saber se plantea en otros
términos. El gran relato ha perdido su credibilidad, sea cual sea el modo de
unificación que se le haya asignado: relato especulativo, relato de
emancipación. Se puede ver en esa decadencia de los relatos un efecto del auge
de técnicas y tecnologías a partir de la Segunda Guerra Mundial, que ha puesto
el acento sobre los medios de la acción más que sobre sus fines; o bien el del
redespliegue del capitalismo liberal avanzando tras su repliegue bajo la
protección del keynesismo durante los años 1930-1960; auge que ha eliminado la
alternativa comunista y que ha revalorizado el disfrute individual de bienes y
servicios. Estas búsquedas de causalidad siempre son ilusorias. Supóngase que
se admite una u otra de esas hipótesis. Queda por explicar la correlación de
las tendencias invocadas con la decadencia de la potencia unificadora y
legitimadora de los grandes relatos de la especulación y de la emancipación. El
impacto que la recuperación y la prosperidad capitalista, por una parte, el
auge desconcertante de las técnicas, por otra, pueden tener sobre el estatuto
del saber es ciertamente comprensible. Pero antes es preciso reparar en los
gérmenes de la «deslegitimación» 122 y del nihilismo que eran inherentes a los
grandes relatos del siglo XIX para comprender cómo la ciencia contemporánea
podía ser sensible a esos impactos desde bastante antes de que tuvieran lugar.
El dispositivo especulativo en principio encubre una especie de equivocación
con respecto al saber. Muestra que éste sólo merece su nombre en tanto se
reitera (se «apoya», hebt sich auf) en la cita que hace de sus propios
enunciados en el seno de un discurso de segunda clase (autonimia) que los
legitima. Que es lo mismo que decir que, en su inmediatez, el discurso
denotativo con respecto a un referente (un organismo vivo, una propiedad
química, un fenómeno físico, etc.) no sabe en realidad lo que cree saber. La
ciencia positiva no es un saber. Y la especulación se nutre de su supresión. De
este modo, el relato especulativo hegeliano contiene en sí mismo, y según el
testimonio de Hegel, un escepticismo con respecto al conocimiento positivo 123.
Una ciencia que no ha encontrado su legitimidad no es una ciencia auténtica,
desciende al rango más bajo, el de la ideología o el de instrumento del poder,
si el discurso que debía legitimarla aparece en sí mismo como referido a un
saber precientífico, al mismo título que un «vulgar» relato. Lo que no deja de
producirse si se vuelven contra él las reglas de juego de la ciencia que ese
saber denuncia como empírica. Sea el enunciado especulativo: un enunciado
científico es un saber si y, solamente si, se sitúa a sí mismo en un proceso
universal de generación. La cuestión que se plantea con respecto a él es: ¿este
enunciado es en sí mismo un saber en el sentido determinado por él? Sólo lo es
si puede situarse a sí mismo en un proceso universal de generación. Y puede. Le
basta con presuponer que ese proceso existe (la Vida del espíritu) y que él es
su expresión. Esta presuposición es incluso indispensable para el juego de
lenguaje especulativo. Si no se hace, el lenguaje de la legitimación no sería
en sí mismo legítimo, y, como la ciencia, quedaría sumido en el sinsentido, al
menos si se cree al idealismo. Pero se puede comprender esta presunción de un
sentido totalmente distinto, que nos aproxime a la cultura postmoderna: define,
se dirá, desde la perspectiva que hemos adoptado anteriormente, al grupo de
reglas que es preciso admitir para jugar al juego especulativo 124. Semejante
apreciación supone primeramente que se acepta como modo general del lenguaje de
saber el de las ciencias «positivas», y en segundo lugar, que se considera que
ese lenguaje implica presuposiciones (formales y axiomáticas) que siempre debe
explicitar. En términos diferentes, Nietzsche no hace otra cosa cuando muestra
que el «nihilismo europeo» resulta de la autoaplicación de la exigencia
científica de verdad a esta exigencia 125. De ese modo se abre paso la idea de
perspectiva, que no está lejos, al menos según esta consideración, de la de los
juegos de lenguaje. Se tiene ahí un proceso de deslegitimación que tiene por
motor la exigencia de legitimación. La «crisis» del saber científico, cuyos
signos se multiplican desde fines del siglo XIX, no proviene de una
proliferación fortuita de las ciencias que en sí misma sería el efecto del
progreso de las técnicas y de la expansión del capitalismo. Procede de la
erosión interna del principio de legitimidad del saber. Esta erosión es
efectiva en el juego especulativo, y es la que, al relajar la trama
enciclopédica en la que cada ciencia debía encontrar su lugar, las deja
emanciparse. Las delimitaciones clásicas de los diversos campos científicos
quedan sometidas a un trabajo de replanteamiento causal: disciplinas que
desaparecen, se producen usurpaciones en las fronteras de las ciencias, de
donde nacen nuevos territorios. La jerarquía especulativa de los conocimientos
deja lugar a una red inmanente y por así decir «plana» de investigaciones cuyas
fronteras respectivas no dejan de desplazarse. Las antiguas «facultades»
estallan en instituciones y fundaciones de todo tipo; las universidades pierden
su función de legitimación especulativa. Despojadas de la responsabilidad de la
investigación que el relato especulativo ahoga, se limitan a transmitir los
saberes considerados establecidos y aseguran por medio de la didáctica más bien
la reproducción de los profesores que la de los savants. Es en este estado en
el que Nietzsche las encuentra, y las condena 126. En cuanto al otro
procedimiento de legitimación, el que procede del Aufklärung, el dispositivo de
la emancipación, su potencia intrínseca de erosión no es menor que la que opera
en el discurso especulativo. Pero lleva a otro aspecto. Su característica es
fundar la legitimidad de la ciencia, la verdad, sobre la autonomía de los
interlocutores comprometidos en la práctica ética, social y política. Pues esta
legitimación crea de golpe un problema, como hemos visto: entre un enunciado
denotativo con valor cognitivo y un enunciado prescriptivo con valor práctico,
la diferencia es de pertinencia y, por tanto, de competencia. Nada demuestra
que, si un enunciado que describe lo que es una realidad es verdadero, el
enunciado prescriptivo que tendrá necesariamente por efecto modificarla, sea
justo. Sea una puerta cerrada. De La puerta está cerrada a Abrid la puerta, no
hay consecuencias en el sentido de la lógica de predicados. Los dos enunciados
se refieren a dos conjuntos de reglas autónomas, que determinan pertinencias
diferentes, y por ello competencias diferentes. Aquí, el resultado de esta
división de la razón en cognitiva o teórica por una parte, y práctica por otra,
tiene por efecto atacar la legitimidad del discurso de ciencia, no
directamente, sino indirectamente revelando que es un juego de lenguaje dotado
de sus propias reglas (cuyas condiciones a priori de conocimiento son en Kant
un primer planteamiento), pero sin ninguna vocación de reglamentar el juego
práctico (ni estético, por lo demás). Se pone así en paridad con otros. Esta
«deslegitimación», si se la persigue aunque sólo sea un poco, si se amplía su
alcance, lo que hace Wittgenstein a su manera, y lo que hacen a la suya
pensadores como Martín Buber y Emmanuel Lévinas 127, abre el camino a una
importante corriente de la postmodernidad: la ciencia juega su propio juego, no
puede legitimar a los demás juegos de lenguaje. Por ejemplo, el de la
prescripción se le escapa. Pero ante todo no puede legitimarse en sí mima como
suponía la especulación. En esta diseminación de los juegos de lenguaje, el que
parece disolverse es el propio sujeto social. El lazo social es lingüístico,
pero no está hecho de una única fibra. Es un cañamazo donde se entrecruzan al
menos dos tipos, en realidad un número indeterminado, de juegos de lenguajes
que obedecen a reglas diferentes. Wittgenstein escribe: «Se puede considerar
nuestro lenguaje como a una vieja ciudad: un laberinto de callejas y de
plazuelas, casas nuevas y viejas, y casas ampliadas en épocas recientes, y eso
rodeado de bastantes barrios nuevos de calles rectilíneas bordeadas de casas
uniformes» 128. Y para demostrar que el principio de unitotalidad, o la
síntesis bajo la autoridad de un metadiscurso de saber, es inaplicable, hace
sufrir a la «ciudad» del lenguaje la vieja paradoja del sorites, preguntando:
«¿A partir de cuántas casas o calles una ciudad empieza a ser una ciudad?» 129.
Nuevos lenguajes vienen a añadirse a los antiguos, formando los barrios de la
ciudad vieja, «el simbolismo químico, la notación infinitesimal» 130. Treinta y
cinco años después, se pueden añadir los lenguajes-máquinas, las matrices de
teoría de los juegos de teoría de los juegos, las nuevas notaciones musicales,
las notaciones lógicas no denotativas (lógicas del tiempo, lógicas deónticas,
lógicas modales), el lenguaje del código genético, los grafos de las
estructuras fonológicas, etc. Se puede sacar de este estallido una impresión
pesimista: nadie habla todas esas lenguas, carecen de metalenguaje universal,
el proyecto del sistema-sujeto es un fracaso, el de la emancipación no tiene
nada que ver con la ciencia, se ha hundido en el positivismo de tal o tal otro
conocimiento particular, los savants se han convertido en científicos, las
tareas de investigación desmultiplicadas se convierten en tareas divididas en
parcelas que nadie domina 131; y por su parte, la filosofía especulativa o
humanista solo anula sus funciones de legitimación 132, lo que explica la
crisis que sufre allí donde pretende asumirlas todavía, o reducción al estudio
de lógicas o historias de las ideas allí donde ha desistido por realismo 133.
Ese pesimismo es el que ha alimentado a la generación de comienzos de siglo en
Viena: artistas, Musil, Kraus, Hofmannsthal, Loos, Schoenberg, Broch, pero
también filósofos como Mach y Wittgenstein 134. Sin duda han llevado tan lejos
como era posible la ciencia y la responsabilidad teórica y artística de la
deslegitimación. Se puede decir hoy que ese trabajo ya ha sido realizado. No va
a reiniciarse. Fue la fuerza de Wittgenstein para no salir del aspecto del
positivismo que desarrollaba el Círculo de Viena 135 y para rastrear en su
investigación juegos de lenguaje, la perspectiva de otro tipo de legitimación
distinto a la performatividad. Con ella se las debe entender el mundo
postmoderno. La nostalgia del relato perdido ha desaparecido por sí misma para
la mayoría de la gente. De lo que no se sigue que estén entregados a la
barbarie. Lo que se lo impide es saber que la legitimación no puede venir de
otra parte que de su práctica lingüística y de su interacción comunicacional.
Ante cualquier otra creencia, la ciencia «que se ríe para sus adentros» les ha
enseñado la ruda sobriedad del realismo 136.
11 La investigación y su legitimación por la
performatividad
Volvamos
a la ciencia y examinemos en primer lugar la pragmática de la investigación. Se
encuentra afectada hoy en sus regulaciones esenciales por dos importantes
modificaciones: el enriquecimiento de las argumentaciones, la complicación de
la administración de pruebas. Aristóteles, Descartes, Stuart Mill, entre otros,
han intentado fijar las reglas por medio de las cuales un enunciado con valor
denotativo puede conseguir la adhesión del destinatario 137. La investigación
científica no tiene demasiado en cuenta esos métodos. Puede usar, y de hecho
usa, lenguajes, como se ha dicho, cuyas propiedades demostrativas parecen
desafíos a la razón de los clásicos. Bachelard ha hecho un balance de ellos,
que ya resulta incompleto 138. El uso de esos lenguajes no es, sin embargo,
indiscriminado. Está sometido a una condición que se puede llamar pragmática,
la de formular sus propias reglas y pedir al destinatario que las acepte. Al
satisfacer esta condición, se define una axiomática, la que comprende la
definición de los símbolos que serán empleados en el lenguaje propuesto, la
forma que deberán respetar las expresiones de ese lenguaje para poder ser
aceptadas (expresiones bien formadas), y las operaciones que se permitirán con
esas expresiones, y que definen los axiomas propiamente dichos 139. Pero, ¿cómo
se sabe lo que debe contener o lo que contiene una axiomática? Las condiciones
que se acaban de enumerar son formales. Debe existir un metalenguaje
determinante si un lenguaje satisface las condiciones formales de una axiomática:
este metalenguaje es el de la lógica. Una precisión se impone aquí de pasada.
Que se comience por fijar la axiomática para obtener a continuación enunciados
que sean aceptables dentro de ella, o que, por el contrario, el científico
comience por establecer hechos y por enunciarlos, y busque a continuación la
axiomática del lenguaje de la que se ha servido para enunciarlos, no constituye
una alternativa lógica, sino solamente empírica. Tiene, sin duda, una gran
importancia para el investigador, y también para el filósofo, pero la cuestión
de la validación de los enunciados se plantea de modo paralelo en los dos casos
140. Una cuestión más pertinente para la legitimación es: ¿por medio de qué
criterios define el lógico las propiedades requeridas por una axiomática?
¿Existe un modelo de lengua científica? ¿Ese modelo es único? ¿Es verificable?
Las propiedades requeridas en general por la sintaxis de un sistema formal 141
son la consistencia (por ejemplo, un sistema no consistente con respecto a la
negación admitiría en sí paralelamente una proposición y su contraria), la
completud sintáctica (el sistema pierde su consistencia si se le añade un
axioma) la decidibilidad (existe un procedimiento efectivo que permite decidir
si una proposición cualquiera pertenece o no al sistema), y la independencia de
axiomas unos con respecto a otros. Pues Gödel ha establecido de modo efectivo
la existencia, en el sistema aritmético, de una proposición que no es ni
demostrable ni refutable en el sistema; o que entraña que el sistema aritmético
no satisface la condición de completud 142. Puesto que se puede generalizar
esta propiedad, es preciso, por tanto, reconocer que existen limitaciones
internas a los formalismos 143. Esas limitaciones significan que, para el
lógico, la metalengua utilizada para describir un lenguaje artificial
(axiomática) es la «lengua natural», o «lengua cotidiana»; esta lengua es
universal, puesto que todas las demás lenguas se dejan traducir a ella; pero no
es consistente con respecto a la negación: permite la formación de paradojas
144. A causa de esto, la cuestión de la legitimación del saber se plantea de
otro modo. Cuando se declara que un enunciado de carácter denotativo es
verdadero, se presupone que el sistema axiomático en el cual es decidible y
demostrable ha sido formulado, es conocido por los interlocutores y aceptado
por ellos como tan formalmente satisfactorio como sea posible. Es en este
espíritu donde se ha desarrollado, por ejemplo, la matemática del grupo
Bourbaki 145. Pero otras ciencias pueden hacer observaciones análogas: deben su
estatuto a la existencia de un lenguaje cuyas reglas de funcionamiento no
pueden ser demostradas, sino que son objeto de un consenso entre los expertos.
Esas reglas son exigidas al menos por ciertos de ellos. La exigencia es una
modalidad de la prescripción. La argumentación exigible para la aceptación de
un enunciado científico está, pues, subordinada a una «primera» aceptación (en
realidad constantemente renovada en virtud del principio de recursividad) de
las reglas que fijan los medios de la argumentación. De ahí dos propiedades
destacables de ese saber, la flexibilidad de sus medios, es decir, la
multiplicidad de sus lenguajes; su carácter de juego pragmático, la
aceptabilidad de las «jugadas» que se hacen (la introducción de nuevas
proposiciones) que depende de un contrato establecido entre los «compañeros».
De ahí también la diferencia entre dos tipos de «progreso» en el saber, uno
correspondiente a una nueva jugada (nueva argumentación) en el marco de reglas
establecidas, otro a la investigación de nuevas reglas y, por tanto, a un
cambio de juego 146. A esta nueva disposición corresponde, evidentemente, un
desplazamiento de la idea de la razón. El principio de un metalenguaje
universal es reemplazado por el de la pluralidad de sistemas formales y
axiomáticos capaces de argumentar enunciados denotativos, esos sistemas que
están descritos en un metalenguaje universal, pero no consistente. Lo que
pasaba por paradoja, o incluso por paralogismo, en el saber de la ciencia
clásica y moderna, puede encontrar en uno de esos sistemas una fuerza de
convicción nueva y obtener el asentimiento de la comunidad de expertos 147. El
método para los juegos de lenguaje que hemos seguido aquí se considera
modestamente incluido dentro de esa corriente de pensamiento. Se sigue una
dirección completamente distinta con el otro aspecto importante de la
investigación, el que concierne a la administración de la prueba. Ésta es, en
principio, una parte de la argumentación destinada a hacer aceptar un nuevo
enunciado como el testimonio o la prueba en el caso de la retórica judicial
148. Pero plantea un problema especial: con ella el referente (la «realidad»)
es convocado y citado en el debate entre científicos. Hemos dicho que la cuestión
de la prueba presenta problemas, en lo que se refiere a que debe probar la
prueba. Se pueden al menos publicar los medios de la prueba, de modo que los
otros científicos puedan asegurarse del resultado repitiendo el proceso que ha
llevado a él. Queda que administrar una prueba es hacer constatar un hecho.
Pero, ¿qué es una constatación? ¿El registro del hecho por el ojo, el oído, un
órgano de los sentidos? 149. Los sentidos confunden, y están limitados en
alcance, en poder discriminador. Aquí intervienen las técnicas. Éstas,
inicialmente, son prótesis de órganos o de sistemas fisiológicos humanos que
tienen por función recibir los datos o actuar sobre el contexto 150. Obedecen a
un principio, el de la optimización de actuaciones: aumento del output (informaciones
o modificaciones obtenidas), disminución del input (energía gastada) para
obtenerlos 151. Son, pues, juegos en los que la pertinencia no es ni la
verdadera, ni la justa, ni la bella, etc., sino la eficiente: una «jugada»
técnica es «buena» cuando funciona mejor y/o cuando gasta menos que otra. Esta
definición de la competencia es tardía. Las invenciones tienen lugar durante
largo tiempo por sacudidas con ocasión de investigaciones al azar o que
interesaban más o lo mismo a las artes (technai) que al saber: los griegos
clásicos, por ejemplo, no establecen relación sólida entre éste último y las
técnicas 152. En los siglos XVI y XVII, los trabajos de los «prospectores»
proceden aún de la curiosidad y de la innovación artística 153. Y siguen así hasta
fines del siglo XVIII 154. Y se puede mantener que en nuestros días todavía hay
actividades «salvajes» de invención técnica, a veces emparentadas con el
«bricolage», que persisten independientemente de las necesidades de la
argumentación científica 155. Sin embargo, la necesidad de administrar la
prueba se hace notar más vivamente a medida que la pragmática del saber
científico ocupa el puesto de los saberes tradicionales o revelados. Al final
del Discurso, ya Descartes pide pruebas de laboratorio. El problema se plantea
entonces así: los aparatos que optimizan las actuaciones del cuerpo humano con
vistas a administrar la prueba exigen un suplemento de gasto. Pues no hay
prueba ni verificación de enunciados, ni tampoco verdad, sin dinero. Los juegos
del lenguaje científico se convierten en juegos ricos, donde el más rico tiene
más oportunidades de tener razón. Una ecuación se establece entre riqueza,
eficiencia y verdad. Lo que se produce a fines del siglo XVIII, cuando la
primera revolución industrial, es el descubrimiento de la recíproca: no hay
técnica sin riqueza, pero tampoco riqueza sin técnica. Un dispositivo técnico
exige una inversión, pero, dado que optimiza la actuación a la que se aplica,
puede optimizar también la plusvalía que resulta de esta mejor actuación. Basta
con que esta plusvalía se realice, es decir, que el producto de la actuación se
venda. Y se puede cerrar el sistema de la manera siguiente: una parte del
producto de esta venta es absorbido por el fondo de investigación destinado a
mejorar todavía más la actuación. Es en ese momento preciso en el que la
ciencia se convierte en una fuerza de producción, es decir en un momento de la
circulación del capital. Es más el deseo de enriquecimiento que el de saber, el
que impone en principio a las técnicas el imperativo de mejora de las
actuaciones y de la realización de productos. La conjugación «orgánica» de la
técnica con la ganancia precede a su unión con la ciencia. Las técnicas no
adquieren importancia en el saber contemporáneo más que por medio del espíritu
de performatividad generalizada. Incluso hoy, la subordinación del progreso del
saber al de la investigación tecnológica no es inmediata 156. Pero el
capitalismo viene a aportar su solución al problema científico del crédito de
investigación: directamente, financiando los departamentos de investigación de
las empresas, donde los imperativos de performatividad y de recomercialización
orientan prioritariamente los estudios hacia las «aplicaciones»;
indirectamente, por la creación de fundaciones de investigación privadas,
estatales o mixtas, que conceden créditos sobre programas a departamentos
universitarios, laboratorios de investigación o grupos independientes de
investigadores sin esperar de sus trabajos un provecho inmediato, sino planteando
el principio de que es preciso financiar investigaciones a fondo perdido
durante cierto tiempo para aumentar las oportunidades de obtener una innovación
decisiva y, por tanto, rentable 157. Los Estados-naciones, sobre todo en el
momento de su episodio keynesiano, siguen la misma regla: investigación
aplicada, investigación fundamental. Colaboran con las empresas por medio de
agencias de todo tipo 158. Las normas de organización del trabajo que
prevalecen en las empresas penetran en los laboratorios de estudios aplicados:
jerarquía, decisión del trabajo, formación de equipos, estimulación de los
rendimientos individuales y colectivos, elaboración de programas vendibles,
búsqueda del cliente, etc. 159. Los centros de investigación «pura» están menos
contaminados, pero también se benefician de menos créditos. La administración
de la prueba, que en principio no es más que una parte de una argumentación en
sí misma destinada a obtener el asentimiento de los destinatarios del mensaje
científico, pasa así bajo el control de otro juego de lenguaje, donde lo que se
ventila no es la verdad, sino la performatividad, es decir la mejor relación
input/output. El Estado y/o la empresa abandona el relato de legitimación
idealista o humanista para justificar el nuevo objetivo: en la discusión de los
socios capitalistas de hoy en día, el único objetivo creíble es el poder. No se
compran savants, técnicos y aparatos para saber la verdad, sino para
incrementar el poder. La cuestión es saber en qué puede consistir el discurso
del poder, y si puede constituir una legitimación. Lo que a primera vista
parece impedirlo es la distinción hecha por la tradición entre la fuerza y el
derecho, entre la fuerza y la sabiduría, es decir, entre lo que es fuerte, lo
que es justo, y lo que es verdadero. Precisamente a esta inconmensurabilidad
nos hemos referido anteriormente, en los términos de la teoría de los juegos de
lenguaje, al distinguir el juego denotativo donde la pertinencia pertenece a lo
verdadero/falso, el juego prescriptivo que procede de lo justo/injusto, y el
juego técnico donde el criterio es eficiente/ineficiente. La «fuerza» no parece
derivarse más que de este último juego, que es el de la técnica. Se exceptúa el
caso en el que opera por medio del terror.
Ese caso
se encuentra fuera del juego de lenguaje, pues la eficiencia de la fuerza
procede entonces por completo de la amenaza de eliminar al «compañero», y no de
una mejor «jugada» que la suya. Cada vez que la eficiencia, es decir, la
consecución del efecto buscado, tiene por resorte un «Di o haz eso, si no no
hablarás», se entra en el terror, se destruye el vinculo social. Pero es cierto
que la performatividad, al aumentar la capacidad de administrar la prueba,
aumenta la de tener razón: el criterio técnico introducido masivamente en el
saber científico no deja de tener influencia sobre el criterio de verdad. Se ha
podido decir otro tanto de la relación entre justicia y performatividad: las
oportunidades de que un orden sea considerado como justo aumentarían con las
que tiene, de ser ejecutado, y éstas con la performatividad del «prescriptor».
Así es como Luhman cree constatar en las sociedades postindustriales el
reemplazamiento de la normatividad de las leyes por la performatividad de
procedimientos 160. El «control del contexto», es decir, la mejora de las
actuaciones realizadas contra los «compañeros» que constituyen ese último (sea
éste la «naturaleza» o los hombres) podría valer como una especie de
legitimación 161. Se trataría de una legitimación por el hecho. El horizonte de
este procedimiento es éste: la «realidad» al ser lo que proporciona las pruebas
para la argumentación científica y los resultados para las prescripciones y las
promesas de orden jurídico, ético y político, se apodera de unos y otras al
apoderarse de la «realidad», cosa que permiten las técnicas. Al reformar éstas,
se «refuerza» la realidad y, por tanto, las oportunidades de que sea justa y
tenga razón. Y, recíprocamente, se refuerzan tanto más las técnicas que se
pueden disponer del saber científico y de la autoridad decisoria. Así adquiere
forma la legitimación por el poder. Éste no es solamente la buena
performatividad, también es la buena verificación y el buen veredicto. Legitima
la ciencia y el derecho por medio de su eficacia, y ésta por aquéllos. Se
autolegitima como parece hacerlo un sistema regulado sobre la optimización de
sus actuaciones 162. Pues es precisamente ese control sobre el contexto el que
debe proporcionar la informatización generalizada. La performatividad de un
enunciado, sea éste denotativo o prescriptivo, se incrementa en proporción a
las informaciones de las que se dispone al respecto de su referente. Así el
incremento del poder, y su autolegitimación, pasa ahora por la producción, la
memorización, la accesibilidad y la operacionabilidad de las informaciones. La
relación de la ciencia y de la técnica se invierte. La complejidad de
argumentaciones parece entonces interesante sobre todo porque obliga a
sofisticar los medios de probar, y porque la perfomatividad se beneficia de
ello. La gestación de los fondos de investigación por parte de los Estados, las
empresas y las sociedades mixtas obedece a esta lógica del incremento del
poder. Los sectores de la investigación que no pueden defender su contribución,
aunque sea indirecta, a la optimización de las actuaciones del sistema, son
abandonados por el flujo de los créditos y destinados a la decrepitud. El
criterio de performatividad es invocado explícitamente por los administradores
para justificar la negativa a habilitar cualquier centro de investigaciones
163.
12 La enseñanza y su legitimación por la
performatividad
En cuanto
a la otra vertiente del saber, la de su transmisión, es decir, la enseñanza,
parece adecuado describir la manera en que el predominio del criterio de
performatividad la afecta. Admitida la idea de los conocimientos establecidos,
la cuestión de su transmisión se subdivide pragmáticamente en una serie de
preguntas: ¿quién transmite? ¿qué? ¿a quién? ¿con qué apoyo? ¿y de qué forma?
¿con qué efecto? 164. Una política universitaria está constituida por un
conjunto coherente de respuestas a esas preguntas. Cuando el criterio de
pertinencia es la performatividad del sistema social admitido, es decir, cuando
se adopta la perspectiva de la teoría de sistemas, se hace de la enseñanza
superior un subsistema del sistema social, y se aplica el mismo criterio de
performatividad a la solución de cada uno de esos problemas. El efecto que se
pretende obtener es la contribución óptima de la enseñanza superior a la mejor
performatividad del sistema social. Una enseñanza que deberá formar las
competencias que le son indispensables a éste último. Son de dos tipos. Unas
están destinadas de modo más concreto a afrontar la competición mundial. Varían
según las «especialidades» respectivas que los Estadosnaciones o las grandes
instituciones de formación pueden vender en el mercado mundial. Si nuestra
hipótesis general es verdadera, la demanda de expertos, cuadros superiores y
cuadros medios de los sectores de punta indicados al comienzo de este estudio,
que son el objetivo de los años venideros, se incrementará: todas las disciplinas
referentes a la formación «telemática» (informáticas, cibernéticas,
lingüísticas, matemáticas, lógicas...) deberían ver que se les reconoce una
prioridad en cuestiones de enseñanza. Y tanto más, cuanto que la multiplicación
de esos expertos debería acelerar el progreso de la investigación en los demás
sectores del conocimiento, como se ha visto para la medicina y la biología. Por
otra parte, la enseñanza superior, siempre según la misma hipótesis general,
deberá continuar proporcionando al sistema social las competencias
correspondientes a sus propias exigencias, que son el mantenimiento de su
cohesión interna. Anteriormente, esta tarea implicaba la formación y la
difusión de un modelo general de vida, que bastante a menudo legitimaba el
relato de la emancipación. En el contexto de la desligitimación, las
universidades y las instituciones de enseñanza superior son de ahora en
adelante solicitadas para que fuercen sus competencias, y no sus ideas: tantos
médicos, tantos profesores de tal o cual disciplina, tantos ingenieros, tantos
administradores, etc. La transmisión de los saberes ya no aparece como
destinada a formar una élite capaz de guiar a la nación en su emancipación,
proporciona al sistema los «jugadores » capaces de asegurar convenientemente su
papel en los puestos pragmáticos de los que las instituciones tienen necesidad
165. Si los fines de la enseñanza superior son funcionales, ¿quiénes son los
destinatarios? El estudiante ha cambiado y deberá cambiar más aún. Ya no es un
joven salido de las «élites liberales» 166 y más o menos afectado por la gran
tarea del progreso social entendida como emancipación. En ese sentido, la
universidad «democrática», sin selección a la entrada, poco costosa para el
estudiante y para la sociedad si se considera el coste-estudiante per capita,
sino acogiendo gran número de solicitudes 167, cuyo modelo era el del humanismo
emancipacionista, aparece hoy como poco performativa 168. La enseñanza superior
está ya afectada por una refundición de importancia, a la vez dirigida por
medidas administrativas y por una demanda en sí misma poco controlada que emana
de los nuevos usuarios, y que tiende a dividir sus funciones en dos grandes
tipos de servicios.
Por su
función de profesionalización, la enseñanza superior se dirige todavía a
jóvenes salidos de las élites liberales a las que se transmite la competencia
que la profesión considera necesaria; vienen a añadirse, por un camino u otro
(por ejemplo, los institutos tecnológicos), pero según el mismo modelo
didáctico, destinatarios de nuevos saberes ligados a las nuevas técnicas y
tecnologías que son también jóvenes aún no «activos». Aparte de estas dos
categorías de estudiantes que reproducen la «intelligentsia profesional» y la
«intelligentsia técnica» 169, los demás jóvenes presentes en la Universidad
son, en su mayor parte, parados no contabilizados en las estadísticas de
demanda de empleo. Son, en efecto, excedentes con respecto a las salidas
correspondientes a las disciplinas en las que se los encuentra (letras y
ciencias humanas). Pertenecen en realidad, a pesar de su edad, a la nueva
categoría de destinatarios de la transmisión del saber. Pues, al lado de esta
función profesionalista, la Universidad comienza o debería comenzar a
desempeñar un nuevo papel en el marco de la mejora de las actuaciones del
sistema: el del reciclaje o la educación permanente 170. Fuera de
universidades, departamentos o instituciones con vocación profesional, el saber
no es y no será transmitido en bloque y de una vez por todas, a jóvenes antes
de su entrada en la vida activa; es y será transmitido «a la carta» a adultos
ya activos o a la espera de serlo, en vistas a la mejora de su competencia y de
su promoción, pero también en vista a la adquisición de informaciones,
lenguajes y juegos de lenguaje que les permitan ampliar el horizonte de su vida
profesional y articular su experiencia técnica y ética 171. El nuevo curso
tomado por la transmisión del saber no deja de resultar conflictivo. Pues lo
mismo que interesa al sistema, y, por tanto, a sus «decididores», alentar la
promoción profesional, puesto que puede mejorar las actuaciones del conjunto,
también la experimentación con los discursos, las instituciones y los valores, acompañada
de inevitables «desórdenes» en el curriculum, el control de conocimientos y de
la pedagogía, sin hablar de recaídas socio-políticas, aparece como poco
operacional y ve que se le niega el menor crédito, en nombre de la seriedad del
sistema. Sin embargo, lo que se adivina ahí es una vía de salida aparte del
funcionalismo y tanto menos despreciable cuanto que es el funcionalismo quien
la ha trazado 172. Pero se puede imaginar que la responsabilidad sea confiada a
redes extrauniversitarias 173. De cualquier modo, el principio de
performatividad, incluso si no permite decidir claramente en todos los casos la
política a seguir, tiene por consecuencia global la subordinación de las
instituciones de enseñanza superior a los poderes. A partir del momento en que
el saber ya no tiene su fin en sí mismo, como realización de la idea o como
emancipación de los hombres, su transmisión escapa a la responsabilidad
exclusiva de los ilustrados y de los estudiantes. La idea de «franquicia
universitaria» es hoy de otra época. Las «autonomías» reconocidas a las
universidades después de la crisis de finales de los años 60 tienen poco peso
en comparación con el hecho masivo de que los consejos de enseñantes carecen de
casi cualquier poder para decidir qué volumen de inversiones revierte a su
institución 174; no disponen más que del poder de distribuir el volumen que se
les atribuye, y hasta eso sólo de modo limitado 175. Entonces, ¿qué es lo que
se transmite en la enseñanza superior? Tratándose de profesionalización, y ateniéndose
a un punto de vista estrictamente funcionalista, lo esencial de lo que se debe
transmitir está constituido por un conjunto organizado de conocimientos. La
aplicación de nuevas técnicas a ese conjunto puede tener una incidencia
considerable en el soporte comunicacional. No parece indispensable que éste sea
un curso dado de viva voz por un profesor ante estudiantes mudos, mientras el
momento de las preguntas tiene lugar en sesiones de «trabajo» dirigidas por un
ayudante. Pues lo mismo que los conocimientos son traducibles a un lenguaje
informático, y lo mismo que la enseñanza tradicional es asimilable a una
memoria, la didáctica puede ser confiada a máquinas relacionadas con las
memorias clásicas (bibliotecas, etc.), así como a bancos de datos de terminales
inteligentes puestos a disposición de los estudiantes. La pedagogía no se vería
necesariamente afectada, pues siempre habría algo que enseñar a los
estudiantes: no los contenidos, sino el uso de terminales, es decir, de nuevos
lenguajes por una parte, y por otra, un manejo más sutil de ese juego de
lenguaje que es la interrogación: ¿adonde dirigir la pregunta? Es decir, ¿cómo
formularla para evitar los errores?, etc. 176. Desde esta perspectiva, una
formulación elemental informática y, en concreto, telemática debiera formar
parte obligatoriamente de una propedéutica superior, al mismo título que la
adquisición de la práctica de un idioma extranjero, por ejemplo 177. Sólo desde
la perspectiva de grandes relatos de legitimación, vida del espíritu y/o emancipación
de legitimación de la humanidad, el reemplazamiento parcial de enseñantes por
máquinas puede parecer deficiente, incluso intolerable. Pero es probable que
esos relatos ya no constituyan el resorte principal del interés por el saber.
Si ese resorte es el poder, este aspecto de la didáctica clásica deja de ser
pertinente. La pregunta, explícita o no, planteada por el estudiante
profesionalista, por el Estado o por la institución de enseñanza superior, ya
no es: ¿es eso verdad?, sino ¿para qué sirve? En el contexto de la
mercantilización del saber, esta última pregunta, las más de las veces,
significa: ¿se puede vender? Y, en el contexto de argumentación del poden ¿es
eficaz? Pues la disposición de una competencia performativa parecía que debiera
ser el resultado vendible en las condiciones anteriormente descritas, y es
eficaz por definición. Lo que deja de serlo es la competencia según otros
criterios, como verdadero/falso, justo/injusto, etc., y, evidentemente, la
débil performatividad en general. La perspectiva de un vasto mercado de
competencias operacionales está abierta. Los detentadores de este tipo de saber
son y serán objeto de ofertas, y hasta de políticas de seducción 178. Desde ese
punto de vista, lo que se anuncia no es el fin del saber, al contrario. La
Enciclopedia de mañana son los bancos de datos. Éstos exceden la capacidad de
cada utilizador. Constituyen la «naturaleza» para el hombre postmoderno 179. Se
notará, sin embargo, que la didáctica no consiste sólo en la transmisión de
información, y que la competencia, incluso performativa, no se resume en la
posesión de una buena memoria de datos o de una buena capacidad de acceso a
memorias-máquinas. Es una banalidad subrayar la importancia de la capacidad de
actualizar los datos pertinentes para el problema que hay que resolver «aquí y
ahora» y de ordenarles en una estrategia eficiente. En tanto el juego sea de
información incompleta, la ventaja pertenece al que sabe y puede obtener un
suplemento de información. Tal es el caso, por definición, de un estudiante en
situación de aprender. Pero, en los juegos de información completa 180, la
mejor performatividad no puede consistir, por hipótesis, en la adquisición de
tal suplemento. Resulta de una nueva disposición de datos, que constituyen
propiamente una «jugada». Esa nueva disposición se obtiene muy a menudo
conectando series de datos considerados hasta entonces como independientes 181.
Se puede llamar imaginación a esta capacidad de articular en un conjunto lo que
no lo era. La velocidad es una de sus propiedades 182. Pues está permitido
representar el mundo del saber postmoderno como regido por un juego de
información completa, y en ese sentido los datos son, en principio, accesibles
a todos los expertos: no hay secretos científicos. El incremento de
performatividad, a igual competencia, en la producción del saber, y no en su
adquisición, depende, pues, finalmente de esta «imaginación» que permite, bien
realizar una nueva jugada, bien cambiar las reglas del juego. Si la enseñanza
debe asegurar no sólo la reproducción de competencias, sino su progreso, sería
preciso, en consecuencia, que la transmisión del saber no se limitara a la de
informaciones, sino que implicara el aprendizaje de todos los procedimientos
capaces de mejorar la capacidad de conectar campos que la organización
tradicional de los saberes aisla con celo. El santo y seña de la
interdisciplinaridad; difundido después de la crisis del 68, pero pregonada
bastante antes, parece ir en esa dirección. Ha escapado a los feudalismos
universitarios, se dice. Ha escapado a mucho más. En el modelo humboldiano de
la Universidad, cada ciencia ocupa su lugar en un sistema coronado por la
especulación. Una usurpación por parte de una ciencia del campo de otra sólo
puede provocar confusiones, «ruidos», en el sistema. Las colaboraciones no
pueden tener lugar más que en un plano especulativo, en la cabeza de los
filósofos.
Por el
contrario, la idea de interdisciplinaridad pertenece en propiedad a la época de
la desligitimación y a su urgente empirismo. La relación con el saber no es la
de realización de la vida del espíritu o la de emancipación de la humanidad; es
la de los utilizadores de unos útiles conceptuales y materiales complejos y la
de los beneficiarios de esas actuaciones. No disponen de un metalenguaje ni de
un metarrelato para formular la finalidad y el uso adecuado. Pero cuentan con
el brain storming para reforzar las actuaciones. La valoración del trabajo en
equipo pertenece a esta imposición del criterio performativo en el saber. Pues,
en lo que se refiere a decir lo verdadero o a prescribir lo justo, el número no
tiene nada que ver; no sirve de nada a no ser que justicia y verdad sean
pensadas en términos de resultado más probable. En efecto, las actuaciones en
general son mejoradas por el trabajo en equipo, bajo unas condiciones que las
ciencias sociales han precisado hace tiempo 183. A decir verdad, éstas han fundamentado
especialmente su prestigio gracias a la performatividad en el marco de un
modelo dado, es decir, a la realización de una tarea; la mejora parece menos
segura cuando se trata de «imaginar» nuevos modelos, es decir, de la
concepción. Hay, parece, ejemplos 184. Pero resulta difícil separar lo que
corresponde al dispositivo en equipo y lo que se debe al genio de los que
forman el equipo. Se observará que esta orientación se refiere más a la
producción del saber (investigación) que a su transmisión. Es abstracto, y
probablemente nefasto, separarlas por completo, incluso en el marco del
funcionalismo y del profesionalismo. Sin embargo, la solución hacia la que se
orientan de hecho las instituciones del saber en todo el mundo consiste en
disociar esos dos aspectos de la didáctica, el de la reproducción «simple» y el
de la reproducción «ampliada», al distinguir entidades de todo tipo, sean éstas
instituciones, niveles o ciclos en las instituciones, reagrupamientos de
instituciones, reagrupamientos de disciplinas, de las que unas están destinadas
a la selección y a la reproducción de competencias profesionales, y otras a la
promoción y «puesta en marcha» de espíritus «imaginativos». Los canales de
transmisión puestos a disposición de las primeras podrían ser simplificados y
masificados; las segundas tienen derecho a pequeños grupos que funcionan según
un igualitarismo aristocrático 185. Que estos últimos formen parte o no
oficialmente de universidades, importa poco. Pero lo que parece seguro, es que
en los dos casos, la deslegitimación y el dominio de la performatividad son el
toque de agonía de la era del Profesor: éste no es más competente que las redes
de memorias para transmitir el saber establecido, y no es mas competente que
los equipos interdisciplinarios para imaginar nuevas jugadas o nuevos juegos.
13 La ciencia postmoderna como investigación
de inestabilidades
Se ha
indicado anteriormente que la pragmática de la investigación científica,
especialmente en su aspecto de búsqueda de nuevas argumentaciones, traía a
primer plano la invención de «jugadas» nuevas e incluso de nuevas reglas de
juegos de lenguaje. Ahora importa subrayar este aspecto, que es decisivo en el
actual estado del saber científico. De este último se podría decir
paradójicamente que está a la búsqueda de «vías de salida de la crisis», siendo
la crisis la del determinismo. El determinismo es la hipótesis sobre la que
reposa la legitimación por medio de la performatividad: definiéndose ésta por
una relación input/output, es preciso suponer que el sistema en el cual se hace
entrar el input está en estado estable: obedece a una «trayectoria» regular de
la que se puede establecer la función continua y derivable que permitirá
anticipar adecuadamente el output. Tal es la «filosofía» positivista de la
eficiencia. Al oponerle aquí algunos ejemplos relevantes, se trata de facilitar
la discusión final de la legitimación. Se trata, en suma, de mostrar con
algunos elementos que la pragmática del saber científico postmoderno tiene, en
sí misma, poca afinidad con la búsqueda de la performatividad. La expansión de
la ciencia no se hace por medio del positivismo de la eficiencia. Es lo
contrario: trabajar con la prueba es buscar e «inventar» el contra-ejemplo, es
decir, lo ininteligible; trabajar con la argumentación, es buscar la «paradoja»
y legitimarla con nuevas reglas del juego de razonamiento. En los dos casos, la
eficiencia no se busca por sí misma, viene dada por añadidura, a veces tarde,
cuando los socios capitalistas se interesan al fin por el caso 186. Pero lo que
no puede plantearse con una nueva observación es la cuestión de la legitimidad.
Pues es la propia ciencia la que se plantea esta cuestión y no la filosofía la
que se la plantea. Lo que ya no tiene vigencia no es preguntarse lo que es
verdadero y lo que es falso, es representarse la ciencia como positivista, y
condenada a este conocimiento sin legitimar, a este semi-saber que le atribuían
los idealistas alemanes. La pregunta: ¿De que sirve tu argumento, de qué sirve
tu prueba? forma de tal modo parte de la pragmática del saber científico que
asegura la metamorfosis del destinatario del argumento y de la prueba en
cuestión, en destinador de un nuevo argumento y de una nueva prueba y, por
tanto, la renovación a la vez de los discursos y de las generaciones
científicas. La ciencia se desarrolla, y nadie contesta que se desarrolla
desarrollando esta pregunta. Y esta pregunta en sí misma, al desarrollarse,
conduce a la pregunta, es decir, a la metapregunta o pregunta de la
legitimación: ¿De qué sirve tu «de qué sirve»? 187. Ya se ha dicho, el rasgo
más llamativo del saber científico postmoderno es la inmanencia en sí misma,
pero explícita, del discurso acerca de las reglas que le dan validez 188. Lo
que ha podido pasar a fines del siglo XIX por pérdida de legitimidad y caída en
el «pragmatismo» filosófico o en el positivismo lógico, no ha sido más que un episodio,
del cual el saber surge por la inclusión en el discurso científico del discurso
acerca de la validez de enunciados con valor de leyes. Esta inclusión no es una
operación sencilla, ya se ha visto, da lugar a «paradojas» asumidas como
eminentemente serias, y a «limitaciones» del alcance del saber que, de hecho,
son modificaciones de su naturaleza. La investigación matemática que desemboca
en el teorema de Gödel es un auténtico paradigma de ese cambio de naturaleza
189. Pero la transformación de la dinámica no es menos ejemplar del nuevo
espíritu científico y nos interesa particularmente porque obliga a corregir una
noción que hemos visto está masivamente introducida en la discusión de la
actuación, particularmente en materia de teoría social: la noción de sistema.
La idea
de actuación implica la de sistema de fuerte estabilidad porque reposa sobre el
principio de una relación, la relación siempre calculable en principio entre
calor y trabajo, entre fuente caliente y fuente fría, entre input y output. Es
una idea que procede de la termodinámica. Está asociada a la representación de
una evolución previsible de las actuaciones del sistema, a condición de que se
conozcan todas sus variables. Esta condición es expresada con claridad a título
de límite por la ficción del «demonio» de Laplace 190: en posesión de todas las
variables que determinan el estado del universo en un instante t, puede prever
su estado en el instante t' > t. Esto es sostenido por el principio de que
los sistemas físicos, incluido el sistema de sistemas que es el universo,
obedecen a regularidad, y, por consiguiente, su evolución traza una trayectoria
previsible y da lugar a funciones continuas «normales» (y a la futurología...).
Con la mecánica cuántica y la física atómica, la extensión de ese principio
debe ser limitada. Y eso de dos maneras, cuyas implicaciones respectivas no
tienen el mismo alcance. Primero, la definición del estado inicial de un
sistema, es decir, de todas las variables independientes, para ser efectiva
exigiría un consumo de energía al menos equivalente a la que consume el sistema
que hay que definir. Una versión profana de esta imposibilidad de realizar la
medición completa de un estado del sistema la da Borges: un emperador quiere
hacer un plano perfectamente preciso del imperio. El resultado es la ruina del
país: toda la población dedica toda su energía a la cartografía 191. Con el
argumento de Brillouin 192, la idea (o la ideología) del control perfecto de un
sistema, que debe permitir mejorar sus actuaciones, aparece como inconsistente
con relación a la contradicción: disminuye la performatividad que pretende
aumentar. Esta inconsistencia explica en particular la debilidad de las
burocracias estatales y socio-económicas: ahogan a los sistemas o a los
sub-sistemas que controlan, y se asfixian al mismo tiempo que ellos (feedback
negativo). El interés de tal explicación es que no tiene necesidad de recurrir
a otra legitimación que la del sistema; por ejemplo, a la de la libertad de los
agentes humanos que los levante frente a una autoridad excesiva. Admitiendo que
la sociedad sea un sistema, su control, que implica la definición precisa de su
estado inicial, no puede ser efectivo, porque esta definición no puede ser
realizada. Pero esta limitación todavía no pone en cuestión más que la
efectividad del saber preciso y del poder que de él resulta. Su posibilidad de
principio sigue intacta. El determinismo clásico continúa constituyendo el
límite, excesivamente caro, pero concebible, del conocimiento de los sistemas
193. La teoría cuántica y la microfisica obligan a una revisión mucho más
radical de la idea de trayectoria continua y previsible. La búsqueda de la
precisión no escapa a un límite debido a su coste, sino a la naturaleza de la
materia. No es verdadero que la incertidumbre, es decir, la ausencia de control
humano, disminuya a medida que aumenta la precisión: también aumenta. Jean
Perrin propone el ejemplo de la medida de la densidad verdadera (cociente
masa/volumen) del aire contenido en una esfera. Varía notablemente cuando el
volumen de la esfera pasa de 1.000 m3 a 1 cm3; varía muy poco de 1 cm3 a
1/1.000 de mm3, pero ya se puede observar en este intervalo la aparición de
variaciones de densidad del orden de la mil millonésima, que se producen
irregularmente. A medida que el volumen de la esfera se contrae, la importancia
de esas variaciones aumenta: para un volumen del orden de 1/10 de micra cúbica,
las variaciones llegan a la milésima; para 1/100 de micra cúbica, son del orden
de un quinto. Disminuyendo aún más el volumen, se llega al orden del radio
molecular. Si la esférula se encuentra en el vacío entre dos moléculas de aire,
la densidad verdadera del aire es nula. Sin embargo, aproximadamente una vez de
cada mil, el centro de la esférula «caerá» en el interior de una molécula y la
densidad media en ese punto es entonces comparable a lo que se llama la
densidad verdadera del gas. Si se baja hasta dimensiones intraatómicas, la
esférula tiene todas las oportunidades de encontrarse en el vacío, de nuevo con
una densidad nula. Un vez de cada un millón de casos, sin embargo, su centro
puede encontrarse situado en un corpúsculo o en el núcleo del átomo, y entonces
la densidad será muchos millones de veces superior a la del agua. «Si la
esférula se contrae más (...), probablemente la densidad media volverá a ser
nula en seguida, así como la verdadera densidad, salvo para ciertas posiciones
muy raras donde alcanzará valores desmesuradamente más elevados que los
precedentes» 194. El conocimiento referente a la densidad del aire se resuelve,
pues, en una multiplicidad de enunciados que son incomparables absolutamente, y
no se vuelven compatibles más que si son relativizados con respecto a la escala
elegida por el enunciador. Por otra parte, a determinadas escalas, el enunciado
de esta medida no se resume en una afirmación simple, sino en una afirmación
modalizada del tipo: es plausible que la densidad sea igual a cero, pero sin
excluir que sea del orden de 10n, siendo n muy elevado. Aquí, la relación del
enunciado del estudioso con «lo que dice» la «naturaleza» parece proceder de un
juego de información no completa. La modalización del enunciado del primero
expresa el hecho de que el enunciado efectivo, singular (el token) que
exterioriza la segunda no es previsible. Lo que es calculable es la oportunidad
de que ese enunciado diga esto más que aquello. En un plano microfisico, una
«mejor» información, es decir, más performante, no se puede obtener. La
cuestión no es saber lo que es el adversario (la «naturaleza»); es saber a qué
juego juega. Einstein se rebelaba ante la idea de que «Dios juega a los dados»
195. Es, sin embargo, un juego que permite establecer regularidades
estadísticas «suficientes» (tanto peor para la imagen que se tenía del supremo
Determinante). Si jugaba al bridge, los «azares primarios» que encuentra la
ciencia deberían ser imputados, ya no a la indiferencia del lado con respecto a
sus caras, sino a la astucia, es decir, a una elección en sí misma dejada al
azar entre múltiples estrategias puras posibles 196. En general, se admite que
la naturaleza es un adversario indiferente, pero no astuto, y se distingue a
las ciencias de la naturaleza de las ciencias del hombre basándose en esa
diferencia 197. Eso significa en términos pragmáticos que la «naturaleza» en el
primer caso es el referente, mudo, pero tan constante cómo un dado lanzado un
gran número de veces, con respecto al cual los científicos intercambian
enunciados denotativos que son las jugadas que se hacen unos a los otros;
mientras que en el segundo caso, al ser el hombre el referente, es también un
«compañero» que, al hablar, desarrolla una estrategia, incluida la mixta,
frente a la del estudioso: el azar al que éste escapa entonces no es de objeto
o de indiferencia, sino de comportamiento o de estrategia 198, es decir,
agonístico. Se dirá que esos problemas conciernen a la microfisica, y que
permiten el establecimiento de funciones continuas suficientemente cercanas
como para permitir una buena previsión probabilista de la evolución de los
sistemas. Así los teóricos del sistema, que también son los de la legitimación
por la actuación, creen recuperar sus derechos. Sin embargo, se ve dibujarse en
la matemática contemporánea una corriente que pone en cuestión la medida
precisa y la previsión de comportamientos de objetos a escala humana.
Mandelbrot sitúa sus investigaciones bajo la autoridad del texto de Perrin que
hemos comentado. Pero extiende el alcance en una dirección inesperada. «Las
funciones derivadas» — escribe—, «son las más simples, las más fáciles de
tratar y, sin embargo, son la excepción; o si se prefiere un lenguaje
geométrico, las curvas que no tienen tangente son la regla, y las curvas muy
regulares, como el círculo, son casos interesantes, pero muy particulares» 199.
La constatación no tiene el simple interés de una curiosidad abstracta, vale
para la mayor parte de los datos experimentales: los contornos de una pompa de
jabón salado presentan tales infrangibilidades que al ojo le es imposible fijar
una tangente en ningún punto de su superficie. El modelo lo proporciona aquí el
movimiento browniano, del que se sabe que una propiedad suya es que el vector
de desplazamiento de la partícula a partir de un punto es isótropo, es decir,
que todas las direcciones posibles son igualmente probables. Pero se vuelve a
encontrar el mismo problema en la escala habitual si, por ejemplo, se quiere
medir con precisión la costa de Bretaña, la superficie de la Luna cubierta de
cráteres, la distribución de la materia estelar, la de las «ráfagas» de ruidos
en una comunicación telefónica, las turbulencias en general, la forma de las
nubes, en resumen, la mayor parte de los contornos y distribuciones de cosas
que no han sufrido la regularización debida a la mano del hombre. Mandelbrot
muestra que la figura presentada por este tipo de datos los emparenta con
curvas correspondientes a funciones continuas no derivables. Un modelo
simplificado de éstas es la curva de von Koch 200; posee una homotecia interna;
se puede mostrar formalmente que la dimensión de homotecia sobre la que está
construida no es un entero sino el log 4/log 3. Se tiene derecho a decir que
una curva tal se sitúa en un espacio cuyo «número de dimensiones» está entre 1
y 2, y que, por tanto, es intuitivamente intermediaria entre línea y
superficie. Porque su dimensión pertinente de homotecia es una fracción,
Mandelbrot llama a esos objetos, objetos fractales. Los trabajos de René Thom
201 van en un sentido análogo. Interrogan directamente la noción de sistema
estable, que se presupone en el determinismo laplaciano e incluso posibilista.
Thom establece el lenguaje matemático que permite describir el modo en que las
discontinuidades pueden producirse formalmente en sistemas determinados y dar
lugar a formas inesperadas: ese lenguaje constituye la teoría llamada de las
catástrofes. Sea la agresividad una variable del estado de un perro; crece en
función directa a su enfado, variable de control 202. Suponiendo que éste sea
mensurable, llegado a un punto, se traduce en ataque. El miedo, segunda
variable de control, tendrá el efecto inverso y, llegado a un punto, se
traducirá en huida. Sin enfado ni miedo, la conducta del perro es neutra
(vértice de la curva de Gaus). Pero si las dos variables de control se cruzan,
los dos puntos se acercarán al mismo tiempo: la conducta del perro se hace
imprevisible, puede pasar bruscamente del ataque a la huida, y a la inversa. El
sistema es llamado inestable: las variables de control varían continuamente,
las de estado discontinuamente. Thom muestra que se puede escribir la ecuación
de esta inestabilidad, y designar el grafo (tridimensional, puesto que tiene
dos variables de control y una de estado) que determina todos los movimientos
del punto que representan el comportamiento del perro, y entre ellos el del
paso brusco de un comportamiento al otro. Esta ecuación caracteriza un tipo de
catástrofes, que es determinado por el número de variables de control y el de
variables de estado (aquí 2 + 1). La discusión acerca de los sistemas estables
o inestables, acerca del determinismo o no, encuentra aquí una salida, que Thom
formula en un postulado: «El carácter más o menos determinado de un proceso es
determinado por el estado local de ese proceso» 203. El determinismo es una
especie de funcionamiento que está determinado en sí mismo: la naturaleza realiza
en todas las circunstancias la morfología local menos compleja, que sea no
obstante compatible con los datos iniciales locales 204. Pero puede ser, y
hasta es el caso más frecuente, que esos datos prohiban la estabilización de
una forma. Pues a menudo se encuentran en conflicto: «El modelo de las
catástrofes reduce todo proceso causativo a uno solo, por lo que la
justificación intuitiva no plantea problemas: el conflicto, padre, según
Heráclito, de todas las cosas» 205. Hay más oportunidades de que las variables
de control sean incompatibles que a la inversa. No hay, pues, más que «islotes
de determinismo». El antagonismo catastrófico es la regla, en el sentido
propio: hay reglas de la agonística general de las series, que se definen por
el número de variables en juego. No está prohibido encontrar un eco (atenuado,
a decir verdad) a los trabajos de Thom en las investigaciones de Palo Alto,
especialmente en la aplicación de la paradología al estudio de la
esquizofrenia, que es conocida con el nombre de Double Bind Theory 206. Aquí
nos contentaremos con señalar ese acercamiento. Permite hacer que se comprenda
la extensión de esas investigaciones centradas en las singularidades y las
«inconmensurabilidades» hasta el dominio de la pragmática de las dificultades
más cotidianas. La idea que se saca de esas investigaciones (y de bastantes
otras) es que la preeminencia de la función continua derivada como paradigma
del conocimiento y de la previsión está camino de desaparecer. Interesándose
por los indecidibles, los límites de la precisión del control, los cuanta, los
conflictos de información no completa, los fracta, las catástrofes, las
paradojas pragmáticas, la ciencia postmoderna hace la teoría de su propia
evolución como discontinua, catastrófica, no rectificable, paradógica. Cambia
el sentido de la palabra saber, y dice cómo puede tener lugar ese cambio.
Produce, no lo conocido, sino lo desconocido. Y sugiere un modelo de
legitimación que en absoluto es el de la mejor actuación, sino el de la
diferencia comprendida como paralogía 207. Como dice muy bien un especialista
de la teoría de los juegos, cuyos trabajos van en la misma dirección: «¿Dónde
está la utilidad de esta teoría? Nosotros pensamos que la teoría de los juegos,
como toda teoría elaborada, es útil en el sentido en que da nacimiento a ideas»
208. Por su parte, P. B. Medawar 209 decía que «tener ideas es el logro supremo
de un savant», que no hay "método científico" 210 y que «un savant es
ante todo alguien que "cuenta historias", y está obligado a verificarlas».
14 La legitimación por la paralogía
Decidimos
aquí que los datos del problema de la legitimación del saber hoy están
suficientemente despejados para nuestro propósito. El recurso a los grandes
relatos está excluido; no se podría, pues, recurrir ni a la dialéctica del
Espíritu ni tampoco a la emancipación de la humanidad para dar validez al
discurso científico postmoderno. Pero, como se acaba de ver, el «pequeño
relato» se mantiene como la forma por excelencia que toma la invención
imaginativa, y, desde luego, la ciencia 211. Por otra parte, el principio del
consenso como criterio de validación parece también insuficiente. O bien es el
acuerdo de los hombres en tanto que inteligencias cognoscentes y voluntades
libres obtenido por medio del diálogo. Es en esta forma como se encuentra
elaborado por Habermas. Pero esta concepción reposa sobre la validez del relato
de la emancipación. O bien es manipulado por el sistema como uno de sus
componentes en vistas a mantener y mejorar sus actuaciones 212. Es objeto de
procedimientos administrativos, en el sentido de Luhmann. No vale entonces más
que como medio para el verdadero fin, el que legitima el sistema, el poder. El
problema es, pues, saber si es posible una legitimación que se autorizara por
la sola paralogía. Es preciso distinguir lo que es propiamente paralogía de lo
que es innovación: ésta es controlada, o en todo caso utilizada, por el sistema
para mejorar su eficiencia; aquélla es una «jugada», de una importancia a
menudo no apreciada sobre el terreno, hecha en la pragmática de los saberes. Que,
en la realidad, una se transforme en la otra es frecuente, pero no necesario, y
no necesariamente molesto para la hipótesis. Si se vuelve a partir de la
descripción de la pragmática científica (sección 7), el acento debe situarse de
ahora en adelante en la disensión. El consenso es un horizonte, nunca es
adquirido. Las investigaciones que se hacen bajo la égida de un paradigma 213
tienden a estabilizarlas; son como la explotación de una «idea» tecnológica,
económica, artística. Lo que no es nada. Pero sorprende que siempre venga
alguien a desordenar el orden de la «razón». Es preciso suponer un poder que
desestabiliza las capacidades de explicar y que se manifiesta por la
promulgación de nuevas normas de inteligencia o, si se prefiere, por la
proposición de nuevas reglas del juego de lenguaje científico que circunscriben
un nuevo campo de investigación. Es, en el comportamiento científico, el mismo
proceso que Thom llama morfogénesis. En sí mismo no carece de reglas (hay
clases de catástrofes), pero su determinación siempre es local. Llevada a la
discusión científica y situada en una perspectiva temporal, esta propiedad
implica la imprevisibilidad de los «descubrimientos». Con respecto a un ideal
de transparencia, es un factor de formación de opacidades que deja el momento
del consenso para más tarde 214. Esta puntualización hace aparecer claramente
que la teoría de sistemas y el tipo de legitimación que ella propone no tiene
ninguna base científica: ni la ciencia funciona en su pragmática según el
paradigma del sistema admitido por esta historia, ni la sociedad puede ser
descrita según ese paradigma en los términos de la ciencia contemporánea.
Examinemos a este respecto dos puntos importantes de la argumentación de
Luhmann. El sistema no puede funcionar más que reduciendo la complejidad, por
una parte; y, por otra, debe suscitar la adaptación de las aspiraciones
(expectations) individuales a sus propios fines 215. Reducir la complejidad
viene exigido por la competencia del sistema en lo que se refiere al poder. Si
todos los mensajes pudieran circular libremente entre todos los individuos, la
cantidad de informaciones a tener en cuenta para hacer las elecciones
pertinentes retardaría considerablemente la toma de decisiones y, por tanto, la
performatividad. La velocidad, en efecto, es un componente del poder del
conjunto.
Se
objetara que hay que tener en cuenta esas opiniones moleculares si no se quiere
exponerse a graves perturbaciones. Luhmann responde, y es el segundo punto, que
es posible dirigir las aspiraciones individuales por medio de un proceso de
«casi-aprendizaje», «libre de toda perturbación», a fin de que lleguen a ser
compatibles con las decisiones del sistema. Éstas últimas no tienen que
respetar las aspiraciones: es preciso que las aspiraciones aspiren a esas
decisiones, al menos a sus efectos. Los procedimientos administrativos harán
«querer» por parte de los individuos lo que el sistema necesita para ser
performativo 216. Se ve qué utilidad pueden y podrían tener en esta perspectiva
las técnicas telemáticas. No se podría negar toda fuerza de persuasión a la
idea de que el control y la dominación del contexto valen por sí mismos más que
su ausencia. El criterio de performatividad tiene sus «ventajas». Excluye, en
principio, la adhesión a un discurso metafísico, requiere el abandono de las
fábulas, exige mentes claras y voluntades frías, sitúa al cálculo de las
interacciones en el puesto de la definición de las esencias, hace asumir a los
«jugadores» la responsabilidad, no sólo de los enunciados, sino también de las
reglas a las que los someten para hacerlos aceptables. Saca a plena luz las
funciones pragmáticas del saber puesto que ellas parecen colocarse bajo el
criterio de eficiencia: pragmáticas de la argumentación, de la administración
de la prueba, de la transmisión de lo conocido, del aprendizaje a imaginar.
Contribuye así a elevar todos los juegos de lenguaje, incluso si no proceden
del saber canónico, al conocimiento de sí mismos, tiende a hacer caer el
discurso cotidiano en una especie de metadiscurso: los enunciados ordinarios
presentan una propensión a citarse a sí mismos y los diversos puestos
pragmáticos a referirse indirectamente al mensaje sin embargo actual que los
concierne 217. Puede sugerir que los problemas de comunicación interna que
encuentra la comunidad científica en su trabajo para deshacer y rehacer sus
lenguajes son de una naturaleza comparable a los de la colectividad social
cuando, privada de la cultura de los relatos, debe poner a prueba su
comunicación consigo misma, e interrogarse por eso mismo acerca de la
naturaleza de la legitimidad de las decisiones tomadas en su nombre. A riesgo
de escandalizar, el sistema incluso puede contar entre el número de sus
ventajas, su duración. En el marco del criterio de poder, una demanda (es
decir, una forma de prescripción) no obtiene ninguna legitimidad del hecho de
que proceda del sufrimiento a causa de una necesidad insatisfecha. El derecho
no viene del sufrimiento, viene de que el tratamiento de éste hace al sistema
más performativo. Las necesidades de los más desfavorecidos no deben servir en
principio de regulador del sistema, pues al ser ya conocida la manera de
satisfacerlas, su satisfacción no puede mejorar sus actuaciones, sino solamente
dificultar sus gastos. La única contraindicación es que la no-satisfacción
puede desestabilizar el conjunto. Es contrario a la fuerza regularse de acuerdo
a la debilidad. Pero le es conforme suscitar demandas nuevas que se considera
que deben dar lugar a la redefinición de las normas de «vida» 218. En ese
sentido, el sistema se presenta como la máquina vanguardista que arrastra a la
humanidad detrás de ella, deshumanizándola para rehumanizarla a un distinto
nivel de capacidad normativa. Los tecnócratas declaran que no pueden tener
confianza en lo que la sociedad designa como sus necesidades, «saben» que no pueden
conocerlas puesto que no son variables independientes de las nuevas tecnologías
219. Tal es el orgullo de los «decididores», y su ceguera. Este «orgullo»
significa que se identifican con el sistema social concebido como una totalidad
a la búsqueda de su unidad más performativa posible. Si se vuelve hacia la
pragmática científica, ésta nos enseña precisamente que esta identificación es
imposible: en principio, ningún científico encarna el saber ni descuida las
«necesidades» de una investigación o las aspiraciones de un investigador so
pretexto de que no son performativos para la «ciencia» en cuanto totalidad. La
respuesta normal del investigador a las demandas es más bien esta: es preciso
ver, cuente su historia 220. En principio, todavía no prejuzga que el caso esté
ya regulado, ni que la «ciencia» se resentirá en su potencia si se la
reexamina. Es incluso a la inversa. Claro está que las cosas no siempre son así
en la realidad. No se tienen en cuenta a los investigadores cuyas «jugadas» han
sido menospreciadas o reprimidas, a veces durante decenios, porque
desestabilizaban demasiado violentamente posiciones adquiridas, no sólo en la
jerarquía universitaria y científica, sino en la problemática 221. Cuanto más
fuerte es una «jugada», más cómodo resulta negarle el consenso mínimo
justamente porque cambia las reglas del juego sobre las que existía consenso.
Pero cuando la institución savante funciona de esta manera, se comporta como un
poder ordinario, cuyo comportamiento está regulado como homeostasis. Ese comportamiento
es terrorista, como lo es el del sistema descrito por Luhmann. Se entiende por
terror la eficiencia obtenida por la eliminación o por la amenaza de
eliminación de un «compañero» del juego de lenguaje al que se jugaba con él.
Este «compañero» se callará o dará su asentimiento, no porque sea rechazado,
sino porque se le amenaza con ser privado de jugar (hay muchos tipos de
privación). El orgullo de los «decididores», del cual en principio no existe
equivalente en las ciencias, vuelve a ejercer este terror. Dice: adapte sus
aspiraciones a nuestros fines, si no... 222. Incluso la permisividad con
respecto a los diversos juegos está situada bajo la condición de
performatividad. La redefinición de las normas de vida consiste en la mejora de
la competencia del sistema en materia de poder. Eso es particularmente evidente
con la introducción de las tecnologías telemáticas: los tecnócratas ven ahí la
promesa de una liberación y de un enriquecimiento de las interacciones entre
locutores, pero el efecto interesante es que resultarán nuevas tensiones en el
sistema, que mejorarán sus actuaciones 223. En tanto es diferenciadora, la
ciencia en su pragmática ofrece el antimodelo del sistema estable. Todo
enunciado debe retenerse desde el momento en que comporta la diferencia con lo
que se sabe, y en que argumenta y prueba. Es el modelo de «sistema abierto» 224
en el cual la pertinencia del enunciado es que «da nacimiento a ideas», es
decir, a otros enunciados y a otras reglas de juego. No hay en la ciencia una
métalangue general en la cual todas las demás puedan transcribirse y evaluarse.
Es lo que prohibe la identificación con el sistema y, a fin de cuentas, el
terror. La separación entre «decididores» y ejecutantes, si existe en la
comunidad científica (y existe), pertenece al sistema socioeconómico, no a la
pragmática científica. Es uno de los principales obstáculos para el desarrollo
de la imaginación de los sabedores. La cuestión de la legitimación generalizada
se convierte en: ¿cuál es la relación entre el antimodelo ofrecido por la
pragmática científica y la sociedad? ¿Es aplicable a las inmensas nubes de
materia lingüística que forman las sociedades? ¿o bien se mantiene limitada al
juego del conocimiento? Y en ese caso, ¿qué papel juega con respecto al lazo
social? ¿Ideal inaccesible de comunidad abierta? ¿Componente indispensable del
sub-conjunto de los «decididores», que acepta para la sociedad el criterio de
performatividad que rechaza para sí misma? O, a la inversa, ¿rechazo de
cooperación con los poderes, y paso a la contra-cultura, con riesgo de
extinción de toda posibilidad de investigación por falta de crédito? 225. Hemos
subrayado desde el principio de este estudio la diferencia, no sólo formal,
sino pragmática, que separa los diversos juegos de lenguaje, especialmente
denotativos o de conocimiento, y prescriptivos o de acción. La pragmática
científica se centra en los enunciados denotativos, es por lo que da lugar a
instituciones de conocimiento (institutos, centros, universidades, etc.). Pero
su desarrollo postmoderno pone en primer plano un «hecho» decisivo: que incluso
la discusión de enunciados denotativos exige reglas. Puesto que las reglas no
son enunciados denotativos, sino prescriptivos, es mejor llamarlas
metaprescriptivas para evitar confusiones (prescriben lo que deben ser las
«jugadas» de los juegos de lenguaje para ser admisibles). La actividad
diferenciadora, o de imaginación, o de paralogía en la pragmática científica
actual, tiene por función el hacer aparecer esos metaprescriptivos (los
«presupuestos») 226, y exigir que los «compañeros» acepten otros. La única
legitimación que hace concebible, a fin de cuentas, una demanda tal es: dará
nacimiento a ideas, es decir, a nuevos enunciados. La pragmática social no
tiene la «simplicidad» de la de las ciencias. Es un monstruo formado por la
imbricación de redes de clases de enunciados (denotativos, prescriptivos,
performativos, técnicos, evaluativos, etc.) heteromorfos. No hay ninguna razón
para pensar que se puedan determinar metaprescripciones comunes a todos esos
juegos de lenguajes y que un consenso revisable, como el que reina en un
determinado momento en la comunidad científica, pueda comprender el conjunto de
metaprescripciones que regulan el conjunto de enunciados que circulan en la colectividad.
Incluso al abandono de esta creencia está ligado el declive actual de los
relatos de legitimación, sean éstos tradicionales o «modernos» (emancipación de
la humanidad, devenir de la idea). Es igualmente la pérdida de esta creencia lo
que la ideología del «sistema» viene a la vez a satisfacer por medio de su
pretensión totalizante y a expresar por medio del cinismo de su criterio de
performatividad. Por esta razón, no parece posible, ni siquiera prudente,
orientar, como hace Habermas, a la elaboración del problema de la legitimación
en el sentido de la búsqueda de un consenso universal 227 por medio de lo que
él llama el Diskurs, es decir, el diálogo de argumentaciones 228. Es, en
efecto, suponer dos cosas. La primera, que todos los locutores pueden ponerse
de acuerdo acerca de las reglas o de las metaprescripciones universalmente
válidas para todos los juegos de lenguaje, mientras que es claro que éstos son
heteromorfos y proceden de reglas pragmáticas heterogéneas. La segunda
suposición es que la finalidad del diálogo es el consenso. Pero hemos mostrado,
al analizar la pragmática científica, que el consenso no es más que un estado
de las discusiones y no su fin. Éste es más bien la paralogía. Lo que
desaparece con esta doble comprobación (heterogeneidad de reglas, búsqueda de
la disensión) es una creencia que todavía anima la investigación de Habermas:
saber que la humanidad como sujeto colectivo (universal) busca su emancipación
común por medio de la regularización de «jugadas» permitidas en todos los
juegos de lenguaje, y que la legitimidad de un enunciado cualquiera reside en
su contribución a esta emancipación 229. Se comprende así cuál es la función de
ese recurso en la argumentación de Habermas contra Luhmann. El Diskurs es el
último obstáculo opuesto a la teoría del sistema estable. La causa es buena,
pero los argumentos no lo son 230. El consenso se ha convertido en un valor
anticuado, y sospechoso. Lo que no ocurre con la justicia. Es preciso, por
tanto, llegar a una idea y a una práctica de la justicia que no esté ligada a
las del consenso. El reconocimiento del heteromorfismo de los juegos de
lenguaje es un primer paso en esta dirección. Implica, evidentemente, la
renuncia al terror, que supone e intenta llevar a cabo su isomorfismo. El segundo
es el principio de que, si hay consenso acerca de las reglas que definen cada
juego y las «jugadas» que se hacen, ese consenso debe ser local, es decir,
obtenido de los «jugadores» efectivos, y sujeto a una eventual rescisión. Se
orienta entonces hacia multiplicidades de meta-argumentaciones finitas, o
argumentaciones que se refieren a metaprescriptivos y limitadas en el
espacio-tiempo. Esta orientación corresponde a la evolución de las
interacciones sociales, donde el contrato temporal suplanta de hecho la
institución permanente en cuestiones profesionales, afectivas, sexuales,
culturales, familiares, internacionales, lo mismo que en los asuntos políticos.
La evolución es evidentemente equívoca: el contrato temporal es favorecido por
el sistema a causa de su gran flexibilidad, de su menor costo, y de la
efervescencia de las motivaciones que lo acompañan, todos ellos factores que
contribuyen a una mejor operatividad. Pero no es cuestión, en cualquier caso,
de proponer una alternativa «pura» al sistema: todos sabemos, en estos años 70
que terminan, que se le parecerá. Es preciso alegrarse de que la tendencia al
contrato temporal sea equívoca: no pertenece sólo a la finalidad del sistema,
sino que éste la tolera, e indica en su seno otra finalidad, la del conocimiento
de los juegos de lenguaje en cuanto tales y de la decisión de asumir la
responsabilidad de sus reglas y de sus efectos, el principal de los cuales es
el que da valor a la adopción de aquéllas, la búsqueda de la paralogía. En
cuanto a la informatización de las sociedades, se ve, finalmente, cómo afecta a
esta problemática. Puede convertirse en el instrumento «soñado» de control y de
regulación del sistema de mercado, extendido hasta el propio saber, y
exclusivamente regido por el principio de performatividad. Comporta entonces
inevitablemente el terror. También puede servir a los grupos de discusión
acerca de los metapresciptivos dándoles informaciones de las que bastante a
menudo carecen para decidir con conocimiento de causa. La línea a seguir para
hacer que se bifurque en ese último sentido es demasiado simple en principio:
consiste en que el público tenga acceso libremente a las memorias y a los
bancos de datos 231. Los juegos de lenguaje serán entonces juegos de
información completa en el momento considerado. Pero también serán juegos de
suma y sigue, y, por ese hecho, las discusiones nunca se arriesgarán a
establecerse sobre posiciones de equilibrio mínimas, por agotamiento de los
envites. Pues los envites estarán constituidos entonces por conocimientos (o
informaciones, si se quiere) y la reserva de conocimientos, que es la reserva
de la lengua en enunciados posibles, es inagotable. Se apunta una política en
la cual serán igualmente respetados el deseo de justicia y el de lo
desconocido.
Notas
1 A.
Touraine, La société postindustrielle, París, Denoël, 1969 (trad. esp.. La sociedad postindustrial, Ariel, Barcelona, 1973);
D. Bell, The Coming of Post-Industrial Society, Nueva York, 1973; Ihab Hassan,
The Dismemberment of Orpheus: Toward a Post Modern Literature, Nueva York,
Oxford U. P., 1971; M. Benamou & Ch. Caramello Eds., Performance in
Postmodern Culture, Wisconsin, Center for XXth Century Studies & Coda
Press, 1977; M. Köhler, «Posmodernismus: ein begriflgeschichtlicher
Ueberblick», Amerikastudien, 22, l, 1977.
2 Una
expresión literaria ya clásica de esto la da M. Butor, Mobile. Élude pour une représentation des Estats-Unis, Paris,
Gallimard, 1962.
3 Jif Fowles Ed., Handbook of Futures Research,
Westport, Conn., Greenwood Press, 1978.
4 N. S. Trubetzkoy, Grundzüge der Phonologie, Praga. T.C.L.P.,
VII, 1939. (Trad. esp., Principios
de fonología, Madrid, Cincel, 1976.)
5 N. Wiener, Cybernetics and Society. The Human Use of
Human Beings, Boston, Hougton Mifflin, 1949; W. R. Ashby, An Introduction to
Cybernetics, Londres, Chapman and Hall, 1956.
6 Véase
la obra de Johannes von Neumann (1903-1957).
7 S.
Bellert, «La formalisation des systèmes cybernétiques», en Le concept
d'information dans la science contemporaine. Paris, Minuit, 1965.
8 G.
Mounin, Les problèmes théoriques de la traduction. Paris, Gallimard, 1963
(trad. esp., Problemas teóricos de la traducción, Madrid, Gredos, 1977). Se
fecha en 1965 la revolución de los ordenadores con la nueva generación de
computadores 360 IBM; R. Moch, «Le tournant informatique», Documents,
contributifs, anexo IV, L'informatisation de la société, Paris, La
Documentation française, 1978; R. M. Ashby, «La seconde génération de la
micro-électronique», La Recherche. 2, junio 1970, pegs. 127 y ss.
9 C. L.
Gaudfernan & A. Thaib, .«Glossaire», en P. Nora & A. Minc,
L'informatisation de la société, Paris, La Documentation française, 1978 (trad.
esp., La informatización de la sociedad, Madnd, F.C.E., 1980); R. Beca, «Les
banques de données», Nouvelle informatique et nouvelle croissance, anexo I,
L'informatisation..., loc. cit.
10 L.
Joyeux, «Les applications avancées de l'informatique», Documents contributifs,
loc. cit. Los terminales domésticos (Integrated Video Terminals) serán
comercializados antes de 1984, al precio de unos 1.400 dólares U.S., según un
informe del International Resource Development, The Home Terminal, Conn. I.R.D.
Press, 1979.
11 Watzlawick, J. Helmick-Beavin, D. Jackson,
Pragmatics of Human Communication. A Study of Interactional Patterns,
Pathologies, and Paradoxes, Nueva York, Northorn, 1967.
12 J. M.
Treille, del Grupo de análisis y de prospectiva de los sistemas económicos y
tecnológicos (G.A.P.S.E.T.), declara: «No se habla bastante de las nuevas
posibilidades de diseminación de la memoria, en particular gracias a los
semiconductores y a los lasers (...) Cada uno podrá muy pronto almacenar a bajo
precio la información donde quiera, y disponer de un aumento de la capacidad de
tratamiento autónomo» (La semaine media, 16, 15 de febrero de 1979). Según una
encuesta de la National Scientific Foundation, más de un alumno de high school
de cada dos utiliza corrientemente los servicios de un ordenador, las
instalaciones escolares poseerán todas ellas uno desde comienzos de los años 80
(La semaine media.13, 25 de enero de 1979).
13 L.
Brunel, Des machines et des hommes, Montreal, Quebec Science, 1978; J. L.
Missika & D. Wolton, Les réseaux pensants, Paris, Librairie technique et
doc, 1978. El uso de la videoconferencia entre Quebec y Francia va camino de
convertirse en una costumbre: en noviembre y diciembre de 1978 ha tenido lugar
el cuarto ciclo de videoconferencias en directo (a través del satélite
Symphonie) entre Quebec y Montreal por una parte, y París (Universidad Paris
Norte y Centro Beaubourg) por otra (La semaine media, 5, 30 de noviembre de
1978). Otro ejemplo, el periodismo electrónico. Las tres grandes cadenas
norteamericanas A.B.C., N.B.C, y C.B.S. han multiplicado tanto sus estudios de
producción por todo el mundo que casi todos los acontecimientos que se producen
pueden ahora ser tratados electrónicamente y transmitidos a los Estados Unidos
por satélite. Sólo la redacción de Moscú continúa trabajando con película, que
manda a Frankfurt para su difusión vía satélite. Londres se ha convertido en el
gran packing point (La semaine media. 20, 15 de marzo de 1979).
14 La
unidad de información es el bit. Para sus definiciones, ver Gaudfernan &
Thaib, «Glossaire», loc. cit. Discusión en R. Thom, «Un protée de la
sémantique: l'information» (1973), en Modèles mathématiques de la morphogenèse.
Paris, 10/18, 1974. La transcripción de mensajes a un código digital permite
especialmente eliminar las ambivalencias; ver Watzlawick et al., op. cit.. 98.
15 Las
firmas Craig y Lexicon anuncian el lanzamiento a! mercado de traductores de
bolsillo: cuatro módulos en idiomas diferentes aceptados simultáneamente, cada
uno con 1.500 palabras, con memoria. La Weidner Communication Systems Inc.
produce un Multilingual Word Procesing que permite alcanzar la capacidad de un
traductor medio de 600 a 2.400 palabras por hora. Comporta una triple memoria:
diccionario bilingüe, diccionario de sinónimos, índice gramatical (La semaine
media, 6, 6 de diciembre de 1978).
16 J. Habermas, Erkenntnis und Interesse. Frankfurt,
1968.
17 «La
base {Grundpfeiler) de la producción y de la riqueza (...) se convierte en la
inteligencia y la dominación de la naturaleza en la existencia del hombre en
tanto que cuerpo social», de modo que «el saber social general, el knowledge,
se convierte en fuerza de producción inmediata», escribe Marx en los Grundisse
der Kritik der politischen Oekonomie (1857-1858), Berlín, Dietz Verlag, 1953,
página 594, de la traducción francesa de Dangeville, Fondements de L'économie
politique, Paris, Anthropos, 1968, hay una versión en castellano: Fundamentos
de la crítica de la economia politica, La Habana, Instituto del Libro, 1970. No
obstante, Marx concede que no es «en la forma del saber, sino como òrgano
inmediato de la praxis social», el modo en que el conocimiento se convierte en
fuerza; es decir, como máquinas: éstas son «órdenes del cerebro humano forjados
por la mano del hombre, fuerza de saber objetivada». Ver P. Mattick, Marx and Keynes, The Limits of the
Mixed Economy, Boston, Sargent, 1969, Discusión en J. F. Lyotard, «La place de
l'aliénation dans le retournement marxiste» (1969), en Dérive à partir de Marx
et Freud. Paris, 10/18, 1973. Hay edición castellana, A partir de Marx y
Freud, Madrid, Fundamentos, 1975.
18 La
composición de la categoría trabajadores (labor force) en los Estados Unidos se
ha modificado como sigue en veinte años (1950-1971); 1950 1971 Obreros
industríales de servicios o agrícolas ............ 62,5% . 51,4% Profesionales
liberales y técnicos..............................:. 7,5% 14,2% Empleados
................................................................. 30 % 34 %
(Statistical Abstracts, 1971)
19 En
razón de la duración del tiempo de «fabricación» de un técnico superior o de un
científico medio con respecto al tiempo de extracción de las materias primas y
de la transferencia del capital moneda. A fines de los años 60, Mattick
evaluaba la tasa de inversiones netas en los países subdesarrollados del 3 al 5
por 100 del P.N.B.; en los pises desarrollados, del 10 al 15 por 100 (op.
cit.).
20 Nora
& Minc, op. cit.. en especial la primera parte: «Los desafíos»; Stourdzé,
«Les Etats-Unis la guerre et des communications», Le Monde, 13-15 de diciembre
de 1978. Valor del mercado mundial de los aparatos de telecomunicación en 1979:
30 mil millones de dólares; se estima que en diez años llegará a los 68 mil
millones (La semaine media, 19, 8 de marzo de 1979).
21 F. de
Combret, «Le redéploiement industriel». Le Monde, abril de 1978; H. Lepage,
Demain le capitalisme. Paris, 1978 (trad. esp. en Alianza, 1979); Alain Cotta,
La France et l'impératif mondial, Paris, P.U.F., 1978.
22 Se
trata de «debilitar a la administración», de llegar al «Estado mínimo», el
declive del Welfare State, concomitante a la «crisis» iniciada en 1974.
23 La
nouvelle informatique et ses utilisateurs, anexo III, «L'informatisation, ,
loc. cit.
24 B. P.
Lécuyer, «Bilan et perspectives de la sociologie des sciences dans les pays
occidentaux». Archives de sociologie, XIX (1978) (bibliog.), págs. 257-336.
Buena información sobre las corrientes anglosajonas: hegemonía de la escuela de
Merton hasta principios de los años 70, dispersión actual, especialmente bajo
el influjo de Kuhn; poca información sobre la sociología alemana de la ciencia.
25 El
término ha sido acreditado por Ivan Illich, Tools for Conviviality, Nueva York,
Harper & Row, 1973. (Trad. esp., La convivencialidad, Barcelona, Barral,
1975).
26 Sobre
esta «desmoralización», ver A. Jaubert y J. M. Lévy-Leblond Eds. (Auto)critique
de la science, Paris, Seuil, 1973, parte I.
27 J.
Habermas, Legitimationsprobleme im Spätkapitalismus. Frankfurt, 1973.
28 En la
línea de la semiótica de Ch. A. Pierce, la distinción de los dominios
sintácticos, semánticos y pragmáticos la hace Ch. W. Morris, «Foundations of
the Theory of Signs», en O. Neurath, R. Carnap & Ch. Morris Eds., International Encyclopedie or Unified
Science, I, 2 (1938), págs. 77-137. Nosotros nos referimos con ese término
sobre todo a L. Wittgenstein, Philosophical Investigations, 1945; J. L. Austin,
How Do Things with Words, Oxford, 1962; (hay trad. esp., en Paidos Ibérica,
1982); J. L. Searle, Speech Acts. Cambridge U. P., 1969; (trad.
esp., Actos de habla, Madrid, Cátedra, 1980); J. Habermas, «Unbereitende
Bemerkungen zu einer Theorie der kommunikativen Kompetens», en Habermas &
Luhmann, Theorie der Gesellschaft oder Sozialtechonologie, Stuttgart, Suhrkamp,
1971; O. Ducrot, Dire et ne pas dire, Paris, Hermann, 1972; (hay trad. esp., en
Anagrama, 1982); J. Poulain, «Vers une pragmatique nucléaire de la
communication», maquinascrito, Universidad de Montreal, 1977. Ver también,
Watzlawick, et al., op. cit.
29
Denotación corresponde aquí a descripción en el uso clásico de los lógicos,
Quine reemplaza denotación por true of (verdad de). Ver W. V. Quine, Word and Object, Cambridge de Mass.,
MIT Press, 1960; trad. esp.. Palabra y objeto, Barcelona, Labor, 1968.
Austin, op. cit. 39, prefiere constatativo a descriptivo.
30 En
teoría del lenguaje, performativo ha adquirido después de Austin un sentido
preciso (op. cit.. 39 y passim). Se lo encontrara más adelante asociado a los
términos performance (actuación) y performatividad (de un sistema,
especialmente) en el sentido que se ha hecho corriente de eficiencia mesurable
en relaciones input/output. Los dos sentidos no son extraños el uno al otro. El
performativo de Austin realiza la actuación (performance) óptima.
31 Un
análisis reciente de esas categorías lo hace Habermas, «Unbereitende
Bemerkungen...», y los discute J. Pulain, art. cit.
32 Investigations philosophiques, ¡oc. cit., pág. 23.
33 J. von
Neumann & O. Morgenstern, Theory of Games and Economic Behavior, Princenton
U. P., 1944; 3a.ed., 1945, pág. 49: «El juego consiste en el conjunto de reglas
que lo describen.» Fórmula extraña al espíritu de Wittgenstein, para el cual el
concepto de juego no podría ser abarcado por una definición, puesto que ésta es
ya un juego de lenguaje (op. cit., págs. 64-84 en especial).
34 El
término es de J. H. Searle: «Los actos de habla son las unidades mínimas de
base de la comunicación lingüística» (op. cit., pág. 52). Nosotros las situamos
bajo la égida del agon (la lucha) más que de la comunicación.
35 La
agonística está en el principio de la ontología de Heráclito y de la dialéctica
de los sofistas, sin hablar de los primeros trágicos. Aristóteles le dedica una
gran parte de su reflexión sobre la dialéctica en Tópicos y refutaciones
filosóficas. Ver F. Nietzsche, «El combate en Homero», en «Cinq préfaces à cinq
livres qui n'ont pas été écrits» (1872), Ecrits posthumes. 1870-1873, trad,
francesa en Gallimard, Paris, 1975, págs. 192-200.
36 En el
sentido establecido por L. Hjelmslev, Prolegomena to a Theory of Language,
trad. inglesa en Wisconsin University Press, Whitfield, Madison, 1963; trad.
esp., Prolegómenos a una teoría del lenguaje. Madrid, Gredos; y retomado por R.
Barthes, Eléments de sémiologie (1964), Paris, Seuil, 1966, IV. 1 (la
traducción española es de la editorial Siglo XXI, Mexico).
37 Ver en
particular Talcott Parsons, Thé Social System, Glencoe, Free Press, 1967;
(trad.esp., El sistema social, Madrid, Revista Occidente, 1976); id,
Sociological Theory and Modern Society, Nueva York, Free Press, 1967. La
bibliografía de la teoría marxista de la sociedad contemporánea ocuparía más de
cincuenta páginas. Se pueden consultar los útiles dossiers y la bibliografía
crítica realizada por P. Souyri, Le marxisme après Marx, Paris, Flammarion,
1970. Una visión interesante del conflicto entre esas dos grandes corrientes de
la teoría social y de su mezcla la da A. W. Gouldner, The Coming Crisis of
Western Society, Londres, Heinemann, 1970; 2a. ed., 1972 (trad, esp., La crisis
de la sociedad occidental, Buenos Aires, Amorrortu, 1973). Ese conflicto ocupa
un lugar importante en el pensamiento de Habermas, a la vez heredero de la
Escuela de Frankfurt y en polémica con la teoría alemana del sistema social,
especialmente la de Luhman.
38 Este
optimismo aparece claramente en las conclusiones de R. Lynd, Knowledge for
What?, Princeton U. R, 1939, pág. 239, que son citadas por M. Horkheimer,
Eclipse of Reason, Oxford U. P., 1947: en la sociedad moderna, la ciencia debe
reemplazar a la religión «desharrapada» para definir los objetivos de la vida.
39 H. Schebky, Der Mensch in der Wissenschaftlichen
Zeitalter, Colonia, 1961, págs. 24 y ss.: «La soberanía del
Estado no se manifiesta sólo por el hecho de que monopolice el uso de la
violencia (Max Weber) o decida el estado de excepción (Carl Schmitt), sino ante
todo por el hecho de que decide el grado de eficacia de todos los medios técnicos
que existen en su seno, y de que se reserva aquéllos cuya eficacia es más
elevada y puede prácticamente situarse a sí mismo fuera del campo de aplicación
de esos medios técnicos que impone a los otros.» Se dirá que es una teoría del
Estado, no del sistema. Pero Schelsky añade: «El Estado también está sometido,
a causa de la sociedad industrial: a saber, que los medios son los que
determinan los fines, o mejor que las posibilidades técnicas imponen la
utilización que se hace de ellas.» Habermas opone a esta ley que los conjuntos
de medios técnicos y los sistemas de acción racional no se desarrollan nunca de
manera autónoma: «Consequences pratiques du progrés scientifique et tecnique»
(1968), en Theorie und praxis, Neuwied, Luchterhand, 1963, según la trad,
francesa de Payot, París, págs. 115-136. Ver también J. Ellul, La technique et
l'enjeu du siècle, Paris, Armand Colin, 1954 (trad, esp., El Siglo XX y la
técnica, Barcelona, Labor, 1960); id., Le système technicien, Paris,
Calmann-Lèvy. Que las huelgas y en general la fuerte presión ejercida por
potentes organizaciones de trabajadores producen una tensión finalmente
beneficiosa para la performatividad del sistema, es lo que Ch. Levinson,
dirigente sindical, declara claramente; explica gracias a esta tensión el
avance técnico y de gestión de la industria norteamericana (citado por H. F.
Virieu, Le Matin, diciembre de 1978, núm. especial: «Que veut Giscard?»).
40 T. Parsons, Essays in Sociological Theory Pure and
Applied. Glencoe, Free P., 1957 (reedición), pág 46-47.
41 La
palabra se toma aquí según la acepción que J. K. Galbraith ha dado al término
tecno-estructura en Le nouvel Etat industriel. Essai sur le système économique
américain, Paris, Gallimard, 1968 (hay trad, española en Ariel, Barcelona,
1980: El nuevo Estado industrial); o R. Aron al de estructura
técnico-burocrática, en Dix-huit leçons sur la société industrielle, Paris,
Gallimard, 1962 (hay trad, esp. en Seix-Barral, Barcelona, 1965: Dieciocho
lecciones sobre la sociedad industrial); más que en el sentido evocado por el
término burocracia. Este último es mucho más «duro»» porque es socio-político,
además de económico, y procede inicialmente de una crítica hecha por la
oposición obrera (Kollantai) al poder bolchevique, y después por la oposición
troskista al stalinismo. Ver al respecto Cl. Lefort, Eléments d'une critique de
la burocratie. Ginebra, Droz, 1971, donde la crítica alcanza a la sociedad
burocrática en su conjunto.
42 Eclipse of Reason, loc., cit., pág. 183.
43 M. Horkheimer, «Traditionelle und kritische
Theorie» (1937). Ver también la bibliografía razonada de la Escuela de Frankfurt
(francesa, hasta 1978) en la revista Esprit. 5 (mayo, 1978), por Hoehn &
Raulet.
44 Ver
Cl. Lefort, op. cit.; id., Un homme de trop, París, Seuil, 1976; C.
Castoriadis, La société bureaucratique. 10/18, 1973 (hay versión española en
Tusquets, Barcelona, 1976).
45 Ver,
por ejemplo, J. P. Garnier, Le marxisme lénifiant, París, Le Sycomore, 1979.
46 Es el
título que llevaba el «órgano de crítica y de orientación revolucionaria»
publicado de 1949 a 1965 por un grupo cuyos principales redactores (bajo
diversos pseudónimos) fueron: C. de Lefort. J. F. Lyotard, A. Maso. D. Mothé, B. Sarrel, P. Simón,
P. Souyri.
47 E. Bloch, Das prinzip Hoffnug (1954-1959).
Frankfurt, 1967. Hay traducción española: El principio esperanza, Madrid,
Aguilar, 1975.
48 Es una
alusión a los embarullamientos teóricos que sirvieron de eco a las guerras de
Argelia y del Vietnam, y al movimiento estudiantil de los años 60. Un panorama
histórico lo dan S. Schnapp y P. Vidal-Noquet, Journal de la Commune étudiante.
París, Seuil, 1969. Presentación.
49 Lewis Mumford, The Myth of the Machine. Technics
and Human Development, Londres, Seeker & Warburg, 1967.
50 La
duda entre esas dos hipótesis impregna una llamada que, sin embargo, está
destinada a conseguir la participación de los intelectuales en el sistema: Ph.
Nemo, «La nouvelle responsabilité des clercs», Le Monde. 8 de septiembre de
1978.
51 La
oposición teórica entre Naturwissenschaft y Geitwissenschaft encuentra su
origen en W. Dilthey (1863-1911).
52 M.
Albert, comisario del Plan francés, escribe: «El Plan es una oficina de
estudios del gobierno (...). También es un punto de encuentro de la nación, un
punto de encuentro donde se maceran las ideas, o donde se comparan los puntos
de vista y donde se originan los cambios (...) Es preciso que no estemos solos.
Es preciso que otros nos ilustren (...)» (L'Expansion, diciembre de 1978). Ver
sobre el problema de la decisión. G. Gafgen, Theorie der wissenschaßichen
Entscheidung. Tubinga, 1963; L. Sfez, Critique de la décision (1973), Presses
de la Foundation des sciences politiques, 1976.
53 Lo que
sigue del declive de nombres tales como Stalin, Mao Castro, como epónimos de la
revolución desde hace veinte años. Piénsese en la erosión de la imagen del
presidente de los Estados Unidos después del asunto Watergate.
54 Es un
tema central de R. Musil, Der Mann ohne Eigenschaften (1930-1933). Hamburgo,
Rowhlt; traducción española en Seix-Barral, Barcelona, titulada El hombre sin
atributos (vol. I, 1969; vol. II, 1970; y vol. III, 1973). En un comentario
libre, J. Bouvresse subraya la afinidad de ese tema de la «derelición» del Sí
mismo con la «crisis» de las ciencias a comienzos del siglo xx y con la
epistemología de E. Mach; cita los testimonios siguientes: «Teniendo en cuenta
el estado de la ciencia, un hombre no está hecho más que de lo que se le dice
que es o de lo que se hace con lo que es (...) Es un mundo en el cual los
acontecimientos vividos se han vuelto independientes del hombre (...) Es un
mundo del porvenir, el mundo de lo que sucede sin que eso suceda a nadie, y sin
que nadie sea responsable» («La problématique du sujet dans L'homme sans
qualités». Noroît [Arras], págs. 234-235 [diciembre de 1978-enero de 1979]; el
texto publicado no ha sido revisado por el autor).
55
Baudrillard, A l'ombre des majorités silencieuses o la fin du social,
Fontenay-sous-Bois, Utopie, 1978; trad, esp., en Kairos, Barcelona, 1978.
56 Es el
vocabulario de la teoría de sistemas; por ejemplo, Ph. Nemo, loc. cit..
«Representémonos la sociedad como un sistema, en el sentido de la cibernética.
Ese sistema es una red de comunicaciones con cruces donde la comunicación
converge y desde donde es redistribuida (...).» 57 Un ejemplo dado por J. P.
Garnier, op. cit., pág. 93: «El Centro de información sobre la innovación
social, dirigido por H. Dougier y F. Bloch-Laîné, tiene por función clasificar,
analizar y difundir informaciones acerca de las nuevas experiencias de vida
cotidiana (educación, salud, justicia, actividades culturales, urbanismo y
arquitectura, etc.). Este banco de datos sobre las 'prácticas alternativas'
presta sus servicios a los órganos estatales encargados de hacer que la 'sociedad
civil' se convierta en una sociedad civilizada: Comisariado del Plan,
Secretariado de acción social, D.A.T.A.R.»
58 S.
Freud ha acentuado de modo especial esta forma de «predestinación». Ver Marthe Robert, Roman des origines, origine du
roman, Paris, Grasset, 1972. Hay trad, esp., Novela de los orígenes, y
orígenes de la novela, Madrid, Taurus. 1973.
59 Ver la
obra de M. Serres, especialmente los Hermès, I al IV, Paris, Minuit, 1969-1977.
60 Por
ejemplo, E. Goffman, The Presentation of Self in Everyday Life, Edimburgo, U.
of Edinburgh P., 1956 (trad, esp., La presentación de la persona en la vida
cotidiana, Amorrortu, 1971); A. W. Gouldner, op. cit., cap. 10; A. Touraine, La
voix et le regard, Paris, Seuil, 1978; id., et al., Lutte étudiante, París,
Seuil, 1978; M. Callón, «Sociologie des techniques?», Pandore, 2 (febrero de
1979), páginas 28-32; P. Watzlawick, et. al., op. cit.
61 Ver
más arriba la nota 41. El tema de la burocratizacion general como porvenir de
las sociedades modernas fue desarrollado muy pronto por B. Rizzi, La
bureaucratisation du monde. París,
1939.
62 Ver H. P. Grise, «Logic and Conversation», en P.
Cole & J. J. Morgan Eds., Speech Acts III. Syntax and Semantics,
Nueva York, Academic Press, 1975 págs. 59-82.
63 Para
un acercamiento fenomenològico al problema, ver en M. Merleau-Ponty (CI. Lefort
éd.), Résumés de cours, París, Gallimard, 1968, el curso 1954-1955. Para un
acercamiento psicosociológico, R. Loureau, L'analyse institutionelle. Paris,
Minuit, 1970.
64 M.
Callón, loc. cit.. pág. 30: «La sociología es el movimiento mediante el cual
los actores constituyen e instituyen diferencias, fronteras entre lo que es
social y lo que no lo es, lo que es técnico y no lo es, lo que es imaginario y
lo que es real: el trazado de esas fronteras es un envite y ningún consenso,
salvo en caso de dominación total, es realizable.» Comparar con lo que A.
Touraine llama «sociología permanente», La voix et le regard, loc. cit.
65
Aristóteles circusncríbe el objeto del saber al definir lo que él llama los
apofánticos: «Todo discurso significa algo (semantikos), pero todo discurso no
es denotativo (apophantikos): sólo lo es aquél al que corresponde decir
verdadero o falso. Ahora bien, eso no se produce en todos los casos: la
plegaría, por ejemplo, es un discurso, pero no es ni verdadero ni falso» (Péri
hermenèias, 4, 17 a); hay trad. esp., Peri hermenèias. De interpretatione, U.
de Valencia, 1978. Cuadernos Teorema.
66 Ver K.
Popper, Logik der Forschung, Viena, Springer, 1935 (hay trad, esp., La lògica
de la investigación científica, Madrid, Tecnos, 1962); id., «Normal Science and
its Dangers», en I. Latakos & A. Musgrave Eds., Criticism and the Growth,
Cambridge (G.B.), U.P., 1970.
67 Ver Jean Beaufret, LePoème deParménide. Paris,
P.U.F., 1955.
68
Todavía en el sentido de Bildung (inglés: cultura) tal y como ha sido fijado
por el culturalismo. El término es prerromántico y romántico; cfr. el
Volkgeist, de Hegel.
69 Ver la
escuela culturalista americana: C. DuBois, A. Kardiner, R. Linton, M. Mead.
70 Ver la
institución de los folklores europeos a partir de fines del siglo xviii en
relación con el romanticismo: estudios de los hermanos Grimm, de Vuk Karadic
(cuentos populares servios), etc.
71 Esa
era sumariamente la tesis de L. Lévy-Bruhl, La mentalité primitive, París,
Alean, 1922.
72 Cl.
Lévi-Strauss, La pensée sauvage. París, Plon, 1962. Hay traducción española en
México, F.C.E., 1965.
73 R.
Jaulin, La paix blanche, París, Seuil, 1970. 74 V. Propp, «Morphology of the Folktale»,
International Journal of Linguistics, 24, pag. 4 (octubre de 1958); trad,
francesa, Morphologie du conte, París, Seuil, 1970. Hay trad,
esp., Morfología del cuento, Madrid, Fundamentos, 1971.
75 Cl.
Lévi-Strauss, «La structure des mythes» (1955), en Anthropologie structurale,
París, Plon, 1958, (hay trad, española, Buenos Aires, Eudeba); id. «La
structure et la forme. Réflexions sur un ouvrage de Vladimir Propp», Cahiers de
l'institut de science économique appliquée, 99, série M, 7 (marzo de 1960).
76 Geza Roheim, Phychoanalysis and Anthropology, Nueva
York, 1950.
77 André M. d'Ans, Le dit des vrais hommes, Paris,
10/18, 1978.
78 Ibid., 7.
79 La
hemos usado a causa de la «etiqueta» pragmática que rodea la transmisión de los
relatos y de la que la antropología nos informa cuidadosamente. Ver P. Castres,
Le grand parler. Mythes et chants sacrés des Indiens Guarani. París, Seuil,
1974.
80 Para
una narratología que hace intervenir la dimensión pragmática, ver G. Genette,
Figures III, París, Seuil 1972.
81 Cfr.
nota 34.
82 La
relación metro/acento, que hace y deshace el ritmo, está en el centro de la
reflexión hegeliana sobre la especulación. Ver Phénoménologie de l'esprit, IV.
(Hay trad. esp. en México, F.C.E..)
83 Estas
informaciones se deben a la amabilidad de A. M. d'Ans; se le agradecen.
84 Ver
los análisis de D. Charles, Le temps el la voix, Delarge, 1978. Y de Dominique
Avron,
L'appareil
musical. París, 10/18, 1978.
85 Ver
Mircea Eliade, Le mythe de l'éternel retour. Archétypes et répétitions, París,
Gallimard, 1949; trad, esp., Madrid, Alianza, 1982.
86 El ejemplo se toma prestado de Frege, «Ueber Sinn
und Bedeutung» (1892); trad. inglesa, «On Sense and Reference», Philosophical
Writings, Oxford, Blackwell, 1960.
87 B.
Latour, «La rhétorique du discours scientifique», Actes de la recherche en
sciences sociales, 13 (marzo de 1977). 88 Bachelard, Le nouvel esprit
scientifique, París, P.U.F. 1934.
89
Descartes, Méditations métaphysiques, Paris, P.U.F., 1934. (Hay trad, esp.,
Meditaciones metafísicas con objeciones y respuestas, Madrid, Alfaguara, 1977.)
90 Ver,
por ejemplo, K. Hempel, Philosophy of Natural Science, Englewood Cliffs,
Prentice Hall, 1966; trad. esp., Madrid, Alianza, 1982.
91 No se
pueden abordar aquí las dificultades que crea esta doble presuposición. Ver
Vicent Descombes, L'inconscient malgré lui. París, Minuit, 1977.
92 Esta
observación oculta una importante dificultad, que también aparecería al
examinar la narración: la que concierne a la distinción entre juegos de
lenguaje y tipos de discurso. No la estudiamos aquí.
93 En el
sentido anteriormente indicado en la nota 90.
94 Th. Kühn, The Structure of Scientific Revolutions,
Chicago, U.P., 1962. (Hay trad. esp., La estructura de las revoluciones científicas,
México, F.C.E.)
95 Cfr.
la actitud de los niños en los primeros cursos de ciencias, o la manera en que
los aborígenes interpretan las explicaciones de los etnólogos (ver
Lévi-strauss, La pensée sauvage, loc. cit., capítulo I).
96 Eso
mismo decía Métraux a Clastres: «Para poder estudiar una sociedad primitiva, es
preciso que ésta esté ya corrompida.» Es preciso, en efecto, que el informador
indígena pueda examinarla con el ojo de un etnólogo, planteándose la cuestión
del funcionamiento de sus instituciones, y por ello, la de su legitimidad.
Reflexionando sobre su fracaso con la tribu de los Ache, Clastres concluye: «Y
por eso, los Ache aceptaban los regalos que no pedían, rechazando los intentos
de diálogo porque eran lo bastante fuertes para no necesitarlo: empezaríamos a
hablar cuando estuvieran enfermos» (citado por M. Cartry, «Pierre Clastres»,
Libre, 4,1978).
97 Sobre
la ideología cientifista, ver Survivre, 9 (agosto-septiembre, 1971), recogido
en Jaubert y Lévy-Leblond, op. cit. Al final de esta recopilación se encuentra
una bibliografía de los periódicos y de los grupos que luchan contra las
diversas formas de subordinación de la ciencia al sistema.
98 V.
Goldschmidt, Les Dialogues de Platón. París, P.U.F., 1947.
99
Términos tomados de O. Genette, Figures III. loc. Cit.
100 P.
Valéry, Introduction à la méthode de Léonard de Vinci (1894), Paris, Gallimard,
1957 (también contiene «Marginalia»
[1930], «Note et digression» [1919], «Léonard et les philosophes» [1929]).
101 P.
Aubenque, Le problème de l'Être chez Aristote, París, P.U.F., 1962. 102 P.
Duhem. Essai sur la notion de théorie physique de Platón à Galilé, París,
Hermann, 1908; A. Koyré, Études galiléennes (1940), París, Hermann, 1966; T.
Kühn, op. cit.
103 M. de
Certeau, D. Julia y J. Revel, Une politique de la langue. La Révolution
française et tes
patois,
París, Gallimard, 1975.
104 Sobre
la distinción entre prescripciones y normas, ver G. Kalinowski. «Du métalangage
en logique. Réflexions sur la logique déontique et son rapport avec la logique
des normes», Documents de travail, 48 (noviembre, 1975), Università di Urbino.
105 Se
encuentran rastros de esta política en el establecimiento de un curso de
filosofía al final de los estudios secundarios. Y también en el proyecto del
Grupo de investigación sobre la enseñanza de la filosofía de enseñar
«filosofía» a partir el primer ciclo de los estudios secundarios.: G.R.E.P.H.,
«La philosophie déclassée», Qui a peur de la philosphie?, París, Flammarion,
1977. Es igualmente esta dirección, parece, la que orienta las estructuras de
los programas de los C.E.G.E.P, de Québec, y en especial los de filosofía (ver,
por ejemplo, los Cahiers de l'enseignement collégial 1975-1976 para la
filosofía).
106 Ver
H. Janne, «L'Université et les Besoins de la société contemporaine», Cahiers de
L'Association internationale des universites, 10 (1970), 5; citado en
Commission d'étude sur les universités, Document de consultation, Montreal,
1978.
107 Se
encuentra una expresión «dura» (casi místico-militar) en Julio de Mesquita
Filho, Discorso de Paraninfo da primeira turma de licenciados pela Faculdade de
Filosofia, Ciencias e Letras da Universidade de Sào Paulo (27 de enero de
1937); y una expresión adaptada a los problemas modernos del desarrollo de
Brasil, en el Relatorio do Grupo de Trabalho, Reforma Universitaria, Brasilia,
Ministerios de Educación y de Cultura, de Planificación, etc., agosto de 1968.
Estos documentos forman parte de un informe sobre la Universidad brasileña que
me ha sido amablemente comunicado por Helena C. Chamlian y Martha Ramos de
Carvalho, de la Universidad de Sao Paulo; gracias les sean dadas.
108 El
informe es accesible al lector francófono gracias a los cuidados de Miguel
Abensour y del College de philosophie: Philosophies de l'Université.
L'idéalisme allemand et la question de l'université (textos de Schelling,
Fichte, Schleiermacher, Humboldt, Hegel), París, Payot, 1979.
109 «Sur
l'organisation interne et externe des établissements scientifiques supérieurs à
Berlin» (1810), en Philosophies de l'Université, loc. cit. pag. 321.
110
Ibid., pág. 323:
111 F.
Schleiermacher, «Pensées de circonstance sur les universités de conception
allemande» (1808), ibid., pags. 270-271.
112 «La
enseñanza filosófica se reconoce de manera generalizada como fundamento de toda
actividad universitaria» (ibid., pág. 272).
113 A.
Touraine analiza las contradicciones de este transplante en Université et
société aux EtatsUnis, Paris, Seuil, 1972, págs. 32-40. 114 Apreciable hasta en
las conclusiones de un R. Nisbet. The Degradation of the Academic Dogma: the
University in America. 1945-1970. Londres, Heinemann, 1971. El autor es
profesor de la universidad de California, Riverside.
115 Ver.
G. W. Hegel. Philosophie des Rechts (1821); hay versión española: Principios de
la filosofía del Derecho. Buenos Aires, Editorial Sudamericana.
116 Ver
P. Ricoeur. Le confín des interprétations. Essais d'herméneutique, París. Seuil, 1969; H.
Gadamer, Warheit und Methode, 2.a ed., Tubinga, Mohr, 1965. (Trad.
esp., Verdad y método. Salamanca, Sigúeme, 1977.)
117 Sean
dos enunciados: (1) La luna sale: (2) El enunciado / la luna sale /es un
enunciado denotativo. Se dice que en (2) el sintagma / La luna sale / es
autónimo de (1). Ver J. Rey-Debove, Le métalangage. París, Le Robert, 1978,
parte IV.
118 El
principio, en cuestión de ética transcendental al menos, es kantiano: ver la
Crítica de la razón práctica. En cuestiones de política y ética empírica, Kant
es prudente: como nadie puede identificarse con el sujeto transcendental, es
más exacto teóricamente integrarse con las autoridades existentes. Ver, por ejemplo: Antwort an der Frage: «Was ist
'Aulfklärung?» (1784), en Filosofía de la Historia.
119 Ver I. Kant, art. cit.; J. Habermas.
Strukturwandel der Oeffentlichkeit. Frankfurt, Luchterhand, 1962. Los
términos público y publicidad se entienden como las expresiones «hacer pública
una correspondecia privada», y «debate público», etc. Ese principio de
Oeffentlichkeit ha guiado la acción de muchos grupos de científicos a fines de
los años 60, especialmente el movimiento «Survivre», el grupo «Scientists and
Engineers for Social and Political Action» (U.S.A.) y el grupo «British Society
for Social Responsability in Science» (G.B.).
120 G.
Granel ha publicado una traducción francesa en Phi, Suplemento de los Annales
de l'université de Touiouse-Le Mirail, Toulouse (enero, 1977).
121 Ver
nota 1. Ciertos aspectos científicos del postmodernismo aparecen inventariados
en I. Hassan, «Culture, Indeterminacy, and Immanence: Margins of the
(Postmodern) Age», Humanities in Society. 1, (invierno de 1978). págs. 51-85.
122 C.
Müller emplea la expresión «a process of delegitimation» en The Politics of
Communication, loc. cit., pág. 164.
123
«Camino de duda (...), camino de desesperación (...), escepticismo», escribe
Hegel en el Prefacio a la Fenomenología del espíritu, para describir el efecto
de la pulsación especulativa sobre el conocimiento natural.
124 Por
temor a sobrecargar la exposición, se remite a un estudio ulterior el examen de
ese grupo de reglas.
125
Nietzsche, «Der europäische Nihilismus» (ms. N VII 3); «Der Nihilism, ein normaler Zustand» (ms. W
II 1); «Kritik der Nihilism» (ms. W VII 3); «Zum Plane» (ms. W II 1), en
Nietzsches Werke Kritische Gesamtausgabe, VII, l & 2 (1887-1889), Berlin,
de Gruyter, 1970. Esos textos han sido objeto de un comentario de K. Ryjik,
Nietzsche, le manuscrit de Lenzar Heide, mecanografiado, Departamento de
Filosofía, Universidad de París, VIII (Vincennes).
126 «Sur
l'avenir de nos établissements d'enseignement» (1872), trad. francesa en F.
Nietzsche, Écrits posthumes 1870-1873, París, Gallimard, 1975.
127 M.
Buber, Je et Tu, París, Aubier, 1938; id.. Dialogisches Leben, Zurich, Müller,
1947; E. Lévinas, Totalité et infini. La
Haya, Nijhoff, 1961; id., «Martin Buber und die Erkenntnstheorie (1958)»; en
Varios, Philosophen des 20. Jahrunderts, Stuttgart, Kohlhammer, 1963.
128 Investigations philosophiques, loc. cit., pág. 18.
129 Ibid.
130 Ibid.
131 Ver,
por ejemplo, «La taylorisation de la recherche», en (Auto)critique de la
science, loc. cit., págs. 291-293. Y sobre todo, D. J. de Solla Price (Little
Science, Big Science, Nueva York, Columbia U.P., 1963), que subraya la
separación existente entre un pequeño número de investigadores de producción
elevada (evaluada en número de publicaciones) y una gran masa de investigadores
de escasa productividad. El número de estos últimos se incrementa multiplicando
por 2 el número de los primeros, si bien éstos no aumentan de verdad más que
cada veinte años, aproximadamente. Price concluye que la ciencia considerada
como entidad social es undemocratic (59), y que the eminent scientist lleva
cien años de adelantado sobre the minimal one (56).
132 Ver
J. T. Desanti, «Sur le rapport traditionnel des sciences et de la philosophie».
La philosophie silencieuse, ou critique des philosophies de la science, París,
Seuil, 1975.
133 La
reclasificación de la filosofia universitaria en el conjunto de las ciencias
humanas es a este respecto de una importancia que excede con mucho las
inquietudes de la profesión. Nosotros no creemos que la filosofia como trabajo
de legitimación condenada; pero es posible que no pueda llevarlo a cabo, o al
menos desarrollarlo, más que revisando sus vínculos con la institución
universitaria. Ver al respecto el preámbulo al Project d'un institut
polytechnique de philisophie. Departamento de filosofía, Universidad de Paris,
VIII (Vincennes), 1979.
134 Ver
A. Janik & St. Toulmin. Wittgenstein's Vienna, Nueva York, Simon &
Schuster, 1973; hay trad. esp. en Taurus, Madrid: La Viena de Wittgenstein; J.
Piel ed., «Vienne dèbut d'un siècle» Critique, 339340 (agosto-septiembre,
1975).
135 Ver
J. Habermas, «Dogmatisme, raison et décision: théorie et pratique dans une
civilisation scientifisée» (1963), Théorie et pratique, II, loc. cit., pág. 95.
136 «La
ciencia sonríe para sus adentros» es el titulo de un capítulo de El hombre sin
atributos, de Musil; citado y comentado por J. Bouveresse, «La problématique du
sujet...» loc. cit.
137
Aristóteles en las Analíticas (alrededor del 300 a. C); Descartes en las
Regulae ad directionem ingenii (hacia 1628) y los Principios de la filosofía
(1644); Stuart Mill en el Sistema de lógica inductiva y deductiva (1843).
138 G.
Bachelard, Le rationalisme apliqué, París, P.U.F., 1949; M. Serres, «La réforme
et les sept péchés», Arc, 42 (num. especial Bachelard), 1970.
139 D.
Hubert, Grundlangen der Geometrie, 1899; N. Bourbaki, «L'architecture des
mathématiques», en Le Lionnais ed., Les grands courants de la pensée
mathématique, París, Hermann, 1948; R. Blanche, L'axiomatique, París, P.U.F.,
1955.
140 Ver
Blaché, op. cit., capitulo V.
141
Seguimos aquí a R. Martin, Logique contemporaine et formalisation, Paris,
P.U.F., 1964. págs. 33-41 y 122 y ss.
142 K. Gödel, «Ueber formal unentscheidbare Sätze der
Principia Mathematica und verwandter Systeme», Monatschrift für Marthematik und
Physik. 38 (1931). Para una exposición accesible al profano del teorema
de Gödel, ver D. Lacombe, «Les idées actuelles sur la structure des
mathématiques»: en Varios, Notion et structure de la conaissance. París,
Albin-Michel, 1957, págs. 39-160.
143 J.
Ladrière, Les limitations internes des formalismes. Lovaina y París, 1957.
144 A.
Tarski, Logique, sémantique, métamathématique, I, París, Armand-Colin, 1972. J.
P. Déseles & Z. Guentcheva-Desclès, «Metalangue, métalangage,
métalinguistique», Documents de Travail, págs. 6061, Università di Urbino
(enero-febrero, 1977).
145 Les
éléments des mathématiques, París, Hermann, 1940 y ss. Los puntos de partida
lejanos de este trabajo se encuentran en los primeros intentos de demostrar
ciertos «postulados» de la geometría euclidiana. Ver L. Brunschvicg, Les étapes
de la philosophie mathématique, 3.a ed., París, P.U.F., 1947.
146 T. Kühn, The structure..., loc. cit.
147 Se
encontrará una clasificación de las paradojas lógico-matemáticas en F. P.
Ramsey, The
Foundations of Mathematics and Other Logical Essays.
Nueva York, Harcourt, Brace & Co., 1931.
148 Ver
Aristóteles, Retórica. II, 1393 y ss.
149
También es el problema del testimonio y de la fuente histórica: ¿el hecho se
conoce de oídas o de visu? La distinción aparece en Herodoto. Ver F. Hartog,
«Hérodote rapsode et arpenteur», Hérodote, 9 (diciembre de 1977), págs. 56-65.
150 A. Gehlen, «Die Technik in der Sichtweise der
Anthropologie», Anthropolosgische Forschung. Hamburgo, 1961.
151 A. Leroi-Gourhan, «Milieu et techniques»,
Albin-Michel, 1945; id., Le geste et la parola, I, Technique et langage. Albin-Michael,
1964.
152 J. P. Vemant, Mythe et pensée che: les Grecs. París,
Maspero, 1965, especialmente la sección 4: «Le travail et la pensée technique»
(trad. esp.: Barcelona, Ariel, 1974).
153 J. Baltrusaitis, Anamorphoses, ou magie
artificielle des effets merveilleux. París, O. Perrin, 1969 (trad.
esp. en preparación).
154 L.
Mumford, Technics und civilization, Nueva York, Harcourt, Brace & World,
1934; hay trad, esp.: Técnica y civilización, Madrid. Alianza, 1971.
155 Un ejemplo sorprendente lo estudian M. J. Mulkay
& D. O. Edge, «Cognitive, Technical and Social Factors in the Growth of
Radio-astronomy», Social Science Information, (1973), págs. 25-61:
utilización de radio-aficionados para verificar ciertas implicaciones de la
teoria de la relatividad.
156
Mulkay desarrolla un modelo manejable de la independencia relativa de las
técnicas y del saber científico: «The Model of Branching», The Sociological
Review. XXXIII (1976), págs. 509-526. H. Brooks, presidente del Science and
Public Committee de la National Academy of Sciences, coautor del «Rapport
Brooks» (O.C.D.E., junio del 1971), al hacer la crítica del modo en que hizo
sus inversiones la R. & D. en el curso de los años 60, declaraba: «Uno de
los efectos de la carrera hacia la Luna ha sido el aumento del coste de las
innovaciones tecnológicas hasta que aquélla se hizo demasiado cara (...) La
investigación es una actividad a largo plazo: un aceleración rápida y una
deceleración implican gastos no confesados y numerosas incompetencias. La
producción intelectual no puede superar un determinado ritmo» («Les Etats-Unis
ont-ils une politique de la science?». La recherche. 14 de julio de 1971, 611).
En marzo de 1972. E. E. David Jr., consejero científico de la Casa Blanca que
lanzó la idea de un Research Applied to National Needs (R.A.N.N.), concluía en
el mismo sentido: estrategia amplia y manejable para investigación; táctica más
limitadora para el desarrollo (La recherche. 21 de marzo de 1972, 211).
157 Ésa
fue una de las condiciones planteadas por Lazarsfeld para aceptar la creación
de lo que será el Mass Communication Research Center de Princeton, en 1937, Lo
que no dejó de provocar tensiones. Las industrias de radio se negaron a
invertir en el proyecto. Se decía que Lazarsfeld lanzaba las cosas pero nunca
las terminaba. Él mismo decía a
Morrison: «I usually put things together and hoped they worked.» Citado por D.
Morrison, «The Beginning of Modem Mass Communication Research», Archives
européennes de sociologie, XIX. 2 (1978). págs. 347-359.
158 En
los Estados Unidos, el total de fondos dedicados por el Estado federal a la R.
& D. iguala al de los capitales privados en el curso del año 1956; desde
entonces lo supera (O.C.D.E., 1965).
159
Nisbet, op. cit., capítulo 5, hace una descripción amarga de la penetración del
higher capitalism en la universidad en forma de centros de investigación
independientes de los departamentos. Las relaciones sociales en los centros
conmueven la tradición académica. Ver también en (Auto)critique de la science,
loc. cit.. los capítulos: «Le prolétariat scientifique», «Les cherheurs», «La
crise des mandarins».
160 N. Luhmann, Legitimation durch Verfahren,
Luchterhand, 1969.
161 C.
Müller, comentando a Luhman, escribe: «En las sociedades industriales
desarrolladas, la legitimación legal-racional es reemplazada por una
legitimación tecnocrática, que no concede ninguna importancia (signifiance) a
las creencias de los ciudadanos ni a la moralidad en sí misma» (The Polines of
Communication, loc. cit., pág. 135). Ver una bibliografía alemana sobre la
cuestión tecnocrática en Habermas, Théorie el pratique, II, loc. cit., págs.
135-136.
162 Un
análisis lingüístico del control de la verdad lo proporciona G. Fauconnier,
«Comment contrôler la vérité? Remarques illustrées par des assertions
dangereuses et pernicieuses en tout genre», Actes de la recherche en sciences
sociales, 25 (enero, 1979), págs. 1-22.
163 Es
por lo que se pidió, en 1970, al University Grants Committee británico que
«desempeñara un papel más positivo en el dominio de la productividad, de la
especialización, de la concentración de temas y control de los edificios
limitando el coste de estos últimos» (The Politics of Education: E. Boyle &
A. Crossland parlent à M. Kogan. Penguin Education Special, 1971). Eso puede
parecer en contradicción con declaraciones como las de Brooks, anteriormente
citadas (nota 156); pero: l) la «estrategia» puede ser liberal y la «táctica»
autoritaria, lo que, por otra parte, dice Edward; 2) la responsabilidad en el
seno de las jerarquías de los poderes públicos se comprende con frecuencia en
el sentido más estricto que es la capacidad de responder a la performatividad
calculable de un proyecto; 3) los poderes públicos se comprenden con frecuencia
en el sentido más estricto, que criterio de performatividad es inmediatamente
atosigante. Si las oportunidades de innovación en la investigación escapan al
cálculo, el interés público parece ser ayudar a toda investigación, bajo otras
condiciones que la eficacia estimable.
164 Fue
durante los seminarios del Princeton Radio Research Center dirigidos por
Lazarsfeld, en 1939-1940, cuando Laswell definió el proceso de comunicación por
la fórmula: Who says what to whom in what channel with what effect? Ver D.
Morrison, art. cit.
165 Es lo
que Parsons define como «activismo instrumental» haciendo su elogio hasta el
punto de confundirlo con el «conocimiento racional»: «La orientación hacia el
conocimiento racional está implícita en la cultura común del activismo
instrumental, pero sólo se hace más o menos explícita y es más apreciada entre
las categorías sociales más instruidas que la utilizan más evidentemente en sus
actividades profesionales» (T. Parsons & G. M. Platt, «Considerations on
the American Academic Systems», Minerva, VI (verano de 1968), pág. 507; citado
por A. Touraine, Université et société.... loc. cit., pág. 146).
166 Lo
que Müller llama professional intelligentsia oponiéndola a la technical
intelligentsia. Siguiendo a J. K. Galbraith, describe las inquietudes y la
resistencia de la primera frente a la legitimación tecnocràtica (op. cit.,
págs. 172-177).
167 A
comienzos de los años 1970-1971, en la clase de los de diecinueve años de edad,
la proporción de matriculados en la enseñanza superior era del 30 al 40 por 100
en Canadá, Estados Unidos, Unión Soviética y Yusgoslavia; alrededor del 20 por
100 en Alemania, Francia, Gran Bretaña. Japón y los Países Bajos. En todos esos
países había doblado o triplicado su número con relación a las tasas de 1959.
Según la misma fuente (M. Deveze, Histoire contemporáine de l'université.
París, SEDES, 1976, págs. 439440), la relación estudiantil/población total
había pasado entre 1950 y 1970 de hacia el 4 por 100, a un 10 por 100 en Europa
Occidental; y del 6.1, al 21.3 en Canadá, y del 15.1. al 32.5 en Estados
Unidos.
168 En
Francia, de 1968 a 1975, el presupuesto total de la enseñanza superior (sin el
C.N.R.S.) ha pasado (en millares de francos) de 3.075 a 5.454, o sea, alrededor
de un 0,55 por 100 a un 0.39 por 100 del P.N.B. Los aumentos observados en
cifras absolutas interesan a las partidas: Remuneraciones, Funcionamiento,
Becas: la partida Subvenciones para investigación ha permanecido sensiblemente
estancada (Devèze. op. cit., págs. 447-450). En los años 70, E. E. David
declaraba que no se necesitaban más doctores en filosofía que en el decenio
precedente (art.cit.. pág. 212).
169 Según
la terminología de C. Müller, op. cit.
170 Es lo
que M. Rioux y J. Dofny incluyen bajo la rúbrica «Formación cultural»: J. Dofny
y M. Rioux, «Inventaire et bilan de quelques expériences d'intervention de
l'université», en L'université dans son milieu: action et responsabilité
(Coloquio de la A.U.P.E.L.F.), Universidad de Montreal, 1971, págs. 155162. Los
autores hacen la crítica de lo que llaman los dos tipos de universidad de
América del Norte: los liberal art colleges, donde enseñanza e investigación
están enteramente disociadas de la demanda social; y la multiuniversity,
dispuesta a dispensar todas las enseñanzas de las que la comunidad acepte
asumir los costos. Sobre esta última
fórmula, ver C. Kerr, The Uses of the University. With a Postcript (1972),
Cambridge (Ma), Harvard U. P., 1972. En un sentido análogo, pero sin
el intervencionismos de la universidad en la sociedad que preconizan Dofny y
Rioux, ver la descripción de la universidad futura dada por M. Alliot durante
el mismo coloquio, «Estructures optimales de l'institution universitaire»,
ibid., páginas 141-154. M. Alliot concluye: «Creemos en las estructuras,
mientras que en el fondo debiera de haber las menos estructuras posibles.» Tal
es la vocación del Centro experimental, después Universidad de París, VIII
(Vincennes), declarada cuando su fundación en 1968. Ver al respecto el informe
Vincennes ou le désir d'apprendre. Alain Moreau, 1979.
171 El
autor se convierte aquí en testigo de la experiencia de gran número de
departamentos de
Vincennes.
172 La
ley de orientación de la enseñanza supenor del 12 de noviembre de 1968 cuenta
la formación permanente (entendida de manera profesionalista) entre las
misiones de la enseñanza superior ésta «debe estar abierta a los antiguos
estudiantes así como a personas que no han tenido la posibilidad de proseguir
sus estudios a fin de permitirles, según sus capacidades, mejorar sus
oportunidades de promoción o de convertir su actividad profesional».
173 En
una entrevista concedida a Télé-sept-jours. 981 (17 de marzo de 1979), el
ministro francés de Educación, que había recomendado oficialmente la serie
Holocausto, difundida por la segunda cadena, a los alumnos de la enseñanza
pública (iniciativa sin precedentes), declara que el intento del sector
educativo de crear un útil audio-visual autónomo ha fracasado y que «la primera
de la tareas educativas es enseñar a los niños a elegir sus programas» de
televisión.
174 En
Gran Bretaña, donde la participación del Estado en las inversiones de capital y
en el funcionamiento de las universidades ha pasado del 30 al 80 por 100 entre
1920 y 1960, es la University Grants Committee, agregado al ministerio para la
ciencia y las universidades, el cual, después de examinar las necesidades y los
planes de desarrollo presentados por las universidades, distribuye entre ellas
las subvenciones anuales. En Estados Unidos, los Trustees son todopoderosos.
175 Es
decir, en Francia, entre los departamentos para los gastos de funcionamiento y
equipamiento.
Las
remuneraciones no son su resorte, salvo para el personal contratado. El
financiamiento de proyectos, trámites nuevos, etc., se hace sobre la envoltura
pedagógica que revierte a la Universidad.
176 M. McLuhan, D'oeil à oreille. París,
Denoël-Gonthier, 1977; P. Antoine, «Comment s'informer?». Projet,
124 (abril de 1978), págs. 395-413.
177 Se
sabe que el uso de terminales inteligentes se enseña a los escolares japoneses.
En Canadá, centros universitarios y estudiantes aislados hacen corrientemente
uso de ellos.
178 Ésa
fue la política seguida por los centros de investigación norteamericanos desde
antes de la Segunda Guerra Mundial.
179 Nora
y Mine escriben (op. cit. pág. 16): «El desafío principal, en los decenios
venideros, ya no está, para los polos avanzados de la humanidad, en la
capacidad para dominar la materia. Ésta es adquirida. Reside en la dificultad
de construir la red de vínculos que hagan progresar conjuntamente la
información y la organización.»
180 A.Rapoport, Fights, Games and Debates, Ann Arbor,
Un. of Michigan Press, 1960.
181 Es el
Branching Model de Mulkay (ver la nota 156). G. Deleuze ha analizado el
acontecimiento en términos de entrecruzamientos de series en Logique du Sens,
París, Minuit, 1968 (hay trad, esp., Lógica del sentido, Barcelona, Barral
1971), y en Différence et répétition. París, P.U.F., 1968.
182 El
tiempo es una variable que interviene en la determinación de la unidad de
fuerza en dinámica. Ver también P. Virilio, Vitesse et politique, París,
Galilée, 1976.
183 J. L. Moreno, Who shall Survive? (1934),
2.a ed., Nueva York, Beacon, 1953; la trad. esp., Fundamentos de la
sociometría. Paidos, Buenos Aires, 1972 (incluye ese
trabajo).
184 The Mass Communication Research Center
(Princeton), The Mental Research Institute (Palo Alto), The Massachusetts
Institute of Techonology (Boston), Institut fur Sozialforschung (Frankfurt),
entre los más conocidos. Una parte de la argumentación de C. Kerr en favor de lo que él
llama Ideopolis reposa sobre el principio de ganancia en inventiva obtenido por
las investigaciones colectivas (op. cit., págs. 91 y ss.).
185 D. J.
de Solía Price (Little Science, Big Science, loc. cit.) intenta constituir la
ciencia de la ciencia. Establece leyes (estadísticas) de la ciencia tomada como
objeto social. Hemos señalado la ley de separación no democrática en la nota
131. Otra ley, la de los «colleges invisibles», describe el efecto que resulta
de la multiplicación de publicaciones y la saturación de los canales de
información en las instituciones científicas: los «aristócratas» del saber
tienden por reacción a establecer redes estables de contactos interpersonales
que agrupan un máximo de un centenar de miembros. D. Granfe ha dado de esos
«colleges» una interpretación sociométrica en Invisibles Colleges, Chicago y
Londres, The Un. of Chicago Press, 1972. Ver Lécuyer, art. cit.
186 B. Mandelbrot (Les objects franctals. Forme,
hasard et dimensión. París, Flammarion. 1975) proporciona en su Apéndice
(172-183) un «resumen bibliográfico» de investigadores en matemáticas y en
física reconocidos tardíamente o que permanecieron desconocidos a causa de lo
extraño de sus intereses a pesar de la fecundidad de sus descubrimientos.
187 Un
ejemplo célebre lo proporciona la discusión acerca del determinismo suscitada
por la mecánica cuántica. Ver. por ejemplo, la presentación a la
correspondencia entre N. Born y A. Einstein (19161955) realizada por J. M.
Lévy-Leblond, «Le grand débat de la mécanique quantique». La recherche. 20
(febrero de 1972), págs. 133-144. La historia de las ciencias humanas desde
hace un siglo está llena de ese tipo de pasos del discurso antropológico al
nivel del metalenguaje.
188 I.
Hassan da una «imagen» de lo que él llama inmanencia en «Culture, Indeterminacy
and Immanence», loc. cit.
189 Ver
nota 142.
190 P. S. Laplace, Exposition du système du monde, I y
II, 1976. 191 Del rigor de la ciencia. Historia universal de la infamia.
Madrid, Alianza. 1971 (entre otras ediciones). La nota en cuestión es atribuida
por Borges a Suárez Miranda. Viajes de varones prudentes. IV, Lérida. 1658.
pág. 14. El resumen que se hace aquí es en parte infiel.
192 La
información cuesta energía, la negantropía que constituye suscita la entropía.
M. Serres hace referencia frecuente a este argumento, por ejemplo en Hermes
III. La traduction, París, Minuit, 1974, pág. 92. 193 Seguimos aquí a I.
Prigogine y I. Stengers. «La dynamique, de Leibniz à Lucrèce», Critique. 380,
(num. especial Serres) (enero de 1979), pág. 49.
194 J.
Perrin, Les atomes (1913), París, P.U.F., 1970, págs. 14-22. El texto es citado
por Mendelbrot en la Introducción a Objets fractals, loc. cit.
195
Citado por W. Heisenberg, Physis and beyond, Nueva York, 1971; trad. esp.,
Madrid, Ed. Católica, 1974.
196 En
una comunicación a la Academia de ciencias (diciembre de 1921), Borel sugería
que «en los juegos donde no existe la mejor manera de jugar» (juegos de
información incompleta), «no se puede preguntar si no es posible, a falta de un
código elegido de una vez por todas, jugar de una manera ventajosa variando el
juego». Es a partir de esta distinción, como demuestra von Neumann, cómo esta
probabilización de la decisión es en sí misma en determinadas condiciones «la
mejor manera de jugar». Ver G. T. Guilbaud, Eléments de la théorie mathématique
des Jeux. París, Dunod, 1968, págs. 17-21. Y J. P. Sens, La Théorie des jeux.
París, P. U. F., 1974 (colección de textos). Los artistas «postmodernos» hacen
corrientemente uso de esos conceptos; ver, por ejemplo, J. Cage, Silence, y A
Year from Monday. Middletwon (Conn.), Wesleyan U. P., 1961 y 1967; del segundo
hay trad. esp. en Ediciones Era, México, 1974, titulada: Del lunes en un año.
197 I.
Epstein, «Jogos», Ciencia e Filosofia, Revista Interdisciplinar, Universidade
de Sao Paulo, 1(1979).
198 «La
probabilidad reaparece aquí, no ya como principio constitutivo de una
estructura de objeto, sino como principio regulador de una estructura de
comportamiento» (G. G. Granger, 1960, pág. 142). La idea de que los dioses
juegan, digamos, al bridge sería más bien una hipótesis griega preplatónica.
199 Op.
cit., pág. 4.
200 Curva
continua no rectificable de homotecia interna. Es descrita por Mandelbrot, op,
cit., pág.
30. Ha
sido establecida por H. von Koch en 1904. Ver Objets fractals, bibliografia.
201
Modèles mathématiques de la morphogénese, 10/18, 1974. Una exposición accesible
al profano de la teoria de las catástrofes la da K. Pomian, «Catastrophes et
déterminisme», Libre, 4 (1978), París, págs. 115-136.
202 El
ejemplo lo toma Pomian de E. C. Zeeman, «The Geometry of Catastrophe», Times
Literary Supplement (10 de diciembre de 1971).
203 R. Thom, Satabilité structurelle et morphnogenèse.
Essai
d'une théorie genérale des modèles. Reading (Mass). Benjamin, 1972, pág. 25.
Citado por Pomian, loc. cit., pág. 134.
204 R. Thom, Modeles mathématiques..., loc. cit., pág.
24.
205
Ibid., pág. 25.
206 Ver
especialmente Watzlawick et al., op. cit., capítulo VI.
207 «Es
preciso distinguir las condiciones de la producción del saber científico del
saber que es producido (...) Hay dos etapas constitutivas de la gestión
científica, hacer desconocido lo conocido, después reorganizar este
desconocimiento en un metasistema simbólico independiente (...). La
especificidad de la ciencia depende de su imprevisibilidad» (P. Brenton,
Pandore. 3, abril de 1979, pág. 10).
208
Rapoport, Théorie des jeux à deux personnes (trad, francesa en Dunod, 1969,
pág. 159).
209 P. B. Medawar, The Art of the Soluble, 6.a ed.,
Londres, Methuen, 1967, especialmente los capítulos titulados «Two Conceptions
of Science» y «Hypothesis and Imagination».
210 Lo
que explica P. Feyerabend, Against Method, Londres, N.L.B., 1975, apoyándose en
el ejemplo de Galileo, y que él reivindica como «anarquismo» o «dadaísmo»
epistemológico contra Popper y Lakatos; trad, esp.: Contra el método. Madrid,
Tecnos, 1983.
211 No ha
sido posible en el marco de este estudio analizar la forma que toma el regreso
del relato en los discursos de legitimación, tales como: la sistemática
abierta, la localidad, el antimétodo y, en general, todo lo que nosotros
reagrupamos aquí bajo el nombre de paralogía.
212 Nora
y Mine atribuyen, por ejemplo, a la «intensidad del consenso social», que ellos
consideran propia de la sociedad japonesa, el éxito que ese país consigue en
cuestión informática (op. cit.. pág. 4). Escriben en su conclusión: «La
sociedad a la cual ésta [la dinámica de una información social extendida]
conduce es frágil: construida para favorecer la elaboración de un consenso,
supone su existencia y se bloquea si no consigue obtenerlo» (op. cit. pág.
125). Y. Stourdzé, art. cit., insiste en el hecho de que la tendencia actual a
desregular, a desestabilizar, a debilitar las administraciones, se alimenta de
la pérdida de confianza de la sociedad en la performatividad del Estado.
213 En el
sentido de Kuhn, op. cit.
214
Pomian, art. cit., muestra que este tipo de funcionamiento (por catástrofe) no
procede en absoluto de la dialéctica hegeliana.
215 «La
legitimación de las decisiones implica fundamentalmente un proceso afectivo de
aprendizaje que esté libre de toda perturbación. Es un aspecto de la pregunta
general: ¿Cómo cambian las aspiraciones, cómo puede reestructurar el
sub-sistema político y administrativo las aspiraciones de la sociedad gracias a
decisiones mientras él mismo no es más que un sub-sistema? Ese segmento no
tendrá una acción eficaz más que si es capaz de construir nuevas aspiraciones
en los otros sistemas existentes, sean éstos personas o sistemas sociales»
(Legitimation durch Verfahreh, loc. cit. pág. 35).
216 Se
encuentra una articulación de esta hipótesis en los estudios más antiguos de D.
Riesman, The Lonely Crowd, Cambridge (Mass.) Yale U. P., 1950 (trad. esp.. La
muchedumbre solitaria, Buenos Aires, Paidós, 1963); de W. H. Whyte, The
Organization Man, Nueva York, Simon & Schuster, 1956; de Marcuse, One
Dimensional Man, Boston, Beacon, 1965 (trad. esp., El hombre unidimensional,
Barcelona, Seix Barral, 1969).
217 J. Rey-Debove (op. cit., págs. 228 y
ss.) señala la multiplicación de señales de discurso indirecto o de connotación
autonímica en la lengua cotidiana contemporánea. Pues, recuerda, «el discurso
indirecto no es de fiar».
218 Pues,
como dice G. Canguihem, «el hombre no está verdaderamente sano más que cuando
es capaz de muchas normas, cuando es más que normal» («Le normal et le
pathologique». 1951), La connaissance de la vie, París, Hachette, 1952, pág.
210.
219 E.
E., David (art. cit.) señala que la sociedad sólo puede conocer las necesidades
que experimenta en el estado actual de su medio tecnológico. Lo propio de la
ciencia fundamental es descubrir las propiedades desconocidas que van a
remodelar el medio técnico y crear necesidades imprevisibles. Cita la
utilización de la materia sólida como amplificador y el empuje de la física de
los sólidos. La critica de esta «regulación negativa» de las interacciones
sociales y de las necesidades por parte del objeto técnico contemporáneo la
hace R. Jaulin, «Le mythe technologique», Revue de l'entreprise, 26 (num.
Especial «L'ethnotechnologie», marzo de 1979), págs. 49-55. El autor da cuenta
de A. G. Haudricourt, «La technologie culturelle, essai de méthodologie», en B.
Gille, Historie des techniques, loc. cit.
220
Medawar (op. cit., págs. 151 -152) opone el estilo escrito y el estilo oral de
los científicos. El primero debe ser «inductivo» so pena de no ser tomado en
consideración: del segundo, señala una lista de expresiones corrientemente
usadas en los laboratorios, como: My results don't make a storv yet. Y concluye: «Scientists are building explanatory
structures, telling stories (...)».
221 Para un ejemplo célebre, ver L. S. Feuer, The
Conflict of Generations (1969) (trad. francesa, Einstein et le conflic des
generations, Bruselas, Complexe, 1979). Como subraya Moscovici en su
prefacio a la traducción francesa, «La Relatividad ha nacido en una 'academia'
de fortuna, formada por amigos de los cuales ninguno es físico, sino ingenieros
y filósofos aficionados».
222 Es la
paradoja de Orwell. El burócrata habla: «No nos contentamos con una obediencia
negativa, ni siquiera con la sumisión más abyecta. Cuando por fin te rindas a
nosotros, tendrá que impulsarte a ello tu libre voluntad» 1984, Nueva York,
Harcout &Brace, 1949 [trad. esp. de R. Vázquez Zamora, 2.a ed., Barcelona,
Destino, 1966, pág. 269]. La paradoja se expresaría en juego de lenguaje por un
Sé libre, o también por un: Quiere lo que quieres. Es analizado por Watzlawich
et al., op. cit., págs. 203-207. Ver acerca de esas paradojas, J. M. Salanskis,
«Genèses 'actuelles' et genèses 'serielles' dé l'inconsistant et de
l'hétérogène», Critique. 379 (diciembre, 1978), págs. 1155-1173.
223 Ver
la descripción de tensiones que no dejará de crear la informatización de masas
en la sociedad francesa según Nora y Mine (op. cit., Presentación).
224 Ver
nota 181. Cfr. en Waztlawick et al. op. cit., págs. 117-148, la discusión de
los sistemas abiertos. El concepto de sistemática abierta es objeto de un
estudio de J. M. Salanskis, Le systématique ouvert, 1978.
225
Después de la separación de Iglesia y Estado, Feyerabend (op. cit) reclama en
el mismo espíritu
«laico»
la de Ciencia y Estado. ¿Y la de Ciencia y Dinero?
226 Ésta
es al menos una de las maneras de comprender ese término que pertenece a la
problemática de O. Ducrot, op. cit.
227
Raison et légitimité, loc. cit., passim, especialmente págs. 23-24: «El
lenguaje funciona como un transformador (...) los conocimientos personales se
transforman en enunciados, las necesidades y los sentimientos en expectativas
normativas (mandamientos o valores). Esta transformación establece la
diferencia importante que separa la subjetividad de la intención, del querer,
del placer y del dolor, por una parte, y las expresiones y las normas que
tienen pretensión de universalidad, por otra. Universalidad quiere decir
objetividad del conocimiento y legitimidad de las normas en vigor. Esta
objetividad y esta legitimidad aseguran la comunidad (Gemeinsamkeit) esencial
en la constitución del mundo. Se ve que la problemática circunscrita de esta
manera, al bloquear la cuestión de la legitimidad en un tipo de respuesta, la
universalidad, por una parte presupone la identidad de la legitimación para el
sujeto de conocimiento y para el sujeto de acción, frente a la crítica Kantiana
que disociaba la universalidad conceptual apropiada al primero, de la
universalidad ideal (la «naturaleza suprasensible») que sirve de horizonte al
segundo; y por otra parte, mantiene el consenso (Gemeinschaft) como único
horizonte posible de la vida de la humanidad.
228
Ibid., pág. 22 y la nota del traductor. La subordinación de los
metaprescriptivos de la prescripción, es decir, de la normalización de las
leyes, en el Diskurs es explícita, por ejemplo, pág. 146: «La pretensión
normativa con validez es en sí misma cognitiva en el sentido de que siempre
supone que podría ser admitida en una discusión racional.»
229 G.
Kortian, en Métacritique. París, Minuit, 1979, parte V, hace un examen crítico
de este aspecto aufklärer del pensamiento de Habermas. Ver también del mismo
autor: «Le discours philosophique et son objet». Critique. 1979.
230 Ver
J. Poulain, art. cit., nota 28; y para una discusión más general de la
pragmàtica de Searle y de Gehlen, J. Poulain, «Pragmatique de la parole et
pragmatique de la vie», Phi Zero. 7, 1 (septiembre de 1978), Universidad de
Montreal, págs. 5-50.
231 Ver
Tricot el al., Informatique et libertés, informe gubernamental, La
Documentation française. 1975. L. Joinet: «Les 'pièges liberticides' de
l'informatique», Le Monde diplomatique. 300 (marzo de 1979): esas trampas son
«la aplicación de la técnica de los 'perfiles sociales' a la gestión de masa de
las poblaciones; la lógica de seguridad que produce la automatización de la
sociedad». Ver también los informes y los análisis reunidos en Interférences, 1
y 2 (invierno de 1974. primavera de 1975), cuyo tema es la puesta a punto de
redes populares de comunicación multimedia: los radioaficionados (y
especialmente su papel en Quebec cuando el asunto del Frente de Liberación de
Quebec en octubre de 1970, y el del «Frente común» en mayo de 1972); las radios
comunitarias en Estados Unidos y Canadá; el impacto de la informática en las
condiciones de trabajo de redacción de la prensa; las radios piratas (con su
desarrollo en Italia); los ficheros administrativos; el monopolio de I.B.M.: el
sabotaje informativo. El ayuntamiento de Yverdon (Cantón de Vaud), después de
haber votado la adquisición de un ordenador (operativo en 1981) ha dictado
determinado número de reglas: competencia exclusiva del consejo municipal para
decidir qué datos son colectivos, cuándo y en qué condiciones pueden ser
comunicados; accesibilidad a todos los datos de todo ciudadano (previo pago);
derecho de todo ciudadano a conocer los datos de su ficha (unos cincuenta),
corregirlos, formular al respecto una reclamación al consejo municipal y eventualmente
al Consejo de Estado; derecho de todo ciudadano a saber (previa petición) qué
datos concernientes a él son comunicados y a quién (La semaine media. 18, 1 de
marzo de 1979, pág. 9).
Contribución
a la discusión internacional sobre la cuestión de la legitimidad: ¿qué es lo
que permite hoy decir que una ley es justa, un enunciado verdadero? Ha habido
los grandes relatos, la emancipación del ciudadano, la realización del
Espíritu, la sociedad sin clases. La edad moderna recurría a ellos para
legitimar o criticar sus saberes y sus actos. El hombre postmoderno ya no cree
en ellos. Los "decididores" le ofrecen como perspectiva el incremento
del poder y la pacificación por la transparencia comunicacional. Pero el hombre
sabe que el saber, cuando se convierte en mercancía informacional, es una
fuente de ganancias y un medio de decidir y de controlar. ¿Dónde reside la
legitimidad después de los relatos? ¿En la mejor operatividad del sistema? Se
trata de un criterio tecnológico, y no permite juzgar acerca de lo verdadero y
de lo justo. ¿En el consenso? Pero la invención se lleva a cabo en la
disensión. ¿Por qué no en esta última? La sociedad que viene procede menos de
una antropología newtoniana (como el estructuralismo o la teoría de sistemas) y
más de una pragmática de las partículas lingüísticas. El saber postmoderno no
sólo es el instrumento de los poderes: refina nuestra sensibilidad ante las
diferencias y refuerza nuestra capacidad para soportar lo incomensurable. No
encuentra su razón en la homología de los expertos, sino en la paralogía de los
inventores. Entonces: ¿es practicable una legitimación del lazo social, una
sociedad justa, según una paradoja análoga? ¿En qué consiste ésta?

