Libro No. 343. El Culto de los Héroes. Carlyle, Thomas.
© Libro No. 343. El
Culto de los Héroes. Carlyle, Thomas. Colección
Emancipación Obrera. Septiembre 29 de 2012.
Título original: © Thomas
Carlyle. El Culto de los Héroes.
Versión Original: © Thomas Carlyle. El Culto de los Héroes.
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Primera
edición cibernética, septiembre del 2006
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y diseño, Chantal López y Omar Cortés
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Portada e Ilustración de Imágen: Captura y diseño, Chantal López y Omar Cortés
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Thomas Carlyle
El Culto de los Héroes
Índice
Presentación, de Chantal López y Omar Cortés.
Primera conferencia
El héroe como divinidad. Odín. El paganismo:
mitología escandinava.
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.
Segunda conferencia
El héroe como profeta. Mahoma: el islamismo.
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.
Tercera conferencia
El héroe como poeta. Dante. Shakespeare.
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.
Cuarta conferencia
El héroe como sacerdote. Lutero. La Reforma.
Knox. El puritanismo.
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.
Quinta conferencia
El héroe como literato. Johnson. Rousseau.
Burns.
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.
Sexta conferencia
El héroe como rey. Cromwell. Napoleón.
Revolucionismo moderno.
Primera parte.
Segunda parte.
Tercera parte.
Presentación
La obra que aquí presentamos, del controvertidísimo filósofo
historiador, Thomas Carlyle (1795-1881), está formada por una compilación de
las seis conferencias que impartió durante el mes de mayo de 1840.
Estructuradas bajo el tema común de El culto a los héroes, en éstas, Carlyle le
da, como se dice comunmente, vuelo a la hilacha en su manifestación de angustia
ante el derrumbe de los valores bajo los cuales Europa había vivido. En efecto,
el cataclismo provocado por el nuevo concepto del mundo que consigo trajo la
Revolución Francesa, iba rápidamente pulverizando todas las estructuras
autoritarias basadas en criterios absolutistas. Ante esa realidad Carlyle pone
el grito en el cielo, desarrollando su concepción de buscar la interpretación
de la historia a través de destacados individuos, y el término héroes será el
nombre que escoja para definirlos. Su curiosa, y en cierta medida trasnochada
teoría que no pocos consideran como protofascista, al representar la angustia
de algunos núcleos sociales europeos, por lógica alcanzó notoriedad e
importancia. Y así, sus bobalicones desplantes como el de considerar el
advenimiento democrático como un claro síntoma de la angustia de las sociedades
ante la carencia del héroe que las dirija, demuestra el claro resentimiento de
los sectores sociales proclives al absolutismo, y, sobretodo, la elaboración de
una coraza ideológica justificante que les permitiera sobrevivir ante un
panorama del todo adverso para ellos. Así, el autor de la voluminosa obra
Historia de Federico II en Prusia, Thomas Carlyle, consolida su presencia en
cuanto teórico de esa reacción embozada, que anhelante esperaba el momento de
volver a apropiarse de lo que consideraba suyo y que se creía despojada: el
poder absoluto.
La lectura de El culto a
los héroes, proporciona una oportunidad de reflexionar sobre nuestro entorno.
Pues, a pesar de que las ideas manifiestas en esta obra hayan sido expresadas
hace más de siglo y medio, su substancia ha trascendido el tiempo, por lo que
no es extraño que de vez en vez nos topemos con familiares, amigos o conocidos,
que de una u otra forma reivindican, en algunos casos hasta de manera
inconsciente, las concepciones de Thomas Carlyle. Ojalá que una atenta lectura
de El culto a los héroes, sea capaz de generar una especie de vacuna contra las
tentaciones del autoritarismo, ante las cuales, dígase lo que se diga, nadie es
inmune en las sociedades actuales.
Chantal López y Omar
Cortés
PRIMERA CONFERENCIA
El héroe como divinidad
Odín El paganismo: mitología escandinava
El héroe como divinidad
Odín El paganismo: mitología escandinava
Primera parte
(Martes, 5 de mayo de
1840) Me he propuesto deciros algo sobre los Grandes Hombres; cómo surgieron en
el tráfago del mundo; cómo moldearon la historia del mundo; qué ideas tuvieron
de ellos los hombres; qué hicieron. Vamos a tratar de los Héroes, de su acogida
y de sus obras; lo que llamo Culto de los Héroes y lo Heroico en la Historia.
Es imposible reflexionar en este momento sobre tan importante y extenso tema
con el detenimiento que merece, por ser ilimitado y tan amplio como la Historia
Universal. Ésta, el relato de lo que ha hecho el hombre en el mundo, es en el
fondo la Historia de los Grandes Hombres que aquí trabajaron. Fueron los jefes
de los hombres; los forjadores, los moldes y, en un amplio sentido, los
creadores de cuanto ha ejecutado o logrado la humanidad. Todo lo que vemos en
la tierra es resultado material, realización práctica, encarnación de
Pensamientos surgidos en los Grandes Hombres. El alma universal puede ser
considerada su historia. Evidentemente, es una materia que supera nuestra potencia
de juicio. Me alivia pensar que los Grandes Hombres son provechosa compañía, en
todos sus aspectos. No es posible contemplar a un gran hombre sin que nos
reporte beneficio, por imperfecta que fuere nuestra consideración. Es fuente de
viva luz, cuyo contacto es bueno y placentero, la luz que ilumina, que ha
iluminado la tiniebla del mundo; no lámpara encendida, sino luminaria natural
que brilla por el don de los Cielos; manantial refulgente que irradia
discernimiento natural y original, de hombría y de nobleza heroica, en cuyo
resplandor se regocijan todas las almas. Estoy seguro os agradará vagar un
instante por tales regiones. Las Seis clases de Héroes, elegidos en distantes
países y épocas, que difieren por completo en cuanto a su apariencia exterior,
nos aclararán muchas cosas, si los consideramos fielmente. De comprenderlos,
nuestra mirada penetrará en la medula de la historia del mundo. Grande sería mi
gozo si pudiera revelaros en estos tiempos el significado del heroísmo, aunque
fuere a grandes rasgos; la relación divina (pues bien puedo llamarla de este
modo) que une al Gran Hombre con los demás de todas las épocas, sin agotar el
tema, iniciándolo tan sólo. Mi deber es intentado y a toda costa. Con razón se
dice que el hecho culminante del hombre es su religión. De un hombre o un
pueblo de hombres. No entiendo aquí por religión el credo profesado por él, los
artículos de fe aceptados o defendidos de palabra u otro modo; ni ese conjunto
ni nada de eso en muchos casos. Los que se distinguieron por su valía o por su
vileza no profesaron todos los mismos credos. No considero religión esas
creencias y aceptaciones, por ser muchas veces cosas accesorias, producto de su
argumentación, si llega a tal profundidad. Lo que realmente cree (cosa que
basta, sin que argumente para sí y menos para los demás), lo que el hombre toma
a pecho, lo que sabe de cierto referente a sus relaciones vitales con este
misterioso Universo, su deber y destino, es siempre lo principal para él,
determinando todo lo demás, produciéndolo. Eso es su religión, o tal vez su
mero escepticismo e irreligión: la manera cómo se siente unido espiritualmente
al Mundo Invisible o al NoMundo; si me decís qué es eso, me diréis cabalmente
qué es el hombre, qué hará. Por eso lo primero que preguntamos de un hombre o
de un pueblo es: ¿Qué religión tenían? ¿Paganismo, es decir, politeísmo, mera
representación sensual del Misterio de la Vida, creencia en la Fuerza Física
como elemento principal? ¿Cristianismo, o sea fe en lo Invisible, no sólo como
real, sino como única realidad? ¿Creían en el tiempo basado en la Eternidad
hasta en su mínimo instante? ¿El Imperio Pagano de la Fuerza desplazado por una
más noble supremacía, la de la Santidad? ¿Era Escepticismo, incertidumbre e
indagación sobre si hay Mundo Invisible, algún Misterio de la Vida, algo más
que locura? ¿Duda sobre todo eso? ¿Incredulidad y negación rotunda? Si alguien
satisface nuestra curiosidad nos revela el espíritu de la historia del hombre o
del pueblo. Sus pensamientos fueron los generadores de sus actos; sus
sentimientos, genitores de sus pensamientos: lo que determinó lo exterior y
actual fue lo invisible y espiritual que en ellos había; el hecho culminante
fue su religión. En estas Conferencias conviene encarar principalmente la faz
religiosa, pues una vez conocida, poseemos el secreto. Como primer Héroe hemos
elegido a Odin, figura central del Paganismo escandinavo; para nosotros es
emblema de extensísima serie de cosas. Consideremos un momento al Héroe como
Divinidad, la más remota forma de Heroísmo. El paganismo parece cosa muy
extraña, casi inconcebible hoy. Es una vertiginosa maraña de ilusiones, de
inextricables confusiones, falsedades y absurdos que se extiende sobre el campo
de la vida; algo que nos llena de estupor, casi de incredulidad, porque no es
fácil comprender cómo pudo el hombre sensato creer y vivir sin zozobra
profesando tales doctrinas. Que pudieran adorar a su débil congénere como a un
Dios, y no sólo a él, sino a los animales, piedras y toda clase de cosas
animadas e inanimadas, aceptando tan absurdo caos de alucinaciones como Teoría
del Universo, parécenos fábula fuera de razón. Sin embargo, es evidente que así
fue. Ése era el atroz laberinto de falsas adoraciones y erróneas creencias,
admitidas por seres como nosotros, su extraño modo de pensar. No obstante,
podemos asomamos triste y silenciosamente a las tenebrosas profundidades del
hombre, para poder regocijamos en las alturas, de la pura visión que ha
escalado. Todo eso estaba y está en el hombre, en todos los hombres; en
nosotros, también. Algunos especuladores llegan a explicar el Paganismo por un
atajo: mera ficción, superchería y engaño, dicen; ningún sensato lo creyó; lo
único que hicieron fue esforzarse por arrastrar a los demás, indignos del
calificativo de cuerdos. Hay que protestar insistentemente contra esta
hipótesis sobre los hechos e historia del hombre: por eso la rechazo en lo
referente al Paganismo, y demás ismos a que el hombre se aferró durante mucho
tiempo. Todos contenían alguna verdad; de no ser así, el hombre no los hubiera
aceptado; la superchería y el engaño abundan, sobre todo en los períodos más
avanzados de decadencia religiosa, pero la superchería no fue nunca influencia
originaria en tales cosas; no fue su salud y su vida, sino su morbo, seguro
precursor de su agonía. No lo olvidemos nunca. Creo triste hipótesis que la
superchería originase la fe, aun entre los salvajes. La superchería no origina
nada; lo que hace es sofocarlo todo. No es posible penetrar en el corazón de
una cosa si sólo nos fijamos en su ficción, si no la rechazamos de una vez,
como morbosidad, corrupción, que todo mortal debe alejar, desarraigar de su
pensamiento y carácter. El hombre es enemigo natural del engaño en todos los
pueblos. Creo que el Gran Lamaísmo contiene una especie de verdad. Leed el
imparcial, perspicaz, escéptico escrito de Turner, Memoria de la Embajada a
dicho país y lo observaréis. La sencilla gente del Tibet cree que la
Providencia envía al mundo una Encarnación de sí misma cada generación; en el fondo
cree en una especie de Papa, en la existencia de un Hombre Superior que, una
vez descubierto, debe gozar del acatamiento de todos los demás. Ésta es la
verdad del Gran Lamaísmo: el descubrimiento es su único error. Los sacerdotes
tibetanos tienen sus métodos para reconocer al Hombre Superior, llamado a ser
sublime entre ellos. Malos métodos, pero ¿son mejores los nuestros, que lo
encarnan siempre en el primogénito de cierta genealogía? ¡Ay de mi!, no es
fácil encontrar buenos métodos. Empezaremos a entender el Paganismo cuando
admitamos que para sus adeptos fue axioma en una época. Aceptemos como cierto
que los hombres creyeron en el Paganismo, que los fieles veían que sus sentidos
no estaban alterados, que eran hombres como nosotros, que de haber vivido entonces,
hubiéramos creído como ellos. Ahora preguntemos, ¿qué pudo ser el Paganismo?
Otra conjetura, algo más respetable, lo atribuye a la Alegoría, considerándolo
visión de poéticas imaginaciones, manifestación en fábula alegórica, en forma
encarnada y visible, de lo que tales mentes concibieron y creyeron era el
Universo, lo cual, añaden, está de acuerdo con una ley principal de la
naturaleza humana, que se observa aún, aunque en cosas de menor importancia. El
hombre se esfuerza por expresar, por ver representado en forma visible, como
animado por una especie de vida y realidad histórica, aquello que siente
intensamente. Es indudable que dicha ley existe, que es de las más profundas de
la naturaleza humana; tampoco hay que dudar que influyese fundamentalmente en
esto. La hipótesis que atribuye el Paganismo, por entero, o en su mayor parte,
a esta propensión, la considero más respetable, pero no puedo tenerla por
verdadera. ¿Puede creerse adoptando como guía para la vida, una alegoría, una
fantasía poética? Lo que necesitamos no es eso, sino realidad, porque la vida
es inquietud, no siendo tampoco fantasía la muerte para el hombre. Nunca fue la
vida cosa sin transcendencia, sino severa realidad, grave desasosiego. Por eso
creo que, si bien esos teóricos de la Alegoría van camino de la verdad, no
llegan hasta ella. La Religión Pagana es ciertamente Alegoría, Símbolo de lo
que el hombre concebía y sabía sobre el Universo; todas las Religiones son
Símbolos de lo mismo, alterándose cuando eso otro se altera; mas me parece una
perversión radical, y hasta una inversión, considerarlo como origen y causa
motriz, cuando más bien fue resultado y efecto. Los hombres no ansiaban bellas
alegorías, perfectos símbolos poéticos, sino saber cómo debían entender el
Universo, qué camino tenían que seguir, qué esperanzas y temores podían
abrigar, lo que debían procurar y evitar en esta misteriosa Vida. El Pilgrim's
Progress (Obra de John Bunyan considerada, en los medios puritanos, como una
obra superior, fue publicada en 1678. Nota de Chantal López y Omar Cortés), es
Alegoría, tan bella y seria como otra cualquiera; pero consideremos si la
Alegoría de Bunyan pudo haber precedido a la Fe que simboliza. La Fe tenía que
existir antes, admitida por todos; entonces la Alegoría pudo transformarse en
su sombra, y, con toda su gravedad, en especie de sombra jocosa, mero juego de
la Fantasía, comparada con el Hecho pavoroso y certidumbre científica que se
esfuerza en simbolizar poéticamente. La Alegoría es producto de la certidumbre,
pero no la produce, ni en el caso de Bunyan ni en otro alguno. Porque aún
tenemos que averiguar, en cuanto al Paganismo, qué originó aquella certidumbre
científica, germen de tan pasmoso cúmulo de Alegorías, errores y confusiones.
¿Cómo era? ¿Qué era? Vana sería la pretensión de explicar aquí, o en otro
lugar, este lejano y nebuloso fenómeno del Paganismo, más semejante a un campo
de nubes que a un remoto continente de tierra firme y de realidades. Ya no es
actual, pero lo fue. Forzoso es comprender que ese aparente campo de nubes fue
realidad; que su origen no era alegoría poética y menos todavía ficción y
engaño. Nunca creyó el hombre en vana palabrería, ni arriesgó la vida de su
alma en alegorías; en toda época, especialmente en las primitivas, descubrió
instintivamente la falsedad, odió a los impostores. Abandonemos las teorías de
la ficción y la alegoría, procuremos escuchar con afectuosa atención ese lejano
y confuso rumor de los siglos de Paganismo, intentemos descubrir por lo menos
si había en su entraña algo semejante a la realidad, y si los hombres no fueron
falaces y ofuscados, sino veraces y cuerdos en su sencillez.
Recordad la fantasía
platónica que supone sacan súbitamente a un hombre de la tenebrosa caverna en
que vivió hasta entonces, para ver la salida del sol. ¡Cuál sería su maravilla!
¡Cuál su avasalladora sorpresa al ver lo que todos vemos diariamente con indiferencia!
Con la inocente sensación del niño, acompañada de la madura reflexión del
hombre, su corazón se enardecería ante el espectáculo, creyéndolo divino,
prosternándose su espíritu y adorándolo. Esa grandeza infantil fue la que
dominó los pueblos primitivos. El primer Pensador Pagano entre los rudos
hombres, el primer mortal que comenzó a pensar, fue precisamente el hombre-niño
de Platón, sencillo, ingenuo como el niño, pero con la profundidad y fuerza del
hombre. La Naturaleza no tenía nombre para él; aún no había relacionado,
aplicando vocablos, la infinita variedad de visiones, sonidos, formas y
movimientos que ahora denominamos Universo, Naturaleza, o cosa parecida, y que
despachamos así con una palabra. Para el hombre rudo, de corazón profundo, todo
era nuevo, sin los velos de nombres o de fórmulas; allí estaba desnudo,
lanzando sus rayos sobre él, hermoso, pavoroso, inefable. Para ese hombre la
Naturaleza era lo que es siempre para el Pensador y el Profeta, pretenatural.
¿Qué es la tierra verde, florida y rocosa, los árboies, los montes y los rios,
los clamorosos océanos, ese profundo mar de azul que se dilata sobre nuestras
cabezas, los vientos que barren la tierra, la negra nube que varia su forma,
que despide fuego, granizo y lluvia?, ¿qué es todo eso? Aún no lo sabemos de
cierto; no lo sabremos nunca. Si escapamos a la dificultad no es por
discernimiento superior, sino por ligereza, distracción, falta de
entendimiento. Cuando cesamos de maravillarnos es cuando no pensamos. Estamos
rodeados de una atmósfera de tradiciones, frases, meras palabras, que adquiere
consistencia y encierra las nociones que adquirimos. Al fuego lanzado por el
nubarrón tormentoso llamamos electricidad, disertando sabiamente sobre ella,
produciendo una chispa semejante frotando el cristal contra la seda; pero ¿qué
es? ¿Qué la origina? ¿De dónde proviene? ¿Adónde va? Mucho nos ha enseñado la
ciencia; pero la que nos oculta la inmensa infinitud profunda y sagrada de la
Nesciencia que nunca podemos penetrar, sobre la que toda ciencia reposa como
mera película superficial, es una pobre ciencia. El mundo es milagro para el
que lo contempla (a pesar de toda nuestra ciencia o ciencias), maravilloso,
inescrutable, mágico y mucho más para el que quiere meditar sobre él. El gran
misterio del Tiempo, de no haber otro, esa cosa ilimitada, silenciosa,
inestable, llamada Tiempo, que transcurre veloz, especie de marea oceánica que
lo abarca todo, en el que estamos sumergidos los seres y el completo universo
como exhalaciones, que son y luego no son, será siempre un milagro que nos hace
enmudecer, porque no disponemos de palabras para definirlo. ¿Qué podía saber de
este Universo el hombre inculto? ¿Qué podemos saber nosotros? Que es Fuerza,
innumerable Complejidad de Fuerzas, una Fuerza que no es nosotros. Eso es todo;
que no es nosotros, que difiere por completo de nosotros. Fuerza, Fuerza y
Fuerza en todas partes; somos misteriosa Fuerza en el centro de esa otra. En
toda hoja que se pudre en el camino hay Fuerza; si no, ¿cómo se pudriría? Para
el Pensador Ateo (de ser posible su existencia), sería también milagro este
inmenso e infinito vórtice de Fuerza que nos rodea, que no reposa nunca,
gigantesco como la Inmensidad, viejo como la Eternidad. ¿Qué es? Los creyentes
responden: Omnipotencia Divina. La ciencia atea balbucea tristemente sobre
ello, empleando nomenclaturas científicas, experimentos, cualquier cosa, como
si se tratara de algo inerte, que pudiera enfrascarse en una botella de Leyden
y venderse en los mostradores; pero el sentido natural del hombre, en toda
época, si quiere aplicar noblemente su sentido, declara que es cosa viviente,
inexplicable, Divina, ante la cual, lo mejor que podemos hacer, tras tanta
ciencia, es empequeñecernos, prosternarnos fervorosamente, humillar nuestro espíritu,
adorar en silencio si no encontramos palabras. Consideremos también que nuestra
época necesita Profeta o Poeta que le aclare ciertos conceptos, alguien que
rasgue el velo y vulgarice nomenclaturas y tecnicismos que los ocultan
irreverentemente, mientras los ávidos espíritus primitivos, a quienes nada de
todo esto preocupaba, lo efectuaron por sí mismos. El mundo, que hoy sólo es
divino para el inteligente, lo era entonces para todo el que lo contemplaba. El
hombre estaba desnudo frente a él. Todo era Divino o Dios; Jean Paul Richter lo
cree todavía así, el gigantesco Richter, capaz de escapar a los chismes; mas
entonces no los había. Cuando brillaba Canope sobre el desierto con su azul
fulgor diamantino (destello espiritual, superior en esplendor al que
contemplamos aquí), penetraría en el corazón del solitario Ismaelita, a quien
guiaba a través de aquel inmenso yermo. Para su corazón sencillo, que encerraba
todo sentimiento, sin tener palabras para exteriorizarlo, parecería Canope un
ojo que le dirigía la mirada desde las profundidades de la Eternidad,
revelándole el Esplendor interior. ¿Podemos comprender por qué adoraban
aquellos hombres a Canope, convirtiéndose en Sabeístas, es decir, adoradores de
las estrellas? Tal es para mí el secreto de toda forma de Paganismo. La
adoración es maravilla que trasciende, maravilla que ni tiene limite ni medida;
eso es la adoración. Para aquellos primitivos todo cuanto los rodeaba era un
emblema de la Divinidad, era un Dios. Considerad la perenne fibra de verdad que
residía en ello. ¿No vemos un Dios a través de cada estrella, en la hoja de
broza, un Dios sensible para la vista, si abrimos el entendimiento y los ojos?
Ahora no adoramos de ese modo; pero, ¿no se cree mérito, prueba de lo que
llamamos naturaleza poética, reconocer que todo objeto encierra divina belleza,
que todo sea aun para nosotros ventana por la que podemos mirar al Infinito?
Llamamos Poeta al capaz de discernir la hermosura de las cosas, Pintor, Genio,
portento, admirable. Aquellos ingenuos Sabeístas hacían lo que él hace, pero a
su manera. Ya era mérito, lo efectuasen, fuere como fuere, realizándolo mejor
que el estúpido, el caballo o el camello, que nada disciernen. Pero hoy, si
todo lo que vemos es emblema del Altísimo, afirmo que el hombre lo es mucho
más. Conocéis las célebres palabras de San Juan Crisóstomo al referirse al Arca
del Testimonio, Revelación visible de Dios entre los Hebreos: La verdadera Arca
es el Hombre. Es cierto; la frase no es vana, sino que verdaderamente es así.
La esencia de nuestro ser, el misterio existente en nosotros se llama Yo. ¿De
qué palabras disponemos para tales cosas? Decimos es un soplo del Cielo; que el
Ser Supremo se revela en el hombre. ¿No son el cuerpo, las facultades, la vida,
una vestidura para ese Anónimo? Sólo hay un Templo en el Universo, dice el
devoto Novalis, y es el Cuerpo del Hombre. Nada más santo que esa Forma. Al
inclinamos ante los hombres reverenciamos esta Revelación Encarnada. Cuando
tocamos el cuerpo humano tocamos el Cielo. Esto parece mero floreo retórico,
pero no lo es; si meditamos, se transforma en hecho científico, expresión de
una verdad real, mediante las palabras de que disponemos. Somos el milagro de
los milagros, el misterio inescrutable de Dios. No lo comprendemos, no sabemos
qué decir, pero podemos sentir y saber que así es verdaderamente, si queremos.
Estas verdades sintiéronse mejor en tiempos pretéritos. Las primitivas
generaciones, que gozaban de la frescura de la infancia y de la profundidad del
hombre que anhela, que no creían comprender todo lo existente en el Cielo y la
Tierra dándole nombres científicos, sino que tenían que considerarlo en su
desnudez, con temor y sorpresa, comprendieron mejor lo divino residente en el
hombre y la Naturaleza; pudieron adorar a la Naturaleza sin enloquecer, y al
hombre sobre todas las cosas. Podían venerar, es decir, admirar ilimitadamente
dentro del perfecto uso de sus facultades, con toda sinceridad de corazón.
Considero el Culto de los Héroes como gran elemento modificador en aquel antiguo
sistema de pensamiento. Lo que llamé compleja maraña del Paganismo brotó de
muchas raíces: toda admiración, adoración de una estrella u objeto natural, era
raíz o fibra de raíz; pero el Culto de los Héroes es la raíz más profunda, la
raíz-madre que nutría todas las demás, desarrollándolas grandemente. Ahora
bien, si la adoración de una estrella tuvo algún significado, ¿cuánto más la
tendría la de un Héroe? El culto del Héroe es admiración que trasciende, que se
siente por un Gran Hombre. Afirmo que los grandes hombres son admirables; creo
que en el fondo nada hay más admirable. En el pecho del hombre no hay
sentimiento más noble que la admiración sentida por otro superior a él. Eso es
lo que influye en su vida vivificándolo, lo que influyó e influirá siempre. La
Religión se basa en eso, a mi entender, no sólo el Paganismo, sino religiones
mucho más sublimes y verdaderas, todas las conocidas. El Culto del Héroe, la
admiración cordial, sumisa, ferviente, ilimitada, sentida por una más noble y
divina Forma de Hombre; ¿no es ése el germen del Cristianismo? El más sublime
de todos los Héroes es Uno, Uno que no nombramos ahora. Que el silencio sagrado
medite sobre ese tópico sagrado; ya veréis que es la perfección de un principio
que vive a través de la historia del hombre sobre la tierra. Y descendiendo
hasta cosas más explicables, ¿no es toda Lealtad afín a la Fe religiosa
también? La Fe es lealtad para con algún inspirado Maestro, algún Héroe
espiritual. Y, ¿qué es lealtad, el soplo de vida de toda sociedad, sino
emanación del Culto del Héroe, sumisa admiración por lo verdaderamente grande?
La Sociedad se basa en el Culto del Héroe. Toda dignidad jerárquica, en que se
cimenta la asociación humana, es lo que llamaríamos Heroarquía, o Jerarquía,
porque es sagrada también. Duque significa Dux, Conductor, King (rey) es
contracción de Kön-ning, Kanning, compuesto de Know (saber) y Can (poder), o
sea el que sabe y puede. La Sociedad es en todas partes representación, no
insoportablemente inexacta, de un graduado Culto del Héroe; reverencia y
obediencia a los hombres realmente grandes y sabios. Digo no insoportablemente
inexacta; esos dignatarios sociales son como los billetes de banco, pues
representan oro; por desgracia hay bastantes falsos; no importa que haya algunos,
que haya muchos, lo grave sería que lo fueran todos o su mayor parte, porque
entonces estalla la revolución; la Democracia, la Libertad y la Igualdad alzan
su voz, pues, al ser falsos todos los billetes no pudiendo canjearse por oro,
grita el pueblo desesperado al faltarle, diciendo que no lo hubo nunca. El Oro,
el Culto del Héroe, existe, sin embargo, como existió siempre y en todo lugar,
como existirá mientras el hombre viva. Hoy es corriente creer que el Culto del
Héroe, tal como lo entiendo, ha decaído, desapareciendo finalmente. Nuestra
época parece negar la existencia de grandes hombres, para negar que su
descubrimiento sea deseable, debido a razones que habría que discutir. Mostrad
a nuestros críticos un gran hombre, un Lutero; inmediatamente comienzan a
explicarlo, como dicen, no a venerarlo, sino a medirlo, acabando por
empequeñecerlo. Fue hijo de su Época, afirman; la Época fue quien le llamó, la
que lo hizo todo; él no hizo nada, de no ser lo que el crítico pudiera haber
hecho. Para mí, esa tarea es melancólica. ¡La Época fue quien lo llamó! Todos
conocimos Épocas que se cansaron de llamar a su gran hombre, sin que éste
acudiera. No existía, porque la Providencia no lo había enviado. Desgañitóse la
Época gritando cuanto pudo, produciéndose confusión y catástrofe porque el gran
hombre no acudió al llamamiento. Porque, si recapacitamos, no era necesario que
la tpoca se desplomase, de haber hallado su gran hombre, un hombre sabio y
bueno: sabiduría para discernir lo que la época requería, valor para conducirla
por buen camino; eso es lo que salva una época. Yo equiparo las épocas vulgares
y lánguidas, con su incredulidad, apuros, perplejidiides y circunstancias
difíciles, que se desmoronan impotentes rodando por la pendiente hasta su ruina
final, a la leña en espera del rayo Celeste que haga surgir la llama. El rayo
es el Gran Hombre, con su fuerza emanada de la mano de Dios. Su voz es la
palabra sabia que cura, en la que todos pueden creer. Todo arde a su alrededor,
una vez ha sido tocado por él, con llama hija de la que le anima. Se cree que
los leños secos y carcomidos lo llamaron; le necesitaban perentoriamente; pero,
¡en cuanto a llamarlo! Para mí los críticos que preguntan: ¿Son los sarmientos
lo que causan el fuego?, son críticos de cortos alcances. La más triste prueba
de pequeñez que puede dar un hombre es la incredulidad en los grandes hombres.
El síntoma más pobre de una generación es la ceguera general ante la llama
espiritual, que pone su única fe en el haz de leña. Es la consumación final de
la incredulidad. Observamos que en toda época fue el Gran Hombre salvador
indispensable de su tiempo, la llama sin la cual nunca se hubiera encendido el
haz. Ya dije que la Historia del Mundo es la Biografía de los Grandes Hombres.
Esos mezquinos críticos hacen cuanto pueden para avivar la incredulidad y la
parálisis espiritual universales; pero por fortuna nunca lo consiguen del todo.
Siempre surge un hombre lo bastante grande para descubrir que ellos y sus
doctrinas son quimeras y telarañas. Lo notable es que nunca pudieron
desarraigar enteramente del corazón de los mortales cierta reverencia sentida
por los Grandes Hombres, admiración genuina, lealtad, adoración, por oscuros y
pervertidos que fueren. El Culto del Héroe existirá mientras el hombre exista.
Boswell venera a su Johnson, hasta en el siglo XVIII. Los incrédulos franceses
creen en su Voltaire, rindiéndole raro culto heroico en aquel último acto de su
vida cuando lo ahogaron bajo rosas. El caso Voltaire siempre fue para mí
curiosísimo. Si el Cristianismo es el ejemplo más sublime de Culto del Héroe,
habrá que considerar en el Volterianismo uno de los inferiores. El que vivió
como un Anticristo, presenta aquí un extraño contraste. No hubo gente menos
propensa a la admiración que los volterianos franceses: los dominaba su
carácter burlón. Pero el viejo de Ferney llegó a París; era un anciano,
vacilante, achacoso, con sus ochenta y cuatro años, al que consideraron como
Héroe, que había pasado la vida luchando contra el error y la injusticia,
socorriendo a los Calas, denunciando a los hipócritas que ocupaban elevados
sitiales; que había luchado como valiente, aunque de extraña manera. Creyeron
que si burlar es meritorio, jamás hubo tan gran burlón. Fue ideal de todos,
realizado, lo que todos se esforzaban por ser; el más francés de los franceses.
Él era su dios, el dios a su medida. Por eso lo adoraron todos, desde la reina
Antonieta hasta el aduanero de la Porte Saint Denis. Los aristócratas se
disfrazaban de mozos de taberna. El Superintendente de Postas ordenaba a su
postillón, tras estridente blasfemia: Acelera la marcha, pues llevas al señor
de Voltaire. Su coche pasaba por las calles de París como un cometa cuya cola
abarcaba todas las calles. Las damas arrancaban trozos de sus pieles para conservarlos
como sagrada reliquia. Nada hubo en Francia de sublime, bello y noble que no
reconociera que aquel hombre lo superaba. Sí, desde el noruego Odin hasta el
inglés Samuel Johnson, desde el divino Fundador del Cristianismo hasta el
decrépito Pontífice del Enciclopedismo, el Héroe ha sido venerado en todas
partes. Así será siempre. Todos amamos a los grandes hombres; los amamos y nos
prosternamos humildemente ante ellos, porque es lo que más dignamente nos
humilla. El verdadero hombre siente su superioridad al reverenciar lo que
realmente le supera. El corazón no abriga sentimiento más noble ni bendito. Me
complace observar que ni la lógica escéptica, ni la vulgaridad general, ni la
hipocresía y aridez de cualquier época, pueden destruir esta noble lealtad innata,
esta veneración arraigada en el hombre. En tiempos de incredulidad, que pronto
se convietten en tiempos de revolución, se observa decadencia, lastimosa
podredumbre y ruina. En esta indestructibilidad del Culto del Héroe paréceme
ver hoy la dureza del incorruptible diamante, dureza que no puede ablandar la
caótica situación revolucionaria. El confuso estado de lo que se desmorona,
cruje y se desploma a nuestra vista en los períodos revolucionarios, llegará a
ese nivel, pero nunca más abajo; el Culto del Héroe es la piedra básica eterna
sobre la que podemos edificar siempre. La adoración más o menos ferviente que
el hombre rinde al Héroe, la reverencia que todos sentimos por los Grandes
Hombres, es para mí la roca viva inconmovible, a pesar de las catástrofes, el
punto fijo en la historia moderna revolucionaria, que de no perdurar, sería
abismo, mar sin orillas.
El héroe como divinidad
Odín El paganismo: mitología escandinava Segunda parte
(Martes, 5 de mayo de
1840) Ésa es la verdad que vislumbro en el Paganismo de los viejos pueblos,
velada por antigua y desusada vestidura; pero el espíritu que lo vivifica es
sincero. La Naturaleza es aún divina revelación de la obra de Dios; el Héroe es
venerable todavía: esto es lo que se esforzaron en manifestar las religiones
paganas, en formas raquíticas e incipientes. Creo que el Paganismo escandinavo
encierra más interés para nosotros que los demás: es el más reciente, ya que
perduró en estas regiones de Europa hasta el siglo XI; los noruegos adoraban a
Odin hace ochocientos años. Nos interesa también, por ser creencia de nuestros
antepasados, de hombres cuya sangre circula por nuestras venas, a quienes nos
parecemos en muchos aspectos. Lo extraño es que el credo sustentado por ellos
difiera tanto del nuestro. Consideremos un momento la sencilla creencia
noruega; para ello disponemos de suficientes medios, pues las mitologías
escandinavas se conservan perfectamente. En esa isla singular llamada Islandia,
surgida del fuego del fondo del Océano, según afirman los geólogos, tierra
salvaje de aridez y de lava, sumida en negras tempestades gran parte del año,
que se yergue severa y formidable en el Mar del Norte con sus ventisqueros,
ruidosos géiseres, charcas sulfurosas y horrendos precipicios y cráteres, como
el informe campo de una batalla entre el Hielo y el Fuego, lugar donde no
hubiéramos ido a buscar documentación literaria, fue donde se escribió la
crónica de estas cosas. Junto a las playas, de ese quebrado país se desliza una
cinta de rica tierra, que sirve de pasto a los rebaños, en la que vive el
hombre de su comercio y de los productos del mar; parece que sus moradores
fueron poetas, gente de profundos pensamientos, que melódicamente manifestaron.
¡Qué desgracia si Islandia no hubiera surgido del Océano, si no hubiera sido
descubierta por los Nórdicos! Muchos de los antiguos poetas escandinavos vieron
la luz en Islandia. Saemundo, uno de los primitivos Sacerdotes cristianos de
aquellos lugares, que quiza sentía inclinación al Paganismo, recopiló algunos
de sus viejos cantos paganos, que iban desapareciendo, Poemas o Cánticos de
carácter místico, profético, casi todos religiosos; los críticos noruegos
llaman a esa colección Edda Poética o Clásica, palabra de etimología incierta,
que se supone significa Ancestral. Snorri Sturluson, caballcro islandés,
personaje notabilísimo, educado por el nieto de Saemundo, emprendió casi un
siglo después la tarea de formar una especie de Sinópsis en prosa de toda la Mitología,
uno de los muchos libros debidos a su pluma, enriquecido con nuevos fragmentos
de verso tradicional. Es obra construída con gran habilidad, talento natural,
lo que llamaríamos arte inconsciente, trahajo de claro entendimiento, cuya
lectura agrada; es la Edda Prosaica o Moderna. Con este libro y las numerosas
Sagas islándicas en su mayoría, y los comentarios del país o extranjeros que
hoy se escriben celosamente en el Norte, es posible adquirir idea exacta y
mirar cara a cara el antiguo sistema Noruego de Creencias. Olvidemos que se
trata de religión errónea; considerémoslo como Pensamiento de los antiguos,
procurando simpatizar algo con él. La principal característica de esta antigua
Mitología Nórdica es la Encarnación de las obras visibles de la Naturaleza.
Férvido y simple reconocimiento de las obras de la Naturaleza Física, como cosa
milagrosa, sorprendente y divina. Lo que ahora consideramos Ciencia les
maravillaba, cayendo de rodillas confundidos como si fuese Religión. Las
oscuras Potencias hostiles de la naturaleza, las imaginaron Jötuns (Gigantes),
enormes y velludos seres demoníacos. El Hielo, el Fuego, la Tempestad eran sus
Jötuns. Las Potencias amigas, como el Calor del Verano, el Sol, eran los Dioses
que compartían el imperio del Universo, viviendo separados y en guerra sin
cuartel. Los Dioses moraban en Asgard, o Jardín de los Asen o Divinidades; la
mansión de los Jötuns era Jötunheim, región lejana, tenebrosa, confusa. Todo
eso es curioso, sin tontería ni vacuidad, de fijarnos en su fundamento. El
poder del Fuego o Llama, designado ahora con término químico, ocultando el
carácter maravilloso residente en él como en todo lo demás, lo llamaban Loke,
Demonio rápido y sutil, de la ralea de los Jötuns. Algunos viajeros españoles
dicen que los salvajes de las Islas de los Ladrones creían que el Fuego, que
nunca habían visto, era dios o demonio, que mordía cruelmente al que lo tocaba,
que se alimentaba de leña seca. La Química no puede ocultamos la maravilla de
la Llama, de no intervenir la Estupidez. ¿Qué es la Llama? El viejo Vidente
noruego considera que el Hielo es un monstruoso y albo Jötun, el Gigante Thrym,
Hrym, o Rime, palabra arcaica casi en desuso, que en Escocia significa
escarcha. Entonces la escarcha no era como ahora, cosa de la Química, sino un
Jötun viviente o Diablo; el monstruoso Jötum Rime, conducía sus caballos al
establo por la noche, sentábase peinando sus crines; estos Caballos eran las
Nubes de Granizo, los Vientos Glaciales marinos. Las Vacas de uno de sus
parientes, las del Gigante Hymir, son los Icebergs; este Hymir deja caer sus
ojos sobre las rocas y su mirada endiablada las destroza. El trueno no era
entonces Electricidad, vítrea o resinosa, sino el Dios Donner: (El Trueno) o
Thor, Dios del benéfico calor del Verano. El trueno era su ira; los nubarrones
las fruncidas cejas de su rabia; el rayo que lanzaban los Cielos era el
Martillo demoledor, agitado en manos de Thor, que aceleraba su pesado carro,
cuyo choque con los picos de las montañas producía el ruido; el dios de roja
barba soplaba desencadenando el ruidoso y t9rmentoso huracán antes que el
trueno. Balder, el Dios Blanco, el bello, el justo y benigno (que los
primitivos Misioneros Cristianos dedan se pareda a Cristo), es el Sol, la más
bella de las cosas visibles; maravilloso, divino, a pesar de la Astronomía y
los Almanaques. Quizás el más notable de los dioses de la tradición es aquel
cuya pista descubrió Grimm, el etimólogo alemán; es Wünsch, o Deseo, capaz de
concedernos cuanto anhelamos. ¿No es ésta la voz más sincera y tosca del
espíritu del hombre? Es el más rudo ideal que ha podido concebir, que se
muestra aun en las últimas formas de nuestra cultura espiritual. Si el Dios
Deseo no es verdadero Dios, cosa es que deben demostrar superiores
especulaciones. Entre los otros Dioses o Jötuns mencionaremos sólo, en gracia a
la etimología, a Aegir, o Borrasca, peligroso Jötun; hoy, en la ribera del
Trent, cuando el río crece, debido a una especie de reflujo que arremolina sus
aguas con grave peligro para los barqueros de Nottingham, éstos, que lo llaman
Eager, gritan: ¡cuidado, que viene Eager! Cosa curiosa: esa voz sobrevive como
el picacho de un mundo sumergido. Los más antiguos barqueros de Nottingham
creyeron en el Dios Aegir. Nuestra sangre inglesa contiene muchas gotas de
danesa o noruega; tal vez en el fondo no exista distinción entre Danés, Noruego
y Sajón, o sea sólo superficial, como en los Paganos, Cristianos y otros. En
nuestra Isla abundan los daneses puros debido a las incesantes invasiones; los
hay de mayor proporción a lo largo de la costa oriental y, mucho más aun, en el
Norte. Allende el Humber, en toda Escocia, el habla del vulgo es islándica en
alto grado; su germanismo conserva un matiz peculiar noruego. Son Normandos, es
decir, Hombres del Norte. ¡Si es que hay algún mérito en ello! De Odin, dios
principal, hablaremos luego. Estudiemos la esencia del Paganismo escandinavo,
la de todo Paganismo; consiste en reconocer las fuerzas de la Naturaleza como
Actividades divinas, estupendas, individuales, Dioses y Demonios. Los
concebimos. Es el rudimentario pensamiento humano, que se dilata, medroso y
maravillado ante el estupendo Universo. En el Sistema Noruego hay algo genuino,
grande, viril: el escandinavo se distingue del remoto Paganismo griego, suave y
elegante por su gran sencillez y rusticidad. Es el Pensamiento de mentes
profundas, rudas, ansiosas, que considera lo que les rodea, característica
principal de todo buen Pensamiento en todo tiempo. No tiene la suave elegancia,
ni la gracia del Paganismo heleno; en él hay cierta veracidad vulgar y fuerza
tosca, grande y ruda sinceridad. Tras las bellas estatuas de Apolo y sonrientes
mitos nos extrañamos ante los Dioses noruegos fermentando cerveza para su
festín con Aegir, el Jötun del Mar, enviando a Thor al país de los Jötuns, en
busca del caldero; tras muchas aventuras vuelve ante este Dios con el caldero
en la cabeza como un vasto sombrero que lo tapa y casi lo pierde, pues las asas
alcanzan hasta los pies. Lo que caracteriza el Sistema noruego es la inmensidad
vacía, la gigantez torpe en grado sumo; enorme fuerza cerril por completo que
avanza desamparada a grandes e inciertas zancadas. Consideremos sus primitivos
mitos sobre la Creación. Una vez mataron los Dioses al Gigante Ymer, hijo del
viento cálido, producto de la lucha entre el Hielo y el Fuego; tras confusas
manipulaciones, lograron construir un mundo con sus restos. Su sangre integró
el Mar; su carne la Tierra, sus huesos las Montañas; con sus cajas formaron su
divina morada, Asgard, siendo su cráneo la enorme bóveda azul de la Inmensidad;
su cerebro originó las Nubes. ¡Fue cosa Hiper-Brobdingnagiana! Pensamiento
indómito, grande, gigantesco, enorme, que debía refrenar a su tiempo la sólida
grandeza, ni gigantesca, sino divina y más fuerte que la gigantería, de los
Shakespeare y los Goethe. Aquellos hombres fueron nuestros genitores, psíquica
y somáticamente. Me deleita su representación del Árbol Igdrasil. Figuráronse
la vida como un Árbol: Igdrasil, el Fresno de la Existencia, que introduce sus
raíces profundamente en los reinos de Hela o la Muerte; su tronco llega hasta
el cielo, extendiendo sus ramas sobre el Universo entero: es el Árbol de la
Existencia. A sus pies, en el Reino de la Muerte, se posan Tres Normas
(Parcas), el Pasado, el Presente y el Porvenir; sus raíces se nutren en el Pozo
Sagrado. Sus ramas, con sus brotes y hojas, o sea los acontecimientos,
sufrimientos, aventuras, catástrofes, se extienden por todos los pueblos y
épocas. ¿No es cada una de sus hojas una biografía; cada una de sus fibras un
hecho, o una palabra? Sus ramas son Historias de Naciones; su crujido es el
rumor de la Existencia Humana a partir de su origen; crece, y el soplo de la
pasión Humana, circula por todo él, y cuando el viento huracanado lo sacude y
agita, silba cortado por sus hojas como la voz de todos los dioses. Es
Igdrasil, el Árbol de la vida. Es el pasado, el presente y el porvenir, lo que
se hizo, hace y hará, la infinita conjugación del verbo Hacer. Cuando considero
la marcha de las cosas, que se entrelazan laberínticamente, cuando pienso que
lo que estoy diciendo no son sólo palabras de Ulfilas el Moesogodo, sino
síntesis de lo expresado por todos los hombres a partir del instante en que
habló el primer hombre, no puedo hallar símil más exacto que el del Árbol.
Bello, tan bello como grande. La Maquina del Universo, ¡recapacitemos sobre el
contraste! La antigua opinión de los escandinavos sobre la Naturáleza es muy
extraña; diferente de la que tenemos ahora. Nada grato sería se nos obligase a
exponer su origen minuciosamente, aunque pudiéramos aducir se originó en la
imaginación de los hombres escandinavos, sobre todo en la del primero de
vigorosa inteligencia, el primer hombre genial escandinavo pudiéramos decir.
Muchos fueron los que contemplaron el Universo con sorpresa muda y vaga, a la
manera de los irracionales, o inquiriendo dolorosa y estérilmente sobre la
maravilla, como sólo el hombre puede hacer, hasta que surgió el gran Pensador,
el original, el Vidente, cuyo pensamiento hablado despierta la adormecida
capacidad de los demás transformándola en Inteligencia, cosa propia del
Pensador, del Héroe espiritual. Lo dicho por él es lo que todos los hombres
estaban por decir, anhelaban decir. Al oírlo se despiertan las Ideas de todos
como de un penoso sueño encantado, asintiendo y afirmando: así es, glosando el
primer Pensamiento, alegrándoles como la aurora que sucede a la noche, porque
para ellos es el paso del no-ser al ser, de la nada a la vida. Todavía
veneramos a tales hombres, llamándoles Poetas, Genios, otras cosas, pero para
esos rústicos eran verdaderos magos, operadores de milagros e inesperados
beneficios, Profetas, Dioses. Cuando el Pensamiento ha despertado, no se
adormece, sino que se multiplica en serie de Ideas, se desarrolla en un hombre
tras otto, generación ttas generación, hasta adquirir su completo desarrollo;
entonces la Serie de Ideas no puede llegar más allá y deja su lugar a otro.
Creemos que el Hombre a quien llamamos Odin y su Dios principal era eso: un
Maestro, un capitán en cuerpo y alma; un Héroe de inmensurable mérito, al que
tanto admiraron que rebasaron los límites, llegando a la adoración. ¿No tenía
poder para expresar el Entendimiento y ottas muchas cualidades milagrosas? El
rudo corazón escandinavo sentiría ilimitada gratitud. ¿No había resuelto para
ellos el enigma de la Esfinge del Universo, indicándole su destino? Él fue
quien enseñó cómo tenían que obrar, qué esperanzas podían abrigar. La vida era
ahora explícita, era melodiosa para él; él fue el primero que dió vida a la
Vida. Llamaremos a Odin origen de la Mitología escandinava, Odin, o el nombre
que llevó el primer pensador escandinavo mientras fue un hombre entre los
hombres. Una vez promulgada su concepción del Universo floreció en todas las
inteligencias, acrecentándose incesantemente, grabándose en todos los cerebros
como escrita con tinta simpática, haciéndose visible para todos. El gran
acontecimiento de la época, enlazado con los demás, es la aparición del
Pensador. No hay que olvidar tampoco otta cosa que explicará la confusión de
las Eddas escandinavas; no es una serie coherente de Pensamientos, es la suma
de varias series consecutivas. Esas viejas Creencias noruegas que vemos a una
misma distancia en la Edda, como cuadro pintado en el mismo lienzo, no lo está
en realidad; lo pintaron sucesivas generaciones a partir del origen de la
Creencia ocupando distintos términos y planos. Todos los pensadores
escandinavos, contribuyeron al Sistema escandinavo de Pensamiento, elaborando y
añadiendo siempre algo nuevo: es trabajo combinado de todos. Su historia, la
transformación debida a la contribución de un pensador tras otro, hasta
adquirir la forma definitiva que vemos en la Edda, es cosa que nunca sabremos;
sus Concilios de Trebisonda, los de Trento, los Atanasios, Dantes, Luteros,
desaparecieron en la oscura noche sin dejar eco. Lo que sabemos es cómo se
escribió. Cuando aparecía un pensador contribuía con su pensamiento, dando un
nuevo paso, modificando algo. La revolución más importante, la efectuada por el
mismo Odin, quedó en la sombra para
nosotros, como las demás. ¿Cuál fue la historia de Odin? Lo extraño es
reflexionar que tuvo historia, que este Odin, vestido a la nistica usanza
noruega, con su barba y ojos feroces, y ruda habla nórdica, era hombre como
nosotros, con nuestros pesares, alegrías, manos, pies y rasgos fisonómicos,
intrínsecamente como nosotros y ¡que llevase a cabo tal trabajó! Pero su obra
pereció en gran parte, quedando reducido el agente a su nombre. Wednesday,
dirán los hombres mañana; el día de Odin. No hay historia de Odin, tampoco hay
documentos, ni conjeturas sobre él dignos de mención. Relata Snorro, como quien
no dice nada, casi en conciso estilo comercial en su Heimskringla, que Odin era
un Príncipe heroico de la región del Mar Negro, con Doce Pares y un gran pueblo
que necesitaba expansión. Snorro no abriga duda sobre cómo sacó a los Asen
(Asiáticos) de Asia, estableciéndolos en el norte de Europa, afirmando fue por
expediciones guerreras; inventó las Letras, la Poesía y otras cosas, logrando
se le venerase como Dios Principal por los escandinavos, convirtiendo a sus
Doce Pares en Doce Hijos, Dioses como él. Saxo Grammaticus, curioso norteño de
aquella centuria, duda menos aun, viendo sin escrúpulo un hecho histórico en
cada mito individual, redactándolo como ocurrido en Dinamarca u otro lugar.
Torfeo, sabio y cauteloso, indica, algunos siglos después, una fecha calculada,
diciendo que Odin llegó a Europa alrededor del año 70 antes de J. C. No
mencionamos lo que se basa en meras conjeturas, imposibles de verificar. Mucho
antes, muchísimo antes del año 70, fecha de Odin, las hazañas y completa
historia terrena, figura y ambiente, desaparecieron para nosotros por siempre
en incalculables milenios. Grimm, el arqueólogo alemán, llega a negar la
existencia de Odín como hombre, probándolo por etimología. La palabra Wuotan,
forma original de Odin, extendida como nombre de su Divinidad principal sobre
todos los pueblos teutónicos, se relaciona, según Grimm, con la latina vadere,
con la inglesa wade y otras; significó primitivamente Movimiento, Origen de
Movimiento, Poder; es el nombre que cuadra al dios superior; pero a ningún
hombre. La voz significaba Divinidad entre los antiguos pueblos sajones,
alemanes y todos los teutónicos; los adjetivos formados de ella significaban
divino, supremo, algo propio del dios principal. Con esto basta, debiendo
inclinamos ante Grimm en materia etimológica. Supongamos que Wuotan significa
Wading o Movimiento. Y, ¿qué impide fuera el nombre de un Hombre Heroico y Motor
lo mismo que de un dios? En cuanto a los adjetivos y palabras derivadas de él,
¿no adquirieron los españoles la costumbre de decir, a causa de su admiración
por Lope, una flor-Lope, una dama-Lope, si tanto una como la otra eran de
insuperable belleza? De seguir así, Lope hubiérase convertido en España en
adjetivo significativo de divino. Afirma Smith, en su Ensayo sobre el lenguaje,
que todos los adjetivos se formaron precisamente de ese modo; algo muy verde,
notable por su verdor, adquirió el apelativo de Verde, y luego lo más afín
notable por dicha cualidad, v. g., un árbol, se llamó árbol verde, como decimos
the steam coachs four horse coachs y otras cosas. Todos los adjetivos
primitivos, según Smith, se formaron de ese modo, siendo al principio substantivos
o cosas. No podemos aniquilar a un hombre a fuerza de etimologías. Hubo sin
duda un Primer Maestro y Capitán; hubo sin duda un Odin, perceptible por los
sentidos, no adjetivo, sino Héroe real de carne y hueso, estando todos
conformes en que la reflexión confirmará la voz de la tradición, de la historia
o eco de la historia, verificándolo y aclarándolo. ¿Cómo llegó Odín a ser
considerado como dios, dios principal? Es cuestión que nadie gustaría de
dogmatizar; he dicho que su pueblo sentía por él ilimitada admiración; además,
no disponía de escala para medirla. Supongamos que la cordialidad más generosa
sentida por el más sublime de los hombres se intensifica hasta rebasar todo
límite conocido, hasta ocupar todo el campo del pensamiento. ¿No es posible que
el hombre llamado Odin se creyese divino, emanación de Wuotan, Movimiento,
Potencia Suprema y Divinidad, cuyo éxtasis le hiciere creer que la entera
Naturaleza era su temible Imagen Flamígera, existiendo en él cierto efluvio de
Wuotan, puesto que su alma, grande y profunda, arrebatada por la inspiración y
la misteriosa marea de la visión y el impulso en él existente, que ignoraba de
dónde provenía, lo asustó y maravilló enigmáticamente? No es que falsease, sino
que se equivocaba de buena fe. El alma grande, la sincera, ignora lo que es, y
como tan pronto planea en las más elevadas regiones como bucea en las más bajas
profundidades, es la menos indicada para estimarse. Los datos que obran de
extraña manera recíprocamente, los que se determinan uno al otro, son lo que
uno supone ser y lo que creen es los demás. ¿Qué pudo pensar que era al verse
reverenciado por todos, cuando su indómito espíritu rebosante en nobles ardores
y afectos, caótico torbellino de tinieblas y esplendente fulgor desconocido, se
veía circundado por el divino Universo que destella deifica belleza, no
hallando hombre que fuere su igual? ¿Wuotan? Todos le tomaron por tal.
Consideremos el poder del Tiempo en estos casos, que el grande hombre decuplica
su grandeza cuando muere; la Tradición es enorme cámara oscura ampliadora; las
cosas aumentan en la Memoria, en la Imaginación, cuando el amor, la veneración
y cuanto reside en el corazón las anima; que todo adquiere mayor proporción en
la oscuridad, en la completa ignorancia, sin fecha, certificado, archivo ni
mármoles de Arundel que lo precisen; sólo algún mudo bloque de granito lo
recuerda. Si durante treinta o cuarenta años no se imprimiesen libros, todo
grande hombre se trocaría en mito, pues los que lo trataron habrían
desaparecido, y a los trescientos años, a los tres mil ... De poco sirve
teorizar sobre esto, porque rechaza el teorema y el diagrama; la Lógica debería
reconocer que no puede explicarlo. Contentémonos con vislumbrar en lontananza
algún ligero resplandor de minúscula luz real que brilla en el centro de la
Imagen de esa enorme cámara oscura, con el fin de comprender que el eje de todo
ello no era demencia y nadería, sino cordura, algo. Esta luz, encendida en el
gran vórtice tenebroso de la mente germánica, oscuro pero vivo, que sólo
esperaba la luz, es para mí el núcleo de todo. El modo como esa luz brille con
maravillosa intensidad mil veces mayor, en formas y colores, no depende de ella
tanto como de su recipiente que es la Mente Nacional. Los colores y formas de
nuestra luz serán los del prisma que atraviesa. Curioso es pensar cómo modela
la naturaleza humana cualquier hecho cierto en cada individuo. Dije que el
hombre serio debió afirmar lo que para él era hecho, Aparición real de la
Naturaleza, al dirigirse a sus hermanos. Pero el modo como esa aparición o
hecho se formaba, la especie de hecho que para él era, fue modificado y lo es
por las leyes de su entendimiento, profundas, sutiles, pero universales y
eternas. El mundo Natural es para el hombre su propia Fantasia; este mundo es
múltiple Imagen de su propio Ensueño. ¡Quién sabe a qué inefables sutilidades
de ley espiritual deben su forma esas fábulas paganas! El número Doce, el más
divisible de todos, que puede partirse en una mitad, un cuarto, en tres, en
seis partes, el más notable de los números, bastó para determinar los Signos
del Zodíaco, el número de los Hijos de Odin y otros muchos Doces. Cualquier
vago rumor de número tendió siempre a estabilizarse en el Doce. Lo mismo
acontece con todo, inconscientemente, sin intención de componer Alegorías. Pero
la primera ojeada sagaz de aquellos primitivos Tiempos descubriría rápidamente
las relaciones secretas de las cosas, dispuesta a obedecerlas. Schiller halla
en El Cinturón de Venus una eterna verdad en cuanto a la naturaleza de toda
Belleza; es curioso, pero se cuida de insinuar que los antiguos Mitólogos
Griegos pensasen en discurrir sobre la Filosofía de la Crítica. Debemos
abandonar estas regiones ilimitadas. ¿Es posible concebir que Odin fuere
realidad? Eso es erróneo, evidente falsedad, pero no necia fábula, alegoría
premeditada, no podemos admitir que nuestros Padres les dieran fe.
El héroe como divinidad
Odín El paganismo: mitología escandinava Tercera parte
(Martes, 5 de mayo de
1840) Las Runas de Odin son su rasgo significativo. Las Runas y milagros de
magia que obraba con ellas, son grandes rasgos tradicionales. Las Runas son el
Alfabeto escandinavo; supongamos que Odin inventó las Letras, como la magia, entre
aquel pueblo; es el mayor invento humano: marcar el pensamiento invisible
existente en el hombre con caracteres gráficos, una especie de idioma
secundario, tan milagroso como el primero. ¿Recordáis la sorpresa e
incredulidad de Atahualpa, el Rey del Perú? Hizo que el soldado español que le
vigilaba grabase la voz Dios en la uña de su pulgar, para ver si el que le
reemplazaba le comprobaba aquel milagro. Si Odin dió las Letras a su pueblo,
bien pudo pasar por mago. Escribir con Runas empleando un alfabeto escandinavo
propio, y no el fenicio, es prueba de originalidad escandinava. Dice Snorro que
Odin inventó también la Poesía, música de la voz humana, así como la milagrosa
manera rúnica de perpetuarla. Remontémonos a la primitiva infancia de los pueblos,
cuando apareció la primera luz viva matutina de nuestra Europa, cuando todo
irradiaba la frescura juvenil de un gran amanecer y nuestra Europa comenzaba a
pensar, a ser. Maravilla, esperanza, infinita irradiación de esperanza y
maravilla, como los pensamientos infantiles, alojados en los corazones de
aquellos hombres fuertes, vigorosos hijos de la Naturaleza, que tenían un
esforzado Capitán y Luchador que descubría con sus brillantes ojos lo que había
que hacer, con su indómito corazón de león que osaba llevarlo a cabo; que
además era poeta, lo que expresamos con la palabra Poeta, Profeta, gran
Pensador devoto e Inventor, como el verdadero Gran Hombre siempre lo es. El
Héroe es Héroe en todos aspectos, ante todo en espíritu y entendimiento. Este
Odin, en su lenguaje rudo semiarticulado tenía algo que decir; era un gran
corazón dispuesto a hacerse cargo del inmenso Universo y la Vida del hombre,
diciendo grandes cosas sobre él. Héroe a su manera tosca, como digo, hombre
sabio, de talento, de noble corazón, al que admiramos todavía sobre todos los
otros, ¿no es comprensible le creyesen y admirasen mucho más aquellos
impetuosos espíritus escandinavos a los que inició en el Pensamiento?
Considerándole noble, noble entre los más nobles, a pesar de no tener nombre
para ello: Héroe, Profeta, Dios: Wuotan, el más grande de todos. El pensamiento
es Pensamiento, se llame o escriba como se quiera. Opino que este Odin debió
ser de la misma sustancia que la estirpe más excelsa de hombres. Su profundo e
indómito corazón abrigaba un pensamiento. ¿No son las toscas palabras que
articulaba rudimentarias raíces de las inglesas que empleamos? Así laboraba en
aquel oscuro elemento como luz que brillaba en él, luz del Intelecto, ruda
Nobleza de corazón, la única luz que nos ilumina; era Héroe y tenía que
resplandecer, aclarando algo su oscuro elemento, deber que todos tenemos. Lo
imaginamos al Escandinavo Arquetípico, el mejor Teutón producido por la raza.
El rústico corazón escandinavo estalló, rodeándole de admiración ilimitada, adorándolo.
Él es raíz de muchas cosas grandes; su fruto se desarrolla desde las
profundidades de miles de años sobre el campo de la Vida Teutónica. ¿No es
acaso nuestro Wednesday el Día de Odin? Tenemos los nombres de Wednesday,
Wansborough, Wanstead, Wandsworth: Odin se desarrolló también en Inglaterra,
siendo esto brotes de aquella raíz. Fue el Dios Principal de todos los Pueblos
Teutónicos, su Escandinavo Ejemplar, de tal modo admiraron a su Escandinavo
Ejemplar; tal fue su destino en el Mundo. Si el hombre Odin desapareció
totalmente, queda esa vasta Sombra suya proyectada sobre la Historia de su
Pueblo; porque este Odin, aceptado como Dios, nos permite comprender que todo
el Esquema escandinavo de la Naturaleza, o confuso No-esquema, fuera lo que
fuera, inicia su desarrollo diversamente y se dilata de nueva manera. Lo que
Odin vislumbró y enseñó con sus runas y rimas arraigó en el corazón del Pueblo
Teutónico progresando y pensando como él pensaba; ésa es la historia de todo
gran pensador, amoldándose a nuevas condiciones. ¿No es la Mitología
escandinava en cierto modo el Bosquejo del humano Odin en gigantescos y
confusos trazos, como enorme sombra de cámara oscura proyectada desde las
inertes profundidades del Pasado que ocupan el Firmamento Nórdico? La
gigantesca imagen de su rostro natural, legible o no legible entonces, dilatada
y confundida de esa manera. La Inteligencia es siempre Inteligencia. No hay
gran hombre que viva en vano. La Historia del Mundo es la Biografía de sus
grandes hombres. Para mí hay algo muy conmovedor en esta figura primitiva del
Heroísmo, en esa ingenua, desamparada, pero cordial aceptación del Héroe por
sus congéneres. Por desamparada que sea en su forma, es el más noble de los
sentimientos, sentimiento perenne, tan duradero como el hombre en una u otra
forma. Si pudiera evidenciar lo que hace ya tiempo siento profundamente, que
Ése es el elemento vital de la humanidad, el espíritu de la historia del
hombre, ésta sería la principal utilidad de mi conferencia. Hoy no llamamos Dioses
a nuestros grandes hombres, ni admiramos sin límite, sino al contrario. Pero,
no tener grandes hombres o no admirarlos, eso es lo peor. Este humilde Culto
escandinavo a los Héroes, la manera nórdica de considerar el Universo
ajustándose a él, tiene indestructible mérito para nosotros. Es manera ruda e
infantil de reconacer la divinidad de la Naturaleza, la del Hombre; muy tosca,
pero cordial, robusta, gigantesca, que evidencia la inmensurable altura a que
llegaría este niño cuando fuese hombre; era verdad, no siéndolo ahora. Puede
considerarse la semimuda voz de las desaparecidas generaciones de nuestros
Predecesores que nos grita desde las profundidades de los tiempos, en cuyas
venas corre aún su sangre: Esto es lo que hicimos del mundo, la imagen y noción
que nos formamos de este gran misterio, de una Vida y del Universo. No lo
despreciéis. Estáis por encima de ello, en el extenso campo de vuestra visión,
mas no habéis llegado todavía a la cumbre. La noción que tenéis, aunque más
amplia, es parcial e imperfecta, por ser cosa que el hombre no comprenderá
jamás, ni en el tiempo ni fuera de él: pasarán miles de años, se intensificará,
mas el hombre continuará luchando por comprender parte de ella, porque lo
supera, porque no puede comprenderla, pues es infinita. La esencia de la
Mitología escandinava, como la de todas, es el reconocimiento de la divinidad
de la Naturaleza; sincera comunión del hombre con los Poderes misteriosos
invisibles, cuya operación observa a su alrededor. Hay que decir que esto se opera
con mayor sinceridad en la Mitología escandinava que en cualquier otra. La
Sinceridad es su gran característica. Sinceridad superior (muy superior), que
nos consuela de la carencia total de la clásica gracia griega, pues creo que la
sinceridad vale más que la gracia. Opino que aquellos antiguos Nórdicos miraban
la Naturaleza con el alma y los ojos abiertos, anhelantes, sinceros,
infantiles, pero viriles, con franca sencillez, profundidad e ingenuidad, de
modo confiado, amante, admirativo y sin temor. Era raza valiente y fiel. En el
reconocimiento de la Naturaleza hallamos el elemento principal del Paganismo:
reconocimiento del Hombre, y su Deber Moral, del que no carece, que constituye
el elemento principal en las formas más puras de religión. Eso es lo que
establece gran distinción y forma época en las Creencias Humanas; es el gran
jalón en el desarrollo religioso de la Humanidad. El hombre entra primeramente
en contacto con la Naturaleza y sus Potencias, maravíllase ante ella y la
adora, no comprendiendo hasta época posterior que todo Poder es Moral, que el
punto importante es la distinción entre el Bien y el Mal, entre el Debes y No
Debes. En cuanto a los fabulosos relatos de la Edda creemos probable sean más
recientes; quizá fueren desde un principio pasatiempos para los antiguos
noruegos, fantasías poéticas. La Alegoría y la Fabulación Poética nunca son Fe
religiosa, pues ésta tiene que existir anteriormente, incorporándosele la
Alegoría como el cuerpo se aplica al alma. Cabe suponer que tanto la Fe noruega
como las demás, era más activa durante su período de estado silente, por tener
poco que decir entonces y menos que cantar. De las confusas materias de la
Edda, de los fantásticos cúmulos de asertos y tradiciones de sus Mitologías
musicales, parece desprenderse la probabilidad de que aquellos primitivos
creían principalmente en las Valkyrias, la Mansión de Odin, el inflexible
Destino, y, ante todo, que el hombre debe ser valeroso. Las Valkyrias eran las
Electoras de los Muertos: Destino inexorabie que inútilmente intentaremos
desviar o suavizar, que indica al que tiene que morir; éste era uno de los
puntos fundamentales para el creyente nórdico, como lo es ciertamente para los
más celosos en todas latitudes, para Mahoma, Lutero, Napoleón, punto básico en
hombres como ellos, siendo la trama del tejido de su manera de pensar. Las
Valkyrias eran las Electoras que conducían a los valientes a la celeste Mansión
de Odin; los cobardes y viles iban a otra parte, al reino de Hela, Diosa de la
Muerte; eso es lo que considero espíritu de la Creencia nórdica. En su corazón
comprendían que era preciso ser valiente; que Odin no los favorecería, que los
despreciaría y rechazaría, si no eran bravos. Consideremos su importante
significación: Es un deber, lo será siempre, hoy como entonces: hay que ser
valeroso. Valeroso quiere decir tener Valor. El primer deber del hombre es
vencer el Temor. Precisa rechazar el Temor, pues hasta entonces no podremos
obrar. Los actos del hombre son serviles, hipócritas, especiosos; sus pensamientos
son falsos, pensamientos de esclavo y de cobarde hasta que logra tener a raya
al Temor. El credo de Odin continúa siendo cierto, si logramos llegar hasta su
núcleo. El hombre debe y tiene que ser valiente, avanzar siempre, portarse como
hombre, fiando sin pestañear en lo dispuesto y preferido por las Potencias
superiores, sin temer a nada. Lo que determina siempre su hombría es su
decisiva victoria sobre el Temor. Esa clase de valor de los antiguos nórdicos
es sin duda muy salvaje. Dice Snorro que creían afrenta y vergüenza no morir en
las batallas, y, si veían acercarse la muerte natural, se herían en sus carnes
para que Odin los recibiese como guerreros muertos en lucha. Los viejos reyes
moribundos se hacían llevar a un buque, el cual se alejaba con las velas
desplegadas, llevando en sus flancos un fuego lento, de modo que cuando llegaba
a alta mar se encendía en llamarada, y así el viejo héroe gozaba de digna
sepultura, tanto en el firmamento como en el océano. Era valor sanguinario,
pero valor, mejor que carencia absoluta de él. Los antiguos Vikings poseían
indomable energía. Silenciosos, apretados los labios, los imagino inconscientes
de su bravura, desafiando al encrespado Océano con sus monstruos, a todos los
hombres y a todas las cosas, progenitores de nuestros Blakes y Nelsons sin
Homero que los cantase; equiparadas a las suyas las hazañas de Agamenón fueron
pequeñas audacias infecundas, equiparadas, por ejemplo, a las de Hrolf de
Normandía. Hrolf, o Rollo, Duque de Normandía, el feroz Viking participa en el
gobierno actual de Inglaterra. Algo fue aquella vida marítima, errante y
batalladora a través de tantas generaciones. Lo que había que zanjar era cuál
era la estirpe mds vigorosa de homhres; quién era el que había de reinar. Entre
los Soberanos Nórdicos veo algunos que obtuvieron el título de Leñador, Reyes
Taladores. Eso significa mucho. Supongo que en el fondo muchos de ellos fueron
leñadores y guerreros, aunque los Skalds hablan mucho de los últimos,
descarriando a ciertos críticos, porque no hay pueblo de hombres que pueda
vivir guerreando solamente, porque no produce bastante. Supongo que el buen
guerrero era también buen talador de bosques, bueno y justo, perfeccionador,
perspicaz, activo y trabajador en muchos órdenes; porque el verdadero valor es
la base de todo, difiriendo bastante de la ferocidad. El valor mostrado contra
la indómita sclva y oscuro Poder brutal de la Naturaleza para conquistarla es
valor más legítimo. También nosotros, sus descendientcs, hemos ido lejos en ese
valor; ¡ojalá lo conservemos eternamente! Creo que Odin declaró a su Pueblo con
voz heroica y cordial, con celestial solemnidad, la infinita importancia del
Valor que trocaba en dios al hombre y que su Pueblo sintió la respuesta en el
corazón, creyendo en sus palabras como venidas del Cielo, considerándolo como
Divinidad por ser el Mensajero; opino fue ésa la semilla de la Religión
nórdica, de la que germinaron naturalmente todas las milologías, prácticas
simbólicas, especulaciones, alegorías. cánticos y sagas. ¡Cuán extraño fue su
desarrollo! Fue lucecita que brillaba agrandándose en la inmensa voragine de
las tinieblas; pero hay que considerar que las tinieblas gozaban de vida, que
eran el ávido Entendimiento inarticulado e ignorante del entero Pueblo del
Norte, que ansiaba articularse cada vez más. La doctrina iba desarrollándose
como el árbol banyano, porque lo esencial es la semilla y la rama que se
clavaba en la tierra convertíase en nueva raíz, originando infinita complejidad
y formando un bosque, una manigua producto de aquella semilla. ¿No podemos
afirmar que la Religión noruega sea en cierto sentido la enorme sombra de este
hombre? Los críticos descubren alguna afinidad entre algunos mitos noruegos
sobre la Creación y los hindúes. La Vaca Adumbla, que lamía la escarcha en las
rocas, tiene un aspecto hindú: una Vaca hindú trasladada a las heladas
regiones. Es probable; hemos de reconocer que esto está relacionado con las más
lejanas tierras, los más remotos tiempos. El pensamiento no perece, lo que hace
es variar. El primer hombre que pensara en este Planeta fue el iniciador de
todo, siguiéndole el segundo y así sucesivamente, de modo que todo Pensador
sincero hasta hoy es una especie de Odin que emeña al hombre su manera de
pensar, que proyecta sombra semejante a él sobre las épocas de la Historia del
Mundo. No dispongo de tiempo para extenderme sobre el carácter poético
distintivo o mérito de esta Mitología nórdica, que tampoco nos concierne en
gran manera: algunas feroces profecias, como la Völuspa de la Edda Vieja, un
rapto de género sibilino, que no pasaban de ocioso añadido, pues los últimos
Eskaldos parece fantaseaban algo; lo principal que quedó fueron sus cánticos.
Supongo que durante los últimos siglos cantaron, simbolizando, como pintan los
pintores de hoy, cosas no originadas en las profundidades de su corazón.
Tengámoslo presente.
Los fragmentos de Gray sobre el Saber nórdico
no nos informan sobre él, como Pope no nos informa sobre Homero. No se trata
del sólido y sombrío palacio de sillares de mármol negro, que inspira espanto y
horror, brindado por Gray, sino de algo tosco como las Rocas nórdicas, como los
desiertos Islándicos, con la cordialidad, la sencillez, y hasta cierto matiz de
buen humor y vigorosa alegria residente en esas pavorosas cosas. El fuerte y
clásico corazón nórdico no admitía sublimidades teatrales, pues no tenía tiempo
para temblar. Gusto mucho de esta robusta sencillez, de su veracidad y directa
concepción. Thor frunce el entrecejo animado por ira nórdica y, agarra su
martillo hasta que se agarrotan sus dedos. Bellos rasgos de piedad, de sincera
conmiseración también. Balder, el Dios blanco, muere, el hermoso, el benigno,
es el Dios del Sol. Revuelven la Naturaleza en busca de remedio, mas está
muerto. Frigga, su madre, envía a Hermoder a buscarle, cabalgando nueve días y
nueve noches por profundos valles y lóbregos laberintos hasta llegar al Puente
entoldado de oro; Sí, dice el Guardián, Balder pasó por aqu{; mas el reino de
los Muertos está más allá, en la lejanía septentrional. Hermoder continúa su
carrera, salta el Portón Infernal, el de Hela, ve a Balder y le habla, Pero no
pueden libertar al dios; Hela se muestra inexorable, negándose a entregarlo, ni
por Odin ni por otro dios, y el bello y amable Balder tiene que quedarse. Su
esposa quiso acompañarle, morir con él; allí quedarán eternamente. Envía su anillo
a Odin; su esposa Nanna remite a Frigga su dedal como recuerdo. También el
valor es manantial de Piedad, de Verdad, de todo lo grande y bueno existente en
el hombre. El sencillo y robusto vigor del corazón noruego atrae en gran manera
en estas narraciones. ¿No es rasgo de fuerza leal y justa, dice Uhland (que
escribió un delicado Ensayo sobre Thor), que el viejo corazón nórdico halle a
su amigo en el dios del Trueno? Que no se atemoriza ante su ruido, sino que
cree que el calor del Verano, el hermoso y noble verano, se apoderará
necesariamente de él. El corazón nórdico ama a Thor y a su centelleante
martillo, jugando con él. Thor es el calor veraniego, dios del apacible
Trabajo, y también es el Trueno. Es amigo del Campesino; su fiel hechura y
servidor es Thialfi, el Trabajo Manual. El mismo Thor se ocupa en toda clase de
toscos trabajos manuales, sin despreciar tarea alguna por su plebeyez; de vez
en cuando va a la región de los Jötuns, acosando a los caóticos Monstruos de
Hielo, subyugándolos, apretujándolos y arruinándolos. En estas cosas hay mucho
humor. Thor, como ya hemos visto, va a la región de los Jötuns por el Caldero
de Hymir, para que los Dioses hagan cerveza. Hymir, el enorme Gigante, aparece
con su barba gris cubierta de escarcha, hendiendo columnas con sólo su mirada;
Thor, tras gran tumulto, agarra el Caldero, metiendo la cabeza en él,
llegándole sus asas a los tobillos. El Skaldo nórdico juguetea amablemente con
Thor. Los Icebergs son el rebaño de Hymir, según los críticos. El enorme y feroz
genio de Brobdignag sólo requiere ser amansado por los Shakespeares, Dantes y
Goethes. Hoy ha desaparecido aquella primitiva labor nórdica y Thor, el dios
Tronante, se trocó en Juan matón de Gigantes, mas la mente que lo creó vive
todavía. ¡Manera sorprendente de nacer y morir las cosas, y de no morir! Aun
podemos descubrir curiosos retoños de aquel árbol del mundo en que creían los
nórdicos. Este pobre Pulgarcillo que está en el cuarto de los juguetes, con sus
milagrosas botas de siete leguas, manto de oscuridad, afilada espada, es uno de
ellos. Hynde Etin, y Red Etin de Irlanda, de las Baladas escocesas, derivan de
Noruega; Etin es claramente un Jötun. El Hamlet de Shakespeare es vástago de
ese mismo árbol, indudablemente. Hahlet, Amleth, es personaje mítico, y su
Tragedia, la del envenenamiento del Padre, emponzoñado en su sueño por unas
gotas vertidas en el oído, y lo demás, es mito noruego. El antiguo Saxo hizo de
ello una leyenda danesa; Shakespeare hizo la suya inspirándose en Saxo, como
retoño del árbol del mundo, desarrollado natural o accidentalmente. Esos viejos
cantos escandinavos encierran una verdad y grandeza internas y perennes, como
debe encerrar cuanto se conserva tradicionalmente. No es mera grandeza de
cuerpo y gigantesco volumen, sino ruda grandeza de alma; en aquellos corazones
descubrimos sublime e ingenua melancolía; es ojeada sincera que lanzamos a las
profundidades del pensamiento. Parece que aquellos bravos viejos nórdicos
vieron lo que la Meditación enseñó al hombre en todos los tiempos; que el mundo
bien mirado es manifestación, fenómeno o apariencia. mas no realidad. Tanto el
Mitólogo Hindú, como el filósofo Germánico, Shakespeare, el más activo
pensador, todos los espíritus profundos, allá en donde vivieren, consideran
que: Estamos hechos de la misma materia que los sueños. La excursión de Thor a
Utgardi (jardín exterior, centro de Jötunlandia), es notable. Thialfi y Loke
estaban con él. Tras diversas aventuras se internaron en la Tierra de los
Gigantes, vagando por las llanuras incultas, entre peñas y bosques. Al
anochecer vieron una casa abierta y entraron en ella. Era una sencilla sala,
grande y vacia. En ella estaban, cuando en la oscuridad de la noche oyeron
grandes y alarmantes ruidos. Thor agarró su martillo y plantóse en la puerta
pronto a defenderse, mientras sus compañeros corriendo por aquel salón
atemorizados en busca de sahda, hallaron al fin un armario y se refugiaron en
él. Thor no tuvo que luchar, pues ál día siguiente descubrieron que el ruido
provenía del ronquido de cierto Gigante enorme, pero padfico; era Skrymir, que
dormía plácidamente cerca de allí; lo que habían creído casa era meramente su
Guante, que dejó caer; la puerta era su abertura, el armario su pulgar.
¡Observemos que no tenía dedos, sino sólo pulgar, y el resto de una pieza;
antiguo y primitivo guante! Skrymir llevó todo el día el equipaje de los
dioses; pero Thor abrigaba sospechas, no agradándole el aspecto del Gigante,
por lo que determinó deshacerse de él durante su sueño. Levantó el martillo, dejándolo
caer sobre la cara de Skrymir con la energía del rayo que calcina las rocas.
Aquél despertó rascándose la mejilla, diciendo: ¿Cayó alguna hoja? Al dormirse
de nuevo Thor descargó otro golpe más vigoroso todavía; entonces el Gigante
musitó: Algún grano de arena. Cogió Thor el martillo a dos manos, con los dedos
agarrotados, descargando tremendo golpe en pleno rostro; lo único que consiguió
fue interrumpirle el ronquido, oyendo que decía: En ese árbol debe haber
gorriones; ¿qué cae? Entonces Skrymir pasó el portón de Utgard, tan alto que
para mirarlo hay que echar atrás la cabeza. Thor y sus compañeros entraron
también, invitados a tomar parte en los juegos. Entregáronle un cuerno para que
bebiese, diciéndole era costumbre vaciarlo de un trago; Thor bebió ávidamente,
descansando tres veces sin que bajase el nivel; eres tan débil como un niño, le
dijeron; prueba a levantar ese gato. La empresa no parecía difícil; mas Thor no
lo logró, a pesu de poner a prueba su deifica fuerza; el animal arqueó el lomo
sin que pudiese despegar sus patas de tierra, ni una sola. ¡Cómo! ¡Si no eres
hombre!, arguyeron los de Utgard; ahí hay una anciana que te desafía. Thor,
afrentado, animoso, agarró aquella macilenta vieja sin poder derribarla. Al
salir de Utgard, dijo el Jötun Principal a Thor, acompañándole cortésmente:
Estás vencido; pero no te afrentes, pues en todo eso hubo artificio. El cuerno
era el mar, lo agitaste un poquillo, mas ¿quién es capaz de secar ese abismo?
El Gato era el Migdardsnake, la Gran Culebra que circunda el Mundo mordiéndose
la cola y reteniendo todo lo creado; si la hubieses desplazado, el mundo se
habr{a desplomado. En cuanto a la anciana, era el Tiempo, la Yejez, la
Duración, ¿quién puede luchar con él? Ni el hombre ni los dioses, pues
prevalece siempre. Esos tres golpes que diste hicieron esos tres valles que
ves. Thor miró al Jötun que le acompaña, Skrymir, del que dicen los críticos
noruegos era la antigua Tierra rocosa y caótica personificada, y el guante-casa
una caverna. Desapareció Skrymir, desvanecióse Utgard con sus altísimos
portones cuando Thor agarró el martillo para deshacerlo, oyendo solamente la
burlona voz del Gigante que deda: No te aconsejo que vuelvas a Jötunhein. Esto
pertenece al período alegórico; es infantil, no del perioda profético y
fervoroso; mas, como mito, ¿no encierra algo del antiguo oro noruego, con más
metal en bruto que muchos de los famosos mitos griegos elaborados? En este
Skrymir vemos una gran mueca de verdadero humor a lo Brobdignag, jubilosa,
basada en la gravedad y la tristeza, como arco iris posado sobre negra
tormenta: sólo un corazón valeroso es capaz de eso. Es el ceñudo humor de
nuestro Ben jonson, que corre por nuestras venas; en él vemos otros matices, en
forma distinta, que surge de las Negras Selvas americanas. La concepción del
Ragnarök, consumación, o Crepúsculo dé los Dioses, es sorprendente. Figura en
el Canto Völuspa, idea antiquísima, profética. Tras larga lucha entre los
Dioses y los Jötuns (las divinas Potencias y las caóticas y feroces), en la que
vencieron parcialmente los primeros, desafiáronse de nuevo, entablando
horrorosa y decisiva batalla universal que desquició el mundo; la Serpiente
Mundial lanzóse contra Thor; la fuerza se opuso a la fuerza, extinguiéndose
mutuamente, aniqúilándose, desplomándose, el crepúsculo en las tinieblas, que
tragaron el Viejo Universo con sus Dioses; mas esto no fue eterna muerte: es
preciso que haya otro Cielo y otra Tierra, un supremo Dios y una justicia que
reinen sobre los hombres. Lo curioso es que esta ley de mutación, grabada en el
más recóndito pensamiento del hombre, fue descifrada por aquellos viejos y
graves Pensadores en su ruda manera: que si bien todo perece, hasta los Dioses,
toda muerte es como la del fénix: renacimiento en algo Más Grande y Mejor. Es
la Ley fundamental del Ser para la criatura formada por el Tiempo, que vive en
este Lugar de Esperanza. Todos los hombres de buena fe lo comprendieron y lo
comprenderán. Esto se relaciona con el último mito de la aparición de Thor, que
acaba con él. Creo es la postrera de todas estas fábulas: protesta triste
contra el avance del Cristianismo, opuesta como reproche por algún Conservador
Pagano. Mucho se criticó al Rey Olaf por su celo en implantar el Cristianismo
(yo le hubiera censurado por lo contrario); mas lo pagó muy caro; en 1033
rebelóse su pueblo pagano y, al querer sofocar la rebelión, murió en
Stickelstad, cerca de Dronthein, en cuyo lugar erigieron la catedral principal
del Norte hace muchos siglos, dedicada a su memoria y conocida por San Olaf. El
mito de Thor se refiere a eso. Olaf, el rey reformador cristiano, se hizo a la
vela con buena escolta a lo largo de la costa noruega, entrando en sus
fondeaderos, dispensando justicia, ejerciendo otras reales funciones; al salir
de cierta bahía observaron que un desconocido de grave mirada, roja barba y
cuerpo robusto, se hallaba a bordo. Los cortesanos le interrogaron,
sorprendiéndoles sus respuestas por su pertinencia y profundidad, conduciéndolo
al fin ante el Rey. La conversación del desconocido durante el viaje por
aquellas hermosas riberas no perdía interés; pasado algún tiempo interpeló al
Rey diciendo: Sí, Rey Olaf, ¡qué hermosa es cuando brilla el sol esa verde,
fructífera, digna tierra tuya! Thor tuvo días tristes, feroces luchas con los
duros Jötuns, para lograr hacerla tal como es. Parece que ahora te propones
desplazar a Thor. ¡Cuidado, Rey Olaf!; el desconocido frunció el ceño y
desapareció. Ésta fue la última aparición del Dios en el teatro del mundo. Ved
cómo se origina la Fábula sin falta de veracidad de parte de nadie. Así
aparecieron los dioses entre los hombres; en tiempos de Píndaro vieron a
Neptuno una vez en los Juegos de Nemea, en forma de desconocido de noble y
grave aspecto, como cumplía verlo. En esta última voz del Paganismo hay algo
patético trágico. Se esfuma Thor y con él el entero mundo escandinavo para no
volver ya; así desaparecen las grandes cosas. Todo cuanto fue, es y será en el
mundo perece en su día; nuestro adiós es siempre triste. La Religión noruega,
ruda, pero seria, severa e impresionante Consagración del Valor (pues así hemos
de definirla), bastaba a los viejos y valientes nórdicos. La Consagración del
Valor no es mala cosa; en su alcance la consideramos buena. Tampoco es inútil
saber algo sobre el antiguo paganismo de nuestros Antepasados, pues su rancia
Fe reside aún en nosotros inconscientemente, combinada con cosas superiores, y,
el conocerla bien, nos une con el Pasado más íntima y claramente, con lo que
nos concierne del Pasado; porque el Pasado, repito, equivale a poseer el
Presente, pues siempre encerró alguna verdad, siendo preciada posesión algún
otro aspecto de nuestra Naturaleza Humana común que se ha perfeccionado en
época y lugar diferente. La Verdad actual es suma de todas ellas, porque
ninguna de por sí constituye la perfección alcanzada hasta hoy en la naturaleza
humana. Mejor es conocerlas que ignorarlas. ¿A cuál de esas Tres Religiones da
usted la preferencia?, pregunta Meister a su Preceptor; a las Tres, porque con
su unión inician y constituyen la Verdadera Religión.
SEGUNDA CONFERENCIA
El héroe como profeta:
Mahoma. El islamismo.
El héroe como profeta:
Mahoma. El islamismo. Primera parte
(Viernes, 8 de mayo de
1840) De la ruda época del Paganismo escandinavo nórdico, pasamos a período
religioso muy distinto en un pueblo muy diferente: al Mahometismo árabe. ¡Qué
importante cambio y progreso en el estado universal y en el pensamiento de los
hombres! No se considera ya al Héroe como Dios, sino como inspirado por Él,
como profeta. Es la segunda fase del Culto al Héroe; pasó la primitiva, la
remota, para no volver más, no habiendo hombre, por grande que fuere en la
historia del mundo, a quien sus congéneres considerasen dios. Lógicamente es
imposible creer hubiera personas que admitiesen como dios al hombre que tenían
ante sus ojos, al hacedor de este mundo. Quizá fuere alguien a quien recordaban
o habían visto: mas tampoco puede ser así. El Gran Hombre no era ya reconocido
como Dios. Gran error fue considerar Dios al Gran Hombre. Sin embargo, siempre
es difícil saber lo que es, explicarlo o reconocerlo. La acogida que una época
ofreció al Gran Hombre es el aspecto más significativo de su historia. El
franco instinto humano ve algo deifico en él. Lo importante es que se le
considere dios, profeta u otra cosa, pues por ello podemos ver, como a través
de un ventanillo, el estado espiritual que abriga su corazón. Porque en el
fondo el Gran Hombre, tal cual sale de manos de la Naturaleza, es siempre lo
mismo: Odin, Lutero, Johnson, Burns; espero aclararos que todos ellos son una
misma sustancia, que sólo la acogida que tuvieron y la forma que revistieron
les hace tan diversos. La adoración a Odin nos sorprende al pensar se postraban
ante el Gran Hombre con deliquio de amor maravillado, sintiendo en sus
corazones que moraba en el firmamento, que era dios. No era eso perfección,
pero ¿podemos llamar perfección al modo como acogimos a Burns? El don más preciado
que el Cielo puede conceder a la Tierra es el hombre de genio como decimos, el
Espíritu de un Hombre enviado de los cielos como mensajero de Dios, que
deslucimos considerándolo castillo de fuego de artificio, pasatiempo que se
trueca en ceniza, decepción, ineficacia. Tampoco llamo perfecta a tal acogida,
pues reflexionando diríamos que el caso Burns fue fenómeno algo más ingrato,
mostrando aun imperfecciones más funestas en la conducta de los hombres que el
método escandinavo. Malo es caer en el irreflexivo deliquio del amor y la
admiración, mas tal vez es peor la carencia de amor, exagerada, irracional,
altanera. El Culto al Héroe varía continuamente; cada época lo siente a su
modo, siendo difícil rendirlo acertadamente. Lo que anima el conjunto de sentimientos
de una generación es ciertamente rendirlo como es debido. No hemos elegido a
Mahoma como el Profeta más eminente, sino por el que nos permite discurrir con
más libertad. No es el más sincero entre los Profetas, mas yo lo creo franco.
Además, como no nos arriesgamos a convertirnos al Mahometismo, me propongo
hablar de él lo mejor que la justicia permita; ésta es la manera de penetrar su
secreto. Intentaremos comprender lo que fue el mundo para él, pues lo que él
fue y será para el mundo será entonces más fácil de comprender. Vulgarmente es
considerado Mahoma como Impostor intrigante, encarnación de la Falsía, su
religión mero amasijo de ficción y fatuidad; cosa muy difícil de sustentar hoy
día. Las ficciones con que el celo de buena fe rodeó a este hombre nos
repugnan. Cuando Pococke preguntó a Grocio qué prueba tenía de la leyenda del
pichón adiestrado que picoteaba guisantes en la oreja de Mahoma, haciéndole
pasar por ángel que le inspiraba, respondió Grocio que no había ninguna. Ya es
hora de abandonar esas cosas. La palabra de aquel hombre ha sido norma de vida
para ciento ochenta millones de seres desde hace mil doscientos años. Esos
millones de seres fueron creados por Dios como nosotros. Hoy son muchos más de
esos millones los que creen en la palabra de Mahoma antes que en otra.
¿Sospecharemos miserable juego de prestidigitación espiritual esa creencia en
que tantas criaturas de Dios vivieron y murieron? Por mi parte, no puedo
suponer tal cosa, siendo otras mis suposiciones antes que ésa. No sabríamos a
qué atenernos sobre el mundo si el empirismo se desarrollase y sancionase de
esa manera. Hay que reconocer que tales teorías son lamentables. Si quisiéramos
lograr el conocimiento de algo concerniente a la verdadera creación de Dios,
tendríamos que descartarlas todas; son producto de un Período de Escepticismo;
indican la triste parálisis espiritual, la mera muerte en vida del espíritu del
hombre; nunca se promulgó teoría más atea en este Mundo. ¿Que un hombre falaz
fundó una religión? El falaz no es capaz de edificar una casa de ladrillo. De
no conocer y aplicar fielmente las propiedades del mortero, la cal y demás
cosas que emplee, no será casa lo que construya, sino un montón de escombros,
que no resistirá doce siglos alojando ciento ochenta millones de seres, porque
se desplomaría antes. El hombre debe amoldarse a las leyes de la Naturaleza,
estar en franca comunicación con ella y la verdad de las cosas; de no ser así,
la Naturaleza le negará todo concurso. Las especiosidades son ficticias; un Cagliostro,
muchos Cagliostros, eminentes conductores de muchedumbres, pueden prosperar un
día debido a sus engaños; ocurre como con los billetes falsos: que se consigue
pasarlos, siendo otro el que pagará su importe. La Naturaleza aviva los
rescoldos haciendo surgir las llamas, la Revolución Francesa y cosas parecidas,
proclamando con terrible veracidad que los billetes falsos, son falsos. En
cuanto al Gran Hombre, me aventuro a asegurar que no es creíble que sea un
hipócrita, porque considero la sinceridad como su base fundamental, así como
todo cuanto en él reside. Ni Mirabeau, ni Napoleón, ni Burns, ni Cromwell, ni
ninguno de los destinados a realizar algo grande, deja de ser ante todo celoso
en ese punto, lo que llamo un hombre sincero. Afirmo que la sinceridad, la
profunda, grande, genuina sinceridad, es la principal característica de todos
los héroes. No me refiero a la sinceridad que se cree tal, porque ésta es muy
inferior, sinceridad superficial, jactanciosa, consciente, siendo con
frecuencia mera pretensión. La sinceridad del Gran Hombre es de índole tal, que
es ignorada por él, porque la posee inconscientemente, no creyendo tampoco se
considere insincero; porque ¿qué hombre puede avanzar sin desviarse guiado por
la ley de la verdad durante un solo día? No; el Gran Hombre no se jacta de ser
sincero, eso nunca; quizá no pensó jamás en cosa tal; antes afirmaré que su
sinceridad no depende de él, que es necesariamente sincero. La gran Realidad de
la Existencia es grande para él. Por más que se eleve no puede alejarse de la
imponente presencia de esta Realidad. Su mente tiene esa propiedad, siendo
grande por eso ante todo. El Universo es para él imponente y maravilloso, real
como la vida, real como la muerte. Aunque los demás puedan olvidar su verdad,
pisando terreno falso; él no lo puede, porque el reflejo de su llama brilla
inconfundible sobre él. Aceptemos esto como primera definición del Gran Hombre.
También el hombre vulgar podrá gozar de ella por ser patrimonio de toda
criatura de Dios, pero para el Grande es imprescindible. Es lo que llamamos
hombre original, hombre que comprendemos sin intermediarios; es un mensajero
enviado desde el Infinito Desconocido; le llamamos Poeta, Profeta, Dios, y sus
palabras suenan en nuestros oídos de modo distinto a las de todos los demás.
Conocedor del Espíritu de las cosas, vive y tiene que vivir en continuo
contacto con él, sin que las vulgaridades se lo velen; ciego, errante,
despreciado, perseguido por el vulgo, mas penetrado por ese Espíritu. ¿No son
sus palabras una especie de revelación? Así hay que llamarlas, pues no
disponemos de otro vocablo. Proviene del corazón del mundo, siendo parte de la
realidad primitiva de las cosas. Muchas revelaciones hizo Dios, siendo este
hombre una de ellas; ¿no ha sido Dios quien lo creó como la última y más nueva
entre todas? La inspiración del Todopoderoso le da entendimiento; lo primero
que debemos hacer es escucharlo. Por eso no consideraremos a Mahoma una
Inanidad y una Teatralidad, un miserable impostor consciente y ambicioso; no
podemos concebido así. El rudo mensaje que proclamó fue real, una voz celosa y
confusa desde el abismo desconocido. Las palabras de aquel hombre no fueron
falsas, tampoco su conducta; no siendo Inanidad y Simulación, sino ardiente
masa de Vida fundida en el mismo seno de la Naturaleza. El Hacedor del mundo le
ordenó que encendiera al mundo. Los defectos, imperfecciones, insinceridades de
Mahoma no podrían desquiciar este hecho primario, aunque se probase
palmariamente. Lo que ocurre es que exageramos mucho los errores, que los
detalles ocultan el verdadero centro. ¿Errores? Me atrevo a decir que el mayor
de todos es no reconocerse ninguno. Pudiéramos creer que los lectores de la
Biblia saben más sobre eso. ¿A quién se llama en ella el hombre de conformidad
con el propio corazón de Dios? David, el Rey hebreo, cayó también en pecado;
tenebrosos crímenes; le sobraban pecados. Por eso los incrédulos se mofan
preguntando: ¿es ése vuestro hombre de conformidad con el corazón de Dios? La
mofa paréceme superficial. ¿Qué son los errores, qué los detalles externos de
la vida, si olvidamos su secreto interior, el remordimiento, las tentaciones,
la cierta, desconcertante e infinita lucha? No es el caminante quien guía sus
propios pasos. ¿No es el arrepentimiento el acto más divino en el hombre? El
pecado más mortal fue el orgullo que no reconocía pecado, porque eso es muerte,
y el corazón que así lo reconoce queda divorciado de la sinceridad, humildad y
realidad: está muerto, es puro, puro como la arena seca inerte. Considero la
vida e historia de David, tal como se lee en sus Salmos, como el más sincero
emblema del avance moral del hombre y pugnas en este mundo. Todos los espiritus
graves verán en ella la lucha fiel del espíritu humano hacia lo bueno y lo
mejor. Lucha contrariada, dolorosamente contrariada, que parece acaba con la
ruina completa; no obstante, interminable, renaciendo continuamente entre
lágrimas, arrepentimientos, propósito sincero invulnerable. ¡Pobre naturaleza
humana! ¿No podemos afirmar en verdad que el andar del hombre es eso, sucesión
de caídas? Porque no puede evitarlas. En este agreste elemento de la Vida tiene
que luchar continuamente, cayendo, levantándose, volviendo a caer,
lamentándose, arrepintiéndose, sangrante el corazón, incorporándose, pugnando
siempre por avanzar. Lo más importante, la eterna cuestión, es que su lucha sea
sincera e indomable. Nos resignaremos a muchos tristes detalles, si el espíritu
que la informaba era sincero. Los detalles no nos descubrirán nunca la cosa.
Creo que nos equivocamos al estimar los errores de Mahoma aun como tales: nunca
lograremos penetrar su secreto insistiendo en ello. Los pasaremos por alto, y,
admitiendo que hubo algo de verdad en él, indagaremos qué era o pudo ser.
Mahoma vió la luz entre los árabes, pueblo ciertamente notable; como su país,
adecuado terreno para tal raza. Quebrados e inaccesibles montes, extensos y
áridos desiertos, son islotes de verdor allí en donde surge el agua que nutre
alegre vegetación, perfumados arbustos, esbeltas palmeras, árboles que destilan
incienso. Consideremos el inmenso horizonte arenoso, vado, silencioso, como un
océano de arena que separa el terreno habitable del inhospitalario. Nos
hallamos aislados, solos con el Universo; de día un sol feroz lo calcina con
intolerable fulgor; de noche el gran Cielo profundo con sus astros. Esta
comarca es la hecha para una raza de hombres de inquietas manos y de corazones
profundos. El carácter árabe es ágil, activo, pero también pensativo y
entusiasta. Se dice que los persas son los franceses de Oriente; nosotros
diremos que los árabes son los italianos orientales. Es pueblo noble, de
indómitos y fuertes sentimientos, que refrena férreamente; característica de la
alteza de miras del genio. El montaraz beduíno acoge en su tienda al extraño,
creyendo tiene derecho a cuanto en ella hay; y, aunque se tratara de su peor
enemigo, matará su potro para que coma, sirviéndolo con sagrada hospitalidad
durante tres días, tras los cuales lo despedirá cortésmente; luego lo matará si
puede, debido a otra ley tan sagrada como aquélla. Su palabra es como sus
actos. Más bien son taciturnos que locuaces, pero cuando hablan lo hacen con
elocuencia. Son graves, veraces, de estirpe judía, pero el terrible celo judío
está combinado en ellos con cierta gracia y brillantez impropia de aquéllos.
Antes de que surgiera Mahoma celebraban Concursos Poéticos. Dice Sale que en
Ocadh, sur de Arabia, hubo ferias anuales; que una vez vendida la mercancía,
cantaban los poetas aspirantes a los premios, y que los beduínos formaban corro
para escucharles. Los árabes manifiestan una cualidad judía, resultado de
muchas o todas las cualidades superiores: lo que pudiéramos llamar
religiosidad. Son fervientes adoradores desde remotos tiempos, de conformidad
con sus luces. Adoraron a los astros, como los Sabeos, y a muchos objetos
naturales reconocidos como símbolos, manifestaciones inmediatas, del Creador de
la Naturaleza. Se equivocaron, mas no en absoluto, pues todo lo hecho por Dios
es símbolo de Dios en algún sentido. ¿No consideramos mérito reconocer cierta
inagotable significación, belleza poética, como decimos, en todos los objetos
naturales? El poeta es admirado por cantar esas bellezas, rindiéndole cierto
culto. Los árabes tuvieron muchos Profetas, maestros en su tribu, que enseñaron
lo que sabían. ¿No tenemos las más nobles de las pruebas, patentes todavía, de
aquella devoción y nobleza de miras residente en aquellos pensativos rústicos?
Los comentadores de la Biblia parecen convenir en que nuestro Libro de Job se
escribió en aquella región. Para mí es una de las más grandes cosas salidas de
la pluma, dejando de lado las teorías sustentadas sobre él. No parece hebreo
por la noble universalidad que reina en él, diferente al noble patriotismo o
sectarismo. ¡Noble Libro; Libro universal! Es la primera afirmación del
infinito Problema: el destino del hombre, la mano de Dios en este mundo. Es
todo fluidez, grande en sinceridad y sencillez, en su épica y reposada
reconciliación; es vista penetrante, indulgente corazón comprensivo; franco en
todo, vista y visión certera de las cosas, materiales y espirituales.
Recordemos cuando dice del Caballo: ¿vestiste su cerviz de trueno?, y del
blandir de la Pica se burla. Nadie se ha expresado con tal exactitud. Sublime
pesar, sublime reconciliación; es la más remota melodía coral del corazón
humano; su suavidad iguala a su grandeza, como la noche en pleno verano. como
el mundo con sus mares y estrellas. Nada se ha escrito comparable a su mérito
literario, ni en la Biblia ni fuera de ella.
Uno de los más antiguos
objetos de adoración para los árabes idólatras fue la Piedra Negra, que se
guarda todavía en el edificio llamado Caabah, en La Meca. Diodoro Sículo
menciona este Caabah de modo indudable como el más antiguo y venerado templo de
su época, medio siglo antes de nuestra Era. Dice Silvestre de Sacy que es
probable que la Piedra Negra sea acrolítica, en tal caso alguien pudo verla
caer del Cielo; ahora está junto al Pozo Zemzem; el Caabah se alza sobre ambos.
Un pozo es siempre una cosa bella y conmovedora, surgiendo como la vida de la
dura corteza terrestre, y más en ese cálido país, donde es primera condición de
existencia. El Pozo Zemzem deriva su nombre del burbujeo de sus aguas zem-zem;
se cree que es el pozo descubierto por Hagar con su pequeño Ismael en el
bosque: el aerolito y el pozo son sagrados; sobre ellos hay un Caabah desde
hace miles de años. Curioso Caabah. Allí está con su negra cubierta que envía
anualmente el Sultán, con sus veintisiete codos de altura, con un doble circuito
de columnas, filas de festoneadas lámparas y fantásticos adornos; esta misma
noche encenderán sus lámparas, que brillarán de nuevo bajo las estrellas, como
auténtico fragmento del remoto Pasado. Es el Keblah de todo Musulmán: desde
Delhi hasta Marruecos, los ojos de innumerables hombres que orén se dirigen a
él cinco veces al día, este día y todos los días; es uno de los centros más
notables de la Morada del Hombre. Si La Meca adquirió importancia como ciudad,
lo debe a la santidad atribuída a esa Piedra de su Caabah y al Pozo de Hagar,
donde acudían los peregrinos de todas las tribus árabes. Fue gran ciudad, en
decadencia hoy, pues no posee ventajas naturales, estando como está en un hoyo
arenoso entre áridas montañas peladas y distante del mar, a la que hay que
llevar hasta el pan; pero los numerosos peregrinos requerían alojamiento,
convirtiéndose en mercado, como todos los lugares de peregrinación; los
primeros peregrinos atrajeron los primeros comerciantes, pues cuando se reúnen
los hombres para algo descubren que pueden hacer otras cosas dependientes de su
reunión; así fue La Meca la Feria de Arabia y el centro principal y almacén de
todo comercio entre la India y los países occidentales, Siria, Egipto, aun
Italia. En cierta época contaba cien mil habitantes, compradores, transitarios
de productos orientales y occidentales, importadores de provisiones y trigo. Su
gobierno era una especie de república aristocrática irregular, algo teocrático,
gobernando diez hombres elegidos de la tribu principal, guardianes del Caabah.
La tribu principal en tiempos de Mahoma era Kora; a ella pertenecía su familia.
El resto de la Nación, dividido y aislado por los desiertos, vivía bajo
parecidos gobiernos patriarcales, formando su población los pastores,
traficantes, mercantes y brigantes, en frecuente guerra, teniendo como único
lazo de reunión en el Caabah, donde adoraban todas las formas de la idolatría
arábiga en común, unidos principalmente por el lazo interior indisoluble de la
sangre y el lenguaje. Así vivieron los árabes durante muchos siglos, casi
ignorados, ese pueblo de grandes cualidades, esperando inconscientemente el día
en que el mundo se fijase en ellos. Parece que sus idolatrías vacilaron un
momento cayendo en la confusión y fermentando entre ellos. Por ese tiempo tuvo
eco en Arabia la vaga nueva del Acontecimiento de mayor importancia para este
mundo: la Vida y Muerte del Hombre Divino en judea, síntoma y causa al mismo
tiempo de inmensurable cambio en el mundo.
El héroe como profeta
Mahoma. El islamismo. Segunda parte
(Viernes, 8 de mayo de
1840) Mahoma nació entre ese pueblo árabe el año 570 de nuestra Era. Pertenecía
a la familia de Hashem de la tribu de Kora, estando emparentado con las
principales personas de su pueblo, aunque era pobre. Poco después de nacer Mahoma
murió su padre, falleciendo su madre cuando contaba seis años; era mujer de
notable belleza, dignidad y sentido. Entonces se encargó de él su abuelo,
anciano de cien años, hombre bueno, padre de Abdallah, su hijo menor y
favorito, que a su vez fue padre de Mahoma. Los cansados ojos del abuelo vieron
en el nieto al desaparecido Abdallah, lo único que quedaba de él, por lo que
amaba al huerfanito tiernamente, diciendo: Hay que cuidar a ese hermoso
pequeño, pues ninguno hay como él en toda la familia. A su fallecimiento,
cuando tenía el niño dos años, lo confió a Abú Taleb, tío suyo, el más anciano,
cabeza de familia, hombre justo y juicioso, que lo educó lo mejor que supo. A
medida que crecía Mahoma acompañaba a su tío en sus viajes comerciales; al
llegar a los dieciocho años lo vemos luchando al lado del tío en la guerra;
pero quizás el más significativo de sus viajes fue el que hizo a las Ferias de
Siria algunos años antes. Fue la primera vez que el joven entró en contacto con
un mundo del todo extraño, con un elemento de infinito alcance para él: la
Religión Cristiana. No sé qué pensar de aquel Sergio, Monje Nestoriano, con
quien se dice se alojaron tío y sobrino, ni lo que podría enseñar un monje a un
joven de tan corta edad. Es probable que se haya exagerado algo sobre el Monje
Nestoriano. Mahoma tenía catorce años y sólo conocía su lengua; muchas cosas de
Siria deben haber sido para él incomprensible remolino; pero los ojos del joven
estaban abiertos, recogiendo imágenes de muchísimas cosas, que había que
madurar de extraña manera, originando opiniones, creencias y discernimiento en
su día. La iniciación de Mahoma se debe probablemente a estos viajes a Siria.
Hay que tener en cuenta que no había ido a la escuela. Hacía poco que se
conocía la escritura en Arabia; además, se cree que Mahoma nunca supo escribir;
toda su instrucción se reducía a la vida en el desierto, con su experiencia, y
lo único conocido para él sobre el infinito Universo desde el perdido lugar en
que vivía era lo que veían sus ojos, lo que pensaba; tengamos presente que no
pudo disponer de libros, limitándose a lo que sus ojos o los oídos percibían en
el ignorado desierto de Arabia, pues la sabiduría del pasado o la lejana no
estaban a su alcance, sin que hubiera alma hermana que le pudiere poner en
comunicación directa con las demás épocas y países, estando aislado, sumergido
en el seno de aquel arenal, a solas con la Naturaleza y sus pensamientos.
Distinguióse desde su niñez por su carácter meditativo, llamándole sus
compañeros Al Amin (El Fiel), mostrándose sincero y veraz en hechos, palabras y
pemamientos, observando la gente que cuanto decía encerraba sentido; hablaba
poco, sólo cuando tenía algo que decir, haciéndolo de modo pertinente, franco y
prudente, instruyendo al que escuchaba, única utilidad de la conversación. Se
le tuvo siempre por sensato, cariñoso, veraz, serio, sincero, amable y cordial,
buen amigo, y jovial, que reía con risa franca, pues hay hombres cuya hilaridad
es ficticia, como todo lo que en ellos se manifiesta; otros son incapaces de
reír. Dícese también que era hermoso, de fino rostro, sagaz, simpático, de tez
morena, ojos negros y brillantes; con una venilla en la frente que se hinchaba
y oscurecía cuando se encolerizaba, como aquella vena en forma de herradura del
Redgauretlet de Scott. Esta venilla frontal era característica de la familia de
los Hashem, notable en Mahoma. Era hombre espontáneo, apasionado, pero justo,
sincero, animado por talento, ardor y entendimiento naturales, digno, sin
instrucción, que pasaba la vida en las profundidades del Desierto. Los autores
árabes nos cuentan cómo fue nombrado administrador de Kadijah, viuda rica; cómo
visitó de nuevo las Ferias de Siria en viaje comercial; cómo lo dirigía todo
fiel y concienzudamente, originando la gratitud de Kadijah, que le tomó afecto,
así como la historia de su matrimonio con ella, cosa perfectamente explicable y
merecida. El tenía veinticinco años, cuarenta ella, conservando su belleza.
Parece haber vivido plácida, afectuosa y saludablemente con su protectora, a la
que amó cordialmente sin que tuviera otro amor. El hecho de que viviese de este
modo, en absoluta calma hasta perder el ardor de su juventud, demuestra la
insensatez de la teoría que lo considera impostor. Tenía más de cuarenta años
cuando aludió a su misión celeste. Todas las irregularidades, reales o
supuestas, aparecieron tras los cincuenta años, al morir la bondadosa Kadijah,
pues hasta entonces toda su ambición se redujo a vivir honestamente, bastándole
la buena opinión de sus vecinos. Una vez apagado el ardor de su vida por el
peso de los años, cuando la paz era lo único que podía proporcionarle el mundo,
inició su ambiciosa carrera, desprendiéndose del carácter y existencia
anteriores, surgiendo en él el vil y fatuo impostor, buscando lo que ya no
podía disfrutar. No creo que así fuese. No, aquel profundo Hijo del Desierto,
espíritu franco y sociable, nunca pensó en ambiciones; su alma grande y
taciturna debía sentir fervor, siendo sincera por naturaleza. Mientras otros
son víctimas de fórmulas y rutinas, contentándose con ellas, él no pudo
aceptarlas, viviendo a solas con su alma y la realidad. Vió claro el gran
Misterio de la Existencia, con sus terrores y esplendores, sin que la rutina
pudiere evitar que el hecho inefable exclamase: Aquí estoy. Esa sinceridad
tiene ciertamente algo de divino; la palabra de un hombre como él es Voz salida
del Corazón de la Naturaleza, voz que los hombres deben escuchar y escuchan,
pues todo lo demás es aire comparado con ella. Hacía mucho tiempo que bullían
en este hombre miles de pensamientos, producto de sus peregrinaciones y viajes,
preguntándose: ¿Quién soy? ¿Qué es esta inmensidad en que vivo que los hombres
llaman Universo? ¿Qué es la Vida? ¿Qué es la Muerte? ¿Qué debo creer? Los
ásperos peñascos del Monte Hara, los del Sinaí, las hoscas soledades arenosas
no respondían a sus preguntas. El extenso Cielo pasaba sobre él con sus
centelleantes astros azules. El espíritu del hombre, lo inspirado por Dios,
debía responder. Eso es lo que todos debemos preguntamos y responder. Aquel
hombre creyó era cosa de todo momento, que todo lo demás nada era comparado con
ella. Ni la jerigonza argumentativa de las Sectas Griegas, ni las vagas
tradiciones de los judíos, ni la estúpida rutina de la idolatría árabe aportaban
respuesta. Eso es lo que manifiesta al Héroe, lo que pudiéramos llamas Alfa y
Omega de su Heroísmo: que penetra la superficie de las cosas. El uso y la
necesidad, las respetables rutinas y fórmulas son buenas o malas, habiendo algo
tras ellas que las rebasa, a lo que deben corresponder, siendo su imagen; de no
ser así son Idolatrías, trocitos de madera negra con pretensiones de Dios, que
no pasan de burla y abominación para un alma anhelante. Nada significaban para
él las doradas idolatrías de los Koras, diciéndose: Todos las aceptan, pero
¿qué bien encierran?, y la Realidad le acuciaba, teniendo que explicársela o
declararse vencido. O hallaba ahora la respuesta o la ignoraría eternamente;
era necesario hallar la respuesta. ¿Era ambicioso? ¿Qué podía. hacer Arabia por
él? ¿Podía satisfacerle la corona de Heraclio, la del persa Cosroes y todas las
de la tierra, cuando no era ésta la que le atraía, sino el Cielo que la cubría
y el Infierno que había en su interior? ¿Dónde estarían las coronas y soberanos
dentro de pocos años? ¿Se salvaría por ser Jeque de La Meca o de Arabia, por
llevar en la mano un trocito de madera dorada? De modo alguno. Abandonemos la
hipótesis de que fue impostor, por increíble, intolerable, digna de desprecio.
De acuerdo con la costumbre árabe, Mahoma retirábase temprano durante el
Ramadán, quedando en el silencio y la soledad, costumbre de alabar, natural y
útil para él, comunicando con su corazón en el silencio de los montes,
escuchando las suaves vocecitas, costumbre natural. Contaba cuarenta años
cuando se retiró a una caverna del Monte Hara, cerca de La Meca, aquel Ramadán,
para pasar el mes arando y meditando sobre aquellos graves prablemas; un día
dijo a Kadijah, su espasa, que con él estaba en campañía de sus servidores, que
había hallado solución a toda aquella debida a inefable favar especial del
Cielo; que no abrigaba dudas, que había salido de las tinieblas, viéndolo todo
claro. Que todos aquellos ídolos y Fórmulas no eran sino miserables trozos de
madera; que había un Dios único; que había que arrinconar todos los ídolos y
dirigirse a Él. Que Dios es grande, no habiendo nada más; que es la Realidad,
mientras los ídolos de madera no son nada; Él es real; que Él fue quien nos
creó; que Él es quien nos sustenta, que somos Su imagen como lo son todas las
cosas; somos vestidura transitoria que vela el Eterna Esplendor. ¡Allah akbar!
¡Dios es Grande! y luego el Islam; que debemos someternos a Dios; que toda
nuestra fuerza reside en la resignada sumisión a Dias, ocurra lo que ocurra,
tanto en este mundo como en el otro. Lo que nos envía, aunque fuere la muerte,
o algo peor que ella, es lo mejor para nosotros, resignándonos a su voluntand.
¿No vivimos todos en el Islam, si es esto Islam?, inquiere Goethe. Sí; todos
los que tienen por norma la moral, todos vivimos así. Siempre fue gran
sabiduría no sólo someterse a la Necesidad, porque ésta obliga a someterse a
ella, sino saber y creer que lo más severo que ordene la Necesidad es lo más
prudente, lo mejor, lo que precisamos. Cesemos en la frenética pretensión de
escrutar en este Mundo de Dios con nuestro pequeño cerebro, reconociendo que
hay una Ley Justa, aunque esté lejos de nuestras luces, que su espíritu es
Dios; que como parte hay que conformarse a la Ley del Todo, acatándola en silencio,
sin discutirla, obedeciéndola sin titubear. Afirmo que ésta es la única
verdadera moralidad conocida. El hombre es justo e invencible, virtuoso, va
camino de segura conquista precisamente cuando se une a la grande y profunda
Ley del Mundo, a pesar de todas las leyes superficiales, apariencias
temporales, cálculos de beneficios y pérdidas; sale victorioso cuando coopera
con esta Ley central, no de otro modo, y la primera probabilidad de
cooperación, de estar en vías de ello, está en que su alma reconozca su
existencia, que es bien y sólo bien. Éste es el espíritu del Islam, siendo
también el del Cristianismo, porque aquél puede definirse como forma confusa de
éste, pues de no haber existido el Cristianismo no existiría el Islam. También
el Cristianismo manda ante todo resignación a Dios. No hay que fiarse de la
carne y la sangre, prestar oídos a la vana cavilosidad, fútiles pesares y
deseos; saber que nada sabemos; que lo peor y más cruel a nuestros ojos no es
lo que lo parece; que debemos aceptar lo que nos ocurra como enviado por Dios
diciendo: Esto es bueno y conveniente, Dios es grande, y aunque me quitase la
vida, confiarla en Él. El Islam significa a su modo Abnegación, Renunciación al
Yo. Ésta es la suprema Sabiduría que el Cielo reveló a la Tierra. Ésa fue la
luz que iluminó la tiniebla de aquel agreste espíritu árabe, confuso esplendor
deslumbrante, vívido y celeste en la completa oscuridad que amenazaba con la
muerte: él lo denominó revelación y ángel Gabriel; ¿quién es capaz entre
nosotros de saber su nombre? Lo que nos procuró entendimiento fue la
inspiración del Todopoderoso. Saber, penetrar la verdad de las cosas, es acto
místico, en cuya superficie se detiene la mejor Lógica. Novalis dice: ¿No es la
Fe verdadero milagro anunciador de divinidad? Fue muy natural que el espíritu
de Mahoma, inflamado por la gran Verdad que se le revelaba, comprendiese su
gran alcance, que era lo único importante. Cuando dijo: Mahoma es el Profeta de
Dios, quiso decir que la Providencia lo había honrado inefablemente con la
revelación, sacándole de la muerte y las tinieblas, que se creía obligado a
participarlo a todo el mundo; ése es su verdadero significado. Suponemos que la
bondadosa Kadijah le escuchó maravillada, vacilante y exclamando: Sí, cierto es
lo que dices; comprendemos la ilimitada gratitud de Mahoma, que entre todas las
amabilidades que con él tuvo, la de creer en las grandes palabras que
pronunciaba fue la más dulce para él. Mis Convicciones se fortalecen tan pronto
las comparte otro espíritu, declara Novalis. Ello fue un ilimitado favor: por
eso nunca olvidó a la buena Kadijah. Mucho después, Ayesha, su joven esposa
favorita, mujer distinguida entre los musulmanes por sus cualidades,
preguntábale cierto día: ¡No soy mejor que Kadijah! Kadijah era viuda, vieja,
sin fuego en la mirada; ¿no es cierto que me quieres más que a ella7 ¡No, por
Alláh!, porque ella creyó en mí cuando nadie creía. Sólo tuve un amigo en el
mundo y fue ella. También creyó en él Seid, su esclavo, así como su primo Alí,
hijo de Abú Taleb, que fueron sus primeros conversos. Habló a muchos de su
doctrina, pero los más lo trataron de ridículo con indiferencia; a los tres
años contaba con tres adeptos, siendo lento su progreso; mas su ánimo era el
usual en tales hombres en parecidos casos, y, tras tres años de poco éxito,
invitó a cuarenta de sus parientes a un festín, manifestándoles sus
pretensiones: tenía que participar aquello a todo el mundo; que era lo más
importante entre todo, ¿cuál de ellos quería secundarle? Entre la duda y silencio
de todos, Alí, joven de dieciséis años, levantóse de su asiento exclamando:
¡Yo! Los reunidos, entre los que estaba Abu Taleb, padre de Alí, no podían ser
hostiles a Mahoma; no obstante, encontraron, ridícula la pretensión de aquel
viejo inculto y aquel mozo de dieciséis años que decidían tal empresa contra la
humanidad y soltaron la carcajada. Sin embargo, la cosa no era broma, sino cosa
muy seria. El joven Alí goza de nuestra simpatía por la nobleza mostrada
entonces y siempre, por su afecto, por su intrépido ardor; en él hay algo de
caballeresco, la bravura del león, una gracia, una verdad y afecto dignos del
caballero cristiano. Murió asesinado en la mezquita de Bagdad, muerte
ocasionada por su generosa equidad y por su confianza en la equidad de los
otros; dijo que si la herida no era mortal había que perdonar al asesino; pero
si lo era tenían que matarlo inmediatamente, para que ambos aparecieran a la
misma hora ante Dios, que decidiría quién tenía razón. Era natural que los
Koras, Guardianes del Caabah, Inspectores de los ídolos, se sintieran ofendidos
por Mahoma. Por un tiempo siguiéronle dos o tres personas influyentes; la cosa
iba muy lenta, mas se extendía. Finalmente, todos sintieron agravio diciendo:
¡Quién es ese que pretende saber más que todos, que nos considera locos y
adoradores de madera? Abu Taleb, su buen tío, le dijo: ¡No puedes callar todo
eso? Créelo, pero no importunes a los demás, no irrites a los principales, no
te arriesgues ni expongas a nadie hablando de todo eso. Mahoma replicó: Aunque
tuviera el Sol a mi derecha y la Luna a mi izquierda que me ordenasen callar,
no podr{a obedecer. Hay algo en esta Verdad que es la misma Naturaleza, igual
en jerarquia al Sol o la Luna, a todo lo hecho por la Naturaleza. Continuaré
hablando hasta que lo permita el Todopoderoso, a pesar del Sol y de la Luna,
todos los Koras, todos los hombres y todas las cosas. Tal es mi deber; no puedo
obrar de otro modo. Al decir esto rompió a llorar, según dicen; vió que Abu
Taleb lo estimaba, que la empresa era ardua, grande, difícil. Continuó hablando
a quien quería escucharle, publicando su Doctrina entre los peregrinos de Meca,
consiguiendo adeptos allí y en otros lugares. La contradicción, el odio, lo
seguían; sus poderosos amigos lo protegían; pero todos sus adeptos tuvieron que
abandonar La Meca siguiendo su consejo y buscaron refugio en Abisinia, al otro
lado del mar. Los Koras se enfurecieron, idearon emboscadas para matarlo. Murió
Abu Taleb, murió la buena Kadijah. Mahoma no solicita nuestra simpatía, mas por
entonces su situación era de las más lastimeras; tuvo que ocultarse en
cavernas, que huir disfrazado, vivir errante, peligrando continuamente su vida,
estando a punto muchas veces de perderla, debiéndola tan sólo al accidente
fortuito: la espantada de un caballo o cosa por el estilo, que evitaba
desapareciese por siempre Mahoma y su Doctrina, no oyéndose hablar más de
ellos. Pero tal no era su destino. El décimotercio año de su misión, al ver que
sus enemigos se habían unido contra él, cuarenta conjurados, uno por cada
tribu, que iban a arrancarle la vida, juzgó imposible continuar en La Meca, y
huyó a Yathreb, donde contaba con algunos adeptos; hoy la llaman Medina o
Medinat al Nabi (Ciudad del Profeta), debido a esta circunstancia. Estaba a 200
millas, entre peñascadas y desiertos; llegó allí con gran dificultad, escapando
a sus enemigos y hallando acogida. La era de los orientales se inicia con esta
Huída, llamándoIa Héjira; el año 1 de esta Héjira es el 622 de nuestra Era,
cuando Mahoma contaba cincuenta y tres años. Envejecía; sus amigos fueron
desapareciendo uno tras otro, su camino estaba sembrado de peligros: la única
esperanza que le quedaba residía en su corazón, cosa natural en todos en tales
casos. Hasta entonces había propagado su Religión predicando y persuadiendo;
mas ahora, repudiado por su país natal, puesto que los injustos no sólo no
prestaron oídos a su ardoroso mensaje Celeste, al hondo grito de su corazón,
sino que no le permitían vivir si hablaba de ella, el fiero Hijo del Desierto
resolvió defenderse como hombre, como árabe, y si los Koras querían su vida que
se la arrancasen. No quisieron escuchar la urgente nueva que él consideraba de
básica importancia, empeñándose en combatirla por la violencia, el acero y la
sangre. Sea el acero el que decida la cuestión, se dijo, y pasó diez años
luchando, incansable, impetuosamente, logrando lo que todos sabemos.
El héroe como profeta
Mahoma. El islamismo. Tercera parte
(Viernes, 8 de mayo de
1840) Mucho se ha dicho sobre la propaganda religiosa de Mahoma por la espada,
siendo mucho más noble la manera como se propagó la nuestra, es decir,
apaciblemente, mediante la prédica y la convicción, de lo que debemos
enorgullecernos. Sin embargo, considerar este argumento sobre la verdad o
falsedad de una religión nos hará caer en grave error. La espada, sí, pero
¿dónde hallaremos nuestra espada? Toda nueva opinión está al iniciarse en una
minoría de uno, en el cerebro de un solo hombre, si se quiere, siendo uno sólo
el que tiene fe en ella entre todos los vivientes, siendo por lo tanto uno el
que se opone a todos los demás. Poco conseguiría en empuñar una espada
emprendiendo la propaganda. Primero hay que tener la espada. En general, las
cosas se propagan como pueden. Tampoco desdeñó la espada la Religión Cristiana
cuando la tuvo; Carlomagno no convirtió a los Sajones con la prédica. Poco me
importa la espada, dejo que una cosa luche en este mundo con una espada, lengua
o cualquier arma que tenga o pueda conseguir. Podemos dejar que predique,
publique folletos y luche con todo el empuje que pueda; emplee pico y garras,
aquello de que disponga; lo cierto es que a la larga sólo conquistará lo que
merezca ser conquistado. Lo único a que puede vencer es lo inferior a ella, lo
superior nunca. La Naturaleza es árbitro en este duelo, árbitro infalible: lo
más arraigado en Ella, lo que llamamos lo más cierto, será lo que prosperará
siempre. No obstante, en cuanto a Mahoma y sus éxitos, debemos recordar el
arbitraje de la Naturaleza, su grandeza, profunda calma y tolerancia. Si hemos
de sembrar trigo en el seno de la Tierra, aunque contenga cascabillo, briznas
de paja, barreduras del granero, polvo y demás inutilidades, si lo sembramos en
tierra buena, germinará absorbiendo en silencio lo inútil, surgicndo sólo el
trigo, sin que lo otro aparezca, aunque la buena Tierra aprovecha lo demás sin
despreciarlo. Igual ocurre con la Naturaleza: es sincera y no engaña, siendo
grande, justa y maternal en su verdad. Lo único que exige para conceder su
protección es sinceridad. En las cosas hay espíritu de verdad que ella acoge.
¿No es ésta la historia de la Verdad suprema que llega o llegó a este mundo? Su
cuerpo es imperfección, elemento de luz en la oscuridad, teniendo que llegar a
nosotros arropadas por la Lógica, algún Teorema del Universo meramente
científico, que no puede ser perfecto, resultando en su día incompleto,
erróneo, pereciendo por ello. El cuerpo de la Verdad muere, habiendo en todas
ellas imperecedero espíritu, inmortal, que vive en cuerpo nuevo y más noble
cada vez, como el hombre, pues la Naturaleza obra de ese modo. La genuina
esencia de la Verdad es eterna; el punto en que basa su juicio la Naturaleza es
ése: que sea genuina, voz originada en su gran Profundidad, pues para ella no
todo se reduce a lo que llamamos puro o impuro, no importándole contenga el
hombre poco o mucho cascabillo, sino trigo. ¿Puro? A muchos pudiera decirse:
Puro eres, bastante puro, pero cascabillo, es decir, hipótesis hipócritas,
rutinas, formalismos; nunca estuviste en contacto con el gran corazón del
Universo; en verdad, no eres puro ni impuro: eres nada, inutilidad para la
Naturaleza. Afirmamos que el Credo Mahometano era una especie de Cristianismo;
realmente, considerando la indómita y arrebatada buena fe con que se creyó y
arraigó, diré es mejor que el de las miserables Sectas Siríacas con sus vanas
discusiones sobre el Homoiousion y el Homoousion: cabezas repletas de vano
ruido y corazón vacío y muerto. Su verdad está empotrada en portentoso error y
falsedad, mas su verdad hizo creer en él, no su falsedad, abriéndose paso
gracias a su verdad. Es una especie bastarda de Cristianismo, pero viviente,
vivo corazón y no mera lógica inerte, infecunda, anticuada. Aquel solitario
Hijo del Desierto penetró la realidad hasta la medula, ayudado por su sincero
corazón, grave cual la vida y la muerte, con su perspicacia natural, a través
de las impurezas de la idolatría árabe, teología demostrativa, tradiciones,
sutilidades, rumorea e hipótesis griegas y judías, con sus fútiles
distinciones. Os digo que la idolatria es nada; que esos Ídolos de Madera, si
se untan con aceite y cera, sirven de atrapamoscas; madera son y nada más, no
pudiendo hacer nada por vosotros; son pretensión impotente y blasfemia, horror
y abominación. Sólo Dios existe; sólo Él es poderoso; Él nos creó, Él puede
quitarnos la vida y concedérnosla; ¡Allah akbar! (¡Dios es Grande!) Su voluntad
es el mayor bien; por grande que fuere el daño corporal que os afligiere,
consideradlo como bien y lo mejor, resignaos a aceptarlo como tal, pues a eso
se reduce vuestro poder en este y en el otro mundo. Y, si los bárbaros hombres
idolátricos lo creyeron, si arraigó en sus fogosos corazones, fuere en la forma
que fuere, afirmo era digno de creencia, siéndolo también para todos, pues con
ello el hombre se convierte en sumo sacerdote del Templo de un Mundo,
armonizando con los Decretos del Autor de este Mundo, cooperando en ellos, sin
oponerse en vano. Es la definición más acertada del Deber; todo cuanto es justo
se inserta en el deber de cooperar en la Tendencia real del Mundo; de eso
depende el éxito (que la Tendencia del Mundo logra aiempre), somos buenos y
seguimos el buen camino. Homoiousion, Homoousion, vana palabrería dialéctica,
que se traicionará siempre, dirigiéndose dónde y cómo quiera; eso es lo que
todo se esfuerza en significar, si significa algo. De no lograr esa
significación nada quiere decir. No es que las Abstracciones, Silogismos
dialécticos, estén bien o mal asentados, pero aquellos vivos y concretos Hijos
de Adán comprendieron era lo importante. El Islam devoró aquellas sectas
dialécticas; creo que tenía derecho a ello. Era una realidad, originada una vez
más en el gran Corazón de la Naturaleza. Las idolatrías árabes, las fórmulas
sirias, todo lo que no era realidad, tenía que arder como mero combustible, en
varios sentidos, al entrar en contacto con lo que era fuego. Durante estas
inquietudes y luchas, principalmente tras su Huída de La Meca, fue cuando dictó,
a salto de mata, su Libro Sagrado, llamado Korán (Lectura), Para leer. Es la
Obra que él y sus discípulos tenían en gran estima, preguntando a todos: ¿No es
un milagro? Los musulmanes consideran su Korán con una reverencia que pocos
cristianos rinden a su Biblia, admitiéndolo todos como modelo de toda ley y
práctica, lo que ha de presidir toda especulación y la vida, mensaje celeste
directo, al que debe conformarse la Tierra, sirviéndole de norma: lo que hay
que leer. Sus jueces se ajustan a él; todos los musulmanes deben estudiarlo,
buscando en él la luz de su vida. Tienen mezquitas en donde se lee diariamente,
estando encargados treinta turnos de sacerdotes de leerlo por completo todos
los días. La voz de este libro resuena continuamente desde hace doce siglos en
los oídos y corazones de tantos hombres. Se habla de Doctores musulmanes que lo
leyeron setenta mil veces. Cosa curiosa: si buscamos discrepancias en el gusto
nacional, ésta es de cierto el caso más típico. Puede leerlo quienquiera, pues
la traducción de Sale es muy justa; mas he de declarar que para mí ha sido la
lectura más pesada entre todas, revoltillo confuso, crudo, sin hilación,
infinitas repeticiones, largas digresiones, confusión, estupidez insoportable,
que sólo por obligación leería por completo un europeo. Hay en él mucha
hojarasca que pasamos por alto, intentando vislumbrar los rasgos del hombre
admirable, que leemos como los decretos ministeriales. Cierto es que nos llegó
con desventaja; los árabes ven en él más método que nosotros. Los fieles lo
hallaron a trozos, tal como se escribió de primera intención, en omóplatos de
carnero en su mayor parte, en un cajón, publicándolo sin orden ni concierto,
pareciendo procuraron comenzar por los capítulos más largos, por lo cual el
verdadero comienzo está casi al final; porque los primeros escritos fueron los
más breves. Leído en orden cronológico tal vez no fuera tan pesado. Dícese que
su mayor parte es rítmica en su original, especie de cántico bárbaro; de ser
así, la traducción hubiera perdido mucho; pero, aun concediendo todo eso y
mucho más, creo difícil lo considerase ningún mortal como libro celeste
demasiado bueno para la Tierra, ni como bien redactado, ni aun como libro, sino
selvática rapsodia tan descuidada como la peor conocida. Eso en cuanto a las
discrepancias nacionales y al promedio del gusto.
Me explico por qué lo
estiman tanto los árabes, pues una vez leído ese confuso amasijo, considerado
al pasar algún tiempo, comienza a manifestarse su tipo esencial: mérito muy
distinto al literario. Si un libro surge del corazón, penetrará en otros corazones;
el arte y la pericia retórica son secundarias. Yo diría que el carácter
fundamental del Korán es su sinceridad, que es libro de buena fe. Ya sé que
Prideaux y otros lo presentaron como mero haz de juglerías, diciendo que sus
capítulos sirven al autor para mitigar y excusar sus sucesivos errores, para
manifestar sus ambiciones y empirismos; ya es hora de que rechacemos todo eso.
No aseguro que Mahoma fue siempre sincero, ¿quién es continuamente sincero?
Pero confieso que no entiendo al crítico, que en estos tiempos lo acusa de
embuste premeditado, de embuste consciente, ni de vivir en una atmósfera de
embuste y de escribir este Korán como un falsificador y Un juglar. Toda persona
imparcial hallará en el libro otro sentido. Es el confuso fermento de grande y
ruda alma humana; ruda e indocta, que ni aun sabe leer, pero ferviente, seria,
luchando con vehemencia para manifestarse en palabras. Con una especie de
jadeante intensidad pugna por manifestarse; los pensamientos lo abruman: debido
a la infinidad de cosas que tiene que manifestar no consigue expresar ninguna.
La sustancia de lo que se propone decir no adquiere forma al exponerla, ni
método, ilación o coherencia; sus pensamientos son deformes, manifestados en
estado caótico inarticulado, tal como pugnan chocando en su imaginación. Hemos
dicho que el Korán es estúpido; no obstante, la estupidez natural no es
característica del libro de Mahoma, sino incultura natural, porque la incesante
inquietud, la continua lucha, no le permitió estudiar el lenguaje ni
preocuparse de pulirlo. En su redacción vemos el apresuramiento y vehemencia
del hombre que lucha desesperado en el fragor de la batalla, defendiendo su
vida y su alma. Siente gran prisa, porque la misma magnitud del sentido no le
permite articularlo en palabras; el Korán es sucesión de manifestaciones de un
alma en esas circunstancias, coloreadas por las diversas vicisitudes de
veintitrés años, bien expresadas unas veces, mal otras. Porque hay que
considerar a Mahoma durante estos veintitrés años como centro de un mundo en
pleno conflicto: batallas con los Koras y paganos, querellas entre los suyos,
retrocesos de su celoso corazón, todo lo cual lo sumió en un perpetuo vértigo,
sin que su espíritu conociera el reposo. El alma ansiosa de aquel hombre, agotada
en noches de insomnio por aquellos torbellinos, imploraba una luz que le
sirviese de guía, verdadera luz celestial y toda concepción de su mente,
sagrada e indispensable para él, parecía inspiración de Gabriel. No, no fue
Farsante ni impostor; este grande y fogoso corazón en que bullían y se agitaban
los pensamientos como en un crisol, no era de intrigante. Para él la vida era
un Hecho y el Divino Universo Hecho pavoroso y Realidad. Cierto es que padeció
errores, como Hijo de la Naturaleza inculto y semibárbaro, que conservaba mucho
del beduino. Lo que no podemos es creerle un miserable Simulacro, un hambriento
Impostor sin ojos ni corazón, que cometiese tan sacrílega impostura a cambio de
un plato de bazofia, falsificando celestes mandatos, reo de alta traición
contra su Creador y contra sí mismo.
Para mí el mérito del
Korán está en su sinceridad; por eso mereció la veneración de los indómitos
hombres árabes. Ése es a la postre el primero y último mérito de un libro, el
que origina todos los demás, por ser en el fondo lo único que puede generarlos.
A través de esas masas de confusa tradición, vituperio, queja, grito de júbilo,
hallamos en el Korán verdadero discernimiento directo, lo que casi pudiéramos
llamar poesía. El cuerpo del libro está formado por la tradición, una especie
de predicación vehemente, entusiasta, improvisada, repetición de las rancias
leyendas de los Profetas tal como se conservaron en la memoria de los árabes,
la manera como uno tras otro, Abraham, Hud, Moisés, los cristianos y otros
profetas reales o legendarios, llegaron hasta la tribu afeando a los hombres su
pecado, siendo acogidos igual que él, cosa que lo consuela. Eso lo repite diez
o veinte veces, haciéndose pesado, no cansándose nunca, como pudiera haber
hecho el buen Samuel Johnson en su olvidada buhardilla en las Biografias de
Autores. Ésa es la gran materia del Korán; de cuando en cuando asoma algún
destello del verdadero pensador y vidente. Mahoma vió el mundo con claridad, y
con cierta originalidad y áspero vigor trata que penetre en los corazones la
que inflamó el suyo. Pasemos por alto las alabanzas de Allah, que muchos
elogian; supongo que en su mayor parte las tomó de los hebreos, aunque éstos
las superaron. Lo más interesante, en mi concepto, es la perspicacia, que llega
hasta el corazón de las cosas, descubriendo su verdad, don que la Gran
Naturaleza concede a todos, pero sólo uno entre mil acepta sin rehusarlo con
desdén; a eso llamo sinceridad en el discernimiento, que pone a prueba la
franqueza. Mahoma dijo varias veces con impaciencia: No puedo hacer milagros;
soy Predicador encargado de difundir esta doctrina entre los hombres. No
obstante, el mundo fue siempre para él un gran milagro. Mirad el mundo, decía,
¿no es obra maravillosa de Alláh, signo para vosotros, de no estar ciegos? La
Tierra la creó Dios para vosotros indicándoos el camino; podéis vivir en ella,
recorrerla. Las nubes que cubren la seca comarca de Arabia son maravilla para
Mahoma, que dijo: ¿De dónde venis, grandes nubes nacidas en el profundo regazo
de la Elevada Inmensidad7 Planean como grandes monstruos negros, que vierten
lluvia que vivifica la mortecina tierra, alimentan los manantiales, las altas
palmeras con sus racimos de datiles. ¿No es eso otro signo7 Allah creó también
los rebaños, seres mudos y útiles, que truecan la broza en leche; os vestis con
la lana de esas criaturas que llegan al caer la noche a vuestra morada, siendo
crédito para vosotros. Habla de los navíos, diciendo: Son grandes montañas que
se mueven, extendiendo sus alas de lienzo; que saltan sobre las aguas
impulsadas por el viento celeste, deteniéndose algunas veces porque Dios lo
refrena y quedan inmóviles sin poder avanzar. ¿Milagros? ¿Qué milagros queréis?
¿No sois vosotros un milagro? Dios os hizo, formdndoos de un trozo de arcilla.
Pequeños fuimos; hace unos años no existiamos; somos bellos, fuertes,
inteligentes, nos compadecemos mutuamente. Llega la vejez y las canas; el vigor
se trueca en debilidad, desfallecemos y desaparecemos. Nos compadecemos
mutuamente. Alláh pudiera haberos creado sin que os compadeciereis unos de
otros, ¿qué hubiera ocurrido entonces? Esto me sorprende, siendo para mí sagaz
pensamiento, mirada que penetra hasta la entraña de las cosas. En este hombre
hay rudos vestigios de genio poético, de algo que indica lo mejor y más cierto.
Vigoroso intelecto inculto, discernimiento, hombre fuerte e indómito, que
pudiere haber tomado forma de Poeta, Rey, Sacerdote, cualquier clase de Héroe.
Para sus ojos, el mundo era incesante milagro, viendo lo que vieron los
escandinavos, lo que contemplaron todos los grandes pensadores, aunque en
varios sentidos: que el mundo material, tan sólido, nada es realmente en el
fondo, sino Manifestación visual y táctil de la potencia y presencia de Dios,
sombra proyectada por Él sobre el seno del vado Infinito. Las montañas, esos
altivos y rocosos montes, desaparecerán como nubes, dice, fundidas en el Azul.
Imagina la Tierra a la manera árabe, según Sale, como inmensa Llanura,
sirviendo los montes como pesos para fijarla. Al llegar el Último Día
desaparecerán como nubes; la Tierra rodará, deshaciéndose, convirtiéndose en
polvo y vapor, en Nada. Allah le retirará su protección y cesará de existir. El
imperio universal de Allah, la omnipresencia de un inefable Poder, el Esplendor
y Terror indecible, como verdadera fuerza, esencia y realidad en todo, era lo
que continuamente veía aquel hombre, lo que un moderno indica al decir Fuerzas
y Leyes de la Naturaleza, no imaginándolo cosa divina, ni como cosa, sino como
serie de ellas, algo que se vende, curioso, apto para impulsar buques de vapor.
Nuestras Ciencias y Enciclopedias hacen que olvidemos la divinidad en nuestros
laboratorios. ¡No debiéramos olvidarlo! Pues entonces no sé lo que fuere digno
de recordación. Sin el sentimiento de lo Divino, la Ciencia es cosa muerta,
seca, contradicción, vado, cardo a últimos de otoño. Sin aquello, la mejor
ciencia es rama muerta, no el árbol que crece en el bosque, que produce nuevas
ramas, entre otras cosas. El hombre no puede saber, a menos que no adore en
algún modo. De no ser así, su conocimiento no pasa de pedantería: es cardo
seco. Mucho se ha escrito sobre la sensualidad de la Religión de Mahoma y más
de lo justo. Las indulgencias que permitía, criminales para nosotros, no fueron
cosa suya, sino que se practicaban en Arabia desde tiempo inmemorial; lo que
hizo fue reducirlas, restringirlas en varios sentidos. Su Religión no es
cómoda: rigurosos ayunos, abluciones, estrictas y complejas fórmulas; oraciones
cinco veces al día, abstinencia de vino; si se extendió no se debe a su
comodidad. ¡Como si una religión o causa religiosa pudiese difundirse de ese
modo? Se calumnia al hombre cuando se dice que tiende a los actos heroicos por
la facilidad, esperanza de placer, recompensa, postres de cualquier clase, en
éste o en el otro mundo. Algo noble hay en el más despreciable de los mortales.
El infeliz soldado que jura, admitido para que desafíe a la muerte, tiene su
honor de soldado, que difiere del reglamento de sus ejercicios y paga. Lo que
anhela confusamente el más humilde de los hijos de Adán no es regalarse con
dulces manjares, sino efectuar cosas nobles y sinceras, conducirse bajo la
B6veda Celeste como bueno; si le indicamos el camino, el más torpe galopín se
trocará en héroe. Los que dicen que el hombre es seducido por la facilidad lo
difaman. Los acicates que obran sobre el coraz6n humano son la dificultad, el
sacrificio, el martirio, la muerte; si enardecemos su vida interna genial
obtendremos una llama que consumirá todas las consideraciones inferiores. No es
la felicidad, sino algo superior, lo que se observa hasta en los más frívolos,
con su pundonor. Las religiones no suman adeptos adulando los apetitos, sino
despertando lo Heroico que dormita en todo corazón. Mahoma no fue sensual,
considerando lo que de él se ha dicho, sufriendo error si le creemos voluptuoso
vulgar, inclinado a los placeres despreciables, ni a ninguno de ellos. Su hogar
se distinguía por la frugalidad; pan de cebada y agua día tras día, pasando
meses sin que encendiesen fuego. Recuérdase con orgullo que recomponía sus babuchas
y chilaba; era hombre pobre y trabajador, sin preocuparse del fin vulgar del
trabajo. No era malo, habiendo en él algo mejor que apetito de cualquier clase.
pues, de no haber sido así, los fieros árabes que lucharon y sirvieron a su
lado durante veintitrés años en continuo contacto con él, no le hubieran
reverenciado. Se trataba de hombres agrestes, entre los que surgía la querella
a causa de la ruda sinceridad; sin dignidad y virilidad nadie podía hacerse
obedecer de ellos. ¿Decís que lo llamaban Profeta? Vivía con ellos, sin
ocultarse misteriosamente, recomponiendo sus babuchas y chilaba, luchando,
aconsejando. mandando entre ellos: sabían quién era, llámese como se le llame.
Ningún emperador con sus tiaras que fuere obedecida como este hombre con una
capa remendada por él, durante aquellos veintitrés años de áspera prueba. Para
eso era necesario hubiera en él algo del verdadero Héroe. Sus últimas palabras
fueron una oración, rotas interjecciones de un corazón, que con temblorosa
esperanza tiende a su Creador. No podemos decir que su religión le empeorase,
sino que le perfeccionó. De él se guardan generosos recuerdos; cuando perdió a
su hija expresóse en su dialecto sinceramente, pronunciando algo equivalente a
lo que el cristiano manifiesta así: Dios me la dió y Dios me la ha quitado;
¡bendito sea el nombre del Señor! Lo mismo dijo cuándo Seid, su esclavo
emancipado y estimado, el segundo de sus adeptos, murió en la guerra de Tabuc,
primeras luchas contra los griegos: Bien; Seid cumplió su deber sirviendo a su
Señor; ahora va a reunirse con Él. No obstante, la hija del esclavo vió que el
encanecido Mahoma derramaba lágrimas sobre el cuerpo de su padre y exclamó:
¿Qué veo? Un amigo que llora por el suyo. Dos días antes de morir visitó Mahoma
la mezquita. preguntando si alguien tenía queja contra él, pues sus espaldas
recibirían el castigo, añadiendo: ¿Hay alguien a quien deba algo? Una voz
repitió: Si; tres dracmas que te presté en tal ocasión, ordenando Mahoma le
fueran restituídas diciendo: Preferible es pasar afrenta ahora que el Día del
Juicio. Recordad aquel ¡No! ¡Por Aláh!, al mentarle a Kadijah. Estos rasgos
revelan al hombre sincero, al hermano de todos nosotros, que se nos manifiesta
a través de doce siglos, al verdadero hijo de nuestra Madre común. Admiro a
Mahoma porque huía de la doblez, pues el rudo y solitario hijo del desierto no
pretendió lo que no era; no fue orgulloso, mas no se humilló, viviendo como
pudo, remendando su ropa y calzado, que hablaba claramente sobre los deberes de
los reyes de Persia y Emperadores griegos, que se conocía, sabiendo respetar a
los demás. En la guerra sin cuartel contra los beduínos no faltaron actos de
crueldad, recordándose también casos de noble generosidad natural, de piedad,
de misericordia, sin que Mahoma se excusase de aquéllos ni se jactase de éstos,
siendo todos dictado de su corazón, de acuerdo con la circunstancia. No era un
farsante; en él encontramos cándida ferocidad, de requerira el caso, sin
atenuaciones. De cuando en cuando alude a la guerra de Tabuc, diciendo que una
vez muchos de sus hombres se negaron a obedecer, so pretexto del calor, la
cosecha y otras cosas. ¿Tu cosecha? Es cosa de un dia. ¿Qué es ella comparada
con la Eternidad? ¿El calor? Si, hace calor, pero más hace en el Infierno. A veces
emplea el sarcasmo, diciendo a los incrédulos: En el Dia del Juicio tendrás tu
merecido; verás pesar tus actos sin que te engañen en el peso. Considera las
cosas, viendo su entraña; en ocasiones queda mudo su corazón ante su grandeza.
Ciertamente, dice, palabra que en el Korán reemplaza a toda una frase. En
Mahoma no hay dilettantismo, siendo todo Reprobación y Salvación, Tiempo y
Eternidad, sintiendo gran celo por ello. El peor pecado es el dilettantismo, la
hipótesis, la especulación, manera de buscar la Verdad como pasatiempo, jugando
y tomándola a broma, raíz de todos los pecados imaginables que se agarra al
corazón y al espíritu del hombre que nunca veneró la Verdad, que vive de
apariencias, que no sólo dice y origina falsedades, sino que es una falsedad
todo él. El principio moral racional, destello de la Divinidad, está en él
abatido, es la parálisis de la muerte en vida. Las falsedades de Mahoma son más
verdad que las verdades de un hombre así: hipócrita, de refinados modales,
respetable alguna vez y en algunos medios; inofensivo que nada injurioso dice a
nadie, puro, con la pureza del gas carbónico, que es veneno mortal. No diré que
los preceptos morales de Mahoma sean todos insuperables, pero puede afirmarse
que tienden siempre al bien, que son los dictados de un corazón que aspira a la
justicia y la verdad. El sublime perdón cristiano que dice: Si descargaren la
mano sobre tu mejilla derecha, ofrece la otra, no figura en tales preceptos,
aconsejando la venganza, pero mesurada, sin que rebase la justicia. De otra
parte, el Islam, como toda gran Fe y percepción de la esencia del hombre, es
igualitario: el alma de un creyente supera a toda realeza terrena, siendo todos
iguales según el Islamismo, insistiendo Mahoma sobre el deber de la limosna, no
sobre la conveniencia, indicando mediante la ley lo que debemos dar,
respondiendo de no cumplirla. El pobre, los que están en aflicción, los que
necesitan socorro, tienen derecho a la décima parte de lo que anualmente
disfrute el hombre. Es el Bien, la voz natural de humanidad, piedad e igualdad
que animaba el coratón de aquel solitario Hijo de la Naturaleza. Es cierto que
el Paraíso e Infierno de Mahoma son sensuales, habiendo en ellos algo que
ofende nuestros sentimientos espirituales; mas tengamos presente que así era ya
entre los árabes; que todo lo que hizo Mahoma fue suavizar y pulir. Las peores
sensualidades se deben a los doctores, sus adeptos, no a él. En realidad, poco
se dice en el Korán sobre los goces paradisíacos, insinuándose más que acentuándolos,
no olvidando tampoco que los más intensos son espirituales, siendo el principal
la pura Presencia del Altísimo. Mahoma dice: Vuestro saludo será Salam, es
decir Paz, cosa que todos los espíritus racionales anhelan, buscándola en vano
en este mundo como única bendición. Ocuparemos asientos unos frente a otros;
todos los rencores desaparecerán de los corazones, amándonos todos
inmensamente, porque nos bastará al Cielo reflejado en los ojos de nuestros
hermanos. En cuanto a la sensualidad de Mahoma y su Paraíso, capítulo penoso
entre todos para nosotros, habría mucho que decir, mas no es oportuno,
limitándome a dos observaciones; vosotros haréis deducciones. La primera la
sugiere Goethe, es notable insinuación casual. En una de sus descripciones en
Los viajes de Meister, llega el héroe a una sociedad de extraños usos, uno de
los cuales es éste: Es preciso, dice el jefe, que cada uno de los nuestros se
refrene en ciertas cosas, se oponga a su deseo en algo, obligándose a obrar
como no quiere, aunque en otras cosas le dejamos en amplia libertad. En esto
veo gran justicia. No hay mal en gozar de lo placentero; el mal está en reducir
nuestro ser moral esclavizándonos a ello. El hombre debe dominar sus hábitos,
desprenderse de ellos a voluntad, de haber causa evidente, siendo esto
excelente ley. El Mes de Ramadán para los islámicos (tanto en su religión como
en la vida de Mahoma), tiende a eso, si no premeditadamente, con claro
propósito de perfección moral de su parte, debido a cierto instinto saludable y
viril; el fin es idéntico. Hay que decir que, por toscos y materiales que sean
el Cielo y el Infierno de Mahoma, son emblema de sempiterna verdad, que grabó
mejor que otros insistiendo sobre su Paraíso burdo y sensual, su horrible y
llameante Infierno, el pavoroso Día del Juicio: ¿no es eso imprecisa sombra, en
la rústica imaginación del beduíno, del gran Hecho espiritual, Principio de los
Hechos, que no hay que ignorar ni tomar a broma, de la Infinita Naturaleza del
Deber? Que los actos del hombre en este mundo revisten infinita importancia, no
borrándose nunca; que la breve vida del hombre lo eleva hasta el Cielo o hunde
hasta el Infierno, y que en sus sesenta años de Tiempo hay oculta temible y
maravillosamente una Eternidad: eso es lo que quedó grabado con letras de fuego
en el indómito espíritu árabe, teniéndolo siempre presente, terrible,
indecible, como marcado por la llama y por el relámpago. Eso es lo que se
esfuerza en decir con violento celo, fiera y cerril sinceridad, balbuceante,
sin poder articularlo, realizándolo en ese Cielo y ese Infierno. Sea cual fuere
la forma como se materialice, siempre es la verdad entre las verdades,
venerable bajo todos los símbolos. ¿Cuál es el fin principal del hombre en este
mundo? Mahoma satisfizo esta pregunta de modo que pudiera avergonzamos, no
obrando como Bentham ni Paley, que consideran el Bien y el Mal, calculan los
daños y beneficios, el placer resultante de uno y otro, adicionando,
sustrayendo, haciendo el balance, preguntando si el Bien supera considerablemente
al mal. No, no es mejor hacer el uno que el otro; uno es al otro lo que la vida
es a la muerte, el Cielo al Infierno. El mal no debe hacerse nunca, ni dejar de
hacer el bien. No hay que medirlos, son inconmensurables, uno es muerte eterna
para el hombre; vida eterna el otro. La Utilidad de Bentham, la consideración
de la virtud como Daño o Beneficio, reduce el mundo de Dios a Máquina de Vapor,
la infinita Alma celeste del Hombre a una especie de báscula para pesar paja y
cardos, placeres y penas. Si me preguntáis qué parte sustenta opinión más baja
y falsa sobre el hombre y su Destino en el Universo, declararé que no es
Mahoma. Repetimos que, en general, la religión mahometana es una especie de
Cristianismo; contiene genuino elemento de superioridad espiritual que la
anima, que no pueden velar sus imperfecciones. El Dios escandinavo Deseo, el
dios de todos los hombres rudos, fue convertido en Cielo por Mahoma, Cielo
simbólico del sagrado Deber que hay que ganar por la fe y las buenas obras,
mediante la acción valerosa y divina paciencia, todavía más valerosa. Es
paganismo escandinavo al que ha sido agregado un elemento verdaderamente
divino; no digamos es falso, considerando su falsedad, sino su verdad. Desde
hace doce siglos es religión y norma de vida para la quinta parte de la
Humanidad, siendo religión en que se cree cordialmente. Los árabes la creen,
procurando vivir de conformidad con ella. No hubo cristianos, salvo los
primitivos o los Puritanos ingleses de nuestra época, que sintieren tal celo
por su Fe como los musulmanes, que creen firmemente en su religión, afrontando
el Tiempo y la Eternidad. Esta misma noche, cuando grite el sereno en las
calles de El Cairo ¿Quién vive?, escuchará de labios del transeúnte junto con
su respuesta: No hay otro Dios que Dios. El Allah akbar, Islam, resuena un día
tras otro, hasta la muerte, en el espíritu de esos millones de seres humanos;
celosos misioneros, propagan su fe entre los malayos, papúes, salvajes
idólatras, siempre desplazando lo malo, nunca lo que es bueno o mejor. Con ella
el pueblo árabe salió de las tinieblas gozando de la luz y vivificándose.
Aquella pobre nación de pastores, errando en sus desiertos desde la creación
del mundo, tuvo su Héroe-Profeta, portador de mensaje que les inspirase fe:
entonces aquellos seres ignorados se dieron a conocer al mundo, trocándose en
mundial lo reducido: un siglo después los árabes estaban en Granada, en
Occidente, en Delhi, en Oriente, descollando por su valor y esplendor, por los
destellos de su genio, brillando durante largo período en gran parte de la
Tierra. Grande es la fe, manantial de vida. La historia de un pueblo es
fecunda, eleva su espíritu tan pronto como tiene fe. Esos árabes, el hombre
Mahoma y aquel siglo fueron como chispa caída sobre un mundo de arena negra y
despreciable, arena que estalló como pólvora, iluminando hasta el cielo los
espacios entre Delhi y Granada. Ya dije que para mí el Gran Hombre es rayo
celeste, que los demás lo esperan como combustible, llameando a su contacto.
TERCERA CONFERENCIA
El héroe como poeta.
Dante. Shakespeare.
El héroe como poeta.
Dante. Shakespeare. Primera parte
(Martes, 12 de mayo de
1840) El Héroe-Divinidad, el Héroe-Profeta, fueron producto de remotas épocas;
no repetibles en las nuevas. Presuponen cierta rudeza de concepción, que el
adelanto del mero conocimiento científico acaba por disipar. Sólo un mundo casi
huérfano de ciencia permitiría a la admiración del hombre la suposición de que
su semejante es un dios o un ser cuya voz es divina inspiración. La Divinidad y
Profecía pasaron para siempre, teniendo que considerar al Héroe con el carácter
menos ambicioso y menos discutible del poeta, carácter que no perece. El poeta
es figura heroica propia de todas las épocas, que todas poseen, que pueden
producir, ayer como hoy, que surgirá cuando plazca a la Naturaleza. Si la
Naturaleza produce un Alma Heroica siempre podrá revestir la forma de Poeta.
Los Grandes Hombres reciben los nombres de Héroe, Profeta, Poeta, según la
época y lugar, de conformidad con las variedades observadas en ellos, de
acuerdo con la esfera en que se manifestaren. Según este principio pudiéramos
darles muchos más nombres. Indiquemos un hecho importante: que la diferente
esfera constituye el origen de tal distinción; que el Héroe puede ser Poeta,
Profeta, Rey, Sacerdote, lo que queráis, según el ambiente en que nazca.
Declaro no tener noción de hombre verdaderamente grande que no pueda ser todo
lo que puede ser un hombre. El Poeta capaz sólo de tomar la pluma y componer
versos, nunca ejecutará un verso que valga mucho. No puede cantar al Heroico
guerrero si él no es también un guerrero heroico. Imagino que en él está el
Político, el Pensador, el Legislador, el Filósofo, que pudo ser todo eso, que
lo es en su fondo. Por eso creo también que Mirabeau pudo haber escrito versos,
tragedias, poemas, conmover los ánimos con su inflamado corazón, el fervor que
en él había, las ardientes lágrimas que encerraba, si su vida y educación
hubieren tendido a ello. El carácter del Grande Hombre es el fundamental; que
sea grande. Napoleón tiene palabras que igualan la batalla de Austerlitz. Los
Mariscales de Luis XIV son hombres de genio poético; los dichos de Turena son
sagaces y geniales, como los de Samuel Johnson. En eso reside la grandeza de
corazón, la vista perspicaz, sin que haya hombre que pueda prosperar sin ella
en nada. Petrarca y Boccaccio pudieron ser excelentes diplomáticos, sin duda,
puesto que efectuaron cosas mucho más difíCiles. Burns, excelso poeta lírico,
pudo ser un Mirabeau perfeccionado. Ignoramos en qué no hubiera sobresalido
Shakespeare y en sumo grado. Es verdad que hay aptitudes naturales también. La
Naturaleza no fundió a todos los grandes hombres en un mismo molde, y tampoco a
los otros. Hay variedades de aptitud; las de circunstancia la superan en número
y estas últimas son las que más atraen la atención. Ocurre lo mismo cuando el
hombre vulgar aprende un oficio: si tomamos uno con vaga capacidad, que podría
sobresalir en cualquiera de ellos, convirtiéndolo en herrero, carpintero,
albañil, eso será de allí en adelante y nada más. Si, como afirma Addison,
vemos un trajinero que vacila bajo su carga y cerca de él un sastre de hercúleo
aspecto que cose un trozo de paño con minúscula aguja, saltará a la vista que
no se tuvo en ambos casos en cuenta la aptitud natural solamente. Eso ocurre
con el Gran Hombre, ¿a qué debe dedicarse? Surge el Héroe: ¿será Conquistador,
Rey, Filósofo, Poeta? La controversia en cuanto a la apreciación entre el mundo
y el Héroe es inexplicablemente compleja. Leerá el mundo y sus leyes; con sus
leyes estará ahí para los que lo lean. Lo que el mundo le permita y ordene, es
el hecho más importante para el mundo. Poeta y Profeta difieren bastante en las
negligentes lenguas modernas. En algunas lenguas antiguas ambos titulos son
sinónimos, Vates significa ambas cosas; bien entendido, en todas las epocas,
Profeta y Poeta tienen significado muy parecido. Son fundamentalmente
idénticos, especialmente en este importantísimo aspecto: que los dos penetraron
el sagrado misterio del Universo, lo que llama Goethe secreto evidente. ¿Cudl
es el gran secreto?, pregunta uno. El secreto evidente, a la vista de todos,
visto por casi nadie. Ese divino misterio que reside en todas partes, en todos
los Seres, la Idea Divina del Mundo, la que estd en el fondo de la Apariencia,
como la denomina desde el cielo estrellado hasta la hierba del prado, pero
especialmente la Apariencia de Hombre y su trabajo, es sólo vestidura,
materialización que lo hace visible. Este divino misterio existe en todo tiempo
y en todo lugar, ciertamente. Mas la mayor parte de las veces, en casi todos
los lugares se descuida mucho; y el Universo, definible siempre en una u otra
lengua, como Pensamiento de Dios realizado, se considera trivial, inerte,
vulgar, como cosa inanimada que un tapicero hubiera rellenado, según el
Satírico. Inútil extendernos ahora sobre este punto; lo sensible, si lo
desconocemos, es vivir continuamente sabiendo que lo ignoramos; lástima grande;
malogramos la vida, de vivir como decimos.
Diré a quienquiera olvide
este divino misterio, que el Vates, Profeta o Poeta, ha penetrado en él, que es
hombre enviado para dárnoslo a conocer con más eficacia. Por su mensaje nos
revelará ese sagrado misterio en cuya presencia vive más que otros. Mientras
los demás lo olvidan él lo conoce, pudiendo decir que ha sido llevado a
conocerlo sin que se le pidiese su consentimiento, viviendo junto a él sin
poder evitarlo. En esto no hay Eco, sino Discernimiento directo y Fe; tampoco
este hombre puede dejar de ser sincero. Cualquiera puede vivir en la apariencia
de las cosas, más para él es necesidad natural vivir en su realidad. Es hombre
que toma en serio el Universo, mientras otros lo toman en broma. Es Vates ante
todo, en virtud de su sinceridad. Como participantes en el secreto evidente el
Poeta y el Profeta son uno. En lo referente a su distinción pudiéramos decir
que el Vates Profeta ha comprendido ese sagrado misterio en su aspecto moral,
como Bien y Mal, Deber y Prohibición, y el Vates Poeta en lo que llaman los
alemanes aspecto estético, como Bello y cosas por el estilo. Podemos llamar al
uno revelador de lo que debemos hacer, al otro de lo que debemos amar. Pero
también estos dos sectores se confunden, y son inseparables. El Profeta
considera también lo que debemos amar. ¿cómo podríamos saber lo que debemos
hacer de no ser por eso? La Voz suprema que se oyó en la Tierra dijo: Considera
los lirios del prado: ni hilan ni tejen; no obstante, Salomón en toda su pompa
no era tan hermoso como ellos. Es mirada lanzada en la más honda profundidad de
la Belleza. Los lirios del prado, mejor ataviados que los príncipes de la
tierra, que surgen en el humilde surco, lindos ojos que nos miran desde el gran
Mar interior de la Belleza. ¿Cómo podría producirlos la Tierra si su Esencia,
áspera como parece y es, no fuere Belleza interior? Desde este punto de vista
pudiere tener sentido cierta frase de Goethe, que ha hecho vacilar a muchos: La
Belleza es superior al Bien, por estar comprendido en ella. La verdadera
Belleza, que, sin embargo, difiere de la falsa como el Cielo difiere de
Vauxhall. Eso en cuanto a la distinción e identidad entre el Poeta y el
Profeta. Tanto en la antigüedad como en otras épocas, hallamos algunos Poetas
de los que se dice son perfectos, teniéndose por traidor a quien les atribuye
faltas, cosa digna de notar, justa, mas en sentido estricto es ilusoria, pues
en el fondo no hay Poeta perfecto. En todos los corazones hay vena poética,
nadie es íntegramente poeta. Todos somos poetas cuando leemos bien un poema.
¿No creéis que la imaginación que se conmueve leyendo el Infierno de Dante es
la misma facultad, aunque más débil, que la propia del Autor? Únicamente
Shakespeare es capaz de dar cuerpo a la leyenda de Hamlet tomándola de Saxo
Grammatícus, como lo hizo; todos podemos componer una leyenda inspirándonos en
ella, bien o mal. No perdamos tiempo en definiciones, porque en lo que no hay
diferencia especifica, como entre redondo y cuadrado, siempre es arbitraria la
definición. El que haya desarrollado en sí elemento poético que se distinga por
ello, será llamado Poeta por sus semejantes. Los Universales, los que hay que
considerar perfectos, son estimados por los críticos del mismo modo. El que se
eleve sobre el nivel general de los Poetas, parecerá universal a tal o cual
crítico, y, no obstante, la distinción es y tiene que ser arbitraria. Todos los
Poetas, todos los hombres tienen algún rasgo de lo Universal, pero ninguno de
ellos está únicamente integrado por él. Los más de los Poetas caen pronto en el
olvido, pero ni el más noble Shakespeare u Homero entre ellos será eterno;
llegará el día en que desaparecerá. Pero, diréis, debe haber diferencia entre
la verdadera Poesía y la verdadera Habla prosaica, y ¿cuál es? Mucho se ha
escrito sobre esto, especialmente por los últimos críticos alemanes, algunos de
los cuales no comprendemos a primera vista. Dicen, por ejemplo, que uno de los
caracteres del Poeta es la infinidad que comunica, una Unendlichkeit, cierta
infinidad a todo lo que toca. Esto, aunque impreciso, aun sobre tan vaga
materia, es digno de recordarse, porque bien meditado, le hallaremos
gradualmente alguna significación. Por mi parte, hallo considerable
significación en la antigua distinción vulgar de la Poesía al decir que es
métrica, que tiene música, que es Melodía. Verdaderamente, si nos apremiasen
para que diéremos una definición, diríamos ante todo: si su bosquejo es
auténticamente musical, no sólo en las palabras, sino en sentimiento y
sustancia, en todos sus pensamientos y expresiones, en su complejo concepto,
será poético, si no, no. Musical: ¡cuánto quiere decir esto! El pensamiento
musical es el que expresa una mente que ha penétrado en el recóndito corazón de
la cosa, que ha descubierto su más íntimo misterio, es decir, la melod{a oculta
en él; la armonía interior de la coherencia que es su espíritu, por el que
existe, teniendo derecho a la existencia en este mundo. Todo lo más íntimo
podemos decir es melodioso, se expresa naturalmente cantando. El significado
del Canto es profundísimo. ¿Quién en palabras lógicas puede expresar el efecto
que tiene sobre nosotros la música? Es una especie de lenguaje inarticulado que
nos lleva hasta el borde del Infinito, permitiéndonos lo contemplemos un
instante. Todo lenguaje, hasta el más vulgar, tiene algo de melodJa en si, no
habiendo parroquia en el mundo que no tenga su acento; el ritmo o tonada con
que la gente canta lo que tiene que decir. El acento, el dejo, es una especie
de canto; lo tenemos todos, aunque sólo lo notamos en los demás. Observad que
todo lenguaje apasionado es musical, música más fina que el mero acento; las
palabras del hombre, aun cuando se enfada, son canto, canción. Topo lo profundo
es Melodía, pareciendo sea nuestra íntima esencia, como si todo lo restante
fuera envoltura y caparazón; es nuestro elemento primario, el de todas las
cosas. Los griegos hablaron de las Armonías de la Esfera, porque así concebían
la estructura interna de la Naturaleza, creyendo que el espíritu de sus voces y
expresiones era música perfecta. Diremos, pues, que la Poesía es Pensamiento
musical; el Poeta Piensa así; en el fondo encauza la potencia del intelecto; lo
que hace al Poeta es la sinceridad y profundidad de visión; profundizando
veremos musicalmente, pues el corazón de la Naturaleza es melodía, si logramos
llegar hasta él.
Comparado con el Vates
Profeta, el Vates Poeta, con su melodiosa Apocalipsis de la Naturaleza no ocupa
tan elevada jerarquía, pues la función y estima que por ella goza no tienen
tanto alcance. Parece que nuestro aprecio por el Gran Hombre decrezca continuamente
por el tiempo, al considerar primeramente al Héroe como Divinidad, como Profeta
luego, como Poeta más tarde. Primero Dios, después inspirado por él, ahora como
Poeta por su milagrosa palabra, excelente versificación, como hombre genial, o
cosa parecida. Así parece, pero estoy perSuadido de que intrínsecamente no es
así. Bien considerado, tal vez parezca existe todavía en el hombre la misma
admiración peculiar por el Don Heroico que en cualquier época, llámese como se
quiera. Digo que si no reconocemos al Gran Hombre como divino literalmente, es
porque nuestra noción de Dios, del supremo e inaccesible Manantial de
Esplendor, Sabiduría y Heroísmo, se elevan cada vez más, no queriendo decir
esto que decrezca la reverencia por estas cualidades; no lo olvidemos. El
Dilettantismo Escéptico, que no será eterno, es la plaga de estos tiempos, que
influye lastimosamente en esta importantísima actividad humana, como en las
demás, manifestándose la reverencia por los grandes hombres pobremente, como
dolorida, cegada, paralítica. El hombre admira la ostentación y boato que
acompaña a los grandes hombres, la mayoría niega que haya en los grandes
hombres algo realmente venerable. Creencia funesta, fatal, que conduce a perder
la esperanza en los hechos humanos. No obstante, fijáos en Napoleón, teniente
de Artillería corso; eso es lo que podía ostentar, pero fue obedecido, adorado
en cierto modo como no consiguieron serlo todos los que ceñían diadema en el
mundo. Burns, el rústico escocés, vióse asediado por grandes duquesas y mozos
de hostal, atraídos por el placer que sentían al escucharlo porque nadie se
expresaba como él; eso es el hombre en el fondo. En el secreto corazón de
aquella gente se reveló ligeramente, aunque no haya testigos de eJlo, que aquel
rústico, de negras y pobladas cejas, hundidos y centelleantes ojos y extrañas
palabras que provocaban lágrimas y sonrisas, superaba en dignidad a todos, que
les empequeñecía. Hoy, si el Dilettantismo, el Escepticismo, la Trivialidad y
toda esa funesta ralea se esfumase en nosotros como por encanto (como ocurrirá
con el tiempo), si desapareciese por completo la fe en la pompa de las cosas,
reemplazándola por la fe sincera en ellas de modo que el hombre obrase sólo
animado por ese impulso olvidando todo lo demás, renacería pujante aquella
franca y sentida admiración por Burns. Sin embargo, en estos dos Períodos
tenemos dos Poetas que, si no fueron divinizados, fueron, por lo menos,
beatüicados. Puede decirse que Shakespeare y Dante son Santos de la Poesía, que
fueron canonizados, siendo impío discutirlos. A ese resultado ha llegado el
libre instinto del mundo abriéndose paso a través de muchos perversos
obstáculos. Dante y Shakespeare son Dos que viven aparte en cierta soledad
real, que no tienen par ni continuador; ambos gozan de cierto
trascendentalismo, gloria de casi completa Perfección para el mundo en general.
Fueron canonizados sin intervención de Papas ni Cardenales. Así, a pesar de
toda influencia maligna en tiempos nada heroicos, perdura nuestra
indestructible creencia por el heroísmo. Fijémonos en el Poeta Dante, y en el
Poeta Shakespeare; de este modo diremos lo que podamos del Héroe como Poeta.
El héroe como poeta.
Dante. Shakespeare. Segunda parte
(Martes, 12 de mayo de
1840) Muchos son los volúmenes escritos sobre Dante y su Libro; en general, sin
gran resultado. Es licito decir que hemos irrecuperablemente perdido su
biografía. Durante su vida no llamó mucho la atención aquel hombre insignificante,
errante, dolorido, esfumándose por el tiempo lo poco que se sabía de él.
Pasaron cinco siglos. Tras los muchos comentarios lo único que sabemos se debe
a su obra poética y al retrato atribuído a Giotto, cuya contemplación nos
obliga a creerlo fiel, sea de quien fuere. Es el rostro que más me ha conmovido
entre los conocidos: solo, pintado sobre el vado con su sencillo laurel, su
eterna amargura y dolor, el triunfo inmarcesible: ésa es la completa historia
de Dante. Pienso que es el rostro más triste que se ha pintado: trágico,
apenado. En su fondo se vislumbra la suavidad, la ternura, el cándido afecto
infantil helado por la contradicción, abnegación, aislamiento, digno dolor sin
esperanza. Alma etérea que asoma severa, implacable, amargada, como presa del
hielo, rostro que expresa secreto dolor, dolor irónico, pues su labio
manifiesta divino desdén por lo que roe su corazón, despreciándolo como
insignificante, considerando que lo que tiene poder para torturarlo y amargarlo
es inferior a él. Es rostro de franca protesta del que sostiene tremenda lucha
con el mundo mostrándose invencible. Es afecto trocado en indignación,
indignación implacable, lenta, equilibrada, silenciosa, como la de un dios. Su
vista mira con sorpresa, como inquiriendo: ¿Por qué es el mundo así? Ése es
Dante; así parece fue la voz de diez siglos de silencio, que cantó su mística e
insondable canción. Lo poco que sabemos de su vida concuerda con el retrato y
con el libro. Nació en Florencia, de elevada cuna, en 1265, educándose como
mejor se educaba en aquella época: mucha escolástica, lógica aristotélica,
algunos clásicos latinos, bastante cultura en cuanto a ciertas ramas del saber,
cosas que Dante aprendió bien debido a su ávida inteligencia natural, clara y
cultivada comprensión y gran perspicacia, madurando el mejor fruto que se
esforzó en desarrollar su instrucción Conocía exactamente cuánto le rodeaba;
mas en aquel tiempo, sin libros impresos o grandes relaciones, no podía conocer
bien lo distante, pues la lucecita que ilumina lo próximo se torna imprecisa
cuando baña lo lejano. Esa fue la sabiduría que Dante adquirió en las escuelas;
en la vida siguió su destino, luchando como soldado del Estado Florentino en
dos campañas; también fue embajador; a los treinta y cinco años lo nombraron
Magistrado de Florencia, debido a su talento natural y servicios. Durante su
niñez fijó sus ojos en Beatriz Portinari, hermosa muchacha de su edad y
posición, viéndola después de vez en cuando y conversando con ella
ocasionalmente. Todos conocéis la graciosa y afectiva descripción de estos
amores, su separación, el matrimonio contraído con otro, su fallecimiento poco
después. Ella desempeña un importante papel en el poema dantesco, y, al
parecer, en la vida del poeta, pues, aun tras haberles separado la muerte,
creemos que fue el único ser amado por él con toda la intensidad de su afecto.
También se casó Dante, no siendo dichoso, según se dice. Imagino que este
hombre grave, con su fácil excitabilidad, era difícil de hacer feliz. No
lamentamos las aflicciones de Dante; de haberse cumplido sus anhelos, le
hubiera sido fácil mantenerse Preboste, Podestá, o como se llamare en
Florencia, bien recibido por los vecinos, y el mundo hubiera carecido de una de
las más notables palabras jamás habladas o cantadas. Florencia hubiera tenido
otro intendente próspero y los diez siglos mudos hubieran continuado sin voz y
los diez siglos que escuchan (porque habrá diez y más) no tendrían Divina
Comedia que oír; no nos quejemos. Su destino era mucho más noble; no pudo dejar
de cumplirlo, debatiéndose como un hombre arrastrado a la crucifixión y a la
muerte. De haberle dejado libre el camino de la felicidad, no hubiera sabido
cuál era el que conducía a ella o a la desgracia; nadie lo sabe. Durante el
Prebostazgo de Dante intensificóse la lucha entre Güelfos y Gibelinos, Blancos
y Negros, ocurriendo otros trastornos, tanto que él, cuyo partido parecía más
fuerte, fue desterrado inesperadamente con sus amigos, condenado a vivir
errante y angustiado, confiscadas sus propiedades, cosa que creía injusta,
malquista por Dios y por los hombres. Intentó cuanto pudo por rehabilitarse,
hasta la intervención armada, pero sin éxito, empeorando su situación. Creo que
en los Archivos Florentinos existe todavía un documento condenándole a ser quemado
vivo en donde se le haUare. ¡Curioso documento cívico! Otro documento curioso,
escrito muchos años después, es una carta de Dante dirigida a los Magistrados
Florentinos, respuesta a otra suya en la que le proponían retornase, pero
presentando excusas y pagando una multa. Dante respondió con digno orgullo. Si
no puedo volver sin declararme culpable, no volveré jamás, numquam revertere.
Dante no tuvo hogar por entonces; vivió errante de protector en protector, de
lugar en lugar, ejemplo de sus amargas palabras: Come e duro calle, ¡qué áspero
es el camino! La compañía de los desgraciados es molesta; Dante, pobre y
desterrado, con su altiva y grave naturaleza, con su constante malestar, no era
hombre atrayente. Dice Petrarca que estando en el palacio de Can Della Scala
replicó descortés al censurarle un día su tristeza y taciturnidad. Estaba Della
Scala entre sus palaciegos, cómicos y bufones (nebulones ac histriones) que lo
divertían plenamente, cuando volviéndose hacia Dante dijo: ¿No es extraño que
ese pobre loco nos divierta de ese modo mientras tú, hombre sabio, pasas los
d{as enteros sentado sin que se te ocurra nada que nos alegre? Dante contestó
amargamente: No; no es extraño; recuerde su Alteza el provervio: Tal para cual.
Aquel hombre, con su orgulloso silencio, sarcasmos y amarguras, no era de los
que hacen carrera en los palacios. Por el tiempo convencióse no podía disfrutar
de reposo, esperanza de beneficio en la tierra. Los hombres le desterraron y
vivía errante, sin nadie que lo amase, sin encontrar quien mitigara sus
desgracias. En él dominaba el Mundo Eterno, profunda y naturalmente, la
realidad espantosa, junto a la cual este mundo temporal, con sus Florencias y
destierros, sólo era una sombra ficticia. No volverás a ver Florencia, pero
seguramente verás el Infierno, el Purgatorio y el Cielo. ¿Qué es Florencia, Can
Della Scala, el Mundo y la Vida todos juntos? Sólo hay una verdad: la
Eternidad, donde irás tú y todos los demás. El gran espíritu de Dante,
desamparado en esta tierra, habitó cada vez más el terrible otro mundo, morando
en él sus pensamientos, como única cosa que le interesaba. Corpóreo e
incorpóreo es el único hecho importante para todos; mas para Dante, en aquella
época, era realidad, certidumbre en forma científica, no abrigando dudas sobre
la Laguna Malebolge, que existía con sus lúgubres círculos, con su alti guai,
que la vería, creyéndolo como creemos contemplar Constantinopla si vamos allí.
El corazón de Dante rebosaba de estos sentimientos, meditando sobre ellos
pesaroso, estallando finalmente en cánticos místicos insondables, originando la
Divina Comedia, el más notable de todos los libros modernos. Gran solaz seria
para Dante (orgulloso pensamiento a veces), considerar que en el destierro
podía realizar esta obra; que ni Florencia, ni hombre alguno, ni todos ellos,
podían ponerle obstáculos, ni siquiera ayudarlo. Sabía también que la labor era
inmensa, la más grande que puede llevar a cabo un hombre. Se tu segui tua
stella, eso pudo decirse el Héroe en su sacrificio, en su extremada necesidad:
Sigue tu estrella y no dejarás de llegar a un glorioso puerto. El trabajo de
escribirlo fue enorme y doloroso para él, es indudable; por eso dice: Este
libro que me ha agotado durante muchos años, y tiene razón, porque lo escribió
a fuerza de dolor y amarguras, no como pasatiempo, sino con ceñudo celo. Su
obra, como casi todas las buenas, está escrita con sangre de su corazón. Es
toda su historia este Libro. Falleció al acabarlo, a la edad de cincuenta y
seis años, transido de dolor. Está enterrado en Ravena, la ciudad de su muerte.
Hic claudor Dantees patriis extarris ab oris. Los florentinos reclamaron su
cuerpo un siglo después, los de Ravena lo negaron. Aquí descanso yo, Dante,
desterrado de mis riberas natales. Dije que el poema de Dante es un Canto;
Tieck es quien lo llama Melodía mística insondable, y tal es su carácter.
Observa Coleridge con acierto que siempre que haIlamos una frase expresada
musicalmente, cuyas palabras tengan verdadero ritmo y melodía, encerrará
también algo profundo y bueno en su significado, porque el cuerpo y el alma, la
palabra y la idea, se avienen de modo sorprendente en esto y en todo. Dijimos
que Canto es lo Heroico del Lenguaje. Todos los poemas antiguos, homéricos y
demás, son Cantos auténticos, atreviéndome a decir estrictamente lo son todos
los buenos poemas; lo que no puede cantarse no es un Poema, sino un trozo
prosaico dispuesto con cierto sonsonete, con gran desmedro de la gramática,
para tortura del lector. Lo que queremos alcanzar es el pensamiento que animó
al hombre, si lo tuvo; ¿por qué forzarlo en retintín si pudo expresarse con
sencillez? Sólo cuandó su corazón sienta la pasión de la melodía y sus tonos se
musicalicen, según la observación de Coleridge, debido a la grandeza,
profundidad y música de sus pensamientos, le concederemos derecho a rimar y
cantar, lo llamaremos Poeta, escuchándole como Héroe del Lenguaje, cuya palabra
es Melodía. Muchos son los que pretenden llegar a eso y, no dudo que para el
sincero lector la lectura de la rima es una tarea melancólica, por no decir
insoportable. El pensamiento que no necesita rimarse debiera exponerse
sencillamente, sin sonsonete, diciéndonos lo que se propone. Al que pueda
expresar sus ideas llanamente, le aconsejo no cante, que reconozca seriamente,
y entre hombres de gravedad, no siente vocación para cantarlas. Del mismo modo
que amamos la verdadera melodía, embelesándonos por algo divino, debemos odiar
la falsa melodía, considerándola mero ruido, superficial, hueco, superfluo,
hipócrita y molesto. Cuando digo que la Divina Comedia es legitimo Canto en
todos sentidos, rindo a Dante mi mayor elogio. En su verdadero sonido hay un
canto fermo</Iterza rima, lo ayudó mucho. Se lee naturalmente con cierta
melodía; mas hay que decir que no puede ser de otro modo, porque la esencia y
asunto de la obra son rítmicos en sí; su profundidad, arrebato pasional y
sinceridad, la hace musical, conmueve mucho, habiendo música en toda ella,
reinando verdadera simetria interior, lo que llamamos armonía arquitectónica, proporcionada,
que comparte también el carácter de la música. Los tres reinos: Infierno,
purgatorio y Paraiso dan unos a otros como cuerpos de un gran edificio, enorme
catedral mundial supernatural piedra sobre piedra, severa, solemne, terrible;
es el Mundo Dantesco de las Almas. En el fondo es el más sincero de los poemas;
creemos que también en esto es la sinceridad medida del mérito. Surgió de lo
íntimo del corazón de su autor, conmoviendo profundamente los nuestros a través
de largas generaciones. Cuando los veroneses lo veían en la calle se decían:
Eccoví l'uom ch'è stato all' Inferno, y ciertamente lo estuvo, preso de
continuo y amargo pesar y lucha, como habrán estado los que sufrieron como él.
Las comedias que resultan divinas no pueden componerse de otro modo. ¿No es el
Pensamiento, el verdadero esfuerzo de cualquier clase, la misma virtud
superior, hijo del Dolor? Nacido del negro torbellino, el verdadero esfuerzo
del cautivo que lucha por libertarse: eso es el Pensamiento. Si nos
perfeccionamos lo logramos por el sufrimiento, queramos o no. Afirmo no conozco
obra tan laboriosa como la de Dante, como si todo lo contenido en ella hubiera
sido fundido en el enrojecido crisol de su alma, por eso lo dejó agotado. Todas
sus estrofas son producto de su esfuerzo, intenso fervor, sinceridad, claridad
de visión, enlazándose unas con otras, ocupando su lugar adecuado, como bloque
marmóreo cuidadosamente desbastado y pulido. Es el espíritu del Dante, el de la
Edad Media ritmicamente traducido, dificilísimo trabajo, laboriosísimo,
perfectamente cincelado. Pudiera afirmarse que la intensidad, con todo cuanto
lleva aparejado, fue la característica principal del genio de Dante. Éste no se
revela como amplio espíritu católico, sino más bien estrecho, quizá sectario, fruto
de sus años y circunstancias, por una parte, de su naturaleza, por otra,
concentrándose su grandeza en fogoso y profundo énfasis en todos sus aspectos.
Su grandeza no es amplitud, sino profundidad. Su mirada penetra hasta la
entraña del Ser; no conozco nada tan intenso como Dante. Consideremos cómo
describe, pues así conoceremos el desarrollo de su intensidad: su potencia
visual es inmensa, llegando hasta el arquetipo de la cosa que nos manifiesta.
Todos recordamos la primera ojeada que lanza sobre la Mansión de Dité: rojo
pináculo, como de hierro inflamado, que abraza la inmensidad de la lobreguez;
certera visión que no se olvida; es el emblema del genio dantesco, breve,
preciso, abrupto, más conciso que Tácito, más condensado, cosa natural y espontánea
en él; una palabra decisiva y luego el silencio. Su silencio es más elocuente
que las palabras. Es extraña la aguda y decisiva gracia con que hace ver las
cosas, inflamando lo que toca su ígnea pluma. Plutón, el gigante fanfarrón, se
desploma ante el reproche de Virgilio, como desmayan las velas cuando el mastil
se quiebra súbitamente. ¿Y aquel pobre Brunetto Latini con su cotto aspetto,
apergaminado, requemado y enflaquecido? ¿Y la fogosa nieve que cae sobre
aquéllos, nieve sin viento, lenta, implacable, eterna? ¿Y las losas de aquellas
tumbas, sarcófagos cuadrados encerrados en silenciosa estancia que arde a fuego
lento, con su Alma atormentada, losas que caerán sobre ellos el Día del Juicio
por toda la Eternidad? ¡Cómo se levanta Farinata, cómo cae Cavalcante al saber
de su hijo! ¿Y el empleo del pasado fue? Los movimientos dantescos son rápidas,
decisivos, breves, casi militares; la esencia de su genio es este modo de
describir; la naturaleza humana italiana, ardiente, rápida, callada,
apasionada, con sus movimientos precipitados, sus iras pálidas, silentes, se
manifiesta en todo eso. Porque, aunque la descripción es una de las
exteriorizaciones principales del hombre, provienen, como todo lo demás, de la
facultad esencial existente en él, siendo su fisonomía. Cuando vemos alguien
que describe con exactitud, hallamos al hombre de valía, observamos que su
manera de hacerla es su verdadera característica. Ante todo no puede haber
comprendido la cosa o ver su tipo vital, de no haber simpatizado con ella, infundir
su simpatía en lo demás. También tiene que ser sincero y sentirla, porque el
hombre sin valer no puede dar la sensación de nada, pues se detiene en la vaga
superficie, ateniéndose a las falacias y nociones vulgares sobre las cosas. ¿No
podemos afirmar que el intelecto se expresa en el poder de discernir qué es un
objeto? La facultad de la mente del hombre se exterioriza de este modo. Cuando
hay que hacer algo, el hombre de talento ve el punto esencial en todo, haciendo
caso omiso de lo demás; la facultad del talento consiste en discernir el
verdadero parecido, no la falsedad superficial, de lo que tiene que realizar.
¡Qué moralidad hay en la especie de discernimiento que logramos sobre algo, la
vista que descubre en todo lo que en si lleva la facultad de discernir! Todo es
trivial para la vista vulgar, como es amarillo para la vista ictérica. Dicen
los pintores que Rafael es el mejor pintor de retratos. No hay ojos, por
penetrantes que sean, que agoten el significado de una cosa cualquiera; en el
rostro humano más vulgar hay mucho que Rafael no podría penetrar. La
descripción de Dante no sólo es gráfica, breve, exacta, vívida como el fuego en
oscura noche, sino también noble en todo, fruto de una gran alma. ¡Qué calidad
hay en Francesca y su amante! Una cosa tejida como de arcos iris sobre un fondo
de eterno negror. Una vocecita de flauta habla a nuestro corazón con infinito
lamento. Hay un toque de femineidad; della bella persona, che mi fú tolta;
hasta en el fondo del Pozo del dolor le alivia pensar no se separará nunca de
ella. En estos alti guai</I< aer bruno que los arrastra a lamentarse
continuamente. Extraña pensar que Dante fue amigo de esta pobre Francesca; que
ésta pudiera haberse sentado en las rodillas del Poeta, como niña inocente.
Infinita piedad, pero también infinito rigor de la ley: así está hecha la
Naturaleza; así percibió Dante que estaba hecha. La idea de que la Divina
Comedia es libelo de pobre hipocondríaco que condena al Infierno a seres de los
que no pudo vengarse en la tierra, es despreciable. Creo que si la piedad,
tierna como la de una madre, anidó en el pecho de un hombre, fue en el de
Dante. Pues el que desconoce el rigor, también desconoce la lástima. Su
conmiseración será cobarde, egoísta, sentimentalismo, o algo apenas mejor. No
he conocido afecto que iguale al de Dante: es ternura, amor tembloroso, que
anhela, que siente compasión, como lamento de arpa eólica, suave, suavísimo,
como corazón de niño, que se trueca en severo, inmensamente amargado por el
dolor. Los anhelos sentidos por su Beatriz, su encuentro en el Paraiso, la
mirada que dirige a sus puros ojos transfigurados, la misma Beatriz purificada
por la muerte hacía tiempo, tan lejos de él, todo eso suena en nuestro oído
como angélico canto; es la más pura manifestación del afecto, quizá la más pura
que haya surgido de un alma humana. Porque el intenso Dante es intenso en todo;
llega hasta la esencia de todo. La perspicacia intelectual en la descripción, y
en el razonamiento ocasionalmente, es resultado de todas las demás especies de
intensidad. Ante todo hay que reconocer era grande moralmente, que es el
principio en todo. Su desprecio, su disgusto son tan trascendentales como su
amor, y, ciertamente, ¿qué son sino su amor a la inversa, traspuesto? A Dio
spiacenti ed a'nemici sui. Aborrecible a Dios y a los enemigos de D:os, sublime
desdén, implacable reprobación y aversión silenciosas; Non ragionam di lor, de
ellos no hablemos, miremos y pasemos adelante. Reflexionemos sobre esto: Non han speranza di morte. Cierto día
brotó grave y benigno en el lacerado corazón de Dante el pensamiento de que
desamparado, inquieto, destrozado como estaba, moriría, que el Destino no podía
condenarlo a no morir. Tales palabras hay en este hombre. Su rigor, gravedad y
profundidad no tienen paralelo en el mundo moderno; para buscar su par habría
que escrutar la Biblia Hebrea, y convivir con los antiguos Profetas. No admito
la crítica moderna que prefiere el Infierno a las otras dos partes de la Divina
Comedia; imagino que esa preferencia se debe a nuestro byronismo general en el
gusto, y que es probablemente pasajera. El Purgatorio y el Paraiso,
éspecialmente el primero, diríamos que casi se exceden; ese Purgatorio es
noble, Monte de Purificación, emblema del más noble concepto de aquel tiempo.
Si el pecado es fatalisimo, y el Infierno es y debe ser tan riguroso, atroz, el
hombre se purifica en el Arrepentimiento; el Arrepentimiento es el gran acto
cristiano. El tremolar dell'onde bajo la pura claridad inicial del día que
alborea sobre la Pareja errante es como el símbolo de un humor alterado. Apunta
la esperanza, la eterna esperanza, acompañada todavía del amargo pesar. La
tenebrosa morada de los demonios y réprobos queda allá abajo; un suave aliento
de penitencia asciende lentamente hacia el Trono de la Gracia. Intercede en mi
favor, imploran todos los habitantes de aquella Montaña de Dolor. Di a mi
Giovanna que ruegue por mi, mi hija Juana; creo que su madre ya no me ama. Se
esfuerzan doloridamente ascendiendo aquella escarpadura sinuosa, inclinados
como las gárgolas de los edificios, aplastados algunos por el pecado del
orgullo; tras años, centurias, milenios, llegarán a la cumbre, que es la puerta
del Cielo, admitiéndolos la Gracia. Grande es el gozo de todos cuando uno de
los penitentes llega a la puerta; la Montaña entera tiembla de gozo, surge un
salmo de alabanza cuando un alma se libra de su pecado y logra perfecto
arrepentimiento. Esto es para mi un noble simbolo de un pensamiento noble. Pero
los tres cuerpos del edificio se soportan entre sí, se completan; el Paraiso es
una especie de música inarticulada para mi, la parte redentora del Inferno, que
sin éste sería falsa. Entre los tres forman el verdadero Mundo Invisible, como
imaginó la Cristiandad en la Edad Media, memorable, eternamente cierto en su
esencia para todos. Quizá no hubo alma en que se precisase con tan profunda
veracidad como en la de Dante, hombre enviado para cantarlo, para grabarlo en
la memoria. La sencillez y rapidez con que pasa de la diaria realidad a la
invisible es notable, porque en la segunda o tercera estrofa ya estamos en el
Mundo de los Espíritus, viviendo entre ellos como entre cosas palpables e
innegables. Así fue para Dante, pues el mundo real, como se le llama, y sus
hechos, servía de umbral a un Hecho infinitamente más alto. En el fondo uno era
tan preternatural como el otro. ¿No tiene un alma cada hombre? No sólo será un
espíritu; ya lo es. Para el grave Dante se trata de un solo Hecho visible, en
el que cree, que ve, siendo su Poeta por ello. La sinceridad es el mérito
salvador, en esto y en todo.
El Inferno, el Purgatorio
y el Paraiso de Dante son un símbolo, una representación emblemática de su
creencia sobre este Universo; álgún futuro crítico, que no piense como pensó
Dante, dirá que es una Alegoría, alegoría tonta, como ocurrió con los escandinavos.
Es una sublime representación, quizá la más sublime del espiritu de la
Cristiandad. Expresa como en vastos emblemas arquitectónicos, que el cristiano
Dante sintió que el Bien y el Mal son los elementos polares de la Creación,
sobre los que gira todo lo demás, que no difieren por ser uno preferible al
otro, sino por absoluta e infinita incompatibilidad; el primero es excelente,
sublime como la luz y el Cielo, atroz el segundo, negro como Gehena y la Boca
del Infierno. El poema simboliza la Eterna Justicia, acompañada de la
Penitencia, de eterna Piedad, el Cristianismo, tal como lo sintió Dante y la
Edad Media. Símbolo, mas con sincero propósito, sin intención de simbolizarlo.
El Infierno, el Purgatorio y el Paraíso no se presentaron tomo emblemas; la Mente
Moderna Europea no pensó nunca fueran símbolos, sino espantosos hechos
indudables, que el corazón del hombre consideraba ciertos, confirmándolo la
Naturaleza en todas partes. Es lo que ocurre siempre con estas cosas, pues el
hombre no cree en la Alegoría. El futuro crítico, sea cual fuere su nueva
manera de pensar, que opine que Dante se propuso alegorizar, se equivocará
lamentablemente. Admitimos que el Paganismo fue veraz expresión del sentir
anhelante y empavorecido del hombre ante el Universo, veraz, sincero en su
tiempo, no sin algún valor para nosotros. Observemos la diferencia entre el
Paganismo y el Cristianismo: el primero simbolizó los Procedimientos de la
Naturaleza, destino, esfuerzos, combinaciones, vicisitudes de las casas y los
hombres en el mundo, mientras el segundo simbolizó la Ley del Humano Deber, la
Ley Moral del Hombre. Aquél consideró la naturaleza sensible, siendo ruda
manifestación del primer Pensamiento humano; el Valor, la Superioridad ante el
Temor fue su virtud principal. El último no consideró la naturaleza sensible,
sino la moral; el progreso fue grande, aunque sólo fuere en este aspecto. Los
diez siglos de silencio hallaron en Dante su voz, de extraña manera. Dante fue
quien escribió la Divina Comedia, pero en verdad pertenece a diez siglos de
Cristianismo, siendo Dante el que le dió forma acabada. Así ocurre siempre. Es
el artesano, el herrero que dispone de metal, de herramientas, de métodos
apropiados; luego decimos que lo poco que hace es trabajo suyo. Todos los hombres
de talento que le precedieron trabajan con él, con todos y en todo. Dante es el
portavoz de la Edad Media, el Pensamiento prevaleciente surge con música
eterna; sus sublimes ideas, terribles y bellas, son fruto de la Meditación
Cristiana de todos los hombres buenos que le precedieron, admirables como él.
De no haber hablado él hubieran quedado en el silencio muchas cosas, no
muertas, pero mudas. En su conjunto esta mística Melodía es expresión de una de
las almas más grandes, de lo más sublime realizado por Europa hasta entonces.
El Cristianismo, tal como lo canta Dante, dista mucho del Paganismo de las
toscas Mentes noruegas, del Cristianismo Bastardo, semiarticulado en el
Desierto árabe setecientos años antes: surge uno de los hombres más nobles
cantando la idea más noble realizada entre los hombres hasta aquella época. ¿No
hay motivo para regocijarnos por su posesión, tanto en un aspecto como en el
otro? Supongo que prevalecerá aún durante miles de años, porque lo que proviene
de la parte más íntima del alma de un hombre, difiere de lo originado en su
exterior. Lo exterior vive un día, bajo el imperio de la moda, perece luego en
incesantes cambios veloces, lo íntimo es hoy lo que ayer, mañana lo que hoy,
eternamente idéntico. Las almas sinceras de las sucesivas generaciones que
dirijan su vista hacia Dante lo considerarán fraternalmente; la profunda
sinceridad de sus pensamientos, sus temores y esperanzas, hablarán igualmente a
su sinceridad, teniéndolo por hermano. Napoleón se entusiasmó en Santa Elena con
la veracidad genial del clásico Homero. El más viejo Profeta hebreo, con ropa
muy distinta a la nuestra, habla al corazón humano, porque sus palabras
provienen del suyo. Es el único secreto para ser largamente memorable. Dante se
parece a un antiguo profeta por su profunda sinceridad, pues sus palabras
provienen del corazón, como las de aquél. No nos asombremos si se predijo que
su Poema era lo más duradero que produjo Europa, porque nada hay tan
imperecedero como la palabra sincera. Todas las catedrales, bronces y bloques
de piedra, seculares construcciones, son efímeras, comparadas con esta cordial
melodía insondable; creo que vivirá todavía cuando se hayan sumido en nuevas
combinaciones confusas, y hayan cesado individualmente de ser. Mucho hizo
Europa: grandes ciudades, grandes imperios, enciclopedias, credos, masas de
opinión y prácticas, pero muy poco lo que produjo de la calidad del Pensamiento
de Dante. Vive Homero, en coloquio con todo espíritu sincero, pero, ¿dónde está
Grecia? Desolada durante miles de años, esfumada, perplejo montón de piedras y
basura, desvaneciéndose su vida y existencia, como un sueño, como el polvo del
Rey Agamenón. Grecia fue; Grecia, salvo en las palabras que dijo, ya no es.
¿Fue útil Dante? No diremos mucho sobre su utilidad. El espíritu humano que
llegó hasta el elemento primario de la Melodía, traduciéndola de manera
apropiada, laboró en las profundidades de nuestra existencia, alimentando
durante mucho tiempo las raíces vitales de la excelencia del hombre; de modo
que mal podemos calcular las utilidades que nos reporta. No hay que apreciar el
Sol por el volumen de luz de gas que economiza; el valor de Dante es
incalculable o nada vale. Hay que indicar el contraste entre el Héroe-Poeta y
el Héroe-Profeta: en un siglo los árabes de Mahoma prevalecieron en Granada y
en Delhi, los italianos de Dante están donde estaban. ¿Diremos que el efecto
producido por Dante en el mundo fue comparativamente pequeño? No; su terreno es
mucho más limitado, pero muchos más noble, mucho más claro, siendo quizás mayor
su importancia. Mahoma hablaba a grandes masas de hombres, en áspera lengua,
adaptada al caso, sembrada de inconsistencias, crudezas, desatinos, pudiendo
actuar sólo sobre muchedumbres, mezclando extrañamente el bien con el mal. Dante
hablaba a los nobles, a los puros y a los grandes, de todas las épocas y
latitudes, no anticuándose como el otro, sino brillando como pura estrella fija
en el firmamento, iluminando a los grandes y excelsos de todos los tiempos,
siendo posesión de todos los elegidos durante tiempo incalculable. Dante puede
sobrevivir a Mahoma; de este modo nivelaremos la balanza. Después de todo, ¿no
medimos al hombre y su obra por lo que llamamos el efecto que causan en el
mundo, por lo que podemos juzgar es dicho efecto? ¿Efecto? ¿Influencia?
¿Utilidad? Si un hombre lleva a cabo su obra, otro verá que se cuide de su
fruto, que se desarrolla por sí solo, no importando se manifieste en Califatos
y Conquistas árabes, llenando las páginas de los periódicos de la tarde y de la
mañana, las Historias, especie de periódicos destilados, o que deje de
manifestarse, porque eso no es su fruto real; el Califa fue algo por lo que
hizo. Si la gran causa del Hombre y su obra en el Mundo de Dios, no avanzó con
el Califato, a pesar de las cimitarras que se blandieren, las áureas piastras
que se amontonasen, el alboroto o estridencia que produjera, proclamada su
inanidad y futilidad, no siendo nada en el fondo. ¡Loemos una vez más el gran
imperio del Silencio! El ilimitado tesoro que no hacemas resonar en nuestros
bolsillos ni contamos a la vista de los demás.
El héroe como poeta.
Dante. Shakespeare. Tercera parte
(Martes, 12 de mayo de
1840)
Así como el italiano Dante fue enviado para realizar
melódicamente la religión de la Edad Media, la de la Europa Moderna, su Vida
Interior, Shakespeare realiza la Vida Exterior que nuestra Europa ha
desarrollado: la caballerosidad, cortesía, humores y ambiciones, la manera
práctica de pensar, obrar, considerar el mundo. Así como Homero nos ayuda a
reconstruir la Grecia Antigua, Shakespeare y Dante, tras miles de años, darán a
conocer la visión de lo que fue Europa, en cuanto a la Fe y a la Práctica. Dante
nos manifestó su fe y su espíritu, mientras Shakespeare nos familiarizó con la
Práctica o cuerpo, tan noblemente como aquél. Precisaba conocerlo y Shakespeare
fue el enviado para ello. Cuando la vida caballeresca tocaba a su fin, estando
a punto de desaparecer lenta o rápidamente, como podemos comprobar, surgió este
soberano Poeta, con su penetrante vista, su perenne voz melodiosa, para
perpetuarla en sus escritos. Dante, profundo, digno, es como el fuego central
del mundo; Shakespeare, amplio, plácido, penetrante como el Sol, en su luz
exterior. Italia produjo una de las voces del mundo, gozando Inglaterra el
honor de producir la otra. Lo curioso es que llegase hasta nosotros por mero
accidente. Creo que este hombre, grande, tranquilo, perfecto y confiado no
hubiere sido conocido como poeta si un hidalgo de Warwickshire no lo hubiera
demandado por arrebatarle sus ciervos. Los bosques, el firmamento, la rústica
vida del hombre en Stratford, lo hubiere satisfecho. Sin duda, aquella extraña
floración de nuestra existencia en Inglaterra llamada Era Isabelina, habría
surgido por sí sola. El árbol Igdrasil florece y se agosta siguiendo sus
normas, profundo en demasía para nuestra vista. Pero florece y se agosta; sus
ramas y hojas existen por sus propias leyes; Sir Tomás Lucy aparece a su hora.
Es curiosa la manera cómo las cosas cooperan unas con otras, lo cual no se ha
considerado como es debido; no hay hoja que se seque en un camino que no sea
parte indispensable del sistema solar; no hay pensamiento, palabra o acto
humano que no esté relacionado con los demás hombres, que opere más pronto o
más tarde, a la vista u ocultamente de todos los otros. Todo es un Árbol,
circulación de savia e influencias, comunicación mutua de su más diminuta hoja
con su ínfima raicilla, con todas las demás partes grandes y pequeñas del todo.
Es el Igdrasil, árbol cuyas raíces se introducen en los Reinos de Hela y de la
Muerte, cuyos brotes tocan lo alto del Firmamento. En cierto sentido podemos
afirmar que esta gloriosa Era Isabelina con su Shakespeare, como retoño y
floración de cuanto la precedió, puede atribuirse al Catolicismo de la Edad
Media. La Fe Cristiana, tema del Poema dantesco, tuvo a Shakespeare como cantor
de su Vida Práctica, porque entonces, como ahora, como siempre, la Religión fue
alma de la Práctica, el primer hecho vital en la vida del hombre. Observemos
que el catolicismo de la Edad Media fue abolido, en la medida que pueden
hacerlo las decisiones del Parlamento, antes de que surgiese Shakespeare, su
más noble resultado; que apareció porque la Naturaleza así lo dispuso a su
tiempo, con Catolicismo o lo que fuere necesario, haciendo caso omiso de los
decretos del Parlamento. Los Enriques e Isabeles siguieron su curso y la
Naturaleza el suyo. En conjunto pocos son los decretos parlamentarios, a pesar
del ruido que producen. ¿Qué decreto parlamentario, debate en San Esteban, en
la tribuna pública u otra parte, produjo a Shakespeare? No lo produjeron
banquetes en la hostería de Freemason. ni suscripciones, ni venta de acciones,
ni otras retumbantes actividades verdaderas o falsas. Esta Era Isabelina, con
su nobleza y beneficios, llegó sin proclamaciones ni preparativos. El
inapreciable Shakespeare fue don gratuito de la Naturaleza, concedido en
silencio, recibido tácitamente, como cosa de poca monta, no obstante ser
valiosísimo, considerando bien la cosa. En cuanto a Shakespeare, quizá la
opinión que oímos alguna vez manifestada con idolatría sea efectivamente
cierta; creo que el mejor juicio que merece a Europa, en general, indica que
Shakespeare es el príncipe de los Poetas conocidos, la inteligencia más sublIme
que registra la Literatura. En conjunto no conozco mayor potencia de visión,
tal facultad de pensamiento, considerando todos sus caracteres: la serena
profundidad, gozoso y plácido vigor; todas las cosas reflejadas en su gran alma
veraz y transparente, como en un tranquilo mar insondable. Se ha dicho que en
la composición de los dramas de Shakespeare hay capacidad manifiesta que iguala
a la del Novum Organum de Bacon, aparte de otras facultades. Y es cierto; es
verdad que no a todos nos sorprende, cosa que se evidenciaría si intentásemos
conseguir el resultado logrado por el Poeta, aprovechando sus argumentos. El
edificio es tan armónico en su conjunto que parece que hubieran contribuído las
leyes y naturaleza de las cosas, olvidando la desordenada y ruda cantera que
produjo la materia prima. La perfección de su construcción oculta el mérito del
arquitecto, como si fuere el producto de la Naturaleza. En esto reconocemos la
perfección de Shakespeare sobre todos: discierne, conoce como por instinto las
condiciones en que realiza su obra, la calidad de los materiales, su fuerza y
relación con ellos. No basta para eso la ojeada fugaz penetrante, sino la
deliberada claridad en su conjunto; su vista escruta con serenidad; su
inteligencia es grande. Lo que nos da la medida del intelecto del hombre es la
manera como narra algo complejo que vieron sus ojos, la precisión de su
bosquejo. ¿Qué circunstancia debe resaltar por su vitalidad? ¿Qué hay de
accesorio que tiene que suprimirse? ¿Cómo debe iniciarse, desarrollarse y
acabarse con justeza? Si lo descubrimos apreciaremos el vigor del
discernimiento en el hombre. Tiene que entender la cosa, pues su producción
está de conformidad con la profundidad de su entendimiento. Así lo
ponderaremos. ¿Hay conformidad entre las cosas? ¿Prevalece el espíritu metódico
de manera que la confusión y el embrollo se trueca en orden? ¿Puede decir Fiat
lux, creando un mundo del caos? Si es capaz de discernir lo conseguirá. La
grandeza de Shakespeare está en lo que llamamos el retrato, el esbozo de los
hombres y cosas, especialmeme de aquéllos; porque la grandeza del hombre se
manifiesta en ello decisivamente. Su perspicacia creadora y serena no tiene
paralelo; cuando mira algo no ve este o aquel aspecto de la cuestión, sino su
entraña, su secreto genérico, disolviéndose como la luz ante su vista, de modo
que discierne su estructura perfecta. Es Creador; ¿qué es la creación poética,
sino ver la cosa por completo? La palabra que define la cosa se origina en su
visión clara e intensa. Lo que triunfa de los obstáculos es la moralidad de
Shakespeare, su valor, imparcialidad, tolerancia, veracidad, su poder
victorioso, su grandeza. Es grande como el mundo y no ondulado espejo
cóncavo-convexo que refleja los objetos en su propia convexidad y concavidad;
es espejo de superficie perfecta, es decir, que si lo comprendemos, es hombre
que está en justa relación con los hombres y las cosas, un hombre bueno.
Excelente espectáculo ofrece este gran espíritu que asimila toda suerte de
seres y objetos: un Falstaff, un Othello, una Julieta, un Coriolano, la manera
como los presenta tal cual son, afectuoso, justo, hermano igual de todos. El
Novun Organum y la inteligencia que hallamos en Bacon es de orden secundario,
materia terrosa, pobre comparada con esto. Entre los modernos casi no hallamos
nada que figure estrictamente en la misma categoría. El único que me recuerda a
Shakespeare es Goethe, de quien se dice veía las cosas, pudiendo afirmar del
último lo mismo que él aseveró del primero, que sus personajes son relojes cuya
esfera de transparente cristal permite ver su mecanismo al mismo tiempo que
indican la hora exacta. La penetración visual es lo que revela la armonía
interior de las cosas, el significado de la Naturaleza, la idea melódica que
aquélla viste con frecuencia de ordinario ropaje; la perspicacia de la vista
discierne dicho significado. Cuando se trata de cosas despreciables o viles
podemos desdeñarlas, lamentarlas, considerarlas de una u otra manera, conservar
la paz ante las inferiores, desviando de ellas nuestra vista y la de los demás,
hasta que llega el momento de exterminarlas y aniquilarlas. En el fondo, el don
principal del Poeta es la suficiencia del entendimiento, el de todo hombre; si
disfruta de él se expresará poéticamente; de no ocurrir así, quizá sea algo
mejor, es decir, Poeta en acto, dependiendo de accidentes escriba o no escriba,
lo haga en verso o en prosa, siendo dichos accidentes excesivamente triviales,
tal vez debido a que durante su niñez aprendiese a cantar; pero la facultad que
lo capacita para discernir la entraña de las cosas, la armonía que contienen
(pues en todo lo existente hay armonía interior, ya que de no ser así se
desintegraría pereciendo), no resulta de hábitos o accidentes, sino que es don
de la Naturaleza, disposición primordial del Hombre Heroico en cualquiera de
sus aspectos. Lo primero que hay que decir al Poeta, como a todos los demás es:
¡discierne!, pues, si no estás capacitado para ello, es inútil te preocupes de
buscar rimas, excitar la sensibilidad, llamándote Poeta, pues no hay esperanza
para ti; mas si tuvieres capacidad para discernir puedes abrigarla, en la
prosa, en el verso, en los actos o la especulación. El avinagrado antiguo
maestro de escuela preguntaba cuando le presentaban un nuevo alumno: ¿está
usted seguro de que no es tonto? Otro tanto pudiera preguntarse cuando se
propone a una persona para cualquier función, considerando pertinente la
pregunta, pues no hay hombre tan fatal en el mundo. Afirmo, en efecto, que la
exacta medida del hombre es la intensidad de su discernimiento, y, si me
obligasen a definir la facultad de Shakespeare declararía: la superioridad de
Entendimiento, creyendo que en ello iba incluído todo. En efecto, ¿qué son las
facultades? Nos referimos a ellas como si fueren distintas, cosas separables,
como si el hombre poseyese entendimiento, imaginación, fantasía, etc., del
mismo modo que tiene manos, pies y brazos. Éste es un error capital, óyese
decir también que tal persona posee naturaleza intelectual, naturaleza moral,
como si fueren visibles y existieren independientemente. Quizá las necesidades
del lenguaje nos hagan expresarnos de este modo, si queremos exteriorizar el
pensamiento, mas las palabras no deben adquirir la consistencia de las cosas.
Me parece que la comprensión sobre todo eso queda falseada radicalmente debido
a ello. Hay que tener presente, que esas divisiones son sólo nombres en el
fondo; que la naturaleza espiritual del hombre, la Fuerza vital que en él
reside, es una e indivisible; que lo denominado imaginación, fantasía,
entendimiento y cosas por el estilo, sólo son figuras de la misma Potencia de
Discernimiento, relacionadas indisolublemente unas con otras, emparentadas fisionómicamente,
que de conocer una de ellas podemos conocerlas todas. ¿Qué es la Moralidad en
si, lo que llamamos cualidad moral del hombre, sino otra fase de la Fuerza
vital que lo anima y vigoriza? Todo lo que hace el hombre es propiedad
fisionómica suya. Podemos considerar cómo lucharía una persona, por la manera
en que canta; su valor o falta de valor se manifiesta en la palabra que
pronuncia, en la opinión que tiene, no menos que en el golpe que asesta. Es
uno, que exterioriza su Identidad mediante todo eso. El manco tiene pies y
puede andar, mas sin moralidad no gozaría de entendimiento, porque el inmoral
no puede discernir, pues para conocer la cosa, lo que llamamos conocimiento, el
hombre debe quererla ante todo, simpatizar con ella, es decir, estar unido con
ella, mediante la virtud. ¿Cómo puede conocer de no hacerse la justicia de
desprenderse de su egoísmo en toda ocasión, de no poner en juego su valor para
defender la peligrosa verdad? Todas sus virtudes, figuran en su conocimiento.
La Naturaleza, con su verdad, es libro sellado para siempre para el malvado, el
egoísta y el pusilánime, porque lo único que puede saber sobre ella es lo vil,
lo superficial, lo ínfimo, lo indispensable del momento. ¿No sabe el Zorro algo
sobre la Naturaleza? Sí; sabe dónde están los ánades. El Zorro humano, muy
común en todas latitudes, sólo sabe eso y nada más. Podría suponerse que si el
Zorro careciera de cierta moralidad vulpina, ni aun sabría dónde están los
ánades, ni el modo de atraparlos. Si perdiera el tiempo en reflexiones
hipocondríacas sobre su desdicha, sobre las injusticias de la Naturaleza, del
Destino, y de los otros Zorros, si no tuviera coraje, rapidez, práctica y demás
dones y gracias vulpinas no atraparía ánades. Pudiéremos afirmar también del
Zorro que su moralidad y discernimiento son idénticos, fases diferentes de la
misma unidad interior de la vida vulpina. Bueno es exponer todo esto, porque lo
contrario obra con múltiple perversión funestísima actualmente; las
limitaciones y modificaciones pertinentes las indicará vuestra propia
imparcialidad. Si digo que el Intelecto de Shakespeare es insuperable habré
dicho lo bastante sobre él; pero su inteligencia supera la idea que de ella
tenemos hasta la fecha; es lo que llamo entendimiento inconsciente, habiendo
más virtud en él de lo que él mismo creyera. Observa bellamente Novalis que sus
Dramas son también Producciones de la Naturaleza, tan profundas como ella
misma. Creo dijo verdad irrefutable. El arte de Shakespeare no es artificio,
pues su más noble dignidad no figura en él debido a plan o preparación.
Proviene de las profundidades de la Naturaleza, mediante su espíritu noble y
sincero, que es voz de la Naturaleza. Las últimas generaciones de hombres
hallarán nuevos significados en Shakespeare, nuevas elucidaciones de su propio
ser humano, nuevas armonías con la infinita estructura del Universo,
concurrencias con las últimas ideas, afinidades con las sublimes potencias y
sentidos del hombre. Bien merece meditemos sobre esto. La más sublime
recompensa que otorga la Naturaleza al espíritu verdaderamente sincero es que
logre ser parte de ella; las obras de hombre tal, las que l1eve a cabo con el
esfuerzo y premeditación más inconscientes, surgen inconscientemente en las
desconocidas profundidades existentes en él, como el roble brota del seno de la
Tierra, como se forman los montes y aguas, con simetría basada en las leyes
Naturales, de conformidad con toda Verdad. En Shakespeare hay todavía mucho
oculto; sus pesares, las silenciosas luchas que él sólo conocía; mucho
desconocido, inexpresable, como raíces, como savia y fuerzas que actúan
profundamente. Grande es la Palabra, más grande es el Silencio. Con todo, la
jovial serenidad de este hombre es notable. No censuro a Dante por su
desgracia; su vida fue batalla sin victoria, verdadera lucha primordial,
indispensable, y, si digo que Shakespeare le supera en grandeza se debe a que
batalló valerosamente, venciendo; no lo dudéis, también tuvo sus amarguras; sus
Sonetos atestiguan claramente la profundidad de las aguas que tuvo que surcar
angustiosamente para salvar la vida, ¿qué hombre de su temple no se vió
obligado a hacerlo? Creo errónea la noción vulgar que le supone posado como el
ave en la rama, cantando libre y tranquilo sin conocer las contrariedades de
los demás hombres. Nadie vive de ese modo. ¿Cómo podía aquel furtivo cazador de
ciervos llegar a escribir sus tragedias de no haber sido víctima de disgustos y
penas? Mejor dicho, ¿cómo podía concebir un Hamlet, un Coriolano, un Macbeth,
corazones heroicos tan subidos, de no haber padecido nunca su heroico corazón?
Observemos ahora su jovialidad, su exuberante gusto por el gracejo, pues en lo
único que exageró fue en la comicidad. Shakespeare emplea palabras que pinchan
y queman, terribles reprimendas, sin rebasar la medida, no rozando nunca lo que
Johnson denominó odio cordial. Parece que la gracia fluya de su boca a
raudales; colma de ridículos motes al personaje elegido como blanco de su
sátira, zarandeándolo, manteándolo, ridiculizándolo, pudiendo afirmarse que ríe
con todo su corazón, que si su chiste no siempre es de lo más fino es siempre
genial. No es que bromee sobre la debilidad, la desgracia o la pobreza, pues no
hay hombre capaz de bromear que se mofe de tales cosas; únicamente un carácter
vil se propone ridiculizar todo eso creyendo se le tiene por gracioso. La
donosura significa simpatía, no siendo alegría la risa producida por el
cosquilleo de las espinas. Shakespeare bromea siempre genialmente, aun cuando
ridiculiza la estupidez y la presunción. Los Pertigueros y Alguaciles nos
regocijan cordialmente, despidiéndonos de ellos con explosiones de carcajadas,
mas nuestra risa va acompañada de simpatía, deseándoles avancen en su carrera y
lleguen a jefes de la Ronda de Noche. Esa risa, como el sol que penetra en las
profundidades del Océano, es cosa que me agrada. No disponemos de tiempo para
comentar las obras de Shakespeare una tras otra, aunque quizás hay todavía
mucho que decir sobre ellas. ¡Ojalá se hubiese estudiado todos sus dramas como
Hamlet en Wilhelm Meisterl, cosa que se hará algún día. Augusto Wilhelm
Schlegel hace una observación sobre sus Dramas Históricos Enrique Quinto y
otros, digna de recordar; afirma que son una especie de Épica Nacional;
Marlborough declaró que lo único que sabía de Historia de Inglaterra lo
aprendió de Shakespeare. Si bien nos fijamos observaremos pocas Historias tan
memorables como la suya; los principales puntos están admirablemente
dispuestos, guardando el todo rítmica coherencia, siendo épica, como dice
Schlegel, como cuadra al plan de un gran pensador. En sus Dramas hallamos cosas
verdaderamente hermosas, que forman bello conjunto. La batalla de Agincourt es
una de las escenas que más me maravillan por su perfección, siendo, en su
clase, lo mejor que tenemos del Poeta. La descripción de los dos ejércitos: las
fatigadas y deshechas huestes inglesas; la hora terrible que suena llevando en
sus entrañas el destino cuando va a iniciarse la batalla; y luego aquel
imperecedero valor: Buenos guardias cuyos cuerpos fueron concebidos en
Inglaterra. Eso es patriotismo elevado, muy distinto de la indiferencia que
alguna vez se atribuyó al Poeta. En todo ello late el verdadero corazón inglés,
sereno y vigoroso, sin jactancias ni baladronadas, tal cual debe ser, oyéndose
un sonido parecido al del acero. Este hombre hubiérase portado como valiente,
de haberse hallado en tales circunstancias. Lo que sí quiero manifestar sobre
sus obras es que no llegan a darn a conocer lo que realmente fue en la medida
que lo hacen las de otros. Sus obras son otras tantas ventanas a través de las
cuales vislumbramos el mundo que había en él. Comparativamente sus obras
parecen precipitadas, imperfectas, escritas en molestas circunstancias, sólo de
vez en cuando dando una nota de la plenitud de aquel hombre. Hay trozos que
irradian celeste resplandor, destellos que llegan hasta el corazón de las
cosas, que obligan a exclamar: Es cierto; es la pura verdad, ahora y siempre,
la que todo espiritu humano, sincero, reconoce como tal. Esos destellos nos
permiten sentir que el resto no es radiante, que es parcialmente provisorio,
convencional. ¡Ay de mi!, Shakespeare tuvo que escribir para el Teatro del
Globo; su grandeza de alma tuvo que encogerse para adaptarse al molde,
ocurriéndole lo que a todos ocurre, porque el hombre tiene que amoldarse a las
circunstancias: no puede el escultor dejar en libertad su Pensamiento para que
llegue hasta nosotros directamente, sino que tiene que traducirlo en el trozo
de mármol que se le entrega, valiéndose de los útiles de que dispone. Disjecta
membra, son lo que nos queda de cualquier Poeta o de cualquier hombre. Si
consideramos a Shakespeare con la inteligencia, reconoceremos que era también
Profeta a su modo, que poseía discernimiento análogo al profético, aunque lo
manejó de otro modo. También la Naturaleza fue divina para él, inefable,
profunda como el Infierno, alta como el Cielo. Estamos hechos de la madera de
los sueños. Esa voluta de Westminster Abbey, que pocos leen comprendiendo su
sentido, encierra profundidad de vidente. Pero el hombre cantaba: no predicaba,
salvo de un modo musical. Dijimos que Dante fue el melódico Sacerdote del
Catolicismo de la Edad Media: ¿no podríamos llamar a Shakespeare Sacerdote aun
más melodioso de un verdadero Catolicismo, la Iglesia Universal del Porvenir y
de todos los tiempos? No es estrecha superstición, rígido ascetismo,
intolerancia, ferocidad fanática o perversión, sino Revelación que reside en
toda Naturaleza, bel!eza oculta en mil reconditeces y divinidad que permite a
los hombres adoren como sepan. Podemos decir sin ofensa que en Shakespeare
surge una especie de Salmo universal, que no deja de oirse entre los Salmos
mucho más sagrados, que no desafina entre ellos, si los comprendemos, sino que
está en armonía. Tampoco puedo afirmar que Shakespeare sea Escéptico, como
hacen algunos: su indiferencia en cuanto a los credos y discusiones teológicas
de su época los extravió. No carecía de patriotismo, aunque hable poco del
suyo, ni fue escéptico, aunque poco diga sobre su Fe. Esa indiferencia fue
fruto de su grandeza, su entero corazón residía en su propia y extensa esfera
de adoración (llamémosla así): otras controversias de vital importancia para
los demás, no lo fueron para él. Llámese adoración, llámese como se quiera, ¿no
es ciertamente gloria, glorias, lo que Shakespeare nos ha legado? Creo que
verdaderamente hay algo de sagrado en el hecho de que este hombre fuere enviado
al Mundo. ¿No es ojo por el que vemos todos? ¿No es mensajero celeste Portador
de Luz? ¿No fue quizá mejor en el fondo que este hombre, inconsciente en todo,
no tuviere conocimiento de ser portador de un Divino mensaje? Mahoma creyó que
era el Profeta de Dios, por haber penetrado en esos Esplendores interiores;
Shakespeare no lo creyó, y en eso fue mayor que Mahoma. Mayor y, si apreciamos
estrictamente, como hicimos al tratar de Dante, con más éxito. Intrínsecamente
la creencia de Mahoma de que era un supremo Profeta fue un error, llegando
hasta nosotros inextricablemente envuelto en error, arrastrando consigo tal
maraña de fábulas, impurezas, intolerancias, que me pone en aprieto afirmar,
como hice anteriormente, que Mahoma fue sincero en sus asertos y no ambicioso
charlatán, perverso e impostor. Me atrevo a decir que aun en Arabia se habrá
agotado Mahoma, se habrá anticuado, mientras Shakespeare y Dante son jóvenes
aún, pues este Shakespeare puede pretender todavía ser Sacerdote de la
Humanidad, tanto en Arabia como en otras partes o ilimitados períodos.
Comparado con cualquier orador o cantor conocido, aun con Esquilo u Homero,
¿por qué no tiene que durar como ellos por su veracidad y universalidad? Les
iguala en sinceridad, es tan profundo como ellos, llegando hasta lo universal y
eterno. En cuanto a Mahoma creo que más le hubiere valido no ser tan
consciente. ¡Pobre Mahoma! Todo aquello sobre lo que tuvo consciencia fue mero
error, futilidad y trivialidad, y continúa siéndolo. Lo verdaderamente grande
en él fue lo inconsciente: que era fiero león árabe del desierto; que se
expresó con aquella gran voz de trueno, no mediante palabras que creía grandes,
sino mediante actos, sentimientos, mediante una historia que fue grande. Su
Korán se ha trocado en estúpida obra de prolijos absurdos; no creemos, como él,
que Dios lo escribió. También en esto es el Gran Hombre una fuerza de la
Naturaleza, como siempre; todo lo verdaderamente grande que en él hay surge de
las profundidades inarticuladas. Bien: éste es nuestro pobre Campesino de
Warwickshire, que llegó a Empresario de Teatro, cosa que le permitió vivir sin
pedir limosna; a quien el Conde de Southampton lanzó algunas afectuosas
miradas, a quien Sir Tomás Lucy, ¡Dios le bendiga!, estuvo por condenar a
trabajos forzados. No lo consideramos un Dios, como a Odin, mientras vivió
entre los hombres, sobre lo cual habría mucho que decir. No me cansaré de
afirmar que, a pesar del lastimoso estado en que se halla hoy el Culto de los
Héroes, hay que considerar lo que es actualmente Shakespeare para nosotros.
Renunciaríamos a cualquier inglés, a un millón de ingleses, antes que al Aldeano
de Straúord. No lo cambiaríamas por ningún regimiento de los más altos
dignatarios; es lo más grande que hemos tenido. Para las naciones extranjeras
es ornamento que honra nuestra Casa Solariega. ¿Qué poseemos que no diéramos
antes que renunciar a él? Suponed que nos preguntaran: ¿qué daríais antes,
vuestro Imperio Indico o vuestro Shakespeare? Vamos a ver, ingleses, ¿que
preferiríais, poseer el Imperio de las Indias o tener un Shakespeare? Creo que
la pregunta encerraría gravedad. El mundo oficial respondería en lenguaje
oficial, pero nosotros declararíamos: no poseer Imperio Indico, pues no podemos
renunciar a Shakespeare. Ese Imperio desaparecerá algún día, mientras
Shakespeare perdurará eternamente para nosotros; no podemos renunciar a nuestro
Shakespeare. Además, dejando de lado la espiritualidad, considerándolo como
posesión real, comercial, utilitaria, pensemos que Inglaterra contará dentro de
poco sólo una minúscula fracción de ingleses en esta isla; en América, Nueva
Holanda, en Oriente y Occidente hasta los Antípodas, habrá una estensa esfera
sajona que cubrirá grandes espacios del Globo. ¿Qué será entonces lo que
servirá de lazo formando una sola Nación, para que no se originen luchas y
vivan en paz, en fraternales relaciones, prestándose mutua ayuda? Esto se
considera el mayor problema práctico, lo que toda clase de soberanías y
gobiernos tienen que llevar a cabo; ¿qué será lo que pueda lograrlo? Las Leyes
del Parlamento, los Presídentes del Consejo no lo pueden. América se ha
separado de nosotros; el Parlamento no pudo evitarlo. No creáis fantasía lo que
vaya manifestaras, es pura realidad: Tenemos un Rey Inglés al que ni el tiempo,
ni el destino, el Parlamento o combinación de Parlamentos, pueden destronar.
¿No es Shakespeare rey que brilla sobre todos nosotros, soberano coronado, como
el más noble, amable, vigoroso lazo, indestructible, ciertamente más valioso
desde ese punto de vista que cualquier otro medio o instrumento? Imaginémoslo
como astro radiante que centellea muy alto sobre todas las Naciones de Ingleses
durante un milenio. Tanto en Paramatta como en Nueva York, en todas partes, en
cualquier jurisdicción, se dirán los ingleses e inglesas: Si, este Shakespeare
es nuestro; nosotros lo produjimos, hablamos, pensamos debido a él; somos de su
misma sangre; estamos emparentados con él. Hasta el más sesudo político puede
pensar lo mismo. Sí, ciertamente gran cosa es para una Nación tener una voz que
hable por ella, producir un hombre que exprese melódicamente lo que siente su
corazón. Italia, la pobre Italia, destrozada, dividida, que no figura en
protocolo o tratado como unidad, la noble Italia es realmente una, porque
produjo un Dante y puede dejar oír su voz. Fuerte es el Zar de todas las
Rusias, con tantas bayonetas, cosacos y cañones, haciendo bastante con sostener
políticamente unido ese gran trecho de Tierra, pero no tiene voz. Algo grande
hay en él; pero es una muda grandeza. Le falta una voz genial para que lo
escuchen todos los hombres y todas las edades. Tiene que aprender a hablar.
Hasta ahora es un gran monstruo mudo. Sus cañones y sus cosacos se habrán
herrumbrado hasta no ser y todavía se oirá la voz de aquel Dante. El Pueblo que
tiene un Dante está unido como no puede estarlo ninguna muda Rusia. Eso es lo
que teníamos que decir sobre el Héroe-Poeta.
CUARTA CONFERENCIA
El héroe como sacerdote.
Lutero. La Reforma. Knox. El puritanismo.
El héroe como sacerdote.
Lutero. La Reforma. Knox. El puritanismo. Primera parte
(Viernes, 15 de mayo de
1840) Ahora trataremos del Gran Hombre como Sacerdote. Me he esforzado por
mostrar que la esencia de todos los Héroes es idéntica; que cuando surge un
alma grande que discierne la Divina Significación de la Vida, anima al hombre predispuesto
a explicárnosla, a cantarla, a luchar y a laborar por ella de una manera
grande, victoriosa, perdurable; que surge el Héroe, cuya forma exterior depende
de la época y ambiente en que vive. También el Sacerdote, a mi entender, es una
especie de Profeta; porque en él debe brillar la llama de la inspiración, pues
así hay que denominarIa. Él es quien preside la adoración de la gente, es el
Lazo que une a los seres con la Invisible Santidad. Es el Capitán espiritual
del pueblo, del mismo modo que el Profeta es su Rey espiritual con muchos
capitanes; los guía en el camino del cielo en este mundo y en sus deberes. El
Sacerdote ideal es también lo que llamamos voz originada en el Cielo invisible,
que lo interpreta como el Profeta, pero de manera más familiar, haciéndolo
comprender a los hombres: el Cielo invisible, el evidente secreto del Universo,
que pocos pueden ver. Es el Profeta desprovisto de su más temible esplendor,
que arde con suave y equilibrada llama, como esclarecedor de la vida ordinaria.
Ése es, a mi entender, el Sacerdote ideal, en remotos tiempos, hoy y siempre.
Todos sabemos que al reducir a práctica el ideal precisa grandísima tolerancia.
El Sacerdote que dejare de ser lo que decimos, que no procurase serlo, es
carácter que no merece figurar en nuestras Conferencias. Lutero y Knox fueron
Sacerdotes por vocación expresa, que cumplieron fielmente dicha función en su
lato sentido. Sin embargo, sienta mejor ahora considerarlos principalmente en
cuanto a su carácter histórico, antes como Reformadores que como Sacerdotes.
Quizá hubo otros Sacerdotes tan notables como ellos en épocas de calma, que
cumplieron fielmente el oficio de Director de Culto, proyectando luz Celeste en
la vida ordinaria de la gente mediante fiel heroísmo, que condujeron al pueblo
por el camino que tenía que seguir como guiado por Dios. Pero cuando el camino
presenta asperezas, debido a luchas, confusión y peligro, el Capitán espiritual
que sirve de caudillo, es para los que viven del fruto de su experiencia, más
notable que cualquier otro. Es el Sacerdote guerrero y batallador que conduce a
su pueblo, no al trabajo tranquilo y fiel como en tiempos de bonanza, sino al
conflicto fiel y valeroso en tiempos de violencia, de disolución, servicio
mucho más peligroso, más memorable, fuere o no más elevado. Éstos son los dos
hombres que consideramos nuestros mejores Sacerdotes, ya que fueron nuestros
mejores Reformadores. ¿No es el :verdadero Reformador por naturaleza el
Sacerdote ante todo? Él es quien apela a la invisible justicia del Cielo contra
la fuerza visible de la Tierra, sabiendo que la invisible es la única fuerte;
cree en la divina verdad de las cosas, clarividente cuya vista rasga las
apariencias, adorador de la divina verdad de las cosas. Es Sacerdote, porque de
no serlo ante todo, no valdría como Reformador. Así como hemos considerado a
los Grandes Hombres en varias actividades: como constructores de Religiones,
Formas heroicas de la Existencia humana en este mundo, Teorías de la Vida
dignas de ser cantadas por un Dante, Prácticas de Vida expuestas por un
Shakespeare, ahora vamos a considerar el proceso inverso, que también es
necesario, que debe llevarse a cabo de Heroica manera. Lo curioso es que sea
necesario, y realmente lo es. El suave resplandor de la luz del Poeta tiene que
dejar su lugar al fulgurante del Reformador; por desgracia también el
Reformador es personaje que no puede faltar en la Historia. El Poeta, con su
suavidad es el producto y última justificación de la Reforma, o de la Profecia,
mas con su impetuosidad. De no ser por los activos Santos Domingos y Ermitaños
de Tebaida, no hubiere surgido el melodioso Dante, el rudo Esfuerzo Práctico
escandinavo y otros, desde Odin hasta Walter Raleigh, desde Ulfilas a Cranmer,
capacitaron a Shakespeare para que hablase. El refinado Poeta es síntoma de que
su tiempo ha llegado a su perfección y tocado a su término, como dije, que
pronto alboreará nueva época, que precisamos de nuevo Reformadores. Sin duda
mejor sería si pudiésemos avanzar siempre acompañados de la música, nos
educasen y enseñasen nuestros Poetas, como lo hicieron en remotos tiempos los
Orfeos con aquella sencilla gente y, de faltarnos este modo rítmico musical,
¡cuán agradable sería pudiéramos lograr nuestro anhelo de modo equilibrado, es
decir, si apacibles Sacerdotes, reformándonos día tras día, nos bastasen! Pero
no es así, pues ni aun esto último ha sido realizado hasta hoy. El batallador
Reformador es fenómeno necesario e inevitable de vez en cuando. Nunca faltan
obstáculos; las mismas cosas que antes fueron auxilios indispensables se
truecan en obstáculos y debemos desprendemos de ellas, y apartarlas de nuestro
camino, cosa dificilísima con frecuencia. Es ciertamente notable la manera como
un Teorema o Representación espiritual, como pudiéramos llamarlo, que abarcó
alguna vez el entero Universo, siendo satisfactorio en todas sus partes para el
agudo intelecto de Dante, uno de los más grandes del mundo, fuera puesto en
duda durante el curso de otra centuria por vulgares inteligencias y llegara a
negarse, siendo hoy para todos absolutamente increíble, anticuado, como el
Teorema de Odin. Para Dante, la Existencia humana, la conducta de Dios para con
los hombres, estuvo bien representada por aquellos Malebolges, Purgatorios;
para Lutero no. Y, ¿por qué? ¿Por qué no pudo continuarse el Catolicismo de
Dante, siendo necesario fuera seguido del Protestantismo de Lutero? ¡Ay de mí,
nada continúa! No tengo gran fe en el Perfeccionamiento de las Especies, tal
como se expone en nuestros días, ni creo pondríais gran interés en escuchar su
relato, porque la discusión sobre la materia es con frecuencia extravagante,
confusa. No obstante, puedo decir que el hecho en sí parece cierto; también
podemos descubrir su inevitable necesidad en la naturaleza de las cosas. Como
he dicho ya, todo hombre no sólo es aprendiz sino también actor, que aprende lo
pasado mediante el entendimiento que posee, pero que con esta misma
inteligencia descubre algo más, inventa e idea algo que le es propio, por no
haber hombre sin originalidad. No hay hombre que crea, o pueda creer
exactamente lo que creyera su abuelo; desarrolla de algún modo por nuevos
descubrimientos sus opiniones sobre el Universo, y por lo tanto, su Teorema del
Universo, que es infinito. No hay opinión ni Teorema algupo capaz de abarcarlo;
lo desarrolla; que halla algo creíble para su abuelo, es increíble para él,
falso, incompatible con alguna novedad que ha descubierto u observado. Ésa es
la historia de todos los hombres, que vemos recopilada en la historia de la
Humanidad en grandes valores históricos, revoluciones, nuevas épocas. No hay
Montaña del Purgatorio dantesco en el océano del otro Hemisferio, una vez que
lo ha surcado Colón. El hombre no lo halla en el otro Hemisferio, porque no
está ahí. Otro tanto ocurre con todos los credos de este mundo, con todos los
Sistemas de Creencia y de Prácticas que de ellos se derivan. Si agregamos el
hecho melancólico de que siempre que se entibia la Fe pierde vigor la Práctica
y prevalecen los errores, las injusticias y las miserias, encontraremos materia
bastante para la revolución. El hombre que quiere obrar fielmente en todo
necesita siempre creer con firmeza; si tiene que consultar cada vez el sufragio
del mundo, si no puede prescindir de él, haciendo valer su voto, no pasa de criado
a quien su amo no puede quitar ojo, y la obra que se le encargue adolecerá de
defecto, contribuyendo día tras día al desplome inevitable. Todo cuanto haga de
mala fe, considerando la apariencia solamente, será nuevo agravio, enlazado con
nueva desgracia para alguien. Los agravios se acumulan hasta hacerse
insoportables, estallando entonces violentamente, resolviéndose en explosión.
El sublime Catolicismo de Dante, increíble hoy teóricamente, deteriorado por la
práctica infiel, desconfiada y falsa, tiene que ser destrozado por un Lutero;
el noble feudalismo de Shakespeare, tan bello como parecía y lo era en su
tiempo, tiene que finalizar en la Revolución Francesa. La acumulación de
agravios se resuelve por explosión, como hemos dicho, por voladura volcánica,
sucediendo largos periodos turbulentos antes que las cosas se encaucen
nuevamente. Sería ciertamehte triste considerar sólo este aspecto de las cosas,
hallando en toda opinión y disposición humana el hecho de que sean inciertas,
temporales, sujetas a la ley de la muerte. En el fondo no es así, porque la
muerte es únicamente corporal, no de la esencia o espíritu; toda destrucción
por revolución violenta, u otro modo. es creación en mayor escala. El Odinismo
fue Valor, el Cristianismo Humildad, valor de calidad más noble. Todo
pensamiento que el corazón humano abriga sinceramente como cierto, es sincera
penetración en la verdad Divina, y contiene verdad esencial para el hombre,
resistiendo todos los cambios, siendo posesión eterna para todos. Por otra parte,
¡cuán amarga es la reflexión que supone que todos los hombres, en todas las
latitudes, en todas las épocas, excepto en la nuestra, vivieron en el error
ciego y condenable! Paganos, Escandinavos, Mahometanos, sólo para que nosotros
pudiéremos llegar al último y verdadero conocimiento. Todas las generaciones dé
hombres vivieron en la oscuridad y el error, para que la viviente fracción
actual pudiere salvarse y gozar certidumbre. Todas las anteriores generaciones,
a partir de su origen, avanzaron como los soldados rusos hasta caer en el foso
del Fuerte Schweidniz, para rellenarlo con sus yertos cuerpos, para que
pasásemos sobre sus cadáveres y nos apoderásemos de la fortaleza. Esto es
hipótesis increíble, que hemos visto sustentar con terco énfasis; consideremos
al individuo que pisotea los restos de todos los anteriores seguido de su secta
en busca de la victoria; ¿qué diremos si cae también en el foso muriendo él con
los suyos aferrado a su hipótesis y a su infalible credo? Con todo, que el
hombre tienda a reconocer su discernimiento como final, dirigiéndose hacia su
objeto, es hecho importante en la naturaleza humana. Creo que de todos modos
siempre obrará así, pero precisa lo haga de manera más amplia y prudente. ¿No
creéis que cuantos hombres sinceros viven y vivieron son soldados del mismo
ejército, rec1utados a las órdenes del Celeste caudillo para luchar contra el
mismo enemigo: el Imperio del Error y las Tinieblas? ¿Por qué desconocernos
unos a otros y no batallar contra el enemigo, sino contra nosotros mismos,
debido a la mera diferencia de uniforme? Todos los uniformes son buenos y
contienen un valiente. Todas las armas, el turbante árabe y la rápida
cimitarra, el fuerte martillo de Thor que derriba a los Jötuns, deben ser
bienvenidas. El grito de batalla de Lutero, la marcha melódica de Dante, todo
lo que encierra sinceridad está de nuestra parte, no contra nosotros. A todos
los manda el mismo Capitán; somos soldados de un mismo ejército. Ahora vamos a
considerar la lucha de Lutero, la índole de sus batallas, cómo se portó en
ellas. También Lutero fue nuestro Héroe espiritual, Profeta de su época y de su
pueblo. No está fuera de lugar cierta observación concerniente a la Idolatría.
Una de las características de Mahoma, que por cierto lo es de todos los
Profetas, es el furor ilimitado e implacable contra la Idolatría, siendo el
gran tema de los Profetas, la adoración de los ídolos muertos como Divinidades,
cosa que no pueden desterrar, que tuvieron que denunciar continuamente y
estigmatizar con inexpiable reprobación, considerándolo como el más horrendo de
los errores cometidos; no lo olvidemos. No vamos a entrar en la cuestión
teológica sobre la Idolatría. Ídolo es Eidolon, cosa vista, símbolo, no es
Dios, sino Símbolo de Dios, pudiendo quizá preguntarnos si hubo algún ignorante
que lo considerase como algo más que Símbolo. Supongo que nadie habrá creído
que la tosca imagen debida a sus manos fuese Dios, sino emblema de Dios, que
estaba en ella de algún modo. Ahora, en este sentido, podemos preguntarnos: ¿no
es todo culto un culto de Símbolo, de eidola, o cosas vistas? Si lo visto se
hace visible mediante imagen o pintura a nuestros ojos corporales o sólo a la
visión interna, a la imaginación, al intelecto, la diferencia será superficial,
más nunca esencial. Continúa siendo Cosa Vista, significativa de Divinidad,
ídolo. El Puritano más riguroso tiene su Confesión de Fe, Representación
intelectual de las cosas Divinas, que adora, que hacen posible la adoración.
Todos los credos, liturgias, formas religiosas, conceptos que encierran
sentimientos religiosos, son eidola en este sentido, es decir, cosas vistas.
Toda adoración debe proceder por Símbolos, por ídolos, pudiendo decir que toda
Idolatría es comparativa, y la peor idolatría exagerada. ¿Dónde está su daño?
En ella, debe haber algún daño fatal, pues de no ser así, los más celosos
profetas no la hubieran reprobado tan unánimemente. ¿Por qué sienten los
Profetas tal odio por la Idolatría? Paréceme que en la adoración de esos
simples símbolos de madera lo que más provocó al Profeta, llenando su espíritu
de indignación y aversión, no fue precisamente lo que sugirió a su propio
pensamiento y expuso a los demás, sino la cosa en si. El más rudo pagano que
adoraba a Canope o la Piedra Negra del Caabah, era superior al caballo que nada
veneraba. En aquel simple acto había cierto mérito duradero, análogo al mérito
que hay en el Poeta: el reconocimiento de cierta belleza divina infinita y
significativa en las estrellas y en todo lo natural; y, ¿por qué podría condenada
el Profeta con tal crueldad? El más sencillo mortal que adora a su Fetiche,
cuyo corazón satura por completo, puede ser objeto de lástima, desprecio,
repulsión, pero nunca de odio. Dejemos que llene sinceramente su corazón,
iluminando la lóbrega estrechez de su entendimiento; dejémoslo creer en su
Fetiche, pues entonces, si no es para él lo que debe ser, es tan bueno como
pudiera serlo; dejémoslo tranquilo. Pero surge la fatal circunstancia de la
Idolatría: que en la era de los Profetas el entendimiento humano no estaba
sinceramente saturado de su ídolo o Símbolo. Antes de que surja el Profeta, que
sabe mirar a su través considerando es mera madera, fueron muchos los que
tuvieron sus dudas, considerándolo poco más. La Idolatría condenable es la
falta de sinceridad. La duda ha carcomido sus entrañas; el espíritu humano se
agarra espasmódicamente a un Arca de Alianza, que casi cree se ha trocado en
Fantasma. Éste es uno de los más funestos espectáculos. Los espíritus no
albergan ya a sus Fetiches, sino que lo pretenden, esforzándose por fingir lo
contrario. No crees, exclama Coleridge, sólo crees que crees. Es la escena
final de toda clase de Adoración y Simbolismo; síntomas seguros de muerte
próxima, equivalente a lo que llamamos Formulismo y Adoración de Fórmulas. El
hombre no puede cometer acto más inmoral que ése, por ser iniciación de toda
inmoralidad, más bien dicho, imposibilidad de moralidad de allí en adelante,
quedando paralizado el espíritu más intensamente moral, sumido en fatal sueño
hipnótico, dejando el hombre de ser sincero. No me maravilla que el hombre
celoso la denuncie, la estigmatice, la persiga con implacable aversión; él y
esa cosa, todo el bien y esa cosa libran un duelo a muerte. La Idolatría
censurable es Hipocresía, lo que pudiéramos llamar Hipocresía Sincera, cosa que
merece reflexión. Toda Adoración llega a esta fase terminal. Considero a Lutero
tan Iconoclasta como los demás Profetas; tanto odiaba Mahoma los dioses de los
Koras, de madera y cera, como Lutero las Indulgencias de pergamino y tinta de
Tetzel. Lo que caracteriza al Héroe en toda época, latitud y situación es la
consideración de la realidad, lo que son las cosas y no sus apariencias, pues
su hueca manifestación es intolerable y detestable para él, por muy regular y
decorosa que fuera, a pesar del crédito que merezca a los Koras o Cónclaves, si
ama y venera la temible realidad de las cosas, ya oralmente, ya con el
pensamiento profundo y silencioso. También el Protestantismo es obra de
Profeta, del siglo XVI; el primer golpe de la sincera demolición de una cosa
vieja, falseada e idólatra, precursora de otra nueva, que tiene que ser cierta
y auténticamente divina. A primera vista pudiere parecer que el Protestantismo
fue destructor de lo que llamamos Culto de los Héroes, que representa la base
de todo bien posible para la humanidad, religioso o social. Con frecuencia
oímos que el Protestantismo introdujo una nueva era, radicalmente diferente de
las conocidas: la del libre examen, como se le llama. Al rebelarse contra el
Papa, el hombre se trocaba en su propio Papa, sabiendo, entre otras cosas, no
debía fiarse de ningún Papa o Héroe-caudillo espiritual de allí en adelante. Se
afirma que esto hacía imposible toda unión espiritual, toda jerarquía y
subordinación entre los hombres. Así se dice. No niego que el Protestantismo
fuere rebelión contra las soberanías espirituales, Papas y demás; que el
Puritanismo Inglés, rebelión contra las soberanías terrenales fue la segunda;
que la enorme Revolución Francesa fue la tercera, por la cual todas las
soberanías, tanto terrenas como espirituales, quedaban abolidas o camino de
ello. El Protestantismo es la raíz madre que alimentó las ramas de la Historia
Europea sucesiva. Porque lo espiritual se encarna siempre en la historia
temporal de los hombres; lo espiritual es el comienzo de lo temporal. Hoy se
oye en todas partes el grito de Libertad, Igualdad, Independencia, etc.: Las
urnas electorales y los votos reemplazan a los Reyes; parece que cualquier
Héroe-soberano, o leal obediencia de los hombres a un hombre, en lo temporal o
espiritual, haya pasado para siempre. Si así fuese, el mundo para mí no tendría
esperanza. Una de mis más profundas convicciones es que no es así, porque sin
soberanos, verdaderos soberanos, temporales y espirituales, sólo veo posible la
anarquía: lo más odioso. Pero creo que el Protestantismo, aunque haya producido
la de. mocracia anárquica, es iniciación de nueva y genuina soberanía y orden.
Lo considero rebelión contra los falsos soberanos, dolorosa, pero indispensable
preparación para que los verdaderos ocupen su lugar entre nosotros. Bueno será
explicarme. Observemos primeramente que el libre examen, en el fondo, no es
novedad en el mundo, sino sólo en aquella época. Nada hay genéricamente nuevo o
peculiar en la Reforma; fue un regreso a la Verdad y a la Realidad en oposición
a la Falsedad y Apariencia, como todos los perfeccionamientos y Enseñanzas
genuinas. La libertad de opinión, si la consideramos, debe haber existido en
todo tiempo. Dante no se sacó los ojos ni se encadenó, encontrándose bien en su
Catolicismo, aunque más de un pobre, Hogstraten, Tetzel y el doctor Eck fueron
esclavos de esa fe. ¿Libertad de juicio? Ni férreas cadenas ni fuerza exterior
alguna pudieron obligar al alma de un hombre a creer o a descreer; pues se
trata de su propio entendimiento inquebrantable, de su criterio que reina. y
cree sólo por la gracia de Dios. El más sofístico Belannino, predicando la fe
ciega y la obediencia pasiva, tiene primero que renunciar a su derecho de ser
convencido, debido a alguna especie de convicción. Su libre examen le indicó
que ése era el paso más prudente que podfa dar. El derecho al criterio propio
subsistirá vigoroso allí donde exista el hombre sincero. El sincero cree con su
entero juicio, con toda la claridad y discernimiento que hay en él, y siempre
creyó así. El falso, el que se esfuerza por creer que cree, procede de otro
modo. El Protestantismo gritó a este último, ¡Ay de ti!, mientras decía al
otro: ¡haces bien! En su fondo no era cosa nueva, sino vuelta a todo lo dicho
anteriormente. Sé puro, sé sincero; ése era el significado que se repetia.
Mahoma creyó con todo su ánimo; Odin con todo su ánimo también, como todos los
sinceros adeptos del Odinismo, porque asl lo juzgaron por su propio criterio.
Ahora me aventuro a asegurar que el ejercicio del libre examen, fielmente
ejecutado no acaba necesariamente en la independencia egoísta, el aislamiento,
sino antes en lo opuesto. La indagación sincera no produce la anarquía; lo que
la origina es el error, la hipocresía, la fe a medias y la falsedad. El que
protesta del error está camino de unirse a todos los hombres creyentes en la
verdad. No hay comunión posible entre los que sólo creen en la ficción. El
corazón está muerto, no tiene poder de simpatia ni para las cosas, de otro modo
creería en ellas y no en la ficción. Si no siente simpatia por las cosas, mucho
menos la sentirá por sus congéneres. No puede unirse a los hombres; es
anárquico. La unidad sólo es posible en un mundo de hombres sinceros y, a la
larga, es tan buena como cierta. Fijémonos en una cosa, que hemos olvidado,
mejor dicho, que hemos perdido de vista en esta controversia: no es necesario
que el hombre haya descubierto la verdad en que tiene que creer para creer en
ella con sinceridad. El Gran Hombre es siempre sincero; ésta es la primera
condición; mas no es necesario sea grande el hombre para que sea sincero,
porque no es necesidad de la Naturaleza y todo Tiempo, sino sólo de ciertas
desdichadas épocas corrompidas. El hombre puede tener fe en lo que haya
recibido de otro, y del modo más legítimo, testimoniando ilimitada gratitud. El
mérito de la originalidad no es cosa nueva, es sinceridad. El creyente es el
original y todo lo que cree lo cree por sí, no por otro. Todo hijo de Adán
puede ser sincero, original, en este sentido, pues ningún mortal está condenado
a ser sincero. Enteros períodos, lo que llamamos períodos de Fe, son originales
y todos los que viven en ellos, o los más de ellos son sinceros. Son éstos los
períodos de grandeza y fecundidad: todos los activos, en todas las esferas,
laboran, no en la apariencia, sino en la esencia, y toda actividad tiene su
resultado; la suma total de tal labor es grande, porque todo tiende hacia un
bien, por ser sincero, siendo todo ello suma y nunca sustracción. Hay verdadera
unión, realeza, lealtad: todas las cosas verdaderas y benditas que la humilde
Tierra puede ofrecer al hombre. ¡El Culto al héroe! Si el hombre se basta a sí
mismo, es original, sincero, o como queramos llamarle, eso es lo que menos le indispondrá
a reverenciar y creer en la verdad de otro, pues lo que hace es disponerlo,
acuciarlo invenciblemente a no creer en fórmulas muertas de otros, en
supercherías y ficciones. El hombre abraza la verdad con los ojos abiertos,
porque están abiertos; ¿necesita acaso cerrarlos para amar a su Maestro? El
HéroeMaestro únicamente puede ser amado con inmensa gratitud y genuina lealtad
de espíritu por aquel a quien ha librado de la tiniebla haciéndole gozar de la
luz. Ése es el verdadero Héroe y domador de Serpientes digno de toda
reverencia. El monstruo negro, la Falsedad, nuestro enemigo en este mundo; es
subyugado por su valor, siendo él quien conquistó el mundo para nosotros. ¿No
fue Lutero reverenciado como verdadero Papa o Padre Espiritual, siéndolo ciertamente?
Napoleón se hizo Rey surgiendo de la irreductible rebelión de los descamisados.
El Culto al Héroe no perece, no puede perecer, pues la Lealtad y la Soberanía
son eternas, porque se basan en realidades y sinceridades, no en imitaciones y
apariencias. Nada se obtiene cerrando los ojos, acallando el libre examen, sino
abriéndolos y teniendo algo que ver. El mensaje de Lutero depuso y abolió todos
los falsos Papas y Potentados, mas dió vida y vigor a los nuevos y sinceros,
aunque no inmediatamente. Todo lo concerniente a la Libertad, Igualdad,
Sufragio Electoral, Independencia, y cosas parecidas, debe considerarse
fenómeno temporal, nunca final. Aunque es probable dure bastante tiempo,
produciendo tristes confusiones, debemos aceptarlo de buen grado, como castigo
de pasados errores, como prenda de estimables beneficios futuros. De todos
modos, lo procedente era que el hombre abandonase los simulacros, volviendo a
los hechos a todo evento. ¿Qué puede alcanzarse con Papas espúreos y Fieles sin
libre examen, con simuladores que pretenden dirigir a incautos? Sólo desdichas
y perjuicios. La sociedad con los hipócritas es imposible; el edificio no puede
construirse sin plomada ni nivel, de manera que forme ángulos rectos. En toda
esta labor revolucionaria, desde el Protestantismo hasta hoy, veo el
beneficioso resultado que se abre paso, no la abolición del Culto de los
Héroes, sino lo que llamo un Mundo entero de Héroes. Si Héroe significa
sincero, ¿qué impide seamos Héroes todos? Un mundo sincero, un mundo fiel; así
fue, así será, porque no puede dejar de serlo. Ésa fue la verdadera especie de
Adoradores de los Héroes; nunca pudo ser tan reverenciado el sinceramente
Mejor, como cuando todos eran Sinceros y Buenos.
El héroe como sacerdote.
Lutero. La Reforma. Knox. El puritanismo. Segunda parte
(Viernes, 15 de mayo de
1840) Hablemos de Lutero y su Vida. Nació Lutero en Eisleben (Sajonia), el 10
de noviembre de 1483, accidentalmente; sus padres, pobres mineros de Mohra,
pueblecito de aquella región, fueron a Eisleben con ocasión de la Feria de Invierno;
sintiendo su madre los dolores precursores del parto, vióse obligada a entrar
en una pobre casa para dar a luz a Martín Lutero. Tal vez fuera a la feria con
su marido con el fin de vender la hilaza y comprar lo necesario para su humilde
hogar aquel invierno; quizás en todo el mundo no hubiera aquel día seres que
menos llamasen la atención que aquel matrimonio de mineros. Sin embargo, ¿qué
eran todos los Emperadores, Papas y Potentados comparados con ellos? En
aquellos momentos venia al mundo un Hombre Poderoso, cuya luz tenía que brillar
como faro que sirviese de guia a muchos siglos; el mundo y su historia esperaba
a este hombre. Cosa extraña y grande, que nos conduce a otra hora Natal, en
ambiente más humilde, hace dieciocho siglos, sobre la cual sienta bien no
digamos nada, pensemos en silencio, porque, ¿de qué palabras disponemos para
ello? ¿Paso la época de los Milagros? No; esa época no pasa nunca. Dada la
función de Lutero en este Mundo, creo debía nacer pobre; que la Providencia,
que preside sobre él y todos nosotros, hizo que así fuese, sabiamente, desde
luego, que viviese pobre entre los más pobres, teniendo que pedir limosna como
los escolares de aquella época, cantando de puerta en puerta, acompañado de la
estrechez y de la rigurosa Necesidad; no hubo hombre ni cosa que presentase
buen aspecto para Lutero, creciendo entre las cosas y no sus apariencias.
Sufrió mucho aquel niño de tosca figura, débil en su salud, alma grande y
ávida, rebosante de talento y sensibilidad; mas su destino fue familiarizarse
con las realidades, continuar su conocimiento a toda costa, siendo su tarea
conducir al mundo a la realidad, puesto que había vivido excesivo tiempo
contentándose con la apariencia. Aquel joven, que se había criado en
borrascosos torbellinos, en las desoladas tinieblas y dificultades; tenía que
salir finalmente de su tormentosa Escandinavia, fuerte como el sincero, como un
dios, un Odin cristiano, un justiciero Thor, con su martillo de trueno, para
anonadar a los horribles Jötuns y Gigantes monstruosos. Quizá fuere la pérdida
de su amigo Alexis, muerto por el rayo a las puertas de Erfurt, lo que encauzó
su vida. Durante su niñez luchó como pudo, demostrando su avidez por aprender,
manifestando su ingenio, a pesar de todos los obstáculos; sin duda su padre,
para que se abriera paso en la vida, lo dedicó al estudio de las Leyes, por ser
el camino más indicado; y Lutero, que entonces contaba diecinueve años, siguió
el consejo de su genitor. Él y Alexis se dirigieron a Mansfeldt con el fin de
visitar a la vieja familia del primero; y de vuelta, al llegar cerca de Erfurt,
se desencadenó la tormenta, cayendo Alexis muerto por un rayo a los pies de su
amigo. ¿Qué es nuestra vida? Se pierde en un instante, consumida como un papel,
desapareciendo en la vacua Eternidad. ¿Qué son las preeminencias terrenas, los
Cancillerazgos y Cetros? Todo ello desaparece tragado por la Tierra, que se
abre anonadándolo; lo único que prevalece es la Eternidad. El corazón de Lutero
se estremeció, determinando consagrarse a Dios, a su servicio exclusivo, y sin
escuchar las exhortaciones de su padre y amigos, tomó el hábito agustino en el
convento de Erfurt. Éste fue tal vez el primer destello en la historia de
Lutero, exteriorizándose decisivamente su pura voluntad que, por entonces, no
pasó de punto luminoso en las tenebrosidades. Afirma que fue un piadoso monje
ich bin ein frommer Mönch gewesen, que luchaba paciente y dolorosamente por
evidenciar la verdad de su empresa, mas con poco éxito. Su infortunio no había
sido mitigado, sino más bien aumentado hasta el infinito. Las penalidades a que
tuvo que someterse como novicio, toda clase de trabajo de esclavo, no fueron
motivo de quejas; la profundidad de su anhelante alma quedó sumida en toda
suerte de negros escrúpulos y dudas, creyendo morir pronto, temiendo algo mucho
peor que la muerte. Leemos que el pobre Lutero vivía entregado al terror de
inexplicable pesadilla, creyéndose condenado a eterna reprobación. ¿No era esto
la humilde y sincera naturaleza de aquel hombre? ¿Qué era él para disfrutar del
Cielo? Él, que únicamente conocía la desgracia, la dura esclavitud, no podía
creer en tan hermoso destino, no comprendiendo cómo era posible salvar el alma
mediante ayunos, vigilias, formalismos y misas, cayendo en la mayor de las desgracias,
vagando vacilante, bordeando insondable Desesperación.
Precioso debió ser para él
el descubrimiento de una antigua Biblia Latina en la biblioteca de Erfurt,
libro que nunca había visto, que le enseñó lección diferente a las de los
ayunos y vigilias; un monje piadoso vino en su ayuda. Supo entonces Lutero que
el hombre no se salva a fuerza de misas cantadas, sino por la infinita gracia
de Dios: hipótesis más verosímil. Su veneración sentida por la Biblia es
natural; ella era la que aportó tan preciosa ayuda, estimándola como Palabra
del Altísimo y determinó atenerse a ella, como lo hizo hasta su muerte. Así se
libró de las tinieblas, venciendo finalmente a la obscuridad; a eso llamamos su
conversión, siendo para él la más importante época de su vida. De allí en
adelante podía vivir en paz y en la claridad, desplegar sus talentos y
virtudes, adquiriendo relieve en su convento, en su país, reconocida su
utilidad en todas las cuestiones delicadas de la vida. La Orden Agustina le
confió misiones, como hombre de talento y fiel, apto para llevar bien sus
asuntos; el Elector de Sajonia, Federico el Sabio, príncipe verdaderamente
prudente y justo, puso sus ojos en él como persona de valía, nombrándolo
Profesor en la nueva Universidad de Wittenberg, y Predicador; tanto en esto
como en todas sus funciones, en la apacible esfera de la vida ordinaria, iba
ganando Lutero el aprecio de todos los hombres buenos. Visitó Roma a la edad de
veintisiete años, enviado en misión por su convento, viendo su estado bajo el
Pontificado de Julio II y causándole gran estupefacción, creyendo era la Ciudad
Sagrada, trono del Sumo Representante de Dios en la Tierra. Padeció amarga
desilusión, y abrigó muchos pensamientos que nunca conoceremos, porque quizá no
supo expresarlos. Roma, la ostentación de los sacerdotes falsos, desprovistos
de la belleza de la santidad, era falseamiento para Lutero. Un hombre humilde
como él no podía reformar el mundo, estando esto muy lejos de su pensamiento.
¿Cómo podía aquel insignificante solitario ponerse frente al mundo? Por eso
creía que la tarea correspondía a hombre superior a él, que su deber era no
abandonar la senda del bien. Dejemos que cumpla con su ignorado deber, pues
todo lo demás, horrible y triste al parecer, depende de Dios. No saqemos cómo
se habría resuelto el conflicto si el Papado hubiera ignorado a Lutero,
persistiendo en su ruinosa ostentación, no saliéndole al encuentro y forzándole
a que se rebelase. Quizás en este caso hubiese cerrado los ojos ante los abusos
de Roma, dejando en manos de la Providencia, del Altísimo, la resolución, pues
era modesto, pacífico, tardó en atacar irreverentememe a la autoridad,
limitándose su tarea a cumplir su deber, no saliéndose de la senda del bien en
este mundo de confusa maldad, salvando su alma. Pero el alto Clero Romano
mostró su oposición, no dejando vivir tranquilo a Lutero en Wittenberg, que
protestó, resistiéndose, excediéndose, viéndose zaherido, castigado hasta que
se entabló la lucha entre ellos, siendo uno de los puntos culminantes en la
historia del Reformador. Tal vez no hubo hombre tan humilde, tan pacífico, que
encendiese tal pugna en el mundo. Creemos que su deseo era vivir aislado,
laborando tranquilamente en la sombra; que si figuró de modo notable, fue
contra su voluntad. ¿Qué era la notoriedad para él? Su punto de mira en este
mundo era el Cielo Infinito, indudablemente, pensando que dentro de pocos años
lo habría alcanzado o perdido para siempre. Nada diremos de la lastimosa teoría
que supone origen de la Reforma Protestante rivalidades de codicioso tendero
entre los Agustinos y Dominicos, que encendieron la ira de Lutero. Si hay
alguien que la sustente podemos decirle: ante todo situémonos en la esfera del
pensamiento, que es donde es posible juzgar a Lutero, a los hombres como él,
sin distraemos, y entonces discutiremos con vosotros. León X, que deseaba
reunir algún dinero, envió irreflexivamente al monje Tetzel a Wittenberg con
motivos mercantiles, desarrollando escandaloso negocio. Parece que este Papa
fue más pagano que cristiano, si era algo. Los que confesaban con Lutero
compraron indulgencias diciéndole que sus pecados habían sido perdonados.
Lutero no quiso desertar de su puesto, mostrándose hipócrita, holgazán y
cobarde en el reducido espacio que le estaba confiado, teniendo que salir al
paso de las Indulgencias, declarando eran futilidad, triste ficción, que no
podían perdonar pecado alguno. Esto fue la iniciación de la Reforma. Todos
sabemos cómo avanzó tras la primera controversia pública de Tetzel el último
día de octubre de 1517, entre argumentos y refutaciones, extendiéndose cada vez
más, ganando en intensidad, hasta que no pudiendo acallarla, arrastró a todo el
mundo. El sincero deseo de Lutero era enmendar este y otros agravios, pues
nunca pensó ser causa de escisión de la Iglesia, ni rebelarse contra el Papa,
Padre del Cristianismo. El elegante Papa pagano hizo poco caso del Monje y sus
doctrinas; no obstante, su deseo era acallar el ruido producido por él; intentó
varios métodos más suaves durante tres años, acabando por creer acabarlo con el
fuego, condenando a los escritos del Monje a ser quemados por el verdugo, que
su cuerpo fuera llevado a Roma atado, quizá para hacer otro tanto con él; así
acabaron con Huss y Jerónimo un siglo antes. El fuego es breve argumento. El
pobre Huss llegó al Concilio de Constanza tranquilizado, con toda clase de
promesas y salvoconductos; era hombre impetuoso, mas no rebelde; a su llegada
lo encerraron en un calabozo de piedra de tres pies de anchura, seis de alto y
siete de largo, quemando su sincera voz para que no la oyere el mundo,
ahogándola en humo y fuego. Eso no estaba bien. Perdono a Lutero que no se
rebelase por completo contra el Papa. El elegante Pagano encendió en noble y
justa ira el corazón más bravo, más humilde y más pacífico existente por
entonces en el mundo con su ígneo decreto. A mis palabras, dictadas por la
verdad y la sobriedad, que tienden fielmente a propagar la verdad de Dios en la
Tierra, salvando a los hombres, que es lo único que nos permite la incapacidad
humana, tú, el representante de Dios en la Tierra, respondes enviando al
verdugo con la tea encendida. Quieres quemarme a mí y a mis palabras como
respuesta al mensaje de Dios que se esfuerzan por hacer llegar hasta ti. No
eres representante de Dios en el mundo, sino otra cosa. Tomo tu Bula como
Falsedad y la quemo. Ya haras luego lo que mejor te parezca; esto es lo que
hago yo ahora. El 16 de diciembre de 1520, tres años después del comienzo de la
contienda, Lutero, rodeado de gran gentio, dió este indignado paso de quemar el
decreto papal a la puerta Eister de Wittenberg. El pueblo de Wittenberg asistía
gritando; todo el mundo tenía sus ojos en ello. El Papa no debió provocar
aquellos gritos, que fueron los que despertaron a las naciones. El tranquilo
corazón alemán, modesto, paciente, no pudo sobrellevar la carga que finalmente
se le impuso. El Formulismo, el Papa Pagano y otras Falsedades y Apariencias
corrompidas, llegaron al término de su dominación, surgiendo de nuevo un hombre
que se atreviese a declarar que el mundo de Dios no se basaba en apariencias,
sino en realidades, que la Vida es verdad y no superchería. En el fondo hay que
considerar a Lutero como Profeta Iconoclasta, hombre que condujo de nuevo al
hombre a la realidad, función de grandes hombres y maestros. Mahoma dijo:
Vuestros ídolos son madera negra¡ les aplicáis cera y aceite, se les pegan las
moscas. Lutero dijo al Papa: Eso que llamas Perdón de los Pecados, es un trozo
de papel y tinta, y nada más; eso y cosas parecidas no pasan de ser eso. Sólo
Dios puede perdonar los pecados. ¿Es el Papado, la Paternidad espiritual de la
Iglesia de Dios vana apariencia de tela y pergamino? Es horrendo¡ la Iglesia de
Dios no es apariencia, como no lo son el Cielo y el Infierno. Me opongo a ello,
pues a esto me obligas; al oponerme, yo, pobre monje alemán, soy mds fuerte que
todos vosotros. Solo estoy, sin amigos, acompañado de la Verdad Divina¡ tú con
tus tiaras, triples sombreros y escudos, rayos espirituales y temporales, estás
junto a la Mentira del Diablo, y no eres tan fuerte. La escena de mayor
grandeza en la Historia Moderna Europea es la Dieta de Worms, en la que se
presentó Lutero el 17 de abril de 1521, originándose en ella la subsiguiente
historia de la civilización. Tras múltiples negociaciones y discusiones
llegaron a convocar la asamblea. El joven Emperador, Carlos V, con todos los
Príncipes alemanes, nuncios papales, dignatarios espirituales y temporales
reuniéronse allí para escuchar a Lutero, ver si se retractaba o no. A un lado
sentáronse el poder y la pompa del mundo; al otro un hombre que defendía la Divina
Verdad, el humilde hijo del minero Hans Lutero. Los amigos le recordaron a
Huss, aconsejándole no asistiese; él no admitió consejos. Un gran grupo de
amigos salió a su encuentro para disuadirle, respondiendo él: Aunque hubiera en
Worms tantos Diablos como tejas, iría. Al siguiente día, al encaminarse a la
Dieta se agolpaba la gente en ventanas y terrados, gritándole algunos
solemnemente no se retractase. ¿Quién me negará ante los hombres?, le decían
como solemne ruego y conjuro. ¿No era realmente nuestro ruego, el del mundo
entero, postrado en oscura esclavitud espiritual, paralizado por tenebrosa
Pesadilla espectral, Quimera con triple corona, que se llamaba Padre en Dios?
¿Por qué no decirle?: Líbranos; en ti está, ¡no nos abandones! Lutero no nos abandonó.
Su discurso, que duró dos horas, distinguióse por el tono de respeto, prudencia
y sinceridad, dispuesto a someterse a lo que requiere sumisión legal, no
sometiéndose a nada más que a ello. Declaró que sus escritos eran suyos en
parte, en parte derivados de la Palabra de Dios.
En cuanto a los suyos,
débiles como humanos, podía arrepentirse de su ira, su ceguera, muchas cosas
que consideraba beneficiosas, mas en cuanto a lo basado en la sana verdad y la
Palabra de Dios, no podía efectuarlo. Refutadme con pruebas de la Escritura,
con argumentos claros y justos, pues de otro modo no puedo retractarme, porque
no es leal ni prudente contrariar a la conciencia. Aquí estoy; no puedo hablar
de otra suerte. ¡Que Dios me ayude! Éste fue el momento de culminante grandeza
en la Historia Moderna del Hombre. De haber obrado Lutero de otro modo en aquel
instante, el Puritanismo inglés, Inglaterra y sus Parlamentos, las Américas y
la labor de dos siglos, la Revolución Francesa, Europa y lo hecho por ella
hasta hoy en todo el mundo, se hubiere desarrollado de otra manera, porque el
germen de todo eso estaba en su proceder en aquella hora. Europa preguntaba:
¿Me hundiré cada vez más en el engaño y la estancada putrefacción hasta morir
asquerosa y execrablemente o llegaré al paroxismo que me purifique de
falsedades, curándome y vivificándome? La Reforma trajo consigo grandes
guerras, largas discusiones y desunión, que aun hoy perduran estando lejos de
su término; mucho se habló de todo eso vituperándolo; no niego sea lamentable,
mas ¿qué tuvo que ver Lutero o su causa con ello? Lo extraño es se achaque eso
a la Reforma. Grande seria la confusión cuando Hércules encauzó el río
purificador hacia las cuadras del Rey Augias, pero no creo sea él a quien hay
que lanzar el reproche. Cierto es que la Reforma tenia que producir sus
resultados cuando llegase, pero no pudo evitar su aparición. El mundo contesta
a todos los Papas, sus defensores que reconvienen, se lamentan y acusan: Habéis
falseado el Papado y, a pesar de su pretérita bondad y la pretendida actualmente,
no podemos creer en él, pues la luz concedida por el Cielo a nuestro
entendimiento para guiarnos en este mundo nos dice que es increíble. Ni
queremos ni intentamos creer en él: no nos atrevemos. Como es falso
traieionaríamos al Poseedor de toda Verdad si pretendiéramos que es cierto.
Rechacémoslo aceptando lo que venga a reemplazarlo, pues no podemos depender ya
de él. Ni Lutero ni su Protestantismo son responsables de esas guerras,
siéndolo los falsos Simulacros que lo forzaron a protestar. Lutero hizo lo que
cualquier hombre creado por Dios, no sólo tiene derecho a hacer, sino que debe
hacer por sagrado deber; es decir, responder con un ¡No! cuando la superchería
le pregunta: ¿Crees en mí? Hay que considerar lo que costó tal decisión.
Indudablemente se iniciaba una unión y organización espiritual y material en el
mundo, mucho más noble que el Papado o el Feudalismo en sus días de mayor
sinceridad, basada en los Hechos, no en las Apariencias y Simulaciones, única
manera de que se produjese y afianzase, porque rechazamos la unión basada en el
engaño, que nos manda expresarnos y obrar hipócritamente. Diréis que es
preferible la paz; pero, ¿no es paz el letargo animal? ¿No hay paz en el
silencio sepulcral? Lo que queremos es paz vital, no la paz de la muerte. No
obstante, al apreciar con justicia los indispensables beneficios de lo Nuevo,
no hemos de mostramos injustos con lo Viejo, pues lo Viejo fue sincero, aunque
no lo fuera después. En tiempos de Dante no fue precisa la mistificación, la
ceguera voluntaria u otro fraude para reconocer la verdad; aquello era bueno,
había en su espíritu imperecedera bondad. El grito de ¡Abajo el papismo! es
necio en estos tiempos. Inútil es argumentar, gana terreno el Papismo aduciendo
que edifica nuevos templos y otras razones por este estiló; curioso es contar
unas cuantas iglesias, prestar oídos a los que desacreditan al Protestantismo,
tomar en serio ciertas tonterías caídas en el letargo que todavía se le
atribuyen y afirmar: El Protestantismo está muerto; el papismo tiene más vida
que él y lo sobrevivirá. Muchas de las necedades aletargadas que se consideran
Protestantes, han muerto, pero no el Protestantismo, porque si bien miramos, él
es el productor de su Goethe y su Napoleón, de la Literatura alemana y de la Revolución
Francesa, importantes signos de vida. En el fondo, ¿qué hay de más vivo que el
Protestantismo? La vida que anima todo lo demás es meramente galvánica, que ni
place ni es duradera. Por más capillas que edifique, el Papismo no podrá volver
ya, como tampoco el Paganismo, aunque exista aún en algunos pueblos. En esto
ocurre lo mismo que con la marea: vemos que las aguas avanzan y retroceden,
habiendo momentos de indecisión; esperemos media hora, esperemos medio siglo
para ver la situación del Papado. ¡Ojalá no hubiere mayor peligro para Europa
que la resurrección del viejo y abatido Papa! Es como si Thor intentara
resucitar. Estas oscilaciones encierran su significado. El rancio y decaído
Papado no morirá por completo como Thor; vivirá algún tiempo; no debe morir.
Pudiéramos decir que lo Viejo no muere nunca hasta que todo lo bueno existente
en él ha sido infundido en lo práctico Nuevo. Mientras sea posible hacer bien
de acuerdo con Roma, o lo que es lo mismo, mientras podamos llevar una vida
piadosa, guiándonos por ella, la adoptará el alma humana, siendo su testimonio
viviente. Se nos impondrá a los que lo rechazamos, hasta que nuestra práctica
haya asimilado la verdad que encierra. Entonces, sólo entonces, perderá el
encanto para el hombre. Si dura, responde a cierto fin. No nos preocupemos; que
viva mientras pueda. En cuanto a esas guerras y derramamiento de sangre, he de
manifestar que ninguna de ellas se inició durante la vida de Lutero, pues la
controversia nunca se trocó en lucha, siendo para mí prueba de su grandeza en
todos sus aspectos, pues fueron pocas las veces que un hombre productor de
inmensa conmoción dejase de perecer en ella, pues éste es el destino de los
revolucionarios. Lutero continuó siendo soberano en esta gran revolución; los
Protestantes de toda jerarquía pusieron sus ojos en él como guía, jefe que no
perdía la serenidad, que continuaba firme y pacífico en su puesto. Quien así se
conducía, debió gozar de real fatultad, poseer el don de discernir dónde estaba
la entraña de las cosas, afianzarse valerosamente en ella, como hombre fuerte y
sincero, para que otros sinceros como él, se le uniesen, pues de no ser así
carecería de adeptos. En aquellas circunstancias, fue ciertamente notable la
clara y profunda fuerza de juicio de Lutero, vigoroso en todo, en silencio,
tolerancia y moderación.
Su tolerancia fue típica,
distinguiendo lo esencial y lo que no lo es, atendiendo sólo a lo primero. Una
vez le dijeron que un predicador reformado se negaba a predicar sin sotana; que
se la ponga, respondió, ¿qué mal hay en que la lleve? ¡Póngase tres si cree que
eso le beneficia! Su proceder en la cuestión de los iconoclastas de Karlstadt,
los Anabaptistas, la guerra de los Campesinos, indica nobleza de fuerza, muy
distinta a la espasmódica violencia. Era hombre que discernía la realidad de
las cosas, fuerte y justo, que indicaba sabiamente lo que había que hacer,
aceptándolo los demás. Sus escritos testimonian cuanto decimos. Aunque el
dialecto de esas especulaciones se haya anticuado, las leemos con gusto. Su
estilo gramatical es tolerable todavía; el mérito de Lutero en la historia
literaria es grande, pues su modo de escribir fue el adoptado en todas las
obras. Cierto es que sus veinticuatro volúmenes en cuarto no están bien
redactados, mas hay que tener en cuenta que los escribió apresuradamente, sin propósito
literario. Debo declarar que en ningún libro hallé facultad más robusta,
genuina y noble, que en los suyos, escritos con ruda sinceridad, familiaridad,
sencillez, sentido y vigor. Irradia luz; sus mortíferas frases penetran el
secreto de lo que trata; muestra gracejo, tierno afecto, nobleza y profundidad;
en él hay un Poeta; mas su tarea era elaborar un poema épico, no escribirlo. Lo
considero un gran Pensador, porque su grandeza de corazón lo proclama. Dice
Richter que las palabras de Lutero son semi batallas, y así pueden calificarse.
Su cualidad esencial era poder luchar y vencer; fue modelo exacto de Valor
viril. En esa raza de teutones, cuya característica es el valor, no hubo hombre
más valiente, ni corazón más animoso que el suyo. Su reto a los Diablos en
Worms, no fue mera jactancia, como pudiere creerse, de producirse hoy. Creía
Lutero que los diablos, ciudadanos espirituales de las Tinieblas, asediaban
continuamente al hombre, cosa a que alude repetidas veces en sus escritos,
sirviendo de base para que algunos se le burlasen. Cuando visitamos su estancia
en el Wartburg, dende traducía la Biblia, nos señalan una mancha negra que hay
en la pared; extraño recordatorio de una de sus luchas. Estaba traduciendo un
salmo, fatigado de su largo trabajo, débil a causa de la abstinencia, cuando
vió ante sus ojos una odiosa e indefinible Imagen, que tomó por el Malo, que le
molestaba en su tarea; levantóse retador, lanzando el tintero contra el
espectro, que desapareció. Allí está la mancha de tinta, curioso monumento de
muchas cosas. Cualquier practicante de farmacia puede hoy decirnos qué hay que
pensar sobre tal aparición y de modo científico, mas el corazón del hombre que
se atreve a levantarse y desafiar frente a frente al Infierno, no puede dar mayor
prueba de intrepidez. Ni en el mundo, ni bajo de él, había cosa que lo
acobardase. En uno de sus escritos, dice: Bien sabe el Diablo que esto no tiene
su origen en el miedo, pues he visto y desafiado innumerables Demonios. El
Duque Jorge (de Leipizg, uno de sus grandes enemigos) no iguala a un solo
Diablo (ni mucho menos). Si tuviere algo que hacer en Leipzig, allí iría,
aunque lloviesen Duques Jorges nueve días seguidos. ¡Qué diluvio de Duques!
Grandemente se equivocan los que imaginan que el valor de este hombre fue
ferocidad, terca y vulgar obstinación, crueldad, como muchos creen: muy lejos
de eso. Puede haber ausencia de temor, debido a ausencia de preocupación o
afecto, presencia de odio y de estúpida ira. No apreciamos en mucho el valor
del tigre. En Lutero se daba cosa muy diferente, no hay acusación más injusta
que la de mera violencia feroz. Su corazón estaba henchido de bondad, piedad y
amor, como todo corazón valiente de veras. El tigre huye ante enemigo más
fuerte que él, por eso no lo creemos valiente, sino fiero y cruel. Pocas cosas
conozco más conmovedoras que los suaves latidos de afecto, suaves como los del
hijo o de la madre, que animaban el Impetuoso corazón de Lutero, tan verídico,
puro, sin hipocresía, familiar, rudo en sus expresiones, claro como el agua que
surge de la roca. ¿Qué fue aquella actitud abatida por la desesperación y
reprobación que vemos en su juventud, sino producto de noble y reflexiva
mansedumbre, sutilidad y finura de afecto? Ése es el estado en que están
sumidos hombres como el desdichado Cowper. Para el observador superficial,
Lutero podría pasar por tímido, débil; la modestia y la ternura afectiva son
sus principales características. El valor despertado en corazón como el suyo,
es noble; al verse hostigado y desafiado, se inflamó con celeste llama. En la
Sobremesa de Lutero, libro póstumo de anécdotas y frases recopiladas por sus
amigos, ahora el más interesante entre todos los suyos, hallamos bellas
manifestaciones inconscientes de su verdadera naturaleza. Su modo de proceder
ante el lecho de muerte de su hija, grande y admirable todavía, figura entre
los más emocionantes. Se resignó a que muriese su pequeña Magdalena, anhelando
al mismo tiempo conservase la vida, siguiendo su pensamiento empavorecido la
ascensión de su almita a través del reino desconocido, con el corazón
desgarrado, encogido, sincero, pues a pesar de todos los credos y dogmas
comprendía que nada sabemos ni podemos saber: su pequeña Magdalena iba a
reunirse con Dios, porque Dios lo quiso así; también eso era todo para Lutero;
Islam es todo. Una noche asomóse a una de las ventanas del Castillo de Coburgo,
su Patmos solitario, contemplando la gran bóveda de la Inmensidad, surcada por
largas y veloces nubes, muda, gigantesca, preguntándose: ¿Quién sostiene todo
esto? Nadie vió nunca las columnas que lo soportan; no obstante, se sostiene.
Dios lo sostiene; hay que reconocer que Dios es grande, bueno, tener fe en lo
invisible. De vuelta de Leipzig le sorprendió la belleza de los campos a punto
de segar, diciéndose: ¿Cómo se sostiene el amarillo trigo sobre su esbelto
tallo?; su dorada espiga se inclina y balancea; la humilde tierra lo ha
producido al mandato de Dios: es el pan del hombre. Contemplando un crepúsculo
en el jardín de Wittenberg vió un pajarillo que se posaba en una rama,
exclamando: Sobre ese pajarito lucen las estrellas, está el profundo Cielo de
los mundos; ha plegado sus alitas y se posa confiadamente para pasar la noche;
su Creador le ha procurado cobijo. No falta la alegría en este libro; en este
hombre había un gran corazón humano. Su lenguaje posee áspera nobleza, abunda
en modismos, es expresivo, sincero, brillando en él de vez en cuando los
matices poéticos. En Lutero vemos un hermano. Su afición a la música es resumen
de todos sus afectos; muchas de las cosas que no pudo expresar con la palabra
las confió a los tonos de la flauta, afirmando escapaban los Diablos cuando
oían sus notas. Por una parte desafiaba a la muerte, por otra amaba la música.
Para mí éstos eran los dos polos opuestos de su grande alma; entre ellos había
lugar para todo lo grande. En el rostro de Lutero veo la expresión de su
personalidad, creyendo que los mejores retratos de Kranach son su fiel efigie,
rostro de plebeya dureza, con sus grandes cejas y huesuda cara, emblema de
tosca energía, faz casi repulsiva a primera vista. No obstante, en sus ojos
brilla indómita y silenciosa pena, melancolía sin nombre, elemento de suaves y
finos afectos, imprimiendo al resto el sello de la verdadera nobleza. Lutero
reía, pero también lloraba; el llanto y el duro trabajo le acompañaban, siendo
la Tristeza y la actividad base de su vida. En sus últimos días, tras los
triunfos y victorias, expresa su cansancio de vivir, considerando que sólo Dios
puede y quiere regular el curso de las cosas, que tal vez no esté lejano el Día
del Juicio. Únicamente desea una cosa: que Dios lo libre de su labor, lo llame
y lo deje gozar de reposo. No lo comprenden los que señalan ese deseo para
desacreditarlo. Para mI Lutero es el verdadero Gran Hombre, grande
intelectualmente, en valor, afecto e integridad, uno de los más amables y
valiosos, no de la grandeza del esculpido obelisco, sino de la montaña alpina,
tan sencillo, honrado, espontáneo que no piensa en la grandeza. Es el picacho
granítico que rasga las nubes adentrándose en el Cielo; el monte en cuyas
requebrajaduras brotan las fuentes que vivifican bellos valles floridos. Es
Héroe Espiritual y Profeta, verdadero Hijo de la Naturaleza y de los Hechos,
cuya aparición agradecerán al Cielo los siglos pasados y venideros.
El héroe como sacerdote.
Lutero. La Reforma. Knox. El puritanismo. Tercera parte
(Viernes, 15 de mayo de
1840) La fase más interesante asumida por la Reforma es el Puritanismo, para
los ingleses especialmente. El Protestantismo trocóse prontamente en aridez en
el país de Lutero, no en materia de religión, de fe, sino antes en contienda
dialéctica teológica, no originada en el corazón, siendo su esencia la
discordia escéptica, que se encendió cada día más hasta llegar al
Volterianismo, pasando por los debates de Gustavo-Adolfo y desembocando en los
de la Revolución Francesa. En nuestra isla originó un Puritanismo que logró
establecerse como Iglesia Presbiteriana y Nacional en Escocia, surgiendo como
cordial realidad, produciendo sus frutos. En cierto sentido pudiéramos decir
fue la sola fase del Protestantismo que gozó de la jerarquía de Fe, verdadera
comunión cordial con el Cielo, considerándolo la Historia como tal. Hablemos de
Knox, hombre bravo y notable, que descolló sobre todo como jerarca y Fundador
de la Fe que abrazaron Escocia, Nueva Inglaterra y Oliverio Cromwell; la
Historia nos hablará de ello. El Puritanismo puede ser objeto de censura, si se
quiere; supongo que nadie lo considera perfecto, mas hay que tener presente que
fue producto de sinceridad, puesto que la Naturaleza lo adoptó, extendiéndose y
desarrollándose. Dije alguna vez que en este mundo todo progresa al calor de la
lucha; que la fuerza, bien entendida, es medida de toda valia. Si la cosa es
justa alcanzará éxito por el tiempo. Considerad América Sajona, el simple Hecho
de la salida del Mayflower del puerto de Delft (en Holanda) hace doscientos
años. Si nuestro sentido estuviese tan despierto como el de los griegos,
veríamos en ello un Poema, Poema de la Naturaleza, como el que compone amplios
hechos sobre los grandes continentes. Aquello fue ciertamente el comienzo de
América, en la que había dispersos colonos, algo así como un cuerpo, al que
infundió alma aquella expedición. Aquellos infortunados, desterrados de su
país, que tampoco pudieron vivir en Holanda, determinaron establecerse en el
Nuevo Mundo, tierra de negros bosques vírgenes, poblada de salvajes, no tan
crueles para ellos como el verdugo oficial. Creían que la Tierra les
proporcionaría alimento, si la trabajaban con cuidado; que el eterno cielo se
extendería sobre sus cabezas como en su país, que gozarían de paz, preparándose
para la Eternidad viviendo como es debido en este mundo del tiempo, adorando lo
que creyeren cierto, sin idolatría. Reunieron lo que poseían, fletaron un
buque, el pequeño Mayflower, y se hicieron a la vela. En la Historia de los Puritanos,
de Neal, se relata la ceremonia de la salida, solemnidad pudiéramos llamarla,
puesto que fue acto de verdadera adoración. Su capellán los acompañó hasta el
embarcadero, juntamente con los hermanos que dejaban en tierra, reuniéndose
todos en ferviente plegaria, deseándoles que Dios se apiadase de sus
desdichados Hijos, los encaminase por aquellas vastas soledades, pues Él era el
Creador de todo aquello, residiendo en ellas como en la tierra que dejaban. A
mi entender los expedicionarios cumplían una misión. La cosa más endeble, más
débil que un niño, se vigoriza un día si es veraz. Por aquellos días el
Puritanismo era despreciable, irrisorio, pero hoy nadie lo toma a broma.
Dispone de armas y fortalezas, cañones y buques de guerra, destreza en sus diez
dedos, fuerza en su brazo derecho, puede gobernar navíos, talar bosques, hacer
saltar montañas, es una de las cosas más fuertes bajo el sol. En la historia de
Escocia no hallo más que una época, pudiendo afirmar no contiene nada de
mundial interés, excepto la Reforma de Knox. Pobre tierra estéril, turbada por
continuos tumultos, disensiones y matanzas; pueblo que vive en estado de rudeza
e indigencia, apenas mejor que Irlanda en nuestros días. Los codiciosos y
fieros señores, incapaces de convenir entre sí cómo habían de repartirse lo que
quitaban a los miserables ganapanes, obligados como las Repúblicas
sudamericanas de nuestros díás a convertir en revolución cualquier alteración;
que no sabían cambiar un ministerio si no era ahorcando a los ministros; espectáculo
histórico de no muy singular significación. No dudo fueren bravos; luchaban
feroz y continuamente, pero no con más valor o ferocidad que sus antecesores,
los piratas escandinavos, cuyas hazañas no hemos creído dignas de resucitar.
Era país casi sin alma, en el que todo estaba en cierne, excepto lo rudo,
externo, semianimal, encendiéndose la vida interior al sobrevenir la Reforma
bajo aquellas costillas inanimadas. La causa, la más noble entre las causas,
brilla con luz propia en las alturas del Firmamento como un fanal visible desde
la Tierra, con lo cual el más humilde de los hombres truécase en Ciudadano, en
Miembro de la Iglesia visible de Cristo, en verdadero Héroe, si es sincero.
Cuando digo pueblo de
héroes, hay que entender nación que tiene fe. No es el alma grande lo que hace
al héroe, sino el alma divina fiel a su origen; ésa es la grande. Ya vimos
cosas parecidas y volveremos a verlas, bajo formas más amplias que la Presbiteriana;
hasta entonces no podrá producirse bien duradero, cosa imposible según algunos.
¿Imposible? ¿No existió ya como hecho practicado? ¿Falló el Culto de los Héroes
en el caso de Knox? ¿Somos hoy los hombres de barro diferentes a los del
pasado? ¿Confirió la Confesión de Fe de Westminster alguna nueva propiedad al
alma del hombre? Dios creó el alma del hombre sin condenar a ninguna a vivir
como Hipótesis y ficción en un mundo infestado por ellas, su influencia y su
fruto. Continuemos; lo que hizo Knox por su pueblo puede llamarse realmente
resurrección; ardua era la empresa, pero aceptada de buen grado, considerando
ventajoso el precio que costara, aunque hubiera sido más aventurada; ventajosa
en conjunto a cualquier precio, como lo es la vida. Entonces comenzaron a
vivir, mediante la condición de realizar lo que se habían propuesto y a toda
costa. Opino que Knox y la Reforma influyeron sobre la Literatura escocesa, y
el Pensamiento, sobre la Industria. James Watt, David Hume, Walter Scott,
Robert Burns, actuando en el coraz6n de todos ellos y los fenómenos; creo que
sin la Reforma no habría surgido ninguno de ellos y, ¿qué hubiera sido de
Escocia? El Puritanismo escocés hízolo suyo Inglaterra, Nueva Inglaterra. El
tumulto producido en la Parroquial de Edimburgo se transformó en pugna
universal, en batalla en todos los terrenos, resultando, tras cincuenta años de
lucha, lo que llamamos Revolución Gloriosa, una Ley de Habeas Corpus, los
Parlamentos Libres y muchas otras cosas. Cierto es lo que dijimos: que muchos
de los que figuran en la vanguardia caen en el foso de Schweidnitz, como los
soldados rusos, llenándolo con sus cadáveres, para que pase sobre ellos la
retaguardia y se apodere de la plaza. ¡Cuántos fueron los graves Cromwells,
Knoxes, humildes Campesinos escoceses que contendieron defendiendo la vida en
ásperos cenagales, luchando, sufriendo, muriendo, calumniados, enlodados, antes
que la bella Revolución del 88 avanzase sobre sus cuerpos, con escarpines de
seda, entre universal aplauso. Paréceme increíble que aquel escocés tenga que
defenderse tres siglos después ante el tribunal del mundo de haber sido el más
bravo entre los escoceses en aquellos tiempos. Bien pudo agazaparse en un
rincón como otros muchos; mas su pureza se lo vedó; él hubiera escapado a las
censuras, pero Escocia continuaría esclava. Todos los escoceses, todo el mundo
está en deuda con este hombre. Lo único que podría pedir a Escocia es le
absolviese de haberla dignificado más que cualquier millón de escoceses
intachables que nada tengan que perdonar. Luchó a pecho descubierto, bogó en
las galeras francesas, vagó desamparado en el destierro, entre las nieblas y
tormentas, fue censurado, tiroteado a través de la ventana de su casa; su vida
fue continua y triste lucha. Muy aventurada era su empresa para esperar
recompensa en este mundo. No puedo pedir excusa en su nombre, porque se muestra
indiferente a cuanto se haya dicho sobre él durante los doscientos cincuenta
años últimos. Pero nosotros, olvidando los detalles de su lucha, disfrutando de
la luz originada en el fruto de su victoria, debemos ver únicamente al hombre a
través de los rumores y controversias que lo rodean, por respeto a nosotros
mismos. Knox no quiso erigirse en Profeta de su Pueblo, viviendo en la sombra
cuarenta años antes de alcanzar celebridad; pobres eran sus padres; se educó en
un colegio. abrazando la carrera eclesiástica, adoptando la Reforma,
contentándose con que le sirviese de guía en la vida, sin forzar a nadie a que
la reconociese. Era preceptor de distinguidas familias; cuando algún grupo lo
requería para que expusiese su doctrina, Knox predicaba, resuelto a no
separarse de la verdad, a declararla cuando se le requería para ello, sin
ambicionar nada, sin creerse llamado a otra cosa; así llegó a los cuarenta años.
Figuraba en el grupo de los Reformadores sitiado en el Castillo de San Andrés;
estaban en la capilla escuchando la exhortación del predicador cuando
súbitamente, al acabar su prédica, dijo que tenían que hablar otros; que todos
los que tuviesen corazón y dotes de predicador debían exponer su opinión; que
entre ellos había uno llamado John Knox que gozaba de ambas cosas, como sabían
todos, preguntando finalmente si le creían obligado a ello. La respuesta fue
afirmativa, añadiendo era un crimen desertar del puesto, callar lo que tuviese
que manifestar. El humilde Knox se vió forzado a ponerse de pie; intentó decir
algo; no pudo articular palabra, rompió a llorar y huyó. No hay que olvidar la
escena. Durante unos días sufrió graves trastornos, comprendiendo la debilidad
de sus facultades para tan grande empresa, sabiendo el bautismo a que tenía que
someterse; por eso estalló en llanto. La sinceridad, característica principal
del Héroe, se aplica enfáticamente a Knox. Nadie ha negado que fue uno de los
hombres más francos, fueren cuales fueren sus otras cualidades o defectos; se
atenía a la verdad y a la realidad por instinto singular, siendo la verdad lo
único existente para él, despreciando todo lo demás como mera sombra y vacío.
Por muy débil y desesperada que pudiere parecer la realidad, ella era lo único
que le servía de base. En las galeras del Loire, donde fueron conducidos como
galeotes Knox y sus compañeros tras la toma del Castillo de San Andrés, un
funcionario o sacerdote les mostró una imagen de la Virgen Madre, requiriendo a
los blasfemos herejes para que la reverenciaran. ¿Madre de Dios?, preguntó Knox
cuando le llegó la vez, añadiendo: No es la madre de Dios, sino un trozo de
leño pintado, más propio para flotar que para ser adorado, y cogiéndolo lo
lanzó al río. En su situación era peligrosísimo bromear, mas eso era la verdad
para Knox y continuaba siéndolo: madera pintada que no quería adorar, sin
pensar en las consecuencias. Animaba a sus compañeros de cárcel en aquellas
amarguras, afirmando que su Causa era la verdadera; que prosperaría, que todo
el mundo junto no podía vencerla: que la Realidad es creación de Dios; que es
lo único firme. ¡Cuántos trozos de leño pintado pretenden ser realidad, más
propios para flotar que para ser adorados! Knox no podía vivir fuera de la
realidad, agarrándose a ella como náufrago a la escollera; si fue héroe lo
debió a la sinceridad, su don principal, capacidad intelectual, digna y leal,
aunque no superior sino muy inferior a la de Lutero; pero en lo tocante a su adherencia
instintiva y cordial a la verdad, en franqueza, ni tiene superior ni igual; su
corazón estaba forjado como el de verdadero Profeta. Una vez exclamó el Conde
de Morton ante su tumba: Ahí yace quien nunca volvió el rostro ante ningún
hombre; no hay moderno que se parezca tanto al Profeta Hebreo como Knox, por
haber en él la misma inflexibilidad, intolerancia, rígida lealtad a la verdad
Divina, severo reproche en nombre de Dios para el que reniega de la verdad; era
un antiguo Profeta Hebreo con hábitos de sacerdote de Edimburgo del siglo XVI.
Así debemos considerarlo, no de otro modo. La conducta de Knox para con la
Reina María, sus violentas entrevistas en palacio para reprenderla, se
comentaron mucho. Su crueldad y rigidez nos llena de indignación, pero si
leemos el fiel relato de lo que dijo, de lo que quiso decir, confesaremos no
hay en él nada trágico, pues sus palabras no fueron tan duras, pareciéndome
estaban a tenor de las circunstancias; porque no iba a palacio como cortesano,
sino con carácter muy distinto y, quienquiera leyere sus coloquios con la reina
y los tomara por vulgares insolencias de cura plebeyo ante una señora educada y
delicada, se equivoca en cuanto a su alcance y esencia. Desgraciadamente era
imposible ser cortés con la Reina de Escocia, de no ser desleal para con la
Nación y Causa escocesa. Él, que no quería ver convertida su tierra natal en
coto de caza de los intrigantes y ambiciosos Guisa, que la Superchería,
Formulismos y Causa del Diablo imperasen sobre la de Dios, no podía hacerse
agradable. Morton dijo: Es preferible lloren las mujeres a que los hombres
barbudos se vean forzados a llorar. Knox fue el partido constitucional de
oposición en Escocia, pues los nobles del país llamados a integrarlo por su
posición no figuraban en él; por eso tuvo que serlo Knox. La reina era infeliz;
más lo hubiere sido la Nación de haber sido feliz su reina. No carecía María de
astucia, entre otras cosas, preguntando una vez: ¿Quién eres tú para pretender
instruir a los nobles y a la soberana de este reino? Señora, un súbdito nacido
en él, respondió Knox. Respuesta razonable, porque si el súbdito tiene una
verdad que decir, no será la condición de súbdito lo que se lo vede. Se censuró
a Knox por su intolerancia. Bien está seamos todo lo tolerantes posible; no
obstante, en el fondo, tras todo lo dicho sobre ella, ¿qué es la tolerancia? La
tolerancia tiene que tolerar lo accidental, discerniéndolo claramente; tiene
que ser noble, mesurada, justa en su iracundia, cuando no puede ya tolerar, mas
en conjunto no sólo vivimos para tolerar, sino para resistir, refrenar y
vencer. No toleramos las Falsedades, Latrocinios, Iniquidades, cuando nos
agarrotan; entonces les decimos: Eres falsedad; no puedo tolerarte. Vivimos
para extinguir las Falsedades aniquilándolas prudentemente. No discutiré sobre
el modo de lograrlo, pues lo importante es conseguirlo. En este aspecto Knox
fue ciertamente intolerante. Es imposible que el condenado a bogar en las
galeras francesas por propagar la Verdad en su tierra nativa pudiera estar
siempre de buen humor, no queriendo decir esto que no fuere dócil por
temperamento, ni agrio de carácter; lo que sí puedo afirmar es que no era malo
por naturaleza, porque en aquel hombre sufrido, maltratado, y luchador moraban
los amables y leales afectos. Que se atreviese a regañar a la reina, que
dominase a los turbulentos nobles, orgullosos como eran, conservando hasta el
fin una especie de Presidencia y Soberanía virtuales en aquel indomable reino,
él, que no pasó de súbdito nacido en el mismo, nos prueba no se le tenía por
ruin y mordaz, sino por hombre de corazón sano, fuerte y sagaz. Ésos son los
que pueden imponerse. Se le acusa de demoledor por demoler catedrales, como si
se tratara de un demagogo sedicioso y tumultuario; pero si nos fijamos, lo
cierto es precisamente lo contrario, tanto en cuanto a las catedrales como en
lo demás. No era demoler edificios de piedra lo que se proponía Knox, lo que
quería era curar la lepra e ignorancia que minaban la vida del hombre. El motín
no era su elemento, y, si se vió envuelto en él fue forzado por el trágico
matiz de su vida, porque los hombres de su temple son enemigos natos del
Desorden, al que aborrecen: mas la insinuante Perfidia no es Orden, sino suma
total de Desorden. El Orden es Verdad, fundada en la base que le es propia: el
Orden y la Falsía no pueden ir de consuno. En Knox se manifiesta
inesperadamente propensión al gracejo, combinado con otros rasgos, cosa que me
agrada; veía claramente la parte ridícula de las cosas, siendo esto lo que da
vida al brusco y grave estilo de su Historia. Grande es su regocijo al ver a la
puerta de la Catedral de Glasgow a dos Prelados, disputándose el derecho de
precedencia, dando zancadas, propinándose empujones, agarrándose y estrujándose
los roquetes, blandiendo sus báculos como garrotes. No fue burla ni escarnio,
sino amargor, aunque haya bastante de aquello. Lo que ilumina el grave rostro
es una franca y suave sonrisa, no la carcajada; lo que ríe ante todo son los
ojos. Knox era sincero y fraterno: hermano de los altos y de los humildes,
franco en su simpatía para con todos. En su vieja casa de Edimburgo guardaba su
tonelito de Burdeos; era jovial, sociable, simpático, equivocándose en gran
manera los que le creen melancólico, espasmódico, fanático; nada de eso: fue
hombre de una pieza, práctico, cauteloso, esperanzado, paciente, sagaz,
observador, perspicaz, teniendo en efecto mucho del carácter típico escocés
actual: cierta melancoUa sardónica, suficiente discernimiento, solidez de
corazón que no ignoraba, sin preocuparse de lo que no le atañía vitalmente, sin
callar lo que vitalmente le concernía, expresándolo de modo que todos tenían
que escuchar, poniendo en ello todo el énfasis acumulado durante su silencio.
No me es odioso el profeta de los escoceses. Su existencia fue triste lucha,
contendiendo con Papas y Principados, viviendo en continua pugna, derrotado,
bogando como esclavo en las galeras, vagabundo en el destierro. Triste fue su
lucha, pero venció. ¿Abrigas esperanza?, le preguntaron en sus últimos momentos
cuando ya no podía articular palabra; levantó el índice y expiró. Honrémosle.
Su labor no ha muerto; perece la letra, pero no el espíritu, como ocurre con
todos los hombres.
Añadamos algo en cuanto a
la letra de la labor de Knox. Su agravio imperdonable fue el deseo de que los
Sacerdotes sustituyesen a los Reyes, pues se esforzó en establecer el gobierno
Teocrático en Escocia, siendo ésta la suma de sus agravios, su pecado esencial.
¿Qué perdón hay para él? Lo indudable es que en el fondo quería la Teocracia, o
Gobierno de Dios, consciente e inconscientemente. Lo que deseaba es que los
Reyes, los Presidentes de Consejo, todos los personajes, en público y en
privado, ya diplomáticamente o de otro modo, se condujesen de acuerdo con el
Evangelio de Cristo, comprendiesen que ésa era su suprema Ley, esperando
llegase a ser realidad que el ruego: Venga a nos el Tu reino no fuera meras
palabras. Mucho le apenaba que los ávidos Barones se adueñasen de las
propiedades de la Iglesia, y, cuando alegó no eran propiedad secular, sino
espiritual, que debían dedicarse a usos verdaderamente sagrados, a la
educación, escuelas, lugares de adoración, contestóle el Regente Murray
encogiéndose de hombros: Eso es fantasía de devoto. Eso era lo que Knox tenía
por justo y acertado, lo que se esforzó más tarde en realizar con celo. Si
creemos que esta idea de la verdad pecaba de estrechez, que no era franca,
habremos de felicitarnos no lo pudiere realizar; de que tras dos siglos de
esfuerzo continuara siendo irrealizable, de que todavía sea fantasía de devoto.
Pero, ¿por qué censurarle si se esforzó por llevarla a cabo? La Teocracia, el
Gobierno de Dios, es precisamente por lo que puede lucharse. Todos los
Profetas, celosos Sacerdotes, se muestran partidarios de ello. Hildebrando
deseó la Teocracia; Cromwell también, luchando por ello, lográndolo Mahoma. ¿No
es eso lo que todos los hombres celosos, ya sean Profetas, Sacerdotes, o como
se les llame, desean esencialmente y deben desear? El Ideal Celeste es que la
justicia y la verdad, o Ley de Dios, reinen sobre todo entre los hombres; eso
es lo que en tiempo de Knox denominaban Voluntad de Dios revelada, pudiendo
aplicársele ese nombre en toda época. El Reformador insiste en que a eso
debemos tender día tras día. Todos los verdaderos Reformadores son Sacerdotes
por naturaleza y se esfuerzan por la Teocracia. Hasta dónde podemos introducir
tales ideales en la Práctica, y cuándo debe iniciarse nuestra impaciencia al
ver que no ganan terreno, siempre será cuestión sobre la que puede decirse:
dejemos que penetren hasta donde puedan. Si son la verdadera fe del hombre,
mostraremos todos impaciencia de que no hayan penetrado aún. Siempre habrá
Regentes Murray que, encogiéndose de hombros, digan: Fantasía de devoto. Lo que
debemos hacer es alabar al Héroe-sacerdote que hace lo posible para
establecerlos, dedicando su noble vida a convertir este Mundo en Reino de Dios,
a cambio de penalidades, calumnias y sinsabores. ¡Nunca la Tierra será
demasiado divina!
QUINTA CONFERENCIA
El héroe como literato. Johnson. Rousseau. Burns.
El héroe como literato. Johnson. Rousseau. Burns. Primera
parte
(Martes, 19 de mayo de
1840) Los Héroes-Dioses, Profetas, Poetas y Sacerdotes, son formas del Heroísmo
propias del pasado, surgidas en épocas remotas; la posibilidad de algunas de
ellas cesó hace mucho tiempo, sin que puedan reaparecer. Hoy hablaremos del
Héroe como Literato, producto de nuestros días, abrigando la esperanza de su
existencia como una de las formas principales del Heroísmo en el porvenir
mientras subsista el maravilloso arte de la Escritura o su reproducción,
llamado Imprenta; es singularísimo fenómeno en varios aspectos. Es nueva forma
de Heroísmo, reciente, cuya aparición se remonta sólo a un siglo. Hasta hace
unos cien años no hubo figura de Grande Alma que viviera independiente de modo
tan anómalo, esforzándose por expresar su inspiración mediante Libros Impresos,
que gozase de consideración y pudiese vivir de lo obtenido a cambio de su
trabajo. Mucho se ha vendido y comprado, dejando corriera su suerte en el
mercado, pero hasta entonces nunca había ocurrido lo mismo en cuanto a la sabiduría
inspirada del Alma Heroica de manera tan cruda. Curioso espectáculo verlo en su
descuidada buhardilla, con su raído traje, sus derechos y yerros literarios,
imperando después de muerto, desde su tumba, sobre naciones y generaciones
enteras, que le procuraron pan o se lo regatearon en vida. Pocas formas de
Heroísmo hay más inesperadas. En tiempos remotos tuvo el Héroe que revestir
extrañas formas, porque, por su singularidad, muchas veces no sabían qué hacer
con él. Parécenos absurdo pudiesen los hombres en su ruda admiración considerar
Dios al magnífico y sensato Odin adorándolo como tal; al magnánimo y juicioso
Mahoma como inspirado por la Divinidad, siguiendo religiosamente su Ley durante
doce siglos; quizás algún día parezca aun más absurdo que los doctos y sublimes
Johnson, Burns y Rousseau fuesen considerados como meros ociosos venidos al
mundo para combatir el tedio a cambio de algunos aplausos y monedas que les
permitiesen vivir. No obstante, puesto que lo espiritual es siempre lo que
determina lo material, este mismo Literato-héroe debe considerarse como el
personaje más importante hoy, porque es el que anima a todos los demás, que
obran de acuerdo con su consejo. El aspecto más significativo de la situación
general del mundo es la manera como lo considera. Si penetramos en su vida
podremos tener claro concepto de la vida de esos singulares siglos que lo
produjeron y en los que vivimos y laboramos. Hay Literatos auténticos y otros
que no lo son, porque en todos los géneros hay legítimos y espurios. Si Héroe
es sinónimo de legítimo, afirmo que el Literato como Héroe desempeña función
honorabilísima, sublime, cuya superioridad ha sido reconocida ya. Manifiesta la
inspiración de su espíritu tal como brota en él, lo más que puede hacer el
hombre. Digo inspiración, porque lo que llamamos originalidad, sinceridad,
genio, es decir, la cualidad heroica para cuya expresión carecemos de palabra,
significa todo eso. Es Héroe el que mora en la esfera interna de las cosas, en
la Verdad, lo Divino y Eterno existente, invisible para los más, bajo lo
Temporal, Trivial, residiendo en esencia en aquello, manifestándólo en sus
actos o palabras, revelándose. Su vida es un retazo del sempiterno corazón de
la Naturaleza, siéndolo todos, pero los débiles desconocen la realidad,
siéndole infieles las más de las veces, mientras los fuertes son heroicos,
perennes, porque la realidad no puede ocultárseles. El Literato, como todos los
Héroes, existe para proclamarla como le sea posible. Intrínsecamente desempeña
la misma función que aquellos a quienes las remotas generaciones llamaron
Profetas, Sacerdotes, Divinidades, porque todos ellos vinieron al mundo para lo
mismo: expresar o llevar a cabo lo que había que hacer. Fichte, el filósofo
alemán, dictó hará unos cuarenta años en Erlangen, un notable Curso de
Conferencias sobre el tema: Ober das Wesen des Gelehtrten, De la Naturaleza del
Literato. De conformidad con la Filosofía Trascendental, en la que descolló
como maestro, declara: Que todo cuanto vemos o efectuamos en el Mundo, especialmente
nosotros y todos los demás, es una especie de ropaje o Apariencia sensible,
bajo la cual reside como esencia lo que denomina Idea Divina del Mundo, que es
la Realidad residente en el fondo de toda Apariencia. La muchedumbre desconoce
esa Idea Divina, viviendo entre superficialidades, posibilidades y apariencias
del mundo, según Fichte, sin sospechar que hay algo divino en su entraña. Pero
el Literato surge especialmente para discernir por sí y manifestarnos esa Idea
Divina, exteriorizándose en cada nueva generación mediante nuevo dialecto,
naciendo para eso. Tal es la fraseología de Fichte, de la que no disentimos.
Ésa es su manera de llamar lo que me esfuerzo por denominar imperfectamente,
porque hasta ahora no tiene nombre: La inefable Significación Divina,
esplendente, maravillosa y aterradora, que mora en el ser de todos los hombres,
de todas las cosas: la Presencia del Dios que nos creó a todos y a todas ellas.
Eso enseñó Mahoma en su dialecto y Odin en el suyo; es lo que todos los corazones
pensantes tienen que enseñar, en un dialecto u otro. Fichte llama al Literato
Profeta, mejor dicho Sacerdote, que incesantemente revela lo Divino a los
hombres: los Literatos son Sacerdotes perpetuos que enseñan al hombre,
generación tras generación, que Dios preside su vida, que toda Apariencia
observada en el mundo, no pasa de ropaje que viste la Idea Divina del Mundo,
residente en el fondo de la Apariencia. Siempre hay en el legítimo Literato
cierta santidad reconocida o denegada; es la luz del mundo, el Sacerdote que le
sirve de guía como sagrada Columna de Fuego en su tenebrosa peregrinación a
través del desierto del Tiempo. Fichte distingue con celo el Literato
auténtico, lo que llamamos Héroe como Literato, de la multitud de falsos y
vulgares. El que no vive por completo en esta Idea Divina, o vive parcialmente
sin esforzarse como el bueno por vivir totalmente en ella, no es Literato, more
en donde more, con la pompa y prosperidad que lo rodee; Fichte lo llama
chapucero. En el mejor caso, si pertenece a las provincias prosaicas, puede ser
un jornalero; Fichte llega a llamarlo una nulidad, no teniéndole lástima,
negándole el derecho a la dicha entre los hombres. Ésa es la opinión de Fichte
sobre el Literato, tiene el mismo significado que nosotros le damos. Desde este
punto de vista considero que durante los últimos cien años, Goethe, conterráneo
de Fichte, ha sido el más notable entre los Literatos. También él gozó, de
extraña manera, de lo que llamamos vida en la Idea Divina del Mundo; visión del
divino misterio interior; lo sorprendente es que en sus Libros surge el mundo
imaginado como divino, como creación y templo de un Dios. Goethe lo iluminó
todo, no con el violento, impuro e ígneo esplendor de Mahoma, sino con suave y
celestial resplandor: fue Profecía de estos tiempos carentes de profetas; para
mí es la más grande de las cosas que se han sucedido en nuestra época, aunque
también la más tranquila. Nuestro modelo de Héroeliterato sería Goethe,
siéndome agradabilísimo relataros su heroísmo, porque lo considero Héroe
legítimo, heroico en cuanto dijo e hizo, quizá más aun en lo que silenciara o
dejara de hacer, ofreciendo el noble espectáculo del héroe clásico, hablando y
guardando silencio como los antiguos, personificado en el más moderno, fino y
culto Literato, sin que haya otro caso durante los últimos ciento cincuenta
años. Pero ahora, dado lo que en general se sabe de Goethe, considero inútil
hablar de él. Para la mayor parte de los oyentes, Goethe resultaría
problemático, vago; dijese lo que dijese, causaría una falsa impresión; por eso
lo reservamos al porvenir, siendo preferible hablaros de Johnson, Burns y
Rousseau, tres grandes figuras anteriores a él, debido a circunstancias
bastante inferiores. Los tres son del siglo XVIII; el ambiente de su vida
parécese mucho más al actual en Inglaterra que al de Goethe en Alemania.
Desgraciadamente estos hombres no vencieron como él; lucharon valientemente y
cedieron. No fueron heroicos portadores de luz, sino heroicos buscadores.
Vivieron en amargas circunstancias, luchando bajo montañas de obstáculos, no
pudiendo revelarse claramente ni alcanzar la victoria interpretando esa Idea
Divina. Lo que puedo mostraros es las Tumbas de tres Héroes Literarios; ahí
tenéis los túmulos monumentales bajo los que yacen tres gigantes espirituales;
tristes, ciertamente, mas grandes e interesantísimas para nosotros.
Detengámonos unos momentos ante ellas. Con frecuencia oímos lamentaciones sobre
lo que llamamos estado de desorden social, lo mal que efectúan su cometido muchas
fuerzas sociales articuladas; cuántas entre las más poderosas obran
inútilmente, caóticas, mal relacionadas; la queja es justa, todos lo sabemos.
Mas quizá si consideramos la de los Libros y sus Autores, hallemos algo como
sumario de la desorganización de todo lo demás, especie de corazón del que
parte y al que concurre la confusión mundial. Considerando lo que hacen los
Autores de Libros en el mundo y lo que el mundo hace con ellos, opino que es lo
más anómalo que presenta hoy la sociedad. Si intentásemos explicarlo nos
aventuraríamos en insondable mar; no obstante, hay que considerarlo por
requerirlo nuestro tema. El peor elemento de la vida de esos tres Héroes
Literarios fue haber hallado su tarea y situación como un caos. La senda
trillada permite hacer camino; lo penoso, lo que hace caigan muchos, es abrir
un sendero a través de lo intransitable. Nuestros piadosos Padres,
comprendiendo cuán importante es que el hombre dirija la palabra a sus
congéneres, edificaron iglesias, instituyeron fundaciones, redactaron
reglamentos; en todo pueblo civilizado hay un Púlpito rodeado de toda clase de
adjunciones complejas y dignificadas, desde el que el hombre habla a sus
hermanos para instruirlos. Los antepasados creian que esto era lo más
importante, sin lo cual era inútil todo lo demás. Piadosa fue su obra, bella su
contemplación; mas hoy, con el arte de la Escritura y la Imprenta, cambiaron
las cosas totalmente. ¿No es el Autor de un Libro, Predicador que habla a
todos, en todo tiempo y latitud y no a esta o aquella parroquia y en día
señalado? No es de suma importancia que su líbro esté bien o mal escrito, lo
que importa es que sus ojos vean claramente, pues de no ser así se extravían
los demás órganos. El modo como escriba su obra, bien o mal, que no llegue a escribirla,
es cosa que a nadie preocupa; quizás importe al librero que piense beneficiarse
con su venta, de tener éxito, pero no a los demás. Nadie pregunta de dónde
vino, a dónde llegará, qué puede hacerle avanzar en su carrera literaria, por
no ser esencial para la sociedad, vagando como solitario ismaelita en mundo
cuya luz espiritual es, para salvarlo o para perderlo. El Arte de la Escritura
es el más maravilloso ideado por el hombre. Las Runas de Odin fueron la
primitiva forma de la labor del Héroe; los Libros, las palabras escritas, son
milagrosas Runas perfeccionadas; en ellos reside el alma de todo el Pasado, la
voz articulada y audible del Pasado, cuando la sustancia corporal y material se
ha desvanecido como ensueño. Estimables y magníficas son las poderosas flotas y
ejércitos, los puertos, arsenales, inmensas ciudades de elevadas cúpulas y
admirables fortificaciones, pero, ¿qué son para el tiempo? Agamenón, los muchos
Agamenones, Pericles y su Grecia trocáronse en ruinosos fragmentos, mudos y
tristes restos, montones de piedra, mientras en los Libros Griegos vive Grecia
literariamente para los pensadores que la evocan. No hay Runa más extraña que
un Libro; todo cuanto hizo, pensó, logró, o fue la Humanidad reside mágicamente
conservado en sus páginas; por eso es posesión predilecta del hombre. Los
Libros obran milagros, como se decía de las Runas, puesto que persuaden a los
hombres. Hasta la despreciable novela por entregas que las alocadas muchachas
de la perdida aldea leen con avidez influye en los convenios matrimoniales y en
los hogares. Así lloró Celia, así obró Clifford, y el disparatado Teorema de la
Vida, grabado en los jóvenes cerebros, se convierte ea sólida práctica un día.
Considerad si hubo Runa que obrase en la más impetuosa imaginación de un
Mitólogo las maravillas que algunos Libros han operado en la tierra firme.
¿Quién erigió la construcción de la catedral de San Pablo? Si penetramos al
corazón de la cosa, descubriremos fue aquel divino Libro Hebreo, en parte, la
palabra de Moisés, el desterrado que conducía a sus Madianitas por las
soledades del Sinaí hace cuatro mil años; aun siendo la más extraña de las
cosas no por ello deja de ser cierto. Con el arte de la Escritura, del que la
Imprenta es simple, inevitable e insignificante corolario, inicióse el
verdadero reino de los milagros para la humanidad. Enlazó el Pasado Remoto con
el Presente en tiempo y lugar con sorprendente contigüedad y perpetua
intimidad, todas las épocas y lugares con nuestro Aquí y Ahora, alterándolo
todo, vari:mdo todas las prácticas en las importantes funciones del hombre: la
enseñanza, la predicación, el gobierno, todo. Veamos la enseñanza, por ejemplo.
Las Universidades son un notable, respetable producto de los tiempos modernos.
También su existencia ha sido modificada hasta la base, debido a los Libros.
Surgieron las Universidades cuando todavía no era posible procurárselos con
facilidad, cuando un hombre, para obtener un solo Libro tenía que dar un trozo
de tierra. En esas circunstancias, si alguien tenía que comunicar algún
conocimiento, reunía a sus oyentes y lo manifestaba. Para saber lo que Abelardo
sabía, había que ir donde estuviera y escucharlo, siendo treinta mil los que
fueron a oír de sus labios su teología metafísica, ocurriendo otro tanto con
todo profesor que tuviera algo propio que manifestar, porque allí disponía de
local, al que acudían muchos miles ansiosos de ciencia; luego presentábase un
tercer profesor, aprovechando la coyuntura, aumentando en importancia a medida
que afluían los maestros; entonces el Rey, ante aquel nuevo fenómeno, combinó o
reunió las variás escuelas, concediendo edificios, privilegios, facilidades,
llamando a dichos centros Universitas o Escuelas de todas las Ciencias; surgió
la Universidad de París con su carácter esencial, modelo de las sucesivas
Universidades que, durante seis siglos, fueron fundándose una tras otra. Así
creo se originaron las Universidades. Salta a la vista que debido a la
facilidad en adquirir libros cambiaron las cosas por completo, que con la
invención de la Imprenta quedaron metamorfoseadas las Universidades,
reemplazándolas, porque el Maestro no necesitaba reunir a la gente para
comunicarle su saber, sino imprimir un libro y de este modo todos los
estudiosos podían adquirirlo por poco dinero, leyéndolo ante su chimenea,
propagándose el saber. No pongo en duda la virtud del Discurso; hay escritores
que creen conveniente dirigir la palabra al público en algunas circunstancias,
como yo en estos momentos. Mientras el hombre tenga lengua habrá y debe haber
delimitación de dominios entre el Discurso y la Escritura o Imprenta, respecto
de muchas cosas, entre ellas las Universidades; lo que ocurre es que aún no se
señalaron o indicaron los límites, no pudiéndose poner en práctica, no
existiendo todavía Universidad que adopte este nuevo hecho de la existencia de
los Libros Impresos, basando en ellos por completo la enseñanza en el siglo
XIX, como basó la suya en la palabra la de París en el XIII. Si reflexionamos
observaremos que la Universidad, o cualquier Escuela Superior, no puede hacer
por nosotros más de lo que hizo la Escuela primaria, es decir, enseñarnos a
leer, porque en ella aprendemos a leer en varios idiomas, diferentes ciencias,
aprendiendo el alfabeto y letras de toda suerte de libros, acudiendo a ellos en
busca de conocimiento, aun el teórico, dependiendo nuestra sabiduría de
nuestras lecturas, después que toda clase de Profesores se esforzaron por
instruirnos. La verdadera Universidad de estos días es una Colección de libros.
También la Iglesia experimentó transformación en sus predicaciones y funciones;
la Iglesia es la activa y reconocida Unión de nuestros Sacerdotes o Profetas,
de aquellos que conducen las almas de los hombres con sabia enseñanza. Cuando
no había Escritura, hasta cuando no existía la Imprenta, la prédica oral era el
solo medio natural de comunicación; pero ahora, con los Libros, todo el capaz
de escribir uno sincero que persuada a Inglaterra es Obispo y Arzobispo,
Primado de Inglaterra y de Toda Inglaterra. He dicho muchas veces que los que
escriben Periódicos, Folletos, Poemas y Libros, son la Iglesia activa y
efectiva de un país moderno. No sólo la predicación, sino la adoración es
posible mediante los Libros. El sentimiento noble al que dió cuerpo con
melodiosas palabras un espíritu selecto, que conmueve melódicamente nuestro
corazón, es ciertamente de la naturaleza de la adoración, si lo comprendemos.
En estos tiempos de confusión hay muchos que no tienen otro medio de veneración
en todas las naciones. El que nos hace comprender la belleza del lirio
silvestre de mejor manera que la conocida, y sea como fuere, nos lo enseña como
emanación del Manantial de Toda Belleza, como escritura visible del gran
Creador del Universo, canta y hace que cantemos con él un versículo de un Salmo
sagrado. Así es en esencia, y mucho más aun en el que canta, dice, o hace
llegar hasta nuestro corazón de un modo cualquiera los nobles hechos,
sentimientos, atrevimientos y sufrimientos de un hombre hermano, conmoviendo
sinceramente nuestro corazón como al contacto de la brasa tomada en el altar.
Quizá no hay veneración más auténtica. La Literatura, tal como se encuentra, es
apocalipsis de la Naturaleza, revelación del secreto a voces. Bien pudiera
llamarse, a la manera de Fichte, revelación continua de lo Divino en lo
Terrenal y Vulgar. Lo Divino perdura en él ciertamente, exteriorizándose
mediante un dialecto, luego en otro, con gradual claridad: eso es lo que hacen
todos los sinceros y excelsos Cantores y Oradores, consciente o
inconscientemente. La sombría y tormentosa indignación de un Byron, tan díscolo
y perverso, puede presentar matices de ello; la mofa descarnada de un escéptico
francés, la burla que hace de lo Falso, es amor y veneración por lo Verdadero.
¡Cuánto más lo es la armonía universal de un Shakespeare, de un Goethe, la
música catedralicia de un Milton!, siendo algo también esas humildes notas de
alondra de un Burns, tímida calandria que levantó el vuelo en un surco para
planear en las profundas alturas del azur cantando desde allí de modo tan
sincero. Porque todo canto sincero es una forma de adoración, como puede
decirse de todo trabajo cuyo relato es tal canto, adecuada y melódica
representación. En ese inmenso y espumoso océano de Discursos Impresos que
denominamos inexactamente Literatura, se agitan fragmentos de verdadera
Litúrgica Eclesiástica y Recopilación de Sermones, extrañamente disfrazados
para los ojos del vulgo. También ios Libros son nuestra Iglesia. En lo
concerniente al Gobierno, Witenagemote, el antiguo parlamento fue cosa de
importancia. En él se deliberaban y decidían los asuntos de las naciones, lo
que habíamos de hacer como nación; mas ahora, aun subsistiendo el nombre de
Parlamento, los debates se realizan en todos sitios y a todas horas, de manera
más comprensible, fuera del Parlamento. Dijo Burke que en el Parlamento había
Tres poderes, pero en la Tribuna de los Periodistas había un Cuarto Poder más
importante que aquéllos, no siendo esto figura retórica ni chiste, sino hecho
cierto, oportuno en nuestros días. También la Literatura es Parlamento. La
Imprenta, necesariamente originada en la Escritura, equivale a la Democracia;
con la invención de la Imprenta era inevitable la Democracia. La Escritura
produce la Impresión, universalizando un día tras otro improvisadas impresiones,
como podemos observar. Todo orador que se dirige a la nación se trueca en
potencia, en brazo del gobierno, que pesa necesariamente en la aprobación de
las leyes, en todo acto de autoridad, sin tener en cuenta su situación, rentas
o galas, requiriendo sólo tener lengua a la que presten oídos los demás. La
nación es gobernada por todas las lenguas que logran hacerse oír: en eso está
virtualmente la Democracia. Añadamos que todo poder existente se organiza
lentamente, laborando en secreto refrenado, en la oscuridad, luchando con
obstáculos, sin descanso hasta que puede actuar libremente, sin trabas, a la
vista de todos. La Democracia que existe virtualmente existirá en manifestarse
ostensiblemente. Siempre llegamos a la conclusión de que todo lo más perentorio,
maravilloso y valioso entre todo lo que el hombre hace y produce en este mundo
son los Libros, esos humildes trozos de papel de trapo con tinta negra. ¿Qué no
hicieron, qué no están haciendo desde el Periódico hasta el sagrado Libro
Hebreo? Porque, sea cual fuere la forma exterior de la cosa (hojas de papel y
tinta negra), ¿no es ciertamente en su fondo el acto más sublime de la facultad
humana lo que produce el Libro? Es el Pensamiento del hombre, la verdadera
virtud de taumaturgo; eso le mueve en todo. Todo lo que hace y produce es
ropaje de un Pensamiento. La Ciudad de Londres, con sus edificios, palacios,
máquinas de vapor, catedrales, su enorme e inmenso tráfico y tumulto es un
Pensamiento, millones de Pensamientos reunidos en Uno, un enorme e inmensurable
Espíritu de Pensamiento, materializado en ladrillo, hierro, humo, polvo,
Palacios, Parlamentos, Coches de alquiler, Diques y todo lo demás. Ningún
ladrillo se hizo sin que alguien pensase en producirlo. Lo que llamamos hojas
de papel con rasgos de tinta negra, es la materialización mds pura que puede
revestir el Pensamiento humano. No nos maravillemos de que sea en todos los
aspectos el más noble y activo. Todo eso, la suma importancia del Literato en
la Sociedad moderna, el modo como la Prensa reemplaza al Púlpito, al Senado, al
Senatus Academicus y muchas cosas más, ha sido reconocida desde hace mucho
tiempo, aceptado finalmente con una especie de triunfo sentimental y sorpresa.
Opino que lo Sentimental dejará su lugar poco a poco a lo Práctico. Si los
Literatos gozan de tan incalculable influencia, encargándose de tal tarea un
día tras otro, creo debemos decidir que el Literato no continuará vagando como
desconocido y solitario ismaelita entre nosotros. Ya dije que todo lo que posee
poder virtual ignorado romperá sus ligaduras, surgirá un día con potencia
ostensible articulada, universalmente visible. Es posible que alguien se atavíe
con las galas ajenas, reciba el estipendio por función desempeñada por otro;
esto no reporta beneficio, ni es justo tampoco. Y, no obstante, su acertada
producción es tarea pesada reservada al lejano porvenir. Lo que denominamos
Organización del Gremio Literario está muy lejos aún, abrumado por toda clase
de complejidades; si se me preguntase cuál es la mejor organización posible
para los Literatos en la sociedad moderna, la ordenación y regulación para su
progreso, basada con exactitud en los hechos presentes de su posición y la
mundial, respondería que el problema supera en mucho a mis facultades. La
solución aproximada no depende de la facultad de un hombre, sino de la de
muchos que se sucedan aplicándola sinceramente al problema. Nadie puede decir
cuál sería su mejor organización, pero de inquirir: ¿cuál es la peor?,
respondería: la actual, en que el Caos es árbitro; estamos muy lejos aún, no
solo de la mejor, sina de la buena. Hay que observar que la concesión de
subvenciones de parte del Rey o el Parlamento no es lo más indispensable. Muy
poco modificaría la cuestión la concesión de estipendios, donaciones y toda
clase de ayuda económica. Estamos. cansados de oir hablar sobre la omnipotencia
del dinero. Diré que para el literato auténtico no es un mal la pobreza, que es
necesario haya Literatos pobres para demostrar si son legítimos o no. La
Iglesia Cristiana instituyó las órdenes Mendicantes, comunidades de hombres
buenos condenados a pordiosear, desarrollo naturalísimo y hasta necesario del
espfritu del Cristianismo, fundado en la Pobreza, el Sufrimiento, la
Contradicción, la Crucifixión, cosas tenidas como Desgracia y Degradación.
Puede afirmarse que el que desconoce dichas cosas, ignorando las preciosas
lecciones que procuran, pierde oportunidad de aprender. Ningún atractivo tenía
pedir limosna, ir descalzo, vestir áspero hábito de lana con una cuerda a la cintura,
ser despreciado por todo el mundo, no siendo tampoco honroso, hasta que la
nobleza de los sometidos a ello hizo que lo honrasen algunos.
No es corriente pordiosee
el Literato en nuestros tiempos; no obstante, ¿quién osará decir que Johnson no
es mejor, precisamente por ser pobre? Es necesario que sepa que los bienes
exteriores, el éxito de toda índole no es el fin a qüe debe tender. El orgullo,
la vanidad, el mal entendido egoísmo de toda especie anidan en su corazón, como
en el de todos; eso es lo que ante todo debe desarraigar de su entraña,
arrancado sin que le venza el dolor que le cause, como cosas inútiles. Byron
nació rico y noble, no llegando donde llegó Burns, pobre y plebeyo. ¿Quién sabe
si en la mejor organización posible, muy lejana todavía, no entrará la Pobreza
como importante elemento? ¿Qué tendría de extraño que nuestros Literatos,
hombres venidos a ser Héroes Espirituales, fueren entonces, como ahora son, una
especie de orden monástica involuntaria, sujetos a la misma fea Pobreza, hasta
que probaren lo que en ella reside, hasta aprender lo que ella puede hacer por
ellos? Cierto es que el dinero puede mucho, mas no puede todo. Hay que conocer
cuál es su dominio, confinándolo y rechazarlo, cuando se proponga rebasarlo.
Supongamos que ya estuvieran prefijados los auxilios pecuniarios, la fecha de
su entrega, el distribuidor, ¿cómo reconocer entonces al Burns que los merece?
Tendría que someterse a prueba y justificarlo. Este agitado caos llamado Vida
Literaria ya es una prueba. Evidente verdad hay en la idea de que las clases
inferiores de la sociedad lucharán siempre por remontarse a las regiones
superiores para alcanzar la recompensa, pues en ellas hay hombres fuertes
nacidos para ocupar mejores puestos. La lucha múltiple, inextricablemente
compleja, universal, constituye y debe constituir lo que llamamos progreso de
la sociedad, para los Literatos lo mismo que para todos los demás. ¿Cómo
reglamentar esa lucha? He ahí el problema. ¿Lo abandonaremos a merced del ciego
azar como remolino de dispersos átomos que se eliminan unos a otros, llegando
uno entre mil, mientras se pierden novecientos noventa y nueve en el camino?
¿Permitiremos que languidezca en su buhardilla el noble Jonhson, uncido al yugo
del impresor Cave; que muera el desesperado Burns en su oficio de aforador; que
llegue Rousseau a la loca exasperación haciendo estallar Revoluciones francesas
con sus paradojas? Ya hemos dicho que ésa es la peor organización. La mejor
está muy lejos aún. Sin embargo, no hay que dudar que está en marcha, que
avanza hacia nosotros, aunque oculta en el seno de los siglos; es profeda que
podemos arriesgamos a hacer; porque tan pronto discierne el hombre la
importancia de una cosa comienza infaliblemente a organizarla, a facilitarla, a
impulsarla, no descansando hasta que lo consigue dentro de lo posible. He dicho
que entre todos los Sacerdocios, Aristocracias, Clases Gobernantes existentes
en este mundo, no hay clase comparable por su importancia con el Sacerdocio de
los Autores de Libros. Hecho es ése que puede observar el que estudia, sacando
deducciones. Cuando solicitaron de Pitt ayuda para Burns replicó: La Literatura
se encargará de si misma. Si, añade Southey, y también de ustedes, si se
descuidan.
Para el Literato como
individuo el resultado no es importante, por ser mero individuo, fracción
inCinitesimal del gran organismo; puede seguir luchando, vivir o morir, como
ocurre. A quien interesa vivamente que sitúe su luz en elevadas regiones, para
guiarse por ella y no la pisotee desperdiciándola (no sin conflagración) como
hasta hoy, es a la sociedad. Lo que necesita el mundo es luz. Si la sabiduría
dirige al mundo, el mundo logrará sus victorias y será el mejor que pueda
producir el hombre. A esta anomalía de una Clase Literaria anárquica la llamo
la entraña de todas las demás anomalías, producto y origen de ella; su
organización sería el punctum saliens de nueva vitalidad y equitativa
organización de todo. En algunas naciones europeas, Francia y Prusia, por
ejemplo, descubrimos algunos conatos de organización de la Clase Literaria, que
indican que esa organización es posible. Yo creo que es posible; que muy pronto
tendrá que serlo. El hecho más interesante que conozco de los chinos, que no
podemos aclarar, pero que excita intensamente la curiosidad aun siendo tan
oscuro, es su propósito de que los gobiernen los Literatos. Temerario sería
afirmar que comprendemos cómo se hace o con qué grado de éxito. Todo eso tiene
que sufrir un gran fracaso; no obstante, por pequeño que fuera su éxito tiene
gran valor, teniéndolo el solo hecho de intentarlo. Parece que en toda la China
se busca con mayor o menor actividad a los hombres de talento de la joven
generación. Hay escuelas, para cada uno; el plan de estudios será tonto, pero
hay un plan. Los niños que se distinguen en el primer grado pasan a ocupar los
mejores sitios en la secundaria, procurándoles ocasión para distinguirse más
aun y así van ascendiendo. Parece que los Funcionarios y Gobernantes
incipientes se seleccionan en estos establecimientos. A tales alumnos
aventajados les encomiendan la tarea de gobernar. No sin razón, porque se trata
de hombres que ya han demostrado capacidad. Ensayadlos: no han gobernado ni
administrado hasta ahora; tal vez no puedan hacerlo, pero no hay duda de que
tienen algún Entendimiento, sin el cual nadie es capaz de efectuarIo. El
Entendimiento no es instrumento, como pudiera creerse, sino mano capaz de
manejar cualquier instrumento. Ensayad esos hombres; son entre todos los más
dignos. No conozco sistema de gobierno, constitución, revolución, organismo o
máquina social en el mundo tan prometedor para la curiosidad científica como
éste. El hombre de talento a la cabeza de la cosa pública: tal es el fin de
toda constitución y revolución, si es que tienen un fin. Porque el hombre de
verdadero talento, como afirmo y creo siempre, es el hombre de noble corazón.
el sincero, el justo, el humano y valiente. Si ponemos el gobierno en sus manos
todo irá bien, si no lo descubrimos, aunque las Constituciones abunden como las
moras y aunque haya un Parlamento en cada aldea, nada se adelantará. Es cierto
que todo esto parece extraño, y no es un tema de común discusión. Pero estamos
en extraña época, llegará día en que habrá que discutir sobre ello. para que
sea realizable, para realizarlo de algún modo, tanto estas cosas como muchas
otras. Todo el mundo anuncia, de modo que puede oírse, que finalizó el Imperio
de la Rutina; que los muchos años de duración de una cosa no son razón para que
continúe en vigor. Todo lo pasado tuvo su época de decadencia; en toda sociedad
europea hay muchedumbres incapaces de vivir sujetas a lo pasado. Cuando
millones de hombres no pueden ya ganar el pan a pesar de grandes esfuerzos, y,
cuando de cada tres hombres hay uno que carece de patatas de tercer orden
treinta y seis semanas cada año, las cosas del pasado tienen que sufrir
alteraciones. Dejemos ahora el tema de la organización de los Literatos.
El héroe como literato.
Johnson. Rousseau. Burns. Segunda parte
(Martes, 19 de mayo de
1840) La más abrumadora calamidad para esos Héroes Literarios no fue la falta
de organizacion, sino otra más profunda, de la que surgieron ésta y otras
muchas para ellos y para todos los hombres como de un manantial. El Héroe como Literato
tuvo que avanzar sin carretera, solitario, a través de un caos inorgánico,
abandonando en él su vida y talento, como contribución parcial a cambio de
abrirse camino y, si su talento no hubiese estado tan pervertido y paralizado,
hubiérase resignado a ello, considerando que tal es el sino de todos los
Héroes. Su miseria fatal fue la parálisis espiritual, pues así podemos
llamarla, de la época en que vivía, por lo cual también su vida estaba
semiparalizada, hiciese lo que hiciese. El siglo XVIII fue Escéptico; en esa
palabra hay una Caja de Pandora de miserias. El escepticismo no sólo es Duda
intelectual, sino Duda moral, toda clase de infidelidad, disimulación,
parálisis espiritual. Quizá sean contados los siglos que pudiéramos citar desde
que el mundo es mundo, en que fuera más difícil vivir Heroicamente, no siendo
época de Fe, época de Héroes. La posibilidad del Heroísmo parecía anulada en la
mente del hombre, desapareciendo para siempre, reemplazándola la Vulgaridad, el
Formulismo y la Trivialidad. Pasó la época de los milagros, quizá no pasara,
mas no daba señales de vida; el mundo era estéril, sin poder existir en él la
Maravilla, la Grandeza, la Divinidad; en una palabra, era un mundo ateo. ¡Cuán
mezquino y mediocre es su modo de pensar en aquella época, comparado, no con
los cristianos Shakespeare y Milton, sino con el de los escaldos paganos, con
el de cualquier clase de creyentes! El árbol, viviente Igdrasil, con el
melodioso y profético balanceo de sus ramas, que se extienden por todo el mundo,
profundamente arraigado en el reino de Hela, se ha trocado en la estridencia de
un mundo-máquina, Árbol y Máquina, consideremos el contraste. Yo por mi parte
declaro que el mundo no es una máquina. Afirmo que no avanza movido por
engranajes, intereses egoístas, ajustes y contrapesos; que hay algo muy
distinto al rechinar de la máquina de hilar y mayorías parlamentarias y, que en
conjunto, no es una máquina. Los antiguos paganos nórdicos tuvieron más cierta
noción del mundo de Dios que esos desgraciados escépticos con su máquina: eran
sinceros, mientras para los escépticos al no haber sinceridad ni verdad,
consideraron verdad la vulgaridad y la verdad a medias; opinaban los más que
verdad era lo verosímil, aquilatándose por el número de sufragios obtenidos. Habían
perdido toda noción de la posibilidad de ser franco, de la sinceridad. ¡Cuántas
verosimilitudes con no afectada sorpresa y aspecto de verdad ofendida
inquirían: ¿Creéis no hay sinceridad en mí? La característica de aquel siglo
fue la Parálisis Espiritual, imperando la vida Mecánica solamente; para el
hombre corriente era imposible ser Creyente, Héroe, de no ser inferior a su
siglo, perteneciente a otro anterior, quedando sepultado bajo aquellas funestas
influencias. Únicamente podían lograr relativa libertad los más fuertes, tras
infinita lucha y confusión, sometidos a una especie de muerte espiritual en
vida, como trágicamente hechizados, siendo Semi-Héroes. Eso es lo que llamamos
Escepticismo, síntoma principal, primitivo origen de todo eso, sobre el cual
tanto habría que decir; no disponemos de tiempo para expresar nuestra opinión
sobre el siglo XVII y sus procedimientos; es cuestión que precisaría tratarse
detenidamente. Tanto ése, como su semejante, que hoy llamamos Escepticismo, es
precisamente la gangrena que amenaza la vida, contra la que se dirige todo el
saber y debate a partir del instante en que apareció el primer hombre: la
batalla de la Fe contra la Incredulidad, que no acabará nunca. No quisiere
expresarme en tono de censura. Hay que considerar el Escepticismo de aquel
siglo como decadencia de los viejos modos de creer, preparación lejana de a!go
nuevo, mejores y más amplios métodos, cosa inevitable. No hay que vituperar al
hombre por ello, sino lamentar su duro destino. Tengamos presente que la
destrucción de las viejas formas no es destrucción de sustancias imperecederas,
que el Escepticismo, por funesto y odioso que parezca, no es fin, sino
principio. Hace días, al hablar de la teoría de Bentham sobre el hombre y su
vida, sin prejuicio alguno, dije me parecía más pobre que la de Mahoma. He de
manifestar, una vez dicho, que tal es mi opinión deliberada, sin que sea ofensa
para Jeremías Bentham ni para los que la respetan y creen; Bentham y hasta la
doctrina de Bentham me parecen relativamente dignos de alabanza. Fueron
explícitamente lo que todo el mundo de manera cobarde y parcial propendía a
ser. Tengamos la crisis, pues tras ella viene la muerte o la salvación. Opino
que esta tosca máquina de vapor llamada Utilitarismo es aproximación a la nueva
Fe. Se trataba de una abjuración de la hipocresía, como si nos dijéramos: Bien;
como este mundo es una muerta máquina de hierro, siendo su dios la Gravitación
y el Hambre egoísta, veamos lo que podemos hacer de ella reparándola y
equilibrándola, ajustando sus engranajes y encentrando su eje. El Benthamismo
encierra algo completo, viril, al entregarse intrépido a lo que cree cierto;
podemos llamarlo Heroico, aunque ciego Heroísmo. Es el punto culminante,
ultimátum audaz, de lo existente en el confuso e indeciso estado que dominaba
la existencia del hombre en aquel siglo XVIII. Opino que todos los
contradictores de la Divinidad, todos los creyentes de labios afuera, están
obligados a seguir a Bentbam, si tienen ánimos y honradez para ello. El Benthamismo
es Heroísmo ciego; es la Humanidad que, parecida al desdichado y ciego Sansón,
acosado en el Templo Filisteo, empuja convulsivamente sus columnas y produce la
catástrofe, acompañada de final salvación. Nada tengo que decir contra Bentham.
Lo que sí digo, y quisiere supiesen y comprendiesen todos, es que quien
solamente descubre Mecanismo en el Universo, sufre el error más lamentable
sobre su secreto. Paréceme que al eliminar toda Divinidad del concepto que el
hombre tiene del Universo cometemos el más brutal error en que podemos
incurrir, y no quiero desacreditar al Paganismo llamándolo un error Pagano. No
es cierta aquella manera de pensar, sino falsa en su verdadera entraña, porque
quien así pensase errarla en todo en este mundo, y este pecado original
viciaría todas las conclusiones a que llegase. Puede considerarse como la más
lamentable de las ilusiones, sin olvidar la Hechicería. Ésta adoraba por lo
menos un Demonio viviente; pero esa otra adora un Demonio muerto y de hierro,
no a un Dios, ni siquiera a un Demonio. Con ello la vida se desprende de todo
lo noble, divino, inspirado, quedando sólo un despreciable caput-mortuum, la
cáscara mecánica que abandonó el alma. ¿Cómo puede el hombre obrar
heroicamente? La Doctrina de los Motivos no le enseña otra cosa que un
miserable amor al Placer y miedo al Dolor, más o menos disfrazado; que el
Apetito sentido por el aplauso, el dinero o cualquier otra cosa material, es la
última realidad de la vida, ateísmo que se condena horriblemente a sí mismo. El
hombre llega a convertirse en paralítico espiritual; el divino Universo en
máquina de vapor inanimada, activada por motivos, ajustes y contrapesos, dentro
de la cual el infeliz Falaris espera tristemente la muerte, como en el
detestable vientre del Toro que él mismo ha fabricado. Defino la fe como acto
sano del entendimiento del hombre. Llegar a creer es misterioso proceso
indescriptible, como todos los actos vitales. El entendimiento se nos concede
para que discierna algo, para que nos proporcione evidente creencia y
conocimiento sobre algo, partiendo de lo cual podemos proceder a obrar, no para
cavilar y argüir. La duda no es ciertamente crimen en sí, pues no nos lanzamos
precipitadamente ateniéndonos a lo primero que vemos, teniendo ciega fe en
ello. En todo entendimiento racional reside la duda de toda especie, la
averiguación (Vocablo griego que nos es imposible colocar. Chantal López y Omar
Cortés), como dicen los griegos, sobre toda clase de cosas; es la actuación
mística del entendimiento, sobre el objeto que tiende a conocer y creer. La
creencia proviene de todo eso, asomando a la superficie, como el árbol de sus
ocultas raíces. Pero, si, aun en lo corriente queremos abrigue el hombre sus
dudas en silencio, sin que las exponga hasta que se truequen en afirmaciones y
negaciones, hasta cierto punto, ¿cuánto más será esto de desear en lo
concerniente a las cosas más sublimes, imposibles de traducir en palabras? Que
el hombre ostente su duda, llegando a imaginar que el debate y la lógica (que
sólo representa la manera de exteriorizar el pensamiento, credulidad o
incredulidad, sobre una cosa) es triunfo y verdadera elaboración de su
inteligencia, equivale a invertir el árbol y, en vez de sus verdes ramas, hojas
y frutos, poner al descubierto las feas y nudosas raíces, secándolo, matándolo,
evitando su crecimiento y desarrollo. Porque, como he dicho, el Escepticismo no
es sólo intelectual, sino también moral; atrofia crónica, enfermedad anímica.
El hombre vive al tener fe en algo, no debatiendo y arguyendo sobre ello. Triste
es el caso en que todo cuanto logra creer se trueca en algo que puede meterse
en el bolsillo, comerse y digerir. No puede descender más. Esas épocas en que
desciende tanto son las más funestas, repugnantes y mezquinas. Si el corazón
del mundo sufre parálisis, está enfermo, ¿cómo pueden estar sanos sus otros
órganos? La Actuación legítima cesa entonces en todos los sectores de actividad
del mundo, iniciándose la hábil Simulación de la Actividad. El mundo percibe su
salario sin que haya realizado su trabajo. Desaparecen entonces los Héroes,
reemplazados por los falsarios. ¿Qué siglo abundó más en Ficciones que el
XVIII, desde el fin del mundo romano, época de escepticismo, simulacros y
decadencia universal? Consideradlos con su inflada presunción sentimental sobre
la virtud, la benevolencia; observad el escuadrón de Falsarios capitaneados por
Cagliostro. Pocos hombres se salvaron de la ficción, considerándola ingrediente
necesario y amalgama de la verdad. Chatham, nuestro bravo Chatham, llegó a la
Cámara vendado y fajado; llega atacado por los dolores, olvidando, dice
Walpo'e, que estd representando el papel de enfermo; en el ardor del debate,
saca el brazo del cabestrillo balanceándolo y levantándolo animado por el calor
de la oratoria. El mismo Chatham vivió de rara manera ficticia, como
semi-héroe, semifalsario en una pieza. Porque el mundo está repleto de tontos y
hay que obtener sus votos. No necesitamos manifestar cómo hay que cumplir en
tal caso los deberes del mundo, ni calcular los enormes errores, que significan
fracaso, penas y miserias para algunos y para muchos, acumulándose gradualmente
en todos los sectores de las actividades humanas. Cuando lo llamamos Escéptico
creo ponemos el dedo en la llaga; mundo hipócrita, ateo, falseador. Eso fue lo
que originó la tribu de plagas sociales, Revoluciones francesas,
Constitucionalismos, así como su necesidad de existencia. Este estado de cosas
tiene que alterarse y, hasta que se altere, nada variará beneficiosamente. Mi
sola esperanza, mi inquebrantable consuelo al considerar las miserias del
mundo, es que esté transformándose, pues de vez en cuando tropezamos con un
hombre que sabe, como sabían los antiguos, que el mundo es Verdad, no
Verosimilitud y Falsedad, que vive, no está muerto ni paralítico, que también
vive el mundo animado por la Divinidad, bello y pavoroso, como en el principio
de los días. Una vez sabe esto un hombre, van sabiéndolo otros, muchos, hasta
que lo saben todos, evidenciándose para el que quitándose los lentes ahumados
echa sobre él la vista sinceramente. Para el que así procede, el Siglo
Incrédulo, con sus nocivas Producciones, pasó por completo, entrando en uno
nuevo; los rancios y dañosos Productos y Actuaciones, por sólidas que
pareciesen, se truecan en Fantasmas que pronto se esfumarán, pudiendo entonces
avanzar serenamente seguido de todos los demás que le aclaman y apostrofar a
estos ruidosos y disformes Simulacros diciendo: ¡No eres verídico, ni real,
sino apariencia! ¡Vete! Sí, el hueco Formulismo, el tosco Benthamismo, y demás
Hipocresías ateas y bajunas quedan al desnudo, decayendo rápidamente. El
incrédulo siglo XVIII es excepción, como ocurre en todo. Profetizo que el mundo
será sincero una vez más; mundo creyente que contará muchos Héroes; mundo
heroico; entonces alcanzará la victoria, mas no hasta entonces. Y, ¿qué será
del mudo y sus victorias? Mucho se habla en su honor, pero, ¿no tiene cada uno
de nosotros que conducir su Vida, vaya el mundo como quiera, alcance o no la
victoria? Tenemos Una Vida, un relámpago de Tiempo entre dos Eternidades, sin
que se nos presente nuevamente esta oportunidad; por ello conviene no vivir
como vesánicos y simuladores, sino como prudentes y reales. Si el mundo se
salva, no por ello nos salvaremos; si se pierde, tampoco nos perderemos por
eso; debemos preocuparnos de nosotros mismos, siendo meritorio no salirnos de
nuestra esfera. A decir verdad, nunca oí decir que los mundos se salvasen de
otro modo: la manía de salvar a los mundos es cosa del siglo XVIII con su
pomposo sentimentalismo. No nos dejemos arrastrar por él. Por mi parte dejo
confiadamente la salvación del mundo en manos de su Creador, cuidando de la
mía, cosa para la que tengo más competencia. En pocas palabras, grande sería
nuestro regocijo si el Escepticismo, la Hipocresía, el Ateísmo Mecánico, con
todos sus venenosos efluvios desapareciesen, hubieran desaparecido, para bien
del mundo. En esas condiciones tenían que vivir nuestros Literatos en tiempos
de Johnson, época en que no había realmente verdad en la vida, porque las antiguas
verdades quedaron aletargadas y mudas, y las nuevas no intentaron dejar oír su
voz desde su escondite. Aún no había alboreado en las tenebrosidades del mundo
la nueva advertencia de que la Vida del Hombre en la Tierra era Sinceridad y
Realidad, que siempre sería así. No hubo advertencia, ni Revolución Francesa,
que definimos como Verdad una vez más, aunque Verdad envuelta en fuego
infernal. ¡Cuán diferente fue la peregrinación de Lutero, con su fin a la
vista, de la de Johnson, rodeado de meras tradiciones, suposiciones,
inverosímiles, ininteligibles! Las Fórmulas de Mahoma eran madera encerada y
engrasada, que podía quemarse y arrinconar; las del pobre Johnson eran mucho
más difíciles de quemar. El hombre fuerte siempre hallará trabajo, cosa que
significa dificultad, penalidades, de conformidad con sus fuerzas. Pero
alcanzar la victoria en las circunstancias de nuestro desgraciado Héroe como
Literato, era quizá más difícil que para nadie. No sólo tuvo que luchar con la
obstrucción, la desorganización, el Librero Osborne y los cuatro peniques y
medio diarios, sino que la luz de su alma le fue arrebatada. No tenía punto de
mira en el mundo, ni estrella que le sirviere de guía; por eso no hay sorpresa
en que ninguno de esos Tres hombres lograse la victoria; su mayor alabanza es
que lucharon lealmente; por eso contemplamos con triste simpatía las Tumbas de
los tres Héroes derrotados, ya que no podemos contemplarlos como vivientes y
victoriosos. Se sacrificaron por nosotros, abriéndonos nuevo camino. Ahí están
las montañas que apartaron de nuestro paso en su confusa Guerra con los
Gigantes, bajo las cuales yacen sepultados tras haber dejado sus fuerzas y su
vida en la empresa. Algo he escrito sobre estos tres Héroes Literarios, expresa
o incidentalmente, cosas ya conocidas por vosotros que no es preciso repetir.
Esos hombres nos interesan como Profetas singulares de aquella época singular,
porque virtualmente lo fueron, y el aspecto presentado por ellos y por su
mundo, desde este punto de vista, debe llevarnos a reflexionar. Yo los llamo
Hombres Auténticos, que fielmente e inconscientemente lucharon por ser
auténticos y por situarse en la eterna verdad de las cosas. Esto con una
intensidad que los distingue eminentemente de la desdichada masa artificial de
sus contemporáneos, y los hace dignos de ser considerados hasta cierto punto
como Verbos de la eterna verdad, como Profetas de su tiempo. Fueron lo que
fueron por noble necesidad de la misma Naturaleza: hombres de magnitud tal, que
no podían vivir de irrealidades, en las nebulosidades y frivolidades; la
insubstancialidad cedía a sus pasos, no pisando más que tierra firme, sin
descansar ni andar regularmente hasta que hallaban sólido terreno. Fueron Hijos
de la Naturaleza en una época de Artificio: Hombres Originales. En cuanto a
Johnson siempre lo consideré como una de nuestras grandes almas inglesas por
naturaleza; hombre fuerte y noble, sin que se desarrollase por completo, que,
de vivir en elemento más acogedor, pudiere haberlo sido todo: Poeta, Sacerdote,
Legislador, soberano. En general, el hombre no debe quejarse de su elemento ni
de su época, o cosas por este estilo, pues a nada conduce. Si su época es mala,
ahí está él para mejorarla. Johnson pasó su juventud en la pobreza, la soledad,
la desesperación, la desgracia. No parece probable que la vida de Johnson
pudiere estar exenta de penalidades, aun en el caso de haber gozado de alguna
circunstancia exterior de las más favorables. El mundo habría obtenido de él
trabajo más o menos béneficioso, mas su esfuerzo contra el trabajo del mundo no
hubiera podido ser nunca fácil tarea. A cambio de su nobleza díjole la
Naturaleza: Vive en elemento de enfermiza amargura. Tal vez la amargura y la
nobleza estuvieron íntimamente unidas, inseparablemente: El pobre Johnson fue
siempre presa de hipocondría, amargor físico y espiritual, como un Hércules en
la emponzoñada túnica de Neso que infiltró en él incurable enfermedad, túnica
que no podía quitarse, porque era su propia piel. Así tuvo que vivir.
Figuráoslo con su escrófula, su gran corazón ávido, indecible caos de
pensamientos, deambulando tristemente como extraño en el mundo, devorando con
avidez todo lo espiritual que encontraba a su paso, aprendiendo lenguas y
estudiando gramáticas, de no hallar algo mejor. Era el alma más grande que
había entonces en Inglaterra y percibía un salario de cuatro peniques y medio
por día. Nunca olvidaré lo ocurrido al adusto Johnson en el Colegio de Oxford;
un estudiante observó cierto invierno que el fámulo de anguloso y cicatrizado
rostro arrastraba unos zapatos viejos y rotos; compadecido, dejó un par nuevo a
la puerta de su cuarto. Al verlos el fámulo los tomó, los miró acercándolos a
sus cansados ojos y los tiró por la ventana, no sabemos con qué pensamientos.
Pies mojados con barro y escarcha, hambre, lo que queráis, pero no limosna; no
queremos limosna. Rudo y tenaz, bastándose a sí mismo, destrozado y manchado,
brusco, pobre y necesitado, pero noble y viril. El acto de tirar los zapatos es
rasgo que manifiesta la vida de aquel hombre, ser original, superior, que ni
pide de prestado ni limosnea, que parece decirse: Sustentémonos sobre nuestra
base, llevando los zapatos que podamos proporcionarnos, pisando barro y
escarcha, es cierto, pero honradamente, viviendo en la realidad y sustancia que
la Naturaleza nos concede, mas no en la apariencia, en lo que diera a los
demás. Y, no obstante, a pesar de su ceñudo orgullo masculino y de su
suficiencia, ¿hubo espíritu más tierno en su afecto, que se sometiese más
lealmente a lo que realmente era superior a él? Las grandes almas son siempre
lealmente sumisas, reverentes ante lo que las supera; sólo las mezquinas obran
de modo distinto. No puedo hallar mejor prueba de lo que dije hace días: que el
sincero era obediente por naturaleza, que sólo en un Mundo de Héroes reside la
leal Obediencia a lo Heroico. La esencia de la originalidad no consiste en la
novedad: Johnson creía en lo antiguo, hallando las rancias opiniones dignas de
ser creídas, adecuadas para él, viviendo heroicamente acatándolas. Es hombre
digno de estudio en cuanto a eso, teniendo que decir que Johnson era mucho más
que hombre de palabras y fórmulas: era hombre de verdades y realidades.
Aceptaba las viejas fórmulas; por fortuna pudo vivir de acuerdo con ellas, mas
precisaba que todas las que admitía fueran legítima sustancia. Lo curioso es
que en aquella miserable Edad del Papel, tan infecunda, artificial, abundante
en Pedanterías y Supercherías, fulgurase la gran Realidad del Universo,
maravillosa, incontrovertible, inefable, divina e infernal, en aquel hombre.
Digna de reflexión es la manera cómo armonizó sus Fórmulas con ella, cómo pudo
conseguirlo en aquel ambiente: es cosa que debemos considerar reverentemente,
con piedad, con espanto. La Iglesia de San Clemente Danés, en la que Johnson
adoraba en tiempos de Voltaire, es lugar venerable para mí. Johnson fue Profeta
en virtud de su sinceridad, porque hablaba aun inspirándose en el seno de la
Naturaleza, aunque en lengua artificial y vulgar. ¿No son artificiales todos
los idiomas? No todo lo artificial es falso, ni todo genuino Producto de la
Naturaleza toma forma infalible; pudiendo afirmar que todo lo artificial es
legítimo en su principio. Lo que llamamos Fórmulas no es malo en su origen,
sino indispensablemente bueno. Fórmula es método, costumbre, que encontramos en
donde se halla el hombre; las Fórmulas se forman como los Senderos, como
transitados Caminos, que conducen hacia algún fin sagrado o elevado, al que
tienden muchos hombres. Considerémoslo. Un hombre, animado por entusiasta y
cordial impulso, halla el modo de hacer algo, ya revelando cómo reverencia su
alma al Altísimo, ya manifestando simplemente cómo hay que saludar a sus
congéneres. Para eso se requería un inventor, un poeta, articulando el velado
pensamiento que abrigaba su corazón, y otros muchos, que pugnaban por
exteriorizarse; éstos son los primeros pasos, la iniciación de un Sendero, que
seguirá otro hombre guiándose por las huellas del anterior, lo mds fácil para
él. Este último sigue las pisadas del precedente, variando y mejorando algo
cuando le parece conveniente, y, poco a poco, se ensancha la Senda a medida que
pasa más gente, hasta que se convierte en carretera por la que van peatones y
vehículos. Si al final del camino hubiere una ciudad, una ermita, se considerará
acertado. Si desapareciese la Ciudad decaería el Camino. De este modo surgieron
y se esfumaron las Instituciones, Prácticas, cosas Reglamentadas en este mundo.
Las Fórmulas se iniciaron plenas de sustancia, podemos llamarlas piel,
articulación formada, organizada y piel de una sustancia existente en ellas,
que no hubieren surgido de otro modo. Dijimos que los ídolos no son idolátricos
hasta que despiertan duda, siendo cosa sin sentido para el corazón del devoto.
Por mucho que digamos contra las Fórmulas, supongo que nadie ignora la
importante significación de las auténticas, que fueron y serán siempre
accesorios indispensables de nuestro paso por la Tierra. Fijémonos cuán poco se
jacta Johnson de su sinceridad; no sospechaba ser singularmente sincero, ser
particularmente algo. Era un infatigable trabajador, corazón agotado, letrado,
como él mismo decía, luchando denodadamente para vivir de su labor sin rendirse
al hambre y no tener que hurtar. En él observamos noble inconsciencia, no
siendo de los que graban la palabra VERDAD en la tapa de su reloj, sino de los
que a ella se atienen; es veraz, trabaja y vive sin separarse de ella, obrando
así siempre, cosa que no hay que olvidar. El hombre a quien la Naturaleza
confía la ejecución de algo grande, la comprende con claridad tal, que no puede
ser hipócrita; la Naturaleza es Realidad para su corazón, profundamente
sensible, y artificio el artificio; siempre tiene a la vista el pavoroso y
sorprendente Misterio de la Vida, de inefable grandeza, lo acepte o no, aunque
parezca lo olvide o lo niegue. Se basa en la sinceridad sin darse cuenta,
porque ni se le ocurre llamarla ni le respondería. Mirabeau, Mahoma, Cromwell,
Napoleón, todos los Grandes Hombres, la poseen como primera materia.
Innumerables son los humanos vulgares que discuten y charlan en todas partes
sobre sus ordinarias doctrinas, que aprendieron por lógica, rutina, de segunda
mano; para aquéllos nada es todo eso, porque necesitan la verdad, verdad que
comprendan es sincera. ¿Cómo podrían vivir de otro modo? Su alma les dice en
todo momento, de todas maneras, que sin sinceridad, no hay base, sintiendo la
noble necesidad de ser sinceros. Mi idea sobre este mundo no es la de Johnson
ni la de Mahoma; no obstante, reconozco el eterno elemento de cordial sinceridad
en ambas, viendo con placer que ninguna de ellas ha sido infecunda, que no es
cascabillo, sino semilla que crecerá en la tierra.
Johnson fue Profeta para
su pueblo, divulgando un Evangelio, como todos los de su linaje. Podemos
afitmar que el Evangelio que propagó fue una especie de Prudencia Moral
concebida en estos términos: veamos cómo hacemos lo mucho que hay que hacer en
un mundo sobre el que tan poco sabemos. Cosa digna de propagarse es ésta: en un
mundo en que tanto hay por hacer y sobre el que tan poco sabemos. No debemos
precipitarnos en el inmenso abismo de la Duda, de la miserable Incredulidad que
se olvida de la deidad, pues, ¿cómo podríamos entonces obrar y laborar
desamparados, impotentes y enloquecidos? Ése fue el Evangelio divulgado y
enseñado por Johnson, combinado con este otro importante Evangelio: ¡Desterrad
la Hipocresla de vuestra mente! Huíd de la Hipocresía; aunque andéis sobre el
frío barro en tiempo de heladas, procurad que sea calzando vuestros verdaderos
zapatos, porque eso es lo mejor que podéis hacer, como dice Mahoma. Llamo
Evangelio a esas dos cosas reunidas, importante Evangelio, quizás el más importante
posible en aquella época. Parece que la joven generación repudia los Escritos
de Johnson, tan en boga y tan celebrados en su época. No hay que extrañarse;
las opiniones de Johnson decaen cada día más; pero su manera de pensar y vivir
esperamos no declinará nunca. En sus Libros hallo indudables rasgos de gran
inteligencia y grandeza de corazón, bien acogidos siempre a pesar de todas las
obstrucciones y perversiones. Sus palabras son sinceras, dando a cada cosa su
nombre. Un asombroso estilo almidonado, el mejor por entonces, grandilocuencia
mesurada, avanzando solemnemente, anticuado hoy; algunas veces surge la
frondosidad fraseológica desproporcionada para su sustancia; a todo esto hay
que resignarse. Porque la fraseología, frondosa o no, siempre encierra algo.
¡Hay tantos bellos estilos y libros que nada contienen, siendo sus autores
malhechores, escritores de los que hay que huir! Aunque la obra de Johnson se
hubiere reducido a su Diccionario, en él descubriríamos una gran inteligencia,
un hombre auténtico. Fijándonos en la claridad de sus definiciones, la solidez
general, honradez, discernimiento y método feliz, lo podemos llamar el mejor de
todos los diccionarios, pues hay en él una especie de nobleza arquitectónica
que se erige como magnífico edificio, sólidamente construido, simétrico,
completo, obra de un verdadero Arquitecto. Digamos algo sobre el pobre Boswell,
a pesar de nuestra prisa. Pasó por mediocre, ampuloso, glotón, siéndolo en
muchos sentidos; no obstante, su reverencia por Johnson es digna de elogio. El
tonto y engreído Señor Escocés, el más presumido en su tiempo, se dirige tan
medroso al grande, irascible y mugriento Pedagogo, a visitarlo en su buhardilla
y muestra legítima veneración ante la Excelencia, culto de Héroe, en época en
que no se creía en su existencia, ni se le rendía adoración. Pero parece que
los Héroes existen siempre que se les presta cierto culto. Tomémonos la
libertad de negar el dicho del ingenioso francés: No hay grande hombre para su
ayuda de cámara, y de ser así, al que hay que censurar es al ayuda de cámara,
no al grande hombre, afirmando que su espíritu es mediocre espíritu de lacayo,
que espera ver avanzar al Héroe revestido de sus reales galas, solemne,
precedido de estridentes trompetas, seguido de brillante escolta. Más cierto
sería afirmar: No hay Gran Monarca para su ayuda de cámara, porque si quitamos
a Luis XIV sus reales atavíos, quedará convertido en pobre rabanillo,
bifurcado, con cabeza tallada fantásticamente, que ningún servidor podrá
admirar. El lacayo no reconoce al Héroe cuando está ante él; para reconocerlo
hay que ser una especie de Héroe, y una de las cosas de que carece el mundo, en
este y en otros sentidos, es eso precisamente. ¿No podemos decir, en general,
que la admiración de Boswell estaba justificada, que no podía encontrar en toda
Inglaterra inteligencia tan digna de pleitesía? ¿No podemos afirmar de este
gran amargado Johnson, que guió su difícil y confusa existencia sabiamente,
como hombre valeroso? Aquel hombre, en su pobreza, entre el polvo y la sombra,
con su cuerpo enfermizo y raídas ropas, dominó como valiente el inmenso caos de
Literatos metalizados, el enorme caos de Escepticismo en religión y práctica de
la vida. No careció de estrella que le sirviese de guía en la Eternidad,
teniéndola como todos los bravos; fijó la vista en ella sin nada que le hiciese
vacilar en su curso en los confusos vórtices del profundo mar del Tiempo. Nunca
arrió bandera ante el Espiritu Falsario, origen de la muerte y el hambre.
¡Bravo, viejo Samuel! Ultimus Romanorum!
El héroe como literato.
Johnson. Rousseau. Burns. Tercera parte
(Martes, 19 de mayo de
1840) No puedo decir tanto de Rousseau y de su heroísmo, no es lo que llamo un
hombre fuerte. Un hombre mórbido, excitable, espasmódico, más intenso que
fuerte. No poseía el talento del Silencio, valioso talento, en el que sobresalen
pocos franceses, mejor dicho, en el que sobresalen pocos hombres. El hombre
enfermo debe ciertamente consumir su propio humo; nada se obtiene despidiendo
humo, hasta que lo convertimos en fuego, en el que puede convertirse todo humo,
en sentido metafórico. Rousseau no tiene profundidad ni anchura, ni serena
fuerza contra la dificultad, que es la característica de la verdadera grandeza.
¡Error fundamental es llamar fuerza a la vehemencia y rigidez! El epiléptico no
es fuerte, aunque no puedan sujetarlo seis hombres: el fuerte es el capaz de
avanzar bajo pesada carga sin vacilar. No hay que olvidarlo, especialmente en
estos estridentes dias. El que no puede refrenarse hasta que llega la hora de
hablar y actuar, no es sensato. El rostro del pobre Rousseau manifiesta lo que
era: en él hay alta intensidad, pero estrecha y contraida: huesudas sienes,
ojos hundidos, que miran con cierto azoramiento, punzantes como los inquietos
del lince. Cara que lleva el sello del infortunio, innoble infortunio, del
antagonismo sentido contra él, algo mediocre, plebeyo, redimido sólo por la
intensidad, cara del que llamamos Fanático, Héroe tristemente encogido. Si lo
mentamos, a pesar de sus fallas, que fueron muchas, se debe a que poseia la
primera y principal caracteristica del Héroe: era esencialmente serio, con
mayor intensidad que ninguno de los filósofos franceses, seriedad demasiado
grande para su naturaleza sensible y débil, que finalmente lo condujo a las más
extrañas incoherencias, casi delirios, llegando a trocarse en especie de
vesania, pues sus Ideas se apoderaron de él como demonios, acosándolo,
arrastrándolo hasta horribles despeñaderos.
El defecto e infortunio de
Rousseau fue lo que expresamos fácilmente mediante una sola palabra: Egoismo,
origen y suma de todos los defectos e infortunios. No logró vencer el mero
Deseo, indigno Apetito de muchas facetas; ése fue el principio que lo impulsó.
Sospecho que fue vanidosisimo; ávido de elogios humanos. Recordemos el relato
de Gentis. Dice que una vez lo llevó al teatro, tras haberle prometido
guardaria el incógnito, pues según él, no quería que lo viesen por nada del
mundo; mas ocurrió que la cortinilla se deslizó, y las plateas reconocieron a
Juan Jacobo, sin hacer gran caso. Indignóse Rousseau, mostrándose apático toda
la noche, dejando escapar alguna que otra amarga palabra. La voluble Condesa
estaba convencida de que su rabia se debia, no a que lo vieran, sino a que no
lo aplaudieran. Su naturaleza estaba envenenada, animada por las sospechas, la
soledad, los rudos modales; no podia vivir con nadie. Un caballero rural, que
lo visitaba frecuentemente, haciéndole compañia, que lo estimaba y reverenciaba,
llegó un dia en que el filósofo estaba sumido en amargo e inexplicable enfado.
Señor, dijo Rousseau, ya sé a qué viene usted: a enterarse de la miserable vida
que arrastro, lo poco que contiene el miserable puchero que bulle en la cocina.
¡Destápelo! Hay media libra de carne, una zanahoria y tres cebollas y ... nada
mds; ¡ya puede marcharse y contarlo a todo el mundo, caballero! El que asi
procede no es sensato; por eso corrian las anécdotas risibles por su
teatralidad, sobre esas perversiones y posturas del pobre Juan Jacobo; para él
no encerraban comicidad, siendo realidades, contorsiones de gladiador moribundo
que se tambalea, al que contempla en su agonia el gozoso anfiteatro. Y, no
obstante, Rousseau, con su apasionado llamamiento a las Madres, su Contrat
Social, sus alabanzas a la Naturaleza, hasta con la vida silvestre natural, vió
la Realidad, ansió la Realidad, desempeñando la función de Profeta para su
época, como pudo y le permitió el Tiempo. A través de aquellas fealdades,
degradación, casi vesania, en el íntimo corazón del pobre Rousseau brillaba una
chispa de fuego celeste real; del elemento de aquel descarnado y burlón
Filosofismo, Escepticismo y Ridículo, surgió en él el inextirpable sentimiento
y conocimiento de la Verdad de la Vida, no Escepticismo, Teorema o Burla, sino
el Hecho, la pavorosa Realidad, siendo la Naturaleza quien se lo reveló,
ordenándole lo divulgara, cosa que hizo, si no bien y claramente, mal y
veladamente, con toda la claridad posible. ¿Qué son sus errores y perversidades,
los hurtos de cintas, desdichas y vagabundeos confusos y sin objeto, si los
interpretamos amablemente, sino parpadeo de deslumbrado, vacilación de hombre a
quien se confía misión superior a sus fuerzas, que busca la senda que no halla?
Los hombres siguen extraños caminos; por eso hay que mostrarse tolerantes con
ellos sin perder esperanza, permitiendo intenten lo que quieran, pues mientras
haya Vida hay esperanza. No voy a extenderme sobre el talento literario de
Rousseau, muy celebrado entre sus connacionales. Sus Libros, como él, me
parecen enfermizos, no sanos. En él hay sensualismo, que combinado con sus
dotes intelectuales describe con brillo que atrae, pero no son auténticamente
poéticos; no son luz solar, sino algo teatral, especie de rosado y artificial
acicalamiento que, a partir de él, es frecuente entre los franceses, casi
universal. Madame de Stael tiene algo de eso, como Saint Pierre, y luego, hasta
la actual Literatura de la Desesperación. Pero ese rosa no es el ajustado
matiz. Volvamos los ojos hacia Shakespeare, Goethe, hacia Walter Scott; el que
los haya considerado una sola vez habrá visto la diferencia entre la Verdad y
la Verdad-Ficción, distinguiéndolas en lo sucesivo. En Johnson observamos el
beneficio que el Profeta puede reportar al mundo, aun luchando con toda
desventaja y desorganización. En Rousseau observamos la enorme cantidad de daño
que puede acompañar al beneficio, con tal desorganización. Históricamente es un
espectáculo significativo éste de Rousseau. Obligado a vivir en las buhardillas
de París, en la lúgubre compañía de sus Pensamientos y Necesidades, errante de
Herodes a Pilatos, acosado, exasperado hasta enloquecer su corazón, llegó a
sentir profundamente que ni el mundo, ni la ley del mundo eran sus amigos. A ser
posible, lo conveniente hubiera sido que aquel hombre no chocase con la
hostilidad de la gente. Pudieron encerrarlo en las buhardillas, reírse de él
como de un loco, abandonarlo al hambre como una fiera en su jaula; pero no
pudieron impedirle que incendiara el mundo. La Revolución Francesa halló en él
su Evangelista. Sus semidelirantes especulaciones sobre las miserias de la vida
civilizada, su preferencia por lo salvaje y cosas parecidas, contribuyeron a
producir exasperado delirio en Francia. ¿Qué podían hacer con tal hombre el
mundo y sus gobernantes?, pudiera preguntarse. La respuesta es difícil. Lo
desgraciadamente claro es lo que pudo él hacer con ellos: guillotinar a
muchísimos. Ya hemos dicho bastante sobre Rousseau. Curioso fenómeno fue la
aparición del Héroe en la persona de Roberto Bums, en aquel seco, incrédulo y
desgastado siglo XVIII, entre las artificiales figuras de cartón y sus
producciones. Fue como un pozo en el arenoso desierto, como súbito resplandor
celeste en el artificial Vauxhall. La gente no sabía qué hacer de él. Lo
consideraron parte de los fuegos artificiales; él permitió lo tomasen por tal,
aunque defendiéndose medio tegado, en el estertor de la muerte. Quizá ningún
hombre fue recibido tan erródeamente por sus congéneres. Una vez más un muy
dispendioso drama vital se desarrolló bajo el sol. Todos conoééis la trágica
vida de Burns. Puede decirse que con nadie se mostró tan severo el destino como
con él. Entre aquellas gastadas figuras mecánicas, parodia del siglo XVIII en
su mayor parte, surgió una vez más el Hombre Original gigante, uno de aquellos
que llega hasta las Profundidades de lo imperecedero, de la jerarquía de lo
Heroico entre los hombres, viendo la luz en una pobre cabaña de Ayrshire. El
alma más grande de todas las tierras Británicas apareció bajo la forma de un
Campesino escocés de callosas manos. Su padre, pobre trabajador, intentó varias
cosas, pero sin éxito. El Administrador escribía amenazadoras cartas que nos
hacian derramar lágrimas a todos, según dicho de Burns. El bondadoso, campesino
y sufrido Padre, su buena y heroica esposa y sus hijos, entre los que se
contaba Roberto, no encontraron albergue en la inmensa Tierra; figurémonoslos
llorando al recibir las cartas. El buen padre fue Héroe silencioso; sin él nunca
hubiera llegado su hijo a serlo expresivo. El Maestro de Escuela de Burns
visitó Londres, sabiendo lo que era la buena compañía, pero declaró no
encontrar hombre cuya conversación le agradase tanto como la que sostenía con
él junto a su hogar. El Padre luchaba denodadamente con sus siete acres de
tierra de labor y el miserable trozo de terreno arcilloso, esforzándose por
ganar la vida sin lograrlo; mas aquel prudente, fiel e invencible hombre no se
desanimaba, sobrellevando en silencio diariamente sus sufrimientos como Héroe
invencible, sin que nadie proclamara su nobleza en las columnas de los
periódicos; sin que nadie le votara condecoraciones. Sin embargo, no estaba
perdido; nada se pierde: ahí está Roberto, su retoño, brote de muchas
generaciones como él. Burns surgió entre grandes desventajas: inculto, pobre,
nacido para el duro trabajo manual; cuando escribió lo hizo en rústico dialecto
especial, sólo conocido en una Pequeña región del país en que habitaba. De
haber escrito en el idioma general de Inglaterra, se le hubiese reconocido
universal e inmediatamente como uno de nuestros más grandes hombres, o capaz de
llegar a serlo. La prueba de que había en él algo muy distinto a lo vulgar, es
que fueron muchos los que intentaron comprender su rudo dialecto, logrando
cierta fama que continúa acrecentándose en toda la extensión de nuestro
dilatado mundo Sajón, allí en donde se habla alguno de sus dialectos,
reconociendo unos y otros que uno de los más eminentes sajones del siglo XVIII
era un campesino de Ayrshire llamado Roberto Burns. También yo declaro era
modelo de la verdadera raza sajona: fuerte como la roca de Harz, arraigado en
las profundidades de la Tierra, peña con veneros de viva ternura, impetuoso
remolino de pasión y talento, plácidamente dormido, en cuyo corazón encerraba
celeste melodía, noble y ruda autenticidad; sencillo, rústico, honrado, fuerza
verdaderamente simple, con sus igneos rayos, su tierna y mitigadora piedad,
como el viejo Thor noruego, el Campesino-Dios. Su hermano Gilberto, hombre sensato
y digno, me dijo que Roberto era el más alegre entre ellos en su juventud, a
pesar de sus estrecheces; muchacho infinitamente juguetón y risueiío, sensato y
animoso, al que oía con más gusto trabajando en las turberas y faenas parecidas
que en la vida posterior, cosa que creo. Uno de los atractivos caracterlsticos
de Burns es esta base de alegria (Fond gaillard, como lo llama el viejo Marqués
de Mirabeau), manantial de sol y de júbilo, fundido en sus otras profundas y
graves cualidades; en él había un gran caudal de Esperanza; a pesar de su
trágica historia no era sombrío, desprendiéndose de sus pesares valerosamente,
dominándolos como sacude el león las gotas de rocio de su melena, como el veloz
caballo que se rie de la lanza. ¿No son la Esperanza y Regocijo en los hombres
de la fibra de Burns el resultado del afecto cálido y generoso, como es el
origen de todo en todos los hombres? Os parecería extraño que yo considerara a
Burns el alma británica mejor dotada de su siglo y, no obstante, creo cercano
el día en que esto podrá decirse sin peligro. Sus escritos, todo cuanto hizo
entre tanta obstrucción, no son más que un pobre fragmento suyo. El Profesor
Stewart observó con justicia lo que ciertamente se aplica a todos los Poetas:
que su poesía no era talento particular, sino resultado general de inteligencia
naturalmente vigorosa y original que se expresaba de aquel modo. El talento de
Burns exteriorizado en la conversación es tema de cuantos lo trataron; poseía
todos los dotes, desde la graciosa suavidad de la cortesía hasta el fuego más
intenso del discurso apasionado; en él había impetuosas oleadas de alegría,
suaves sollozos de afecto, énfasis lacónicos, claro discernimiento. Duquesas
ingeniosas lo celebraban como hombre cuya palabra las arrebataba, cosa que
sorprende, y más aun lo relatado por Lockhart, a que he aludido varias veces:
que los criados y mozos de las hosterías saltaban de la cama para oír hablar de
Burns. Los criados y mozos eran hombres que acudían a oír a otro hombre. Mucho
he oído sobre su conversación, pero el año pasado, un venerable caballero que
lo frecuentó, díjome algo muy interesante: que sus palabras se distinguían por
encerrar siempre algo. No hablaba mucho en su juventud, declame el anciano;
sentábase silencioso entre los demás considerándolos superiores y cuando
despegaba los labios era para aclarar lo que se decia. Creo es la mejor manera
de hablar. Pero si nos fijamos en la fuerza general de su espíritu, su sana
robustez, la brusca integridad, la perspicacia, el generoso valor y la
virilidad que en él había, ¿dónde encontraremos hombre mejor dotado que él?
Algunas veces considero que entre los hombres del siglo XVIII quizás era Burns
el que más se parece a Mirabeau. Difieren mucho en su apariencia, pero si nos
fijamos en ellos intrínsecamente observaremos que su fuerza corporal iguala a
la espiritual, cimentados en lo que el viejo Marqués llama fondo jovial.
Mirabeau es mucho más fanfarrón por naturaleza, educación y nacionalidad;
bullicioso, audaz, siendo también su caracterfstica la veracidad y sensatez,
potencia de discernimiento, superioridad de visión; sus palabras son dignas de
recordarse; penetra las cosas con la rapidez del relámpago; así se expresaban
ambos. Sus pasiones eran vehementes, capaces de manifestarse también como los
más tiernos y nobles afectos, siendo los dos ingeniosos, alegres, enérgicos,
rápidos, sinceros. Son tipos semejantes; también Burns era capaz de dirigir,
discutir en Asambleas Nacionales, de politiquear como pocos. El valor que tuvo
que poner a prueba en la captura de goleta a contrabandistas en la
desembocadura del Solway, guardando silencio sobre las muchas cosas en que de
nada servían las buenas palabras, sino el furor inarticulado, hubiera servido
para acallar a los Ujieres de Brézé y similares; y hubiera sido visible a todos
los hombres en la dirección de reinos, en el mando de épocas memorab!es. Pero
sus superiores le dijeron y escribieron en son de censura: Lo que tienes que
hacer es trabajar y no pensar, manifestándole no requerian su juicioso talento,
el más grande en Inglaterra por aquellas fechas; que graduase cerveza, pues eso
era lo único que tenía que hacer. Sorprendente, digno de mención, aunque bien
sabemos qué pudiera alegarse y contestarse. Como si el pensamiento, la Facultad
de Pensar, no fueran en todo tiempo, lugar y situación lo más necesario en el
mundo. ¿No creéis que el hombre funesto es siempre el irreflexivo, el incapaz
de ver, que va a tientas, alucinado, que yerra la naturaleza de lo que tiene
que hacer? Yerra, se equivoca, como se acostumbra a decir, tomándola por lo que
no es, quedando como un Bobo. Ése es el funesto, funestisimo cuando se lo
encumbra. Y, ¿por qué nos quejamos de eso?, alega alguien; siempre negaron a la
Eficacia que ocupase su terreno, desde remotos tiempos. Indudablemente, digo
yo, y peor para el terreno. De poco sirven los lamentos; lo beneficioso es la
exposición de la verdad. Que Europa, con su incipiente Revolución Francesa no
aproveche a Burns, sino para graduar cerveza, es cosa que no puede regocijarme.
Digamos una vez más que la cualidad dominante en Bums es la sinceridad: en sus
poesías y en su vida. Su poema no es producto de la fantasía, sino cosa
sentida, realidad para él; el mérito principal de esto, como en todo lo suyo,
en la Vida, es la veracidad, pudiendo afirmar que la Vida de Burns fue trágica
sinceridad, especie de salvaje franqueza, sin ser cruel, mas indómita, que
forcejeaba desnuda con la verdad de las cosas. En los grandes hombres hay algo
del salvaje, en ese sentido. ¿Culto al Héroe, a Odin, a Burns? A estos
literatos no dejó de rendírseles cierto culto como Héroes; pero, ¡en qué
extraño estado ha caído hoy! Los criados y mozos de las hosterías escocesas que
escuchaban a la puerta, ávidos de las palabras de Burns, reverenciaban lo
Heroico inconscientemente. Johnson tuvo a Boswell como adorador; Rousseau tuvo
bastantes principes que lo visitaban en su buhardilla. Los grandes, las
hermosas reverenciaban al pobre lunático, portentosa contradicción para él, que
no podia poner de acuerdo los dos extremos de su vida. Tuvo que sentarse a la
mesa de los poderosos y copiar música para poder comer, sin lograr copiasen la
suya. A fuerza de comer en Casa ajena, corrí riesgo de morir de hambre en la
mía, dice. Tamb:én ofrecia la cosa dudas a los adoradores. Si la prueba de
bienestar o malestar de la vida de una generación es rendir culto al Héroe bien
o mal, ¿puede afirmarse que aquellas generaciones fueren inmejorables? No
obstante, nuestros heroicos Literatos enseñan, gobiernan, son reyes, sacerdotes,
lo que queráis llamarles; intrinsecamente nada hay que lo impida en absoluto,
porque el mundo tiene que obedecer al que piensa y comprende; la gente puede
alterar el modo de pensar y comprender, considerado benéfico y continuo sol
estival o maléfica tormenta y huracán, con indecible diferencia de provecho
para ella. La modalidad puede alterarse mucho, mientras la sustancia y realidad
no se alteran por ninguna potencia terrena. Luz y, en su defecto, el rayo: ésa
es la alternativa del mundo. Todo está en que tengamos fe en la palabra del
Héroe, no en que lo llamemos dios, profeta, sacerdote, lo que se quiera. Si su
palabra es sincera, tendremos que creerla y, al creerla le obedeceremos. El
nombre o acogida que le demos o reservemos es cosa que de nosotros depende. La
nueva Verdad, que revela más profundamente el Secreto del Universo, es
ciertamente un mensaje de las alturas, y se hará obedecer.
Mi última observación
concierne a la fase más notable en la historia de Burns: su visita a Edimburgo.
Paréceme que su conducta fue la más alta prueba del fondo de dignidad y
legítima virilidad que en él había. Si reflexionamos observaremos que no puede
echarse carga más pesada sobre la resistencia humana. La súbita y vulgar
adulación que a tantísimos pierde, no hizo mella en él. Figuraos que Napoleón,
el teniente de artillería del regimiento de La Fère, hubiere sido proclamado
Rey sin pasar por sus ascensos. Tenia Burns 27 años; no era ya labrador, cuando
tuvo que huir a las Indias Occidentales para escapar al infortunio y a la
cárcel. En un mes había variado su vida: de arruinado campesino con siete
libras al año de salario (que perdió), pasó a vivir entre las galas de los
potentados y bellezas, llevando del brazo a la mesa a enjoyadas duquesas,
siendo el blanco de todas las miradas. Hay veces que la adversidad se ceba en
un hombre y, por cada uno capaz de sobrellevar la prosperidad hay cien que
pueden sufrir la adversidad. Admiremos el modo como Burns hizo frente a las
dos. Quizá sea imposible indicar hombre sometido a tan duras pruebas, que tan
poco se preocupase de ello; sereno, tranquilo, ni apocado ni envanecido, ni
torpe ni artificioso, sintiéndose lo que es: Roberto Burns; que la jerarquía no
es más que el cuño, la celebridad es luz de vela que deja ver lo que es el
hombre, sin mejorarlo ni trocarlo en otro, pero, si no lo evita, puede
rebajarse, convirtiéndose en estúpida y vejiga inflada, que se hincha hasta
reventar, convirtiéndolo en león muerto, para el cual, como dijo alguien, no
hay resurrección del cuerpo, siendo inferior a un perro vivo. En esto hay que
admirar a Burns. Sin embargo, como he dicho en otra parte, los fatuos
adoradores fueron su ruina y su muerte. Le hicieron imposible la vida; lo
rodearon en su granja; entorpecieron su trabajo; ningún lugar era demasiado
remoto para el1os. Por más que lo intentó, Burns no pudo hacer olvidar su
celebridad. Se apoderaron de él el descontento, el infortunio, el error, se le
hizo amargo el mundo; perdió la salud, el carácter, la paz espiritual, quedó
solitario. Verdadera tragedia. Aquellos hombres sólo venían a verlo, no por
simpatía ni por odio; acudían en busca de distracción, la consiguieron a cambio
de la vida del héroe. Dice Richter que en la isla de Sumatra hay unas grandes
luciérnagas, que la gente clava en cañas para iluminar de noche los caminos,
así pueden viajar las personas de categoría entre luces de suave esplendor,
admirables. ¡Gran honor para las luciérnagas, pero ... !
SEXTA CONFERENCIA
El héroe como rey.
Cromwell. Napoleón. Revolucionismo moderno.
El héroe como rey.
Cromwell. Napoleón. Revolucionismo moderno. Primera parte
(Viernes, 22 de mayo de
1840) Llegamos a la última forma del Heroísmo: la denominada Realeza. Bien
puede reconocerse como el más importante entre los Grandes Hombres aquel a cuya
voluntad deben someterse y aceptar legalmente los demás, gozando de bienestar
por ello; es resumen de todas las figuras del Heroísmo; en él se encarna el
Sacerdote, el Maestro, toda dignidad terrena o espiritual que se supone reside
en un mortal para mandar sobre nosotros, enseñarnos continua y prácticamente,
indicarnos qué tenemos que hacer cada día, y cada hora. Se le llama Rex
(Regulador), Roi, siendo más apropiado su nombre inglés King (Könning), que
significa Can-ning, es decir, Hombre Capaz. Surgen numerosas consideraciones,
indicadoras de profundas y discutibles cuestiones, insondables, sobre cuya
mayor parte hay que guardar absoluto silencio por ahora. Así como Burke decía
que quizás el justo Juicio por Jurados era el Alma del Gobierno, que toda
legislación, administración, debates parlamentarios, etc., tenía por objeto reunir
doce hombres imparciales en la tribuna del jurado, podemos afirmar con mayor
razón que el hallazgo de nuestro Hombre Capaz, revistiéndole de los simbolos de
capacidad, dignidad, reverencia, realeza, soberanía, como se le llame, de modo
que le permita conducirnos de acuerdo con su facultad para ello, atañe a todo
procedimiento social en este mundo, bien o mal operado. Los discursos
Electorales, mociones Parlamentarias, Proyectos de Ley, Revoluciones francesas
llevan ese significado en su entraña, ése o ninguno. Si logramos hallar en un
país cualquiera el hombre más Capaz existente en él y lo elevamos al supremo
sitial reverenciándolo lealmente, obtendremos el gobierno perfecto, pues ni las
urnas electorales, elocuencia parlamentaria, sufragios, constitución ni otro
mecanismo, podrán perfeccionarlo. Más Capaz quiere decir de corazón más
sincero, justo y noble; precisamente por eso es lo más prudente y oportuno será
lo que nos diga hagamos, cosa que en ningún otro sitio y en manera alguna
podríamos saber, debiéndolo hacer con justo y leal agradecimiento, sin vacilar,
puesto que nos interesa. Entonces nuestros actos y vida estarán bien regulados,
en lo dependiente del gobierno, siendo la constitución ideal. Por desgracia los
Ideales no pueden nunca encarnarse en la práctica, como todos sabemos, quedando
bastante distanciados de ella; por eso tenemos que contentarnos con alguna
aproximación aceptable. En este mezquino mundo el hombre no debe medir con la
escala de la perfección el mediocre producto de la realidad, como dijo Schiller
en tono de queja, porque en ese caso no le estimaríamos prudente, sino
insensato, descontentadizo, tonto. Sin embargo, de otra parte, no hay que
olvidar que existen los Ideales; que si no nos aproximásemos a ellos todo iría
a la deriva infaliblemente. No hay albañil que levante un muro perfectamente
vertical, porque matemáticamente es imposible, bastando cierto grado de
verticalidad. No obstante, si se aparta demasiado de la vertical, si abandona
plomada y nivel, colocando ladrillo sobre ladrillo sin cuidado, dando gusto a
su mano, obrará mal; mas la Ley de la Gravedad se preocupa obrando sohre él, y
el muro se desploma arrastrándolo. Ésa es la historia de todas las rebeliones,
Revoluciones francesas, explosiones sociales en actuales y remotos tiempos: se
confían las cosas al hombre Incapaz, innoble, cobarde, fatuo, 0lvidando las
reglas, la necesidad natural de situar al Capaz. El ladrillo debe asentarse
sobre el ladrillo como debe y puede. El Simulacro del Poder, la ficción, tiene
que acomodarse a la ficción en toda regulación de cosas humanas, que, por lo
tanto, continúan sin reglamentación, fermentando y originando inmensos
fracasos, indigente miseria; entonces millones de necesitados, corporal y
espiritualmente, tienden la mano reclamando su debida ración, que no puede
dárseles, actuando la ley de la gravedad, porque las leyes de la Naturaleza no
olvidan su actuación. Los millones de miserables forman el ejército de
Descamisados, u otra especie de locura, y los ladrillos y albañiles se desploman
en funesto caos. Pesados volúmenes, escritos hace algunos siglos sobre el
Derecho divino de los Reyes, se apolillan en nuestras Bibliotecas sin que nadie
los lea. Lejos está de mí turbar el lento proceso por el que se esfuma de este
mundo sin daño en esas estanterías. Al mismo tiempo, para evitar que
desaparezca esa inmensa basura sin que nos deje algo de su espíritu, como es
debido, diré que tenía significado, algo de verdad que importa no olvidar.
Afirmar que en cualquier hombre elegido (por uno u otro procedimiento), cuya
cabeza ciñe un aro de metal, llamándolo Rey, surge ipso facto una divina
virtud, trocándose en especie de Dios, inspirado por Divinidad que le infunde
facultad y derecho a reinar omnímodamente sobre los hombres, es cosa que bien
podemos dejar se pulverice en silencio en las Bibliotecas. Pero diré, también,
y esto es lo que pensaban los partidarios del Derecho Divino, que en los Reyes,
y en toda Autoridad humana y relaciones que los hombres creados por Dios pueden
formar entre sí, hay ciertamente Derecho Divino o Diabólica Sinrazón, una de
dos. Es falso del todo que el mundo sea máquina de vapor, como afirmó el pasado
Siglo Escéptico. En este mundo hay un Dios; la Divina Sanción o su violación
están en todo mandato y obediencia, de todo acto moral humano. No hay acto más
moral entre los hombres que el de mandar y obedecer. ¡Ay, del que reclama
obediencia cuando no es debida! ¡Ay del que la rehusa cuando lo es! En eso está
la ley de Dios, digan lo que quieran las leyes escritas en pergaminos: existe
un Derecho Divino, o una Sinrazón Diabólica en la entraña de toda reclamación
que hace un hombre a otro. Ningún daño causa la reflexión sobre cosa que nos
atañe en todas las relaciones de la vida, la Lealtad y Soberanía, que son las
supremas. Estimo más despreciable el error que atribuye al egoísmo equilibrio y
componendas de ansiosas bellaquerías el motivo de todo y, que en resumen, cree
que nada hay de divino en la sociedad de los hombres, cosa natural en un siglo
incrédulo, que el error de creer en el derecho divino, en los llamados Reyes.
Por eso digo: indicadme al verdadero Könning, Rey o Capaz; ése será el que
tiene derecho divino sobre mi. Saber hasta cierto punto la manera de hallarlo,
estando todos dispuestos a reconocer su derecho divino al señalárselo, es
precisamente la panacea que busca por todas partes el mundo doliente en estos
tiempos. El verdadero Rey, como guía en lo práctico, tiene algo del Pontífice,
guía espiritual, de la que se desprende toda práctica. Bien se dice que el Rey
es cabeza de Iglesia. Dejemos dormir tranquilamente en las estanterías la
Polémica de un siglo muerto. Causa pavor tener que buscar al Hombre Capaz sin
saber cómo hemos de proceder. Ése es el triste predicamento del mundo en
nuestros días, época revolucionaria, que dura mucho, en que el albañil olvidó
el uso de la plomada o ley de la gravedad, derrumbándose todo, arruinándose
como vemos. La Revolución Francesa no fue el principio, más bien creemos sea
fin. Estaríamos más en lo cierto al afirmar que el comienzo se remonta a tres
siglos: a la Reforma de Lutero. La fatal enfermedad está en que lo que continúa
llamándose Iglesia Cristiana, trocóse en Ficción, pretendiendo descaradamente
perdonar los pecados del hombre a cambio de metal acuñado, y hacer muchas otras
cosas que en eterna verdad de la Naturaleza no hizo ni hace ahora. Como el
núcleo era falso, todo lo exterior iba cada vez peor. Se desvaneció la
Credulidad, reemplazándola la Duda, la Incredulidad. El albañil lanzó lejos de
si la plomada, diciéndose: ¿Qué es la gravedad? ¡Si el ladrillo se sostiene
sobre el ladrillo! ¿No suena de modo extraño para muchos el aserto de que hay
verdad Divina en los asuntos de los hombres creados por Dios, que no todo es
especie de mueca, oportunidad, diplomacia, no se sabe qué? Encuentro secuencia
histórica natural entre la primera afirmación necesaria de Lutero cuando dijo:
Tú, que te llamas Papa, no eres nuestro Padre en Dios, eres una Quimera, a la
que no sé cómo llamar en lenguaje decente, y el grito que surgió junto a Camilo
Desmoulins en el Palacio Real de ¡A las armas!, cuando el pueblo se rebeló
contra toda índole de Quimeras. También tuvo importancia aquel grito, terrible,
casi infernal. La voz de las naciones despiertas se elevó nuevamente, confusa
al comienzo, como surgida de pesadilla, del sueño de la muerte, sintiendo
veladamente que la Vida era real, que el mundo de Dios no, era oportunidad y
diplomacia. Infernal sí, puesto que no quisieron considerarla de otro modo;
infernal, por no ser Celestial ni Terrestre. La ficción tiene que cesar,
iniciándose la sinceridad de cierta especie, a toda costa; dominio del terror,
horrores de Revolución Francesa, lo que sea; hay que volver a la verdad, porque
en ello hay Verdad, Verdad revestida de fuego infernal, pues no quisieron
admitirla de otro modo. La teoría corriente, sustentada por muchísimos en
Inglaterra y otras partes, era: que la Nación Francesa parecía haber
enloquecido por aquellos días; que la Revolución Francesa era acto de locura
general; que Francia y grandes sectores del mundo se trocaban temporalmente en
manicomio. El acontecimiento surgió intensificándose, pero era locura y
tontería, afortunadamente relegada ahora a la región de los Sueños y la
Fantasía. Para tan cómodos filósofos los Tres Días de julio de 1830 debieron
ser sorprendente fenómeno, pues el Pueblo Francés se rebeló de nuevo luchando
sin cuartel, encarnizado para realizar aquella loca Revolución. Parece que los
hijos y nietos de aquellos hombres persistieron en consolidarla sin abandonarla,
prefiriendo la muerte a su inutilidad. Para los filósofos que basaron su
sistema de la vida sobre aquella locura, no pudo haber fenómeno más alarmante;
dícese que el pobre Niebhur, Profesor e Historiador prusiano, fue víctima de la
congoja, que enfermó y murió a causa de los Tres Días. Su muerte no fue por
cierto muy heroica; apenas mejor que la de Racine, de quien se dice falleció
porque Luis XIV le dirigió una severa mirada. El mundo ha sufrido algunos
golpes rudos; por eso podían abrigar la esperanza de que sobreviviese a los
Tres Días y continuase girando sobre su eje. Los Tres Días enseñaron a los
mortales que la Vieja Revolución Francesa, por loca que pareciese, no fue
efervescencia transitoria de manicomio, sino producto legítimo de la Tierra en
que vivimos; que fue verdadera Realidad, y que el mundo en general haría bien
en considerarla como tal. Sin la Revolución Francesa no sabríamos qué hacer de
una época como ésta; regocijémonos como los náufragos a la vista de la áspera
roca, en mundo que sin ella seria abismal y encrespado mar, verdadera
Apocalipsis, aunque terrible, para aquella época falsa, podrida y artificial,
que atestiguó una vez más que la Naturaleza es preternatural, si no divina,
diabólica; que la Apariencia no es Realidad, que tiene que trocarse en
Realidad, pues, de no ser así, el mundo se incendiará, convirtiéndola en lo que
es: en Nada. Acabó lo Aparente, la hueca Rutina, muchas cosas más; esto es lo
que proclamó ante los hombres aquella especie de Clarín del Juicio Final; los que
primero lo comprendan serán los más avisados, teniendo que transcurrir largas y
confusas generaciones antes de que se comprenda; la paz será imposible hasta
entonces. El juicioso, rodeado como siempre de un mundo de, inconsistencias,
puede esperar pacientemente, esforzarse para efectuar su obra sin salirse del
centro. El Cielo ha decretado la Sentencia de Muerte contra todo eso; también
ha sido proclamada en la Tierra, cosa que el sensato puede comprender.
Considerando la cuestión por su otro lado, sus enormes dificultades, la
premura, la terrible premura, la inexorable solicitud que en todos los países
recibe para que apronte solución, bien pudiera dedicarse a otra actividad,
dejando de esforzarse en el sector del Sansculotismo a estas horas. Para mí el
Culto de los Héroes en estas circunstancias es un hecho inapreciable, el más
consolador que ofrece el mundo hoy. En él hay eterna esperanza en cuanto a la
marcha del mundo y, aunque se hubieren hundido todas las tradiciones,
disposiciones, credos, sociedades instituídas por el hombre, contaríamos con
esto: la certidumbre de que surgen los Héroes; la facultad, la necesidad de
reverenciarlos cuando los descubrimos, que brilla como Estrella Polar a través
de los nubarrones de humo y polvo, de todo desmoronamiento y conflagración. El
Culto de los Héroes hubiera sonado de extraño modo en los oídos de los factores
y luchadores de la Revolución Francesa. Ni los reverenciaban ni esperaban, ni
creían ni deseaban que los Grandes Hombres apareciesen de nuevo. Al convertirse
en Mdquina la Naturaleza quedaba como desgastada, incapaz de producir Grandes
Hombres. Entonces podría decírsele: Tú no podrás producir Grandes Hombres, mas
nosotros no podemos vivir sin ellos. ¡No es que me queje de la Libertad e
Igualdad, de la creencia que, ante la imposibilidad de los grandes hombres
sabios, bastaba con innumerables hombrecitos insensatos todos a un mismo nivel,
porque entonces y para aquéllos era natural. Libertad e Igualdad; ya no precisa
Autoridad. El Culto de los Héroes, la reverencia rendida a tales Autoridades,
ha resultado falsa, falsedad en sí: ¡abandonémosla! Ya hemos padecido bastantes
falsificaciones y no nos fiamos de nada. Como fueron tantas las monedas
contrahechas que pasaron por nuestras manos, creemos que las de oro no existen;
además, podemos vivir muy bien sin oro. Eso es lo que descubro, entre otras
cosas, en ese grito universal de Libertad e Igualdad, y lo encuentro muy
natural en aquellas circunstancias. Y, no obstante, es transición de lo falso a
lo cierto. Considerado como entera verdad es falso en absoluto, producto de la
completa ceguera escéptica, que lucha por ver. El Culto al Héroe existe
eternamente y en todas partes, no sólo la Lealtad, extendiéndose desde la
divina adoración hasta los más bajos menesteres prácticos de la vida. Si la
inclinación ante el hombre no es mero simulacro, en cuyo caso es preferible no
practicarIa, es Culto de los Héroes, aceptación de que en la presencia de
nuestro hermano hay algo divino: que todo mortal es revelación Encarnada, como
afirma Novalis. Fueron los Poetas quienes idearon todas esas graciosas
cortesías que ennoblecen la vida, pues la Cortesía no es falsedad ni simulacro,
ni precisa serlo. La Lealtad, la misma Adoración religiosa son posibles,
inevitables.
¿No podemos decir que,
mientras tantos de los últimos Héroes actuaron como revolucionarios, todo
Grande Hombre, todo hombre auténtico, es hijo del Orden por su naturaleza y no
del Desorden? La actuación del hombre veraz en las revoluciones es trágica: parece
anarquista, porque el doloroso elemento de la anarquía le abruma a cada paso,
cuando repudia y odia la anarquía con toda su alma. Su misión es el Orden, como
la de todos los hombres. Viene a regular y encauzar lo desordenado, lo caótico:
es el misionero del Orden. ¿No es ordenación toda la actividad del hombre en
este mundo? El carpintero halla toscos árboles en el bosque, da a su leño forma
cuadrada para utilizarlo. Somos enemigos natos del Desorden, consideramos
trágico ayudar a los iconoclastas y demoledores, lo cual para el Grande Hombre,
más hombre que nosotros, es doblemente trágico. Por eso, todo lo humano, el
alocado Sanscolutismo francés, labora y debe laborar por el Orden. Afirmo que
no hay un hombre entre ellos, que en pleno frenesí no sea impelido en todo
momento hacia el Orden. Esa significación tiene su propia vida, porque el
Desorden es disolución, muerte. No hay caos que no tienda a un centro sobre el
que pueda girar. Mientras el hombre sea hombre, precisa algún Cromwell o
Napoleón como final del Sansculotismo. Lo curioso es que, en época en que el
Culto de los Héroes era lo más increíble para todos, éste surgiera y obrara de
modo que todos tienen que admitir. Considerado el derecho divino en sentido
general, significa poder. Mientras las viejas Fórmulas falsas se pisotean en
todas partes, se revelan inesperadamente nuevas Sustancias reales
indestructibles. Durante los períodos de rebelión, cuando la Realeza parecía
muerta y abolida, surgieron Cromwell y Napoleón como Reyes. La historia de esos
hombres es lo que tenemos que considerar como última fase del Heroísmo.
Volvemos a los remotos tiempos; en su historia preséntase de nuevo la manera
cómo se hacían los Reyes, cómo surgió la Realeza. Muchas guerras civiles hubo
en Inglaterra: la de las Rosas, Roja y Blanca, las de Simón de Montfort,
bastantes guerras, no muy memorables. Pero la guerra de los Puritanos tiene
significado distinto de todas las demás. Dejando a vuestro criterio que os
sugerirá lo que no tengo tiempo para deciros, la llamaré episodio de aquella
guerra universal que constituye la verdadera Historia del Mundo, la guerra de
la Fe contra la Incredulidad, lucha de hombres atentos a la esencia real de las
cosas, contra los atentos a sus apariencias y formas. Los Puritanos son para muchos
meros salvajes Iconoclastas, fieros destructores de Formas; pero sería más
justo llamarles detestadores de falsas Formas. Confío que ahora sabremos
respetar a Laud y a su Rey tan bien como ellos. Paréceme que el pobre Laud fue
débil e infortunado, mas no falso, desdichado Pedante antes que otra cosa peor.
Sus Ensueños y supersticiones, de los que hay quien se burla, encierran
carácter afectivo y amable. Parecíase al maestro cuyo mundo son las prácticas y
reglamentos escolares, que cree que tales cosas son la vida y seguridad de la
sociedad. De pronto se ve llamado a regir una Nación, administrar sus
complejísimos e importantes intereses; animado por su inalterable y aventurada
noción, cree debe atenerse a sus rancios reglamentos, que la salvación está en
perfeccionarlos y completarlos y, como el débil, se aplica con vehemencia
espasmódica a su propósito, se aferra a él, sin escuchar la voz de la
prudencia, los lamentos, empeñándose en que los Colegiales obedezcan al
Reglamento del Colegio; ante todo eso, y después nada. Fue un desventurado
Pedante, como he dicho. Se empeñó en que el mundo fuese un Colegio de esa
naturaleza, cuando no lo era. ¿No se vengaron en él horrorosamente sus errores,
fueren los que fueren? Meritoria es la insistencia sobre las formas; la
Religión y todo lo demás se reviste naturalmente con ellas; el único mundo
habitable es el formado, en todas partes. Lo que alabo en el Puritanismo no es
su desnuda falta de forma; eso es lo que deploro, alabando sólo el espíritu que
lo hizo inevitable. Toda sustancia se reviste de formas, pero hay formas
adecuadas y verdaderas, y otras inadecuadas y falsas. Pudiere darse esta
definición: las Formas que se desarrollan alrededor de una sustancia
corresponderán a su naturaleza real y alcance, si la comprendemos bien, siendo
verdaderas, buenas; las que se aplican conscien temente a ella serán malas.
Reflexionad sobre ello. En todo lo humano se distingue lo cierto de lo falso en
la Forma Ceremonial, la grave solemnidad de la vana pompa. En las formas debe
haber veracidad, espontaneidad natural. ¿No se considera ofensivo el discurso
convencional en la más vulgar asamblea? Toda cortesía de salón que vemos
ficticia, que no anima interior realidad espontánea, nos repugna. Supongamos
que se trata de asunto de vital interés, cuestión de trascendencia (como el
Culto Divino), sobre el que vuestra alma entera, enmudecida por su exceso de
sentimiento, no sabe cómo formar su expresión, prefiriendo el informe silencio
a cualquier palabra; ¿cómo juzgaríamos al que se prestase a representarla o
expresarla a manera de mojiganga? El que así procediese huiría de nuestra
presencia, si se estimaba en algo. ¿Qué diríais si al morir un hijo único,
estando bajo el peso del dolor, sin fuerzas para derramar una lágrima, se
presentase un inoportuno ofreciéndoos celebrar Juegos Funerarios al modo de los
griegos? No sólo dejaríais de aceptar la triste farsa, sino que la
consideraríais odiosa, intolerable. Eso es lo que los viejos Profetas llamaron
Idolatría, adoración de huecas apariencias que todo hombre juicioso debe
rehusar, Podemos comprender parcialmente lo que significaban aquellos pobres
Puritanos. Cuando el fatuo Laud dedicó la Iglesia de Santa Catalina a los
Creyentes, con sus múltiples y ceremoniosas reverencias, gestos, exclamaciones,
vemos en él al riguroso Pedante formal, pegado a sus Reglamentos Escolares,
antes que al grave Profeta, fiel a la esencia de la cosa. El Puritanismo
consideró insoportables tales formas y las conculcó, teniendo que dispensarle
dijese: Preferimos carecer de ellas a tener ésas. Predicaba en su púlpito con
sólo la Biblia en la mano. ¿No es virtualmente esencia de todas las Iglesias el
hombre que predica poniendo en comunicación su alma ferviente con las
fervientes de los demás? La realidad desnuda e indómita es preferible a toda
apariencia, por digna que fuere. Además se cubre gradualmente con la debida
apariencia, de ser real. No hay que temerlo, no hay cuidado por ahora. Siempre
hallaremos ropaje para vestir al hombre; él mismo lo hallará; lo que no
aceptamos es el traje que pretende ser ropas y hombre. No es posible luchar con
los franceses con trescientos mil uniformes rojos; es preciso que dentro de
ellos haya hombres. Afirmo que la Apariencia no debe divorciarse de la
Realidad; si se divorcia habrá hombres que se revelen contra ella, puesto que
se trueca en falsedad. Estos Antagonismos en pugna, en el casó de Laud y los
Puritanos, son casi tan antiguos como el mundo; en aquella época, entraron en
cruenta batalla en Inglaterra debatiendo su confusa controversia durante
bastante tiempo, con múltiples resultados para nosotros. Era poco probable que,
durante el período que sucedió inmediatamente a los Puritanos, se hiciese
justicia a ellos o a su causa. Ni Carlos II ni sus Rochester eran personas a quienes
confiaríamos juzgásen cuál pudo ser el mérito o significación de tales hombres.
Tanto los Rochester como la época en que vivieron habían olvidado que pudiera
haber fe o realidad en la vida de un hombre. El Puritanismo quedó bamboleándose
en los cadalsos, como los huesos de los principales Puritanos; no obstante, su
obra progresaba y operaba de por si. La obra sincera del hombre debe realizarse
y se realiza, aunque se ahorque a su autor. Tenemos nuestro habeas corpus,
nuestra libre Representación Popular; reconocimiento universal de que todos los
hombres son, deben y quieren ser lo que llamamos hombres libres, cuya vida se
basa en la realidad y la justicia, no en la tradición, que se ha trocado en
quimera. Eso, y muchas cosas más, fue obra de los Puritanos. A medida que se
manifestaron gradualmente dichas cosas comenzó a comprenderse el carácter de
los Puritanos. Su fama fue arrancada de la horca; es más, algunos de ellos
puede decirse fueron canonizados. Eliot, Hampden, Pym, Ludlow, Hutchinson, el
mismo Vane, se consideran especies de Héroes: Padres Conscriptos políticos, a
los que debemos en no pequeña parte lo que hace sea libre Inglaterra; nadie se
atrevería hoy a decir que fueron perversos; pocos son los notables de entre
ellos que no encontraron apologistas, siendo objeto de cierta reverencia por
parte de hombres sinceros. Creo que el único Puritano que ha quedado colgando
de la horca sin hallar apologista es nuestro pobre Cromwel:; no hay santo ni
pecador que no le crea muy perverso. Hombre hábil, de talento infinito,
valeroso, y demás, pero traidor a la Causa. Ambicioso, egoísta, falsario, de
dos caras, Tartufo fiero, grosero, hipócrita, que trocó aquella lucha por la
Libertad constitucional en funesta farsa en beneficio propio: ése el carácter que
se atribuye a Cromwell, o peor todavía. Comparado con Washington y otros,
surgen contrastes, sobre todo con esos nobles Pym y Hampden, de cuya noble obra
se apoderó, anulándola y deformándola. Esta opinión sobre Cromwell paréceme
producto natural de un siglo como el XVIII. Lo que dijimos del Ayuda de Cámara
se aplica también al Escéptico: que no conoce al Héroe cuando lo mira; el
Criado esperaba mantos de purpura, áureos cetros, guardias de corps y
estridencias de trompetas: el Escéptico del siglo XVIII buscaba respetables
Fórmulas reguladas, Principios, o como se los llame; estilo de discurso y
conducta que logró parecer respetable, que puede abogar por sí de modo
bellamente articulado y obtener los sufragios del esclarecido y escéptico siglo
XVIII. En el fondo, tanto él como el ayuda de cámara esperan lo mismo; las
galas de evidente realeza, que reconocen en cuanto ven. El Rey que llega hasta
ellos sin pompa alguna no puede ser Rey. Lejos de mí está afirmar o insinuar
algo que desdore caracteres como los de Hapdem, Eliot, Pym, a quienes considero
justamente dignos y utiles. He leído detenidamente los libros y documentos que
he hallado sobre ellos, con el sincero deseo de admirarlos y adorarlos como
Héroes, con poquísimo éxito, lo confieso amargamente, por ser imposible en el
fondo. Fueron hombres nobilísimos que avanzaban solemnemente, con sus mesurados
eufemismos, filosofías, elocuencia parlamentaria, Derecho de Visita, Monarquía
del Hombre, muy constitucionalistas, sin tacha, con dignidad, pero el corazón
no se emociona ante ellos; sólo la fantasía se esfuerza en reverenciarlos. ¿Qué
corazón humano se enardeció en amor fraterno sentido por aquellos hombres? Son
hombres espantosamente aburridos. Frecuentemente tropezamos en la
constitucional elocuencia del admirable Pym, con su en séptimo y último lugar.
Pensamos que quizá sea eso lo más admirable que hay en la tierra, pero que es
pesado, de la pesadez del plomo, estéril como arcilla; en una palabra, poco o
nada hay en todo eso que nos ataña. El rudo y proscrito Cromwell es el único en
que todavía descubrimos fibra de hombre, dejando tranquilos a los demás Nobles
en sus hornacinas de honor. El gran impetuoso Berserker Mortaja, incapaz de
escribir la eufemfstica Monarquía del Hombre, de discursear o laborar con
voluble regularidad, sin justificación explícita de sus actos, irguiéndose
desnudo, sin endosar la encubridora cota de malla, peleando como gigante,
frente a frente, pecho contra pecho, con la verdad desnuda de las cosas. Al fin
y al cabo ésa es la clase de hombres que vale. Confieso que la creo superior a
las demás clases de hombres. Son muchas las bien rasuradas Decencias que
hallamos al paso, que sirven para muy poco; no hay mucho que agradecer a quien
mantiene limpias las manos porque sólo trabaja con guantes. En general, esa
tolerancia constitucional del siglo XVIII con los demás Puritanos más
afortunados que él, no me parece muy importante. Me atrevo a asegurar que se
trata de Formulismo y Escepticismo, como en todo lo demás. Nos dicen que es
penoso pensar que el Fundamento de nuestras Libertades Inglesas sea la
Superstición. Los Puritanos surgieron profesando increíbles Credos Calvinistas,
Anti-Laudismos, Confesiones de Westminster, solicitando ante todo gozar de
libertad para adorar a su modo. ¡Si hubiesen solicitado libertad para imponerse
impuestos! Insistir sobre lo otro equivalía a Superstición, Fanatismo,
desdichada ignorancia en Filosofía Constitucional. ¿Libertad para imponerse
tributo sin desembolsar su dinero, de no ser debido a justas razones? Opino que
sólo un siglo estéril hubiera considerado eso como primer derecho del hombre.
Pudiera decir lo contrario: que el hombre justo siempre tiene causa mejor que
el dinero en cualquiera de sus formas, para decidir rebelarse contra su
Gobierno. El mundo es muy complejo; el hombre bueno vería agradecido que se
sostuviese cualquier especie de Gobierno de modo soportable en Inglaterra y
actualmente, si no está listo a pagar muchos impuestos por creer insuficiente
su justificación, no le irá muy bien, y deberá ensayar otro clima. ¿Eres
cobrador de impuestos? ¿Quieres dinero? Toma mis monedas, puesto que puedes y
lo deseas; tómalas, dirá, y márchate de mi lado con ellas; dejándome solo con
mi trabajo. Aqui me quedo; aún puedo trabajar, tras haberme desprovisto de todo
ese dinero. Pero si le dice: Inclínate ante la Falsedad; di que estds adorando
a Dios, cuando no es asi; no creas en lo que reconoces como cierto, sino en lo
que yo supongo o pretendo lo es. Entonces responderá: ¡No, por Dios, no! Toma
mi dinero; no quiero aniquilar mi Yo moral. El dinero es del primer salteador
que me amenace con su pistola, pero el Yo es mio y de Dios mi Creador, no tuyo;
resistiré hasta la muerte, rebelándome contra ti, afrontando todo rigor,
acusación y confusión para defenderlo! Paréceme que ésta es la razón que podría
justificar la rebelión, la de los Puritanos. Ésa fue el alma de todas las
rebeliones justas entre los hombres. No fue el Hambre únicamente lo que produjo
la Revolución Francesa, sino el sentimiento de la insoportable Falsia
prevaleciente sobre todo, que se encarnó en el Hambre, en la escasez e
Inexistencia material universal, trocándose en indiscutiblemente falsa a los
ojos de todo el mundo. Dejemos al siglo XVIII con su libertad para fijarse
impuestos. No nos sorprende que la significación de hombres como los Puritanos
quedase velada para él. ¿Cómo es posible que hombres que no creían en realidad
alguna, pudiesen comprender el alma real humana, la más intensa de todas las
realidades, como la Voz del Creador del mundo que hablaba? Lo que no podía
reducir a doctrinas constitucionales relativas a los impuestos u otro interés
material, grosero, que pudiere palpar, era rechazado por aquel siglo como
amorfo montón de escombros. Los Hampden, Pym, y Derechos de Visita serán tema
de gran elocuencia constitucional, que se esfuerza por llamear, que lucirá, si
no como fuego, al menos como hielo, y, el irreductible Cromwell será como una
mera masa caótica de furor, hipocresia, y muchas cosas más. Hace mucho tiempo
que considero increíble esa teoría sobre la falsía de Cromwell. Tampoco puedo
admitirla en lo referente a ningún Grande Hombre. Muchos son los Grandes
Hombres que figuran en la Historia como falsarios egoístas, pero reflexionando
veremos que son sólo figuras para nosotros, sombras incomprensibles; no vemos
en ellas hombres verosímiles. Sólo una generación superficial e incrédula, que
viera únicamente lo superficial y la apariencia de las cosas, puede tener esa
noción de los Grandes Hombres. ¿Puede existir un alma grande sin la
consciencia, esencia de toda alma real, grande o pequeña? No; no podemos
figuramos a Cromwell como Falsía o Fatuidad; cuanto más investigo sobre él y su
carrera, menos lo creo. ¿Cómo creerlo no habiendo pruebas de ello? ¿No es
extraño que, después de todos esos montes de calumnias lanzadas sobre él; tras
haberlo presentado como príncipe de los embusteros, que nunca o casi nunca dijo
verdad, sino alguna astuta falsificación de ella, no haya llegado a probarse
una sola falsedad de las que se le atribuyen? ¡Principe de embusteros que nunca
dijo mentira! Nadie podría comprenderlo. Ocurre como cuando Pococke preguntó a
Grocio: ¿dónde tienes la prueba sobre la Paloma de Mahoma? ¡No la hay!
Abandonemos las calumniosas quimeras como merecen, porque no son retratos
fieles del hombre, sino vanos fantasmas, híbrido producto del odio y de la
tiniebla.
El héroe como rey.
Cromwell. Napoleón. Revolucionismo moderno. Segunda parte
(Viernes, 22 de mayo de
1840) Si miramos la vida de ese hombre valiéndonos únicamente de nuestros ojos,
surge hipótesis muy diferente, manifestándosenos el íntegro, afectuoso,
sincero, al considerar lo poco que sabemos sobre su infancia, deformado como llegó
hasta nosotros. Su temperamento nervioso melancólico indica gravedad
excesivamente profunda. Nadie está obligado a creer en los relatos referentes a
los Espectros, ni el referente al Blanco rodeado de luz que le predijo sería
Rey de Inglaterra, ni el atañente al Negro Diablo personificado, a quien se
vendió antes de la Batalla de Worcester a los ojos de un Oficial. Lo que sí
sabemos indiscutiblemente es que en su juventud fue taciturno, hipersensible,
hipocondriaco. El médico de Huntingdon dijo a Sir Felipe Warwick que había sido
llamado varias veces a medianoche, que Cromwell padecía hipocondría; creyendo
iba a morir, delira sobre la Cruz del Pueblo. Eso es muy significativo. Tan
excitable naturaleza en hombre de fuerza tan tosca y tenaz no es síntoma de
doblez. Decidióse que el joven Oliverio estudiase Leyes; se dice que cayó en la
disipación durante corto período; de ser cierto, se arrepintió pronto, puesto
que poco después de los veinte años se casó, viviendo grave y reposado. Se
afirma devolvió el dinero ganado en el juego, pensando que no le pertenecía.
Esta conversión (como se ha llamado) es interesantísima, natural; es despertar
de alma que sale del lodazal mundano a descubrir la espantosa verdad de las
cosas, que el Tiempo y sus Apariencias se basan en la Eternidad; que este
miserable Mundo es el Umbral del Cielo o del Infierno. La vida de sobrio y
activo agricultor que llevó Oliverio en St. Ives y Ely es la de un hombre
juicioso y devoto; renuncia al mundo y sus rutinas, considerando que su recompensa
no puede enriquecerlo; trabaja la tierra, lee la Biblia, reune diariamente a
sus mozos para adorar a Dios; acoge a los eclesiásticos perseguidos, distingue
a los predicadores, predica él mismo, exhorta a sus vecinos a que sean buenos,
a que aprovechen el tiempo. ¿Qué hipocresía, ambición o falsía hay en todo
esto? Creo que su esperanza residía en el Mundo Supraterreno, que su anhelo fue
merecerlo, no saliéndose de la humilde senda que se trazara en éste. No apetece
la fama, pues, ¿de qué podía servirle la fama? Siempre a la vista de su Amo y
Señor. También es extraño el modo como apareció en publico; como nadie quiso
oponerse a cierto agravio publico tuvo que oponerse él. Me refiero al asunto de
los pantanos de Bedford; nadie quiso litigar con la Autoridad; él si. Una vez
fallado el pleito se reintegró a su rincón, a su Biblia y a su arado. ¿Para qué
quería la influencia? La que ejercía era de las más legítimas, derivada de sus
dotes personales, como hombre justo, religioso, razonable y resuelto. Así vivió
hasta más de los cuarenta, en el umbral de la vejez, a las puertas de la Muerte
y la Eternidad; entonces fue cuando sintió ambición, segun afirman. Yo no
interpreto así su misión Parlamentaria. Sus éxitos en el Parlamento y en la
guerra fueron francos, los propios del valeroso, del más resuelto de corazón,
del más claro de entendimiento. Sus ruegos al Altísimo, sus acciones de gracias
al Dios de la Victoria, que le preservó la vida, permitiéndole llegar hasta
donde había llegado, a través del crujido de un mundo en conflicto, los
desesperados apuros pasados en Dunbar, desafiando a la muerte en innumerables
batallas, fueron para él mercedes coronadas por la de la Batalla de Worcester;
todo ello es digno y legitimo en el Calvinista Cromwell, de recio corazón. Sólo
a los envanecidos Caballeros incrédulos, que no adoraban a Dios, sino a sus
guedejas, frivolidades y formalismos, que vivían apartados por completo de la
contemplación de Dios, sin Dios en este mundo, tenía que parecer hipócrita. No
lo condenaremos tampoco por la participación que tuviera en la muerte del Rey.
Grave cosa es matar a un Rey; mas si se está en guerra con él a ello se debe;
esto y todo lo demás es consecuencia de la guerra, porque una vez entablada
tiene que morir uno de los contendientes, siendo problemática la
reconciliación, posible, habiendo más probabilidades de imposibilidad. Hoy son
muchos los que admiten que cuando el Parlamento venció a Carlos I no pudo
hallar manera de llegar a convenio sólido con él. El gran partido Presbiteriano,
recelando a los Independientes, sentía ansias por ello, por su propia
existencia, mas no pudo lograrlo. El desdichado Carlos I mostróse fatalmente
incapaz de tratar en las negociaciones finales de Hampton-Court, hombre que no
podía ni quería comprender, cuyo entendimiento no discernía la realidad de la
cuestión y, lo que es peor, cuyas palabras no correspondían a sus pensamientos.
Lo decimos sin crueldad, profundamente compadecidos, pero es cierto e
indiscutible. Todo lo echó en olvido, excepto la corona, y al ver que lo
trataban con el respeto debido a un rey, creyóse capaz de engañar a los
partidos y recuperar solapadamente su antiguo poder burlándose de ellos, pero
descubrieron su ardid. El hombre cuya palabra no manifiesta lo que piensa o
intenta no es digno de fiar en pacto alguno: o le dejamos libre el camino o le
arrojamos de él. Desesperados los Presbiterianos quisieron creer en él, a pesar
de las sospechas de falsía, imposibilidad de creer en sus palabras, mas
Cromwell no quiso fiarse y exclamó: ¿vamos a aceptar un trocito de papel a
cambio de todas nuestras luchas? En todo cuanto intervino mostró Cromwell su
vista decisiva y práctica, tendiendo siempre a lo práctico o practicable,
viendo la realidad. Afirmo que el falsario no posee tal inteligencia, porque ve
siempre la apariencia, lo agradable, lo oportuno, mientras el sincero necesita
discernir la verdad práctica. La proclama de Cromwell al Ejército Parlamentario
al iniciar las hostilidades, aconsejando no se admitiese en él a los asiduos a
la taberna ni a los inconsistentes perturbadores, sino a los fuertes campesinos
que luchaban de corazón, demuestra su clarividencia. La Realidad responde a los
Hechos si la discernimos. Los férreos soldados de Cromwell fueron producto de
su perspicacia: hombres temerosos de Dios y de nada más, no hubo guerreros tan
auténticos en Inglaterra ni fuera de ella. Tampoco censuramos excesivamente las
palabras que Cromwell dirigió a sus soldados y que tanto se criticaron: Si el
Rey saliese a mi encuentro en la batalla, lo mataria. ¿Por qué no? Eso lo dijo
frente a hombres que estaban ante hombre Superior a los Reyes, que arriesgaban
algo más que su vida en la lucha. El Parlamento puede llamar en su lenguaje
oficial lucha por el Rey; nosotros no podemos comprenderlo, porque para
nosotros no se trata de mero pasatiempo, de eufemismo oficial, sino de áspera
muerte y de realidad. Están en Guerra, horrible y sanguinaria lucha de hombres
que se acometen furiosos; el elemento infernal del hombre decidirá. Hacedlo,
puesto que se ha de hacer. Considero naturalisimos los éxitos de Cromwell; al
no morir luchando fueron inevitables; no se precisa magia para explicar que
aquel hombre, de penetrante vista, indómito corazón, se elevase victoria tras
victoria, hasta que el Granjero de Huntingdon se convirtió en el Hombre más
Fuerte de Inglaterra, en Rey de Inglaterra virtualmente. Triste es para un
pueblo, como para un hombre, caer en el Escepticismo, el dilettantismo, la
hipocresía, no reconocer la Sinceridad cuando le sale al paso: ¿Hay peor
maldición para este mundo, para todos ellos? Cuando el corazón muere los ojos
no ven. El entendimiento que entonces queda es meramente vulpino, sirviendo de
poco se le envie un verdadero Rey, porque no lo reconoce, exclamando
burlonamente: ¿Ése es vuestro Rey? Entonces el Héroe desgasta su heroica
facultad en inútil contradicción de parte de los indignos, pudiendo hacer poco.
Para si vive una vida heroica, lo cual ya es mucho, es todo, más para los demás
nada hace. La indomable y ruda Sinceridad, originada en la Naturaleza, no es
voluble cuando contesta desde la tribuna del jurado; en nuestros pequeños
juzgados se desdeña como falsificación. El intelecto vulpino lo olfatea. La
respuesta que merecieron Knox y Cromwell por haber sido hombres que valían lo
que mil de sus congéneres, ha sido discutir durante dos siglos si fueron o no
hombres. El mayor don de Dios a esta Tierra se desdeña y desecha. El milagroso
talismán es la mezquina moneda dorada imposible de pasar en la tienda por
corriente onza. Esto es lamentable. Digo que debe remediarse. Hasta que no se
remedie hasta cierto punto, nada tendrá remedio. Lo que debe hacerse es
desenmascarar a los falsarios, pero, ¡por el Cielo!, al mismo tiempo hay que
conocer a los dignos de confianza. ¿De qué nos sirve el conocimiento hasta que
logremos saber eso? ¿Cómo conseguiremos descubrirlo? Porque la astucia zorruna,
que se considera conocimiento, que descubre de ese modo, se equivoca en mucho.
Muchos son los engañados, pero entre todos nadie en tan fatal situación como el
que vive en el indebido terror de ser engañado. Existe el mundo; hay realidad
en él, de lo contrario no existiría. Ante todo hay que reconocer lo que es
cierto; luego discerniremos lo falso, hasta entonces nunca. ¡Conocer los
hombres dignos de confianza!, por desgracia estamos aún lejos de ello. Sólo el
sincero puede reconocer la sinceridad. Lo que precisamos no es únicamente el
héroe, sino un mundo apropiado para él, mundo no poblado de Ayudas de Cámara,
porque entonces el Héroe surgirá en vano. Si, está lejos de nosotros, pero debe
llegar; a Dios gracias se le ve avanzar. ¿Con qué contamos hasta que llegue?
Con Urnas electorales, votos, Revoluciones francesas; pero, para ser Ayudas de
Cámara, que no reconocen al Héroe cuando lo ven, ¿de qué nos sirve todo eso?
Surge el heroico Cromwell; pasa siglo y medio sin que le concedamos un solo
voto. El mundo hipócrita e incrédulo es propiedad natural de la Superchería,
del Padre de los charlatanes y las ficciones. Lo único posible es la miseria,
la confusión, la mentira. Las urnas electorales alteran la figura del
charlatán, mas su sustancia es la misma. El Mundo de estúpidos Lacayos tiene
que ser gobernado por el Héroe Fingido, por el Rey que sólo tiene de rey sus
galas. Ése es su mundo; él es su rey. En resumen, o aprendemos a conocer al
Héroe, al verdadero Gobernante y Caudillo cuando le tenemos ante los ojos, o
continuarán gobernándonos los que nada tienen de héroes, aunque pongamos urnas
electorales en cada esquina, porque nada remedian. ¡Pobre Cromwell, gran
Cromwell! ¡Profeta mudo que no pudo hablar! Rudo, confuso, luchando por
expresarse con su salvaje profundidad, su invencible sinceridad, extraño éntre
los elegantes eufemismos, delicados Falkland, didácticos Chillingworth,
diplomáticos Clarendon. Fijémonos en él. Era cáscara de caótica confusión,
visiones del Diablo, nerviosas pesadillas, casi vesánico; no obstante, en el
interior de todo eso anidaba la energía clara y determinada del hombre. Era
hombre caótico, como rayo de pura luz astral y fuego que lucha con el elemento
de ilimitada hipocondría, informe negrura de las tinieblas. Sin embargo, esta
hipocondría constituía la misma grandeza de aquel ser. La profundidad y ternura
de sus indómitos afectos, la inmensa simpatía que sentía por las cosas, la
perspicacia con que se adentraba en sus entrañas, la maestría con que las
dominaba: eso era su hipocondría. Su desventura era producto de su grandeza,
como la de todos los demás. También Johnson pertenecía a esta especie.
Atemorizado por la amargura, semiatarantado, envuelto por el amplio elemento
del triste negror, tan vasto como la Tierra. Es el carácter del hombre
profético, ser cuya alma entera vela, y luchaba por ver. En eso me baso para
explicarme que fuera reputado Cromwell confuso en su expresión; el significado
íntimo era para él tan claro como la luz del sol, no hallando materia para
arroparla; por eso vivió en silencio, envuelto continuamente por el inmenso e
innominado mar del Pensamiento; su índole de vida no le incitó a intentar el
modo de denominarlo ni expresarlo. Es indudable que con su penetrante visión,
resuelto poder de acción, podía haber aprendido a escribir Libros, a expresarse
con fluidez, pues lo que hizo fue mucho más dificil que escribir libros, siendo
hombre de aquellos que pueden efectuar virilmente cuanto se les confía. No
consiste el intelecto en perorar y formar silogismos, sino en discernir y
cerciorarse. La Virtud, Virtus, virilidad, heroísmo, no es regularidad
inmaculada bien expuesta; ante todo es lo que los alemanes llaman con acierto
Tugend, Valor y Facultad para obrar. Ésta era la base existente en Cromwell. No
obstante, se comprende por qué pudo predicar rapsódicamente, aunque no Podía
expresarse en el Parlamento; sobre todo por qué pudo ser grande en la oración
improvisada; porque esas palabras son la libre exteriorización de lo que siente
el corazón, sin que requieran método, sino ardor, profundidad y sinceridad. El
hábito de orar era uno de sus notables aspectos; todas sus grandes empresas
iban precedidas de oración y, cuando se veía en grande apuro, reunía a sus
Oficiales orando todos alternativamente, durante horas, días enteros, hasta que
alguno de ellos daba con una solución definida, abriendo una puerta a la
esperanza, como acostumbraban a decir. Considerémoslo. Lloraban, oraban con
fervor, implorando al gran Dios se compadeciese de ellos, para que Su luz
brillase y les guiase. Se consideraban Soldados de Cristo, pequeño ejército de
Hermanos Cristianos, que desenvainaban su espada contra un mundo funesto
devorador y no Cristiano, sino Mamónico, Endiablado; imploraban a Dios en sus
aprietos, en su extremada necesidad, para que no olvidase su Causa, que era la
Suya. ¿Cómo podía, por qué medios podía alcanzar el alma humana luz más viva
que la que entonces surgía en ellos? El propósito que formaban era
probablemente el mejor, el más prudente, el que había que lograr sin
vacilaciones, siendo para ellos como destello del Esplendor Celeste que rasgaba
las tenebrosidades en que se perdían los lamentos; la Pira que les servía de
guía en la noche de su quebrado y peligroso camino. ¿No era así? ¿Hay otro
método que pueda servir de guía al alma humana que lucha, de no ser éste
intrínsecamente: postrarse con devoción y fervor ante el Altísimo, el Manantial
de toda Luz, ya en súplica verbal, ya silente? No, no hay otro método. ¿Es eso
Hipocresia? Ya nos cansamos de oírlo; los que así lo llaman no tienen derecho a
discurrir sobre ello, porque nunca formaron propósito digno de este nombre; lo
que hicieron fue calcular las oportunidades, los éxitos aparentes, reunir
sufragios, consejos, sin afrontar nunca la verdad de la cosa. Las plegarias de
Cromwell tenían que ser elocuentes, mucho más que elocuentes, porque su corazón
era de hombre que sabía orar.
Entiendo que sus Discursos
fueron algo más elocuente y congruente de lo que parece; observamos fue lo que
todos los oradores tienden a ser, eficaces, aun en el Parlamento, pesando
cuanto manifestaba. Su ruda y apasionada voz decía siempre algo, algo que los
hombres querían saber. No se preocupó de ser elocuente, despreciando y
disgustándole la oratoria, hablando siempre sin premeditar sus palabras. Parece
también que los noticieros eran bastante imparciales en aquellos días y
entregaban a los cajistas las notas tomadas sin darles forma. ¡Extraña prueba
en que basan la pretendida y estudiada hipocresía presentándole como
farandulero! Nunca se preocupó de sus Discursos y, si no estudiaba las palabras
antes de pronunciarlas, fue porque su sinceridad era su mejor defensa. En
cuanto a la doblez. de Cromwell opinamos se debió a que todos los partidos
comprendieron, y hasta creyeron oír, tal cosa, dándose luego cuenta que quiso
decir otra. Por eso afirman fue el príncipe de los embusteros. ¿No es esto,
intrínsecamente, y en tales circunstancias, el inevitable destino del hombre
superior, mas no del impostor? Esos personajes deben tener reticencias. De
llevar el corazón en la mano para que las cornejas pudieran picotearlo, no
hubiera hecho mucho camino. De nada sirve al hombre vivir en una casa de
cristal. Él es quien tiene que juzgar hasta dónde debe dejar ver sus
propósitos, aun tratándose de los que tienen que acompañarle en sus empresas,
porque hay preguntas impertinentes y en este caso, hay que dejar perplejo al indiscreto,
sin engañarlo, mas sin aclarar el asunto. ¡Si pudiéramos dar con la frase
precisa para responder! Ésa es la que el prudente sincero procuraría dar en tal
caso. Indudablemente Cromwell se expresó a menudo en el habla propia de los
pequeños partidos secundarios, exteriorizando parte de su pensamiento, creyendo
que eran de los suyos. De ahí su ira al darse cuenta de que no era así, sino
independiente. ¿Merecía censura por elló? Durante los varios períodos de su
historia debió sentir que, si exponía hasta la raíz sus pensamientos se habrían
estremecido horrorizados, y, de creerle, se hubiere derrumbado por completo la
minúscula y compacta hipótesis concebida, sin poder contribuir en nada para
ayudarle, incapacitados quizá para laborar en su propio sector. Ésa es la
posición inevitable del grande hombre entre los pequeños. En todas partes hoy
hombrecillos, activísimos, útiles, cuya actividad depende de alguna convicción
que comprendemos es limitada, imperfecta, lo que llamamos error; pero ¿sería siempre
amabilidad o es siempre o a menudo deber estorbarles en ello? Muchos son los
que llevan a cabo algo de modo que llama la atención, basado sólo en algún
débil tradicionalismo, convencionalismo, indudable para ellos, increíble para
nosotros; si lo refutamos se hunde en un abismo. Fontenelle dice: Si tuviera la
verdad en un puño, sólo abriría el meñique. Si así acontece en el terreno
doctrinal, ¿cuánto más no ocurrirá en el práctico? El incapaz de guardar su
pensamiento, nada de consideración puede poner en práctica. ¿Llamaremos a eso
disimulo? ¿Qué diríamos del que llamase encubridor al general de un ejército
por no manifestar sus propósitos a todos los cabos y soldados que le preguntan
sobre ellos? Puedo decir que Cromwell trataba todo eso de manera admirable por
su perfección. Durante su carrera vióse asediado constantemente por
interminable vórtice de impertinentes cabos que giraban confusamente a su
alrededor, a quienes respondía. El que así obró tenía que ser gran
clarividente, no habiendo nadie que le demostrase su impostura. ¿Cuál es el
hombre que habiéndose internado en tan complicado laberinto de cosas puede
merecer tal calificativo? Hay dos errores, dominantes, que pervierten en su
misma base los juicios formados sobre hombres como Cromwell, sobre su ambición,
impostura, y cosas parecidas. El primero es lo que podría llamarse sustitución
de la meta de su carrera por su curso y punto de partida. El Historiador vulgar
de Cromwell supone que había resuelto ser Protector de Inglaterra, cuando
estaba aún labrando la tierra cenagosa de Cambridgeshire, sospechando que su
carrera estaba esbozada, que tenia programa del completo drama que desarrolló
paso a paso trágicamente, con astucia, dramaturgia engañadora a medida que
avanzaba, siendo falso, intrigante, (Vocablo griego que nos resulta imposible
reproducir. Chantal López y Omar Cortés), o Comediante. Ésta es una radical
perversión; casi universal en tales casos. Consideremos cuán diferente es el
hecho. ¿Quién puede predecir su vida futura? Más allá del presente todo está
velado para nosotros, como intacta madeja de posibilidades, recelos,
intenciones, vagas esperanzas. No estaba la completa vida de Cromwell en
aquella especie de Programa, que había de conocer por entonces, con su
insondable astucia, con el único objeto de desarrollarla dramáticamente, escena
tras escena; aunque así parezca no fue así para él. ¡Cuántos absurdos se
desvanecerían si la historia considerase francamente este hecho innegable!
Dirán los historiadores que no lo pierden de vista, pero veamos si es así. La
Historia vulgar lo omite por completo, como ocurre en el caso de Cromwell y aun
la de mejor calidad lo recuerda sólo de cuando en cuando. Para recordarlo
debidamente con rigurosa perfección, tal como figuró en el hecho, requiérese raro
talento, quizá imposible, el que tenía Shakespeare, o superior al suyo, capaz
de actualizar la biografía del hombre hermano, ver con ojos de congénere en
todos los momentos de la vida que él viera; en resumen, conocer sus pasos y
personalidad, cosa que pocos Historiadores tienen probabilidad de saber. Mas la
mitad de las perversiones atribuidas a Cromwell se desvanecerían si
procurásemos representámoslas honradamente de ese modo, es decir, tal como
fueron y no a bulto, como se nos presentan. El segundo error, que creo se
comete en general, se refiere a esta misma ambición. Exageramos la ambición de
los Grandes Hombres, equivocándonos en cuanto a su naturaleza. Los Grandes
Hombres no son ambiciosos en ese sentido; el ambicioso es el mezquino.
Consideremos al hombre que no es feliz porque no brilla sobre los demás, que se
mete por los ojos, que anhela, ansía ostentar sus dones y pretensiones,
luchando por forzar a todos, como si lo pidiera de limosna, a que lo reconozcan
como grande hombre y lo encumbre sobre los otros. Un ser así es uno de los más
lastimosos espectáculos bajo el sol. No es grande hombre, sino pobre enfermo
ávido, más digno de ocupar una cama de hospital que un trono entre los hombres.
Apartáos de su camino, porque tal criatura no gusta de sendas solitarias, no
puede vivir sin el elogio, sin causar maravilla, sin el encomio de ditirámbicos
artículos. Mas eso no es grandeza, sino vaciedad, puesto que nada contiene, es
hambre y sed de alabanza. En verdad creo que no hubo grande hombre, ni siquiera
cuerdo que llevase algo dentro, poco o mucho, que se preocupase de todo eso.
¿Qué pudo importar a Cromwell el aplauso de ruidosa muchedumbre? Dios, su
Creador, sabía muy bien qué era; en nada aumentaba ni disminuía el aplauso su
quididad. Hasta que aparecieron las primeras canas, hasta que estando en la
pendiente de la Vida vió que todo tenía límite, y fin, la manera como iban las
cosas contentóse con labrar la tierra y leer la Biblia; que no pudiera
soportarlo en su vejez, sin entregarse a la Superchería, con el fin de ir en
dorada carroza a Whitehall, atender a los secretarios que le presentaban
montones de papeles rogándole: Resuelva esto, despache aquello, es cosa que
nadie puede afirmar sin reservas ni remordimiento. ¿Qué atracción podían tener
para Cromwell las doradas carrozas? La vida encerraba significado para él desde
hada tiempo, terror y esplendor como el mismo Cielo. Su vida como hombre era
superior a la necesidad de las galas. La Muerte, el Juicio, la Eternidad, eso
era la base de cuanto pensó e hizo; su existencia fue una isla rodeada de mar
de indecibles Pensamientos, inexpresable para el hombre. Lo importante para él
fue el Evangelio, tal como lo leyeron los profetas Puritanos de su época, sin
importarle todo lo demás. Paréceme despreciable solecismo llamar ambicioso a
tal hombre, y figurárnoslo como ávido infatuado. Un hombre así diría: Guardaos
vuestras doradas carrozas y entusiásticas muchedumbres, los engalanados
funcionarios, las influencias, los asuntos que creéis importantes y dejadme
solo, hay demasiada vida en mí. El viejo Samuel Johnson, el alma más grande de
Inglaterra en su época, no era ambicioso. Boswell lucía en las ceremonias
cintas llamativas en el sombrero, mientras el gran Johnson quedaba en casa: su
alma mundial estaba sumida en sus pensamientos y preocupaciones; ¿de qué podían
servirle la ostentación, las cintas en el sombrero? Lo repetiré: complace
reflexionar sobre el gran Imperio del Silencio, sobre el grande hombre
silencioso que contempla la ruidosa vaciedad del mundo, palabras huecas de
sentido, actos de escasa valía. Los hombres nobles y tácitos, encerrados en su
habitación, diseminados, que piensan y laboran en el silencio, sobre los que
nada dice el periódico, son la sal de la Tierra; mal va la nación que carece de
ellos o en que escasean; es bosque sin ralces, en el que todo son hojas y
ramaje, que se mustiarán pronto. ¡Infelices de nosotros si sólo tuviésemos
palabras y ostentaciones! Lo único grande es el Silencio, el gran Imperio del
Silencio, que descuella sobre las estrellas, que llega a mayor profundidad que
los Reinos de la Muerte; todo lo demás es mezquino. Confío que los ingleses
conservarán por mucho tiempo el gran talento del silencio. Dejad que los
imposibilitados de vivir sin encaramarse a los barriles para sobresalir, para
que los vean en el mercado, cultiven exclusivamente la oratoria, convirtiéndose
en frondoso bosque sin raíces. Salomón dijo: Oportuno es hablar, siéndolo
también el silencio. Alguien pudiera interrogar a los silenciosos Samueles, no
forzados a escribir por falta de dinero y no otra cosa: ¿Por qué no te levantas
y hablas, promulgando tu doctrina y fundando tu secta? Hasta hoy he podido
contener mi pensamiento; por fortuna tuve habilidad para retenerlo, sin que
ninguna fuerza me obligase a expresarlo. Mi doctrina no tiene por objeto la
divulgación, sino servir de norma a mi vida. Ése es el gran valor que para mí
tiene. ¿Y el honor? Sí; digamos lo que dijo Catón sobre la estatua: No sería
preferible que, al contemplar las muchas estatuas de vuestro Foro, preguntase
alguien: ¿Dónde está la de Catón? Ahora, como compensación de este Silencio,
permitidme decir que hay dos clases de ambición: una censurable por completo,
laudable e inevitable la otra. La Naturaleza dispuso que el gran tácito Samuel
no guardase silencio mucho tiempo. Consideremos mezquina y miserable la
suposición de querer brillar sobre los demás. No buscas grandes cosas no las
busques. No obstante, digo hay irrepresible tendencia en todo hombre a
desarrollarse de conformidad con la magnitud que le concedió la Naturaleza, a
exteriorizar de palabra y obra lo que en él infundió. Esto es propio, adecuado,
inevitable, siendo también deber, compendio de los deberes del hombre.
Pudiéramos decir que el significado de la vida en la tierra es éste:
Desarrollamos, laborar en aquello para lo que tengamos facultades. Es necesidad
del ser humano, ley primordial de nuestra existencia. Observa bellamente
Coleridge que el niño aprende a hablar debido a esa necesidad. Por eso
afirmaremos: para decidir si la ambición es justa o no tendremos presentes dos
cosas: no sólo el apetito de la función, sino la capacidad para desempeñarla,
pues de esto se trata. Quizá fuera suyo el puesto, tal vez tenía derecho
natural y hasta obligación de alcanzarlo. ¿Censuraremos la ambición de Mirabeau
de presidir el Consejo, cuando era el único francés capaz de desempeñar el
cargo con provecho? De haber concebido más esperanzas puede que no hubiera
sentido con tal claridad el bien que podía hacer. Pero un pobre Necker, que
ninguna utilidad podía reportar, que estaba sabedor de ello, quedó abismado al
verse rechazado; bien pudo Gibbon llorarle. Dije que la Naturaleza dispone que
el grande hombre silencioso se esfuerce en hablar. Supongamos, v. g., que
hubiésemos revelado a Johnson, que en su solitaria existencia, era capaz de
efectuar labor divina inapreciable para su país y para el mundo entero: que la
perfecta Ley Celeste podía convertirse en ley de este mundo; que la oración que
diariamente decía: Venga a nos el tu reino, podía realizarse al fin. De haberle
evidenciado la posibilidad, la realización: que él, el taciturno Samuel, estaba
llamado a participar en ello, hubiérasele inflamado el alma brillando con
divina claridad, hablando noblemente, determinado a obrar, descartando todo
pesar y recelo, menospreciando toda aflicción y contrariedad, iluminándose el
tenebroso elemento de su existencia y
destellando vivísima luz. Su ambición sería justa. Consideremos el caso de
Cromwell. Tiempo hacía pesaba sobre su corazón el sufrimiento de la Iglesia de
Dios, afligiéndole ver encerrados en calabozos a los celosos y sinceros
propagadores de la verdad, azotados, en la picota, cortadas las orejas; viendo
cómo los indignos pisoteaban el Evangelio, tras largos años de silencio y
oración, sin hallar remedio en la Tierra; confiando vendría la Celeste bondad,
considerando todo aquello como superchería que no podía eternizarse.
Contemplemos ahora la aurora. Tras doce años de silenciosa espera estremecióse
Inglaterra; habrá nuevamente Parlamento en que se dejará oír la voz de la
Razón, renaciendo la inexpresable y bien cimentada esperanza en la Tierra. ¿No
era digno pertenecer a tal Parlamento? Cromwell dejó el arado y acudió a la
asamblea. Habló -ásperos estallidos de franquezade una verdad vista por él,
laboró, luchando denodadamente como vigoroso gigante a través del tumulto del
cañón, sin desmayar hasta que triunfó la Causa, hasta que barrió a sus
formidables enemigos, hasta que el alba de esperanza trocóse en clara luz de
victoria y de certidumbre. Se irguió como el alma más fuerte de Inglaterra,
como el indiscutido Héroe de toda Inglaterra, haciendo que la ley del Evangelio
de Cristo se estableciera en el Mundo. La Teocracia que Knox pudo soñar en el
púlpito como fantasía de devoto, atrevióse a considerarla realizable este
hombre práctico, aleccionado en el borrascoso caos de la más dura experiencia.
Los que ocupaban los más altos puestos en la Iglesia de Cristo, los más devotos
y prudentes, tenían que gobernar el país; así podía y debía ser, hasta cierto
punto. ¿No era ésta la verdad, la verdad de Dios? Y, de ser cierto, ¿no era
esto lo que había que hacer? La inteligencia práctica más vigorosa en
Inglaterra atrevióse a responder ¡Sí! Opino fue noble y sincero propósito. ¿No
es ésa la más noble decisión que pudo animar el corazón del estadista o del
hombre? El paso dado por Knox al proponérselo fue de importancia, pero que lo
abrazara un Cromwell, hombre de extraordinaria sensatez y experiencia de lo que
era el mundo, la Historia, creo, no registra nada igual. Opino que ése es el
punto culminante del Protestantismo, la fase más heroica que tenía que presentu
en la Tierra la Fe en la Biblia. Suponed que se manifestase a uno de nosotros
cómo podía lograrse que la Razón alcanzara decisiva victoria sobre el Error,
que todo cuanto habíamos anhelado e implorado como bien supremo para Inglaterra
y el resto del mundo era realizable. Debo decir que el intelecto vulpino, con
su habilidad, astucia y pericia para desenmascarar hipócritas, paréceme cosa
bastante mezquina. En Inglaterra sólo tuvimos un estadista de ese temple, uno
en cuyo corazón arraigase aquel propósito: no puedo dar con otro. Un solo
hombre en quince siglos: ésta fue la acogida que le dispensaron. Hizo decenas,
centenares de prosélitos, pero sus adversarios eran millones. De haberlo
seguido la nación en masa, Inglaterra sería un país cristiano. Tal como está,
la habilidad vulpina continúa siendo su desesperado problema: Dado un mundo de
picaros, conseguir Probidad de su acción conjunta: engorroso problema con que
tropezamos en las Chancillerías de las Audiencias, y en otros sitios.
Finalmente, por justa ira celeste, y también por su inmensa gracia, se
inicia el estancamiento de la cuestión,
viendo todos que el problema es palpablemente insoluble. Respecto de Cromwell y
sus propósitos, Hume y muchos de sus prosélitos, admiten fue sincero en un
principio, sincero Fanático, que poco a poco trocóse en Hipócrita, a medida que
se sucedían los acontecimientos. Ésa es su teoría que desde entonces se aplicó
a Mahoma y otros muchos. Si reflexionamos hallaremos algo de ello, no mucho, no
todo, muy lejos de la totalidad. Los sinceros corazones de los héroes no se
malean de ese modo miserable. El sol se desprende de impurezas, presenta
algunas feas manchas, pero no se apaga anulándose como Sol trocándose en oscura
masa. Me aventuro a creer que eso nunca ocurrió al profundo Cromwell, al Hijo
de la Naturaleza de corazón de león, que como Anteo, debía su fuerza al
contacto con la Tierra, su Madre; que, si la separábamos de ella, creyéndole
hipócrita vacuo, perdía su fuerza. No afirmamos que fuera inmaculado, que no
padeció errores, insinceridades. No se erigió en maestro honorario de
perfecciones, intachables conductas; fue rudo Orson que se abría penoso camino
con su esfuerzo sincero, cayendo alguna que otra vez. Se equivocaba y sufría
errores muchas veces al día, a todas horas, cosa que sabían Dios y él. Muchas
veces se nubló el Sol, mas nunca quedó oscurecido para siempre. Sus últimas
palabras en el lecho de muerte revelan al hombre heroico cristiano:
entrecortadas súplicas al Señor rogándole juzgase a él y a su Causa puesto que
el hombre no podía juzgarlo con justicia, se encomendaba a su misericordia.
Conmovedoras palabras. Así entregó al Creador su impetuosa y grande alma,
cesando en sus esfuerzos y errores. No soy de los que le suponen Hipócrita, de
los que creen vivió enmascarado, en el simulacro, como vano y estéril impostor
ávido de los vítores de las muchedumbres. Vivió muy a gusto en la sombra hasta
encanecer; luego lo vemos convertido virtualmente en Rey de Inglaterra,
reconocido como hombre sin tacha. ¿No puede vivir el hombre sin el manto y
carrozas reales? ¿Creéis placentero verse rodeado de secretarios que importunan
con sus fajos de documentos con la cinta roja? El sencillo Diocleciano prefiere
plantar coles; Jorge Washington, mensurable hasta cierto punto, hace lo mismo.
Casi me atrevo a decir que eso es precisamente lo que todo hombre sincero
haría: retirarse una vez cumplida su misión como Rey. Permitidme observar lo
indispensable que es un Rey en todas partes, en todo movimiento humano, cosa
que demuestra esa misma Guerra, lo que hacen los hombres cuando no pueden
encontrar Jefe, hallándolo el enemigo. La nación escocesa abrazó unánime el Puritanismo;
todos sintieron celo, pensando al unísono, cosa que nunca se había visto en
aquel extremo de la Isla inglesa. Mas no contaban con un gran Cromwell, sino
mezquinos, vacilantes, apocados, diplomáticos Argyles y personajes por el
estilo, sin corazón capaz de albergar la verdad, o de entregarse a ella por
entero. No tuvieron jefe, mientras el diseminado partido Caballeresco del país
lo tuvo en Montrose, el más noble entre los Caballeros, hombre espléndido,
valiente de una pieza, lo que pudiéramos llamar Héroe-Caballero.
Reflexionemos: de una parte súbditos sin Rey, de otra, Rey sin súbditos; los
primeros nada podían hacer; algo pudo el último. Montrose, con un puñado de
bravíos irlandeses o montañeses, disponiendo de pocos fusiles, se lanzó contra
los disciplinados ejércitos puritanos como una tromba, arrollándolos cinco
veces, obligándoles a abandonar el campo, quedando dueño de Escocia, aunque por
poco tiempo. Se trataba de un hombre solo contra un millón de enemigos sin un
solo hombre, impotentes contra él. Quizás entre todos los Puritanos el único
indispensable fuera Cromwell, que veía, se atrevía, decidía, único punto de
apoyo en el cenagal de la incertidumbre, Rey, ya le llamaren así o de otro
modo. No obstante, en esto precisamente tropezó Cromwell. Todos sus demás actos
hallaron defensores que los justificasen, pero la disolución de lo que quedaba
del Parlamento, erigiéndose en Protector, es cosa que nadie le perdona. Nacido
para reinar en Inglaterra, Jefe del partido victorioso, parece apeteció el
Manto Real, vendiéndose a la perdición para lograrlo. Veamos cómo fue.
El héroe como rey.
Cromwell. Napoleón. Revolucionismo moderno. Tercera parte
(Viernes, 22 de mayo de
1840) Una vez subyugadas Inglaterra, Escocia e Irlanda al Parlamento Puritano,
surgió la cuestión práctica: ¿Qué hay que hacer? ¿Cómo gobernarás a esas
Naciones que puso en tus manos la Providencia de modo tan asombroso? Es evidente
que los cien miembros supervivientes del Largo Parlamento que en él se sientan
como suprema autoridad no pueden continuar allí. ¿Cómo hay que obrar? Era
aquella cosa cuya solución puede ser fácil para los teóricos factores de
constituciones; mas para Cromwell, que buscaba sus hechos prácticos, reales,
era complicadísima. Consultó al Parlamento su decisión, pues él era el llamado
a exponerla. Pero los soldados, aunque contrarios al Formulismo, que alcanzaron
la victoria a cambio de su sangre, estimaron debían ser oídos, exclamando: No
aceptamos un trozo de papel a cambio de nuestras luchas; entendemos que la Ley
del Evangelio de Dios, al que concedió la victoria por nosotros, debe
establecerse, intentar su establecimiento en este pais. Estas palabras resonaron
en los oídos de los parlamentarios durante tres años, dice Cromwell, sin que
pudieran dar con la solución discurseando, discutiendo. Quizá se deba eso a la
naturaleza de los parlamentarios; tal vez no haya Parlamento capaz de
resolverlo, charlando sin descanso. Pero la cuestión tenía que decidirse. Los
sesenta miembros se hadan odiosos a la nación, despreciables, llegando a
llamarle Rump Parliament, no pudiendo continuar así; ¿Quién iba a sucederle? El
Parlamento Libre, el derecho al Sufragio, las Fórmulas Constitucionales de una
u otra especie; era la Realidad iracunda que avanzaba hacia nosotros, que nos
devoraría de no resolverla. Y, ¿quién sois vosotros que habláis de Fórmulas
Constitucionales, derechos del Parlamento, vosotros, que tuvisteis que matar a
vuestro Rey, para humillar al Orgullo, para alejar y desterrar por la ley del
más fuerte al que se opusiere a la prosperidad de vuestra Causa? Sois cincuenta
o sesenta que continuáis el debate. Decidnos qué hacemos, no como Fórmula, sino
como Hecho real. Nunca se supo la respuesta. El diligente Godwin declara no
pudo dar con ella, siendo lo probable que aquel mezquino Parlamento ni quiso ni
pudo disolverse y dispersarse, que aplazó la disolución diez o veinte veces,
perdiendo Cromwell la paciencia. Aceptamos la hipótesis más favorable para el
Parlamento, la más favorable, aunque no la creo cierta, pero harto favorable.
Según esta versión, al llegar a la crisis, cuando Cromwell y sus Oficiales se
reunieron de una parte y los cincuenta o sesenta Miembros de la otra, fue
informado Cromwell, súbitamente, de que el Parlamento, desesperado, dió una
singular respuesta; que en su rencorosa y codiciosa desesperación, para alejar
al Ejército, trataba de aprobar rápidamente en la Cámara una Ley de Reforma: un
Parlamento elegido por toda Inglaterra, dividida en distritos electorales
iguales, libertad de sufragio y todo lo demás, cosa muy discutible, pero
indiscutible para ellos. ¿Proyecto de Reforma? ¿Elección libre? Los realistas
permanecian callados, mas existían; tal vez excedían en número, cuando la
mayoría en Inglaterra fue siempre indiferente ante su Causa, que miraba
sometiéndose a ella. La mayoría estaba en el peso y la fuerza, no en el número
de electores. Además, con aquellas Fórmulas y Leyes Reformatorias la cuestión
azarosamente resuelta por la espada quedaba de nuevo a merced del oleaje,
trocándose en mera esperanza y probabilidad, pequeña aun como probabilidad, sin
ser probabilidad, sino certidumbre que lograron por la fuerza de Dios y sus
brazos, evidente certidumbre. Cromwell se presentó ante aquellos Parlamentarios
testarudos, interrumpió la rápida aprobación de la Ley Reformatoria,
ordenándoles que se fueran y que no hablaran más. ¿Podemos perdonarlo? ¿No
podemos comprenderlo? Juan Milton, que vió las cosas desde cerca, lo aplaudió.
La Realidad barrió las Fórmulas. Opino que la mayor parte de los ingleses
francos lo habria creido necesario. El hombre fuerte y osado se atrajo la
oposición de toda clase de Formulismos y superficialidades lógicas, atreviéndose
a apelar a la realidad legitima de Inglaterra, interrogándola: ¿Estás conmigo o
contra mi? Es curioso observar su esfuerzo para gobernarla constitucionalmente,
buscando Parlamento que le ayudase, sin conseguirlo. Su primer Parlamento, al
que llamaron Parlamento de Barebone, fue Convocatoria de los más Notables,
acudiendo a él de todas partes de Inglaterra, seleccionados por los principales
Sacerdotes y Funcionarios Puritanos, las personas más distinguidas por su
reputación religiosa, influencia y afecto por la Causa, reuniéndose para
esbozar un plan. Sancionaron lo pasado, preparando el futuro como pudieron. A
sus componentes se les llamó sarcásticamente Parlamento de Barebone, aunque
parece que su nombre fue Barbone, hombre muy apreciable. Su labor no fue broma,
sino grave realidad, intento de aquellos Puritanos Notables de convertir la Ley
de Cristo en Ley de Inglaterra dentro de lo posible. Entre ellos hubo hombres
de buen sentido: otros de calidad, en cuanto a piedad supongo casi todos eran
piadosos. Parece que fracasaron, cayendo al esforzarse en reformar el Tribunal
Supremo, disolviéndose y declarándose incompetentes, entregando el poder en
manos del Generalisimo Cromwell, para que hiciese lo que quisiera y pudiera.
¿Qué haria con él? El Generalisimo Cromwell, Comandante en Jefe de todas las
fuerzas llamadas a las armas o que pudieran llamarse, encontróse ante un
singular trance; como era la sola Autoridad existente en Inglaterra fue lo
único que la aislaba de la Anarquía. Ésa es la innegable Realidad en cuanto a
su posición y la del País por entonces. ¿Qué haría con él? Después de
deliberar, decidió aceptarlo, exclamando gravemente, en pública solemnidad ante
Dios y los hombres: Si, ésa es la Realidad; haré lo mejor que pueda de ella.
Protectorado, Instrumento de Gobierno; éstas son las formas externas de la
cosa, elaboradas y sancionadas como permitieron las circunstancias, por los
Jueces, por los principales Funcionarios, Consejo de Funcionarios y Personas de
calidad de la Nación; en cuanto a la cosa en sí, era innegable que para lo
pasado y lo presente sólo había una alternativa: esto o la Anarquía. La
puritana Inglaterra podía aceptarlo o no, mas con ello evitaba ciertamente su
suicidio. Opino que los Puritanos aceptaron tácitamente, algo contrariados, el
acto anómalo de Cromwell, aunque en general mostráronse francamente
agradecidos; al menos le ayudaron a afianzarlo, no abandonándolo; luego
surgieron dificultades en el Parlamento, sin que supieran cómo habían de
juzgarlo. El segundo Parlamento de Oliverio, el primero regular en realidad,
elegido según lo establecido por el Instrumento de Gobierno, se reunió y
laboró, abismándose más tarde en la discusión del derecho del Protector, la
usurpación y cuestiones parecidas, disolviéndose al llegar a su término legal.
El irrebatible discurso de Oliverio, dirigido a sus componentes, es ciertamente
notable, lo mismo que el pronunciado en su Tercer Parlamento, al que reprochó
su pedantería y obstinación; rudas y caóticas oraciones, mas francas, propias
del sincero, desmañado, no acostumbrado a formular sus grandes ideas, sino a
ponerlas en práctica. El sentido que encerraban sus pensamientos estallaba al
no hallar palabras apropiadas, mentando repetidamente los designios de la
Providencia, afirmando que aquellos cambios, tantas victorias y
acontecimientos, no se debieron a plan premeditado, no eran comedia suya ni de
los demás; que los que así lo consideraban blasfemaban ciegamente, insistiendo
sobre su afirmación con iracundia, énfasis y energía. Como si Cromwell hubiese
previsto aquellos turbulentos y tremendos trances a que se vió sometido en un
mundo sumido en el caos; como si continuase tirando de los hilos de los muñecos
de trapo! Y afirma: Nadie pudo prever tales cosas; nadie era capaz de decir lo
que ocurriría al día siguiente, porque todo se debió a los designios de la
Providencia; siguiendo el camino indicado por Dios llegamos finalmente al
pináculo de la victoria, triunfando la Causa de Dios en estas Naciones,
reuniéndose el Parlamento para indicar el modo cómo podía organizarse todo
ello, reducirlo a realidad racional entre los hombres; vosotros sois los que
tenéis que ayudarnos con vuestros prudentes consejos para realizarlo, por haber
disfrutado de la oportunidad que ningún Parlamento gozó hasta ahora en
lnglaterra. La Ley de Cristo, la Razón y la Verdad pudieron establecerse hasta
cierto punto como Ley en este país; mas vosotros os entregasteis a la
pedantería, constitucionalismos, cavilosidades y especulaciones sobre las leyes
escritas, discutiendo mi presencia en este sitio, exponiéndoos a que vuelva el
Caos; y todo porque no puedo exhibir Acta Notarial que me faculte para
presidiros, porque lo único que puedo alegar es la voz de Dios, que resonó en
el fragor de la batalla. Perdisteis la oportunidad, ignorando cuando volverá a
presentarse; os aferrásteis a la Lógica constitucional, por eso domina en el
país la Ley de Mammón, no la de Cristo. ¡Sea Dios quien os juzgue a vosotros y
a mí! Éstas fueron sus últimas palabras: que presentasen sus fórmulas constitucionales,
que él iría acompañado de sus luchas informales, propósitos, realidades y
actos; que Dios sería el juez de su respectiva conducta. Dijimos que los
Discursos impresos de Cromwell son informes, caóticos, y muchos afirman que son
intencionadamente ambiguos, enrevesados, propios del hipócrita que se escuda en
confusa jerga jesuítica; para mí no lo son. Diré más bien que me proporcionaron
los primeros atisbos de la realidad de Cromwell, de su posibilidad. Si
procuráis creer encierran algo, buscando con cariño en su fondo, observaréis
hay en ellos discurso sincero expresado en su ruda y tortuosa manera de decir,
que su gran corazón no estaba hueco. Comenzaréis a ver claro que era un hombre,
no enigmática quimera incomprensible, increíble. Las Historias y Biografías
escritas sobre Cromwell por generaciones superficiales y escépticas, que no
pudieron concebir ni descubrir al hombre profundamente creyente, son más
oscuras todavía que sus Discursos. A su través sólo se ve la infinita vaguedad
de las Tinieblas y la Nada. Lord Clarendon dice: Vehemencias y Recelos; sí,
meros caprichos avinagrados, teorías y extravagancias. No es posible creer que
ello indujese al sereno y sobrio inglés a dejar su arado y su trabajo,
lanzándose en furiosa guerra contra el más calificado de los Reyes. Grandes
dotes debe reunir el Escepticismo para escribir sobre la Creencia, mas la
cuestión es realmente ultra vires: es la Ceguera que formula las Leyes de la
Óptica. El Tercer Parlamento de Oliverio chocó contra el mismo escollo que el
segundo: las Fórmulas constitucionales, inquiriendo: ¿A qué debes ese sitial?
¿En virtud de qué Documento Notarial lo ocupas7 ¡Pedantes, miopes! Entonces
Cromwell replicó: Al mismo poder que os convirtió a vosotros en Parlamento;
eso, y algo más, es lo que me hizo Protector; si nada es mi Protectorado, ¿qué
sois vosotros, miembros del Parlamento, sino reflejo y consecuencia de aquél?
Al fracasar el Parlamento quedó el Despotismo como única solución. Dictadores
Militares a la cabeza de cada distrito, para refrenar a los Realistas y otros
contradictores, para gobernarles por la espada ya que no por ley parlamentaria.
Mientras la Realidad subsista no hay Fórmulas. Continuaré protegiendo a los
protestantes oprimidos en el extranjero; nombrando jueces justos, prudentes
directores en el pa{s; estimando a los verdaderos sacerdotes Evangelistas,
haciendo cuanto pueda para que Inglaterra sea cristiana, mds grande que la
vieja Roma, Reina de la Cristiandad Protestante; eso haré mientras Dios me
conceda vida, puesto que me negáis vuestra ayuda; así se expresó Cromwell. ¿Por
qué no lo abandonó todo, retirándose en la sombra de nuevo, al ver que la Ley
no quiso reconocerlo? Eso es lo que preguntan muchos y en eso se equivocan,
porque no podía renunciar. Pitt, Pombal, Choiseul, otros Presidentes de Consejo
gobernaron las naciones; su palabra fue ley mientras prevalecieron, mas este
Presidente no era de los que ceden fácilmente. Carlos Estuardo y los Caballeros
le acecharon para matarle, a él y a la Causa; una vez muerto no podía volver.
El único retiro para este Presidente era el sepulcro. ¡Con qué tristeza
rememoramos la vejez de Cromwell! Quejábase incesantemente de la pesada carga
que la Providencia echó sobre sus espaldas, que tenía que sobrellevar hasta la
muerte. La esposa del coronel Hutchinson, su antiguo compañero de lucha,
refiere que una vez vióse obligado su marido a visitar a Oliverio a causa de
cierto asunto, haciéndolo contra su voluntad; que Cromwell le acompañó hasta la
puerta, hablándole fraternalmente, diciéndole deseaba reconciliarse con él, su
hermano de armas; afirmando le dolía no lo comprendieran, lo abandonasen los
verdaderos soldados, a los que estimaba mucho; el inflexible coronel,
encastillado en su fórmula republicana, marchóse petulante, quedando solo el
hombre encanecido, débil de fuerzas por su largo trabajo. También veo a su
pobre madre, muy anciana, que vivía en su Palacio; ¡buena mujer que moraba en
aquella mansión honrada con el temor de Dios, que cuando oía un disparo creía
habían asesinado a su hijo; por eso tenía que presentarse ante ella una vez al
día, para que viera que vivía todavía. ¡Pobre anciana madre! ¿En qué se
benefició aquel hombre? Su vida fue triste lucha, penalidades, hasta su último
día. ¿Fama, ambición, un puesto en la Historia? Su cuerpo inerte colgaba de
unas cadenas; su lugar en la Historia fue de ignominia, acusación, sombrío y de
infortunio. ¡Quién sabe si es temerario decidirme a figurar entre los primeros
que se aventuran a afirmar no fue truhán e impostor, sino honrado y sincero!
¡Descanse en paz! A pesar de todo, mucho fue lo que hizo por nosotros.
Reflexionemos en silencio sobre su atormentada vida, heroica y grande; no
hallemos la tierra que recubre su cuerpo, porque nada nos obliga a pasar sobre
ella. ¡Dejemos al Héroe en reposo! Nunca apeló Cromwell al juicio de los
hombres; ni éstos lo han juzgado muy bien. Un siglo y un año después de 1668,
ya silenciado y decorosamente olvidado el Puritanismo, estalló una explosión
mucho más violenta, mucho más difícil de silenciar, conocida de todos los
mortales, y cuyo recuerdo perdurará mucho tiempo: la Revolución Francesa. Es el
tercero y último acto del Protestantismo, el explosivo regreso de los Hombres a
la Realidad, cuando estaban a punto de aniquilarlos la Apariencia y el
Simulacro. Decimos que el Puritanismo Inglés fue el segundo acto, al afirmar:
La Biblia es verdadera, atengámonos a la Biblia. En la Iglesia, dijo Lutero; en
la Iglesia y en el Estado, dijo Cromwell, atengámonos a la verdad de Dios. Los
hombres tienen que volver a la realidad; no pueden vivir de apariencias. Su
tercer acto, la Revolución Francesa, puede llamarse el último, pero es
imposible que el hombre llegue a más bajo nivel que en aquel salvaje
Sansculotismo. Se basan en el Hecho más desesperado y desnudo, innegable en
todo tiempo y circunstancias, y ahí vuelven a empezar a construir. La explosión
francesa tuvo su Rey, como la inglesa, sin Documento Notarial que lo
acreditare. Miremos unos instantes a Napoleón, nuestro segundo Rey moderno. Opino
que no fue tan grande como Cromwell. Sus victorias enormes, que abarcaron a
toda Europa, mientras Cromwell se limitó a nuestra pequeña Inglaterra, son
elevados zancos que lo destacan sin alterar su verdadera estatura. En él no
hallo la sinceridad de Cromwell; es algo inferior. No permaneció en la
oscuridad muchos años ante el Indecible pavor del Universo, caminando con Dios,
como decía Cromwell, dependiendo su fuerza de su fe solamente, contentándose
con que sus ideas y valor continuaran latentes, estallando más tarde como
inflamadas por celeste centella. Vivió Napoleón en época que no creía en Dios,
que estimaba el significado de todo Silencio y Latencia como Inanidad; por eso
tuvo que partir de las mezquinas Enciclopedias Escépticas, no de la Biblia de
los Puritanos. Ésa fue la extensión que el hombre pudo dar a su obra; grande
fue el mérito de llegar tan lejos como llegó. Su carácter sólido, pronto,
expresivo es quizás inferior al de nuestro gran caótico e inarticulado
Cromwell. En vez del mudo Profeta que se esfuerza por hablar, descubrimos en él
sorprendente matiz de Embaucador. La noción de Hume referente al
Hipócrita-Fanático, con la verdad que encierra, se aplicaría mucho mejor a
Napoleón que a Cromwell, Mahoma o sus semejantes, donde poco tiene de cierto.
En este hombre se manifiesta desde un principio el elemento de censurable
ambición, que se apodera de él y arrastra al hombre y su obra en su ruina. En
tiempos de Napoleón fue proverbial decir: Falso como un parte de guerra,
excusándose de ello lo mejor que pudo, alegando que era necesario despistar al
enemigo, sostener el ánimo de sus soldados, y otras cosas por el estilo, que no
son excusas, porque el hombre no debe mentir nunca; más le hubiese valido decir
siempre la verdad. Si alguien da por hecho algo que no ha conseguido, pero que
espera lograr mañana ¿de qué sirve el embuste? Se descubre el engaño y el
castigo es terrible, pues nadie cree al mentiroso aunque diga la verdad, cuando
tiene importancia se le crea. Recordad lo de ¡Que viene el lobo! La Mentira es
Nada y ¿qué puede hacerse con Nada? Además, perdemos el esfuerzo de hacerla
creíble. Sin embargo, Napoleón fue sincero, pues hay que distinguir entre lo
superficial y fundamental en la sinceridad; a pesar de sus maniobras y
falsedades, que fueron muchas y muy censurables, descubrimos en él cierto
sentimiento de la realidad, instintivo, arraigado, que se basaba en los hechos,
cuando podía basarse en ellos. Su instinto sobre la Naturaleza superaba a su
cultura. Cuenta Bourrienne que una noche, durante su viaje a Egipto, argüían
sus sabios contra la existencia de Dios, queriéndolo convencer con artificios
lógicos. Napoleón miró las estrellas y dijo: Muy ingenioso, señores; pero
¿quién hizo todo eso? La lógica atea se escurre como agua, el gran Hecho lo
mira a la cara: ¿quién hizo todo eso? Otro tanto ocurría con la Práctica, pues
él, como todo el que puede ser grande o alcanzar la victoria en este mundo,
veía el corazón de las cosas a través de todas las marañas y a él se dirigía
sin vacilar. Cuando el mayordomo de su Palacio de las Tullerias le mostró la
nueva tapicería, alabando su esplendor y su baratura, pidió Napoleón unas
tijeras, cortó unas de las borlas de oro que pendían de una cortina, la guardó
en el bolsillo y se marchó. Unos días después, la sacó, ante el horror de su
mayordomo: era de oropel, no de oro. En Santa Elena insistió sobre lo práctico
y real hasta sus últimos días. ¿Qué adelantáis con charlar y quejaros? ¿De qué
os sirve discutir de ese modo? Nada resolvéis con ello puesto que nada podéis
hacer. Cuando no se puede hacer nada, mejor es no hablar de ello. Así se
expresaba a menudo ante los desventurados y descontentos que lo acompañaban,
siendo ejemplo de tácita fuerza entre sus vanas querellas. ¿No puede decirse
que tenían fe en él, legitima en cierto modo? Esta nueva Democracia enorme,
afirmada por la Revolución Francesa, es una insuprimible Realidad, que el mundo
entero con sus antiguas fuerzas e instituciones no podía derribar; eso lo
intuyó con verdad, despertando su conciencia y entusiasmo, la fe, interpretando
su velado alcance perfectamente. La carriere ouverte aux talents equivale a
decir: Los instrumentos a quien sepa manejarlos, y era la verdad, la completa
verdad, simbolizando el significado de la Revolución Francesa, el de cualquier
Revolución. Napoleón fue sincero Demócrata en su primer periodo. Además, por
naturaleza, aleccionado por su profesión militar, sabía que la Democracia no
podía ser Anarquía, si era veraz: Napoleón odiaba la Anarquía. El 20 de junio
de 1792, estaba con Bourrienne en un café; al ver la muchedumbre que pasaba
expresó su profundo desprecio por las autoridades que no refrenaban aquella
chusma. El 10 de agosto se extrañaba de que no hubiera un hombre que dirigiera
aquellos pobres suizos, que vencerían de tener jefe. Tal fe en la Democracia,
su odio a la Anarquía, fue lo que guió a Napoleón en su gigantesca empresa.
Considerando sus brillantes campañas en Italia, hasta la paz de Leoben, diriase
que su motivo fue: Triunfe la Revolución Francesa sobre esos Simulacros
austríacos que la llaman un Simulacro. Sin embargo, sintió y tuvo derecho a
sentir cuán necesaria es la Autoridad enérgica, pues la Revolución no podía
prosperar ni durar sin ella. Refrenar la devoradora Revolución, domarla de
manera que su intrínseco propósito pudiere afianzarse, organizarla para que
pudiere vivir entre los otros organismos y cosas formadas no siendo sólo
derrumbamiento y destrucción; a eso tendió en parte Napoleón, ésa fue la
verdadera empresa de su vida. ¿No fue precisamente eso lo que procuró realizar?
Sucediéronse sus triunfos: los Wagrams, los Austerlitz ... Su penetrante vista
veía claro; su alma osada no perdía actividad, elevándose naturalmente y
mereciendo ser Rey. Todos comprendieron que lo era. Los soldados decían durante
las marchas: Esos parlanchines abogados de Paris charlan y no hacen nada. No
nos extrañemos que vaya todo mal. Lo que debíamos hacer es ir allá e imponer a
nuestro Petit Caporal. Y, en efecto, fueron y lo impusieron; ellos y Francia.
Fue Cónsul, Emperador, vencedor de Europa, hasta que el humilde teniente de La
Fére pudo creer sin esfuerzo que era el más grande de todos ios hombres
conocidos durante muchas generaciones. Opino que fue entonces cuando le dominó
el fatal elemento de la charlatanería. Renegó de su vieja fe en la Realidad,
creyendo en las Apariencias, esforzándose por vincularse a las Dinastías de
Austria, al Papado, a los rancios falsos Señores Feudales, de los que en otro
tiempo vió claramente sus ficciones, considerando que iba a fundar su Dinastia
y otras cosas más: que la enorme Revolución Francesa sólo tuvo ese significado.
Entregóse a la fuerte ilusión para poder creer en el engaño, caso terrible,
pero así fue. En aquel estado no era capaz de discernir la verdad de la
falsedad: el peor castigo para el hombre que deja de ser sincero. El egoísmo y
la vana ambición fueron entonces su dios, pues cuando uno se engaña a si mismo
es burlado por todos los artificios. ¡Con qué despreciables trapillos de
ropería, percalinas, oropeles y disfraces envolvió aquel hombre su gran
realidad creyéndose más real por ello! Y su pomposo Concordato con pretensiones
de restablecimiento del Catolicismo (que creyó método para extirparlo), la
vaccine de la religión, sus ceremoniosas Coronaciones, las consagraciones en
Notre-Dame por la vieja Quimera Italiana, sin que faltase nada para completar
esa pompa, como dijo Augereau, sino el medio millón de hombres que habían
muerto para concluir con esas cosas. La Consagración de Cromwell fue por la
Espada y por la Biblia; una concepción verdadera. La Espada y la Biblia, fueron
llevadas delante de él, sin quimera alguna. ¿No eran acaso los verdaderos
emblemas del Puritanismo, sus galas y sus insignias? El Puritanismo las había
usado de una manera muy real, y ahora no las abandonaba. Pero el pobre Napoleón
se equivocó: creía demasiado en la Engañabilidad de los hombres, no viendo en
ellos la realidad más profunda que el Hambre. Ocurrióle como al que edificase
sobre una nube; se desplomó la casa y su ocupante en confusa ruina,
desapareciendo del mundo. El elemento embaucador existe en todos nosotros por
desgracia, pudiendo desarrollarse cuando la tentación tiene suficiente fuerza.
¡No nos dejes caer en la tentación! Pero cabe decir que se desarrolla
fatalmente. Aquello en que entra como ingrediente conocible se convierte en
transitorio y, por muy grande que pudiere parecer es minúsculo en sí. Napoleón
obró de conformidad con él y, ¿qué fue con todo el estruendo que produjo?
Simple fogonazo de pólvora que se inflama, llamarada de paja seca. Parecía que
el Universo ardía envuelto por el humo y las llamas, pero sólo por una hora.
Luego se apagaron las llamas: el Universo con sus viejas montañas y ríos, sus
astros superiores y su bondadosa tierra inferior sigue en su lugar. El Duque de
Weimar decía a sus amigos que no se desanimasen; que el Napoleonismo era
injusto; que no duraría mucho. Sana doctrina. Cuanto más maltratase al mundo
imponiéndole su tiranía, más grande sería el ímpetu con que se lanzase contra
él en su día, porque la injusticia está condenada a satisfacer enormes
intereses acumulados. Menos fatal hubiere sido para él perder su mejor parque
de artillería, ver perecer a su mejor regimiento entre las aguas, que haber
fusilado al pobre Palm, el librero alemán: fue injusto asesinato, tiranía
palpable que nadie podría calificar de otro modo, por mucha que fuere su
habilidad para ello. El fusilamiento y otros hechos inflamaron la ira en los
corazones, brillando los ojos como ascua al recordarlo en espera de su día, día
que llegó, rebelándose Alemania contra Napoleón. En el fondo, lo hecho por
Bonaparte queda reducido a lo que hizo justamente; eso es lo que sancionarán
las leyes de la Naturaleza: la realidad que en él hubo y nada más, pues el
resto no pasó de polvo y humareda. La carriere ouverte aux talents, grande y
sincero Mensaje, que tiene que articular y llevar a la práctica en todas
partes, puesto que lo dejó sin organizar. Napoleón fue un gran esbozo,
impreciso dibujo sin acabar; mas, ¿no lo fueron todos los grandes hombres?, fue
una figura apenas desbastada. Trágico es considerar las nociones que sobre el
mundo tenía, tal como las expresaba en Santa Elena. Parece le sorprendía mucho
y francamente ver la manera como se desarrollaron los acontecimientos; darse
cuenta que había sido derribado de su pedestal, reducido a confinamiento; que
el Mundo continuase girando sobre su eje. Francia es grande, muy grande; en el
fondo yo soy Francia, porque Inglaterra, por Naturaleza, no pasa de ser
dependencia de Francia; especie de Isla de Oleron perteneciente a Francia. Así
era por Naturaleza, por Naturaleza Napoleónica, y terminaba exclamando: y, no
obstante, Aquí estoy. Lo que no podía comprender, lo que no pudo concebir, fue
que la realidad no correspondiera a su programa; que Francia no fuera
omnipotente, que él no fuera Francia. ¡Extraña ilusión creer que la cosa es lo
que no es! La naturaleza italiana, fuerte, clarividente, decisiva, firme y
genuina que en un tiempo tuvo, envolvióse, disolviéndose casi, en turbia
atmósfera de fanfarronada francesa. El mundo no estaba dispuesto a dejarse
pisotear, a servir de argamasa para construir con ella y a su capricho un
pedestal para Francia y para él; sus propósitos eran muy otros. El asombro de
Napoleón fue extremado, pero, tuvo que resignarse. Él siguió su camino y la
Naturaleza el suyo; al abandonar la Realidad cayó desesperado en el Vacio, sin
remedio, teniendo que conformarse, minado por la tristeza como no lo fue nadie,
destrozándosele el corazón y sucumbiendo. Este Napoleón, gran instrumento
estropeado antes de tiempo, inutizado, es nuestro último Grande Hombre. Ese es
nuestro último Grande Hombre en doble sentido: porque aquí tienen fin nuestras
andanzas a través de tantos lugares y épocas, en busca de los Héroes. Siento
manifestar que en ello encontré placer mezclado con inmenso dolor. El tema es
importante, grave y, para quitarle gravedad, lo titulé Culto a los Héroes. Creo
penetra profundamente el secreto de la conducta de la Humanidad y vitalisimos
intereses del mundo, por lo que es digno de explicar actualmente. Mejor lo
hubiere tratado en seis meses que en los seis días empleados. Prometí desbrozar
el camino; ignoro si lo he logrado. He tenido que tratar el asunto
precipitadamente, con el fin de daros una idea sobre él, poniendo a prueba
vuestra tolerancia y paciencia con mis bruscos conceptos sintéticos, sin
extenderme. Grande ha sido vuestra tolerancia, vuestra paciente buena fe,
vuestra esperanzada generosidad. Mis rudas palabras han sido escuchadas con
atención por la elegancia, la distinción, la belleza y la inteligencia, lo
mejor que hay en Inglaterra; os doy cordialmente las gracias emocionado y os
digo: ¡Dios sea con vosotros!
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Fuente:
http://www.antorcha.net/biblioteca_virtual/filosofia/carlyle/caratula.html

