© Libro No. 408. ¿Con Quién Habla
Virginia Caminando Hacia El Agua? Ospina,
William. Colección Emancipación Obrera. Abril 20 de 2013.
Título
original: © ¿Con
Quién Habla Virginia Caminando Hacia El Agua? Ospina, William.
Versión Original: © ¿Con Quien Habla Virginia Caminando Hacia El
Agua? Ospina, William.
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©
Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
¿Con Quien Habla Virginia
Caminando Hacia El Agua?
William Ospina
Indice
1.Introducción
2.Weimar, 1900
3.Nietzsche
4.Un anarquista
5.Invocación a Olga
Tsaratukhina
6.Palabras de la
condesa Sonia en la estación de Astapovo, en el invierno de 1910
7.Guillaume
Apollinaire
8. Apollinaire canta
una canción de fiebre
9.Franz Marc
10.Oyendo gemidos
distantes el enfermero se inyecta
11.Franz Kafka
12.Discurso del Duce
el 5 de mayo de 1936 en el Palacio Venezia de Roma
13.España,1939
14.¿Con quién habla
Virginia caminando hacia el agua?
15.Lo que decían las
canciones de aquellos locos años
16.Auschwitz
17.E=mc2
18.Hai kú de
Hiroshima
19.Ellos son
poderosos
20.Rudolf Hess
21.Diálogo de dos
extranjeros que toman café en un salón de Berkeley
22.Oración de Albert
Einstein
23.El director de
orquesta
24.Los hijos del
soldado
25.9 de abril de 1948
26.Corrido de Miguel
Páramo
27.Como si sólo
orgullo le quedara
28.El soldado que
perdió su guerra
29.Habla el espía
30.Y la tierra será
el paraíso
31.Porfirio Rubirosa
32.La muchacha de la
fotografía
33.La viuda
34.Esa niebla que
asciende hacia San Marcos
35.Abril de 1973
36.Canción Hutu
37.El hombre que
visita los anticuarios
38.Jorge Luis Borges
despierta pensando en la muerte
39.El asesino
40. Francis Bacon
41.Mr. Henry Sullivan
en su lecho de enfermo
42.El loco
43.Peter Endless,
autor de ciencia ficción
44.Lo que dice en un
banco de parque un anciano al que ya nadie escucha
45.Profetas
46.Lo que vio el
joven nórdico en la soledad de la noche
47.Canción de los dos
mundos
48. Una mañana de
miel
INTRODUCCION
Aviones solitarios,
ciudades bombardeadas, la locura en los ojos del Führer, grises fotografías,
tazas de cereales, portadas de "Life", trenes subterráneos, sierras
eléctricas, lunas pobladas de artefactos, estruendo de tranvías, cinematógrafos,
yates y rubias, casinos y Ferraris, metralletas San Cristóbal, placas de zinc,
taxis amarillos, reflectores entre los rascacielos, pantallas luminosas,
grandes corporaciones, también a mí me alarma la pretensión de que con estas
cosas se pueda tejer la poesía. Se me han impuesto, sin embargo, y he accedido
dócilmente a la aventura riesgosa y seguramente fallida de escribir poemas
sobre el siglo XX, con los personajes y los decorados del siglo, con los
prosaicos lenguajes del siglo.
Discursos de ominosos
histriones políticos, cartas, despachos de prensa, entrevistas, tonadas
populares, en muchos de esos lenguajes he jugado a encontrar posibilidades
patéticas. Hasta soñé con un poema que fuera una cuña publicitaria, con otro
que fuera el catálogo de un almacén, pero esos poemas, sin duda posibles, no me
han sido concedidos.
Aquí están, de todos
modos, viejas obsesiones de mi vida: Kafka, el horror del nazismo, la guerra,
los dictadores del Caribe, Tolstoi, Borges, la muerte de Gaitán, Picasso,
Virginia Woolf. Y, para comenzar, Nietzsche, pues fue bajo la luna de su agonía
que comenzó este siglo, el peor y, por supuesto, el más entrañable de todos.
W. O.
¿Con Quien Habla Virginia Caminando
Hacia El Agua? William
Ospina
WEIMAR, 1900
Veo en el espejo un
monarca con el pecho adornado de sangre,
veo en el espejo un
tirano presidiendo noches de antorchas,
veo en el espejo
navíos que arrojan el infierno a los campos,
veo en el espejo
cansado pueblos de esqueletos que lloran,
pero no puedo ver mi
rostro.
Veo en el espejo los
rayos que se arquean sobre el firmamento,
veo en el espejo una
serpiente que forman millones de hombres,
veo en el espejo
desiertos con incendios inextinguibles,
veo en el espejo
auditorios que miran rostros gigantescos,
pero no puedo ver mi
rostro.
Veo en el espejo la
luna, y en su polvo una huella humana,
veo en el espejo vías
rectas que rasgan atroces carruajes,
veo en el espejo las
noches ciegas de torres luminosas,
veo en el espejo los
astros sobre quietos reinos de herrumbre,
pero no puedo ver mi
rostro.
NIETZSCHE
Está muriendo un Dios
en el centro de un ópalo del color del crepúsculo.
Está muriendo una
hoja de hierba en el pecho de Cristo.
Está muriendo una
rosa en el aire estancado de la catedral de Maguncia,
traspasada en el aire
por una quemante aguja de sol.
Está muriendo una
llanura donde retozan embriagados leopardos.
Está muriendo un
ángel sobre un glaciar blanquísimo.
Está muriendo un
barco lleno de ancianos en una colina del cielo, en un aire cargado de delfines
livianos y azules.
Esta muriendo una
cúpula bajo el asedio de las mariposas.
Está muriendo un
lupanar lujoso y sonoro de besos enfermos.
Está muriendo mi
corazón bajo los crueles halcones del olvido de Lou.
Me estoy borrando en
sus pupilas bellas y esperanzadas como comienzos.
Está muriendo un
pájaro en un bosque de nubes.
Está muriendo una
luna glacial bajo mis sábanas de seda.
Algo muy bello está
borrándose por las bahías de mi infancia.
Algo muy triste calla
en sus violines.
UN ANARQUISTA
Yo no soy el que mata
a distancia, escudado en el aire invisible.
Yo no soy el que hace
inviolable su crimen bajo el ropaje de una ley o una iglesia.
Salgo de en medio de
las multitudes, ebrio de indignación y de cólera;
no me importa morir,
sé que mi muerte es poco comparada con esta empresa espléndida
de mostrar al tirano
que su carne es mortal, que hasta el último esclavo
puede tocar la
estrella con la frente, puede tomar el hacha de la justicia;
que no hay nadie tan
mísero que no pueda despojar a un rey de su trono,
que hasta el último
hombre puede ser en su hora el estruendo y el rayo de un Dios de cólera.
Avanzo hacia el
cortejo marcial; quedan atrás la multitud y el pasado.
Tomo las riendas del
caballo del príncipe, miro su rostro elegante y perplejo.
Apunto el arma hacia
su pecho cargado de medallas y emblemas.
Ya en vano corren
hacia mí los sobresaltados esbirros.
El caballo me salpica
de espuma. La barbada boca del príncipe intenta una maldición o una orden.
Este seco estampido
se está escuchando hasta en los últimos confines del mundo.
INVOCACION A OLGA
TSARATUKHINA
A tí te invoco, reina
de una niebla con hocicos de lobos,
a tí que tienes la
memoria llena de lagos fríos y de escuelas bloqueadas por la nieve;
hagamos que se
levante el enorme oso blanco, el invierno,
que amaine un poco la
tempestad para que salgamos tú y yo de este bosque espesísimo
y crucemos tres o
cuatro leguas, con escarcha en los ojos,
hasta la vieja
estación abandonada que es hoy nuestro propósito.
No estás en
Petrograd, donde arden coronas de oro,
no estamos en Moscú,
ante las cúpulas suntuosas,
Stalingrad todavía
está ardiendo, porque el combate duró muchos meses,
casa por casa, viga
sobre viga, hombre a hombre,
y Rusia duerme hoy
sobre los huesos de millones de jóvenes
y tenemos que llamar
paz al congelado río que formó tanta sangre
vertiéndose abundante
y solemne desde los cántaros de sus jóvenes pechos.
Pasemos en silencio
junto a los cementerios, no es la deploración de estos miles de tumbas
lo que ahora nos trae
sobre la espesa nieve,
quiero narrar sólo
una muerte, una muerte de invierno, una sencilla muerte rusa
allá, en el cruce de
las paralelas de hierro,
años antes de las
banderas rojas y los incendios rojos y las rojas hazañas y las rojas
traiciones,
antes de las
proclamas y la electrificación y los soviets y los uniformes y los cadáveres
embalsamados,
cuando Rusia no reía
ante la palabra esperanza,
ante las palabras
justicia, igualdad y futuro,
cuando la iniquidad
del presente prohibía presentir que el futuro traería iniquidades,
cuando nada peor
parecía concebible.
PALABRAS DE LA
CONDESA SONIA EN LA ESTACION DE ASTAPOVO
EL INVIERNO DE 1910
Todo el día luchando
con el agua y el fuego, con leña y nieve,
con la fiebre y la
muerte, con la humedad en paredes y bronquios,
hasta que el último
pequeño se dormía, y en los campos profundos se apagaba la última luz,
y bramaban los
últimos renos hacia la luna de hielo;
entonces había tal
silencio, tan dulce paz en el alma y el mundo,
que yo no habría
cambiado esa exhausta tiniebla por todos los tesoros de Samarkanda.
A esa hora empezaba;
copié letra por letra
tus novelas, el avanzar de las tropas rojas y azules sobre las llanuras de
nieve,
y los destinos
engrandecidos por la guerra,
y el tono de la voz
de mi hermana en aquella muchacha exquisita,
y el avanzar de la
nieve sobre las tropas rojas y azules,
y Rusia ardiendo en
la tristeza de los corazones.
Una novela y otra y
otra y otra,
entre leguas y leguas
de silencio, apenas si rasgado por un lobo diminuto en la hondura,
hasta que el primer
llanto venía a despertarme
sobre los pliegos que
tú tacharías de nuevo,
mejorando un corcel,
un florero, una música,
de mi opulento y
solitario refugio nocturno.
Pero tú te sentías
maltratado, ahogado por la vida doméstica,
cercado por criaturas
mezquinas,
sin cesar expulsado
de tus sueños, de grandiosos proyectos y de mundos espléndidos,
y yo terminé siendo
lo peor en tu vida,
porque yo no era
ella, esa criatura hecha de luna y sueño
que no podía
envilecerse en carne.
Tú fuiste siempre
así, León Nicolaievitch, un arrogante príncipe;
predicando humildad
porque te avergonzaba tu orgullo;
predicando la pureza
del cuerpo, la castidad, la abstinencia,
para no pensar más en
las pasiones que quemaban tu carne,
porque tal vez no
hubo mujer que no desearas,
desde las pálidas
princesas que hablan francés en los salones de San Petersburgo,
hasta las vendedoras
de frutas junto al Volga,
hasta las hijas de
los siervos con sus mejillas de manzana,
hasta las
desordenadas zíngaras de las tabernas del campo;
predicando la paz, la
mansedumbre,
tú: que ingresaste
voluntario en la tropa
y cantabas de dicha
en los infiernos de Sebastopol,
entre la música de
los demenciales cañones;
aconsejando
austeridad y pobreza,
después de haber
perdido en los juegos de azar una fortuna
inmensa,
derrochado la
hacienda de tus padres, los príncipes,
disipado la herencia
que debías a tus hijos;
enseñando moderación
en las costumbres,
mi lujurioso conde,
desordenado y turbulento,
que convertiste la
mansión señorial en una casona ruinosa,
tus tierras con sus
siervos en nidos de reproches,
y a tus hijos casi en
mendigos.
Siempre el mismo,
arrogante como un patriarca bíblico,
colérico y elocuente
como un profeta,
viejo de muchos
siglos, recio como los montes,
callado y peligroso
en los días serenos
como el mar interior.
Todo lo sé de tí,
León, todo lo supe,
y te engañas si
piensas que he husmeado en tus diarios,
aunque he debido
hacerlo, para desbaratar conspiraciones.
Yo lo sabía todo
desde aquellas jornadas de Moscú,
ambiguo señor Conde,
poderoso, inseguro:
que amabas a mi
hermana pero a pesar de todo te casaste conmigo
y engendraste trece
hijos,
aunque en tu alma
sólo había lugar para esos largos libros
que escribías sin fin
en el salón borrado de luz blanca,
al calor de los
últimos samovares de plata.
Y al fin huíste de la
vieja casa,
ya con ochenta años,
en la noche, en invierno;
pero pasó la edad de
la aventura,
quien sale así sólo
busca la muerte
y dejar una estela de
amargura en las almas,
un hondo surco de
remordimientos,
para así castigarme,
para así castigarte
porque no fuimos más
que un par de humanos
Leon Nicolaievitch,
dos que así se
cruzaron en la historia, en la nieve,
sin ser refugio el
uno para el otro.
Tú me replicarás que
no puedo quejarme
si acepté ser tu
esposa, aún presintiendo todo,
y dar cada verano un
hijo al mundo,
dirás que a nada me
obligaste, y es cierto.
Noche a noche luché
por comprenderte,
entendí tu violencia
como las convulsiones en un alma extraviada
y comprendí el
desorden de tu carne
como el de una
inocencia sin sosiego
y sentí que buscabas
dilapidar tu vida
hecha toda de puras y
preciosas substancias.
Acaso yo no fuera
cosa alguna admirable,
ni demasiado bella,
ni rica, ni ilustrada,
pero lo que tenía
para dar te lo he dado:
juventud y vigor,
pasión, paciencia,
y ternura en la leche
de mis senos de humana
que fue gastando el
tiempo,
y dulzura en las
manos que hoy tienen manchas pardas
y brotadas las venas,
y candor en los ojos
que ya enturbió el cansancio.
Y así termino yo,
hablándole a la nieve de invierno,
nieve que escarcha
los párpados, nieve que alegra a los lobos,
la misma nieve eterna
con la que el cielo ruso sepultó a las tropas francesas,
nieve que ahoga el
estampido de los cazadores,
el rugido del oso
pardo, el llanto sin consuelo del corazón.
Los trenes derrotaron
las distancias,
la mañana de bosques
deshojados ha vencido a la noche,
el círculo de llamas
de lo humano ha confinado a los lobos,
la blancura del día
ha apagado las nocturnas rosas de fuego.
Ya la vejez mató a la
juventud,
ya el presuroso día
deshizo los días,
ya el presente clavó
su bandera sobre los huesos del pasado,
ya los idiomas de la
mañana destrozan el silencio nocturno.
Ya los hijos rudos y
vigorosos rodean al anciano enfermo,
ya la fiebre somete a
la carne
y el delirio se
adueña de los últimos nichos de la razón.
Estoy mirando el
verde de los pinos que ha vencido al invierno,
estoy oyendo el
aullido del último lobo,
y veo que el sucio
fango triunfa donde estuvo la nieve purísima
y veo a la muerte
cargando de cadenas el mundo.
Ahora estás muriendo
en la estación de Astápovo
y las noticias vuelan
sobre Rusia.
La muerte está en tu
rostro, tu rostro está en los diarios
y cae y cae la nieve
sobre lo irreparable.
Van y vienen los
trenes sobre el imperio blanco
y el Zar envía las
tropas y llegan por millares los paisanos,
reporteros,
fotógrafos;
todos entran y salen
del cuarto improvisado junto a las paralelas
y cabecean los
médicos, y nuestros tristes hijos van y vienen,
y todos pueden verte
y despedirte y acariciar tu frente
menos yo, que te dí
mi vida entera,
yo, que me arrojé al
lago cuando supe tu ausencia,
yo que viví cuarenta
largos años
sosteniendo ante Dios
en el vacío las tormentas de tu alma
y salvando tus
sueños,
no podré sostener tus
viejas manos que ya explora la muerte,
las viejas crueles
manos de mi príncipe,
no tendré para el
resto de mi vida el consuelo de una palabra,
debo mirar de lejos
la cabaña
tras un fragor de
trenes y soplos de humo azul y nieve que no cesa,
porque así lo has
querido, porque de toda Rusia,
del país que te llora
como si fuera el Zar el que se muere,
sólo a mí me has
cerrado para siempre las puertas.
GUILLAUME APOLLINAIRE
Los pequeños y
vertiginosos planetas de plomo
incandescentes cruzan
el aire del crepúsculo
buscando estos
calientes pechos llenos de miedo.
La certidumbre de
perder esos bosques
los torna de frágil
cristal, quiebra sobre sus ramas
el cántaro rojo de
una luna de vino.
El olor de la sangre
asciende de las sábanas blancas.
Lo más feroz de la
guerra quema en los labios,
que están diciendo
adiós desde su fiebre
a unas novias
lejanas.
Vienen por las
trincheras, llenan los hospitales:
la honda guerra está
llena de mujeres bellísimas:
sólo las ven los ojos
de aquellos que las aman.
Esos espectros
adorables
pasan inmunes entre
la venenosa luz de las armas,
sobreviven a las
salpicaduras del metal y del odio,
y van dejando besos
que sosiegan
sobre las frentes
destrozadas.
APOLLINAIRE CANTA UNA
CANCION DE FIEBRE
Lou pasa entre la
fiesta de las balas de Octubre
Y es sólo una coraza
de amor lo que la cubre.
No morirás, Lou mía,
no acabará tu espera
En el regazo rojo de
esta roja trinchera.
Es sólo mi memoria lo
que así te convida
A negar estas sombras
con tu risa y tu vida.
Lo que hace que en
las recias barricadas te vea,
Allí donde la insomne
guerra relampaguea.
Lou, gacela. Lou,
rosa. La noche de oro empieza.
Lou, tormenta. Lou,
espada. Y al volver la cabeza
La sombra despoblada
Se hace carne y me
besa.
Perdona al insensato,
que no calla
Su atroz fascinación
por la batalla;
Su desdén por las
alas;
Su admiración de
nórdico por la luz de las balas;
Y ven así,
intangible, serena, dulcemente,
Antes de que me besen
las brasas en la frente.
FRANZ MARC
El cuello del venado
se alarga en la línea de la colina,
el ojo de la pantera
es una pausa de fuego en la noche,
los firmes caballos
tienen el color del barranco,
la paloma se
desvanece en la nube, el pez dorado hace ondular los follajes;
están cantando las
ramas en el corazón del verano,
la abeja es invisible
en la astromelia, la mosca azul se delinea en el lirio,
el murciélago se
esconde tras el cielo nocturno,
el águila amarilla se
sumerge en el atardecer,
el lagarto manchado
era visible sobre el tronco manchado,
el león es el
desierto que centra, la rama fría serpentea.
Líquido pez fluyente,
plumas de aire, voraz hoja ovillada,
súbito salto verde,
contorsiones de tierra,
luciérnaga en la
noche estrellada,
sólo yo nunca estoy
donde estoy,
sólo yo soy extraño
en la tierra y el cielo.
OYENDO GEMIDOS
DISTANTES EL ENFERMERO SE INYECTA
Allá va la luna
recorriendo mudos cielos de angustia
y parecen de oro las
ciudades bajo esta lluvia cruel
de saber y de fuego,
tiemblan y se
destrozan los instantes, los árboles de vidrio
bajo el canto del
mirlo,
y oigo a la nube
estremecida escondiéndose bajo las barcas.
Porque aquí hasta la
llama siente culpa,
siente que la
pervierten nuestras manos,
y quisieran mirar
hacia otro mundo las estrellas cansadas
de esta obsesión de
heridas,
y ruedan lentas
lágrimas de los ojos de bronce
entre el bosque que
sufre y el cielo mutilado
y el agua atravesada
de cuchillos.
Ojos de horror
abriéndose en las zarzas,
la flor ha
enloquecido, el día se alza en plagas
y el enfermo
horizonte odia su cielo.
Los espejos azules
expulsan a la hermana
y sólo queda una
redoma fatídica
en este rojo caos de
hospitales concéntricos
de sangre y sangre y
gritos sobre gritos,
un infinito anhelo de
ignorancia y de olvido.
Y el beso de la
muerte en los tulipanes amargos
que ascienden de la
savia de las trincheras.
FRANZ KAFKA
Padre, le digo, dame
tres granos de cebada para despertar al durmiente.
Pero mi padre no
responde:
es un enorme jinete
de bronce, alto sobre colinas y sinagogas.
Madre, le digo,
aparta tanta niebla,
muéstrame un rostro
dulce, del que broten palabras ingenuas.
Pero ella se ha
perdido por los callejones de piedra
y sólo encuentro en
el espejo sus ojos inmensos.
Abuelo, digo
entonces, ya no luches más con el ángel,
ven a contarme
historias junto al fuego, mientras se hiela el Elba.
Pero el viejo me mira
con ojos ausentes, y comprendo
que no es este mi
abuelo sino un viejo gitano que quiere venderme un recuerdo.
Hermana, bella
hermana, le digo,
toma mi mano que está
oscuro en esta casa inmensa.
Pero a mi lado pasa
una condesa polaca monumental y arrogante
y se escucha un
violín, y se cierra una puerta.
Hermano, digo, qué
bello cabalgas sobre el potro de madera y de laca,
¿hacia dónde nos
llevan estas tardes inciertas?
Pero él es sólo una
imagen, una gris fotografía en mis manos,
y a lo lejos,
atroces, los cañones resuenan.
Goethe, le digo,
cántame una canción romana,
haz que yo sienta en
mi corazón esta antigua tristeza.
Pero la tumba calla y
sobre ella vuelan grises palomas
y no puedo abrir este
libro porque sus páginas son de ceniza.
Milena, digo luego,
tal vez tú puedas finalmente salvarme,
dime que soy de carne
y de sangre, que esto que me atenaza es un deseo.
Pero ella se
afantasma entre miles de seres escuálidos
y apenas sí percibo
dos llamas que se apagan muy lejos.
¿Entonces es delirio
todo esto? ¿A quién puedo llamar que me salve?
Su reino es de este
mundo. Todos están aceptados y absueltos.
Son demasiado
humanos, son demasiado justos,
y yo no logro
hablarles con mi estruendo de élitros,
y no aprendí a cruzar
las puertas,
y no sé defenderme.
Si ves dos grises
ojos de gato en la gótica noche de Praga
comprenderás que temo
morir si me duermo.
Si oyes una canción
en la gótica noche de Praga
comprenderás que
intento saber dónde me encuentro.
Si oyes un corazón en
la gótica noche de Praga
comprenderás quién
sostiene todo este sueño.
DISCURSO DEL DUCE EL
5 DE MAYO DE 1936 EN EL PALACIO VENEZIA
DE ROMA
Italianos:
Bajo los rostros de
mármol de los cielos de Italia
anuncio a nuestros
padres, anuncio a nuestros Dioses,
una vez más el
triunfo de las rojas espadas romanas.
Hemos desembarcado en
las costas de Africa
y de nuevo en las
patrióticas pupilas de los legionarios
han saltado asustadas
de nuestros leones las gacelas etíopes.
Aquí están los miles
y miles de obreros de la patria,
aquí estan las
mujeres romanas, que tejieron sudarios para nuestros cónsules,
aquí están las
muchachas romanas, que tejen guirnaldas para el Duce,
aquí están los niños
de Roma, que pondrán sus pies sobre el mundo.
Camisas negras:
saludadme!
Han pasado dos mil
seiscientos ochenta y nueve años
desde aquella mañana
de piedra en que Rómulo sembró los cimientos de un mundo,
de la eterna ciudad
que hoy se estremece con nuestros gritos.
Sobre estos puentes
pasaron volando los ángeles,
y todavía entre el
humo de las hogueras y el estruendo de los tranvías
un Angel de Victoria
está petrificado sobre el mausoleo de Adriano.
Bajo estos puentes
nadó el joven Antonio con un gato amparado en su pecho,
aquí un coro de
pontífices contó las mareas de las lanzas y de las espigas.
Ahora yo anuncio el
tiempo de la guerra:
Roma vuelve a mostrar
a las naciones su rostro terrible,
adiós a los arados,
adiós a las lánguidas danzas,
seamos dignos de la
hora de hierro.
Que sepa el mundo que
Italia es todavía un águila
que hace siglos lo
mira con ojos atentos desde lo alto del Capitolio.
Camisas negras:
saludadme!
Los fuertes deben
dominar el mundo.
Africa es nuestra
desde que la marcaron las sandalias de César.
Y así como a los pies
de los Dogos el mar ladraba como un perro,
así están de rodillas
ante los lares de Roma los dioses con cabezas de halcones,
y así están de
rodillas ante los templos del Tíber los faraones de piedra.
Que vuelva a las
mesas romanas el tributo de las razas vencidas,
que el rojo planeta
erizado de lanzas brille sobre los negros cuernos de Africa,
y que el Nilo
recuerde los tiempos en que se desplomaba en latín hacia el delta.
Camisas negras:
saludadme!
Queridos niños de
Italia: qué bello es morir por la patria.
Laboriosas madres de
Italia: ahora quedan prohibidas las lágrimas.
Que sólo haya
heroísmo, que sólo haya grandeza, que sólo ostentemos la fuerza.
Qué bello es ver este
mar de rostros saludando a la patria.
Han vuelto a ser
nuestras las doradas orillas de Abisinia,
se han rendido a
nosotros sus doncellas y sus antílopes,
una embriaguez de
triunfo está corriendo de campana en campana,
y ahora mirad como el
Imperio Romano
se alza nuevamente
sobre las sagradas colinas de Roma.
Camisas negras:
saludadme!
ESPAÑA, 1939
Ay Carmela, no sabía
Mientras te estaba
besando,
Hasta dónde y hasta
cuándo
Me despedía.
Se va el rojo, queda
el blanco.
Cómo espiga la
guadaña.
Ay Carmela, se va
España.
Queda Franco.
Ay Carmela, mi
ventura.
Ay, no llores, no
estés seria.
Salva lo mejor de
Iberia:
Su locura.
Ay, qué rotas van mis
alas.
Ay, mi orgullo tan
deshecho.
Ay, qué poco puede un
pecho
Contra las balas.
No me ofrezcas
oraciones.
Ay Carmela, el cielo
engaña.
Salva lo mejor de
España:
Sus pasiones.
Ay Carmela.
Ardan tus besos
Sobre mis huesos.
¿CON QUIEN HABLA
VIRGINIA CAMINANDO HACIA EL AGUA?
Si tú me vieras
caminando a esta hora hacia el río
me dirías: mujer ¿en
dónde está tu hogar? ¿dónde tus hijos?
¿Dónde los sacos de
lana, el tambor de bordar, la sartén en el fuego,
el té del atardecer,
las cortinas de flores, las lámparas con su limitado crepúsculo?
¿Dónde las tardes
sepia de las fotografías?
¿Dónde la soledad que
el fonógrafo arrulla?
¿Y el cofre con las
cartas y las blusas de seda
y el gato que se
ovilla sobre el piano como un pacto secreto con una selva antigua?
¿Y qué podría
responderte yo, hermoso viajero invisible?
Hombre o Dios que
imagino para que me interrogues en esta hora extrema.
Si sueño tus labios
latinos, no habrá besos en ellos sino terribles preguntas.
Si sueño tus ojos de
hogueras distantes no encontraré ternura en su mirada.
Si sueño desnudo tu
pecho, y enorme en el cielo, sobre las dudas de la guerra y del Támesis,
oiré palpitar en el
fondo un corazón valeroso y ausente.
Tú tienes el deber de
ser valiente; la guerra cierra sus alas sobre Inglaterra.
Tú tienes el deber de
vigilar las bandadas de hierro, la basura del cielo, los pájaros del Führer.
Tú tienes el deber de
salvar a Inglaterra, de salvar de la peste del odio piedras y almas.
Para mí se han
cerrado los caminos, se han cerrado los días, las flores;
en el jardín los
picos de los últimos pájaros ya por última vez dialogaron en griego,
y entendí que algo
más triste que la guerra, más triste que la codicia y el odio
se está cerrando
lentamente sobre los mudos cielos de mi alma.
Tal vez todo está
bien, tal vez así fue el mundo siempre.
Monstruosas
cabalgatas con sus lunas de cráneos aplastando las pequeñas ciudades
que intentaron un
poco de fe y un poco de belleza y un poco de orgullo
frente al sollozo
interminable del mar.
Reyes y santos y
pontífices que no sienten que hielan sus rostros los vientos inicuos.
Y un desamparo de
jardines sin sol, cuya humedad recorren con sus corazas rotas los ciegos
caracoles.
¿A quién le estarán
explicando estas cosas mis labios?
¿Quién estará
llenando con su forma ilusoria mis últimos instantes?
Oh piadoso testigo,
resto tal vez de un sueño.
Ultimo moro de labios
triunfales, ofrecedor del último violín de la noche.
Tú que no has
existido jamás, y sin embargo,
llenas con tu
presencia mi camino hacia el río,
la pesada labor de
recoger estas cómplices piedras
que he puesto en mis
bolsillos, las muchas, negras, firmes,
antiguas,
prodigiosas, inexplicables piedras,
cuyo peso tasado por
Dioses ya imposibles
me retendrá en el
fondo de las aguas.
Tú que
incesantemente, sensual hijo de mi alma,
reiteras tus
preguntas, tus gritos, tus reproches,
tratas de arrebatarme
mi secreto que ignoro,
demorarme en la
tierra
que se están
disputando los verdes rojos ácidos venenos,
los sonoros
cuchillos, los ángeles horrendos.
Tratas de retenerme
pero ya nada soy
que pueda herir el
mundo.
Fui el alma de mi
patria una mañana;
hice sonar de
estrella a estrella, hice sonar de espuma a espuma,
hice sonar de sueño a
sueño la sensitiva lengua inglesa;
dije a las hondas
madres sumergidas
tan hermosos
secretos,
que una a una se
alzaron del mar con sus flores de púrpura,
y tremolaron
hilarantes y hermosas entre las nubes de oro,
y perfumaron de
hierbas salvajes las cavernas de agosto.
Pero ya nada soy,
hombre o duende que enredas mis pasos
para que nunca
encuentren la orilla del río que debe arrastrarme.
Las ninfas de las
aguas morderán estas manos,
masticarán mis
cabellos como una hierba misteriosa y nocturna.
Como el gato que
escapa hacia la selva
escapó de la lámpara
el crepúsculo;
el piano enloquecido
cantó una tonada brutal al fulgor de las bombas
y va por las cortinas
el incendio marchitando las rosas de Morris.
Ya sólo soy el peso
de estas piedras,
las piedras que
arrojaban las hondas de los padres antiguos,
restos despedazados
de una ciudad de los tiempos de Alfredo,
piedras que hicieron
tropezar a los potros romanos,
piedras de
indescifrables inscripciones
que puso en estos
bosques un Dios inaccesible,
que sembró en estos
bosques, antes que hubiera humanos,
un poderoso ser
para
ayudarme.
LO QUE DECIAN LAS
CANCIONES DE AQUELLOS LOCOS AÑOS
Duran los dones de la
tierra.
Bajo la orquesta
lenta y fina
Se desvanece o se
asordina
La guerra.
Entre las sedas y el
derroche
De la medialuna de
Octubre,
No preguntes qué es
lo que cubre
La noche.
El gran salón es un
oasis.
Aquí no llegarán por
nada,
Ostentando su cruz
gamada,
Los nazis.
Mira los dorados
adornos.
Bebe el perfume dulce
y blando.
No preguntes qué
están quemando
Los hornos.
AUSCHWITZ
Cuerpo desnudo de
Rebeca Gottlieb
en las cámaras de la noche
estriado de
amenazante luna.
E=mc2
El velo ha sido por
fin levantado.
Se ha satisfecho el
más viejo deseo.
El más antiguo
viajero ha llegado.
Está la antorcha en
el puño crispado
de Prometeo.
HAI-KU DE HIROSHIMA
Todas las hojas
de diez largos otoños
en un instante.
ELLOS SON PODEROSOS
No digas que tienes
sed, porque te darán un vaso con tu sangre.
No digas que tienes
hambre, porque te servirán tus dedos cortados.
No digas que tienes
sueño, porque te coserán con hilo los párpados.
No digas que amas a
alguien, porque te traerán su corazón putrefacto.
No digas que quieres
al mundo, porque multiplicarán los incendios.
No digas que buscas a
Dios, porque te llenarán de brasas la boca.
No digas que está
bello el rocío que dulcemente cubre los campos,
porque en cada gota
celeste inocularán pestilencia.
RUDOLF HESS
A todos los otros les
dieron la muerte, el tesoro de un lecho sin sueños,
a mí un palacio
interminable en el que abre puertas la fiebre,
puertas que llevan a
trigales de sangre, puertas que llevan a la luna llena
de roperos de
muertos, de zapatos vacíos, de sombreros que yacen como oscuras palomas.
Ni siquiera estos
largos pasillos en los que sólo puedo conversar con espectros,
ni estos muros donde
en la noche parecen gesticular vagos rostros,
me harán pensar que
soy un monstruo, que soy un insondable pozo de infamias,
soy algo menos
lóbrego, soy un hombre extraviado,
que tuvo fe, que tuvo
sueños, que creyó en los severos ángeles de la patria,
que aprendió la
obediencia como otros aprenden el amor o la astucia.
Qué triste regresa la
música por los hondos recintos de mi alma perdida,
qué silenciosa pasa
mi infancia por estas infinitas salas de piedra.
¿Quién me escogió
para ser el último guardián de la rosa en cenizas?
¿De la sangrienta
flor hecha de hierro y de desvelo, de cianuro y de gritos?
Vuelvo a verme en las
nubes en el pequeño avión solitario,
volando sobre los
florecidos bosques del infierno, sobre las bombardeadas ciudades,
sobre los campos
llenos de huesos de soldados, sobre un cansado pueblo de esqueletos vivientes
y pálidas mujeres que
ingresan con sus hijos en las cámaras últimas.
Vuelo sobre el
infierno. Vuelo rumbo a Inglaterra.
Cuando el infierno
triunfaba, el infierno era el bien;
contra el desorden
monstruoso opusimos los ordenados regimientos,
y sólo quedo yo para
entender que el orden también es garfio de infiernos,
que el mundo también
puede ser atenazado por el rigor y la pureza.
Madre mía, Alemania,
dame el único vino, dame olvido.
Soy un niño en los
pliegues de tu manto de piedra.
Soy hijo de los
sueños que acunas cuando tienes la espada,
cuando tus
pensamientos dejan de ser consejos y se exaltan en leyes.
Aguilas de Berlín,
jabalíes de Prusia, hadas del Rihn, coyotes
que devoran los pies
de los reyes a la sombra de las pirámides,
rosas de pedernal,
castillos de aroma, grandes puertas de plata,
custodios de mi carne
desesperada que busca vanamente la libertad, la soga:
yo comprendí el
error, yo volé sobre barrios en ruinas,
yo ví las alas de la
locura sobre los ojos fijos del Fuhrer,
y eran las viejas
alas de las águilas de Austria, águilas cuyas plumas son feroces ejércitos,
y eran las viejas
alas de los buitres de oriente sobre las lanzas de las hordas.
Madre mía, Alemania,
que no graznen más tus neblíes,
vuelve a los bosques,
oye la entretejida canción de las fuentes,
bebe la sangre del
Dios en la lluvia de los viñedos,
no escuches esa voz
de escombros que te ordena salvar al mundo.
Piensa y sueña. Que
arda en tus labios la gótica selva insondable;
borra el recuerdo de
los campos de craneos, de las hachas humeantes de sangre;
terminó la salvaje
aurora, no más coronas, no más criptas;
te habla el último y
el más solo de los férreos jinetes de Atila.
Veo tu futuro,
borradas la cruz gamada y la cruz recta,
bajan a los sauces
del agua las intrépidas muchachas rubias,
y en el centro de la
sala inmensa, donde se bebe hidromiel y cerveza,
donde se canta hasta
perder el aliento, donde se danza hasta perder la conciencia,
el roble gigantesco
tiene clavada la espada en su flanco
y ningún rey, ni hijo
de rey, quiere tomarla.
DIALOGO DE DOS
EXTRANJEROS QUE TOMAN CAFE EN UN SALON DE BERKELEY
-¿Es verdad, señor
Einstein, que ustedes, los científicos, creen en un mundo fuera de la
conciencia humana?
-Hay una realidad más
allá de nosotros. Toda verdad humana sólo deriva de ella.
-Ah, no diga usted
eso. Yo sólo puedo hablar de lo que he percibido.
-Señor Tagore,
escúcheme: la suma de los ángulos interiores de un triángulo sería igual a dos
rectos aunque no hubiese humanos.
-¿Y quién puede
probar semejante supuesto?
-La razón, pues sus
leyes imperan para todos. Budistas, musulmanes, pielesrojas, albinos... nadie
puede evadir los axiomas del mundo.
-Sólo porque aquí hay
hombres son verdad esas cosas.
-¿Afirma usted
entonces que si no hubiera humanos, el Apolo de Belvedere dejaría de ser bello?
-Sí señor, eso digo.
-Pues yo pienso otra
cosa. Aunque todos muriéramos, y el sueño de la especie se borrara, fuera de
nuestras mentes persistiría el mundo, y el mármol, ya invisible, guardaría su
belleza.
-Entonces, señor
Einstein, usted es mucho más religioso que yo.
ORACION DE ALBERT
EINSTEIN
Advierto con profunda
perplejidad
que el hermoso
guijarro que abandono en el aire
se precipita recto
hacia la tierra.
Tal vez para una
hormiga que fuera en el guijarro
sería más bien la
tierra lo que cae,
verde planeta que se
precipita.
Para el soldado
inmóvil
antes de halar la
cuerda de su paracaídas
vertiginosamente
asciende el mundo.
Y si al pasar el tren
ante su cobertizo
el mendigo no viera
los vagones
sino al niño que en
ellos deja caer la manzana,
vería que la manzana
toca el suelo
lejos del sitio donde
el niño la suelta,
que la manzana cae
oblícuamente.
Advierto que la firme
realidad de este mundo
cambia de ser a ser,
de conciencia a conciencia.
El gato observa las
felinas estrellas.
Nunca verá el
astrónomo
que mira el arco de
la medialuna
el sobrehumano rostro
que esa luna diadema
o esos pies de una
virgen que la huellan.
Es tan sincero el
mundo
que ni una piedra
olvida tener sombra.
La memoria del prado
recuerda el rojo de
las amapolas
y al primer soplo
tibio lo despliega.
¿Cómo agradeceré que
el agua no se incendie
aunque asile en su
rostro sereno las hogueras?
¿Cómo agradeceré que
las alondras canten
aunque Julieta las
maldiga a todas?
Sé que esta luz de
estrellas es más vieja que el mundo.
Que estas
constelaciones son como un plano fósil
de lo que fue hace
siglos el firmamento.
Sé que la masa enorme
de los cuerpos celestes
altera el curso de la
luz de la estrella
y que ese punto
inmóvil que brilla en las alturas
innumerables veces se
retorció en su curso,
trazó letras de luz
en la piel de los siglos.
Todo rayo de luz
porta antiguas imágenes,
y la energía es la
terrible victoria
de la materia sobre
el tiempo.
Las caprichosas nubes
einstenianas
fulminan con sus
rayos einstenianos los árboles
y rota la ecuación
del vapor leve y del líquido peso
dulcemente se perlan
las llanuras.
Me gusta el mundo
dócil donde atrapo mis peces
con el anzuelo de un
interrogante,
y pregunto en mi alma
cómo agrava la música
la substancia del mundo,
qué es lo que escapa
del violín y nos hiere.
Se marchita la música
en las elipses de la
sinagoga
y Cástor envejece más
que Pólux.
Gracias, Señor,
porque no tienes rostro,
porque eres rosa y
dédalos de azufre
y muerte tras la
herida y tras la muerte larvas
y previsibles astros
tras los discos de eclipses.
Permíteme atrever mis
inútiles fórmulas,
líricos mecanismos,
serventesios de cuarzo,
trinos brotando de un
vértigo de átomos.
¿Qué puedo hacer
contra el ángel que altera?
¿Contra el que cambia
todo azul en cianuro,
toda belleza en daño?
Algo mayor que el mal
rige estos mundos.
Cada mañana pido a mi
silencio
que el corazón
gobierne al pensamiento,
y cada noche pido
perdón a las estrellas.
Pero después olvido
y sé, mientras la
luna danza en el pozo,
que Dios será sutil,
pero no es malicioso.
EL DIRECTOR DE
ORQUESTA
¿Por qué vuelve a las
manos ese libro olvidado justo cuando la vida iba a necesitarlo?
¿Por qué siempre
encontramos el amor verdadero cuando íbamos buscándolo por caminos de engaño?
¿Por qué resurge, más
feroz, el César? ¿Por qué la hija de Aspasia es nuevamente Aspasia?
¿Por qué hay cosas e
instantes perdidos en los días que parecen
de pronto darle sentido a todo?
¿Por qué florecen de
sus ruinas los templos? ¿Por qué vuelve en los sueños la nariz de la Esfinge?
¿Por qué la dicha más
fugaz puede borrar rebaños de insomnio?
¿Por qué sólo unas
cosas del tiempo se alargan en recuerdos?
¿Por qué vuelve la
muerte donde estuvo la muerte?
¿Por qué la última
flor del horror es la belleza? ¿Por qué la última flor de la belleza es el
horror?
Estas cosas me
inquietan.
¿Por qué nuestro
destino se parece tanto a nosotros?
¿Por qué el que tiene
amor encuentra amor? ¿Por qué el que tiene espanto encuentra espanto?
¿Por qué el sueño
nocturno nos redime del día?
¿Por qué siempre esos
golpes en la puerta de Macbeth?
¿Por qué el bufón se
borra cuando Lear enloquece?
¿Por qué están
asustados los espinos? ¿Por qué están tan serenas las garzas?
¿Por qué es el agua
dócil y concéntrica?
¿Por qué todos
completos después de tantas muertes?
¿Por qué está Troya
intacta en la memoria?
¿Por qué odiamos al
bárbaro pero somos el bárbaro?
¿Por qué no desespera
el caracol de su ritmo?
Estas cosas me
inquietan.
¿Por qué tantos
encuentros casuales? ¿Y por qué es tan difícil encontrar lo buscado?
¿Por qué después de
tantos milenios industriosos vuelven a ser perfectos la hierba, el agua, el
aire?
¿Por qué nada se
hunde definitivamente? ¿Por qué regresan a la luz los galeones dorados?
¿Por qué este mismo
amor que hace tanto había muerto?
¿Por qué lo más
precioso se pierde? ¿Por qué lo más precioso se salva?
¿Por qué siempre
golpea la sombra donde más doloroso es el golpe?
¿Por qué sigue este
puñado de vivientes, pequeño en los tobillos de Babilonia,
intimando con ellos,
uniendo su grito al dorado rumor de los muertos?
Mortales, ésta es mi
respuesta: porque la vida no es camino ni escala,
porque la vida no es
expiación ni justicia,
porque la historia no
asciende hacia la plenitud, ni va buscando la verdad ni lo eterno,
porque hay una
perfección en el abandono
y hay una perfección
en el esfuerzo,
porque la salamandra
no es menos importante que Shakespeare,
porque la vida es
música.
LOS HIJOS DEL SOLDADO
Mi padre era maestro.
Yo tenía siete años.
Y un día recibió,
como todos, la carta.
Había sido aceptado
en el partido
(aunque él jamás
habría solicitado el ingreso).
Le enviaron un escudo
con la esvástica.
Unos meses después
marchaba rumbo a Rusia.
Mi madre estaba
enferma aquel invierno,
los tres niños
debíamos hacerlo todo en casa.
Y a veces venían
cartas desde el frente oriental.
La guerra era una
ausencia, un silencio, un temor que crecía.
Después las cartas se
acabaron, y se acabó la guerra.
Y los hombres
volvieron, pero él seguía en el frente.
Qué larga fue la
infancia; qué triste está Alemania en la memoria.
Los tres íbamos
juntos cada sábado
a esperar aquel tren.
Sin hablar lo
esperábamos.
Y mi madre creía que
estábamos jugando en los campos vecinos.
Año tras año, sin
faltar, cada sábado,
sin decírselo a
nadie,
esa estación nos vió
crecer callando.
Cuando caía la noche,
regresábamos.
9 DE ABRIL DE 1948
Para entender el
gesto de su brazo
debes haber mirado
cómo el niño amazónico
calcula el sitio por
el canto
y dirige hacia el
cielo de las hojas la cerbatana mágica.
Para entender el modo
como decía "patria"
debes haber oído al
viejo U'wa
narrando el vuelo de
las tijeretas,
sentir un soplo de
águilas arcaicas
sobrevolando un
territorio eterno,
y saber, como saben
el kogi y el sikwani,
que somos estos
mares, estas selvas,
que las gentes del
agua no son viajeros codiciosos
sino el oro viviente
de regiones muy hondas.
Para entender su
mente
debes haber oído cómo
bajan los ríos,
cómo confunden en la
noche sus oscuras riquezas,
y en el amanecer
cantan cosas proféticas
que le parecen
fábulas al dueño de la orilla.
Para entender esa
pasión inmensa
que iba de pecho en
pecho, de grito en grito,
debes saber de siglos
de verguenza,
de indios educados
por los blancos,
de llagados esclavos
que vivieron a solas
sus meses de agonía,
debes saber de dioses
vivos que caían,
de dioses muertos que
triunfaban,
del cansancio
infinito de vivir en el mundo
sin amor por el
mundo,
de la torpeza de unas
castas tristes
que intrigan, hieren
y ebriamente humillan
mas no saben ser
dignas de su suelo y su cielo.
Para entender quién
era
dí quién eres tú
mismo,
por qué estrella del
cielo de tus noches
darías la vida
entera,
por qué trozo del
barro en que brotaste
darías la silenciosa
gratitud de tus lágrimas.
¿Qué es el amor sino
el recuerdo oscuro
de ser parte de un
todo?
¿Qué es la fe sino el
ansia
de que un sueño
divino se confirme?
Para entender su
grito debes tener entrañas,
debes sentir en ellas
que no hay vileza eterna.
Antes el día era uno,
turbulento, infinito;
después los días se
suceden, negándose,
pesa el futuro sobre
cada instante
y la vasta amenaza de
un fin se llama Historia.
Para entender su
causa
debes haber oído las
flautas en la niebla,
coros de ancianas
negras sobre los litorales,
y gaitas solitarias y
la melancolía
que ganó en manos
indias la guitarra española.
Por sabanas de
Córdoba, por landas de Nariño,
rumbo al Chocó,
cruzando el Cauca ardiente,
por bosques de
palmeras del Sumapaz, o arriba,
donde buscan el cielo
que se esfuma las rectas palmas,
o en la pradera
hondísima
donde todo se llama
lejanías y pájaros,
una esperanza dura
como un grito en la noche.
Indios, negros,
mestizos, dorados, blancos rostros,
el país más diverso
se ha cansado de odiarse,
pero ¿cómo lograr que
el azul ame al rojo,
que el verde ame al
violeta?
Para entender su
sueño
debes pensar en besos
en los puertos,
barcas ansiosas por
los litorales,
yarumos plateando los
generosos pueblos,
tierno rumor de
cuerdas en la noche,
encuentros jubilosos
de extraños en los montes,
árboles respetados
como ancianos,
cantos en lenguas
indias por las largas sabanas,
ráfagas de aventura,
rojas danzas frenéticas
y unas mestizas
frentes altivas como palmas.
Pero alguien piensa
ahogar en sangre tantos sueños.
Alguien conspira
nuevas centurias de mazmorras.
Vientos de Montería,
plata gris de las ciénagas,
roja anaconda de agua
que separas las selvas,
luna por los cañones
de Tolima,
algo se gesta contra
nuestro sueño.
Por calles populosas
hay un hombre que avanza con un arma.
Gaitán mira el reloj
de San Francisco.
Una paloma asciende a
la cornisa.
Ay, Casanare. Ay,
Macarena. Ay, Guajira.
No es un balazo, es
un soplo de incendios.
Un coro de deguellos,
ráfagas rencorosas,
la hora atroz de las
decapitaciones,
los dragones
concéntricos del odio y de la injuria,
la multiplicación de
los suburbios.
Pájaros sepultados en
las rotas guitarras.
Donde un pueblo soñó
por fín su orgullo
baja un río de sangre
con cadáveres.
CORRIDO DE MIGUEL
PARAMO
Plateada noche de
mayo
como no he visto
ninguna.
Con qué tropiezas,
caballo,
cuando se oculta la
luna.
Agua en la piedra
resbala,
niebla en la niebla
se anula.
Una me espera en
Comala,
otra me espera en
Sayula.
Sus ojos daban la
cita,
bastó mirarla y lo
supe,
la noche está
suavecita
como los muslos de
Lupe.
Una mujer en la
puerta
y una niña en la
ventana
dicen a la noche
abierta
que no veré la
mañana.
Salta, caballo
encendido,
diablo, tormento y
lucero.
Si es el amor
prohibido
es el amor verdadero.
Ay, los nopales
sombríos.
Ay, los plateados
maizales.
Si sus maizales son
míos,
d'ella serán mis
nopales.
Sayula, que no la
hallo.
Comala, que se me
esfuma.
Y al espolear el
caballo
clavo la espuela en
la bruma.
COMO SI SOLO ORGULLO
LE QUEDARA
La enfermedad perdió
todo peligro,
el amor todo encanto,
ni siquiera las
lágrimas de incontables doncellas
le harán abrir los
ojos.
Polvo de eternidad
son las estrellas
y no sabe mirarlas
como si el
espectáculo que llenara sus párpados
fuera más bello y
vasto.
La más honda canción
no alterará sus sueño,
no lo seduce el
esplendor del mundo;
el gesto de sus
labios
es un firme desdén
por diablos y ángeles.
Nunca preguntes dónde
está. Los lugares
son poca cosa ante
ese reino.
No preguntes qué
siente. Sentir es algo tenue,
algo que queda más
acá del fuego.
Solo como un navío
cruza entre llantos,
alumbra más que el
sol,
pasma más que la
luna,
hiere más que la
espada,
protege más que el
yelmo.
Ahora es como el
centro de un país de certezas:
da fuego a todo amor,
une en letras de
enigma el firmamento.
Tócalo, si lo tocas,
como si fuera un Dios,
como si fuera dado
tocar un alto sueño;
no le enseñes los
rumbos de su viaje
pues ni tú ni los
Dioses pueden saberlos;
pero aprende una
noche lo que enseña
su divino aprender el
arte de la piedra,
su infinito
entregarse
a la disolución y a
los misterios.
Aprende del futuro
que te muestra
cómo anudar cada
hierba a una estrella,
cómo pulsar estas
cuerdas inmensas.
Ahora que sabe todo
lo que ignoran los sabios
ya no saldrán
palabras de sus labios.
EL SOLDADO QUE PERDIO
SU GUERRA
Toda la noche
combatiendo los interminables ejércitos.
Descienden de un
dragón de juncos, con armaduras de colores.
Todos tienen el mismo
rostro, me atacan con sables y lanzas
y al final siempre
retroceden por los pantanos amarillos.
Despierto, y
comprendo otra vez que ésta es la guerra verdadera,
aunque demoren los
guerreros, aunque los grandes barcos tarden
y no manchen el cielo
de plata las rojizas moscas de hierro
ni se abra en llamas
y gritos el macizo de los bambúes.
En verdad, qué larga
es la guerra. Yo tenía 23 años
cuando escuché al
Emperador declarar el odio a los diablos,
odio a los cielos de
occidente, furor contra las mil naciones
que querían volver
cenizas el crisantemo solitario.
Combatí en los montes
de China contra los rojizos mongoles,
comí en el Yang-Tse
peces crudos, me hirieron los riscos de hielo,
vi un Dios con cabeza
de mono, vi un joven sentado en la luna,
y una noche nos
extraviamos por estas islas incontables.
Después la nave se
alejó, dejándome por centinela
y el capitán me dió
la orden de resistir, de ser a solas
el escudo de los
jardines donde cantan los diezmil Dioses,
el sable del
Emperador alumbrando en oro las ciénagas.
Un día llegará la
orden del Gran Señor, y sólo entonces
podré volver donde me
esperan mi mujer y su hijo de brazos,
podré despedirme del
tigre que arde al ocaso en la colina,
podré despedirme del
ibis que vuela sobre los pantanos,
podré deshacer la
muralla que hice con cañas y con juncos,
desarmar las trampas
de estacas puntiagudas en los barrancos,
recoger las sogas
alertas que aguardan al diablo furtivo,
liberar el alud de
piedras suspendido junto al estanque.
A veces antes de la
aurora tiembla la isla y yo despierto
de mi guerra de
tantos años contra el guerrero innumerable
y creo que llega el
enemigo, que a su paso cimbran las selvas,
pero es tan sólo el
respirar de los Dioses de los abismos.
Me he visto en los
lagos del Fénix; está viejo mi rostro triste,
una larga barba de
lana cae como arroyos hacia el agua,
pero aún soy fuerte y
cada día inspecciono los mecanismos
de las trampas
inevitables que he sembrado sobre las playas.
Ya no caen en ellas
los tigres; ya no hay cigüeñas destrozadas
blanqueando al
amanecer en la maleza o en las charcas;
los sutiles seres del
bosque no son asunto de mi industria,
pero los demonios de
Europa no han sabido encontrar su rumbo.
¿Dónde estará la
hermosa guerra que hace cuarenta años espero?
¿Dónde maldicen los
cañones? ¿Dónde se desangran los héroes?
¿Por qué el cielo no
me bendice con ejércitos de mil rostros?
¿Por qué siempre el
mismo combate con ese guerrero y sus sombras?
En mis sueños el
enemigo lealmente me busca y me agrede,
pero su rostro es
casi el mío después de tanto conocernos,
y está empezando a
envejecer bajo su armadura hermosísima
y sé que si un día le
doy muerte no veré nunca más las islas.
HABLA EL ESPIA
Mío es el reino de
los sobres sellados,
de los mensajes
cifrados, de pasos sigilosos por pasillos de archivos.
Mi oído descifra la
música de las cerraduras.
Yo estoy tras esa
única ventana que no ha apagado su luz en la noche.
Estoy detrás de los
lentes oscuros, detrás del diario abierto.
El desmedido
laberinto de la ciudad está hecho para albergar esa calle,
esos porches
gastados, esas escalinatas, esos discretos jardines,
y ese buzón donde a
la hora más sola
deslizaré el informe.
Y LA TIERRA SERA EL
PARAISO
El cisne llega a las
regiones más altas
y vuela en torno a la
cabeza de piedra.
El topo excava en las
regiones más negras
y traza laberintos
entre los pies de piedra.
El rojo halcón es
casi imperceptible
sobre el pulgar de
piedra.
Una nube morosa se ha
dormido en su palma.
Bajo el titán inmenso
el país silencioso
que idolatra al
caudillo,
canta al amanecer su
lealtad infinita,
su gratitud eterna.
Llenan el vasto día
mansedumbre y trabajo.
El pueblo ama a su
líder y a su patria.
El bien reina en el
mundo.
Y del mal en la noche
se encargan las mazmorras,
las sogas y los
garfios,
las dóciles
cuadrillas, las picanas eléctricas,
las fosas que devoran
la carne atormentada,
los ríos que se
llevan a los muertos sin nombre.
PORFIRIO RUBIROSA
Por barrios de Santo
Domingo, primero miras la pobreza,
después las rutas del
Atlántico bajo los rojos huracanes,
contemplas a ese
anciano negro que toca la trompeta en la playa,
ves pasar los yates
magníficos, con sus rubias casi irreales.
Y sueñas que un día
serás como esos magnates sonrientes
que se alzan los
lentes oscuros para mejor mirar las islas
y beben largamente
ron, o licores en arco iris,
y dejan en tu mano
humilde un enorme dólar de plata.
Pero extraños dioses
te dieron un don que no tienen los otros,
una sonrisa que abre
puertas, cajas fuertes y corazones,
una atracción en la
mirada que hace que las damas se rindan,
que los cancilleres
se rindan, que se rindan los dictadores.
Ya eres oficial del
ejército; bailas con mujeres casadas
en la clandestina
penumbra de unas terrazas con palmeras,
ya en las cadencias
del bolero les susurras letras más íntimas
y aprendes a ser el
que eres, bajo la luna solitaria.
Y conoces a Flor de
Oro, es casi bella, casi dulce,
es la hija del
dictador, y tú sólo eres su capricho,
el mejor varón de las
islas, el oficial alto y sonriente
que marcha y ríe y
lucha y juega y baila y bebe y ama y besa.
Y con la boda te
conviertes en confidente del tirano,
un hijo más firme y
más fiel que los vástagos de su carne,
y se encienden sobre
tu sueño los diamantes de la fortuna
y así empiezas a
deslizarte sobre vastos lechos de seda.
Desde ese instante
tienes todo lo que soñabas cuando niño
y todo lo que no
soñaste. Bello, famoso, joven, rico,
ves que a tu lado
pasa el mundo, pasa como un flanco de nieve,
y hay carnes ebrias
de perfumes, labios de vino, ojos violeta.
El Bentley pasa ante
los ranchos, el yate deja atrás las islas,
los negros e indios
de tu sangre sólo dan un matiz exótico
a esa risa que centra
siempre las largas fiestas de los príncipes,
los restaurantes de
Acapulco, las líneas del golfo de México.
Y Trujillo no podrá
odiarte aunque abandones a su hija,
le mentirás que eres
estéril, que eres un yerno inconveniente,
y él hará de tí su
ministro para Europa, y en tus pupilas
serán como lentas
mareas las costas de los continentes.
El bimotor va como un
pájaro entre las alegres borrascas.
La guerra de Europa
es un sueño que no perturba los salones;
los estampidos son
champaña, aquí sólo truena la orquesta;
vienes de las fiestas
del trópico, sabes olvidar las tormentas.
Y se suceden los
casinos, los Ferraris y los romances.
Giran las ruletas
doradas, rechinan los frenos perfectos.
Ya estás en tu noche
de bodas con una bella actriz francesa,
ya estás en tu noche
de bodas con una americana de oro.
Y los generales
imperan sobre tu isla y la saquean
y Trujillo reina en
sus mares como un ídolo que da espanto,
pero esas comparsas
sostienen tus festines y tus intrigas;
hay un estratega en
tu mente, sobre esa risa irresistible.
Los altos caballos de
polo llenan tus cuadras. Tus retratos
lenan las revistas de
moda. Aquí el irreprochable dandy
con quien sueñan las
quinceañeras en los barrios pobres de México,
con quien sueñan las
viudas ricas, las damas solas en sus torres.
Y seduces en los
salones, y haces espionaje en los lechos,
y mientras el Chateau
Rotschild empurpura las hondas copas
hablas de temas menos
plácidos, hablas de tanques y de rifles,
de las muchas guerras
sin nombre en que se ha roto la gran guerra.
San Felipe de Puerto
Plata, aléjame de las tormentas.
Santiago de los
Caballeros, cómo resopla el viento atlántico.
Isla Beata, Cabo
Engaño, Santo Domingo, Pico Duarte,
no quiteis el aura a
Porfirio, la sutileza, el ocio, el ángel.
Cada día más cables
llegan desde el hombro de las Antillas,
donde corren vientos
que sufren, entre tambores embrujados,
donde rasgan aves en
llamas las noches macizas de sombra,
donde viejos de ojos
dorados ven pasar las muertas fragatas.
Pero al fín Trujillo
te llama. Detrás del Paso de los Vientos
hay un largo país que
danza al borde mismo de las lágrimas;
la tarde enciende
sobre Cuba las estrellas y los burdeles
y hay luces furtivas
que inquietan las sierras al sur de Bayamo.
Y ahora, a la orilla
del mar, por el malecón de La Habana,
pasan los autos de
carreras, Phil Hill, Roland, Fangio ya libre,
pero sólo se habla
del dandy que escapó de una fiesta al alba
y está corriendo en
el Grand Prix con el "smoking" de la víspera.
¿Y qué importa al fín
que otros triunfen? Tú estás riendo, tú siempre ganas:
la joven francesa
hermosísima que está aplaudiendo en las tribunas
es tu mujer; el
campeón es tu amigo; los generales,
tus socios; Batista,
tu aliado; la embajada, desde hoy, tu casa.
Guira de Melena,
Artemisa, Pinar del Río, La Esperanza,
La Habana: el hondo
mar latino, oro de trompetas: Matanzas,
Camaguey, Bahía de
Cochinos, Trinidad, Santiago de Cuba,
sol de miel, Cruz del
Sur, Guantánamo, Cabo Cruz, Manzanillo, Granma.
Y se deslizan los
ponientes sobre el dolor, sobre las islas,
y los labios sobre
las pieles, y sobre las rosas las lágrimas,
y los aviones
militares sobre las aldeas en llamas,
y tu sonrisa por la
vida como un esquiador por la nieve.
Y los diamantes para
Odile, las orquídeas para Trujillo,
las metralletas San
Cristóbal para las tropas de Batista,
las sonrisas para las
cámaras, las bromas para los salones,
los perfumes para
Danielle, el corazón para más tarde.
Y llega el primer día
de enero del 59 y termina
tu misión, y Cuba se
borra del horizonte de tu alma.
En ese pájaro de
acero que devora la luz del norte
ves lo que hace tanto
olvidaste, que la pared del cielo es frágil.
Que aunque ellas te
lo han dado todo y aunque el mar es eterno y pródigo
y hacen una rosa en
su giro los verdes dragones atlánticos,
una mano mueve este
mundo de Black Jack y batas de seda,
de "Sword
fish" en salsa de olivas, de espesas alfombras de pámpanos.
¿Y dónde estará Flor
de Oro con sus diez collares de perlas?
¿Dónde estará
Danielle Darrieux con sus largos rizos dorados?
¿Dónde está Doris
Duke rodeada por sus rojos gatos de pórfido?
¿Dónde estarán
Bárbara Hutton y sus océanos de dólares?
¿Dónde aquella que
amaste joven cerca a Concepción de la Vega?
¿Y aquella muchacha
del Marriot's que jamás te dijo su nombre?
¿Y aquella que se
desnudaba por los malecones de Oribe?
¿Y Zsa Zsa Gabor que
hablaba en húngaro al despertar en la alta noche?
Esto es el otoño.
Ellas vuelven por tu alma como hojas al viento.
Por las aceras de
Park Avenue casi eres uno más; te siguen
sólo las hojas de los
arces. Te deslizas entre las gentes
y algo en tí está
casi triste. Casi eres aquel de tu infancia.
Una mano mueve este
mundo de melancólica elegancia.
¿Quién te lleva por
los salones con Pat y Joan y Chris y Jackie?
¿Qué poderosa fuerza
es ésta que te sostiene y que sostienes?
¿Sobre qué sombras
del Caribe reposa tu risa embrujada?
Lo recordarás esta
tarde cuando sientas que algo se ha ido,
que no hay viento
para tus alas, que el paciente mar está quieto,
que en Santa Cruz de
Barahona una mujer canta al crepúsculo,
que el eje de oro de
la rueda feliz de pronto se ha atascado.
También dicen tu mala
suerte los titulares de los diarios.
Tú le fuiste un hijo
más fiel que los vástagos de su carne.
Ya nada podrá ser
igual. Qué solo estás. Trujillo ha muerto.
Los diamantes de la
fortuna ya se apagan sobre tu alma.
Campos de polo de
Clichy, protegedme de la memoria.
Blancos relojes de
Cartier, que no giren más los recuerdos.
Puente de Alejandro
III, no me dejes mirar la ruina.
¿Qué desorden invade
el cielo? ¿Qué invisibles cuervos son estos?
Hubo un vago tiempo
de oro. La belleza anidó en tus brazos.
La luna parecía el
espejo de tu destino incomparable.
Te deslizabas por la
vida como un esquiador por la nieve.
Eras el rey de un
raro reino de fusiles y de diamantes.
Vuelves de los campos
de polo. Llueve levemente el verano.
Veloz se desliza el
Ferrari por las carreteras mojadas.
Esto es el Bosque de
Bolonia. Esto es la luz. Eso es el cielo.
Y un día olvidado te
alcanza. Y aceleras contra los árboles.
LA MUCHACHA DE LA
FOTOGRAFIA
Lo que me inquieta
es que esa frágil
criatura disuelta por los años
siga siendo belleza
para el mundo.
Las pocas veces que
la ví sentí asombro.
Quise saber qué
centro indefinible
qué invisible
alfarero va ordenando en belleza
la substancia
terrestre;
por qué designio sus
cabellos copiaban
el oro evanescente de
los atardeceres,
bajo qué ritmo
suavemente sus párpados
hablaban de la luz y
del sueño,
de qué manera tan
perfecta y terrible
su piel suave y sus
gestos
ocultaban su red de
misterios y entrañas,
la animal
persistencia del corazón en la sombra,
la sangre ciega por
las negras arterias.
Nadie, viendo los
giros de su danza,
quiere pensar en esa
fronda interna
de calcio y linfa y
púrpuras fractales,
ni en cómo se
destilan el sudor y las lágrimas,
ni en cómo avanza el
aire a ordenarse en canciones
por la red de los
bronquios.
Ni en las internas
flores de su sexo,
ni en los cimbreantes
nudos de bambú de las vértebras
por la espalda
adorable,
ni el paladar
estriado y rosa y dulce
tras el milagro de la
risa.
Lo bello es sólo la
expresiva apariencia
y lo más misterioso
es lo visible.
Viéndola, yo sentía
que el amor es hermano
de la fe, y el saber
hermano de la duda.
Por eso no entendí
las sombras de su alma.
Pensábamos que la
belleza era la irradiación de la dicha,
pero la indescifrable
muchacha sufría.
Que el esplendor que
dura en sus retratos
era expresión de un
orden.
Pero era un estallido
de la sombra el relámpago.
También irradia su
fulgor la desdicha.
Todo oculta sus
causas,
y donde el hombre ve
en la carne fértil
la tácita promesa de
vida inagotable,
también hila la
muerte otras promesas.
Mira esta imagen.
Libre ya de la
hondura de su tormento,
mírala aquí
deslumbrante y perfecta.
Mira la risa mágica
que acaso
no era en el alma
risa sino desvelo y súplica.
Mira el hermoso
cuerpo que incesante aún irradia
su tentación, como
una flor perfume.
Pulió la muerte su
labor más perfecta,
disgregó lo adorable,
pero dejó esta rosa a
la memoria.
Y aquí la joven danza
ya más bella en su ausencia,
con rostro
indestructible.
Nada en su risa de la
activa tiniebla,
nada en su forma de
la impura angustia,
nada en su carne
mortal de la muerte.
Como si fuera el
sufrimiento un pretexto
para que dure la
belleza,
para que sigan los
hermosos labios
riendo de su
tormento.
LA VIUDA
Un día tendré dinero
suficiente,
y para eternizar ese
amor que vivimos
voy a alzar una tumba
en la colina.
Todos hablan mal de
él,
recuerdan solamente
su insolencia,
su sonrisa feroz en
los encuentros,
el chispear del
machete contra el asfalto.
Yo sé que era
violento, yo sé que se embriagaba,
que peleaba con
todos,
pero mejor amigo no
hubo nunca,
ni amante más
ardiente,
ni dueño más sumiso
de su dueña;
y cumplió como pobre,
y mirando a la muerte
era más altanero que los reyes.
Ahora está muerto,
a traición lo mataron
porque no había otra forma,
a piedra lo
arruinaron en una calle oscura
a donde llegó solo, y
a cumplir, como siempre.
Siete hijos me dejó.
Son valientes los
siete.
Vuelvo a mirar sus
huesos, que guardo en este cofre,
bajo esta cama
nuestra.
Ahí están bien
cuidados, bien queridos.
Un día tendré dinero
suficiente,
y para eternizar esos
años de dicha,
voy a alzar una
tumba.
ESA NIEBLA QUE
ASCIENDE HACIA SAN MARCOS
E. Dicen que usted se
alió con los fascistas. Dicen que usted es enemigo de América.
P. Todos los que
entran en una guerra son iguales.
E. Pero usted
traicionó a su país.
P. Y fuí traicionado
por él. Soy un hombre sin patria.
E. Le dieron
tratamiento de criminal de guerra.
P. Casi he olvidado
todo. Estuve en una jaula a la intemperie.
E. ¿Se siente usted
un poeta americano?
P. He escrito poemas
de América. También poemas chinos, griegos y provenzales.
E. ¿Qué castigaron en
usted?
P. Ser distinto. Hay
que pensar como los generales. Y es más grave usar palabras que bombas.
E. ¿Pero admite usted
haberse equivocado?
P. Nada me cuesta
pensar que me he equivocado.
E. ¿Y admite como
justo el castigo?
P. Quienes me
castigaron son peores que yo. Nunca he matado a nadie.
E. ¿Rechaza la
violencia?
P. Sólo usé la
violencia contra Milton.
E. ¿Podría contarnos
cómo?
P. Al leer mis
epigramas contra él, en los cenáculos de Londres, azotaba el suelo con la fusta.
E. ¿Por qué lo
odiaba?
P. Porque era un
cortesano de Dios y de Cromwell.
E. ¿Cómo quisiera el
mundo?
P. Regido por Dioses
alegres y bellos.
E. ¿Qué hemos
perdido?
P. Fe y honor y
armonía.
E. ¿Podremos
alcanzarlos de nuevo?
P. Todo ha caído en
manos del mal. Pero el mal disfrazado de bien es más horrible que el mal desnudo.
E. ¿Hitler y
Mussolini eran el mal desnudo?
P. Tal vez.
E. ¿Qué es para usted
el siglo XX?
P. Un río sin
destino.
E. ¿Cree en el
infierno?
P. Alguien dijo que
el infierno es la historia.
E. ¿Qué es la poesía?
P. Un soplo del azar
sobre un jardín embrujado.
E. ¿Qué piensa ahora
de su vida?
P. Soy un muchacho de
cabellos de fuego que desciende de un tren en la Estación Victoria. Soy un anciano de cabellos
blancos que ve morir al mar desde un palacio
veneciano.
E. ¿Qué puede añadir?
P. Que todo es bello.
Que todo salió mal. Que el mundo es un jardín atroz y que es también el paraíso.
E. ¿Es solitaria su
vida?
P. Ahora están
cantando las sirenas.
E. ¿Qué piensa?
P. No recuerdo los
rasgos de una mujer que quise. El olvido es como esa niebla que asciende hacia San Marcos.
E. ¿Saldrá otra vez
de Italia?
P. Estoy cansado.
ABRIL DE 1973
Y de repente todo fue
silencioso.
Altos vientos
deformaron las nubes del mediodía
y el cielo se deshizo
en puntos blancos
sobre lo horizontal y
lo sinuoso y lo oblícuo
de las colinas y sus
prietos ramajes.
El castillo amarillo,
con sus verdes
ventanas italianas,
las rojas ocres
curvas sucesivas tejas blanqueando
bajo las capas de la
tardía nieve de abril.
Las quebradas
montañas al fondo, un confín de laderas esfumadas,
y el tembloroso trazo
como de rayo horizontal,
el perfil de los
pinos tras la mancha amarilla de Vauvenargues.
Alegres salpicados de
nieve, discorde declinar de los copos que arrecian,
y sobre el blando,
espeso, congelado silencio,
sólo, a veces, los
truenos.
No avanzaban los
coches, no escarceaban los rojos caballos,
no sabía el perforado
cielo de mármol
sobre quién abatía su
vidrioso raudal en aquella mañana.
Una tormenta blanca
desde los ápices de los montes
hasta los largos
litorales brumosos,
y bastaba cerrar los
fríos párpados para ver en lo azul minotauros y estrellas,
y desnudar los ojos
aliviados para ver el cortejo bajo el sudario de la nieve.
Cristalinas estrellas
deformes en las crines aborrascadas,
manchas de tinta
negra los autos fúnebres
y las tímidas flores
de los chopos lombardos
y el fruto del
cornejo escarlata
y los triunfales
brazos del pino bajo la mínima noche del cuervo,
y la certeza de que
al sur de estos quebrados campos blancos
corrían sobre el lomo
de la ballena azul los barcos pescadores
y más allá los
afligidos y negros y leonados rostros de Africa,
brazos negros
hundiéndose en un cielo que quema,
y la rojiza luna
palpitante azorada por los tambores.
Tal vez era un lejano
tam tam de tambores lo que aquí contrariaba a la nieve.
El mar dejó a los
pies del difunto su cántaro de vino griego
y dijo sin palabras,
poniendo apenas un matiz de cobalto en los copos:
"Usaste bien del
siglo que te he dado,
embrujaste los muros, conjuraste los años
atroces,
vertiste diosas de alegría en las pupilas de
los hombres,
diste locura e irisada embriaguez ibérica y
griega y africana
a los siniestros y enlutados vástagos de
Occidente".
Era abril, caían los
copos, un blanco declinar se apagaba en lo blanco.
Frente al castillo de
Veauvenargues, ante el ceremonioso cortejo,
el féretro de Pablo
Picasso se había borrado bajo la nieve.
CANCION HUTU
Mira la luna roja,
herida por las lanzas
de los tutsis.
La vengaremos esta
misma noche.
EL HOMBRE QUE VISITA
LOS ANTICUARIOS
Esta es la historia
del hombre que visita los anticuarios
y ve los vasos de
cristal, tallados con cortejos de aldeas alpinas,
y en la base de plata
cabezas de faunos y pámpano y racimos;
y ve los muebles que
llenaron y vaciaron los años,
el brillo de la laca
sobre la oscura caoba,
las tallas angulares,
tiempo de humanos cincelado en los árboles,
la luz de hoy en
viejas cafeteras con relieves de ciervos o gansos.
Esta es la historia
de un hombre detenido ante espejos
que vieron esfumarse
los linajes, que copiaron rostros que huían,
espejos que creyeron
en aquel que creía en sus fantasmas.
Detenido ante sillas
de madera y de mimbre; garras de león de bronce las patas;
hojeando libros que
ostentan capitales de oro y de púrpura,
y graves historias de
amores que no tienen prisa, que se demoran en tanteos y anticipaciones
porque van hacia
reinos inaccesibles.
Afuera llueve, cae la
noche, estallan bengalas o bombas;
incendian el cielo
crepúsculos o catástrofes;
en aciagas esquinas
lo que fue muerte, desconcierto y misterio,
incrementa los
índices de las estadísticas,
y están las calles
llenas de palabras escritas,
y cada cosa tiene el
sello de la corporación, fecha y licencia.
Esta es la historia
inútil de un hombre inútil en la tarde de lluvia.
Va por los pasadizos
de un almacén de cosas tristes,
viejas, calladas,
tristes, hechas por hombres muertos,
hechas para hombres
muertos,
que amaban sentir en
las cosas el aleteo de lo eterno,
que lentamente
paladeaban el mundo
tratando absurdamente
de comprender sus leguas, sus matices,
su indescifrable
pulular de cuerpos y de almas.
Afuera rueda el
mundo, autos vertiginosos;
raya un avión la
bóveda de color de oro viejo del cielo viejo,
y en él vuelan los
plácidos viajeros con sus tiquetes y sus cámaras
hacia las playas
felices de las fotografías
que lame y gasta el
mar del tiempo bajo el ocio de las generaciones.
Afuera corre aprisa
la vida hacia los luminosos supermercados
y vuelve aprisa hacia
los blancos hogares llenos de cubos luminosos
y bebe aprisa las
verdades del día, los inolvidables acontecimientos,
y el mundo es raudo
como el cine,
y nada vuelve ¿a qué
volver? lo único bello es lo inminente
dice una misma voz
por todas partes.
Esta es la historia
de un hombre absurdo perdido en un mundo sensato,
de un hombre triste
en un lugar desde donde se ve caer la lluvia,
caer la noche, caer
el sueño, sobre las cabezas felices,
sobre los turbios
lagos de sus almas,
el sueño, donde el
hombre es razonable mientras es absurdo su mundo,
el sueño, donde
llueven los lagos hacia el cielo, donde los muros de la ciudad se afligen,
donde un sereno soplo
fragiliza y enciende las rosas de acero.
La historia de una
sombra en un mundo soleado,
de una gota de
angustia en los tiovivos de un mundo feliz,
la historia extraña
de un hombre que deplora los tiempos viejos,
cuando todo era lento
y había tiempo de hallar a Dios en las cosas,
en los ojos ariscos
de la ardilla, en las puertas talladas,
en la divina lentitud
con que se acercaban las ciudades al viajero,
piedra a piedra, lago
a lago, fronda a fronda,
no como si existieran
al final del camino
sino como si el viaje
las inventara.
JORGE LUIS BORGES
DESPIERTA PENSANDO EN LA MUERTE
El asombroso sueño
aún no cesa,
Una vez más la
oscuridad me alumbra,
Y alguien que calla
vuelve en la penumbra
A urdir un talismán
con su tristeza.
Una vez más en la
infinita casa
Que brevemente habita
nuestra pena
Vuelve como una
blanca luna llena
A suspender el tiempo
su amenaza.
¿Qué ciego ser que
duda y tiembla y arde
Viene por el ustorio
laberinto?
Realizaré por fin
algo distinto,
Pero para saberlo
será tarde.
Siempre esperando, y
cuando al fin sea cierto,
Nadie vendrá a
decirme que estoy muerto.
EL ASESINO
Yo iba por calles de
Chicago pero las brumas de Liverpool me invadían.
Yo miraba la taza de
cereales y eran de música las fresas rojísimas.
Yo caminaba al ritmo
de sus canciones, por los lagos escondidos del sueño.
Yo quería morir y ser
música. Yo quería ser ellos.
Pero mi infancia la
aprendí en los periódicos; sólo nací a la vida cuando escuché su música,
y era un deber
desdichado y feliz permanecer hasta la medianoche en los diezmados
cinematógrafos
volviendo a ver sus
rostros inmensos como nubes del horizonte,
volviendo a oir esas
canciones que eran el aire de la época.
Si yo miraba al
norte, veía caer la nieve en sus sombreros negros,
si miraba hacia
Europa, veía las multitudes alarmadas de dicha,
si miraba hacia
oriente, lo veía en la bruma del hachís y del opio,
y sentado en el trono
de Buda, y anudado a una Diosa en un templo.
El fue mi bendición.
Años dulces. Coches rosados de mi adolescencia.
Fuga en los cómplices
camiones por las rutas interminables.
Y las montañas
rocosas azules al amanecer,
mecidas en azul por
la canción de los bosques noruegos.
Pero yo no era nadie
y sobre mí crecía como un incendio el cielo,
un cielo de titulares
de diarios, un cielo de canciones magníficas,
y en el cielo había
tronos budistas donde bailaban muchachos ingleses,
y había portadas de
Life volando allá en el confín de mis sueños.
Había entregado mi
vida a unos seres de papel y de lumbre,
y ya sólo salían de
mi alma las palabras de sus canciones.
Yo no era nadie y
ellos eran Dioses y jazmines de Buda,
y él estaba desnudo
en el jardín de las manzanas de oro.
Traté de huír de mi
destino, perdiéndome por los suburbios,
y el cielo de fresa y
de azul hacía sonar cuerdas eléctricas,
y en las cavernas de
humo y yerba giraban los discos de plata,
y el tren subterráneo
corría por un túnel de fiebre y música.
Había dado mi corazón
a alguien que no podía saberlo.
Hablaba de amor a un
fantasma, a un cubo de cristal luminoso.
Ofrecí la combustión
de mi carne a un hombre de fulgor y de sueño;
yo lo veía en el
espejo en mediasnoches solitarias.
Ya meciéndome en el
delirio lo busqué por barrios insomnes,
por laberintos de
tranvías, por muelles y por muchedumbres,
pasaban ciudades
flotantes ante el barco que era Manhattan,
pasaban osos con
cadenas, pasaban patrullas y espantos.
Pasaba la luna
poblada de artefactos y de guerreros,
pasaban los bosques
vencidos por las roncas sierras eléctricas,
pasaban las nubes de
mármol con aviones en sus entrañas,
pasaban demonios y
ángeles, pero aquel hombre no pasaba.
El fue mi maldición.
En su alma las imágenes se hacían música.
Todo en él se
arremolinaba como una flor hacia el futuro.
Millones de bocas
repetían como hechizadas sus palabras.
Yo estaba solo y era
nadie en esa esquina solitaria.
Entonces surgió del
otoño. Yo intenté contarle el secreto.
Decirle que yo no era
más que esas bocas inumerables,
que todos éramos los
pétalos del loto donde él meditaba,
que todos éramos el
templo donde él abrazaba a la Diosa.
Pero iba de prisa,
pensando talvez en una canción nueva,
y yo no podía vivir
si no me miraban sus ojos,
y comprendí que yo
era cruel, que yo era él, que estaba solo,
que los dos éramos
acentos de un solo grito indescifrable.
No sé si decidí
salvarlo de mi amor o del universo.
El por fin me miró,
asombrado, ya con las balas en su cuerpo;
ya huyendo en los
brazos de un Dios hacia cielos inaccesibles,
mientras allá, en el
Central Park, brotaban amapolas negras.
FRANCIS BACON
Los severos obispos
morados.
Sus rostros tienen la
forma de una oración
cuando se dice por
centésima vez.
Sus manos blancas,
secas
manchan piedras
radiantes.
Los obispos me miran
bajo sus mitras góticas
como niños sin
sueños.
Buscaré a la mujer
del cuarto rojo,
su carne azul se
rompe de deseo,
y atrás la puerta en
sombras tiene un perfil de piedra
y la silla se arquea
desvelada
y el amarillo
desespera en su círculo
como un cautivo.
La curva blanca, el
trapecista, mide
el arco del peligro
sobre verdes vacíos
y hay tánta tinta
negra asediando a los hombres,
tánta sangre en la
luna que nunca miran,
hay tántas tardes
lila sobre los bosques imposibles
del amor y de la
inocencia,
que ya no sé dónde
llevar mis pasos.
Caeré otra vez en
pasadizos lóbregos
haré sonar los
peldaños de cobre
que bajan a desnudas
soledades azules,
para no ver mis
sueños donde bajo los muertos
las rojas hierbas
sufren,
donde la alcoba tiene
miedo y gime
entre la luz limón de
sus lámparas.
MR. HENRY SULLIVAN EN
SU LECHO DE ENFERMO
Ahora me alejo de
este reposado planeta de villas y de balnearios.
Adiós al rebaño de
yates que cabecean perezosamente.
El oro poderoso nada
puede contra el venerable dolor de la carne.
Me alejo, como todos,
cuando todo empezaba.
Me voy hastiado del
fulgor del diamante.
EL LOCO
Fue en el cruce de
Broadway con la 41, una noche de otoño, húmeda todavía,
eran rojas las calles
y eran grises los cielos y en el aire quedaban como restos del día.
El neón, los
comercios, las pantallas enormes, los rebaños de taxis amarillos y urgentes,
el estruendo en el
mundo y el silencio en las almas y la prisa en los pasos cansados de las
gentes.
Los blancos
reflectores como faros perdidos trazaban en la niebla túneles de aventura,
las ratas olfateaban
las basuras heladas y las torres inmensas perforaban la altura.
Una noche cualquiera
de la ciudad, de aquellas en que todos se han ido y en que solo tú quedas
por esquinas brumosas
viendo cómo se elevan de las rejas del suelo las densas humaredas.
Y hay ráfagas de
hierba, grupos de vagabundos, policías solitarios, sirenas de bomberos,
y algún solo y tardío
tocador de trompeta deleitando a los últimos, callados, forasteros.
Y entre las quejas de
oro del trompetista vino como el caudal espeso de una voz inhumana,
incesante, colérica,
dulce, yerta de angustia, masculina, pastosa, desolada, lejana:
"Creen que Dios
no los mira, que no habra quién penetre en sus almas de topos y en sus actos
bestiales,
que tiemblen porque
vienen ríos de plomo fundido, y nada tuerce puentes como los vendavales.
Quieren que yo me
calle, que no anuncie la ruina que va a morder los cuerpos como espigas el
fuego,
que no muestre a los
cielos sus codicias inmundas y pase por su puerta como si fuera un ciego.
Pero yo estuve en
Roma y anuncié su caída y vinieron a oírme ángeles de ocho alas,
yo ví nubes de azufre
sobre las catedrales, y las estrellas negras y las estrellas malas.
¿Por qué han hecho
esas torres que estorban a los astros? ¿Qué mira esa mujer por ventanas tan
altas?
La luna está
durmiendo en su cama de mármol ¿por qué vas y la asedias, la asustas y la
asaltas?
Mundo desesperado que
has perdido a tus Dioses, porque todo lo infamas, porque todo lo vendes;
bajan ríos de cosas
demenciales y absurdas y ahogan a los niños en sus cunas de duendes.
Por estar
contemplando sus pantallas magníficas estos ya no se miran los unos a los
otros,
mientras crece en las
nubes el estruendo furioso de los cuatro jinetes sobre los cuatro potros.
Mundo estúpido y
ciego que envenenas las fuentes, no cesan un instante tus espantosas fraguas;
caen centrales
atómicas en el lecho del Báltico, noche y día depravando las hondas, mansas,
aguas.
¿Y qué si no el
desastre quieren que les pregone? ¿Y qué si no
catástrofes quieren que les prometa?
Si aquí todos suponen
que las selvas son suyas y que es para sus hambres una fruta el planeta.
Vendrán peces
monstruosos, habrá en el aire esponjas cargadas de materias deletéreas y
hostiles
y la ciencia
arrogante forjará en sus bodegas pavorosos engendros de humanos y reptiles.
Ni en la mente de
Juan ni en la mano del Bosco cabrán los espectáculos que prepara el futuro:
bosques de carne,
piedras de dolor, corrupciones, y silencios de púas, y cielos de cianuro.
Tú sirves maldiciones
dócilmente en tu plato; llenas de rayos tristes tus cansados desvelos;
que vengan ya los
ángeles a apagar esta hoguera, que se alcen los mares y se abismen los cielos.
Mientras Venecia cede
en brazos de sus Dioses, que caiga Roma regia, que caiga Praga tétrica;
Pierda Moscú su
orgullo junto al mar pestilente, y Manhattan su altiva cordillera geométrica.
Borre un viento de
escombros el neón y la herrumbre, pase arrasando templos, silos, urbes y
palmas,
pues para que los
Dioses se arruinen sobre el mundo, basta que hayan caído previamente en las
almas".
El oscuro profeta
prodigaba sus truenos, corriendo del futuro las nieblas y los velos,
y subían con
estruendo de arpas electrizadas los rectos rayos blancos entre los rascacielos.
Y ardía en sus
terrazas un rebaño de templos, pirámides de bronce y acrópolis doradas,
y se perdía en la
bruma de los puentes de Brooklyn el eco de las pobres palabras extraviadas.
Peso de las verdades
que pasan como sueños, desvelados demonios que no salvan ni matan,
dejando aquel oráculo
solo bajo los astros me alejé por las trémulas tinieblas de Manhattan.
PETER ENDLESS, AUTOR
DE CIENCIA FICCION
Primero fue la
historia del niño que cazaba dinosaurios en el sótano del vecino,
dinosaurios
diminutos, como vistos a la distancia,
y los guardaba en una
jaula en su propio sótano, detrás del anaquel de historietas que le había
dejado su padre.
La envié al concurso
de Andrómeda, pero los jueces la encontraron inverosímil,
ellos, que habían
premiado los gusanos de Duna y los ángeles mecánicos de Pohl, con alas llenas
de células fotoeléctricas!
Mi maestro era el
hombre de Illinois, que hacía crecer en los sótanos hongos extraterrestres
y que no se olvidaba
de las brujas por venerar tan sólo artefactos y escombros.
Entendí que la
ficción podía olvidar estos actuales éxtasis electrónicos, sus gólems de
chatarra,
y soñar otras cosas,
la muerte de la razón, el retorno de las bestias sagradas.
Así escribí aquel
libro sobre las religiones del futuro, y lo envié a los jueces de Nébula,
pero hallaron que
aquello no era ciencia-ficción sino fantasías teológicas:
no había allí
suficiente óxido, ni energía nuclear, ni rayos desagregadores de la materia, ni
venusinas metálicas de ojos
violeta.
Recuerdo aquella
noche en que encontré a Asimov en una recepción en Manhattan;
amablemente me dijo
que había leído mi novela, y que no era una obra sobre el futuro sino sobre el
paleolítico,
aunque conmovedora y
sincera en su vistosa ingenuidad.
Recordaba el momento
en que Nara, la heroína, habla a las mujeres de la aldea
y les advierte que
los hombres están conspirando una locura con el tiempo,
un proceso de
competencias y acumulaciones y metamorfosis.
Me dijo que ella ha
debido usar el nombre real de ese proceso, y llamarlo La Historia.
Esa sóla palabra
remota, añadió, habría bastado, con su terrible carga de siglos y de guerras,
para situar a la
novela en un futuro vertiginosamente lejano,
donde lo recordado
como un malestar antiquísimo apareciera como posibilidad y amenaza.
Yo le confesé que en
el manuscrito ella pronunciaba esa palabra,
pero que comprendí
que recordarla situaba demasiado cerca el relato,
en una edad sobre la
que todavía gravitaba la furia de estos treinta siglos.
Le dije que toda
nuestra ciencia ficción, al hablar del futuro,
permanecía atrapada
en los vicios mentales del tiempo en que fue escrita,
limitada por ellos,
que el improbable
porvenir los leería a él y a Pohl y a Lem,
y al terrible K.
Dick, y a Ballard y a Heinlein,
como delicados y
apasionados narradores de cuadros de costumbres,
embelesados por la
actualidad, incapaces de imaginar un futuro
en el que ya no
impere nuestro orden mental,
sus esferas
toloméicas, su doble mundo platónico,
su telaraña
cartesiana, sus hegelianas acumulaciones,
los magnetos de
Newton, las cósmicas cavernas de Einstein, labradas con espejos enfrentados que
se desplazan.
Le dije que mi novela
estaba llena de Dioses pero que él no podía verlos
porque florecían en
los signos de puntuación y en las terceras y cuartas acepciones de las
palabras.
Agregué que temía que
los seres para quienes fue escrita no nacerían jamás,
y él se despidió
felicitándome por mi humor irónico y por mi fantasía de salón,
más admirable, me
dijo, que la que había consignado en las páginas.
Y yo me quedé
pensando en esos tiempos en los que ya no habrá literatura, ni grandes autores,
ni jueces de Nébula,
cuando la poesía
brotará de las almas con fluidez, como maldición o plegaria;
en esos tiempos
prometidos, cuando las amenazas y las tentaciones de La Historia
no nos aparten más de
la contemplación
de los inmejorables
jazmines eternos.
LO QUE DICE EN UN
BANCO DE PARQUE UN ANCIANO AL QUE YA NADIE ESCUCHA
Si tú crees en el
infierno, debes creer igualmente en el cielo.
Si crees en la
desdicha, debes creer en la felicidad.
Si has visto a la
hoja de arce, rojo-vino manchado por ocres estragos,
desprenderse del
árbol y hundirse por confusas esquinas,
debes creer también
en la hoja delicada y brillante que brota
cuando empieza a ser
tibia la atmósfera,
cuando todo en la
tierra y la luz vuelve a ser un camino.
Si has visto una
noche caer al mediodía sobre el alma,
o abrirse un surco de
sangre en la piel al paso de la espina de hierro,
o el futuro erizarse
como una ciudad angustiosa,
o el rostro del amor
endurecerse como la estatua de un tirano implacable;
si has visto a la
ruina caer como lluvia que corroe y humilla,
y a la crueldad
brotar como una camisa de espinas,
debes creer en el
raudal que perfora las nubes,
debes creer en la
cicatriz y en el olvido que se cierra como piel de agua,
debes creer en
súbitos prados de música,
debes creer en
ternuras inesperadas, en amores interminables,
la lealtad naciendo
de la pobreza, el valor asombrando a su propia carne,
días sin mancha de
miedo, cielos sin buitres,
labios llenos de
hermosos consejos, corazones tan puros como pájaros
y sinceros abrazos
desnudos que ennoblecen y amparan.
También lo hermoso
puede ser, también está para tí lo divino.
Sólo un milagro no
pidas, sólo un milagro no esperes,
que la pupila vuelta
perla ya por la luz de la muerte
vuelva a ser
transparente,
que esa mano, rígida
como mármol, que ya atrapó el secreto,
vuelva rítmica y
tibia a jugar en el viento.
PROFETAS
Hay mil profetas
esperando los mensajes del firmamento,
la aparición de los
jinetes, las nuevas letras en los astros,
el clarín que rompa
en la noche las negras cavernas del cielo,
pero esos ansiosos
profetas sin duda no son el profeta.
Si eres el profeta en
verdad, leerás en mensaje en todo,
en los rostros que la
humedad va dibujando sobre el muro,
en la forma de ese
cordel que los albañiles arrojan,
en los avisos de los
diarios donde van envueltos los víveres.
LO QUE VIO EL JOVEN
NORDICO EN LA SOLEDAD DE LA NOCHE
El profesor comunal
tiene el perfil de ese ser milenario
que ví esculpido en
barro faraónico en una enciclopedia de mi infancia.
Está explicando cómo
muere su isla
en la pantalla
relampaguean los amenazados milagros
y por instantes no
estoy solo en mi casa de Oslo
sino con miles de
seres invisibles en los bosques de Madagascar,
viendo saltar a las
sifakas blancas, acróbatas de los espinos,
temerosas del gato
lemúrido, de la mangosta vigorosa
que sube y baja por
los troncos con elasticidad de serpiente;
viendo las grandes
garzas apacibles
que hunden sus patas
finas en un agua que se pliega como mercurio,
viendo esas lunas
amarillas y antiguas:
los ojos de los
insomnes lemures coronados.
"Es como si
atisbaran a través de los siglos"
dice la voz del
narrador sobre los misteriosos animales de luz
"tal vez lo
vieron todo ya desde las olvidadas auroras",
pues los lemures
sagrados son también los espíritus de los muertos,
espíritus que juegan
con nostalgia en los comunes árboles del mundo
y parecen reír cuando
los antandroi, en las alegres fiestas de los muertos,
sacan a sus mayores
de las tumbas, y otra vez los envuelven en blancas telas ceremoniales.
Por troncos espinosos
que crecen en una tierra sedienta
veo huír a las
sifakas, pero no es ya de la mangosta que huyen
sino de los hermosos
niños de pieles de bronce
que empujan las
carretas,
y de los hombres
grandes que proyectan sombras color de tierra sobre la tierra.
Vienen a hacer carbón
con el bosque antiquísimo,
tal vez piden perdón
a las estrellas, que sembraron las primeras semillas,
no piensan que los
bosques puedan morir un día.
Y también ellos
vienen huyendo, detrás afila el hambre sus machetes;
la enorme serpiente,
la muerte, ejercita sus fauces;
la enorme flor
carnívora, la muerte, abre sus bellos pétalos,
y los muchachos
queman los troncos espinosos
porque el carbón
alumbrará otro día.
Ya no tienen sus
tierras en el valle, está ocupado el valle;
ya no pueden entrar
en los bosques, ahora tienen dueño los bosques;
y el mar es de los
barcos herrumbrados que los puertos gastaron lentamente
y que vinieron a
morir aquí, bajo el sol implacable.
Aquí hay hombres que
juegan con cosas muertas, aqui hay niños que juegan con barcos muertos,
y el halcón blanco
hunde su garra en el suelo barroso,
y saca un barro frío,
y oprime con él su costado de plumas,
y enfría así su
corazón encendido en el cielo.
El halcón madagassi,
trozo de sol, mira abajo
cómo avanza el
desastre del color de la arena
allá en Madagascar,
donde las casas pobres se escalonan en las laderas secas,
allá en Madagascar,
donde el cañón muestra a los cielos sus peñascos cortantes como cuchillos,
allá en Madagascar,
donde aún cantan los viejos
canciones de sílabas
largas que imitan al viento.
Y está el país de luz
en la pantalla
pero yo estoy muy
lejos de mí mismo.
No siento cómo el
norte cubre de hielo luminoso mi ciudad blanca,
no oigo la noche
rasgándose en las heladas ramas del pino,
veo el cielo de
caparazón de tortuga sobre las ciéngas rojas,
y esa palabra de
tambor y de frutos,
Tananaribo, hace
temblar mis labios.
Y siento que mis
males necesitan las milagrosas hierbas de sus mercados,
y es mandioca y maíz
lo que un ser antiquísimo reclama en mi cuerpo,
y sé por qué el
camaleón es sagrado,
el lento y
blanquecino camaleón que mira al ayer y al futuro
y tiene la textura de
las piedras quebradas que señalan el sitio.
Sí, aquí está el
rebaño de piedras con inscripciones mágicas;
este es el cementerio
donde reposan los muertos bellísimos,
y allí vienen los
seres de la industria,
quieren comprar la
tierra donde sembramos nuestros muertos.
Cielos de piedra
caliza, rigor del poder del destino,
la mitad de este
pueblo son niños,
no saben que el fuego
hace mucho arrasó tierras y aires.
Un niño de rostro
oscuro, con manchas blancas rituales en la frente y las sienes,
mira las hondonadas
del color del incendio,
y escucha el golpe
sordo del hachazo lejano,
y vé cómo se inclina
el baobab, cómo vacila el cielo.
CANCION DE LOS DOS
MUNDOS
En Europa es de día
pero es de noche en Africa.
Al norte del mar está
el tiempo, pero está al sur la eternidad.
Los blancos pueblos
industriosos construyendo la gloria del hombre.
Las negras lanzas
nervadas custodiando la roja luna.
Las blancas piedras
con forma de ninfas danzando en la nieve.
Las melenas de oro,
las pieles rayadas, las criaturas de cuellos larguísimos como si fueran sueños.
Al norte del mar el
insomnio en la noche, al sur la siesta en la tarde.
Al norte está la
razón estudiando la lluvia, descifrando los truenos.
Al sur están los
danzantes engendrando la lluvia, al sur están los tambores inventando los
truenos.
UNA MAÑANA DE MIEL
Hay que buscar el
árbol que habla.
Un árbol que habla
es un árbol que
conversa con las abejas.
Aalén, la llanura
está hermosa,
desovilla las brisas
de los cuernos de los antílopes.
Está el rumor ahora
en el viento.
Lo importante es no
llegar a la flor antes que la abeja.
Aalén, llama a los
peces en los hondos cristales,
deja que una pequeña
flor caiga en el cielo.
Ahora Nguga trepará
al árbol.
Yo estoy muy viejo
para hacerlo.
Oye el rumor espeso
de las gotas de miel provistas de alas.
Las mujeres ya bajan
al río.
Míralas cómo pescan.
Tan sólo las mujeres
pescan en esta forma.
Aalén, moja ahora sus
tobillos oscuros.
Moja sus duras
rodillas, moja sus muslos.
Salpica con frío de
luz estos rostros que ríen.
Dagui tiene su
vientre de nueve meses,
pero eso no le impide
que pesque y cante.
-No lo dejes ir. No
lo dejes.
Nguga ya va veinte
metros arriba.
Ha tardado una hora y
aún falta mucho.
Miles de abejas
picadoras son un serio peligro para su vida.
Vamos ya. No te
caigas como la vez pasada.
A la altura que
llevas, un simple resbalón será la muerte.
Dos hombres se
mataron el invierno pasado
subiendo al árbol que
habla.
Algo se mueve detrás
de nosotras. ¿Qué es eso?
El gato de la selva
sólo quiere mirarlas,
pero se sienten mejor
cuando se aleja.
Aalén está en la miel
y en las manos.
Aalén está en los
peces que se deslizan.
Aalén está en los
ojos del gato.
-Cuidado con eso-
dice ella.
Hay que subir la
canasta para la miel.
-Eso asusta a las
abejas. Cuidado.
Nguga ya trabaja con
confianza en la altura.
-Tranquilos. Hay para
todos. Hay bastante miel. Hay suficiente.
Nguga tiene que
arrancar el nido, tiene que abrir para sacar el panal.
Muchos litros de miel
para la aldea.
Dorada miel, el
tesoro del bosque.
El nido roto queda en
el árbol.
Las abejas de la
selva a veces se niegan a abandonar el nido destrozado.
Vuelven a hacerlo
totalmente.
Junto al árbol que
habla, otros animales se aprovechan del saqueo de la miel.
Un pequeño que vuelve
con todos a la aldea llora de pronto.
Aalén, el niño está
llorando, ven y cántale.
Mientras le dan la
medicina, le cantan lo que hará en él la medicina.
Inesperadamente,
Dagui ha sentido que su bebé cambia de posición.
El parto será esta
noche.

