© Libro No. 409. Libro Del Cielo Y Del Infierno. Borges, Jorge Luis & Bioy Casares,
Adolfo. Colección Emancipación Obrera. Abril 20 de 2013.
Título original: © Jorge Luis
Borges & Adolfo Bioy Casares . Libro Del Cielo Y Del Infierno. 1960
Versión Original: © Jorge Luis
Borges & Adolfo Bioy Casares . Libro Del Cielo Y Del Infierno.1960.
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Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
Libro Del Cielo
Y
Del Infierno
Jorge Luis Borges
& Adolfo Bioy Casares
Jorge Luis Borges
&
Adolfo Bioy Casares
Libro Del Cielo Y Del Infierno
(1960)
Io non Enea, io
non Paolo sono
Me degno a ciò,
nè iò, ne altri crede.
Infierno, II
POR UN AMOR
DESINTERESADO
San Luis el Rey
mandó a Ivo, obispo de Chartres, en embajada, y éste le refirió que en el
camino encontró a una matrona grave y airosa, con una antorcha en una mano y un
cántaro en la otra; y notando que su aspecto era melancólico, religioso y
fantástico, le preguntó qué significaban esos símbolos y qué se proponía hacer
con su fuego y su agua. Replicó: El agua es para apagar el Infierno; el fuego,
para incendiar el Paraíso. Quiero que los hombres amen a Dios por el amor de
Dios.
Jeremy Taylor (1613 1667).
SONETO
No me mueve, mi
Dios, para quererte
El cielo que me
tienes prometido,
Ni me mueve el
infierno tan temido
Para dejar por
eso de ofenderte.
Tú me mueves,
Señor; muéveme el verte
Clavado en una
cruz y escarnecido;
Muéveme ver tu
cuerpo tan herido;
Muévenme tus
afrentas y tu muerte.
Muéveme, al fin,
tu amor, y en tal manera
Que aunque no
hubiera cielo yo te amara
Y aunque no
hubiera infierno te temiera.
No me tienes que
dar porque te quiera;
Pues aunque lo
que espero no esperara,
Lo mismo que te
quiero te quisiera.
Anónimo (siglo
XVI)
PLEGARIA DE UNA
SANTA
Señor, si te
adoro por temor del Infierno, quémame en el Infierno, y si te adoro por
esperanza del Paraíso,
exclúyeme del
Paraíso; pero si te adoro por ti mismo, no me niegues tu imperecedera
hermosura.
Attar, Memorias de los santos (siglo XII)
EL SOBORNO DEL
CIELO
Me he librado
del soborno del cielo. Cumplamos la obra de Dios por ella misma; la obra para
cuya ejecución nos creó, porque sólo pueden ejecutarla hombres y mujeres
vivientes. Cuando me muera, que el deudor sea Dios y no yo.
Bernard Shaw, Major Barbara (1905).
EL CIELO DE UN
VALIENTE
Luego se dijo
que al señor Valiente por la verdad le habían entregado una citación, con esta
marca de que era cierta: Que su cántaro se había quebrado sobre la fuente.
Cuando la recibió, llamó a sus amigos para informarlos. Entonces dijo: Voy a
juntarme con mis padres, y aunque con mucha dificultad he llegado aquí no me
arrepiento de todo el trabajo que me ha costado. Dejo mi espada a quien me
suceda en la peregrinación; mi coraje y mi destreza, a quien los alcance. Llevo
conmigo mis cicatrices, para que sean un testimonio de que he peleado las
batallas de Aquel que ahora me premiará.
Cuando le llegó
la hora, muchos lo acompañaron hasta la orilla, y al entrar en el río, dijo:
¿Muerte, dónde está tu aguijón? Y al avanzar en lo más hondo: ¿Tumba, dónde
está tu victoria? Así lo vadeó, y en la otra orilla resonaron por él todos los
clarines.
John Bunyan, The
Pilgrim's Progress (1678).
HABLA UN SOLDADO
En el cielo, me
gustaría participar a veces en una guerra, en una batalla.
Detlev von
Liliencron, Aus Marsch und Geest (1904).
MEJOR QUE EL
CIELO
No bastan las
metáforas para endulzar el amargo trago de la muerte. Me niego a ser llevado
por la marea que suavemente conduce la vida humana a la inmortalidad y me
desagrada el inevitable curso del destino. Estoy enamorado de esta verde
tierra; del rostro de la ciudad y del rostro de los campos; de las inefables
soledades rurales y de la dulce protección de las calles. Levantaría aquí mi
tabernáculo. Me gustaría detenerme en la edad que tengo; perpetuarnos, yo y mis
amigos; no ser más jóvenes, ni más ricos, ni más apuestos. No quiero caer en la
tumba como un fruto maduro. Toda alteración en este mundo mío me desconcierta y
me confunde. Mis dioses lares están terriblemente fijos y no se los desarraiga
sin sangre. Toda situación nueva me asusta. El sol y el cielo y la brisa y las
caminatas solitarias y las vacaciones veraniegas y el verdor de los campos y
los deliciosos jugos de las carnes y de los pescados y los amigos y la copa
cordial y la luz de las velas y las conversaciones junto al fuego y las inocentes
vanidades y las bromas y la ironía misma, ¿todo esto se va con la vida? ¡Y
vosotros, mis placeres de medianoche, mis infolios! ¿Habré de renunciar al
intenso deleite de abrazaros? ¿Me llegará el conocimiento, si es que me llega,
por un incómodo ejercicio de intuición y no ya por esta querida costumbre de la
lectura?
Charles Lamb,
Elia (1823)
MI CIELO
Días de ayer que
en procesión de olvido
lleváis a las
estrellas mi tesoro
¿no formaréis en
el celeste coro
que ha de cantar
sobre mi eterno nido?
Oh Señor de la
vida, no te pido
sino que ese
pasado porque lloro
al cabo en rolde
a mí vuelto sonoro
me dé el
consuelo de mi bien perdido.
Es revivir lo
que viví mi anhelo,
y no vivir de
nuevo nueva vida
hacia un eterno
ayer haz que mi vuelo
emprenda sin
llegar a la partida,
porque, Señor,
no tienes otro cielo
que de mi dicha
llene la medida.
Miguel de
Unamuno, Rosario de sonetos líricos (1911).
UN PALADIN ENTRA
EN EL PARAISO
Rolando siente
que lo apresa la muerte, y que de la cabeza le baja al corazón. Se ha tendido
debajo de un pino, el rostro sobre la verde yerba; debajo de él ha puesto el
clarín y la espada y miró de frente al ejército pagano. Lo hizo porque
realmente quiere que Carlomagno y todos los suyos digan que el noble conde ha
muerto como un vencedor. Largamente se golpea el pecho, y por sus culpas tiende
a Dios el guante.
Rolando siente
que se le acaba el tiempo. Está en un alto cerro que mira a España, y se golpea
el pecho con la mano: «Dios, con tus virtudes borra mis culpas, las grandes y
las chicas, todas las cometidas desde mi nacimiento hasta ahora que yazgo
aquí.» Ha tendido al Señor su guante derecho. Los Angeles del Cielo bajan a él.
El conde Rolando yace bajo un pino, el rostro
vuelto hacia España. De muchas cosas la memoria le llega, de tantos países que
ha conquistado su valor, de la dulce Francia, de los hombres de su linaje, de
Carlomagno, su señor, que lo alimentaba. No contiene los suspiros y el llanto.
Pero no quiere olvidar su alma, confiesa las culpas y pide a Dios perdón:
«Padre verídico, que no has mentido nunca, que resucitaste de la muerte a San
Lázaro y salvaste a Daniel de los dientes de los leones, defiende mi alma del
peligro de los pecados cometidos en mi vida.» Ha tendido al Señor su guante
derecho, y San Gabriel con su propia mano lo acepta. Inclinó la cabeza sobre el
brazo, y partió a su fin con las manos juntas. Dios le mandó a su Angel
Querubín y a San Miguel del Peligro; con ellos bajó también San Gabriel y se
llevan el alma del conde al Paraíso.
De La Chanson de
Roland (c. 1100).
EL CIELO
BELICOSO
En los cantares
de la Edda Mayor hay repetidas referencias a la Valhala (Valhöll) o paraíso de
Odín. Snorri Sturluson, a principios del siglo XIII, la describe como una casa
de oro; espadas y no lámparas la iluminan; tiene quinientas puertas y por cada
puerta saldrán, el último día, ochocientos hombres; van a dar ahí los guerreros
que murieron en la batalla; cada mañana se arman, combaten, se dan muerte y
renacen; luego se embriagan de aguamiel y comen la carne de un jabalí inmortal.
Hay paraísos contemplativos, paraísos voluptuosos, paraísos que tienen la forma
del cuerpo humano (Swedenborg), pero no hay otro paraíso guerrero, no hay otro
paraíso cuya delicia esté en el combate. Muchas veces lo han invocado para
probar el temple viril de las viejas tribus germánicas.
Hilda Roderick
Ellis, en la obra The Road to Hell (Cambridge, 1945), mantiene que Snorri
simplificó, en gracia del rigor y de la coherencia, la doctrina de las fuentes
originales, que datan del siglo VIII o del siglo IX, y que la noción de una
batalla eterna es antigua, pero no de carácter paradisíaco. Así la Historia
Danica de Saxo Gramático habla de un hombre a quien una mujer misteriosa
conduce bajo tierra; ven ahí una batalla; la mujer dice que los combatientes
son hombres que perecieron en las guerras del mundo y que su conflicto es
eterno. En la Saga de Thorstein Uxatótr, el héroe penetra en un túmulo; dentro
hay bancos laterales; a la derecha hay doce hombres bizarros, de traje rojo; a
la izquierda, doce hombres abominables, de traje negro; se miran con
hostilidad; luego pelean y se infieren crueles heridas, pero no logran darse
muerte... El examen de los textos tiende a probar que la noción de una batalla
sin fin no fue jamás una esperanza de los hombres. Fue una cambiante y nebulosa
leyenda, quizá más infernal que paradisíaca. Friedrich Panzer la juzga de
origen celta; la séptima narración de los Mabinogion, serie de leyendas
galesas, habla de dos guerreros que, años tras años, se batirán por una
princesa, el primer día de mayo, hasta que los separe el juicio Final.
J.L.Borges y
Delia Ingenieros, Antiguas literaturas germánicas (1951).
LO PEOR DE TODO
No aumentéis el
Infierno con horrores imaginarios: la Escritura nos habla de nostalgias por la
dicha perdida, de los dolores de un suplicio sin fin, del olvido de Dios. ¡Qué
débiles son los monstruos de la fantasía ante esa terrible veracidad!
El padre
Bandeville.
JUSTO CASTIGO
Los demonios me
contaron que hay un infierno para los sentimentales y las pedantes. Ahí los
abandonan en un interminable palacio, más vacío que lleno, y sin ventanas. Los
condenados lo recorren como si buscaran algo, y, ya se sabe, al rato empiezan a
decir que el mayor tormento consiste en no participar de la visión de Dios, que
el dolor moral es más vivo que el físico, etcétera. Entonces los demonios los
echan al mar de fuego, de donde nadie los sacará nunca.
Adolfo Bioy
Casares, Guirnalda con amores (1959).
LA DOCTRINA DE
LA IGLESIA
Exceptuando la
tierra, cielo significa todo el mundo creado, es decir, el firmamento y el
mundo de los astros, y también la morada de Dios y de los elegidos, de los
ángeles y de los santos. Ninguna revelación tenemos sobre la naturaleza de la
morada de Dios y de los bienaventurados y lo que sobre ella se nos ha revelado,
se confunde con el mismo estado de los santos.
El cielo es, de toda eternidad, la morada de
la Santísima Trinidad y la de todos los ángeles; desde la creación fue también,
hasta el momento de su caída, la de los ángeles caídos. Los hombres perfectos,
desde su perfección por medio de la Redención, los justos de los tiempos
antiguos, los Patriarcas, los Profetas, etc., etc., esperaban, en el limbo la
venida del Salvador, es decir, en un lugar inferior porque sus pecados no se
habían destruido todavía y porque nada impuro puede penetrar en el Cielo. Esperaban
con ardor el día del Salvador, le vieron y se llenaron de alegría . «Después de
su muerte, el Salvador bajó a los infiernos a predicar a los espíritus que se
hallaban aprisionados , y a anunciarles su próxima libertad.»
Después de la Ascención del Salvador, empezó
la de los justos de la Antigua Alianza y la de los hijos del Nuevo Reino del
Cielo sobre la Tierra. Estos últimos, que procediesen del paganismo o del
judaísmo, que hubieren o no nacido de padres cristianos fueron al Cielo, si
habían salido del mundo después del bautismo y sin haber cometido ningún
pecado.
Los santos de Dios sobre la tierra entran sin
demora en el Cielo al dejar la vida del cuerpo. Otros que han muerto en estado
de gracia, pero que tienen todavía que expiar la pena de ciertos pecados, o que
borrar ciertas manchas, pasan primero por el fuego durante un tiempo marcado.
Este fuego del Purgatorio , siendo intermediario y temporal, dejará de existir
el día del juicio. A la cuestión sobre el lugar de purificación de los justos
que puedan vivir todavía cuando se acabe el mundo, y que para entonces no
estuvieren perfectamente purificados, los teólogos contestan diciendo que esta
purificación debe efectuarse por medio del fuego que ha de consumir el mundo .
Que hayan adquirido su perfección sobre la
tierra o por el fuego del purgatorio, los espíritus de los justos perfectos,
entran desde luego en el pleno goce de la beatitud. Este goce no empieza, por
consiguiente, después de la resurrección de los cuerpos o del juicio final en
que el reino de Dios será perfecto «y en que el Hijo será sometido a aquel que
le habrá sometido todas las cosas con el fin de que Dios esté en todos.»
Tienen el pleno
goce de la beatitud , poseen también por consiguiente la certeza de su eterna
salvación . Sin embargo, hay grados o diferencias en los goces de los espíritus
bienaventurados, grados que están determinados por el mérito moral que cada uno
ha adquirido y según la medida de las gracias que le fueron concedidas. Pero
estas diferencias son de tal naturaleza que cada santo recibe en su grado la
plenitud de la beatitud de que es capaz y que por lo tanto no aspira a un grado
superior de felicidad, pues si pudiese esperar algo más, se puede decir que no
habría alcanzado el Cielo.
Entre otros Concilios, así se pronuncia el
decreto de unión del Concilio de Florencia : «Declaramos que las almas de los
que después del bautismo no se han manchado ya con ningún pecado y que las que
después de haberse manchado se han purificado, sea en esta vida, sea después de
haber abandonado su cuerpo, entrarán inmediatamente en el Cielo y verán sin
velo a la Santísima Trinidad, tal como es, empero, los unos más perfectamente
que los otros, según la diversidad de sus méritos: meritorum tamen diversitate,
alius alio perfectius.»
El estado de los bienaventurados en el cielo
consiste negativamente en verse libre de todos los males imaginables y
positivamente en la contemplación de Dios; esta libertad y goce son eternos.
Respecto de este particular, el Catecismo romano se expresa en los siguientes
términos: «Se necesita, sobre todo, detenerse en esta diferencia (del estado de
los bienaventurados) que nos ha sido enseñada por los teólogos más expertos y
que admite dos clases de bienes, una perteneciente a la beatitud, y siendo la
otra el resultado de ésta. Por este motivo la primera fue llamada de bienes
esenciales, y la segunda de bienes accesorios (accesoria)» . Según esto, el
Cielo, llamado también vida eterna, es el reino de Dios, el reino eterno, el
reino o la casa del Padre, la corona de justicia, la alegría del Señor, la
gloria, el eterno patrimonio, el nuevo Cielo, el Cielo de los cielos, la nueva
Jerusalén, etc., la herencia en la cual nada puede destruirse, corromperse ni
marchitarse . Los bienaventurados no pueden pecar porque no lo quieren, y no lo
quieren porque ya no lo pueden, puesto que la posibilidad del pecado reconoce
por origen un estado imperfecto y ellos son perfectos. Se hallan en la completa
posesión de todos los dones divinos, del don de la perseverancia. Están libres
de todos los sufrimientos; como se hallan libres del pecado, están también
exentos de todos sus resultados. La muerte y todo lo corruptible quedará lejos
de ellos . No habrá ya ni muerte, ni gemidos, ni dolor . Para ellos no existirá
ni el hambre ni la sed, no estarán ya incomodados por el hambre ni la sed, ni
por ningún aire abrasador; y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos .
Desde el punto de vista positivo, el Cielo es
la contemplación directa de Dios . Pero si los bienaventurados ven a Dios tal
como es, es necesario que su ser haya cambiado hasta el punto de que sean
capaces de esta contemplación. Sólo el espíritu de Dios puede penetrar las
profundidades de la divinidad, y es por lo tanto necesario que los espíritus
perfectos sean en cierta manera llevados a la altura de Dios, y que estén
transformados en su imagen. Cuando contemplemos la gloria del Señor, estaremos
transformados en la misma imagen, adelantándonos de claridad en claridad, como
por la iluminación del espíritu del Señor .
Esta transformación en su imagen es la unión
más íntima con Dios; es en cierto modo, la divinización de alma humana como
decimos en la Misa: «Dignaos hacernos participantes de la divinidad de Aquel
que se ha dignado participar de nuestra humanidad.» Esta participación de los
bienaventurados, de los ángeles como de los hombres, en la naturaleza de Dios,
de ninguna manera consiste en la absorción de la naturaleza humana en Dios; la
naturaleza humana o angelical queda inmutable aunque se transforme en Dios .
Así es como se confunden el conocimiento
perfecto e intuitivo de Dios, intuitiva, la contemplación de Dios frente a
frente, la transformación en Dios o la divinización, la posesión y el goce
entero de Dios. Este estado constituye las delicias, la felicidad y la beatitud
del Cielo; el conocimiento y el amor de Dios forman la vida eterna, la alegría
del señor . Pero los bienaventurados no ven al Señor con los ojos del cuerpo;
pues como Dios es espíritu lo ven en
espíritu. Su contemplación es infinita, puesto que Dios es incomprensible al
pensamiento, es decir, al espíritu finito .
Dice San Agustín
que es ya una gran beatitud el poder bajo ciertos conceptos, alcanzar a Dios
con nuestro espíritu; abarcarle y concebirle es absolutamente imposible, pues
si se concibiera ya no sería Dios. El espíritu creado ve al Ser divino pero a
su manera, es decir, de un modo finito .
A la beatitud de
la contemplación divina vienen a juntarse la honra o glorificación del Señor,
la gloria de los santos, la comunión con el innumerable ejército compuesto de
todas las naciones, todas las tribus, todos los pueblos, todas las lenguas que
están en pie ante el trono y ante el Cordero .
Esta beatitud
del Cielo, negativa y positiva, es inmutable y por este motivo se llama también
la vida eterna, la imperecedera corona de la gloria en que se ve a Dios sin
fin, se le ama sin pensar y se le alaba sin cansancio ; «donde descansaremos
contemplando, donde contemplaremos amando y donde amaremos alabando. Y esto es
lo que se verificará en el término que no tiene término».
Lo que precede
hace comprender el error de Orígenes y sus partidarios sobre el estado de los
bienaventurados, cuando dice que en el Cielo progresarán como los hombres en la
tierra, progresos que podrían hasta causar una nueva caída. Orígenes cree que
la mayor parte de los santos serán primero destinados a un lugar de la tierra a
donde serán purificados e instruidos de todo lo que ignoren, luego que serán
transportados a los espacios etéreos y a esferas aun más sublimes y que, en
fin, serán elevados por cima del Cielo hasta Cristo en quien podrán contemplar
los últimos principios de todas las cosas. Allí, dice, están San Pablo y todos
los que, siendo perfectos, lo ven todo en Dios . La Iglesia se ha pronunciado
contra este error en el segundo Concilio de Constantinopla que condena la teoría del progreso en el
Cielo como un error y no como una doctrina dudosa, dubia.
Este desvarío
origenista destruye la idea de la beatitud cuya esencia consiste en la
perfeccción. La plena satisfacción que aniquila todo deseo de un progreso
nuevo, puesto que habiéndolo obtenido todo, ya no puede adquirir nada y que
siendo una vez perfecta ya no puede perfeccionarse. Esta opinión es contraria a
la bondad de Dios que lo da todo, y que se da por completo a los
bienaventurados, libertados para siempre de toda caída posible.
El Testamento
apócrifo de los doce patriarcas reconoce siete Cielos. El primero, es decir, el
que es para ellos el Cielo inferior, es el espacio situado entre la tierra y
las nubes. En el segundo moran las nubes, el agua, la piedra y los demonios. En
el tercero, que es mucho más alto y más brillante, habitan los ejércitos
celestiales que en el día del juicio han de castigar a los malos ángeles. En el
cuarto están los ángeles; en el quinto los ángeles que interceden en favor de
los pecados de los justos; en el sexto, los ángeles que llevan las
contestaciones a los ángeles que han intercedido con sus ruegos; y en fin, en
el séptimo están los ángeles que alaban al Señor sin cesar.
Diccionario enciclopédico de la Teología
Católica, tomo V (1867).
UN PRIVILEGIADO
El réprobo que
calza pantuflas de fuego y cuya cabeza está engalanada con un gorro de llamas,
imagina que nadie es tan castigado como él. En verdad es el que menos sufre en
el infierno.
Tradiciones del
Profeta.
LA DICHA ETERNA
F. W. H. Myers,
a quien el espiritismo había convencido de la realidad de una vida futura,
interrogó a una mujer que acababa de perder a su hija sobre el destino que,
según ella, le habría tocado a su alma. La madre contestó:
Bueno, sin duda estará gozando de una dicha
eterna, pero no sé por qué usted se empeña en hablar de temas tan
desagradables.
Bertrand Russell, An Outline of Intelectual
Rubbish (1943).
CORRESPONDENCIAS
ARCANAS
Quienes se han
deleitado en secretas y pérfidas conjuraciones, buscan en el mundo de los
espíritus grutas abiertas en la roca y frecuentan habitáculos tan oscuros que
ni siquiera se ven la cara, y susurran en los rincones.
Quienes han
estudiado las ciencias por mero orgullo y han almacenado muchos hechos en la
memoria, buscan lugares arenosos y los prefieren a los prados y a los jardines.
Quienes han
fatigado su entendimiento con doctrinas teológicas, pero sin aplicarlas a la
vida, eligen lugares rocosos y viven entre montones de piedras. Quienes por
varias artes se han elevado a sitiales de honor y han adquirido riquezas, se
dedican en la otra vida al estudio de la magia, y en ella encuentran el más
alto deleite.
Quienes han
anhelado la venganza y han adquirido así una naturaleza cruel y salvaje, buscan
sustancias cadavéricas y se alojan en los infiernos que las producen.
Emanuel
Swedenborg, De Coelo et Inferno, párrafo 488 (1758).
CAMINOS DE LA
CULPA
Cada falta es un
calabozo que se abre. Los malvados, ignorando a qué misterio están sometidos,
las criaturas del furor, de la sangre y de la traición, construyen su cárcel
con sus actos; el bandido, cuando la muerte le toca el hombro y lo despierta,
vuelve desesperado a encontrarse en la prisión, que su delito, arrastrándose
detrás de él, edificó. Tiberio está encerrado en una roca y Sejano es una
serpiente. El hombre camina sin saber lo que hace, en el abismo. El asesino
palidecería si viera a su víctima: es él. Al golpear sin lástima sobre todos,
el opresor vil, el tirano loco y sombrío, forja el clavo que lo clavará en la
sombra, en el fondo de la materia... Todo malvado engendra, al morir, el
monstruo que su vida compuso. El horror sigue al horror. Nemrod ruge encerrado
en la montaña escarpada. Cuando Dalila baja a la tumba, un áspid sale de los
pliegues de la mortaja, con el alma traidora; el escorpión que duerme bajo una
piedra, es Clitemnestra en brazos de Egisto, su amante... El monstruo está encerrado
en su horror viviente; por más que quiera despojarse del espanto, seguirá
siendo horrible y castigado. ¡Qué misterio! Tal vez el tigre tiene lástima. El
tigre lleva sobre el lomo la sombra de los barrotes de la jaula eterna. Un hilo
invisible ata al negro patíbulo el negro cuervo, cuyas alas tienen la forma de
la hoz.
Víctor Hugo, Les
Contemplations (1856).
UN HOMBRE A UNA
MUJER
En un tiempo te
conocí, pero si nos encontramos en el Paraíso, seguiré mi camino y no daré
vuelta la cara.
Robert Browning:
The Worst of it (1864).
EL LUGAR DEL
HIJO
¿Qué puede
importarme mi salvación si mi hijo está en el fuego?
Tennyson, Rizpah
(1880).
EL LUGAR DEL
PADRE
Dichoso el hijo
que tiene a su padre en el Infierno.
Proverbio
genovés (citado por Mateo Alemán, en el Guzmán de Alfarache).
EPITAFIO DE EVA,
por ADAN
Donde ella
estaba, estaba el Edén.
Mark Twain,
Eve's Diary (1905).
EL
ARREPENTIMIENTO COMO INFIERNO
¡Ved lo que
sirve caudal de razón y doctrina y buen entendimiento mal aprovechado! ¡Quién
se lo vio llorar solo, y tenía dentro de su alma aposentado el infierno!
Quevedo, El
sueño del infierno (1608)
HABLA SATANAS
Mi vuelo sólo
puede llevarme al Infierno; soy el Infierno.
John Milton,
Paradise Lost (1674).
LAS NAVES DEL
INFIERNO
Para los negros
de Benín, el Infierno estaba en el mar: desde el mar arribaban a Benín los
navíos de los negreros.
Dictionnaire de
la conversation et de la lecture (1873).
EL MENSAJE DE
LOS REPROBOS
Me perdonarás
esta añadidura, justificada por la necesidad de llenar la hoja. Algunos
espíritus que habían obtenido permiso de subir del infierno, me dijeron: «De
parte del Señor has escrito muchas cosas; escribe algunas de parte de
nosotros.» Les respondí: «¿Qué debo escribir?» Dijeron: «Escribe que todo
espíritu, bueno o malvado, vive en su propio deleite, el bueno en el deleite de
su bien, el malvado en el deleite de su mal.» Pregunté: «¿Cuál es vuestro
deleite?» Dijeron que era el deleite del adulterio, del robo, de la mentira y
de la impostura. Les pregunté «¿Cuál es la naturaleza de esos deleites?»
Dijeron que otros los percibían como el hedor de los excrementos, como el olor
podrido de los cadáveres y como la acrimonia de orines viejos. Les dije: «¿Son
deleitables esas cosas para vosotros?» Respondieron que eran muy deleitables.
Les dije: «Sois como los animales inmundos que se revuelcan en tales cosas.»
Respondieron: «Si lo somos, lo somos. Pero esas cosas son el deleite de nuestro
olfato.»
Emanuel
Swedenborg, Sapientia Angelica de Divina Providentia, párrafo 340 (1764).
RESPETEMOS AL
CLERO
Quienes desdeñen
este Sûtra, o se mofen de un sacerdote, recibirán los siguientes castigos:
Cuando tales
hombres parten del mundo, residen durante numerosos Kalpas en el Avîtchi,
octavo y último de los infiernos ardientes; después, mucho después, estos
hombres ignorantes mueren en el Infierno.
En efecto,
después de morir en los Infiernos, renacen en matrices de animales; débiles,
degradados a la condición de perro, o chacal, son para los demás causa de
menosprecio.
Se oscurecen y
se manchan; se cubren de erupciones cutáneas y de heridas; pierden la fuerza y
el pelo, y sienten aversión por el estado supremo de Bôdhi, que es el mío.
Después de
abandonar esta existencia, estas personas ignorantes nacen con cuerpos de
quinientos Yôdjanas de largo; son perezosos, estúpidos y continuamente vuelven
sobre sus pasos.
Renacen
desprovistos de pies, condenados a arrastrarse sobre la barriga, devorados por
infinitos kôtis de seres vivos; he aquí los dolores reservados a quienes
desprecian un Sûtra como el que yo enseño.
Después, hasta
su próxima muerte, estas personas ignorantes se alojan en el Avîtchi.
Su jardín es el
infierno; su morada es un lugar en alguna de las existencias en que el hombre
es castigado; encarnan, incesantemente, las formas del asno, del puerco, del
chacal y del perro.
El loto de la
buena ley, traducción francesa de M. E. Bournouf (1852).
EL CASTIGO PARA
EL VOLUPTUOSO
En el naraka, o
Infierno, el voluptuoso es arrojado a los brazos de una estatua de mujer,
enrojecida en el fuego.
Malvina,
baronesa de Servus, Alpinismus Im Dschungel (Roetgen, 1934).
EL HOMBRE ELIGE
SU ETERNIDAD
Cuando un hombre
penetra en la otra vida es recibido por ángeles, que lo atienden, lo favorecen
y le hablan del Señor y de las venturas celestiales. Pero si el hombre, ahora
un espíritu, es de aquellos que en la vida fueron enemigos de Dios, no tarda en
fastidiarse y en despreciarlos, y procura rehuirlos. Cuando los ángeles
advierten esto, lo dejan, y el espíritu busca el trato de sus congéneres. Así
se aparta del Señor y vuelve su cara al Infierno, al que ha estado vinculado en
la tierra y donde están aquellos que adolecen de su misma depravación; por su
propia voluntad, no por la del Señor, desciende al Infierno.
Emanuel
Swedenborg, De Coelo et Inferno, párrafos 547, 548 (1758)
LA PRUEBA
Si un hombre
atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que
había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano...
¿entonces, qué?
S. T. Coleridge
(1772 1834).
AUREA
MEDIOCRITAS
Malherbe no
estaba muy seguro de que hubiera otra vida, y decía cuando le hablaban del
infierno o del paraíso: «He vivido como todos, quiero morir como todos, quiero
ir donde van todos.»
Tallemant des Réaux, Les Historiettes, XXIX
(c. 1959).
EL CUARTO CIELO
En el cuarto
Cielo los muertos imaginan que son felices entre su familia y amigos. Cumplen
allí los planes que en vida no pudieron cumplir; poseen cuanto anhelaron y les
fue negado; pero las personas que ven, los objetos que poseen y los actos que
se ejecutan son ilusorios, aunque tal vez no menos que los que integran nuestra
vida.
Ursula Vulpius,
Trost für die Mittelklassen (Baden Baden, 1908).
LA ALUCINACION
DE LA MUERTE
Después de
nuestra muerte la conciencia emerge alarmada, a un vacío expectante; poco a
poco, horribles criaturas lo pueblan. Advertimos luego que estamos
suministrando las formas y los actos que allí ocurren: las horribles criaturas
son el producto de nuestro pavor.
Para los que
están en el Paraíso esa fantasmagoría no
menos real que el mundo de los vivos es
dócil; estar en el Infierno es padecerla en ilusoria impotencia, como en los
sueños.
Finalmente,
dejamos el tejer de los recuerdos, y...
E. Soames,
Negations (1889).
EL ULTIMO
REGRESO
Según el teólogo
medieval Juan Escoto Erígena (800 877), el universo emanó de Dios y regresará,
finalmente, a Dios. Por consiguiente cabe distinguir dos procesos: uno de
diferenciación de las criaturas, otro de absorción en la divinidad. En el
segundo, llamado deificación, todo lo creado
los ángeles, los hombres, el Infierno, el Diablo ingresará dichosamente en el Ser Supremo.
Entonces, la Creación y el Creador se confundirán y el tiempo cesará.
Warren Hope, The
week end Theologian (Abridged edition, 1897).
JUVENTUD Y VEJEZ
DEL PARAISO
Llegamos a la
última objeción contra el origen moderno del globo. Se dice: «La tierra es una
vieja nodriza, en la que todo anuncia la caducidad. Examinad sus fósiles, sus
mármoles, sus granitos, sus lavas, y en ellos leeréis sus años innumerables,
marcados por círculos, por capas o por ramas, como los de la serpiente en su
cascabel, los del caballo en sus dientes o del ciervo en su cornamenta.»
Esta dificultad
fue cien veces resuelta por la réplica: Dios debió de crear y sin duda creó la
tierra con todas las señales de vetustez y de continuación que ahora vemos en
ellas. En efecto, es verosímil suponer que el autor de la naturaleza plantó al
principio antiguas selvas y jóvenes bosques talares y que los animales
nacieron, unos llenos de días, otros adornados con las gracias de la infancia.
Los robles, al emerger de la tierra fecundada, sin duda llevaban a la vez los
viejos nidos de los cuervos y la nueva posteridad de las palomas. Gusano,
crisálida y mariposa, el insecto se arrastraba por el pasto, suspendía su huevo
de oro en los bosques o temblaba en el aire. La abeja, que sólo había vivido
una mañana, contaba su miel por generaciones de flores. Debemos creer que la
oveja no estaba sin su cordero y el gorrión sin sus pichones y que las malezas
escondían ruiseñores atónitos de cantar sus primeras notas, al animar las
frágiles esperanzas de sus primeros goces.
Si el mundo no
hubiera sido, a la vez, joven y viejo, lo grande, lo serio, lo moral hubieran
desaparecido de la naturaleza, porque tales sentimientos dependen esencialmente
de las cosas antiguas. Cada lugar hubiera perdido sus maravillas. El ruinoso
peñasco no hubiera colgado sobre el abismo con sus largas gramíneas; los
bosques, despojados de sus accidentes, no hubieran mostrado ese patético
desorden de árboles inclinados y de troncos que se reflejan en el curso de los
ríos. Los pensamientos inspirados, los ruidos venerables, las voces mágicas, el
santo horror de los bosques, hubieran desaparecido con las bóvedas, que les
sirven de refugio, y las soledades de la tierra y del cielo hubieran quedado
desnudas y desencantadas, al perder las columnas de robles que las unen. El
mismo día que el océano derramó sus primeras olas sobre sus márgenes, bañó, no
lo dudemos, escollos gastados por las mareas, playas sembradas de fragmentos de
caracoles y cabos descarnados que sostenían contra las aguas las ruinosas riberas
de la tierra.
Sin esta vejez
original, no hubiera habido ni pompa ni majestad en la obra del Eterno y, lo
que es imposible, la naturaleza en su inocencia hubiera sido menos bella que
ahora, en su corrupción. Una insípida niñez de plantas, de animales, de
elementos hubiera coronado una tierra sin poesía. Pero Dios no fue tan mal
dibujante de los vergeles del Edén, como los incrédulos lo imaginan. El hombre
rey nació a los treinta años, para que su majestad concordara con las antiguas
grandezas de su nuevo imperio, así como su compañera contó, sin duda, dieciséis
primaveras, que sin embargo no había vivido, para estar en armonía con las
flores, los pájaros, la inocencia, los amores y toda la juventud del universo.
Chateaubriand,
Génie du christianisme, I, 4, 5 (1802).
ESTACIONES
TERMINALES
Dios, llevado
por su bondad, creó los cielos para que fuesen la patria de los buenos, y
obligado también de su justicia, formó los infiernos para que fuesen la cárcel
de los malos. La diversidad de pecados hace la diversidad de malos, y la
diversidad de malos exigió diversidad de infiernos. Reconocemos cuatro, que
son: Infierno, Purgatorio, Limbo, Seno de Abraham. En el infierno fueron
sepultados los ángeles rebeldes, que llamamos demonios, y lo son todos los
hombres que mueren en pecado mortal para no salir de allí jamás. Al purgatorio
van los que mueren en gracia de Dios, y tienen pecado venial o pena temporal
que pagar; al limbo, los que mueren antes del uso de la razón sin el bautismo;
y al seno de Abraham iban los que morían en gracia de Dios antes de la gracia
de Dios antes de la redención de Jesucristo, pero que satisfacían primero en el
purgatorio si tenían pecado venial o pena temporal que pagar.
D.Santiago José
García Mazo, El catecismo de la doctrina cristiana explicado o explicaciones
del Astete que convienen también al Ripalda (1837).
LOS CUERVOS Y EL
CIELO
Los cuervos
afirman que un solo cuervo podría destruir los cielos. Indudablemente, así es,
pero el hecho no prueba nada contra los cielos, porque los cielos no significan
otra cosa que la imposibilidad de cuervos.
Franz Kafka,
Reflexiones sobre el pecado, el dolor, la esperanza y el verdadero camino (1917
1919).
EL INFIERNO
El infierno es
atacable sobre todo por su infame injusticia. Todas nuestras palabras
indignadas y lamentables, toda nuestra exaltación de rebeldes las merece el
infierno sin entrar en más pormenores. Hasta suponiendo su existencia, siendo
unos verdaderos creyentes, le debemos todas nuestras abominaciones y bien
merece que seamos ante tan cruel abuso de autoridad los nobles mártires, unos
mártires por toda la eternidad. Nuestros escaños están en el infierno frente al
deplorable cielo lleno de gentes insoportables, de cortesanos repugnantes,
agrupados en reuniones como esas a las que no asistimos, todos chabacanos,
pequeños, mezquinos, ruines, innobles, cantando con voz de falsete villancicos
zalameros.
La alta poesía y las palabras originales se
podrán pronunciar en el infierno. Por no tener que dudar, por no flaquear,
debemos creer en el infierno, pero debemos decidirnos por él por no claudicar,
por no rebajarnos, por ser fieles a nuestro corazón generoso y no transigir con
el cruel tirano.
Se puede creer o no creer con tal de que no
procedan leyes austeras del creer. Se puede creer en un Dios, pero en un Dios
que deje en completa libertad, en libertad hasta de cometer el crimen. Al
crimen sólo se opone el buen instinto de conservación que es sustancia de la
vida. No hay que deducir de Dios nada acerbo, limitador o tiránico. Sólo así
podríamos abundar en la creencia en Dios, sin creer. Sería algo que no habría
por qué no creer.
Había que enseñar a los creyentes el concepto
de Dios, porque resulta que nadie quiere ni cree en Dios, hasta el extremo a
que hay que llegar, porque a los creyentes, la idea del infierno les ha cortado
el ombligo de la imaginación.
No hay ningún creyente que llegue, por amor a
Dios, a los límites que debería llegar. Nadie llega a las elevaciones que están
más allá de las monotonías de las oraciones. Nadie ve a Dios inventándolo todo,
nadie, al leer una bella poesía, cree que la ha escrito Dios como debiera
creerlo, olvidando el nombre del autor. Había que sutilizar mucho más y llevar
a las últimas consecuencias esa idea.
Por el contrario se achacan demasiadas cosas
al diablo, y son cosas que indudablemente ha hecho Dios.
¡Pobres de los que han inventado la idea del
diablo! Qué paliza les dará probablemente Dios! ¡Oh, esa religión cristiana que
sólo ha sido creada para amortiguar el hambre material de los hombres, para
acallarla, para engañarla, para burlarse sarcásticamente de esa hambre! Para
los que no se callen su hambre se ha inventado, sobre todo, el infierno.
Ramón Gómez de
la Serna, Muestrario (1918).
LA PROMESA DEL
REDENTOR
¡Qué cuadro, mi
querido Teófito! ¿Podéis contemplarlo sin temblar? Sin embargo, nada es más
cierto: es Jesucristo quien ha pintado estos horribles tormentos que esperan a
los réprobos. Sería acusar de mentira a la Verdad misma, sospechar que hay
alguna exageración en esas descripciones tan claras y precisas que nada puede
oscurecer. Es él quien pronunció contra los réprobos esta formidable sentencia:
«Alejaos de mí, malditos, id al fuego eterno, que ha sido preparado para el
Diablo y para sus Angeles.» Es El quien nos habla de las lágrimas infructuosas
y del inútil rechinar de los dientes de los condenados. Es él quien pone entre
Lázaro y el rico un abismo infranqueable, y quien hace que Abraham niegue, a
ese infeliz sumido en las llamas, una gota de agua. Es él quien promete que el
fuego del Infierno no se apagará y que el gusano que roe a los condenados no
morirá nunca.
Lhomond, Doctrine Chrétienne en forme de
lectures de piété a l'usage de maisons d'education et des families chrétiennes
(1801).
INFIERNOS
MUSULMANES
Alá fundó un
Infierno de siete pisos, cada uno encima del otro, y cada uno a una distancia
de mil años del otro. El primero se Ilama Yahannam, y está destinado al castigo
de los musulmanes que han muerto sin arrepentirse de sus pecados; el segundo se
llama Laza, y está destinadn al castigo de los infieles; el tercero se Ilama
Yahim, y está destinado a Gog y a Magog; el cuarto se llama Sa'ir, y está
destinado a las huestes de Iblis; el quinto se llama Sakar, y está preparado
para quienes descuidan las oraciones; el sexto se ilama Hatamah, está destinado
a los judíos y a los cristianos; el séptimo se llama Hauiyah, y ha sido
preparado para los hipócritas. El más tolerable de todos es el primero:
contiene mil montañas de fuego, en cada montaña, setenta mil ciudades de fuego,
en cada ciudad, setenta mil castillos de fuego, en cada castillo, setenta mil
casas de fuego, en cada casa, setenta mil lechos de fuego, y en cada lecho,
setenta mil formas de tortura. En cuanto a los otros infiernos, nadie conoce
sus tormentos, salvo Alá el misericordioso.
Libro de las Mil
y Una Noches, noche 493.
LA CADENA
ILUSORIA
Si el mundo
externo fuera algo más que una magia, sería indestructible. El mundo es irreal.
Las cosas vacías engendran cosas vacías; el culto de un Buddah ilusorio
confiere un mérito ilusorio; el asesinato de un fantasma proyecta dolores
imaginarios en infiernos mágicos.
L. de la Vallée
Poussin, Bouddhism (1909).
LA
INTERPRETACION DEL HORROR
La tiniebla es
un espejo sombrío donde el condenado ve sus delitos; en todas partes su
remordimiento se yergue; a lo largo del lúgubre camino, cada cual ve su crimen
(y lo demás es quimera); el mismo espectro hace decir a Nerón: «Madre mía», y
gritar: «Hermano», a Caín.
Víctor Hugo,
Inferi, La Légende des siècles (1883).
LOS CINCO
MENSAJEROS
A través de las
cinco regiones de la transmigración la
existencia divina y humana, la región de los espectros, el reino animal y los
infiernos nos llevan las consecuencias
de nuestras obras. A los justos, el esplendor paradisíaco los espera. Al impío
los guardianes del infierno lo conducen ante el trono del rey Yama; éste le
pregunta si nunca vio, durante su permanencia en la tierra a los cinco
mensajeros que envían los dioses para prevenir al hombre; las cinco
personificaciones de la debilidad y del dolor humano: el niño, el viejo, el
enfermo, el criminal que expía su pena, el muerto. Por cierto los ha visto. El
rey le dice: Y cuando llegaste a la edad madura no pensaste, oh hombre, en ti
mismo; no te dijiste: Yo también padezco el nacimiento, la vejez, la muerte.
Quiero haccr el bien por el pensamiento, por las palabras, por los actos. Pero
el hombre responde: No fui capaz, Señor. Entonces el rey Yama le dice: Esas
malas obras te pertenecen; no es tu madre quien las ha hecho, ni tu padre, ni
tu hermano, ni tu hermana, ni tus amigos ni consejeros, ni la gente de tu
sangre, ni los ascetas, ni los Brahamanes, ni los dioses. Tú hiciste esas malas
obras, tú debes recoger el fruto. Y los guardianes del infierno lo arrastran al
lugar de los suplicios. Lo encadenan con fierros candentes, lo arrojan en lagos
de sangre abrasadora, lo torturan sobre montañas de carbones en llamas, y no
muere hasta haber expiado la última parcela de su culpa.
Devadûta Sutta.
EL QUE ESPERA
Tenía yo un tío
anciano, que pensaba en forma rectilínea. Un día me detuvo en la calle y me
preguntó: ¿Sabes cómo atormenta el Diablo a los réprobos? Ante mi respuesta
negativa, dijo: Los hace esperar. Dicho esto, prosiguió su camnino.
C. G. Jung,
Ulises (1933).
LAS FORMAS DEL
INFIERNO
Es imposible
describir las caras de los réprobos, si bien es cierto que las de aquellos que
pertenecen a una misma sociedad infernal son bastante parecidas. En general son
espantosas y carecen de vida, como las que vemos en los cadáveres; pero algunas
son negras y otras refulgen como antorchas; otras abundan en granos, en
fístulas, en úlceras; muchos condenados, en vez de cara, tienen una excrecencia
peluda, u ósea; de otros, sólo se ven los dientes. También los cuerpos son
monstruosos. La fiereza y la crueldad de sus mentes modelan su expresión; pero
cuando otros condenados los elogian, los veneran y los adoran, sus caras se
componen y dulcifican por obra de la complacencia.
Debe entenderse, sin embargo, que tal es la
apariencia de los réprobos vistos a la luz del cielo, pero que entre ellos se
ven como hombres; pues así lo dispone la misericordia divina, para que no se
vean tan aborrecibles como los ven los ángeles.
No me ha sido otorgado ver la forma universal
del Infierno, pero me han dicho que de igual manera que el Cielo tiene, en
conjunto, la figura del hombre, así el Infierno tiene la figura del Diablo.
Emanuel
Swedenborg, De Coelo et Inferno, párrafo 553 (1758)
INFIERNOS
RUINOSOS
Hay infiernos
que parecen pueblos incendiados; otros que parecen desiertos; otros, pantanos.
Me han dicho que los réprobos que los habitan ni ven ni sienten esas
imperfecciones, pues ahí respiran su propia atmósfera y alcanzan el deleite de
su vida.
Emanuel
Swedenborg, De Coelo et Inferno, párrafo 585 (1758)
A SU IMAGEN Y
SEMEJANZA
Si las vacas,
los caballos y los leones tuvieran manos y con sus manos pudieran pintar y
esculpir como los hombres, las vacas darían formas bovinas a los dioses, los
caballos, formas equinas, y así los otros.
Jenófanes de
Colofón (siglo VI a. de J. C.).
EL REVERSO DE
LOS DIAS
Cuando el hombre
se despoja del cuerpo etéreo, vive retrospectivamente su vida. Recorre todas
sus experiencias, pero de un modo nuevo.
Supongamos que
un hombre muere a los setenta años, vive retrospectivamente hasta los cuarenta,
cuando abofeteó a otro en la cara; siente el dolor que el otro sufrió. A los
treinta, le ha sacado la mujer a un amigo; cuando llega a esa etapa, se siente
engañado por esa mujer.
Rudolf Steiner,
Las manifestaciones del Karma, III (1921).
LA LINEA DEL
RUBI
El rasgo
topográfico dantesco cuya originalidad ha sido más alabada es el de imaginar la
sede gloriosa, la Jerusalén terrestre, la cual, para Dante, ocupa el centro del
hemisferio boreal de nuestro planeta. Exactamente esa misma imaginación existía
en el Islam desde el siglo VI de la era cristiana, o sea en el tiempo del mismo
Mahoma. Según un hadiz atribuido a Caab Alabar «el paraíso está en el séptimo
cielo, enfrente de Jerusalén y de la roca del Templo; si del Paraíso cayese un
rubí, caería seguramente sobre la roca; si el rubí atravesara la roca, caería
en el centro del Infierno».
Asín Palacios,
La escatología musulmana en la Divina Comedia (1919).
SITUACION DEL
CIELO Y DEL INFIERNO
Para concebir el
infierno y el cielo, no debemos pensar en dos estados o lugares que se
excluyen, sino en un solo mundo espiritual, que es el infierno o el cielo,
según la condición de las almas. Como es improbable que alguien merezca una
dicha infinita o un tormento infinito, habrá para todos algunas experiencias
que pueden llamarse infierno y otras que pueden llamarse cielo.
Leslie D.
Weatherhead, After death (1923).
PORVENIR
ESFERICO
En el día del
Juicio Final, las puertas del Cielo se abrirán a los bienaventurados. Estos
penetrarán rodando, ya que habrán resucitado en la más perfecta de las formas:
la esférica. Así lo ha revelado Orígenes.
I. A. Ireland:
Short Cuts to Mysticism (1904).
EL CENTRO DEL
INFIERNO
Judas. Allí
está, en el centro del Infierno, punto que es asimismo la base de toda la
morada. Sobre el recinto que lo aloja se alza el misterioso edificio, vastísima
y en apariencia crítica construcción de la que nadie sabe dónde se inicia ni
hasta dónde se extiende, pero en algunas de cuyas habitaciones penetramos,
junto a algunos de cuyos muros marchamos, los no muertos, en esta Tierra, sin
saberlo, acaso sintiéndolo, porque es aquí donde empieza ese reino que podemos
franquearnos con un gesto: se los reconoce
a tales cuartos, a tales paredes , pese a su aspecto natural y humano,
por un latido singular, seco y afiebrado, que percibiríamos con perturbadora
claridad si apoyásemos una mano sobre ellos; se dice que los latidos son los
del corazón del condenado que está en el centro, y que resultan más notabies en
los límites exteriores del edificio que sobre el pecho mismo del que surgen,
que parecería yerto; pero sólo uno ha tocado ese pecho.
H. A. Murena: El
Centro del Infierno (1957).
EL TESTIGO
Del paraíso no
puedo hablar, porque no estuve ahí.
Sir John
Mandeville (siglo XIV).
FRACASO DE DOS
ETERNIDADES
Encontré a un
viajero que volvía del Hades, donde había conversado con Tántalo y con otras
sombras. Todas convenían que durante los primeros seis, o tal vez doce, meses
el castigo les desagradaba mucho; pero después era como pelar arvejas en una
calurosa tarde de verano. Empezaban a descubrir (sin duda después que el hecho
fuera evidente a todos los demás), que tenían una conciencia menos viva que de
costumbre de lo que hacían y que habían estado pensando en otra cosa. Desde ese
momento, en que la acción se había vuelto automática, el progreso que hacía
pensar continuamente en otra cosa era rápido y pronto olvidaban que estaban
padeciendo un castigo. Con cierta frecuencia, Tántalo conseguía algo; el agua
se adhería a los pelos de su cuerpo y él la juntaba con la mano; y también,
cuando el viento se descuidaba cogía muchas manzanas. Tal vez hubiera querido
más, pero conseguía lo necesario para mantenerse en buen estado. Sus
padecimientos no eran nada si lo comparamos con los de un necesitado heredero
cuyo padre, o quien sea, contrae una peligrosa bronquitis cada invierno, pero
invariablemente se repone y vive hasta los noventa y un años, mientras el
heredero, deshecho por la larga espera, le sobrevive un mes.
Sísifo nunca
había enconteado en la vida un placer comparable al gozo de ver su piedra
saltar barranca abajo y de soltarla en el momento en que pudiera asustar más a
alguna sombra desprevenida que estuviese paseando en el valle. Tanta y tan
variada diversión conseguía con esto, que su trabajo se convirtió en el
automatismo de una acción refleja (nombre que, según entiendo, dan los hombres
de ciencia a todos aquellos actos que ejecutamos sin pensar). Era un viejo
caballero pomposo y pesado, muy irritable, que imaginaba que las demás sombras
estaban siempre riéndose de él o tratando de perjudicarlo. A dos de ellas las
odiaba con tanta furia que lo atormentaban como nunca lo había hecho el
castigo. La primera era Arquímedes, que había organizado series de experimentos
vinculados con la mecánica y que había concebido un plan por el que esperaba
utilizar la energía de la piedra para alumbrar el Hades con electricidad. El
otro era Agamenón, quien ponía buen cuidado en estar fuera del alcance de la
piedra cuando ésta se hallaba a mitad de la pendiente, pero que se divertía en
embromar a Sísifo mientras no había peligro. Muchas otras sombras diariamente
se reunían a la hora de la piedra, para participar en la diversión y para
apostar sobre la distancia que la piedra alcanzaría.
En cuanto a
Ticio ¿qué significa un pájaro más o menos en un cuerpo que cubre nueve acres?
Encontró en los buitres un agradable estimulante para su hígado, que sin ellos
se habría congestionado.
Sir Issac Newton
estaba intensamente interesado en los procesos higrométricos y barométricos de
las danaides.
«Por lo menos»
dijo una de ellas a mi informante «si realmente nos están castigando, no
mencione el hecho, no sea que nos pongan en otro trabajo. Usted comprende, hay
que hacer algo, ya sabemos hacer estO, no queremos mortificarnos aprendiendo
cosas nuevas. Quizá tenga usted razón, pero si no vivimos de ello ¿qué puede
importarnos que los baldes se llenen o no?»
Mi viajero trajo
noticias parecidas sobre la felicidad eterna en el Monte Olimpo. Hércules
descubrió que Hebe era una tonta y no podía nunca sacarla de encima de sus
eternas rodillas. Hubiera vendido su alma para encontrar otro Egisto.
De modo que
Júpiter vio todo esto y se puso a pensar.
«Me parece» dijo
«que tanto el Olimpo como el Hades son un fracaso».
Entonces llamó a
consejo y todo el asunto fue minuciosamente discutido. Por fin Júpiter abdicó y
los dioses bajaron del Olimpo y anunciaron la mortalidad. Pasaron unos años de
muy agradable vida de gitanos, rondando como un grupo de músicos ambulantes por
las ferias francesas y belgas; después de lo cual murieron del modo corriente,
habiendo descubierto por fin que no importa cuan alto o cuan bajo uno esté
situado, que la felicidad y la desdicha no son absolutas sino que dependen de
la dirección en que uno progresa y consisten en una progresión hacia mejor o
peor, y que el placer, como el dolor y como todo lo que se desarrolla, sólo por
un instante se mantiene en la perfección.
Samuel Butler,
Note Books (1912).
EL INFIERNO
Cuando somos
niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de
nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en
el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar
las llamas que nos queman ¡las llamas de
la imaginación! . Más tarde, cuando ya no nos miramos en los espejos porque
nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se
resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia
nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano
que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por
sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos
quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil
años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le
contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento.
Por fin llega al día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente
rechazamos tal ofrecimiento, pues ¿quién renuncia a una querida costumbre?
Virgilio Piñera,
Cuentos fríos (1956).
EL OTRO LADO DE
LA MURALLA
Los
acontecimientos de Britania contrajeron los límites de la ciencia, como habían
contraído los del Imperio. La tenebrosa nube, que había sido aclarada por los
descubrimientos fenicios y finalmente disipada por las armas de César, de nuevo
cubrió las riberas del Atlántico y una provincia romana volvió a perderse entre
las fabulosas islas del océano. Ciento cincuenta años después del reinado de
Honorio, el grave historiador Procopio describe los prodigios de una isla
remota, cuyas regiones orientales y occidentales están divididas por una
antigua muralla, deslinde de la vida y de la muerte o, con más propiedad, de la
verdad y de la ficción. El este es una placentera comarca, habitada por un
pueblo culto; allí el aire es saludable, las aguas, abundantes y puras, y la
tierra rinde sus frutos con regularidad y abundancia. En el oeste, del otro
lado de la muralla, el aire es pernicioso y mortal; la tierra está cubierta de
sierpes, y tan espantoso yermo es la morada de los muertos, que llegan de la
otra orilla en barcas materiales, conducidas por remeros vivientes. Ciertas
familias de pescadores, súbditos de los francos, son eximidas del tributo, en
razón del misterioso oficio que ejercen estos Carontes del océano. A cada uno,
pur turno, lo llaman en la hora de la medianoche, y oye las voces, y aun los
nombres, de los espectros; siente su peso, y lo mueve una fuerza desconocida,
pero irresistible. Después de este sueño de la fantasía, leemos con estupor que
el nombre de la isla es Britia; que está en el océano, frente a las bocas del
Rin, a menos de treinta millas del continente, y que la pueblan los frisios,
los anglos y los britanos, y que algunos anglos fueron vistos en
Constantinopla, en el séquito de los embajadores franceses.
Gibbon, Decline
and Fall of the Roman Empire (1788).
ESPEJO DEL
INFIERNO
Si un hombre no
comprende el infierno, no comprende su propio corazón.
Marcel
Jouhandeau, Algèbre des Valeurs Morales (1935).
EL INFIERNO COMO
ATRIBUTO
Una anécdota
cuyo protagonista es Bodhidharma declara que éste sostuvo la existencia del
infierno contra un emperador chino que la negaba. La discusión fue larga y el
emperador se enojó. Le causaba indignación que su interlocutor lo contradijera;
acabó por insultar a Bodhidharma. Este le dijo, sin perder la serenidad: El
infierno existe y estás en él.
Alexandra David
Neel, Le bouddhisme.
SOBERBIA DE LOS
REPROBOS
Los réprobos
están sentados como héroes o como reyes, sobre un trono de fuego cada uno, en
su constancia eterna y serán siempre lo que no podrá someterse.
Marcel
Jouhandeau, Algebre des Valeurs Morales.
LOS INTRUSOS
Suponemos que
nos bastaría llegar al cielo para ser dichosos, pero lo más probable a juzgar por lo que sucede en la tierra es que un malvado, llevado al cielo, no
sabría que está en el cielo. No insisto, no me pregunto si, al contrario, el
hecho mismo de encontrarse en el cielo con la carga de su impiedad, no sería un
verdadero suplicio para él y no encendería en su interior los fuegos del
infierno. Esta sería, en verdad, una manera atroz de reconocer el sitio donde
se encontraba. Pero consideremos un ejemplo menos aterrador: el de un hombre
capaz de permanecer en el cielo sin quedar fulminado; ¿sospecharía acaso que
está en el cielo? No percibiría en ese lugar nada maravilloso.
Newman, Sermones
(1842)
UN PARAISO
LABORIOSO
La otra noción
de las jubilosas experiencias que hemos llamado Cielo es la de servir, es la de
una plena y libre participación en la obra de Cristo. Esto puede hacerse entre
otros espíritus, tal vez, en otros mundos; o quizá nos permitan colaborar en la
salvación de éste. Para los servidores de Cristo la gloria celestial no
consiste en dejar el trabajo y entrar en la bienaventuranza. Lo que casi todos
entienden por bienaventuranza resultaría intolerable, después de quince días, a
una persona inteligente. Como dice Tennyson (Wages, 1868):
Ella no desea
las islas felices, ni los tranquilos asientos de los justos,
Descansar en un
vergel de oro, o dormitar en un cielo de estío;
Que su jornal
sea proseguir el trabajo, y no morirse.
Leslie D.
Watherhead, Afther Death (1923).
CONTRA EL CIELO
La dicha, eterna
o temporal, no es la recompensa que busca el hombre. No lo diré en voz alta,
porque una creencia predilecta del hombre es su apego a esa felicidad que
invariablemente desdeña; por eso le conviene creer en una felicidad ulterior:
no tiene que detenerse y probarla; puede entregarse a la áspera y amarga tarea
que alegra a su corazón; y sin embargo puede encantarse con este cuento de
hadas de una eterna reunión social y disfrutar de la fantasía de que él, a un
tiempo, es él y es otro, y de que se reunirá con sus amigos, todos planchados y
castrados, y sin embargo amables como si
el amor no se alimentara de los defectos de la persona amada.
R. L.
Stevensonn, Letters, III, 2 de enero de 1886.
LA OBRA HUMANA
El infierno no
es obra de Dios, sino del hombre.
Marcel
Jouhandeau, Algébre des Valeurs Morales.
COMENTADORES
PIADOSOS
En el Corán
(XIX, 72) está escrito: Entre vosotros no hay uno solo que no bajará a los
infiernos. Así lo ha resuelto el Señor. Los comentadores explican que, en
efecto, todo musulmán descenderá al infierno, pero que éste será fresco y
agradable para quienes no hayan cometido graves pecados.
Thomas Patrick
Hughes, A Dictionary of Islam (1935).
TODO HA SIDO
PREVISTO
Abu Musa relata:
«El Apóstol ha dicho: "En verdad para cada musulmán hay un quiosco en el
paraíso; está hecho de una sola perla, su interior está vacío, su ámbito es de
sesenta kos, y en cada rincón estarán sus mujeres, y no se verán una a otra, y
el musulmán las amará alternativamente», etcétera, etcétera».
Thomas Patrick
Hughes, A Dictionary of Islam (1935).
UN CABALLO COMO
DIOS MANDA
Un árabe
encontró al Profeta y le dijo: «¡Oh,. Apóstol de Dios! Me gustan los caballos.
¿Hay caballos en el Paraíso?» El Profeta respondió: «Si vas al Paraíso, tendrás
un caballo con alas, y lo montarás e irás donde quieras.» El árabe replicó:
«Los caballos que me gustan no tienen alas.»
Thomas Patrick
Hughes, A Dictionary of Islam (1935).
POST MORTEM
En el Paraíso
nos atenderán las huríes, vírgenes de ojos como estrellas, de inmarcesible
virginidad que renace bajo los besos y de saliva tan suave que si una gota
cayera en los océanos toda el agua se endulzaría.
Du Ryére, Le
Coran (Amsterdam, 1770).
LOS LIMITES DEL
EDÉN
El paraíso
terrenal abarca necesariamente toda la tierra. De lo contrario, la tierra no
hubiera sido maldecida, ya que, restringiendo el Jardín del Deleite a un lugar
determinado, todo, más allá de los límites de ese lugar, sería lo que vemos, y,
por consiguiente, no hubiera requerido maldición. Adán, antes de la caída,
vivía en un estado inimaginable, análogo, parece, al de Nuestro Señor en su
Humanidad gloriosa, después de la Resurrección: luminosidad, agilidad,
sutileza, ubicuidad, etc., pues la materia no era un obstáculo.
Adán, antes de
la caída, era como un carbón incandescente. Bruscamente apagado, perdió su
calor y su luz y quedó frío y negro. León Bloy, Le mendiant ingrat, II (1898).
UN MELANCOLICO
Suprimid el
temor del infierno y suprimiréis la fe del cristiano.
Adition aux
pensées philosophiques.
ANGELES
CANDENTES
Dios ha creado
un ángel y le ha creado tantos dedos como es el número de los condenados al
fuego; y no es atormentado cada uno de éstos, sino con un dedo de los dedos de
aquel ángel. ¡Por Alá os digo que si este ángel pusiese uno de sus dedos sobre
el firmamento, fundiríase por su calor!
Tawus Al Yamani.
TANTALOS
Mandará Dios
conducir al cielo, el día del juicio, a algunos condenados; pero cuando ya
estén cerca y aspiren sus aromas y vean sus alcázares y contemplen los deleites
que Dios ha preparado en el cielo para los bienaventurados, se oirá una voz que
gritará:¡Apartadlos del cielo, pues en él no tienen parte! Y se les hará volver
hacia atrás con una pena y tristeza no semejante a la que jamás alguien
experimentó ni experimentará. Dirán entonces: ¡Oh Señor nuestro!, si nos
hubieses introducido en el infierno, sin hacernos ver antes lo que nos has
mostrado de la recompensa que tienes preparada para los elegidos, nos hubiera
sido más fácil soportar el infierno. A lo cual, Dios responderá: Hoy os haré
gustar el doloroso suplicio, además de haberos negado el premio.
Abu Tudba
Imrahim B. Hubda.
LAS LLAMAS DE SU
VISION
Beda, en su
Historia Eclesiástica de la Nación Inglesa, recoge la visión de Fursa, monje
irlandés que había convertido a muchos sajones. Fursa vio el infierno: una
hondura llena de fuego. El fuego no lo quema; un ángel le explica: «No te
quemará el fuego que no encendiste.» En el purgatorio, los demonios arrojan
contra él un ánima en llamas. Esta le quema el rostro y un hombro. El ángel le
dice: «Ahora te quema el fuego que encendiste. En la tierra robaste la ropa de
ese pecador; ahora su castigo te alcanza.» Pursa, hasta el día de su muerte,
llevó en el mentón y en un hombro los estigmas del fuego de su visión.
J.L. Borges y Delia Ingenieros, Antiguas
literaturas germánicas (1951)
UN ESPERANZADO
¡Oh
bienaventurado purgatorio!
M. de Saci (1613
84), en su lecho de muerte.
UN FUEGO
ESPECIAL
Los hombres
tienen noticias, por los libros de los sabios y por las canciones de los
poetas, de aquel río de fuego cuyos ardientes meandros rodean varias veces las
ciénagas de la Estigia. Que todo ello está reservado para los suplicios eternos
es cosa sabida por las indicaciónes de los demonios y por los oráculos de los
poetas. He ahí por qué el mismo Júpiter jura con respeto por las riberas ígneas
y por el abismo sombrío; sabe de antemano qué castigo ha sido reservado a él y
a sus adeptos y tiembla de horror. Estos tormentos no tendrán ni medida ni
término. Ahí, un fuego inteligente, quema los miembros y los restaura, los
desgarra y los alimenta. De igual manera que el fuego del rayo toca los cuerpos
sin destruirlos y que los fuegos del Etna, del Vesubio y otros semejantes arden
por siempre sin agotarse, así este fuego vengador no se mantiene en desmedro de
lo que roe, sino que devora los cuerpos y se alimenta sin consumirlos.
Minucio Félix,
Octavius (siglo II).
DEL CIELO, DEL
INFIERNO Y DEL MUNDO
El cielo es la
obra de los mejores y más bondadosos hombres y mujeres. El infierno es la obra
de los presumidos, de los pedantes y de los que se dedican a decir verdades. El
mundo es un intento de sobrellevar a unos y a otros.
Samuel Butler,
Note Books (1912).
ELECCION DEL
CIELO O DEL INFIERNO
Oye: imagina que
te ha llegado la hora de morir. Estás solo y muy débil, y agonizas mientras el
viento agita el estrecho río que atraviesa tus amplias tierras. Hay un silencio
y luego una voz te dice: Uno de estos paños es el cielo, el otro el infierno. Elige
uno para siempre; yo no te diré cual; tu lo dirás, con tu propia fuerza.
¡Míralos bien! Y tú, mi señor, abres los ojos y al pie de tu lecho familiar ves
un gran ángel de Dios, con nunca vistos colores en las alas y en los brazos
abiertos y contra una luz que viene del fondo del cielo, mostrándolo bien y
haciendo que sus órdenes sean como órdenes de Dios, y sosteniendo en las manos
los lienzos. Uno de estos extraños lienzos es azul y alargado y el otro breve y
rojo, y nadie puede decir cual es el mejor. Después de una despavorida media
hora, exclamas: ¡Que Dios me ampare! ¡El color del cielo! ¡El azul! El ángel
dice: El infierno. Tal vez entonces te revuelves en el lecho y gritas a cuantas
personas te quisieron: ¡Ah Cristo, si yo hubiera sabido, sabido!
William Morris,
The Defense of Guenevere (1858).
UNA ARAÑA MUY
GRANDE
He pensado que
algún día me llevarías a un lugar habitado por una araña del tamaño de un
hombre y que pasaríamos toda la vida mirándola, aterrados.
Feodor
Dostoievski, Los poseídos (1871 2).
DIDEROT JUZGA A
DANTE
Hay a fe mía,
cosas hermosas, sobre todo en su infierno. Encierra a los heresiarcas en tumbas
de fuego, cuya llama se escapa y lleva la desolación a lo lejos; a los
ingratos, en nichos donde derraman lágrimas que se hielan sobre las caras; y a
los perezosos en otros nichos; y dice de estos últimos que la sangre cae de sus
venas y que la recogen gusanos desdeñosos.
Diderot, Jacques
le Fataliste (1796).
CATALOGO DE
INFIERNOS
BRAMA
El Naraka o
infierno tiene tres puertas, la concupiscencia, la cólera y la avaricia: sus
habitaciones son siete; las almas pecadoras padecen allí tormentos
proporcionados a sus faltas y tiene que recorrer doscientas mil leguas para
llegar al palacio de Yama que es su juez y rey. A veces tienen que encaramarse
por rocas cortantes en las que encuentran densas tinieblas con multitud de
serpientes, tigres, gigantes, y allí tienen que abrirse un sendero entre el
lodo y la sangre. Yama se les muestra bajo el más terrible aspecto; el dios del
infierno tiene ochenta mil leguas de altura; sus ojos son como grandes lagos
rojos; su voz como un trueno; su respiración como el mugido de la tempestad.
Cuando se le presenta el culpado Yama le dice: ¿Ignorabas que yo tenía
suplicios para los malvados? Lo sabías y pecaste; pues bien, sea el infierno tu
herencia. ¿De qué te aprovechará llorar? Si el culpado pide que se le prueben
los hechos, Yama invoca como testigos al día, la noche, la mañana y la tarde, y
después de la deposición de estos testigos incorruptibles, se ejecuta la
sentencia. En el infierno hay suplicios diferentes para cada especie de
delitos, para cada sentido, para cada miembro del cuerpo; el hierro, el fuego,
los animales venenosos, las bestias feroces, la hiel, el veneno, todo se
utiliza allí para atormentar a los condenados. Unos son arrastrados sobre
hachas cortantes; otros están condenados a pasar por el ojo de una aguja; éstos
sufren que un buitre les roa los ojos; aquellos que los cuervos picoteen su cuerpo.
Baghavat Guita,
IX y XVl, Purana citado por Crawfurt Ward y De Marles. t. II, p. 198, Dubois,
Viaje a Massorah. t. II, p. 325, Sonnerat, II, 17.
FO
Hay, dicen los
Chinos, una montaña, llamada Pequeña Cerca de Hierro, circundada de otra
montaña, llamada la Gran Cerca. En el espacio que media entre estas dos
montañas, reinan densas tinieblas y allí unos sobre otros existen ocho grandes
infiernos, cada uno de los cuales está rodeado de dieciséis infiernos pequeños
que dependen de él, y cada uno de estos últimos tiene diez millones de otros
que le rodean. En estos lugares de tormento cada vicio tiene su castigo
particular; los orgullosos son arrojados a un río de sangre; los impúdicos son
castigados con el fuego; los avaros con frío; los coléricos son traspasados a
puñaladas, y los insolentes cubiertos de inmundicias. Después de haber sufrido
la pena de los delitos, los condenados se convierten en demonios hambrientos o
pasan al cuerpo de las bestias para volver a principiar el curso de las
transmigraciones. Algunas sectas no creen en las penas del infierno, porque no
prestan fe a ninguna cosa suponiendo que en este mundo todo es ilusión.
Diario asiático,
t. VII, 234; t. VIII. 74, 80. De Guignes, tomo II, 331. Dubois, t. II, 73.
ZOROASTRO
Oromazes dice a
su profeta: No preguntéis qué será del malvado que no os es aficionado; le
espera el castigo al fin de sus días. Las almas de todos los hombres
permanecerán en el infierno por un tiempo proporcionado a los delitos
cometidos. La pena impuesta en este lugar de suplicios, no es ya la pena del
fuego; ¿cómo es posible que sean atormentados por un elemento benéfico reputado
por la verdadera imagen del Ente supremo? Los habitantes del Duzak son
devorados por reptiles venenosos, traspasados con puñales, ahogados con humo,
sofocados por un olor infecto: las mujeres que con su locuacidad atormentaron a
sus maridos, son ahorcadas y su lengua les sale por el cuello. Si se presta fe
a Sadder, los Parsos creen en la eternidad de las penas infernales, y si se
atiende a los libros zendos, Oromazes abre cada año las puertas del infierno
por espacio de cinco días y muchas almas obtienen su libertad, si con su
arrepentimiento desarmaron la cólera celeste, o si sus parientes rogaron por
ellas. A su llegada a este mundo es necesario darles de comer buenos manjares y
vestirlas con trajes nuevos. Al fin de los siglos ya no habrá infierno.
Los tres
legisladores de Pastoret, p. 97. Anquetil, Vida de Zoroastro, p. 44. Sadder
Porte, t. II, p. 449. Ieschis Sadés. cap. LXV, pp. 130 131. Zend Avesta, t. I,
403, 418; t. II, 42; t. III, 130. Diccionario de los cultos, II, 174.
CONFUCIO
No se encuentra
prueba alguna en los libros de Confucio que haya admitido el dogma de la otra
vida y de los suplicios que en ella reserva Dios a los malos. Leibnitz, después
de prolijas indagaciones, nada pudo descubrir sobre este punto, ni Longobardi
fue más afortunado en las suyas. Los doctores chinos, a quienes preguntó,
confesaron que su religión no admitía cielo ni infierno. Pastoret confirma
estos hechos refiriéndolos. Nosotros estamos persuadidos de que los Chinos
creen en la otra vida, precisamente porque creen en la justicia de Dios, en su
providencia, en su bondad, y que más bien son bajo este aspecto uno de los
pueblos más ilustrados de la tierra.
Leibnitz, t. IV, 205. Pastoret, Los tres
legisladores, 127.
OSIRIS
El alma, antes
de entrar en los Elíseos, es presentada ante el sagrado tribunal de Osiris,
juez supremo y soberano del infierno, el cual según la conducta, fija el
destino. Después de haber sido juzgada por el rey de las sombras, entra esta
alma en el lugar de los dolores para purificarse, y según la gravedad de sus
faltas se determina la duración de sus penas. Las almas más virtuosas recorren
en nueve años el círculo entero de las expiaciones, y vuelven a subir al
Olimpo; pero hay algunas que no se purifican después de tres mil años. La serie
de las penas con que se castiga al culpado no principia sino después de la
disolución del cuerpo; las emigraciones de las almas, dice Hermes, son
numerosas y no todas igualmente felices; las que estaban convertidas en
reptiles, pasan a los animales acuáticos; las de los animales acuáticos a los
terrestres, y de éstas a los cuerpos humanos. El alma que estando en el cuerpo
de un hombre, continúa malvada, vuelve a animar a los reptiles y jamás
adquirirá la inmortalidad.
Píndaro, Olimp.
II, v. 10. Creuzer, I. 467, 886.
ORFEO
(Opinión
filosófica). La Divinidad, decía Pitágoras, no se explicó respecto de la
naturaleza de las penas que esperan a los culpados después de su muerte: todo
lo que yo afirmo, según las nociones que tenemos del orden y de la justicia,
según la opinión de todos los tiempos y de todos los pueblos, es que cada uno
será tratado según sus méritos y que el delincuente expiará su falta, hasta que
sea purificado.
(Opinión
vulgar). Cuando el malvado descuida, antes de su muerte, aplacar con ceremonias
sagradas a las furias que están agarradas a su alma como a su presa, lo
arrastran a las cavernas del Tártaro, el cual es el lugar de los llantos y de
la desesperación. Los culpados después de haber sido juzgados por Minos, Eaco y
Radamanto, quedan abandonados a espantosos tormentos; crueles buitres destrozan
sus entrañas; ruedas encendidas les dan vueltas alrededor de su eje; allí
Tántalo se consume sin cesar de hambre y sed; las hijas de Danao están
condenadas a llenar un tonel del cual pronto se escapa el agua, y Sísifo a
subir a la cima de un monte un enorme peñasco, que al momento vuelve a caer.
Barthélemy,
Anacarsis, t. I, p. 65; t. VII p. 20, 29. Homero, Odis. II. Hesíodo, Teogon.,
v. 720.
NUMA
El tenebroso
reino de Plutón estaba rodeado de las muchas aguas del Aqueronte, la Estigia,
el Cocito y el Flegetonte; a las riberas de la Estigia llegaban las almas
conducidas por Mercurio, y el barquero Caronte las pasaba de una orilla a otra,
pagando un óbolo por el tránsito; pero dejaba errantes por espacio de cinco
años a las que no podían llenar este deber o a aquellas cuyos cuerpos habían
quedado insepultos. Se veían a la otra parte de la Estigia el dolor, los
remordimientos, las pálidas enfermedades, el temor, el hambre, la pobreza, la
vejez y la muerte. Al entrar en el abismo se oían los gritos lastimeros de los
niños arrebatados del seno materno por una muerte prematura; después se veían
los que cansados de la vida, habían cortado su hilo y no lejos de allí se
extendía el campo de los llantos, en el que gemían las víctimas del amor; en
otra parte estaban los ilustres guerreros que no tuvieron más méritos que la
fuerza y el valor. En una palabra, la pintura de las penas del Tártaro es casi
la misma en Homero que en Virgilio. Los condenados del infierno de los Romanos
no podían, sin embargo, acusar a sus destinos, como en el de los Griegos; los
supremos jueces los obligaban a confesar por sí mismos sus culpas. Después de
cierto número de años de expiación, salían las almas del Tártaro y subían a la
tierra para volver a comenzar una nueva vida. El agua del río Leteo que se les
hacía beber antes de salir de la mansión de los muertos, les quitaba toda la
memoria de lo pasado.
Virgilio,
Eneida, lib. VI.
TEUTATES
Creían los Galos
en la existencia de otro mundo en el que aguardaban muchas penas a los
malvados. Estas no eran eternas y después de sufridas se volvía a la tierra
para adquirir nueva vida.
Chiniac,
Religión de los Galos, t. I. p. 60. Michelet, Historia de Francia, t. I, p. 43.
ODIN
El Nifleim o
infierno fue abierto muchos inviernos antes de formar la tierra. En medio de su
recinto hay una fuente, de donde salen con ímpetu los ríos siguientes: la
Congoja, la Perdición, el Abismo, la Tempestad y el Bramido. A orillas de estos
ríos, se eleva un inmenso edificio cuya puerta se abre por el lado de la media
noche y está formado de cadáveres de serpientes, cuyas cabezas vueltas hacia el
interior, vomitan veneno, del cual se forma un río en que son sumergidos los
condenados. En aquella mansión hay nueve recintos diferentes: en el primero
habita la Muerte, que tiene por ministerios al Hombre, la Miseria y el Dolor;
poco más lejos se descubre el lóbrego Nastrond o ribera de los cadáveres, y más
lejana una floresta de hierro en la que están encadenados los gigantes; tres
mares cubiertos de nieblas circundan esta floresta y en ella se hallan las
débiles sombras de los guerreros pusilánimes. Sobre los asesinos y perjuros
vuela un negro dragón, que los devora y los vomita sin descanso y expiran y renacen
a cada momento entre sus anchos ijares; otros condenados son despedazados por
el perro Managarmor que vuelve a derecha e izquierda su deforme y asquerosa
cabeza; y alrededor de Nifleim giran de continuo el lobo Fenris, la serpiente
Mingard y el dios Loke, que vigila por la continuidad de las penas impuestas a
los malos y a los cobardes.
Edda, 33.
Voluspa. Bartholin, Antigüedades danesas. Marchangy, Galia poética. t. III. p.
156.
MANCO CAPAC
Según los
peruanos había tres mundos: el del cielo, el del infierno y el de la tierra. Al
dejar esta vida los malvados eran precipitados en un abismo en que reinaban
todos los males que nosotros padecemos aquí abajo, pero sin descanso y sin
esperanza.
Fed. Bernard,
Cerem. relig. de todos los pueblos, t. VI, 68, 206.
VITZLIPUTZLI
De las
ceremonias expiatorias establecidas entre ellos, se puede deducir que conocían
la necesidad de aplacar a la Divinidad y que temían su justicia en el otro
mundo.
Purchas,
Historia de la conquista de Méjico, 156.
VIRGINIANOS
El Popoguno o
infierno de los Virginianos es un abismo que suponen al Occidente de su país,
donde dicen que arden sus enemigos para siempre. Otros pretenden que las almas
de los condenados están suspendidas entre el cielo y la tierra, y que de vez en
cuando vienen los muertos a traer sus noticias del otro mundo y a gemir por sus
padecimientos.
Cerem. relig.,
t. IV, 160; t. VI, 14, 123.
CANADIENSES
La creencia de
los Canadienses en las penas del infierno no es más que una conjetura sacada de
sus ritos expiatorios y de las súplicas que dirigen al grande Espíritu, para
desarmar su justicia.
Cerem. relig.,
t. VI, 106.
MOISES
Los libros
sagrados reconocidos por los Hebreos, dicen que Dios derramará su furor sobre
el malo en el momento en que está determinado que ha de perecer. La justicia
del Señor dura por todos los siglos; el pecador lo verá y se indignará,
rechinará los dientes y se consumirá de despecho. La locura de los pecadores es
como un poco de estopa y su fin ser consumido por el fuego. ¿Quién de vosotros
podrá estar en aquel fuego devorador? ¿quién podrá vivir en las llamas eternas?
Los malvados serán castigados según la iniquidad de sus pensamientos, porque
descuidaron la justicia, y el mayor de sus suplicios tendrá lugar en el otro
mundo.
Job. XXI, 30.
Salmo. III, 89. Eccles. Isaías, XX, I, XXIII, 10. Catecismo del culto hebreo,
p. 45
JESUCRISTO
Los que cometen
iniquidad serán precipitados en un horno de fuego donde habrá llantos y
rechinar de dientes. Terrible es caer en las manos del Dios vivo; él tomará una
criba en la mano y limpiará su era; reunirá el grano en el granero y quemará la
paja en un fuego que jamás se extinguirá. Yo estoy atormentado por esta llama,
grita el rico Epulon en otra parte del Evangelio, que lo representaba en medio
del infierno. El infierno de los cristianos acompaña a la pena de sentido, esto
es, al sentimiento del dolor, la pena de daño, o sea la desgracia de los impíos
de conocer las perfecciones de Dios y estar privados de ellas para siempre. El
humo de los tormentos de los condenados subirá incesantemente por los siglos de
los siglos: ellos dirán a los montes y a los peñascos: «Caed sobre nosotros y
ocultadnos a la cólera de aquel que está sentado en el trono.» Beberán el vino
de la cólera de Dios que será derramado de la copa de su ira y serán
atormentados con fuego y azufre en presencia de los ángeles santos. Hay varios
infiernos; el más horrible y más oscuro es aquel en que las almas de los
condenados son atormentadas por los espíritus inmundos y que también se llama
genna (en hebreo gheinam) y abismo; el segundo es el fuego del purgatorio donde
padecen las almas de los justos por un espacio de tiempo determinado, hasta que
se hallan enteramente purificadas, y el tercero es aquel en que los justos
esperaban la venida de Jesucristo en un descanso libre de dolor.
San Mateo, XIII.
San Lucas, III, 17; XVI, 24. San Pablo, a los Hebreos, X. 31. Apoc. VI, 16;
XIV, 10, 11. Catecismo de Mompeller. Catec. del conc. trid., p. 50.
MAHOMA
Juro por la
aurora, por la décima noche del mes, por los pares y los nones, que los impíos
serán castigados y precipitados en las llamas, en las cuales no podrán morir.
Criamos el infierno para castigo de los ángeles rebeldes y para los hombres que
tienen corazón y no sienten los estímulos de la virtud, que tienen ojos y no la
ven, oídos y no la oyen. Allí castigaré a los impíos, a los que despreciaron su
existencia, a los que desobedecieron mis preceptos, a los que no quisieron
creer en la unidad de un Dios Omnipotente y a los que se comieron el pan de los
pobres. Los tesoros del mundo no podrán redimirlos y su miseria no tendrá fin;
los haré quemar en un fuego eterno y renovaré su piel para que se quemen de
nuevo; el infierno será su lecho, el fuego su alimento, y en vano pedirán
remedio contra el bronce fundido en que serán precipitados y que será su
bebida. Si tratan de salir serán golpeados con mazas de hierro y gritarán:
«¡Pluguiese a Dios que yo volviese a la tierra, que entonces sería del número de
los creyentes!» Preguntarán al que dirige el fuego infernal: «¿Nos librará tu
Señor de estos tormentos?» Y les responderá: «Sufriréis por toda la eternidad.»
Dios preguntará al infierno: «¿Estás lleno?«Y el infierno responderá: «¿No hay
más?»
Corán, cap. de
la Aurora, de la Persecución, de los Limbos, de la Prueba, de las Mujeres, de
la Vaca, de la Gratificación, de la Cosa juzgada. Pastoret. 249. César Cantú,
Historia Universal (1866). Traducción de D. Nemesio Fernández Cuesta.
INFORME DEL
CIELO Y DEL INFIERNO
A ejemplo de las
grandes casas de remate, el Cielo y el Infierno contienen en sus galerías
hacinamientos de objetos que no asombrarán a nadie, porque son los que
habitualmente hay en las casas del mundo. Pero no es bastante claro hablar sólo
de objetos: en esas galerías también hay ciudades, pueblos, jardines, montañas,
valles, soles, lunas, vientos, mares, estrellas, reflejos, temperaturas,
sabores, perfumes, sonidos, pues toda suerte de sensaciones y de espectáculos
nos depara la eternidad.
Si el viento
ruge para ti, como un tigre, y la paloma angelical tiene, al mirar, ojos de
hiena; si el hombre acicalado, que cruza por la calle, está vestido de andrajos
concupiscentes; si la rosa con títulos honoríficos, que te regalan, es un trapo
desteñido y menos interesante que un gorrión; si la cara de tu mujer es un leño
descascarado y furioso: tus ojos y no Dios, los creó así.
Cuando mueras,
los demonios y los ángeles, que son parejamente ávidos, sabiendo que estás
adormecido, llegarán disfrazados a tu lecho y, acariciando tu cabeza, te darán
a elegir las cosas que preferiste a lo largo de la vida. En una suerte de
muestrario, al principio, te enseñarán las cosas elementales. Si te enseñan el
sol, la luna o las estrellas, los verás en una esfera de cristal pintada, y
creerás que esa esfera de cristal es el mundo; si te muestran el mar o las
montañas, los verás en una piedra y creerás que esa piedra es el mar y las
montañas; si te muestran un caballo, será una miniatura, pero creerás que ese
caballo es un verdadero caballo. Los ángeles y los demonios distraerán tu ánimo
con retratos de flores, de frutas abrillantadas y de bombones, haciéndote creer
que eres todavía niño; te sentarán en una silla de manos, llamada también la
silla de la reina o sillita de oro, y de ese modo te llevarán, con las manos
entrelazadas, por aquellos corredores, al centro de tu vida, donde moran tus
preferencias. Ten cuidado. Si eliges más cosas del Infierno que del Cielo, irás
tal vez al Cielo; de lo contrario, si eliges más cosas del Cielo que del
Infierno, corres el riesgo de ir al Infierno, pues tu amor a las cosas
celestiales denotará mera concupiscencia.
Las leyes del
Cielo y del Infierno son versátiles. Que vayas a un lugar o a otro depende de
un ínfimo detalle. Conozco personas que por una llave rota o una jaula de
mimbre fueron al Infierno y otras que por un papel de diario o una taza de
leche, al Cielo.
Silvina Ocampo,
La Furia (1959).
EL ARMENIO ER
No es la
historia de Alcinoo la que voy a
referir, sino la de un hombre de corazón, Er el Armenio, originario de
Panfilia. Después de haber muerto en una batalla, como a los diez días se fuera
a recoger los cadáveres, que ya estaban corrompidos, se encontró el suyo sano y
entero; y conducido a su casa, cuando el duodécimo día estaba sobre la hoguera,
volvió a la vida y refirió a los circunstantes lo que había visto en el otro
mundo: «En el momento que mi alma salió del cuerpo, dijo, llegué con otra
infinidad de ellas a un sitio de todo punto maravilloso, donde se veían en la
tierra, dos aberturas, próximas la una a la otra, y en el cielo, otras dos, que
correspondían con las primeras. Entre estas dos regiones estaban sentados
jueces, y así que pronunciaban sus sentencias mandaban a los justos tomar su
camino por la derecha, por una de las aberturas del cielo, después de ponerles
por delante un rótulo que contenía el juicio dado en su favor; y a los malos
les obligaban a tomar el camino de la izquierda, por una de las aberturas de la
tierra, llevando a la espalda otro rótulo semejante, donde iban consignadas
todas sus acciones. Cuando yo me presenté, los jueces dicidieron que era
preciso llevase a los hombres la noticia de lo que pasaba en el otro mundo, y me
mandaron que oyera y observara en aquel sitio todas las cosas de que iba a ser
testigo.
«Vi, en primer
lugar, a las almas de los que habían sido juzgados, unas subir al cielo, otras
descender a la tierra por las dos aberturas que se correspondían; mientras que
por la otra abertura de la tierra vi salir almas cubiertas de basura y de
polvo, al mismo tiempo que por la otra del cielo descendían otras almas puras y
sin mancha. Parecían venir todas de un largo viaje y detenerse con gusto en la
pradería como en un punto de reunión. Las que se conocían, se pedían unas a
otras, al saludarse, noticias acerca de lo que pasaba en el cielo y en la
tierra. Unas referían sus aventuras con gemidos y lágrimas, que les arrancaba
el recuerdo de los males que habían sufrido o visto sufrir a los demás durante
su estancia en la tierra, cuya duración era de mil años. Otros, que volvían del
cielo, hacían la historia de los deliciosos placeres que habían disfrutado y de
las cosas maravillosas que habían visto.»
Sería muy largo, mi querido Glaucón, referirte
por entero el discurso del armenio Er sobre este punto. Se reducía a decir que
las almas eran castigadas diez veces por cada una de las injusticias que habían
cometido durante la vida; que la duración de cada castigo era de cien años,
duración natural de la vida humana, a fin de que el castigo fuese siempre
décuplo para cada crimen. Y así, los que se han manchado con muchos asesinatos,
que han vendido los Estados y los ejércitos, que los han reducido a la esclavitud
o que se han hecho culpables de cualquier otro crimen semejante, eran
atormentados con el décuplo por cada uno de estos crímenes. Aquellos, por el
contrario, que han hecho bien a los hombres, que han sido santos y virtuosos,
recibían en la misma proporción la recompensa de sus buenas acciones. Respecto
a los niños muertos luego de su nacimiento, Er daba otros detalles que es
superfluo referir. Había, según su historia, recompensas más grandes aún para
los que habían honrado a los dioses y respe tado a sus padres, y suplicios
extraordinarios para los impíos, los parricidas y los homicidas a mano armada.
«Estaba yo
presente, añadía, cuando un alma preguntó a otra dónde estaba el gran Ardieo.
Ardieo había sido tirano de una ciudad de Panfilia mil años antes; había dado
muerte a su padre, que era de avanzada edad, y a su hermano mayor, y cometido,
según se decía, otros muchos crímenes enormes. No viene, respondió el alma, ni
vendrá jamás aquí. Todos fuimos testigos en esta ocasión del espectáculo más
aterrador. Cuando estábamos a punto de salir del abismo subterráneo, después de
haber purgado nuestras culpas y sufrido nuestros castigos, vimos a Ardieo y a
muchos más, que eran en su mayor parte tiranos como él, y también vimos a
algunos particulares, que en su condición privada habían sido grandes
criminales. En el momento que intentaron salir, la abertura les impidió el
paso, y todas las veces que alguno de estos miserables, cuyos crímenes no
tenían remedio o no habían sido suficientemente expiados, se presentaban para
salir, se dejaba oír en la abertura un bramido. Al producirse este estruendo,
acudieron personajes horribles que parecían como de fuego. Por lo pronto, estos
seres espantosos condujeron a viva fuerza a un cierto número de aquellos
criminales; en seguida se apoderaron de Ardieo y de los demás, les ataron los
pies, las manos y la cabeza, y después de haberlos arrojado en tierra y de
desollarlos a fuerza de golpes, los arrastraron fuera del camino sobre
sangrientas zarzas, diciendo a las sombras que encontraban el motivo de por qué
trataban así a estos criminales, y que iban a precipitarlos en el Tártaro. Esta
alma añadía que entre los diversos terrores de que se veían agitadas durante el
camino, ninguno les causaba tanto espanto como el temor de que se oyera el
bramido en la abertura en el momento de salir, y que había sido para ellas un
placer inexplicable el no haberlo oído al tiempo de su salida.
«Tales eran,
poco más o menos, los juicios de las almas, los suplicios y las recompensas.
Después que cada una de estas almas hubo pasado siete días en esta pradería,
partieron al octavo, y en cuatro días de jornada llegaron a un punto desde el
que se veía una luz que atravesaba el cielo y la tierra, recta como una
columna, y semejante a Iris, pero más brillante y más pura . A esta luz
llegaron después de otro día de jornada. Allí vieron que las extremidades del
cielo venían a parar al centro de esta luz, que les servía de lazo y que
abrazaba toda la circunferencia del cielo, poco más o menos, como esas piezas
de madera que ciñen los costados de las galeras y sostienen toda la armadura.
De estas extremidades está pendiente el huso de la Necesidad, el cual daba
impulso a todas las revoluciones celestes. El cuerpo del huso y el gancho eran
de acero, y el peso era una mezcla de acero y otras materias.
«Este peso se
parecía por la forma a los pesos de este mundo. Mas para tener de él una idea
exacta, es preciso representarse un gran peso hueco por dentro, en el que esté
engastado otro peso más pequeño, como los vasos que entran uno en otro. En el
segundo peso había un tercero, en éste un cuarto, y así sucesivamente hasta el
número de ocho, dispuestos entre sí a manera de círculos concéntricos. Se veía
por arriba el borde superior de cada uno, y todos presentaban al exterior la
superficie continua de un solo peso alrededor del huso, cuyo tronco pasaba por
el centro del octavo. Los bordes circulares del peso exterior eran los más
anchos; después los del sexto, los del cuarto, los del octavo, los del séptimo,
los del quinto, los del tercero y los del segundo iban disminuyendo en anchura
en este mismo orden. El círculo formado por los bordes del peso más grande era
de diferentes colores . El del séptimo era de un color muy brillante . El del
octavo tomaba del séptimo su color y su brillo . El color de los círculos
segundo y quinto era casi el mismo, y tiraba más a amarillo . El tercero era el
más blanco de todos . El cuarto era un poco encarnado . En fin, el segundo
superaba en blancura al sexto . El huso entero rodaba sobre sí mismo con un
movimiento uniforme, mientras que en el interior los siete pesos concéntricos
se movían lentamente en una dirección contraria. El movimiento del octavo era
el más rápido. Los del séptimo, el sexto y el quinto eran menores e iguales
entre sí: El cuarto era el tercero en velocidad; el tercero era el cuarto, y el
movimiento del segundo era el más lento de todos. El huso mismo giraba entre
las rodillas de la Necesidad. En cada uno de estos círculos había una sirena,
que giraba con él, haciendo oír una sola nota de su voz siempre con el mismo
tono; de suerte que de estas ocho notas diferentes resultaba un acorde perfecto
. Alrededor del huso y a distancias iguales estaban sentadas en tronos las tres
Parcas, hijas de la Necesidad: Láquesis, Cloto y Atropos, vestidas de blanco y
ceñidas sus cabezas con cintillas. Acompañaban con su canto al de las sirenas;
Láquesis cantaba lo pasado, Cloto lo presente y Atropos lo venidero. Cloto,
tocando por intervalos el huso con la mano derecha, le obligaba a hacer la
revolución exterior. Atropos, con la mano izquierda, imprimía el movimiento a
cada uno de sus pesos interiores. Y Láquesis, con una y otra mano tocaba tan
pronto el huso como los pesos interiores. Luego que las almas llegaron, les fue
preciso presentarse delante de Láquesis. Por lo pronto un hierofante señaló a
cada uno su puesto; en seguida, habiendo tomado del regazo de Láquesis la
distinta suerte y las diferentes condiciones humanas, subió a un tablado
elevado y habló de esta manera: «He aquí lo que dice la virgen Némesis, hija de
la Necesidad: "Almas pasajeras, vais a comenzar una nueva carrera y a
entrar en un cuerpo mortal. Un genio no os escogerá, sino que cada una de
vosotras escogerá el suyo. La primera que la suerte designe escogerá la
primera, y su elección será irrevocable. La virtud no tiene dueño; se une a
quien la honra y huye del que la desprecia. Cada cual es responsable de su
elección, porque Dios es inocente."»
«Dichas estas
Palabras, el hierofante echó suertes, y cada alma recogió la que cayó delante
de ella, excepto yo, pues no se me permitió hacerlo. Entonces conoció cada cual
en qué orden debía escoger. En seguida el mismo hierofante arrojó en tierra
delante de ellas géneros de vida de todas clases, cuyo número era mucho mayor
que el de las almas que debían escoger, porque todas las condiciones, tanto de
los hombres como de los animales, se encontraban allí revueltas. Había
tiranías, unas que debían durar hasta la muerte, y otras que habrían de verse
bruscamente interrumpidas y cocluir en la pobreza, el destierro y la
mendicidad. Se veían igualmente condiciones de hombres célebres, éstos por la
belleza, por la fuerza, por su reputación en los combates; aquéllos por su
nobleza y las grandes cualidades de sus antepasados; se veían también
condiciones oscuras bajo todos estos conceptos. Había, asimismo, destinos de
mujeres igualmente varios. Pero nada había dispuesto sobre el rango de las
almas, porque cada una debía nesariamente mudar de naturaleza según su
elección. Por lo demás, las riquezas, la pobreza, la salud, las enfermedades,
se encontraban en todas las condiciones; aquí sin ninguna mezcla, allá
justamente compensados los bienes y los males.»
Aquí tienes evidentemente, mi querido Glaucón,
la prueba terrible para la humanidad. Y así, cada uno de nosotros, despreciando
todos los demás estudios, debe dedicarse sólo a aquel que le haga conocer al
hombre cuyas lecciones puedan ponerle en estado de discernir las condiciones
dichosas y desgraciadas y escoger siempre la mejor; y llegará a conseguirlo
siempre que repase en su espíritu todo lo que hemos dicho hasta ahora y juzgue
de lo que puede contribuir más a la felicidad de la vida por el examen que hemos
hecho de las diferentes condiciones consideradas junta o separadamente. Así el
como aprenderá, por ejemplo, qué grado de belleza, mezclado con una cierta
dosis de riqueza o de pobreza y una cierta disposición del alma, hace al hombre
malo o virtuoso; qué efecto deben producir el nacimiento ilustre y el
nacimiento oscuro, la vida privada y las dignidades, la fuerza del cuerpo y la
debilidad, la mayor o menor aptitud para las ciencias; en una palabra, las
diferentes calidades naturales o adquiridas, cotejadas las unas con las otras,
de suerte que, después de haber reflexionado sobre todo esto, sin perder de
vista la naturaleza del alma, podrá distinguir el género de vida que le es
ventajoso del que le sería funesto; llamará funesto al que le conduzca a hacer
su alma más injusta, y ventajoso al que la haga más virtuosa, sin tener en
cuenta todo lo demás; porque ya hemos visto que éste es el mejor partido que
puede tomarse, sea en esta vida, sea para la otra. Es preciso conservar hasta
la muerte el alma firme e inalterable en este sentimiento, para que no se deje
alucinar en este mundo ni por las riquezas ni por los demás males de esta
naturaleza; que no se exponga, arrojándose con avidez sobre la condición de
tirano u otra semejante, a cometer un gran número de males sin remedio, y
sufrirlos aun mayores; antes bien, debe saber fijarse para siempre en un estado
intermedio, evitando igualmente los dos extremos, en cuanto de ella dependa,
así en la vida presente como en todas las demás por las que habrá de pasar. En
esto consiste la felicidad del hombre. Además, según la relación del Armenio,
el hierofante había añadido: «El que escoja el último, con tal que lo haga con
discernimiento y que después sea consecuente con su conducta, puede prometerse
una vida dichosa y exenta de males. Así, pues, que ni el primero que haya de
escoger se entregue a una excesiva confianza, ni el último desespere.»
«Después que el
hierofante hubo hablado de esta manera, el primero a quien tocó la suerte se
adelantó apresuradamente, y sin más examen cogió la tiranía de más cuenta que
encontró allí, arrastrado por su avidez y su imprudencia; pero cuando hubo
considerado y visto que su destino era el devorar sus propios hijos y el
cometer otros crímenes enormes, se lamentó, y, olvidando las advertencias del
hierofante, acusó de su suerte a la fortuna, a los dioses, en fin, a todo menos
a sí mismo. Esta alma era una de las que venían del cielo; había vivido antes
en un Estado bien gobernado, y había debido su virtud a la bondad de su índole
y a la fuerza del hábito más bien que a la filosofía. He aquí por qué las almas
procedentes del cielo no eran las menos entre las que se engañaban en su
elección por no tener experiencia de los males de la vida. Por el contrario, la
mayor parte de las que habían permanecido en la región subterránea, y que a la
experiencia de sus propios sufrimientos unían el conocimiento de los males de otros,
no escogían tan a la ligera. Esta experiencia, de una parte, y esta
inexperiencia, de otra, independientemente del azar que decidía del lugar en
que debía ser llamada para escoger, hacía que la mayor parte de las almas
cambiasen una buena condición por una mala, y una mala por una buena. Así, un
hombre que cada vez que volviese a este mundo se aplicase constantemente a la
sana filosofía, con tal que su turno de elección no fuese el último de todos,
sería, muy probablemente, conforme a esta historia, no sólo feliz en la tierra,
sino también en su viaje a este mundo, y al volver marcharía por el camino
llano del cielo y no por el sendero subterráneo y penoso.
«Er decía
también que era un espectáculo curioso ver de qué manera cada alma hacía su
elección; nada más extraño ni más digno a la vez de compasión y de risa. Las
más se guiaban en la elección por los hábitos de la vida precedente. Vio al
alma de Orfeo escoger la condición de cisne en odio a las mujeres, que le
habían dado muerte en otro tiempo, no queriendo merecer su nacimiento a ninguna
de ellas; y al alma de Tamiris escoger la condición de ruiseñor. Vio también a
un cisne adoptar la condición humana, y lo mismo hicieron otros pájaros
músicos. Otra alma escogió la condición de león que fue la de Ayax, hijo de
Telamón, el cual recordando la afrenta que sufrió en el juicio a Aquiles,
rehusó tomar un cuerpo humano. Después llegó el alma de Agamenón, que teniendo
también aversión al género humano a causa de sus pasadas desgracias, escogió la
condición de águila. El alma de Atalanto, como se fijara en los grandes honores
que reciben los atletas, no pudo resistir el deseo de hacerse ella también
atleta. El alma de Epeo , hijo de Panopea, prefirió la condición de una mujer
hábil en trabajos manuales; el alma del bufón Tersites, que se presentó de los
últimos, vistió el cuerpo de un mono. El alma de Ulises, que fue el último
llamado por la suerte, vino también a escoger, pero recordando sus infortunios
pasados y ya sin ambición, anduvo buscando por mucho rato, hasta que al fin
descubrió en un rincón, como despreciada, la condición pacífica de un simple
particular, que todas las demás almas habían dejado; y exclamó al verla que aun
cuando hubiera sido la primera en escoger, no habría hecho nunca otra elección.
Había, añadió el Armenio, almas de animales que mudaban su condición con la
nuestra, y almas humanas que pasaban a cuerpos de animales; las de los malos a
las especies feroces, las de los buenos a especies dómesticas; lo cual daba
lugar a mezclas de toda clase.
«Después que
todas las almas escogieron su género de vida en el lugar marcado por la suerte,
se aproximaron en el mismo orden a Láquesis, la cual dio a cada una el genio
que ella había preferido, para que le sirviese de guarda durante el curso de su
vida mortal y le ayudase a cumplir su destino. Este genio la conducía primero a
Cloto, para que con su mano y una vuelta de huso confirmase el destino
escogido. Después que el alma había tomado el huso, el genio la llevaba desde
aquí a Atropos, que enrollaba el hilo para hacer irrevocable lo que había sido
hilado por Cloto. En seguida, no siendo ya posible volver atrás, se dirigían al
trono de la Necesidad, por bajo del cual el alma y su genio o demonio pasaban
juntos. En el momento que todas hubieron pasado se trasladaron a la llanura de
Leteo , donde experimentaron un calor insoportable, porque en este llano no
había plantas ni árboles. Llegada la tarde, pasaron en seguida la noche al pie
del río Ameles , cuya agua no puede ser contenida por ninguna vasija.
«Es preciso que cada alma beba de esta agua
hasta cierta cantidad. Las que por imprudentes no se contienen y beben más allá
de la medida prescripta, pierden absolutamente la memoria. En seguida se
entregaron todas al sueño, pero a medianoche se oyó un trueno acompañado de
temblores de tierra, y las almas, despertando llenas de sobresalto, fueron
dispersadas acá y allá, como estrellas errantes, marchando a los distintos
puntos en que debían renacer. En cuanto a Er, según decía, se le impidió beber
el agua del río; pero, sin embargo, sin saber por dónde ni cómo, su alma se
había unido a su cuerpo; y al abrir sus ojos de repente en la madrugada vio que
estaba tendido sobre la pira.
«Esta fábula, mi
querido Glaucón, se ha preservado del olvido, y si le damos crédito puede
preservarnos a nosotros mismos, porque pasaremos con felicidad el río Leteo, y
mantendremos nuestra alma libre de toda mancha.»
Platón, La
República, X (Traducción de Patricio de Azcárate).
DESPUES DEL
JUICIO
Y vi los
muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios; y los libros fueron
abiertos: y otro libro fue abierto, que es el de la vida: y fueron juzgados las
muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras.
Y el mar dio los
muertos que estaban en él; y la muerte y el Infierno dieron los muertos que
estaban en ellos: y fue hecho juicio de cada uno según sus obras.
Y el Infierno y
la muerte fueron arrojados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda.
Y el que no fue
hallado escrito en el libro de la vida, fue arrojado en el lago de fuego.
Y vi un cielo
nuevo y una tierra nueva. Porque el primer cielo y la primera tierra se fueron:
y el mar ya no es.
Y yo Juan vi la
ciudad santa, la Jesusalén nueva, que descendía del cielo, de Dios, dispuesta
como una Esposa ataviada para su Esposo.
Y oí una gran
voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y
morará con ellos. Y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios en medio de ellos
será su Dios.
Apocalipsis del
Apóstol San Juan, XX, XXI
PARAISOS
BRAMA
Hay, dicen los
libros sagrados de los Indios, muchas habitaciones en la mansión de los
bienaventurados. El primer paraíso es el de Indra, donde son admitidas las
almas virtuosas de cualquier casta o sexo; el segundo es el de Visnú, donde
sólo pueden penetrar sus adoradores; el tercero está reservado a los adoradores
del Lingam, el cuarto es el paraíso de los Bramanes y sólo se abre para ellos.
En todos el premio es proporcionado a los méritos y sin embargo en todos son
indecibles los placeres. Cuanto puede incitar los sentidos y satisfaccr los
deseos, cuanto puede concebir la imaginación de placeres sin mezcla de
disgusto, de reposo sin fastidio, de felicidad sin fin, se encuentra reunido en
el cielo para la bienaventuranza de los justos.
Dubois, Viaje a
Massorah, t. II, pp. 324, 325, 326. Sonnerat, t. II, 17, 135, 136. Manú, I, II.
Marles, t. II, 200. Creuzer, t. I, 276.
FO
(Opinión
filosófica). El premio que esperáis de volver a nacer entre los hombres o entre
los habitantes de los cielos, es tan en vano que no se puede llamar premio.
Todo esto sólo tiene la apariencia de duración o de existencia, y la posesión
de semejantes bienes es quimérica. No hay, pues, ni paraíso ni infierno.
(Opinión
vulgar). Tienen los cielos muchos grados, por los cuales se sube al más
perfecto de todos, que da a los que lo habitan el conocimiento de lo pasado, de
lo presente y del porvenir. Estos diferentes cielos giran continuamente
alrededor del monte Siumi. La felicidad que allí se goza es tanto más perfecta,
cuanto más se aproxima al éxtasis.
Diario asiático,
t. V, p. 312; t. VII. p. 237; t. VIII, p. 40. Dubois en el lugar citado, t. II,
p. 93.
ZOROASTRO
Las almas de los
justos irán, guiadas por los ángeles del cielo, por un alto monte, y pasarán
por un puente suspendido sobre el abismo. Bakman se levantará de su áureo trono
y les dirá: «Almas puras, sed bienvenidas al Gorotman que es excelente y está
lleno de buen olor; en él todo es luz, todo bien, todo felicidad y pertenece a
Oromazes y al hombre puro.» Allí se ofrecerán los placeres a los hombres y a
las mujeres, como en los tiempos de Feridum; allí Dios premiará la pureza de
corazón.
Zend Avesta,
Vendidad, Farg. XIX. Anquetil, t. II, 418. Hyde, parte II, c. XXIV, 93. Mem. de
la Acad. 297, 728. Vendidad Sadé, Farg. XX.
CONFUCIO
La religión no
admite formalmente la doctrina de la otra vida; sin embargo, recomienda que se
honre a los descendientes cual si estuviesen presentes; predica la moral más
pura, y proclama la justicia de Dios, que supone la recompensa en otro mundo.
Se lee en el Chu King, que las almas de los reyes virtuosos están en el cielo.
Leibnitz, t. VI,
p. 125. Mm. sobre los Chinos, 29. Chu King, p. 209.
OSIRIS
Las almas,
después de purificadas, vuelven al cielo que les está destinado para recibir la
recompensa de sus buenas obras; las más virtuosas son mejor premiadas, y van
directamente al sol o a Sirio. En el más alto de los cielos se encuentra la
perfección y la más sublime glorificación del alma. La ascención de las almas
se verifica al través de los signos del zodíaco, y las más bienaventuradas
habitan las estrellas fijas.
Creuzer, t. I,
467; t. II,887.
ORFEO
(Opinión
filosófica). La divinidad nada ha explicado sobre la naturaleza de los premios
que esperan a los justos después de su muerte; pero por la fe en su justicia
debemos creer en ellos y esforzarnos por merecerlos.
Anacarsis, t. I,
6; t. V, 461, 462; t. VII, 29. Extrac. de Platón.
(Opinión
vulgar). Parece cierto que en los misterios se estableció la necesidad de las
recompensas que Dios tiene reservadas a los hombres virtuosos después de su
muerte. Se hacía pasar a los iniciados por deliciosas selvas y risueños prados;
mansión afortunada, imagen de los Elíseos, en la que brillaba una luz pura y se
oían voces encantadoras; bienes frágiles y monótona felicidad que no impedía a
las almas desear lo que gozaban sobre la tierra. «Quisiera más bien (decía el
más bienaventurado de los muertos) trabajar la tierra y servir al más pobre de
los vivientes que reinar en una mansión de sombras.»
Coyer, Disert.
sobre la relig. de los Romanos, 225.
NUMA
El Elíseo de los
Griegos es triste; pero ¡cuánto más hermoso es que el de los Romanos, donde el
héroe troyano encontró a su padre Anquises! Allí, dice el poeta que hace su
pintura, reina una primavera eterna, un aire siempre puro y una felicidad sin
mezcla de disgusto y sin fin. Los justos están entre verdes bosquecillos y
risueños prados, donde los cielos son más extensos, la luz más dulce y el sol
nuevo. Sin embargo, la vida futura, como notaron los filósofos, no era para los
Griegos y Romanos, más que la imagen desfigurada de la presente. El Elíseo es
el mismo en las dos religiones, y si la pintura de Homero difiere de la de
Virgilio, es más bien por la elección de las imágenes que por el fondo de los
conceptos.
Eneida, lib. VI.
TEUTATES
La alegría con
que los Galos arrostraban la muerte prueba suficientemente que esperaban el
premio de sus buenas obras después de la tumba. Estaban persuadidos de que los
hombres admitidos en el cielo podían ascender a tal grado de perfección, que
llegasen a ser Dioses. La religión (especialmente la de los Celtas) prometía la
bienaventuranza celeste a los hombres ofrecidos como víctimas a los Dioses.
Chiniac, Relig.
de los Galos, t. II, pp. 226 67).
ODIN
Hay en el cielo
una ciudad destinada a mansión de los bienaventurados que deben habitarla por
todos los siglos; para llegar a ella pasan las almas por un pueute de tres
colores, construido por los Dioses con más arte que ninguna obra del mundo y
que sin embargo se destruirá cuando los ángeles lo pasen a caballo. Sobre el
palacio de los Dioses se extiende el gran fresno Idrasil, el mejor de los
árboles, y no lejos de allí está el Valhalla, donde las vírgenes llamadas
Valkirias dan a beber a los héroes cerveza e hidromiel. Una cabra suministra el
hidromiel con tanta abundancia, que todos los bienaventurados tienen
continuamente con qué apagar la sed y embriagarse. Al despuntar el alba, el
pastor Ligur, sentado sobre un collado, despierta a los bienaventurados al
sonido de su arpa, y pronto el gallo rojo colocado sobre una rama de oro, hace
oír su canto matutino, señal de los juegos celestes. Los héroes toman sus
armas, entran en la liza y se hacen pedazos recíprocamente, lo que constituye
su diversión. Pero llegada la hora de la comida, la lira de Braga los hace
volver a levantar: vírgenes rosadas como la aurora curan sus heridas, y pronto
vuelven a montar a caballo sanos y salvos y van a beber nuevamente al palacio
de Odín. La carne humeante del jabalí Serimner, que renace bajo el cuchillo que
la divide, se sirve sobre discos de escudos; doncellas jóvenes celebran con la
lira las hazañas de los convidados, Iduna les distribuye unas manzanas que les
conservan en una juventud eterna, mientras que las hermosas compañeras de Friga
andan jugueteando alrededor de la mesa.
Edda, mitos 6,
7, 9, 18, 20. Saxon. Historia de Odín. Antigüedades danesas. Rudbek, Atlan, t.
I, 23. Marchangy, Galia poética, t. III, 163. Bartholin, Edda.
MANCO CAPAC
Creían los
Peruanos que después de la vida presente, había otra mejor para los buenos. La
felicidad del otro mundo consistía en gozar de una existencia pacífica y libre
de las inquietudes de éste. Daban el nombre de Hanan Pacha a la mansión de los
bienaventurados.
Feder Bernard,
Ceremonias religiosas de todos los pueblos, t. VI, 206. Historia de los Incas,
lib. II, c. VII.
VIRGINIANOS
Según éstos,
sólo hay paraíso para sus conciudadanos, y colocan hacia el ocaso detrás de las
montañas el reino de los bienaventurados. La felicidad de los justos consiste
en coronarse de plumas, pintarse la cara con extraños colores, poseer hermosas
pipas y bailar con sus ascendientes, con quienes se hallarán reunidos.
Ceremonias, t.
VI, p. 14
CANADIENSES
El país de las
almas es un país delicioso que colocan al Occidente y donde se encuentran
risueños prados, árboles cargados de fruta y selvas para cazar.
Ceremonias,
ibid., pp. 14, 81, 95.
MOISES
En el libro de
la Sabiduría, reconocido por los Hebreos como sagrado, se leen las siguientes
palabras: «Las almas de los justos están en la mano de Dios y el tormento de la
muerte no las alcanzará. Parecen muertos a los ojos de los necios y su salida
del mundo se reputa como el colmo de la desgracia, y su sepacación de nosotros,
cual su entera ruina; pero viven en paz y si sufren tormentos según los
hombres, su esperanza está satisfecha con la inmortalidad que tienen prometida.
Los justos vivirán eternamente; el Señor les reserva su premio y el Altísimo
cuida de ellos; recibirán de la mano de Dios un reino admirable y una
esplendente diadema de gloria; su herencia está con los santos. Los que hayan
instruido a muchos en el camino de la salvación, brillarán como estrellas por
toda la eternidad. La felicidad de los justos será poseer a Dios en toda su
plenitud: una hora de felicidad celeste vale más que toda la vida presente .
Sabiduría, c.
II, v. 15; c. V, v. 2. Daniel, c. XXII, v. 3. Salmo, XXX, v. 20. Catecismo del
culto hebraico, p. 131. Tratado de los pricipios, traduc. de Anspach, 419.
JESUCRISTO
Hay muchas
habitaciones en el cielo; el ojo del hombre no vio, el oído no oyó, ni su
corazón imaginó el bien que Dios preparó desde la eternidad para los que lo
aman. Jesucristo decía a sus discípulos: «Cuando los hombres os carguen de
maldiciones, os persigan o digan falsamente toda suerte de mal contra vosotros
por mi causa, alegraos, que un gran premio se os prepara en los cielos. Los
justos brillarán como el sol en el reino de mi padre; tienen en el cielo un
domicilio eterno que Dios les ha preparado; allí encontrarán una corona
inmarcesible, una herencia que no puede contaminarse ni marchitarse. Dios
enjugará las lágrimas de sus ojos; allí no habrá muerte, ni dolores, ni
alaridos, ni trabajos. Los justos estarán con los ángeles en el paraíso; oirán
palabras inefables que el hombre no puede expresar, verán a Dios cara a cara y
Dios será todo en todos.»
San Juan, XVI,
San Pablo, I, a los Cor., c. II, 13, 15 y II a los cor. V, 12. Apoc. XXI. San
Mateo, V, 13. San Pedro, I. Ep. c. IV. San Lucas, XX.
MAHOMA
Los que
obedezcan los mandamientos tendrán un asilo divino donde encontrarán la
felicidad eterna. Después de su muerte serán trasportados a unos frescos
bosquecillos inmediatos a los más risueños prados; reclinados allí muellemente
sobre lechos deliciosos beberán un licor que los deleitará sin embriagarlos.
Sus mujeres, cándidas como huevos frescos, no dirigirán sus miradas a otros más
que a sus esposos, conversarán juntamente y uno de ellos dirá: «Tenía en la
tierra un amigo que me preguntaba si creía en la resurrección y si después de
haber sido tierra, huesos y polvo volveríamos a vivir. Venid conmigo, vamos a
ver qué hace.» El bienaventurado verá a su amigo en el fondo del infierno y le
dirá: «¡Dios mío! y qué poco faltó para que me sedujeses.» Todas las penas son
expulsadas de la mansión de los felices, cuya extensión es semejante a la del
cielo y la tierra y jamás se quitará su posesión a los que la habitan. El
corazón hallará allí cuanto desea y la vista cuanto pueda encantarla; todos los
votos de los bienaventurados serán realizados; será suprema su voluntad y
eternas sus delicias. Mientras descansen sobre lechos tan dulces como el tálamo
nupcial, estarán cerca de ellos lindas jóvenes de pecho alabastrino, hermosos
ojos negros y molestas miradas. Ningún hombre, ningún genio profanó sus
costumbres y su pudor; las perlas no igualan en blancura y esplendor a estas
vírgenes encantadoras; el amor que exciten lo sentirán ellas mismas y los dos
amantes gozarán de una juventud inalterable. Junto a este encantado lugar se
abren otros jardines coronados de un verdor eterno y adornados de las
bulliciosas fuentes. Allí se hallan reunidas las más variadas frutas, y huríes
de maravillosa belleza en soberbios pabellones. Cada acción buena será para los
justos un grado de felicidad, y beberán un vino exquisito, mezclado con agua
del paraíso de la cual beben los querubines, cerca de un manzano sin espinas y
del árbol que produce los perfumes.
Corán, cap. de
las Ordenes, c. III, p. 69; c. XIV, p. 217; capítulo XVII, p. 5; c. XIX, p. 59;
c. XXXV, p. 210; c. III. p. 54; c. IV, pp. 82, 88; c. V. p. 225; c. IX, p. 201;
c. X, p. 217; s. II, c. XXV. pp. 31, 36; c. II, III, IV, V, IX, pp. 19, 34, 38,
44, 55; cap. de la Montaña y de los que pesan con pesas falsas. César Cantú,
Historia Universal (1866). Traducción de D. Nemesio Fernández Cuesta.
DOS FORMAS DEL
PARAISO
El Paraíso puede
ser la imaginación de lo que no tenemos o la apoteosis de lo que tenemos.
Aldous Huxley,
Texts and Pretexts (1932).
SU LUGAR PRECISO
El Paraíso está
siempre donde hay felicidad.
San Agustín.
LUGAR DE REPOSO
Hay tanta gente
enferma y exhausta que, por lo general, el Paraíso es concebido como un lugar
de reposo.
Aldous Huxley,
Texts and Pretexts (1923).
ETIMOLOGIA
Paraíso, la
palabra nos llega del Oriente; de pardas, jardín, lugar delicioso, en idioma
zenda.
Farrel Du Bosc,
Nugae (1919).
DEBAJO DEL CIELO
está el fuego.
lo circunscribe,
casi lo lame,
está muy cerca y
sin embargo
el cielo nunca
sufre el fuego.
El fuego son
imágenes,
pequeños
demonios negros
vistos en
Jerusalén, en Babel,
en el respaldo
de los tronos,
en la extesión
de los cetros,
en la nuca de
los arrodillados,
en las epístolas
áureas del docto,
en el que tiende
a lo perfecto,
en el que se
ofrece como mucho,
en los que crían
para nada,
en el que
adquiere y pone precio,
en los que se
sientan a la mesa,
en los que se
niegan a servir,
en los que
escriben de este fuego
escribiendo de
consuelos y castigos.
Debajo del cielo
está el fuego;
somos la madera,
la sequedad,
el soplo que
mantiene el fuego.
Alberto Girri,
La Penitencia y el mérito (1957).
PARAISO
Paraíso: no
existe palabra cuya acepción se aleje más de su etimología. Es bastante sabido
que originalmente significaba un lugar con plantaciones de árboles frutales;
luego se dio este nombre a jardines con árboles de sombra. Así fueron en la
antigüedad los jardines de Saana hacia el Edén, en la Arabia Feliz, ya
conocidos en tiempos muy anteriores a la invasión de una parte de Palestina por
las hordas hebreas.
Entre los
judíos, esta palabra Paraíso sólo aparece en el Génesis. Algunos escritores
canónicos hablan de jardines; ninguno dice una palabra del jardín llamado
paraíso terrestre. ¿Cómo es posible que ningún escritor judío, ningún profeta
judío, ningún cántico judío, se refiera a este paraíso terrestre del que
siempre hablamos? Esto es casi incomprensible, y ha hecho pensar a algunos
sabios audaces que el Génesis fue escrito mucho después.
Jamás los judíos
confundieron este vergel, esta plantación, este jardín de yerbas o de flores
con el cielo.
San Lucas es la
primera autoridad que designa el cielo con la palabra paraíso, cuando
Jesucristo dice al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el Paraíso .
Los antiguos
llamaron cielo a las nubes: este nombre no era conveniente, ya que los vapores
de las nubes tocan la tierra, y que el cielo es una palabra vaga que designa el
espacio inmenso donde giran los innumerables soles, planetas y cometas; y esto
en modo alguno se parece a un vergel.
Santo Tomás dice
que hay tres paraísos: el terrestre, el celeste y el espiritual. No entiendo
bien en qué distingue el espiritual del celeste. El vergel espiritual es, según
él, la visión beatífica. Pero ésta, precisamente, constituye el paraíso
celeste, o sea el goce de Dios . No me atrevo a discutir al ángel de las
escuelas. Digo solamente: Feliz quien se encuentre en uno de esos tres
paraísos.
Algunos sabios
curiosos han creído que el jardín de las Hespérides, cuidado por un dragón, era
una imitación del jardín del Edén, cuidado por un buey alado o por un querubín.
Sabios aún más temerarios han insinuado que el buey era una mala imitación del dragón
y que los judíos fueron siempre inhábiles plagiarios: es blasfemar, y la noción
es insostenible.
¿Por qué se ha
dado el nombre de paraíso a los patios cuadrados que hay delante de una
iglesia?
¿Por qué se ha
llamado paraíso a la tercera hilera de palcos en la comedia y en la ópera? ¿Es
porque estas localidades, las menos costosas, parecen destinadas a los pobres;
y porque se afirma que en el otro paraíso hay muchos más pobres que ricos? ¿O
es porque esas localidades, por ser muy altas, han merecido un nombre que
significa también cielo? Sin embargo hay alguna diferencia entre subir al cielo
y subir a la tercera fila de palcos.
¿Qué pensaría un
extranjero que al llegar a París oyera a un parisiense: Vamos al paraíso a ver
a Pourceaugnac?
¡Cuántas
incongruencias, cuántos equívocos en los idiomas! Anuncian la debilidad humana.
Ved el artículo
Paraíso en el gran diccionario enciclopédico; indudablemente es mejor que éste.
El Paraíso para
los bienhechores, repetía siempre el padre Saint Pierre.
Voltaire,
Dictionnaire Philosophique (1764).
DEL INFIERNO Y
DEL CIELO
El infierno de
Dios no necesita
el esplendor del
fuego. Cuando el Juicio
Universal
retumbe en las trompetas
y la tierra
publique sus entrañas
y resurjan del
polvo las naciones
para acatar la
Boca inapelable,
los ojos no
verán los nueve círculos
de la montaña
inversa; ni la pálida
pradera de
perennes asfodelos
donde la sombra
del aquero sigue
la sombra de la
corza, eternamente;
ni la loba de
fuego que en el ínfimo
piso de los
infiernos musulmanes
es anterior a
Adán y a los castigos;
ni violentos
metales, ni siquiera
la visible
tiniebla de Juan Milton.
No oprimirá un
odiado laberinto
de triple hierro
y fuego doloroso
las atónitas
almas de los réprobos.
Tampoco el fondo
de los años guarda
un remoto
jardín. Dios no requiere
para alegrar los
méritos del justo,
orbes de luz,
concéntricas teorías
de tronos,
potestades, querubines,
ni el espejo
ilusorio de la música
ni las
profundidades de la rosa
ni el esplendor
aciago de uno solo
de sus tigres,
ni la delicadeza
de un ocaso
amarillo en el desierto
ni el antiguo,
natal sabor del agua.
En su
misericordia no hay jardines
ni luz de una
esperanza o de un recuerdo.
En el cristal de
un sueño he vislumbrado
el Cielo y el
Infierno prometidos:
cuando el juicio
retumbe en las trompetas
últimas y el
planeta milenario
sea obliterado y
bruscamente cesen
¡oh Tiempo! tus
efímeras pirámides
los colores y
líneas del pasado
definirán en la
tiniebla un rostro
durmiente,
inmóvil, fiel, inalterable
(tal vez el de
la amada, quizá el tuyo)
y la
contemplación de ese inmediato
rostro
incesante, intacto, incorruptible,
será para los
réprobos, Infierno;
para los
elegidos, Paraíso.
Jorge Luis
Borges, Poemas (1954).
EXTENSIONES
¿No nos
permitirá la simple fe entrar un día en el Paraíso? ¿Pero de dónde llegan las
flores, las mariposas y los pájaros que hay en el jardín? Yo creo que del mismo
lugar de donde llegan los hombres. La muerte no sólo eleva al hombre a un plano
superior: eleva también a toda la interdependiente cadena de seres vivos. Me
parece una absurda interpretación de la doctrina de la inmortalidad aquella que
la restringe al hombre o, aun, a ciertos hombres intelectual o moralmente
desarrollados. En esta cuestión los pueblos más primitivos dan la mejor
respuesta. El habitante de Laponia sabe que hallará a su reno en el otro mundo,
y el samoyedo a su perro.
Gustav Theodor
Fechner, Zend Avesta (1851).
UN CIELO
INDULGENTE
Me duele,
querido lector, separarme de ti. El autor acaba por acostumbrarse a su público,
como si éste fuera un ser razonable. A ti también parece entristecerte que yo
deba decirte adiós; estás agitado, querido lector, y preciosas lágrimas corren
por tus mejillas. Pero tranquilízate, volveremos a vernos en un mundo mejor,
donde también pienso dedicarte libros mejores. Doy por sentado que ahí se
repondrá mi salud, y que no me ha mentido Swedenborg. Este refiere que en el
otro mundo proseguiremos tranquilamente nuestros quehaceres terrenales, que ahí
conservaremos nuestra individualidad y que la muerte no produce ningún
trastorno apreciable en nuestra evolución orgánica. Swedenborg es incapaz de
mentir y son del todo fidedignos sus informes del otro mundo, donde él vio las
personas que han jugado un papel en nuestra tierra. Casi todos, dice él, siguen
invariables y se ocupan de los mismos asuntos que antes los ocuparon: quedan
estacionarios, anticuados, un poco rococó, lo que puede resultar algo ridículo.
Así, por ejemplo, nuestro querido doctor Martín Lutero se quedó detenido en su
doctrina de la Gracia, sobre la cual hace trescientos años que diariamente
escribe los mismos argumentos mohosos
igual que el difunto barón Ecksteien, que durante veinte años publicó
diariamente en la Allgemeine Zeitung el mismo artículo contra los jesuítas.
Pero no todas las personas vistas por Swedenborg persistían rígidas como
fósiles; muchas habían empeorado o mejorado... La casta Susana, que antes
resistió con tanta gloria a los ancianos, fue seducida por el joven Absalón,
hijo de David. En cambio las hijas de Lot se habían reformado; en el otro mundo
eran ejemplos de decencia.
Por absurdas que parezcan estas noticias son
tan importantes como agudas. El gran vidente escandinavo comprendió la unidad y
la inseparabilidad de nuestra existencia y reconoció con toda razón los
derechos de la invariable individualidad del hombre. La perduración después de
la muerte no es para él un carnaval, donde el hombre y el vestuario siguen
invariables en él. En el otro mundo de Swedenborg se sentirán cómodos los
pobres esquimales, que preguntaron a los misioneros daneses que querían
convertirlos, si en el cielo cristiano había focas. Cuando les respondieron que
no, confesaron tristísimos que aquel cielo no servía para esquimales, que no
pueden vivir sin focas.
¡Cómo se
estremece nuestra alma al pensar en la aniquilación eterna, en la cesación de
nuestra personalidad! El horror al vacío, que se atribuye a la naturaleza, es
innato en el sentimiento del hombre. Consuélate, querido lector, hay una
perduración después de la muerte, y en el otro mundo volveremos a encontrar
nuestras focas.
Y ahora, adiós,
y si algo te debo, mándame la cuenta.
Escrito en
París, el 30 de setiembre de 1851.
Heinrich Heine.
DEL CIELO
MUSULMAN
No es asombroso
que la superstición obre tan poderosamente sobre los terrores de sus adeptos,
ya que la imaginación humana puede representar con más energía las penas que
las felicidades de una vida futura. Con los dos simples elementos de oscuridad
y fuego creamos una sensación de dolor, que puede ahondarse en un grado
infinito por la idea de una duración sin fin. Pero la misma idea, sobre la
continuidad del placer obra con un efecto opuesto; gran parte de nuestros
actuales deleites los obtenemos por el alivio, o la comprensión, del mal. Es
bastante comprensible que un profeta árabe insista arrebatadamente sobre las
enramadas, las fuentes y los ríos del paraíso; pero en vez de infundir en los
bienaventurados habitantes una desinteresada afición por la armonía y la
ciencia, el diálogo y la amistad, ociosamente celebra las perlas y los
diamantes, los atavíos de seda, los palacios de mármol, las bandejas de oro,
los ricos vinos, las artificiales golosinas, la servidumbre numerosa y todo el
séquito del sensual y costoso lujo, que se torna insípido a quien lo posee, aun
en el corto período de esta vida mortal. Setenta y dos houris, o muchachas de
ojos negros, de luminosa hermosura, floreciente juventud, virginal pureza y
exquisita sensibilidad, serán creadas para el uso del más mezquino de los
creyentes; un momento de placer será extendido a mil años, y las facultades del
hombre serán aumentadas doscientas veces, para que sea digno de su felicidad.
No obstante un vulgar prejuicio, las puertas del cielo se abrirán a los dos
sexos; pero Mahoma no ha especificado cuáles serán los compañeros masculinos de
las mujeres elegidas, para no despertar los celos de sus antiguos maridos, o
perturbar su felicidad con la sospecha de un matrimonio infinito. Esta imagen
de un paraíso carnal ha provocado la indignación, tal vez la envidia, de los
monjes: declaman contra la impura religión de Mahoma; y sus modestos
apologistas caen en la pobre excusa de emblemas y alegorías. Pero el grupo más
sólido y más consistente prefiere, sin avergonzarse, la interpretación literal
del Corán: sería inútil la resurrección del cuerpo si no se lo restituyera a la
posesión y ejercicio de sus más valiosas facultades; y la unión de los deleites
sensuales e intelectuales es indispensable para completar la felicidad de ese
animal doble, el hombre perfecto. Sin embargo, los placeres del paraíso
musulmán no han de quedar confinados a la gratificación de los apetitos y el
lujo y el profeta ha declarado expresamente que las más humildes alegrías serán
olvidadas y despreciadas por los santos y los mártires, a quienes espera la
beatitud de la visión divina.
Gibbon, Decline
and Fall of the Roman Empire L. (1776).
CIELO CONCRETO
Y en retribución
de su paciencia les dará Dios el jardín, y vestidos de seda.
Se recostarán en él sobre las camas
matrimoniales, no verán el sol, ni la luna.
Los árboles los convidarán con su sombra, y
les ofrecerán sus frutos en abundancia.
Les servirán con vasos de plata, y tazas sin
asa, que serán como las copas de vidrio.
En copas de vidrio guarnecido de plata les
servirán a medida de su deseo;
Y beberán del cáliz del vino mezclado con el
agua de Zangebil;
Fuente del Paraíso, que se llama Salsabil.
Correrán alrededor, cerca de ellos, los mozos,
que siempre estarán en la flor de su edad: cuando los veas, te parecerán
perlas.
¡Ah! cuando esto veas conocerás la región de
las delicias.
¡Un Reino grande! Ellos serán revestidos de
seda verde muy sutil, y fuerte, y adornados de brazaletes de plata. Su Señor
les dará las bebidas más puras.
Todo esto se os dará en recompensa y vuestros
cuidados serán agradecidos.
El Corán, sura
LXXVI: El hombre.
PROMESAS
En el mundo
celeste dispondrá de un ejército de mujeres y ni el fuego consumirá su miembro.
Atharva Veda,
IV, 34, 2.
TRES CIELOS
Rico en aguas es
el cielo de abajo; rico en mirtos es el cielo del medio; el tercero es el cielo
supremo, donde reposan los padres.
Atharva Veda,
XVIII, 2, 48.
CIELO EGIPCIO
En el cielo tres
etapas aguardan a las almas. Los campos de Ialú, afortunado país donde las
cosechas de siete codos de alto premian el trabajo de los difuntos; Los campos
de las ofrendas, donde la mesa está siempre tendida y las recompensas
inagotables se alcanzan sin trabajo ni esfuerzo; el Duait, a donde el muerto
penetra en la barca del sol.
Los campos de Ialú son la campiña egipcia
trasladada al Cielo; la felicidad que deparan sólo se distingue de la vida en
la tumba por la proximidad de las estrellas y por la compañía de los dioses.
Pero los campos de las ofrendas son un país de milagros, y en el Paraíso de
Duait abundan por igual los misterios, los espantos y las dichas celestes. Así
partiendo del sólido Paraíso terrenal, el alma, en ansiosa busca de destinos,
progresa en una región donde aumentan, con la dicha, los temores.
A. Moret, Rois
et Dieux d'Egipte (1916).
UN FALSO CIELO
DONDE TODO PARECE PERDIDO
Un mono de
piedra, el cerdo pecador, el delfín del desierto y el caballo que antes era
dragón atravesaron una colina y vieron un templo, en cuyo pórtico estaba
escrito Lui Yin Sze (Templo del Trueno), que según el caballo era la morada de
un venerado santo budista. `Kwan yin habita en el Océano del Sur, Pu Hien, en
la montaña de Omei, Wen Shu Pusa en Wutai; no sé quién vive aquí. Entremos.»
Pero el mono dijo: «No se llama el Templo del Trueno, sino el Pequeño Templo
del Trueno. Entiendo que más vale no entrar.» Pero el caballo insistió. El mono
dijo: «Está bien, pero después no me eches la culpa.»
Entraron. Vieron
la imagen de Julai, con ochocientos ángeles, además de los cuatro Querubines,
ocho Boddhisatvas y de innumerables discípulos. Estas imágenes llenaron de
reverencia al caballo, al cerdo y al delfín, que se arrodillaron para
venerarlas; pero el mono seguía indiferente. Entonces una fuerte voz exclamó:
«¿Por qué el mono no venera al Buddah?» El mono empuñó su clava de hierro y
gritó: «Impostor, ¿cómo te atreves a pretender que eres el Buddah?» Al decir
esto, se encontró encerrado en una esfera de metal, mientras el caballo era
conducido a una de las piezas contiguas. El mono temió que el caballo sufriera
daño. Empleó sus artes mágicas para agrandarse, pero la esfera de metal se
agrandó también; se redujo entonces el volumen de una semilla de mostaza, para
huir por un agujerito; pero la esfera de metal se achicó. El mono llamó en su
auxilio a los espíritus de los cuatro puntos cardinales. Acudieron, pero
ninguno pudo mover o dar vuelta la esfera. Buscaron auxilio en el cielo, y los
ángeles de las veintiocho Constelaciones recibieron orden de intervenir. Estos,
con infinito trabajo horadaron un agujerito minúsculo, por donde el mono pudo
evadirse. Así, los cuatro amigos se evadieron del fingido cielo.
Ch'iu Ch'ang
Ch'un, A mission to heaven, translated by Timothy Richard (Shanghai, 1940).
LOS RECURSOS DEL
CIELO
Leído en
Raymond, de ese anglosajón sir Lodge: «Algunos difuntos, poco repuestos de las
costumbres de la tierra, solicitan, al ingresar en el cielo, whisky escocés y
cigarros de hoja. Listos a toda eventualidad, los laboratorios del cielo
afrontan el pedido. Los bienaventurados degustan esos productos y no vuelven a
pedir más.»
Jules Dubosc,
Avez vous une Ame? (1924).
UN CIELO BLANCO
Alá ha creado un
mundo blanco como la plata, cuya grandeza nadie sabe sino El, y lo ha poblado
de Angeles, cuya comida y cuya bebida son Su alabanza.
Libro de las Mil
y Una Noches, noche 496.
LOS RICOS EN EL
CIELO
El comercio con
los ángeles me ha enseñado que los ricos ingresan en el Cielo con igual
facilidad que los pobres; nadie es excluido porque es rico, nadie es admitido
porque es pobre.
Los ricos en el
Cielo exceden en opulencia a todos los otros. Algunos moran en palacios,
refulgentes de oro y de plata, y son dueños de una infinita copia de objeto
adecuados para la vida.
Emmanuel
Swedenborg, De Coelo et Inferno, párrafo 361 (1758).
UN CIELO
NUTRITIVO
Que haya para ti
en el Cielo charcas de manteca y ríos de miel, de licores, de leche, de agua y
de natas. Que tales ríos, hinchados de dulce almíbar, fluyan para ti en el
mundo celeste, y que lagos de lotos te rodeen por todas partes.
Atharva Veda,
IV, 34.
APLICACION
Mi abuela, muy
enferma, estaba leyendo. Hace bien, dijo Alexander Schulz, estudia, se prepara
para el Cielo.
George Loring
Frost, The sundial (1924).
CIELO PARA EL
JUDIO
El jardín del
Edén es sesenta veces mayor que Egipto; está situado en la séptima esfera del
firmamento. Por sus dos puertas entran sesenta miríadas de ángeles, de rostros
brillantes como el firmamento. Cuando un justo llega al Edén, los ángeles lo
desnudan, adornan su cabeza con dos coronas, una de oro y otra de piedras
preciosas, ponen en sus manos hasta ocho bastones de mirto y, bailando a su
alrededor, no cesan de cantar con voz agradable: «Come tu pan y regocíjate».
Talmud.
RESURRECCION DE
LA CARNE
Solamente
resucitará lo que es necesario para la realidad de la naturaleza.
Todo lo que se
ha dicho de la intgeridad de los hombres después de la resurrección, debe
referirse a lo que perenece a la realidad de la naturaleza humana; porque lo
que no pertenece a la verdad de la naturaleza humana, no será restaurado en los
hombres resucitados: de otro modo sería necesario que todos los hombres fuesen
de una magnitud extraordinaria, si todos los alimentos convertidos en carne y
sangre fuesen restaurados. Es así que sólo se atienden a la verdad de cada
naturaleza según su especie; luego las partes del hombre que son consideradas
según su especie y su forma, se encontrarán todas íntegramente en los hombres
resucitados, como las partes orgánicas y las partes cosemejantes, como la
carne, los nervios y todas las cosas de este género que entran en la
composición de los órganos. No toda la materia que haya estado en estas partes
durante su estado natural será restaurada, sino sólo la que baste para la
integridad de la especie de estas partes. Sin embargo, el hombre no dejará de
ser numéricamente el mismo en su integridad, aun cuando no resucite todo lo que
materialmente haya estado en él. En efecto; es evidente que el hombre en esta
vida es numéricamente el mismo desde el principio hasta el fin.
Sin embargo, lo
que está materialmente en él bajo la especie de las partes, no queda lo mismo,
sino que está sujeto a pérdida o incremento, a la manera que el fuego se
conserva por él mismo por la adición de la leña, a medida que se consume; el
hombre está entero cuando se conservan la especie y la cuantidad convenientes
de la especie.
Santo Tomás de
Aquino, Brevis summa de fide, CLIX.
UN ENCUENTRO EN
EL CIELO
Bueno
dije imagine una madre joven que
haya perdido a su hija, y...
¡Sh! me
dijo . Mire.
Había una mujer.
Tenía el pelo gris; no era joven. Caminaba despacio, con la cabeza inclinada y
las alas mustias, caídas; estaba llorando y parecía muy cansada, la pobre. Pasó
de largo, con la cabeza inclinada y las lágrimas corriéndole por el rostro; no
nos vio. Entonces nos dijo Sandy en voz baja y dulce, con mucha compasión:
Busca a su hija. No, creo que la encontró.
Dios mío, cómo ha cambiado. La reconocí en seguida, aunque desde hace
veintisiete años no la veo. Era una madre joven, de veintidós o veinticuatro
años, más o menos, y fresca, y linda, y dulce. Toda su alma y todo su corazán
estaban entregados a esa hijita, una chica de dos años. La chica murió y la
madre creyó enloquecer de pena. Su consuelo era saber que vería de nuevo a su
hija, en el Cielo. «Para no volver a separarse.» Lo decía y lo repetía: «Para
no volver a separarse.» Las palabras la hacían feliz. En mi lecho de muerte,
hace veintisiete años, me pidió que buscara en seguida a su hija, y que le
dijera que ella vendría pronto, muy pronto. Lo esperaba y lo creía.
Me da lástima, Sandy.
Por un rato no
dijo nada; siguió sentado, mirando el suelo, pensando. Después dijo, con
melancolía:
Ahora vino.
¿Y qué pasó?
Tal vez no encontró a su hija; yo creo, sin
embargo que la encontró. En la imaginación de la madre, la chica no había
cambiado; era igual a cuando la mecían en los brazos. Pero aquí, la hija no
optó por ser una chica. Optó por crecer. Y en estos veintisiete años ha
aprendido toda la ciencia que puede aprenderse, y ha estudiado y aprendido, más
y más, sin importársele nada de lo que no fuera estudio. Ha pasado todo el
tiempo aprendiendo, y discutiendo problemas científicos con personas como ella.
¿Y?
¿No ves, Stormfield? Su madre sólo entiende de
grosellas, y de cómo cuidarlas, cosecharlas y venderlas. De nada más. Con su
hija no se acompañaban mejor que una tortuga de pantano y un ave de paraíso. La
pobre buscaba una niña para mecer en sus brazos; creo que habrá tenido una
desilusión.
¿Qué harán, Sandy? ¿Seguir desdichadas, para
siempre, en el cielo?
No, se avendrán y se arreglarán una con otra,
poco a poco. Pero no este año, ni el próximo. Poco a poco.
Mark Twain,
Captain Stormfield's Visit to Heaven (1909).
EL MUNDO DE LAS
FORMAS
En este mundo
inteligible, todo es trasparente; en él, ninguna sombra limita la vista; allí
todas las esencias se ven y se penetran unas a otras en la más íntima
profundidad de la naturaleza. La luz encuentra luz por todas partes. Cada ser
comprende en sí mismo el mundo inteligible en su integridad, y lo ve igualmente
íntegro, total, en un ser cualquiera. Allí, todas las cosas están en todas
partes; cada cosa, allí, es todo, y todo es cada cosa; allí refulge un
esplendor infinito. Toda cosa es allí grande, pues hasta lo pequeño es grande
allí. Ese mundo tiene su sol y sus estrellas; cada estrella es el sol y todas
las estrellas; cada una, al mismo tiempo que brilla con fulgor propio refleja
la luz de las demás. Allí reina un movimiento puro: porque lo que produce el
movimiento, como no es extraño a él, no lo turba. El reposo, allí, es perfecto,
porque ningún principio de agitación se mezcla en él. Lo bello es completamente
bello porque no reside en lo que no es bello
es decir, en la materia ; cada una de las cosas que son en el cielo, en
lugar de reposar en una base ajena, tiene su asiento, su origen y su principio
en su esencia misma y no difiere de la región que habita, porque tiene por
sustancia a la Inteligencia y es, a su vez, inteligible.
Para concebir
todo esto, imaginémonos que este cielo visible es una pura luz que engendra
todos los astros. Aquí abajo, una parte, sin duda, no podría nacer de otra;
cada parte tiene su existencia individual. En el mundo inteligible, por el
contrario, cada parte nace del todo, es a la vez cada parte y el todo: allí
donde aparece la parte, el todo se revela. El Lynceo de la fábula, cuya mirada
pasaba de claro las mismas entrañas de la tierra, no es sino símbolo de la vida
celeste. Allí, el ojo contempla sin fatiga, y el deseo de contemplar es
insaciable, porque no supone un vacío que haya que colmar, una necesidad cuya
satisfacción lleve aparejado disgusto. En el mundo inteligible, los seres no
difieren unos de otros de suerte que lo que pertenezca a uno no convenga a
otro. Allí, por lo demás, todos son indestructibles. Si son insaciables en la
contemplación, es en el sentido de que la saciedad no les mueve a desdeñar
aquello que les ahita. Cuanto más ve cada uno de ellos, ve mejor. Al verse a sí
mismo infinito, así como a los objetos que se ofrecen a sus miradas, cada cual
sigue su naturaleza. Allá arriba, la vida, como pura que es, no es un trabajo.
¿Cómo puede ofrecer fatiga alguna la mejor vida? Esa vida es la sapiencia;
sapiencia que, como quiera que es eterna no se adquiere por medio de
razonamiento, y, como perfectamente completa, no exige ninguna busca. En la
sapiencia primera, que de ninguna otra se deriva, que es esencia, que no es una
cualidad adventicia de la inteligencia: así, no hay ninguna que le sea
superior. En el mundo inteligible, la Ciencia absoluta acompaña a la
Inteligencia, porque aparece con ella, del mismo modo que la Justicia se nos
muestra entronizada a la par de Júpiter. Todas las esencias son en el mundo
inteligible como otras tantas estatuas visibles por sí mismas y cuyo
espectáculo depara a los espectadores una felicidad inefable.
Plotino,
Enéadas, V, 4 (siglo III).
EL RIO
Cuando les llegó
la hora de vadear el río de la muerte, fueron los dos a la ribera. Las últimas
palabras del señor Desaliento fueron: Adiós, noche; bienvenido el día. Su hija
entró cantando en el agua, pero nadie comprendió su canto.
John Bunyan, The
Pilgrim's Progress (1678).
INFIERNO, CIELO
Y TIERRA
El infierno es
la patria de lo irreal y de los buscadores de la dicha. Es un refugio para
quienes huyen del cielo, que es la patria de los amos de la realidad, y para
quienes huyen de la tierra, que es la patria de los esclavos de la realidad.
Bernard Shaw,
Man and Superman (1903).
UN DIABLO
MELODIOSO
En los senderos
grises del invierno
están las
plantas del Jardín Botánico
donde canta un
zorzal dulce y tiránico
que podría
agravar cualquier infierno
con su canto
mecánico.
Silvina Ocampo,
Poemas de amor desesperado (1949).
DIA FRANCO
En aquellos
confines del paraíso el viajero vio un árbol cargado de pájaros blancos, que
tenían no sé qué de melancólico. «¿Quiénes son esos pájaros?» preguntó. «Son
las almas de los réprobos» le contestaron. «Los domingos tienen permiso para
salir del infierno.»
Carmelo Soldano,
Informe sobre los feriados, elevado a la superioridad (Belle Ville, F.C.C.A.,
1908).
EL TIEMPO DEL
PAJARO
La famosa
Cantiga CIII de Alfonso el Sabio cuenta que un monje pide a la Virgen que le dé
a conocer en vida las delicias del paraíso. Paseando por el huerto del convento
halla una fuente clara y oye un pajarillo cuyo canto le embelesa; cuando vuelve
al convento a la hora de comer, según
cree , lo encuentra todo distinto y se entera de que han trascurrido
trescientos años entre su partida y su regreso.
María Rosa Lida
de Malkiel, «La visión de trasmundo en las literaturas híspánicas», apéndice a
«El otro mundo en la literatura medieval» de Howard Rollin Patch (México,
1956).
LOS TIEMPOS DEL
CIELO Y DE LA TIERRA NO GUARDAN RELACION
Mahoma, según
las tradiciones islámicas, fue arrebatado hasta el séptimo cielo por la
resplandeciente yegua Alburak, y dialogó en cada cielo con los patriarcas y
ángeles que los habitan y sintió un frío que le heló el corazón cuando la mano
del Señor le dio una palmada en el hombro. Al dejar la tierra, la pata de
Alburak había volteado una jarra; a su regreso de la larga peregrinación, el
profeta la levantó antes que se derramara una sola gota.
Sale, Prólogo
del Corán.
LOS TIEMPOS DEL
PARAISO Y DE LA TIERRA NO GUARDAN RELACION
Refiere el
Panteón de Godofredo de Viterbo que unos monjes partieron de la costa de
Bretaña, rumbo al paraíso, que (según es fama) está en el confín del océano.
Llegaron a una ciudad con murallas de cristal, donde el aire era fragante.
Ciervos de plata y caballos de oro bajaron a recibirlos y los condujeron a un
árbol en cuyas ramas había más pájaros que hojas. Un día entero les fue
permitido pasar en el paraíso.
De vuelta en
Bretaña, los monjes buscaron en vana la iglesia en que antes sirvieron. Había
un nuevo obispo, un nuevo pueblo, una nueva grey. Las cosas viejas habían
muerto y habían nacido otras nuevas. Ya no conocían los lugares, ni los
hombres, ni el lenguaje. Derramando lágrimas se contaban unos a otros sus
cuitas, pues ya no tenían patria ni gente conocida.
Encyclopédie des
Migrations Ecclésiastiques, XL (1879).
NOTABLE ERROR DE
UN BIENAVENTURADO
Cuando Seth
llegó al Paraíso, lo confundió con un incendio: tal era su esplendor.
Kuhnmuench,
Early Christian Latin Poets (1929).
**
FILIACION DE LOS
BIENAVENTURADOS
Después de un
altercado sobre política, el doctor Johnson, que era conservador, y el padre de
Boswell, que era liberal, se despidieron amistosamente. Boswell escribe: «Así
se despidieron. Ahora están en otro, y más alto, modo de existencia: y, como
los dos fueron meritorios cristianos, confío que se hayan encontrado en la
felicidad. Debo, sin embargo, observar, de acuerdo con los principios políticos
de mi amigo, y con los míos propios, que se han encontrado en un sitio donde no
entran iiberales.»
James Boswell,
Journal of a Tour to the Hebrides (1785).
LA UNION
BEATIFICA
Así en el Mantik
al Tayr (Coloquio de los Volátiles) treinta pájaros, emblemas de almas,
buscando la presencia del gigantesco bípedo plume Simurgh, su dios, atraviesan
los siete mares (según otros, los siete valles) de la Busca, del Amor, del
Conocimiento, de la Competencia, de la Unidad, de la estupefacción y del
Altruismo (i.e. de la aniquilación del yo), las diversas etapas de la vida
contemplativa. Al fin, alcanzada la misteriosa isla del Simurgh y «mirándolo
con reverencia vieron treinta pájaros en él; y cuando se miraron a sí mismos
los treinta pájaros parecían un Simurgh; vieron en sí mismos todo el Simurgh;
vieron en el Simurgh los treinta pájaros».
R. F. Burton,
The Book of the Thousand Nihts and a Night, X, 130.
UN REPROBO EN EL
CIELO
Nadie que se
deleita en el infierno puede participar de los deleites del cielo. Un hombre
que antes de morir había creído en la salvación instantánea, logró que su
deleite infernal fuera cambiado por la Omnipotencia Divina en deleite
celestial, y el Señor les permitió a los ángeles que, una vez arrancado de ese
espíritu el deleite diabólico, lo llevaran al cielo. Pero aquel deleite era el
amor y la esencia de su vida; el espíritu quedó muerto, insensible e inmóvil, y
para reanimarlo hubo que infundir en él el deleite infernal. Huyó
inmediatamente a los infiernos y dijo que antes de perder la conciencia había
tenido una sensación espantosa, que no podía comunicar. Con razón dicen en el
cielo que más fácil es trasformar un buho en una tórtola, o una culebra en un
cordero, que un espíritu maligno en un ángel.
Emanuel
Swedenborg, Sapientia Angelica de Divina Providentia, párrafo 338 (1764).
INFIERNO
Inferum,
subterráneo: los pueblos que enterraban a sus muertos los ponían en el
subterráneo; su alma quedaba, pues, con ellos. Tal es la primera física y la
primera metafísica de los egipcios y de los griegos.
Los indios,
mucho más antiguos, que habían inventado el ingenioso dogma de la
metempsicosis, jamás creyeron que las almas estuvieran en el subterráneo.
Los japoneses,
los coreanos, los chinos, los pueblos de la vasta Tartaria oriental y
occidental, ignoraron la filosofía del subterráneo.
Con el tiempo,
los griegos hicieron del subterráneo un vasto reino, que liberalmente
ofrendaron a Plutón y a su esposa Proserpina. Les asignaron tres consejeros de
Estado, tres amas de llave, denominadas furias, tres parcas para hilar, devanar
y cortar el hilo de la vida de los hombres. Y como en la antigüedad cada héroe
tenía un perro para cuidar la puerta de su casa, le dieron a Plutón, un
voluminoso perro con tres cabezas; porque todo era triple.
De los tres
consejeros de Estado, Minos, Eaco y Radamante, uno juzgaba a Grecia, el otro al
Asia Menor (porque los griegos no conocían entonces la gran Asia), y el tercero
a Europa.
Los poetas, que
inventaron estos infiernos, fueron los primeros en ridiculizarlos. Ora Virgilio
habla seriamente de los infiernos en la Eneida, porque entonces el tono serio
conviene a su tema; ora habla con desdén en las Geórgicas.
Felix qui potuit rerum cognosrere causas.
Atque metus omnes et inexorabile fatum
Subjesit pedibus, strepitumque Acherontis
avari!
Aplaudidos por
cuarenta mil manos, estos versos de la Tróada eran declamados en los teatros de
Roma.
Taenara et aspero
Regnum sub domino, limen el obsidens
Cultos non fasili Cerberus ostio.
Rumores vacui, verbaque inania,
Et par sollicito fabula somnio.
Lucrecio,
Horacio, se expresan con igual vigor. Cicerón, Séneca, hablan en el mismo tono
en numerosas ocasiones. El gran emperador Marco Aurelio razona aun más
filosóficamente . «Quien teme a la muerte, o teme verse privado de todos los
sentidos o teme nuevas sensaciones. Pero si te privan de tus sentidos, no te
alcanzarán los dolores ni las miserias. Si tienes sentidos de otra naturaleza,
serás otra criatura.»
La filosofía
profana no tenía cómo responder a este razonamiento. Sin embargo, por la
contradicción innata a la especie humana, y que parece ser la clave de nuestra
naturaleza, cuando Cicerón decía públicamente: ni siquiera una vieja cree en
estas inepcias, Lucrecio confesaba que estas ideas impresionaban profundamente
a la gente; decía que su misión era destruirlas.
Es pues verdad
que aun entre los más humildes del pueblo algunos se reían del Infierno y otros
lo temían. Para unos Cerbero, las furias y Plutón eran fábulas ridículas; otros
no cesaban de llevar ofrendas a los Dioses infernales. Era como entre nosotros.
Et quocumque
tamen miseri venere, parentant
Et nigras
mactant pecudes, et Manibus divis
Inferias
mittunt, multoque in rebus acerbis
Acrium attmitunt
animos ad religionem.
Algunos
filósofos que no creían en las fábulas de los infiernos, querían que el vulgo
fuera contenido por esa creencia. Así Timeo de Locris, y Polibio, el
historiador político. El Infierno, dice este último, es inútil a los sabios,
pero conveniente al insensato vulgo.
Es bastante
sabido que la ley del Pentateuco nunca anunció un Infierno. Tados los hombres
estaban sumidos en este caos de contradicciones y de incertidumbres cuando
Jesucristo vino al mundo. Confirmó la antigua doctrina del Infierno; no la
doctrina de los poetas paganos ni la de los sacerdotes egipcios, pero la que
adoptó el cristianismo y a la que todo debe ceder. Anunció un reino por venir y
un Infierno interminable.
En Cafarnaum,
Galilea, dijo expresamente: «Aquel que llame a su hermano Raca será condenado
por el sanhedrin; pero aquel que lo llame loco será condenado al gehenei
hinnon, gehena del fuego.»
Esto prueba dos
cosas: Primero, que Jesucristo no quería que se dijeran injurias; porque sólo
le correspondía a él, como maestro, llamar a los fariseos prevaricadores raza
de víboras.
Después, que
aquellos que injurian a su prójimo merecen el Infierno; pues el gehena del
fuego estaba situado en el valle de Hinnon, donde antaño quemaban a las
víctimas de Moloch; y gehena significa el fuego infernal.
En otro lugar
dice: «Y todo aquel que escandalizare a uno de estos pequeñitos que crean en
mí: más le valdría que se le atase al cuello una piedra del molino, y se le
echara en la mar.
«Y si tu mano te
escandalizare, córtala: más te vale entrar manco en la vida, que tener dos
manos, e ir al Infierno, al fuego que nunca se puede apagar.
«Y si tu pie te
escandaliza, córtalo: más te vale entrar cojo en la vida eterna, que tener dos
pies, y ser echado en el Infierno, al fuego que nunca se puede apagar.
«Y si tu ojo te
escandaliza, córtalo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que tener
dos ojos, y ser arrojado en el fuego del Infierno.
«Porque todos
serán salados con fuegos, y toda victima será salada con sal.
«Buena es la
sal; mas si la sal fuera desabrida, ¿con qué la adobaréis? Tened sal en
vosotros; y tened paz los unos con los otros.»
En el camino a
Jerusalén dijo: «Y cuando el padre de familias hubiere entrado, y cerrado la
puerta, vosotros estaréis fuera, y comenzaréis a llamar a la puerta diciendo:
Señor, ábrenos: y él os responderá, diciendo: No sé de dónde sois vosotros.
«Entonces
comenzaréis a decir: Delante de ti comimos y bebimos, y en nuestras plazas
enseñaste.
«Y os dirá: No
sé de dónde sois vosotros: apartaos de mí todos los obreros de la iniquidad.
«Allí será el
llorar y el crujir de dientes, cuando viereis a Abraham, y a Isaac, y a Jacob y
a todos las profetas en el reino de Dios, y vosotros excluidos.»
A pesar de las
positivas declaraciones emanadas del Salvador del género humano, que prometen
el castigo eterno a quienes no pertenezcan a nuestra Iglesia, Orígenes y
algunos otros no han creído en la eternidad de las penas.
Los socinianos
las repudian, pero están fuera del seno de la Iglesia. Los luteranos y los
calvinistas, aunque alejados del seno, admiten un Infierno sin fin.
Desde que los
hombres vivieron en sociedad, debieron de comprender que muchos culpables
escapaban a la severidad de las leyes; éstas castigaban los crímenes públicos;
hubo que poner una valla a los crímenes secretos; sólo la religión podía hacer
esta valla. Los persas, los caldeos, los egipcios, los griegos, imaginaron
castigos para después de la vida; y de todos los pueblos antiguos que
conocemos, los judíos, como ya lo hemos observado, fueron los únicos que tan
sólo admitieron castigos temporales. Es ridículo creer o simular creer,
fundándose en algunos textos oscuros, que la existencia del Infierno era
reconocida por las antiguas leyes hebreas, por el Levítico, por el Decálogo, ya
que el autor de estas leyes no dice una sola palabra que se refiera a los
castigos de la vida futura. Habría derecho de decir al redactor del Pentateuco:
Eres un hombre inconsecuente y sin probidad, como desprovisto de sentido, muy
indigno del título de legislador que te arrogas. ¿Cómo? ¿conoces el dogma del
Infierno tan moderador, tan conveniente para el pueblo, y no lo anuncias
expresamente? En tanto que es admitido en todas las naciones que te rodean, te
satisfaces con dejar adivinar ese dogma a unos comentadores que sobrevendrán
cuatro mil años después, y que torturarán algunas de tus palabras para que
expresen lo que no has dicho. Obien eres un ignorante, y no sabes que esa
creencia es general en Egipto, en Caldea y en Persia; o bien eres un hombre
poco discreto ya que, informado de ese dogma, no lo tomaste como fundamento de tu
religión.
Los autores de
las leyes judías podrían, a lo sumo, responder: Confesamos ser hombres
excesivamente ignorantes; muy tarde hemos aprendido a leer; nuestro pueblo era
una horda salvaje y bárbara que, según lo admitimos, erró durante la mitad de
un siglo por desiertos impracticables, que finalmente, por las más odiosas
rapiñas y las crueldades más aborrecibles que recuerda la historia, usurpó un
pequeño país. No teníamos comercio alguno con las naciones civilizadas; ¿cómo
quieren ustedes que pudiéramos (nosotros, los más terrestres de los hombres)
inventar un sistema plenamente espiritual?
Sólo empleábamos
la palabra que corresponde a alma, para significar vida; sólo conocimos nuestro
Dios y sus ministros, los ángeles, como seres corpóreos: la distinción entre el
alma y el cuerpo, la noción de una vida futura, son el fruto de una dilatada meditación
y de una filosofía muy fina. Preguntad a los hotentotes y a los Negros, que
habitan un país cien veces más extenso que el nuestro, si conocen la vida
futura. Nos basta haber persuadido a nuestro pueblo de que Dios castigaba a los
malhechores hasta la cuarta generación, ya sea por la lepra, por muertes
súbitas o por la pérdida de los pocos bienes que podían poseerse.
A esta
justificación podría responderse: Habéis inventado un sistema evidentemente
ridículo, ya que el malhechor que gozara de buena salud y cuya familia
prosperara, necesariamente se reiría de vosotros.
El apologista de
la ley judaica respondería entonces: Os equivocáis, ya que para un criminal que
razonara con justeza, habría cien que no razonaran. Aquel que habiendo cometido
un crimen no sentía el castigo en su cuerpo ni en el de su hijo, temía por su
nieto. Además, si no tenía entonces alguna de esas úlceras hediondas a las que
éramos tan propensos, la tendría en el curso de los años: siempre hay desdichas
en una familia, y fácilmente les hacíamos creer que esas desdichas eran
enviadas por una mano divina, vengadora de las culpas secretas.
Sería fácil
replicar a esto y decir: Vuestra excusa vale poco, ya que diariamente ocurre
que las personas más honestas pierden la salud y los bienes; y si no hay
familia a la que no ocurran desdichas, si estas desdichas son castigos de Dios
todas vuestras familias eran pues familias de bribones.
El sacerdote
judío podría aún responder; diría que hay desdichas vinculadas a la naturaleza
humana, y otras expresamente enviadas por Dios. Pero se le haría ver a este
razonador cuán ridículo es pensar que la fiebre y la helada son a veces una
reprensión divina y a veces un efecto natural.
En fin, entre
los judíos, los fariseos y los esenios admitieron la existencia de un Infierno
a su modo: este dogma ya había pasado de los griegos a los romanos, y fue
adoptado por los cristianos.
Muchos padres de
la Iglesia no creyeron en las penas eternas; les parecía absurdo quemar durante
toda la eternidad a un pobre hombre porque había robado una cabra. En vano dice
Virgilio en el sexto canto de su Eneida:
Sedet
aeternumque sedebit infelix Theseus.
Pretende
inútilmente que Teseo esté para siempre sentado en una silla, y que esta
postura sea su suplicio. Otros creían que Teseo era un héroe que en modo alguno
estaba sentado en el Infierno y que se encontraba en los Campos Elíseos.
No hace mucho
que un teólogo calvinista llamado Petit Pierre, predicó y escribió que un día
los réprobos tendrían su perdón. Otros pastores le respondieron que no
tolerarían eso. La disputa se enardeció; se afirma que el rey les dijo que si
querían ser condenados sin regreso, lo encontraba muy bien, y que los ayudaría.
Los condenados de la iglesia de Neuchâtel depusieron al pobre Petit Pierre, que
había confundido el infierno con el purgatorio. Se ha escrito que uno de ellos
le dijo: Amigo mío, no creo más que tú en la eternidad del infierno; pero sabed
que es útil que tu sirviente, tu sastre, y, sobre todo, tu procurador crean en
ella.
Añadiría, como
ilustración a este pasaje, una breve exhortación a los filósofos que, en sus
escritos, niegan totalmente la existencia del infierno. Les diría: Señores, no
pasamos nuestra vida con Cicerón, Atico, Catón, Marco Aurelio, Epictecto, el
canciller del Hospital, La Motte le Vayer, Des Ivetaux, René Descartes, Newton,
Locke, Nicon el respetable, Bayle, que estaba tan por encima de la fortuna; ni
con el virtuoso pero demasiado incrédulo Spinoza que, aunque no tenía nada, dio
a los hijos del Gran Pensionario de With una pensión de trescientos florines
que le otorgaba el gran de With, a quien los holandeses devoraron el corazón,
aunque en ello no obtenían ninguna ventaja. Todas las personas que tratamos no
son como Des Barreaux, que pagaba a los litigantes el valor de juicios que, por
olvido, no había expuesto. Todas las mujeres como Ninon l'Enclos, que observaba
minuciosamente los convenios en tanto que los más graves personajes los
violaban. En una palabra, Señores, todos los hombres no son filósofos.
Debemos tratar
con infinidad de bribones que han reflexionado poco; con una multitud de
personas mezquinas, brutales, ebrias, ladronas. Predicadles, si queréis, que no
hay infierno y que el alma es mortal. Por mi parte yo les gritaría que si me
roban serán condenados: imitaríais a ese cura rural que habiendo sido robado
por sus feligreses, les dijo en el sermón: No sé en qué pensaba Jesucristo al
morir por canallas como vosotros.
Un excelente
libro para los tontos es el Pedagogo cristiano, compuesto por el reverendo
padre Outreman, de la Compañía de Jesús, y aumentado por el reverendo Coulon,
cura de Ville Juif les Paris. Gracias a Dios disponemos de cincuenta y una
ediciones de este libro, en el cual no hay una página donde se halle un
vestigio de sentido común.
El hermano
Outreman afirma (página 157 de la edición in 4) que el barón de Honsden, un
imaginario ministro del gabinete de la reina Isabel, predijo a Cecil y a otros
seis ministros que todos ellos serían condenados al Infierno; suerte de la que
no escaparon, y de la que nunca escaparon los heréticos. Es probable que Cecil
y los otros ministros no creyeran en la profecía del barón de Honsden; pero si
este presunto barón hubiera hablado a seis burgueses hubiera sido creído.
Hoy que ningún
habitante de Londres cree en el infierno, ¿qué hacer? ¿qué valla nos queda? La
del honor, la de las leyes, aun la de la Divinidad que, sin duda, quiere que
seamos justos, haya o no infierno.
Voltaire,
Dictionnaire Philosophique (1764).
DEL INFIERNO Y
CALIDAD DE LAS PENAS ETERNAS
Infaliblemente
será, y sin remedio, lo que dijo Dios por su Profeta en orden de los tormentos
y penas eternas de los condenados: «que su gusano nunca morirá, y su fuego
nunca se extinguirá»; porque para recomendarnos esta doctrina con más eficacia,
también nuestro Señor Jesucristo, entendiendo por los miembros que escandalizan
al hombre todos aquellos que cada uno ama como a sus miembros, y ordenando que
éstos se corten, dice :
«Mejor será que
entres manco en la vida, que ir con dos manos al infierno, al fuego
inextinguible, donde el gusano de los condenados nunca muere, y su fuego jamás
se apaga». Lo mismo dice del pie en estas palabras : «Mejor será que entres
cojo en la vida eterna, que no con los dos pies te echen en el infierno al
fuego perpetuo, donde el gusano de los condenados jamás muere, y el fuego nunca
se apaga.» Lo mismo dice también del ojo: «mejor es que entres con un ojo en el
reino de Dios, que no con dos te echen al fuego del infierno, donde el gusano
de los condenados jamás muere, y el fuego nunca se apaga». No reparó en repetir
tres veces en un solo lugar unas mismas palabras. ¿A quién no infundirá terror
esta repetición y la amenaza de aquellas penas, tan rigurosas de boca del mismo
Dios? Mas los que quieren que estas dos cosas, el fuego y el gusano,
pertenezcan a los tormentos del alma, y no a los del cuerpo, dicen que los
desechados del reino de Dios también se abrasan y queman en la pena y dolor del
alma, que tarde y sin utilidad se arrepienten; y por eso pretenden que no sin
cierta conveniencia se pudo poner el fuego por este dolor que así quema, pues
dijo el Apóstol : «¿Quién se escandaliza sin que yo no me queme y abrase?» Este
mismo dolor igualmente creen que se debe entender por el gusano; porque escrito
está, añaden : «que así como la polilla roe el vestido, y el gusano el madero,
así la tristeza consume el corazón del hombre». Pero los que no dudan que en
aquel tormento ha de haber penas para el alma y para el cuerpo, dicen que el
cuerpo se abrasará con el fuego, y el alma será roída en cierto modo por el
gusano de la tristeza. Lo cual, aunque es más creíble, porque, en efecto, es
disparate que haya de faltar allí dolor del cuerpo o del alma, con todo, soy de
dictamen que es más obvio el decir que lo uno y lo otro pertenecen al cuerpo,
que no que ni lo uno ni lo otro; por lo mismo en aquellas palabras de la
Escritura no se hace mención del dolor del alma, porque bien se entiende ser
consecuencia legítima, aunque no lo exprese, de que estando el cuerpo
atormentado así el alma ha de sentir también los tormentos de la ya estéril e
infructuosa penitencia; por cuanto leemos asimismo en el Testamento Viejo que
«el castigo de la carne del impío es el fuego y el gusano» . Pudo más
resumidamente decir el castigo del impío, ¿por qué dijo de la carne del impío,
sino porque uno y lo otro, esto es, el fuego y el gusano serán la pena y el
tormento de la carne, o si quiso decir el castigo de la carne, por qué ésta
será la que se castigará en el hombre, esto es, el haber vivido según los
impulsos de la carne, y por esto también caerá en la muerte segunda, que
significó el Apóstol diciendo: si
vivieses según la carne, moriréis? Escoja cada uno lo que más le agradare, o
atribuyendo el fuego al cuerpo, y al alma el gusano, lo uno propiamente, y lo
otro metafóricamente, o lo uno y lo otro propiamente al cuerpo; porque ya
bastantemente queda arriba averiguado que pueden los animales vivir también en
el fuego sin consumirse, y en el dolor sin morirse, por alta providencia del
Creador Omnipotente, a quien el que negare que esto le es posible, ignora que
de él procede todo lo que es digno de admiración en todas las cosas naturales.
San Agustín,
Ciudad de Dios, 4. XXI, IX, 321.
CIELO PARA LOS
OSOS
¡No seas un
ateo, un oso impío que reniega de su Creador, un oso sin Dios!
Sí, el universo
tiene un creador.
En lo alto el
sol y la luna, las estrellas también (con o sin cola) son el reflejo de su
Omnipotencia.
En lo profundo,
el mar y la tierra son el eco de su gloria, y toda criatura celebra sus
esplendores.
Hasta el piojo
más pequeño, que en la barba del peregrino participa en sus piadosos trabajos,
canta la alabanza del Eterno.
Ahí arriba, en
la estrellada bóveda, sobre un trono de oro, un enorme oso blanco rige
majestuosamente los mundos.
Inmaculada y
blanca como la nieve resplandece su piel; ciñe su testa una corona de
diamantes, que ilumina todos los cielos.
En su rostro
están la armonía y las mudas proezas del pensamiento; apenas levanta su cetro
las esferas retumban, cantan.
A sus pies
reposan los osos bienaventurados que en la tierra padecieron con resignación;
en las venerables patas ostentan las palmas del martirio.
A veces uno
salta, otros lo siguen, como impelidos por el Espíritu Santo; y, he aquí, todos
bailan el minué más solemne. ¿Yo, indigno Atta Troll, participaré alguna vez en
esa ventura y ascenderé del Valle de Lágrimas al alto reino de la dicha?
¿Yo, indigno
pecador, ahí arriba, en la bóveda estrellada, danzaré, borracho de cielo, con
la aureola, con la palma, ante el trono de Dios?
Heinrich Heine,
Atta Troll, VIII (1841 1842).
EL SECTARIO
No concibo el
Paraíso sin mi Emperador.
León Bloy, L'Ame
de Napoleón.
EL REVERSO
Aterradora idea
de Juana acerca del texto Per speculum in aenigmate: «Los placeres de este
mundo serían los suplicios vistos al revés, en un espejo.»
León Bloy, Le
Vieux de la Montagne.
SU INVENTOR
Mi padre solía
decirme: Piensa en un ser capaz de inventar el infierno.
John Stuart
Mill, Autobiography (1873).
VOLVER DEL CIELO
Bran y su gente
creyeron pasar un año en el paraíso. «Al volver a la patria, uno de los hombres
saltó a tierra:... al instante se convirtió en un montón de ceniza, como si
hubieran trascurrido cientos de años.»
Howard Rollin
Patch, El otro mundo en la literatura medieval (México, 1956).
NE VARIETUR
Usted ha
observado lo que yo pienso sobre la gente de Dante en el purgatorio y en el
paraíso (en el infiemo son meras repeticiones o continuaciones de su vida
terrena). No son otra cosa que la verdad o la lección de su existencia en el
tiempo, y evidentemente jamás harán ni aprenderán nada nuevo. Son vivos
monumentos a sí mismos.
George
Santayana, Letters, página 394 (Londres, 1955).
EL OTRO MUNDO DE
LOS INDIOS BELLACOOLA
Se dice que este
subterráneo mundo espectral abarca las márgenes de un río arenoso. Los muertos
caminan cabeza abajo y hablan un idioma que no es el nuestro, y es invierno
allí cuando aquí es verano.
Encyclopaedia of
Religion and Ethics, editada por Hastings, New York, 1928.
LA REDENCION POR
UNA FORMULA
No hay otro dios
que el Dios y Mahoma es su Apóstol. Estas palabras, escritas en un papel y
confiadas al cuidado del muerto, contrarrestarán, para la Justicia Divina, las
más imperdonables felonías perpetradas, en vida, por éste.
J. M. de
Ripalda, Catecismo de la fe musulmana, Tetuán, 1619.
LAS ESTRELLAS
SON ALMAS
Los patagones
piensan que las estrellas son los muertos de la tribu y que van de cacería por
la Vía Láctea.
I.C. Princhard,
Research into the Physical History of Mankind, V, 490, Londres, 1837 47.
MAS ALLA DE LA
GLORIA
Los chiriguanos
creen que las almas van a Iguihoca, donde logran la suprema felicidad, para
luego convertirse en tigres y en zorros.
T. Koch, Zum
Animismus der südamerikanischen Indianer, Leipzig, 1900.
INQUILINO UNICO
En el enorme
infierno sólo cabe una criatura: el dios que lo inventó.
L.de C., Lêttre
a un Athée avec Délices (1803).
CAMINO DE LA
PERFECCION
Se me apareció y
me dijo: «Viva como quiera. No haga méritos, porque a lo mejor el tiro le sale
por la culata. Conformarlo, saber lo que le gusta y lo que no le gusta, es una
presuntuosa puerilidad. Sin amargura lo confieso: a Dios ni el diablo lo entiende.»
Cuando partió me pregunté si en el otro mundo había alcanzado la sabiduría o si
no había cambiado y era el mismo tonto de siempre.
El falso
Swedenborg, Ensueños (1773).
LOS CUATRO
DIOSES DEL CIELO SEGUN LOS CHINOS
A izquierda y a
derecha del pórtico de los templos budistas están las gigantescas efigies de
los cuatro Diamantinos Reyes del Cielo. El mayor blande una espada mágica, Nube
Azul, en cuya hoja están grabados los signos de los cuatro elementos, Tierra,
Agua, Fuego, Viento. Desenvainar esta arma es engendrar un viento negro, que
aniquila los cuerpos de los hombres y los convierte en polvo. El segundo carga
una sombrilla, llamada Sombrilla del Caos, implemento mágico que, al ser
abierto, entenebrece el mundo, y al ser invertido, trae tempestades, truenos y
terremotos. El tercero pulsa una guitarra de cuatro cuerdas; cuando el Dios la
toca, el mundo entero se detiene para escuchar y arden los campamentos del
enemigo. El cuarto maneja dos látigos y posee una maleta de piel de pantera,
donde vive una suerte de rata blanca, cuyo nombre más auténtico es Hua hu Tiao;
cuando la sueltan, este animal asume la forma de un elefante de alas blancas,
que se alimenta de hombres.
F. T. C. Werner,
Myths and Legends of China (Londres, 1922).
SE DABA SU LUGAR
Andrea, la
sirvienta, está preocupada.
En el Socorro
explicó el Padre nos dijo que hay
otra vida. Si uno supiera, señora, que le va a tocar una casa buena, como ésta,
en que la tratan a una con consideración, no me importaría, pero francamente
trabajar allá con desconocidos, con déspotas que abusan del pobre...
Rita Acevedo de
Zaldumbide, Minucias porteñas del otro siglo (1907).
FACSIMILES
La soberbia
humana no tiene límites: nuestra pluma se rehusa a escribir ciertas impiedades.
¡Hubo temerarios que remedaron, siquiera de un modo imperfecto, esas admirables
fundaciones de la Justicia, que son el Infierno y el Cielo!
De tan
descaminadas tentativas, la más moderna corresponde al siglo XI. El heresiarca
persa Hassan ibn Sabbah erigió en la cumbre de una montaña un paraíso
artificial, dotado de quioscos, de músicos ocultos, de divanes y de doncellas;
lo surcaban riachos de miel, de leche y vino. Oportunas dosis de hachís
adormecían a los sectarios que, sin entender cómo, se encontraban de pronto en
el paraíso o fuera de él. Estas falsas visiones de un mundo sobrenatural
estimulaban y afianzaban su fe. Tal es el origen auténtico de la considerable
secta de los Asesinos, cuyo nombre deriva del hachís; el curioso lector
consultará el capítulo XXII del libro primero de Marco Polo, titulado: Del
Viejo de la Montaña. De su palacio y jardines. De su captura y muerte.
¡Inescrutable
azar de la Providencia! Un déspota maquinó un paraíso; un soberano, sabio y
santo, cayó en la inversa tentación de urdir un infierno. Tres siglos antes de
la era cristiana, Asoca, emperador de la India, ordenó a sus arquitectos y
albañiles, la erección de un infierno terrenal, rico en montañas de cuchillos y
piletas de aceite hirviendo. Un monje budista, que recorría la comarca, fue el
penúltimo de sus huéspedes; los alguaciles lo arrojaron a una de las terribles
piletas, cuyo aceite, al contacto del cuerpo venerable, se convirtió en agua
tibia, florecida de lotos. Asoca no desoyó esta advertencia y ordenó la
demolición del recinto, no sin antes agotar las torturas en la persona del
administrador. El peregrino budista Sung Yun ha referido el caso.
P. Zaleski,
Mémoires d'un bouquiniste de la Seine.
DEL VIAJERO
QUERUBINICO
El viaje no es
tan largo, cristiano; a menos de un paso está el Paraíso.
Aunque un
réprobo alcanzara el cielo más alto, el dolor del Infierno seguiría
atormentándolo.
No me dolería el
Infierno, aunque yo siempre estuviera ahí; si el fuego del Infierno te quema,
tuya es la culpa.
Con un solo
beso, la novia se hace más merecedora del Paraíso, que todos los mercenarios
que trabajan hasta la muerte.
Hombre, deja de
ser hombre si quieres llegar al Paraíso; Dios sólo recibe a otros dioses.
Hombre, si no
contienes el Paraíso, nunca entrarás en él.
Ya basta amigo.
Si quieres seguir leyendo, transfórmate tú mismo en el libro y en la doctrina.
Angelus Silesius
(1624 1677).

